Libro N°. 3157. Rostro De Calavera. Howard, Robert E.
© Libro N°. 3157. Rostro De Calavera. Howard, Robert E.. Colección
E.O. Octubre 1 de 2016.
Título original: © Rostro De Calavera. Robert E. Howard
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
ROSTRO DE CALAVERA
Robert E. Howard
(Serie Conan)
Prólogo
Con
esa sublime y egocéntrica estupidez que caracteriza a cierta subespecie de
hombre frustrado que se introduce en la crítica de libros para hallar alguna
compensación a su propia y singular falta de habilidad creativa, menospreciando
la obra de quienes son creativos, un crítico, recientemente, desdeñó un libro
de relatos sobrenaturales porque era, después de todo, «sólo pulp–ficción».1 El
crítico no dio evidencias de estar capacitado para decir exactamente qué
estigma iba unido a escribir para las revistas calificadas como «pulp». Por
supuesto, siempre ha existido esta especie de pusilánime condescendencia por
parte de varios caballeros de variopinta estrechez de espíritu e increíble
limitación mental que presumen al colocarse a sí mismos en el pedestal como
«críticos», pero que nunca han crecido superando el estado de patéticos
gacetilleros que arrastran una existencia crepuscular en el menos digno de
todos los oficios de la escritura: ése de hacer pedazos y desmenuzar la obra de
escritores que tienen demasiada dignidad personal como para rebajarse al estado
parasitario de tales aprovechados.
Escribir
para las revistas «pulp» no es ni más ni menos difícil que hacerlo para
cualquier otro mercado. El escritor de ficción para «pulps» puede que tienda
más a ser un profesional, pero no hay razón para que sus obras no sean tan
buenas como las de los escritores cuyos relatos aparecen en las mejores
revistas. Relatos cortos de revistas «pulp» han aparecido regularmente en las
listas honoríficas O'Brien, y han llegado a merecer premios en las antologías
del premio Memorial O. Henry. Básicamente, el relato de la revista «pulp» se
escribe para entretener y, muy a menudo, por esa razón, las sutilezas del
personaje, las delicadezas del estilo y otras cosas parecidas deben ser
menospreciadas en beneficio de la acción dramática, o melodramática si se
prefiere decirlo así.
El
difunto Robert E. Howard era un escritor de ficción para «pulps». Era, también,
más que eso. Había en él la promesa de llegar a convertirse en un importante
escritor regionalista americano y, con vistas a tal fin, había estado
asimilando el folklore y la leyenda, la historia y los modelos culturales de su
propio rincón lejano con el propósito de escribir seriamente sobre ellos, sólo
para que tal promesa se viera truncada por el curioso complejo que le hizo
quitarse la vida antes de empezar siquiera esos años centrales que,
productivamente, podrían haber sido sus mejores años.
Aunque
este volumen de su obra es básicamente una selección de relatos aparecidos en
Weird Tales, he intentado hacerlo lo más representativo posible de sus mejores
obras. Sin embargo, Robert E. Howard no es presentado aquí como otra cosa que
un escritor de ficción destinada a ser leída como entretenimiento. Su mejor
relato es quizá Worms of the Earth (Gusanos de la Tierra),2 aunque muchos de
sus contemporáneos han apreciado grandemente The Black Stone (La Piedra Negra)
y The Valley of The Worm (El Valle del Gusano),3 al igual que otros relatos. En
las historias concernientes a Solomon Kane, Bran Mak Morn, el rey Kull y Conan
hay, posiblemente, más derramamiento de sangre y mayor generosidad en las
matanzas que en cualquier otro grupo de relatos aparecido en las revistas
«pulp» en América durante los años treinta.
Han
llegado a Arkham House 4 frecuentes peticiones de una colección con todos los
relatos de Conan. Tal colección debería estar impresa en papel color sangre y
ser presentada a los lectores con los adecuados redobles de tambor, pues si a
Howard había algo que le gustase más que una buena pelea, no hay prueba de ello
en sus relatos de Conan. Aparte de su inclinación a la sangre y a los truenos,
Howard tenía una facultad para narrar historias que pocos de sus contemporáneos
en Weird Tales igualaban. El relato era siempre lo principal... La atmósfera
(que podía conseguir bastante bien), los personajes..., todo lo demás era
secundario.
Posiblemente,
no todas sus mejores historias estén incluidas en esta antología. He releído
todo lo que apareció bajo su firma en Weird Tales o Strange Tales, y, bajo mi
cauteloso juicio, creo que los relatos aquí recogidos forman parte de lo mejor.
En asuntos de gusto, sin embargo, no haydiscusión posible; aunque otros puedan
pensar de otro modo. No pude hallar justificación, por ejemplo, para imprimir
de nuevo más aventuras de Conan. Lamento no haber podido reproducir algunos
poemas de Howard, pero un grupo considerablemente grande de sus poesías puede
hallarse en Dark of the Moon: Poems of Fantasy and the Macabre. El lector
avispado notará que, pese al creciente interés de Howard en su Texas natal, y
la promesa de que de su pluma iban a surgir obras más importantes, tan
manifiesta en los últimos años, el primer Howard escribía de un modo más hábil
que el Howard que creó y explotó al popular Conan.
Para
un tributo más adecuado a Howard, recomiendo las apreciaciones que de él hizo
el difunto H. P. Lovecraft, incluidas aquí. Son excelentes, vividas e
informativas.
August
derleth Sauk City, Wisconsin
NOTAS
1. Revistas
populares y de clara adscripción genérica (terror, aventuras, ciencia ficción,
etc.), denominadas así por estar impresas en papel de pulpa de madera (pulp en
inglés) de bastante baja calidad. (N. del T.)
2.
Publicado por esta editorial en el número 14 de la colección «Fantasy».
3.
Publicado por esta editorial en el número 9 de la colección «Fantasy».
4.
Editorial fundada por el propio Derleth para dar a conocer la obra de
Lovecraft, primero, y de su círculo después. (N. del T.) Robert Ervin Howard:
Un recuerdo
H.
P. Lovecraft
Texto
original del Memoriam publicado por primera vez con ocasión de la muerte de
Robert E. Howard en 1936.
La
repentina e inesperada muerte el 11 de junio de 1936 de Robert Ervin Howard,
autor de relatos fantásticos de incomparable vivacidad, constituye la peor
pérdida sufrida por la literatura de lo sobrenatural desde la desaparición,
hace cuatro años, de Henry S. Whitehead. El señor Howard nació en Peaster,
Texas, el 22 de enero de 1906, y tenía la edad suficiente como para haber
presenciado la última fase de las exploraciones de los pioneros del sudoeste,
la colonización de las grandes llanuras y la parte inferior del valle del Río
Grande, y la espectacular ascensión de la industria petrolera con sus
abigarradas ciudadesrelámpago. Su padre, el cual le sobrevive, fue uno de los
médicos pioneros de la región. La familia ha vivido en el sur, al este y al
oeste de Texas y en la parte occidental de Oklahoma; durante los últimos años
vivió en Cross Plains, cerca de Brownwood, Texas. Educado en la atmósfera de la
frontera, Howard no tardó en llegar a ser todo un devoto de sus viriles
tradiciones homéricas. El conocimiento que tenía de su historia y sus
costumbres populares era muy profundo, y las descripciones y reminiscencias que
contienen sus cartas privadas ilustran la elocuencia y la fuerza con las que
habría llegado a conmemorarlas literariamente de haber vivido más tiempo. La
familia del señor Howard pertenece a una distinguida raigambre de plantadores
sureños, de descendencia escocesa–irlandesa, con la mayoría de sus antepasados
establecidos en Georgia y Carolina del Norte en el siglo XVIII.
Habiendo
empezado a escribir a los quince años, el señor Howard logró colocar su primer
relato tres años después, mientras estudiaba en el Howard Payne College, en
Brownwood. Esterelato, Spear and Fang, fue publicado en Weird Tales en julio de
1925. Una fama más amplia le granjeó la aparición de la novela corta Wolfshead,
en la misma revista, en abril de 1926. En agosto de 1928 dio comienzo a la
serie de relatos en los que aparece Solomon Kane, un puritano inglés de
combatividad incansable y acostumbrado a enderezar entuertos, cuyas aventuras
le llevan a lugares extraños del mundo, incluyendo las ruinas llenas de sombras
de ignotas ciudades primordiales de la jungla africana. Con estos relatos, el
señor Howard dio con el que iba a ser uno de sus logros más efectivos, la
descripción de vastas ciudades megalíticas del mundo primigenio, alrededor de
cuyas oscuras torres y bóvedas laberínticas perdura un aura de miedo pre–humano
y nigromancia que ningún otro escritor ha logrado imitar. Dichas historias
indicaron también el desarrollo de ese arte entusiástico en la descripción de
combates sanguinarios que llegó a ser tan típica de su obra. Solomon Kane, como
otros varios héroes del autor, fue concebido durante su adolescencia antes de
que lo incorporara a relato alguno. Durante toda su vida ávido estudioso de la
antigüedad celta y otras fases de la más remota historia, el señor Howard dio
inicio en 1929 (con The Shadow Kingdom, en el número de agosto de Weird Tales)
a esa sucesión de relatos sobre el mundo prehistórico por la que muy pronto
llegó a ser tan famoso. Las primeras muestras describían una era muy distante
en la historia del hombre, cuando Atlantis, Lemuria y Mu se hallaban aún sobre
las olas, y cuando las sombras de los hombres reptiles pre–humanos dominaban el
escenario primigenio. La figura central de estos relatos era el Rey Kull de
Valusia. En el Weird Tales de diciembre de 1932 apareció The Phoenix on the
Sword, el primero de los relatos del Rey Conan el Cimmerio, que presentaba un
mundo prehistórico posterior, un mundo de hace quizá unos 15.000 años,
inmediatamente antes de los primeros destellos de la historia escrita. La
elaborada medida y la precisa coherencia intrínseca con que el señor Howard
desarrolló el mundo de Conan en sus relatos posteriores es algo bien conocido
por todos los lectores de fantasía. Para guía propiapreparó un detallado esbozo
casi–histórico de una inteligencia y una fertilidad imaginativa infinitas.
Mientras
tanto, el señor Howard había escrito muchos relatos sobre los antiguos pictos y
los celtas, incluyendo una serie muy notable que giraba alrededor del jefe Bran
Mak Morn. Pocos lectores llegarán a olvidar nunca el horrible y avasallador
poder de esa obra maestra de lo macabro, Worms of the Earth, aparecida en el
Weird Tales de noviembre de 1932. Fuera de las series interconectadas existen
otras fantasías llenas de fuerza, incluyéndose entre ellas la memorable novela
por entregas Skull–Face, y algunos inolvidables relatos situados en un ambiente
moderno, como Black Canaan, con su telón de fondo regional lleno de
autenticidad y su poderosamente absorbente imagen del horror que acecha a
través de los pantanos del profundo sur norteamericano, llenos de sombras
malditas, infestados de serpientes, convertidos en impenetrables por el musgo.
Fuera
del campo de la fantasía, el señor Howard era sorprendentemente prolífico y
versátil. Su gran interés por los deportes (algo conectado quizá con su amor
por el conflicto y la fortaleza de lo primitivo) le llevó a crear a su héroe,
el boxeador profesional «Marinero Steve Costigan», cuyas aventuras en lugares
lejanos y exóticos deleitaron a los lectores de muchas revistas. Sus novelas
cortas sobre combates en el Oriente demostraron hasta el máximo su dominio del
romanticismo a capa y espada, en tanto que sus cuentos cada vez más frecuentes
sobre la vida en el oeste (tales como las series de «Breckinridge Elkins»)
mostraban su creciente habilidad e inclinación a reflejar los lugares con los
que se hallaba directamente familiarizado.
La
poesía del señor Howard (extraña, belicosa y aventurera) no era menos notable
que su prosa. Poseía el auténtico espíritu de la balada y la épica, y se
hallaba marcada por el latido de la rima y una poderosa imaginería del temple
más inconfundible y personal. La mayor parte de ella, en forma de supuestas
citas de viejos escritos, sirvió para encabezar los capítulos de sus novelas.
Es lamentable que no haya aparecido nunca publicada una recopilación de su
poesía, y es de esperar que tales obras puedan ser recopiladas y publicadas de
modo póstumo.
El
carácter y las dotes del señor Howard eran absolutamente únicos. Era, por
encima de todo lo demás, un amante del mundo más sencillo y antiguo de los
bárbaros, y de la época de los pioneros, cuando el coraje y la fortaleza
ocupaban el lugar de la sutileza y la estratagema, y cuando una raza osada y
carente de todo temor batallaba y sangraba, sin pedirle cuartel a la naturaleza
hostil. Todos sus relatos reflejan su filosofía, haciendo derivar de ella una
vitalidad que puede hallarse en muy pocos de sus contemporáneos. Nadie más que
él podía escribir de modo más convincente acerca de la violencia y las
matanzas, y sus pasajes bélicos revelan una aptitud instintiva para las
tácticas militares que podrían haberle llevado a distinguirse en tiempos de
guerra. Sus verdaderos dones eran aún más elevados que los que pueden llegar a
sospechar los lectores de sus obras publicadas, y, de haber vivido, le habrían
ayudado a dejar su huella en la más seria de las literaturas, con alguna obra
de épica popular acerca de su amado suroeste.
Es
difícil describir lo que hizo destacar con tal agudeza a las historias del
señor Howard; pero el auténtico secreto radica en que en cada una de ellas está
él mismo, ya fueran ostensiblemente comerciales o no. Él era más grande que
cualquier política para obtener beneficios que pudiese llegar a adoptar, pues
incluso cuando de puertas afuera hizo concesiones a los editores guiados por
Mammón y a los críticos comerciales, poseía una fortaleza y una sinceridad
internas que llegaban a aflorar en la superficie y que ponían la huella de su
personalidad en todo lo que escribió. Rara vez, si es que hubo alguna, creó un
personaje o una situación corrientes, sin vida, y los dejó como tales. Antes de
que hubiese terminado con ellos, siempre adquirían algún matiz de vitalidad y
de realidad a pesar de la política editorial de las publicaciones populares...,
siempre sacaban algo de su propia experiencia y conocimiento de la vida en vez
de hacerlo del estéril herbario de los lugares comunes resecos de la literatura
«pulp» No sólo sobresalía en las imágenes de contienda y masacre, sino que se
hallaba casi igualmente sin rival en su habilidad para crear auténticas
emociones de miedo espectral y temible suspense.
Ningún
autor, ni en los campos más humildes, puede llegar realmente a descollar a
menos que se tome muy en serio su trabajo, y el señor Howard hizo exactamente
eso hasta en los casos en que, conscientemente, pensó no hacerlo. Que tan
genuino artista haya perecido, en tanto que centenares de escritorzuelos sin la
más mínima sinceridad siguen fabricando fantasmas espúreos, vampiros, naves
espaciales y detectives ocultistas es, ciertamente, una muestra lamentable de
ironía cósmica.
El
señor Howard, familiarizado con muchos aspectos de la vida del sudoeste, vivía
con sus padres en una zona semi rural del pueblo de Cross Plains, en Texas.
Escribir era su única profesión. Sus gustos en cuanto a lectura eran amplios e
incluían investigaciones históricas en campos tan dispares como el suroeste
norteamericano, la Gran Bretaña prehistórica, amén de Irlanda, y el mundo
prehistórico oriental y africano. En la literatura prefería lo viril a la
sutileza, y repudiaba el modernismo de modo devastador y absoluto. El difunto
Jack London era uno de sus ídolos. En lo político era liberal, y un acérrimo
enemigo de toda forma de injusticia cívica. Sus diversiones básicas eran los
deportes y viajar, diversión esta última que siempre daba pie a deliciosas
cartas descriptivas llenas de reflexiones históricas.
El
humor no era su especialidad, aunque poseía, por un lado, un agudo sentido de
la ironía y, por otro, estaba dotado de abundantes provisiones de cordialidad,
alegría y jovialidad. Aunque poseía numerosos amigos, el señor Howard no
pertenecía a ninguna capilla literaria y aborrecía todos los cultos centrados
en torno a la afectación «artística». Sus admiraciones se dirigían más bien
hacia la fortaleza del cuerpo y el carácter que hacia las proezas eruditas.
Mantenía una interesante y voluminosa correspondencia con sus colegas
escritores del campo fantástico, pero no llegó a encontrarse más que con uno de
ellos en persona, E Hoffmann Price, cuyos logros y talento le impresionaron
profundamente.
El
señor Howard medía casi un metro ochenta y tres centímetros, y poseía la
impresionante estructura de un luchador nato. Era muy moreno, salvo en sus
ojos, azules de tipo céltico. Y en los años más recientes su peso oscilaba
siempre alrededor de los noventa kilos. Siempre seguidor de una vida esforzada
y llena de pruebas, a menudo hacía recordar a su propio y famoso personaje, el
intrépido guerrero, aventurero y conquistador de tronos por la fuerza, Conan el
Cimerio.
Su
pérdida, a los treinta años de edad, es una tragedia de primera magnitud, y un
golpe del que la ficción fantástica tardará en recobrarse. La biblioteca del
señor Howard ha sido cedida al Howard Payne College, donde formará el núcleo de
la colección de libros, manuscritos y cartas Memorial Robert E. Howard Rostro
de calavera
1.
LA CARA EN LA NIEBLA
No
somos sino una hilera
De
mágicas sombras que vienen y van.
Omar
Khayam
El
horror tomó por primera vez forma concreta gracias a la menos concreta de todas
las cosas: un sueño de opio. Viajaba, libre del tiempo y el espacio, por las
tierras extrañas que pertenecen a tal estado del ser, a un millón de millas de
distancia de la Tierra y de todas las cosas terrenales; y, con todo, cobré
conciencia de que algo cruzaba los ignotos vacíos..., algo que desgarraba
implacablemente los telones formados por mis ilusiones y que se entrometía
dentro de mis visiones.
No
volví exactamente a la vida normal y al estado de vigilia, pero fui consciente
de que veía y reconocía algo muy desagradable y que no parecía pertenecer al
sueño que, en esos momentos, me hallaba disfrutando. Para quien no haya
conocido jamás los deleites del opio, mi explicación debe parecerle caótica e
imposible.
Sin
embargo, yo era consciente de que las nieblas se abrían y, después, que una
Cara se entrometía en mis visiones. Primero pensé que se trataba de una
calavera; luego vi que era de un espantoso color amarillo, y no blanco, y que
estaba provista de alguna horripilante forma de vida. En sus profundas cuencas
centelleaban unos ojos y las mandíbulas se movían como si hablasen. El cuerpo,
a excepción de los hombros altos y delgados, era confuso y carecía de forma
pero las manos, que flotaban entre las neblinas que rodeaban a la calavera,
eran horriblemente vividas y me llenaban de pavor. Eran como las manos de una
momia, largas, flacas y amarillentas, con articulaciones nudosas y crueles uñas
curvadas como garras.
Entonces,
para completar el vago horror que se estaba apoderando rápidamente de mí, sonó
una voz... imaginad un hombre que lleve muerto tanto tiempo que sus órganos
vocales hayan perdido la costumbre de hablar. Esa fue la idea que tuve y que,
mientras escuchaba, me hizo sentir escalofríos.
–Un
animal fuerte y que puede sea de utilidad. Cuidad de que se le dé todo el opio
que necesite.
Después,
el rostro empezó a perderse en la distancia, mientras yo seguía sintiendo que
el tema de la conversación era mi propia persona, y las nieblas giraron y
empezaron nuevamente a espesarse. Mas, por un instante, una escena se me reveló
con asombrosa claridad. Jadeé, sorprendido... o intenté hacerlo. Pues por
encima de los extraños hombros de la aparición, otro rostro se delineó con
claridad por un momento, como si su poseedor me estuviese mirando. Unos labios
muy rojos, entreabiertos, unas pestañas largas y oscuras, ojos vividos y llenos
de sombras, una borrosa nube de cabellos. Por encima de los hombros del Horror,
una belleza que dejaba sin respiración me contempló un instante.
2.
EL ESCLAVO DEL OPIO
Desde
el centro de la Tierra me alcé, cruzando La Séptima Puerta,
y en
el Trono de Saturno me senté.
Omar
Khayam
Mi
sueño acerca del rostro de calavera cruzó ese abismo, normalmente imposible de
atravesar, que yace entre los encantamientos del opio y la realidad cotidiana.
Me hallaba sentado, las piernas cruzadas, sobre una esterilla, en el Templo de
los Sueños de Yun Shatu, y trataba de no perder los últimos restos de fuerza
que le quedaba a mi cansado cerebro para recordar los hechos y los rostros.
Éste
último sueño era tan distinto de todos los que había tenido antes que mi
cansado interés se sintió espoleado hasta el punto de averiguar cuál era su
origen. Cuando empecé por primera vez a experimentar con el opio, traté de
hallar una base física o psíquica para explicar los desenfrenados vuelos de la
imaginación a que daba lugar pero, últimamente, me había contentado con gozar
de ellos sin buscar su causa o su efecto.
¿De
dónde procedía esa inexplicable sensación de familiaridad que observaba en esa
visión? Apoyé mi dolorida cabeza en las manos y, trabajosamente, busqué una
clave. Un muerto viviente y una muchacha de extraña belleza que había atisbado
por encima de su hombro. Entonces recordé.
Muy
lejos, entre la niebla de los días y las noches que cubre de velos la memoria
de un adicto al opio, se me había acabado el dinero. Parecía que habían pasado
años, o posiblemente siglos, pero mi agotada razón me dijo que probablemente
sólo habían pasado días. De cualquier modo, me había presentado como de
costumbre en el sórdido cubil de Yun Shatu y había sido expulsado por Hassim,
el enorme negro, al enterarse éste de que ya no me quedaba más dinero.
Con
mi universo haciéndose pedazos a mi alrededor, y con los nervios vibrando como
cuerdas de piano a causa de la vital necesidad que sentía, me agazapé en el
arroyo y gimoteé como una bestia, hasta que Hassim salió, contoneándose, y
detuvo mis lamentos con un golpe que me derribó, medio inconsciente.
Cuando
finalmente me puse en pie, tambaleándome y sin pensar en nada que no fuese el
río que fluía con su frío murmullo en las proximidades... cuando me levantaba,
una mano tan leve como una rosa se posó en mi brazo. Me volví, sobresaltado, y
me quedé como hipnotizado ante la hermosura que se presentaba ante mis ojos.
Unos ojos oscuros y límpidos me examinaban compasivos y la manecita que
agarraba mi manga harapienta me condujo hacia la puerta del Templo de los
Sueños. Retrocedí ante el umbral pero una voz casi inaudible, suave y musical,
me instó a entrar y, lleno de una extraña confianza, seguí a mi bella guía.
Hassim
se nos encaró en la puerta, alzando sus crueles manos y con una negra mueca
frunciendo su frente de simio pero, mientras yo me encogía esperando un golpe,
él se detuvo ante la mano que la muchacha había alzado y la orden imperiosa que
ésta le dirigió.
No
entendí lo que había dicho pero vi borrosamente, como entre nieblas, que le
daba dinero al negro y que me conducía hasta una colchoneta donde me hizo
recostar, colocando los almohadones como si yo fuese el rey de Egipto en vez de
un sucio y harapiento renegado que sólo vivía para el opio. Su delgada y fresca
mano reposó por un instante sobre mi frente y luego ella desapareció, en tanto
que Yussef Alí se acercaba con la sustancia que mi alma pedía a gritos... y muy
pronto me hallé de nuevo vagabundeando a través de los extraños y exóticos
países que sólo el esclavo del opio conoce.
Y
sentado sobre la esterilla, dándole vueltas en mi mente al sueño del rostro de
calavera, me asombré aún más. Desde que la muchacha desconocida volviese a
llevarme al tugurio, yo había entrado y salido de él como antes, cuando tenía
dinero abundante con el que pagar a Yun Shatu. Ciertamente, alguien le estaba
pagando por mí y, en tanto que mi subconsciente me había dicho que era la
muchacha, mi oxidado cerebro no había llegado a entender tal hecho por
completo, o a interrogarse sobre sus razones. ¿Para qué hacerse preguntas? Así
pues, alguien pagaba y los sueños de vivido colorido continuaban, ¿qué podía
importarme eso? Mas ahora, empecé a hacerme preguntas. Pues la muchacha que me
había protegido de Hassim y que me había traído el opio era la misma que había
visto en el sueño del rostro de calavera.
En
la miseria de mi degradación, su encanto era como un cuchillo que me atravesaba
el corazón y que hacía revivir, de un modo extraño, los recuerdos de los días
en que yo era un hombre como los demás..., no un amargado y tembloroso esclavo
de los sueños. ¡Qué lejanos y borrosos eran esos días, trémulas islas en la
neblina de los años..., y qué negro mar me separaba de ellos!
Contemplé
mi manga harapienta y la sucia mano semejante a una garra que emergía de ella;
mi vista atravesó los celajes de humo que llenaban el sórdido cuarto, los
camastros a lo largo de la pared en que yacían los soñadores de vacua mirada...
esclavos, como yo, del hachís o del opio. Contemplé a los chinos calzados con
zapatillas que iban quedamente de un lado para otro llevando pipas o quemando
bolas de purgatorio concentrado sobre minúsculos braseros. Miré hacia donde se
hallaba Hassim, los brazos cruzados, semejante a una gran estatua de basalto
negro junto a la puerta.
Y me
estremecí y oculté el rostro entre las manos pues, con el débil amanecer de mi
hombría recuperada, supe que este último sueño, el más cruel de todos, era algo
fútil..., había cruzado un océano a través del que jamás podría volver, me
había apartado del mundo de los hombres y las mujeres normales. Ahora no
quedaba sino ahogar ese sueño como había ahogado todos los demás...,
rápidamente y con la esperanza de que muy pronto pudiese alcanzar el Océano
Definitivo que se halla más allá de todos los sueños.
Así
son estos huidizos momentos de lucidez, de anhelo, que echan a un lado los
velos de todos los esclavos de la droga...; inexplicables, sin esperanza alguna
de que puedan llegar a cumplirse.
Volví
pues a mis sueños vacíos, a mi fantasmagoría de ilusiones; pero a veces, como
una espada hendiendo la neblina, a través de las montañas, las llanuras y los
mares de mis visiones flotaba, como una música que se recuerda en parte, el
resplandor de unos ojos oscuros y un cabello que parecía brillar.
¿Os
preguntáis como yo, Stephen Costigan, americano, un hombre de ciertos logros y
cultura, llegó a encontrarse tirado en un sucio tugurio del barrio bajo de
Londres? La respuesta es sencilla...; no soy ningún libertino hastiado que
buscase nuevas sensaciones en los misterios del Oriente. Os respondo...
¡Argonne! ¡Cielos, qué abismos y cumbres de horror acechan en esa simple
palabra! Enloquecido por el continuo cañoneo..., hecho pedazos por éste. Días y
noches interminables y un infierno rugiendo sobre la Tierra de Nadie donde yo
estaba tendido, herido de bala, lleno de bayonetazos que me habían convertido
en una ruina ensangrentada. Mi cuerpo se recuperó, no sé cómo; mi mente nunca
lo hizo.
Y
los fuegos huidizos y las sombras cambiantes de mi cerebro torturado me
llevaron cada vez más y más abajo, descendiendo los peldaños de la degradación,
sin importarme nada hasta que al fin hallé alivio en el Templo de los Sueños de
Yun Shatu, donde maté mis rojos sueños con otros sueños..., los sueños del opio
en los que un hombre puede bajar hasta los pozos más abismales de los más rojos
infiernos o ascender hasta cumbres innombrables donde las estrellas son como
alfileres hechos de diamante bajo sus pies.
Las
mías no eran las visiones del borracho o de la bestia. Llegué hasta lo
inalcanzable, me hallé cara a cara con lo desconocido y en la calma del cosmos
llegué a conocer lo que ni siquiera puede ser imaginado. Y, en cierto modo, me
sentí feliz hasta que la imagen de una cabellera bruñida y unos labios rojos
barrió mi universo hecho de sueños y me dejó, tembloroso, entre sus ruinas.
3.
EL AMO DEL DESTINO
Y
Aquel que te derribó en el Campo de Batalla
Lo
sabe todo... ¡Lo sabe! ¡Lo sabe!
Omar
Khayam
Una
mano me sacudió ásperamente mientras yo emergía lánguidamente de mi última
orgía de opio.
–¡El
Amo desea verte! ¡En pie, cerdo! Era Hassim el que así me sacudía y hablaba.
–¡Que
se vaya al infierno el Amo! –respondí, pues odiaba a Hassim..., y le temía.
–Levántate
o no habrá más opio –fue la brutal respuesta. Trémulo y presuroso me puse en
pie.
Seguí
al enorme negro que me condujo hasta la parte trasera del edificio, salvando el
obstáculo que suponían los desdichados soñadores del suelo.
–¡Todos
a cubierta! –medio canturreaba un marinero en un camastro–. ¡Todos!
Hassim
de un empujón abrió la puerta trasera y me indicó que entrase. Nunca antes
había cruzado ese umbral y había supuesto siempre que llevaba a los aposentos
privados de Yun Shatu. Pero su único mobiliario era un camastro, un ídolo de
bronce de alguna clase ante el que ardía incienso, y una gran mesa.
Hassim
me lanzó una mirada siniestra y cogió la mesa como si fuese a darle la vuelta.
Giró como si se hallase sobre una plataforma móvil y con ella giró un pedazo
del suelo, revelando una trampilla oculta en el suelo. Unos peldaños descendían
hasta perderse en la oscuridad.
