Libro N°. 3155. Robots Pensantes. Langelaan, George.
© Libro N°. 3155. Robots Pensantes. Langelaan, George. Colección
E.O. Octubre 1 de 2016.
Título original: © Nouvelles de l'Anti-Monde
Versión Original: © Robots Pensantes. George Langelaan
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
ROBOTS PENSANTES
George Langelaan
«Indiscutiblemente,
a la memoria de Alexis Carrel.»
ESCALAR
UNA PARED DE TRES METROS DE ALTURA en plena noche hace latir el corazón mucho
más de prisa de lo que lo haría un esfuerzo mayor a la luz del día. Y cuando se
está más cerca de la cuarentena que de la treintena y lo que está al otro lado
de la pared es un cementerio, bien se pueden tolerar algunos fallos a esa
impresionable víscera.
Lewis
Armeigh se sentía ridículo, sin aliento y asustado. Titubeó un instante antes
de dejarse caer sobre un montón de hojas muertas o de algo que a primera vista
lo parecía. Por fin aterrizó con un ruido ahogado sobre la fresca tierra y se
estremeció al descubrir que, de haber saltado treinta centímetros más allá,
habría caído en una fosa recién abierta.
Se
había atado a la pierna —costumbre adquirida en sus tiempos de paracaidista—
una palanca corta y un sólido destornillador, y sentía, en el bolsillo del
impermeable, la llave envuelta en un pañuelo y la linterna eléctrica. Estiró el
cuello y avanzó con precaución, franqueando dos o tres tumbas, hasta llegar a
la avenida que debía conducirle al monumento erigido a los caídos en la Primera
Guerra Mundial. En cuanto llegara a él, podría hacer las cosas con los ojos
cerrados: rodear el monumento, coger el segundo paseo a la derecha, contar
cinco tumbas y detenerse ante una hilera de panteones. Alcanzó por fin los
árboles de la avenida principal y vio, o mejor adivinó, recortándose contra el
cielo nocturno de París —teñido de rojo en la lejanía—, la figura de piedra
encapuchada con un poilu1 de bronce entre los brazos. Un poilu que de año en
año adquiría un tinte más verdoso.
Escuchó
atentamente unos segundos y después se dirigió con paso rápido hacia el
monumento. Casi lo había dejado atrás, cuando su pie tropezó en algo y, con un
estrepitoso ruido de hojalata, una regadera rodó sobre el pavimento. Con el
corazón a punto de desfallecer, Lewis Armeigh se guareció tras el árbol que
había alcanzado en dos saltos, y se quedó quieto. Delante del cementerio había
varias casas, pero en ninguna de ellas apareció luz alguna. Aparte del lejano
traqueteo de un tren al cambiar de vía y del ruido de los coches en la
carretera general, nada turbó el silencio. Lewis, a pesar de ello, esperó un
poco. Si se dejaba prender, los representantes de la autoridad no tardarían en
descubrir que formaba parte del personal de la embajada inglesa en París. E
inmediatamente, pensó con una sonrisa, el Quai d'Orsay empezaría a hervir como
una colmena y la Subdivisión de Vigilancia del Territorio, organismo
dependiente de la Dirección General de Seguridad, pondría manos a la obra con
rapaz alegría. En ese caso, por desgracia, a Lewis no le quedaba la menor duda
de que su jefe, el Excelentísimo Señor Embajador, tomaría la cosa muy mal, y de
que el Ministerio de Asuntos Exteriores de Londres la tomaría aún peor.
Lewis
Armeigh reemprendió finalmente su camino y llegó a la avenida que buscaba.
Contó los panteones silenciosamente y se detuvo ante el cuarto. Entonces,
sacando la llave de su bolsillo, la introdujo en la cerradura de la puerta
metálica que vedaba el paso a la minúscula capilla de estilo gótico. La llave
giró sin ruido —Penny parecía haber cumplido su promesa de engrasar la
cerradura— pero en cambio la cancela rechinó con un ruido siniestro. Lewis
entró jadeando y cerró centímetro a centímetro sin que el rechinamiento se
hiciera más dulce. Después se desabrochó el impermeable y se levantó el chaleco
para sacar el trozo de tela negra que Penny le había dado. Encontró a tientas
los ganchos, situados a ambos lados de la puerta y los clavó en la tela, que luego
aplicó cuidadosamente contra la mirilla de cristal de la puerta. Así nadie
podría ver el resplandor de la linterna desde el exterior. A pesar de ello la
rodeó con el pañuelo antes de encender. Penny había cumplido todas sus
promesas. En la pequeña capilla no quedaba ningún florero y el altar estaba
desnudo. Lewis leyó los nombres grabados sobre él:
●
Antoine Tournon: 1887 - 1946
●
Robert Tournon: 1921 - 1961
●
Marie-Jeanne Tournon (nacida Falbert): 1888-1953
A la
derecha quedaba un espacio vacío. Un espacio reservado para Penny, en su papel
de señora Tournon, si Robert no hubiera muerto en aquel estúpido accidente de
automóvil. « ¡Pobre Robert! Si pudiera verme, encontraría todo esto
terriblemente cómico», pensó Lewis. Después, colocando la linterna en un
rincón, se quitó el impermeable, lo dobló cuidadosamente, desató la correa que
envolvía sus herramientas y dejó éstas, sin hacer ruido, sobre el suelo del
panteón. Finalmente se puso a cuatro patas y examinó la losa central a la luz
de la linterna. «A Dios gracias no está montada sobre cemento», murmuró. La
subió un poco con la palanca hasta que pudo deslizar los dedos bajo ella.
Entonces la alzó completamente y la puso de canto, apoyada contra la pared. La
linterna iluminó el interior del panteón... Había cuatro nichos parecidos a
literas de ferrocarril y distribuidos dos a dos. En tres de ello se veía un
ataúd. El más reciente era, sin la menor duda, el de la parte inferior
izquierda. Enfrente se encontraba el nicho vacío que inicialmente había sido
adjudicado a Penny. Lewis no pudo impedir un estremecimiento ante aquella idea.
En general, el recinto parecía bastante seco y aunque husmeó el aire con cierta
aprensión, solo percibió el olor frío y húmedo característico de las bodegas.
Al
sentarse al borde de la concavidad, vio que algo brillaba bajo el haz luminoso
de la linterna. «Una llave», pensó. Pero se trataba de un tornillo de gran
tamaño, oxidado por varios sitios. Le bastó con inclinarse un poco e iluminar
el ataúd de Robert para descubrir el agujero de donde provenía el tornillo.
Lewis, ligeramente asustado, empujó la tapa del ataúd, que no le ofreció la
menor resistencia. Entonces, tras unos segundos de titubeo, la desplazó a un
costado. El féretro, fuera de una gruesa y peluda araña, que se replegó sobre
sus largas patas, dispuesta a defender su vida, estaba vacío.
Lewis
volvió a colocar la tapa con un estremecimiento y subió a la capilla. Allí
desgarró su improvisada cortina, envolvió en él las herramientas y las lanzó a
la fosa antes de cegar el acceso a ésta y dejarlo todo como estaba.
Diez
minutos más tarde, un coche deportivo de marca inglesa se dirigía hacia la
carretera general, situada a menos de un quilómetro del cementerio, camino de
París.
Lo
normal, pensó Lewis mientras imprimía un brusco giro al volante para evitar el
choque con un gigantesco camión cargado de verdura, era avisar a las
autoridades francesas, pero antes de hacerlo se imponía una conversación con
Penny, en la que ella le dijera todo, absolutamente todo. Tal vez su historia
no era tan fantástica como parecía, pero Lewis debía actuar en nombre de
evidencias y no de suposiciones. Desde luego, Penny sabía lo del ataúd vacío y
todo aquello sonaba a tomadura de pelo. Esta sensación le encolerizó.
Al
día siguiente, a la hora de costumbre, Amélie entró en su habitación para
traerle el desayuno. Lewis, también como de costumbre, se volvió en la cama al
oírla y percibió unas intensas agujetas en la espalda y en los hombros. Ante
eso no pudo menos de pensar que seis horas de sueño suplementario no le
vendrían nada mal.
—
¿Ha visto el señor su traje? —preguntó Amélie acercando la bandeja al borde de
la cama. Después cogió del suelo un zapato y lo sostuvo con el brazo extendido,
signo indiscutible de descontento.
—No...
No, por lo menos, desde que me acosté —dijo Lewis bostezando.
—Lo
traje ayer del tinte, señor. Y hoy está hecho unos verdaderos zorros. ¿Se ha
dedicado a hacer gimnasia con él?
—Lo
siento.
— ¡Y
no le digo nada del impermeable! El bolsillo está completamente desgarrado.
—Perdone, Amélie. ¿No habrá encontrado algún cigarrillo dentro? Fumar ahora me
vendría de perlas....
Amélie
era una de esas personas que carecen de edad. Tenía las cejas pobladas, algo
del bigote de un coronel retirado y no mucho más pelo. Y antes de convertirse
en lo que Lewis llamaba Madame le Dictateur, había servido largo tiempo en casa
de un cura, fallecido —según las malas lenguas— tanto por culpa de su excelente
cocina como de vejez.
Lewis
se sirvió una taza de café solo, se la bebió de un trago y encendió uno de los cigarrillos
que la anciana criada acababa de traerle sobre una bandeja, en compañía de una
caja de cerillas entreabierta. Después se desperezó y trató de reflexionar.
Si
Robert no hubiera muerto unos meses antes, Penny Spencer sería ahora la señora
Tournon. Y, al mismo tiempo, si Robert no hubiera sido su mejor amigo, ella muy
bien hubiera podido convertirse en la señora Armeigh. Después de todo, ninguno
había conseguido distanciar al otro en la conquista. Los dos estaban juntos
cuando conocieron a Penny en una recepción de la embajada. Era la única hija de
un diplomático americano. Hablaba muy bien el francés, con una inesperada y
divertida brizna de acento alsaciano y, a diferencia de las americanas que
hasta aquel momento habían conocido, no parecía reducir a los hombres al papel
de porteros o mayordomos ni se dedicaba a bailar con ellos, mejilla contra
mejilla, un instante después de haberlos conocido. Además era muy guapa y en su
contagiosa manera de reír se percibía la frescura de la alegría infantil. En
seguida se hizo amiga de ellos, pero Lewis, al descubrir que Robert estaba tan
enamorado como él, decidió pasar sus vacaciones en Inglaterra, renunciando a
acompañar a su amigo a Saint-Tropez. Allí, muy poco tiempo después, se anunció
la boda.
La
muerte de Robert supuso un golpe muy duro para ella. Pero como no se trataba
del tipo de chica aficionada a inventar historias macabras, Lewis, cuando una
semana más tarde recibió su visita y le oyó decir que Robert no estaba muerto,
aunque por el momento le era imposible demostrarlo, se sobresaltó visiblemente
y la interrumpió, entre toses y tartamudeos:
—
¡Penny! ¿No pretenderás qué...?
—Ya
sé lo que vas a decir, Lewis. Que le vimos en el hospital después del accidente
y que los dos fuimos a su entierro, pero... No era su accidente, Lewis.
—Penny...
—
¿Has visto su cadáver? No. Yo tampoco... y sé que vive todavía. No puedo
decirte por qué, pero estoy segura de ello.
—
¿Tienes alguna prueba?
Penny,
evidentemente, esperaba la pregunta, y en cuanto dijo que la presencia de otro
cadáver en el ataúd de Robert constituiría una prueba irrefutable, Lewis
comprendió lo que iba a pedirle. Por otra parte, la muchacha parecía tan segura
de sus palabras, que le hizo vacilar en sus convicciones.
¿Y
si tenía razón? De todos modos, aquellos ojos suplicantes, a un tiempo oscuros
y dorados, hubieran hecho franquear murallas mucho más altas a cualquier nombre
durante todos los días de la semana, sin excluir el domingo.
Desenchufando
la máquina de afeitar, que utilizaba en la cama todas las mañanas — una pésima
costumbre, según Amélie—, Lewis pasó al cuarto de baño. Una vez allí, abrió el
grifo del agua fría (lo cual en opinión de Madame le Dictateur, constituía
también otra mala costumbre; para ella, un baño era algo donde intervenía
activamente una cantidad más o menos grande de agua caliente, y Lewis estaba
seguro de que su predecesor había debido vivir cada mañana el último cuarto de
hora de un bogavante escaldado, a menos que también prefiriera la ducha fría).
Eran
casi las nueve cuando se puso el reloj alrededor de la muñeca y marcó el número
de teléfono de Penny.
—
¿Penny? ¿Te he despertado?... ¡Pero chica, ya levantada! ¿Puedes comer conmigo?
—No y lo siento, Lewis. ¿Qué te traes entre manos?
—Poca
cosa... He hecho tu sucia faena anoche y...
—
¡Oh, Lewis! ¿Y cómo... cómo ha ido la cosa?
—No
ha habido cosa. He encontrado lo que tú sabías que iba a encontrar: nada. Hubo
una exclamación ahogada al otro extremo de hilo. Lewis se interrumpió:
—
¡Penny!... ¿Estás ahí? —Sí.
—Bueno.
Es necesario que nos veamos. No son temas para tratar por teléfono...
—De
acuerdo. Mira: hoy como con mis padres en SHAPE, pero puedes recogerme en
cuanto termine. ¿Está disponible el coche?
—Sí.
¿Por qué?
— ¿Y
no tienes nada que hacer en todo el día? —Podría arreglarlo.
—Supongo
que vas a pedirme explicaciones, ¿no? —Evidentemente.
—En
ese caso, podré enseñarte una prueba de que Robert no está muerto.
—
¿Dónde?
—En
Rouen.
— ¿Y
por qué no en Zanzíbar? Muy bien. Estaré en la entrada principal de SHAPE a las
dos y media.
—
¿Qué ocurre en Rouen? —preguntó Lewis unas horas más tarde, poniendo su
vehículo en marcha tras recoger a Penny en la puerta de SHAPE.
—Dime
lo que has encontrado, Lewis.
—
Nada, ya te lo he dicho.
—
¿Quieres decir... que su ataúd estaba vacío?
—Sí,
Penny, vacío. Y ahora, si me dices lo que sabes, todo lo que sabes,
naturalmente, y me explicas el motivo de este viaje a Rouen...
—A
veces me parecía estar imaginando cosas absolutamente fantásticas, pero ahora
ya sé que llevaba razón. ¿Cuánto tiempo necesitaremos para llegar a Rouen?
—Dos
horas, o incluso menos si urge mucho. ¿Pero me vas a hacer el favor de empezar
por el principio, sí o no? —preguntó Lewis traspasando la línea amarilla para
adelantar a varios camiones.
—Lewis,
¿jugaste alguna vez al ajedrez con Robert?
Sin
contestar, frenó, apartó el coche a un costado de la carretera, cortó el
contacto y encendió un cigarrillo.
—Escúchame
bien, Penny. Soy muy amigo tuyo... Haría cualquier cosa por ti y, además, te lo
he demostrado, pero no pienso mover un dedo antes de oírte hablar con sensatez.
¿Qué significa toda esta historia?
—
¿Puedes darme un cigarrillo, por favor? — suplicó la muchacha con un hilo de
voz. Y, después de encenderlo, empezó a hablar con tanta tranquilidad como pudo
del jugador de ajedrez automático que había visto y que era, sin ningún género
de duda, su prometido.
—Penny,
¿no estarás hablando en serio? —preguntó Lewis, aunque desde el principio se
había dado cuenta de que la chica no bromeaba—. ¡Dios mío! Me has hecho violar
un sepulcro porque un autómata te había recordado...
—Y
él no estaba en su ataúd —dijo Penny con resignación.
—
¿Por qué no me dices la verdad? Esa historia es un auténtico engañabobos...
Penny, ¿tienes o no tienes confianza en mí? ¿Cuál es la auténtica explicación?
—Ésta,
Lewis. Te lo juro.
—Penny,
sé razonable, por favor. Ni tú misma puedes creer que Robert haya podido
presentarse a una farsa tan macabra. No, no... El hecho de que su ataúd
estuviera vacío no tiene nada que ver con semejantes chismes. ¿Por qué te
niegas a decirme la verdad?
—Lewis,
por favor, créeme —dijo Penny con los ojos llenos de lágrimas. —Pero Penny,
querida... Y en todo caso, ¿qué diablos pinta Rouen en esto?
—El
autómata da esta tarde una demostración allí. Tú mismo podrás ver a Robert.
—Muy bien... Para ti la perra gorda —dijo Lewis volviendo a poner el contacto.
Durante el resto del camino, Penny —con las manos en las rodillas— se dedicó a
contemplar con obstinada fijeza la carretera, mientras Lewis conducía rápido y
seguro. Ninguno de los dos volvió a hablar hasta llegar a la cima de la colina
que sigue a Pontoise. Entonces Lewis dijo:
—
¿Podrías contarme todo lo que sabes sobre ese autómata?
—Le
vi por primera vez en una fiesta.
—
¿En qué clase de fiesta?
—En
una de las recepciones ultraelegantes de la duquesa de Delombelle. El jugador
era presentado como autómata y su dueño se hacía llamar conde de Saint-Germain.
—
¿Conde de Saint-Germain? Pero ése era el nombre de un charlatán de las clases
bajas que...
—Que
se llamaba Cagliostro y que pretendía haber vivido varios siglos. Ya lo sé.
Pero no creo que este autómata lo sea en realidad y estoy convencida de que
Robert tiene algo que ver en el asunto.
—¿Es
el autómata quien se parece a él?
—No.
El autómata es un individuo bajo, vestido como un príncipe oriental y sentado a
lo moro sobre una caja oblonga.
—Eso
recuerda, punto por punto, la descripción del autómata de Van Kempelen, que
Edgar Alian Poe describe en uno de sus ensayos y que fue destruido en un
incendio. Poe lo vio jugar y dedujo, con razón, que había un hombre dentro.
—Sí,
he leído todo eso. Ese autómata dio la vuelta al mundo.
— ¿Y
sospechas que Robert está escondido en el interior de su versión moderna? —Sí.
—
¿Por qué?
—Por
su forma de jugar al ajedrez.
—
¿Jugabas frecuentemente con Robert, Penny?
—No.
Yo no sé jugar. Pero a menudo jugaba con papá y yo les miraba. Y ese... ese
autómata maneja las piezas exactamente como Robert. Tenía una manera muy
especial de coger la pieza que iba a mover y de hacerla girar entre los dedos
antes de colocarla... A mí me divertía mucho, porque papá se exasperaba...
—Sí,
se trata de una manía deplorable, pero muy extendida entre los aficionados al
ajedrez, como seguramente sabes.
—Pero
papá, que se considera casi un campeón, jugó una partida con ese autómata y
dijo que era extraño... no sólo por el manoseo de las piezas, sino porque
utilizaba una de las aperturas favoritas de Robert.
—Millares
de jugadores de ajedrez utilizan aperturas que son, por otra parte, clásicas,
querida. ¿Qué más?
—Na...
nada.
—
¿Eso basta para convencerte? —No.
—
¿Entonces...?
—No
lo sé. No sabría explicarlo, Lewis, pero tengo la corazonada de que es Robert
en persona quien juega. Y después de tu visita al cementerio, ya no me queda la
menor duda. Estoy segura de que comprenderás lo que quiero decir cuando veas a
ese autómata y juegues una partida con él.
—Ya
veremos si me decido... En otros tiempos fui un jugador mediano, pero nunca oí
hablar a Robert de su afición por ese juego. Por cierto, ¿el autómata gana
siempre?
—Ganó
a papá y a otra persona, pero perdió contra un individuo bastante joven llamado
Dupont... Dupont y algo más.
