Libro N°. 3156. Roseanna. Sjowall, Maj & Wahloo, Per.
© Libro N°. 3156. Roseanna. Sjowall, Maj & Wahloo, Per. Colección
E.O. Octubre 1 de 2016.
Título original: © Roseanna
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Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
ROSEANNA
Maj Sjowall & Per Wahloo
MARTIN
BECK, 1
INTRODUCCIÓN
Leí Roseanna apenas salió publicada, allá por 1965. Ahora cuando
releo la novela, me doy cuenta de que han pasado cuarenta años desde entonces;
yo tenía sólo diecisiete. Me cuesta creerlo. ¿Cuántos libros habré leído hasta
hoy? ¿Y por qué me acuerdo tan bien de Roseanna? Tengo un intenso e
incuestionable recuerdo de que —por aquella época— consideré esta novela
sencilla y clara, una historia convincente presentada con una estructura igual
de convincente. Hoy, aquella impresión sigue vigente. El libro apenas ha
envejecido. Incluso el lenguaje parece vivo y lleno de energía. Lo que ha
cambiado ha sido la realidad, y yo también. Por entonces la gente fumaba sin
parar y no había teléfonos móviles, usábamos los teléfonos públicos. Todos
íbamos a comer a restaurantes de autoservicio, nadie guardaba en el bolsillo
minúsculas cintas de grabar, y los ordenadores eran prácticamente desconocidos.
La sociedad sueca aún tenía más vínculos con el pasado que con el futuro. Las
enormes oleadas de inmigrantes todavía no habían comenzado. Llegaban obreros
para trabajar en algunas grandes industrias, pero no las continuas avalanchas
de refugiados que llegan ahora. Y todo el mundo enseñaba su pasaporte en la
frontera, incluso aquellos que sólo viajaban a Noruega o Dinamarca.
Per Wahlöö lleva muerto mucho tiempo, mientras que Maj Sjöwall
se ha hecho mayor conmigo y con todos los lectores a los que ambos alcanzaron
hace una generación. Y hoy, un día de diciembre, cuarenta años después de su
publicación vuelvo a leer Roseanna. Había olvidado, por supuesto, gran parte de
ella, pero sigue siendo consistente. Está bien pensada, bien fundamentada. Es
evidente que Sjöwall y Wahlöö se prepararon meticulosamente para llevar a cabo
su plan: escribir diez libros sobre la Brigada de Homicidios; ficción basada en
casos reales.
Ya desde la primera nota, el estilo está definido. Desde la
primera página, por ejemplo, los autores presentan un minucioso examen de la
relación entre las distintas autoridades públicas y su jerarquía en la toma de
decisiones sobre la organización del dragado en una zona del Canal de Gota
bloqueada por el lodo. Su deseo de rigurosidad se mantiene a lo largo de toda
la novela. El intento de los autores es evidente: ganarse la confianza de sus
lectores presentando descripciones meticulosas, y precisamente por eso
creíbles, de varias instituciones y estructuras de la sociedad sueca, tal como
eran a mediados de los sesenta. Un país gobernado por el primer ministro Tage
Erlander y en el que todavía se conducía por la izquierda.
Hay un pequeño detalle en el tercer párrafo de la novela que me
fascina ahora que vuelvo a toparme con él. La historia comienza a primeros de
julio, la fecha se especifica claramente. Una draga entra en el canal, en la
provincia de Östergötland. Los autores escriben: «La draga amarró en Borenshult
ante la admiración de los niños del pueblo y de un turista vietnamita». ¡Un
turista vietnamita en la Suecia de 1965! Algo así sólo podría haber sucedido en
alguna rara ocasión, pero aquí los autores están haciendo un guiño al mayor
acontecimiento de mi generación, la guerra de Vietnam. Era el período de la
posguerra en Suecia, momento en el que el mundo empezaba a abrirse. Merece la
pena destacar este detalle, porque los autores tenían una intención
políticamente radical para esta serie de novelas sobre la Brigada de
Homicidios. Pretendían usar el crimen y la investigación criminal como un
espejo en el que se reflejara la sociedad sueca, para más tarde incluir al
resto del mundo. Su propósito nunca fue escribir una novela policíaca como
forma de entretenimiento. Se dejaron influir e inspirar por el escritor
americano Ed McBain. Vieron que había un considerable territorio inexplorado,
en el cual las novelas negras podían constituir el marco de historias que
contenían una crítica social.
No sabría decir cuántas veces me han preguntado qué han
significado para mí los libros de Sjöwall y Wahlöö. Creo que cualquiera que
haya escrito sobre crímenes como reflejo de una realidad social ha sido
inspirado, de una manera u otra, por ellos. Rompieron con las tendencias
preexistentes en la novela policíaca. Stieg Trenter dominó el mercado en Suecia
en los años cincuenta, junto a Maria Lang y H. K. Ronnblom. Todos ellos
cultivaron historias de detectives en las que la resolución del misterio era el
asunto principal. En los libros de Trenter, las calles, los restaurantes y
bares y la comida se describen con gran detalle, pero el escenario queda sólo
en eso, en un escenario, nunca se establece un vínculo directo ni real entre el
crimen y el lugar donde sucede. La tradición británica en cuanto a novelas de
detectives constituyó la fórmula dominante hasta la publicación de Roseanna.
Tuvo particular importancia el hecho de que Sjöwall y Wahlöö se apartaran de
las descripciones absolutamente estereotipadas de los personajes, tan
extendidas. Ellos mostraron tipos que evolucionaban ante los ojos del lector.
Antes de 1965, había leído varias novelas de Per Wahlöö.
Recuerdo especialmente El camión, que se desarrollaba en la España fascista.
Escribía bien, usaba un lenguaje claro y sencillo que proporcionaba a la
historia cierta fuerza e impulso. Me gustaba aquella literatura, pero la
publicación de Roseanna marcó algo muy diferente. No sé exactamente qué
significó el hecho de que Maj Sjöwall se convirtiera en su colaboradora,
excepto que debió ser fuente de gran inspiración. Recuerdo haber vuelto a leer
Roseanna dos semanas después. Nunca había hecho algo así antes.
Per Wahlöö y Maj Sjöwall han declarado que encontraron la
inspiración para su trabajo en Estados Unidos. Ya he mencionado a Ed McBain.
Pero sospecho que lo más probable es que buscaran la inspiración retrocediendo
aún más en el tiempo, al menos hasta Edgar Allan Poe, en el siglo XIX. Muchos
consideran las historias de Poe, de mediados del XIX, la base de las modernas
novelas policíacas. Yo no estoy de acuerdo. Existe una curiosa falta de
entendimiento, que ha llegado incluso hasta nuestros días, sobre las raíces de
la novela negra, pues van mucho más lejos. ¡Lean las tragedias clásicas
griegas! ¿Sobre qué versan? La gente y la sociedad se ven enredadas en una serie
de conflictos que llevan a la violencia, al asesinato y al castigo.
Naturalmente, existe un ingrediente del espejo del crimen también en los
trabajos de Shakespeare. Es cierto que no hay ningún policía, pero sí
investigaciones, análisis e intentos de comprender quién y qué están detrás de
los crímenes más brutales. Somos continuadores de la tradición, seamos o no
conscientes de ello.
Por muchas razones, Roseanna es un libro increíblemente
fascinante. No tengo intención de discutir la trama o la resolución del
asesinato, pero permítanme decir que, con toda probabilidad, es una de las
primeras novelas policíacas en las que el tiempo juega claramente un papel
principal. Hay largos períodos en los que nada sucede, cuando la investigación
sobre quién asesinó a Roseanna y la arrojó al Canal de Gota se estanca. Luego
avanza unos pocos centímetros y se vuelve a detener. Está claro que para Martin
Beck y sus colegas el transcurso del tiempo es a la vez frustrante y un mal
necesario. El investigador de homicidios impaciente carece de armas.
Les lleva seis meses resolver el crimen. Por entonces, nosotros,
como lectores, sabemos que también podría haberles llevado cinco años y no se
habrían dado por vencidos. El libro describe la virtud fundamental de la
policía: la paciencia.
No he contado cuántas veces Martin Beck se siente indispuesto en
Roseanna, pero le sucede a menudo. No puede desayunar porque no le sienta bien.
Los cigarrillos y los viajes en tren le marean. Su vida personal también le
enferma. En Roseanna, los investigadores de homicidios emergen como personas
normales. No hay nada heroico en ellos. Hacen su trabajo y se sienten
indispuestos. No recuerdo ahora cómo reaccioné hace cuarenta años, pero creo
que fue una revelación ver a unas personas tan reales como los oficiales de
policía de Roseanna.
La historia sigue siendo actual. Está llena de vida, mantiene la
tensión y su desarrollo narrativo está hábilmente planteado.
Sin duda es un clásico moderno. Fue el primer libro de una serie
de diez que Maj Sjöwall y Per Wahlöö tenían proyectados. Y ya con el primero de
ellos dieron en el blanco.
HENNING MANKELL
* * *
Capítulo 1
Consiguieron recuperar el cadáver el día ocho de julio pasadas
las tres de la tarde. Estaba casi intacto, no debió de estar en el agua mucho
tiempo.
Hallaron el cuerpo por casualidad. Fue un golpe de suerte
encontrarlo tan pronto y debería haber facilitado la investigación policial.
Bajo la sucesión de esclusas de Borenshult, hay un rompeolas que
protege el acceso de las agitadas aguas del lago cuando sopla viento del este.
Al abrir el canal al tráfico aquella primavera, la entrada empezó a llenarse de
lodo. A los barcos les costaba maniobrar y sus hélices levantaban del fondo
densas nubes de fango gris amarillento. No fue difícil darse cuenta de que
había que hacer algo y, por el mes de mayo, la compañía del canal solicitó un
dragado al Servicio Nacional de Carreteras y Vías Fluviales. La solicitud pasó
por las manos de unos cuantos funcionarios indecisos, hasta que finalmente fue
remitida a la Administración Marítima de Suecia, que consideró que el trabajo
debía realizarse con una de las dragas de cucharón que poseía el Servicio Nacional
de Carreteras; institución que concluyó que este tipo de dragados dependía, en
efecto, de la Administración Marítima. En un gesto desesperado, alguien intentó
remitir el asunto a las autoridades portuarias de Norrköping, quienes
inmediatamente devolvieron la petición a la Administración Marítima; ésta, a su
vez, la dirigió al Servicio Nacional de Carreteras y Vías Fluviales, momento en
que alguien cogió el teléfono y marcó el número de un ingeniero que realmente
entendía de dragas de cucharón. Sus amigos le llamaban Limpiafangos. Sabía, por
ejemplo, que de las cinco dragas de cucharón de almeja que existen sólo una
tenía las dimensiones adecuadas para atravesar las esclusas. Su verdadero
nombre tenía ecos mitológicos, Grifo, pero la gente lo llamaba, por supuesto,
Guarro, y dio la casualidad de que se encontraba en el puerto pesquero de
Gravarne, en la costa oeste. La mañana del cinco de julio la draga amarró en
Borenshult ante la admiración de los niños del pueblo y de un turista
vietnamita.
Una hora más tarde, un representante de la compañía del canal
subió a bordo para hablar del procedimiento, lo cual llevó su tiempo. Al día
siguiente, sábado, el barco quedó anclado junto al rompeolas, mientras el
personal pasaba en casa el fin de semana. La lista de la tripulación era la
habitual para una draga: un capataz, que era también el comandante al mando que
debía llevar el barco a altamar, un operador de grúa y un grumete. Estos dos
últimos, oriundos de Gotemburgo, cogían el tren nocturno de Motala. El jefe
vivía en Nacka, su mujer lo recogía en coche. A las siete de la mañana del
lunes todos se encontraban otra vez a bordo y una hora más tarde empezaban con
el dragado. Sobre las once, la bodega estaba llena y se alejaron hacia el
interior del lago para vaciarla. A la vuelta tuvieron que desviarse para dejar
pasar a un vapor blanco que atravesaba el lago Boren en dirección oeste hacia
la esclusa. A lo largo de su barandilla se agolpaban turistas extranjeros,
quienes con un entusiasmo al borde de la histeria saludaban con las manos a los
circunspectos hombres de la draga. El barco de pasajeros subió lentamente por
la esclusa hacia Motala y el lago Vättern. A la hora de comer, el gallardete
del mástil más alto había desaparecido tras la compuerta superior. Volvieron a
dragar a la una y media.
Los acontecimientos se desarrollaron como sigue: hacía buen
tiempo, suaves y caprichosas ráfagas de viento y nubes veraniegas avanzaban a
la deriva perezosamente. Podían verse algunas personas en el rompeolas y en las
laderas del canal. La mayoría tomaba el sol, otras pescaban con caña y dos o
tres observaban la draga. El cucharón acababa de zamparse otro bocado de lodo
del fondo del Boren y estaba saliendo del agua. El operario, desde su cabina,
realizaba las maniobras acostumbradas de forma mecánica, el capataz tomaba café
en la cocina del barco y el grumete, con los codos apoyados en la engrasada
barandilla, escupía al agua. El cucharón ya casi había salido del agua.
Cuando por fin emergió a la superficie, un hombre en el muelle
se levantó y se acercó unos pasos hacia el barco. Agitó los brazos y gritó
algo. El grumete se incorporó para oír mejor.
—¡Hay alguien en el cucharón! ¡Pare! ¡Hay alguien en el
cucharón!
El grumete miró confundido al hombre, luego al cucharón, que en
ese momento entraba girando lentamente sobre la bodega de carga para vomitar el
contenido. No paraba de chorrear agua sucia cuando el operario detuvo el
cucharón justo encima de la bodega. Entonces el grumete vio lo mismo que el
hombre del rompeolas. Entre las fauces del cucharón de almeja sobresalía un
brazo blanco desnudo.
Los siguientes diez minutos resultaron largos y transparentes.
Se tomaron una serie de medidas y desde el muelle alguien repetía una y otra
vez:
—No hagan nada, no toquen nada, déjenlo todo como está hasta que
llegue la policía...
El operario de la excavadora salió y miró todo con detenimiento,
luego volvió a su cabina y se sentó en la silla, refugiándose tras la relativa
seguridad de sus palancas. Hizo girar la grúa y entreabrió el cucharón. El
capataz, el grumete y un pescador entrometido recogieron el cuerpo.
Era una mujer. Quedó tendida boca arriba sobre una lona doblada
en el extremo del rompeolas. Alrededor se congregó un grupo de curiosos que la
observaban, entre ellos algunos niños que no deberían haber estado allí, pero a
nadie se le ocurrió echar. Todos habían presenciado lo mismo y tenían algo en
común: jamás olvidarían el aspecto de aquella mujer.
El grumete le echó encima tres cubos de agua. Mucho tiempo
después, cuando la investigación policial se encontraba atascada, hubo quien se
lo reprochó.
Estaba desnuda y no llevaba joyas. La piel del pecho y bajo
vientre era más clara, como si hubiera tomado el sol en bikini. Tenía las
caderas anchas y los muslos fuertes; el vello púbico, negro, mojado y tupido.
Pechos pequeños y flácidos, y pezones grandes y oscuros. Un rasguño rojizo le
recorría la cintura hasta la cadera. Por lo demás, una piel lisa y sin manchas
ni cicatrices, pies y manos pequeños y uñas sin pintar. Con la cara tan
hinchada, resultaba difícil decir cómo habría sido su verdadero aspecto. Tenía
cejas oscuras y marcadas, y la boca parecía ancha. Su media melena negra se le
pegaba a la cabeza. Sobre el cuello le caía un mechón.
Capítulo 2
Motala es una ciudad sueca de tamaño medio. Está situada en la
provincia de Östergötland, en la parte norte del lago Vättern, y tiene unos
27.000 habitantes. El más alto cargo policial es el de fiscal de la ciudad, que
también desempeña la labor de fiscal. Por debajo de él está el comisario, jefe
ejecutivo de la Policía de Seguridad Ciudadana y de la Policía Criminal.
También hay un subinspector primero de la policía criminal —el decimonoveno
puesto en la escala salarial—, seis policías y una mujer policía. Uno de ellos
es, además, fotógrafo; para exámenes médicos se suele contratar a alguno de los
médicos de la ciudad.
Una hora después del primer aviso, la mayoría de los policías
citados se habían congregado en el muelle de Borenshult, a unos metros del
faro. Había poco espacio alrededor del cadáver y los hombres de la draga ya no
podían ver lo que estaba pasando. Seguían a bordo a pesar de que su barco se
encontraba amarrado con el estrave de babor junto al rompeolas.
Al otro lado del cordón policial, junto al estribo, el número de
personas arremolinadas se multiplicaba por diez. En la orilla opuesta del canal
había unos cuantos coches, cuatro pertenecían a la policía, y una ambulancia
blanca con cruces rojas en las puertas traseras. Junto a ella, dos hombres con
mono blanco fumaban. Parecían ser los únicos a quienes no les interesaba
aquella gente junto al faro.
En el rompeolas, el médico comenzó a recoger sus cosas. Mientras
tanto hablaba con el comisario, un hombre alto y canoso llamado Larsson.
—Por ahora no puedo decir gran cosa —concluyó el médico.
—¿Tenemos que dejarla aquí?
—Eso más bien debería preguntárselo yo a ustedes —respondió el
médico.
—Es poco probable que sea éste el lugar del crimen.
—Bien, pues que la trasladen a la morgue. Le llamaré.
Se levantó, cerró su maletín y se fue.
—Ahlberg —dijo el comisario—, mantendrás la zona acordonada,
¿no?
—Hombre, claro.
El fiscal de la ciudad no dijo nada allí, en el faro. No tenía
costumbre de entrometerse en la fase preliminar de las investigaciones. Pero de
camino a la ciudad, comentó:
—Unos feos moratones.
—Sí.
—Mantenme informado.
Larsson ni siquiera se molestó en asentir con la cabeza.
—¿Dejas a Ahlberg al mando?
—Ahlberg es bueno —contestó el comisario.
—Sí, claro.
La conversación se interrumpió.
Llegaron, se bajaron del coche y se dirigieron a sus despachos.
El fiscal de la ciudad hizo una llamada a la capital de la provincia,
Linköping, para hablar con el fiscal provincial, máxima autoridad de la policía
y de la fiscalía en la región.
—Quedo a la espera —dijo el fiscal provincial.
El comisario mantuvo una breve conversación con Ahlberg.
—Tenemos que averiguar quién es.
—Sí —contestó Ahlberg.
Entró en su despacho, llamó a los bomberos y solicitó dos
buceadores. Luego leyó un informe sobre un robo en el puerto. Pronto estaría
resuelto. Ahlberg se levantó y se fue a buscar al agente de guardia.
—¿Hay alguna denuncia por desaparición?
—No.
—¿Alguna orden de búsqueda y captura?
—Ninguna que encaje.
Volvió a su despacho.
Esperó.
El teléfono sonó al cabo de quince minutos.
—Tenemos que solicitar una autopsia —dijo el médico.
—¿Ha sido estrangulada?
—Creo que sí.
—¿Violada?
—Eso parece.
El médico hizo una breve pausa. Luego añadió:
—Y con ensañamiento.
Ahlberg se mordió la uña del dedo índice. Pensó en sus
vacaciones, que iban a empezar ese mismo viernes, y en lo contenta que se
pondría su esposa... El médico malinterpretó el silencio.
—¿Está sorprendido?
—No —contestó Ahlberg.
Colgó y se fue a ver a Larsson. Juntos se dirigieron al despacho
del fiscal de la ciudad.
Diez minutos más tarde, el fiscal de la ciudad pidió un examen
médico forense al Gobierno Civil, que a su vez se puso en contacto con la
Dirección Nacional de Medicina Forense. La autopsia fue realizada por un
catedrático de setenta años. Llegó en el tren nocturno de Estocolmo y parecía
estar en plena forma. Estuvo trabajando ocho horas sin apenas interrupciones.
Luego entregó un informe preliminar que decía así: «Muerte por
estrangulamiento asociada a violencia sexual extrema. Hemorragias internas
severas».
A estas alturas, los informes y las actas de los interrogatorios
empezaban a amontonarse en la mesa de Ahlberg. Podían resumirse en una sola
frase: una mujer muerta había sido hallada en la presa de la esclusa de
Borenshult.
No existía ninguna denuncia por desaparición ni en la ciudad ni
en los distritos policiales colindantes. Tampoco existían órdenes de búsqueda
que encajaran.
Capítulo 3
Eran las cinco y cuarto de la mañana y estaba lloviendo. Martin
Beck llevaba ya un buen rato cepillándose los dientes con mucho esmero para
deshacerse del sabor a plomo en el paladar y parecía que iba a conseguirlo.
Luego se abrochó el cuello de la camisa y se hizo el nudo de la
corbata mirándose apático al espejo. Se encogió de hombros, fue para el
recibidor, entró en el salón y al pasar contempló con melancolía la maqueta a
medio terminar del buque escuela Danmark, que le había tenido ocupado demasiado
tiempo la noche anterior. Entró en la cocina.
Se deslizaba suave y silenciosamente, en parte por costumbre, en
parte para no despertar a los niños.
Se sentó a la mesa de la cocina.
—¿Y el periódico? —preguntó.
—Nunca llega antes de las seis —contestó su esposa.
Fuera ya había amanecido, pero estaba nublado, y la luz de la
cocina era gris y espesa. Su mujer no tenía la lámpara encendida. Lo llamaba
ahorrar.
Abrió la boca, pero la volvió a cerrar sin pronunciar palabra.
Sólo provocaría una discusión y no le pareció un buen momento.
En vez de hacerlo, se puso a tamborilear lentamente los dedos
sobre la mesa revestida de formica mirando la taza vacía con un dibujo de rosas
azules, una muesca en el borde y una grieta marrón debajo. Esa taza los había
acompañado durante casi todo el matrimonio. Más de diez años. Ella no solía
romper nada, por lo menos nunca de manera irreparable. Lo raro era que los
niños fueran como ella.
¿Se podían heredar rasgos tan específicos? No lo sabía.
Ella apartó la cafetera del fuego y sirvió el café. Él dejó de
golpear la mesa.
—¿Quieres un sándwich? —le preguntó.
Él bebía con cuidado dando pequeños sorbos. Estaba sentado en el
extremo de la mesa algo encorvado.
—La verdad es que deberías comer algo —insistió ella.
—Ya sabes que no puedo tomar nada por la mañana.
—Deberías, de todas maneras —le repitió—. Especialmente tú, con
ese estómago que tienes.
Se pasó la mano por la mejilla y notó algunos pelos de la barba,
muy pequeños y afilados. Bebió un poco más de café.
—Te puedo preparar una tostada —le ofreció ella.
Cinco minutos más tarde dejó la taza sobre el platillo, en
silencio, levantó la mirada y observó a su mujer.
Llevaba un albornoz rojo lleno de pelotillas encima de un
camisón de nailon, apoyaba los codos en la mesa y la barbilla en las manos. Era
rubia, de piel clara, ojos redondos y algo saltones. Solía teñirse las cejas,
pero en verano se le aclaraban y ahora las tenía casi tan rubias como el pelo.
Le sacaba un par de años y, a pesar de que había engordado bastante durante los
últimos tiempos, la piel del cuello empezaba a arrugársele.
Al nacer su hija, hacía doce años, dejó su trabajo en un estudio
de arquitectura y nunca se preocupó de encontrar otro. Cuando el niño comenzó
el colegio, Martin le propuso que buscara un empleo de media jornada, pero ella
hizo cálculos y llegó a la conclusión de que no merecía la pena. Además, tenía
buen carácter y se sentía feliz con su vida de ama de casa.
Bueno, pensó Martin Beck levantándose. Empujó el taburete azul
bajo la mesa sin hacer ruido y se quedó junto a la ventana viendo caer la
lluvia.
Por debajo del parking y de una pendiente de hierba, se extendía
la autopista, brillante y vacía. Se distinguía una débil luz en algunas
ventanas de los bloques de apartamentos de la colina, detrás de la estación de
metro. Un par de gaviotas daban vueltas bajo el bajo cielo gris, pero por lo
demás ni un alma.
—¿Adónde vas? —preguntó ella.
—A Motala.
—¿Vas a quedarte muchos días?
—No sé.
—¿Es por esa chica?
—Sí.
—¿Crees que te llevará mucho tiempo?
—No sé gran cosa, sólo lo que ha salido en los periódicos.
—¿Por que tienes que coger el tren?
—Los demás se fueron ayer. Al principio yo no iba a ir.
—Te estarán tomando el pelo, como siempre.
Respiró hondo y miro fijamente al exterior. Pareció que
escampaba.
—¿Dónde te alojarás?
—En el Stadshotellet.
—¿A quien llevarás contigo?
—A Kollberg y a Melander. Se marcharon ayer, como te dije.
—¿En coche?
—Sí.
—¿Y tú tienes que ir hasta allí traqueteando?
—Sí.
A su espalda, la oyó fregar la taza con la muesca en el borde y
las rosas azules.
—Tengo que pagar la factura de la luz y las clases de equitación
de la pequeña esta semana.
—¿No tienes suficiente?
—Es que no quiero ir al banco, ya sabes.
—Claro.
Sacó la cartera del bolsillo interior de la americana y echó un
vistazo dentro.
Extrajo un billete de cincuenta coronas, lo observó, lo volvió a
meter y se guardó la cartera en el bolsillo.
—Odio sacar dinero —insistió ella—. Es el comienzo del fin
cuando uno empieza.
Sacó el billete de nuevo, lo dobló, se dio la vuelta y lo dejó
encima de la mesa de la cocina.
—Te he hecho la maleta —dijo ella.
—Gracias.
—Cuídate la garganta. El tiempo es traicionero en esta época del
año, sobre todo por las noches. Y llueve.
—Sí.
—¿Vas a llevarte esa horrible pistola?
«Sí, no... Pito, pito, colorito...», pensó Martin Beck.
—¿De qué te ríes? —preguntó ella.
—De nada.
Entró en el salón, abrió el cajón de la cómoda con la llave y
sacó el arma. La introdujo en uno de los bolsillos de la maleta y lo cerró.
Era una Walter de 7,65 milímetros, fabricada con licencia en
Suecia. No servía para casi nada, y además él no tenía buena puntería.
Salió al recibidor y se puso la gabardina. Cuando estaba con su
sombrero negro en la mano, echaron el periódico por la ranura de la puerta que
cayó a sus pies.
—¿No te vas a despedir de Rolf y de la pequeña?
—Es ridículo llamar «pequeña» a una niña de doce años.
—Me parece muy mono.
—Me da pena despertarlos. Además, ya saben que me voy.
Se puso el sombrero.
—Hasta luego. Te llamaré.
—Hasta luego, ten cuidado.
Estaba en el andén esperando el tren de cercanías mientras
pensaba que no le importaba viajar a pesar de haber dejado a medias el buque
Danmark.
Martin Beck no era jefe de la Brigada Nacional de Homicidios y
no aspiraba a serlo. A veces incluso dudaba si llegaría a comisario algún día,
aunque lo único que realmente lo podría impedir sería la muerte o alguna falta
grave derivada de su puesto. Tenía el cargo de subinspector primero de la
Policía Criminal de la policía estatal y llevaba ya ocho años en la brigada.
Había gente que le consideraba el mejor interrogador del país.
Había pasado media vida en la policía. A los veintiún años
empezó a trabajar en la comisaría del distrito de Jakob, y después de seis años
patrullando como agente en distintos distritos del centro de Estocolmo hizo el
curso de subinspector en la Academia de Policía. Quedó entre los mejores de su
promoción y al acabar el curso fue promocionado a subinspector de la Policía
Criminal. Tenía veintiocho años.
Su padre murió aquel año y volvió a su barrio, Soder, a la casa
de su madre, para cuidar de ella. Abandonó la habitación que tenía alquilada en
Klara. El verano de ese mismo año conoció a su mujer. Había alquilado una casa
de campo junto con una amiga en una isla del archipiélago, adonde él llegó con
su barco de vela. Se enamoró profundamente y en otoño, cuando ya estaban
esperando un niño, se casaron en el Ayuntamiento; él se fue a vivir al pequeño
apartamento de ella en Kungsholmen.
Un año después del nacimiento de su hija ya no quedaba gran cosa
de aquella chica alegre y vital de la que se había enamorado y el matrimonio se
vio abocado a la rutina.
Martin, sentado en un banco verde de escay del vagón de metro,
miraba al exterior a través de una ventana salpicada de gotas de lluvia.
Pensaba perezosamente en su matrimonio, pero cuando se dio cuenta de que estaba
autocompadeciéndose, sacó el periódico del bolsillo de la gabardina e intentó
concentrarse en la página del editorial.
Tenía cara de cansado y su bronceada piel parecía amarillenta
con la luz gris del día. Rostro fino, frente ancha y mandíbula bastante
pronunciada. Su boca, bajo una nariz recta y corta, era delgada y larga con dos
profundos surcos en las comisuras de los labios; al sonreír se le veían los
dientes, blancos y sanos. De cabello oscuro y peinado hacia atrás, tenía el
nacimiento del pelo recto y aún sin canas; la mirada de sus ojos gris azulado
era clara y tranquila. Estaba delgado, no era especialmente alto y andaba un
poco encorvado. Había mujeres que le encontraban atractivo, pero la mayoría lo
consideraba normal y corriente. Nunca vestía de forma llamativa, sino más bien
demasiado discreta.
El vagón estaba cargado y hacía bochorno, sintió un ligero
malestar, como le ocurría a menudo en el metro. Al entrar en la Estación
Central, ya esperaba junto a las puertas con la maleta en la mano. Odiaba ir en
metro, pero los coches le gustaban aún menos y el piso céntrico soñado seguía
siendo una quimera, así que se veía condenado a este medio de transporte.
El tren expreso a Gotemburgo salía a las siete y media de la
Estación Central. Martin Beck hojeó el periódico, pero no halló ni una sola
línea sobre el asesinato. Volvió a la página de cultura y se puso a leer un
artículo sobre el antropósofo Rudolf Steiner, pero en Stuvsta se durmió.
Se despertó justo a tiempo para hacer transbordo en Hallsberg.
Le volvió ese sabor a plomo a pesar de los tres vasos de agua que bebió.
Llegó a Motala a las diez y media, entonces ya no llovía. Como
era la primera vez, preguntó en el quiosco de la estación por el camino al
hotel, y aprovechó para comprar un paquete de Florida y el periódico local.
El hotel estaba en la plaza mayor, a unas pocas manzanas de la
estación, y el corto paseo le espabiló. Una vez en la habitación, se lavó las
manos, deshizo la maleta y se bebió una botella de agua mineral Medevi que
había comprado al recepcionista. Permaneció un rato junto a la ventana mirando
a la plaza, con una estatua que suponía que era Balizar von Platen. Luego
abandonó la habitación para dirigirse a la comisaría. Como sabía que estaba
justo enfrente, no se llevó la gabardina.
Se presentó al policía de guardia en la recepción y le llevaron
enseguida a un despacho de la primera planta. Ponía «Ahlberg» en la placa de la
puerta.
El hombre sentado tras la mesa era ancho, achaparrado y
ligeramente calvo. Tenía colgada la americana en el respaldo de la silla y
bebía café en un vaso de papel. Un cigarrillo se consumía en el borde del
cenicero, donde se amontonaban bastantes colillas.
Martin Beck tenía la habilidad de atravesar las puertas sin ser
visto, costumbre que molestaba a algunos. Alguien dijo que dominaba el arte de
entrar en una habitación después de cerrar la puerta tras de sí, a la vez que
llamaba a esa misma puerta desde fuera.
Al hombre de la mesa le cogió desprevenido. Posó el vaso y se
levantó.
—Me llamo Ahlberg —dijo.
Había algo en su actitud que le hacía estar a la expectativa.
Martin Beck lo había notado antes y sabía a qué se debía. Él era el experto de
Estocolmo y el hombre tras la mesa un policía de provincias que se había
quedado estancado en una investigación. Los próximos dos minutos iban a ser
decisivos para su colaboración.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó Martin Beck.
—Gunnar.
—¿Qué hacen Kollberg y Melander?
—Ni idea. Algo que se me habrá olvidado a mí, supongo.
—¿Llegaron con aire de «esto-lo-arreglamos-en-un-plis-plas»?
El otro se rascó su pelo ralo. Luego dibujó una sonrisa torcida
en la cara y se sentó en la silla giratoria.
—Más o menos —dijo.
Martin Beck se sentó frente a él, sacó el paquete de Florida y
lo dejó en la mesa.
—Pareces cansado —observó.
—Mis vacaciones se han ido a la mierda.
Ahlberg vació el vaso de café, lo apretujó y lo tiró debajo de
la mesa en dirección a la papelera.
El desorden del escritorio resultaba llamativo. Martin Beck
recordó el suyo en Kristineberg, con un aspecto bien distinto.
—Bueno —dijo—, ¿cómo van las cosas?
—No van —se lamentó Ahlberg—. Después de más de una semana sólo
sabemos lo que nos han contado los forenses.
Por costumbre, pasó a la típica jerga.
—Extinta por estrangulamiento con dosis de una brutal violencia
de naturaleza sexual. Su autor, un salvaje. Indicios de inclinaciones
perversas.
Martin Beck sonrió. El otro le miró inquisitivamente.
—Has dicho extinta. Yo también empleo esos términos de vez en
cuando.
—Redactamos demasiados informes...
—Joder con los condenados informes.
Ahlberg suspiró y se rascó la cabeza.
—La sacamos hace ocho días —recordó—. Desde entonces no hemos
descubierto nada. No sabemos quién es, no tenemos ni lugar del crimen ni
sospechoso. No hemos encontrado ni una sola pista que pudiera tener alguna
relación razonable con ella.
Capítulo 4
«Extinta por estrangulamiento», pensaba Martin Beck.
Estaba repasando un montón de fotografías que Ahlberg había
recuperado entre el desorden de su mesa. Las fotos mostraban la presa de la
esclusa, la draga, el cucharón en primer plano, el cadáver sobre la lona y
sobre la camilla de la morgue.
Martin Beck le enseñó a Ahlberg la foto que tenía en la mano y
dijo:
—Podemos hacer siluetear y retocar esta foto en la que se la ve
más limpia. Luego ponemos en marcha un dispositivo de visitas puerta por
puerta. Si es de por aquí, alguien tendrá que reconocerla. ¿Cuántos hombres
podrías destinar?
—Tres como mucho —contestó Ahlberg—. Ahora mismo nos falta
gente. Tres de los chicos tienen vacaciones y uno está en el hospital con la
pierna rota. Aparte del fiscal, Larsson y yo mismo, sólo hay ocho hombres en
comisaría.
Contaba con los dedos.
—Bueno, de los cuales una es mujer. Y alguien debe de ocuparse
del resto de las tareas.
—De acuerdo, en el peor de los casos, podemos ponernos nosotros
mismos. Llevará tiempo. ¿Y cómo estáis de delincuentes sexuales?
Ahlberg golpeaba pensativo el bolígrafo contra los dientes. De
repente rebuscó en el cajón del escritorio y sacó un papel.
—Hemos tomado declaración a uno. Un tipo de Vastra Ny. Violador.
Lo arrestaron en Linköping anteayer, pero tenía coartada para toda la semana,
según este informe de Blomgren. Él se ha encargado de buscar en las cárceles.
Metió el papel en una carpeta verde que descansaba sobre la
mesa.
Permanecieron un rato en silencio. A Martin Beck le hacía ruido
el estómago y pensó en su esposa y en cómo le daba la lata con lo de las
comidas regulares. Llevaba veinticuatro horas sin probar bocado.
El ambiente estaba cargado de humo. Ahlberg se levantó y abrió
la ventana. Desde una radio cercana se oyeron las señales horarias.
—Es la una —dijo—. Si tienes hambre puedo pedir algo. Yo tengo
un hambre de mil demonios...
Martín Beck asintió con la cabeza y Ahlberg descolgó el
teléfono. Al cabo de un rato llamaron a la puerta y una chica con una bata azul
y delantal rojo entro con una cesta.
Cuando Martin Beck se termino el bocadillo de jamón y el café,
que se bebió sorbo a sorbo, dijo:
—¿Cómo crees que pudo acabar allí?
—No lo sé. Durante el día siempre hay gente en las esclusas, así
que es poco probable que ocurriera entonces. Es posible que la arrojaran al
agua desde el muelle o el rompeolas, y que la fuerza de atracción de los barcos
la hubiera arrastrado fuera. O que la hubieran lanzado desde algún barco.
—¿Qué tipo de embarcaciones pasan por las esclusas? ¿Pequeños
barcos y veleros de recreo?
—Algunos, pero tampoco tantos. En general, se trata de tráfico
de mercancías. Barcos de carga. Y luego los barcos del canal, claro. El Diana,
el Juno y el Wilhelm Tham.
—¿Podemos bajar hasta allí para verlo? —propuso Martin Beck.
Ahlberg se levantó, cogió la foto que Martin Beck había elegido
y dijo:
—Venga, vámonos ahora mismo. De camino dejaré esta foto en el
laboratorio.
Habían dado casi las tres cuando volvieron de Borenshult. El
tráfico de las esclusas era intenso y a Martín Beck le habría gustado quedarse
entre los veraneantes y los pescadores deportivos del muelle para ver los
barcos.
Habló con la tripulación de la draga, salió al rompeolas y vio
la presa de la esclusa. A lo lejos, en el lago Boren, divisó un velero
navegando con la animada brisa y empezó a sentir nostalgia del suyo, que había
vendido hacía unos años. En el camino de vuelta a la ciudad hizo memoria y
recordó sus travesías veraniegas por el archipiélago.
Sobre la mesa de Ahlberg encontraron ocho copias recién salidas
del laboratorio fotográfico. Uno de los agentes, que también era fotógrafo,
había retocado la foto y el rostro de la chica casi parecía el de alguien vivo.
Ahlberg las reviso, guardó cuatro copias en la carpeta verde y
dijo:
—Muy bien, las distribuiré entre los chicos para que se pongan
en marcha enseguida.
Cuando volvió unos minutos más tarde, Martin Beck estaba junto
al escritorio frotándose el entrecejo.
—Pensaba hacer unas llamadas —dijo.
—Puedes meterte en el despacho del final del pasillo.
La habitación era más grande que la de Ahlberg y tenía ventanas
en dos de las paredes. Estaba amueblada con dos mesas, cinco sillas, armarios
archivadores y una mesa para la máquina de escribir, una vieja y destartalada
Remington.
Martin Beck se sentó, dejó el paquete de tabaco y las cerillas
sobre la mesa, abrió la carpeta verde y empezó a repasar los informes. No le
aportaron mucho más de lo que ya le había contado Ahlberg.
Hora y media más tarde, se le acabó el tabaco. Había mantenido
un par de conversaciones telefónicas infructuosas y había conocido al fiscal y
al comisario Larsson, los dos parecían cansados y nerviosos. Justo cuando
aplastaba la cajetilla de tabaco vacía le llamó Kollberg.
Diez minutos después se vieron en el hotel.
—Joder, vaya pinta lúgubre que traes —dijo Kollberg—. ¿Quieres
un café?
—No gracias. ¿Qué has hecho?
—He hablado con un tipo del periódico de Motala, un redactor
local de Borensberg. Creyó que se le había ocurrido algo ingenioso. Resulta que
hay una tía de Linköping que debía haber empezado un trabajo en Borensberg hace
diez días, pero no se presentó. Parece ser que viajó desde Linköping el día
anterior y desde entonces no se ha sabido nada de ella. Nadie se ha molestado
en denunciar su desaparición, por lo visto no era de fiar. El tipo del
periódico conocía a su jefe e hizo sus propias averiguaciones, pero no se le
ocurrió indagar sobre su aspecto. Yo lo hice y no se trata de la misma tía.
Ésta es gorda y rubia. Y sigue desaparecida. Me ha llevado todo el día.
Se reclinó en la silla mientras se escarbaba los dientes con una
cerilla.
—¿Qué hacemos ahora?
—Ahlberg ha mandado a algunos de sus hombres a llamar a las
puertas. Tendrás que echarles una mano. Cuando aparezca Melander tendremos una
reunión con el fiscal y Larsson. Sube a ver a Ahlberg y él te dirá qué hacer.
Kollberg apuró su vaso y se levantó.
—¿Me acompañas? —le preguntó.
—No, ahora no. Dile a Ahlberg que estoy en mi habitación si
quiere algo.
Ya en su cuarto, Martin Beck se quitó la chaqueta, los zapatos y
la corbata, y se sentó en el borde de la cama.
El cielo se había despejado y unas nubes blancas que parecían de
pelusa lo recorrían. El sol de la tarde iluminaba la habitación.
Martin Beck se levantó, entreabrió la ventana y corrió las finas
cortinas de lana. Luego se tumbó en la cama con las manos debajo de la cabeza.
Meditaba sobre la chica del fondo fangoso del lago Boren. Al
cerrar los ojos la vio ante sí con el mismo aspecto que en las fotos. Desnuda y
desamparada, con los hombros no muy anchos, el pelo negro y un mechón cayéndole
sobre el cuello.
¿Quién era, qué pensaba, cómo había vivido? ¿Con quién se había
encontrado?
Era joven y sin duda había sido guapa. Alguien tenía que haberla
querido. Alguien cercano que ahora se preguntaba qué le había ocurrido. Debió
de tener amigos, compañeros de trabajo, padres, tal vez hermanos. Nadie, y
especialmente una mujer joven y bella, puede estar tan solo que no haya quien
le eche de menos si desaparece.
Martin Beck reflexionó sobre esto durante un buen rato: que no
la buscaran. Le daba pena aquella chica a quien no echaban en falta y no
entendía por qué. ¿Tal vez no dijo que se iba de viaje? En ese caso podría
pasar mucho tiempo hasta que empezaran a preguntarse adónde había ido.
La cuestión era cuánto...
Capítulo 5
Eran las once y media de la mañana y el tercer día de Martin
Beck en Motala. Se había levantado temprano sin saber por qué, no le había
servido de nada. Llevaba ya un rato sentado en el pequeño escritorio hojeando
su cuaderno de notas. Había manoseado el teléfono un par de veces con la idea
de llamar a casa, pero al final, por dejadez o por la razón que fuera, no lo
hizo.
Como tantas otras cosas.
Se puso el sombrero, cerró la puerta de su habitación con llave
y bajó las escaleras. Los sillones del vestíbulo estaban ocupados por algunos
periodistas y en el suelo se podían ver dos bolsas con equipamiento fotográfico
y trípodes plegados y atados con cuerdas a las bolsas.
Apoyado en la pared de la entrada, uno de los fotógrafos estaba
fumando, un hombre muy joven que se llevó el cigarrillo a la comisura de los
labios, levantó su Leica y miró por el visor.
Al pasar junto al grupo, Martin Beck se bajó el ala del
sombrero, encogió los hombros y aligeró el paso. Fue un acto reflejo, aunque
siempre hay alguien que se molesta, ya que uno de los reporteros saltó en un
tono sorprendentemente irónico:
—Oye, ¿entonces esta noche cenamos con los jefes de la
investigación?
Martin Beck murmuró algo, ni él mismo sabría decir qué, y siguió
andando hacia la salida. Un segundo antes de abrir la puerta escuchó un pequeño
chasquido, el fotógrafo le acababa de hacer una foto.
Caminó sin aminorar el paso por la acera hasta que consideró que
había salido de su campo de visión. Entonces se detuvo indeciso tal vez durante
diez segundos. Tiró un cigarrillo a medias a la calzada, se encogió de hombros
y cruzó la calle en dirección a la parada de taxis. Se dejó caer en el asiento
trasero y se rascó la punta de la nariz con el dedo índice de la mano derecha,
mientras miraba de reojo la entrada del hotel. Por debajo del ala del sombrero
vio al tipo que se había dirigido a él en el vestíbulo. El periodista estaba
plantado en medio de la puerta siguiendo con la mirada al taxi que se alejaba.
Pero fue sólo un momento, luego él también se encogió de hombros y entró en el
hotel.
Los periodistas y los de la brigada nacional de homicidios se
alojaban a menudo en el mismo hotel, y si la investigación concluía con rapidez
y éxito solían cenar juntos y beber bastante la última noche. Con el tiempo,
aquello llegó a convertirse en una costumbre. A Martin Beck no le gustaba, pero
la mayoría de sus colegas no compartían su opinión.
Había aprendido bastante acerca de Motala durante estos dos
días, aunque su estancia, por lo demás, no hubiera sido demasiado provechosa.
Al menos reconocía el nombre de las calles por las que iba pasando: Prästgatan,
Drottninggatan, Östermalmsgatan, Borensvägen, Verkstadsvägen. Le pidió al
taxista que le dejara en el puente, le pagó y se bajó. Apoyó las manos en la
barandilla y miró abajo, al canal, que se abría paso cortando la larga
pendiente verde como una escalera. Mientras lo observaba, se dio cuenta de que
había olvidado pedir al taxista que le escribiera la ruta en el recibo; si la
apuntaba con su letra, tal vez tendría que aguantar alguna disputa estúpida
cuando pasara a cobrarlo por caja. Lo mejor era escribir aquellos datos a
máquina, parecía más serio.
Caminaba por el lado norte del canal sumergido aún en esos
pensamientos.
Habían caído un par de chaparrones por la mañana y se respiraba
un aire sano y ligero. Se detuvo en medio de la cuesta para disfrutarlo.
Percibió el aroma fresco y puro a flores silvestres y a húmedo verdor. Recordó
su infancia como un rosario de las mismas sensaciones, pero eso fue antes de
que el humo del tabaco y de los coches y sus desgastadas mucosas le hubiesen
privado de la agudeza de los sentidos. Ahora sensaciones como aquélla le
llegaban muy de vez en cuando.
Martin Beck pasó de largo las cinco esclusas y continuó andando
a lo largo de la pared del muelle, cubierta de revestimiento. Unos pequeños
barcos estaban amarrados en la presa de la esclusa, junto al rompeolas, y más
allá, en el lago Boren, navegaban dos barcos de vela. A cincuenta metros del
extremo del rompeolas, y controlada por unas gaviotas que planeaban
perezosamente en amplios círculos, la draga de cucharón retumbaba y chirriaba.
Las cabezas de los pájaros se movían de un lado a otro esperando lo que el
cucharón de la draga pudiera sacar del fondo. La atención y la capacidad de
observación de las gaviotas le resultaron admirables, igual que su
perseverancia y optimismo. «Me recuerdan a Kollberg y a Melander», pensó Martin
Beck.
En el extremo del rompeolas volvió a detenerse. Aquí estuvo
ella. O mejor dicho: sobre una lona doblada, depositaron el cuerpo malherido y
lacerado de alguien, prácticamente expuesto a los ojos de todo el mundo. Al
cabo de unas horas, fue trasladada en camilla por dos señores serios de
uniforme, y después un viejo que lo tenía por oficio la abrió y destripó,
volvió a cerrarla por decoro, cosiendo sólo lo imprescindible, y fue a parar a
un congelador de la morgue. En cuanto a él, no lo había visto. Debería estar
agradecido, reflexionó.
Martin Beck se dio cuenta de que tenía las manos cruzadas en la
espalda mientras se mecía sobre las plantas de los pies, una costumbre de los
años de patrulla tan difícil de evitar como insufrible. Además, se había
quedado mirando fijamente a un trozo de suelo de cemento gris que carecía de
interés, pues la lluvia había borrado hacía mucho tiempo los últimos restos de
la silueta trazada con tiza en la primera investigación rutinaria.
Aparentemente, debió de quedarse un buen rato en esa posición, pues el entorno
sufrió ciertos cambios. El más llamativo era un pequeño barco blanco de
pasajeros que se dirigía hacia la esclusa a considerable velocidad. Al pasar la
draga, una veintena de cámaras enfocaron hacia esta extraña embarcación; en
respuesta, el operario de la draga salió de su cabina e hizo una foto a los
pasajeros. Martin Beck siguió la nave con la mirada al dejar atrás el extremo
del rompeolas y reparó en ciertos detalles repugnantes. El casco, de líneas
puras, tenía el mástil cortado y la chimenea original, que sin duda debió ser
alta, recta y bella, había sido sustituida por un extraño capuchón aerodinámico
de metal. En las entrañas, donde la maquinaria debería dar golpes rítmicos,
ronroneaba algo que probablemente fuera un motor diesel. La cubierta se
encontraba abarrotada de turistas. Casi todos parecían viejos o de mediana
edad, y algunos llevaban sombreros de paja con cintas de flores.
El barco se llamaba Juno. Recordó que Ahlberg le había
mencionado este nombre ya el primer día que se conocieron.
Ahora había una llamativa cantidad de gente en el rompeolas y en
ambas orillas del canal. Algunos pescaban con caña y otros tomaban el sol, pero
la gran mayoría se dedicaban a observar el barco. Por primera vez en varias
horas, Martin Beck tuvo un motivo para decir algo.
—¿Siempre pasa a la misma hora?
—Sí, si sale de Estocolmo. A las doce y media, eso es. El que va
en la otra dirección llega más tarde, a las cuatro y pico. Se encuentran en
Vadstena. Atracan allí.
—Mucha gente por aquí..., quiero decir en tierra...
—Bajan a ver el barco.
—¿Siempre hay tanta gente?
—Normalmente, sí.
El hombre con el que hablaba se sacó la pipa de la boca para
escupir en el agua.
—Menudo entretenimiento —comentó. Quedarse mirando boquiabierto
a unos malditos turistas.
Cuando Martin Beck regresaba por la orilla del canal, volvió a
pasar aquel barco de pasajeros. Había superado ya la mitad de las esclusas y
chapoteaba apaciblemente en la tercera. Muchos pasajeros habían bajado a
tierra. Algunos estaban fotografiando la embarcación, otros hacían cola en los
puestos de recuerdos, donde compraban banderines, tarjetas postales y recuerdos
turísticos de plástico fabricados, sin duda, en Hong Kong. Martin Beck no
consiguió convencerse a sí mismo de que tenía prisa y por el respeto
acostumbrado a los recursos económicos del estado, volvió en autobús.
No había periodistas en el vestíbulo ni mensajes en recepción.
Subió a la habitación, se sentó a la mesa y miró por la ventana a la plaza. En
realidad tenía que regresar a la comisaría, pero ya había estado dos veces
antes de comer.
Media hora después telefoneó a Ahlberg.
—Hola. Me alegro de que hayas llamado. Está aquí el fiscal
provincial.
—¿Y?
—Va a dar una conferencia de prensa a las seis. Parece
preocupado.
—¿Sí?
—Quiere que vayas.
—Voy.
—¿Te llevas a Kollberg? No me ha dado tiempo a avisarle.
—¿Y Melander?
—Ha salido con uno de los míos a comprobar una pista.
—¿Te pareció que podía ser importante?
—¡Qué va!
—¿Y por lo demás?
—Nada. Al fiscal le preocupa la prensa. Llaman por el otro
teléfono.
—Vale. Hasta ahora.
Se quedó sentado fumando apáticamente hasta que terminó el
paquete. Luego miró el reloj, se levantó y salió al pasillo. Se detuvo tres
puertas más allá, llamó y entró, a su manera, en silencio y como un rayo.
Kollberg estaba tumbado en la cama leyendo el periódico
vespertino. Se había quitado los zapatos y la americana, y tenía desabrochada
la camisa. Su arma reglamentaria descansaba sobre la mesilla, enredada en la
corbata.
—Hoy hemos retrocedido a la página doce —dijo—. Están jodidos
los pobres, no es fácil.
—¿Quiénes?
—Los malditos periodistas, quiénes van a ser. «El misterio en
torno al brutal asesinato de una mujer en Motala sigue sin resolverse. No sólo
la policía local sino también los curtidos inspectores de la Brigada de
Homicidios buscan a ciegas en las tinieblas más impenetrables.» ¿De dónde sacan
todo eso?
Kollberg era corpulento y daba la impresión de ser impasible y
cordial, lo que había llevado a mucha gente a cometer errores fatales.
—«Al principio pareció un caso rutinario, pero se complica por
momentos. El equipo que dirige la investigación se muestra sumamente reservado,
se siguen varias líneas de investigación. La belleza desnuda del lago Boren...»
—Bah, que se jodan.
Echó una ojeada al resto del artículo y luego dejó caer el
periódico al suelo.
—Me cago en diez. Menuda belleza. Una tía patizamba de lo más
normal con mucho culo y pocas tetas.
Martin Beck recogió el periódico y se puso a hojearlo como
ausente.
—Hay que reconocer que tenía un buen coño —comentó Kollberg.
—Que se convirtió en su desgracia —añadió filosóficamente.
—¿La has visto?
—Claro. ¿Tú no?
—Sólo en fotos.
—Pues yo sí la he visto —dijo Kollberg.
—Joder —siguió.
—¿Qué has hecho esta tarde?
—¿Tú qué crees? He leído los informes de los compañeros que han
ido llamando a las puertas para recoger información en el vecindario. Una
basura. Es una locura mandar a un montón de chavales así, a la deriva. Todos se
expresan de manera diferente y ven cosas distintas. Algunos redactan cuatro
páginas porque han encontrado un gato tuerto o críos con mocos, mientras que
otros serían capaces de despachar tres cadáveres y una bomba de acción
retardada en una oración subordinada de relativo. Además, todos formulan las
preguntas a su manera.
Martin Beck no dijo nada. Kollberg suspiró.
—Deberían tener unos formularios —aconsejó—. Nos ahorraría tres
cuartas partes del tiempo.
