Libro N°. 3160. Ruta De Gloria. Heinlein, Robert A.
© Libro N°. 3160. Ruta De Gloria. Heinlein, Robert A. Colección
E.O. Octubre 1 de 2016.
Título original: © Ruta De Gloria.Robert A. Heinlein
Versión Original: © Ruta De Gloria.Robert A. Heinlein
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://mdarena.blogspot.com.co/2012/07/ruta-de-gloria-robert-heinlein.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Portada E.O.
de Imagen original:
http://mdarena.blogspot.com.co/2012/07/ruta-de-gloria-robert-heinlein.html
© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
RUTA DE GLORIA
Robert A. Heinlein
1963
Para
George H. Scithers y los metódicos defensores de la Terminus, Owlswick &
Ft. Mudge Electrick Street Railivay
BRITÁNICO
(impresionado): César, esto no es correcto.
TEODOTO
(ultrajado): ¿Qué?
CÉSAR
(recobrando su autodominio): Perdónalo, Teodoto; es un bárbaro, y piensa que
las costumbres de su tribu y de su isla son las leyes de la naturaleza.
César
y Cleopatra, Acto II
George
Bernard Shaw.
I
Conozco
un lugar donde no hay contaminación, ni problemas de aparcamiento, ni explosión
demográfica... Ni Guerra Fría, ni bombas H, ni anuncios de televisión... ni
Conferencias en la Cumbre, ni Ayuda al Exterior, ni Impuesto de Utilidades. El
clima es el que Florida y California pretenden tener (y ninguna de las dos
tiene), el paisaje es encantador, la gente se muestra amistosa y hospitalaria
con los extranjeros, las mujeres son guapas y asombrosamente deseosas de
complacer...
Podría
regresar. Podría...
Era
un año de elecciones, con el acostumbrado tema de cualquier cosa que tú hagas
yo puedo hacerla mejor, sobre un fondo de zumbantes sputniks. Yo tenía veintiún
años, pero no acababa de decidir contra qué partido votaría.
De
modo que telefoneé a mi Centro de Reclutamiento y les dije que me enviaran la
notificación.
Soy
contrario al servicio militar del mismo modo que una langosta es contraria al
agua hirviente: puede ser su hora más gloriosa, pero no la ha elegido ella. Sin
embargo, amo a mi patria. Sí, la amo, a pesar de la machacona propaganda contra
el patriotismo, calificado de anticuado, en los centros de enseñanza. Uno de
mis bisabuelos murió en Gettysburg, y mi padre luché en la guerra de Corea, de
modo que no acepté aquellas nuevas ideas. Discutí contra ellas en clase...,
hasta que mi actitud me valió un suspenso en Estudios Sociales; entonces me
callé, y aprobé el curso.
Pero
no cambié mis opiniones para que coincidieran con las de un profesor que se
alimentaba exclusivamente de teorías.
¿Pertenece
usted a mi generación? Si no pertenece a ella, ¿sabe por qué éramos tan
desatinados? ¿O es usted de los que se limitan a calificarnos de «delincuentes
juveniles»?
Yo
podría escribir un libro. ¡Hermano! Pero anoto un hecho clave: después de haber
pasado años y años tratando de desarraigar de la conciencia de un muchacho el
sentimiento de patriotismo, no hay que esperar que dé saltos de alegría al
recibir un comunicado que dice: FELICIDADES: Cúmplenos notificarle que a partir
de este momento forma usted parte de las Fuerzas Armadas de los Estados
Unidos...
¡Hablar
de una «Generación Perdida»! He leído a los autores que se hicieron famosos
después de la Primera Guerra Mundial —Fitzgerald, Hemingway y compañía —, y me
asombra que lo único que les preocupara fuera el alcohol de madera en el licor
de contrabando. Tenían al mundo cogido por la cola... ¿de qué se quejaban,
pues?
Desde
luego, tenían a Hitler y a la Depresión delante de ellos. Pero ellos no lo
sabían. Nosotros teníamos a Kruschev y a la bomba H, y ciertamente lo sabíamos.
Pero
nosotros no éramos una «Generación Perdida». Eramos algo peor; éramos la
«Generación Segura». ¿Los beatniks? Nunca fueron más de unos cuantos centenares
entre millones. Oh, sí, hablábamos la jerga beatnik, y buscábamos sonidos fríos
en estéreo, y estábamos en desacuerdo con las listas de músicos de jazz del
Playboy, como si la cosa tuviera verdadera importancia. Leíamos a Salinger y a
Kerouac, y utilizábamos un lenguaje que escandalizaba a nuestros padres, y
vestíamos (a veces) al estilo beatnik. Pero no creíamos que los bongos y una
barba pudieran compararse con el dinero en el banco. No éramos rebeldes. Eramos
tan conformistas como las polillas. Nuestra consigna inexpresada era
«Seguridad».
La
mayoría de nuestras consignas eran inexpresadas, pero las seguíamos tan
compulsivamente como una cría de pato se mete en el agua. «No luches contra el
Ayuntamiento.» «Procura conseguir lo que sea bueno para ti.» «No te
comprometas.» Elevados objetivos aquellos, grandes valores morales, y todos
significaban «Seguridad». El «Anda con pies de plomo» (la aportación de mi
generación al Sueño Americano) estaba basado en la seguridad; garantizaba que
la noche del sábado no podría ser nunca la noche más solitaria para el débil.
Si uno andaba con pies de plomo, la competencia quedaba eliminada.
Pero
nosotros teníamos ambiciones. ¡Sí, señor! Librarse del servicio militar y
estudiar en la Universidad. Casarse y tener a la mujer encinta, con las dos
familias ayudándole a uno a seguir estudiando. Obtener un empleo bien visto por
los centros de reclutamiento, en una firma de misiles, por ejemplo. Mejor aún,
doctorarse en algo si la familia de uno (o la de su esposa) podían
permitírselo, y tener otro hijo, y resistir hasta más allá de la edad
militar... Además, un título de doctor era toda una garantía a efectos de
promoción, sueldo y jubilación.
A
falta de una esposa embarazada con padres acomodados, la mayor seguridad
residía en ser 4—F. Unos tímpanos del oído perforados eran buenos, pero una
alergia era mejor. Uno de mis vecinos padeció un asma terrible que le duró
hasta su vigesimosexto cumpleaños. No mentía: era alérgico a los centros de
reclutamiento. Otra salida consistía en convencer a un psiquiatra del ejército
de que los intereses de uno se acomodaban más al Departamento de Estado que al
Ejército. Más de la mitad de mi generación estaba compuesta por individuos «no
aptos para el servicio militar».
No
me parece sorprendente. Hay un viejo cuadro de unas personas viajando en trineo
a través de bosques profundos... perseguidas por lobos. De cuando en cuando
agarran a uno de los viajeros y lo arrojan a los lobos. Eso es el
reclutamiento, aunque se le dé el nombre de «servicio selectivo»: arrojar una
minoría a los lobos mientras el resto continúa con la idea fija de obtener un
garaje de tres plazas, una piscina y los beneficios de la jubilación.
No
pretendo ser más—honesto—que—tú; yo también iba detrás de aquel garaje de tres
plazas.
Sin
embargo, mis parientes no podían costearme unos estudios universitarios. Mi
padrastro era un modesto oficial de las Fuerzas Aéreas cuyo sueldo apenas le
bastaba para comprarles zapatos a sus propios hijos. Cuando fue trasladado a
Alemania poco antes de mi último año en la escuela superior y yo fui invitado a
ir a vivir con la hermana de mi padre y su marido, los dos nos sentimos
aliviados.
No
mejoré financieramente, ya que mi tío estaba manteniendo a una primera esposa:
bajo la ley de California, aquello equivalía a ser un peón del campo en Alabama
antes de la Guerra Civil. Pero yo tenía una pensión mensual de 35 dólares como
«dependiente superviviente de un veterano fallecido». (No «huérfano de guerra»,
una categoría distinta y mejor pagada). Mi madre estaba segura de que la muerte
de papá se había producido a consecuencia de unas heridas, pero la
Administración de Veteranos no opinó lo mismo, de modo que fui un simple
«dependiente superviviente».
Treinta
y cinco dólares al mes no tapaban el agujero que yo practicaba en sus
comestibles, y se sobreentendía que cuando me graduara me las arreglaría por mí
mismo. Cumpliendo mi servicio militar, sin duda... Pero yo tenía mi propio
plan; jugaba al fútbol y terminé el curso en la escuela secundaria del Valle
Central de California con la mejor marca en carreras y la nariz rota... y
empecé el curso en el otoño siguiente en la Universidad del Estado local con un
empleo que consistía en «barrer el gimnasio» por 10 dólares mensuales, propinas
aparte.
No
podía ver el final, pero mi plan era claro: estudiar, con todas mis fuerzas, y
licenciarme en ingeniería. Eludir el reclutamiento y el matrimonio. Una vez
graduado, conseguir un empleo que dejara en suspenso mi alistamiento. Ahorrar
dinero y licenciarme en derecho, también..., porque en Homestead, Florida, un
profesor había señalado que, si bien los ingenieros ganaban dinero, el dinero
en grande y los mejores empleos eran para los abogados. De modo que no
desaprovecharía la ocasión y me convertiría en un héroe de Horatio Alger.
Hubiera insistido en obtener aquella licenciatura en leyes, de no haber sido
porque en aquel centro de enseñanza no se cursaban estudios de Derecho.
Al
final de mi segundo año decidieron dejar de lado el fútbol.
Había
tenido una temporada perfecta: ningún trofeo. «Flash» Gordon (ese era yo... en
las reseñas deportivas) era el número uno en carreras y tantos marcados; sin
embargo, Coach y yo nos quedamos sin empleo. Oh, «barrí el gimnasio» el resto
de aquel año para los equipos de baloncesto, esgrima y otros deportes, pero a
nadie le interesaba un jugador de baloncesto que sólo medía un metro ochenta.
Pasé aquel verano limpiando la pista y tratando de encontrar una solución a mi
problema. Aquel verano también, cumplí los veintiún años, y dejé de percibir
los 35 dólares mensuales. Poco después del Día del Trabajo decidí efectuar
aquella llamada telefónica a mi Centro de Reclutamiento.
Me
había propuesto pasar un año en las Fuerzas Aéreas, luego ingresar por
oposición en la Academia de las Fuerzas Aéreas, y ser astronauta y famoso, en
vez de rico.
Bueno,
no todos pueden ser astronautas. Las Fuerzas Aéreas tienen su cupo, o algo por
el estilo. Me encontré en el Ejército con tanta rapidez que apenas tuve tiempo
de hacer las maletas.
De
modo que me dispuse a ser el mejor secretario de capellán del Ejército; me
aseguré de que el «escribir a máquina» figuraba como uno de mis conocimientos.
Si tenía algo que decir en el asunto, haría mi servicio militar en el Fuerte
Carson, mecanografiando copias perfectas y asistiendo al mismo tiempo a la
escuela nocturna.
No
tuve nada que decir en el asunto.
¿Ha
estado usted alguna vez en el Sudeste de Asia? Hace que Florida parezca un
desierto. Todo lo que uno pisa es mermelada. En vez de tractores, utilizan
búfalos domésticos. Los arbustos están llenos de insectos y de nativos que
disparan contra uno. No era una guerra... ni siquiera una «Acción Policial».
Nosotros éramos «Asesores Militares». Pero un Asesor Militar que lleva cuatro
días muerto en medio de aquel calor huele igual que un cadáver en una guerra de
verdad.
Fui
ascendido a cabo. Fui ascendido siete veces. A cabo.
Mi
actitud no era la correcta. O al menos eso decía el comandante de mi compañía.
Mi padre había sido infante de Marina, y mi padrastro estaba en las Fuerzas
Aéreas; mi única ambición castrense había sido la de convertirme en secretario
de un capellán. No me gustaba el Ejército. Al comandante de mi compañía tampoco
le gustaba; era un primer teniente que no había ascendido a capitán, y cada vez
que rumiaba en ello el Cabo Gordon perdía sus galones.
Los
perdí la última vez por decirle que iba a escribir a mi representante en el
Congreso para averiguar por qué yo era el único soldado del Sudeste de Asia que
iba a ser jubilado por vejez en lugar de ser enviado a casa cuando terminara su
compromiso... y aquello le enfureció tanto que perdió la cabeza y me arrastró a
una acción descabellada, y se convirtió en un héroe, y le mataren. Y así fue
como conseguí esta cicatriz a través de mi nariz rota por la que yo también fui
un héroe y tenía que haber recibido la Medalla al Mérito, sólo que no había
nadie mirando.
Mientras
me estaba restableciendo, decidieron enviarme a casa.
El
comandante lan Hay, en su «War to End War», describió la estructura de las
organizaciones militares: prescindiendo de 1.0., toda la burocracia militar
consiste en un Departamento de Invitación por Sorpresa, un Departamento de
Bromas Pesadas y un Departamento del Hada Madrina. Los dos primeros se ocupan
de la mayoría de los asuntos, ya que el tercero es muy pequeño; el Departamento
del Hada Madrina es una veterana GS—5 femenina, habitualmente de permiso por
enfermedad.
Pero
cuando está en su oficina, a veces suelta su labor de punto y capta un nombre
que pasa a través de su escritorio y hace algo agradable. Ya ha visto usted
cómo fui tratado por los Departamentos de Invitación por Sorpresa y de Bromas
Pesadas; esta vez el Departamento del Hada Madrina se interesó por el soldado
Gordon.
Ni
más ni menos. Cuando supe que iba a regresar a casa en cuanto cicatrizara la
herida de mi rostro (el hermanito moreno no había esterilizado su machete),
formulé una petición para ser enviado a Wiesbaden, donde se encontraba mi
familia, en vez de a California, hogar que figuraba en mi ficha. No estoy
censurando al hermanito moreno; él no se había propuesto señalarme la cara... y
lo hubiera conseguido si no hubiese estado matando al comandante de mi compañía
y con demasiada prisa para hacer un buen trabajo conmigo. Yo no había
esterilizado tampoco mi bayoneta, pero él no se quejó: se limitó a suspirar y
partirse en dos, como una muñeca con su cuello de serrín cortado. Le estaba
agradecido; no sólo había arreglado las cosas de modo que yo saliera del Ejército,
sino que me había dado también una gran idea.
El,
y el cirujano que me operó. El cirujano había dicho: «Te pondrás bien, hijo.
Pero te quedará una cicatriz como la de un estudiante de Heidelberg.»
Lo
cual me llevó a pensar... Uno no podía conseguir un empleo decente sin un
título universitario, del mismo modo que no podía ser revocador sin ser hijo o
sobrino de alguien en el sindicato de revocadores. Pero hay títulos y títulos.
Sir Isaac Newton, con un título de un centro de enseñanza provinciano como el
mío, hubiera lavado botellas para Joe Thumbfingers... si Joe hubiese tenido un
título de una Universidad europea.
¿Por
qué no Heidelberg? Me proponía ordeñar mis beneficios G.I.; era lo que pensaba
cuando efectué aquella llamada telefónica a mi centro de Reclutamiento, algo
precipitado, lo confieso.
Según
mi madre, en Alemania todo era más barato. Tal vez pudiera extender aquellos
beneficios hasta un título de doctor. Herr Doktor Gordon, con cicatrices de
Heidelberg en la cara por añadidura... Aquello significarían 3.000 dólares más
al año en cualquier firma de misiles.
Diablos,
retaría en duelo a un par de estudiantes y añadiría auténticas cicatrices de
Heidelberg a la que ya tenía. La esgrima era un deporte que me gustaba mucho
(aunque era el que tenía menos posibilidades de cara a «barrer el gimnasio»)...
Algunas personas no pueden soportar cuchillos, espadas, bayonetas, nada que sea
afilado y puntiagudo; los psiquiatras tienen una palabra par describirlo:
aichmofobia. Idiotas que conducen automóviles a ciento cuarenta kilómetros por
hora por carreteras con una velocidad máxima autorizada de setenta kilómetros
por hora, se ponen pálidos y se echan a temblar a la vista de una hoja desnuda.
A mí
nunca me había ocurrido aquello, y esa es la razón por la que aún estoy vivo y
uno de los motivos por los que siempre volvían a ascenderme a cabo. Un «Asesor
Militar» no puede permitirse el lujo de temer a los machetes, bayonetas,
etcétera; tiene que enfrentarse con ellos. Y yo no los había temido nunca
porque siempre estaba seguro de que podía hacerle al otro lo que él estaba
planeando hacerme a mí.
Siempre
había estado en lo cierto, excepto aquella vez en que cometí el error de ser un
héroe, y no fue un error demasiado grave. Si hubiera tratado de huir en vez de
decidirme a destriparle, el destripado hubiese sido yo. Tal como fueron las
cosas, no tuvo tiempo de utilizar su machete contra mí, aunque al desplomarse
muerto me rozó la cara con el machete, dejándome una fea herida que se había
infectado mucho antes de que llegaran los helicópteros. Pero no sentí nada. De
pronto me mareé y me senté en el barro, y cuando desperté un médico me estaba
inyectando plasma.
Me
atraía la idea de un duelo en Heidelberg. Allí le protegen a uno el cuerpo, el
brazo y el cuello con una especie de almohadillas, y le colocan una defensa de
acero en los ojos, en la nariz ya través de las orejas: aquello no es como
enfrentarse con un marxista pragmático en la selva. En cierta ocasión manejé
una de las espadas que utilizan en Heidelberg; era un sable ligero, recto, de
filo cortante, afilado también unos cuantos centímetros en la parte
contraria... ¡pero con una punta roma! Un juguete, adecuado únicamente para
dejar unas atractivas cicatrices que puedan ser admiradas por las muchachas.
Consulté
un mapa y comprobé que Heidelberg se encuentra en la misma carretera que
Wiesbaden. De modo que formulé mi petición para ser enviado a Wiesbaden.
El
cirujano dijo: «Eres un optimista, hijo», pero puso sus iniciales en la
solicitud. El sargento médico a cargo del papeleo dijo: «Una petición absurda,
soldado», pero puso sus iniciales y el sello del hospital debajo de la palabra
TRAMITADO. El Comité del hospital estuvo de acuerdo en que yo era apto para el
psiquiatra: el Tío Sam no obsequia a los soldados con viajes gratis alrededor
del mundo.
De
hecho, yo estaba tan cerca de Hoboken como de San Francisco... y más cerca de
Wiesbaden. Sin embargo, el reglamento exigía que los viajes de regreso se
realizaran vía el Pacífico. Y el reglamento militar es como el cáncer: nadie
sabe de dónde procede, pero no puede ser ignorado.
El
Departamento del Hada Madrina despertó y me tocó con su varita mágica.
Estaba
a punto de trepar a bordo de un cacharro llamado General Jones con destino a
Manila, Taipei, Yokohama, Pearl Harbour y Seattle, cuando llegó un despacho
aprobando mi solicitud. Debía ser enviado al CG USAREUR, Heidelberg, Alemania,
por cualquier medio de transporte militar disponible, a petición propia, véase
referencia correspondiente. El permiso acumulado podía ser disfrutado o
abonado, véase referencia correspondiente. El individuo en cuestión estaba
autorizado a regresar a la Zona Interior (los Estados Unidos) en cualquier
momento dentro de los doce meses de separación del servicio, por cualquier
medio de transporte militar disponible, aunque no por cuenta del gobierno. Sin
referencia correspondiente.
El
sargento encargado del papeleo me llamó y me mostró el despacho, con un brillo
de inocencia en los ojos.
—La
pega es que no hay ningún «medio de transporte disponible», soldado... de modo
que tendrás que embarcaren el General Jones. Irás a Seattle, tal como yo había
dicho.
Sabía
lo que quería decir: el único transporte en dirección oeste en mucho, muchísimo
tiempo, había levado anclas hacia Singapur treinta y seis horas antes.
Contemplé aquel despacho, pensando en el aceite hirviente y preguntándome si el
sargento lo había retenido el tiempo suficiente como para impedirme embarcar
hacia Singapur.
Sacudí
la cabeza.
—Voy
a alcanzar al General Smith en Singapur. Sea un tipo humano, sargento, y
fírmeme las órdenes oportunas para ello.
—Sus
órdenes ya están firmadas. Para el Jones. Para Seattle.
—Malo
—dije pensativamente—. Creo que será mejor que vaya a llorarle al capellán.
Me
di mucha prisa, pero no pude localizar al capellán; de modo que me dirigí al
aeródromo. Tardé cinco minutos en comprobar que no estaba previsto ningún vuelo
comercial ni militar U.S.A. dentro de un espacio de tiempo conveniente para mí.
Pero
había un transporte militar australiano que salía hacia Singapur aquella misma
noche. Los australianos no eran ni siquiera «Asesores Militares», pero con
frecuencia aparecían por allí como «observadores militares». Localicé al
comandante del aparato, un teniente de aviación, y le expuse la situación.
Sonrió y dijo:
—Siempre
hay sitio para un hombre más. Despegaremos poco después de la hora del té,
probablemente. Si ese viejo cacharro quiere volar.
Supe
que volaría; era un Gooney Bird, un C—47, con muchos remiendos y Dios sabe
cuantos millones de kilómetros a cuestas. Llegaría a Singapur con un solo motor
si era preciso. Supe que había tenido suerte en cuanto vi aquel gran montón de
cinta adhesiva y de cola de pegar posado en el aeródromo.
Cuatro
horas más tarde me encontraba a bordo del aparato, y despegamos.
Subí
a bordo del USMTS General Smith a la mañana siguiente, más bien húmeda: el
Orgullo de Tasmania había volado a través de la tormenta la noche anterior, y
el único fallo de un Gooney Bird es que tiene goteras. Pero, ¿a quién le
importa una lluvia limpia después del barro de la selva? El buque levaba,
anclas aquella misma noche, lo cual era una gran noticia.
Singapur
es como Hong Kong, pero en llano; una tarde fue suficiente. Me tomé una copa en
el antiguo Raffles, otra en el Adelphi, me pilló un aguacero en el parque de
atracciones Gran Mundo, paseé por la Avenida del Cambio con una mano en mi
dinero y la otra en mis documentos.., y compré un boleto de las Apuestas
Múltiples irlandesas.
No
soy aficionado a los juegos de azar, si se admite que el póker es un juego de
habilidad. Sin embargo, aquello era un tributo a la diosa fortuna, el
agradecimiento por una prolongada racha de suerte. Si le daba por contestar con
140.000 dólares USA, no se lo echaría en cara. En caso contrario... bueno, el
boleto valía una libra esterlina, 2,80 dólares USA; yo había pagado por él 9
dólares de Singapur, o 3 dólares USA: un pequeño gesto de un hombre que acababa
de ganar un viaje alrededor del mundo gratuito... para no mencionar el haber
salido con vida de la selva.
Pero
me gané mis tres dólares inmediatamente, mientras huía de la Avenida del Cambio
para eludir a otras dos docenas de bancos ambulantes ansiosos por venderme más
boletos, dólares de Singapur, cualquier clase de dinero —o mi propio sombrero
si me lo dejaba quitar—, alcanzaba una calle transversal, paraba un taxi y le
decía al conductor que me llevara al muelle. Aquello fue una victoria del
espíritu sobre la carne, porque había estado discutiendo conmigo mismo sobre si
debía aprovechar la oportunidad de deseargarme de una enorme presión biológica.
El viejo Scarface Gordon no había tenido ningún céntacto sexual desde hacía
muchísimo tiempo, y Singapur es una de las Siete Ciudades del Pecado donde
puedé obtenerse cualquier cosa.
No
pretendo dar a entender que había permanecido fiel a la Muchacha de la Puerta
Contigua. La joven paisana que me había enseñado la mayor parte de lo que sé
acerca del Mundo, la Carne y el Demonio, con una asombrosa despedida la noche
anterior a mi incorporación a filas, me había inspirado gratitud, pero no
lealtad. Se había casado poco después, y ahora tenía dos hijos, ninguno de
ellos mío.
La
verdadera causa de mi intranquilidad biológica era geográfica. Aquellos
hermanitos morenos con los que había luchado, teniéndolos como aliados o como
enemigos, tenían hermanitas morenas, la mayoría de las cuales podían
conseguirse por dinero, o incluso pour l'amour ou pour le sport.
Pero
aquello había sido lo único disponible durante muchísimo tiempo. ¿Enfermeras?
Las enfermeras eran oficiales... y las escasas mujeres que llegaban de los
Estados Unidos estaban más bloqueadas aún que las enfermeras.
No
rehuía a las hermanitas morenas porque fueran morenas.
Yo
estaba tan moreno como ellas, en mi rostro, a excepción de una larga cicatriz
sonrosada. Las rehuía porque eran pequeñas.Yo era noventa kilos de músculo sin
nada de grasa, y no podría convencerme nunca a mí mismo de que una hembrá de un
metro cincuenta de estatura y menos de cuarenta kilos de peso, y aparentando
doce años de edad, es una persona adulta capaz de un libre consentimiento. Para
mí, la cosa sonaba a estupro y me producía una impotencia psíquica.
Singapur
parecía el lugar adecuado para encontrar una muchacha «normal». Pero cuando
escapé de la Avenida del Cambio, aborrecí súbitamente a las personas, grandes o
pequeñas, varones o hembras, y me dirigí hacia el barco... salvándome
probablemente de la viruela, de la blenorragia, de un chancro blando, del mal
chino, o de cualquier tropiezo por el estilo. Creo que fue mi decisión más
juiciosa desde que a los catorce años, había renunciado a luchar con un caimán
de tamaño mediano.
Le
dije al conductor en inglés el muelle al que deseaba ir, se lo repetí en
cantonés aprendido de memoria (no demasiado bien; es un idioma de nueve
tonalidades, y en la escuela sólo había aprendido un poco de francés y de
alemán), y le mostré un mapa con el muelle señalado y su nombre impreso en
inglés y dibujado en chino.
Todos
los que bajaban del barco recibían uno de aquellos mapas. En Asia, todos los
conductores de taxi hablan el inglés suficiente como para llevarle a uno al
barrio de la Luz Roja y a locales en los que se hacen «tratos». Pero nunca es
capaz de encontrar el muelle al que uno quiere dirigirse.
Mi
taxista escuchó, echó una ojeada al mapa, dijo: «Okay, Mac, comprendo», y salió
disparado y dobló una esquina con los neumáticos chirriantes y gritándoles a
los vendedores ambulantes, coolies, niños y perros. Me relajé, satisfecho de
haber encontrado a aquel taxista entre millares.
Súbitamente
me incorporé y le grité que se detuviera.
Tengo
que explicar algo: no puedo extraviarme.
Llámese
sentido de la dirección, como decía mí madre, llámese facultad «psíquica», como
dicen los entendidos, lo cierto es que al cumplir los seis o siete años me di
cuenta de que otras personas podían extraviarse. Yo, en cambio, siempre he
sabido dónde está el norte, la dirección del lugar del que salí y a qué
distancia se encuentra. Puedo desandar mi camino sin desviarme un solo metro,
incluso a oscuras y en la selva. Ese fue el motivo principal de que siempre
volvieran a ascenderme a cabo y de que me asignaran habitualmente la tarea de
un sargento. Las patrullas que yo conducía regresaban siempre... me refiero a
los supervivientes, desde luego. Y esto resultaba consolador para unos
muchachos criados en la ciudad que desconocían —y aborrecían— la selva.
Yo
había gritado porque el conductor había girado a la derecha cuando tenía que
haber girado a la izquierda, y estaba a punto de volver sobre sus propios
pasos.
El
conductor aceleró.
Aullé
de nuevo. El conductor había olvidado su inglés.
Había
recorrido otro kilómetro y doblado varias esquinas cuando tuvo que pararse a
causa de un embotellamiento. Me apeé, y él se apeó de un salto y empezó a
gritar en cantonés y a señalar el contador de su taxi. Pronto nos rodeó una
multitud de chinos, algunos de los cuales tiraban de mis ropas. Mantuve mi mano
sobre mi dinero y me alegré de veras al localizar a un agente de policía
uniformado. Aullé y llamé su atención.
Se
acercó a través de la multitud, blandiendo una larga porra. Era un hindú. Le
dije:
—¿Habla
usted inglés?
—Desde
luego. Y entiendo el norteamericano.
Le
expliqué mi problema, le enseñé el mapa, y le dije que el conductor me había
recogido en la Avenida del Cambio y había estado conduciendo en círculos.
El
agente asintió y habló con el conductor en un tercer idioma: malayo, supongo.
Finalmente, el agente dijo:
—El
conductor no habla inglés. Pensó que usted le había dicho que le llevara a
Johore.
El
puente de Johore se encuentra al otro extremo de la Isla de Singapur. Dije,
furiosamente:
—¡Entiende
perfectamente el inglés!
El
policía se encogió de hombros.
—Usted
le alquiló, y tiene que pagar lo que marca el taxímetro. Luego le explicaré a
donde quiere ir usted, y fijaremos un precio determinado.
—¡Antes
le veré en el infierno!
—Es
posible. La distancia es muy corta... en esta vecindad. Le sugiero que pague.
El taxímetro sigue marcando...
Hay
momentos en los que un hombre debe defender sus derechos si quiere soportar el
verse a sí mismo en un espejo al afeitarse. Yo ya me había afeitado, de modo
que pagué: 18 dólares de Singapur, por perder una hora y alejarme todavía más
del muelle. El conductor exigía una propina, pero el policía le obligó a callar
y luego me sacó de allí. Utilizando las dos manos pude conservar mis documentos
y mi dinero, y el boleto de apuestas doblado con el dinero. Pero desaparecieron
mi pluma, mis cigarrillos, mi pañuelo y un encendedor Ronson. Cuando noté unos
dedos fantasma en la correa de mi reloj, acepté la sugerencia del agente que al
parecer tenía un primo, un hombre honrado, que me conduciría al muelle por un
precio fijo y moderádo.
Dio
la casualidad de que el «primo» se encontraba en la misma calle; media hora más
tarde me encontraba a bordo del barco. Nunca olvidaré Singapur, una ciudad
sumamente educativa.
II
Dos
meses más tarde estaba en la Riviera francesa. El Departamento del Hada Madrina
veló por mí a través del Oceano Indico, el Mar Rojo y el Mediterráneo hasta
Nápoles.Llevaba una vida saludable, haciendo ejercicio y bronceándome al sol
por las mañanas, durmiendo por las tardes y jugando al póker por las noches.
Hay muchas personas que no conocen las probabilidades escasas, pero existentes,
de mejorar una mano de póker con el descarte, pero están ansiosas de
aprenderlo. Cuando llegamos a Italia, yo tenía un bello bronceado y un buen
fajo de billetes.
Al
principio del viaje alguien se quedó sin fondos y quiso apostar un boleto de
las Apuestas Múltiples. Tras algunas discusiones los boletos de las Apuestas
Múltiples fueron aceptados con descuento, por un valor de 2 dólares USA por
boleto. Terminé el viaje con cincuenta y tres boletos.
Tardé
sólo unas horas en encontrar plaza en un vuelo Nápoles—Francfurt. Luego, el
Departamento del Hada Madrina me devolvió a los departamentos de Invitación por
Sorpresa y de Bromas Pesadas.
Antes
de ir a Heidelberg pasé por Wiesbaden para visitar a mi madre, mi padrastro y
los niños... y descubrí que acababan de marcharse a los Estados Unidos, de paso
hacia la Base de las Fuerzas Aéres de Elmendorf en Alaska.
De
modo que me trasladé a Heidelberg, y contemplé la ciudad mientras la maquinaria
administrativa se ponía en marcha.
Una
ciudad encantadora: un hermoso castillo, buena cerveza, y muchachas grandes de
mejillas sonrosadas y formas como botellas de Coca Cola. Sí, este parecía un
lugar agradable para obtener un título académico. Empecé a hacer averiguaciones
por mi cuenta, y conocí a un joven kraut que llevaba una gorra de studenten y
varias cicatrices en la cara tan feas como la mía. Las cosas se estaban
poniendo bien.
Discuti
mis planes con el sargento primero de la compañía de transeúntes.
Sacudió
la cabeza.
—¡Oh,
pobre muchacho!
¿Por
qué? No había beneficios G.I. para Gordon: yo no era un «veterano».
No
importaba aquella cicatriz. No importaba que yo hu biera matado a más hombres
en combate que los que caben en un... bueno, no importa. Aquello no era una
«guerra», y el Congreso no había aprobado un decreto concediendo beneficios
educativos a los «Asesores Militares».
Supongo
que aquello era culpa mía. Toda mi vida habían existido beneficios G.I.: en el
laboratorio de química había compartido un banco con un veterano que estaba
estudiando acogido a los beneficios del Decreto G.I.
Aquel
sargento paternal dijo:
—No
desesperes, hijo. Vete a casa, busca un empleo, y espera un año. Lo aprobarán
con efectos retroactivos, estoy seguro. Y tú eres joven.
De
modo que estaba aquí en la Riviera, como paisano, tomándole el gusto a Europa
antes de utilizar el medio de transporte que me devolviera a casa. Heidelberg
queda fuera de mis posibilidades. Oh, la paga que no había podido gastar en la
selva, más los permisos acumulados, más mis ganancias en el póker, ascendían a
una suma que me hubiera permitido vivir un año en Heidelberg. Pero no había lo
suficiente como para doctorarme. Yo había contado con aquel mítico «Decreto
G.I.» para comer, y con mi propio dinero como reserva.
Mi
plan (revisado) era obvio. Aprovechar aquel viaje a casa antes de que
transcurrieran los doce meses.., antes de que empezara el curso universitario.
Utilizar el dinero que tenía para pagar el hospedaje en casa de mis tíos,
trabajar el verano siguiente, y ver cómo resultaba la cosas. Sin el
alistamiento pendiente sobre mi. cabeza, podría encontrar alguna manera de
aprobar aquel último año, aunque no pudiera ser «Herr Doktor Gordon».
Sin
embargo, la Universidad no abría sus puertas hasta el otono, y estábamos en
primavera. No me haría ningún daño ver un poco de Europa antes de aplicarme al
trabajo en serio. Tal vez no volviera a presentárseme otra oportunidad
semejante.
Había
otro motivo para esperar: aquellos boletos de las Apuestas Múltiples. El sorteo
de los caballos estaba a punto de realizarse.
Las
Apuestas Múltiples irlandesas empiezan como una loteria. Primero venden boletos
suficientes para empapelar Gran Estación Central. Los hospitales irlandeses
perciben el 25 por ciento y son los únicos ganadores seguros. Poco antes de la
carrera sortean los caballos. Digamos que en la carrera toman parte veinte
caballos. Si el boleto que uno posee no corresponde a ninguno de esos veinte
caballos, es papel mojado. (Oh, existen pequeño premios de consolación).
Pero
si uno posee un boleto con el nombre de uno de los caballos participantes, no
ha ganado aún. Algunos caballos no toman la salida. De los que la toman, la
mayoría se limitan a perseguir a otros caballos. Sin embargo, cualquier boleto
en el que figure el nombre de un caballo, aunque sea un jamelgo que apenas
pueda sostenerse de pie, adquiere súbitamente un valor de miles de dólares
entre el sorteo y la carrera. Depende de lo bueno que sea el caballo,
naturalmente. Pero los premios son elevados, y se han dado casos en que los
caballos ganadores eran los que estaban considerados como los peores del lote.
Yo
tenía cincuenta y tre.s boletos. Si en uno de ellos figuraba el nombre de un
caballo participante, podría venderlo por el dinero suficiente para doctorarme
en Heidelberg.
De
modo que me quedé y esperé a que se celebrara el sorteo.
Europa
no es necesariamente cara. Un pupilaje para estudiantes es un lujo para un
hombre que acaba de llegar del Sudeste de Asia, e incluso la Riviera francesa
no es cara si uno es de buen conformar. No me quedé en el Paseo de los
Ingleses; alquilé una diminuta habitación dos kilómetros más allá, con derecho
a lavabo colectivo. En Niza hay maravillosos clubs nocturnos, pero uno no
necesita patrocinarlos mientras el suelo de las playas sea tan bueno... y
gratuito. Nunca había apreciado la cantidad de arte que puede haber en la danza
de los abanicos hasta la. primera vez que contemplé a una muchacha francesa
despojarse de sus ropas y quedarse en bikini a la vista de ciudadanos,
turistas, perros —y yo—, sin violar las tolerantes leyes francesas sobre
«exhibición indecorosa».
Si,
señor, en la Riviera francesa pueden verse y hacerse muchas cosas sin gastar
dinero.
Las
playas son horribles. Rocas. Pero las rocas son mejores que el barro de la
selva, y yo me quedaba en taparrabos y disfrutaba del espectáculo que me
rodeaba, y acrecentaba mi bronceado. Era primavera, antes de la temporada
turística, y no había demasiada gente, pero el tiempo era caluroso y seco. Me
tumbaba al sol y era feliz, y mis únicos lujos consistían en una caja de
seguridad en la American Express y la edición parisina del New York Herald
Tribune y The Stars & Stripes. Así podía enterarme de cómo las Grandes
Potencias desgobernaban el mundo, luego buscaba alguna noticia acerca de la
no—Guerra de la que yo acababa de librarme (no solía haber ninguna, aunque nos
habían dicho que estábamos «salvando la civilización»), y luego pasaba a los
asuntos importantes, es decir, noticias acerca de las Apuestas Múltiples
irlandesas, y la posibilidad de que The Stars & Stripes anunciara que todo
había sido un mal sueño y que yo tenía derecho a beneficios educativos, después
de todo.
Luego
llegaban los crucigramas y los anuncios «Personales». Siempre leía los
«Personales»; son una mirada desnuda a vidas privadas. Cosas como: M. L.
telefonee a R. S. antes de mediodía. Dinero, le hacían preguntarse a uno quién
le hacía qué a quién, y quién recibia la paga.
No
tardé en descubrir la manera de vivir con menos dinero y en un paisaje todavía
mejor. ¿Ha oído usted hablar de la Ile du Levant? Es una isla de la Riviera
entre Marsella y Niza, muy parecida a Catalina. Tiene una aldea en un extremo,
y la Marina francesa ha bloqueado el otro para misiles autopropulsados; el
resto son colinas, y playas, y grutas. No hay automóviles, ni siquiera
bicicletas. La gente que va allí no desea que le recuerden el mundo exterior.
Por
diez dólares al día puede disfrutarse de un lujo equivalente a cuarenta dólares
en Niza. O pueden pagarse cinco centavos al día por una plaza de camping y
vivir con un dólar diario —que fue lo que hice yo—, y hay buenos restaurantes
baratos en cualquier momento en que uno se canse de guisar.
Es
un lugar que parece no tener normas de ninguna clase. Un momento: hay una. A la
entrada de la aldea, Heliopolis, hay un letrero: LE NU INTEGRAL EST
FORMELLEMENT INTERDIT. («Queda estrictamente prohibido el desnudo integral»).
Esto
significa que todo el mundo, hombre o mujer, debe ponerse un pequeño triángulo
de tela, un cache.sexe, antes de entrar en la aldea.
En
los otros lugares, en las playas, en los campings y alrededor de la isla, uno
no tiene que llevar nada, y nadie lo lleva.
Salvo
por la ausencia de automóviles y ropas, la Isla del · Levante es como cualquier
otra región de la campiña francesa. Escasea el agua potable, pero los franceses
no beben agua y uno se baña en el Mediterráneo, y por un franco puede comprar
el agua potable suficiente para empapar media docena de esponjas y quitarse la
sal del cuerpo. Torne el tren en Marsella o en Niza, apéese en Tolón, tome un
autobús hasta Lavendou, luego un barco (una hora y unos minutos) hasta la Isla
del Levante.., y luego despréndase de sus preocupaciones con sus ropas.
Descubrí
que podía comprar el Herald—Trib, con una fecha de retraso, en la aldea, en el
mismo establecimiento («Au Minimum», Mme. Alexandre) en el que alquilé una
tienda y un equipo de camping. Compré comestibles en La Brise Marine, acampé en
La Playa de las Grutas, cerca de la aldea, me instalé, y dejé que mis nervios
se relajaran mientras disfrutaba del espectáculo que se ofrecía ante mis ojos.
Algunas
personas menosprecian la divina forma femenina. El sexo es demasiado bueno para
ellas; tendrían que haber sido ostras. Todas las mujeres son agradables a la
vista (incluidas las hermanitas morenas, a pesar de que me asustaban); la única
diferencia es que algunas resultan más agradables a la vista que otras. Algunas
eran gordas, y algunas eran flacas, y algunas eran viejas, y algunas eran
jóvenes. Algunas parecían recién salidas de Les Folies Bergéres. Entablé
amistad con una de estas últimas y no andaba muy desencaminado: era una
muchacha sueca que se «desnudaba» en otra revista de París. Practicaba el
inglés conmigo y yo practicaba el francés con ella, y me prometió prepararme
una cena sueca si algún día la visitaba en Estocolmo, y yo le preparé una cena
con una lamparilla de alcohol, y nos calentamos a base de vino peleón, y ella
quiso saber cómo había adquirido mi cicatriz, y yo le conté algunas mentiras.
Marjatta era buena para los nervios de un ex soldado, y me quedé muy triste
cuando tuvo que marcharse.
Pero
el espectáculo continuó. Tres días después estaba sentado en la Playa de las
Grutas, reclinado contra una roca y resolviendo el crucigrama, cuando
súbitamente bizqueé tratando de no mirar fijamente a la mujer más digna de ser
mirada que había visto en toda mi vida.
Mujer,
muchacha... no podía estar seguro. De momento me parecía que tenía dieciocho
años, tal vez veinte; más tarde, cuando pude mirarla sin rebozo, siguió
pareciéndome que tenía dieciocho años, pero podía haber tenido cuarenta. O
ciento cuarenta. La belleza perfecta no tiene edad. Como Helena de Troya o
Cleopatra. Parecía posible que fuera Helena de Troya, pero supe que no era
Cleopatra porque no era pelirroja, sino rubia natural. Su cuerpo tenía un
bronceado perfecto, sin ninguna discontinuidad de marcas de bikini, y sus
cabellos eran del mismo color, dos tonos más claro. Caían en graciosas ondas
sobre su espalda, y parecían no haber sido cortados nunca.
Era
alta, casi tanto como yo, y no pesaba mucho menos. No tenía grasa, salvo aquel
gracioso almohadillado que suaviza la forma femenina, enmascarando los músculos
que hay debajo: yo estaba convencido de que había músculos debajo; se
transportaba a sí misma con la relajada potencia de una leona.
Sus
hombros eran más bien anchos, tratándose de una mujer, tan anchos como sus
femeninas caderas; su cintura hubiera parecido exagerada en otra mujer más
frágil, pero en ella resultaba deliciosamente esbelta. Su vientre revelaba un
tono muscular perfecto. Sus senos.., sólo un tórax tan recio como el suyo podía
sostener unos senos tan grandes sin que parecieran exagerados. Los tenía muy
erguidos y oscilaban ligeramente cuando se movía, y estaban coronados por unos
pezones pardorosáceos, propios de una mujer y no de una virgen.
Su
ombligo era aquella joya que elogiaron los poetas persas.
Sus
piernas eran largas para su estatura; sus manos y pies no eran pequeños, pero
sí esbeltos y graciosos. Era graciosa en todos los aspectos; resultaba
imposible pensar en ella en una actitud desprovista de gracia. Pero al mismo
tiempo producía la impresión de que, al igual que un gato, podría haberse
retorcido en cualquier postura.
Su
rostro... ¿Cómo describir la belleza perfecta excepto diciendo que cuando uno
la ha visto no puede confundirla? Sus labios eran gruesos y su boca más bien
ancha, levemente curvada con la sombra de una sonrisa incluso cuando sus
facciones estaban en reposo. Sus labios eran rojos, pero si llevaba algún tipo
de maquillaje había sido aplicado con tanta pericia que no pude detectarlo.., y
aquello habría bastado para distinguirla, ya que aquel año todas las otras
mujeres llevaban maquillaje «Continental», tan artificial como un corsé y tan
audaz como la sonrisa de una amante.
Su
nariz era recta y bastante grande para su rostro, del que no desentonaba. Sus
ojos...
Me
sorprendió mirándola. Desde luego, las mujeres esperan ser miradas, y lo
esperan lo mismo cuando están desnudas que cuando se han vestido para un baile.
Pero resulta difícil sostener abiertamente una mirada. Yo había renunciado a la
lucha al cabo de diez segundos, y estaba tratando de memorizar cada línea y
cada curva de su cuerpo.
Sus
ojos volvieron a encontrarse con los míos y ahora fue ella quien desvió la
mirada, y yo empecé a enrojecer pero no pude dejar de mirarla. Sus ojos era de
un azul tan oscuro que resultaban más oscuros que mis propios ojos castaños.
Logré
farfullar «Pardonez—moi, ma'm'selle», y aparté mis ojos de ella.
Ella
contestó, en inglés:
—Oh,
no importa. Puede mirar cuanto le plazca —y me examinó de arriba a abajo tan
cuidadosamente como yo la había inspeccionado a ella. Su voz era cálida, de
contralto,sorprendentemente profunda en sus registros más bajos.
Avanzó
dos pasos hacia mí y casi se me echó encima.Empecé a levantarme, pero me hizo
un gesto para que me quedara sentado, con la actitud de una persona muy
acostumbrada a dar órdenes.
—No
se mueva —dijo. La brisa transportó su fragancia hasta mí, y noté que se me
ponía la piel de gallina—. Es usted norteamericano.
—Sí.
—Yo estaba seguro de que ella no lo era, pero estaba igualmente seguro de que
no era francesa. No sólo no tenía ningún rastro de acento francés, sino que
también... bueno, las mujeres francesas son al menos ligeramente provocativas
en todas las ocasiones; no pueden evitarlo, es algo consustancial con la
cultura francesa. Y en esta mujer no había nada provocativo.., salvo que era
una incitación al tumulto por el mero hecho de existir.
Pero,
sin ser provocativa, poseía aquel raro don de la intimidad inmediata; me
hablaba como podría hablarme un viejo amigo, haciendo asombrosamente fácil el
téte—à—téte. Me formuló preguntas acerca de mí mismo, algunas de ellas muy
personales, y yo contesté sinceramente a todas ellas, y ni por un instante se
me ocurrió la idea de que ella no tenía derecho a interrogarme. No me preguntó
mi nombre, ni yo el suyo... ni le formulé ninguna pregunta acerca de ella.
Al
final se interrumpió y volvió a mirarme con una grave atención. Luego dijo,
pensativamente:
—Es
usted muy bello —y añadió—: Au voir —y dio media vuelta y se dirigió hacia la
playa, y se alejó nadando.
Yo
estaba demasiado aturdido para moverme. Nadie me había llamado «guapo», ni
siquiera antes de fracturarme la nariz. En cuanto a bello»...
Pero
no creo que hubiese logrado nada siguiéndola, aunque la idea se me hubiera
ocurrido a tiempo. Aquella individua sabía nadar.
III
Permanecí
en la playa hasta la puesta del sol, esperando que ella volviera. Luego cené
apresuradamente a base de pan, queso y vino, me puse mi taparrabos, y me dirigí
a la aldea. Allí recorrí bares y restaurantes sin encontrarla; luego aceché a
través de las ventanas en las casas cuyas persianas no estaban echadas, con el
mismo resultado negativo. Cuando las tabernas empezaron a cerrar, me di por
vencido, regresé a mi tienda de campaña, me maldije a mí mismo por mi estupidez
(¿por qué no podía haber dicho: «¿Cuál es su nombre, y dónde vive usted, y
dónde está parando aquí»?), me introduje en mi saco, y me dormí.
Me
levanté al amanecer y revisé la playa, desayuné, volví a revisar la playa, me
«vestí» y me dirigí a la aldea, revisé las tiendas y la oficina de correos, y
compré mi Herald—Trib.
Entonces
me enfrenté con una de las decisiones más difíciles de mi vida: uno de mis
boletos de Apuestas Múltiples había sido agraciado en el sorteo.
Al
principio no estaba seguro, ya que no me había aprendido de memoria aquellos
cincuenta y tres números de serie. Tuve que regresar corriendo a mi tienda,
buscar un cuaderno de notas y comprobarlo... ¡y lo tenía! Era un número que me
había llamado la atención por su singularidad: XDY34555. ¡Tenía un caballo!
Lo
cual significaba varios miles de dólares, no sabía cuántos. Pero los
suficientes como para garantizarme el doctorado en Heidelberg... si lograba
vender el boleto inmediatamente. El Herald—Trib llegaba allí con una fecha de
retraso,lo cual significaba que el sorteo se había celebrado al menos dos días
antes.., y entretanto el caballo podía haberse roto una pata, o haber sufrido
cualquier otro accidente. Mi boleto era dinero efectivo sólo mientras «Lucky
Star» figurara en la lista de salida.
Tenía
que viajar a Niza apresuradamente y descubrir dónde y cómo podía obtener el
mejor precio por un boleto afortunado. ¡Sacar el boleto de mi caja de seguridad
y venderlo!
Pero,
¿y «Helena de Troya»?
Shylock,
con su grito desgarrador de: «Oh, mi hija! ¡Oh, mis ducados!», no estaba más
indeciso entre dos opciones que yo.
Establecí
un compromiso. Escribí una nota dolorida, identificándome a mí mismo,
diciéndole a ella que había recibido una llamada urgente y suplicándole que me
esperara hasta mi regreso, al día siguiente, o al menos me dejara una nota
diciéndome cómo podría encontrarla. Se la dejé a la encargada de la oficina de
correos, junto con una descripción —rubia, así de alta, los cabellos así de
largos, una poitrine espléndida— y veinte francos, con la promesa de otros
cuarenta si entregaba la nota y obtenía una respuesta. La encargada de la
oficina de correos dijo que nunca la había visto, pero que si cette grande
blonde ponía un pie en la aldea, la nota sería entregada.
Aquello
me dejó el tiempo justo para regresar a mi tienda de campaña, vestirme con mis
ropas «normales», saldar mi cuenta con Mme. Alexandre, y tomar el barco. Luego
tendría tres horas de viaje para preocuparme.
El
problema estribaba en que Lucky Star no era un jamelgo en toda la extensión de
la palabra. Mi caballo no quedaría por debajo del quinto o sexto lugar, por muy
buenos que fuesen sus rivales. ¿Qué tenía que hacer? ¿Aprovechar la ocasión y
ganar tranquilamente una buena suma dinero?
¿O
exponerme al «todo o nada»?
La
decisión no era fácil de tomar. Suponiendo que pudiera vender el boleto por
10.000 dólares, y suponiendo que no intentara ningún truco para eludir los
impuestos, me quedaría la mayór parte de aquella suma para ingresar en la
Universidad.
Pero,
yo iba a ingresar en la Universidad de todos modos... ¿y deseaba realmente ir a
Heidelberg? Aquel estudiante con las cicatrices de sus duelos me había
producido una mala impresión, con su falso orgullo por unas cicatrices que no
le habían expuesto a un verdadero peligro.
Supongamos
que no vendía el boléto y ganaba el primer premio, 50.000 libras esterlinas, o
140.000 dólares...
¿Sabe
usted cuanto paga en impuestos un soltero por 140.000 dólares en la Tierra de
los Valientes y la Patria de los Hombres Libres?
103.000
dólares, eso es lo que paga.
Lo
cual le deja con 37.000 dólares.
¿Deseaba
apostar 10.000 dólares contra la posibilidad de ganar 37.000... con unas
probabilidades de al menos 15 a 1 contra mí?
Hermano,
aquello merecía ser meditado a fondo.
Pero
supongamos que ideaba algún medio para eludir los impuestos, exponiendo así
10.000 dólares para ganar 140.000... Eso hacía que la ganancia potencial
equilibrara las probabilidades.., y 140.000 dólares no eran tan sólo dinero
para ir a la Universidad, sino una fortuna que podía reportar cuatro o cinco
mil dólares anuales para siempre.
Yo
no «estafaría» al Tío Sam; los USA no tenían más derecho moral sobre aquel
dinero (si yo ganaba), que el que yo tenía sobre el Sacro Imperio Romano. ¿Qué
había hecho el Tío Sam por mí? Había amargado la vida de mi padre con dos
guerras, una de las cuales no nos habían permitido ganar.., y con ello había
dificultado mis estudios, aparte de privarme del intangible valor espiritual
que un padre puede significar para su hijo (¡no lo sabia, nunca lo sabría!).
Luego me había sacado de la Universidad y me había enviado a luchar en otra
noGuerra, y me expuso a la muerte un millar de veces, y me desposeyó del tesoro
de mi risa juvenil.
¿Qué
derecho tenía el Tío Sam a quedarse con 103.000 dólares que me pertenecían?
¿Qué haría con ellos? ¿Prestárselos a Polonia? ¿O regalárselos al Brasil?
Había
una manera de conservarlos todos (si yo ganaba) tan, legal como el
matrimonio.Vivir en un pequeño país libre de impuestos, como Mónaco, durante un
año. Y luego trasladarme a otra parte con mi dinero.
Nueva
Zelanda, tal vez. El Herald—Trib exhibía sus titulares de costumbre, sólo que
más alarmantes. Parecía como si los muchachos (¡retozones ellos!) que
gobernaban este planeta estuvieran a punto de desencadenar otra guerra, una
guerra con ICBM y bombas H, en cualquier momento.
Si
un hombre se trasladaba tan al sur como Nueva Zelanda, allí podía quedar algo
en pie después de la hecatombe.
Se
supone que Nueva Zelanda es un lugar muy bonito, y dicen que allí un pescador
considera una trucha de dos kilos como demasiado pequeña para llevársela a
casa.
En
cierta ocasión yo había pescado una trucha de medio kilo.
Por
entonces hice un horrible descubrimiento. No quería volver a la Universidad,
ganar, perder, ni jugar. Habían dejado de importarme los garajes de tres plazas
y cualquier otro símbolo de prosperidad o «seguridad». No existía ninguna
seguridad en este mundo, y sólo los estúpidos y los ratones creían que podía
existir.
En
alguna parte de la selva había renunciado a todas las ambiciones de aquel tipo.
Habían disparado contra mí demasiadas veces, y había perdido interés en
supermercados y subdivisiones exurbanas y esta noche es la cena de la PTA no lo
olvides querido lo prometiste.
Oh,
no quería encerrarme en un monasterio. Pero seguía deseando...
Deseaba
un huevo de Rocho. Deseaba un harén lleno de encantadoras odaliscas menos que
el polvo debajo de las ruedas de mi carroza,la herrumbre que nunca manchó mi
espada. Deseaba oro virgen en pepitas del tamaño de un puño y darle su merecido
al vil usurpador de la mina... Deseaba levantarme con el ánimo optimista y
salir y romper algunas lanzas, y luego llevarme a una doncella por mi droit du
seigneur...¡Deseaba erguirme ante el Barón y desafiarle a que tocara a mi
doncella! Deseaba oír el agua púrpura retozando contra la piel de la Nancy Lee
en el frío de la guarida matinal y ningún otro sonido, ningún movimiento salvo
el lento bascular de las alas de los albatros que nos habían estado siguiendo
durante los últimos mil kilómetros.
Deseaba
las oscilantes lunas de Barsoom. Deseaba a Storisende y Poictesme, y a Holmes
despertándome para decirme: «¡La caza está en marcha!» Deseaba navegar
Mississippi abajo sobre una balsa y eludir a una multitud en compañía del Duque
de Bilgewater y del Delfín Perdido.
Deseaba
al Preste Juan, y a Excalibur sostenido por un brazo de luna blanca fuera de un
lago silencioso. Deseaba navegar con Ulises y con Tros de Samotracia y comer el
loto en un país donde la tarde parecía ser eterna. Deseaba el sentimiento de
romance y la sensación de maravilla que había conocido en mi infancia. Deseaba
que el mundo fuera lo que me habían prometido que sería.., en vez del
atolladoro vulgar y asqueroso que es.
Había
tenido una oportunidad.., durante diez minutos, ayer por la tarde. Helena de
Troya, fuera el que fuese su verdadero nombre... Y yo lo había sabido.., y la
había dejado escapar.
Tal
vez se tiene solamente una oportunidad.
El
tren llegó a Niza.
En
las oficinas de la American Express fui al departamento de banca y a mi caja de
seguridad, encontré el boleto, y comprobé el número con el Herald—Trib: ¡XDY,
34555, sí! Para dar tiempo a tranquilizarme, comprobé los otros boletos, y eran
papel mojado, tal como pensaba. Volví a meterlos en la caja y solicité una
entrevista con el director.
Yo
tenía un problema monetario, y la American Express es un banco, no una simple
agencia de viajes. Me acompañaron al despacho del director, e intercambiamos
nombres y apellidos.
—Necesito
asesoramiento —dije—. Verá, tengo uno de los boletos de las Apuestas Múltiples
ganadores.
Una
sonrisa iluminó su rostro.
—¡Felicidades!
Es usted la primera persona en mucho tiempo que viene aquí con una buena
noticia en vez de con una queja.
—Gracias.
Uh, mi problema es éste. Sé que un boleto favorecido en el sorteo tiene cierto
valor hasta el día de la carrera. Según el caballo de que se trate, desde
luego.
—Desde
luego —asintió el director—. ¿Qué caballo le ha correspondido a usted?
—Uno
bastante bueno, Lucky Star... y eso es lo que complica el asunto. Si me hubiera
tocado Bomba H, o cualquiera de los tres favoritos...Bueno, esta es la
cuestión: no sé si vender o esperar, porque ignoro cómo están las apuestas.
¿Sabe usted lo que se ofrece por Lucky Star?
El
director unió las puntas de sus dedos.
—Señor
Gordon, la American Express no se dedica a informar sobre carreras de caballos
ni a actuar de intermediario en la reventa de boletos de las Apuestas
Múltiples. Sin embargo... ¿Lleva usted el boleto encima?
Lo
saqué de mi bolsillo y se lo entregué. Había pasado a través de varias partidas
de póker, y estaba manchado de sudor y arrugado,pero aquel número afortunado
era inconfundible.
El
director lo examinó.
—¿Tiene
usted su recibo?
—No.
—Empecé a explicar que había dado la dirección de mi padrastro... y que mi
correo había sido remitido a Alaska...
Me
interrumpió.
—Está
bien. —Pulsó un botón en su escritorio—. Alice,¿quiere decirle al señor Renault
que venga?
¡Yo
me estaba preguntando si realmente todo estaba bien.Desde luego, había obtenido
los nombres de los dueños de los boletos, y cada uno de ellos me había
prometido enviarme su recibo cuando lo tuviera.., pero no me había llegado
ningún recibo. Tal vez en Alaska... Había comprobado este boleto en la caja de
seguridad: había sido comprado por un sargento que ahora estaba en Stuttgart.
Tal vez tendría que pagarle algo, o tal vez tendría que romperle los brazos.
El
señor Renault tenía el aspecto de un maestro de escuela fatigado.
—El
señor Renault es nuestro experto en este tipo de asuntos —explicó el director—.
¿Le permite examinar su boleto, por favor?
El
francés lo examinó; luego, sus ojos se iluminaron, se llevó una mano al
bolsillo, y sacó una lupa de joyero.
—¡Excelente!
—dijo, en tono de aprobación—. Una de las mejores. ¿Hong Kong, quizá?
—Lo
compré en Singapur.
Asintió
y sonrió.
—Eso
encaja.
El
director no sonreía. Abrió un cajón de su escritorio, sacó otro boleto de
Apuestas múltiples, y me lo entregó.
—Señor
Gordon, este lo compré en Montecarlo. ¿Quiere compararlo con el suyo?
Me
parecieron iguales, salvo por los números de serie y por el hecho de que el
suyo estaba liso y limpio.
—¿Qué
se supone que tengo que mirar?
—Tal
vez esto le ayudará —me ofreció una lupa de gran tamaño.
Un
boleto de Apuestas Múltiples está impreso en un papel especial, y tiene un
retrato grabado, y está hecho en varios colores. Un trabajo de impresión y de
grabado mejor que el que muchos países utilizan para el papel moneda.
No
tardé en enterarme de que no se puede transformar un dos en un as mirando
fijamente el naipe. Le devolví su boleto al director,
—El
mío está falsificado.
—Yo
no he dicho eso, señor Gordon. Le sugiero que lo consulte en otra parte. En las
oficinas del Banco de Francia, por ejemplo.
—Puedo
verlo perfectamente. En el mío, las líneas grabadas aparecen interrumpidas en
algunos lugares. Bajo la lupa, se observan los defectos de impresión. —Me
giré—, ¿No es cierto, señor Renault?
El
experto se encogió de hombros conmiseratjvamente.
—Es
un buen trabajo, en su clase.
Les
di las gracias y me marché. Acudí al Banco de Francia, no porque dudara del
veredicto, sino porque uno nó se deja cortar una pierna, ni renuncia a 140.000
dólares, sin segunda opinión. El experto no se molestó en examinar el boleto
con una lupa.
—Falsificado
—anunció—. No vale nada.
Era
imposible regresar a la Isla del Levante aquella noche. Cené, y luego visité a
mi antigua patrona. Mi cuarto estaba desocupado, y ella me permitió dormir
allí. No permanecí despierto mucho rato.
No
estaba tan deprimido como había supuesto. Me sentía relajado, casi aliviado.
Por espacio de unas horas había experimentado la maravillosa sensación de ser
rico, y había experimentado su complemento, la preocupación de ser rico...y
ambas sensaciones eran interesantes, y no me importaría que se repitieran.
Pero
ahora no tenía ningua preocupación. Lo único que tenía que decidir era el
momento de regresar a casa, y pudiendo vivir con tan poco dinero en la isla no
había ninguna prisa. Lo único que me fastidiaba era que aquel viaje precipitado
a Niza podía haberme desconectado de «Helena de Troya», cette grande blonde..,
¡Si grande... si belle... si majestueuse! Me quedé dormido pensando en ella.
Me
había propuesto tomar el primer tren de la mañana, y luego el primer barco.
Pero el día anterior había gastado la mayor parte de mi dinero, y no se me
había ocurrido sacar una cantidad en la American Express. Además, no había
preguntado si había llegado correo para mí. No esperaba ninguna carta que no
fuera de mi madre y posiblemente de mi tía: al único amigo íntimo que había
tenido en el Ejército le habían matado hacía seis meses. Sin embargo, podía ir
a recoger el correo, dado que tenía que esperar por el dinero.
De
modo que me obsequié con un suculento desayuno.Los franceses creen que un
hombre puede hacer frente al día con achicoria y leche y un croissant, lo cual
es probablemente la causa de su inestable política. Escogí la terraza de un
café junto a un gran kiosco, el único de Niza que recibía The Stars &
Stripes y que pondría a la venta el Herald—Trib a primera hora de la mañana,
Encargué melón, café complet para dos, y una omelette aux herbes fines; y me
senté a disfrutar de la vida.
Cuando
llegó el Herald—Trib, me distrajo de mi sibarítico placer. Los titulares eran
peores que nunca, y me recordaron que tarde o temprano tendría que volver a
tratar con el mundo; no podía quedarme en la Isla del Levante para siempre.
Pero,
¿por qué no quedarme allí el mayor tiempo posible? Seguía sin desear ir a la
Universidad, y aquella ambición del garaje de tres plazas estaba tan muerta
como aquel boleto de las Apuestas Múltiples. Si la Tercerá Guerra Mundial
estaba a punto de estallar, no valía la pena trabajar como ingeniero por seis u
ocho mil dólares al año en Santa Mónica sólo para ser atrapado por la tormenta
de fuego.
Sería
mejor disfrutar de la vida, con dólares y día a mano, y luego... Bueno, tal vez
ingresar en la Infantería de Marina, como mi padre.Quizá me ascendieran a
cabo.., y me mantuvieran en el empleo.
Doblé
el periódico por la columna de «Personales».
Eran
muy buenos. Además de las habituales ofertas de lecturas psíquicas, y cómo
aprender yoga, y los velados mensajes de un juego de iniciales a otro, había
varios que eran novedades. Tales como:
¡RECOMPENSA!
¿Piensa usted suicidarse? Encárgueme el traspaso de su apartamento y podrá
gastar a manos llenas durante sus ultimos días Apartado 323, H—T.
O:
Caballero
hindú, no vegetariano, desea conocer a una dama culta, europea, africana o
asiática, que posea un automóvil deportivo. Objetivo: mejorar las relaciones
internacionales. Apartado 107.
¿No
resultaría «incómodo» un automóvil deportivo?
Uno
de los anuncios era ominoso:
¡Hermafroditas
del mundo, en pie! No tenéis nada que perder salvo vuestras cadenas. Tel. Opera
59—09.
El
siguiente empezaba:
¿ES
USTED UN COBARDE?
Bueno,
sí, desde luego. En la medida de lo posible. Si se permitía elegir libremente.
Continué
leyendo:
¿ES
USTED UN COBARDE? Entonces no es para usted. Necesitamos urgentemente a un
hombre valiente. Debe tener de 23 a 25 años, una salud perfecta, un mínimo de
un metro ochenta de estatura, y un peso aproximado de noventa kilos. Ha de
hablar con soltura inglés y algo de francés, saber manejar toda clase de armas,
poseer conocimientos de mecánica y matemáticas (esencial), estar dispuesto a
viajar, carecer de lazos familiares o sentimentales, tener un valor indomable,
y un rostro y una figura atractivos. Empleo estable, sueldo muy elevado,
gloriosa aventura, gran peligro.Presentarse personalmente en el número 17 de la
calle Dante, Niza, 2.0 piso, apartamento D.
Leí
aquella exigencia acerca del rostro y de la figura con intenso alivio. Por un
instante había tenído la impresión de que alguien con un perverso sentido del
humor había querido gastarme una broma pesada. Alguien que conocía mi costumbre
de leer los «personales».
Aquella
dirección se encontraba a sólo cien metros del lugar donde yo estaba sentado.
Leí otra vez el anucio.
Luego
pagué la cuenta, dejé una cuidadosa propina, fui al kiosco y compré The Stars
& Stripes, me dirigí a la American Express, saqué dinero y recogí mi
correo, y me encaminé a la estación del ferrocarril. Faltaba una hora para la
salida del próximo tren a Tolón, de modo que entré en el bar, pedí una cerveza,
y me senté a leer.
Mi
madre lamentaba que no les hubiera encontrado en Wiesbaden. Su carta
pormenorizaba las enfermedades de los niños, lo caro que estaba todo en Alaska,
y expresaba lo mucho que sentían todos el haber tenido que marcharse de
Alemania. Me la guardé en el bolsillo y desdoblé The Stars & Stripes.
De
pronto me encontré leyendo: ¿ES USTED UN COBARDE? El mismo anuncio, de cabo a
rabo.
Solté
el periódico con un gruñido.
Había
otras tres cartas. Una de ellas me invitaba a contribuir a la asociación
atlética de mi ex Instituto de Enseñanza; la segunda se ofrecía a asesorarme en
la selección de mis inversiones por una tarifa especial de sólo 48 dólares al
año; la última era un sobre sin sello, evidentemente entregado a mano en la
American Express.
Contenía
solamente un recorte de periódico, que empezaba: ¿ES USTED UN COBARDE?
Era
el mismo anuncio que ya había visto, con la diferencia de que en este habían
subrayado las palabras: Presentarse personalmente en...
Tomé
un taxi hasta la calle Dante. Si me daba prisa, tenía tiempo de resolver aquel
jeroglífico sin perder el tren de Tolón. En el número 17 de la calle Dante no
había ascensor; subí la escalera y, cuando me acercaba a la puerta D, encontré
a un joven que salía. Medía un metro ochenta, tenía un rostro y una figura
atractivos, y daba la impresión de que podría ser un hermafrodita.
En
la puerta había una placa: DR. BALSAMO — HORAS A CONVENIR, en francés y en
inglés. El nombre me resultó vagamente familiar, pero no me detuve a pensar;
empujé la puerta.
La
oficina exterior era lo menos parecido a una oficina por el desorden que
reinaba en ella. Detrás del escritorio había un personaje estrafalario con una
alegre sonrisa, una mirada dura, el rostro y la calva más sonrosados que
hubiera visto en toda mi vida, y una orla de revueltos cabellos blancos.Me miró
y dijo, con una risita:
—¡Bienvenido!
¿De modo que es usted un héroe?
Súbitamente
esgrimió un revólver casi tan largo y pesado como su propio cuerpo, y me apuntó
con él. Por el interior de su cañón podría haber pasado un Volkswagen.
—No
soy un héroe —dije en tono desabrido—. Soy un cobarde. Sólo he venido aquí para
averiguar qué clase de broma es ésta. —Me moví lateralmente mientras desviaba
el cañón de aquel monstruoso revólver hacia el otro lado, golpeé la muñeca del
hombre, y me apoderé del arma. Luego se la devolví, diciéndole—: No juegue con
ese cacharro si no quiere que se lo haga tragar. Tengo prisa. ¿Es usted el
doctor Bálsamo? ¿Puso usted el anuncio?
—Tut,
tut —respondió, sin enfadarse en lo más mínimo—. Juventud impetuosa. No, el
doctor Bálsamo está allí —apuntó sus cejas hacia dos puertas situadas en la
pared izquierda, y pulsó un timbre en su escritorio: lo único en la habitación
posterior a Napoleón—. Pase. Ella le está esperando.
—¿Ella?
¿Qué puerta es?
—Ah,
¿la Dama o el Tigre? ¿Qué importa eso? ¿A largo plazo? Un héroe lo sabrá. Un
cobarde escogerá la puerta equivocada, convencido de que miento. Allez—y.
¡Vite, vite! ¡Schnell! Adelante, Mac.
Refunfuñando,
abrí la puerta situada a mano derecha.
El
doctor estaba de pie de espaldas a mi, junto a un aparato adosado a la pared
del fondo, y llevaba una de aquellas chaquetas blancas de cuello alto que están
de moda entres los médicos. A mi izquierda había una camilla de reconocimiento,
y a mi derecha un moderno sofá estilo sueco; habían vitrinas de cristal y acero
inoxidable, y algunos diplomas en sus correspondientes marcos; el contraste con
el desorden y la antigüedad de la oficina exterior resultaba abrumador.
Mientras
yo cerraba la puerta ella se giró, me miró, y dijo tranquilamente:
—Me
alegro mucho de que hayas venido. —Luego sonrió y añadió, en tono susurrante—:
Eres bello —y se dejó caer en mis brazos.
IV
Alrededor
de un minuto y cuarenta segundos y varios siglos más tarde, el «Doctor
Bálsamo—Helena de Troya» apartó su boca dos centímetros de la mía y dijo:
—Suéltame,
por favor, y luego desvístete y túmbate en la camilla de reconocimiento.
Me
sentí como si hubiera dormido durante nueve horas seguidas, como si hubiera
tomado una ducha escocesa y me hubiera bebido tres tragos de aguardiente helado
con el estómago vacio. Cualquier cosa que ella deseara que hiciera, yo deseaba
hacerla. Pero la situación parecía imponer una réplica ocurrente.
—¿Eh?
—dije.
—Por
favor. Tú eres el elegido, pero de todos modos tengo que examinarte.
—Bueno..,
de acuerdo —asentí—. Tú eres el doctor —añadí, y empece a desabotonar mi
camisa—. ¿Eres un doctor? En medicina, quiero decir.
—Sí.
Entre otras cosas.
Me
quité los zapatos.
—Pero,
¿por qué quieres examinarme a mí?
—En
busca de lunares, quizá. Oh, no encontraré ninguno, lo sé. Pero debo buscar
otras cosas también. Para protegerte.
Aquella
mesa era fría contra mi piel. ¿Por qué no almohadillan esos cacharros?
—¿Te
llamas Bálsamo?
—Es
uno de mis nombres —dijo ella con aire ausente, mientras unos dedos suaves me
tocaban aquí y allí—. Es decir, un apellido de familia.
—Espera
un momento... ¡Conde Cagliostro!
—Uno
de mis tíos. Sí, utilizaba ese apellido. Aunque no era realmente el suyo, no
más que Bálsamo, Tio José es un hombre muy desagradable y poco digno de
confianza. —Tocó una antigua y pequeña cicatriz—. Te extirparon el apéndice.
—Sí.
—Bien.
Déjame ver tus dientes.
Abri
la boca de par en par. Mi cara no tiene nada de particular, pero podría
alquilar mis dientes para anunciar el Pepsodent. De pronto, ella asintió:
—Rastros
de fluoruro. Bien. Ahora necesito tu sangre.
Podría
haberme mordido en el cuello para sacármela, y no me hubiera importado. Ni
sorprendido demasiado. Pero lo hizo del modo normal, extrayendo diez cc. de la
vena de mi brazo izquierdo. Tomó la muestra y la introdujo en aquel aparato
adosado a la pared. El aparato zumbó y chirrió, y ella volvió a acercarse a mí.
—Escucha,
Princesa... —dije.
—No
soy una princesa.
—Bueno...
no conozco tu nombre de pila, y me has dado a entender que tu verdadero
apellido no es «Bálsamo»... y no quiero llamarte «Doctor».
Era
cierto que no quería llamarla «Doctor», siendo como era la muchacha más hermosa
que yo había conocido o esperado conocer.., y especialmente después de un beso
que había borrado de mi memoria todos los otros besos que había recibido en mi
vida. No.
Ella
rneditó unos instantes.
—Tengo
muchos nombres. ¿Cómo te gustaría llamarme?
—¿Es
uno de ellos «Helena»?
Ella
sonrió como un rayo de sol, y me enteré de que tenía hoyuelos en las mejillas.
Parecía una jovencita de dieciséis años en su puesta de largo.
—Eres
muy gracioso. No, ella no es ni siquiera pariente mía. Aquello fue hace muchos,
muchísimos años. —Su rostro se tomó pensativo—. ¿Te gustaría llamarme
«Ettarre»?
—¿Es
ese uno de tus nombres?
—Es
parecido a uno de ellos, permitiendo distintas pronunciaciones y acentos.
Podría ser «Esther». O «Aster». O incluso «Estrellita».
—Aster
—repetí—. Star. ¡Lucky Star!
—Espero
ser tu estrella de la suerte —dijo ella ávidamente—. Como tú quieras. Pero,
¿cómo te llamaré yo a ti?
Pensé
en ello. Desde luego, no iba a resucitar el «Flash»:no soy un personaje de
historieta. El apodo que me habían puesto en el Ejército no sonaría bien, en
labios de una dama. Aunque yo lo prefiriese a mi verdadero nombre de pila. Mi
padre había estado muy orgulloso de una pareja de antepasados suyos... pero,
¿es esto un pretexto válido para inscribir en el Registro Civil a un hijo varón
como «Evelyn Ciril»? Aquello me había obligado a aprender a pelearme antes
incluso de aprender a leer.
El
nombre que me habían puesto en el hospital de campaña serviría para el caso. Me
encogí de hombros.
—Oh,
Scar es un nombre bastante bueno.
—Oscar
—repitió ella, redondeando deliciosamente la boca para formar la «O»—. Un
nombre noble. Un nombre de héroe. Oscar. —Lo acarició con su voz.
—¡No,
no! Oscar, no: Scar. De «Scarface». Por esta cicatriz.
—Tu
nombre es Oscar —dijo ella con firmeza—. Oscar y Aster. Scar y Star. —Rozó
suavemente mi cicatriz—. ¿Te desagrada tu marca de héroe? ¿Quieres que la
elimine?
—¿Eh?
Oh, no, ahora ya estoy acostumbrado a ella. Me permite reconocerme cuando me
miro al espejo.
—Bien.
A mí me gusta, la llevabas cuando te vi por primera vez. Pero si cambias de
idea, dímelo. —El aparato adosado a la pared dejó oír: ¡whush, chunk!, y ella
se giró, y arrancó una larga tira de papel, y luego silbó suavemente mientras
lo estudiaba.
—Terminaremos
en seguida —dijo alegremente, y acercó el aparato a la camilla (se movía sobre
ruedas)—. Quédate quieto mientras tengas conectado el protector, completamente
inmóvil y respirando normalmente.
Conectó
a mi cuerpo media docena de tubos, y se colocó en la cabeza algo que a primera
vista me pareció un original estetoscopio, aunque luego vi que le cubría los
ojos.
Dejó
oír una risita.
—Estás
también muy bien por dentro, Oscar. No, no hables —apoyó una mano sobre mi
antebrazo, y esperé.
Cinco
minutos después levantó su mano y desconectó los tubos.
—Eso
es todo —dijo jovialmente—. No volverás a resfriarte, héroe mío, y no volverá a
molestarte aquella fiebre que pillaste en la selva. Ahora pasaremos a la otra
habitación.
Bajé
de la camilla y recogí mis ropas. Star dijo:
—No
vas a necesitarlas en el lugar a donde vamos. Tendrás armas y equipo.
Me
detuve con los zapatos en una mano y los calzoncillos en la otra.
—Star...
—¿Sí,
Oscar?
—¿Qué
es todo esto? ¿Pusiste tú aquel anuncio? ¿Me estaba destinado? ¿Querías
realmente contratarme para algo?
Ella
aspiró una profunda bocanada de aire y dijo sobriamente:
—Yo
puse el anuncio. Te estaba destinado a ti y sólo a ti. Sí, hay una tarea a
realizar.., como paladín mío. Habrá grandes aventuras.., y mayores tesoros... y
peligros todavía mayores... Y me temo mucho que ninguno de nosotros saldrá con
vida de la prueba. —Me miró a los ojos—. Bien, señor?
En
mi cerebro bullían muchas preguntas, pero no formulé ninguna de ellas. Lo único
que deseaba era estar junto a ella, lo deseaba como nunca había deseado nada.
Dije:
—Princesa,
acabas de contratar a un paje.
Ella
contuvo la respiración.
—Date
prisa. Tenemos poco tiempo.
Me
condujo a través de una puerta más allá del moderno sofá sueco, desabotonando
su chaqueta blanca, abriendo la cremallera de su falda mientras avanzaba, y
dejando caer las prendas al suelo descuidadamente. No tardó en quedar tal como
la había visto por primera vez en la playa.