—Si
quieres decir Dupont-Tillac, estás hablando del actual campeón de Francia.
Tardaron algún tiempo en encontrar el café donde iba a ser presentado el autómata.
Sí, era allí, explicó el patrón. La exhibición se celebraría en el salón del
primer piso, que era el local social del club de ajedrez de la localidad. No,
lo sentía, pero la puerta estaba cerrada con llave y no se podía ver al
autómata antes del espectáculo, que empezaría a las nueve en punto.
Las
horas transcurrieron lentamente para Lewis y Penny, que erraron sin rumbo fijo
por el muelle y terminaron por cenar en una vieja posada cercana a la plaza del
mercado.
Ambos
se encontraban entre los primeros curiosos que llegaron al café.
—
¿Cuántas veces le has visto jugar? —preguntó Lewis. —Sólo dos.
—
¿Crees que podrá reconocerte el presentador?
—No
lo sé, pero cae dentro de lo posible. Mira, aquí viene.
Un
individuo bajo y rechoncho, envuelto en una amplia capa forrada de seda roja,
pero vestido muy pobremente, atravesó el local y subió al primer piso tras
cambiar unas palabras con el propietario.
Cinco
minutos más tarde apareció en lo alto de la escalera y anunció con una
reverencia que todo estaba dispuesto. La gente que esperaba se levantó y se
agolpó al pie de las escaleras. Lewis y Penny hicieron lo mismo y, tras pagar
una pequeña cantidad en una mesa colocada a la entrada, se encontraron en una
habitación rectangular con varias filas de sillas dispuestas frente al
autómata.
En
ellas se instalaron treinta o cuarenta personas y, cuando pareció evidente que
no iba a venir nadie más, el diminuto charlatán, siempre envuelto en su capa de
seda roja, se colocó junto al autómata, en el espacio iluminado por un pequeño
foco que acababa de encender.
—Señoras
y caballeros —dijo con una nueva reverencia—. Permítanme que antes que nada les
presente a mi autómata. Casi todos ustedes son apasionados del ajedrez y
algunos habrán leído la historia del célebre jugador de Van Kempelen. Como
probablemente saben, en realidad había un hombre de carne y hueso escondido en
la máquina. La mía, que aparentemente reproduce con fidelidad la forma de aquel
autómata, es verdadera. Quiero decir que en su interior no hay ningún ser vivo.
Lo que hace un siglo parecía absolutamente imposible, hoy ha dejado de serlo
gracias al enorme progreso de la ciencia. Supongo que todos ustedes se hacen
cargo de las poderosas razones que me impiden revelar el funcionamiento de mi
robot, pero voy a demostrarles que no hay nadie dentro. No sólo pondré al
descubierto el interior de la máquina, sino que dos espectadores voluntarios
podrán subir al estrado y verla de cerca, para convencerse de que no se trata
de un truco de espejos ni de nada por el estilo.
Sin
titubear, Lewis se levantó y avanzó hacia el autómata. Los asistentes le
contemplaron con curiosidad, preguntándose si era o no un compinche del
presentador. Éste hizo una tercera reverencia.
—Otro
voluntario, por favor.
Un
joven se adelantó lentamente, mientras el supuesto conde enseñaba a la
concurrencia que el soporte del autómata iba montado sobre ruedas. Después lo
hizo girar y lo desplazó de un lado a otro para demostrar que no tocaba el
suelo y que no existía ningún punto de contacto entre él y el aparato.
Finalmente abrió cuatro puertas habilitadas en los costados de la caja.
—Vean,
señoras y caballeros, que no cierro estas puertas antes de abrir las que
existen en el pecho y en la espalda de mi autómata. Eso hace completamente
imposible que un hombre, o un enano, escondido en el cuerpo pueda deslizarse al
interior de la caja mientras enseño aquél o viceversa, como sucedía en el caso
de mi ilustre predecesor. Miren cuanto quieran: todo está abierto de par en
par. Hay mecanismos, evidentemente, y son mecanismos secretos, pero pueden ver
cómo mi mano los atraviesa. Por último, para probarles que no se trata de
ninguna ilusión óptica, voy a pedir a uno de estos señores que introduzca este
bastón en el interior del artificio, con suavidad, naturalmente, pero por el
sitio que prefiera.
Lewis
cogió el bastón que le tendía el charlatán y lo deslizó con cuidado a través de
las diversas partes del maniquí y de su soporte, encima del cual se veía un
gran tablero de ajedrez. Pudo ver una gran cantidad de tubos, hilos y
condensadores muy parecidos a los de un aparato de radio o de televisión. Había
también diversas piezas mecánicas, ejes, ruedas, muelles, palancas, piñones,
pequeñas cadenas, cables y tubos de cristal más o menos llenos de un líquido
verdoso.
—Señoras
y caballeros: ahora que están convencidos de la autenticidad de mi autómata,
quiero demostrarles que funciona realmente, y para ello voy a ponerlo en marcha
antes de cerrar las puertas y las diversas aberturas. Sacó un hilo del interior
del artefacto, lo introdujo en un enchufe ordinario y apretó un botón colocado
en una de las caras de la caja. Entonces, las ruedas empezaron a girar con un
ronroneo de motor eléctrico, las luces se encendieron y el líquido verdoso de
los tubos se llenó de burbujas.
Lewis
regresó a su asiento, convencido de que los tubos, las ruedas y las luces eran
un simple bluff, pero también de que no había nadie en el interior del maniquí
ni de la caja.
El
conde, tras cerrar todas las puertas del autómata, preguntó si había sido
designado algún jugador y un hombrecillo barbudo y sonriente se levantó con
timidez. El charlatán abrió una caja llena de piezas Staunton de gran valor y,
eligiendo un peón blanco y uno negro, se llevó ambas manos a la espalda durante
unos segundos y tendió sus dos puños cerrados.
—Todo
esto es muy raro —murmuró Lewis al oído de Penny, que no le quitaba ojo al
maniquí—. La máquina de Van Kempelen siempre jugaba con las blancas.
El
jugador local sacó, precisamente, las blancas, y fue invitado a sentarse al
otro extremo de la caja, enfrente del maniquí. En cuanto lo hubo hecho, el
conde le pidió que colocara sus fichas mientras él mismo se ocupaba de las del
autómata.
—No
olvide que debe respetar todas las reglas —recordó—. Pieza tocada, pieza
movida, y pieza colocada, pieza jugada.
Apretó
otro botón, que agudizó el ronroneo de la máquina, y añadió: —Las blancas
empiezan, señor. Cuando usted quiera.
El
jugador del club local cogió delicadamente el peón-dama y lo adelantó dos
casillas. Casi instantáneamente la mano del autómata se levantó sobre la parte
derecha del tablero, descendió en su centro y movió la misma pieza. Después,
mientras el brazo mecánico volvía a colocarse a la derecha del tablero, alzó
los párpados con lentitud y despidió un breve e intenso fulgor por los ojos.
Los asistentes estallaron en una risa nerviosa.
—Supongo
que siempre hace lo mismo...
—Sí
—murmuró Penny—. Sus primeros movimientos parecen mecánicos. Es más tarde
cuando empieza a jugar como una persona... como Robert.
—Ya
veremos. Entretanto puedo afirmar una cosa: no había nadie en esa caja.
El
autómata jugaba con rapidez y a Lewis le pareció que los gestos de su brazo
eran puramente mecánicos. Su superioridad, por otra parte, saltaba a la vista.
El jugador local, dominado por un comprensible nerviosismo, cometió un error de
bulto y dejó una torre a merced de un peón. Casi todos los espectadores
familiarizados con el ajedrez se dieron cuenta de la equivocación y
cuchichearon en voz baja, como si temieran ser oídos por la máquina. Y en ese
momento, Lewis dio un respingo en su silla. Porque el autómata, durante un
segundo o dos, se condujo como lo habría hecho un verdadero jugador de ajedrez.
En lugar de comerse la torre, pareció titubear y preguntarse si no se trataría
de un sacrificio voluntario por parte de su rival para tenderle una trampa. Y
cuando por fin su mano articulada se apoderó del peón, lo levantó, lo hizo
girar ligeramente entre el pulgar y el índice y titubeó nuevamente antes de
colocarlo en la casilla de la torre blanca.
—
¿Has visto? —murmuró Penny apretando el brazo de su amigo, mientras el
charlatán recogía con cuidado la torre comida y la dejaba a un costado del
tablero.
—Sí.
Alguien lo hace marchar a distancia —contestó Lewis en voz baja.
—
¡Oh, Lewis, es Robert! ¡Estoy segura! ¡Le he visto hacer ese gesto tantas
veces! Y ahora que sabemos...
—
¡Calla! —murmuró Lewis cogiéndole la mano—. El que maneja al autómata, está
lejos. Te aseguro que en su interior no hay nadie.
—
¡Sí lo hay, Lewis! Robert está dentro... Lo... lo siento. Sigue mirando —dijo
Penny con una voz tan sofocada que varias personas se volvieron a mirarla.
—Ven
conmigo. Se me ha ocurrido algo —dijo Lewis, que no quería llamar la atención
del presentador.
Nuevamente
abajo, en la sala del café, obligó a sentarse a Penny y pidió dos coñacs.
—Escucha, Penny. Una cosa es segura: el robot está vacío. Sabemos, además, que
no puede tratarse de una simple máquina. En consecuencia, puesto que no es el
conde de Saint-Germain quien juega, es forzoso que lo haga algún otro, alguien
que probablemente se encuentra en la habitación.
—
¿Qué quieres decir?
—Espera
un momento. Quédate aquí.
Volvió
a subir la escalera, pasó con el mayor disimulo posible por delante de la
puerta de la habitación, donde el autómata parecía seguir jugando, subió al
segundo y último piso y se encontró ante tres puertas. Titubeó un instante y
por fin, encogiéndose de hombros, abrió la primera. Buscó a tientas el
interruptor de la luz, la encendió y ante él apareció una habitación
absolutamente vulgar, que debía servir de dormitorio al propietario del café.
Apagó, cerró con suavidad y abrió la siguiente puerta, que daba a un cuarto
donde sólo había un secreter, dos sillas y un par de docenas de botellas
vacías, apiladas en un rincón. La tercera puerta se abría a un mugriento y
reducido cuarto de baño.
—
¿Adónde has ido? —le preguntó Penny a su regreso.
—A
explorar la casa.
—
¿Has encontrado algo?
—No
—contestó Lewis, tendiendo un billete de mil francos al camarero y diciéndole
que podía quedarse con el cambio.
—Es
demasiado, señor. Sólo me debe ciento ochenta...
—Ya
lo sé, pero quiero pedirle un favor suplementario. Se trata de algo relativo al
autómata...
—Lo
siento, señor, pero no tengo la menor idea de su funcionamiento. —No es eso lo
que quiero saber. ¿Ha venido solo su dueño?
—Creo
que sí.
—
¿Está seguro?
—Yo
mismo le vi instalar el robot esta mañana y le ayudé a transportar la caja y el
maniquí.
—
¿Tardó mucho en la instalación?
—No.
Se limitó a enchufar para ver si todo iba bien y luego se fue a comer. Ya no
volvió a aparecer hasta un poco antes del comienzo de la función.
—
¿También solo? —Sí.
—
¿No sabría usted, por casualidad, dónde suele alojarse?
—No,
señor. Le oí decir que pensaba irse hoy mismo, en coche, después de la
representación.
—Ya...
Muchas gracias.
—
¿Ves, Lewis? Tenía razón. Robert está en esa horrible máquina. Vamos a avisar a
la policía —dijo Penny con voz suplicante.
—Él
u otro jugador, sí. Pero no en el interior de la máquina. Sería una locura
avisar sin más ni más a la policía. No, Penny, podemos hacer algo infinitamente
mejor.
—
¿El qué?
—Esperar
fuera y ver lo que hace al marcharse.
Estaba
lloviendo, pero el aparcamiento no se encontraba lejos. Lewis ayudó a Penny a
subir en su minúsculo automóvil, que apenas sobresalía de las ruedas, y se
empeñó en echarle sobre las rodillas una manta de viaje, que sacó de debajo del
asiento.
—Hace
frío y el aire está lleno de humedad. Probablemente tendremos que esperar un
buen rato.
Cuando
detuvo el vehículo en la esquina de una calleja, enfrente del café, la gente
salía ya por la puerta de éste.
—Desde
aquí veremos todo —dijo Lewis apagando las luces de posición—. A propósito:
¿cómo sabías que el robot iba a presentarse aquí esta tarde?
—Conozco
a un amigo del conde, que me habla de sus «tournées».
—Mira...
Ahí sale, a pie. No te muevas de aquí, Penny. Voy a seguirle —dijo Lewis
saliendo del coche. Fue rápidamente hasta la esquina de la calle por donde
había visto desaparecer al charlatán y regresó un instante después.
—Está
en el aparcamiento, recogiendo una especie de furgoneta. Ya viene... Espera.
Quiero echar un vistazo dentro.
La
camioneta pasó cerca de ellos, dio media vuelta y se detuvo delante del café.
Lewis atravesó la calle y abrió la portezuela trasera. En el interior del
vehículo no había nada.
—
¿Qué pensabas encontrar? —dijo Penny encendiendo un cigarrillo.
—Desde
luego, no a Robert. Pero no me habría sorprendido ver una emisora de onda
corta.
El
camarero y el conde aparecieron por la puerta del establecimiento.
Transportaban la caja, sin el maniquí, y la introdujeron en la furgoneta. El
conde la dejó abierta, regresó corriendo a la casa y reapareció en seguida con
el autómata, que colocó al lado de la caja. Cerró, dio una propina al camarero,
se instaló en el asiento delantero y arrancó.
Lewis
tiró el cigarrillo, puso en marcha el coche y salió en su persecución.
— ¿Y
ahora? —dijo Penny.
—Debe
tener un compinche en alguna parte y no me extrañaría que fuera a recogerlo.
— ¿Y
si te equivocas?
—Por
lo menos nos enteraremos de dónde guarda el robot.
—Tiene
docenas de ellos... Una casa llena, en Enghien. Cerca del lago. —Penny, ¿por
qué no me lo habías...? ¿Qué clase de robots?
—De
todas clases. Pájaros que cantan, un perro que ladra cuando alguien llama a la
puerta, un muchacho que toca la flauta, un tamborilero y muchos más.
—
¿Cómo conociste al conde de Saint-Germain, Penny?
—Robert
lo conocía. Debieron presentárselo en su club de ajedrez. —Por lo tanto había
un robot que jugaba al ajedrez antes...
—
¿Antes de la desaparición de...? No lo sé, pero me sorprendería bastante,
porque Robert rara vez dejaba de contarme algo.
—A
menos que... No, es imposible —se interrumpió, clavando los ojos en las luces
posteriores de la furgoneta, que parecía atravesar la ciudad en dirección a la
carretera de París.
Eran
cerca de las dos de la madrugada cuando Lewis, tras depositar a Penny en la
puerta de su casa, volvió a acostarse. Había adelantado al charlatán sin
hacerse notar, tras convencerse de que no se detenía en ninguna parte de Rouen
ni de sus alrededores. O su compinche se había quedado en Rouen o... pero de
todas formas era una idea ridícula...
Un
joven abogado de brillante porvenir, como Robert Tournon, no pertenecía en
absoluto al género de hombre que se hace pasar por muerto y que abandona su
profesión, su prometida, sus compañeros y sus amigos, para marcharse en
compañía de un charlatán de baja estofa.
Lewis
agitó la cadena de la vieja campana, colgada junto a la puerta, y un perro se
puso a ladrar furiosamente en el interior de una caseta. El individuo que se
hacía llamar conde de Saint-Germain, levantó los ojos del rosal que en aquellos
momentos podaba, fue hasta la caseta, hizo callar al perro y finalmente se
acercó a la verja.
—Buenos
días... ¿Me... me reconoce? —dijo Lewis, sintiendo que un par de ojos
entornados y apenas visibles bajo la ancha ala de aquel sombrero de faena le
examinaban detenidamente.
—Sí.
Estaba usted en Rouen el otro día. Y es también el que luego me siguió por la
carretera... Reconozco su coche —dijo echando un vistazo hacia el camino, pero
sin decidirse a abrir la puerta.
—He
venido a verle por...
—
¿Por mi autómata-jugador de ajedrez? Otros le han precedido, señor, pero no
está en venta... y el secreto de fabricación, mucho menos.
—No
quiero comprarlo y su secreto sólo me interesa indirectamente.
El
conde le dirigió una última mirada y abrió la verja lentamente, como si lo
hiciera contra su voluntad.
—Entre.
Puesto que quiere hablar de mi oficio, voy a tomarme la libertad de recibirle
en el taller —dijo mientras conducía a su visitante detrás de la casa, hasta
una cochera desde la cual se divisaban, al otro lado del lago de Enghien, los
blancos edificios del Casino.
En
el taller —el más extraño que Lewis podía recordar— se veía una inmensa
estantería repleta de herramientas, varias butacas, un diván y un piano de cola
con una muchacha sentada ante él, que al parecer no les había oído entrar.
—Excúseme,
pero quería hablarle en privado... —dijo tímidamente Lewis. —Estamos solos
—repuso el conde con una sonrisa. Después fue hasta la pianista y ante la
sorpresa de su visitante, tiró hacia abajo de la cremallera colocada sobre su
espalda. Tras ella solo se escondía un bastidor metálico con un mecanismo
parecido al que Lewis había visto en el cuerpo del jugador de ajedrez.
—Mi
enhorabuena, conde.
—Aún
no va todo tan bien como yo quisiera, pero ya llegará, ya llegará —dijo el
hombrecillo—. Y ahora, si me hace el favor, ¿a qué debo su visita?
—Verá...
Estoy convencido de que, a diferencia del robot de Van Kempelen, en el interior
del suyo no se esconde ningún hombre. Pero debe haber un jugador de carne y
hueso en alguna parte, por la sencilla razón de que es imposible realizar un
autómata que juegue correctamente al ajedrez.
— ¿Y
eso por qué, señor...?
—Lewis
Armeigh. Perdóneme. Los dos sabemos que un robot sólo puede escoger entre un
número de posibilidades fijadas de antemano, instaladas, insertas, por decirlo
así, en su memoria o en el cerebro electrónico, como usted, seguramente, lo
llamaría.
—Hasta
ahí, estoy de acuerdo. Pero continúe, por favor —dijo el conde quitándose el
sombrero de paja.
—Puesto
que usted juega al ajedrez, debe saber que las combinaciones prácticamente
infinitas de las piezas no podrían ser «inoculadas» en un robot por un solo
hombre ni por una multitud de hombres, aunque consagraran la vida entera a esta
labor. Además, como constructor de autómatas, debe saber también que si ese
robot llegara a crearse, dejaría de ser una máquina y se convertiría en un
auténtico hombre o al menos en un cerebro artificial.
—Y
como consecuencia de ello —concluyó el conde— mi jugador de ajedrez es un timo
y yo tengo un compinche escondido en alguna parte.
—Sí,
a menos que lo haga marchar usted mismo por un procedimiento que desconozco.
—Señor Armeigh, sólo puedo decirle que no sé hacer ninguna de las cosas que
hacen mis robots, ni jugar a ninguno de sus juegos, y que carezco de
compinches. En todo esto no hay el menor engaño, créame. La cosa es muy
sencilla: he creado un robot que juega al ajedrez.
—
¿Se ofende si le digo que resulta demasiado increíble para ser verdad?