—Sí.
Martin Beck rebuscó algo en los bolsillos.
—Como es bien sabido, yo no fumo —advirtió Kollberg
maliciosamente.
—El fiscal provincial da una conferencia de prensa dentro de
media hora. Quiere que vayamos.
—Ajá. Sin duda será un acontecimiento muy divertido. Señaló el
periódico y propuso:
—¿Y si esta vez preguntamos nosotros a los periodistas? Este tío
lleva cuatro días seguidos escribiendo que se espera un arresto en el
transcurso de la tarde. Y la tía un día se parece a Anita Ekberg y otro a Sofía
Loren.
Se incorporó y se sentó en la cama, se abrochó la camisa y se
dispuso a atarse los cordones de los zapatos. Martin Beck se acercó a la
ventana.
—Va a llover —dijo.
—Y una mierda —contestó Kollberg bostezando.
—¿Estás cansado?
—Anoche dormí dos horas. Recorrimos los extensos bosques bajo la
luz de la luna buscando a aquel tipo del manicomio de Sankt Sigfrid.
—Es verdad.
—Pues sí. Y cuando llevábamos siete horas arrastrando el culo
por ese maldito póster turístico, alguien se tomó la molestia de decirnos que
los compañeros del distrito de Klara ya habían cogido a ese cabrón anteayer en
el parque de Berzeln.
Kollberg se terminó de vestir y se enfundó el arma. Echó un
rápido vistazo a Martin Beck y dijo:
—Pareces deprimido. ¿Qué te pasa?
—Nada.
—Venga, vamos. La prensa mundial nos espera.
Ya había una veintena de periodistas en la sala donde iba a
celebrarse la rueda de prensa, además del fiscal provincial, el fiscal de la
ciudad, el comisario Larsson y un fotógrafo de la televisión con cámara y dos
focos. A Ahlberg no se le veía. El fiscal provincial, sentado tras una mesa,
hojeaba pensativo los papeles de una carpeta. Casi todos los demás se
encontraban de pie. No había suficientes sillas. Todo el mundo hablaba a la vez
y se quitaban la palabra unos a otros. Había poco espacio y el ambiente estaba
cargado. Martin Beck, que odiaba las aglomeraciones, dio unos pasos hacia atrás
y se colocó de espaldas a la pared, en la zona fronteriza entre los que
contestaban y los que hacían las preguntas.
Al cabo de unos minutos, el fiscal provincial se dirigió al
fiscal de la ciudad y le dijo algo. Éste se volvió hacia Larsson y le preguntó
en un susurro de apuntador que se abrió paso entre tantas voces:
—¿Dónde demonios se ha metido Ahlberg?
Larsson cogió el teléfono y cuarenta segundos más tarde Ahlberg
entró en la sala con los ojos rojos, sudando y la americana a medio poner.
El fiscal provincial se levantó y dio unos golpecitos sobre la
mesa con su estilográfica. Era alto y fuerte, y vestía de manera sumamente
correcta, rayando en la elegancia.
—Señores míos, me alegra ver a tantos periodistas en esta
improvisada sesión informativa. Distingo representantes de todos los medios de
comunicación, prensa, radio y televisión.
Hizo una ligera reverencia hacia el cámara de televisión,
aparentemente el único entre los presentes que era capaz de identificar con
seguridad.
—Asimismo, me alegra poder decir sin dudarlo que su manera de
tratar esta trágica y... delicada historia, ha sido, en general, correcta y
responsable. Por desgracia, hay también algunas excepciones, el sensacionalismo
y las especulaciones sin fundamento están fuera de lugar en casos tan...
lamentables como...
Kollberg bostezó exageradamente y ni se molestó en taparse la
boca con la mano.
—Como comprenderán ustedes, y seguramente no hará falta que
vuelva a insistir en ello, esta investigación es de una naturaleza
especialmente... delicada y...
Desde el otro extremo de la sala, Ahlberg observaba a Martin
Beck con sus claros ojos azules llenos de un triste entendimiento.
—Y precisamente estos... casos tan especiales exigen, como es
lógico, un tratamiento más que prudente.
El fiscal provincial continuaba hablando. Martin Beck miró por
encima del hombro al periodista de delante y vio cómo dibujaba una estrella en
su cuaderno con maestría. El cámara de televisión estaba apoyado en el trípode.
—... y naturalmente no queremos, bueno, ni queremos ni podemos
ocultar que estamos muy agradecidos por toda la ayuda recibida en esta...
delicada investigación. En resumen, necesitamos la ayuda de lo que solemos
llamar «el público, el gran detective».
Kollberg bostezó. La cara de Ahlberg ya sólo mostraba
desesperación.
Finalmente, Martin Beck se atrevió a mirar a los presentes en la
sala. Conocía a tres de los periodistas, eran mayores y venían de Estocolmo;
reconoció a dos más. Casi todos parecían muy jóvenes.
—Así, pues, señores míos, el equipo que dirige esta
investigación está a su entera disposición —concluyó el fiscal y se sentó.
Con aquella intervención, por lo visto había dicho todo lo que
tenía que decir. El comisario Larsson contestó al principio a las preguntas. La
mayoría las hacían tres jóvenes reporteros que se interrumpían entre ellos sin
cesar. Martin Beck reparó en que algunos de los periodistas permanecían en
silencio y no tomaban notas. La actitud que demostraban hacia la dirección de
la investigación parecía mostrar compasión y comprensión. Los fotógrafos
bostezaban. La sala estaba ya muy cargada por el humo del tabaco.
PREGUNTA: ¿Por qué no se ha convocado una rueda de prensa hasta
ahora?
RESPUESTA: El equipo que dirige la investigación se ha visto
desbordado por una sobrecarga de trabajo. Además, ciertos datos sustanciales
son de tal género que no se pueden hacer públicos sin arriesgar la
investigación.
PREGUNTA: ¿Se prevé algún arresto inminente?
RESPUESTA: Es posible, pero de momento, desafortunadamente, no
podemos dar una respuesta concreta.
PREGUNTA: ¿Realmente tienen alguna idea en este caso?
RESPUESTA: Todo lo que les puedo decir es que se está siguiendo
una línea específica en la investigación.
(Después de esta asombrosa serie de medias verdades, el
comisario dirigió una mirada triste al fiscal provincial, absorto en sus
propias uñas.)
PREGUNTA: Acaban de criticar a algunos de mis colegas, ¿acaso
cree el equipo de investigación que los periodistas, de manera más o menos
intencionada, hemos distorsionado los hechos?
(La pregunta fue hecha por un reportero, conocido por sus
fabulaciones sin fundamento, cuyos artículos habían hecho una profunda
impresión en Kollberg.)
RESPUESTA: Sí, desgraciadamente.
PREGUNTA: ¿Y no ha sucedido más bien que la policía nos ha
dejado a los periodistas en la estacada al no facilitarnos información objetiva
e, intencionadamente, nos ha abandonado a nuestro propio albedrío?
RESPUESTA: Hummm...
(Algunos de los periodistas menos habladores empezaron a dar
muestras de incomodidad.)
PREGUNTA: ¿Han identificado a la víctima?
(El comisario Larsson pasó la pelota a Ahlberg con una rápida
mirada en su dirección, se sentó y con gesto ostensivo sacó un puro del
bolsillo del pecho.)
RESPUESTA: No.
PREGUNTA: ¿Es probable que provenga de la ciudad o de los
alrededores?
RESPUESTA: No parece probable.
PREGUNTA: ¿Por qué?
RESPUESTA: En caso de que así fuera, habríamos podido determinar
su identidad.
PREGUNTA: ¿Es ésta la única razón para suponer que la víctima
proviene de alguna otra parte del país?
(Ahlberg miró sobriamente al comisario, quien dedicaba toda su
atención al puro.)
RESPUESTA: Sí.
PREGUNTA: ¿Ha dado resultado la búsqueda en el fondo del canal,
junto al rompeolas?
RESPUESTA: Hemos hallado algunos objetos.
PREGUNTA: ¿Se pueden relacionar estos objetos con el crimen?
RESPUESTA: Resulta difícil de decir.
PREGUNTA: ¿Qué edad tenía?
RESPUESTA: Probablemente entre veinticinco y treinta años.
PREGUNTA: ¿Exactamente cuánto tiempo llevaba muerta cuando fue
encontrada?
RESPUESTA: Tampoco es sencillo de precisar. Entre tres y cinco
días.
PREGUNTA: La descripción que se ha hecho pública parece difusa.
¿No pueden ser más precisos?
RESPUESTA: Hemos realizado una nueva descripción. Tenga.
Asimismo, se ha retocado una foto de su rostro que les agradecería que
publicaran.
(Ahlberg cogió una pila de papeles de la mesa y empezó a
repartirlos. El ambiente de la sala resultaba pesado y sofocante.)
PREGUNTA: ¿No tenía en el cuerpo alguna marca particular?
RESPUESTA: Por lo que sabemos, no.
PREGUNTA: ¿Qué quiere decir?
RESPUESTA: Pues que no tenía marcas, simplemente.
PREGUNTA: ¿El examen de la dentadura ha dado alguna pista?
RESPUESTA: Que sus dientes estaban sanos.
(Siguió una pausa larga y tensa. Martin Beck vio que el
reportero de delante continuaba perfeccionando su estrella.)
PREGUNTA: ¿Qué han concluido tras la operación puerta a puerta?
RESPUESTA: Se está trabajando con ese material.
PREGUNTA:¿Sería posible que el cuerpo hubiera sido lanzado al
agua lejos de aquí y que la corriente lo hubiera arrastrado hasta el rompeolas?
RESPUESTA: No lo veo probable.
PREGUNTA: En resumen, ¿podemos decir que la policía se encuentra
ante un misterio?
Contestó el fiscal provincial:
—La mayoría de los delitos parecen misterios al principio.
Y así concluyó la conferencia.
Cuando abandonaban la sala, uno de los periodistas mayores se
acercó a Martin Beck, le puso la mano en el brazo y le preguntó:
—¿No sabéis nada?
Martin Beck negó con la cabeza.
En el despacho de Ahlberg dos agentes estaban repasando todos
los informes de las entrevistas de la operación puerta a puerta.
Kollberg se acercó a la mesa, echó un vistazo a un par de
páginas y se encogió de hombros.
Entró Ahlberg. Se quitó la americana y la colgó en el respaldo
de la silla. Luego se volvió hacia Martin Beck y dijo:
—El fiscal provincial quiere hablar contigo. Continúa ahí
dentro.
El fiscal provincial y el fiscal de Motala estaban aún sentados
en la mesa.
—Beck —empezó el fiscal provincial—, ya no considero necesaria
su presencia aquí. Simplemente no hay trabajo para ustedes tres.
—Estoy completamente de acuerdo.
—Además, creo que gran parte del trabajo pendiente puede
realizarse en otro lugar.
—Es posible.
—En resumen, no quiero retenerle aquí, sobre todo si su
presencia resulta más necesaria en otro sitio.
—Soy de la misma opinión —se sumo el fiscal de la ciudad.
—Yo también —convino Martin Beck.
Se dieron la mano.
En el despacho de Ahlberg seguía remando el silencio.
Martin Beck no lo rompió.
Después de un rato entró Melander. Se quito el sombrero, lo
colgó y saludó serio con un movimiento de cabeza. Luego se acercó a la mesa, a
la máquina de escribir de Ahlberg, metió una hoja de papel y escribió unas
líneas. Lo firmó y lo archivó en una de las carpetas de la estantería.
—¿Tienes algo? —preguntó Ahlberg.
—No —respondió Melander.
No se había inmutado desde que entró.
—Regresamos mañana —dijo Martin Beck.
—Menos mal —contestó Kollberg bostezando.
Martin Beck dio un paso hacia la puerta, se dio la vuelta y miró
al hombre de la mesa.
—¿Me acompañas al hotel? —le propuso.
Ahlberg inclinó la cabeza hacia atrás y miró al techo. Luego se
levantó y se puso la americana.
En el vestíbulo del hotel se despidieron de Melander.
—Ya he cenado. Buenas noches.
Melander era un hombre de costumbres sanas. Además, economizaba
el dinero de las dietas y se mantenía fundamentalmente a base de perritos
calientes y refrescos.
Los otros tres entraron en el comedor y se sentaron.
—Un gin tonic —dijo Kollberg—. Gordon y Schweppes.
Los demás pidieron filete, cerveza y aguardiente. Le trajeron a
Kollberg su bebida y la apuró en tres tragos. Martin Beck sacó la nueva
descripción y la leyó.
—Me voy a la cama —dijo Kollberg.
—¿Me haces un favor?
—Siempre dispuesto.
—Quiero que redactes otra descripción especialmente para mí. No
sólo de las características físicas sino una descripción más completa. No la de
un cadáver sino la de una persona. Cómo podría haber sido cuando vivía. No hay
prisa.
Kollberg se quedo callado un rato.
—Entiendo lo que quieres decir —aseguro—. Por cierto, hoy
nuestro amigo Ahlberg mintió a los medios de comunicación internacionales
convocados. Ella de hecho tenía un lunar en la parte interna del muslo
izquierdo. Marrón. Con forma de cerdo.
—No reparamos en eso —reconoció Ahlberg.
—Yo sí —replicó Kollberg.
Antes de marcharse, dijo:
—No te preocupes. Uno no puede verlo todo. Además, ahora es tu
homicidio. Olvida que he estado aquí. Fue un espejismo. Hasta luego.
—Hasta luego —se despidió Ahlberg.
Cenaron en silencio. Pasado un buen rato, Ahlberg, sin levantar
la vista de su coñac, añadió:
—¿Piensas dejar esto ahora?
—No —contestó Martin Beck.
—Yo tampoco —dijo Ahlberg—. Nunca jamás.
Media hora después se despidieron.
Cuando Martin Beck entró en su habitación, se encontró una hoja
de papel doblada que alguien había metido por debajo de la puerta. La abrió y
enseguida reconoció la letra de Kollberg, ordenada y de fácil lectura. Conocía
bien a Kollberg desde hacía mucho tiempo, así que no se sorprendió.
Se desnudó, se lavó de cintura para arriba con agua fría y se
puso el pijama. Luego sacó los zapatos al pasillo, colocó los pantalones debajo
del colchón, apagó la luz del techo, encendió la lámpara de la mesilla y se
metió en la cama. Kollberg había escrito:
En lo que se refiere a la mujer que ocupa tus pensamientos se
puede concluir lo siguiente:
1. Media 1,67 (como ya sabes), tenía ojos azul grisáceo y el
pelo castaño oscuro. Los dientes completamente sanos, sin marcas de cicatrices
por intervenciones quirúrgicas ni ningún otro tipo de marcas en el cuerpo, con
la excepción de un lunar en la parte alta de la cara interna del muslo
izquierdo, a cuatro o cinco centímetros de la ingle. Marrón, del tamaño de una
moneda de diez céntimos y con forma oval, parecía un pequeño cerdo. Tenía
veintisiete o veintiocho años (según la opinión que conseguí sonsacarle por
teléfono al forense). Pesaba aproximadamente cincuenta y seis kilos.
2. Su constitución: hombros delgados y cintura bastante fina,
caderas anchas y glúteos bien desarrollados. Sus medidas debieron de haber
sido, aproximadamente: 82-58-94. Los muslos: fuertes y largos. Las piernas:
pantorrillas musculosas, espinillas relativamente fuertes, aunque no gruesas.
Los pies apenas tienen deformaciones, con dedos largos y rectos. Ausencia de
callos, pero con fuertes durezas en las plantas de los pies, como si anduviera
mucho descalza y el resto del tiempo en sandalias o botas de goma. Tenía mucho
vello en las piernas, probablemente las llevaba desnudas la mayoría del tiempo.
Forma de las piernas: defectuosa. Sin duda andaba juntando las rodillas y con
los dedos de los pies apuntando hacia fuera. Tenía bastante masa corporal, pero
no era obesa. Brazos delgados. Manos pequeñas, pero dedos largos. Número de
calzado: 37.
3. El bronceado del cuerpo indica: había tomado el sol en bikini
y con gafas de sol. Había calzado sandalias de tiras.
4. El sexo bien desarrollado con abundante vello oscuro. Los
pechos pequeños y nacidos. Los pezones grandes y de color marrón oscuro.
5. El cuello bastante corto. Rasgos de la cara bien definidos.
Boca grande con labios carnosos. Cejas rectas, pobladas y oscuras, pestañas de
un color más claro, no muy largas. Nariz recta, corta y bastante ancha. No hay rastro
de maquillaje en la cara Las uñas de manos y pies duras y probablemente cortas.
No hay restos de esmalte.
6. En el informe de la autopsia (que ya has leído) me fijé en
que no había dado a luz ni había tenido ningún aborto. El crimen no se
relacionaba con un coito convencional (no hay rastro de esperma). Había comido
de 3 a 5 horas antes de morir: carne, patatas, fresas y leche. No hay rastro de
enfermedades o cambios orgánicos. No fumaba.
He pedido que me despierten a las seis. Hasta luego.
Martin Beck leyó el resumen de Kollberg dos veces antes de
doblar el papel y dejarlo sobre la mesilla. Luego apagó la lámpara y se dio la
vuelta hacia la pared.
Había empezado ya a clarear cuando se durmió.
Capítulo 6
El calor flotaba sobre el asfalto al salir de Motala. Era
temprano y la carretera se extendía lisa y vacía. Kollberg y Melander iban
delante, Martin Beck atrás con la ventanilla bajada para que el viento le diera
en la cara. Estaba mareado por el café que se había tomado a toda prisa
mientras se vestía.
A Martin Beck le pareció que Kollberg conducía mal, y aceleraba
y desaceleraba pero por lo menos no hablaba, algo poco habitual en él. Melander
miraba aburrido por la ventanilla y mordía la pipa con fuerza.
Cuando llevaban tres cuartos de hora en silencio, Kollberg
señaló con la cabeza un lago que se asomaba entre los árboles por la izquierda.
—El lago Boren —dijo—. Boren, Roxen y Glan. Que yo recuerde, eso
es más o menos lo único que aprendimos en el colegio, joder.
Los otros dos permanecieron en silencio.
Pararon en una cafetería de Linköping. Martin Beck seguía
sintiéndose mal y se quedó en el coche mientras sus compañeros desayunaban.
El desayuno animó a Melander y durante el resto del viaje, los
dos hombres de delante intercambiaron ocasionalmente algunas frases sueltas.
Martin Beck continuaba callado. No le apetecía hablar.
Al llegar a Estocolmo, se marchó directamente a casa. Su mujer
estaba tomando el sol sentada en el balcón. Sólo llevaba puesto unos pantalones
cortos y al darse cuenta de que se abría la puerta, cogió el sujetador de la
barandilla del balcón y se levantó.
—Hola —dijo—. ¿Qué tal?
—Mal. ¿Dónde están los niños?
—Se han ido con las bicicletas a bañarse. Tienes mala cara. No
habrás comido bien. Te voy a preparar el desayuno.
—Estoy cansado —dijo Martin Beck—. No me apetece desayunar.
—Pero te lo preparo en un momento. Siéntate y...
—No quiero desayunar. Voy a echarme un rato. Despiértame dentro
de una hora.
Eran las nueve y cuarto. Entró al dormitorio y cerró la puerta.
Cuando lo despertó, tuvo la sensación de que apenas había dormido un par de
minutos.
Era la una menos cuarto.
—Te dije una hora.
—Parecías muy cansado. Te llama el comisario Hammar.
—Joder.
Una hora más tarde se presentó en el despacho de su jefe.
—¿Habéis avanzado algo?
—No. No hemos averiguado nada. Ni quién es, ni dónde la mataron
y menos aún quién lo hizo. Sabemos más o menos cuándo y cómo sucedió, eso es
todo.
Hammar había posado las palmas de las manos sobre la mesa y
estudiaba sus uñas con el ceño fruncido. Le sacaba quince años a Martin Beck,
un hombre bastante grueso, de pelo canoso y abundante, y cejas muy pobladas.
Era un buen jefe, tranquilo, a veces incluso un poco lento, y se llevaban bien.
El comisario Hammar cruzó las manos y alzó la vista hacia Martin Beck.
—Mantente en contacto con Motala. Probablemente será como tú
dices, la mujer se marchó de vacaciones y la gente cree que está de viaje, tal
vez en el extranjero. Pueden pasar por lo menos quince días hasta que alguien
la eche de menos. Eso calculando que disfrutaba de tres semanas libres. Pero me
gustaría disponer de tu informe cuanto antes.
—Lo tendré listo esta tarde.
Martin Beck entró en su despacho, quitó la funda a la máquina de
escribir, pasó un rato hojeando las copias que le había dado Ahlberg y se puso
a escribir.
A las cinco y media sonó el teléfono.
—¿Vienes a cenar?
—Creo que no.
—¿No hay más policías que tú? —se quejó su esposa—. ¿Es que
debes hacerlo todo? ¿Cuándo tienen previsto que veas a tu familia? Los niños
preguntan por ti.
—Intentaré estar en casa a las seis y media.
Un par de horas más tarde terminó el informe.
—Vete y acuéstate —le dijo Hammar—. Pareces cansado.
Martin Beck lo estaba. Cogió un taxi para ir a casa, cenó y se
fue a la cama. Se durmió enseguida.
A la una y media de la madrugada, sonó el teléfono.
—¿Estabas durmiendo? Siento despertarte. Sólo quería avisarte
que ya está resuelto. Se presentó voluntariamente.
—¿Quién?
—Holm, el vecino. Su marido. Se vino abajo. Celos. ¿A que es
raro?
—¿El vecino de quién? ¿De quién estás hablando?
—De la tía de Storängen, ¿de quién va a ser? Sólo quería
decírtelo para que no te quedaras despierto toda la noche comiéndote la
cabeza... ¡Dios mío! ¿Me he equivocado?
—Sí.
—Joder, es verdad. Tú no estuviste. Fue Stenstrom. Lo siento.
Hasta mañana.
—Gracias por llamar, ha sido un detalle.
Volvió a la cama, pero ya no pudo dormir. Se quedó mirando el
techo escuchando los ronquidos de su mujer. Se sentía vacío y desesperado.
Cuando los rayos de sol iluminaban el dormitorio, se dio media
vuelta pensando: mañana hablaré con Ahlberg.
Llamó a Ahlberg al día siguiente y otras cuatro o cinco veces
durante aquella semana, pero ninguno de los dos tenía gran cosa que decir. La
procedencia de la chica seguía siendo un misterio. Los periódicos dejaron de
informar sobre el caso y Hammar no volvió a preguntar. No llegaba ninguna
denuncia de desaparición que encajara con la víctima. A veces daba la sensación
de que no existía. Todos parecían haberla olvidado, menos Martin Beck y
Ahlberg.
A primeros de agosto, Martin Beck cogió una semana de vacaciones
y se fue al archipiélago con la familia. Al volver siguió ocupándose de los
asuntos rutinarios que se le amontonaban. Se sentía deprimido y dormía mal.
Una noche a finales de agosto yacía en la cama con la mirada
perdida en la oscuridad.
Ahlberg le había llamado tarde. Estaba en el Stadshotellet y le
pareció algo bebido. Hablaron durante un rato del asesinato y antes de colgar,
Ahlberg dijo:
—Sea quien sea y esté donde esté, lo cogeremos.
Martin Beck se levantó y salió descalzo y sigiloso al salón.
Encendió la lámpara del escritorio y contempló la maqueta del Danmark. Todavía
le quedaban los aparejos.
Se sentó en el escritorio y saco una carpeta de la cajonera.
Dentro guardaba la descripción de la chica que había escrito Kollberg y las
copias de las fotos que el fotógrafo de Motala había tomado hacía menos de dos
meses. Aunque se la sabía casi de memoria, la repasó lenta y minuciosamente.
Luego extendió las fotos delante y las estudió durante mucho tiempo.
Cerró la carpeta y apagó la luz: «Fuera quien fuera ella y
viniera de donde viniera, lo averiguaré.»
Capítulo 7
—La Interpol, me cago en diez —se quejó Kollberg.
Martin Beck no dijo nada. Kollberg lo miró por encima del
hombro.
—¿Encima esos cabrones escriben en francés?
—Sí. Es de la policía de Toulouse. Tenían una denuncia por
desaparición.
—La policía francesa —insistió Kollberg—. Tramité una denuncia
por desaparición con ellos hace un par de años a través de Interpol. Una niña
bien de Djursholm. Ni una palabra en tres meses y de repente llega una carta
larguísima de la Gendarmería de París. No me entero de nada, así que mando
traducirla y al día siguiente leo en el periódico que un turista sueco encontró
a la chica. Bueno, «encontró», la vio en ese café tan famoso donde les gusta
pasar el día a todas las putas suecas baratas...
—Le Dôme.
—Eso es. Allí estaba sentada tranquilamente con el tipo árabe
con quien vive y resulta que va allí todos los dichosos días desde hace casi
seis meses. Por la tarde me llega la traducción y leo que no se la ha visto en
Francia en los últimos tres años y que, con toda seguridad, no se halla en el
país actualmente. Al menos viva. Me comunican que las desapariciones
«corrientes» se resuelven siempre en un plazo de dos semanas, por lo que en
este caso, por desgracia, habrá que pensar en un crimen.
Martin Beck dobló la carta, la cogió por un extremo entre los
dedos pulgar e índice de la mano derecha, y la dejó caer en uno de los cajones.
—¿Qué pone? —preguntó Kollberg.
—¿De la chica de Toulouse? La policía española la encontró hace
una semana en Mallorca.
—Parece mentira que se necesiten tantos sellos y tanta
palabrería rara para decir tan poco.
—Ya —contestó Martin Beck.
—Al final va a resultar que la mujer es sueca. Como pensamos
todos desde el principio. Es extraño.
—¿Qué?
—Que nadie la eche de menos, sea quien sea. Incluso yo pienso en
ella de vez en cuando.
El tono de Kollberg fue cambiando gradualmente.
—Me molesta —admitió—. Me molesta muchísimo. ¿Cuántos chascos te
has llevado?
—Con éste, veintisiete.
—Te llevarás más.
—Sin duda.
—Bueno, no le des más vueltas.
—No.
Resulta más fácil dar consejos bienintencionados que recibirlos,
pensó Martin Beck. Se levantó y se acercó a la ventana.
—Bueno, pues tendré que volver con mi homicida —dijo Kollberg—.
No hace más que lloriquear y comer bocadillos. Menudo comportamiento. Primero
se bebe un litro de colonia barata y mata a la parienta y a los críos con un
martillo-hacha, acto seguido intenta prender fuego a la casa y cortarse el
cuello con una sierra. Para colmo, al final, se va corriendo a la poli y se
pone a llorar y a quejarse de la comida. Esta tarde sin falta lo mando al
manicomio.
—Joder, qué maravillosa es la vida —exclamó, y cerró la puerta
de un portazo.
El verdor del camino entre la comisaría y el hotel de
Kristineberg había empezado a palidecer. Una cortina de lluvia barría un cielo
bajo y gris, la tormenta desgarraba las nubes y los árboles ya habían perdido
gran parte de su espléndida hojarasca. Por la fecha, veintinueve de septiembre,
el otoño estaba llegando de forma definitiva e irreversible. Martin Beck
contempló con desdén su cigarrillo Florida a medio fumar, mientras pensaba en
sus sensibles vías respiratorias, y en el primer y formidable constipado
invernal que pronto cogería.
«Pobrecita, ¿quién eres tú?», se preguntó a sí mismo.
Sabía que cada día que pasaba sus oportunidades se reducían.
Quizá nunca descubrirían quién era aquella mujer, ni mucho menos atraparían al
culpable si no actuaba de nuevo. La mujer que yació bajo el sol sobre una lona
en el rompeolas poseía al menos una cara, un cuerpo y una tumba sin nombre. Del
asesino no se conocía nada, ni siquiera su aspecto, era algo nebuloso. Y las
figuras nebulosas no tienen deseos ni armas afiladas. Tampoco manos de
estrangulados Martin Beck se estremeció. «Recuerda que posees tres de las
principales virtudes de un policía —pensó para sí mismo—. Eres tozudo y lógico.
Y muy sereno. No pierdes los estribos, tu compromiso en una investigación, sea
del tipo que sea, debe ser única y exclusivamente profesional. Palabras como
detestable, horror o crueldad pertenecen a los periódicos, no al mundo de tus
pensamientos. Los asesinos son gente completamente normal, sólo que más
infelices e inadaptados.»
Aunque no había vuelto a ver a Ahlberg desde aquella noche en el
hotel de Motala, hablaban a menudo por teléfono. La última vez la semana
pasada, y recordó su frase final:
«¿Vacaciones? No hasta que esté resuelto el caso. Dentro de poco
terminaré de comprobarlo todo; seguiré aunque tenga que rastrear yo mismo el
lago entero.»
Últimamente Ahlberg mostraba una gran tozudez, pensaba Martin
Beck.
Joder, joder, joder, murmuraba golpeándose la frente con el
puño.
Luego volvió a la mesa y se sentó, giró la silla hacia la
izquierda y miró sin especial interés el papel de la máquina de escribir,
mientras intentaba recordar lo que se disponía a escribir justo antes de que le
interrumpiera Kollberg con la carta de la Interpol.
Seis horas más tarde, a las cinco menos dos minutos, se puso el
sombrero y el abrigo, y empezó a odiar el vagón repleto del metro en dirección
sur. Seguía lloviendo y le pareció percibir el olor viciado a ropa mojada y
aquella sensación claustrofóbica de ir estrujado entre una masa compacta de
cuerpos extraños.
A las cinco menos un minuto entró Stenström. Como siempre, abrió
la puerta de repente, sin llamar. Le molestaba, pero resultaba soportable en
comparación con los golpecitos de pájaro carpintero de Melander y los
ensordecedores martillazos de Kollberg.
—Aquí hay un mensaje para el departamento de mujeres
desaparecidas. Pronto tendrás que mandar una tarjeta de agradecimiento a la
Embajada americana. Es la única que se porta bien.
Estudio el telex de color rojo claro.
—Lincoln, Nebraska. ¿De dónde procedía la última vez?
—Astoria, Nueva York.
—¿Fueron los que enviaron una descripción de tres páginas y se
les olvidó mencionar que se trataba de una mujer negra?
—Sí —contestó Martin Beck.
Stenström le pasó el papel y le dijo:
—Aquí hay un número de teléfono de alguien de la embajada.
Parece que te toca llamar.
Contento —aunque con cierto sentimiento de culpabilidad—, por
cualquier excusa que le permitiera retrasar el tormento del metro, volvió a la
mesa, pero ya era tarde. El personal de la embajada se había marchado.
Al día siguiente, miércoles, hacía peor tiempo que nunca. El
correo de la mañana incluía una tardía denuncia por desaparición de una
asistenta de veinticinco años de un lugar que se llamaba Räng. Por lo visto se
encontraba en la provincia de Escania. No había regresado después de las
vacaciones.
Durante toda la mañana se enviaron copias de la descripción de
Kollberg y de las fotos retocadas al fiscal de la ciudad de Vellinge, en
Escania, y a un tal teniente detective Elmer B. Kafka, Homicide Squad, Lincoln,
Nebraska, Estados Unidos.
Después de comer, Martin Beck sintió cómo se le inflamaban las
amígdalas y cuando llegó a casa por la noche ya le costaba tragar.
—Mañana la policía criminal se tendrá que arreglar sin ti, si no
se las verán conmigo —le advirtió su esposa.
Abrió la boca para contestar, pero echó un vistazo a los niños y
la cerró sin decir nada.
Ella no tardó en darse cuenta de su triunfo y siguió por la
misma línea.
—Es que tienes la nariz completamente congestionada. Abres la
boca para coger aire como una perca en tierra.
Dejó el cuchillo y el tenedor sobre la mesa, murmuró un «gracias
por la comida» y se encerró con los aparejos de la maqueta de su buque. Al cabo
de un rato, se sintió más relajado. Trabajaba lenta y metódicamente, y no le
pasaban por la mente pensamientos ajenos. Si le llegaba algún ruido de la
televisión de la habitación contigua, ni lo registraba. Después de un tiempo
difícil de determinar, su hija se presentó ante la puerta, enfadada y con
rastro de chicle en la barbilla.
—Te llama un tío por teléfono. En medio de Perry Mason... qué
oportuno... Maldita sea, hay que cambiar de sitio el teléfono.
Maldita sea, hay que empezar a encargarse ya de la educación de
los hijos.
Maldita sea, ¿qué le dices a una hija que acaba de cumplir trece
años, adora a los Beatles y ya tiene tetas?
Entró con sigilo en el salón como si pidiera perdón por existir,
echó una mirada apacible al gran abogado defensor Perry Mason, cuyo rostro
perruno y decrépito llenaba en ese momento la pantalla de la televisión, y se
llevó el teléfono al recibidor.
—Hola —dijo Ahlberg—. Oye, creo que tengo algo.
—¿Sí?
—¿Recuerdas que hablamos de los barcos del canal? Los que pasan
por aquí durante el verano a las doce y media y a las cuatro.
—Sí.
—He intentado comprobar el tráfico de barcos pequeños y de
barcos de carga durante aquella semana, es prácticamente imposible dar con
todos los que vinieron por aquí. Pero hace una hora, de repente, uno de los
chavales de la policía se acordó de que el verano pasado vio un barco de
pasajeros por el mausoleo de Baltazar von Platen en dirección al oeste en plena
noche. No me supo decir exactamente cuándo, ni se le ocurrió comentármelo hasta
ahora. Tenía una patrulla especial por esa zona algunas noches. Parece
disparatado, pero jura que es verdad. Se fue de vacaciones al día siguiente y
se le olvidó.
—¿Reconoció el barco?
—No, espera. He llamado a Gotemburgo, a un par de funcionarios
de la compañía naviera. Y uno de ellos me comentó que podría ser cierto. Creía
que el barco se llamaba Diana y me dio la dirección del capitán.
Hubo un breve silencio. Se oyó cómo Ahlberg encendía una
cerilla.
—Conseguí contactar con el capitán. Me dijo que por supuesto se
acordaba, aunque habría preferido olvidarlo. Primero tuvieron que pararse
durante tres horas a causa de la niebla en Havringe y luego se rompió un tubo
de vapor del motor...
—Máquina.
—¿Qué?
—De la máquina. Del motor, no.
—Vale. De todas maneras estuvieron detenidos más de ocho horas
en Söderköping hasta que lo repararon. Significa que se retrasaron casi doce
horas y que pasaron Borenshult después de medianoche. No atracaron ni en Motala
ni en Vadstena, sino que fueron directamente a Gotemburgo.
—¿Cuándo ocurrió eso? ¿Qué día?
—El segundo viaje de vuelta después de la fiesta de San Juan, es
decir, la noche del cinco.
Los dos permanecieron en silencio por lo menos durante diez
segundos.
Luego, Ahlberg recordó:
—Cuatro días antes de encontrarla, volví a llamar al chico de la
compañía naviera para verificar las horas. Quería saber por qué, y entonces me
aseguré de que todos los de a bordo habían llegado bien. ¿Y quién pudo no
llegar bien? me preguntó. Pues no lo sé, le contesté. Habrá pensado seguramente
que estoy loco.
Hubo otro silencio.
—¿Crees que puede significar algo? —preguntó Ahlberg al final.
—No lo sé —contestó Martin Beck—. Tal vez. De todas maneras has
hecho un buen trabajo.
—Si resulta que todos los que subieron a bordo llegaron a
Gotemburgo, no aportará gran cosa.
Su voz revelaba una peculiar mezcla de decepción y modesto
triunfo.
—Tenemos que comprobar todos y cada uno de los datos —añadió
Ahlberg.
—Por descontado.
—Hasta luego.
—Hasta luego. Te llamaré.
Martin Beck se quedó un rato con la mano en el auricular, luego
frunció el ceño y cruzó el salón como un sonámbulo. Cerró la puerta despacio y
se sentó delante de la maqueta, llevó la mano derecha hasta uno de los estays
del mástil de mesana, pero la dejó caer enseguida.
Siguió allí una hora más; hasta que su mujer entró y le mandó a
la cama.
Capítulo 8
—No tienes muy buen aspecto que digamos —comentó Kollberg.
Efectivamente, Martin Beck no se sentía bien. Estaba constipado,
le dolían la garganta y los oídos, y tenía pitidos en los bronquios. Siguiendo
la evolución habitual, el resfriado había entrado en su fase más dolorosa. Aun
así, había desafiado deliberadamente la enfermedad y la guerra en casa, pasando
todo el día en su despacho. Había escapado de los cuidados asfixiantes que le
hubieran caído encima de haberse quedado en cama. Desde que los niños se habían
hecho mayores y no la necesitaban tanto como antes, su esposa, con entusiasmo
fervoroso e inoportunidad enfermiza, había asumido el papel de enfermera del
hogar y los recurrentes períodos gripales de su marido constituían para ella
eventos tan importantes como los cumpleaños y períodos festivos.
Además, por alguna razón, le daba cargo de conciencia quedarse
en casa.
—¿Qué haces aquí si no estás bien?
—No me pasa nada.
—No le des tantas vueltas a esa historia. No ha sido
precisamente nuestro primer fracaso. Ni será el último, lo sabes tan bien como
yo. Y eso no nos hace ni mejores ni peores. Por cierto, ¿es algo que merece la
pena? ¿Ser un buen poli?
—No estoy pensando en eso.
—No te comas la cabeza. Es malo para la moral.
—¿La moral?
—Sí, imagínate la cantidad de mierda que uno puede llegar a
pensar si sólo se dedica a eso. Las cavilaciones son la madre de la ineficacia
—sentenció Kollberg, y se marchó.
Terminó siendo un día aburrido y sin acontecimientos, lleno de
estornudos, escupitajos y gris rutina. Llamaron a Motala dos veces, más que
nada para animar a Ahlberg, quien a la luz del nuevo día, se había dado cuenta
de que su descubrimiento no servía de nada mientras no se pudiera relacionar
con el cadáver de la presa de la esclusa.
—Supongo que resulta fácil sobrestimar las cosas cuando se lleva
mucho tiempo trabajando como un perro sin resultado.
Ahlberg lo dijo herido y apesadumbrado. Su voz casi partía el
corazón.
La chica desaparecida de Räng seguía sin dar señales de vida. No
le preocupaba. Medía ciento cincuenta y cinco centímetros y tenía el pelo
teñido y peinado al estilo de la Bardot.
A las cinco cogió un taxi para volver a casa, pero se bajó a la
salida del metro y anduvo el último trecho; cualquier cosa antes que aguantar
otra destructiva discusión sobre dinero, consecuencia sin duda de que su mujer
le viera llegar en taxi.
No fue capaz de comer nada, pero se tomo sorbo a sorbo una
manzanilla. «Sólo faltaba que me doliera también el estómago», pensó Martin
Beck. Luego se fue a la cama y se durmió casi enseguida.
A la mañana siguiente se sentía algo mejor, se bebió con estoica
tranquilidad una taza de agua con miel muy caliente y se comió un panecillo. La
discusión sobre su estado de salud y las absurdas exigencias a los funcionarios
con cargo por parte de las autoridades estatales se alargaron y cuando llegó a
Kristineberg ya eran las diez y cuarto.
Había un telegrama sobre su mesa.
Un minuto más tarde Martin Beck, por primera vez durante sus
ocho años de servicio, entró en el despacho de su jefe sin llamar, a pesar de
que la lucecita roja de su puerta estaba encendida.
El omnipresente Kollberg estaba sentado en el borde del
escritorio estudiando el plano de una planta en un edificio de apartamentos.
Hammar se encontraba donde siempre, en su silla, con su pesada
cabeza apoyada entre las manos. Los dos miraron pasmados al recién llegado.
—He recibido un telegrama de Kafka.
—Vaya alegría ya por la mañana —ironizó Kollberg.
—Se llama así. Policía criminal de Lincoln, en Estados Unidos.
Ha identificado a la mujer de Motala.
—¿Puede hacerse por telegrama? —preguntó Hammar.
—Eso parece.
Lo dejó sobre la mesa. Los tres leyeron el texto: THAT'S OUR
GIRL ALL RIGHT. ROSEANNA MCGRAW, 27, LIBRARIAN. EXCHANGE OF FURTHER
INFORMATIONS NECESSARY AS SOON AS POSSIBLE. KAFKA, HOMICIDE.
—Roseanna McGraw —repitió Hammar—. Bibliotecaria. ¿A que no lo
esperabais?
—Yo tenía una teoría —reconoció Kollberg, que era de Mjölby—.
¿Dónde está Lincoln?
—En Nebraska, en algún lugar del interior —contestó Martin
Beck—. Creo.
Hammar volvió a leer el mensaje.
—Bueno, supongo que habrá que ponerlo todo en marcha de nuevo
—concluyó—. Ahora tiene mejor pinta. ¿Pero cómo pudo acabar aquella mujer en
Motala?
Devolvió el telegrama.
—Enviarán más datos por carta, supongo. Esto no aporta gran
cosa.
—De sobra para nosotros —agradeció Kollberg—. Hasta ahora nadie
nos había mostrado demasiada consideración.
—Muy bien —dijo Hammar tranquilamente—, primero tú y yo tenemos
que arreglar esto.
Martin Beck volvió a su despacho, estuvo un rato masajeándose el
nacimiento del pelo con las puntas de los dedos. La primera sensación
sobrecogedora de éxito, en cierta medida, se había desvanecido. Les costó tres
meses conseguir una información que solían tener gratis desde el principio en
noventa y nueve casos de cada cien. Ahora quedaba el verdadero trabajo.
La embajada y el fiscal provincial tenían que esperar. Se acercó
el teléfono y marcó el prefijo de Motala.
—Sí —contestó Ahlberg.
—Ha sido identificada.
—¿Seguro?
—Eso parece.
Ahlberg no dijo nada.
—Era americana. De un lugar llamado Lincoln, en Nebraska. ¿Lo
estás apuntando?
—Ya lo creo.
—Se llamaba Roseanna McGraw. Deletreo:
RUDOLF-OLOF-SIGURD-ERIK-ADAM-NIKLAS-NIKLAS-ADAM, otra palabra: MARTIN
mayúscula-CESAR-GUSTAV mayúscula-RUDOLF-ADAM-WILHELM. ¿Lo tienes?
—Completo.
—Tenía veintisiete años y era bibliotecaria. Es todo lo que
puedo decirte de momento.
—¿Cómo lo has sabido?
—Rutina. Al final denunciaron su desaparición. No a través de la
Interpol, sino de la Embajada.
—El barco —dijo Ahlberg.
—¿Qué?
—El barco. ¿De dónde saldría un turista americano sino de un
barco? Quizá no del mío precisamente, pero de algún yate. De vez en cuando
pasan yates.
—No sabemos si era turista.
—Es verdad. Me pondré enseguida. Averiguaré en veinticuatro
horas si conocía a alguien aquí o vivía en la ciudad.
—Vale. Te llamaré en cuanto sepa algo más.
Martin Beck terminó la conversación estornudando a Ahlberg en el
oído.
Cuando iba a pedirle disculpas, ya había colgado.
A pesar de que el dolor de cabeza no había cedido y de que tenía
los oídos taponados, hacía mucho tiempo que no se encontraba tan bien. Se
sentía como un corredor de maratón antes del pistoletazo de salida. Sólo había
dos cosas que le preocupaban. El asesino había salido antes de la señal y les
llevaba una ventaja de tres meses, y Martin Beck ni siquiera sabía en qué
dirección correr.
En algún lugar bajo esta superficie de inquietantes perspectivas
y especulaciones en valores desconocidos, su cerebro de policía había comenzado
a planificar la investigación rutinaria de las próximas cuarenta y ocho horas.
Daría algunos resultados, eso lo sabía de antemano. Tan seguro como que la
arena cae en un reloj de arena.
La verdad es que durante tres meses apenas había pensado en otra
cosa. El momento en el que por fin empezaría la investigación. Había sido como
avanzar chapoteando en un pantano en la más absoluta oscuridad. Ahora podía
sentir el primer trozo de tierra firme bajo sus pies. El siguiente no estaría
lejos.
No esperaba resultados rápidos. Si Ahlberg descubría que la
mujer de Lincoln había trabajado en Motala o se había alojado con unos
conocidos, o el simple hecho de que hubiera estado alguna vez en la ciudad,
quedaría tan sorprendido o más que si el asesino entrara por la puerta de su
despacho y dejara encima de su mesa la prueba definitiva.
Sin embargo, confiaba bastante en las informaciones
complementarias de Estados Unidos, aunque no se sentía demasiado impaciente.
Pensó en todos los datos que había que tramitar con el colega de América, y
luego en la tozuda insistencia de Ahlberg, sin fundamento alguno, de que la
mujer había llegado en barco. Lo lógico era naturalmente que el cuerpo hubiera
sido trasladado hasta el agua en coche. El automóvil representaba el nuevo dios
del hombre; había asumido la mayoría de las funciones, incluso la de transporte
ilegal de cadáveres.
Poco después se preguntó qué aspecto tendría el teniente
detective Kafka, y si la comisaría en la que trabajaba se parecería a las que
se solían ver en la tele. También preguntó qué hora sería en ese momento en
Lincoln, dónde había vivido la mujer, y si en su casa, cerrada con llave y con
fundas blancas sobre los muebles, reinaba el silencio; si el aire de allí
dentro estaría viciado y contaminado de un fino polvo estancado.
Se dio cuenta de que sus conocimientos geográficos sobre América
del Norte eran muy difusos. No tenía ni idea dónde se encontraba Lincoln y
Nebraska no le decía mucho más que otro montón de nombres propios.
Después de comer se fue a la biblioteca y echó un vistazo al
mapamundi. Pronto encontró Lincoln, era una ciudad del interior, en realidad no
podía estar más en el centro de Estados Unidos. Probablemente se trataba de una
ciudad bastante grande, pero no pudo consultar ningún libro con datos sobre
urbes estadounidenses. Con la ayuda de su agenda de bolsillo, calculó la
diferencia horaria, siete horas. Ahora eran las dos y media de la tarde, así
que en casa del agente de Lincoln habían dado las siete y media de la mañana y
probablemente Kafka estuviera todavía en la cama leyendo el periódico matutino.
Permaneció algunos minutos delante del mapa, luego puso el dedo
en un punto negro del tamaño de la cabeza de un alfiler en el extremo sureste
del estado de Nebraska, cerca de los 100° de longitud Oeste de Greenwich, y se
dijo a sí mismo:
—Roseanna McGraw.
Repitió el nombre unas cuantas veces más para fijarlo en su
memoria.
Al volver, Kollberg, en la silla de su despacho, se entretenía
enganchando clips en una interminable cadena.
Antes de que les diera tiempo a decir nada, sonó el teléfono.
Era la centralita.
—La central telefónica avisa de una llamada desde Estados
Unidos. Llegará dentro de unos treinta minutos. ¿Puede contestar entonces?
De manera que el teniente detective Elmer B. Kafka no estaba en
la cama leyendo el periódico. Otra conclusión precipitada más.
—Desde Estados Unidos, joder —exclamó Kollberg.
La llamada llegó más o menos a los tres cuartos de hora. Al
principio sólo se oía un ruido confuso y muchas teleoperadoras hablando a la
vez, luego llegó una voz sorprendentemente clara y nítida. Mantuvieron la
conversación en inglés.
—Sí, Kafka al habla, ¿es usted señor Beck?
—Sí.
—¿Le llegó el telegrama?
—Sí, gracias.
—Está todo claro, ¿no?
—¿No hay duda de que es la mujer que buscamos?
—Hablas como un nativo —dijo Kollberg.
—No, señor, es Roseanna. La identifiqué en menos de una hora,
gracias a su excelente descripción. Incluso lo he comprobado dos veces. Se la
di a su amiga y a ese ex-novio suyo de Omaha. Ambos estaban seguros. De todas
maneras le he enviado fotografías y algunas otras cosas suyas.
—¿Cuándo se marchó?
—A primeros de mayo. Su idea era pasar unos dos meses en Europa.
Se trataba de su primer viaje al extranjero. Hasta donde yo sé, viajaba sola.
—¿Sabe algo de sus planes?
—No demasiado. De hecho, nadie aquí lo sabe. Sólo puedo darle
una pista. Escribió una postal desde Noruega a su amiga, contándole que se iba
a quedar una semana en Suecia y luego iría a Copenhague.
—¿Y no escribió nada más?
—Bueno, dijo algo de coger un barco sueco. Algún tipo de crucero
por los lagos atravesando el país o algo así. Eso no está demasiado claro.
Martin Beck aguantó la respiración.
—¿Señor Beck? ¿Sigue ahí?
—Sí.
La conexión iba empeorando por momentos.
—Entiendo que fue asesinada —dijo Kafka a voces—, ¿tienen al
tipo?
—Todavía no.
—No le oigo.
—Dentro de poco, espero, pero todavía no —repitió Beck.
—¿Le disparó?1
—¿Que hice qué? No, no, no le he disparado...
—Sí, le oigo, disparó a ese bastardo —alzó la voz el hombre
desde el otro lado del Atlántico—. Genial. Se lo comunicaré a los periódicos de
aquí.
—No me está entendiendo —gritó Martin Beck.
Como un débil susurro entre el ruido, oyó las últimas palabras
de Kafka:
—Sí, le entiendo perfectamente. No voy a olvidar su nombre.
Hasta luego. Tendrá noticias mías. Bien hecho, Martin.
Martin Beck colgó. Se quedó de pie toda la conversación. Jadeaba
y el sudor se había abierto camino en la frente.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Kollberg—. ¿Crees que tienen
tubos acústicos hasta Nebraska?
—No se oía bien al final. Creyó que yo había matado al asesino.
Me aseguró que lo iba a comunicar a los periódicos.
—Estupendo. Mañana serás allí el héroe del día. Pasado mañana te
harán ciudadano de honor y en Navidad te mandarán la llave de la ciudad.
Dorada. Martin el Pistolero, el vengador de Bagarmossen. Los compañeros se
troncharán de risa.
Martin Beck se sonó la nariz y luego se secó el sudor de la
frente.
—Bueno, ¿qué más ha dicho tu sheriff? ¿O sólo hablaba de ti y de
lo bueno que eres?
—El que más elogios se llevó fuiste tú por tu descripción.
Excelente —dijo.
—¿Estaba seguro de la identidad?
—Sí, definitivamente, lo había comprobado con su amiga y con una
especie de ex novio.
—¿Y qué más?
—Salió de viaje a principios de mayo. Para pasar dos meses en
Europa. La primera vez que iba al extranjero. Viajaba sola. Mandó una postal a
su amiga desde Noruega y le contó que se quedaría allí una semana para luego ir
hasta Copenhague. Me ha dicho que ya me ha enviado fotografías y otras cosas de
ella.
—¿Es todo?
Martin Beck se acercó a la ventana y miró al exterior. Se mordió
la uña del pulgar.
—En la postal decía que iba a hacer un viaje en barco. Una
especie de crucero por los lagos recorriendo Suecia.
Se dio la vuelta y observó fijamente a su colega. Kollberg ya no
sonreía y aquel destello de picardía en sus ojos se había apagado. Después de
un rato dijo muy despacio:
—Llegó en el barco del Canal. Nuestro amigo de Motala lleva
razón.
—Eso parece —reconoció Martin Beck.
Capítulo 9
Martin Beck respiró profundamente cuando salió a la plaza desde
la boca de metro de Slussen. Como siempre, el viaje en un vagón abarrotado le
había mareado.
El aire estaba limpio y alto, y la brisa fresca del mar inundaba
la ciudad. Cruzó la calle y compró un paquete de tabaco en el estanco bajo el
elevador Katarinahissen. Se detuvo en la cuesta hacia Skeppsbron, encendió un
cigarro y apoyó los codos en la barandilla. Un crucero de bandera inglesa se
encontraba anclado en el muelle de Stadsgårdskajen. No podía leer su nombre a
tanta distancia, pero le pareció que se trataba de Devonia. Una bandada de
gaviotas se peleaba graznando por unos desperdicios que flotaban en el agua. Se
quedó un rato observando el barco, luego continuó hacia el muelle.
Dos hombres con aspecto lúgubre estaban sentados sobre unos
troncos. Uno de ellos intentaba meter restos de cigarrillo en una boquilla de
madera, pero como le temblaban tanto las manos, no podía; su compañero, a quien
le temblaban menos, le ayudaba. Martin Beck miró el reloj. Las nueve menos
cinco. Seguro que no tenían ni un duro, pensó, si no a estas horas estarían
pegados a la puerta de la tienda de licores esperando a que abrieran.
Pasó de largo el Bore II, amarrado en el muelle de carga, y
siguió por la acera de enfrente del Hotel Reisen. Le llevó unos minutos romper
la infinita caravana de coches y conseguir cruzar la calzada.
En la oficina de la compañía naviera del canal no disponían de
la lista de pasajeros del Diana del día tres de julio, la tenían en Gotemburgo,
pero se la enviarían lo antes posible. Sin embargo, la lista de la tripulación
y la relación de empleados podían proporcionárselas enseguida. Al salir cogió
un par de folletos, que fue leyendo camino de Kristineberg.
Melander ya estaba sentado en el sillón de visitas.
—¿Qué tal? —saludó Martin Beck.
—Buenos días —contestó Melander.
—Esa pipa apesta, pero no te preocupes, tú quédate aquí
contaminando el ambiente. Yo invito. ¿O querías algo?