Aquella
habitación tenía paredes oscuras y ninguna ventana, y una luz suave que no
procedía de ninguna parte. Habían dos largos sofás uno al lado del otro, negros
y con aspecto de ataúdes, y ningún otro mueble. Cuando la puerta se cerró
detrás de nosotros tuve una repentina consciencia de que la habitación estaba
dolorosamente insonorizada: las desnudas paredes no devolvían ningún sonido.
Los
sofás estaban en el centro de un círculo que formaba parte de un amplio dibujo,
en tiza o pintura blanca, sobre el suelo desnudo. Penetramos en aquel círculo;
ella se volvió, se agachó y completó una línea, cerrándola. Y era cierto: ella
era incapaz de un solo movimiento carente de gracia, incluso agachada y en una
postura forzada, incluso con sus senos colgantes mientras se inclinaba hacia
adelante.
—¿Qué
es esto? —le pregunté.
—Un
mapa para llevarnos al lugar a donde vamos.
—Parece
un pentagrama.
Se
encogió de hombros,
—En
efecto, es un pentáculo de energía. Un diagrama de un circuito esquemático
serviría mejor a nuestro propósito. Pero, héroe mío, no puedo perder tiempo
explicándotelo. Túmbate, por favor, en seguida.
Me
tumbé en el sofá situado a la derecha tal como ella me indicaba, pero no pude
evitar una pregunta.
—Star,
¿eres una bruja?
—Si
lo prefieres... Por favor, no hables ahora. —Se tumbó a su vez y extendió su
mano—. Estrecha mi mano, mi señor; es necesario.
Su
mano era suave y cálida y muy fuerte. De pronto, la luz adquirió una tonalidad
rojiza, y luego se apagó.
Me
quedé dormido.
V
Me
despertó el canto de los pájaros.
Su
mano estaba aún en la mía. Giré la cabeza, y ella me sonrió.
—Buenos
días, mi señor.
—Buenos
días, Princesa.
Miré
a mi alrededor. Estábamos todavía tumbados en aquellos sofás negros, pero al
aire libre, en un claro alfombrado de hierba, entre árboles y al lado de un
susurrante riachuelo: un lugar tan bello que parecía haber sido montado hoja a
hoja por antiguos y pacientes jardineros japoneses.
Los
cálidos rayos del sol se filtraban entre las hojas y moteaban el cuerpo dorado
de Star. Alcé la mirada hacia el sol y luego la incliné hacia ella.
—¿Estamos
en la mañana?
Tenía
la impresión de que era mediodía o más tarde, y de que aquel sol debería estar
—parecía estar— poniéndose, no ascendiendo...
—Aquí
es la mañana, sí.
Súbitamente,
mi sentido de la orientación giró como una peonza y me sentí mareado.
Desorientado.., una sensación nueva para mí y muy desagradable. No podía
localizar el norte.
Luego
las cosas se arreglaron. El norte estaba allí, corriente arriba.., y el sol
estaba ascendiendo, tal vez serían las nueve de la mañana, y pasaría a través
del cielo hacia el norte. Hemisferio Meridional, sin duda. La explicación era
sencilla: drogar al individuo mientras se le examina, subirle a bordo de un
707, y volar hacia Nueva Zelanda. Y despertarle en el momento oportuno.
Sólo
que no dije esto y ni siquiera llegué a pensarlo. Y no era cierto.
Star
se incorporó.
—¿Tenes
hambre?
De
pronto me di cuenta de que una tortilla hacía unas horas —¿cuántas?— no era
suficiente para un muchacho en pleno crecimiento. Me incorporé y balanceé mis
pies sobre la hierba.
—Podría
comerme un caballo.
Ella
sonrió.
—Temo
que La Sociedad Anónima de Hipofagia esté cerrada. ¿Te arreglarías con unas
truchas? Tendremos que esperar un poco para poder comer a gusto. Y no te
preocupes, este lugar está resguardado.
—¿
Resguardado?
—Seguro.
—De
acuerdo. Uh, ¿tienes caña y anzuelos?
—No
hacen falta.
No
se trataba de pescar propiamente dicho, sino de engatusar a los peces. Nos
sumergimos en aquel encantador riachuelo, de aguas agradablemente frescas,
aunque no demasiado, avanzando lo más silenciosamente posible hasta situarnos
debajo de un enorme peñasco, un lugar en el que las truchas gustan de reunirse
y pensar: el equivalente piscícola de un club de caballeros.
Se
engatusa a una trucha ganándose su confianza y luego abusando de ella. Al cabo
de dos minutos había capturado una, de casi un kilo de peso, y la arrojé a la
orilla, y Star tenía otra aproximadamente del mismo tamaño.
—¿Cuánto
puedes comer? —me preguntó.
—Sal
del agua y sécate —dije—. Yo cogeré otra.
—Que
sean dos o tres —dijo Star—. Rufo no tardará en llegar. —Y nadó silenciosamente
hasta la orilla.
—¿Quién?
—Tu
lacayo.
No
discutí. Estaba dispuesto a creer siete cosas imposibles antes de desayunar, de
modo que seguí capturando el desayuno. Me hice con otras dos truchas, y la
última era la mayor que había visto nunca.Las pobres se dejaban atrapar
fácilmente.
Por
entonces, Star tenía un fuego encendido y estaba limpiando el pescado con una
afilada piedra. Cáscaras, cualquier Exploradora o bruja puede encender una
fogata sin fósforos. Yo mismo podía hacerlo, disponiendo de varias horas y
mucha suerte, frotando una contra otra dos ramas secas. Pero observé que los
dos pequeños ataúdes habían desaparecido. Bueno, yo no los había encargado. Me
agaché y empecé a limpiar una trucha.
Star
no tardó en regresar con unas frutas que parecían manzanas pero que tenían un
color púrpura oscuro, y con grandes cantidades de pequeñas setas. Las llevaba
sobre una hoja muy ancha, parecida a un hoja de platanero.
La
boca se me hacía agua.
—¡Si
tuviéramos un poco de sal! —dije.
—Ya
me he ocupado de eso. Aunque temo que será poco fina.
Star
asó el pescado de dos maneras, sobre el fuego, ensartado en una rama verde, y
sobre una piedra plana previamente calentada por el fuego, asando también allí
las setas. Este último sistema me pareció mucho mejor. Lo que al principio me
habían parecido setas eran una especie de cebolletas locales y eran muy
sabrosas. Con la sal (que era basta y arenosa, y era probable que hubiera sido
lamida por animales antes de que nosotros la utilizáramos... y no es que a mí
me importara), la trucha resultó ser la mejor que había comido en toda mi vida.
Bueno, el clima, el escenario y la compañía tenían mucho que ver con ello
también, especialmente la compañía.
Estába
tratando de pensar en un modo realmente poétitico de decir: «cQué te parece si
tú y yo nos quedáramos aquí durante los próximos diez mil años? De un modo
legal o informal... ¿estás casada?», cuando fuimos interrumpidos. Lo cual fue
una lástima, porque se me había ocurrido un bonito lenguaje, completamente
nuevo, para la sugerencia más antigua y más práctica del mundo.
El
viejo calvo, el enano con el descomunal revólver, estaba de pie detrás de mí,
maldiciendo.
Tenía
la seguridad de que estaba maldiciendo, a pesar de que el idioma era
desconocido para mí. Star giró la cabeza, habló en tono de reproche en el mismo
idioma, dejó sitio para el recién llegado, y le ofreció una trucha. El enano la
tomo y comio un trozo antes de decir, en inglés:
—La
próxima vez no le pagaré nada. Ya verás.
—No
debiste tratar de engañarle, Rufo. Coge algunas cebolletas. ¿Dónde está el
equipaje? Quiero vestirme.
—Allí
—dijo Rufo, y volvió a dedicar su atención al pescado.
Rufo
era una prueba de que algunas personas deben ir vestidas. Tenía un cuerpo
sonrosado y era algo tripudo. Sin embargo, su musculatura estaba asombrosamente
desarrollada, cosa que yo no había sospechado, pues de ser así me hubiera
mostrado más cauteloso antes de quitarle aquel cañón de las manos. Decidí
hacerme el tonto si alguna vez deseaba luchar conmigo al estilo indio.
Rufo
me miró por encima de medio kilo de trucha dijo:
¿Deseas
equiparte ahora, mi señor?
—¿Eh?
Termina de desayunar. ¿Y a qué viene esa rutina de «mi señor»? La última vez
que te vi estabas agitando un revólver ante mis narices.
—Lo
siento, mi señor. Pero Ella me dijo que lo hiciera... y lo que Ella dice hay
que hacerlo. Compréndelo.
—Lo
comprendo perfectamente. Alguien tiene que mandar. Pero llamame «Oscar».
Rufo
miró a Star y ella asintió. Rufo sonrió.
—De
acuerdo, Oscar. ¿Sin rencor?
—Sin
rencor.
Rufo
soltó el pescado, se frotó la mano contra su cadera y la extendió hacia mí.
—¡Chócala!
Tú les derribarás y yo acabaré con ellos.
Nos
estrechamos la mano, y cada uno de nosotros trató de «estrujar» la del otro.
Creo que le saqué una ligera ventaja, pero llegué a la conclusión de que Rufo
podía haber trabajado como herrero en otro tiempo.
Star
pareció muy complacida y volvió a exhibir hoyuelos.
Había
permanecido junto al fuego, aparentemente distraída, pero de pronto se puso en
pie y colocó su fuerte y esbelta mano sobre nuestros puños entrelazados.
—Mis
buenos amigos —dijo en tono jovial—. Mis buenos muchachos. Rufo, todo saldrá
bien.
—¿Has
tenido una Visión? —inquirió Rufo ávidamente.
—No,
sólo una sensación. Pero ya no estoy preocupada.
—No
podemos hacer nada —dijo Rufo, cariacontecido— hasta que hayamos ajustado
cuentas con Igli.
—Oscar
se encargará de Igli —dijo Star, poniéndose en pie con suaves movimientos—.
Métete ese pescado en la boca y desempaca. Necesito ropa.
Súbitamente,
Star parecía muy ansiosa.
Star
era más mujeres distintas que una compañía de Auxiliares Femeninas del
Ejército... que ya es decir. En aquel momento era toda mujer, desde Eva
decidiendo entre dos hojas de parra hasta una mujer moderna cuya ambición es
ser soltada en Nieman—Marcus, desnuda y con un talonario de cheques. Cuando la
conocí, no había parecido estar más interesada en ropas que yo mismo. Yo no
había tenido nunca la oportunidad de interesarme en ropas. Para los miembros de
mi generación, unos tejanos azules y una camisa sucia y sudada eran más que
suficientes.
La
segunda vez que la vi iba vestida, pero con aquella blusa de laboratorio y una
falda sastre había sido al mismo tiempo una mujer profesional y una amiga
apasionada. Pero hoy —esta mañana del día que fuera— estaba llena de ampollas.
Le había deleitado tanto capturar truchas que había tenido que reprimir
chillidos de júbilo. Y había sido la Exploradora perfecta, con la cara tiznada
y el pelo echado hacia atrás para librarlo del fuego mientras cocinaba.
Ahora
era la mujer de todas las épocas que acaba de poner sus manos sobre ropas
nuevas. Yo tenía la impresión de que vestir a Star era como colocar un paño
sobrez las joyas de la corona... pero me vi obligado a admitir que si no íbamos
a representar el «Yo Tarzán, tú Jane» en aquel delicioso paraje desde entonces
hasta que la muerte nos separase, eran necesarias ropas de algún tipo, aunque
sólo fuera para evitar que su perfecta piel resultara arañada por los arbustos
y zarzales.
El
equipaje de Rufo resultó ser una pequeña caja negra, del tamaño y la forma
aproximada de una máquina de escribir portátil. La abrió.
Y la
abrió otra vez.
Y
continuó abriéndola...
Y
continuó desplegando sus costados hasta que aquello adquirió el tamaño de una
pequeña camioneta, cargada a tope. Dado que me apodaron el «Crédulo james» en
cuanto aprendí a hablar, podría llegarse a la conclusión de que estaba siendo
víctima de una alucinación causada por hipnosis y/o drogas.
Yo
no estoy seguro. Cualquiera que haya estudiado matemáticas sabe que el interior
no tiene que ser más pequeño que el exterior, en teoría, y cualquiera que haya
tenido el dudoso privilegio de ver a una mujer gorda saliendo del interior de
una ajustada faja sabe que esto es verdad en la práctica también. El equipaje
de Rufo se limitaba a llevar el principio más adelante.
Lo
primero que extrajo fue un gran baúl de madera de teca. Star lo abrió y empezó
a sacar modelitos encantadores.
—Oscar,
¿qué opinas de este? —Estaba sujetando un largo vestido verde contra su
cuerpo—. ¿Te gusta?
Desde
luego que me gustaba. Sí era un original —y, o mucho me equivocaba, o Star no
era partidaria del prét a por— ter—, no quería pensar en lo que habría costado.
—Es
un vestido delicioso —dije—. Pero... Mira ¿no vamos a viajar?
—Ahora
mismo.
—No
veo ningún taxi. ¿No temes los desgarrones?
—La
tela es indestructible. Sin embargo, no me proponía llevarlo; sólo quería
enseñártelo. ¿No es encantador? Rufo, quiero esas sandalias de tacón alto con
las esmeraldas.
Rufo
contestó en aquel idioma en el que había estado maldiciendo cuando llegó. Star
se encogió de hombros y dijo:
—No
seas impaciente, Rufo; Igli esperará. De todos modos, no podemos hablar con
Igli antes de mañana por la mañana; mi señor Oscar tiene que aprender primero
el idioma.—Pero devolvió aquella preciosidad verde al baúl.
—Aquí
hay otro modelo —continuó Star, sacándolo del baúl—, francamente provocativo;
está hecho a propósito.
Pude
ver por qué. Era casi todo falda, con un pequeño corpiño que sostenía sin
ocultar: una moda muy en boga en la antigua Creta, he oído decir, y todavía
popular en el Overseas Weekly, el Playboy y muchos clubs nocturnos. Una moda
que convierte los senos caídos en senos turgentes. Y no es que Star lo
necesitara.
Rufo
me dio una palmadita en el hombro.
—Jefe...
¿Quieres echar una ojeada al material y recoger lo que necesites?
Star
dijo, en tono de reproche:
—Rufo,
la vida es para ser saboreada, y no apresurada.
—Tendremos
mucha más vida para saborear si Oscar elige lo que pueda utilizar mejor.
—No
necesitará armas hasta que hayamos resuelto lo de Igli —dijo Star. Pero no
insistió en exhibir más vestidos, y a pesar de lo mucho que disfrutaba mirando
a Star, a mí me gusta también examinar armas, de un modo especial cuando existe
la posibilidad de que tenga que utilizarlas, como parecía ser el caso.
Mientras
yo había estado contemplando el desfile de modelos a cargo de Star, Rufo había
montado algo que parecía una mezcla de almacén de material de desecho del
ejército y de museo: espadas, pistolas, una lanza que debía tener siete metros
de longitud, un lanzallamas, dos bazookas flanqueando una pequeña ametralladora
Thompson, unos nudillos de cobre, un machete, granadas de mano, ballestas y
flechas, uno de aquellos puñales con los que se daba el golpe de gracia...
—Te
has olvidado del tirachinas —dije, en tono acusador.
Rufo
sonrió irónicamente.
—¿De
qué tipo te gustan, Oscar? ¿Con horquilla? ¿O prefieres el sistema de honda?
—Siento
haberlo mencionado. La verdad es que no sabría disparar una china con ninguno
de los tipos.
Cogí
la ametralladora Thompson, comprobé que estaba descargada, y empecé a
desmontarla. Parecía casi nueva, habiendo disparado sólo lo suficiente como
para que las partes móviles funcionaran. Una Thompson no es mucho más precisa
que un lanzador de béisbol, y su alcance efectivo no es mucho mayor. Pero posee
algunas virtudes: si se alcanza a un hombre con ella, cae al suelo y permanece
caído. Es corta y no demasiado pesada, y tiene mucha potencia de fuego durante
un breve espacio de tiempo. Es un arma para luchar a corta distancia.
Pero
a mí me gusta algo con una bayoneta en la punta, por si la reunión se hace
íntima.., y me gusta que ese algo sea preciso a larga distancia por si los
vecinos se muestran hostiles desde lejos. Solté la Thompson y tomé un
Springfield: del Arsenal de Rock Island, como vi por su número de serie, pero
un Springfield al fin y al cabo. Opino lo mismo de un Springfield que de un
Gooney Bird; algunos mecanismos son perfectos en su clase, la única mejora
posible es un cambio radical del diseño.
Abrí
el cerrojo, introduje el pulgar en la cámara, miré a lo largo del cañón. El
interior era brillante y las estrías no estaban gastadas... y en la boca tenía
aquella diminuta estrella: ¡era un arma de mecha!
—Rufo,
¿qué clase de terreno atravesaremos? ¿Como éste que nos rodea?
—Hoy,
sí. Pero... —Con un gesto de disculpa tomó el fusil de mis manos—. Aquí está
prohibido utilizar armas de fuego. Espadas, cuchillos, flechas.., cualquier
cosa que corte o pinche o aporree a base de potencia muscular. Armas de fuego,
no.
—¿Quién
dice eso?
Rufo
se estremeció.
—Es
mejor que se lo preguntes a Ella.
—Si
no podemos utilizarlas, ¿por qué traerlas? Y, de todos modos, no veo ningún
tipo de munición.
—Hay
mucha munición. La tendremos más tarde, en otro lugar en el que sí pueden
utilizarse armas de fuego. Si para entonces estamos vivos. Yo me limitaba a
enseñarte lo que tenemos. ¿Qué opinas de las armas legales? ¿Eres un buen
arquero?
—No
lo sé. Tendría que probarlo.
Rufo
empezó a decir algo, luego se encogió de hombros y tomó una ballesta, se colocó
un protector de cuero sobre el hombro izquierdo, y eligió una flecha.
—Voy
a disparar contra aquél árbol —dijo—, el que tiene una roca blanca al pie.
Apuntaré a la altura aproximada del corazón de un hombre.
Colocó
el dardo, levantó la ballesta y disparó, sin forzar aparentemente sus
movimientos.
La
flecha quedó clavada en el tronco del árbol, vibrando, a cosa de metro y medio
de distancia del suelo.
Rufo
sonrió.
—¿Podrías
igualar eso?
No
contesté. Sábía que no podía igualarlo, si no era por casualidad. En cierta
ocasión había poseído una ballesta, un regalo de cumpleaños. La había utilizado
muy poco, y las flechas no tardaron en perderse. Sin embargo, convertí en un
espectáculo el acto de escoger una ballesta, y elegí la más larga y pesada.
Rufo
carraspeó.
—Si
me permites una sugerencia, esa ballesta tiene demasiado retroceso... para un
principiante.
La
tensé.
—Búscame
un protector.
El
protector encajó perfectamente en mi hombro como si estuviera hecho a mi
medida... y tal vez era así. Cogí una flecha, sin fijarme apenas en ella,como
si todas me parecieran rectas y fiables. No tenía la menor esperanza de
alcanzar aquel maldito árbol; se encontraba a cincuenta metros de distancia, y
tenía poco más de un palmo de grosor. Traté simplemente de apuntar a la altura
adecuada, confiando en que una ballesta tan pesada me proporcionaría una
trayectoria recta. Por encima de todo deseaba colocar el dardo, levantar la
ballesta y disparar con la facilidad de movimientos de que había hecho gala
Rufo... parecerme a Robín Hood aunque no lo fuera.
Pero
al levantar y tensar aquella ballesta y sentir su potencia, noté una especie de
exaltación: ¡esta herramienta era apta para mí! Nos identificábamos, por así
decirlo.
Disparé
sin pensar en nada.
Mi
flecha se clavó en el árbol a un filo de mano de la de Rufo.
—¡Buen
disparo! —exclamó Star.
Rufo
miró al árbol y parpadeó, y luego miró a Star con aire de reproche. Ella apartó
apresuradamente la mirada.
—No
he sido yo —afirmó——. Sabes que no haría una cosa asi. Ha sido una prueba
legal... en la que los dos habéis quedado muy bien.
Rufo
me miró pensativamente.
—Hmmm.¿Te
importaría apostar algo, lo que tú quieras, a que puedes repetir ese tiro?
—No
acostumbro a apostar —dije. Pero tomé otra f lecha y la coloqué en la ballesta.
Me gustaba aquella ballesta, que parecía una prolongación de mi antebrazo;
deseaba volver a disparar, sentirme identificado con ella.
Disparé.
La
tercera flecha se clavó entre las dos primeras, pero más cerca de la de Rufo.
—Una
buena ballesta —dije—. La conservaré. Saca los dardos.
Rufo
se alejó sin decir nada. Suspiré. Confiaba en no tener que volver a disparar
una flecha; un jugador no puede esperar que la suerte le sonría en cada mano..,
y mi siguiente disparo podría hacer que la flecha se volviera contra mí como un
boomerang.
Había
una gran cantidad de filos y puntas, desde una espada de hoja tan ancha que
parecía destinada a derribar árboles de un solo tajo, hasta una daga tan
pequeña que parecía diseñada para que una dama la ocultara en su media. Pero yo
las examiné y las sopesé todas.., hasta encontrar la hoja que se adaptaba a mí
del mismo modo que Excalibur se adaptaba al rey Arturo.
Nunca
había visto una igual, de manera que no sé cómo llamarla. Un sable, supongo, ya
que la hoja estaba levemente curvada y tenía un filo tan agudo como el de una
navaja de afeitar. Pero tenía una punta tan aguda como la de un estoque, y la
curva no era lo bastante pronunciada como para impedir que el arma fuera
utilizada para tirarse a fondo y contraatacar al mismo tiempo que para propinar
mandobles estilo hacha. La empuñadura estaba diseñada para proteger los
nudillos y simultáneamente permitir toda clase de molinetes en cualquier
guardia.
A
pesar de lo manejable que era, la hoja tenía el peso suficiente para cortar un
hueso. Era la clase de espada que uno llega a considerar como una prolongación
de su propio cuerpo.
El
pomo estaba forrado de piel de tiburón y hecho a la medida de mi mano. En la
hoja había un lema grabado, pero tan enterrado en arabescos que no me tomé el
tiempo necesario para descifrarlo. ¡Aquella muchacha era mía, estábamos hecho
el uno para el otro! La solté y abroché cinto y vaina a mi cuérpo desnudo,
deseando el contacto de la hoja y sintiéndome el capitán John Carter, Jeddack
de Jeddacks y el Gascón y sus tres amigos todo en una pieza.
—¿No
piensas vestirte, mi señor Oscar? —preguntó Star.
—¡Eh?
Oh, desde luego... sólo estaba probando la medida. Pero... ¿ha traído Rufo mis
ropas?
¿Las
has traído, Rufo?
—¿Sus
ropas? No se referirá a aquellas prendas que llevaba en Niza...
—¿Qué
tehían de malo mi pantalón de tubo y mi camisa hawaiana? —pregunté.
—¿Qué?
Oh, absolutamente nada, mi señor Oscar —contestó Rufo apresuradamente—. Mi lema
ha sido siempre; vive y deja vivir. En cierta ocasión conocí a un hombre que
llevaba... no importa. Déjame que te enseñe lo que he traído para ti.
Tuve
la posibilidad de elegir desde un impermeable de plástico hasta una armadura
completa. Esta última me pareció deprimente, debido a que su presencia
implicaba que podría ser necesaria. A excepción de un casco del Ejército nunca
había llevado armadura, no deseaba hacerlo, no hubiese sabido hacerlo.., y me
preocupaba la posibilidad de tropezar con unos vecinos que hicieran deseable
aquella protección.
Además,
no veía a ningún caballo cerca, un Percheron o un Clydesdale, digamos, y no me
veía a mí mismo andando con uno de aquellos trajes de hojalata. Seria tan lento
como andar con muletas, haciendo tanto ruido como un ferrocarril subterráneo, y
pasando tanto calor como en una cabina telefónica. Los calzones largos que iban
debajo de aquel armatoste hubieran sido ya demasiado en un clima tan cálido; el
acero encima me hubiera convertido en un horno ambulante, y me habría quitado
todas las fuerzas y la energía necesarias para luchar si las circunstancias lo
requerían.
—Star,
dijiste que... —Me interrumpí. Star había terminado de vestirse, y no se había
extralimitado. Zapatos de cuero blando —borceguíes, en realidad—, pantalón
ajustado, y una prenda corta de color verde encima, algo a medio camino entre
una chaqueta y una blusa de patinar. Con el sombrerito en la cabeza, Star
parecía la versión de comedia musical de una azafata de aviación, elegante,
atractiva y sexy.
O
quizá la Reina Virgen, ya que había añadido a su atuendo una ballesta cuyo
tamaño era la mitad del mío, un carcaj y una daga.
—¡Caramba!
—exclamé—. Empiezo a comprender por qué empezó todo el jaleo.
Star
sonrió con coquetería. (Star no fingía nunca. Sabía que era hembra, sabía que
era atractiva, y le gustaba serlo).
—Antes
dijiste algo acerca de que no necesitaría llevar armas todavía —continué—. No
existe ningún motivo por el que tenga que llevar uno de esos trajes especiales.
No parecen cómodos.
—No
espero ningún peligro serio, hoy —dijo Star lentamente—. Pero este no es un
lugar en el que uno pueda llamar a la policía. Tienes que decidir lo que vas a
necesitar.
—Pero...
Maldita sea, Princesa, tú conoces este lugar y yo no. Necesito consejo.
Star
no contestó. Se volvió hacia Rufo, el cual estaba estudiando cuidadosamente la
copa de un árbol. Dije:
—Rufo,
vístete.
Rufo
enarcó sus cejas.
—¿Sí,
mi señor Oscar?
—¡Schnefl!
¡Vite, vite! No pierdas más tiempo.
—De
acuerdo.
Se
vistió rápidamente, con un equipo que era una versión masculina de lo que Star
había elegido, con unos shorts en vez de pantalón ajustado.
—Provéete
de armas —dije, y empecé a vestirme de igual forma, salvo que me proponía
calzar unas botas fuertes. Sin embargo, había un par de aquellos borceguíes que
parecían ser de mi medida, de modo que me los probé. Se ajustaban a mis pies
como guantes y, de todas maneras, las plantas de mis pies estaban tan
endurecidas por el mes que había pasado descalzo en la Isla del Levante que no
necesitaba unas botas pesadas.
Los
borceguíes no eran tan medievales como parecían; estaban provistos de
cremalleras, y en su interior podía leerse: Fabriqué en France.
Papá
Rufo había tomado la ballesta que había utilizado antes, y había elegido una
espada y añadido una daga a su armamento. En vez de una daga yo escogí un
cuchillo de caza Solingen. Dirigí una mirada anhelante a un revólver de
reglamento del 45, pero no lo toqué. Si «ellos», quienesquiera que fuesen,
tenían una Acta Sullivan local, no sería yo quien les enmendara la plana.
Star
le dijo a Rufo que empaquetara, y luego se agachó conmigo en un lugar arenoso
junto al riachuelo y dibujó una especie de mapa: dirección sur, descendiendo
ligeramente y siguiendo el curso del riachuelo salvo durante breves tramos,
hasta llegar a las Aguas Cantarinas. Allí acamparíamos para pasar la noche.
Me
aprendí el mapa de memoria.
—De
acuerdo. ¿Alguna advertencia particular? ¿Tenemos que disparar los primeros? ¿O
esperar a que ellos nos bombardeen?
—No
espero nada de eso hoy. Oh, hay un carnívoro de un tamaño tres veces mayor que
el de un león. Pero es un animal muy cobarde; no ataca a un hombre en
movimiento.
—Haces
bien en decirmelo: no dejaré de moverme.
—Si
vemos seres humanos, aunque no lo espero, podría ser conveniente preparar una
flecha... pero no levantes tu ballesta hasta que lo consideres necesario. Pero
no he de decirte lo que tienes que hacer; debes decidirlo tú. Rufo no hará nada
hasta que vea que estás a punto de entrar en acción.
Rufo
había terminado de empaquetar.
—De
acuerdo, vámonos —dije.
Nos
pusimos en marcha. La pequeña caja negra de Rufo estaba ahora plegada como una
mochila, y no me paré en pensar cómo podía transportar un par de toneladas
sobre sus hombros. Un artilugio antigravedad como el de Buck Rogers, quizá.
Sangre de coolie chino. Magia negra. Diablos, sólo aquel baúl de madera de teca
no hubiera cabido en aquella mochila por un factor de 30 a 1, sin mencionar el
arsenal y todo lo demás.
No
existe ningún motivo para preguntarse por qué no interrogué a Star acerca del
lugar en el que nos encontrábamos, por qué estábamos allí, cómo habíamos
llegado, qué ibamos a hacer, y los detalles de aquellos peligros con los que
esperaba enfrentarme. Mira, Mac, cuando estás teniendo el sueño más hermoso de
tu vida y estás llegando al punto culminante, ¿te paras acaso para decirte a ti
mismo que es lógicamente imposible que aquella nena en particular esté tumbada
sobre el heno a tu lado.., con lo cual y en consecuencia te despiertas a ti
mismo? Yo sabía, lógicamente,que todo lo que había ocurrido desde que leí aquel
absurdo anuncio era imposible.
Yo
rezumaba lógica.
Pero
la lógica no sirve para nada, amigo. La «lógica» demuestra que los aviones no
pueden volar, y que las bombas H no funcionan, y que no caen piedras del cielo.
La lógica es una manera de decir que cualquier cosa que no ocurrió ayer no
ocurrirá mañana
Me
gustaba la situación. No deseaba despertar, por nada del mundo. De un modo
especial no deseaba despertar y encontrarme todavía en aquella selva, tal vez
con aquella herida reciente en la cara y sin ningún helicóptero a la vista.
Quizás el hermanito moreno había hecho un buen trabajo conmigo y me había
enviado al Valhalla. De acuerdo, me gustaba el Valhalla.
Estaba
avanzando con una hermosa espada golpeando contra mi muslo, y una chica mucho
más hermosa adaptándose a mis pasos, y un esclavo—siervo—lacayo sudando detrás
de nosotros, portando la carga y siendo nuestros «ojos de retaguardia». Los
pájaros cantaban, y el paisaje había sido proyectado por arquitectos
especialistas en paisajes, y el aire tenía una fragancia exquisita. La idea de
no volver a tomar un taxi ni leer un titular de periódico me dejaba impasible.
Aquella
enorme ballesta era un engorro... pero también lo es una M—1. Star llevaba su
pequeña ballesta en bandolera y traté de imitarla, pero descubrí que
dificultaba mis movimientos. Además, me ponía nervioso el no tenerla a punto,
dado que Star había admitido la posibilidad de que la necesitara. De modo que
la llevé colgando de mi mano izquierda, dispuesta para ser utilizada en
cualquier momento.
Durante
la caminata matutina tuvimos una alarma. Oí zumbar la ballesta de Rufo
—jthwung!— .. .y me giré en redondo con mi propia ballesta a punto, con la
flecha ensartada, antes de ver lo que ocurría.
Mejor
dicho, lo que caía. Un ave parecida a una perdiz blanca, pero mucho más grande.
Rufo la había hecho caer de la rama de un árbol, con una flecha ensartada en el
cuello. Decidí mentalmente no volver a competir con él en el lanzamiento de
flechas, y permitir que me aleccionara en la materia.
Rufo
se relamió los labios y sonrió.
—Ya
tenemos cena —dijo. Y durante el siguiente kilómetro desplumó el ave mientras
andábamos y luego la colgó de su cinturón.
Nos
paramos a almorzar en un idílico paraje que Star me aseguró que estaba
«resguardado», y Rufo abrió su caja y nos sirvió fiambres, queso de Provenza,
crujiente pan francés y dos botellas de Chablis. Después de almorzar, Star
sugirió una siesta. La idea era atractiva: yo había comido hasta hartarme,
compartiendo solamente las migajas con los pájaros; pero quedé sorprendido.
—¿No
deberíamos continuar?
—Tienes
que recibir una lección de idioma, Oscar.
Debo
explicarles a los de la Escuela Superior Ponce de León el mejor sistema para
estudiar idiomas. Uno se tiende sobre la blanda hierba cerca de un susurrante
riachuelo en un día perfecto, y la mujer más hermosa del mundo se indina sobre
uno y le mira a los ojos. La mujer empieza a hablar suavemente en un idioma que
uno no entiende.
Al
cabo de unos instantes sus grandes ojos se hacen más y más grandes... y más
grandes... y uno se hunde en ellos.
Luego,
mucho después, Rufo dijo:
—Erbas,
Oscar, ´t knila voorsht.
—De
acuerdo —contesté—. Estoy levantándome. No me atosigues.
No
voy a escribir más palabras en un idioma que no se adapta a nuestro alfabeto.
Recibí varias lecciones más, y tampoco hablaré de ellas, y desde entonces
empezamos a comunicarnos en esta jerga, excepto cuando me veía obligado a hacer
preguntas en inglés. Es un idioma rico en blasfemias y en palabras para hacer
el amor, y más rico que el inglés en algunas materias técnicas.., pero con
sorprendentes lagunas. No existe ninguna palabra equivalente a «abogado», por
ejemplo.
Una
hora antes de la puesta del sol llegamos a las Aguas Cantarinas.
Habíamos
estado viajando por una alta y boscosa meseta. El riachuelo en el que habíamos
capturado las truchas había sido engrosado por otros arroyos, y ahora era un
pequeño río. Más abajo de nosotros, en un lugar que aún no habíamos alcanzando,
se despeñaba sobre altos farallones. Pero aquí, donde nos habíamos detenido a
acampar, el agua había cortado una muesca en la meseta, formando cascadas,
antes de dar aquella zambullida.
«Cascadas»
es un vocablo débil. Corriente arriba, corriente abajo, doquiera que uno
mirase, veía cataratas: enormes, de doce o catorce metros de altura, tan
pequeñas que un ratón podría haber trepado por ellas, y de todos los tamaños
intermedios. Habían terrazas y escaleras de cataratas, de tranquilas aguas
teñidas de verde por el follaje de encima, y de aguas blancas de espuma al caer
sobre la roca, debajo.
Y
uno las oía. Las cataratas diminutas con su plateada voz de soprano, las
grandes rugiendo con voz de bajo. En elparaje herboso donde estábamos acampados
había un coro omnipresente; en medio de las cataratas uno tenía que gritar para
hacerse oír.
Coleridge
estuvo allí en uno de sus sueños opiáceos:
Y
aquí había bosques antiguos como las colinas,
Envolviendo
soleados parajes de verdor.
Pero,
¡oh!, aquella profunda quebrada romántica que hendía
La
verde colina a través de un cedrino techo,
¡Un
lugar salvaje!, puro y encantado
Bajo
una luna menguante, era frecuentado
Por
una mujer lloriqueando por su amante—diablo.
Y de
aquella quebrada, hirviente de incesante agitación...
Coleridge
debió haber seguido aquella ruta y alcanzado las Aguas Cantarinas. No es de
extrañar que se sintiera como matando a aquel «individuo de Porlock» que
irrumpía en su mejor sueño. Cuando me esté muriendo, que me lleven al lado de
las Aguas Cantarinas y dejen que sea lo último que oiga y vea.
Nos
detuvimos en una explanada de césped, llana como una promesa y suave como un
beso, y ayudé a Rufo a desempacar. Quería averiguar cómo hacía aquel truco con
la caja. No lo descubrí. Cada uno de los lados se abría de un modo
completamente natural y razonable... y cuando se abría la cosa resultaba
también otra vez razonable y natural.
En
primer lugar montamos una tienda para Star: no se trataba de material de
desecho del ejército; era un elegante pabellón de seda recamada, y la alfombra
que extendimos en el suelo debió de haber ocupado a tres generaciones de
artistas de Bukhara. Rufo me dijo:
—¿Quieres
una tienda, Oscar?
Levanté
la mirada al cielo y al sol que aún no se había puesto. El aire era cálido y no
podía creer que lloviera. No me gusta estar en una tienda si existe la menor
posibilidad de un ataque por sorpresa.
—¡Vas
a utilizar tú una tienda?
—¿Yo?
¡Oh, no! Pero Ella tiene que tener una tienda, siempre. Luego, casi
invariablemente, Ella decide dormir fuera, sobre la hierba.
—No
necesito una tienda.
(Veamos,
¿acaso un «paladín» no duerme delante de la puerta de la habitación de su dama,
con las armas a mano? No estaba seguro de la etiqueta de tales materias; en los
«Estudios Sociales» no se mencionaban).
Star
regresó y le dijo a Rufo:
—Protegido.
Las defensas estaban todas en su lugar.
—¿
Recargadas? —inquirió Rufo.
Star
retorció la oreja de Rufo.
—No
soy senil —dijo. Y añadió—: Jabón, Rufo. Y ven conmigo, Oscar; eso es tarea de
Rufo.
Rufo
sacó una pastilla de Lux de aquella caja—caravana y se lo entregó a Star; luego
me miró pensativamente y me entregó una barra de Life Buoy.
Las
Aguas Cantarinas son el mejor de los baños, e interminable variedad. Balsas
tranquilas de profundidad diversa, desde las que permiten mojarse simplemente
los pies hasta las que son aptas para chapuzarse y nadar, baños de asiento que
producían hormigueos en la piel, duchas a chorro que vapuleaban el cerebro si
uno permanecía debajo de ellas demasiado tiempo.
Y
uno podía escoger la temperatura del agua. Encima de la cascada que utilizamos
nosotros, un manantial caliente se mezclaba a la corriente principal, y en la
base de aquella cascada un manantial oculto aportaba agua helada. No había
necesidad de volverse loco con los grifos, bastaba con desplazarse a uno u otro
lado en busca de la temperatura deseada... o nadar corriente arriba, donde la
temperatura del agua era uniforme y tan suavemente cálida como el beso de una
madre.
Jugamos
un rato, con Star chillando y riendo cuando yo la salpicaba, y replicando
adecuadamente. Nos comportábamos como niños; yo me sentía como un chiquillo,
Star parecía una chiquilla, aunque había en ella músculos de acero bajo
terciopelo.
Cuando
llegó el momento de enjabonarnos y Star empezó a lavarse la cabeza, me acerqué
a ella por detrás y la ayudé. Dejó que lo hiciera, necesitaba ayuda con sus
espléndidos cabellos, seis veces más largos de lo que la mayoría de las mujeres
solían llevarlos entonces.
Aquella
habría sido una ocasión maravillosa (con Rufo ocupado y lejos de allí) para
agarrarla y pasar a mayores. No estoy seguro de que Star hubiese protestado, ni
siquiera por pura fórmula; podría haber cooperado de buena gana.
Diablos,
yo sabía que ella no hubiera protestado «por pura fórmula». Una de dos: me
hubiera parado los pies con una palabra fría o un sopapo en la oreja... o
hubiera cooperado.
No
pude hacerlo. Ni siquiera pude empezar.
No
sé por qué. Mis intenciones hacia Star habían oscilado de lo deshonroso a lo
honorable y viceversa, pero siempre habían sido prácticas desde el momento en
que posé los ojos en ella. No, permítaseme expresarlo de esta manera: mis
intenciones habían sido siempre estrictamente deshonrosas, pero con la absoluta
voluntad de convertirlas en honorables, más tarde, en cuanto encontrásemos un
juez de paz.
Sin
embargo, descubrí que no podía poner un dedo sobre ella como no fuera para
ayudarla a aclarar sus cabellos.
Mientras
rumiaba todo aquello, con las dos manos enterradas en la mata de cabellos
rubios y preguntándome qué era lo que me impedía rodear con mis brazos aquella
esbelta cintura que se encontraba a unos centímetros de mi, oí un penetrante
silbido y mi nombre... mi nuevo nombre. Miré a mi alrededor.
Rufo,
sin más ropas que su fea piel y con toallas sobre sus hombros, estaba de pie en
la orilla a tres o cuatro metros de distancia, y trataba de atraer mi atención
por encima del rugido del agua.
Avancé
unos pasos hacia él.
—¿Qué
has dicho? —grité.
—He
dicho: «¿Quieres un afeitado?» ¿O piensas dejarte crecer la barba?
Yo
había tenido consciencia de mi cara de cactus mientras me debatía en la duda de
intentar o no el asalto criminal, y ése había sido uno de los factores que
contribuyeron a retenerme: Gillette, Aqua Velva, Burma Shave, etc., habían
conseguido que el macho norteamericano —es decir, yo— no se atreviera a
intentar una seducción y/o una violación si no se había afeitado recientemente.
Y yo llevaba una barba de dos días.
—No
tengo maquinilla de afeitar —grité.
Me
contestó blandiendo una navaja de afeitar.
Star
se acercó a mí, levantó una mano y pellizcó suavemente mi mentón entre sus
dedos pulgar e índice.
—Estarías
mayestático con una barba —dijo—. Tal vez un Van Dyke, con el correspondiente
bigote.
Si
ella lo creía así, yo también lo creía. Además, la barba cubriría parte de
aquella cicatriz.
—Lo
que tú digas, Princesa.
—Pero
prefiero que permanezcas como la primera vez que te vi. Rufo es un buen
barbero. —Se volvió hacia él—. Una mano, Rufo. Y mi toalla.
Star
echó a andar hacia el campamento, secándose por el camino: yo la habría ayudado
de buena gana, si me lo hubiera pedido. Rufo dijo, con aire fatigado:
—¿Por
qué no te pones de acuerdo contigo mismo? Pero Ella dice que te afeite, de modo
que voy a hacerlo.., y a bañarme al mismo tiempo, para que Ella no tenga que
esperar.
—Si
tuvieras un espejo, lo haría yo mismo.
—¿Has
usado alguna vez una navaja de afeitar?
—No,
pero puedo aprender a usarla.
—Te
cortarías el cuello, y a Ella no le gustaría eso. Acércate más a la orilla, de
manera que pueda quedarme en el agua caliente. ¡No, no! No te sientes, tiéndete
con la cabeza apoyada en la arena. No puedo afeitar a un hombre sentado.
Rufo
empezó a enjabonar mi mentón.
—¿Sabes
por qué? —continuó—. Porque aprendí a afeitar con cadáveres, por eso,
poniéndolos guapos para que sus seres amados estuvieran orgullosos de ellos.
¡No te muevas! Has estado a punto de perder una oreja. Me gusta afeitan
cadáveres; no se quejan, no hacen sugerencias, no hablan...y siempre se están
quietos. Es el mejor empleo que he tenido. Pero ahora tengo este otro empleo...
Se
interrumpió con la hoja contra mi nuez de Adán, y empezó a contar sus
problemas.
—¿Tengo
el sábado libre? ¡Diablos, ni siquiera tengo libre el domingo! ¡Y mira las
horas! El otro día leí que un equipo de Nueva York... ¿Has estado en Nueva
York?
—He
estado en Nueva York. Y aparta esa guillotina de mi cuello mientras agitas las
manos de esa manera.
—Sigue
hablando, y te dejará una cara como un mapa... Aquel equipo había firmado un
contrato de veinticuatro horas semanales. ¡Semanales! Yo me conformaría con
trabajar veinticinco horas al día. ¿Sabes cuántas horas seguidas llevo en
movimiento?
Dije
que no lo sabía.
—Vaya,
ya estás hablando otra vez. ¡Más de setenta horas o soy un embustero! ¿Y para
qué? ¿Gloria? ¿Hay gloria en un pequeño montón de huesos blanqueados? ¿Riqueza?
Oscar, te digo la verdad; he amortajado más cadáveres que concubinas tiene un
sultán, y a ninguno de ellos le importaba un bledo si le acicalaban con rubíes
del tamaño de tu nariz y dos veces más rojos... o si le cubrían de harapos. ¿De
qué le sirve la riqueza a un muerto? Dime, Oscar, de hombre a hombre, ahora que
Ella no puede oírnos: ¿por qué dejaste que Ella te metiera en esto?
—Estoy
disfrutando, hasta ahora.
Rufo
resopló.
—Eso
fue lo que dijo el hombre al pasar por el quincuagésimo piso del Empire State.
Pero la acera le estaba esperando, de todos modos. Sin embargo —añadió en tono
sombrío—, hasta que te las hayas visto con Igli no habrá problemas. Si tuviera
mi maletín, podría cubrir esa cicatriz tan perfectamente que todo el mundo
diría: «¿No parece natural?».
—No
importa. A Ella le gusta esa cicatriz.
—De
acuerdo. Pero quiero que te des cuenta de que, si recorres la Ruta de Gloria,
lo que más encontrarás serán piedras. Yo no elegí el recorrerla. Mi idea de un
modo agradable de vivir sería una pequeña funeraria, la única del pueblo, con
un buen surtido de ataúdes de todos los precios y una organización que
permitiera planear por anticipado un entierro decoroso... ya que todos tenemos
que morir, Oscar, todos tenemos que morir, y un hombre sensato podría sentarse
delante de un vaso de cerveza y hacer sus planes con una empresa de pompas
fúnebres digna de toda confianza.
Se
inclinó confidencialmente hacia mí.
—Mira,
mi señor Oscar... si por milagro salimos de esto con vida, podrías interceder
por mí delante de Ella. Darle a entender que soy demasiado viejo para esa Ruta
de Gloria. Puedo hacer mucho para que el resto de tus días sean cómodos y
agradables... si tus intenciones hacia mí son amistosas.
—¿No
sellamos el trato con un apretón de manos?
—Ah,
sí, lo sellamos —suspiró Rufo—. Uno para todos y todos para uno, y pelillos a
la mar.
Aún
era de día y Star estaba en su tienda cuando regresamos.., y mis ropas estaban
preparadas. Empecé a objetar cuando las vi, pero Rufo dijo en tono firme: —Ella
dijo «informal», y eso significa corbata negra.
Me
lo puse todo, incluso los gemelos (que eran unas perlas negras asombrosamente
grandes), y aquel smoking que había sido confeccionado a mi medida o comprado
por alguien que conocía mi estatura, peso, anchura de hombros y perímetro de
cintura. La etiqueta de la parte interior de la chaqueta decía: The English
House, Copenhagen.
Pero
la corbata era demasiado para mí. Rufo alzó la mirada mientras yo luchaba con
ella, me hizo tumbar (no le pregunté por qué), y me la ató en un santiamén.
—¿Quieres
tu reloj, Oscar?
—¿Mi
reloj? Que yo sepa, estaba en la sala de consulta de un médico en Niza. ¿Lo
tienes?
—Sí,
señor. Recogí todo lo tuyo menos tus... —se estremeció— ropas.
No
exageraba. Todo estaba allí, no sólo el contenido de mis bolsillos, sino
también el contenido de mi caja de seguridad de la American Express: dinero,
pasaporte, cartilla militar, etc., incluso aquellos boletos de Apuestas
Múltiples de la Avenida del Cambio.
Empecé
a preguntar cómo había tenido acceso a mi caja de seguridad, pero decidí no
hacerlo. Rufo había tenido la llave, y podía haber hecho algo tan sencillo como
falsificar una autorización. O tan complicado como su mágica caja negra. Le di
las gracias, y Rufo volvió a su tarea de cocinero.
Empecé
a tirar todo aquello, menos el dinero y el pasaporte. Pero me pareció un crimen
ensuciar un lugar tan hermoso como las Aguas Cantarinas. El cinto de mi espada
tenía una bolsa de cuero; lo metí todo allí, incluso el reloj, que se había
parado.
Rufo
había instalado una mesa delante de la tienda de Star, y una luz en un árbol
encima de ella, y unas velas sobre la mesa. Se hizo de noche antes de que Star
saliera... y esperara. Finalmente me di cuenta de que estaba esperando mi
brazo. La acompañé a su puesto en la mesa y aparté su silla para que se
sentara, y Rufo apartó la mía; Rufo llevaba un uniforme de lacayo de color
ciruela.
La
espera había valido la pena: Star llevaba el vestido verde que antes había
exhibido para mí. Yo no sabia aún que Star utilizaba cosméticos, pero no se
parecía en absoluto a la vigorosa Ondina que se había estado chapuzando conmigo
una hora antes. Tenía un aspecto delicado, como para ser colocada en una
vitrina. Parecía Liza Doolittle en el Baile.
Empezó
a sonar «Cena en Río», mezclándose con las Aguas Cantarinas.
Vino
blanco con el pescado, vino rosado con la volatería, vino tinto con el asado...
Star charlaba y sonreía y se mostraba ocurrente. En un momento determinado,
mientras se inclinaba hacia mí para servirme, Rufo susurró:
—Los
condenados a muerte comen vorazmente.
Le
mandé al diablo, susurrando también.
Champán
con el postre, y Rufo presentó solemnemente la botella para mi aprobación.
Asentí. ¿Qué hubiera hecho Rufo si yo hubiese rechazado la botella? ¿Ofrecer
otra cosecha? Coñac Napoleón con el café. Y cigarrillos.
Yo
había estado pensando en cigarrillos todo el día. Aquellos eran Benson &
Hedges nº 5... y yo había estado fumando pitillos negros franceses para ahorrar
dinero.
Mientras
fumábamos, Star felicitó a Rufo por la cena, y él aceptó los cumplidos —que yo
secundé— con aire grave. Todavía no sé quién preparó aquella cena hedonista.
Rufo realizó la mayor parte del trabajo, pero Star pudo haberse encargado de lo
más difícil mientras me estaban afeitando.
Después
de una sobremesa sin prisas, saboreando el café y el coñac, con la luz de
encima tamizada y una sola vela resplandeciendo sobre las joyas de Star e
iluminando su rostro, Star se levantó, y yo me puse en pie rápidamente y la
acompañé a su tienda. Star se detuvo en la entrada.
—Mi
señor Oscar...
De
modo que la besé y la seguí...
¡Y
un ctierno! Estaba tan hipnotizado que me incliné sobre su mano y la besé. Y
aquello fue todo.
Y
aquello me dejó sin nada que hacer más que devolverle a Rufo mi ridículo
atuendo y pedirle una manta. Rufo había elegido un lugar para dormir a un lado
de la tienda de Star, de modo que yo escogí el mío al otro lado y me tumbé. La
temperatura era tan agradable que no hacía falta ni siquiera una manta.
Pero
no me quedé dormido. La verdad es que tengo un vicio, un hábito peor que la
marihuana, aunque no tan caro como la heroína. Podía dominarlo y llegar a
dormirme de todos modos... pero el hecho de que pudiera ver luz en la tienda de
Star y una silueta que no estaba cubierta ya por un vestido no constituía una
ayuda precisamente.
El
vicio a que me refiero es el de leer. Treinta y cinco centavos de novela me
dejaban plácidamente dormido. O Perry Mason. O aunque fueran los anuncios de un
antiguo ParisMatch que hubiera sido utilizado para envolver arenques.
Me
levanté y me dirigí al otro lado de la tienda.
—¡Pssst!
Rufo.
—Sí,
mi señor —Rufo se había puesto en pie de un salto, con una daga en la mano.
—Oye,
¿hay algo para leer en esa caja tuya?
—¿Qué
clase de lectura?
—Lo
que sea, cualquier cosa. Palabras en hilera.
—Un
momento.
Se
alejó, utilizando una linterna para rebuscar en su «equipaje». No tardó en
regresar, y me ofreció un libro y una pequeña lámpara. Le di las gracias, volví
a mi puesto y me tumbé.
Era
un libro interesante, escrito por Albertus Magnus y aparentemente robado del
Museo Británico. Alberto ofrecía una larga lista de recetas para hacer cosas
inverosímiles: cómo apaciguar tormentas y volar sobre nubes, cómo imponerse a
los enemigos, cómo asegurarse la fidelidad de una mujer...
Aquí
está la última: «Si quieres que una mujer no sea viciosa ni desee a otros
hombres, toma los miembros privados de Lobo, y los pelos que crecen en sus
mejillas, en sus cejas o en su barbilla, y quémalo todo, y mezcla la ceniza con
una bebida, y dásela a beber a la mujer sin que ella sepa lo que es, y no
deseará a ningún otro hombre.»
Aquello
debía resultar fastidioso para el «Lobo». Y si yo hubiese sido la mujer me
hubiera fastidiado también a mí, ya que el brebaje debía ser algo nauseabundo.
Pero esa es la fórmula exacta, de modo que si tiene usted problemas con su
mujer y tiene un «Lobo» a mano, pruébela. Y comuníqueme los resultados. Por
correo, no personalmente.
Había
otras fórmulas para lograr que una mujer le amara a uno en las que un «Lobo»
era el ingrediente más sencillo. De pronto solté el libro y apagué la luz, y
contemplé la silueta que se movía detrás de aquella seda transparente. Star se
estaba cepillando los cabellos.
Luego
dejé de atormentarme a mí mismo y contemplé las estrellas. Nunca me había
aprendido las estrellas del Hemisferio Meridional; rara vez se ven estrellas en
un lugar tan húmedo como el Sudeste de Asia, y un hombre dotado del sentido de
la orientación no las necesita.
Pero
aquel cielo meridional era algo suntuoso.
Estaba
contemplando una estrella o planeta (parecía estar rodeada por un disco) muy
brillante, cuando de pronto me di cuenta de que se estaba moviendo.
Me
incorporé.
—¿Hey!
¡Star! Ella contestó:
—¿Sí,
Oscar?
—Ven
a ver. Un sputnik. ¡Muy grande!
—Ya
voy. —La luz de su tienda se apagó, y Star se reunió conmigo rápidamente, lo
mismo que Papá Rufo, béstezando y rascándose el costillar. —¿Dónde, mi. señor?
—preguntó Star.
Señalé.
—¡Allí!
Pensándolo bien, es posible que no sea un sputnik, sino uno de nuestros
satélites Eco. Es terriblemente grande y brillante.
Star
me miró y se encogió de hombros. Rufo no dijo nada. Yo contemplé el satélite o
lo que fuera un rato más, y luego miré a Star. Ella me estaba mirando a mí, y
no al satélite. Miré otra vez, observando cómo se movía contra un fondo de
estrellas.
—Star
—dije—, eso no es un sputnik. Ni un Eco. Es una luna. Una verdadera luna.
—Sí,
mi señor Oscar.
—Entonces,
esto no es la Tierra.
—Exacto.
—Hmmmm...
—Miré de nuevo a la pequeña luna, moviéndose rápidamente entre las estrellas,
de oeste a este.
Star
susurró:
— No
tienes miedo, héroe mío?
—¿De
qué?
—De
estar en un mundo extraño.
—Me
parece un mundo muy agradable.
—Lo
es —asintió Star—, en muchos aspectos.
—Me
gusta —dije—. Pero tal vez ha llegado el momento de que sepa algo más acerca de
él. ¿Dónde estamos? ¿A cuántos años—luz, o lo que sea, y en qué dirección?
Star
suspiró.
—Lo
intentaré, mi señor. Pero no será fácil; tú no has estudiado geometría
metafísica... ni otras muchas cosas.
Piensa
en las páginas de un libro... —Yo tenía aún aquel recetario de Alberto el
Grande debajo de mi brazo; Star lo tomó—. Una página puede parecerse mucho a
otra. O ser muy diferente. Una página puede estar tan cerca de otra como para
tocarla, en todos sus puntos... y no tener nada en común con la página que
toca. Nosotros estamos tan cerca de la Tierra —en este momento— como dos
páginas seguidas en un libro. Y sin embargo estamos tan lejos de ella que la
distancia no puede ser expresada por medio de años—luz.
—Mira
—dije—, no necesitas fantasear acerca de ello. Yo solía contemplar la «Zona
Crepuscular». Te refieres a otra dimensión. Lo entiendo perfectamente.
Star
enarcó las cejas.
—Hay
algo de eso, pero...
Rufo
la interrumpió.
—Mañana
por la mañana nos espera Igli.
—Sí
—dije—. Si tenemos que hablar con Igli mañana por la mañana, es mejor que
procuremos dormir un poco. Lo siento. A propósito, ¿quién es Igli?
—Ya
te enterarás —dijo Rufo.
Alcé
la mirada hacia aquella luna fugitiva.
—Sin
duda. Bueno, siento haberos molestado por un absurdo error. Buenas noches,
amigos.
De
modo que volví a tumbarme, como un héroe formal (todo músculo y sin gónadas,
habitualmente), y ellos también se acostaron. Star no volvió a encender la luz,
de modo que no me quedó nada que mirar aparte de las lunas de Barsoom. Había
caído en un libro.
Bueno,
confiaba en que fuera un éxito y en que el autor me mantuviera con vida durante
muchas secuelas. No podía quejarme del trato que se había dado al héroe, al
menos hasta este capítulo. Y allí estaba Dejah Thoris, enroscada en sus sedas,
a menos de diez metros de distancia.
Pensé
seriamente en arrastrarme hasta el borde de su tienda y susurrarle que deseaba
formularle unas cuantas preguntas acerca de la geometría metafísica y
cuestiones similares. Hechizos amorosos, tal vez. O limitarme a decirle que
fuera hacía frío y... ¿podía entrar en la tienda?
Pero
no lo hice. El bueno de Rufo estaba enroscado al otro lado de aquella tienda y
tenía la desconcertante costumbre de despertarse rápidamente con una daga en la
mano. Y le gustaba afeitar cadáveres. Tal como ya he dicho, si me dan a elegir,
soy un cobarde.
Contemplé
las fugitivas lunas de Barsoom, y me quedé dormido.
VI
El
canto de los pájaros es mejor que el timbre de un despertador.Me desperecé
voluptuosamente y olí a cafe, y me pregunté si había tiempo para un chapuzón
antes del desayuno. Era otro día perfecto, azul y claro y con el sol recien
salido, y me sentí en disposición de matar dragones antes de almorzar. Pequeños
desde luego.
Reprimí
un bostezo y me levanté. El elegante pabellón había desaparecido y la caja
negra casi había recobrado su tamaño normal:ahora no era mayor que la caja de
un piano. Star estaba arrodillada delante de una fogata, estimulando a aquel
café. Esta mañana era una mujer de las cavernas, cubierta con una piel muy
suave, aunque no tan suave como la suya. De ocelote, tal vez. O de du Pont.
—Buenos
días, Princesa —dije— ¿Como anda el desayuno? ¿Y donde esta tu cocinero?
—Desayunaremos
mas tarde —dijo Star— Ahora sólo tomarás una taza de café muy caliente y muy
cargado: es preferible que estés de mal humor. Rufo ha iniciado los parlamentos
con Igli.
Me
sirvió el café en un vaso de cartó.
Bebí
un sorbo, me quemé la boca, y escupí posos. El café se presenta en cinco fases
descendentes: Café, Java, Jamoke, Joe, y Carbonilla. Este brebaje no pasaba de
la fase cuarta.
Me
interrumpí entonces. al ver a Rufo. Y compañía. Numerosa compañía. A lo largo
del borde de nuestra terraza alguien había descargado el Arca de Noé. Había
toda clase de animales, desde armadillos hasta cebúes, la mayoría de ellos con
largos dientes amarillos.
Rufo
estaba a unos cinco metros de distancia de aquel muestrario y frente a un
ciudadano particularmente grande y tosco. En aquel momento el vaso de cartón se
rompió, y el café escaldó mis dedos.
—¿Quieres
un poco más? —preguntó Star.
Me
soplé los dedos.
—No,
gracias. ¿Esto es Igli?
—El
del centro y al que Rufo está hostigando. Los otros han venido a presenciar el
espectáculo, puedes ignorarlos.
—Algunos
de ellos parecen hambrientos.
—La
mayoría de los grandes son como el diablo de Cuvier, herbívoros. Aquellos
leones enormes nos devorarian... si IgIi saliera vencedor. Pero sólo entonces.
El problema es Igli.
Observé
a Igli con más atención. Parecía aquel esbozo de hombre de Dundee, todo
barbilla y sin frente, y reunía las características menos atractivas de
gigantes y ogros del The Red Fairy Book. Nunca me gustó demasiado aquel libro.
Era
vagamente humano, usando el término generosamente. Me superaba en estatura
—alrededor de medio metro— y en peso —de ciento veinte a ciento cincuenta
kilos, pero yo soy mucho más atractivo. El pelo crecía en él a rodales, como un
césped enfermo; y uno sabía, sin que nadie se lo dijera, que nunca había
utilizado un desodorante masculino para hombres muy varoniles. Los nudos de sus
músculos tenían nudos en ellos, y sus uñas desconocían las tijeras.
—Star
—dije—, ¿cuál es la naturaleza del problema que tenemos con él?
—Tienes
que matarle, mi señor.
Miré
de nuevo a Igli.
—¿No
podríamos negociar una coexistencia pacífica? ¿Inspección mutua, intercambio
cultural, etcétera?
Star
sacudió la cabeza.
—No
es lo bastante inteligente, como para eso. Está aquí para impedir que
penetremos en el valle.., y una de dos: o muere, o morimos nosotros.
Respiré
a fondo.
—Princesa,
he llegado a una decisión. Un hombre que siempre obedece la ley es más estúpido
aún que el que la quebranta continuamente. Este no es el momento más adecuado
para preocuparse por el Acta Sullivan local. Quiero el lanzallamas, un bazooka,
unas cuantas bombas de mano, y el rifle más pesado de ese armario. ¿Puedes
mostrarme la manera de sacarlo?
Star
hurgó el fuego.
—Héroe
mio —dijo lentamente—, lo siento de veras... pero la cosa no es tan sencilla.
¿Te diste cuenta anoche, cuando estábamos fumando, de que Rufo encendía
nuestros cigarrillos con velas? ¿De que ni siquiera utilizaba un encededor de
bolsillo?
—Bueno..,
no. No me fijé, ni me llamó la atención.
—Esa
norma contra las armas de fuego y los explosivos no es una ley como las que
vosotros tenéis en la Tierra. Es algo más que eso; aquí resulta imposible
utilizar esas cosas. Si lo hiciéramos, esas cosas serían utilizadas contra
nosotros.
—¿Quieres
decir que no funcionarían?
—No
funcionarían. Para que lo entiendas, podríamos decir que quedarían
«embrujadas».
—Star.
Mírame. Es posible que tú creas en brujas. Yo no. Y te apuesto siete contra dos
a que las ametralladoras Thompson tampoco creen en ellas. Me propongo
averiguarlo. ¿Me echarás una mano con la caja?
Por
primera vez. Star pareció realmente preocupada.
—¿Oh,
mi señor, te suplico que no lo hagas!
—¿Por
qué no?
—Incluso
el intentarlo sería desastroso. ¿Acaso no crees que conozco los azares y los
peligros, y las leyes, de este mundo más que tú? ¿Me creerás si te digo que lo
último que desearía es tu muerte, si te juro solemnemente que mi vida y mi
seguridad dependen de las tuyas? ¡Por favor!
Resulta
imposible no creer a Star cuando se pone así. Dije, pensativamente:
—Tal
vez tengas razón... pues en caso contrario ese personaje llevaría un mortero
del 81 bajo el brazo. Mira, Star, se me ocurre una idea todavíamejor. ¿Por qué
no desandamos nuestro camino y regresamos a aquel lugar donde capturamos las
truchas? Dentro de cinco años tendremos una pequeña granja. Y dentro de diez
años, cuando se haya corrido la voz, tendremos también un pequeño motel con una
estupenda piscina y un césped maravilloso.
Star
apenas sonrió.
—Mi
señor Oscar, no hay ningún camino de regreso.
—¿Por
qué no? Yo podría encontrarlo con los ojos cerrados.
—Pero
ellos nos encontrarían a nosotros. No enviarían a Igli, sino a muchos como él,
para perseguirnos y matarnos.
Suspiré
de nuevo.
—Como
quieras. De todos modos, dicen que los moteles apartados de una carretera de
primer orden son un mal negocio. En esa caja hay un hacha de combate. Tal vez
pueda rebanarle los pies antes de que se dé cuenta de mi presencia.
Star
sacudió la cabeza.
—¿Qué
pasa ahora? —protesté—. ¿Acaso tengo que luchar contra él con un pie metido
dentro de un cubo? Cre.í que cualquier cosa que cortara o pinchara... cualquier
cosa que pudiera manejar con mis músculos.., era legal.
—Es
legal, mi señor. Pero no daría resultado.
—¿Por
qué no?
—Igli
no puede ser muerto. Verás, no está realmente vivo., Lo han hecho invulnerable
para este exclusivo propósito. Ni las espadas, ni los cuchillos, ni siquiera
las hachas le causarían el menor daño: rebotarían contra él. Yo lo he visto.
—¿Quieres
decir que es un robot?
—No,
si piensas en mecanismos y ruedas y circuitos impresos. Seria más apropiado
decir que es un «Golem». El Igli es una imitación de vida —añadió Star—. Mejor
que la vida en algunos aspectos, dado que no existe ningún medio, ninguno que
yo conozca, para matarle. Pero peor que la vida también, ya que Igli no es muy
inteligente ni equilibrado. Tiene una astucia elemental. Rufo está trabajándole
ahora en ese sentido, calentándole por así decirlo para ti, excitándole de modo
que no pueda pensar correctamente.
—¿De
veras? ¡Caramba! No debo olvidarme de darle las gracias a Rufo por eso. Bueno,
Princesa, ¿qué se supone que tengo que hacer ahora?
Star
extendió las manos como si la cosa fuera evidente.
—Cuando
estés preparado, desconectaré las defensas... y entonces le matarás.
—Pero
acabas de decir... —Me interrumpí. Cuando disolvieron la Legión Extranjera
francesa, quedaron pocos camios abiertos delante de nosotros, los tipos
románticos. Umbopa hubiera manejado bien esto. Y Conan, desde luego. O Hawk
Carse. O incluso Don Quijote, ya que «aquello» tenía tamaño aproximado de un
molino de viento—. De acuerdo, Princesa, adelante con ello.¿Puedo escupir en
mis manos? ¿O está prohibido también?
Star
sonrió sin hoyuelos y dijo, muy seria:
—Mi
señor Oscar, todos escupiremos en nuestras manos; Rufo y yo lucharemos a tu
lado. Y triunfaremos... o moriremos todos.
Nos
acercamos a Rufo, que le estaba haciendo muecas a Igli y gritaba:
—¿Quién
es tu padre, Igli? Tu madre era un cubo de basura, pero, ¿quién es tu padre?
¡Miradle! ¡No tiene ombligo! ¡Jaaa!
Igli
replicó:
—¡Tu
madre ladra! ¡Y tu hermana rebuzna! —pero más bien débilmente, pensé. Era
evidente que aquella observación acerca del ombligo le había herido en lo más
vivo: no tenía ombligo, por supuesto.
Lo
anterior no es exactamente lo que ambos dijeron, salvo la observación acerca
del ombligo. Me gustaría reproducirlo tal cual, ya que en el idioma neviano el
insulto es un arte elevado cómparable a la poesía. De hecho, el no va más de la
gracia literaria consiste en dirigirse a un enemigo (públicamente) en alguna
forma poética difícil, la sextina, por ejemplo, con cada una de las palabras
destilando vitriolo.
Rufo
gritó alegremente:
—¡Fabrícate
uno, Igli! Aprieta un dedo contra tu vientre y fabrícate uno. Te dejaron en
medio de la lluvia y echaste a correr. Se olvidaron de terminarte. ¿Llamas a
eso una nariz? —Se volvió hacia mí y me dijo, en inglés—: ¿Cómo lo quieres,
jefe? ¿Medio crudo? ¿O muy asado?
—Procura
entretenerle mientras estudio el asunto. ¿No entiende el inglés?
—Ni
jota.
—Bien.
¿Hasta qué punto puedo acercarme a él sin que me agarre?
—Tanto
como quieras, mientras las defensas estén conectadas. Pero, Jefe.., mira, se
supone que no debo aconsejarte, cuando pasemos a la acción no dejes que te
ponga la mano encima.
—Lo
procurare.
—Ten
cuidado sobre todo con los genitales —Rufo volvió la cabeza y gritó—: ¡Jaaa!
¡Igli coge su nariz y se la come!
—Anadio—:
Ella es un buen médico, el mejor, pero de todas maneras ten cuidado.
—Lo
tendré.
Me
acerqué más a la barrera invisible, y alcé la mirada hacia aquel ser. El
inclinó la suya hacia mí y empezó a gruñir, de modo que le saqué la lengua y le
dediqué unos cuantos gestos del más puro estilo Bronx. El viento soplaba en
dirección a mí, y ello me permitió adivinar que el tal Igli no se había bañado
desde hacía treinta o cuarenta años: olía peor que una letrina al aire libre en
verano.
Aquello
puso en mí el germen de una idea.
—Star,
¿sabe nadar ese querubín? Star me miró con aire de sorpresa.
—En
realidad no lo sé.
—Tal
vez se olvidaron de programarbo para ello. ¿Qué tal nadas tú, Rufo?
Rufo
se encogió de hombros.
—Ponme
a prueba —dijo—. Podría enseñarle a nadar a un pez. ¡Igli! ¡Dinos por qué la
cerda no te besaría!
Star
nadaba como una foca. Mi estilo es mucho más tosco, pero sirve para el caso.
—
Star, es posible que no se pueda matar a ese monstruo, pero respira. Tiene
algún tipo de metabolismo de oxigenación, aunque queme petróleo. Si mantenemos
su cabeza debajo del agua un buen rato —el tiempo necesario—, apuesto a que el
fuego se apagará.
Star
me miró con los ojos muy abiertos.
—Mi
señor Oscar... mi paladín... no me equivoqué contigo.
—Requerirá
cierto esfuerzo. ¿Has jugado alguna vez a waterpolo, Rufo?
—Lo
inventé yo.
Confié
en que fuera cierto. Yo había jugado... una vez. Es una experiencia
interesante.., una vez.
—Rufo,
¿puedes atraer a nuestro amigo hacia la orilla? Supongo que la barrera sigue
esta línea de bichos peludos y emplumados... Si es así, podríamos llevarle a
esa parte de la orilla con la balsa más profunda debajo... esa en la que tú y
yo nos chapuzamos, Star.
—No
hay problema —dijo Rufo—. Si avanzamos hacia allí, él nos seguirá.
—Me
gustaría que lo hiciera corriendo. Star, ¿cuánto tiempo tardas en desconectar
la barrera?
—Puedo
hacerlo en un instante, mi señor.
—De
acuerdo. Entonces, este es el plan. Rufo, quiero que impulses a Igli a
perseguirte, lo más rápidamente posible... y que te dirijas hacia el lugar de
la orilla que he mencionado. Star, cuando Rufo llegue a la orilla, desconecta
la barrera inmediatamente, sin esperar a que yo te lo diga. Entonces, Rufo, te
lanzarás de cabeza al agua y nadarás como si te persiguiera el mismo diablo: no
permitas que te agarre. Con un poco de suerte, si Igli se mueve con rapidez,
con lo grande y torpe que es, caerá al agua, lo mismo si se propone hacerlo
como si no. Pero yo te seguiré también, flanqueándote y un poco detrás de ti.
Si Igli logra frenar su carrera, le empuj aré por detrás y le haré caer al
agua. Luego jugaremos todos a waterpolo.
—Nunca
he visto jugar a waterpolo —dijo Star en tono dubitativo.
—No
habrá ningún árbitro. Esto significaque los tres saltaremos sobre Igli, en el
agua, y le sumergiremos y le mantendremos sumergido... y nos ayudaremos el uno
la otro a impedir que él nos sumerja a nosotros. Con lo grandote que es, a
menos de que sea un nadador excepcional, se encontrará en evidente
inferioridad. Lo único que tenemos que hacer es retenerle debajo del agua sin
permitirle respirar ni una sola vez, hasta que deje de ofrecer resistencia.
Entonces, para más seguridad, le ataremos unas cuantas piedras al cuerpo... lo
mismo si está vivo como si está muerto. ¿Alguna pregunta?
Rufo
sonrió como una gárgola.
—¡Esto
va a ser divertido!
Aquel
par de pesimistas parecieron creer que la cosa daría resultado, de modo que
pusimos el plan en marcha. Rufo gritó un comentario acerca de las costumbres
personales de Igli que hubiera censurado incluso la Olympia Press, y luego
desafió a Igli a que le alcanzara, excitándole con alusiones a su posible
carencia de elementos más específicamente masculinos que el ombligo.
Igli
tardó largo rato en ponerse en movimiento, pero cuando lo hizo resultó evidente
que era mucho más rápido que Rufo. Yo no soy lento, ni mucho menos, pero me vi
con serias dificultades para no perder distancia con el gigante, unos cuantos
metros detrás de él y ligeramente a su izquierda.Confié en que Star no
desconectaría la barrera si advertía que Igli podía alcanzar a Rufo en tierra
firme.
Sin
embargo, Star desconectó la barrera en el preciso instante en que Rufo
alcanzaba la orilla y se lanzaba de cabeza al agua sin detener su carrera,tal
como habíamos planeado.
Pero
eso fue todo.
Creo
que Igli era demasiado estúpido como para darse cuenta inmediatamente de que la
barrera había desaparecido. Lo cierto es que en vez de seguir directamente a
Rufo se desvió bruscamente hacia la izquierda. Con esta maniobra perdió
velocidad, y no tuvo ninguna dificultad en detenerse en tierra firme.
Le
embestí por detrás, con todas mis fuerzas, y se derrumbó... pero no cayó al
agua. Y súbitamente me encontré atrapado por un golem excitado y maloliente.
Pero
inmediatamente conté con la ayuda de un gato salvaje, al que no tardó en unirse
Rufo, chorreando agua.
Sin
embargo, la lucha era tremendamente desigual, y estábamos destinados a
perderla. Igli pesaba muchísimo más que todos nosotros juntos, y era todo
músculo y uñas y dientes. Estábamos recibiendo arañazos, contusiones y
magulladuras... y no le hacíamos el menor daño a Igli. Oh, gritaba como un
condenado cada vez que uno de nostros le retorcía una oreja o le doblaba un
dedo hacia atrás, pero en realidad no le estábamos lastimando, y él nos estaba
lastimando a nosotros. No existía la menor posibilidad de arrastrar a aquella
mole hasta el agua.
Yo
había empezado por rodear sus rodillas con mis brazos, y seguía haciéndolo, por
pura necesidad, en tanto que Star trataba de sujetar uno de sus brazos y Rufo
el otro. Pero la situación era fluida: Igli se retorcía como una serpiente de
cascabel, y lograba continuamente liberar alguna de sus extremidades e intentar
arañar y moder. Esto nos conducía a las más extrañas posturas, y de pronto me
encontré colgando de un calloso pie, tratando de retorcerlo, mientras
contemplaba la boca abierta de Igli, ancha como una trampa para osos y mucho
menos atractiva. Sus dientes necesitaban una limpieza a fondo.
De
modo que introduje el dedo gordo de su pie en su boca.
Igli
gritó, de modo que seguí empujando, y no tardó en no tener espacio para gritar.
Seguí empujando.
Cuando
Igli se había tragado su pierna izquierda hasta la rodilla, logró liberar su
brazo derecho que Star sujetaba, y agarró su pierna en trance de
desaparición.., y yo agarré su muñeca.
—¡Ayúdame!
—le aullé a Star—. ¡Empuja!
Star
captó la idea y empujó conmigo. Aquel brazo penetró en la boca de Igli hasta el
codo, y la pierna entró un poco más, casi hasta el muslo. Rufo se unió a
nuestros esfuerzos y consiguió introducir la mano izquierda de Igli en la boca
del gigante, el cual ya no luchaba con tanto vigor, probablemente porque le
faltaba aire para respirar, de modo que introducir su pie derecho en su boca
requirió solamente decisión, con Rufo tirando de su nariz hacia arriba mientras
yo apretaba con mi rodilla su mentón hacia abajo y Star empujaba.
Continuamos
alimentándole con sus propias extremidades, hundiéndolas en su boca centímetro
a centímetro en un esfuerzo continuado. Igli seguía estremeciéndose y tratando
de soltarse cuando le habíamos enrollado hasta las caderas y sus pestilentes
sobacos estaban a punto de desaparecer.
Era
como enrollar una bola de nieve al revés: cuanto más empujábamos, más pequeño
se hacía y más se distendía su boca... el espectáculo más desagradable que he
presenciado nunca. No tardó en quedar reducido al tamaño de un balón
medicinal.., y luego a un balón de fútbol.., y luego a una pelota de béisbol..,
y yo lo enrollé entre las palmas de mis manos y seguí empujando, con fuerza.
...una
pelota de golf, una canica.., un guisante.., y finalmente sólo quedó en mis
manos un poco de grasa sucia.
Rufo
respiró profundamente.
—Supongo
que eso le enseñará a no ponerse el pie en la boca delante de sus superiores.
¿Quién está a punto para el desayuno?
Todos
nos bañamos, utilizando abundante jabón, y luego Star se ocupó de nuestras
heridas e hizo que Rufo tratara las de ella, bajo sus instrucciones.Rufo tiene
razón: Star es el mejor de los médicos. El líquido que nos aplicó no escocía,
los cortes se cerraron, y los parches flexibles que colocó encima de ellos no
tenían que ser cambiados y caían a su debido tiempo sin que se produjera
ninguna infección ni quedara ninguna cicatriz. Rufo tenía una mordedura muy
grave, casi cuarenta centavos de hamburguesa arrancados de su nalga izquierda,
pero cuando Star terminó con él pudo sentarse sin experimentar al parecer la
menor molestia.
Rufo
nos sirvió unos dorados panecillos y grandes salchichas alemanas, rebosantes de
grasa, y litros de buen café. Era casi mediodía cuando Star volvió a
desconectar la barrera e iniciamos nuestro descenso por el acantilado.
VII
La
distancia desde lo alto de la gran cascada hasta el valle de Nevia es de unos
trescientos metros de acantilado cortado a pico; hay que descender por una
cuerda, girando lentamente como una araña. No se lo aconsejo a nadie; resulta
mareante, y yo estuve a punto de perder aquellos suculentos panecillos.
La
vista es espléndida. Se ve la cascada de lado, chorreando libremente, sin mojar
el acantilado, y cayendo desde tan alto que se disuelve en neblina antes de
tocar el fondo. Se ve también un valle, demasiado lujuriante y verde y hermoso
para ser verdad: marjal y bosque al pie del acantilado,campos cultivados a
media distancia y durante unos cuantos kilómetros y, mucho más allá, brumosa en
la base pero clara en las cumbres, una imponente muralla de montañas cubiertas
de nieve.
