Libro N°. 3167. Se Casó Con Otra. Tellado, Corín.
© Libro N°. 3167. Se Casó Con Otra. Tellado, Corín. Colección
E.O. Octubre 1 de 2016.
Título original: © Se Casó Con Otra. Corín Tellado
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Miranda
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SE CASÓ CON OTRA
Corín Tellado
Argumento:
Kerry
se preguntaba angustiada por qué Eddy la había dejado a ella para casarse con
su hermana… cuando decía quererla tanto. Y Eddy trataba de convencerse de que
nunca deseó la muerte de su esposa. Quería a Kerry sí, pero temía que ella le
dominara. Un amor frustrado atormentaba a aquellos dos seres.
Capítulo
I
Kerry
se pulía las uñas.
Nadie
diría que escuchaba la conversación sostenida por sus padres. Pero la oía.
No
perdía silaba.
Tendida
en un diván, con una pierna encogida, la otra cabalgando sobre ella, un pie
balanceante y las dos manos algo alzadas, puliéndose las uñas.
Su
cabello negro, lacio, largo, le caía hacia un hombro y de vez en cuando, al
írsele sobre la frente, lo retiraba con un breve movimiento hacia un lado.
—No
quería hablarte de ello, Frank, pero hay cosas que no deben ocultarse ni
retrasarse.
—Comprendo,
Nat —decía papá—. Lo comprendo perfectamente. ¿Lo has pensado bien?
—Yo
entiendo que no es cosa de pensarlo, ¿no? Estuvo aquí ayer noche. Justo,
acababas de salir tú. Kerry no habla vuelto aún del colegio. A mí me da la
sensación de que Eddy se siente como cohibido cuando estáis vosotros.
Papá
fumaba su pipa negra y larga.
Kerry
se dio cuenta de que papá pensaba.
Pero
la verdad es que, pensara lo que pensara, papá siempre estaba de acuerdo con
mamá.
Por
eso ella sabía que aquello iba a tener una feliz solución para Eddy…
Si
es que la intención de Eddy era como su madre suponía.
Pero
resultaba que mamá era… bastante intuitiva. Casi nunca se equivocaba.
Aún
recordaba aquel día, mucho tiempo antes, ¿cuánto? por lo menos cuatro años,
cuando llegó a casa radiante y mamá le espetó de golpe: «Me parece que tienes
novio.»
No.
Mamá
casi nunca se equivocaba.
Por
eso ella temía las… intuiciones de mamá.
Y
por eso estaba oyendo la conversación, porque, de tratarse de otro asunto, ya
se hubiera ido a su estudio a corregir los ejercicios de matemáticas y física
de sus alumnas, que se habla traído a casa aquella misma tarde.
Continuaba
en su postura.
—Eso
no puede ser —decía papá—. Yo no he visto a Eddy desde que falleció Suzy.
—Pobre
Suzy —dijo mamá con amargura—. Quién iba a decirlo. Tan joven y dejando a sus
dos gemelitas…
—Fue
una desgracia irreparable —decía papá tan angustiado como mamá.
Pero
mamá era muy enérgica y sacudiendo la cabeza, dijo:
—Hay
que olvidar eso, Frank. Tú lo has dicho; es una cosa irreparable. Pero ahora,
que ya ha sucedido y a Eddy le destinan a Boston, hay que pensar en una
solución.
¿Que
le destinaban a Boston?
Eso
sí que no lo contaba Kerry.
Dio
un salto.
Quedó
sentada.
Mamá
y papá ni se fijaron.
¡Nunca
supieron nada!
—Eso
es cierto —decía papá.
—En
Nueva York tenía a su hermana y, aunque estaba casada y tenía sus propios
hijos, podía echarle una mano a Eddy. Pero aquí…, ¿a quién tiene Eddy aquí? A
nosotros.
Kerry
dejó de pulir las uñas y se hizo con una revista que había en una silla
próxima.
Ya
sabía lo que pretendía mamá y lo que papá aprobarla.
Estaba
furiosa.
Cuando
se le pasara la furia, la ira incontenible que sentía, diría algo. Ella tenía
voz y voto en aquella casa. ¡Claro que sí!
—Viene
destinado a una central térmica como jefe. Le dan un apartamento precioso,
cerca de las térmicas, pero ¿eso qué? Él solo con dos niñas de un año… Date
cuenta, Frank.
—Me
la doy —asentía papá.
—Yo
le dije: Eddy, lo mejor es que te vengas a vivir con nosotros. Al menos un
tiempo, entretanto no encuentras una muchacha capaz de cuidar a tus hijas. El
servicio anda muy mal. Imagínate, nosotros pudiendo pagar una sirvienta,
tenemos que conformarnos con una asistenta por horas. Total que tú no vas a
poder acudir a tu trabajo y cuidarte de las gemelitas. ¡Están monísimas, Frank!
Las pobrecitas con un año de edad, aún no anda ninguna de las dos. ¡Son una
monería!
Kerry
lanzó una breve mirada sobre su padre.
Seguro
que las frases tiernas dedicadas a sus nietas, le enternecían. En efecto, papá
estaba muy emocionado.
Ella,
Kerry, no sabía cómo se las componía su madre, pero siempre lograba llevar a
los demás a su terreno. Y papá ya estaba bien llevado.
—¿Qué
dijo Eddy…? —preguntó papá a media voz como si aquélla le temblara.
—Puedes
imaginarte. Me lo agradeció mucho. En el apartamento que le ofrece la compañía
y que él, pese a todo acepta, no puede vivir solo con las dos niñas. Ha
intentado buscar una persona competente para cuidarlas, pero tú sabes, Frank,
lo difícil que es eso.
—¿Concretasteis
ya lo de instalarse aquí?
—No.
Pero le dije que viniera mañana a comer.
—¿Con
las niñas?
—No,
no, si aún no las ha traído a Boston. Tendrá que ir a buscarlas en su auto un
día de éstos. Las dejó con su hermana. Imagínate a Mag con siete hijos propios
y dos sobrinas. A mí eso no me gusta, Frank. Mag es una mujer muy dura y no
sabrá tratar a las niñitas y eso es lo peor, lo peor es que ya le ha dicho a
Eddy que no puede quedarse con Suzy y Sheila más de una semana.
—Pues
que vaya cuanto antes a buscarlas y las traiga aquí. Al fin y al cabo son
nuestras nietas. ¿No? Y no tenemos más que ésas.
Kerry
se tiró del diván.
Echó
la revista a un lado.
Quedó
erguida, firme.
Sus
padres, al sentirla, la miraron.
—Ah,
es verdad, Kerry, estás ahí.
Como
si no lo estuviera.
No
pensaba dar su parecer, aunque se lo pidieran y si la obligaran a darlo, diría
cuanto pensaba.
Bueno,
cuanto pensaba, no.
Aunque,
bien mirado…, las niñas no tenían culpa de nada.
—Kerry
—dijo papá con su habitual cariño—. ¿Qué dices a todo lo que hemos hablado mamá
y yo?
Papá
siempre le llamaba mamá a su esposa y mamá siempre le llamaba papá a su esposo.
—No
sé de qué hablabais, papá.
Eran
inocentes, además de simples, o ella demasiado lista, porque ni a uno ni a otro
asombró el que ella no hubiera oído.
—Se
trata de Eddy.
Kerry
hizo un gesto vago.
—Hace
siglos que no le veo. Es decir, desde la muerte de Suzy…
—Pues
ha venido destinado a Boston. Viene como jefe de una térmica de aquí. Vivir
solo con las dos niñas de un año, no nos parece propio —decía mamá que siempre
llevaba la voz cantante—. Mientras no se case de nuevo, porque algún día tendrá
que olvidar a Suzy y casarse de nuevo, y entretanto no encuentre un servicio
adecuado, como nosotros tenemos la casa bastante grande, pues lo mejor de todo
es que venga a vivir aquí.
Kerry
encendió un cigarrillo.
—Ya
sabéis —dijo con la mayor naturalidad— que conmigo no se puede contar mucho.
Cuando no tengo clase por la mañana, la tengo por la tarde y además ahora me
propusieron alternar algunas clases en otro colegio. Estoy pensando en
aceptarlo, mamá. Por otra parte… —hizo un gesto ambiguo— cuando estoy en casa,
y no estoy mucho, me dedico a corregir los cuadernos de mis alumnas. Ser
profesora de matemáticas, física y química, no es tan fácil, ya sabes tú.
Mamá
no sabía.
—En
cambio —intervino papá, antes de que mamá contestara— tu madre apenas si tiene
nada que hacer. Yo creo que no debemos dejar a Eddy así como tirado, en Boston.
—No
es mi casa, papá. Es la vuestra —y para prepararse ya, añadió como al
descuido—: Precisamente, para tener más libertad, ando buscando un apartamento
para mí.
Papá
y mamá se levantaron bruscamente.
—Tienes
un estudio para ti sola en el segundo piso de la casa —dijo mamá
disgustadísima—. ¿Para qué necesitas tú un apartamento, hijita?
—Tengo
veinticuatro años, mamá —dijo Kerry sonriente—. Entiende. Tengo mi vida propia.
Gano lo bastante para mí y me gusta mi independencia. Vosotros no me necesitáis
para nada.
—Pero,
Kerry…
—No
te apures ya, mamá. No he dicho que lo haga de inmediato.
—Has
dicho que estabas buscando un apartamento.
—Lo
ando buscando, pero eso no quiere decir que lo encuentre a mi gusto en seguida.
Seguro que pasará algún tiempo. De momento no dispongo de mucho tiempo. Las
clases, como quien dice, han empezado estos días. Tengo un invierno por medio.
Pero sé que no soy una hija modelo. Tengo mis amigos, mis reuniones, mis
fiestas…, yo no voy a seros de gran utilidad en cuanto al cuidado de las dos
gemelas.
—De
eso no tienes que preocuparte —dijo mamá—. Yo sólo te decía que no vamos a
dejar a Eddy tirado así…
—¿Tirado?
—no pudo por menos de exclamar—. Yo no veo que esté tirado. ¿No dices que tiene
un apartamento?
—Cierto,
pero no va a dejar a las niñas indefinidamente con su hermana. Conoces a Mag.
Es testaruda y enérgica y tiene demasiados hijos propios. Dos más que no son
suyos… le molestarán tarde o temprano y nosotros somos abuelos de esas dos
gemelas.
No
tenía nada que aducir.
Es
decir, si lo tenía, pero no ante sus padres.
A
Spencer si se lo diría.
Tal
vez Spencer por ser un sacerdote e hijo además de sus padres y hermano suyo,
arreglara aquello de otra forma.
—Decidid
lo que queráis —dijo—. Tengo mucho que hacer, mamá. Es por eso que no puedo
seros de gran ayuda. Y por lo que intento buscar un apartamento para mí. Me
gusta invitar a mis amigos. Traerlos a casa y a vosotros os cansan nuestras
charlas intelectuales, nuestras discusiones.
—Es
que sois tan raros —dijo papá algo dolido.
—¿Raros?
Somos normales. La vida no se ha hecho para vivirla en una balsa de aceite… Hay
que discutir el pro y el contra de todo. Y si se discute, se llega más veces a
un acuerdo, que si se rumia sola.
—Nunca
te hemos entendido muy bien. Siempre dije que no debiste aprender tanto —opinó
mamá—. Ya ves, Suzy nunca estudió una carrera y se casó con un hombre
importante.
Por
supuesto, pensó. Así supo ella como pensaba y sentía Eddy.
—Buenas
noches, mamá —dijo sin dar opinión, pues al fin y el cabo ella no discutía
nunca sobre un ser muerto y de tales cosas—. Tengo mucho que hacer. Vosotros
vais a decidir lo que más le convenga a Eddy.
Capítulo
II
Se
fue sin más respuestas.
Frank
se volvió a su cómodo sillón y a su pipa larga y negrota.
—Kerry
nunca se mete en nada —dijo—. No te preocupes, Nat. Ella dice una cosa y
después jamás se acuerda de que la ha dicho o si lo recuerda y, seguro que no,
nunca vuelve a ello. No lo discute dos veces.
—Pero
creo que no le gusta que venga Eddy y sus hijas a vivir con nosotros.
—Al
fin y al cabo eres tú y no ella, quien tendrá que ocuparse de las niñas.
—Eso
es cierto.
—Por
eso no debes inquietarte. Lo que piensa Kerry, es muy lógico. Estas chicas
intelectuales que tienen un duro trabajo, se olvidan a veces de ser humanas.
—Pero
Kerry es muy buena.
—No
lo dudo. No obstante, a los veinte años era más alegre. Mucho más. Desde que
terminó la carrera, se puso así… Es una intelectual y nada más. Yo te digo,
cuando habla, ni la entiendo.
—Es
que tú —dijo Nat riendo con ternura— eres un ignorante y yo otra comparados los
dos a lo que sabe y es Kerry. Cuando quisimos darle carrera a las dos, ya ves,
sólo Kerry aceptó y, sin embargo, la que se casó fue Suzy.
—Hablas
de Kerry como si no fuese a casarse nunca.
—Tal
como veo las cosas, empiezo a dudar que lo haga. Muchos amigos. Muchos
compañeros, pero novio, nada.
—¿Tú
crees que tiene la culpa lo que sabe Kerry?
—No,
no, Frank. Es absurdo. Lo que le pasa a Kerry es que ve la vida de modo
distinto a como la vemos tú y yo. Para ella la meta no es el matrimonio. La
vida tiene alicientes más interesantes sin ser precisamente la matrimonial.
—No
lo entiendo. Yo no acabo de entender a la juventud de hoy.
—Tampoco
te empeñes, porque vas a quedar igual —dijo Nat riendo—. Además no hablamos de
Kerry, sino de Eddy y las gemelitas. Son nuestras nietas y nuestro deber es
traerlas aquí. Cuando mañana venga Eddy le diré que vaya a buscarlas a Nueva
York y las traiga inmediatamente.
—Eso
es lo mejor.
—Eddy
quedó en venir mañana. Me preguntó por Kerry y también si le parecería bien que
él se instalara con nosotros.
—¿Y
a Kerry qué más le da?
—Pues
le da, ¿no?
—¿Tú
crees, Nat?
—Es
que me pareció verla así… algo malhumorada y Kerry nunca se pone de ese modo.
—Son
cosas suyas seguramente. Al fin y al cabo es una licencia y tiene demasiado
trabajo. Son demasiadas clases en los colegios y las chicas y los chicos no
siempre son obedientes.
—Eso
es cierto.
—Será
mejor irnos a la cama —opinó el marido—. Mañana si te parece seguimos hablando
de esto. ¿A qué hora quedó Eddy en venir?
—A
la tarde. Dijo que le gustaría saludar a Kerry y a ti.
—Claro.
—Procura
estar en casa.
—Por
supuesto. Vendré tan pronto salga de la fábrica. —Y ya camino de su dormitorio
al lado de su mujer—: ¿Sabes qué te digo, Nat? Las gemelitas se van a encontrar
en la gloria. No es que nuestro jardín sea muy grande, pero al menos es mejor
que vivir en un piso y aquí podrán salir y tomar el aire. Tendremos que
comprarles un cochecito para las dos, ¿no?
—Lo
tienen ya. Eddy lo traerá.
—¡Pobre
Eddy!
—No
digas eso, Frank. Di pobre Suzy. Al fin y al cabo Eddy está vivo y nuestra
hija…
Entraron
los dos en el cuarto.
—Eso
es cierto —dijo Frank a media voz, como si algo se le estrangulara en la
garganta—. ¿Crees que si estuviera viviendo en Boston se hubiera muerto?
—Por
favor, papá, no digas eso —dijo la esposa—. La vida es cosa de Dios. Uno se
muere o se queda vivo un tiempo. Ya sabes lo que nos ha dicho Spencer. Nada de
lloros. La muerte y la vida pertenecen a Dios.
—Es
verdad. Oye, ¿desde cuándo no ha venido Spencer por casa?
—Desde
que tiene parroquia propia, carece de tiempo. El otro día estuve con él. Iré
uno de estos días a decirle lo de Eddy.
—Le
parecerá de perlas.
El
marido se acostaba mientras su esposa iba de un lado a otro de la alcoba
recogiendo lo que su esposo iba dejando esparcido.
Mamá
se acostó a su lado suspirando.
—¿Qué
habitación le daremos a Eddy?
—La
de Suzy, naturalmente.
—¿Supones
que le agradará?
—Pero,
hombre, ¿por qué no? Está vacía desde que se casó. Lo lógico es que la
preparemos un poco, que le quitemos ese aire femenino que tiene y se la
ofrezcamos a Eddy.
—Tengo
sueño —dijo el marido.
—Pues
duerme.
Pero
al rato decía:
—Oye,
Nat, estoy pensando.
—¿En
qué?
—¿No
darán las gemelas mucho la lata? Cuando empiecen a caminar igual van al estudio
de Kerry, y Kerry es cuidadosa para sus cosas. No vaya a ser que tengamos
problemas con eso.
—Les
enseñaremos a no ir a su estudio. Kerry necesita estudiar mucho. Dice que para
el año próximo se presenta a cátedra.
—Qué
forma de destruir su vida de mujer.
—Pero,
Frank, ¿es que crees que las catedráticas no se casan? ¿No conoces a Sandra, la
señora del chalecito vecino?
—Sí.
—Pues
está casada y es catedrática de literatura y su marido profesor de historia.
—Eso
es verdad.
—Kerry
es muy inteligente y hace bien en ambicionar ser algo más que profesora en un
colegio privado.
—Cuando
las niñas tengan cuatro años, las mandaremos a ese colegio —dijo Frank muy
convencido.