—De
ningún modo e incluso lo tomo como un cumplido —dijo el hombrecillo con una
inclinación—. Pero espero llegar a más. Mire usted esa pianista. En estos
momentos no funciona, pero ya sabe tocar varias melodías al piano... No sólo en
el que tiene delante, sino en cualquiera. Lo cual prueba, de paso, que no se
trata de un piano mecánico. Precisamente ahora estoy trabajando con ella y
confío en que muy pronto tocará cualquier música que le pongan en el atril,
escrita, claro está, en papel pautado.
—Sería
maravilloso, pero me parece teóricamente posible. Supongo que la mayor parte de
la gente lo encontrará más espectacular que un jugador de ajedrez, pero repito
que teóricamente cabe la posibilidad de un robot pianista... No cabe, en
cambio, la de uno que juegue al ajedrez.
—Eso
es ya una realidad innegable, señor —afirmó el conde.
—
¿Sería posible enfrentarse a su robot sin que usted se encuentre delante?
—Desde
luego, pero no puedo correr semejante riesgo. Lo haría, si estuviera seguro de
que el contrincante elegido no iba a husmear en su interior. Pero se hará cargo
de que tengo motivos de peso para no permitírselo a cualquiera.
—Evidentemente.
Sin embargo, nosotros tenemos un club de ajedrez en la Embajada —dijo Lewis
tendiéndole su tarjeta —y podríamos darle todas las garantías que pidiera,
incluyendo una lista previa de los asistentes. ¿Resultaría muy... muy caro?
—
¿Le parece cien mil...?
—De
acuerdo, conde. A propósito: ¿por qué ha adoptado el seudónimo de Saint-Germain
en lugar del de Van Kempelen?
—No
se trata de ningún nombre falso, señor Armeigh, sino del auténtico.
—En
ese caso, le... le ruego que me excuse —dijo Lewis enrojeciendo y haciendo
ademán de marcharse.
—Una
última pregunta, por favor. ¿Qué busca usted? —El nombre de su compinche.
—Ya
le he dicho anteriormente que no hay compinche. —Sí, lo he oído. Hasta pronto,
conde.
Durante
las dos semanas siguientes, hasta la tarde escogida para la demostración, Lewis
se preocupó activamente de recoger todas las informaciones posibles sobre la
manera que Robert tenía de jugar al ajedrez. En el club de la Bastilla, por
ejemplo, descubrió que su amigo había sido una vez campeón de París y que en
tres o cuatro ocasiones había competido para el título nacional. Sostuvo largas
entrevistas con los miembros del círculo que habían conocido personalmente a
Robert. Casi todos le confirmaron que éste tenía la costumbre de hacer girar
las piezas entre el pulgar y el índice antes de colocarlas, y que ésa era
particularmente aguda cuando no veía clara la jugada o cuando, por cualquier
causa, estaba enfadado. Por lo general, sus antiguos compañeros le consideraban
un jugador agresivo, a pesar de que su apertura favorita era la Giuoco piano y
de que, siempre que las circunstancias se lo permitían, sacaba a relucir la
variante Greco. Al mismo tiempo sentía una gran aversión por la defensa
Alekhine, a la cual nunca se dejaba arrastrar y jamás rechazaba un gambito de
rey, testarudez muy característica suya y que en numerosas ocasiones le hizo
perder partidas que tenía ganadas.
El
conde de Saint-Germain se trasladó, como había prometido, a una habitación
vecina después de presentar su máquina a los amigos citados por Lewis para
aquella demostración privada. Un joven agregado naval, que jugaba bastante bien
al ajedrez, se ofreció para enfrentarse al autómata. Lewis le había puesto al
tanto de sus intenciones y el agregado había convenido en jugar el gambito de
rey si le tocaban las blancas. Si, por el contrario, le tocaban las negras y la
máquina jugaba el peón e2-e4, él utilizaría la defensa Alekhine. Fue esta
segunda variante la que se convirtió en realidad, y Lewis tuvo motivos para
asombrarse de la rapidez y seguridad con que el autómata desarrollaba su juego,
en lugar de avanzar el peón-rey para acosar al caballo negro. El agregado naval
llevó bien la partida, pero a pesar de ello no duró mucho. Lewis, tras el mate,
tomó su puesto sin dudarlo.
El
autómata ganó de nuevo la salida y volvió a jugar el peón e2-e4. Lewis,
fingiendo ser uno de esos jugadores que conocen las aperturas por temperamento,
pero que no llegan a comprenderlas, se dejó conducir voluntariamente a una
Giuoco piano y cayó en la trampa de la variante Greco al noveno movimiento.
Tras titubear durante largo rato, como si realmente estuviera confundido,
aceptó el sacrificio de la torre. El autómata jugó entonces los diez
movimientos siguientes sin necesidad de pensar y dio jaque mate.
—Penny,
la cosa se complica. Ese robot no sólo tiene las mismas manías de Robert, sino
que juega de la misma forma que él, con una marcada desconfianza por ciertas
aperturas y una visible predilección por otras —dijo Lewis mientras la muchacha
le servía una taza de té.
—
¿Conque ésa es la razón de que no te haya visto durante tanto tiempo? Ni
siquiera me has telefoneado.
—En
efecto, Penny. Hice una visita al conde en su chalet de Enghien. —Ya lo sabía.
—
¿Cómo?
—Estaba
allí —dijo Penny tendiéndole el azúcar.
—Pero
si le encontré trabajando en el jardín —repuso Lewis con evidente malhumor— y
no había ningún otro visitante.
—También
lo sé, porque te vi desde la casa.
— ¿Y
puede saberse qué hacías allí?
—Tocaba
el piano, registrando ciertas melodías para nuestro común amigo, que ahora
trabaja en un nuevo robot... Una pianista.
—Sí,
me la enseñó, pero...
—
¿Pero qué, Lewis? —preguntó Penny levantando los ojos. Al hacerlo, sonreía.
—Nada...
Pensaba en voz alta...
—
¿Por qué no me preguntas cómo pude introducirme allí?
—Excúsame,
Penny. ¿Cómo te las arreglaste? Supongo que no creerás haber engañado al conde.
—
¡Lewis!
—
¿Crees verdaderamente que no te reconoció? —Sin la menor duda.
—A
mí, en cambio, me reconoció desde el primer momento. Pero dejemos eso. Por lo
que sé de ese nuevo robot, al cual he visto, y por lo poco que él me dijo, creo
que tus grabaciones no servirán para nada. Ese autómata tocará cualquier música
escrita que le pongan delante. ¿Tú eres buena pianista, Peggy?
—Dos
años en el Conservatorio de París y un primer premio.
—Ya...
Penny, hay algo que no comprendo y que no me gusta en nuestro amigo...
Preferiría que no tuvieras ninguna relación con él. ¿Sabe quién eres?
—Sí.
Pero... ignora todo lo de Robert y yo... Ahora puedo entrar en su cubil y abrir
los ojos... y a veces también las puertas.
—
¿Has descubierto algo?
—Nada
por el momento. Pero si, efectivamente, sabe algo de Robert, me enteraré tarde
o temprano. El otro día lo mencioné de pasada, haciendo como si le hubiera
conocido vagamente y dando a entender que no había muerto... Pero el conde no
se inmutó lo más mínimo.
—Lo
cual no impide, Penny, que la cosa cada vez me guste menos.
Lewis
renunció a la idea de ponerlo todo en conocimiento de la policía. Ésta, sin la
menor duda, se reiría de él. O en el mejor de los casos, suponiendo que le
tomara en serio, se limitaría a abrir el panteón familiar de los Tournon, pero
no admitiría relación alguna entre la desaparición de su cadáver y el robot de
un charlatán, que se dedicaba a exhibir su creación delante de propios y
extraños. Estaba ya seguro de que Robert, muerto o vivo, tenía algo que ver con
el autómata, pero no conseguía pasar de ahí. Si su amigo viviera, podía estar
en contacto con el robot por radio. O a lo mejor había una cámara de televisión
escondida en el maniquí. A una persona situada al otro extremo del aparato le
sería posible accionar sus manos por medio de cualquier mando a larga
distancia. De ser así —por increíble que pudiera parecer— un mensaje tabaleado
con los dedos, según el sistema Morse, en el tablero del ajedrez, tal vez
produjera reacciones insospechadas.
Lewis
habría permanecido largo tiempo absorto en este sueño consciente si una llamada
telefónica de la madre de Penny no le hubiera sacado bruscamente de él. —Señor
Armeigh, siento molestarle, pero estoy muy inquieta por Penny. No la hemos
visto desde ayer. Había quedado en tomar el té con nosotros. ¿Sabe por
casualidad dónde está?
—Pero...
No, no he visto a Penny ayer, señora Spencer.
—
¿Cómo?... Ella me había dicho… Pero... ¿Dónde se habrá metido?
—
¿Qué fue lo que le dijo, señora?
—Que
casi todas las tardes toma el té con usted. Y yo sé que son ustedes muy amigos.
¿No tiene la menor idea de dónde puede encontrarse?
—Penny,
efectivamente, toma el té conmigo a menudo —mintió Lewis— pero... ayer no vino.
Seguramente estará en casa de algunos amigos.
—
¿De quién? ¿Tal vez de alguien que usted conozca? —dijo la señora Spencer con
voz repentinamente cargada de desconfianza.
—No
sé. Voy a ponerme en comunicación con todas las personas que recuerde... y
estoy seguro de que daré con Penny, señora Spencer. Volveré a llamarla en
cuanto me entere de algo. Tal vez haya ido a pasar uno o dos días a casa de
cualquier amiga —sugirió Lewis sin conceder ningún crédito a sus palabras.
—
¿Usted cree? Penny, efectivamente, se fue una vez al carnaval de Niza sin
avisarnos, pero su padre le echó tal sermón que no debieron quedarle ganas de
hacerlo otra vez. Yo también le avisaré si me entero de algo.
—Gracias,
señora Spencer. La llamaré esta noche.
Colgó,
arrancó materialmente su abrigo de la percha y se precipitó a la calle sin
sombrero. Un instante después, su coche deportivo se introducía en el tráfico
del Faubourg Saint-Honoré y media hora más tarde frenaba en seco delante del
chalet del conde. Sin pensar en lo que iba a decir, Lewis tiró de la campana y
el perro se puso a ladrar como la primera vez. Por detrás de la casa apareció
una criada, que se inclinó para tocar algo junto a la perrera. Lewis comprendió
que dentro no había un verdadero animal, sino un robot.
—Lo
siento, señor, pero el conde de Saint-Germain no está ahora en casa.
—
¿No sabe cuándo podré encontrarlo?
—A
finales de semana, como muy pronto, señor.
— ¿Y
no podría decirme dónde ha ido?
—El
señor conde está en Suiza, pero no ha dejado ninguna dirección.
—
¿Se ha llevado su jugador de ajedrez? —No, señor. Sólo una maleta.
—
¿Entonces el jugador de ajedrez está aquí?
—Sí,
señor, pero no puedo permitir que nadie lo vea en ausencia de...
—No
quiero verlo. ¿Sabe usted si la muchacha que venía a tocar el piano se ha ido a
Suiza con su señor?
—No,
no lo sé, pero me extrañaría. Ella... no ha aparecido por aquí ni ayer ni hoy.
—Muchas gracias —dijo Lewis, volviendo a subir al coche y poniéndolo en marcha.
Que la criada le hubiera dicho o no la verdad, poco importaba. Pero Lewis había
visto moverse el visillo de una de las ventanas del entresuelo y poco después
una persiana del primer piso se había entreabierto ligeramente. ¿Estaba Penny
tras ella?
Cuando
entró en su apartamento, ya había tomado una decisión. —Hoy ceno fuera, Amélie
—le dijo a su anciana criada.
A
cualquier hora del día o de la noche que Lewis volviera a casa, encontraba a
Amélie aguardando para pasarle revista, como si esperara verlo completamente
borracho o acompañado de una «mujer de mala vida», expresión con la que solía
calificar a todas las visitantes que fumaban o no traían sombrero.
—
¡Pero no me ha avisado y he hecho cocido!
—Puede
comérselo todo, Amélie, a no ser que prefiera invitar al cartero.
—
¡Señor! —dijo Amélie, asombrada y ofendida. —Lo siento. ¿Me perdona?
—Sí.
Supongo que querrá darse un baño...
—
¿Cómo lo ha adivinado?
—Porque
el señor tiene esa manía. No es sano estar a remojo durante tanto tiempo y
salir a la calle después.
—Es
una costumbre inglesa, Amélie, que no puedo dominar —contestó Lewis con una
sonrisa.
Se
puso a hurgar en un cajón, tratando de encontrar los gemelos de la camisa.
—Claro está que compensa la humedad a fuerza de alcohol —dijo la criada
arrastrando los pies en dirección al cuarto de baño.
Mientras
Amélie dejaba correr el agua, Lewis telefoneó a un amigo. —Bertie, ¿puedes
prestarme el coche esta tarde?
—
¿Tienes estropeado el tuyo? —dijo una voz fatigada al otro extremo del hilo.
—No. Pero está demasiado visto en el sitio que quiero visitar.
—
¿Qué te traes entre manos, Lewis?
—Asuntos
privados, Bertie. ¿Puedo pasar por el coche?
—Con
la condición de que me dejes acompañarte. No tengo nada que hacer y lo tuyo
promete ser interesante.
—De
acuerdo —asintió Lewis de muy mala gana—. Ponte un smoking y ven a buscarme en
cuanto estés listo.
—
¿Lleno el depósito de gasolina?
—Sería
conveniente... Y si tienes un revólver y unos zapatos con suelas de crepé,
tráetelos.
—
¿Zapatos de alpinista? No van a ir muy bien con el smoking, pero presiento que
voy a divertirme.
—Así
lo espero. Hasta ahora... —dijo Lewis colgando.
Después
de todo, Bertie era un amigo fiel, dueño de una envidiable sangre fría y capaz,
en caso de necesidad, de utilizar eficazmente sus manos, de apariencia casi
femenina.
—
¿No te habrás aficionado al juego de repente? —preguntó Bertie cuando se
detuvieron delante del Casino de Enghien, menos famoso que el de Montecarlo,
pero donde también se jugaban cantidades respetables. Tenía, por añadidura, la
ventaja de estar muy cerca de París.
—No,
no puedo permitirme esos lujos —contestó Lewis riendo—, pero en cambio sí puedo
invitarte a cenar. Me han dicho que el restaurante es muy bueno.
La
cena, servida sobre una terraza que dominaba el lago, resultó excelente, y el
negro terciopelo del agua, animada por los reflejos de las guirnaldas de
bombillas colgadas a lo largo del viejo paseo, constituía un decorado muy
agradable.
—
¿Cuándo empiezan las diversiones? —preguntó Bertie mientras elegía un puro con
aire de experto en la materia.
—
¿Ves esos barcos, allá abajo?
—
¿No pretenderás que rodee el lago remando?
—Sólo
que lo atravieses... Y haciendo el menor ruido posible.
— ¿Y
después?
—Después
haremos una visita sorpresa... e ilegal.
—
¡Formidable! Nunca he entrado en una casa por allanamiento de morada.
—Te
equivocas. Entraste así en una confitería, hace ya veinticinco o treinta años.
¿No te acuerdas?
—Sí.
Pero espero que hoy la cosa vaya en serio y que nos veamos atacados por feroces
lebreles.
—Siento
decepcionarte. Sólo encontrarás un perro de cartón-piedra, incapaz de correr. A
cambio, tal vez consigamos que disparen sobre nosotros. ¿No te asusta la
perspectiva?
—
¿Cuándo empezamos?
—Aún
conviene esperar un poco —dijo Lewis mirando su reloj.
—Bueno.
¿Quieres que te enseñe un procedimiento para ganarte la vida fácilmente a la
ruleta?
Era
más de medianoche cuando Lewis arrastró a Bertie fuera de la sala de juego.
—
¿No íbamos a practicar el deporte del remo? —dijo Bertie al ver que su amigo se
encaminaba hacia el lugar donde habían dejado aparcado el coche.
—Ahora
mismo —murmuró Lewis mientras le daba una propina al encargado y se instalaba
al volante.
Un
par de minutos después, frenó en una calleja, cerró el coche con llave y
regresó a pie, seguido por Bertie, al Casino.
—
¿Cómo vamos a pasar delante del portero con estos zapatos?
—No
vamos a pasar delante de él, Bertie. He visto una barca en un rincón donde no
corremos el riesgo de que nos descubran. ¿Ves ese seto al lado del casino?
—
¿No querrás que lo salte?
—Por
supuesto que sí. Venga, ahora es el momento... No hay nadie por los
alrededores. Un instante después, los dos hombres atravesaban el lago remando
silenciosamente. La barca se deslizó bajo unos árboles y se detuvo, sin un solo
cabeceo, junto a un talud herboso. Lewis saltó a tierra y la remolcó hasta un
sauce llorón, que la ocultaba por completo.
—Éste
no es el jardín que busco, pero tal vez nos sirva —murmuró Lewis ayudando a su
amigo a bajar de la barca.
Atravesaron
un seto y Lewis reconoció la villa del conde. Un poco más lejos se distinguía
claramente la cochera transformada por el fabricante de autómatas en taller.
Bordeando la valla para no ser vistos, consiguieron llegar a la puerta de la
cochera, que estaba cerrada con llave. Pero junto a ella había un ventano, que
no resistió la presión de una palanca.
—Aguarda
un instante. Antes de entrar, me gustaría echar un vistazo a ese perro de
cartón-piedra. Espera aquí y si el perro se pone a ladrar, no te muevas.
Al
abrigo de los árboles y sin salirse del césped, Lewis llegó a la perrera. Tuvo
buen cuidado de no pasar ante ella y, tanteando la pared lateral, encontró el
botón debajo del techo. Pero en lugar de apretarlo (¿quién sabe si el perro se
hubiera puesto a ladrar?), buscó los hilos eléctricos y los arrancó.
—Ya
no hay nada que temer por ese lado —dijo en voz baja al regresar junto a la
ventana abierta—. Será mejor que vaya yo delante.
Pasaron
la pierna por la ventana y se dejaron caer al otro lado. Lewis envolvió la
linterna en el impermeable y paseó lentamente el foco luminoso por los
alrededores hasta que Bertie le tocó en el brazo.
—Hay
alguien sentado en aquel rincón.
—No
te preocupes. Es una dama metálica que toca el piano —dijo Lewis tranquilizado.
Se quitó el impermeable y lo colgó delante de la ventana para impedir que se
viera luz a través de ella.
Después
añadió:
—Ahora
podemos encender sin peligro. Creo que el trabajo más duro nos espera dentro de
la casa, pero antes me gustaría comprobar unas cuantas cosas aquí.
Atravesó
la habitación y levantó una sábana, bajo la cual apareció la rechoncha figura
del jugador de ajedrez, siempre sentado sobre su caja.
—Bertie,
debe haber un enchufe por ahí cerca. Búscalo y conecta este hilo.
—
¿Qué va a pasar?
—Seguramente
nada, puesto que no hay compinche.
—
¿Cómo? Aquí está el enchufe —dijo Bertie poniéndose de rodillas.
Sin
molestarse en contestar, Lewis empezó a colocar las piezas de ajedrez que había
encontrado en el interior de un cajón sobre el tablero situado frente al
autómata.
—
¡Lewis! ¿No me habrás traído aquí para ponerte a jugar al...?
—
¡Calla y escucha!
—Oigo
una especie de ronroneo.
—Sí,
en el interior del robot. Vamos a ver si marcha —dijo Lewis avanzando un peón—.
¡Dios mío! ¡Funciona! —murmuró un instante después, al ver que la mano derecha
del autómata se alzaba por encima del tablero para coger una pieza—. ¡Parece
imposible!