Hassim
encendió una vela y con un gesto lleno de brusquedad me invitó a bajar. Así lo
hice, con la estólida obediencia de un adicto a la droga, y él me siguió,
cerrando la puerta sobre nuestras cabezas mediante una palanca de hierro que
estaba unida al lado oculto del suelo. En la semi oscuridad, descendimos por
los inseguros peldaños, yo diría que unos nueve o diez, y llegamos a un
estrecho pasillo.
Aquí
Hassim volvió a colocarse delante, sosteniendo en alto la vela ante él. Apenas
podía distinguir los lados de aquel corredor con aspecto de caverna, pero sabía
que no era muy ancho. La parpadeante luz mostraba que se hallaba desprovisto de
toda clase de mobiliario a excepción de abundantes cofres de extraño aspecto
que se alineaban a lo largo de las paredes..., receptáculos conteniendo opio y
otras drogas, pensé yo.
Un
continuo ruido de leves correteos y el destello ocasional de unos ojillos
rojizos entre las sombras delataba la presencia de las vastas cantidades de
grandes ratas que infestan la orilla del Támesis en esa zona.
Entonces,
más escalones surgieron de la oscuridad que teníamos ante nosotros cuando el
corredor llegó bruscamente a su fin. Hassim ascendió por ellos y, una vez
arriba, llamó cuatro veces en lo que parecía ser un techo. Se abrió una puerta
oculta y por ella penetró un torrente de luz tenue y de apariencia fantasmal.
Hassim
me hizo subir con rudeza y de pronto me hallé, pestañeando atónito, en un lugar
tal como no había presenciado ni en mis más salvajes visiones. ¡Me hallaba en
una jungla de palmeras en la que serpenteaban un millón de dragones de vividos
colores! Entonces, a medida que mis asombrados ojos se acostumbraban a la luz,
vi que no había sido transportado de pronto a otro planeta, como en un primer
momento había pensado. Las palmeras estaban allí, y los dragones, pero los
árboles eran artificiales y estaban colocados en enormes macetas y los dragones
se retorcían en los gruesos tapices que ocultaban las paredes. La habitación ya
era monstruosa por sí sola..., me pareció de unas dimensiones descomunales. Una
espesa humareda, amarillenta y que hacía pensar en los trópicos, parecía
cernirse sobre todo, disimulando el techo y engañando a quien mirase hacia lo
alto. Vi que el humo emanaba de un altar situado ante la pared que estaba a mi
izquierda. Me sobresalté. A través de la humareda azafranada que parecía remolinear,
dos ojos, espantosamente grandes y vividos, me contemplaban centelleantes. El
vago perfil de algún ídolo bestial cobró una forma indeterminada. Miré
intranquilo lo que me rodeaba, fijándome en los divanes orientales, en las
literas y en el extraño mobiliario, y entonces mis ojos se detuvieron para
fijar su atención en un biombo lacado que se hallaba delante de mí.
No
podía ver más allá y no me llegaba sonido alguno de lo que hubiese al otro
lado, pero sentía que unos ojos me examinaban a través de él, unos ojos que
parecían penetrar, ardientes, hasta mi propia alma. Una extraña aura maligna
emanaba de ese extraño biombo con sus raras tallas y sus blasfemos adornos.
Hassim
hizo una profunda reverencia al estilo árabe ante el biombo y entonces, sin
hablar, retrocedió para volver a cruzarse de brazos, como una estatua.
Una
voz quebró de pronto el pesado y opresivo silencio.
–Tú,
que eres un cerdo, ¿querrías volver a ser un hombre?
Me
sobresalté. El tono era frío e inhumano...; aún más, sugería unos órganos
vocales que no hubiesen sido usados durante largo tiempo... ¡La voz que había
oído en mi sueño!
–Sí
–repliqué, como en trance–. Me gustaría volver a ser un hombre.
Siguió
un lapso de silencio; luego la voz sonó de nuevo con un siniestro murmullo de
fondo, como el de los murciélagos que vuelan en una caverna.
–Haré
de nuevo un hombre de ti porque soy amigo de todos los hombres rotos. No lo
haré por precio alguno, ni por gratitud. Y te doy una señal para sellar mi
promesa y mi voto. Pasa la mano a través del biombo.
Ante
estas extrañas y casi incomprensibles palabras me quedé perplejo y luego,
cuando la voz invisible repitió la última orden, avancé un paso y metí la mano
por una rendija que se había abierto silenciosamente en el biombo. Sentí que me
aferraban la muñeca y algo siete veces más frío que el hielo me tocó la palma
de la mano. Luego mi muñeca quedó libre y, sacando de nuevo la mano, vi un
extraño símbolo trazado en un color azul junto a la base de mi pulgar..., algo
que se parecía a un escorpión.
La
voz habló de nuevo en un lenguaje sibilante que no entendí y Hassim avanzó con
deferencia. Pasó la mano por detrás del biombo y luego se giró hacia mí,
sosteniendo una copa que contenía algún líquido ambarino que me ofreció con una
reverencia sarcástica. Lo acepté, vacilante.
–Bebe
y no temas –dijo la voz invisible–. Es solamente un vino egipcio con cualidades
salutíferas.
Así
pues, alcé la copa y bebí; el sabor no era desagradable y, al devolverle el
recipiente a Hassim, me pareció sentir una nueva fuerza y vitalidad recorriendo
mis fatigadas venas.
–Quédate
en la casa de Yun Shatu –dijo la voz–. Se te dará cobijo y alimento hasta que
te halles lo bastante fuerte para trabajar. No usarás opio ni lo pedirás.
¡Vete!
Como
en sueños, seguí de nuevo a Hassim a través de la puerta secreta, bajé los
peldaños, recorrí el oscuro corredor y ascendí a través de la otra puerta que
nos llevaba al Templo de los Sueños.
Al
salir de la habitación trasera y entrar en la gran sala de los soñadores, me
volví hacia el negro con mi mente llena de preguntas.
–¿Amo?
¿Amo de qué? ¿De la Vida? Hassim lanzó una risotada feroz y sardónica.
–¡Amo
del Destino!
4.
LA ARAÑA Y LA MOSCA
Había
una Puerta para la que no encontré Llave;
Había
un Velo a través del que no pude ver.
Omar
Khayam
Me
senté en los cojines de Yun Shatu y pensé con una claridad que me era nueva y
extraña. En cuanto a eso, todas mis sensaciones eran nuevas y extrañas. Sentía
como si hubiese despertado de un sueño monstruosamente largo, y aunque tenía
las ideas algo entorpecidas, me parecía que las telarañas que durante tanto
tiempo las habían recubierto habían sido parcialmente quitadas.
Me
pasé la mano por la frente y noté que temblaba. Me hallaba débil y agitado y
notaba los primeros inicios del hambre..., no de droga, sino de comida. ¿Qué
había en el brebaje que había tomado en la recámara del misterio? ¿Y por qué me
había elegido el «Amo», a mí entre todos los desdichados de Yun Shatu, para ser
regenerado?
¿Y
quién era ese Amo? La palabra tenía un sonido vagamente familiar..., traté
laboriosamente de recordar. Sí..., la había oído, yaciendo medio despierto en
los camastros o en el suelo..., pronunciada en un murmullo sibilante por Yun
Shatu, Hassim o Yussef Alí, el moro, susurrada en sus conversaciones en voz
baja y mezclada siempre con palabras que no podía entender. ¿Acaso entonces no
era Yun Shatu el amo del Templo de los Sueños? Había creído, al igual que los
demás adictos, que aquel chino marchito poseía un indiscutible poder sobre
aquel lúgubre reino y que Hassim y Yussef Alí eran sus criados. Al igual que
los cuatro muchachos chinos que tostaban el opio con Yun Shatu, y Yar Khan, el
afgano, Santiago, el haitiano, y Ganra Singh, el sikh renegado..., todos a
sueldo de Yun Shatu, suponíamos, atados al señor del opio por los lazos del oro
o del miedo.
Pues
en el Barrio Chino de Londres, Yun Shatu era toda una personalidad y yo había
oído decir que sus tentáculos cruzaban los mares hasta llegar a los más altos
lugares donde se hablaban lenguas misteriosas y potentes. ¿Era Yun Shatu el que
se hallaba detrás del biombo de laca? No; conocía la voz del chino y, además,
le había visto ocupado en la parte delantera del Templo mientras nosotros
franqueábamos la puerta trasera.
Se
me ocurrió otra idea. A menudo, yaciendo en un estado cercano al estupor, en
las últimas horas de la noche o con las primeras luces grises del alba, había
visto hombres y mujeres que entraban sigilosamente en el Templo, con
vestimentas y actitudes extrañamente incongruentes, fuera de lugar. Hombres
altos y de porte digno, a menudo bien vestidos con trajes de noche, con los
sombreros bien calados sobre la frente, y bellas damas, vestidas con sedas y
pieles, el rostro velado. Nunca llegaban juntos y siempre se iban por separado
y, escondiendo los rasgos, se apresuraban hacia la puerta trasera, por la que
entraban, saliendo finalmente de nuevo por ella, a veces horas después.
Sabiendo que el deseo de la droga es a veces frecuente en personas de alta
posición, jamás me había hecho demasiadas preguntas al respecto, suponiendo que
se trataba de hombres y mujeres ricos, de la alta sociedad, que habían caído
víctimas de tal deseo y que en algún lugar en la parte trasera del edificio
había una estancia privada para ellos. Pero ahora empecé a hacerme
preguntas...; a veces esas personas se quedaban sólo unos instantes... ¿Era
siempre el opio lo que venían buscando o acaso también ellos atravesaban ese
extraño corredor y conversaban con El que se hallaba detrás del biombo?
Mi
mente jugueteó con la idea de un gran especialista al que acudían personas de
toda clase para hallar la liberación del hábito de la droga. Y, con todo, era
muy extraño que alguien así escogiese un tugurio de las drogas como lugar de
trabajo..., y también era extraño que el propietario de esa casa le tuviese,
aparentemente, tal reverencia.
Apenas
me empezó a doler la cabeza a causa de un esfuerzo mental al que ya no estaba
acostumbrado, dejé el tema y grité pidiendo comida. Con una sorprendente
prontitud, Yussef Alí me trajo una bandeja. Aún más, al salir me hizo una
reverencia, dejándome para que siguiese rumiando las extrañas mudanzas que
había sufrido mi posición en el Templo de los Sueños.
Comí,
preguntándome lo que deseaba de mí El que se hallaba detrás del biombo. Ni por
un momento supuse que sus acciones hubiesen sido motivadas por las razones que
había expuesto; la vida del bajo mundo me había enseñado que ninguno de sus
moradores se inclinaba hacia la filantropía. Y al bajo mundo pertenecía la
recámara misteriosa, pese a su trabajada y extraña naturaleza. ¿Y dónde podía
estar situada? ¿Qué distancia había andado yo por el corredor? Me encogí de
hombros, preguntándome si no era todo un sueño provocado por el opio; entonces
me miré casualmente la mano..., y el escorpión grabado en ella.
–¡Reunid
a la tripulación! –musitó el marinero en su camastro–. ¡A toda!
Hablar
con detalle de los días que siguieron sería muy aburrido para cualquiera que no
haya saboreado la espantosa esclavitud de la droga. Esperaba que el anhelo de
la droga me atacase de nuevo..., esperaba, lleno de una sardónica
desesperación. Todo el día, toda la noche..., otro día..., y finalmente el
milagro se realizó en mi escéptica mente. En contra de todas las teorías y los
supuestos hechos comprobados por la ciencia y el sentido común, el deseo de la
droga me había abandonado tan repentina y completamente como un mal sueño. Al
principio no pude dar crédito a mis sentidos y llegué a creer que seguía preso
de alguna pesadilla de la droga. Pero era cierto. Desde el momento en que bebí
la copa en el cuarto del misterio, no sentí ni el más ligero deseo de la
sustancia que había sido para mí como la vida misma. Percibí confusamente que
esto era algo, en cierto modo, maligno y ciertamente opuesto a todas las reglas
de la naturaleza. Si el ser terrible que se hallaba detrás del biombo había
descubierto el secreto para quebrar el terrible poder del opio, ¿qué otros
secretos monstruosos había descubierto y cuál era su inconcebible poder? Como
una serpiente, la idea del mal se deslizó en mi cerebro.
Permanecí
en la casa de Yun Shatu, tendido en un camastro o sobre cojines esparcidos por
el suelo, comiendo y bebiendo lo que me apetecía, pero ahora que volvía a
convertirme en un hombre normal, la atmósfera se me hacía cada vez más
repulsiva y la visión de aquellos desdichados retorciéndose en sus sueños me
traía desagradables recuerdos de lo que yo mismo había sido, y me repugnaba,
haciéndome sentir náuseas.
Así
pues un día, cuando nadie me veía, me levanté y salí a la calle para andar por
el muelle. El aire, aunque estaba cargado de humo y olores desagradables, me
llenaba los pulmones de una extraña frescura y despertaba un nuevo vigor en la
que en tiempos fue una constitución poderosa. Cobré nuevo interés en los ruidos
de los hombres que vivían y trabajaban, y la visión de un barco que estaba
siendo descargado en un atracadero me llenó de emoción. No había demasiados
estibadores y, finalmente, me hallé levantando bultos, tirando de ellos y
transportándolos, y aunque el sudor chorreaba por mi frente y me temblaban los
miembros a causa del esfuerzo, me sentía exultar ante la idea de que por fin
era de nuevo capaz de trabajar, sin importarme lo bajo o poco interesante que
fuese el trabajo.
Cuando
al atardecer volví a la puerta de Yun Shatu, terriblemente cansado pero con la
renovada sensación de la hombría que emana del trabajo honesto, me encontré a
Hassim en el umbral.
–¿Dónde
has estado? –me preguntó con aspereza.
–Trabajando
en los muelles –le respondí prontamente.
–No
tienes que trabajar en los muelles –gruñó–. El Amo tiene trabajo para ti.
Encabezó
la marcha y de nuevo atravesé las oscuras escaleras y el corredor subterráneo.
Esta vez mis facultades estaban alertas y decidí que el pasillo no tendría más
de treinta o cuarenta pies de longitud. De nuevo permanecí en pie ante el
biombo de laca y de nuevo oí la voz inhumana de la muerte viviente.
–Puedo
darte trabajo –dijo la voz–. ¿Estás dispuesto a trabajar para mí?
Asentí
rápidamente. Después de todo, pese al miedo que me inspiraba la voz, me hallaba
en una gran deuda para con su propietario.
–Bien.
Toma esto.
Al
avanzar yo hacia el biombo, una seca orden me detuvo y fue Hassim el que se
adelantó y tendió la mano por detrás para coger lo que se le ofrecía.
Aparentemente, se trataba de un paquete de fotos y papeles.
–Estúdialos
–dijo El que estaba detrás del biombo–, y aprende todo lo que puedas sobre el
hombre de las fotos. Yun Shatu te dará dinero; cómprate ropas como las que
llevan los marineros y alquila un cuarto en la parte delantera del Templo.
Dentro de dos días, Hassim volverá a traerte ante mí. ¡Vete!
Mientras
la puerta secreta se cerraba por encima de mí, la última impresión que tuve fue
que los ojos del ídolo, que parecían pestañear a través de la sempiterna
humareda, me contemplaban burlones.
La
parte delantera del Templo de los Sueños consistía en cuartos de alquiler, los
cuales ocultaban el auténtico propósito del edificio bajo el disfraz de una
pensión de los muelles. La policía le había hecho varias visitas a Yun Shatu
pero nunca habían logrado pruebas que le incriminasen.
Así,
establecí mi residencia en uno de esos cuartos y me puse a estudiar el material
que se me había entregado.
Las
fotos eran todas del mismo hombre, de considerable estatura, no muy distinto a
mí en construcción y aspecto facial, excepto que él llevaba una espesa barba y
tendía a ser rubio en tanto que yo era moreno. El nombre, como estaba escrito
en los documentos adjuntos, era el mayor Fairlan Morley, comisionado especial
de Natal y el Transvaal. El departamento y el cargo me resultaban nuevos y me
pregunté sobre la conexión existente entre un comisionado africano y una casa
de opio a la orilla del Támesis.
Los
papeles consistían en datos abundantes, copiados evidentemente de fuentes
auténticas y concernientes todos al mayor Morley, y una serie de documentos
privados que esclarecían considerablemente la vida privada del mayor.
Se
daba una descripción exhaustiva del aspecto personal y las costumbres del
mayor, algunas de las cuales me parecieron de lo más trivial. Me pregunté cuál
podía ser el propósito de todo aquello y cómo El que estaba detrás del biombo
había llegado a entrar en posesión de documentos de naturaleza tan íntima.
No
pude hallar clave alguna para responder a esa pregunta pero apliqué todas mis
energías a la tarea que se me había dispuesto. Tenía una profunda deuda de
gratitud para con el desconocido que me lo pedía y estaba decidido a pagársela
con toda mi capacidad. Nada, en esos momentos, me hacía pensar en una trampa.
5.
EL HOMBRE DEL CAMASTRO
¿Qué
lluvia de lanzas te envió para jugar al amanecer con la Muerte?
Kipling
Al
expirar el plazo de dos días, Hassim me hizo una seña cuando me hallaba en la
sala del opio. Avancé con paso firme y enérgico, lleno de confianza al haberle
sacado todo lo posible a los documentos de Morley. Era un hombre nuevo; mi
agilidad mental y mi fuerza física me sorprendían..., a veces no me parecían
naturales.
Hassim
me contempló con los ojos medio cerrados y me indicó que, como de costumbre, le
siguiese. Cuando atravesábamos la sala, se me ocurrió mirar a un hombre tendido
en un camastro junto a la pared, fumando opio. No había nada sospechoso en sus
ropas, descuidadas y harapientas, ni en su rostro sucio y barbudo o en su vacua
mirada pero mis ojos, aguzados de un modo anormal, parecieron notar cierta
incongruencia en los miembros bien construidos que ni siquiera las astrosas
ropas podían disimular por completo.
Hassim
me habló con impaciencia y yo me volví. Entramos en el cuarto de la parte
trasera y mientras él cerraba la puerta y se volvía hacia la mesa, ésta se
movió y una figura emergió por la puerta oculta. El sikh, Ganra Singh, un
gigante delgado y de ojos siniestros, salió del umbral oculto y se dirigió
hacia la puerta que daba a la sala del opio, donde se detuvo hasta que nosotros
hubiésemos bajado y cerrado la entrada secreta.
De
nuevo permanecí entre los remolinos del amarillento humo y escuché la voz
oculta.
–¿Puedes
llegar a saber lo bastante sobre el mayor Morley como para suplantarlo con
éxito?
–Sin
duda –respondí, sorprendido por la pregunta–, a menos que me encontrase con
alguien que le conociese más íntimamente aún.
–Yo
me encargaré de eso. Escúchame bien. Mañana zarparás en el primer barco a
Calais. Allí te encontrarás con un agente mío que se te acercará apenas pongas
pie en el muelle y te dará más instrucciones. Irás en segunda clase y evitarás
toda conversación, ya sea con desconocidos o con cualquiera. Llévate los
documentos. El agente te ayudará a prepararte y tu farsa empezará en Calais.
Eso es todo. ¡Vete!
Me
fui, cada vez más asombrado. Evidentemente, todo aquel embrollo tenía un
sentido, pero era un sentido que no podía ni imaginar. De nuevo en la sala del
opio, Hassim me indicó que me sentase sobre unos cojines y le esperase.
Respondió con un gruñido a mi pregunta, diciendo que él se adelantaba, tal y
como se le había ordenado, para comprarme el billete del trasbordador. Partió y
yo me senté, la espalda apoyada contra la pared. Mientras pensaba, de pronto me
pareció que había unos ojos clavados en mí con tal intensidad que mi
subconsciente los había notado. Alcé la vista con rapidez pero no parecía haber
nadie mirándome. El humo se movía lentamente en la recalentada atmósfera, como
de costumbre; Yussef Alí y los chinos iban y venían silenciosos atendiendo a
las demandas de los soñadores.
De
pronto, se abrió la puerta del cuarto trasero y de ella salió tambaleándose una
figura extraña y horrible. No todos los que entraban en el cuarto trasero de
Yun Shatu eran aristócratas y miembros de la alta sociedad. Esta era una de las
excepciones, y alguien a quien recordaba por sus frecuentes entradas y
salidas..., una figura alta y flaca, de informes y harapientas vestiduras, el
rostro completamente oculto. Mejor que el rostro permaneciese oculto, pensé,
pues sin duda los gruesos ropajes ocultaban una espantosa visión. El hombre era
un leproso, que de algún modo había logrado rehuir la atención de los
funcionarios públicos y al que se veía ocasionalmente vagando por las más
miserables y misteriosas zonas del East End..., un misterio incluso para los
más rastreros moradores de los barrios bajos de Limehouse.
De
pronto, mi mente hipersensible cobró conciencia de una repentina tensión en la
atmósfera. El leproso cruzó cojeando la puerta y la cerró detrás de él. Mis
ojos buscaron instintivamente el camastro donde se hallaba el hombre que había
despertado mis sospechas anteriormente. Podría haber llegado a jurar que hubo
un destello amenazador de unos ojos fríos y acerados que se cerraron
rápidamente. De una zancada llegué hasta el camastro y me incliné sobre el
hombre acostado. Había en su rostro algo que no parecía natural..., un
saludable bronceado parecía asomar por debajo de la palidez de su complexión.
–¡Yun
Shatu! –grité–. ¡Hay un espía en la casa!
Los
acontecimientos se sucedieron entonces con vertiginosa velocidad. El hombre del
camastro se incorporó de un salto, con la rapidez de movimientos de un tigre, y
un revólver brilló en su mano. Un brazo nervudo me arrojó a un lado cuando
intenté aterrarle y una voz seca y decidida se impuso sobre la naciente
confusión:
–¡Tú!
¡Alto! ¡Alto!
La
pistola que había en la mano del extraño apuntaba al leproso, que se dirigía a
grandes zancadas hacia la puerta.
Alrededor
todo era confusión; Yun Shatu gritaba en chino como un poseso y los cuatro
muchachos chinos y Yussef Alí acudían a la carrera, desde distintos puntos, los
cuchillos destellando en sus manos.
Vi
todo esto con una claridad antinatural al mismo tiempo que no apartaba los ojos
del rostro del extraño. Al no dar el leproso evidencia alguna de pararse, vi
cómo los ojos se le endurecían hasta convertirse en alfileres acerados, llenos
de decisión, afinando la puntería por encima del tambor del revólver..., los
rasgos dominados por el terrible propósito del asesino. El leproso había
llegado casi hasta la puerta de salida, pero la muerte le fulminaría antes de
que pudiese cruzarla.
Y
entonces, justo cuando el dedo del extraño se tensaba sobre el gatillo, me
lancé hacia adelante y mi puño derecho se estrelló en su mandíbula. Cayó como
derribado por un martillo pilón, el revólver disparando inofensivamente al
aire.
¡En
ese instante, con el fogonazo cegador que a veces nos resuelve un enigma, supe
que el leproso no era otro sino el Hombre Detrás del Biombo!
Me
incliné sobre el hombre caído que, aunque no totalmente inconsciente, se
hallaba temporalmente indefenso a causa de mi terrible golpe. Luchaba con
torpeza por levantarse pero yo le empujé de nuevo con rudeza al suelo y,
agarrando la falsa barba que llevaba, se la arranqué de un tirón. Un rostro
delgado y bronceado quedó al descubierto, cuyos fuertes rasgos ni siquiera la
suciedad y la grasa de su disfraz podían alterar.
Yussef
Alí se inclinó sobre él, cuchillo en mano, los ojos convertidos en rendijas
asesinas. Alzó su mano morena y nervuda..., y yo le detuve la muñeca.
–¡No
tan aprisa, diablo negro! ¿Qué vas a hacer?
–Es
John Gordon –siseó–, ¡el mayor enemigo del Amo! ¡Debe morir, maldito seas!
¡John
Gordon! Ese nombre me resultaba familiar, aunque no me parecía tener relación
con la policía de Londres; tampoco era capaz de explicar la presencia de aquel
hombre en el tugurio de Yun Shatu. Sin embargo, en cuanto a ese punto estaba
decidido.
–Sea
como sea, no le matarás.
–!Esto
último iba dirigido a Gordon que, con mi ayuda, se levantó vacilante, aún
bastante aturdido. Y añadí maravillado–: Ese puñetazo habría derribado a un
toro. No sabía que fuera capaz de tales cosas.
El
falso leproso se había esfumado. Yun Shatu me contemplaba tan inmóvil como un
ídolo, las manos ocultas en sus anchas mangas, y Yussef Alí retrocedió,
murmurando ominosamente y pasando el pulgar por el filo de su daga, mientras
que yo sacaba a Gordon de la sala del opio y le hacía cruzar el bar de aspecto
inocente que se hallaba entre dicha sala y la calle.
–No
tengo ni idea de quién eres ni de lo que haces aquí –le dije, una vez en la
calle–, pero ya has visto que es un lugar muy poco saludable para ti. Sigue mi
consejo y mantente alejado de él.
Su
única respuesta fue examinarme con la mirada y luego darse la vuelta, caminando
con rapidez aunque con cierta vacilación hasta perderse de vista en la calle.
6.
LA MUCHACHA DEL SUEÑO
Hace
muy poco que he llegado a estas tierras
Desde
la lejana y sombría Thule.
Poe
Oí
unos leves pasos en el exterior de mi cuarto. El picaporte giró lenta y
delicadamente; la puerta se abrió. Me puse en pie de un salto, lanzando un
jadeo de sorpresa. Unos labios rojos entreabiertos, ojos oscuros como límpidos
mares llenos de maravillas, una masa de brillantes cabellos... ¡en mi umbral
miserable se hallaba la muchacha de mis sueños!
Entró
y, girando con un movimiento sinuoso, cerró la puerta. Avancé de un salto, las
manos tendidas, y me detuve al llevarse ella un dedo a los labios.
–No
hables muy alto –dijo, casi en un susurro–. Él no dijo que no pudiese venir
aquí; pero...
Su
voz era suave y musical, con un deje extranjero en su acento que hacía que me
resultase deliciosa. En cuanto a la muchacha en sí, cada frase y movimiento
delataban al Oriente. Era como una brisa fragante que llegase del Este. Desde
su cabellera negra como la noche, recogida por encima de su frente de
alabastro, hasta sus diminutos pies, calzados con zapatillas puntiagudas de
tacón alto, era la viva imagen del más alto ideal de la belleza asiática...; un
efecto más aumentado que disminuido por la blusa y la falda inglesas que
vestía.
–¡Eres
preciosa! –dije, atónito–. ¿Quién eres?
–Soy
Zuleika –respondió con una tímida sonrisa–. Me... me alegro de gustarte. Me
alegro de que no sigas soñando los sueños del opio.
¡Cuan
extraño era que una cosa tan insignificante fuese capaz de hacer latir tan
locamente mi corazón!
–Todo
te lo debo a ti, Zuleika –dije, la voz enronquecida por la emoción–. Si no
hubiese soñado contigo cada hora desde que me sacaste del arroyo, me habría
faltado la fuerza para pensar siquiera que pudiese llegar a librarme de mi
maldición.
Se
ruborizó de un modo encantador y entrelazó sus blancos dedos como si estuviese
nerviosa.
–¿Abandonas
mañana Inglaterra? –preguntó de pronto.
–Sí.
Hassim no ha vuelto con mi billete –vacilé de repente, recordando la orden de
silencio.
–¡Sí,
lo sé, lo sé! –susurró ella con rapidez, abriendo más los ojos–. ¡Y John Gordon
ha estado aquí! ¡Te vio!
–¡Sí!
Se
me acercó con un movimiento rápido y flexible.
–¡Debes
fingir que eres otro hombre! Escucha, mientras lo hagas, no debes dejar que
Gordon te vea nunca. ¡Te reconocería, sin importar cuál fuese tu disfraz! ¡Es
un hombre terrible!
–No
entiendo –dije, completamente desorientado–. ¿Cómo me liberó el Amo de mi
adicción al opio? ¿Quién es ese Gordon y por qué vino aquí? ¿Por qué se
disfraza el Amo de leproso..., y quién es? Por encima de todo, ¿por qué voy a
fingir que soy un hombre al que jamás he visto y del que nunca oí hablar?
–No
puedo..., ¡no me atrevo a decírtelo! –musitó, palideciendo–. Yo...
En
algún lugar de la mansión resonaron las quedas tonalidades de un gong chino. La
muchacha se sobresaltó como una gacela asustada.
–¡Debo
irme! ¡Él me llama!
Abrió
la puerta y la cruzó a toda prisa, deteniéndose un instante para electrizarme
con una apasionada exclamación:
–¡Oh,
sahib, ten cuidado, ten mucho cuidado! Y se fue.
7.
EL HOMBRE DE LA CALAVERA
¿Cuál
es el martillo? ¿cuál la cadena?
¿En
qué horno se hallaba tu mente?
¿Cuál
es el yunque?
¿Qué
presa horrible Osa encerrar sus mortíferos terrores?