—Será
lo que diga su padre, papá.
—También
eso es cierto.
—Ahora
duerme. Mañana seguiremos hablando de eso. Y cuando venga Eddy no empieces a
recordar a Suzy. Acuérdate de las recomendaciones de Spencer. Por algo tenemos
un hijo sacerdote.
—Ya.
—Ya
sé que tú hubieras querido que se casara y tuviera hijos. Pero las cosas son
así y así han de tomarse.
—Sí
—decía Frank medio dormido.
—Y
demos gracias a Dios de tener un hijo sacerdote católico.
—Sí.
—Te
dejo dormir, papá.
—Gracias,
mamá.
Al
rato los dos dormían.
Kerry
no.
Ni
corregía los cuadernos de sus alumnas.
Por
dos veces, ella, que nunca se equivocaba, lo hizo en un ejercicio de
matemáticas.
Fumó
seis cigarrillos en menos de una hora.
Y
después dejó de corregir y paseó la estancia.
Dormía
en su estudio.
Se
sentía a gusto allí.
Pero
ya no iba a sentirse tanto.
Aquello
ella lo habla superado.
Y de
súbito…
Aplastó
el cigarrillo en el cenicero y fue a tumbarse en la turca.
Con
una mano tras la nuca y otra a lo largo del cuerpo, pensaba.
Pero
no quería pensar.
¿Podía
Spencer con su diplomacia tan paciente arreglar aquello?
No.
Ella
no le diría jamás a Spencer…
Y
Spencer jamás supo…
Ni
sabría…
Tendría
que pensar cómo ponerlo de su parte.
¿Qué
aducir?
Eddy
era cuñado de los dos.
Pero
Eddy…, ¿cómo podía atreverse?
Recordó
cuando lo vio por última vez. Fue un año antes cuando falleció Suzy… Eddy
estaba desolado.
Era
natural.
Dejó
de pensar.
Ella
tenía bastante que hacer y no podía dedicarse a cuidar niñas.
Si,
eran sus sobrinas.
Pero
ella tenía montones de sobrinas en los colegios.
Lanzó
una mirada en torno.
Pensó
que todo estaba superado.
Pero
por lo visto, no estaba.
Se
tiró de la turca y fue a buscar un cigarrillo.
«Fumas
mucho, Kerry», se dijo a sí misma.
Y
con aquella voluntad tan suya, dejó de fumar y puso el cigarrillo en el
cenicero.
De
repente se situó ante el espejo y sin sentarse, automáticamente cepilló su
cabello negro.
Si
se aferrara a Marck…
Marck
era un buen chico.
Pero
no.
Sería
una deslealtad para Marck, y Marck no merecía eso de ella.
¿Por
qué tenían que ser las cosas así?
¿Y
ella así…?
—Soy
una mujer de este siglo —dijo en voz alta sin dejar de mirarse al espejo donde
se reflejaba su imagen—, y sin embargo, a veces, como esta noche, parezco una
provinciana ochocentista.
No
quería ser así.
Aquello
tenía que estar ya superado.
«Es
que soy débil», pensó.
Pero
no lo era.
Iría
a ver a Spencer.
No
sabía qué tenía Spencer, pero siempre la tranquilizaba. Y lo curioso era que
nunca le decía que tenía algo concreto.
Pero
Spencer lo adivinaba.
La
última vez que estuvo a verle, nada más tenerla delante, Spencer, con sus ojos
firmes y agudos y aquella sonrisa suya consoladora, le espetó:
«—¿Qué
ocurre?»
Y
ella dijo:
«—¿Por
qué tiene que ocurrir algo?»
Pero
ocurría.
Spencer
se echó a reír.
«—Se
te nota en los ojos.»
¡Malditos
ojos los suyos!
Cuando
no se parapetaba, como estaba parapetada para recibir a Eddy, la delataban.
Pero
esta vez también se parapetaría ante Spencer.
Le
diría…
No
sabía aún lo que iba a decirle.
Pero
recordó una vez más lo ocurrido aquel día. Claro que aquel día ella no iba
parapetada.
«—Pues
sí, me ocurre algo. Marck me declaró su amor.»
Spencer
dijo:
«—Es
un gran chico Marck. Fuimos compañeros en el bachillerato.»
«—Eso
no quiere decir que yo le ame» —respondió ella.
«—Claro
que no. Pero yo te digo que me alegraría que le amaras.»
«—Pues
no le amo.»
«—¿Entonces
a qué vienes a mi? ¿Qué quieres que te diga? El amor entre una mujer y un
hombre es importante. El matrimonio es árido de por si… de modo que sin amor es
un desastre.»
Lo
sabía.
—Soy
una mujer de este siglo, y sin embargo, a veces, como esta noche, parezco una
provinciana ochocentista.
Sacudió
la cabeza y dejó de recordar.
Iría
al día siguiente y le diría… No le diría nada. Primero nada. Después sacaría a
colación el asunto de Eddy.
Seguro
que Spencer opinaba que Eddy debía casarse y dejar a su familia en paz. Es
decir, a la familia de su mujer. O no casarse si no quería, pero buscar
servicio para atender a sus hijas.
Eso
es lo que diría Spencer. Eso suponiendo que no fuese primero mamá a verle y le
convenciera.
Se
apartó del espejo y se fue hacia el lecho.
Era
muy tarde.
Pondría
el despertador para las seis de la mañana, y lúcida podría corregir y puntuar
los ejercicios de sus alumnas.
Descubrió
el lecho y se deslizó dentro.
Estaba
cansada.
Ojalá
hubiera podido dormir de un tirón hasta las seis. Se levantaría totalmente
lúcida y dejaría de pensar en Eddy y sus hijas, para consagrarse a su trabajo.
Pero
el sueño no acudía a sus ojos.
Empezó
a pensar cosas.
Mil
cosas ajenas a Eddy.
No
podía soportar pensar en Eddy. Le hería.
En
lo más vivo.
Tan
profundamente le hería, que hasta le irritaba.
Por
eso pensó en Marck.
En
la altura de Marck, en su interesante rostro, en sus modales exquisitos.
Todas
las amigas le envidiaban el pretendiente.
Pues
ella no le amaba.
Y
sin amor, no concebía el matrimonio.
Bastante
había que ver con amor, cuánto más sin él.
El
amor era para el ser humano como el alimento.
Uno
no se alimenta y se muere.
Igual
ocurría con el amor.
Claro
que Marck era un chico excelente y merecía ser querido.
El
siempre lo decía: «Prueba a quererme. Te será fácil. Estás obcecada. Empeñada
en que no me amas. ¿Has probado?»
Claro
que había probado.
Y no
una vez, más de una.
Marck
siempre andaba por donde ella. No sabía cómo, pero Marck se las componía para
aparecer en cualquier parte donde ella estaba. Y más de una vez se dejó besar
por Marck…
Era
distinto.
Ella
sabía lo que era aquello.
Sabía
lo que era un beso amoroso.
¡Claro
que sí!
No
podía confundirse.
Por
eso estaba segura de que no amaba a Marck.
Le
apreciaba. Era su mejor amigo. Pero ella, para Marck, no era su amiga, era la
mujer que amaba.
Eso
era lo peor.
Marck
le decía:
«—Trabajas
demasiado. ¿Por qué no dejas de ir a los colegios a dar clases a niñas
consentidas y formas tu propio hogar?»
¿Y
con quién?
¿Con
él?
Imposible.
Iría
a ver a Spencer al día siguiente. Entre clase y clase disponía siempre de una
hora. Iría a ver a Spencer…
Capítulo
III
Untaba
mantequilla con pan.
—Te
has levantado muy temprano —decía mamá mientras le servía el desayuno.
—Sí.
—Por
lo menos a las seis de la mañana.
—Las
seis menos cinco.
—¿Por
qué madrugas tanto, Kerry?
—No
madrugo tanto, mamá. Fue esta mañana.
—Pero
ayer también te acostaste tarde.
—Hube
de trabajar.
—¿No
sería mejor que te casaras?
Kerry
ni siquiera levantó la cabeza.
Tomaba
el café a pequeños sorbos.
—Tu
padre y yo hablamos mucho esta noche.
—¿Sí?
Se
notaba que no deseaba saber de qué cosa hablan hablado. Ya las sabía. Sus
padres tenían demasiado cristalizado su pecho para que ella ignorara lo que
pensaban o sentían.
—Hablamos
de Eddy.
—Ah.
—Es
lógico que venga a vivir con nosotros.
Silencio.
—A
ti no te agrada, Kerry.
—Debiera
casarse de nuevo.
—Kerry,
por favor, que hace tan sólo un año que se quedó viudo.
—Pero
tiene dos niñas justamente de un año.
—Aquello
fue horrible para él. Amaba a Suzy.
También
la amó a ella.
Lo
de Suzy fue después.
Apretó
los labios.
—Tengo
que irme, mamá.
—No
me dices nada de lo que pensamos ofrecerle a Eddy.
La
miró fijamente.
Spencer
hubiera entendido aquella mirada.
Mamá,
no.
—¿No
se lo has ofrecido ya?
Mamá
se ruborizó.
—Pues
sí.
—Y
él… aceptó.
—Está
ton solo.
—¿No
tiene dos hijas? —casi gritó.
Después
se arrepintió.
—Perdona,
mamá.
—¿Te…
disgusto mucho?
En
modo alguno podía imaginar que mamá lo creyera así.
—Claro
que no. Pero una está habituada a vivir tranquila… Ya sabes. De repente llegan
dos niñas que seguramente lloran…
—Son
tus sobrinas.
Hijas
de Suzy y Eddy.
No
eran sus sobrinas.
Al
menos… no las consideraba como toles.
Sintió
la muerte de Suzy.
Claro
que sí. Ella quería a Suzy y nunca le echó la culpa a ella. Seguro que si Suzy
hubiera sabido…
Pero
Suzy se casó sin saber nada.
Y
las niñas no tenían la culpa de todo aquello.
—Claro
que son mis sobrinas, mamá. Haz lo que gustes.
—Es
que yo no quiero contrariarte.
—No
me contrarías.
Se
levantó y se puso el abrigo.
—Tengo
que irme, mamá.
—Eddy
vendrá esto noche para hablar contigo y con papá.
—¿Conmigo?
¿Y por qué conmigo? —y más suave—. Conque hable con papá es suficiente, ¿no
crees?
—Si
tú estás de acuerdo.
—Yo
estoy de acuerdo con lo que vosotros decidáis.
—Pero
tal vez Eddy quiera saber lo que tú piensas.
—Yo
aquí soy una hija de familia, mamá. Si un día la intromisión me molesto
demasiado, me voy y en paz.
—No
digas eso.
—Perdona.
No me iré. Procuraré… adaptarme.
—Gracias,
hijita.
En
seguida creía lo que la gente decía.
Lo
que quedaba por decir, mamá jamás lo veía.
Aprovechando
aquella hora de descanso entre colegio y colegio, salía a la calle para subir a
su auto, cuando lo vio allí mismo.
De
momento quedó envarada.
Después,
no.
Nada
en su rostro reflejaba lo que sentía.
Mil
recuerdos, mil ingratitudes, mil momentos felices, mil momentos amargos…
—Hola,
Kerry.
Eddy
le alargaba la mano.
Ella
alargó la suya.
—Hola
—y con volubilidad—. Pero… ¿qué haces tú por aquí?
Eddy
quedó algo desconcertado.
Él
esperaba ver a Kerry…, ¿resentida? Pues sí. En cierto modo sí.
Aquella
desenvoltura de Kerry, cuando algo no le interesaba demasiado, que él ya
conocía, le desconcertó.
—¿Pasabas?
—preguntó Kerry sin esperar respuesta—. ¿Has venido a saludarme?
—He
venido a verte.
—Ah
—mostró su auto—. Tengo una clase dentro de una hora, Eddy. No puedo concederte
demasiado tiempo. El colegio está lejos y el tráfico fatal a esta hora punta de
la mañana.
—Es
que… prefería verte a ti a solas primero, antes de ir a tu casa esta noche.
—Ya
me ha dicho mamá que pensabas ir.
—¿Puedo
acompañarte un rato, Kerry? En tu auto. Yo dejo el mío ahí aparcado. Volveré en
un taxi.
Estaba
distinto.
Algo
más ajado.
—Sube
si quieres.
—Kerry…,
ya sabes que tus padres me ofrecieron vuestra casa.
Kerry
dio la vuelta al auto con aquella soltura tan suya.
Se
sentó ante el volante, diciendo:
—Entra.
Eddy
levantó el abrigo, lo dobló sobre las rodillas y se sentó a su lado.
Kerry
puso el auto en marcha.
—¿Qué
tal tus cosas, Eddy? —y rápidamente—: Sentí lo de Suzy.
—Gracias.
—Según
mis padres, has sido destinado a Boston.
—Pues
si…
Se
le notaba cortado.
—Has
dejado a las niñas con Mag…
—Pero
tiene siete hijos, ya sabes…
—Lo
comprendo.
—Oye,
Kerry…
Claro.
Era
de suponer que pensaba decirle algo.
—Es
que me parece que abuso al aceptar el ofrecimiento de tus padres. Comprende.
El
rostro de Kerry era un poema de curiosidad.
—¿Por
qué? Son tus suegros, ¿no? Y tienes dos hijitas gemelas que son sus nietas.
—Pero…
—¿Pero…?
—Nada,
nada.
—Habla,
hombre, habla. Di lo que piensas.
—Creo
que en una ocasión te hice daño.
Mucho.
Ni
él ni nadie sabrían jamás cuánto.
No
tenía experiencia.
Creyó
en él.
Era
su novio.
De
repente dejó de pensar.
Dio
a su voz una entonación jocosa.
Era
su parapeto. Lo demás… estaba por ver.
Pero
de momento, no podía soportar la idea de que Eddy la creyera, ni una mártir, ni
una resignada, ni una resentida.
Y lo
curioso es que no deseaba ser ninguna de las tres cosas. Luchaba contra ellas.
Lucharía hasta morir si era preciso.
Capítulo
IV
¿Daño?
—se echó a reír y el más inteligente hubiera considerado sincera su risa—. Por
favor, Eddy. ¿Escrúpulos de conciencia ahora? Pero, hombre, si estás viudo, si
tienes dos hijas gemelas, si estas pobrecitas tienen un año, y te han destinado
a Boston… Eso basta, Eddy, para que mis padres te reciban con los brazos
abiertos.
—¿Y
tú?
¿Ella?
¿Por
qué le preguntaba a ella?
¿Le
preguntó cuando la dejó para casarse con Suzy?
—¿Yo?
—dijo entre irónica y sonriente—. Pero, Eddy, hombre, ¿yo qué vela tengo en
este entierro? Tú sabes que soy una mujer muy ocupada. Me gusta mi profesión.
Voy a presentarme a cátedra… comprende. Yo poco puedo hacer por tus hijas y por
ti, nada. Salvo mi amistad si ella te sirve de algo.
Eddy
parecía respirar mejor.
Pero
en el fondo, como todo hombre, vanidoso, se sentía como vejado.
—Perdona.
Debí suponerme que tú… ya no tenías ni idea de lo ocurrido.
—¿De
lo ocurrido?
—Entre
tú y yo.
Kerry
supo que tenía que mirarlo.
Cerciorarse
si era un cínico, un indeseable o un tonto.
Y le
miró.
—Pero,
Eddy, ¿quién se acuerda de eso? No irás a decirme que vives en una pesadilla
desde entonces…
—Te
dañé…
—Te
lo has creído tú, hombre. Aquello fue un episodio sin importancia…
—Kerry,
me quitas un gran peso de encima.
¡El
muy vanidoso!
—Me
extraña que hayas pensado en cosas pasadas, Eddy —dijo serenamente y nadie como
ella para fingir—. Aquello fue un pasatiempo. Lo tuyo fue Suzy. Lástima que se
haya muerto tan joven… Lo siento, Eddy. Yo amaba mucho a Suzy.
—Nunca
tuve tiempo para darte una explicación de todo aquello. Primero tú te fuiste en
viaje de estudios y luego yo me casé… El día que me casé aun intenté darte una
explicación escribiéndote… Después ya no volví a verte y luego cuando falleció
Suzy… no tuve tiempo.
—Me
asombra que hayas pensado que tenías que darme explicación alguna.
—Era
tu novio, ¿no?
—Aquello
fue una tontería infantil, Eddy —dijo y estaba a punto de estrellar el auto
contra algo o contra alguien—. Yo era una niña, entretanto Suzy era una mujer
hecha y derecha, de tu misma edad. Yo no volví a recordar el asunto. ¡Qué
tontería! Parece mentira que tú pongas reparos en ir a mi casa pensando en eso.
—Temí
que tú…
Le
atajó de inmediato:
—Yo
vivo mi vida, Eddy. Está tan llena de cosas… Mil cosas que ni tú comprenderías
—se echó a reír dando a su voz una entonación amable—. ¿Qué? ¿Cuándo vas a
buscar a las niñas?
—No
sabes cuánto me tranquilizas…
Le
miró de nuevo.
De
verla Spencer, le hubiese dicho: «Frena tu ímpetu de fuego, Kerry. Que te van a
conocer por dentro.»
Pero
Spencer no la veía, ni la vería aquella mañana.
—A
mí no me has hecho daño alguno. Me dejaste porque amabas a Suzy y se acabó.
Iría
por la tarde.
Spencer,
aunque no le dijera nada, tenía la virtud de tranquilizarla.
—Es
raro, Eddy, que después de tanto tiempo persista en tu conciencia una
pesadilla. Porque de ser así, tengo que pensar que no has sido bueno.