—Fumar en pipa retrasa el cáncer. Por cierto, tengo entendido
que los Florida son los cigarrillos más peligrosos que existen. Al menos eso es
lo que dicen por ahí. Por lo demás, estoy a tus órdenes.
—Comprueba la American Express, correos, cheques, teléfonos,
contactos, bueno, ya me entiendes, ¿no?
—Sí, creo que sí. ¿Cómo se llamaba la señorita?
Martin Beck apunto el nombre en un papel, ROSEANNA MCGRAW, y lo
arrastró sobre la mesa hacia Melander.
—Fíjate, qué curioso que se apellide Grav2, ¿no? ¿Cómo se
pronuncia? ¿Gro?
Cuando salió, Martin Beck abrió la ventana. Entro un aire frío,
el viento tiraba de las copas de los árboles y revolvía las hojas del suelo. Al
cabo de un rato cerró la puerta, colgó la americana en el respaldo de la silla
y se sentó.
Cogió el teléfono y marcó el número de la sección de
Extranjería. Si ella se había registrado en algún hotel, tenía que estar
fichada. La verdad es que debía figurar allí de todas maneras. Esperó bastante
tiempo hasta que alguien contestó a su llamada y luego otros diez minutos hasta
que la chica volviera. Trajo la ficha. Roseanna McGraw se alojó en el Hotel
Gillet del treinta de junio al dos de julio.
—Envíenos una fotocopia —pidió Martin Beck.
Pulsó unos botones del teléfono y quedó a la espera con el
auricular en la mano hasta que oyó el clic que indicaba que la comunicación se
había cortado. Luego pidió un taxi y se puso la americana. Se guardó en el
bolsillo la foto retocada de Roseanna McGraw y abandonó el despacho. Diez
minutos más tarde se bajó del taxi en la plaza de Brunkeberg, pagó y atravesó
las puertas de cristal del hotel.
Delante del mostrador del recepcionista había un grupo de seis
hombres. Llevaban una placa con su nombre en la solapa y hablaban todos a la
vez. El recepcionista no parecía muy contento y hacía continuos gestos de
lamento con los brazos. La discusión se alargaba y Martin Beck se sentó en uno
de los sillones del vestíbulo.
Aguardó hasta que el hombre consiguió convencer de lo que fuera
a los participantes del congreso y dejo que desaparecieran por el ascensor
antes de acercarse a la recepción.
El recepcionista hojeó estoicamente el registro hasta que
encontró el nombre al final de una de las páginas. Dio la vuelta al libro para
que Martin Beck pudiera leerlo. Ella había escrito con letras mayúsculas
elegantes y regulares. Lugar de nacimiento: DENVER, COL, US. Lugar de
residencia: LINCOLN, NEBR, US. Último lugar de estancia: NEBR, US.
Martin Beck comprobó todos los huéspedes que se habían
registrado en torno al día treinta. Encima de Roseanna McGraw figuraban los
nombres de al menos ocho estadounidenses. Excepto los dos primeros, todos
indicaron algún lugar de Estados Unidos como último lugar de estancia. La
primera de la lista se llamaba Phyllis, el resto del nombre resultaba ilegible.
Había escrito Nordkap, Sweden, como lugar más reciente de estancia. El de
debajo, Nordkap, Norga, en la misma columna.
—¿Fue un viaje organizado? —quiso saber Martin Beck.
—Déjeme ver —dijo el recepcionista inclinando la cabeza a un
lado—. La verdad es que no me acuerdo, pero es muy probable. Solemos tener
grupos de estadounidenses de vez en cuando. Vienen con el tren-dólar desde
Narvik.
Martin Beck le enseñó la foto, pero el hombre negó con la
cabeza.
—Lo siento, es que pasan tantos huéspedes por aquí...
Nadie la reconoció, pero aun así la visita mereció la pena.
Ahora sabía dónde se había alojado, encontró su nombre en el registro e incluso
pudo ver su habitación. El dos de julio abandonó el hotel.
«¿Y luego? ¿Adónde iría?», se preguntó a sí mismo en silencio.
Las sienes le palpitaban y ardían, y le dolía la garganta.
Seguramente tenía algunas décimas de fiebre.
Quizá cogió un barco en el canal y subió a bordo un día antes de
dejar Estocolmo. En el folleto de la compañía naviera había leído que se podía
pasar en el barco la noche anterior a la partida. Cada vez estaba más
convencido de que había viajado en el Diana, aunque de momento no había ningún
indicio claro.
«Dónde se encontrará Melander», pensó, y justamente cuando se
estiraba hacia el teléfono para marcar su número, se oyó un golpeteo nítido en
la puerta.
Melander se quedó en el umbral.
—No —dijo—, en American Express no saben nada de ella. Ahora me
voy a comer, si no te importa.
No tenía nada que objetar, así que Melander desapareció.
Llamó a Motala, pero Ahlberg no estaba.
Su dolor de cabeza empeoraba. Después de un rato buscando
aspirinas, subió al despacho de Kollberg para pedirle unas cuantas. En la
puerta le dio un aparatoso ataque de tos que le impidió hablar hasta pasado un
buen rato.
Kollberg inclinó la cabeza y le miró con gesto preocupado.
—Suena peor que dieciocho damas de las camelias. Ven aquí y deja
que tu doctor te eche un vistazo.
Observó a Martin Beck a través de la lupa.
—Si no obedeces a tu médico, vas a acabar mal. Vete a casa,
métete en la cama y tómate un par de vasos gigantes de ponche. Mejor tres.
Ponche de ron, es lo único que ayuda. Luego a la camita y te despertarás sano
como una rosa.
—¿Y eso qué es? Además, no me gusta el ron —se quejó Martin
Beck.
—Pues háztelo con coñac. No te preocupes por Kafka. Si llama yo
me ocupo de él. Mi inglés es excelente.
—No creo que llame. ¿Tienes aspirinas?
—No, pero te puedo dar una chocolatina.
Martin Beck volvió a su despacho. El aire estaba espeso y
viciado, pero no ventiló para evitar que entrase frío.
Media hora después volvió a llamar a Ahlberg, seguía sin
aparecer. Buscó la lista de la tripulación del Diana. Incluía dieciocho nombres
y direcciones de distintos lugares del país. Seis de ellos eran de Estocolmo y
dos de los nombres no tenían dirección. Otros dos vivían en Motala.
Cuando dieron las tres y media, decidió seguir el consejo de
Kollberg. Recogió la mesa, y se puso el sombrero y el abrigo.
De camino a casa, compró aspirinas en la farmacia.
Encontró un poco de coñac en la despensa, lo echó en una taza de
caldo y se la llevó al dormitorio. Cuando su mujer le llevó un poco más tarde
la estufa, ya estaba dormido.
Se despertó temprano al día siguiente, pero se quedó en la cama
hasta las ocho menos cuarto. Luego se levantó y se vistió. Se sentía bastante
mejor y el dolor de cabeza había desaparecido.
A las nueve en punto entraba en su despacho. Sobre la mesa vio
un sobre con la pegatina roja de urgente. Lo abrió con el dedo índice sin
quitarse el abrigo.
El sobre contenía la lista de pasajeros.
Enseguida se fijó en su nombre.
McGraw, R., señorita, EE UU, camarote individual A7.
Capítulo 10
—Yo sabía que llevaba razón —dijo Ahlberg—. Lo intuía. ¿Cuántos
pasajeros iban a bordo?
—Sesenta y ocho según la lista —contestó Martin Beck, remarcando
con el bolígrafo el número sobre el papel.
—¿Tenemos sus direcciones?
—No, sólo las nacionalidades. Va a ser un trabajo de chinos
localizar a toda esta gente. Bueno, podemos eliminar a algunos, como niños y
mujeres mayores, por ejemplo. Además, hay que localizar a los empleados y a la
tripulación. Son dieciocho personas más, dispongo de sus direcciones.
—Dijiste que Kafka pensaba que viajaba sola. ¿Tú qué crees?
—Pues no es muy probable que la acompañara nadie. Estaba sola en
su camarote que, según el plano de cubierta, se encontraba en el extremo de la
popa, en la cubierta mediana.
—Debo reconocer que eso no me dice mucho —reconoció Ahlberg—.
Aunque todos los veranos veo pasar esos barcos varias veces a la semana, la
verdad es que no sé muy bien cómo son por dentro. Nunca he subido a ninguno.
Los tres me parecen iguales.
—No son del todo idénticos, por supuesto. Creo que debemos echar
un vistazo al Diana. Voy a averiguar dónde se encuentra —dijo Martin Beck.
Le contó su visita al Hotel Gillet y le dio las direcciones del
segundo de a bordo y del jefe de máquinas —ambos vivían en Motala— y prometió
volver a llamar en cuanto supiera dónde se hallaba amarrado el Diana.
No llevó la lista de pasajeros al despacho de su jefe hasta que
acabó de hablar con Ahlberg.
Hammar le felicitó y le pidió que fuera a ver el barco cuanto
antes. Mientras tanto, Kollberg y Melander se encargarían de la lista de
pasajeros.
La tarea de conseguir las direcciones de sesenta y siete
personas desconocidas y dispersas por todo el mundo no entusiasmó demasiado a
Melander. Estaba sentado en el despacho de Martin Beck con una copia de la
lista en la mano haciendo un rápido cálculo por encima.
—Quince suecos, de los cuales cinco se apellidan Andersson, tres
Johansson y tres Pettersson. Parece prometedor. Veintiún americanos, menos una,
claro. Doce alemanes, cuatro daneses, cuatro ingleses, un escocés, dos
franceses, dos sudafricanos —a éstos habrá que buscarlos con un tam-tam—, cinco
holandeses y dos turcos.
Vació la pipa en la papelera con unos golpecitos y se guardó el
papel en el bolsillo.
—Turcos. En el Canal de Gota —murmuró al abandonar la
habitación.
Martin Beck llamó a la compañía naviera. El Diana estaba
amarrado en Bohus, un pueblo junto al rio Gota älv, a unos veinte kilómetros de
Gotemburgo. Alguien de las oficinas de Gotemburgo les recibiría para mostrarles
el barco.
Telefoneó a Ahlberg para decirle que cogería el tren de la tarde
para Motala. Acordaron salir a las siete de la mañana del día siguiente para
llegar a Bohus sobre las diez.
Por una vez no volvía a casa a la hora punta y el vagón del
metro iba casi vacío.
Su esposa había empezado a darse cuenta de lo importante que era
este caso para su marido y sólo se atrevió a protestar débilmente cuando le
dijo que se iba de viaje. Disgustada, le hizo la maleta en silencio; Martin
Beck fingió no percatarse de su ostentoso enfado. Le dio un beso furtivo en la
mejilla y salió de casa una hora antes de que partiese el tren.
—No me he molestado en reservarte una habitación en el hotel
—dijo Ahlberg, que le estaba esperando dentro del coche en la estación de
Motala—. Tenemos un sofá estupendo donde dormir.
Aquella noche se quedaron charlando durante mucho tiempo y, al
sonar el despertador a la mañana siguiente, se sentían todo menos despejados.
Ahlberg llamó al Instituto Nacional de Investigaciones Criminológicas y se
comprometieron a mandar dos hombres a Bohus. Luego bajaron a coger el coche.
La mañana era fría y desapacible, y después de un rato
conduciendo comenzó a lloviznar.
—¿Conseguiste hablar con el segundo de a bordo y con el jefe de
máquinas? —pregunto Martin Beck cuando habían dejado atrás la ciudad.
—Sólo con el jefe de maquinas —contestó Ahlberg—. Duro de pelar.
Le fui sacando las palabras de una en una. De todas maneras, parece ser que
apenas tuvo contacto con los pasajeros. No vio ni oyó nada que pueda
relacionarse con el crimen. Y precisamente durante aquella travesía, por lo
visto, estuvo muy liado, ya que algo pasaba con el motor... perdón, con la
máquina. Puso mala cara en cuanto le mencioné ese viaje. Pero me dijo que le
pusieron a dos chicos para ayudarle y que, por lo que él sabía, poco después de
la última travesía con el Diana se enrolaron en un barco que iba para
Inglaterra y Alemania.
—Bueno —dijo Martin Beck—, daremos con los dos tarde o temprano.
Habrá que verificar las listas de personal de las compañías navieras.
Cada vez llovía con más fuerza y al llegar a Bohus, el agua caía
a mares sobre el parabrisas. No vieron gran cosa del pueblo, ya que la intensa
lluvia se lo impedía, pero parecía bastante pequeño, con unas pocas fábricas y
unos cuantos edificios que se extendían a lo largo del río. Encontraron el
camino hacia la ribera del río y cuando llevaban un rato conduciendo muy
despacio aparecieron los barcos. Tenían aspecto de estar abandonados,
fantasmales, y hasta que no se acercaron justo al final del muelle no pudieron
distinguir sus nombres, pintados de negro debajo del muelle.
Se quedaron dentro del coche buscando con la mirada al hombre de
la compañía naviera. No había nadie a la vista, pero un poco más allá había un
coche aparcado. Al acercarse descubrieron a un hombre sentado al volante
mirando en dirección a donde venían.
Dieron un giro y aparcaron a su lado. El hombre bajó la
ventanilla y gritó algo. Pudieron oír sus nombres entre el ruido de la lluvia y
Martin Beck asintió con la cabeza mientras bajaba la ventanilla.
El hombre se presentó y propuso que desafiaran la lluvia y
subieran a bordo enseguida.
Era bajo y rechoncho, al abrir el camino hacia el Diana con paso
ligero parecía avanzar rodando. Atravesó la borda con cierta dificultad y,
protegido bajo la cubierta del puente de mando, esperó a Martin Beck y a
Ahlberg, que venían detrás.
El hombre menudo abrió una puerta cerrada con llave a estribor y
entraron en una especie de guardarropa. Al otro lado se veía una puerta
idéntica que conducía a la cubierta de paseo de babor. A la derecha se abrían
dos puertas de cristal que comunicaban con el comedor y entre ellas un gran
espejo. Frente al espejo, una escalera empinada desaparecía hacia la cubierta
inferior. Descendieron por ella y luego por otra más. Allí abajo había cuatro
cabinas y un salón con sofás de escay a lo largo de unos mamparos. El hombre
menudo les mostró cómo se separaban los sofás con la cortina.
—Cuando tenemos pasajeros de cubierta solemos permitirles dormir
aquí —dijo.
Volvieron a subir por la escalera hasta la siguiente cubierta.
Allí había camarotes para los pasajeros y la tripulación, lavabos y cuartos de
baño. El comedor se ubicaba en la cubierta mediana. Constaba de seis mesas
redondas para seis comensales cada una, un bufé en el mamparo de popa y un
pequeño cuarto de servicio con un montaplatos hasta la cocina de abajo. Al otro
lado del guardarropa se situaba un salón para leer y escribir con vistas a proa
a través de unos grandes ventanales.
Al salir a la cubierta de paseo, ya apenas llovía. Caminaron
hacia popa. A estribor había tres puertas, la primera daba al cuarto de
servicio, las otras dos a los camarotes; a popa, una escalera hasta la cubierta
superior y el puente de mando. Junto a la escalera, el camarote de Roseanna
McGraw.
La puerta del camarote daba a popa. El hombre la abrió y
entraron. La cabina era pequeña, aproximadamente de tres metros por uno y
medio, y carecía de ojo de buey. El respaldo de la litera podía convertirse en
una litera superior. Por lo demás, un lavabo con un armario y una palangana con
tapa de caoba. Del mamparo sobre el lavabo colgaba un espejo y un estante para
el vaso y los utensilios de aseo. El suelo estaba enmoquetado y debajo de la
litera quedaba sitio para guardar las maletas. A los pies había un espacio
vacío con ganchos para colgar ropa.
El hombre de la compañía naviera enseguida se dio cuenta de que
allí dentro no cabían tres personas. Salió y se sentó encima del arcón de los
salvavidas y se miró con el ceño fruncido los zapatos llenos de barro, que
balanceaba a una buena distancia del suelo.
Martin Beck y Ahlberg examinaron el pequeño camarote. No
esperaban encontrar ninguna huella de Roseanna, eran conscientes de que el
camarote habría sido limpiado un sinfín de veces desde que ella lo ocupara.
Ahlberg se tumbó con cuidado sobre la litera y comprobó que difícilmente podía
considerarse un lugar de descanso lo suficientemente espacioso para un adulto.
Dejaron la puerta abierta al salir y se sentaron junto al hombre
encima del arcón de los salvavidas.
Cuando llevaban un buen rato observando el camarote en silencio,
un gran coche negro llegó hasta el muelle. Eran los hombres del Instituto
Nacional de Investigaciones Criminológicas. Subieron entre los dos una gran
bolsa negra y no tardaron en ponerse a trabajar.
Ahlberg dio un empujón a Martin Beck en el costado señalando con
la cabeza en dirección a la escalera. Subieron a la cubierta superior. Allí se
guardaban dos botes salvavidas a cada lado de la chimenea, un par de cajas para
tumbonas de cubierta y mantas, pero por lo demás, la cubierta estaba vacía. En
el puente de mando había dos cabinas de pasajeros, un trastero y el camarote
del capitán detrás de la sala de mando.
Martin Beck se detuvo al pie de la escalera y saco el plano de
los camarotes cabinas que le habían proporcionado en la compañía naviera. Con
aquel plano como guía repasaron de nuevo el barco. Cuando volvieron a popa, en
la cubierta mediana, el hombre menudo seguía sentado sobre el arcón,
contemplando con cara de tristeza a los dos policías que, de rodillas en el
camarote, sacaban los clavos de la moqueta.
Eran ya las dos cuando el gran coche negro de la policía tomó
por la carretera hacia Gotemburgo, una cascada de lodo chorreaba por las
ruedas. Los investigadores forenses se habían llevado todas las piezas sueltas
del camarote, lo cual no era gran cosa. No creían que fueran a demorarse mucho
los resultados de los análisis.
Martin Beck y Ahlberg dieron las gracias al hombre de la
compañía naviera y él les estrechó la mano con un entusiasmo exagerado,
aparentemente agradecido por poder salir por fin de allí.
Cuando su coche desapareció tras la primera curva, Ahlberg dijo:
—Estoy cansado y tengo hambre. Vamos a Gotemburgo y pasamos la
noche allí, ¿no?
Media hora más tarde, aparcaron delante de un hotel en
Postgatan. Reservaron cada uno una habitación, descansaron una hora y luego
salieron a cenar.
Mientras cenaban, Martin Beck hablaba de barcos y Ahlberg de un
viaje que había hecho a las Islas Faeroe.
Ninguno mencionó a Roseanna McGraw.
Capítulo 11
Para ir de Gotemburgo a Motala hay que coger la carretera 40,
dirección este, por Borås y Ulricehamn hasta Jönköping. Allí se toma la
Carretera Europea 3, dirección norte, hasta Ödeshög, luego la 50 por Tåkern y
Vadstena. El trayecto es de doscientos setenta kilómetros y esa mañana Ahlberg
lo recorrió en poco más de tres horas.
Salieron hacia las cinco y media de la madrugada, mientras las
máquinas de limpieza, los repartidores de periódicos y algún que otro policía
seguían reinando en las calles resplandecientes por la lluvia, pero tuvieron
que desaparecer muchos kilómetros de carretera gris bajo el coche hasta que uno
de los dos rompió el silencio. Poco después de pasar Hindis, Ahlberg carraspeó
y dijo:
—¿Crees realmente que ocurrió allí? ¿Dentro de aquel cuchitril?
—¿Dónde si no?
—¿Con gente a sólo unos centímetros al otro lado de la pared en
el siguiente camarote?
—Del mamparo.
—¿Qué?
—De la pared no, del mamparo.
—¡Bah! —rezongó Ahlberg.
Diez kilómetros más tarde, Martin Beck dijo:
—Tal vez la mató precisamente por eso.
—Para impedir que gritara.
—Ya.
—¿Pero cómo pudo hacerla callar? Debió de estar... ocupado
bastante tiempo.
Martin Beck no contestó. Cada uno recordó el pequeño camarote y
sus características casi espartanas. Ninguno pudo evitar que se le disparara la
imaginación. Ambos experimentaron la misma sensación de irremediable y
escalofriante malestar. Se palparon los bolsillos buscando tabaco y fumaron en
silencio.
Al contemplar un extremo del lago Åsunden, Martin Beck recordó
al rey regente de la Edad Media, Sten Sture, que en 1520 había estado tumbado
allí abajo, vencido, sobre una camilla, mientras los remolinos de nieve jugaban
sobre sus heridas y él acuñaba aforismos inmortales sobre la muerte. Su rostro
del color de la pálida cera, apacible y desangrado. Cuando entraron en
Ulricehamn, dijo:
—Puede que las lesiones más importantes se produjeran estando ya
muerta, o al menos inconsciente. Hay indicaciones en el informe de la autopsia
que así lo sugieren.
Ahlberg asintió con la cabeza. Sin necesidad de comentarlo,
sabían que esa idea les aliviaba a los dos.
Pararon a tomar café en un autoservicio de Jönköping. Martin
Beck se sentía mareado, como siempre, pero al mismo tiempo algo le levantó el
ánimo. A la altura de Gränna, Ahlberg soltó lo que ambos llevaban pensando
durante horas:
—No la conocemos.
—No —reconoció Martin Beck sin desviar la mirada del paisaje de
la isla Visingsö, tierras del conde Per Brahe, envuelto en brumas pero hermoso.
—No sabemos quién era. Lo que quiero decir...
Se calló.
—Sé lo que quieres decir.
—¿A que no? Cómo vivía, cómo solía comportarse. El trato que
tenía con la gente. Cosas así.
—Ya.
Todo aquello era verdad. La mujer tendida sobre la lona tenía un
nombre, una dirección y una profesión. Pero nada más.
—¿Crees que los investigadores forenses encontrarán algo?
—Esperemos que sí.
Ahlberg le echó una rápida mirada. No, no hacían falta palabras.
Lo único que podían esperar razonablemente de la investigación forense era que
al menos no contradijera la teoría según la cual el camarote n° A7 fue el lugar
del crimen. El Diana había hecho veinticuatro viajes por el canal desde que la
mujer de Lincoln estuvo a bordo. Eso significaba que el camarote se había
limpiado a conciencia el mismo número de veces; que la ropa de cama, las
toallas y otras pertenencias se habían lavado una y otra vez y mezclado con las
de otros camarotes. También quería decir que entre treinta y cuarenta personas
habían pasado por ese camarote después de Roseanna McGraw. Todos habían dejado
su huella, naturalmente.
—Quedan las declaraciones de los testigos —comentó Ahlberg.
—Sí.
Ochenta y cinco personas de las cuales probablemente una era la
culpable y las demás posibles testigos, como pequeñas piezas de un gran puzzle.
Ochenta y cinco personas repartidas en cuatro continentes. Sólo localizarlas
constituía un trabajo de Sísifo. ¿Cómo se las apañarían para tomarles
declaración y analizar luego todos aquellos informes? No quería ni pensarlo.
—¿Y Roseanna McGraw? —preguntó Ahlberg.
—Sí —dijo Martin Beck. Y después de un rato—: Como yo lo veo,
sólo hay una manera.
—¿Aquel tipo estadounidense?
—Sí.
—¿Cómo se llamaba?
—Kafka.
—Un nombre raro. ¿Te parece un buen poli?
Martin Beck recordó su absurda conversación telefónica de hacía
unos días y eso le inspiró la primera sonrisa de aquel día sombrío.
—Difícil de determinar —contestó.
A medio camino entre Vadstena y Motala, Martin Beck pensó en voz
alta:
—Las bolsas, la ropa, los utensilios de aseo, el cepillo de
dientes, los souvenirs que había comprado. El pasaporte, el dinero, los cheques
de viaje.
Ahlberg apretó el volante mirando fija y adustamente al camión
que tenía delante desde hacía veinte kilómetros.
—Voy a peinar el canal —dijo—. Primero entre Borenshult y el
puerto, luego al este del lago Boren. Las esclusas ya están, pero...
—¿Y el lago Vättern?
—Bueno. No tenemos muchas posibilidades de encontrar algo allí;
además, es probable que la draga lo haya enterrado todo en el Boren. A veces
tengo pesadillas con aquella condenada máquina, me despierto en mitad de la
noche y me levanto de la cama blasfemando. Mi mujer piensa que estoy loco.
—Pobrecilla —dijo al frenar delante de la comisaría. Martin Beck
le observó con una sensación de envidia que se transformó en desconfianza y al
momento en respeto. Diez minutos más tarde, Ahlberg estaba sentado a su mesa en
mangas de camisa, como siempre, hablando con el Instituto Nacional de
Investigaciones Criminológicas. Larsson entró en el despacho, le estrechó la
mano levantando inquisitivamente las cejas. Ahlberg colgó.
—Algunas manchas de sangre en el colchón y en la alfombra.
Catorce para ser exactos. Están analizándolas.
Si no hubieran aparecido esas manchas de sangre, la teoría sobre
el camarote como lugar del crimen habría sido desestimada.
El comisario ni siquiera se percató del alivio que esto suponía
para los dos inspectores. La onda por la que transcurría su comunicación
silenciosa le era bastante ajena. Volvió a arquear las cejas y preguntó:
—¿Eso es todo?
—Algunas huellas dactilares antiguas —respondió Ahlberg—. No
muchas. Se limpian bien.
—El fiscal provincial está en camino —dijo Larsson.
—Es, por supuesto, muy bienvenido —añadió Ahlberg.
—Faltaría más —apostilló Larsson.
Martin Beck regresó en el tren de las 17:20 por Mjölby. El viaje
duró cuatro horas y media, y durante todo el trayecto estuvo trabajando en la
carta para América. Al llegar a Estocolmo, tenía las ideas más claras. No le
contentaba del todo, pero debía servir. Para ganar tiempo, cogió un taxi hasta
la comisaría del distrito de Nikolai, entró en un despacho y pasó la carta a
máquina. Mientras la leía, podía oírse a los borrachos vociferar y proferir
blasfemias y maldiciones desde la sala de cacheo, y a un agente que decía:
—Tranquilos, tíos, tranquilos.
Por primera vez en mucho tiempo se acordó de la época en que
patrullaba, de la intensidad con la que había detestado esa triste rutina de
los sábados.
A las once menos cuarto llegó a la oficina principal de correos
de Estocolmo, en Vasagatan. La tapa de latón del buzón se cerró de golpe.
Fue andando despacio en dirección sur bajo una fina lluvia, pasó
por delante del Hotel Continental y de los nuevos grandes almacenes. En las
escaleras mecánicas del metro de T-centralen pensó en Kafka y se preguntó si
aquel hombre al que no conocía, entendería realmente lo que quería decirle.
Martin Beck estaba cansado y se durmió en la estación de
Slussen, confiado en que no tenía que bajarse hasta final de trayecto.
Capítulo 12
A los diez días, la respuesta de Estados Unidos estaba sobre la
mesa de Martin Beck por la mañana. Vio la carta enseguida, antes de cerrar la
puerta. Mientras colgaba el abrigo se topó con su cara en el espejo junto al
marco de la puerta. Le pareció pálida y ojerosa, con bolsas oscuras bajo los
ojos, y no se debía ya a la gripe sino a la falta de sueño. Abrió el sobre
grande y marrón de un tirón y sacó dos actas de declaración, una carta escrita
a máquina y una hoja con datos biográficos. Hojeó los papeles con curiosidad,
pero frenó su impulso de leerlos inmediatamente. En su lugar, se dirigió a la
sección de documentos copia y pidió una traducción urgente y tres copias. Subió
a la planta superior, abrió una puerta y entró en el despacho de Kollberg y
Melander. Estaban trabajando en sus respectivas mesas dándose la espalda.
—¿Habéis cambiado los muebles de sitio?
—Es la única manera de aguantar —dijo Kollberg.
Al igual que Martin Beck, estaba pálido y con los ojos
enrojecidos. El imperturbable Melander conservaba el mismo aspecto de siempre.
Kollberg tenía delante la copia de un informe en un papel
amarillo fino. Siguiendo las líneas con el dedo índice leyó:
—Aquí la señora Lise-Lott Jensen, de sesenta y un años. Dijo a
la policía danesa de Vejle que hicieron un viaje agradable, que le gustó el
bufé libre, que llovió un día entero y una noche, que el barco se retrasó, y
que aquella noche de lluvia, la segunda a bordo, se mareó. Aun así, el viaje
resultó maravilloso y todos los demás pasajeros resultaron ser amables. No se
acuerda de la simpática señorita de la foto. Cree que no se sentó en su misma
mesa, pero el capitán le pareció encantador. Su marido dijo que le fue
imposible probar toda la exquisita comida, así que es probable que muchos
pasajeros no participaran en todas las comidas. Les tocó un tiempo muy bueno,
excepto los días en que llovió. No tenían ni idea de la belleza de Suecia. Pues
yo tampoco, joder. La mayoría del tiempo jugaron al bridge con una pareja
sudafricana encantadora, los señores Hoyt procedentes de Durban. No obstante,
las literas eran un poco pequeñas y la segunda noche —aquí hay algo— se
encontraron un edderkop grande y peludo en la cama. A su marido le costó Dios y
ayuda echarlo de la cabina. Menos mal. Edderkop significa obseso sexual, ¿no?
—Significa araña —aclaró Melander sin sacarse la pipa de la
boca.
—Me encantan los daneses. No han visto, ni oído, ni reparado en
nada fuera de lo normal y finalmente escribe el agente Toft, de Vejle —que les
ha tomado declaración—, que «difícilmente se pueda encontrar algo en el
testimonio de esta simpática pareja que arroje luz sobre el caso». Su arte de
deducción resulta realmente devastador.
—A ver, a ver —masculló Melander para sí mismo.
—Por el bien de los pueblos hermanos3 —concluyo Kollberg y se
estiró para coger la perforadora.
Martin Beck, con los hombros torcidos, estaba de pie delante de
la mesa rebuscando entre los papeles. Murmuraba algo inaudible. Después de diez
días de trabajo habían conseguido localizar dos tercios de los pasajeros del
Diana. De una manera u otra, se habían puesto ya en contacto con cuarenta y en
veintitrés casos tenían en su poder actas de declaración en toda regla. En
conjunto, un resultado más bien escaso. Lo único que recordaban de Roseanna
McGraw todos los que habían sido interrogados hasta el momento era que creían
haberla visto a bordo en alguna ocasión durante el viaje.
Melander se sacó la pipa y preguntó:
—Karl Åke Eriksson, tripulante. ¿Lo hemos encontrado?
Kollberg comprobó una de sus listas.
—El fogonero. No, pero algo sabemos. Se enroló en la Casa del
Marinero de Gotemburgo hace tres semanas. En un barco de carga finlandés.
—Atención a la elección del verbo enrolarse —puntualizó mirando
con orgullo a Martin Beck.
—Hummm —musitó Melander—, ¿y tiene veintidós años?
—Sí, ¿qué quieres decir con ese hummm?
—Su nombre me suena de algo. Tú también deberías acordarte. Pero
no se llamaba así entonces.
—Sea lo que sea lo que recuerdes, seguro que llevas razón
—reconoció Kollberg con resignación.
—El cabrón tiene memoria de elefante de circo —aclaró a Martin
Beck—. Es como compartir despacho con una máquina de tarjetas perforadas.
—Ya lo sé.
—Además fuma la peor picadura del mundo —añadió Kollberg.
—Pronto me acordaré —aseguró Melander.
—No me cabe duda —dijo Kollberg y siguió—, joder, estoy hecho
polvo.
—Duermes poco —observó Melander.
—Sí.
—Deberías asegurarte de que descansas bien. Yo duermo ocho
horas. Caigo dormido en el momento en que poso la cabeza en la almohada.
—¿Y tu mujer qué dice?
—Nada. Ella se duerme antes que yo, a veces ni siquiera nos da
tiempo a apagar la luz.
—Qué divertido. Bueno, yo no soy así.
—¿Y eso?
—Yo qué sé... Simplemente no duermo.
—¿Y qué haces?
—Me quedo pensando en lo cabrón que eres.
Kollberg se puso con el correo de la mañana. Melander vació su
pipa mientras miraba fijamente al techo. Martin Beck, que lo conocía bien,
sabía que estaba alimentando con nuevos datos el valiosísimo fichero de su
memoria, donde almacenaba todo lo que había visto, leído u oído.
Media hora después de la comida, una de las chicas de la sección
de documentoscopia llegó con la traducción.
Martin Beck se quitó la americana, cerró la puerta con llave y
se puso a leer.
Empezó con la carta. Decía así:
Querido Martin:
Creo que entiendo lo que quieres decir. Las actas de declaración
que te envío han sido pasadas a máquina directamente de las grabaciones
magnetofónicas. No he hecho cambios m resumen alguno. Puedes, por lo tanto,
juzgar el material por ti mismo. Si quieres intentaré buscar a más gente que la
conociera, pero estos dos son los mejores, creo. Espero por Dios que cojáis al
diablo que lo hizo. Cuando descubráis el rastro del condenado perro (¿?), no
olvidéis darle recuerdos también de mi parte. Te mando un resumen de todos los
datos biográficos que he sido capaz de reunir y un comentario de las actas.
Saludos, Elmer.
Dejó a un lado la carta y cogió las actas. En la primera se leía
como encabezamiento:
Interrogatorio a Edgar M. Mulvaney realizado en las oficinas de
la Fiscalía, Omaha, Nebraska, el 11 de octubre 1964. Interrogador: Teniente de
la Policía Kafka. Testigo: Sargento Romney.
KAFKA: Usted es Edgar Moncure Mulvaney, de 33 años, residente en
12th East Street, en esta ciudad. Tiene el título de ingeniero y desde hace un
año está empleado como jefe de departamento adjunto en Northern Electrical
Corporation, en Omaha. ¿Es correcto?
MULVANEY: Sí, es correcto.
K: No le tomamos declaración bajo juramento y su testimonio no
será registrado ante notario. Algunas de las preguntas que le voy a hacer
conciernen a detalles íntimos de su vida privada y quizá le resulten incómodos.
Esta declaración es meramente informativa, y nada de lo que usted diga se hará
público ni será usado en su contra. No puedo obligarle a contestar, pero quiero
recalcar lo siguiente: si contesta la verdad a todas las preguntas y de la
forma más detallada posible, contribuirá activamente a que la persona o
personas responsables del asesinato de Roseanna McGraw sean detenidas y
castigadas.
M: Lo hare lo mejor que pueda.
K: Hasta hace once meses usted vivía en Lincoln. También
trabajaba allí.
M: Sí, como ingeniero en la administración técnica municipal, en
la sección de iluminación de la vía pública.
K: ¿Dónde vivía?
M: En el edificio 83 de Greenock Road. Compartía piso con un
compañero de trabajo. Los dos éramos solteros entonces.
K: ¿Cuándo conoció a Roseanna McGraw?
M: Hace casi dos años.
K: En otras palabras, ¿en otoño de 1962?
M: Sí, en noviembre.
K: ¿En qué circunstancias se conocieron?
M: Nos conocimos en casa de uno de mis compañeros de trabajo,
Johnny Matson.
K: ¿En una fiesta?
M: Sí.
K: Ese Matson, ¿solía relacionarse con Roseanna McGraw?
M: No creo. Era una fiesta abierta donde entraba y salía mucha
gente. Johnny la conocía un poco de la biblioteca donde trabajaba. Había
invitado a todo tipo de personas, sabe Dios dónde consiguió a tanta gente.
K: ¿Cómo conoció a Roseanna McGraw?
M: No sé, simplemente nos conocimos.
K: ¿Fue a esa fiesta decidido a conseguir compañía femenina?
(Pausa)
K: ¿Quiere contestar a la pregunta, por favor?
M: Intento recordar. Es posible, no tenía ninguna relación
estable por entonces. Pero más bien fui allí porque no tenía otra cosa mejor
que hacer.
K: ¿Y qué pasó?
M: Roseanna y yo nos conocimos por casualidad, como he dicho.
Hablamos un rato. Luego bailamos.
K: ¿Cuántos bailes?
M: Los dos primeros. La fiesta acababa de empezar.
K: Por lo tanto, ¿se conocieron enseguida?
M: Sí, así debió pasar.
K: ¿Y?
M: Le propuse que nos fuéramos de allí.
K: ¿Después de sólo dos bailes?
M: Concretamente durante el segundo baile.
K: ¿Y qué contestó la señorita McGraw?
M: Contestó: «Sí, venga, vámonos».
K: ¿Así sin más?
M: Sí.
K: ¿Qué le animó a hacerle semejante propuesta?
M: ¿Tengo que responder a ese tipo de preguntas?
K: Si no lo hace, esta conversación no tendrá sentido.
M: De acuerdo, me di cuenta de que ella se excitaba mientras
bailábamos.
K: ¿Se excitaba? ¿De qué manera? ¿Sexualmente?
M: Sí, claro.
K: ¿Cómo se percató?
M: No lo sé (pausa) explicar muy bien. Fue obvio, de todas
maneras. Por su comportamiento. No lo puedo precisar más.
K: ¿Y usted? ¿Estaba excitado sexualmente?
M: Sí.
K: ¿Había bebido?
M: Un martini.
K: ¿Y la señorita McGraw?
M: Roseanna nunca bebía alcohol.
K: Así que abandonaron juntos la fiesta. ¿Luego qué ocurrió?
M: Ninguno de los dos tenía coche. Cogimos un taxi hasta su
casa, en Second South Street 116. Sigue viviendo allí. Vivía, quiero decir.
K: ¿Le permitió que usted la acompañara a su casa sin más?
M: Supongo que tonteamos un poco. Las bromas de siempre, ya
sabe. No recuerdo las palabras exactas. Pero la verdad es que sólo parecía
aburrirla.
K: ¿Tuvieron algún tipo de acercamiento en el taxi?
M: Nos besamos.
K: ¿Ella opuso resistencia?
M: En absoluto. He dicho nos besamos.
(Pausa)
K: ¿Quién pagó el taxi?
M: Roseanna. No pude evitarlo.
K: ¿Y luego?
M: Entramos en su apartamento. Era muy bonito. Me acuerdo de que
me sorprendió. Tenía un montón de libros.
K: ¿Qué hicieron?
M: Bueno...
K: ¿Mantuvieron relaciones sexuales?
M: Sí.
K: ¿Cuándo?
M: Prácticamente enseguida.
K: ¿Quiere hacer el favor de explicar qué es lo que ocurrió lo
más detalladamente posible?
M: Pero ¿qué coño pretende? ¿Es esto alguna especie de informe
Kinsey privado?
K: Lo lamento. Le recuerdo lo que le dije al principio de la
conversación. Esto puede ser importante.
(Pausa)
K: ¿Le cuesta recordar?
M: No, no, por Dios.
(Pausa)
M: Me siento raro revelando detalles íntimos de una persona que
no ha hecho nada malo y que además está muerta.
K: Entiendo sus sentimientos. Si sigo insistiendo es porque
necesitamos su ayuda.
M: Bueno, pregunte.
K: Entraron en el apartamento. ¿Qué pasó?
M: Se quitó los zapatos.
K: ¿Y luego?
M: Nos besamos.
K: ¿Y luego?
M: Ella pasó al dormitorio.
K: ¿Y usted?
M: La seguí. ¿Quiere detalles?
K: Sí.
M: Se desnudó y se acostó.
K: ¿Encima de la cama?
M: No, dentro de la cama. Debajo de la manta y de la sábana.
K: ¿Estaba completamente desnuda?
M: Sí.
K: ¿Parecía tímida?
M: En absoluto.
K: ¿Apagó la luz?
M: No.
K: ¿Y usted?
M: ¿Y usted qué cree?
K: ¿Y luego mantuvieron relaciones sexuales?
M: ¿Pero qué coño cree que hicimos? ¿Cascar nueces? Lo siento,
pero...
K: ¿Cuánto tiempo se quedó?
M: No lo recuerdo muy bien, hasta la una o las dos. Luego me fui
a casa.
K: ¿Era la primera vez que veía a la señorita McGraw?
M: Sí, la primera vez.
K: ¿Qué pensaba de ella cuando salió de allí? ¿Y al día
siguiente?
(Pausa)
M: Pensé... que era una fulana del montón, aunque no me dio esa
impresión al principio. Luego pensé que era ninfómana. Una idea más loca que la
otra. Ahora, aquí, teniendo en cuenta sobre todo que ha fallecido, pues parece
absurdo haber pensado algo así.
(Pausa)
K: Escúcheme, amigo mío. Le aseguro que a mí me resulta tan
incómodo hacerle estas preguntas como a usted contestarlas. No lo habría hecho
si no fuera porque hay una intención. Desgraciadamente, no hemos terminado
todavía, ni de lejos.
M: Siento haber reaccionado así antes. Es que no estoy
acostumbrado a este ambiente. Resulta absurdo estar en esta jaula de cristal
contando cosas de Roseanna que nunca antes le he contado a nadie. Con polis
fuera corriendo de un lado para otro, el magnetófono rodando y rodando, y un
sargento ahí sentado mirándome. Por desgracia no soy un cínico, y menos cuando
se trata de...
K: Jack, baja las persianas. Luego, espera fuera.
(Pausa)
ROMNEY: Adiós.
M: Le pido disculpas.
K: No tiene por qué. ¿Qué es lo que realmente ocurrió entre
usted y la señorita McGraw después de su primer encuentro?
M: La llamé dos días después. No tenía ganas de verme entonces,
me lo dijo claramente, pero podía volver a llamarla si quería. La volví a
telefonear una semana después más o menos. Me pidió que fuera.
K: ¿Y...?
M: Sí, me acosté con ella. Luego seguimos así. Una o dos veces
por semana. Nos veíamos siempre en casa de Roseanna. A menudo los sábados.
Luego empezamos a pasar los domingos juntos cuando no trabajábamos.
K: ¿Cuánto tiempo duró su relación?
M: Ocho meses.
K: ¿Por qué se rompió?
M: Me enamoré.
K: Me temo que no le entiendo muy bien.
M: Realmente es muy sencillo. A decir verdad llevaba mucho
tiempo enamorado de ella. La quería de verdad. Pero nunca hablamos de amor, y
yo no comenté nada.
K: ¿Por qué?
M: Porque no quería perderla. Luego, cuando se lo dije... Bueno,
todo acabó enseguida.
K: ¿Cómo ocurrió?
M: Sabe, Roseanna era la persona más honesta y honrada que he
conocido jamás. Yo le gustaba bastante, y sobre todo le gustaba acostarse
conmigo. Pero no quería vivir conmigo. Nunca lo ocultó. Tanto ella como yo
sabíamos condenadamente bien por qué nos veíamos.
K: ¿Cuál fue su reacción cuando le confesó que la amaba?
M: Se puso triste. Luego me dijo: «nos acostamos una vez más y
mañana te vas y luego se acabó. No nos vamos a hacer daño».
K: ¿Lo aceptó usted así, sin más?
M: Sí. Si usted la hubiera conocido tan bien como yo, entendería
que no tenía nada que hacer.
K: ¿Cuándo ocurrió esto?
M: El tres de julio del año pasado.
K: ¿Y así terminó la relación entre los dos?
M: Sí.
K: ¿Estuvo con otros hombres durante el tiempo que duró su
relación?
M: Sí y no.
K: En otras palabras, ¿le dio la impresión de que ella se veía
con otros de vez en cuando?
M: No tenía ningún de tipo de impresión sobre nada. Lo recuerdo.
En marzo hice un curso de cuatro semanas en Filadelfia. Antes de marcharme me
avisó de que no esperara que se mantuviese... fiel durante tanto tiempo. Al
volver se lo pregunté y me dijo que lo había hecho una vez, al cabo de tres
semanas.
K: ¿Había mantenido relaciones sexuales?
M: Sí. Por cierto, vaya expresión. Quise saber con quién, por
estúpido que parezca.
K: ¿Qué contestó?
M: Que no era asunto mío. Y no lo era, claro, por lo menos según
su manera de ver las cosas.
K: Durante los ocho meses que salieron juntos, mantuvieron
rela..., se acostaron con regularidad, si le he entendido bien.
M: Sí.
K: Pero las noches que no dormían juntos, ¿qué hacía ella
entonces?
M: Se quedaba sola. Estaba a gusto sola. Leía muchísimo, además
trabajaba por las noches. Escribía algo, no sé qué. No lo comentó conmigo.
Sabe, Roseanna era muy independiente. Además, no compartíamos los mismos
intereses. Excepto una cosa. Pero nos sentíamos bien juntos. Es la verdad.
K: ¿Cómo puede tener la seguridad de que estaba sola cuando
usted no se encontraba con ella?
M: Yo... en ocasiones sentía celos. Algunas veces cuando no me
quería ver, vigilaba la entrada de su edificio. En dos ocasiones me quedé allí
toda la noche hasta que se marchó por la mañana.
K: ¿Le dio dinero?
M: Nunca.
K: ¿Por qué no?
M: No necesitaba mi dinero, lo dejó claro desde el principio.
Cuando alguna vez salíamos, ella pagaba su parte.
K: ¿Y cuando dejaron de verse? ¿Qué hacía ella entonces?
M: No lo sé, no la volví a ver. Al poco tiempo encontré un nuevo
trabajo y me mudé aquí.
K: ¿Cómo describiría su carácter?
M: Era muy independiente, como dije antes. Sincera.
Completamente natural. Por ejemplo, no usaba maquillaje y nunca llevaba joyas.
Parecía tranquila y relajada la mayoría de las veces, aunque una vez me confesó
que no quería verme tan a menudo, porque sabía que acabaría poniéndola
nerviosa. Le pasaba con todos, reconoció, y en nuestro caso era innecesario.
(Pausa)
K: Ahora le voy a hacer algunas preguntas de carácter muy
íntimo.
M: Adelante. A esta altura contesto a lo que sea.
K: ¿Tiene alguna idea de cuántas veces estuvieron juntos?
M: Sí. Cuarenta y ocho.
K: ¿Lo sabe? ¿Exactamente?
M: Sí. Incluso le puedo explicar por qué. Cada vez que nos
veíamos y nos acostábamos, lo marcaba en mi agenda del despacho con un pequeño
círculo rojo. Justo antes de tirarla, conté los días.
K: ¿Diría que su comportamiento sexual era normal?
M: Era muy sexual.
K: ¿Tenía la suficiente experiencia para juzgar eso?
M: Yo tenía treinta y un años cuando nos conocimos. No me
faltaban experiencias.
K: ¿Solía ella llegar al orgasmo cuando mantenían relaciones?
M: Sí. Siempre.
K: ¿Acostumbraban tener varios coitos seguidos?
M: No. Nunca. No hacía falta.
K: ¿Usaban métodos anticonceptivos?
M: Roseanna tomaba una especie de píldora, una cada mañana.
K: ¿Solían hablar de temas sexuales?
M: Nunca. Sabíamos lo que necesitábamos saber.
K: ¿Hablaba a menudo de sus experiencias anteriores?
M: Nunca.
K: ¿Y usted?
M: Una sola vez. No le pareció interesar lo más mínimo y no
volví a sacar el tema.
K: ¿De qué hablaban?
M: De todo. En general de cosas cotidianas.
K: ¿Con quién se relacionaba, aparte de usted?
M: Con nadie. Tenía una amiga, una compañera de la biblioteca,
pero se veían muy poco fuera del trabajo. Roseanna era una solitaria, como
dije.
K: ¿Pero sí que fue a aquella fiesta donde se encontraron?
M: Sí, para conocer a alguien con quien acostarse. Entonces,
llevaba mucho tiempo... de castidad.
K: ¿Cuánto tiempo?
M: Más de seis semanas.
K: ¿Cómo lo sabe?
M: Me lo dijo.
K: ¿Resultaba difícil satisfacerla?
M: Por lo menos no para mí.
K: ¿Era exigente?
M: Exigía lo que todas las mujeres normales. Tomarla hasta que
no quedara nada de ella. No sé si me entiende.
K: ¿Tenía algunas particularidades?
M: ¿En la cama?
K: Sí.
M: La ley de Harrison no se aplica aquí en Nebraska, ¿verdad?
K: No, no tiene nada que temer.
M: No importa. Sólo tenía una particularidad que posiblemente
podría considerarse especial. Arañaba.
K: ¿Cuándo?
M: Más bien todo el tiempo. Especialmente en los orgasmos.
K: ¿Cómo?
M: ¿Cómo?
K: Sí, ¿cómo arañaba?
M: Vale. Entiendo. Con todos los dedos de las manos. Como
garras. Desde las caderas subiendo por la espalda hasta el cuello. Sigo
teniendo marcas. Probablemente no se me quiten nunca.
K: ¿Era imaginativa durante su actividad sexual?
M: Qué expresiones más jodidas emplea. No, en absoluto. Siempre
yacía de la misma manera. Boca arriba con un cojín debajo del culo y las
piernas muy separadas y muy subidas. Era completamente natural, directa y
sincera, en eso como en todo lo demás. Quería hacerlo muchas veces, durante
mucho tiempo y de una vez, sin detalles ni distracciones, y de la única manera
que le resultaba natural.
K: Entiendo.
M: A estas alturas, debería tenerlo todo muy claro.
(Pausa)
K: Sólo una cosa más. Por lo que ha dicho, me ha dado la
impresión de que durante su relación, era usted el que constantemente se ponía
en contacto con ella. Usted la llamaba y ella contestaba que subiera o que no
tenía ganas y que llamara otro día. Entonces, ¿siempre decidía ella si quería
verle y cuándo?
M: Supongo que sí.
K: ¿Alguna vez ella le llamó y le pidió que fuera?
M: Sí, cuatro o cinco veces.
(Pausa)
K: ¿Resultó difícil perderla?
M: Sí.
K: Ha sido de gran ayuda. Y sincero. Gracias.
M: Espero que entienda que esta conversación debe ser
confidencial. Conocí a una mujer aquí las navidades pasadas y me casé con ella
en febrero.
K: Naturalmente. Se lo dije al principio.
M: De acuerdo. Entonces quizá pueda apagar ya el magnetófono.
K: Por supuesto.
Martin Beck apartó el informe grapado y quedó pensativo mientras
se secaba el sudor de la frente y de las palmas de las manos con un pañuelo
doblado. Antes de retomar la lectura fue al servicio, se lavó la cara y bebió
un vaso de agua.
Capítulo 13
La segunda acta no era tan extensa como la primera. Además,
tenía otro tono.
Interrogatorio a Mary Jane Peterson realizado en la Jefatura de
Policía de Lincoln, Nebraska, el 10 de octubre de 1964. Interrogador: Teniente
de policía Kafka. Testigo: Sargento Romney.
ROMNEY: Le presento a Mary Jane Peterson. Es soltera, tiene 28
años y vive en Second South Street 62. Trabaja en la biblioteca municipal de
esta ciudad, aquí en Lincoln.
KAFKA: Siéntese, por favor, señorita Peterson.
PETERSON: Gracias. ¿De qué se trata?
K: Algunas preguntas.
P: ¿Sobre Roseanna McGraw?
K: Correcto.
P: Ya he dicho todo lo que sé. Recibí una postal suya. Eso es
todo. ¿Me han hecho dejar mi trabajo y venir aquí para que lo vuelva a decir?
K: ¿Usted y la señorita McGraw eran amigas?
P: Sí, claro.
K: ¿Vivían juntas antes de que la señorita McGraw tuviera su
propio apartamento?
P: Sí, durante catorce meses. Ella vino desde Denver y no tenía
adónde ir. Le dejé quedarse conmigo.
K: ¿Compartían los gastos de la casa?
P: Por supuesto:
K: ¿Cuándo se separaron?
P: Hace más de dos años, en la primavera de 1962.
K: ¿Pero seguían viéndose?
P: Pues nos veíamos todos los días en la biblioteca.
K: ¿También se veían por la noche?
P: No mucho. Teníamos suficiente la una con la otra durante la
jornada laboral.
K: ¿Qué opina acerca del carácter de la señorita McGraw?
P: De mortuis nihil nisi bene.
K: Jack, encárgate tú. Vuelvo dentro de un momento.
R: El teniente Kafka le ha preguntado su opinión sobre el
carácter de la señorita McGraw.
P: Lo he oído y he contestado: De mortuis nihil nisi bene. Es
latín y significa «de los muertos sólo lo bueno».
R: La pregunta es ésta: ¿Cómo era?
P: Eso tendrán que preguntárselo a otro. ¿Me puedo ir ya?
R: Inténtelo y vera.
P: Es usted un maleducado. ¿Nadie se lo ha dicho?
R: Si yo fuera usted, no lo quiera Dios, tendría mucho cuidado
con mis palabras.
P: ¿Por qué?
R: Puede que no me gusten.
P: Ja, ja.
R: ¿Cómo era la señorita McGraw?
P: Pienso que debería preguntárselo a otro idiota.
K: Está bien, Jack ¿Señorita Peterson?
P: ¿Qué?
K: ¿Por qué se separaron usted y la señorita McGraw?
P: Había poco espacio. Por lo demás no veo que sea asunto suyo.
K: Eran buenas amigas, ¿no?
P: Claro.