Star
me había descrito el valle.
—Primero
nos abriremos paso a través del marjal. Después de eso la marcha será más
fácil: sólo tendremos que prestar mucha atención a las aves de presa. Porque
llegarernos a un camino enladrillado, muy agradable.
—¿Un
camino de ladrillos amarillos? —pregunté.
—Sí.
Esa es la arcilla que tienen. ¿Importa?
—Supongo
que no. Y luego, ¿qué?
—Después
de eso nos detendremos a pasar la noche con una familia, los hacendados de la
región. Buenas personas, te gustarán.
—Y
luego la cosa se pondrá fea —añadió Rufo.
—¡Rufo,
no llames al mal tiempo! —le reprochó Star—. Ahórrate los comentarios, por
favor, y deja que Oscar se enfrente con sus problemas a medida que se le
presenten, descansado, con la vista clara y sin preocupaciones. ¿Conoces a
alguien más que pudiera habérselas entendido con Igli?
—Bueno,
si lo planteas de ese modo... no.
—Lo
planteo de ese modo, Todos hemos dormido tranquilamente esta noche. ¿No basta
con eso? Tú disfrutaste tanto como cualquiera.
—Lo
mismo que tú.
—¿Cuándo
he dejado de disfrutar de algo? Mantén la lengua quieta. Bien, Oscar, al pie
del acantilado se encuentran los Fantasmas Cornudos: no hay modo de evitarlos,
nos verán llegar. Con un poco de suerte no veremos a nadie del Gang del Agua
Fría; permanecen entre las brumas. Pero si tenemos la mala suerte de encontrar
a ambos, podemos tener la buena suerte de que luchen entre ellos y se
desinteresen de nosotros. El camino a través del marjal es traicionero; estudia
el mapa que he dibujado para ti hasta que te lo aprendas de memoria, Sólo hay
suelo firme donde crecen unas pequeñas flores amarillas, por sólido y seco que
parezca el terreno en otros lugares. Pero, como puedes ver, hay tantos caminos
laterales y callejones sin salida que podríamos estar dando vueltas todo el día
y ser sorprendidos por la oscuridad... y no salir nunca de allí,
De
modo que aquí estaba, bajando el primero, porque los Fantasmas Cornudos
estarían esperando abajo. Mi privilegio. ¿Acaso no era un «Héroe»? ¿Acaso no
había hecho que Igli se tragara a sí mismo?
Pero
me hubiera gustado que los Fantasmas Cornudos fueran realmente fantasmas. Eran
animales bípedos, omnívoros. Comían de todo, incluido Fantasma Cornudo, y
especialmente viajeros. Del vientre para arriba me fueron descritos como algo
parecido al Minotauro; del vientre para abajo eran sátiros de pies planos. Sus
extremidades superiores eran brazos cortos pero sin verdaderas manos: no tenían
pulgares.
¡Pero,
oh, aquellos cuernos! Tenían cuernos como los astados de Texas, pero apuntando
hacia arriba y hacia adelante.
Sin
embargo, hay una manera de convertir a un Fantasma Cornudo en un verdadero
fantasma. Hay un lugar blando en su cráneo, como en la cabeza de un bebé, entre
aquellos cuernos. Dado que el animal embiste con la cabeza baja, tratando de
ensartarle a uno, aquel es el único lugar vulnerable que puede ser alcanzando.
Lo único que hace falta es mantenerse a pie firme, no retroceder, apuntar a
aquel pequeño blanco... y golpearlo.
De
modo que mi tarea era sencilla. Bajar el primero, matar a tantos Fantasmas
Cornudos como fuera necesario para que Star pudiera descender sin peligro, y
luego protegerla hasta que Rufo hubiera bajado. Después de eso quedaríamos en
libertad para abrirnos paso a través del marjal hacia un lugar seguro. Si el
Gang del Agua Fría no se unía a la fiesta...
Traté
de hacer más cómoda mi postura en la cuerda por la que estaba bajando —mi
pierna izquierda se me había dormido— y miré hacia abajo. Me encontraba a unos
treinta metros del comité de recepción, reunido allí.
Parecía
un campo de espárragos. De bayonetas.
Hice
la señal convenida para interrumpir el descenso. Arriba, muy lejos de mí, Rufo
sujetó la cuerda; quedé colgando en el aire, oscilando, y traté de pensar. Si
descendía más hacia aquella muchedumbre, podría cargarme a un par de Fantasmas
Cornudos antes de ser empalado. O tal vez a ninguno... Lo único cierto era que
estaría muerto mucho antes de qué mis amigos pudieran reunirse conmigo.
Por
otra parte, además de aquel lugar blando entre los cuernos, cada uno de
aquellos bichos tenía un bajovientre vulnerable, propicio para las flechas. Si
Rufo me bajara un poco...
Le
hice la señal. Empezó a soltar cuerda, un poco a sacudidas, y casi se perdió mi
señal para que volviera a parar. Tuve que encoger mis piernas; aquellos bebés
se empujaban unos a otros en su afán de alcanzarme. Un Nijinsky entre ellos
logró rascar la suela de mi borceguí izquierdo, poniéndome la carne de gallina
Estimulado
por aquel aviso, me icé a mí mismo con las manos por la cuerda hasta poner mis
pies a salvo. Una vez conseguido esto, descolgué la ballesta que llevaba en
bandolera y la tensé. Esta hazaña hubiera sido digna de un consumado acróbata:
¿ha intentado usted alguna vez disparar una ballesta colgado del extremo de una
cuerda de trescientos metros de longitud y agarrado a la misma cuerda con una
sola mano?
De
esa manera se pierden flechas. Yo perdí tres, y casi me perdí a mí mismo.
Traté
de atar mi cinturón alrededor de la cuerda. Eso hizo que colgara cabeza abajo y
que perdiera mi sombrero de Robin Hood y más flechas. A mi auditorio le gustó
aquel número; aplaudieron —creo que fue un aplauso—, de modo que bisé el
número, pero esta vez tratando de levantar mi cinturón a la altura de mi pecho
de modo que me permitiera colgar más o menos erguido... y tal vez disparar un
par de flechas.
No
solté mi espada, desde luego.
Hasta
entonces, mis únicos resultados habían sido atraer espectadores («¡Mamá, mira
qué divertido es ese hombre!»), y hacerme oscilar a mí mismo de un lado a otro
como un péndulo.
Por
malo que fuera esto último, me dio una idea. Empecé a incrementar aquella
oscilación, dándome impulso como si estuviera en un columpio. Era una tarea
lenta, ya que el período de aquel péndulo del cual yo era la pesa era de más de
un minuto... y no resulta conveniente tratar de apresurar el ritmo de un
péndulo; hay que trabajar con él, no contra él. Confiaba en que mis amigos
podrían ver lo suficiente como para suponer lo que yo estaba haciendo, y no lo
estropearían.
Al
cabo de un espacio de tiempo irrazonablemente largo me estaba balanceando hacia
adelante y hacia atrás en un arco achatado de unos treinta metros de longitud,
pasando con mucha rapidez por encima de las cabezas de mi auditorio en la parte
más baja de mi balanceo y ralentizando la velocidad al final de cada balanceo.
Al principio, aquellas cabezas cornudas trataron de moverse conmigo, pero se
cansaron de aquello y se agacharon cerca del punto central y contemplaron el
espectáculo, moviendo sus cabezas mientras yo me columpiaba, como espectadores
de un partido de tenis a cámara lenta.
Pero
siempre hay algún maldito innovador. Mi intención era la de dejarme caer en un
extremo de aquel arco en la parte del acantilado y resistir allí, con mi
retaguardia protegida por la pared de roca. El terreno era allí más elevado, y
la caída no resultaría tan peligrosa. Pero uno de aquellos diablos cornudos
adivinó mis intenciones y trotó hacia aquel extremo del balanceo. Fue seguido
por dos o tres mas.
Eso
cambió las cosas: tendría que dejarme caer en el otro extremo. Pero el joven
Arquímedes lo adivinó también.Dejó a sus compinches junto a la cara del
acantilado y troto detrás de mí. Me adelanté a él en el punto mas bajo del
balanceo... pero volvió a atraparme mucho antes de que yo alcanzara el punto
muerto. Sólo tenía que recorrer unos treinta metros en treinta segundos: un
simple paseo. Estaba debajo de mí cuando yo llegué allí.
La
situación era crítica. Solté mis pies, me colgué de una sola mano y desenvainé
la espada durante aquella travesía demasiado lenta, y me dejé caer de todos
modos. Mi intención era la de golpear aquel lugar blando en su cabeza antes de
que mis pies tocaran el suelo.
Pero
fallé el golpe, y él me falló a mí, y caí rodando a su lado, y me puse
rápidamente en pie, y eché a correr hacia la cara del acantilado más próxima a
mí, pinchando a aquel genio en el vientre con mi espada sin detenerme.
Aquella
estocada me salvó. Sus amigos y parientes se pararon a discutir acerca de a
quién le correspondía el costillar antes de que un grupo de ellos avanzara
hacia mí. Esto me dio tiempo a asentar los pies sobre un montón de piedras en
la base del acantilado, donde podía jugar a «Fuera de mi Castillo», y envainé
mi espada y coloqué una flecha en la ballesta.
No
aguardé a que me embistieran. Me limité a esperar hasta que estuvieron lo
bastante cerca para no fallar, apunté a la espoleta del viejo toro que iba en
cabeza del grupo, si es que tenía espoleta, y disparé el dardo tras haber
tensado al máximo la ballesta.
El
dardo lo atravesó de parte a parte y se clavó en el Cornudo que avanzaba tras
él.
Esto
provocó otra discusión sobre el precio de las chuletas. Se comieron a los dos,
uñas y dientes incluidos. Esa era su debilidad: todo apetito y poco cerebro. Si
hubieran cooperado entre ellos, podrían haberse hecho conmigo cuando llegué al
suelo. Pero en vez de eso se pararon a almorzar.
Alcé
la mirada. En lo alto, Star era una diminuta araña colgada de un hilo; su
figura aumentó rápidamente de tamaño. Me deslicé a lo largo de la pared hasta
situarme frente al lugar donde Star aterrizaría, a unos diez metros del
acantilado.
Cuando
estuvo a unos quince metros del suelo, Star le hizo la señal a Rufo para que no
soltara más cuerda, desenvainó su espada, y me saludó.
—¡Espléndido,
Héroe mío!
Todos
llevábamos espadas; Star había escogido un sable de duelo con una hoja de 32´´
: una espada muy grande para una mujer, pero Star es una mujer robusta. También
había metido en la bolsa de su cinto material médico, un detalle que me había
parecido ominoso.
Desenvainé
y le devolví el saludo. Los Cornudos no me molestaban todavía aunque algunos de
ellos, habiendo terminado de almorzar o habiendo sido excluidos del festín,
empezaban a dedicarme su atención. Envainé de nuevo mi espada y coloqué una
flecha en la ballesta.
—Empieza
a balancearte, Star, en dirección a mí. Haz que Rufo baje un poco más la
cuerda.
Star
envainó su espada y le hizo la señal a Rufo, el cual soltó cuerda lentamente
hasta que Star estuvo a unos tres metros del suelo e hizo la señal de alto.
—¡Ahora,
balancéate! —grité.
Aquellos
sanguinarios nativos se habían olvidado de mí; los que no seguían ocupados
devorando a Primo Abbie o a Tío Abuelo John estaban contemplando a Star.
—De
acuerdo —respondió Star—. Pero tengo un trozo de cuerda para lanzar. ¿Puedes
cogerla?
—¡Oh!
—Mi adorable y lista amiga había observado mis maniobras y había calculado lo
que sería necesario—. ¡Espera un momento! Voy a distraer a estos bichos.
Acerqué
una mano a mi carcaj y conté las flechas al tacto: siete. Había empezado con
veinte y había utilizado una; el resto se había perdido.
Usé
tres apresuradamente, a derecha, a izquierda y al frente, eligiendo los blancos
lo más lejos que me atreví a arriesgarme, apuntando a la parte central de los
cuerpos y confiando en que aquella maravillosa ballesta impulsaría los dardos
en línea recta. Desde luego, la multitud recibiría encantada carne fresca como
un donativo del gobierno.
—¡Ahora!
Diez
segundos más tarde recogía a Star en mis brazos y cobraba un beso de una
fración de segundo como portazgo.
Diez
minutos más tarde Rufo había bajado empleando la misma táctica, a costa de tres
de mis flechas y dos de las más pequeñas de Star. Tuvo que bajarse a sí mismo,
sujetando el extremo de la cuerda debajo de sus sobacos. En cuanto llegó al
suelo empezó a tirar de la cuerda para soltarla del acantilado.
—¡Deja
eso! —le gritó Star—. No tenemos tiempo, y pesa demasiado para llevarla.
—La
pondré en la caja.
—No.
—Es
una buena cuerda —insistió Rufo—. La necesitaremos.
—Lo
que necesitarás será una mortaja si no cruzamos el marjal antes de que se haga
de noche. —Star se volvió hacia mi—. ¿Cómo saldremos de aquí, mi señor?
Miré
a mi alrededor. Delante de nosotros y a la izquierda había unos cuantos
Cornudos, que no parecían decididos a acercarse más. A nuestra derecha y encima
de nosotros la gran nube en la base de las cascadas formaba un encaje
iridiscente en el cielo. A unos trescientos metros delante de nosotros se
erguían unos árboles e inmediatamente detrás de ellos empezaba el marjal.
Avanzamos
rápidamente, yo en cabeza, Rufo y Star cubriendo los flancos, todos con una
flecha en la ballesta. Les había dicho que desenvainaran las espadas si algún
Fantasma Cornudo se acercaba a una distancia de cincuenta pasos.
Ninguno
lo hizo. Un idiota avanzó en línea recta hacia nosotros, solo, y Rufo le
derribó con una flecha a cien pasos de distancia. Cuando llegamos cerca del
cadáver Rufo desenvainó su daga.
—¡No
lo toques! —dijo Star, visiblemente irritada.
—Sólo
iba a coger las pepitas para dárselas a Oscar.
—Y
hacer que nos maten a todos... Si Oscar quiere pepitas, las tendrá.
—¿Qué
clase de pepitas? —pregunté, sin detenerme.
—De
oro, Jefe. Esos bichos tienen buche, como las gallinas. Pero lo único que
conservan en él es el oro que tragan. Los viejos pueden tener de diez a doce
kilos.
Silbé.
—Aquí
abunda el oro —explicó Star—. Hay un gran montón en la base de las cascadas, en
el interior de la nube, acumulado a lo largo de muchos siglos.Provoca luchas
entre los Fantasmas y el Gang del Agua Fría, debido a que los Fantasmas tienen
ese raro apetito y a veces se arriesgan a penetrar en la nube para
satisfacerlo.
—No
he visto todavía a ningún miembro del Gang del Agua Fría —comenté.
—Ruega
a Dios que no lo veas —respondió Rufo.
—Razón
de más para que nos adentremos en el marjal —añadió Star—. El Gang no penetra
en él, e incluso los Fantasmas no se atreven a llegar muy lejos. A pesar de sus
pies planos, pueden hundirse.
—¿Hay
algo peligroso en el propio marjal?
—En
abundancia —dijo Rufo—. De modo que asegúrate de pisar las flores amarillas.
—Vigila
dónde pones tus propios pies. Si ese mapa es correcto, encontraré el buen
camino. ¿Qué aspecto tienen los miembros del Gang del Agua Fría?
Rufo
dijo pensativamente:
—¿Has
visto alguna vez a un hombre al cabo de una semana de haberse ahogado?
Perdí
todo interés en el asunto.
Antes
de llegar a los árboles, nos pusimos las ballestas en bandolera y desenvainamos
las espadas. Y allí, debajo de los árboles, nos atacaron. Los Fantasmas
Cornudos, quiero decir, no el Gang del Agua Fría. Una emboscada con todas las
de la ley, a cargo de un grupo numeroso, ignoro cuántos. Rufo mató a cuatro o
cinco y Star al menos a dos, y yo dancé de un lado para otro, mostrándome
activo y tratando de sobrevivir.
Tuvimos
que trepar por encima de los cadáveres para avanzar, demasiados para contarlos.
Penetramos
en el marjal, siguiendo los senderos de pequeñas flores doradas y las vueltas y
revueltas del mapa en mi cerebro. Al cabo de media hora aproximadamente,
llegamos a un claro grande como un garaje de dos plazas. Star dijo débilmente:
—Ya
hemos llegado bastante lejos.
Había
estado apretando una mano contra su costado, pero no había querido detenerse
hasta entonces, a pesar de que la sangre manchaba su túnica y resbalaba a lo
largo de su muslo izquierdo.
Dejó
que Rufo la atendiera a ella en primer lugar, mientras yo vigilaba las
inmediaciones del claro. Experimenté un gran alivio al ver que no reclamaban mi
ayuda ya que, después de haber quitado cuidadosamente la túnica a Star, me
sentí enfermo al comprobar el alcance de su herida.., y sin que hubiera brotado
de sus labios un solo gemido. ¡Aquel cuerpo dorado... herido!
Pero
se repuso como por arte de magia, una vez que Rufo hubo seguido sus
instrucciones. Star curó a Rufo, luego me curó a mí: media docena de heridas
cada uno, pero rasguños comparados con la cornada que ella había recibido.
Después
de curarme, Star dijo:
—Mi
señor, ¿cuánto tardaremos en salir del marjal? Medité unos instantes.
—¿Empeora
el camino a partir de aquí?
—No.
En todo caso, mejora un poco.
—No
más de una hora.
—Bien.
Tirad esas ropas asquerosas. Rufo, desempaca un poco y saca ropas limpias y más
flechas. Oscar, las necesitaremos para las aves de presa, cuando hayamos dejado
los árboles atrás.
La
pequeña caja negra llenó la mayor parte del claro antes de que Rufo la hubiese
desplegado lo suficiente como para sacar ropas y llegar al arsenal.Pero las
ropas limpias y el carcaj lleno me hicieron sentir como un hombre nuevo,
especialmente después de que Rufo sacara medio litro de coñac que nos
repartimos equitativamente. Star repuso su provisión de medicamentos, y luego
ayudé a Rufo a cerrar la caja.
Tal
vez Rufo estaba marcado por haber ingerido el coñac con el estómago vacío. O
quizá por la pérdida de sangre. O tal vez se debió a la mala suerte de un
inadvertido parche de barro resbaladizo. Lo cierto es que Rufo tenía la caja en
sus brazos, a punto de cerrarla del todo, cuando resbaló, recobró el equilibrio
violentamente... y la caja salió despedida de sus brazos y cayó en una charca
de color achocolatado.
Quedó
lejos de nuestro alcance. Aullé:
—¡Rufo,
quítate el cinturón!
Yo
ya estaba deshebillando el mío.
—¡No,
no! —gritó Rufo—. ¡No te acerques a la charca! Una esquina de la caja estaba
aún a la vista. Uniendo nuestros dos cinturones, y agarrado a ellos, yo sabia
que podía alcanzar la caja, aunque la charca no tuviera fondo. Y lo dije,
furiosamente.
—¡No,
Oscar! —intervino Star—. Rufo tiene razón. Vámonos de aquí. Aprisa.
De
modo que reemprendimos la marcha: yo delante, Star acariciando mi nuca con su
aliento y Rufo pisándole los talones a ella.
Habíamos
recorrido un centenar de metros cuando estallo un volcán de barro detrás de
nosotros. No demasiado ruidoso, solo una especie de rugido y un leve temblor de
tierra, y luego una lluvia muy sucia. Star moderó el paso y dijo en tono de
satisfacción:
—Bueno,
eso es todo.
Rufo
dijo:
—¡Lastima
de licor!
—Eso
no me importa —respondió Star—. Hay licor en todas partes. Pero tenía vestidos
nuevos allí, y muy bonitos, Oscar. Quería que tú los vieras; los compré
pensando en ti.
No
contesté. Estaba pensando en un lanzallamas, y en una M—1, y en un par de cajas
de munición. Y en el licor, desde luego.
—¡Me
has oído, mi señor? —insistió Star—. Quería lucir esos vestidos para ti.
—Princesa
—contesté—, siempre llevas puesto el más maravilloso de los vestidos.
Oí
la risa feliz que acompaña a sus hoyuelos.
—Estoy
segura de que has dicho eso más de una vez. Y sin duda con gran éxito.
Salimos
del marjal mucho antes de que se hiciera de noche, y poco después encontramos
el camino de ladrillos. Las aves de presa a que había aludido Star no
constituyen ningún problema. Son unos animales tan asesinos que si se dispara
una flecha en dirección a ellos, un miembro de la banda girará en el aire para
salir a su encuentro, tragándose limpiamente el dardo. Por regla general,
recuperábamos las flechas.
Nos
encontramos entre campos arados poco después de haber alcanzado el camino, y
simultáneamente fuimos perdiendo de vista a las aves de presa. A la puesta del
sol, pudimos ver las construcciones anexas y las luces de la hacienda en la que
Star dijo que pasaríamos la noche.
VIII
Milord
Doral't Giuk Dorali tendría que haber sido tejano. No quiero decir que el Doral
pudiera ser confundido con un tejano, sino que poseía aquellaesplendidez del
tú—pagas—el—almuerzo—y—yo—pago—los—Cadillacs.
Su
casa era del tamaño de una tienda de circo, y tan pródiga como una cena de
Acción de Gracias: opulenta, suntuosa, con refinada marquetería y joyas
engastadas. Sin embargo, tenía un aspecto descuidado, y si uno no miraba donde
ponía los pies podía pisar un juguete infantil o tropezar con cualquier
cacharro y romperse la clavícula. Había niños y perros por todas partes, y era
preciso sortear a los más cachorros —niños y perros—. Al Doral no le peocupaba.
Al Doral no le preocupaba nada, gozaba de la vida.
Habíamos
estado pasando a través de sus campos durante kilómetros y kilómetros (fértiles
como los mejores de Iowa, y sin inviernos; Star me dijo que producían cuatro
cosechas al año), pero a aquella hora tardía sólo vimos algún peón aquí y allá.
En el camino encontramos un carromato. Yo pensé que era arrastrado por una
reata de dos pares de caballos. Me equivoqué: la reata era de un solo par, y
los animales no eran caballos, tenían ocho patas cada uno de ellos.
En
el valle de Nevia todo es así, lo corriente mezclado con lo asombrosamente
distinto. Los humanos eran humanos, los perros eran perros... pero los caballos
no eran caballos. Como le ocurría a Alicia con el Flamenco, cada vez que creía
tener la cosa atrapada se me escurría de entre los dedos.
El
hombre que conducía aquellos octópodos equinos nos miró con curiosidad, pero no
porque le llamara la atención nuestra manera de vestir; él iba vestido como yo.
Miraba a Star... ¿y quién no lo hubiera hecho? La gente que trabajaba en los
campos llevaba una especie de java—java. Esta prenda, un simple trozo de tela
rodeando el cuerpo y atado a la cintura, es el equivalente neviano de monos o
tejanos azules para hombres y mujeres, indistintamente; lo que nosotros
llevábamos era igual al Traje de Franela Gris o al negro básico de la mujer.
Ropas de fiesta o de etiqueta... bueno, esa es otra cuestión.
Al
entrar en la hacienda propiamente dicha tropezamos con una nube de chiquillos y
de perros. Uno de los niños echó a correr delante de nosotros y, cuando
llegamos a la amplia terraza delante del edificio principal, Milord Doral en
persona salió por la gran puerta de la casa. Yo no le hubiera reconocido como
el dueño de la hacienda; llevaba uno de aquellos sarongs cortos, iba descalzo,
y sin nada en la cabeza. Tenía una espesa mata de pelo veteado de gris, una
barba imponente, y se parecía al General U.S. Grant.
Star
agitó una mano y gritó:
—¡Jock!
¡Oh, Jocko!
(El
nombre era «Giuk», pero yo lo capté como «Jock», y con Jock se quedó).
El
Doral nos miró, y luego se precipitó hacia nosotros como un tanque.
—¡EttyboO!
¡Benditos sean tus hermosos ojos azules! ¡Bendito sea tu trasero respingón!
¿Por qué no me avisaste?
(Debo
advertir que los dialectos nevianos no son paralelos a los nuestros. Trate
usted de traducir ciertos dialectos franceses literalmente al inglés, y
comprenderá lo que quiero decir. El Doral no estaba siendo grosero; estaba
siendo formal y galantemente cortés con una antigua y muy respetada amiga).
Tomó
a Star en sus brazos, la levantó del suelo, la besó en las dos mejillas y en la
boca, mordisqueó una de sus orejas, y la dejó en el suelo con unbrazo alrededor
de su cintura.
—¡Juegos
y festejos! ¡Tres meses de vacaciones! ¡Carreras y torneos cada día, orgías
cada noche.! ¡Premios para el más fuerte, el más guapo, el más listo...!
Star
le interrumpió:
—Mi
señor Doral...
—¿Eh?
Y un premio especial para el primer bebé que nazca...
—¡Mi
querido Jocko! Te amo de veras, pero tenemos que marcharnos mañana. Lo único
que pedimos es un hueso para roer y un rincón para dormir.
—¡Tonterías!
Tú no puedes hacerme eso.
—Sabes
que tengo que hacerlo.
—¡Maldita
sea la política! Moriré a tus pies, Pastel Azucarado. El corazón del viejo
Jocko se parará. Siento aproximarse un ataque ahora mismo. —Se palpó el pecho—.
En algún lugar, aquí...
Star
le dio un golpecito amistoso en el vientre.
—Viejo
tramposo. Morirás como has vivido, y no de un ataque cardíaco. Mi señor
Doral...
—¿Sí,
Mi Dama?
—Te
traigo a un Héroe.
Jocko
parpadeó.
—¿No
te referirás a Rufo? ¡Hey, Rufo, viejo zorro! ¿Has oído alguna historieta
picante últimamente? Anda, vete a la cocina y escoge tú mismo lo que te
apetezca.
—Gracias,
mi señor Doral —Rufo hizo una profunda reverencia y se marchó.
Star
dijo en tono firme:
—Si
el Doral me permite...
—Te
escucho.
Star
se soltó del brazo de Jocko, se irguió en toda su estatura, y empezó a cantar:
«Por
las Risueñas Aguas Cantarinas
Llega
un Héroe Hermoso y Valiente.
Oscar
se llama este noble guerrero,
Inteligente
y Fuerte y nunca intimidado,
Que
atrapó al Igli con una pregunta,
Y le
venció con paradojas,
Cerrando
la boca del Igli con Igli.
¡Le
alimentó a él con él, pies y dedos!
Nunca
más las Aguas Cantarinas...
El
canto continuó, sin que nada de ello fuera mentira, pero tampoco completamente
cierto: coloreado como una descripción de un agente de prensa.Por ejemplo, Star
dijo que yo había matado a veintisiete Fantasmas Cornudos, uno de ellos con las
manos desnudas. No recuerdo que fueran tantos, y en cuanto a lo de las «manos
desnudas», aquello fue un accidente. Yo acababa de ensartar con mi espada a uno
de aquellos diablos cuando otro cayó a mis pies, empujado por detrás. No tenía
tiempo de sacar mi espada del otro cuerpo, de modo que apoyé un pie sobre un
cuerno y tiré fuertemente del otro con mi mano izquierda, y la cabeza se abrió
como una sandía. Pero no lo hice a propósito, sino impulsado por la
desesperación.
Star
aludió incluso al heroismo de mi padre, y afirmo que mi abuelo había conducido
la carga en la Colina de San Juan, y luego empezó a referirse a mis bisabuelos.
Pero cuando contó cómo me había producido la cicatriz que discurre desde el ojo
izquierdo hasta la mandíbula derecha, Star superó todas las marcas.
Ahora
bien, Star me había interrogado la primera vez que nos encontramos, y me había
estimulado a contarle más cosas durante aquella larga marcha, el día anterior.
Pero yo no le había revelado la mayoría de los detalles que le estaba dando al
Doral. Tenía que haber enviado detrás de mí durante meses enteros a la Súreté,
al F.B.I. y a Archie Goodwin. Nombró incluso el equipo contra el que habíamos
jugado cuando me fracturé la nariz, y yo no le había contado nunca aquello.
Permanecí
allí ruborizándome, mientras el Doral me miraba de arriba a abajo, con silbidos
y resoplidos de admiración. Cuando Star terminó, con un simple: «Así fue como
ocurrió», el Doral suspiró profundamente y dijo:
—¿Podríamos
escuchar otra vez esa parte acerca de Igli?
Star
se apresuró a complacerle, cantando palabras diferentes y más detalles. El
Doral escuchó, enarcando las cejas y asintiendo con aire de aprobación.
—Una
solución heroica —dijo—. De modo que es matemático, también... ¿Dónde estudió?
—Es
un genio natural, Jock.
—Comprendo.
—El Doral se acercó más a mí, me miró a los ojos, y apoyó sus manos sobre mis
hombros—. El Héroe que ha derrotado a Igli puede elegir cualquier casa. Pero,
¿honrará mi hogar aceptando hospitalidad de techo... y mesa.., y cama?
El
Doral hablaba con mucha seriedad, sin apartar sus ojos de los míos; no tuve
oportunidad de mirar a Star para que me aconsejara con un gesto. y yo
necesitaba consejo. El individuo que dijo que los buenos modales son los mismos
en todas partes y que las personas no son más que personas había viajado muy
poco, probablemente nada. Yo no soy un tipo sofisticado, pero he corrido lo
suficiente como para aprender eso. Era un discurso formal, protocolario, y
requería una respuesta protocolaria.
Salí
del paso como mejor me pareció. Apoyé mis manos en los hombros del Doral y
contesté solemnemente:
Me
siento honrado mucho más allá de mis méritos, mi señor.
—Pero,
¿aceptas? —inquirió ansiosamente.
—Acepto
con todo mi corazón.
(«Corazón»
es bastante aproximado. Estaba teniendo problemas con el idioma).
El
Doral pareció suspirar aliviado.
—¡Glorioso!
—Me agarró con sus brazos de oso, me apretujó, me besó en las dos mejillas, y
sólo un rápido regate me salvó de que me besara en la boca.
Luego
se irguió y gritó:
—¡Vino!
¡Cerveza! ¡Aguardiente! ¿Qué clase de payasada es ésta? ¡Despellejaré a alguien
en vivo! ¡Sillas! ¡Servicio para un Héroe! ¿Dónde está todo el mundo?
Esto
último era hablar por hablar; mientras Star estaba recitando el gran tipo que
soy, en la terraza se habían reunido de dieciocho a cincuenta personas,
empujándose y tratando de situarse en una buena posición para presenciar el
espectáculo. Entre ellos debían encontrarse los criados de servicio, porque
antes de que el Jefe dejara de aullar pusieron en mi mano una jarra de cerveza
y un vaso con cuatro onzas de aguardiente de 50 grados en la otra. Jocko bebió
al estilo carretero, de modo que le imité, y luego me sentí feliz al sentarme
en una silla que ya estaba detrás de mi, notando los primeros efectos
estimulantes de la cerveza.
Otras
personas me agobiaron ofreciéndome trozos de queso, carne fría, conservas de
esto y de aquello, sin esperar a que lo aceptara sino introduciéndolo en mi
boca si la abría incluso para decir «~Gesundheit!» Comí lo que me ofrecían,
contrarrestando así los efectos de la bebida.
Entretanto,
el Doral me estaba presentando su familia. Hubiera sido preferible que llevaran
galones, porque no logré averiguar exactamente qué rango tenían. Las ropas no
ayudaban porque, en tanto que el hacendado iba vestido como un peón, una de las
fregonas podía (y a veces lo hacía) presentarse con su mejor vestido de fiesta
y cargada de adornos dorados. Tampoco me eran presentados por orden de
categoría.
Estuve
a punto de no enterarme de cuál de las mujeres era la dama de la hacienda y
esposa de Jocko: la más veterana de sus esposas. Se trataba de una mujer de
edad madura, una morena con unos cuantos kilos de más pero con aquel dividendo
muy bien repartido. Iba vestida con el mismo descuido que Jocko pero, por
fortuna, me fijé en ella porque fue inmediatamente a saludar a Star y se
abrazaron y besaron cordialmente, demostrando así que eran antiguas amigas. De
modo que tense los oidos cuando me fue presentada unos instantes después como
la Doral (en tanto que Jocko era el Doral).
Me
puse en pie de un salto, agarré su mano, me incliné sobre ella y la apreté
contra mis labios. Esto dista mucho de ser una costumbre neviana, pero provocó
aplausos, y la Doral se ruborizó y pareció complacida, y Jocko sonrió con
orgullo.
Fue
la única persona por la cual me levanté. Cada uno de los hombres y de los
muchachos se inclinó delante de mí; todas las individuas de seis a sesenta años
me dedicaron una cortesía: no lo que nosotros entendemos por ello, sino al
estilo neviano. Era algo parecido a un paso de twist. Mantenerse en equilibrio
sobre un pie y echarse hacia atrás todo lo posible, luego mantenerse en
equilibrio sobre el otro pie echándose hacia adelante, todo ello unido a una
lenta ondulación del cuerpo. Explicado así no parece gracioso pero lo es, y
demostraba que en el clan de los Doral no había un solo caso de artritis ni de
disco de la columna vertebral desplazado.
Jocko
no se molestaba en citar nombres. Las hembras eran «Querida», y «Corderilla», y
«Gatita», y a todos los varones, incluso a aquellos que parecían más viejos que
él, les llamaba «Hijo».
Posiblemente
la mayoría de ellos eran hijos suyos. La estructura familiar neviana es algo
que no llegué a comprender del todo. Aquello parecía algún tipo de feudalismo
como el que conocimos en nuestra propia historia —y quizá lo era—, pero nunca
puse en claro si aquella multitud eran los esclavos del Doral, sus siervos, sus
empleados, o si eran todos miembros de una gran familia. Una mezcla de las dos
cosas, creo. Los títulos no significaban nada. El único título que ostentaba
Jocko era la diferenciación mediante el artículo que le convertía en el Doral
en lugar de ser uno cualquiera de un par de centenares de Dorales. He esparcido
el apelativo «mi señor» aquí y allí en estas memorias porque Star y Rufo lo
utilizaban, pero en neviano no pasaba de ser una forma cortés de dirigirse a un
igual. «Freiherr» no significa «hombre libre», y «monsieur» no significa «mi
señor»: esas cosas no se traducen bien. Star salpicaba su charla de «mi señor»
porque era demasiado cortés para decir «¡Hey, Mac!», aunque se tratara de
amigos íntimos.
(Las
expresiones más corteses en neviano le ganarían a uno un puñetazo en un ojo en
los Estados Unidos).
Una
vez efectuadas todas las presentaciones al Gordon, Héroe de Primera Categoría,
suspendimos la sesión para prepararnos para el banquete que Jocko, frustrados
sus tres meses de jolgorio, había decidido ofrecernos. Aquello me separó de
Star y de Rufo, y fui escoltado hasta mis habitaciones por mis dos ayudas de
cámara.
He
dicho ayudas de cámara, y debo especificar que en este caso eran del género
femenino. Menos mal que yo me había acostumbrado a ser atendido por mujeres en
los lavabos públicos europeos, y no digamos ya en el Sudeste de Asia y en la
Isla del Levante; en las escuelas norteamericanas no le enseñan a uno a tratar
con ayudas de cámara femeninos. Especialmente cuando son jóvenes y atractivas y
con unas terribles ganas de complacer... y sobre todo después de los peligros
que me habían amenazado durante el día. La primera vez que formé parte de una
patrulla aprendí que nada excita tanto aquella antigua necesidad biológica como
el hecho de que disparen generosamente contra uno y salga con vida de la
experiencia...
Si
hubiese sido una sola, podría haber llegado tarde a la cena. Siendo dos, se
vigilaban la una a la otra, aunque no creo que lo hicieran a propósito.
Pellizqué el trasero de la pelirroja cuando la otra no estaba mirando, y me
pareció haber llegado a un acuerdo tácito para más tarde.
Bueno,
el hecho de que le enjabonen a uno la espalda es divertido también.
Trasquilado, cepillado, afeitado, duchado, oliendo como una rosa belígera,
embutido en el atuendo más caprichoso desde que Cecil B. de Mille volvió a
escribir la Biblia, fui entregado puntualmente por ellas en la sala del
banquete.
Pero
el uniforme de procónsul que yo llevaba era un traje de faena comparado con el
equipo de Star. Había perdido todos sus bonitos vestidos a primera hora del
día, pero nuestra anfitriona había sabido acudir en su ayuda.
El
vestido cubría a Star desde el mentón hasta el tobillo, como una segunda piel
plateada. Parecía ser de color azul humo, y estaba recamado de zafiros, y se
amoldaba maravillosamente a las maravillosas curvas de su cuerpo. Era algo tan
espectacular como un bikini y mucho más eficaz.
Su
calzado eran unas sandalias en forma de 5 de algo transparente y esponjoso. No
tenían tiras ni hebillas de ninguna clase; los encantadores pies de Star,
desnudos, reposaban sobre ellas, produciendo la impresión de que estaba de
puntillas a unos diez centímetros del suelo.
Su
mata de cabellos rubios estaba peinada hacia arriba en una estructura tan
complicada como un barco con todas las velas desplegadas, y tachonada de
zafiros. Llevaba un par de fortunas en zafiros aquí y allí sobre su cuerpo
también; no pormenorizaré.
Me
localizó al mismo tiempo que yo la localizaba a ella. Su rostro se iluminó y
dijo, en inglés:
—¡Héroe
mío, estás muy guapo!
Yo
dije:
—Uh...
Luego
añadí:
—Tú
tampoco has perdido el tiempo. ¿Me siento contigo? Necesito que me aleccionen.
—¡No,
no! Tú te sentarás con los caballeros, y yo me sentaré con las damas. No
tendrás ningún problema.
Esto
no es un mal arreglo pára un banquete. Teníamos mesas separadas, los hombres en
una hilera frente a las mujeres, con unos cinco metros de distancia entre
ambos. No era necesario parlotear con las damas, y todas ellas eran dignas de
ser contempladas. La Dama Doral estaba frente a mí y competía en
espectacularidad con Star. Su vestido era opaco en algunos lugares, pero no en
los lugares habituales. Estaba cubierta de diamantes. Supongo que eran
diamantes: no creo que fabriquen piedras falsas de ese tamaño.
Los
comensales eran unos veinte; y había un número dos o tres veces superior de
servidores. Tres muchachas sólo se ocupaban de comprobar que yo no me moría de
sed ni desfallecía de hambre. No tuve que aprender a utilizar sus cubiertos: no
llegué a tocarlos. Las muchachas estaban arrodilladas a mi lado; yo estaba
sentado sobre un gran almohadón. A una hora más avanzada, Jocko se tumbó de
espaldas con la cabeza apoyada sobre un regazo, de modo que sus doncellas
pudieran introducir comida en su boca o acercar una copa a sus labios.
Jocko
tenía tres doncellas a su servicio, como yo; Star y la señora Jocko tenían dos
cada una; el resto se las arreglaba con una por cabeza. Mi anfitriona y mi
Princesa iban vestidas como para quitar el sentido, desde luego... pero una de
mis sirvientes, una nena de dieciséis años aspirante a la corona de Miss Nevia,
sólo llevaba encima joyas, aunque en tal cantidad que su atuendo resultaba más
«decente» que los de Star o Doral Letva, la Dama Doral.
Las
muchachas no actuaban como sirvientes, aparte de su desapasionada decisión de
asegurarse de que yo me atiborraba de comida y de bebida. Charlaban entre ellas
en su jerga juvenil, y hacían muecas y visajes, maravillándose de mi recia
musculatura, etc., como si yo no estuviera presente. Al parecer, nadie espera
que un héroe hable, ya que cada vez que abría la boca me introducían algo en
ella.
En
el espacio que separaba las mesas había siempre algo en marcha: bailarinas,
juglares, rapsodas... Los niños andaban de un lado para otro y agarraban
bocados de las bandejas antes de que éstas llegaran a las mesas. Una muñequita
de unos tres años de edad se paró delante de mi, con los ojos y la boca muy
abiertos, y me conternpló fijamente, obligando a las bailarinas a efectuar
extrañas contorsiones para no tropezar con ella. Intenté convencerla para que
se acercara a mi, pero no me hizo el menor caso, limitándose a mirarme con las
manos entrelazadas y haciendo girar sus pulgares.
Una
damisela con un dulcémele pasó entre las mesas cantando y tocando. El
instrumento podría hacer sido un dulcémele, y ella podría haber sido una
damisela.
Una
dos horas después de iniciado el festín, Jocko se puso en pie, rugió reclamando
silencio, eructó ruidosamente, rechazó a las doncellas que trataban de
sujetarle para que no se cayera, y empezó a recitar.
Los
mismos versos, la melodía distinta.., estaba recitando mis hazañas. Yo hubiera
dicho que estaba demasiado borracho para recitar una simple cuarteta, pero me
llevé una gran sorpresa al oírle recitar perfectamente, dando la debida
inflexión a cada uno de los pasajes, en una asombrosa demostración de
virtuosismo retórico.
Se
atenía al relato de Star en sus líneas maestras, pero embelleciéndolo. Yo
escuchaba con creciente admiración hacia Jocko como poeta y hacia el buen Scar
Gordon, el ejército de un solo hombre. Llegué a la conclusión de que yo era un
héroe con todas las de la ley, de modo que cuando Jocko se sentó yo me puse en
pie.
Las
muchachas habían tenido más éxito atiborrándome de bebida que de comida. La
mayoría de los alimentos eran exóticos y sabrosos. Pero habían servido un plato
frío, unos animalitos semejantes a las ranas metidos en hielo y enteros. Había
que mojarlos en una salsa y comerlos en dos bocados.
La
nena de las joyas agarró uno, lo mojó en la salsa y me lo acercó a la boca para
que mordiera. Y el bicho despertó.
Aquel
animalito —llamémosle «Elmer»— hizo girar sus ojos en sus órbitas y me miró, en
el preciso instante en que me disponía a morderlo.
Súbitamente
se me pasó el apetito y eché la cabeza hacia atrás.
Miss
Joyería se echó a reír, volvió a mojar el bicho en la salsa, y me demostró cómó
había que comerlo. No más Elmer...
Dejé
de comer y bebi más de la cuenta. Cada vez que me ofrecían un bocado veía las
patas de Elmer desapareciendo, y tragaba saliva, y bebía otro trago.
Por
eso me puse en pie.
Se
produjo un gran silencio. La música se interrumpió porque los músicos esperaban
a que yo empezara mi poema para improvisar un acompañamiento adecuado.
De
pronto me di cuenta de que no tenía nada que decir.
Absolutamente
nada. Me sentía incapaz de recitar un poema de gratitud, un fino cumplido a mi
anfitrión.., en neviano. Diablos, no podía hacerlo en inglés.
Star
me estaba mirando con una expresión de tranquila confianza.
Aquello
me decidió. No me arriesgué a hablar en neviano; ni siquiera podía recordar
cómo había que preguntar por dónde se iba al lavabo de caballeros. De modo que
me solté el pelo, como suele decirse, en inglés. Empecé con «Congo», de Vachel
Lindsay.
Todo
lo que recordaba, es decir, unas cuatro páginas. Lo que les ofrecí tenía ritmo,
un ritmo pegadizo, especialmente aquel fragmento que dice: «¡Golpeando una mesa
con el mango de una escoba! ¡Bum! ¡Bum! ¡Bomlay bum!» La orquesta captó el
espíritu, y el público se incorporó al acompañamiento golpeando rítmicamente la
mesa con los platos.
El
aplauso fue maravilloso, y la señorita Tiffany agarró mi tobillo y lo besó.
De
modo que les serví las «Campanas» de Edgar Allan Poe como postre. Jocko me besó
en el ojo izquierdo y sollozó sobre mi hombro.
A
continuación, Star se puso en pie y explicó, en verso, que en mi propio país,
en mi propio idioma, entre mi propia gente, guerreros y artistas, yo tenía la
misma fama como poeta que como héroe (lo cual era cierto: cero igual a cero), y
que les había hecho el honor de componer mi obra maestra, con las mejoras gemas
de mi lengua natal, un canto de gratitud a los Doral y a la casa Doral por la
hospitalidad de techo, mesa y cama... y que, con el tiempo, aportaría su
modesto esfuerzo para traducir mi música al idioma neviano.
Dicho
sea entre nosotros, ganamos el Oscar.
Luego
trajeron la piéce de résistance, una res asada entera y transportada por cuatro
hombres. Por el tamaño y la forma podría haber sido campesino asado en una
vitrina. Pero estaba muerto y olía deliciosamente, y yo comí un buen trozo y me
sentó muy bien. Después del asado siguieron solamente otras ocho o nueve cosas,
sopas y sorbetes y gollerías por el estilo. La reunión empezó a disolverse y la
gente comenzó a abandonar sus mesas. Una de mis muchachas se quedó dormida y
derramó mi copa de vino, y entonces me di cuenta de que la mayoría de los
invitados se habían marchado.
Doral
Letva, flanqueada por dos muchachas, me condujo a mis habitaciones y me acostó.
Tamizaron las luces y se retiraron mientras yo trataba de encontrar un modo
galante de darles las buenas noches en su idioma.
No
tardaron en regresar, despojadas de todas sus joyas y otros engorros, y se
situaron al lado de mi lecho, como las Tres Gracias. Yo había llegado a la
conclusión de que las jóvenes eran las hijas de mamá. La mayor de las muchachas
aparentaba unos dieciocho años, estaba completamente desarrollada, y era el
vivo retrato de lo que su madre debió ser a aquella edad; la más joven parecía
tener unos cinco años menos, apenas núbil, muy bonita para su edad, y
consciente de que lo era. Se ruborizó y dejó caer sus pestañas cuando la miré.
Pero su hermana sostuvo mi mirada con ojos apasionados, audazmente provocativa.
Su
madre, con un brazo alrededor de cada una de las cinturas, explicó
sencillamente pero en verso que yo había honrado su techo y su mesa.., y ahora
su cama. ¿Cuál era el placer de un Héroe? ¿Una? ¿Dos? ¿O las tres?
Soy
un gallina. Ya sabemos eso. De no haber sido porque aquella hermanita era del
tamaño aproximado de aquellas hermanitas morenas que me habían asustado en otro
tiempo, quizá podría haber demostrado más aplomo.
Pero,
diablos, aquellas puertas no se cerraban. Eran simples arcos. Y Jocko podía
despertarse en cualquier momento; no sabía dónde estaba. No diré que no me he
acostado nunca con una mujer casada ni con la hija de un hombre en su propia
casa.., pero en tales materias he tenido siempre en cuenta los
convencionalismos norteamericanos. Esta propuesta sin tapujos me asustó más que
las Cabras Cornudas. Quiero decir los «Fantasmas».
Luché
por expresar mi decisión en lenguaje poético.
No
lo conseguí, pero di a entender que mi respuesta era negativa.
La
muchachita empezó a chillar y huyó. Su hermana, con los ojos como dagas,
exclamó en tono despectivo: «¡Héroe!» y se marchó tras ella. La madre se limitó
a mirarme y se marchó también.
Regresó
al cabo de dos minutos. Me habló en tono muy formal, ejerciendo obviamente un
gran control sobre sí misma, y me rogó que le hiciera saber si alguna de las
mujeres de la casa había despertado el interés del Héroe. ¿Su nombre, por
favor? ¿O podía describirla? ¿O deseaba que desfilaran todas delante de mi para
que pudiera reconocerla?
Traté
de explicarle que, si se tratara de elegir, la escogería a ella.., pero que
estaba cansado y deseaba dormir solo.
Letva
se tragó unas lágrimas, me deseó un descanso de héroe, y se marchó por segunda
vez, más aprisa aún. Por un instante creí que iba a abofetearme.
Cinco
segundos más tarde me levanté y corrí tras ella. Pero había desaparecido, y la
galería estaba a oscuras.
Me
quedé dormido y soñé en el Gang del Agua Fría. Eran más feos aún de lo que Rufo
había sugerido, y trataban de hacerme comer unas grandes pepitas de oro, todas
ellas con los ojos de Elmer.
IX
Rufo
me despertó sacudiéndome.
—¡Jefe!
¡Levántate! ¡Ahora mismo!
Enterré
mi cabeza debajo de las sábanas.
—¡Déjame
en paz!
Tenía
la boca pastosa, la cabeza cargada, y me zumbaban los oídos.
—¡Ahora
mismo! Lo ha dicho Ella.
Me
levanté. Rufo llevaba sus ropas de Payaso y la espada al cinto, de modo que me
vestí del mismo modo y me ceñi la espada. Mis ayudas de cámara no estaban a la
vista, ni mi uniforme de procónsul. Entré tambaleándome detrás de Rufo en el
gran comedor. Allí estaba Star, vestida para viajar, con aire enfurruñado. La
sala no recordaba en absoluto los esplendores de la noche anterior; parecía un
establo abandonado. Había una sola mesa, y encima de ella un trozo de carne
fría en grasa congelada, y un cuchillo a su lado.
La
miré sin el menor entusiasmo.
—¿Qué
es eso?
—Tu
desayuno, sí lo quieres. Pero yo no me demoraría debajo de este techo para
comer carne fría.
Star
había hablado en un tono y con una expresión que desconocía en ella.
Rufo
tocó mi manga.
—Jefe.
Salgamos de aquí. Ahora.
De
modo que salimos. No había un alma a la vista, ni dentro ni fuera, ni siquiera
niños o perros. Pero había tres de aquellos animales de ocho patas, ensillados
y a punto para emprender la marcha. Los aparejos eran terriblemente
complicados; cada uno de los pares de patas tenía un yugo de cuero encima, y la
carga estaba repartida por medio de unas pértigas que se flexionaban
lateralmente, una a cada lado, y montada sobre ellas había una silla con un
respaldo, un asiento almohadillado y apoyos para los brazos. Atados a los
respaldos se hallaban lo que podríamos llamar riendas.
A la
izquierda, una palanca servía al mismo tiempo de freno y de acelerador, y
prefiero no decir cómo eran transmitidas las sugerencias a los animales. Sin
embargo, a los «caballos» no parecía importarles.
No
eran caballos. Tenían la cabeza ligeramente equina, pero sus patas terminaban
en una especie de pies planos en vez de pezuñas, y eran omnívoros, no comedores
de alfalfa. Pero uno aprendía a simpatizar con aquellas bestias. Yo bauticé a
la mía con el nombre de Ars Longa. Era una hembra, y tenía unos ojos
afectuosos.
Rufo
ató mi ballesta y mi carcaj detrás de mi silla y me mostró cómo había que subir
a bordo, ajustar el cinturón de mi asiento, e instalarme cómodamente con los
pies sobre unos apoyos especiales que hacían las veces de estribos y la espalda
contra el respaldo: tan cómodos como asientos de primera clase en un avión de
pasajeros. Emprendimos la marcha a un paso sostenido de dieciocho kilómetros
por hora (con aquellos animales no podía hablarse de trote, ni de galope, ni de
etc.), suavizado por aquella suspensión de ocho puntos, de modo que era como
viajar en automóvil por un camino de grava.
Star
cabalgaba en cabeza, y no había pronunciado ni una sola palabra. Traté de
hablar con ella, pero Rufo tocó mi brazo.
—No
lo hagas, Jefe —dijo en voz baja—. Cuando Ella está así, lo único que se puede
hacer es esperar.
Más
adelante, con Rufo a mi lado y Star fuera del alcance de mi voz, dije:
—Rufo,
¿qué diablos ha ocurrido?
Rufo
enarcó las cejas.
—Nunca
lo sabremos. Ella y el Doral discutieron por algo,eso es evidente. Pero es
mejor que finjamos que no pasó nada.
Rufo
se calló, y yo hice lo mismo. ¿Se había mostrado Jocko impertinente con Star?
No cabía duda de que estaba borracho, y en tal estado podía haber molestado a
Star con sus apetencias «amorosas». Pero me costaba trabajo imaginar a Star
incapaz de manejar a un hombre para que no la asaltara sin herir sus
sentimientos.
Esto
hizo que mis pensamientos siguieran una línea más bien desagradable. Si la
hermana mayor hubiera entrado sola.Si la señorita Tiffany no se hubiera
dormido... Si mi ayuda de cámara pelirroja se hubiera presentado a desvertirme
tal como yo había dado por supuesto que haría... ¡Oh, diablos!
De
pronto, Rufo aflojó el cinturón de su asiento, inclinó hacia atrás el respaldo,
levantó los apoyos para los pies, se tapó la cara con un pañuelo, y empezó a
roncar. Al cabo de un rato yo hice lo mismo; había dormido muy poco, no había
desayunado, y tenía una resaca descomunal. Mi «caballo» no necesitaba ninguna
ayuda; los dos seguían dócilmente a la montura de Star.
Cuando
desperté me encontré mucho mejor, aparte del hambre y la sed. Rufo seguía
durmiendo; la montura de Star se mantenía a una distancia de cincuenta pasos
delante de las nuestras. Nos rodeaba aún un paisaje de tierras cultivadas, y a
un kilómetro de distancia delante de nosotros se erguía una vivienda: no el
hogar de un hacendado, sino una casa de labor. Pude ver un pozo y pensé en
pozales cubiertos de musgo, frescos y húmedos y rezumando fiebres tifoideas
...Bueno, en Heidelberg me había vacunado. Necesitaba beber. Agua, quiero
decir. Mejor todavía, cerveza: por esos andurriales elaboraban una cerveza
excelente.
Rufo
bostezó, apartó el pañuelo de su rostro y levantó su asiento.
—Creo
que me he adormilado —dijo, con una estúpida sonrisa.
—Rufo,
¿ves aquella casa?
—Sí.
¿Qué pasa con ella?
—Comida,
eso es lo que pasa. No puedo seguir adelante con el estómago vacio. Y tengo
tanta sed, que podría exprimir una piedra y beberme su suero.
—En
tal caso, será mejor que empieces a hacerlo.
—¿Eh?
—Mi
señor, lo siento, yo también tengo sed, pero no vamos a pararnos aquí. A Ella
no le gustaría.
—A
Ella no le gustaría, ¿eh? Mira, Rufo, vamos a aclarar las cosas. El hecho de
que mi dama Star esté de mal humor no es motivo para que yo cabalgue todo el
día sin comer ni beber. Tú puedes hacer lo que te parezca; yo me pararé a
almorzar. Uh... ¿llevas algún dinero encima? ¿Dinero local?
Rufo
sacudió la cabeza.
—No
hagas eso, no aquí, Jefe. Espera otra hora. Por favor.
—¿Por
qué?
—Porque
nos encontramos todavía en tierras del Doral, por eso. No sé que él haya
enviado aviso para que nos maten sin previa advertencia; Jock no es mala
persona. Pero preferiría llevar una buena armadura; una lluvia de flechas no me
sorprendería lo más mínimo.
—¿De
veras crees eso?
—Depende
de lo furioso que esté. En cierta ocasión, cuando un hombre le ofendió
realmente, el Doral hizo que le destriparan y... no, no puedo contar eso. —Rufo
tragó saliva, y pareció marearse—. Después de la noche que he pasado, no soy yo
mismo. Es mejor que hablemos de cosas agradables. Has mencionado el exprimir el
suero de una roca. ¿Pensabas acaso en Muldoon el Fuerte?
—¡Maldita
sea, no cambies de tema! —Me latían las sienes—. El hombre que dispare una
flecha contra mí será mejor que revise los agujeros en su propio pellejo. Tengo
sed.
—Jefe
—suplicó Rufo—, Ella no comerá ni beberá en tierras del Doral... aunque le
supliquen que lo haga. Y Ella tiene razón. Tú no conoces las costumbres. Aquí,
uno acepta lo que se da de buena gana... pero incluso un niño es demasiado
orgulloso como para tomar algo exigido por la fuerza. Diez kilómetros más.
¿Acaso el héroe que mató a Igli no puede recorrer otros diez kilómetros antes
de desayunar?
—Bueno...
dc acuerdo, de acuerdo. Pero este es un país demencial, tienes que admitirlo.
Completamente absurdo.
—Mmmmm...
—murmuró Rufo—. ¿Has estado alguna vez en Washington, Distrito de Columbia?
—Bueno...
—Hice una mueca—. ¡Touché! Olvidaba que este es tu país natal. No pretendía
ofenderte.
—¿Mi
país natal? Ni hablar. ¿Qué te hace pensarlo?
—Verás...
—Ni Rufo ni Star lo habían dicho, pero...—Conoces las costumbres, hablas el
idioma como un nativo...
—Mi
señor Oscar, he olvidado los idiomas que hablo.Cuando oigo uno de ellos, lo
hablo.
Bueno,
tú no eres norteamericano. Ni francés, creo.
Sonrió
alegremente.
—Podría
enseñarte certificados de nacimiento de los dos paises..o al menos hubiese
podido hacerlo antes de perder nuestro equipaje. Pero no, no soy de la Tierra.
—Entonces,.
¿de dónde eres?
Rufo
vaciló.
—Será
mejor que se lo preguntes a Ella.
—¡Maldita
sea! Tengo los dos pies trabados y un saco sobre mi cabeza. Esto es absurdo.
—Jefe
—se apresuró a decir Rufo—, Ella contestará a cualquier pregunta que le hagas.
Pero tienes que hacérsela.
—¡Desde
luego que se la haré!
—Hablemos
de otra cosa. Has mencionado a Muldoon el Fuerte...
—Lo
has mencionado tú.
—Bueno,
tal vez lo haya hecho. No llegué a conocer a Muldoon, aunque he estado en
aquella parte de Irlanda. Un hermoso país, y el único pueblo realmente lógico
de la Tierra. Los hechos no les desvían del camino de la verdad más elevada. Un
pueblo admirable. Oí hablar de Muldoon a uno de mis tíos, un hombre veraz que
durante muchos años se dedicó a escribir discursos para los políticos. Pero en
aquella epoca, debido a un malentendido (escribió algunos discursos para
candidatos rivales), estaba disfrutando de unas vacaciones como corresponsal
independiente de un sindicato norteamericano especializado en artículos para
las ediciones dominicales de los periódicos. Oyó hablar de Muldoon el Fuerte y
decidió entrevistarle, para lo cual tomó un tren en Dublin, luego un autobús
local, y finalmente las Yeguas de Shank. Encontró a un hombre labrando un campo
con un arado de un caballo.., pero aquel hombre empujaba el arado delante de él
sin ningún caballo, abriendo un surco de veinte centímetros de profundidad.
«—¡Ajá!
—dijo mi tío. Y llamó al hombre—: ¡Señor Muldoon!
»El
hombre interrumpió su tarea y dijo:
»—¡Dios
le bendiga por el error, amigo! —Cogió el arado con una sola mano, señaló con
él y añadió—: Encontrará usted a Muldoon por ahí. El es un hombre fuerte.
»De
modo que mi tío le dio las gracias y continuó su camino, hasta que encontró a
otro hombre que clavaba unos postes en el suelo con las manos desnudas... y en
un suelo rocoso, por añadidura. Y mi tío le llamó por el nombre de Muldoon.
»El
hombre quedó tan sorprendido que dejó caer los diez o doce postes de quince
centímetros de diámetro que sostenía debajo del otro brazo.
»—¡Siga
adelante, amigo! —dijo—. Sepa que Muldoon vive mucho más lejos, al final de
este mismo camino. El es fuerte.
»Poco
después mi tío encontró a otro hombre que estaba construyendo una valla de
piedra. No utilizaba ninguna clase de argamasa. Las piedras eran muy grandes, y
él las partía sin mazo ni cincel, golpeándolas con el filo de la mano y
descantillando los bordes con los dedos. De modo que mi tío volvió a dinigirse
al hombre por aquel nombre glorioso.
»El
hombre empezó a hablar, pero su garganta estaba seca a causa del polvo de la
piedra; le falló la voz. Así que agarró una roca enorme, la estrujó como tú
estrujaste a Igli... extrajo agua. de ella, y bebió. Luego dijo:
»—No
soy yo, amigo mío. El es fuerte, como todo el mundo sabe. Bueno, más de una vez
le he visto insertar su dedo meñique...»
Mi
mente fue distraída de aquella sarta de mentiras por una chica que estaba
recogiendo heno en un campo al borde del camino. Tenía unos poderosos músculos
pectorales, y llevaba un simple lava—lava. Se dio cuenta de que yo la miraba y
me pareció que me guiñaba un ojo...
—¿Qué
estabas diciendo? —le pregunté a Rufo.
—¡Eh?...
con un solo dedo... y se sostenía sobre un brazo durante horas enteras.
—Rufo
—dije—, no creo que pudiera sostenerse más allá de unos cuantos minutos. La
tensión sobre los tejidos, y todo eso.
—Jefe
—respondió Rufo en tono dolido—, podría llevarte al lugar en el que el Poderoso
Dugan solía realizar ese ejercicio.
—Dijiste
que se llamaba Muldoon.
—Era
un Dugan por parte de su madre, a la que apreciaba mucho. Creo que te alegrará
saber, mi señor, que el límite de las tierras del Doral está a la vista. El
almuerzo es cuestión de minutos.
Será
bien acogido por mi parte. Con unos cuantos litros de cualquier cosa, incluso
agua.
—Aprobado
por aclamación. La verdad sea dicha, mi señor, hoy no me encuentro en mi mejor
forma. Necesito comida y bebida y una larga siesta antes de que empiece el
jaleo, o bostezaré cuando tenga que luchar. La noche ha sido demasiado larga.
—No
te vi en el banquete.
—Estaba
allí en espíritu. En la cocina la comida es más caliente, se pueden elegir los
mejores bocados, y la compañía es menos formal. Pero no tenía intención de
pasar la noche allí. Mi lema es acostarme temprano. Moderación en todas las
cosas. Epícteto. Pero la repostera... Bueno, me recuerda a otra muchacha que
conocí, asociada conmigo en un negocio legal, contrabando. Pero su lema era que
si una cosa merece la pena conviene sacarle todo el jugo posible... y ella lo
hacía. Contrabandeaba más de lo normal, por su cuenta y sin que yo lo supiera,
estropeando así el trato que yo tenía con los aduaneros, a los que sobornaba de
acuerdo con la importancia del contrabando, y exponiéndome a que ellos creyeran
que yo no era un hombre honrado.
«Pero
una muchacha no puede cruzar las barreras gorda como una oca sobrealimentada y
volver a cruzarlas en sentido contrario veinte minutos después tan flaca como
el número uno (no es que estuviera tan flaca, es sólo una manera de hablar),
sin provocar miradas pensativas. Si no hubiera sido por la cosa rara que hizo
el perro por la noche, los aduaneros nos hubieran empaquetado.
—¿Cuál
era la cosa rara que el perro hacía por la noche?
—Lo
mismo que yo estuve haciendo anoche. El ruido nos despertó y saltamos del
tejado libres, pero sin nada que mostrar después de seis meses de duro trabajo
aparte unas rodillas despellejadas. Pero aquella repostera... Tú la viste, mi
señor. Pelo castaño, ojos azules, una grupa de viuda y el resto asombrosamente
parecido a Sofía Loren.
—Tengo
un vago recuerdo de algo así.
—Entonces
no la viste, porque en Nalia no hay nada vago. Desde luego, anoche me había
propuesto comportarme honestamente, sabiendo que hoy tendríamos jaleo. Ya
sabes..
Cuando
se hace de noche se apaga la luz; Cuando amanece, nace un nuevo día.
«..
.como dijo el Sabio. Pero yo no había contado con Naha... De modo que aquí
estoy sin haber dormido ni desayunado, y si caigo muerto antes de que
anochezca, en un charco de mi propia sangre, la culpa será en parte de Nalia.
—Yo
afeitaré tu cadáver, Rufo; te lo prometo. —Habíamos cruzado la línea fronteriza
de las tierras del Doral, pero Star no aminoró el paso—. A propósito, ¿dónde
aprendiste el oficio de enterrador?
—¿El
qué? ¡Oh! Eso fue en un lugar muy lejano. Mira, en la cumbre de aquel
montículo, detrás de aquellos árboles, hay una casa, y allí es donde
almorzaremos. Una gente muy agradable.
—¡Bien!
—La idea del almuerzo fue un punto luminoso mientras yo lamentaba de nuevo mi
honesto comportamiento de la noche anterior—. Rufo, tienes una idea equivocada
de la cosa rara que el perro hizo por la noche.
—¿Mi
señor?
—El
perro no hizo nada por la noche, esa fue la cosa rara.
—Bueno,
ciertamente no parece ser así —dijo Rufo, en tono dubitativo.
—Otro
perro, otro lugar lejano. Lo siento. Lo que había empezado a decir era: anoche
me ocurrió algo curioso al ir a acostarme... y yo me comporté honestamente.
—¿De
veras, mi señor?
—De
veras, aunque sólo fuera de obra y no de pensamiento.
Necesitaba
contárselo a alguien, y Rufo era la clase de bribón en el que podía confiar. Le
conté la Historia de las Tres Sílfides.
—Tendría
que haberme arriesgado —terminé—. Y desde luego lo hubiera hecho, si aquella
niña se hubiese acostado a su hora.., sola. O al menos creo que lo hubiera
hecho, exponiéndome a recibir un estacazo o a tener que saltar por una
ventana... Rufo, ¿por qué será que las mujeres más guapas tienen siempre padres
o maridos? Pero te digo la verdad, allí estaban: la Gran Sílfide, la Sílfide
Mediana y la Pequeña Sílfide, las tres al alcance de mi mano y todas ellas
ansiosas por mantener mi cama caliente... ¡y no hice absolutamente nada! Anda,
ríete. Lo merezco.
Rufo
no rió. Me volví a mirarle, y su expresión era lamentable.
—¿Mi
señor! ¡Camarada Oscar! ¡Dime que no es verdad!
—Es
verdad —murmuré—. Y lo lamenté inmediatamente. Demasiado tarde. ¡Y tú te quejas
de tu noche!
—¡Oh,
Dios mío!
Rufo
hostigó a su montura y se alejó. Ars Longa miró hacia atrás con aire
interrogador por encima de su hombro, y luego siguió avanzando al paso.
Rufo
se reunió con Star; se detuvieron, cerca de la casa donde nos aguardaba el
almuerzo. Esperaron, y me reuní con ellos. El rostro de Star no reflejaba
ningua emoción; Rufo, en cambio, parecía insoportablemente turbado.
Star
dijo:
—Rufo,
ve a pedir comida para nosotros. Tráela aquí.Yo hablaré con mi señor a solas.
—Sí,
mi dama. —Y Rufo se alejó rápidamente.
Star
me dijo, con el rostro inexpresivo:
—Mi
señor héroe, ¿es eso cierto? ¿Lo que tu lacayo acaba de contarme?
—No
sé lo que te ha contado.
—Acerca
de tu fracaso... tu supuesto fracaso... anoche.
—Ignoro
lo que tú entiendes por «fracaso». Si quieres saber lo que hice después del
banquete... dormí solo. Punto.
Star
suspiró, pero su expresión no cambió.
—Quería
oírlo de tus labios. Para ser justa. —Luego su expresión cambió, y confieso que
nunca había visto reflejarse tanta rabia en un rostro humano. Sin levantar la
voz, y en un tono casi desapasionado, empezó a machacarme—: Tú, héroe. Tú,
increíble mameluco sin sesos. Torpe, zángano, patán, desgraciado, fanfarrón,
idiota...
—¡Basta!
—Silencio,
no he terminado contigo. Insultar a tres inocentes damas, ofender a...
—¡CÁLLATE!
Mi
vehemencia pareció sorprenderla; no le di tiempo a recobrarse.
—No
vuelvas a hablarme. nunca más en ese tono, Star. Nunca más.
—Pero...
—¡Cierra
el pico, mocosa! No te has ganado el derecho a hablarme en ese tono. Ni
permitiré que ninguna mocosa se gane nunca ese derecho. Te dirigirás a mí
siempre, ¡siempre!, cortésmente y con respeto. Una palabra más en tu asqueroso
vocabulario, y te azotaré las nalgas hasta que tus lágrimas fluyan como un
manantial.
—¡No
te atreverás!
—Aparta
la mano de esa espada o la sacaré de su vaina, te bajaré los pantalones aquí
mismo, y te azotaré con ella. Hasta que tu trasero esté rojo y pidas
misericordia. Star, no acostumbro a pegar a las mujeres... pero castigo a las
niñas desobedientes. A las damas las trato como damas. A las mocosas díscolas
las trato como mocosas díscolas. Star, podrías ser la Reina de Inglaterra y la
Emperatriz Galáctica en una sola pieza... pero UNA PALABRA MÁS fuera de tono y
no podrás sentarte durante una semana. ¿Me has entendido?
Al
final, Star murmuro:
—Te
he entendido, mi señor.
—Y
además de eso, dimito de mi papel de héroe. No estoy dispuesto a que me hablen
de ese modo dos veces, y no quiero trabajar para una persona que me trata así
incluso una sola vez.
Suspiré,
dándome cuenta de que acababa de perder de nuevo mis galones de cabo. Pero
siempre me había sentido más cómodo y más libre sin ellos.
—Sí,
mi señor. —Apenas pude oírla. Se me había ocurrido que Niza quedaba muy lejos.
Pero en el fondo aquello no me preocupaba.
—De
acuerdo, vamos a olvidarlo.
—Sí,
mi señor. —Y Star añadió en voz baja—: Pero, ¿puedo explicarte por qué te he
hablado de esa manera?
—No.
—Sí,
mi señor.
Un
largo y silencioso rato más tarde, Rufo regresó. Se detuvo fuera del alcance de
nuestras voces, y le hice señas de que se uniera a nosotros.
Comimos
en silencio, y yo no comí mucho, pero la cerveza era buena. Rufo trató de
entablar una conversación escogiendo como tema una imposibilidad acerca de otro
de sus tíos. Pero no tardó en desistir al comprobar que nadie le escuchaba.
Después
del almuerzo, Star hizo girar a su montura: aquellos «caballos» no poseen
demasiada facilidad de maniobra, y hay que «acompañarlos» para hacerles dar
media vuelta.
Rufo
dijo:
—¿Mi
dama?
Star
anunció, impasible:
—Voy
a regresar al Doral.
—¡Mi
Dama! ¡No lo hagas, por favor!
—Mi
querido Rufo —dijo Star, en tono cariñoso pero triste—, tú puedes esperar en
aquella casa y si dentro de tres días no he regresado, eres libre. —Me miró,
desvió sus ojos—. Espero que mi señor Oscar no tendrá inconveniente en
escoltarme. Pero no se lo pediré. No tengo derecho a pedírselo—. Y emprendió la
marcha.
Tardé
un rato en lograr que Ars Longa diera media vuelta; me faltaba práctica. Star
se encontraba ya a cierta distancia. Cabalgué tras ella.
Rufo
esperó hasta que terminé la maniobra, mordiéndose las uñas; luego, súbitamente,
trepó a bordo y marchó conmigo. Cabalgamos rodilla contra rodilla, a unos
cincuenta pasos detrás de Star. Finalmente, Rufo dijo:
—Esto
es un suicidio. Lo sabes, ¿verdad?
—No,
no lo se.
—Bueno,
pues es así.
—¿Es
por eso por lo que no te molestas en decir «mi señor»?
—¿Mi
señor? —Rufo rió silenciosamente y dijo—: Supongo que sí. No vale la pena
pararse en esas tonterías cuando uno no tardará en morir.
—Estás
equivocado.
—¿Eh?
—«Eh,
mi señor», por favor. Sólo para practicar. Pero a partir de ahora, aunque sólo
duremos treinta minutos. Porque ahora el espectáculo lo dirijo yo... y no sólo
como lacayo de Star. No quiero que tu mente albergue ninguna duda acerca de
quién es el jefe una vez empiece la lucha. Si no estás de acuerdo, puedes dar
media vuelta y largarte con viento fresco. ¿Me has oído?
—Sí,
mi señor Oscar. —Rufo añadió pensativamente—:
Supe
que eras el jefe en cuanto regresé. Pero no comprendo cómo lo hiciste. Mi
señor, nunca la había visto a Ella tan dócil. ¿Puedo preguntarte cómo lo
lograste?
—No.
Pero tienes mi permiso para preguntárselo a ella. Si crees que vas a salir bien
librado. Ahora, háblame de este asunto del «suicidio»... y no me digas que ella
no quiere que me aconsejes. En adelante me darás tu consejo cada vez que te lo
pida... y mantendrás la boca cerrada si no lo hago.
—Sí,
mi señor. De acuerdo. La perspectiva de suicidio. No hay modo de calcular las
probabilidades. Depende de lo furioso que esté el Doral. Pero no habrá una
lucha, no puede haberla. O nos dejarán secos en el momento en que asomemos
nuestras narices allí.., o estaremos a salvo hasta que abandonemos de nuevo
esta región, incluso si el Doral nos dice que demos media vuelta y nos
marchemos. —Rufo tenía un aspecto muy pensativo—. Mi señor, si quieres saber lo
que opino... Bueno, imagino que has insultado al Doral como nadie le había
insultado en el curso de toda una vida larga y azarosa. De modo que hay noventa
probabilidades contra diez de que en cualquier revuelta del camino lluevan
sobre nosotros más flechas que sobre San Sebastián.
—¿Sobre
Star, también? Ella no ha hecho nada. Ni tú. (Ni yo tampoco, añadí para mis
adentros. ¡Qué país!).
—Mi
señor, cada mundo tiene sus propias normas. Jock no desea lastimarla a Ella. Le
gusta Ella. Está terriblemente encariñado con Ella. Podría decirse que la ama.
Pero, si te mata a ti, tiene que matarla a Ella. Cualquier otra cosa sería
inhumana de acuerdo con sus principios.., y el Doral es un hombre de principios
morales muy sólidos; es uno de los rasgos que le caracterizan. Y matarme
también a mí, desde luego, pero yo no cuento. Tiene que matarla a Ella aunque
al hacerlo desencadene una sucesión de acontecimientos que acabarán con él en
cuanto se sepa la noticia. La cuestión es: ¿Tiene que matarte a ti? Imagino que
tiene que hacerlo, conociendo a esa gente. Lo siento... mi señor.
Rumié
todo aquello.
—Entonces,
¿por qué estás aquí, Rufo?
—¿Mi
señor?
—Puedes
reducir los «mi señor» a uno por hora. ¿Por qué estás aquí? Si tus cálculos son
correctos, tu espada y tu ballesta no pueden afectar al desenlace. Ella te
ofreció la posibilidad de quedar al margen. ¿De qué se trata? ¿De orgullo? ¿O
estás enamorado de ella?
—¡Oh,
Dios mío, no!
De
nuevo vi a Rufo realmente trastornado.
—Discúlpame
—continuó—. Me has pillado con la guardia baja. —Meditó unos instantes—. Por
dos motivos, supongo. El primero es que si Jock nos permite parlamentar...
bueno, Ella sabe hablar. En segundo lugar —me miró de soslayo—, soy
supersticioso, lo admito. Tú eres un hombre de suerte. Lo he comprobado. De
modo que quiero estar cerca de ti, aunque la razón me diga que eche a correr.
Podrías caer en un sumidero y...
—Tonterías.
Tendrías que oír la historia de mi mala suerte.
—En
el pasado, tal vez. Pero yo hago mi apuesta mientras ruedan los dados. —Y Rufo
se calló.
Un
poco más tarde dije:
—No
me sigas. —Avivé el paso de mi montura y me reuní con Star—. Este es el plan
—le dije—. Cuando lleguemos allí, tú te quedarás en el camino con Rufo. Yo iré
solo.
Star
ahogó una exclamación.
—¡Oh,
mi señor! ¡No!
—Sí.
—Pero...
—Star,
¿quieres que regrese? ¿Como paladín tuyo?
—¡Con
todo mi corazón!
—De
acuerdo. En tal caso, haz lo que te digo.
Star
esperó antes de contestar.
—Oscar...
—Sí,
Star.
—Haré
lo que tú digas. Pero, ¿me dejas explicar antes de decidir lo que dirás?
—Adelante.
—En
este mundo, el lugar de una dama está junto a su paladín. Y ahí es donde yo
quiero estar, Héroe mío, cuando hay peligro. Especialmente cuando hay peligro.
Pero a veces hay que prescindir de los sentimientos y de los formulismos.
Sabiendo lo que sé, puedo profetizar con certeza que, si tú te adelantas,
morirás inmediatamente, y moriré yo, y Rufo, en cuanto nos den alcance. Que
será muy pronto, ya que nuestras monturas están cansadas. En cambio, si me
adelanto yo...
—No.
—Por
favor, mi señor, no lo estaba proponiendo. Si fuera yo sola, probablemente
moriría tan pronto como tú. O tal vez, en lugar de arrojarme como comida a los
cerdos, el Doral se limitaría a obligarme a alimentar a los cerdos y a ser un
juguete para los porquerizos.., un destino más misericordioso teniendo en
cuenta mi absoluta degradación al volver sin ti. Pero el Doral me estima y creo
que podría dejarme vivir... como una porqueriza y no mejor que los cerdos. Me
arriesgaría a eso en caso necesario y esperaría mi oportunidad para escapar, ya
que no puedo permitirme ser orgullosa; no tengo orgullo, sólo necesidad. —Sus
ojos estaban llenos de lágrimas.
—¡Star,
Star!
—¡Querido!
—¡Eh?
Decías...
—¿Puedo
decirlo? Es posible que no tengamos mucho tiempo. Héroe mío.., cariño. —Se
inclinó hacia mí ciegamente, tomó una de mis manos, y la apretó contra su
pecho.
Luego
se irguió, pero sin soltar mi mano.
—Ahora
estoy bien. Soy una mujer cuando menos lo esperaba. No, mi querido Héroe, sólo
hay una manera de presentarnos y es uno al lado del otro, orgullosamente. No
sólo es la más segura, sino también la única que yo desearía... si pudiera
permitirme el tener orgullo. Puedo permitirme cualquier otra cosa. Podría
comprarte la Torre Eiffel para que jugaras con ella, y reemplazarla cuando la
rompieras. Pero no orgullo.