—¿Que
no he sido bueno?
—Pues
no. Si has hecho daño a una mujer a sabiendas y esperas cuatro años, cerca de
cinco para justificarte, no me parece justo.
—Es
cierto. Hasta este instante no viví tranquilo.
—Pero…
¿cómo es eso?
Al
tiempo de hacer la pregunta, detenía el auto ante el colegio donde daba clase
de matemáticas.
—Es
aquí —dijo él sin preguntar.
—Sí.
—Kerry…,
Suzy y yo no nos entendíamos demasiado bien.
Eso
sí que no lo toleraba.
—Me
duele que me digas eso. Me duele como nada pudo dolerme en la vida. ¿Es que
Suzy no fue feliz a tu lado? ¿Quieres decir que no la hiciste feliz?
—No
es eso, Kerry —Eddy parecía aturdido—. No hemos sido felices ninguno de los
dos. No nos complementábamos. No habíamos nacido el uno para el otro. No sé
cómo explicarte.
—Pues
guárdate la explicación. No soporto lo que dices. Me duele, ¿entiendes? En mi
no tienes por qué pensar. Yo soy un cero a la izquierda. A mí no me has hecho
daño alguno. Me dejaste porque amabas a Suzy y se acabó. Ni tienes por qué
justificarte, ni por qué censurar lo que hiciste y que supongo que creerías
hacerlo bien.
—Pensé
que sí.
—Pues
será mejor que lo sigas pensando. Oye, Eddy, lo siento. Pero mi clase empieza
ahora. Tendré a mis alumnas esperando. Puedes ir a vivir a mi casa
tranquilamente. A casa de mis padres, se entiende. Y procura no decirles que
Suzy no fue enteramente feliz.
—Escucha…,
Kerry.
—No.
Ya no puedo más. Y te pido que no me hables más de Suzy. Era muy buena y capaz
de hacer feliz al hombre más exigente.
Era
cierto.
Suzy
era muy buena, por supuesto, pero… le faltaba algo. ¿Comprensión? ¿No era
demasiado celosa? ¿No se humillaba demasiado por aquellos celos? Porque si
sentía celos de cualquier otra mujer a la que él miraba. Y cuando una mujer
siente celos y los manifiesta, se menosprecia a sí misma. Eso él jamás lo
soportó. La mentalidad de Suzy era muy simple. Buena, pero sin cultivar en
absoluto. Era más hermosa que Kerry. Era linda de veras. Pero carecía de
personalidad.
Iba
a decirle todo eso a Kerry, pero se mordió la lengua.
—Perdona
que te haya hecho perder tu precioso tiempo, Kerry. En realidad debí suponer…
No
le preguntó qué debió suponer.
Se sobreentendía.
Por
lo visto Eddy era tan vanidoso que aún la creía herida por lo que le hizo.
Los
dos descendieron a la vez del auto.
—Adiós,
Kerry, y discúlpame. Voy a aceptar el ofrecimiento de tus padres. No tengo más
remedio. Mag es muy buena, pero tiene siete hijos, y mis dos gemelas
representan una carga tremenda por su corta edad. Ya daré la menos lata posible
en tu casa.
—No
es mi casa, Eddy —dijo muy amable—. Es la de mis padres.
—Comprendo.
Con
la cartera bajo el brazo, giró sobre si y se perdió por el ancho portal del
colegio.
Aquella
mañana o suspendía a todas sus alumnas o las aprobaba. No habría término medio
y decidió optar por lo primero.
—Vaya,
vaya.
Spencer
parecía humorista.
La
miraba. Daba pasos en torno a ella.
—De
modo que nuestro querido Eddy y sus gemelitas han venido.
—Te
lo dijo mamá. Porque yo no te he dicho nada aún. Acabo de sentarme. Acabo de
llegar.
—Me
sentaré a tu lado —dijo Spencer tranquilo.
Malo
cuando se ponía así.
Sabía
más cosas de las que decía.
Pero
de ella, ¿qué podía saber?
Nada.
Nunca dijo nada a nadie.
En
aquella época casi no tenía edad para tener novio.
De
modo que lo ocultó.
Y
cuando hizo aquel corto viaje a Nueva York en plan de estudios y al regreso se
encontró con Eddy y Suzy casados… nadie, ni Spencer, notó en su semblante lo
que aquello suponía de desolador para sus sentimientos.
Porque
ella no quiso a Eddy como se quiere a un amigo.
Ella
quiso a Eddy firmemente y para siempre.
Ella
era así.
Y
cuando Eddy le declaró su amor, lo aceptó de hecho y de frente.
Pero
no tuvo tiempo de participárselo a nadie, porque cuando regresaba con aquella
intención, encontró que no había nada que decir.
—De
modo que mamá estuvo aquí —dijo sin preguntar y evitando que su hermano
siguiera escudriñándola.
—Estuvo,
claro.
—Vino
por la mañana.
—No.
Por la tarde. Antes que tú. Acaba de irse. Está algo disgustada. Ya sabes cómo
es. De un alfiler hace montones de ellos.
—Sí.
—Es
muy buena.
—Lo
sabemos los dos —le cortó—. ¿Para qué hablar de ello?
—Ciertamente
—sonrió el sacerdote—. ¿Sabes, Kerry? Cada día estoy más contento de haber
consagrado mi vida a Dios. Hasta me parece que soy el ser más egoísta que hay
en la tierra por haberlo hecho.
—No
te entiendo.
—Es
que mi tranquilidad espiritual es absoluta. No ambiciono nada. Nada deseo. Me
levanto por la mañana y sólo pienso en los demás. Yo soy un cero a la izquierda
y como la preocupación primera de un ser humano corriente, es por sí mismo
antes que por nadie, yo carezco de esa preocupación. Tengo fe, confío en Dios.
Yo doy un paso y tengo la sensación de que Dios me abre camino para el otro. Y
debe ser así, porque si resbalo, en seguida me levanto y sigo caminando.
—Tus
retóricas, Spencer…
—Discúlpamelas
—sonrió beatifico—. A mamá no le puedo hablar así. Mamá me preguntarla qué
tabla pongo de pie para el otro paso y cosas parecidas. Pero no me digas que
tú, tan inteligente, tan culta, tan humana… no me comprendes.
—Te
comprendo y te admiro, pero…
—Pero
no has venido aquí a oír mis retóricas.
—Eso
es. Sé cómo vives y lo que sientes, pero yo no tengo madera de religiosa.
—Se
te nota.
—¿Te
burlas?
—No.
Pero me duele.
Kerry
se puso en guardia.
—Te
duele, ¿qué?
—Eso.
Lo que sientes. ¿No te he dicho que vivo para los demás? Me duele tu… dolor, tu
rabia. Quisiera evitártela y si tuvieras esa madera que no tienes, la evitarías
tú misma.
—¿Pretendes
ahora que me meta a religiosa?
—No,
por Dios. Sería una falsedad en la vida, porque a Dios, no. No te admitiría Él.
Y no por pecadora, sino por la careta que llevarías puesta hasta su lado. No es
así como Dios quiere a los suyos, Kerry, y eso tú lo sabes.
—¿Adónde
vas a parar?
—Es
que no lo sé —y de súbito la pregunta inesperada, la que ella, por lo visto,
subconscientemente esperaba y temía—: ¿Cuándo te enamoraste de él?
Kerry
se levantó de un salto.
—Kerry,
siéntate.
—Óyeme…
—A
mi no me mientas. A mamá, puedes, a mí, no. También podrás mentirle a Eddy.
Pero a mí, te repito que no.
Era
de esperar.
—¿Cuándo
lo… has sabido? —preguntó en lugar de responder.
—¡Qué
más da!
—¿Cuándo?
¿Oyendo a mamá o viéndome a mí?
—Oyendo
a mamá.
—Pero,
Spencer…
—Estoy
de vuelta, Kerry. También tú lo estás. Pero mamá, no.
—¿Quieres
decir que mamá sabe…?
—¿Mamá?
Pobre mamá. Ella no ve una cosa semejante. Mamá nunca lo comprendería. Lo que
sientes tú al amar a Eddy y lo que siento yo al saber que lo amas.
—¡Spencer!
Estaba
vencida.
El
sacerdote le puso una mano en el hombro.
—No
te aflijas, Kerry.
—Es
que…
—¿Cómo
fue?
Tenía
que decírselo.
De
esa forma tal vez encontrara en los consejos de Spencer el consuelo a su dolor.
Intentó
abrir los labios.
—Por
eso… no te casas con Marck.
Ella
asintió.
—Tú…,
Kerry. ¿Cómo fue eso? No le has visto después de casado. No lo entiendo.
—Fue
antes.
—¿Antes?
—Sí.
—Pero
si la boda de Eddy con Suzy fue relámpago. Si tú no estabas aquí.
—Estaba
en viaje de estudios.
Kerry
se levantó.
Se
puso junto a la ventana.
—Kerry.
—Fue
todo estúpido.
—¿Por
tu parte o por la de Eddy?
—No
lo sé.
—¿Y
Suzy? ¿Qué hilo llevó Suzy en este ovillo?
—Ninguno.
Se casó con Eddy.
—Pero
es absurdo.
—Sí.
—¿Quieres
explicarte?
—Ya
sabes que yo siempre anduve de fiesta en fiesta. De reunión en reunión. Allí
donde había una inquietud estaba yo.
—Lo
sé. Eso ayudó a formarte. Siempre fomenté ese deseo tuyo de polemizar.
—Pues
en una de esas reuniones me presentaron a Eddy. Ingeniero industrial, me
dijeron, simpático y joven, me pareció. Yo en aquella época era una
sentimentalona.
—¿Quieres
decir que ahora no lo eres?
—No
—rotunda—, no.
—Lo
sigues siendo porque si dejaras de serlo, no te afectaría en absoluto la vuelta
de Eddy.
—Dime,
Spencer, tú que eres tan humano, un normal, tan sabiendo ver en el alma humana,
¿crees que Eddy debió volver?
—Sí.
—Lo
dices con firmeza.
—Lo
digo como lo siento. Estoy seguro de que Eddy no pensó que te dañaba. Tú eras
una niña. Suzy era una mujer de su edad.
—Somos
hermanos, Spencer, y ambos sinceros.
El
sacerdote vaciló un segundo.
Después
dijo a media voz:
—Exacto.
Y recuerdo que no podías venir. Es decir… no te localizamos en aquel momento y
Eddy y Suzy decidieron casarse sin ti. Sobre todo… Eddy.
—Quieres
decir que ella con sus años y tú con tu juventud… superaba tu madurez la de
ella.
—¿No
es así?
—Sí.
También eso debo reconocerlo.
—Gracias,
al menos coincidimos en algo. Merecía ser feliz. Lo merecía más que yo. Yo nací
maliciosa, inquieta, temperamental…, emocional. Suzy era simple, pero sencilla,
sensible, romántica…
—No
te endurezcas así, Kerry.
—Perdona.
Y
seguidamente refirió a su hermano lo ocurrido aquella mañana con Eddy.
—De
modo que Eddy pensó que te había dañado.
—Eso
es. Es, tenlo por seguro, peor que cuando me plantó por Suzy sin una
explicación.
—¿Qué
explicación dio él a todo eso?
—Ninguna.
—Yo
sé lo que te iba a decir.
—Yo
no se lo dejé decir a él y te pido a ti que no lo digas.
—Eres
valiente, Kerry. Por tanto vas a oírme. ¿Sabes qué vio Eddy en ti?
—No.
—La
fuerza, la valentía. La madurez. Te tuvo miedo. En una palabra, tuvo miedo a tu
personalidad.
—Eso
es absurdo.
—Te
fuiste tú. Él fue a casa, vio a Suzy… Delicada, bonita, más bonita que tú,
Kerry, pero menos fría, más cálida, más suave. Tú llevas el mundo por delante.
Suzy lo llevaba para atrás. Suzy era sensible.
—¿Yo
no lo soy?
—De
acuerdo. Pero de otra manera. ¿Sabes, Kerry? Yo disculpo a Eddy.
—Claro.
—¿Claro?
—Sí.
El era mi novio.
—¡Kerry!
Capítulo
V
Kerry
se dirigió a la puerta.
Pero
su hermano la asió por el codo.
—Aguarda.
—No
más. ¿Para qué?
—Has
venido a desahogarte. En tu fuero interno o en tu subconsciente, como quieras
llamarle, estabas segura de que yo iba a penetrar en tu secreto.
Era
cierto.
—¿Te
atreves a decirme que no es así?
—Sí.
No sé si me atrevo en realidad. Pero yo sólo quería pedirte una cosa.
—Que
no puedo hacer a menos que ponga de manifiesto tus sentimientos hacia Eddy.
—No
te he dicho lo que deseo de ti.
—Dime,
Kerry, tú tan sincera contigo misma, ¿te atreves a negar que acerté? ¿Te
atreves a negar que no venias aquí para que yo convenciera a nuestra madre y no
diera albergue a Eddy?
Quedó
desarmada.
—No
lo puedo hacer, Kerry, ni lo quiero hacer.
—A
menos que tu papel de hoy ante Eddy, quede para éste convertido en una
translúcida telilla de nada.
—Eso,
no.
—Pues
tú me dirás…
No tenía
nada que decir.
Con
Spencer no valían trucos.
Lo
veía todo.
Spencer
se sentó junto a ella y puso sus dedos sobre las manos enlazadas de Kerry.
—Hay
que hablar con calma, Kerry. Vamos a tratar este asunto con mucha cautela.
¿Quieres? —le levantó la barbilla con un dedo—. Llora si quieres. Aquí sólo te
veo yo y quien sabes tú que no dirá nada. No eres fácil el llanto, pero esta
vez tienes que llorar y cuando hayas llorado a gritos, si te parece, todo lo
verás mejor. Así que llora, que yo voy a cerrar la puerta y aquí nos quedamos
los tres. El, tú y yo.
—¿Él?
—Kerry,
compréndeme un poco mejor.
Dios.
Claro. Para él era antes que nada. Debía de ser también para ella. Tenía que
serlo.
Por
eso empezó a llorar.
Cuando
terminó de llorar, hubo un silencio.
Spencer
le dio el pañuelo y ella, silenciosamente, se limpió las lágrimas.
—Ahora
dime cómo se iniciaron aquellas relaciones y qué hubo entre vosotros dos
durante ellas.
—Duraron
unos meses.
—De
los cuales nosotros no tuvimos ni idea.
—No.
—¿Por
qué, Kerry?
—No
lo sé.
—Yo,
sí.
Le
miró.
Aún
habla lágrimas en sus ojos.
—¿Tú…
si?
—Siempre
fuiste independiente. Siempre fuiste introvertida.
—En
casa —se disculpó— no siempre me comprendieron. Tú, sí, y no estabas.
—Estaba
en una parroquia.
—Spencer…
me estás censurando aquel silencio de niña.
—Sí.
¿Sabes por qué? Porque era un silencio de niña de un amor de mujer. Eso me
duele. Pero dejemos a un lado lo que yo sienta.
—Para
mí es importante.
—¿Lo
que yo siento?
—Lo
que tú piensas.
—Nada.
Nada concreto —sonrió suavemente, con suma ternura— entretanto no me expliques
tú cómo es que de ti, y sin conocer a Suzy, fue Eddy a dar con ella.
—Efectivamente,
Suzy no acudía a mis tertulias literarias. No compartía mis inquietudes.
Bordaba muy bien, cocinaba de perlas, tú lo sabes. Hacia las faenas de la casa
ayudando a mamá y a la asistenta. Regaba el jardín y cuidaba las flores como
nadie.
—Sé
todo eso, Kerry.
—Pues
yo no sé nada más.
—¿Que
no sabes cómo Eddy y Suzy se conocieron?
—Te
aseguro que no. Mi mayor sorpresa fue la que recibí cuando llegué a casa y mamá
me dijo que Suzy se habla casado y se habla ido a vivir a Nueva York.
—Eso
es absurdo.
—Para
mí, sí, Spencer, pero seguramente para ti no. ¿Cómo empezaron esas relaciones?
—En
el jardín.
—¿Qué
dices?
—Eso.
En el jardín. Eddy apareció por allí, preguntó no sé qué. Suzy le contestó… Al
día siguiente apareció de nuevo y así. En seguida salieron juntos y en seguida
se casaron.
—Lo
cual quiere decir que Eddy iba a mi casa a saber de mí.
—¿Por
qué no sabía Eddy de ti?
—Muy
sencillo. Estuve más de un mes sin poderme comunicar con él, debido a una
expedición que hicimos durante nuestro intrincado viaje de estudios. Igualmente
fue imposible que me localizarais antes de la boda, ¿no te acuerdas?
—Sí.
—Pues
de ahí nació todo. Por eso jamás pude culpar a Suzy, pero si a Eddy.
—¿Y
ahora qué vas a hacer? ¿Le sigues queriendo?
—Sí.
Era
rotunda en su afirmación.
—Kerry,
¿qué quieres de mi? ¿Que llame a mamá y le diga…?
—No.
—Entonces…
—Puedo
irme yo.
—¿Tú?
—Sí.
Mi vida es independiente. ¿Por qué tengo que estar allí? Tú sabes que siempre
me gustó la independencia. Gano lo suficiente para vivir sola. Tengo mi vida
propia…
—Kerry,
¿estás segura de que es eso lo que deseas?
No
lo sabía.
—Eres
fuerte, Kerry. Tienes que enfrentarte con el problema… Tú sola, eso es la
verdad. No puedo culpar a Eddy de nada. Es decir, sólo de haber sido débil con
unos encantos físicos y morales como los de Suzy, y de no haberte comprendido a
ti. Eso únicamente. Pero toda su actuación está llena de humanismo, es lógica.