K: Tengo aquí un informe de la policía del distrito 3,
registrado el 8 de abril de 1962. A la una menos diez de la madrugada, varios
inquilinos del inmueble situado en Second South Street 62 denunciaron gritos,
ruidosas discusiones y alboroto constante en un piso del cuarto. Cuando los
agentes Flynn y Richardsson se presentaron en el lugar de los hechos diez
minutos más tarde, no les abrieron la puerta, por lo que tuvo que abrir el
conserje con una copia de la llave. Usted y la señorita McGraw se encontraban
en la casa, la señorita McGraw llevaba puesto un albornoz y usted unos zapatos
de tacón alto y un vestido blanco que Flynn describió como de cóctel. A la
señorita McGraw le sangraba la frente. Reinaba el desorden en el piso. Ninguna
de ustedes quiso formalizar una denuncia, y en cuanto volvió la calma, eso dice
en el informe, los agentes abandonaron el piso.
P: ¿Qué pretende sacando a relucir ahora ese incidente?
K: Al día siguiente la señorita McGraw se mudó a un hotel, y una
semana más tarde consiguió su propia vivienda unas manzanas más arriba en la
misma calle.
P: Le pregunto una vez más: ¿por qué trae ahora aquella vieja
historia? Como si no me hubiese causado ya el suficiente disgusto.
K: Intento convencerla sobre la necesidad de contestar a
nuestras preguntas. Además conviene que diga la verdad.
P: Vale, la eché. ¿Por qué no iba a hacerlo? El apartamento era
mío.
K: ¿Por qué la echó, como dice usted?
P: ¿Y qué importa eso hoy? ¿A quién le importa una vieja
discusión entre dos amigas?
K: Por lo visto, todo lo relacionado con Roseanna McGraw es de
interés público. Parece ser, como puede comprobar en la prensa, que no hay
mucho que escribir sobre ella.
P: ¿Quiere decir que podrían filtrar esta historia a los
periódicos si quisieran?
K: Este informe es un documento público.
P: En ese caso, me parece muy raro que nadie se haya hecho con
él ya.
K: Es posible que tenga que ver con que el sargento Romney lo
encontrara primero. En el momento en que lo devuelva al archivo central,
cualquier persona es libre de leerlo.
P: ¿Y si no lo hace?
K: Entonces, evidentemente, la situación sería otra.
P: Las actas de esta declaración, ¿también se convertirán en
documento público?
K: No.
P: ¿Puedo fiarme?
K: Sí.
P: De acuerdo, ¿qué quieren saber? Dense prisa para que pueda
salir de aquí antes de que me dé un ataque de histeria.
K: ¿Por que obligó a la señorita McGraw a mudarse?
P: Porque me ponía en ridículo.
K: ¿De qué manera?
P: Roseanna era una puta. Como una perra en celo. Y se lo
comenté.
K ¿Qué contesto?
P: Mi querido teniente, Roseanna no contestaba a ese tipo de
groserías. Las ignoraba. Lo único que hacía era quedarse tumbada en la cama
leyendo a algún filósofo Y te miraba. Con los ojos muy abiertos, indulgentes,
como si no fuera con ella.
K:¿Tenía mucho temperamento?
P: No, ninguno.
K: ¿Cual fue la causa directa de que la ruptura resultara tan
violenta?
P: Saque sus propias conclusiones. Incluso usted debería ser
capaz de imaginarlo.
K: ¿Fue por un hombre?
P: Un miserable canalla con el que ella decidió acostarse
mientras yo lo esperaba en un pueblo de mala muerte a 50 kilómetros de
distancia. Él me entendió mal, encima era tonto, y pensó que tenía que
recogerme en casa. Cuando llegó, yo ya me había ido. Roseanna, claro, se
encontraba en casa. Siempre estaba en casa. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir.
Gracias a Dios que el hijo de puta se había largado ya cuando llegué, si no, a
estas alturas, yo estaría cosiendo sacos en la penitenciaría de Sioux City.
K: ¿Cómo se enteró de lo que había ocurrido?
P: Por Roseanna. Siempre decía la verdad. ¿Por qué lo has hecho?
Querida Mary Jane, porque quise hacerlo. Además era muy lógica: Querida Mary
Jane, eso sólo demuestra que él no merecía la pena.
K: ¿La consideraba su amiga a pesar de todo?
P: Sí, por raro que parezca. Si Roseanna tenía una amiga, ésa
era yo. Nos fue mejor cuando se marchó y no nos veíamos todos los días. Cuando
llegaba, de la universidad, siempre estaba sola. Sus padres habían muerto en
Denver poco antes y casi al mismo tiempo. No tenía hermanos, ni familia, ni
amigos. Además, andaba escasa de dinero. Había algún problema con la herencia y
pasaron años sin que pudiera recibirla. Luego, por lo visto, le llegó por fin
el dinero, poco después de irse a aquel apartamento.
K: ¿Cómo describiría su carácter?
P: Creo que sufría algún complejo de independencia, que se
manifestaba de manera extraña. Por ejemplo, se vestía de forma muy descuidada y
alardeaba de su aspecto horrible. En el mejor de los casos, iba en panty y con
jerseys anchos y sueltos. Le costaba Dios y ayuda ponerse un vestido cuando iba
a trabajar. Tenía ideas muy raras. Casi nunca llevaba sujetador y eso que le
hacía más falta que a la mayoría. Odiaba llevar zapatos.
En general, decía que no le gustaba la ropa. Cuando no
trabajaba, podía andar por la casa desnuda todo el día. Nunca usaba camisón ni
pijama. Me sacaba de quicio.
K: ¿Cree que era dejada?
P: Sólo con su apariencia, pero estoy segura de que lo hacía a
propósito. Fingía no darse cuenta de que existían productos cosméticos,
peluquerías o medias de nailon. Pero con otras cosas resultaba casi pedante,
sobre todo con sus libros.
K: ¿Qué intereses tenía?
P: Leía mucho y a veces escribía, no me pregunte qué, porque no
lo sé. En verano pasaba horas fuera. Decía que le gustaba andar. El que lo
quiera creer que lo crea. Y los hombres. Más intereses no tenía.
K: ¿Era la señorita McGraw una mujer atractiva?
P: En absoluto, eso le debería haber quedado claro si me prestó
atención. Pero la volvían loca los hombres y eso da para mucho.
K: ¿No tenía ninguna relación estable?
P: Cuando se fue de mi casa tengo entendido que salía con
alguien que trabajaba en la administración municipal. Estuvieron medio año o
así, le vi un par de veces. Dios sabrá cuántas veces le fue infiel a ése,
probablemente centenares.
K: ¿Mientras vivían juntas, llevaba hombres a casa a menudo?
P: Sí.
K: ¿Qué quiere decir con «a menudo»?
P: ¿Y usted?
K: ¿Sucedía varias veces por semana?
P: Ah no, hay un límite para todo.
K: ¿Con qué frecuencia ocurría? Conteste.
P: No me hable en ese tono.
K: Yo empleo el tono que me da la gana. ¿Con qué frecuencia
llevaba hombres a casa?
P: Una o dos veces al mes.
K: ¿Siempre hombres distintos?
P: No lo sé. No los veía siempre. Ni siquiera la mayoría de las
veces. Había épocas en que ella iba a su aire. A menudo aprovechaba cuando yo
salía a bailar o algo.
K: ¿No solía acompañarla cuando usted salía?
P: Nunca. Ni siquiera sé si sabía bailar.
K: ¿Puede darme el nombre de alguno de los hombres con los que
se relacionó?
P: Hubo un estudiante alemán que conocimos en la biblioteca. Yo
les presenté. Creo recordar que se llamaba Mildenberger. Uli Mildenberger. Lo
llevó a casa tres o cuatro veces.
K: ¿Cuánto tiempo?
P: Un mes, tal vez cinco semanas. Pero la llamaba todos los
días, y me imagino que se veían también en algún otro sitio. Vivió aquí, en
Lincoln, un par de años, pero volvió a Europa la primavera pasada.
K: ¿Qué aspecto tenía?
P: Guapo. Alto, rubio y ancho de hombros.
K: ¿Usted misma mantenía relaciones íntimas con ese
Mildenberger?
P: ¿Y a usted qué le importa?
K: ¿Cuántos hombres cree que llevó a casa durante el tiempo que
vivieron juntas?
P: Pues unos seis o siete.
K: ¿Le atraía algún tipo de hombre en particular?
P: En eso era completamente normal. Quería hombres guapos. Esos
que, por lo menos, tienen aspecto de hombres.
K: ¿Qué sabe de su viaje?
P: Sólo que llevaba mucho tiempo planificándolo. Pensaba ir en
barco a Europa y luego viajar por allí un mes y ver lo más posible. Después
quería quedarse en algún lugar el resto del tiempo, en París o Roma, o una
ciudad así. ¿Por qué pregunta todo esto, por cierto? Un policía de por allí
mató al asesino de un tiro, ¿no?
K: Ese dato, desgraciadamente, resultó ser falso. Se debió a un
malentendido.
P: ¿Puedo irme ya? Tengo, de hecho, un trabajo.
K: ¿Cómo reaccionó cuando se enteró de lo que le había ocurrido
a la señorita McGraw?
P: Al principio me quedé verdaderamente conmocionada, pero
tampoco es que me sorprendiera mucho.
K: ¿Por qué no?
p: ¿Y me lo pregunta usted? ¿Con esa vida que llevaba?
K: Es suficiente. Adiós, señorita Peterson.
P: No se olvide de lo que me ha prometido.
K: No le he prometido nada. Puedes apagar el magnetófono ahora,
Jack.
Martin Beck se mecía en la silla giratoria, se llevó la mano
izquierda a la boca y se mordisqueó la articulación del centro del dedo índice.
Luego cogió la última hoja de papel que quedaba de Lincoln y
repasó por encima los comentarios de Kafka.
Roseanna Beatrice McGraw, nacida el 18 de mayo 1937 en Denver,
Colorado. Su padre, pequeño agricultor. La granja situada a 30 kilómetros de
Denver. Formación: College de Denver, después tres años en la Universidad de
Colorado. Su padre y su madre murieron en el otoño de 1960. La herencia,
aproximadamente 20.000 dólares, se pagó en julio de 1962. La señorita McGraw no
ha dejado testamento y, por lo que sabemos, no tiene herederos.
En cuanto a la fiabilidad de los testigos: mi impresión es que
Mary Jane Peterson, en algunos aspectos, distorsionó la realidad y calló
algunos detalles, probablemente el tipo de cosas que podría dañar su
reputación. He tenido oportunidad de cotejar el testimonio de Mulvaney en
algunos puntos. El dato de que R McG sólo se vio con un hombre más entre 1962 y
julio de 1963 parece ser correcto. Esto queda claro por una especie de diario
que encontré en su apartamento. Fue el 22 de marzo y las iniciales del hombre
son U. M. (¿Uli Mildenberger?). Siempre anotaba sus relaciones de la misma
manera, con una especie de código basado en fechas e iniciales. No he podido
encontrar falsedades o errores en la declaración de Mulvaney.
Acerca de los testigos: Mulvaney mide aproximadamente 1,85
metros, es bastante corpulento, ojos azules, pelo rubio. Parece sincero, quizás
algo cándido. Mary Jane Peterson es una mujer «despampanante» (quite a girl),
elegante, vestía con clase.
Llamativamente esbelta y bien formada. Ninguna de las dos están
en nuestros archivos, aparte de por aquella pelea ridicula en su piso en 1962.
(Firma)
Martin Beck se puso la americana y quitó el cerrojo de la
puerta. Luego volvió a su sitio. Extendió todos los papeles y se quedó inmóvil
con los codos sobre la mesa y la frente apoyada en las manos.
Capítulo 14
Martin Beck levantó la vista de las actas de declaración al
entrar Melander a su despacho sin llamar. Ocurría muy pocas veces.
—Karl-Åke Eriksson-Stolt —dijo Melander—, ¿no te acuerdas de él?
Martin Beck se quedó un momento pensativo.
—El fogonero del Diana, quieres decir. ¿Se llamaba así?
—Ahora se llama Eriksson. Hace dos años y medio se llamaba
Eriksson-Stolt. Entonces fue condenado a un año de cárcel por mantener
relaciones sexuales con una menor de apenas trece años. ¿No te acuerdas? Un
canalla prepotente y sinvergüenza de pelo largo.
—Sí, creo que me acuerdo. ¿Estás seguro de que se trata del
mismo tipo?
—Lo he comprobado con la agencia de empleo de los marineros. Es
el mismo hombre.
—No recuerdo muy bien qué ocurrió. ¿No vivía en Sundbyberg?
—En Hagalund. Con su madre. Ocurrió un día mientras la madre se
encontraba fuera trabajando, él no hacía nada. Se llevó a la hija del portero a
su casa. No había cumplido aún los trece años, luego resultó que era un poco
retrasada. La engañó para que bebiera alcohol, aguardiente y zumo, creo
recordar, y cuando estaba lo suficientemente bebida abusó de ella.
—Tengo entendido que fueron los padres de la niña los que le
denunciaron.
—Sí, yo fui a buscarlo. Durante los interrogatorios intentó
hacerse el duro y declaró que pensaba que la niña tenía la «edad de
consentimiento» y había querido hacerlo. En realidad, su aspecto era el de una
niña de once años a lo sumo, además parecía muy infantil para su edad. El
médico que la examinó temió que le quedaran secuelas de por vida, pero no sé.
De todas maneras, Eriksson fue condenado a un año de trabajos forzosos.
Martin Beck sintió un escalofrío en todo el cuerpo sólo de
pensar que aquel hombre hubiera coincidido con Roseanna a bordo del Diana.
—¿Dónde está ahora? —preguntó.
—En un barco de carga finlandés. Creo que se llamaba Kalajoki.
Voy a averiguar dónde se encuentra ella. ¿Te has dado cuenta de que he dicho
«ella»?
Mientras Melander cerraba la puerta, Martin Beck cogió el
teléfono y llamó a Motala.
—Hay que atraparlo —comentó Ahlberg—. Llámame en cuanto hayas
hablado con la compañía naviera. Lo quiero aquí aunque tenga que ir yo mismo
nadando a por él. El otro fogonero también se ha enrolado en un barco, pero
pronto conseguiré localizarlo. Además, volveré a visitar al jefe de máquinas.
Ha abandonado el mar, ahora trabaja en Electrolux.
Colgó. Martin Beck se quedó un rato parado, pensando qué hacer.
De pronto se puso nervioso y subió a la planta de arriba.
Melander acababa de colgar el teléfono cuando Martin Beck entró.
Kollberg no estaba.
—Aquel barco, el Kalajoki, ha zarpado de Holmsund. Pasará la
noche en Söderhamn. La compañía confirma que se encuentra a bordo.
Martin Beck volvió a su despacho y llamó de nuevo a Motala.
—Me llevo a uno de mis hombres y subimos en coche a buscarlo
—dijo Ahlberg—. Te llamaré cuando lo tengamos aquí.
Se hizo un largo silencio. Luego Ahlberg preguntó:
—¿Crees que es él?
—No lo sé. Puede ser una casualidad, claro. Sólo lo vi una vez
hace más de dos años, poco antes de ser condenado. Un tipo bastante repugnante.
Martin Beck pasó el resto de la tarde en su despacho. Se sentía
incapaz de trabajar, pero consiguió liquidar un par de asuntos rutinarios que
llevaban tiempo sobre su mesa. Sólo pensaba en el barco finlandés que iba rumbo
a Söderhamn. Y en Roseanna McGraw.
Una vez en casa, intentó trabajar en la maqueta del barco, pero
después de un rato se quedó sentado con los codos apoyados en la mesa y las
manos cruzadas. Seguramente no sabría nada de Ahlberg hasta la mañana
siguiente, al final se fue a la cama. Durmió mal y a las cinco se despertó.
Cuando llegó el periódico matinal, ya estaba afeitado y vestido.
Iba por la sección de deportes cuando llamó Ahlberg.
—Lo tenemos aquí. Se hace el duro. No dice nada. No me cae
precisamente bien. Por cierto, he hablado con el fiscal provincial. Me dijo que
si necesitábamos un interrogador experto, te pidiéramos a ti que vinieras. Y
creo que resulta indispensable.
Martin Beck echó un vistazo a su reloj. Se sabía de memoria el
horario de trenes.
—Vale, me da tiempo a coger el tren de las siete y media. Nos
veremos. Hasta luego.
Pasó antes por Kristineberg con el taxi para recoger la carpeta
con las actas de declaración y los expedientes personales. A las siete y
veinticinco estaba en el tren.
Karl Åke Eriksson-Stolt nació en la parroquia de Katarina hace
veintidós años. Su padre murió cuando tenía seis años y al año siguiente, su
madre y él se mudaron a Hagalund. Era hijo único. Su madre, de profesión
costurera, lo cuidó hasta que terminó el colegio. El único profesor que se
acordaba de él lo describió como un chico nada listo, revoltoso e insolente.
Después del colegio, tuvo varios empleos, la mayoría como mensajero u obrero de
la construcción. Al cumplir los dieciocho años, se enroló de marinero, su
primer viaje como grumete, luego de fogonero. Los oficiales del barco no tenían
nada especial que decir acerca de él. Un año más tarde volvió a casa de su
madre, quien lo mantuvo hasta que unos meses después tuvo que hacerlo el
Estado. En abril de 1963 salió de la cárcel de Långholmen.
Martin Beck había estudiado las actas de declaración el día
anterior, pero las volvió a repasar con detenimiento una vez más. En la carpeta
había también un informe de un psiquiatra forense. Redactado de forma bastante
escueta, hablaba fundamentalmente de inestabilidad, letargo y frío emocional.
Además, Karl Åke Eriksson-Stolt tenía predisposición psicopática y un instinto
sexual fuertemente desarrollado, combinación que podía generar comportamientos
anormales.
Martin Beck fue andando desde la estación de tren directamente
hasta la comisaría y a las once menos diez llamó a la puerta del despacho de
Ahlberg. El comisario Larsson estaba con él. Se les notaba cansados y
preocupados, y parecían aliviados de poder pasar la pelota a otra persona.
Ninguno de los dos había conseguido sacarle nada a Eriksson, excepto alguna que
otra palabrota.
Ahlberg echó una ojeada a los expedientes personales. Al cerrar
la carpeta, Martin Beck preguntó:
—¿Conseguiste localizar al otro fogonero?
—Sí, en cierta manera sí. Trabaja en un barco alemán que está
ahora en Hoek van Holland. Llamé a Amsterdam esta mañana y hablé con un
comisario que sabía un poco de alemán. Tendrías que oír mi alemán. Si no he
entendido mal, hay un chico que habla danés en La Haya que podría encargarse
del interrogatorio. Si es que él me ha entendido bien a mí. En ese caso, mañana
tendremos noticias.
Ahlberg pidió que les subieran café y después de tomar dos tazas
Martin Beck dijo:
—Venga, empecemos. ¿Dónde vamos a estar?
—En el despacho de aquí al lado. Allí hay magnetófono y todo lo
que puedas necesitar.
Eriksson conservaba más o menos el mismo aspecto que Martin Beck
recordaba. Aproximadamente un metro ochenta de alto, delgado y larguirucho.
Rostro oval y estrecho, ojos azules muy juntos, largas pestañas curvas, y cejas
pobladas y rectas. Nariz larga y recta, boca pequeña, labios finos y barbilla
metida. Pelo negro, largo por detrás y una gran onda que le caía sobre la
frente. Patillas largas y un pequeño bigote negro que Martin Beck no recordaba
de la última vez. Tenía una mala postura, los hombros encogidos y la espalda
redondeada y encorvada. Vestía vaqueros desgastados, un jersey de lana azul
marino, chaleco de cuero negro y zapatos negros con puntera fina y reforzada.
—Siéntese —dijo Martin Beck señalando con la cabeza la silla al
otro lado de la mesa—. ¿Un cigarrillo?
Eriksson aceptó, le dio fuego y se sentó. Con el cigarrillo en
la comisura de los labios, se acomodó en la silla deslizándose hacia abajo y
colocó el pie derecho sobre su rodilla izquierda. Luego se metió los dedos
pulgares por debajo del cinturón y, sin dejar de mover el pie, se quedó mirando
la pared por encima de la cabeza de Martin Beck.
Martin Beck lo observó durante un rato, encendió el magnetófono,
colocado sobre una mesa baja a su lado, y empezó a leer.
—Eriksson, Karl Åke, nacido el veintitrés del once de mil
novecientos cuarenta y uno. Marinero, último enrolamiento en el barco de carga
finlandés Kalajoki. Lugar de residencia Hagalund, Solna. ¿Es correcto?
Eriksson hizo un vago movimiento con la cabeza.
B: He preguntado si es correcto. ¿Son correctos estos datos?
Conteste. Sí o no.
E: Sí, joder.
B: ¿Cuándo se enroló en el Kalajoki?
E: Hace unas tres o cuatro semanas.
B: ¿Qué hizo anteriormente?
E: Nada.
B: ¿Dónde no hizo nada?
E: ¿Qué?
B: ¿Dónde vivía antes de enrolarse en el barco finlandés?
E: En casa de un colega en Gotemburgo.
B: ¿Cuánto tiempo estuvo viviendo en Gotemburgo?
E: Un par de días. Una semana tal vez.
B: ¿Y antes?
E: Con la vieja.
B: ¿Trabajaba entonces?
E: No, estaba de baja.
B: ¿Qué enfermedad sufría?
E: Estaba enfermo, simplemente. Hecho polvo, con fiebre y eso.
B: ¿Dónde trabajaba antes de caer enfermo?
E: En un barco.
B: ¿Cómo se llamaba el barco?
E: Diana.
B: ¿Qué tipo de trabajo tenía en el Diana?
E: Fogonero.
B: ¿Cuánto tiempo estuvo en el Diana?
E: Todo el verano.
B: ¿Desde...?
E: Desde el uno de julio hasta mediados de septiembre. Luego lo
dejan. O sea, guardan el barco. Sólo trabajan en verano. De un lado para otro
con un montón de turistas horteras. Para aburrirse como una ostra. Pensé
dejarlo enseguida, pero mi colega quería seguir y, en fin, necesitaba la pasta.
(Después de este descomunal esfuerzo de oratoria, Eriksson
parecía totalmente exhausto y se hundió aún más en la silla.)
B: ¿Quién es su amigo? ¿En qué trabajaba en el Diana?
E: Fogonero. Éramos tres en las calderas. Yo, mi colega y el
jefe de máquinas.
B: ¿Conocía a alguien más de la tripulación?
Eriksson se inclinó hacia delante y apagó el cigarrillo en el
cenicero.
—Pero ¿qué clase de interrogatorio es éste, joder, un tercer
grado o qué? —se quejó apoyándose en el respaldo de la silla—. Yo no he hecho
nada. Consigo un trabajo y todo, y luego unos malditos maderos te cogen y...
B: Debe contestar a mis preguntas. ¿Conocía a alguien más de la
tripulación?
E: No cuando empecé. Entonces sólo conocía a mi compañero. Pero
luego, claro, uno va conociendo a los demás. Había un chaval muy majo que
trabajaba en cubierta.
B: ¿Conoció a alguna chica durante los viajes?
E: Sólo había una que no estaba mal del todo, pero se lió con el
cocinero. El resto eran viejas brujas.
B: ¿Y entre los pasajeros?
E: A ésos no se les veía mucho. No conocí a ninguna mujer,
punto.
B: ¿Los tres encargados de las máquinas trabajaban por turnos?
E: Sí.
B: ¿Recuerda si alguna vez ocurrió algo extraño a bordo durante
el verano?
E: No, ¿cómo que extraño?
B: ¿Algún viaje no fue como los demás? ¿No se estropeó la
máquina en alguna ocasión?
E: Ah sí, es verdad. Se rompió un tubo de vapor. Tuvimos que
quedarnos en Söderköping y repararlo. Tardamos mucho tiempo. Pero no fue por mi
culpa, eh.
B: ¿Se acuerda de cuándo ocurrió?
E: Un poco después de Stegeborg, creo.
B: Vale. ¿Pero qué día?
E: Y yo qué sé, joder. Eso me la trae floja. No fue culpa mía
que se parara la condenada máquina. Por cierto, no era mi turno. Yo estaba
sobando.
B: ¿Pero cuándo zarparon de Söderköping? ¿Estaba trabajando en
ese momento?
E: Sí. Y antes también. Tuvimos que currar como locos los tres
para volver a hacer arrancar el barco. Trabajamos toda la noche y luego yo
seguí currando al día siguiente. El jefe de máquinas y yo.
B: ¿Cuándo terminó su turno aquel día?
E: ¿El día después de Söderköping? Bastante tarde, creo.
B: ¿Qué hacía mientras estaba libre?
(Eriksson fijó una mirada vacía en Martin Beck y no contestó)
B: ¿Qué hizo cuando terminó de trabajar aquel día?
E: Nada.
B: Algo tuvo que hacer. ¿Qué?
(La misma mirada hacia el vacío.)
B: ¿Dónde se encontraba el barco cuando acabó su turno?
E: No sé. En el lago Roxen, creo.
B: ¿Qué hizo cuando se terminó su turno?
E: He dicho que nada.
B: Tuvo que haber hecho algo. ¿Vio a alguien?
(Eriksson parecía aburrido y se pasó la mano por el cuello
grasiento.)
B: Haga memoria. ¿Qué hizo?
E: Qué pesado, joder. ¿Qué cree que se puede hacer en un maldito
cascarón? ¿Jugar al fútbol? Ese condenado barco de mierda estaba en medio de la
puta agua, joder. Pues no, tío, en aquella barcaza lo único que se podía hacer
era zampar y sobar.
B: ¿Vio a alguien aquel día?
E: Sí, claro, estuve con Brigitte Bardot. ¿Cómo coño voy a saber
si vi a alguien? De eso hace años, coño.
B: Vale, lo retomamos. El verano pasado, cuando trabajó en el
crucero Diana, ¿conoció a algún pasajero?
E: No conocí a ningún pasajero. Dicho sea de paso, no está
permitido. Y aunque lo hubiese estado, no tenía ganas. Un montón de turistas
bordes. A mí qué me importaban.
B: ¿Cómo se llama su amigo, el que también trabajaba en el
Diana?
E: ¿Por qué? ¿De qué va esto? No hemos hecho nada.
B: ¿Cómo se llama?
E: Roffe.
B: Nombre y apellido.
E: Roffe Sjöberg.
B: ¿Dónde está ahora?
E: Estará en algún barco alemán. Yo qué coño sé dónde está. Por
mí como si está en Kuala Lumpur. Yo qué sé.
Martin Beck se rindió. Apagó el magnetófono y se levantó.
Eriksson empezó a desplegar sus largos miembros con dificultad para poder
levantarse de la silla.
—¡Quédese ahí sentado! —gritó Martin Beck—. Manténgase sentado
hasta que yo le diga que puede incorporarse.
Llamó a Ahlberg, cinco segundos más tarde estaba en la puerta.
—Levántese —ordenó Martin Beck, y salió del cuarto.
Cuando Ahlberg volvió a su despacho, Martin Beck estaba sentado
a la mesa.
Alzó la mirada y se encogió de hombros.
—Ahora vamos a comer —dijo—. Luego lo intentaré de nuevo.
Capítulo 15
A las ocho y media de la mañana siguiente, Martin Beck hizo
llamar a Eriksson por tercera vez. El interrogatorio duró dos horas y el
resultado fue tan decepcionante como los dos del día anterior.
Eriksson salió del cuarto con paso lento y despreocupado, y un
joven agente lo arreó, entonces Martin Beck rebobinó la cinta del magnetófono y
fue a buscar a Ahlberg. Escucharon en silencio, aunque de vez en cuando Martin
Beck interrumpía con breves comentarios.
Unas horas más tarde, sentados de nuevo en el despacho de
Ahlberg:
—Bueno, ¿qué piensas?
—No fue él —concluyó Martin Beck, casi seguro—. Primero, no es
lo suficientemente listo para mantener la compostura. Simplemente no entiende
de qué va el asunto, no finge.
—Quizá tengas razón —admitió Ahlberg.
—Segundo, hay una cosa que sólo puedo atribuir a lo que se suele
llamar sentido común, pero aun así, estoy convencido. Conocemos un poco a
Roseanna, ¿no?
Ahlberg asintió con la cabeza.
—Y me cuesta mucho imaginar que ella se liara por propia
voluntad con Karl-Åke Eriksson.
—Tienes razón. Le gustaba, aunque no con cualquiera. Pero,
¿quién dice que lo hiciera voluntariamente?
—Yo. Debió de ocurrir así. Conoció a alguien con quien se quiso
acostar, y cuando el tema llegó lo suficientemente lejos para darse cuenta de
su error ya era demasiado tarde. Pero no fue Karl-Åke Eriksson.
—Pudo ocurrir de otra manera —dijo Ahlberg dudando.
—¿Cómo? ¿Allí, en ese pequeño camarote? ¿Alguien que fuerce la
puerta y se tire sobre ella? Habría peleado y chillado, y la gente la habría
oído.
—Quizá la amenazó. Con una navaja o con una pistola.
Martin Beck asintió pausadamente con la cabeza ante Ahlberg.
Luego se levantó bruscamente y se acercó a la ventana. Ahlberg le seguía con
los ojos.
—¿Qué hacemos con él? —preguntó Ahlberg—. No podemos retenerlo
mucho más.
—Quiero hablar con él una vez más. De hecho, no creo que sepa
por qué está aquí. Ahora se va a enterar.
Ahlberg se levantó y se puso la americana. Luego salió. Martin
Beck se quedó un rato meditando, después llamó para que le trajeran a Eriksson,
cogió su maletín y entró en el cuarto contiguo.
—¿Qué coño está pasando? —se quejó Eriksson—. No he hecho nada.
No me pueden retener aquí si no he hecho nada. Joder...
—Cállese hasta que yo le diga cuándo puede hablar. Conteste sólo
a mis preguntas —le advirtió Martin Beck.
Sacó la fotografía retocada de Roseanna McGraw y se la enseñó a
Eriksson.
—¿Reconoce a esta mujer? —preguntó.
—No —respondió Eriksson—, ¿quién es esa tía?
—Mire bien y luego conteste. ¿Ha visto a la mujer de la
fotografía?
—No.
—¿Está absolutamente seguro?
Eriksson apoyó el codo en el respaldo de la silla y se pasó el
dedo índice por debajo de la nariz.
—Sí. Nunca he visto a esta tía.
—Roseanna McGraw, ¿el nombre le dice algo?
—Qué nombre más jodido, eh. ¿Es una actriz?
—¿Ha escuchado el nombre de Roseanna McGraw alguna vez?
—No.
—Entonces le contaré algo. La mujer de la fotografía es Roseanna
McGraw. Era estadounidense y pasajera durante el primer viaje del Diana desde
Estocolmo el tres de julio de este año. Durante aquella travesía el Diana se
retrasó doce horas, primero debido a la niebla al sur de Oxelösund y luego por
una avería de la caldera. Usted ya ha confirmado que trabajó a bordo en esa
travesía. Cuando el barco atracó en Gotemburgo, Roseanna McGraw ya no estaba
allí. Fue asesinada la noche del cuatro al cinco de julio y la encontraron
muerta tres días más tarde en la dársena de la esclusa de Borenshult.
Eriksson se enderezó en la silla y puso la espalda recta como un
palo. Se agarró a los reposabrazos y le tembló la comisura izquierda de los
labios.
—¿Por eso...? Creen que yo...
Juntó las palmas de las manos y se las metió entre las piernas,
presionándoselas con las rodillas, luego se inclinó hacia delante hasta dar
casi con la barbilla en la mesa. Martin Beck notó cómo le palidecía la piel del
tabique nasal.
—¡Yo no he matado a nadie! ¡No he visto a esa tía en mi vida!
¡Lo juro!
Martin Beck guardó silencio. Mantuvo la mirada clavada en el
rostro de aquel hombre y vio crecer el terror en sus pesados ojos, abiertos
como platos.
Al hablar, su voz sonaba seca y desprovista de entonación.
—¿Dónde se encontraba y qué hizo la tarde del cuatro de julio y
la noche del cuatro al cinco de julio?
—En el camarote. ¡Lo juro! ¡Dormía en el camarote! ¡No he hecho
nada! ¡Nunca he visto a esa tía! ¡Es la verdad!
Puso voz de falsete y se golpeó contra el respaldo de la silla.
Se llevó bruscamente la mano derecha a la boca y empezó a morderse el nudillo
del pulgar sin desviar la vista de la foto que tenía delante. De repente su
mirada se estrechó y su voz se hizo tensa e histérica.
—Intentan engañarme. ¿Creen que no me doy cuenta, eh? Eso de la
tía es sólo un invento. Han hablado con Roffe y el cabrón ha dicho que fui yo.
Ha cantado el hijo de puta. Fue él. Yo no hice nada. Es la verdad. Yo no hice
nada. Roffe le dijo que fui yo, ¿no? ¿Es eso lo que ha dicho?
Martin Beck no desvió la mirada de su cara.
—¡El muy hijo de puta! Fue él quien se encargó de la cerradura y
se llevó el dinero.
Se inclinó hacia delante y su voz subió de tono. Las palabras le
salían a chorros por la boca.
—Me obligó. Él había trabajado en ese dichoso sitio. Él lo montó
todo. Yo no quería. Se lo dije. Lo rechacé. No quiero participar en ningún
jodido robo, le comenté. Pero él me obligó, ese maldito cabrón de mierda.
Cantó, el hijo de puta...
—Vale —dijo Martin Beck—. Roffe ha cantado. Ahora quiero oír de
ti toda la historia.
Una hora más tarde reprodujo la cinta para Larsson y Ahlberg. Se
trataba de un informe completo sobre un robo que Karl-Åke Eriksson y Rolf
Sjöberg cometieron en un taller de Gotemburgo un mes antes.
Cuando Larsson salió para llamar a la policía de Gotemburgo,
Ahlberg comentó:
—Por lo menos sabemos dónde estará por un tiempo.
Permaneció en silencio un rato tamborileando los dedos sobre la
mesa.
—Por lo tanto, nos quedan unas cincuenta personas —se lamentó
Ahlberg—. Si partimos de la teoría de que el asesino se encuentra entre los
pasajeros.
—Podemos descartar ya a algunos. De eso se ocupan Kollberg y
Melander. Disponen de un material ingente. Utilizan el método de eliminación,
según Melander, al principio todos son sospechosos, incluyendo niños y viejas
profesoras de manualidades.
Martin Beck se calló y miró a Ahlberg, sentado con la cabeza
baja estudiándose las uñas de los pulgares. Parecía igual de abatido que Martin
Beck cuando se dio cuenta de que el interrogatorio con Eriksson no daba
resultado.
—¿Estás decepcionado? —preguntó.
—Sí, tengo que reconocer que sí. Por un momento creí que lo
habíamos conseguido y ahora resulta que volvemos al principio.
—Bueno, hemos avanzado un poco. Gracias a Kafka.
Sonó el teléfono y Ahlberg se lanzó sobre él. Permaneció en
silencio un buen rato con el auricular pegado al oído. De repente gritó:
—Ja, ja, ich bin hier. Ahlberg bier.
—Amsterdam —le dijo a Martin Beck, y éste abandonó discretamente
el despacho.
Mientras se lavaba las manos, pensó «an, auf, hinter, in, neben,
über, unter, vor, zwischen» y recordó el olor dulce de una habitación hace
mucho tiempo, una mesa redonda con un mantel verde y una vieja profesora con
una gramática alemana desgastada entre sus gruesas manos. Cuando volvió,
Ahlberg acababa de colgar.
—Maldita lengua —dijo—. Sjöberg no estaba en el barco. Se enroló
en Gotemburgo, pero nunca subió a bordo. De momento es problema de Gotemburgo.
Martin Beck se quedó dormido en el tren y se despertó cuando se
detuvo en la estación central de Estocolmo, pero no se espabiló del todo hasta
que se acostó en su propia cama de Bagarmossen.
Capítulo 16
A las cinco y diez Melander hizo un redoble de tambor en la
puerta y esperó cinco segundos antes de asomar su alargado y sombrío rostro:
—Pensaba irme ya —dijo—. ¿Te parece bien?
No había ninguna razón formal para que lo hiciera, pero aun así
este proceder se repetía cada día. En cambio, nunca anunciaba su llegada por la
mañana.
—Claro —contestó Martin Beck—. Hasta luego.
Después de un rato añadió:
—Gracias por el día de hoy.
Martin Beck se quedó sentado en la silla escuchando cómo
agonizaba otra jornada laboral. Primero dejaron de sonar los teléfonos, luego
las máquinas de escribir, después las voces y, al final, el ruido de pasos en
los pasillos.
A las cinco y media llamó a casa.
—¿Te esperamos para cenar?
—No, cenad vosotros.
—¿Vas a llegar tarde?
—No lo sé. Es posible.
—Hace años que no ves a los niños.
Por supuesto que los había visto y oído hacía menos de nueve
horas, y eso lo sabía ella tan bien como él.
—Martin...
—¿Sí?
—Te noto raro. ¿Te pasa algo?
—No, nada. Hay mucho trabajo.
—¿Eso es todo?
—Sí, claro.
Ella volvió a su estado normal. El momento pasó. Algunas frases
desgastadas y la conversación acabó. Todavía distraído, se quedó con el
auricular del teléfono pegado al oído hasta que la escuchó colgar. Un clic y un
silencio vacío. Era como si ella se encontrara a miles de kilómetros. Hacía
años que no hablaban.
Frunció el ceño, suspiró y recorrió con la mirada los papeles de
su mesa. Cada uno de ellos decía algo sobre Roseanna McGraw y sobre los últimos
días de su vida. De eso no le cabía la menor duda. Aun así no revelaban nada.
Repasarlo todo una vez más parecía no tener sentido, pero
probablemente lo haría de todas formas, aquí y ahora. Empezaría enseguida.
Estiró la mano para coger un cigarrillo, pero la cajetilla estaba vacía.
La tiró a la papelera y buscó otra en la americana. Durante las
últimas semanas había fumado el doble de lo habitual, y lo había notado tanto
en la garganta como en la cartera. Al parecer, ya había consumido todas sus
reservas, porque lo único que encontró en el bolsillo interior fue algo que no
reconoció a la primera.
El extraño objeto era una postal, comprada en un estanco de
Motala. Representaba una vista aérea de la sucesión de esclusas de Borenshult.
Al fondo se veía el lago y el rompeolas, y en primer plano dos hombres que
estaban a punto de abrir las compuertas de la esclusa para dejar pasar un barco
de pasajeros que subía. Aparentemente se trataba de una fotografía antigua,
porque ese barco ya no existía. Se llamaba Astrea y hacía ya mucho tiempo que
había sucumbido a las sierras y los sopletes en algún desguace del astillero.
Pero en aquella ocasión, cuando el fotógrafo de postales de la
empresa Almquist y Cöster llegó a Motala, era verano y de repente se acordó del
fresco y ácido aroma a flores y húmedo verdor.
Martin Beck abrió un cajón y sacó la lupa. Tenía forma de
cucharón y llevaba una pila en el mango. Al pulsar un botón, el objeto de
estudio se iluminaba con una bombilla de 2,5 vatios. La foto era de buena
calidad y se podía distinguir claramente al capitán en el ala de babor del
puente de mando, y a algunos pasajeros apoyados en la barandilla de cubierta.
La cubierta de proa estaba repleta de mercancías amontonadas, otra prueba más
de que se trataba de una imagen poco reciente.
Acababa de desplazar el campo de visión unos centímetros a la
derecha cuando Kollberg dio un puñetazo a la puerta y entró como el estampido
de un trueno en Nochebuena.
—Hola, ¿te he asustado?
—Me has dado un susto de muerte —reconoció Martin Beck,
sintiendo todavía cómo las bujías de su corazón no hacían contacto.
—¿No te habías ido?
—Sí, claro, ¿no me ves?, estoy en mi casa de Bagarmossen cenando
pölsa.4
—¿Sabes cómo llaman a ese chisme los chicos de la brigada
antivicio? —le preguntó Kollberg señalando la lupa.
—No.
—El buscaescarabajos Marie-Louise.
—¿Ah sí?
—¿Y por qué no? Igual que la paleta de tarta Johanna, con esa
manía que tienen ahora de poner nombre a todo... ¿Has oído lo último en
ofertas?
—No.
—Comprando el contador de billetes Marcus, te regalan la barra
de pan Ajax.
—Pues cómpralo, joder.
—¿Para que pueda contar mi billete de diez coronas? Por cierto,
¿cuándo nos pagan?
—Mañana, espero.
Kollberg se desplomó en el sillón de visitas.
—Y venga a darle a la lengua —dijo.
—Y sin llegar nunca a nada.
Permanecieron un rato en silencio. El intercambio de palabras
había sido del todo automático y ninguno de los dos intentó siquiera fingir que
les entretenía. Al final Kollberg dijo:
—O sea, que no conseguiste nada del macarra ese al que le
apretaste las clavijas.
—No fue él.
—¿Estás completamente seguro?
—No.
—¿Te sientes seguro?
—Sí.
—Eso es suficiente para mí. Pensándolo bien, hay cierta
diferencia entre abusar de una niña borracha de doce años y asesinar a mujeres
adultas.
—Sí.
—Además, ella nunca se habría interesado por un tipejo así. Si
he entendido bien a Kafka.
—No —dijo Martin Beck con convicción—, nunca lo habría hecho.
—¿Y qué le pareció al tío de Motala? ¿Se ha llevado una
decepción?
—¿Ahlberg? Sí, un poco. Pero es cabezota. Por cierto, ¿qué ha
dicho Melander?
—Nada. Conozco a ese cabrón desde antes de la guerra y lo único
que le ha deprimido en su vida ha sido el racionamiento de tabaco.
Kollberg sacó un cuaderno con tapas negras y lo hojeó pensativo.
—Mientras tú estabas fuera repasé todo una vez más. Luego
intenté hacer un resumen.
—¿Sí?
—Me pregunté, por ejemplo, lo que Hammar nos preguntará mañana:
¿Qué sabemos?
—¿Y qué te has contestado?
—Espera, mejor respóndeme tú. ¿Qué hemos averiguado de Roseanna
McGraw?
—Bastante. Gracias a Kafka.
—Correcto. Incluso me atrevo a decir que conocemos todo lo
esencial acerca de ella. Sigo: ¿qué sabemos del asesinato?
—Tenemos el lugar del crimen y también cómo y cuándo se cometió
aproximadamente.
—¿Hemos descubierto realmente dónde ocurrió?
Martin Beck tamborileó los dedos en el borde de la mesa. Luego
dijo:
—Sí. En el camarote A7 del Diana.
—Es cierto que el grupo sanguíneo parece coincidir, pero nunca
será suficiente para dictar un auto de procesamiento.
—No, pero estamos seguros —insistió Martin Beck con firmeza.
—Vale. Fingimos que lo sabemos. ¿Cuándo?
—El cuatro de julio por la noche. Al caer la noche. Por lo menos
después de la cena, que se terminó de servir a las ocho. Es probable que en
algún momento entre las nueve y la medianoche.
—¿Cómo? Bueno, para eso disponemos del informe forense. Podemos
suponer también que ella misma se desnudó. Voluntariamente. O bajo amenazas,
pero no parece probable.
—No.
—Y lo primero y lo último: ¿qué tenemos sobre el autor del
crimen?
El propio Kollberg contestó después de unos veinte segundos:
—Que el susodicho es un sádico y un pervertido sexual.
—Que es un hombre —añadió Martin Beck.
—Sí, con toda probabilidad. Y bastante fuerte. Roseanna McGraw
no parecía tonta.
—Sabemos que se encontraba a bordo del Diana.
—Sí, partiendo de la base de que nuestras anteriores
suposiciones son correctas.
—Que debe pertenecer a una de estas dos categorías: pasajeros o
tripulación.
—¿Estamos realmente seguros de eso?
Se hizo un silencio en el despacho. Martin Beck se masajeó el
nacimiento del pelo con las yemas de los dedos. Al final concluyó:
—Tiene que ser así.
—¿De verdad?
—Sí.
—Vale, de acuerdo. En cambio desconocemos su nacionalidad. No
tenemos huellas dactilares ni pruebas que le puedan relacionar con el crimen.
No sabemos si conocía previamente a Roseanna McGraw, de dónde vino, dónde fue o
dónde se encuentra en estos momentos. —Kollberg se puso muy serio—. Sabemos muy
poco, Martin. Ni siquiera si Roseanna McGraw bajó del barco sana y salva en
Gotemburgo. ¿Se te ha pasado por la cabeza que, de hecho, podría haber sido
así? Que alguien pudo matarla después. Alguien que sabía de dónde venía y luego
trasladó su cuerpo de vuelta a Motala y lo arrojó al agua.
—Sí que lo he pensado. Pero es demasiado absurdo, las cosas no
ocurren así.
—Mientras no averigüemos el menú que se sirvió aquellos días,
sería posible, al menos en teoría. Aunque vaya en contra del sentido común.
Incluso si consiguiéramos probar, probar realmente, que nunca llegó a
Gotemburgo, hay otra posibilidad: que ella saltara a tierra en el paso por la
esclusa en Borenshult y fuera víctima de algún loco que merodeaba por allí.
—En ese caso deberíamos haber encontrado algo.
—Sí, pero «deberíamos» es una palabra confusa. Hay detalles que
me están volviendo loco. ¿Cómo diablos pudo desaparecer a mitad de camino sin
que nadie se diese cuenta? ¿Ni siquiera la señora que limpiaba los camarotes o
los que servían en el comedor?
—Quien la mató tuvo que quedarse a bordo. Arregló el camarote de
manera que pareciera que había sido usado. Sólo se trató de una noche.
—¿Y dónde fueron a parar las sábanas? ¿Y las mantas? Todo debió
de mancharse de sangre. No creo que se pusiera a lavar en medio de todo. Y si
lo tiró al agua, ¿de dónde sacó nuevas sábanas y mantas?
—Probablemente no hubo mucha sangre, el forense así lo cree. Y
si el asesino conocía el barco, pudo coger ropa de cama del almacén.
—¿Un pasajero puede moverse con tanta facilidad en el barco? ¿Y
nadie se daría cuenta?
—No resulta tan difícil. ¿Has viajado en un barco de pasajeros
por la noche?
—No.
—Todos duermen. Se queda vacío y en completo silencio. Los
armarios y los almacenes suelen cerrarse sin llave. Mientras el barco
atravesaba el lago Vättern, sólo había tres personas despiertas —que sepamos
con certeza—. Los que estaban de imaginaria, dos en el puente de mando y uno en
las máquinas.
—¿No debería haber notado alguien que ella no bajara en
Gotemburgo?
—No hay ningún procedimiento especial a la llegada. El barco
atraca en el puerto de Lilla Bommen, cada uno coge sus bártulos y se apresuran
a atravesar la pasarela. En esta ocasión, la mayoría iba con prisa por el
retraso. Además, aunque no es lo habitual, había anochecido cuando llegaron.
Martin Beck se calló y se quedó mirando fijamente a la pared
durante un rato.
—Lo que me irrita es que los pasajeros del camarote contiguo no
se dieran cuenta de nada —dijo.
—Te lo puedo explicar desde hace dos horas. En el camarote A3 se
alojaba una pareja holandesa. Los dos tienen más de setenta años y están
prácticamente sordos como tapias. —Kollberg pasó la página y se tiró del pelo—.
Por lo tanto, nuestra teoría, por llamarlo de alguna manera, sobre cómo, dónde
y cuándo se cometió el crimen se basa fundamentalmente en principios de
probabilidad, suposiciones lógicas y en una especie de mezcla de diversas
teorías psicológicas. Las pruebas concluyentes brillan por su ausencia. Pero
nos aferramos a nuestra reconstrucción, ya que es lo único que tenemos.
Entonces podríamos tratar la estadística de la misma manera, ¿no?
Martin Beck inclinó la silla hacia atrás y cruzó los brazos.
—A ver —dijo.
—Sabemos los nombres de las ochenta y seis personas que
estuvieron a bordo. Sesenta y ocho pasajeros más dieciocho de la tripulación. A
día de hoy, sólo hemos podido localizar o contactar de alguna manera con once,
aunque incluso en lo referente a esos once, conocemos su nacionalidad, sexo y,
a excepción de tres, edad. Ahora usemos el principio de exclusión. Primero
eliminaremos a Roseanna McGraw. Quedan ochenta y cinco. Luego a todas las
mujeres, ocho tripulantes y treinta y siete pasajeras. Quedan cuarenta. Entre
ellos hay cuatro niños menores de diez años y siete ancianos de más de setenta.
Quedan veintinueve. Seguimos con el capitán y el timonel: estuvieron de guardia
entre las ocho y medianoche, y tienen coartada. Difícilmente les dio tiempo a
asesinar a nadie. Con el personal de máquinas la cosa no está tan clara. Menos
dos, la suma da veintisiete. Por lo tanto, disponemos de los nombres de
veintisiete hombres de edades comprendidas entre los catorce y los sesenta y
ocho años. Doce suecos, de los cuales siete son de la tripulación, cinco
estadounidenses, tres alemanes, un danés, un sudafricano, un francés, un
inglés, un escocés, un turco y un holandés. La dispersión geográfica es
aterradora. De los estadounidenses, uno vive en Oregón y otro en Texas; el
inglés es de Nassau, en las islas Bahamas; el sudafricano de Durban; y el turco
de Ankara. Menudo viaje le toca al que les vaya a interrogar. Además, cuatro de
estos veintisiete siguen sin ser localizados. Un danés y tres suecos. No hemos
podido probar que ninguno de los pasajeros viajara anteriormente en estos
barcos del canal, a pesar de la tortura a la que se ha sometido Melander, que
ha repasado las listas de pasajeros de los últimos veinticinco años. Mi teoría
es que no pudo hacerlo ninguno de los pasajeros. Sólo cuatro de ellos viajaban
en camarotes individuales, los demás estuvieron más o menos vigilados por sus
parejas, o con quien fuera que compartieran la cabina. Nadie poseía suficiente
conocimiento acerca del barco, las rutinas de a bordo y los trayectos para
poder llevar a cabo un asesinato. Quedan los ocho tripulantes, el segundo de a
bordo, los dos fogoneros, un cocinero y tres hombres en cubierta. Al jefe de
máquinas ya lo hemos descartado por su edad. Mi teoría es que tampoco pudo
hacerlo ninguno de ellos. De alguna manera todos se observaban y las
posibilidades de fraternizar con los pasajeros parecen limitadas. Según mi
teoría, ninguno de ellos asesinó a Roseanna McGraw. Pero tiene que ser errónea.
Mis teorías son siempre una mierda. El peligro de pensar.
Se hizo un silencio de medio minuto. Luego Kollberg prosiguió:
—Y aquel macarra de Eriksson... Joder, ha sido una suerte que
por lo menos hayas conseguido arrestar a ese cabronazo. ¿Me oyes? ¿Has oído lo
que te he dicho?
—Sí, claro —dijo Martin Beck ausente—. Claro que te escucho.
Era verdad. Estaba prestando atención, aunque durante los
últimos diez minutos la voz de Kollberg le había parecido cada vez más lejana.
Dos ideas muy dispares le habían cruzado la mente. Una de ellas, cierta
asociación de ideas sobre algo que había oído decir a alguien, volvió a
hundirse en el fango de sus pensamientos incompletos y olvidados enseguida. La
otra, en cambio, era más concreta, un nuevo plan para abordar el problema y,
por lo que él entendía, factible.
—Tuvo que haber conocido a alguien a bordo —se dijo a sí mismo.
—Si es que no fue un suicidio —replicó Kollberg con una cansada
ironía.
—Alguien que no pensara matarla, por lo menos al principio, y
que no tenía por qué mantenerse oculto...
—Claro, eso es lo que creemos, pero de qué nos sirve...
Martin Beck visualizó nítidamente una escena de su último día de
julio en Motala. El feo Juno esquivaba la draga y se dirigía hacia la dársena
del puerto.
Se enderezó, cogió la vieja postal y la miró fijamente.
—Lennart —dijo—. ¿Cuántas cámaras de fotos se dispararon durante
aquellos días? Por lo menos veinticinco, más bien treinta, tal vez cuarenta. En
cada esclusa algunas personas bajaron corriendo a tierra para fotografiar el
barco y luego los unos a los otros. Hay fotos de aquel viaje pegadas en veinte
o treinta álbumes de familia. Todo tipo de imágenes, las primeras del muelle de
Riddarholmen de Estocolmo y las últimas del puerto de Lilla Bommen en
Gotemburgo. Imagina que veinte personas exponen treinta fotogramas cada una
durante tres días. Calculando por lo bajo, un rollo por persona. Y algunos
utilizaron películas de 16 milímetros. Lennart, tiene que haber por lo menos
seiscientas fotografías... entiendes... seiscientas. A lo mejor mil.
—Sí —respondió Kollberg lentamente—, entiendo lo que quieres
decir.
Capítulo 17
—Claro, eso significa un trabajo enorme —reconoció Martin Beck.
—No será peor de lo que ya estamos haciendo.
—Tal vez sea una idea precipitada, quizá me equivoque.
Llevaban muchos años jugando al mismo juego. Martin Beck dudaba
y necesitaba apoyo. Conocía de antemano la respuesta que le iba a dar y,
además, que Kollberg sabía que él lo sabía. Aun así se mantuvieron fieles al
ritual.
—Algún resultado obtendremos —insistió Kollberg.
Y al cabo de unos segundos añadió:
—Además, ya no partimos de cero. Hemos averiguado dónde se
encuentran, con pocas excepciones, y hemos contactado con la mayoría.
A Kollberg se le daba bien parecer convincente. De hecho era una
de sus especialidades.