—Hablas
como mi sobrino cuando vio a su abuelo en taparrabos —observó Bertie. —Ningún
robot puede jugar al ajedrez... Te aseguro que científicamente no hay la menor
posibilidad de...
—Pues
lo hace bastante bien.
—Espera...
Busca por ahí un papel —dijo Lewis quitando todas las piezas del tablero. —Aquí
hay un trozo de cartón. ¿Servirá?
—
¡Sí, rápido!
Lewis
arrebató el cartón de manos de su amigo, lo puso sobre el tablero y escribió en
letras mayúsculas: « ¿PUEDE LEER?» Después hizo girar el mensaje para que los
ojos del robot pudieran verlo.
—
¿Puede leer? —repitió Bertie irónicamente. Pero se inmovilizó al ver que el
brazo del autómata se elevaba lentamente y se desplazaba sobre el tablero, como
disponiéndose a mover un peón. El pulgar y el índice se abrieron y cogieron la
estilográfica de Lewis. Entonces, sin apoyar el plumín sobre el cartón y con
movimientos muy torpes, la mano empezó a agitarse. Lewis levantó el cartón y lo
puso en contacto con la pluma.
Ambos
se quedaron petrificados cuando la mano del robot, con un gesto brusco, hizo un
agujero en el cartón y se detuvo, suspendida en el aire.
—Se
ha parado —dijo Lewis.
—Sí.
Se diría que lo has estropeado, viejo. Lewis se inclinó y tocó el enchufe. —No
hay corriente. Alguien la ha cortado.
—Mala
suerte. Pero mira... Estaba escribiendo algo...
—
¡Déjamelo ver! —gritó Lewis levantándose de un salto.
Cogió
el trozo de cartón sobre el que una mano temblorosa había trazado torpemente
las letras «LI-GROLABO».
—Eso
no significa nada —dijo Bertie.
—Acuérdate
de que levanté el papel cuando el autómata ya había empezado a escribir en el
aire... Seguramente las letras que faltan son la P y la E.
— ¿P
y E? ¡Claro! ¡Peligro! ¿Pero y el resto? ¿LABO? ¿Qué diablos quiere decir eso?
—Cortaron la corriente antes de que terminara y es preciso adivinar el resto...
¡Ya está! ¡La bodega! ¡La bodega!
—
¿Qué bodega?
—No
lo sé, pero no vamos a tardar en averiguarlo —dijo Lewis apagando la linterna
por donde había entrado, seguido por su amigo.
La
villa, situada a unos treinta metros y envuelta en la oscuridad, apenas se
veía. —Lewis, todo esto no me gusta un pelo —dijo Bertie en voz baja—. El que
ha cortado la corriente debe andar por ahí con un trabuco o un arcabuz. Vámonos
a escape.
—A
lo mejor sólo hemos fundido un plomo al poner en funcionamiento su sucio
robot...
Y
corrió hasta un árbol lindante con la esquina del edificio, sin esperar a ver
si Bertie le seguía.
—Date
una vuelta por ahí —dijo cuando lo descubrió a su lado—. A ver si puedes
encontrar una puerta o una ventana fácil de abrir. Yo iré por la otra parte.
— ¿Y
si...?
—Silba
si te crees vigilado y grita si te ponen la mano encima. ¡Vamos!
Bertie
miró cómo su amigo se alejaba hacia el chalet y empezó a andar de mala gana en
dirección contraria.
—Hay
persianas metálicas por todas partes —explicó Lewis cuando se encontraron al
otro lado de la casa—. He visto una puerta bajo la escalinata, pero es también
metálica y está cerrada con llave. ¿Tú has encontrado algo?
—Una
puerta de cocina con un tragaluz encima, que tal vez se pudiera forzar... Pero
me ha parecido ver una ventana abierta en el primer piso.
—
¿Hay que volar para alcanzarla o basta con un salto?
—A
unos sesenta centímetros de ella corre un canal de desagüe... pero no sé si
será lo suficientemente sólido como para sostenerte.
— ¿Y
si efectivamente no lo es?
—Te
atrapo al vuelo y te llevo hasta la barca —contestó Bertie riendo.
—Da
a la parte superior de la escalera o a un descansillo —opinó Lewis un instante
después, contemplando la ventana, que no tenía más de medio metro de anchura,
pero que parecía fácil de alcanzar por el canalón. Finalmente concluyó:
—No
hay más remedio.
Trepó
sin dificultad y Bertie, antes de seguirle, le vio hacer una flexión, poner el
pie en el repecho de la ventana y saltar al interior de la casa.
—Es
un cuarto de baño —le dijo Lewis cuando se reunió con él—. Hay dos puertas, que
deben dar a dormitorios. No te muevas.
Hizo
girar con precaución el picaporte de la más cercana, pero sólo oyó el tic-tac
de un reloj. Entonces abrió un poco más y vio una cama. Escuchó aún unos
segundos y se decidió a encender la linterna. La habitación estaba vacía y la
cama sin deshacer.
—Empiezo
a pensar que no hay un alma —dijo volviendo al cuarto de baño—. Vamos a ver qué
sorpresa nos depara la otra puerta.
Atravesaron
un pequeño cuarto ropero y desembocaron a un descansillo. —Bueno. Habrá que
bajar.
Puso
el pie en el primer escalón y se paró en seco. Del piso superior llegó una
especie de quejido grave, una especie de gorgoteo. «Seguramente un criado que
tiene malos sueños», murmuró sin soltar la barandilla. Pero sintió que sus
cabellos se erizaban cuando el gemido se transformó en agudo grito.
—
¡Al diablo la bodega! —gritó Bertie dando media vuelta y precipitándose hacia
el piso de arriba.
Seguido
de cerca por Lewis, se dirigió hacia una puerta bajo la cual se filtraba una
delgada raya luminosa... La abrió de un empujón y ante ellos apareció una sala
pintada de blanco y absolutamente vacía, exceptuando una estrecha cama de
hospital sobre la que Penny agitaba la cabeza de derecha a izquierda.
—
¡Penny! —gritó Lewis corriendo hacia ella—. ¡Penny! ¿Te pasa algo? Penny...
¡Contéstame!
—Si
quieres saber mi opinión, esta jovencita delira —dijo Bertie colocándose al
otro lado de la cama.
— ¡O
se encuentra bajo el efecto de alguna droga satánica! ¡Busca su ropa! Hay que
sacarla de aquí.
— ¿Y
si está grave? Ten calma y reflexionemos.
—
¡Busca su ropa te digo! ¡Y si no, déjalo! Vamos a envolverla en estas mantas.
¡Vaya! ¡Está atada a la cama! Sabe Dios a qué maniobras se habrá entregado ese
puerco, pero le van a costar caras, dijo apretando las mandíbulas mientras se
esforzaba en aflojar las correas. ¿Penny, me oyes? ¡Mírame!
Los
ojos de la muchacha se abrieron y de su boca salió un gemido infantil. En aquel
momento la luz disminuyó perceptiblemente y Penny dijo con voz entrecortada:
—
¡La Dama!... ¡La Dama llega!... ¡Lewis! ¡Escóndeme! ¡Me mira todo el tiempo!
—No tengas miedo, Penny. No vas a estar aquí mucho tiempo.
—
¡La Dama de blanco! Lewis, mira... ¡Cuidado! Ella... viene en cuanto se apaga
la luz —repitió Penny llorando sobre la cama, mientras Bertie soltaba la última
correa de sus tobillos.
—No
tengas miedo, Penny. Estamos contigo... Todo irá bien ahora.
—
¡Lewis! Ahí... cerca de la puerta... cuando la luz se quede encendida fuera...
Ella está ya fuera, dispuesta a mirar dentro. Es... es terrible...
Con
un sollozo desgarrador, la muchacha escondió la cara entre los brazos de Lewis.
De repente se apagó la luz y la habitación se vio envuelta durante un par de
segundos en una oscuridad total. Después se encendió otra luz detrás de una
puerta, situada enfrente de la cama, y en ella se abrió lentamente una
ventanilla parecida a las que existen en las cárceles.
Lewis
cubrió instintivamente la cara de Penny con la mano y Bertie, al ver que por el
hueco aparecía un velo de enfermera, dejó escapar un grito. En ese mismo
instante, los dos hombres pudieron ver bajo el velo, un cráneo sin nariz y casi
sin carne, alrededor del cual se balanceaban dos extraños bucles negros. El ojo
derecho del monstruo, un ojo sin párpado del que brotaba un hilo de sangre, los
miró fijamente, y una peluda araña salió de la órbita sanguinolenta del
izquierdo. También la araña pareció mirarlos; después descendió por los huesos
de la mandíbula y desapareció tras la nuca.
Sonó
una detonación y Penny dio un nuevo grito de pánico. La cabeza pareció estallar
en la ventanilla, con un ruido de cristales rotos, y se deshizo en mil pedazos.
—Lo
siento... No he podido impedirlo —dijo Bertie. De la automática que sostenía en
la mano se elevaba un hilo de humo. Tras un ligero titubeo, añadió:
—Ahora
voy a marearme...
—Sólo
has matado a un robot, Bernie —dijo Lewis. Luego fue hasta la puerta y empujó
la ventanilla, que se abrió bruscamente poniendo de manifiesto un armario con
el mecanismo roto del monstruo y un raíl sobre el que éste se deslizaba al
aumentar de intensidad la luz situada encima de él.
—Ahora
vámonos de aquí. Seguramente tendremos que abrirnos paso. Ten, coge la linterna
para que yo pueda llevar a Penny.
—Espera.
Sube otro robot. —Muy bien.
Envolvió
a Penny en las mantas de la cama y la cogió en brazos. Después se colocó detrás
de la puerta abierta.
—Ponte
al otro lado, pero dispara sólo en caso de necesidad.
—Es
un hombre de blanco —musitó Bertie, asomándose por el hueco de la escalera. Los
pasos se acercaron rápidamente y en el quicio de la puerta apareció el conde de
Saint-Germain,
que murmuró un Nom de D... interrumpido a su mitad y entró en la habitación.
Bertie, con un solo golpe de la culata del revólver, le dejó sin sentido.
—
¡Lástima que no lo haya matado! Esto no era un robot —dijo Bertie inclinándose
sobre el cuerpo desplomado del conde.
—No
te preocupes por eso. Empújalo debajo de la cama y vámonos sin perder más
tiempo. Mira a ver si puedes cerrar la puerta con llave y pasa delante.
Seguramente aún no ha acabado el baile.
Llegaron
sin dificultad a la planta baja. Todas las puertas estaban cerradas, pero
prescindieron de ellas y saltaron al exterior por una de las ventanas del
salón.
—Tenemos
que alcanzar la barca lo antes posible —dijo Bertie cuando llegaron al seto
situado junto al taller del conde.
—No,
Bertie. Tengo una idea mejor. Vete tú solo haciendo todo el ruido que puedas,
pero no te dejes atrapar. Atraviesa el lago, coge el coche y ven a recogernos
aquí.
— ¿Y
cómo vas a franquear la verja con esa carga?
—Observación
improcedente, Bertie. Mira: la cancela de la casa de al lado está de par en
par. Hasta pronto.
Lewis
atravesó el seto con Penny a cuestas y Bertie echó a correr a través del césped
del conde. Apenas había desaparecido, cuando una silueta blanca, con una
linterna en la mano, salió de la casa en su persecución.
Lewis
se vio obligado a subir ocho pisos para encontrar la habitación de Amélie y a
golpear violentamente en su puerta para que la vieja criada se decidiera a
abrir. Por fin lo hizo, con un paraguas en la mano a guisa de garrote, y se
quedó contemplando a su señor, estupefacta.
—Amélie,
¿podría venir al apartamento, si hace el favor? Hay un enfermo en mi cama.
Bertie... quiero decir uno de mis amigos, ha salido en busca de un médico y
necesitamos sus servicios.
—Si
el señor está borracho, a partir de este momento me considero despedida.
—No,
Amélie, no he bebido una sola gota, pero hay una chica muy enferma en mi
cama...
—
¡Señor! ¡Cómo se atreve...!
—
¡No, Amélie, no! Una chica de costumbres respetables. Si usted se niega a
venir, la dejará sin carabina.
—Voy,
señor. Voy inmediatamente, pero le prevengo de que si se trata de una mujer de
mala vida...
El
doctor llegó al poco rato y fue introducido en la alcoba donde Amélie, como un
general en el punto álgido de la batalla, se encontraba ya al frente de las
operaciones. Bertie y Lewis esperaban fuera. El médico salió por fin, hablando
con Amélie:
—Café
solo y muy cargado, en cantidades masivas... A la hora de desayunar estará de
pie.
—
¿Recuperada?
—Sí.
¿Pero qué le ha ocurrido? Esa pobre chica estaba drogada.
—Aún
no lo sabemos —explicó Bertie acompañando al médico hasta el ascensor. Más
tarde, al amanecer, Amélie informó a Lewis de que la «señorita» quería verle,
pero le aconsejó que no la cansara demasiado. Dijo también que no escucharía la
conversación, pero que se negaba a salir de la habitación mientras el señor
estuviera en ella. Lewis consintió débilmente.
—
¡Oh, Lewis! —dijo Penny, muy pálida pero extraordinariamente favorecida por uno
de aquellos herméticos camisones de Amélie, cerrado alrededor del cuello, de
las muñecas y seguramente, pensó Lewis, también de los tobillos—. ¿Qué me ha
pasado? ¿Cómo he salido de aquella... aque...?
—Ya
es agua pasada, Penny. No pienses más en ello.
—
¿Cuánto tiempo he estado...? ¿Has avisado a mis padres?
—Sí.
He telefoneado a tu padre y le he metido una trola de campeonato. Le he dicho
que subiste a tomar una copa al yate de unos amigos, en el Sena, y que te
llevaron a hacer un pequeño crucero hasta el Havre.
—Pero
Lewis... no conozco a nadie que...
—También
está arreglado, Penny. Un primo mío, casado, tiene un yate. Se fue de París
anteayer. Pero he conseguido localizarle por teléfono y le he explicado que,
para todos los efectos, tú te habías ido con ellos... Y como resbalaste sobre
el puente y te caíste en un dock un poco sucio, enviaron a su chófer a tu casa
en busca de ropa limpia... Estará aquí de un momento a otro.
—Lewis,
eres maravilloso.
—También
le he dicho a tu padre que volverías hoy o mañana. Lo harás en cuanto te
sientas completamente bien. Amélie cuidará de ti (la aludida, aunque no había
comprendido una sola palabra, hizo un gesto afirmativo con la cabeza). Y ahora,
Penny, cuéntame lo que ha pasado.
—No
lo sé exactamente. Anteayer... ¿o ayer? Sí, debió ser ayer...
—Era
anteayer, Penny, pero da lo mismo. Sigue.
—Anteayer,
entonces, registré unas melodías, como de costumbre, y el conde ordenó que me
sirvieran unas pastas y un vaso de vino... Ya te lo puedes suponer: me desperté
atada a la cama y enferma. Él entró en la habitación y me dijo cosas que no
escuché muy bien. En una visita posterior, me explicó que pronto sería un
autómata, pero que necesitaba uno o dos días para prepararme... No estoy muy
segura de todo esto, Lewis. Tal vez lo he soñado.
—Intenta
acordarte, Penny. De los sueños y de la realidad.
—Seguramente
dormí durante mucho tiempo y tuve infinidad de pesadillas. Había también una
enfermera y yo soñaba continuamente que era un cadáver disfrazado...
—Sí,
ya lo sé. ¿Pero qué te dijo el conde de Saint-Germain? Por favor, Penny, haz
todo lo posible por acordarte. Es importante.
—Una
de las veces, al verme despierta, me sonrió: dulcemente y me dijo que ya
siempre sería feliz. También me habló de que no tendría necesidad de
preocuparme nunca más de la comida ni de la ropa, y añadió que mi único placer
sería tocar el piano. Pero todo esto no tiene ningún sentido...
—
¡Ojalá no hubiera pasado! Reflexiona... ¿Te dijo algo con relación a... a
Robert? —No. Creo que se refirió a otros robots. ¿Cuánto tiempo estuve así,
Lewis?
—Sólo
dos días. Ahora tengo que salir, Penny. Prométeme que beberás mucho café. El
doctor volverá en seguida a ver cómo va la cosa.
—Lo
intentaré. Y gracias... por lo que has hecho.
Al
entrar en el pequeño despacho que utilizaba como salón, Lewis encontró a su
amigo tumbado en el diván, roncando a más y mejor.
—
¡Vamos! —dijo sacudiéndole sin contemplaciones.
—
¿Qué... qué hora es? —farfulló Bertie, incorporándose bruscamente y
contemplando con expresión de horror una copia de Picasso, colgada en la pared
de enfrente.
—Vamos
a hacerle otra visita a nuestro amigo de Enghien. O al menos voy a hacerlo yo,
si tú no quieres acompañarme.
—
¡Pero, Lewis! ¿No crees que sería mejor avisar a la policía y contárselo todo?
No me gustan las emociones de este tipo.
—Ponte
los zapatos y reúnete conmigo en el sótano —dijo Lewis saliendo de la
habitación con una sonrisa.
Delante
del chalet del conde de Saint-Germain había un grupo de gente y varios coches
de bomberos. Pasaron lentamente ante él en coche y comprobaron que no quedaba
gran cosa en pie. Aparcaron unos metros más allá y regresaron andando, pero al
llegar a la verja fueron detenidos por un agente.
—Ya
ves... No se puede entrar —dijo Bertie cogiendo a su amigo de la manga—. Ahora,
dime lo que quieres hacer en esas ruinas y tus deseos serán cumplidos.
—
¿Cómo?
—Déjalo
de mi cuenta. ¿Qué quieres saber?
—
¡Echar un vistazo a la bodega, naturalmente!
—Muy
bien. Conserva la cabeza en su sitio y no le quites ojo al viejo Bertie. Si
queda alguna bodega, estaré dentro de ella antes de cinco minutos. Aguarda y
verás.
Rodeó
la muchedumbre, se acercó al agente como si acabara de llegar y le dijo al
oído: —Todo derecho, señor —contestó el representante de la autoridad
llevándose la mano a la gorra.
Bertie,
con la sonrisa en los labios, se alejó hacia las ruinas humeantes del chalet.
—Antes de nada, dime cómo te las has arreglado para entrar —preguntó Lewis diez
minutos más tarde, ya instalado en el interior del coche.
—No
me costó ningún trabajo. Mi caradura, mi sombrero hongo, mi acento y las
palabras mágicas «inspector de los Seguros Lloyds» son el sésamo que da acceso
a todas las catástrofes, pequeñas o grandes, de este país.
—
¿Qué había en la bodega?
—Nada...
salvo los restos retorcidos de una especie de mesa de operaciones, una tonelada
de cristales rotos, hollín para parar un tren y cenizas.
— ¿Y
el taller?
—No
queda absolutamente nada. Otro montón de cenizas.
— ¿Y
nuestro amigo?
—Los
bomberos andaban buscándole, pero temo que no lo van a encontrar. Mi impresión
es que ha visto venir las cosas mal, tú sabrás cuáles, pero no te las pregunto,
le ha prendido fuego a todo antes de tomar las de Villadiego.
—Seguramente
tienes razón, Bertie. Pero aún queda otra cosa y voy a tenerla esta noche.
—
¡Lewis, sé razonable una vez en tu vida!
—El
conde se olvidó de destruir su perro ladrador. Y yo voy a apropiármelo.
—Pero,
Lewis... Puedes tener con toda facilidad un verdadero perro, un perro de carne
y hueso. La Sociedad...
—El
que yo quiero es ése.
