Libro N°. 3159. Ruperto De Hentzau. Hope, Anthony.
© Libro N°. 3159. Ruperto De Hentzau. Hope, Anthony. Colección
E.O. Octubre 1 de 2016.
Título original: © Ruperto De Hentzau. Anthony Hope
Versión Original: © Ruperto De Hentzau. Anthony Hope
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://mdarena.blogspot.com.co/2011/10/ruperto-de-hentzau-anthony-hope.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Portada E.O.
de Imagen original:
http://mdarena.blogspot.com.co/2011/10/ruperto-de-hentzau-anthony-hope.html
© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
RUPERTO DE HENTZAU
Anthony Hope
CAPITULO
1
EL
ADIÓS DE LA REINA
Quien
ha vivido en el mundo y advertido que el acto más insignificante puede engendrar
innumerables consecuencias, no es capaz de asegurar que la muerte del duque de
Strelsau, la liberación y la restauración del rey Rodolfo, habían terminado de
un modo definitivo con los disturbios causados por la audaz conspiración de
Miguel el Negro.
La
lucha fue encarnizada, la puesta considerable, desaforadas las pasiones, y la
simiente del odio esparcida por doquier.
Pero
ya que Miguel pagó con la existencia el atentado contra la corona, todo parecía
terminado.
Miguel
había muerto, la princesa casó con su primo, el secreto no respiró, el señor de
Rassendyll desapareció de Ruritania. ¿No era esto un desenlace?
En
tal sentido hablaba a mi amigo, el condestable de Zenda, conversando
tranquilamente en su casa. Me contestó así:
―Es
usted muy optimista, amigo Fritz. ¿Acaso ha muerto Ruperto de Hentzau? Creo que
no.
El
principal agente de que echaba mano Ruperto para reconciliarse con el Rey era
su primo el conde de Rischenheim, mozo de preclaro linaje, muy rico y que le
quería.
El
conde desempeñaba perfectamente su cometido. Reconocía las graves faltas de
Ruperto; pero invocaba en su favor la ligereza de la juventud, la influencia
predominante del duque Miguel, y prometía para lo porvenir una fidelidad tan
discreta como sincera.
Pero,
como puede comprenderse, lo mismo el Rey que sus compañeros, conocían demasiado
a Ruperto de Hentzau para atender las súplicas de sus embajadores. Ruperto
parecía decir por boca de éstos: "Pagadme bien y callaré".
Nosotros
nos limitábamos a tener en secuestro los bienes del Conde y procurábamos
vigilarle cuidadosamente a él, pues estábamos decididos a que no penetrara en
Ruritania.
Quizás
hubiésemos podido obtener su extradición y ahorcarle probando sus crímenes,
pero temíamos que si Ruperto caía en manos de los tribunales de Strelsau, se
divulgara por Europa entera el secreto que guardábamos con tanto esmero.
Ruperto
no padeció, pues, otro castigo que el destierro y la confiscación de bienes.
Sin
embargo, Sapt tenía razón. Por muy vencido que se le creyera, Ruperto no
renunció a la lucha. Abrigaba la esperanza de_ que la suerte le favorecería y
se preparaba para aprovechar la coyuntura. Conspiraba contra nosotros, de igual
modo que nosotros procurábamos guardarnos de él. La vigilancia era recíproca.
Reunió
todos sus recursos y organizó un sistema de espionaje que le tenía al corriente
de cuánto ocurría en la corte.
Consiguió
obtener también todos los detalles que le convenía saber acerca del Rey.
Si
todo se redujera a lo que digo, no había motivo alguno para alarmarse. Pero
Ruperto de Hemtzau era un enemigo temible. Deduciendo de lo que se le dijo y de
lo que por su cuenta sabía acerca de lo que pasó mientras el señor de
Rassemdyll ocupó el trono, adivinó el secreto que ni el mismo Rey sabía. Le
pareció aquélla una coyuntura favorable y entrevió la posibilidad de triunfar
si sabía aprovecharla.
No
sabría decir lo qué le decidió: si el deseo de recobrar la posición perdida o
su rencor contra el señor de Rassemdyll. Temía apego al dinero y le sonreía la
venganza. Ambas causas influyeron de consuno y le encantó advertir que el arma
que poseía era de dos filos. Gracias a ella desembarazaría de obstáculos el
camino y heriría al que odiaba, perdiendo a la mujer que ese hombre amaba.
En
una palabra, el conde de Hemtzau, adivinando el sentimiento que unía a la Reina
a Rodolfo Rassemdyll, colocó sus agentes en acecho y, por medio de ellos,
descubrió el motivo de mi entrevista anual con el señor de Rassemdyll, o, por
lo menos, sospechó ese motivo y le bastó eso para sus planes.
Habían
transcurrido tres años desde que se celebró la boda que llenó de júbilo a toda
Ruritamia, patentizando a los ojos del pueblo la victoria conseguida sobre
Miguel el Negro y sus cómplices. Reinaba Flavia desde hacía tres años. Yo me
daba cuenta de lo mucho que padecía la Reina. Barrunto que sólo una mujer puede
apreciar debidamente la profundidad de sus padecimientos, porque aún ahora la
veía llorar al hablar de ello.
Y,
sin embargo, la Reina resistió. Si algún desfallecimiento tuvo, lo raro es que
no tuviera más. Pues no solamente no amó nunca al Rey, sino que la salud de
éste, quebrantada por el cautiverio soportado en Zenda, decayó rápidamente.
Vivía,
cazaba, cuidaba de los asuntos políticos hasta cierto punto; pero era un
valetudinario irritable, distinto por completo del príncipe jovial y alegre que
los partidarios de Miguel aprisionaron en el pabellón de caza.
Sucedió
una cosa peor. La admiración y el reconocimiento que sentía por el señor de
Rassendyll se habían extinguido. Pensó con enojo lo que podía haber pasado
durante su encierro.
Además
del temor incesante de Ruperto, que tanto le hizo padecer, experimentaba unos
celos enfermizos, casi un odio por el señor Rassemdyll, que representó un papel
heroico mientras él estaba paralizado. Lo que su pueblo aplaudió eran las
hazañas de Rodolfo, y los laureles que ciñeron su frente Rodolfo los había
conquistado.
Tenía
bastante nobleza nativa para soportar su gloria inmerecida; pero no la
suficiente energía moral para resignarse a lo ocurrido. Y la detestable
comparación le hería en sus fibras más sensibles.
Sapt
le decía sin ambages que Rodolfo hizo esto o aquello, establecido tal o cual
precedente, inaugurado tal o cual política y que lo mejor que podía hacer el
Rey era seguir tal camino. El nombre del señor de Rassendyll no lo pronunciaba
casi nunca la Reina; pero cuando hablaba de él era como de un gran hombre
difunto cuya grandeza empequeñecía a todos los vivientes.
No
creo que el Rey adivinase la verdad que la Reina procuraba ocultarle; pero
mostraba inquietud si Sapt o yo pronunciábamos su nombre; si lo hacía la Reina,
apenas podía soportarlo. Le he visto enfurecerse por tal cosa, pues había
perdido todo dominio sobre sí mismo.
Bajo
la influencia de aquellos celos, procuraba sin cesar que la Reina le prodigara
pruebas de ternura y de adhesión que rebalsaban, a mi humilde juicio, las que
los maridos obtienen o merecen, y le pedía de continuo lo que su corazón no le
podía otorgar.
Mucho
se esforzaba por deber y por piedad; pero era al fin mujer y algunas veces
desfallecía, y entonces el menor reproche o la más leve frialdad adquirían para
aquel neurasténico proporciones gigantescas, como si se tratara de una grave
ofensa o de un insulto premeditado. Y resultaban vanos todos los esfuerzos que
se intentaba para calmarlo.
Así,
aquellos dos seres, a los que ningún fuerte lazo unía, se separaban cada vez
más; él permanecía aislado, víctima de su enfermedad y sus sospechas; ella con
su dolor y sus recuerdos.
No
llegó ningún hijo para llenar el vacío que les separaba, y aun cuando era ella
su Reina y su esposa, cada día le era más extraña. Y el Rey parecía quererlo
así.
Tal
fue la existencia de la Reina durante tres años; sólo una vez cada año enviaba
unas palabras al hombre amado, y él le respondía con otras palabras breves.
Por
fin la fuerza le faltó. Durante una escena despreciable el Rey le hizo
reproches no recuerdo con qué motivo fútil, y se expresó ante testigos en
términos que ni aun a solas hubiese podido oírlos sin darse por ofendida. Yo
estaba presente, y los ojillos de Sapt fulguraban de ira.
Esto
sucedió dos día: antes que yo partiera para encontrarme con el señor de
Rassendyll. Debía verme con el en Witenberg, pues el año anterior me vio
bastante gente en Dresde, y como Witenberg es una ciudad de corto vecindario y
lejos de todo camino de los turistas, nos pareció más segura. Los peligros de
una intervención extraña no eran de desdeñar.
Recuerdo
perfectamente cómo encontré a la Reina en su habitación, a donde me llamó
algunas horas después del enfado del Rey.
Estaba
acostada ante una mesa, encima de la cual había un cofrecillo que encerraba
―bien lo sabía yo― una rosa encarnada y un mensaje.
Pero
aquel día había algo más de lo ordinario. Sin preámbulo alguno me indicó lo que
debía hacer.
―Es
preciso que le escriba. Es intolerable; he de escribirle. Querido amigo,
¿llevará usted la carta, verdad? Es necesario traerme una respuesta. ¡Ah,
Fritz! Bien sé que tengo la culpa, pero me muero de pesar; sí, el pesar me
abruma. Será la última vez, pero quiero decirle adiós. Espero que su adiós,
contestando al mío, me ayude a vivir. Le ruego Fritz, que me haga ese favor.
Rodaban
las lágrimas por sus mejillas, encendidas por la cólera. Sus ojos me suplicaban
y me retaban a un tiempo. Bajé la cabeza y le besé la mano.
―¡Con
la ayuda de Dios llevaré los dos mensajes, Reina mía!
―Y
me dirá como está él. Mírele bien, Fritz. Vea si está robusto. Procure
alegrarle. Haga que sonrían su boca y sus ojos. Y hablando de mí, observe si...
aún me ama.
Cesó
de llorar y añadió:
―Pero
no le diga lo que le he dicho. Se afligiría si pensara que dudo de su amor. No
dudo de él, no; pero, sin embargo, dígame la expresión de su semblante cuando
habla de mí. ¿Verdad? Tome, aquí tiene la carta.
Sacándola
del pecho, la besó antes de entregármela.
Luego
añadió mil consejos de precaución: cómo debía llevar la carta, ir y volver sin
exponerme a ningún peligro, pues mi esposa Helga me amaba como ella misma
hubiese amado a su marido, si el cielo se mostrara propicio ` o por lo menos
casi tanto, Fritz" ―añadió, pues no admitía que ninguna mujer pudiera amar
tanto como ella.
La
dejé para terminar mis preparativos de marcha. Sólo me llevaba un criado, y
cada año diferente.
Ninguno
de ellos supo jamás el objeto de mi viaje. Suponían que viajaba por mi cuenta
con autorización del Rey.
Aquella
vez decidí llevarme un suizo joven, que había entrado hacía poco a mi servicio.
Se llamaba Bauer, era algo torpe, no parecía muy inteligente; pero, en cambio,
era honrado y muy atento. Me fue muy recomendado y le tomé sin vacilar. Lo
escogí para compañero de viaje, entre otras cosas, porque, siendo extranjero,
charlaría menos con los otros a su vuelta. No pretendo ser listo; pero confieso
que siento ira al recordar de que modo aquel palurdo se burló de mí. Pues
Ruperto sabía que el otro año había encontrado al señor de Rassendyll en
Dresde. Ruperto seguía, con atención, los acontecimientos que ocurrían en
Strelsau. Ruperto fue quien dio a aquel muchacho sus admirables certificados y
me lo endosó pensando que podría comunicarle noticias de importancia. Quizá
esperaba también que me lo llevara conmigo, y hay que confesar que la
casualidad sirvió al intrigante.
Cuando
fui a despedirme del Rey, le encontré acurrucado cerca de la chimenea, pues la
humedad del calabozo le había calado en otro tiempo hasta la médula.
Mi
marcha le contrariaba y me preguntó agriamente acerca de los asuntos que me
obligaban a partir. Burlé su curiosidad lo mejor que supe sin conseguir que se
disipara su malhumor.
Estaba
como avergonzado de su arrebato reciente, y de seoso de excusarse exclamó:
―¡Asuntos!
Todo asunto es una buena excusa para de jarme. ¡Voto va! Creo que jamás hubo un
rey peor servido que yo. ¿Por que se tomaron la molestia de sacarme de Zenda?
Nadie me necesita; nadie se cuida de si vivo o muerto.
Es
imposible discutir con quien razona de este modo.
Le
prometí que volvería pronto.
―Sí,
vuelva pronto. Se lo ruego. Necesito alguien que vele por mí. ¿Quién sabe lo
que ese canalla de Ruperto es capaz de intentar contra mi persona? No puedo
defenderme; no soy Rodolfo Rassendyll, ¿verdad?
Si
hubiese dicho yo una palabra de Rassendyll era capaz de no dejarme marchar. Ya
me echaba en cara que me carteara con él, pues los celos habían acabado con el
reconocimiento.
Creo
que ni aun sabiendo el contenido del mensaje que le llevaba, hubiese podido
aborrecer más a su salvador. Quizá en aquel sentimiento de ingratitud había
algo natural, pero apenaba el ánimo advertirlo.
Al
dejar al Rey fui a visitar al condestable de Zenda. Sabía que me iba y adónde.
Le hablé de la carta y quedamos acordes, ¿para qué comunicarle con premura lo
que pudiera ocurrirme?
No
estaba de buen humor aquel día. El Rey le había reñido y Sapt no tenía gran
provisión de paciencia.
―Si
no nos hemos degollado mutuamente ―me dijo―, estaremos en Zenda cuando usted
llegue a Witenberg. La corte marcha mañana y yo estaré allí en tanto que esté
el Rey.
Se
detuvo un momento y luego repuso: ―Rompa la carta en caso de peligro. Hice una
señal afirmativa.
El
continuó con su rudeza habitual:
―Y
perezca usted con la carta si es preciso. Dios sabe. por qué es necesario
enviar tal misiva; pero puesto que es preciso, bien podía habérmela confiado a
mí.
Sabiendo
que Sapt fingía despreciar todo sentimentalismo, me contenté con responder:
―Vale
más que esté usted aquí, pues si perdía la carta, lo cual es poco probable,
podía usted impedir que llegara a manos del Rey.
―Vería
de hacerlo ―respondió rezongando―; pero correr ese riesgo por una carta! Una
carta no merece que por ella se exponga la paz de un reino.
―Desgraciadamente,
Sapt, es casi_ la única cosa que puede llevar un mensajero.
―¡Váyase,
pues! ―gruñó el coronel―. Diga a Rassendyll de parte mía que se ha portado como
un hombre, pero que debe hacer algo más. Que se digan adiós y que acabe eso.
¿Va
a pasarse la vida pensando en una mujer que jamás será para él?
Sapt
parecía y estaba indignado.
―¿Qué
más puede hacer? ―preguntó―. ¿No cumplió aquí con su deber?
―Sin
duda. Nos devolvió nuestro buen Rey.
Hacer
responsable al Rey de la transformación que la contraria suerte había
decretado, era una perfecta injusticia.
Sapt
no tenía la culpa, pero le dolía en el alma que todos nuestros esfuerzos no
hubiera dado mejor soberano a Ruritania. Sapt se avenía a servir, pero deseaba
que su dueño fuese un hombre.
―Sí
―añadió, estrechándome la mano―, el bravo mozo cumplió como bueno.
Luego,
relampagueándole la mirada, dijo en voz baja:
―No
creó que se pueda acusar a un hombre de amar demasiado a su mujer, si desea
cenar a solas con ella antes de emprender un largo viaje.
Me
encocoró que un primo de mi mujer cenara con nosotros para despedirse de mí.
Antón
de Strofzin para distraernos nos contó todos los chismes que circulaban por
Strelsau.
Entre
otras cosas, dijo que Ruperto volvería a la corte.
―¿Lo
crees, Fritz?
De
saberlo, no lo dijera a Strofzin; pero el rumor era tan absurdo, que lo
desmentí en absoluto.
―Sí,
sí ―respondió―. Sin duda debes hablar como lo haces. Pero lo que me consta es
que hace dos días Rischenheim se lo dijo al coronel Marken.
―Rischenheim
cree lo que espera.
―Y,
¿adónde ha. ido? ―exclamó Antón, triunfante―.
¿Por
qué ha desaparecido súbitamente de Strelsau? De seguro que a encontrar a
Ruperto. Confiesa que no lo sabes todo, Fritz.
Convine
en ello.
―No
sabía siquiera que Rischenheim se hubiese marchado y menos aún por qué.
―¡Ya
lo ves! ―exclamó mi primo.
Y se
marchó persuadido de que yo había caído en un renuncio.
No
comprendía yo qué interés podía tener Rischenheim en ver a su primo, pero de
todos modos me importaba un bledo. Otras cosas más importantes tenía que hacer.
Olvidando
esos chismorreos, dije al mayordomo que hiciera marchar a Bauer con las maletas
y que cuidara de tener el coche a la hora precisa.
Helga
cuidaba de arreglar mis provisiones para el viaje y ahora venía a despedirse.
Aun
cuando procuraba ocultarlos, advertí que tenía temores.
No
le gustaban semejantes comisiones, que a su juicio eran peligrosas.
Para
tranquilizarla, la abracé y le dije que me esperara para de allí a unos días.
―Saluda
de mi parte al rey Rodolfo, al verdadero rey Rodolfo ―dijo―, aun cuando preveo
que lo que llevas le hará indiferente a mis saludos.
―No
deseo que le interese mucho el presente, queridita ―dije.
Me
estrechó las manos y me miró de hito en hito.
―Buen
amigo eres, Fritz; adoras al señor Rassendyll. Ya sé que crees que le adoraría
también si me lo pidieras. Pues te equivocas; soy bastante sensata para querer
mi propio ídolo.
Toda
mi modestia no me impidió adivinar cuál era ese ídolo.
De
pronto se acercó y me dijo al oído:
―Procura,
Fritz, que le envíe un mensaje que la reconforte. Su ídolo no puede estar cerca
de ella como el mío cerca de mí.
―Sí
―contesté―, le enviaré lo necesario para animarla. ¡Que Dios te guarde, alma
mía!
Sí,
sin duda enviaría una contestación a la carta que yo llevaba y yo había jurado
traer esa respuesta sana y salva.
Marché,
pues, confiado. Llevaba la cajita y el adiós de la Reina en el bolsillo
interior de mi levita. Como me lo había recomendado el coronel Sapt,
destruiría, en caso necesario, una y otra y perecería yo.
La
reina Flavia merecía una adhesión completa.
CAPÍTULO
2
UNA
ESTACIÓN SIN COCHES DE ALQUILER
Antes
que partiéramos, el señor Rassendyll de Inglaterra y yo de Ruritania, habíamos
acordado los detalles del encuentro. El debía estar el 15 de octubre a la
puerta del León de Oro, a las once de la noche. Yo llegaría a las nueve, me
apearía en otro hotel y saldría a dar una vuelta. Y así le vería. Le entregaría
lo que esperaba, me daría la contestación y después de tener el gusto de hablar
largo rato con él, cada mochuelo a su olivo. Al día siguiente volveríamos a
Inglaterra y a Strelsau.
Me
constaba que el señor Rassendyll era hombre puntual, y yo estaba seguro de
llegar a la hora convenida..
Sin
embargo, había tenido la precaución de pedir licencia por ocho días, previendo
que podía suceder algo que retardara mi vuelta.
Persuadido
de que estaba previsto todo, tomé el tren. La cajita la tenía en un bolsillo;
la carta en un monedero. No iba de uniforme, pero me llevé un revólver. Aun
cuando no hubiese ningún temor de complicaciones, no olvidaba que lo que traía
exigía mucho cuidado, y debía ser resguardado a toda costa.
Pasó
la aburrida noche de viaje.
A la
mañana Bauer vino a encontrarme, me dispuso todo lo concerniente para el
desayuno y luego se marchó.
Eran
cerca de las ocho.
Habíamos
llegado a una estación importante y debíamos salir de ella a mediodía. Vi a
Bauer que entraba en un compartimiento de segunda clase y yo me instalé en mi
cupé. Después de unos minutos, como había dormido poco por la noche, quedé
adormilado. Como estaba solo en el cupé podía dormir sin temor.
Por
la tarde me despertó una parada. De nuevo vi a Bauer.
Después
de tomar una sopa fui al telégrafo para enviar un despacho a mi mujer. Así no
sólo estaría tranquila ella, sino que podría asegurar a la Reina que todo
procedía como era de esperar. Al entrar en la oficina encontré a Bauer que
salía de ella.
Me
explicó que acababa de telegrafiar a Witenberg para que reservasen
habitaciones, precaución que se me antojó inútil, pero contra la que no había
nada que decir. Sin embargo, no me plugo del todo, porque pensé que era mejor
no llamar la ¿atención acerca de mi llegada.
Pero
como el mal estaba hecho, sólo lo hubiera agravado con reproches. Mi criado,
asombrado, quizá inquiriera el porqué de ellos.
No
le contesté, limitándome a sonreír. Más tarde, cuando supe todo, comprendí que
Bauer no telegrafió al hotelero, sino a otra persona.
Antes
de llegar a Witenberg hubo otra parada. Asomé la cabeza a la ventanilla y vi a
Bauer cerca del furgón de equipajes.
Acudió
hacia mí para preguntarme si, deseaba algo.
―Nada
―respondí.
Pero
en vez de alejarse, me habló no recuerdo de qué. Aburrido por su charla, me
retiré de la ventanilla y a los cinco minutos partió el tren.
Me
instalé cómodamente y saqué mi cigarrera.
Pero
un instante después rodó por el suelo el cigarro, pues me levanté de un salto o
poco menos.
Antes
de salir del andén vi pasar a un empleado que llevaba una maleta que se parecía
mucho a la mía.
Bauer,
por orden mía, la había depositado en el furgón de equipajes. No era natural
que la hubiesen sacado de allí por error, pero mi maleta era igual a aquélla.
Pero
como no tenía la seguridad de que fuese la mía, nada dije. Como el tren no se
detenía hasta Witenberg, y yo debía llegar allí sin falta, allí veríamos.
Llegamos
a la hora exacta. Permanecí un instante en el coche, reuniendo todos los
objetos que estaban sobre los asientos para que Bauer se encargara de ellos,
pero viendo que no acudía, bajé.
Esperaba
a mi criado.
La
noche era calurosa y me aburría llevar mi maletín y un recio abrigo de píeles.
De
Bauer, ni la sombra. Permanecí cinco o seis minutos esperando. El conductor del
tren había desaparecido, pero vi al jefe de la estación que pasaba. Le pregunté
por mí criado, pero no sabía ni que existiese. No tenía el resguardo del
equipaje, pero obtuve permiso para examinar los que había en el furgón: el mío
no estaba.
Creo
que el jefe dudó de la existencia del criado y del equipaje. Para consolarme
dijo que, probablemente aquél debió perder cl tren en alguna parad. A esto
respondí que no, pues en tal caso no se le ocurriera' llevarse la maleta. El
jefe se encogió de hombros; no sabía qué hacer.
Por
primera vez, y con motivo sobrado, dudé de la fidelidad de Bauer. Recordé que
no le conocía apenas, y pensé en la importancia de mi comisión.
Tentándome
los bolsillos, me aseguré rápidamente de la presencia de la cajita, de la carta
y del revólver.
El
jefe no reparó en mi agitación.
Me
volví hacia él.
Cuando
vuelva ese torpe ―dije―, haga el obsequio de..
―No
volverá esta noche ―interrumpió―; no llega ya otro tren.
―Dígale
que venga al hotel de Witenberg; allí estaré.
Pasaba
el tiempo y no parecía que Rassendyll esperase. Además, el desasosiego que me
produjo aquel incidente, me impelía a hacer cuanto antes mi comisión. ¿Qué fue
de Bauer? Esta pregunta me sugirió otra: ¿Por qué el conde de Rischenheim salió
de Strelsau y adónde fue?
Salí
de la estación. No se veía un solo coche de punto. Sabía que la estación estaba
a un extremo de la ciudad. Tener que ir a pie y con el abrigo, me irritó lo
indecible.
―¿Por
qué ―pregunté al empleado― no hay aquí cuantos coches son menester?
―Habitualmente
sobran, caballero ―respondió con cortesía― y también los habría esta noche sin
una circunstancia accidental. Poco antes de llegar el tren pasó otro comarcal.
Casi nunca se apea aquí nadie de los que vienen en él, pero esta noche bajaron
veinte o veinticinco hombres. Les tomé los billetes. Lo que me llamó la
atención fue que cada uno de los viajeros tomó un coche para él solo. He aquí
por qué sólo quedaban uno o dos al llegar el tren en que ha venido usted. Y en
un instante los tomaron.
Nada
tenía de extraño aquello, pero llovía sobre mojado. ¿No tendría conexión la
falta de coches con la desaparición de Bauer?
―¿Qué
aspecto tenían esos viajeros? ―pregunté.
―La
mayoría de ellos un tanto dudoso. Pensé que era raro que gastaran dinero en
coches.
Aumentó
la vaga inquietud ―que sentía. Se me ocurrió decirle al jefe de estación que me
mandase acompañar. Pero además de demostrar un temor que nada parecía
justificar, deseaba no llamar la atención.
―Bueno,
¡vamos allá! ―dije.
Y
pregunté el camino de la ciudad.
―Siga
este camino durante diez minutos y verá ya las primeras casas de la ciudad. Su
hotel está en la primera plaza a la derecha.
Al
salir de la estación la sombra de los álamos y la falta de luces dejaban a
oscuras el camino. Yo seguía tropezando a veces en las piedras que había en él.
A
pesar mío sentía temor.. No por mi, sino por lo que llevaba. No podía menos de
pensar en la conducta extrañísima de Bauer. ¿A qué llevarse la maleta si no
abrigaba una intención siniestra? No acertaba a tranquilizarme. Llevaba la
carta de la Reina, pero no me hubiese desagradado que Sapt o Rassendyll
estuviesen a mi lado.
Cuando
un hombre sospecha un peligro, debe concentrar toda su atención en evitarlo o
vencerlo. Si hubiese obrado de este modo me quedaba tiempo para evitar la
emboscada o cuando menos para romper lo que llevaba antes de que me ocurriese
algo. Pero estaba preocupado y todo pareció ocurrir en un instante.
Mientras
pensaba que no había motivo bastante para temer, oí cuchichear, vi dos o tres
sombras entre los árboles y de repente se arrojaron sobre mi.
Preferí
la huida a la lucha. Eché a correr hacia las luces y las casas que divisaba a
lo lejos. Oí pasos detrás de mi. De pronto caí de bruces. Habían tendido una
cuerda para barrer el camino. Dos hombres se precipitaron hacia mi. Otro se
arrodilló sobre mi espalda.
Una
voz dijo:
―¡Volvedle!
Conocí
la voz. Era la del conde de Rischenheim.
Me
pusieron boca arriba. Hice un esfuerzo y rechacé a los que me tenían asido. Por
un instante quedé libre. Mi ataque parecía haber desconcertado a los
salteadores. Pero mi victoria fue efímera.
Otro
hombre a quien no viera hasta entonces me acometió, derribándome. De nuevo
quedé tendido de espaldas al suelo. Y se incrustaron a mi cuello unes dedos que
parecían de hierro.
Al
mismo tiempo quedaron sujetos y paralizados mis brazos. El rostro del hombre
que me tenia una rodilla en el pecho se inclinó hacia mi, y a pesar de la
oscuridad reconocí a Ruperto de Hentzau. Jadeaba, pero sonreía al mismo tiempo,
y cuando vio que yo le reconocía, su sonrisa se acentuó.
De
nuevo oí la voz de Rischenheim:
―¿Dónde
está el maletín? Allí debe estar lo que buscamos.
―¡Bobo!
―replicó Ruperto con desdén―. La lleva encima. ¡Sujetadle bien mientras busco!
Tendido
y sin poder moverme, estaba desesperado. Ruperto encontró mi revólver y lo
alargó a Rischenheim. Cuando sintió el bulto de la cajita y se apoderó de ella,
le rebrillaron los ojos. Apoyó la rodilla de tal modo sobre mi pecho que apenas
podía resollar. Y soltándome el cuello hizo saltar la tapa de la cajita.
―¡Traed
una luz! ―ordenó.
Uno
de los tunantes acercó una linterna sorda y con su luz iluminó el cofrecillo.
Cuando
Ruperto vio lo que contenía soltó una carcajada y guardó la cajita en el
bolsillo.
―¡Vivo!,
¡vivo! ―exclamó Rischenheim―. Tenemos lo que queríamos. Puede venir alguien.
―Vale
más buscar si trae otra cosa ―replicó Ruperto.
Y
continuó sus pesquisas. Toda esperanza se desvaneció para mi, pues era
indudable que encontraría la carta.
Fue
asunto de un momento. Arrebató el monedero y miró su contenido. De una ojeada
apreció el valor de la presa. Entonces, fríamente y sin apresurarse, leyó la
carta sin cuidarse de la inquietud de Rischenheim ni de mis curiosas miradas.
Sonreía leyendo las últimas palabras dirigidas por la Reina a su amigo.
Ruperto
encontraba más de lo que podía esperar.
Rischenheim
le puso la mano en el hombro y repitió con acento agitado:
―¡Vivo,
Ruperto, vivo!
―¡Déjame
en paz, chico! Hace tiempo que no he leído nada tan divertido ―replicó Ruperto.
Y
añadió riendo y señalando el final de la carta:
―¡Mira,
mira!
Estaba
yo furioso. La ira centuplicó mis fuerzas. El placer que la lectura causaba a
Ruperto le hizo cometer una imprudencia. Su rodilla no pesaba tanto sobre mi
pecho, y cuando indicó a su primo el párrafo que tanto le gustaba, volvió un
instante la cabeza.
La
suerte me favoreció. Con un movimiento súbito aparté la rodilla, pude soltar la
mano derecha e intenté arrebatar la carta. Ruperto, temiendo por su tesoro, dio
un salto que le alejó de mi. Yo me puse en pie también, rechazando al ganapán
que me tenia sujeta la mano izquierda.
Durante
un instante estuve delante de Ruperto v me arrojé sobre él.
Más
rápido que yo, se ocultó detrás del hombre que sostenía la linterna, y lo
empujó sobre mí. Cayó la linterna.
Ruperto
decía
―¡Dame
ese palo! ¡Ah! ¡Bien! ¡Gracias!
Entonces
la voz de Rischenheim dijo:
―Me
has prometido no matarlo, Ruperto. Rezongó el conde de Hentzau.
Rechacé
al tío que arrojaron contra mí; me eché sobre Ruperto.
Tenía
un grueso palo en la mano No recuerdo bien lo que sucedió. Sé que luchamos, que
alguien contuvo mis brazos y que de pronto sentí un trastazo horrible en la
frente y... no sé más.
De
nuevo sentí que estaba tendido en tierra, sintiendo un dolor vivísimo en la
cabeza, y como en un sueño veía hombres en torno mío hablando con animación.
Recuerdo
que una voz sonora gritó:
―¡Voto
va! ¡Lo quiero!
―¡No,
no! ―replicó otra voz.
Resonaron
pasos precipitados, gritos de cólera. Estalló un tiro, al que siguieron voces y
lucha. Otro disparo. Luego pasos que se alejaban.
No
entendía qué pasaba. El esfuerzo que hacía por comprender aumentaba el
cansancio y la angustia. "¿Acabarán por callarse?" ―pensaba.
Necesitaba calma y silencio. Llegaron por fin y cerré los ojos. Sufría menos no
oyendo ruido; podría dormir.
La
jugada estaba hecha. Me habían vencido como a un papanatas. ¡Estaba tendido en
el camino con la cabeza rota y Ruperto de Hentzau tenía la carta de la Reina!
CAPÍTULO
3
VUELTA
A ZENDA
Gracias
al cielo o a mi buena suerte, mi vida no dependía de una promesa de Ruperto de
Hentzau. Las visiones de mi perturbado cerebro no eran más que el reflejo de la
realidad; la lucha y luego la huída de mis enemigos no era un sueño.
Hoy
vive en Witenberg, acomodado y dichoso, un bravo mozo que debe su fortuna a que
su carreta pasó por el paseo que va de la estación a la ciudad con tres o
cuatro compañeros robustos y decididos en el instante en que Ruperto se
aprestaba a secundar el golpe que me había derribado. Al ver aquello el
carretero y sus amigos se lanzaron contra mis agresores.
Querían
llevarme al hospital cuando me hubieron libertado, pero rehusé.
Recordé
la situación y repetí obstinadamente: "¡Al León de Oro! ¡Veinte coronas al
que me lleve al León de Oro!"
Viendo
que sabía dónde estaba y cómo estaba, me subieron a la carreta, que partió para
donde me esperaba Rodolfo Rassendyll. El único pensamiento que tenía mi cabeza
estropeada, consistía en verle lo antes posible y decirle que fui bastante
estúpido para dejarme robar la carta de la Reina.
Estaba
en la puerta del hotel y parecía aguardarme, aun cuando no era la hora
convenida.
Al
detenerse la carreta vi su alta y erguida estatura, así como su pelo rojo, a la
luz de las lámparas del vestíbulo.
Sentí
lo que debe sentir un niño al ver a su madre. Le tendí la mano por encima de
los adrales de la carreta, murmurando:
―¡La
he perdido!
Se
estremeció y se abalanzó hacia mí.
Luego,
dirigiéndose al carretero:
―Este
caballero es mi amigo ―dijo―. Confíemelo; hablaré con usted después.
Esperó
que me sacaran de la carreta, y él mismo me llevó a una habitación del hotel.
Había
recobrado por completo el sentido y comprendía cuanto pasaba.
Mi
amigo me dejó sobre una otomana y permaneció en pie junto a mí, sonriendo, aun
cuando en sus ojos se veía una sombra de inquietud.
Repetí:
―¡La
he perdido! ―mirándole con angustia.
―No
importa ―replicó―. ¿Quiere usted esperar antes de explicarme o puede hablar?
―Hablar;
pero déme un sorbo de aguardiente.
Me
dio un poco mezclado con mucha agua, y pude contarle lo ocurrido.
Aun
cuando débil, no olvidé nada esencial y le conté mis desventuras.
No
pareció alarmarse hasta que hablé de la carta, pero al hacerlo, su rostro se
inmutó.
―¿También
una carta? ―exclamó con aprensión y alegría inesperada a un tiempo.
―Sí,
una carta; escribió una carta, y la he perdido lo mismo que el cofrecillo; he
perdido ambas cosas, Rodolfo. ¡Dios me asista! ¡Perdí ambas cosas, y Ruperto
tiene la carta!
Supongo
que el golpe recibido me arrebató mi energía, pues en aquel momento no fui
dueño de mí. Desesperéme. Rodolfo me calmó lo mejor que pudo.
Ahora
que estaba junto a él me parecía que jamás nos habíamos separado, como si aún
estuviésemos en Strelsau o en Tarlenheim ideando planes para burlar a Miguel el
Negro, enviar a Ruperto al infierno y reponer al Rey en el trono.
Mi
pobre cabeza me hacía padecer cruelmente.
El
señor de Rassendyll llamó dos veces y un hombre bajo y robusto, de mediana
edad, compareció al instante.
―James
―dijo Rodolfo―, este caballero tiene una herida en la cabeza. Cuídelo.
James
salió. Algunos instantes después volvió con agua, una palangana, vendas,
trapos, hilos. Se inclinó hacia mí y empezó a lavarme y luego a curar muy
diestramente mi herida.
Rodolfo
se paseaba por la habitación.
―¿Ha
terminado, James?
―Sí,
señor.
―Bien.
Traiga hojas para escribir telegramas.
Cuando
las trajo dijo su dueño:
―Esté
pronto para cuando llame.
Y
volviéndose hacia mí, me preguntó:
―¿Se
siente mejor?
―Sí,
puedo escucharle.
―Adivino
lo que van a hacer ―dijo Rodolfo―. Ruperto o Rischenheim tratarán de ver al Rey
para darle la carta. Me estremecí.
―¡Es
imposible! ¡No se le puede permitir! ―exclamé.
Y
caí de nuevo en el diván como si se me hubiese inflamado de pronto la cabeza.
―No
será usted quien lo impida, pobre amigo ―respondió Rodolfo sonriendo―. No se
fiarán del correo. Uno de ellos realizará la empresa. Pero, ¿cuál?
Estaba
frente a mí con el ceño fruncido, reflexionando. Yo no sabía nada, pero me
pareció adivinar que Rischenheim sería quien viese al Rey. Ruperto corría un
peligro inminente si penetraba en Ruritania. El Rey se negaría a recibirlo. En
cambio no había ningún motivo para sospechar de Rischenheim.
Pensé,
pues, que sería él quien se encargara de entregar la carta al Rey, y que si
Ruperto no quería soltarla, daría al Soberano un extracto de ella.
―Quizá
saquen .una copia ―suspiró Rodolfo―. Así, pues, uno de ellos partirá esta noche
o mañana.
Traté
nuevamente de levantarme, pues quería anular las consecuencias de mi estupidez.
Rodolfo
me hizo sentar con suave esfuerzo.
―No,
no ―dijo.
Y
sentándose ante la mesa empezó a llenar hojas de telegramas.
―¿Supongo
que usted y Sapt han convenido una clave? ―me preguntó.
―Sí;
escriba el despacho y le pondré en cifra.
―He
escrito esto: "Documento perdido. No deje que se le acerque nadie, si es
posible. Avise quien pida entrevista." Me miró y dijo:
―Supongo
que esto bastará. No quiero ser más claro.
Todas
las cifras pueden ser traducidas.
―La
nuestra, no.
―¡Quién
sabe! ¿Le parece que comprenderá el sentido?
―Me
parece que sí.
Puse
en cifra el despacho a pesar de que apenas podía sostener la pluma.
Rodolfo
llamó a su criado.
―Envíe
usted esto.
―Está
cerrado el telégrafo.
―¡James!
¡James!
―Bien,
señor. Pero quizá se tarde una hora en lograr que abran.
―Le
doy media hora. ¿Tiene dinero?
―Ahora
―dijo Rodolfo― hará usted santamente acostándose.
No
recuerdo lo que respondí porque perdí de nuevo el sentido.
Rodolfo
me ayudó a ponerme en su propia cama cuando recobré fuerzas y a la madrugada me
dormí profundamente.
A
las ocho James despertóme. Me dijo que un médico estaría en la fonda al cabo de
media hora, pero que el señor de Rassendyll deseaba hablarme antes, si me
encontraba en disposición de oírle. Le dije que llamara a su amo.
Rodolfo
entró tranquilo y sereno.
El
peligro y la necesidad de un esfuerzo le estimulaban. La indolencia que se le
podía echar en cara en las horas de tranquilidad, había desaparecido.
―Fritz,
amigo mío, he aquí la respuesta de Sapt. Es probable que ha hecho funcionar el
telégrafo en Zenda, como aquí James. Adivine lo qué me dice. Rischenheim pidió
una audiencia antes de salir de Strelsau.
Me
incorporé.
El
añadió:
―Compréndame.
Marchó el lunes. Hoy es miércoles. El Rey le señaló la audiencia para el
viernes a las cuatro. Así es...
―¡Contaban
vencer! exclamé―, y Rischenheim lleva la carta.
―Una
copia. Conozco a Ruperto. Sí, el plan estaba bien trazado. Su idea de retirar
los coches de la estación es ingeniosa. Telegrafié a Sapt que aplace la
audiencia, si es posible; de lo contrario, que aleje al Rey de Zenda.
―¡Pero
Rischenheim obtendrá audiencia pronto o tarde!
―¿No
se advierte la diferencia entre pronto y tarde?
Se
sentó en la cama y continuó:
―Usted
no podrá moverse hasta dentro de un par de días. Envíe un telegrama a Sapt;
dígale lo que pasa. Y tan pronto como pueda viajar vaya a Strelsau e informe a
Sapt de su llegada. Necesitaremos de su asistencia.
―¿Qué
se propone hacer? ―pregunté mirándole de hito en hito.
Me
miró unos instantes; echó al fuego la colilla del cigarrillo que acababa de
fumar y se levantó de la cama.
―Voy
a Zenda.
―¿A
Zenda? ―exclamé, estupefacto.
―Sí,
voy a Zenda, camarada. Sabía que alguna vez había de llegar eso. Ya está aquí.
―¿Para
qué?
―Alcanzaré
a Rischenheim o poco le faltará. Si es él quien llega primero, Sapt le hará
esperar hasta que yo haya llegado, y si es así, si no ocurre nada imprevisto,
no verá jamás al Rey. Así será.
Se
interrumpió y añadió, riendo:
―¡Veamos!
¿He perdido acaso toda mi semejanza? ¿No puedo ya representar el papel de Rey?
Si llego a tiempo, Rischenheim tendrá su audiencia en Zenda y el Rey se
mostrará muy amable y le tomará la copia de la carta. Obtendrá audiencia en el
castillo de Zenda, no lo dude.
Permanecía
en pie delante de mí para ver lo que me parecía su proyecto.
Yo,
asustado de su audacia, permanecía mudo y jadeante.
Rodolfo
se calmó en un instante. Volvió a ser un inglés frío, asentado, un poco
apático.
Encendió
un cigarrillo y añadió:
―Comprenda
usted que son dos, Ruperto y el otro. Usted no puede moverse. Es preciso que
seamos dos en Ruritania. Rischenheim hará la primera tentativa, pero si
fracasa, Ruperto no retrocederá ante ningún obstáculo para llegar hasta el Rey.
Si le ve durante cinco minutos, la cosa no tiene remedio. Así, pues, es
necesario que Sapt contenga a Ruperto, mientras yo me entiendo con Rischenheim.
Cuando pueda usted moverse vaya a Strelsau y avise a Sapt dónde está.
―Pero,
¿y si le ven? ¿Si le descubren?
―Mejor
es que me descubran a mí que no que el Rey reciba la carta de la Reina.
Y
colocando su mano sobre mi brazo, prosiguió:
―Si
la carta llega al Rey, sólo yo puedo hacer. lo que sea necesario.
No
comprendí lo que quería decir. Quizá raptaría a la Reina antes que dejarla
sola. Quizá se podía dar a sus palabras otra interpretación que yo, vasallo
fiel, no quería admitir. No respondí, sin embargo, porque ante todo y sobre
todo, era servidor de la Reina.
―¡Ea,
Fritz! ―exclamó―. No ponga esa cara de entierro. Este asunto es menos
complicado que el otro que resolvimos. Supongo que no debía parecer yo muy
convencido, porque añadió:
―Sea
lo que fuese, me marcho. ¿Cómo puedo permanecer aquí mientras llevan esa carta
al Rey?
Comprendía
sin esfuerzo sus sentimientos y que le importaba poco la vida cuando se trataba
del honor de la Reina. Cesé, pues, de replicar.
Cuando
vio que aprobaba su intento, desapareció toda sombra de su rostro y discutimos
el plan con todos sus detalles.
―James
permanecerá a su lado ―me dijo― y puede usted tener una confianza absoluta en
él. Si desea usted enviar una carta que dude en confiar al correo, désela con
toda tranquilidad: la llevará Además, es un excelente tirador.
Se
levantó para salir, y añadió:
―Volveré
antes de marchar para saber lo que dice de usted el médico.
Permanecí
acostado, pensando, a fuer de enfermo de cuerpo y espíritu, en los riesgos, más
que en las esperanzas, que lo atrevido de su plan hacía afrontar al señor de
Rassendyll.
Mis
meditaciones quedaron cortadas por la llegada del médico.
―No
piense en levantarse durante dos días ―me dijo―; pero creo que entonces podrá
usted marchar sin ningún inconveniente.
Le
di las gracias, me prometió volver, y a una vaga indicación sobre sus
honorarios, me aseguró que mi amigo herr Schmidt se había mostrado muy
generoso.
Acababa
apenas de salir el doctor cuando herr Schmidt, es decir, Rassendyll, volvió.
―Me
marcho.
―¿Dónde?
―A
Zenda, por el bosque. Llegaré mañana, miércoles, ya anochecido. A no ser que
Rischenheim haya obtenido su audiencia antes del día convenido, llegaré a
tiempo.
―¿Cómo
verá a Sapt?
―No
sé.
―¡Dios
le guarde, Rodolfo!
―El
Rey no verá la carta, Fritz.
Nos
estrechamos la mano en silencio. Después nos miramos y Rassendyll declaró:
―No
había pensado jamás en volverla a ver. Ahora lo espero. Luchar con ese mozo y
volverla a ver, vale la pena de vivir.
―¿Cómo
la verá?
Rodolfo
se echó a reír y le imité. Cuando dos quieren... Me estrechó de nuevo la mano.
Creo que quería infundirme esperanza.
Sentía
mi amigo lo que no podía sentir yo: un deseo desmedido de realizar su intento
rápidamente, y esto disminuía en él la noción del peligro. Vio que leía en su
mente.
―Pero
la carta ante todo ―añadió―. Pensaba morirme sin verla de nuevo, pero la suerte
está echada; ahora se trata de que la carta no llegue a su destino, sea
cualquiera el empeño que pongan en entregarla esos dos malvados.
―Ya
lo sé ―respondí.
Otra
vez me estrechó la mano. En el preciso momento de volverse, entró James,
silencioso como de costumbre.
―El
coche espera, señor.
―Cuide
usted bien al conde ―le dijo su amo―, y no le abandone hasta que él le dé
permiso.
―Perfectamente,
señor.
Me
incorporé para tomar un vaso de limonada que me traía James.
―¡Por
su buena suerte! ―exclamé.
―¡Dios
lo quiera! ―respondió.
CAPÍTULO
4
UN
REMOLINO EN EL POZO
Al
anochecer del jueves 16 de octubre, el condestable de Zenda estaba de un humor
de perros. Después lo confesó. Arriesgar la tranquilidad de un palacio para
recibir el mensaje de un enamorado jamás le pareció prudente, y el viaje anual
de ese "absurdo" Fritz se le antojaba una torpeza.
La
carta de adiós era una locura más peligrosa, con probabilidades de catástrofe.
Y
los hechos le daban la razón. La catástrofe amenazaba ya.
El
corto y misterioso telegrama de Witenberg la anunciaba.
Le
ordenaba, sin decir siquiera quién lo disponía, que aplazara la audiencia de
Rischenheim. No se le decía el porqué de tal medida, pero sabía tan bien como
yo que Rischenheim estaba en manos de Ruperto, y no se le ocultaba que en
Witenberg había ocurrido algún tropiezo de gran cuantía y que Rischenheim iba a
Zenda para decir algo que el Rey no debía saber.
Lo
que se le pedía no era cosa muy hacedora ni fácil, porque él ignoraba dónde
estaba Rischenheim y no podía privarle de llegar.
Además,
el Rey deseaba la visita del Conde, porque éste cultivaba con gran éxito una
raza canina que el monarca no acertaba a perfeccionar. Esperaba, pues, al Conde
y en vano le hablaba Sapt de un enorme jabalí que había descubierto en el
bosque, y que podía prometerse una gran cacería para el día siguiente.
―Sí,
pero no podré volver a tiempo para recibir a Rischenheim.
―Su
Majestad estará de vuelta al anochecer.
―Me
sentiré cansado y tengo mucho que decirle.
―Podría
usted dormir en el pabellón del bosque y volver al día siguiente para recibir
al Conde.
―Deseo
verle lo antes posible.
Y
luego, mirando a Sapt con sospecha, añadió:
―¿Por
qué no verle mañana?
―Porque
es lástima no cazar a ese hermoso solitario ―dijo Sapt, refiriéndose al jabalí.
El
Rey no cedió.
―¡Bah!
¡Tantos jabalíes hemos cazado!... Ahora deseo saber cómo se las arregla
Rischenheim para que sus perros tengan un color tan magnífico.
En
aquel momento entró un criado que entregó un telegrama a Sapt.
Este
se lo metió en el bolsillo.
―¡Léalo!
―dijo el Rey.
Eran
cerca de las diez y el Rey estaba a punto de irse a acostar.
―No
hay prisa por leer eso ―dijo Sapt, temiendo que el despacho viniera de
Witenberg.
―¡Léalo!
―repitió el Rey, con impaciencia―. Quizá es de Rischenheim; puede que anuncie
su llegada.
Sapt
no podía desobedecer. Tardó cuanto pudo en ponerse los lentes y se preguntaba
entretanto qué haría si aquel papelucho no podía mostrarse al soberano.
―¡Ande,
hombre! ―dijo el Rey.
Cuando
por fin hubo leído Sapt el despacho, su semblante expresó perplejidad y
satisfacción.
―Su
Majestad ha acertado ―pronunció―. Rischenheim llegará mañana a las ocho.
―Perfectamente.
Almorzará conmigo a las nueve y luego montaré a caballo para cazar el jabalí,
cuando le haya hablado de los perros.
―Bien,
señor ―respondió Sapt.
El
Rey se levantó bostezando y murmuró al salir:
―Debe
tener algún secreto para cuidar sus perros.
―¡Así
los lleve el diablo! ―exclamó Sapt cuando el Rey hubo salido.