Después de un rato, Martin Beck preguntó:
—¿Qué hora es?
—Las siete y diez.
—¿Hay alguien que viva cerca?
Kollberg estudió su cuaderno.
—Más cerca de lo que puedes imaginar —contestó—. Norr
Mälarstrand. Un coronel jubilado y su parienta.
—¿Quién les visitó? ¿Tú?
—Melander. Me dijo que parecían buena gente.
—¿Nada más?
—No.
El asfalto estaba mojado, brillante y resbaladizo. Kollberg
empezó a soltar tacos amargamente cuando su coche derrapó en la rotonda de la
plaza de Lindhagen. Se retrasaron tres minutos.
Abrió la señora del coronel.
—Axel, son dos señores de la policía —gritó hacia dentro de la
casa.
—Invítalos a pasar —rugió el coronel—. ¿O quieres que salga yo
hasta la escalera?
Martin Beck se quitó el agua de lluvia del sombrero con unos
golpes y entró. Kollberg se secó los pies con una energía conmovedora.
—Estamos de maniobras —bramó el militar—. Los señores deben
disculparme por no levantarme.
En la mesita de al lado tenía una partida de dominó a medias,
una copa de coñac y una botella de Rémy Martin. A dos metros de distancia, en
el televisor —a un volumen más alto de lo imaginable— un episodio de un día en
la vida de la familia Jetson, que ya en circunstancias normales resultaba
ensordecedor.
—En fin, tiempo de maniobras, como he dicho. ¿Quieren un coñac?
Es lo único que ayuda.
—Yo tengo que conducir —voceó Kollberg con una mirada
apesadumbrada a la botella.
Pasaron diez segundos antes de que ganara el sentimiento de
solidaridad de Martin Beck. Se estremeció de pena y negó con la cabeza.
—Habla tú —le pidió a Kolberg.
—¿Cómo? —aulló el hombre del sillón.
Martin Beck consiguió reproducir una sonrisa y un gesto
defensivo. Cualquier intento de participar en la conversación inutilizaría sus
cuerdas vocales durante toda la semana siguiente, de eso estaba convencido. La
conversación continuó.
—¿Fotografías? No, nosotros ya no hacemos fotos. Yo no veo muy
bien y a Axel siempre se le olvida pasar el carrete. Por cierto, eso también
nos lo preguntó aquel joven tan simpático que estuvo aquí hace quince días. Un
muchacho encantador.
Martin Beck y Kollberg se intercambiaron una rápida mirada, no
sólo asombrados por la peculiar descripción de Melander.
—Pero por extraño que pueda parecer —atronó el coronel—, el
comandante Jentsch... Bueno, ustedes no saben quién es, claro. Él y su esposa
fueron compañeros de mesa durante el viaje. Oficial de intendencia, un hombre
estupendo. Incluso resultó que éramos de la misma promoción, aunque el
desgraciado final de la campaña contra los bolcheviques puso fin a su carrera.
Ya saben, los ascensos llegaban rápido durante la guerra, pero después de 1945
todo terminó para los pobres diablos. Bueno, Jentsch por lo visto no lo pasó
tan mal. Era oficial de intendencia, valía su peso en oro durante la
reconstrucción. Llegó a ser director de una empresa de alimentación en
Osnabrück, creo recordar. La verdad es que teníamos bastantes cosas en común,
mucho de qué hablar, el tiempo ha pasado rápido. El comandante Jentsch vio
bastante en la guerra. Bastante, bastante. Durante nueve meses, quizá llegaron
a once, bueno, de todas maneras fue oficial de enlace en la División Azul,
¿conocen la División Azul? Las tropas españolas de elite que Franco mandó
contra los bolcheviques. Y debo decir que aquí, a menudo, medimos a italianos,
griegos, españoles y demás... Bueno, a ver si me entienden, los medimos a todos
con el mismo rasero, pero tengo que decir que aquellos chavales, o sea, los de
la División Azul, ellos sí que sabían...
Martin Beck giró la cabeza y miró a la pantalla del televisor
con angustia en el corazón, que en esos momentos emitía un reportaje —sin duda
grabado hacía meses— sobre la recogida de la remolacha en la provincia de
Escania. La señora dirigía su atención en la misma dirección y, por lo demás,
parecía no ser consciente de lo que ocurría a su alrededor.
—Entiendo —se desgañitó Kollberg.
Luego inspiró aire profundamente y siguió con una potencia de
voz y una determinación admirables:
—Coronel, había empezado a decir algo acerca de las fotografías:
¿«por extraño que pueda parecer...»?
Durante poco menos de un minuto, reinó todopoderosa la voz del
experto en la recogida de la remolacha. Fue un alivio.
—¿Cómo? Sí, iba a decir que por extraño que parezca el
comandante Jentsch era un hacha con la cámara. Aunque no oía ni veía mucho
mejor que nosotros, tiraba fotos sin parar y hace sólo unos días nos mandó un
montón de fotografías del viaje. Me parece muy amable de su parte, debe de
haberle costado bastante. Endiabladamente bonitas las fotografías. Un simpático
recuerdo, en cualquier caso.
Martin Beck se levantó y bajó un poco el volumen de la
televisión. Una acción que se produjo de manera instintiva, en defensa propia,
sin que realmente supiera lo que estaba haciendo. La señora le observó sin
entender nada.
—¿Qué? Sí, por supuesto. Minina, quieres buscar las fotografías
que nos mandaron de Alemania. Se las voy a enseñar a estos caballeros.
Martin Beck contempló con el ceño fruncido a la mujer a quien
llamó Minina, acababa de levantarse con mucho esfuerzo de la silla frente al
televisor.
Las fotos eran copias en color de 12x12. Estaban ordenadas en
montones de veinte, y el hombre del sillón los sostenía entre el pulgar y el
dedo índice de la mano izquierda. Martin Beck y Kollberg se inclinaron hacia
delante, uno a cada lado del hombre.
—Estos, pues, somos nosotros y aquí está la señora Jentsch y mi
esposa... Bueno, éste soy yo. Esta foto se tomó arriba, en el puente de mando.
Es el primer día, yo estoy charlando con el capitán, como pueden ver, quizá. Y
aquí... desgraciadamente yo tampoco veo muy bien... ¿Me quieres dar la lupa,
por favor, cariño?
El coronel dedicó mucho tiempo a limpiar la lupa con esmero
antes de seguir analizando las fotos.
—Sí, eso es, aquí pueden ver al propio comandante Jentsch, a mi
esposa y a mí... La señora Jentsch debió de hacer esta foto, está un poco más
borrosa que las demás. Y aquí estamos de nuevo, en la misma ocasión, pero desde
un ángulo un poco diferente, creo. Y... a ver..., la señora con la que converso
aquí se llamaba Frau Liebeneiner, alemana también. Dicho sea de paso, compartía
mesa con nosotros, un encanto de mujer, muy digna, pero desgraciadamente algo
entrada en años. Perdió a su marido en El Alamein.
Martin Beck aguzó la vista y contempló a una señora viejísima y
rolliza con un vestido de flores y un sombrero rosa. Estaba de pie, muy
acicalada, al lado de uno de los botes salvavidas con una taza de café en una
mano y un trozo de bizcocho en la otra.
El análisis continuaba. Los motivos eran parecidos. A Martin
Beck le empezó a doler la región sacra de la columna. A estas alturas, sabía
más allá de toda duda el aspecto que tenía la señora Jentsch de Osnabrück.
La última fotografía descansaba encima de la mesa de caoba,
delante del coronel. Se trataba de una de esas cuya existencia Martin Beck
había previsto. El Diana visto desde la popa en ángulo oblicuo, amarrado en el
embarcadero del islote de Riddarholmen en Estocolmo, con el edificio del
Ayuntamiento al fondo y dos taxis parados junto a la pasarela.
La fotografía parecía haber sido tomada poco antes de zarpar, ya
que había mucha gente a bordo. A popa del bote salvavidas de estribor, en la
cubierta shelter, se veía a la señora Jentsch de Osnabrück y, justo debajo de
ella, a Roseanna McGraw. Inclinada hacia delante, con los antebrazos
descansando en la barandilla y los pies muy separados. Llevaba sandalias, gafas
de sol y un vestido amarillo ancho de tirantes. Martin Beck se acercó todo lo
que pudo para intentar distinguir a los que se encontraban cerca de ella. Al
mismo tiempo escuchó silbar entre dientes a Kollberg.
—Sí, sí, bueno —dijo el coronel impasible—, éste es el barco en
Riddarholmen, y aquí tenemos la torre del Ayuntamiento. Y ahí arriba se puede
ver Hildegard Jentsch. Eso fue antes de conocernos. Y, sí, es curioso, esta
niña también se sentaba en nuestra mesa algunas veces. Holandesa o inglesa,
creo. Tengo entendido que luego la cambiaron a otra mesa para que nosotros, los
oldboys, tuviéramos más sitio para apoyar los brazos.
Un dedo índice grueso y canoso, aún más grande a través de la
lupa, descansaba sobre la mujer de las sandalias y el vestido amarillo amplio.
Martin Beck inspiró antes decir algo, pero Kollberg se adelantó.
—¿Qué? —dijo el coronel—, ¿seguro? Claro que estoy seguro,
maldita sea. Se sentó por lo menos cuatro o cinco veces a nuestra mesa. No dijo
nunca nada, que yo recuerde.
—Pero...
—Claro que su colega me enseñó unos retratos, pero sabe..., no
me acuerdo de su cara, sino del vestido. O, mejor dicho, tampoco es que fuera
precisamente por el vestido...
Se giró a la izquierda y clavó su enorme dedo índice en el pecho
de Martin Beck. El dolor le resultó insoportable.
—El escote —dijo en un susurro como el estampido de un trueno.
Capítulo 18
Eran las once y cuarto cuando regresaron al despacho de
Kristineberg. Un fuerte viento arrojaba ruidosos goterones de lluvia que
repiqueteaban sobre los cristales de las ventanas.
Martin Beck había extendido frente a él las veinte fotografías.
Dejó a un lado diecinueve y escudriñó, quizá por quincuagésima vez, a Roseanna
McGraw dentro del círculo de luz de la lupa.
Tenía el aspecto que siempre había imaginado. Parecía dirigir su
mirada hacia arriba, probablemente hacia el reloj de la torre de la iglesia de
Riddarholmen, y parecía saludable, relajada e inconsciente, aunque le quedaban
exactamente treinta y seis horas de vida. A su izquierda se veía el camarote
A7. La puerta estaba abierta, pero en la foto no se veía el interior.
—¿Te has dado cuenta de que hoy hemos sido afortunados? —dijo
Kollberg—. Por primera vez durante toda esta puñetera investigación. La suerte
llega siempre, tarde o temprano. Esta vez ha tardado demasiado.
—Y algo de mala suerte también.
—¿Porque fue a parar a la mesa de dos viejos soldados sordos
como tapias y tres viejas medio cegatas? No es mala suerte, sólo la más que
conocida ley de Murphy. Vamos a casa y a la cama. Yo te llevo. ¿O prefieres ir
en el metro?
—Primero hay que mandar un telegrama a Kafka. El resto de las
cartas las escribiremos mañana.
Media hora más tarde habían terminado. Kollberg conducía rápido
y sin precaución bajo la intensa lluvia, pero Martin Beck no parecía darse
cuenta, a pesar de que los coches normalmente le incomodaban. Permanecieron
callados todo el camino. Cuando llegaron al edificio de Bagarmossen, Kollberg
se sacudió y dijo:
—Bueno, así que ahora toca pensar en esto toda la noche. Hasta
luego.
En el piso reinaba la oscuridad y el silencio, pero al pasar por
el dormitorio de su hija oyó un sonido apagado de música en la radio.
Probablemente tenía el transistor debajo de la almohada. Cuando él era pequeño,
solía leer novelas de aventuras en el mar con una linterna bajo la sábana.
En la mesa de la cocina encontró pan, mantequilla y queso. Se
preparó un bocadillo de queso y fue a buscar una cerveza al frigorífico. No
había. Se comió su frugal cena de pie, junto al fregadero, y la regó con medio
vaso de leche.
Luego entró en el dormitorio y se metió en la cama con mucho
cuidado. Su mujer se dio la vuelta medio dormida e intentó decir algo. Él se
quedó inmóvil de espaldas, conteniendo la respiración. Después de un par de
minutos, la respiración de ella volvió a ser regular e inconsciente. Se relajó,
cerró los ojos y empezó a pensar.
Roseanna McGraw había aparecido en una de las primeras fotos.
Además, esas fotos identificaban claramente a otras cinco personas, los dos
militares jubilados, sus esposas y la viuda Liebeneiner.
Podía contar tranquilamente con veinticinco o treinta series de
fotografías más, la mayoría más extensa que ésta.
Rastrearían cada negativo, obligarían a los fotógrafos a que
indicaran detalladamente todos los que aparecían en sus fotos. Tenía que
funcionar, por fin podrían reconstruir el último viaje de Roseanna McGraw. Lo
verían ante sí como una película.
Una gran parte del plan dependía de Kafka y de lo que él pudiera
conseguir de ocho familias distintas repartidas por el continente americano.
Los estadounidenses derrochan carretes, ¿no son conocidos por eso? Y además, si
alguna otra persona —aparte del asesino— había estado en contacto con la mujer
de Lincoln, sería lógico que fuera uno de sus compatriotas. Tal vez también
deberían buscar al asesino entre sus compatriotas. Quizás un día de estos se
quedaría con el teléfono pegado al oído escuchando la voz de Kafka entre el
ruido de fondo: Yeah, I shot the bastard.
En medio de esa reflexión, Martin Beck se durmió de una manera
más repentina y natural que en mucho tiempo.
Al día siguiente seguía cayendo esa llovizna gris, y las últimas
hojas amarillas se pegaban mustias contra las paredes de las casas y los
cristales de las ventanas.
Como si los pensamientos nocturnos de Martin Beck hubiesen
llegado hasta él, Kafka le mandó un lacónico telegrama urgente: «Envíe todo el
material posible».
Dos días después, Melander, a quien nunca se le olvidaba nada,
se sacó la pipa de la boca y comentó tranquilamente:
—Uli Mildenberg está en Heidelberg. Ha pasado allí todo el
verano. ¿Quieres que le interroguen?
Martin Beck meditó cinco segundos.
—No.
Estuvo a punto de añadir: «pero apunta la dirección». Se calló
en el último momento, se encogió de hombros y bajó a su despacho.
Durante estos días le había ocurrido más de una vez que no tenía
nada especial que hacer. La investigación había entrado en una fase en la que
—en gran parte— avanzaba por su propia dinámica, y a la vez se propagaba por el
mundo como el argumento de una novela folletinesca anticuada. Desde Ahlberg en
Motala, una «línea roja» le unía a él en Kristineberg, y desde aquí se extendía
en forma de abanico hasta una serie de puntos en el mapa: de Cabo Norte a
Durban en el sur y Ankara en el este. La línea más importante sin comparación
conducía al despacho de Kafka en Lincoln, casi diez mil kilómetros al oeste.
Desde allí se ramificaba a media docena de lugares en el continente americano
muy distantes entre sí.
Con este enorme operativo a su disposición, ¿no serían capaces
de descubrir el rastro y acorralar al asesino? Por desgracia, la respuesta
lógica era negativa. Martin Beck guardaba dolorosos recuerdos de la
investigación de otro asesinato con móvil sexual. Se había cometido en el
sótano de un edificio de los suburbios de Estocolmo. Descubrieron el cuerpo
enseguida y la policía se presentó en el lugar en menos de una hora. Varias
personas vieron al asesino y pudieron hacer una descripción detallada, el hombre
dejó huellas, colillas, cerillas e, incluso, se le habían caído unos cuantos
objetos. Además, su manera de tratar a la víctima ponía de manifiesto un grado
de perversidad muy poco frecuente. Pero no fueron capaces de atraparlo.
Lentamente, el optimismo se convirtió en impotencia, todas las pistas
desembocaban en nada. Siete años más tarde, el mismo hombre fue declarado
culpable de un intento de violación en otra parte del país al ser detenido in
fraganti. Durante los interrogatorios se vino abajo de repente y confesó aquel
viejo crimen.
Para Martin Beck, tanto aquel asesinato como su resolución
muchos años después, habían sido episodios con una incidencia marginal en su
vida. Pero para uno de sus colegas de más edad tuvo una importancia vital.
Recordaba muy bien cómo, mes tras mes, año tras año, mucho después de que se
cerrara la investigación, se quedaba en su despacho hasta bien entrada la
noche, repasando y analizando todos los documentos y testimonios por
quingentésima o quizá milésima vez. Cuántas veces se lo había encontrado en lugares
sorprendentes y ambientes inesperados —en ocasiones estando fuera de servicio o
incluso de vacaciones— siempre a la caza de nuevas pistas en una investigación
que se convirtió en la tragedia de su vida. Al cabo de algún tiempo enfermó y
se prejubiló, pero aun así no se rindió. Por fin le llegó el día de la
liberación, cuando una persona sin antecedentes penales, que nunca había sido
sospechoso de ningún delito, rompió a llorar de repente ante un estupefacto
fiscal de distrito rural en la provincia de Halland, y confesó un asesinato por
estrangulamiento cometido siete años atrás. Entonces también se arrojó luz
sobre las ridículas casualidades y descuidos que impidieron que la policía lo
detuviese enseguida. En ocasiones, Martin Beck se preguntaba si aquella
solución realmente había traído la paz al viejo policía criminalista.
Así son las cosas. Y eso que aquella mujer del sótano había sido
lo que Roseanna McGraw definitivamente no era: una ruina humana, desarraigada,
errante y cuya condición de excluida social resultaba tan evidente como
agravante el contenido de su bolso.
Martin Beck meditó mucho sobre aquel caso mientras aguardaba a
que algo ocurriera.
En Motala, Ahlberg se dedicaba a molestar a las autoridades
estatales con su insistencia para que buceadores de la Marina y hombres rana
inspeccionaran el canal palmo a palmo y el fondo del lago metro a metro.
Raramente se ponía en contacto con Martin Beck, aunque siempre confiaba en que
sonara el teléfono.
Al cabo de una semana, llegó un nuevo telegrama de Kafka. El
texto resultaba críptico y sorprendente: You will have a break any minute now.
Martin Beck llamó a Ahlberg.
—Dice que nos cambiará la suerte en cualquier momento.
—Querrá animarnos —imaginó Ahlberg.
Kollberg discrepó:
—Este hombre no ve más allá. Sufre de un mal llamado intuición.
Melander no dijo nada.
Pasados diez días les llegaron copias de unas cincuenta fotos
más y casi el triple de negativos. Muchas no eran de muy buena calidad, por lo
que sólo pudieron localizar a Roseanna McGraw en dos, ambas en el muelle de
Riddarholmen, también se encontraba sola en la popa de la cubierta A, a un par
de metros de su camarote. En una de ellas estaba inclinada hacia delante
rascándose el tobillo derecho, eso era todo. Por lo demás, identificaron a
veintitrés pasajeros más. Con ello el número total ascendía a veintiocho.
Melander se encargaba de analizar las fotos minuciosamente,
luego se las pasaba a Kollberg, quien intentaba organizarLas por orden
cronológico. Martin Beck estudiaba el montón de fotos horas y horas, pero no
comentaba nada.
Los días siguientes recibieron un par de docenas de fotos más,
pero Roseanna McGraw no aparecía en ninguna.
En cambio, les llegó por fin una carta de la policía de Ankara.
Estaba encima de la mesa de Martin Beck la mañana del decimotercer día —según
el nuevo calendario—, pero hasta dos días después la Embajada no les
proporcionó la traducción en inglés. Contra todas las expectativas, esta carta
significó el primer avance en mucho tiempo.
Uno de los pasajeros turcos, el estudiante de medicina Günes
Fratt, de veintidós años, admitió conocer a la mujer de las fotos, en cambio no
sabía nada ni de su nombre ni de su nacionalidad. Después de «intensos
interrogatorios» conducidos por un coronel de policía cuyo largo nombre
prácticamente sólo se componía de las letras ö, ü y z, reconoció también que la
encontró atractiva y que intentó dos «acercamientos verbales» en inglés durante
el primer día de viaje, pero fue rechazado. La mujer no le contestó ni una
palabra. Algún tiempo después creyó verla junto a un hombre y sacó la
conclusión de que estaba casada, y que sólo casualmente y por imprudencia (¿?)
se había dejado ver sola. Lo único que pudo decir el testigo acerca del aspecto
de aquel hombre fue que «parecía ser alto». Durante la recta final del viaje,
el testigo no volvió a ver a la mujer.
El tío de Günes Fratt, que fue interrogado «de manera informal»
por el coronel de policía con el nombre largo, aseguró que, durante el viaje
entero, mantuvo a su sobrino bajo una estricta vigilancia y que nunca lo dejó
solo más de diez minutos seguidos.
La embajada añadió el comentario de que estos dos viajeros
pertenecían a una familia acomodada y muy respetada.
La carta no animó mucho a Martin Beck. Era como si supiera que
tarde o temprano aparecería un mensaje con ese significado. Ya habían dado un
paso adelante y, mientras luchaba contra las insufribles líneas telefónicas con
Motala, pensaba más que nada en cómo sería someterse a un interrogatorio
intenso por un coronel de policía turco.
En la planta de arriba, Kollberg recibió la noticia con
compostura.
—¿Los turcos? Sí, los tengo fichados. Varias personas los han
señalado en sus informes.
Rebuscó entre sus listas.
—Las fotos número 23, 38, 102, 109...
—Es suficiente.
Martin Beck hojeó el montón de fotografías y encontró una en la
que se veía muy claramente a los dos hombres. Se quedó observando un momento el
bigote blanco del tío y luego se centró en Günes Fratt, de baja estatura, pero
elegantemente vestido, lucía un fino bigote negro y rasgos armoniosos. No tenía
mal aspecto.
Desgraciadamente, Roseanna McGraw no compartió esta opinión.
Era el decimoquinto día después de la idea de las fotografías,
ya habían podido identificar con certeza a cuarenta y un pasajeros, los cuales
aparecían en una o más fotos. Además, las series se habían ampliado con dos
fotos más de la mujer de Lincoln. Ambas sacadas en el canal de Södertälje. En
una se la veía al fondo, borrosa, dando la espalda al fotógrafo; en la otra de
perfil junto a la regala, con el puente del ferrocarril al fondo. Tres horas
menos para su muerte y Roseanna McGraw se había quitado las gafas oscuras y
entornaba los ojos al sol. El viento mecía su oscuro cabello y tenía la boca
entreabierta, como si quisiera decir algo o acabara de bostezar. Martin Beck la
estudió con la lupa durante mucho tiempo. Al final dijo:
—¿Quién ha hecho esa foto?
—Una danesa —dijo Melander—. Vibeke Amdal, de Copenhague.
Viajaba sola en un camarote individual.
—Averigua lo que puedas acerca de ella.
Media hora más tarde cayó la bomba.
—Telegrama urgente de Estados Unidos —dijo la mujer de
telégrafos—, ¿se lo leo? «STRUCK GOLDMINE YESTERDAY. TEN ROLLS EIGHT MILLIMETER
COLOR FILM AND 150 STILLS. YOU WILL SEE A LOT OF ROSEANNA MCGRAW. SOME UNKNOWN
CHARACTER SEEMS TO BE WITH HER. PANAMERICAN GUARANTEES DELIVERY STOCKHOLM
THURSDAY. KAFKA.» ¿Quiere que intente hacerle una traducción?
—Sí, por favor.
—«Me topé con una mina de oro ayer. Diez rollos de película de
ocho milímetros en color y ciento cincuenta fotografías. Verán mucho a Roseanna
McGraw. Una figura desconocida parece estar junto a ella. Panamerican garantiza
la entrega en Estocolmo el jueves.» Firmado Kafka.
Martin Beck se desplomó en la silla. Se masajeó el nacimiento
del pelo y echó un vistazo a la agenda de su mesa.
Era el día de Katarina. Miércoles, 25 de noviembre de 1964.
Fuera caía una lluvia afilada y fría. La nieve no tardaría en
llegar.
Capítulo 19
Vieron la película en un laboratorio enfrente de la Estación del
Norte. Había muy poco espacio en la sala de proyección, incluso en ocasiones
como ésta a Martin Beck le costaba superar su aversión a las aglomeraciones.
Estaban presentes el comisario jefe y el fiscal provincial de
Linköping. Larsson, Ahlberg y el fiscal de la ciudad habían venido en coche
desde Motala. Además, Kollberg, Stenström y Melander.
Incluso Hammar, que había visto más crímenes en su vida que
todos los demás juntos, se mantenía callado, tenso y en actitud expectante.
Las luces se apagaron.
El proyector empezó a sonar.
—Ajá, sí, sí... bien, bien.
Kollberg no se podía callar, como siempre.
Se vio el desfile del cambio de guardia pasar por la plaza de
Gustav Adolf y entrar en el puente Norte. La cámara fotografió una vista en
contrapicado de la fachada del Teatro de la Ópera.
—No tienen estilo —dijo Kollberg—. Parecen policías militares.
El fiscal provincial le mandó callar.
El barco naufragado Vasa envuelto en una cortina de agua. Guapa
chica sueca con el pelo tan cardado como un montón de heno y nariz chata,
sentada en la escalera del auditorio Konserthuset. Plaza Hötorget. Lapón con
traje regional a la entrada de una cabaña lapona en el museo al aire libre de
Skansen. Castillo de Gripsholm con bailarines folclóricos en primer plano.
Mujer estadounidense de mediana edad con labios color violeta y montura de
gafas de estrás. Hotel Reisen, puente Skeppsbron, popa del Svea Jarl, ferry de
la isla de Djurgården. Barco de pasajeros grande anclado en Strömmen, visto
desde un barco turístico en movimiento.
—¿Qué barco es ese? —preguntó el fiscal provincial.
—El Brasil, de la compañía Moore-McCormack —respondió Martin
Beck—. Viene todos los veranos.
El museo de Waldemarsudde, la mujer de labios violetas.
Danvikshem.
—¿Qué edificio es ese? —volvió a preguntar.
—Es una residencia de ancianos —contestó Kollberg—. Al pasar por
delante Haile Selassie hizo disparar una salva desde su barco oficial cuando
vino de visita antes de la guerra. Pensó que era el Palacio Real.
Gaviota meciendo sus alas artísticamente, centro del suburbio
Farsta, cola de gente subiendo a un autobús azul con techo acristalado.
Pescadores mirando a la cámara con ojos siniestros.
—¿Cómo se llama el fotógrafo? —preguntó el fiscal.
—Wilfred S. Bellamy junior, de Klamath Falls, en Oregon
—respondió Martin Beck.
—No me suena —comentó el fiscal.
Calle Svartmangatan, fotograma subexpuesto de la bomba del pozo
Brunkeberg.
—Por fin —suspiró el fiscal.
El Diana en el muelle de Riddarholmen. Desde la popa, en ángulo
recto, Roseanna McGraw en una postura bien conocida y con la mirada dirigida
hacia arriba.
—Ahí está —precisó el fiscal.
—Dios mío —exclamó Kollberg.
Entra por la izquierda la mujer de labios violetas y dientes
brillantes. Lo tapa todo menos la banderita de la compañía naviera y la torre
del Ayuntamiento. Vista sobre el muelle. Puntos blancos. Centelleo. Sombras de
color marrón rojizo. Negro.
Se encendió la luz y un hombre con bata blanca entreabrió la
puerta.
—Sólo un momento. Un pequeño problema con el proyector.
Ahlberg se dio la vuelta y miró a Martin Beck.
—La película se ha prendido y ha sido consumida por las llamas
—explicó el subinspector de la policía criminal, Lennart Kollberg, quien sabía
leer el pensamiento.
En ese mismo momento, las luces se volvieron a apagar.
—Ahora hay que aguzar la vista, chicos —pidió el fiscal.
Panorama de la pendiente entre el muelle y el Ayuntamiento,
espaldas de turistas, puente Västerbron. La cámara enfoca hacia arriba en el
arco del puente. Estela de espuma, bandera sueca, un velero se aleja navegando
de popa con rumbo contrario. Larga secuencia de la señorita Bellamy tomando el
sol con los ojos cerrados en una tumbona de cubierta.
—Atención al fondo —advirtió el fiscal.
Martin Beck reconoció a varias personas al fondo; ninguna era
Roseanna McGraw.
La esclusa de Södertälje, el puente de la carretera, el puente
del ferrocarril. El mástil visto desde abajo, con la bandera de la compañía
naviera ondeando suavemente en el cielo azul. Motoveleros en dirección
contraria con toneles en la cubierta, el ayudante del cocinero saludando con la
mano. Los mismos motoveleros, vistos desde popa, perfil arrugado de la señorita
Bellamy a la derecha de la imagen. Oxelösund desde el mar, la moderna torre de
la iglesia perfilándose bajo el cielo, la fábrica siderúrgica con sus chimeneas
echando humo, un buque de carga junto al muelle con mena de hierro. La imagen
se movía arriba y abajo, al compás del largo y suave vaivén del barco, pero
tenía un color verde grisáceo algo borroso.
—Ahí empeoró el tiempo —intervino el fiscal.
Toda la pantalla se veía de color gris claro, nuevo enfoque de
cámara, una parte de la cubierta del puente de mando; la cubierta de proa,
vacía a excepción de una espalda brillante con impermeable de marinero. La
bandera de Gotemburgo cuelga mojada y caída en el asta, en el extremo de la
proa. Aparece en la imagen el segundo de a bordo balanceando una bandeja,
desciende por la escalera del castillo de proa.
—¿Y esto qué es? —preguntó el fiscal.
—Están en Hävringe —respondió Martin Beck—, alrededor de las
cinco o las seis de la tarde. Se han detenido a causa de la niebla.
La cámara enfoca a la popa de la cubierta shelter, tumbonas
vacías, gris claro, humedad. No hay nadie.
La cámara enfoca ahora a la derecha, luego vuelve al punto de
partida tras un ligero tirón. Roseanna McGraw sube la escalera desde la
cubierta A, todavía con las piernas desnudas y sandalias, pero con un fino
impermeable de plástico sobre el vestido, lleva puesta la capucha. Pasa de
largo el bote salvavidas en dirección a la cámara, echa un vistazo rápido e
indiferente al fotógrafo, rostro tranquilo y relajado, sale de la imagen por la
derecha. Cambio rápido. Roseanna McGraw de espaldas, apoyada en la barandilla,
el peso de su cuerpo descansa sobre el pie derecho; de puntillas, se frota el
tobillo izquierdo en el talón derecho.
Apenas veinticuatro horas antes de su muerte. Martin Beck
contuvo la respiración. Nadie en la sala dijo nada. La mujer de Lincoln
desapareció pálida, mientras la pantalla era invadida por unos puntos blancos.
El rollo se había acabado.
Ya no había niebla. Sonrisa violeta forzada. Una pareja mayor en
las tumbonas de cubierta cubriéndose las piernas con mantas. No hacía sol, pero
tampoco llovía.
—¿Quiénes son ésos? —preguntó el fiscal.
—Son dos estadounidenses —aclaró Kollberg—. Los Anderson.
El barco en una esclusa. Imagen tomada desde el muelle a la
cubierta de proa, muchas espaldas. Una defensa del barco para evitar golpes
vista desde arriba, la nave se mece al chocar el tablón contra el refuerzo de
piedra de la pared de la esclusa, astillas largas y mojadas desprendidas de la
madera de pino caen revoloteando al agua negra. Un miembro de la tripulación en
tierra, inclinado hacia delante, haciendo rodar los tornos de las compuertas de
la esclusa. La cámara enfoca al camarote de proa, las compuertas de la esclusa
se abren. Papada arrugada de la señorita Bellamy vista desde abajo, con el
puente de mando y el nombre del barco al fondo.
Nueva foto desde la cubierta del puente de mando. Otra esclusa.
La cubierta de proa llena de pasajeros. Imagen de un hombre con sombrero de
paja hablando.
—Cornfield, un estadounidense, viajaba solo —comentó Kollberg.
Martin Beck se preguntó si era el único que había visto a
Roseanna McGraw en la imagen anterior. Se encontraba junto a la barandilla de
estribor apoyada, como siempre, vestida con pantalones y jersey oscuro.
Las imágenes de la esclusa se sucedían, pero ella no se dejaba
ver.
—¿Dónde puede ser esto? —se preguntó el fiscal.
—Es Karlsborg —contestó Ahlberg—. No se trata de la ciudad junto
al lago Vättern, también hay un pueblo con ese nombre un poco al oeste de
Söderköping. El barco zarpó de Söderköping sobre las diez menos cuarto. Esto
debió de ser alrededor de las once.
Una nueva esclusa, otra vista de la cubierta de proa. Allí
aparece de nuevo. El jersey negro es sin duda de cuello vuelto. Hay mucha gente
a su lado. Vuelve la cara hacia la cámara, parece risueña. Corte abrupto.
Estela. Una larga secuencia de la señorita Bellamy y los Anderson durante la
cual, en una ocasión, se ve la figura borrosa del coronel marcial de Norr
Mälarstrand pasar lentamente por delante de la cámara.
Martin Beck sudaba. La quedaban diez horas. ¿Había estado
riéndose?
Un primer plano de la cubierta de proa, sólo tres o cuatro
personas. El barco se encuentra en un lago. Puntos blancos. Fin del rollo.
El fiscal se movió.
—¿El lago Roxen?
—El Asplången —aclaró Ahlberg.
Puente levadizo. Edificios en las orillas. Gente en tierra
saludando y mirando.
—El pueblo de Norsholm —dijo Ahlberg—. Son las tres y cuarto.
La cámara sigue enfocando a la orilla. Árboles, vacas, casas.
Una niña de siete u ocho años caminando por el dique del canal. Vestido de
verano azul, coletas y zuecos. Alguien le tira una moneda desde el barco. Ella
la recoge y hace una tímida y disimulada reverencia. Más monedas, la chica las
va recogiendo. Corre un trecho para alcanzar el barco. La mano de una mujer con
una brillante moneda de medio dólar entre dos dedos nervudos y uñas de color
carmesí. La cámara retrocede, la señorita Bellamy con gesto entusiasta
arrojando la moneda. La niña del dique con la mano derecha llena de monedas y
muy desconcertada, mirada azul de asombro. Martin Beck no lo vio. Oyó a Ahlberg
inspirar profundamente y a Kollberg enderezarse en la silla.
Detrás de la mujer de Klamath Falls, Oregon, en pleno ejercicio
de la caridad, Roseanna McGraw atraviesa la cubierta shelter de izquierda a
derecha. No va sola. A su izquierda, muy arrimada a ella hay otra persona. Un
hombre con una gorra de deporte. Le saca una cabeza y durante una décima de
segundo se perfila sobre un fondo claro. Todo el mundo lo vio.
—Detén la película —ordenó el fiscal.
—No, no —dijo Ahlberg.
La cámara no enfocó más al barco. Una hermosa orilla reverdecida
aparecía ante la cámara. Praderas, frondosa vegetación, juncos ondeando
inclinados al paso del barco, hasta que el paisaje veraniego va desapareciendo
detrás de columnas de puntos blancos.
Martin Beck se sacó un pañuelo del bolsillo del pecho, lo dobló
y se secó la nuca.
La imagen que invadió la pantalla resultaba nueva y
sorprendente. El canal por su parte inferior trazaba una larga y suave curva
entre las riberas pobladas de árboles. A lo largo de la orilla izquierda, se
abría un camino y más arriba, a la izquierda, unos caballos pastaban tras una
cerca. Un grupo de personas se acerca por el camino. Ahlberg se anticipó al
fiscal.
—Ahí se encuentran en el oeste del lago Roxen. El barco ha
pasado ya las esclusas de Berg. Mientras tanto, el fotógrafo se ha adelantado
hasta Ljungsbro. Ahí tenemos las últimas esclusas antes de la de Borensberg.
Son aproximadamente las siete de la tarde.
La blanca proa con la bandera de Gotemburgo aparece al fondo,
tras la curva.
Los que caminan por la senda se van acercando.
—Gracias a Dios —dijo Ahlberg.
Sólo Martin Beck sabía lo que quería decir. El hombre que
llevaba la cámara podía haber decidido acompañar al guía, que aprovechaba la
interrupción de la esclusa para mostrar el monasterio de Vreta.
Ahora se podía ver todo el barco virando lentamente en el canal,
envuelto en una perezosa nube de humo blanco grisáceo que reflejaba la luz
sesgada de la tarde.
Pero nadie en la sala de proyecciones se fijaba ya en el barco.
El disperso grupo de pasajeros del camino se había acercado tanto que se podían
distinguir ciertos detalles. Martin Beck identificó enseguida a Günes Fratt, el
estudiante de medicina de veintidós años de Ankara. Iba a la cabeza,
gesticulando con el que tenía más cerca.
Luego la vio a ella.
Tal vez quince metros más atrás del grupo principal, aparecieron
dos figuras más. Una de ellas era Roseanna McGraw, todavía con pantalones de
color claro y jersey oscuro. A su lado, dando pasos largos, caminaba el hombre
de la gorra de deporte.
Seguían estando lejos.
«Ojalá haya suficiente película», pensaba Martin Beck.
Se iban acercando. El encuadre de la cámara seguía
manteniéndose.
¿Podrían distinguir esas caras?
Se vio cómo aquel hombre alto la cogía del brazo para ayudarla a
salvar un charco en medio del camino.
Centelleo. Fin. Se encienden las luces.
Tras quince segundos de silencio absoluto, el comisario Hammar
se levantó de la silla y se dirigió al fiscal provincial, al fiscal de la
ciudad de Motala y a Larsson.
—Hora de comer, señores. Invita el Estado.
Miró inexpresivamente a los demás y dijo:
—Me imagino que os quedaréis un ratito más. Stenström también
les acompañó. En realidad, él estaba ocupado con otro caso.
Kollberg lanzó una mirada inquisitiva a Melander.
—No, nunca había visto a ese hombre.
Ahlberg ocultaba la cara con la mano derecha.
—Un pasajero de cubierta —dijo. Se dio la vuelta hacia Martin
Beck.
—¿Te acuerdas del chico que nos enseñó el barco en Bohus?
Aquella cortina que se podía correr por si algún pasajero de cubierta quería
descansar en los sofás...
Martin Beck asintió.
—El ciclomotor no estaba desde el principio. La primera vez que
lo vi fue en las esclusas después de Söderköping —explicó Melander.
Sacó su pipa y la toqueteó con el pulgar.
—El hombre de la gorra de deporte también aparecía allí —dijo—.
Una vez, al fondo, en ángulo.
Al proyectar de nuevo la película, comprobaron que tenía razón.
Capítulo 20
Las primeras nieves del invierno habían empezado a caer. Grandes
copos mojados chocaban contra las ventanas y se derretían enseguida dejando
anchos rastros sobre los cristales. Los canalones susurraban y unas pesadas
gotas de agua salpicaban al caer en el alféizar.
A pesar de que sólo eran las doce del mediodía, el despacho
estaba ya tan oscuro que Martin Beck tuvo que encender la lámpara de mesa.
Difundía una luz agradable sobre la carpeta abierta encima de la cubierta del
escritorio. El resto de la habitación quedó en penumbras.
Martin Beck apagó su último Florida, levantó el cenicero y sopló
para limpiar la ceniza de la mesa.
Tenía hambre y se arrepintió de no haber acompañado a Kollberg y
a Melander a la cafetería.
Habían pasado diez días desde que vieron la película que envió
Kafka y seguían esperando que ocurriera algo. Como todo lo demás en la
investigación, esta nueva pista se había perdido en una selva de declaraciones
y testimonios dudosos. Los interrogatorios habían sido llevados casi en su
totalidad por Ahlberg y su gente, con habilidad y gran energía, pero sin
demasiados resultados.
Lo más positivo que se podía concluir era que, de todo lo
descubierto hasta ahora, no había nada que rebatir acerca de que un pasajero de
cubierta subiera al barco en Mem, Söderköping o Norsholm y permaneciera en él
hasta llegar a Gotemburgo. Tampoco había indicios que pudieran negar que aquel
pasajero era de constitución normal, más alto que la media y con gorra,
americana de tweed color gris, pantalones grises y zapatos marrones. Ni que
poseyera un ciclomotor azul de la marca Monark.
El segundo de a bordo, cuyo testimonio fue el más fructífero,
creyó haber vendido un billete a un hombre que recordaba al de la película. No
sabía cuándo, ni siquiera con seguridad si fue precisamente el verano pasado.
También pudo ocurrir alguna de las temporadas anteriores. Sin embargo, guardaba
un vago recuerdo de que aquel hombre —si realmente era la misma persona—
probablemente subió con una bicicleta o ciclomotor y, además, con unas cañas de
pescar y otros utensilios, lo cual podía indicar que se trataba de un pescador
aficionado.
Ahlberg le tomó declaración personalmente y llevó al testigo al
límite. En la carpeta de Martin Beck había una copia de las actas.
AHLBERG: ¿Resulta habitual que haya pasajeros de cubierta en los
cruceros?
TESTIGO: Era más frecuente antes, pero siempre hay algunos.
A: ¿Donde suelen subir a bordo?
T: Dónde atraque el barco o al pasar por una esclusa.
A: ¿Cuál es el trayecto más común de un pasajero de cubierta?
T: Ninguno especial. A menudo viajan con nosotros desde Motala o
Vadstena, turistas que van en bicicleta o hacen excursiones a pie y tienen que
cruzar el lago Vättern.
A: ¿Y si no?
T: Bueno, qué quiere que le diga. Antes solíamos aceptar
excursionistas entre Estocolmo y Oxelösund, o entre Lidköping y Vänersborg.
Pero eso se acabó.
A: ¿Por qué?
T: No había sitio. Los pasajeros que viajan en camarote pagan un
precio considerable. No queremos quitarles el poco espacio del que disponen por
un montón de marujas y críos corriendo de un lado a otro con sus termos y
bolsas de merienda.
A: ¿Hay algo que impida que un pasajero de cubierta suba a bordo
en Söderköping?
T: En absoluto. Puede subir en cualquier lugar. En alguna
esclusa. Hay sesenta y cinco en el trayecto. Además, atracamos en varios
sitios.
A: ¿Cuántos pasajeros de cubierta puede haber?
T: ¿A la vez? Actualmente no suelen ser más de diez. En general,
sólo dos o tres. A veces, ninguno.
A: ¿Qué tipo de gente es? ¿Suelen ser suecos?
T: Qué va. A menudo son extranjeros, cualquier tipo de persona,
en su mayoría supongo que se trata de gente a la que le gustan los barcos y se
molestan en buscar el horario de salidas y llegadas.
A: ¿Y no se les incluye en la lista de pasajeros?
T: No.
A: ¿Pueden comer a bordo?
T: Sí, comer y cenar con los demás si quieren. En general, en
otro turno extraordinario, después de los dos ordinarios. Hay precios fijos
para esas comidas. Å la carte, no sé si me entiende.
A: Ha dicho antes que no guarda ningún recuerdo de la mujer de
las fotos, y ahora dice que cree recordar al hombre. Como no hay sobrecargo a
bordo, supongo que usted se ocupa especialmente del cuidado de los pasajeros.
T: Compruebo su billete cuando llegan y les doy la bienvenida.
Luego les dejo en paz. La idea de estos cruceros no es hacer de guía turístico
dando voces. De eso ya tienen bastante de otros sitios.
A: ¿No resulta raro que usted no reconozca a estas personas?
Pasó tres días con ellos.
T: Para mí todos los pasajeros son iguales. Además, veo dos mil
cada verano. En diez años son veinte mil. Y mientras trabajo me encuentro en el
puente de mando. Sólo somos dos los encargados de los turnos de guardia, doce
horas al día.
A: Aun así, este viaje fue especial, con sucesos llamativos.
T: Me tocaba guardia doce horas al día de todas formas. Y, dicho
sea de paso, había venido mi mujer.
A: Ella no aparece en la lista de pasajeros.
T: No, ¿por qué iba a estar? Los oficiales tenemos derecho a
llevarnos a nuestros familiares en algunos viajes.
A: El dato según el cual había ochenta y seis personas a bordo
en este trayecto es, por lo tanto, erróneo. Con los pasajeros de cubierta y
familiares pudieron llegar a cien.
T: Sí, claro.
A: Bueno, el hombre del ciclomotor, el que aparece en estas
fotos, ¿cuándo bajó?
T: Ni siquiera sé si lo vi, ¿cómo coño voy a saber cuándo dejó
el barco? Los que llevaban prisa para coger trenes, aviones u otros barcos,
desembarcaron a las tres de la madrugada, al llegar a Lilla Bommen, en
Gotemburgo. Otros se quedaron durmiendo y abandonaron el barco en algún momento
durante la mañana.
A: ¿Dónde subió su mujer?
T: En Motala. Vivimos aquí.
A: ¿En Motala? ¿En mitad de la noche?
T: No, de camino a Estocolmo cinco días antes. Luego desembarcó
en el siguiente viaje de vuelta, el ocho de julio a las cuatro de la tarde.
¿Contento?
A: ¿Cuál fue su reacción al pensar en lo que ocurrió durante ese
viaje?
T: No creo que haya pasado tal y como ustedes afirman.
A: ¿Por qué no?
T: Alguien se habría dado cuenta. Imagínese, cien personas en un
pequeño barco de treinta metros de largo y cinco de ancho. Y cabinas del tamaño
de una ratonera.
A: ¿Alguna vez ha tenido otro tipo de relación con los pasajeros
que no fuera la estrictamente profesional?
T: Sí, con mi mujer.
Martin Beck sacó las tres fotografías del bolsillo interior. Dos
de ellas copias de la película, la otra una ampliación de una fotografía en
blanco y negro de un aficionado que le envió Kafka. Tenían dos cosas en común:
representaban a un hombre alto con gorra y americana de tweed, y eran de muy
mala calidad.
A estas alturas, centenares de agentes de Estocolmo, Gotemburgo,
Söderköping y Lidköping contaban con copias de aquellas fotos. Además debían
estar en todas las oficinas de los fiscales de los distritos rurales y en la
mayoría de comisarías desde Karesuando, en el norte, hasta Smygehuk en el sur.
También en numerosos lugares del extranjero.
No eran de muy buena calidad, como ha quedado dicho, pero
alguien que realmente conociera al hombre debería ser capaz de reconocerlo.
Quizás. En la última reunión, Hammar comentó:
—A mí me recuerda a Melander.
Luego añadió:
—Esto no parece una investigación, sino un concurso de
adivinanzas. ¿Hay algún indicio de que sea sueco?
—El ciclomotor.
—Que no sabemos si le pertenecía.
—Ya.
—¿Eso es todo?
—Sí.
Martin Beck volvió a guardarse las fotos en el bolsillo interior
de la chaqueta.
Cogió las actas de Ahlberg y leyó de nuevo la declaración hasta
que encontró la línea que buscaba:
T: Sí, comer y cenar con los demás si quieren. En general, en
otro turno extraordinario, después de los dos ordinarios...
Hojeó los papeles y buscó la relación del personal de los barcos
del canal durante los últimos cinco años. Repasó la lista, sacó el bolígrafo de
su base e hizo una marca junto a uno de los nombres. Decía:
Göta Isaksson, camarera, Polhemsgatan 7, Estocolmo. Empleada del
restaurante SHT desde 15/9/1964. Diana 1959-1961, Juno 1962, Diana 1963, Juno
1964.
No había ninguna nota que indicara que Melander o Kollberg la
hubieran entrevistado.
Los dos teléfonos para pedir un taxi comunicaban y después de
rechazar la idea del coche patrulla, se puso el abrigo y el sombrero, se
levantó el cuello y se dirigió al metro desafiando el mal tiempo.
El maître del SHT parecía nervioso e irritado, pero le acompañó
hasta una de las mesas de la señorita Göta, justo al lado de las puertas
giratorias de la cocina. Martin Beck se sentó en un sofá y le dieron una carta.
Cuando terminó de leerla, alzó la vista y observó el comedor.
Casi todas las mesas estaban ocupadas y entre los comensales
apenas había mujeres. En varias mesas se sentaban hombres solos, la mayoría
entrados en años. A juzgar por su cordial trato hacia las camareras, se trataba
de clientes habituales.
Martin Beck miraba a las camareras que entraban y salían
apresuradamente por las puertas giratorias. Se preguntó quién de ellas sería la
señorita Göta y le llevó casi veinte minutos enterarse.
Tenía una cara amable y redonda, grandes dientes ralos, pelo
corto y despeinado, y de un color que Martin Beck hubiera definido como color
pelo.
Pidió un sándwich, un filete marinero y una Amstel y comió
despacio mientras esperaba a que el ajetreo de la hora punta fuera
disminuyendo. Terminó de comer y, después de cuatro cafés, el resto de los
clientes de la señorita Göta ya se habían ido. Ella se acercó a su mesa.
Le informó del asunto y le enseñó la foto. Ella la miró un rato,
la dejó sobre la mesa y se estiró la chaqueta, blanca y ajustada.
—Sí —dijo—, lo reconozco. No tengo ni idea de quién es, pero ha
viajado en los barcos más de una vez. Tanto en el Juno como en el Diana, creo.
Martin Beck se enderezó, cogió la foto y la sostuvo delante de
ella.
—¿Está usted segura? —preguntó—. La foto no es muy clara, puede
que se equivoque.
—Sí, estoy segura. Por cierto, siempre vestía así. Reconozco esa
americana y la gorra.
—¿Se acuerda si le vio el verano pasado? Estuvo usted en el Juno
por entonces, ¿verdad?
—A ver, déjeme pensar. La verdad es que no lo sé. Es que una ve
a tanta gente... Pero el verano anterior sí que lo vi varias veces. Por lo
menos en dos ocasiones. Trabajaba en el Diana y mi compañera, la otra camarera,
lo conocía. Recuerdo que solían hablar. Creo que no era un pasajero de camarote
y que sólo hizo un tramo del trayecto. O sea, como pasajero de cubierta. De
todas maneras comía en el segundo o tercer turno, aunque no todas las comidas.
Si no me equivoco, bajaba normalmente en Gotemburgo.
—¿Dónde vive su amiga?
—Yo no la llamaría amiga exactamente, sólo éramos compañeras de
trabajo. No sé dónde vive, pero tengo entendido que acostumbraba a ir a Växjö
cuando acababa la temporada.
La señorita Göta se apoyó en el otro pie y cruzó los brazos por
encima del estómago mientras entornaba los ojos hacia el techo.
—Sí, eso es. Växjö. Será de allí, supongo.
—¿Sabe qué relación mantenía con aquel hombre?
—No, la verdad es que no lo sé. Creo que le gustaba. Parece ser
que se veían de vez en cuando fuera del trabajo, aunque en realidad nos está
prohibido relacionarnos con los pasajeros. Él tenía pinta de simpático.
Atractivo, de alguna manera...
—¿Podría describirme su aspecto? Quiero decir, color de pelo,
ojos, altura, edad...
—Bueno, era bastante alto. Más alto que usted. Ni gordo ni
delgado, de constitución fuerte, se podría decir, hombros bastante anchos. Ojos
azules, creo. Pero de eso no estoy segura. Pelo claro, rubio ceniza, me parece
que se llama así, un poco más claro que el mío. Bueno, a menudo llevaba gorra,
así que no se le veía mucho el pelo. Tenía los dientes bonitos, de eso sí me
acuerdo. Los ojos redondos, creo recordar que un poco saltones. Pero
decididamente era bastante guapo. Yo le echaría entre treinta y cinco y
cuarenta años.
Martin Beck le hizo unas cuantas preguntas más, pero ya no se
enteró de gran cosa. Al volver a su despacho, repasó de nuevo la lista y pronto
encontró el nombre que buscaba. No se indicaba ninguna dirección, sólo una nota
que decía que había trabajado de camarera en el Diana entre 1960 y 1963.
Le llevó poco más de dos minutos encontrarla en la guía
telefónica de Växjö, pero tuvo que esperar mucho tiempo antes de que
contestara. Ella se mostró muy reacia a recibirle para una entrevista, pero no
pudo negarse.
Martin Beck cogió un tren nocturno y llegó a Växjö a las seis y
media de la mañana. Todavía estaba oscuro, el aire era suave y neblinoso. Dio
una vuelta por las calles mientras se despertaba la ciudad. Sobre las ocho
menos cuarto volvió a la estación de tren. Había olvidado los chanclos de goma
y la humedad le penetraba ya por las finas suelas de los zapatos. Compró un
periódico en el quiosco y lo leyó sentado en un banco de la sala de espera con
los pies apoyados en el radiador. Al rato salió, buscó una cafetería abierta,
se tomó un café y esperó.
A las nueve se levantó y pagó. Cuatro minutos más tarde se
encontraba delante de la puerta de la mujer. En una chapa de metal ponía
Larsson y encima había una tarjeta de visita con el nombre de Siv Svensson
escrito con una letra muy barroca.
Abrió la puerta una mujer corpulenta envuelta en un albornoz
azul claro.
—¿Señorita Larsson? —preguntó Martin Beck.
La mujer soltó una risita y desapareció. Desde dentro del piso
se oyó su voz:
—Karin, hay un señor en la puerta que pregunta por ti.
No hubo respuesta, pero la mujer corpulenta volvió y le pidió
que pasara.
Luego desapareció.