—Entonces
ve a buscarlo solo. Estoy hasta la coronilla de este asunto.
Pero
cuando aquella noche detuvieron el coche cerca de los restos calcinados del
chalet, Bertie seguía al lado de su amigo. No había nadie y los bomberos, al
marcharse, se habían dejado la cancela abierta. El chucho era pequeño y no les
costó ningún trabajo llevarlo hasta el portaequipajes del automóvil de Bertie.
Algunos
meses más tarde, cuando Penny y Lewis volvieron de su viaje de bodas, Bertie se
reunió con ellos para cenar y, de repente, preguntó:
—
¿Qué fue de aquel perro de cartón-piedra? ¿Conseguiste hacerlo ladrar? —No. Me
libré de él... ¿Otra copa? —propuso Lewis frunciendo las cejas. —Está bien,
máscara de hierro —dijo Bertie tendiéndole el vaso.
Lewis,
sin embargo, había dicho la verdad. El perro, efectivamente, ya no se
encontraba en su poder, pero antes de tirarlo, lo había desmontado
completamente. En su interior encontró un mecanismo análogo al que había visto
en el cuerpo del jugador de ajedrez, con las mismas probetas llenas de un
líquido verdoso. Una red de tubos más estrechos atravesaba dos pequeñas cajas
metálicas, de las cuales salían treinta cables eléctricos. Abrió las cajas y en
una de ellas descubrió una masa grisácea, viscosa y maloliente. En la otra
había, al parecer, unos trozos de carne y de hueso colocados en una especie de
marco. Tras cortar todos los contactos y desenchufar las conexiones, Lewis
llevó ambas cajas a un médico amigo suyo, que examinó su contenido y dijo
sonriendo:
—
¿Te creías mezclado en una historia de crímenes, Lewis? Esto es el cerebro de
un perro, o tal vez de un cordero, y si no me equivoco, en la otra caja hay una
parte de la garganta de un animal. Mira, ahí tienes las cuerdas vocales.
—Ya
veo, gracias —replicó Lewis, sintiendo la acuciante necesidad de un trago.
EL
MILAGRO
«Para
Bernardette, esta historia que ya conocía.»
EN
ALGUNA PARTE, A LO LEJOS, el silbido de la locomotora desgarró la noche; un instante
más tarde, el martilleo de las ruedas sobre el cambio de agujas de la estación
puso fin al tac-tac elástico y rítmico de los raíles.
Hundido
en su rincón y con la frente apoyada en el cristal, el señor Jadant se esforzó
vanamente en traspasar con la mirada el negro velo de la noche. Un segundo
silbido, una curva y, mientras la fuerza centrífuga aplastaba la nariz del
señor Jadant contra el vidrio, repentinamente iluminado, la pequeña estación
surgió de improviso ante sus ojos. Un individuo provisto de un farol, un agrio
tañido de campana y nuevamente la oscuridad de la noche, seguida por otro
cambio de agujas, que sacudió brutalmente las caderas y las piernas de los
soñolientos viajeros... Después, la subida silenciosa. ¡Sí, sin la menor duda,
el vagón subía, subía...!
—
¡Ya está aquí! —dijo el señor Jadant en voz alta, alzando las rodillas hasta la
cara y apoyando en ellas la frente, con el tiempo justo para... salir despedido
hacia delante como una bala de cañón.
La
chiquilla sentada frente a él, que no había sabido contener un estallido de
risa cuando le vio ponerse las zapatillas y colocar los zapatos en la red
portaequipajes, no se dio cuenta de nada y no tuvo reflejo alguno. El señor
Jadant sintió que sus rodillas se hundían en el cuerpo pequeño y blando de la
niña, mientras su calva cabeza se estrellaba dolorosamente contra la cara de la
criatura, cuyos huesos crujieron con el mismo ruido seco de los bizcochos que
un momento antes se había comido.
Después
de cada golpe, sin aflojar los dientes y permaneciendo siempre en aquella
postura de pelota, el señor Jadant resoplaba y gruñía como un viejo boxeador. Y
hubo centenares, millares de choques y sacudidas, que se sucedieron hasta la
desesperación. Durante veintiséis años, el tiempo que llevaba de viajante (más
de la mitad del cual había transcurrido en trenes), el señor Jadant había
pensado infinidad de veces en aquel momento preciso. Durante veintiséis años
había evitado cuidadosamente los vagones de cabeza y de cola, siempre los más
peligrosos en caso de catástrofe. Durante veintiséis años lo había pensado,
calculado y previsto todo. Y ésta era la razón de que al primer signo de
alarma, como un soldado perfectamente adiestrado, hubiera levantado las piernas
y hubiera adoptado aquella forma de bola, la mejor sin duda para salir bien
librado del accidente. Pero lo que el señor Jadant no había previsto, era la
duración. ¡Jamás hubiera creído que un maldito descarrilamiento podía durar
tanto! Ni que todo fuera a suceder con tan escaso ruido. Se habían escuchado,
desde luego, crujidos, golpes sordos, desgarrones, roturas de cristales y
chasquidos de vigas, pero nada comparable, por ejemplo, al infernal estrépito
con que suelen rodearse semejantes escenas en las pantallas de cine.
Un
nuevo golpe, seguido del rechinamiento ronco y desagradable de una plancha
metálica; un haz de chispas y, bajo su codo izquierdo, bruscamente levantado,
el señor Jadant sintió que una especie de abrasadora serpiente desgarraba sus
ropas y le aplastaba las costillas. Una última serie de sacudidas, un lento
balanceo y, por fin, la inmovilidad en medio de un extraño silencio.
Muy
cerca, procedente de un compartimento vecino, se elevó un vago cuchicheo, igual
que cuando un tren se detiene durante la noche en pleno campo. Después se
oyeron pasos apresurados a lo largo de la vía, un niño se puso a llorar y, casi
al mismo tiempo, se oyó un grito femenino, un grito inhumano y monstruoso, como
sólo puede darlo una mujer que acaba de descubrir la pérdida de sus piernas.
El
señor Jadant se hallaba sujeto a tantas y tan variadas presiones, que no
conseguía hacerse una idea exacta de cuál era su posición en medio de los
escombros. Ya no tenía forma de pelota: su brazo derecho estaba torcido bajo
él, pero podía mover la mano en un espacio vacío y pensó que aquello era una
buena señal. Su codo izquierdo se encontraba a la altura de la cabeza y con los
dedos de la mano izquierda podía rozar un pie descalzo que parecía balancearse
en el vacío. Un objeto irreconocible pero de singular dureza, le obligaba a
mantener el cuello inclinado, aplastándole la cabeza contra el hombro derecho.
Sin
demasiadas dificultades, el señor Jadant consiguió llevarse la mano izquierda a
la cabeza y, al tocar, comprobó que el objeto en cuestión era una enorme
maleta. Le pareció que si se las arreglaba para empujarla un poco hacia la
derecha, podría liberar el cuello. Lentamente, centímetro a centímetro,
luchando contra toda clase de resistencias, el señor Jadant consiguió apartar
la maleta, pero apenas había empezado a mover su dolorida cabeza, cuando una
mole blanda, húmeda y caliente se abatió sobre ella. «Nom de Dieu!», gruñó
mientras intentaba desembarazarse de aquel nuevo obstáculo. «Nom de Dieu!»,
repitió un momento más tarde, cuando sus dedos se hundieron en la masa viscosa
de un cráneo aplastado.
Por
todas partes, en torno a él, se oían ya gentes removiéndose entre juramentos o
quejas. La mujer del grito estaba ahora callada, pero algo más allá podían
escucharse los infernales bramidos de un hombre.
—
¡Las piernas!... ¡No siento las piernas! —balbuceó el señor Jadant,
repentinamente enloquecido.
Pero
estaban allí, con él, extendidas, casi derechas. Las dobló dulcemente, con
precaución, y después buscó un punto de apoyo que le sirviera para levantarse
un poco y liberarse.
Cuando,
finalmente, lo encontró, oyó un grito bajo él.
—
¡El pie! ¡Quite el pie! —dijo una voz femenina.
—
¡No puedo, nom de Dieu! —respondió el señor Jadant, apoyándose con todas sus
fuerzas en la mujer, que empezó a aullar. Pero en lugar de subir, como había
esperado, el señor Jadant notó que se hundía un poco más en el cuerpo situado a
sus pies.
En
aquel momento sonaron pasos en el sendero paralelo a la vía y el señor Jadant
comenzó a pedir socorro sin darse cuenta de que otras muchas voces, en torno a
él, lo pedían también.
Hasta
bastante tiempo después no percibió movimiento alguno sobre él. Debía haberse
adormilado un poco o, en cualquier caso, tenía los ojos cerrados, porque la
oscuridad anterior había sido sustituida por una especie de lívido resplandor,
que surgía del hueco existente bajo su brazo y cuyo foco difusor permanecía
fuera de su visión.
—
¡Socorro! —gritó con una voz que ni él mismo reconocía.
—Por
aquí hay alguien vivo —dijo una voz muy cercana—. Me parece que está ahí.
Páseme el gato.
Varias
personas se movían encima de él. —Es una niña..., pero está muerta.
—Debajo...
Hay un hombre... Puedo ver su brazo. ¡Con suavidad!
De
repente, la cegadora luz del día y una bocanada de aire frío espabilaron
completamente al señor Jadant.
—
¡Ánimo, que ya llegamos! —dijo un hombre inclinado sobre él, mientras otro
levantaba una por una las maletas y, a continuación, el asiento destripado,
bajo el cual apareció el individuo cuyo pie descalzo había tocado el señor
Jadant, y que yacía inmóvil, con el cuello roto y la cabeza apoyada en la red
portaequipajes, como en una cruz.
Un
tercer individuo, con la camisa manchada de sangre, se deslizó hasta el señor
Jadant, tocándole el cuerpo con las manos.
—Hay
algo que le presiona... ¿Le hace daño? —No... No lo sé.
—Páseme
una jeringa —dijo el individuo en cuestión a alguien inclinado tras él.
Después, dejando el brazo del señor Jadant al descubierto, le puso una
inyección.
—Ya
no será largo... —añadió.
—
¡Eso espero! ¡Me las pagarán! —gruñó el señor Jadant, que sentía unas
repentinas ganas de vomitar.
Durante
bastante tiempo los hombres continuaron afanándose en torno a él, que aguardaba
con los ojos cerrados, porque de esta forma sus náuseas eran menos apremiantes.
A pesar de ello, pudo ver bajo sus pies, muy cerca, el chorro de fuego de un
soplete.
—
¡Con cuidado! —gimió el señor Jadant cuando finalmente, unas sólidas manos se
deslizaron bajo sus axilas.
—No,
no tire. Hay un raíl que le ha atravesado la ropa bajo el brazo. Deme unas
tijeras para cortar todo esto.
El
señor Jadant se sintió, por fin, izado a plena luz y transportado por dos
docenas de manos hasta una camilla de hule, donde alguien vestido con una bata
blanca le puso una nueva inyección antes de envolverlo en una enorme manta
gris.
Cuatro
hombres levantaron las parihuelas con precaución y avanzaron entre dos hileras
de cabezas inclinadas. Algunas torcían el gesto.
—No,
no es él —dijo una mujer al verle pasar. Y un momento más tarde, como si de
repente se diera cuenta—: ¡Oh! ¡El pobre!
«Debo
tener un aspecto horrible», pensó el señor Jadant, que no se sabía teñido por
la sangre de la chiquilla contra la que había sido proyectado.
Por
fin colocaron la camilla en la ambulancia, debajo de otra pesadamente cargada,
de la cual se escurrían gotas de sangre. Se oyó el chasquido de la puerta,
tosió el motor y, mientras la mujer de arriba gritaba a cada sacudida del
coche, el señor Jadant se limitaba a repetir: « ¡Me las pagarán! ¡Todo esto les
va a costar muy caro!».
—No
hay que llorar, señora, sobre todo delante de su marido —dijo la Hermana.
—
¿Cómo está el pobrecillo? —preguntó la señora Jadant, jadeando y estirándose
inútilmente la chaqueta de su traje sastre negro, que adivinaba completamente
arrugado por el largo viaje nocturno.
Cuando
el tren llegó a la estación, apenas había luz. Con su pequeña maleta en la mano
y tiritando tras el calor del compartimento, la señora Jadant atravesó las
calles estrechas y todavía desiertas de la minúscula ciudad provinciana,
deteniéndose en una sola ocasión para preguntar por el camino del hospital.
Después, ante las cerradas y silenciosas puertas de éste, titubeó un instante;
por fin, tras colocar su maleta en el porche para remeter debajo de su pequeño
sombrero las largas mechas grises que asomaban por él, sacudió la gruesa
empuñadura de cobre de la campanilla.
—Está
muy bien y lleno de ánimo. Sor Cécile la llevará a su lado, señora. Pero no
podrá quedarse mucho tiempo, porque no es hora de visitas.
—Sí,
lo comprendo, hermana. ¿Podría ver al doctor hoy mismo?
—Desde
luego. Vuelva aquí y ya me cuidaré yo de presentárselo cuando venga para la
consulta de las nueve.
La
señora Jadant vio desde lejos a su marido, instalado al fondo de una sala donde
dos monjas distribuían las tazas de café colocadas sobre un carrito que
avanzaba lentamente entre las camas.
—
¡Mi pobre Louis! —dijo cuando llegaba junto a él, abriendo desmesuradamente los
ojos al distinguir un rosario entre sus dedos, piadosamente cruzados sobre la
blanca sábana.
—Es
la voluntad de Dios, querida —repuso el señor Jadant, mientras su mujer se
inclinaba sobre él para besarle.
Y,
como la cara de Sor Cécile quedó momentáneamente oculta tras ella, subrayó sus
palabras con un prolongado guiño.
—
¿Te duele... mucho? —preguntó la señora Jadant, visiblemente desconcertada.
—No... Es decir: ahora no. No siento nada, absolutamente nada en las piernas.
Igual que si no las tuviera.
—
¡Dios mío!... ¿Y cómo has llegado a eso?
—No
lo sé. Tenía un peso enorme en la espalda y estuve horas y horas aguantándolo
en forma de arco para no aumentar los sufrimientos de una pobre mujer que
estaba debajo y a la que la presión de los escombros hacía gritar
incesantemente. Tal vez, como consecuencia, mi columna vertebral... En fin,
sólo se trata de una suposición...
—Es
muy valiente y reza mucho. Un verdadero santo... —dijo Sor Cécile un poco más
tarde, mientras conducía a la señora Jadant hacia la puerta de salida.
—
¿Usted cree? —contestó ésta con aire preocupado, preguntándose si aquella
parálisis de las piernas no se debería a un golpe en la cabeza.
Sólo
dos días después, coincidiendo con su última visita antes de volver a casa, la
señora Jadant reunió suficiente valor para preguntar:
—
¿Pero qué va a ser de nosotros, mi pobre Louis, si tu parálisis no tiene cura?
—Dios proveerá, querida —respondió su marido, al ver que Sor Cécile se
aproximaba por el corredor. Y después, bajando la voz—: Para empezar, está el
seguro; y luego el ferrocarril, que también aflojará la mosca... Una parálisis
de las dos piernas tiene su precio —añadió en tono aún más bajo, guiñándole un
ojo a su mujer. Y al comprobar que Sor Cécile se inclinaba sobre la cama
vecina, terminó en voz alta—: Con la ayuda de Dios, aprenderé en seguida otro
oficio. Descuida, que alguna utilidad sabré encontrarle a mis diez dedos.
—
¿Tú crees? —contestó la señora Jadant, acordándose del único cuadro que su
marido había intentado colgar en su vida y cuyo cristal había roto al caérsele
el martillo de las manos.
La
compañía de ferrocarriles hizo bien las cosas. No sólo el señor Jadant fue
conducido hasta su casa en una ambulancia de lujo, sino que la semana anterior
unos señores habían ido a medir la anchura del pasillo y la altura de los
escalones de la cocina, para que los obreros pudieran transformar éstos, de
acuerdo con sus datos, en un largo plano inclinado hasta el jardín. Finalmente,
la víspera del gran día, una soberbia silla de ruedas completamente nueva, de
esmalte negro con bordes dorados, asiento y respaldo de cuero amarillo, fue
introducida en el domicilio de los Jadant con gran pompa. Los vecinos acudieron
a admirar los diversos accesorios que la completaban: mesita inclinada para la
lectura, gran mesa giratoria para la comida o el trabajo y, en una palabra,
cuanto podía desearse para la comodidad y bienestar de un paralítico.
Pero
el asombro de los vecinos alcanzó su grado máximo cuando la ambulancia se
detuvo ante la puerta de la casa y la señora Jadant salió de ella para recibir
a su marido. En lugar del enfermo, del hombre pálido y desfallecido que
esperaban, del despojo viviente al que los camilleros tendrían que transportar
con especial dulzura, los inquilinos de las casas próximas vieron salir del
coche a un señor Jadant fresco y sonriente, de mirada alegre, que se balanceaba
muy erguido sobre unas magníficas muletas cromadas y que sólo aceptó ayuda para
subir la gran escalinata central. Al pie de ella, dos enfermeros se hicieron
cargo de las muletas y le llevaron en volandas hasta el interior de la casa.
Por
fin, el señor Jadant fue depositado en su espléndida silla de ruedas y los
camilleros le dejaron dándose aires de superioridad en el centro de su nuevo
cuarto, el saloncito de la planta baja, donde la señora Jadant había hecho
instalar una cama, tras desembarazar la habitación de varios veladores, de tres
sillas doradas y de la gigantesca planta que languidecía, aprisionada en su
tiesto, al lado de la ventana. Sin la redonda mesa, escondida bajo el paño de
terciopelo color de albaricoque, bordeado por una cinta dorada, que servía de
soporte al inmenso costurero tapizado de conchas de caracoles sobre el que
podía leerse «Recuerdo de Cabourg», la habitación resultaba casi confortable.
Y
fue allí donde los vecinos, una vez que la ambulancia partió, fueron
introducidos, uno por uno o en pequeños grupos, para que estrecharan la mano
del infortunado señor Jadant. Todos esperaban oír de su boca la descripción
detallada de la catástrofe, de aquella terrible noche cuyos detalles conocían
perfectamente a través de unos periódicos que habían conservado con singular
celo (no todos los días se tiene la oportunidad de conocer a una víctima de
carne y hueso); pero el señor Jadant se limitó a hablar, una y otra vez, de
Dios, de su prodigiosa misericordia y de Su infinita bondad. Algunos vecinos,
visiblemente molestos, no supieron qué decir y se limitaron a cambiar miradas
de tapadillo con la señora Jadant; otros aprobaron con un suspiro o una inclinación
de cabeza.
—Está
como una cabra —dijo el bodeguero, ya de regreso a su mostrador, llevándose el
dedo índice a la sien.
—Ese
buen hombre ha tenido un pie en la tumba —puntualizó el carnicero. Y en cuanto
le sirvieron su habitual vino blanco, añadió—: Hay que haber pasado por una
cosa así para poder hablar como él lo hace.
—Y
ahora cierra las persianas y la verja del jardín. Quiero enseñarte una cosa
—ordenó el señor Jadant a su mujer, cuando el último visitante desapareció.
—Pero
va a estropearse la comida, Louis... Te había hecho un pollo estupendo...
—Haz
lo que te digo —insistió el señor Jadant.
—Como
quieras —dijo ella encogiéndose de hombros y yendo a cerrar la verja. Cuando,
después de echar las persianas y de correr cuidadosamente las cortinas de
terciopelo verde ciruela, la señora Jadant se volvió hacia su marido... y le
vio en pie, más derecho que un huso, al lado de su silla de ruedas, sólo pudo
balbucir: «¡Eso era!».