—¿Por
qué es la manera más segura?
—Porque
el Doral podría, digo «podría», dejarnos parlamentar. Si puedo pronunciar diez
palabras, me concedará cien. Y luego mil. Y es posible que pueda cicatrizar su
herida.
—De
acuerdo. Pero... Star, ¿qué hice yo para herirle? ¡No hice nada! Me tomé un
montón de molestias para no herirle.
Star
permaneció en silencio unos instantes. Luego dijo:
—Tú
eres un norteamericano.
—¿Qué
tiene que ver con ello? Jock no lo sabe.
—Tal
vez sea esa la clave de la cuestión. No, América es un simple nombre para el
Doral, puesto que, aunque ha estudiado los Universos, nunca ha viajado. Pero...
¿no te enfadarás conmigo otra vez?
—Uh...
di lo que tengas que decir para explicar las cosas, pero no me riñas. Oh,
diablos, ríñeme si quieres... por una sola vez. Pero no te lo tomes por
costumbre... querida.
Star
apretó mi mano.
—¡No
volveré a hacerlo! El error fue mío, al no tener en cuenta que eres
norteamericano. No conozco América como la conoce Rufo. Si Rufo hubiese estado
allí... Pero estaba putañeando en la cocina. Supongo que supuse, cuando te
ofrecieron techo, mesa y cama, que te comportarías como se hubiera comportado
un francés. Ni por un momento soñé que te negaras. De haberlo sabido, podría
haber tejido un millar de excusas para ti. Un juramento. Un día sagrado en tu
religión... Jock se hubiera sentido decepcionado, pero no herido; es un hombre
de honor.
—Pero...
Maldita sea, sigo sin comprender por qué quiere matarme por no haber hecho algo
que, en mi país, podría ser motivo para que deseara matarme. En este país,
¿está obligado un hombre a aceptar cualquier proposición que le haga una mujer?
¿Y por qué corrió a quejarse la esposa del Doral? ¿Por qué no lo mantuvo en
secreto? Lo hizo todo a la descarada, trayendo incluso a sus propias hijas.
—Pero,
querido, nunca fue un secreto. El Doral te lo pidió públicamente, y tú lo
aceptaste públicamente. ¿Cómo te sentirías tú si tu esposa, en vuestra noche de
bodas, te echara del dormitorio? «Techo, mesa y cama». Y tú aceptaste.
—«Cama».
Star, en América las camas son muebles que sirven para muchas cosas. A veces
dormimos en ellas. Dormimos, simplemente. No se me ocurrió pensar otra cosa.
—Lo
sé. No conoces el idioma. Fue culpa mía. Pero, ¿comprendes ahora por qué el
Doral se sintió completamente, y públicamente, humillado?
—Bueno,
sí, pero él mismo se lo buscó. Me lo pidió en público. Hubiera sido peor si le
hubiese dicho que no entonces.
—En
absoluto. Tú no tenías la obligación de aceptar. Podías haberte negado con
elegancia. Tal vez el modo más elegante hubiera consistido en alegar que el
héroe padecía una trágica incapacidad, temporal o permanente, a causa de unas
heridas recibidas en la misma batalla que le consagró como un héroe.
—Me
acordaré de eso. Pero sigo sin comprender por qué se mostró tan asombrosamente
generoso.
Star
me miró a los ojos.
—Querido,
¿puedo decirte que tú me has asombrado a mi cada vez que he hablado contigo? Y
yo había creído que mi capacidad de asombrarme estaba agotada desde hacía
muchos años.
—Lo
mismo te digo. Tú siempre me has asombrado a mí. Sin embargo, me has gustado
siempre... excepto una vez.
—Mi
señor Héroe, ¿cuán a menudo crees que un simple hacendado tiene la oportunidad
de adquirir para su familia un hijo de Héroe, y criarlo como si fuera suyo? ¿No
puedes comprender su amarga decepción al verse defraudado después de creer que
le habías prometido ese momio? ¿Su vergüenza? ¿Su cólera?
Pensé
en ello.
—Bueno,
admito que eso ocurre también en América. Pero es algo de lo que no se alardea
—Otros
países, otras costumbres. Como mínimo, el Doral había creído que gozaba del
honor de que un héroe le tratara como a un hermano. Y con un poco de suerte
esperaba obtener un héroe para la casa Doral.
—¡Un
momento! ¿Fue por eso por lo que me envió tres? ¿Para aumentar las
probabilidades?
—Oscar,
el Doral no hubiera vacilado en enviarte treinta... si tú hubieses sugerido que
te sentías lo bastante heroico como para intentarlo. De todos modos, te envió a
su esposa principal y a sus dos hijas preferidas —Star vaciló—. Lo que no
entiendo... —Se interrumpió, y me formuló una pregunta más bien grosera.
—¡Diablos,
no! —protesté, enrojeciendo—. No desde que tenía quince años. Pero algo que me
deshinchó fue la presencia de aquella niña. La hermana pequeña, quiero decir.
Creo que es virgen.
Star
se encogió de hombros.
—Es
posible. Pero no es una niña; en Nevia es una mujer.Y aunque sea virgen, como
tú dices, apuesto a que será madre dentro de doce meses. Pero, si no te sentías
con ánimos para desflorarla, ¿por qué no la hiciste salir y tomaste a su
hermana mayor? Muri dejó de ser virgen hace muchísimo tiempo, lo sé a ciencia
cierta.., y he oído decir que es «algo golfa», como creo que se dice en tu
idioma.
Contesté
con un gruñido. Yo había estado pensando lo mismo. Pero no quería hablar de
ello con Star.
Star
dijo:
—Pardonne—moi,
mon cher? Tu as dit?
—He
dicho que había renunciado a las prácticas sexuales en Cuaresma.
Star
me miró, intrigada.
—Pero
la Cuaresma ha terminado, incluso en la Tierra. Y aquí no existe, desde luego.
—Lo
siento.
—De
todos modos, me alegra que no eligieras a Muri prefiriéndola a Letva; Muri se
hubiera mostrado insoportablemente petulante con su madre después de una cosa
así. Pero, ¿debo entender que repararás esto, si puedo arreglarlo? —Y Star
añadió—: Tengo que saberlo, para enfocar adecuadamente el asunto.
(¡Star,
Star! ¡Tú eres la única con la que quiero acostarme!).
—¿Esto
es lo que tú deseas... cariño?
—¡Oh,
ayudaría mucho!
—De
acuerdo. Tú eres el médico. Una... tres... treinta: moriré intentándolo. ¡Pero
nada de niñas!
—No
hay problema. Déjame pensar. Si el Doral me permite pronunciar solamente cinco
palabras... —Star quedó silenciosa. Su mano era agradablemente cálida.
Yo
también pensé. Aquellas extrañas costumbres tenían ramificaciones, algunas de
las cuales no estaban todavía lo suficientemente claras para mí. Por ejemplo,
si Letva le había contado inmediatamente a su marido el desaire que yo le había
hecho...
—¡Star!
¿Dónde dormiste tú anoche!
Star
me miró con el ceño fruncido.
—Mi
señor... ¿puedo pedirte, por favor, que te ocupes de tus propios asuntos?
—Eso
pretendo. Pero todo el mundo parece ocuparse de los míos.
Lo
siento. Pero estoy muy preocupada, y no conoces aún mis peores preocupaciones.
Es una pregunta razonable, y merece una respuesta sincera. La hospitalidad se
equilibra siempre, y los honores fluyen en los dos sentidos. Dormí en el lecho
del Doral. Sin embargo, si tiene importancia, y es posible que la tenga para
ti: todavía no comprendo a los norteamericanos, te diré que ayer recibí una
herida y me molestaba aún. Jock es un hombre amable y comprensivo. Dormí en su
cama, pero no hicimos más que eso: dormir.
Traté
de que mi voz sonara indiferente.
—Siento
mucho lo de la herida. ¿Te duele ahora?
—Ni
pizca. El apósito caerá mañana. Sin embargo... anoche no fue la primera vez que
disfruté de techo, mesa y cama en la casa Doral. Jock y yo somos viejos amigos,
muy buenos amigos... y ese es el motivo de que crea que podrá concederme unos
cuantos segundos antes de matarme.
—Bueno,
me había imaginado algo por el estilo.
—Oscar,
de acuerdo con tus normas, de acuerdo con la educación que has recibido, yo soy
una ramera.
—¡Oh,
nunca! Eres una princesa.
—Una
ramera. Pero yo no nací en tu país, y mi educación estuvo determinada por otros
principios. De acuerdo con mis normas, y a mí me parecen buenas, soy una mujer
honesta. Ahora... ¿sigo siendo «tu cariño»?
—¡Cariño
mío!
—Mi
querido héroe. Mi paladín. Acércate y bésame. Si morimos, quiero conservar en
mis labios el calor de tus besos. La entrada se encuentra inmediatamente detrás
de esa Curva.
—Lo
sé.
Unos
instantes después penetrábamos orgullosamente en la zona de peligro, con las
espadas envainadas y las ballestas en bandolera.
X
Tres
días más tarde salíamos de nuevo de la hacienda. Esta vez el desayuno fue
opíparo. Esta vez los músicos formaron pasillo para nosotros. Esta vez el Doral
cabalgó en nuestra compañía.
Esta
vez Rufo se tanbaleó hasta su montura, cada uno de sus brazos alrededor de una
fregona, una botella en cada mano, y tras ser achuchado por una docena más, fue
izado hasta su asiento y sujetado a él en posición reclinada. Se quedó dormido,
roncando, antes de que nosotros hubiésemos montado.
Fui
besado más veces de las que podría contar y por algunas mujeres que no tenía
ningún motivo para hacerlo tan cariñosamente.., ya que yo no era más que un
héroe principiante, que aprendía aún el oficio.
No
es un mal oficio, a pesar de las muchas horas de trabajo, de los riesgos
ocupacionales y de la absoluta falta de seguridad; tiene sus ventajas, con
muchas oportunidades y rápido ascenso para un hombre con empuje y voluntad de
aprender. El Doral parecía haber quedado muy satisfecho de mí.
A la
hora del desayuno había cantado mis proezas poniéndolas al día en un millar de
intrincados versos. Pero yo estaba sobrio y no dejé que sus elogios me
impresionaran acerca de mi propia grandeza; yo sabía la verdad. Era obvio que
un pajarito le había estado informando de un modo regular... pero aquel
pajarito era un mentiroso. John Henry el Hombre de Impulso de Acero no podría
haber hecho lo que la oda de Jocko decía que había hecho yo.
Pero
lo escuché todo con mis heroicas facciones nobles e impasibles, y luego me puso
en pie y les ofrecí «Cassey el Bateador», poniendo alma y corazón en aquello de
«¡El potente Casey ha bateado FUERA!».
Star
lo interpretó libremente. Yo había (cantó ella) elogiado a las damas de Doral,
tomando como puntos de referencia a Madame Pompadour Nell Gwyn, Theodora, Ninon
de Lenclos y Rangy Lii. Star no nombró a aquellas famosas damas; en lugar de
ello fue específica, en un panegírico neviano que hubiera sobresaltado a
François Villon.
De
modo que tuve que volver a levantarme para bisar mi actuación. Les ofrecí «La
hija de Reilly», y luego «Jabberwocky», con mímica.
Star
me había interpretado en espíritu; había dicho lo que hubiera dicho yo si
hubiese sido capaz de expresarme poéticamente Al final del segundo día había
coincidido por casualidad con Star en la sala de vapor de los baños en la
hacienda. Durante una hora permanecimos envueltos en sábanas sobre losas
contiguas, sudando Y restaurando los tejidos. De pronto no pude contenerme y le
hablé de lo sorprendido —y satisfecho..... que estaba. Lo hice tímidamente,
pero Star era alguien con quien me atrevía a desnudar mi alma.
Ella
me había escuchado con aire grave. Cuando terminé, comentó en voz baja:
—Héroe
mío, como tú sabes, no conozco América. Pero por, lo que Rufo me ha contado,
vuestra cultura es única entre todos los Universos.
—Bueno,
me doy cuenta de que los Estados Unidos no son tan sofisticados en estas
materias como lo es Francia, por ejemplo.
—«¡Francia!»
—Star se encogió desdeñosamente de hombros—. «Los latinos son unos amantes
horribles». He oído eso en alguna parte, y puedo atestiguar que es verdad.
Oscar, que yo sepa, vuestra cultura es la única semicivilizada en la cual el
amor no es reconocido como el arte más excelso ni recibe el serio estudio que
merece.
—Te
refieres a cómo lo tratan aquí. ¡Bah! «Demasiado bueno para la gente vulgar.»
—No,
no me refiero a cómo lo tratan aquí —Star me hablaba en inglés—. A pesar de lo
mucho que quiero a nuestros amigos de aquí, esta es una cultura bárbara, y sus
artes son bárbaras. Oh, es arte bueno en su estilo; su modo de enfocarlo es
sincero. Pero, si sobrevivimos a lo que nos espera, cuando hayan terminado
nuestros problemas quiero que viajes a través de los Universos. Entonces
comprenderás lo que quiero decir. —Se puso en pie, convirtiendo su sábana en
una toga—. Me alegro de que estés satisfecho, Héroe mío. Estoy orgullosa de ti.
Permanecí allí un rato más, pensando en lo que Star había dicho. El «arte más
excelso».., y en mi país natal no lo estudiábamos, y mucho menos intentábamos
enseñarlo. El ballet requiere años y años. Y a uno no le contratan para cantar
en el Metropolitan sólo porque tiene una voz potente.
¿Por
qué había de ser clasificado el «amor» como un «instinto»?
Desde
luego, el apetito sexual es un instinto... ¿pero acaso otro apetito convierte a
todo glotón en un gourmet, a todo cocinero en un Cordon Bleu? Diablos, había
que aprender incluso para ser cocinero.
Salí
de la sala de vapor silbando «Las Mejores Cosas de la Vida no Cuestan
Dinero».., y me interrumpí, súbitamente entristecido por todos mis pobres y
desdichados compatriotas privados de sus derechos de nacimiento por la
paparrucha más descomunal en la historia del hombre. A un par de kilómetros de
la casa el Doral se despidió de nosotros, abrazándome, besando a Star y
acariciando sus cabellos; luego, su escolta y él desenvainaron sus espadas y
permanecieron en posición de saludo hasta que una elevación del terreno hizo
que les perdiéramos de vista. Star y yo cabalgamos rodilla contra rodilla
mientras Rufo roncaba detrás de nosotros.
Miré
a Star, y su boca se crispó en una contracción nerviosa. Vio que la miraba y
dijo:
—Buenos
días, mi señor.
—Buenos
días, mi dama. ¿Has dormido bien?
—Muy
bien, gracias, mi señor. ¿Y tú?
—También,
gracias.
—¿De
veras? «¿Cuál fue la cosa rara que hizo el perro durante la noche?».
—«El
perro no hizo nada durante la noche, esa fue la cosa rara» —contesté, con el
rostro impasible.
—¿De
veras? ¿Un perro tan juguetón? Entonces, ¿quién era aquel caballero al que vi
con una dama?
—No
era de noche, y lo sabes perfectamente
—De
noche o de día, mi muchacho travieso.,.
—No
me busques las cosquillas, mi dama —dije suavemente—, Tengo amigos, tengo..,
puedo presentar una coartada. Además, «mi fuerza es como la fuerza de diez
porque mi corazón es puro.»
—Y
el verso anterior... Sí, lo sé, tus amigos me hablaron de ello, mi señor.
Súbitamente,
Star se echó a reír y me dio una palmada en el muslo y empezó a cantar a voz en
grito el coro de «La Hija de Reilly». Vita Brevis relinchó; Ars Longa enderezó
las orejas y miró a su alrededor con aire de reprobación.
—Basta
—dije—. Estás escandalizando a los caballos.
—No
son caballos, y no pueden escandalizarse ¿Has visto cómo lo hacen ellos, mi
señor? ¿A pesar de todas esas patas? Primero...
—¡Cierra
el pico! Ars Longa es una dama, aunque tú no lo seas.
—Ya
te advertí que era una ramera. Primero, la hembra se coloca...
—Lo
he visto. Muri pensó que me divertiría. Pero lo que hizo fue infundirme un
complejo de inferioridad que duró toda la tarde.
—Me
aventuro a no creer que fue toda la tarde, mi señor Héroe. Vamos a cantar lo de
Reilly, entonces. Tú diriges, y yo te sigo.
—Bueno..,
pero sin gritar demasiado; despertaremos a Rufo.
—Rufo
está embalsamado.
—Entonces
me despertarás a mí, que es peor. Star, querida, ¿cuándo y dónde fue Rufo
enterrador? ¿Y cómo se salió de aquel negocio? ¿Acaso le echaron del pueblo?
Star
me miró, intrigada.
—¿Enterrador?
¿Rufo? Ni hablar.
—Me
lo contó con mucho detalle.
—¿De
veras? Rufo tiene muchos defectos. Pero decir la verdad no es uno de ellos.
Además, nuestro pueblo no tiene enterradores.
—¿No
los tenéis? ¿Qué hacéis entonces con los cadáveres? No podéis dejarlos en el
vestíbulo. Sería poco saludable.
—Opino
lo mismo, pero eso es precisamente lo que hace nuestro pueblo: guardarlos en el
vestíbulo. Al menos durante unos cuantos años. Una costumbre demasiado
sentimental, pero nosotros somos un pueblo sentimental. Siempre hay alguien que
se pasa de la raya, desde luego. Una de mis tías abuelas conservaba a todos sus
ex maridos en su dormitorio: ocupaban mucho espacio, y resultaba fastidioso
también, porque hablaba de ellos, repitiéndose a sí misma y exagerando. Dejé de
visitarla.
—Bueno.
¿Les quitaba el polvo?
—Oh,
sí. Era un ama de casa muy exigente.
—Uh...
¿Cuántos eran?
—Siete
u ocho. Nunca los conté.
—Comprendo.
Star, ¿hay sangre de viuda negra en tu familia?
—¿Qué?
¡Oh! Querido, hay sangre de viuda negra en toda mujer. —Star sonrió, extendió
una mano, y palmeó mi rodilla—. Pero mi tía no les mataba. Créeme, Héroe mío,
las mujeres de mi familia aprecian demasiado a los hombres para acabar con
ellos. No, mi tía quería conservarlos, aunque hubieran muerto. Creo que es una
tontería. Hay que mirar hacia adelante, no hacia atrás.
—«Y
dejar que los muertos entierren a sus muertos». Mira, si tu pueblo conserva
cadáveres alrededor de la casa, deberíais tener embalsamadores, como mínimo. ¿O
acaso no se enrarece el aire?
—¿Embalsamarlos?
¡Oh, no! Basta con aplicarles una estasis cuando se está seguro de que han
muerto. O de que se están muriendo. Cualquier colegial puede hacer eso. —Star
añadió—: Tal vez me he equivocado con Rufo. Ha pasado mucho tiempo en tu
Tierra, le gusta el lugar, le fascina, y es posible que se haya dedicado a las
pompas fúnebres. Pero me parece una ocupación demasiado honrada y sedentaria
para que le atraiga.
—No
me has dicho lo que hace eventualmente tu pueblo con un cadáver.
—Enterrarlo
no, desde luego. Les produciría una impresión terrible, —Star se estremeció—
Incluso a mí, a pesar de que he viajado por los Universos y he aprendido a no
asombrarme por ninguna costumbre.
—Entonces,
¿qué?
—Algo
de lo que tú hiciste con Igli. Aplicar una opción geométrica y librarse de él.
—Oh.
Star, ¿a dónde fue a parar Igli?
—No
tengo ni idea, mi señor. Tal vez los que le hicieron lo sepan. Pero creo que a
ellos les pilló la cosa más por Sorpresa incluso que a mí.
—Supongo
que soy obtuso, Star, Tú lo llamas geometría; Jocko se refirió a mí como un
«matemático». Pero yo hice aquello obligado por las circunstancias; y sigo sin
entenderlo.
—Obligaste
a Igli, deberías decir, mi señor Héroe. ¿Qué ocurre cuando ejerces una tensión
insoportable sobre una masa, de tal magnitud que no puede permanecer donde
está? ¿Y al mismo tiempo la dejas sin ninguna parte a donde ir? Esto es un
problema escolar de geometría metafísica, y la proto—paradoja más antigua, la
de la fuerza irresistible y el cuerpo inamovible. La masa estalla hacia dentro.
Es exprimida fuera de su propio mundo en algún Otro. Esta es a menudo la manera
como la gente de un universo descubre los Universos.., pero habitualmente con
resultados tan desastrosos como los que tú desarrollaste sobre Igli; pueden
pasar milenios antes de que lo controlen. Puede planear sobre los bordes como
«magia» durante mucho tiempo, a veces funcionando, a veces fallando, a veces
estallando prematuramente sobre el mago.
—¿Y
tú llamas a eso «matemáticas»?
—¿Qué
otro nombre puede dársele?
—Yo
lo llamo magia.
—Sí,
desde luego. Tal como le dije a Jocko, tú posees un genio natural. Podrías ser
un gran hechicero.
Me
encogí de hombros, molesto.
—Yo
no creo en la magia.
—Ni
yo —respondió Star—, del modo que tú lo planteas. Yo creo en lo que es.
—Eso
es lo que quiero decir, Star. Yo no creo en los juegos de manos. Lo que le
ocurrió a Igli, quiero decir, «lo que pareció ocurrirle a Igli», no puede haber
ocurrido porque violaría la ley de conservación de masa—energía. Tiene que
haber alguna otra explicación.
Star
permaneció cortésmente silenciosa.
De
modo que tuve que asumir el tenaz sentido común de la ignorancia y el
prejuicio.
—Mira,
Star, no voy a creer en lo imposible simplemente porque yo estaba allí. Una ley
natural es una ley natural. Tienes que admitirlo.
Cabalgamos
unos instantes en silencio antes de que Star respondiera:
—Mi
señor Héroe, el mundo no es lo que nosotros queremos, que sea. Es lo que es.
No, me he pasado de rosca. Quizá sea realmente lo que nosotros queremos que
sea. De todos modos, es lo que es. Le voilá! No necesita demostración. Das Ding
an sich. Muérdelo. Es. Ai—je raison? ¿Es verdad lo que digo?
—¡Eso
es lo que yo estaba diciendo! El universo es lo que es y no puede ser cambiado
por medio de trucos. Se rige por normas exactas, como una máquina. (Vacilé,
recordando un automóvil que teníamos que era un hipocondriaco. «Caía enfermo»,
y se «ponía bien» en cuanto un mecánico intentaba tocarlo)—. La ley natural no
se toma nunca vacaciones —añadí, en tono firme—. La invariabilidad de la ley
natural es la piedra angular de la ciencia.
—Así
es.
—¿
Entonces?
—Tanto
peor para la ciencia.
—Pero...
—Me callé, y continuamos cabalgando en hosco silencio.
De
pronto, una esbelta mano tocó mi antebrazo, lo acarició.
—Un
brazo tan fuerte —susurró Star—. Mi señor Héroe, ¿puedo explicártelo?
—Adelante
—dije—. Si logras convencerme, puedes convertir al Papa al Mormonismo. Soy muy
obstinado.
—(Te
hubiera escogido entre centenares de miles de millones para ser mi paladín si
no lo fueras?
—¿Centenares
de miles de millones? Querrás decir millones, ¿no es cierto?
—Escúchame,
mi señor. Sígueme la corriente. Seamos socraticos. Yo formularé las preguntas
con trampa y tú darás las respuestas estúpidas... y sabremos quien afeitó al
barbero. Luego cambiaremos los papeles, y yo haré de tonta. ¿De acuerdo?
—De
acuerdo, echa una moneda.
—Muy
bien. Pregunta: ¿Son las costumbres de la casa Doral las costumbres a las que
estabas habituado en tu país natal?
—¿Qué?
Sabes que no. Nunca me había sentido tan desconcertado desde aquella vez en que
la hija del predicador me hizo subir al campanario para enseñarme al Espíritu
Santo. —Se me escapó una risa de conejo—. Todavía me estoy ruborizando, pero se
me fundieron los plomos.
—Sin
embargo, la diferencia básica entre las costumbres nevianas y las vuestras se
apoya en un solo postulado. Mi señor, hay mundos en los cuales los machos matan
a las hembras en cuanto han puesto los huevos.., y otros en los cuales las
hembras devoran a los machos incluso mientras están siendo fecundadas.., como
esa viuda negra que querías emparentar conmigo.
—No
me refería a eso, Star.
—No
me ofendí, amor mío. Un insulto es como un vaso de licor: sólo le afecta a uno
si lo acepta. Y el orgullo es una carga demasiado pesada para mi equipaje; no
tengo ninguno. Oscar, ¿encontrarías mundos más raros que éste?
—Estás
hablando de arañas o cosas parecidas. No de personas.
—Hablo
de personas, de la raza dominante en cada uno de sus mundos. Altamente
civilizadas.
—¡Bah!
—No
dirás «¡Bah!» cuando las veas. Son tan diferentes de nosotros que su vida
hogareña no puede importarnos. En cambio, este planeta es muy parecido a
vuestra Tierra... aunque vuestras costumbres dejarían turulato al viejo Jocko.
Querido, tu mundo tiene una costumbre única en los Universos. Es decir, en los
Veinte Universos que conozco entre los miles o millones o billones de
universos. En los veinte Universos conocidos, solamente la Tierra tiene esa
asombrosa costumbre.
—¿Te
refieres a la «Guerra»?
—¡Oh,
no! La mayoría de los mundos son belicistas. Este planeta Nevia es uno de los
pocos donde se mata al detall, y no al por mayor. Aquí existen Héroes, y se
mata con pasión. Este es un mundo de amor y de matanza, ambos con alegre
abandono. No, me refiero a algo más espantoso. ¿No lo adivinas?
—Uh...
¿Los anuncios de la televisión?
—Te
acercas en espíritu, pero no es por ahí. Vosotros tenéis una expresión: «La
profesión más antigua». Aquí, y en todos los otros mundos conocidos, no es ni
siquiera la más joven. Nadie ha oído hablar de ella, y no lo creerían si oyeran
hablar. Los pocos que visitamos la Tierra nos lo callamos, a pesar de que la
mayoríá de la gente no cree las historias que cuentan los viajeros.
—Star,
¿me estás diciendo que no existe ninguna prostitución en otra parte del
Universo?
—De
los Universos, querido. Ninguna.
—¿Sabes
una cosa? —dije pensativamente—. Eso va a ser un golpe muy fuerte para mi
sargento primero. ¿Ninguna en absoluto?
—Quiero
decir —respondió Star bruscamente— que la prostitución parace haber sido
inventada en exclusiva por la gente de la Tierra... y la idea reduciría al
viejo Jocko a la impotencia. Es un rígido moralista.
—¡Maldita
sea! Debemos de ser un montón de basura.
—No
me proponía ofender a nadie, Oscar; estaba enumerando unos hechos. Pero esta
singularidad de la Tierra no es singular en su propio contexto. Cualquier
mercancía es objeto de comercio y está sujeta a compra, venta, préstamo,
alquiler, regateo, descuento, estabilización de precio, inflación y
legislación.., y la «mercancía» mujer, como era considerada en la Tierra en
otros tiempos, no es una excepción. Lo único que me parece absurdo es que se
pueda pensar en la mujer como en una «mercancía». Me sorprendió tanto, que una
vez incluso... No importa. Cualquier cosa puede ser transformada en mercancía.
Algún día te mostraré civilizaciones que viven en el espacio, no en planetas
—no todos los Universos tienen planetas—, civilizaciones en las que el aliento
vital es vendido como un kilo de mantequilla en Provenza. Otros lugares están
tan atestados que el privilegio de permanecer vivo está sujeto a impuesto... y
los que no lo pagan son ajusticiados por el Departamento de Rentas Públicas, y
la población no sólo no se queja, sino que se alegra.
—¡Dios
Santo! ¿Por qué?
—Ya
te lo he dicho, mi señor, problemas de espacio; y la mayoría de la gente no
quiere emigrar, pese a que hay innumerables planetas menos poblados. Pero
estábamos hablando de la Tierra. En todas las otras partes no sólo es
desconocida la prostitución, sino también sus permutaciones: pensiones de
viudedad, premios nupciales, pensión para alimentos, todas las variantes que
colorean las instituciones terráqueas... todas las costumbres relacionadas
incluso remotamente con la increíble idea de que todas las mujeres poseen una
reserva inagotable de mercancía con la cual se puede comerciar.
Ars
Longa dejó oír un relincho de desagrado. No, no creo que comprendiera lo que
Star estaba diciendo. Entiende algo de neviano, pero Star hablaba en inglés; el
neviano carece de vocabulario para ese tipo de conversación.
—Incluso
vuestras costumbres secundarias —continuó Star— están moldeadas por esa
institución única. Las ropas...habrás observado que aquí no existe ninguna
verdadera direrencia en el modo de vestir de los dos sexos. Esta mañana yo
llevo pantalón largo y tú pantalón corto, pero si fuera al revés no llamaría la
atención a nadie.
—¡Eso
lo dices tú! Tus pantalones me quedarían estrechos.
—Se
dan mucho... Y la timidez corporal, que es un aspecto de la especialización en
el vestir. Aquí la desnudez es algo tan natural como en aquella pequeña isla
donde te encontré. Todas las personas desprovistas de pelo llevan ropa a veces,
y todas las personas por peludas que sean llevan adornos.., pero el tabú de la
desnudez sólo se encuentra donde la carne es mercancía para ser empaquetada o
exhibida... es decir, en la Tierra. Si algo no tiene que ser objeto de
transacción, no es necesario hacer un misterio de ello.
—¿De
modo que si nos libráramos de las ropas nos libraríamos de la prostitución?
—¡Cielos,
no! No se trata de eso. —Star enarcó las cejas—. No veo cómo podría librarse la
Tierra de la prostitución; es algo demasiado enraizado en todo lo que hacéis.
—Star,
partes de unos hechos equivocados. Casi no hay prostitución en América.
Star
pareció desconcertada.
—¿De
veras? Pero... ¿acaso «pensión para alimentos» no es una expresión
norteamericana? ¿Y «mina de oro»? ¿Y «fiesta de compromiso»?
—Sí,
pero la prostitución casi ha desaparecido. Diablos, yo no sabría cómo encontrar
un burdel, ni siquiera en un pueblo en el que abundaran los soldados. No digo
que no existan relaciones sexuales. Pero no están comercializadas. Star,
incluso una muchacha norteamericana que sea conocida por dar «facilidades», si
un hombre le ofreciera cinco dólares, o veinte, lo más probable sería que le
abofeteara.
—Entonces,
¿qué es lo que hay que hacer?
—Mostrarse
agradable con ella. Invitarla a cenar, tal vez a un espectáculo. Regalarle
flores, las muchachas se pirran por las flores. Y luego abordar el tema
prudentemente.
—Oscar,
esa cena y espectáculo, y posiblemente las flores, ¿no cuestan más de cinco
dólares? ¿O incluso de veinte? Tengo entendido que en América los precios son
tan altos como en Francia.
—Bueno,
sí, pero no puedes esperar que una muchacha se arroje en tus brazos así, por
las buenas. Un tacaño...
—Doy
por cerrado el caso. Lo único que trataba de demostrar era que las costumbres
pueden ser increíblemente diferentes en mundos distintos.
—Eso
es cierto, incluso en la Tierra. Pero...
—Por
favor, mi señor. No discuto la virtud de las mujeres norteamericanas, ni trato
de criticarlas. Si yo me hubiera educado en América, creo que preferiría al
menos un brazalete de esmeraldas en vez de una cena y un espectáculo. Pero yo
quería llegar al tema de la «ley natural». ¿No es la invariabilidad de la ley
natural una suposición sin demóstrar? ¿Incluso en la Tierra?
—Bueno..,
no lo has expresado imparcialmente. Es una suposición, supongo. Pero no ha
existido un solo caso en el cual haya fallado.
—¿Ningún
cisne negro? ¿No podría ser que un observador que viera una excepción
prefieriese no dar crédito a sus ojos? ¿Del mismo modo que tú no deseas creer
que Igli se devoró a sí mismo, a pesar de que tú mismo, Héroe mío, le obligaste
a hacerlo? No importa. Dejemos a Sócrates con su Jantipa. La ley natural puede
ser invariable a través de todo un universo.., y parece serlo, en universos
rígidos. Pero es cierto que las leyes naturales varian de un universo a otro...
y tienes que creer esto, mi señor, o ninguno de nosotros vivirá mucho tiempo.
Medité
en ello. Maldita sea, ¿a dónde había ido Igli?
—Todo
esto es muy complicado.
—No
es más complicado, una vez te has acostumbrado a ello, que los distintos
idiomas en los diversos países. ¿Cuántos elementos químicos hay en la Tierra?
—Uh...
noventa y dos y un montón de recién llegados. Ciento seis o ciento siete.
—Los
mismos que aqui. Sin embargo, un químico de la Tierra recibiría algunas
sorpresas. Los elementos no son completamente iguales, ni se comportan de la
misma manera.Aquí, las bombas H no funcionarían, y la dinamita no estallaría.
Dije
bruscamente:
—¡Un
momento! ¿Me estás diciendo que los electrones y los protones no son iguales
aquí, para limitarnos a los elementos básicos?
Star
se encogió de hombros
—Tal
vez sí, tal vez no. ¿Qué es un electrón sino un concepto matemático? ¿Has
saboreado uno últimamente? ¿O has puesto sal en la cola de un protón? ¿Importa
eso?
—Ya
lo creo que importa. Un hombre puede morirse de hambre por falta de elementos
básicos tanto como por falta de pan.
—Es
cierto. En algunos universos los humanos tenemos que llevar comida si los
visitamos.., lo cual tenemos que hacer a veces, aunque sólo sea para cambiar de
trenes. Pero aquí, y en cada uno de los universos e incontables planetas donde
vivimos los humanos, no es necesario preocuparse; los alimentos locales nos
nutrirán. Desde luego, si vivieras aquí muchos años y luego regresaras a la
Tierra y murieras pronto y te hicieran una autopsia con los más minuciosos
microanálisis, el analista no daría crédito a sus resultados. Pero a tu
estómago no le importaría.
Pensé
en esto, con mi estómago lleno de exquisito alimento y el aire que me rodeaba
suave y bueno... y desde luego a mi cuerpo no le importaba que existieran
realmente las diferencias de las que hablaba Star.
Luego
recordé un aspecto de la vida en el cual pequeñas diferencias producen grandes
diferencias. Interrogué a Star acerca de él.
La
expresión de Star no pudo ser más inocente.
—¿Te
preocupa, mi señor? Estarás muy lejos antes de que el Doral se plantee la
cuestión, si es que existe. Vaya, creí que tu propósito esos tres días era
simplemente el de ayudarme en mi problema. Pero veo que encontraste placer en
tu tarea... y que te sumergiste en el espíritu de la ocasión.
—¡Maldita
sea, deja de pincharme! Lo hice para ayudarte. Pero un hombre no puede evitar
el interrogarse a sí mismo.
Star
palmeó mi muslo y se echó a reír.
—¡Oh,
querido mío! Deja de interrogarte; las razas humanas pueden entrecruzarse en
todos los Universos. A veces, el fruto del cruce es un ser híbrido, pero este
no es tu caso. Vivirás aquí, aunque no vuelvas nunca. No eres estéril: esa fue
una de las muchas cosas que comprobé cuando examiné tu maravilloso cuerpo en
Niza. Nunca se puede estar seguro de cómo rodará el dado, pero... creo que el
Doral no quedará decepcionado.
Star
se inclinó hacia mí.
—¡Le
darías a tu médico datos más exactos que los que el viejo Jocko cantó? Podría
establecer una probabilidad estadística O incluso una Visión.
—¡No,
no lo haría!
—Como
quieras, mí señor. En un aspecto menos personal, el hecho del acoplamiento
entre humanos de universos distintos, y algunos animales tales como perros y
gatos, es una cuestión muy interesante. Lo único cierto es que los seres
humanos sólo medran en aquellos universos cuya composición química es tan
similar que los elementos que producen los ácidos deoxiribonucleicos son
prácticamente iguales. En cuando a lo demás, cada sabio tiene su teoría.
Algunos esgrimen una explicación teleológica, afirmando que el Hombre
evoluciona de un modo semejante en sus aspectos esenciales en todo universo
capaz de sustentarle debido al Plan Divino.,, o a través de la ciega necesidad,
según el grado de religiosidad del sabio.
«Algunos
opinan que evolucionamos una sola vez, o fuimos creados, como podría ser, y
trasladados a otros universos. Y discuten sobre qué universo fue el hogar de la
raza.
—¿Cómo
puede discutirse eso? —objeté—. La Tierra tiene evidencias fósiles de la
evolución del hombre. Otros planetas pueden tenerlas o no, y eso debería
aclarar la cuestión.
—¿Estás
seguro, mi señor? Yo creía que, en la Tierra, el árbol familiar del hombre
tiene tantas ramas como bastardos los árboles genealógicos reales europeos.
Me
callé. Yo había leído simplemente algunos libros de divulgación popular. Tal
vez Star tenía razón; una raza que no podía ponerse de acuerdo sobre quién le
hizo qué a quién en una guerra que se remontaba solamente a veinte años no
podía saber probablemente lo que ocurrió hace un millón de años, con la sola
evidencia de unos cuantos huesos esparcidos. ¿No habían existido fraudes? ¿El
Hombre de Piltdown, o algo por el estilo?
Star
continuó:
—Sea
cual sea la verdad, existen desplazamientos de seres entre mundos diversos. En
tu propio planeta las desapariciones ascienden a centenares de miles, y no
todos los que desaparecen huyen de la justicia o de sus esposas; basta con ver
los archivos de cualquier departamento de policía.
Un
lugar habitual para las desapariciones es el campo de batalla. La tensión se
hace insoportable, y un hombre se desliza a través de un agujero que no sabía
que estaba allí, y se le da por «desaparecido en acción». A veces, muy raras,
se ve desaparecer a un hombre. Uno de vuestros escritores norteamericanos,
Bierce o Pierce, se interesó por esos casos y los coleccionó. Llegó a
coleccionar tantos que acabó siendo coleccionado también él. Y vuestras
experiencias terráqueas en sentido contrario, los «Gaspar Hauser», personas
procedentes de ninguna parte, no hablando ningún idioma conocido, e incapaces
de explicarse a sí mismas.
—¡Un
momento! ¿Por qué sólo personas?
—No
he dicho «sólo personas». ¿Has oído hablar alguna vez de las lluvias de ranas?
¿De piedras? ¿De sangre? ¿Quién se interroga acerca del origen de un gato sin
dueño? ¿Son ilusiones ópticas todos los platillos volantes? Yo te aseguro que
no; algunos son pobres astronautas extraviados tratando de encontrar su camino
de regreso. Mi pueblo utiliza muy poco el viaje espacial, ya que el desplazarse
a una velocidad superior a la de la luz es la manera más fácil de perderse
entre los Universos. Nosotros preferimos el sistema más seguro de las
geometrías metafísicas.., o «magia» en lenguaje vulgar.
Star
permaneció pensativa unos instantes.
—Mi
señor —añadió finalmente—, tu Tierra puede ser el hogar del género humano.
Algunos sabios lo creen.
—¿Por
qué?
—Porque
toca a muchos otros mundos. Encabeza la lista como punto de transferencia. Si
su población la hiciera impropia para la vida, cosa improbable, pero posible,
interrumpiría el tráfico de una docena de universos. La Tierra tiene anillos
convenientes, y Puertas, y Puentes Congelados desde hace siglós; el que
nosotros utilizamos en Niza estaba allí antes de que llegaran los Romanos.
—Star,
¿cómo puedes hablar de puntos en la Tierra «tocando» a otros planetas...
durante siglos? La Tierra se mueve alrededor del Sol a unos treinta y cinco
kilómetros por segundo, y gira sobre su eje, sin mencionar otros movimientos
que incrementan una curva indeterminada moviéndose a una incalculable
velocidad. De modo que, ¿cómo puede «tocar» otros mundos?
De
nuevo cabalgamos en silencio. Finalmente, Star dijo:
—Héroe
mío, ¿cuánto tiempo tardaste en aprender cálculo?
—Bueno,
no llegué a aprenderlo. Lo estudié un par de años.
—¿Puedes
decirme cómo una partícula puede ser una onda?
—¿Qué?
Star, eso es mecánica cuántica, no cálculo. Podría dar una explicación, pero no
significaría nada; no poseo la herramienta matemática. Un ingeniero no la
necesita.
—Sería
más sencillo —dijo Star modestamente— contestar a tu pregunta diciendo «magia»,
igual que tú has contestado a la mía con «mecánica cuántica». Pero a ti no te
gusta esa palabra, de modo que lo único que puedo decir es que cuando hayas
estudiado geometrías más elevadas, metafísica y conjetural, así como topológica
y judiciaria, si te inteteresan tales estudios, te contestaré de buena gana.
Aunque entonces no necesitarás preguntar.
(¿Nunca
le han dicho a usted: «Espera hasta que seas mayor, querido; entonces lo
entenderás»? Siendo niño, no me gustaba que me lo dijeran los adultos; y me
gustaba todavía menos que me lo dijera una muchacha de la que estaba enamorado,
cuando yo mismo era un adulto).
Star
no me permitió enojarme; desvió la conversacion.
—Algunos
cruces no son producto de traspiés accidentales ni de planes preestablecidos.
¿Has oído hablar de íncubos y súcubos?
—Oh,
desde luego. Pero los mitos no han sido mi especialidad, precisamente.
—No
son mitos, cariño, a pesar de la frecuencia con que la leyenda ha sido
utilizada para explicar situaciones embarazosas. Los hechiceros y las brujas no
son siempre santos, y algunos adquieren una gran afición al estupro. Una
persona que ha aprendido a abrir Puertas puede permitirse ese vicio; él, o
ella, puede deslizarse hasta una persona dormida, doncella, casta esposa,
muchacho virgen, dominar su voluntad, y desaparecer antes de que cante el
gallo. —Star se estremeció—. El pecado en su forma más horrible. Si los
atrapamos, los matamos. Yo atrapé a unos cuantos y los maté. Este pecado es el
peor de todos, incluso si a la víctima llega a gustarle. —Star volvió a
estremecerse.
—Star,
¿cuál es tu definición de «pecado»?
—¿Puede
haber más de una? Pecado es crueldad e injusticia, todo lo demás son
pecadillos. Oh, se experimenta una sensación de pecado al violar las costumbres
de la propia tribu. Pero quebrantar una costumbre no es pecado, aunque produzca
esa sensación; pecado es perjudicar a otra persona.
—¿Qué
me dices del «pecar contra Dios»? —insistí.
Star
me miró con el ceño fruncido.
—¿De
modo que otra vez afeitamos al barbero? Antes, mi señor, dime lo que tú
entiendes por «Dios».
—Sólo
quería ver si me seguirías por ese camino.
—No
he seguido ese camino desde hace un montón de años. Es como empujar con una
muñeca doblada, o andar vestido por un pentáculo. Hablando de pentáculos, Héroe
mío, nuestro punto de destino no es ya el de hace tres días. Ahora iremos a un
Portillo que no esperaba utilizar. Es
más
peligroso, pero no podemos evitarlo.
—¡Es
culpa mía! Lo siento, Star.
—Es
culpa mía, mi señor. Pero no todo son desdichas. Cuando perdimos nuestro
equipaje quedé. más preoçupada de lo que me atreví a manifestar...a pesar de
que nunca fui partidaria de llevar armas de fuego a través de un mundo en el
que no pueden ser utilizadas. Pero nuestra caja contenía mucho más que armas de
fuego, cosas sin las cuales somos vulnerables. El tiempo que tú dedicaste a
curar la herida de las damas del Doral yo lo pasé, en parte, convenciendo al
Doral para que nos proporcionara un nuevo equipaje, con casi todo lo que
podríamos desear menos armas de fuego. No todo son desdichas.
—¿Nos
dirigimos ahora a otro mundo?
—No
más tarde del amanecer de mañana, si estamos vivos.
—Maldita
sea, Star, Rufo y tú habláis como si cada uno de nuestros suspiros pudiera ser
el último.
—Y
podría serlo.
—No
esperarás una emboscada ahora; estamos aún en tierras del Doral. Pero Rufo está
lleno de negros augurios como un melodrama barato. Y tú no andas muy lejos.
—Lo
siento. Rufo se lamenta continuamente.., pero es un hombre capaz para cubrirte
las espaldas cuando empieza el jaleo. En lo que a mí respecta, he tratado de
ser sincera, mi señor, advirtiéndote de lo que podíamos esperar.
—En
vez de eso me has confundido. ¿No crees que ya ha llegado el momento de que
pongas tus cartas boca arriba?
Star
me miró con aire preocupado.
—¿Y
si la primera carta que destapo es el as de espadas?
—¿Me
importa un bledo! Puedo hacer frente a lo que sea sin desmayarme...
—Sé
que puedes hacerlo, paladín mio.
—Gracias.
Pero el ignorar las cosas me pone nervioso. De modo que ya puedes empezar a
hablar.
—Contestaré
a cualquier pregunta, mi señor Oscar. Siempre he estado dispuesta a hacerlo.
—Pero
tú sabes que yo no sé qué preguntas debo formular. Tal vez una paloma mensajera
no necesite saber por qué ha estallado la guerra... pero yo me siento como un
gorrión en un partido de tenis. Así que empieza por el principio.
—Lo
que tú digas, mi señor. Hace unos siete mil años...
—Star
se interrumpió—. Oscar, ¿quieres saber, ahora, todo lo que respecta a la
interacción política de una miriada de mundos y veinte universos durante
milenios hasta llegar a la crisis actual? Intentaré descríbírtela, si quieres,
pero sólo bosquejarla nos ocuparía más tiempo del que disponemos hasta que
tengamos que cruzar aquella Puerta. Tú eres mi verdadero paladín; mi vida
depende de tu valentía y de tu habilidad. ¿Quieres que te describa la política
que hay detrás de mi actual indefensión.., de una indefensión casin absoluta si
no fuera por ti? ¿O prefieres que me concentre en la situación táctica?
(¡Maldita
sea! Yo quería toda la historia).
—Vamos
a atenernos a la situación táctica. Por ahora.
—Te
prometo —dijo Star solemnemente— que si sobrevivimos conocerás todos los
detalles. La situación es ésta: me había propuesto cruzar Nevia en barca, y
luego las montañas hasta llegar a una Puerta más allá de los Picos Eternos. Es
una ruta menos peligrosa pero más larga.
«Pero
ahora tenemos que apresurarnos. Dejaremos el camino a última hora de esta
tarde, y pasaremos a través de una región salvaje, todavía peor cuando se hace
de noche. Tenemos que llegar a la Puerta antes de que amanezca; con un poco de
suerte podremos dormir. Lo espero así, porque esa Puerta nos llevará a otro
mundo con una salida mucho más peligrosa.
«Una
vez allí, en aquel mundo, que se llama Hokesh o Karth, en Karth—Hokesh
estaremos cerca, demasiado cerca, de una alta torre, de dos kilómetros de
altura, y si la alcanzamos empezarán nuestros problemas. En ella se encuentra
el Nonato, el Devorador de Almas...
—Star,
¿acaso tratas de asustarme?
—Preferiría
que estuvieras asustado ahora, si ello fuera posible, que sorprendido más
tarde. Mi intención, mi señor, había sido la de advertirte de cada uno de los
peligros a medida que lo alcanzáramos, de modo que pudieras concentrarte en un
solo peligro cada vez. Pero has echado a perder mi plan.
—Tal
vez estabas en lo cierto. Supongamos que me das los detalles de cada uno a
medida que lo alcanzamos, y una somera descripción ahora. De modo que tendré
que luchar contra el Devorador de Almas, ¿no es cierto? El nombre no me asusta;
si trata de devorar mi alma, se va a atragantar. ¿Con qué lucharé con él? ¿A
escupitajos?
—Ese
es un sistema —dijo Star seriamente—; pero, con un poco de suerte, no tendrás
que luchar con él... con ello. Necesitamos lo que guarda.
—¿ Y
qué es ello?
—El
Huevo del Fénix.
—El
Fénix no pone huevos.
—Lo
sé, mi señor. Eso hace que su valor sea único.
—Pero...
Star
se apresuró a decir:
—Ese
es el nombre. Es un pequeño objeto, algo mayor que un huevo de avestruz, y de
color negro. Si no logro capturarlo, ocurrirán muchas desgracias. Entre ella
una insignificante: moriré. Menciono esa porque a ti puede que no te parezca
insignificante, ¡cariño mío!, y me resulta más fácil decirte esa verdad que
explicar las consecuencias.
—De
acuerdo. Robamos el Huevo. ¿Y luego?
—Luego
nos marchamos a casa. A mi casa. Después de lo cual tú podrás regresar a la
tuya. O quedarte en la mía, O ir al lugar que prefieras, a través de Veinte
Universos y miríadas de mundos. Sea cual sea tu elección, cualquier tesoro que
imagines será tuyo; te habrás ganado eso y más... así como mi más cordial
gratitud, mi señor Héroe, y cualquier cosa que me pidas.
(El
mayor cheque en blanco firmado nunca.., si podía hacerlo efectivo).
—Star,
no pareces estar muy segura de que sobreviviremos.
Star
respiró profundamente.
—No
es probable, mí señor. Te digo la verdad. Mi error nos ha forzado a la más
desesperada de las alternativas.
—Comprendo.
Star, ¿te casarás conmigo? ¿Hoy? —Luego dije—: ¡Cuidado! ¡No te caigas! —Star
no había estado en peligro de caer; el cinturón del asiento la sujetaba. Pero
se había tambaleado. Me íncliné hacia ella y coloqué mi brazo alrededor de sus
hombros—. No hay ningún motivo para llorar. Limítate a decirme sí o no... y yo
lucharé por ti de todos modos. Oh, lo olvidaba. Te amo. Al menos, yo creo que
es amor. Una sensación extraña, excitante, cada vez que te miro o que pienso en
ti... que es lo que hago la mayor parte del tiempo.
—Yo
también te amo, mi señor —dijo Star con voz ronca—. Te he amado desde la
primera vez que te vi: Sí, «una sensación extraña y excitante», como si todo lo
que hay dentro de mí estuviera a punto de deshincharse.
—Bueno,
no es exactamente eso —admití—. Pero se trata probablemente de una polaridad de
signo contrario para el mismo hecho. Excitante, sí. Con escalofríos y
calenturas. ¿Cómo podremos casarnos aquí?
—Pero,
mi señor, amor mío, siempre me asombras. Sabía que me amabas. Y esperaba que me
lo dijeras antes de... bueno, en su momento. Déjamelo oír una vez más. ¡No
esperaba que te ofrecieras a casarte conmigo!
—¿Por
qué no? Yo soy un hombre, tú eres una mujer. Es lo acostumbrado.
—Pero...
¡Oh, amor mío, ya te lo dije! No es necesario que te cases conmigo. De acuerdo
con tus normas.., soy una ramera.
—Ramera,
bruja, todo lo que tú quieras. ¡Qué diablos, cariño! Lo dijiste tú, no yo. Y
casi me convenciste de que las normas que me enseñaron eran bárbaras y las
tuyas correctas. Es mejor que te suenes la nariz.., toma, ¿quieres mi pañuelo?
Star
se secó los ojos y se sonó la nariz, pero en vez del síquerido que yo deseaba
oír se irguió en su asiento y no sonrió. Dijo seriamente:
—Mi
señor Héroe, ¿no es mejor que pruebes el vino antes de comprar el barril?
Fingí
que no la había entendido.
—Por
favor, cariño —insistió Star—. Hablo en serio. Hay un espacio cubierto de
hierba a tu derecha, un poco más adelante. Puedes llevarme allí ahora mismo, y
yo iré de buena gana.
Me
incorporé en el asiento y fingí mirar.
—Parece
una hierba áspera. Y tiene pinchos.
—¡Entonces,
escoge tu propia hierba! Mi señor... estoy deseosa de que me hagas tuya... pero
te enterarás de que soy una pintora dominguera comparada con las artistas que
conocerás algún día. Soy una mujer trabajadora. No he tenido tiempo para
dedicar al asunto el estudio a fondo que merece. ¡Créeme! No, pruébame. No
puedes saber que quieres casarte conmigo.
—De
modo que eres una fregona torpe y fría, ¿eh?
—Bueno..,
no he dicho eso. No soy demasiado hábil... pero no me falta entusiasmo.
—Sí,
como tu tía, la del dormitorio atestado. Es un rasgo familiar, como tú misma
dijiste. Vamos a poner en claro una cosa: quiero casarme contigo a pesar de tus
evidentes defectos.
—Pero...
—Star,
hablas demasiado.
—Sí,
mi señor —dijo Star humildemente.
—Vamos
a casarnos. ¿Cómo lo haremos? ¿Es el señor local también juez de paz? En caso
afirmativo, no habrá droit du seigneur; no tenemos dinero para frivolidades.
—Cada
hacendado es el juez local —asintió Star pensativamente—, y celebra
matrimonios, aunque la mayoría de nevjanos no se molestan en casarse. Pero...
Bueno, sí, él esperaría ejercer el droit du seigneur y, como tú has dicho muy
bien, no podemos perder tiempo.
—Y
esa no es la idea que yo tengo de una luna de miel. Star... mírame. No pretendo
mantenerte en una jaula; sé que no te educaron de esa manera. Pero
prescindiremos del señor. ¿Cuál es el tipo local de predicador? Un tipo célibe,
con preferencia.
—Pero
el señor local es el sacerdote también. No es que la religión sea una materia
importante en Nevia; lo único que les interesa son los ritos de la fecundidad.
Mi señor, el modo más sencillo es saltar sobre tu espada.
—¿Es
esa una ceremonia matrimonial en el lugar del que procedes, Star? —pregunté.
—No,
es de tu mundo:
«Salta
truhán, y brinca ramera,
Y
casados quedaréis para siempre... »
«...Y
es muy antigua.
—Mmnim...
No creo en los versos matrimoniales. Es posible que yo sea un truhán, pero sé
lo que tú opinas de las rameras. ¿Qué otras posibilidades existen aquí?
—Déjame
pensar. Hay un «propalador de rumores» en una aldea por la que pasaremos poco
después de la hora del almuerzo. Esos individuos casan a veces a pueblerinos
que desean que su boda sea ampliamente conocida; el servicio incluye propagar
la noticia.
—¿Qué
clase de servicio?
—Lo
ignoro. Y no me importa, mi señor. ¡Estaremos casados!
—¡Ese
es el espíritu! No nos pararemos a almorzar.
—No,
mi señor —dijo Star en tono firme—. Si voy a ser esposa, seré una buena esposa
y no permitiré que pases por alto una comida.
—¿Imponiéndote
ya? Creo que voy a zurrarte.
—Como
quieras, mi señor, pero tienes que comer, necesitarás toda tu fuerza...
—¡Desde
luego!
—. .
.para luchar. Y ahora siento que se han decuplicado mis deseos de sobrevivir...
Aquí hay un lugar apropiado para almorzar.
Star
desvió a Vita Brevis del camino; Ars Longa siguió a su compañera. Star miró
hacia atrás por encima de su hombro y sonrió, con hoyuelos.
—¿Te
había dicho hoy que eres muy apuesto... amor mío?
XI
La
montura de Rufo nos siguió al paraje herboso que Star había escogido para
comer. Rufo estaba aún tan desmadejado como un calcetín mojado, y seguía
roncando. Yo le hubiera dejado dormir, pero Star le sacudió.
Se
despertó de golpe, echando mano a su espada y gritando:
—A
moi! M'aidez! Les vaches!
Afortunadamente,
algún amigo había colocado su espada y su cinto fuera de su alcance en la parte
de atrás de su silla, junto con la ballesta, el carcaj y nuestra nueva caja
plegable.
Luego,
Rufo sacudió la cabeza y dijo:
—¿Cuántos
eran?
—Apéate,
viejo amigo —dijo Star alegremente—. Nos hemos parado para comer.
—¡Comer!
—Rufo tragó saliva y se estremeció—. Por favor, mi dama. No hables de cosas
hediondas. —Hurgó en el cinturón de su asiento, y cayó de su silla; yo le
sostuve.
Star
buscaba algo en su bolsa; sacó un frasquito y se lo ofreció a Rufo, el cual
retrocedió vivamente
—¡Mi
dama!
—¿Tengo
que sujetarte la nariz? —dijo Star amablemente.
—Me
pondré bien en seguida. Concédeme un minuto... y el pelo del perro.
—Desde
luego que te pondrás bien. ¿Tengo que pedirle a mi señor Oscar que te sujete
los brazos?
Rufo
me miró con aire suplicante; Star abrió el pequeño frasco, del cual se
desprendió una leve humareda.
—¡Ahora!
Rufo
se estremeció, se sujetó la nariz entre el pulgar y el indice, y se tragó el
contenido del frasco.
No
diré que brotó humo, de sus orejas. Pero se agitó como una lona desgarrada en
una galerna y emitió unos sonidos horribles.
Luego
se normalizó tan súbitamente como una imagen de televisión. Pareció incluso más
robusto y unos centímetros más alto. Su piel tenía un color sonrosado en vez de
una palidez mortal.
—Gracias,
mi dama —dijo jovialmente, con voz retumbante y viril—. Algún día espero
devolverte el favor.
—Cuando
los griegos cuenten el tiempo por calendas—asintió Star.
Rufo
apartó las monturas a un lado y les dio de comer, abriendo la caja plegable y
sacando varios trozos de carne que rezumaban sangre. Ars Longa devoró un
quintal, y Vita Brevis y Mors Profunda todavía más; yendo de camino, aquellos
animales necesitaban una dieta muy rica en proteínas. Terminada aquella tarea,
Rufo empezó a silbar mientras instalaba mesa y sillas para Star y para mí.
—Cariño
—le dije a Star—, ¿qué clase de mejunje es ése?
—Una
antigua receta familiar:
«Ojo
de lagartija y anca de rana,
Pelusa
de murciélago y lengua de perro,
Glándula
de víbora y aguijón de escorpión,
Pata
de lagarto y ala de lechuza...
—¡Shakespeare!
—dije—. Macbeth.
—«Enfríese
con sangre de babuino... » No, Guillermo la copió de mí, mi señor. Eso es lo
que pasa con los escritores; se aprópian de todo, y luego pretenden que es
suyo. Yo obtuve la receta de mi tía (otra tía), que era profesora de medicina
interna. La rima es una especie de recordatorio para los verdaderos
ingredientes, que son mucho más complicados: uno no sabe nunca cuándo va a
necesitar un remedio para la resaca. Lo preparé anoche, sabiendo que Rufo, por
la seguridad de nuestros pellejos, lo necesitaría hoy para estar en su mejor
forma; preparé dos dosis, en realidad, por si tú necesitabas otra. Pero me has
sorprendido, amor mío; has resistido como un noble de las épocas más remotas.
—Una
debilidad familiar. No puedo evitarlo.
—El
almuerzo está servido, mi dama.
Ofrecí
mi brazo a Star. Los alimentos calientes estaban calientes, los fríos estaban
helados; esta nueva caja plegable, de color verde Lincoln con el emblema de los
Doral, contenía muchas cosas que faltaban en la caja perdida. Todo era
delicioso, y los vinos soberbios.
Rufo
comió vorazmente en su tabla de servir, permaneciendo atento a nuestras
necesidades. Se había acercado a servir el vino para la ensalada cuando le
comuniqué la noticia.
—Rufo,
viejo camarada, mi dama Star y yo vamos a casarnos hoy. Quiero que seas mi
padrino de boda y que me ayudes a acicalarme.
Rufo
dejó caer la botella.
Luego
estuvo ocupado secándome a mí y fregando la mesa; cuando finalmente habló, se
dirigió a Star.
—Mi
dama —dijo secamente, con las facciones rígidas—, hasta ahora he estado
aguantando lo indecible sin quejarme, por motivos que no necesito exponer en
este momento. Pero creo que la cosa ha llegado demasiado lejos. No voy a
permitir...
—¡Cierra
el pico!
—No
—intervine—, deja que lo abra para que yo pueda cortarle la lengua. ¿La quieres
frita? ¿O hervida?
Rufo
me miró y respiró pesadamente. Luego se marchó bruscamente, alejándose hasta
más allá de la tabla de servir. Star murmuró:
—Mi
señor, lo siento mucho.
—¿Qué
mosca le ha picado? —inquirí, con extrañeza. Luego pensé en lo evidente—.
¡Star! ¿Está celoso Rufo?
Star
me miró con aire asombrado, empezó a reír, y dejó de hacerlo de golpe.
—¡No,
no, querido! Nada de eso. Rufo... Bueno, Rufo tiene sus rarezas, pero podemos
confiar en él en toda la extensión de la palabra. Y le necesitamos. Olvídalo.
Por favor, cariño.
— Lo
que tú digas. Hoy se necesitaría algo más que eso para estropear mi felicidad.
Rufo
regresó, con el rostro impasible, y terminó de servir. Volvió a empaquetar sin
decir nada, y reemprendimos la marcha.
El
camino bordeaba la verde aldea; dejamos a Rufo allí y fuimos en busca del
propalador de rumores; su oficina, si puede dársele ese nombre, resultaba fácil
de localizar: un aprendiz estaba golpeando un tambor delante de ella y gritando
retazos de habladurías a un grupo de aldeanos. Pasamos al interior.
El
maestro propalador de rumores estaba leyendo algo en cada mano, con un tercer
pergamino apoyado contra sus pies sobre un escritorio. Nos miró, dejó caer los
pies al suelo, se levantó de un salto, nos saludó con varias reverencias, y nos
señaló unos asientos.
—¡Pasen,
pasen, amigos míos! —canturreó—. ¡Me hacen ustedes un gran honor, mi día ha
quedado completo! Y sin embargo si se me permite decirlo han venido ustedes al
lugar adecuado sea cual sea su problema sea cual sea su necesidad sólo tienen
que hablar buenas noticias malas noticias de toda clase menos noticias tristes
reputaciones restablecidas acontecimientos embellecidos historia escrita de
nuevo grandes hazañas cantadas y todo el trabajo garantizado por la agencia de
noticias más antigua de Nevia noticias de todos los mundos y todos los
Universos propaganda implantada o desarraigada o reconvertida satisfacción
garantizada honradez es la mejor política pero el cliente siempre tiene razón
no me digan nada lo sé tengo espías en todas las cocinas oídos en todos los
dormitorios sin duda el Héroe Gordon y su fama no necesitan heraldos mi señor
pero me siento honrado por el hecho de que recurra a mí una biografía quizá
para completar el relato de sus hazañas con recuerdos de antigua niñera que
conserva en su memoria las señales y portentos que marcaron el nacimiento del
Héroe Gordon...
Star
le interrumpió:
—Queremos
casarnos.
El
propalador de noticias cerró la boca, miró fijamente la cintura de Star, y
estuvo a punto de ganarse un puñetazo en la nariz.
—Es
un placer hacer negocio con clientes que saben lo que quieren. Y debo añadir
que apruebo de todo corazón un proyecto tan juicioso. Las modernas costumbres
de unirse sin más ni más hacen subir los impuestos y bajar los beneficios como
es lógico. Ojalá tuviera tiempo para casarme yo como le he dicho tantas veces a
mi mujer. En cuanto a los planes, si puedo hacer una modesta sugerencia...
—Queremos
casarnos de acuerdo con las costumbres de la Tierra.
—Ah,
sí, desde luego. —El propalador de rumores se volvió hacia un fichero situado
junto a su escritorio, manipuló unos diales. Al cabo de un rato dijo—:
Perdonen, amigos, pero mi cabeza está atestada con un billón de hechos, grandes
y pequeños, y... ese nombre... ¿Va con una «R», o con dos?
Star
se acercó al fichero, examinó los diales, manipuló un par de ellos.
El
propalador de rumores parpadeó.
—¿Ese
universo? No recibimos prácticamente nunca una petición relacionada con él. A
menudo he lamentado no disponer de tiempo para viajar, pero negocios negocios
negocios... ¡ARCHIVO!
—¿Sí,
maestro? —respondió una voz.
—Planeta
Tierra, Costumbres Matrimoniales de; va con R doble y empieza con T. —Añadió un
número de serie de cinco cifras—. ¡Espabílate!
Poco
después un aprendiz llegó corriendo con un delgado pergamino.
—El
Archivero dice que lo maneje usted con mucho cuidado, Maestro. Es muy
quebradizo, dice. Dice...
—Cierra
el pico. Perdonen, amigos. —Insertó el pergamino en un lector, y empezó a leer.
Sus
ojos se desorbitaron y se inclinó hacia adelante.
—Increí...
—Luego murmuró—: ¡Asombroso! ¿Qué puede haberles hecho pensar en eso? —Durante
varios minutos pareció haber olvidado que estábamos allí, limitándose a
proferir exclamaciones tales como: «iPasmoso! ¡Fantástico!», y otras
semejantes.
Le
di unos golpecitos en el brazo.
—Tenemos
prisa.
—¿Eh?
Sí, sí, mi señor Héroe... mi dama. —Se apartó del lector de mala gana, unió las
palmas de sus manos y dijo—: Han venido al lugar adecuado. Ningún otro
propalador de rumores en tono Nevia podría manejar un proyecto de tal magnitud.
Ahora, lo primero que hay que resolver es el asunto de la procesión que debemos
efectuar por la región circundante, ya que para la cencerrada podremos
arreglarnos con los habitantes de la aldea, en el supuesto de que deseen algo
que sin desmerecer de su reputación esté revestido de sencilla dignidad:
digamos un día para la procesión y dos noches de cencerrada con niveles de
ruido garantizado...
—Olvídelo.
—¿Mi
señor? No voy a ganar nada con esto; será una obra de arte, una tarea de amor:
los gastos, simplemente, más un pequeño plus por las ideas que aporte. Mi
opinión profesional es la de que una pre—ceremonia samoana seria más sincera,
más impresionante, que el opcional rito zulú. Con un toque de comedia.., sin
ningún recargo; una de mis empleadas está embarazada de siete meses y le
gustará presentarse súbitamente e interrumpir la ceremonia.., y desde luego
queda el asunto de los testigos de la consumación, cuántos para cada uno de
ustedes, aunque esto puede esperar una semana; en lo primero que tenemos que
pensar es en los adornos de las calles, y...
Cogí
el brazo de Star.
—Vámonos.
—Sí,
mi señor —asintió Star.
El
propalador de rumores corrió detrás de nosotros, gritando algo acerca de
ruptura de contratos. Desenvainé a medias mi espada y le mostré quince
centímetros de hoja; enmudeció de repente.
Rufo
parecía haber superado su malestar; nos acogió civilizadamente, casi con
alegría. Montamos y reemprendimos la marcha. Habíamos recorrido cosa de dos
kilómetros cuando dije:
—Star,
querida...
—¿Sí,
mi señor?
—¿Eso
de «saltar sobre la espada» es realmente una ceremonia matrimonial?
—Y
muy antigua, querido. Creo que se remonta a la época de las Cruzadas.
—Yo
había pensado en un ritual puesto al día:
«Salta
truhán, y brinca Princesa,
Mi
esposa eres tú y mía para siempre.»
«...¿Te
parece bien?
—¡Sí,
sí!
—Pero
en el segundo verso tú dirás:
«Prometo
ser tu esposa para siempre.»
«¿Entendido?
Star
asintió rápidamente.
—¡Sí,
amor mío!
Dejamos
a Rufo con las monturas, sin darle ninguna explicación, y trepamos a una
pequeña colina boscosa. En Nevia todo es hermoso, sin una lata de cerveza ni un
Kleenex sucio que afeen aquel encantador Edén, pero allí encontramos un templo
al aire libre, un lugar cubierto de césped y rodeado de árboles, un santuario
encantador.
Desenvainé
mi espada y miré a lo largo de ella, sintiendo su exquisito equilibrio mientras
observaba de nuevo la inscripción trazada en la hoja con refinada maestría por
un artesano de primera fila. Se la mostré a Star.
—Lee
el lema, Star.
—«Dum
vivimus, vivamus!»: «Mientras tengamos vida, vivamos». ¡Sí, amor mío, sí! —Besó
la hoja y me devolvió la espada. La coloqué en el suelo.
—¿Recuerdas
tus versos? —pregunté.
—Los
tengo grabados en el corazón.
Tomé
su mano en la mía.
—Salta.
¡Una... dos... y tres!
XII
Cuando
regresé con mi esposa de aquella bendita colina, rodeando su cintura con mi
brazo, Rufo nos ayudó a montar sin hacer ningún comentario.Pero no podía dejar
de notar que Star se dirigía ahora a mí como «Mi señor marido». Rufo montó a su
vez y se mantuvo detrás de nosotros, a una distancia respetuosa.
Cabalgamos
cogidos de la mano al menos durante una hora. Cada vez que miraba a Star,
estaba sonriendo; cada vez que ella me sorprendía mirándola, la sonrisa formaba
hoyuelos en sus mejillas. En un momento determinado le pregunté:
—¿Cuándo
entraremos en «estado de alerta»?
—No
hasta que dejemos el camino, mi señor marido.
Cabalgamos
otro par de kilómetros. Al final, Star dijo tímidamente:
—¿Mi
señor marido?
—¿Sí,
esposa mía?
—¿Sigues
pensando que soy «una fregona torpe y fría»?
—Mmmm...
—contesté pensativamente—. «Fría», no, no podría decir honradamente que eres
fría. Pero, «torpe»... Bueno, comparada con una artista como Muri, digamos...
—¡Mi
señor marido!
—¿Sí?
Estaba diciendo...
—¿Y
tú te estás buscando un puntapié en la barriga! —dijo Star. Y añadió—:
¡Americano!
—Esposa
mía... ¿me darías un puntapié en la barriga?
Star
respondió lentamente y en voz muy baja:
—No,
mi señor marido. Nunca.
—Me
alegra oírlo. Pero, si lo hicieras, ¿qué pasaría?
—Tú...
me zurrarías. Con mi propia espada. Pero no con tu espada. Por favor, nunca con
tu espada... marido mío.
—Ni
con la tuya tampoco. Con mi mano. Fuerte. Primero te zurraría. Y luego...
—¿Y
luego qué?
Se
lo dije.
—Pero
no me des motivo. De acuerdo con los planes, tengo que luchar más tarde. Y en
el futuro no me interrumpas.
—Sí,
mi señor marido.
—Muy
bien. Ahora, asignemos a Muri una puntuación de, digamos, diez. En esa
arbitraria escala de valores tú alcanzarías un... Déjame pensar.
—¿Un
tres o un cuatro, quizá? ¿Tal vez un cinco?
—Silencio.
Yo te atribuiría alrededor de un mil. Sí, mil, punto más punto menos. No tengo
una calculadora a mano.
—¡Oh,
qué bestia eres, cariño mío! Acércate y bésame... y espera a que se lo diga a
Muri.
—No
le dirás nada a Muri, esposa mía, si no quieres que te zurre. Y deja de
«pescar» cumplidos. Sabes perfectamente lo que eres, fregona saltaespadas.
—¿Y
qué soy?
—Mi
princesa.
—Oh.
—Y
un visón con la cola de fuego... y tú lo sabes.
—¿Es
bueno eso? He estudiado cuidadosamente el idioma norteamericano, pero a veces
no estoy segura.
—Significa
lo mejor de lo mejor. Es una frase hecha y se aplica en sentido figurado: los
visones no son mi especialidad. Ahora, piensa en cosas más importantes, o
podrías quedarte viuda el mismo día de tu boda. ¿Hablaste de dragones?
—No
hasta que se haga de noche, mi señor marido.., y no son realmente dragones.
—Tal
como los describiste, la diferencia sólo podría ser importante para otro
dragón. Dos metros y medio de altura hasta los hombros, un peso de varias
toneladas, y unos dientes tan largos como mi antebrazo: lo único que les falta
es vomitar fuego.
—¡Oh,
lo vomitan! ¿No te lo dije?
Suspiré.
—No,
no me lo dijiste.
—No
vomitan fuego, exactamente. Si lo hicieran, se quemarían ellos mismos.
Contienen la respiración mientras despiden el fuego por la boca. Es un gas,
metano, que procede del tubo digestivo. Se trata de un eructo controlado, con
un efecto hipergólico de una enzima segregada entre la primera y la segunda
hilera de dientes. El gas se inflama al salir.
—No
me importa cómo lo hacen; el hecho es que son lanzallamas. Bien, ¿cómo esperas
que los maneje?
—Confiaba
en que se te ocurriría alguna idea. Verás —añadió Star en tono de disculpa—, no
había planeado nada al respecto, ya que no esperaba que siguiéramos esta ruta.
—Bueno...
Esposa mía, vamos a regresar a aquella aldea. Le haremos la competencia a
nuestro amigo el propalador de rumores: apuesto a que somos capaces de charlar
más que él.
—¡Mi
señor marido!
—No
importa. Si quieres que mate dragones todos los miércoles y sábados, estoy a tu
entera disposición. A propósito, ese metano inflamado... ¿lo expulsan por
delante y por detrás?
—¡Oh,
no! Sólo por delante. ¿Cómo podrían expulsarlo por los dos extremos del cuerpo?
—Muy
fácilmente. Vea el modelo del año próximo, señora. Ahora, silencio: estoy
pensando en una táctica. Necesitaré a Rufo. Supongo que él ya ha matado
dragones más de una vez...
—No
tengo noticia de que ningún hombre haya matado nunca uno, mi señor marido.
—¿De
veras? Princesa, estoy halagado por la confianza que depositas en mí. ¿O es
desesperación? No, no contestes, no quiero saberlo. Guarda silencio y déjame
pensar.
Cuando
estuvimos cerca de la próxima casa dc labor enviamos a Rufo para que arreglara
lo de la devolución de nuestras monturas. Eran nuestras, regalos del Doral,
pero teníamos que devolverlas a la hacienda ya que no podrían vivir en el lugar
al cual nos dirigíamos. Muri me había prometido que cuidaría a Ars Longa y se
encargaría de que hiciera ejercicio. Rufo regresó con un patán montado sobre un
pesado animal de tiro; el jinete se deslizaba continuamente entre el segundo y
el tercer par de patas para aliviar el lomo de, la bestia de su peso, y lo
controlaba con la voz.
Cuando
hubimos desmontado y recuperado nuestras ballestas y carcajes, y nos
disponíamos a ponérnoslos en bandolera, Rufo se acercó a mí.
—Jefe,
Pies de Estiércol se muere de ganas de conocer al héroe y tocar su espada. ¿Le
digo que se largue?
El
alto rango tiene sus privilegios, pero también sus obligaciones.
—Tráelo
aquí.
El
muchacho, talludo y con una barba incipiente, casi corrió hacia mí, tropezando
por el camino, y me hizo una reverencia tan profunda que estuvo a punto de dar
con su nariz en el suelo.
—Incorpórate,
hijo —le dije—. ¿Cómo te llamas?
—Pug,
mi señor Héroe.
(«Pug»,
perro chato, era un nombre apropiado para él. El humor neviano es más bien
negro, como lo demostraban los chites de Jocko).
—Un
nombre imponente. ¿A qué piensas dedicarte cuando seas mayor?
—¡Quiero
ser un héroe, mi señor! Como tú.
Estuve
a punto de hablarle de aquellas piedras en la Ruta de Gloria. Pero no tardaría
en descubrirlas por sí mismo si alguna vez decidía recorrerlo, y una de dos: o
le tendrían sin cuidado, o daría media vuelta y se olvidaría de aquella absurda
cuestión. Asentí con aire de aprobación, y le aseguré que siempre había sitio
para un Héroe más.., y que cuanto más humildes fueran sus comienzos mayor sería
la gloria... de modo que a trabajar duro y a estudiar con entusiasmo, y a
esperar su oportunidad. La aventura llegaría a él sin que él fuera en su busca.
Luego le dejé tocar mi espada... pero no tomarla en sus manos. La Dama Vivamus
es mía, y preferiría compartir mi cepillo de dientes.
En
cierta ocasión, siendo muy joven, fui presentado a un Congresista. Me había
hablado en el mismo tono paternal que yo estaba plagiando ahora. Lo mismo que
el sermón de un predicador, no puede hacer ningún daño, y podía hacer algún
bien. Y descubrí que era sincero al hablar, como sin duda lo había sido el
Congresista. Bueno, estimular el ansia de gloria de un jovenzuelo podría
resultar perjudicial para él, ya que existía la posibilidad de que le mataran
en el primer kilómetro de aquella ruta. Pero es preferible eso a sentarse junto
al fuego en la vejez, chupándose las encías y pensando en las oportunidades que
se dejaron escapar y en las doncellas que pudieron compartir nuestro lecho. ¿No
es cierto?
Decidí
que la ocasión era tan importante para Pug que merecía ser señalada, de modo
que rebusqué en mi bolsillo y encontré una moneda de veinticinco centavos
U.S.A.
—¿Cuál
es el resto de tu nombre, Pug?
—Sólo
«Pug», mi señor. De la casa Lerdki, desde luego.
—Ahora
tendrás tres nombres, porque voy a darte uno de los míos. —Yo tenía uno que no
necesitaba, pues con Oscar Gordon me las arreglaba perfectamente. No me refiero
a «Flash», ya que ese nombre no fue reconocido nunca por mí. Ni a mi apodo del
Ejército: no lo escribiría en la pared de una letrina. El nombre del que podía
desprenderme era «Easy». Siempre había utilizado el «E. C. Gordon» en vez del
«Evelyn Cyril Gordon», y en la escuela mi nombre había derivado de «E. C.» a
«Easy» debido a mi estilo de correr: nunca corría de un modo alocado ni
esforzándome más de lo que la ocasión requería. De ahí lo de «Easy», Tranquilo.
En
virtud de la autoridad que me ha sido conferida por el Cuartel General del
Ejército de los Estados Unidos en el Sudeste de Asia, yo, el Héroe Oscar,
ordeno que a partir de ahora seas conocido como Lerdki't Pug Easy. Llévalo con
orgullo.
Le
entregué la moneda de veinticinco centavos, y le mostré a George Washington en
el anverso.