Se quedó de pie en el pequeño y oscuro recibidor con el sombrero
en la mano. Pasaron varios minutos hasta que se descorrió una cortina y una voz
le invitó a entrar.
—No le esperaba tan temprano —comentó la mujer desde dentro.
Tenía el pelo negro con mechas grises, recogido con descuido en
la nuca.
Su cara era fina y parecía pequeña en relación con el cuerpo; de
rasgos regulares y armoniosos, pero cutis apagado, pues no le había dado tiempo
a maquillarse. Se le notaban restos de rimmel en sus ojos marrones ligeramente
achinados. Llevaba un vestido verde muy ceñido al pecho y a sus anchas caderas.
—Trabajo hasta muy tarde por la noche, así que no suelo tener
por costumbre madrugar —explicó con tono de reproche.
—Le ruego que me disculpe —dijo Martin Beck—. He venido a
pedirle ayuda en un asunto relacionado con su empleo en el Diana, ¿ha trabajado
allí este verano también?
—No, este verano estuve en un barco que va a Leningrado
—contestó la mujer.
Seguía de pie, mirando a Martin Beck con actitud expectante. Él
se sentó en uno de los sillones de flores. Luego le enseñó la foto. La cogió y
la miró. Un cambio apenas perceptible le recorrió el rostro, sus pupilas se
dilataron durante una fracción de segundo, pero cuando le devolvió la
fotografía, su cara se mostró tensa y reacia de nuevo.
—¿Y?
—Conoce a este hombre, ¿verdad?
—No —replicó sin asomo de duda.
Cruzó la habitación y sacó un cigarrillo de una caja de cristal
que estaba en una mesa de azulejos delante de la ventana. Encendió el
cigarrillo y se sentó en el sofá frente a Martin Beck.
—¿Por qué? Nunca lo he visto. ¿Por qué pregunta?
Mantuvo la voz tranquila. Martin Beck la observó un momento.
Luego contestó:
—Sé que lo conoce. Lo conoció en el Diana el verano pasado.
—No, no lo he visto en mi vida. Ahora debe irse. Tengo que
dormir.
—¿Por qué miente?
—¿Ha venido aquí para decir impertinencias? Le repito que se
marche.
—Señorita Larsson, ¿por qué no reconoce que sabe quién es? Sé
que no dice la verdad. Si no lo admite ahora, le puede traer problemas más
adelante.
—No lo conozco.
—Puedo probar que la han visto en compañía de este hombre en
varias ocasiones, así que sería mejor que fuera sincera. Necesito saber quién
es el hombre de la foto y usted puede decírmelo. Sea sensata.
—Es un error. Se equivoca. No sé quién es. Haga el favor de
dejarme en paz.
Mientras se producía este intercambio de palabras, Martin Beck
estudiaba a la mujer detenidamente sin desviar la mirada. Estaba sentada en un
extremo del sofá dando golpecitos al cigarrillo sin parar, aunque no tenía
ceniza. Su cara le pareció tensa y notó cómo los huesos de su mandíbula se
movían bajo la piel.
Estaba asustada.
Permaneció sentado en el sillón de flores intentando hacerla
hablar. Pero ella no abrió la boca, se quedó rígida en el sofá quitándose el
esmalte de uñas de color naranja. Al final, se incorporó y se puso a deambular
por el salón de un lado a otro. Después de un rato Martin Beck también se
levantó, cogió su sombrero y se despidió. Ella no contestó, se mantuvo recta,
remisa, dándole la espalda.
—Volveré a ponerme en contacto con usted —dijo.
Antes de irse, dejó su tarjeta sobre la mesa.
Al llegar a Estocolmo ya era de noche. Se dirigió directamente
al metro y se fue para casa.
A la mañana siguiente, llamó a Göta Isaksson. Tenía turno de
tarde, así que podía visitarla cuando quisiera. Una hora más tarde se presentó
en su pequeño apartamento de Kungsholmen. Ella estaba haciendo café en su
cocina americana, lo sirvió y se sentó, entonces él dijo:
—Ayer estuve en Växjö entrevistándome con su compañera. Negó que
conociera al hombre. Y parecía que estaba asustada. ¿Sabe usted por qué no
habrá querido admitir que lo conocía?
—Ni idea. Sé muy poco de ella. No era muy conversadora. Y eso
que trabajamos juntas tres veranos, pero raramente contaba nada de sí misma.
—¿Recuerda si ella solía hablar de hombres durante el tiempo que
estuvieron juntas?
—Sólo de uno. Recuerdo que me comentó que había conocido a un
hombre simpático en el barco. Debió de ser el segundo verano.
Movió la cabeza haciendo cálculos para sí misma.
—Sí, eso es. Tuvo que ser el verano del sesenta y uno.
—¿Hablaba de él a menudo?
—Lo mencionaba en alguna ocasión. Tengo entendido que lo veía de
vez en cuando. Él debió de estar en el barco en algunos viajes o quizá se
reunía con ella en Estocolmo o Gotemburgo. Quizás era un pasajero. O a lo mejor
viajaba en el barco por ella. Yo qué sé.
—¿Nunca lo vio?
—No. Ni he pensado jamás en esa historia hasta ahora que me
pregunta. Puede que sea el de la foto, aunque creo que a ése lo conoció dos
veranos después. Y nunca comentó nada de él.
—¿Qué le contó acerca de él el primer verano? ¿O sea el de 1961?
—Pues nada en especial. Que le parecía simpático. Creo que dijo
elegante, de alguna manera. Supongo que se refería a su buena educación y a su
cortesía, o algo así. Como si la gente normal no fuese suficientemente fina
para ella. Pero luego dejó de hablar de él. Supongo que se acabó o que pasó
algo, porque durante un tiempo pareció bastante abatida, fue hacia el final del
verano.
—Al verano siguiente, ¿se volvieron a encontrar ustedes dos?
—No, ella repitió en el Diana, yo estuve en el Juno. Nos vimos
un par de veces en Vadstena, creo, los barcos coinciden allí, pero no hablamos.
¿No quiere otro café?
Martin Beck notó que su estómago había empezado a protestar,
pero no supo decir que no.
—¿Es que ha hecho algo? ¿Por eso pregunta tanto?
—No —aclaró Martin Beck—, ella no ha hecho nada, pero nos
gustaría contactar con el hombre de la foto. ¿Recuerda si dijo o hizo algo el
verano pasado que pudiera tener que ver con este hombre?
—No, que yo recuerde. Compartíamos cabina y a veces ella salía
por la noche. Supongo que se veía con algún hombre, pero yo no me meto en
asuntos ajenos. Lo que sí sé es que no parecía muy contenta. Si estaba
enamorada de alguien, debería haberse mostrado feliz, pero no, se encontraba
más bien triste y nerviosa. Casi rara. Puede que tuviera que ver con su
enfermedad. Se dio de baja antes de terminar la temporada, un mes antes, creo.
Una mañana simplemente no apareció y tuve que trabajar ese día entero hasta que
llegó una suplente. Oí que había ingresado en el hospital, pero nadie supo por
qué. De todas maneras, aquel verano no volvió. Desde entonces no la he visto.
Sirvió más café y le puso a Martin Beck unas pastas mientras
hablaba, mucho y con ganas, sobre la rutina del trabajo, y sobre los compañeros
y pasajeros que recordaba. Pasó una hora más antes de que pudiera salir de
allí.
El tiempo había mejorado. Las calles estaban casi secas y el sol
brillaba en un cielo despejado. Martin Beck se sentía mareado de tanto café y
volvió a Kristineberg andando. Mientras caminaba a lo largo del paseo de Norr
Mälarstrand, reflexionaba sobre lo que sabía de las dos camareras.
De Karin Larsson no había averiguado nada, pero aun así la
visita a Växjö le había convencido de que conocía al hombre, aunque no se
atreviera a admitirlo.
Por Göta Isaksson sabía:
Que Karin Larsson había conocido a alguien a bordo del Diana el
verano de 1961. Posiblemente un pasajero de cubierta que quizá viajara en ese
barco varias veces durante aquel verano.
Que dos veranos después, en 1963, conoció a un hombre,
probablemente un pasajero de cubierta que cogía ese barco de vez en cuando.
Según Göta Isaksson, podría ser el de la foto.
Que aquel verano se mostró deprimida y nerviosa, y que un mes
antes de terminar la temporada, o sea a principios de agosto, dejó su trabajo y
fue ingresada en el hospital.
Desconocía por qué. Tampoco sabía en qué hospital ni durante
cuánto tiempo. La única opción parecía ser preguntárselo a ella misma.
Marcó el número de Växjö en cuanto llegó al despacho, pero no
hubo respuesta. Sin duda dormía o tenía turno de mañana. Durante la tarde llamó
varias veces, y volvió a hacerlo dos veces más por la noche. En su séptimo
intento, a las dos del día siguiente, contestó una voz que imaginó era de la
mujer corpulenta del albornoz.
—No, se ha ido de viaje.
—¿Cuándo?
—Anteayer por la noche. ¿De parte de quién?
—De un amigo. ¿Adónde se ha ido?
—No me lo dijo. Pero la escuché llamar para preguntar por los
trenes a Gotemburgo.
—¿Oyó algo más?
—Me dio la impresión de que pensaba empezar a trabajar en un
barco.
—¿Cuándo decidió irse?
—Debe de haber sido todo muy rápido. Se presentó un señor aquí
anteayer por la mañana y luego parece que se le ocurrió lo del viaje. No era la
misma.
—¿Sabe en qué barco?
—No, no lo oí.
—¿Estará fuera mucho tiempo?
—No me lo dijo. ¿Quiere que le deje algún recado si sé de ella?
—No, gracias.
Se había marchado precipitadamente. Estaba seguro de que se
encontraba ya a bordo de un barco camino a algún sitio más allá de su alcance.
Y ahora sabía con certeza lo que antes sólo había sido una suposición.
Estaba muerta de miedo por alguien o algo y tenía que descubrir
por qué.
Capítulo 21
La recepción del hospital de Växjö reaccionó con gran rapidez.
—Larsson, Karin Elisabeth, sí, es correcto, una persona con ese
nombre estuvo ingresada en la planta de ginecología desde el nueve del agosto
hasta el primero de octubre del año pasado.
—¿Por qué?
—Eso tiene que preguntárselo al médico jefe.
El médico jefe de la planta de ginecología dijo:
—Sí, es posible que me acuerde. Le llamaré en cuanto haya echado
un vistazo a su historial.
Mientras Martin Beck esperaba, observó las fotos y leyó la
descripción que había redactado después de las conversaciones con Gota
Isaksson. Resultaba aún insuficiente, pero era bastante mejor que la de hacía
unas horas.
Altura: aproximadamente 186 centímetros. Constitución física:
normal. Color de pelo: rubio ceniza. Ojos: probablemente azules (verdes o
grises), redondos, algo saltones. Dientes: blancos, sanos.
La llamada se produjo una hora después. El médico había
encontrado el historial de la paciente.
—Sí, era lo que pensaba. Llegó por su propio pie la noche del
nueve de agosto. Recuerdo que estaba a punto de irme a casa cuando me pidieron
que la reconociera. La habían llevado a observación y sangraba mucho por los
genitales. Aparentemente llevaba ya un tiempo así, porque había perdido
bastante sangre y no se encontraba en muy buen estado. Pero no tenía afectado
ningún órgano vital. Al preguntarle qué le había ocurrido, se negó a contestar.
No es la primera vez que las pacientes de esta planta se niegan a explicar qué
les ha causado las hemorragias. Naturalmente, la razón puede deducirla usted
mismo, aunque la verdad es que, en la mayoría de los casos, se lo sacamos tarde
o temprano. Pero ella no dijo nada al principio y luego mintió. ¿Quiere,
comisario, que lea directamente del historial? Si no, puedo darle una versión
más sencilla.
—Sí, por favor —le rogó Martin Beck—. El latín no es mi fuerte.
—Ni el mío, dicho sea de paso —contestó el médico.
Procedía del sur de Suecia, de la provincia de Escania y hablaba
con calma, ordenada y metódicamente.
—Como decíamos, sangraba abundantemente y le dolía, así que le
pusimos una inyección. La hemorragia provenía del útero y de heridas en la
vagina. Localizamos heridas en la boca del útero y en la pared posterior de la
vagina, debieron producirse con un objeto duro y afilado. En torno al esfínter,
en la desembocadura de la vagina, descubrimos unos cortes que indicaban que el
instrumento también debió ser considerablemente grueso. No es inusual este tipo
de lesiones graves en mujeres a las que se les realiza un aborto de forma
negligente, o en aquellas que intentan abortar por su cuenta. Pero le puedo
decir con toda seguridad, señor comisario, que nunca jamás había visto nada
parecido. Quedó prácticamente descartado que ella se pudiera haber hecho a sí
misma una intervención de ese tipo.
—¿Fue eso lo que comentó? ¿Que se lo había causado ella misma?
—Sí, fue lo que nos contó cuando habló por fin. Intenté que me
explicara cómo, pero mantuvo todo el tiempo que se lo había hecho ella. No le
creí, ella lo sabía, y al final ni siquiera se molestó en parecer convincente,
simplemente repetía su versión: me lo hice yo misma, me lo hice yo misma, como
un disco rayado. Lo raro es que ni siquiera había estado embarazada. Es cierto
que tenía el útero dañado, pero si hubiese estado embarazada tendría que haber
sido en una fase tan temprana que resulta imposible pensar que lo supiera.
—¿Qué le ocurrió, según usted?
—Algún loco perverso. Parece demasiado siniestro y jodido,
hablando claro, pero estoy casi seguro de que intentaba proteger a alguien. Me
preocupaba, así que la retuvimos hasta el uno de octubre, aunque podríamos
haberle dado el alta antes. Además, yo nunca abandoné la esperanza de que
admitiera la verdad. Pero lo negaba una y otra vez hasta que al final tuve que
dejarla salir. No pude hacer nada más. Por cierto, comenté el asunto con
conocidos de la policía y algo intentaron, pero tampoco les fue posible esclarecer
el asunto.
Martin Beck guardó silencio.
—No sé exactamente cómo ocurrió, como le decía —siguió el
médico—. Fue con algún tipo de objeto, pero no resulta fácil determinarlo. Tal
vez una botella. ¿Le ha ocurrido algo?
—No, sólo quería hablar con ella.
—Me temo que va a ser complicado.
—Ya —dijo Martin Beck—. Gracias por su ayuda. Se guardó el
bolígrafo en el bolsillo sin haber apuntado nada.
Martin Beck se masajeó el nacimiento del pelo con las puntas de
los dedos mientras miraba la foto del hombre de la gorra.
Pensó en la mujer de Växjö, su temor le había hecho ocultar la
verdad de forma insistente y con obstinación, y la había llevado a huir. No
podía desviar la mirada de la foto y murmuró «¿por qué?», aunque sabía que sólo
había una sola respuesta a aquella pregunta.
Sonó el teléfono. Era el médico.
—Se me olvidó comentarle algo que puede que le interese. La
paciente en cuestión había sido ingresada anteriormente en el hospital, en
concreto a finales de diciembre del sesenta y dos. Se me olvidó, porque por
entonces yo estaba de vacaciones, y porque trabajaba en otra planta. Pero leí
su historial al convertirse en mi paciente. Aquella vez se había fracturado dos
dedos de la mano izquierda, el índice y el del corazón. Estaban rotos en la
primera articulación, o sea cerca de la mano. También en aquella ocasión se
negó a confesar lo que le había ocurrido. Le preguntaron si se había caído por
las escaleras y entonces respondió que sí, que eso había pasado. Pero según el
colega que se ocupó de ella eso no era posible. Los dedos se le habían roto
hacia atrás, hacia el dorso de la mano; no había otros daños. No sé mucho más,
recibió el tratamiento habitual con escayola, etcétera, y la curación llevó el
proceso normal.
Martin Beck le agradeció la llamada y colgó, volvió a coger el
teléfono enseguida y marcó el número del restaurante SHT. Pudo oír el bullicio
de la cocina y alguien que gritaba «tres filetes Lindström» justo al lado del
auricular. Pasaron unos minutos antes de que se pusiera Göta Isaksson.
—Hay mucho ruido por aquí —dijo—. ¿Que dónde nos encontrábamos
cuando se dio de baja? Sí, claro que me acuerdo, en Gotemburgo. Cuando partimos
por la mañana ella ya no estaba y la suplente no se incorporó hasta llegar a
Töreboda.
—¿Dónde se alojaron en Gotemburgo?
—Yo solía quedarme en la pensión del Ejército de Salvación, en
Postgatan, pero ella no lo sé. Probablemente a bordo o en un hotel. Lo siento,
pero tengo que salir corriendo. Los comensales me están esperando.
Martin Beck llamó a Motala y Ahlberg escuchó en silencio.
—Así que se fue al hospital de Växjö directamente desde
Gotemburgo —concluyó—. Hay que averiguar dónde pasó la noche del ocho al nueve
de agosto. Tuvo que suceder entonces.
—Se encontraba bastante mal —dijo Martin Beck—. Es extraño que
pudiera trasladarse a Växjö en ese estado.
—Quizás el que lo hizo vivía en Gotemburgo. En ese caso, habría
ocurrido en su casa.
Permaneció en silencio un rato. Luego añadió:
—Si lo vuelve a hacer, lo cogeremos. ¿Por qué no nos dio su
nombre, maldita sea, si sabe quién es?
—Estaba asustada —contestó Martin Beck—. Temía por su vida.
—¿Crees que es demasiado tarde para localizarla?
—Sí —aseguró Martin Beck—. Sabía lo que hacía cuando se fue,
podría estar fuera de nuestro alcance durante años, y ahora nosotros también
sabemos lo que pretendía.
—¿Qué? —preguntó Ahlberg.
—Huir para salvar su vida —dijo Martin Beck.
Capítulo 22
Una gruesa capa de nieve sucia y acuosa cubre las calles y los
tejados de las casas, caen gotas de las estrellas de Navidad grandes y
amarillas suspendidas entre las fachadas de los edificios de Regeringsgatan.
Llevan colgadas un par de semanas, a pesar de que falta casi un mes para la
Navidad. La gente camina nerviosa y apretujada por las aceras, y en la calzada
el tráfico fluye con dificultad en una lenta corriente. De vez en cuando, un
coche pisa el acelerador y adelanta algunos puestos de la caravana, salpicando
sucia aguanieve con las ruedas. El agente Lundberg parece ser el único que no
tiene prisa. Pasea por Regeringsgatan con las manos en la espalda en dirección
sur junto a los escaparates navideños. El agua de la nieve derretida en los
tejados cae en pesadas gotas sobre la gorra del uniforme y el aguanieve bajo
sus chanclos de goma. Llega hasta Smålandsgatan, donde ni hay tanta
aglomeración de gente ni la circulación es tan densa. Baja la cuesta con
prudencia para no resbalarse y se detiene ante el edificio que antiguamente
albergaba la comisaría del distrito de Jakob; se sacude el agua de la gorra. Es
joven, lleva poco tiempo en el cuerpo de policía y no se acuerda de la vieja
comisaría, cerrada hace años, cuyo distrito pertenece ahora a la comisaría de
Klara.
El agente Lundberg es de la policía de Klara y tiene una gestión
que realizar en Smålandsgatan. En la esquina con Norrlandsgatan hay una
pastelería. Entra. Le han encargado recoger un sobre de una de las camareras,
pero no sabe lo que contiene. Mientras espera, se apoya en la barra y echa un
vistazo a su alrededor.
Son las diez de la mañana y sólo están ocupadas tres o cuatro
mesas. En el sofá de enfrente hay un señor sentado ante una taza de café. A
Lundberg le suena de algo e intenta hacer memoria. El tipo está rebuscando
dinero en los bolsillos, mientras mira como ausente al policía. A Lundberg se
le eriza el pelo de la nuca. ¡El hombre del Canal de Gota!
Está casi seguro de que es él. En la comisaría ha visto las
fotografías varias veces y tiene su imagen grabada en la memoria. Preso de la
emoción, casi se olvida del sobre, pero se lo dan en el mismo momento en que el
hombre se levanta y deja unas monedas encima de la mesa. No se cubre la cabeza,
ni lleva abrigo y, al acercarse a la puerta, Lundberg constata que su estatura,
constitución física y color de pelo encajan con la descripción.
A través de la puerta de cristal, le ve girar a la derecha,
levanta la mano con un rápido movimiento hacia la visera de la gorra para
despedirse de la camarera y se apresura a seguirlo. El hombre sube la calle una
decena de metros, luego tuerce a la derecha y entra a un pasaje abovedado,
Lundberg llega justo a tiempo para ver cómo se cierra una puerta que da a aquel
pasadizo. En la puerta hay un letrero que dice: J. A. ERIKSSON TRANSPORTES Y
MUDANZAS. OFICINA.
En la parte superior de la puerta hay un cristal. Lundberg entra
lentamente al pasaje. Al pasar intenta echar un vistazo a través del cristal,
pero sólo logra ver otro cristal en ángulo recto con la puerta. En el patio hay
dos camiones, en cuyas puertas está escrito en letras blancas: J. A. ERIKSSON
TRANSPORTES.
Se da la vuelta y vuelve a pasar por delante de la puerta de la
oficina. Esta vez más despacio aún, con el cuello estirado y muy atento. Al
otro lado de los cristales se encuentran dos o tres módulos separados por
tabiques y cuyas puertas dan al pasillo. En la puerta más cercana, que conduce
al módulo menor, consigue leer CAJA en una ventanilla corrediza abierta en el
cristal. En la siguiente puerta pone OFICINA SR. F. BENGTSSON.
El hombre alto se encuentra de pie allí dentro, al otro lado del
cristal, hablando por teléfono. De espaldas a Lundberg, está mirando hacia una
ventana pintada de blanco. Se ha cambiado la chaqueta por una bata negra y
tiene una mano metida en el bolsillo. Un hombre vestido con mono y gorra de
visera entra por una puerta al fondo del pasillo. Lleva unos papeles en la
mano. Al abrir la puerta del despacho, mira hacia la salida, Lundberg sigue
tranquilamente por su camino y sale a la calle.
Acaba de realizar su primer seguimiento.
—Por fin, joder —exclamó Kollberg—. Me apunto al primer turno.
—Probablemente come a las doce —dijo Martin Beck—. Date prisa y
llegarás a tiempo. Un chaval espabilado, ese Lundberg, si es que ha acertado.
Llámame esta tarde en cuanto puedas y enviaré a Stenström para que te releve.
—Creo que hoy me puedo arreglar solo. Si quiere, que me
sustituya esta noche.
—Hasta luego.
A las doce menos cuarto Kollberg estaba in situ. Enfrente del
edificio de la empresa de transportes, había una cervecería donde se sentó
junto a la ventana. Sobre la mesa, una taza de café y una pequeña maceta
pintada de rojo con un tulipán marchito, una ramita de abeto y un polvoriento
papá Noel de plástico. Se dispuso a tomar su café tranquilamente y no desvió la
mirada del portal de enfrente. Llegó a la conclusión de que las cinco ventanas
de la izquierda pertenecían a la empresa de transportes, pero no pudo
distinguir nada tras los cristales, ya que la mitad inferior de todos ellos
estaba pintada de blanco.
Un camión con el nombre de la empresa salió por el pasaje,
Kollberg miró el reloj. Las doce menos tres minutos. Dos minutos más tarde la
puerta de la oficina se abrió y salió un tipo alto con un abrigo gris oscuro y
sombrero negro. Kollberg dejó una corona y cincuenta céntimos en la mesa, se
levantó y se puso el sombrero sin desviar en ningún momento la mirada del
hombre, que bajó de la acera y cruzó la calle en diagonal pasando de largo la
cervecería. Cuando Kollberg salió, le vio dar la vuelta a la esquina hasta
Norrlandsgatan. Le siguió, pero no hizo falta caminar mucho. A unos veinte
metros de la esquina, entró en un restaurante autoservicio.
Había cola y el hombre esperó con paciencia. Al llegar al
mostrador, cogió una bandeja, una pequeña botella de leche, pan y mantequilla,
pidió algo en la ventanilla, pagó y se sentó en una mesa vacía de espaldas a
Kollberg.
Cuando la chica de la caja gritó «trucha asalmonada», se levantó
y fue a buscar su plato. Comió lentamente y con concentración, sólo alzó la
vista del plato cuando se llevó a la boca el vaso de leche. Kollberg fue a por
una taza de café y se sentó de tal manera que pudiera verle la cara. Después de
un rato, se convenció de que efectivamente se trataba de la misma persona de la
película.
Ni tomó café ni fumó después de la comida, sólo se limpió con
esmero con la servilleta, se puso el sombrero y el abrigo, y se marchó.
Kollberg le siguió hasta Hamngatan, donde cruzó la calle hasta los jardines de
Kungsträdgården. Caminaba bastante rápido y Kollberg se mantenía una veintena
de metros por detrás mientras atravesaban la alameda oriental del parque. Al
lado de la fuente de Molin, giró a la derecha, pasó de largo la fuente, cuyo
estanque estaba hasta la mitad de un aguanieve gris y sucio, y siguió subiendo
por la alameda occidental. Kollberg le siguió pasando por el Restaurante
Victoria y el Café Blanche, cruzó a los grandes almacenes NK, bajó por
Hamngatan, cogió Norrlandsgatan, donde atravesó Smålandsgatan y desapareció por
el portal.
«Bueno —pensó Kollberg—, vaya asco de aventura.»
Miró su reloj. La comida y el paseo habían durado exactamente
tres cuartos de hora.
Durante la tarde no pasó nada especial. El camión volvió vacío,
la gente iba y venía, salió otra furgoneta y volvió, luego dos camiones y
cuando regresaba uno de ellos estuvo a punto de chocar con la furgoneta que
salía.
A las cinco menos cinco vio abandonar la oficina a uno de los
camioneros, acompañado de una mujer gruesa de pelo canoso. A las cinco al otro,
el tercero aún no había vuelto con el camión. Otros tres hombres salieron del
portal poco después y cruzaron la calle. Entraron en la cervecería y pidieron
cerveza a voces, les sirvieron y se las bebieron en silencio.
A las cinco y cinco apareció el alto. Se detuvo delante de la
puerta, sacó un llavero del bolsillo y cerró con llave. Luego se guardó de
nuevo las llaves, se aseguró de que la puerta estuviera bien cerrada y se
marchó.
Mientras Kollberg se ponía el abrigo, oyó comentar a uno de los
bebedores de cerveza:
—Ahora se va Folke a casa.
Y otro se preguntó...
—¿Para qué? Si nadie le espera en casa. No sabe la suerte que
tiene. Teníais que haber oído a mi parienta cuando llegué a casa anoche...
Menuda bronca me echó sólo porque me tomé un par de cervezas después del curro.
Joder, es que...
A Kollberg no le dio tiempo a escuchar más. El alto, quien con
absoluta certeza se llamaba Folke Bengtsson, había desaparecido de su campo de
visión. En Norrlandsgatan volvió a descubrirlo abriéndose paso entre una
aglomeración de gente para dirigirse a Hamngatan, donde fue hasta la parada de
autobús frente a NK.
Cuando Kollberg se puso en la cola, había cuatro personas entre
él y Bengtsson. Confió en que el autobús no viniese tan lleno que no pudieran
subir los dos. Bengtsson mantuvo en todo momento la mirada hacia delante,
parecía observar la decoración navideña de los escaparates de NK. Al llegar el
autobús, subió dando un saltito, Kollberg consiguió por poco apretujarse detrás
de las puertas justo antes de que se cerraran.
El hombre bajó en Sankt Eriksplan. La circulación era densa y le
llevó un rato salvar todos los semáforos hasta el otro lado de la plaza. En
Rörstrandsgatan entró en un supermercado.
Siguió caminando por Rörstrandsgatan, pasó Birkagatan, cruzó la
calle en diagonal y entró en un portal. Después de un rato, Kollberg se acercó
a leer los letreros de los nombres. Había dos escaleras, una para el edificio
del patio y otra para el de la calle. Kollberg se consideró afortunado al
descubrir que la casa de Bengtsson daba a la calle, en la segunda planta.
Se colocó delante de un portal del otro lado de la calle y
levantó la vista hasta la segunda planta. Detrás de cuatro de las ventanas
colgaban unas cortinas blancas de tul con bordes plisados y un bosque de
macetas. Gracias a los hombres de la cervecería sabía que Bengtsson era soltero
y le pareció poco probable que aquellas ventanas pertenecieran a su piso.
Concentró su atención en las otras dos. Una estaba entreabierta
y, mientras la observaba, se encendió la luz en la otra, supuso que sería la de
la cocina. Pudo ver el techo y la parte superior de las paredes, de color
blanco. En un par de ocasiones distinguió a alguien, pero no lo suficiente para
determinar si se trataba de Bengtsson.
Al cabo de veinte minutos, se apagaron las luces de la cocina y
se encendió una lámpara en la habitación contigua. Después de un rato,
Bengtsson se acercó a la ventana. La abrió de par en par y se asomó. Luego la
cerró, echó el pestillo y bajó el estor. Era amarillo y se transparentaba la
luz, Kollberg vio cómo la silueta de Bengtsson desaparecía hacia el interior.
La ventana seguramente no tenía cortinas, porque a ambos lados del estor salían
anchos haces de luz.
Kollberg fue a telefonear a Stenström.
—Está en casa de momento. Si no te llamo antes de las nueve,
vienes a relevarme, ¿vale?
A las nueve y ocho minutos se presentó Stenström. Lo único que
había ocurrido era que la luz se había apagado a las ocho y desde entonces sólo
salía un débil resplandor azulado por ambos lados del estor.
Stenström llevaba un periódico vespertino en el bolsillo y
comprobaron que echaban una película americana en la tele.
—Es buena —dijo Kollberg—, la vi hace diez o quince años. El
final es fantástico, todos mueren menos la tía. Me largo ya, a ver si llego a
tiempo de verla. Si no me llamas antes de las seis, aquí estaré.
Era una mañana fría y estrellada cuando Stenström, nueve horas
más tarde, caminaba deprisa hacia Sankt Eriksplan. Desde que la luz se apagó a
las diez y media en el dormitorio de la segunda planta no había pasado nada.
—Ten cuidado de no congelarte —le aconsejó Stenström antes de
marcharse, y cuando el portal se abrió y el hombre alto salió, Kollberg
agradeció poder moverse por fin.
Bengtsson llevaba el mismo abrigo que el día anterior, pero se
había cambiado el sombrero por una gorra gris de lana de Crimea. Caminaba
apresuradamente y le salía vaho por la boca, como humo blanco. En Sankt
Eriksplan cogió el autobús a Hamngatan y un par de minutos antes de las ocho,
Kollberg le vio desaparecer por la puerta de la empresa de transportes.
Un par de horas más tarde salió de nuevo, dio los pocos pasos
que separaban la pastelería del edificio de al lado, tomó café y dos
panecillos. A las doce se fue al restaurante y después de comer dio una vuelta
alrededor del edificio de Citypalatset y regresó a su oficina. A las cinco y
pico, cerró la puerta con llave, cogió el autobús a Sankt Eriksplan, compró pan
en una panadería y se fue para casa.
A las siete y veinte volvió a salir. En Sankt Eriksgatan giró a
la derecha, pasó el puente y entró en Kungsholmsgatan, donde desapareció por
una puerta. Kollberg se detuvo un momento delante de la palabra bolera
iluminada con grandes letras rojas. Luego entró.
La bolera tenía siete pistas y detrás de un bordillo había un
bar con pequeñas mesas redondas y sillas con asientos de hule. Las voces y las
risas hacían eco en la sala y de vez en cuando se oía el sonido de bolas
rodando y bolos cayendo.
Kollberg no vio a Bengtsson en ningún sitio, sin embargo
enseguida reconoció a dos de los tres hombres de la cervecería del día
anterior. Estaban sentados en una mesa del bar y Kollberg se retiró hacia la
puerta para que no lo reconocieran. Después de un rato, el tercer hombre se
acercó a la mesa acompañado por Bengtsson. Cuando empezaron a jugar, Kollberg
abandonó el local.
Al cabo de un par de horas los cuatro jugadores salieron de la
bolera. Se despidieron en la parada del tranvía de Sankt Eriksgatan y Bengtsson
volvió solo por el mismo camino por donde había venido.
A las once se apagó la luz en el piso de Bengtsson, por entonces
Kollberg ya descansaba en la cama, mientras su relevo, bien abrigado, caminaba
de un lado a otro de Birkagatan. Stenström estaba resfriado.
El día siguiente, miércoles, transcurrió más o menos como el
anterior. Stenström desafió al resfriado y pasó gran parte del día en la
cervecería de Smålandsgatan.
Por la noche Bengtsson fue al cine. Cinco filas más atrás
Kollberg sufría mientras un Señor América rubio y medio desnudo luchaba contra
monstruos prehistóricos de Cinemascope.
Los dos días siguientes fueron idénticos. Stenström y Kollberg
se turnaron para vigilar la existencia de un hombre desprovista de
acontecimientos y estrictamente rutinaria. Kollberg volvió a visitar la bolera
y se enteró de que Bengtsson era bueno y que desde hacía mucho tiempo jugaba
allí todos los martes con sus tres compañeros de trabajo.
El séptimo día, un domingo, sucedió lo único interesante que
había ocurrido en todo este tiempo, según Stenström: un partido de hockey sobre
hielo entre las selecciones de Suecia y Checoslovaquia, que presenció junto con
Bengtsson y unas diez mil personas más.
La noche del domingo al lunes, Kollberg encontró en Birkagatan
un nuevo portal donde resguardarse.
Cuando por segundo sábado consecutivo vio salir a Bengtsson,
cerrar con llave la puerta a las doce y dos minutos y empezar a caminar en
dirección a Regeringsgatan pensó: «Ahora vamos a Löwenbröu a tomarnos una
cerveza». Al abrir Bengtsson la puerta del Löwenbröu, Kollberg se situaba en la
esquina de Drottninggatan alimentando su odio.
Por la noche, subió a su despacho de Kristineberg para ver las
fotos de la película. Había perdido la cuenta de cuántas veces las había
analizado.
Estudió cada foto detenidamente durante un buen rato y, por
mucho que le costara creerlo, seguía viendo al hombre de cuya tranquila vida
llevaba siendo testigo dos semanas.
Capítulo 23
—Está claro que no puede ser nuestro hombre —se lamentó
Kollberg.
—¿Ya te has cansado?
—No me malinterpretes. No tengo nada en contra de dormir de pie
en un portal de Birkagatan noche tras noche, pero...
—¿Pero qué?
—Durante diez días de catorce ha pasado lo siguiente: a las
siete sube el estor. A las siete y un minuto abre la ventana. A las ocho menos
veinticinco deja la ventana entreabierta. A las ocho menos veinte sale del
portal, camina hasta Sankt Eriksplan y coge el autobús cincuenta y seis hasta
el cruce de Regeringsgatan con Hamngatan, va andando hasta la empresa de
transportes y a las ocho menos medio minuto abre la puerta. A las diez se
dirige a la pastelería City, donde se toma dos tazas de café y un bocadillo de
queso. A las doce y un minuto se marcha a uno de los dos restaurantes. Come...
—¿Qué come? —preguntó Martin Beck.
—Pescado o carne asada. Termina de comer a las doce y veinte, da
un rápido paseo por los jardines de Kungstrådgården o una vuelta por la plaza
Norrmalmstorg y regresa al trabajo. A las cinco y cinco cierra con llave y se
va a casa. Si el tiempo está jodido coge el cincuenta y seis. Si no, recorre
las calles Regeringsgatan, Kungsgatan, Drottninggatan, Barnhusgatan,
Upplandsgatan, Observatoriegatan, pasa por el parque de Vasa, atraviesa en
diagonal Sankt Eriksplan, atraviesa Birkaplan y llega a casa. De camino hace la
compra en algún supermercado donde no haya demasiada gente. Compra leche y
galletas todos los días, y pan, mantequilla, queso y mermelada regularmente. Se
ha quedado en casa viendo la caja tonta ocho de las catorce noches. Dos
miércoles consecutivos ha ido al cine, a la sesión de las siete en Lorry. Una
mierda de películas las dos veces, me tocaron a mí. A la vuelta del cine se
come un perrito caliente con mostaza y ketchup. Los domingos coge el metro
hasta el Estadio de Hielo para ver un partido de hockey. Eso le tocó a
Stenström, claro. Dos martes consecutivos ha ido a la bolera de Kungsholmsgatan
y ha estado jugando durante dos horas con tres tíos de la empresa. Los sábados
trabaja hasta las doce. Luego va al Löwenbräu y se toma una jarra de cerveza.
Además, pide una ensaladilla de salchichas. Luego callejea tranquilamente hasta
casa. Por la calle no mira a las tías, sólo a veces carteles de películas y
escaparates, sobre todo de tiendas de deporte y ferreterías. No compra
periódicos y no está suscrito a ninguno. En cambio, se suele llevar dos
revistas, Rekord Magasinet y una de pesca de esas anticuadas. La verdad es que
se me ha olvidado cómo se llama. Un descuido. En el sótano de su edificio no
hay ningún ciclomotor azul de la marca Monark, pero sí uno rojo Svalan. Es
suyo. Pocas veces recibe correo. No se relaciona con los vecinos, pero los
saluda en la escalera.
—¿Cómo es?
—¿Cómo coño voy a saber cómo es? Dice Stenström que es de un
equipo de hockey sobre hielo, del Djurgården.
—Venga, en serio.
—Da la impresión de ser un hombre sano, tranquilo, fuerte y
aburrido. Deja la ventana entreabierta todas las noches. Se mueve con
comodidad, viste bien, no parece nervioso. Nunca tiene prisa pero tampoco
pierde el tiempo. Debería fumar en pipa. No lo hace.
—¿Ha notado vuestra presencia?
—No creo. La mía, desde luego, no.
Permanecieron en silencio un rato observando la nieve, que caía
en forma de grandes copos mojados.
—¿Sabes? —comentó Kollberg—, me da la sensación de que podríamos
seguir así hasta que volviera a tener vacaciones. Es un espectáculo fascinante,
pero ¿el estado puede permitirse el lujo de tener así a dos personas bastante
competentes...?
Se paró en medio de la frase.
—Hablando de competencia, anoche había un borracho que me soltó
un «uuuh» mientras estaba allí plantado medio dormido. Casi me da un infarto...
—¿Entonces se trata de nuestro hombre?
—Bueno, se parece bastante al de la película.
Martin Beck se mecía en la silla.
—Vale, vamos a buscarlo.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿Quién?
—Tú. Después del trabajo. No queremos que desatienda sus
obligaciones en la oficina. Llévale a tu despacho y le preguntas los datos
personales. Cuando hayas acabado, me llamas.
—¿Línea suave?
—Por supuesto.
Dieron las nueve y media el catorce de diciembre. El nombre del
día según el calendario era Sten y Martin Beck había soportado la celebración
tardía de Santa Lucía organizada por la policía, un bollo de azafrán pastoso y
dos copitas de un soso glögg sin apenas alcohol.
Llamó al fiscal provincial de Linköping y a Ahlberg de Motala y,
con cierta sorpresa, les oyó decir a los dos: «Voy para allá».
Se presentaron sobre las tres. El fiscal había pasado por Motala
a recoger a Ahlberg. Intercambió unas palabras con Martin Beck y se fue a ver a
Hammar.
Ahlberg estuvo sentado en el sillón de visitas durante dos
horas, pero no se comentó nada de interés. Ahlberg preguntó:
—¿Crees que es él?
—No lo sé.
—Tiene que serlo.
—Ya.
A las cinco menos cinco llamaron a la puerta. Eran el fiscal
provincial y Hammar.
—Estoy convencido de que llevas razón —reconoció el fiscal—.
Emplea el método que te parezca más apropiado.
Martin Beck asintió con la cabeza.
A las seis menos veinte sonó el teléfono.
—Hola —dijo Kollberg—, ¿puedes subir? El señor Folke Bengtsson,
ya te hablé de él, está aquí.
Martin Beck colgó y se levantó. Ya en la puerta, se dio la
vuelta y miró a Ahlberg.
Ninguno pronunció palabra alguna.
Subió las escaleras muy despacio. A pesar de los miles de
interrogatorios que había realizado en su vida, sintió un extraño
estremecimiento en el diafragma y en la parte izquierda del pecho.
Kollberg se había quitado la americana y tenía los codos
apoyados en la mesa, se mostraba tranquilo y jovial. Melander les daba la
espalda, mientras se ocupaba tranquilamente de sus papeles.
—Éste es Folke Bengtsson —dijo Kollberg poniéndose de pie.
—Beck.
—Bengtsson.
Un apretón de manos rutinario. Kollberg se puso la americana.
—Yo me voy. Hasta luego.
—Hasta luego.
Martin Beck se sentó. Había un papel en la máquina de escribir
de Kollberg. Lo subió un poco y leyó: Folke Lennart Bengtsson, director
administrativo, nacido el 6 de julio de 1926 en la parroquia Gustav Vasa,
Estocolmo. Soltero.
Observó al hombre. Ojos azules, una cara bastante corriente.
Algunas canas en el pelo. Ausencia de nerviosismo. En general, nada especial.
—¿Sabe usted por qué le hemos pedido que viniera?
—La verdad es que no.
—Es posible que nos pueda ayudar con un asunto.
—¿Y de qué asunto se trata?
Martin Beck dirigió la mirada hacia la ventana y dijo:
—Empieza a nevar en serio.
—Sí, desde luego.
—¿Dónde se encontraba usted la primera semana de julio de este
año? ¿Se acuerda?
—Debería. Tenía vacaciones. La empresa donde trabajo cierra
cuatro semanas a partir de San Juan.
—¿Y?
—Estuve en varios sitios, dos semanas en la costa oeste, por
ejemplo. Suelo ir a pescar cuando tengo vacaciones. En invierno también al
menos una semana.
—¿Cómo viajó? ¿En coche?
El hombre sonrió.
—No, no tengo coche. Ni siquiera permiso de conducir. Fui en
ciclomotor.
Martin Beck se quedó callado un momento.
—No está nada mal, yo mismo he tenido ciclomotor durante varios
años. ¿Qué marca conduce?
—Entonces tenía un Monarped de Monark, pero cambié este otoño.
—¿Se acuerda cómo pasó sus vacaciones?
—Sí, claro. Al principio me quedé una semana en Mem, en la costa
este, justo en el nacimiento del Canal de Gota. Luego me fui a Bohuslän.
Martin Beck se levantó y se acercó a la garrafa de agua, que
estaba encima del archivador, al lado de la puerta. Echó un vistazo a Melander.
Volvió. Quitó la funda al magnetófono y conectó el micrófono. Melander se
guardó la pipa en el bolsillo del pecho y se marchó. El hombre se quedó mirando
al aparato.
—¿Fue en barco desde Mem hasta Gotemburgo?
—No, desde Söderköping.
—¿Cómo se llamaba el barco?
—Diana.
—¿Qué día subió a bordo?
—No me acuerdo demasiado bien. En los primeros días de julio.
—¿Ocurrió algo fuera de lo normal durante el viaje?
—No, que yo recuerde.
—¿Está seguro? Haga memoria.
—Sí, es verdad, hubo una avería en las máquinas, pero fue antes
de que yo subiera a bordo. Iba retrasado. Si no, no me hubiera dado tiempo a
cogerlo.
—¿Qué hizo en Gotemburgo?
—El barco llegó muy temprano por la mañana. Me dirigí a un
pueblo que se llama Hamburgsund. Allí tenía una habitación reservada a través
de una agencia.
—¿Cuánto tiempo se quedó?
—Dos semanas.
—¿Qué hizo durante esas dos semanas?
—Pescar todo lo que pude. Hizo mal tiempo.
Martin Beck abrió el cajón de Kollberg y sacó las tres
fotografías de Roseanna McGraw.
—¿Reconoce a esta mujer?
El hombre miró las fotos, una tras otra. Ni se inmutó.
—Me parece familiar —reconoció—. ¿Quién es?
—Estaba a bordo del Diana.
—Sí, creo recordarla —dijo el hombre con indiferencia.
Volvió a mirar las fotos.
—Pero no estoy seguro. ¿Cómo se llama?
—Roseanna McGraw. Era estadounidense.
—Ahora me acuerdo. Sí, es verdad. Iba a bordo. Hablé con ella
alguna vez. Lo mejor que pude, claro.
—¿No ha visto ni oído su nombre desde entonces?
—No, la verdad es que no. O sea, hasta ahora.
Martin Beck captó la mirada del hombre y la retuvo. Era fría,
tranquila e inquisitiva.
—¿No sabe que Roseanna McGraw fue asesinada precisamente durante
ese viaje?
Un sutil aunque perceptible cambio de expresión recorrió el
rostro del hombre.
—No —aseguró al final—, la verdad es que no lo sabía.
Arqueó las cejas.
—¿Es verdad eso? —preguntó de repente.
—Parece muy extraño que no haya oído hablar del asunto.
Sinceramente no le creo.
A Martin Beck le dio la sensación de que el hombre había dejado
de prestarle atención.
—Claro, ahora entiendo por qué me han buscado.
—¿Ha oído lo que le he dicho? Me parece extraño que no se haya
enterado de nada de lo que se ha escrito acerca de este suceso. Simplemente no
le creo.
—Si hubiese tenido idea del asunto naturalmente que me habría
presentado voluntariamente.
—¿Se habría presentado?
—Sí, como testigo.
—¿De qué?
—Para contarles que la había conocido. ¿Dónde la mataron? ¿En
Gotemburgo?
—No, en el barco, en su camarote. Mientras usted se encontraba a
bordo.
—Parece imposible.
—¿Por qué?
—Alguien tuvo que haberse dado cuenta. Todos los camarotes
estaban ocupados.
—Me parece aún más imposible que usted no haya oído hablar del
tema. Me cuesta creerlo.
—Espere, puedo explicárselo. Nunca leo los periódicos.
—Se ha hablado mucho del asunto también por la radio, y en las
noticias de la televisión. Precisamente estas fotografías se han difundido en
el telediario Aktuellt. Varias veces. ¿No tiene televisor?
—Sí, claro. Pero sólo veo documentales sobre naturaleza y
películas.
Martin Beck se quedó en silencio observándolo detenidamente.
Después de un minuto preguntó:
—¿Por qué no lee los periódicos?
—No informan de nada que me interese. Sólo política y... sí,
precisamente ese tipo de cosas que usted ha mencionado, asesinatos, accidentes
y otras miserias.
—¿No lee nunca nada?
—Sí, algunas revistas. De deporte, pesca, vida al aire libre,
quizás alguna que otra novela de aventuras.
—¿Qué revistas?
—Idrottsbladet, prácticamente todos los números. Suelo comprar
All-Sport, Rekord Magasinet y Lektyr. La leo desde que era pequeño. A veces
también compro revistas estadounidenses de pesca deportiva.
—¿No tiene costumbre de hablar de los sucesos del día con sus
compañeros de trabajo?
—No, me conocen y saben que no me interesa. Hablan entre ellos,
claro, pero no suelo prestar atención. Ésa es la verdad.
Martin Beck no dijo nada.
—Entiendo que le parezca raro. Pero repito que es la verdad.
Tiene que creerme.
—¿Es usted religioso?
—No. ¿Por qué lo pregunta?
Martin Beck cogió un cigarrillo y acercó el paquete al hombre.
—No, gracias, no fumo.
—¿Bebe alcohol?
—Me gusta la cerveza. Suelo tomar una o dos los sábados, después
del trabajo. Nunca bebo nada más fuerte.
Martin Beck le contemplaba sin desviar la mirada. El hombre no
hizo ningún intento por evitarla.
—Bueno, le hemos encontrado al final. Eso es lo importante.
—Sí. ¿Cómo lo consiguieron? Quiero decir, averiguar que yo iba a
bordo.
—Ah, una casualidad. Alguien le reconoció. Ahora la situación es
la siguiente: hasta el momento usted es la única persona con la que hemos
contactado que habló con esta mujer. ¿Cómo la conoció?
—Creo que... ahora me acuerdo. Dio la casualidad de que estaba a
mi lado y me preguntó algo.
—¿Y?
—Le contesté. Lo mejor que pude. Mi inglés no es muy bueno.
—Pero suele leer revistas estadounidenses, ¿no?
—Sí, y precisamente por eso suelo aprovechar la ocasión para
conversar con ingleses y estadounidenses. Para practicar. No ocurre muy a
menudo. Una vez por semana suelo ir a ver alguna película estadounidense, la
que sea. Y habitualmente veo las series policíacas de la tele, aunque el
contenido no me interesa.
—Así que habló con Roseanna McGraw. ¿De qué?
—Pues...
—Intente recordar. Puede ser importante.
—Me contó algunas cosas de ella.
—¿Cómo qué, por ejemplo?
—Dónde vivía, pero no lo recuerdo.
—¿Pudo ser Nueva York?
—No, mencionó algún estado de Estados Unidos. Quizá Nevada. La
verdad es que no me acuerdo.
—¿Y qué más?
—Dijo que trabajaba en una biblioteca. De eso estoy
completamente seguro. Y que venía de Cabo Norte y Laponia. Que había visto el
sol de medianoche. También me preguntó algunas cosas.
—¿Pasaron mucho tiempo juntos?
—No, realmente no. Hablé con ella en tres o cuatro ocasiones.
—¿Cuándo? ¿Durante qué momento del viaje?
El hombre se tomó su tiempo.
—Debió de suceder el primer día. Recuerdo que nos hicimos
compañía entre Berg y Ljungsbro, donde los pasajeros suelen andar un trecho por
tierra mientras el barco pasa por la esclusa.
—¿Conoce el canal y los entornos?
—Sí, bastante bien.
—¿Ha viajado antes por el canal?
—Sí, varias veces. Suelo aprovechar y viajar un tramo cuando
encaja con mis planes de vacaciones. No quedan muchos barcos antiguos de ese
tipo y es un viaje bonito.
—¿Cuántas veces?
—No le sabría decir. Deje que lo piense. Sin duda una decena de
veces a lo largo de los años. Diferentes trayectos. Sólo una vez hice todo el
recorrido completo, de Gotemburgo a Estocolmo.
—¿Como pasajero de cubierta?
—Sí. Los camarotes hay que reservarlos con mucha antelación.
Además, resulta bastante caro ir como pasajero de crucero.
—¿No resulta incómodo viajar sin camarote?
—No, en absoluto. Se puede dormir en algún sofá, en los salones
de debajo de cubierta si se quiere. De hecho yo no necesito grandes
comodidades.
—Así que conoció a Roseanna McGraw. Ha afirmado que estuvo con
ella en Ljungsbro. Pero el resto del viaje...
—Creo que coincidí con ella en alguna ocasión más.
—¿Cuándo?
—No me acuerdo.
—¿La vio durante la última parte del viaje?
—Que yo recuerde, no.
—¿Sabe dónde estaba su camarote?
No hubo respuesta.
—¿Ha oído la pregunta? ¿Dónde estaba su camarote?
—Intento recordar. No, creo que nunca lo supe.
—¿Nunca estuvo en su camarote?
—La verdad es que no. Dicho sea de paso, los camarotes son muy
pequeños, además se alojan dos personas en cada uno de ellos.
—¿Siempre?
—Bueno, algunos irán solos, supongo. Pero no muchos, sale muy
caro.
—¿Sabe si Roseanna McGraw viajaba sola?
—No. No me dijo nada, que yo recuerde.
—¿Y nunca la acompañó al camarote?
—No, la verdad es que no.
—¿De qué hablaron en Ljungsbro?
—Recuerdo haberle preguntado si quería ver la iglesia del
monasterio de Vreta, está muy cerca. Pero no quiso. Por cierto, no estoy seguro
de que entendiera lo que intentaba proponerle.
—¿De qué más hablaron?
—No lo recuerdo. Nada en especial. No creo que nos dijéramos
gran cosa. Fuimos caminando ese tramo a lo largo del canal. Mucha gente hizo lo
mismo.
—¿La vio en compañía de alguna otra persona?
El hombre se quedó en silencio. Miró inexpresivamente hacia la
ventana.
—Es una pregunta muy importante.
—Lo entiendo. Intento recordar. Sin duda habló con otros
mientras yo estuve con ella, con algún que otro estadounidense o inglés. No
recuerdo a nadie en particular.
Martin Beck se levantó y se acercó a la garrafa de agua.
—¿Quiere beber algo?
—No, gracias. No tengo sed.
Bebió y regresó. Pulsó un botón debajo de la mesa. Rebobinó la
cinta y paró la grabadora.
Al cabo de un minuto, entró Melander y se acercó a su mesa.
—Oye, llévate esto y archívalo, por favor.
Melander cogió la cinta y salió.
El hombre que se llamaba Folke Bengtsson estaba sentado
completamente rígido en su silla mirando a Martin Beck con sus inexpresivos
ojos azules.
—Como le comentaba, usted es el único que conocemos que recuerda
o admita haber hablado con ella.
—Entiendo.
—¿No habrá sido usted, por casualidad, quien la mató?
—No, claro que no. ¿Usted lo cree?
—Alguien tiene que haberlo hecho.
—Ni siquiera sabía que estaba muerta. Y tampoco su nombre. No
pensará que yo...
—Si hubiese esperado una confesión no le habría formulado la
pregunta con ese tono —explicó Martin Beck.
—Entiendo... creo. ¿Estaba bromeando?
—No.
El hombre se quedó callado.
—Si le digo que sabemos con certeza que usted estuvo en el
camarote de esa mujer, ¿qué me contestaría?