Se enamoró, se casó. ¿Hizo feliz a nuestra hermana? Eso es lo que no sabemos.
Ella
sí.
Pero
no pensaba decírselo a Spencer.
—Hoy
tengo mucho que corregir.
—Kerry…
Sé sincera. ¿Estás preparada para vivir bajo el mismo techo que el hombre que
amas?
Ya
se sentía más valiente.
—Sí.
Mi trabajo acapara toda mi vida. La otra la consagraré a… aprender a amar a
Marck.
—Oh…
—¿Lo
censuras?
—Lo
apruebo, siempre que —la apuntó con el dedo enhiesto— no vayas contra tus
sentimientos verdaderos.
Capítulo
VI
El
auto que estaba aparcado junto a la cochera tenía que ser el de de Eddy.
Metió
el suyo dentro y descendió.
Nadie
de los allí presentes, al verla, diría que se sentía menguada.
Entró
en la casa abriendo con su propia llave.
Oyó
voces en el saloncito.
Pensó
seguir su camino, hacia su estudio, pero con ello lo haría más que disgustar e
inquietar a sus padres.
Así
que decidió asomar la cabeza.
—Hola
—saludó.
Eddy
estaba allí.
—Kerry
—exclamó la madre—. Mira a Eddy.
—Ya
le vi esta mañana, mamá.
Mamá
miró aturdida a Eddy y éste esbozó una sonrisa aturdida.
—Se
me olvidó decíroslo… Fui al colegio donde da clases Kerry. Deseaba saber lo que
ella… pensaba de mi intención de vivir con vosotros, mientras no encontrara
servicio que se ocupara de las gemelas.
Mamá
dijo a lo simple:
—Ah.
Papá
dijo no menos simple:
—Eso
está bien. Kerry es como una autoridad en la casa.
Kerry
sentía cansancio.
—Os
dejo —dijo sin moverse del umbral, mostrando su portafolios—. Tengo un montón
de cuadernos que corregir y en el colegio no tuve tiempo —miró a Eddy como si
mirara a sus padres—. Bienvenido a casa, Eddy.
Mamá
dijo toda satisfecha:
—Eddy
va mañana a recoger a las gemelas.
—Mejor.
—Nosotros
—dijo papá, el inocente papá— le estábamos diciendo a Eddy que como es sábado,
tal vez pudieras acompañarle tú.
Eso
no.
Pero
sonrió con una sonrisa dulcísima:
—Cuánto
lo siento, mamá, pero tengo una cita con Marck. No puedo dejarla.
—Oh,
qué pena —dijo mamá.
Eddy
se apresuró a decir aturdido:
—No
importa, Kerry. Ya me las arreglaré.
—Que
tengas feliz viaje, Eddy.
—¿Es
que no bajas a comer? —preguntó mamá aturdida.
—Claro.
Pensé que Eddy se iba ahora…
—Se
queda.
—Entonces
voy a trabajar un rato y luego vuelvo. Si llama Marck, pásame la comunicación,
mamá.
—Desde
luego.
Se
fue al fin.
Eddy
tenía una pregunta ardiendo en la boca.
¿Quién
era Marck?
—Está
muy ocupada siempre —decía mamá.
Papá
corroboró:
—Tantas
clases. Y ahora dice que se presenta a oposiciones de cátedra. Cuánto mejor
sería que se casara.
Eddy
seguía sintiendo ardor en la lengua.
Y lo
soltó.
—¿Tiene…
novio?
¿Qué
le importaba a él?
Pero
le importaba.
—No
sabemos —decía mamá, interrumpiendo sus pensamientos—. Nunca se sabe lo que
piensa en realidad. Trabaja mucho, eso sí. Pero nosotros hubiéramos querido que
se casara.
Sonaba
el teléfono.
Mamá
se levantó.
—Diga.
Ah, sí, Marck, eres tú… ahora mismo te pongo con ella. Está en su estudio.
¿Cómo es que no la sacas más, Marck?
—Te
paso la comunicación. Está bien, Marck. Es así. ¿Qué quieres? Ya me imagino que
la estarías esperando, pero como siempre tiene que hacer. Adiós, Marck.
Pasó
la palanca y se volvió hacia Eddy que la miraba de una forma muy rara, si bien
Nat no vio nada raro en aquella mirada.
—Ahora
—decía mamá, volviendo a su sillón—, estarán hablando una hora o dos.
—¿Lo
hacen con… frecuencia?
La
voz de Eddy era algo ronca.
Pero
conocía a sus suegros.
Nunca
se enteraban de nada.
Claro
que con Suzy habla una diferencia.
Nada
más casarse supo lo que le ocurría.
Lo
muy enamorado que estaba de aquella chica que… ¿le achicaba?
Sin
duda lo acomplejaba, Kerry.
En
aquella época, sí.
—Claro
—decía papá—. Son muy amigos. Tal vez novios, tal vez prometidos y un día
cualquiera hagan como tú y Suzy, digan que se casan y lo hagan.
—¿Tan…
avanzadas son las relaciones?
—No
sabemos —dijeron a una.
El
no podía quedarse allí. No se quedaría a comer con ellos.
Y,
por supuesto, si Kerry se casaba… él no llevaría allí a sus hijas ni iría a
vivir con sus suegros.
Nunca
deseó la muerte de Suzy.
¡Oh,
eso no! Él era honrado.
Lo
fue incluso para enamorarse de Suzy o creer que se enamoraba.
Fue
un deslumbramiento.
Pero
nunca deseó su muerte.
Fue
amable, correcto, considerado, todo lo que puede ser un marido honesto.
Pero
no la amaba.
Y
una vez nacieran las niñas, lo pensaba siempre, le diría a Suzy que…
No.
Sabía que nunca podría decírselo.
En
realidad llegó a tener pena de Suzy.
¿Que
él pensaba en Kerry?
Sí.
Pero
el asunto era suyo.
Pero
Suzy falleció y él sintió pena y remordimiento.
¡Un
año ya!
Un
año como viviendo en el infierno.
Por
eso pidió el traslado.
Pero
si había un Marck en la vida de Kerry… él volvería a pedir el traslado a Nueva
York, con lo cual la empresa, de la cual era un jefe, le llamaría loco.
Pero
todo antes que vivir en el infierno de verla con otro.
—Pienso
que debo ir a mi apartamento —dijo de súbito—. No sé cómo anda aquello.
Los
suegros se pusieron como energúmenos.
—¿Irte
ahora? Oh, no, contamos contigo para comer. Te quedas.
El
suegro decía, invitándolo, feliz de tenerlo en casa:
—¿Quieres
un whisky? ¿O mejor coñac…?
—No,
no.
—Pero
te quedas —decía la madre de Kerry—. Vaya si te quedas. Mañana iré yo contigo a
Nueva York a buscar a las gemelas. Verás qué bien se ponen aquí. Al aire libre…
No
la oía.
Tenía
que saber si ellos seguían hablando.
—Llamaré
por teléfono al portero —dijo.
Y se
puso en pie.
—No
—dijo mamá—. No lo hagas porque seguro que Kerry y Marck están aún hablando.
Quedó
sentado.
Como
si lo clavaran en la butaca.
—Entonces
voy a cerrar mi coche —dijo, incapaz de quedarse sentado.
A
eso no se opusieron.
Necesitaba
cruzar el vestíbulo y mirar hacia la escalera que conducía al estudio de Kerry
y saber si podía oír su voz, si aún hablaba con aquel Marck…
Pero
no pudo oír nada.
Allí,
en lo alto de la escalera, la puerta estaba cerrada.
El
teléfono allí, colgado de la pared del pasillo. Podía hacerse el tonto,
levantar el auricular, no podría oír la conversación porque la palanca estaba
pasada, pero al menos si podría saber si aún estaban hablando. Con pasarla…
Levantó
la mano, pero la dejó en el aire como dudoso.
¿Quién
era él para inmiscuirse en aquella vida?
¿Qué
fue lo que él hizo de sus relaciones con Kerry?
Nada.
Ir a
preguntar por ella, saber si en su casa conocían su paradero… Lo demás surgió
solo. Suzy con su dulzura, su admiración hacia el hombre que la miraba…
Nunca
jamás le preguntó por Kerry. Fue allí a eso, pero jamás supo Suzy que él fue
novio de Kerry.
Por
eso, cuando Suzy le hablaba de su hermana intelectual, de lo lista que era, de
lo mucho que sabía, se ponía crispado.
«No
fui honrado —se decía mil veces—. No fui nada honrado.»
Se
dirigió al jardín, cerró el auto y al rato, paso a paso, volvió a la casa.
No
sabía si deseaba huir cuanto antes.
Entró
en la casa y avanzó hacia el living, donde los padres de Kerry seguían aún
charlando.
—¿Has
podido hablar con el portero? —le preguntó el suegro.
—No
lo intenté… Tuve miedo de cortar la comunicación de Kerry.
Mamá
se movió por allí.
Ponía
la mesa en el comedor contiguo.
El
living y el comedor estaban como unidos, sólo separados por una puerta
corredera.
En
aquel instante, Nat la tenía abierta e iba de un lado a otro.
—Tengo
un pollo asado y de primero unas verduras hervidas riquísimas. Es que Kerry no
come demasiado, ¿sabes?, y prefiere cosas que no engordan.
—Pues
está flaca —decía papá—. Siempre metida en esos líos literarios…
Así
la conoció él.
—Aún
estará hablando con Marck… —decía mamá, sin dejar de poner la mesa—. No sé qué
hace que no se casa. Además Marck merece la pena.
—¿Es…
un buen partido? —preguntó Eddy a media voz, como si le interesara la respuesta
y, a la vez, no le interesaba en absoluto.
—Superior
—dijo el padre—. Imagínate, es arquitecto y catedrático de la escuela de
arquitectos. ¡Casi nada! Además le lleva unos cuantos años y eso es importante
para Kerry. Lo es porque Kerry, aun teniendo pocos años, es demasiado madura.
—Spencer
lo dice siempre…
Es
cierto.
No
habla visto a Spencer.
—Llamaré
a Kerry —dijo mamá.
Y
papá se apresuró a decir:
—Déjala,
aún estará hablando con su prometido.
—Voy
a ver.
—¿Vas
a su estudio?
—No
lo necesito. Paso la comunicación, les pregunto si van a dejar de hablar y si
no lo dejan para mañana.
—Aguarda
un poco —recomendó papá—. Ya sabes cómo es Kerry. No le gustan que se metan en
sus cosas.
Papá
insistió:
—Toma
algo, Eddy.
Eddy
fue él mismo hacia el bar y sacó un vaso y una botella.
—No
bebo mucho —dijo, y le faltó por añadir: «Pero en este instante lo necesito»—.
Debido a mi trabajo no me queda apenas tiempo disponible ni para beber ni para
divertirme.
—La
mesa ya está dispuesta y la comida también —entró diciendo Nat—. Aguardaré
cinco minutos, si al cabo de ellos, Kerry no dejó de hablar, se lo diré desde
el teléfono del pasillo.
—Déjala,
mujer. A lo mejor un día de éstos nos sale dando el alegrón de que se casa con
Marck.
Eddy
apuró el contenido del vaso.
Tenía
que hablar con Kerry.
Capítulo
VII
No
sabía cuándo ni en qué instante, ni qué día, pero tenía que hablar con ella.
No
podría soportar por más tiempo aquella incertidumbre.
—Vamos,
Marck, tengo mucho que hacer y además me están esperando para comer. Está aquí
mi cuñado Eddy.
—¿El
viudo?
—Se
queda a vivir con nosotros. Ya sabes… tiene dos gemelitas.
—Vaya
responsabilidad que os cae encima. ¿No te asusta? —y reía. Aquella risa de
Marck provocadora y algo irónica—. Te veo haciendo de niñera.
—Igual
harías tú por unos sobrinos…
—Si
estaba soltero tal vez. Pero prefiero tener mi propia vida. La vida de mi
hermano y mi cuñada, si los tuviera, no la habría vivido yo, sino ellos.
¿Entiendes la diferencia?
—Por
supuesto. Pero tú eres un egoísta.
Marck
volvía a reír.
—Eso
lo supones tú. Dime, dejemos a un lado el asunto de tu cuñado viudo. ¿Qué ha
sido de ti esta tarde? Te estuve esperando donde siempre y tú no eres de las
que dan plantón.
Cierto.
Siempre
que se citaban acudía a la cita.
—Kerry…
—Sí,
dime, Marck.
—Hoy
estás rara.
Estaba
crispada.
¡Eso
era lo que estaba!
—Te
lo parece a ti.
—Dejémoslo
así. Pero tú sabes que te conozco hasta respirando… Sé cómo respiras.
Lo
creía Marck.
—Mañana
nos veremos, Marck.
Eso
quisiera. Ver a Marck, aferrarse a él, amarlo.
Casarse
con él.
Tener
hijos suyos.
—¿A
qué hora?
—A
la de siempre. Dejo el colegio a las cinco. Te espero en la cafetería.
—No
me falles. Tú sabes…
—Sí,
Marck.
—Nunca
me dejas hablar.
Pensó
que aquella noche podía dejarle.
Se
lo habla prometido a Spencer: «Trataré de amar a Marck.»
Como
si el amor naciera así, porque uno deseaba que naciera.
El
amor no nacía.
Vivía
con una.
Era
absurdo lo que le pasaba a ella.
—Kerry…
me siento solo en este piso enorme que me mengua por ser demasiado grande para
mí.
—Calla,
anda.
—¿Cuándo
vendrás a consolarme? ¿Cuándo te decidirás a casarte conmigo?
Era
la pregunta de siempre.
Si
no existiese Eddy.
Pero
ella era así. Le dolía ser así.
Pero
no podía evitarlo.
—Mañana
hablamos, Marck.
—¿Me
das tu palabra de que me dejarás hablarte?
—Sí.
—Te
convenceré. Si me dejas demostrarte lo mucho que te amo y te necesito…
—Te
lo permitiré, Marck.
Si,
se lo permitiría.
—Hasta
mañana, pues. En el sitio de siempre, Kerry.
—Sí.
Colgó.
Debió
de oírse abajo el chasquido al colgar, porque, inmediatamente, oyó la voz de su
madre:
—¿Bajas,
Kerry?
Era
inevitable.
O
bajaba o haría comprender a Eddy que su presencia en casa de sus padres le
molestaba y sólo podía existir un motivo para tal desaprobación.
—En
seguida, mamá —gritó.
Y
dejó los libros abiertos sobre su mesa de despacho.
Había
que enfrentarse con la realidad y habla, a la vez, que comportarse con la
soltura de siempre. Reconcentrada en parte si se quiere, pero auténtica en ella
y dando a su semblante una indiferencia que no existía.
Capítulo
VIII
Eddy
era hombre que después de reconocer sus errores, intentaba por todos los medios
subsanarlos.
La
forma de subsanar esos errores, cualesquiera que fueran aquéllos, lo hacía Eddy
de inmediato. Tal vez impulsivamente y sin reflexionarlo mucho.
Sobre
todo cuando algo le interesaba y si bien su buen sentido le indicaba y
aconsejaba prudencia, no le escuchaba, puesto que en ello, en la forma de
arreglar el asunto, le iba todo.
Por
eso comió con ellos y por eso evitó dirigirse a Kerry directamente cuantas
veces le fue posible, pero cuando decidió despedirse y eran ya las doce de la
noche, con la mayor naturalidad dijo, mirando a la muchacha:
—Con
ese jardín tan pequeño que tenéis, no sé si podré dar la vuelta al auto. Por
favor, ¿podrías indicarme, Kerry?
No
contestó Kerry.
Se
levantó, si, pero fue su madre quien contestó por ella:
—No
faltaba más, Eddy. No te olvides de venir mañana a buscarme a las nueve en
punto. Iré contigo a Nueva York a buscar a las niñas.
—Gracias,
Nat. No sabes cuánto agradezco tu hospitalidad. Buenas noches, Frank.
—Buenas
noches, hijo.
Kerry
iba delante. Pero Eddy, ya en el porche, emparejó con ella.
No
se anduvo con rodeos. Sin duda había calado en el pensamiento de Kerry. No como
Kerry temía, pero en cierto modo, estaba, estaba casi rozando la realidad.
—No
quieres que venga a esta casa con mis hijas.
Aparentemente,
Kerry no se inmutó.
Pensó,
sí.
Pensó
en las veces que adoró a Eddy, en los besos que se dieron. ¡Los primeros besos!
¿Qué sabia ella de amores antes de conocer a Eddy?
Nada.
¿Cómo
pudo Eddy olvidarla?
Se
volvió despacio.
—Me
hice egoísta —dijo riendo como si tal cosa—. Comprende, Eddy.
—Nunca
fuiste egoísta.
¿Cómo
podía decir eso?
¿Qué
sabia de ella?
Pensó
que sabía mucho, pero al casarse con Suzy demostró no conocerla nada.
Discutieron
muchas veces. Casi los tres meses de relaciones, pero sus discusiones eran,
además de lógicas, difíciles y entretenidas, de tal modo, que cada vez que
discutían sus puntos de vista no siempre afines se conocían un poco más.
—Al
hacerme egoísta, al vivir para mi carrera —adujo sin que Eddy interrumpiera sus
pensamientos—, comprende la situación. Amo a las hijas de Suzy, qué duda cabe,
pero… también amo mi tranquilidad. ¿Comprendes la diferencia?