Blake
Después
de que mi bella y misteriosa visitante se hubiese marchado, me quedé sentado,
pensando. Creí que, al menos, había dado con la explicación de una parte del
enigma. Esta es la conclusión a que llegué: Yun Shatu, el señor del opio, era
sencillamente el agente o el servidor de alguna organización o individuo que
trabajaba a una escala mucho más importante, y cuya misión iba más allá de
aprovisionar de droga a los adictos en el Templo de los Sueños. Ese hombre, u
hombres, precisaban colaboradores en todos los medios; en otras palabras, me
estaban introduciendo en un grupo de contrabandistas de opio que operaba a gran
escala. Gordon, sin duda, se hallaba investigando el caso y su presencia en
solitario probaba que no era un caso corriente, pues sabía que
ocupaba
una elevada posición en el gobierno británico, aunque ignoraba cuál era
exactamente.
Con
opio o sin él, decidí cumplir mis obligaciones con el Amo. Mi sentido de la
moral se había embotado un tanto en los oscuros senderos que había recorrido, y
la idea de que me envolvía en un crimen despreciable no se me ocurrió. En
realidad, me sentí más animado. Aún más, la simple deuda de gratitud se
incrementó mil veces a causa la muchacha. Al Amo le debía el que fuese capaz de
sostenerme en pie y mirar en sus límpidos ojos como debe hacerlo un hombre. Así
pues, si deseaba mis servicios como contrabandista de droga, los tendría. Sin
duda, iba a fingir que era algún hombre de tan alta consideración para el
gobierno que las acciones normales de los oficiales de aduanas serían
consideradas innecesarias; ¿acaso iba a introducir en Inglaterra alguna rara sustancia
alucinógena?
Esas
eran las ideas que había en mi mente cuando descendí las escaleras, pero detrás
de ellas flotaban otras suposiciones más atractivas... ¿Cuál era la razón de la
presencia de la muchacha en este sucio antro, una rosa en un montón de basura,
y quién era?
Cuando
entraba en el bar apareció Hassim, el ceño fruncido en una oscura mueca de ira
y, eso creí, miedo. Llevaba un periódico doblado en la mano.
–Te
dije que esperaras en la sala del opio –gruñó.
–Estuviste
tanto tiempo fuera que me fui a mi cuarto. ¿Tienes el pasaje?
Se
limitó a emitir un gruñido y me apartó de un empujón entrando en la sala del
opio y yo, de pie en el umbral, le vi cruzar la estancia y desaparecer en el
cuarto trasero. Allí me quedé, cada vez más sorprendido, pues cuando Hassim me
había empujado pude percibir que en el periódico había un artículo, justo
debajo de su negro pulgar, el cual apretaba con fuerza como queriendo destacar
en particular esa columna de noticias.
Y
con la antinatural celeridad de acción y juicio que parecían pertenecerme esos
días, en ese fugaz instante leí:
¡Comisionado
Especial Africano Hallado Muerto! El cuerpo del mayor Fairlan Morley fue
descubierto ayer en la bodega de un barco abandonado en Burdeos...
No
leí más detalles, ¡tenía suficiente para tener qué pensar! El asunto parecía
estar cobrando un feo cariz. Pero...
Pasó
otro día. A mis preguntas, Hassim respondió, a regañadientes, que los planes
habían sido cambiados y que no iría a Francia. Luego, un poco más avanzada la
tarde, me indicó que fuese una vez más a la recámara del misterio.
Permanecí
ante el biombo de laca, sintiendo el escozor del humo amarillento en mis fosas
nasales, con los dragones bordados retorciéndose en los tapices, las palmeras
formando una masa impenetrable y opresiva.
–Nuestros
planes han sufrido un cambio –dijo la voz oculta–. No zarparás como se había
decidido antes. Pero tengo otro trabajo que puedes realizar. Puede que éste
vaya más con tus capacidades, pues admito que me has defraudado un tanto en
cuanto a tu sutileza. El día anterior interferiste de un modo tal que sin duda
me causará grandes inconvenientes en el futuro.
No
dije nada, pero sentí cierto resentimiento en mi fuero interno.
–Incluso
después de hablar con uno de mis servidores de más confianza –prosiguió
monótonamente la voz, sin señal alguna de emoción excepto una leve subida de
volumen–, persististe en dejar libre a mi más mortal enemigo. Sé más
circunspecto en el futuro.
–¡Te
salvé la vida! –dije, irritado.
–Y
sólo por esa razón paso por alto tu error..., ¡esta vez! Una lenta furia nació
en mi interior.
–¡Esta
vez! Aprovéchala bien, pues te aseguro que no habrá otra. Mi deuda contigo es
mayor de lo que puedo esperar llegar a pagar nunca, pero eso no me convierte en
esclavo tuyo. Te he salvado la vida..., la deuda está toda lo saldada que le es
posible a un hombre. ¡Sigue tu camino y yo seguiré el mío!
Una
risa ronca y horrible me respondió, semejante al siseo de un reptil.
–¡Estúpido!
¡Me pagarás con el trabajo de tu vida entera! ¿Dices que no eres mi esclavo? Yo
digo que sí lo eres..., al igual que Hassim, el negro que está junto a ti...,
al igual que lo es esa muchacha, Zuleika, que te ha embrujado con su belleza.
Esas
palabras hicieron que una ola de sangre ardiente invadiese mi cerebro y fui
consciente de que, durante un segundo, un mar de furia apagó por completo mi
cordura. Al igual que todos mis humores y sensaciones parecían haberse aguzado
y exagerado esos días, del mismo modo ese ataque de ira superó todos los
momentos de furia que había padecido antes.
–¡Diablos
del infierno! –aullé–. ¡Tú, demonio!..., ¿quién eres y qué poder tienes sobre
mí? ¡Te veré, o moriré!
Hassim
se lanzó sobre mí pero yo le arrojé hacia atrás y de una sola zancada llegué
hasta el biombo y, con un esfuerzo increíble, lo aparté a un lado. Y entonces
retrocedí, las manos tendidas, chillando. Ante mí
se
alzaba una figura alta y flaca, una figura grotescamente ataviada con un traje
de seda bordada que le llegaba hasta el suelo.
De
las mangas del traje surgían unas manos que me llenaron de pavor..., manos
largas, como las de un animal de presa, con dedos flacos y huesudos, las uñas
curvadas como garras..., con la piel arrugada como un pergamino amarillento,
como las manos de un nombre que llevase muerto mucho tiempo.
Las
manos..., pero, ¡oh, Dios, la cara! Una calavera en la que no parecía haber
vestigio alguno de carne pero a la que recubría una piel tirante de un color
entre amarillo y marrón, haciendo resaltar todos los detalles de esa terrible
faz muerta. La frente era alta y, en cierto modo, resultaba magnífica, pero la
cabeza tenía los pómulos curiosamente estrechos, y bajo unas cejas arqueadas
destellaban ojos tan grandes como charcos de fuego amarillo. La nariz tenía el
puente alto y muy delgado; la boca era una simple hendidura incolora entre unos
labios crueles y delgados. Un cuello largo y huesudo sostenía la espantosa
imagen y completaba el efecto de un demonio con forma de reptil surgido de
algún infierno medieval.
¡Me
hallaba cara a cara con el hombre de mis sueños, el rostro de calavera!
8.
SABER OSCURO
El
terrible espectáculo apartó por un instante de mi mente toda idea de rebelión.
Se me heló la sangre en las venas y permanecí inmóvil. Oí que, detrás de mí,
Hassim lanzaba una carcajada maligna. Los ojos del rostro cadavérico ardían
como los de un demonio clavados en mí y, ante la satánica furia concentrada en
ellos, me sentí desfallecer. Entonces el horror emitió una risa sibilante.
–Te
hago un gran horror, señor Costigan; muy pocos, incluso entre mis sirvientes,
pueden decir, como tú, que han visto mi rostro y que siguen vivos. Creo que me
serás más útil vivo que muerto.
Seguí
callado, completamente vencido. Era difícil creer que aquel hombre estuviese
vivo, pues su aspecto desmentía del todo esa idea. Tenía una espantosa
semejanza a una momia. Pero cuando hablaba, sus labios se movían y en sus ojos
ardía una vida horrenda.
–Harás
lo que digo –habló abruptamente, y su voz había cobrado un tono imperioso–. Sin
duda, conocerás o habrás oído hablar de sir Haldred Frentón.
–Sí.
Todo
hombre culto de Europa y América estaba familiarizado con los libros de viajes
de sir Haldred Frentón, escritor y aventurero.
–Esta
noche irás a la residencia de sir Haldred...
–¿Sí?
–¡ y
le matarás!
Me
tambaleé. Esta orden era increíble... ¡indecible! Había caído lo bastante bajo
como para traficar con opio, ¡pero asesinar deliberadamente a un hombre al que
no había visto jamás, un hombre famoso por sus buenas acciones! Eso era
demasiado monstruoso como para ni tan siquiera pensarlo.
–¿No
te niegas?
El
tono era tan abominable y burlón como lo era el silbido de una serpiente.
–¿Negarme?
–grité, recobrando al fin mi voz–. ¿Negarme? ¡Demonio encarnado! ¡Por supuesto
que me niego! Tú...
Algo
en la gélida seguridad de sus maneras me detuvo...; me callé, lleno de
aprensión.
–¡Estúpido!
–dijo tranquilamente–. Rompí las cadenas del opio... ¿sabes cómo? ¡Dentro de
cuatro minutos lo sabrás y maldecirás el día en que naciste! ¿No has pensado
acaso en cuan extraña es la celeridad de tu cerebro, la resistencia de tu
cuerpo..., un cerebro que debería ser lento y torpe, un cuerpo que debería
hallarse débil y enfermo tras años de excesos? Ese golpe que derribó a John
Gordon..., ¿no te has interrogado acerca de su potencia? La facilidad con que
llegaste a dominar los documentos del mayor Morley... ¿no te has hecho
preguntas sobre ella? ¡Estúpido, estás atado a mí por cadenas de acero, sangre
y fuego! Te he mantenido vivo y cuerdo..., yo, sólo yo. Cada día se te ha dado
el elixir vital en el vino que bebías. No podías vivir y mantenerte cuerdo sin
él. ¡Y yo, solamente yo, conozco su secreto!
Miró
un extraño reloj que había sobre una mesa junto a su codo.
–Esta
vez he hecho que Yun Shatu no añadiese el elixir... preveía la rebelión. La
hora se acerca... ¡ah, ya ha llegado!
Dijo
algo más, pero no lo oí. No veía, ni sentía en el sentido humano de la palabra.
Me retorcía a sus pies, gritando y sollozando en las llamas del infiernos tales
como los hombres jamás han soñado.
¡Sí,
ahora sabía! Sencillamente, me había dado una droga de una fortaleza tan
superior que había sumergido al opio. Mi antinatural capacidad se explicaba
ahora..., había estado actuando sencillamente bajo el estímulo de algo que
combinaba en su acción estimulante todos los infiernos, algo parecido a la
heroína pero de efectos inadvertidos para la víctima. No tengo ni idea de lo
que era, ni creo que lo supiese nadie salvo ese ser infernal que permanecía
inmóvil contemplándome con
cruel
diversión. Pero la droga había sostenido mi cerebro, infiltrando en mi
constitución la necesidad de tenerla y, ahora, mi espantoso anhelo me
desgarraba el alma.
Nunca,
ni en los peores momentos de los cañoneos o del ansia de opio, experimenté nada
parecido. Ardí con el calor de mil infiernos y me helé con un frío que ningún
hielo podía igualar. Bajé arrastrándome hasta los más hondos pozos del tormento
y ascendí hasta las torturas más encumbradas..., un millón de demonios
aullantes me rodeaban, gritando y acuchillándome. Hueso a hueso, vena a vena,
célula a célula, sentí desintegrarse mi cuerpo y esparcirse en átomos
ensangrentados por todo el universo..., y cada célula por separado era todo un
sistema de nervios que se estremecían y gritaban. Y desde los más apartados
vacíos volvieron a reunirse para que el tormento fuese mayor.
A
través de las ardientes nieblas ensangrentadas oí gritar a mi propia voz, un
monótono gimoteo. Luego, con los ojos desorbitados, vi una copa dorada,
sostenida por una mano semejante a una garra, entrar en mi campo de visión...,
una copa llena de un líquido ambarino.
Con
un alarido bestial, la cogí con ambas manos, apenas consciente de que el metal
del recipiente cedía bajo mis dedos, y me la llevé a los labios. Bebí con
frenética premura, y el líquido cayó sobre mi pecho.
9.
KATHULOS DE EGIPTO
Tres
veces más larga será tu noche
Y el
Cielo será como un manto de hierro.
El
ser al que llamé Rostro de Calavera permanecía inmóvil observándome mientras
yo, sentado en un diván, jadeaba, totalmente agotado. Sostenía en su mano la
copa y examinaba el metal dorado, aplastado hasta perder la forma. Tal había
sido la obra de mis dedos enloquecidos en el momento de beber.
–Una
fuerza sobrehumana, incluso para un hombre en tu estado –dijo con una especie
de seca pedantería–. Dudo que ni tan siquiera Hassim pudiese igualarte. ¿Estás
listo ahora para tus instrucciones?
Asentí
sin mediar palabra. Ya el poder infernal del elixir fluía por mis venas,
renovando mis consumidas fuerzas. Me pregunté durante cuánto tiempo podría
vivir un hombre que, como yo, era quemado y reconstruido constantemente.
–Se
te entregará un disfraz e irás solo hasta la residencia de Frentón. Nadie
sospecha que se trame algo contra sir Haldred y tu entrada en el terreno y en
la misma casa deberían ser algo relativamente fácil. No te pondrás el disfraz,
que es de naturaleza muy singular, hasta que estés listo para entrar en los
terrenos. Entonces te dirigirás hasta la habitación de sir Haldred y le
matarás, rompiéndole el cuello sólo con las manos..., esto es esencial...
La
voz prosiguió, semejante a un zumbido, impartiendo sus espantosas órdenes en un
tono horriblemente despreocupado. Un frío sudor me perlaba la frente.
–Abandonarás
entonces la residencia, cuidando de haber dejado la huella de tu mano en algún
lugar bien visible, y el automóvil, que te estará esperando en algún sitio
seguro de las cercanías, te volverá a traer hasta aquí, habiéndote despojado
primero del disfraz. En caso de complicaciones posteriores, dispongo de
bastantes hombres que jurarán que pasaste toda la noche en el Templo de los
Sueños sin abandonarlo nunca. ¡Pero no deben verte! Sé precavido y ejecuta con
seguridad tu tarea, pues ya conoces la alternativa.
No
volví a la casa del opio sino que fui conducido a través de enrevesados
corredores, adornados con gruesos tapices, hasta un pequeño cuarto que no
contenía más que un diván estilo oriental. Hassim me hizo entender que debía
quedarme allí hasta después del anochecer y luego me abandonó. La puerta se
cerró pero yo no hice esfuerzo alguno por descubrir si la habían cerrado con
llave. El Amo del Rostro de Calavera me tenía sujeto con algo más que pestillos
y cerrojos.
Sentado
en el diván, en el extraño decorado de una recámara que bien podría haber sido
una estancia de una zena india, me enfrenté a los hechos y libré mi combate.
Aún quedaban en mí rastros de hombría..., más de los que el demonio había
supuesto y, añadido a esto, había la desesperanza y la más negra furia. Hice mi
elección y decidí el único curso de acción que me parecía posible.
De
pronto la puerta se abrió lentamente. La intuición me dijo a quien debía
esperar, y no fui contrariado. Zuleika, una visión magnífica, se hallaba ante
mí..., una visión que se burlaba de mí, hecha aún más negra por mi
desesperación y que, sin embargo, me llenaba de una loca alegría y un salvaje
deseo.
Traía
una bandeja de comida que puso a mi lado, sentándose luego sobre el diván, sus
grandes ojos clavados en mi rostro. Era como una flor en una madriguera de
serpientes, y su belleza se había adueñado de mi corazón.
–¡Stephen!
–musitó y, al pronunciar por primera vez mi nombre, sentí que me dominaba la
emoción.
De
pronto, las lágrimas hicieron brillar sus luminosos ojos y puso su manecita en
mi brazo. Yo la tomé con mis toscas manazos.
–¡Te
han dado una tarea que temes y aborreces! –dijo, medio desfallecida.
–Sí
–dije, conteniendo los deseos de reír–, ¡pero aún lograré engañarles! Zuleika,
dime..., ¿qué significa todo esto? Ella lanzó una mirada temerosa a lo que la
rodeaba.
–No
lo sé todo –vaciló–, los apuros en que te hallas son todos culpa mía pero
yo..., había esperado..., Stephen, te he observado cada una de las veces que
acudiste a la casa de Yun Shatu, durante meses. No me viste, pero yo sí te vi y
vi en ti, no al roto desecho que proclamaban tus harapos, sino a un alma
herida, un alma que había sido golpeada terriblemente contra los escollos de la
vida. Y desde lo más hondo de mi corazón me compadecí de ti. Entonces, cuando
Hassim te maltrató ese día... –De nuevo las lágrimas afluyeron a sus ojos–. No
pude soportarlo y yo sabía cómo sufrías por la falta del opio. Así que le pagué
a Yun Shatu, y acudí al Amo y yo..., yo..., ¡oh, me odiarás por esto! –estalló
en sollozos.
–No...,
no..., jamás.
–Le
dije que eras un hombre que podría ser útil para él y le supliqué que hiciese
que Yun Shatu te aprovisionase de lo que necesitabas. Ya se había percatado de
ti, ¡pues tiene el ojo aguzado del mercader de esclavos, y el mundo entero es
su mercado! Por lo tanto, hizo que Yun Shatu actuase como yo pedía; y ahora...,
sería mejor que hubieses seguido igual, amigo mío.
–¡No,
no! –exclamé–. ¡He conocido unos días de regeneración, aunque fuese falsa! ¡Me
he hallado ante ti como un hombre, y eso vale por todo lo demás!
Y
todo lo que sentía por ella debió asomar en mis ojos, pues ella bajó la vista y
se ruborizó. No me preguntéis cómo llega a enamorarse un hombre; pero yo supe
que amaba a Zuleika..., había amado a esa misteriosa muchacha oriental desde
que la vi por primera vez..., y, de un modo extraño, supe que ella, en cierta
medida, correspondía a mi afecto. El darme cuenta de ello hizo más negro y
desolado el camino que había elegido; pero, dado que el amor puro hace siempre
más fuerte al hombre, preparó mi ánimo para lo que debía hacer.
–Zuleika
–dije, hablando con premura–, el tiempo vuela y hay cosas que debo saber. Dime,
¿quién eres y por qué permaneces en esta madriguera del Hades?
–Soy
Zuleika..., eso es todo cuanto sé. Soy circasiana por sangre y nacimiento.
Cuando era muy pequeña me capturaron en una incursión turca y crecí en un harén
de Estambul. Cuando era aún demasiado joven para casarme, mi amo me entregó
como presente a..., a ÉL.
–¿Y
quién es él? ¿El hombre del Rostro de Calavera?
–Es
Kathulos de Egipto..., eso es todo lo que sé. Mi amo.
–¿Un
egipcio? Entonces, ¿qué está haciendo en Londres? ¿Por qué todo este misterio?
Se
retorció las manos con nerviosismo.
–Stephen,
por favor, habla más bajo; siempre hay alguien escuchando, en cualquier lugar.
No sé quién es el Amo, ni la razón de que se halle aquí o de sus acciones. ¡Lo
juro por Alá! Si lo supiese te lo diría. A veces hombres de aspecto distinguido
acuden a la sala donde el Amo les recibe, no aquella donde le viste, y él me
hace danzar ante ellos y luego he de cortejarles un poco. Y siempre debo
repetir exactamente lo que me digan. Eso es lo que debo hacer siempre..., en
Turquía, en los Estados Bárbaros, en Egipto, en Francia y en Inglaterra. El Amo
me enseñó francés e inglés y él mismo me educó de muchos modos. Es el mayor
hechicero de todo el mundo y conoce toda la magia antigua, y lo sabe todo.
–Zuleika
–dije–, pronto todo habrá acabado para mí, pero debes dejar que te saque de
esto... ¡Ven conmigo y te juro que te alejaré de este demonio!
Ella
se estremeció y escondió la cara.
–¡No,
no, no puedo!
–Zuleika
–le pregunté con dulzura–, ¿qué poder tiene sobre ti, pequeña..., también la
droga?
–¡No,
no! –gimoteó–. No lo sé..., no lo sé..., pero no puedo... ¡Jamás podré huir de
él!
Permanecí
sentado, atónito, unos instantes; luego le pregunté:
–Zuleika,
¿dónde nos hallamos ahora?
–Este
edificio es un almacén abandonado en la parte trasera del Templo del Silencio.
–Eso
había pensado. ¿Qué hay en los cofres del túnel?
–No
lo sé. –De pronto, empezó a llorar quedamente–. También tú, un esclavo, como
yo..., tú que eres tan bueno y fuerte..., ¡oh, Stephen, no puedo soportarlo!
Sonreí.
–Acércate
un poco, Zuleika, y te contaré cómo pienso engañar a Kathulos.
Ella
miró con extrema aprensión hacia la puerta.
–Habla
bajo. Me tenderé en tus brazos y, mientras finges acariciarme, me dirás lo que
quieras al oído.
Se
deslizó en mis brazos y allí, en aquel diván adornado con dragones de aquella
mansión del horror, conocí por primera vez toda la gloria de tener la esbelta
figura de Zuleika cobijada entre mis brazos, y la suave mejilla de Zuleika
apretada contra mi pecho. Su fragancia llenaba mi olfato, su cabellera me
rozaba los ojos y todos mis sentidos vacilaban; entonces, con los labios
escondidos por su sedoso cabello le hablé en un susurro apremiante:
–Primero
iré a avisar a sir Haldred Frentón... Luego iré a buscar a John Gordon y le
hablaré de esta madriguera. Traeré a la policía hasta aquí, tú debes mantenerte
en guardia y estar lista para esconderte de Él..., hasta que podamos entrar a
la fuerza y matarle o capturarle. Entonces, serás libre.
–Pero,
¿y tú? –dijo en un jadeo, palideciendo–. Necesitas el elixir, y sólo él...
–Tengo
un modo de vencerle, pequeña –respondí. Su rostro se tornó increíblemente
blanco y su intuición femenina llegó de un salto a la conclusión correcta.
–¡Vas
a matarte!
Y
por mucho que me dolió ver lo que sentía, también sentí una dolorosa alegría al
ver que era por mi causa. Sus brazos me rodearon con más fuerza el cuello.
–¡No
lo hagas, Stephen! –me suplicó–. Es mejor vivir, incluso...
–No,
a ese precio no. Es mejor terminar de modo limpio mientras me quede valor
suficiente para hacerlo.
Durante
un instante me miró, presa de un torbellino de emociones; luego, apretando de
pronto sus rojos labios contra los míos, se puso en pie de un salto y abandonó
a toda prisa la habitación. ¡Qué extraños son los caminos del amor! Dos barcos
embarrancados en las costas de la vida, nos habíamos acercado inexorablemente
el uno al otro y, aunque entre nosotros no se había cruzado palabra alguna de
amor, conocíamos lo que sentía el corazón del otro... A través de la mugre y
los harapos, a través de las señales que marcan al esclavo, cada uno conocía el
corazón del otro y desde el primer instante nos amamos de un modo tan puro y
natural como había sido dispuesto desde los inicios del Tiempo.
Este
era para mí, ahora, el principio y el fin de la vida, pues tan pronto como
hubiese completado mi tarea, apenas sintiese de nuevo los tormentos de mi
maldición, el amor y la vida, la belleza y el tormento serían borrados a la vez
de modo terrible y definitivo por una bala de pistola que haría pedazos mi
cerebro antes de que se pudriese. Mejor una muerta limpia que...
La
puerta se abrió de nuevo, dejando entrar a Yussef Alí.
–Ha
llegado la hora de partir –dijo lacónicamente–. Levántate y sígueme.
Por
supuesto, no tenía ni idea de la hora. No había ventana alguna en el cuarto que
yo ocupaba..., no había visto ninguna ventana, en realidad. Los cuartos estaban
iluminados por bujías colgadas de incensarios en el techo. Cuando me puse en
pie, el joven y delgado moro me lanzó de soslayo una mirada siniestra.
–Que
esto quede entre tú y yo –dijo, sibilante–. Servimos al mismo Amo..., pero este
asunto es puramente nuestro. Mantente a distancia de Zuleika..., el Amo me la
ha prometido cuando lleguen los días del imperio.
Mis
ojos se estrecharon hasta convertirse en rendijas clavadas en el iracundo y
apuesto rostro del oriental, y en mi interior nació un odio como pocas veces he
conocido. Mis dedos se abrieron y cerraron involuntariamente, y el moro,
notándolo, dio un paso atrás, la mano en el cinturón.
–Ahora
no..., ambos tenemos trabajo...; luego, quizá. –Añadió, en una repentina
explosión de odio–: ¡Cerdo! ¡Hombre–mono! ¡Cuando el Amo haya terminado contigo
saciaré mi daga en tu corazón!
Reí
secamente.
–Hazlo
pronto, serpiente del desierto, o te romperé la espalda con las manos.
10.
LA CASA OSCURA
¡Contra
todos los grilletes y los Infiernos del hombre
Yo
solo, al fin, sin ayuda... me rebelo!
Mundy
Seguí
a Yussef Alí a lo largo de los corredores serpenteantes, por los peldaños
(Kathulos no se hallaba en la sala del ídolo) y a lo largo del túnel, luego a
través de las estancias del Templo de los Sueños y al exterior, a la calle,
donde los faroles brillaban lúgubremente a través de la niebla y una leve
llovizna. Más allá había un automóvil, con las cortinillas corridas.
–Ese
es tu coche –dijo Hassim, que se había unido a nosotros–. Cruza con
naturalidad. No actúes de modo sospechoso, puede que estén vigilando el lugar.
El conductor ya sabe lo que debe hacer.
Después,
él y Yussef Alí volvieron a entrar en el bar y yo di un paso hacia la calzada.
–¡Stephen!
Una
voz que me hizo saltar de emoción el corazón pronunció mi
nombre!
Una blanca mano me hizo señas desde las sombras de un portal. Me acerqué
rápidamente.
–¡Zuleika!
–¡Shhh!
Me
cogió del brazo, dejándome algo en la mano; distinguí confusamente un frasquito
de oro.
–¡Escóndelo,
aprisa! –me susurró, ansiosa–. No regreses, vete y escóndete. Está lleno de
elixir..., intentaré conseguirte un poco más antes de que se acabe éste. Debes
hallar un modo de comunicar conmigo.
–Sí
pero, ¿cómo conseguiste esto? –pregunté asombrado.
–¡Se
lo robé al Amo! Ahora, por favor, debo irme antes de que me eche de menos.
Y de
un salto volvió al portal, desapareciendo. Permanecí allí, indeciso. Estaba
seguro de que, como mínimo, había arriesgado su vida para hacer esto y me
desgarraba el miedo de pensar lo que podría hacerle Kathulos si descubría el
robo. Pero volver a la mansión del misterio sería, ciertamente, provocar las
sospechas, y quizá me fuese posible llevar a cabo mi plan y devolver el golpe
antes de que El del Rostro de Calavera se enterase del engaño de su esclavo.
Así
pues, crucé la calle hasta donde me esperaba el automóvil. El conductor era un
negro al que no había visto antes, un hombre delgado de talla media. Le
contemplé con firmeza, preguntándome si había visto algo. No pareció haberse
enterado de nada y decidí que, incluso si me había visto retroceder entre las
sombras, no podía haber visto lo sucedido en ellas ni haber sido capaz de
reconocer a la muchacha.
Se
limitó a dirigirme una seña de asentimiento mientras yo me instalaba en el
asiento trasero y un momento después cruzábamos las calles desiertas y llenas
de niebla. Supuse que el fardo que había a mi lado era el disfraz mencionado
por el egipcio.
Recordar
de nuevo las sensaciones que experimenté mientras rodábamos a través de la
noche, oscura y lluviosa, sería imposible. Me sentí como si estuviese ya muerto
y las calles desiertas y tristes que me rodeaban fuesen los senderos de la
muerte por los que mi fantasma había sido condenado a vagar eternamente. Había
en mi corazón una alegría torturante y un lúgubre desespero..., aquel del
hombre condenado. No era que la muerte en sí me repeliese, ya que demasiadas
veces muere la víctima de la droga como para rehuir la última...; pero era duro
desaparecer justo cuando el amor había entrado en mi estéril vida. Y aún era
joven.
Una
sonrisa sardónica cruzó por mis labios... También los hombres que murieron a mi
lado, en la Tierra de Nadie, eran jóvenes. Me subí la manga y apreté los puños,
tensando los músculos. No había ningún peso superfluo en mi constitución, y
bastante carne había desaparecido, pero los grandes bíceps seguían abultando
como nudos de hierro, pareciendo indicar una fuerza enorme. Pero yo sabía que
mi fortaleza era falsa, que en realidad yo no era sino la cáscara rota de un
hombre, animada sólo por el fuego artificial del elixir, sin el cual hasta una
frágil muchacha podría derribarme.
El
automóvil se detuvo entre unos árboles. Nos hallábamos en los aledaños de un
barrio muy distinguido y sería algo más de medianoche. A través de los árboles
vi una gran casa que recortaba su negra figura contra los resplandores lejanos
del Londres nocturno.
–Espero
aquí –dijo el negro–. Nadie puede ver el automóvil desde la carretera o la
casa.