Este
es el creador de mi casa, un héroe mucho más grande de lo que yo llegaré a ser.
Dijo siempre la verdad, y luchó por lo que él creía que era justo, sin dejarse
amilanar en ningún momento por las circunstancias adversas, que eran muchas.
Trata de imitarlo.Y aquí —di la vuelta a la moneda— está el emblema de mi casa,
la casa que él fundó. El ave representa el valor, la libertad y los ideales que
leremontaron a elevadas cumbres.
(No
le dije que el Aguila norteamericana come carroñas no se enfrenta nunca con
algo de su propio tamaño, y no tardará en extinguirse: un símbolo tiene el
significado que uno quiere darle).
Pug
Easy asintió enérgicamente, y unas lágrimas brotaron de sus ojos. Yo no le
había presentado a mi esposa; no sabía que ella deseara conocerle. Pero Star se
adelantó y dijo amablemente:
—Pug
Easy, recuerda las palabras de mi señor Héroe. Consérvalas como un tesoro, y te
durarán toda la vida.
El
muchacho se dejó caer de rodillas. Star acarició sus cabellos y le dijo:
—Levántate,
Lerdki't Pug Easy.
Me
despedí de Ars Longa, diciéndole que se portara bien, y que algún día
regresaría. Pug Easy se alejó con nuestras monturas a remolque de la suya y
nosotros nos adentramos en el bosque, con una flecha en la ballesta y los ojos
de Rufo detrás. En el lugar donde dejamos el camino de ladrillo amarillo había
un letrero; traducido libremente, decía:
ABANDONA
TODA ESPERANZA, TÚ QUE ENTRAS AQUÍ.
(Una
traducción literal recuerda más bien al Parque de Yellowstone: «Aviso: los
animales de este bosque no están domesticados. Se aconseja a los viajeros que
permanezcan en el camino, ya que sus restos no serán devueltos a sus
familiares. El Lerdki, Su Emblema»).
De
pronto Star dijo:
—Mi
señor marido...
—¿Sí,
pies bonitos? —dije sin mirarla; estaba vigilando mi flanco y un poco del suyo,
sin descuidar la atención hacia lo alto, ya que aquí podíamos ser bombardeados:
unas aves de presa de menor tamaño que las anteriores pero que atacaban
directamente a los ojos.
—Héroe
mío, eres realmente noble, y has hecho que tu esposa se sienta muy orgullosa.
—¿Eh?
¿Cómo?
Yo
estaba pensando en blancos.., que aquí eran de dos clases en el suelo; una rata
lo bastante grande como para devorar gatos e incluso personas, y un cerdo
salvaje casi del mismo tamaño y sin jamón para un solo bocadillo en ninguna
parte de su cuerpo, ya que era todo pellejo y mal genio. Los cerdos eran unos
blancos más fáciles, me habían dicho, porque embestían en línea recta. Pero no
había que fallar. Y había que tener la espada desenvainada, ya que no daría
tiempo a colocar una segunda flecha en la ballesta.
—Ese
muchacho, Pug Easy. Lo que hiciste por él.
—¿Por
él? Me limité a alimentarle con buenas palabras. No cuestan nada.
—Fue
una actitud regia, mi señor marido.
—Oh,
tonterías. El esperaba palabras grandilocuentes de un héroe, de modo que se las
di.
—Oscar,
querido, ¿puede una esposa leal llamarle la atención a su marido cuando dice
cosas absurdas de sí mismo? He conocido a muchos héroes, y algunos eran tan
idiotas que daban ganas de hacerles comer en la cocina si sus hazañas no
hubieran justificado un lugar en la mesa. He conocido a pocos hombres que
fueran nobles, ya que la nobleza es mucho más escasa que el heroísmo. Pero la
verdadera nobleza siempre puede ser reconocida... incluso en alguien tan
beligerantemente tímido respecto a manifestarla como eres tú. El muchacho lo
esperaba, de modo que tú se lo diste... pero noblesse oblige es una emoción que
sólo experimentan los que son nobles.
—Bueno,
es posible. Star, ya vuelves a hablar demasiado. ¿No crees que esos bichos
tienen oídos?
—Perdona,
mi señor. Tienen tan buenos oídos, que oyen pasos a través del suelo mucho
antes de oír voces. Déjame pronunciar la última palabra, ya que hoy es el día
de mi boda. Si fueras... no, cuando eres galante con alguna beldad, digamos con
Letva... o con Muri, ¡malditos sean sus bonitos ojos!, no lo interpreto como
nobleza; hay que suponer que brota de una emoción mucho más vulgar que noblesse
oblige. Pero cuando le hablas a un palurdo campesino con estiércol en los pies,
ajo en su aliento, peste a sudor en todo él, y barrillos en la cara... y le
hablas amablemente, haciéndole sentir lo noble que eres e infundiéndole la
esperanza de que un día será tu igual... sé que no lo haces porque esperas
acostarte con él.
—Oh,
no lo sé. Los muchachos de esa edad son muy apreciados en algunos círculos.
Dale un baño, perfúmale, riza sus cabellos...
—Mi
señor marido, ¿me está permitido pensar en propinarte un puntapié en la
barriga?
—Nadie
puede ser sometido a consejo de guerra por pensar, es lo único que no pueden
quitarle a uno. De acuerdo, prefiero las muchachas; soy un ser normal, y no
puedo evitarlo. ¿Qué decías de los ojos de Muri? ¿Acaso estás celosa, Piernas
Largas?
Puedo
oír los hoyuelos incluso cuando no puedo pararme a mirarlos.
—Sólo
en el día de mi boda, mi señor marido; los otros días son tuyos. Si te
sorprendo en esa clase de deporte, haré una de estas dos cosas: fingir que no
he visto nada, o felicitarte.
—No
espero que me sorprendas.
—Y
yo confío en que no me sorprenderás a mi, mi señor truhán —respondió Star
serenamente.
Ella
pronunció la última palabra, ya que en aquel preciso instante la ballesta de
Rufo hizo ¡Fwung!, Rufo gritó: «iLe he dado!», y luego todos estuvimos
ocupados. Cerdos tan feos que comparados con ellos las ballenas de aletas eran
verdaderas beldades... Yo alcancé a uno con una flecha, atravesando su
asquerosa garganta, y atraqué de acero a su hermano un segundo después. Star le
dio al suyo, pero la flecha tropezó en un hueso y el bicho siguió corriendo, y
yo lo derribé de una patada en el hombro mientras trataba de liberar la hoja de
mi espada del cuerpo de su primo. El acero entre sus costillas lo inmovilizó, y
Star colocó fríamente otra flecha en su ballesta y la hizo volar mientras yo
acababa con su primera víctima. Star liquidó a otro con su espada, empuñándola
como un torero en el momento de la verdad, y esquivando al bicho que embestía
ciegamente, sin querer admitir que ya estaba muerto.
La
lucha había terminado. El viejo Rufo había cobrado tres piezas sin ayuda de
nadie, a cambio de una fea herida en la pierna; yo tenía un rasguño, y mi
esposa estaba ilesa, de lo cual me aseguré en cuanto las cosas se
tranquilizaron. Luego monté guardia mientras nuestro cirujano se ocupaba de
Rufo, después de lo cual me atendió a mi.
—¿Cómo
marcha eso, Rufo? —pregunté—. ¿Puedes andar?
—Jefe,
no me quedaría en este bosque aunque tuviera que arrastrarme. Larguémonos de
aquí. De todos modos —añadió, señalando los cadáveres de los cerdos a nuestro
alrededor—, las ratas no nos molestarán inmediatamente.
Cambié
la formación, situando delante a Star y a Rufo con su pierna sana en la parte
exterior y ocupando yo la retaguardia, donde tenía que haber estado desde el
primer momento. La retaguardia es un poco más segura que la vanguardia en la
mayoría de las circunstancias, pero allí no se daban la mayoría de las
circunstancias. Yo había permitido que mi ciego deseo de proteger personalmente
a mi esposa afectara a mi criterio.
Habiendo
ocupado la posición más peligrosa avancé casi bizqueando, intentando mirar
hacia atrás y al mismo tiempo hacia adelante, a fin de poder adelantarme
rápidamente si Star —sí, y Rufo— tropezaban con algún problema. Por fortuna,
nos tomamos un pequeño respiro en nuestra marcha, y lo aproveché para
recapacitar y recordar la más antigua de las lecciones sobre patrullas: uno no
puede hacer el trabajo de otro hombre. Y a partir de entonces dediqué toda mi
atención a nuestra retaguardia. Rufo, a pesar de su edad y de su herida, no
moriría sin cargarse a una guardia de honor que le escoltara hasta el
infierno.., y Star no era de las heroínas que se desmayan. Yo habría apostado
sin miedo por ella contra cualquiera de su propio peso, con cualquier tipo de
arma o a brazo partido, y compadezco al hombre que alguna vez intentara
violarla: probablemente aún debe estar buscando sus cojones. (1).
(1).
En español en el original. (N. del 1.).
Los
cerdos no volvieron a molestarnos, pero a medida que se acercaba el crepúsculo
empezamos a ver y con más frecuencia a oír a aquellas ratas gigantes; nos
venían siguiendo, escurriéndose para que no pudiéramos verlas; nunca atacan de
frente, como habían hecho los cerdos, sino que acechan la oportunidad de
hacerlo a traición, como es costumbre en las ratas.
Las
ratas siempre me han inspirado horror. Hubo un tiempo, siendo yo niño, cuando
mi padre acababa de morir y mi madre no había vuelto aún a casarse, en que
andábamos muy mal de dinero y vivíamos en el desván de un antiguo edificio.
Podían oírse las ratas en el interior de las paredes, y en dos ocasiones
corrieron ratas por encima de mí mientras dormía.
Todavía
me despierto gritando.
No
cambiaba las cosas el hecho de que estas ratas tuvieran el tamaño de coyotes.
Eran ratas de verdad, incluso en los bigotes, y tenían forma de ratas, con la
única diferencia de que sus patas y sus pies abultaban demasiado; quizá la ley
del cubo—cuadrado sobre proporciones animales funciona en cualquier parte.
No
desperdiciábamos una flecha disparando contra una rata a menos de que fuera un
blanco óptimo, y avanzábamos zigzagueando para aprovechar los claros del
bosque... lo cual aumentaba el peligro procedente de lo alto. Sin embargo, el
bosque era tan tupido que los ataques procedentes del cielo no eran nuestra
preocupación principal.
Alcancé
a una rata que se acercó demasiado y fallé a otra por muy poco. Teníamos que
gastar una flecha cada vez que se mostraban atrevidas; eso hacía que las otras
fueran más prudentes. Y en un momento determinado, mientras Rufo apuntaba con
su ballesta a una rata y Star le apoyaba con su espada, una de aquellas
pequeñas y malignas aves se lanzó en picado sobre Rufo.
Star
la partió en dos en el aire cuando estaba a punto de alcanzar su objetivo. Rufo
ni siquiera la había visto: estaba ocupado ensartando a la hermana rata.
No
teníamos que preocuparnos por la maleza; aquel bosque parecía un parque, todo
árboles y hierba, sin matorrales siquiera. El paraje no era demasiado malo,
salvo por el hecho de que nos estábamos quedando sin flechas. Estaba rumiando
aquel problema cuando observé algo.
—¡Hey,
vosotros! Os estáis desviando de la ruta. Derivad hacia la derecha.
Star
había establecido la ruta para mí cuando abandonamos el camino, pero el
mantenerla era tarea mía: el sentido de orientación de Star era muy deficiente,
lo mismo que el de Rufo.
—Lo
siento, mi señor marido —me gritó Star—. El terreno era un poco ascendente.
Me
acerqué a ellos.
—Rufo,
¿cómo marcha tu pierna?
Había
sudor en su frente. En vez de contestarme, dijo:
—Mi
dama, pronto se hará de noche.
—Lo
sé —dijo Star tranquilamente—, de modo que ha llegado el momento de que comamos
algo. Mi señor marido, aquella gran roca plana allí delante parece un lugar
adecuado.
Rufo
objetó:
—Pero
mi dama, llevamos un gran retraso.
—Y
nos retrasaremos mucho más si no vuelvo a curarte la pierna en seguida.
—Será
mejor que me dejéis atrás —murmuró Rufo.
—Será
mejor que te mantengas callado hasta que te pidan tu opinión —dije yo—. No
dejaría a un Fantasma Cornudo para que se lo comieran las ratas. Star, ¿cómo
haremos esto?
La
gran roca plana que sobresalía entre los árboles delante de nosotros era la
parte superior de un peñasco de piedra caliza con su base enterrada. Yo monté
guardia en el centro, con Rufo sentado a mi lado, mientras Star instalaba
defensas en puntos cardinales y semicardinales. No llegué a ver lo que ella
hacía debido a que mis ojos tenían que estar atentos a cualquier cosa que se
moviera en las proximidades, dispuesto a aniquilarla o a ponerla en fuga,
mientras Rufo vigilaba el otro flanco. Sin embargo, Star me dijo más tarde que
las defensas no eran ni remotamente «magia», sino que estaban al alcance de la
tecnología de la Tierra en cuanto algún muchacho brillante captara la idea: una
«verja electrificada» sin la verja, del mismo modo que la radio es un teléfono
sin alambres, una analogía que no tenía pies ni cabeza.
Pero
lo cierto es que mantuve una estricta vigilancia en vez de intentar averiguar
cómo instalaba Star aquel círculo mágico, y fue una suerte que lo hiciera así,
ya que Star fue atacada por la única rata que conocimos que no tenía sentido
común. Se dirigió rectamente hacia Star, el silbido de mi flecha la advirtió y
Star terminó de liquidar al bicho con su espada. Era un macho muy viejo,
desdentado, canoso y débil mental. Era tan grande como un lobo, y con dos
heridas mortales de necesidad seguía agitándose furiosamente con los ojos
inyectados en sangre.
Una
vez instalada la última defensa Star me dijo que podía dejar de preocuparme por
los ataques procedentes del cielo; las defensas formaban techo lo mismo que
paredes. Y como dice Rufo, si Ella lo dice, no hay más que hablar. Rufo había
desplegado parcialmente la caja mientras vigilaba; yo saqué el equipo
quirúrgico de Star, más flechas para todos nosotros, y comida. Sin tonterías de
criado y señores, comimos juntos, sentados en el suelo, y con Rufo tumbado de
espaldas para que su pierna reposara mientras Star le servía, a veces
introduciendo comida en su boca al estilo neviano. Star había trabajado largo
rato en la pierna de Rufo, mientras yo sostenía una luz y le entregaba a Star
lo que me iba pidiendo. Cubrió la herida con una especie de gelatina transparente
antes de colocar un apósito encima de ella. Si le dolió, Rufo no lo dio a
entender.
Mientras
comíamos, se hizo de noche, y la verja invisible empezó a llenarse de ojos,
reflejando la luz que teníamos encendida, y casi tan numerosos como la multitud
de espectadores la mañana que Igli se devoró a sí mismo. Calculé que la mayoría
serían ratas. Un grupo permanecía aparte interrumpiendo el círculo por ambos
lados; decidí que eran cerdos; los ojos estaban a una mayor altura del suelo.
—Mi
dama —dije—, ¿resistirán esas defensas toda la noche?
—Si,
mi señor marido.
—Será
mejor que lo hagan. La oscuridad es demasiado intensa para disparar flechas, y
no veo cómo podríamos abrirnos paso a través de esa multitud. Temo que tendrás
que volver a revisar tu plan.
—No
puedo hacerlo, mi señor Héroe. Pero olvida a esos animales. Ahora volaremos.
Rufo
gruñó.
—Me
lo estaba temiendo. Ya sabes que me mareo.
—Pobre
Rufo —murmuró Star—. No temas, viejo amigo, tengo una sorpresa para ti.
Previendo una posibilidad como ésta, compré dramamina en Cannes... ya sabes, la
droga que permitió la invasión de Normandía, en la Tierra.
O
quizá no lo sabías...
—¿Saberlo?
—dijo Rufo—. Yo estuvé en aquella invasión, mi dama.., y soy alérgico a la
dramamina; alimenté a los peces durante todo el trayecto hasta la Playa Omaha.
La peor noche que he pasado en mi vida... Bueno, prefiero estar aquí.
—Rufo
—pregunté—, ¿de veras estuviste en la Playa Omaha?
—Sí,
Jefe. Yo me encargué de pensar por Eisenhower.
—Pero,
¿por qué? Aquella lucha no te afectaba.
—Podrías
preguntarte a ti mismo por qué estás en esta lucha, Jefe. En mi caso eran las
nenas francesas. Inhibidas, siempre bien dispuestas, y deseosas de aprender.
Recuerdo a una pequeña mademoiselle de Armentiéres —lo pronunció correctamente—
que no había sido...
Star
le interrumpió.
—Mientras
vosotros continuáis con vuestros recuerdos de solteros, yo iré a preparar el
equipo de vuelo. —Se puso en pie y se dirigió hacia la caja plegable.
—Adelante,
Rufo —dije, preguntándome cuán lejos llegaría esta vez.
—No
—dijo Rufo, enfurruñado—. A Ella no le gustaría. Lo sé, Jefe, ejerces una
extraña influencia sobre Ella. Cadavez se muestra más femenina y menos Ella
misma. Cuando quieras darte cuenta se habrá suscrito a Vogue, y luego quiensabe
lo que hará. No lo entiendo, no puede ser por tu cara bonita. Y no pretendo
ofenderte.
—Ni
yo me doy por ofendido. Bueno, me lo contarás en otro momento. Si es que puedes
recordarlo.
—Nunca
la olvidaré. Pero Jefe, el mareo no es ni la mitad del asunto. Tú crees que
este bosque está infestado... Bueno, los que nos aguardan, y me tiemblan las
rodillas sólo de pensarlo, están llenos de dragones.
—Lo
sé.
—¿De
modo que Ella te lo ha dicho? Pero tienes que verlo para creerlo. El bosque
está plagado de ellos. Abundan más que los Doyle en Boston. Grandes, pequeños,
y los medianos de dos toneladas, con un apetito insaciable. Tú puedes imaginar
el ser devorado por un dragón; yo no. Es algo humillante. Y definitivo.
Tendrían que rociar el lugar con veneno matadragones, eso tendrían que hacer.
Tendría que haber una ley.
Star
había regresado.
—No,
no tendría que haber una ley —dijo en tono firme—. Rufo, no hables de cosas que
no entiendes. Trastornar el equilibrio ecológico es el peor error que cualquier
gobierno puede cometer.
Rufo
se calló, refunfuñando. Yo dije:
—Amor
mio, ¿para qué sirve un dragón? Descíframe eso.
—No
pretendí fijar las pautas ecológicas de Nevia, no es asunto mío. Pero puedo
sugerir los desequilibrios que podría provocar cualquier tentativa para
eliminar a los dragones... cosa que los nevianos podrían hacer; ya has visto
que su tecnología no es para ser tomada a risa. Esas ratas y cerdos destruyen
cosechas. Las ratas contribuyen a evitar la proliferación de cerdos comiéndose
a sus crías. Pero las ratas son todavía peor que los cerdos, en lo que respecta
a las cosechas. Los dragones pastan en este bosque durante el día: los dragones
son diurnos, las ratas son nocturnas y se ocultan en sus madrigueras en el
calor del día. Los dragones y los cerdos mantienen el bosque limpio comiéndose
la maleza. Pero a los dragones también les apetecen las ratas tiernas, de modo
que cuando localizan una madriguera, introducen el hocico en ella y sueltan un
chorro de llamas, sin matar siempre a los adultos ya que estos excavan sus
nidos con dos salidas, pero matando indefectiblemente a las crías. Luego, los
dragones excavan un poco y se regalan con su bocado favorito. Hay un acuerdo
tácito, equivalente a un tratado, según el cual mientras los dragones
permanezcan en su propio territorio y «controlen» por así decirlo a las ratas,
los humanos no los molestarán.
—Pero,
¿por qué no matar a las ratas y luego eliminar a los dragones?
—¿Y
dejar que los cerdos campen a su antojo? Por favor, mi señor marido, no conozco
todas las respuestas en este caso; lo único que sé es que trastornar un
equilibrio natural es algo que hay que afrontar con miedo y temblando... y con
una computadora muy versátil. Los nevianos parecen contentarse con no molestar
a los dragones.
—Según
todos los indicios, nosotros vamos a molestarlos. ¿Romperá eso el tratado?
—No
es realmente un tratado, sino sentido común por parte de los nevianos, y un
reflejo condicionado, o posiblemente instinto, por parte de los dragones. Y
nosotros no vamos a molestar a los dragones si podemos evitarlo. ¿Has hablado
de tácticas con Rufo? No habrá tiempo para ello cuando lleguemos allí.
Así
que hablé de cómo matar dragones con Rufo, mientras Star escuchaba y terminaba
sus preparativos.
—De
acuerdo —dijo Rufo en tono displicente—, atacan sentados muy tiesos, como una
ostra sobre media concha esperando ser devorada. Más dignos. Yo soy mejor
arquero que tú, o al menos tan bueno, de modo que me encargaré de la parte
trasera, ya que esta noche no estoy tan ágil como debería estar.
—Procura
estar preparado por si gira en redondo.
—Procura
estar preparado tú, Jefe. Yo lo estaré por el mejor de los motivos: mi pellejo
favorito.
Star
estaba lista, y Rufo había cerrado la caja plegable mientras conferenciábamos.
Star colocó ligas redondas sobre cada rodilla de cada uno de nosotros, y luego
nos hizo sentar en la roca de cara a nuestro punto de destino.
—Esa
flecha de roble, Rufo.
—Star,
¿no estarás sacando esto del libro de Alberto Magno?
—Algo
por el estilo —dijo Star—. Pero mi fórmula es de más confianza, y los
ingredientes que utilizo en las ligas no manchan. Por favor, mi señor marido,
debes concentrarte en mi brujería. Coloca la flecha de modo que apunte a la
cueva.
Obedecí.
—¿Es
correcta la posición? —preguntó Star.
—Si
el mapa que me mostraste es correcto, sí. Está apuntada en la misma dirección
que he venido siguiendo desde que dejamos el camino.
—¿A
qué distancia se encuentra el Bosque de los Dragones?
—Uh,
mira, amor mío, puesto que vamos a ir por el aire, ¿por qué no nos dirigimos
directamente a la cueva y eludimos a los dragones?
Star
dijo pacientemente:
—Me
gustaría que pudiéramos hacerlo. Pero ese bosque es tan tupido en la parte
superior que no podemos dejarnos caer directamente en la cueva, no hay espacio.
Y los seres que viven en lo alto de esos árboles son peores que los dragones.
Crecen...
—¡Por
favor! —dijo Rufo—. Ya estoy mareado, y todavía no hemos despegado.
—Te
lo diré más tarde, Oscar, si aún deseas saberlo. En cualquier caso, no nos
arriesgaremos a encontrarnos con ellos; permanecen a una altura que los
dragones no pueden alcanzar, tienen que hacerlo. ¿A qué distancia está el
bosque?
—Mmmn,
a unos quince kilómetros, según el mapa y la distancia que hemos recorrido.., y
menos de cuatro kilómetros mas alla se encuentra la Cueva de la Puerta.
—De
acuerdo. Rodeadme la cintura con los brazos, los dos, y mantened el mayor
contacto corporal posible; tiene que funcionar sobre todos nosotros igualmente.
—Rufo y yo colocarnos un brazo cada uno alrededor de Star, y entrelazamos las
manos a través de su estómago—. Así está bien. ¡Atención!
Star
escribió unas cifras sobre la roca, al lado de la flecha.
La
flecha emprendió el vuelo en la noche, con nosotros detrás de ella.
No
veo la manera de evitar el llamar a esto magia, del mismo modo que no veo
ninguna manera de confeccionar cinturones a lo Buck Rogers con ligas elásticás.
Oh, si queréis, Star nos hipnotizó y luego utilizó poderes psíquicos para
teleportarnos a quince kilómetros. «Psíquico» suena mejor que «mágico», aunque
yo no comprendo ninguna de las dos palabras, del mismo modo que no puedo
explicar por qué nunca me he extraviado. Sólo creo que es absurdo que otras
personas puedan extraviarse.
Cuando
vuelo en sueños, utilizo dos estilos: uno es un picado de cisne, planeando y
girando y haciendo cabriolas; el otro es sentarme a la turca como el Pequeño
Príncipe Cojo y volar empujado por la fuerza de la personalidad.
Esto
último era lo que hacíamos, volar sobre una alfombra... sin alfombra. Hacía una
noche estupenda para volar (en Nevia todas las noches son estupendas; dicen que
en la estación de las lluvias sólo llueve un poco antes del amanecer), y la
luna mayor plateaba el terreno debajo de nosotros. Los bosques se convertían en
grupos de árboles; el bosque al cual nos dirigíamos aparecía negro a lo lejos,
mucho más alto y enormemente más imponente que los bonitos bosques que
dejábamos atrás. Muy lejos, a la izquierda, se divisaban algunos campos de la
casa Lerdki.
Llevábamos
unos dos minutos en el aire cuando Rufo dijo: «¡Perdonadme!», y volvió su
cabeza a un lado. No tiene un estómago débil; no derramó una sola gota sobre
nosotros. Lo soltó en forma de surtidor. Aquel fue el único incidente de un
vuelo perfecto.
Poco
antes de que alcanzáramos los altos árboles Star exclamó: «¡Amech!». Nos
detuvimos como un helicóptero, y descendimos verticalmente. La flecha reposó en
el suelo delante de nosotros, de nuevo muerta. Rufo la devolvió a su carcaj.
—¿Cómo
te encuentras? —le pregunté—. ¿Y cómo va tu pierna?
Rufo
tragó saliva.
—La
pierna está bien. Pero el suelo sube y baja.
—¡Silencio!
.—susurró Star—. Rufo está perfectamente. ¡Pero silencio, por vuestras vidas!
Inmediatamente
nos pusimos en marcha, yo delante con la espada desenvainada, Star detrás de
mí, y Rufo detrás de ella, con una flecha en la ballesta.
El
cambio de la luz de la luna a una sombra profunda resultaba cegador, y avancé
palpando los troncos de los árboles y rezando por que ningún dragón se
interpusiera en mi camino. Desde luego, sabia que los dragones duermen por la
noche, pero no me fío un pelo de los dragones. Tal vez los solteros monten
guardia, tal como hacen los babuinos solteros. Yo deseaba ceder aquel lugar de
honor a San Jorge y ocupar una posición más a retaguardia.
En
un momento determinado mi olfato captó un inconfudible olor a almizcle. Me
detuve, esperé, y lentamente adquirí consciencia de una forma del tamaño de una
casa de campo: un dragón, durmiendo con la cabeza apoyada en su cola; Conduje a
mis compañeros alrededor del animal, sin hacer el menor ruido y confiando en
que los latidos de mi corazón no resultarían tan audibles para los demás como
para mí.
Mi
visión estaba mejorando ahora, ayudada por algún ocasional rayo de luna que se
filtraba a través de las copas de los árboles.., y por algo más. El suelo era
musgoso y despedía una leve fosforescencia, como la que desprende a veces un
tronco podrido. No demasiada. Oh, muy poca. Pero era como entrar en una
habitación oscura, sin ver casi nada al principio, pero mejorando a medida que
los ojos se adaptan a la falta de luz. Ahora podía ver árboles, y el suelo... y
dragones.
Antes
había pensado: «Oh, ¿qué son una docena de dragones en un bosque enorme? Lo más
probable es que no veamos ninguno, del mismo modo que no le echamos la vista
encima a un venado la mayoría de los días en una región en la que abundan los
venados.»
El
hombre que obtenga la concesión de aparcamiento nocturno en aquel bosque ganará
una fortuna si inventa un sistema para que los dragones paguen. Hasta donde
alcanzaba nuestra vista, no dejábamos de ver un dragón ni un solo instante.
Desde
luego, no son dragones. No, son más feos. Son saunos, más parecidos a
tyrannosaurus rex que a cualquier otra cosa: grandes cuartos traseros y pesadas
patas posteriores, cola voluminosa, y patas delanteras más pequeñas que
utilizan para andar o para agarrar su presa. La cabeza es casi todo dientes.
Son omnívoros, en tanto que tengo entendido que el t. rex come solamente carne.
Esto no representa ninguna ayuda; los dragones comen carne cuando pueden
obtenerla, la prefieren. Además, aquellos no—tan—pseudo—dragones habían
desarrollado aquel truco encantador de quemar sus propios gases. Pero ningún
capricho evolutivo puede ser considerado corno raro si se utiliza como término
de comparación la manera de hacer el amor de los pulpos.
En
una ocasión, muy lejos y a la izquierda, brotó un enorme chorro de llamas,
acompañado de un gruñido semejante al de un cocodrilo muy viejo. La luz brillé
durante varios segundos, y luego se apagó. No me pregunten: dos machos
disputándose a una hembra tal vez. Seguimos avanzando, pero tuve que aminorar
el paso cuando la luz se apago, ya que incluso aquello era suficiente para
afectar a nuestros ojos hasta que recuperamos nuestra visión nocturna.
Yo
soy alérgico a los dragones... literalmente, es decir, al margen del miedo que
me inspiran. Tan alérgico como el pobre Rufo a la dramamina, pero más de como
la piel de gato afecta a algunas personas.
Mis
ojos empezaron a lagrimear en cuanto estuvimos en aquel bosque, luego mis senos
nasales se obturaron, y antes de haber recorrido medio kilómetro estaba
utilizando mi puño izquierdo para frotar mi labio superior con todas mis
fuerzas, tratando de reprimir un estornudo. Al final no pude contenerlo, y me
apreté la nariz con los dedos y me mordí los labios, y la explosión interna
casi reventé mis tímpanos. Ocurrió cuando estábamos bordeando el extremo
meridional de un ejemplar del tamaño de un camión con remolque; me paré en
seco, y mis compañeros se pararon, y esperamos. El bicho no se despertó.
Cuando
reemprendí la marcha, mi amada se acercó a mí y me agarró del brazo; volví a
pararme. Star rebuscó en su bolsa, encontró algo y, silenciosamente, frotó con
ello mi nariz y mis fosas nasales; luego, con un suave empujón, me indicó que
podíamos continuar.
Al
principio mi nariz quedó muy fría, como si me hubiera aplicado pomada Vick's;
luego se entumeció, y de pronto empezó a despejarse.
Después
de más de una hora de deslizarnos a través de altos árboles y formas
gigantescas, creí que estaban a punto de terminar nuestros apuros. La Cueva de
la Puerta debía encontrarse a cosa de un centenar de metros delante de
nosotros, y pude ver la elevación del terreno donde debía hallarse la
entrada.., y solamente un dragón en nuestro camino y no en línea recta.
Apresuré
el paso.
Allí
estaba aquel pequeñajo, no mayor que un canguro y casi de la misma forma,
aparte de unos dientes de leche de diez centímetros de longitud. Tal vez era
tan joven que tenía que despertarse para mamar durante la noche, no lo sé. Lo
único que sé es que pasé cerca de un árbol detrás del cual estaba él, y le pisé
la cola, ¡y él berreó!
Tenía
motivo para hacerlo. Pero desencadené la catástrofe. El dragón adulto situado
entre nosotros y la cueva despertó inmediatamente. No era muy grande... digamos
unos doce metros, incluida la cola.
El
bueno de Rufo entró en acción como si hubiera tenido muchísimo tiempo para
ensayar, precipitándose hacia el extremo sur de la fiera, con una flecha en la
ballesta, presto a disparar.
—¡Procura
que levante la cola! —me gritó.
Corrí
hacia la parte delantera y traté de enfurecer al animal, gritando y agitando mi
espada, mientras me preguntaba qué distancia podía alcanzar aquel lanzallamas.
Sólo hay cuatro lugares en los que colocar una flecha en un dragón neviano; el
resto está acorazado como un rinoceronte, pero con una coraza más dura. Esos
cuatro lugares son la boca (cuando está abierta), los dos ojos (un blanco
difícil: son pequeños y porcinos), y aquel lugar directamente debajo de su cola
donde casi cualquier animal es vulnerable. Yo había calculado que una flecha
colocada en aquella zona delicáda debería aumentar poderosamente aquella
sensación de «prurito y ardor» a la que aluden unos pequeños anuncios en los
periódicos, esos que dicen: ¡EVITE LA CIRUGIA!
Mi
idea era la de que, si el dragón, no demasiado inteligente, era fastidiado
insoportablemente por los dos extremos al mismo tiempo, su coordinación se iría
al diablo y podríamos hostigarle hasta que resultara inofensivo o, mejor
todavía, se mareara y huyera. Pero yo tenía que obligarle a levantar la cola, a
fin de que Rufo pudiera dispararle una flecha. Aquellos animales, tan pesados
como el antiguo t.rex, atacan con la cabeza y las patas delanteras levantadas,
y para mantener el equilibrio tienen que alzar la cola.
El
dragón movía su cabeza de un lado a otro y yo trataba de moverme en sentido
contrario al de su cabeza, para mantenerme fuera de la línea de fuego... y
nunca mejor aplicada la expresión. Súbitamente, capté el primer soplo de
metano, olfateándolo antes de que se inflamara, y retrocedí tan aprisa que
tropecé con aquel bebé al que antes había pisado, pasé por encima de él,
aterricé sobre mis hombros y rodé sobre mí mismo, y aquello me salvé. Las
llamas se proyectaban hasta unos siete metros. El dragón adulto se había
erguido y podía haberme achicharrado, pero el bebé se interponía entre
nosotros. No soltó la llama.., pero Rufo aulló:
—¡He
hecho blanco!
El
motivo de que retrocediera a tiempo fue la halitosis. Dicen que «el metano puro
es un gas incoloro e inodoro». El metano del dragón no era puro; estaba tan
cargado de acetonas y aldehidos caseros que su hedor era horrible.
Star,
al aplicarme aquel ungüento para despejar mi nariz, me salvó la vida. Con la
nariz obstruida, no puedo oler ni siquiera mi labio superior.
La
acción no se interrumpió mientras yo pensaba todo esto; mejor dicho, lo pensé
antes o después, no durante. Inmediatamente después de que Rufo hiciera blanco,
el animal se mostró profundamente indignado, abrió de nuevo la boca sin vomitar
fuego, y trató de alcanzarse el trasero con sus dos manos. No lo consiguió —sus
patas delanteras eran demasiado cortas—, pero lo intentó. Yo había envainado
apresuradamente mi espada al comprobar la longitud de aquel chorro de llama y
había empuñado mi ballesta. Tuve tiempo de colocar una flecha en la boca del
dragón, en la amígdala izquierda tal vez.
Aquel
mensaje recibió una rápida respuesta. Con un grito de rabia que sacudió el
suelo, el animal se precipité hacia mí, vomitando fuego... y Rufo auló:
—¡Otra
almorrana reventada!
Yo
estaba demasiado ocupado para felicitarle; aquellos bichos eran rápidos para su
tamaño. Pero yo también soy rápido, y tenía más incentivo. Una mole tan grande
no puede cambiar de dirección con mucha rapidez, pero puede hacer oscilar su
cabeza y con ella la llama. Cuando ésta chamuscó mis pantalones me moví todavía
más aprisa, girando en círculos en torno al dragón.
Star
colocó cuidadosamente una flecha en la otra amígdala, exactamente por donde
brotaba la llama, mientras yo corría. Entonces, el pobre bicho intentó tan
desesperadamente girar a ambos lados al mismo tiempo que se enredó con sus
propios pies y cayó al suelo, provocando un pequeño terremoto. Rufo hundió otra
flecha en su trasero, y Star solté una que atravesé su lengua y se clavó en el
paladar, sin causarle un gran daño pero molestándole horriblemente.
Con
un visible esfuerzo el animal se puso en pie, se irguió, y trató de nuevo de
achicharrarme. La idea no me gusté, desde luego.
Y la
llamó se apagó.
Era
algo que yo había esperado que sucediera. Un dragón como es debido, con
castillos y princesas cautivas, tiene todo el fuego que necesita, como los seis
tiros en las películas del Oeste. Pero aquellos animales fermentaban su propio
metano y no podían tener un tanque de reserva demasiado grande ni a una presión
demasiado elevada.., o al menos así lo esperaba yo. Si lográbamos obligarle a
gastar toda su munición, podríamos disponer de un espacio de tiempo de relativa
seguridad mientras volvía a cargar.
Entretanto,
Rufo y Star no le dejaban en paz con sus flechas, como si fuera un acerico.
Realizó un verdadero esfuerzo para volver a vomitar fuego mientras yo cruzaba
rápidamente, procurando mantener entre él y yo al berreante dragoncillo, y se
comportó como un Ronson casi seco; la llama parpadeó y prendió, recorrió un par
de metros, y se apagó. Pero el animal se había esforzado tanto en su tentativa
por alcanzarme con aquel último chorro de llama que volvió a desplomarse.
Me
arriesgué, confiando en que permanecería aturdido un par de segundos como un
hombre que acaba de recibir un duro golpe, corrí hacia él, y hundí mi espada en
su ojo derecho.
Se
agité espasmódicarnente y se inmovilizó.
(Un
golpe de suerte. Dicen que los dinosaurios de ese tamaño tienen un cerebro no
mayor que una castaña. Vamos a admitir que este animal tuviera un cerebro del
tamaño de un melón... pero incluso así se necesita suerte para pinchar un ojo y
alcanzar directamente el cerebro. Nada de lo que le habíamos hecho hasta
entonces eran más que picaduras de mosquito. Pero murió de aquel pinchazo. San
Miguel y San Jorge guiaron mi espada.)
Y
Rufo aulló:
—¡Jefe!
¡Corramos a casa!
Una
manada de dragones se precipitaba hacia nosotros. Producían la misma impresión
que aquel ejercicio de teórica en el que había que excavar un agujero, metense
dentro y dejar que un tanque pasara por encima.
—¡Por
aquí! —aullé—. ¡Rufo! ¡Por aquí, no por allí! ¡Star!
Rufo
frenó su carrera y siguió la dirección que yo le indicaba. Y vi la boca de la
cueva, negra como el pecado y tan atractiva como los brazos de una madre.
Star
se quedó atrás; la empujé, y Rufo tropezó detrás de ella, y di media vuelta
para enfrentarme con más dragones por el amor de mi dama.
Pero
Star empezó a aullar:
—¡Mi
señor! ¡Oscar! ¡Métete dentro, idiota! ¡Yo tengo que instalar las defensas!
De
modo que me apresuré a entrar, y ella lo hizo, y nunca le pedí cuentas por
haber llamado idiota a su marido.
XIII
El
dragón más pequeño nos siguió hasta la cueva, no beligerantemente (aunque yo no
confío en nada con unos dientes de ese tamaño) sino más bien, creo, como un
patito sigue a cualquiera que marque el camino. Intentó entrar detrás de
nosotros, pero retrocedió bruscamente cuando su hocico tocó la barrera
invisible, como un gatito alcanzado por una chispa de electricidad estática.
Luego se dedicó a merodear por los alrededores, emitiendo sonidos semejantes a
sollozos.
Empecé
a preguntarme si las defensas de Star podrían detener o no las llamas. Encontré
la respuesta poco después, cuando un viejo dragón introdujo su cabeza en la
abertura, la echó hacia atrás sorprendido e indignado como había hecho la cría,
y luego nos miró fijamente e hizo funcionar su lanzallamas.
No,
las defensas no detenían las llamas.
Nos
habíamos adentrado en la cueva lo suficiente como para que el fuego no nos
alcanzara, pero el humo, la peste y el calor eran horribles y podían resultar
tan nocivos como las propias llamas si el juego se repetía.
Una
flecha silbó junto a mi oído, y aquel dragón perdió todo interés en nosotros.
Fue reemplazado por otro que no estaba convencido. Rufo, o posiblemente Star,
le convencieron antes de que tuviera tiempo de encender su antorcha. La
atmósfera se aclaró; desde alguna parte del interior sopló una fuerte corriente
de aire,
Entretanto,
Star había encendido una luz, y los dragones éstaban celebrando una indignada
reunión. Miré detrás de mí: un pasadizo bajo y estrecho que descendía y giraba.
Dejé de prestar atención a Star y a Rufo y al interior de la cueva; otro comité
estaba llamando.
Alcancé
al presidente en su paladar blando antes de que pudiera eructar. El
vicepresidente ocupó su puesto e hizo una observación de unos cinco metros de
longitud antes de cambiar, también él, de opinión. Los miembros del comité
retrocedieron y se aullaron malos consejos unos a otros.
El
dragón pequeñito merodeaba por allí mientras ocurría todo esto. Cuando los
adultos se retiraron se acercó de nuevo a la puerta, a poca distancia de donde
se había quemado la nariz.
—¿Koo—werp?
—dijo, en tono plañidero—. ¿Koo—werp? ¡Keet!
Era
evidente que quería entrar.
Star
tocó mi brazo.
—Cuando
mi señor marido quiera, estamos preparados.
—¡Keet!
—¡De
acuerdo —convine, y luego aullé—: ¡Lo siento, muchacho! Vuelve con tu mamá.
Rufo
se encogió de hombros.
—Probablemente
no puede hacerlo —comenté—. Seguro que el dragón que liquidamos era su madre.
No
contesté, ya que la cosa tenía sentido; el dragón adulto que habíamos eliminado
se había despertado inmediatamente cuando le pisé la cola al chaval. Esto
sonaba a amor maternal, si es que los dragones conocen el amor maternal, cosa
que ignoro.
Pero
es un fastidio que uno no pueda matar a un dragón y sentirse después libre de
todo remordimiento.
Nos
adentramos en aquella colina inclinándonos para eludir estalactitas y sorteando
estalagmitas mientras Rufo abría la marcha con una antorcha. Llegamos a una
cámara abovedada con un suelo liso y vitrificado por un número desconocido de
años de sedimentación calcificada. Tenía estalactitas en suaves tonos pastel
cerca de las paredes y un candelabro encantador, casi simétrico en el centro,
pero sin ninguna estalagmita debajo de él. Star y Rufo habían pegado trozos de
la masilla luminiscente que es la iluminación nocturna habitual en Nevia en una
docena de puntos alrededor de la estancia; la bañaban en una suave luz y hacían
resaltar las estalactitas.
Entre
ellas Rufo me mostró telarañas.
—Esos
bichos son inofensivos —me dijo—. Sólo grandes y feos. Ni siquiera muerden como
una araña. Pero... ¡cuidado donde pisas! —Me empujé hacia atrás—. Esos animales
son venenosos incluso al tacto. Gusanos ciegos. Eso es lo que nos ha retrasado
tanto. Teníamos que asegurarnos de que el lugar estaba limpio antes de instalar
las defensas. Pero ahora que Ella está instalando defensas en las entradas,
daré otro repaso.
Los
llamados gusanos ciegos eran unos animales translúcidos e iridiscentes del
tamaño de serpientes de cascabel y viscosos como lombrices; me alegré de que
estuvieran muertos. Rufo los ensarté en su espada y se los llevó a través de la
entrada por la que habíamos llegado.
Regresó
en seguida, y Star terminó con su instalación.
—Eso
está mejor —dijo Rufo con un suspiro, y empezó a limpiar la hoja de su espada—.
No me gusta su olor en la casa. Se pudren rápidamente y me recuerdan las pieles
sin curtir. O la copra. ¿Te he contado alguna vez lo que me pasó cuando me
embarqué como cocinero en Sydney? Teníamos un segundo oficial que no se bañaba
nunca y que compartía su camarote con un pingüino. Hembra, desde luego. Aquel
pajarraco no iba más limpio que su amo y solía...
—Rufo
—dijo Star—, ¿me ayudarás con el equipaje?
—Voy,
mi dama.
Sacaron
comida, colchonetas, más flechas, cosas que Star necesitaba para su brujería o
lo que fuera, y cantimploras para llenar de agua, también de la caja. Star me
había advertido ya de que Karth—Hokesh era un lugar donde la química local no
era compatible con la vida humana; todo lo que comiéramos o bebiéramos teníamos
que traerlo con nosotros.
Contemplé
aquellas cantimploras de un litro con muy poco entusiasmo.
—Nena,
creo que estamos limitando demasiado las raciones y el agua.
Star
agité la cabeza.
—No
necesitaremos más, de veras.
—Lindbergh
cruzó el Atlántico con un simple bocadillo de manteca de cacao —observé Rufo—.
Aunque yo le había aconsejado que se llevara algo mas.
—¿Cómo
sabes que no necesitaremos más? —insistí—. Especialmente agua.
—Yo
estoy llenado la mía con brandy —dijo Rufo—. Tú repartirás conmigo, y yo
repartiré contigo.
—Amor
mío, el agua pesa mucho. Si tratamos de cargar con todo para un caso de
emergencia, como el Caballero Blanco, será un engorro para luchar. Tengo que
hacer un gran esfuerzo para conducir a tres personas, armas y un mínimo de
ropas. Los cuerpos vivos no plantean tantos problemas: puedo tomar prestada
energía de vosotros dos. A continuación vienen los materiales otrora vivientes;
creo que habréis observado que nuestras ropas son de lana, nuestras ballestas
de madera y las cuerdas de tripa. Las cosas que nunca vivieron son más pesadas,
especialmente el acero, pero necesitamos espadas y, si tuviéramos aún armas de
fuego, me esforzaría hasta el límite para transportarlas, ya que ahora las
necesitaremos. Sin embargo, mi señor Héroe, me limito a informarte. Tú debes
decidir.., y yo estoy segura de que puedo cargar con todo lo que consideres
indispensable. De modo que elige lo que tu genio te sugiera.
—Mi
genio se ha ido a pescar. Pero, Star, amor mío, hay una respuesta muy sencilla.
Llevárnoslo todo.
—¿Mi
señor?
—Jocko
nos proporcionó media tonelada de comida, según parece, y vino suficiente para
emitir un empréstito, y un poco de agua. Además de una amplia variedad de las
mejores herramientas de Nevia para matar, pinchar y cortar. Incluso armaduras.
Y más cosas. En esa caja hay lo suficiente corno para resistir un asedio, sin
comer ni beber nada de Karth—Hokesh. Lo bueno del caso es que sólo pesa
alrededor de seis kilos, empaquetado. Si me lo cargo a la espalda no notaré el
peso ni andaré más despacio. Y podría protegerme de un ataque por la
retaguardia. ¿Qué te parece la idea?
La
expresión de Star habría encajado en una madre cuyo hijo acabara de decirle que
sabía que lo de la cigüeña era un cuento chino y se preguntara cómo eludir un
tema espinoso.
—Mi
señor marido, la masa es demasiado grande. Dudo que ninguna bruja o hechicero
pudiera moverla sin ayuda.
—Pero,
¿plegada?
—Eso
no cambia las cosas, mi señor; la masa continúa ahí.., todavía más
peligrosamente ahí. Piensa en un potente muelle, muy comprimido de modo que
resulte muy pequeño, y almacenando así mucha energía. Hace falta una fuerza
enorme para situar una caja plegable a través de una transición en su forma
compacta, o estallaría.
Recordé
un volcán de barro que nos había empapado, y dejé de discutir.
—De
acuerdo, estoy equivocado. Pero uno pregunta: si la masa está siempre ahí, ¿por
qué pesa tan poco una vez plegada?
La
misma expresión de antes asomé al rostro de Star.
—Perdona,
mi señor, pero no compartimos el lenguaje, el lenguaje matemático, que me
permitiría contestar. Sin embargo, me reafirmo en mi promesa de que tendrás la
posibilidad de estudiar, si lo deseas. Como simple sugerencia, piensa en ello
como un remolque espacial. O piensa en la masa como en algo tan sumamente
lejano, en una nueva dirección, de los lados de la caja plegable que la
gravitación local apenas importa.
(Recordé
una ocasión en la que mi abuela me había pedido que le explicara la televisión:
las entrañas, no las divertidas imágenes. Hay cosas que no pueden ser enseñadas
en diez lecciones elementales, ni popularizadas para las masas; requieren años
enteros de sudor mental. Esto resulta inconcebible en una época en la que la
ignorancia reclama sus derechos yla opinión de un hombre es tan buena como la
de otro. Pero es así. Como dice Star, el mundo es lo que es...y no perdona la
ignorancia).
Pero
mi curiosidad no había quedado satisfecha.
—Star,
¿existe alguna manera de decirme por qué algunas cosas se transportan con más
facilidad que otras? ¿La madera más fácilmente que el hierro, por ejemplo?
Star
se encogió de hombros.
—No,
porque yo misma no lo sé. La magia no es una ciencia, es una serie de sistemas
para hacer cosas... sistemas que funcionan pero que a menudo no sabemos por
qué.
—Algo
así como la ingeniería. Se planea de acuerdo con la teoría, y luego... que sea
lo que Dios quiera.
—Sí,
mi señor marido. Un mago es una especie de ingeniero con un solo pulgar.
—Y
un filósofo —intervino Rufo— es un científico sin ningún pulgar. Yo soy un
filósofo. La mejor de todas las profesiones.
Star
le ignoré y sacó un bloque de abocetar, mostrándome lo que sabía de la gran
torre de la cual debíamos robar el Huevo de Fénix. Aquel bloque parecía ser un
gran cubo de plexiglás; tenía aspecto de plexiglás, el tacto del plexiglás, y
retenía las huellas dactilares como el plexiglás.
Pero
Star tenía un largo puntero que hundió en el bloque como si fuera de aire. Con
su punta podía dibujar en tres dimensiones; dejaba una delgada línea brillante
donde ella quería: una pizarra tridimensional.
Aquello
no era magia; era tecnología avanzada.., y mandaría al diablo todos nuestros
métodos de dibujo industrial cuando la aprendiéramos, especialmente para
montajes complicados tales como motores de aviación y circuitos de UHF: mejor
incluso que la isometría con superposiciones transparentes. El bloque tenía
unos treinta centímetros de longitud, y el boceto situado en su interior podía
ser examinado desde cualquier ángulo.., incluso volteado y estudiado desde su
parte inferior.
La
Torre de Dos Kilómetros de Altura no era un campanario sino un bloque macizo,
algo semejante a esos edificios escalonados de Nueva York, pero inmensamente
mayor.
Su
interior era un laberinto.
—Mi
señor paladín —dijo Star en tono de disculpa—, cuando salimos de Niza había en
nuestro equipaje un boceto completo de la Torre. Ahora tengo que trabajar de
memoria. Sin embargo, había estudiado el boceto durante tanto tiempo que creo
que puedo fijar las relaciones correctamente, aunque las proporciones no sean
exactas. Me siento segura de los caminos verdaderos, los caminos que conducen
al Huevo. Es posible que los falsos caminos y los callejones sin salida no sean
tan completos; no los estudié tan a fondo.
—No
veo qué importancia puede tener eso —le aseguré—. Si conozco los caminos
verdaderos, cualquiera que no conozca será falso. Y no lo utilizaremos. Excepto
para ocultarnos, en caso de apuro.
Star
dibujó los caminos verdaderos en rojo brillante, los falsos en verde... y había
mucho más verde que rojo. El individuo que había diseñado aquella torre tenía
una mente retorcida. Lo que parecía ser la entrada principal era un camino
ascendente que se bifurcaba y convergía, pasaba cerca de la Cámara del Huevo...
y luego retrocedía por una tortuosa ruta y le devolvía a uno al exterior, como
el «La Salida en Esta Dirección» de P. T. Barnum.
Otros
caminos se adentraban en la torre y le conducían a uno a laberintos de los que
no era posible salir siguiendo— la—pared—izquierda. Si uno lo hacía, se exponía
a morirse de hambre. Incluso los caminos marcados en rojo eran muy complicados.
A menos de que uno supiera dónde estaba guardado el Huevo, podía entrar
correctamente... y pasarse este año y el mes de enero del año próximo buscando
mutilmente.
—Star,
¿has estado en la Torre?
—No,
mi señor. He estado en Karth—Hokesh. Pero muy lejos de la Torre, en las Colinas
de las Grutas. Sólo la he visto desde una gran distancia.
—Alguien
tiene que haber estado en ella. No creo que tus... adversarios.., te hayan
enviado un mapa.
Star
dijo sobriamente:
—Mi
señor, sesenta y tres hombres valientes han muerto reuniendo la información que
ahora te ofrezco.
(¡De
modo que íbamos a por la tentativa número sesenta y cuatro!)
—¿Hay
alguna posibilidad de estudiar solamente los caminos marcados en rojo?
—Desde
luego, mi señor.
Star
tocó un control y las líneas verdes se borraron. Los caminos rojos partían cada
uno de ellos de una de las tres aberturas, una «puerta» y dos «ventanas».
Señalé
el nivel más bajo.
—¿Esta
es la única de treinta o cuarenta puertas que conducen al Huevo?
—En
efecto.
—Entonces,
pueden estar esperándonos detrás de esa puerta para acabar con nosotros.
—Parece
lo más probable, mi señor.
—Mmmm...
—Me volví hacia Rufo—. Rufo, ¿tienes alguna cuerda larga, fuerte y que pese
poco en esa caja?
—Tengo
algo que Jocko utiliza para los montacargas. Parecido al hilo de pescar más
resistente, con una capacidad de aguante de seiscientos kilos, aproximadamente.
—¡Buen
muchacho!
—Imaginé
que podrías necesitarlo. ¿Te basta con un millar de metros?
—Sí.
¿Algo más ligero que eso?
—Un
poco de hilo de pescar truchas.
Al
cabo de una hora habíamos realizado todos los preparativos que se me
ocurrieron, y aquel laberinto estaba grabado en mi cerebro de un modo tan
indeleble como el alfabeto.
—Star,
querida, estamos preparados para ponernos en marcha. ¿Quieres darle cuerda a tu
sortilegio?
—No,
mi señor.
—¿Por
qué no? Es mejor actuar rápidamente.
—Porque
no puedo, cariño. Esas Puertas no son verdaderas puertas; existe siempre un
problema de sincronización. Esta se abrirá, durante unos cuantos minutos,
dentro de siete horas, y luego no volverá a abrirse durante varias semanas.
Fruncí
el ceño, asaltado por un desagradable pensamiento.
—Si
los tipos con los que tenemos que vérnoslas saben esto, nos atacarán en cuanto
crucemos la Puerta.
—Espero
que no, mi señor paladín. Seguramente esperarán nuestra aparición en las
Colinas de las Grutas, ya que saben que tenemos una Puerta en alguna parte de
aquellas colinas... y en realidad aquella es la Puerta que yo pensaba utilizar.
Pero esta Puerta, aunque ellos conocen su existencia, está tal mal situada
—para nosotros—, que no creo que esperen que nos atrevamos a utilizarla.
—Cada
vez me alegras más el corazón con tus palabras. ¿Has pensado en decirme algo
acerca de lo que debemos esperar? ¿Tanques? ¿Caballería? ¿Grandes gigantes
verdes con orejas peludas?
Star
se mostró preocupada.
—Cualquier
cosa que te dijera te desorientaría, mi señor. Podemos suponer que sus tropas
serán elementos mecánicos más bien que verdaderos seres vivientes.., lo cual
significa que pueden ser cualquier cosa. Asimismo, cualquier cosa puede ser
ilusoria. ¿Te he hablado de la gravedad?
—Creo
que no.
—Perdóname,
estoy cansada y mi mente no es aguda. La gravedad varía, a veces erráticamente.
A un nivel determinado parecerá muy baja, y luego aumentará rápidamente. Y
otras cosas.., cualquiera de las cuales puede ser una ilusión.
Rufo
dijo:
—Jefe;
si se mueve, dale fuerte; si habla, córtale el pescuezo. Eso echa a perder la
mayoría de las ilusiones. No necesitas un programa de actuación; allí sólo
estaremos nosotros.., y todos los demás. De modo que, en caso de duda, mátalo.
No hay que sudar por anticipado.
Sonreí.
—No
hay que sudar por anticipado. De acuerdo, nos preocuparemos cuando lleguemos
allí. De modo que basta de charla.
—Si,
mi señor marido —asintió Star—. Será mejor que aprovechemos estas horas que
faltan para dormir un poco.
Algo
en su voz había cambiado. La miré, y también ella era sutilmente distinta.
Parecía más pequeña, más delicada, más femenina y sumisa que la Amazona que
había disparado flechas contra un animal que pesaba cien veces más que ella,
hacía menos de dos horas.
—Una
buena idea —dije lentamente, y miré a mi alrededor. Mientras Star había estado
dibujando los laberintos de la Torre, Rufo había vuelto a empaquetar lo que no
podíamos llevarnos y —ahora me di cuenta— había colocado una colchoneta en un
extremo de la cueva, y las otras dos juntas tan lejos de la primera como era
posible.
Interrogué
silenciosamente a Star, mirando a Rufo y encogiéndome de hombros, como
queriendo decir: «¿Y ahora qué?»
La
mirada que Star me dirigió no dijo ni sí ni no. Pero se volvió hacia Rufo.
—Rufo,
acuéstate y dale una oportunidad a esa pierna. No te tiendas sobre ella.
Túmbate boca abajo o de cara a la pared.
Por
primera vez, Rufo manifestó su desaprobación de lo que habíamos hecho.
Respondió bruscamente, no a lo que Star había dicho, sino a lo que podían
implicar sus palabras:
—¡No
podríais contratarme para que mirara!
Star
me dijo, en voz tan baja que apenas la oí:
—Perdónale,
mi señor marido. Es viejo y tiene sus manías. En cuanto se haya acostado
apagaré las luces.
Susurré:
—Star,
querida, esta no es la idea que yo tengo de una luna de miel.
Star
me miró a los ojos.
—¿Es
esta tu voluntad, amor mío?
—Sí.
La receta habla de una copa de vino y una rebanada de pan. No dice una sola
palabra acerca de un rodrigón. Lo siento.
Star
apoyó una esbelta mano contra mi pecho y alzó la mirada hacia mi.
—Yo
me alegro, mi señor.
—¿De
veras?
No
comprendí por qué tenía que decir aquello.
—Sí.
Los dos necesitamos dormir. Pienso en lo que nos espera mañana. Y tu fuerte
brazo puéde garantizarnos muchos mañanas.
Me
sentí mejor y le devolví su sonrisa.
—De
acuerdo, princesa mía. Pero dudo de que pueda dormir.
—¡Dormirás!
—¡Quieres
apostar algo?
—Escúchame,
mi señor, amor mío. Mañana... después de que hayas triunfado.., marcharemos
rápidamente a mi hogar. No más esperas, no más problemas. Quiero que conozcas
el idioma de mi hogar, de modo que no te sientas como un extraño. Quiero que
sea también tu hogar, inmediatamente. ¿De acuerdo? ¿Quiere mi señor marido
acostarse en seguida? ¿Tumbarse de espaldas y permitirme que le dé una lección
de idioma? Dormirás, cariño mío, sabes perfectamente que dormirás.
—Bueno...
es una idea excelente. Pero tú necesitas dormir todavía más que yo.
—Perdona,
mi señor, pero no es así. Cuatro horas de sueño pondrán alas en mis pies y una
canción en mis labios.
—Bueno...
Cinco
minutos más tarde estaba tumbado de espaldas, mirándome en los ojos más bellos
de cualquier mundo, y escuchando la voz amada de Star hablándome suavemente en
un idioma desconocido para mí...
XIV
Rufo
estaba sacudiendo mi hombro.
—¡El
desayuno, Jefe! —Introdujo un bocadillo en mi mano y una lata de cerveza en la
otra—. Esto es suficiente para luchar, y el almuerzo ya está empaquetado. He
preparado ropas limpias y tus armas, y te vestiré en cuanto hayas terminado.
Pero date prisa. Sólo disponemos de unos cuantos minutos.
El
ya estaba vestido y armado.
Bostecé,
ataqué el bocadillo (anchoas, jamón y mahonesa, con algo que no era del todo
tomate y lechuga), y miré a mi alrededor. El lugar a mi lado estaba vacío, pero
Star parecía haberse levantado muy poco antes; no estaba vestida. Estaba
arrodillada en el centro de la cueva, trazando un gran dibujo en el suelo.
—Buenos
días, parlanchina —dije—. ¿Un pentáculo?
—Mmmm...
—respondió Star, sin alzar la mirada.
Me
acerqué a mirar lo que estaba haciendo. Fuera lo que fuese, no estaba basado en
la estrella de cinco puntas. Tenía tres centros principales, era muy
complicado, había anotaciones aquí y allá —no reconocí ni el idioma ni el tipo
de escritura—, y el único sentido que pude extraer de ello era que parecía ser
un hipercubo visto de frente.
—¿Has
desayunado, cariño?
—Esta
mañana ayuno.
—Has
adelgazado mucho. ¿Qué es eso, un tesseract?
—¡Cállate!
Luego,
Star echó sus cabellos hacia atrás, alzó la mirada y sonrió disculpándose.
—Lo
siento, querido. Soy una bruja, desde luego. Pero, por favor, no mires por
encima de mi hombro. Tengo que hacer esto de memoria; perdí mis libros en el
marjal... y es difícil. Y no hagas preguntas ahora, por favor, por favor.
Podrías hacer vacilar mi confianza.., y debo tener una seguridad absoluta en mí
misma.
Hice
una reverencia.
—Perdonad,
mi dama.
—No
te pongas serio conmigo, querido. Quiéreme de todas maneras, dame un beso
rápido... y luego déjame ser yo misma.
De
modo que me incliné sobre ella y le di un beso rico en calorías, con mahonesa,
y la dejé ser ella misma. Me vestí mientras terminaba con el bocadillo y la
cerveza, y luego me dirigí a un nicho natural, situado muy cerca de las
defensas en el pasadizo, que había sido destinado a lavabo masculino. Cuando
regresé, Rufo estaba esperando con mi espada y mi cinto.
—Jefe,
llegarás tarde a tu propio ahorcamiento.
—Eso
espero.
Unos
minutos más tarde estábamos de pie sobre aquel diagrama, Star en la posición
del pitcher, y Rufo y yo como primero y tercer bases. Rufo y yo íbamos muy
cargados, yo con dos cantimploras y la espada y el cinto de Star (en su último
agujero), además del mío, y Rufo con la ballesta y el carcaj de Star, el
maletín médico y el almuerzo. Los dos llevábamos la ballesta debajo del brazo
izquierdo y la espada desenvainada. Los pantalones de Star estaban debajo de mi
cinturón, en la parte de atrás, ondeando como un rabo; su chaqueta estaba
doblada debajo del cinturón de Rufo, en tanto que sus borceguíes y su sombrero
estaban metidos en bolsillos.., etc. Parecíamos unos traperos.
Pero
esto dejaba libres la mano izquierda de Rufo y la mía. Nos colocamos de cara al
exterior con las espadas a punto, echamos hacia atrás la mano libre, y Star
agarró nuestras manos con fuerza. Star se encontraba en el centro exacto, con
los pies separados y plantados sólidamente en el suelo, sin más atuendo que el
que se exige profesionalmente a las brujas cuando realizan una tarea difícil,
es decir, ni siquiera una horquilla. Tenía un aspecto magnífico, con los
cabellos sueltos, los ojos brillantes y el rostro enrojecido y lamenté de veras
tener que darle la espalda.
—¿Preparados,
mis galanes? —preguntó Star, en tono excitado.
—Preparados
—confirmé.
—Ave,
Imperatrix, nos morituri te...
—¡Déjate
de tonterías, Rufo! ¡Silencio!
Star
empezó a canturrear en un idioma desconocido para mí. Los pelos de mi nuca se
erizaron.
Star
se interrumpió, apretó nuestras manos con mucha fuerza y gritó:
—¡Ahora!
Tan
de golpe como se cierra una puerta, descubro que soy un héroe de Booth
Tarkington en una situación de Mickey Spillane.
No
tengo tiempo para lamentarme.. Aquí está esta cosa delante de mí, a punto de
atacarme, de modo que hundo mi hoja a través de sus tripas y la libero mientras
él decide de qué lado caerse; luego obsequio con el mismo tratamiento a su
camarada. Otro está agachado y tratando de alcanzarme en las piernas, más allá
de las piernas de sus compañeros espachurrados. Estoy tan ocupado como un
empapelador de paredes manco, y apenas noto un tirón en mi cinto cuando Star
recupera su espada.
Luego
observo cómo mata al tipo que quiere liquidarme. Star está en todas partes al
mismo tiempo, desnuda como una rana y dos veces más vivaracha. Noto una
sensación como de ascensor en caída libre, y la súbita disminución de la
gravedad podría haber resultado fastidiosa si hubiésemos tenido tiempo para
permitírnoslo.
Star
la aprovecha. Después de ensartar al tipo que trataba de liquidarme, vuela por
encima de mi cabeza y de la cabeza de un nuevo escollo, pinchándole en el
cuello al pasar.., y deja de ser un escollo.
Pienso
que Star ayuda a Rufo pero no puedo pararme a comprobarlo. Oigo los gruñidos de
Rufo detrás de mí y eso me revela que aún está dando más de lo que recibe.
Súbitamente,
Rufo grita «¡Abajo!», y algo golpea la parte posterior de mis rodillas y
desciendo.., aterrizando limpiamente, y estoy a punto de ponerme de pie cuando
me doy cuenta de que Rufo está tumbado en el suelo, boca abajo, disparando lo
que tiene que ser un arma de fuego contra un blanco móvil a través de la
llanura, él mismo detrás del cadáver de uno de nuestros compañeros de juego.
Star
está abajo también, pero no luchando. Algo ha abierto un agujero en su brazo
derecho entre el codo y el hombro.
Nada
más parecía estar vivo a mi alrededor, pero había blancos a unos ciento
cincuenta metros de distancia y desplegándose rápidamente. Vi caer a uno, oí
Zzzzt, olfateé carne quemada cerca de mí. Una de aquellas armas de fuego estaba
caída a través de un cadáver a mi izquierda; la agarré y traté de hacerla
funcionar. Era una especie de culata con un tubo que debía ser un cañón; nada
más parecía familiar.
—Presta
atención, Héroe mío —me gritó Star, con su brazo herido colgando y dejando un
rastro de sangre—. Colócalo como un rifle y apunta. Hay un botón debajo de tu
pulgar izquierdo. Apriétalo. Eso es todo: ni corrección de la bala, ni
elevación.
Ni
retroceso, descubrí cuando enfoqué en el visor a una de las figuras que corrían
y apreté el botón. Brotó una leve humareda, y la figura se desplomó. «Rayo de
la muerte», o rayo Laser, o lo que fuera: se apuntaba, se apretaba el botón, y
cualquiera que se encontrase en la trayectoria abandonaba la fiesta con un
agujero en el cuerpo.
Alcancé
a otros dos, disparando de derecha a izquierda, y por entonces Rufo me había
dejado sin blancos. No se movía nada, que yo pudiera ver,en ninguna parte.
Rufo
miró a su alrededor.
—Será
mejor que permanezcas tumbado, Jefe.
Avanzó
arrastrándose hacia Star, abrió el maletín médico que colgaba de su cinturón, y
aplicó una tosca y apresurada compresa sobre el brazo de Star. Luego se volvió
hacia mí.
—¿Te
duele mucho la herida, Jefe? —inquirió.
—¿Yo?
No tengo ni un rasguño.
—¿Y
qué es eso que hay en tu camisa? ¿Salsa de tomate? Algún día, alguien va a
ofrecerte una pulgarada de rapé. Vamos a ver eso.
Le
dejé que abriera mi chaqueta. Alguien, utilizando una hoja de sierra, había
abierto un agujero en mi costado izquierdodebajo de las costillas. Yo no lo
había notado ni lo había sentido.., hasta que lo vi, y entonces me dolió y me
entraron náuseas. Desapruebo enérgicamente la violencia ejercida contra mí.
Mientras Rufo me curaba, miré a otra parte para no ver la herida.
Habíamos
matado a una docena de ellos alrededor de nosotros, más otra media docena que
habían huido.., y creo que habíamos matado también a todos los que huían.
¿Cómo? ¿Cómo puede un perro de veinticinco kilos de peso sin más armas que sus
dientes atacar, derribar y mantener prisionero a un hombre armado? Respuesta:
Atacando rápidamente, con decisión.
Creo
que nosotros llegamos cuando ellos estaban relevando la guardia en aquel lugar
conocido como una Puerta... y si hubiésemos llegado con las espadas envainadas
habrían acabado con nosotros. Tal y como marcharon las cosas, matamos a unos
cuantos antes de que la mayoría de ellos se enterasen de que se había entablado
un combate. Se desmoralizaron, y liquidamos al resto, incluyendo a los que
trataron de huir. El karate y numerosas formas serias de lucha (el boxeo no es
serio, ni nada que se ajuste a unas reglas) funcionan bajo el mismo principio:
tomar la iniciativa, atacar sin contemplaciones y sin conceder un solo respiro
al rival. Esta es una de aquellas cosas en las que cuenta más la actitud que
las habilidades.
Tuve
tiempo de examinar a nuestros difuntos enemigos: uno estaba de cara a mí con el
vientre abierto. Yo les habría llamado «Iglis», pero del modelo económico. Sin
belleza, sin ombligo y con muy poco cerebro, presumiblemente construidos para
hacer una sola cosa: luchar y tratar de mantenerse con vida. Lo cual nos
describe también a nosotros.., sólo que nosotros fuimos más rápidos.
El
mirarles me revolvía el estómago, de modo que alcé la mirada al cielo. Ninguna
mejoría: no era un cielo decente, y no había manera de enfocarlo. Serpenteaba,
y los colores eran incorrectos, tan «chirriantes» como algunas pinturas
abstractas. Volví a mirar a nuestras víctimas, que parecían casi saludables
comparadas con aquel «cielo».
Mientras
Rufo me estaba curando, Star se deslizó dentro de sus pantalones y se puso sus
borceguíes.
—¿Puedo
incorporarme para ponerme la chaqueta? —preguntó.
—No
—dije—. Tal vez creen que estamos muertos.
Rufo
y yo la ayudamos a terminar de vestirse sin que ninguno de nosotros se
arriesgara a asomar la cabeza por encima de la barricada de carne. Yo estaba
seguro de que le lastimábamos el brazo, pero lo único que dijo fue:
—Colocadme
el cinto de modo que pueda desenvainar la espada con la mano izquierda. ¿Qué
haremos ahora, Oscar?
—¿Dónde
están las ligas?
—Las
tengo yo. Pero no estoy segura de que funcionen. Este es un lugar muy extraño.
—Ten
confianza —le dije—. Eso es lo que tú me dijiste hace unos instantes. Pon tu
pequeño cerebro en marcha creyendo que puedes hacerlo.
Nos
alineamos con nuestro equipo, aumentado ahora con tres «rifles», y situamos la
flecha de roble apuntando a la cumbre de la Torre de Dos—Kilómetros—de—Altura.
Dominaba un lado completo del escenario, más una montaña que un edificio, negra
y monstruosa.
—¿Preparados?
—preguntó Star—. ¡Ahora creed también vosotros dos! —Garabateó con su dedo
índice en la arena—. ¡En marcha!
Subimos.
Una vez en el aire, me di cuenta del blanco que presentábamos.., pero también
lo presentábamos en el suelo para cualquiera que estuviera en lo alto de
aquella torre, y peor habría sido ir andando.
—¡Más
aprisa! —aullé al oído de Star—. ¡Haz que vayamos más aprisa!
Lo
hicimos. El aire silbó junto a nuestros oídos, y nos zambullimos y ascendimos y
nos deslizamos de costado mientras pasábamos por aquellos cambios
gravitacionales acerca de los cuales me había advertido Star... y quizás
aquello nos salvó; éramos un blanco inestable. Sin embargo, si habíamos
liquidado a todos los miembros de la guardia, era posible que nadie en la Torre
supiera que habíamos llegado.
—¿Qué
clase de planeta es éste, en nombre del cielo? —pregunté.
—No
es un planeta —me gritó Star—. Es un lugar, en un tipo distinto de universo. No
es apto para vivir en él.
—Alguien
vive aquí —dije, señalando la Torre.
—No,
aquí no vive nadie. La Torre fue construida tan sólo para guardar el Huevo.
Lo
monstruoso de aquella idea no penetró en mí del todo en aquel momento. De
pronto recordé que no osaríamos comer ni beber aquí... y empecé a preguntar
cómo podíamos respirar el aire si la atmósfera era tan ponzoñosa. Noté una
opresión en el pecho y un intenso ardor. De modo que le pregunté a Star, y Rufo
gimió. (Rufo no había vomitado; no creo que tuviera nada que vomitar).
—Oh,
al menos doce horas —dijo Star—. Olvídalo, No tiene importancia.
Después
de lo cual el pecho me dolió de veras, y también yo gemí.
Inmediatamente
después de aquello aterrizamos en la cumbre de la Torre; Star apenas pudo decir
«¡Amech!» a tiempo para evitar que pasáramos de largo.
La
parte superior de la Torre era plana, parecía ser de cristal negro, tenía unos
doscientos metros cuadrados de superficie... y no había en ella ningún saliente
al cual poder amarrar una cuerda. Yo había contado al menos con una chimenea de
ventilación.
El
Huevo del Fénix se encontraba a unos cien metros debajo. Yo había elaborado dos
planes por si llegábamos a alcanzar la Torre. Había tres aberturas (entre
centenares de ellas) que conducían a caminos verdaderos hacia el Huevo... y
hacia el Nonato, el Devorador de Almas, el Guardián del Tesoro. Una de ellas
estaba al nivel del suelo, y la descarté desde el primer momento. Una segunda
se encontraba a unos sesenta metros de altura, y había pensado en ella
seriamente: disparar una flecha a la cual se habría atado previamente una
cuerda, y hacerla pasar por encima de cualquier proyección sobre aquel agujero;
una vez asegurada la cuerda, encaramarse por ella, cosa que no habría de
resultar difícil para un buen alpinista: yo no era un escalador nato
precisamente, pero Rufo sí.
Pero
resultaba que la gran Torre no tenía ninguna proyección, su sencillez de diseño
era realmente moderna... incluso llevada demasiado lejos.
El
tercer plan, si podíamos alcanzar la parte superior, consistía en deslizarnos
hacia abajo por una cuerda hasta la tercera de las entradas útiles, casi al
mismo nivel del Huevo. De modo que aquí estábamos, con todo preparado... y sin
ningún lugar al que agarrarnos.
Los
segundos pensamientos son pensamientos maravillosos: ¿por qué no había hecho
que Star nos condujera directamente a aquel agujero de la pared?
Bueno,
hubiese requerido apuntar con mucho tino aquella flecha de roble tan difícil de
gobernar; podríamos habernos metido en una falsa abertura. Pero el motivo más
importante era que yo no había pensado en ello.
Star
estaba sentada y curando su brazo herido.
—Cariño
—le dije—, ¿podrías llevarnos volando, lentamente, hasta aquella abertura por
la que tenemos que entrar?
Star
alzó la mirada, y por la expresión de su rostro adiviné cuál iba a ser su
respuesta.
—No.
—Bueno.
Es una lástima.
—Lamento
tener que decírtelo... pero agoté las ligas cuando me obligaste a acelerar. No
servirán para nada hasta que pueda recargarlas. Y aquí no puedo obtener lo que
necesito. Artemisa fresca, sangre de una liebre.., cosas por el estilo.
—Jefe
—dijo Rufo.— ¿no podríamos utilizar toda la parte superior de la Torre como
puesto de amarre?
—¿Qué
quieres decir?
—Tenemos
cuerda de sobra.
Era
una idea aprovechable: rodear con la cuerda el perímetro de la Torre, atarla, y
bajar por el extremo colgante. Lo hicimos... y resulté que la cuerda sobrante
era unos treinta metros demasiado corta.
Star
contempló nuestras maniobras. Cuando me vi obligado a admitir que una cuerda
treinta metros demasiado corta equivalía a no tener ninguna cuerda, Star dijo
pensativamente:
—Me
pregunto si la Vara de Aaron serviría de algo...
—Desde
luego, si estuviera clavada sobre esta mesa de ping—pong. ¿Qué es la Vara de
Aaron?
—Hace
que las cosas rígidas se pongan blandas y las cosas blandas se pongan rígidas.
No, no me refiero a eso. Bueno, eso también, pero me refiero a tender esta
cuerda a través del tejado dejando colgar unos tres metros en un extremo. Y
luego hacer que el extremo y la parte de cuerda que cruza el tejado se
endurezcan como el acero... una especie de garfio.
—¿Puedes
hacerlo?
—No
lo sé, Pertenece a La Clavícula de Salomón y es un ensalmó. Depende de que
pueda recordarlo... y de que esas cosas funcionen en este universo.
—¡Confianza,
confianza! Desde luego que puedes.
—Ni
siquiera recuerdo cómo empieza. Querido, ¿puedes hipnotizar? Rufo no puede... o
al menos no a mi.
—No
sé absolutamente nada de hipnotismo.
—Sólo
tienes que hacer lo que hacía yo contigo para una lección de idioma. Mirarme a
los ojos, hablarme suavemente, y decirme que recuerde las palabras. Tal vez
será mejor tender primero la cuerda.
Lo
hicimos así, y utilicé treinta metros en vez de tres para el extremo del
garfio, basándome en el principio de valemás—que—sobre—que—no—que —falte.
Star
se tumbé de espaldas y empecé a hablarle, suavemente (y sin convicción), pero
una y otra vez.
Star
cerré los ojos y pareció quedarse dormida. Súbitamente, empezó a murmurar en un
idioma desconocido para mi.
—¡Hey,
Jefe! ¡La cuerda está tan dura corno una roca y tan rígida como una sentencia a
cadena perpetua!
Le
dije a Star que despertara, y nos deslizamos por la cuerda hacia abajo con la
mayor rapidez posible, rogando que no volviera a ablandarse mientras
descendíamos. Yo bajé el primero, asegurándome de que la abertura por la que
íbamos a introducirnos era la correcta; luego bajó Star y la atrapé en mis
brazos; Rufo hizo bajar el equipaje, principalmente armas, y a continuación
bajó él. Estábamos en la Torre, y no hacía más de cuarenta minutos que habíamos
llegado al planeta —rectifico: al «lugar»—, que habíamos llegado al lugar
llamado Karth—Hokesh.