—O
sea, que si tuvieras valor, les pedirías a tus padres que no me admitieran en
tu casa.
—En
casa de ellos, Eddy, no confundas. Yo ando intentando presentarme a cátedra y
si la consigo, y creo poder lograrlo, me iré de casa. No por querer menos a mis
padres, porque amarlos más, me es imposible, pero es que mi vida no guarda
relación moral alguna con la de ellos. Y cerca o lejos estaré siempre a su
lado, y ellos, aunque chapados a la antigua, terminarán por comprenderlo.
—Eso
por mi…
Le
miró bajo la luz rojiza.
—Escucha,
Eddy, por el amor de Dios no saques trapos sucios a relucir. Estoy muy por
encima de mis diecinueve o veinte años. Entonces no tenía idea de nada, o de
casi nada, hoy la tengo de todo. O de casi todo, y esto es importante para que
tú valores un pasado, adaptándolo a un presente totalmente opuesto al otro.
¿Entiendes eso?
Eddy
lo entendía y le dolía.
O
creía entenderlo y por esa razón le dolía.
—O
sea, que mi presencia en tu casa… te importa muy poco.
—No,
has entendido mal —llegaban junto al «Jaguar» de Eddy—. Me importa en cuanto a
mi tranquilidad intelectual, no digo ni la moral ni la física, que la supero. Y
tampoco lo digo por ti. Lo digo por tus hijas. Tienen un año, entiende eso.
—Lo
cual quiere decir que no debo volver aquí.
—Lo
cual, digo yo, daría un disgusto grande a mis padres, por lo que prefiero
sentirme inquieta con dos niñas pequeñas, a que ellos sufran. ¿Entiendes ahora
el contraste?
—Mi
persona a ti… —y esto lo recalcó— no te dice nada.
—Pero,
Eddy.
—Sí,
perdona. Ya sé que tienes un novio.
Kerry
se apoyó contra el auto y se quedó mirando a Eddy como si fuera algo raro.
—Pero,
Eddy, ¿a ti qué te importa eso? Al menos a mi modo de ver, no debe importarte
en absoluto.
Le
importaba.
Y lo
dijo.
—Me
hiere.
Kerry
estuvo a punto de huir.
¿Y
si ella en su debilidad le decía lo que sentía?
Pero
fue fuerte.
Quedó
algo tensa, sí.
—Comprenderás
que lo que tú sientas y hayas sentido me importa muy poco. Aquí no se trata de
mí. Se trata de ti y tus hijas.
No
fue inmediata la reacción de Eddy.
—Yo
no estoy aquí por mis hijas ni por tus padres.
Kerry
se creció.
Pero
Eddy continuó con voz ronca:
—Estoy
por ti. He cometido un error. Lo siento. Y caro lo he pagado.
No
podía oírle.
—Tú
estás loco.
Su
expresión era un tópico absurdo y lo sabía.
Pero
era la única forma de defenderse de algo concretamente disparatado.
—No
estoy loco —dijo Eddy a media voz, pero firmemente—. Es la pura verdad.
—Eddy,
¿terminamos esta conversación?
—Me
has querido.
—Tú
lo dices —casi gritó, perdiendo un poco la serenidad, que Spencer le hubiera
censurado—. Te he querido. ¿Cuándo fue eso, Eddy?
El
padre de las gemelitas le miró con ansiedad.
—Te
vas a casar.
No
lo preguntaba.
Lo
afirmaba rotundamente.
Kerry
no mentía nunca.
Podía
ocultar la verdad, pero mentir, no.
—No
tengo novio.
Eddy
respiró mejor.
—Te
llamó esta noche.
—¿Y
bien? ¡Puedes tú impedir que lo tenga, en el supuesto de que estuvieras en lo
cierto?
—Es
que si te vas a casar —dijo con sinceridad— yo no vengo a vivir aquí con mis
hijas.
—Eddy,
¿qué debo entender?
—Lo
que es.
—Pero
es absurdo que intentes asociar un presente al futuro que se fue.
—Para
mí fue presente en el momento mismo de dejar de ser futuro.
—Pero
es que yo no soy tú.
—Mira,
lo mejor es dejar esto para otro día.
—Eso
digo yo.
Intentó
acercarse a ella.
¿Qué
iba a hacer?
¿Acaso
besarla como entonces?
Era
ridículo.
Pero
no se retiró.
—Estoy
aquí por ti —dijo y su voz sonaba ronca y firme—. ¿Lo entiendes bien? Mientras
no te cases viviré bajo el mismo techo. No sé quién ganará de los dos. Pero sin
duda uno de los dos tiene que ganar.
—Ganar,
¿qué?
—La
batalla. No puedo concebir que me hayas olvidado.
Kerry
sintió indignación.
Pero,
en contraste, se calmó por completo.
—O
sea, que pretendes volver al pasado sólo porque tu mujer, que era mi hermana,
ha muerto.
—Hubiera
vuelto igual.
—Es
lo que más me hiere. No que me declares tu amor, sino que me hables así,
sabiendo que tu mujer, la que tú elegiste entre las dos, era mi hermana.
—Era
un ser humano, mujer. Sólo eso. Para mí sólo lo veo así.
—Porque
eres un egoísta.
—Nunca
lo he negado.
—Lo
siento —cortó y tenía como ganas de llorar por la verdad que tanto dolía, si
pensaba como hermana de Suzy y en aquel instante, tenía que pensar—. Pero esto
termina aquí. Ven a casa de mis padres. De momento ni por ti, ni por nadie los
disgusto. Me refiero a mis padres. Pero si tus hijas me molestan a mí y tú
sigues así, tendré que darles el mayor disgusto de su vida buscando un
apartamento para mi sola.
—Haz
lo que gustes, pero yo tenía que decirte el error que he cometido. Y te lo he
dicho. Lo cual quiere decir que me quedo más tranquilo.
Subió
a su auto.
—Lo
que más me duele es ese error del que me hablas, si es que he de asociarlo a mi
hermana.
—De
ése te hablo.
Y
puso el auto en marcha sin que ella pudiera dar su opinión. Pero mejor, porque
lo que ella deseaba, era no dar opinión alguna.
Capítulo
IX
Spencer
la miró desolado.
—Desahoga
—dijo Spencer al tiempo de ofrecerle una silla.
Habitualmente
vestía traje seglar.
En
aquel momento regresaba de oficiar un funeral y vestía su sotana negra.
Kerry
se dejó caer, más que se sentó y quedó lasa.
—Has
tenido una conversación con Eddy.
No
preguntaba.
Afirmaba.
—Sí.
—¿Qué
quiere Eddy?
—No
lo sé.
—Yo
sí.
—¿Estuvo
a verte?
Spencer
sonrió.
—Lo
veo en tus ojos.
—No
lo soporto.
Fue
como un grito.
Spencer
la asió del codo.
La
mantuvo sentada y luego su voz la tranquilizó.
—Frena
tu ímpetu.
—Te
digo…
—Y
yo te digo a ti que todo eso es humano. Contrario a las leyes divinas, pero
humano. ¿Qué puedo aconsejarte?
El
mismo se hacía la interrogante.
Y él
mismo se la contestaba.
—No
es posible darle un consejo a una persona como tú. No es que yo te considere
una superdotada. Es que en realidad tienes capacidad suficiente para conocerte
a ti misma, a los demás y saber obrar en consecuencia de los demás y de ti. Eso
es lo grave.
—¿Grave?
—Que
sabes lo que quieres y que sabes, a la vez, lo que no debes querer. No eres
mujer débil y si lo eres te doblegas. Sabes doblegarte. Si has venido a mí a
pedirme un consejo, te lo voy a dar. Admite a Eddy en casa de nuestros padres.
Vive tu vida marginando a los demás en todo lo que humanamente te sea posible.
Y si de veras no deseas amar a Eddy, por favor, busca refugio en Marck.
Era
lo que pensaba.
Lo
que necesitaba.
Se
puso en pie.
Spencer
fue hacia ella y le tocó en el brazo.
—No
estás tranquila —dijo sin preguntar.
—No.
—Eddy
debe olvidarse de que eres mujer y de que te ha querido. Eddy no tiene derecho
a perturbar tu vida. Que viva en casa de los padres, me parece lógico, pero me
parece ilógico que pretenda destruir tu bien ganada tranquilidad.
—Eso
es lo que yo pienso.
Spencer
lo pensó en aquel mismo instante.
Iría
a ver a Eddy.
Le
diría…
No
sabía lo que iba a decirle, pero nada de particular tendría, al menos para
Eddy, que él se dejara caer por su apartamento.
No
se lo dijo a Kerry, pero en la forma de mirarla y de tocarle en el hombro, tal
parecía decirle: «Márchate tranquila que yo arreglo esto.»
—Gracias,
Spencer.
Y la
pura verdad es que no sabía por qué se las daba.
Spencer
le dio un beso en la frente y la acompañó hasta el porche.
Ahí
fue cuando vio a Marck.
Hasta
se había olvidado que se citó con él aquella misma mañana por teléfono desde su
colegio.
Necesitaba
la compañía de Marck.
Spencer
apretó la mano de Marck y le sonrió.
—Idos
a divertiros —les aconsejó sonriente—. Procura que esta muchacha tan
trabajadora se olvide un poco de sus deberes, Marck. Necesita distraerse. Yo
creo que se preocupa demasiado de los demás.
—Es
tu lema —dijo Marck, al tiempo de asir el brazo femenino.
Spencer
hizo un gesto vago.
—Por
mi profesión y por mi deber espiritual estoy obligado a ello. Pero vosotros dos
sois distintos o debéis serlo, porque de no ser así, estaríais consagrados a la
vida de los otros como tengo el deber de estar yo.
—Eres
demasiado honesto —dijo Marck—. Y demasiado indulgente para los demás.
Spencer
no dijo nada.
Sonrió
tan sólo y cuando los vio subir al auto, en voz baja, pidió tranquilidad
espiritual para su hermana, de la cual, le constaba, carecía en absoluto.
Iban
silenciosos en el interior del auto.
Conducía
Marck.
Kerry
pensaba que junto a Marck, una podía cerrar los ojos, vaciar el cerebro, apoyar
la cabeza en su hombro y dejarse ir tranquila, sosegadamente, por ese camino
difícil y angosto que es la vida.
—¿Adónde
te llevo? ¿Adónde vamos?
La
voz de Marck era acariciante.
—No
lo sé.
La
miró un segundo sin abandonar la dirección del auto.
—Estás…
triste.
Estaba
deshecha.
Habla
salido de casa muy de mañana en dirección a sus distintos colegios, donde
trabajaba.
Posiblemente,
al regresar a casa aquella noche, encontrara a su madre de regreso con Eddy y
las dos gemelas.
¿Iban
las gemelas a dominarla?
¿Iba
Eddy a convencerla?
—Mamá
fue a Nueva York con mi cuñado.
Marck
casi no tenía idea de la existencia de aquel cuñado.
—¿Qué
cuñado?
—El
marido de la difunta Suzy.
—Ah.
Me hablaste alguna vez de tu hermana muerta. No sabía ni que habla dejado dos
niñas.
—De
un año.
—Mal
asunto.
—¿Mal?
—Para
el padre —rió tranquilizador—. Un hombre joven, porque supongo que lo será,
debe casarse de nuevo.
Le
hirió aquella afirmación de Marck.
—¿Por
qué casarse? ¿Y las niñas?
—Tendrán
madre, ¿no?
—Casándose
Eddy, tendrán una madrastra, que es distinto.
—Llámale
como gustes. Pero solo y dependiendo de unos suegros y una cuñada como tú, que
está tan ocupada…
Tenía
razón.
Eddy
debía casarse.
Pero
le dolía. El solo pensamiento de que Eddy se casara le hería en lo más vivo.
Por
eso sacudió la cabeza y dijo por toda respuesta:
—Llévame
hasta la periferia de la ciudad. Tengo ganas de tomar aire puro.
Marck
puso el auto en aquella dirección.
Una
de sus manos se deslizó del volante y apretó los dedos femeninos.
—Están
fríos —dijo.
Y
los llevó a sus labios.
Los
besó uno a uno y después, sin que Kerry dijera nada, ni hiciera nada por
rescatarlos porque le era consolador aquel cariño de Marck, siguió con la mano
femenina en la suya.
Fue
después, al llegar a lo alto y aun sin descender del auto, cuando la apretó
contra sí.
Kerry
sintió que necesitaba el estímulo de Marck.
Aquella
ternura suya.
Aquellos
besos que estampaba en su boca.
Eran
necesarios.
Quisiera
corresponder, aferrarse a Marck, poder casarse con él y olvidarlo todo.
Por
eso besó a su vez.
Marck
dejó de besarla en la boca y le asió el mentón con los dedos.
—Estás
rara, Kerry. Tal se diría que… intentas por todos los medios huir de algo.
Era
cierto.
Echó
la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.
—Marck
—dijo de súbito—. ¿Qué es el amor?
—Cariño.
—¿Sólo
eso?
—Deseo.
—Dime
algo más.
—Ansiedad,
firmeza, fuerza, amargura, felicidad…
Tenía
razón.
Todo,
todo lo que ella sentía, pero no por Marck…
—Demos
un paseo —dijo Kerry, queriendo evadir todo aquello.
Durante
el resto de la tarde, Marck intentó entrar en ella. Conocerla mejor. Desvanecer
su apatía, pero no le fue posible.
Capítulo
X
Nada
más aparcar el auto, vio el de Eddy detenido a pocos metros de la cochera y
sintió barullo en su casa.
¡Su
casa siempre silenciosa!
¡Las
hijas de Suzy!
Suzy
era incapaz de hacer una mala acción.
Mamá
decía, seguramente a su yerno:
—Son
casi iguales. No sé cuál es Suzy ni cuál es Sheila.
Fue
cuando entró ella.
Todos
la miraron a la vez, hasta las dos niñas que gateaban por la moqueta rosada.
—Buenas
noches —saludó con voz hueca.
—Mira,
mira —decía papá—. ¿No son una monería?
Lo
eran.
Habla
que reconocerlo.
—Son
mis hijas, Kerry —dijo Eddy.
Y su
voz no era tan firme.
Papá
dijo:
—Niñas,
Suzy, Sheila, ésta es la tía Kerry.
—Mamá
—dijo una de las niñas—, mamá…
Y
gateó hacia ella.
La
otra, Sheila, debía de imitar a su hermanita en todo, porque también gateó
diciendo a media voz:
—Mamá,
mamá…
Eddy
enrojeció bajo la mirada interrogante, dura, de Kerry.
—Es
que como mi hermana tiene siete hijos y le llaman todos mamá como es natural…
ellas se habituaron.
—No
me gusta que me llamen así —dijo con dureza y le pesó en seguida—. Yo no tengo
hijos…
Las
niñas no le entendían.
Seguían
subiendo por sus piernas.
Mamá
parecía desolada.
Papá
decía:
—Mujer,
que son dos monerías.
Lo
veía.
Las
separó como pudo y mostró sus libros.
—Tengo
mucho que hacer.
Eddy
recogió a sus hijas, las sentó a las dos a la vez en sendos sillones y después
se le quedó mirando sin decir palabra.
Pero
si oyó a su suegra decirle a Kerry, cuando ya ésta iba por el pasillo:
—Sé
considerada, Kerry. Ya sabemos todo lo ocupada que estás, pero… son tus
sobrinas. Las hijas de Suzy y yo las voy a adorar.
Pero
también eran hijas de Eddy.
Y
debieron de ser hijas suyas. ¡Suyas! No de Suzy.
—Lo
siento, mamá. Después las veré de nuevo.
Se
refugió en su estudio.
Intentó
trabajar.
Oyó
ruidos por la casa.
Cómo
mamá llamaba a Suzy y a Sheila. Y cómo después las llevaba a la cama.
—Decirle
buenas noches a tía Kerry —decía mamá al pasar por delante de su estudio.
Que
no entrasen.
Por
eso se levantó y fue ella hacia la puerta, antes de que las niñas entrasen.
Mamá
las llevaba en brazos y las dos niñas, inocentes criaturas, miraban a la tía
con ansiedad.
—Mamá
—dijeron a una.
Lo
que faltaba.
—No
es mamá —dijo la abuela—. Es tía Kerry.
—Mamá
—repitieron ellas.
Kerry
lo dudó, pero después, inesperadamente les dio un beso a cada una y dijo:
—Que
durmáis bien.
—Como
Eddy duerme en el cuarto de Suzy —le explicaba mamá ilusionada—, yo me llevo a
las niñas al mío.
—¿Al
tuyo?
—Pues
claro.
—¿Y
papá qué dice?
—Mujer,
papá está como loco.
—Pero
dos niñas en su cuarto…
—El
mismo ha salido esta tarde a comprar dos camitas pequeñas y las ha colocado en
una esquina de nuestro cuarto. Estarán allí divinamente.
—Allá
tú, mamá y tu comodidad.
Mamá
se escandalizó.
—¿Cómo
puedes decir eso? ¿Te imaginas que en vez de ser hijas de Suzy fueran tuyas? Yo
no podría abandonarlas.
—Tienen
un padre, ¿no? Que se ocupe de ellas.
—Eddy
es un inútil en cuanto a cuidar niños. No sé cómo no lo comprendes así.
Lo
comprendía.
Y
más.
Pero
aquella intromisión le parecía casi monstruosa.
Tan
pronto saliera al día siguiente, buscaría un apartamento para ella. Iba a
costar convencer a sus padres, pero lo haría.
Y
aquella misma noche le diría a Eddy… Le diría.
Se
metió en su estudio y se fue directamente a la turca donde se dejó caer como si
la desmayaran.