Sosteniendo
una cerilla de modo que su luz no pudiese ser detectada desde fuera del coche,
examiné el «disfraz» y me costó bastante contener una risa histérica. ¡El
disfraz era la piel entera de un gorila! Poniéndomela debajo del brazo me
dirigí hacia el muro que rodeaba la residencia de Frentón. Unos cuantos pasos y
los árboles donde se ocultaba el negro con el coche se confundieron en una masa
oscura. No creí que pudiese verme pero, para más seguridad, no me encaminé
hacia la gran puerta de hierro delantera sino hacia el muro lateral, donde no
había puerta. No había luz alguna en la casa. Sir Haldred estaba soltero y yo
estaba seguro de que toda la servidumbre hacía ya rato que dormían. Escalé el
muro con facilidad y me deslicé por el oscuro jardín hasta una puerta lateral,
llevando aún el grotesco «disfraz» bajo el brazo. La puerta estaba cerrada, tal
y como había previsto, y yo no deseaba despertar a nadie hasta hallarme seguro
en el interior de la casa, donde el ruido de las voces no llegaría a oídos del
que me había seguido, si es que alguien lo había hecho. Cogí el pomo con las
dos manos y, ejerciendo lentamente la fuerza inhumana que poseía, empecé a
retorcerlo. El eje giró entre mis manos y el cerrojo interior se quebró de
pronto, con un ruido que resonó en el silencio como un cañonazo. Un instante
más y ya estaba en el interior, cerrando la puerta a mis espaldas.
Di
un solo paso en la dirección en que creía estaba la escalera, entre las
tinieblas, y luego me detuve cuando el haz de una linterna me dio de lleno en
el rostro. Al lado del haz luminoso distinguí el destello del cañón de una
pistola. Más allá flotaba un rostro delgado, entre las sombras.
–¡Quédese
donde está y levante las manos!
Así
lo hice, dejando caer el fardo al suelo. Había oído esa voz solamente una vez
pero la reconocí... Supe, al instante, que el hombre que sostenía la linterna
era John Gordon.
–¿Cuántos
le acompañan? Su voz era seca e imperiosa.
–Estoy
solo –respondí–. Lléveme a un cuarto desde donde no puedan ver luz en el
exterior y le contaré algunas cosas que desea saber.
Permaneció
callado; luego, indicándome con una seña que recogiese el bulto que había
dejado caer, se apartó y, con otro gesto, me hizo seguirle hasta la siguiente
habitación. Allí me dirigió hacia una escalera y, una vez arriba, abrió una
puerta y encendió la luz.
Estábamos
en un cuarto con las cortinas corridas. Durante todo el trayecto Gordon no
había bajado la guardia y ahora permanecía inmóvil, apuntándome aún con su
revólver. Vestido con ropas convencionales, resultaba un hombre alto, delgado
pero de constitución poderosa, más alto que yo pero no tan corpulento, con los
ojos color gris acerado y rasgos bien perfilados. Algo en aquel hombre me
atraía, aunque percibí el morado en su mandíbula, allí donde mi puño le había
golpeado en nuestro último encuentro.
–No
puedo creer –dijo, con tono resuelto–, que esta aparente torpeza y falta de
tacto sean reales. Sin duda, tiene usted sus razones para desear que me halle
ahora en una habitación cerrada, pero sir Haldred está suficientemente
protegido incluso en estos momentos. Quédese quieto.
Con
el cañón del arma en mi pecho, me registró la ropa en busca de armas ocultas,
pareciendo ligeramente sorprendido al no hallar ninguna.
–Con
todo –musitó para sí mismo–, un hombre capaz de romper una cerradura de hierro
con las manos desnudas, mal precisa armas.
–Está
malgastando un tiempo precioso –dije, impaciente–. Fui enviado aquí esta noche
para matar a sir Haldred Frentón.
–¿Quién
le envió? –la pregunta fue como un disparo.
–El
hombre que suele disfrazarse de leproso. Asintió, un vago brillo en sus ojos
centelleantes.
–Entonces,
mis sospechas eran correctas.
–Sin
duda. Escúcheme con atención... ¿Desea la muerte o el arresto de ese hombre?
Gordon rió secamente.
–Mi
respuesta sería superflua para alguien que lleva en la mano la marca del
escorpión.
–Entonces,
siga mis indicaciones y sus deseos se cumplirán. Sus ojos se entrecerraron,
llenos de sospecha.
–Así
que éste era el significado de esa entrada sin disimulo y sin resistencia –dijo
lentamente–. ¿Acaso la droga que le dilata las pupilas le trastorna también la
mente, como para creer que puede tenderme una emboscada?
Me
apreté las sienes con las manos. El tiempo corría y cada momento era
precioso... ¿Cómo podía convencer de mi honestidad a este hombre?
–Escuche;
me llamo Stephen Costigan, de América. Frecuenté el tugurio de Yun Shatu y fui
adicto al opio, como habrá supuesto, sólo que ahora soy esclavo de una droga
más fuerte. A causa de tal esclavitud, el hombre que usted conoce como un falso
leproso y a quien Yun Shatu y sus amigos llaman «Amo», adquirió dominio sobre
mí y me mandó aquí para matar a sir Haldred..., la razón, sólo Dios la conoce.
Pero he conseguido hacerme con cierta cantidad de esa droga que necesito para
vivir, y temo y odio al Amo. ¡Escúcheme y le juro por todo lo santo y lo
blasfemo que antes de que salga el sol el falso leproso estará en su poder!
Pude
ver que, a pesar suyo, Gordon estaba impresionado.
–¡Hable,
rápido! –dijo secamente.
Con
todo, podía notar aún su incredulidad y un sentimiento de inutilidad me
invadió.
–Si
no va a ayudarme –dije–, déjeme marchar y, como sea, hallaré un modo de llegar
hasta el Amo y matarle. Me queda poco tiempo..., tengo las horas contadas y aún
he de cumplir mi venganza.
–Déjeme
oír su plan, y hable deprisa –respondió Gordon.
–Es
bastante sencillo. Volveré al cubil del Amo y le diré que he hecho lo que me
había encargado. Usted debe seguirme de cerca con sus hombres y mientras que yo
mantengo ocupado el Amo con esa conversación, rodee la casa. Luego, a mi señal,
irrumpa en ella, mátelo o cójalo prisionero.
Gordon
frunció el ceño.
–¿Dónde
se halla esa casa?
–El
almacén de la parte trasera de Yun Shatu ha sido convertido en un auténtico
palacio oriental.
–¡El
almacén! –exclamó–. ¿Cómo es posible? En un primer momento pensé en eso, pero
lo hice examinar cuidadosamente desde el exterior. Las ventanas están tapiadas
y las arañas han tejido sus telarañas en ellas. Las puertas están condenadas
con clavos por fuera y los sellos que indican que el almacén está abandonado
como siempre no han sido forzados ni manipulados en modo alguno.
–Entraron
por un túnel –contesté yo–. El Templo de los Sueños está directamente conectado
con el almacén.
–He
cruzado la calle que hay entre los dos edificios –dijo Gordon–, y las puertas
del almacén que dan a ella están, como ya he dicho, selladas con clavos desde
el exterior, igual que las dejaron los propietarios. Aparentemente, no hay
salida trasera de ninguna clase desde el Templo de los Sueños.
–Un
túnel conecta los edificios, con una puerta en el cuarto trasero de Yun Shatu y
la otra en la sala del ídolo del almacén.
–He
estado en el cuarto trasero de Yun Shatu y no hallé tal puerta.
–La
mesa está colocada encima. ¿Se fijó en la gran mesa en el centro del cuarto? Si
la hubiese hecho girar, la puerta secreta se habría abierto en el suelo. Ahora,
veamos mi plan: yo entraré en el Templo de los Sueños y me enfrentaré al Amo en
la sala del ídolo. Usted tendrá hombres secretamente apostados delante del
almacén y en la otra calle, delante del Templo de los Sueños. El edificio de
Yun Shatu, como sabe, está enfrente del muelle, en tanto que el almacén,
encarado en dirección opuesta, da a una callejuela que corre paralela al río. A
mi señal, deje que los hombres de la calle irrumpan en la parte delantera del
almacén, en tanto que, simultáneamente, los que se hallan delante de Yun Shatu
deben invadir el Templo de los Sueños. Que se dirijan hacia el cuarto trasero,
disparando sin piedad a cualquiera que intente detenerlos y, una vez allí, que
abran la puerta secreta como le he explicado. No habiendo, por lo que yo sé,
otra salida en el cubil del Amo, él y sus servidores intentarán huir, forzosamente,
por el túnel. Así, les cerraremos las dos únicas salidas.
Gordon
meditó esto en tanto que yo estudiaba su rostro conteniendo el aliento.
–Puede
ser una trampa –murmuró–, o un intento de alejarme de sir Haldred, pero...
Contuve
la respiración.
–Soy
jugador por naturaleza –dijo lentamente–. Voy a seguir lo que ustedes, los
americanos, llaman un palpito... ¡Pero, si me está mintiendo, que Dios le
ayude!
De
un salto me puse en pie.
–¡Gracias
a Dios! Ahora, écheme una mano con este disfraz, pues debo llevarlo cuando
regrese al automóvil que me espera.
Entrecerró
levemente los ojos mientras yo desplegaba el horrendo disfraz y me preparaba
para ponérmelo.
–Esto
muestra, como siempre, el sello de la mano del amo. ¿Le instruyó, sin duda,
para que dejase huellas de sus manos, embutidas en esos horrendos guantes?
–Sí,
aunque no tengo ni idea de la razón.
–Creo
que yo sí. El Amo es famoso por no dejar pistas auténticas que indiquen sus
crímenes. Un gran simio huyó de un zoológico cercano esta tarde y eso me parece
demasiado obvio como para deberse a
una
simple cuestión del azar, dado este disfraz. Habrían acusado al mono de la
muerte de sir Haldred.
No
tuve dificultad en vestirme el disfraz y la ilusión de realidad así creada era
tan perfecta que me arrancó un estremecimiento cuando me vi en el espejo.
–Ahora
son las dos –dijo Gordon–. Teniendo en cuenta el tiempo que tardará en volver a
Limehouse y el que tardaré yo en dar las instrucciones a mis hombres, le
prometo que a las cuatro y media la casa estará bien rodeada. Deme un poco de
ventaja, espere aquí hasta que yo haya salido de la mansión, para que pueda
llegar, al menos, al mismo tiempo que usted.
–¡Bien!
–Impulsivamente, le estreché la mano–. Habrá allí, sin duda, una muchacha que
no está implicada en modo alguno con las maldades diabólicas del Amo, y es sólo
una víctima de las circunstancias, como lo he sido yo. Trátela con gentileza.
–Así
se hará. ¿Qué señal debo aguardar?
–No
tengo posibilidad de hacerle ninguna señal y dudo mucho de que cualquier ruido
dentro de la casa se pudiese oír en la calle. Que sus hombres entren al dar las
cinco.
Me
di la vuelta dispuesto a irme.
–He
entendido que le aguarda un hombre en un coche. ¿Es posible que sospeche algo?
–Tengo
un modo de descubrirlo y, si sospecha –repliqué con dureza–, volveré solo al
Templo de los Sueños.
11.
LAS CUATRO TREINTA Y CUATRO
Dudando,
soñando cosas que
Jamás
antes mortal alguno osó soñar.
La
puerta se cerró silenciosamente a mis espaldas, el oscuro caserón más imponente
que nunca. Crucé a la carrera el jardín, agazapado, una figura tan grotesca y
espantosa que no tuve duda alguna de que si me veían sería tomado por un mono
gigantesco y no por un hombre. ¡Tan hábilmente había sido concebido el plan del
Amo!
Trepé
el muro y me dejé caer al suelo, abriéndome paso a través de la oscuridad y la
llovizna hasta el grupo de árboles que ocultaban el automóvil.
El
conductor negro era visible en el asiento delantero. Yo jadeaba y traté, por
todos los modos, de simular las reacciones de un hombre que acababa de cometer
un asesinato a sangre fría y huye de la escena de su crimen.
–¿No
oyó nada, ningún ruido, algún grito? –siseé, cogiéndole del brazo.
–Ningún
ruido, salvo un leve choque cuando entró –me contestó él–. Hizo un buen
trabajo, nadie que pasase por el camino podría haber sospechado nada.
–¿Ha
estado todo el tiempo en el coche? –pregunté.
Cuando
me contestó que sí, le cogí del tobillo y pasé la mano por las suelas de su
calzado; estaba perfectamente seco, al igual que la pernera del pantalón.
Satisfecho, me instalé en el asiento trasero. Si hubiese pisado el suelo, el
zapato y la tela mojados lo habrían delatado.
Le
ordené que no pusiese en marcha el motor hasta que me hubiese quitado la piel
de mono, y después nos lanzamos a través de la noche y yo empecé a ser presa de
la duda y la incertidumbre. ¿Por qué iba Gordon a fiarse de la palabra de un
extraño, un antiguo aliado del Amo? ¿No desdeñaría acaso mi historia como los
delirios de un adicto enloquecido por la droga, o como una mentira destinada a
llevarle a una trampa o a hacerle cometer un error? Y, con todo, si no me había
creído, ¿por qué me había dejado ir?
No
podía sino confiar en él. De cualquier modo, lo que Gordon hiciese o dejase de
hacer no podía afectar demasiado a mi destino final, aunque Zuleika me hubiese
aprovisionado de algo que no haría sino alargar el número de mis días. Mis
pensamientos se centraron en ella y, más que mi esperanza de vengarme de
Kathulos, era la esperanza de que Gordon fuese capaz de salvarla de la garras
del demonio lo que me sostenía. De cualquier modo, pensé, si Gordon me fallaba,
seguía contando con mis manos y, si podía aferrar con ellas el huesudo cuerpo
del Rostro de Calavera...
De
pronto, me hallé pensando en Yussef Alí y sus extrañas palabras, cuya
importancia venían ahora a mi memoria, ¡El Amo me la ha prometido en los días
del imperio!
Los
días del imperio, ¿qué podía significar eso?
El
automóvil frenó por fin ante el edificio que ocultaba el Templo del Silencio,
ahora oscuro y callado. El viaje me había parecido interminable y, antes de
bajar, miré hacia el reloj situado en el salpicadero del coche. El corazón me
dio un salto, eran las cuatro y treinta y cuatro y, a menos que mis ojos me
engañasen, vi un movimiento en las sombras al otro lado de la calle, fuera del
alcance de los faroles. A estas horas de la noche sólo podía tener dos
significados: algún esbirro del Amo aguardando mi regreso o, de lo contrario,
Gordon había cumplido su palabra. El negro se marchó con el coche y yo abrí la
puerta, crucé el abandonado bar y entré en la sala del opio. Los camastros y el
suelo estaban sembrados de soñadores, pues lugares como éste no saben nada del
día o de la noche tal y como los conocen la gente normal, pero todos yacían
sumidos en el estupor.
Las
luces, entre el humo y el silencio, destellaban como una neblina sobre toda la
escena.
12.
AL DAR LAS CINCO
Vio
las colosales huellas de la muerte Y muchas figuras fatídicas.
Chesterton
Había
dos muchachos chinos acuclillados ante el fuego, mirándome sin pestañear
mientras yo me abría paso entre los cuerpos recostados y me dirigía hacia la
puerta trasera. Por primera vez atravesé en solitario el corredor y tuve tiempo
suficiente para interrogarme de nuevo sobre el contenido de los extraños cofres
que se alineaban a lo largo de las paredes.
Cuatro
golpes en el suelo y, un instante después, estaba en la sala del ídolo. Lancé
un respingo de sorpresa, el hecho de que al otro lado de una mesa estuviese
sentado Kathulos, en todo su horror, no fue la causa de mi exclamación. Excepto
por la mesa, la silla en la que estaba sentado el Rostro de Calavera y el
altar, ahora sin incienso que lo velase, ¡la sala estaba totalmente vacía! Los
feos muros desnudos del almacén se ofrecieron a mi vista, en vez de los
costosos tapices a los que había llegado a habituarme. Las palmeras, el ídolo,
el biombo lacado..., todo había desaparecido.
–Ah,
señor Costigan, sin duda se hace usted preguntas. La muerta voz del Amo se
inmiscuyó en mis pensamientos. Sus ojos de serpiente brillaban de un modo
maligno. Los dedos largos y amarillentos se entrelazaban sobre la mesa con un
movimiento sinuoso.
Me
creyó un idiota confiado, sin duda! –dijo de pronto–. ¿Acaso pensaste que no te
haría seguir? ¡Estúpido! ¡Yussef Alí te pisaba los talones a cada instante!
Permanecí
un momento mudo e inmóvil, como helado por el impacto de esas palabras en mi
mente; luego, cuando me di cuenta de lo que significaban, me lancé hacia
adelante con un rugido. En el mismo instante, antes de que mis tensos dedos
pudiesen cerrarse sobre el horror que se mofaba de mí al otro extremo de la
mesa, irrumpieron hombres procedentes de todas direcciones. Giré en redondo y,
con la claridad del odio, distinguí entre el remolino de rostros salvajes el de
Yussef Alí, y mi puño derecho se estrelló en su sien con el impulso de hasta el
último gramo de fortaleza que poseía. Mientras caía, Hassim me golpeó,
haciéndome caer de rodillas, y un chino me arrojó una red sobre los hombros.
Logré ponerme en pie, rompiendo las resistentes fibras como si fuesen hilos y
entonces un garrote blandido por Ganra Singh me dejó tendido en el suelo,
aturdido y sangrando.
Manos
delgadas y musculosas me apresaron, atándome con cuerdas que me mordían
cruelmente la carne. Emergiendo de las nieblas de la semiinconsciencia, me
hallé yaciendo en el altar, con un Kathulos enmascarado que se alzaba sobre mí
como una macilenta torre de marfil. Alrededor, en semicírculo, se hallaban
Ganra Singh, Yar Khan, Yun Shatu y algunos más a los que conocía como asiduos
del Templo de los Sueños. Más allá de ellos, y el verla me hirió el corazón,
distinguí a Zuleika agazapada en el umbral, el rostro lívido y las manos
apretadas contra las mejillas, en una actitud de abyecto terror.
–No
confié plenamente en ti –dijo Kathulos, con voz sibilante–, así que mandé a
Yussef Alí para que te siguiese. Llegó antes que tú al grupo de árboles y,
siguiéndote al interior de la residencia, oyó tu más que interesante
conversación con John Gordon, ¡pues trepó el muro de la casa como un gato,
agarrándose al alféizar de la ventana! Tu conductor se retrasó a propósito para
darle a Yussef Alí el tiempo suficiente para regresar. De todos modos, ya había
decidido cambiar de residencia. Mis posesiones están ya en camino hacia otra
casa, y tan pronto como nos hayamos librado del traidor..., ¡tú!, también
nosotros partiremos, dejando una pequeña sorpresa para tu amigo Gordon cuando
llegue a las cinco y media.
Mi
corazón saltó repentinamente esperanzado. Yussef Alí había entendido mal y
Kathulos permanecía aquí, falsamente seguro, en tanto que la fuerza de
detectives de Londres ya había rodeado silenciosamente la casa. Por encima del
hombro, vi cómo Zuleika abandonaba la puerta.
Miré
fijamente a Kathulos, absolutamente inconsciente de lo que decía. No faltaba
mucho para las cinco, si se entretenía lo bastante... Y entonces me quedé
helado al pronunciar una palabra el egipcio y avanzar Li Kung, un chino flaco y
cadavérico, desde el silencioso semicírculo, sacando de su manga una daga larga
y delgada. Busqué con la mirada el reloj que seguía en la mesa y desfallecí.
Aún faltaban diez minutos para las cinco. Mi muerte no importaba tanto, dado
que, sencillamente, se había apresurado lo inevitable, pero en mi mente pude
ver a Kathulos y sus asesinos huyendo mientras la policía aguardaba a que
diesen las cinco.
Rostro
de Calavera se detuvo de golpe y permaneció inmóvil, como escuchando. Creo que
su increíble intuición le advirtió del peligro. Le dirigió una seca retahíla de
órdenes a Li Kung y el chino se lanzó hacia adelante, la daga levantada sobre
mi pecho.
De
pronto, el aire se sobrecargó de tensión y movimiento. La afilada punta de la
daga se cernía sobre mí..., ¡y, alto y claro, se oyó el sonido de un silbato de
la policía y, casi inmediatamente, un estruendo terrorífico desde la parte
delantera del almacén!
Kathulos
se movió frenéticamente. Siseando órdenes como un gato enfurecido, se lanzó
hacia la puerta oculta y los demás le siguieron. Las cosas sucedieron con la
celeridad de una pesadilla. Li Kung había seguido a los otros, pero Kathulos le
lanzó una orden por encima del hombro y el chino giró en redondo para lanzarse
a la carrera hacia el altar donde yo seguía tendido, la daga en alto, el rostro
lleno de desesperación.
Un
grito sonó por encima del clamor y, mientras yo me retorcía desesperadamente
para evitar la daga que caía sobre mí, distinguí fugazmente cómo Kathulos se
llevaba a Zuleika por la fuerza. Entonces, con un esfuerzo frenético, caí del
altar justo cuando la daga de Li Kung, arañándome el pecho, se hundía unos
centímetros en la superficie llena de manchas oscuras, donde quedó vibrando.
Había
caído al lado del muro y no podía ver lo que estaba ocurriendo en la sala, pero
me pareció que, a lo lejos, podían oírse los débiles y espantosos gritos de
muchos hombres. Entonces Li Kung logró desclavar la daga del altar y saltó,
como un tigre, por encima de éste. Simultáneamente, un revólver disparó desde
el umbral, el chino dio una voltereta, la daga escapando de su mano y se
derrumbó en el suelo.
Gordon
llegó corriendo desde el umbral donde, unos instantes antes, había estado
Zuleika, la pistola aún humeante en ristre. Le seguían tres hombres enérgicos y
de fuertes rasgos que vestían de paisano. Cortó mis ataduras y me puso en pie.
–¡Rápido!
¿Adonde se han ido?
Salvo
por la presencia de Gordon y sus hombres, y la mía, la sala estaba vacía,
aunque en el suelo había dos cadáveres.
Encontré
la puerta secreta y, tras unos segundos de búsqueda, localicé la palanca de
apertura. Con los revólveres desenfundados, los hombres se agruparon a mi
alrededor y lanzaron miradas nerviosas hacia la negra escalera. Ni un sonido
llegaba desde la oscuridad.
–¡Esto
es increíble! –musitó Gordon–. Supongo que el Amo y sus sirvientes siguieron
este camino cuando abandonaron el edificio, ya que ahora no están aquí, y Leary
y sus hombres tendrían que haberles detenido o en el túnel o en el cuarto
trasero de Yun Shatu. De cualquier modo, pase lo que pase, deberían haberse
comunicado con nosotros ya.
–¡Cuidado,
señor! –exclamó de pronto uno de los hombres.
Gordon,
profiriendo un insulto, usó la culata de su arma para aplastar a una enorme
serpiente que se había arrastrado silenciosamente hasta nosotros por los
peldaños desde la oscuridad inferior.
–Veamos
esto –dijo, incorporándose de nuevo.
Mas
antes de que pudiese pisar el primer peldaño, le detuve; pues, poco a poco,
empezaba a entender confusamente lo que había ocurrido, empezaba a entender el
silencio en el túnel, la ausencia de los detectives, los gritos que había oído
unos minutos antes mientras yacía en el altar. Examinando la palanca que abría
la puerta, hallé otra, más pequeña, y empecé a creer que conocía el contenido
de los misteriosos cofres del túnel.
–Gordon
–dije, la voz ronca–, ¿tiene una linterna? Uno de los hombres sacó una muy
potente.
–Dirija
la luz hacia el túnel pero, si aprecia su vida, no ponga el pie en esos
peldaños.
El
rayo de luz cortó las sombras, iluminando el túnel, delineando una escena que
no abandonará mi cerebro mientras viva. En el suelo del túnel, entre los cofres
que ahora aparecían abiertos, yacían dos hombres que habían sido miembros del
más selecto servicio secreto de la policía londinense. Los miembros retorcidos
y el rostro horrendamente distorsionado, allí yacían y, por encima de ellos,
casi cubriéndolos, se enroscaban docenas de espantosos reptiles, cuyas escamas
relucían con mil colores.
El
reloj dio las cinco.
13.
EL MENDIGO CIEGO QUE TENÍA COCHE
Parecía
un mendigo como hay muchos Buscando unas migajas y cerveza
Chesterton
El
alba, gris y fría, empezaba a insinuarse sobre el río mientras nosotros
entramos en el abandonado bar del Templo de los Sueños. Gordon estaba
interrogando a los dos hombres que habían permanecido de guardia en el exterior
del edificio en tanto que sus infortunados compañeros
–Señor,
tan pronto como oímos el silbato, Leary y Murken entraron corriendo en el bar y
penetraron en la sala del opio, mientras que nosotros esperábamos aquí en la
puerta del bar, según sus órdenes. En ese mismo instante, varios drogadictos
harapientos salieron dando tumbos y los cogimos. Pero no salió nadie más y no
oímos nada de Leary y Murken; así que nos limitamos a esperar aquí hasta que
usted llegó.
–¿No
vieron a un negro gigantesco, o al chino, Yun Shatu?
–No,
señor. Un poco después llegaron los patrulleros y dispusimos un cordón de
vigilancia alrededor de la casa, pero no vimos a nadie.
Gordon
se encogió de hombros; unas cuantas preguntas rutinarias le habían asegurado
que los cautivos eran adictos inofensivos, y los había dejado marchar.
–¿Están
seguros de que no salió nadie más?
–Sí,
señor..., no, espere un momento. Un viejo mendigo, ciego, salió, lleno de
suciedad y vestido con harapos, con una chica igualmente harapienta guiándole.
Le detuvimos un instante pero no mucho..., ese pobre desgraciado era
inofensivo.
–¿Sí?
–Gordon dio un respingo–. ¿Qué camino siguió?
–La
chica le guió por la calle hasta la siguiente manzana y entonces se detuvo un
automóvil, ellos entraron y se marcharon, señor. Gordon le miró fijamente.
–La
estupidez del detective londinense se ha convertido justamente en un chiste
internacional –dijo, sarcástico–. Sin duda, no se les ocurrió que hubiese algo
de extraño en el hecho de que un mendigo de Limehouse se fuese en su propio
coche.
Y
luego, despidiendo con un gesto impaciente a sus hombres, que intentaban decir
algo más que los disculpase, se volvió hacia mí y pude ver el cansancio
dibujado en las cuencas de sus ojos.
–Señor
Costigan, si sube a mi apartamento quizá podamos aclarar algunas cosas.
14.
EL IMPERIO NEGRO
¡Oh,
las nuevas lanzas mojadas en la sangre vital
mientras
la mujer gritaba en vano!
¡Oh,
los días que precedieron a los ingleses! ¿Cuándo
volverán
esos días?
Mundy
Gordon
encendió una cerilla y, distraído, dejó que se consumiera entre sus dedos. Su
cigarrillo turco colgaba, aún sin encender, entre sus dedos.
–Es
la conclusión más lógica a la que podemos llegar es que el eslabón débil en
nuestra cadena era la falta de hombres –decía–. Pero, ¡maldita sea!, no se
puede poner en pie de guerra a todo un ejército a las dos de la madrugada, ni
siquiera con la ayuda de Scotland Yard. Fui a Limehouse, di órdenes para que
los patrulleros me siguieran tan pronto como pudiesen, formando un cordón de
vigilancia alrededor de la casa.
«Llegaron
demasiado tarde para evitar que los sirvientes del Amo se escabullesen por las
puertas laterales y las ventanas, sin duda, y les fue fácil arreglárselas con
sólo Finnegan y Hansen para vigilar la parte delantera del edificio. De todos
modos, llegaron a tiempo para evitar que el Amo en persona huyese de ese modo;
sin duda, se retrasó para ponerse su disfraz y, de ese modo, poder huir. Le
debe su huida a su osadía, su astucia y el descuido de Finnegan y Hansen. La
muchacha que le acompañaba...
–Era
Zuleika, sin duda –le contesté lleno de inquietud, preguntándome de nuevo qué
era lo que la ataba al hechicero egipcio.
–Usted
le debe la vida –dijo secamente Gordon, encendiendo otra cerilla–. Estábamos
entre las sombras, delante del almacén, esperando que diese la hora y, por
supuesto, ignorantes de lo que sucedía dentro de la casa, cuando una muchacha
apareció en una de las ventanas con rejas y nos pidió, por el amor de Dios, que
hiciésemos algo, pues estaban asesinando a un hombre. Así pues, irrumpimos de
inmediato. Sin embargo, cuando entramos no la vimos por ninguna parte.
–Sin
duda, regresó a la sala –musité–, y el Amo la obligó a acompañarle. Quiera Dios
que no sepa nada de su engaño.
–No
sé –dijo Gordon, dejando caer la cerilla calcinada–, si adivinó nuestra
verdadera identidad o si, sencillamente, hizo esa llamada por desesperación.
»De
todos modos, la cuestión principal es que las evidencias indican que, al oír el
silbato, Leary y Murken invadieron el cubil de Yun Shatu por delante en el
mismo instante en que yo y otros tres hombres atacábamos la parte delantera del
almacén. Dado que tardamos algunos segundos en derribar la puerta, es lógico
suponer que descubrieron la puerta secreta y entraron en el túnel antes de que
nosotros lo hiciésemos en el almacén.
»E1
Amo, conociendo de antemano nuestros planes, y sabiendo que de haber una
invasión se realizaría a través del túnel y teniendo listos los preparativos
para tal emergencia...
Un
estremecimiento involuntario me recorrió todo el cuerpo.