El
condestable no era hombre que aceptara una derrota sin defenderse.
La
audiencia que debía aplazar estaba próxima. Y el Rey, a quien debía alejar de
Zenda, se empeñaba en no moverse hasta haber hablado con Rischenheim.
Sin
embargo, hay varios modos de impedir una entrevista. Hay el fraude y la fuerza,
y Sapt comprendía que uno u otra le serían precisos.
"No
obstante ―pensaba rezongando―, el Rey se enfurecerá si le ocurre algo a
Rischenheim, antes que sepa de los perros".
Dio
mil vueltas al asunto para averiguar de qué modo conseguiría evitar la
entrevista sin que fuese menester emplear la violencia contra el Conde.
Únicamente
se le ocurrió un secuestro, porque una riña o un duelo no le convenían. Pero
Sapt no tenía, como el Duque Negro, una pandilla de asalariados capaces de
cometer por Su Alteza el más tremendo desavío.
"No
sé qué hacer" ―declaró Sapt, levantándose del sillón para aproximarse a la
ventana, con la esperanza de que el aire fresco le sugiriera alguna idea.
Estaba
en su habitación, situada en el castillo nuevo, junto al foso, a la derecha del
puente levadizo cuando se mira hacia el castillo viejo. Era la que había
ocupado el duque Miguel.
El
puente estaba echado, porque reinaba la paz en Zenda. Había desaparecido aquel
conducto que hacía comunicar el calabozo del Rey con las aguas del foso.
La
noche era clara. Brillaba el agua. Sapt la miraba ceñudo, pero la brisa no
traía la menor idea.
De
pronto el condestable, miró con atención a derecha e izquierda. Le pareció
haber visto un remolino como el que produce una piedra que cae o un pez que
salta. Pero Sapt no había echado ninguna piedra y los escasos peces del foso no
saltaban a tal hora.
Sapt
esperó a que cesara el remolino. Luego percibió un ruido como el que produce
una cuerda al dejarse caer suavemente en el agua. Un momento después apareció
una cabeza a corta distancia.
―¡Sapt!
―dijo una voz apagada, pero distinta.
El
viejo soldado se estremeció y apoyando las manos en el alféizar de la ventana
miró al foso.
―¡Vivo!
Vaya usted al otro lado, junto al borde de piedra que ya conoce ―dijo la voz, y
la cabeza se volvió.
En
algunas brazadas vivas y silenciosas el visitante atravesó el foso y quedó
oculto por la sombra del viejo castillo.
Sapt
le seguía con la mirada, medio turulato por la sorpresa que le causaba aquella
voz que llegaba hasta él en el silencio de la noche. El Rey estaba acostado y
¿quién sino el Rey o el otro poseían aquella voz?
Entonces
salió de su aposento, pero en el corredor topó con Bernenstein, aquel bizarro y
joven oficial de la guardia que hacía su ronda.
Sapt
tenía confianza en Bernenstein, pues estuvo con nosotros en el sitio de Zenda
cuando Miguel el Negro tenía prisionero al Rey, y llevaba en el pecho la señal
de una herida que le hicieron los bandidos de Ruperto de Hentzau. Ahora era
teniente de coraceros de la guardia real.
Al
notar el azoramiento de Sapt, preguntó:
―¿Ha
ocurrido algún accidente, caballero?
―No,
hijo mío, todo marcha bien. Siga su ronda y no vuelva por aquí.
El
oficial le miró asombrado.
Sapt
le asió el brazo.
―No.
Permanezca aquí. Colóquese junto a la puerta de las habitaciones reales y no
permita que pase nadie. ¿Comprende?
―Sí,
señor.
―Y
oiga lo que oyere, no vuelva la cabeza. Aumentaba la extrañeza de Bernenstein,
pero Sapt era condestable y mandaba como jefe en Zenda.
―Bien,
señor.
Y
con ademán de sumisión desenvainó el sable y permaneció ante la puerta. Si no
podía comprender, podía obedecer.
Sapt
atravesó el puente. Luego bajó los escalones que llevan a una saliente de
piedra que está a seis pulgadas bajo del agua. Estaba Sapt en la sombra, pero
vio a un hombre de elevada estatura que estaba de pie en la piedra y sintió que
le asían la mano.
Era
Rodolfo Rassendyll, con los calzoncillos y los calcetines chorreando.
―¿Usted?
― preguntó.
―Sí
―fue la respuesta de Rodolfo―. He nadado hasta aquí, pero no tenía la seguridad
de que me hubiese usted oído, y como no me atrevía a llamar, he venido hasta
aquí. Sosténgame un instante mientras me pongo los pantalones. No quería
mofarme el traje y lo he traído envuelto.
―¿Qué
es o que le trae aquí? ―preguntó Sapt.
―El
servicio de la Reina. ¿Cuándo debe venir Rischenheim?
―Mañana
las ocho.
―¡Diablo!
Más pronto de lo que pensaba. ¿Y el Rey?
―Está
decidido a verle. No hay manera de evitar la entrevista.
Hubo
un momento de silencio. Rassendyll se ponía la camisa.
―Deme
la chaqueta y el chaleco. Estoy aterido.
―Pronto
reaccionará.
―He
perdido el sombrero.
―Y
también la cabeza, a lo que creo.
―Supongo
que usted me encontrará ambas cosas, Sapt.
―En
todo caso desearía encontrarle una cabeza mejor equilibrada que la suya ―gruñó
el condestable.
―Ahora
las botas, y ―ya estoy listo. Y añadió vivamente:
―¿Ha
visto el Rey a Rischenheim o recibido noticias suyas?
―Ni
una cosa ni otra, sino por mi conducto.
―Entonces,
¿por qué desea tanto verle?
―Para
saber de qué modo se puede hacer que los perros tengan muy suave el pelo.
―¿Habla
usted en serio?
―¡Ya
lo creo!
―Entonces
todo va bien. Dígame, ¿lleva barba ahora?
―Sí.
―¡Llévelo
el diablo! ¿No puede usted llevarme a un sitio cualquiera para hablar?
―Pero,
en fin, ¿por qué ha venido usted?
―Para
encontrar a Rischenheim.
―¿Para
encontrarle?...
―Sí,
Sapt. Tiene una copia de la carta de la Reina. Sapt se retorcía el bigote.
―Siempre dije que esto tenía que suceder. Era inútil decirlo; no pensarlo era
casi imposible. ―¿Dónde puede llevarme? ―preguntó Rassendyll.
―A
un aposento que tenga cerradura y llave. Mando aquí, y cuando digo "No se
entra"... , no hay quien pase.
―Excepto
el Rey.
―El
Rey duerme. Venga.
Y el
condestable subió el primer escalón.
―¿Hay
alguien que pueda vernos? ―preguntó Rassendyll asiéndole el brazo.
―Bernenstein,
pero nos volverá la espalda.
―¿La
disciplina es buena, coronel?
―Bastante,
dados los tiempos, Majestad ―gruñó Sapt, mientras llegaban al puente.
Lo
atravesaron y entraron en el castillo.
En
el corredor estaba Bernenstein, cuyas anchas espaldas no se movieron poco ni
mucho a pesar de los pasos.
―Entre
usted aquí ―dijo Sapt, indicando la puerta de su habitación.
―Bien.
La
mano de Bernenstein se crispó, pero no volvió la cara.
Reinaba
buena disciplina en Zenda.
Pero,
precisamente en el instante en que Sapt pisaba el umbral, la puerta que
vigilaba Bernenstein se abrió sin ruido. Se levantó la espada del teniente. Un
reniego de Sapt, un sobresalto de Rassendyll. La espada de Bernenstein se bajó.
En
la puerta apareció la reina Flavia. Su rostro quedó tan pálido como el traje
blanco que vestía, porque su mirada se fijó en Rassendyll.
Los
cuatro permanecieron inmóviles un momento. Luego Rodolfo rechazó a Bernenstein,
que no había vuelto la cara, y cayendo de rodillas tomó la mano de la Reina y
la besó.
Bernenstein
podía ver entonces sin volver la cabeza, y si pudiera matar la sorpresa,
difunto quedara. Miró con fijeza indecible. El Rey estaba acostado y llevaba la
barba, y sin embargo, el Rey estaba allí, afeitado, vestido, y besaba la mano
de la Reina, que le contemplaba con mezcla de estupefacción, temor y gozo.
Nada
tenía de extraño que la Reina deseara ver al viejo Sapt y que hubiese adivinado
dónde le encontraría probablemente, porque tres veces pidió noticias de
Witenberg durante el día y siempre se le respondió con evasivas.
Quiso
saber si debía temer algo y salió de su aposento para interrogar al
condestable.
Lo
que la llenaba de terror y de una alegría casi intolerable, era la aparición de
Rodolfo en carne y hueso, y no en tristes sueños henchidos de deseos
malogrados; era sentir sus labios en la mano.
Los
enamorados no se cuidan ni del tiempo ni del riesgo; pero Sapt recordaba uno y
otro, y sin tardanza les indicó con ademán imperioso la puerta de su
habitación.
La
Reina obedeció y Rodolfo fue tras ella.
―No
permita que entre nadie y no diga una palabra ―murmuró Sapt al oído de
Bernenstein.
El
joven, aún estupefacto, supo leer, sin embargo, en los ojos de Sapt, que debía
dejarse matar antes que permitir que alguien pasase el umbral, y vigiló espada
en mano.
Eran
las once cuando llegó la Reina. A las doce el con―. destable apareció empuñando
un revólver y se puso a hablar en voz baja con Bernenstein. Este le escuchaba
con atención profunda.
Al
cabo de ocho o diez minutos Sapt se detuvo y luego dijo:
―¿Comprende
usted?
―Sí,
es maravilloso.
―¡Bah!
Algo singular y nada más.
Bernenstein
protestó encogiéndose de hombres. No se daba por convencido.
―¿Y
qué? ―preguntó Sapt, mirándole fijamente.
―Estoy
dispuesto a morir por la Reina, caballero.
―Bien.
Entonces, oiga.
Y
reanudó la explicación anterior.
Bernenstein
aprobaba de vez en cuando con una señal de asentimiento.
―Le
encontrará en la verja y le traerá aquí. No debe ir a otra parte, ¿entiende?
―Sí,
coronel.
―El
Rey estará en este aposento... , el Rey... ¿Sabe usted quién es el Rey?
―Perfectamente.
―Y
cuando la entrevista termine y nos vayamos a almorzar...
―Sí,
coronel, ya sé quién será el Rey entonces.
―Bien.
No hay que causarle el menor daño, a no ser que...
―Que
sea necesario.
―Eso
es.
Sapt
se volvió exhalando un leve suspiro.
Bernenstein
era un discípulo inteligente, pero todas aquellas explicaciones fatigaron al
coronel.
Llamó
suavemente a la puerta.
La
voz de la Reina le rogó que pasara.
De
nuevo quedó solo Bernenstein y reflexionó acerca de lo que le había pasado. El
servicio que se le pedía era tan grande que de buena gana daría la vida por
hacerlo lo mejor posible.
A la
una salió Sapt.
―Váyase
a dormir hasta las seis.
―No
tengo sueño.
―Pero
lo tendría después.
―¿La
Reina va a salir, caballero?
―Dentro
de un minuto.
―Desearía
besarle la mano.
―Espere,
pues ―dijo Sapt, sonriendo.
Transcurrieron
varios minutos antes que Rassendyll abriera la puerta y apareciera la Reina.
Estaba
pálida y lo rojo de los ojos decía que lloró, mas la expresión del semblante
revelaba dicha y alborozo. Tan pronto como la vio Bernenstein, dobló la
rodilla, le tomó la mano y la llevó a sus labios.
―¡Hasta
la muerte, señora! ―exclamó con acento tembloroso.
―Ya
lo sabía, caballero ―respondió amablemente. Luego, mirando a los tres―:
Señores, queridos amigos, en ustedes y en Fritz, herido en Witenberg, descansan
mi honor y mi vida, pues no viviré si la carta llega al Rey.
―El
Rey no la verá, señora ―afirmó el coronel Sapt:
Le
tomó la mano y la acarició con torpe cariño. Ella la tendió de nuevo a
Bernenstein. Entonces ambos saludaron militarmente, y ella pasó, seguida de
Rodolfo, que la acompañó hasta el final del corredor.
Allí
se detuvieron un instante. Los otros no vieron como Flavia asía la mano de
Rodolfo y la cubría de besos. El trató de retirarla, pues no juzgaba prudente
que ' le besara la mano, pero ella parecía no poder soltarla.
Por
fin, con los ojos fijos en los de Rodolfo, entró en su aposento, andando hacia
atrás, y cerró la puerta.
―Ahora
pensemos en lo que importa ―dijo Sapt, y Rodolfo sonrió.
El
coronel fue al aposento real y preguntó al medico si el Rey dormía bien.
Tranquilo
acerca de esto, pasó a otro departamento, llamó al camarero de turno y ordenó
que tuviesen, para las nueve en punto, dispuesto un almuerzo para Su Majestad y
para un invitado, en el aposento que conduce a la entrada del castillo nuevo.
Después
volvió al cuarto donde estaba Rodolfo, llevó una silla en el corredor, se sentó
en ella y se durmió empuñando el revólver.
El
joven Bernenstein se sentía indispuesto y le reemplazaba el condestable.
Así
pasaron en el castillo de Zenda las cuatro horas que median de las dos a las
seis de la madrugada.
A
las seis el condestable despertó y llamó a la puerta. Rodolfo Rassendyll la
abrió.
―¿Se
ha dormido?
―Ni
un minuto ―respondió Rodolfo, sonriente.
―Le
creía más enérgico.
―No
es la falta de energía lo que me ha mantenido en vela.
Sapt
se encogió de hombros y miró en torno.
Las
cortinas de la ventana estaban medio corridas, la mesa cerca de la pared y el
sillón colocado en la sombra, cerca de las cortinas.
―Hay
bastante espacio para usted ahí detrás ―dijo Rodolfo―, y cuando Rischenheim
esté sentado frente a mí, podrá ponerle la pistola junto a la cabeza, con sólo
alargar la mano.
―Sí,
me parece que así irá bien ―aseguró Sapt, con una señal de aprobación.
―¿Y
la barba?
―Bernenstein
le dirá que se ha afeitado esta mañana.
―¿Lo
creerá?
―¿Por
qué no?
―Su
propio interés le obliga a creerlo todo.
―¿Y
si hemos de matarlo?
―Sería
preciso huir. El Rey se pondría furioso.
―¿Siente
afecto por él?
―Lo
que quiere saber es el secreto de los perros.
―Es
verdad. ¿Estará usted en su sitio a la hora precisa?
―Sin
falta.
Rodolfo
Rassendyll dio una vuelta por la habitación. Era fácil advertir que lo sucedido
durante la noche le había turbado.
Los
pensamientos de Sapt se enderezaban por otro camino.
―Cuando
hayamos acabado con éste, será necesario que encontremos a Ruperto.
Rodolfo
se estremeció.
―¿Ruperto?
¿Ruperto? Claro es que debemos encontrarlo ―dijo, con expresión distraída.
La
cara de Sapt expresaba desdén. Sabía que Rodolfo sólo había pensado en la
Reina, pero su respuesta, si pensaba dar una, fue contenida por el reloj, que
daba las nueve.
―Dentro
de una hora estará aquí.
―Dispuestos
estamos a recibirlo ―respondió Rassendyll. La cercanía del peligro le avivaba.
Se miraron y sonrieron.
―Como
en otro tiempo, ¿verdad, Sapt?
―Sí,
Majestad, como en tiempo del buen rey Rodolfo. Así se preparaban a recibir al
conde de Rischenheim, en tanto que mi maldita herida me retenía prisionero en
Witenberg.
Aún
ahora siento en el alma no haber tenido el honor de tomar parte en los
acontecimientos de aquel día. Sin embargo, Su Majestad la Reina no me olvidó y
recordó que no hubiese permanecido inactivo si la suerte lo permitiera.
Sí,
hubiese trabajado con ardor.
CAPÍTULO
5
AUDIENCIA
DE REY
Llegados
a este punto de la historia que estoy relatando, ganas me dan de dejar la pluma
por temor de que una palabra pueda dañar a la Reina por cuya orden escribo, a
fin de que algún día se conozca por entero la verdad de lo ocurrido.
Relataré.
pues, los hechos sencilla y brevemente.
A
las ocho menos diez, Bernenstein, elegantemente vestido, se dirigió a la puerta
principal del castillo.
No
tuvo que esperar mucho tiempo.
A
las ocho en punto, un jinete sin acompañamiento alguno penetró en la avenida de
los carruajes.
Bernenstein
exclamó:
―¡Es
el Conde!
Y
corrió a su encuentro.
Rischenheim
se apeó, tendiendo la mano al joven oficial.
―¿Cómo
va eso, querido Bernenstein? ―preguntó.
―Veo
que es usted puntual, de lo cual me alegro, pues el Rey lo esperaba con
impaciencia.
―No
pensé que ya estuviese levantado.
―Ya
hace un par de horas. Por cierto que está de un humor de perros. Andese con
cuidado, querido Conde..., pero no quiero entretenerle. Venga.
―Dígame
qué le pasa a Su Majestad; no vaya a cometer yo alguna tontería pronunciando
una palabra que le de sagrade.
―Despertó
a las seis de la mañana y cuando el barbero se disponía a rasurarle,
encontró... siete canas. El Rey se enfureció. "¡Quíteme la barba!" Y
ya tenemos al Rey desbarbado.
―¡Ah!
―Pocos
momentos después dijo: "Recuerdo que hoy almuerza conmigo el conde de
Rischenheim. ¿Qué almuerzo se nos va a dar?" Hizo que se levantara el
cocinero y..., pero me va a reñir si me entretengo charlando. ¡Venga!
Y
Bernestein, tomando el brazo del Conde, le llevó al interior del castillo.
El
conde de Rischenheim era joven y no mucho más ducho en achaques cortesanos que
su acompañante. Aquella mañana estaba pálido.
No
le faltaba valor, pero sí otra cualidad más rara: la sangre fría y el aplomo,
quizá lo vergonzoso de su encargo trastornaba su sistema nervioso.
Sin
fijarse por dónde le llevaba el oficial, éste le condujo la sala donde estaba
Rodolfo Rassendyll.
―El
almuerzo está fijado para las nueve ―le dijo Bernenstein―, pero quiere verle a
usted antes.
―¡Ah!
―¿Quizá
tiene que decirle algo importante? ¿O es que espera noticias interesantes que
usted le trae?
―¿Yo?
No. Se trata de un asuntillo personal, pero secreto.
―¡Ah,
bien! No vaya usted a creer que le interrogo, querido Conde.
―¿Estará
solo el Rey? ―preguntó Rischenheim con inquietud.
―No
creo que haya nadie en su habitación. Tengo orden de aguardar en la antesala
hasta que el Rey me llame. Habían llegado junto a la puerta. Bernenstein se
detuvo.
―Abro
la puerta y le anuncio ―dijo.
Y
uniendo la acción a la palabra, abrió la puerta de par en par y anunció en alta
voz:
―El
conde de Luzan―Rischenheim tiene el honor de presentarse a Vuestra Majestad.
Cerró
inmediatamente y quedó en el exterior de la sala de audiencia. Sacó el revólver
y miró si estaba cargado y funcionaba bien.
El
Conde se acercó, saludando y haciendo esfuerzos para ocultar su agitación
evidente. Vio que el Rey llevaba un traje de lanilla de color oscuro. Aun
cuando estaba casi en la sombra, Rischenheim pudo ver que, en efecto, no
llevaba la barba. El Rey le tendió la mano y le indicó que se sentara en una
silla que había frente a él.
―Celebro
verle, querido Conde ―dijo el Rey.
Rischenheim
levantó la vista. La voz de Rodolfo, tan exactamente parecida antes a la del
Rey, sonaba ahora de un modo más recio, con un vigor que no tenía ya la del
monarca.
Al
levantar los ojos se agitó levemente una de las cortinas de la ventana, pero no
lo notó el visitante. El Rey, en cambio, se fijó en el efecto que produjo su
voz, y cuando habló de nuevo lo hizo en voz más baja.
―Celebro
que haya venido, pues no puede figurarse cómo me preocupa eso de los perros. No
alcanzo a que tengan el pelo lustroso y fino como los de usted. Hemos probado
muchas cosas, pero en vano.
―Celebraré
poder decirle..., pero, si me atreví a pedirle audiencia fue para...
―¡Ea!,
no. se escapa usted de decirme cómo se las compone para lograr que tengan ese
pelaje sus perros, y eso antes que venga Sapt, pues quiero saberlo yo solo.
―¿Su
Majestad espera al coronel Sapt?
―Dentro
de unos veinte minutos ―respondió el Rey, mirando el reloj que había sobre la
chimenea.
Desde
aquel momento Rischenheim sólo pensó en entregar su mensaje antes que llegara
Sapt.
―Pelechan
tan bien sus perros...
―Perdóneme,
Señor, pero...
―Tienen
el pelo tan largo y suave, que desespero de...
―Tengo
que comunicar a Su Majestad un mensaje de los más urgentes e importantes
―continuó Rischenheim.
Rodolfo
se trepó en el sillón como si sintiera, contrariedad e impaciencia.
―¡Ea!
¡Dígame lo que debo saber, Conde! Acabemos, y luego hábleme de los perros.
Rischenheim
miró en torno. Las cortinas estaban inmóviles. El Rey acariciaba el mentón con
la mano izquierda y tenía la derecha oculta bajo la mesilla que le separaba de
su huésped.
―Señor,
mi primo, el conde de Hentzau, me ha confiado un encargo...
―No
quiero tener ninguna relación directa ni indirecta con esa persona ―replicó el
Rey.
―Perdóneme,
Señor. Un documento de importancia capital para Su Majestad ha caído en manos
del Conde.
―Este
ha incurrido en mi más profundo desagrado.
―Con
intención de expiar sus faltas, me envía hoy aquí. Se trata de una conspiración
contra el honor de Su Majestad.
―¿Quién
ha tramado esa conspiración, señor conde? ―preguntó Rodolfo con frialdad.
―Personas
que tocan muy de cerca a Su Majestad, y ocupan un lugar preferente en su
afección.
―Nómbrelas.
―No
me atrevo, Señor. No me creería. Pero Su Majestad tendrá la prueba escrita.
―Enséñela.
―Tengo
Sólo una copia...
―¿Una
copia? ¡Señor conde!...
Esto
lo dijo el Rey con acento desdeñoso.
―Mi
primo tiene el original y lo enviará cuando Su Majestad ordene. La copia de una
carta de Su Majestad la...
―¿La
Peina?
―Sí,
Señor. Va dirigida a...
Rischenheim
se detuvo.
―¿A
quién, señor conde, a quién?
―A
un señor Rodolfo Rassendyll.
Rodolfo
representó muy a lo vivo su papel.
No
afectó indiferencia, sino que le tembló la voz, cuando alargó la mano y dijo en
voz baja:
―¡Démela,
démela!
Rebrillaron
los ojos del delator. Su revelación causaba efecto. ¡Adiós perros!
Evidentemente había despertado las sospechas del Rey y sus celos.
Añadió:
―Mi
primo creyó de su deber entregarla a Su Majestad. La obtuvo...
―¡Ira
de Dios! ¿Qué me importa cómo se la procuró? ¡Venga!
Rischenheim
desabrochó el chaleco.
Se
vio un revólver que llevaba sujeto por el cinturón. Soltó la pata de una
faltriquera del interior del chaleco y sacó un papel.
Pero
Rodolfo, por mucho imperio que tuviera sobre sí mismo, era, al fin y al cabo,
un hombre. Cuando vio el papel, se abalanzó para arrebatárselo, levantándose a
medias del sillón.
Resultó
de ello que su cara quedó iluminada. Al levantar la vista Rischenheim vio que
el Rey le devoraba con la mirada y sus ojos encontraron los de Rassendyll.
Sintió
una :sospecha repentina, pues el rostro, aunque era el del Rey, expresaba una
resolución severa y revelaba un vigor que no eran propios del monarca.
En
aquel momento la verdad, o un destello de verdad, atravesó su cerebro como un
relámpago.
Lanzó
un grito ahogado. Con una mano estrujó el papel, con la otra empuñó el
revólver. Pero era ya tarde. La mano izquierda de Rodolfo oprimió la suya como
pudiera hacerlo una tenaza, el revólver de Rodolfo estaba apoyado en su sien y
un brazo salía de entre las cortinas apuntando otro revólver a su, frente, en
tanto que una voz burlona decía:
―Hará
bien en achantarse.
Y
Sapt salió de su escondite.
Rischenheim
quedó mudo ante aquella transformación. Parecía que únicamente podía hacer una
cosa: mirar a Rodolfo Rassendyll.
Sapt
no perdió tiempo; arrancó el revólver del conde y lo ocultó en su bolsillo.
―Ahora,
tome el papel ―dijo a Rodolfo.
Este
se apoderó del documento.
―Vea
si es el bueno. No, no lo lea ahora. ¿Es el que necesitamos? ¿Sí? Bien. Ahora
apúntele el revólver: voy a registrarle. ¡Levántese, caballero!
Cuando
Sapt estuvo convencido de que no llevaba ningún otro documento, le permitió que
se sentara.
Como
continuara mirando a Rassendyll, éste le dijo sonriendo:
―Me
parece que ya me ha visto usted en otras ocasiones; en Strelsau, cuando Yo
estaba allí. Ahora, dígame dónde está su primo.
Su
plan era averiguar el paradero de Ruperto y correr a su encuentro.
Pero
apenas acababa de hablar Rodolfo, llamaron a la puerta.
Entró
Bernenstein.
―Acaba
de pasar el ayudante de cámara del Rey. Busca al coronel Sapt. El Rey paseó por
la avenida y supo que había llegado Rischenheim.
Luego
dirigiéndose directamente a Sapt, añadió:
―He
dicho al criado que usted había llevado al .conde a dar una vuelta por el
parque; que ignoraba dónde estaban. Parece que el Rey vendrá de un momento a
otro.
Sapt
reflexionó un instante y luego se acercó al conde.
―Ya
hablaremos luego ―dijo en voz baja―. Ahora va usted a almorzar con el Rey... Yo
estaré allí y Bernenstein también. Acuérdese de que no ha de decir una palabra,
ni una sola, de lo que aquí le traía. A la menor alusión, tan cierto como es de
día, le pego un tiro. Mil reyes no me detendrán. Póngase detrás de las
cortinas, Rodolfo. Si hay alarma, salte al foso y nade.
―Bien.
Allí podré leer la carta.
―¡Quémela,
loco!
―Después
de leerla me la comeré si quiere, pero no antes. Bernenstein apareció otra vez.
―El Rey viene ―murmuró.
―¿Ha
oído usted lo que he dicho a Rischenheim?
―Sí.
―Entonces
ya sabe su papel... Ahora, señores, esperemos a Su Majestad.
―¡Ea!
¿He de esperar mucho rato? ―preguntó una voz colérica.
Rodolfo
Rassendyll se ocultó. Rischenheim permaneció inmóvil. Bernenstein dijo que el
ayuda de cámara había paasado hacía sólo un momento y que estaba a punto de ir
a presentarse a Su Majestad.
Entonces
el Rey, pálido y barbudo, entró en la habitación.
―Celebro
verle, conde. Si me hubiesen dicho que estaba usted aquí, no esperaba. Esto
está muy oscuro. Abra las ventanas y corra las cortinas, Sapt.
Y el
Rey se dirigió hacia la cortina que ocultaba a Rassendyll.
―Permítame,
Señor ―dijo Sapt, adelantándose al monarca.
Una
mirada maliciosa brilló en los ojos de Rischenheim.
―El
caso es, Señor ―dijo el condestable interponiéndose entre el Rey y la cortina―,
que nos interesaba tanto lo que decía el conde, de los perros...
―¡Toma!
―exclamó el Rey―. Es verdad, olvidaba... Dígame, conde...
―Perdone,
Su Majestad ―dijo Bernenstein―. El almuerzo aguarda.
―Sí,
eso es. ¡Venga, conde! Así mataremos dos pájaros de una pedrada. Comeremos y
hablaremos de los perros. Venga, Bernenstein, y usted también, coronel.
Salieron.
Sapt se detuvo para cerrar la puerta con llave.
―¿Por
qué cierra con tanto cuidado, coronel?
―Porque
tengo papeles importantes en mi mesa.
―¿Por
qué no cerrarlos en el cajón?
―Allí
están, peno perdí la llave.
El
conde de Rischenheim no almorzó muy a gusto.
Se
sentó enfrente del Rey. Detrás del sillón de éste se colocó el condestable, y
Rischenheim vio el cañón del revólver que le apuntaba, apoyado en el respaldo
del sillón. Bernenstein estaba de pie junto a la puerta, rígido, inmóvil.
Rischenheim
se volvió una vez hacia él y encontró su mirada, fija y significativa.
―Veo
que apenas come usted ―dijo el Rey―. ¿Acaso está indispuesto?
―No,
estoy algo turbado.
―Pues
hábleme de los perros, en tanto que yo coma, pues tengo verdadera hambre.
El
conde habló de su secreto para que echaran buen pelo los perros, pero lo dijo
de un modo tan desdibujado y confuso que el Rey se impacientó.
―¡No
le entiendo! ―dijo con enfado, y apartó la silla de la mesa tan bruscamente que
Sapt dio un salto atrás y ocultó el revólver.
―Señor...
―dijo Rischenheim levantándose a medias. Una tos del teniente de la guardia le
interrumpió.
―¡Repítame
cuanto me ha dicho! ―ordenó Al Rey. Rischenheim obedeció.
―Ahora
entiendo algo más. ¿Verdad, Sapt?
Y
volvió la cabeza hacia el condestable.
Este
apenas tuyo el tiempo preciso para ocultar el arma.
Bernenstein
tosió de nuevo. El conde se echó hacia atrás.
―Yo
entiendo perfectamente lo que el conde desea decir a Su Majestad.
―Yo,
sólo la mitad ―repuso el Rey―. Pero quizá ello baste.
―Creo
que sí ―respondió Sapt, riendo.
Una
vez zanjado el grave asunto de los perros, el Rey recordó que el conde le había
pedido audiencia para un asunto personal.
―Bueno,
¿qué es lo que quería usted decirme? ―preguntó con expresión aburrida.
Rischenheim
miró a Sapt.
El
revólver estaba a la vista y Bernenstein tosía. Sin embargo, se ocurrió una
solución salvadora.
―Dispénseme,
señor, pero no estamos solos.
El
Rey enarcó las cejas.
―¿Tan
secreto es el asunto?
―Preferiría
hablar con Su Majestad a solas.
Sapt
estaba decidido a no dejar al conde con el Rey. Lo menos que le diría es que
Rodolfo Rassendyill estaba en el castillo.
Inclinándose
sobre el hombro del soberano, dijo con acento sarcástico:
―Parece
que los mensajes del conde de Hentzau son harto preciosos para nuestros
humildes oídos.
El
Rey enrojeció.'
―¿Se
trata de eso? ―preguntó severamente al conde.
―Su
Majestad ignora que éste...
―Quiere
volver aquí ―interrumpió el Rey―. Ya me lo figuro. ¿Acaso me equivoco?
Hubo
un momento de silencio. Sapt mostró más ostensible el arma.
Rischenheim
vacilaba. Comprendía que a toda costa sus enemigos estaban dispuestos a impedir
que hablase. Abrió, sin embargo, la boca para hablar, pero permaneció
silencioso.
―En
fin, ¿de qué se trata? ―insistió el Rey, impaciente. Tampoco habló el conde.
―¿Acaso
se ha vuelto usted mudo, caballero?
―Es...
lo que Su Majestad dice.
―En
tal caso ―replicó el Rey―, permítame que le diga que no debió pedirme una
audiencia para eso. Ya conoce mi decisión y su primo, mejor que usted todavía.
Al
decir estas palabras, el Rey se levantó.
Sapt
se metió el revólver en la faltriquera, pero Bernenstein tiró de la espada y
presentó el arma.
―Querido
Rischenheim ―declaró el Rey con mayor afabilidad―, comprendo que su amistad
para su primo le haya movido a dar este paso, pero en esta circunstancia no
puedo excusarla. Hágame el favor de no insistir. Rischenheim, humillado y
furioso, se inclinó profundamente.
―Coronel
Sapt, cuide de que el conde esté bien atendido.
Supongo
que tengo el caballo ensillado. Adiós, conde. Vamos, Bernenstein.
Este
miró a Sapt, que le hizo una señal tranquilizadora. Salió el Rey.
Al
cerrarse la puerta, Rischenheim, furioso y viendo que sólo tenía que habérselas
con un hombre, se precipitó hacia la puerta. Llegó a ella. Iba a abrir. Pero
Sapt le alcanzó y le puso el revólver junto a la oreja.
El
Rey se detuvo en el corredor oyendo el ruido que hacían los pasos rápidos de
aquellos dos hombres.
―¿Qué
demonios hacen ahí? ―preguntó.
―No
sé, señor.
―Deténgase
un instante, Bernenstein. El oficial obedeció.
―Nada
se oye.
―Es
cierto. ¿Vamos hacia la puerta, Majestad?
―Andando
―respondió el Rey, riendo.
En
el interior del cuarto de Sapt, Rischenheim estaba de pie junto a la puerta,
pálido y jadeante. Sapt, burlón y sereno, revólver en mano.
―Hasta
que llegue al cielo, señor conde, no estará tan cerca de él como lo ha estado
hace un momento. Si hubiese abierto la puerta, le hubiese matado.
Llamaron
a la puerta.
―¡Abra!
―dijo bruscamente Rischenheim.
Ahogando
una blasfemia, obedeció el conde.
Un
criado presentó un telegrama en una bandeja.
―¡Tómelo!
―dijo Sapt, y Rischenheim alargó la mano.
―Dispense,
monseñor ―dijo el criado―. Este despacho es para usted.
―¡Tómelo!
―repitió Sapt.
―¡Démelo
usted! ―indicó el conde al criado. Y tomó el sobre.
El
criado salió.
―¡Abralo!
―mandó Sapt.
―¡Maldito
sea! ―exclamó. Rischenheim.
―¡Qué!
No importa que sepa usted mis secretos. Abra el despacho.
El
conde lo abrió.
―Si
lo rompe o lo estruja lo mato. Ya sabe que soy hombre de palabra. Ahora lea.
―No
leeré.
―Lea,
o encomiéndese a Dios. Y dio un paso adelante.
Desplegó
el conde el telegrama y luego miró a Sapt.
―¡No
entiendo! ―gruñó.
―Quizá
yo podré ayudarle.
―No
es más que una...
―Lea,
señor conde, lea ...
Leyó:
"Holf,
19, Konigstrasse."
―Muchas
gracias. ¿De dónde viene eso?
―De
Strelsau.
―Vuelva
el papel de modo que yo pueda verlo. Ver es creer. Gracias. ¿No comprende
usted, conde?
―No
entiendo lo que significa.
―Es
raro. Yo lo adivino.
―Es
usted muy hábil.
―La
cosa es fácil de adivinar.
―Veamos
lo que le dice su superior inteligencia ―respondió Rischenheim, procurando
aparecer sereno y sarcástico:
―Creo,
señor conde, que este despacho es una dirección.
―¿Una
dirección? No conozco ningún hombre que se llame Holf.
―No
se trata de uno que se llama Holf.
―¿De
quién, pues?
―Se
me figura que ésta es la dirección del conde Ruperto de Hentzau.
Pronunciando
estas palabras miró de hito en hito a Rischenheim; luego, rezongando, se puso
el revólver en el bolsillo y saludó al conde.
―Gracias
por todo ―dijo.
CAPITULO
6
LA
TAREA DE LOS SERVIDORES DE LA REINA
El
médico que me había cuidado en Witenberg era, no solamente discreto, sino
indulgente. Quizá comprendió que no hacía un favor a un enfermo que deseaba
levantarse, tenerlo días y días en la cama.
Sea
lo que fuere, el caso es que me puse en camino doce horas después de haberse
marchado Rodolfo.
Así
llegué s Strelsau el mismo día que el conde Rischenheim era recibido en
audiencia por el Rey en Zenda.
Tan
pronto como llegué, envié por James una carta al condestable, dándole cuenta de
todo lo ocurrido y poniéndome a sus, órdenes.
Sapt
recibió el despacho y sus indicaciones prestaron un buen servicio a él y a
Rodolfo Rassendyll.
Cuando
lo recibió celebraba un consejo de guerra con Bernenstein y Rodolfo Rassendyll.
Asistía a él, abatido y apesadumbrado, el conde Rischenheim, a quien no se
atrevían a soltar los defensores de la Reina, pues pensaban que, a pesar de las
promesas y juramentos que hiciera, era muy capaz de continuar favoreciendo la
causa de su primo, lo cual sería una traición y al mismo tiempo podía acarrear
graves consecuencias para la Reina, que era lo que a toda costa se debía
evitar.
Los
tres campeones estaban decididos a defender a su soberana hasta la muerte, y
para conseguirlo deliberaban.
Bernenstein
se mostraba alegre y confiado; Sapt, rudo y sereno; Rassendyll, perspicaz y
tranquilo.
La
Reina esperaba en sus habitaciones el resultado de aquel consejo, dispuesta a
seguir la línea de conducta que le trazaran aquellos hombres en cuya adhesión
tenía una confianza sin límites, pero determinada a ver a Rodolfo antes de que
saliera del castillo.
Hablaban
en voz baja a fin de que no se enterara el prisionero. De pronto, Sapt tomó un
papel y escribió en él unas líneas. Era un mensaje para mí. Me decía que
acudiese inmediatamente, porque necesitaban mi inteligencia y mi brazo.
Continuó
la deliberación. Rodolfo era quien hablaba, porque lo que se discutía en el
consejo era el plan atrevido que había concebido. Sapt se retorcía el mostacho
y neaba la cabeza en son de duda.
―Sí,
sí ―murmuraba Bernenstein.
―Es
peligroso, pero creo que es el mejor ―afirmó Rodolfo―. Si se acuerda seguirlo,
he de estar aquí hasta la noche. ¿Es posible?
―No
―resolvió Sapt―, pero puede usted ocultarse en el bosque hasta que yo me le
reúna.
―Hasta
que nosostros nos le reunamos ―corrigió Bernenstein.
―No
―replicó el condestable―. Es preciso que usted permanezca aquí vigilando a ese
"amigo" E indicaba al conde.
―Piense
usted que es por el servicio de la Reina ―añadió.
―Además
―dijo Rodolfo, sonriendo―, ni el coronel ni yo le permitiríamos atacar a
Ruperto. Es una pieza que hemos de cobrar nosotros.
El
coronel aprobó con un ademán. Rodolfo, a su vez, tomó papel y escribió:
"Holf,
19, Kónigstrasse.
"Strelsau.
"Todo
va bien. Tiene lo que yo tenía; pero desea ver lo que tiene usted. El y yo
estaremos en el pabellón de caza esta noche a las once. Tráigalo y venga a
vernos. Nadie sospecha. L. R."
Rodolfo
enseñó lo escrito a Sapt. Bernenstein lo leyó ávidamente, mirando por encima
del hombro del condestable.
―No
sé si yo caería en el garlito ―masculló Sapt.
―Pero
Ruperto de Hentzau acudirá. ¿Por qué no? Comprenderá que el Rey desea verle sin
que lo sepan la Reina y usted, Sapt, puesto que usted es amigo mío. ¿Qué sitio
mejor puede escoger el Rey que el pabellón de caza, que es adonde va citando
quiere estar solo? Esta carta le atraerá, no lo dude. Además, Ruperto vendría
aun cuando abrigara sospechas; ya conoce su osadía. Pero, ¿qué motivos tiene
para sospechar?
―Pueden
tener una clave.
―No,
porque en tal caso la empleara cuando envió la dirección.
―Y,
¿cuándo vendrá?. .. ―preguntó Bernenstein.
―Cuando
venga, encontrará al Rey que encontró Rischenheim, y Sapt a su lado.
―Pero
le conocerá.
―Sí,
creo que me reconocerá ―respondió sonriendo Rodolfo―. Entretanto, conviene que
venga Fritz para vigilar al Rey.
―¿Y
Rischenheim?
―Eso
es cuenta suya, teniente. Sapt, ¿hay alguien en Tarlenheim?
―No.
El conde Estanislao lo puso a disposición de Fritz.
―Perfectamente.
Entonces los dos amigos de Fritz irán allí a caballo hoy. El condestable de
Zenda dará un permiso de veinticuatro horas al teniente y ambos amigos pasarán
el día y la noche en Tarlenheim. El teniente y Fritz no perderán un instante de
vista al conde de Rischenheim, y pasarán la noche en la misma habitación que
él. Uno de ellos no pegará los ojos, y el otro empuñará el revólver.
―Perfectamente,
caballero.
―Si
trata de escapar o dar la alarma, pegadle un tiro en la cabeza y pasad la
frontera. Poneos en seguridad y dadnos noticias de dónde estáis, si es posible.
―Bien
―dijo simplemente Bernenstein.
Sapt
había tenido acierto en su elección, Bernenstein era un mozo de pelo en pecho y
muy adicto a la Reina.
Un
movimiento de impaciencia y un suspiro de cansancio que escapó de Rischenheim,
les llamó la atención.
Había
procurado cazar alguna palabra al vuelo de lo que decían los tres amigos, pero
éstos fueron prudentes y nada pudo oír. Renunciando a ello, cayó en una especie
de apatía.
―No
creo que le cause muchas inquietudes ―murmuró Sapt a Bernenstein, designando al
prisionero.
―De
todos modos esté ojo avizor ―indicó Rodolfo al teniente.
―Sí,
es un buen consejo ―replicó el condestable―. ¡Estábamos bien gobernados cuando
este Rodolfo era rey!
―Yo
fui también un buen súbdito ―afirmó Bernenstein.
―Sí,
y herido a su servicio ―añadió Rodolfo, que recordaba que dispararon los
rebeldes contra el teniente en el parque de Tarlenheim, cuando aún era casi t.1
niño, tomándole, a causa de su alta estatura, por Rassendyll.
Tenían,
pues, aprobado su plan. Si podían continuar teniendo a Rischenheim lejos del
lugar de la acción, podrían engañar a Ruperto y matarle, pues tal era su
objeto.
―No
vacilaremos un momento en quitarle de en medio ―dijo el condestable― ; el honor
de la Reina lo exige y el miserable es un asesino.
Bernenstein
se levantó y salió. Su ausencia duró media hora.
Durante
ese tiempo Rodolfo y Sapt explicaron al prisionero lo que pensaban hacer de él.
Les escuchó con expresión aburrida y como con cansancio.
Cuando
le preguntaron si trataría de resistir, río con amargura.
―No
sé cómo me las compondría para ello. De seguro que recibiría un balazo.
―Sin
duda alguna ―respondió Sapt―. Hará usted bien en ser prudente.
―Permítame,
señor Rischenheim ―dijo Rassendyll― que le dé un consejo: si sale usted bien
librado de este lance, procure añadir el honor a la prudencia y la
caballerosidad al honor. Tiene aún tiempo para llegar a ser un hidalgo.
El
preso le echó una mirada furiosa y Sapt una burlona.
Algunos
instantes después volvió Bernenstein.
Los
caballos esperaban en la verja del castillo.
Después
de cambiar un apretón de manos, indicó con un ademán al prisionero que le
siguiera, y salieron juntos como un par de buenos compañeros.
La
Reina les vio salir y notó que Bernenstein permanecía algo rezagado y que
apoyaba la diestra en el arzón donde llevaba las pistolas.
La
mañana avanzaba rápidamente y era peligroso para Rodolfo la estancia en el
castillo. Sin embargo, estaba decidido a ver a la Reina antes de partir.
Aquella
entrevista no presentaba grandes dificultades, porque la Reina tenía la
costumbre de conferenciar en aquella habitación con el condestable.
Lo
más dificultoso sería hacer salir luego de incógnito a Rodolfo.
Para
facilitar aquella salida el condestable avisó que a la una de la tarde las
tropas maniobrarían en la explanada y que toda la servidumbre podría presenciar
el espectáculo.
Así
esperaba alejar a los curiosos del camino del inglés.
Le
indicaría un punto de cita en lugar alejado de todo camino y es difícil que en
el bosque topen dos personas como una de ellas no lo quiera.
Mientras
Sapt tomaba estas medidas de precaución, la Reina fue al aposento donde estaba
Rassendyll. Se acercaba el mediodía y Bernenstein hacía media hora que había
partido.
Sapt
acompañó a la soberana hasta la puerta y dio orden de que Su Majestad no quería
ser molestada bajo ningún pretexto. Le dijo también, de manera que lo oyeran
los criados, que él volvería tan pronto como pudiera, y cerró respetuosamente
la puerta.
No
sé exactamente lo qué pasó en aquella entrevista. Su Majestad me dijo, o mejor,
dijo a mi mujer, para que ésta me lo repitiera. que, ante todo, el señor de
Rassendyll le indicó el proyecto que tenía, y que aun cuando temblaba a la idea
de un encuentro con Ruperto de Hentzau, amaba tanto a Rodolfo y le inspiraba
una confianza tan absoluta, que no dudaba de que saldría vencedor.
Ella
dijo que no se perdonaría nunca haberle expuesto a tales peligros por su
malhadada idea de escribirle. Entonces él, sacando la carta que arrebatara a
Richenheim y besándola, dijo:
―Si
tuviese tantas vidas como palabras contiene esta carta, con gozo las daría
todas por cada una de esas palabras.
―Sí,
pero sólo tiene usted una vida, y esa me pertenece. ¿Había usted pensado que
volveríamos a vernos? ...
―Lo
ignoraba.
Estaban
de pie uno frente al otro.
―Pues
yo lo sabía ―declaró ella―. Siempre he pensado que volveríamos a vernos otra
vez. Ignoraba cómo y dónde, pero sabía lo principal. Y por ello he vivido,
Rodolfo.
―¡Dios
la bendiga! ―exclamó él.
―Sí,
he vivido, a pesar de todo.
El
le estrechó la mano, pues comprendía lo que significaban tales palabras.
―¿Durará
mucho eso? ―preguntó Flavia de pronto, estrechándole las manos.
Y un
instante después añadió:
―¡No,
no! ¡Basta de penas! No quiero entristecerle más; casi estoy contenta de haber
escrito esa carta y de que me la hayan robado, pues así sé que lucha usted por
mí, por mí sola, Rodolfo, no por el Rey, sino por mí.
―Sí,
dulce amada, y no tema, venceremos.
―Sí,
vencerá usted y luego partirá.
Y
soltando las manos de Rodolfo se cubrió la cara con las suyas.
―¿Lleva
usted mi sortija? ¿Siempre? ―murmuró a través de los dedos.
―Sin
duda.
―¿Y
no hay... otra persona?...
―¡Reina
mía!
―¡Ya
lo sabía! Si, lo sabía.
Y
tendióle las manos implorando su perdón. Después dijo rápidamente:
―Rodolfo,
la noche pasada soñé que estaba en Strelsau. Todos hablaban del Rey y el Rey
era usted. Yo era su Reina. Pero no podía verle claramente. De cuando en cuando
le entreveía y entonces procuraba decirle que usted era el Rey. Sí; el coronel
Sapt y Fritz trataban de decírselo y el pueblo afirmaba que usted era el Rey.
Pero su rostro era rígido y pálido y usted parecía no oír lo que decían, ni
siquiera lo que decía yo. Dijérase que estaba usted muerto y, sin embargo, era
Rey. ¡Ah! No hay que morir, ni aun para ser rey ―añadió Flavia poniéndole una
mano en el hombro.
―Alma
mía ―replicó Rodolfo―, en los sueños, los deseos y los temores se entreveran de
extraño modo. Así pensaba usted verme rey y difunto. Y, sin embargo, no soy
rey, y en cambio estoy vivo y sano. Mil gracias, sin embargo, por haber soñado
conmigo.
―Pero,
¿qué es lo que eso podía significar? ―preguntó de nuevo.
―Cuando
yo sueño de continuo con usted, eso quiere decir que la amo.
―¿Significará
mi sueño lo mismo?
Ignoro
lo qué pasó luego. Creo que la Reina no diría nada más a mi mujer, pero a veces
las mujeres se comunican secretos que no quieren confiar a los hombres. No
quisiera saber todos los secretos, porque a veces hay algo en ellos que se debe
condenar.
Pero
en realidad poco pudo ocurrir, porque apenas explicado el sueño entró el
coronel Sapt, diciendo que toda la servidumbre acudía a ver las maniobras.
Con
acento breve el condestable rogó a Rodolfo que bajara a las caballerizas para
montar.
―No
hay un minuto que perder ―dijo.
Y su
mirada ,parecía reprochar a la Reina las palabras que dirigía a su amado.
Pero
Rodolfo no quería partir tan bruscamente. Amenazó a Sapt con el dedo, riendo, y
de nuevo mire a la Reina.
Quiso
arrodillarse ante ella, pero no lo permitió Flavia. Miráronse con dolor y, de
pronto, ella le atrajo y le besó en la frente, diciendo:
―¡Dios
le acompañe, Rodolfo, paladín mío! Y dejó caer las manos con abatimiento.
Se
dirigía hacia la puerta, cuando un ruido le detuvo en mitad del camino.
Sapt
corrió hacia el umbral tirando de la espada. Con paso rápido se detuvo junto a
la puerta.
―¿Es
el Rey? ―murmuró Rodolfo.