Me
detuve, comparé mentalmente el edificio con el mapa que me había mostrado Star,
fijé la dirección y la situación del Huevo, y la «línea roja» que conducía a
él, el camino verdadero.
¡De
acuerdo, avanzar unos centenares de metros, agarrar el Huevo del Fénix, y
largarnos! El pecho dejó de dolerme.
XV
Jefe
—dijo Rufo—, mira hacia la llanura.
—¿Qué
es lo que tengo que ver?
—Nada
—contestó Rufo—. Esos cadáveres han desaparecido. No cabe duda de que
tendríamos que verlos, contra un fondo de arena negra y sin un solo arbusto que
dificulte la visión.
No
miré.
—¡Eso
no es problema nuestro, maldita sea! Tenemos otras cosas en que ocuparnos.
Star, ¿puedes disparar con la mano izquierda? ¿Uno de esos «rifles»?
—Desde
luego, mi señor.
—Mantente
a diez pasos detrás de mí y dispara contra cualquier cosa que se mueva. Rufo,
tú sigue a Star, con una flecha en la ballesta. Dispara contra cualquier cosa
que veas. Cuélgate en bandolera uno de esos rifles.., puedes atarlo con un
trozo de cuerda. —Enarqué las cejas—. Tenemos que abandonar la mayor parte de
esto. Star, tú no puedes manejar una ballesta, de modo que despréndete de ella,
por muy bonita que la encuentres, lo mismo que de tu carcaj. Rufo puede atar mi
carcaj con el suyo; utilizamos las mismas flechas. Me disgusta abandonar mi
ballesta, me había acostumbrado a ella. Pero tengo que hacerlo, maldita sea.
—Yo
la llevaré, Héroe mío.
—No,
tenemos que desprendernos de todo lo que no podamos utilizar. —Tomé la
cantimplora que llevaba colgada al cinto, bebí un buen trago, y la pasé a mis
compañeros—. Bebeos el agua que queda y tirad la cantimplora.
Mientras
Rufo bebía, Star se colgó mi ballesta en bandolera.
—¿Mi
señor marido? De este modo no pesa nada y no me molesta para disparar. ¿De
acuerdo?
—Bueno
Si resulta un engorro para ti, corta la cuerda y olvídate de ella. Ahora, bebe
tu parte y nos pondremos en marcha. —Examiné el pasillo en el que nos
encontrábamos: cinco metros de ancho y la misma altura, iluminado desde ninguna
parte y curvándose hacia la derecha, lo cual coincidía con la imagen mental que
me había proporcionado el mapa—. ¿Preparados? No debemos separarnos. Si no
podemos liquidarlo con la espada, el fusil ni la flecha, lo saludaremos.
Desenvainé
mi espada, y echamos a andar rápidamente.
¿Por
qué mi espada, en vez de uno de aquellos «rayo de la muerte»? Star transportaba
uno y los conocía mejor que yo, que ni siquiera era capaz de decir si el arma
estaba cargada, ni sabía durante cuanto tiempo había que mantener apretado el
botón. Star sabía disparar, lo demostraba su maestría con la ballesta, y era al
menos tan fría en una lucha como Rufo o yo mismo.
Yo
había dispuesto armas y tropas lo mejor que sabía. Rufo, detrás con una
provisión de flechas, podría utilizarlas en caso necesario, y su posición le
daba tiempo para recurrir a su espada o al «rifle» Buck Rogers si lo juzgaba
oportuno.., y sin que necesitara mi consejo; él sabría actuar por cuenta
propia.
De
modo que yo estaba respaldado por armas de largo alcance antiguas y
ultramodernas en manos de personas que sabían manejarlas y que poseían espíritu
combativo.., siendo esto último lo más importante. (¿Sabe usted cuántos hombres
de un pelotón disparan realmente en el curso de un combate? Tal vez seis. Y más
probablemente tres. El resto se limita a agachar la cabeza).
Con
todo, ¿por qué no envainaba mi espada y empuñaba una de aquellas armas
prodigiosas?
Una
espada adecuadamente equilibrada es el arma más versátil que se ha inventado
para la lucha a corta distancia. Pistolas y fusiles son armas ofensivas, no
defensivas; si uno se acerca a él rápidamente, un hombre armado con un fusil no
puede disparar, tiene que pararle a uno antes de que le alcance. Si uno se
acerca a un hombre que esgrime una espada será ensartado como un pichón en el
asador... a menos de que uno esgrima a su vez una espada y sepa utilizarla
mejor que él.
Una
espada nunca se escasquilla, nunca tiene que ser recargada, siempre está a
punto de funcionar. Su peor desventaja es que requiere una gran habilidad, que
sólo puede adquirirse a base de mucha práctica; los reclutas no pueden aprender
a manejarla bien en una semana, ni siquiera en unos meses.
Pero,
por encima de todo (y este era el verdadero motivo), empuñar a Lady Vivamus y
sentir su avidez por pinchar me infundía valor en un lugar en el que me
dominaba el miedo.
Ellos
(quienesquiera que fuesen «ellos») podían disparar contra nosotros desde un
escondrijo, gaseamos, hacernos mil perrerías. Pero podían hacerlo aunque yo
llevara una de aquellas extrañas armas. Espada en mano, me sentía relajado y
sin miedo, y ello aumentaba en la medida de lo posible la seguridad de mi
pequeño «comando». Si el comandante de una patrulla necesita llevar una pata de
conejo debería llevarla... y el contacto de aquella espada era mejor amuleto
que todas las patas de conejo de Kansas.
El
pasillo se extendía hacia adelante, sin ningún recelo, ningún sonido, ninguna
amenaza. La abertura al exterior no tardó en hacerse invisible. La gran Torre
parecía vacía, pero no muerta; estaba viva como está vivo un museo por la
noche, con antiguas y malignas presencias. Agarré mi espada fuertemente; luego
me relajé conscientemente y flexioné mis dedos.
El
pasillo giró bruscamente a la izquierda. Me paré en seco.
—Star,
esto no figuraba en tu boceto.
Star
no contestó. Insistí:
—Bueno,
no estaba allí. ¿Estaba?
—No
estoy segura, mi señor.
—Bueno
yo lo estoy. .......
—Jefe
—dijo Rufo—, ¿estás completamente seguro de que entramos por la abertura
correcta?
—Sí.
Puedo estar equivocado, pero no inseguro.., y si estoy equivocado podemos
darnos por muertos de todas maneras. Mmm... Rufo, coge tu ballesta, pon tu
sombrero encima de ella, hazla asomar por donde un hombre se asomaría a mirar
por esa esquina si estuviera de pie... y mantenla allí mientras yo echo una
mirada, pero desde el suelo.
Me
tumbé boca abajo.
—¡Preparados...
ahora!
Me
arrastré y asomé la cabeza por la esquina, a unos quince centímetros del suelo,
mientras Rufo ejecutaba la maniobra que yo le había indicado.
Nada
a la vista, sólo el pasillo desnudo, ahora recto.
—¡De
acuerdo, seguidme!
Avanzamos
apresuradamente.
Cuando
habíamos recorrido unos metros me detuve.
—¿Qué
diablos...?
—¿Alguna
pega, Jefe?
—Muchas.
—Me giré, y olfateé el aire—. No podría haber más. El Huevo está hacia allí
—dije, señalando—, tal vez a unos doscientos metros de distancia.., de acuerdo
con el mapa.
—¿Es
malo eso?
—No
estoy seguro. Porque era esa misma dirección y ángulo, pero a la izquierda,
antes de que doblásemos esa esquina. De modo que ahora tendría que estar a la
derecha.
—Mira,
Jefe —dijo Rufo—, ¿por qué no nos limitamos a seguir los pasadizos que
memorizaste? Es posible que no recuerdes todos los pequeños...
—Cállate.
Vigila hacia adelante, a lo largo del pasillo. Star, sitúate allí en la esquina
y obsérvame. Voy a intentar algo.
Se
situaron los dos, Rufo «ojos adelante», y Star donde podía ver en ambas
direcciones, en la esquina que formaba ángulo recto. Retrocedí por el pasillo y
luego regresé. Poco antes de llegar a la esquina cerré los ojos y continué
avanzando.
Una
docena de pasos más adelante me paré y abrí los ojos.
—Eso
lo demuestra —le dije a Rufo.
—¿Qué
es lo que demuestra?
—No
hay ningún recodo en el pasillo —dije, señalando el recodo.
Rufo
me miró con aire preocupado.
—Jefe,
¿cómo te sientes? —Trató de tocar mi mejilla.
Di
un paso atrás.
—No
estoy delirando. Venid conmigo, los dos. —Les hice retroceder unos cincuenta
pasos más allá de aquel ángulo recto, y me paré—. Rufo, dispara una flecha
contra aquella pared delante de nosotros, en el recodo. Apunta de modo que
choque contra la pared a unos tres metros de altura.
Rufo
suspiré, pero lo hizo. La flecha desapareció en la pared. Rufo se encogió de
hombros.
—Debe
tratarse de un material muy blando. Nos has hecho perder una flecha, Jefe.
—Es
posible. Seguidme.
Doblamos
de nuevo la esquina y allí estaba la flecha, en el suelo. Dejé que Rufo la
recogiera; examinó atentamente el emblema del Doral grabado en el astil, y
volvió a meterla en su carcaj. No hizo ningún comentario. Reemprendimos la
marcha.
Llegamos
a un lugar en el que había unos escalones que conducían hacia abajo... pero en
el que según el mapa que yo había memorizado tenía que haber unos escalones
ascendentes.
—Cuidado
con el primer escalón —advertí a mis compañeros—, Tentadlo antes de asentar el
pie y no os caigáis.
Los
escalones parecían normales, tratándose de escalones descendentes... con la
salvedad de que mi sentido de la orientación me decía que estábamos subiendó, y
nuestro punto de destino cambiaba consiguientemente de ángulo y de distancia.
Cerré los ojos para una rápida comprobación y descubrí que en realidad estaba
subiendo, y que los engañados eran mis ojos. Era como una de aquellas «casas
encantadas» de los parques de atracciones, en las cuales un suelo «llano» es
cualqúier cosa menos llano: algo así pero cubicado.
Dejé
de poner en duda la exactitud del boceto de Star y seguí su rastro en mi
cerebro al margen de lo que mis ojos me decían. Cuando el pasadizo se ramificó
en cuatro caminos mientras que mi memoria retenía una sola ramificación, en la
cual uno de los caminos era un callejón sin salida, cerré los ojos sin vacilar
y me guié por mi olfato... y el Huevo permanecía donde debía estar, en mi
mente.
Pero
el Huevo no estaba necesariamente más cerca con cada vuelta y revuelta, salvo
en el sentido de que una línea recta no es la distancia más corta entre dos
puntos... ¿lo es siempre? El camino era tan zigzagueante como los intestinos en
un vientre; el arquitecto había utilizado como regla una sierra de dientes
irregulares. Peor aún: en otro momento, cuando estábamos «subiendo» escalones
—en un sector llano según el boceto—, una anomalía gravitacional nos pilló con
una vuelta completa, y súbitamente nos encontramos deslizándonos por el techo.
No
ocurrió nada malo, salvo que la anomalía se repitió, y esta vez nos envió del
techo al suelo. Con los dos ojos avizores ayudé a Rufo a recoger las flechas, y
reemprendimos la marcha. Estábamos acercándonos a la madriguera del Nonato... y
al Huevo.
Los
pasadizos empezaron a ser angostos y roqueños, los falsos recodos duros y
difíciles de superar... y la luz empezó a fallar.
Aquello
no era lo peor. No me asustan la oscuridad ni los lugares angostos: hace falta
el ascensor de unos Grandes Almacenes el Día del Dólar para que sienta
claustrofobia. Pero empecé a oír ratas.
Ratas,
montones de ratas, corriendo y chillando en las paredes alrededor de nosotros,
debajo de nosotros, encima de nosotros. Empecé a sudar, y me arrepentí de haber
bebido tanta agua para vaciar la cantimplora. La oscuridad y la angostura se
hicieron más intensas, hasta que nos vimos obligados a arrastrarnos a través de
un áspero túnel abierto en la roca, avanzando palmo a palmo sobre nuestros
estómagos en medio de una oscuridad total, como si nos estuviéramos fugando del
Castillo de If... y las ratas nos rozaban al pasar junto a nosotros, chillando
y rechinando.
No,
no grité. Star estaba detrás de mí y no gritó ni se quejó de su brazo herido..,
de modo que yo no podía gritar. Star me daba un golpecito en el pie de cuando
en cuando para indicarme que se encontraba perfectamente y para informarme de
que también Rufo estaba bien. No gastábamos fuerzas hablando.
Vi
un leve algo, dos fantasmas de luz delante, y me paré, y miré, y parpadeé, y
miré otra vez. Luego le susurré a Star:
—Veo
algo. Quédate aquí, mientras yo avanzo y compruebo lo que es. ¿Me oyes?
—Sí,
mi señor Héroe.
—Díselo
a Rufo.
Entonces
hice lo único realmente osadó que he hecho en toda mi vida: arrastrarme hacia
adelante. La valentía aparece de todos modos cuando uno está tan aterrorizado
que sus esfínteres se aflojan, y no puede respirar, y su corazón amenaza con
pararse, y esa es una descripción exacta para aquel momento de E. C. Gordon, ex
soldado raso y héroe de profesión. Yo estaba completamente seguro de lo que
eran aquellas dos leves lucecitas, y cuanto más me acercaba a ellas más seguro
estaba: podía captar su maldito olor y situar sus contornos.
Una
rata. No la rata común que vive en los estercoleros de las ciudades y a veces
muerde a bebés, sino una rata gigante, lo bastante grande como para bloquear
aquella madriguera, pero lo bastante más pequeña que yo como para tener espacio
para maniobrar al atacarme... espacio del que yo no disponía. Lo mejor que
podía hacer era arrastrarme hacia adelante con la espada frente a mí y tratar
de mantenerla apuntada de modo que ensartara a la rata y la hiciera comer
acero... porque si el bicho eludía la punta de mi espada no me quedarían más
que las manos desnudas y ningún espacio para utilizarlas. Se me echaría encima.
Me
tragué un vómito agrio y me arrastré hacia adelante.
Los
ojos de la rata parecieron descender un poco, como si se estuviera agachando
para embestir.
Pero
no ocurrió nada. Las luces se hicieron más concretas y aumentó la distancia
entre ellas, y después de arrastrarme medio metro más comprobé con tembloroso
alivio que no eran ojos de rata sino alguna otra cosa... cualquier cosa, no me
importaba el qué.
Continué
arrastrándome. No sólo el Huevo estaba en aquella dirección, sino que yo
ignoraba aún qué era aquello, y sería mejor comprobarlo antes de decirle a Star
que avanzara.
Los
«ojos» eran mirillas gemelas abiertas en un tapiz que cubría el extremo de
aquella madriguera. Pude ver su textura bordada, y descubrí que podía mirar a
través de una de sus imperfecciones cuando levanté la cabeza hasta ella.
Al
otro lado había una amplia estancia, con el suelo a un nivel medio metro más
bajo que el del túnel en el que yo me encontraba. En el extremo más alejado, a
unos quince metros de distancia, un hombre estaba de pie junto a un banco,
leyendo un libro. Mientras le observaba alzó la cabeza y miró en dirección a
mí. Pareció vacilar.
Yo
no vacilé. Aparté el tapiz a un lado con mi espada y me precipité hacia
adelante. Estuve a punto de caer pero logré mantenerme en pie... y en guardia.
El
hombre fue al menos tan rápido como yo. Había dejado caer el libro sobre la
banco y desenvainó la espada, avanzando hacia mi, mientras yo salía de aquel
agujero. Se paró, con las rodillas ligeramente dobladas, la muñeca recta, el
brazo izquierdo detrás de su espalda, enfilándome con su espada, perfecto como
un maestro de esgrima, y me miró de arriba a abajo, aprovechando que había aún
una distancia de tres o cuatro pasos entre nuestros aceros.
No
me precipité contra él. Hay una táctica rompedora llamada «el tiro al blanco»,
que enseñan los mejores espadachines y que consiste en avanzar de sopetón con
el brazo, la muñeca y la espada completamente extendidos: todo ataque y ninguna
tentativa de parada. Pero sólo da resultado haciéndola coincidir exactamente
con un momentáneo desfallecimiento del adversario. En caso contrario, equivale
a suicidarse.
Esta
vez hubiera sido un suicidio; mi rival estaba tan alerta como un gato
acorralado. De modo que le estudié mientras él seguía midiéndome con la mirada.
Era un hombre más bajo que yo, aunque con unos brazos muy largos para su
estatura, lo cual compensaba lo que a primera vista parecía su desventaja;
además, su espada era de un modelo muy antiguo, más larga que Lady Vivarnus
(pero en consecuencia más lenta, a menos que el hombre tuviera una muñeca mucho
más fuerte que la mía)—, e iba vestido más para el París de Richelieu que para
Karth—Hokesh. No, eso no es exacto; la gran Torre negra carecía de estilos, de
otro modo yo habría estado tan fuera de lugar como él con mi atuendo de Robin
Hood de pega. Los Iglis a los que habíamos matado no llevaban ninguna clase de
ropa.
Era
un hombrecillo insolentemente feo, con una alegre sonrisa y la mayor nariz al
oeste de Jimmy Durante: me hizo pensar en la nariz de mi sargento primero, y en
lo mucho que le fastidiaba que le llamaran «Narizotas». Pero el parecido
terminaba ahí; mi sargento primero no sonreia nunca, y tenía unos ojos pequeños
y porcinos; los ojos de este hombre eran alegres y arrogantes.
—¿Eres
cristiano? —me preguntó.
—¿Tiene
alguna importancia para ti?
—Ninguna.
La sangre es sangre, en cualquiera de los, casos. Si eres cristiano,
confiésate. Si eres pagano, apela a tus falsos dioses. No te concederé más de
tres estrofas. Pero soy sentimental, me gusta saber lo que estoy matando.
—Soy
norteamericano.
—¿Es
eso una nacionalidad? ¿O una enfermedad? ¿Y qué estás haciendo en Hoax?
—«¿Hoax?»
¿Hokesh?
Se
alzó de hombros solamente con los ojos, sin desviar un milímetro la punta de su
espada.
—Hoax,
Hokesh... simple cuestión de geografía y de acento; este castillo estuvo en
otro tiempo en los Cárpatos, de modo que es «Hokesh», si eso hace que mueras
más feliz. Adelante, vamos a cantar.
Avanzó
tan rápida y ágilmente que pareció autotransportarse por el aire, y nuestros
aceros retiñeron mientras yo paraba su ataque en sexta y replicaba, era
contraatacado —entrega, repetición, parada—y—ataque—, todo tan plácido, tan
prolongado y con tanta variación que un espectador podría haber pensado que
estábamos ensayando el Gran Saludo.
¡Pero
yo sabía! Aquella primera estocada estaba destinada a matarme, lo mismo que
cada uno de los movimientos de mi adversario durante todo el fraseo. Al mismo
tiempo me estaba estudiando, probando su muñeca, buscando mis puntos débiles,
si temía a la línea baja y siempre volvía a la alta, o si era propicio a
dejarme desarmar... No ataqué a fondo en ningún momento, no tuve la oportunidad
de hacerlo; bailaba al compás que marcaba mi rival, Limitándome a replicar, a
tratar de mantenerme con vida.
Supe
en tres segundos que me enfrentaba a un espadachín mucho mejor que yo, con una
muñeca de acero y a la vez tan flexible como una serpiente. Era el único
espadachín que había conocido que utilizaba la primera y la octava... que las
utilizaba, repito, con tanta facilidad como la sexta y la cuarta. Todo el mundo
las aprende y mi propio maestro de esgrima me las hizo practicar tanto como las
otras seis... pero la mayoría de los esgrimidores no las utilizan; simplemente
pueden verse obligados a hacerlo, con torpeza e inmediatamente antes de perder
un asalto.
Yo
perdería, no un asalto, sino mi vida.., y sabía, mucho antes del final de aquel
primer y prolongado fraseo, que mi vida era lo que estaba a punto de perder,
según todas las probabilidades.
¡Pero
con el primer entrechocar de nuestros aceros el idiota empezó a cantar!
«¡Tírate
a fondo y replica sin vacilar,
Cántame
la lógica del acero!
Dime,
señor, ¿cómo te sientes?
Avanza
y retrocede si debes hacerlo
De
acuerdo con la lógica conocida desde hace mucho.
¿Tenemos
que discutir, rebatir y refutar
En
entimema clara como tus ojos?
Dime,
señor, ¿por qué suspiras?
Tu
es fatigué, sans dou te?
En
tal caso, duerme mientras yo cuento el botín.»
Lo
anterior fue bastante largo para un mínimo de treinta casi—logradas tentativas
contra mi vida, y con la última palabra mi adversario se desentendió de la
lucha tan fácil e inesperadamente como la había iniciado.
—¡Vamos,
vamos, muchacho! —dijo—. ¡Anímate! ¿Permitirás que cante yo solo? ¿Morirás como
un payaso en presencia de damas? ¡Canta! Y despídete graciosamente, haciendo
coincidir tu último verso con el estertor de la muerte. —Taconeó con su bota
derecha, como sí bailara flamenco—. ¡Inténtalo! El precio es el mismo de todas
maneras.
No
incliné la mirada al sonido de su bota; es un viejo truco que algunos
espadachines utilizan con cada avance, con cada finta, por si el ruido
desconcierta al adversario, descentrándole y haciéndole perder un asalto. Yo me
había dejado engañar por él la última vez cuando todavía era imberbe.
Pero
sus palabras me dieron una idea. Sus estocadas eran cortas: el tirarse a fondo
resulta elegante en un torneo amistoso, pero demasiado peligroso cuando la cosa
va en serio. Pero yo había ido retrocediendo, lentamente, con la pared detrás
de mí. Dentro de poco, cuando mi rival volviera a atacar, yo sería una mariposa
clavada en aquella pared, suponiendo que no tropezara con algo invisible y
cayera de espaldas, para ser ensartado como un papel tirado en el parque. No me
atrevía a dejar aquella pared detrás de mí.
Y lo
que era peor, Star saldría de aquella madriguera detrás de mí en cualquier
momento, y podría recibir la muerte mientras salía incluso si yo lograba matar
a mi rival al mismo tiempo. En cambio, si podía hacerle dar media vuelta... Mi
amada era una mujer práctica; ninguna consideración «deportiva» le impediría
acuchillar a nuestro enemigo por la espalda.
Pero
la feliz contraidea fue que si le seguía la corriente, imitando su chaladura y
tratando de versificar y cantar, él podía prolongar el juego, interesado en oír
lo que yo era capaz de improvisar antes de matarme.
Pero
yo no podía permitirme alargar demasiado la cosa. Acababa de darme cuenta de
que, sin que yo lo sintiera, me había pinchado en el antebrazo. Un simple
rasguño sanguinolento que Star podría hacer desaparecer en unos instantes..,
pero que no tardaría en debilitar mi muñeca situándome en desventaja para la
línea baja: la sangre hace que el pomo de la espada resbale de la mano.
—Primera
estrofa —anuncié, avanzando y amagando apenas algunas estocadas, lanzadas sin
demasiada convicción. El respetó nuestro tácito pacto, sin atacarme,
limitándose a juguetear con la punta de mi espada, parando fácilmente.
Aquello
era lo que yo quería. Empecé a desplazarme en círculo y hacia la derecha al
mismo tiempo que iniciaba mi recitado.., y él me lo permitió:
«Tweedledum
y Tweedledee Acordaron robar ganado.
Tweedledun
le dijo a Tweedledee:
Usaré
mi nueva y hermosa silla de montar .»
—¡Vamos,
vamos, amigo mío! —me reprendió mi adversario—. Nada de robar. Honor entre
reses vacunas, siempre. Y rima y métrica correctas. Deja que vuestro Carroll
caiga ágilmente de tu lengua.
—Lo
intentaré —dije, sin dejar de desplazarme a la derecha—. Segunda estrofa:
«Canto
sobre dos doncellas de Birmingham.
¿Debemos
sollozar ante el escándalo que las afecta?... »
...y
me tiré a fondo.
No
resultó del todo. Mi rival, tal como yo había esperado, se había relajado un
poco, confiando evidentemente en que yo seguiría con aquellos escarceos con la
punta de la espada mientras recitaba.
Le
pillé ligeramente desprevenido, pero no lo suficiente como para hacerle caer
hacia atrás; en vez de eso paró con fuerza, y súbitamente nos encontramos en
una posición insostenible, cuerpo a cuerpo, casi téte—t~z—téte.
Se
rió en mi cara y saltó hacia atrás al mismo tiempo que yo, situándonos de nuevo
en garde. Pero yo añadí algo. Hasta entonces sólo hablamos estado punteando. La
punta de la espada es más poderosa que el filo, pero mi arma tenía las dos
cosas, y un hombre acostumbrado a la punta es a veces un novato para un corte.
Mientras nos separábamos descargué un mandoblazo sobre su cabeza.
Me
proponía rajársela. El golpe fue poco preciso y propinado con escasa fuerza,
pero hendió su sien derecha casi hasta la ceja.
—Touché
—gritó—. Bien jugado. Y bien cantado. Veamos el resto.
—De
acuerdo —asentí, fintando cautelosamente y esperando a que la sangre llegara a
sus ojos. Una herida en el cuero cabelludo es la más sanguinolenta de las
heridas, y yo había depositado grandes esperanzas en ésta. La esgrima es una
cosa rara; en ella no se utiliza realmente el cerebro, es demasiado rápida para
ello. La muñeca es la que piensa y la que le dice a los pies y al cuerpo lo que
tienen que hacer, anticipándose al cerebro: lo que se piensa es para más tarde,
instrucciones almacenadas, como una computadora que se programa.
Continué:
«Ahora
están en el muelle
Para
levantar el...
Le
alcancé en el antebrazo, como él me había alcanzado a mí, pero más a fondo.
Creí que le tenía a mi merced y forcé la acción. Pero él hizo algo de lo que yo
había oído hablar pero que nunca había visto: retrocedió con mucha rapidez, y
se cambió la espada de mano.
Mi
situación no mejoró... A un esgrimidor dextro no le seduce la idea de utilizar
la mano izquierda; se encuentra desequilibrado, en tanto que un zurdo suele
conocer los puntos flacos de la mayoría de los dextros. Pero este hijo de perra
era tan fuerte y tan hábil con su mano izquierda como con la derecha. Y mis
esperanzas de que la sangre cegara sus ojos no se habían cumplido.
Me
pinchó otra vez, en la rodilla, y el pinchazo me dolió como una quemadura y me
restó agilidad. A pesar de sus heridas, mucho peores que las mías, yo sabía que
no podría resistir mucho más tiempo. Continuamos con la terrible lucha.
Hay
una respuesta en segunda, desesperadamente peligrosa pero brillante.., si
termina bien. Me había hecho ganar varios combates a espada sin que hubiera
nada en juego, aparte del amor propio. Se empieza en sexta, esperando que el
adversario contraataque; entonces, en vez de parar en cuarta, se adelanta el
brazo trabando con la propia espada la espada del rival, para terminar
tirándose a fondo hasta que la punta encuentra carne. O se puede partir de un
contraataque propio, aprovechando la parada del adversario en sexta para
iniciar la maniobra.
La
única pega es que, si no se realiza perfectamente, es demasiado tarde para
parar y replicar: lanza uno su propio pecho contra la punta de la espada del
rival.
Yo
no traté de iniciarla, no contra este espadachín; me limité a pensar en ella.
La
lucha continuó, sin fallos por ninguna de las dos partes. Luego, mi adversario
retrocedió ligeramente al contraatacar y resbaló un poco en su propia sangre.
Mi
muñeca aprovechó la oportunidad: me tiré a fondo cambiando a segunda en un
perfecto tirabuzón.., y mi acero penetró a través de su cuerpo.
Pareció
sorprendido, levantó su espada en posición de saludo, y cayó de rodillas
mientras el arma se desprendía de su mano. Tuve que moverme hacia adelante con
mi espada mientras él caía, y luego empecé a extraerla de su cuerpo.
El
la agarró.
—No,
no, amigo mío, déjala ahí, por favor. Taponará el vino, por unos instantes. Tu
lógica es aguda y me llega al corazón. ¿Cómo te llamas, señor?
—Oscar
de Gordon.
—Un
buen nombre. Uno no debería ser matado nunca por un desconocido. Dime, Oscar de
Gordon, ¿has estado alguna vez en Carcasona?
—No.
—Ve
allí. Ama a una doncella, mata a un hombre, escribe un libro, vuela a la
Luna... yo he hecho todo eso. —Abrió mucho la boca, como si le faltara aire
para respirar, y una espuma sonrosada manchó sus labios—. Incluso me ha caído
una casa encima. ¡Qué devastadora gracia! ¿De qué valen los honores cuando el
maderamen te horada la tapadera? ¿Tapadera? Amigo mío, tú has afeitado a mi
barbero.
Tosió,
atragantándose, y luego continuó:
—Se
hace de noche. Vamos a intercambiar regalos y a separarnos como buenos amigos,
si quieres. Primero mi regalo en dos partes. Primera: eres afortunado, no
morirás en la cama.
—Supongo
que no.
—Por
favor. Segundo: la navaja de Fray Guillermo nunca afeitó al barbero, es
demasiado roma. Y ahora tu regalo, amigo mío, y date prisa, lo necesito. Pero,
antes... ¿cómo terminaba aquella absurda estrofa?
Se
lo dije. Asintió débilmente y susurró, casi agónicamente:
—Muy
bueno. Sigue intentándolo. Ahora, entrégame tu regalo; estoy más que preparado.
—Trató de persignarse.
De
modo que le di la absolución, me puse pesadamente en pie, me dirigí hacia el
banco y me dejé caer en él; luego limpié las dos hojas, primero la Solingen y
después, más cuidadosamente la Lady Vivamus. Conseguí ponerme de pie y
saludarle con una espada limpia. Había sido un honor conocerle.
Lamenté
no haberle preguntado su nombre. Parecía creer que ya lo conocía.
Volví
a sentarme y miré hacia el tapiz que cubría la madriguera al otro extremo de la
estancia, y me pregunté por qué no habían entrado Star y Rufo... Con todo aquel
entrechocar de aceros y nuestra conversación...
Pensé
en acercarme al tapiz y gritar, llamándoles. Pero estaba demasiado cansado para
moverme, Suspiré y cerré los ojos...
Debido
a mi temperamento bullicioso (y al descuido que parecía inherente a mi
personalidad infantil), yo había roto una docena de huevos. Mi madre contempló
el estropicio y pude ver que estaba a punto de llorar. De modo que yo también
me entristecí. Ella reprimió sus lágrimas, me tomó cariñosamente del hombro y
dijo:
—No
pasa nada, hijo mío. Los huevos no son tan importantes.
Pero
yo estaba avergonzado, de modo que me desprendí de su mano y eché a correr.
Corrí
colina abajo, casi sin tocar con los pies en el suelo, como si volara... y
luego quedé asombrado al tener consciencia de que estaba al volante y había
perdido el control del automóvil. Traté de pisar el pedal del freno, no pude
encontrarlo y sentí pánico.., luego lo encontré y noté que se hundía con
aquella falta de resistencia que significa que el líquido del freno ha perdido
presión. Había algo delante de mí en la carretera y yo no podía verlo. Ni
siquiera podía girar la. cabeza y mis ojos estaban nublados por algo que se
había introducido en ellos. Giré el volante y no ocurrió nada: la barra de
dirección había desaparecido.
¡Gritos
en mi oído cuando chocamos! Y desperté en la cama con un sobresalto, y el que
gritaba era yo. Iba a llegar tarde a la escuela, una vergüenza difícil de
soportar. Y tuve que soportarla, una vergüenza espantosa, ya que el patio de la
escuela estaba vacío; los otros niños, limpios y virtuosos, ocupaban sus
asientos, y yo no podía encontrar mi aula. Ni siquiera había tenido tiempo de
ir al retrete, y aquí estaba en mi pupitre con los pantalones bajados a punto
de hacer lo que había tenido demasiada prisa para hacer antes de salir de casa,
y todos los otros niños tenían sus manos levantadas pero la maestra me estaba
llamando a mi. Yo no podía ponerme de pie para contestar; mis pantalones no
sólo estaban bajados sino que habían desaparecido, y si me ponía en pie todos
lo verían y los niños se reirían de mí y las niñas chillarían y mirarían a otro
lado y fruncirían sus narices. ¡Pero lo peor de todo era que yo no conocía la
respuesta!
—¡Vamos,
vamos! —dijo la maestra en tono severo—. No perdamos el tiempo de clase, E. C.
Usted No Ha Estudiado Su Lección.
Bueno,
no, no la había estudiado. Sí, la había estudiado, pero ella había escrito
«Problemas —16» en la pizarra, y yo lo había interpretado como «1 y 6»... y
esto era el número 4. Pero Ella nunca me creería; la excusa era demasiado
floja. Nosotros vivíamos de resultados, no de excusas.—Esa es la verdad, Easy
—continuó mi Entrenador, con voz más dolida que furiosa—. La velocidad es muy
importante, pero no ganarás ni una perra a menos de que cruces la línea de meta
con el huevo bajo el brazo. —Señaló el balón que reposaba sobre su escritorio—.
Ahí está. Lo había hecho dorar, con tu nombre grabado, al principio de la
temporada; parecías muy bueno y yo tenía mucha confianza en ti... tenía que ser
tuyo al final de la temporada, en el banquete de la victoria. —Frunció el
entrecejo, y habló como si se esforzara en ser imparcial—. No voy a decir que
podías haberlo solucionado todo sin la ayuda de nadie. Pero te tomas las cosas
con demasiada tranquilidad, Easy... tal vez necesitas otro nombre. Cuando el
partido se pone feo, tendrías que forzar la acción. —Suspiró—. Es culpa mía,
debí mostrarme más duro. En vez de eso, traté de ser un padre para ti.Pero
quiero que sepas que tú no eres el único que sale perdiendo con esto: a mi
edad, no es fácil encontrar otro empleo.
Me
tapé la cabeza con las mantas; no podía soportar el mirarle. Pero no me dejaron
en paz; alguien empezó a sacudir mi hombro.
—¡Gordon!
—¡Dejadme
en paz!
—Despierta,
Gordon, y pon el culo en remojo. Tienes problemas.
Los
tenía, desde luego; lo supe en cuanto entré en la oficina. Tenía un agrio sabor
a vómito en la boca y el cuerpo molido.., como si un rebaño de búfalos me
hubiera pisoteado, dejando las sucias huellas de sus pezuñas aquí y allí.
El
sargento primero no alzó la mirada cuando entré; me dejó que aguardara y sudara
un poco. Cuando por fin me miró, me examinó de pies a cabeza antes de hablar.
Luego
habló lentamente, permitiéndome saborear cada una de sus palabras.
—No
presentarse al terminar su permiso, aterrorizar e insultar a mujeres nativas, utilizar
sin autorización material del gobierno.., conducta escandalosa...
insubordinación y lenguaje obsceno... resistirse a la detención.., golpear a un
Policía Militar... Gordon, ¿por qué no robó un caballo? Aquí colgamos a los
cuatreros. Y ello hubiera simplificado mucho las cosas.
Sonrió
ante su propia agudeza. El viejo bastardo siempre se había tenido por un tipo
muy agudo. Lo era, pero no en el sentido que él creía.
Pero
a mí me importaba un bledo lo que él decía. Me daba cuenta vagamente de que
todo había sido un sueño, otro de aquellos sueños que últimamente tenía con
demasiada frecuencia, deseando escapar de aquella maldita selva. Ni siquiera
Ella había sido real. Mi... —¿cuál era su nombre?— incluso había tenido que
inventar su nombre. Star. Mi Estrella de la Suerte... ¡Oh, Star, querida, tú no
existes!
El
sargento primero continuó:
—Veo
que se ha quitado los galones. Bueno, eso ahorra tiempo, pero es lo único bueno
que tiene. Sin Uniforme. Sin afeitar. ¡Y con la ropa hecha un asco! Gordon, es
usted una vergüenza para el Ejército de los Estados Unidos. Lo sabe, ¿no es
cierto? Pero esta vez se le va a caer el pelo. Ningún Documento de Identidad
encima, ningún pase, utilizando un nombre supuesto. Bueno, Evelyn Cyril, ahora
utilizaremos su verdadero nombre. Oficialmente.
Hizo
rodar su sillón giratorio: no había levantado su gordo trasero de él desde que
le enviaron a Asia, ignoraba lo que era una patrulla.
—Hay
algo que ha despertado mi curiosidad. ¿Dónde consiguió eso? ¿Y qué le impulsó a
intentar robarlo? —Señaló hacia un armario—fichero situado detrás de su
escritorio.
Reconocí
lo que estaba encima del armario, a pesar de que la última vez que recordaba
haberlo visto estaba pintado con purpurina dorada, en tanto que ahora aparecía
cubierto del pegajoso barro negro que cultivan en exclusiva en el Sudeste de
Asia. Di unos pasos hacia el armario.
—¡Eso
es mío! —dije.
—¡No,
no! —replicó enérgicamente el sargento primero—. ¡Calma, muchacho! —Echó el
balón un poco más atrás—. El que lo hayas robado no lo convierte en tuyo. Me he
hecho cargo de él como prueba. Para tu información, héroe de pega, el médico
cree que él va morir.
—¿Quién?
—¿Por
qué habría de importarte quién? Dos balazos a un prestamista de Bangkok cuyo
nombre desconocías cuando le asaltaste. No puedes ir por ahí liquidando nativos
sólo porque el cuerpo te pide juerga... ellos también tienen sus derechos,
aunque es posible que no te hayas enterado. Se supone que sólo debes
liquidarles cuándo y dónde te lo ordenan.
Súbitamente,
sonrió. Su aspecto no mejoró. Con su larga y afilada nariz y sus ojiilos
inyectados en sangre, me di cuenta de pronto de lo mucho que se parecía a una
rata.
Pero
él continuó sonriendo y dijo:
—Evelyn,
muchacho, tal vez te hayas quitado esos galones demasiado pronto.
—Sí.
Puede haber una manera de salir de este embrollo. Siéntate. —Repitió
bruscamente—: Siéntate, he dicho. Si tuviera que decidir yo, te enviaría a la
Sección Octava y me olvidaría de ti: cualquier cosa con tal de librarme de ti.
Pero el comandante de la Compañía tiene otras ideas... una idea realmente
brillante que puede poner la nota final a tu expediente. Se ha planeado una
incursión para esta noche. De modo... —Se ladeó ligeramente, sacó una botella
de Cuatro Rosas y dos copas de un cajón de su escritorio, vertió licor en las
dos copas—. Toma un trago.
Todo
el mundo estaba enterado de la existencia de aquella botella... todo el mundo
menos el comandante de la Compañía, tal vez. Pero, que se supiera, el sargento
primero no había invitado nunca a beber a nadie... excepto en una ocasión,
antes de decirle a su víctima que había sido recomendado para comparecer ante
un Consejo de Guerra.
—No,
gracias.
—Vamos,
bebe. Te dará suerte. Y vas a necesitarla. Luego toma una ducha y haz que tu
aspecto resulte un poco decente, aunque tú no lo seas, antes de presentarte al
comandante de la Compañía.
Me
puse en pie. Deseaba aquel trago, lo necesitaba. Hubiera aceptado el peor
matarratas.., y el Cuatro Rosas es bastante suave. Pero no quería beber con el
sargento. No debía beber absolutamente nada aquí. Ni comer absolutamente nada,
Le
escupí a la cara.
Su
rostro adquirió una expresión de infinito asombro y luego empezó a derretirse.
Desenvainé mi espada y me precipité contra él.
De
pronto se hizo la oscuridad, pero yo continué dando mandobles a mi alrededor, a
veces conectando, a veces no.
XVI
Alguien
estaba sacudiendo mi hombro.
¡Despierta!
—¡Dejadme
en paz!
—Tienes
que despertar. Por favor, Jefe, despierta.
—Sí,
Héroe mío... por favor.
Abrí
los ojos, sonreí a Star, y luego traté de mirar a mi alrededor. ¡Diablos, qué
matadero! En el centro de él, cerca de mí, había una columna de cristal negro,
maciza y de un metro y medio de altura aproximadamente. Encima de ella estaba
el Huevo.
—¿Es
eso?
—¡Sí!
—asintió Rufo—. ¡Es eso! —Tenía un aspecto maltrecho, pero alegre.
—Sí,
mi Héroe paladín —confirmó Star—, ese es el verdadero Huevo del Fénix. Lo he
comprobado.
—Uh...
—Miré a mi alrededor—. Entonces, ¿dónde está el viejo Devorador de Almas?
—Tú
le mataste. Antes de que llegáramos aquí. Tenías aún la espada en la mano y el
Huevo apretado fuertemente debajo de tu brazo izquierdo. Nos costó mucho lograr
que los soltaras a fin de que yo pudiera trabajar contigo.
Incliné
los ojos, vilo que Star quería decir, y aparté la mirada. El rojo no es mi
color. Para no pensar en la cirugía, le dije a Rufo:
—¿Por
qué habéis tardado tanto?
Star
respondió:
—¡Creí
que no te encontraríamos nunca!
—¿Cómo
me encontrasteis?
Rufo
dijo:
—Jefe,
no podíamos perderte exactamente. Nos limitamos a seguir tu rastro de sangre...
incluso cuando parecía terminar en una pared. Ella es obstinada.
—Uh...
¿visteis algún hombre muerto?
—Tres
o cuatro. Desconocidos, no tenían nada que ver con nosotros. Artificiales,
probablemente. No nos entretuvimos. —Y añadió—: Y no vamos a entretenemos ahora
tampoco, en cuanto te sientas con fuerzas para andar. El tiempo es corto.
Flexioné
mi rodilla derecha, cautelosamente. El pinchazo seguía doliéndome, pero lo que
Star había hecho estaba aliviando rápidamente el dolor.
—Mis
piernas están bien —dije—. Puedo andar perfectamente en cuanto Star haya
terminado. Pero —enarqué las cejas—, no quiero volver a pasar a través de aquel
túnel de ratas. Las ratas me descomponen.
—¿Qué
ratas, Jefe? ¿A qué túnel te refieres?
De
modo que se lo dije.
Star
no hizo ningún comentario, limitándose a seguir aplicándome ungüentos y
parches. Rufo dijo:
—Jefe,
te pusiste de rodillas y empezaste a arrastrarte... en un pasillo exactamente
igual que los otros. No le encontré ningún sentido a la cosa, pero tú habías
demostrado que sabías lo que te hacías, de modo que no discútimos y te
imitamos. Cuando nos dijiste que esperásemos mientras tú te adelantabas a
explorar, te obedecimos también.., hasta que la espera se nos hizo demasiado
larga y Ella decidió que sería mejor que tratásemos de encontrarte.
Ahora
fui yo el que no hizo ningún comentario.
Nos
marchamos casi inmediatamente, por el camino «recto», y no tropezamos con
ninguna dificultad, ninguna alucinación, ninguna trampa, absolutamente nada
aparte del hecho de que el «camino verdadero» era largo y tedioso. Rufo y yo
permanecíamos alerta, en la misma formación, y Star en el centro portando el
Huevo.
Ni
Star ni Rufo sabían si corríamos aún el peligro de ser atacados, ni hubiésemos
podido hacer frente a algo que no fuera una patrulla de Boy Scouts. Unicamente
Rufo podía sostener una ballesta, y yo no me sentía con fuerzas para empuñar
una espada. Sin embargo, sólo precisábamos proporcionarle a Star el tiempo
suficiente para destruir el Huevo, de modo que no pudiera ser capturado.
—Pero
no hay que preocuparse por eso —me aseguró Rufo—. Será como contemplar la
explosión de una bomba—A desde la fila cero. Ni siquiera te darás cuenta.
Una
vez en el exterior, emprendimos una larga caminata hasta la Colina de las
Grutas y la otra Puerta. Almorzamos por el camino —yo tenía un hambre
terrible—, y compartí el brandy de Rufo y el agua de Star sin demasiada agua.
Me encontraba perfectamente cuando llegamos a la cueva de esta Puerta; ni
siquiera me importaba el cielo que no era cielo sino algún tipo de techo, ni
los extraños caprichos de la gravitación.
Un
diagrama o «pentáculo» se encontraba ya en esta cueva. Star sólo tuvo que
repasado, y luego esperamos un poco: nos habíamos dado tanta prisa a fin de
llegar allí antes de que aquella Puerta pudiera ser abierta; después tardaría
semanas o quizá meses en volver a abrirse... un espacio de tiempo demasiado
largo para que un humano viviera en Karth—Hokesh.
Nos
situamos en posición cuando faltaban pocos minutos. Yo iba vestido como el
Señor de la Guerra de Marte: solamente yo y el cinto de la espada y la espada.
Todos nos desprendimos de lastre hasta el límite, ya que Star estaba cansada y
tirar de unos cuerpos vivos seria para ella un esfuerzo suficiente. Star quería
que yo conservara mi ballesta, pero me opuse. Cuando insistió en que conservara
la Lady Vivamus, en cambio, mi oposición fue mucho más débil; no deseaba volver
a separarme de mi espada. Star la tocó y dijo que ahora no era metal muerto,
sino parte de mí.
Rufo
llevaba solamente su sonrosada y poco atractiva piel, más los parches; su
opinión fue la de que una espada es una espada, y él tenía mejores en casa.
Star, por motivos profesionales, no iba más vestida que nosotros.
—¿Cuánto
falta? —preguntó Rufo, mientras uníamos nuestras manos.
—Dos
minutos —respondió Star. El reloj en el cerebro de Star es tan exacto como mí
sentido de la orientación. Nunca la había visto utilizar un reloj.
—¿Se
lo has dicho? —inquirió Rufo.
—No.
Rufo
dijo:
—¿Acaso
no te queda ni pizca de vergüenza? ¿No crees que ya has jugado bastante con él?
Rufo
hablaba con sorprendente brusquedad, y estuve a punto de decirle que no debía
dirigirse a Star en aquel tono, pero ella se me adelantó.
—¡SILENCIO!
Empezó
a canturrear. Luego...
¡Ahora!
Súbitamente
nos encontramos en otra cueva.
—¿Dónde
estamos? —pregunté. Me sentía más pesado.
—En
el planeta Nevia —respondió Rufo—. Al otro lado de los Picos Eternos... y creo
que no sería mala idea ir a visitar a Jocko.
—Puedes
hacerlo —dijo Star furiosamente—. Hablas demasiado.
—Iré
si mi compañero Oscar me acompaña. ¿Te apetece, camarada? Podríamos estar allí
dentro de una semana. Sin dragones por el camino. Los Doral se alegrarían de
verte... especialmente Muri.
—¡Deja
a Muri fuera de esto! —Star estaba realmente furiosa.
—No
puedes soportarlo, ¿eh? —dijo Rufo irónicamente—. Una mujer más joven y todo
eso...
—¡Sabes
que no es verdad!
—¡Sé
muy bien lo que me digo! —replicó Rufo—. ¿Cuánto tiempo crees que podrás seguir
adelante con la farsa? No es justo, nunca lo fue. Es...
—¡Silencio!
¡Empieza el conteo!
Unimos
de nuevo nuestras manos y, ¡zas!, nos encontramos en otro lugar. Esto era otra
cueva con un lado parcialmente abierto al exterior; el aire era muy tenue y
extremadamente frío, y olía a nieve. El diagrama estaba grabado en la roca con
una materia dorada.
—¿Dónde
estamos? —quise saber.
—En
tu planeta —respondió Star—. En un lugar llamado Tibet.
—Y
podrías cambiar de tren aquí —añadió Rufo—, si ella no fuera tan obstinada. O
podrías ir andando, aunque es una larga y dura caminata; yo la hice en una
ocasión.
La
idea no me sedujo. Según las últimas noticias que había tenido del Tibet, se
encontraba en manos de hostiles pacifistas.
—¿Estaremos
aquí mucho tiempo? —pregunté—. Este lugar necesita calefacción central.
Deseaba
oír cualquier cosa que no fueran discusiones. Star era mi amada y yo no podía
soportar que alguien se mostrara rudo con ella.., pero Rufo era mi hermano de
sangre por mucha sangre perdida; me había salvado la vida más de una vez.
—No
mucho —respondió Star. En su rostro se reflejaba un cansancio infinito.
—Pero
sí el tiempo suficiente —añadió Rufo— para aclarar las cosas de modo que puedas
tomar tu propia decisión y para que no sigan llevándote de un lado para otro
como un gáto dentro de un saco. Ella debió decírtelo hace mucho tiempo. Ella...
—¡En
posición! —gritó Star—. Empieza el conteo. Si no te callas, Rufo, te dejaré
aquí y tendrás que caminar otra vez.., con nieve hasta la barbilla.
—Adelante
—dijo Rufo—. Las amenazas me hacen tan obstinado como tú, por imposible que
pueda parecer. Oscar, Ella es...
¡SILENCIO!
—. .
. Emperatriz de los Veinte Universos...
XVII
Estábamos
en una amplia estancia octogonal, de paredes lujosamente plateadas.
—. .
.y mi abuela —terminó Rufo.
—«Emperatriz»
no —protestó Star—. Esa es una palabra absurda para ello.
—Algo
muy parecido.
—Y
en cuanto a lo otro, hay que anotarlo en la cuenta de mis desgracias, no de mis
culpas. —Star se puso en pie de un salto, desaparecida su expresión de
cansancio, y colocó un brazo alrededor de mi cintura mientras sostenía el Huevo
del Fénix con el otro—. ¡Oh, querido! ¡Soy tan feliz! ¡Lo hemos conseguido!
¡Bienvenido a casa, Héroe mío!
Yo
estaba desconcertado: demasiadas zonas de tiempo, demasiadas ideas, demasiada
rapidez.
—En
casa. En mi hogar. Tu hogar ahora... si lo áceptas. Nuestro hogar.
—Uh,
comprendo... mi Emperatriz.
Star
golpeó el suelo con el pie.
—¡No
me llames eso!
—La
forma correcta de dirigirse a ella —dijo Rufo— es «Su Sabiduría». ¿No es
cierto, Su Sabiduría?
—Oh,
Rufo, cállate. Trae ropa para nosotros. Rufo sacudió la cabeza.
—La
guerra ha terminado y acabo de licenciarme. Tráelas tú misma, abuelita.
—Rufo,
eres imposible.
—¿Estás
enfadada conmigo, abuelita?
—Lo
estaré si no dejas de llamarme «abuelita». —Súbitamente, Star me entregó el
Huevo, abrazó a Rufo y le besó—. No, abuelita no está enfadada contigo —dijo
suavemente—. Siempre fuiste un chiquillo insoportable, y nunca olvidaré el día
en que pusiste ostras en mi cama. Pero supongo que las adquiriste
honradamente.., de tu abuela. —Volvió a besarle y acarició su oria de cabellos
blancos—. Abuelita te quiere. Abuelita siempre te querrá. Después de Oscar,
creo que eres casi perfecto... aparte de ser un mocoso insoportable, embustero,
malcriado, desobediente e irrespetuoso.
—Eso
está mejor —dijo Rufo—. Ahora que pienso en ello, me inspiras los mismos
sentimientos. ¿Qué quieres ponerte?
—Mmm...
saca un montón de cosas. Hace tanto tiempo que no he tenido un vestuario
decente... —Star se giré hacia mí—. Y a ti, ¿qué te gustaría ponerte, Héroe
mío?
—No
lo sé. No sé nada. Cualquier cosa que tú consideres adecuada... Su Sabiduría.
—Oh,
querido, no me llames eso, por favor. No siempre.
—Súbitamente,
pareció que estaba a punto de echarse a llorar.
—De
acuerdo. ¿Cómo debo llamarte?
—Star
es el nombre que me diste. Si tienes que llamarme de otra manera, podrías
llamarme tu «princesa». No soy una princesa... y tampoco soy una «emperatriz»;
eso es una mala traducción. Pero me gusta ser «tu princesa»... del modo que tú
lo dices. O puedo ser «fregona vivaracha», o Cualquiera de los montones de
cosas que me has estado llamando —Star alzó la mirada hacia mí muy seriamente—.
Lo mismo que antes. Para siempre.
—Lo
intentaré.., princesa mía.
—Héroe
mío.
—Pero
parecen existir muchas cosas que ignoro.
Star
pasó del inglés al neviano.
—Mi
señor marido, deseaba decírtelo todo. Suspiraba por decírtelo. Y mi señor lo
sabrá todo. Pero tenía un miedo mortal de que mi señor, si se lo decía
demasiado pronto, se negara a venir conmigo. No a la Torre Negra, sino aquí. A
nuestro hogar.
—Tal
vez obraste juiciosamente —contesté en el mismo idioma—. Pero estoy aquí, mi
señora esposa... princesa mía. De modo que ahora puedes decírmelo. Lo deseo.
Star
pasó de nuevo al inglés.
—Hablaré,
hablaré. Pero requerirá tiempo. Querido, ¿quieres refrenar tus caballos sólo un
poquito más? ¿Después de haber sido paciente conmigo, ¡tan paciente, amor mío!,
durante tanto tiempo?
—De
acuerdo —dije—. Refrenará mis caballos. Pero mira, no conozco las calles de
esta vecindad, necesito algunas indicaciones. Recuerda el error que cometí con
el viejo Jocko sólo por desconocer las costumbres locales.
—Sí,
querido, te comprendo. Pero no te preocupes, aquí las costumbres son sencillas.
Las sociedades primitivas son siempre más complicadas que las civilizadas.., y
esta no es primitiva. —En aquel momento se presentó Rufo y dejó caer un gran
montón de ropas a sus pies. Star se giró, sin soltarme el brazo, y se llevó un
dedo a la boca con una expresión pensativa, casi preocupada—. Ahora, déjame
ver. ¿Qué voy a ponerme?
«Complicado»
es una cuestión de relatividad; bosquejará solamente los esquemas generales.
Center
es el planeta capital de los Veinte Universos. Pero Star no era «Emperatriz», y
no se trata de un imperio.
Seguirá
llamándola «Star» como uno de los centenares de nombres que eran suyos, y lo
llamo un «imperio» porque no hay ninguna otra palabra que lo defina mejor, y me
referirá a «emperadores» y «emperatrices»... y a la Emperatriz, mi esposa.
Nadie
sabe cuantos universos existen. La teoría no fija ningún límite: todas y
cualquiera de las posibilidades en ilimitado número de combinaciones de leyes «naturales»,
cada una de las gavillas adecuada a su propio universo. Pero esto es simple
teoría, y la Navaja de Occam es demasiado roma. Lo único que se sabe en Veinte
Universos es que han sido descubiertos veinte, que cada uno de ellos tiene sus
propias leyes, y que la mayoría de ellos tienen planetas, o a veces «lugares»,
donde viven seres humanos. No intentaré decir lo que vive en otras partes.
Los
Veinte Universos incluyen muchos verdaderos imperios. Nuestra Galaxia en
nuestro universo tiene sus imperios estelares.., pero nuestra Galaxia es tan
enorme que nuestra raza humana no puede pasar a otra, salvo a través de las
Puertas que enlazan los universos. Algunos planetas no tienen Puertas
conocidas. La Tierra tiene muchas, y ésa es su única importancia; por lo demás
su nivel es el de un atrasado suburbio.
Hace
siete mil años se fraguó una idea para hacer frente a problemas políticos cuya
magnitud los hacía difíciles de manejar. Al principio fue algo modesto: ¿Cómo
podía ser gobernado un planeta sin arruinarlo? La población de este planeta
incluía a expertos cibernéticos, pero en otros aspectos no habían llegado mucho
más lejos que la población de la Tierra; seguían pegando fuego al granero para
acabar con las ratas y pillándose los dedos en las máquinas. Aquellos
experimentadores escogieron a un gobernante prominente y trataron de ayudarle.
Nadie
sabía por qué aquel individuo tenía tanto éxito, pero lo tenía y eso bastaba;
los experimentadores no estaban anclados en la teoría. Le proporcionaron ayuda
cibernética, registrando para él todas las crisis en su historia, todos los
detalles conocidos, lo que se había hecho y el resultado que había dado en cada
caso, todo organizado de manera que pudiera consultarlo casi como uno consulta
a su memoria.
Funcionó.
Con el tiempo, aquel gobernante llegó a supervisar todo el planeta Center, que
entonces tenía otro nombre. En realidad no lo gobernaba, sino que se limitaba a
desenmarañar los casos difíciles.
Registraron
también todo lo que hizo aquel primer «Emperador», bueno y malo, para
orientación de su sucesor.
El
Huevo del Fénix es un archivo cibernético de las experiencias de doscientos
tres «emperadores» y «emperatrices», la mayoría de los cuales «gobernaron»
todos los universos conocidos. Al igual que una caja plegable, es mayor por
dentro que por fuera. En uso, su tamaño es el de la Gran Pirámide, más o menos.
Más que menos.
Las
leyendas del Fénix abundan en todos los Universos: la criatura que muere pero
que es inmortal, resurgiendo siempre joven de sus propias cenizas. El Huevo es
una maravilla semejante, ya que ahora es mucho más que una biblioteca de
consulta; es un compendio de todas las experiencias de todas aquellas
personalidades descollantes, desde Su Sabiduría IX hasta Su Sabiduría CCIV, la
señora de Oscar Gordon.
El
cargo no es hereditario. Los antepasados de Star incluyen a Su Sabiduría I y a
la mayor parte de los otros sabidurías.., pero hay otros millones con tanta
sangre «real» como ella. Su nieto Rufo no fue escogido a pesar de que comparte
todos los antepasados de Star. O tal vez renunció. Nunca se lo pregunté, le
hubiera recordado la época en que uno de sus tíos hizo algo obsceno e
improbable. Es una de las preguntas que uno no debe hacer.
Una
vez élegido, la educación de un candidato abarca desde rudimentos de cocina
hasta matemáticas superiores... incluidas todas las formas de lucha personal,
ya que hace milenios que se comprobó que, por muy bien protegida que esté, la
víctima tendría más posibilidades si era capaz de luchar como un gato panza
arriba. Averigué esto a raíz de formularle a mí amada una pregunta indiscreta.
Yo
estaba aún intentando acostumbrarme al hecho de que me había casado con una
abuela, cuyo nieto parecía más viejo que yo y era todavía más viejo de lo que
parecía. Los habitantes de Center viven mucho más tiempo que nosotros, en
cualquier caso, y lo mismo Star que Rufo habían recibido el tratamiento de
«Larga Vida». Cuesta un poco acostumbrarse a eso.
—¿Cuántos
años de vida tenéis los «sabidurías»? —le pregunté a Star.
—No
demasiados —respondió Star casi roncamente—. Habitualmente somos asesinados.
(Soy
un bocazas...).
El
adiestramiento de un candidato incluye el viajar por muchos mundos. No por
todos los planetas—lugares habitados por seres humanos: nadie vive tanto tiempo.
Pero muchos. Después de que un candidato termina con todo esto y si es
seleccionado como heredero, empieza el trabajo de postgraduado: el propio
Huevo. El heredero tiene que imprimir en él (ella) los recuerdos y las
personalidades de los emperadores del pasado, hasta «integrarse» con ellos,
convirtiéndose en una Estrella—Positiva. En una supernova. En Su Sabiduría.
La
personalidad viva es la que predomina, pero toda aquella multitud está allí
también. Sin utilizar el Huevo, Star podía recordar experiencias de personas
que habían muerto hacía muchos siglos. Con el Huevo —en el que ella misma
estaba integrada—, tenía siete mil años de recuerdos tan claros y concretos
como si pertenecieran al día anterior.
Star
me confesó que había vacilado diez años antes de aceptar el nombramiento. No
había deseado ser todas aquellas personas; le hubiera gustado seguir siendo
ella misma, viviendo a su antojo. Pero los métodos utilizados para escoger a
los candidatos (no los conozco, están alojados en el. Huevo) parecían casi
infalibles; únicamente tres habían sido rechazados desde que se implanté el
sistema.
Cuando
Star se convirtió en Emperatriz apenas había iniciado la segunda mitad de su
adiestramiento, ya que solamente habían sido impresos en ella siete de sus
predecesores. La impresión en sí no requería mucho tiempo, pero la víctima
tenía que restablecerse después de cada una de ellas... ya que debía asimilar
todo lo que le había sucedido al personaje, bueno y malo: la vez qué fue cruel
con un animalito doméstico siendo niño y la vergüenza con que lo recordaba en
su madurez, la pérdida de su virginidad, la vez insoportablemente trágica en
que cometió un error realmente grave.., absolutamente todo.
—Debo
experimentar sus equivocaciones —me dijo Star—. Las equivocaciones son el único
medio seguro para aprender.
De
modo que la estructura entera está basada en sorneter a una persona a todos los
miserables errores de siete mil años.
Misericordiosamente,
el Huevo no tenía que ser utilizado con frecuencia. La mayor parte del tiempo
Star podía ser ella misma, no más importunada por recuerdos impresos de lo que
le importuna a usted aquella desagradable observacion que le hicieron cuando
cursaba el segundo grado. Star podía resolver la mayoría de los problemas
disparando desde la cadera.., sin tener que recurrir al Cuarto Negro ni a toda
una serie de diagramas.
Ya
que lo único que quedaba claro a medida que exponía aquel sistema empírico de
gobernar un imperio era la respuesta a la mayoría de los problemas: No hacer
nada.
Siempre
King Log, nunca King Stork: «Vive y deja vivir.» «Deja que las cosas se
arreglen por sí mismas.» «El tiempo es el mejor médico.» «No molestes a los
perros que duermen.» «Déjalos en paz y volverán a casa, agitando sus rabos
detrás de ellos.»
Incluso
los edictos positivos del Imperio solían estar redactados en forma negativa: No
Destruirás El Planeta De Tus Vecinos. (Destruye el tuyo, si quieres). Manos
libres para los guardianes de las Puertas. No pidas justicia, tú también serás
juzgado.
Por
encima de todo, no plantees serios inconvenientes a una votación popular. Oh,
no existe ninguna norma contra la democracia local, sólo en cuestiones
imperiales. El viejo Rufo —perdón, el Doctor Rufo, un eminente culturólogo
comparativo (con gustos más bien plebeyos)—, Rufo me dijo que todas las razas
humanas prueban todas las formas políticas, y que la democracia es utilizada en
muchas sociedades primitivas.., pero que él no conocía ningún planeta
civilizado que la utilizara, ya que Vox Populi, Vox Dei se traduce como: «¡Dios
mío! ¿Cómo pudimos meternos en este atolladero?»
Pero
Rufo pretendía gustar de la democracia: cada vez que se sentía deprimido citaba
el ejemplo de Washington, y los atractivos del Parlamento francés venían
inmediatamen te detrás de los atractivos de las mujeres francesas.
Le
pregunté cómo dirigían los asuntos públicos las sociedades avanzadas.
Rufo
frunció el entrecejo.
—En
términos generales no hacen nada.
Eso
describía a la Emperatriz de Veinte Universos: En términos generales no hacía
nada.
Pero
a veces hacía algo. Podía decir: «Este problema se resolvería si os llevarais a
ese chismoso —¿Cómo te llamas? Tú, el de la perilla— y le fusilarais. Hacedlo.»
(Yo estaba presente. Lo hicieron. Era el jefe de la delegación que había
acudido a ella para plantearle el problema —algo relacionado con el comercio
intergaláctico entre imperios del VIIº Universo—, y sus propios compañeros de
delegación le arrastraron al exterior y le mataron. Star continué tomando café.
Es un café mucho mejor que el que tenemos en la Tierra, y yo estaba tan
trastornado que me serví una taza a mí mismo).
Un
Emperador no tiene ningún poder. Pero, si Star decidía que un planeta debía ser
eliminado, la gente se afanaría, y habría una nova en aquel cielo. Star no lo
había hecho nunca, pero existía algún precedente. Escasos, desde luego: Su
Sabiduría escudriñará su alma (y el Huevo) largamente antes de decretar algo
tan definitivo, aunque su hipertrofiado sentido de la realidad le diga que no
hay otra solución.
El
Emperador es fuente única de ley Imperial, juez único, ejecutivo único... y
hace muy pocas cosas y no dispone de ningún medio para imponer sus normas. Lo
que él o ella poseen es el enorme prestigio de un sistema que ha funcionado
durante siete milenios. Este no—sistema se mantiene a base de no buscar la
unanimidad, la uniformidad, la utópica perfección: sólo respuestas
suficientemente buenas para ser aceptadas, con mucha tolerancia y espacio para
muchas conductas y actitudes.
Los
asuntos locales son locales. ¿Infanticidio? Son vuestros bebés, vuestro
planeta. Asociaciones de padres y maestros, censura cinematográfica, ayuda en
caso de catástrofe... el Imperio es poderosamente inútil.
La
Crisis del Huevo empezó mucho antes de que yo naciera. Su Sabiduría CCIII fue
asesinado y el Huevo robado al mismo tiempo. Algunos exaltados deseaban el
poder... y el Huevo, con sus recursos únicos, tenía latente la clave de un
poder que Genghis Kan nunca soñó.
¿Por
qué tendría que desear alguien el poder? Yo no lo comprendía. Pero aquellos
exaltados opinaban de una forma distinta.
De
modo que Star entró en funciones a medio adiestrar, enfrentada a la mayor
crisis que habla sufrido el Imperio y desposeída de su almacén de Sabiduría.
Pero
no indefensa. Habían imprimido en ella las experiencias de siete hombres
hipersensibles, y disponía de todo el sistema ciber—computador, salvo aquella
única parte conocida como el Huevo. Lo primero que tenía que descubrir era lo
que habían hecho con el Huevo. No era prudente organizar un ataque contra el
planeta de los exaltados; podría acarrear la destrucción del Huevo.
Había
medios para hacer hablar a un hombre si a uno no le importaba utilizarlos. A
Star no le importó. No me refiero a nada tan tosco como el potro y las tenazas.
Esto era más parecido a pelar una cebolla, y ellos pelaron varias.
Karth—Hokesh
era un lugar tan horrible que muy pocos de los exploradores que se habían
arriesgado a visitarlo regresaron vivos. (Nosotros estuvimos en una
«subdivisión jardín», el resto es mucho peor). Los exaltados no demostraron el
menor interés en permanecer allí; se limitaron a ocultar el Huevo y a instalar
guardianes y trampas alrededor de él y en los caminos que conducían a él.
Le
pregunté a Rufo:
—¿Qué
utilidad tenía el Huevo allí?
—Ninguna
—admitió—. Pero los que lo hablan robado no tardaron en comprobar que no tenía
utilidad en ninguna parte... sin Ella. Necesitaban, o a su equipo de
cibernéticos... o a Su Sabiduría en persona. Ellos eran incapaces de abrir el
Huevo. Ella es la única persona que puede hacerlo sin la ayuda de nadie. De
manera que montaron una trampa para Ella. El objetivo era capturar a Su
Sabiduría —capturarla con preferencia— o matarla en caso necesario, y luego
tantear a las personas clave aquí, en Center, cosa que no se atrevían a hacer
estando Ella viva.
Star
inició inmediatamente una investigación para decidir la mejor manera de
recuperar el valioso Huevo. ¿Invadir Karth—Hokesh? Las máquinas dijeron:
«¡Diablos, no!» Yo también lo hubiera dicho. La idea era descabellada. ¿Cómo
organizar una invasión de un lugar en el que un hombre no sólo no puede comer
ni beber nada local, sino que ni tan siquiera puede respirar el aire más allá
de unas cuantas horas? ¿Cuando un asalto en masa destruirá lo que vas a buscar?
¿Cuando tus únicas cabezas de playa son dos limitadísimas Puertas?
Las
computadoras acabaron por dar una respuesta absurda, no importa cómo fuera
formulada la pregunta.
Yo.
Un
«Héroe», es decir: un hombre con unas espaldas muy fuertes, una mente débil y
un profundo apego a su propio pellejo. Aparte de otros rasgos. Una incursión a
cargo de un hombre de características semejantes, ayudado por la propia Star,
podría tener éxito. Rufo fue añadido a raíz de un presentimiento de Star (los
presentimientos de Sus Sabidurías equivalían a las intuiciones de un genio), y
las máquinas lo confirmaron.
—Fui
reclutado —dijo Rufo—. Contra mi voluntad, de modo que me negué en redondo.
Pero cuando se trata de algo relacionado con Ella siempre me falla el sentido
común, maldita sea; Ella me echó a perder cuando yo era un chiquillo.
Siguieron
años de búsqueda del hombre especificado. (Yo, de nuevo.., nunca sabré por
qué). Entretanto, unos hombres valientes fueron haciéndose cargo de la
situación y, eventualmente, trazaron el mapa de la Torre. La propia Star
participé en los reconocimientos, y consiguió ganarse buenos amigos en Nevia,
también.
(¿Forma
parte Nevia del «Imperio»? Sí y no. El planeta Nevia tiene las únicas Puertas a
Karth—Hokesh aparte de la que se encuentra en el planeta de los exaltados; esa
es su importancia para el Imperio.., y el Imperio no tiene la menor importancia
para Nevia).
Lo
más probable era que aquel «Héroe» pudiera encontrarse en un planeta bárbaro,
como la Tierra por ejemplo. Star se trasladó a nuestro planeta y examiné a
numerosos candidatos procedentes de diversas naciones antes de que su olfato le
dijera que yo podría ser su hombre.
Le
pregunté a Rufo qué probabilidades nos habían concedido las máquinas.
—¿Qué
te hace preguntar eso? —inquirió.
—Bueno,
sé algo de cibernética.
—Eso
te crees tú. Sin embargo... hubo una predicción. Trece por ciento de éxito,
diecisiete por ciento de abstención, y setenta por ciento de muerte para todos
nosotros.
Silbé.
—¡Tú
puedes silbar! —exclamó Rufo en tono indignado—. No sabías más de lo que sabe
un caballo de un escuadrón de caballería. No tenias nada de que asustarte.
—Estaba
asustado.
—No
tuviste tiempo para estarlo. Estaba planeado así. Nuestra única posibilidad
residía en la rapidez de nuestra acción y en una absoluta sorpresa. Pero yo
sabia. Hijo, cuando nos dijiste que esperásemos, allí en la Torre, y
desapareciste y no regresabas, bueno, me entró un miedo que no había conocido
en toda mi accidentada vida.
Una
vez en marcha, la incursión discurrió tal como he contado. Al menos eso creo,
aunque es posible que yo viera lo que mi mente podía aceptar más bien que lo
que ocurrió exactamente. Me refiero a la «magia». ¿Cuántas veces los salvajes
han llegado a una conclusión de «magia» cuando un hombre «civilizado» se ha
presentado con algo que el salvaje no podía entender? ¿Cuán a menudo es
aceptada una etiqueta, tal como «televisión», por salvajes de la cultura (que
sin embargo hacen girar diales), cuando la palabra más honrada sería «magia»?
No
obstante, Star nunca insistió en aquella palabra. La aceptó cuando yo insistí
en ello.
Pero
quedaría muy decepcionado si todo lo que vi resultara ser algo que la Western
Electric construirá en cuanto los Laboratorios Bell descubran el truco. Tendría
que haber alguna magia, en alguna parte, sólo como condimento.
Oh,
sí, el sumirme en un profundo sueño para la primera transición fue para evitar
que un pobre salvaje se asustara más de la cuenta de buenas a primeras. En
cuanto a los «ataúdes negros»... bueno, aquello fue sugestión posthipnótica, a
cargo de un experto: mi esposa.
¿He
dicho los que les ocurrió a los exaltados? Nada. Sus Puertas fueron destruidas;
permanecerán aislados hasta que desarrollen los viajes interestelares. Un
castigo suficiente, que responde a las normas del Imperio. Sus Sabidurías son
incapaces de alimentar un rencor.
XVIII
Center
es un planeta encantador, parecido a la Tierra, pero sin los defectos de la
Tierra. Ha sido estructurado a lo largo de milenios para hacer de él una
especie de Jauja, conservando desierto, nieve y selva suficientes para
disfrutarlos, y eliminando toda posibilidad de inundaciones y otros desastres
mediante obras de ingeniería.
No
está atestado, pero tiene una considerable población para su tamaño; el de
Marte, pero con océanos. La gravedad en la superficie es casi la de la Tierra.
(Una constante más elevada, creo). Casi la mitad de la población es transeunte,
ya que su gran belleza y sus valores culturales únicos —foco de veinte
universos— lo convierten en un paraíso turístico. No se ha escatimado ningún
esfuerzo para lograr que los visitantes se encuentren cómodos, con la
minuciosidad de los suizos, pero con una tecnología desconocida en la Tierra.
Star
y yo teníamos residencias en una docena de lugares alrededor del planeta (y
muchísimas en otros universos), desde palacios hasta un pequeño pabellón de
pesca donde Star atendía personalmente la cocina. La mayor parte del tiempo
vivíamos en apartamentos en una montaña artificiál que albergaba al Huevo y su
plana mayor; allí había salones, salas de conferencias, secretariados, etc. Si
Star tenía deseos de trabajar, le gustaba tener aquellas cosas a mano. Pero un
embajador de un sistema o un emperador de un centenar de sistemas que nos
visitara tenía tantas posibilidades de ser invitado a nuestro hogar privado
como un mendigo en la puerta trasera de una mansión de Beverly HilIs la tiene
de ser invitado al salón principal.
Pero
si por casualidad Star simpatizaba con el visitante, podía traerle a casa para
un piscolabis a medianoche. Lo hizo una vez: una especie de pequeño silfo con
cuatro brazos que parecía bailar claqué continuamente. Pero Star no ofrecía
recepciones oficiales ni se sentía obligada a asistir a reuniones sociales. No
daba conferencias de prensa, ni pronunciaba discursos, ni recibía a comisiones
de Girl Scouts, ni ponía primeras piedras, ni proclamaba «Días» especiales, ni
firmaba documentos, ni desmentía rumores, ni hacía ninguna de las cosas que
consumen buena parte del tiempo de los soberanos y de las V.I.P. en la Tierra.
Consultaba
a individuos, a veces haciéndoles venir de otros universos, y tenía a su
disposición todas las noticias de todas partes, organizadas en un sistema que
había sido desarrollado a través de siglos. Y a través de ese mismo sistema,
Star decidía qué problemas debía estudiar. Una queja crónica era la de que el
Imperio ignoraba «cuestiones vitales».., y era verdad. Su Sabiduría sólo tomaba
en cuenta los problemas que ella elegía; según la filosofía del sistema, la
mayoría de los problemas se resolvían por sí mismos.
Acudíamos
a menudo a acontecimientos sociales; a los dos nos gustaban las fiestas, y para
Su Sabiduría y Consorte la posibilidad de elección era ilimitada. Había un
protocolo negativo: Star no aceptaba ni rechazaba invitaciones; se presentaba
cuando quería, y se negaba a ser apremiada al respecto. Esto representaba un
cambio drástico para la sociedad de Center, ya que el predecesor de Star había
impuesto un protocolo más rígido que el del Vaticano.
Un
día, en una fiesta, nuestra anfitriona acudió a mí quejándose de lo aburrida
que había llegado a ser la sociedad bajo las nuevas normas: tal vez yo pudiera
hacer algo al respecto...
Lo
hice. Fui en busca de Star, le hablé de aquella observación, e inmediatamente
nos marchamos a un baile de artistas borrachos: ¡una juerga!
Center
es un amasijo tal de culturas, razas, costumbres y estilos, que tiene pocas
normas. La única costumbre invariable era: no me impongas tus costumbres. La
gente vestía como en su lugar de origen, o experimentaba con otros estilos;
cualquier reunión social parecía un baile de máscaras. Un invitado podía
presentarse completamente desnudo sin provocar comentarios... y algunos lo
hacían, una pequeña minoría. No me refiero a no—humanos o a humanos hirsutos:
las ropas no son para ellos. Me refiero a humanos que no habrían llamado la
atención en Nueva York con ropas norteamericanas... y a otros que habrían
llamado la atención incluso en la Isla del Levante debido a que no tenían un
solo pelo, ni siquiera en las cejas. Esto es una fuente de orgullo para ellos;
demuestra su «superioridad» sobre los monos peludos que somos nosotros, y se
ufanan tanto de su carencia de pelo como un georgiano de su deficiencia en
melanina. De modo que van desnudos con más frecuencia que otras razas humanas.
Yo encontré desconcertante su aspecto, pero uno acaba por acostumbrarse.
Star
iba vestida fuera de nuestro hogar, lo mismo que yo. Star no desaprovechaba
nunca una ocasión para lucir un vestido, una simpática debilidad que hacía
posible olvidar, a veces, su categoría Imperial. Nunca llevaba dos veces el
mismo vestido, y siempre exhibía algo nuevo... sintiéndose decepcionada si yo
no lo advertía. Algunos de sus modelos hubieran producido fallos cardíacos
incluso en una playa de la Riviera. Star creía que un vestido de mujer éra un
fracaso a menos de que hiciera que los hombres desearan desgarrarlo.
Uno
de los atuendos más eficaces de Star fue el más sencillo. Rufo estaba
casualmente con nosotros, y a Star se le ocurrió súbitamente que vistiéramos
como lo habíamos hecho durante la Búsqueda del Huevo.., y pim, pam, pum, los
trajes estuvieron a nuestra disposición, o fueron confeccionados por encargo,
en la medida de lo posible; las ropas nevianas son prácticamente desconocidas
en Center.
Ballestas,
flechas y carcajes fueron fabricados con la misma rapidez, y nos vimos
convertidos en Payasos. Experimenté una agradable sensación al ceñirme a Lady
Vivanzus; había permanecido colgada en una pared de mi estudio desde que
regresamos de la gran Torre negra.
Star
se irguió, con los pies ampliamente separados, los puños en las caderas, la
cabeza echada hacia atrás, los ojos brillantes y las mejillas enrojecidas.
—¡Oh,
esto es divertido! ¡Me siento estupendamente, me siento joven! Querido,
prométeme, prométeme de veras que algún día volveremos a vivir una aventura...
Me estoy cansando de portarme de un modo sensato.