–...el
Amo hizo funcionar la palanca que abría los cofres; los gritos que oyó mientras
yacía en el altar eran los alaridos de la muerte de Leary y Murken. Luego,
dejando detrás al chino para que acabase con usted, el Amo y los demás
descendieron al túnel, por increíble que parezca, y se abrieron paso, sin
sufrir daño alguno, entre las serpientes, entrando en la casa de Yun Shatu y
escapando, desde allí, tal y como he dicho antes.
–Eso
parece imposible. ¿Por qué no les atacaron las serpientes? Gordon encendió al
fin su cigarrillo y dio unas bocanadas antes de replicar.
–Puede
que los reptiles tuviesen toda su horrenda atención concentrada en los
moribundos, o también... En otras ocasiones he tenido que enfrentarme a pruebas
indiscutibles del dominio que el Amo posee sobre bestias y reptiles de las
categorías más primitivas o peligrosas. De qué manera él y sus esclavos pasaron
sin sufrir daño por entre esos demonios escamosos debe seguir siendo, por
ahora, uno de los muchos misterios sin solventar concernientes a ese extraño
hombre.
Me
removí inquieto en mi silla. Eso me llevaba al propósito de aclarar las cosas
que me había llevado a las ordenadas pero extrañas habitaciones de Gordon.
–Aún
no me ha contado –dije con cierta brusquedad–, quién es ese hombre y cuál es su
misión.
–En
cuanto a quién es, sólo puedo decir que es conocido con el nombre que usted le
da: el Amo.
Nunca
le he visto sin máscara, y no conozco su nombre auténtico ni su nacionalidad.
–Ahí
puedo aclararle un poco las cosas –le interrumpí–. Le he visto desenmascarado y
he oído el nombre que le dan sus esclavos.
Los
ojos de Gordon parecieron arder y le vi inclinarse hacia adelante.
–Su
nombre –proseguí– es Kathulos y dice ser egipcio.
–¡Kathulos!
–repitió Gordon–. Y dice que pretende ser egipcio. ¿Tiene alguna razón para
dudar que esa sea su nacionalidad?
–Puede
que sea de Egipto –respondí con lentitud–, pero, de algún modo, es distinto de
cualquier humano que yo haya visto o pueda llegar a ver. Puede que su avanzada
edad explique algunas de sus peculiaridades, pero hay ciertas diferencias
hereditarias que por mis estudios antropológicos sé que han estado presentes
desde el nacimiento..., rasgos que serían anormales en cualquier otro hombre
pero que son perfectamente normales en Kathulos. Admito que eso puede sonar
paradójico pero, para apreciar en su totalidad la horrible inhumanidad de ese
ser, tendría que haberlo visto en persona.
Gordon
estuvo escuchándome atentamente mientras yo trazaba con rapidez un retrato del
egipcio tal y como le recordaba..., y su apariencia estaba grabada
indeleblemente para siempre en mi cerebro. Cuando acabé, él asintió.
–Como
le he dicho, nunca he visto a Kathulos excepto disfrazado de mendigo, leproso o
cosas parecidas..., siempre cubierto casi totalmente de harapos. Con todo,
también a mí me ha impresionado una extraña diferencia en él, algo que no está
presente en los demás hombres.
Gordon
se golpeó rítmicamente la rodilla con los dedos, costumbre que delataba su gran
preocupación por un problema, sea del tipo que sea.
–Me
ha preguntado cuál es la misión de ese hombre –empezó a hablar lentamente–. Le
diré todo lo que sé.
»Mi
posición en el Gobierno inglés es única y bastante particular. Estoy a cargo de
lo que podría calificarse de un departamento nómada, una oficina creada con el
único propósito de satisfacer mis necesidades especiales. En tanto que oficial
del servicio secreto durante la guerra, convencí al Gobierno de la necesidad de
crear ese departamento y mi capacidad para ponerme al frente.
»Hace
unos diecisiete meses fui enviado a Sudáfrica para investigar las razones de la
intranquilidad que se ha estado propagando entre los nativos del interior desde
la guerra mundial y que, en los últimos tiempos, ha cobrado proporciones
alarmantes. Allí encontré por primera vez el rastro de ese hombre, Kathulos.
Descubrí, de modo bastante tortuoso, que África era un caldero en el que hervía
la rebelión, desde Marruecos a Ciudad del Cabo. El viejo, viejo juramento había
sido pronunciado de nuevo: los negros y los mahometanos, unidos, echarían al
mar a los hombres blancos.
»Este
pacto había sido hecho antes pero siempre, fuese como fuese, se había roto.
Ahora, sin embargo, percibí un gigantesco intelecto y un genio monstruoso
detrás del velo, un genio lo bastante poderoso como para crear tal unión y
sostenerla. Trabajando a partir de indicios y pistas apenas susurradas, seguí
el rastro hasta el África central y Egipto. Allí, al fin, obtuve pruebas
definitivas de que existía tal hombre. Las murmuraciones hablaban de un muerto
viviente..., un hombre con el rostro de calavera. Me enteré de que ese hombre
era el gran sacerdote de la misteriosa sociedad del Escorpión, en África del
norte. Se hablaba de él, al mismo tiempo, como Rostro de Calavera, el Amo y el
Escorpión.
»Siguiendo
el rastro que me proporcionaron funcionarios sobornados y secretos de estado
puestos al descubierto, al fin le hallé en Alejandría, donde le vi fugazmente
por primera vez en un tugurio del barrio indígena, disfrazado de leproso. Oí
con claridad cómo le llamaban "poderoso Escorpión" los nativos. Pero
se me escapó.
»Entonces
se desvanecieron todos los rastros; la pista se borró por completo hasta que
llegaron a mí rumores de extraños acontecimientos en Londres y regresé a
Inglaterra para investigar una aparente filtración en el Ministerio de Guerra.
»Como
había pensado, el Escorpión me precedió. Ese hombre, cuya educación y astucia
superan a todo aquello con lo que me he enfrentado hasta ahora, es
sencillamente el líder e instigador de un movimiento de alcance mundial, como
nunca antes se ha visto en este planeta. ¡Planea, en una palabra, exterminar la
raza blanca!
»¡Su
meta definitiva es un imperio negro, con él como emperador del mundo! Y con ese
fin ha unido en una monstruosa conspiración a los negros, los cobrizos y los
amarillos.
–Ahora
entiendo lo que Yussef Alí quería decir con «los días del imperio» –murmuré.
–Exactamente
–dijo Gordon, conteniendo a duras penas su exaltación–. El poder de Kathulos es
ilimitado e imposible de adivinar. Sus tentáculos se extienden como los de un
pulpo hasta los más altos lugares de la civilización y los más lejanos rincones
del mundo. Y su arma básica es ¡la droga! Ha inundado Europa y, sin duda,
también América con el opio y el hachís y, pese a todos los esfuerzos, ha sido
imposible descubrir la brecha en las barreras a través de las que llega la
sustancia infernal. Con ella atrae y esclaviza a hombres y mujeres.
»Me
ha hablado de hombres y mujeres de la aristocracia que vio acudir al tugurio de
Yun Shatu. Sin duda eran adictos a la droga pues, tal como le he dicho, el
hábito acecha a las más altas esferas, personas de ocupantes puestos en el
Gobierno que, sin duda, acudían a conseguir la sustancia que anhelan dando a
cambio secretos de estado, información interior y la promesa de protección para
los crímenes del Amo.
»¡Oh,
no actúa a tontas y a locas! Antes de que llegue la oleada negra, estará
preparado... si le permitimos salirse con la suya, los gobiernos de los países
de raza blanca serán hormigueros de corrupción, los hombres blancos más fuertes
estarán muertos. Los secretos de guerra de los blancos serán suyos. Cuando
llegue el momento, preveo un levantamiento simultáneo contra la supremacía
blanca de todas las razas de color, razas que, en la última guerra, aprendieron
el modo de luchar del hombre blanco y que, conducidas por un hombre como
Kathulos y armadas con las mejores armas del blanco, serán casi invencibles.
»Una
corriente constante de rifles y munición ha estado afluyendo al este de África
y no fue detenida hasta que yo descubrí su fuente. Hallé que una sólida firma
escocesa, digna de toda confianza, introducía de contrabando esas armas entre
los nativos, y hallé más aún: el director de esa firma era un esclavo del opio.
Eso fue bastante. Vi la mano de Kathulos en el asunto. El director fue
arrestado y se suicidó en su celda... Ésa es sólo una de las muchas situaciones
que requieren mi intervención.
»Igual
pasa con el caso del mayor Fairlan Morley. Como yo, él ocupaba un cargo de
naturaleza muy flexible y había sido enviado al Transvaal para trabajar en el
mismo caso. Mandó a Londres cierta cantidad de documentos secretos para que
fuesen puestos a buen recaudo. Llegaron hace unas semanas y fueron guardados en
la caja fuerte de un banco. La carta que los acompañaba daba instrucciones
explícitas de que debían ser entregados únicamente al mayor en persona cuando
él fuese a buscarlos o, en caso de que muriese, a mí.
»Tan
pronto como supe que había zarpado de África, mandé hombres de confianza a
Burdeos, donde pretendía poner pie, por primera vez, en tierra europea. Aunque
no lograron salvar la vida del mayor, confirmaron su muerte pues hallaron su
cuerpo en una nave abandonada cuyo casco estaba embarrancado en la playa. Se
hicieron esfuerzos para mantener secreto el asunto pero, fuese como fuese, se
filtró a los periódicos con el resultado...
–Empiezo
a entender por qué debía fingir que yo era el desgraciado mayor –le interrumpí.
–Exacto.
Con una barba falsa y el pelo negro teñido de rubio, se habría presentado en el
banco, habría recibido los documentos del banquero, el cual apenas conocía al
mayor Morley y era fácil engañarle, y los documentos habrían caído en las manos
del Amo.
»En
cuanto al contenido de esos documentos, no puedo hacer sino conjeturas pues las
cosas han estado ocurriendo con demasiada velocidad como para que me fuese
posible hacer una llamada y obtenerlos. Pero deben referirse a temas
estrechamente relacionados con las actividades de Kathulos. Cómo llegó a
enterarse de su existencia y de cláusulas establecidas por la carta que los
acompañaba es algo de lo que no tengo ni idea pero, como dije, Londres está
plagado de espías suyos.
«Buscando
más pistas, frecuenté con asiduidad Limehouse disfrazado tal y como me vio por
primera vez. Acudí a menudo al Templo de los Sueños y, una vez, hasta me las
arreglé para entrar en el cuarto trasero, pues sospechaba la existencia de
alguna especie de lugar de citas en esa parte del edificio. La ausencia de todo
tipo de salida me sorprendió y no tuve tiempo de buscar puertas secretas pues
fui expulsado por ese negro gigantesco, Hassim, que afortunadamente no sospechó
mi verdadera identidad. Me di cuenta de que, muy a menudo, un leproso entraba o
salía del cubil de Yun Shatu y, finalmente, se me ocurrió que, sin duda alguna,
ese supuesto leproso era el Escorpión en persona.
»La
noche en que me descubrió en el camastro, en la sala del opio, había acudido
allí sin tener ningún plan en especial. Al ver que Kathulos se iba, me decidí a
levantarme y seguirle, pero usted lo echó a perder.
Se
acarició pensativamente el mentón y lanzó un risa algo amarga.
–Fui
campeón de boxeo amateur en Oxford –dijo–, pero ni Tom Cribb en persona podría
haber evitado ese golpe..., o haberlo encajado.
–Lo
lamento de verdad.
–No
hace falta que se disculpe. Me salvó la vida inmediatamente después. Me hallaba
aturdido, pero no lo bastante como para no darme cuenta que ese diablo cobrizo,
Yussef Alí, ardía en deseos de sacarme el corazón a cuchilladas.
–¿Cómo
llegó a la residencia de sir Haldred Frentón? ¿Y por qué no batió el tugurio de
Yun Shatu?
–No
hice que batieran el lugar porque sabía que, de un modo u otro, Kathulos sería
avisado y nuestros esfuerzos no darían ningún resultado. Me hallaba en casa de
sir Haldred esa noche porque me las he arreglado para pasar con él al menos un
rato cada noche desde que volvió del Congo. Preveía que atentarían contra su
vida desde el momento en que supe, de sus propios labios, que estaba
preparando, a partir de los estudios que realizó durante su viaje, un tratado
sobre las sociedades secretas nativas del oeste de África. Hizo alusión a que
las revelaciones que contendría serían, como mínimo, sensacionales. Dado que
destruir a los hombres que podrían ser capaces de alertar al mundo occidental
sobre el peligro que corre obra, obviamente, a favor de Kathulos, supe que sir
Haldred era un hombre marcado. La verdad es que hubo dos claros atentados
contra su vida durante el viaje que hizo desde el interior de África hacia la
costa. Así que puse a hombres de confianza para que lo vigilasen que, incluso
ahora, lo siguen haciendo.
»Haciendo
una ronda por la casa, a oscuras, oí el ruido producido por su entrada y,
advirtiendo a mis hombres, fui a interceptarle. En el momento de nuestra
conversación, sir Haldred estaba sentado en su estudio, con las luces apagadas,
con un hombre de Scotland Yard a cada lado, el arma desenfundada. Sin duda, esa
vigilancia es la responsable de que fracasase el plan que había llevado a
Yussef Alí hasta allí.
Tras
una pequeña pausa, prosiguió:
–Pese
a usted mismo, algo en su modo de actuar me convenció. Admitiré que tuve
algunos momentos de duda mientras aguardaba en la oscuridad, antes del
amanecer, en el exterior del almacén.
De
pronto, Gordon se puso en pie y, acercándose a una caja fuerte que había en un
rincón del cuarto, sacó de ella un grueso sobre.
–Aunque
Kathulos prácticamente me ha dado jaque en cada uno de mis movimientos –dijo–,
no me he quedado de brazos cruzados. He tomado nota de los que frecuentaban el
tugurio de Yun Shatu, he compilado una lista parcial de los hombres de más
confianza del egipcio, con sus descripciones. Lo que me ha contado me ha
permitido completar esa lista. Como sabemos, sus esbirros se hallan esparcidos
por todo el mundo y, posiblemente, hay centenares de ellos aquí, en Londres.
Con todo, esta lista es de los que creo que pertenecen a su círculo más íntimo
y que se hallan ahora con él, en Inglaterra. Él mismo le dijo que muy pocos,
incluso entre sus seguidores, le han visto alguna vez sin máscara.
Revisamos
juntos la lista, que contenía los siguientes nombres: «Yun Shatu, chino, de
Hong–Kong, sospechoso de contrabando de opio, guardián del Templo de los
Sueños, residente en Limehouse durante siete años. Hassim, ex jefe senegalés,
buscado en el Congo francés por asesinato. Santiago, negro, huido de Haití bajo
sospecha de atrocidades como adorador del vudú. Yar Khan, afridi, sin datos.
Yussef Alí, moro, tratante de esclavos en Marruecos, sospechoso de ser espía
alemán durante la guerra mundial, instigador de la rebelión de los fellahin en
el Nilo superior. Ganra Singh, Labore, India, sikh, contrabandista de armas en
Afganistán, tomó parte activa en los tumultos de Lahore y Delhi, sospechoso de
asesinato en dos ocasiones, hombre muy peligroso. Stephen Costigan, americano,
residente en Inglaterra desde la guerra, adicto al opio, hombre de notable
fuerza. Li Kung, del norte de China, traficante de opio.»
Había
líneas que subrayaban de modo significativo tres nombres: el mío, el de Li Kung
y el de Yussef Alí. No había nada escrito junto al mío, pero siguiendo al de Li
Kung, garabateado apresuradamente en la descuidada escritura de Gordon, se
podía leer lo siguiente: «Muerto de un tiro por John Gordon durante la
incursión en el tugurio de Yun Shatu.» Y, siguiendo al nombre de Yussef Alí:
«Muerto por Stephen Costigan durante la incursión en el tugurio de Yun Shatu.»
Reí,
sin demasiados deseos de hacerlo. Con imperio negro o sin él, Yussef Alí nunca
estrecharía en sus brazos a Zuleika, pues nunca había llegado a levantarse del
lugar donde yo le había derribado.
–No
sé –dijo Gordon sobriamente mientras plegaba la lista y la guardaba en el
sobre–, qué poder tiene Kathulos para unir a los negros y los amarillos y hacer
que le sirvan, para unir de ese modo a enemigos tan viejos como el mundo. Entre
sus seguidores hay hindúes, musulmanes y paganos. Y allá, entre las nieblas del
Este, donde se hallan en acción fuerzas misteriosas y gigantescas, esa unión
está llegando a su cima, y su escala es monstruosa.
Miró
su reloj.
–Son
casi las diez. Siéntase como en su casa, señor Costigan, mientras yo visito
Scotland Yard para ver si se ha descubierto alguna pista en lo referente al
nuevo cuartel general de Kathulos. Creo que las redes están empezando a
cerrarse sobre él y, con su ayuda, le prometo que localizaremos a la banda,
como máximo, en una semana.
15.
LA MARCA DEL TULWAR
El
mundo ahíto yace junto a su soñolienta compañera
En
la bien ordenada tierra; pero los flacos lobos aguardan.
Mundy
Permanecí
sentado, solo, en las habitaciones de John Gordon y me reí sin ninguna alegría.
Pese al estímulo del elixir, la tensión de la noche anterior con su pérdida de
sueño y sus agotadores acontecimientos, empezaba a afectarme. Mi mente era un
caótico remolino en el que los rostros de Gordon, Kathulos y Zuleika oscilaban
con cegadora rapidez. Toda la cantidad de información que Gordon me había dado
parecía desordenada e incoherente.
Entre
todas mis ideas, un hecho destacaba con gran claridad. Debía descubrir el
último escondite del egipcio y liberar a Zuleika de sus manos..., si es que aún
vivía.
Una
semana, había dicho Gordon..., me reí de nuevo, una semana y no estaría en
condiciones de ayudar a nadie. Había descubierto la dosis adecuada de elixir
que debía usar..., conocía la cantidad mínima que requería mi organismo... Y
sabía que, como máximo, el frasquito me duraría cuatro días. Cuatro días para
recorrer los cubiles de las ratas de Limehouse y el Barrio Chino, cuatro días
en los que encontrar, en algún lugar entre los laberintos del East End, el
cubil de Kathulos.
Ardía
de impaciencia por comenzar la búsqueda, pero la naturaleza se rebeló y, tras
llegar vacilante hasta un diván, caí en él e inmediatamente me quedé dormido.
Alguien
estaba sacudiéndome.
–¡Despierte,
señor Costigan!
Me
senté, pestañeando. Ante mí se hallaba Gordon con el semblante preocupado.
–¡Costigan,
en esto anda metido el diablo! ¡El Escorpión ha vuelto a actuar!
De
un salto me puse en pie, aún medio dormido y dándome cuenta sólo a medias de lo
que estaba oyendo. Me ayudó a ponerme el abrigo, me lanzó el sombrero y luego,
su firme brazo medio empujándome, me hallé fuera del apartamento y bajando las
escaleras. En las calles los faroles estaban encendidos. Había dormido un
tiempo increíble.
–¡Una
víctima lógica! –oí que decía mi compañero–. ¡Tendría que haberme notificado su
llegada al instante!
–No
entiendo... –empecé a decir, medio aturdido.
Nos
hallábamos en la esquina y Gordon llamó a un taxi, dando la dirección de un
hotel pequeño y poco ostentoso en un barrio de buena reputación de la ciudad.
–El
barón Rokoff –dijo secamente mientras el coche se lanzaba por las calles a una
velocidad temeraria–, un agente ruso conectado con el Ministerio de Guerra.
Regresó de Mongolia ayer y, aparentemente, se escondió. Sin duda, se había
enterado de algo vital concerniente al lento despertar del Este. No se había
comunicado aún con nosotros y no tenía idea de que se hallase en Inglaterra
hasta ahora.
–Y
se ha enterado...
–¡El
barón fue hallado en su cuarto, su cadáver mutilado espantosamente!
El
respetable y convencional hotel que el desgraciado barón había escogido como
escondite se hallaba levemente alterado, pese a la discreción impuesta por la
policía. La dirección había intentado mantener oculto el asunto pero, de algún
modo, los huéspedes se habían enterado de la atrocidad y muchos estaban
marchándose a toda prisa..., o preparándose para hacerlo, ya que la policía
planeaba retenerlos a todos para la investigación.
El
cuarto del barón, que estaba en el último piso, se hallaba en un estado
imposible de describir. Ni siquiera en la Gran Guerra había visto yo un
desorden tan absoluto. Nada había sido tocado; todo seguía exactamente igual
como lo había encontrado la doncella una media hora antes. Mesas y sillas
yacían hechas pedazos en el suelo y los muebles, el suelo y las paredes estaban
salpicados de sangre. El barón, que en vida había sido un hombre alto y
musculoso, yacía en el medio de la habitación, un espectáculo horrible. Le
habían hendido el cráneo a la altura de la frente, de su axila izquierda partía
una profunda herida que le cruzaba las costillas y el brazo izquierdo colgaba
sostenido solamente por unas fibras de carne. El rostro, frío y barbudo,
mostraba una indescriptible expresión de horror.
–Debieron
de usar algún tipo de arma pesada y curva –dijo Gordon–, algo parecido a un
sable, y el golpe debió de ser de una fuerza terrorífica. Fíjese, allí un golpe
fallido ha dejado una señal de varias pulgadas de profundidad en el marco de la
ventana. Y allí, en el grueso respaldo de esa pesada silla, que ha sido hendida
como si fuese un simple panel de madera. Un sable, seguramente.
–Un
tulwar –musité sobriamente–. ¿Acaso no reconoce la obra del carnicero del Asia
central? Yar Kahn ha estado aquí.
–¡El
afgano! Por supuesto, llegó cruzando los tejados y descendió hasta el alféizar
de la ventana mediante una cuerda con nudos atada a algo del tejado. A eso de
la una y treinta la doncella, que pasaba por el corredor, oyó un estruendo
terrible en el cuarto del barón..., y un grito repentino que cesó de golpe con
un espantoso gorgoteo, apagado en seguida; ruido de fuertes golpes,
curiosamente ahogados, como los que podría causar una espada cuando se hunde
profundamente en la carne humana. Después, todos los sonidos cesaron de pronto.
»Llamó
al director, intentaron abrir la puerta y, hallándola cerrada y al no recibir
respuesta a sus llamadas, la abrieron con la llave maestra. Sólo había el
cadáver, pero la ventana estaba abierta. Hay una extraña diferencia con el
procedimiento habitual de Kathulos. Le falta sutileza. A menudo sus víctimas
han parecido morir de causas naturales. No lo entiendo demasiado.
–No
veo mucha diferencia en cuanto al resultado final –dije–. Tal como están las
cosas, no se puede hacer nada para atrapar al asesino.
–Cierto
–dijo Gordon, con un fruncimiento del ceño–. Sabemos quien lo hizo pero no hay
pruebas..., ni una huella dactilar. Incluso si supiésemos dónde se esconde el
afgano y lo arrestásemos, no podríamos probar nada, habría una decena de
hombres dispuestos, con sus juramentos, a proporcionarle una coartada. El barón
volvió ayer mismo. Probablemente Kathulos no supo de su llegada hasta esta
noche. Sabía que por la mañana Rokoff me haría saber su presencia y me contaría
lo que había descubierto en el norte de Asia. El egipcio sabía que debía
golpear con celeridad, y, faltándole tiempo para preparar una forma de crimen
más segura y elaborada, mandó al afridi con su tulwar. No podemos hacer nada,
al menos hasta no haber descubierto el escondrijo del Escorpión; nunca sabremos
lo que descubrió el barón en Mongolia, pero podemos estar seguros de que tenía
relación con los planes y aspiraciones de Kathulos.
Bajamos
por las escaleras y, otra vez en la calle, se nos unió Han–sen, uno de los
hombres de Scotland Yard. Gordon sugirió que volviésemos andando a su
apartamento y yo agradecí la oportunidad de que el frío aire nocturno borrase
de mi atormentado cerebro algunas de sus telarañas.
Mientras
andábamos por las calles desiertas, Gordon lanzó repentinamente una salvaje
maldición.
–¡Estamos
siguiendo un auténtico laberinto que no lleva a ninguna parte! ¡Aquí, en el
mismo corazón de una metrópolis civilizada, el enemigo más directo de esa
civilización comete crímenes de la más repugnante naturaleza y sigue libre!
Somos como niños perdidos en la noche, luchando contra un mal invisible...,
teniendo que vérnoslas con un demonio hecho persona, de cuya verdadera
identidad nada se sabe y sobre cuyas auténticas ambiciones sólo podemos hacer
conjeturas.
»Nunca
hemos logrado arrestar a uno de los esbirros de confianza del egipcio, y los
escasos secuaces y servidores suyos que hemos logrado hacer prisioneros han
muerto misteriosamente antes de que pudiesen contarnos nada. Insisto: ¿Qué
extraño poder posee Kathulos para dominar a esos hombres de credos y razas tan
distintas? Los hombres que se hallan con él en Londres son, por supuesto, en su
mayoría, renegados, esclavos de la droga, pero sus tentáculos se extienden por
todo el Este. Su dominio es grande: el poder que hizo volver atrás a Li Kung,
el chino, para matarle a usted enfrentándose a una muerte segura; el que envió
a Yar Kahn, el musulmán, sobre los tejados de Londres para cometer un crimen;
el que retiene a Zuleika, la circasiana, bajo sus invisibles lazos de
esclavitud.
«Sabemos,
por supuesto –prosiguió, tras un silencio meditativo–, que el Este posee
sociedades secretas que se hallan detrás y por encima de todo credo. Hay cultos
en África y en el Oriente cuyo origen se remonta a Ofir y el hundimiento de la
Atlántida. Ese hombre debe ser una potencia en alguna o, posiblemente, en todas
esas sociedades. ¡Pero si, aparte de los judíos, no conozco ninguna raza
oriental que no sea tan despreciada por las otras razas orientales como la de
los egipcios! Y, pese a todo, aquí tenemos a un hombre, un egipcio según él
mismo dice, controlando las vidas y los destinos de musulmanes ortodoxos,
hindúes, sintoístas y adoradores del diablo. Es antinatural.
»¿Ha
oído alguna vez –dijo, volviéndose de pronto hacia mí–, mencionar el océano en
conexión a Kathulos?
–Nunca.
–¡Hay
una superstición muy extendida en el norte de África, basada en una leyenda muy
antigua, según la cual el gran líder de las razas de color saldrá del mar! Y,
una vez, oí hablar a un berebere del Escorpión como «El Hijo del Océano».
–Ese
es un término respetuoso entre esa tribu, ¿no?
–Sí;
pero sigo pensando en ello de vez en cuando.
16.
LA MOMIA QUE REÍA
Riendo
como las calaveras esparcidas que yacen
Tras
las batallas perdidas, vueltas hacia el cielo,
Lanzando
su eterna carcajada.
Chesterton
–Una
tienda abierta, ¡a esas horas! –indicó Gordon de pronto.
La
niebla había caído sobre Londres y, a lo largo de la silenciosa calle que
estábamos atravesando, los faroles destellaban con el extraño halo rojizo
característico en semejantes condiciones atmosféricas. El eco de nuestros pasos
resonaba lúgubremente. Incluso en el corazón de una gran ciudad hay siempre
partes que parecen olvidadas y abandonadas de todos. Esa calle era una de
ellas. No había ni un policía a la vista.
La
tienda que había atraído la atención de Gordon se hallaba justo delante de
nosotros, en la misma acera. No había ningún letrero encima de la puerta, tan
sólo una especie de emblema que se parecía a un dragón. La luz salía del umbral
abierto y los pequeños escaparates que lo flanqueaban. Dado que no se trataba
de un café ni de la entrada a un hotel, nos entregamos a ociosas especulaciones
sobra la razón de que estuviese abierta a esas horas. En cualquier otra
circunstancia, supongo que ninguno de los dos habría prestado atención, pero
nuestros nervios se hallaban tan excitados que sospechábamos instintivamente de
todo lo que se saliese de lo corriente. Entonces sucedió algo que se hallaba
claramente fuera de lo normal.
Un
hombre muy alto y delgado, notablemente encorvado de hombros, asomó
repentinamente de entre la niebla delante nuestro, un poco más allá de la
tienda. Sólo pude verle un instante..., tuve la impresión de una increíble
delgadez, de ropas ajadas y arrugadas, de un sombrero alto de seda calado hasta
las cejas, de un rostro totalmente oculto por una bufanda; luego dio la vuelta
y entró en la tienda. Un viento frío parecía susurrar en la calle, retorciendo
la niebla y dándole la forma de espectros huidizos, pero el frío que me invadió
era superior al del viento.
–¡Gordon!
–exclamé, bajando la voz, muy excitado–, ¡o mis sentidos ya no son dignos de
confianza o Kathulos en persona acaba de entrar en esa casa!
Los
ojos de Gordon llamearon. Ahora estábamos muy cerca de la tienda y, acelerando
el paso hasta convertirlo en una carrera, se lanzó hacia la puerta, el
detective y yo pisándole los talones.
Un
extraño surtido de mercancías se ofreció a nuestras miradas. Las paredes
estaban cubiertas de armas antiguas y en el suelo había montones de objetos
curiosos, ídolos maoríes se codeaban con pebeteros chinos, y recortándose
oscuramente contra hileras de raras alfombras orientales y chales latinos había
armaduras medievales. El lugar era una tienda de antigüedades. Nada vimos de la
figura que había despertado nuestro interés.