―No
lo sé ―respondió Sapt.
―No
es el Rey ―afirmó la Reina con seguridad grande. Esperaron. Resonó un golpe
discreto en la puerta. No contestaron. Entonces sonó otro golpe más recio.
―Hay
que abrir ―dijo Sapt―. ¡Ocúltese detrás dé las cortinas, Rodolfo!
La
Reina, se sentó. Sapt amontonó papeles delante de ella, como si estuviesen
ambos examinando documentos cuando llamaron.
Pero
aquellos preparativos fueron interrumpidos por un grito ahogado de impaciencia:
―¡Vivo!
¡Aprisa!
Reconocieron
la voz de Bernenstein.
La
Reina se levantó ansiosa. Rodolfo salió de su escondite.
Sapt
abrió.
Entró
el teniente, pálido y jadeante.
―¿Qué
hay?
―¡Se
ha escapado! ―exclamó Rodolfo.
―¡Sí,
escapó! Cuando tomábamos el camino de Tarlenheim, me dijo: "¿Iremos al
paso todo el camino?" Me sonrió la idea de ir más aprisa y tomé el trote.
¡Ah, que imbécil fui!
―Continúe..
.
―Pensaba
en él, en lo que yo debía hacer, en el arma que tenía apercibida...
―En
todo, menos en el caballo, ―replicó Sapt con una sonrisa irónica.
―Sí,
el caballo tropezó y yo caí sobre su cuello. Alargué el brazo para agarrarme y
me cayó el revólver.
―Y
él lo vio.
―¡Sí,
maldito sea! Vaciló un instante, sonrió y hundiendo las espuelas en los ijares
del caballo tomó a campo traviesa la dirección de Strelsau. En un instante
estuve en tierra y disparé tres veces.
―¿Le
hirió usted? ―preguntó Rodolfo.
―Creo
que sí. Cambió las riendas de mano y se miró el brazo. Yo monté de nuevo y le
perseguí, pero su caballo era mejor y ganó terreno. Como acudía gente, no me
atreví a disparar de nuevo. Le dejé, pues, y vine para prevenirles. ¡No sirvo
para nada!
Y
con el semblante contraído por el dolor y la vergüenza, se dejó caer en una
silla, olvidando que la Reina estaba presente.
Sapt
no se cuidó de los reproches que se dirigía, pero Rodolfo le consolé diciendo:
―Ha
sido un accidente; no tiene usted la culpa.
La
Reina se levantó y se dirigió hacia él. Bernenstein se puso en pie.
―No
se agradece el éxito, sino la intención, caballero. Y le tendió la mano.
Era
joven, y lloró como un niño.
―Permítanme
reivindicarme ―replicó.
―Señor
Rassendyll ―dijo la Reina―, le agradeceré que emplée de nuevo a este caballero
en servicio mío. Le debo mucho y deseo deberle más.
Reinó
silencio durante unos segundos.
―¿Qué
hacemos? ―preguntó Sapt―. Ha ido a Strelsau.
―Impedirá
que Ruperto acuda a la cita.
―Quizá
sí, quizá no.
―Hay
que pensar que será sí.
―Hay
que prever ambas cosas. Sapt y Rodolfo se miraron.
―Conviene
que permanezca usted aquí ―dijo Rodolfo al condestable―. Yo iré a Strelsau.
La
Reina no pronunció palabra, pero se le acercó y le puso la mano en el brazo.
El
la miró, sonriente.
―Sí,
iré a Strelsau y veré a Ruperto y a Rischenheim también. Están en la ciudad.
―¡Lléveme
consigo! ―dijo Bernenstein con ardor. El condestable meneó la cabeza.
El
semblante de Bernenstein se ensombreció.
―No
se trata de eso muchacho ―dijo Sapt con bondad e impaciencia a un tiempo―. Le
necesitamos aquí. Suponga que Ruperto viene aquí con Rischenheim.
Cabía
en lo posible.
―Usted
estará aquí, condestable ―respondió Bernenstein― y Fritz de Tarlenheim llegará
dentro de una hora.
―Sí,
muchacho ―replicó Sapt―, pero cuando peleo contra Ruperto de Hentzau, no es
malo tener un hombre de recambio ―y acompañó estas palabras con una sonrisa
cuidándose bien poco de lo que podía pensar el teniente de su valor. Y añadió―:
Vaya usted a buscar un sombrero para el señor Rassendyll.
Bernenstein
salió corriendo. La Reina exclamó:
―¿Va
usted a enviar a Rodolfo contra dos adversarios?
―¿Por
qué no? Creo que la empresa no es superior a sus fuerzas.
No
podía leer en el corazón de la Reina. Esta miró a Rodolfo con mirada
suplicante.
―Es
preciso que vaya ―dijo con dulzura―. Necesita a Bernenstein aquí y yo debo ir
allá.
La
Reina no replicó. Rodolfo se acercó a Sapt.
―Lléveme
a los establos. ¿Hay un buen caballo? No me atrevo a tomar el tren. ¡Ah! Aquí
viene el teniente con el sombrero.
―Con
el caballo que le daré, estará usted en Strelsau esta noche ―dijo Sapt―.
¡Venga! Bernenstein, quédese aquí con Su Majestad.
Al
llegar al umbral, Rodolfo se volvió hacia la Reina, que parecía la estatua del
dolor. Luego siguió al condestable y pudo montar a caballo sin que nadie le
viera, porque toda la servidumbre estaba presenciando las maniobras.
―Este
sombrero no encaja ―dijo Rassendyll.
―¿Preferiría
una corona? ―sugirió Sapt. Sonrió Rodolfo y preguntó:
―¿Cuáles
son sus órdenes?
―Vaya
por el bosque hasta Holfau y luego ya conoce el camino. No llegue a Strelsau
hasta haber anochecido.
Luego,
si tiene necesidad de un cobijo...
―Iré
a Tarlenheim. Y de allí a donde quedamos.
―Sí.
¿Y... Ruperto?
―¿Qué?
―Acabe
con él esta vez.
―¡Dios
lo quiera! Pero será si va al pabellón de caza.
―Eso
es.
―Irá
si, Rischenheim no le previene. ¿Y si viene aquí?
―Bernenstein
morirá antes de permitir que vea al Rey.
―¡Sapt!
―¿Qué?
―¡Cuide
de ella!
―Esté
tranquilo.
―¡Adiós!
―¡Buena
suerte!
Rodolfo
se alejó al trote corto, por el camino que se dirigía al bosque.
Al
cabo de cinco minutos desapareció entre los árboles, sin encontrar más que
algunos labriegos que ni se fijaron en él.
Así
es cómo Rassendyll partió hacia Strelsau por el bosque de Zenda. Con una hora
de ventaja galopaba delante de él Rischenheim, ardiendo en odio y deseos de
venganza.
La
partida estaba empeñada. ¿De quién sería la victoria?
CAPITULO
7
EL
MENSAJE DE SIMÓN EL GUARDABOSQUE
Recibí
el telegrama del condestable en mi casa de Strelsau, a la una de la tarde. Es
inútil añadir que me dispuse a acudir al llamamiento. Mi mujer protestó, no sin
alguna apariencia de razón, debo confesarlo, declarando que no me encontraba en
estado de soportar fatigas.
―No
podía hacerle caso. James, al saber que debía marchar, me trajo un horario de
ferrocarriles. Con gran sentimiento supe que no había tren hasta las cuatro de
la tarde, de modo que no podríamos llegar al castillo hasta las seis. No era
muy tarde, pero deseaba llegar lo antes posible.
―Podría
usted ver si le es posible obtener un tren es pecial, señor conde. Si así le
parece, puedo ir a la estación y evitarle a usted trabajo.
Consentí.
Estando empleado en la Real Casa, podía pedir un tren especial sin despertar
sospechas.
James
salió y al cabo de un cuarto de hora subía a un coche para ir a la estación.
Cuando
los caballos estaban a punto de partir, se me acercó el mayordomo:
―Dispense,
monseñor, pero Bauer no ha vuelto con su señoría. ¿Debe volver?
―No.
Le despedí.
―No
hay que fiar en esos extranjeros. ¿Y la maleta de su señoría?
―¡Cómo!
¿No la ha enviado? Sin embargo, le di orden de que lo hiciera.
―Pues,
no ha llegado.
―Es
capaz de haberla robado.
―¿Quiere,
su señoría, que dé parte al Juzgado? Fingí reflexionar un momento.
―No;
espere a que vuelva. Quizá llegará esa maleta.
No
tengo motivo para sospechar de la honradez de ese muchacho.
Pensé
que mis relaciones con maese Bauer habían terminado. Había servido a los planes
de Ruperto y desaparecido de la escena. Pero me equivocaba.
Mi
casa está a unos tres kilómetros de la estación, y como para llegar a ésta hay
qué atravesar callejuelas angostas y tortuosas, no se puede adelantar mucho por
temor a atropellar a alguien.
Acabábamos
de entrar en la Konigstrasse y esperábamos con impaciencia que un pesado camión
nos cediera paso, cuando mi cochero, que oyó mi conversación ... el mayordomo,
se inclinó fuera del pescante y me dijo:
―¡Monseñor!
¡Ahí está Bauer junto a la carnicería!
Me
levanté con precipitación. El bergante me daba la espalda. Andaba con rapidez.
Sin duda me había visto y trataba de escabullirse.
Dudaba
aún de su identidad, pero el cochero gritó:
―¡Es
Bauer, monseñor, es Bauer!
No
perdí tiempo en reflexionar. Si podía alcanzar al tunante o ver siquiera adónde
iba, quizá podría saber algo importante de Ruperto.
Bauer
iba casi corriendo y yo debía imitarle, pero ni uno ni otro nos atrevíamos a
correr para no llamar la atención.
Pero
tenía yo ventaja sobre él. Muchos de los habitantes de Strelsau me conocían y
me abrían paso, mientras que no se apartaban para dejar sitio al criado.
Gané,
pues, terreno, y al llegar cerca de la estación sólo nos separaba una distancia
de veinte metros.
Entonces
me ocurrió algo desagradable. Tropecé con un hombre grueso y alto, que
interceptaba la mitad de la acera. Bauer acababa de tropezar también con él. El
hombre me increpó. Respondí. Pero entre tanto Bauer había desaparecido.
Estaba
frente a la casa número 23. Bauer debía de meterse en el número 19. La tienda
estaba abierta, pero no había ni huellas del bergante.
Iba,
pues, a continuar mi camino, cuando salió a la puerta de la tienda una vieja
que se estremeció al verme.
La
conocía y me conocía. Era la tía Holf, uno de cuyos hijos, Juan, nos había
revelado el secreto del calabozo de Zenda, y otro murió a manos de Rassendyll
en el foso del castillo.
Su
presencia podía ser casual, pero podía tener conexión con la desaparición de
Bauer.
―¡Hola,
buena mujer! ¿Desde cuándo tiene tienda en Strelsau?
―Hará
unos seis meses, monseñor.
―No
la había visto aún.
―Una
tenducha como ésta no ha de llamar la atención de su señoría.
Miré
a las ventanas. Parecían cerradas.
―No
es mala casa, aun cuando necesita una mano de pintura ―dije―. ¿Vive usted con
su hija?
―Sí.
―Creí
ver entrar un hombre cuando pasaba.
―No,
monseñor, nadie ha entrado aquí.
La
miré fijamente. Sostuvo mi mirada. Si el zorro se había ocultado allí no podía
hacerlo salir.
En
aquel momento vi a James.
Parecía
buscar mi coche con la mirada e impacientarse por mi retardo.
―Señor
conde ―me dijo―, el tren estará dentro de cinco minutos. Si no parte en
seguida, habrá que esperar media hora.
Vi
que la vieja sonreía. Estaba casi seguro de haber dado con las huellas de Bauer
y quizá de alguien más. Pero el deber me obligaba ir a Zenda lo antes posible.
Además,
no podía penetrar allí en pleno día sin causar un escándalo. Y no tenía la
seguridad absoluta de que Bauer hubiese entrado en la casa.
Cuando
iba a marcharme, resonó dentro de la casa una risa alegre y sonora.
Me
estremecí violentamente aquella vez.
La
vieja frunció el ceño, pero recobró su aplomo. Sin embargo, yo conocía aquella
risa y ella debió adivinarlo.
Saludé
con la cabeza y dije a James que me siguiera a la estación.
Llegados
a ella, dije a James:
―El
conde de Hentzau está en esa casa.
Me
miró con asombro. Era tan difícil pasmarlo como al mismo Sapt.
―¿De
veras, señor? ¿Debo quedarme ahí a vigilar?
―No;
venga conmigo.
En
realidad pensaba que dejarlo solo en Strelsau vigilando a aquellos bandidos,
equivaldría a firmar su sentencia de muerte. Y no quise imponerle tan peligroso
deber. Llegamos, pues, a la estación y subimos al tren.
A
las tres y media llegué a Zenda, y a las cuatro al castillo.
No
reproduzco las palabras afables y cariñosas con que me acogió la Reina. Su
presencia v el sonido de su voz aumentaban mi celo, y sentía más que nunca
haber perdido aquella malhadada carta y vivir todavía.
Pero
no quiso oír mis recriminaciones contra mí mismo, y prefirió alabar lo poco
bueno que hiciera.
Al
dejarla, volé a ver a Sapt. Lo encontré en compañía de Bernenstein y tuve la
satisfacción de saber que coincidían con los míos los datos que tenían acerca
de Ruperto.
Me
contaron lo que había pasado. La jugarreta que le hicieron a Rischenheim ―y de
qué modo escapó.
Pero
se me alargó la cara cuando supe que Rassendyll había partido solo para
Strelsau, con intento de meterse en la leonera de Ruperto.
―Serán
tres ―dije―: Hentzau, Rischenheim y Bauer.
―Por
lo que hace a Ruperto, nada puede decirse. Estará allí si Rischenheim llega a
tiempo para decirle la verdad, pero tenemos que estar dispuestos a recibirle
aquí o en el pabellón de caza. De todos modos, estamos prontos a tratarle como
se merece. Rassendyll va a Strelsau; usted y yo al pabellón de caza, y
Bernenstein queda aquí con la Reina.
―¿Uno
solo aquí? ―pregunté.
―Sí,
basta y sobra ―replicó el condestable dando una palmada en el hombro de
Bernenstein―. Sólo estaremos ausentes tres horas, durante las cuales dormirá el
Rey. Bernenstein sólo tiene que impedir que alguien pretenda entrar mientras
estamos ausentes nosotros. Hemos hecho lo posible para hacer frente al peligro.
Creo que lo conjuraremos.
Sin
embargo, sentía una inquietud mortal por Rassendyll.
Comimos
a las cuatro y media, y a las cinco fumábamos un excelente cigarro.
Sapt
estaba tranquilo, seguro de que nada podía ocurrir.
―El
Rey debe volver pronto ―dijo consultando un grueso reloj de plata―. Estará
cansado y se acostará pronto. A las nueve estaremos libres, Fritz. Quiera Dios
que Ruperto acuda al pabellón de caza.
Pensando
en ello, la cara de Sapt expresó un vivo placer. Dieron las seis y el Rey no
aparecía.
La
Reina nos hizo llamar a la terraza. Paseaba agitada, inquieta por aquel
retraso.
En
una situación como aquélla, todo incidente imprevisto o inusitado adquiere una
importancia exagerada o siniestra.
Los
tres compartíamos la ansiedad de la Reina, y olvidando los azares múltiples de
una caza, de los cuales uno solo bastaba para explicar la ausencia del Rey,
dimos en la manía de imaginar las catástrofes verosímiles.
Sapt
fue el primero que recobró su aplomo habitual. ―Sin embargo ―dijo la Reina―, es
raro que tarde tanto. Y escrutaba el camino por donde debía volver el soberano.
Si el retraso nos parecía singular a las seis, lo fue más a las siete, y a las
ocho ya era inexplicable.
Hacía
rato que callábamos. Sapt mascullaba entre dientes.
La
Reina, envuelta en un abrigo de pieles, pues hacía frío, se sentaba a veces,
pero casi siempre andaba, impaciente.
Había
anochecido. No sabíamos qué hacer.
Sapt
se negaba a confesar que compartía nuestro temor, pero su silencio y su
expresión sombría demostraban que es taba tan turbado como nosotros.
Por
mi parte, sin poder contenerme, dije:
―¡Por
el amor de Dios, no permanezcamos inactivos! ¿Queréis que vaya a su encuentro?
―Equivaldría
a buscar un alfiler en un pajar ―respondió Sapt, encogiéndose de hombros.
Precisamente
en aquel instante percibimos el galope de un grupo de caballos:
Bernenstein
exclamó:
―¡Ahí
están!
La
Reina se detuvo y la rodeamos.
Los
caballos se acercaban. Distinguíamos el aspecto de tres hombres. Eran tres
picadores del Rey.
Cantaban,
alegremente, un estribillo de caza.
Eso
nos tranquilizó; no había ocurrido aún la menor catástrofe.
Pero,
¿por qué el Rey no venía con ellos?
―Quizá
el Rey esté cansado y viene más despacio ―dijo Bernenstein.
Esta
explicación parecía plausible, y el teniente, tan pronto como yo al temor y a
la esperanza, la emitió gozoso y yo la creía.
Sapt,
menos optimista, nos dijo:
―Puede
ser, pero escuchemos.
Y
levantando la voz llamó a los picadores que estaban ya en la avenida.
Uno
de ellos, Simón, el jefe de los picadores, se adelantó y se inclinó ante la
Reina.
―¡Hola,
Simón! ¿Dónde está el Rey? ―preguntó la soberana, tratando de sonreír.
―El
Rey, señora, me ha encargado un mensaje para Su Majestad.
―Dámelo,
pues.
―Sí,
Señora. La caza ha sido soberbia. Se lo aseguro: una cacería magnífica...
El
condestable le interrumpió diciendo:
―Amigo
Simón, déjate de caza y al grano!
―Ciertamente.
señor condestable. Decía, pues, señora, que el Rey ha hecho una cacería
espléndida. Oteamos un jabalí...
―¿Este
es el mensaje del Rey, Simón?
―No,
señora, no es su mensaje.
―Pues
bien, ¡dalo de una vez! ―gruñó Sapt.
Simón
le miró con extrañeza. No comprendía cómo no sentían interés los demás por lo
que a él se lo inspiraba grande.
Simón
continuó:
―Como
decía, el jabalí nos llevó muy lejos; por fin 1os perros le derrengaron y Su
Majestad el Rey le dio el golpe de gracia. Pero se hacía tarde...
―¡Más
tarde es ahora! ―refunfuñó el coronel.
Simón
le miró con susto. El condestable fruncía ferozmente el ceño. A mí me pugnaba
por escapárseme la risa. Bernenstein reía.
―El
Rey estaría fatigado, ¿verdad, Simón? ―preguntó la Reina para tranquilizarle y
al propio tiempo para que no hiciera nuevas digresiones.
―Sí,
señora, estaba cansado, y como la res fue nuestra cerca del pabellón de caza...
No
sé si Simón notó un cambio en nuestra actitud, pero lo cierto es que la Reina
adelantó un paso, que la imitamos nosotros y que Sapt no interrumpió aquella
vez:
―Como
el Rey estaba cansado, nos ordenó llevar :el jabalí al pabellón de caza y
volver mañana para desollarlo. Obedecimos y aquí estamos, menos mi hermano
Huberto, que ―es muy diestro para guisar, pues nuestra buena madre le enseñó...
―Pero,
¿dónde está el Rey? ―rugió Sapt.
―En
el pabellón de caza, condestable. El Rey pasará allí la noche y volverá mañana
con Huberto.
¡Por
fin sabíamos algo! Simón comprendió al cabo que estábamos impacientes, pero no
se marchaba. Yo me encargué de alejarlo.
―Bien,
Simón, ya estamos enterados.
Se
inclinó ante la Reina y se alejó.
Cuando
estuvimos solos, después de unos instantes de si lencio, dije:
―Supongamos
que Ruperto...
―¡Por
vida mía! ¡Cómo se encadenan los sucesos! Decíamos que Ruperto era capaz de ir
al pabellón...
Yo
repliqué:
―Irá,
sin duda, si Reischenheim no le contiene.
La
Reina se levantó y dijo tendiendo las manos hacia nosotros:
―¡Señores,
mi carta! Sapt no perdió tiempo.
―Bernenstein,
permanezca usted aquí como convinimos.
Y
dos caballos para Fritz y para mí dentro de cinco minutos. Bernestein se lanzó
como una flecha, de la terraza a las caballerizas.
―Todo
va bien, señora ―añadió Sapt―, si llegamos al pabellón antes que Ruperto.
Miré
mi reloj. Eran las nueve y veinte. La maldita charla de Simón nos hizo perder
un cuarto de hora.
Abrí
la boca para hablar. Una mirada de Sapt me indicó que adivinaba lo que iba a
decir y que mejor haría callándome. Callé.
―¿Llegarán
ustedes a tiempo? ―interrogó la Reina.
―Seguramente
―contestó el coronel, inclinándose.
―¿No
permitirán que se acerque al Rey?
―No,
Señora.
―¡Se
lo ruego, señores, se lo ruego!...
―¡Ahí
están los caballos! ―exclamó Sapt.
Tomó
la mano de la Reina, la rozó con su bigote y... no estoy seguro, pero me parece
que Sapt murmuró: "Por sus dulces ojos triunfaremos".
Lo
cierto es que lanzó una leve exclamación de sorpresa y que brillaron lágrimas
en aquellos ojos celestes.
Beséle
la mano a mi vez y montando a caballo salimos a escape hacia el pabellón de
caza.
Sólo
me volví una vez.
La
Reina estaba aún en la terraza y junto a ella se veía la alta estatura de
Bernenstein.
―¿Llegaremos
a tiempo? ―eso era lo que quise decir antes.
―No
lo creo ―respondió Sapt―, pero de todos modos procuraremos hacerlo.
Comprendí
por qué no me había permitido hablar.
De
pronto oírnos el galope de un caballo a nuestras espaldas. Nos apartamos
prudentemente, temiendo un mal encuentro. El caballo se acercaba rápidamente,
pues su jinete parecía no temer nada.
―Mejor
vale saber de qué se trata ―dijo el condestable.
Un
segundo después el que corría estaba juntó a nosotros. Sapt soltó un terno,
medió incomodado, medió satisfecho.
―¡Cómo!
¿Es usted, James? ―exclamé.
―Sí,
señor.
―¿Qué
quiere?
―He
venido para ponerme al servicio del conde de Tarlenheim, señor.
―No
le di ninguna orden, James.
―Es
cierto, pero el señor Rassendyll me dijo que no le dejara hasta que me despidiese
y.. aquí estoy.
En
aquel momento, Sapt exclamó:
―¡Demonio!
¿Qué caballo es ese que monta?
―El
mejor de las caballerizas, según me ha parecido, pues temí no alcanzarles.
Sapt
se retorció el bigote, frunció el entrecejo y tomó el partido de reírse.
―Gracias
por el cumplido; es mi caballo.
―¿De
veras, señor? ―respondió James con interés respetuoso.
Sapt
rió de nuevo y gritó:
―¡Adelante!
CAPITULO
8
BORIS,
EL LEBREL DEL REY
Si
el Tey no hibiese ido al pabellón de caza, ocurriría lo que teníamos previsto;
si Rischenheim prevenía a Ruperto, nada inesperado sucedería. Pero el Rey quiso
dormir en el pabellón, y Rischenheim no pudo avisar a su primo. Poco faltó para
esto, porque Ruperto estaba en la Konigstrasse, pues yo oí su risa, y
Rischenheim llegó allí poco después. Como tomó el tren, pudo fácilmente
adelantar a Rassendyll, quien, no queriendo dejarse ver, se vio obligado a
hacer todo el camino a caballo y a no entrar en la ciudad hasta la noche.
Rischenheim
no envió ningún telegrama, temiendo que fuera interceptado por orden nuestra.
Quiso llevar por sí mismo la noticia, y cuando llegó, su primo ya había salido.
Este
quiso acudir a la hora de la cita. Salió de su casa, tomó billete para Hofbau y
llegó allí a las cinco y media. Debió cruzarse con el tren en el que viajaba su
primo. Este supo su partida, porque un empleado del ferrocarril, que reconoció
a Ruperto de Hentzau, creyó de su deber cumplimentar a Rischenheim por la
vuelta de su pariente.
Rischenheim
acudió presuroso a la Konigstrasse, donde la tía Holf le confirmó la noticia.
Entonces
quedó perplejo. Su amistad le aconsejaba seguir a Ruperto y compartir sus
riesgos; por otra parte, la prudencia le decía que no le convenía comprometerse
irremisiblemente.
El
temor pudo en él más que la amistad y el parentesco, y decidió esperar en
Strelsau el resultado de la entrevista del pabellón de caza.
Si
Ruperto quedaba vencido, él podía ofrecernos su silencio a cambio de perdón. Si
su primo escapaba indemne, podía auxiliarle en su diabólica empresa.
De
todos modos salvaba el pellejo. Tenía la excusa de la herida que le infirió
Bernenstein y que le privaba de usar el brazo izquierdo. Aun cuando decidiera
acompañar a Ruperto, no era mucho lo que podría ayudarle en un encuentro
armado.
Nosotros
ignorábamos lo que podría suceder o lo que había sucedido mientras galopábamos
por el bosque. Lo que nos interesaba era llegar a tiempo para estar junto al
Rey antes de que pudiera verle Ruperto.
Galopábamos
en silencio.
Sapt
iba delante, clavado en la silla. Le seguíamos James y yo, atentos a evitar, en
lo posible, un tropezón del caballo.
Ante
mis ojos tenía un cuadro nada halagüeño. Representaba a Ruperto, sonriendo con
mofa y entregando al Rey la carta de la Reina. Pues había ya pasado la hora de
la cita. Si mi visión se convertía en realidad, ¿qué podíamos hacer? Matar a
Ruperto podía satisfacer nuestra sed de venganza, pero, ¿de qué nos serviría si
el Rey había leído la funesta carta? Confieso que me burlé del plan de
Rassendyll que, en vez de servir de emboscada para atrapar a Ruperto, resultaba
un peligro para nosotros.
De
pronto Sapt, volviendo la cabeza, me indicó con la mano el bulto del pabellón
de caza que estaba a unos trescientos pasos.
Sapt
detuvo su montura y nosotros le imitamos. Apeámonos los tres y atando los
corceles a los árboles, avanzamos rápidos y silenciosos.
Habíamos
convenido en que Sapt entraría para decir al Rey que le enviaba la Reina para
velar por él y cuidar de la marcha del día siguiente.
Si
Ruperto había hablado con el Rey, probablemente se advertiría por la actitud de
éste, que no era hombre disimulado.
Si
no había llegado, James y yo velaríamos junto a la puerta para impedirle el
paso.
Otra
hipótesis se presentaba. La de que en aquellos momentos estuviera hablando con
el Rey.
Ignorábamos
lo qué haríamos en tal caso. Lo mejor sería probablemente, matar a Ruperto y
tratar de convencer al Rey de que la carta era apócrifa.
Estábamos
a unos cuarenta pasos del pabellón cuando Sapt se echó de bruces y murmuró:
―Déme
una cerilla.
James
encendió una y pudimos ver las huellas recientes de un caballo que se alejaba
del pabellón.
Seguimos
aquellas pisadas hasta un árbol que ,estaba a veinte pasos de la puerta. Allí
cesaban, pero se podían ver otras de hombre, de ida y venida.
Era
evidente que un hombre desmontó junto al árbol, ató el caballo, fue al
pabellón, se dirigió nuevamente al árbol y se marchó montado.
―Quizá
ha venido otra persona ―dije yo.
Pero
los tres estábamos convencidos de que el que llegó era Hentzau, que la carta la
tenía el Rey y que el daño era irremediable.
Sin
embargo, no vacilamos. Era preciso hacer frente al desastre.
James
y yo seguimos a Sapt hasta unos pasos de la puerta.
Allí,
el condestable, que vestía uniforme, desenvainó a medias la espada. James y yo
echamos una ojeada a nuestros revólveres.
Sapt
llamó y quedó a la puerta, pero nadie respondió; asió el plomo, dióle vuelta y
la puerta se abrió.
El
corredor estaba oscuro. No se oía el menor ruido.
―Quédese
aquí. Denme las cerillas y entraré.
Le
vimos distintamente; luego se desvaneció en las tinieblas, mal disipadas por la
claridad escasa de la cerilla. Sólo oía el ruido de mi respiración jadeante.
Pero unos instantes después hubo un leve ruido, una exclamación ahogada, el
rumor de un tropezón, el de una espada que golpeaba las losetas del corredor.
Nos
miramos. No hubo ningún movimiento en la casa. Sapt se levantó, dejando que la
vaina de acero de la espada arrastrara por el suelo, y un segundo después
apareció en el umbral.
―¿Qué
ha pasado? ―interrogué.
―He
caído.
―¿Sobre
qué?
―Venga
y veremos. James, quédese aquí. Seguí al condestable por el corredor.
―Una
cerilla bastará. Mire. Vea usted con lo que tropecé. Antes de que se encendiera
una cerilla, vi un cuerpo sombrío tendido en el corredor.
―¡Un
hombre muerto! ―exclamé.
―No,
un perro, un perro muerto, Fritz.
Se
me escapó una exclamación de sorpresa en el momento de arrodillarme.
En
aquel momento, Sapt murmuró:
―Sí,
hay una lámpara.
Vi una
de aceite. Sapt la encendió e iluminó el cadáver con ella. Alumbraba lo
bastante para que pudiésemos distinguir el cuerpo que obstruía el paso.
―Es
Boris, el lebrel del Rey ―dije en voz baja, aunque nadie me escuchaba.
Conocía
bien al perro. Era el favorito del Rey, a quien seguía en todas las cacerías.
Obedecía
a la menor señal de su amo, pero no era manso con los demás mortales.
Sapt
tocó la cabeza del animal. Tenía un balazo en la frente. Y, además, otra bala
le había roto la espalda. Miré dónde había puesto la mano.
En
las fauces del can había un harapo de tela gris con un botón de asta.
Tiré
del trozo de trapo, pero Boris, hasta muerto, conservaba la presa.
Sapt
sacó la espada e introduciéndola en la boca del perro separó los dientes y
cedió la ropa a mis tirones.
―Guarde
esto en el bolsillo, y ahora, venga.
Y
sosteniendo con una mano la lámpara y empuñando la espada desnuda con la otra,
pasó por encima del lebrel y yo le seguí.
Estábamos
delante de la puerta donde Rodolfo Rassendyll cenó con nosotros el día de su
primera llegada a Ruritania, y de la cual salió para ser coronado Rey en
Strelsau.
A la
derecha estaba el dormitorio del Rey, y en la misma dirección, más lejos, la
cocina y la despensa. Los oficiales de servicio dormían al otro lado del
comedor.
―Supongo
que debemos hacer una visita domiciliaria ―dijo Sapt.
Y a
pesar de su aplomo habitual, me pareció oír en su voz como el eco de una
excitación mal reprimida.
En
aquel instante oímos un gemido, un gemido sordo como el que exhalaría un hombre
que se arrastrara penosamente sobre el entarimado.
Sapt
alumbró hacia allí y vimos a Huberto, el guardabosque, pálido y con ojos que le
salían de las órbitas, que incorporándose, preguntó con acento débil.
―¿Quién
va?
―Bien
nos conoces, muchacho ―dijo Sapt, acercándose¿Qué es lo que ha pasado?
El
desdichado murmuró:
―¡No
hay remedio para mí! ¡Adiós cacerías! ¡Tengo el vientre atravesado!
Corrí
hacia él, le incorporé, y poniendo una rodilla en tierra, apoyé su cabeza en mi
pierna.
―¡Dime
lo que ha sucedido! ―ordenó Sapt con impaciencia.
Lentamente,
con frases entrecortadas, empezó su relato, olvidando a veces una palabra,
trabucando los hechos, interrumpiéndose de cuando en cuando.
Escuchábamos,
sin embargo, con toda nuestra alma, sin pensar en el tiempo que transcurría.
En
aquel momento un leve ruido me hizo volver la cabeza.
Era
James, que, inquieto por nuestra ausencia prolongada, venía junto a nosotros.
Sapt
no se cuidó de él ni de nada más, sino de las palabras que trabajosamente
pronunciaban los labios del que parecía moribundo.
He
aquí su relato, extraño ejemplo del efecto de una pequeña causa sobre un gran
acontecimiento.
El
Rey, después de una ligera cena, había entrado en su dormitorio, y se durmió
vestido.
Huberto
quitaba la mesa cuando, de repente, vio a un hombre a su lado. Como no hacía
mucho tiempo que servía al Rey, no conoció al forastero.
Era
de mediana estatura, moreno, guapo, un verdadero hidalgo en toda la acepción de
la palabra.
Llevaba
una blusa de caza y un revólver en el cinto.
Una
de sus manos se apoyaba en el arma. En la otra tenía una cajita cuadrada.
―Diga
al Rey que estoy aquí. Me espera ―dijo el forastero.
Huberto,
alarmado por la aparición súbita y silenciosa del desconocido, retrocedió,
reprochándose no haber cerrado la puerta de entrada.
No
estaba armado, pero consciente de su robustez y valor, se preparaba a defender
a su dueño.
Ruperto,
pues era él, a no dudarlo, rióse y repitió:
―Me
aguarda. ¡Vaya a anunciarme!
Huberto,
impresionado por la expresión imperiosa del desconocido, se dirigió al cuarto
del Rey, pero andando hacia atrás.
―Si
el Rey quiere saber algo más, dígale que traigo el paquete y la carta.
Huberto
se inclinó y entró en el dormitorio.
El
Rey dormía. Cuando Huberto le llamó, diríase que nada sabía del paquete, de la
carta ni del extranjero.
Recrudecieron
las sospechas de Huberto. Dijo en voz baja que el intruso llevaba revólver.
Entre los defectos del Rey (guárdeme Dios de hablar sin consideración del que
tuvo suerte tan desastrosa) no figuró jamás la cobardía.
Saltó
de la cama y el lebrel se estiró y se acercó al Rey para acariciarle. Pero olió
al forastero y gruñó mirando la cara de su dueño.
Entonces,
Ruperto, quizá cansado de esperar o tal vez pensando que su mensaje no fue
transmitido, apareció en la puerta.
El
Rey no estaba armado tampoco. Las armas de caza habían quedado en la antesala.
He dicho que el Rey era valiente, pero creo que la vista de Ruperto le
impresionó, recordándole los tormentos padecido en el calabozo, pues
retrocedió, exclamando:
―¿Usted?...
El
lebrel, interpretando como debía la exclamación de su amo, gruñó con furia.
―¿Me
esperaba, Su Majestad? ―preguntó Ruperto saludando, pero sonriendo.
Tengo
la seguridad de que la alarma del Rey le producía placer. Gustábale causar
terror, y no sucede a menudo inspirárselo a un Rey.
―No
―balbuceó el Rey.
Luego,
reponiéndose, añadió rudamente:
―¿Cómo
se atreve a venir aquí?
―¿No
me esperaba? ―exclamó Ruperto.
Y se
le ocurrió la idea de que podían haberle preparado una celada.
Sacó
a medias el revólver del cinto, sin duda, inconscientemente y para cerciorarse
de que lo llevaba, pero Huberto, con un grito de terror, se colocó delante del
Rey, que cayó en la cama.
Ruperto,
perplejo, enojado y, sin embargo, sonriendo todavía, como si viera en aquella
escena algo divertido, dio un paso hacia adelante, diciendo algo de
Reischenheim, que Huberto no entendió.
―¡Atrás!
¡Atrás! ―gritó el Rey.
Ruperto
se detuvo; como si le saltara de pronto un pensamiento, levantó la cajita que
llevaba en la mano, diciendo:
―Mire
esto, Señor, y hablaremos luego.
Y
alargó la mano izquierda, que era la que sostenía el cofrecillo.
El
desenlace pendía de un hilo, pues el Rey murmuraba al oído de Huberto:
―¿Qué
es? ¿Qué es? ¡Tráemelo!
Huberto
vaciló. Temía dejar al Rey a quien su cuerpo protegía como un escudo.
Entonces
la impaciencia de Ruperto le enfureció. Si le habían preparado una emboscada,
cada segundo de retraso podía doblar el peligro. Y exclamó con risa desdeñosa:
―¡Tómenlo
si tienen miedo de acercarse!
Y
largó el paquetito a los dos hombres, para que lo recogiera uno u otro.
Aquella
insolencia tuvo un resultado inesperado.
Como
una centella, con un ladrido feroz, Boris saltó al cuello del intruso.
Ruperto
hasta entonces no se había fijado en el perro. Sorprendido, soltó una blasfemia
y empuñando el revólver disparó contra él.
El
choque debió romper una espaldilla del can, pero sólo a medias detuvo su
empuje. Su gran peso hizo caer de rodillas a Ruperto.
El
Rey, enfurecido al ver cómo derribaban a su favorito, corrió hacia la antesala
pasando por delante de Hentzau.
Ruperto
rechazó al perro y se precipitó hacia la puerta, donde encontró a Huberto que
blandía un chuzo y al Rey que tenía en la mano una escopeta de dos caños.
Levantó
la mano izquierda como si pretendiera que le oyesen, pero el Rey le apuntó. De
un salto, Ruperto se amparó detrás de la puerta; la bala pasó casi rozándole y
se incrustó en la pared. Huberto se arrojó sobre él con el chuzo por delante.
No se trataba ya de hablar, sino de vida o muerte. El conde disparó sin vacilar
contra el guardabosque que cayó herido mortalmente.
El
Rey apuntó nuevamente su escopeta.
―¡Maldito
loco! ―exclamó Ruperto―. ¡Toma ya que lo quieres!
La
escopeta y el revólver dispararon a un tiempo, pero con distinta suerte.
Ruperto,
siempre dueño de sus nervios, acertó al Rey. La bala de éste, mal dirigida, no
hizo blanco.
Huberto
vio que el conde, con el arma humeante en la mano miraba al Rey tendido a sus
pies sobre el entarimado. Luego se dirigió hacia la puerta.
Pasó
el umbral y Huberto no le vio más, pero el cuarto actor del aquel drama, el
que, aun cuando mudo, había representado un papel tan importante, reapareció en
escena.
Cojeando
y tan pronto gimiendo de dolor, como gruñendo de ira, Boris atravesó la
habitación, persiguiendo a Ruperto.
El
guardabosque escuchó. Oyó un gruñido, un juramento, ruido de lucha.
Probablemente
Ruperto se volvió a tiempo para recibir el choque del perro. Este, debilitado
por la herida, no pudo alcanzar la cara de su enemigo, pero sus caninos
arrancaron un jirón de su blusa, el que encontraron pegado a sus dientes. Luego
resonó otro disparo. Huberto oyó una carcajada, una puerta que se cerraba con
violencia y pasos que se alejaban.
Con
esfuerzo penoso se arrastró hasta el corredor. Pensando que podría perseguir al
asesino si bebía un trago de aguardiente, se dirigió a la cava. Pero le faltó
fuerza y se desplomó donde le encontramos, ignorando si el Rey estaba vivo o
muerto, pues no pudo ya moverse de donde cayera.
Escuché
el relato como petrificado. James parecía también atónito. En cuanto a Sapt,
estaba pálido como un fantasma y las arrugas de su cara parecían más profundas.
Levantó
los ojos y encontró los míos. Sin pronunciar una palabra, cambiamos nuestro
pensamiento con las miradas.
Nos
decíamos: "Esto es obra nuestra". Habíamos armado la celada y las
víctimas estaban ante nosotros.
Aún
ahora me horrorizo pensando que por nuestra culpa había muerto el Rey.
Pero,
¿estaba muerto?
Así
el brazo de Sapt.
Su
mirada me interrogó.
―¿El
Rey? ―murmuré con ronco acento.
―¿Sí,
el Rey? ―replicó.
Nos
dirigimos hacia la puerta del comedor. Allí me sentí desfallecer y tomé el
brazo de Sapt. Me sostuvo y abrió la puerta de par en par.
La
pieza estaba llena de olor a pólvora y el humo tamizaba la luz de la. lámpara
central. James nos seguía llevando la lámpara. El Rey no estaba allí. Quizá no
había muerto. Sentí una esperanza repentina. Esto me dio alientos y corrí hacia
el otro aposento. Sapt y James me seguían y miraron por encima de mis hombros.
El
Rey estaba tendido, con la cara tocando el suelo, cerca de la cama. Supimos que
se arrastró hasta allí para descansar. No se movía. Le miramos en silencio.
Por
fin nos acercamos tímidamente, como si nos acercáramos al mismo trono de la
muerte. Me arrodillé y tomé la cabeza del Rey. La sangre le había salido por
entre los labios, pero ya no manaba. El Rey había muerto.
Sentía
la mano de Sapt que se apoyaba en mi hombro.
Alzando
los ojos vi su otra mano, tendida hacia el suelo y volví la mirada hacia allí.
En
la mano del Rey, tinta en sangre, estaba el cofrecillo que yo llevaba a
Witenberg y que Ruperto de Hentzau había traído al pabellón de caza.
No
era el descanso, era el cofrecillo lo que el Rey buscó en sus últimos momentos.
Me
bajé, levanté su mano y separé sus dedos, aún flexibles y tibios.
Sapt
se inclinó y preguntó:
―¿Está
abierto?
El
bramante no estaba roto. El sello aparecía intacto.
El
secreto sobrevivió al Rey, y éste murió sin saberlo. De pronto, paré mi mano
por las pestañas. Estaban mojadas.
―¿Está
abierto? ―preguntó de nuevo Sapt, pues la luz escasa no le permitía ver.
―No
―respondí.
―¡Loado
sea Dios! ―exclamó. Y su acento era cariñoso.
CAPÍTULO
9
EL
REY EN EL PABELLÓN DE CAZA
Cuando
ocurre algo impensado formamos de ello, muchas veces, un juicio equivocado que
la reflexión corrige después.
Entre
los crímenes cometidos por Ruperto de Hentzau, no doy el primer lugar a la
muerte del Rey.
Fue
el acto de un hombre a quien nada detenía, para quien nada era sagrado; pero
recordando el relato de Huberto y cuando considero cómo se cometió el acto y en
qué circunstancias, me parece que fue obra de la misma suerte perversa que nos
perseguía.
No
abrigaba malos designios contra el Rey. Hasta trató de prestarle un servicio,
sea cualquiera el motivo que le indujo a ello. Y no le había atacado sino
obligado por las circunstancias.
La
ignorancia inesperada del Rey, el celo de Huberto, la acometida de Boris le
arrastraron a perpetrar un crimen que no había premeditado y que distaba mucho
de serle provechoso.
Su
culpabilidad consistía en que prefirió la muerte del Rey a la suya propia. Para
muchos hombres eso era un crimen; para él, carecía de importancia.
Ahora
admito eso, pero aquella noche, ante el cadáver, oyendo la fúnebre relación
hecha por la voz moribunda de Huberto, era difícil reconocerle atenuantes.
Nuestro
corazón clamaba venganza, aun cuando no estábamos ya al servicio del Rey.
Quizá
intentábamos ahogar los reproches de nuestras conciencias achacando a otro la
falta, o puede que quisiéramos ofrecer alguna expiación inútil a nuestro jefe
difunto, castigando rápidamente al que lo mató.
No
sé decir lo que experimentaban los demás, pero puedo asegurar que por mi parte
deseaba no perder un momento para proclamar el crimen y sublevar el país entero
contra Ruperto, a fin de que todos los ciudadanos de Ruritania abandonaran su
trabajo, su lecho o sus placeres para apoderarse del conde Ruperto de Hentzau,
vivo o muerto. Recuerdo que me acerqué a la silla en que se había dejado caer
Sapt y le así el brazo, diciendo:
―Es
preciso sembrar la alarma. Si usted va a Zenda, yo iré a Strelsau.
―¿La
alarma? ―preguntó, retorciéndose el bigote y mirándome.
―Sí;
cuando sepan su crimen todos estarán ojo avizor e impedirán que huya.
―¿De
modo que le atraparán?
―Ciertamente.
Sapt
miró al criado del señor Rassendyll.
James,
con mi ayuda, había colocado el cuerpo del Rey en la cama y al guardabosque
sobre un canapé.
Ahora
estaba junto al condestable, sereno y dispuesto para lo que ocurriese.
―Sí,
probablemente sería apresado o muerto ―asintió Sapt.
―¡Vamos,
pues! ;―exclamé.
―¿Teniendo
en su poder la carta de la Reina? ―añadió Sapt.
Lo
había olvidado.
―Tenemos
la cajita, pero él tiene la carta.
Era
verdad. Aquella carta era de importancia capital.
Si apresaban
vivo a Ruperto le serviría de arma tremenda para salvar su existencia o para
vengarse; si la encontraban sobre su cadáver, hablaría alto y claro al mundo
entero.
Una
vez más quedaba protegido por su crimen. Mientras conservara la carta, debíamos
protegerle contra todos.
Deseábamos
su muerte, pero era preciso que lo defendiéramos hasta perder la vida por
salvar la suya.
En
un momento vi todo aquello que se me ocultaba antes y que el condestable y
James no olvidaron. Pero, ¿qué hacer? No lo sabía, porque el Rey de Ruritania
había muerto.
Había
transcurrido una hora desde que conocimos la tragedia. Se acercaba la
medianoche. Si todo hubiese salido bien, ya debiéramos estar lejos del
castillo. Ruperto debía estar a mucha distancia del teatro del crimen. Ya
Rassendyll debía buscar a su enemigo en Strelsau.
―Pero,
¿qué hacemos? ―dije indicando la cama con la mano.
Sapt.
contestó, retorciéndose el bigote:
―Nada,
mientras no tengamos la carta.
―¡Es
imposible! ―exclamé.
―No,
Fritz ―dijo con expresión meditabunda―, no es imposible. Puede llegar a serlo.
Pero si nos es dable sorprender a Ruperto, hoy o mañana, no es imposible. Con
tal que recupere esa carta, explicaré el secreto guardado de un modo plausible.
Veamos, ¿no sabe que muchas veces se ocultan crímenes. para no perder la pista
del criminal?
―Sí
―respondió James―, ya sabrá usted explicarlo todo, señor.
―Eso
es, James; inventaré un relato o su amo lo inventará en caso necesario. El caso
es dar con la carta. Que digan lo que quieran, hasta que nosotros somos quienes
le hemos matado, pero...
Así
y estreché su mano.
―¿No
duda de mí? ―pregunté.
―No
he dudado ni un momento, Fritz.
―Pero,
¿cómo componérnoslas?
Nos
acercamos uno al otro.
El
aceite de la lámpara se agotaba. La luz era escasa.
De vez
en cuando, Huberto, por quien nada podíamos hacer, dejaba escapar un sordo
gemido.
Vergüenza
me da pensando que apenas nos cuidábamos de él, pero los grandes proyectos
hacen que sus autores sean insensibles a las leyes de humanidad.
En
muchos casos la vida de un hombre importa poco. Los quejidos del guardabosque y
nuestras voces remisas era lo único que turbaba el silencio del pabellón.
―Es
necesario que la Reina sepa lo ocurrido; que permanezca en Zenda y que diga que
el Rey permanecerá un par de días en el pabellón de caza. Después de esto,
usted, Fritz, en compañía de Bernenstein, irá a Strelsau para encontrar a
Rodolfo Rassendyll. Entre los tres deben encontrar a Ruperto y arrancarle la
carta. Si no está en la ciudad, busquen a Rischenheim y oblíguenle a decir
dónde está su primo. Si Ruperto está allí, nada he de decirles a ustedes ni a
Rodolfo.
―¿Y
usted?
―James
y yo permaneceremos aquí. Si alguien viene podemos decir que el Rey está
enfermo. Si circulan rumores y llegan altos personajes, preciso será que
entren.
―¿Y
el cadáver?
―Cuando
haya marchado usted abriremos una fosa, quizá dos ―dijo, indicando al pobre
Huberto― y hasta tres ―añadió con su sonrisa burlona―, porque nuestro amigo
Boris debe desaparecer también.
―¿Enterrarán
al Rey?
―No
muy profundamente, por si hay que desenterrarlo.
¡Ea!
¿Tiene usted mejor plan que proponer, amigo Fritz?
No
se me ocurría ninguno y no me placía el de Sapt, pero nos dejaba un día o dos
de respiro. Durante ese tiempo se podría guardar el secreto. Más, sería
imposible. También quizá en ese espacio fuera posible apoderarse de Ruperto.
Antes
temíamos que cayera la carta en poder del Rey, ahora pensábamos que lo peor
sería que, encontrada en manos de Ruperto, supiera toda la gente el secreto de
la que en lo sucesivo, debía ser la única soberana de Ruritania.
Se
adoptó, pues, el plan concebido por el condestable. Se enterraría al Rey si era
preciso. Cuando la muerte hubiese acabado con Huberto, se le enterraría
igualmente.
Cuando
estaba a punto de marchar oímos la voz del desdichado que me llamaba. Me
conocía bien y me suplicaba que me sentase a su lado.
Creo
que Sapt deseaba que me marchase, pero no podía permanecer sordo a aquella
demanda postrera.
Estaba
en los últimos instantes de su vida. Moría resignado y con entereza. Sapt mismo
le admiraba. Pude cerrar los ojos que ya no verían más la luz.
Eran
las cinco de la madrugada cuando pude montar a caballo.
Amanecía.