El
señor Jadant, sonriendo ligeramente, con las manos en las caderas, la espalda
recta y el estómago hundido, se elevó sobre la punta de sus pies y descendió
lentamente, sin inclinar el busto y separando las rodillas.
—
¿Qué te parece? —dijo, con la cara encendida, pero lleno de orgullo, tras una
tercera y última flexión.
—
¿Entonces te han curado?
—
¡Pero querida, qué tonta eres a veces! Claro que no me han curado. Ya sabes que
soy incurable. Tengo una doble rotura de... de no sé qué diablos. Todo viene
explicado en el diagnóstico del profesor, del gran jefe como ellos le llamaban,
que la compañía de ferrocarriles envió expresamente desde Burdeos. ¿Te das
cuenta?
—Pero,
entonces... ¿te has curado tú solo?
—
¿Yo? ¿Curarme solo? ¡De ningún modo! Ya te he dicho que soy incurable. Y lo
seguiré siendo hasta que el ferrocarril me pague. Después, si me curo, será por
obra y gracia del buen Dios. ¡Por una vez, servirá para algo!
—Explícate,
Louis. No te comprendo. ¿Qué quieres hacer? Tengo el presentimiento de que todo
esto sólo nos va a traer complicaciones —dijo la señora Jadant, al borde del
llanto.
—
¡Las mujeres sois siempre igual! ¡No lloraste al verme paralítico y ahora, que
sabes que no lo estoy, te pones a gimotear! ¿No comprendes que los he engañado
a todos, a pesar de sus títulos? ¡A los médicos, a los profesores, a los
expertos y al resto de la pandilla que se dedicó a mirarme, a apretarme, a
palparme y a pincharme durante las veinticuatro horas del día! ¡He ganado, ya
te lo he dicho! Sólo falta esperar que suelten la guita... y te aseguro que no
tardarán mucho.
Efectivamente,
no tardaron. El señor Jadant rechazó varias veces la tentadora pensión mensual
que le ofrecía la administración del ferrocarril. Parecía lógico que un hombre
mutilado, incapaz de trabajar, prefiriera la seguridad de una suma periódica y
fija, no muy alta sin duda, pero que al menos le garantizara el sustento. Sin
embargo, el señor Jadant no cedió en este punto y sólo se avino a firmar el
trato cuando le ofrecieron una cantidad global de cinco millones en pago de
toda la deuda. Entonces movió la cabeza afirmativamente y al día siguiente se
firmaba el acuerdo.
—Ya
lo has conseguido —dijo su mujer, contemplando el cheque que los representantes
de la Compañía acababan de dejar sobre la mesa—. ¿Y qué piensas hacer ahora con
ese dinero? No puedes tocarlo, porque en cuanto sepan que andas, te obligarán a
devolverlo.
—
¿Sí? ¿Tú crees? ¡Bueno, ya te convencerás! Con esos cinco millones, de entrada,
voy a comprarme un coche.
—
¿Para qué?
—Para
seguir con las representaciones, naturalmente. Se ha terminado eso de perder la
vida en los trenes. Con un buen coche, podré ultimar muchos más tratos que
antes. Soy muy conocido y...
—Estás
loco, Louis. Te quitarán el coche. ¡Y suerte tendrás si no te envían a la
cárcel!
—
¡No hables tan fuerte, nom d'un chien! Mira a ver quién acaba de llamar a la
puerta del jardín —dijo el señor Jadant, sentándose en su silla de ruedas.
—Es
el cura...
—Perfecto.
Hazlo entrar. Espera: pásame antes el rosario. Está allí, en el bolsillo de la
chaqueta. ¡Venga, vete a abrir ahora!
El
cura volvió a menudo. Sentía una sincera admiración por aquel hombre,
cruelmente golpeado en la flor de su edad, que reencontraba a Dios y casi
llegaba a agradecerle su parálisis. El cura se las había visto, a lo largo de
su vida, con enfermos de todas clases; los había conocido lastimeros,
tranquilos, resignados, Pero nunca tan alegres y aparentemente felices como el
señor Jadant. Junto a él, en conversaciones salpicadas de risas, había
estudiado las ocupaciones posibles para un hombre que ha perdido el uso de sus
extremidades inferiores.
Vivía
en el pueblo una joven paralítica, que había comprado una máquina de tricotar y
que hacía chalecos de punto, jerséis y chales. Poco a poco había conseguido
hacerse una clientela entre las merceras del barrio. El cura, convencido de que
la risa abierta del señor Jadant llenaría de ánimo a la pequeña Raymonde,
propuso al antiguo viajante que fuera a visitarla. Ella también era valiente,
pero con un valor excesivamente resignado; la muchacha carecía de aquel calor
interno, de aquella ardiente confianza que brillaba en la mirada del señor
Jadant.
La
primera salida de éste se vio rodeada de gran solemnidad. El cura vino a
buscarle y empujó personalmente el hermoso sillón de ruedas, mientras la señora
Jadant, vestida con su traje de chaqueta negro, caminaba a su lado. Por todas
partes la gente se volvía al verlos pasar e incluso los jugadores de tute
dejaron sus cartas sobre la mesa cuando la comitiva cruzó por delante del
Casino.
—Ya
les había dicho que el pobre Jadant estaba completamente chalado —dijo el
patrón golpeándose la frente con el dedo.
—Ya
hemos llegado. Es la casa de la esquina, aquella de allí abajo —dijo el
sacerdote—. Y mire, ahí tenemos a la propia Raymonde, que nos espera detrás de
su ventana.
—
¿Cuál es?
—La
del primer piso... La primera a la izquierda, encima de la tienda de pinturas.
El
señor Jadant vio el rostro pálido y de niña triste de Raymonde y, con una ancha
sonrisa, le dedicó un ampuloso sombrerazo.
El
sillón de ruedas se reveló excesivamente voluminoso para la estrecha escalera,
pero el comerciante de pinturas se apresuró a traer una silla, y gracias a la
colaboración de su dependiente y del propio cura, que resoplaba como una
ballena, el señor Jadant fue finalmente depositado junto a la joven paralítica.
Ésta contempló con una especie de pasmo la entrada en su habitación de aquel
hombre, que hablaba en voz muy alta y que se reía de los esfuerzos de sus
portadores, dándoles las gracias por todo.
—No
se da cuenta. Se diría que no sabe lo que esto significa —dijo dulcemente
Raymonde tras la marcha, igualmente pintoresca, de su visitante.
—
¡Pero es una locura, Louis! No vas a gastarte casi trescientos mil francos en
una máquina de tricotar que nunca va a servirte para nada —dijo la señora
Jadant después de cerrar herméticamente las persianas.
El
señor Jadant aguardó en silencio a que su mujer corriera las cortinas y luego,
quitándose los zapatos nuevos —era preciso que las suelas se conservaran
limpias y relucientes—, se enderezó sobre la punta de sus pies, se puso las
manos en las caderas y llevó a cabo media docena de flexiones. Después se
dedicó a saltar sin moverse del sitio, como había visto hacer a los boxeadores
durante sus horas de entrenamiento. Necesitaba llevar a cabo operaciones de ese
tipo porque se notaba excesivamente anquilosado.
—
¿Vas a comprar de verdad esa máquina? —insistió su mujer.
—Sí,
e incluso voy a aprender a servirme de ella y a hacer chales que tú llevarás a
una dirección que me ha dado la pequeña Raymonde. No hay que dejar nada al azar
ni descuidar ningún detalle. No me gustaría que se les pasara por la cabeza la
idea de recuperar este dinero.
—
¿Pero hasta dónde pretendes llegar, Louis? ¿Vas a decírmelo de una vez?
—En
realidad, no hay motivo alguno para ocultártelo. Puedes hablar de ello por
todas partes, con los vecinos, en las tiendas, como si se tratara de un
proyecto más o menos vago para el porvenir. Sí, no estará de más que yo mismo
parezca convencido de que la idea viene de ti.
—
¿Pero qué idea?
—Vamos
a hacer, los dos juntos, un pequeño viaje o, más bien, una peregrinación.
Saldremos en cuanto empiece el buen tiempo.
—
¿Adónde quieres ir? ¿Crees que la gente no va a enterarse de dónde estás?
—Claro que se enterará. No pienso hacer misterios. Iremos a Lourdes y lo
proclamaremos a los cuatro vientos. Cuando lleguemos allí, sanaré. ¡Un milagro,
querida!
Bien
abrigado y confortablemente sentado, sobre su silla de ruedas, en un soleado
rincón del jardín del hotel de primera categoría donde se habían instalado la
víspera, el señor Jadant se sentía contento. Le dolían algo los brazos, porque
el día anterior y aquella misma mañana había considerado oportuno imitar a los
fieles que oraban en la Gruta con los brazos en cruz. Y aunque él,
naturalmente, lo hizo desde su cómodo sillón, el truco no por ello dejó de
causar cierto efecto, puesto que un sacerdote vino a arrodillarse a su lado.
Por
enésima vez, el señor Jadant pasó revista a los acontecimientos de los últimos
meses. A pesar de sus esfuerzos, no conseguía encontrar el menor fallo; nada,
absolutamente nada, ni en sus palabras ni en sus actos, podía sembrar la
sospecha de que su parálisis no fuera auténtica. La señora Jadant había hablado
tanto de una peregrinación a Lourdes, que por fin el propio cura vino
personalmente a pedirle que consintiera en ese viaje, aunque sólo lo hiciera
por dar gusto a su mujer.
—Si
yo no me quejo de mi suerte, padre —respondió el señor Jadant, con los ojos
clavados en su máquina de tricotar—. Dios lo ha querido así y ahora empiezo a
ganarme un poco la vida gracias a esta máquina. La semana pasada vendí mis
primeros chales. Este viaje sólo le traería una decepción a mi pobre mujer,
porque no veo ni el motivo ni la posibilidad de un milagro en favor mío. No, no
hay motivo alguno —añadió sonriendo.
Pero
el buen clérigo, sin dudar sobre la verdadera explicación de aquella sonrisa,
se creyó obligado a protestar:
—
¡Hijo mío, no tiene usted ningún derecho a hablar así!
La
víspera de su partida, el señor Jadant decidió, sin previo aviso, hacer una
nueva visita a la muchacha Paralítica.
—Rezaré
también por usted y le traeré un poco de agua de la Gruta, señorita Raymonde
—dijo en el momento de hacerse bajar hasta el entresuelo.
—Gracias,
señor Jadant. Yo también rezaré por usted. Precisamente ahora estoy ahorrando y
espero nacer mi peregrinación a Lourdes de aquí a dos o tres años.
—
¿Te das cuenta? —le había explicado luego a su mujer—. Cuando vuelva podré
regalarle mi silla de ruedas, al fin y al cabo no me ha costado nada, y, de
paso, le venderé la máquina de tricotar a buen precio para que me la pague poco
a poco.
El
viaje pertenecía ya al pasado. No había sido empresa fácil meterle en el tren
y, una vez en él, apenas había podido dormir por culpa de las piernas, pero
después todo había marchado de maravilla. Dos camilleros tan benévolos como
experimentados le habían sacado sin dificultad del compartimento, mientras su
sillón de ruedas era extraído del furgón de equipajes.
El
número de peregrinos aún no era muy elevado. El señor Jadant prefería un
pequeño milagro, tranquilo y casi solitario, en vez de protagonizar un gran
prodigio en medio de una enorme peregrinación, donde se arriesgaba a las
miradas impertinentes de los curiosos; de los periodistas e incluso de los
fotógrafos. Por otra parte, había renunciado a la idea de dejarse «milagrear»
durante la misa matinal, porque en ella también corría el peligro de llamar la
atención más de la cuenta. El señor Jadant había leído que los sacerdotes de la
Gruta se habían visto obligados en varias ocasiones a luchar con uñas y dientes
contra las masas de fieles delirantes, que querían acercarse para ver y tocar
al sujeto del milagro. No, era necesario que todo transcurriera de la forma más
tranquila posible, aunque desde luego en presencia de varios testigos y de, por
lo menos, un sacerdote. Las últimas horas de la mañana parecían las más
indicadas, pero marcándose un compás de espera de uno o dos días. No tenía la
menor prisa. La señora Jadant, por su parte, estaba cada vez más inquieta.
Y el
día elegido para la farsa intentó nuevamente disuadir a su marido.
—
¿No crees que harías mejor en sanar después? Muchos sólo se curan al regresar a
sus casas.
—
¡No, no y no! Esto tiene que suceder sin trampa ni cartón. Es preciso un
milagro, acaso incomprensible, pero de una evidencia tal que nadie pueda poner
en duda. Vamos...
Hace
buen tiempo y, si no hay demasiada gente, en la Gruta va a producirse hoy una
pequeña demostración de la misericordia divina.
—Louis,
tengo miedo...
—
¡Ah, no! ¡No es el momento de eso! Por lo demás, tú no tienes que hacer nada y
unas lagrimitas, incluso, no le extrañarán a nadie. Recuerda: yo no voy a
levantarme y a caminar de primera intención. Si ves que nadie me mira en el
momento de ponerme de pie, gritas un poco para llamar la atención. Después,
déjame actuar a mí y no tengas miedo cuando me veas caer al suelo. Es lo
lógico... Un paralítico beneficiado por un milagro no se va a poner a correr de
golpe y porrazo. ¡Vamos!
Temblorosa
como una hoja, la señora Jadant empujó a su marido hasta la verja de la Gruta.
—Ya
está bien... Déjame...—cuchicheó él.
La
gente, alrededor de ellos, iba y venía. Otros rezaban; algunos, incluso, en voz
alta. Sin ocuparse de nadie, el señor Jadant dijo y redijo su rosario; después
oró largamente con los brazos en cruz.
Todo
sucedió exactamente como estaba previsto y siquiera la pálida y vacilante
señora Jadant tuvo demasiado miedo al ver que su esposo se erguía lentamente,
siempre con los brazos extendidos. Cuando se disponía a gritar, un soldado se
volvió hacia ellos con la boca abierta.
—
¡Puede andar! ¡Puede andar! —gritó una mujer arrodillada al darse cuenta de que
el señor Jadant daba tres pasos titubeantes hacia la reja.
—
¡Milagro! ¡Milagro! —vociferó al mismo tiempo una voz masculina, mientras un
sacerdote se lanzaba hacia el señor Jadant, que acababa de derrumbarse ante la
verja.
—
¡Otra vez puedo andar! —tartamudeó éste, al ver que el soldado y el sacerdote
hacían ademán de levantarlo—. ¡Déjenme, ya les he dicho que puedo andar!
Y se
derrumbó de nuevo.
La
señora Jadant no comprendió la terrible verdad hasta mucho más tarde, en la
enfermería, cuando oyó jurar y blasfemar a su marido mientras un médico le
examinaba.
—
¡Rece! ¡Rece! —casi gritaba el sacerdote—. ¡No es posible que el milagro no se
reproduzca!
Impotente,
el médico se encogió de hombros, mientras el señor Jadant, echando espumarajos
por la boca y con la cara cubierta de lágrimas, repetía una y otra vez:
—
¡Hagan cualquier cosa, nom de Dieu! ¡Les digo que podía andar!
Fue
un verdadero pingajo humano lo que los camilleros sacaron de la ambulancia que
condujo al señor Jadant hasta su casa.
Y
mientras ayudaban a la señora Jadant a instalar de nuevo a su marido en el
sillón de ruedas, al lado de su flamante máquina de tricotar, el cura llamaba a
la puerta de Raymonde, que le había mandado avisar.
—Hay
algo que quiero decirle, padre —dijo la muchacha fijando en el sacerdote sus
grandes y claros ojos.
—Le
escucho, hija mía —repuso el cura mientras acercaba una silla al viejo butacón
donde estaba la enferma.
—Sé
que no va a creerme, pero escúcheme hasta el final, si no le sirve de molestia.
—Le escucho, Raymonde.
La
aludida, mirando con fijeza sus pequeñas manos blancas, nerviosamente crispadas
sobre la vieja manta que abrigaba sus piernas, contó entonces su historia.
—La
cosa pasó anteayer por la mañana. Yo estaba sola aquí; mamá había ido a hacer
la compra. Acababa de terminar un chaleco y me dedicaba a soñar un poco,
mirando a la gente pasar por la calle. De golpe, tuve la impresión de que la
habitación se oscurecía detrás de mí y, cuando eché un vistazo por encima del
hombro, sentí miedo, porque era verdad. Al fondo, junto a la cama y el armario,
todo estaba negro. Y en aquel momento, en la esquina, pero a mayor altura que
el techo, vi la figura luminosa de la Virgen. ¡Sí, no diga nada, sé que era
ella! Me dijo algo muy extraño... Confieso que parece una tontería, pero así
fue. Me dijo: «Raymonde, acabo de recuperar un par de piernas inútiles y te las
traigo». Yo la miré sin abrir la boca y ella añadió: « ¡Vamos, levántate y
anda!». Entonces, cuando iba hacia ella, desapareció sonriendo.
—
¿Era un sueño?
—No,
padre. Mire. Es usted el primero en verlo —dijo Raymonde, apartando la vieja
manta y levantándose poco a poco. Durante un segundo permaneció inmóvil;
después rechazó con suavidad la mano extendida del sacerdote y dio lentamente,
muy lentamente, la vuelta a la habitación.
TIEMPO
MUERTO
«A
la memoria de las futuras víctimas de la relatividad.»
¡SEÑORITA
ALINE, SON LAS SEIS MENOS CUARTO!
—
¿Cómo?... ¡Ah, sí! Gracias, doctor. ¿Todo va bien?
El
doctor Pierre Martinaud colgó el auricular, bostezó discretamente, se
desperezó, se rascó la espesa y azulada barba, escudriñó su paquete de
«Gauloises» y extrajo de él un último y ajado cigarrillo. En el lado opuesto de
la habitación, una vaga luminosidad, filtrándose alrededor de las persianas,
anunciaba la llegada del día. Los cuadrantes de la mesa de control emitían un
resplandor verdoso. Todas las agujas blancas señalaban hacia la palabra
«normal» y bastaba que una de ellas se alterara dos grados, para que su
cuadrante pasara del verde al amarillo. Martinaud, sin embargo, las comprobó
una vez más: pulso, temperatura del cuerpo, tensión, presión manual, reacciones
visuales, presión del pie izquierdo y del pie derecho... Todo, efectivamente,
iba bien.
Había
otros muchos cuadrantes, casi tantos como en el cockpit de un correo a
reacción, pero era el ingeniero-jefe, sentado junto a él, quien los tenía a su
cargo. Si uno solo de aquellos cuadrantes indicara más de diez, bastaría con
apretar el botón correspondiente, que pondría en marcha una máquina o que haría
funcionar otro instrumento. El joven médico se habría sentido mucho mejor si
también él, como el ingeniero, hubiera tenido la posibilidad de corregir los
eventuales desfallecimientos de los órganos de Yvon con la simple presión de un
dedo.
Dos
días antes se había sobresaltado al ver, a través de los cristales de doble
pared del cockpit experimental, que Yvon tenía los ojos semicerrados. Xavier
Massel había respondido inmediatamente a su llamada.
—
¡Profesor!... ¡Yvon Darnier se está durmiendo!
—
¿Qué le hace pensar eso, doctor?
—Sus
ojos... Se cierran progresivamente, profesor. —Deme el pulso.
—Setenta
y uno. —La respiración...
—Dieciséis.
—La
presión manual...
—Normal...
Un quilo trescientos gramos.
—No
está más dormido de lo que pueda estarlo usted, doctor... Y espero que no sea
mucho... Darnier se limita a parpadear. Buenas noches.