Un
viejo extrañamente ataviado con un fez rojo, una chaquetilla bordada y
zapatillas turcas surgió de la parte trasera de la tienda; parecía ser de
origen levantino.
–¿Desean
algo, señores?
–Tiene
usted abierto hasta muy tarde –dijo Gordon con brusquedad, sus ojos recorriendo
velozmente la tienda en busca de algún escondite secreto que pudiese ocultar el
objeto de nuestra persecución.
–Sí,
señor. Entre mis clientes se cuentan muchos profesores excéntricos y
estudiantes de horario bastante irregular. Los barcos que llegan de noche traen
con frecuencia piezas para mí y, muy a menudo, tengo clientes aún más tardíos.
Tengo abierto toda la noche, señor.
–Sólo
estamos dando un vistazo –replicó Gordon, dando la vuelta y añadiendo, en un
aparte dirigido a Hansen–: Vaya a la parte trasera y detenga a quien intente
salir por ahí.
Hansen
asintió y se dirigió, como por casualidad, hacia la parte trasera de la tienda.
La puerta nos era claramente visible, entre un panorama de muebles antiguos y
sucios tapices colgados de los muros para su exhibición. Habíamos seguido al
Escorpión, si es que era él, tan de cerca que no creía que hubiese tenido
tiempo de atravesar toda la tienda y salir de ella sin que le hubiésemos visto
al entrar, pues habíamos tenido los ojos clavados en la puerta trasera desde
que entramos.
Gordon
y yo vagamos entre las curiosidades, sopesándolas y discutiendo sobre algunas,
pero no tengo ni la menor idea de cuáles eran. El levantino se había sentado,
las piernas cruzadas, sobre una esterilla morisca cerca del centro de la tienda
y, aparentemente, nuestras exploraciones no le merecían más que un mínimo
interés.
–No
tiene ningún sentido continuar con esta ficción –me dijo Gordon, al cabo de un
rato, hablando en voz baja–. Hemos mirado en todos los lugares en que podía
estar oculto el Escorpión. Voy a revelar quien soy y mi autoridad y haremos
registrar todo el edificio.
Justo
cuando hablaba un camión se detuvo en el exterior y dos fornidos negros
entraron en la tienda. El levantino parecía haber estado esperándoles, pues se
limitó a señalarles la parte trasera de la tienda y ellos le contestaron con un
gruñido de asentimiento.
Gordon
y yo les observamos atentamente mientras se dirigían hacia un enorme sarcófago
que estaba apoyado contra la pared, no muy lejos de la parte trasera. Lo
bajaron hasta dejarlo en el suelo y lo llevaron hasta la puerta,
transportándolo cuidadosamente entre los dos.
–¡Alto!
–Gordon dio un paso adelante, levantando la mano imperiosamente–. Soy un agente
de Scotland Yard –dijo rápidamente–, y tengo autoridad para hacer lo que crea
oportuno. Bajen esa momia; nada saldrá de esta tienda hasta que no lo hayamos
examinado concienzudamente.
Los
negros obedecieron sin una palabra y mi amigo se volvió hacia el levantino
quien, aparentemente tranquilo y sin dar siquiera muestras de interés, seguía
sentado fumando un narguile turco.
–¿Quién
era ese hombre alto que entró justo antes de nosotros, y adonde se ha ido?
–Nadie
entró antes que ustedes, señor. O, si alguien lo hizo, como yo estaba en la
parte trasera de la tienda, no le vi. Ciertamente, señor, tienen libertad para
registrar mi tienda.
Y
eso fue lo que hicimos, combinando la habilidad de un experto del servicio
secreto y de un ciudadano del bajo mundo, en tanto que Hansen permanecía
estoicamente en su puesto; inmóviles junto al sarcófago tallado, los dos negros
nos observaban sin expresión alguna y el levantino, sentado como una esfinge
sobre su esterilla, lanzaba nubecillas de humo al aire. Toda la escena parecía
sumamente irreal.
Por
último, desconcertados, volvimos junto al sarcófago, el cual era, ciertamente,
lo bastante largo como para esconder incluso a un hombre de la talla de
Kathulos. El objeto no parecía estar sellado como era lo usual, y Gordon lo
abrió sin dificultad. Nuestros ojos contemplaron una forma amorfa, cubierta
totalmente de vendajes. Gordon apartó algunos y reveló una pulgada o algo más
de un brazo marchito, marronáceo y de aspecto semejante al cuero. Se estremeció
involuntariamente al tocarlo, como haría un hombre al contacto de un reptil o
de alguna criatura inhumanamente fría. Tomando de un estante cercano un
idolillo metálico, golpeó con éste el tórax y el brazo. Los dos sonaron a
objetos sólidos, casi como si fuesen de madera.
Gordon
se encogió de hombros.
–Muerto
desde hace dos mil años, como mínimo, y supongo que no debo arriesgarme a
destruir una momia valiosa simplemente para probar lo que ya sabemos.
Volvió
a cerrar el sarcófago.
–Puede
que la momia se haya deteriorado un poco, incluso con una exposición tan leve,
pero espero que no haya sido así.
Esto
último iba dirigido al levantino que se limitó a replicar con un gesto cortés
de la mano, en tanto que los negros levantaban una vez más el sarcófago y lo llevaban
hasta el camión, en el que lo cargaron y, un momento después, la momia, camión
y negros se habían desvanecido entre la niebla.
Gordon
siguió husmeando en ¡a tienda, pero yo permanecí inmóvil, como aturdido, en
mitad de ella. Primero lo atribuí a mi mente, caótica, dominada por la droga,
pero había tenido la sensación de que a través de los vendajes del rostro de la
momia unos grandes ojos habían ardido clavados en los míos, unos ojos como
charcos de fuego amarillo, unos ojos que hendían mi alma y me dejaban
petrificado. Y cuando el sarcófago fue transportado a través de la puerta,
había sabido que la cosa que contenía, muerta sólo Dios sabe hace cuantos
siglos, se había estado riendo, de un modo horrendo y silencioso.
17.
EL MUERTO DEL MAR
Gordon
chupó ferozmente su cigarrillo turco, mirando abstraído, sin verle en realidad,
a Hansen que estaba sentado ante él.
–Supongo
que debemos apuntarnos otro fracaso. Ese levantino, Kamonos, es evidentemente
un secuaz del egipcio y las paredes y los suelos de su tienda están
probablemente cribados de paneles secretos y puertas capaces de desorientar
hasta a un mago.
Hansen
contestó algo pero yo no dije nada. Desde que habíamos vuelto al apartamento de
Gordon, había sido consciente de una sensación de extremada languidez y torpeza
que no podía ser explicada ni siquiera por mi estado. Sabía que mi organismo
estaba lleno de elixir..., pero mi mente parecía extrañamente lenta y mi
entendimiento torpe, en contraste directo con el estado medio de mi mente
cuando estaba estimulada por la droga infernal.
Este
estado se estaba disipando con lentitud, como la niebla que flota en la
superficie de un lago, y yo sentía como si me estuviese despertando
gradualmente de un sueño largo y antinaturalmente profundo.
–Daría
lo que fuese por saber si Kamonos es en verdad uno de los esclavos de Kathulos
o si el Escorpión logró huir a través de alguna salida natural cuando nosotros
entrábamos –decía Gordon.
–Es
cierto que Kamonos es su sirviente –me encontré diciendo de pronto con extrema
lentitud, como si buscase las palabras adecuadas–. Cuando nos íbamos, noté que
su vista se clavaba en el escorpión que llevo trazado en la mano.
Entrecerró
los ojos y, a punto de abandonar la tienda, se las arregló para acercarse a mí
y susurrarme, a toda prisa: «Soho, cuarenta y ocho».
Gordon
se puso en pie como un resorte bruscamente liberado.
–¡Increíble!
–dijo secamente–. ¿Por qué no roe lo contó de inmediato?
–No
lo sé.
Mi
amigo me observó con atención.
–Me
di cuenta de que al volver de la tienda parecía un hombre intoxicado –dijo–. Lo
atribuí a algún efecto residual del opio. Pero no es así. Kathulos, sin duda,
es un magistral discípulo de Mesmer, su poder sobre los reptiles venenosos lo
demuestra, y estoy empezando a creer que es la auténtica fuente de su poder
sobre los seres humanos.
»De
algún modo, el Amo le cogió desprevenido en esa tienda y logró un dominio
parcial sobre su mente. No sé desde qué escondrijo envió sus ondas mentales
para trastornarle el cerebro, pero estoy seguro de que Kathulos se hallaba en
algún lugar en esa tienda.
–Lo
estaba. Estaba en el sarcófago.
–¡El
sarcófago! –exclamó Gordon, con cierta impaciencia–. ¡Eso es imposible! La
momia lo llenaba por completo y ni un hombre tan delgado como el Amo podría
haber tenido espacio suficiente.
Me
encogí de hombros, incapaz de discutir su argumento pero, de algún modo
extraño, estaba seguro de la veracidad de lo que había dicho.
–Kamonos
–prosiguió Gordon– no es, indudablemente, miembro del círculo íntimo y no sabe
nada de su cambio de lealtades. Viendo la marca del escorpión supuso, sin duda,
que era usted un espía del Amo. Puede que todo eso sea una trampa, pero tengo
la impresión de que ese hombre era sincero. El número cuarenta y ocho del Soho
debe de ser el nuevo punto de encuentro del Escorpión.
También
yo presentía que Gordon estaba en lo cierto, aunque en mi fuero interno anidaba
la sospecha.
–Anoche
recogí los documentos del mayor Morley –prosiguió–, y los estudié mientras
usted dormía. En su mayor parte corroboraban lo que ya sabía..., hacían
hincapié en el nerviosismo de los nativos y repetían la teoría de que detrás de
todo se hallaba un genio portentoso y único. Pero había algo que me interesó
muchísimo y que pienso que también le interesará.
Sacó
de su caja fuerte un manuscrito con la letra apretada y precisa del infortunado
mayor y, con una voz monocorde que poco traicionaba su intenso interés, me leyó
el pesadillesco relato siguiente:
«Considero
que vale la pena dejar por escrito este asunto..., en cuanto a si tiene alguna
relación con el caso que me ocupa, los hechos posteriores lo demostrarán. En
Alejandría, donde pasé varias semanas buscando nuevas pistas en lo concerniente
a la identidad del hombre conocido como el Escorpión, conocí, a través de mi
amigo Ahmed Shah, al famoso egiptólogo profesor Ezra Schuyler, de Nueva York.
Me confirmó lo que me habían declarado varias personas no expertas acerca de la
leyenda del hombre del océano. Este mito, transmitido de generación a
generación, se pierde en las más densas nieblas de la antigüedad y, en pocas
palabras, consiste en que algún día surgirá del mar un hombre que llevará al
pueblo de Egipto a la victoria sobre el resto de los pueblos. Esta leyenda se
ha extendido por todo el continente de modo que ahora todas las razas negras
consideran que hace referencia al advenimiento de un emperador universal. El
profesor Schuyler me dio su opinión personal de que el mito guardaba cierta
relación con la perdida Atlántida la cual, mantiene él, se hallaba entre los
continentes de África y América del Sur y de cuyos habitantes eran tributarios
los antepasados de los egipcios. Las razones de tal relación son demasiado
extensas y poco concretas como para anotarlas aquí, pero en apoyo de su teoría
me narró una historia extraña y fantástica. Dijo que un amigo íntimo suyo, Von
Lorfmon, de Alemania, una especie de aventurero científico, ahora difunto,
navegaba hace algunos años por las costas del Senegal con el propósito de
investigar y clasificar los raros especímenes de fauna marina que se encuentran
allí. Usaba para tal labor un pequeño mercante, con una tripulación de moros,
griegos y negros.
«Cuando
llevaban unos días sin ver tierra, avistaron algo que flotaba y dicho objeto,
una vez recogido y subido a bordo, resultó ser un sarcófago de la especie más
curiosa. El profesor Schuyler me explicó en qué aspectos difería del estilo
corriente egipcio, pero de su disertación más bien técnica saqué meramente la
impresión de que se trataba de un objeto de forma extraña en el que había
tallados caracteres que no eran ni cuneiformes ni jeroglíficos. El sarcófago
estaba recubierto de una gruesa capa de laca que lo hacía impermeable al agua y
absolutamente estanco, y Von Lorfmon tuvo considerables dificultades para
abrirlo. Sin embargo, se las arregló para hacerlo sin estropear el sarcófago,
revelando así una momia de lo más extraña. Schuyler dijo que nunca llegó a ver
ni la momia ni el sarcófago, pero que según la descripción dada por el patrón
griego que se hallaba presente al abrirse el sarcófago, la momia difería tanto
de un hombre corriente como el sarcófago del tipo convencional.
»E1
examen demostró que el sujeto no había sufrido el proceso usual de
momificación. Todas sus partes se hallaban tan intactas como en vida, pero el
cuerpo entero se había encogido y endurecido hasta una consistencia cercana a
la de la madera. Estaba recubierto de vendajes que se convirtieron en polvo,
desvaneciéndose en el instante que los tocó el aire.
»Von
Lorfmon quedó impresionado por el efecto que esto tuvo sobre la tripulación.
Los griegos no demostraron un interés superior a] normal en cualquier hombre,
¡pero los moros, y aún más los negros, parecieron volverse locos a un tiempo!
Mientras el sarcófago era izado a bordo, se arrodillaron todos en la cubierta y
prorrumpieron en una especie de cántico de adoración, y fue necesario usar la
fuerza para impedirles entrar en el camarote donde se destapó la momia. Hubo
varias peleas entre ellos y los griegos de la tripulación, y el patrón y Von
Lorfmon creyeron mejor poner rumbo al puerto más próximo a toda prisa. El
patrón lo atribuyó a la aversión natural que sienten todos los hombres de mar
ante un cadáver a bordo, pero Von Lorfmon pareció notar en ello un significado
más profundo.
«Atracaron
en Lagos y esa misma noche Von Lorfmon fue asesinado en su camarote y la momia
y su sarcófago se desvanecieron. Todos los marineros negros y moros desertaron
esa misma noche del navío. Schuyler dijo (y aquí el asunto cobraba un aspecto
más siniestro y misterioso) que inmediatamente después ese difuso malestar
entre los nativos empezó a crecer y cobrar forma tangible; lo relacionaba, de
algún modo, con la vieja leyenda.
«Asimismo,
un aura de misterio rodeaba la muerte de Von Lorfmon. Se había llevado la momia
a su camarote y, previendo un ataque de la fanatizada tripulación, había
cerrado y atrancado cuidadosamente la puerta y los ojos de buey. El patrón,
hombre digno de confianza, juró que era virtualmente imposible entrar desde el
exterior. Y las señales existentes indicaban que los cerrojos habían sido
abiertos desde el interior. Al científico lo mataron con una daga que formaba
parte de su colección y que fue hallada en su pecho.
«Como
he dicho, inmediatamente después el caldero africano empezó a hervir. Schuyler
dijo que en su opinión los nativos consideraban que la vieja profecía se había
cumplido. La momia era el hombre del mar.
«Schuyler
opinaba que todo era obra de los atlantes y que el hombre del sarcófago era un
nativo de la perdida Atlántida. Cómo llegó a la superficie el sarcófago a
través de las incalculables brazas de agua que cubren la tierra olvidada, es
algo sobre lo que no se aventuró a ofrecer teoría alguna. Está seguro de que en
algún lugar, en los laberintos plagados de espectros de las junglas africanas,
la momia ha sido entronizada como dios y que, inspirados por esa cosa muerta,
los guerreros negros se están reuniendo para una colosal matanza. Cree,
también, que algún astuto musulmán está impulsando directamente la temida
rebelión.»
Gordon
dejó de leer y me miró.
–Las
momias parecen tejer una extraña danza a través de la urdimbre del relato
–dijo–. El científico alemán tomó varias fotos de la momia con su cámara, y fue
después de verlas (ya que, extrañamente, no fueron robadas junto con el objeto)
cuando el mayor Morley empezó a creerse cercano a algún monstruoso
descubrimiento. Su diario refleja su estado mental y se hace incoherente..., su
condición parecía estarse acercando a la locura. ¿Qué descubrió para perder de
tal modo el equilibrio? ¿Supone acaso que los hechizos mesméricos de Kathulos
fueron usados contra él?
–Esas
fotos... –empecé a decir.
–Cayeron
en manos de Schuyler y él le entregó una a Morley. La encontré entre el
manuscrito.
Me
alargó la foto, mientras me observaba atentamente. La miré, me puse en pie
vacilante y me serví una copa de vino.
–No
es un ídolo muerto en una choza de vudú –dije, la voz temblorosa–, sino un
monstruo animado por una vida temible, recorriendo el mundo en busca de
víctimas. Morley vio al Amo..., por eso su mente se hizo pedazos. ¡Gordon, como
que estoy vivo que ese rostro es el de Kathulos!
Gordon
se me quedó mirando, sin habla.
–La
mano del Amo, Gordon –y me reí.
Cierta
tétrica alegría hendió las nieblas de mi terror ante la imagen de aquel inglés
de nervios acerados que se había quedado mudo, indudablemente por primera vez
en su vida.
Se
humedeció los labios y, con una voz que a duras penas era reconocible, dijo:
–Entonces,
Costigan, en nombre de Dios, nada es seguro o estable, y la humanidad se
tambalea al borde de abismos indecibles de horror sin nombre. Si ese monstruo
muerto descubierto por Von Lorfmon es en verdad el Escorpión, devuelto a la
vida de algún modo espantoso, ¿qué pueden contra él los esfuerzos de los
mortales?
–La
momia en la tienda de Kamonos... –dije yo.
–Sí,
el hombre de la carne endurecida por mil años de no–existencia... ¡Debía de ser
Kathulos en persona! Habría tenido el tiempo justo para desnudarse, revestirse
con los vendajes de lino y tenderse en el sarcófago antes de que entrásemos.
Recordará que el sarcófago, apoyado contra la pared, estaba parcialmente oculto
por un gran ídolo birmano que obstruía nuestra visibilidad y, sin duda, le dio
tiempo para llevar a cabo sus propósitos. Dios mío, Costigan, ¿con qué horror
del mundo prehistórico estamos tratando?
–He
oído hablar de fakires hindúes que podían lograr provocarse un estado muy
parecido a la muerte –dije–. ¿Acaso no es posible que Kathulos, un oriental
astuto y lleno de recursos, se pusiese a sí mismo
en
tal estado y sus seguidores depositasen el sarcófago en el océano, allí donde
era seguro que lo encontrasen? ¿Y acaso esta noche, en la tienda de Kamonos, no
podía hallarse en tal estado? Gordon negó con la cabeza.
–No.
He visto a esos fakires. Ninguno de ellos se fingió muerto hasta el extremo de
encogerse y endurecerse..., en una palabra, de resecarse. Morley, relatando en
otro lugar la descripción del sarcófago tal y como la anotó Von Lorfmon y fue
transmitida a Schuyler, menciona el hecho de que había gran cantidad de algas
adheridas a éste..., algas de una clase que sólo se encuentra a grandes
profundidades, en el fondo del océano. La madera, asimismo, era de una clase
que Von Lorfmon no logró reconocer o clasificar, pese al hecho de que era una
de las mayores autoridades vivientes sobre la flora. Y sus notas destacan con
énfasis una y otra vez la enorme vejez del objeto. Admitió que no había modo de
decir cuál era la antigüedad de la momia, pero sus alusiones indican que él la
remontaba no a miles, ¡sino a millones de años!
»No.
Debemos enfrentarnos a los hechos. Ya que usted está seguro de que el rostro de
la momia es el de Kathulos, y un fraude es casi imposible, una de estas dos
cosas debe ser cierta: el Escorpión no murió nunca sino que, hace eones, fue
colocado en ese sarcófago y su vida preservada de algún modo o, de lo
contrario..., ¡estaba muerto y fue devuelto a la vida! Cualquiera de las dos
teorías, considerada a la fría luz de la razón, es absolutamente insostenible.
¿Estamos todos locos?
–Si
alguna vez hubiese recorrido el camino que lleva al país del opio –dije
sobriamente–, podría creer en cualquier cosa. Si hubiese contemplado los
terribles ojos de reptil de Kathulos, el hechicero, no dudaría que estuvo al
mismo tiempo muerto y vivo.
Gordon
miró por la ventana, su delgado rostro lleno de agotamiento bajo la luz
grisácea que había empezado a filtrarse por los cristales.
–De
cualquier modo –dijo–, hay dos sitios que tengo la intención de explorar
concienzudamente antes de que el sol vuelva a salir: la tienda de antigüedades
de Kamonos y el número cuarenta y ocho del Soho.
18.
LA PRESA DEL ESCORPIÓN
En
tanto que desde una orgullosa torre en la ciudad
La
muerte, como un gigante, nos contempla.
POE
Hansen
roncaba en el lecho en tanto que yo recorría a grandes zancadas la habitación.
Otro día había transcurrido en Londres y de nuevo los faroles brillaban entre
la niebla. Sus luces me afectaban de un modo extraño. Parecían latir, olas de
sólida energía, estrellándose en mi cerebro. Retorcían la niebla dándole formas
extrañas y siniestras. Candilejas del escenario formado por las calles de
Londres, ¿cuántas escenas terribles habían iluminado? Me apreté con fuerza las
sienes doloridas, luchando por hacer que mis pensamientos volviesen del
laberinto caótico en el que se habían extraviado.
No
había visto a Gordon desde el amanecer. Siguiendo la pista del «número 48 del
Soho», se había marchado para preparar una incursión en ese lugar y había
creído mejor que yo permaneciese a cubierto. Preveía algún atentado contra mi
vida y, asimismo, pensó que si yo me dedicaba a investigar en los tugurios que
había frecuentado anteriormente, levantaría sospechas.
Hansen
seguía roncando. Me senté y empecé a examinar los zapatos turcos que llevaba.
Zuleika había calzado zapatillas turcas... ¡Cómo flotaba a través de mis
ensoñaciones, haciendo brillar las cosas más prosaicas con su hechizo! Su
rostro me sonreía desde la niebla; sus ojos parecían lanzar destellos desde los
faroles vacilantes; el fantasma de sus pisadas resonaba una y otra vez en las
recámaras llenas de neblina de mi cráneo.
Eran
como un estribillo sin fin, obsesivo, angustioso, hasta que creí oír un eco de
aquellas pisadas, quedo y cauteloso, resonando en la salita que había más allá
del cuarto. De pronto, alguien llamó a la puerta, sobresaltándome.
Hansen
seguía dormido mientras yo atravesaba el cuarto y abría sin tardanza la puerta.
Un remolino de niebla había invadido el pasillo y a través de él, como si fuese
un velo plateado, la vi..., Zuleika se alzaba ante mí con su cabellera
resplandeciente, sus rojos labios entreabiertos y sus enormes ojos oscuros.
Me
quedé sin habla, como un imbécil, y ella lanzó una rápida mirada hacia el
extremo del corredor, luego entró y cerró la puerta.
–¡Gordon!
–susurró, con voz llena de emoción–. ¡Tu amigo! ¡El Escorpión le ha atrapado!
Hansen
se había despertado y ahora contemplaba boquiabierto, con expresión de
estupidez, la extraña escena que se desarrollaba ante sus ojos.
Zuleika
no le prestó atención.
–¡Oh,
Stephen! –exclamó ella, y en sus ojos brillaron las lágrimas–. He intentado por
todos los medios conseguir un poco más de elixir, pero me ha sido imposible.
–Eso
no importa –dije, recobrando al fin el habla–. Cuéntame lo de Gordon.
–Regresó
él solo a la tienda de Kamonos y Hassim y Ganra Singh le cogieron prisionero,
llevándole a la casa del Amo. Esta noche se reunirán los servidores del
Escorpión para el sacrificio.
–¡Sacrificio!
–Un espantoso escalofrío de miedo me recorrió la columna vertebral. ¿Acaso no
había límite alguno a todo este horror?–. Aprisa, Zuleika, ¿dónde se encuentra
esa casa del Amo?
–En
el Soho, número cuarenta y ocho. Debes avisar a la policía y enviar muchos
hombres para rodearla, pero no debes ir en persona...
Hansen
se puso en pie de un salto, ansioso por emprender la acción, pero yo me giré
hacia él. Ahora tenía el cerebro despejado, o al menos lo parecía, y estaba
funcionando a velocidades casi imposibles.
–¡Espere!
–Me volví de nuevo hacia Zuleika–. ¿Cuándo tendrá lugar ese sacrificio?
–Cuando
salga la luna.
–Eso
es unas pocas horas antes del alba. Hay tiempo de salvarle, pero si atacamos la
casa le matarán antes de que podamos llegar hasta él. Y sólo Dios sabe cuántos
seres diabólicos vigilan todas las entradas.
–No
lo sé –gimoteó Zuleika–. Debo irme ahora, o el Amo me matará.
Ante
esas palabras algo se rompió en mi cerebro, algo que parecía una ola de
exultación salvaje y terrible me invadió.
–¡El
Amo no matará a nadie! –grité, alzando los brazos–. ¡Antes de que el este
enrojezca con el alba, el Amo morirá! ¡Lo juro, por todo lo sagrado y lo que no
lo es!
Hansen
se me quedó mirando, atónito, y Zuleika se encogió un poco cuando me giré hacia
ella. Un rayo de luz, infalible e inequívoco, había iluminado mi cerebro
exaltado por la droga.
Sabía
que Kathulos era un mesmerista..., que sabía perfectamente cual era el secreto
para dominar el cerebro y el alma de otra persona. Y sabía que, al fin, había
dado con la razón de su poder sobre la muchacha. ¡Mesmerismo! Al igual que una
serpiente fascina a un pajarillo, atrayéndolo hacia ella, así retenía el Amo a
Zuleika con invisibles grilletes. Tan absoluto era su poder sobre ella que se
mantenía incluso cuando estaba fuera de su vista, actuando sobre grandes
distancias.
Sólo
una cosa podía romper ese dominio: el poder magnético de alguna otra persona
cuyo control sobre ella fuese más fuerte que el de Kathulos. Puse mis manos
sobre sus frágiles hombros y la obligué a que me mirase.
–Zuleika
–dije imperiosamente–, aquí estás segura; no volverás con Kathulos. No es
necesario. Ahora eres libre.
Pero
supe que había fracasado incluso antes de empezar. Sus ojos me miraban
asombrados, llenos de un miedo irracional y, finalmente, ella empezó a
retorcerse débilmente entre mis brazos.
–¡Stephen,
por favor, déjame ir! –suplicó–. Tengo que irme... ¡debo irme!
La
llevé hasta la cama y le pedí a Hansen que me dejase sus esposas. Me las
alargó, el rostro lleno de dudas, y yo cerré una de las manillas en la cabecera
del lecho y otra en torno a su esbelta muñeca. La muchacha gimoteó un poco pero
no se resistió, sus límpidos ojos buscando los míos en una muda súplica.
Obligarla
a cumplir mi voluntad de un modo tan aparentemente brutal me partía el corazón,
pero no me quedaba más remedio.
–Zuleika
–dije con ternura–, ahora eres mi prisionera. El Escorpión no puede culparte
por no volver a su lado cuando no te es posible hacerlo..., y antes del
amanecer estarás completamente libre de su dominio.
Me
volví hacia Hansen y le hablé, con un tono que no admitía disputa.
–Quédese
aquí, sin abrir la puerta, hasta que yo vuelva. No permita bajo ningún concepto
que entren extraños..., es decir, cualquier persona a la que usted no conozca.
Y le encarezco, por su honor de hombre, que no suelte a la muchacha, no importa
lo que pueda decirle. Si ni yo ni Gordon hemos vuelto a las diez del día de
mañana, llévela a esta dirección, esa familia fue amiga mía y cuidarán de una
chica sin hogar. Me voy a Scotland Yard.
–Stephen
–gimió Zuleika–, ¿vas al cubil del Amo? Te matarán. ¡Envía a la policía, no
vayas tú!
Me
incliné, estrechándola en mis brazos, sintiendo sus labios en los míos, y luego
me arranqué a su abrazo.
Los
dedos espectrales de la niebla parecían querer atraparme, fríos como manos de
cadáveres, mientras yo recorría las calles a toda prisa. No tenía un plan, pero
uno empezaba a formarse en mi cerebro, hirviendo ya en el caldero estimulado
por la droga de mi mente. Me detuve al ver a un policía que hacía su ronda y,
llamándole con una seña, garabateé una escueta nota en un pedazo de papel
arrancado de una agenda y se lo tendí.
–Lleve
esto a Scotland Yard; es una cuestión de vida o muerte relacionada con John
Gordon.
Ante
la formulación de ese nombre, una mano enguantada hizo un veloz gesto de
asentimiento, pero el leve sentimiento de seguridad que me había proporcionado
su rápida reacción murió en mi interior mientras yo proseguía mi carrera. La
nota explicaba brevemente que Gordon estaba prisionero en el número 48 del Soho
y aconsejaba que se hiciera de inmediato una incursión en dicho número con
abundantes efectivos... No, no se aconsejaba, se ordenaba, en nombre de Gordon.
La
razón de mis actos era muy sencilla: sabía que el primer ruido producido en la
incursión sellaría la muerte de Gordon. Fuese como fuese, debía llegar antes a
su lado y protegerle o liberarle con anterioridad a la llegada de la policía.