El nuevo día me trajo nuevas esperanzas, pero no el modo de realizarlas.
Mi
caballo adelantaba rápidamente. Tan esplendoroso se anunciaba el día que era
difícil sentirse descorazonado.
Cuando
vi el perfil del castillo lancé un grito de alegría, pero un momento después se
me escapó una exclamación de sorpresa. El estandarte real que flotaba la
víspera en el asta había desaparecido. Según costumbre inmemorial, flotaba
cuando el Rey o la Reina estaban en el castillo. Rodolfo V no estaba en él.
Pero, ¿por qué no se desplegaría al viento en honor de la Reina Flavia? Espoleé
el caballo para averiguar el misterio.
Diez
minutos después llegué a la puerta. Acudió un criado. Me apeé sin apresurarme,
quitéme los guantes y dije al criado:
―Tan
pronto como la Reina pueda recibirme, deseo verla. Traigo un mensaje para Su
Majestad.
El
sirviente quedó perplejo, pero Hermann, el mayordomo del Rey, salió en aquel
instante:
―¿No
llega el condestable con el señor conde?
―El
señor condestable permanece con Su Majestad el Rey en el pabellón de caza ―dije
con suma indiferencia―. Traigo un mensaje para Su Majestad la Reina, Hermann.
Vea
por una de las camareras cuando pueda presentarme a ella.
―La
Reina no está aquí ―me respondió―. A las cinco salió vestida de sus
habitaciones, llamó al teniente Bernenstein y dijo que iba a salir del
castillo.
Hermann
consultó el reloj y añadió:
―El
tren sale de la estación a las seis. Su Majestad acaba de partir.
―¿Para
ir adónde?
―A
Strelsau. Su Majestad no ha dado explicaciones; la acompañan únicamente una de
sus damas y el teniente Bernenstein.
―¿No
ha dejado ningún recado?
―Sí,
una carta para el condestable, recomendando que la entregue a él en persona.
Dijo que contenía un mensaje importante que debía transmitir al Rey.
No
comprendía aquel enigma.
Era
preciso que entregara aquella carta a Sapt sin perder un momento.
―Déme
la carta ―dije al mayordomo.
―Dispénseme
el señor conde, pero creo que no es usted el condestable ―respondió, sonriendo.
―Cierto,
pero voy a verle; déme, pues, la carta.
―Las
órdenes que he recibido son terminantes. El palafrenero y el criado habían
desaparecido. Estaba a solas con Hermann.
―¡Déme
la carta!―dije, con acento imperioso, por tercera vez.
Creo
que Hermann tuvo miedo.
Retrocedió
un paso y llevó instintivamente la mano al pecho.
Ese
ademán me indicó dónde estaba la carta.
Me
lancé sobre el mayordomo, desabroché su casaca galoneada y le arrebaté la
misiva.
Sin
cuidarme de lo que pudiera hacer o decir, fui a las caballerizas, tomé otro
caballo y cinco minutos después galopaba a rienda suelta hacia el pabellón de
caza. Cuando llegué a él, James acababa de enterrar a Boris, y Sapt le miraba
fumando su pipa.
―¿Qué
hay?
Dije
lo que sucedía: la Reina había marchado a Strelsau y dejado una carta para él.
Sapt
me arrebató el papel.
―¡Voto
al diablo! ―exclamó―. ¡Ha ido a verle! Y me enseñó la carta.
No
diré lo que había escrito la Reina. Era, sin duda, muy conmovedor, muy tierno,
pero una locura.
Aseguraba
que no podía permanecer en Zenda si no sabía lo que pasaba en Strelsau; que
temía lo que pudiese haber ocurrido en el pabellón de caza; que se desesperaba
pensando que si no iba a Strelsau, no vería vivo "al que usted sabe".
He
aquí uno de los párrafos:
"¡Es
preciso que le vea! ¡Es preciso! Si el Rey ha recibido la carta, estoy perdida.
De lo contrario, dígame lo que sabe o lo que puedo hacer. ¡Es necesario que
parta! ¡Está en peligro! ¡Bernenstein vendrá conmigo y le veré! No puedo per
manecer aquí. ¡Perdóneme!"
Así
terminaba la carta. ¡Pobre Reina!
En
cierto modo podía excusarse el arrebato de la soberana, pero era menester
acudir al remedio.
Entramos
en el pabellón, y James, recordando que la gente necesita comer, nos preparó un
almuerzo.
Hablamos
comiendo. Era evidente que yo debía ir a Strelsau. Allí se desenlazaría el
drama. Allí estaban Rodolfo, Rischenheim, Ruperto probablemente, y la Reina. De
todos ellos, Ruperto, y quizá su primo, eran los únicos que conocían la muerte
del Rey.
Este
descansaba en su cama y tenía abierta la fosa. Sapt y James guardaban el
secreto y estaban dispuestos a sacrificar sus vidas. Yo debía ir a Strelsau
para avisar a la Reina, que era viuda, y para acabar con Ruperto.
A
las nueve de la mañana salí del pabellón. Sapt me encargó que preguntara a
Rassendyll si debía reunirse con él o permanecer donde estaba.
―Todo
se decidirá hoy ―dijo―. No podemos ocultar por más tiempo la muerte del Rey.
¡Por el amor de Dios, Fritz! ¡Desembarácenos de ese miserable y recoja la
carta!.
A
las diez llegué a Hofbau; a la una partiría el tren para la capital.
Pensé
proseguir el camino a caballo, pero comprendí que me retrasaría en vez de
adelantar. Esperé. Pero con una impaciencia de la que no es posible formarse
idea. El jefe de estación, que me conocía, debió pensar que estaba loco. ¿Qué
remedio me quedaba? Esperé.
A
las dos estábamos cerca de la ciudad, pero el tren, no sé por qué, tuvo que
detenerse media hora. Por fin llegué a la estación. Tomé un coche y ordené que
corriera el caballo.
Cuando
iba a ponerse en marcha, un hombre, parado en la acera, me hizo una señal con
la mano. La vi. La vio el cochero y no arrancó.
Se
acercó Antón de Strofzin, el primo de mi mujer. De buena gana lo dejaba
chasqueado. Pero no tuve otro recurso que el de oírle.
―¡Querido
Fritz! ―exclamó, estrechándome la mano―. Celebro no tener ningún cargo en la
corte. ¡Qué vida llevas! Te creía instalado por un mes, cuando menos, en Zenda.
―La
Reina ha variado de idea, cosa que les ocurre con frecuencia a las señoras,
como sabes tú, que tan bien las conoces.
El
cumplido le envaneció.
―Pensaba
que volverías pronto, pero ignoraba que la Reina estuviese aquí.
―¿Sí?
Y, ¿por qué creías que vendríamos pronto?
―¿Por
qué? ¡Toma! ¡Estando el Rey aquí! ...
―¿El
Rey aquí? ―exclamé asiéndole el brazo.
―Sin
duda. ¿No lo sabías? Está en la ciudad.
No
pude oír más. Permanecí mudo un momento, y luego grité al cochero:
―¡A
palacio! ¡A escape!
Partió
al galope, dejando con un palmo de narices al primo de mi mujer. El Rey yacía
muerto en el pabellón de caza. ¡Y el Rey estaba en la capital!
Naturalmente,
comprendí en seguida. Rassendyll estaba en Strelsau.
Fue
visto con alguien y se le confundió con el Rey. Pero, ¿qué íbamos ganando en
ello?
La
realidad era mucho peor de lo que suponía, de lo que podía suponer.
De
conocerla por entero, había para desesperar, para creer que la suerte se
encarnizaba contra nosotros.
Lo
que había sucedido era poco menos que inconcebible.
La
presencia del Rey no fue revelada por un transeúnte que le hubiera reconocido
al pasar, ni por un rumor que se hubiese esparcido entre la muchedumbre sin
apoyarse en hechos evidentes. No. Aquel mismo día, ante los ojos de la
muchedumbre, con el asentimiento de la Reina, el señor de Rassendyll había
pasado por ser el Rey en Strelsau, cuando ni él ni la Reina sabían que el Rey
había muerto.
CAPÍTULO
10
EL
REY EN STRELSAU
Rassendyll
llegó de Zenda a Strelsau, a las nueve de la noche del día en que ocurrió el
drama del pabellón de caza.
Hubiese
podido llegar antes, pero era evidente esperar hasta haber anochecido, porque
si a través del bosque no era probable que le reconociera nadie, no podía decir
lo mismo apenas pisara las calles de la capital, donde reinaba el verdadero
Rodolfo de Ruritania.
Como
no se cerraban las puertas de la ciudad conforme se hacía en la época del Duque
Negro, Rodolfo Rassendyll pasó sin que nadie se fijara en su semblante.
La
noche era tempestuosa en Strelsau, y así pudo llegar a la puerta de mi casa sin
que le hubiese mirado nadie con curiosidad indiscreta, ya que, a causa de la
borrasca, apenas pasaba gente por las calles.
Pero
allí se presentaba una contingencia peligrosa. Ninguno de nuestros criados
estaba en el secreto. Sólo mi mujer, a quien la Reina revelara el caso, le
conocía, pero no esperaba ver a Rodolfo, pues ignoraba lo que había acontecido.
Rodolfo
se daba cuenta del riesgo y sentía que la ausencia de James no le permitía
haber preparado a mis deudos y criados.
La
lluvia y el viento le daban pretexto para envolverse el cuello y la barba, así
como para hundirse el sombrero hasta los ojos.
Así
entapujado llamó a mi puerta después de echar pie en tierra.
Cuando
abrió el mayordomo, con voz ronca pidió ver a mi mujer, pretextando un mensaje
mío de que él era portador.
Vaciló
el mayordomo en dejar la puerta habiendo allí aquel desconocido y balbuceando
una excusa por si el mensajero era un gentleman, cerró la puerta y fue a
prevenir a su ama.
La
descripción del viajero intempestivo despertó la curiosidad de mi mujer.
Yo
le había explicado cómo Rassendyll fue al pabellón de caza entapujado de igual
manera.
La
noticia de que era un hombre muy alto y con el semblante cuidadosamente oculto,
le sugirió la idea de qué podía ser Rodolfo.
Helga
no quiere convenir nunca en que es muy inteligente. Sin embargo, he observado
que adivina siempre lo que desea saber de mí, y sospecho también que acierta en
dejarme ignorar lo que no le conviene que yo sepa. No le costó, pues, gran
trabajo entenderse con el mayordomo.
Dejando
la labor en que trabajaba, dijo:
―¡Ah!,
sí, conozco a ese caballero. ¿Acaso le ha dejado en la calle para que se ponga
en remojo?
El
mayordomo murmuró una excusa y explicó lo difícil que era adivinar la calidad
del que llamara.
Helga
bajó la escalera y ella misma abrió la puerta.
A
primera vista conoció a Rodolfo Rassendyll, por sus ojos, según dijo.
―¿Es
usted? ―exclamó―. ¡Y el torpe del mayordomo le deja a la puerta! Tómese la
molestia de pasar. ¿Y el caballo? Volviéndose entonces hacia el mayordomo, le
dijo: ―Lleve el caballo del señor barón al establo.
―Voy
a avisar a un criado.
―No.
Vaya usted mismo, en seguida.
Muy
de mal humor salió el corpulento mayordomo a tomar la lluvia.
Rodolfo
dio un paso atrás para dejarle paso y después entró vivamente en el vestíbulo,
donde quedó solo con Helga. Le condujo a un aposento de la planta baja que me
servía de despacho.
Daba
a la calle y la lluvia chocaba con los cristales. Rodolfo se volvió hacia
Helga, sonriendo, y le besó la mano.
―¿El
barón de qué, querida condesa? ―preguntó.
―No
es menester dar explicaciones ―dijo encogiéndose de hombros―. Dígame lo que le
trae aquí y lo que ha sucedido.
Le
contó brevemente cuanto sabía y Helga ocultó lo mejor que pudo el terror que sentía
al saber que podía yo encontrarme con Ruperto en el pabellón de caza.
Luego
preguntó lo que Rodolfo deseaba.
―¿Puedo
salir de la casa y entrar en ella en caso de necesidad, sin ser visto?
―preguntó.
―La
puerta está cerrada de noche y únicamente tienen la llave de ella mi marido y
el mayordomo.
La
mirada de Rassendyll se fijó en la ventana.
―No
he engordado hasta el punto de que no pueda pasar por aquí. Vale más no decir
nada al mayordomo; podría charlar.
―Como
quiera.
―Pudiera
ser que volviese si erra el golpe y cuando den la alarma.
―¿El
golpe? ―preguntó Helga alarmada.
―Sí;
no me pregunte de qué se trata; es servicio de la Reina.
―Por
la Reina haría cuanto pudiese, y Fritz lo mismo.
―Entonces,
¿puedo ordenar? ―dijo sonriendo.
―Como
y cuando guste.
Mientras
hablaba, el mayordomo abrió la puerta, después de pedir permiso.
Mi
mujer le encargó unos fiambres cerveza, dulces, pastas.
―Ahora,
venga conmigo ―dijo a Rodolfo cuando hubo salido el mayordomo.
Lo
llevó a mi cuarto tocador, le preparó una bata y ropa blanca, y ordenó que
prepararan una cama.
Después
de cenar en el despacho, hablaron largamente, esperando la medianoche.
Entonces
Rodolfo abrió la ventana y saltó a la calle.
La
tempestad continuaba y la calle estaba desierta.
Desde
el momento en que el señor Rassendyll dejó mi casa para ir en demanda de
Ruperto de Hentzau, cada hora, cada minuto casi, marcaron un incidente del
drama del que éramos actores.
He
dicho lo que estábamos haciendo.
Ruperto
volvía entonces hacia la ciudad: la Reina meditaba la resolución que iba a
llevarla a Strelsau, Hasta durante la noche combatían ambos antagonistas. Por
muy previsor y avisado que fuera Rodolfo, debía hacer frente a un adversario
osado y diestro, y auxiliado por Bauer, que era de la piel de Barrabás. Desde
el principio hasta el fin consistió nuestro error en no contar con aquel
canalla, lo cual nos costó muy caro.
Mi
mujer y también Rodolfo creyeron que la calle estaba desierta cuando él abrió
la ventana para irse. Y, sin embargo, fue todo espiado, desde que llegó Rodolfo
hasta que saltó por la ventana.
En
los dos extremos de la fachada de mi casa hay dos salientes formadas por las
ventanas del gran salón y del comedor. Como es natural, forman dos sombras. En
una de éstas debía esconderse el espía, pues de otro modo Rodolfo lo vería.
Si
hubiésemos estado menos ocupados por nuestros propios planes, se nos hubiera
ocurrido que Ruperto habría encargado que mientras durase su ausencia,
Rischenheim y Bauer vigilaran mi ―casa, pues allí deberíamos ir todos al llegar
a Strelsau.
Por
fortuna, la noche era tan oscura, que el espía, que no conocía a Rassendyll, no
le reconoció, pues tampoco había visto al Rey más que una vez; pero comprendió
que prestaría un buen servicio a su amo siguiendo los pasos del hombre que
había entrado y salido de un modo tan misterioso de mi casa.
Así
es que cuando Rodolfo salió, se puso a seguir sus pasos, disimulándose lo mejor
que pudo.
Continuando
el camino emprendido, Rodolfo entró en la Konigstrasse. En aquel instante
Bauer, que se encontraba a una distancia de unos cien metros, apresuró el paso
y se acercó.
Bauer,
que había pasado su existencia en las ciudades, razonó como un ciudadano. Creyó
que gracias a la lluvia y al viento, su contrario no le oiría.
Pero
Rassendyll, acostumbrado al campo, tenía fino el oído. Distinguió el ruido de
los pasos del que le seguía y no volvió la cabeza, pero aflojó el paso. El otro
hizo lo mismo.
Ya
no podía dudar de que era seguido. De pronto se detuvo y reflexionó
profundamente.
¿Sería
Ruperto el que le seguía? En efecto, podía ser él. Rassendyll sabía que era
hombre capaz de atacarle de frente, si así le convenía, como de acometerle
traidoramente por la espalda, si lo creía oportuno.
Rassendyll
sentíase satisfecho de poder combatir con su adversario en campo libre; si
caía, le reemplazarían Sapt o yo. Si vencía, la carta era suya y la destruiría
al punto, tranquilizando a la Reina.
Pienso
que no se entretuvo en considerar que podía ser detenido por la policía. En tal
caso, quizá consintiera en declarar su identidad y a reírse de la sorpresa de
los agentes al notar una semejanza gratuita. Quizá confiaba en nosotros para
quedar libre.
Lo
probable es que sólo pensó en recobrar la carta. Sea como fuese, se volvió de
repente y se dirigió hacia Bauer, ,:l cual comprendió que había sido
descubierto. En tal circunstancia, el astuto tunante hundió la cabeza entre los
hombros y continuó su camino silbando entre dientes y con paso bastante rápido.
Rodolfo
permaneció inmóvil en medio de la calle, preguntándose si era Ruperto que
disfrazaba su porte, uno de sus cómplices o un transeúnte indiferente que
ignoraba por completo sus asuntos.
Buaer
proseguía su camino. Llegaba junto a Rassendyll. Este, que estaba casi
convencido de que le seguía, quiso cerciorarse de ello.
Le
gustaba ir derecho al bulto, como el propio Ruperto, y de ahí la inclinación
que sentía por su poco escrupuloso adversario.
Se
acercó de pronto a Bauer y le habló sin disfrazar su voz ni ocultar la cara.
―Tarde
pasea por la calle, amigo, dado el tiempo que hace.
Bauer,
aun cuando sorprendido por aquel reto brusco, no perdió la serenidad.
―Cuando
no se tiene casa, no queda otro recurso que pasear por las calles ―respondió.
Había
descrito minuciosamente al señor de Rassendyll el aspecto del criado, de modo
que si Bauer le reconoció a él, por su parte Rodolfo no estaba menos bien
informado.
―¿No
tiene hogar? ―exclamó Rassendyll con aspecto compasivo―. Muy triste es eso y no
he de tolerarlo. Nadie debe estar sin cobijo haciendo esta borrasca. Venga
conmigo: 1e daré albergue y cama por esta noche.
Bauer
retrocedió. No adivinaba la intención de Rodolfo y miró la calle con intención
de huir. Pero Rassendyll no le dio tiempo.
Pasó
su brazo por debajo del de Bauer y le dijo, haciéndole atravesar la calle:
―Soy
cristino y quiero que tenga usted cama esta noche. Venga conmigo. El tiempo es
malo para estar a la intemperie.
En
Strelsau estaba prohibido llevar armas. Bauer no quería chocar con la policía.
Además, como sólo espiaba, no creyó necesario ir armado.
No
le quedó, pues, otro recurso que seguir a Rodolfo y ambos continuaron andando a
lo largo de Konigstrasse. Bauer ya no silbaba.
De
pronto atravesaron la calle, aun cuando aquello maldita la gracia que le hacía
a Bauer.
―Hay
que venir conmigo, mocito ―dijo Rassendyll riendo.
Se
acercaban a la estación, donde la numeración de la calle empezaba.
Rodolfo
empezó a examinar ventanas y tiendas.
―¡Qué
oscuridad! ¿Puede usted distinguir el número 19? ―preguntó al suizo.
Se
acentuó su sonrisa. Había dado en el clavo. Bauer era un tunante redomado, pero
no mandaba en absoluto sus nervios, y se estremeció su brazo que estaba en
contacto con el de Rodolfo.
Balbuceó:
―¿El
número 19?
―Sí,
allí vamos usted y yo. Espero que allí encontraremos lo que nos hace falta.
Bauer
estaba pasmado. Evidentemente no sabía cómo parar aquella estocada.
―Creo
que ya estamos ―dijo Rassendyll con expresión satisfecha al llegar frente a la
casa de la vieja Holf―. Sí, aquí es. Llame, se lo ruego; no tengo libres las
manos.
Estaban,
en efecto, muy ocupadas.
Una
de ellas tenía agarrado el brazo de Bauer, no de un modo amistoso, sino como
una tenaza; la otra empuñaba un revólver y el que debía considerarse como
prisionero, veía, por la dirección del caño, adónde iría a parar la bula.
―No
veo aldaba.
―Llame
con la mano.
―No
nos oirán.
―Llame
de todos modos, y de un modo especial.
―No
sé de qué modo.
―Yo
tampoco. ¿No adivina de qué modo se abre esta puerta?
―No.
Soy incapaz de ello.
―Es
preciso probar. Llame... y oiga. Es necesario que adivine. ¿Comprende?
―Pero
si no sé...
―El
caso es que me incomoda esperar, y si la puerta no se abre antes de un par de
minutos, despertaré a la gente de dentro con un disparo. ¿Ahora comprende,
verdad?
La
dirección del arma indicó al suizo el sentido de la advertencia.
Bauer
cedió a tan poderosa persuasión.
Levantó
la mano y llamó ,a la puerta. Primeramente dio cinco golpes recios y sin
intervalo casi; después tres, suavemente y muy espaciados.
Evidentemente,
le esperaban, pues sin que se e vera ruido de pasos, se corrió la cadena y
abrió la puerta.
En
el mismo instante la mano de Rodolfo soltó el brazo del suizo, le asió por el
cogote y de un empellón formidable le envió a rodar por el suelo, donde dio de
bruces en el barro.
Rodolfo
empujó la puerta, entró y cerró, dejando a Bauer en mitad de la calle.
Se
volvió con la mano dispuesta a disparar el revólver, pues esperaba encontrarse
cara a cara con Ruperto de Hentzau.
Pero
no vio a Ruperto ni a Rischenheim, ni siquiera a la vieja, sino a una garrida,
linda y simpática moza, que sostenía una lámpara en la mano.
Rodolfo
no la conocía, pero yo hubiese podido decirle que era la más joven de las hijas
de la tía Holf, a quien había yo visto muchas veces en Zenda cuando pasaba
acompañando al Rey. La muchacha parecía enamorada del rey de Ruritania y muchas
veces le llamé la atención a Rodolfo de Elphberg hacia las miradas lánguidas
que la muchacha le dirigía.
Pero
como los reyes que son buenos mozos inspiran muchas de esas pasiones, hacen
poco caso de ellas, el rey Rodolfo V no prestó atención a la que le devoraba
con los ojos.
Cuando
Rosa, que así se llamaba la chica, vio la cara del que de un modo tan brusco
acababa de entrar en su casa, poco faltó para que en su asombro soltara la
lámpara que llevaba en la mano.
En
un instante expresaron sus ojos temor, alegría y pasmo.
―¡El
Rey! ―murmuró estupefacta―. Pero...
Y lo
examinó curiosamente.
―¿Busca
usted la barba? ―preguntó él acariciándose el mentón―. ¿Acaso los reyes no
tienen derecho a afeitarse
como
los demás mortales?
Viendo
que la joven aún estaba atolondrada, se inclinó hacia ella y murmuró:
―No
deseo ser reconocido.
Rosa
se ruborizó de placer al advertir que confiaba en ella su poderoso visitante.
―Le
reconocería dondequiera que le viese, Majestad.
―¿Consentirías,
―entonces, en ayudarme?
―¡Mándeme!
―No,
no, señorita. No se trata de dar órdenes. Deseo una simple indicación. ¿De
quién es esta casa?
―De
mi madre.
―¿Tiene
huéspedes?
La
joven pareció contrariada al oír estos preliminares prudentes.
―Dígame
lo qué desea saber ―respondió.
―¿Quién
vive aquí?
―El
conde de Rischenheim.
―¿Qué
hace?
―Está
tendido en la cama y jura y maldice por lo que le hace padecer su brazo herido
―dijo la joven.
―Y,
¿no hay nadie más aquí?
Rosa
miró en torno y bajó la voz para responder:
―No.
Ahora, no.
―Buscaba
a uno de mis amigos ―dijo Rodolfo―. Necesito verle a solas. Para un Rey es
difícil hablar a las gentes sin tener testigos.
―Quiere
usted decir...
―Bien
lo sabe usted.
―No...
¡Ah, es...! Marchó en busca de usted.
―¿Para
buscarme? ¡Diablo! ¿Cómo sabe usted esto, linda señorita?
――Bauer
m2 lo ha dicho.
―¡Ah,
Bauer! ¿Quién es Bauer?
―El
que ha llamado. ¿Por qué no lo dejó usted entrar?
―Porque
quería estar a solas con usted. Dígame: ¿Bauer le confía los secretos de su
dueño?
Rosa
acogió esta broma con una sonrisa. No le disgustaba que el Rey supiera que
tenía adoradores.
―Y,
¿adónde ha ido a buscarme el conde Ruperto? ―preguntó Rodolfo, como quien no da
importancia a lo que pregunta.
―¿No
lo ha visto?
―No.
Acabo de llegar del castillo de Zenda.
―¡Ah!
Yo cree que esperaba encontrarle en el pabellón de caza. Y ahora recuerdo que
el conde de Rischenheim se ha mostrado muy contrariado al saber que su primo
había marchado.
―Ahora
comprendo. Rischenheim le traía un mensaje mío.
―¿Y
no se han encontrado, verdad, Señor?
―Eso
es. Y a fe que lo siento.
Hablando
así, expresaba Rodolfo su pensamiento.
―Y,
¿cuándo le parece que volverá el conde de Hentzau? ―Mañana temprano, Majestad,
entre las siete y las ocho. Rodolfo se acercó a ella y sacó dos monedas de oro
del bolsillo.
―No
quiero dinero, Majestad ―murmuró Rosa.
―¡Bueno!
Agujeree las monedas y llévelas en recuerdo mío.
―¡Sí,
sí! ¡Démelas! ―exclamó gozosa, tendiendo la mano.
―¿Querrá
usted ganarlas? ―inquirió él bromeando y no dejándolas al alcance de la mano de
Rosa.
―¿De
qué modo?
―Estando
dispuesta a abrirme cuando vendré a las once y llamaré como lo ha hecho Bauer
hace poco. ―Sí, aquí estaré.
―Y
no dirá a nadie que he estado aquí.
―¿Ni
a mi madre?
―No.
―¿Ni
al conde de Rischenheim?
―A
él menos que a nadie. Se trata de un asunto muy secreto y el conde de
Rischenheim lo ignora.
―Haré
cuanto Vuestra Majestad indica, pero...
―¿Qué?
―Hay
un inconveniente.
―Veamos.
―Bauer
lo sabe.
―Es
verdad, pero haré como si no lo supiera. Después se dirigió hacia la puerta.
De
pronto, la joven se inclinó, le tomó la mano y se la besó.
―Daría
la vida por usted ―murmuró.
―¡Pobre
niña! ―dijo él con acento cariñoso.
Creo
que sentía aprovecharse de aquel amor ingenuo.
Antes
de abrir la puerta, dijo:
―Si
Bauer viene, acuérdese de que no me ha dicho usted nada. Yo la he amenazado,
pero usted no ha querido responderme.
―Dirá
a los otros que usted ha estado aquí.
―Eso
no podemos impedirlo, pero por lo menos, ignorarán a qué hora vendré. Buenas
noches.
Rodolfo
abrió la puerta y salió a la calle. Buscó con la mirada a Bauer; el bergante
había desaparecido.
CAPÍTULO
11
LO
QUE VIO LA MUJER DEL CANCILLER
La
noche, propicia por su silencio, su soledad y sus tinieblas, terminaba. Muy
pronto el alba llamaría la gente a la calle.
Antes
de esa hora era' preciso que Rodolfo Rassendyll, el hombre que no se atrevía a
mostrar su semblante en plena hora, estuviera oculto, pues de lo contrario
dirían que el Rey estaba en Strelsau, y la noticia se difundiría por todo el
reino. Pero Rassendyll tenía algún tiempo a su disposición, y pensó
aprovecharlo para ver si conseguía castigar a Bauer e impedir que hablase.
Siguiendo
el ejemplo del bellaco se ocultó en la sombra de las paredes y esperó. Quería
que Bauer no hablase con Rischenheim.
Pensaba
que el suizo volvería en breve por allí para saber si el desconocido visitante
había desaparecido y si podría entrar sin peligro en casa de la vieja Holf.
Envolviéndose
en la capa, Rodolfo esperó a pie firme, calado por la lluvia, que caía sin
interrupción, y mal abrigado contra las ráfagas del viento.
Pasaban
los minutos y no aparecía Bauer, pero no se atrevía a moverse de allí, temiendo
que el otro aprovechara la coyuntura para colarse dentro.
Quizá
le había visto salir y esperaba que se hubiese marchado.
Quizá
el espía fue a avisar a Ruperto de Hentzau del peligro que le amenazaba en la
Konigstrasse.
Ignorando
la verdad y obligado a aceptar todas las hipótesis, Rodolfo esperaba, y
acechaba el alba que debía llevarle hacia su escondite.
Rodolfo
volvía la cabeza a un lado y otro procurando ver la forma humana que esperaba.
Durante un rato miró en vano, pero luego vio más de lo que esperaba.
Por
la misma acera en que estaba en acecho, llegaban tres sombras. Avanzaban con
precaución, pero rápidamente, sin detenerse. Rodolfo adivinaba el peligro.
Se
pegó a la pared y empuñó el revólver.
Probablemente
se trataba de trasnochadores o de obreros que iban al trabajo, pero Rodolfo
creía otra cosa.
Imaginaba
que Bauer era uno de los que se acercaban y que deseaba desquitarse.
Las
tres sombras se acercaban, pero aún no distinguía las facciones de ninguna de
ellas. Sin embargo, uno de los que se aproximaba, por la corpulencia, estatura
y aspecto, parecía Bauer.
Si
se trataba de él, le acompañaban dos amigos.
Obrando
con prudencia, Rodolfo se alejó unos pasos de la puerta del número 19 y esperó
oculto en la sombra.
Era
evidente que Bauer, pues de él se trataba, había previsto dos soluciones: lo
que esperaba, era encontrar a Rodolfo dentro de la casa, lo que temía era que
Rodolfo, habiendo realizado su designio ―que Bauer no adivinaba― hubiese salido
ya, sano y salvo, de la casa.
Llevaba
dos ganapanes, los cuales, en el primer caso, recibirían diez coronas y
cumplirían lo que les tocaba hacer. En el segundo caso, con cinco coronas
podían irse tranquilamente a sus respectivas casas sin haberse molestado y sin
causar el menor daño.
Lo
que debían hacer entre los tres lo decían los garrotes que llevaban los
acompañantes y el largo cuchillo que empuñaba Bauer.
Pero
ni a éste ni a aquéllos se les ocurrió que Rodolfo acechaba y que, en vez de
ser sorprendido, podía sorprender:
Es
muy probable, sin embargo, que tal imposición no contuviera a los dos
canallas,' pues es sabido que lo único que temen éstos es la intervención de la
policía en sus asuntos; lo que les puede hacer el contrario, la muerte que
puede darles el que tratan de asesinar, lo consideran como un riesgo inherente
a su profesión.
―Aquí
está la casa ―murmuró Bauer, deteniéndose de pronto.
―Voy
a llamar; si sale, le matáis. Tiene un revólver; no perdáis, pues, ni un
segundo. ;Duro y a la cabeza!
―No
le daremos tiempo para disparar.
―¿Y
si ha salido? ―preguntó el otro ganapán.
―En
tal caso ya sé dónde habrá ido ―respondió Bauer. Y añadió en seguida:
―¿Estáis
listos?
Los
dos bandidos se colocaron a ambos lados de la puerta con los garrotes
levantados.
Bauer
alargó la mano para llamar.
Rodolfo
sabía que Rischenheim estaba dentro y temió que Bauer, aprovechando la ausencia
del desconocido ―de él― aprovechase la ocasión para revelar su entrada al
conde. Este diría el hecho a Ruperto . de Hentzau y habría que empezar de
nuevo.
El
señor Rassendyll no reparaba jamás en la ventaja que podían tener sus
adversarios sobre él, pero en aquella ocasión, podía creer que el revólver
igualaba las fuerzas.
Lo
cierto es que en el momento en que Bauer iba a llamar, salió de su escondite y
se arrojó contra aquél.
El
ataque fue tan vivo que los otros dos retrocedieron un paso.
Rodolfo
asió a Bauer por el cuelo y furioso como estaba apretó de tal modo que el
tunante creyó llegada su última hora.
Levantó
entonces el brazo armado del cuchillo y Rassendyll tuvo que soltar su presa.
Pero
Bauer le acometió de nuevo, gritando a sus ayudantes:
―¡Matadle
de una vez!
Uno
de ellos se precipitó para cumplir el mandato.
Rassendyll
comprendió que no podía vacilar. A pesar del viento y la lluvia, era muy
expuesto disparar, pero no disparar equivalía a morir.
Rodolfo
tiró contra Bauer; el asesino trató de salvarse saltando, pero cayó pesadamente
al suelo.
De
nuevo retrocedieron los dos bandidos, asustados por la decisión del que
atacaba.
Rassendyll
soltó una carcajada. Un terno ahogado escapó a uno de los bandidos y dejó caer
el brazo sin herir. El otro miró asustado.
Entonces
Rassendyll se arrancó el tapabocas y dijo:
―Parece
que la cosa es más grave de lo que imaginábais. Uno de los tunantes respondió
como hablándose a si mismo:
―Es
una atrocidad intentar semejante cosa por diez coronas.
Su
compañero miró estupefacto a Rodolfo.
―Levantad
a este truhán y llevadlo. Supongo que no queréis que os aprese la policía...
¡Andando!
Diciendo
esto Rodolfo se volvió para llamar a la puerta del número 19. Pero en aquel
momento, Bauer largó un quejido. Debía de estar muerto, a no ser porque la
suerte parece proteger a la espuma de la humanidad.
El
salto que dio le había salvado. La bala le rozó la sien, pero no le abrió la
cabeza. Le aturdió y derribó, nada más.
Rodolfo
no llamó. No sería prudente entrar a Bauer dentro de la casa, pues podía
recobrar la palabra.
Rodolfo
reflexionó un instante, pero de nuevo fueron turbadas sus reflexiones.
―¡La
patrulla! ¡La patrulla! ―murmuró uno de los perdularios.
Se
oían pisadas de, caballos. En la calle, por el extremo de la estación,
aparecieron dos jinetes.
Si
le apresaban, lo menos que podía temer era ir a parar al calabozo mientras
Ruperto haría lo que le viniera en gana.
La
astucia de que se había valido contra los bandidos, no podía emplearla, a menos
de encontrarse en trance desesperado, contra la autoridad legal. Lo mejor era
huir.
No
hacía más que imitar a los dos perillanes que, dejando caer a Bauer, escaparon
como alma que lleva el diablo.
Siguió
Rodolfo calle abajo y al llegar a una travesía se detuvo a escuchar.
La
patrulla vio la dispersión del grupo y corrió hacia allí. Los que la componían
llegaron donde ocurrió la reyerta y encontraron a Bauer en el suelo.
Como
estaba sin sentido, no pudo servirles de nada su hallazgo. Persiguieron, pues,
a los que huían, y al propio tiempo pitaron en demanda de auxilio. Muchos otros
pitos respondieron al de los que habían visto huir a varios hombres.
Rodolfo
oyó aquellos silbidos y apretó a correr. Pero se encontró en un dédalo de
callejuelas y al cabo de pocos minutos no sabía dónde estaba.
Dejó
de correr; se encasquetó el sombrero; se cubrió la cara con la bufanda y echó a
andar despacio. Quería encontrar refugio antes de que amaneciera, pues su
semejanza con el Rey le comprometería.
En
aquel instante oyó pisadas de caballo detrás de él. Al volverse vio que uno de
los guardias se dirigía derecho hacia él.
La
situación de Rodolfo Rassendyll era crítica, y esto explica el partido que
creyó deber tomar. Quizá el que le perseguía le había visto correr. Su temor no
era vano, porque el guardia gritó:
―¡Alto!
Resistir
sería peor. La serenidad, y no la fuerza, podría salvarlo aquella vez. Rodolfo
se detuvo y se volvió como sorprendido..
Luego
se irguió con dignidad y esperó.
Si
era necesario jugar su última carta, se serviría de ella para ganar la partida.
―¿Qué
hay? ¿Qué quiere usted? ―preguntó cuando el guardia llegaba a cuatro pasos de
él.
Y
hablando así se quitó la bufanda.
―Habla
usted con mucho imperio ―añadió con desdén―. ¿Qué me quiere?
Dando
casi un brinco sobre su caballo, el sargento, pues lo era quien le detuvo, se
inclinó sobre la silla para ver mejor al hombre que le interpelaba.
―Y,
¿por qué me saluda ahora? ―añadió Rodolfo con acento burlón―. No entiendo a qué
viene todo esto. Y miró fijamente al sargento. ―Majestad, no sabía, no podía
suponer... Rodolfo se acercó a él con paso rápido y decidido.
―¿Por
qué me llama Majestad?
―Es
que... ¿Acaso no es... Su Majestad? Rodolfo le miraba tranquilamente.
―Se
engaña usted, amigo, no soy el Rey.
―No
es... ―balbuceó el soldado con asombro.
―No.
―¿Qué,
Majestad?
―Caballero
querrá usted decir.
―Sí,
caballero.
―Pues
bien, un oficial celoso, sargento, no puede cometer un error más grave que
tomar por el Rey a un hidalgo que no es el Rey. Esto podría redundar en daño
suyo, porque no estando el Rey en Strelsau, podría desear que nadie creyera que
aquí se encuentra. ¿Comprende usted bien, sargento?
El
guardia no respondió y continuó mirando al que le hablaba.
―En
un. caso como éste, el oficial dejaría en paz al hidalgo y cuidaría de no
contar a nadie su ridícula equivocación. Y en caso de ser preguntado,
respondería que no vio a nadie que se pareciera al Rey y mucho menos al Rey en
persona.
Una
sonrisa de duda asomó bajo el bigote del sargento.
―Comprenda:
el Rey no está siquiera en Strelsau ―añadió Rodolfo.
―¿No
está en Strelsau?
―No,
está en Zenda.
―¡Ah!
―Es,
pues, imposible que esté aquí.
El
sargento estaba ya seguro de comprender.
―Veo
que, en efecto, es imposible que esté aquí, caballero.
Y
sonrió francamente.
―Así
es. Por consiguiente, no puede haberlo visto.
Diciendo
esto Rodolfo sacó una moneda de oro del bolsillo y la puso en la mano del
sargento, que la guardó cuidadosamente.
―Quedamos,
pues, en que usted ha buscado, pero no encontrado. Lo mejor que puede hacer, es
buscar por otra parte.
―Sin
duda, caballero ―respondió el sargento. Y con un saludo respetuoso se marchó
por donde viniera.
Es
indudable que todas las mañanas hubiese deseado encontrar un caballero... que
no fuera el Rey.
Libre
de todo temor, Rodolfo atravesó una plaza, y se dirigió con paso rápido hacia
mi casa, pues temía que los soldados de un cuartel cercano pudieran creer
reconocerlo.
Por
fortuna, pudo pasar sin tropiezo. Estaba casi a salvo cuando la suerte quiso
jugarle una mala pasada. Estaba apenas a cincuenta metros de mi casa cuando un
coche llegó y se detuvo a pocos pasos delante de él. Un lacayo bajó y abrió la
portezuela.
Bajaron
dos damas vestidas con traje de baile. Una era una señora de mediana edad.
Otra, uno jovencita muy linda.
Detuviéronse
un instante en la acera y la más joven dijo:
―¡Qué
airecillo tan agradable, mamá! Me gustaría levantarme todos los días a esta
hora.
―Por
unos días, quizá, hija mía, pero después... ―respondió la madre.
Se
detuvo de súbito. Sus ojos se habían fijado en Rodolfo Rassendyll.
El
la conocía. Era una gran señora, la esposa del canciller Helsing. La casa
delante de la cual se detuvo el coche era la suya.
Rodolfo
estaba descubierto.
―¡Mira,
hija, es el Rey! ―exclamó en voz baja la madre.
Rassendyll
no podía escabullirse. No solamente las dos damas sino hasta sus servidores le
habían reconocido.
La
fuga era imposible. Pasó por delante del grupo. Las damas hicieron una
reverencia; los criados se inclinaron con la cabeza descubierta.
Rodolfo
tocó ligeramente su sombrero al pasar. Se dirigió derecho a mi casa. Le miraban
y él lo sabía.
Maldijo
de todo corazón la costumbre que tenían ciertas gentes de bailar hasta tan
tarde, pero pensó que una visita a mi casa sería una excusa plausible.
Se
adelantó, pues, atisbado por las señoras asombradas y por los criados, que se
preguntaban con ganas de reír, qué motivo podía haber traído a Su Majestad en
tal hora y en semejante estado ―pues su ropa estaba calada y sus botas
cubiertas de barro― a Strelsau, cuando todo el mundo le creía en Zenda.
Rodolfo
llegó a mi casa. Sabiendo que le espiaban, llamó a la puerta y no a la ventana.
¡Lo qué habría chismorreado en tal caso la excelente baronesa de Helsing! Menor
escándalo produciría que le viera mi servidumbre. Pero, ¡ay!, hasta la misma
virtud puede causar nuestra ruina.
Mi
querida Helga, que estaba en vela y acechando, oyó los pasos de Rodolfo, abrió
con precaución la ventana y, asomando su linda cabeza, dijo en voz baja:
―Nada
hay que temer. Entre.
El
mal estaba hecho, pues la señora Helsing y sus criados contemplaban el raro
espectáculo.
Rodolfo
vio a los espectadores, y un instante después los vio asimismo Helga.
Candorosa
y poco acostumbrada a dominar sus emociones, retrocedió, lanzando un chillido
de terror.
De
nuevo volvió Rodolfo la cabeza.
Las
damas se habían refugiado debajo de la marquesina, pero no por ello dejaban de
mirar entre sus columnas.
"Tanto
da ya que entre por aquí como por la puerta" ―pensó.
Sonreía
alegremente cuando se acercó a Helga, pálida y aterrorizada.
―Le
han visto ―murmuró, respirando apenas. ―Sin duda alguna.
Y
añadió:
―No
sé lo qué daría por oír lo que van a decir al canciller, cuando le despertarán
dentro de uno o dos minutos.
Pero
un minuto de reflexión le hizo comprender que, ante todo debía salvar la
reputación de mi esposa.
Y
dijo a ésta:
―Es
necesario que mande levantar a uno de sus criados para que vaya a casa del
canciller y le diga que venga inmediatamente. No. Es mejor que le escriba.
Dígale que el Rey ha venido para ver a Fritz, a quien había dado una cita para
un asunto personal, y que el Rey desea ver en seguida al canciller. Añada que
no se debe perder un instante.
Helga
le miró con asombro.
―¿No
comprende, señora? Si puedo engañar a Helsing, podré imponer silencio a esas
mujeres. Si no hacemos nada para evitarlo, dentro de un par de horas sabrá
Strelsau entero que la mujer de Fritz Tarlenheim ha hecho entrar por la ventana
de su casa al Rey, a las cinco de la madrugada.
―No
comprendo ―respondió la pobre Helga, perpleja.
―No
importa; pero haga por favor lo que le suplico. Es la única esperanza de
salvación.
―Lo
haré ―contestó.
Y
escribió la carta.
Apenas
acababa de contar la baronesa la rara historia al canciller, cuando éste
recibió la orden imperiosa de ir a ver al Rey en casa de Fritz de Tarlenheim.
En
realidad, habíamos desafiado harto audazmente la suerte, llamando a Rodolfo
Rassendyll a Strelsau.
CAPÍTULO
12
ANTE
TODOS
Por
muy grandes que fueran los riesgos y dificultades que entrañaba el plan del
señor Rassendyll, no dudo que obró 'cuerdamente, dados los informes que poseía.
El
caso era pasar por el Rey a los ojos del canciller, hacerle jurar el secreto y
obtener de él que exigiría igual silencio de su mujer, de su hija y de su
servidumbre.
Calmaría
a Helsing pretextando asuntos urgentes, cuyos detalles le daría algunas horas
después. Y un llamamiento a su fidelidad bastaría para obtener su obediencia.
Si
todo salía a la medida de sus deseos durante el día cuya aurora empezaba, antes
de la noche estaría destruida la carta, el peligro que amenazaba a la Reina
habría desaparecido y Rodolfo estaría lejos de Strelsau.
Entonces
se revelaría de la verdad lo que pudiera ser conocido. Se contaría a Helsing la
historia de Rodolfo Rassendyll, y se conseguiría que aquél permaneciese mudo
sobre la aventura extraordinaria del inglés, que representó nuevamente el papel
de Rey.
El
canciller era un hombre excelente y Rodolfo no se engañaba fiando en su
lealtad.
El
canciller, al saber la noticia de labios de su esposa, y antes de recibir el
llamamiento del fingido Rey, había llamado a sus dos criados y les ordenó que
callaran, so pena de despido inmediato y de algo más grave después. A su esposa
y a su hija les dio también una orden perentoria.
Debió
de pensar, sin duda, que el asunto que ocupaba al Rey debía ser de vital
importancia. Los hechos recomendaban la discreción. El haberse afeitado el Rey
―como no fuera rara coincidencia― probaba su deseo de que no se le conociera.
Dadas
las disposiciones oportunas, el canciller corrió al encuentro del soberano.
Cuando
se anunció su visita, Rassendyll almorzaba después de tomar un baño. Helga,
adoctrinada por Rodolfo, entretuvo al canciller y le preparó antes de que
saliese el Rey.
Se
confundió en excusas por mi ausencia, protestando que no la comprendía, y que
ni siquiera sospechaba de―qué asunto podía el Rey querer hablar a su marido.
―Únicamente
sé ―dijo― que Fritz me ha escrito que esperara al Rey a las cinco de la mañana
y que le hiciese entrar por la ventana, pues le convenía no ser reconocido.
El
Rey entró y recibió a Helsing, con sumo agrado, en el rincón más oscuro del
aposento, contándole mil patrañas y excusando una confidencia inmediata acerca
del asunto misterioso. Prometía hacérsela al día siguiente y preguntaría,
entonces, su opinión al mejor y más prudente de sus consejeros.
Helsing
escuchaba con toda atención aquel relato, que nada contaba y las buenas
palabras que disimulaban el embuste.
Su
voz temblaba de emoción cuando se ofreció incondicionalmente al Rey, afirmando
que podía responder de la discreción de los suyos como de la propia.
―Es
usted un hombre feliz ―dijo Rodolfo, suspirando, como si no pudiera decir él lo
mismo de los que le rodeaban en Palacio.
Helsing
estaba encantado, y no le quedó tiempo para ir a decir a su mujer que el Rey
confiaba en su honor y en su silencio.
Rodolfo
deseaba desembarazarse cuanto antes del pobre hombre. Pero convencido de la
importancia que tenía mantenerlo en las buenas disposiciones que manifestaba,
le entretuvo un rato.
Hizo,
pues, que Helsing se sentara, y como había notado que el conde Rischenheim le
conoció por la voz en el castillo de Zenda, habló entonces en voz apagada y
representó su papel tan a lo vivo como cuando desafiaba en Strelsau las miradas
de la corte entera.
Mientras
ocurrían estas escenas en la calle y en mi casa, la Reina y Bernenstein
caminaban hacia Strelsau. Quizá si Sapt hubiese estado en Zenda su influencia
cortara el impulso de la Reina.
Pero
Bernenstein no poseía semejante influencia, ni sabía resistir a las órdenes
perentorias y a las súplicas fervorosas.
Desde
que Rassendyll marchó a Inglaterra, tres años antes, vivió la Reina en estrecha
vigilancia de sí misma, sin abandonarse jamás a los impulsos de su corazón.
Dudo que un hombre fuera capaz de tal influjo, pero una mujer lo es.
No
obstante, aquella llegada súbita, los acontecimientos conmovedores que la
siguieron, el peligro de ambos, las palabras de Rodolfo y el júbilo de la Reina
en su presencia, todo había contribuido a conmover el imperio sobre sí misma. Y
su sueño raro y la emoción que fue su causa, le inspiraban un mismo y único
deseo: estar cerca de Rassendyll. Sólo le producían un temor: el del peligro
que corría.
Durante
el viaje no habló de aquella aprensión vivísima del peligro que la amenazaba a
ella y que todos nosotros procurábamos conjurar.
Viajaba
sola con Bernenstein, pues se desembarazó de la dama, con un pretexto
cualquiera, y sin cesar le conjuraba a que trajese a su presencia a Rassendyll.
No
puedo reprocharle tal deseo. Rodolfo era la única alegría de su existencia, y
había partido para batirse con Ruperto de Hentzau. ¿Por qué extrañar que le
considerara ye difunto? Pero sin cesar recordaba que en el sueño, Rodolfo era
aclamado Rey aun cuando difunto. ¡Era su amor el que le coronaba!
Llegando
a la ciudad se tranquilizó algo, cediendo al consejo de Bernenstein, que le
decía que procurase que nada revelara la agitación que sentía.
Como
temía saber su muerte, nada la calmaría, en realidad, hasta que le hubiese
visto vivo.
Bernenstein,
temiendo que aquella agitación creciera, prometió cuanto quiso, y con una
seguridad que no sentía, le declaró que Rassendyll estaba vivo y mejor que
nunca.
―Pero,
¿dónde?...
―Probablemente
le encontraremos en casa dé Fritz de Tarlenheim. Allí debe esperar el instante
de acometer a Ruperto, o, si ya le atacó, volver a aquella morada hospitalaria.
―¡Vamos
allá en seguida! ―dijo la soberana.