Todo
abandonado.
Ansias
de cátedra, cuadernos de sus alumnas, Marck.
Todo,
menos aquella obsesión de ver a Eddy y decirle que se fuese de casa con sus dos
gemelas.
Pero
no fue preciso salir. Tan pronto abrió los ojos, al segundo de haberlos
cerrado, vio a Eddy en el umbral.
—No
quiero intromisiones en mi vida. Si es que vas a vivir aquí, ignórame.
Se
levantó de un salto.
—Ya
sé lo mucho que te molestan —dijo sin referirse a nada concreto.
Pero
los dos sabían lo que quería decir.
—Te
advierto que éste es mi refugio y el hecho de que vivas en mi casa no te da
derecho alguno a que entres aquí como si fuera una sala.
—Perdona.
Era
lo peor.
Su humildad.
Su
falta total de ira.
—Tenía
que hablarte, Kerry.
—No
tenemos nada que decirnos.
Eddy
cerró y avanzó despacio.
—Siento
que mis hijas te molesten tanto. Tan pronto encuentre servicio me iré.
—No
será preciso. Mamá está encantada. Allá ella. Yo seré la que me iré.
—Eso
nunca me lo perdonarán tus padres.
—Todo
depende en la forma en que se haga.
Podía
suponerse que seguiría hablando de ello.
Pero,
no.
La
voz de Eddy era ronca.
Su
pregunta desconcertó tanto a Kerry que, de momento, no supo qué responder.
—¿Has
salido con él?
Así.
Desconcertándola.
—¿Con…
él?
—Con
ese Marck…
—Pero…
¿cómo te atreves?
—Es
verdad. No debiera. Sé que no debiera. Sé que no tengo ningún derecho. Sé que
para ti fui un pasatiempo…
¿Cómo
se atrevía?
El pasatiempo
fue ella para él.
Respiró
profundamente.
—Eddy,
te ruego que no te inmiscuyas en mi vida. Al menos, si es que sigues
haciéndolo, tendré que tomar una medida drástica y no quisiera.
—¿Como
cuál?
—Casarme
y dejar todo esto. Pero no me interesa casarme aún. Soy una mujer independiente
y todo lo que sea atadura me molesta. Ya lo sabes. No quiero intromisiones en
mi vida. Si es que vas a vivir aquí, ignórame.
—Me
pides eso —sin preguntar.
—Te
pido lo lógico, lo razonable.
Eddy
avanzó unos pasos.
¿Qué
iba a hacer?
¿Besarla
como aquellos días?
No
podría.
No
iba a resistirlo ella.
Por
eso retrocedió a su vez y se pegó a la pared.
—Eddy…
es odioso que estés aquí… ¡Odioso!
Eddy
seguía avanzando.
Tenía
la expresión de entonces.
¡Muy
distinto!
—Eddy…
te digo…
Pero
Eddy hacía algo.
Algo
para ella insólito.
Capítulo
XI
Sin
dejar de mirar a Kerry a los ojos, sus dedos asieron la mano femenina que caía
a lo largo del cuerpo.
La
apretó fuerte.
Como
si fuese a destruirla.
Pero,
no.
Era
una caricia.
Kerry
sintió, como años antes, que su cuerpo iba a descomponerse.
Que
todo le daba vueltas, que no era dueña de sí.
Eddy
estaba ajeno.
Ignoraba
si era amado.
Es
más tenia la plena certidumbre de que no lo era, pero tampoco él podía
dominarse.
Habla
amado a aquella chica, y nada más casarse, supo lo mucho que la habla amado.
Mucho más de lo que él creyó nunca amarla.
La
apretó contra sí.
El
cuerpo de Kerry era una cosa.
Una
poca cosa en sus brazos.
—Eddy…
suelta. Jamás te perdonaré… ¡Jamás!
No
terminó.
Eddy
le buscaba la boca.
¡Aquellos
besos!
¡Los
primeros besos!
Los
primeros que recibió y dio a un hombre.
Contra
toda ansiedad, cerró los labios. Eddy hurgó en ellos. Mucho tiempo, hasta que
abrió los labios femeninos.
Después,
al rato, la soltó y se le quedó mirando interrogante.
—Eres…
—Perdóname.
Y
giró sobre sí.
Pero
Kerry tenía ganas de decir cosas.
Si
algo en la vida la humillaba, era parecer débil y sensiblera.
—¿Qué
te has creído?
Eddy
no se había creído nada.
—Perdóname,
te digo. Tenía que hacerlo. Tenía que saber de la forma que aún… te necesitaba.
—¿Y
qué pruebas conmigo?
—Tú
tienes bastante con tus libros y tus clases y tu cátedra.
¿Era
tonto?
¿No
se dio cuenta de que ella aceptaba aquel beso prolongado?
¿O
es que estaba haciendo Eddy su papel de víctima?
Se
metió por delante de él, cuando Eddy llegaba a la puerta.
Le
señaló con el dedo enhiesto.
Le
temblaba aquel dedo.
—Oye,
Eddy, si vuelves a entrar aquí…
Quedó
callada.
Eddy
la miraba largamente.
—He
sido un tonto —dijo.
Pero
no añadió por qué lo era.
—Hay
cosas que se viven y se añoran toda la vida y si un día vuelves a vivirlas te
producen más que placer, pena.
—Yo
no te hice daño alguno para que te casaras con otra mujer.
Eddy
se quedó como envarado.
—Te
pido perdón por todo. Ya sé que para ti no soy nada. Es lo que deseaba saber.
Lo que me duele en verdad. No puedo hablarte de lo infeliz que fui.
—¡No!
—gritó como si enloqueciera.
Contra
lo que podía suponerse, ya que se hallaba cerca de la puerta, giró sobre si y
se adentró en el estudio.
Dio
algunas vueltas, y de repente, como desmadejado, como hundido o perdido en sí
mismo, cayó sentado en el borde de la turca.
Kerry
no supo pedirle a gritos que se fuera, o rogarle humildemente que le dijera por
qué se había casado con su hermana.
Desde
la puerta cerrada, pegada la espalda a ella, sintiendo en los labios aquella
locura pasional que él le hizo experimentar, parecía una estatua.
Veía
a Eddy sentado en el borde de la cama.
Con
la cabeza baja.
Silencioso.
Como
si su mente, aun callada, pensara a borbotones en montones de cosas sucedidas…
—Eso
ocurre a veces —empezó diciendo.
Pero
guardó silencio.
Y no
dijo qué cosas sucedían.
Tampoco
Kerry se las preguntó.
Después,
al rato, Eddy siguió diciendo:
—No
tenía noticias tuyas… Ni una letra.
—Después
sí, después, cuando ya nada tenía remedio, recibí una carta donde me explicabas
la incursión que hicisteis por la selva, quedando incomunicados.
Otro
silencio.
—Fue
horrible cuando lo supe. Ya conocía mis sentimientos tan débiles por Suzy. Ella
nunca supo lo poco que la quise. Fue…, fue como un deslumbramiento. Como si el
sol te ilumina y te deja de inmediato.
Tenía
que pedirle que se callara.
Debía
pedírselo, pero su boca seguía cerrada.
Debiera
huir de ello.
Dejar
de oírlo, pero no le era posible.
—Yo
sabía donde vivías. Jamás me habías presentado a tus padres. Hasta he
comprobado después que ni siquiera sabían que tenías novio. Tu madre algo, le
hablaste alguna vez de un novio fantasma, pero luego no volviste a nombrarlo.
Yo venía aquí, y aquí, en ese jardín, conocí a Suzy.
No
soportaba que le hablara de su hermana.
Y no
por celos a ella.
Sino
porque Suzy estaba muerta y le dolía en lo más vivo que no hubiese sido
entrañablemente amada. Hubiera preferido que Eddy, hablándole del amor que
sintió por Suzy, volviera a conquistarla a ella.
Pero
así, no.
No
lo soportaba.
Por
eso se levantó de un salto.
Pero
también Eddy lo hizo y fue hacia ella como una catapulta y así se enfrentó:
—Tienes
que oírme. Después despréciame si quieres. Ya sé que lo merezco.
Tenía
que aferrarse a Marck.
Le
diría…
Si,
si, al día siguiente le diría… que se casara con ella, que la librara de aquel
suplicio.
El
suplicio de ver a Eddy, de tenerlo metido en su casa, de amar a sus hijas,
porque de seguir las cosas así, seguro que llegaría a amarlas como si fueran
suyas.
—Si
sabes que lo mereces, déjame. Vete. Mis padres van a sentirnos y nada me
dolería mis que ellos supieran que un día… nos quisimos.
—Vine
a buscar tus noticias —dijo Eddy desesperado—. Me enamoré de ella, de Suzy. Si,
si. Era más humana que tú. Más sencilla. La comprendí. La comprendí todo lo que
no comprendía en ti. Eso pensé. Me casé con ella.
Claro.
—Tuve
miedo de que volvieras —casi gritó Eddy—. ¿Entiendes? Tuve miedo. Me daba miedo
verte otra vez. Me dominabas. No lo decías, pero yo sabía que me dominabas.
Igual que me dominas ahora.
—Por
el amor de Dios…
—¿No
podemos decir todo lo que sentimos? ¿Por qué lo sentimos?
—¿No
lo dices tú mismo? Hablas en pasado. Deja el pasado. Ha muerto, Eddy. ¿No
entiendes aún?
Lo
entendía.
Y
era lo que lo desesperaba.
Por
eso alargó la mano.
Iba
a tocarla.
Iba
a apoderarse de ella de nuevo.
Pero
Kerry dio un paso atrás y giró sobre sí.
Quedó
de espaldas.
—Me
da pena pensar —dijo con amargura— que un pasado sin importancia esté causando
en los dos un trauma sin sentido.
—Para
ti… sólo es eso.
Se
volvió.
Sus
ojos vivísimos refulgían.
—Te
exijo que para ti sea igual.
Eddy
bajó la cabeza.
—Lo
siento. No puedo.
Kerry
fue hacia la puerta.
Era
su única defensiva.
Tampoco
ella podía.
—Vete,
Eddy —dijo sin ira.
Era
lo peor.
Tanto
para ella como para él.
Aquel
apaciguamiento de pronto producía un sinfín de debilidades.
—Kerry…,
no podemos olvidarlo todo…, ¿verdad?
—No
hay nada que olvidar.
—¿Has
dejado de quererme totalmente?
Así
no.
Con
aquella súplica, no.
No
lo soportaba.
Por
eso apartó los ojos de él.
—Sí
—dijo sin mirarlo y su arma más firme era no verlo—. He dejado de quererte. Tan
pronto como supe que te casabas con ella, si. Eras de mi hermana.
—Pero
mientras existió nuestro amor, fue sincero, ¿verdad?
¿Qué
decirle?
¿Que
lo seguía siendo?
—Ni
lo sé —dijo y su voz era como un vago desfallecimiento—. No lo sé. No sé si te
he querido. Tal vez no. —Y su fuerza volvió a recobrarse para añadir—: Nunca me
lo he preguntado. Tal vez no te he querido nunca. Tal vez para mí fue un
pasatiempo.
—Pero
sigues soltera —dijo Eddy de modo raro.
Entonces
le miró.
—Pero
me casaré pronto —dijo—. Eso tenlo presente.
Después
abrió la puerta y pidió a Eddy que se fuese.
Se
fue.
Dejando
su dolor.
Dejando
su recuerdo.
Como
si toda la estancia estuviera llena de él.
Procuró
salir muy temprano.
En
realidad tenía trabajo. Debía pasar por la biblioteca pública a buscar unos
datos.
Se
metió en un café.
Necesitaba
pensar.
Citar
a Marck.
Si,
si, lo citarla aquel mismo día.
Le
llamaría a su oficina tan pronto llegara al colegio. La primera clase la tenía
a las diez. ¿Qué hacer hasta entonces?
Claro,
no se había dado cuenta.
Iría
a la primera misa de Spencer.
Después
le hablaría.
Le
diría lo que pensaba hacer.
«Me
caso con Marck.»
Eso
es.
Y
todo acabarla ahí.
Ella
era una mujer honesta.
Y si
se casaba con Marck, le sería fiel hasta la muerte, le amara o no.
¿Qué
era el amor en realidad?
¿Aquella
exaltación que sentía ella por Eddy y Eddy… por ella?
Tomó
el café y salió como huyendo.
Ni
recordó los apuntes que debía tomar en la biblioteca nacional.
Necesitaba
ver a Spencer oficiar su primera misa.
Spencer
le producía una tranquilidad absoluta.
Entró
cuando el evangelio. No fue a comulgar.
No
se sentía con fuerzas.
No
estaba pura para recibir al Señor.
Sentía
el pecado.
Por
eso oyó la misa como si fuese algo que no iba con ella y cuando vio que su
hermano se retiraba a la sacristía, se fue tras él.
—Pasa,
pasa —dijo Spencer sin mirarla, entretanto se desvestía.
Se
quedó enfundado en su sotana negra.
Serio
y grave.
—¿Qué
pasa ahora?
Tenía
que decírselo.
Y lo
hizo.
—Me
voy a casar con Marck.
Pensó
que Spencer iba a saltar de gozo.
Pero,
no.
El
sacerdote giró sobre si.
Despacio,
como si no tuviera ninguna prisa. Y, por supuesto, sin sorpresa alguna.
—Kerry,
¿pretendes huir de ti misma? —dijo despacio.
Kerry
se crispó.
Era
inútil escapar a la intuición de Spencer.
—Te
digo…
El
sacerdote levantó la mano.
La
movió en el aire como expresando: «A mí no me engañas.»
En
voz alta dijo:
—A
eso yo le llamo deslealtad.
—¿Cómo?
—Deslealtad
y deshonestidad hacia ti misma.
—Spencer…
tengo que…
—¿Huir
de lo que sinceramente deseas?
—No
puedo.
—¿Huir
o decirle a Eddy que le amas?
—Las
dos cosas.
—Y
buscas a Marck como víctima.
—Te
aseguro…
—No
—le cortó.
Y su
voz era grave.
—No
debes mentirte a ti misma. La persona que empieza a mentirse a sí misma, sin
darse cuenta, termina mintiendo a todos los demás. Y eso es vivir en la
falsedad. ¿Es eso lo que deseas?
—¿Y
qué deseas tú para mí?
—Firmeza.
—¿No
soy firme?
—Eres
débil y no quieres serlo.
Se
levantó.
Apretó
una mano contra otra.
—Spencer…,
no soy capaz de casarme con Eddy.
—Por
amarlo demasiado.
—Por
el daño que me hizo.
—Eso
es rencor.
—Spencer,
¿es que tú me aconsejas que me case?
—No.
Pero yo no soy nadie para aconsejar eso. Lo que en modo alguno te puedo
aconsejar, es que te cases con un hombre que no amas. Que le hagas víctima, sin
merecerlo, de tu debilidad.
—Oh,
Spencer…
El
sacerdote dejó de ser duro.
Fue
hacia ella. Le puso una mano en el hombro.
—¿Te
sientes ahora mejor?
—Sí.
Nada
nuevo le había dicho Spencer, pero si, se sentía mejor.
—No
me casaré con Marck.
Capítulo
XII
Eso
es. Pero tampoco aceptarás el amor de… Eddy, supongo. Saltó.
Aquello
era como pincharla.
—No,
no… Mil veces no.
Se
fue.
Spencer
supo que sí, mil veces sí. «Pero hay que dar tiempo al tiempo», pensó.
Y se
quedó tranquilo consigo mismo y con su conciencia.
—Hombre,
Eddy, tú por aquí…
Era
la primera vez que lo veía después de mucho tiempo.
Pero
lo esperaba siempre.
No
sabía lo que Eddy iba a decirle, pero que Eddy terminarla yendo a su rectoral,
era seguro, y allí lo tenía.
Estrechó
su mano y después le ofreció asiento.
—Aún
no conozco a tus hijas, pero hay tanto que hacer en esta parroquia y hace poco
que me destinaron aquí.
—Lo
comprendo, Spencer.
—Sé
que son preciosas. Mamá quedó en traérmelas aquí.
—¿Qué
tal por aquí, Spencer?
—Ya
ves. Ocupándome de mis cosas y de las muchas cosas de los demás. No es nada
fácil, ¿sabes?
—Me
lo imagino. Es difícil la vida para los otros…
—¿Qué
otros?
—Todos
nosotros, cuánto más para ti que vives para esos otros.
—No
tanto. Todos los humanos somos egoístas.
—Y
dices tú eso…
—Es
un decir, pero es verdad. A veces resulta un tópico, pero como siempre casi
todos los tópicos son verdades como templos. —Le palmeó afectuoso en el
hombro—. ¿Y tú qué?
—Vegeto.
Trabajo…, vivo o creo vivir.
—Hablas
como un desilusionado.
—No
soy feliz. ¿No es suficiente para parecer lo que tú dices?
—De
sobra. Pero hay que conformarse.
—No
es tan fácil.
—Lo
sé.
No
tocaba el tema de Kerry.
El
no sabría qué decirle en el supuesto de que Eddy lo tocase.
El
podía hablar de sí mismo, pero no de las cosas de los demás.
—Spencer,
me he quedado muy solo —decía Eddy.
—Todo
el mundo está solo —sonrió el sacerdote beatíficamente—. La gente cree estar
acompañada, pero físicamente casi siempre está sola, a menos que esté
espiritualmente llena de cosas buenas.
—Yo
tengo pocas buenas, Spencer.
—Eres
un buen padre.
—¿Basta?
—Debe
bastar.
—Pero
es que a mí no me basta. No tengo vocación sacerdotal.