El
tiempo parecía interminable pero, al fin, las austeras líneas del edificio
número 48 del Soho se alzaron ante mí, un espectro colosal entre la niebla. Ya
era bastante tarde; poca era la gente que osaba enfrentarse a la niebla y a la
humedad cuando me detuve en mitad de la calle ante ese ominoso edificio. No
había luz alguna en las ventanas, ni arriba ni en el piso de abajo. Parecía
abandonado. Pero muy a menudo el cubil del Escorpión parece desierto hasta que,
de pronto, la muerte silenciosa ataca sin previo aviso.
Allí
me detuve, y una loca idea me asaltó de pronto. De un modo o de otro, el drama
habría terminado al amanecer. Esta noche era el clímax de mi carrera, la cima
definitiva de mi vida. Esta noche yo era el eslabón más fuerte de toda esta
extraña cadena de acontecimientos. Mañana carecería de importancia el que yo
estuviese vivo o muerto. Saqué de mi bolsillo el frasco del elixir y lo miré.
Racionado cuidadosamente, tendría para dos días. ¡Dos días más de vida! O...,
necesitaba el estímulo como jamás lo había necesitado antes; la tarea que se
hallaba ante mí era una como ningún ser humano podía esperar llevar a cabo. Si
bebía todo lo que me quedaba del elixir, no tenía idea alguna de cuánto
durarían sus efectos, pero estaba seguro de que, al menos, abarcarían el resto
de la noche. Y las piernas me temblaban; mi mente padecía extraños períodos de
un vacío absoluto; la debilidad del cuerpo y del cerebro parecía asediarme.
Alcé el frasco y, de un solo trago, lo vacié.
Por
un instante creí morir. Nunca había tomado tal cantidad. El cielo y el universo
vacilaron y sentí como si fuese a estallar en un millón de fragmentos
temblorosos, como un globo de acero quebradizo que estalla de pronto. Cómo un
fuego infernal, el elixir corría por mis venas, ¡y me convertía en un gigante!
¡Un monstruo! ¡Un superhombre! Di la vuelta y con grandes zancadas me acerqué
hacia el amenazador umbral hundido entre las sombras. No tenía ningún plan; no
me parecía necesario. Al igual que un borracho que se dirige ciegamente hacia
el peligro, así entré yo en el cubil del Escorpión, magníficamente consciente
de mi superioridad, confiado como un emperador en mi estimulada capacidad y tan
seguro como las estrellas inmutables del camino que se abriría ante mí.
¡Oh,
no existió jamás superhombre alguno como el que llamó imperioso a la puerta del
número 48 del Soho entre la niebla y la llovizna!
Cuatro
veces llamé, la vieja señal que los esclavos habían utilizado para ser
admitidos en el cuarto del ídolo de Yun Shatu. Se abrió una rendija en el
centro de la puerta y unos ojos oblicuos me contemplaron llenos de cautela.
Parecieron agrandarse un poco al reconocerme y luego volvieron a entrecerrarse
con malignidad.
–¡Estúpido!
–dije, irritado–. ¿Acaso no ves la señal? Sostuve mi mano ante la rendija.
–¿No
me reconoces? Déjame entrar, maldito seas.
Creo
que fue la loca audacia de la treta lo que la hizo triunfar. Con seguridad,
todos los esclavos del Escorpión tenían conocimiento de la rebelión de Stephen
Costigan, y estaban enterados de que se le había marcado para morir. Y el mismo
hecho de que yo viniese hasta aquí, desafiando a mi destino, fue lo que
confundió al encargado de la puerta.
La
puerta se abrió y yo la crucé. El hombre que me había dejado entrar era un
chino alto y flaco al que había conocido yo como criado de Kathulos. Cerró la
puerta a mi espalda y vi que nos hallábamos en una especie de vestíbulo
iluminado por una débil lámpara cuyo resplandor no podía divisarse desde la
calle ya que las ventanas estaban cubiertas con gruesos cortinajes. El chino me
con templó, indeciso, con ojos llameantes. Yo le devolví la mirada, lleno de
tensión. Entonces la sospecha ardió en sus ojos y su mano pareció volar hacia
su manga. Pero en ese instante ya me había lanzado sobre él y su flaco cuello
se quebró como una rama podrida entre mis manos.
Deposité
su cadáver sobre el suelo cubierto de gruesas alfombras y escuché. Ni un ruido
quebraba el silencio. Caminando con la cautela de un lobo, los dedos extendidos
como si fuesen garras, me introduje en la siguiente habitación. Estaba
amueblada al estilo oriental, con divanes, alfombras y cortinajes bordados de
oro, pero no albergaba vida humana. La atravesé y me dirigí hacia la siguiente.
La luz parecía derramarse de los incensarios que colgaban del techo y las
alfombras orientales ahogaban el ruido de mis pasos; parecía que me estuviese
moviendo en un castillo encantado.
A
cada momento, aguardaba una oleada de silenciosos asesinos surgiendo de las
puertas o de los cortinajes y biombos en los que se retorcían los dragones.
Reinaba un silencio absoluto.
Exploré
una habitación tras otra y, por último, me detuve al pie de las escaleras. Del
inevitable incensario brotaba una luz incierta, pero la mayor parte de los
peldaños estaban envueltos en la oscuridad. ¿Qué horrores me aguardaban allí
arriba?
Pero
el miedo y el elixir son malos compañeros y yo ascendí esos peldaños en los que
acechaba el terror tan atrevidamente como había entrado en esa mansión del
miedo. Las habitaciones que descubrí en el piso de arriba se parecían mucho a
las de abajo y tenían en común con ellas el hallarse vacías de toda vida
humana. Busqué un ático pero no parecía haber puerta alguna que condujese hasta
él. Volviendo al primer piso, busqué una entrada al sótano, pero, de nuevo, mis
esfuerzos fueron infructuosos. Poco a poco, la asombrosa verdad se me fue
imponiendo: haciendo excepción de mi persona y del muerto que yacía,
grotescamente retorcido, en el vestíbulo exterior, no había hombre alguno,
muerto o vivo, en la mansión.
No
podía entenderlo. Si no hubiese habido muebles en la casa habría llegado a la
conclusión natural de que Kathuios había huido..., pero no había señal alguna
de huida que yo pudiese distinguir. Todo esto era increíble, fuera de lo común.
Permanecí inmóvil en la enorme biblioteca envuelta en sombras, pensando. No, no
me había equivocado de casa. Aunque no existiese el mudo testimonio del cadáver
en el vestíbulo, todo en la habitación indicaba la presencia del Amo. Allí
estaban las palmeras artificiales, los biombos de laca, los tapices, incluso el
ídolo, aunque ahora no hubiese incienso alguno alzándose ante él. Los muros
estaban cubiertos con grandes estanterías de libros, de raras y costosas
encuadernaciones. Como descubrí tras un rápido examen, libros en cada uno de
los idiomas del planeta, y sobre cada tema posible, la mayor parte de ellos
exóticos y fuera de lo normal.
Recordando
el pasadizo secreto en el Templo de los Sueños, examiné la pesada mesa de caoba
que se alzaba en el centro de la habitación. Pero mi examen no dio resultado
alguno. En mi interior se alzó una repentina llamarada de furia, primitiva e
irracional. Cogí una estatuilla que descansaba encima de la mesa y la estrellé
contra el muro cubierto de estanterías. El ruido que hizo al romperse habría
debido sacar a la banda de su escondite. ¡Pero el resultado fue mucho más
sorprendente!
La
estatuilla chocó con el borde de una estantería y, al instante, todo el panel
de los estantes con su carga de libros giró silenciosamente hacia afuera,
¡revelando un angosto umbral! Como en la otra puerta secreta, una hilera de
escalones llevaba hacia abajo. En otro momento me habría estremecido ante la
idea de bajar por ellos, con los horrores del otro túnel frescos en mi cerebro
pero, inflamado como me hallaba por el elixir, me lancé hacia adelante sin
vacilar siquiera.
Dado
que no había nadie en la casa, debían de hallarse en el túnel o en el escondite
al que llevase éste. Crucé el umbral, dejando abierta la puerta; así la policía
podría encontrarla y seguirme, aunque, de un modo extraño, tenía la sensación
de que, desde su principio hasta su horrendo final, iba a estar solo en toda mi
aventura.
Bajé
una distancia considerable y, finalmente, la escalera desembocó en un corredor
a nivel del suelo cuya anchura sería de unos seis metros..., algo francamente
asombroso. Pese a la anchura, el techo era más bien bajo y de él colgaban unas
pequeñas lámparas de forma extraña que arrojaban una luz bastante tenue.
Recorrí a toda prisa el corredor, como la vieja Muerte en busca de sus víctimas
y, mientras lo atravesaba, me fijé en su construcción. El suelo estaba hecho
con grandes losas y los muros parecían haber sido construidos con enormes
bloques de piedra cuidadosamente tallada. El pasadizo no parecía una obra
moderna; los esclavos de Kathulos jamás habían creado ese túnel. Algún camino
secreto de los tiempos medievales, pensé..., y, después de todo, ¿quién sabe
qué catacumbas yacen debajo de Londres, cuyos secretos son más grandes y más
tenebrosos que los de Babilonia y Roma?
Me
adentré más y más, y supe al fin que debía de hallarme a bastante profundidad.
El aire estaba cargado y rancio, y una fría humedad goteaba desde las piedras
del techo y los muros. De vez en cuando veía pasadizos más estrechos que se
perdían en la oscuridad pero decidí seguir el pasillo principal.
Una
feroz impaciencia me dominaba. Me parecía que llevaba horas caminando y, pese a
todo, lo único que veían mis ojos era muros húmedos y desnudos, losas austeras
y lámparas goteantes. Me mantuve atento, buscando cofres de apariencia
siniestra u objetos similares..., pero no vi nada parecido.
Y
entonces, cuando estaba a punto de prorrumpir en salvajes maldiciones, otra
escalera se alzó ante mí surgiendo de entre las tinieblas.
19.
FURIA OSCURA
El
lobo acorralado contempló lo que le rodeaba
Con
la luz llama maligna de sus ojos.
Recordando
su deuda, dijo: «¡Aún he de causar estragos,
antes
de que llegue mi hora!»
Mundy
Con
la cautela del lobo, ascendí por la escalera. Unos seis metros más arriba había
una especie de estancia a partir de la cual nacían otros corredores, muy
parecidos al de más abajo por el que había llegado. Se me ocurrió la idea de
que las profundidades de Londres debían estar llenas de tales pasadizos
secretos, uno por encima del otro.
Unos
metros por encima de aquella estancia, los escalones cesaban ante una puerta, y
allí me detuve vacilante, inseguro en cuanto a si debía arriesgarme a llamar o
no. Mientras permanecía allí, meditando, la puerta empezó a abrirse. Me pegué
al muro, ocultándome todo lo posible. La puerta se abrió al fin por completo y
un moro apareció en el umbral. Sólo pude lanzar una mirada a la estancia que
había más allá, por el rabillo del ojo, pero mis sentidos inhumanamente
aguzados percibieron que la habitación se hallaba vacía.
Y en
ese mismo instante, antes de que pudiese girarse, le propiné al moro un golpe
mortífero que le alcanzó en la mandíbula, haciéndole caer por las escaleras
para derrumbarse al pie de éstas como una masa informe, sus miembros
grotescamente retorcidos.
Mi
mano izquierda detuvo la puerta antes de que se cerrase estruendosamente y, en
un momento, la hube cruzado hallándome en la habitación contigua. Como había
pensado, estaba vacía. La atravesé rápidamente y entré en la siguiente. Estas
habitaciones estaban amuebladas de un modo ante el que la mansión del Soho
palidecía insignificante. Bárbaro, terrible, espantoso..., tales palabras sólo
pueden dar una ligera idea de los horrendos espectáculos que se ofrecieron a
mis ojos. La mayor parte de los adornos, si es que se trataba de adornos, la
formaban calaveras, huesos y esqueletos enteros. Había momias que parecían
mirar desde sus sarcófagos y en las paredes se alineaban los reptiles
disecados. Entre esas siniestras reliquias colgaban los escudos africanos de
piel y bambú, sobre los que se entrecruzaban las azagayas y las dagas de
combate. Aquí y allá asomaban ídolos obscenos, negros y terribles.
Y
entre tales muestras de barbarie y salvajismo, esparcidos, había jarrones,
biombos, alfombras y tapices de la más refinada artesanía oriental; el efecto
producido era extraño e incongruente.
Había
atravesado ya dos de esas estancias sin ver ni un alma cuando llegué a unas
escaleras que subían. Ascendí por ellas, varios tramos de peldaños, hasta
llegar a una puerta en el techo. Me pregunté si seguía hallándome bajo tierra.
Levanté la puerta cautelosamente. Mis ojos distinguieron la luz de las
estrellas y, precavidamente, me asomé al exterior. Allí me detuve. En todas las
direcciones a mi alrededor se extendía un gran tejado más allá de cuyo borde
centelleaban, por todos lados, las luces de Londres. No tenía ni idea en qué
edificio estaba, pero pude ver que era alto, pues me pareció hallarme por
encima de la mayoría de las luces que podía ver. Entonces vi que no estaba
solo.
Sobre
las sombras del parapeto que rodeaba el borde del tejado, una forma amenazadora
y enorme se recortaba contra las estrellas. Dos ojos me contemplaban
centelleando con una luz que no era totalmente racional; las estrellas
arrancaban destellos plateados de una curva hoja de acero.
Yar
Khan, el asesino afgano, se me encaraba entre las sombras silenciosas.
Una
exultación fiera y salvaje me invadió. ¡Ahora podía empezar a pagar la deuda
que tenía con Kathulos y toda su banda infernal! La droga me hacía arder las
venas y enviaba oleadas de un poder inhumano y una oscura furia recorriendo
todo mi ser. Me lancé a la carrera, un salto silencioso y mortífero.
Yar
Khan era un gigante, más alto y fornido que yo. Tenía un tulwar, y desde el
momento en que le vi supe que estaba lleno de la droga a cuyo uso estaba
habituado: heroína.
Al
verme llegar, alzó su pesada arma en un arco letal, pero antes de que pudiese
golpear yo le aferré la muñeca con que sostenía la espada en una presa de
hierro y con la mano que me quedaba libre le propiné golpes terribles en el
plexo solar.
De
ese espantoso combate librado en silencio por encima de la ciudad dormida, con
sólo las estrellas como testigos, poco recuerdo. Recuerdo que me tambaleé,
avanzando y retrocediendo, trabado en un abrazo de muerte. Recuerdo la áspera
barba que me raspaba la carne mientras sus ojos incendiados por la droga me
contemplaban llenos de ferocidad, clavados en los míos. Recuerdo el sabor de la
sangre caliente en mi boca, el regusto que mi temible exultación me dejaba en
el alma, una fuerza y una furia inhumanas que nacían avasallándolo todo.
¡Dios,
qué espectáculo para la vista, si alguien nos hubiese visto en ese tétrico
tejado, dos leopardos humanos, enloquecidos por la droga, haciéndose pedazos
entre sí!
Recuerdo
su brazo rompiéndose como un trozo de madera podrida bajo mi presa y el tulwar
cayendo de su mano inútil. Puesto en desventaja por un brazo roto, el final era
inevitable y, con una salvaje explosión de fuerza, le llevé hasta el borde del
tejado y le hice inclinarse por encima del parapeto. Por un instante luchamos
allí; luego, le hice soltar su presa y le lancé al espacio y, mientras caía en
la oscuridad, sólo tuvo tiempo de lanzar un alarido.
Me
puse en pie, levantando los brazos hacia las estrellas, una estatua terrible de
triunfo primordial.
Y
por el pecho me corrieron hilillos de sangre surgida de las hondas heridas que
las frenéticas uñas del afgano me habían infligido en el cuello y el rostro.
Me
volví, lleno de la astucia de un loco. ¿Acaso nadie había oído el ruido de la
batalla? Tenía los ojos clavados en la puerta por la que había venido, pero un
ruido me hizo girar en redondo y, por primera vez, noté que había algo parecido
a una torre surgiendo del tejado. No había ninguna ventana, pero sí una puerta
y, mientras miraba, esa puerta se abrió y una colosal forma oscura se recortó a
la luz que brotaba del interior. ¡Hassim!
Salió
al tejado y cerró la puerta, los hombros encorvados y el cuello tendido
mientras miraba a un lado y a otro. Le derribé al suelo, inconsciente, con un
golpe que contenía todo mi odio. Me incliné sobre él, aguardando algún signo de
que recobraba el conocimiento; luego, a lo lejos, en el cielo, cerca del
horizonte, vi un débil tinte rojizo. ¡La luna estaba saliendo!
En
nombre de Dios, ¿dónde estaba Gordon? Mientras permanecía inmóvil e indeciso,
me llegó un extraño sonido. Se parecía, curiosamente, al zumbido que
producirían muchas abejas.
Avanzando
en la dirección de donde parecía provenir, atravesé el tejado y me incliné por
encima del parapeto. Un espectáculo increíble, como salido de una pesadilla, se
ofreció a mi vista.
A
unos seis metros por debajo del nivel del tejado en el que me hallaba, había
otro tejado, del mismo tamaño y, claramente, parte del mismo edificio. A un
lado limitaba con la pared; en los otros tres lados había un parapeto varios
metros más alto que el de mi tejado.
En
el tejado había una multitud, de pie, sentada, acuclillada, todos apretujados
unos contra otros... Y, sin excepción, todos eran ¡negros! Había centenares de
ellos, y lo que había oído era el murmullo de sus conversaciones en voz baja.
Pero lo que atrajo mi atención fue aquello en lo que tenían clavada la mirada.
En
el centro del tejado se alzaba una especie de teocali de unos tres metros de
alto, casi exactamente igual a los hallados en México y sobre los que los
sacerdotes de los aztecas sacrificaban víctimas humanas. Éste, salvo en lo
tocante a su escala, infinitamente menor, era una copia exacta de esas
pirámides sacrificiales. Sobre su cima truncada había un altar curiosamente
esculpido y, a su lado, se alzaba una figura flaca y oscura a la cual ni tan
siquiera la horrenda máscara que llevaba podía ocultar a mi vista... Santiago,
el hechicero vudú de Haití. Sobre el altar yacía John Gordon, desnudo hasta la
cintura y atado de pies y manos, pero consciente.
Vacilante,
me aparté del borde del tejado, desgarrado por la indecisión. Ni el estímulo
del elixir podía competir con esto. Y entonces, un mido me hizo volver en mí
para ver a Hassim que, medio aturdido, luchaba por ponerse de rodillas. Llegué
junto a él tras dar dos largas zancadas e, implacablemente, le derribé de
nuevo. Noté entonces un objeto extraño que llevaba colgando del cinturón. Me
agaché para examinarlo.
Era
una máscara similar a la que llevaba Santiago. Mi mente saltó entonces rauda
concibiendo un salvaje y desesperado plan. Anduve con cautela hasta la torre y,
abriendo la puerta, examiné el interior. No vi a nadie que hiciese falta
acallar, pero sí una túnica de seda que colgaba de un gancho en la pared. ¡La
suerte del drogado! La cogí y cerré de nuevo la puerta. Hassim no parecía dar
señales de recobrarse pero, para asegurarme, le golpeé de nuevo en la mandíbula
y, cogiendo su máscara, corrí hacia el borde del tejado.
Un
canto ronco y gutural ascendía hacia mí, discordante, bárbaro, apenas ocultando
la enloquecida sed de sangre que en él subyacía. Los negros, hombres y mujeres,
se balanceaban hacia adelante y hacia atrás siguiendo el ritmo salvaje de su
cántico de muerte. En el teocali, Santiago seguía inmóvil como una estatua de
basalto negro, mirando hacia el este, el cuchillo en alto..., una imagen
salvaje y terrible, desnudo como estaba a excepción de su taparrabos de seda y
la máscara inhumana en el rostro. La luna asomaba ya un borde rojizo por encima
del horizonte oriental y una débil brisa removía las grandes plumas negras que
oscilaban sobre la máscara del sacerdote vudú. El cántico de los adoradores
descendió de tono hasta convertirse en un murmullo siniestro.
A
toda prisa me puse la máscara de muerte, me coloqué bien la túnica y me preparé
para el descenso. Estaba dispuesto a dejarme caer, bien seguro con la soberbia
confianza de mi locura que aterrizaría sin sufrir daño alguno; pero al trepar
por encima del parapeto descubrí una escalera de acero que descendía.
Evidentemente, Hassim, uno de los sacerdotes vudú, pretendía bajar por aquí. De
tal modo descendí, a toda prisa, pues sabía que cuando el extremo inferior de
la luna iluminase los edificios de la ciudad, esa daga inmóvil bajaría hasta
hundirse en el pecho de Gordon.
Envolviéndome
bien en la túnica para esconder mi blanca piel, puse pie en el tejado y avancé
entre las hileras de negros adoradores que se apartaban para dejarme pasar.
Llegué hasta el pie del teocali y ascendí los peldaños que llevaban a la cima,
hasta que me encontré junto al altar de la muerte y percibí las manchas rojo
oscuro que había en él. Gordon yacía sobre su espalda, los ojos abiertos, el
rostro tenso y agotado, pero con la mirada decidida y llena de valor.
Los
ojos de Santiago me contemplaron llameantes a través de las rendijas de su
máscara, pero no vi sospecha alguna en ellos hasta que yo tendí la mano y le
arrebaté la daga. Estaba demasiado asombrado para resistirse y la multitud
negra calló de pronto. Estoy seguro de que vio que mi mano no era la de un
negro, pero, simplemente, el asombro le había dejado sin habla. Moviéndome
velozmente, corté las ataduras de Gordon y le puse en pie. Entonces, Santiago
saltó sobre mí lanzando un alarido..., gritó de nuevo, extendiendo los brazos,
y cayó desde lo alto del teocali con su propia daga hundida hasta la empuñadura
en el pecho.
Un
instante después, los adoradores se lanzaban sobre nosotros chillando y
rugiendo..., saltando sobre los peldaños del teocali como leopardos negros bajo
la luna, sus cuchillos centelleando, el blanco de los ojos ardiendo en la
oscuridad.
Me
arranqué la máscara y la túnica y respondí a la exclamación de Gordon con una
salvaje carcajada. Había tenido la esperanza de que mi disfraz pudiese hacernos
escapar, pero ahora me contentaba con morir aquí, a su lado.
Arrancó
un gran adorno metálico del altar y lo esgrimió frente a los atacantes. Los
tuvimos a raya un instante y luego nos sumergieron como una ola negra. ¡Para mí
esto era el Valhalla! Los cuchillos me hirieron y me golpearon los garrotes,
pero yo reí y lancé mis puños de hierro en golpes implacables, como los de un
martillo pilón, que hacían pedazos los huesos y la carne. Vi la tosca arma de
Gordon subir y bajar, y cada vez derribaba a un hombre. Los cráneos se partían
y la sangre lo inundaba todo mientras que la furia oscura me dominaba. Rostros
de pesadilla giraban a mi alrededor, caí de rodillas; me puse de nuevo en pie y
los rostros se derrumbaron bajo mis golpes. Como entre nieblas, me pareció oír
una voz horriblemente familiar que se alzaba en una orden imperiosa.
Gordon
fue apartado de mi lado pero, por el ruido, supe que su obra mortífera
continuaba aún. Las estrellas parecían vacilar entre nieblas de sangre, pero
una exaltación infernal me dominaba y me entregué al deleite de las oscuras
mareas de la furia hasta que una marea más oscura y profunda me avasalló. No
supe más.
20.
ANTIGUO HORROR
Ahora
y aquí, en su triunfo donde todas las cosas caen
Tendida
entre los despojos que su propia mano esparció,
Como
un Dios auto–inmolado en su propio y extraño altar,
Yace
muerta la Muerte.
Swinburne
Volví
lentamente a la vida..., lenta, muy lentamente. Una neblina parecía retenerme y
entre la niebla vi una Calavera...
Estaba
tendido en una jaula de acero como un lobo cautivo, y noté que los barrotes
eran demasiado fuertes, incluso para mi fortaleza. La jaula parecía estar
colocada en una especie de nicho en la pared y yo me hallaba contemplando una
gran habitación. La habitación se hallaba bajo tierra, pues el suelo lo
formaban losas de piedra y los muros y el techo estaban compuestos por bloques
gigantescos del mismo material. Los muros estaban llenos de estantes, cubiertos
de extraños objetos, aparentemente de naturaleza científica, y había más sobre
la gran mesa que se hallaba en el centro de la habitación. Junto a ella se
encontraba sentado Kathulos.
El
Hechicero vestía una túnica de un color amarillo serpiente, y aquellas manos
horrendas y su terrible cabeza parecían más que nunca pertenecer a un reptil.
Volvió hacia mí sus grandes ojos amarillos, como lagunas de un lívido fuego, y
sus labios delgados como el pergamino se movieron en lo que quizá fuese una
sonrisa.
Me
puse en pie, vacilante, y aferré los barrotes, maldiciendo.
–Gordon,
maldito seas, ¿dónde está Gordon? Kathulos tomó un tubo de ensayo de la mesa,
lo observó atentamente y lo vació en otro tubo.
–¡Ah,
mi amigo despierta! –murmuró su voz, la voz de un muerto viviente.
Hundió
las manos en sus largas mangas y se volvió hacia mí.
–Creo
que contigo –dijo, marcando bien las palabras– he creado un monstruo de
Frankenstein. Hice de ti una criatura sobrehumana para que sirvieses a mis
deseos y te me has escapado. Eres mi némesis, peor aún de lo que fue Gordon.
Has matado a servidores valiosos y has interferido en mis planes. Sin embargo,
esta noche tus maldades llegan a su fin. Tu amigo Gordon huyó, pero le están
persiguiendo por los túneles y no puede escapar.
»Tú
eres un sujeto de lo más interesante –prosiguió, con el sincero interés del
científico en su voz–. Tu cerebro debe de ser de una constitución distinta a la
de cualquier hombre que haya existido. Lo estudiaré atentamente y lo añadiré a
mi laboratorio. El cómo un hombre, con la necesidad aparente del elixir en su
organismo, se las ha arreglado para seguir existiendo dos días aún estimulado
por la última dosis, es más de lo que puedo entender.
Mi
corazón dio un salto. Pese a toda su sabiduría, la pequeña Zuleika había
logrado engañarle y, evidentemente, no sabía que le había sustraído un frasco
del elixir vital.
–La
última dosis que recibiste de mí –continuó– era suficiente sólo para unas ocho
horas. Insisto en que me tienes asombrado. ¿Tienes alguna sugerencia que
hacerme?
Lancé
un rugido inarticulado. Él suspiró.
–El
bárbaro, como siempre. El proverbio es bien cierto: «Juega con el tigre herido
y dale calor en tu pecho a la víbora antes que intentar librar al salvaje de su
salvajismo.»
Meditó
un tiempo en silencio. Yo le observaba, intranquilo. Había en él una extraña y
confusa diferencia..., sus largos dedos, emergiendo de las mangas,
repiqueteaban sobre los brazos de la silla y una oculta exultación parecía
latir en lo más hondo de su voz, proporcionándole una sonoridad fuera de lo
acostumbrado.
–Y
podrías haber sido un rey en mi nuevo régimen –dijo de pronto–. Sí, nuevo...
¡Nuevo y de una vejez inhumana!
Me
estremecí al oír su carcajada, seca y aguda emergiendo gutural de su garganta.
Inclinó
la cabeza como si escuchase. De lo lejos parecía llegar el murmullo de muchas
voces guturales. Sus labios se contorsionaron en una sonrisa.
–Mis
niños negros –murmuró–. Están haciendo pedazos a mi enemigo Gordon en los
túneles. Ellos son mis auténticos seguidores, señor Costigan, y para
instruirles y deleitarles tendí esta noche a John Gordon sobre la piedra del
sacrificio. Habría preferido hacer con él ciertos experimentos, basados en
ciertas teorías científicas, pero mis niños deben ser complacidos. Más tarde,
bajo mi tutela, crecerán hasta superar sus infantiles supersticiones y
desecharán sus estúpidas costumbres pero, ahora, deben ser llevados suavemente
de la mano.
»¿Le
gustan estos corredores subterráneos, señor Costigan? –dijo, cambiando
bruscamente de tema–. Pensó de ellos, ¿qué? Sin duda, ¿que fueron construidos
por los salvajes blancos de vuestras Edades Medias? ¡Falso! ¡Estos túneles son
más viejos que vuestro mundo! Fueron creados por reyes poderosos hace
demasiados eones para que tu mente pueda concebirlo, cuando una ciudad imperial
se alzaba donde ahora se levanta esta tosca aldea que es Londres. Todo rastro
de esa metrópolis se ha convertido en polvo y se ha desvanecido, pero estos
corredores fueron construidos con algo más que la mera habilidad humana... ¡ja,
ja! De los millares de seres que cotidianamente se mueven por encima de ellos,
nadie conoce su existencia salvo mis servidores..., y no todos ellos. Zuleika,
por ejemplo, no los conoce, pues últimamente he empezado a dudar de su lealtad
y, sin duda, pronto haré de ella un ejemplo.
Ante
eso me lancé ciegamente contra el costado de la jaula, una roja ola de odio y
furia dominándome. Tomé los barrotes y me esforcé hasta que las venas se me
marcaron en la frente y los músculos se hincharon y crujieron en mis brazos y
en mi espalda. Y los barrotes se doblaron bajo mi ataque..., un poco, pero no
más y, finalmente, la fuerza huyó de mis miembros y tuve que sentarme,
tembloroso y debilitado. Kathulos, imperturbable, me observaba.
–Los
barrotes aguantarán –anunció con algo que casi parecía alivio en su tono–.