Sin
embargo, Bernenstein, por prudencia, la convenció de que fuera antes a palacio
y dijera que iba a visitar a mi mujer.
Llegó
a palacio a las ocho, tomó un chocolate y pidió el coche.
Bernenstein
la acompañó.
Como
sólo le preocupaba lo que hubiese podido acontecer a Rodolfo, no pensaba en lo
que quizá ocurrió en el pabellón de caza. Pero Bernenstein extrañaba que Sapt y
yo no hubiésemos vuelto a la hora convenida.
O
bien nos había ocurrido un accidente peligroso o la carta había llegado al Rey
antes de poder evitarlo. Sólo concebía ambas alternativas.
Sin
embargo, cuando hablaba de ella a la Reina sólo recibía esta respuesta:
―Si
podemos encontrar al señor Rassendyll, me dirá lo que conviene hacer.
A
las nueve de la mañana el coche de la Reina llegó a la puerta de mi casa. Las
señoras de la familia del canciller no debían haber dormido mucho, pues
asomaron la cabeza a la ventana cuando oyeron el rodar del carruaje.
Había
bastante gente en la calle y la corona real que ostentaba el coche, atrajo
todas las miradas.
Bernenstein
saltó a la acera y ofreció el brazo a la Reina para que se apoyara en él al
bajar.
La
Reina hizo un leve saludo a los espectadores, subió los escalones que daban
acceso a la puerta y llamó por su propia mano.
La
camarera avisó a Helga, que estaba echada en la cama y corrió a recibir a la
Reina y a explicarle en breves palabras lo ocurrido.
En
el momento en que Helga llegaba al pie de la escalera, la Reina entraba en el
aposento ocupado por Rassendyll, seguida de Bernenstein, que llevaba el casco
en la mano.
Rodolfo
y el canciller hablaban. A fin de no llamar la atención de los que pasaban por
la calle, había bajado el transparente y el cuarto estaba semioscuro.
Habían
oído rodar un coche. Pero, ¿cómo imaginar que era el de la Reina? Quedaron
estupefactos cuando la puerta se abrió sin orden suya. El canciller, poco ágil,
permaneció sentado unos segundos. Pero Rassendyll en un momento estuvo en el
centro de la pieza.
Helga
había llegado a la puerta, y vio por encima del hombro de Bernenstein, lo que
pasaba.
La Reina,
sin cuidarse de los criados y sin ver a Helsing, jubilosa al ver sano y salvo
al que imaginaba difunto o en trance de muerte, corrió hacia él y estrechándole
las manos, exclamó:
―¡Veo
que está a salvo, Rodolfo! ¡Loado sea Dios! ¡Loado sea Dios!
Y
llevando las manos de Rodolfo a sus labios las besó apasionadamente.
Reinó
un momento de silencio solemne, impuesto a la servidumbre por la sumisión, al
canciller por el respeto, a Bernenstein y a Helga, por la consternación.
El
mismo Rodolfo permaneció silencioso, no sé si por asombro o por una emoción
semejante a la que embarazaba a la Reina.
Esta,
pasmada por el silencio, volvió la cabeza y vio a los servidores mudos y
atónitos.
Entonces
comprendió lo que acababa de hacer. Se le escapó un suspiro convulsivo, y su
semblante, siempre pálido, tomó la blancura del mármol. Contrajéronse sus
facciones, vaciló y hubiese caído si Rodolfo no la sostenía. Entonces, con una
sonrisa de amor y piedad, él la trajo hacia él y, sosteniéndola por el talle,
dijo en voz baja pero que oyeron todos:
―¡No
temas, todo va bien, querida!
Mi
mujer asió el brazo de Bernenstein, y éste la vio pálida como la Reina y con
los ojos brillantes.
Estos
ojos hablaban para él un lenguaje que comprendió.
Debía
secundar a Rodolfo Rassendyll.
Adelantándose,
dobló la rodilla y besó la mano izquierda de Rodolfo, que éste le tendía.
―Celebro
verle a usted, teniente Bernenstein ―dijo Rodolfo Rassendyll.
De
momento se había evitado el peligro, impedido la pérdida, conquistado la seguridad.
Todo
estuvo en riesgo.
Hubiérase
podido saber que existía un hombre llamado Rodolfo Rassendyll, que en otro
tiempo se sentó en el trono del Rey.
Este
era un secreto que se estaba decidido a revelar a Helsing, si había necesidad
de ello.
Había
un Rodolfo Rassendyll que había sido Rey, pero que aún había hecho más: que
amaba a la Reina y que por la Reina era amado.
Esto
no se podía decir a nadie, porque Helsing aunque ligado por el secreto, se
creería obligado a revelarlo al Rey.
A
causa de ello, Rodolfo prefirió cargarse de dificultades para lo futuro, pero
salvar la situación presente. Y para ahuyentar el peligro tomó el puesto del
Rey y se fingió marido de Flavia. Y ella no protestó. Quizá en esta solución
halló, de pronto, remedio a su angustia, porque bajó la cabeza que tenía
apoyada en el pecho de Rodolfo, cerró los ojos, una expresión de calma
indecible iluminó sus facciones y un suave suspiro de alivio se escapó de sus
labios.
Pero
a cada momento aumentaba el peligro y urgía conjurarlo.
Rodolfo
condujo a la Reina a un sillón y ordenó a la servidumbre que no revelaran su
presencia durante algunas horas.
Dijo
que, sin duda, al advertir la agitación de la Reina, habían adivinado que se
trataba de un asunto de suma importancia, que exigía su presencia en Strelsau,
y al mismo tiempo que nadie se diera cuenta de esa presencia.
En
breve quedarían en libertad de revelar lo que quisieran, pero ahora les pedía
que―se portaran como lo que eran: hombres fieles y adictos a su Rey.
Se
volvió entonces hacia Helsing y dijo que le mandaría llamar durante aquella
tarde, bien en mi casa, donde estaba, o bien en palacio.
En
seguida dijo que se le dejara solo unos instantes con la Reina.
Obedecieron,
pero apenas se hubo retirado el canciller, mandó llamar a Bernenstein y a mi
mujer.
Helga
se apresuró a acercarse a la Reina, que estaba todavía trémula y sobrecogida.
Rodolfo
llamó aparte a Bernenstein y hablaron ambos largo rato.
Rassendyll
se mostró muy alarmado al saber que no había noticias ni de Sapt ni demás, pero
sus aprensiones aumentaron al saber el motivo que llevó al Rey al pabellón de
caza. En realidad, lo ignoraba todo: dónde estaba el Rey, dónde estaba Ruperto
y dónde estábamos nosotros.
Estaba
en Strelsau, reconocido por media docena de personas, protegido simplemente por
sus promesas. Podía ser desenmascarado de pronto por la llegada del Rey o por
un mensaje suyo.
Sin
embargo, hizo frente con serenidad y tesón a tantos riesgos y dificultades.
Dos
cosas parecían evidentes:
Si
Ruperto había escapado de la celada y vivía aún y llevaba la carta en el
bolsillo, era preciso dar con él. Esto era lo principal.
Hecho
esto, Rodolfo Rassendyll debía desaparecer de un modo tan discreto como había
llegado, a fin de que su presencia no llegara a oídos del Rey. Si fuese
forzosamente necesario, diría que se le ocurrió jugarle una broma al canciller,
y nada más.
En
último caso, se le podía decir todo, menos lo concerniente al honor de la
Reina.
En
aquel momento llegó el telegrama que yo puse en Hofbau.
Llamaron
a la puerta.
Bernenstein
abrió y entregó a Rassendyll el telegrama dirigido a mi mujer.
"Vengo.
El Rey permanecerá un par de días en el pabellón. El conde vino, pero al llegar
nosotros ya estaba afuera. No sé si está en Strelsau. No he dado ninguna
noticia al Rey."
―¡Entonces,
no le han apresado! ―exclamó Bernenstein, profundamente afectado.
―¡Pero
no ha dado ninguna noticia al Rey! ―contestó Rodolfo, triunfante.
Estaban
de pie junto a la Reina, que continuaba sentada. Parecía abatida y cansada,
pero apacible. Le bastaba que Rassendyll pensara por ella.
―Fíjese
en esto ―añadió Rodolfo―. El Rey no dejará el pabellón hoy. Esto nos asegura
veinticuatro horas más de libertad.
―Pero,
¿dónde esto Ruperto?
―Sabremos
dentro de una hora si está en Strelsau ―afirmó el inglés. Parecía muy contento
de que Ruperto estuviera en la ciudad.
―Procuraré
enterarme a toda costa. Tenemos tiempo. Si le pillo, veremos si escapa.
Mi
mensaje les animó, aun cuando había en él muchas cosas curiosas.
Rodolfo
se volvió hacia la Reina:
―¡Valor,
Reina mía! ―dijo―. Dentro de algunas horas acabarán los peligros que nos
amenazan.
―¿Y
luego?
―Después,
quedará usted tranquila ―murmuró, inclinándose y hablando con cariño―. Y me
sentiré orgulloso de haberla salvado.
―¿Y
usted?...
―Tendré
que partir.
Helga
le oyó murmurar estas palabras. Ella y Bernenstein se alejaron.
CAPÍTULO
13
UN
REY QUE NO CAZARA
Rosa,
la moza garrida y bella, abría la puerta de la tienda del número 19 de la
Konigstrasse. Trabajaba sin prisa, pero parecía excitada y como satisfecha.
La
vieja Holf, en cambio, refunfuñaba y se daba a los mengues porque no había
vuelto Bauer.
No
era probable que volviera. La razón no podía ser más sencilla. Estaba aún en la
enfermería adjunta al cuartelillo de la policía, cuidado por un par de médicos,
que procuraban recomponerle la cabeza medio rota.
La
vieja ignoraba esto. Sólo sabía que el día anterior salió para hacer un
reconocimiento, probablemente contra alguno que imaginaba conocer la fementida
bruja.
―¿Estás,
segura de que no ha vuelto? ―preguntó a su hija.
―Segurísima.
,
―Hace
doce horas que salió y no ha enviado ni un aviso. Bueno se va a poner el conde
Ruperto cuando vuelva y se le diga que no está aquí ese gaznápiro.
La
joven se encogió de hombros. Había terminado la tienda y se entretenía viendo
pasar a los transeúntes.
Eran
más de las ocho y discurría mucha gente por la calle, la mayoría obreros. Los
burgueses tardarían un par de horas en aparecer.
La
joven les miraba, como hemos dicho, pero su pensamiento estaba ocupado en el
majestuoso hidalgo que la noche anterior le preguntó unas cosas.
Había
oído el pistoletazo, la fuga de varios hombres, la llegada de la patrulla. ¿Se
atrevería ésta a detener al Rey. En cuanto a Bauer, poco le importaba lo que le
pasara.
¿Qué
podía importarle a ella que era la servidora del Rey, a quien favorecería
contra sus enemigos?
Si
Bauer era enemigo del Rey, celebraría que hubiese muerto.
¡Cuán
bravamente lo aferró el Rey por el cogote para arrojarlo a la calle!
Aún
reía pensando cuán ajena estaba su madre de pensar qué clase de visita tuvo por
la noche.
Las
carretas avanzaban lentamente por la calle.
Una
o dos se detuvieron ante la tienda y sus conductores ofrecieron vender
legumbres. La vieja no quiso oírles y les despidió a cajas destempladas.
Tres
se habían posado ya frente a la puerta y la vieja gruñó una maldición al ver
que otra se detenía también.
―¡No
necesitamos nada, seguid vuestro camino! ―vociferó con agrio acento.
El
carretero bajó sin escucharla y se dirigió a la zaga del vehículo.
―Ya
ha llegado usted, señor, estamos en el 19 de la Konigstrasse.
Se
oyó un bostezo y el suspiro de un hombre que se despereza en el instante,
agradable y penoso a la vez, del despertar, después de un sueño reparador.
―Bien,
bajo ―respondió una voz desde el interior.
―¡Ah!
Es el conde ―dijo la vieja a su hija―. ¿Qué va a decir de ese perillán de
Bauer?
Ruperto
de Hentzau asomó la cabeza fuera del toldo de la carreta, miró a lo largo de la
calle, dio dos coronas al carretero y se metió de rondón en la tienda. La
carreta siguió su camino.
―Buena
suerte he tenido de encontrar esa carreta ―dijo Ruperto alegremente―. No corren
buenos vientos para mí en Strelsau. ¡Y qué! ¿Cómo vamos, abuela? ¿Y tú, linda
moza?
Y
con el guante acarició la mejilla de la joven.
―¡Ah!
¡Dispensa! Está algo sucio para tocar una mejilla aterciopelada. ―Y examinaba
el guante, que tenía unas manchas de color de chocolate.
―Todo
está como usted lo ha dejado, conde Ruperto ―dijo la vieja Holf―, exceptuando
ese belitre de Bauer, que salió anoche...
―Bien.
¿Y no ha vuelto?
―Aún
no.
―¡Hum!
¿Y no ha venido nadie más?
Su
mirada daba una expresión particular a esta pregunta una tanto vaga.
La
vieja negó con la cabeza. La joven se volvió para ocultar una sonrisa. Suponía
que nadie más indicaba al Rey. No sabrían nada por ella. El propio Rey le había
recomendado el silencio.
―¿Supongo
que ha venido Rischenheim? ―inquirió Ruperto.
―Sí,
monseñor; tiene el brazo en cabestrillo.
―¡Ah!
―exclamó Ruperto, súbitamente afectado―. Ya me lo temía. He ahí lo que tiene no
poderlo hacer todo yo en vez de encargarlo a torpes y desmañados. ¿Dónde está
el conde?
―En
la buhardilla. Ya sabe el camino.
―Sí,
pero quisiera almorzar, abuela.
―Rosa
va a servirle sin tardanza, monseñor.
La
joven subió detrás de Ruperto la escalera estrecha y empinada. Atravesaron tres
pisos deshabitados y luego llegaron al sotabanco.
Ruperto
abrió la puerta, y seguido siempre de Rosa, que sonreía de un modo misterioso,
penetró en una habitación estrecha, larga y baja de techo.
Una
mesa de encina, unas sillas, un gran aparador y dos camas de hierro junto a la
pared componían el moblaje.
En
una de las camas descansaba el conde Rischenheim con el brazo derecho pasado
por un chal de seda negra.
Ruperto
se detuvo en el umbral y sonrió a su primo. Rosa abrió el aparador y sacó
platos, vasos, fuentes, todo lo necesario para disponer la mesa.
Rischenheim
estaba de pie en mitad de la buhardilla.
―¿Qué
noticias hay? ―preguntó―. ¿Has escapado de sus uñas, Ruperto?
―Me
parece ―replicó el conde de Hentzau, sonriendo y dejándose caer en una silla―.
Escapé, pero la estupidez de un imbécil estuvo a pique de costarme la vida.
Rischenheim
se ruborizó.
―Ya
te contaré eso ―añadió Ruperto, mirando a la muchacha, que había puesto unos
fiambres y una botella de vino sobre la mesa, y que no se daba prisa en
marcharse.
―Si
no tuviera otra ocupación que la de contemplar caras bonitas ―dijo Ruperto,
sonriendo a Rosa―, te rogaría que te quedaras.
Se
levantó y le hizo un profundo saludo.
―No
deseo oír lo que no me interesa ―respondió Rosa con desdén.
―Entonces...
―añadió Ruperto, abriendo la puerta y saludando de nuevo.
―¡En
cambio ―exclamó ella cuando estuvo en la meseta de la escalera― sé una cosa que
le gustaría a usted saberla, señor conde!
―Es
probable, porque, en efecto, las muchachas saben cosas maravillosas.
Y
Ruperto, sonriendo, cerró la puerta. Cuando volvió junto a la mesa fruncía el
ceño.
―¡Ea!,
dime, ¡,cómo te las compusiste para dejarte herir, y por qué no has hecho lo
que yo, primo?
Mientras
Rischenheim contaba cómo le apresaron y burlaron en el castillo de Zenda,
Ruperto almorzó con apetito. Escuchó sin interrupciones ni comentarios, pero
cuando se pronunció el nombre de Rodolfo Rassendyll levantó de pronto la cabeza
y le brilló la mirada.
Cuando
Rischenheim terminó el relato volvió a estar sonriente y alegre.
―La
celada era buena ―dijo―, no me extraña que hayas caído en ella.
―Y a
ti, ¿qué te ha pasado? ―interrogó Rischenheim, lleno de curiosidad.
―¿A
mí? Después de recibir tu carta, que no era tuya, seguí sus instrucciones, que
tampoco lo eran.
―¿Estuviste
en el pabellón?
―¡Claro!
―¿Y
encontraste a Sapt? ¿Estaba solo?
―Ni
sombra de Sapt.
―¿No?
¿Entonces te habían preparado una emboscada?
―Probablemente,
pero no he caído en ella. Ruperto cruzó las piernas y encendió un cigarrillo.
―¿A
quién encontraste?
―Al
guardabosque del Rey, al lebrel del Rey y al mismo Rey.
―¿El
Rey en el pabellón?
―Como
lo digo.
―Pero,
en fin supongo que al no estar Sapt, estarían Bernenstein o algún otro.
―No.
El guarda y el perro. No había nadie más.
―¿De
modo que le diste la carta? ―exclamó Rischenheim tembloroso de emoción.
―¡Ay,
no, querido primo! Le arrojé la cajita, pero barrunto que no tuvo tiempo de
abrirla. No llegamos al punto
de
la conversación en que yo deseaba darle la carta.
―Pero,
¿por qué no?
Ruperto
se levantó y fue a colocarse junto a su primo, que estaba sentado, sacudió la
ceniza del cigarrillo y sonrió agradablemente.
―¿Has
notado que mi blusa de caza está rota? ―preguntó.
―Sí.
Ya lo veo.
―E1
lebrel trató de morderme, el guardabosque de ensartarme en un venablo y el Rey
de matarme de un escopetazo.
―¡Por
el amor del cielo, primo! Y, ¿qué pasó?
―Que
ninguno de ellos hizo lo que deseaba, primo. Ni más ni menos.
Rischenheim
abría desmesuradamente los ojos. Ruperto sonreía tranquilamente.
―Sin
duda porque, como ves, el cielo me ha ayudado. Eso hace que el perro no morderá
más, y que el guardabosque no ensartará a nadie. Ninguna falta hace a la
nación.
Siguió
un corto silencio. Luego Rischenheim, inclinándose hacia su primo dijo en voz
baja, como si temiera oír su propia pregunta:
―¿Y
el Rey?...
―¿El
Rey? Pues... ¡el Rey no cazará más!
Durante
un momento Rischenheim permaneció inclinado hacia su primo; luego, lentamente
se recostó en el respaldo de la silla.
―¡Dios
mío! ―murmuró.
―¡El
Rey era un imbécil! ―dijo Ruperto―. Ya te lo voy a contar más detalladamente.
Se
sentó. Mientras su primo hablaba, Rischenheim parecía escuchar apenas.
El
relato resaltaba, por el contraste del semblante pálido y las manos temblorosas
de Rischenheim con el tono ligero y como festivo empleado por Ruperto, que
salpicaba los episodios con chistes odiosos.
Pero
cuando terminó, se atusó el bigote y declaró con una gravedad repentina:
―Después
de todo, el asunto es grave.
Rischenheim
parecía aterrado, y lo estaba.
La
influencia de su primo había sido bastante poderosa para comprometerlo en el
asunto de la carta, pero estaba horrorizado viendo como la intrepidez sin
conciencia de Ruperto le había arrastrado paso a paso hasta el punto de que la
muerte de un rey no era más que un incidente de sus maquinaciones.
De
pronto se puso en pie y exclamó:
―¡Debemos
huir! ... ¡Debemos huir! ...
―No,
no es necesario. Quizá convenga marcharnos, pero no es preciso huir.
―Pero
cuando se sepa...
―Calló
de repente y añadió luego―: ¿Por qué me lo has dicho?
―Te
lo dije porque es una noticia interesante, y si hevuelto aquí es porque carecía
de dinero para ir a otra parte.
―Te
lo hubiese enviado.
―He
advertido que obtengo más cuando lo pido en persona. ¿De modo que hemos
terminado?
―Sí.
No quiero mezclarme en nada más.
―¡Ah,
primo! Te descorazonas demasiado pronto. Cierto es que el Rey nos ha dejado,
pero nos queda nuestra querida Reina, y la carta.
―Repito
que no quiero intervenir en nada más.
―Porque
la cabeza nos huele a...
Rischenheim
se levantó y abrió de par en par la ventana.
―¡Me
ahogo! ―dijo, sin mirar a Ruperto.
―¿Dónde
está Rodolfo Rassendyll? ―preguntó el conde de Hentzau―. ¿Sabes algo de él?
―No.
―Creo
que es necesario averiguar dónde para. Rischenheim se volvió hacia su primo y
dijo:
―No
he intervenido en ese acontecimiento y no quiero intervenir en nada más. No
estaba en el pabellón y hasta ignoraba que el Rey estuviera. No soy culpable de
su muerte e ignoraba que debiese ocurrir.
―Cuanto
dices es verdad ―aprobó Ruperto con un movimiento de cabeza.
―¡Ruperto,
déjame en paz! Me marcharé de aquí en seguida. Si necesitas dinero, te lo daré.
¡Por el amor de Dios, tómalo y sal de Strelsau!
―Me
da vergüenza mendigar, primo, pero lo cierto es que necesito algún dinero hasta
que pueda vender a buen precio un objeto que poseo. ¿Está en su sitio? ¡Ah, sí!
Hélo
aquí.
Sacó
del bolsillo la carta de la Reina y la contempló:
―¡Ah!
―exclamó con sentimiento―. ¡Si el Rey no hubiese sido tan idiota!
Fue
hacia la ventana y miró hacia afuera.
No
le podían ver desde la calle y no había nadie en las ventanas fronteras.
La
gente iba y venía como de costumbre, atenta a su trabajo o a sus distracciones.
No
se notaba la menor agitación en la ciudad.
Por
encima de los tejados, Ruperto veía flotar el estandarte Real en Palacio y los
cuarteles. Sacó el reloj. Rischenheim le imitó. Eran las diez menos diez.
―¡Rischenheim
―dijo, ven un instante aquí!
El
conde obedeció, y Ruperto dejó que mirara uno o dos minutos, antes de añadir:
―¿Ves
algo anormal?
―No,
nada ―respondió Rischenheim con acento breve y sombrío, a causa de su espanto.
―Pues
yo tampoco, y esto es muy raro. ¿No es natural que Sapt u otro cortesano
cualquiera hayan ido al pabellón anoche?
―Puedo
asegurar que tenían intención de hacerlo ―respondió Rischenheim, cuya
curiosidad se despertó.
―En
tal caso han debido encontrar al Rey. A pocas millas de allí, en Hofbau, hay
una estación telegráfica. Dime, primo, ¿por qué no llora Strelsau a su querido
Rey? ¿Por qué las banderas no están a media asta? No me lo explico.
―Ni
yo tampoco ―respondió Rischenheim, fijando sus miradas en el rostro de su
primo.
Ruperto
sonrió y dijo en tono meditabundo:
―¡Quién
sabe si Sapt tiene un nuevo rey de recambio! Calló y pareció reflexionar
profundamente. Rischenheim, sin interrumpirle, miraba tan pronto su casa, como
hacia el exterior.
Las
calles permanecían tranquilas y las banderas flotaban al aire en lo alto de las
astas.
La
muerte del Rey no se sabía en Strelsau.
―¿Dónde
está Bauer? ―preguntó de repente Ruperto―. ¿Dónde demonios se habrá metido? Me
servía de ojos. Hénos aquí encerrados y sin que pueda saber nada de lo que
ocurre.
―Ignoro
dónde está. Debe de haberle ocurrido algo.
―Sin
duda, prudente primo. Pero, ¿qué?
Ruperto
se paseó por el sotabanco fumando nerviosamente un cigarrillo.
Rischenheim
se sentó junto a la mesa.
Le
pesaba una tensión tan sostenida.
El
brazo herido le dolía de un modo intolerable y sentía horror y remordimiento
pensando en lo ocurrido la noche anterior, sin que pudiese él preverlo ni
evitarlo.
―¡Cuándo
acabará eso! ―gimió por fin. Ruperto se detuvo delante de él.
―Veo
que te arrepientes de tus maldades. Nadie te lo impide. Es más. Ve a encontrar
al Rey y arrepiéntete.
Pero
es preciso que sepas lo que hace el Rey. Es preciso que vayas a pedirle una
audiencia.
―Pero
el Rey es...
―Lo
sabremos a punto fijo cuando hayas pedido la audiencia. Oyeme.
Ruperto
se sentó delante de su primo para darle instrucciones.
Debía
averiguar si había un rey en Strelsau o si éste yacía en el pabellón y había
sido reemplazado. Si no se trataba de disimular la muerte del Rey, Ruperto
huiría para evitar el castigo.
Pero
no renunciaba a sus propósitos. Una vez que estuviese seguro en el extranjero,
amenazaría a la Reina con la carta y así se aseguraría la impunidad y cuanto le
plugiera obtener de ello.
Si,
en vez de eso, Rischenheim encontraba un rey en Strelsau, si las banderas
continuaban flotando en lo alto de las astas, si Strelsau ignoraba que estaba
difunto en el pabellón, Ruperto sería dueño de un nuevo secreto, pues sabía
quién era el Rey que en aquel momento reinaba en Ruritania.
Partiendo
de tal supuesto, su inteligencia activa y osada concebía proyectos más audaces
todavía.
Podía
ofrecer de nuevo a Rodolfo Rassendyll lo que le ofreciera tres años antes: la
asociación en el crimen y el reparto de beneficios.
Si
se rechazaban sus proposiciones, estaba decidido a lanzarse a la calle y a
proclamar la muerte del Rey desde la escalinata de la catedral.
―¿Quién
puede afirmar ―exclamó entusiasmado por la inspiración que sentía―, quién puede
saber si fue Sapt o fui yo el primero que entró en el pabellón? ¿Quién encontró
vivo al Rey, Sapt o yo? ¿Quién le dejó muerto? ¿Quién tenía mayor interés en
matarle? ¿Yo, que sólo deseaba avisarle lo que se tramaba contra su honor, o
Sapt, que está íntimamente ligado al hombre que le roba su nombre y usurpa su
lugar cuando su cuerpo aún no está frío? ¡Ah! ¡Todavía no se han librado de
Ruperto de Hentzau!
Se
detuvo y miró a su compañero. Los dedos de Rischenheim estaban crispados sobre
sus mejillas pálidas.
Pero
de nuevo su semblante expresaba curiosidad, excitación, interés. De nuevo la
fascinación de la osadía y del valor de Ruperto contagiaban la naturaleza débil
de su pariente y le inspiraban una emulación que le dominaba.
―Debes
de ver ―prosiguió Ruperto― que es poco probable que quieran perjudicarnos.
―Lo
que pienso es que arriesgo vida y fortuna.
―¡Valiente
paladín para urca causa grande! Lo peor que puede sucederte es que te tengan
prisionero. Si no vuelves dentro de dos horas, deduciré que hay un rey en
Strelsau.
―Pero,
¿dónde buscaré al Rey?
―En
palacio ante todo; después en casa de Fritz de Tarlenheim.
Reflexionó
un instante y dijo entonces, con acento de completa seguridad:
―Sí,
estará en casa de Fritz.
―¿Voy
allí, pues?
―No.
Dirígete primero a palacio.
―¿Me
esperarás aquí?
―S,
primo, a no ser que tuviere alguna razón de bulto que me aconsejara escapar.
―En
ese caso...
―Dejaría
dicho o escrito lo que debes hacer.
―Bien.
―A
propósito: trae dinero. Siempre es bueno tener lleno el bolsillo. Muchas veces
me he preguntado cómo se las apaña el Diablo sin faltriquera.
Rischenheim
no contestó.
Anhelaba
salir de dudas cuanto antes.
Su.
mente mal equilibrada pasaba de la desesperación a la certidumbre de un
magnífico resultado.
―Estarán
a merced nuestra, Ruperto.
―Quizá,
pero recuerda que las fieras, cuando están acorraladas, muerden de firme.
―Quisiera
que estuviese curado ya del brazo.
―Es
menos peligroso para ti que esté inútil ―dijo Ruperto, sonriendo.
―Así
no puedo defenderme.
―Sin
duda, pero no se trata ahora de ir a cuchilladas.
―¿De
qué, pues?
―De
ver, observar, negociar.
―Ya
verás si sirvo para el caso.
―Así
lo creo, primo.
Rischenheim
se animaba, a pesar de las burlas de su pariente. Quería probar a éste su
valor.
Tomó
un revólver que había encima de la mesa y lo metió en el bolsillo.
―No
dispares sin necesidad ―aconsejó Ruperto. Rischenheim contestó con un ademán
afirmativo, y se dirigió hacia la puerta.
Ruperto
le vio salir y volvió luego a la ventana.
Su
primo, una vez que estuvo en la calle, echó a andar rápidamente.
Cuando
miró hacia la ventana del número 19, no vio el perfil erguido y firme de su
primo, que contemplaba la ciudad.
Esta
continuaba absolutamente tranquila.
Nada
indicaba que la muchedumbre tuviera motivos para apresurarse a ir a un punto
determinado en busca de noticias.
No
se notaba el menor movimiento de tropas.
La
calma y la normalidad reinaban en la ciudad de Strelsau.
Cuando
Rischenheim salió decidido en busca de noticias, bajó rápidamente la escalera.
Al
final de ella, arreglando algunas cachicachas de la tienda, encontró a la
garrida y alegre Rosa.
―¿Sale
usted, señor conde? ―preguntó.
―Sí.
Es necesario que vaya a la ciudad. Rosa preguntó aún:
―¿Y
el conde Ruperto va a salir también?
―Se
me figura que no. Pero de repente dijo:
―¿Y
eso qué te importa, muchacha? Rosa se apartó sin contestar.
Y
siguió al conde con expresión triunfante.
CAPÍTULO
14
LLEGAN
NOTICIAS DE STRELSAU
Al
salir de su zahurda de la Konigstrasse, Rischenheim anduvo un trecho a buen
paso y luego llamó a un cochero. En aquel mismo instante vio el elegante faetón
de Antón de Strofzin detenerse ante él.
El
elegantón guiaba y en el pescante, junto a él había un ramillete de flores
escogidas.
―¿Adónde
va tan temprano? ―preguntó Antón, sonriendo.
―Por
ahí ―respondió Rischenheim―. Y usted, según las apariencias ―añadió, indicando
el ramillete―, a visitar alguna bella donna.
―Voy
a llevar estas flores a Helga de Tarlenheim ―aseguró el Petronio de Ruritania―.
¿Puedo llevarle a alguna parte? ―prosiguió con su tono obsequioso.
Aun
cuando Rischenheim pensara ir antes a palacio que a otra parte, el ofrecimiento
de Strofzin― le daba un buen pretexto para ir a un punto donde le sería fácil
adquirir noticias.
―Iba
a palacio para procurar saber dónde está el Rey, pues deseo pedirle unos
minutos de audiencia.
―Venga
conmigo.
Y
apartando el ramillete hizo un lugar a su amigo. Como el tronco de Antón era
magnífico, no tardó en llegar a mi casa.
Ambos
compañeros bajaron del faetón.
En
el momento de entrar, salía el canciller para volver a su casa.
Helsing
conocía a los dos y se detuvo para bromear sobre el ramillete del elegante.
―Pensaba
que era para mi hija ―dijo el canciller―.
Desde
que mi mujer y yo no nos las ofrecemos mutuamente, nunca habría flores en mi
casa a no ser por las que envían a mi hija.
Antón
contestó prometiendo un ramillete para el día siguiente.
Le
interrumpió Rischenheim al fijarse en el grupo de curiosos que había delante de
mi palacio.
―¿Qué
pasa aquí, querido canciller? ¿Qué espera esa gente? ¡Hasta hay un coche de la
Real Casa!
―La
Reina está con la condesa ―respondió Helga―. Esperan verla salir.
―¡Bien
vale la pena de que se la mire! ―exclamó Antón incrustando su monóculo.
―¿Vino
usted a verla? ―preguntó Rischenheim.
―Sí,
vine a ofrecerle mis respetos.
―Matinal
fue la visita.
―Era
casi de asuntos serios.
―Yo
también tengo un asunto de importancia, pero incumbe al Rey.
―¿El
Rey? ―repitió Helsing―. El Rey está en Zenda.
―Voy
a Palacio, pues si no puedo verle he de escribirle en seguida. Mi asunto es muy
urgente.
―¿De
veras, conde? ¿Muy urgente, dice?
―Sí,
¿puede informarme? ¿Está realmente en Zenda? El canciller no sabía qué
contestar.
―¿En
Zenda? Es que..., dispense. ¿Puedo saber de qué se trata?
―Dispénseme,
querido canciller, es un secreto.
―El
Rey me honra con su confianza.
―Entonces
no le importará mucho gozar de la mía ―respondió Rischenheim, sonriendo.
―Veo
que está usted herido en el brazo ―dijo el canciller para esquivar nuevas
preguntas.
―Algo
hay de esta herida en el asunto de que hablo.
Veo
que debo ir a palacio. Es decir, quizá la Reina... Rischenheim se acercó a la
puerta.
―¡Ah,
amigo! No haría yo eso.
―¿Por
qué no?
―La
Reina está muy ocupada y de seguro que no le gustará que la distraigan.
Sin
cuidarse más del canciller, Rischenheim llamó a la puerta.
Dijo
al mayordomo que pasara su nombre a la Reina y le pidiera si se dignaría
recibirle un instante.
Helsing
quedó perplejo en la acera.
La
muchedumbre, embobada, viendo las idas y venidas de aquellos grandes
personajes, no parecía dispuesta a dispersarse.
Antón
no reaparecía.
Desde
allí oyó las voces de los que estaban en el saloncito de la planta baja.
Reconoció
las de mi mujer, de Antón y de la Reina. Luego la del mayordomo que decía:
―Voy
a informar al conde de la voluntad de Su Majestad. El servidor reapareció y
detrás de él Antón y Bernenstein. Pasaron rápidamente delante del mayordomo y
llegaron junto a Rischenheim.
―Volvemos
a encontrarnos ―dijo Bernenstein, saludando. El mayordomo se acercó para
comunicar la respuesta de la Reina.
Rischenheim
preguntó, entonces, al autor de su herida, si sabía dónde estaba el Rey.
Bernenstein
deseaba desembarazarse de los visitantes, pero no quería demostrarlo.
―¿Desea
ya una nueva entrevista con el Rey? ―preguntó sonriendo―. ¿Le fue muy agradable
la última? Rischenheim no recogió la alusión. Replicó con sarcasmo:
―Resulta
difícil descubrir a nuestro buen Rey. El canciller ignora dónde está, o, por lo
menos, se niega a responder a las preguntas que se le dirigen acerca de ello.
―Es
posible ―rebatió Bernenstein― que el Rey tenga razones para que no le molesten.
―Quizá
sea eso.
―Entretanto,
estimado conde, le agradaceré que se marche de aquí.
―¿Le
molesto?
―En
grado sumo ―respondió Bernenstein con sequedad.
―¡Eh,
Bernenstein!, ¿qué pasa? ―preguntó Antón, oyendo el tono y viendo las miradas
agresivas de los dos interlocutores.
También
los mirones notaron lo mismo, y se formó un grupo más compacto. De pronto se
dejó oír en el vestíbulo una voz clara y bien timbrada.
La
querella no pasó adelante. Calló la multitud. Antón se divertía.
―¡El
Rey! ―exclamó―. Usted lo ha traído, Rischenheim. La gente oyó el anuncio y
lanzó exclamaciones de júbilo. Helsing se volvió hacia los que chillaban como
para hacerles callar.
―¿Acaso
el Rey no le manifestó que deseaba guardar el incógnito?
―Sí,
pero el que acababa de hablar como Rey prefirió correr mil riesgos a dejar que
Rischenheim fuese a avisar a Ruperto de Hentzau.
―¿Es
el conde de Rischenheim? ―preguntó―. En tal caso, que entre y cerrad la puerta.
Había
en el acento del soberano algo que alarmó a Rinchenheim.
Quiso
retroceder, pero ya no tuvo tiempo.
Bernenstein
lo asió por el brazo.
―¡Ea,
entre! ¿No deseaba entrar? ―dijo con sonrisa irónica.
Rischenheim
miró en torno como si pensase huir.
Un
segundo después Bernenstein fue empujado a un lado. Un hombre de alta estatura
apareció un instante en la puerta. La multitud apenas le vio, pero le aclamó entusiasta.
La
mano de Rischenheim estaba sujeta por otra muy fuerte.
La
multitud alborotada, contenta por haber visto al Rey.
Se
cerro la puerta. Rischenheim entró a pesar suyo.
Si
los que esperaban junto a la puerta para ver salir al Rey y a la Reina,
hubiesen podido ver lo que pasaba en el interior de aquella morada, su emoción
sería mucho más intensa.
Rodolfo
había aferrado a Rischenheim por el brazo, y sin perder un instante le llevaba
a lo más recóndito de la casa, a un gabinetito de la planta baja que daba al
jardín.
Rodolfo
conocía la casa desde años antes y no había olvidado la disposición de sus
habitaciones.
―Cierre
la puerta, Bernenstein ―dijo.
Y
luego, volviéndose hacia Rischenheim, añadió:
―Supongo,
señor conde, que ha venido para descubrir algo. ¿Ha dado usted con ello?
Rischenheim
reunió todo su valor para decir:
―Sí,
ahora sé que me las he de ver con un impostor.
―Precisamente.
Los impostores no pueden correr el riesgo de ser descubiertos.
Rischenheim
palideció. Rodolfo estaba frente a él y Bernenstein guardaba la puerta. Estaba
en su poder y sabía sus secretos.
¿Conocían
ellos el suyo? ¿El que Ruperto le había revelado?
―Oigame..
Durante unas horas soy rey en Strelsau. Durante ese tiempo he de arreglar
cuentas con su primo Ruperto. Tiene algo que yo quiero tener. Voy a encontrarle
y usted permanecerá aquí con Bernenstein. Venceré o caeré. Pero, de todos
modos, esta noche estaré lejos de Strelsau.
Rischenheim
sonrió triunfante. Ignoraban que el Rey hubiera muerto.
Rodolfo
le miró de hito en hito.
―Ignoro
por qué se ha enredado en este asunto. Conozco, en cambio, las razones de su
primo, pero me parece imposible que le hayan parecido suficientes para
justificar a sus ojos la pérdida de una mujer desdichada que es su Reina. Tenga
la seguridad de que moriré antes de permitir que esa carta llegue a manos del
Rey.
Rischenheim
no contestó.
―¿Lleva
usted armas?
Rischenheim,
con expresión sombría, dejo el revolver sobre la mesa.
Bernenstein
se apoderó de él.
―Que
no se mueva de aquí, Bernenstein. Cuando vuelva diré lo qué es preciso hacer de
este hombre. Si no vuelvo, Fritz le dirá lo que le conviene.
―No
se me escapará por segunda vez ―murmuró Bernenstein.
―Nos
consideramos autorizados para disponer de usted contra su voluntad, pero nadie
desea su muerte a no ser que sea indispensable.
Saludando
ligeramente, Rodolfo dejo al prisionero bajo la guardia de Bernenstein y volvió
al aposento donde le esperaba la Reina. Helga estaba con ella. La Reina se
levantó.
―No
puedo perder ni un momento ―dijo Rodolfo―. Esta muchedumbre sabe ahora que el
Rey está aquí. La noticia circulará por la ciudad. Es preciso que Sapt sepa
impedir que ese rumor llegue a noticias del Rey. Por lo tanto, es necesario que
yo vaya a cumplir mi cometido y desaparezca después.
La
Reina permanecía de pie ante él. Sus ojos parecían devorar su rostro, pero
únicamente dijo:
―Sí,
así debe ser.
―Usted
debe volver a palacio tan pronto como yo haya partido. Voy a rogar a la gente
que se disperse y luego partiré.
―¿En
busca de Ruperto de Hentzau?
―Sí.
Luchó
la Reina unos instantes contra los sentimientos que batallaban en su corazón;
luego se dirigió hacia Rodolfo y le torno la mano.
―¡No
vaya! ―dijo en voz baja y temblorosa―. ¡No vaya, Rodolfo, le matará! No piense
más en la carta. No vaya.
Prefiero
mil veces que el Rey reciba la carta, que no que corra usted peligro... ¡Oh,
amado mío, no vaya!
―Es
preciso ―respondió él, cariñosamente.
Le
suplicó de nuevo, pero él no quiso ceder. Helga se dirigía hacia la puerta.
Rodolfo la llamó.
―Permanezca
con ella. Acompáñela a palacio ―le dijo. Hablaban aun, cuando se oyó el ruido
de un carruaje que se detenía ante la puerta.
Había
yo encontrado a Strofzin y sabido por él que el Rey estaba en mi casa.
Corrí
hacia la puerta. En una ventana vi la carita de mi mujer. Corrió a abrirme ella
misma.
―¡Gran
Dios! ―exclamé―. ¿La gente sabe que él está aquí y le toma por el Rey?
―No
pudimos, impedirlo.
Aquello
era peor de lo que podía imaginar. Toda la gente, víctima del error. Todos
sabían que el Rey estaba en Strelsau. ¡Le habían visto!
―¿Dónde
está? ―pregunté, y la seguí al saloncito.
La
Reina y Rodolfo estaban de pie, uno junto al otro. Rodolfo se me acercó.
―¿Todo
va bien? ―preguntó anhelante.
Olvidé
la presencia de la Reina. Tomé la mano de Rodolfo y exclamé:
―¿Le
confunden con el Rey?
―Sí,
pero, ¡en nombre del cielo! ¿Qué tiene que está tan pálido? Saldremos del
trance. Yo partiré esta noche.
―¿Partir?
¿Para qué, puesto que creen que es usted
el
Rey?
―No
se lo diga al Rey. Me ha sido imposible evitarlo. Voy a saldar cuentas con
Ruperto, y luego desaparezco.
Estaban
los tres junto a mí, sorprendidos de mi terrible agitación. Recordando tal
escena hoy día, me pregunto cómo podía hablarles.
Rodolfo
trató nuevamente de tranquilizarme, sin adivinar la cansa de mi angustia.
―No
tardaré mucho en acabar con Ruperto. Es preciso rescatar esa carta o llegará al
Rey. Balbuceé:
―El
Rey no verá jamás esa carta. Y me desplomé en una silla. Nada dijeron. Les miré
a todos.
Experimentaba
una rara impresión de impotencia.
Creía
imposible otea cosa que soltarles brutalmente la verdad a la cara.
Repetí:
―El
Rey no verá jamás esa carta. El propio Ruperto lo sabe bien.
―¿Qué
quiere usted decir? ¿Ha encontrado a Ruperto? ¿Tiene usted la carta?
―No,
pero el Rey no la podrá leer.
Entonces
Rodolfo me aferró por los hombros y me zarandeó, porque yo debía tener en
aquellos momentos el aspecto de un hombre alelado.
―¿Por
qué, amigo mío, por qué? ―me preguntó en voz baja y presurosa.
De
nuevo les miré. Pero aquella vez mis ojos, atraídos por el semblante de la
Reina, se fijaron en él.
Creo
que fue ella la primera en adivinar, en parte, la noticia que traía.
Sus
labios se entreabrían; sus ojos me miraban con ardor.
Pasé
la mano por la frente y mirándola, medio aturdido, dije:
―No
podrá leerla. ¡Ha muerto!
Helga
lanzó una exclamación, Rodolfo no habló ni se movió. La reina continuó
mirándome, inmóvil y transida de horror.
―Ruperto
lo ha matado ―añadí―. Le atacaron el lebrel Boris, Huberto y el Rey, y Ruperto
los mató a todos. ¡Sí, el Rey está muerto, muerto!
Nadie
habló. Los ojos de la Reina me miraban.
―¡Sí,
ha muerto! ―repetí, y mis ojos permanecían fijos en los de la Reina, que
continuaba mirándome.
Por
fin, como atraída por una fuerza irresistible, se volvió, para mirar a
Rassendyll. Sorprendí una mirada en que había dolor, remordimiento y una
alegría involuntaria.
El
no le habló, pero alargó una mano y tomó la suya. Ella la retiró bruscamente y
con ella se cubrió los ojos.
Rodolfo
se volvió hacia mí.
―¿Cuándo
ocurrió eso?
―Anoche.
―Y...
¿está en el pabellón?
―Sí,
con Sapt y James.
Recobraba
yo la serenidad poco a poco.
―Nadie
lo sabe ―añadí―. Temíamos que alguien le tomara por él. Pero, ¿qué es lo que
hay que hacer ahora, Rodolfo?
Rassendyll
quedó como sumido en una meditación profunda. La Reina se le acercó y le tocó
ligeramente el brazo. Se estremeció, como sorprendido, pero volvió a sumirse en
su meditación.
―¿Qué
hacemos? ―repetí.
―Voy
a matar a Ruperto de Hentzau ―respondió―. Luego veremos.
Atravesó
la sala y llamó:
―Despidan
a todo el mundo ―ordenó―. Digan que necesito tranquilidad y silencio. Luego
tengan un coche cerrado de otro de diez minutos; ni uno más.
El
criado recibió estas órdenes imperiosas, inclinándose, y se retiró.
La
Reina, que hasta entonces parecía dueña de sus nervios, pareció presa de fuerte
agitación.
―Rodolfo
―dijo―, ¿ahora también, después que ha... sucedido eso... es preciso que vaya
usted a matar a ese hombre?
―¡Chist!
―murmuró.
Luego
añadió en voz alta:
―No
quiero salir por segunda vez de Ruritania dejando vivo en ella a Ruperto de
Hentzau. Fritz, telegrafíe a Sapt que el Rey está en Strelsau..., ya
comprenderá. Añada que a mediodía tendrá nuevas instrucciones. Cuando haya
matado a Ruperto pasaré por' el pabellón, yendo hacia la frontera.
Se
volvió para marchar, pero la Reina le retuvo un instante.
―¿Vendrá
a verme antes de partir? ―suplicó.
―No
debería hacerlo ―respondió, mientras su mirada, tan resuelta, se tornaba
cariñosa y tierna.
―¿Vendrá,
usted?
―Sí,
Reina mía.
Me
levanté de un salto, sin poder contenerme por un terror súbito.
―¡Por
el cielo, Rodolfo! ¡Si le mataran a usted en la Konigstrasse!
Se
volvió hacia mí con expresión sorprendida y me miró con firmeza.
―No
me matará ―dijo sencillamente, como si tal cosa fuera imposible.
La
Reina tenía los ojos fijos en Rodolfo y no se cansaba de mirarle. Repitió:
―¿Volverá?
―Sí,
Reina mía y se marchó.
La
Reina permaneció unos momentos donde estaba, inmóvil y rígida. Luego se
dirigió, tropezando, hacia mi mujer, y cayó de rodillas, ocultando su rostro
entre las de Helga.
Oí
sus sollozos, que escapaban tumultuosos y rápidos. Helga me miró llorosa. Salí.
Quizá
Helga consiguiera infundirle valor y consolarla. Rogué al Señor que le enviara
el perdón que su falta le impediría solicitar por sí misma. ¡Pobre mujer!
Espero que nada te será echado en cara.
CAPÍTULO
15
PASATIEMPO
PARA SAPT
El
condestable de Zenda, y James, el criado de Rassendyll, comían en el pabellón
de caza. Estaban en el aposento que ocupaba habitualmente el gentilhombre de
servicio del Rey.
Lo
habían escogido porque desde su ventana se dominaba el camino que conducía al
pabellón.
La
puerta de entrada estaba bien cerrada, de modo que podían rehusar la entrada a
los importunos.
Si
al que, pidiera paso no se le podía negar, tenían hechos los preparativos para
ocultar los cuerpos del Rey y de Huberto.
Se
respondería a los preguntones que el Rey salió al amanecer con el montero,
prometiendo que volvería al anochecer, pero sin decir adónde iba.
Sapt
había recibido orden de permanecer allí, y James esperaba instrucciones de su
amo, el conde Fritz de Tarlenheim.
Así
preparados contra toda sorpresa, esperaban noticia mías, que decidirían su
conducta eventual.
Entretanto,
debían permanecer ociosos. Sapt, después de comer, fumaba su pipa; James, luego
de hacerse rogar mucho, consintió en fumar una corta raíz de brezo.
―¿En
qué piensa usted, amigo James? ―preguntó Sapt, que había cobrado afecto a aquel
hombre decidido y diestro. Después de un corto silencio, James respondió,
quitándose la pipa de la boca:
―Pensaba,
señor, que puesto que el Rey ha muerto... Y se detuvo.
―En
efecto ―confirmó Sapt―, el Rey ha muerto, ¡pobre hombre!
―Que
puesto que está muerto y que mi amo, el señor de Rassendyll está vivo, pensaba
que era lástima que éste no pudiera ocupar el puesto de aquél.
Jame;
miró al condestable a fuer de hombre que ofrece respetuosamente una sugestión.
―¡Es
una idea famosa, James! ―declaró Sapt con sonrisa sarcástica.
―¿No
es usted de mi parecer, caballero? ―interrogó James en tono de excusa.
―No
digo que no sea lástima, pues Rassendyll haría un rey excelente, pero es
imposible. ¿No lo comprende, usted?
James
acarició una de sus rodillas con la mano y dio una chupada a la pipa que tenía
en la boca. Luego se dirigió nuevamente a Sapt:
―Cuando
usted dice imposible, caballero ―contestó con deferencia―, me permito disentir
de su opinión.