Martinaud
pensó que era un imbécil. ¡Hubiera debido saberlo! Un hombre cuya circulación
sanguínea marcha a una velocidad sesenta veces menor que la normal, parece a
punto de dormirse cuando parpadea.
Dentro
de dos horas, Yvon Darnier recuperaría la normalidad, tras dos días y medio
pasados en el cockpit experimental. O, lo que era lo mismo, sesenta horas, que
para él sólo habrían durado sesenta minutos.
Aline
Barenne, pimpante y fresca en su uniforme azul y blanco, entró en la sala de
control.
—El
pobre debe de estar muy fatigado —dijo echando una ojeada por encima del hombro
de Martinaud.
—A
no ser que el profesor se haya equivocado en toda la línea, saldrá fresco como
una rosa, después de estos tres días de test, que para él sólo habrán sido
sesenta minutos...
—Entonces...
¿Yvon es ahora dos días más joven? —preguntó la enfermera mientras abría un
armario de metal, lleno de instrumentos quirúrgicos.
—No...
En realidad, no —dijo el ingeniero—. Nosotros tenemos tres días más e Yvon una
hora más que cuando empezó el experimento.
— ¿Y
qué he dicho yo? —preguntó Aline alzándose ligeramente de hombros, sin
abandonar la preparación de una jeringa hipodérmica, que después colocó sobre
una bandeja—. ¿Qué sucedería si el profesor lo tuviera encerrado mucho tiempo?
—Entonces
nosotros envejeceríamos y él seguiría siendo joven —dijo Martinaud con una
risita, alargando la mano para coger uno de los cigarrillos del ingeniero.
—No
puedo creerlo —dijo Aline—. ¿Qué hora es? Rompió una ampolla.
—Las
seis menos cuarto.
—Hay
que esperar a la llegada del profesor.
—Dijo
que estaría aquí a esa hora, pero ya lo conoce... Todo su trabajo se refiere al
tiempo, la única cosa que jamás tiene en cuenta... —dijo Martinaud volviendo a
sentarse ante sus cuadrantes—. Prepárelo todo. Yvon tiene que recibir su
inyección a las seis en punto.
—
¿Para qué sirve esta inyección? ¿Lo sabe usted? —preguntó Aline mientras
llenaba la jeringa.
—Para
poner en marcha el proceso de aceleración que lo devolverá a la normalidad.
¿Dispuesta? Puede usted entrar; la presión atmosférica es igual allí que aquí.
El
ingeniero se levantó para hacer girar la gran rueda que cerraba herméticamente
la puerta ovalada, en el otro extremo de la cabina experimental.
—Gracias
—dijo Aline pasando suavemente por la abertura, con la bandeja del instrumental
posada en la mano.
Yvon
estaba sentado, sin hacer un solo gesto y sin apartar los ojos del gráfico
situado frente a él. Su mano derecha apretaba la empuñadura de goma de la
palanca de mando, pero su brazo izquierdo estaba colocado, con la mano vuelta
hacia arriba, sobre un reclinatorio especial. Sobre el gráfico, en letras
rojas, Aline leyó: «Minuto 57: tienda el brazo izquierdo para una inyección. No
se inquiete si no siente el pinchazo o si tiene una visión turbia del doctor».
Y debajo, en letras negras: «Minuto 58. Aún dos minutos. Estírese y afloje la
tensión para preparar su regreso, pero mantenga cerca de la mano el bloc y la
estilográfica por si fuera preciso tomar alguna nota.»
El
altavoz gruñó y Aline escuchó la voz de Martinaud:
—Venga,
póngale la inyección. El jefe viene ahora. Acabo de telefonear a su casa. Aline
se inclinó sobre el brazo de Yvon, lo remangó y no pudo evitar un
estremecimiento al percibir la frialdad de su piel. Con aparente tranquilidad
profesional, frotó el lugar elegido para la inyección con un algodón empapado
en alcohol y hundió hábilmente la aguja. Después subió el émbolo, para
asegurarse de que todo estaba en orden y, tras ver la gota de sangre que
coloreó el interior de la jeringa, hundió ésta un poco más e inyectó el
líquido.
Acababa
de abandonar la cabina, y el ingeniero cerraba la puerta a sus espaldas, cuando
Martinaud levantó los ojos y dio un grito. Yvon había abierto la boca y su
rostro se congestionaba por momentos. Media docena de cuadrantes se llenaron al
mismo tiempo de un resplandor amarillento y sus agujas se agitaron en todos los
sentidos.
—Regule
los mandos para ritmo normal; creo que vuelve en sí —dijo el ingeniero
contemplando la escena por encima del hombro del doctor.
Martinaud
pulsó unos cuantos botones y los cuadrantes recuperaron, uno a uno, la luz
verde. Todos, menos dos, sobre los cuales se inclinó el doctor.
—Temperatura
del cuerpo, 50°56 centígrados, y pulso, 140 —exclamó levantando los ojos hacia
Yvon, que se retorcía sobre su silla, con un poco de espuma en las comisuras de
la boca—. ¡Pronto! ¡Una camilla! ¡Abra todo y sáquele de ahí! —ordenó
secamente. Después conectó el altavoz de la cabina y dijo con voz suave,
acercando mucho la boca al micrófono—: ¡Yvon! ¿Me oye? ¡Intente no moverse!
Finalmente
se precipitó hacia la puerta y ayudó al ingeniero a abrirla.
—
¡De prisa, por los clavos de Cristo! ¡Está a punto de morir! —dijo con ira mal
contenida.
—
¡De prisa! —repitió Aline en un susurro, al ver la nube de vapor que parecía
salir del cuerpo de Yvon.
Los
cuadrantes del tablero de control empezaron a indicar «Peligro» y Aline dio un
grito cuando Yvon, un instante más tarde, se agitó como esos soufflés de queso
que se deshinchan progresivamente.
Martinaud
y el ingeniero consiguieron abrir la puerta y se apartaron vacilantes al
recibir la bocanada de aire a alta temperatura que salió por ella. Aline perdió
el equilibrio y fue proyectada contra una camilla sujeta a la pared. Todos los
cristales de la habitación temblaron.
—
¿Dónde está usted, Yvon? —gritó el ingeniero, entrando en la cabina
experimental. Y después, dirigiéndose a Aline que en aquel momento se levantaba
de la camilla con lentitud, añadió—: ¿lo ha visto pasar?
—No...
no le he visto.
—Ha
tenido que salir por esa puerta —dijo Martinaud.
Cogió
el teléfono y apretó un botón rojo en el centro del tablero de control.
Inmediatamente se encendieron luces por todas partes y el ruido penetrante de
las sirenas resonó en el interior y exterior del edificio. Las puertas
blindadas, que separaban el laboratorio de investigaciones de la central
nuclear, se cerraron lentamente, mientras los vigilantes armados, los bomberos
y las unidades encargadas de la descontaminación se ponían en estado de alarma.
Martinaud, al cabo de un instante, apretó el botón situado bajo la inscripción
de «Aviso colectivo». Su voz se oyó en todos los corredores, laboratorios,
salas, vestuarios y despachos particulares: « ¡Llamada al subteniente Yvon
Darnier para que regrese inmediatamente al laboratorio de investigaciones!» Toda
persona que lo encuentre, debe conducirlo hasta aquí de grado o por fuerza. Se
halla todavía bajo los efectos de una experiencia difícil y peligrosa. Acaba de
abandonar el laboratorio y no puede haber ido muy lejos. Las patrullas
comenzarán ahora mismo la búsqueda y vigilarán las salidas. Gracias.»
El
profesor Massel, que ya venía molesto por su retraso, encontró cerrada la verja
de la entrada principal y se vio obligado a salir del coche y a telefonear a
Martinaud para que le dejaran pasar. Cuando llegó al laboratorio y vio que el
general Calovat, comandante en jefe y director general de la estación, recorría
a grandes zancadas la sala de control, adivinó que algo grave había sucedido.
—
¿También los animales acostumbran a huir después de sus experiencias, profesor?
—dijo el general al verle.
—
¿Qué ha pasado? —preguntó Massel dirigiéndose hacia el sitio donde Martinaud,
sin preocuparse de la presencia del general, hurgaba en sus papeles.
—Yvon
Darnier ha desaparecido después de la inyección de las seis.
—A
partir de este momento —dijo el general viniendo hacia ellos— me hago cargo del
mando aquí... Ustedes deben...
—Y
usted debe dejarme tranquilo para que pueda terminar mi experimento, si es que
tiene algún interés en volver a ver a Yvon Darnier —contestó el profesor sin
perder la calma. Se había vuelto hacia el general y se secaba cuidadosamente
las gafas.
—No
antes de que usted me diga dónde está Darnier. Los hombres no son cobayas,
profesor. Son...
—
¡Cobayas humanos, cobayas voluntarios! Ahora salga y déjeme trabajar. En caso
contrario, soy yo el que va a salir —dijo el diminuto profesor volviendo a
ponerse las gafas.
—
¡Está usted prevenido, Massel! Suya es la responsabilidad de lo que ocurra...
—Haga
escribir a máquina eso si le parece, y se lo firmaré con mucho gusto.
Entretanto, soy yo quien manda aquí y quiero ser obedecido, mi general. Salga,
por favor. Paso a paso, el general se dirigió hacia la puerta. Massel la cerró
suavemente detrás de él y empezó nuevamente a secar las gafas.
—Y
ahora, doctor, explíqueme lo que ha pasado.
—La...
señorita Barenne acababa de ponerle al subteniente su... su primera...
—
¿Funcionaban normalmente todos los aparatos registradores? ¿Las películas, los
cilindros...?
—Sí.
Los resultados de las diferentes tomas de temperatura, pulso y reacciones
generales se encuentran sobre mi mesa. En cuanto a las películas, naturalmente,
será necesario revelarlas.
—Bien.
Perdone que le haya interrumpido y continúe, por favor.
—Poco
después, las reacciones de Darnier se hicieron héticas. Al comprobar que volvía
en sí más de prisa de lo previsto, puse todos los aparatos a funcionamiento
«normal». Pero esta situación no se mantuvo más de diez segundos. En seguida,
los aparatos registraron una subida vertiginosa de la temperatura y un pulso
desbocado. A través de la compuerta vi que Darnier empezaba a ahogarse y abrí
la espita del oxígeno. Luego, mientras intentábamos abrir la puerta, Yvon se
fue congestionando, pareció hincharse y... de repente todo se llenó de... de
bruma.
—
¿De bruma?
—Sí.
Es difícil de explicar. Yvon, entonces, se desdibujó... como una proyección mal
enfocada. Cómo abandonó la cabina, es algo que no le puedo decir. Cuando
conseguimos abrir la puerta, por ella salió un golpe de viento, un verdadero
torbellino, pero ni el ingeniero ni yo vimos pasar a Yvon.
—
¿Tampoco le vieron levantarse de su silla? —preguntó el profesor, mientras
anotaba algunos datos de los aparatos registradores con un trozo de lápiz rojo
que había sacado del bolsillo de su chaleco.
—No.
—Gracias,
doctor. ¿Y usted, señorita? ¿Tampoco se dio cuenta de nada? —No, profesor. La
versión del doctor Martinaud coincide con la mía.
—A
pesar de eso, me gustaría oír la suya también. ¿Cómo estaba el subteniente
cuando entró usted en la cabina para ponerle la inyección?
—No...
no lo sé... ¡Oh, Yvon! ¿Qué me ha hecho usted darle para que huyera de esa
forma? —dijo la muchacha estallando en sollozos.
—
¡Señorita Barenne, por favor! —dijo secamente el doctor Martinaud. —No, no...
déjela —intervino el profesor, dando suaves palmadas en el hombro de la
enfermera—. ¡Ánimo! Intente decirnos lo que sepa... ¿Cuándo usted entró, por
ejemplo, le tendió Yvon el brazo o no?
—Sí.
—
¿Estaba duro o blando? ¿Frío o caliente?
—Frío,
muy frío, pero duro... no, me parece que no. Le puse la inyección sin
dificultad.
—
¿No notó usted nada? ¿No hizo Yvon ningún gesto ni se movió durante la
inyección o inmediatamente después?
—No.
Era como si el brazo perteneciera a una persona anestesiada.
—Doctor
Martinaud, por favor. ¿Qué temperatura señalaba el aparato registrador cuando
le pusieron la inyección?
—En
el minuto 58, espere... Aquí está. 37'1° a velocidad lenta y temperatura real.
Es decir, 1'2° a velocidad normal.
—Perfecto.
Su cuerpo debía hallarse justo por encima del punto de congelación. Martinaud
descolgó el teléfono, que había empezado a sonar.
—Sí,
de acuerdo. Tráiganlos.
— ¿A
quiénes? —preguntó Aline.
—Los
vigilantes están seguros de que nadie ha franqueado la puerta principal y han
pensado en utilizar dos perros policía —explicó Martinaud encendiendo un nuevo
cigarrillo.
Al
poco rato, una furgoneta frenó en el exterior del edificio y un hombre, que
sujetaba a dos enormes perros, saltó a tierra y entró en el laboratorio.
Martinaud le condujo hasta la cabina experimental. Hicieron oler a los sabuesos
la silla donde Darnier había pasado los dos últimos días. Los animales pegaron
la nariz al suelo y empezaron a trazar círculos cada vez más grandes, desde la
cabina hasta la sala de control. Uno de ellos se puso a husmear en la puerta.
El otro alzó la cabeza y dio un penetrante aullido.
—No
lo comprendo —dijo el vigilante—. Es la primera vez que se portan así.
—
¿No lo haría mejor el perro del subteniente? —sugirió Aline.
—
¿Tenía un perro? ¿De qué raza? —preguntó el profesor muy de prisa.
—Cocker.
El subteniente me pidió que lo guardara y que me ocupara de él durante la
experiencia. Está arriba, en mi habitación.
—Es
una idea excelente. ¿Quiere ir a buscarlo, señorita?
Cuando
la enfermera reapareció con el perro de Darnier sujeto por la correa, el
profesor Massel, en mangas de camisa, preparaba una inyección.
—
¡No!... Profesor, ¿no irá usted a...? Es el perro de Yvon y no puede... —dijo
Aline con voz conmovida. Al hablar, intentaba mantener quieto al pequeño cocker
de ojos oscuros, que saltaba continuamente en torno a ella. Tenía las patas
cortas y la piel negra y sedosa.
—Sé
muy bien lo que piensa y lo que siente, señorita, pero, créame, tengo razones
muy poderosas para hacer esto —dijo el profesor—. Entre todos los perros del
mundo, no existe ninguno tan apropiado como éste para la experiencia que me
propongo realizar.
—Lo
siento, profesor. El subteniente Darnier me confió su perro y no permitiré...
—Hija
mía, la vida del subteniente Darnier puede hallarse en peligro y, si queremos
ayudarle, necesitamos saber, antes de nada, lo que le ha pasado... Por otra
parte, hay nueve posibilidades sobre diez de que al perro no le ocurra nada
malo... Pero mi mano tiembla y las venas de estos animales son bastante
difíciles de encontrar.
—Tal
vez yo lo consiga —dijo el doctor Martinaud. Cogió al perro en brazos y lo
colocó sobre una larga mesa esmaltada. El animal hizo desesperados esfuerzos
para saltar a tierra, hasta que Aline le puso la mano en el cuello.
—No
te enfades, Jyp... Es para que encuentres a tu... ¿Pero no cree usted,
profesor, que Jyp podría...?
—
¡Por favor, señorita! Estamos perdiendo un tiempo mucho más precioso de lo que
se imagina —dijo
Cortó
con cuidado un mechón de pelo en la pata del perro.
—Con
eso basta, gracias —dijo Martinaud, tanteando con la punta del dedo para
encontrar la vena. Después le pidió a Aline que sujetara al perro, le estiró a
éste la pata y clavó la aguja en ella. Jyp jadeó un poco, pero no se movió
mientras Martinaud inyectaba el líquido preparado por el profesor.
Permanecieron
alrededor del perro, que se sentó sobre sus cuartos traseros y se rascó detrás
de una de sus largas orejas. Después se levantó y se sacudió vigorosamente. Por
fin empezó a ladrar. Aline, obedeciendo a una seña del profesor, soltó entonces
al animal.
—
¡Jyp no ladra como antes! ¡Parece un fox-terrier! ¡Oh, Jyp! ¡Mírenle!
—Lo
único que hace es dar vueltas detrás de su cola —dijo el ingeniero.
—
¡No! ¡Miren! ¡Cuidado! —gritó Martinaud. Jyp parecía girar cada vez más de
prisa...
—
¡Jyp! —gritó Aline.
Pero
el perro se había convertido en una masa confusa, que pareció saltar
bruscamente de la mesa y desaparecer. En el lugar que había ocupado hasta
entonces, surgió una delgada columna de humo azul, como si proviniera de un
cigarrillo, que empezó a ascender lentamente.
—
¡Dios mío! Igual que pasó con Yvon —dijo Martinaud.
—Y
el mismo olor a quemado —añadió el ingeniero, mientras Aline se sentaba
sollozando.
Martinaud
fue hasta la puerta y regresó sin prisa. Estaba seguro de que el perro no había
tenido tiempo de abandonar la habitación antes... antes de algo que también le
había sucedido al subteniente Yvon Darnier.
El
profesor, al ver que Aline se levantaba de su silla, se disponía a rogarle que
siguiera en la habitación, cuando a sus espaldas se oyó una ensordecedora
detonación y la muchacha cayó de bruces. Casi al mismo tiempo, alguien arrojó
un revólver sobre la mesa esmaltada que el perro acababa de abandonar.
Martinaud,
reprimiendo un juramento, se precipitó a recoger a la enfermera, que estaba
intentando levantarse.
—
¿No está herida, Aline? ¿Qué significa esto, profesor? —gritó mientras palpaba
los miembros de la muchacha para asegurarse de que ninguna bala los había
alcanzado.
—No
soy yo el autor de ese disparo, sino su objeto... —dijo Xavier Massel secándose
las gafas.
—Profesor,
yo no puedo afirmar que le haya visto disparar, pero no había nadie más cerca
de usted —hizo notar el ingeniero en tono seco.
—
¡Señores! Conserven la sangre fría, por favor. No me he vuelto loco y en mi
vida he tenido un revólver en las manos. Estoy seguro, por otra parte, de que
ninguno de ustedes se encontraba lo suficientemente cerca de mí para disparar.
La enfermera, menos aún. ¿No comprenden que sólo existe una explicación
posible?
—
¿Qué explicación? ¿Acaso se trataba de un juego de manos para divertirnos?
—dijo Martinaud.
Después
recogió la automática y extrajo delicadamente algo que sobresalía del cañón.
Era un rollo de papel con los bordes carbonizados. Martinaud lo examinó un
instante y después levantó los ojos.
—No
creo que haya aquí nadie capaz de gastar una broma de este género, pero les doy
mi palabra de que si, efectivamente, se trata de una broma, su autor lo va a
pagar caro — dijo con una voz extrañamente tranquila, mientras le tendía el
papel al profesor, que lo leyó lentamente.
—
¿Está usted seguro de que este mensaje se encontraba en el cañón del revólver?
— preguntó doblándolo cuidadosamente y metiéndoselo en el bolsillo.
—
¿No me ha visto usted sacarlo? —replicó Martinaud.
— ¿Y
no podía estar ahí en el momento de disparar?
—Evidentemente,
no. Por otra parte, estoy seguro de que tampoco estaba cuando el revólver cayó
sobre la mesa.
—
¿Reconoce usted la letra del subteniente Darnier? —Sí, aunque no comprendo
nada.