Hablaba
en inglés, ya que el idioma de Center no es apropiado para ideas semejantes. Es
un idioma adulterado con millares de años de importaciones y cambios, y carece
de inflexiones y de sutilezas.
—De
acuerdo —asentí—. ¿Qué opinas, Rufo? ¿Quieres volver a recorrer aquella Ruta de
Gloria?
—Cuando
la hayan pavimentado.
—Tonterías.
Vendrás, te conozco. ¿Dónde y cuándo, Star? No importa «dónde»... sólo
«cuándo». ¡Prepara la expedición a partir de este momento!
Súbitamente,
Star se puso seria.
—Cariño,
sabes que no puedo. No he pasado aún la tercera parte de mi adiestramiento.
—Tenía
que haber destruido aquel Huevo cuando lo encontré.
—No
te enfades, cariño. Vayamos a la fiesta y pasémoslo bien.
Así
lo hicimos. En Center se viaja por medio de trasladadores, «Puertas»
artificiales que no requieren ninguna «magia» (o quizá todavía más); uno marca
su punto de destino como si apretara botones en un ascensor, de modo que no hay
problemas de tráfico en las ciudades... ni otras mil cosas desagradables; no
permiten que asomen los huesos en sus ciudades. Star decidió que viajáramos
hasta muy cerca de nuestro verdadero punto de destino, cruzáramos un parque, e
hiciéramos una entrada espectacular. Sabe lo bien que les sientan los
pantalones ajustados a sus largas piernas y solidas nalgas; hacía oscilar sus
caderas corno una mujer hindú.
¡Muchachos,
fuimos una sensación! En Center nadie lleva espada, salvo algún ocasional
visitante, quizá. Las ballestas y flechas son dientes de gallina también.
Llamamos la atención tanto como un caballero con armadura en la Quinta Avenida.
Star
era tan feliz como un niño jugando a los disfraces. Lo mismo que yo. Con mi
ballesta en bandolera, me sentía dispuesto a cazar dragones.
Era
un baile parecido a los de la Tierra. (Según Rufo, todas nuestras razas en
todas partes tienen la misma diversión básica: reunirse en multitudes para
bailar, beber y charlar. Pretendía que las reuniones de hombres solos o de
mujeres solas son síntomas de una cultura enferma. Yo no se lo discutí).
Descendimos por una amplia escalinata, la música se interrumpió, la gente miró
boquiabierta... y Star disfruté con la atención que había despertado. Los
músicos hicieron sonar de nuevo sus instrumentos y los invitados volvieron a
asumir la actitud de cortesía negativa que la Emperatriz solía exigir. Pero
seguíamos llamando la atención. Yo había creído que la historia de la Búsqueda
del Huevo era un secreto de estado ya que nunca la había oído mencionar. Pero, aun
en el caso de que fuera conocida, cabía esperar que sólo nosotros tres
estuviésemos enterados de los detalles.
No
era así. Todo el mundo sabía lo que significaban aquellos atuendos, y más. Me
encontraba en el buffet, empapando en brandy un Dagwood de mi propia invención,
cuando fui acorralado por la hermana de Scherezade, la guapa. Pertenecía a una
de las razas humana—pero—no—como—la— nuestra. Iba vestida con rubíes del tamaño
del pulgar y una tela razonablemente opaca. Medía alrededor de un metro
sesenta, descalza, era increíblemente delgada, y su cintura no podía medir más
de treinta centímetros, lo cual exageraba otras dos medidas que destacaban
poderosamente. Era morena, con los ojos más rasgados que he visto. Parecía un
hermoso gato, y me miraba como un gato mira a un pájaro.
—Yo
misma —anuncié.
—Habla.
—Sverlani.
Mundo... —(Nombre y código: nunca había oído hablar de él)—. Estudiante
diseñadora alimentación. Matemático—sibarítica.
—Oscar
Gordon. Tierra. Soldado. —Omití el Número de Identificación para la Tierra;
ella sabía quién era yo.
—¿Interrogatorio?
—Pregunta.
—¿Es
espada?
—Es.
La
miró, y sus pupilas se dilataron.
—¿Es—era
espada destruir organismo guardián Huevo?
—(«¿Es
esta espada ahora presente la sucesora directa en cambio secuencial
espacio—tiempo, aparte de anomalías teóricas involucradas en transiciones
entre—universos, de la espada utilizada para matar al Nonato?» El tiempo doble
del verbo, presente—pasado, estipula y aparta a un lado el concepto de que la
identidad es una abstracción carente de significado: es esta la espada que
realmente utilizaste, en el significado cotidiano, y no me engañes, soldado, no
soy ninguna niña).
—Era—es
—asentí. («Yo estuve allí y garantizo que la he seguido hasta aquí, de modo que
todavía lo es»).
Ella
profirió una leve exclamación, y sus pezones se irguieron. Alrededor de cada
uno de ellos estaba pintado, o tal vez tatuado, el dibujo multi—univeral que
nosotros llamamos «Muralla de Troya»... y su reacción fue tan intensa que los
baluartes de Ilium volvieron a desmoronarse.
—¿Tocar?
—dijo ella en tono suplicante.
—Tocar.
—¿Tocar
dos veces? («Por favor, ¿puedo tocarla lo suficiente para captar la sensación
que produce? Pido demasiado y tienes derecho a negármelo, pero te aseguro que
no la lastimaré»... Su vocabulario es escaso, pero la gracia está en la manera
de utilizarlo).
Yo
no lo deseaba, tratándose de Lady Vivamus. Pero mi debilidad son las muchachas
bonitas.
—Toca...
dos veces —asentí de mala gana. Desenvainé mi espada y se la tendí con el pomo
por delante, dispuesto a agarrarla antes de que la muchacha le vaciara un ojo a
alguien o se pinchara su propio pie.
La
aceptó cautelosamente, con los ojos y la boca muy abiertos, agarrándola por el
recazo en vez de por el pomo.Tuve que mostrarle cómo debía empuñarla. Su mano
era demasiado pequeña; sus manos y sus pies, al igual que su cintura, eran
ultradelgados.
Localizó
la inscripción.
—¿Significa?
Dum
vivimus; vivamus no se traduce bien, no porque ellos no pueden comprender la
idea, sino porque es agua para un pez. ¿De qué otro modo se podría vivir? Pero
lo intenté.
—Tocar—dos—veces
vida. Comer. Beber. Reír.
Ella
asintió pensativamente, y luego azoté el aire, con la muñeca doblada y el codo
hacia fuera. No pude soportarlo, de modo que tomé la espada de sus manos, la
incliné lentamente dominando el acero de un imaginario rival, y efectué un
rápido tirabuzón para situarme de nuevo en guardia: un movimiento tan elegante
que mereció la silenciosa aprobación de hombres grandes y peludos. Ese es el
motivo por el que las bailarinas estudian esgrima.
Saludé
y le devolví la espada a la muchacha, ajustando después su codo y su muñeca
derechos y su brazo izquierdo.., algo que resulta muy divertido para el maestro
de esgrima. La muchacha se tiró a fondo, casi ensartando a uno de los
invitados.
Recuperé
la espada, froté la hoja, y la envainé. Habíamos reunido a un buen grupo de
espectadores. Cogí mi Dagwood del bufete pero la muchacha no habla terminado
conmigo.
—¿Yo
saltar sobre espada?
Me
atraganté. Si ella comprendía el significado —o silo comprendía yo—, me estaba
haciendo proposiciones amorosas con más delicadeza que las que hasta entonces
me habían hecho en Center. Habitualmente son invitaciones sin tapujos. No podía
creer que Star hubiera divulgado los detalles de nuestra ceremonia nupcial.
¿Rufo, quizá? Yo no se lo había dicho, pero Star podía haberlo hecho.
Al
ver que yo no contestaba, la muchacha decidió ser más explícita sin bajar el
tono de su voz.
—Yo
no virgen no madre no embazarada fértil.
Le
expliqué tan cortésmente como el idioma permite, que no es mucho, que estaba
comprometido. Pareció olvidarse del tema y miró al Dogwood.
—¿Morder
para probarlo?
Aquello
era harina de otro costal; asentí. La muchacha tomó un buen bocado, masticó
pensativamente, y pareció complacida.
—Sabroso.
Primitivo. Fuerte. Gran disonancia. Arte excelente.
Luego
se alejó, dejándome maravillado.Alcabo de diez minutos volvieron a plantearme
la cuestión Recibi más proposiciones que en cualquier otra fiesta en Center, y
estoy seguro de que la espada tuvo mucho que ver conello. Desde luego, ese tipo
de proposiciones me salían al paso en cada acontecimiento social; yo era el
consorte de su Sabiduría. Y me hubieran llovido las ofertas aunque hubiese sido
un orangután. Algunos peludos parecían orangutanes y eran socialmente
aceptables, pero yo podría haber sido como uno de ellos. Y haberme comportado
peor. La verdad era que muchas damas sentían curiosidad por saber lo que la
Emperatriz se llevaba a la cama, y el hecho de que yo fuera un salvaje, o en el
mejor de los casos un bárbaro, aumentaba su curiosidad. No existía ningún tabú
contra las multirelaciones sexuales, y eran muy pocos los que renunciaban a
ellas.
Pero
yo estaba aún en plena luna de miel. Y en cualquier caso, si hubiera aceptado
todos aquellos ofrecimientos, habría quedado tan transparente como un visillo.
Pero debo confesar que en mi fuero íntimo aquellas proposiciones me halagaban;
el ser tan solicitado es bueno para la moral de
cualquiera.
Aquella
noche, mientras nos desvestíamos, dije:
—¿Te
has divertido, cariño?
Star
bostezó y sonrió.
—Desde
luego. Y tú también te lo has pasado bomba, viejo espadachín. ¿Por qué no te
has traído a casa a aquella gatita?
—¿Qué
gatita?
—Lo
sabes perfectamente. Aquella a la que enseñabas esgrima. —
—¡Miau!
—No,
no, querido. Tendrías que enviar a buscarla. Oí que te hablaba de su profesión,
y hay una estrecha relación entre el buen cocinar y el buen...
—¡Mujer,
hablas demasiado!
Star
pasó del inglés al neviano.
—Sí,
mi señor marido. Pero no profiero ningún sonido que no brote de unos labios
angustiados por el amor.
—Mi
dama, mi amada esposa... espíritu elemental de las Aguas Cantarinas...
El
neviano es más útil que la jerga que hablan en Center. Center es un lugar
divertido, y la vida del consorte de una Sabiduría discurre de un modo fácil y
cómodo. Después de nuestra primera visita al pabellón de pesca de Star,
mencioné lo agradable que resultaría volver algún día y capturar unas cuantas
truchas en aquel paraje encantador, la Puerta por la cual habíamos penetrado en
Nevia.
—Me
gustaría que estuviera en Center —dije.
—Lo
estará.
—Star...
¿Podrías trasladarla? Sé que algunas Puertas, las comerciales, pueden dejar
paso a verdaderas masas, pero incluso así...
—No,
no. Pero sería prácticamente lo mismo. Déjame ver. Se tardará un día,
aproximadamente, en estereotiparlo y medirlo y tipografiarlo desde el aire,
etc. La corriente de agua, esas cosas. Pero entretanto... No hay muchas cosas
más allá de esta pared, sólo una planta de energía y poco más. Digamos una
puerta aquí, y el lugar donde asamos el pescado un centenar de metros más allá.
Estará terminado en una semana, o tendremos un nuevo arquitecto. ¿Te parece
bien?
—Star,
no harás nada de eso.
—¿Por
qué no, cariño?
—¿Destruir
la casa entera para que yo pueda pescar unas truchas? ¡Absurdo!
—A
mí no me lo parece.
—Bueno,
lo es. De todos modos, amor mío, no pensaba en trasladar aquel paraje aquí,
sino en ir allí. Unas vacaciones.
Star
suspiró.
—Cuánto
me gustarían unas vacaciones.
—Hoy
has tomado una impresión. Tu voz es distinta.
—Agota
mucho, Oscar.
—Star,
las estás tomando demasiado aprisa. Te estás sometiendo a un esfuerzo excesivo.
—Es
posible. Pero soy yo quien debe juzgar acerca de eso, como sabes muy bien.
—¡No
quiero saberlo! No pretendo inmiscuirme en tus asuntos de gobierno, son cosa
tuya y lo sé, pero en mi calidad de marido tuyo debo juzgar si trabajas
demasiado.., y evitarlo.
—¡Querido,
querido!
Se
producían demasiados incidentes como ese.
Yo
no estaba celoso de ella. Aquel fantasma de mi salvaje pasado había quedado
enterrado en Nevia. Y no había vuelto a acosarme.
Y
Center no es un lugar propicio para las andanzas de un fantasma semejante.
Center tiene tantas costumbres matrimoniales como culturas: millares. Algunos
humanos son monogamos por instinto, como se ha dicho de los cisnes. De modo que
la fidelidad no puede ser clasificada como una «virtud». Al igual que el valor
es la valentía ante el miedo, la virtud es portarse bien ante la tentación. Si
no existe ninguna tentación, no puede haber virtud. Pero aquellos inflexibles
monógamos no representaban ningún riesgo. Si alguien, por ignorancia, hacía
proposiciones deshonestas a una de aquellas castas damas, no se exponía a un
bofetón ni a una cuchillada; ella le dejaría con la palabra en la boca y
seguirla conversando con los demás. Y no pasaría nada si el marido lo oyera;
los celos son desconocidos en una raza automáticamente monógama. No es que yo
lo hubiera probado nunca; a mis ojos, se parecían —y olían— a una masa de
harina echada a perder. Donde no hay tentación no hay virtud.
Pero
tuve oportunidades de mostrarme «virtuoso». Aquella gatita con la cintura de
avispa me tentó... y me enteré de que pertenecía a una cultura en la cual las
mujeres no pueden casarse hasta que han demostrado que pueden tener hijos, como
en algunas partes de los Mares del Sur y ciertos lugares de Europa; de modo que
ella no estaba quebrantando ningún tabú de su tribu. Y fui más tentado por otra
muchacha, con una figura encantadora, un delicioso sentido del humor y una de
las mejores bailarinas de cualquier universo. No lo escribió en la acera; sólo
me dio a entender que no estaba ni demasiado ocupada ni desinteresada,
utilizando aquella jerga de un modo hábilmente indirecto.
Resultaba
atractivo. Muy «americano». Investigué (en otra parte) acerca de las costumbres
de su tribu y descubrí que, si bien eran rígidos en lo que respecta al
matrimonio, se mostraban muy tolerantes en lo demás. Yo no lo hubiera hecho
nunca como yerno, pero la ventana estaba abierta a pesar de que la puerta
estuviera cerrada.
De
modo que me acoquiné. Me examiné a mí mismo y admití que sentía una curiosidad
tan morbosa como la de cualquier mujer que me hacía proposiciones simplemente
porque yo era el consorte de Star. La pequeña Zhai—ee—van era una de aquellas
que no llevaban ropas. Pero no iba desnuda: desde la punta de su nariz hasta
los diminutos dedos de sus pies estaba cubierta de un pelo suave, brillante,
gris, asombrosamente parecido al de la chinchilla. ¡Espléndido!
Me
faltó valor, era una chiquilla demasiado delicada.
Pero
le confesé a Star que había tenido aquella tentación... y Star dio a entender
amablemente que yo debía tener músculos entre las orejas; Zhai—ee—van era una
eminente artista incluso entre su propia raza, que tenía fama por su talento en
la devocion a Eros.
Persistí
en mi actitud. Una aventura con aquella muchacha tan linda debería implicar
amor, al menos un poco, y lo mío no era amor, sino simple admiración por
aquella hermosa piel.., junto con el temor de que una aventura con Zhai—eevan
pudiera convertirse en amor y ella no pudiera casarse conmigo, ni siquiera si
Star me dejaba en libertad.
O no
me dejaba en libertad: Center no tenía ninguna norma contra la poligamia.
Algunas religiones tienen normas para y contra esto y aquello, pero ese
revoltijo de culturas tenía incontables religiones que se contrarrestaban unas
a otras del mismo modo que se contrarrestaban las costumbres conflictivas. Los
culturólogos establecen una «ley» de libertad religiosa que según ellos es
invariable: la libertad religiosa en un complejo cultural es inversamente
proporcional a la fuerza de la religión predominante. Se supone que esto es un
caso de una invariabilidad general, que todas las libertades proceden de
conflictos culturales debido a que una costumbre que no tiene su
correspondiente negación es obligatoria y se considera siempre como una «ley de
la naturaleza».
Rufo
no estaba de acuerdo; decía que sus colegas establecían como ecuaciones cosas
que no son mensurables ni definibles —¡agujeros en sus cabezas!—, y que la
libertad nunca pasaba de ser un feliz accidente, debido a que el impulso común
a todas las razas humanas era el de dejar en libertad todos sus odios y
temores, no sólo hacia sus vecinos sino también individualmente hacia sí
mismos, y lo convertían en ley siempre que era posible.
Volviendo
al tópico «A»... Los centristas utilizan toda clase de contratos matrimoniales.
O ninguno. Practican la asociación, la cópula, la propagación, la amistad y el
amor domésticos... pero no necesariamente todo al mismo tiempo ni con la misma
persona. Los contratos pueden ser tan complicados como el de una razón social,
especificando duración, objetivos, deberes, responsabilidades, número y sexo de
los hijos, métodos de selección genética, si hay que contratar madres
«auxiliares», condiciones para la cancelación y opciones para lo
prolongación.., cualquier cosa menos «fidelidad conyugal». Allí es axiomático
que la fidelidad conyugal no puede imponerse y en consecuencia no es
contractual.
Pero
la fidelidad conyugal es más corriente allí que en la Tierra; no está
legislada, simplemente. Tienen un antiguo proverbio extraído de Mujeres y
Gatos. Significa: «Las Mujeres y los Gatos hacen lo que les place, y los
hombres y los perros tienen que seguirles la corriente.» Tiene su réplica en
Hombres y Clima, que es más áspera y al menos tan antigua, dado que el clima
está bajo control desde hace mucho tiempo.
El
contrato habitual es ningún contrato; el hombre traslada sus ropas al hogar de
la mujer y se queda allí.., hasta que ella tira sus ropas a la calle. Esta
forma tiene la gran ventaja de su estabilidad: una mujer que «tira los zapatos»
del hombre a la calle se encuentra con serias dificultades para pescar a otro
hombre lo bastante valiente como para arriesgarse a las consecuencias de su mal
genio.
Mi
«contrato» con Star no era más que eso, suponiendo que los contratos, leyes y
costumbres tuvieran aplicación con la Emperatriz, lo cual no era el caso y no
podía serlo. Pero no era esa la fuente de mi creciente intranquilidad.
De
veras, no estaba celoso.
Pero
me fastidiaba cada vez más pensar en aquellos hombres que atestaban su mente.
Una
noche, mientras nos vestíamos para asistir a una fiesta, Star me gritó. Yo
había estado contándole cómo había pasado el día, aprendiendo matemáticas, y
sin duda me había mostrado tan aburrido como un niño contando lo que había
hecho en la escuela. Pero yo estaba entusiasmado, un nuevo mundo se abría ante
mí... y Star se mostraba siempre tan paciente como una madre.
Pero
en aquel momento me gritó con una voz de barítono.
Me
paré en seco.
—¡Hoy
te han impreso!
Noté
el esfuerzo que hacía para recobrar la calma.
—¡Oh,
perdóname, querido! No, no soy yo misma. Soy Su Sabiduría CLXXXII.
Efectué
una rápida suma.
—Eso
significa que has tomado catorce desde la Búsqueda... y sólo habías tomado
siete durante todos los años anteriores. ¿Qué diablos estás tratando de hacer?
¿Consumirte a ti misma? ¿Convertirte en una idiota?
Star
empezó a replicar en tono mordaz, pero se contuvo y respondió amablemente:
—No,
no me estoy exponiendo a nada de eso.
—No
son esas las noticias que tengo.
—Lo
que puedas haber oído decir no significa nada, Oscar, ya que nadie más puede
juzgar... ni mi capacidad, ni lo que representa aceptar una impresión. A menos
que hayas estado hablando con mi heredero...
—No.
Yo
sabia que Star le había seleccionado, y suponía que había tomado alguna
impresión: una precaución habitual contra el asesinato. Pero no le conocía, no
deseaba conocerle, y no sabía quién era.
—Entonces,
olvida lo que te han contado. No responde a la verdad. —Star suspiró—. Pero si
no te importa, querido, esta noche no voy a salir; prefiero acostarme y dormir.
El Viejo Asqueroso CLXXXII es la persona más desagradable que me ha sido
impresa: gobernó brillantemente en una época crítica, tienes que leer algo
acerca de él. Pero en su interior era un personaje bestial que odiaba a las
mismas personas a las que ayudaba. Ahora está muy reciente en mí, y debo
manternerle encadenado.
—De
acuerdo, vamos a acostarnos.
Star
agitó la cabeza.
—He
dicho «dormir». Utilizaré la autosugestión, y mañana por la mañana no sabrás
que ha estado aquí. Vete a la fiesta. Encuentra una aventura y olvida que
tienes una esposa difícil.
Obedecí,
pero no estaba de humor para pensar en «aventuras».
El
Viejo Asqueroso no era lo peor. Tengo suficiente carácter como para no dejarme
manejar por Star, por muy Amazona que sea. Si se ponía pesada, acabaría
ganándose aquella azotaina. No temería ninguna interferencia de los guardianes:
cuando Star y yo estábamos juntos y a solas, estábamos realmente «a solas». Lo
habíamos establecido así desde el primer momento, ya que cualquier tercera
persona hubiera destruido nuestra intimidad. Cuando no estaba conmigo, Star no
dejaba nunca de tener compañía, incluso cuando se bañaba. Ignoro si sus
guardianes eran hombres o mujeres, ni creo que a ella le importase. Lo cierto
era que nunca teníamos guardianes a la vista, de modo que nuestras peloteras
eran absolutamente privadas, y posiblemente nos hacían bien a los dos, como
desahogo temporal.
Pero
«el Santo» fue más difícil de aceptar que el Viejo Asqueroso. Era Su Sabiduría
CXLI, y tan insoportablemente noble y espiritual y más—inmaculado—que—tú, que
me marché a pescar durante tres días. La propia Star era robusta y tenía muchos
deseos de vivir y de disfrutar de la vida; aquel individuo no bebía, no fumaba,
no mascaba chiclé, no profería una sola palabra que no fuera amable. Casi podía
verse el halo de Star mientras estaba bajo su influencia.
Peor
todavía, el tipo en cuestión había renunciado al sexo cuando se consagró a los
Universos, y eso ejerció un asombroso efecto en Star; la dulce sumisión no era
su estilo. De modo que me marché a pescar
Tengo
algo bueno que decir del Santo. Star afirma que fue el emperador que cosechó
más fracasos a lo largo de su reinado; estaba dotado de un auténtico genio para
cometer los mayores errores posibles partiendo de motivos piadosos, de modo que
Star aprendió más de él que de cualquier otro: incurrió en todas las
equivocaciones del manual. Fue asesinado por clientes insatisfechos al cabo de
únicamente quince años, lo cual no es un espacio de tiempo lo bastante largo
corno para fastidiar a algo tan enorme como un imperio multiuniversal.
Su
Sabiduría CXXXVII pertenecía al sexo femenino.., y Star estuvo ausente dos
días. Cuando regresó explicó su ausencia.
—Tuve
que hacerlo, querido. Siempre me había considerado a mí misma como una mujer de
vida libertina.., pero ella me ha impresionado incluso a mí.
—¿Cómo?
—No
pienso decir ni pío, Gobernador. Me he sometido a un tratamiento intensivo para
enterrarla donde nunca llegues a conocerla.
—Siento
curiosidad.
—Sé
que la sientes, y por eso he atravesado su corazón con una estaca; algo muy
doloroso, puesto que era mi ascendiente directa. Pero temía que pudiera
gustarte más de lo que yo te gusto. ¡Aquella execrable ramera!
Continúo
sintiendo curiosidad.
La
mayoría de ellos no eran malos individuos. Pero nuestro matrimonio hubiera
marchado mejor si yo no hubiese sabido que ellos estaban allí. Resulta más
fácil tener una esposa algo atolondrada que otra en la que están integrados
varios personajes... la mayoría de ellos hombres. Tener consciencia de su
presencia fantasmal incluso en los momentos de mayor intimidad con Star no le
hacía ningún bien a mi líbido. Pero debo admitir que Star conocía el punto de
vista masculino mejor que cualquier otra mujer en cualquier historia. Ella no
tenía que suponer lo que complacería a un hombre; sabía más acerca de ello que
yo, por «experiencia».., y mostraba una explosiva falta de inhibición en lo que
respecta a compartir aquellos conocimientos.
No
podía quejarme.
Pero
lo hacía, reprochándole a Star que fuera aquellas otras personas. Ella
soportaba mis injustas quejas mejor de lo que yo soportaba lo que consideraba
la injusticia de mi situación con respecto a aquella multitud de fantasmas.
Aquellos
fantasmas no eran la peor mosca en la sopa.
Yo
no tenía ningún empleo. No me refiero al de nueve—a— cinco y cortar la hierba
los sábados y emborracharme en el club aquella noche; quiero decir que vivía
sin ningún objetivo concreto. ¿Ha visto usted alguna vez un león macho en un
parque zoológico? Carne fresca a su hora, hembras a su disposición, ninguna
preocupación por posibles cazadores... Una vida ideal, ¿no es cierto?
Entonces,
¿por qué tiene un aspecto tan aburrido?
Al
principio, yo ignoraba que tenía un problema. Mi esposa era bella y cariñosa;
disponía de tantas riquezas que no había manera de contarlas; vivía en el más
lujoso de los hogares en una ciudad más hermosa que cualquiera de las de la
Tierra; todo el mundo era amable conmigo; y tenía la posibilidad de «ir a la
escuela» en un sentido maravilloso y que no tenía nada que ver con lo que en la
Tierra se entiende por asistir a clase. Disponía de todas las ayudas
concebibles. Era, para entendernos, como si Albert Einstein en persona me
ayudara con mi álgebra, o como si los equipos de la Rand Corporation y la
General Electric se hubieran unido para idear ayudas visuales que hicieran
todas las cosas más fáciles para mí.
Este
es un lujo superior a las riquezas.
No
tardé en descubrir que no podía beber el océano ni siquiera si me lo acercaban
a los labios. En la Tierra, el conocimiento se ha desarrollado hasta un punto
en el que ningún hombre puede abarcarlo todo: en comparación, imaginese la masa
de conocimientos acumulada en Veinte Universos, cada uno de ellos con sus
leyes, sus historias, y sólo Star sabe cuantas civilizaciones.
En
una fábrica de caramelos, se apremia a los obreros para que coman todo lo que
deseen. Pronto quedan hartos y empalagados.
Yo
no me harté nunca del todo; el conocimiento tiene más variedad. Pero mis
estudios carecían de objetivo. El Nombre Secreto de Dios no resulta más fácil
de descubrir en veinte universos que en uno.., y todos los otros temas son del
mismo tamaño, a menos de que uno tenga una tendencia natural.
Yo
no tenía ninguna tendencia concreta, era un dilettante... y me di cuenta de
ello cuando vi que mis tutores se aburrían conmigo. De modo que renuncié a la
mayoría de las materias, limitándome a las matemáticas y a la historia
multiuniversal, sin intentar conocerlo todo.
Pensé
en dedicarme a los negocios. Pero para disfrutar con los negocios hay que ser
negociante de corazón (yo no lo soy), o disponer de mucho capital. Yo tenía
dinero; lo unico que podía hacer era perderlo... y, si ganaba, nunca sabría si
se había propagado la consigna (de cualquier gobierno en cualquier parte):
Dejad ganar al consorte de la Emperatriz, nosotros nos haremos cargo de
vuestras pérdidas.
Lo
mismo ocurrió con el póker. Introduje el juego y se hizo popular rápidamente..,
y descubrí que no podía jugar. El poker tiene que ser serio o no es nada..,
pero cuando uno posee un océano de dinero añadir o perder unas cuantas gotas no
significa nada.
Debo
explicarme: la «lista civil» de Su Sabiduría podía ser menos importante que los
gastos de muchos ciudadanos de Center; el lugar es rico. Pero era tan grande
como Star deseaba que fuera, un pozo de riqueza sin fondo. No sé cuantos mundos
integraban la cuenta, pero digamos que eran veinte mil con tres mil millones de
habitantes cada uno.., y me quedo corto.
60.000.000.000.000
de personas a un penique cada una son seiscientos mil millones de dólares. La
cifra no significa nada, salvo demostrar que contando tan por lo bajo que nadie
pudiera notarlo equivalía aún a mucho más dinero del que yo podía mellar. El no—gobierno
de Star de su no—Imperio era muy caro, supongo... pero sus gastos personales, y
los míos, por mucho que despilfarrásemos, carecían de importancia.
El
rey Midas perdió interés en su banco inagotable. Lo mismo me ocurrió a mí.
Oh,
yo gastaba dinero. (Nunca toqué ninguno... innecesariamente). Nuestro «piso»
(yo no lo llamaría un palacio), nuestro hogar tenía un gimnasio más fantástico
que el de cualquier Universidad; hice que le añadieran una salle d'armes y
practicaba mucha esgrima, casi diariamente, con toda clase de armas. Encargué
la fabricación de floretes que pudieran competir con Lady Vivamus, y los
mejores espadachines de varios mundos se turnaban ayudándome. Hice añadir
también un campo de tiro, y ordené que fueran a recoger mi ballesta en aquella
cueva de la Puerta de Karth—Hokesh, y me entrené en el tiro al arco y a otros
tipos de armas. Oh, gastaba dinero a mi antojo.
Pero
no resultaba divertido.
Un
día estaba sentado en mi estudio, sin hacer otra cosa que cavilar, mientras
jugueteaba con un cuenco lleno de joyas.
En
otro tiempo me había atraído el diseñar joyas. Me había interesado en la
Escuela Superior, y había trabajado con un joyero todo un verano. Sabía
dibujar, y las piedras preciosas me fascinaban. El joyero me prestó algunos
libros, saqué otros de la biblioteca... y en cierta ocasión el joyero realizó
uno de mis diseños.
Me
atraía aquella profesión.
Pero
los joyeros no se libran del servicio militar, de manera que lo dejé correr...
hasta llegar a Center.
Pensé
que no existía ninguna posibilidad de que le hiciera un regalo a Star, a menos
que se tratara de algo que hubiera confeccionado yo. De modo que lo hice.
Diseñé un vestido a base de piedras preciosas, estudiando la materia (con la
ayuda de expertos, como de costumbre), reuniendo una valiosa colección de
gemas, dibujando diseños, y enviando las gemas y los diseños para su
realización.
Sabía
que a Star le gustaban los vestidos a base de piedras preciosas; sabía que le
gustaban con locura, no en el sentido de hacer ostentación de riqueza —Star no
necesitaba recurrir a eso—, sino en un sentido provocativo, para acentuar lo
que apenas requería ser acentuado.
Lo
que yo diseñé hubiera parecido muy adecuado en una revista francesa.., pero con
piedras de verdad. Los zafiros y el oro encajaban con la belleza rubia de Star,
y los utilicé. Pero Star podía llevar cualquier color, y utilicé también otras
gemas.
A
Star le entusiasmó mi primera producción, y la llevó aquella misma noche. Yo
estaba orgulloso de ella; había copiado el diseño de memoria de un vestido que
llevaba una artista de cabaret de Frankfurt la primera noche que quedé en
libertad del Ejército: algo transparente, una falda larga abierta desde la
cadera en un lado y adornada con lentejuelas (yo utilicé zafiros), una cosa que
no era un sostén sino un realzador, tachonado de joyas, una diadema en los
cabellos haciendo juego. Sandalias doradas con tacones de zafiro.
Star
me agradeció calurosamente otros que siguieron.
Pero
aprendí algo. Yo no era un diseñador nato. Y nunca podría compararme con los
profesionales que vestían a las mujeres ricas de Center. Me di cuenta de que
Star llevaba mis modelos simplemente porque se los había regalado yo, del mismo
modo que una madre cuelga en las paredes de su hogar los dibujos que su hijito
realiza en la escuela elemental. De manera que dejé de hacerlos.
Este
cuenco de gemas se encontraba en mi estudio desde hacía varias semanas: ópalos
de fuego, sardónices, cornalinas, diamantes, turquesas y rubíes, adularias y
zafiros y granates, olivinos, esmeraldas, crisolitas... muchas sin nombres
ingleses. Las hacía deslizar por entre mis dedos, contemplando los fuegos
multicolores, y sentía lástima de mí mismo. Me preguntaba cuanto costarían
aquellas piedras en la Tierra... No menos de un millón de dólares.
No
me molestaba en guardarlas en un lugar cerrado por la noche. Y yo era el
individuo que no había asistido a la Universidad por falta de instrucción y de
hamburguesas.
Las
aparté a un lado y me dirigí hacia mi ventana.., existente porque le había
dicho a Star que no me gustaría no tener una ventana en mi estudio. Aquello fue
a mi llegada, y tardé varios meses en descubrir todo lo que habían tenido que
derribar para complacerme; yo había creído que se habían limitado a practicar
un orificio en la pared.
La
vista que se divisaba era espléndida, más de un parque que de una ciudad,
salpicada pero no atestada de hermosos edificios. Resultaba difícil creer que
era una ciudad mayor que Tokio; sus «huesos» no eran visibles, y sus habitantes
trabajaban incluso a medio planeta de distancia.
Había
un murmullo suave como de abejas, semejante al apagado rugido del que uno no
puede escapar nunca en Nueva York... pero más suave, sólo lo suficiente para
que pudiera darme cuenta de que estaba rodeado de personas, cada una de ellas
con su tarea, su objetivo, su función.
¿Mi
función? Consorte.
¡Gigolo!
Star,
sin darse cuenta, había introducido la prostitución en un mundo que nunca la
había conocido. Un mundo inocente, en el que hombre y mujer se acostaban juntos
por el solo motivo de que ambos deseaban hacerlo.
Un
príncipe consorte no es una prostituta. Tiene sus tareas, a menudo tediosas,
tales como representar a la soberana, asistir a inauguraciones, pronunciar
discursos. Además de eso, tiene la obligación como semental regio de asegurar
la continuación de la dinastía.
Yo
no tenía ninguna de esas tareas. Ni siquiera la obligación de entretener a
Star... diablos, en un radio de veinte kilómetros había millones de hombres
dispuestos a aprovechar la primera oportunidad.
La
noche anterior había sido mala. Empezó mal, y terminó en una de aquellas
conferencias entre sábanas que a veces sostienen los matrimonios y que no son
tan saludables como una discusión a grito pelado, con lanzamiento de vajilla
incluido. Nosotros sostuvimos una, tan doméstica como la de cualquier pareja de
trabajadores preocupados por las facturas y por el jefe.
Star
había hecho algo que hasta entonces no había hecho nunca: traerse trabajo a
casa. Cinco hombres, relacionados con algún problema intergaláctico: no llegué
a enterarme, ya que la discusión se había prolongado por espacio de varias
horas y frecuentemente en un idioma desconocido para mí.
Ellos
me ignoraron, yo era un mueble. En Center, las presentaciones son raras; si uno
desea hablar con alguien se limita a decir «soy yo» y a esperar. Si no obtiene
ninguna respuesta, se marcha. Si la obtiene, intercambia identidades.
Ninguno
de ellos lo hizo, y no sería yo quien empezara. Como forasteros en mi casa, yo
estaba por encima de ellos. Pero ellos no actuaban como si aquello fuera mi
casa.
Permanecí
sentado allí, el Hombre Invisible, con un creciente malhumor.
Ellos
seguían discutiendo, mientras Star escuchaba. De pronto, Star llamó a sus
doncellas, que empezaron a desvestirla y a cepillarle los cabellos. Center no
es América, yo no tenía ningún motivo para sentirme escandalizado. Lo que Star
estaba haciendo era ser descortés con ellos, tratándolos como si fueran muebles
(a Star no le había pasado por alto cómo me trataban ellos a mí).
Uno
de los hombres dijo, en tono malhumorado:
—Su
Sabiduría, me gustaría que escucharas tal como accediste a hacerlo. (Mi
traducción no es demasiado literal).
Star
replicó fríamente:
—Yo
soy juez de mi conducta. Nadie más puede enjuiciarla.
Cierto.
Star podía juzgar su conducta, y ellos no. Ni tampoco yo, pensé con amargura.
Yo me había enfurecido con ella (a pesar de saber que el asunto no tenía
importancia) porque había llamado a sus doncellas y había empezado a prepararse
para acostarse delante de aquellos tipos... y me había propuesto decirle que no
permitiría que volviera a ocurrir. Sin embargo, decidí pasar por alto aquel
aspecto de la cuestión.
Bruscamente,
Star terminó con la discusión.
—El
tiene razón. Tú estás equivocado. No se hable más del asunto. Marchaos.
Pero
yo me proponía exponerle a Star mis objeciones a que trajera a casa aquella
clase de individuos.
Star
se me anticipó. En cuanto nos quedamos solos, me dijo:
—Perdóname,
amor mío. Accedí a escuchar esta absurda querella y la cosa se prolongaba
interminablemente, y pensé que podría terminar rápidamente con la discusión si
les arrancaba de sus sillas y les hacía permanecer de pie aquí, haciéndoles ver
claramente que estaba aburrida. No creí que se pasaran otra hora discutiendo
antes de que pudiera cortar por lo sano. Sabía que si lo aplazaba hasta mañana
tendría que dedicarles varias horas. Pero e.l problema era importante y no
podía eludirlo. —Suspiró—. Ese hombre ridículo... Pero esos individuos ocupan
puestos muy elevados. Pensé en la posibilidad de hacerle eliminar. Pero tengo
que permitirle que corrija su error, o la situación volvería a repetirse.
Ni
siquiera pude sugerir que su decisión final había sido producto del
aburrimiento: había dictaminado precisamente a favor del hombre que le había
llamado la atención. Me limité a decir:
—Vamos
a acostarnos, estás cansada...
Y
luego no tuve el suficiente sentido común como para contenerme y no juzgarla
por mi cuenta.
XIX
Nos
acostamos.
De
pronto, Star dijo:
—Oscar,
estás disgustado.
—Yo
no he dicho eso.
—Pero
yo lo capto. No se trata solamente de esta noche y de esos pelmazos.
Ultimamente te veo retraído, como si no fueras feliz.
Star
esperé.
—No
es nada.
—Oscar,
cualquier cosa que te moleste o te preocupe no puede ser nunca «nada» para mí.
Aunque es posible que no me de cuenta de ello hasta que sepa de qué se trata.
—Bueno...
¡me siento tan completamente inútil!
Star
apoyó su mano suave y fuerte sobre mi pecho.
—Para
mí no eres inútil. ¿Por qué has de sentirse inútil para ti mismo?
—Bueno...
¡mira esta cama! —Era una cama inimaginable para los norteamericanos; podía
hacerlo todo menos besarle a uno dandole las buenas noches.., y, al igual que
la ciudad, era bella y no mostraba sus huesos—. Este trasto, en mi país, si
pudieran construirlo, costaría más que la mejor de las casas en las que mi
madre ha vivido nunca.
Star
medité unos instantes.
—¿Te
gustaría enviarle dinero a tu madre? —Alargó una mano hacia el comunicador
instalado junto a la cabecera de la cama—. ¿Bastará con la dirección Base de
las Fuerzas Aéreas Norteamericanas en Elmendorf?
(No
recuerdo haberle dicho nunca dónde vivía mi madre).
—¡No,
no! —Aparté su mano del comunicador—. No quiero enviarle dinero a mi madre. Su
marido la mantiene. El no aceptaría dinero mío. Esa no es la cuestión.
—Entonces,
no veo cuál pueda ser. Las cosas no importan, lo que cuenta es quién está en
una cama. Querido, si no te gusta esta cama, podemos conseguir otra. O dormir
en el suelo. Las camas no tienen importancia.
—Esta
cama es perfecta. Lo único malo que tiene es que no pago por ella. Pagas tú.
Esta casa. Mis trajes. Lo que como. Mis... ¡mis juguetes! Todo lo que tengo me
lo das tu. ¿Sabes lo que soy, Star? ¡Un gigolo! ¿Sabes lo que es un gigolo? Un
chulo, una prostituta macho.
Una
de las costumbres más exasperantes de mi esposa era, a veces, su negativa a
ponerse a mi altura cuando sabía que yo tenía ganas de jaleo. Me miré
pensativamente.
—América
es un lugar atareado, ¿no es cierto? La gente trabaja todo el tiempo,
especialmente los hombres.
—Bueno..,
sí.
—No
es costumbre en todas partes, ni siquiera en la Tierra. Un francés no es
desgraciado si tiene tiempo libre; pide otro café au Zait y deja que se
amontonen los platillos. Yo no soy aficionada al trabajo. Oscar, he echado a
perder nuestra velada por pereza, para evitarme la idea de que mañana me
esperaba una tarea aburrida. No volveré a cometer ese error.
—Star,
esto no importa. Ya está superado.
—Lo
sé. La clave no suele encontrarse en el primer disgusto. Ni en el segundo. Ni,
a veces, en el vigésimosegundo. Oscar, tú no eres un gigolo.
—¿Cómo
lo llamarías tú? Cuando algo parece un pato, y grazna como un pato, y actúa
como un pato, yo lo llamo un pato. Puedes llamarlo ramo de rosas. Pero sigue
graznando.
—No.
Todo lo que nos rodea... —Star señaló con la mano en torno a ella—. La cama.
Esta hermosa habitación. Lo que comemos. Mis ropas y las tuyas. Nuestras
deliciosas piscinas. El mayordomo de guardia por la noche por si a ti o a mí se
nos ocurre pedir un pájaro cantor o un melón maduro. Nuestros bellos jardines.
Todo lo que vemos o tocamos o usamos o se nos antoja... y mil veces más en
lugares lejanos, todo eso te lo has ganado con tus propias manos; todo es tuyo,
por derecho.
Mi
risa resulté más bien sarcástica.
—Es
tuyo —insistió Star—. Ese fue nuestro contrato. Te prometí grandes aventuras, y
mayores tesoros, y peligros todavía mayores. Estuviste de acuerdo. Dijiste:
«Princesa, acabas de contratar a un servidor» —Sonrió—. El más fiel de los
servidores. Querido, creo que los peligros fueron mayores de lo que habías
imaginado.., de modo que me ha complacido, hasta ahora, que el tesoro fuera
también mayor de lo que probablemente imaginaste. Por favor, no dudes en
aceptarlo. Te has ganado eso y mucho más... tanto como estés dispuesto a
aceptar.
—Uh...
Aunque tengas razón, es demasiado. ¡Me estoy ahogando en malvaviscos!
—Pero
Oscar, no tienes que tomar nada que no desees. Podemos vivir sencillamente. En
una habitación con una cama plegable, si quieres.
—Esa
no es la solución.
—Tal
vez te gustaría una vida de soltero...
—«Tirando
mis zapatos», ¿eh?
Star
dijo claramente:
—Marido
mío, si alguien tira algún día tus zapatos, tendrás que ser tú mismo. Yo salté
sobre tu espada. Y no la saltaré hacia atrás.
—¡Tómatelo
con calma! —dije—. Fue sugerencia tuya. Si lo interpreté mal, lo siento. Sé que
no faltarás a tu palabra. Pero podrías lamentarlo.
—Yo
no lo lamento. ¿Y tú?
—¡No,
Star, no! Pero...
—Esa
es una pausa muy larga para una palabra tan corta —dijo Star gravemente—. ¿Me
lo dirás?
—Uh...
esa es precisamente la cuestión. ¿Por qué no me lo dijiste tú a mí?
—¿Decirte
qué, Oscar? Hay tantas cosas que decir...
—Bueno,
un montón de cosas. En qué me estaba metiendo. Que eras la Emperatriz de tantos
mundos en particular... antes de permitirme saltar sobre la espada contigo.
La
expresión del rostro de Star no cambió, pero unas lágrimas rodaron por sus
mejillas.
—Podría
contestar que no me lo preguntaste...
—¡No
sabía qué preguntar!
—Es
cierto. Yo podría afirmar, sin faltar a la verdad, que si hubieras preguntado
yo habría contestado. Podría objetar que no «te permití» saltar sobre la
espada, que tú ahogaste mis protestas de que no era necesario que me ofrecieras
el honor del matrimonio según las leyes de tu pueblo... que yo era una
cualquiera a la que podías poseer a tu antojo. Podría puntualizar que no soy
una emperatriz, sino una mujer trabajadora cuyas tareas no le permiten siquiera
el lujo de ser noble. Todo eso son verdades. Pero no me ocultaré detrás de
ellas; me enfrentaré a tu pregunta —Star pasó al neviano—. ¡Mi señor Héroe,
tenía un miedo cerval a que si no me doblegaba a tu voluntad me abandonarías!
—Esposa
mía, ¿de veras creíste que tu paladín te abandonaría en medio del peligro?
—Continué en inglés—: Bueno, eso aclara las cosas. Te casaste conmigo porque
había que recuperar el maldito Huevo y Tu Sabiduría te dijo que yo erá
necesario para la tarea... y podría rajarme si no lo hacías. Bueno, Tu
Sabiduría se equivocó en ese punto; no acostumbro a rajarme. Puedo ser tonto,
pero soy obstinado.
Empecé
a levantarme de la cama.
—¡Amor
mío! —Star estaba llorando abiertamente.
—Discúlpame.
Voy a buscar un par de zapatos para comprobar cuán lejos puedo arrojarlos.
Me
estaba mostrando tan desagradable como sólo puede mostrarse un hombre lastimado
en su orgullo.
—¡Por
favor, Oscar, por favor! Escúchame primero.
Suspiré.
—Adelante,
habla.
Star
agarró mi mano con tanta fuerza que habría perdido mis dedos si hubiera tratado
de soltarme.
—Amado
mío, escúchame bien, no hubo nada de eso. Sabia que no renunciarías a nuestra
búsqueda hasta que hubiera terminado o estuviéramos muertos. ¡Lo sabia! No sólo
tenía informes que se remontaban a muchos años antes de conocerte, sino que
habíamos compartido también alegrías y peligros y azares; sabía que podía
confiar en ti. Pero, en caso necesario, te habría envuelto en una red de
palabras, convenciéndote de que sólo debíamos ser prometidos... hasta que
terminara la búsqueda. Tú eras un romántico, y hubieras accedido. Pero querido,
querido... Yo quería casarme contigo... atarte a mí de acuerdo con tus normas,
de modo que... —se interrumpió para sorberse unas lágrimas— de modo que cuando
vieras todo esto, y esto, y esto, y las cosas que tú llamas «tus juguetes», te
quedaras todavía conmigo. No era política, era amor... amor romántico e
irracional, amor a ti por ti mismo.
Star
enterró su rostro entre sus manos, y apenas pude oírla.
—Pero
yo sabía muy poco del amor. El amor es una mariposa que vuela cuando le apetece
y se marcha cuando se le antoja; nunca se deja atar con cadenas. Pequé. Traté
de atarte, a sabiendas de que era injusta, y ahora comprendo que he sido cruel
para ti. —Me miró con una triste sonrisa en los ojos—. Incluso a Su Sabiduría
puede fallarle la sapiencia cuando es una mujer. Pero, por estúpida que sea, no
soy tan obstinada como para ignorar que he perjudicado a mi amado cuando los
hechos están delante de mí. Ve en busca de tu espada; saltaré hacia atrás sobre
ella y mi paladín quedará libre de su jaula dorada. Ve, mi señor Héroe,
mientras mi corazón conserva su firmeza.
—Ve
a buscar tu propia espada, muchacha. Esa azotaina se ha demorado demasiado
tiempo.
Súbitamente,
Star sonrió, toda picardía.
—Pero
querido, mi espada está en Karth—Hokesh. ¿No te acuerdas?
—¡Esta
vez no podrás evitarla!
La
agarré. Star es ágil y resbaladiza, con asombrosos músculos. Pero yo soy más
robusto, y ella no luchó con todo el vigor con que podía haberlo hecho. A pesar
de todo, perdí piel y gané unos cuantos moretones antes de haber podido sujetar
sus piernas y retorcer uno de sus brazos detrás de su espalda. Le di un par de
azotes en el trasero, lo bastante vigorosos como para dejar marcados los dedos
en la sonrosada piel, y luego perdí interés.
Decidme
ahora, ¿salían aquellas palabras directamente de su corazón.., o estaba
actuando como la mujer más lista de veinte universos?
Más
tarde, Star dijo:
—Me
alegro de que tu pecho no sea una alfombra rugosa como el de algunos hombres,
hermoso mío.
—Fui
un bebé muy guapo también. ¿Cuántos pechos masculinos has tocado?
—Alguno,
por casualidad. Cariño, ¿has decidido quedarte conmigo?
—Una
temporada. Si te portas bien, desde luego.
—No
sé hasta qué punto puedes esperar de mí una buena conducta. Pero.., ahora que
te has desahogado, creo que será mejor que te cuente otra cosa.., y reciba mi
azotaina si me la merezco.
—Tienes
muchas ganas de que te zurre. Una azotaina al día es lo máximo, ¿me oyes?
—Como
quieras, señor. Tú eres el jefe. Mañana haré que traigan mi espada y podrás
azotarme con ella a tu antojo. Si crees que puedes pillarme. Pero debo decirte
esto y descargarlo de mi pecho.
—En
tu pecho no hay nada. A menos que cuentes...
—¡Por
favor! Has estado acudiendo a nuestros terapeutas.
—Una
vez a la semana. —Lo primero que Star había ordenado para mí fue un
reconocimiento médico tan completo que, en comparación, el del Ejército parecía
superficial—. El Matasanos Jefe insiste en que mis heridas no están curadas,
pero yo no le creo. Nunca me he sentido mejor.
—Está
alargando la cosa, Oscar,.. por orden mía. Estás curado, yo no soy torpe y te
dediqué toda mi atención. Pero... cariño, hice esto por motivos egoístas, y
ahora debes decirme si he sido injusta y cruel contigo otra vez. Admito que
obré mal. Pero mis intenciones eran buenas, Sin embargo, sé, como lección
elemental de mi profesión, que las buenas intenciones son la fuente de más
insensateces que todas las otras causas juntas.
—Star,
¿de qué estás hablando? Las mujeres son la fuente de todas las insensateces.
—Sí,
querido. Porque siempre tienen buenas intenciones... y pueden demostrarlo. Los
hombres actúan a veces movidos por el propio interés, lo cual es más racional y
más seguro. Aunque no siempre.
—Eso
se debe a que la mitad de sus antepasados son hembras. ¿Por qué tenía que
acudir a la consulta del médico, si no lo necesitaba?
—Yo
no he dicho que no lo necesitaras. Pero es posible que tú no opines como yo.
Oscar, estás en una fase avanzada de los tratamientos de Larga Vida —Star me
miró como si se preparara a parar un golpe o a echar correr.
—¿Conque
era eso?
—¿Tienes
algún inconveniente? En esta fase del tratamiento sus efectos pueden ser
anulados.
—No
había pensado en ello.
Yo
sabía que en Center era asequible el tratamiento de Larga Vida, pero sabía
también que estaba rígidamente restringido. Cualquiera podía obtenerlo...
inmediamente antes de emigrar a un planeta escasamente colonizado. Los
residentes permanentes debían envejecer y morir. Esta era una cuestión en la
cual uno de los predecesores de Star se había interferido en el gobierno local.
Center, con las enfermedades prácticamente dominadas, su gran prosperidad y su
atractivo para miríadas de personas, había visto aumentar su población
desmesuradamente, de un modo especial cuando la Larga Vida había rebajado
considerablemente el índice de mortalidad.
Aquella
norma severa había evitado que el exceso de población se convirtiera en un
grave problema. Algunas personas se aplicaban la Larga Vida a una edad
relativamente temprana, pasaban a través de una Puerta y corrían sus riesgos en
planetas semidespoblados. Eran más los que esperaban hasta verse asaltados por
las primeras premoniciones de la muerte, y entonces decidían que eran demasiado
viejos para un cambio. Y algunos no hacían absolutamente nada y morían cuando
llegaba su hora.
Yo
conocía aquella premonición; me la había hecho llegar un vietnamita en una
selva.
—Creo
que no tengo ningún inconveniente.
Star
suspiró, aliviada.
—No
lo sabía, y no debí deslizarlo en tu café. ¿Merezco una azotaina?
—La
añadiremos a la lista de las que ya te has ganado, y te las daré todas al mismo
tiempo. Probablemente te dejaré lisiada. Star, ¿cuánto dura la «Larga Vida»?
—Es
una pregunta difícil de contestar. Pocos de los que la han recibido han muerto
en la cama. Si llevas una vida tan activa como sé que llevarás, por tu
temperamento, es muy improbable que mueras de vejez. Ni de enfermedad.
—¿Y
nunca envejeceré?
Cuesta
acostumbrarse a la idea.
—Oh,
sí, puedes envejecer. Peor aún, la época senil se alarga proporcionalmente. Si
uno lo permite. Si los que le rodean lo permiten. Sin embargo... Cariño, ¿qué
edad represento? No me lo digas con tu corazón, dímelo con tus ojos. Según las
normas de la Tierra. Sé sincero, conozco la respuesta.
Siempre
era una alegría mirar a Star, pero intenté mirarla con ojos críticos, buscando
indicios otoñales: arrugas en las comisuras de los ojos, las manos, leves
cambios en la piel... Diablos, no encontré absolutamente ninguno, a pesar de
que sabía que tenía un nieto.
—Star,
cuando te vi por primera vez, te calculé unos dieciocho años. Después de haber
hablado contigo te eché alguno más. Ahora, mirándote de cerca y sin hacerte
ningún favor.., no más de veinticinco. Y esto es debido a que tus facciones
parecen haber madurado. Cuando te ríes, eres una quinceañera; cuando haces una
carantoña, o pareces asustada, o deleitada súbitamente con un cachorrillo, o un
gatito, o algo por el estilo, tienes alrededor de doce años. Desde la barbilla
para arriba, quiero decir; desde la barbilla para abajo, nadie te haría menos
de dieciocho.
—Unos
dieciochó años elásticos —dijo Star—. Veinticinco años terrestres, de acuerdo
con los índices de crecimiento en la Tierra, son exactamente la marca a la que
yo apuntaba. La edad en la que una mujer deja de crecer y empieza a envejecer.
Oscar, la edad aparente bajo la Larga Vida es una cuestión de elección. Fíjate
en mi tío José, el que a veces se llama a sí mismo «Conde Cagliostro». Se
plantó en los treinta y cinco años, porque dice que cualquier hombre más joven
es un muchacho. Rufo prefiere parecer más viejo: dice que así le tratan con más
respeto, no corre el peligro de meterse en pendencias con hombres más
jóvenes.., y no obstante puede darle una sorpresa a un hombre más joven si éste
se mete con él porque, como ya sabes, la vejez de Rufo es principalmente de la
barbilla para arriba.
—Y
puede dar una sorpresa a mujeres más jóvenes —sugen.
—Con
Rufo nunca se sabe. Querido, no he terminado de contártelo. Parte del
tratamiento consiste en enseñar al cuerpo a repararse a sí mismo. Es algo
parecido a las lecciones de idiomas: un hipnoterapeuta le da lecciones al
cuerpo a través de la mente dormida. Parte de la edad aparente es terapia
cosmética (Rufo no necesitaría ser calvo), pero otra parte mayor es controlada
por la mente. Cuando decidas la edad que te gustaría aparentar, pueden empezar
a imprimirla.
—Lo
pensaré. No quiero parecer mucho mayor que tú.
Star
sonrió, embelesada.
—¡Gracias,
querido! Ya ves lo egoísta que he sido.
—¿Cómo?
Se me ha pasado por alto el detalle.
Star
colocó una mano sobre la mía.
—No
quería que envejecieras, ¡y murieras!, mientras yo permanecía joven.
—Cielos,
mi dama, eso fue muy egoísta por tu parte, ¿verdad? Pero podías barnizarme y
conservarme en el dormitorio. Como tu tía.
Star
hizo una mueca.
—Eres
un hombre insoportable. Mi tía no los barnizaba.
—Star,
no he visto ninguna de esos cadáveres en conserva por estos alrededores.
Star
pareció sorprendida.
—Eso
era en el planeta donde nací. En este universo, pero en otra estrella. Un lugar
muy agradable. ¿No te he hablado de él?
—Star,
cariño, la mayoría de las cosas no me las has dicho nunca.
—Lo
siento, Oscar, no quería llenarte de sorpresas. Pregúntame. Esta noche.
Cualquier cosa.
Medité
sobre ello. Me había interrogado acerca de una cosa, de cierta carencia. O
quizá las mujeres de su raza tenían otro ritmo. Pero no podía olvidar el hecho
de que me había casado con una abuela... ¿de qué edad?
—Star,
¿estás embarazada?
—¿Qué?
No, querido. ¡Oh! ¿Quieres que lo esté? ¿Quieres que tengamos hijos?
Tartamudeé,
tratando de explicar que no había estado seguro de que fuera posible... o de
que tal vez ella estaba embarazada. Star me miró con aire turbado.
—Voy
a sorprenderte otra vez, pero será mejor que te lo cuente todo. Oscar, yo no
estaba más acostumbrada al lujo que tú. Tuve una infancia agradable, mis padres
eran ganaderos. Me casé joven con un simple profesor de matemáticas, aficionado
a las geometrías conjetural y opcional. A la magia, quiero decir. Tres hijos.
Mi marido y yo nos llevábamos bien... hasta que fui nominada. No escogida, sólo
nombrada para examen y posible adiestramiento. El sabía que yo era una
candidata genética cuando se casó conmigo... pero hay millones de candidatos
genéticos. La cosa no parecía importante.
«Quería
que yo renunciara. Estuve a punto de hacerlo. Pero cuando acepté, él... bueno,
«tiró mis zapatos». Lo hicimos legalmente; mi marido publicó la noticia de que
yo había dejado de ser su esposa.
—Eso
hizo, ¿eh? ¿Te importa que le busque y le rompa los brazos?
—¡Querido,
querido! Aquello ocurrió hace muchos años y muy lejos de aquí; hace mucho
tiempo que murió. No tiene importancia.
—En
cualquier caso, él está muerto. Tus tres hijos... ¿uno de ellos es el padre de
Rufo? ¿O la madre?
—¡Oh,
no! Eso fue más tarde.
—¿Bien?
Star
respiró a fondo.
—Oscar,
tengo alrededor de cincuenta hijos.
Aquello
fue una especie de puntilla. Demasiadas impresiones seguidas, y supongo que lo
di a entender, ya que el rostro de Star reflejó una intensa preocupación. Se
apresuró a darme explicaciones.
Cuando
fue nombrada heredera fue sometida a cambios: quirúrgicos, bioquímicos y
endocrinos. Nada tan drástico como la esterilización, y con resultados
distintos y mediante técnicas más sutiles que las nuestras. Pero lo cierto es
que unos doscientos fragmentos diminutos de Star —óvulos vivos y latentes—
fueron almacenados a una temperatura de casi el cero absoluto.
Unos
cincuenta de aquellos óvulos habían sido fecundados, la mayoría por emperadores
muertos hacía mucho tiempo pero «vivos» en su semen almacenado: experimentos
genéticos destinados a la obtención de uno o más emperadores futuros. Star no
los había gestado: el tiempo de una heredera es demasiado valioso. No había
visto a la mayoría de ellos; el padre de Rufo fue una excepción. Ella no lo
dijo, pero yo creo que a Star le gustaba tener un niño cerca para jugar con él
y quererle.., hasta que los agotadores primeros años de su reinado y la
Búsqueda del Huevo absorbieron todo su tiempo.
Aquel
cambio tenía un doble objetivo: obtener unos centenares de niños de alta
calidad de una sola madre, y dejar a la madre libre. Debido a algún tipo de
control endocrino, Star quedó libre del ritmo de Eva, aunque joven en todos los
sentidos.., sin píldoras ni inyecciones de hormonas; esto era permanente. Era
simplemente una mujer sana que no tenía nunca «días malos». Esto no era para su
comodidad, sino para garantizar que su criterio como Juez Supremo no se vería
nunca mediatizado por sus glándulas.
—Es
lamentable —me dijo, muy seria—. Recuerdo que había días en que hubiera mordido
la cabeza de mi amigo más querido sin ningún motivo, y luego me asaltaba una
crisis de llanto. Una no puede ser juiciosa en esa clase de tormenta.
—Uh...
¿afectó a tu interés? Me refiero a tu deseo de...
Star
me dirigió una irónica sonrisa.
—¿Qué
opinas tú? —Y añadió, seriamente—: Lo único que afecta a mi líbido, cambiándola
para empeorar, quiero decir, son... ¿es? (el inglés tiene la más rara de las
estructuras), es—son esas incómodas impresiones. A veces hacia arriba, a veces
hacia abajo... y recuerdo a una mujer cuyo nombre no mencionaré, que me afectó
hasta el extremo de que no me atreví a acercarme a ti hasta que hube exorcizado
su negra alma. Una impresión reciente afecta asimismo a mi capacidad de juicio,
de modo que nunca puedo oír un caso hasta que he digerido el último. ¡Me
alegraré cuando hayan terminado!
—Yo
también.
—No
te alegrarás tanto como yo. Pero aparte de eso, querido, no soy muy distinta
como mujer, y tú lo sabes. Mi único defecto es el de devorar a jovencitos a la
hora del desayuno y seducinlos saltando sobre espadas.
—¿Cuántas
espadas?
Star
me miró intensamente.
—Desde
que mi primer marido me repudió, no había estado casada hasta que me casé
contigo, señor Gordon. Si no es eso a lo que te refieres, no creo que debas
esgrimir contra mí cosas que ocurrieron antes de que tú nacieras. Si quieres
detalles desde entoces, satisfaré tu curiosidad. Tu morbosa curiosidad, debería
decir.
—Quieres
alardear. Pero no caeré en la trampa.
—¡Yo
no quiero alardear! Tengo pocas cosas de que alardear. La Crisis del Huevo me
dejó casi sin un solo momento en el cual poder ser una mujer, maldita sea...
Hasta que se presentó Oscar el Gallo. Gracias, señor.
—Refrena
tu lenguaje y habla como una dama.
—Sí,
señor. ¡Simpático Gallo! Pero nos has llevado lejos de nuestros carneros,
querido. Si quieres hijos... ¡sí, cariño! Quedan alrededor de doscientos
treinta óvulos, y me pertenecen. No a la posteridad. No a mi amado pueblo,
benditos sean sus codiciosos corazones. No a esos manipuladores genéticos que.
juegan a ser Dios. ¡A mí! Son lo único que poseo. Todo lo demás es ex officio.
Pero esos óvulos son míos... y si tú los quieres son tuyos, mi único amor.
Tenía
que haber dicho «¡Sí!» y haberla besado. Lo que dije fue:
—Uh,
no nos precipitemos.
El
rostro de Star se desencajó.
—Como
a mi señor Héroe marido le plazca.
—Mira,
no nos pongamos nevianos y formales. Quiero decir, bueno, cuesta un poco
acostumbrarse a la idea. Jeringuillas y cosas, supongo, y ser manipulado por
los técnicos. Y, mientras me doy cuenta de que te falta tiempo para tener un
bebé por ti misma...
Estaba
tratando de decir que desde que me ilustraron acerca de la Cigüeña, había
aceptado el proceso normal, y opinaba que la inseminación artificial era una
jugada sucia incluso aplicada a una vaca... y que esta tarea, subcontratada por
ambas partes, me hacía pensar en ranuras en un Horn & Hardart, o en un
traje comprado por correo. Necesitaba tiempo para adaptarme. Tal como Star se
había adaptado a aquellas malditas impresiones...
Star
aferró mis manos.
—¡Quenido,
no lo necesitas!
—¿Qué
es lo que no necesito?
—Ser
manipulado por los técnicos. Yo conseguiré tiempo para tener a tu hijo. Si no
te importa ver cómo mi cuerpo engorda y se hace enorme —ocurre así, ocurre así,
lo recuerdo—, me hará feliz complacerte. Y será como con las otras personas en
lo que a ti respecta. Nada de jeringuillas. Nada de técnicos. Nada que lastime
tu orgullo. Oh, tendré que ser preparada. Pero yo estoy acostumbrada a ser
manejada como una vaca de concurso; no significará más que un lavado de cabeza.
—Star,
¿pasarías nueve meses de incomodidades, exponiéndote a morir en el parto, para
ahorrarme unos momentos de malhumor?
—No
moniré. Tres hijos, ¿recuerdas? Partos normales, sin ningún contratiempo.
—Pero,
tal como tú has señalado, eso fue «hace muchos años».
—No
importa.
—Uh,
¿cuántos años? (¿Qué edad tienes, querida?» La pregunta que nunca me atrevía a
formular).
Star
pareció preocupada.
—¿Importa
eso, Oscar?
—Uh,
supongo que no. Tú sabes más de medicina que yo...
Star
dijo lentamente:
—Estás
preguntando lo vieja que soy, ¿no es cierto?
No
dije nada. Star esperó, y luego continuó:
—Según
un antiguo dicho de tu mundo, una mujer es tan joven como se siente. Y yo me
siento joven, y soy joven, y tengo ansias de vivir, y puedo llevar un niño, o
muchos niños, en mi propio vientre. Pero sé, ¡oh, lo sé!, que tu preocupación
no deriva únicamente del hecho de que yo sea demasiado rica y ocupe una
posición incómoda para un marido. Sí, conozco también esa parte; mi primer
marido me repudió por eso. Pero él tenía mi edad. La cosa más cruel e injusta
que he hecho es que yo sabía que mi edad podía importarte... y seguí adelante.
Por eso Rufo se enojó tanto conmigo. Cuando te quedaste dormido aquella noche
en la cueva del Bosque de los Dragones, me lo echó en cara con palabras
hirientes. Dijo que sabía que no podía reprocharme el que conquistara a hombres
jóvenes, pero que nunca creyó que yo cayera tan bajo como para atrapar a uno en
matrimonio sin hablarle antes de mi edad. Nunca había tenido un elevado
concepto de su abuelita, dijo, pero esta vez...
—¡Cállate,
Star!
—Sí,
mi señor.
—¡Eso
no cambia absolutamente nada! —Y lo dije de un modo tan rotundo que lo creí...
y sigo creyéndolo—. Rufo no sabe lo que yo pienso. Tú eres más joven que el
amanecer de mañana... siempre lo serás. ¡Y no quiero que se hable más del
asunto!
—Sí,
mi señor.
—Y
déjate de formulismos también. Limítate a decir: «De acuerdo, Oscar».
—¡Sí,
Oscar! ¡De acuerdo!
—Eso
está mejor. A menos que quieras recibir otra azotaina. Y estoy demasiado
cansado. —Cambié de tema—. En cuanto a este otro asunto... No hay ningún motivo
para que distiendas tu hermosa tripita si existen otras posibilidades. Tengo
una mentalidad de campesino, eso es todo; no estoy acostumbrado a los sistemas
de la gran ciudad. Cuando sugeriste que lo harías por ti misma, ¿querías decir
que podrían volver a dejarte tal como eras antes?
—No.
Sería simplemente una madre—anfitniona, al mismo tiempo que madre genética.
—Sonrió, y supe que estaba haciendo progresos—. Pero ahorrando una gran suma de
ese dinero que tú no quieres gastar. Esas mujeres sanas y robustas que tienen
hijos de otras personas cobran muy caro. Cuatro niños y pueden retirarse: diez,
y se convierten en mujeres ricas.
—No
me sorprende que cobren caros sus servicios... Star, no tengo inconveniente en
gastar dinero. Admito, si tú lo dices, que he ganado más de lo que gasto, con
mi trabajo como héroe profesional. Ese es un servicio duro, también.
—Te
lo has ganado a pulso.
—Ese
sistema ciudadano de tener hijos... ¿Se puede escoger? ¿Niño o niña?
—Desde
luego. Los espermatozoides que producen machos nadan con más rapidez y pueden
ser apartados. Por eso los Sabidurías suelen ser hombres: yo fui un candidato
sin planear. Tendrás un hijo, Oscar.
—Podría
preferir una niña. Tengo una debilidad por las ninas.
—Un
muchacho, una niña.., o los dos. O tantos como quieras.
—Star,
déjame reflexionar en ello. Hay multitud de ángulos... y yo no pienso tan bien
como tú.
—¡Pooh!
—Si
tú no piensas mejor de lo que yo lo hago, arreglados están tus clientes...
Mmmm, ¿el semen masculino puede ser almacenado tan fácilmente como los óvulos?
—Con
mucha más facilidad.
—Esa
es toda la respuesta que necesitamos ahora. No me impresionan demasiado las
jeringuillas, ¿sabes? He fonmado en muchas colas del Ejército. Iré a la clínica
o a donde sea, y luego lo arreglaremos todo con calma. Cuando decidamos —me
encogí de hombros— echar la carta al correo, ¡o haremos y, ¡clunk!, seremos
padres. O algo por el estilo. A partir de entonces los técnicos y esas robustas
matronas pueden manejarlo todo.
—Sí,
mi se... ¡De acuerdo, querido!
La
cosa iba mejor. Casi su rostro de niña. Desde luego, su rostro de dieciséis
años, con un vestido nuevo para la fiesta y los muchachos como un estremecedor
y delicioso peligro.
—Star,
antes dijiste que a menudo lo que importa no es el segundo disgusto, ni
siquiera el vigésimosegundo.
—Sí.
—Sé
lo que marcha mal en mí. Puedo decírtelo... y tal vez Su Sabiduría conozca la
respuesta.
Star
parpadeó.
—Si
puedes decírmelo, cariño... Su Sabiduría lo resolverá, aunque tenga que
derruirlo todo y volver a edificarlo de un modo distinto, desde aquí hasta la
próxima galaxia... o renunciaré al cargo de Sabiduría.
—Eso
suena más a mi Estrella de la Suerte. De acuerdo, no es que yo sea un gigolo.
Me he ganado mi café con leche y mis bollos, al menos; el Devorador de Almas
estuvo a punto de comerse mi alma, conoce su forma exacta: él... ello sabe
cosas que yo había olvidado hace mucho tiempo. Fue duro, y la paga debería ser
elevada. No es tu edad, querida. ¿A quién le importa lo vieja que es Helena de
Troya? Tú tienes siempre la edad correcta: ¿puede ser más afortunado un hombre?
No estoy celoso de tu posición; no la desearía por nada del mundo. No estoy
celoso de los hombres que pasaron por tu vida... ¡cadáveres con suerte! Ni
siquiera ahora, mientras no tropiece con ellos al ir al cuarto de baño.
—No
hay ningún otro hombre en mi vida ahora, mi señor marido.
—No
tengo ningún motivo para creerlo. Pero siempre hay una semana próxima, y ni
siquiera tú puedes tener una Visión acerca de eso, amada mía. Tú me has
enseñado que el matrimonio no es una forma de muerte... y es obvio que tú no
estás muerta, cariño.
—Una
Visión tal vez no —admitió Star—. Pero sí una sensación.
—Yo
no apostaría por ello. He leído el Informe Kinsey.
—¿Qué
informe?
—El
desaprobaba la teoría de la Sirena. Acerca de las mujeres casadas. Olvídalo.
Pregunta hipotética: si Jocko visitara Center, ¿seguirías teniendo la misma
sensación? Tendríamos que invitarle a dormir aquí.
—El
Doral no sale nunca de Nevia.
—No
se lo reprocho, Nevia es maravilloso. He dicho «si.».. Si lo hiciera, ¿le
ofrecerías «techo, mesa y cama»?
—Eso
—dijo Star en tono firme— tendrías que decidirlo tu, mi señor.
—Voy
a plantearlo de otra manera. ¿ Esperarías que yo humillara a Jocko no
devolviéndole su hospitalidad? ¿Al galante y viejo Jocko, que nos permitió
vivir cuando tenía derecho a matarnos? ¿Cuyo equipo, flechas y muchas cosas,
incluido un nuevo maletín médico, nos conservó vivos y nos permitió recuperar
el Huevo?
—En
las costumbres nevianas de techo, mesa y cama —insistió Star—, decide el
marido, mi señor marido.
—No
estamos en Nevia, y aquí una esposa piensa por su cuenta. Estás escurriendo el
bulto, querida.
Star
sonrió maliciosamente.
—¿Incluye
ese «sí» tuyo a Muri? ¿Y a Letva? Son las favoritas de Jocko, no viajaría sin
ellas. ¡Y qué me dices de la pequeña... ¿cómo se llama.., el capullito?
—Me
rindo. Sólo trataba de demostrar que el saltar sobre una espada no convierte a
una mujer temperamental en una monja.
—Tengo
consciencia de ello, Héroe mío —dijo Star juiciosamente—. Lo único que puedo
decir es que procuraré que esta mujer temperamental no proporcione nunca a su
Héroe un solo momento de inquietud.., y habitualmente suelo llevar a cabo lo
que me propongo. Por algo soy «Su Sabiduría».
—Me
parece muy bien. Aunque nunca pensé que me causarías esa clase de inquietud.
Trataba de demostrar que la tarea puede no ser demasiado difícil. Bueno, nos
estamos desviando de la cuestión. Mi verdadero problema es que no soy bueno
para nada.
—¡No
digas eso, querido! Eres bueno para ,mí.
—Pero
no para mí mismo. Star, gigolo o no, no puedo ser un perrito faldero. Ni
siquiera tuyo. Mira, tú tienes un trabajo. Te mantiene ocupada y es importante.
Pero, ¿y yo? No hay nada que yo pueda hacer, absolutamente nada... como no sea
diseñar unos modelos horribles. ¿Sabes lo que soy? Un héroe de profesión, eso
me dijiste; tú me reclutaste. Ahora estoy retirado. ¿Conoces algo en todos los
veinte universos más inútil que un héroe retirado?
Star
mencionó un par de cosas inútiles. Yo dije:
—En
serio, Star, las cosas han llegado a un extremo que se me hace insoportable.
Cariño, te ruego que dediques a mi problema toda tu atención.., con la ayuda de
todos esos fantasmas. Trátalo como tratarías un problema Imperial. Olvida que
soy tu marido. Considera mi situación general, todo lo que sabes de mí... y
dime qué puedo hacer que valga la pena con las manos y el cerebro y el tiempo.
Yo, siendo lo que soy.
Star
permaneció en silencio durante largos minutos, mostrando en su rostro aquella
calma profesional que yo había visto en ella las veces que había asistido a sus
audiencias.
—Tienes
razón —dijo finalmente—. En este planeta no hay nada que encaje con tus
facultades.
—Entonces,
¿qué debo hacer?
Star
dijo en tono inexpresivo:
—Tienes
que marcharte.
—¿Crees
que me gusta la respuesta, marido mío? ¿Crees que me gustan la mayoría de las
respuestas que tengo que dar? Pero tú me has pedido que lo considere
profesionalmente. He obedecido. Esta es la respuesta. Tienes que abandonar este
planeta... y a mi.
—De
modo que mis zapatos van a la calle, a fin de cuentas...
—No
te enfades, mi señor. Esa es la respuesta. Yo puedo eludirla y ser femenina
sólo en mi vida privada; no puedo negarme a pensar si accedo a hacerlo como «Su
Sabiduría». Tienes que separarte de mí. ¡Pero, no, no, no, tus zapatos no van a
la calle! Te marcharás, porque debes hacerlo. No porque yo lo desee. —Su rostro
permaneció tranquilo, pero las lágrimas volvieron a fluir—. No se puede
cabalgar a un gato... ni hacer correr a un caracol... ni enseñar a volar a una
serpiente. Ni convertir a un Héroe en un perrito faldero. Lo sabía, pero me
negaba a verlo. Tú harás lo que tengas que hacer. Pero tus zapatos continuarán
junto a mi cama, no te estoy despidiendo... —Parpadeó para que no la cegaran
las lágrimas—. No puedo mentirte, ni siquiera con mi silencio. No diré que no
reposen otros zapatos aquí... si tu ausencia es muy prolongada. Me he sentido
muy sola. No hay palabras para describir lo solitario que es este cargo. Cuando
te marches... me sentiré más sola que nunca. Pero encontrarás tus zapatos aquí
cuando regreses.
—¿Cuando
regrese? ¿Tienes una Visión?
—No,
mi señor Héroe. Sólo tengo lá sensación de que... si vives.., regresarás. Quizá
muchas veces. Pero los Héroes no mueren en la cama. Ni siquiera en esta.
—Parpadeó de nuevo, y sus lágrimas dejaron de fluir, y su voz se hizo más
firme—. Ahora, mi señor marido, creo que deberíamos apagar las luces y
descansar.
Lo
hicimos, y Star apoyó su cabeza sobre mi hombro y no lloró. Pero no dormimos.
Al cabo de largo rato, dije:
—Star,
¿oyes lo que oigo yo?
Star
alzó la cabeza.
—No
oigo nada.
—La
Ciudad. ¿No puedes oírla? Gente. Máquinas. Incluso pensamientos tan densos que
los huesos los sienten y el oído casi los capta.
—Sí.
Conozco ese sonido.
—Star,
¿te gusta vivir aquí?
—No.
Nunca fue necesario que me gustara.
—¡Maldita
sea! Has dicho que me marcharía. ¡Ven conmigo!
—¡Oh,
Oscar!
—¿Qué
les debes a ellos? ¿No es suficiente haber recuperado el Huevo? Déjales que
tomen una nueva víctima. ¡Vuelve a recorrer conmigo la Ruta de Gloria! Tiene
que haber trabajo para mi especialidad en alguna parte.
—Siempre
hay trabajo para los Héroes.
—De
acuerdo; formemos compañía, tú y yo. El trabajo de Héroe no es malo. Las
comidas son irregulares, y la paga insegura.., pero nunca es aburrido..
Pondremos anuncios:
«Gordon
& Gordon, Heroicidades Razonables. Ninguna tarea demasiado grande, ninguna
tarea demasiado pequeña. Se exterminan dragones por contrato, satisfacción
garantizada o el cliente no paga. Precios a convenir para otros trabajos.
Búsquedas, rescate de doncellas, localización de vellocinos de oro, etc.»