―¿De
veras? Vamos, puesto que nada tenemos que hacer, veamos cómo sería posible.
―Mi
amo está en Strelsau ―empezó James.
―Probablemente.
―Estoy
seguro de ello, caballero. Si le ven le tomarán por el Rey.
―Eso
ha sucedido ya y puede volver a suceder, a no ser que...
―Sin
duda. A no ser que se descubra el cuerpo del Rey.
―Eso
iba a decir, James.
Este
permaneció silencioso algunos minutos y luego repuso:
―Será
difícil explicar cómo fue muerto el Rey.
―En
efecto: será preciso contar muy bien la historia ―reconoció el condestable.
―Y
será difícil demostrar que fue muerto en Strelsau. Sin embargo, si a mi amo lo
mataran en Strelsau.. .
―¡Líbrenos
el cielo de ello, James!
―Pues
aun sin que maten a mi amo nos será difícil probar que el Rey fue muerto a la
hora que nos convenga indicar, y de un modo que pueda parecer plausible.
Sapt
dijérase que aceptaba las ideas y suposiciones de James.
―Todo
eso es cierto, pero si Rassendyll debe ser Rey, será difícil disponer del
cuerpo de Rodolfo V y del de Huberto.
De
nuevo reflexionó James antes de responder.
―Como
usted comprende, caballero, discuto únicamente este asunto para pasar el
tiempo, pues quizá fuese dañoso ejecutar un proyecto así.
―Quizá
sí; pero continuemos... por mero pasatiempo ―dijo Sapt, que se inclinó para ver
bien el semblante tranquilo e inteligente del criado.
―Pues
bien, señor, puesto que eso le distrae, digamos que el Rey vino al pabellón
anoche, donde se le juntó su amigo Rassendyll.
―¿Y
yo? ¿Estaba aquí también?
―Sí,
señor, estaba usted de servicio.
―Y usted,
James, ¿cómo vino?
―Por
orden del conde de Tarlenheim. Vamos ahora al Rey, señor... Cuento mi
historia...
―Me
interesa. Continúe.
―El
Rey puede haber salido esta mañana temprano.
―Sería,
probablemente, cuestión de un asunto privado.
―Sí,
eso nos pareció. El señor Rassendyll, Huberto y yo, estábamos aquí y aquí nos
quedamos.
―¿Había
venido el conde de Hentzau?
―Lo
ignorábamos, señor. Estábamos cansados y dormimos profundamente.
―¿De
veras? ―preguntó el condestable con su sonrisa burlona.
―Como
digo, estábamos derrengados de cansancio, y a pesar de que avanzaba la mañana
aún permanecíamos en la cama. Aún estaríamos de no despertarnos de una manera
sorprendente y horrorosa.
―Debería
usted escribir cuentos, James. Veamos, de qué modo horrible despertamos.
James
dejó la pipa y apoyando las manos en las rodillas, prosiguió así:
―Este
pabellón, caballero, es todo de madera, tanto por dentro como por el exterior.
―Sí,
James, tiene razón que le sobra. Todo es de madera.
―Teniendo
esto en cuenta, sería una imprudencia temeraria dejar una vela encendida donde
se guarda el aceite y la leña.
―Sería
criminal.
―Pero
los reproches no molestan a los difuntos y el pobre Huberto ha muerto.
―Es
cierto.
―Nosotros,
al despertar, usted y yo ...
―¿Y
los otros no deben despertar, James?
―En
verdad, caballero, desearía que no hubiesen despertado. Pues usted y yo, al
despertar, encontraríamos ardiendo todo el pabellón. Y nos sería preciso
precipitarnos para salvar la vida.
―¿Sin
tratar de despertar a los otros?
―Sí,
señor. Haríamos cuanto es posible hacer.
―Y
fracasaríamos en nuestros esfuerzos heroicos, ¿verdad? ―dijo Sapt.
―¡Ay!,
sí, señor, ¡fracasaríamos! Las llamas envolverían el pabellón por completo, y
antes que hubiesen podido acudir en nuestro auxilio, el pabellón sería un
montón humeante de ruinas y mi pobre amo Rassendyll y el desdichado Huberto
estarían reducidos a cenizas.
―¡Hum!
―En
todo caso no habría forma de reconocer sus cuerpos carbonizados.
―¿Cree,
usted?
―Sin
duda alguna, si el aceite, la leña y la vela estaban colocados de un modo
conveniente.
―¡Ah,
sí! Y de este modo perecería Rodolfo Rassendyll.
―Yo
mismo llevaría la triste nueva a su familia.
―En
tanto que el Rey de Ruritania...
―Tendría
un reinado próspero y dilatado, si a Dios pluguiese.
―¿Y
la Reina de Ruritania, James?
―Compréndame
bien, señor, podrían casarse secretamente. Debiera decir, volverse a casar.
―Por
un sacerdote digno de confianza.
―Querrá
decir indigno.
―Lo
mismo da; todo es según el color del cristal con que se mira.
Por
primera vez James se permitió una sonrisa pensativa. Sapt dejó en paz la pipa y
se retorció el mostacho.
Sonreía
también y miraba fijamente a James.
El
hombrecillo sostenía la mirada, sin pestañear.
―Todo
eso está ingeniosamente pensado, James. Pero si su amo pereció así, lo cual
puede suceder, el conde Ruperto es un hombre con el cual hay que contar.
―Si
mi amo perece, habrá que enterrarlo, caballero.
―No
lo dudo. Y supongo que en Strelsau.
―Poco
le importará dónde, señor.
―Es
verdad y a nosotros no nos toca preocuparnos por él.
―No.
Y llevar secretamente el cuerpo de aquí a Strelsau...
―Sí,
es difícil, como ya reconocimos antes. En suma, es éste un bonito cuento. Quise
decir: suponiendo que no muriera.
―Es
perder tiempo, señor, entretenerse en renegar de los hechos consumados. Podría
ser mejor el cuento qué la realidad, siquiera no sea muy hermoso el cuento.
De
nuevo se miraron ambos interlocutores.
―¿Dónde
nació usted, amigo? ―preguntó Sapt, de repente.
―En
Londres.
―Veo
que en Londres se inventan buenas fábulas.
―Sí,
señor, y algunas veces se las representa.
En
aquel instante James se levantó, señalando a la ventana.
Un
hombre a caballo galopaba en dirección del pabellón. Cambiando una― rápida
mirada, ambos corrieron a la puerta y avanzando unos veinte metros se
detuvieron bajo el árbol a cuyo pie fuera enterrado el lebrel del Rey.
―A
propósito ―dijo Sapt―, ha olvidado a Boris.
―El
pobre animal moriría en la habitación de su dueño, señor.
―Sí,
pero antes será preciso desenterrarle.
―Ciertamente,
caballero. No se necesitará mucho tiempo para ello.
Sapt
sonreía aun cuando el mensajero llegó, e inclinándose sobre el ;cuello del
caballo tendió al condestable un telegrama.
―Especial
y urgente, monseñor ―dijo. Sapt rompió el sobre y leyó.
Era
el telegrama que yo había enviado por orden del señor Rassendyll.
No
quiso fiar en mi clave, pero en realidad no había necesidad de emplearla. Sapt
comprendió el despacho, aun cuando sólo decía:
"El
Rey está en Strelsau; espere las órdenes en el pabellón. Los asuntos van bien,
pero aún no han terminado.
Telegrafiaré
de nuevo."
Sapt
alargó el telegrama a James, que lo tomó saludando respetuosamente.
Lo
leyó y devolvió con un nuevo saludo.
―Haré
lo que se indica, señor.
―Bien
―respondió Sapt. Y luego añadió, dirigiéndose al mensajero:
―Gracias,
muchacho. Toma una corona. Si llega otro telegrama para mí, tráelo sin retraso
y te ganarás otra moneda como esa.
―Lo
tendrá tan pronto como un caballo pueda traerlo, caballero.
Y se
marchó saludando militarmente.
―Ya
ve usted, James, que su relato es puramente imaginario, pues este hombre ha
podido ver que el pabellón no ardió anoche.
―Es
cierto, caballero, pero...
―Continúe,
James, se lo agradeceré. Ya le he dicho que su relato es interesante.
―Este
hombre no puede saber si el pabellón arderá esta noche. Un incendio lo mismo
puede estallar un día que otro.
El
viejo Sapt rompió de pronto en una carcajada ruidosa, exclamando:
―¡Voto
va! ¡Vaya una cosa sorprendente! James sonrió de satisfacción.
―El
destino lo , quiere ―dijo el condestable―. Un extraño destino. Ese hombre nació
para tal lugar. Hubiésemos hecho lo que ahora si Miguel ahogara al Rey en su
calabozo. Sí, lo queríamos. Que Dios nos perdone, pero lo deseábamos Fritz y
yo. Pero Rodolfo quiso que el Rey volviera a su trono. Lo quiso aun cuando eso
le hacía perder una corona y lo que amaba más que una corona. Lo quiso y
contrarió así lo que había dispuesto el destino. El señor de Hentzau puede
pensar que esta vez el asunto es obra suya. No, es el destino que se sirve de
él. El destino ha vuelto a traer a Ruperto. El destino quiere que él sea Rey.
¿Me mira, usted? ¿Cree usted que estoy loco, señor ayuda de cámara?
―Creo,
señor, que está usted en sus cabales y que tiene muy buen sentido, si me es
permitido hablar así.
―¿Buen
sentido? No estoy seguro del todo, pero sí lo estoy de que el destino es ese,
téngalo por seguro.
Los
dos hombres habían vuelto a su aposento.
Pasaron
por delante de aquel en que descansaban los cuerpos del Rey y del guardabosque
o montero.
James
permanecía junto a la mesa.
Sapt
se paseaba por la habitación atusándose el bigote y refunfuñando.
―¡No
me atrevo! ―murmuró―. ¡No me atrevo! Es cosa que un hombre no puede hacer por
su propia y sola iniciativa. Pero el destino lo hará. Nos lo impondrá.
―Entonces
―dijo James―, lo mejor es que estemos preparados.
Sapt
se volvió vivamente hacia él, casi con cólera:
―Se
habla a veces de mi audacia. ¡Voto a Júpiter! ¿Qué diremos de la suya?
―Nada
malo se hace con estar dispuestos.
Sapt
fue hacia él y le tomó por los brazos.
―¿Dispuestos?
¿De qué modo? ―preguntó con rudo acento.
―El
aceite, la leña, la luz, caballero.
―¿Dónde,
amigo? ¿Cerca de los cuerpos, quiere usted decir?
―No
donde están ahora los cuerpos. Es necesario que todo esté en el lugar que le
corresponde.
―
Entonces, ¿debemos cambiarlos de sitio?
―Evidentemente.
―¿Y
el perro?
―También.
Sapt
le dirigió una mirada casi feroz, y luego rompió en risa.
―¡Amén!
Tome usted el mando ―dijo―. El destino lo quiere.
Inmediatamente
empezaron a trabajar.
Parecía,
en verdad, que una influencia misteriosa pesara sobre el condestable. Dijérase
que obraba en una crisis de sonambulismo.
Colocaron
los cuerpos donde cada uno se hubiese encontrado en la hora de la supuesta
catástrofe: el Rey en su habitación oficial, a Huberto en el gabinete contiguo
Desenterraron
el perro.
Sapt
mascullaba palabras. ininteligibles. James estaba tan grave como un empleado de
funeraria, cuyo papel ahora asumía.
Llevaron
al animal al cuarto del Rey.
Después
amontonaron la leña, la rociaron con el aceite, dejaron cerca algunas botellas
de coñac, ron y otras bebidas alcohólicas para atizar el fuego.
Tan
pronto le parecía a Sapt que aquello era cosa de juego y que terminaría pronto,
como que obedecían a algún poder misterioso que ocultaba su gran designio a sus
propios instrumentos.
El
ayuda de cámara del señor de Rassendyll se afanaba, arreglaba, colocaba todo lo
necesario con tanta diligencia y destreza como si dispusiera las prendas de
vestir de su amo o afilara las navajas de afeitar.
El
viejo Sapt le detuvo una vez que pasaba delante de él.
―Supongo
que no me cree loco porque hablo del destino ―dijo.
―No,
señor. No entiendo de semejante cosa, pero deseo estar dispuesto.
―¡Qué
acontecimiento! ―murmuró Sapt.
Lo
que parecía broma al principio, se convertía en realidad.
Si
no estaban serios, si no obraban en serio, lo parecía.
Si
no tenían las intenciones que parecían suponer sus actos, no podían negar que
tenían una esperanza.
Cuando
hubieron acabado su tarea y se sentaron uno enfrente de otro en el aposento que
escogieran para sí, el plan entero estaba trazado, los preparativos hechos;
todo marchaba sin tropiezos.
Sólo
esperaban el impulso que debía venir del azar o del destino y que convertiría
en una realidad el cuento imaginado por James.
Cuando
todo quedó listo, la serenidad y sangre fría que raras veces abandonaban a
Sapt, habían vuelto a dominarle por completo.
Encendió
la pipa y se retrepó en el sillón.
―Algo
ha debido suceder en Strelsau ―dijo James.
―¿Pero
qué? ―preguntó Sapt.
De
pronto oyeron llamar violentamente a la puerta. Absortos en sus pensamientos no
habían advertido que dos hombres llegaban a caballo y se detenían junto al
pabellón.
Ambos
llevaban la librea verde y oro de los monteros del Rey.
El
que había llamado era Simón, el hermano de Huberto que estaba de cuerpo
presente en su cuartito.
―No
contábamos con eso ―murmuró el condestable de Zenda, apresurándose hacia la
puerta, seguido de James. Simón quedó sorprendido cuando abrió Sapt. ―Dispense,
condestable, pero deseaba ver a Huberto.
¿Puedo
pasar?
Echó
pie a tierra y entregó las riendas a su compañero.
―No
hay necesidad de entrar ―declaró Sapt―. Huberto no está aquí.
―¿Dónde
está, pues?
―Ha
salido esta mañana con el Rey.
―Entonces,
supongo que se halla en Strelsau.
―Si
sabes eso, Simón, sabes más que yo.
―Es
que el Rey está en Strelsau, monseñor.
―¿Cómo
se explica? No me dijo una palabra de ello. Se levantó al amanecer y ha
marchado a caballo con Huberto, diciendo sólo que volvería por la noche.
―Pues
ha ido a Strelsau. Llegó de Zenda y allí se sabe que estuvo en la ciudad con la
Reina. Ambos estaban en casa del conde Fritz de Tarlenheim.
―Me
alegro de saberlo. Pero el telegrama recibido en Zenda, ¿no decía donde estaba
Huberto?
Simón
se rió.
―Huberto
no es rey, señor. En fin, volveré mañana, pues he de verle. Supongo que mañana
estará aquí.
―Sí,
Simón, estará.
―Y
traeré la carreta para llevarme el jabalí, porque supongo que no se lo han
comido todo ustedes.
Sapt
rió y Simón hizo lo mismo.
―Todavía
no lo hemos asado ―dijo Sapt―, pero no respondo de macana.
―Bien,
señor, veremos. ¡Ah! Circula un rumor. Se dice que se vio al conde Ruperto de
Hentzau en la ciudad.
―¡Ruperto
de Hentzau! Es imposible, Simón. No se atrevería a asomarse. Sabe que la broma
podría costarle la cabeza.
―¡Quién
sabe! Quizá es esa la causa de que el Rey haya ido a Strelsau.
―Bastaría
eso, en efecto, de ser verdad ―confirmó Sapt.
―Buenos
días, monseñor.
―Buenos
los tengas, muchacho.
Ambos
monteros se alejaron. James les siguió con la mirada algunos instantes, y luego
dijo:
―Se
sabe que el Rey está en Strelsau, y ahora se dice lo mismo del conde de
Hentzau.
Y
añadió después de unos momentos:
―¿Cómo
el conde de Hentzau puede haber muerto al Rey en el bosque de Zenda?
Sapt
le miró casi con temor.
―¿Cómo
el cuerpo del Rey puede llegar al bosque de Zenda? ―prosiguió James―. ¿O cómo
el cuerpo del Rey puede ir a la ciudad de Strelsau?
―¡Basta
ya de enigmas! ―exclamó Sapt―. ¿Ha jurado usted hacerme perder los estribos y
acabar con mi paciencia? El ayuda de cámara se le acercó y dijo
respetuosamente:
―Ya
una vez ha hecho usted una cosa tan difícil.
―Era
para salvar al Rey.
―Y
ahora es para salvar a la Reina y a usted mismo, pues si no salimos con bien de
la empresa será preciso que se sepa la verdad acerca de mi amo.
Sapt
no le contestó.
Volvieron
a sentarse en silencio.
Encendieron
las pipas y fumaron, en tanto que transcurrían las horas del mediodía.
No
pensaron en comer ni beber y permanecieron inmóviles.
Sólo
una vez se levantó James para echar una brazada de agujas de pino al fuego.
Empezaba
el crepúsculo. De nuevo se levantó James para encender la lámpara.
Eran
cerca de las seis y no llegaba ninguna noticia de Strelsau.
Por
fin se oyó el paso de un caballo.
Ambos
solitarios corrieron a la puerta y luego al camino tapizado de césped que
conducía al pabellón. Olvidaban su secreto. La puerta permanecía abierta detrás
de ellos.
Sapt
corrió como no lo hiciera en mucho tiempo y se adelantó a James. ¡Llegaba un
mensaje de Strelsau!
El
condestable, sin decir una palabra al mensajero, tomó el despacho, rasgó el
sobre, leyó lo escrito y exclamó:
―¡Bondad
del cielo!
Luego
se volvió hacia atrás sin pronunciar tampoco una palabra y se dirigió al
encuentro de James, el cual, viendo que no podía alcanzar al coronel, iba ahora
al paso.
Pero
el mensajero tenía sus preocupaciones como el propio Sapt. ¡Uno y otro querían
una corona! Exclamó aquél indignado:
―No
he parado un instante desde Hofbau, caballero. ¿No merezco una corona?
Sapt
se detuvo y retrocedió. Cuando pagó la corona que acababa de sacar del
bolsillo, había una sonrisa singular en su cara adusta.
―Sí
―dijo―, todo hombre que merece una corona la tendrá, como yo pueda dársela.
Se
acercó de nuevo a James, que le había alcanzado y, poniéndole una mano en el
hombro, le dijo:
―Venga,
hacedor de reyes, mi nuevo Warwik.
James
levantó durante un momento la mirada hacia los ojos del condestable. Lo de éste
se la devolvieron.
Retornaron
al pabellón donde yacían el Rey difunto y el guardabosque. ¡El destino era ya
quien mandaba!
CAPÍTULO
16
UNA
MUCHEDUMBRE EN KONIGSTRASSE
El
proyecto que germinara en la imaginación del criado de Rassendyll e inflamara
el espíritu aventurero de Sapt, como una chispa inflama un montón de virutas,
también lo habíamos entrevisto algunos de nosotros en Strelsau.
Sin
duda no lo mirábamos fríamente como James, ni lo adoptábamos con el ardor del
condestable de Zenda, pero aparecía en mi mente, unas veces en forma de
amenaza, otras como una esperanza. Tan pronto parecía preciso evitarlo a todo
precio, como se presentaba a modo del único recurso para evitar un desenlace
más terrible.
Sabía
que Bernenstein pensaba como yo, pues ni él ni yo habíamos podido formar un
plan razonable, gracias al cual el Rey viviente pudiera desaparecer por arte de
encantamiento y el Rey muerto ocupar su puesto.
El
cambio no parecía poder hacerse sin decir buena parte de la verdad cuando
menos, y en tal caso, ¡cuántos chismes, cuántas murmuraciones acerca de
Rassendyll y la Reina!
¿Quién
no retrocedería ante semejante perspectiva?
Hubiese
equivalido a exponer a la Reina a un peligro tan grande como el que le hiciera
correr la pérdida de la carta.
Sugestionados
por la seguridad de Rodolfo, admitíamos que la carta sería recobrada y que
Ruperto guardaría silencio ―el silencio que guardan, de buena o mala gana, los
difuntos―, pero siempre quedaría materia para hacer infinitos comentarios y
ninguno favorable a la soberana.
A
causa de ello, el plan que James esbozara de un modo tan preciso hablando con
Sapt, se presentaba vagamente a nosotros, y por ello cambiábamos miradas,
palabras sueltas, frases cortadas, mi mujer, Bernenstein y yo, sin llegar a
formular nuestro pensamiento y esperanzas de un modo concreto.
De
la Reina nada puedo decir acerca del particular.
Sus
anhelos parecían limitarse a volver a ver al señor de Rassendyll como él le
prometiera.
A
Rodolfo no le habíamos dicho una palabra del papel que teníamos la intención de
hacerle representar.
Si
lo aceptaba sería impulsado a ello por mandato del destino de que hablaba Sapt,
pero no porque a ello le indujéramos nosotros.
Como
nos lo había dicho, en aquellos momentos concentraba toda su atención en
realizar la tarea que se había impuesto y que debía cumplirse en el caserón
destartalado de la Konigstrasse.
Sabíamos
perfectamente que la muerte de Ruperto de Hentzau no pondría en salvo a la
Reina. El secreto no lo era para todos. Alguien que no tenía motivos para
querer a la Reina lo sabía y podía intentar hacer uso de él.
Bauer
estaba en alguna parte, no sabíamos dónde, y era muy dueño de hablar. lo que le
viniera en gana. Rischenheim también era de temer. Pero, en realidad, nos
parecía que, muerto Ruperto, había desaparecido todo peligro. Sólo quedaba un
riesgo remoto.
El
mensaje del Rey había decidido a la muchedumbre, aunque de mala gana, a
retirarse.
Rodolfo
subió en uno de mis coches y se fue, no hacia la "calle del Rey",
sino en dirección opuesta.
Supuse
que daba un rodeo para llegar sin que se notara su presencia.
El
coche de la Reina estaba aún junto a la puerta de mi casa, pues se había
convenido en que iría a palacio a esperar noticias. Mi mujer y yo debíamos
acompañarla.
Fui,
pues, a preguntarle si deseaba ir a palacio.
Estaba
pensativa, pero tranquila. Me escuchó, se levantó y dijo:
―Sí,
Fritz, vamos.
Luego,
repentinamente, me preguntó:
―¿Dónde
está el conde de Rischenheim?
Le
dije que Bernenstein le custodiaba en el gabinete que había en la parte
posterior de la casa.
Reflexionó
un momento y me dijo:
―¡Quiero
verle! Vaya usted a buscarlo. Permanecerá usted con él aquí mientras yo le
hable, pero nadie más. Ignoraba cuáles eran sus intenciones, pero no tenía
ningún motivo para oponerme a sus deseos y me placía de que algo o alguien la
ayudara a pasar distraída aquella hora de espera.
Fui,
pues, en busca de Rischenheim y lo acompañé a la sala.
Me
siguió el conde lentamente y como a regañadientes. Su espíritu versátil
atravesaba una nueva fase de descorazonamiento.
Estaba
pálido e inquieto, y cuando estuvo en presencia de la Reina, el empaque de reto
que afectar,¡ ante Bernenstein, se convirtió en una expresión triste y
avergonzada. No pudo soportar la mirada que la Reina fijó en él.
Me
retiré al otro extremo de la sala, pero, como era pequeña, oí lo que decían.
Tenía
preparado mi revólver por si le daba el naipe por huir al primo de Ruperto,
pero ya no tenía arrestos para ello.
La
presencia' de su primo era un tónico que le daba fuerza y osadía, pero el
efecto de la última dosis se había disipado y volvió a su vacilación habitual.
―Señor
conde ―dijo la Reina, afablemente―, he deseado hablarle porque me duele que un
hidalgo de su índole forme mal concepto de la Reina. El cielo ha querido que mi
secreto no lo fuera para usted. Voy, pues, a hablarle francamente.
Rischenheim
la miró como para adivinar adónde querían llegar aquellos preámbulos.
―Por
culpa mía, sin embargo, ha muerto el Rey, y un humilde y fiel servidor,
enredado en las mallas de mi triste destino ha dado por mí su vida sin saberlo.
Ahora mismo, mientras estamos hablando, un hidalgo bastante joven como para
poder aprender lo qué es la verdadera nobleza está en trance de perder la
existencia y otro, a quien no debo alabar, expone la suya por servirme. Y
usted, señor conde, ha obrado de un modo que so pretexto de servir al Rey,
preparaba mi castigo.
Rischenheim
bajó la mirada y se retorció las manos. La que yo tenía sobre el revólver
volvió a una posición más natural. Tenía ahora la certidumbre de que
Rischenheim no ti cría de huir.
―No
sé ―prosiguió la Reina, hablando como en sueños, para sí misma más que para él,
de quien se dijera había olvidado su presencia―, de qué modo mi infortunio ha
servido los designios del cielo. Quizá, estando más elevada que la mayoría de
las mujeres, me toca padecer más que ellas y temo no haber podido resistir la
prueba. Sin embargo, si comparo mi desolación y miseria con la tentación que he
experimentado, me parece que no he faltado gravemente. Mi corazón no está
bastante humillado, la obra del Señor no termino; pero la sangre vertida cae
sobre mi cabeza, y no puedo ver una imagen que me es cara sino a través de ese
velo rojo, de suerte que, si lo que antes me parecía un premio inestable lo
alcanzara ahora, la alegría que pudiera producir ese premio quedaría manchada,
emponzoñada.
Flavia
miro al conde, que no chisto ni hizo el menor movimiento.
―Conoce
usted mi pecado ―continuo―, pero sabe también que no he cedido a su tentación.
¿Pensó usted, señor conde, que el pecado no recibió su castigo, ya que quiso
añadir la vergüenza al padecimiento? Sin embargo, sabiendo que era culpable,
pudo usted creer que no cometía ningún daño ayudando a su primo y que se creyó
absuelto a pretexto de que defendía el honor del Rey. Así, señor conde, os
llevé a cometer un acto que ni su corazón ni su honor podían excusar. Doy
gracias a Dios de que a causa de ese acto no haya padecido usted más.
Rischenheim
murmuro en voz baja y ronca y sin levantar la mirada:
―Ruperto
me indujo a ello. Me decía que el Rey se mostraría reconocido, que me daría...
Quedo
de nuevo silencioso, retorciéndose las manos.
―¡Ya
lo sé, ya lo sé! ―dijo la Reina―. Pero también tengo la seguridad de que no
cediera usted a tales sugestiones si mi pecado no le cegara.
Se
volvió hacia mí pronto y me tendió las manos, anegados en lágrimas los ojos.
―Sin
embargo ―dijo―, su esposa, Fritz, sabe todo lo ocurrido y me quiere y respeta.
―¡No
sería mi mujer si no amara a Su Majestad! ―exclamé―. Porque todos los míos
estamos prontos a morir por servirla.
―Todo
lo sabe y continúa amándome ―repitió la Reina. Placíame que encontrara consuelo
en la afección de Helga. Las mujeres acuden a las mujeres en sus aflicciones, a
pesar de que las temen.
―Pero
Helga no escribe cartas ―añadió la Reina.
―Sin
duda que no ―respondí con forzada sonrisa―. Bien es verdad que Rodolfo
Rassendyll no le hizo la corte. Se levantó diciendo:
―Vamos
a palacio.
Rischenheim
dio involuntariamente un paso hacia ella.
―¿Quiere
usted también venir a palacio, señor conde? Intervine:
―El
teniente Bernenstein cuidará... ―dije.
Pero
me detuve al advertir que la Reina hacía una señal con la mano.
―¿Quiere
usted venir conmigo? ―pregunto de nuevo al conde.
―¡Señora!
... ¡Señora!. .. ―balbuceo.
Espero.
Yo esperé también aun cuando con impaciencia. De pronto, Rischenheim doblo la
rodilla, pero no se atrevió a tomar la mano de la Reina.
Ella
fue quien se la tendió, diciendo con tristeza:
―¡Ah!
¡Ojalá que perdonando pudiera hacerme perdonar! Rischenheim tomo su mano y la
beso. Oí que balbuceaba:
―No
fui yo. Ruperto me hostigaba y yo no sabía resistir.
―¿Quiere
usted venir a palacio conmigo? ―repitió por tercera vez la Reina.
Yo
me permití esta observación:
―El
conde Rischenheim sabe cosas que casi todos los demás ignoran, Majestad.
Se
volvió la Reina hacia mi con dignidad, casi con descontento:
―Se
puede contar con el silencio del conde de Rischenheim. No le pedimos que haga
nada contra su primo, solo le pedimos silencio.
―Sí
―respondí yo, desafiando su cólera―, pero, ¿qué garantía tenemos?
―Su
palabra de honor, señor conde.
Yo
sabía que llamándome conde me expresaba su descontento, pues siempre,
exceptuando en las ceremonias oficiales, me llamaba Fritz.
―¡Su
palabra de honor! ―refunfuñé―. Es verdad, señora...
―Tiene
razón, Señora ―dijo Rischenheim.
―No,
no la tiene ―replico la Reina―. El conde cumplirá la palabra que me ha dado.
El
conde la miro como si fuera a decir algo, pero se volvió hacia mí y dijo en voz
baja:
―No
faltaré a mi palabra, Tarlenheim. Serviré a la Reina en cuanto pueda y valga.
―Señor
conde ―dijo ella, con acento triste, pero afable―, me sirve usted y además me
da la alegría de ver que su honor no está empañado por mi culpa. Vamos a
palacio.
Se
acercó a Rischenheim y añadió:
―Iremos
juntos.
No
quedaba otro recurso que fiar en él. Estaba seguro que la Reina no cambiaría de
idea.
―Voy
a ver si el conde está dispuesto.
―Eso
es ―respondió la Reina.
Al
pasar me detuvo un momento y murmuró:
―Demuéstrele
que tiene confianza en él. Me acerqué al conde y le tendí la mano. La estrechó
y me dijo:
―¡Por
mi honor!
Saliendo
encontré a Bernenstein que parecía estar examinando su revólver con extremado
cuidado.
―Ya
pueda usted guardar eso ―le dije―; ya no es prisionero. Ahora es de los
nuestros.
―¿Qué
dice usted? ―exclamó Bernenstein poniéndose en pie de un salto.
Le
conté lo que había sucedido en la sala y de qué modo la Reina conquistó para su
propio servicio al instrumento de Ruperto.
―Creo
que será fiel ―dije, terminando.
Y,
en efecto, tal era mi creencia, aun cuando de buena gana prescindiera de su
concurso.
Brilló
la mirada de Bernenstein y me puso la mano en el hombro, diciendo:
―Entonces,
si Rischenheim está con nosotros, sólo queda Bauer.
Comprendí
perfectamente lo que quería decir.
Reducido
Rischenheim al silencio, sólo quedaba Bauer y Ruperto para combatir contra la
Reina.
No
quise mirarle para que no leyese en mis ojos que pensaba lo mismo que él, pues
sabía que era más atrevido o menos escrupuloso que yo.
Añadió:
―Si
pudiésemos taparle la boca... Le interrumpí diciendo:
―La
Reina espera el coche.
―¡Ah,
bien!
Familiarmente
me tomó por los . hombros y me obligó a mirarle, y repitió:
―Sólo
queda Bauer.
―Y
Ruperto.
―¡Bah!
Ruperto debe de haber estirado la pata ya... ―respondió con una sonrisa en sus
labios.
Salió
al vestíbulo y llamó al cochero de la Reina. Hay que convenir que Bernenstein
era un cómplice agradable, pues set buen humor era casi igual al de Ruperto.
Yo
no les llegaba ni al hombro.
Fui
a palacio con la Reina y mi mujer.
Los
otros dos seguían en otro coche.
No
sé lo que dijeron durante el camino, pero Bernenstein se mostraba muy amable
con su compañero cuando bajaron del carruaje.
En
nuestro coche fue Helga la que más habló.
Nos
explicó lo que Rodolfo había hecho aquella noche en Strelsau, y al llegar a
palacio estábamos al corriente de todos los detalles.
La
Reina apenas habló. La inspiración que le dictó su llamamiento a Rischenheim
parecía haberse extinguido. De nuevo la asaltaban aprensiones y miedo.
Comprendí su inquietud cuando, de pronta, me tomó la mano y murmuró:
―Debe
estar ya de vuelta.
No
debíamos pasar por la Konigstrasse y llegamos a palacio sin caber nada de
nuestro jefe, pues todos los teníamos por tal, y la Reina la primera.
No
habló más de él, pero sus ojos me seguían, como si quisieran pedirme un favor,
pero no podía adivinar cuál.
Bernenstein
y el arrepentido conde habían desaparecido. Sabiendo que iban juntos, estaba
tranquilo, pues Bernenstein vigilaría a su compañero.
Me
extrañaba el mudo llamamiento de la Reina y anhelaba recibir noticias de
Rodolfo.
Hacía
dos horas que nos dejó y no teníamos ni una indicación, buena o mala, de lo que
indudablemente había sucedido. Por fin no me pude contener más. La Reina estaba
sentada junto a mi mujer.
―¿Necesita
Su Majestad mis servicios? ―pregunté―. ¿Me permitirá ausentarme unos minutos?
―¿Adónde
quiere ir, Fritz? ―preguntó ella estremeciéndose como si hubiese turbado sus
pensamientos.
―A
la Konigstrasse, Señora.
Con
viva sorpresa por mi parte, se levantó y me tomó la mano, diciendo:
―¡Dios
le bendiga, Fritz! Ya no podía contenerme más. Sí, vaya usted, amigo mío; vaya
y dígame lo que hay. ¡Ay! ¡Me parece que sueño de nuevo!
Mi
mujer me miró con firmeza, pero los labios le temblaban.
―¿Pasarás
por casa, Fritz? ―preguntó.
―No,
si no es necesario.
Se
me acercó y me dio un beso.
―Ve,
ya que debes ir, Fritz ―dijo.
Y
sonrió a la Reina como queriendo manifestar que por ella me exponía a un
peligro.
―Yo
hubiese podido ser una esposa como ella, Fritz ―declaró la Reina―. Sí, puede
creerlo.
Me
incliné, pues no me sentía capaz de hablar. Hay en el valor impotente de las
mujeres algo que me debilita. Nosotros podemos obrar y combatir, ellas sólo
pueden esperar inactivas, y, sin embargo, alcanzan sus fines. Salí dejándolas
juntas. Cambié mi uniforme por un traje de paisano y cuidé de ponerme un
revólver en el bolsillo.
Ya
dispuesto, me dirigí a pie a la Konigstrasse.
Avanzaba
la tarde. Mucha gente corría y en las calles había poco movimiento.
Solamente
dos o tres personas me reconocieron. No se notaba la menor agitación y las
banderas flameaban como de costumbre en palacio.
Sapt
guardaba el secreto y se creía aún que el Rey vivía y estaba en Strelsau.
Temí
que hubiesen visto a Rodolfo cuando llegó y que hubiera gentío en torno de la
casa, pero cuando llegué sólo había unos pocos que pasaban por allí, mirando a
un lado y a otro. Yo paseé por delante del número 19 como un ciudadano que está
aburrido por no tener nada que hacer.
Pronto
cambió la escena. Los obreros y comerciantes salieron de sus casas después de
comer.
Los
que estaban curioseando cerca del número 19 les hablaron, y algunos
respondieron: "¿De veras?", pero prgisiguieron su camino como quien
no quiere perder tiempo en contemplar un Rey.
Pero
otros esperaban haciendo un cigarrillo y hablando. Yo dejé de pasear porque
había demasiada gente en la acera. Saqué un cigarro y me puse a fumarlo,
esperando.
De
pronto sentí que me tocaban en el hombro.
Me
volví. Y al hacerlo vi al teniente de uniforme y a Rischenheim.
―¿También
han venido ustedes? Me parece que no ocurre nada extraordinario.
Bernenstein
meneó la cabeza con expresión de duda. Su compañero prestó poca atención a mis
palabras.
Miraba
con atención a la casa donde quizá ocurría un drama. Parecía deshabitada. Tenía
cerradas las puertas y ventanas.
De
pronto, una cabeza que vi entre muchas otras, me llamó la atención.
No
podía ver el semblante, pero la forma de la cabeza me era conocida.
No
dudé un instante. Era Bauer.
Sin
decir una palabra al teniente me acerqué al perillándando un rodeo para que no
me viera.
Y oí
una voz que decía:
―Es
absurdo; ¿qué hace el Rey en una casucha como ésta?
Otro
de los papanatas respondió:
―Ignoro
lo que el Rey puede hacer ahí; pero lo que aseguro es que entró y que no ha
salido.
Me
acerqué más al hombre de la cabeza vendada. Evidentemente la herida de Bauer no
era grave cuando estaba en la calle. Había acudido, como yo, para saber el
resultado del encuentro inevitable entre Rodolfo y Ruperto.
No
me vela el bergante, porque miraba hacia la casa.
Continué
avanzando; quería apoderarme de él.
Recordaba
las palabras de Bernenstein: "¡Si pudiésemos apoderarnos de él!".
Para realizar nuestro plan sólo un obstáculo había. La muerte, la captura o el
silencio de
Bauer
aseguraban el éxito de nuestra empresa.
Bauer
no quitaba los ojos de la casa. Me deslicé con precaución detrás de él. Llevaba
una mano en el bolsillo del pantalón, por lo cual quedaba un hueco entre el
brazo y el cuerpo.
Deslicé
por aquel espacio mi brazo izquierdo y le sujeté fuertemente el suyo.
Se
volvió y me vio.
―Volvemos
a encontrarnos, Bauer. Se estremeció y palideció.
―¿Esperas
ver al Rey?
Reaccionaba.
Sonrió con socarronería y dijo:
―¿Al
Rey?
Bauer
hizo un movimiento para soltarse el brazo; pero yo apretaba de firme.
―¿Dónde
está mi maleta? ―pregunté.
Ignoro
lo que habría contestado, porque en aquel momento se oyó un gran ruido detrás
de la puerta cerrada. Hubiérase dicho que era alguien que corría y tropezaba
contra un obstáculo. Se oyó un terno lanzado por una voz ruda, pero de mujer.
Le contestó un grito de cólera de una muchacha.
Solté
el brazo de Bauer y me arrojé impetuosamente hacia adelante.
Al
mismo tiempo que Bauer huía, vi que dos hombres se lanzaban impetuosamente
hacia a a casa, sin cuidarse de las protestas de la multitud. Eran el teniente
y Rischenheim. Me arrojé hacia donde les veía para juntarme a ellos. La gente,
refunfuñando o no, abría paso. Estábamos los tres ya en primera fila, cuando la
puerta se abrió con violencia y salió una muchacha azorada, pálida. Se detuvo
ante la muchedumbre, que crecía por momentos y gritó horrorizada:
―¡Socorro!
¡Socorro! ¡El Rey! ¡El Rey!
De
un salto entré en la tienda, seguido de Bernenstein, que gritaba:
―¡Vivo!
¡Más aprisa!
CAPÍTULO
17
RUPERTO
Y EL COMEDIANTE
A
menudo me represento a Ruperto de Hentzau de pie donde le dejara su primo,
esperando la vuelta del mensajero y espiando alguna señal que indicara que la
muerte del Rey era conocida en Strelsau.
Su
imagen es de aquellas que la memoria conserva clara y distinta mientras el
tiempo borra las de otros hombres mejores y más grandes.
La
situación en que se encontraba aquella mañana era propia para excitar la
imaginación.
Exceptuando
a Rischenheim sin más resistencia que un pelele, y Bauer, desaparecido, se
erguía solo contra todo un reino, al que acababa de decapitar y contra un grupo
de hombres resueltos que no darían paz a la mano mientras él viviera.
Para
salvarse sólo contaba con su inteligencia, su espada y su secreto. Pero no
podía huir por falta de recursos y de un momento a otro sus enemigos podían
declarar la muerte del Rey y amotinar las turbas contra él.
Tales
hombres no se arrepienten jamás, pero quizá deploraba la empresa que a tan mal
traer le trajo.
Sin
embargo, los que le conocían bien aseguran que se acentuaba su sonrisa
contemplando la ciudad inconsciente desde la altura de aquella casa.
De
buena gana le hubiese querido ver allí, pero él prefería de seguro cruzar su
espada con la de Rodolfo y decidir así de ―una vez la contienda.
En
la planta baja la vieja Holf cocía un guisote para su comida, maldiciendo la
larga ausencia del conde de Rischenheim y la de aquel bribón de Bauer, que sin
duda estaba borracho en alguna taberna.
Por
la puerta abierta de la cocina podía verse a Rosa que fregaba las losetas del
corredor.
Tenía
las mejillas coloradas y brillantes los ojos. De cuando en cuando interrumpía
el trabajo y escuchaba.
La
hora en que debía venir el Rey había pasado, y el Rey no estaba allí.
La
vieja no sospechaba lo que inducía a su hija a escuchar. Sólo había hablado de
Bauer.
¿Por
qué no venía Bauer? ¿Qué ocupación podía retenerle? Gran cosa era guardar el
secreto del Rey y antes morir que revelarlo pues se había mostrado bueno y
cariñoso con ella y no conocía en toda Ruritania un hombre que pudiera
comparársele. El conde Hentzau era guapo y apuesto, pero ella prefería al Rey y
el Rey confió en ella, y ella le defendería con riesgo de su vida.
Rodó
un coche por la calle. Se detuvo algunas puertas más lejos, luego se acercó ala
casa y se detuvo de nuevo.
La
vieja, entregada a sus quehaceres, no prestó atención.
La
joven levantó la cabeza. El oído fino y atento de la muchacha percibió el ruido
de un paso firme y rápido.
Llamaron.
Primero un golpe seco. Después tres más, ligeros.
Entonces
la vieja oyó. Dejando la cuchara en la cacerola, se volvió y dijo:
―Aquí
está, por fin, ese belitre. ¡Abre, Rosa!
Antes
de que se lo dijera su madre, Rosa estaba en el corredor. Abrió y cerró la
puerta.
La
vieja se acercó a la de la cocina. Corredor y tienda estaban oscuros, pero vio
un hombre de mayor estatura que Bauer.
―¿Quién
va? ―preguntó la vieja―. La tienda está cerrada hoy y no se entra.
―Ya
estoy adentro ―respondieron, y Rodolfo se acercó a ella.
La
joven le seguía con la mirada brillante, encarnadas las mejillas.
―¿No
me reconoce usted? ―preguntó Rodolfo, plantado delante de la vieja, y sonriéndole.
En
aquella semioscuridad del corredor, la vieja Holf vacilaba.
Conocía
la historia de Rodolfo V y de Rodolfo Rassendyll. Sabía que éste se encontraba
de nuevo en Ruritania; no le asombraba que se encontrase en Strelsau, pero
ignoraba que Ruperto hubiese matado al Rey.
Es
decir, en aquel instante no sabía si se trataba del Rey o de su
"doble".
―¿Quién
es usted? ―preguntó con rudeza. La joven contestó con tono entusiasta:
―Es
el...
Se
detuvo, quizá el Rey no quería ser conocido. Rodolfo le hizo una señal amistosa
con la cabeza.
―Sí,
dígaselo.
―Es
el Rey, madre ―mumuró Rosa, riendo y ruborizándose―. ¡Es el Rey!
―Sí,
sí, el Rey vive; soy el Rey ―añadió Rodolfo, sonriendo.
Sin
contestar, la vieja le miró con atención.
En
su turbación se olvidó de preguntarle quién le indicó de qué modo tenía que
llamar para que le abrieran.
―He
venido para ver al conde de Hentzau .prosiguió diciendo Rodolfo―. Lléveme a él
inmediatamente.
La
vieja le salió al paso tratando de impedírselo.
―¡Nadie
puede ver al conde! ―dijo con acento de reto―. No está aquí.
―¡Cómo!
¿Ni siquiera el Rey?
―¿El
Rey? ―murmuró ella, mirándole con fijeza―..¿Es usted el Rey?
Rosa
se echó a reír.
―Madre,
ha visto usted cien veces al Rey.
―El
Rey o su fantasma, no importa ―añadió Rodolfo como en broma.
La
vieja retrocedió azorada de pronto.
―¿Su
fantasma? Ha mu...
―¡Su
fantasma! ―exclamó Rosa, riendo―. Es el Rey en persona, madre. No parece usted
un fantasma, Señor.
La
vieja se había puesto casi cárdena, y sus ojos desmesuradamente abiertos, no se
apartaban de Rodolfo. Quizá sospechaba que le había ocurrido algo al Rey y
aquel hombre era la imagen del Rey, quizá su sombra. Se apoyó en la jamba de la
puerta y jadeaba al respirar.
Puede
que fuera el Rey.
―¡Dios
nos asista! ―murmuró llena de ansiedad y perpleja.
―Ya
los ayuda, tranquilícese. ¿Dónde está el conde de Hentzau?
La
joven se había alarmado al notar la agitación de su madre.
―Está
en lo alto, en la buhardilla, Señor ―mumuró con espanto.
Y
miraba alternativamente a su madre aterrada y a Rodolfo, que sonreía, pero en
cuyo rostro se reflejaba una decisión inquebrantable.
Lo
que acababa de decir la muchacha bastó a Rodolfo.
Pasó
rápidamente por el lado de la vieja y subió la escalera.
Las
dos mujeres le seguían con la mirada. La vieja parecía fascinada; Rosa,
alarmada, pero triunfante, pues había, hecho lo que el Rey le ordenara.
Rodolfo
desapareció en la oscuridad.
La
vieja rezongaba; entró en la cocina y volvió a cuidar del guiso.
Su
hija la miraba extrañada, pero algunos momentos después subió silenciosamente
la escalera, siguiendo a Rodolfo.
Se
volvió una vez mirando a la cocina. Su madre continuaba cuidando del guisado.
Rosa
subió más, hasta vez al Rey.
Este
tenía una mano en la cerradura dé la puerta del sotabanco, y la otra en el
bolsillo.
No
se oía el menor ruido en la habitación.
Ruperto
había oído pasos y estaba de pie, escuchando. Rodolfo abrió la puerta y entró.
Rosa
se acercó a la puerta en el momento en que se cerraba.
Se
puso en cuclillas, miró por el ojo de la llave y vio que dos sombras se movían
en el interior de la habitación Ruperto no creía en fantasmas. Los hombres que
mataba su mano, permanecían inmóviles en sus tumbas.
Dedujo
que Rischenheim no tuvo suerte en su expedición informativa, lo cual no le
sorprendió, y que, en cambio, su antiguo contrario entraba de nuevo en escena.
Cuando
Rodolfo entró estaba entre la ventana y la mesa. Se adelantó hacia ésta y apoyó
en ella la mano.
―¡Ah,
el cómico! ―dijo, mostrando su blanca dentadura y meneando su rizada cabeza, en
tanto que su otra mano permanecía en la faltriquera, como la de Rassendyll.
Este
confesó que en otro tiempo le molestaba oírse llamar cómico por Ruperto, pero
ahora era algo menos joven y quisquilloso.
―Sí,
el cómico, pero esta vez su papel será breve ―replicó, sonriendo.
―¿Qué
papel? ¿No es, como la otra vez, el de rey con una corona de cartón? ―preguntó
Ruperto, sentándose encima de la mesa―. ¡Por vida mía! Representamos una
hermosa comedia en Strelsau. Tiene usted una corona de cartón en la cabeza y yo
di al otro una corona celestial. Pero quizá lo que le digo ya lo supiera.
―Sé,
en efecto, lo que ha hecho.
―No
me alabo de ello. El perro fue causa de ello y no yo ―dijo Ruperto con
indiferencia―. Lo hecho, hecho está. Ha muerto; no hablemos de él... ¿Qué
quiere de mí, comediante?
Al
oír repetir esta palabra, tan misteriosa para ella, la joven miró y escuchó con
atención más intensas. ¿Qué significaban las palabras al otro y una corona
celestial?
―¿Por
que no llamarme Rey? ―dijo Rodolfo.
―¿Le
llaman así en Strelsau?
―Los
que saben que soy Rey.
―¿Y
son?...
―Unos
veinte.
―¿De
modo que la ciudad está tranquila y las banderas flamean al viento?
―¿Pensaba
verlas bajar?
―Siempre
gusta que se fije la atención en lo que uno ha hecho ―dijo Ruperto, con acento
de reproche―. Pero podré hacer que se arrollen cuando quiera.
―¿Explicando
su hazaña? Me parece que no le conviene...
―¡Dispense!
Puesto que el Rey tiene dos vidas, es de rigor que tenga dos muertes.
―¿Y después
de la segunda?
―Viviré
en paz, amigo mío, gracias a una renta que poseo.
Y
tocó el bolsillo de la blusa de caza con expresión de reto.
―En
estos tiempos, las mismas reinas deben ser prudentes en sus cartas. Vivimos en
un siglo moral.
―No
contribuye usted a que lo sea ―dijo Rodolfo, sonriendo.
―Protesto
de ello. Pero, ¿qué quiere, comediante? Empiezo a encontrarle cargante.
Rodolfo
se puso serio.
Se
acercó a la mesa y dijo en voz baja y grave:
―Señor
conde, está usted solo. Rischenheim está preso. A Bauer le vi anoche y le rompí
la cabeza.
―¿De
veras?
―Tiene
en su poder lo que sabe. Si me lo entrega, le salvaré la vida.
―¿De
modo que no necesita mi sangre? ¡Es usted el más piadoso de los cómicos!
―Ha
perdido usted la partida. Sea buen jugador. Déme la carta.