Francamente, prefiero hallarme al otro lado. Si alguna vez existió un hombre
mono, eres tú.
De
repente, lanzó una feroz carcajada.
–Mas,
¿por qué pretendes oponerte a mí? –aulló, de modo inesperado–. ¿Por qué me
desafías, a mí que soy Kathulos, el Hechicero, grande incluso en los días del
viejo imperio? ¡Y hoy, invencible! ¡Un mago, un científico entre salvajes
ignorantes! ¡Ja, ja!
Me
estremecí y, de pronto, fue como si se hiciese la luz. ¡El propio Kathulos era
un adicto, y su droga le inflamaba en estos momentos! No sé, ni deseo saber,
cuál era el brebaje infernal lo bastante fuerte y terrible como para excitar al
Amo de tal modo. De todo su increíble saber yo, conociéndole como lo hice, creo
que esta era la parte más tremenda y fuera de lo normal.
–¡Estúpido,
pobre estúpido! –deliraba, su rostro como iluminado por un fuego sobrenatural–.
¿Sabes quién soy? ¡Kathulos de Egipto! ¡Bah! ¡Me conocían ya en los viejos
días! Reiné sobre las oscuras tierras del mar cubiertas de niebla eras y eras
antes de que el mar se alzase y engullese la tierra. Morí, pero no como mueren
los hombres; ¡era nuestra la poción mágica de la vida eterna! Bebí de ella y
dormí. ¡Largo tiempo dormí en mi sarcófago lacado! Mi carne se marchitó y se
volvió más dura; mi sangre se secó dentro de mis venas. Me volví como un
muerto. Pero dentro de mí seguía ardiendo el espíritu de la vida, durmiendo
pero previendo el despertar. Las grandes ciudades se convirtieron en polvo. El
mar se tragó la tierra. Los orgullosos altares y los grandiosos capiteles se
hundieron bajo las verdes olas. Todo esto lo supe mientras dormía, al igual que
sabe un hombre cuando sueña. ¿Kathulos de Egipto? ¡Falso! ¡Kathulos de la
Atlántida!
Lancé
un grito involuntario. Todo aquello era demasiado espantoso para soportarlo sin
enloquecer.
–Sí,
el Mago, el Hechicero.
»Y a
lo largo de los interminables años de salvajismo, durante los cuales las razas
bárbaras lucharon por el poder sin sus amos, surgió la leyenda del día del
imperio, cuando un hombre de la Vieja Raza saldría del mar. Sí, y llevaría a la
victoria al pueblo negro que fue nuestro esclavo en los antiguos días.
»¿Qué
me importan esas gentes cobrizas y amarillas? Los negros fueron los esclavos de
mi raza y, hoy en día, yo soy su dios. Me obedecerán. Los cobrizos y los
amarillos son estúpidos..., hago de ellos mis herramientas y llegará el día en
que mis guerreros negros se vuelvan contra ellos y a una orden mía los maten. Y
vosotros, bárbaros blancos, cuyos antepasados simiescos desafiaron por siempre
a mi raza y a mí, ¡vuestro destino final se aproxima! ¡Y cuando yo suba a mi
trono universal, los únicos blancos que subsistan serán esclavos!
«Llegó
el día, tal y como había sido profetizado, en que mi sarcófago, libre al fin
del lugar en el que descansaba, allí donde había yacido cuando la Atlántida era
aún la soberana del mundo, donde había permanecido desde que su imperio se
hundió en las verdosas profundidades... Llegó el día en que fue agitado por las
hondas mareas acuáticas, removiéndose, tembloroso y, apartando a un lado las
algas que ocultan los templos y los minaretes, se alzó flotando más allá del
orgulloso zafiro y los capiteles dorados, ascendiendo por las verdes aguas,
para emerger sobre las perezosas olas del mar.
«Llegó
entonces un blanco ignorante cumpliendo un destino del que no era consciente.
Los hombres de su barco, creyentes verdaderos, sabían que había llegado la
hora. Y yo... El aire penetró en mis fosas nasales y desperté del largo, largo
sueño. Me estiré, me moví y regresé a la vida. Y, alzándome en la noche, maté
al estúpido que me había sacado del océano y mis servidores me juraron
obediencia y me llevaron al África, donde permanecí un tiempo y aprendí las
nuevas lenguas y costumbres de un mundo nuevo, y me hice fuerte.
»La
sabiduría de vuestro mundo miserable... ¡ja, ja! ¡Yo, que he penetrado más
hondo en los misterios de lo antiguo, de lo que hombre alguno ha osado! ¡Sé lo
que saben todos los hombres de hoy y mi conocimiento, comparado con el que he
traído conmigo desde los siglos pasados, es como un grano de arena junto a una
montaña! ¡Deberíais saber algo de tal conocimiento! ¡Mediante él te saqué de un
infierno para hundirte en otro aún mayor! ¡Estúpido, aquí, en mis manos, está
lo que te sacaría de este infierno! ¡Sí, esto te arrancaría las cadenas con las
que te he atado!
Alzó
un recipiente dorado y lo agitó ante mis ojos. Lo contemplé como los hombres
que agonizan en el desierto deben contemplar los espejismos lejanos. Kathulos
lo acarició pensativo. Su antinatural excitación parecía haber desaparecido de
pronto y, cuando volvió a hablar, lo hizo con los tonos desapasionados y llenos
de mesura del científico.
–Ese
sí que sería un experimento digno de hacerse..., liberarte de la habituación al
elixir y ver si tu cuerpo dominado por la droga sería capaz de mantenerse vivo.
Nueve veces de cada diez la víctima, con la necesidad y el estímulo eliminados,
moriría..., pero tú eres una bestia tan colosal...
Lanzó
un suspiro y dejó el recipiente.
–El
soñador se opone al hombre dotado de un destino. Este tiempo no es el mío o, de
lo contrario, yo habría preferido pasar mi vida en mis laboratorios, enfrascado
en mis experimentos. Pero ahora, como en los días del antiguo imperio en que
los reyes buscaban mi consejo, debo obrar y afanarme por el bien de la raza
como un todo. Sí, debo trabajar y sembrar la semilla de la gloria antes de que
se cumplan del todo los días imperiales en que el mar entregará de nuevo a
todos sus muertos vivientes.
Me
estremecí. Kathulos lanzó de nuevo una salvaje carcajada. Una vez más sus dedos
repiquetearon en los brazos del sillón y su rostro se iluminó con el resplandor
sobrenatural. Las rojas visiones habían empezado a hervir de nuevo en su
cráneo.
–Todos
los antiguos amos yacen bajo los verdes mares, en sus sarcófagos de laca,
muertos tal y como los hombres entienden la muerte, pero meramente dormidos.
¡Durmiendo a través de las largas eras como si fuesen sólo horas, aguardando el
día del despertar! Los antiguos amos, los sabios, que previeron el día en que
el mar engulliría la tierra y que hicieron sus preparativos, se dispusieron
para poder surgir de nuevo en los días bárbaros que debían llegar. Igual que yo
lo hice. Yacen dormidos, viejos reyes y brujos austeros, que murieron como
mueren los hombres, antes de que la Atlántida se hundiese. ¡Que, dormidos, se
hundieron con ella pero que volverán a levantarse!
»¡Mía
es la gloria! Yo fui el primero en alzarse. Y fui yo el que buscó el paradero
de las viejas ciudades en las costas que no se hundieron. Perdidas, perdidas
hace tanto tiempo... La marea bárbara las barrió hace millares de años igual
que las verdes aguas barrieron a su hermana mayor de los abismos. Sobre algunas
se alzan los áridos desiertos. Sobre otras, como aquí, se levantan jóvenes
ciudades bárbaras.
Se
detuvo de pronto. Sus ojos se dirigieron hacia una de las oscuras aberturas que
indicaban un corredor. Creo que su extraña intuición le advirtió de algún
peligro cercano, pero dudo mucho que llegase a imaginar de qué modo tan
dramático iba a verse interrumpida nuestra situación.
Mientras
él seguía mirando, se oyeron unos rápidos pasos y un hombre apareció de repente
en el umbral..., un hombre con el cabello revuelto, ensangrentado y harapiento.
¡John Gordon! Kathulos se incorporó lanzando un grito y Gordon, jadeando como
por algún esfuerzo sobrehumano, bajó el revólver que sostenía en la mano y
disparó a quemarropa. Kathulos se tambaleó, llevándose la mano al pecho y
luego, manoteando ciegamente, dando tumbos, se derrumbó sobre la pared. Se
abrió en ella una puerta y él la cruzó tambaleándose, pero cuando Gordon
cruzaba la estancia con un salto salvaje, lo único que encontró su mirada fue
una superficie de pétrea losa que resistió todos sus feroces golpes.
Giró
en redondo y corrió como un borracho hasta la mesa donde se hallaba un manojo
de llaves que el Amo había dejado caer allí.
–¡El
recipiente! –aullé–. ¡Coja el recipiente!
Y él
se lo metió en el bolsillo.
Por
el corredor del que había llegado resonaba un débil clamor que aumentaba
rápidamente de volumen como el de una jauría de lobos aullantes. Unos cuantos
segundos preciosos se perdieron buscando la llave adecuada y luego la puerta de
la jaula giró abriéndose y yo, de un salto, salí al exterior. ¡Éramos un
espectáculo digno de los dioses! Llenos de heridas, tajos y golpes, nuestras
ropas convertidas en harapos..., mis heridas que habían dejado de sangrar
volvieron a hacerlo cuando me moví y, por la rigidez de mis manos, supe que me
había roto los nudillos. En cuanto a Gordon, estaba prácticamente empapado en
sangre, de la cabeza a los pies.
Nos
adentramos por un pasadizo en dirección opuesta a aquella de la que provenía el
amenazador estruendo, el cual yo sabía que era causado por los negros
servidores del Amo lanzados en nuestra persecución. Ninguno de los dos se
hallaba en las mejores condiciones para correr, pero hicimos todo lo que
pudimos. No tenía ni idea de adonde íbamos. Mi fuerza sobrehumana me había
abandonado y ahora me sostenía únicamente mi fuerza de voluntad. Nos metimos
por corredor y no habríamos dado veinte pasos por él cuando, mirando atrás, vi
al primero de los diablos negros aparecer por una esquina.
Un
esfuerzo desesperado aumentó levemente nuestra ventaja. Pero nos habían visto,
estábamos totalmente al descubierto, y un alarido de furia salió de sus bocas
para verse secundado por un siniestro silencio que aumentaba a medida que
extremaban su esfuerzo por alcanzarnos.
A
unos pocos metros delante de nosotros vimos surgir de pronto una escalera de
entre las tinieblas. Si pudiésemos llegar hasta ella..., pero vimos algo más.
En
el techo, entre nosotros y las escaleras, colgaba un enorme objeto parecido a
un enrejado de hierro, con grandes clavos en el fondo..., un rastrillo. Y,
mientras mirábamos, sin detener un solo instante nuestras jadeantes zancadas,
empezó a moverse.
–¡Están
bajando el rastrillo! –dijo Gordon, la voz parecida a un graznido, su rostro
ensangrentado convertido en una máscara de agotamiento y desesperada fuerza de
ánimo.
Los
negros se hallaban sólo a unos tres metros por detrás de nosotros. La enorme
estructura, adquiriendo más inercia, con un rechinar de mecanismos oxidados por
la falta de uso, se lanzó hacia abajo. Un último impulso, una jadeante
pesadilla de esfuerzos... ¡Y Gordon, arrastrándonos a los dos con una erupción
feroz de pura energía nerviosa, nos lanzó por debajo del rastrillo, que se
estrelló estruendosamente en el suelo detrás nuestro!
Permanecimos
un instante tendidos, boqueando, sin oír a la horda frenética que aullaba
enfurecida al otro lado del rastrillo. Tan justo había sido ese salto final que
los grandes clavos, al caer, habían arrancado trozos de nuestra ropa.
Los
negros intentaban alcanzarnos con sus cuchillos a través de los barrotes, pero
estábamos fuera de su alcance y seguir tendido allí hasta morir de cansancio me
pareció, por unos instantes, lo único que deseaba. Pero Gordon se puso en pie,
vacilante, y me ayudó a levantarme.
–Tenemos
que salir –dijo roncamente–; hay que avisar a Scotland Yard..., muchos túneles,
en el corazón de Londres..., explosivos de alto poder..., armas...,
municiones...
Ascendimos
torpemente las escaleras y, delante nuestro, me pareció oír un ruido de metal
chocando con metal. Los peldaños terminaban bruscamente en un pequeño vestíbulo
cerrado por un muro desnudo de cualquier adorno. Gordon lo golpeó y el
inevitable pasaje secreto se abrió ante nosotros. La luz penetraba a través de
los barrotes de una especie de reja. Hombres con el uniforme de la policía
londinense estaban cortando la reja con sierras para metales y, mientras nos
hacían señales, apareció una abertura a través de la que nos arrastramos.
–¡Está
herido, señor! Uno de los hombres cogió a Gordon del brazo. Mi compañero lo
apartó a un lado.
–¡No
hay tiempo que perder! ¡Fuera de aquí, lo más deprisa posible!
Vi
que nos hallábamos en una especie de sótano. Subimos a toda prisa los peldaños
y emergimos bajo un amanecer que estaba tiñendo de escarlata el este. Sobre los
tejados de las casas más bajas, a lo lejos, vi un gran edificio que,
instintivamente, supe que había albergado el drama representado la noche
anterior.
–Ese
edificio le fue alquilado hace varios meses a un chino misterioso –dijo Gordon,
siguiendo mi vista–. Originalmente era un edificio de oficinas..., la vecindad
bajó de categoría y el edificio permaneció vacío durante un tiempo. El nuevo
inquilino le añadió varios pisos, pero lo dejó aparentemente desocupado. Lo
mantuve bajo observación cierto tiempo.
Todo
esto me lo contó del modo veloz y tajante tan usual en Gordon mientras
andábamos presurosos por la acera. Le escuché mecánicamente, como un hombre en
trance. Mi vitalidad se estaba desvaneciendo rápidamente y supe que iba a
derrumbarme en cualquier momento.
–La
gente que vive en el vecindario había informado sobre ruidos y cosas extrañas.
El propietario del sótano que acabamos de abandonar oyó ruidos extraños
procedentes del muro del sótano y llamó a la policía. En esos momentos yo
corría como una rata acosada de un lado a otro esos malditos pasadizos y oí a
la policía golpear la pared. Encontré la puerta secreta y la abrí, pero
descubrí que estaba obstruida por una reja. Fue, en el momento en que le estaba
diciendo a los sorprendidos policías que fuesen a buscar una sierra para
metales, cuando los negros que me perseguían, a los que había eludido por unos
instantes, aparecieron y yo me vi obligado a cerrar la puerta y echar a correr
de nuevo. Por pura suerte le encontré y por pura suerte conseguí hallar el camino
de vuelta a la puerta.
«Ahora
tenemos que ir a Scotland Yard. Si atacamos con rapidez, puede que capturemos a
toda esa banda de diablos. No sé si he matado a Kathulos o no, o si es posible
matarle con armas humanas. Pero, por lo que sé, ahora todos se hallan en esos
pasadizos subterráneos y...
¡En
ese momento el mundo tembló! Un rugido que parecía hender el cerebro rompió el
cielo con su increíble detonación; las casas se tambalearon y cayeron
convertidas en ruinas; una gran columna de humo y llamas surgió de la tierra y,
sobre sus alas, una colosal masa de escombros se alzó hacia los cielos. Una
niebla negruzca compuesta de humo, polvo y detritus envolvió el mundo, un
trueno prolongado pareció subir del centro de la Tierra, como si los muros y el
techo se derrumbasen y, entre el estruendo y los gritos, caí y no fui
consciente de nada más.
21.
LA CADENA SE ROMPE
Y
como un alma abandonada,
Sin
igual en el cielo ni en el infierno,
Abatida
por las nubes y la niebla,
De
la fúnebre oscuridad emerge.
Swinburne
No
es preciso demorarse en las escenas de horror de esa terrible mañana
londinense. El mundo está familiarizado con ella y conoce la mayor parte de los
detalles referentes a la gran explosión que barrió del mapa a una décima parte
de esa gran ciudad con la consecuente pérdida de vidas y propiedades. Un
acontecimiento tal requiere alguna razón; la historia del edificio abandonado
se filtró y empezaron a circular descabellados relatos. Finalmente, para
acallar los rumores, se informó extraoficialmente que ese edificio había sido
el punto de cita y la fortaleza secreta de una banda de anarquistas
internacionales que habían abarrotado el sótano de explosivos de alto poder y
que, se suponía, los habían hecho detonar de modo accidental. En cierto modo,
como sabéis, había mucho de verdad en la historia, pero la amenaza que había
acechado en el edificio era infinitamente superior a la de cualquier
anarquista.
Todo
esto me lo contaron pues, cuando me derrumbé inconsciente, Gordon, atribuyendo
mi estado al agotamiento y a la necesidad del opio, a cuyo uso pensaba que yo
estaba habituado, me recogió y con la ayuda de los aturdidos policías me llevó
a su apartamento antes de volver al escenario de la explosión. En sus
habitaciones encontré a Hansen y a Zuleika, esposada a la cama tal y como yo la
había dejado. La liberó y la dejó para que cuidase de mí, pues todo Londres se
hallaba en un estado de indescriptible confusión y a él le necesitaban en otros
lugares.
Cuando
al fin volví en mí, alcé la vista para encontrarme con unos ojos semejantes a
estrellas y me quedé inmóvil, sonriéndole. Ella se apoyó en mi pecho, acunando
su cabeza entre mis brazos y cubriéndome el rostro de besos.
–¡Stephen!
–sollozó una y otra vez, mientras sus cálidas lágrimas corrían por mi cara.
Apenas
si tuve la fuerza suficiente para rodearla con mis brazos, pero lo conseguí y
los dos permanecimos un tiempo allí acostados, en un silencio sólo roto por los
estremecidos sollozos de la muchacha.
–Zuleika,
te quiero –murmuré.
–Y
yo a ti, Stephen –dijo ella entre sollozos–. ¡Oh, es tan duro separarnos ahora!
Pero iré contigo, Stephen; ¡no puedo vivir sin ti!
–Mi
querida niña –dijo John Gordon, entrando sin previo aviso en el cuarto–,
Costigan no morirá. Dejaremos que tenga el opio suficiente para satisfacer su
adicción y, cuando se halle lo bastante fuerte, lentamente le iremos
deshabituando.
–No
lo entiende, sahib; no es el opio lo que necesita Stephen. Es algo que sólo el
Amo conocía, y ahora que ha muerto o ha huido, Stephen no puede conseguirlo y
morirá.
Gordon
me lanzó una mirada rápida e indecisa. Su delgado rostro estaba tenso y
agotado, sus ropas sucias y desgarradas por el trabajo que había realizado
entre los escombros de la explosión.
–Tiene
razón, Gordon –dije, con voz débil–. Me estoy muriendo. Kathulos eliminó el
anhelo del opio con un brebaje que llamaba el elixir. Me he estado manteniendo
vivo gracias al que Zuleika le robó para entregarme, pero lo bebí todo la noche
anterior.
No
sentía necesidad alguna, ni siquiera una incomodidad mental o física. Todos mis
mecanismos estaban deteniendo su funcionamiento cada vez más deprisa; había
rebasado ya el estadio en que el deseo del elixir me angustiaba y parecía
desgarrarme. Sólo sentía un gran cansancio y el deseo de dormir. Y sabía que,
cuando cerrase los ojos, moriría.
–Una
droga extraña, ese elixir –dije, con una languidez creciente–. Quema y hiela y,
por último, su deseo mata de modo tranquilo y sin tormento alguno.
–Costigan,
¡maldita sea! –dijo Gordon, desesperado–, ¡no puede terminar así! Ese
recipiente que cogí de la mesa del egipcio..., ¿qué hay en él?
–El
Amo juró que me liberaría de mi maldición y que, probablemente, también me
mataría –musité yo–. Me había olvidado de él. Démelo, lo único que puede hacer
es matarme y ya me estoy muriendo.
–¡Sí,
deprisa, démelo! –dijo Zuleika, la voz llena de emoción, saltando hacia Gordon,
las manos apasionadamente tendidas.
Volvió
con el recipiente que él se había sacado del bolsillo y se arrodilló junto a
mí, acercándomelo a los labios, mientras me hablaba en un murmullo amable y
acariciante en su propio idioma.
Bebí
todo el contenido del recipiente, pero sin ningún interés por todo aquel
asunto. Mi perspectiva era puramente impersonal, tan leve era el latir de mi
vida, y ni siquiera puedo recordar el sabor del líquido. Sólo recuerdo que
sentí un curioso fuego ardiendo, lenta y débilmente, en mis venas; lo último
que vi fue a Zuleika inclinada sobre mí, sus grandes ojos clavados con ardiente
intensidad en mi rostro. Su manecita, llena de tensión, estaba oculta en el
interior de su blusa y, recordando su juramento de arrebatarse la vida si yo
moría, traté de levantar la mano y desarmarla, intenté decirle a Gordon que le
quitase la daga que había escondido entre sus ropas. Pero el habla y la acción
me faltaron y me perdí en un curioso mar de inconsciencia.
Nada
recuerdo de ese período. Ninguna sensación encendía mi cerebro dormido hasta el
extremo de hacerle franquear el golfo sobre el cual yo bogaba. Dicen que estuve
tendido como un muerto durante horas, casi sin respirar, en tanto que Zuleika
seguía inclinada sobre mí, sin dejarme ni un instante, y luchando como una
tigresa cuando alguien trataba de convencerla de que descansase unos momentos.
Su cadena se había roto.
Al
igual que su imagen fue conmigo a esa tierra penumbras de la nada, así sus ojos
queridos fueron lo primero que acogió mi consciencia al volver. Fui consciente
de una debilidad muy superior a la que había creído posible pudiese sentir un
hombre, como si hubiese sido un inválido durante meses, pero la vida que había
en mi interior, aunque débil, era firme y normal, no causada por ninguna
estimulación artificial. Le dirigí una sonrisa a mi muchacha y murmuré
débilmente:
–Arroja
ese cuchillo, pequeña Zuleika; voy a vivir.
Ella
lanzó un grito y cayó de rodillas a mi lado, llorando y riendo al mismo tiempo.
En verdad que las mujeres son criaturas extrañas, de poderosas y complicadas
emociones.
Gordon
entró y aferró la mano que yo era incapaz de levantar de la cama.
–Costigan,
ahora es cuestión de que se ponga en manos de los médicos –dijo–. Hasta un
profano como yo puede decirlo. Por primera vez desde que le conozco, en sus
ojos hay una mirada de cordura total. Parece un hombre que haya sufrido un
colapso nervioso total y que necesite un año de reposo y tranquilidad. Cielo
santo, hombre, ya ha pasado usted bastante, aparte de su experiencia con la
droga, como para que le dure una vida entera.
–Pero
antes, dígame –pregunté yo–, ¿murió Kathulos en la explosión?
–No
lo sé –replicó Gordon, sombrío–. Aparentemente, todo el sistema de pasadizos
subterráneos fue destruido. Sé que mi última bala, la última bala que había en
el revólver que le arrebaté a uno de mis atacantes, halló su blanco en el
cuerpo del Amo, pero si murió a causa de la herida, o si una bala es capaz de
herirle, eso no lo sé. Y si durante su agonía hizo detonar las toneladas y
toneladas de explosivos de alto poder que estaban almacenadas en los
corredores, o si lo hicieron los negros de modo no intencional, eso nunca lo
sabremos.
»Dios
mío, Costigan, ¿vio usted alguna vez un laberinto semejante? Y no sabemos
cuántos kilómetros en cada dirección se extendían los pasadizos. En estos
mismos instantes hombres de Scotland Yard están explorando el metro y los
sótanos de la ciudad en busca de entradas secretas. Todas las entradas
conocidas, como aquella por la que salimos y la del número cuarenta y ocho del
Sobo, fueron bloqueadas por la caída de las paredes. El edificio de oficinas,
sencillamente, fue reducido a escombros.
–¿Qué
hay de los hombres que atacaron el número cuarenta y ocho?
–La
puerta en el muro de la biblioteca había sido cerrada. Encontraron al chino que
mató usted, pero su registro de la mansión no dio resultado alguno. Fue una
suerte para ellos, por otro lado, pues de lo contrario se habrían hallado sin
duda en los túneles cuando sucedió la explosión y habrían perecido con los
centenares de negros que debieron morir entonces.
–Todos
los negros de Londres debían estar ahí.
–Me
atrevería a asegurarlo. La mayoría de ellos, en lo más hondo de su corazón,
adoran el vudú y el poder que ostentaba el Amo era increíble. Murieron pero,
¿qué hay de él? ¿Fue reducido a átomos por los explosivos que había almacenado
en secreto, o aplastado cuando las paredes de piedra se derrumbaron y los
techos se desplomaron sobre éstas?
–Supongo
que no hay modo de registrar esas ruinas subterráneas...
–No,
ninguno. Cuando las paredes cayeron, las toneladas de tierra sostenidas por el
techo se desplomaron, llenando los corredores de escombros y trozos de piedra,
bloqueándolos para siempre. Y en la superficie de la tierra, las casas
derribadas por la vibración cayeron, convertidas en ruinas, sobre ellos. Lo que
sucedió en esos terribles corredores, fuese lo que fuese, seguirá siendo
siempre un misterio.
Mi
historia llega a su fin. Los meses que siguieron transcurrieron sin
acontecimientos dignos de mención, excepto por la creciente felicidad, que me
parecía un paraíso, pero eso sería aburrido si tuviese que relatarlo. Pero, un
día, Gordon y yo discutimos de nuevo sobre los misteriosos sucesos que habían
tenido lugar bajo la terrible mano del Amo.
–Desde
ese día –dijo Gordon–, el mundo ha estado tranquilo. África se ha calmado y el
Oriente parece haber vuelto a su antiguo sueño. No puede haber sino una
respuesta: vivo o muerto, Kathulos fue destruido esa mañana cuando su mundo se
derrumbó a su alrededor.
–Gordon
–dije yo–, ¿cuál es la respuesta al mayor de todos los misterios?
Mi
amigo se encogió de hombros.
–He
llegado a creer que la humanidad se halla eternamente suspendida sobre océanos
secretos de los que nada sabe. Antes de que nuestra raza saliese del fango
primitivo, otras razas vivieron y se desvanecieron, y es probable que otras
vivan en la Tierra después de que la nuestra se haya desvanecido. Los
científicos han sostenido durante mucho tiempo la teoría de que los atlantes
poseyeron una civilización más avanzada que la nuestra, en aspectos muy
distintos. Ciertamente, el mismo Kathulos era prueba de que nuestra orgullosa
cultura y nuestro conocimiento no son nada ante los de la temible civilización
que lo engendró.
»Lo
que le hizo a usted, por sí solo, ha bastado para asombrar al mundo científico,
pues ninguno de ellos ha sido capaz de explicar cómo pudo eliminar el anhelo
del opio, estimularle con una droga de un poder tan infinitamente superior y
luego producir otra droga que borró por completo los efectos de aquella.
–He
de agradecerle dos cosas –dije, lentamente–; haber recobrado mi hombría
perdida..., y Zuleika. Kathulos, pues, está muerto, tanto como le es posible
estarlo a las criaturas mortales. Pero ¿qué hay de los otros..., esos «amos
antiguos» que siguen durmiendo en el mar?
Gordon
se estremeció.
–Como
dije, puede que la humanidad se balancee al borde de insondables abismos llenos
de horrores. Pero, en estos mismos momentos, una flota de cañoneras patrulla
discretamente los océanos, con orden de destruir al instante cualquier
sarcófago extraño que pudiese descubrirse flotando..., destruir el sarcófago y
lo que contenga. Y si mi palabra está dotada de algún peso entre el Gobierno
inglés y las naciones del mundo, el mar seguirá siendo patrullado hasta que el
día del juicio corra el telón final para las razas actuales.
–A
veces, de noche, sueño con ellos –murmuré–, durmiendo en sus sarcófagos de
laca, de los que gotean extrañas algas, en el fondo de las verdes
profundidades..., allí donde capiteles blasfemos y torres extrañas se alzan en
el oscuro océano.
–He
visto cara a cara un antiguo horror –dijo sobriamente Gordon–, un miedo
demasiado oscuro y misterioso como para que el cerebro humano sea capaz de
aceptarlo. La fortuna ha estado de nuestra parte; puede que no favorezca de
nuevo a los hijos de los hombres. Es mejor que estemos siempre en guardia. El
universo no fue creado sólo para la humanidad; la vida pasa por fases extrañas
y el primer instinto de la naturaleza es que las especies extrañas se destruyan
entre sí. Sin duda, al Amo le parecimos tan horribles como él a nosotros.
Apenas hemos empezado a explorar el cofre de los secretos almacenados por la
naturaleza y tiemblo de pensar en lo que ese cofre puede guardarle a la raza
humana para el futuro.
–Eso
es cierto –dije, alegrándome en mi fuero interno por el vigor que estaba
empezando de nuevo a correr por mis venas agotadas–. Pero los hombres se
enfrentarán a esos obstáculos cuando vengan, al igual que lo han hecho siempre
los hombres. Ahora estoy empezando a conocer el verdadero valor de la vida y el
amor, y ni todos los diablos de los abismos podrán impedírmelo.
Gordon
sonrió.
–Se
lo ha ganado, viejo camarada. Lo mejor es olvidar todo ese oscuro interludio,
pues en ello está la luz y la felicidad.
Fin