Estaba
tratando de arrancarle una sonrisa a Star, pero Star no sonrió. Respondió, muy
seria:
—Oscar,
si decidiera retirarme, debería adiestrar a mi heredero antes de hacerlo. De
hecho, nadie puede ordenarme que haga una cosa... pero tengo la obligación de
preparar a quien deba reemplazarme.
—¿Cuánto
tiempo tardarías en hacerlo?
—No
demasiado. Unos treinta años.
—¡Treinta
años!
—Bueno,
forzando un poco las cosas, creo que podría reducirlos a veinticinco.
Suspire.
—Star,
¿sabes la edad que tengo?
—Desde
luego. No has cumplido aún los veinticinco años. ¡Pero no envejecerás más!
—Pero
ahora mismo tengo esa edad. Ese es todo el tiempo que habrá existido para mí.
Otros veinticinco años como un perrito faldero y no seré un héroe ni nada. Me
habré convertido en un muñeco.
Star
reflexionó unos instantes.
—Sí.
Eso es verdad.
Tras
lo cual, Star se volvió de espaldas, nos dimos las buenas noches, y fingimos
dormir.
Más
tarde noté el temblor de sus hombros, y supe que estaba sollozando.
—¿Star?
Ella
no volvió la cabeza. Lo único que oi fue una voz entrecortada por los sollozos:
—¡Oh,
querido, queridísimo mío! ¡Si yo fuera tan sólo un centenar de años más joven!
XX
Dejé
que las inutiles piedras preciosas se deslizaran a través de mis dedos y las
aparté a un lado. Si yo fuera tan sólo un centenar de años más viejo...
Pero
Star tenía razón. Ella no podía dejar su puesto sin relevo. Su concepto del
adecuado relevo, no el mío o el de cualquier otra persona. Y yo no podría
permanecer mucho más tiempo en esta cárcel acolchada sin golpear mi cabeza
contra los barrotes.
Sin
embargo, los dos queríamos estar juntos.
Lo
realmente terrible del caso era que yo sabía —lo mismo que Star— que cada uno
de nosotros, olvidaría. Algo, de todos modos. Lo suficiente para que hubiera
otros zapatos, otros hombres, y Star volviere a reír.
Y lo
mismo haría yo... Star se había dado cuenta, y seriamente, amablemente, con
sutil consideración para los sentimientos del otro, me había dicho
indirectamente que no necesitaba sentirme culpable cuando cortejara a alguna
otra muchacha, en algún otro mundo, en alguna parte.
Entonces,
¿por qué me sentía como en un cepo?
¿Cómo
había quedado atrapado sin ningún medio para escapar que no me obligara a
escoger entre lastimar a mi amada o seguir tumbado en mi mecedora? Leí en
alguna parte acerca de un hombre que vivía en una alta montaña, debido a que
padecía un tipo grave de asma, en tanto que su esposa vivía en la costa debajo
de él, debido a trastornos cardíacos que no podían soportar la altitud. A veces
se miraban el uno al otro a través de telescopios.
A la
mañana siguiente no hablamos de la retirada de Star. El tácito quid—pro—quo era
que, si ella planeaba retirarse, yo vagaría por allí (¡treinta años!) hasta que
lo hiciera. Su Sabiduría había llegado a la conclusión de que yo no lo
resistiría, y no habló de ello. Tomamos un suculento desayuno y nos mostramos
alegres, cada uno con sus pensamientos secretos.
Tampoco
mencionamos los hijos. Oh, yo encontraría aquella clínica, haría lo que fuera
necesario. Si Star deseaba mezclar su linaje estelar con mi sangre plebeya,
podría hacerlo, mañana o dentro de cien años. O senreír tiernamente y hacer que
lo tiraran con el resto de la basura. Ninguno de mis antepasados había sido
alcalde de Podunk, y un percherón no se cría en una cuadra de caballos de
carreras. Si Star unía nuestros genes para hacer un niño, sería puro
sentimiento, un regalo de San Valentín: un perrito de lanas más joven al que
ella podría mimar hasta que lo dejase correr por su cuenta. Pero sólo
sentimiento, tan pegajoso si no tan morboso como el de su tía con los maridos
muertos, ya que el Imperio no podría utilizar mi tendencia siniestra.
Alcé
los ojos hacia mi espada, colgada frente a mí. No la había tocado desde aquella
fiesta, lejana ya, en la que Star decidió vestirse para la Ruta de Gloria. La
descolgué, me la coloqué al cinto y la desenvainé.., sentí una emoción
incontenible, y tuve una visión repentina de un largo camino y de un castillo
sobre una colina.
¿Qué
le debe un paladín a su dama cuando la búsqueda ha terminado?
¡Déjate
de evasivas, Gordon! ¿Qué le debe un marido a su esposa? Esta misma espada...
«Salta Truhán y Princesa salta. Mi esposa eres tú y mía para conservarla.» «..
.en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad... para amarte y
respetarte, hasta que la muerte nos separe.» Eso era lo que yo había querido
decir con aquellas aleluyas, y Star lo había sabido, y yo lo había sabido y lo
sabía ahora.
Cuando
juramos, había parecido probable que la muerte nos separase aquel mismo día.
Pero eso no disminuyó la calidad del juramento ni la sinceridad con que yo lo
había pronunciado. No había saltado la espada para revolcarme con Star sobre la
hierba antes de morir: podía haberlo hécho sin que mediara ninguna ceremonia.
No, yo había deseado «. . .tener y conservar, amar y respetar, hasta que la
muerte nos separe».
Star
habla cumplido su promesa al pie de la letra. ¿Por qué habla de sentir yo
comezón en los pies?
Rascad
a un héroe y encontraréis un zángano.
Y un
héroe retirado era algo tan absurdo como esos reyes cesantes que abundan en
Europa.
Salí
dando un portazo de nuestro «piso», con la espada al cinto y sin importarme un
comino las miradas de asombro que me dirigían, acudí a nuestros terapeutas,
averigüé a dónde debía ir, fui allí, hice lo que era necesario, le dije al jefe
biotécnico que Su Sabiduría debía ser informada, y le amenacé con rebanarle el
cuello cuando empezó a hacer preguntas.
Luego
me dirigí a la cabina de transporte más próxima y vacilé... Necesitaba compañía
del mismo modo que la necesita un Alcohólico Anónimo. Pero yo no tenía ningún
amigo intimo, solo centenares de conocidos. Al consorte de la Emperatriz no le
resulta fácil hacer amistades.
Tendría
que ser Rufo. Pero en todos los meses que llevaba en Center no había estado en
casa de Rufo. En Center no se practica la bárbara costumbre de dejarse caer en
casa de la gente, y únicamente había visto a Rufo en la Residencia o en
fiestas; Rufo no me habla invitado nunca a su hogar. No, no existía ninguna
frialdad entre nosotros; le veíamos a menudo, pero siempre era él quien venía.
Le
busqué en los listines de transporte... inútilmente. El mismo resultado en los
listines de vea—hable. Llamé a la Residencia y hablé con el oficial de
comunicaciones. Me dijo que «Rufo» no era un apellido y trató de quitárseme de
encima. Le dije:
—¡Procura
justificar el sueldo que no te ganas, amigo! Cuelga, y dentro de una hora
estarás a cargo de las señales de humo en Timbuctu. Ahora escucha. Ese
individuo es de edad madura, calvo, uno de sus nombres es «Rufo», y tiene fama
como culturólogo comparativo. Y es nieto de Su Sabiduría. Creo que sabes quién
es y que has estado arrastrando los pies por insolencia burocrática. Tienes
cinco minutos. Entonces hablaré con Su Sabiduría y se lo preguntaré a ella,
mientras tú empaquetas tus cosas.
(«¡Alto!
¡Peligro! Otro Rufo (?) viejo y calvo, compculturista. Sabiduría
óvulo—esperma—óvulo. Cinco minutos. Embustero y/o tonto. ¿ Sabiduría? ¡
Catástrofe!»).
No
habían pasado cinco minutos cuando la imagen de Rufo llenó el tanque.
—¡Bueno!
—dijo—. Me estaba preguntando quién tenía el peso suficiente para llegar hasta
mi.
—Rufo,
¿puedo ir a verte?
Su
cuero cabelludo se llenó de arrugas.
—¿Ratones
en la despensa, hijo? Tu cara me recuerda la vez en que mi tío...
—¡Por
favor, Rufo!
—Sí,
hijo —dijo amablemente—. Enviaré a las bailarinas a su casa. ¿O es mejor que se
queden?
—Me
tiene sin cuidado. ¿Cómo te encontraré?
Me
lo dijo, marqué su clave, añadí mi número de abonado, y me encontré allí, a dos
mil kilómetros de distancia. El hogar de Rufo era una mansión tan lujosa como
la de Jocko y millares de años más sofisticada. Mi primera impresión fue la de
que Rufo tenía la servidumbre más numerosa de Center, toda femenina. Estaba
equivocado. Pero todas las criadas, visitantes, primas, hijas, se constituyeron
en comité de recepción... para ver al compañero de cama de Su Sabiduría. Rufo
las ahuyentó y me llevó a su estudio. Una bailarina (evidentemente una
secretaria) estaba ocupada con documentos y grabaciones. Rufo le dio una
palmada en el trasero, despidiéndola, me señaló una cómoda butaca, me sirvió un
trago, puso cigarrillos a mi alcance, se sentó y no dijo nada.
El
fumar no es popular en Center, y el motivo es lo que ellos utilizan como
tabaco. Cogí un cigarrillo.
—¡Chesterfield!
¡Dios mío!
—Son
de contrabando —dijo Rufo—. Pero ya no se elabora nada parecido a Sweet Caps.
Ponen toda clase de hierbas menos tabaco.
Hacía
meses que yo no había fumado. Pero Star me había dicho que podía olvidarme del
cáncer y cosas por el estilo. De modo que lo encendí... y tosí como un dragón
neviano. El vicio requiere una práctica continua.
—«¿Qué
noticias hay en el Rialto?» —inquirió Rufo, echando una ojeada a mi espada.
—Oh,
nada.
Habiendo
interrumpido el trabajo de Rufo, ahora vacilaba en exponer mis problemas
domésticos.
Rufo
permaneció sentado, fumando y esperando. Yo necesitaba decir algo, y el
cigarrillo norteamericano me recordó un incidente, algo que había venido a
añadirse a lo inestable de mi condición. Una semana antes, en una fiesta, había
conocido a un hombre que aparentaba unos treinla y cinco años, afable, cortés,
pero con aquel aire altivo que expresa: «Tu bragueta está desabotonada, viejo,
pero soy demasiado educado para mencionado.»
Pero
a mí me había gustado mucho conocerle, puesto que hablaba inglés.
Yo
había creído que Star, Rufo y yo éramos los únicos en Center que hablaban
inglés. Lo hablábamos a menudo, Star para facilitarme las cosas, Rufo porque le
gustaba practicar. Rufo hablaba cockney como un vendedor ambulante,
norteamericano como un ciudadano do Boston, australiano como un canguro.
Conocía todas las variantes del inglés.
Aquel
individuo hablaba un buen inglés—americano.
—Me
llamo Nebbi —dijo, estrechando mi mano en un lugar en el que nadie estrecha la
mano—, y usted es Gordon, lo sé. Encantado de conocerle.
—El
gusto es mío —dije—. Es una sorpresa y un placer oír mi propio idioma.
—Conocimiento
profesional, mi querido amigo. Culturólogo comparativo,
lingüista—histórico—político. Usted es norteamericano, lo sé.Déjeme situarlo:
Profundo Sur, no nacido allí. Posiblemente Nueva Inglaterra. Chapeado por
desplazamiento al Medio Oeste, California quizá. Lenguaje básico, clase media
baja, mezclada.
El
tipo era bueno. Mi madre y yo vivimos en Boston mientras mi padre estuvo
ausente, 1942—45. No olvidaré nunca aquellos inviernos; yo llevaba chanclos
desde noviembre hasta abril. Yo había vivido en el Profundo Sur, Georgia y
Florida, y en California en La Jolla durante la noGuerra de Corea y, más tarde,
en mi época de estudiante. «¿Clase media baja?» Mi madre no lo había creído
así.
—Se
aproxima usted —convine—. Conozco a uno de sus colegas.
—Sé
a quién se refiere, al «Científico Loco». Teorías maravillosamente
extravagantes. Pero dígame: ¿cómo estaban las cosas cuando usted se marchó?
Especialmente, ¿cómo marchan los Estados Unidos con su Noble Experimento?
—«¿Noble
Experimento?» —Tuve que pensar. La Ley Seca había sido derogada antes de que yo
naciera—. Oh, aquello ya terminó.
—¿De
veras? Tengo que hacer un viaje allí. ¿Qué tienen ustedes ahora? ¿Un rey? Me di
perfecta cuenta de que su país iba en esa dirección, pero no lo esperaba tan
pronto.
—Oh,
no —dije—. Yo me refería a la Ley Seca.
—Oh,
eso. Sintomático, pero no básico. Yo estaba hablando del divertido concepto del
gobierno de la palabrería. «Democracia». Una extraña quimera: como si añadir
ceros pudiera producir una suma. Pero en su país tribal fue aplicada a escala
gigantesca. Antes de que usted naciera, sin duda. Creí que había querido decir
usted que incluso el cadáver había sido barrido. —Sonrió—. Entonces, ¿siguen
teniendo relaciones y todo eso?
—La
última vez que estuve allí, sí.
—Oh,
maravilloso. Fantástico, realmente fantástico. Bueno, tenemos que vernos con
frecuencia, quiero interrogarle a usted. He estado estudiando su planeta
durante mucho tiempo: las patologías más asombrosas en todo el complejo
explorado. Hasta la vista. No acepte ningún níquel de madera, como dicen los
hombres de las tribus en su pais.
Le
hablé a Rufo de ello.
—Rufo,
sé que procedo de un planeta bárbaro. Pero, ¿justifica eso su descortesía? Si
es que era descortesía. Aquí estoy hecho un taco, hasta el punto de que ya no
sé a qué pueden llamarse buenos modales.
Rufo
frunció el ceño.
—En
cualquier parte son malos modales burlarse del lugar de nacimiento, tribus o
costumbres de una persona. Un hombre lo hace por su cuenta y riesgo. Si le
matas, no te pasará nada. Podría poner quizás en un pequeño apuro a Su
Sabiduría. Si es que hay algo que pueda ponerla en un apuro a Ella.
—No
le mataré, no tiene tanta importancia.
—Entonces
olvídalo. Nebbi es un snob. Sabe un poco, no entiende nada, y cree que los
universos serían mejores si él los hubiera diseñado. Ignórale.
—Lo
haré. Sólo era... mira, Rufo, mi país no es perfecto. Pero no me gusta oírselo
decir a un extranjero.
—¿A
quién le gusta eso? A mí me agrada tu país, tiene sabor. Pero... yo no soy un
extranjero y esto no es una burla. Nebbi tenía razón.
—¿Eh?
—Salvo
que él sólo ve la superficie. La democracia no puede funcionar. Matemáticos,
campesinos y animales, eso es todo lo que existe... de modo que la democracia,
una teoría basada en el supuesto de que matemáticas y campesinos son iguales,
no pueden funcionar nunca. El saber no es aditivo; su máxima expresión es el
hombre más sabio en un grupo determinado.
«Pero
una forma democrática de gobierno me parece bien, mientras no funcione.
Cualquier organización social marcha bastante bien si no es rígida. La
estructura no importa, con tal de que exista la holgura suficiente para
permitir que un hombre en una multitud manifieste su genio. La mayoría de los
llamados científicos sociales parecen creer que la organización lo es todo. Es
casi nada... salvo cuando es una camisa de fuerza. Lo que cuenta es la
incidencia de héroes, no la pauta de ceros.
Y
añadió:
—Tu
país tiene un sistema lo bastante libre como para permitir que sus héroes
trabajen en su profesión. Debería durar mucho tiempo.., a menos que su
tolerancia sea destruida desde dentro.
—Espero
que tengas razón.
—Tengo
razón. Conozco este tema y no soy estúpido, como opina Nebbi. El está en lo
cierto al hablar de la inutilidad de «añadir ceros».., pero no se da cuenta de
que él es un cero.
Sonreí.
—Sería
una imbecilidad por mi parte dejarme impresionar por un cero —dije.
—En
efecto. Especialmente cuando tú distas mucho de serlo. Dondequiera que vayas
harás notar tu presencia, no serás uno más del rebaño. Te respeto, y no respeto
a muchos. Nunca a la gente en conjunto, no podría ser un demócrata de corazón.
Para pretender que se «respete» e incluso se «ame» a la gran masa con sus
ladridos en un extremo y sus pies malolientes en el otro se requiere la fatua,
empalagosa, ciega y sentimental ignorancia que se encuentra en algunos
supervisores de guarderías infantiles, en la mayoría de los perros de aguas, y
en todos los misioneros. No es un sistema político, es una enfermedad. Pero
alegra el ánimo: tus políticos norteamericanos son inmunes a esa enfermedad..,
y vuestras costumbres permiten que el no—cero se abra paso.
Rufo
miró de nuevo mi espada.
—Viejo
amigo, tú no has venido aquí para hablarme de Nebbi.
—No.
—Incliné los ojos hacia mi Lady Vivarnus—. He traído esto para afeitarte, Rufo.
—¿Eh?
—Prometí
que afeitaría tu cadáver. Te lo debo por los favores que me has hecho. De modo
que aquí estoy, para afeitar al barbero.
Rufo
dijo lentamente:
—Pero
todavía no soy un cadáver. —No hizo ningún movimiento. Pero se movieron sus
ojos, calculando la distancia entre nosotros. Rufo no contaba con mi
«caballerosidad»; había vivido demasiado tiempo.
—Oh,
eso puede arreglarse —dije alegremente—, a menos que obtenga respuestas
directas de ti.
Rufo
se relajó un poco.
—Lo
intentaré, Oscar.
—Algo
más que intentarlo, por favor. Tú eres mi última posibilidad, Rufo. Pero no te
hagas ilusiones, hablo muy en serio. Y respuestas directas, las necesito.
Quiero que me aconsejes acerca de mi matrimonio.
El
rostro de Rufo se nubló.
—Y
yo que pensaba haber salido hoy... En vez de eso me dediqué a trabajar. Oscar,
preferiría criticar al primer hijo de una mujer, o incluso su gusto en
sombreros. Es mucho más seguro enseñar a morder a un tiburón. ¿Qué pasará si me
niego?
—¡En
tal caso te afeitaré!
—¡Serías
capaz de hacerlo, matasiete! —Rufo frunció el ceño—. «Respuestas directas... »
No las deseas, lo que quieres es un hombro para llorar sobre él.
—Es
posible que eso también. Pero quiero respuestas directas, no las mentiras que
puedes contar en sueños.
—De
modo que estoy perdido de todas maneras. Decirle a un hombre la verdad sobre su
matrimonio equivale a suicidarse. Creo que me quedaré quieto y comprobaré si
tienes córazón para liquidarme a sangre fría.
—Oh,
Rufo, dejaré que guardes mi espáda bajo siete llaves, si quieres. Sabes que
nunca la desenvainaría contra ti.
—No
estoy seguro de eso —murmuró Rufo—. Siempre hay una primera vez. Puede
predecirse lo que hará un malandrín, pero tú eres un hombre de honor, y eso es
lo que me asusta. ¿No podríamos resolver esto por el vea—hable?
—En
serio, Rufo. No tengo a nadie más a quien acudir. Quiero que me hables
francamente. Este no es un problema para un consejero matrimonial corriente. En
nombre de la sangre que vertimos juntos, te ruego que me aconsejes. ¡Y
sinceramente, desde luego!
—«Desde
luego», ¿verdad? La última vez que me arriesgué a hacerlo estuviste a punto de
cortarme la lengua. —Me miró con aire enfurruñado—. Pero siempre he sido un
tonto cuando se ha apelado a mi amistad. Mira, vamos a hacer un trato. Tú
hablas, yo escucho.., y si resulta que tu relato es tan largo que mis viejos y
cansados riñones se quejan y me veo obligado a abandonar tu agradable compañía
por unos instantes.., bueno, entonces sabrás que pisas un terreno resbaladizo y
no volveremos a aludir al tema que estés tocando. ¿Te parece bien?
—De
acuerdo.
—La
Presidencia te reconoce. Adelante.
De
modo que hablé. Hablé de mi dilema y de mi frustración, sin ocultar nada mío ni
de Star (era en beneficio de ella también, y no era necesario hablar de
nuestros asuntos más íntimos; estos, al menos, marchaban bien). Pero mencione
nuestras riñas y muchas otras cosas que es mejor mantener dentro del círculo
familiar, tenía que hacerlo.
Rufo
escuchaba. De pronto se levantó y paseó de un lado a otro del estudio, con aire
preocupado. Me interrumpió cuando hablé de los hombres que Star había traído a
casa.
—No
tenía que haber llamado a sus doncellas —dijo—. Pero olvídalo, muchacho. Ella
nunca recuerda que los hombres son tímidos, en tanto que las mujeres se limitan
a tener costumbres. Concédele esto.
Más
tarde, dijo:
—No
debes tener celos de Jocko, hijo. Jocko clava una tachuela con un martillo
pilón.
—No
estoy celoso.
—Eso
fue lo que dijo Menelao. Pero deja espacio para dar y tomar. Todo matrimonio lo
necesita.
Finalmente
le hablé de la predicción de Star de que yo me marcharía.
—No
le reprocho nada, y el haberme podido desahogar contigo me ha hecho mucho bien.
Creo que ahora podré controlarme mejor y ser un buen marido. Star realiza
grandes sacrificios para cumplir con sus tareas, y lo menos que puedo hacer es
facilitárselas Es tan dulce, tan amable y tan buena...
Rufo
se paró a cierta distancia, de espaldas a su escritorio.
—¿Lo
crees así?
—Sé
que es así.
—¡Ella
es una vieja pelleja!
Me
puse en pie de un salto y me precipité hacia él. Nodesenvainé la espada. No se
me ocurrió la idea, ni la hubiese desenvainado en ningún caso. Lo único que
deseaba era echarle a Rufo las manos encima y castigarle por hablar de aquel
modo de mi amada. Rufo botó sobre el escritorio como una pelota y, cuando hube
cruzado la habitación, Rufo se encontraba detrás de la mesa, con una mano en
uno de los cajones.
—Malo,
malo —dijo—. Oscar, no quiero afeitarte.
—¡Sal
de ahí y lucha como un hombre!
—Ni
hablar, viejo amigo. Un paso más y te hago picadillo, Tantas promesas, tantas
súplicas... «Hablo muy en serio», dijiste. «Quiero que me aconsejes», dijiste.
«Habla francamente», dijiste. Siéntate en esa butaca.
—
«¡Hablar francamente» no significa libertad para insultar!
—¿Quién
ha de juzgarlo? ¿Debo someter mis observaciones a aprobación antes de hacerlas?
No remiendes tus promesas rotas con una falta de lógica infantil. Y no me
obligues a comprar una alfombra nueva. Nunca conservo una sobre la cual haya
matado a un amigo: las manchas me ponen melancólico. Siéntate en esa butaca.
Me
senté.
—Ahora
—dijo Rufo, permaneciendo donde estaba—, tú escucharás mientras yo hablo. O tal
vez te levantarás y te marcharás. En cuyo caso podría quedar tan complacido al
dejar de ver tu fea cara que eso zanjaría toda la cuestión. O podría enfadarme
tanto por el hecho de que me interrumpieras que caerías muerto en el umbral de
la puerta, ya que tengo muchas cosas dentro y estoy dispuesto a soltarlas
todas. Ponte cómodo.
«He
dicho —continuó— que mi abuela es una vieja pelleja. Lo he dicho brutalmente;
para descargar tu tensión... y ahora no es probable que te ofendas demasiado
por las muchas cosas ofensivas que me quedan por decir. Ella es vieja, tú lo
sabes, aunque no dudo que te resulta fácil olvidarlo la mayor parte del tiempo.
Yo mismo lo olvido la mayor parte del tiempo, a pesar de que Ella ya era vieja
cuando yo andaba a gatas y no había aprendido a hablar. Es una pelleja, y tú lo
sabes. Podría haber dicho «un mujer con experiencia», pero tenía que darte en
los dientes con la palabra que estabas eludiendo incluso mientras me estabas
diciendo que lo sabías... y que no te importaba. Abuelita es una vieja pelleja,
tenemos que partir de ahí.
«¿Y
por qué tendría que ser Ella otra cosa? Respóndete mismo. Tú no eres tonto,
eres simplemente joven. Normalmente, Ella tiene tan sólo dos placeres posibles,
y el otro no puede permitírselo.
—¿Cuál
es el otro?
—Tomar
decisiones nefastas por sádico rencor, ese es el placer que Ella no se atreve a
permitirse. De modo que demos gracias de que su cuerpo disponga de una
inofensiva válvula de seguridad, ya que de no ser así todos sufriríamos las
consecuencias antes de que alguien lograra asesinarla. Muchacho, querido
muchacho, ¿puedes soñar lo mortalmente cansada que Ella tiene que estar en la
mayoría de las cosas? Tu propio deleite se ha agriado en unos cuantos meses.
Piensa lo que debe ser enfrentarse año tras año con la misma situación sin otra
esperanza que la de un asesino más listo que los anteriores. Demos gracias a
que Ella siga encontrando placer en un placer inocente. De modo que Ella es una
vieja pelleja, y el afirmarlo no representa ninguna falta de respeto; al
contrario, establece un balance favorable entre dos cosas que Ella debe ser
para realizar su tarea.
»Ella
no dejó de ser lo que es por recitar unos absurdos versos contigo un día
brillante en la cumbre de una colina. Tú crees que Ella se ha tomado unas
vacaciones desde entonces, pegándose únicamente a ti. Posiblemente lo ha hecho,
si la has citado con exactitud y yo he leído las palabras correctamente; Ella
dice siempre la verdad.
»Pero
nunca toda la verdad, ¿quién puede hacerlo?, y Ella es la embustera más hábil
diciendo la verdad que nunca has conocido. Estoy seguro de que tu memoria ha
omitido alguna palabra de aspecto inocente con la que daba una salida pero
dejaba a salvo tus sentimientos.
»Si
es así, ¿por qué tendría Ella que hacer algo más que dejar a salvo tus
sentimientos? Ella está encariñada contigo, no cabe duda... pero sin fanatismo.
Ha sido adiestrada precisamente para evitar el fanatismo, para encontrar
siempre respuestas prácticas. Aunque es posible que no haya mezclado aún los
zapatos, si te quedas una semana más, o un año, o veinte, y llega el momento en
que Ella desee hacerlo, sabrá encontrar la manera de no mentirte con palabras y
no herir en absoluto su conciencia, porque Ella no tiene conciencia. Sólo
Sabiduría, completamente pragmática.
Rufo
carraspeó.
—Ahora,
refutación y contrapunto y viceversa. Me gusta mi abuela, y la quiero todo lo
que mi flaca naturaleza permite, y la respeto profundamente a pesar de todo...
y te mataría a ti o a cualquiera que se interpusiera en su camino o le causara
alguna infelicidad.., y esto sólo se debe en parte al hecho de que hay en mí
una sombra de su propio ser, de modo que puedo comprenderla mejor que nadie. Si
se salva del cuchillo, de la bomba o del veneno del asesino el tiempo
suficiente, pasará a la historia como «La Grande». Pero tú has hablado de sus
«grandes sacrificios». ¡Absurdo! A Ella le gusta ser «Su Sabiduría», el Eje
alrededor del cual giran todos los mundos. Y no creo que renunciara a serlo ni
por ti ni por alguien cincuenta veces mejor que tú. Te repito que Ella no
mintió, tal como tú lo has contado: Ella dijo «sí»... sabiendo que en treinta
años, o en veinticinco, pueden ocúrrir muchas cosas, entre ellas la casi
certeza de que — tú no te quedarías tanto tiempo. Una trampa.
«Pero
es la menor de las trampas que Ella te ha tendido. Te engañó desde el momento
en que la viste por primera vez, y mucho antes. Ella lo había planeado todo de
antemano, te obligó a escoger las cartas que había marcado previamente, te
infundió entusiasmo, te tranquilizó cuando empezaste a sospechar, te condujo de
la mano a tu planeado destino... y logró que te gustara. Ella no vacila ante
ningún método, y engañaría a la Virgen María y haría un pacto con el Viejo al
mismo tiempo, si ello conviniera a sus propósitos. Oh, recibiste tu paga, sí, y
una paga generosa: en Ella no hay nada mezquino. Pero ya es hora que sepas que
fuiste engañado. Que conste que no la estoy censurando, al contrario, la estoy
aplaudiendo... y la ayudé... salvo en un momento de debilidad en el que la
víctima me inspiró compasión. Pero tú estabas tan obcecado que no hubieras
escuchado al mismo Dios del cielo. Casi perdí el control de mí mismo, pensando
que te estabas precipitando hacia una muerte horrible con tus inocentes ojos
abiertos. Pero Ella fue más lista que yo. Siempre lo ha sido.
«Ahora
bien, me gusta Ella. La respeto. La admiro. Incluso la amo un poco. A toda
Ella, no sólo a sus aspectos agradables, sino también a todas las impurezas que
la hacen tan dura como el acero, como debe ser. ¿Qué me dices de ti, señor?
¿Cuáles son tus sentimientos hacia Ella ahora... sabiendo que te engañó,
sabiendo lo que es?
Yo
continuaba sentado. Mi vaso estaba junto a mí: no lo había tocado durante toda
aquella larga arenga.
Lo
agarré y lo levanté.
—¡Por
la mayor vieja pelleja de veinte universos!
Rufo
rebotó de nuevo sobre el escritorio y cogió su vaso.
—¡Repite
eso en voz alta y a menudo! ¡Y delante de Ella, a Ella le gustará! Bendita sea
por Dios, quienquiera que sea, y que El la proteja. No veremos nunca a otro
como Ella, por desgracia... ya que los necesitaríamos por docenas.
Brindamos,
y estrellamos nuestros vasos contra el suelo. Rufo fue en busca de otros, los
llenó, se instaló en su butaca, y dijo:
—Ahora
bebamos en serio. ¿Te he contado alguna vez lo que le ocurrió a mi...?
—Desde
luego. Rufo, quiero saber algo más acerca de esta trampa.
—¿Como
qué?
—Bueno,
hablemos por ejemplo de la primera vez que volamos...
Rufo
se estremeció.
—No
hablemos de eso.
—Entonces
no me lo pregunté. Pero, dado que Star podía hacer aquello, podríamos haber
eludido el Igli, los Fantasmas Cornudos, el marjal, el tiempo perdido con
Jocko...
—¿Perdido?
—Para
el objetivo de Star. Y las ratas y los cerdos y posiblemente los dragones.
Volando directamente desde aquella primera Puerta a la segunda. ¿Correcto?
Rufo
agitó la cabeza.
—Equivocado.
—No
lo entiendo.
—Suponiendo
que Ella pudiera transportarnos hasta tan lejos, una cuestión que espero no
aclarar nunca, podría habernos transportado hasta la Puerta que Ella prefería.
¿Qué hubieras hecho tu entonces? ¿Trasladado casi directamente desde Niza a
Karth—Hokesh? ¿Lanzarte hacia adelante y luchar como una loba, como hiciste? ¿O
decir: «Señorita, ha cometido usted un error. Muéstreme la salida de esta Casa
de la risa: no me divierto»?
—Bueno..,
yo no hubiera escurrido el bulto.
—Pero,
¿habrías ganado? ¿Habrías tenido el grado de preparacion que era necesario?
—Comprendo.
Aquellos primeros asaltos fueron ejercicios con fuego real en mi entrenamiento.
Aunque, ¿fueron con fuego real? ¿No fue una trampa toda aquella primera parte?
¿Tal vez por medio de la hipnosis, para que todo pareciera normal? Dios sabe
que Star es una experta en hipnotismo. ¿Ningún peligro hasta que llegamos a la
Torre Negra?
Rufo
volvió a estremecerse.
—¡No,
no! Oscar, cualquiera de aquellas amenazas podía habernos matado. Nunca había
luchado con más denuedo y nunca me había sentido tan asustado. Ninguna de ellas
podía ser eludida. No comprendo todos los motivos de Ella, no soy Su Sabiduría.
Pero Ella nunca se hubiera arriesgado en persona a menos que fuera
absolutamente necesario. No habría vacilado en sacrificar a diez millones de
hombres valientes, si era preciso, como el precio más barato. Ella sabe lo que
Ella vale. Pero Ella luchó a nuestro lado... ¡tú lo viste! Porque tenía qué ser
así.
—Sigo
sin entenderlo.
—Ni
lo entenderás. Ni lo entenderé yo. Ella te hubiera enviado a ti solo, de haber
sido posible. Y en aquel último y supremo peligro, aquel ser llamado «Devorador
de Almas», porque había devorado precisamente las de muchos valientes antes de
enfrentarse contigo... si hubieras perdido, Ella y yo hubiéramos tratado de
escapar, yo estaba preparado para hacerlo en cualquier momento; y si hubiésemos
escapado, improbablemente, Ella no hubiera derramado ninguna lágrima por ti. O
muy pocas. Luego habría trabajado otros veinte, o treinta, o cien años para
encontrar y engañar y entrenar a otro paladín... y habría luchado con la misma
fiereza al lado de él. Es valiente, la vieja. Ella sabía cuán remotas eran
nuestras probabilidades de éxito; tú no sabías nada. ¿La viste desfallecer una
sola vez?
—No.
—Pero
tú eras la clave, primero para ser localizado, luego para que encajaras en tu
papel. Tenias que actuar por ti mismo, sin ser una marioneta, o no habrías
podido ganar. Ella era la única que podía engatusar a un hombre semejante y
situarlo en el lugar donde debería actuar por su cuenta; ninguna persona
inferior a Ella podía manejar al tipo de héroe que Ella necesitaba. De modo que
buscó hasta que lo encontró.., y lo manipuló sabiamente. Dime, ¿por qué
elegiste la espada? No es corriente en América.
—¿Qué?
—Tuve que pensar. Leyendo El Rey Arturo y Los Tres Mosqueteros, y las
maravillosas historias de Marte de Burroughs... Pero todos los muchachos hacen
eso—. Cuando nos trasladamos a Florida, yo era un Explorador. El jefe de
Exploradores era un francés, que enseñaba esgrima en la escuela superior.
Empezó con algunos de los chicos. A mí me gustó, era algo que se me daba bien.
Luego, en el instituto...
—¿Te
preguntaste alguna vez por qué aquel inmigrante había obtenido aquel empleo en
aquella ciudad? ¿Por qué se ofreció voluntario para enseñar a los Exploradores?
¿O por qué en tu Instituto había un equipo de esgrima, cuando en la mayoría de
ellos no existe? No Importa; si hubieses ido a alguna otra parte, habría
existido una escuela de esgrima en una Asociación de Jóvenes Cristianos o algo
por el estilo. ¿No celebraste más combates que la mayoría de los de tu
categoría?
—¡Diablos,
sí!
—Podían
haberte matado en cualquier momento, también.., y Ella se hubiera dedicado a
engatusar a otro candidato que ya tenía a punto. Hijo, no sé cómo fuiste
elegido, ni cómo te convirtieron de un mozalbete inútil en el héroe que eras en
potencia. No fue tarea mía. Lo mío era más sencillo, aunque más peligroso: ser
tu lacayo y tu «retaguardia». Mira a tu alrededor. Bonita casa para un criado,
¿eh?
—Bueno,
si. Casi había olvidado que se suponía que eras mi lacayo.
—«¿Se
suponía?» ¡Diablos! Lo era. Fui tres veces a Nevia como criado de Ella, a fin
de adquirir práctica. Jocko no se ha enterado aún. Si regresara allí, creo que
sería bien acogido. Pero solamente en la cocina.
—Pero,
¿por qué? Esa parte me parece absurda.
—¿Lo
fue? Cuando nos hicimos contigo tu ego estaba en muy baja forma; teníamos que
levantar tu moral.., y el llamarte «Jefe» y servirte las comidas estando yo de
pie y tú sentado, con Ella, era parte del tratamiento. —Se mordisqueó un
nudillo y añadió, enfurruñado—: Sigo creyendo que Ella embrujó tus dos primeras
flechas. Algún día me gustaría que me concedieras la revancha.., sin que Ella
estuviera presente.
—Puedo
volver a ganarte. He estado practicando.
—Bueno,
olvídalo. Conseguimos el Huevo, eso es lo importante. Y aquí tenemos esta
botella, y eso es importante también. —Volvió a llenar los vasos—. ¿Te has
desahogado del todo, «Jefe»?
—¡Maldita
sea, Rufo! Sí, viejo malandrín. Me has ayudado mucho. O me has engañado otra
vez, no estoy seguro.
—Nada
de engaños, Oscar, por la sangre que hemos derramado. Te he dicho la verdad tal
como yo la conozco, aunque me haya dolido. No deseaba hacerlo, tú eres amigo
mío. El haber recorrido contigo aquella ruta pedregosa será algo que atesoraré
todos los días de mi vida.
—Uh...
sí. Yo también, Rufo.
—Entonces,
¿por qué frunces el ceño?
—Rufo,
ahora comprendo a Star, hasta donde puede comprenderla una persona vulgar, y la
respeto profundamente... y la amo más que nunca. Pero yo no puedo ser el
capricho de nadie. Ni siquiera el de Ella.
—Me
alegra no haber tenido que decir eso. Sí. Ella tiene razón. ¡Ella siempre tiene
razón, maldita sea! Tienes que marcharte. En bien de los dos. Oh, Ella no
saldría demasiado perjudicada, pero el quedarte sería tu ruina, con el tiempo.
Te destruiría, si eres obstinado.
—Será
mejor que regrese... y tire mis zapatos.
Me
sentí extrañamente aliviado, como si acabara de decirle al cirujano: Adelante:
ampute.
—¡No
hagas eso!
—¿Qué?
—¿Por
qué tendrías que hacerlo? No es preciso nada definitivo. Si un matrimonio ha de
durar mucho tiempo, y el vuestro podría durar, incluso muchísimo tiempo, las
vacaciones tienen que ser largas también. Y, sobre todo, nada de fijar fechas
para el regreso, y nada de promesas. Ella sabe que los caballeros andantes
pasan sus noches vagando, y espera que no seas una excepción. Siempre ha sido
así, un droit de la vocation... y necesario. Aunque no lo mencionen en las
historias para niños de tu mundo. De modo que busca un trabajo adecuado para ti
en otra parte, y no te preocupes. Lo mismo si regresas dentro de cuatro que de
cuarenta años, serás bien acogido. Los Héroes siempre se sientan en la primera
mesa, tienen derecho a ello. Y vienen y van a su antojo, tienen derecho a ello
también. A una escala más pequeña, te pareces a Ella.
—¡Gracias
por el cumplido!
—«A
una escala más pequeña», he dicho. Mmm, Oscar, parte de tu problema es una
necesidad de volver a tu mundo. A tu país natal. Para recobrar tu perspectiva y
descubrir quién eres. Todos los viajeros experimentan eso, yo mismo lo
experimento de cuando en cuando. Y al presentarse la sensación, no vacilo ni un
momento.
—No
me había dado cuenta de que sentía añoranza. Es posible que estés en lo cierto.
—Es
posible que Ella se haya dado cuenta. Es posible que estés algo ahito de Ella.
Por mi parte, convertí en una norma concederle a cualquier esposa mía unas
vacaciones cuando su rostro se me hacía demasiado familiar.., ya que el mío
tenía que habérsele hecho a ella todavía más familiar, teniendo en cuenta lo
feo que soy. ¿Por qué no, muchacho? Regresar a la Tierra no es lo mismo que
morir. Yo mismo voy a ir pronto allí, por eso estoy enfrascado en mi actual
trabajo. Podríamos encontrarnos en la Tierra, y tomar una copa o diez, y
divertirnos en grande... y pellizcarle el trasero a la camarera y ver lo que
ella dice. ¿Por qué no?
XXI
De
acuerdo, aquí estoy.
No
me marché aquella semana, pero sí poco después. Star y yo pasamos una lacrimosa
y gloriosa noche antes de mi partida, y ella lloró al decirme «Au' voir» (no
«Adiós»). Pero yo sabía que sus lágrimas se secarían en cuanto me perdiera de
vista; ella sabía que yo lo sabia, y yo sabía que ella lo prefería asi, de modo
que así lo hice. A pesar de lo cual yo también lloré.
La
Pan American no es tan rápida como las Puertas comerciales. Entré en una
especie de túnel, una muchacha dijo:
«Ocupen
sus puestos, por favor».., y luego ¡whambol
Me
apeé en la Tierra, vestido con un traje londinense, pasaporte y documentos en
el bolsillo, la Lady Vivamus en un maletín que no parecía el estuche de una
espada, y en otros bolsillos pólizas cambiables por mucho oro, ya que descubrí
que no me importaba aceptar una paga de héroe. Llegué cerca de Zurich,
desconozco la dirección; el servicio de Puertas se encargaba de todo. Pero
tenía la posibilidad de enviar mensajes.
Poco
después, aquellas pólizas se habían convertido en cuentas numeradas en tres
bancos suizos, manejadas por un abogado que me había sido recomendado. Compré
cheques de viaje para diversos lugares, y algunos los envié por correo delante
de mí, y algunos los llevé personalmente, ya que no tenía la menor intención de
pagarle al Tío Sam el 91 por ciento.
Uno
pierde el rastro del tiempo en un día y un calendario distintos; faltaban un
par de semanas para que caducara aquel viaje gratis a América a cargo del
Ejército. Me pareció prudente aprovecharlo: llamaría menos la atención. De modo
que lo aproveché: un antiguo avión de transporte de cuatro motores,
Preswick—Gander—Nueva York.
Las
calles parecían más sucias, los edificios menos altos... y los titulares peores
que nunca. Dejé de leer periódicos, no me quedé mucho tiempo; pensaba en
California como en mi «hogar». Telefoneé a mi madre; me reprochó que no le
hubiera escrito, y le prometí visitar Alaska tan pronto como pudiera. ¿Cómo
estaban ellos? (Yo pensaba que mis hermanastros y hermanastras podrían
necesitar ayuda para estudiar algún día).
No
pasaban apuros. Mi padastro había ascendido y realizaba servicios de vuelo. Le
pedí a mi madre que remitiera a mi tía las cartas que llegaran para mi.
California
tenía mejor aspecto que Nueva York. Pero no era Nevia. Ni siquiera Center.
Estaba más pobladade lo que yo recordaba. Lo único que puede decirse de las
ciudades de California es que no son tan malas como otros lugares. Visité a mis
tíos porque habían sido buenos conmigo y porque yo pensaba utilizar parte del
oro que tenía en Suiza para librar a mi tío de su primera esposa. Pero ella
había muerto y mis tíos hablaban de instalar una piscina.
De
modo que guardé silencio. Ahora sabía el valor que tenía el dinero. Seguí la
norma de Sus Sabidurías: dejar que los problemas se resuelvan por sí mismos.
El
campus parecía más pequeño y los estudiantes mucho más jóvenes. Algo recíproco,
supongo. Estaba saliendo de la cervecería a través de la Administración cuando
entraron dos mozalbetes, empujándome a un lado. El segundo dijo:
«¡Abre
los ojos, papá!»
Le
dejé vivir.
El
fútbol volvía a estar de moda: nuevo entrenador, nuevos vestuarios, las gradas
pintadas, se hablaba de un estadio. El entrenador sabía quién era yo; conocía
los archivos a fondo, y yo figuraba en ellos.
—Vas
a volver, ¿no es cierto?
Le
dije que no pensaba hacerlo.
—¡Tonterías!
—dijo—. Eres un buen elemento, y sería absurdo que permitieras que tu estancia
en el Ejército truncara una brillante carrera. Ahora, escucha... —Su voz se
convirtió en un susurro.
No
se trataba de «barrer el gimnasio» ni de nada por el estilo. Un muchacho podía
vivir con una familia.., que sería fácil de encontrar. Si pagaba su pensión al
contado, ¿quién se metería en averiguaciones? Nadie, por descontado.
—Eso
te dejaría tu pensión militar para tus gastos.
—No
tengo ninguna pensión.
—¿Acaso
no lees los periódicos?
El
tenía uno archivado: durante mi ausencia, se había aprobado una Ley concediendo
pensiones militares por aquella noGuerra.
Prometí
pensarlo con más calma.
Pero
no tenía intención de hacerlo, De hecho, había decidido terminar la carrera de
ingeniero, me gusta terminar las cosas. Pero no allí.
Aquella
noche tuve noticias de Joan, la muchacha que había sido mi novia y que luego me
dejó plantado. Yo me proponía visitarla, a ella y a su marido, pero no había
averiguado aún su nombre de casada. Pero ella se me anticipó, llamándome por
teléfono a casa de mi tía.
—¡Easy!
—dijo, y su voz expresaba un sincero placer.
—¿Quién...?
Un momento. ¡Joan!
Tenía
que ir a cenar a su casa aquella misma noche. Le dije que iría, y que tenía
muchas ganas de conocer al afortunado individuo que se había casado con ella.
Joan
se mostró tan cariñosa como siempre, y me dio un abrazo y un beso de
bienvenida, fraternales pero agradables. Luego conocí a los niños, uno en su
cuna y el otro gateando.
Su
marido estaba en Los Angeles.
Debí
despedirme en aquel momento, Pero no había ningún problema Jim había
telefoneado después de que Joan hablara conmigo para decirle que tenía que
quedarse una noche más y desde luego le parecía muy bien que yo la llevara a
cenar me había visto jugar al fútbol y tal vez me gustaría jugar con él a los
bolos mañana por la noche ella no había podido conseguir una baby—sitler pero
su hermana y su cuñado vendrían a tomar una copa no podían quedarse a cenar
porque tenían un compromiso después de todo querido nos conocemos desde hace
muchísimo tiempo oh te acuerdas de mi hermana acaban de llegar y no he acostado
a los niños.
Su
hermana y su cuñado se quedaron a tomar una copa Joan y su hermana acostaron a
los niños mientras el cuñado se sentaba conmigo y me preguntaba cómo estaban
las cosas en Europa tenía entendido que yo acababa de regresar y me dijo cómo
estaban las cosas en Europa y lo que había que hacer al respecto.
—¿Sabe,
señor Jordan? —me dijo, dándome una palmada en la rodilla—, un hombre metido en
el negocio inmobiliario como yo llega a conocer a fondo la naturaleza humana y
aunque yo no he estado en Europa como usted no he tenido tiempo alguien tiene
que quedarse aquí y pagar impuestos y cuidar de que las cosas marchen como es
debido mientras ustedes jóvenes afortunados recorren el mundo pero la
naturaleza humana es la misma en todas partes y si dejáramos caer una pequeña
bomba en Minsk o Pinsk o uno de esos lugares se enterarían en seguida de lo que
les conviene y acabaríamos de una vez con todos los jaleos que hacen cada día
más dura la vida del hombre de negocios. ¿No está usted de acuerdo?
Le
dije que no andaba desencaminado. Luego se marcharon y él dijo que me llamaría
por teléfono al día siguiente y me enseñaría unos estupendos solares que podían
ser adquiridos a un precio de ganga y que no tardarían en revalorizarse con la
inminente instalación de una fábrica de misiles en la zona.
—Me
ha encantado escuchar sus experiencias, señor Jordan, ha sido un verdadero
placer. Algún día tengo que contarle algo que me ocurrió en Tijuana pero no
delante de mi esposa ja ja.
Joan
me dijo:
—No
comprendo por qué se casó con él mi hermana. Sírveme otro trago, cariño, un
doble, lo necesito. Voy a bajar el horno, la cena esperará.
Tomamos
un doble, los dos, y luego otro, y cenamos alrededor de las once, Joan se echó
a llorar cuando insistí en que debía marcharme a las tres. Me dijo que yo era
un gallina, y me mostré de acuerdo; me dijo que las cosas podrían haber sido
muy distintas si yo no hubiera insistido en alistarme, y volví a mostrarme de
acuerdo; me dijo que saliera por la puerta de atrás y que no encendiera ninguna
luz, y que no quería volver a verme, y que Jim se marcharía a Sausalito el
diecisiete.
Tomé
un avión para Los Angeles al día siguiente.
Cuidado...
no estoy censurando a Joan. Me gusta Joan. La respeto, y siempre le estaré
agradecido. Es una persona excelente. En otro ambiente superior —en Nevia, por
ejemplo— tendría un éxito bomba. Pero incluso aquí era toda una mujer. Su casa
estaba limpia, sus hijos iban limpios, eran sanos y estaban bien cuidados. Joan
es generosa y tiene buen carácter.
Tampoco
me siento culpable. Si un hombre tiene alguna consideración hacia los
sentimientos de una muchacha, hay una cosa que no puede negarle: un rato de
cama, si ella lo desea. No voy a decir que yo no lo deseara también.
Pero
mientras viajaba hacia Los Angeles me sentía preocupado. No por su marido: ojos
que no ven... No por Joanie, que al fin y al cabo era mayor de edad y no era
propensa a los remordimientos. Joanie es una buena chica y ha establecido un
ajuste perfecto entre su naturaleza y una sociedad imposible.
A
pesar de todo, estaba preocupado.
Un
hombre no debe censurar la cualidad más femenina de una mujer. Debo dejar bien
sentado que la pequeña Joanie era tan dulce y tan generosa como la Joanie más
joven que yo había conocido antes de alistarme. El fallo estaba en mí; el que
había cambiado era yo.
Mis
quejas iban dirigidas contra toda una cultura que no tiene en cuenta al
individuo si no es para reprocharle sus actitudes personales. Séame permitido
citar a aquel eminente culturólogo, conocedor de muchos mundos, el Dr. Rufo:
—Oscar,
cuando llegues a tu país no esperes demásiado de tus compatriotas femeninas.
Seguramente quedarás decepcionado, y las pobrecillas no tiene la culpa. Las
mujeres norteamericanas, habiendo sido condicionadas para reprimir sus
instintos sexuales, reaccionan con un desmesurado interés hacia todo lo
relacionado con el sexo... y cada una de ellas está convencida de que conoce
«intuitivamente» la mejor manera de comportarse en lo que respecta a la vida
sexual. Ella sabe y nadie puede enseñarle algo distinto.., especialmente un
hombre lo bastante desafortunado como para estar en la cama con ella. De modo
que no lo intentes. O la pondrás furiosa, o aplastarás su espíritu. Estarás
atacando a la más Sagrada de las Vacas: el mito de que las mujeres lo saben todo
acerca del sexo, por el simple hecho de ser mujeres.
Rufo
había fruncido el ceño.
—La
típica mujer norteamericana está convencida de que es un genio como modista,
como decoradora de interiores, como cocinera para paladares refinados y,
siempre, como cortesana. Habitualmente está equivocada por partida cuádruple.
Pero no intentes decírselo.
Y
había añadido:
—A
menos que puedas localizar a una muchacha no mayor de doce años y aislarla,
especialmente de su madre... e incluso eso puede ser demasiado tarde. Pero los
hombres no se quedan atrás. El varón norteamericano está convencido de que es
un gran militar, un gran estadista y un gran amante. Lo cierto es que vive tan
engañado como la hembra. O más. Desde el punto de vista histórico—cultural,
existen pruebas fehacientes de que el varón norteamericano, más que la hembra,
asesinéóal sexo en tu país.
—¿Qué
puedo hacer yo al respecto?
—Viajar
a Francia de vez en cuando. Las mujeres francesas son casi tan ignorantes pero
menos presuntuosas, y a menudo muestran una buena predisposición para aprender.
Cuando
mi avión aterrizó olvidé el tema, ya que había decidido ser un anacoreta
durante una temporada. En el Ejército aprendí que la abstinencia sexual resulta
más soportable que la falta de comida... y yo tenía planes serios.
Me
proponía ser el hombre formal que soy por naturaleza, trabajando de firme y con
un objetivo en la vida. Podría haber utilizado aquellas cuentas de los bancos
suizos para ser un playboy. Pero ya había sido un playboy y no era lo mío.
Había
estado en la mayor francachela de la historia... una juerga en la que no
creería si no tuviera tanto dinero a mi disposición. Ahora había llegado el
momento de sentar la cabeza y unirme a los Héroes Anónimos. Ser un héroe está
bién. Pero un héroe retirado.., empieza siendo un pelmazo y acaba siendo un
gorrón.
Mi
primera etapa fue Caltech. Ahora podía permitirme lo mejor, y el único rival de
Caltech es donde trataron de eliminar del todo el sexo. Yo había visto bastante
del fúnebre cementerio en 1942—45.
El
Decano de Admisiones no se mostró muy estimulante.
—Señor
Gordon, ¿sabe usted que rechazamos muchos más de los que aceptamos? Y no
podemos conceder demasiado crédito a esta copia. No hay ninguna mancha en su
historial escolar, y a nosotros nos gusta ayudar a un ex soldado, peró esta
escuela tiene niveles más altos. Además, no encontrará usted en Pasadena un
lugar barato para vivir.
Le
dije que me conformaría con aceptar el nivel que mereciera, y le mostré mi
saldo bancario (uno de ellos), ofreciéndole un cheque por los honorarios de un
año. No quiso aceptarlo, pero se ablandó visiblemente. Me marché con la
impresión de que podría encontrarse una plaza para E. C. «Oscar» Gordon.
Me
dirigí a la ciudad e inicié el proceso para convertirme legalmente en «Oscar»
en vez de «Evelyn Cyril». Luego empecé a buscar trabajo.
Encotré
un empleo en el Valle, como delineante auxiliar en una sección de una compañía
subsidiaria de una corporación que fabricaba neumáticos, máquinas para el ramo
de la alimentación y otras cosas: misiles en este caso. Esto formaba parte del
Plan de Rehabilitación Gordon. Unos cuantos meses sobre el tablero de
delineante me devolverían el equilibrio perdido, y me proponía estudiar por las
noches y reencontrarme a mí mismo. Alquilé un apartamento amueblado en Sawtelle
y compré un Ford de segunda mano para mis desplazamientos.
Entonces
me sentí relajado; «Mi señor Héroe» estaba enterrado. Lo único que quedaba era
la Lady Vivamus, colgando en la pared encima del televisor. Pero la sopesé en
mi mano antes de colgarla y experimenté la antigua emocion. Decidí encontrar
una salle d'armes e ingresar en su club. En el Valle había visto también un
campo de tiro con arco, y tenía que haber algún lugar en el que los miembros de
la Asociación Americana de Rifle disparasen los domingos. Podría mantenerme en
forma...
Entretanto
me olvidaría de mis cuentas en Suiza. Eran pagaderas en oro, no en dinero, y si
las dejaba allí, podrían valer más —tal vez mucho más— con la inflación que
efectuando inversiones. Algún día sería un capital, cuando me estableciera por
mi cuenta.
Esa
era mi aspiración: Jefe. Un trabajador a sueldo, aunque pertenezca a los grupos
en los que el Tío Sam sólo se lleva la mitad, no deja de ser un esclavo. Pero
yo había aprendido de Su Sabiduría que un jefe debe adiestrarse; yo no podía
comprar el título de «Jefe» con oro.
De
modo que senté la cabeza. Me fue concedido el cambio de nombre; Caltech admitió
que yo podía empezar a pensar en trasladarme a Pasadena... y me llegó el
correo.
Mi
madre se lo envió a mi tía, mi tía lo transmitió al hotel cuya dirección le
había dado yo, y eventualmente llegó a mis manos. Algunas eran cartas echadas
al correo en los Estados Unidos hacía más de un año, enviadas al Sudeste de
Asia, luego a Alemania, luego a Alaska, y luego más cambios antes de que yo las
leyera en Sawtelle.
Una
de ellas me ofrecía otra vez aquel servicio de inversiones; ahora yo podía
obtener un 10 por ciento más. Otra era del entrenador de la Universidad.., en
papel de cartas corriente y firmada con un garabato. Me decía que ciertos
individuos estaban decididos a empezar la temporada con un golpe sonado. ¿Me
harían cambiar de opinión 250 dólares al mes? Debía telefonearle mi
asentimiento al número de su casa. Rompí la carta.
Otra
era de la Administración de Veteranos, fechada poco después de mi
licenciamiento, diciéndome que como resultado de Barton versus Estados Unidos,
mi condición legal era la de «huérfano de guerra» con derecho a percibir 110
dólares mensuales para costear mis estudios hasta la edad de veintitrés años.
Me
reí con tanta fuerza que me dolió la barriga.
Otra
de las cartas era de un Representante en el Congreso. Tenía el honor de
informarme de que, en colaboración con los Veteranos de Guerras Extranjeras,
había presentado un grupo de proyectos de ley especiales para rectificar
injusticias derivadas de fallos en la clasificación de personas que eran
«huérfanos de guerra», que las leyes habían sido aprobadas, y que tenía la
satisfacción de anunciarme que en lo que a mi respecta la asignación
correspondiente para completar mi educación tendría validez hasta mi
vigésimoseptimo cumpleaños, dado que yo había cumplido los veintitrés antes de
que el error fuera rectificado. Con el más atento de los saludos, etc.
No
pude reír. Pensé en lo distintas que habrían sido las cosas para mí si, en el
verano en que me alisté, hubiera tenido asegurados 110 dólares al mes. Le
escribiría una carta de agradecimiento a aquel Congresista, lo mejor que
supiera.
Otra
carta parecía de tipo comercial. Llevaba el membrete de Hospitals' Trust, Ltd.:
seguramente una petición de un donativo o una póliza de seguro hospitalario..,
aunque no acertaba a comprender que alguien de Dublin me tuviera en su lista de
posible benefáctores o clientes.
Hospitals'
Trust me preguntaba si tenía un boleto de Apuestas Múltiples de los Hospitales
Irlandeses número tal y tal, y su recibo oficial. El boleto en cuestión había
sido vendido a J. L. Weatherby, Esq. Su número había salido en la segunda
extracción y había sido un boleto del caballo ganador. J. L. Weatherby había
sido informado y había notificado a Hospitals' Trust, Ltd., que había
traspasado el boleto a E. C. Gordon y que, al recibir el recibo, lo había
enviado por correo al mencionado individuo.
¿Era
yo el «E. C. Gordon» en cuestión, tenía en mi poder el boleto, estaba en
posesión del recibo? Hospitals' Trust, ltd., me agradecería una pronta
respuesta.
La
última carta del fajo contenía un recibo de las Apuestas Múltiples
Irlandesas... y una nota:
Esto
debería enseñarme a no jugar al poker. Espero que le produzca alguna ganancia.
— J.
L. WEATHERBY.
La
cancelación se había efectuado hacía más de un año. Contemplé el recibo
fijamente, y luego revisé los documentos que había llevado encima a través de
los Universos. Encontré el boleto correspondiente. Estaba manchado de sangre,
pero el número era perfectamente visible.
Volví
a leer la carta de Hospitals' Trust, Ltd.: Segunda extracción...
Empecé
a examinar los boletos bajo una potente luz. Los otros estaban falsificados.
Pero el grabado de este boleto y de este recibo no ofrecían lugar a dudas: eran
auténticos. Ignoraba dónde había comprado Weatherby aquel boleto, pero estaba
seguro de que no lo había comprado al ladrón que me vendió el mío.
Segunda
extracción... Yo ignoraba que hubiera más de una. Pero las extracciones
dependen del número de boletos vendidos, en unidades de 120.000 libras
esterlinas. Y yo sólo había visto los resultados de la primera.
Weatherby
le había enviado el recibo a mi madre, a Wiesbaden, y debió de estar en
Elmendorf cuando yo me encontraba en Niza... luego había ido a Niza y había
sido devuelto a Elmendorf debido a que Rufo había dejado aquella dirección en
el American Express para que me remitieran a ella el correo; Rufo lo sabía todo
acerca de mí, desde luego, y había tomado medidas para ocultar mi desaparición.
Aquella
mañana, hacía más de un año, mientras estaba sentado en un café de Niza, tenía
en mi poder un boleto ganador con el correspondiente recibo en el correo. Si
hubiera leído algo más que los anuncios «Personales» en aquel Herald Tribune,
habría encontrado los resultados de la Segunda Extracción y no hubiese
contestado a aquel anuncio.
Habría
cobrado 140.000 dólares, y no hubiera visto a Star por segunda vez...
Aunque,
¿se hubiera resignado al fracaso Su Sabiduría?
¿Me
hubiera yo negado a seguir a mi «Helena de Troya», simplemente porque mis
bolsillos estaban llenos de dinero?
Me
concedí a mí mismo el beneficio de la duda. ¡Habría recorrido la Ruta de Gloria
de todos modos!
Al
menos, eso creía yo.
A la
mañana siguiente telefoneé a la fábrica justificando mi ausencia, acudí a un
banco, y seguí la rutina por la que había pasado por dos veces en Niza.
Sí,
el boleto era auténtico. Y el banco se ofreció amablemente a hacer efectivo su
importe. Les di las gracias y me marché.
Un
hombrecillo de la Oficina Fiscal estaba ya en el portal de mi casa...
Bueno,
casi. —Tocó el timbre desde abajo mientras yo estaba escribiendo a Hospitals'
Trust, Ltd.
Le
dije a aquel hombre que por nada del mundo lo haría. ¡Dejaría el dinero en
Europa, y asunto solucionado! Me dijo amablemente que no adoptara aquella
actitud, ya que me estaba comprometiendo a mí mismo; a la Oficina Fiscal no le
gustaba pagar honorarios a los soplones, pero lo haría si mis actos demostraban
que yo estaba tratando de eludir el pago de impuestos.
Me
tenían atrapado. Así que cobré 140.000 dólares y pagué 103.000 dólares al Tío
Sam. El amable hombrecillo señaló que era preferible hacer las cosas de aquella
manera; con demasiada frecuencia, la gente deja de pagar y se encuentra con
serias dificultades.
De
haber estado en Europa, habrían sido 140.000 dólares en oro.., pero ahora eran
37.000 dólares en papel, debido a que los libres y soberanos norteamericanos no
pueden tener oro. Podían iniciar una guerra, o hacerse comunistas, o cualquier
otra cosa. No, no podía dejar aquellos 37.000 dólares en Europa como oro; era
ilegal también. Fueron muy corteses.
Envié
el 10 por ciento, 3.700 dólares, al Sargento Weatherby, y le conté la historia.
Establecí un fondo de 33.000 dólares para gastos de educación de mis
hermanastros, con la condición de que mis parientes no debían enterarse hasta
que el dinero fuera necesario. Entrecrucé mis dedos y confié en que la noticia
acerca de aquel boleto no llegaría a Alaska. Los periódicos de Los Angeles no
la publicaron, pero la cosa trascendió, no sé cómo. Lo cierto es que me
encontré en las listas de innumerables aprovechados, recibí cartas ofreciéndome
oportunidades doradas, solicitándome préstamos o pidiéndome regalos.
Transcurrió
un mes antes de que me diera cuenta de que me había olvidado del Impuesto de
Utilidades del Estado de California. Nunca he sabido distinguir la tinta roja.
XXII
Regresé
al viejo tablero de delineante, estudiando por la noche, viendo un poco de
televisión, practicando algo de esgrima los fines de semana.
Pero
seguía teniendo este sueño...
Lo
había tenido por primera vez inmediatamente después de haber aceptado aquel
empleo, y ahora lo tenía todas las noches...
Avanzo
por este largo, largo camino, y encuentro una curva, y hay un castillo en lo
alto delante de mí. Es hermoso, ondean gallardetes en sus almenas, y una
pendiente asciende hasta su puente levadizo. Pero sé, ignoro cómo pero lo sé,
que hay una princesa cautiva en su mazmorra.
Esta
parte es siempre la misma. Los detalles varían. Ultimamente, el amable
hombrecillo de la Oficina Fiscal aparece siempre en el camino y me dice qué
peaje se paga allí: el diez por ciento más de lo que tengo.
Otras
veces es un polizonte y se apoya contra mi caballo (que a veces tiene cuatro
patas, y a veces ocho), y escribe un boleto por obstrucción del tráfico,
cabalgar con una licencia caducada, no obedecer a la señal de stop, y grosera
insubordinación. Quiere saber si tengo permiso para llevar aquella lanza.., y
me dice que las leyes de caza me obligan a poner una etiqueta a cualquier
dragón que mate.
Otras
veces doy la vuelta a aquella curva y una sólida oleada de tráfico, de cinco
carriles de anchura, avanza hacia mí. Ese sueño es el peor.
Empecé
a escribir esto después de que empezaron los sueños. No podía ir a ver a un
exprimidor de cerebros y decirle: «Mire, doctor, soy héroe de profesión y mi
esposa es Emperatriz en otro universo.. . » Sentía menos deseos aún de tenderme
en su sofá y contarle que mis padres me trataron mal cuando era niño (no lo
hicieron), y cómo descubrí lo de las muchachas (eso es asunto mío).
Decidí
hablar con una máquina de escribir.
Me
hizo sentirme mejor, pero no interrumpió los sueños. Pero aprendí una nueva
palabra: «aculturado» Es lo que ocurre cuando un miembro de una cultura se muda
a otra con un triste período de inadaptación. Esos indios que se ven en pueblos
de Arizona, sin hacer nada, contemplando los escaparates de las tiendas o
simplemente de pie. Aculturación. No se adaptan.
Había
tomado un autobús para acudir a la consulta de un otorrinolaringólogo; Star me
había prometido que su terapia más la de Center me librarían del resfriado
común... y era cierto: no había pillado ninguno. Pero ni siquiera los
terapeutas que aplican el tratamiento de Larga Vida pueden proteger los tejidos
humanos contra el gas venenoso; la contaminación de Los Angeles podía conmigo.
Ojos irritados, nariz bloqueada... dos veces por semana tenía que ir a que le
hicieran cosas horribles a mi nariz. Solía aparcar mi automóvil y tomar el
autobús hasta Wilshire, ya que resultaba imposible aparcar en aquellas
inmediaciones.
En
el autobús oí conversar a dos damas:
—...a
pesar de lo mucho que los desprecio, no se puede dar una pequeña fiesta sin
invitar a los Sylvester.
Sonaba
como un idioma extranjero. Luego reflexioné y comprendí las palabras.
Pero,
¿por qué tenía que invitar ella a los Sylvester?
Si
los despreciaba ¿por qué no les ignoraba, o dejaba caer una piedra sobre sus
cabezas?
En
nombre de Dios, ¿por qué había que dar aquella clase de «fiestas»? Personas que
no simpatizaban particularmente unas con otras, paseando de un lado a otro
(nunca habían suficientes sillas), hablando de cosas en las que no estaban
interesadas, tomando bebidas que no les apetecían (¿por qué fijar el momento de
beber algo?), y bebiendo más de la cuenta para no advertir que no se estaban
divirtiendo. ¿Por qué?
Comprendí
que era un problema de aculturación. Yo no me adaptaba.
A
partir de entonces evité los autobuses y me gané cinco multas de tráfico y un
guardabarros aplastado. Dejé de estudiar también. Los libros no parecían tener
sentido. Añoraba el sistema de enseñanza de mi querido y viejo Center.
Pero
continué en mi empleo de delineante. Siempre he tenido condiciones para el
dibujo lineal, y no tardaron en asignarme tareas más importantes.
Un
día, el Jefe de Delineantes me llamó a su despacho.
—Mire,
Gordon, este montaje suyo...
Yo
estaba orgulloso de aquel trabajo. Recordé algo que había visto en Center y lo
había reproducido, reduciendo partes móviles y mejorando el diseño a mi gusto.
Me
lo entregó.
—Vuelva
a hacerlo. Y hágalo bien.
Le
expliqué la mejora, y que había realizado el dibujo de la mejor manera para...
Me
interrumpió.
—No
queremos que lo haga de la mejor manera, queremos que lo haga a nuestra manera.
—Usted
manda —dije, y renuncié al empleo sin previa notificación.
Encontré
raro mi apartamento en un día laborable. Empecé a estudiar Resistencia de
Materiales.., y solté el libro, aburrido. Luego me puse en pie y contemplé a
Lady Vivamus.
«¡Dum
Viviinus, Vivanius!»
Silbando,
me ceñí la espada, la desenvainé, noté aquel estremecimiento a lo largo de mi
brazo.
Volví
a envainar la espada, recogí unas cuantas cosas, en su mayor parte cheques de
viaje y dinero en metálico, y salí del apartamento. No iba a ninguna parte
concretamente, solo a vagar por ahí.
Llevaba
pasendo unos veinte minutos cuando un coche patrulla me recogió y me condujo a
la comisaría.
¿Por
qué llevaba aquel arma? Expliqué que los caballeros llevaban espada.
Si
les decía en qué compañía cinematográfica trabajaba, una llamada telefónica
podía aclarar el asunto. ¿O era para la televisión? El Departamento estaba
dispuesto a colaborar, pero le gustaba ser informado.
¿Tenía
yo permiso para llevar armas ocultas? Dije que no llevaba ningún arma oculta.
Me dijeron que la espada estaba oculta.., dentro de aquella vaina.
Mencioné
la Constitución; me dijeron que la Constitución no tenía nada que ver con el
hecho de que yo andara por la ciudad con aquella clase de pincho. Un Polizonte
le susurré al sargento: «Por ahí podemos pillarle, sargento. La hoja tiene una
longitud superior a...», Creo que eran siete centímetros. Me opuse, incluso
físicamente, a que me desposeyeran de mi Lady Vivamus. Finalmente me
encerraron, con espada y todo.
Dos
horas más tarde mi abogado consiguió que la acusación fuera de «conducta
desordenada» y me soltaron, hablando de un reconocimiento psiquiátrico.
Pagué
a mi abogado, le di las gracias, y tomé un taxi hasta el aeropuerto y un avión
hasta San Francisco. En el puerto compré una bolsa muy grande, lo suficiente
para llevar en ella la Lady Vivamus.
Aquella
noche, en San Francisco, asistí a una fiesta. Conocí al individuo en un bar y
le invité a una copa, y él me invitó a otra, y le invité a cenar, y compramos
una garrafa de vino y acudimos a aquella fiesta. Yo le había estado explicando
a mi compañero que no tenía sentido ir a la escuela, para aprender un sistema
cuando existían ya sistemas mejores... ¡Tan absurdo como un indio estudiando la
llamada del búfalo! ¡Los búfalos están en los parques zoológicos!
¡Aculturación, eso es lo que era!
Charlie
dijo que estaba completamente de acuerdo y que a sus amigos les gustaría oír
aquello. De modo que fuimos y le pagué al conductor del taxi pero me llevé mi
equipaje. Los amigos de Charlie no querían oír mis teorías pero el vino fue muy
bien acogido, y me senté en el suelo y escuche cantar a la gente. Los hombres
llevaban barba y los cabellos alborotados. Las barbas servían para localizar a
las muchachas. Un barbudo se puso en pie y recité un poema. El viejo Jocko
podía hacerlo mejor borracho perdido, pero me abstuve de decirlo.
No
era una reunión como las de Nevia, ni desde luego como las de Center, excepto
en esto: me hicieron proposiciones amorosas. Podría haberlas tomado en cuenta
si aquella muchacha no hubiera llevado sandalias. Tenía los pies muy sucios. Me
acordé de Zhai—ee—van y de su piel exquisitamente limpia, y le dije a la
muchacha que muchas gracias, pero que había hecho voto de castidad.
El
barbudo que había recitado el poema se acercó a mí.
—Hombre,
¿en qué jaleo te ganaste esa cicatriz? —me pregunté.
Le
dije que había sido en el Sudeste de Asia, Me miró con aire de desprecio.
—¡Mercenario!
—Bueno,
no siempre —le dije—. A veces lucho gratis. Como en este momento.
Le
lancé contra una pared, recogí mi equipaje, salí a la calle y me dirigí al
aeropuerto... y luego a Seattle y a Anchorage, Alaska, y llegué a la Base Aérea
Americana de Elmendorf limpio, sobrio, y con la Lady Vivamus disfrazada de caña
de pescar.
Mi
madre se alegré de yerme, y los niños se mostraron muy contentos —yo había
comprado regalos entre dos aviones en Seattle—, y mi padrastro y yo
intercambiamos exageraciones.
En
Alaska hice una cosa importante: volé hasta Point Barrow; allí encontré parte
de aquellos a los que estaba buscando: ninguna presión, ningún sudor, poca
gente. Uno miraba a través de hielo y sabía que más allá sólo se encontraba el
Polo Norte, y unos cuantos esquimales y menos personas blancas aquí. Los
esquimales son tan agradables como han sido descritos. Sus bebés nunca lloran,
los adultos no parecen crecer nunca... y sólo los perros atados entre las
chozas tienen mal genio.
Pero
los esquimales están «civilizados» ahora; las antiguas costumbres van
desapareciendo. Uno puede tomarse un chocolate malteado en Barrow, y los
aviones vuelan diariamente por un cielo que mañana puede verse cruzado por
misiles.
Pero
hay todavía focas entre los hielos, y la aldea es rica cuando capturan una
ballena, y medio muerta de hambre si no la capturan. No cuentan el tiempo, y no
parecen preocuparse por nada. Si se le pregunta a un hombre qué edad tiene,
contesta: «¡Oh, tengo muchos años!» Esa es la edad de Rufo. En vez de adiós,
dicen: «¡Hasta alguna otra vez!» Lo cual no significa ningún momento en
particular.
Me
permitieron bailar con ellos. Hay que llevar guantes (a su manera son tan
etiqueteros como los Doral) y saltar y cantar con los tambores.., y me encontré
sollozando de pronto. No sé por qué. Era una danza acerca de un viejecito que
no tenía esposa y ahora veía una foca...
Dije:
«¡Hasta alguna otra vez!», y me marché a Anchorage y a Copenhague. Desde 10.000
metros de altura el Polo Norte parece una pradera cubierta de nieve, salvo unas
lineas negras que son agua. Nunca había esperado ver el Polo Norte.
Desde
Copenhague me trasladé a Estocolmo. Majatta no vivia con sus padres, pero su
actual domicilio se encontraba muy cerca. Me preparó aquella cena sueca, y su
marido es una buena persona. Desde Estocolmo telefoneé un anuncio «Personal» a
la edición parisina del Herald Tribune, y luego me marché a París.
El
anuncio aparecía diariamente mientras yo mataba el tiempo en los Dos Caprichos,
acumulando platillos y tratando de no impacientarme. Contemplaba a las
ma',m'selles y pensaba en lo que podría hacer.
Si
un hombre deseaba establecerse por un período de unos cuarenta años, ¿no sería
Nevia un lugar agradable? De acuerdo, tiene dragones. Pero no tiene moscas, ni
mosquitos, ni contaminación. Ni problemas de aparcamiento, ni complejos de
circulación que parecen diagramas para cirujía abdominal. Ni un semáforo en
ninguna parte.
Muri
se alegraría de yerme. Podría casarme con ella. Y tal vez también con su
hermanita, como quiera que se llamase. ¿ Por qué no? Las costumbres
matrimoniales no son en todas partes las que imperan en Paducah. Star se
alegraría; le gustaría estar emparentaba con Jocko por matrimonio.
Pero
antes iría a ver a Star, o pronto en cualquier caso, y propinaría un puntapié a
aquel montón de zapatos extraños, tirándolos fuera. Pero no me quedaría; sería
un: «¡Hasta alguna otra vez!» que complacería a Star. Es una frase, una de las
pocas, que tiene una traducción exacta en la jerga Centrista.., y significa
exactamente lo mismo.
«Hasta
alguna otra vez», porque hay otras doncellas, o agradables facsímiles, en otras
partes, necesitadas de rescate. En alguna parte. Y un hombre debe trabajar en
su profesión, y una esposa juiciosa lo sabe.
«No
puedo reposar del viaje; beberé la vida hasta las heces». Una larga ruta, un
sendero, una «Caminata Regia», sin ninguna seguridad de lo que uno comerá o
dónde o si, ni de dónde dormirá, ni con quién. Pero en alguna parte está Helena
de Troya y todas sus numerosas hermanas, y queda aún trabajo noble para hacer.
Un
hombre puede acumular un montón de platillos en un mes y empezar a
encolerizarse en vez de soñar. ¿Por qué diablos no daba Rufo señales de vida?
Los nervios me estaban jugando una mala pasada. ¿Dónde estaba Rufo? ¿Acaso
había muerto?
¿O
acaso era un «nonato»? ¿Soy yo un enfermo mental y lo que hay en este caso lo
llevo conmigo dondequiera que voy? ¿Una espada? Temo mirar, de modo que lo
hago... y ahora temo preguntar. En cierta ocasión conocí a un sargento, un
hombre de treinta años, que estaba convencido de que era el dueño de todas las
minas de diamantes de Africa; se pasaba las noches revisando los libros de
contabilidad de sus minas. ¿Padezco yo el mismo tipo de feliz alucinación? ¿Son
esos francos lo que queda de mi paga mensual de invalidez?
¿Ha
tenido alguien nunca dos oportunidades? ¿Ha desaparecido siempre la Puerta en
la Pared cuando uno vuelve a mirar? ¿Dónde se toma el barco para Brigadoon?
Hermano, esto es como la oficina de Correos de Brooklyn: No se puede llegar
allí desde aquí.
Voy
a concederle a Rufo dos semanas más...
¡He
tenido noticias de Rufo! Le enviaron un recorte con mi anuncio, pero tuvo un
pequeño problema. No ha podido explicármelo por teléfono, pero he llegado a la
conclusión de que estuvo mezclado con una carnívora Fraulein que lo dejé casi
sans culottes. Pero estará aquí esta noche. Está completamente de acuerdo en un
cambio de planetas y universos, y dice que tiene en proyecto algo interesante.
Un poco arriesgado quizá, pero no aburrido. Estoy convencido de que tiene razón
en las dos cosas. Rufo podría robarle a uno sus cigarrillos y desde luego su
amante, pero las cosas no son aburridas a su alrededor.., y moriría defendiendo
la retaguardia de uno.
¡De
modo que mañana nos adentraremos por aquella Ruta de Gloria, con piedras y
todo!
¿Necesita
usted que le maten algunos dragones?
FIN