―¿Me
dejará partir sano y salvo si se la entrego?
―Impediré
que le maten y partirá usted sano y salvo.
―¿Para
dónde?
―Para
una fortaleza donde se le guardará con todo cuidado.
―¿Por
mucho tiempo?
―Espero
que por muchos años, querido conde.
―Hasta
que...
― …
el cielo quiera conservarle en este mundo. Es imposible dejarle libre.
―¿Esto
es lo que me ofrece?
―Es
cuanto se puede hacer ―respondió Rodolfo. Ruperto se echó a reír, no por burla,
sino de veras.
Le
hacía gracia que le perdonaran.
Encendió
un cigarrillo y se puso a fumar sonriendo.
―No
esperaba tanto de su bondad ―dijo. Y por pura insolencia, tratando de demostrar
a Rassendyll en cuan poco le estimaba y el aburrimiento que su presencia le
causaba, se desperezó levantando ambos brazos y bostezó como un hombre que no
puede dominar su fastidio. Aquella vez rebasó el límite.
De
un salto Rodolfo estuvo junto a él.
Le
tomó las muñecas con las manos y gracias a su fuerza física superior dobló el
cuerpo flexible de Ruperto hasta conseguir que el cuerpo y la cabeza tocaran la
mesa.
No
hablaban. Encontráronse sus ojos. Oyeron mutuamente su respiración y sintieron
sus alientos.
La
joven había visto el movimiento rápido de Rodolfo, pero el agujero de la
cerradura no le permitía ver lo qué hacían ambos hombres. Permaneció de
rodillas y espere. Lentamente, con esfuerzo paciente, Rodolfo empezó a juntar
un brazo al otro, con lo cual unía también los de su adversario.
Ruperto
comprendió su propósito en su mirada y resistió con todas sus fuerzas.
Diríase
que los brazos se iban a romper. Los codos casi se tocaban y, luego, las
muñecas se unieron involuntariamente.
La
frente del conde estaba cubierta de sudor.
Las
dos muñecas estaban juntas. Los largos y vigorosos dedos de la mano derecha de
Rodolfo, que ya sujetaba una de las muñecas, se deslizaron gradualmente en
torno de la otra.
La
presión parecía haber paralizado los brazos de Ruperto, que resistía más
débilmente. La mano derecha de Rodolfo abarcaba ambas muñecas y poco a poco y
tímidamente cesó la presión de la otra. mano.
¿Podría
una sola mano sujetar las dos muñecas de Ruperto? Este hizo un esfuerzo
desesperado.
Le
contestó una sonrisa de Rassendyll. Podía sujetarlo, no por mucho tiempo, pero
sí por un instante, y éste le bastaba para que la mano izquierda de Rodolfo,
libre al fin, se dirigiera al pecho del conde y desabrochara con violencia la
blusa de caza.
Rodolfo
introdujo la mano en la abertura.
―¡Maldito
seas! ―rugió furioso Ruperto de Hentzau.
Pero
Rodolfo sonreía. Tomó la carta, reconoció el sello de la Reina.
Ruperto
hizo un nuevo esfuerzo. La mano derecha de Rodolfo cedió y él tuvo que saltar
de lado, pero conservando su presa.
En
un instante tuvo empuñado el revólver, pero el de Ruperto estaba también a dos
o tres palmos de su pecho.
Se
puede decir mucho contra Ruperto de Hentzau y es casi imposible aplicarle las
leyes de la mansedumbre cristiana, pero ninguno de cuantos le conocieron,
pueden acusarle de haber retrocedido ante la muerte.
No
fue, pues, el miedo lo que le contuvo en aquel momento, sino un frío y acertado
razonamiento. Suponiendo que saliera vivo del trance y que no murieran ambos,
el ruido de los disparos podía serle fatal.
Además,
era célebre como espadachín y se creía muy superior a Rodolfo en esgrima.
No
disparó, pues, y dijo sin bajar el arma:
―No
nací para faquir. ¿Quiere usted batirse a fuer de hidalgo? La caja que hay
sobre aquel aparador contiene dos espadas.
Rassendyll
no perdía de vista, ni por un momento, el peligro que amenazaba a la Reina.
Matar
a Ruperto no la salvaría si él mismo sucumbía sin tener tiempo para destruir la
carta.
El
revólver de Ruperto amenazaba su corazón, y no podía ni rasgarla ni echarla al
fuego que ardía a pocos pasos de distancia.
Por
otra parte, no temía un combate a espada, pues nunca cesó de practicar la
esgrima y era un buen tirador.
―Como
usted quiera. Con tal de rompernos el bautismo aquí y sin tardanza, poco
importa de qué modo.
―Entonces,
deje su revólver encima de la mesa y yo pondré el mío a su lado.
―Dispense,
pero deje antes el suyo.
―De
modo que yo debo fiar en usted y usted no fía en mí.
―Precisamente.
Sabe que puede fiar en mí, y yo sé que no debo fiarme de usted.
Una
oleada de rubor encendió el semblante de Ruperto. Veía en aquel momento, como
en un espejo, el caso que un hombre hacía de él, y creo que aborrecía al señor
de Rassendyll no tanto por haberse atrevido a desbaratar sus planes, como
porque, mejor que nadie, le demostraba su desprecio.
Frunció
las cejas y apretó los labios.
―Sí
―dijo―, pero si no dispara usted, destruirá la carta. Conozco sus finas
argucias.
―De
nuevo le pido que dispense. Sabe usted, perfectamente, que no haré eso.
Ruperto,
furioso, echó el revólver encima de la mesa, soltando una maldición.
Rodolfo
avanzó dos pasos, dejó el suyo al lado del otro, y luego, recogiendo ambos,
atravesó el cuarto y los puso encima de la chimenea.
Volviéndose
hacia Ruperto, dijo:
―¡Mire!
Colocó
la carta entre los dos revólveres. Ardía un buen fuego en la chimenea. Con un ademán
podía echar la carta al fuego, y no lo hizo.
Entonces
dijo:
―Podemos
ahora continuar el asalto que Fritz de Tarlenheim interrumpió un día en el
bosque de Zenda.
Durante
aquellos momentos habían hablado en voz baja, uno furioso, otro resuelto, y
Rosa sólo oyó algunas palabras sueltas. De pronto vio brillar el acero.
Entonces miró con ansias y escuchó con toda su alma.
Ruperto
había sacado las espadas de la caja y las colocó sobre la mesa. Saludando
levemente a Rodolfo, tomó una y ambos se pusieron en guardia.
De
pronto, Ruperto bajó el arma. Desapareció su ceño y habló con el tono de burla
que le era habitual:
―A
propósito ―dijo―, quizás nos dejamos arrastrar por la pasión del momento.
¿Tiene usted más ganas que en otro tiempo de ser Rey de Ruritania? En tal caso,
sería el más fiel de sus súbditos.
―Es
mucho honor ese, conde.
―A
condición, naturalmente, de que sería el más rico de sus súbditos y uno de los
más favorecidos. ¡Ea! ¡El imbécil ha muerto; vivió como un botarate y ha muerto
de igual modo! El trono está vacante. Un difunto no tiene derechos y no se le
causa ningún daño. ¡Qué diablo! Eso es lo justo y lo natural. Tome su sitio y
su mujer. Podrá usted pagarme entonces. ¿O acaso aún es usted virtuoso? ¡A fe
mía! Hay algunos hombres que no comprenderán jamás el mundo en que viven. Si yo
tuviese su suerte...
―Vamos,
conde, seamos francos.
―¿Eh?
―Si
tuviese usted mi suerte sería el primero en desconfiar de Ruperto de Hentzau.
―No
si se las componía de modo que se asegurara ventajas positivas.
―¡Bah!
Siempre pensaría que es un hombre que cobraría la paga y traicionaría a su
asociado.
Ruperto
se ruborizó otra vez.
Cuando
habló de nuevo su voz era dura, fría, baja:
―¡Rodolfo
Rassendyll! ¡Voy a matarle en seguida!
―¡Pruébelo!
―Y
después proclamaré, delante de Strelsau entero, la infamia de esa mujer.
Y
sonrió, mirando a Rodolfo.
―¡En
guardia, caballero!
―¡Estoy
pronto!
La
espada de Rodolfo tocó la suya.
La
cara de Rosa estaba pegada al ojo de, la llave. Oyó el ruido de las espadas que
se cruzaban.
De
cuando en cuando entreveía una forma que se echaba hacia adelante o que
retrocedía con prudencia.
No
comprendía bien. Desconociendo a Ruperto, no podía creer que deseara la muerte
del, Rey. Sin embargo, las palabras que escuchó al vuelo eran las de hombres
que se pelean.
Ahora.
callaban, pero la muchacha oía su respiración jadeante―y el movimiento continuo
de sus pies sobre el entarimado.
Luego
resonó un grito sonoro y alegre, como de triunfo:
―¡Casi,
casi!
Reconoció
la voz de Ruperto de Hentzau.
El
Rey respondió con calma:
―Casi
no quiere decir nada.
Escuchó
de nuevo. Pareció que se habían detenido unos momentos, pues no oyó más que el
jadear de dos hombres que descansan después de un ejercicio violento.
Luego
empezó de nuevo el choque de las hojas y uno de los adversarios pasó por su
campo visual.
Reconoció
la elevada estatura y los cabellos rojos del Rey. Parecía retroceder paso a
paso, empujado hacia la puerta. Pronto no' hubo más que un espacio de un palmo
entre aquella puerta y su cuerpo.
Ruperto
lanzó un nuevo grito de victoria.
―Ya
es usted mío. ¡Rece, rey Rodolfo!
"¿Qué
rece?" ¿Era cierto, pues? ¿Se batían de veras? No cabía duda, la vida del
Rey, de su querido Rey estaba en peligro.
Sólo
miró un instante más.
Con
un alarido de terror se lanzó hacia la escalera. Ignoraba lo que debía hacer,
pero el corazón le decía que debía hacer algo para salvar al Rey.
Al
llegar a los bajos, corrió hacia la cocina.
El
guiso aún estaba en el fuego, pero la vieja no empuñaba la cuchara. Se había
sentado.
―¡Mata
al Rey! ¡Mata al Rey! ―gritaba Rosa.
La
vieja la miró con sus ojos apagados y con sonrisa estúpida y socarrona a un
tiempo.
―¡Déjalos!
―aconsejó―. No se trata del Rey.
―¡Sí,
sí! Está arriba con el conde de Hentzau. Se pelean.
El
conde Ruperto le matará.
―¡Déjalos
te digo! ¡No es, el Rey! ―masculló la vieja. Rosa la miró desesperada. De
pronto le brillaron los ojos.
―¡Voy
a pedir socorro! ―dijo. La vieja la tomó a Rosa por los hombros.
―¡Yo,
no! Déjalos que se arreglen, torpe. Nada tenemos que ver en sus asuntos.
―¡Déjame,
madre! Es preciso que socorra al Rey.
―¡No
te soltaré! ―porfió la vieja.
Con
un esfuerzo Rosa se soltó. y corrió hacia la tienda.
Abrió
la puerta con violencia. Quedó sorprendida al ver la muchedumbre que se habla
agolpado allí.
Sus
miradas se fijaron en el punto donde estábamos Bernenstein, Rischenheim y yo.
―¡Socorro!
―gritó―. ¡El Rey! ¡El Rey!
CAPÍTULO
18
EL
TRIUNFO DEL REY
Lo
que los hombres llaman presagios, presentimientos,, etcétera, son, a juicio
mío, futilidades casi siempre. Sólo de vez en cuando sucede que los
acontecimientos probables proyectan delante de sí una sombra natural, que la gente
supersticiosa toma por un aviso del cielo.
A
menudo el mismo, deseo que hace concebir la cosa acarrea sus cumplimiento, y el
soñador vive en el resultado de su propia acción y voluntad, en la realización
misteriosa e inconsciente de su esfuerzo.
Sin
embargo, cuando razono así con calma y buen sentido, el condestable de Zenda
menea la cabeza y responde:
―Sí,
pero Rodolfo Rassendyll sabía desde el principio que volvería a Strelsau y que
cruzaría el hierro con Ruperto. Si no, ¿por qué ejercitarse en la esgrima para
ser más fuerte en el segundo encuentro que en el primero? ¿No puede hacer Dios
lo que Fritz de Tarlenheim no acierta a comprender? ¡Buena idea, a fe mía!
Y se
aleja murmurando:
―Después
de todo, sea inspiración o ilusión, celebro que Rodolfo la haya tenido, pues si
se llega uno a enmohecer ya no es posible volver a ser un gran tirador.
El
señor Rassendyll tenía fuerza, voluntad, sangre fría y valor.
Pero
todo ello no bastará si su mirada no estuviese acostumbrada a tal tarea y si la
mano no obedeciera tan prontamente como es menester.
Sin
embargo, la agilidad flexible y la audacia sin rival de Ruperto, poco faltó
para que triunfasen.
Rodolfo
estaba en peligro de muerte cuando Rosa pidió socorro. Gracias a su habilidad y
firmeza pudo sostener la defensiva. No trató de hacer otra cosa y contuvo los
ataques furiosos y los amagos traicioneros de Ruperto, permaneciendo en una
inmovilidad casi completa.
Digo
casi, porque las vueltas leves de su muñeca, que parece que no son nada, le
salvaron la vida.
Llegó
un instante, Rodolfo lo vio y nos lo indicó al describir la escena, en que
Ruperto de Hentzau comprendió que no llegaría a romper la guardia de su
enemigo.
No
acertaba a explicarse cómo todos sus ataques resultaban infructuosos ante
aquella barrera de hierro que se le oponía firme e inmóvil.
Su
viva inteligencia comprendió la lección. Si su habilidad no vencía pronto, la
victoria se le escapaba, porque su resistencia era menor.
Era
más joven y menos robusto. El placer cobró su diezmo. Quizá una buena causa' es
invencible, si la apoya un brazo de hierro.
En
el mismo instante en que acorralaba a Rodolfo hacia la pared, sentía que había
llegado al límite de sus éxitos. Pero el cerebro puede sustituir a la mano.
Adoptando otra táctica, moderó su ataque y hasta retrocedió uno o dos pasos.
Ningún
escrúpulo le contenía, ninguna ley de honor limitaría sus medios de defensa.
Retrocediendo
delante de su adversario, pareció a Rodolfo que sentía temor. Dijérase que
estaba desesperado, y era verdad, pero fingía una fatiga inmensa.
Rodolfo
avanzaba, atacaba y topaba con una defensiva tan perfecta como la suya.
De
ese modo habían vuelto al centro del chiribitil, cerca de la mesa.
Ruperto,
como si tuviera ojos detrás de la cabeza, la evitó, la contorneó. Su resuello
era penoso, sibilante, pero los ojos tenían seguridad, la mano fuerza. Apenas
le quedaba energía para algunos segundos, pero le bastarían si podía alcanzar
lo que se prometía y realizar la añagaza que le sugirió su mente, fértil en
traidoras concepciones.
Su
retirada voluntaria, que parecía forzosa, le conducía hacia la chimenea.
Allí
estaba la carta; allí los revólveres. La hora de aquilatar los riesgos había
pasado, la de pensar en lo que el honor aconseja o veda, no la conoció Ruperto
jamás.
Si
no podía vencer por la fuerza y la destreza, vencería por la astucia y la
traición.
Los
revólveres estaban encima de la chimenea. Meditaba apoderarse de uno si se le
ofrecía coyuntura propicia. La estratagema era buena. Era demasiado tarde para
pedir una tregua. Rassendyll comprendía la ventaja que conquistara y no la
dejaría perder.
Ruperto
había llegado cerca de la chimenea. Tenía el rostro bañado en sudor y el pecho
parecía que le iba a estallar. Le quedaba, sin embargo, bastante fuerza para
ejecutar su intento.
Aflojó
sin duda los dedos de la mano que empuñaba la espada, porque cuando Rodolfo la
tocó de nuevo, se le escapó.
Ruperto
quedó desarmado y su antagonista inmóvil.
―¡Levántela!
―dijo Rodolfo, sin adivinar la superchería.
―Sí,
y cuando lo haga, me ensartará.
―Niño
torpe, ¿aún no me conoce? Rodolfo bajó la espada, cuya punta tocó el suelo. Con
la mano izquierda indicaba la espada a Ruperto. Sin embargo, algo le advirtió.
Quizá fue el brillo de los ojos de Ruperto, relámpago de desdén por la candidez
de su adversario, o de triunfo por el éxito probable de su infamia.
Rodolfo
esperaba.
―¿Me
jura usted no herirme mientras la recogeré? ―preguntó Ruperto, retrocediendo
otro paso, lo cual le acercó más todavía a la chimenea.
―Lo
he prometido. ¡Levántela! No quiero esperar más tiempo.
―¿No
me matará desarmado?
―No,
torpe...
La
frase terminó en un grito.
Rodolfo
soltó la espada y saltó hacia adelante, pues la mano de Ruperto tocaba la
culata de un revólver.
La
traición que presentía apareció clara. Rodolfo se lanzó sobre su enemigo y le'
abrazó para impedirle todo movimiento. Pero Ruperto tenía el arma.
Probablemente
ni uno ni otro notó los crujidos de la escalera que mí me parecían capaces de
despertar a un difunto.
Rosa
había dado la alarma y Bernenstein y yo nos precipitamos los primeros.
Rischenheim nos seguía y detrás de él acudían una veintena de hombres.
Llevábamos
ventaja a todos y cuando subíamos el último tramo, los demás llegaban al
primero.
Oía
un ruido confuso dentro de la casa, pero absorbido por el deseo de llegar en
auxilio de Rodolfo, no me fijaba en nada.
Llegué.
La puerta no resistió un segundo. Entramos; Bernenstein cerró la puerta y se
puso de espaldas a ella, cuando los demás invasores llegaban al descansillo. En
aquel momento sonó un disparo.
Permanecimos
clavados en el suelo; Bernenstein contra la puerta, yo un poco más adentro.
El
espectáculo que se ofrecía a nuestras miradas era propio para pasmarnos. El
humo del tiro se elevaba en espirales, pero ninguno de los adversarios parecía
herido.
El
revólver humeante estaba en la mano de Ruperto, pero éste estaba apretado
contra la pared, junto a la chimenea.
Con
una mano Rodolfo le había clavado la suya izquierda en la pared encima de la
cabeza y con la otra le sujetaba la muñeca derecha.
Me
acerqué lentamente. Si Rodolfo estaba desarmado, tenía yo derecho para exigir
una tregua y restablecer la igualdad.
Sin
embargo, aun cuando Rodolfo estaba desarmado, no intervine. La expresión de su
semblante me contuvo. Estaba muy pálido y tenía apretados los labios, pero sus
ojos atrajeron mi mirada; parecían alegres y despiadados. Jamás les había visto
aquella expresión.
Miré
entonces a Hentzau. Sus dientes blancos mordían el labio superior, las venas de
su frente se hinchaban. Sus ojos no se apartaban de Rassendyll.
Entonces
vi lo que pasaba. El brazo de Ruperto se encorvaba poco a poco, el codo cedía.
La mano, que había apuntado casi horizontalmente, apuntaba ahora a la ventana.
Pero su movimiento continuaba. Describía un círculo y el movimiento se
aceleraba, pues la resistencia disminuía.
Ruperto
estaba vencido, y en sus ojos se veía que estaba convencido de ello.
Me
acerqué a Rodolfo. Me oyó y me miró. Yo no sé qué dirían mis ojos, pero meneó
la cabeza y se volvió hacia Ruperto. El revólver que éste sostenía estaba
vuelto contra su mismo corazón. El movimiento cesó. Se había llegado al punto
deseado.
De
nuevo miré a Ruperto. Su rostro estaba sereno. Sonreía ligeramente. Echó su
hermosa cabeza hacia atrás y la apoyó en, la pared. Sus ojos interrogaban a
Rodolfo Rassendyll.
Volví
los míos hacia donde debía encontrar .la respuesta, pues Rodolfo no daría
ninguna en palabras. Con un movimiento soltó la muñeca de Ruperto y le tomó la
mano. Ahora su índice estaba sobre el de Ruperto y éste apoyaba en el gatillo.
No
tengo el corazón pusilánime, pero puse una mano en el hombro de Rodolfo. No
mostró haberme sentido siquiera y no me atreví a hacer más.
Ruperto
me miró. Pero, ¿qué podía yo decirle? De nuevo mis ojos se fijaron en el dedo
de Rodolfo. Arrollado en torno del de Ruperto, parecía a un hombre
extrangulando a otro.
Terminaba
el drama. Ruperto sonrió hasta el fin. Su cabeza orgullosa, nunca inclinada por
vergüenza, no se dobló tampoco jamás ante el temor.
El
dedo encorvado sobre el suyo acentuó su presión de pronto. Brilló un relámpago,
sonó una detonación.
Durante
un momento Ruperto continuó pegado a la pared por la mano de Rodolfo, pero
cuando se retiró la mano, cayó como una masa, de la cual sólo se distinguía la
cabeza y las rodillas.
Apenas
se oyó el golpe cuando Bernenstein, jurando y gritando, fue arrojado lejos de
la puerta por un grupo compacto de hombres, delante de los cuales iba
Rischenheim, y que se precipitaron dentro del aposento para saber lo que había
ocurrido y dónde estaba el Rey.
Mucho
más alto que los del grupo oí el grito que lanzó Rosa.
Tan
pronto como hubieron entrado quedaron como absortos contemplando aquella escena
dolorosa.
Rischenheim
fue el único que se adelantó hacia el cadáver de su primo. Los otros estaban
como fascinados.
Por
un instante Rodolfo estuvo de cara a ellos. Después se volvió de espaldas y con
la marco que mató a Ruperto de Hentzau recogió la carta que había sobre la
chimenea y, después de comprobar que era la que escribió la Reina, la arrojó al
fuego, no separándose de allí hasta que no quedaron ni las pavesas.
¡La
carta de la Reina estaba por fin en seguridad! Entonces se volvió y sin
cuidarse ―de Rischenheim, que estaba frente al cadáver de su primo, nos miró a
Bernenstein y a mí, y al grupo que formaban los que subieron.
Esperó
un momento antes de hablar. Cuando lo hizo fue con pausa, y como si pensara las
palabras.
―Señores
―dijo―: yo mismo daré cuenta de lo que acaba de suceder cuando llegue el
momento. Por ahora, básteles saber que el hidalgo que está muerto junto a
nosotros había solicitado una audiencia para un asunto secreto. Vine aquí por
complacerle. Y trató de matarme. En qué pagó su tentativa, ya lo véis.
Nos
inclinamos profundamente Bernenstein y yo, y los demás siguieron nuestro
ejemplo.
―Se
dará una explicación detallada de este asunto ―añadió Rodolfo―. Ahora, que todo
el mundo se retire, exceptuando el conde de Tarlenheim y el teniente
Bernenstein.
De
mala gana y abriendo tamaños ojos, se retiró la multitud.
Rischenheim
se levantó.
―Quédese,
si quiere ―dijo el Rey.
Y de
nuevo el conde se arrodilló ante el cuerpo de Ruperto de Hentzau.
Viendo
las dos camas que había cerca de la pared, toqué en el hombro a Rischenheim y
le indiqué una de ellas.
Juntos
levantamos el cadáver, que aún empuñaba el revólver.
Rischenheim
lo quitó de allí.
Luego
le tendimos y le cubrimos con la capa, aún manchada de barro, que llevaba
cuando hizo la carnicería del pabellón de caza.
Su
semblante apenas había sufrido alteración. En a muerte como en vida era el más
bello de Ruritania. Apostaría a que padecieron muchos corazones sensibles y que
muchos ojos bellos se llenaron de lágrimas al difundirse la noticia de su
muerte. Aún quedan en Strelsau damas que no pueden olvidarlo y que llevan
recuerdos suyos.
Yo
mismo, que tantas razones tenía para despreciarle y aborrecerle, le arreglé el
pelo que le caía sobre la frente, mientras Rischenheim lloraba y Bernenstein,
con la cabeza apoyada en el brazo, cuyo codo descansaba en la chimenea, no
quería ni mirar al difunto.
Rodolfo
era el único que no parecía pensar en él. Sus ojos habían perdido su rara
expresión de alegría cruel y recobrado su serenidad. Tomó de la chimenea su
revólver y se lo metió en el bolsillo, y dejó el de Ruperto donde estaba antes
de la trágica escena.
―Venga
―me dijo―, vamos a decir a la Reina que el conde Ruperto de Hentzau ya no podrá
hacer uso de la carta.
Por
un movimiento involuntario fui a una ventana y miré a la calle.
Me
vieron de abajo y fui saludado con una exclamación. La multitud aumentaba por
momentos junto a la puerta. Acudía gente de todos los barrios de la ciudad,
pues las noticias esparcidas por los pocos que asistieron al desenlace del
drama, se esparcieron con la rapidez de un incendio en un bosque. Se propagaron
por una ciudad en algunos minutos, por Ruritania en una hora y por Europa
entera en poco más tiempo.
Ruperto
había muerto y la carta estaba destruida. Pero, ¿qué diríamos a aquella
muchedumbre acerca de su Rey? Comprendí mi impotencia y reíme de despecho.
Bernenstein miró también a la calle y volvió hacia mí su rostro que reflejaba
su ardor.
―Tendrá
usted una marcha triunfal desde aquí a su palacio ―dijo Bernenstein.
El
señor Rassendyll no contestó y tomó mi brazo. Salimos, dejando a Rischenheim
junto al difunto. No pensé en él. Bernenstein creyó, sin duda, que cumpliría la
palabra dada a la Reina, porque nos siguió sin vacilación ninguna.
No
había nadie detrás de la puerta. No se percibía el menor ruido en la casa, y el
tumulto de la calle llegaba hasta nosotros como un rugido velado.
Al
pie de la escalera encontramos a las dos mujeres. La vieja permanecía junto a
la puerta de la cocina, y Rosa se apoyaba en ella, pero tan pronto como
apareció Rodolfo se arrodilló delante de él, dando gracias al cielo por haberlo
salvado. El se inclinó hacia ella y le habló en voz baja, lo cual la hizo
ruborizar de orgullo. Rodolfo pareció vacilar un instante mirando sus manos. No
llevaba otra sortija que la que le diera la Reina. Entonces sacó de su cadena
el reloj y me mostró en la tapa inferior el monograma R. R.
―Rodolfus
Rex ―murmuró con sonrisa enigmática.
Y
puso su reloj en la mano de la linda muchacha, diciéndole:
―Guárdelo
en recuerdo mío.
Yo
la tomé por el brazo y la hice levantar.
Rodolfo
se adelantó hacia la vieja y le habló con acento claro y severo:
―Ignoro
hasta qué punto sabía usted lo que se tramaba en su casa. De momento no me
enteraré de ello, pues no tengo ningún interés en castigar a una mujer. Pero,
¡cuidado! A la primera palabra, a la primera tentativa contra mí, el Rey, el
castigo será pronto y duro. Si me importuna, no la perdonaré. A pesar de los
traidores, soy el Rey de Ruritania.
Se
detuvo mirándola de hito en hito. Después repitió:
―Sí,
reino en Ruritania. Cuide su lengua y sus manos. La vieja no respondió. Cuando
pasé por delante de ella, la vieja me asió el brazo v murmuró
―¿Quién
es? ¿Quién es?
―¿Está
usted loca? ―respondí―. ¿No reconoce al Rey cuando le habla? Recuerde lo que ha
dicho. Tiene servidores que ejecutarán sus órdenes.
Y
quedaron en la casa la vieja aterrorizada y dudosa y la joven sonrosada,
jubilosa y oprimiendo en su mano el recuerdo que el mismo Rey le acababa de
dar.
Bernenstein
tuvo más tacto y arranque que yo.
Nos
precedió al Rey y a mí, y abrió de par en par la puerta. Luego, saludando, se
hizo a un lado para que pasase Rodolfo.
La
calle estaba atestada de gente y un clamor de entusiasmo fue lanzado por miles
de personas. Los sombreros y pañuelos se agitaron con alegría delirante. La
noticia de que el Rey escapó por milagro a un peligro de muerte se había
esparcido con la rapidez del rayo y todos querían felicitarlo.
Habían
detenido un coche que pasaba y desengancharon los caballos. Estaba delante de
la casa. Rodolfo se detuvo un instante en el umbral y saludó con el sombrero.
El semblante aparecía sereno. La mano firme. En un instante una docena de
brazos le asieron suavemente y le empujaron al coche. Subió a él.
Nosotros
le seguimos con la cabeza descubierta y nos sentamos frente a él.
La
muchedumbre, apretada como las abejas de una colmena, rodeaban el coche de
manera que parecía imposible que pudiera avanzar sin aplastar a nadie.
Sin
embargo, giraron las ruedas y empezaron a arrastrarnos lentamente. Rodolfo
continuaba saludando a derecha e izquierda.
En
un momento dado se encontraron nuestros ojos, y a pesar de lo que había
ocurrido y de lo que nos esperaba, cambiamos una sonrisa.
―Quisiera
que fuesen más aprisa ―dijo Rodolfo, saludando de nuevo.
Pero,
¿qué motivo tenía la gente para apresurarse? Ignoraba lo que traerían las horas
siguientes y que era necesario adoptar una resolución inmediata.
En
vez de apresurarse, aquella marcha triunfal se prolongó por numerosas paradas y
por haber querido pasar por delante de la catedral, donde un hombre corrió a
tocar un carrillón de alegría.
Rodolfo
conservó una calma imperturbable y representó su papel real con naturalidad
completa.
Bernenstein
murmuró:
―¡Vaya!
¡Es preciso que reine!
Llegamos
por fin. a palacio. Reinaba allí suma agitación también. Habla muchos oficiales
y soldados.
Vi
el coche del canciller detenido junto a la entrada y una docena de elegantes
carruajes que esperaban el instante de poder acercarse.
Nuestros
troncos humanos avanzaron lentamente hasta la entrada.
Helsing
estaba en lo alto de la escalinata y corrió hacia el coche a toda prisa como
para recibir al Rey.
Los
clamores de la muchedumbre ensordecían el aire. Pero de repente todo quedó en
silencio. Sólo duró un instante y fue el preludio de una aclamación atronadora.
Yo miraba a Rodolfo. Le vi volver la cabeza y brillarle los ojos. Seguí su
mirada.
Arriba,
en la meseta de la amplia escalinata de mármol estaba en pie la Reina, pálida
como el mármol y tendiéndole los brazos.
El
pueblo la vio y para ella fue la última aclamación. Bajamos del coche
Bernenstein y yo. Después de saludar de nuevo al pueblo, Rodolfo nos siguió.
Subió
hasta, el penúltimo escalón. Allí dobló la rodilla y besó, la mano a la Reina.
Yo estaba muy cerca de él cuando miró su rostro, y oí que murmuraba:
―Todo
va bien. Ha muerto y la carta está quemada. La Reina le hizo levantar,
tendiéndole la mano. Moviéronse sus labios, pero no pudo hablar. Pasó su brazo
bajo el de Rodolfo y por unos instantes quedaron frente a frente de todo
Strelsau.
De
nuevo estalló una gritería tremenda.
Bernenstein,
agitando su casco, y corriendo enloquecido de entusiasmo, gritaba:
―¡Dios
salve al Rey!
El
pueblo repitió la exclamación con un fervor sin límites y todos, grandes y
pequeños, aclamaron aquel día a Rodolfo Rassendyll, Rey de Ruritania.
No
hubo manifestación parecida desde que Enrique el León volvió de su larga y
victoriosa campaña, siglo y medio antes.
―Y,
sin embargo ―me dijo en voz baja el viejo Helsing―, los agitadores políticos
pretenden que no hay entusiasmo por la casa de Elphberg.
Dijo,
y tomó un polvo con satisfacción desdeñosa continuaba vitoreando. Yo
contemplaba el magnífico espectáculo.
De
pronto, de entre la muchedumbre, creí percibir un rayo, un destello vivísimo,
de unos ojos que miraban la mole del edificio real.
Aquella
minada y aquellos ojos eran de una cabeza pálida, entapufada por una venda
blanca.
Así
el brazo de Bernenstein y murmuré:
―¡Bauer!
Era,
en efecto, Bauer.
Desapareció
en un instante.
Dijérase
que era un aviso y una amenaza.
Rodolfo
nos había rogado que fuésemos, mi mujer y yo, al salón que daba a los jardines.
Anochecía.
Allí
nos contó Rodolfo su lucha con Ruperto de Hentzau en el desván de la vieja y
destartalada casa de la Konigstrasse, sin entretenerse en detalles ociosos.
La
Reina permanecía junto a su sillón, sin permitir que se levantara.
Cuando
terminó, diciendo cómo quemó su carta, la Reina se levantó y le besó la frente.
Luego miró a Helga, cara a cara, casi con expresión de reto, y Helga corrió
hacia ella y la estrechó en sus brazos.
Rodolfo
permanecía sentado con la cabeza apoyada en la mano, meditando profundamente.
Una
vez miró a las dos mujeres y me llamó con una leve señal. Me acerqué, pero
permaneció unos momentos callado.
Con
una nueva señal me indicó que me acercara más. Le obedecí y me dijo casi al
oído:
―Fritz,
cuando haya oscurecido es preciso que parta. Bernenstein vendrá conmigo y
ustedes permanecerán aquí.
―¿Adónde
irá?
―Al
pabellón de caza. Es necesario que vea a Sapt y que me ponga de acuerdo con él.
No
comprendía qué plan podía haber concebido, ni qué proyecto creía poder
realizar.
Murmuré:
―¿Y
la Reina?
Por
muy bajo que hubiese hablado, me oyó.
Se
estremeció y volvió la mirada hacia nosotros sin dejar la mano de Helga.
Sus
ojos interrogaron nuestras caras y adivinó lo que habíamos hablado.
Nos
contempló todavía unos momentos y, de pronto, corrió hacia Rodolfo, se echó de
rodillas ante él y le tomó las manos.
Olvidó
nuestra presencia y cuanto existía en el mundo, dominada por entero por el
temor de perderle.
―No
quiero perderte de nuevo, Rodolfo, no lo resistiría. Entonces inclinó la cabeza
sobre las rodillas de Rassendyll y lloró.
El
acarició suavemente la cabellera de la Reina, pero no la miró. Sus ojos
permanecieron fijos en el jardín oscurecido ya por la proximidad de la noche.
Después
de contemplarles un rato, atraje mi mujer hacia una mesa algo apartada y nos
sentamos.
Oímos
los sollozos de la Reina. Rodolfo acariciaba sus cabellos y escrutaba la noche
con sus ojos, fijos y tristes.
Ella
levantó la cabeza y le miró.
―Me
destrozarías el corazón ―declaró.
CAPÍTULO
19
POR
NUESTRO AMOR Y POR SU HONOR
Ruperto
de Hentzau había muerto. Tal era el pensamiento que me asaltaba de continuo y
me proporcionaba una indecible sensación de alivio y de calma extraordinarios.
A
los que 'no se dieron cuenta, luchando contra él, de su formidable audacia y
del alcance de sus proyectos, podrá parecerles imposible que su muerte nos
trajera tanta calma y paz, a pesar de que el porvenir no parecía tan despejado.
Densas
nubes entoldaban aún los horizontes políticos. Todo era sombrío e incierto.
Para
mí era tan importante la desaparición de aquel genio del mal, que apenas podía
creer en la supresión definitiva de su influencia.
Ha
muerto, sin duda. Pero, ¿no podría clavarnos aún su garra?
Tales
eran los pensamientos semisupersticiosos que bullían en mi mente en tanto que
miraba la multitud obstinadamente reunida en torno del palacio.
Yo
estaba solo. Rodolfo hablaba con la Reina. Mi mujer descansaba. Bernenstein
comía, pero no quise compartir su comida, porque no sentía apetito.
Hice
un esfuerzo por dominar mi angustia y procuré fijar mi atención en las
circunstancias presentes.
Estábamos
encerrados en un círculo de dificultades tan enmarañadas que parecía imposible
desde todo punto de vista poder vencerlas sin dejar velones en las zarzas del
camino.
No
pretendía resolver el pavoroso problema, pero sabía, por lo menos, lo qué
deseaba.
No
era descubrir de qué manera Rodolfo Rassendyll podría salir de Strelsau sin ser
reconocido; cómo el Rey difunto desaparecería, ni cómo la Reina, desesperada y
abandonada permanecería en su trono solitario y lúgubre. Quizá un cerebro más
fértil en recursos que el mío hallase una solución satisfactoria.
No.
Lo que yo pensaba y en lo que mi imaginación se complacía con amor, era en el
reinado de aquél que en tales momentos era Rey de Ruritania.
Decíame,
para mi capote, que dar tal dueño al reino sería un fraude tan espléndido y
audaz que no podría descubrirse.
No
había otro temor fundado que las sospechas de la vieja Holf, pero el temor o el
dinero sellarían sus labios.
Quedaba
la amenaza de Bauer, pero la boca de éste podía cerrarse y se cerraría dentro
de algunos días; se cerraría para no volverse a abrir.
Mi
ensueño se explayó. Vi el porvenir desarrollándose ante mí, en los anales de un
gran reinado.
Se
me antojaba que, por la violencia y la sangre vertida habíamos vencido al
destino, que arrepintiéndose, remediaba el error cometido al no hacer nacer rey
a Rodolfo Rassendyll.
Pasé
largo rato sumido en tales cavilaciones y me sacó de ellas el ruido que hizo la
puerta al abrirse. Me volví y vi a la Reina.
Se
acercó con paso tímido. Contempló un instante la plaza y la muchedumbre, pero
retrocedió, súbitamente, como si temiese que la vieran.
Entonces
se sentó y volvió la cara hacia mí.
Leí
en sus ojos señales de lucha de las diversas emociones que sentía. Dijérase que
a un tiempo quería rogarme que no la desaprobara y pedirme mi simpatía, la
indulgencia por su falta y su dicha. Los reproches que se dirigía echaban una
sombra sobre su gozo. El destello de oro brillaba a pesar de todo.
Yo
la miraba con ansiedad.
Comprendí
que no hubiese sido aquélla su actitud después de un adiós definitivo que
cerrara la puerta a toda esperanza.
―Fritz
―pronunció con dulzura―, soy culpable, muy culpable. ¿Castigará Dios mi
alegría?
Temo
que no presté entonces gran atención a su angustia, que ahora comprendo
perfectamente.
―¿Su
alegría? ¿Ha podido, pues, decidirle? Sonrió un momento. Yo balbuceé:
―Quise
decir si han quedado acordes... Sus ojos buscaron los míos y susurró:
―Algún
día..., ahora, no. No es posible aún. Pero algún día, Fritz, si Dios no se
muestra muy severo conmigo, yo... seré suya, Fritz.
Calló.
Yo atendía a mi visión, no a la suya.
Anhelaba
que fuese Rey.
Ella,
en cambio, no pensaba en tal cosa. El caso era que no la abandonase, que fuera
suyo.
―¡Será
Rey! ―exclamé triunfalmente.
―No,
no ceñirá la corona. Va a partir.
―¡Partir!
Me
fue imposible disimular mi consternación.
―Sí,
marchará..., pero no para siempre. ¡Será larga, oh, muy larga su ausencia! Pero
puedo resignarme pensando que más tarde...
Se
calló y me miró de nuevo con ojos que imploraban perdón y simpatía.
―No
comprendo ―dije, con acento demasiado brusco, sin duda.
―No
se engañaba usted ―añadió―. Quería alejarse como la primera vez. ¿Debía
habérselo permitido? Sí, sí, pero no pude. ¿Acaso no he padecido bastante,
Fritz? No sabe usted cuáles fueron mis tormentos. Y padeceré aún, pues se
marcha y tardará en volver. Pero luego estaremos reunidos. Dios es misericordioso,
y algún día viviremos juntos...
―Si
se marcha ahora, ¿cómo podrá volver?
―No
volverá. Seré yo quien vaya a encontrarle algún día, cuando ya haya terminado
mi obra, cuando ya no se me necesite como reina.
Me
consternaba la destrucción de mi ensueño, pero, sin embargo, no podía mostrarme
duro con ella.
Tomé
su mano y se la estreché. Ella murmuró:
―¿Quería
usted que fuese Rey?
―Con
toda mi alma.
―No
ha querido, Fritz. No. Y yo, por mi parte, tampoco me atrevería a semejante
cosa.
Procuré
entonces sacar partido de los argumentos prácticos.
―Pero,
¿cómo conseguirá marcharse?
―Lo
ignoro. Pero él lo sabe. Tiene un plan. Quedamos silenciosos otra vez. Sus
miradas eran tranquilas y su continente reposado.
Parecía
entrever, con esperanza paciente, el instante en que llegaría la dicha.
Yo
era un hombre que de la sobreexcitación de la embriaguez, cae en una apatía
invencible.
―Le
será difícil partir ―repetí. No me respondió.
Un
instante después se abrió la puerta y entró Rodolfo, seguido de Bernenstein.
Ambos calzaban botas de montar y llevaban capotes.
Leí
en el semblante de Bernenstein el mismo desengaño que debió pintarse poco antes
en el mío.
Rodolfo,
en cambio, parecía tranquilo, hasta dichoso.
Se
acercó a la Reina.
―Los
caballos estarán dispuestos dentro de algunos minutos ―dijo, cariñosamente.
Se
volvió hacia mí y preguntó:
―¿Sabe
usted lo que vamos a hacer, Fritz?
―¿Yo?
No, Majestad ―respondí con acento rudo.
―¿Yo?
No, Majestad ―repitió, mitad burlón, mitad contento.
Luego
se colocó entre Bernenstein y yo, nos asió por el brazo y exclamó:
―¡Ah,
pillastres sin escrúpulos! ¿Así os enfadáis porque no quiero convertirme en un
ladrón? ¿Por qué maté a Ruperto y os dejé vivir, bergantes?
Sentía
la presión amistosa en mi brazo. No pude contestarle.
A
cada una de sus palabras, a cada instante que pasaba con él, mi pena era más
aguda. Bernenstein me miró y se encogió de hombros con desesperación.
Rodolfo
se río.
―Veo
que no me perdonáis que no haya sido un perillán como Ruperto, ¿verdad?
No
contesté, pero retiré mi brazo del suyo y le estreché la mano.
―¡Así
va el mundo, amigo Fritz! ―exclamó.
Y
estrechó la mano de Bernenstein, que éste le abandonó de mala gana.
―Bernenstein
y yo partimos en seguida para el pabellón de caza, sí, y públicamente de un
modo bien ostensible. Pasaré a través de la muchedumbre para que me miren
cuantos quieran verme, y me las compondré de modo que sepan todos a dónde voy.
Llegaremos allí muy de mañana, antes de amanecer. Encontraremos a Sapt y él
dará los últimos toques a nuestro plan... ¡Hola! ¿Qué pasa?
Se
oía de nuevo una gran gritería en la plaza. Partía de la gente que había en
ella.
Corrí
a la ventana, la abrí con presteza y noté mucha agitación entre los que estaban
reunidos allí.
Luego
oí una voz sonora y estridente que me era bien conocida.
―¡Paso,
botarates, paso!
―Es
Sapt ―dije―. Atraviesa el gentío a caballo, como un loco, y su criado le sigue
de cerca.
―¡Dios
mío! ¿Qué habrá pasado? ¿Por qué han abandonado el pabellón? ―exclamó
Bernenstein.
La
Reina se estremeció asustada. Se levantó vivamente―y se acercó a Rodolfo.
Oíamos
al pueblo que aclamaba a Sapt de buena gana, y que bromeaba con James tomándolo
por criado del condestable.
Los
minutos parecían largos, en tanto que esperábamos emocionados y perplejos.
Un
pensamiento nos embargaba y nos lo comunicábamos con la mirada.
¿Qué
motivo había para abandonar la vigilancia que ejercían en torno del lugar que
guardaba el gran secreto, que no fuera el descubrimiento del mismo?
No
habrían abandonado su guardia mientras hubieran podido continuar desempeñando
su misión de confianza:
¿Qué
imprevisto azar podía haber revelado la existencia del cuerpo del Rey?
Si
su muerte era conocida, de un momento a otro podía esparcirse por la ciudad y
agitarla como un mar tempestuoso.
Por
fin, la puerta se abrió, y fue anunciado el condestable de Zenda.
Sapt
estaba cubierto de polvo y barro, y James, que le seguía pisándole los talones,
no aparecía en mejor estado.
Evidentemente
habían venido a escape, pues jadeaban todavía.
Sapt,
después de un saludo a la Reina, se acercó a Rodolfo.
―¿Está
muerto? ―preguntó sin preámbulos.
―Sí,
Ruperto ha muerto ―respondió Rassendyll―. Yo le maté.
―¿Y
la carta?
―La
he quemado.
―¿Y
Rischenheim?
La
Reina intervino:
―El
conde de Luzan―Rischenheim no dirá ni hará nada contra mí ―aseguró.
Sapt
frunció levemente las cejas.
―Bien.
¿Y Bauer?
―Bauer
está libre ―respondí yo.
―¡Hum!
En fin, no es hombre de gran cuidado ―dijo el condestable, con expresión
satisfecha.
Sus
miradas se fijaron en Rodolfo y en Bernenstein. Con la mano señaló sus botas de
montar.
―¿Adónde
van tan tarde?
―Ante
todo, juntos, al pabellón para verle a usted. Después, yo solo, hacia la
frontera ―afirmó Rodolfo.
―Vamos
por partes. Dejemos ahora la frontera.
―Bueno.
―¿Qué
quiere de mí, Vuestra Majestad?
―Quiero
a, reglármelas para no ser más Vuestra Majestad ―replicó Rodolfo.
Sapt
se sentó y se quitó los guantes.
―¡Ea!
―dijo―. Cuénteme lo que ha pasado hoy en Strelsau.
Hicimos
una relación breve, pero completa.
Escuchó
sin dar muestras de aprobación o censura, pero me pareció que le rebrillaban
los ojos cuando expliqué con cuánto entusiasmo había aclamado el pueblo a su
Rey y de qué manera le recibió la Reina como su marido ante todo el mundo.
De
nuevo la visión y la esperanza destruidas por la calma y la resolución de
Rodolfo renacieron.
Sapt
hablaba poco, pero tenía la expresión de un hombre que guarda una noticia como
reserva.
Parecía
comparar lo que decíamos con lo que él sabía y que nosotros ignorábamos. El
lacayuelo que permanecía junto a la puerta de la sala guardaba un silencio
respetuoso, pero yo podía ver que seguía cuanto pasaba con la atención más
profunda.
Cuando
todo fue dicho, Rodolfo se volvió hacia Sapt y le preguntó:
―¿Y
su secreto? ¿Está bien guardado?
―Sí.
―¿Nadie
ha visto lo que está oculto?
―Nadie.
Sólo nosotros sabemos que ha muerto el Rey.
―Entonces,
¿qué es lo que le trae aquí?
―La
misma razón que le impulsaba a ir al pabellón: la necesidad de tener una
entrevista con Vuestra Majestad.
―Pero,
¿está guardado el pabellón?
―Está
en seguridad.
Sin
duda había un nuevo secreto oculto detrás de esas breves palabras, de esas
frases cortas y de aquellas respuestas casi bruscas. No pudiendo contener mi
impaciencia me dirigí hacia Sapt, diciendo:
―¿Qué
hay? Dígalo, condestable.
Me
miró y luego miró al señor de Rassendyll.
―Ante
todo desearía conocer su plan ―dijo―. ¿Cómo cuenta explicar su presencia en la
ciudad hoy, cuando el Rey está de cuerpo presente desde ayer en el pabellón de
caza?
Estrechamos
el círculo cuando Rodolfo empezó su respuesta.
Únicamente
Sapt permaneció en su sillón sin variar su actitud. La Reina estaba sentada en
el suyo y parecía prestar escasa atención a lo que decíamos. Creo que estaba
aún embargada por los contrarios sentimientos que luchaban en su interior. La
falta de que se acusaba y la alegría que llenaba todo su ser combatían entre sí
y excluían todo otro pensamiento.
―Dentro
de una hora ―dijo Rodolfo― es preciso que haya marchado.
―Si
lo desea, es fácil ―respondió Sapt.
―Veamos,
Sapt ―agregó Rassendyll―; sea usted razonable. Al amanecer usted y yo...
―¿También
yo? ―preguntó el condestable.
―Sí,
usted. Bernenstein y yo estaremos en el pabellón.
―No
es imposible, aun cuando ya estoy harto de cabalgar ―dijo Sapt.
Rodolfo
fijó en él su mirada.
―Comprenda
usted: el Rey llega temprano al cazadero...
―Bien.
―¿Qué
sucede entonces, Sapt? ¿Perece a causa de un accidente?
―Eso
ocurre a veces.
―¿Le
mata un asesino?
―Ha
desarmado usted al más formidable de ellos.
No
pude dejar de sonreír viendo la brusquedad del veterano.
―¿O
es posible que Huberto le mate de un balazo?
―¿Ahora
hará asesino al pobre Huberto?
―No.
Por un accidente fortuito mata, y se suicida luego, desesperado.
―Perfectamente.
Pero los médicos tienen una propensión alarmante a explicar de qué modo ocurren
los accidentes y suicidios.
―Los
médicos, querido condestable, tiene palmas en las manos lo mismo que ideas en
la mente. Si llenáis las palmas de sus manos, infundís sugestiones a su mente.
―Bueno.
Aceptemos esta última versión. ¿Qué es lo que pasa?