—Eso
es cierto.
—Tengo
vocación de hombre para formar un hogar.
—Sí.
Por
lo visto Eddy iba a enfocar el asunto Kerry.
Tenía
que desviar aquel asunto de la mente de Eddy.
Por
eso dijo:
—Eddy,
¿quieres que te enseñe mis dominios?
Y a
la vez pensó que iba contra sus deberes.
Que
él tenía el deber absoluto de escuchar a los otros.
A
todos los demás orientarlos si podía.
Pero
aquél, si bien era su deber espiritual, no lo era con respecto a Kerry.
Los
sentimientos de Kerry y de Eddy, fueran o no fueran acordes, les pertenecían
por completo, y los dos debían de solucionarlos solos, sin ayuda de nadie.
—Gracias,
Spencer —y de repente—: No quieres que hable.
Spencer
lo miró con gravedad.
—No.
—Lo
sabes.
Spencer
respiró fuerte.
—Te
enseñaré mi iglesia. Es una preciosidad.
—Spencer…
El hermano
de Kerry llevó a su cuñado consigo.
Eddy
se fue después.
Se
fue sin decirle lo que pretendía y deseaba decirle.
Spencer
respiró mejor.
Pero
se dijo a sí mismo:
«Es
por tu parte como evadir el problema, Spencer. Y todo lo cómodo en tu caso es
condenable.»
Pero
sólo supo rezar para pedir perdón y buscar en su mente una luz que le indujera
a solucionar aquel problema, que por ser ajeno, era, a la vez, tan suyo.
Cuando
Eddy llegó a casa, su suegra se lo dijo:
—He
llamado al médico. Suzy tiene calentura.
Se
sintió padre. Corrió hacia la alcoba de su hija.
Capítulo
XIII
Y su
hija no estaba allí.
Iba
tan ciego que no oía a su suegra que iba tras él.
—La
niña la llevó Kerry a su alcoba. Dijo que no podía estar con la otra. Y tiene
razón. Sheila no tiene temperatura. El médico ha dicho…
No
la oía.
Tras
entrar en la alcoba de su suegra, se quedó mirando a aquélla interrogante.
—¿No
te he dicho que la tiene Kerry en su cuarto?
—¿Kerry?
—Fue
ella la que llamó al médico. Llegó esta tarde y la niña fue corriendo hacia
ella. La tomó en brazos y notó su temperatura… Por eso se fue.
Kerry.
Kerry
haciendo de madre para sus hijas…
—Gracias
—dijo tan sólo.
Y no
sabía por qué las daba.
Ya
no fue corriendo hacia el cuarto de Kerry.
Fue despacio,
como si le pesaran los pies, como si de súbito toda su intranquilidad se
desvaneciera.
Recostó
su figura en el cuarto de Kerry cuando ésta arropaba a la niña.
—Kerry
—llamó.
La
muchacha se volvió hacia él.
Su
rostro hermético no decía nada.
Pero
él ya estaba habituado a aquella cerrada expresión femenina.
—Gracias
por ocuparte de la niña.
Y
avanzó.
Se
inclinó sobre Suzy.
—Mamá
me cuida —dijo la vocecilla estropajosa de Suzy.
¡Mamá!
No
era capaz ni lo seria nunca, de llamar a Kerry «tía Kerry».
—Estate
quietecita ahí —le recomendó el padre—. No te muevas.
Después
se incorporó y miró a Kerry.
Doblegó
su ansiedad.
Jamás
le diría nada respecto a su amor.
Ya
no más. Ella lo sabía.
No
tenia culpa alguna de haber dejado de amarlo.
Era
lo lógico.
¿Cómo
podía él pedir cosas ilógicas a la vida y a los sentimientos?
—Te
agradezco tu interés, Kerry…
—No
podía abandonarla…
—Lo
entiendo. Eres así.
Pero
no dijo cómo era. En cambio preguntó:
—¿Que
ha dicho el doctor?
—Cama.
Tiene temperatura y anginas fuertes. Dos días en cama y después se quedará
nueva.
—Y
todo cargando sobre ti.
—Es
hija de Suzy. Sólo eso.
Como
si ello lo significara todo.
—Pero
la has traído a tu cuarto y tú tienes que dormir.
—Tengo
aquí una tumbona…
—La
vas a… cuidar tú…
¿Qué
remedio le quedaba? ¿Acaso creía Eddy que ella era una desalmada?
Además
Suzy la llamaba mamá.
Eso…,
eso le molestaba.
Si,
si. Pero… pero…
Sacudió
la cabeza como si a la vez pretendiera sacudir y ahuyentar sus pensamientos.
—De
momento, si. Esta noche al menos. Después, mañana, mamá se ocupará de ella.
La
niña dormitaba.
Le
habla dado una gragea para la fiebre y según parecía iba cediendo.
—Será
mejor dejarla dormir.
—Kerry…
Kerry
iba hacia la puerta.
Pero
Eddy iba tras ella.
Los
dos pasillo abajo, Eddy decía a media voz:
—No
quiero darte la lata, ni que mis hijas sean una carga para ti. Tan pronto como
Suzy esté bien, me la llevaré a mi apartamento. Buscaré gente competente que la
cuide.
No
pudo contestar.
En
aquel momento, la madre decía desde la planta baja:
—Te
llama Marck al teléfono, Kerry. Te he pasado la comunicación.
—Perdona,
Eddy.
Se
iba.
Eddy
quedó allí como desarmado.
No
lo soportaba.
Por
mucho que se lo propusiera, no lo soportaba.
Por
eso se mordió los labios.
Porque
no podía hacer nada y porque la vela irse camino del estudio y él quedó allí
como clavado en el suelo. Hasta en ese instante se olvidaba de la enfermedad de
su hija.
Cerró
la puerta al entrar.
Respiró
profundamente.
No
quería encariñarse con las niñas, pero, quisiera o no, ya estaba encariñada.
Por
eso se olvidó de Marck.
Pensaba
dejar el portafolios en casa e irse con Marck, pero al ver a Suzy así, se
quedó.
—Dime,
Marck.
—Te
estoy esperando.
No
podía ir.
Dejar
a Suzy enferma, no.
Su
madre entendía de muchas cosas, pero de la enfermedad de una niña de un año,
no. Ya no.
Poco
entendía ella, pero al menos sabía evitar que la enfermedad incipiente se
convirtiera en un problema auténtico.
—Lo
siento, Marck.
—¿Qué
te pasa, Kerry?
¿Qué
le pasaba?
¡Tantas
cosas!
O
tal vez… ¿Ninguna?
—Está
Suzy enferma.
—¿Suzy?
—Mi sobrina.
—Pero,
Kerry, ¿es que te vas a convertir en una niñera?
—Comprende.
—Claro
que comprendo.
—Por
favor, Marck.
—Oye,
Kerry, esto se acaba. O adelante, o se para, ¿no? Yo no puedo jugar al
escondite.
Se
hacía cargo.
Pero
tampoco ella podía abandonar a Suzy.
Ni
mamá, ni papá, ni Eddy, sabían nada de niños.
Ella
no era madre, pero… era mujer y joven y, por lo visto, aun sin desearlo, tenía
espíritu maternal.
—Kerry,
¿no me oyes?
—Si,
Marck.
—Y
por lo visto no vienes.
—No
puedo.
—Además
eres escueta.
—Tengo
que cuidar a la niña.
Marck
estaba irritado.
—Pues
cásate con el padre y acabas antes —le gritó.
Después
sintió un chasquido.
Quedó
tensa.
Envarada.
Tenía
razón Marck.
La
tenía en cuanto a considerarla una niñera.
No
era una niñera.
Era
un ser humano sensible para otro ser humano también sensible.
Pero…
¿Casarse
con el padre de la niña?
¿Estaba
tonto Marck?
Sintió
que alguien andaba en la puerta.
Se
volvió furiosa.
No
sabía por qué lo estaba.
Si
por la enfermedad de Suzy, por tener que dejar a Marck solo o por lo que le
dijo Marck.
Que
nadie le preguntara las causas, pero era bien cierto que estaba al cabo de sus
fuerzas.
Era
Eddy el que la miraba desde el umbral.
Un
Eddy desgarrado.
Un
Eddy humilde.
—Lo
siento, Kerry.
Kerry
se creció.
No
soportaba que Eddy entrara en sus inquietudes.
—¿Qué
es lo que sientes?
—Que
tengas que ocuparte de Suzy.
—Nadie
me obliga, ¿no? —dijo desabrida—. Pero es mi deber. No soy una desnaturalizada.
—Ya
sé cómo eres.
¡Qué
iba a saber!
Ni
lo supo antes, ni lo supo después, ni lo sabría nunca.
Pero
no pensaba discutírselo.
Sin
responder recogió los libros y pasó delante de él precisamente.
Pero
Eddy la asió por el codo.
—Kerry.
La
joven le miró.
Era
más baja.
Poco
más.
Lo
bastante para levantar apenas los ojos.
—¿Sueltas
o me suelto yo?
—Perdona.
Te daré poco la lata. Ni mis hijas ni yo.
—Mejor.
No sabes cuánto te lo voy a agradecer.
—No
eres así.
—¿Y
a ti qué te importa cómo soy yo?
—Tal
parece —dijo Eddy con pesar— que nunca me has perdonado que me haya casado con
tu hermana.
Era
eso.
Sí,
¿qué pasaba?
¿Podía
alguien evitarlo?
Pero
no le daba la gana de que él lo considerara así.
Se
despidió y dijo con voz helada:
—Eres
un vanidoso absurdo.
Capítulo
XIV
Fue
media hora después, cuando estaba sentada a la cabecera de Suzy, estudiando,
que apareció Eddy.
Ya
no tenía aspecto soberbio.
Más
bien humilde.
Era
peor.
Prefería
verlo vanidoso, soberbio, creído, que… así.
—Kerry.
—Silencio.
Suzy duerme.
—¿Puedes
salir un momento?
—Sí.
Un momento, Eddy.
Tenía
que hacerlo.
De
lo contrario Eddy creería… la verdad. Que le temía. Que temía su humildad, su
humanidad, su… atracción.
Pasó
por delante de él y Eddy cerró la puerta.
Quedaron
los dos en el pasillo, de pie, erguidos, sin desafiarse.
—¿Qué
pasa, Eddy?
—Perdona
lo que te dije antes.
—¿Me
has sacado de ahí para… para decirme eso?
—No.
Acabo de recibir una llamada telefónica de mi sociedad térmica. Tengo que salir
de viaje…
—Sal.
—¿Y
mis hijas?
—¿Acaso
no quedamos nosotros con ellas?
—Pero,
tardaré un mes en volver.
—Como
si tardas seis.
Y
pensó: «Mejor. De ese modo tendré tiempo de reflexionar. Tal vez me comprometa
con Marck. Tal vez sea fácil.»
Pero
ni ella misma estaba segura de lo que pensaba.
En
cambio oía lo que decía Eddy.
—Voy
a Francia. Un asunto urgente que sólo puedo resolver yo. Te llamaré todos los
días por teléfono.
Y
pensó:
«Lo
haré a la hora que te llama Marck, de ese modo al menos intentaré interceptar
la conversación con él.»
En
alta voz, y sin que Kerry dijera nada, añadió:
—No
sabes cuánto siento darte la lata y que te la den mis hijas.
—A
mí no me dan nada.
—Pero
eres tú, en casos así, quien se ocupa de todo.
—Es
mi deber.
—Siento
que ese deber tuyo, te impida salir con… él, precisamente.
¿Él?
¿Se
refería a Marck?
—Saldré
mañana.
Intentó
girar.
Pero
Eddy la asió por el codo en aquel su hacer suave y enérgico.
—Kerry…
antes de irme quiero repetirte…
—¡No
lo digas!
Le
salió con garra.
Eddy
apretó más su brazo.
Tenía
que besarla.
No
iba a irse sin hacerlo.
No
iba a poder.
Nunca
supo cómo hizo para tirar de aquel codo y para pegarla a él.
Sintió
los ojos azules en los suyos.
No
supo qué decían aquellos ojos.
—Kerry.
—Su…
suelta.
—Es
que…
—Te
lo… pido.
Pero
podía apartarse y no lo hacía. ¿Qué le ocurría a ella? ¿Es que deseaba imperiosamente
que Eddy la besara?
No
lo soportaba. No soportaba su propio anhelo. Jamás podría perdonarle que
tuviera tan poco en consideración sus sentimientos casándose con otra.
¿Que
aquella otra era su hermana? Era una mujer.
Y
Eddy no supo… entenderla a ella. No comprendió que era de las mujeres que
amaban de una sola vez y para siempre.
—Kerry…
—Deja.
Pero
Eddy la tapó con su cuerpo y le tomó la boca con la suya.
Ella
sólo podía besar… ¡así! a Eddy.
No
la besó con fuerza. Prolongadamente, si. Con suavidad. Con ansiedad.
Con
voluntad, como si fuera un goce infinito.
Ella
no supo cuándo abrió los labios. Cuándo… ¿besó a su vez? Eddy la soltó.
Y se
la quedó mirando. Fue tonto.
Tanto
como cuando la dejó por Suzy. Como cuando no la comprendió.
—¿Besas
así… a Marck?
Y
giró sin esperar respuesta.
Kerry
respondió profundamente y entró en el cuarto de la niña.
Nunca
besó así a Marck. Por eso se quejaba Marck. Ella sólo podía besar así a Eddy.
Pero apretó los labios por haber sido débil y empezó a estudiar con fiereza.
A
los tres días la niña ya estaba bien. Pero le tomó cariño. También a Sheila.
Había que ser una desnaturalizada para no tomarles cariño a aquellas dos niñas
indefensas.
Cuando
él llamaba jamás se ponía. Mamá decía: «Dice Eddy que te pongas.»
Y
ella, invariablemente respondía:
—Dile
tú cómo están las niñas.
Y
hacia como si nada le interesara. Todo parecía seguir igual, excepto que las
tumbonas de las niñas estaban en su cuarto…
Quince
días estuvo negándose a ponerse al teléfono.
El
pretexto era siempre distinto.
Mamá
decía:
—Es
Eddy.
Y
ella respondía:
—Dile
que las niñas están bien.
—¿No
te pones tú?
—No
puedo. Mira todo lo que tengo que hacer.
Así
fue evadiéndose.
Pero
aquella tarde, Spencer apareció por casa inesperadamente.
—Me
llamó Eddy —dijo después de besarles a todos.
Kerry
parecía que no oía.
Pero
oía.
Había
sentido el beso de Spencer.
Spencer,
que miraba a las niñas, y las dos gemelitas jugaban con su traje seglar.
—Son
una monada. Se parecen más a Eddy que a Suzy. ¿Qué tal Eddy? Me ha llamado por
teléfono y dice que tú, Kerry, nunca te pones al teléfono.
—¿Te
busca a ti de intermediario?
Le
retaba.
Era
la primera vez que se ponía así con su hermano, pero Spencer lejos de enojarse
se rió y añadió después mansamente:
—Hace
siglos que no veo tu estudio. ¿Me lo enseñas?
Era
una forma poco disimulada de indicarle que deseaba hablarle a solas, pero ni
papá ni mamá se percataron.
—Bueno.
Entraron
a la vez.
Spencer
no miró en torno.
Sólo
la miraba a ella.
—¿Qué
deseas, que Eddy se dé cuenta de lo que te pasa?
—¿Por
qué?
—No
te pones al teléfono. Él sabe por mamá que las niñas duermen en tu cuarto…
Piensa quitártelas.
Se
estremeció.
Ya
no podía quitárselas.
Las
amaba como algo suyo.
Bien
suyo.
Como
si salieran de sus entrañas y las dos, con su lengüecita estropajosa le
llamaban «mamá».
Era
algo…, algo… gracioso.
—Debes
de ponerte al teléfono. Eddy dice que cuando vuelva y vendrá pronto, se llevará
a las niñas. Dice que no puede soportar que sean una carga para ti.
—Ya.
—¿No
tienes nada que decir, Kerry?
Montones
de cosas.
Mil
montones.
Estaba
al cabo de sus fuerzas.
Y
para defenderse sólo supo decir:
—No
puede llevarlas. No las entendería.
—Es
su padre.
No
pudo contenerse.
—¿Y
yo qué soy?
—Kerry,
querida.
—Perdona.
Yo soy… su tía. No soporta que me las lleve.
—Eddy
me dijo que te amaba. Me lo contó todo.
Kerry
no soportó la mirada serena de Spencer.
Giró
sobre si. Pero Spencer fue tras ella.
—¿Qué
dices tú, Kerry?
—No.
No… No…
—¿Contra
quién te vengas?
—Se
casó con la otra.
—Era
tu hermana.
—Era
una mujer.
—Kerry,
por el amor de Dios, ¿pretendes culpar de todo a Suzy?
—No.
Que se lleve a las niñas —y gritando—: Que se las lleve cuanto antes.
Y
dejó a su hermano solo.
Spencer
pacíficamente miró en torno y luego bajó. Preguntó por Kerry.
Su
madre le dijo:
—Ha
salido.
Necesitaba
pensar. Kerry no era una tonta. Kerry sabia pensar y ser lógica y humana.
Necesitaba pensar mucho…
Capítulo
XV
Intentó
ocuparse menos de las niñas, pero todo fue inútil. Intentó asimismo, salir más
con Marck.
Inútil
también.
Era
una lucha tremenda la que sostenía consigo misma.
Todas
las noches oía la misma pregunta de su madre:
—Es
Eddy. ¿No te pones, Kerry?
Kerry
casi nunca levantaba los ojos del libro.