La respuesta llegó a los diez segundos.
—Que deben haberse equivocado. Pero no lo dirían si no
estuviesen seguros, ¿verdad?
Martin Beck guardó silencio.
—Y en ese caso, debí de haber estado allí sin saberlo.
—¿Suele ser consciente de lo que hace?
El hombre arqueó un poco las cejas.
—Sí —respondió.
Luego afirmó con contundencia:
—No estuve allí.
—¿Sabe? —confesó Martin Beck—, este caso es sumamente
desconcertante.
«Gracias a Dios que esto no se ha grabado» pensó.
—Entiendo.
Martin Beck apretó la boquilla de un Florida y luego lo
encendió.
—¿No está casado?
—No.
—¿Tiene relación estable con alguna mujer?
—No. No puedo imaginar abandonar mi vida de soltero, estoy
acostumbrado a vivir solo.
—¿Tiene hermanos?
—No, soy hijo único.
—¿Y creció con sus padres?
—Con mi madre. Mi padre murió cuando yo tenía seis años. Apenas
lo recuerdo.
—¿Nunca tiene relaciones con mujeres?
—Naturalmente no es que carezca de experiencia. Tengo casi
cuarenta años.
Martin Beck le observaba.
—Cuando necesita compañía femenina, ¿suele recurrir a
prostitutas?
—No, nunca.
—¿Puede darme el nombre de alguna mujer con la que haya estado
durante cierto tiempo?
—Quizá podría, pero no quiero.
Martin Beck abrió el cajón del escritorio unos veinte
centímetros, bajó la mirada hacia él y se pasó el dedo índice por el labio
inferior pensativo.
—Estaría bien si pudiera mencionar algún nombre —dijo en un
susurro.
—La última, la que más tiempo..., con la que he estado más
comprometido, ella... Bueno, ahora está casada y ya no tenemos contacto.
Resultaría muy incómodo para ella.
—Aun así, estaría bien —insistió Martin Beck sin levantar la
mirada.
—No quiero causarle molestias.
—No va a sufrir ninguna molestia. ¿Cómo se llama?
—Si pueden garantizarme... Su nombre de casada es Siv Lindberg.
Pero le ruego encarecidamente....
—¿Dónde vive?
—En Lidingö. Su marido es ingeniero. No sé su dirección, en
algún lugar de Bodal, creo recordar.
Martin Beck echó una última mirada a la fotografía de la mujer
de Växjö. Luego cerró el cajón y se disculpó:
—Gracias. Siento tener que hacerle preguntas de ese tipo. Pero,
desgraciadamente, forma parte del procedimiento.
Melander entró y se sentó en su mesa.
—¿Le puedo pedir que espere un par de minutos? —preguntó Martin
Beck.
En el despacho de abajo, la grabadora acababa de reproducir las
últimas palabras.
Martin Beck estaba escuchando de pie apoyado en la pared.
«—¿Quiere beber algo?
—No, gracias. No tengo sed.»
El fiscal provincial fue el primero en romper el silencio.
—¿Bueno?
—Suéltalo.
El fiscal levantó la mirada al techo, Kollberg la bajó al suelo
y Ahlberg miró a Martin Beck.
—No le has presionado demasiado —observó el fiscal—. Tampoco ha
sido un interrogatorio muy largo.
—No.
—¿Y si lo detenemos? —propuso el fiscal.
—Tendrás que soltarlo a esta misma hora el jueves —contestó
Hammar.
—Eso no lo sabemos.
—No —admitió Hammar.
—De acuerdo —concluyó el fiscal.
Martin Beck asintió con la cabeza. Salió del despacho, subió la
escalera y volvió a sentir el mismo estremecimiento en la parte izquierda del
pecho.
Melander y el hombre que se llamaba Folke Bengtsson no parecían
haberse movido desde que los dejó y nada indicaba que hubieran hablado.
—Siento haberle molestado. ¿Le puedo ofrecer un coche para
volver a casa?
—Cogeré el metro, gracias.
—Tal vez sea lo más rápido.
—Sí, seguramente.
Martin Beck lo acompañó a la planta baja, pura rutina.
—Bueno, adiós.
—Adiós.
Un apretón de manos rutinario.
Kollberg y Ahlberg seguían sentados con la mirada clavada en la
grabadora.
—¿Mantenemos la vigilancia? —preguntó Kollberg.
—No.
—¿Crees que es él? —preguntó Ahlberg.
Martin Beck estaba en medio del despacho mirándose la mano
derecha.
—Sí —sentenció—. Claro que es él.
Capítulo 24
El edificio de apartamentos, en lo fundamental, le recordaba al
suyo en Bagarmossen. Una escalera sin decoración alguna, el nombre en placas
estándar en las puertas y las trampillas entre plantas para tirar la basura. Se
encontraba en Bodalsvägen, en la isla de Lidingö, había llegado en el tren de
cercanías.
Eligió el momento con mucho cuidado. A la una y cuarto los
funcionarios suecos están en la oficina y los niños pequeños duermen la siesta.
Las amas de casa tienen la radio puesta y escuchan música mientras toman café
con sacarina.
La mujer que le abrió era de baja estatura, rubia y con ojos
azules. De unos treinta años y bastante guapa. Se agarró nerviosa a la manija
de la puerta, como preparándose para cerrarla cuanto antes.
—¿La policía? ¿Ha ocurrido algo? Mi marido...
Tenía cara de asustada, de desconcierto; y muy bonita, pensó
Martin Beck. Le enseñó la placa, lo cual pareció calmarla.
—No entiendo cómo le puedo servir de ayuda, pero entre, por
favor...
El mobiliario resultaba impersonal, aburrido y pulcro, pero la
vista del archipiélago era fantástica. Se veía la bahía de Lilla Värtan y dos
barcos remolque que se disponían a tirar de un buque de carga hacia el muelle.
Martin Beck hubiera dado lo que fuera por cambiar su casa por ésta.
—¿Tiene hijos? —preguntó para desviar la atención.
—Sí, una niña de diez meses. Acabo de acostarla.
Sacó las fotografías.
—¿Conoce a este hombre?
Se sonrojó enseguida y se quedó con la mirada perdida, asintió
vacilante.
—Sí, lo conocí. Pero hace varios años. ¿Qué ha hecho?
Martin Beck no contestó al momento.
—Sabe, esto me resulta muy desagradable. Mi marido...
Le costaba encontrar las palabras adecuadas.
—¿Nos sentamos? —preguntó Martin Beck—. Perdone por
proponérselo.
—Sí. Claro.
Ella se acomodó en el borde del sofá, tensa y rígida.
—No tema nada ni se preocupe. Sucede lo siguiente: este hombre
nos interesa como testigo por ciertos motivos. En todo caso, no tiene que ver
con usted. Pero es importante para nosotros conseguir alguna información acerca
de su carácter por parte de alguien que, de una manera u otra, haya tratado con
él.
Eso no pareció tranquilizarla mucho.
—Es muy desagradable —insistió—. Mi marido, sabe usted, llevamos
casi dos años casados y él no sabe nada de... Folke, no le he contado nada
acerca de ese hombre... aunque, claro, como usted entenderá, tiene que
imaginarse que he estado con otros hombres antes...
Se sentía cada vez más confusa y azorada.
—Nunca hablamos de eso —precisó.
—Puede estar absolutamente tranquila. Sólo le pido que me
conteste a algunas preguntas. Ni su marido ni nadie se van a enterar de lo que
usted me cuente. Por lo menos nadie que usted conozca.
Asintió con la cabeza, pero seguía desviando la mirada.
—¿Por lo tanto conoce usted a Folke Bengtsson?
—Sí.
—¿Cuándo y dónde lo conoció?
—Yo... Nos conocimos hace más de cuatro años, en una empresa
donde éramos compañeros de trabajo.
—¿Transportes Eriksson?
—Sí, yo trabajaba en la caja.
—¿Y mantenía una relación con él?
Asintió mirando para otro lado.
—¿Cuánto tiempo?
—Un año —musitó en un tono apenas audible.
—¿Fueron felices juntos?
Le echó una mirada rápida e insegura y abrió las manos en un
gesto de desamparo.
Martin Beck dirigió sus ojos hacia la ventana, por encima de su
hombro, al cielo invernal, sombrío y gris.
—¿Cómo empezó todo?
—Bueno, nos... veíamos todos los días, nos hacíamos compañía
para tomar café por la mañana y luego para comer. Y... sí, me acompañaba a casa
algunas veces.
—¿Dónde vivía?
—En el barrio de Vasastan, cerca de Upplandsgatan.
—¿Sola?
—Oh, no, seguía viviendo con mis padres por entonces.
—¿Subió con usted alguna vez?
Dijo que no con la cabeza enérgicamente, todavía sin mirarlo.
—¿Y luego qué pasó?
—Me invitó al cine un par de veces. Y entonces... bueno, me
llevó a cenar.
—¿A su casa?
—No, al principio no.
—¿Cuándo?
—En octubre.
—¿Cuánto tiempo llevaban saliendo entonces?
—Varios meses.
—¿Así que iniciaron una verdadera relación?
Volvió a quedarse callada un buen rato. Al final dijo:
—¿Realmente tengo que contestar?
—Sí, es importante. Es mejor que conteste aquí y ahora. Se
ahorrará muchas incomodidades.
—¿Qué quiere saber? ¿Qué quiere que le diga?
—Mantenían relaciones íntimas, ¿no?
Asintió.
—¿Cuándo empezaron? ¿La primera vez que estuvo allí?
—Ah no... tal vez después de cuatro o cinco veces. Cinco, creo.
—¿Y se repitió?
Ella le miró desamparada.
—¿Con qué frecuencia?
—No muy a menudo, creo.
—¿Pero cada vez que subía allí?
—Ah no, en absoluto.
—¿Qué solían hacer cuando estaban juntos?
—Bueno... de todo, comer, hablar, ver la tele y los peces.
—¿Los peces?
—Tenía una gran pecera.
Martin Beck inspiró profundamente.
—¿Le hizo feliz?
—Yo...
—Intente contestar.
—Usted... usted hace preguntas muy difíciles. Sí, creo que sí.
—¿Era cruel con usted?
—No entiendo.
—Quiero decir cuando estaban juntos. ¿Le pegó?
—Ah no.
—¿Le hizo daño de alguna otra manera?
—No.
—¿Nunca?
—No, nunca. ¿Por qué iba a hacerlo?
—¿Hablaron de casarse o de irse a vivir juntos?
—No.
—¿Por qué?
—Nunca jamás dijo nada parecido.
—¿No tenía miedo de quedarse embarazada?
—Sí. Pero siempre teníamos mucho cuidado.
Martin Beck se obligó a observarla. Seguía sentada totalmente
recta en el borde del sofá, con las rodillas muy pegadas y los músculos de las
piernas tensos. Estaba sonrojada, no sólo por el rostro sino también por el
cuello y en lo poco que se podía ver de los hombros. En el nacimiento del pelo,
se apreciaba una línea de pequeñas y finas gotas de sudor.
Volvió a tomar impulso.
—Lo intenté describir como hombre. Sexualmente hablando...
La pregunta la desconcertó por completo. Movió las manos muy
nerviosa. Al final murmuró:
—Amable.
—¿Qué quiere decir con amable?
—Él... quiero decir que creo que necesitaba mucha ternura. Y yo,
yo soy, supongo que yo era igual.
Aunque sólo se encontraba a medio metro de ella, tenía que
esforzarse para oírla.
—¿Usted le quería?
—Creo que sí.
—¿Él le satisfacía?
—No lo sé.
—¿Por qué terminó su relación?
—No lo sé. Simplemente acabó.
—Hay otra cosa más que debo pedirle que me conteste. Cuando
mantenían relaciones íntimas, ¿siempre era él quien tomaba la iniciativa?
—Sí... Qué quiere que diga... Supongo que era así, pero así
suele ser, ¿no? Además, yo siempre estaba de acuerdo.
—¿Cuántas veces ocurrió en total?
—Cinco —susurró.
Martin Beck se quedó quieto observándola. Iba a preguntarle:
¿era el primer hombre con el que estuvo? ¿Solía desnudarse? ¿Tenían la luz
encendida? Alguna vez él...
—Adiós —dijo levantándose—. Perdone las molestias.
Cerró la puerta él mismo. Lo último que la oyó musitar fue:
—Discúlpeme, soy un poco tímida.
Martin Beck deambulaba sobre el aguanieve por el andén mientras
esperaba el tren, llevaba las manos metidas en los bolsillos del abrigo y los
hombros encogidos. Desafinaba al silbar, como ausente.
Por fin sabía qué hacer.
Capítulo 25
Hammar dibujaba figuras en un trozo de papel secante mientras
escuchaba.
Esa costumbre se solía considerar como buena señal. Luego dijo:
—¿Y de dónde vas a sacar a una mujer?
—Tiene que haber alguna en el cuerpo.
—Mejor búscala antes.
Diez minutos más tarde, Kollberg preguntó:
—¿Y dónde piensas encontrar a una tía?
—¿Quién se ha pasado dieciocho años con el culo encima de las
mesas de sus compañeros del cuerpo? ¿Tú o yo?
—No sirve cualquiera.
—Nadie conoce a la gente del cuerpo mejor que tú.
—Como decía, podría dar una vuelta, a ver...
—Eso es.
Melander no mostró ningún interés. Sin darse la vuelta, ni
sacarse siquiera la pipa de la boca, precisó:
—Vibeka Amdal vive en Todbodgade, tiene cincuenta y nueve años,
y es la viuda de un fabricante de cerveza. No recuerda haber visto a Roseanna
McGraw más que en la foto que le hizo en Riddarholmen. Karin Larsson se escapó
del barco en Rotterdam. Pero la policía sostiene que ya no está allí.
Probablemente cogió otro barco con papeles falsos.
—Un barco extranjero, claro —añadió Kollberg—. Es lista. Nos
puede llevar un año encontrarla. O cinco. Y al final no soltará prenda. ¿Ha
contestado Kafka?
—Todavía no.
Martin Beck bajó la escalera y llamó a Motala.
—Sí —reconoció Ahlberg tranquilamente—. Probablemente sea ésa la
única manera. Pero ¿dónde conseguirás a la chica?
—En el cuerpo. En tu comisaría, por ejemplo.
—No, ella no encaja.
Martin Beck colgó. Sonó el teléfono. Era alguien de la patrulla
civil de Klara.
—Hemos hecho exactamente lo que nos dijiste.
—¿Y?
—El hombre parece seguro, pero créeme, está en alerta.
Vigilante, se da la vuelta, se para a menudo. Será muy difícil seguirlo sin que
se dé cuenta.
—¿Es posible que os haya reconocido a alguno?
—No, éramos tres y no le seguimos, nos quedamos parados y le
dejamos pasar. Además nuestro trabajo es precisamente que no nos descubran.
¿Podemos hacer algo más por ti?
—De momento no.
La siguiente llamada procedía del distrito de Adolf Fredrik.
—Soy Hansson, del quinto. He estado vigilándolo en Bråvallagatan
desde esta mañana, ya se ha ido para casa.
—¿Cómo se ha comportado?
—Tranquilo, pero me dio la impresión de que estaba ojo avizor.
—¿No se dio cuenta de nada?
—En absoluto. Esta mañana me quedé en el coche y la otra vez
había mucha gente. La única ocasión que me he acercado a él ha sido ahora,
delante del quiosco de prensa en Sankt Eriksplan. Me coloqué dos personas por
detrás de él en la cola.
—¿Qué compró?
—Periódicos.
—¿Cuáles?
—Un montón. Los cuatro periódicos matutinos y dos vespertinos.
Melander llamó a la puerta y asomó la cabeza.
—Pensaba irme ya. ¿Hay algún problema? Tengo que comprar regalos
de Navidad —se excusó.
Martin Beck asintió con la cabeza mientras colgaba el teléfono y
pensó, Dios mío, los regalos, pero enseguida se borró de su mente esta idea.
Se marchó a casa tarde, pero aun así no pudo evitar el gentío.
Las aglomeraciones navideñas estaban en pleno apogeo y las tiendas abrían hasta
más tarde, por lo visto.
En casa, su mujer se quejó porque parecía ausente, pero no le
prestó atención y se le escaparon sus palabras.
Al tomar el café a la mañana siguiente, ella le preguntó:
—¿Libras entre Navidad y Nochevieja?
No sucedió nada hasta las cuatro y cuarto, hora en que Kollberg
irrumpió ruidosamente exclamando:
—Creo que he encontrado a alguien que puede valer.
—¿Del cuerpo?
—Trabaja en Bergsgatan. Viene mañana a las nueve y media. Si
está por la labor, Hammar podrá hacer gestiones para que nos la dejen.
—¿Cómo es?
—Me dio la impresión de que se parecía a Roseanna de alguna
manera. Tiene mejor tipo, es un poco más guapa y seguramente más lista.
—¿Sabe algo?
—Lleva un par de años en el cuerpo. Una chica tranquila que vale
mucho. Sana y fuerte.
—¿Cómo es que sabes tanto de ella?
—Apenas la conozco.
—¿Y no está casada?
Kollberg sacó un papel escrito a máquina del bolsillo interior
de su americana.
—Aquí está todo lo que necesitas saber. Ahora me voy a comprar
regalos de Navidad.
Los regalos, recordó Martin Beck mirando el reloj, las cuatro y
media.
Preso de un repentino impulso, se acercó el teléfono y llamó a
la mujer de Bodal.
—Ah, es usted. Por favor...
—¿Le llamo en mal momento?
—No..., mi marido no llega a casa hasta las seis menos cuarto.
—Sólo una pregunta. ¿Le dio algo al hombre del que hablamos
ayer? Quiero decir, algún regalo, un recuerdo o algo así.
—No, regalos no. No nos hicimos nunca regalos. Sabe usted...
—¿Era tacaño?
—Más bien yo diría que era austero. Yo también lo soy. Lo
único...
Silencio. Casi pudo percibir cómo se sonrojaba.
—¿Le dio usted algo?
—Un... pequeño amuleto... Sólo una baratija...
—¿Cuándo se lo dio?
—Cuando nos despedimos... Le gustaba... Yo lo llevaba casi
siempre puesto.
—¿Él se lo quitó?
—Sí, pero no me importó. Siempre nos gusta guardar recuerdos...,
incluso..., de todo, quiero decir...
—Muchas gracias. Adiós.
Telefoneó a Ahlberg.
—He comentado el asunto con Larsson y con el fiscal de la
ciudad. El fiscal provincial está enfermo.
—¿Qué te han dicho?
—Que adelante. Se han dado cuenta de que no hay ningún otro
camino. Es cierto que no parece muy ortodoxo, pero...
—Se ha hecho otras veces, aquí en Suecia también. Lo que pienso
proponerte ahora resulta considerablemente menos ortodoxo aún.
—Suena interesante.
—Redacta un comunicado de prensa donde quede claro que el
asesinato está a punto de resolverse.
—¿Ahora?
—Sí, enseguida. Hoy mismo. ¿Entiendes lo que digo?
—Sí, un extranjero.
—Eso es. Más o menos de este estilo: «Según nuestra información,
una persona en busca y captura por la Interpol acusada del asesinato de
Roseanna McGraw, ha sido detenida por la policía estadounidense».
—¿Y hemos sabido siempre que el culpable no se encontraba en
Suecia?
—Por ejemplo. Lo importante es que sea rápido.
—Entiendo.
—Luego vente para acá.
—¿Enseguida?
—Cuanto antes.
Un mensajero entró en el despacho. Martin Beck sujetó el
auricular del teléfono con el hombro izquierdo y abrió el telegrama al
instante. Era de Kafka.
—¿Qué pone? —preguntó Ahlberg.
—Sólo tres palabras: «Tendedle una trampa».
Capítulo 26
La verdad era que la agente de policía Sonja Hansson tenía
cierto parecido con Roseanna McGraw. Kollberg llevaba razón.
Estaba sentada en el sillón de visitas de Martin Beck con las
manos cruzadas sobre las rodillas, observándole con una mirada gris y
tranquila. De pelo oscuro, peinado liso y flequillo cayéndole suavemente sobre
la ceja izquierda. Su rostro era fresco y abierto, y no parecía usar
maquillaje. No aparentaba más de veinte años, aunque Martin Beck sabía que
tenía veinticinco.
—Ante todo debes saber que esto es voluntario —dijo—. O sea,
puedes negarte si quieres. Te hemos elegido para esta misión porque cuentas con
las mejores condiciones para llevarla a cabo con éxito. Primero por tu aspecto
físico.
La chica del sillón se apartó el flequillo de la frente mirándolo
inquisitivamente.
—Segundo —siguió Martin Beck—, vives en el centro y no estás
casada ni convives con una pareja, como se suele decir hoy en día, ¿verdad?
Sonja Hansson negó con la cabeza.
—Espero poder ayudarle —dijo—. Pero ¿qué pasa con mi aspecto
físico?
—¿Te acuerdas de Roseanna McGraw, la mujer de Estados Unidos que
fue asesinada en el Canal de Gota el verano pasado?
—Claro que sí. Trabajo en la sección de mujeres desaparecidas y
estuve con ese caso durante un tiempo.
—Sabemos quién lo hizo y se encuentra aquí, en la ciudad. Le he
interrogado, admite haber estado en el barco cuando ocurrió y que la conocía,
pero asegura que ni siquiera se enteró del asesinato.
—¿No le resulta inverosímil? Quiero decir, se escribió tanto
sobre el caso en la prensa...
—Afirma que no lee los periódicos. No conseguimos llegar a nada
con él, da la impresión de ser completamente franco y parece contestar con
sinceridad a todas las preguntas. Así que no pudimos retenerle y dejamos de
seguirlo. Nuestra única oportunidad es que lo vuelva a intentar, y aquí entras
tú. Si estás por la labor y crees que puedes... Vas a convertirte en su próxima
víctima.
—¡Qué bien! —exclamó Soma Hansson mientras buscaba un cigarrillo
en el bolsillo de la chaqueta.
—Te pareces bastante a Roseanna y queremos que sirvas de
anzuelo. Lo haremos de la siguiente manera: él trabaja de encargado en las
oficinas de una empresa de transporte en Smålandsgatan. Irás allí y contratarás
un porte, coquetea con él y asegúrate de que se queda con tu dirección y número
de teléfono. Intenta despertar su interés. Luego sólo podremos esperar
confiados.
—¿Pero le habéis interrogado? ¿No estará alerta?
—Hemos publicado unos comunicados para tranquilizarlo.
—O sea, ¿debo ligármelo? ¿Como diablos voy a hacer eso? ¿Y si lo
consigo?
—Entonces no tienes por qué temer nada. Estaremos cerca en todo
momento. Pero primero estudia cada detalle del caso. Examina todo el material
que hemos reunido. Es importante. Tienes que ser Roseanna McGraw. Quiero decir,
parecerte a ella.
—Es cierto que hacía teatro en el cole, pero sólo papeles de
angelito o de seta.
—Bueno, si es así seguro que te saldrá bien.
Martin Beck permaneció callado unos segundos. Después añadió:
—Es nuestra única oportunidad. Él sólo necesita un estímulo y
nosotros vamos a dárselo.
—De acuerdo, lo intentaré. Espero conseguirlo. No va a ser
fácil.
—Ponte a repasarlo todo, informes, películas, actas de las
declaraciones, cartas, fotografías. Luego hablaremos otra vez.
—¿Ahora?
—Sí. Hoy. Hammar se encargará de los trámites de tu traslado de
Bergsgatan hasta que todo haya acabado. Y otra cosa. Tenemos que ir a tu casa y
ver cómo es. Además nos hace falta una copia de tus llaves. El resto, más
adelante.
Diez minutos más tarde, la dejó en un despacho junto a Kollberg
y Melander. Se quedó sentada con los codos apoyados en la mesa leyendo el
primer informe.
Por la tarde llegó Ahlberg. Apenas le había dado tiempo a
sentarse cuando Kollberg irrumpió a toda prisa y le empezó a dar tantas
palmadas en la espalda que casi lo tira de la silla.
—Gunnar regresa mañana —recordó Martin Beck—. Antes de irse,
sería bueno que echara un vistazo a Bengtsson.
—Pues tendrá que hacerlo con mucha cautela —replicó Kollberg.
—Pero a mí no me conoce —señaló Ahlberg.
—Podríamos pillarle cuando salga del trabajo —sugirió Kollberg.
—Entonces tenemos que salir ya. Todos los habitantes de esta
ciudad más la mitad del resto de la población está dando vueltas por ahí
comprando regalos de Navidad.
Ahlberg chasqueó los dedos y se golpeó la frente con la palma de
la mano.
—Los regalos. Lo había olvidado por completo.
—Yo también —admitió Martin Beck—. Mejor dicho, pienso en ellos
de vez en cuando, pero no me he movido mucho que digamos.
El atasco resultó desesperante. A las cinco menos dos minutos
dejaron a Ahlberg en Norrmalmstorg y le vieron desaparecer entre la multitud
por Smålandsgatan.
Kollberg y Martin Beck pararon delante de Berns y se quedaron
dentro del coche esperando. Veinticinco minutos más tarde, Ahlberg subió al
asiento de atrás y dijo:
—Sin duda es el de la película. Ha cogido el autobús cincuenta y
seis.
—Hasta Sankt Eriksplan. Luego compra leche, mantequilla y pan y
se va a casa. Cena, ve la caja tonta y se acuesta en la camita —resumió
Kollberg—. ¿Dónde os dejo?
—Aquí. Ahora tenemos la gran oportunidad de buscar los regalos
—propuso Martin Beck.
Una hora más tarde, en el departamento de juguetes, Ahlberg se
lamentó:
—Kollberg se equivocó. La otra mitad de la población también
está aquí.
Tardaron casi tres horas en elegir y una más en llegar a
Bagarmossen.
Al día siguiente, Ahlberg conoció a la chica que iba a hacer de
anzuelo. Sólo había repasado una mínima parte del material sobre el caso.
Por la noche se fue a Motala a celebrar la Navidad. Acordaron
poner en marcha el plan después de Año Nuevo.
Capítulo 27
Fueron unas navidades grises. El hombre llamado Folke Bengtsson
pasó las fiestas con su madre en Södertälje. Martin Beck no dejó de pensar en
él, incluso durante la misa del gallo o sudando a mares tras la máscara de Papá
Noel. Kollberg abusó de la comida y estuvo ingresado tres días en el hospital
de Söder.
Ahlberg llamó al segundo día de las vacaciones, estaba ebrio.
Los periódicos habían publicado algunas columnas confusas y
desapasionadas donde se insinuaba que el asesinato del canal se estaba
resolviendo en Estados Unidos, y que la policía sueca ya no tenía motivos para
seguir trabajando en el caso.
El tradicional asesinato de Nochevieja sucedió en Gotemburgo y
se esclareció en menos de veinticuatro horas. Kafka envió una postal enorme y
repugnante de color morado que representaba a un ciervo ante una puesta del
sol. Ahlberg, policía de la ciudad de Motala, pasó a depender temporalmente de
la de la Brigada Criminal del Estado.
El día siete de enero tenía el aspecto de todos los sietes de
enero. Las calles llenas de gente corriente, congelada y sin un duro en el
bolsillo.
Las rebajas habían empezado, pero las tiendas se hallaban
prácticamente vacías. Además, el día amaneció nublado y muy frío.
El siete de enero era el día D.
Por la mañana, Hammar inspeccionó sus tropas. Luego preguntó:
—¿Cuánto tiempo durará este simulacro?
—Hasta que tenga éxito —respondió Ahlberg.
—Eso es fácil de decir para ti, que estás en comisión de
servicios.
Hammar pensó en todos los imprevistos que podían surgir. Cuando
necesitara a Martin Beck y a Kollberg para otras tareas. O a Melander y a
Stenström, quienes, por lo menos a ratos, también estarían ocupados en esta
misión. Sin duda pronto empezarían también las broncas con la tercera sección
para que le devolviéramos a la agente Hansson.
—Buena suerte, niños —concluyó.
Al rato sólo quedó Sonja Hansson. Estaba resfriada y se sonaba
la nariz en el sillón de visitas. Martin Beck la miraba. Llevaba botas, un
traje sastre y leotardos negros.
—¿Vas a ir así? —refunfuñó.
—No, iré a casa a cambiarme primero. Pero quiero dejar claro una
cosa. El tres de julio del año pasado era verano y ahora es invierno. Puede que
parezca un poco raro si irrumpo en una empresa de transportes con gafas de sol
y bikini pidiendo que me trasladen una cómoda.
—Hazlo lo mejor que sepas. Lo importante es que entiendas bien
la idea.
Se quedó en silencio un momento.
—Si es que lo he entendido yo mismo —añadió.
La mujer le observó pensativa.
—Creo que lo comprendo —reconoció al final—. He leído cada
palabra que se ha escrito sobre ella una y otra vez. He visto la película por
lo menos diez veces. He elegido ropa y llevo horas practicando delante del
espejo. Pero parto con poca ventaja, su carácter era totalmente diferente. Sus
costumbres también. Ni he llevado su vida ni lo voy a hacer. Pero lo haré lo
mejor que pueda.
—Está bien —dijo Martin Beck.
Parecía inaccesible y no resultaba fácil sintonizar con ella. Lo
único que sabía de su vida privada era que tenía una hija de cinco años que
vivía en el campo con sus abuelos. Por lo visto, nunca había estado casada.
Pero a pesar de que no la conocía muy a fondo, le caía bien. Se trataba de una
chica lista y con los pies en tierra, y se tomaba su trabajo muy en serio. Eso
le bastaba.
A las cuatro de la tarde volvió a saber de ella.
—He estado allí. Me fui directamente a casa, no sé si te parece
bien.
—Bueno, no creo que vaya corriendo a por ti enseguida. ¿Qué tal
te fue?
—Pienso que bien. No se puede pedir más. La cómoda me la llevan
mañana.
—¿Cómo le caíste?
—No lo sé. Por un momento tuve la sensación de que le
interesaba. Es difícil de decir cuando no se conoce a la persona.
—¿Te resultó complicado hacerlo?
—Sinceramente no mucho. El tipo me pareció bastante simpático.
Además, de alguna manera, guapo. ¿Crees de verdad que es él? Es cierto que no
tengo experiencia con asesinos, pero me cuesta imaginar que él matara a
Roseanna.
—Pues yo estoy seguro. ¿Qué te dijo? ¿Le diste tu número de
teléfono?
—Sí, apuntó la dirección y el teléfono en un papelito suelto. Y
le expliqué que tenía portero automático, pero que no acostumbraba a contestar
si no esperaba a nadie, por eso era mejor que llamara antes de ir. Y no mucho
más.
—¿Estuvisteis solos en la habitación?
—Sí. Había una señora gruesa al otro lado del cristal, pero ella
no pudo oírnos. Lo sé porque estaba hablando por teléfono y yo no la oía a
ella.
—¿Tuviste la oportunidad de hablar con él de algo que no fuese
la cómoda?
—Sí, le comenté que hacía un día triste y gris, él contestó:
«Uf, sí, es verdad». Luego le dije que era un alivio que hubiera pasado ya la
Navidad, y entonces me contestó que de hecho él pensaba lo mismo. «Cuando se
está sola como yo, las navidades son un aburrimiento», añadí.
—¿Y entonces qué respondió?
—Que también se encontraba solo y la Navidad le aburría
bastante, aunque la solía celebrar con su madre.
—Suena muy bien —reconoció Martin Beck—. ¿Hablasteis de algo
más?
—No, creo que no.
Se quedó callada un rato. Luego agregó:
—Sí, le pedí que me apuntara la dirección y el teléfono de la
empresa para que no tuviera que buscarlo en la guía telefónica. Me dio una
tarjeta.
—¿Y luego te fuiste?
—Sí, no podía quedarme más tiempo allí tonteando de esa manera,
pero tardé bastante en marcharme. Me había desabrochado el abrigo para que me
viera con el jersey ajustadito. Por cierto, le dije que si no les daba tiempo a
llevarme la cómoda hasta tarde que no importaba, porque yo apenas salía por las
noches, que las pasaba esperando que alguien me llamara. Pero él me aseguraba
que irían por la mañana.
—Muy bien. Oye, habíamos pensado ensayar esta noche. Estaremos
en la comisaría del distrito de Klara, Stenström hará de Bengtsson y contactará
contigo. Lo coges, luego me llamas y vamos a tu casa a esperar a Stenström. ¿Me
sigues?
—Sí, te llamo en cuanto me telefonee Stenström. ¿Sobre qué hora
más o menos?
—No te lo voy a decir. Tú no sabrás a qué hora te llamará
Bengtsson.
—Vale. Oye, Martin.
—Sí.
—La verdad es que posee algún tipo de encanto. No da en absoluto
la impresión de desagradable ni de loco. Pero, claro, Roseanna debió de creer
lo mismo.
La sala de descanso de la comisaría del cuarto distrito en
Regeringsgatan estaba limpia y recogida, pero ofrecía muy pocas posibilidades
de entretenimiento.
A las ocho y pico Martin Beck había leído los periódicos de la
tarde dos veces, prácticamente todo menos los deportes y los anuncios. Ahlberg
y Kollberg llevaban dos horas enzarzados en una partida de ajedrez que,
aparentemente, les había quitado las ganas de hablar, Stenström dormía con la
boca abierta en una silla al lado de la puerta. Estaba disculpado, pues había
trabajado en otro caso la noche anterior. Además, sólo iba a hacer de malo y no
era preciso que vigilara.
De vez en cuando, entraban agentes uniformados que se habían
librado del turno de guardia, y querían descansar un rato con las piernas en
alto delante de la televisión. Algunos miraban fijamente y con curiosidad a los
hombres de la policía criminal del estado.
A las ocho y diez, Martin Beck se acercó a Stenström y le tocó.
—Vamos.
Stenström se levantó, se dirigió al teléfono y marcó un número.
—Hola —dijo—. ¿Puedo subir? ¿Sí? Bien.
Luego volvió a su silla y le sobrevino el sopor.
Martin Beck miró el reloj. El teléfono sonó al cabo de cincuenta
segundos.
Estaba conectado a una línea directa y reservada. Nadie más
tenía permiso para usarla.
—Aquí Beck.
—Soy Sonja, hola. Acaba de llamar. Llega dentro de treinta
minutos.
—Entendido.
Colgó.
—Manos a la obra, chicos.
—Ríndete —sugirió Ahlberg.
—Vale —aceptó Kollberg—. Uno-cero a tu favor.
Stenström abrió un ojo.
—¿Por dónde quieres que entre?
—Por dónde tú quieras.
Bajaron al aparcamiento, en el patio de la comisaría. Cogieron
el coche privado de Kollberg, él conducía. Cuando enfiló Regenngsgatan dijo:
—Me pido el guardarropa.
—No, no, eso es trabajo de Ahlberg.
—¿Por qué?
—Es el único que puede acceder al edificio sin arriesgarse a que
le reconozca.
Sonja Hansson vivía en Runebergsgatan, en la segunda planta de
un inmueble que hacia esquina con la plaza Erikbergsplan.
Kollberg aparcó entre el Pequeño Teatro y Tegnérgatan. Se
separaron. Martin Beck cruzó la calle, se metió en los arriates y se situó a la
sombra cerca del busto de Karl Staaf. Desde ahí disponía de una buena vista de
la casa y, además, controlaba la plaza y los tramos más importantes de las
calles adyacentes. Vio pasear a Kollberg por la acera sur de Runebergsgatan con
una despreocupación exquisita. Ahlberg se dirigió al portal con determinación,
lo abrió y entró. Como un vecino que llega a casa. Cuarenta y cinco segundos
después, Ahlberg estaría dentro del apartamento y Kollberg en su puesto, en la
pasarela por debajo de Enksbergsgatan. Martin Beck paró el cronómetro y calculó
el tiempo. Habían transcurrido cinco minutos y diez segundos desde que colgó tras
la llamada de Sonja Hansson.
Estaba destemplado y el frío le calaba hasta los huesos, se
subió el cuello del abrigo murmurando amenazas a un borracho que le pidió un
pitillo.
Stenström hizo un trabajo excelente.
Por una parte, llegó doce minutos antes; por otra, desde una
dirección totalmente inesperada. Se coló por la esquina de la escalera del
parque de Eriksberg, llena de gente que iba al cine. Martin Beck no le vio
hasta que entró a escondidas por el portal.
En apariencia, Kollberg también había funcionado
satisfactoriamente, ya que él y Martin Beck coincidieron delante de la puerta.
Entraron juntos, abrieron con llave la puerta interior
acristalada. Ninguno de los dos dijo nada.
Kollberg fue por la escalera. Tenía instrucciones de quedarse
medio tramo por debajo del apartamento y de no avanzar hasta que le dieran la
señal. Martin Beck intentó llamar al ascensor, pero no funcionaba. Subió
corriendo y pasó de largo a un sorprendido Kollberg, ya en la primera planta.
El ascensor se hallaba en la segunda, como cabía esperar, Stenström había
dejado la verja interior abierta. Con esta maniobra consiguió arruinar la parte
del plan que preveía que Martin Beck subiera hasta la planta superior y se
aproximara a la puerta de la casa desde arriba.
El apartamento seguía en silencio, pero Stenström por lo visto
apostó por la rapidez, ya que a los treinta segundos se oyó un grito apagado y
un ruido. Martin Beck tenía la llave preparada y diez segundos más tarde se
encontraba en el dormitorio de Sonja Hansson.
La chica estaba sentada sobre la cama y Stenström en mitad de la
habitación bostezando, Ahlberg lo había inmovilizado doblándole el brazo
derecho hacia la espalda.
Martin Beck silbó y Kollberg irrumpió en el apartamento como una
locomotora exprés. Con las prisas tiró la mesa del recibidor. No había tenido
que abrir ninguna puerta.
Martin Beck se frotó la nariz y miró a la chica.
—Bien —dijo.
Ella había optado por una actuación realista, como Martin Beck
esperaba. Estaba descalza y con las piernas desnudas, y vestía una fina bata de
algodón de manga corta que le llegaba por encima de las rodillas. Sin duda no
llevaba nada debajo.
—Me pongo algo y os preparo café —propuso.
Entraron en la otra habitación. Se unió a ellos casi al momento,
vestía sandalias, vaqueros y un jersey marrón. Diez minutos más tarde el café
estaba servido.
—Mi llave no abre bien —advirtió Ahlberg—. Tuve que hacer unas
maniobras del diablo.
—Tampoco importa —intervino Martin Beck—. Nunca tendrás tanta
prisa como nosotros.
—Te he oído en la escalera —observó Stenström—. Justo cuando
ella abría.
—Suelas de goma —sugirió Kollberg.
—Abre antes —replicó Martin Beck.
—La mirilla del guardarropa está bien —dijo Ahlberg—. Te he
podido ver casi todo el tiempo.
—Saca la llave la próxima vez —aconsejó Stenström—. Si supieras
la tentación que he tenido de encerrarte...
Sonó el teléfono. Todos se quedaron petrificados.
La chica lo cogió.
—Diga... hola... no, esta noche no... bueno, voy a estar ocupada
un tiempo... ¿Qué si he conocido a un hombre...? Bueno, algo así.
Colgó desafiando sus miradas.
—No era nada —dijo.
Capítulo 28
Sonja Hansson estaba en el baño aclarando la ropa. Al cerrar el
grifo y enderezarse, oyó sonar en el salón el timbre del teléfono. Entró
corriendo y levantó el auricular aún con las manos mojadas.
Era Bengtsson.
—La cómoda está en camino —informó—. La furgoneta llegará dentro
de un cuarto de hora.
—Gracias, ha sido muy amable en llamarme. Como le comenté, no
suelo abrir y no pensaba que me la fueran a traer tan pronto. ¿Quiere que vaya
a la oficina a pagar, o...?
—Puede pagárselo al conductor, no hay problema. Él lleva la
factura.
—Gracias, así lo haré. Y gracias por su amabilidad, señor...
—Bengtsson. Espero, señorita Hansson, que quede complacida con
nuestros servicios. Como le decía, dentro de un cuarto de ahora estarán allí.
Gracias y adiós.
Cuando colgó, marcó el número a Martin Beck.
—La cómoda llega en quince minutos. Acaba de llamar. He estado a
punto de no oírlo, aunque en cierta manera me ha venido bien, porque me he dado
cuenta de que cuando abro el grifo de la bañera no oigo el teléfono.
—Pues tendrás que dejar de bañarte durante algún tiempo —dijo
Martin Beck—. No, en serio, no te alejes del teléfono. Ni subas al desván ni
bajes al cuarto de la lavandería ni nada por el estilo.
—Sí, ya lo sé. ¿Voy a verle a la oficina en cuanto llegue la
cómoda?
—Me parece bien. Luego me llamas.
Martin Beck estaba en su despacho con Ahlberg, quien arqueó las
cejas inquisitivamente en cuanto Beck colgó.
—Irá para allá dentro de una media hora más o menos —informó
Martin Beck.
—Entonces sólo nos queda aguardar. Es una buena chica, me cae
bien.
Al cabo de dos horas de espera, Ahlberg se inquietó:
—No le habrá pasado nada...
—Tranquilo —lo calmó Martin Beck—. Llamará.
Media hora después, telefoneó.
—¿Lleváis mucho tiempo esperando?
Martin Beck soltó un gruñido.
—¿Qué ha pasado? —preguntó aclarándose la garganta.
—Te lo contaré desde el principio. Dos tipos de la empresa se
presentaron aquí con la cómoda veinte minutos después de nuestra conversación.
Apenas la miré, sólo les indiqué donde quería colocarla. Al irse, descubrí,
como acordamos, que se habían equivocado de cómoda y fui a la empresa para
presentar una queja.
—Has tardado mucho.
—Sí, es que estaba atendiendo a un cliente cuando llegué.
Aguardé al otro lado del cristal, me miró varias veces y la verdad es que me
pareció que intentaba meter prisa al cliente. Pareció muy apenado, pero le dije
que se trataba de un error del que la empresa no era culpable y casi discutimos
buscando a quién echar la culpa. Luego salió para averiguar si alguien podía
llevarme la cómoda esta misma noche. Pero no ha sido posible. De todas maneras
me prometió que pasarían mañana por la mañana sin falta. Me aseguró que habría
ido él mismo con la cómoda, yo le contesté que eso era mucho pedir, aunque
habría sido agradable.
—Bien. ¿Y a continuación te fuiste?
—Pues no, me entretuve un poco más todavía.
—¿Era de difícil conversación?
—No especialmente. Parecía algo tímido.
—¿De qué habéis hablado?
—Sobre el intenso tráfico que hay en la ciudad y de que en
Estocolmo se vivía mucho mejor antes. Yo le he dicho que no es una ciudad
adecuada para el que vive solo, y él me ha dado la razón aunque, de hecho,
estaba a gusto viviendo así.
—¿Te dio la impresión de que le gustaba hablar contigo?
—Creo que sí. Pero no me podía quedar todo el día. Me dijo que
le gustaba ir al cine, pero que aparte de eso no solía salir mucho. Y ya no
paso mucho más, así que me marché. Me acompañó hasta la puerta y se mostró en
todo momento muy educado. ¿Que hacemos ahora?
—Nada. Esperar.
Dos días más tarde, Sonja Hansson volvió a las oficinas de la
empresa de transportes.
—Sólo quería agradecerle su ayuda y decirle que la cómoda llegó
bien. Siento haberle causado tantas molestias.
—No ha sido ninguna molestia —insistió Folke Bengtsson—.
Señorita Hansson, será bienvenida cuando quiera. Estaré siempre a su servicio.
Luego se presentó un hombre en el despacho, aparentemente el
jefe, y les interrumpió.
Al abandonar el despacho, sintió que Bengtsson la seguía con la
mirada y cuando ya había traspasado la puerta se dio la vuelta y buscó sus ojos
a través del cristal.
Pasó arrastrándose pesadamente una semana gris y desapacible
antes de que repitieran el simulacro. De nuevo el pretexto fue un porte. No
hacía mucho que se había instalado en el piso de Runebergsgatan y continuaba
trayéndose viejas herencias y otras cosas de distintos desvanes repartidos por
la ciudad.
Transcurridos cinco días, volvió a presentarse en la oficina.
Faltaban pocos minutos para las cinco, pasaba por allí por casualidad y se le
ocurrió entrar a verle.
Sonja Hansson parecía desanimada por teléfono.
—¿Sigue sin reaccionar?
—Muy poco. No creo que sea él.
—¿Por qué no?
—Parece tímido, eso es todo. Y se muestra un poco indiferente.
Estas últimas veces he ido a por todas, con proposiciones prácticamente
abiertas. Siete hombres de diez se habrían quedado rondando delante de mi
puerta y aullando como lobos desde hace ya una semana. Supongo que no tengo ni
pizca de atractivo. ¿Qué hago?
—Insiste.
—Creo que deberíais buscar a otra.
—Tú sigue.
Seguir, pero ¿por cuánto tiempo? Cada día que pasaba, la mirada
de Hammar se volvía más interrogante y la cara con la que se enfrentaba al
espejo más pálida y ojerosa.
El tic-tac del reloj eléctrico de pared de la sala de la
comisaría de Klara fue testigo de tres noches más sin incidentes. Habían
transcurrido tres semanas desde el ensayo general. El plan se había
perfeccionado, pero nada indicaba que fuera a ponerse en marcha alguna vez. No
había ocurrido absolutamente nada. El hombre que se llamaba Folke Bengtsson
llevaba una vida tranquila y ordenada, se tomaba su yogur, hacía su trabajo y
dormía sus nueve horas diarias. En cambio, ellos mismos estuvieron a punto de
perder el contacto, tanto con la vida normal como con el mundo exterior. Los
perros se azuzaban unos a otros sin que la presa ni siquiera se diera cuenta.
Un orden de las cosas un tanto peculiar, pensó Martin Beck.
Tenía la mirada clavada en el teléfono negro, que llevaba tres
semanas sin emitir ni una sola señal. La mujer del piso de Runebergsgatan no lo
usaría excepto en un caso concreto. Ellos le hacían dos llamadas de
comprobación todas las tardes a las seis y por las noches a las doce. Aquellas
llamadas eran lo único que pasaba.
En casa se respiraba un ambiente tenso. Su mujer no le dijo
nada, pero el destello de duda de sus ojos era cada vez más patente cuando él
la miraba. Hacía ya mucho tiempo que desconfiaba de esa extraña misión que
nunca daba resultado, pero que mantenía alejado a su mando de casa noche tras
noche. Él ni podía ni quería explicárselo.
Kollberg no lo pasaba tan mal. Cada tres noches se dejaba
relevar por Melander o Stenström. En detrimento de Ahlberg, que tenía que jugar
al ajedrez consigo mismo o, más bien, resolver jugadas. Hacía tiempo que se
habían agotado todos los temas de conversación.
Martin Beck perdió definitivamente la concentración con un
artículo de periódico que fingía leer. Bostezo y observó a sus colegas de
piedra, como estatuas, que, eternamente callados, estaban sentados uno frente a
otro con la cabeza baja por el peso y la profundidad de sus pensamientos. Miró
el reloj. Las diez menos cinco. Volvió a bostezar, se levantó con las piernas
entumecidas y se dirigió al baño. Se lavó las manos y se echó agua fría en la
cara. Regresó. A tres pasos de la puerta sonó el teléfono.
Kollberg ya había terminado la conversación y acababa de colgar
el auricular.
—¿Ha...?
—No —dijo Kollberg—. Pero está en la calle delante del edificio.
Durante los siguientes tres minutos, Martin Beck analizó el plan
con detalle. Fue un imprevisto, pero eso, en principio, no cambiaba nada. El
hombre no podía forzar la puerta y, aunque lo hiciera, difícilmente le daría
tiempo a subir las escaleras antes de que ellos llegaran.
—Debemos ser cuidadosos.
—Sí —dijo Kollberg.
Frenó poco a poco y se paró delante del teatro. Se dispersaron.
Martin Beck se situó en el pequeño arriate. Al entrar Ahlberg en el portal,
miró el reloj. Habían transcurrido exactamente cuatro minutos desde que
telefoneó. Pensó en la mujer sola del apartamento de la segunda planta. El
hombre que se llamaba Folke Bengtsson no se dejaba ver.
Treinta segundos después, se encendió la luz en una ventana de
la segunda planta. Se apago. Ahlberg estaba en posición.
Aguardaron en silencio junto a la ventana del dormitorio. La
habitación se hallaba a oscuras, pero por debajo de la puerta entraba un fino
haz de luz. Había encendido la lámpara del salón para indicar que se encontraba
en casa. La ventana del salón daba a la calle y desde la del dormitorio se veía
la plaza de Enksbergsplan, la parte más baja del parque —que se extendía hacia
arriba y daba la vuelta a la casa—, parte de Birger Jarlsgatan, Regeringsgatan
y Tegnérgatan y, por debajo, en diagonal, el principio de Runebergsgatan.
Bengtsson permanecía de pie en la parada del autobús de la
esquina, al otro lado de la vía. Con la vista fija en su ventana. Estaba solo
y, después de un rato, dirigió su mirada hacia el principio de la calle. Luego
cruzó lentamente a la isleta de peatones que dividía en dos el final de la
calle. Allí desapareció tras una cabina telefónica.
—Ahora —dijo Ahlberg haciendo un movimiento en la oscuridad.
Los dos vieron cómo el autobús pasaba de largo la parada y
giraba para entrar en Tegnérgatan, al otro lado de la plaza, pero Bengtsson
seguía sin aparecer. Resultaba imposible comprobar si había entrado en la
cabina. Ahlberg agarró a Sonja del brazo mientras esperaban la señal.
Pero el teléfono no sonaba y, al cabo de unos minutos, el hombre
se acercó de nuevo cruzando la calzada.
A lo largo de la acera se extendía un muro de piedra bajo que
terminaba en la pared del edificio bajo su ventana. Sobre el muro se extendía
una pendiente de césped que llegaba hasta la casa, justo debajo había dos
servicios a los que se accedía desde la calle a través de unas puertas abiertas
en el propio muro.
Cuando llegó a la acera, el hombre volvió a detenerse y alzó la
vista a la casa.
Luego echó a andar lentamente hacia el portal.
Desapareció del campo de visión y Ahlberg mantuvo la mirada fija
en la plaza antes de descubrir a Martin Beck, completamente inmóvil y pegado a
un árbol del arriate. El tranvía de Birger Jarlsgatan lo tapó durante unos
segundos y cuando pasó, Martin Beck ya no estaba.
Transcurridos cinco minutos, descubrieron otra vez a Bengtsson.
Había caminado tan arrimado al muro que no lo vieron hasta que
salió a la calzada por debajo del parque y empezó a caminar en dirección a la
parada del tranvía en medio de la plaza. Se paró en un puesto y compró un
perrito caliente. Mientras se lo comía, se quedó al lado del puesto sin desviar
la mirada de las ventanas. Luego se puso a deambular de un lado a otro por la
parada con las manos en los bolsillos. De vez en cuando alzaba la vista hacia
ellos.
Un cuarto de hora más tarde, Martin Beck reapareció junto al
mismo árbol.
La circulación se había intensificado y un río de gente pasaba
bordeando el parque. Los cines habían terminado.
Perdieron de vista a Bengtsson durante algunos minutos, pero
volvieron a localizarlo entre un grupo de personas que salía del cine e iba
camino de casa. Se dirigió hacia la cabina de teléfonos, pero se detuvo de
nuevo a pocos metros. Luego comenzó a andar de pronto con paso apresurado hacia
el arriate. Martin Beck le dio la espalda y se alejó despacio.
Bengtsson pasó de largo el pequeño parque, cruzó la calle hacia
el restaurante y desapareció en Tegnérgatan. Al cabo de un par de minutos,
apareció en la otra acera y dio una vuelta por la plaza.
—¿Crees que ha estado aquí antes? —preguntó la mujer de la bata
de algodón—. Porque lo he descubierto esta noche por pura casualidad.
Ahlberg estaba fumando junto a la ventana apoyado en la pared.
Observó a la chica, que miraba por la ventana. Tenía los pies separados y las
manos en los bolsillos, con el tenue reflejo de la luz de la calle sus ojos
parecían hoyos oscuros en medio de su blanco rostro.
—Quizá viene por aquí todas las noches —conjeturó.
Cuando el hombre había pasado junto a la estatua de Tegnér en su
cuarta vuelta a la plaza dijo:
—Si sigue así toda la noche me volverá loca, y Lennart y Martin
se congelarán.
A las doce y veinticinco llevaba ocho vueltas a paso cada vez
más ligero. Se paró debajo de la escalera del parque, alzó la mirada hacia la
casa y cruzó la calle casi corriendo hasta la parada del tranvía.
Un autobús entró en la parada, se detuvo y cuando volvió a
arrancar Bengtsson había desaparecido.
—Mira. Allí está Martin —exclamó Sonja Hansson.
Ahlberg se estremeció al oír su voz. Durante todo este tiempo
habían estado susurrando y ahora, por primera vez en dos horas, hablaba en un
tono de voz normal.
Vio a Martin Beck cruzar la calle a toda prisa y sentarse en el
coche, que esperaba sobre el Pequeño Teatro. Arrancó antes de que le diese
tiempo a cerrar la puerta y se alejó en la misma dirección que el autobús.
—Gracias por acompañarme esta noche —comentó Sonja Hansson—. Me
voy a la cama.
—Haces bien —contestó Ahlberg.