―Mañana
al mediodía se esparce una noticia por Ruritana y por Europa. Se sabe que el
Rey, milagrosamente salvado hoy...
―¡Dios
sea loado! ―exclamó Sapt. Bernenstein se río.
―...ha
muerto de un modo trágico.
―La
noticia causará pena y dolor.
―Durante
ese tiempo yo estaré en seguridad al otro lado de la frontera.
―Se
comprende.
―Y
mañana por la tarde, usted y Bernenstein partirán para Strelsau trayendo los
despojos mortales del Rey. Rodolfo, después de un instante de vacilación,
añadió: ―Será preciso afeitarlo. Y si los médicos quieren discutir la cuestión
de tiempo, entonces, como ya he dicho, llene sus manos.
Sapt
permaneció silencioso algunos instantes, como si reflexionara acerca de lo que
acababa de oír.
Presentía
sin duda peligros, pero el éxito había animado a Rassendyll, y sabía que la
sospecha tarda en aparecer si la superchería es audaz. Únicamente los engaños
probables son descubiertos.
―Y
bien, ¿qué le parece? ―preguntó Rassendyll. Observé que no dijo palabra a Sapt
de lo que él y la Reina habían decidido hacer andando el tiempo.
La
frente de Sapt se arrugaba.
Vi
que miraba a James, y una sonrisa fugitiva entreabrió los labios del criado.
―Es
peligroso, evidentemente, pero cuando vean el cadáver del Rey ―añadió Rodolfo.
―Ahí
está la dificultad ―respondió Sapt―. No podrán ver el cuerpo del Rey.
Rodolfo
le miró pasmado.
Luego,
hablando en voz baja para que la Reina no oyese, añadió:
―Habrá
que enterrarlo con cuidado, en presencia de algunas autoridades.
Sapt
se puso en pie.
―El
plan es bueno, pero tiene un defecto capital ―declaró con acento más rudo que
de costumbre.
Yo
estaba sobre ascuas, porque hubiese jurado que nos reservaba alguna noticia
rara.
―No
hay cuerpo ―dijo.
Rassendyll
mismo perdió su aplomo. Tomó a Sapt por el brazo y dijo:
―¡Que
no existe el cuerpo del difunto! ¿Qué quiere usted decir? ―exclamó.
Sapt
lanzó una nueva ojeada a James, y empezó su relato con acento monótono, de un
modo mecánico, como si recitara una lección aprendida de memoria, donde
representaba un papel que la costumbre le hacía familiar.
―El
pobre Huberto tuvo la imprudencia de dejar una bujía encendida en el lugar
donde se guardaba la leña y el aceite ―dijo―. Esta tarde, cerca de las seis,
echamos una siesta James y yo. A las siete viene James a despertarme. Mi
habitación estaba llena de humo. El pabellón ardía. Salté de la cama. El fuego
había prendido con tal violencia y tomado tal incremento, que era imposible
pensar en extinguirlo. Sólo pensábamos en una cosa...
Se
detuvo de pronto y miró a James.
―En
salvar a nuestros compañeros ―dijo gravemente James.
―Eso
es ―dijo Sapt―, en salvarlos. Corrí al cuarto del Rey; abrí la puerta y traté
de entrar. Era muerte cierta, segura. James intentó también penetrar en aquel
horno. Tuvo que retroceder. Hice una nueva tentativa. James me hizo retroceder.
Era preciso salvarnos. Ganamos la puerta. El pabellón entero ardía. Nada más
que presenciar el desastre podíamos. La madera inflamada se ennegrecía, se
reducía a cenizas; las llamas se apagaban. Sabíamos que cuantos quedaron dentro
del pabellón debían estar consumidos por el fuego. ¿Qué podíamos hacer? James
partió en busca de auxilio. Encontró un grupo de carboneros que le acompañaron.
Ya no había llamas. Nos acercamos todos a las ruinas humeantes. Todo estaba
reducido a cenizas. Pero ―aquí bajó el tono―, emcontramos algo que nos pareció
ser el cuerpo del lebrel Boris, carbonizado. En otro lugar había un cadáver
carbonizado también; debía ser el de Huberto, pues el cuerno de caza nos lo dio
a entender. Había también otro cadáver casi informe y desfigurado por completo.
Le vimos y también lo vieron los carboneros. Llegaron otros aldeanos atraídos
por las llamas. Nadie podía decir de quién era aquel cadáver. Únicamente James
y yo lo sabíamos. Entonces montamos a caballo para prevenir al Rey.
Sapt
terminó así su historia o su lección.
La
Reina dejó escapar un sollozo y se cubrió la cara con las manos.
Bernenstein
y yo, estupefactos, no comprendiendo si el relato se refería a un hecho cierto
o imaginario, permanecíamos inmóviles, con los ojos fijos en el condestable.
Por
fin, abrumado por tantas extrañezas, medio idiota por la rara mezcla de cómico
y trágico que se advertía en la dicción de Sapt, le tiré de la manga y le
pregunté, medio riendo y medio sofocado por el asombro:
―¿De
quién era el otro cadáver, Sapt?
―El
de cierto Rassendyll, amigo del Rey, y que esperaba juntamente, con su ayuda de
cámara, la vuelta de Rodolfo V, que había ido a Strelsau. Este servidor, aquí
presente, está dispuesto a marchar a Inglaterra para anunciar la triste nueva a
su familia.
Desde
hacía un rato, la Reina miraba a Sapt, y con un brazo extendido hacia él,
parecía suplicarle que le explicara aquel enigma: Rodolfo Rassendyll había
muerto; sólo era un montón de cenizas; el Rey vivía y ocupaba su trono en
Strelsau.
Así
Sapt hablase contagiado ―la locura de James y puso en acción la rara fábula que
el hombrecillo imaginó para distraer al condestable.
De
repente, Rassendyll dijo con acento claro y breve:
―Todo
eso es un embuste, Sapt.
Y
sus labios se fruncieron de un modo desdeñoso.
―No
es mentira que el pabellón haya ardido, y que las personas que estaban en él
hayan muerto, ni que unas cincuenta personas lo saben y que no hay quién
reconozca el cadáver del Rey. Lo demás es mentira, pero creo que la parte de la
verdad puede bastar.
Ambos
hombres estaban uno frente al otro, retándose con la mirada.
Rodolfo
había adivinado la intención del enredo imaginado por James y aceptado por
Sapt.
Ahora
era desde todo punto imposible traer el cuerpo del Rey a Strelsau. Y tan
imposible también creer que el hombre que se quemó en el pabellón no era el
Rey.
Así
Sapt obligaba a Rodolfo a consentir en lo que quería. Le inspiró la misma idea
que a nosotros, pero concebida con mayor osadía que la nuestra.
Pero
cuando vi de qué modo Rodolfo le miraba, me pregunté si, dejando allí a la
Reina, no irían a contender en campo abierto. Rassendyll consiguió, sin
embargo, dominar su cólera.
―Estáis
todos decididos a convertirme en un miserable usurpador ―dijo, fríamente―.
Fritz y Bernenstein me empujan; usted, Sapt, trata de obligarme. James es, sin
duda, uno de los conspiradores.
―Sí,
señor ―respondió el criado, no en tono de bravata, sino para contestar, como lo
exigía su deber, al mandato de su amo.
―Me
lo figuraba. Pues bien, no quiero que se me fuerce. Veo que no existe sino un
medio para evitarlo y emplearé ese medio.
Ninguno
de nosotros respondió. Esperamos que continuara. Y añadió:
―De
la carta de la Reina nada tengo que decir y nada diré. Pero diré a todos que no
soy el Rey, sino Rodolfo Rassendyll, y que he sustituido al Rey para salvar a
la Reina y castigar a Ruperto de Hentzau. Esto bastará para romper la red en
que Sapt ha querido envolverme.
Hablaba
fríamente y con calma, de modo que cuando le miré, quedé estupefacto al ver que
sus labios se contraían y que su frente estaba húmeda de sudor. Entonces
comprendí qué lucha rápida y tremenda le había torturado antes de que pudiera,
venciéndose a sí mismo, rechazar la tentación. Fui hacia él y le estreché la
mano.
Aquello
pareció calmarle.
―¡Sapt,
Sapt! ―dijo―. Poco ha faltado para convertirme en un canalla.
Sapt
paseara colérico por la sala. Se detuvo bruscamente delante de Rodolfo, y
mostrando a la Reina con la mano:
―¡Yo
convertirle en un canalla! ―exclamó. ¿Y qué hace usted de nuestra Reina, a
quien todos servimos? ¿Qué hará de ella la verdad que quiere usted proclamar?
¿No se me ha dicho que le acogió como a su marido a la faz de Strelsau entero?
¿Creerá alguien que no conocía a su marido? Sí, puede usted presentarse,
asegurar que nos engañamos. Pero, ¿se creerá que la Reina haya caído en el
mismo engaño? ¿Estaba el anillo Real en su dedo? ¿Dónde está? ¿Cómo ha podido
Rodolfo Rassendyll pasar muchas horas con la. Reina en casa del conde Fritz de
Tarlenheim, en tanto que el Rey estaba en el pabellón de caza? Han muerto ya un
rey y otros dos hombres para que nadie pueda pronunciar una palabra contra
ella, ¡y usted es quién quiere desencadenar todas las lenguas de Strelsau y
quien hará que la señalen con el dedo cuantos sospechan de ella!
Rodolfo
no respondió.
Desde
que Sapt hubo pronunciado el nombre de la Reina, se acercó a ella y dejó caer
su mano sobre el respaldo de su sillón.
Ella
alargó una de las suyas para juntarla a la de Rodolfo y así permanecieron, pero
Rodolfo se había puesto muy pálido y. demudado.
―Y
de nosotros ―prosiguió Sapt con feroz energía―, de sus amigos, pues le hemos
sido fieles como a la Reina, de Fritz, Bernenstein y yo, ¿qué es lo que hace
usted? Si es preciso que se proclame esa verdad, ¿quién podrá creer que
permanecimos fieles al Rey, que ignorábamos la existencia de usted? ¿Cómo
evitar que se nos tome por sus cómplices..., que quizá se nos crea cómplices de
su asesinato? ¡Ah, Rodolfo Rassendyll! ¡Líbreme Dios de tener una conciencia
que me impidiera ser fiel a la mujer que amo y a los amigos que me quieren!
Jamás
había visto al viejo condestable tan conmovido. Me conmoví como él y como
Bernenstein.
Sé
ahora que estábamos dispuestos a dejarnos convencer, o, mejor dicho, que
llevados de nuestro deseo apasionado, estábamos convencidos por adelantado.
Su
llamamiento conmovido nos pareció un argumento, y el peligro que señalaba para
la Reina era grande y real.
Súbitamente
se operó un cambio en el viejo soldado. Se acercó a Rodolfo, le tomó la mano y
le habló con un acento bajo y entrecortado que no se parecía poco ni mucho a su
rudeza habitual.
―¡No
se niegue! He aquí a la más bella de las mujeres, languideciendo junto a su
verdadero Rey, y a los mejores amigos del mundo, sí, ¡pardiez!, a los mejores,
devorados por el deseo de tenerle por dueño. Nada sé de su conciencia, pero me
consta esto: el Rey ha muerto, su trono está vacío, y ro veo por qué Dios le ha
enviado aquí si no es para ocuparlo. ¡Ea, no vacile, por nuestro amor y por el
honor de ella! Cuando el Rey vivía le hubiese matado antes que permitir que
usurpara su trono. ¡Ha muerto! ¡Ahora..., por nuestro amor y por el honor de
ella!
Ignoro
qué pensamientos asaltaron la mente de Rodolfo Rassendyll. Su rostro permanecía
impasible y rígido. No se demudó al terminar Sapt su llamamiento. Permaneció
largo rato impasible. Luego inclinóse lentamente hacia la Reina y la contempló
con fijeza.
Ella
le devolvió la mirada y arrastrada por la esperanza de una dicha inmediata, por
su amor, y orgullosa de ver que se le ofrecía el poder supremo, se dejó caer de
rodillas ante Rodolfo y exclamó:
―¡Sí,
sí, Rodolfo! ¡Por mi amor! ¡Por mi amor!
―¡También
está contra mí, Reina mía? ―dijo, acariciando su cabellera rubia.
CAPÍTULO
20
LA
DECISIÓN DEL CIELO
Aquella
tarde estábamos como alocados Sapt, Bernenstein y yo. La idea parecía haber
penetrado en nuestra sangre y formar parte de nuestro ser.
Sapt
redactaba un informe claro y conciso de lo que había ocurrido en el pabellón de
caza, para comunicarlo a los periódicos de la capital y provincias.
Relataba,
con los detalles necesarios, cómo Rodolfo Rassendyll, acompañado de su ayuda de
cámara fue a visitar al Rey al castillo de Zenda y cómo fueron al pabellón de
caza con el monarca.
Pero
habiendo sido llamado éste inesperadamente a la capital, el señor Rassendyll
permaneció en el pabellón esperando la vuelta del Rey. Allí le sorprendió el
incendio, debido a un descuido, y allí murió.
Seguía
una breve biografía de Rodolfo, una discreta alusión a su familia y la
expresión muy digna de sentimiento del Rey, cuyo pésame llevaría James.
El
teniente Bernenstein, bajo la dirección del condestable, contaba de qué modo
Ruperto de Hentzau cometió el atentado contra el soberano y con qué valor se
defendió el Rey.
Se
decía que el conde obtuvo una audiencia, haciendo creer que tenía en sus manos
un documento que tenía suma importancia para la seguridad del Estado y cuya
índole exigía el mayor secreto.
El
Rey, que, como siempre, despreciaba el peligro, acudió solo a la cita, pero
para rechazar sencillamente las pretensiones de Ruperto, no para aceptarlas.
Furioso
por aquella decepción que anonadaba sus esperanzas, el audaz criminal había
atacado al Rey, con resultado funesto para él.
Pereció
el criminal en el duro trance, y el Rey, viendo de una sola ojeada que el
documento comprometía a personas bien conocidas del reino, había destruido, con
la nobleza que le caracteriza, el papel sin acabar de leerlo, delante de tonos
los que acudían en auxilio suyo.
Yo
indicaba algunos retoques sugestivos.
Dominados
por el deseo de deslumbrar miradas curiosas, olvidábamos las dificultades
positivas y permanentes del reto que habíamos resuelto realizar.
Para
nosotras no existían. Sapt respondía a todas las objeciones que, habiendo hecho
el ensayo tres años antes con toda felicidad, no había el menor motivo para que
ahora fallara.
Bernenstein
v yo estábamos tan confiados como él. Guardaríamos el secreto, consagrando a
tal fin nuestra inteligencia, nuestro brazo, nuestra existencia, como habíamos
guardado el secreto de la carta que bajó a la tumba con Ruperto de Hentzau.
Nos
apoderaríamos de Bauer y le obligaríamos a callarse. Por otra parte, ¿quién
daría el menor crédito a una historia, tan descabellada al parecer, y relatada
por un hombre de su laya?
Rischenheim
era de los nuestros. La vieja Holf callaría por miedo y también porque no
estaba segura de lo que sospechaba.
Era
preciso que Rodolfo Rassendyll pasara por muerto en Inglaterra y que sus deudos
le creyeran también difunto.
Sería
necesario que se casara con la Reina. Sapt estaba seguro de encontrar un
sacerdote que se encargara de aquella ceremonia y que la olvidara después, bien
cuidando del interés del Estado, bien atendiendo a conveniencias personales.
Si
nuestro valor flaquease un instante, se reanimaría al punto, pensando que los
peligros que corríamos renunciando a nuestra empresa eran mucho mayores e
inminentes, si retrocedíamos que si continuábamos por el camino emprendido.
Seguros
de que la sustitución de Rassendyll al Rey era nuestro solo recurso, no nos
preguntábamos si era posible. Lo que buscábamos era realizarla sin peligro.
Pero
Rodolfo no había hablado.
El
llamamiento de Sapt y el clamor suplicante de la Reina le habían conmovido,
pero no domado. Vaciló, pero no cedió.
No
invocó, £in embargo, la imposibilidad ni el peligro. No era aquélla ni éste lo
que le detenía.
Para
él no se trataba de saber si el acto podía cumplirse, sino si se debía cumplir.
No
debíamos fortalecer un valor desfalleciente, sino combatir un vigoroso
sentimiento de honor que aborrecía la impostura y detestaba el engaño tan
pronto como parecía servir para el medro personal.
En
otro tiempo representó el papel de rey para servir al Rey. Pero no le gustaba
repetir la farsa para aprovecharla por su cuenta.
Se
mostró, pues, intransigente hasta que vio que peligraba la reputación de la
Reina, inocente y comprometida y hasta que el amor de' ésta y la afección de
sus amigos se unieron para combatir su solución. Entonces vaciló, pero aún no
había dicho una palabra definitiva.
A
pesar de ello, el coronel Sapt procedió siempre como si Rodolfo hubiese dado su
consentimiento, y vio transcurrir las horas, durante las cuales podía huir, con
una tranquilidad perfecta.
¿A
qué apresurar la resolución de Rodolfo? Cada hora que transcurría dejándose
llamar Rey, aumentaba la dificultad de llamarse de otra manera.
Sapt
dejó, pues, que Rodolfo vacilara y luchara, en tanto que él relataba lo
ocurrido y completaba sus proyectos y planes.
De
cuando en cuando, James entraba y salía con calma imperturbable y brillándole
en los ojos la satisfacción interior que sentía.
Había
inventado un cuento por puro pasatiempo y aquel cuento se convertía en
historia. El, por lo menos, representaría su papel, sin flaquear, hasta el fin.
La
Reina nos había dejado. La pudimos convencer de que descansara algunas horas,
hasta que se hubiese tomado una resolución definitiva.
Tranquilizada
por las últimas palabras de Rodolfo, no le había hecho ninguna nueva súplica
con los labios, pero sus ojos suplicaban con una elocuencia mayor que ningún
ruego, y hubo en la presión prolongada de su mano una tristeza que persuadía
más que todas las súplicas.
La
acompañó hasta fuera de la sala y la confió al cuidado de Helga.
Una
vez que hubo vuelto a nuestro lado, permaneció mudo algunos instantes.
Respetamos e imitamos su silencio. Sapt, sentado enfrente de él, le miraba con
el ceño fruncido y mordisqueándose el bigote.
―¿Y
qué? ―preguntó al cabo, para saber a qué atenerse.
Rodolfo
se acercó a la ventana y pareció sumirse en la contemplación de la calma de la
noche. Sólo algunos transeúntes pasaban por la calle. La luna brillaba clara en
el firmamento y blanqueaba el suelo de la plaza.
―Quisiera
pasear un rato para reflexionar tranquilamente ―dijo Rodolfo, dirigiéndose a
nosotros.
Y al
ver que Bernenstein se disponía a acompañarle, añadió:
―No,
solo.
―Sí
―dijo Sapt mirando las agujas del reloj, que señalaban las dos―; no se
apresure, reflexione, hijo mío. Rodolfo le miró sonriendo.
―Conste
que no me engaña usted, viejo Sapt ―respondió meneando la cabeza―. Créame, si
me decido a partir, marcharé sea la hora que sea.
―¡Sí,
y el diablo le acompañe! ―refunfuñó el condestable.
Así,
pues, Rodolfo se alejó y entonces hablamos largo y tendido, pasando largo
tiempo en esbozar proyectos, en meditar planes, cerrando voluntariamente los
ojos ante las contingencias del porvenir.
Rodolfo
no había salido al pórtico de entrada y suponíamos que permanecía en los
jardines para librar el tremendo combate. El viejo Sapt, una vez terminado su
trabajo, estuvo muy locuaz.
―Esta
luna que nos alumbra ―dijo indicando la que brillaba en la gran bóveda― es una
señora que no merece la menor confianza. La he visto más de una vez despertar
la conciencia de un pícaro redomado.
―En
cambio ―replicó Bernenstein riendo y desperezándose antes de encender un
cigarro― yo la he visto adormecer a un enamorado.
―Sí,
es capaz de transformar a un hombre ―repuso Sapt―. A la claridad de sus
reflejos un hombre apocado soñará en batallas; un ambicioso, después de
contemplarla diez minutos, sólo pensará en terminar su vida sumido en suave
somnolencia.
―¿Y
qué va a hacer de Rodolfo Rassendyll? ―pregunté yo, poniéndome al diapasón del
rudo soldado.
―Verá
el semblante de la Reina ―exclamó Bernenstein.
―Quizá
el de Dios ―replicó Sapt, y sacudió la cabeza como si un pensamiento
desagradable se hubiese presentado a su mente y pugnara por salir de sus
labios.
Estas
palabras del coronel Sapt nos dejaron pensativos, y guardamos silencio. Nos
miramos. Sapt dejó caer pesadamente la mano encima de la mesa.
―Ni
yo ―respondió Bernenstein―. ¿Y usted, Tarlenheim?
―Tampoco.
Insisto en lo mismo. Hubo un nuevo silencio.
―Puede
convertir a un hombre en una esponja―aseguró Sapt― o en una barra de hierro. La
he mirado mil veces desde mi tienda de campaña y tendido en el suelo, y la
conozco bien. Me hizo obtener una condecoración, y otra vez por poco me hace
cambiar de bisiesto. No quiera nada con ella, Bernenstein.
―Pierda
cuidado. Guardaré mis sonrisas para beldades más asequibles ―respondió el
teniente, cuyo buen humor no le permitía estar serio mucho tiempo.
―Ahora
que no está presente Ruperto de Hentzau tendrá usted más suerte ―dijo Sapt, con
sarcasmo.
Llamaron
a la puerta y entró James.
―El
conde d Luzan―Rischenheim solicita el favor de hablar al Rey.
―Esperamos
a Su Majestad de un momento a otro. Ruegue al conde que entre ―contestó Sapt.
Y
cuando Rischenheim hubo entrado, y designándole un asiento, añadió:
―Hablábamos,
señor conde, de la influencia de la luna en la carrera de los hombres.
―¿Qué
harán ustedes? ¿Qué deciden ―preguntó Rischenheim con impaciencia.
―Nada
decidimos ―dijo Sapt.
―Entonces,
qué es lo que el se..., el Rey decide?
―El
Rey no decide nada, señor conde. Es ella quien decide.
Y el
condestable señalaba la luna con el dedo.
―En
estos momentos hace o deshace un Rey. No puedo decir a qué punto fijo. ¿Y su
primo?
―Mi
primo murió.
―Sí,
ya sé. No obstante, le pregunto, ¿y su primo?
―Caballero
―replicó Rischenheim con dignidad―, puesto que ha muerto, paz a su memoria. No
somos nosotros quienes hemos de juzgarle
―Bien
podría desear lo contrario, porque por mi parte creo que soltaría al tunante, y
dudo que― su juez actual se muestre tan indulgente.
―Perdónelo
Dios. Yo le quería. Sí, muchos le quisieron.
Hasta
sus servidores.
―Bauer,
entre otros.
―Sí,
Bauer le quería. ¿Qué se habrá hecho de él?
―Espero
que habrá ido a los infiernos con su amado dueño ―gruñó Sapt.
Pero
lo dijo en tono tan bajo que Rischenheim no tuvo el disgusto de oírlo.
―No
sabemos dónde está ―respondí yo.
―He venido
―dijo Rischenheim― para ofrecer mis servicios a la Reina.
―¿Y
al Rey? ―interrogó Bernenstein.
―¿Al
Rey? El Rey ha muerto.
―Pues,
¡viva el Rey! ―exclamó Bernenstein.
―Si
hubiese un Rey... ―empezó Rischenheim.
―¿Haría
eso? ―inquirió Bernenstein, tembloroso de emoción.
―Ella
es quien decide ―repitió Sapt, señalando a la luna.
―Pero
tarda mucho ―hizo observar el joven teniente. Rischenheim permaneció un momento
silencioso. Estaba pálido, y cuando habló le temblaba la voz, pero su tono era
firme, y decisivas sus palabras.
―He
dado mi palabra a la Reina, y también en eso la obedeceré si me lo ordena.
Bernenstein
le estrechó la mano con afecto.
―¡Eso
es hablar! ¡Váyase al cuerno la luna, coronel! Apenas acababan de ser
pronunciadas estas palabras, se abrió la puerta, y con gran sorpresa de todos,
entró la Reina.
Helga
la seguía, y sus manos cruzadas y el espanto que reflejaban sus ojos, indicaban
de un modo patente que su aparición era contraria a su voluntad.
La
Reina llevaba un vestido blanco, y el pelo, que flotaba a su espalda, sólo
estaba retenido por una cinta. Parecía muy trastornada, y sin fijarse en nadie,
atravesó la sala y vino derecho hacia mí.
―El
sueño, Fritz ―dijo―. He vuelto a tenerlo. Helga me había decidido a que me
acostara. Estaba cansada y me dormí. Entonces reapareció el sueño. Vi a
Rodolfo. Le vi tan claramente como le veo a usted, Fritz. Todos le llamaban
Rey, como ahora hace poco, pero no le aclamaban. La gente hablaba en voz baja y
no pude oír lo que decían. Sólo oí: "¡El Rey! ¡El Rey!" El parecía no
oír nada en absoluto.
Calló
un momento la Reina, como sofocada por la emoción. Luego añadió:
―Permanecía
inmóvil, tendido sobre un banco quizá, no lo sé a punto fijo. Sí, estaba
inmóvil. Su rostro pálido y carecía de expresión. Yo oía que decían: "¡El
Rey! ¡El Rey!" ¡Fritz, Fritz! Dijérase que había muerto. ¿Dónde está?
¿Dónde le habéis dejado ir?
Apartó
de mí su mirada y miró a ―los otros con ojos fulgurantes.
―¿Dónde
está? ¿Por qué no le acompañásteis? ―preguntó con acento casi airado.
―Acaba
de salir al jardín ―anunció Fritz.
―Deberías
estar entre él y el peligro, dispuestos a dar vuestra vida por la suya. ¿Por
qué no estáis en torno de él? En verdad, señores, cumplís ligeramente vuestro
deber.
Sin
duda sus palabras eran inconsideradas; ningún peligro le amenazaba y, después
de todo, no era nuestro Rey, por muy grande que fuera nuestro deseo de tenerlo
por tal. Sin embargo, sus reproches nos llenaban de confusión y aceptábamos su
indignación como merecida. Bajábamos la cabeza. La vergüenza de Sapt se tradujo
por el tono áspero de su respuesta.
―Ha
querido salir, señora, y pasear solo. Nos ha ordenado, digo ordenado, que no le
siguiéramos. No podemos haber faltado obedeciéndole.
La
inflexión sarcástica de la voz traducía su indignación acerca de la
inconsecuencia de las palabras de la Reina.
―¿Obedecerle?
No podían ustedes ir con él, puesto que no lo quería, pero podían seguirle a
distancia.
Pronunció
estas palabras con un acento altivo y desdeñoso, pero volvió a su tono
plañidero para decirme:
―¿Dónde
está, Fritz? ¿Está a salvo? ¡Búsquelo!
―¡Le
encontraré, Señora, dondequiera que esté! ―respondí conmovido, porque su acento
me llegaba al corazón.
―Está
en el jardín ―dijo Sapt, aún herido por el reproche de la Reina, y desdeñoso de
la agitación de la mujer.
Estaba
también indignado por lo que tardaba la luna en decidir si lo haría Rey o no.
―¿En
los jardines? ―exclamó la Reina―. Entonces, busquémosle. ¡Ah! ¡Le habéis dejado
solo en los jardines!
―¿Qué
es lo que puede ocurrirle allí? ―murmuró Sapt.
La
Reina no le oía ya, pues había salido con rapidez de la sala, seguida de Helga.
Nos apresuramos a salir también. Sapt fue el último, pues aún estaba de mal
humor.
Le
oía gruñir mientras bajábamos la escalera y atravesábamos el ancho corredor
para llegar al saloncito que daba a los jardines.
No
encontramos ningún criado en todo aquel trecho, exceptuando un sereno a quien
Bernenstein arrebató el farol con gran extrañeza por parte del buen hombre. Fue
aquélla la única luz que iluminó la pieza.
Pero
en el exterior la luna brillaba esplendorosa en la gran avenida y sobre los
copudos árboles del jardín.
La
Reina fue directamente hacia la puerta vidriera. La seguí, abrí la puerta y
permanecí cerca de Su Majestad.
La
temperatura era suave y la brisa que me acarició el rostro me pareció
deliciosa.
Vi
que Sapt se había aproximado y estaba al otro lado de la Reina. Mi mujer y los
demás permanecían detrás de nosotros y miraban al jardín por encima de nuestros
hombros.
Allí,
a la blanca luz del astro de la noche, al otro lado de la vasta terraza, cerca
de la línea de grandes árboles que la limitan, vimos a Rodolfo Rassendyll
pasear lentamente, con las manos a la espalda, y los ojos fijos en la que debía
ser el árbitro de su suerte y convertirse en un fugitivo o en un rey.
―¡Ahí
está en perfecta seguridad, Señora! ―dijo Sapt. La Reina no respondió.
Sapt
no pronunció otra palabra y todos callamos.
Le
contemplábamos presa de la tremenda lucha, tan tremenda que, ningún hombre
nacido en humilde cuna, sostuvo otra cuya puesta fuera más considerable.
Sin
embargo, a causa de la distancia no podía seguir muy bien las peripecias de
aquel combate mudo que la luz de la luna me permitía ver distintamente,
esparciendo un tono grisáceo sobre su tez sana y dando extraordinario relieve a
sus facciones, que se destacaban del fondo oscuro del follaje.
Sólo
oía la respiración jadeante de la Reina.
La
vi que entreabría la abertura del corpiño, para desembarazar el cuello.
Nadie
hacía un movimiento.
La
luz del farol era demasiado tenue para llamar la atención de Rassendyll.
Inconsciente de nuestra presencia, luchaba con su destino.
De
pronto Sapt dejó escapar una débil exclamación.
Llamó
con la mano a Bernenstein.
El
joven le entregó la linterna, que acercó al marco de una ventana.
La
Reina, absorta en la contemplación de su amigo, no vio nada, pero 3;o percibí
lo que llamara la atención de Sapt.
Había
arañazos en la pintura, cortes en la madera, cerca de la cerradura. Miré a
Sapt, que me respondió meneando la cabeza.
Parecería
que alguien hubiese tratado de forzar la cerradura por medio de un cuchillo.
Cualquier
cosa nos asustaba y el rostro del condestable expresaba la sorpresa.
―¿Quién
trató de entrar? No debía ser un ladrón vulgar, pues empleara mejores
herramientas.
Nuestra
atención fue distraída de aquel incidente.
Rodolfo
se había detenido. Durante un momento levantó la mirada al cielo, y la bajó de
nuevo. Un segundo después movió la cabeza bruscamente ―vi sus cabellos rojos
levantados por la brisa― como un hombre que acababa de resolver un problema
difícil.
En
un instante, y por una intuición contagiosa, comprendimos que la pregunta había
recibido respuesta. La suerte estaba echada. ¡Ya era rey o fugitivo!
Sentimos
un estremecimiento. Vi que la Reina se erguía. Sentí que el brazo de
Rischenheim se envarada en mi hombro. El rostro de Sapt expresaba impaciencia y
mordía ferozmente el bigote.
Nos
acercamos unos a otros. Al fin la incertidumbre fue insoportable.
Después
de mirar a la Reina y a mí, Sapt quería saber la respuesta. Así cesaría la
tensión penosa que nos dominaba.
La
Reina no respondió a la mirada de Sapt, ni pareció haberla advertido, ni notar
que salía.
Sus
ojos sólo veían a Rassendyll, su pensamiento se absorbía en él, pues su dicha
estaba en sus manos y dependía de aquella decisión cuya importancia embargaba
el ánimo de Rodolfo, y le inmovilizaba en el centro de la gran avenida.
A
menudo le recuerdo en pie, alto, majestuoso, semejante a los grandes soberanos,
tal como se les imagina leyendo sus proezas en las edades gloriosas.
El
paso de Sapt hizo crujir la arena. Rodolfo lo oyó y volvió la cabeza. Vio a
Sapt y detrás de Sapt a mí. Sonrió, pero no se movió. Tendió ambas manos al
condestable y estrechó las suyas sonriendo.
No
podía leer en su semblante la decisión adoptada, pero ,advertía sin poder dudar
lo más mínimo, que había tomado una resolución inquebrantable que devolvía la
paz a su alma.
Si
había decidido marchar con nosotros, marcharía sin mirar hacia atrás, sin
flaquear un punto; si escogió el partido opuesto, se alejaría sin un murmullo,
sin una vacilación. La Reina parecía convertida en una estatua.
Rischenheim
estaba visiblemente impacientado.
La
voz de Sapt se elevó dura y áspera.
―¿Qué
ha decidido? ¿Adelante o atrás?
Rodolfo
le estrechó nuevamente las manos y le miró de hito en hito.
Una palabra
bastaría para la respuesta. La Reina, desfallecía, se apoyó en mi brazo, y
cayera si no la hubiese sostenido.
En
aquel instante un hombre salió de la línea de los grandes árboles que marcaban
la avenida, detrás del señor de Rassendyll.
Bernenstein
profirió un grito y se arrojó, rechazando violentamente a la Reina de su paso y
tiró del pesado sable de coraceros de la Guardia. Le vi centellear a la luz de
la luna, pero en el mismo momento brilló un fogonazo y resonó un disparo en la
calma de los jardines.
Rassendyll
no soltó las manos de Sapt, pero cayó lentamente de rodillas.
Sapt
parecía paralizado.
Bernenstein
gritó de nuevo. Pronunció un nombre:
―¡Bauer!
¡Es Bauer!
Como
una exhalación atravesó la terraza y llegó a la línea de árboles. El asesino
disparó de nuevo, pero erró el tiro. Vi el relámpago de la larga hoja de acero
sobre la cabeza de Bernenstein y oí cómo silbaba en el aire. Hirió a Bauer con
violencia inaudita y el miserable cayó al suelo con el cráneo destrozado.
La
mano de la Reina soltó mi brazo y cayó en los de Rischenheim. Corrí hacia
Rodolfo y me arrodillé.. Aún estrechaba las manos de Sapt y se sostenía a
medias gracias a ellas: pero cuando me vio a su lado, se abandonó apoyando la
cabeza en mi pecho.
Moviéronse
sus labios sin que llegara a hablar.
Bauer
había vengado a su amo, a quien amaba, y se había ido a reunir con él.
El
palacio se animó de repente. Abriéronse las ventanas con rapidez. El grupo que
formábamos nosotros se destacaba con precisión, alumbrado por la luz de la
luna. Pronto se oyó ruido de pasos precipitados y nos rodearon criados y
oficiales.
Bernenstein
estaba junto al Rey. Se apoyaba con ambas manos en el sable. Sapt no había
pronunciado una palabra.
Su
semblante aparecía demudado por el horror y la desesperación.
Los
ojos de Rodolfo permanecían cerrados y tenía la cabeza echada hacia atrás sobre
mi pecho.
De
pronto vi a mi lado a James.
―He
enviadlo en busca de los médicos, señor conde ―dijo― Llevémoslo al interior de
palacio.
Levantamos
a Rodolfo entre Sapt, James y yo, y le llevamos al saloncito, a través de la
terraza.
Pasamos
por delante de la Reina, aún sostenida por Rischenheim y por mi mujer.' Dejamos
a Rodolfo sobre un canapé.
Oí
que Bernenstein decía en el jardín:
―Recoged
a ese individuo y sacadle de aquí, donde no le veamos.
Luego
entró seguido de varios servidores, a los que ordenó salir.
Permanecimos
solos esperando que llegaran los médicos. La Reina, sostenida por Rischenheim,
se aproximó: ―¡Rodolfo! ¡Rodolfo! ―pronunció suavemente. Abrió los ojos y una
sonrisa asomó a sus labios.
Ella
cayó de hinojos y levantó la mano y la besó con pasión.
―Loa
médicos llegarán dentro de un momento ―dije.
Los
ojos de Rodolfo estaban fijos en la Reina, pero al oírme hablar se volvió hacia
mí y me miró meneando la cabeza. Yo me volví.
Cuando
llegó el cirujano, le ayudamos Sapt y yo a examinar la herida. Se había hecho
retirar a la Reina y estábamos solos. El examen fue breve. Bauer había tocado
entre los dos omóplatos.
Llevamos
a Rodolfo a una cama, la del oficial de guardia que era Bernenstein. Allí se le
acostó y se hizo cuanto era posible.
Hasta
entonces no habíamos dirigido preguntas al cirujano, y no nos explicó nada
tampoco. Bastante sabíamos lo que nos iba a decir.
Todos
habíamos visto morir a varios hombres, y el aspecto que presenta en el trance
mortal el semblante humano nos era familiar.
Llegaron
tres médicos más, los mejores de Strelsau, y hablaron con .el primero. Les
habían llamado. Era lo pertinente. Pero visto el auxilio que podían prestar,
tanto valiera que se quedaran en la cama.
Se
retiraron a un extremo del saloncito formando un grupo, y cuchichearon unos
minutos.
James
levantó la cabeza de su amo y le dio un sorbo de agua, que Rodolfo tragó con
dificultad.
Vi
que le estrechaba la mano, y el semblante del leal servidor expresaba una pena
indecible. Cuando su amo le sonrió, tuvo el valor de sonreír a su vez.
Me
acerqué a los médicos.
―¿Qué
hay, señores? ―pregunté.
Se
miraron. Luego, el más nombrado de todos, pronunció gravemente:
―El
Rey puede vivir una hora, conde. ¿Quiere usted que se avise a un sacerdote?
Volví
junto a Rodolfo. Sus ojos me interrogaban. Era un hombre y no traté de
engañarle torpemente. Me incliné y le dije en voz baja:
―Creen
que una hora...
Hizo
un movimiento, no sé si de dolor o de pena. Lo ignoro. Después habló muy bajo,
con lentitud: ―Que se marchen, pues ―dijo.
Volví
junto a los médicos y les pregunté si podían intentar algo más. Dijeron que no.
Se
retiraron a una habitación contigua. Uno solo permaneció allí, y se sentó junto
a una mesa.
Sapt,
que no había pronunciado una palabra desde que sonó el disparo de Bauer me miró
trastornado y dijo:
―Podríamos
enviar a buscarla.
Asentí
con un ademán. Sapt salió y yo permanecí donde estaba.
Bernenstein
se aproximó a Rodolfo y le besó la mano.
El
pobre mozo que siempre se había mostrado bravo y altivo, estaba desmoralizado
por completo. Lloraba como un chiquillo.
Poco
me costaba quedar como él, pero no quería que Rodolfo me viese en aquel estado.
El
sonrió a Bernenstein y preguntó:
―¿Viene,
Fritz?
―Sí,
Señor ―respondí.
Notó
el tratamiento y una leve expresión de ironía apareció en su semblante.
―Por
una hora ―murmuró.
Y su
cabeza cayó de nuevo sobre la almohada.
Llegó
la Reina con los ojos secos, tranquila, serena al parecer.
Nos
alegramos todos.
Se
arrodilló cerca de la cama y tomó una mano de Rodolfo entre las suyas. Pronto
aquella mano hizo un movimiento. Flavia la soltó, y, adivinando lo que quería,
la levantó y la colocó encima de su cabeza, mientras ocultaba su cara sobre la
cama.
La
mano de Rodolfo acarició la cabellera leonada que tanto le gustaba.
Ella
se levantó, pasó su brazo por el cuello de su amado y le besó los labios. Se
tocaban sus caras y él le hablaba, pero no hubiésemos podido oír sus palabras
aun cuando lo intentáramos.
Permanecieron
largo rato de aquel modo.
El
médico tomó el pulso y se alejó sin decir nada. Nos acercamos algo, porque
sabíamos que permanecería poco rato entre nosotros.
De
pronto pareció recobrar fuerzas.
Se
incorporó y habló de un modo distinto.
―Dios
ha decidido ―dijo―. He procurado obrar siempre como debía. Estrechadme la mano,
Sapt, Bernenstein y usted, querido Fritz. No la beséis. Esta es la hora de la
verdad.
Le
estrechamos la mano como quería.
Tomó
la de la Reina. De nuevo le comprendió ella y puso aquella mano sobre sus
labios.
―En
vida y en muerte, Reina mía ―murmuró. Y se durmió para no despertar.
CAPITULO
21
SE
REALIZA EL SUEÑO
Es
inútil relatar largamente, y tampoco tendría valor para hacerlo, lo qué sucedió
después de la muerte del señor de Rassendyll.
Las
medidas que habíamos adoptado para asegurar la posesión del trono, en caso de
que lo aceptara, nos fueron útiles después de su muerte.
Los
labios de Bauer estaban sellados para siempre. La vieja Holf estaba harto
despavorida para hacer la menor alusión a sus sospechas. Rischenheim manteníase
fiel a la palabra dada a la Reina. Las cenizas del pabellón de caza guardaban
su secreto, y nadie sospechó la menor cosa cuando el cadáver carbonizado del
pretendido Rassendyll fue depositado en el tranquilo cementerio de Zenda, junto
a la tumba de Huberto el guardabosque.
Desde
el primer momento habíamos renunciado a llevar el cuerpo del Rey a Strelsau
para sustituir al del señor de Rassendyll. Las dificultades hubiesen sido casi
insuperables y no deseábamos vencerlas. Rodolfo Rassendyll había muerto como
Rey, y a fuer de tal dormiría su sueño postrero. Como Rey estaba tendido en su
palacio de Strelsau, mientras la noticia de su asesinato por un cómplice de
Ruperto de Hentzau alborotaba el mundo.
Habíamos
terminado nuestra tarea, pero, ¡a qué subido precio! Quizá alguno hubiese
sospechado del hombre vivo, nadie dudó del muerto.
Las
sospechas que quizá asaltaran el trono, callaron ante la tumba. El Rey había
muerto. ¿Quién preguntaría si era verdaderamente rey el que estaba yacente
rodeado de pompa en el palacio, o si el humilde sepulcro de Zenda contenía los
huesos del último Elphberg?
Cuchicheos
y preguntas cesaron por completo.
Durante
toda el día la muchedumbre había desfilado por el gran patio acristalado.
Allí,
en un lecho ostentoso, bajo la corona y el estandarte real, estaba tendido
Rodolfo Rassendyll.
Los
altos dignatarios velaban el cadáver. En la catedral el arzobispo rezaba por el
descanso de su alma. Estaba allí desde tres días antes. A la mañana del cuarto
debía ser inhumado.
En
lo alto del hall hay una galería que permite ver el lecho mortuorio. Estaba yo
en aquella galería y conmigo la reina Flavia.
Estábamos
solos y debajo de nosotros veíamos el semblante marmóreo del difunto.
Vestía
el uniforme blanco que sirvió el día de su coronación y la banda de la Rosa
Encarnada adornaba su pecho. En la mano tenía una rosa fresca y perfumada. La
reina Flavia la cola :ó allí a fin de que, aun en el seno de la muerte no le
faltara el símbolo de su amor.
No
habíamos cambiado aún ni una palabra. Contemplábamos la pompa de espectadores
que acudían a contemplar sus facciones o traerle coronas.
Vi a
una muchacha arrodillada largo rato al pie del túmulo. Al levantarse, depositó
una guirnalda de flores. Era Rosa Holf. Vi mujeres que pasaban llorando. Vi
hombres que se mordían los labios. Rischenheim acudió, pálido y turbado.
Y
mientras todos llegaban y pasaban, el viejo Sapt, inmóvil, rígido y con la
espada desnuda, estaba a la cabecera del lecho, con la mirada fija y sin
cambiar jamás de actitud.
Un
zumbido lejano de voces llegó a nuestros oídos. La Reina me asió el brazo.
―Es
el sueño, Fritz ―me dijo―. ¡Escuche! Hablan del Rey tristemente, pero le llaman
Rey. Es lo que vi en mi sueño. Pero él no oye ni ve. No; si siquiera cuando yo
le llamo Rey mío.
Un
súbito pensamiento me hizo preguntar:
―¿Qué
había decido, Señora? ¿Habría sido Rey?
―No
me lo dijo, Fritz, y no pensé preguntárselo mientras me hablaba.
―¿De
qué hablaba, pues, Señora?
―Únicamente
de su amor, Fritz. Nada más que de su amor.
Cuando
un hombre va a morir, ese amor puede más que un reino. Y quizá también, si
podía saberse, cuando vive y espera.
La
Reina repitió:
―Sólo
de mi amor, Fritz. Y mi amor ha causado su muerte.
―No
hubiese deseado otra cosa ―respondí.
―No
―murmuró ella, inclinándose sobre la balaustrada y tendiendo los brazos hacia
él.
Pero
él permanecía inmóvil sin oír y sin ver cuando ella murmuraba: "¡Rey mío,
Rey mío!"
Al
día siguiente James se despidió de su amo difunto y de nosotros. Llevaba a la
Gran Bretaña ―de viva voz, porque no nos atrevíamos a escribirla― la verdad
concerniente al rey de Ruritania y al señor de Rassendyll.
Se
diría al lord de Burlesdon, hermano de Rodolfo, bajo juramento de discreción,
toda la verdad, y hasta hoy día el conde es, juntamente con nosotros, el único
que conoce esa verdad.
Una
vez cumplida su misión, James volvió para entrar en la servidumbre de la Reina,
y aún pertenece a ella con un cargo elevado y de confianza.
Nos
contó al volver que el conde de Burlesdon, después de oír su relato, quedó
largo espacio silencioso, y que al fin dijo:
―Rodolfo
ha obrado bien. Algún día iré a visitar su tumba. Diga a Su Majestad que
todavía queda un Rassendyll, si algún día le necesita.
La
oferta ara digna de un hombre que llevaba el apellido de Rodolfo, pero me
complazco en creer que la Reina no necesita do otros servicios que los que
nuestro humilde deber nos obliga a ofrecerle.
Nosotros
procuramos aligerar la pesada carga que pesa sobre ella, y mitigar su eterno
dolor. Ahora reina en Ruritania la última descendiente de los Elphberg, y su
sola alegría consiste en hablar del señor de Rassendyll con los que lo
conocieron, y su única esperanza es la de reunirse con él algún día.
Depositamos
con gran pompa sus despojos mortales en la catedral de Strelsau, en el panteón
de los reyes de Ruritania. Allí reposa entre los príncipes de la dinastía de
los Elphberg. Si los muertos saben lo que ocurre en este mundo, creo, en
verdad, que éstos deben estar orgullosos de llamarle hermano.
Se
ha levantado un magnífico monumento a su memoria y lo contemplan sus
contemporáneos como patente muestra del sentimiento que produjo la muerte
desgraciada de Rodolfo V.
Visito
a menudo el monumento y entonces acuden a mi memoria los acontecimientos que
ocurrieron durante sus dos estancias en Zenda.
Le
lloro como se llora a un jefe que merecía toda nuestra confianza y como un
camarada querido, a quien anhelaba servir durante toda mi existencia. Pero
sirvo a la Reina y esto es servir también al hombre que la amó.
EPILOGO
El
tiempo acarrea cambios en todo y en todos. Sapt es ahora un viejo, y en breve
mis hijos podrán entrar al servicio de la reina Flavia.
Sin
embargo, el recuerdo de Rodolfo Rassendyll es para mí tan vivo como el día de
su muerte, y muy a menudo se presenta a mi imaginación la muerte de Ruperto de
Hentzau.
Quizá
algún día será esta historia conocida y juzgada. Por lo que a mí se refiere,
está terminada. Mi corazón deplora haber perdido un jefe y un amigo, pero
salvamos la reputación de la Reina, y para Rassendyll la muerte fue una
liberación. Le evitó una elección verdaderamente difícil. Por una parte su
honor corría grandes riesgos, y• por otra,. estaba amenazado el de la Reina. Si
este pensamiento no aminora mi pena, apacigua por lo menos la ira que en mí
despertó su muerte. Aún hoy día ignoro qué partido adoptó; no obstante, su
elección estaba hecha, pues lo patentizaba su fisonomía tranquila y serena.
Acabo
de pensar en él tan detenidamente que quiero visitar su tumba, y llevaré
conmigo a mi hijo menor, un niño de diez años. Ya casi tiene edad para entrar
al servicio de la Reina y para aprender a amar y respetar al que duerme en el
panteón de los reyes y que fue durante su vida el hidalgo más noble que he
conocido.
Me
acompañará mi hijo y le diré cuanto puedo decirle del bravo rey Rodolfo; cómo
combatió y cómo amó, y cómo puso el honor de la Reina y el suyo por encima de
cuanto existe en el mundo. El niño puede ya sacar provecho de las enseñanzas
que encierra la vida del señor de Rassendyll.
Y
mientras estemos allí, de pie, le traduciré ―pues el chiquitín prefiere sus
soldados de plomo a la gramática latina― la inscripción que la Reina trazó por
su propia mano sobre la tumba en que se halla encerrada su vida:
A
Rodolfo, que reinó recientemente en esta ciudad y reinará siempre en el corazón
de la Reina Flavia.
Le
he explicado estas palabras, que repetía con su voz de niño. Al principio
tropezaba, pero la segunda vez recitó sin engañarse con un acento de solemnidad
en su voz infantil y fresca.
RUDOLFO
QUI
IN HAZ CIVITATE NUPER REGNAVIT IN CORDE IPSIUS IN AETERNUM REGNAT FLAVIA
REGINA.
Sentí
que su mano temblaba en la mía y dijo mirándome:
―¡Dios
salve a la reina!, padre.
Fin