—Ya
ves lo ocupada que estoy.
Tenía
razón Spencer.
Se
daría cuenta.
Eddy
era un hombre listo.
Un
hombre intuitivo.
Cuanto
más huyera ella de aquellas conversaciones telefónicas, más cuenta se daría
Eddy de que significaba mucho para él.
Si
le fuera indiferente, no le importaría ponerse al teléfono, y eso Eddy, tenía
razón Spencer, lo sabía perfectamente.
Pero
no podía.
Sabía
que le temblaría la voz.
Ya
no sólo lo amaba como hombre. Como lo amó siempre. Lo amaba además como padre
de aquellas criaturas indefensas.
¿Qué
había hecho ella de su propósito de hacer oposiciones a cátedra?
Nada.
Se
olvidaba todos los días.
En
las mismas clases estaba como abstraída.
Con
Marck no digamos.
Marck
le decía frecuentemente:
—No
te entiendo. Estás pendiente de las niñas de tu cuñado. Si entramos en un cine,
sales dos veces a preguntar por ellas a tu madre por teléfono. Si estamos en
una cafetería igual. A las ocho y media de la noche dices que tienes que
bañarlas. ¿Quieres explicarme qué pinto yo aquí?
Era
cierto.
¿Qué
pintaba?
Nada.
Cada
vez menos.
Por
eso una de aquellas noches intentó pasar a las dos niñas con la abuela.
Las
dos empezaron a gritar, a apretarse contra ella.
No
era posible.
Terminó
llorando y su madre diciéndole con su deliciosa simplicidad:
—Pero,
Kerry, ¿qué te estorban?
No
le estorbaban.
«Sentía»
que las necesitaba.
Y
por eso, porque lo «sentía» se rebelaba contra ello.
Tuvo
que dejarlas con ella y las besó y las arropó y terminó por contarles un
cuento.
Ella,
ella, que era incapaz de hilvanar nada, hizo el cuento.
Lo
inventó como pudo con paciencia que no creía tener.
Y
cuando sonó el teléfono y las niñas dormían ya, bajó.
Despacio.
Mamá
andaba por la cocina. Papá fumaba su pipa apoltronado en su orejera, con el
periódico de la tarde abierto.
—¿Hablas
tú, Kerry? —le gritó mamá desde la cocina—. Tengo el asado en el horno, no
puedo abandonarlo.
Hablaría.
No
podía huir siempre. Además él estarla al volver. Pasó la palanca al tiempo de
decir:
—Hablaré
desde mi estudio.
Y
subió las escaleras sin prisa.
No
porque no la tuviera, sino porque sentía miedo.
Miedo
de su voz, de lo que dijera Eddy. De lo que pudiera decir ella. De lo que Eddy
notara en ella.
Cerró
la puerta del estudio. El timbre del teléfono sonaba allí y Kerry se acercó.
Se
dejó caer en una esquina de la poltrona.
Podía
ser Marck. Ojalá fuera Marck. Ojalá… no fuera nadie. Una equivocación. Sucedía
a veces. Preguntaban por fulanito o zutanito. Ojalá ella pudiera decir: «Aquí
no vive.»
Y le
contestara una voz impersonal: «Perdone. Me he equivocado.»
Si,
ojalá sucediera así. El timbre seguía sonando y ella tenía la mano en el aire.
De
repente sus dedos asieron el auricular. Lo levantó.
Pegó
el aparato a su oído. Oyó su voz.
—¿Eres
tú, madre?
Su
voz cálida. Cerró los ojos.
—Madre,
¿eres tú?
Tenía
que decir algo. Lo que fuese.
Y lo
dijo.
Su
voz sonó hueca:
—Soy
Kerry…
Un
silencio. A ella le pareció muy largo. Después…
—Hola,
Kerry.
Así.
Como
si se acabaran de ver dos minutos antes.
Mejor.
Se
iba tranquilizando.
—Las
niñas están bien —dijo sin que él le preguntase.
—Ya
sé. Si las atiendes tú… tienen que estar bien a la fuerza.
Kerry
respiró profundamente antes de decir nada.
No
sabía qué decir.
Pero
tenía que decir algo.
—No
sé quién ha pasado el teléfono para aquí. Tengo un montón de cuadernos que
corregir.
—Lo
siento, Kerry.
—Gracias.
—No
te voy a molestar mucho —era grave la voz de Eddy—. Perdóname todas las
molestias que te causo… El otro día hablé con Spencer… Le conté lo nuestro.
No,
de aquello que no hablara.
No
quería saber qué le contó a su hermano.
Cómo
veía Eddy lo suyo con ella y lo suyo con Suzy.
Ella
veía las cosas de otra manera. Estaba segura.
—Kerry…
—Sí.
—Pensé
que te habías retirado.
—No.
Muy
breve.
Como
si le costara trabajo hablar.
Y le
costaba.
Eddy
dijo:
—Mañana
regreso. Mañana a la noche. Buscaré servicio en seguida y me llevaré a las
niñas. No quiero que sean una carga para ti. Al fin y al cabo…
—Hasta
mañana entonces…
Fue
lo que dijo.
Para
que él no siguiera hablando de aquello.
No
iba a soportarlo.
Por
mucho que se preparara para ello, no iba a poder.
—Buenas
noches, Kerry.
Eso
fue todo.
Quedó
tensa con el auricular en la mano.
Después
lo colocó sobre el soporte y empezó a dar paseos.
No
soportaba aquello.
Tenía
que saber qué cosa le dijo Eddy a Spencer.
Cómo
justificó su boda con Suzy.
El
porqué la dejó.
Qué
vio Eddy en Suzy que no tuviera ella.
De
repente «sintió» que necesitaba ver a Spencer. Que Spencer le contara lo que
ella no le dejó contar aquel día.
—Mamá,
voy a salir un rato.
—¿Ahora?
—Sí,
es necesario. Cuida de que las niñas no despierten.
—¿Era
Eddy?
—Sí.
—¿Qué
dijo?
Tuvo
ganas de gritarle cualquier disparate. De cualquier forma que fuera su madre
eran tan buena que hubiera aceptado el disparate.
Pero
conteniéndose dijo tan sólo:
—Que
regresa mañana.
—Qué
gusto —exclamó la madre—. ¿Has oído, Frank?
—La
política anda mal —decía papá ajeno a la alegría de su mujer.
—Si
te dejaras de política. ¿Qué entiendes tú de eso?
—Mujer.
—Te
digo que llega Eddy.
—¿Ahora?
—Mañana,
hombre de Dio»…
Los
dejó discutiendo.
Eran
así.
Así
de buenos y sencillos.
Así
de fáciles.
También
Suzy era fácil y simple y linda. Muy Ijada.
Pero
ella no era linda ni fácil.
Ella
era distinta.
Y
también Eddy.
¿Fue
por eso?
¿Porque
ella y Eddy eran iguales?
¿A
qué tuvo miedo Eddy?
¿Por
eso se casó con Suzy?
Subió
al auto y media hora después descendía ante la rectoral.
Tuvo
que llamar seis veces.
El
ama, una señora mayor con cara de pocos amigos y dos grandes vellos en la
nariz, salió furiosa, pero al verla a ella, sonrió complacida.
—Pensé
que sería uno de esos feligreses fastidiosos, que riñen todas las tardes con su
mujer, vienen a pedir consejo, y luego, sin consejo o con él, se van y se
acuestan con la esposa que armó el jaleo, con lo cual le quitan de dormir al
señor cura, porque después de inquietarlo, ellos tan panchos se arreglan. Y a
mí eso me descompone, aunque al señor cura le parece de perlas.
No
la oía.
Pasaba
e iba hacia el despacho de su hermano.
Capítulo
XVI
Kerry…
Estaba
pálida.
Y sabia
que en su semblante leería Spencer, como lela en la cara de sus feligreses que
después de discutir, como decía el ama, se iban y se acostaban juntos y nueve
meses después nacía el quinto, sexto o décimo hijo.
—Siéntate,
Kerry —dijo Spencer mansamente—. ¿Quieres saber qué me dijo?
Kerry
asintió.
—Lo
que tú ya sabes. No tenía noticias tuyas. Entonces fue a saber de ti y se topó
con Suzy. Suzy tan suavecita, tan capaz de hacer feliz a un hombre distinto a
Eddy. Entiende. Eddy pensó que necesitaba una mujer como Suzy. Sencilla, llena
de buenas intenciones, honesta, formalita. Una mujer estupenda con la cual sólo
se podía discutir de celos.
—¿Celos?
—Al
faltar el amor en el marido, ¿qué puede pensar la mujer?
—Spencer…
—Eso
es lo triste. El amor no se puede improvisar y al faltar, quien ama, nota que
el otro finge… Esa es la gran tragedia de la pareja humana, Kerry. No hubo más
ni menos. Y bastante hizo Eddy si fingió un amor que sólo sintió durante un
tiempo. Un mes, dos… Lo peor de este mundo es casarse por una atracción física.
Después también eso perece. Si no hay cariño, ¿qué queda, Kerry? Resentimiento,
vaciedad…, mentira. La mentira humana que viven muchos cobardes que no tienen
el valor de reconocerlo. Eso fue todo. No pidas más a la vida. Es así. Simple,
sencilla, y unos pierden y otros ganan y los que ganan primero casi siempre
pierden después y viceversa…
Kerry
no decía nada.
La
voz de Spencer tenía la virtud de ser suave y cálida.
Humana.
Si,
tranquilizante por lo humana que era.
Tanto
daba que Spencer dijera cosas feas o bellas, riñera o consolara. Su voz, de
cualquier forma que fuese, era humana y ella, en aquel momento se sentía tan
humana como Spencer.
—¿Entiendes,
Kerry?
—Sí,
Spencer…
—Nuestros
padres son muy felices. Simples si quieres y de hecho sí que lo son. Pero son
iguales. Nada tienen que exigirse uno al otro. Dos almas sencillas, nobles,
llenas de generosidad. Pero hay otros seres, Kerry. Otros que no son como
nuestros padres y se casan y al ser diferentes chocan. Por eso, toda pareja
humana, antes de formar un hogar, debieran de conocerse más. Tengo montones de
problemas de mis feligreses, por cosas parecidas. Lo vuestro, lo tuyo y de
Eddy, lo de vosotros dos, diré mejor, para uniros en sentimientos y
pensamientos, no tendréis esos problemas. Los habéis tenido antes. Tú saliste
indemne de ellos y Eddy está a la vista. Ha fallecido Suzy. Siempre hay una
víctima. Eso es lo más doloroso. Pero no por haber una víctima, vais a ser vosotros
otras dos víctimas. El error, por desgracia, se cometió antes, por eso nunca,
jamás, entre vosotros deberla existir un nuevo error. Estáis los dos bien
probados.
Kerry
asentía.
Y la
voz cálida de Spencer continuaba cada vez más suave:
—Lo
terrible seria que por continuar por cabezonería, destruyerais lo más hermoso
que hay en ambos. Tal vez en aquella época, Eddy pensaba que una mujer
inquieta, intelectual, preocupada por miles de cosas internas, no le convenía.
En el fondo Eddy es sencillo, pero entre la sencillez y la dificultad, media el
error. Desgraciadamente yo debo reconocer que Suzy podría muy bien ser la
esposa de Quique, de Jim, de James… Todos esos chicos del barrio que le
hicieron la corte y con uno de los cuales se hubiera casado si Eddy no
apareciera. Pero tenía que ser así. El destino puede variar de color, pero
nunca de hecho. Ha ocurrido así, porque así tenía que ocurrir y nada más. Dios
siempre sabe por qué hace las cosas. Suzy era demasiado buena para vivir y tal
vez allá se necesitaba. Eso es todo, Kerry. Procura entenderlo así y no busques
recovecos psicológicos, cuando sólo hay esquinas limpias llenas de humanidad.
Se
fue tranquila.
Al
menos su cabeza ya no era un volcán.
Sabía
lo que quería y la forma de conseguirlo.
No
más luchas. No más intranquilidades.
Llegó
tarde a su casa.
Mamá
la esperaba.
—¿Ocurre
algo, Kerry?
—No,
mamá.
—Mejor,
mejor.
Así
era mamá de conformista.
Así
creía en ella y si creía en ella, también creía en sí misma.
Eso
era lo gracioso. Lo que seguramente tenia Suzy, y Eddy no comprendió ni ella
terminaba de comprender porque todo lo escudriñaba, todo lo desmenuzaba.
Pero
se fue a la cama y miró a las hijas de Suzy.
Las
miró dormiditas en sus respectivas camas.
Eran
como Eddy y como Suzy y en el futuro… también serían como ella.
«Las
haré felices, Suzy, te lo prometo. Las haré tan felices como tú no has sabido
ser. Pero tal vez en contra de lo que yo egoístamente pienso, ahora es cuando
realmente sientes la felicidad. Estoy segura de ello, porque tal vez tú eres o
has sido la victima aquí, para ser la ganadora allá y yo al revés. Pero tenía
razón Spencer. La vida es así. Esta vida es así, Suzy.»
Después
se fue a la cama y por primera vez en mucho tiempo, durmió tranquila.
Estaba
fuera.
Sola,
bajo el porche, cuando el «Jaguar» de Eddy se detuvo ante ella.
Lo
vio descender y hubo de contenerse para no ir a su encuentro.
Anochecía.
La silueta de Eddy parecía más flaca. Más alta.
Y lo
curioso fue que aquel hombre nunca fue alto.
Pero
Kerry sentía la sensación de que Eddy, de repente le parecía
inconmensurablemente distinto.
Como
antes. Como cuando los dos se conocieron.
Con
su portafolios en la mano, el sombrero prendido en los mismos dedos que
sujetaban el portafolios, a cuerpo, sin gabán, se quedó como envarado
mirándola.
Desde
el interior mamá preguntaba:
—¿Quién
es, Kerry?
Kerry
no decía nada.
Kerry
miraba a Eddy y Eddy vio en sus ojos aquella luz.
La
luz de antes.
¿Es
que tenía razón Spencer?
¿Es
que Kerry jamás… jamás dejó de amarle?
Avanzó
despacio.
Después
de prisa. Muy de prisa.
—Kerry
—dijo tan sólo, y la dobló contra sí.
Era
distinto el cuerpo de Kerry.
Era
como antes.
Como
cuando ambos, a escondidas, al salir de las cafeterías, se metían uno por otro.
No
sabía Eddy cómo pudo olvidar aquella manera sensible, apasionadamente de ser de
Kerry.
Lo
estaba siendo en aquel instante.
Doblada
en él, en la esquina del porche, se oprimía en su cuerpo y le buscaba los
labios.
Ella,
ella sola con aquel hacer suyo casi conmovedor y tremendamente impetuoso.
Abría
los labios.
Eddy
pensaba que perdía el sentido, que se olvidaba de sus hijas, que sólo contaba
ella.
Ella,
aquella Kerry que le parecía demasiado complicada y que, lo vela y lo vio
después, era sencilla y apasionada para amar.
—Kerry…
No
sabía decir más que eso.
Y
volvió a besarla.
La
voz de su madre seguía gritando allá dentro.
—¿Quién
ha llegado, Kerry?
—Yo,
madre —gritó Eddy.
Y
volvió a besar a Kerry.
—Me quisiste
siempre —dijo sin preguntar—. Siempre.
La
muchacha sólo dijo bajo sus labios, mientras levantaba los brazos para rodearle
el cuello:
—Siempre,
sí. Siempre…
Nat
apareció en aquel instante.
Abrió
los ojos desmesuradamente.
—Pero…
Los
dos se volvieron.
No
se separaron.
Sólo
dijeron a la vez con la mayor sencillez:
—Nos
vamos a casar, mamá.
Mamá
era así y papá también No preguntaban nada. No intentaban saber nada. Sólo
aquello. Que se casaban los dos, que las niñas se quedaban allí, que los seis
iban a ser felices.
Por
eso entró gritando en la casa.
—Frank…
Frank querido, Eddy y Kerry se casan.
Y
Frank dijo beatíficamente:
—Dios
los haga buenos padres y buenos abuelos.
—Y
buenos esposos, papá —dijo Kerry imitando la sencillez maravillosamente vulgar
de papá.
Papá
sólo dijo:
—Amén.
—Es
que no seguimos…
Eddy
tenía un brillo especial en los ojos al detener al auto en aquel lugar.
—Eddy…
Eddy
tiraba de ella con suavidad.
—Es…
mi apartamento.
—Pero…
—¿No
quieres?
Quería.
En aquel
momento no era intelectual, ni psicóloga, ni recordaba para nada la física y la
química de sus alumnas.
Era
mujer.
Y la
mujer entró en aquel pabellón y se dejó apretar por su marido.
Eran
marido y mujer.
Nada
más de eso.
Todo
eso, que parecía que no era nada. Era mucho.
—Cariño,
tanto tiempo…
Ella
no sabía a qué se refería.
Ni
le importaba.
Estaba
en sus brazos, sentía la fuerza de su cuerpo, de sus besos, de sus caricias…
—Kerry…
—Sí,
sí, sí…
Y no
sabía a qué decía sí. Sólo sabía que era la mujer, no ya sólo la esposa de
Eddy, y sabia asimismo que nada producía más goce voluptuoso que ser lo que
estaba siendo…
Fin
Se
casó con otra (1983)
Historia
incluida en el dueto “Otra mujer en su vida / Se casó con otra”
Título
Original: Se casó con otra (1983)
Editorial:
Bruguera, S. A.
Sello
/ Colección: Corin Tellado 17
Género:
Contemporáneo
Protagonistas:
Eddy y Kerry