A él tampoco le habría importado irse a dormir, pero diez
minutos más tarde entraba por la puerta de la comisaría de Klara. A los dos
minutos llegó Kollberg.
Habían tenido tiempo de hacer cinco jugadas más antes de
aparecer Martin Beck.
—Cogió el autobús a Sankt Eriksplan y se fue a casa. Apagó la
luz casi enseguida. Probablemente ya duerme.
—Fue pura casualidad que ella le viera —comentó Ahlberg—. Puede
que haya estado rondando por ahí otras veces.
Kollberg estudiaba el tablero de ajedrez.
—¿Y aunque así fuese? No prueba nada.
—¿Cómo?
—Kollberg tiene razón —reconoció Martin Beck.
—¿A que sí? Yo también he dado vueltas como un gato en celo
delante de casas con tías dispuestas dentro.
Ahlberg se encogió de hombros.
—Pero era más joven, claro. Considerablemente mucho más joven.
Martin Beck guardó silencio. Los demás intentaron seguir con su
partida sin ningún éxito. Después de un rato, Kollberg hizo tablas al repetir
la jugada, a pesar de que iba ganando.
—Joder —se quejó—. Ese cabrón me ha hecho perder la
concentración. ¿Por cuánto me ganas?
—Cuatro puntos —respondió Ahlberg—. Doce y medio contra ocho y
medio.
Kollberg se levantó y se puso a deambular por el despacho.
—Le volvemos a coger, haremos un buen registro domiciliario y le
apretaremos las clavijas lo que podamos —propuso.
Nadie contestó.
—¿Y si le seguimos de nuevo con tíos más frescos?
—No —objetó Ahlberg.
Martin Beck no paraba de morderse el nudillo del dedo índice. Al
cabo de un rato preguntó:
—¿Ha empezado a sentir miedo?
—No lo creo —opinó Ahlberg—. No es una chica que se ponga
nerviosa fácilmente.
Roseanna McGraw tampoco, pensó Martin Beck.
No intercambiaron muchas palabras más, pero seguían
completamente despiertos cuando el ruido del tráfico de Regeringsgatan les
indicó que su jornada laboral había acabado y se iniciaba la de los demás.
Algo había ocurrido, pero Martin Beck no sabía bien qué.
Otro día más como los anteriores. Ahlberg aumentó su ventaja con
otro punto.
Eso fue todo.
El día siguiente era viernes. Faltaban tres días para el primer
cambio de mes del año y el tiempo continuaba templado; lluvia y penumbra hasta
el crepúsculo y luego caía la niebla.
A las nueve y diez, el estallido del teléfono rompió el
silencio. Martin Beck cogió el auricular.
—Ha vuelto. Está en la parada.
Se presentaron en el lugar quince segundos antes que la última
vez, a pesar de que Kollberg aparcara en Birger Jarlsgatan. Medio minuto
después, Ahlberg avisó que se encontraba en su puesto en el dormitorio de Sonja
Hansson.
La repetición resultó casi aterradora. El hombre que se llamaba
Folke Bengtsson estuvo rondando por Eriksbergsplan durante cuatro horas. Hasta
cuatro o cinco veces titubeó ante la cabina del teléfono, se tomó un perrito
caliente. Luego volvió a casa. Kollberg le siguió.
Martin Beck estaba helado. Caminaba a paso ligero bajando por
Regeringsgatan con las manos en los bolsillos y la mirada clavada en el suelo.
Kollberg se presentó al cabo de media hora.
—Todo tranquilo en Rörstrandsgatan.
—¿Te ha descubierto?
—Andaba como un sonámbulo. No creo que hubiera visto a un
rinoceronte a dos metros de distancia.
Martin Beck marcó el número de la agente Sonja Hansson. Intuía
que si no pensaba en ella como policía, con el distintivo de rango
correspondiente, no aguantaría más.
—Mañana es sábado, mejor dicho, hoy. Trabaja hasta las doce.
Intenta pillarlo cuando salga. Pasa junto a él medio corriendo, como si fueras
de camino a algún lugar, cógele del brazo y dile: Hola, te he estado esperando.
¿Por qué no me llamas algún día? O algo así. Más o menos en ese plan. Nada más.
Luego aléjate. No te abrigues demasiado.
Hizo una breve pausa.
—Esta vez tienes que darlo todo.
Acabó la conversación. Los otros dos le miraban fijamente.
—¿Quién hace mejor los seguimientos? —preguntó como ausente.
—Stenström.
—Desde el momento en que salga de su casa mañana por la mañana
quiero que le sigáis. Que se encargue Stenström. Que informe de todos sus
movimientos. En el otro teléfono. Dos de nosotros tenemos que estar aquí
siempre. Sólo podremos abandonar el despacho de uno en uno.
Ahlberg y Kollberg continuaban con la mirada clavada en él, pero
no se dio cuenta.
A las ocho menos veintidós minutos se abrió la puerta de
Rörstrandsgatan, la misión de Stenström había comenzado.
Se mantuvo por los alrededores de la empresa de transportes de
Smålandsgatan hasta las once y cuarto, a esa hora entró en la cervecería y se
sentó a esperar junto a la ventana.
A las doce menos cinco vio a Sonja Hansson en la esquina de
Norrlandsgatan.
Vestía un fino abrigo de tweed azul desabrochado con un cinturón
bien apretado que le marcaba la cintura. Le sobresalía un jersey negro de
cuello vuelto. Llevaba la cabeza descubierta y guantes, pero iba sin bolso. Las
medias y las botas negras parecían demasiado finas para la época del año.
Cruzó la calle y desapareció de su campo de visión.
El personal de la empresa de transportes empezó a salir por el
portal hasta que finalmente apareció el hombre que se llamaba Folke Bengtsson y
cerró la puerta con llave. Bajó de la acera, y cuando había avanzado un par de
metros en la calzada, Sonja Hansson se acercó corriendo hasta él. Lo detuvo, le
cogió de la manga y le dijo algo mientras le miraba a los ojos. Le soltó casi
enseguida y siguió hablando mientras se alejaba, luego se dio la vuelta y
continuó corriendo.
Stenström vio su cara, expresaba entusiasmo, alegría y súplica.
Aplaudió por dentro su actuación.
El hombre no le quitó ojo de encima. Hizo ademán de seguirla,
pero al final, cambió de opinión, se metió las manos en los bolsillos y
continuó su camino lentamente con la cabeza baja.
Stenström cogió el sombrero, pagó en la barra y asomó la cabeza
con cautela por la puerta. Cuando Bengtsson dobló la esquina, salió de la
cervecería y fue tras él.
En la comisaría de Klara, Martin Beck tenía fijos sus
melancólicos ojos en el teléfono. Ahlberg y Kollberg habían abandonado el
ajedrez momentáneamente y se escondían en silencio tras sendos periódicos.
Kollberg luchaba con un crucigrama mordiendo ansioso el lápiz.
Al sonar por fin el teléfono, le pegó tal mordisco que lo partió
en dos.
Martin Beck se pegó el auricular al oído antes de que terminase
la primera señal.
—Hola. Soy Sonja. Creo que me ha salido bien. Hice lo que me
dijiste.
—Bien. ¿Viste a Stenström?
—No, pero seguro que ha merodeado por aquí cerca. No me atreví a
darme la vuelta y seguí corriendo hasta llegar a la esquina con NK.
—¿Estás nerviosa?
—No. En absoluto.
Era la una y cuarto cuando volvió a sonar el teléfono.
—Estoy en Jäntorget, en el estanco de la plaza —comentó
Stenström—. Sonja lo ha hecho muy bien. Por lo visto lo ha dejado inquieto.
Hemos atravesado los jardines de Kungstradgården, pasamos el puente Strömbron y
desde entonces está errando por el casco viejo.
—Ten cuidado.
—No te preocupes. Camina como un muerto viviente, ni ve ni oye
nada a su alrededor. Ahora debo darme prisa para no perderlo.
Ahlberg se había levantado y deambulaba de un lado a otro.
—No es un trabajo muy agradable que digamos el que le hemos
encargado a Sonja.
—Se las arregla muy bien —le tranquilizó Kollberg—. Y el resto
lo hará también estupendamente. Espero que Stenström no haga ninguna tontería y
espante a Bengtsson.
—Stenström también es bueno, claro —añadió al cabo de un rato.
Martin Beck se calló.
El reloj de pared marcaba las tres y pico cuando Stenström
volvió a contactar con ellos.
—Estamos en Folkungagatan. No hace más que caminar, recorre las
calles una tras otra sin parar y sin darse la vuelta. Parece apático.
—Tú sigue —ordenó Martin Beck.
Hacía falta bastante para alterar la calma exterior de Martin
Beck, pero después de tres cuartos de hora con los ojos entre el reloj y el
teléfono se levantó de golpe y salió.
Ahlberg y Kollberg se intercambiaron una mirada. Kollberg se
encogió de hombros y se dispuso a colocar las piezas en el tablero de ajedrez.
En el servicio, Martin Beck se lavó las manos y la cara con agua
fría y se secó con esmero. Al salir al pasillo, se abrió una puerta y un agente
en mangas de camisa le avisó que tenía una llamada.
Era su esposa.
—No te he visto el pelo en años y ahora ni siquiera te puedo
llamar por teléfono. ¿Qué estás haciendo? ¿Cuando vienes a casa?
—No lo sé —murmuró con cansancio.
Siguió hablando y su voz cambió, se hizo más estridente, la
interrumpió en medio de una frase.
—No tengo tiempo ahora mismo —dijo irritado—. Hasta luego. No me
llames aquí.
Se arrepintió de su tono al colgar, pero se encogió de hombros y
se unió a sus colegas, jugadores de ajedrez.
La tercera llamada de Stenström llegó desde Skeppsbron. Eran las
cinco menos veinte.
—Acaba de entrar en el Zum Franciskaner. Está sentado solo en un
rincón bebiendo cerveza. Hemos recorrido todo el barrio de Söder. Sigue
comportándose de forma muy extraña.
Unas molestias en el diafragma le recordaron a Martin Beck que
llevaba todo el día sin comer nada. Pidió que les trajeran comida del
restaurante de enfrente. Al terminar, Kollberg se durmió en la silla y empezó a
roncar.
Cuando sonó el teléfono, se despertó sobresaltado. Eran las
siete.
—Ha estado en el bar todo este tiempo, lleva cuatro jarras de
cerveza. Ahora se dirige al centro otra vez. Ha aligerado el paso. Te llamaré
en cuanto pueda. Hasta luego.
A Stenström parecía que le faltara aliento, como si hubiera
estado corriendo, y colgó antes de que a Martin Beck le diera tiempo de
preguntar nada.
—Va para allá —dijo Kollberg.
La siguiente llamada se recibió a las siete y media, y fue aún
más corta. No había cambiado nada.
—Engelbrektsplan. Se encamina hacia Birger Jarlsgatan bastante
deprisa.
Esperaron. Con la mirada fija en el reloj o en el teléfono.
Las ocho y cinco. Martin Beck levantó el auricular en el momento
en que sonó.
Stenström parecía decepcionado.
—Entró a Eriksbergsgatan y cruzó el viaducto. En ese momento nos
dirigimos a la plaza Odenplan por Odengatan. Supongo que ya se va para casa.
Empieza a caminar más despacio.
—¡Mierda! Llámame en cuanto llegue a casa.
Transcurrió media hora antes de que Stenström llamara de nuevo.
—No se ha ido a casa, está en Upplandsgatan. No parece notar que
tenga pies. Anda sin parar. Los míos no aguantarán mucho más.
—¿Dónde estás ahora?
—En la plaza Norra Bantorget. Acaba de dejar atrás el Teatro de
la Ciudad.
Martin Beck pensó en el hombre que en esos momentos estaba
pasando delante del teatro. ¿Qué le pasaría por la cabeza?, si es que guardaba
algo dentro. ¿Quizá sólo caminaba, hora tras hora, gobernado por algún oscuro
instinto? ¿Qué sentía? Llevaba más de ocho horas dando vueltas, inconsciente de
su entorno, encerrado en sí mismo y con una idea torturándole, una decisión que
iba madurando.
Durante las tres horas siguientes, Stenström llamó cuatro veces
desde distintos puntos. El hombre caminó todo el tiempo por las calles de los
alrededores de Eriksbergsplan, pero nunca se acercaba lo suficiente como para
poder ver la casa de Sonja.
A las dos y media, Stenström avisó desde Rörstrandsgatan que
Folke Bengtsson por fin se había ido a casa y acababa de apagar la luz de su
dormitorio.
Martin Beck mandó a Kollberg a relevarlo.
A las ocho de la mañana del domingo, Kollberg volvió, despertó a
Ahlberg, que estaba durmiendo en un sofá, se tumbó en el mismo sitio y se
durmió enseguida.
Ahlberg entró a ver a Martin Beck, que se encontraba sentado
junto al teléfono, meditaba.
—¿Ha llegado Kollberg? —preguntó alzando la vista y mirándole
con los ojos rojos.
—Está durmiendo. Cayó como un toro apaleado. Stenström permanece
en su puesto.
Sólo tuvieron que esperar dos horas antes de recibir la primera
llamada del día.
—Ha vuelto a salir. Camina hacia el puente a Kungsholmen.
—¿Qué aspecto tiene?
—El mismo. Viste igual. Dios sabrá si ha dormido vestido.
—¿Camina rápido?
—No, lentamente.
—¿Has podido dormir algo?
—Poco. Pero no me siento precisamente como Superman.
—Menos mal.
Hasta las cuatro de la tarde, Stenström contactó con ellos a
intervalos regulares de aproximadamente una hora Folke Bengtsson llevaba en
movimiento seis horas con dos breves paradas en una cafetería. Había recorrido
Kungsholmen, Söder y el casco viejo. Ni siquiera se había acercado a la
vivienda de Sonja Hansson.
A las cinco y media, Martin Beck estaba dormido en la silla
delante del teléfono.
Un cuarto de hora más tarde, Stenström le despertó.
—Estamos en la plaza de Norrmalm. Va camino de Strandvagen y
ahora parece diferente.
—¿De qué manera?
—Como si se hubiese despertado. Va como acelerado.
Hora y media después:
—Ahora tengo que tener más cuidado. Acaba de llegar a Sveavagen
desde Odengatan. Está mirando a las chicas.
A las nueve y media.
—Karlavägen-Sturegatan. Pasea lentamente hacia la plaza
Stureplan. Parece más tranquilo y sigue mirando a las chicas.
—Ten cuidado —le advirtió Martin Beck.
De repente sintió que estaba despierto y descansado, a pesar de
que apenas había dormido en dos días.
Estaba estudiando el plano donde Kollberg había intentado
reconstruir el errático itinerario de Bengtsson con un rotulador rojo, cuando
sonó el teléfono.
—Es la décima vez que llama hoy —comentó Kollberg.
Martin Beck cogió el auricular a la vez que miraba el reloj de
pared.
Las once menos un minuto.
Oyó la voz de Sonja Hansson. Sonaba ronca y un poco temblorosa.
—¡Martin! Ha vuelto.
Apretó fuerte al auricular.
—Vamos —dijo.
Sonja Hansson colgó el auricular y miró la hora. 23:01. Dentro
de cuatro minutos Ahlberg entraría por la puerta y la liberaría de aquel
irremediable y escalofriante malestar enquistado en una sensación de soledad.
Le sudaban las palmas de las manos y se las secó con la bata de
algodón. Al hacerlo, la tela se le ajustó por las caderas.
Entró en silencio al oscuro dormitorio y se acercó a la ventana.
El parqué le resultó duro y frío bajo sus pies descalzos y se puso de
puntillas, apoyó la mano derecha en el parteluz y miró furtivamente a través de
la fina cortina. Había algo de movimiento allí abajo, sobre todo delante del
restaurante del otro lado de la calle, pero le llevó al menos minuto y medio
descubrirlo. Salió de Runebergsgatan en la dirección opuesta a su portal, pasó
arrimado al muro bajo y fue hacia la calzada de Birger Jarlsgatan. En medio de
las vías del tranvía giró bruscamente a la derecha. Después de medio minuto más
o menos desapareció de su campo de visión. Se había movido muy rápido
deslizándose con pasos largos y parecía dirigir la mirada al frente, como si no
reparara en el entorno ni pensara en nada.
Regresó al salón, que por lo menos tenía algo que ofrecer: luz,
calor y algunas cosas que le gustaban. Encendió un cigarrillo e inhaló el humo
profunda y largamente. A pesar de ser muy consciente de lo que estaba haciendo,
siempre sentía el mismo alivio cuando él se marchaba sin entrar en la cabina
telefónica. Ya llevaba demasiado tiempo esperando aquella ruidosa llamada que
rompería en pedazos su paz interior e introduciría un elemento irracional e
inquietante en su hogar. Tenía la esperanza de que no llegara nunca. De que
todo fuera un error y le permitiesen volver a la misma rutina de siempre para
no pensar nunca más en aquel hombre.
Recogió el jersey de lana que llevaba tejiendo tres semanas. Se
acercó al espejo y se lo puso por encima. Dentro de poco lo acabaría. Volvió a
mirar el reloj. Ahlberg ya llevaba unos diez segundos de retraso. Hoy no
batiría ningún record. Sonrió, porque sabía que le molestaría. Se enfrentó a su
tranquila sonrisa ante el espejo y observó una hilera de pequeñas gotitas de
sudor que brillaban a lo largo del nacimiento del pelo. Sonja Hansson atravesó
el vestíbulo y entró en el baño. Separó los pies sobre los gélidos azulejos y
se puso a lavarse la cara y las manos con agua fría, inclinada hacia delante.
Al cerrar el grifo, oyó cómo Ahlberg intentaba abrir el cerrojo
con la llave. Ya llevaba un minuto de retraso.
Con la toalla todavía en la mano dio un paso hacia el vestíbulo,
estiró la mano, desenganchó la cadena de seguridad y abrió la puerta.
—Gracias a Dios, es un alivio que hayas venido —dijo.
No era Ahlberg.
Todavía con una sonrisa en los labios retrocedió lentamente
hacia el interior del piso. El hombre que se llamaba Folke Bengtsson no le
quitó la vista de encima mientras cerraba tras de sí y echaba la cadena a la
puerta.
Capítulo 29
Martin Beck era el último, estaba a punto de abandonar el
despacho cuando el teléfono sonó de nuevo. Volvió corriendo y cogió el
auricular.
—Me encuentro en el vestíbulo del hotel Ambassadör —informó
Stenström—. Le he perdido entre el barullo de gente. Hará unos cuatro o cinco
minutos como mucho.
—Ya se ha ido para Runebergsgatan. Vete para allá lo más rápido
que puedas.
Tiró el auricular y alcanzó a los demás, que iban bajando las
escaleras. Se subió a la parte de atrás del coche salvando con dificultad el
respaldo del asiento delantero de Ahlberg. Siempre ocupaban los mismos
asientos; era importante que Ahlberg saliera el primero.
Kollberg metió la marcha, pero tuvo que soltar el embrague al
momento para esquivar una furgoneta de la policía que estaba entrando. Por fin
pudo seguir y entró girando en Regeringsgatan entre un Volvo verde y un Skoda
beige. Martin Beck, con los brazos apoyados en las rodillas, se quedó mirando
al frente fijamente, a la lluvia fría y cortante que caía fuera. Sentía una
gran tensión física y mental, pero iba centrado y bien preparado. Como un
deportista entrenado para batir un récord.
Dos segundos más tarde, el Volvo verde chocó contra una
furgoneta que salía en dirección prohibida, por el cruce de David Bagaresgata.
El Volvo dio un giro cerrado a la derecha justo un instante antes de la
colisión, y Kollberg, que ya había iniciado el adelantamiento, tuvo que
realizar la misma maniobra.
Reaccionó rápido y ni siquiera rozó al coche de delante, pero
los vehículos se pararon en paralelo atravesando el cruce y pegados el uno al
otro. Kollberg ya había metido la marcha atrás cuando el Skoda beige se estampó
con un fuerte golpe contra la puerta delantera derecha. El conductor había
frenado en seco, un gran error teniendo en cuenta el estado de la calzada.
No se trataba de un accidente grave. Dentro de diez minutos un
par de agentes de la policía de tráfico aparecerían con sus cintas métricas,
apuntarían la matrícula y el nombre, pedirían el permiso de conducir, el
documento de identidad y la licencia de la radio, luego escribirían «daños en
la chapa» en sus libretas, se encogerían de hombros y se marcharían. Si ninguno
despedía olor a alcohol, la gente que ahora gritaba y gesticulaba bajo la
lluvia, subiría en sus «dioses de chatarra» abollados y desaparecería cada uno
en una dirección.
Ahlberg maldijo su suerte. Martin Beck tardó diez segundos en
darse cuenta de por qué. Se encontraban atrapados. Las dos puertas estaban
bloqueadas, tan eficazmente como si las hubiesen soldado.
En el mismo segundo en que Kollberg tomó la desesperada decisión
de dar marcha atrás para alejarse de aquel tumulto, un autobús de la línea 55
se detuvo justo detrás de ellos. La única vía de escape quedaba obstruida. Para
colmo, el conductor del Skoda beige había salido de su coche bajo la lluvia,
probablemente hirviendo de rabia y cargado de argumentos. Quedó fuera de su
campo de visión, sin duda se hallaba ya al otro lado de los coches.
Ahlberg colocó los dos pies contra la puerta, tomó impulso y
presionó hasta dar un gemido, pero el Skoda seguía con la marcha puesta y no se
movió ni un milímetro.
Transcurrieron tres o cuatro minutos de pesadilla. Ahlberg gritó
y gesticuló. La lluvia formó una capa congelada y gris sobre el cristal
trasero. Fuera vieron a un agente borroso con un impermeable negro brillante.
Por fin, algunos de los curiosos parecieron darse cuenta de la
situación y se dispusieron a empujar el Skoda beige. Sus movimientos eran
torpes y lentos. El agente trató de impedírselo. Al cabo de un rato, él mismo
intentaba ayudar. Consiguieron separar los coches un metro, pero las bisagras
se habían dañado y la puerta estaba atascada. Ahlberg empujaba mientras
blasfemaba. Martin Beck notaba cómo el sudor le resbalaba por la nuca,
descendía por debajo del cuello de la camisa y confluía en un frío reguero entre
sus omóplatos.
La puerta se iba abriendo lentamente chirriando.
Ahlberg salió dando tumbos. Martin Beck y Kollberg intentaron
librarse los dos a la vez hasta que lo consiguieron.
El agente estaba preparado con su libreta en la mano.
—¿Qué ha pasado aquí?
—Cállate —aulló Kollberg.
Afortunadamente lo reconoció.
—Corre —gritó Ahlberg cinco metros por delante.
Unas cuantas manos trataron de detenerles. Kollberg, en su
carrera, derribó a un asombrado vendedor ambulante de perritos calientes con su
cajón colgado sobre el estómago.
Cuatrocientos cincuenta metros, pensaba Martin Beck. Sólo un
minuto para un deportista entrenado. Pero ellos no lo eran. Y no corrían en una
pista de atletismo, sino sobre una calle asfaltada bajo una lluvia que se
congelaba al tocar la gélida superficie de la calzada. Al cabo de cien metros,
el pecho parecía que iba a estallarle. Ahlberg les sacaba cinco metros de
ventaja, pero en Jutas Backe se resbaló y casi se cae. Le costó sus metros de
ventaja y bajaron la cuesta hacia Eriksbergsplan prácticamente uno al lado del
otro. Unos puntitos brillantes bailaban ante los ojos de Martin Beck. Atrás, en
diagonal, oía los pesados jadeos de Kollberg.
Dieron la vuelta a la esquina y atravesaron el arriate a toda
velocidad con pasos pesados y ruidosos. Lo descubrieron los tres a la vez en la
segunda planta del edificio de Runebergsgatan. Un tenue rectángulo iluminado
indicaba que había luz en el dormitorio y el estor bajado.
Los puntitos luminosos desaparecieron y dejó de sentir el dolor
en el pecho. Cuando iba por Birger Jarlsgatan, Martin Beck sabía que ésta era
la carrera más rápida de toda su vida, aun así Ahlberg le sacaba tres metros y
Kollberg iba a su lado. Al llegar, Ahlberg ya había abierto la puerta.
El ascensor no estaba abajo, pero ni se les pasó por la cabeza
llamarlo. En el primer rellano notó dos cosas: ya no le entraba aire en los
pulmones y Kollberg no se encontraba con ellos. El plan funcionaba, el maldito
plan perfecto, pensó según subía el último tramo de la escalera llave en mano.
La metió en la cerradura, giró, apoyó todo su cuerpo contra la
puerta y se abrió diez centímetros. La cadena de seguridad estaba echada y
desde dentro de la casa no llegaba ningún ruido humano, sólo el incesante
sonido de un timbre de teléfono extrañamente metálico. El tiempo se detuvo. Vio
el dibujo de la moqueta del vestíbulo, una toalla y un zapato.
—Aparta —dijo Ahlberg con voz ronca, aunque con sorprendente
calma.
Cuando Ahlberg disparó a la cadena, se escuchó un estallido como
si el mundo entero saliera volando en pedazos.
Martin Beck seguía empujando la puerta, hasta que, a punto de
caerse, atravesó el vestíbulo del fuerte impulso y llegó hasta el salón.
La escena resultaba irreal y tan estática como un cuadro de la
cámara de los horrores de Madame Tussaud. Parecía petrificada como una
fotografía sobrexpuesta, bañada en una fluida luz blanca. Fue registrando cada
uno de los macabros detalles.
El hombre llevaba el abrigo puesto. Su sombrero marrón
descansaba en el suelo, medio tapado con una bata azul claro hecha jirones.
Este era el tipo que había matado a Roseanna McGraw. Inclinado
sobre la cama, con el pie izquierdo apoyado en el suelo y la rodilla derecha en
el colchón, presionaba pesadamente sobre el muslo izquierdo de la mujer, justo
por encima de su rodilla. Su enorme mano le cubría la barbilla y la boca, y con
dos dedos de la mano izquierda le apretaba la nariz. La mano derecha buscaba su
cuello y lo acababa de encontrar.
La mujer yacía boca arriba. Podían verse sus ojos muy abiertos
entre los dedos de él. Un fino hilo de sangre le resbalaba por la mejilla.
Había levantado la pierna derecha y hacía presión con el pie contra el pecho
del hombre. Se agarraba con las dos manos a la muñeca de la mano derecha de él.
Estaba desnuda. Tenía tensos todos los músculos de su cuerpo; los tendones se
dibujaban tan claramente como en una lámina de anatomía.
Una centésima de segundo, lo suficiente para que cada uno de los
detalles se grabaran en la conciencia y quedaran allí para siempre. Luego el
hombre del abrigo la soltó, se incorporó, recuperó el equilibrio y se dio la
vuelta, todo en un solo movimiento rápido como el rayo.
Martin Beck vio por primera vez al hombre que llevaba
persiguiendo seis meses y diecinueve días. Se llamaba Folke Bengtsson, pero
sólo guardaba un vago parecido con aquel señor que había entrevistado en el
despacho de Kollberg una tarde antes de Navidad.
Su rostro se mostraba severo y desnudo, las pupilas contraídas,
los ojos errando de un lado para otro como los de una marta atrapada. Se
inclinó con las rodillas flexionadas meciendo el cuerpo rítmicamente.
Duró una décima de segundo, luego se lanzó hacia delante
emitiendo un sollozo sofocado en el fondo de la garganta, en ese momento Martin
Beck le golpeó en la clavícula con la mano derecha rígida y Ahlberg se arrojó
encima de él desde atrás intentando agarrarle los brazos.
Ahlberg se vio impedido por su propia pistola y Martin Beck
pareció sobrecogerse ante la virulencia del ataque, en parte porque lo único
que fue capaz de pensar era en la mujer que yacía sobre la cama, que debería
moverse y no quedarse ahí flácida y tumbada con la boca abierta y los ojos
medio cerrados.
El hombre le golpeó con la cabeza en el diafragma con una fuerza
tan descomunal que le despidió hacia atrás, contra la pared, al mismo tiempo
aquel demente lograba zafarse de Ahlberg y salía raudo hacia la puerta, aun
agachado y con una velocidad en sus zancadas tan inverosímil como todo en este
absurdo escenario.
Durante todo este tiempo no paró de sonar un timbre de teléfono.
Lo más cerca que estuvo Martin Beck de él fue medio tramo de
escaleras y la distancia iba en aumento.
Podía oír al fugitivo por delante, pero no lo vio hasta llegar a
la planta baja. Entonces, el hombre ya había atravesado la puerta acristalada y
se hallaba muy cerca de la relativa libertad de la calle.
Kollberg había soltado el botón del portero automático y dio dos
pasos para separarse de la pared. El hombre del abrigo se disponía a asestarle
un fuerte golpe en la cara.
En ese preciso momento, Martin Beck supo que el fin estaba cerca
y, como cabía esperar, un segundo después oyó un grito de dolor seco y salvaje
cuando Kollberg le cogió el brazo y le rompió la articulación del hombro con
una rápida e implacable llave. El hombre del abrigo yacía indefenso sobre el
suelo de mármol.
Martin Beck se apoyó en la pared mientras escuchaba el sonido de
las sirenas, que parecía provenir de varios lugares al mismo tiempo. La
furgoneta de la policía ya había llegado y en la acera, delante del edificio,
unos agentes de uniforme alejaban a empujones a un grupo de curiosos que se iba
disolviendo de mala gana.
Observó al hombre que se llamaba Folke Bengtsson, seguía medio
tumbado en el suelo, en el mismo lugar donde había caído, con la mejilla
apoyada en la pared y las lágrimas resbalándole por las mejillas.
—Está aquí la ambulancia —avisó Stenström.
Martin Beck subió en el ascensor. Ella estaba sentada en un
sillón vestida con unos pantalones de pana y un jersey de lana. La observó
angustiado.
—Está aquí la ambulancia. Enseguida suben.
—Puedo bajar yo misma —musitó sin fuerzas.
En el ascensor, dijo:
—No pongas esa cara. No fue culpa tuya. Además, tampoco estoy
tan mal.
Fue incapaz de mirarla a los ojos.
—Si hubiese intentado violarme, a lo mejor habría podido con él.
Pero no se trataba de eso. No pude hacer nada. Nada.
Se sacudió.
—Diez o quince segundos más y... O si al de abajo no se le
hubiera ocurrido llamar al telefonillo, eso fue lo que le desconcertó. De
alguna manera, rompió el aislamiento. Dios mío. Qué horror.
Cuando se acercaron a la ambulancia añadió:
—Pobre hombre.
—¿Quién?
—Él.
Un cuarto de hora más tarde, sólo quedaban Kollberg y Stenström
delante del edificio de Runebergsgatan.
—Llegué justo para ver cómo le abatías. Estaba al otro lado de
la calle. ¿Dónde has aprendido eso?
—Hombre, uno no ha sido paracaidista para nada. No lo suelo usar
mucho.
—De todas maneras, es lo más impresionante que he visto nunca.
Con esa llave podrías con cualquiera.
—«En agosto nació el chacal, / en septiembre caen las lluvias. /
¡No puedo recordar, dice, / tremenda lluvia como ésta!»
—¿Eso qué es?
—Una cita —dijo Kollberg—. De un tal Kipling.
Capítulo 30
Martin Beck observó al hombre, desplomado en una silla delante
de él con un brazo en cabestrillo. Mantenía la cabeza baja, no levantaba la
mirada.
Llevaba esperando este momento seis meses y medio. Se inclinó y
encendió la grabadora.
—Usted se llama Folke Bengtsson, nació en la parroquia de Gustav
Vasa, el seis de agosto de 1926 y vive en Rörstrandsgatan, en Estocolmo. ¿Es
correcto?
El hombre asintió con un movimiento de cabeza casi
imperceptible.
—Tiene que contestar en voz alta —le pidió Martin Beck.
—Sí —dijo el hombre que se llamaba Folke Bengtsson—. Sí, es
correcto.
—¿Se confiesa culpable de la violación y el asesinato de la
ciudadana Roseanna McGraw la noche del cuatro al cinco de julio del año pasado?
—Yo no he matado a nadie —respondió Folke Bengtsson.
—Más alto.
—No, no lo confieso.
—Usted ha reconocido anteriormente que conoció a Roseanna McGraw
el cuatro de julio el año pasado a bordo del barco de pasajeros Diana. ¿Es así?
—No lo sé. No sabía su nombre.
—Tenemos pruebas de que estuvo con ella el cuatro de julio. La
estranguló por la noche en su camarote y la arrojó por la borda.
—¡No, no es verdad!
—¿La asesinó de la misma manera que intentó acabar con la vida
de la mujer de Runebergsgatan?
—No la quería matar.
—¿A quién?
—A aquella chica. Me vino a ver varias veces. Me pidió que fuera
a su casa. No lo decía en serio. Sólo quería humillarme.
—¿Roseanna McGraw también quiso humillarlo? ¿Por eso la mató?
—No sé.
—¿Entró en su camarote?
—No lo recuerdo. Quizás estuve allí. No lo sé.
Martin Beck se quedó en silencio observando al hombre. Al final
preguntó:
—¿Está muy cansado?
—No, no mucho.
—¿Le duele el brazo?
—Ya no. Me han puesto una inyección en el hospital.
—Cuando anoche vio a aquella mujer, ¿no le recordó a la del
verano pasado, la mujer del barco?
—Esas dos no eran mujeres.
—¿Qué quiere decir? Claro que lo eran.
—No... más bien animales.
—No entiendo lo que quiere decir.
—Son como animales, abandonadas a merced de...
—¿Abandonadas a merced de qué? ¿De usted?
—Por Dios, no se burle de mí. Abandonadas a merced del deseo. De
su inmundicia.
Treinta segundos de silencio.
—¿Realmente eso es lo que cree?
—Así deben pensar todas las personas de verdad, menos las
viciosas y degeneradas.
—¿No le gustaron esas mujeres? Roseanna McGraw y la chica de
Runebergsgatan, no me acuerdo cómo se llama...
—Sonja Hansson —escupió su nombre.
—Eso es. ¿No le gustó?
—La odio. Odié a la otra también. No me acuerdo muy bien. ¿No ve
cómo se comportan? ¿No se da cuenta de lo que significa ser hombre?
Hablaba rápido y acaloradamente.
—No. ¿Qué quiere decir?
—Uf. Son repugnantes. Brillan y triunfan con su depravación y
luego son insistentes y descaradas.
—¿Suele recurrir a prostitutas?
—No son tan asquerosas ni tan desvergonzadas. Y cobran, por lo
menos hay un mínimo de honra y dignidad en ellas.
—¿Se acuerda de lo que me contestó cuando le hice esta misma
pregunta la otra vez?
El hombre parecía consternado y nervioso.
—No...
—¿Se acuerda de que le pregunté si solía acudir a prostitutas?
—No, ¿lo hizo?
Martin Beck volvió a guardar silencio. Se frotó la nariz.
—Quiero ayudarle —dijo al final.
—¿Cómo? ¿Ayudarme? ¿Cómo me va a ayudar? ¿Ahora? ¿Después de
esto?
—Quiero ayudarle a recordar.
—Sí.
—Pero tiene que intentarlo usted también.
—Sí.
—Procure recordar qué pasó después de subir a bordo del Diana en
Söderköping. Llevaba su ciclomotor y los aparejos de pesca, y el barco llegó
con bastante retraso.
—Sí, me acuerdo. Hacía buen tiempo.
—¿Qué hizo después de subir a bordo?
—Creo que desayuné. No había comido antes, recuerdo que pensaba
tomar algo a bordo.
—¿Habló con sus compañeros de mesa?
—No, creo que estaba solo. Los demás ya habían desayunado.
—¿Y luego? ¿Después de desayunar?
—Supongo que salí a cubierta. Sí, eso. Hacía muy buen tiempo.
—¿Habló con alguien?
—No, me encontraba solo en la proa. Luego llegó la hora de la
comida.
—¿Comió solo también?
—No, había algunos comensales más sentados en mi mesa, pero no
hablé con nadie.
—¿Compartía Roseanna McGraw su misma mesa?
—No me acuerdo. No reparé mucho en los de alrededor.
—¿Se acuerda de cómo la conoció?
—No, la verdad es que no.
—La última vez me dijo que ella le preguntó algo y empezaron a
hablar.
—Sí, de hecho, ahora me acuerdo. Me preguntó cómo se llamaba el sitio
por el que estábamos pasando.
—¿Cómo se llamaba?
—Norsholm, creo.
—¿Y luego se quedó hablando con usted?
—Sí. No me acuerdo de casi nada de lo que me dijo.
—¿Le cayó mal ya desde el principio?
—Sí.
—¿Entonces por qué habló con ella?
—Se metió. Simplemente se puso a hablar y a reír. Era igual que
las demás. Una desvergonzada.
—¿Qué hizo luego?
—¿Luego?
—Sí, ¿no bajaron a tierra juntos?
—Ella me acompañó cuando bajé a tierra.
—¿De qué hablaron?
—No me acuerdo. De todo. De nada en particular. Recuerdo que me
pareció un buen ejercicio para mi inglés.
—Al volver al barco, ¿qué hicieron?
—No lo sé. La verdad, no me acuerdo. Quizá cenamos.
—¿Se sentaron en la misma mesa?
—No creo. No me acuerdo.
—Inténtelo.
—No, no lo sé.
—¿La vio luego por la noche?
—Recuerdo que estuve un rato en la proa cuando se hizo de noche.
Pero me parece que solo.
—¿No la vio por la noche? Intente recordar.
—Creo que sí. No lo tengo muy claro, pero creo que estuvimos
sentados en un banco de popa hablando. Yo quería que me dejara en paz, pero se
entrometió.
—¿Le invitó a su camarote?
—No.
—Más tarde, por la noche, la mató, ¿verdad?
—No, yo no he hecho nada de eso.
—¿Realmente no se acuerda de que la mató?
—No. ¿Lo hice?
—Sí. Sé que la asesinó.
—¿Por qué me tortura? No repita más esa palabra. Yo no he hecho
nada.
—No quiero torturarle.
¿Era verdad? Martin Beck no lo sabía. En cambio, sospechaba que
aquel hombre volvía a estar a la defensiva, estaba a punto de aislarse otra vez
en su propio mundo, y resultaba más difícil sacarlo de él cuanto más se
esforzaba uno en hacerlo.
—Bueno, no tiene importancia.
La mirada del hombre volvió a perder lucidez, se volvió huidiza
y errante.
—No me entiende —se quejó con la voz empañada.
—Intento hacerlo. Entiendo que no le gusten algunas personas,
que le inspiren aversión.
—¿Y no lo comprende? Las personas pueden ser repulsivas.
—Sí. Y hay una categoría de personas que le disgusta
especialmente, sobre todo las mujeres que llama desvergonzadas. ¿Verdad?
El hombre no dijo nada.
—¿Es usted religioso?
—No.
—¿Por qué no?
Se encogió de hombros algo confuso.
—¿Suele leer revistas o libros religiosos?
—He leído la Biblia.
—¿Cree en lo que dice?
—No, hay demasiadas cosas que no se pueden ni explicar ni
ignorar.
—¿Cómo qué, por ejemplo?
—Todo lo impuro.
—¿Piensa que mujeres como Roseanna McGraw y la señorita Hansson
también son impuras?
—Sí. ¿No está de acuerdo? Mire todo lo repulsivo que pasa a
nuestro alrededor. Leí los periódicos durante unas semanas a finales del año
pasado, y siempre estaban llenos de cosas inmundas. ¿Y a qué cree que se debe?
—¿Supongo que usted no querrá tener nada que ver con esas
personas impuras?
—No, la verdad es que no.
Aguantó la respiración un instante y añadió:
—En absoluto.
—Vale, de acuerdo, le disgustan. Pero mujeres como Roseanna
McGraw y Sonja Hansson, ¿no ejercen una fuerte atracción sobre usted? ¿No desea
verlas y tocarlas? ¿Palpar sus cuerpos?
—No tiene derecho a decirme eso.
—Ver sus piernas y sus brazos. Acariciar su piel.
—¿Por qué lo dice?
—¿No quiere tocarlas? ¿Quitarles la ropa? ¿Verlas desnudas?
—No, no, así no.
—¿No quiere sentir sus manos sobre su cuerpo? ¿Que le toquen?
—Calle —gritó el hombre haciendo ademán de levantarse de la
silla.
Jadeó por el brusco movimiento e hizo una mueca de dolor.
Probablemente le dolía el brazo lesionado.
—Bueno, bueno. No pasa nada, no es nada raro. Es perfectamente
normal. Yo mismo puedo llegar a pensar así cuando veo a ciertas mujeres.
El hombre le miró fijamente.
—¿Insinúa que no soy normal?
Martin Beck no contestó.
—¿Me está diciendo que no soy normal sólo porque tengo un poco
de pudor?
No hubo respuesta.
—Tengo derecho a mi propia vida.
—Sí, pero no a la de otros. Anoche vi con mis propios ojos cómo
casi mata a una persona.
—No ha visto nada. Yo no he hecho nada.
—Nunca afirmo algo si no estoy seguro. Intentaba asesinarla. Si
no hubiéramos llegado a tiempo, ahora tendría la vida de una persona cargando
sobre su conciencia. Sería un asesino.
Por extraño que parezca, esto le impactó. El hombre movió los
labios un buen rato. Finalmente musitó casi imperceptiblemente:
—Ella se lo merecía. Fue culpa suya, no mía.
—Perdón, no le he oído...
Silencio.
—¿Quiere hacer el favor de repetir eso?
El hombre seguía con la mirada clavada en el suelo.
De repente, Martin Beck dijo:
—Está mintiendo.
El hombre negó con la cabeza.
—Aseguró que sólo compraba revistas sobre deporte y pesca. Pero
también tiene revistas de mujeres desnudas.
—No es verdad.
—Se olvida de que yo nunca miento.
Silencio.
—Hay más de cien revistas de esas apiladas en su chimenea
francesa.
Su reacción fue muy violenta.
—¿Cómo lo sabe?
—Tenemos a gente que está registrando su piso. Encontraron las
revistas en la chimenea. Y muchas más cosas. Por ejemplo, un par de gafas de
sol que pertenecían a Roseanna McGraw.
—Entran en mi casa y violan mi intimidad. ¿Entonces, de qué
sirve?
Después de unos segundos volvió a repetir la última frase. Y
añadió:
—No quiero tener nada que ver con usted. Es detestable.
—Bueno, no está prohibido ver fotos de mujeres desnudas —dijo
Martin Beck—. En absoluto. No hay nada de malo en eso. Las mujeres de esas
revistas tienen más o menos el mismo aspecto que todas las demás. No hay
grandes diferencias. Si las fotos hubieran sido de Roseanna McGraw, Sonja
Hansson o Siv Lindberg...
—Calle —gritó el hombre—. No diga eso, no mencione ese nombre.
—¿Por qué no? ¿Qué haría si le dijera que Siv Lindberg ha sido
fotografiada para una de esas revistas?
—¡Miente, maldito hijo de puta!
—Conteste a lo que le acabo de preguntar. ¿Qué es lo que haría?
—La castigaría... Y a usted le mataría también por decirlo...
—A mí no me puede matar. ¿Qué haría con aquella mujer? ¿Cómo se
llamaba? Ah sí, Siv.
—Castigarla, yo la..., yo la...
—¿Sí?
El hombre abría y cerraba las manos.
—Sí, eso haría —reconoció.
—¿Matarla?
—Sí.
—¿Por qué?
Silencio.
—No puede decir eso —respondió el hombre.
Una lágrima resbaló por su mejilla izquierda.
—Ha destrozado muchas de las fotos —comentó Martin Beck sereno—.
Las ha rajado con una navaja. ¿Por qué lo ha hecho?
—En mi casa... han estado en mi casa. Fisgando, metiendo sus
narices...
—¿Por qué ha hecho cortes en esas fotos?
El hombre miró a su alrededor nervioso.
—¿De qué sirve? —repitió—. Cómo puede uno vivir cuando todos...
—¿Por qué ha hecho cortes en esas fotos? —insistió Martin Beck
subiendo el tono.
—Eso a usted no le importa —replicó histérico—. ¡Hijo de puta!
¡Cerdo lascivo!
—¿Por qué?
—Castigar. Le voy a castigar a usted también.
Dos minutos de silencio. Luego Martin Beck explicó con
amabilidad:
—Mató a la mujer del barco. No se acuerda, pero yo le voy a
ayudar a recordar. El camarote era muy pequeño y estrecho, estaba poco
iluminado. El barco pasaba por un lago, ¿verdad?
—El Boren —aclaró el hombre.
—Estuvo en su camarote y allí le quitó la ropa.
—No. Ella misma lo hizo. Empezó a desnudarse. Quería contagiarme
su impureza. Era repugnante.
—La castigó —afirmó Martin Beck sereno.
—Sí. La castigué. ¿No me entiende? Ella tenía que ser castigada,
era obscena e indecente.
—¿Cómo la castigó? ¿La mató, verdad?
—Ella merecía morir. Quería ensuciarme a mí también. Hacía
alarde de su desvergüenza. No lo entiende —gritó—. Tenía que matarla. Tenía que
matar su cuerpo impuro.
—¿No temía que pudieran verle a través de la portilla?
—No había portilla. No tenía miedo. Sabía que hacía bien, la
culpa fue suya. Se lo merecía.
—Cuando la asesinó, ¿qué hizo con ella?
El hombre se desplomó en la silla murmurando:
—No me torture más. ¿Por qué tiene que hablar de eso sin parar?
No me acuerdo.
—¿Salió de la cabina después del asesinato?
La voz de Martin Beck sonaba suave y tranquilizadora.
—No. Sí. No me acuerdo.
—Se encontraba desnuda en la litera, ¿verdad? Usted la había
matado. ¿Se quedó en el camarote?
—No, salí. No lo sé.
—¿Dónde estaba el camarote?
—No me acuerdo.
—¿Debajo de la cubierta?
—No, al fondo..., al fondo de... en el extremo de la popa, en la
cubierta.
—¿Qué hizo con ella una vez muerta?
—No me haga esas preguntas —se quejó como un niño pequeño—. No
fue mi culpa. La culpa la tuvo ella.
—Sé que la mató y lo ha reconocido. ¿Qué hizo luego con ella?
—insistió Martin Beck amablemente.
—La tiré al agua, no soportaba verla —gritó el hombre con
vehemencia.
Martin Beck le observó tranquilo.
—¿Dónde? —preguntó—. ¿Dónde se encontraba el barco en ese
momento?
—No lo sé. La tiré al agua, simplemente.
Se desplomó y se puso a llorar.
—No soportaba verla. No soportaba verla —repetía de forma
monótona mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas. Martin Beck
apagó el magnetófono, levantó el auricular y llamó a los agentes de guardia.
Cuando se hubieron llevado al hombre que había matado a Roseanna
McGraw, Martin Beck encendió un cigarrillo. Se quedó inmóvil con la mirada
perdida en el vacío.
Los ojos le escocían y se los restregó con el pulgar y el
índice.
Sacó el bolígrafo de su base y escribió:
GOT HIM. CONFESSED ALMOST EMMEDIATELY IMIDIA EMED.
Metió el bolígrafo en su base, estrujó el papel y lo tiró a la
papelera. Decidió llamar a Kafka después de dormir, cuando estuviera más
descansado.
Martin Beck se puso el abrigo y el sombrero y se marchó. Había
empezado a nevar alrededor de las dos y una capa de nieve de más de treinta
centímetros cubría el suelo. Los copos eran grandes y húmedos. Caían con
suavidad, densa y copiosamente, en forma de remolinos largos y perezosos,
sofocando todos los sonidos y transformando el entorno en algo lejano e
inaprensible. El verdadero invierno había llegado.
Roseanna McGraw había viajado a Europa. En un lugar llamado
Norsholm conoció a un hombre que viajaba a la provincia de Bohuslän a pescar
maragota. No le habría conocido si la máquina no se hubiera averiado y el
personal del restaurante no la hubiera cambiado a otra mesa.
Luego la mató por casualidad. Igual pudo ser atropellada por un
coche en Kungsgatan o caerse por la escalera del hotel rompiéndose el cuello.
Una mujer que se llamaba Sonja Hansson quizá nunca más podría sentirse del todo
segura, ni dormir en paz con las manos entre las rodillas —como las colocaba
desde pequeña— sin tener pesadillas. Aun así, ella realmente no tuvo nada que
ver con todo esto. Estuvieron en Motala, en Kristineberg y en Lincoln,
Nebraska, y llevaron a cabo la investigación recurriendo a métodos que nunca
podrían hacerse públicos. Lo recordarían siempre, pero difícilmente con
orgullo.
Silbando, Martin Beck atravesó una blanca y palpitante niebla en
dirección a la estación de metro. Los que le vieron quizá se habrían
sorprendido al saber en qué estaba pensando.
Aquí llega Martin Beck, nieva sobre su sombrero,
¡camina cantando, camina con música!
¡Hola, mis queridos hermanos de juerga!
Rechina bajo los tacones, noche de invierno.
Oye, si quieres, dímelo ¡y vamos a Söder!
En el metro. A Bagarmossen y a Vantör.
Iba camino de casa.
FIN
* * *
RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
MAJ SJÖWALL & PER WAHLÖÖ
Maj Sjöwall nació en Estocolmo (Suecia) el 25 de septiembre de
1935, mientras que su esposo Per Wahlöö nació en la ciudad de Goteborg (Suecia)
el 5 de agosto de 1926. Ambos eran escritores y periodistas, estando Wahlöö
especializado en asuntos criminales.
Comunistas declarados, en 1962, tras conocerse al coincidir sus
trabajos en la misma editorial, Maj y Per contrajeron matrimonio. Poco después
conjuntamente crearon al inspector Martin Beck, quien apareció por primera vez
en la novela Roseanne (1965), a la que siguieron otras nueve más. El objetivo
de Sjöwall y Wahlöö era utilizar los recursos de la novela policiaca para
describir su sociedad desde un punto de vista crítico: no era oro todo lo que
relucía en la idílica Suecia del bienestar y la socialdemocracia: «Teníamos las
mismas ideas y queríamos escribir novelas duras y críticas, nada burguesas,
pero que también atraparan al lector». Novelas policiacas destacadas por su
tratamiento psicológico y la minuciosidad en el detalle de la investigación.
Sus libros son precursores de futuros autores de intriga
criminal suecos, entre ellos Henning Mankell, (el comisario Wallander, de
Henning Mankell, recuerda bastante a Beck). Los libros de Martin Beck han sido
traducidos a más de 30 idiomas y de cada uno de ellos se ha vendido más de un
millón de ejemplares. Cuatro de los volúmenes se han llevado a la gran
pantalla, y la adaptación más conocida es San Francisco, ciudad desnuda,
protagonizada por Walter Matthau. Por su novela Den skrattande polisen obtuvieron
el premio Edward Allan Poe a la mejor novela de misterio en 1971.
Wahlöö, quien en solitario también ha escrito libros de
ciencia-ficción y otros policiales sin la presencia de Beck, falleció a la edad
de 48 años el 23 de junio de 1975. Sjöwall volvió a su trabajo de traductora
tras la muerte de su marido. Traduce del danés, del noruego, del alemán y del
inglés al sueco. Tiene un gran prestigio.
ROSEANNA
El cuerpo de una joven aparece en el precioso lago Vättern, en
Suecia. Tres meses después, el inspector Martin Beck apenas sabe que su nombre
era Roseanna, que vino de Lincoln, Nebraska, y que pudo haberla estrangulado
cualquiera de las ochenta y cinco personas que viajaban con ella en barco.
Roseanna es la primera novela de la serie del inspector Beck,
que goza del reconocimiento de la crítica mundial especializada en literatura
policial como la mayor obra del género escrita en las últimas décadas.
«Sjöwall y Wahlöö fueron pioneros en el procedimiento policial
moderno... Sus novelas aún brillan con inteligencia, humor, autenticidad y
emoción.» THE TIMES
«Roseanna, es un libro increíblemente fascinante.» del prólogo
de HENNING MANKELL
MARTIN BECK
1. Roseanna(1965) / Roseanna
* *
*
©
1965, Maj Sjöwall y Per Wahlöö
Título
original: Roseanna
Traducción
de Cristina Cerezo y Martin Lexell
Editor
original: Norstedt / Stockholm, 1965
©
2007, RBA Libros, S.A.
Primera
edición de bolsillo: noviembre 2007
Composición:
David Anglès
Impreso
por Cayfosa-Quebecor (Barcelona)
ISBN:
978-84-89662-73-5
Depósito
legal: B-49096-2007
1
Aquí se produce un malentendido entre short y shot que lleva a Kafka a entender
que habían eliminado al asesino (N de los T)
2
Juego de palabras grav es «tumba» en sueco y Melander pronuncia el apellido
McGraw como la palabra grå, que significa «gris» (N de los T)
3 La
expresión Brödrafolkens val, aquí traducida como «por el bien de los pueblos
hermanos», fue el lema de Oscar II, rey sueco de la Union Suecia-Noruega. Tras
la disolución de la Union en 1905 fue sustituida por Sveriges val, «Por el bien
de Suecia» (N de los T)
4
Plato típico del norte de Suecia. Hay muchas variantes pero la base es una
mezcla de productos de casquería y restos de carne sobrante tras la matanza del
cerdo, todo ello mezclado con granos de cebada. (N. del T.)