—Creo
que yo puedo darle una explicación, doctor. Este papel fue metido en el cañón
del revólver después del disparo, inmediatamente después... Puesto que ninguno
de nosotros lo metió, algún otro tuvo que hacerlo.
—
¿Pero quién? Es ridículo —gruñó el ingeniero.
—
¿Quiere aclarárnoslo, profesor?... ¡Es una locura!
—Tal
vez, o por lo menos lo parece —dijo Xavier Massel secándose nuevamente las
gafas—. En cualquier caso, tenemos muy poco tiempo para actuar.
—
¿Qué podemos hacer?
—
¿Se han vuelto locos los dos o soy yo el loco? —preguntó el ingeniero—. ¿Se dan
cuenta de lo que dicen?
—Sí.
Hablamos de la desaparición del subteniente Darnier y de las posibilidades que
tenemos de salvarlo. Ahora, si no les molesta, mantengan la calma y déjenme
reflexionar.
Varios
minutos transcurrieron con desesperante lentitud. El profesor, que se secaba
las gafas cada cierto tiempo, los consumió recorriendo una y otra vez la
habitación bajo la mirada ansiosa de Martinaud. Aline estaba sentada y no había
vuelto a moverse desde que el ingeniero, encogiéndose de hombros, se había
inhibido del asunto.
—Sólo
queda una esperanza —dijo por fin Massel, sin interrumpir sus idas y venidas.
Se detuvo ante Aline, que le miró con ojos espantados, y le preguntó:
—
¿Cree usted que el subteniente Darnier sería capaz de ponerse a sí mismo una
inyección intravenosa?
—No
lo sé. Me sorprendería bastante... ¿Por qué lo dice?
—Existe
una posibilidad muy débil de recuperarlo vivo, pero como no podemos llegar a
él, sería necesario que se pusiera él mismo la inyección.
—Creo
que no le entiendo, profesor —dijo Martinaud con un gesto de cansancio.
—
¿No? Pero es igual. Eso ahora carece de importancia. Señorita Barenne, ¿quiere
preparar tres jeringas y poner en cada una de ellas tres centímetros cúbicos de
la fórmula H/C?
—Es
la fórmula de hibernación consciente con la Que usted ha...
—
¿Por qué no termina la frase, doctor? Con la que yo he matado a Darnier. Ya
discutiremos eso más arde. Pero no tema. No la voy a utilizar sobre ninguna
otra persona. De prisa, señorita. Temo… Sé que cada segundo cuenta —dijo el
profesor, sentándose ante la mesa de Martinaud.
Sacó
una vieja estilográfica del bolsillo de la chaqueta, le quitó el capuchón y
empezó a escribir. No le llevó mucho tiempo. Cuando Aline avanzó hacia él con
una bandeja metálica, sobre la cual podían verse tres jeringas llenas de un
líquido amarillento, ya había terminado.
—Traiga
aquí la camilla, señorita, y póngala cerca de la mesa —dijo cogiendo la bandeja
con las manos.
—
¿Qué va a hacer usted? ¿Otro disparo? —preguntó el ingeniero.
Massel
le indicó, con un gesto, que se apartara a un rincón, y se puso a esperar,
reloj en mano.
—
¿Qué es lo que ha escrito? ¿Una fórmula mágica?
—Tenga
un poco de paciencia —dijo Massel— Darnier regresará a nosotros, más o menos,
del mismo modo que se fue... O, en caso contrario, sabremos con toda seguridad
que no se puede hacer nada por él.
—Creo
que ya hemos esperado bastante —le interrumpió Martinaud.
—Le
pido cinco minutos más. Cinco insignificantes minutos. Si no me equivoco, eso
equivale a un mes para Darnier. Tal vez haya ido a alguna parte, pero si no
está aquí en el plazo de un mes, es que algo le ha sucedido. En ese caso
encontraremos su cuerpo...
Martinaud
y Aline cambiaron una mirada y se volvieron hacia el ingeniero, que inclinó
lentamente la cabeza y se tocó la sien con el dedo.
—
¡Miren! —gritó Aline.
—
¿El qué? ¿Está usted...?
—
¡Miren! ¡Sólo queda una jeringa... y en estos momentos desaparece!
La
camilla, colocada al lado de la mesa, crujió. Todos permanecieron inmóviles,
con los ojos clavados en una masa amorfa que apareció sobre ella y empezó a
agitarse. Cada vez parecía ocupar un espacio mayor y adquirir una forma más
definida.
—
¡Dios mío! —dijo Aline con voz entrecortada, señalando hacia la camilla.
Sobre
ella acababa de aparecer el cuerpo semidesnudo y maltrecho de un hombre, que
intentaba sentarse.
—Parece
cosa de brujería —dijo Martinaud—. ¿Quién es...?
—
¡Silencio! —interrumpió el profesor en voz baja. Después dio un paso hacia
delante y continuó—: Enfermera: llame a una ambulancia y avise a la enfermería
de que les enviamos a un hombre con quemaduras graves. ¡De prisa, no pierda un
segundo!
—
¡Jyp! ¿Dónde está Jyp? —preguntó el hombre de la camilla.
Aline,
al reconocer la voz de Yvon, echó a correr.
—Más
tarde nos ocuparemos de eso, amigo mío —repuso el profesor Massel—. Antes tenemos
que cuidarnos de usted. ¿Le duele mucho?
—No.
¿Dónde... donde está Aline? ¡Buenos días, Martinaud! He... he escrito... un
informe completo... Está sobre la mesa..., en la cabina experimental —dijo
gimiendo y cayendo nuevamente desvanecido.
Cuando
el profesor y el doctor Martinaud volvieron de la enfermería, encontraron al
ingeniero absorto en la lectura del informe de Yvon Darnier. Sin hacerle
ninguna pregunta, se sentaron a su lado y se pusieron a leer.
* *
*
Aunque
sólo sea para demostrar que mi memoria está intacta, voy a empezar por el
principio. Tengo la impresión de que todo esto ha sucedido hace años. Se
trataba de una experiencia de «hibernación consciente», como diría el profesor
Massel. Su droga fue empleada varias veces con éxito sobre distintos animales y
parecía desprovista de contraindicaciones. Digo «parecía» porque los animales,
aunque eran «disminuidos» alrededor de sesenta veces y daban la impresión de
ser relativamente conscientes, no podían comunicarnos sus sensaciones; por lo
demás, como estaba previsto, sus reflejos condicionados «disminuían» en la
misma proporción. ¿Por qué me ofrecí voluntario para la primera experiencia a
realizar sobre un sujeto humano? Simplemente porque yo era uno de los cinco
primeros pilotos franceses que seguían un curso de entrenamiento con miras a un
viaje a Marte; un viaje que debía durar muchos días y durante los cuales nos
veríamos obligados a vivir con poco aire, poco espacio y poco alimento. Un
estado de «hibernación consciente», o algo similar, parecía la mejor solución
al problema.
Una
primera prueba, muy corta, de una hora de duración —que para mí supuso un solo
minuto o, todo lo más, dos—, constituyó un éxito rotundo. Y cuando el profesor
Massel anunció que la experiencia siguiente duraría sesenta horas —es decir,
una para el sujeto—, volví a ofrecerme voluntario.
En
la cabina se habían instalado los mandos ordinarios de un avión. Para comprobar
mis reacciones y reflejos, me dieron un mapa y una ruta que debía seguir en
P.S.V.2.
Cuando
el doctor Martinaud terminó de aplicar instrumentos de control a diversas
partes de mi cuerpo, me puse el traje de vuelo y entré en la cabina, seguido
por el profesor Massel y por Aline.
—No
se inquiete si no ve demasiado bien a Martinaud a través del cristal de la
escotilla. Piense que él vivirá sesenta horas mientras usted vive una.
—El
doctor es una persona tan lenta, que seguramente lo veré —contesté yo riendo,
mientras Aline bajaba la cremallera de mi manga y me preparaba el brazo para la
inyección.
—
¿Todo dispuesto? Entonces buena suerte, subteniente. No se olvide del bloc que
tiene sobre las rodillas ni de la pluma estilográfica, y procure anotar todas
sus reacciones, ideas, sentimientos, etc...
—Cuente
conmigo, profesor. Haré cuanto esté en mi mano.
Aline
apretó el tubo de caucho alrededor de mi brazo, hundió en mi vena la brillante
aguja de una jeringa, la empujó, aflojó después el tubo y, a un signo del
profesor, inyectó lentamente un líquido de color ambarino.
—Buena
suerte, Yvon. Estaré allí todo el tiempo... —murmuró Aline.
—No
haga tonterías. La cosa, para usted, va a durar sesenta horas. Si no me promete
que descansará todo lo necesario, anularé la experiencia.
—Demasiado
tarde —dijo Aline con una sonrisa, enrojeciendo al ver que el profesor Massel
daba un paso hacia atrás con la intención de escuchar mis palabras.
Un
segundo más tarde, el vértigo me obligó a cerrar los ojos. Cuando volví a
abrirlos, Aline ya no estaba allí y sólo tuve, a través de la ventana de la
cabina, una confusa visión de Martinaud. Le hice una mueca y una señal con la
mano, y a continuación cogí los mandos y comencé a seguir mi itinerario de
ciego. Rápidamente, la normalidad volvió a mí. La borrosa imagen que me llegaba
de la gente a través de la escotilla, era, desde luego, molesta, pero ya estaba
prevenido contra ella. Tardé menos de una hora en «robar» cincuenta y cuatro
minutos, según el cronómetro de la cabina. La ruta que debía seguir era fácil y
creo, a la luz de mis escasos conocimientos, que reaccioné normalmente a los
incidentes del vuelo provocados desde fuera. Una o dos veces pregunté si todo
se desarrollaba conforme a lo previsto, pero no recibí respuesta alguna.
Pensando que no me oían por alguna razón técnica, cogí el bloc y anoté el
incidente. Debieron enterarse de mi pregunta por la cámara de televisión
instalada sobre mi cabeza, porque cuando arranqué la hoja para apoyarla contra
el cristal, descubrí una nota pegada al otro lado, que decía:
«
¡Comprendido! Le quedan veintiocho horas, es decir, veintiocho minutos. Buena
suerte.»
Siguiendo
las instrucciones del gráfico colocado junto a los mandos, al cumplirse los 57
minutos y 30 segundos de vuelo, me desabroché la manga izquierda y extendí el
brazo para recibir la inyección que debía devolverme al tiempo terrestre. Al
cabo de unos instantes, percibí una violenta corriente de aire, pero no pude
ver a Aline ni sentí él pinchazo. Tuve, sin embargo, clara conciencia de la
jeringa y de las manos de Aline. Después de la inyección, el vértigo se apoderó
nuevamente de mí y, durante un segundo, me tendí, oprimido con la extraña
sensación de que me estaban catapultando. Noté perfectamente la aceleración de
la sangre y un desagradable hormiguillo en la nariz, que me obligó a apretar
las mandíbulas para no perder el sentido. Oía ruidos sordos en el interior de
la cabeza y desde alguna parte llegó hasta mí una especie de cacareo agudo...
parecido a una lección de chino registrada en una cinta magnetofónica y
reproducida al revés. Esta comparación me hizo reír débilmente.
Por
fin di un largo suspiro, eché una ojeada alrededor y me sentí nuevamente bien.
A través de la ventana, pude ver al doctor Martinaud. En su mirada brillaba una
extraña fijeza. Debía estar borracho de cansancio. Le hice una seña, que no me
devolvió, y cuando hablé sobre el teléfono interior, tampoco recibí respuesta.
Entonces me acordé de que el sistema de comunicación estaba estropeado. Hice un
gesto de burla con el dedo pulgar sobre la nariz, me levanté y en ese momento
invadió la cabina una ola de calor. Me hubiera creído en pleno verano. « ¡Vaya!
También el sistema de aire acondicionado tiene avería», me dije mientras
intentaba alcanzar la puerta. Me costó bastante trabajo abrirla, pero
finalmente, apoyando los pies en la pared, lo conseguí. Al franquearla, me di
de bruces contra una capa de aire caliente, tan caliente que la nariz, la
garganta y los pulmones empezaron a dolerme. Convencido de que aquel aumento de
temperatura se debía a un accidente, tal vez a un incendio, miré alrededor de
mí. Las lámparas emitían destellos rojos, pero todo estaba silencioso, incluso
demasiado silencioso... ¡Entonces los vi!
Aún
tardé algún tiempo en comprender que todos habían fallecido al mismo tiempo, en
pleno trabajo, sorprendidos en sus pensamientos y actitudes más familiares. Tal
vez había estallado una nueva bomba atómica, una bomba de potencia gigantesca,
cuyo calor aún era perceptible. Sí, la explosión de una bomba, evidentemente,
podía explicar la elevada temperatura, el insólito espesor del aire y el
inmenso trabajo que me costaba respirar. La cabina experimental me había
protegido de aquel rayo paralizante, pero mi muerte, de todos modos, no podía
tardar. Antes, sin embargo, me propuse encontrar a Aline. No tuve que ir muy
lejos. Estaba de pie en la puerta de la enfermería, con la boca entreabierta.
Al parecer, la petrificación la había pillado hablando. No cabía la menor duda.
Mi hipótesis era acertada. Alguien había hecho estallar una nueva bomba, que
mataba en una fracción de segundo, tal vez en una milésima. Me pregunté cuál
sería su radio de destrucción y cuánto tiempo transcurriría antes de la llegada
de las tropas invasoras, de algún superviviente o de los grupos de
descontaminación. Por mi parte, debía continuar vivo el mayor tiempo posible y
anotar todos los datos que consiguiera recoger.
Lo
más aconsejable era no tocar nada, pero no podía dejar a Aline en aquella
posición. Parecía una estatua y cuando un instante más tarde la cogí en brazos
para transportarla hasta la camilla más próxima, me dio la impresión de estar
completamente acartonada. Su expresión y su boca entreabierta le daban un
aspecto extraño, pero tan vivo, al mismo tiempo, que le tomé el pulso y le
desgarré la blusa para aplicar el oído a su pecho. Sin embargo, no quedaba la
menor esperanza: el corazón había dejado de funcionar.
Le
quité de las manos una toalla, que sujetaba fuertemente, y la anudé alrededor
de mi cara. Gracias a eso pude respirar con más facilidad. A las otras personas
no les toqué. En seguida me di cuenta de que los objetos quemaban, pero también
de que tomando la precaución de manejarlos con lentitud, su calor resultaba
tolerable. El pensamiento de que todo aquello podía deberse a un simple
accidente del laboratorio y de que tal vez la vida continuara en el exterior,
me llevó hasta la puerta. La abrí con alguna dificultad y durante un buen rato
me quedé contemplando estúpidamente a uno de los vigilantes del Centro de
Investigaciones, al que la muerte había sorprendido sobre su bicicleta, cuando
se disponía a doblar la esquina de la avenida que conduce al laboratorio del
profesor Massel. Pero mi asombro sobrepasó todos los límites cuando comprobé
que estaba inclinado hacia la izquierda y que, a pesar de su inmovilidad, no se
había caído. En aquel momento me puse a reír como un imbécil, acordándome de
una historia de ciencia-ficción leída en mi infancia, en la cual un grupo de
exploradores descubría un planeta tan frío, que todas las fuerzas, sin excluir
la de la gravedad, estaban congeladas.
Me
senté y me sequé el sudor de la frente. Me ardían la nariz y los ojos, y tenía
la lengua estropajosa. ¿Por qué razón yo había salido ileso? ¿Se debía todo
aquello a la explosión de un arma nueva, a un accidente imprevisible o a una
calamidad universal? ¿Descubriría alguna vez lo que había pasado? La sed me
devoraba y regresé al laboratorio. Busqué una taza y la puse debajo de un
grifo, pero no sucedió nada. ¡Al parecer, tampoco había agua! Tal vez fuera
mejor así... La idea de arrastrarme durante horas, días o incluso semanas, a
través de aquel mundo muerto, me daba náuseas. ¿Existía alguna posibilidad
científica de que el universo se hubiera detenido bruscamente? Pero, suponiendo
que fuera así, ¿no habrían sido proyectados los seres vivos al espacio por una
fuerza desconocida, en lugar de quedar petrificados para toda la eternidad? La
primera hipótesis me parecía infinitamente más probable. En cualquier caso, el
problema seguía en pie: si se había producido una calamidad de proporciones tan
gigantescas, ¿cómo diablos me había librado yo solo de la destrucción? ¿O acaso
existían otros compañeros de infortunio?
Dirigiendo
una última mirada a la taza vacía, cerré el grifo y en ese momento vi el agua,
que brillaba y parecía flotar en el aire. ¡El agua! ¡Salía poco a poco del
grifo bajo forma sólida! La toqué con prudencia. ¡Estaba fresca,
maravillosamente fresca! Encogiéndome de hombros ante la idea de que
probablemente se trataba de una sustancia fuertemente radioactiva y peligrosa,
me incliné y la emprendí a dentelladas con ella... ¡Con aquel agua que pendía
del grifo como una varilla de cristal en trance de solidificación! Y al entrar
en contacto con el calor de mi boca, se licuaba. Tras saciar de tan extraña
forma mi sed, reflexioné sobre la conducta a seguir. Si existían otras personas
en mi caso, no debía retrasar mi toma de contacto con ellas y, por lo demás,
tampoco podía retrasar la redacción de un informe completo para provecho de
esos mismos hipotéticos supervivientes o... de los invasores, alternativa que
seguramente jamás llegaría a dilucidar. Salí afuera. El ciclista continuaba
allí, milagrosamente inclinado sin caer al suelo. Poco a poco, porque el aire
era tan espeso que me veía obligado a desplazarme como un buzo debajo del agua,
me dirigí hacia la verja de la entrada principal. Estaba abierta de par en par
y un coche se disponía a atravesarla. En el asiento de atrás reconocí al
profesor Massel, sorprendido por la petrificación cuando, inclinado hacia
delante, encendía un cigarrillo con el mechero. Avancé hacia el automóvil y
abrí la portezuela con precaución. Estupefacto, comprobé que la llama del encendedor
también estaba petrificada. Su inmovilidad me recordó la de las velas
eléctricas de los árboles de Navidad... La toqué con la punta del dedo y no
pude evitar un grito de dolor: ¡me había quemado! Algunos cuerpos, por lo
tanto, conservaban sus propiedades. El agua, aunque solidificada, servía para
apagar la sed, y el fuego continuaba quemando. Pero aun debía hacer un gran
número de descubrimientos, antes de encontrarme cara a cara con la aterradora
verdad...
Rodeé
los edificios para llegar a la estación de aparcamiento. Allí todo parecía
intacto. Me instalé en mi pequeño Simca y di un suspiro de alivio al ver que
las luces se encendían al dar al contacto. Pero cuando tiré de la puesta en
marcha, no se produjo el menor ruido. Cubierto de sudor, me apeé y comencé a
andar hacia la casa del portero, hasta que la imagen de una niña, petrificada
cuando saltaba, me hizo pararme en seco. A juzgar por los pliegues de su falda,
acababa de darse la vuelta para seguir corriendo. Entonces, levantando los
ojos, descubrí su pelota, una pelota de colores, que flotaba en el aire a dos
metros de su dueña y que, sin duda, acababa de rebotar contra la pared. La cogí
y noté su peso, pero cuando la alcé, no percibí resistencia alguna. La impulsé
suavemente hacia delante y vi con asombro que se detenía en el aire.
«
¡Es imposible!», pensé mirando otra vez hacia la niña muerta... Sus ojos
permanecían clavados en el lugar donde un momento antes se encontraba la
pelota. Preguntándome si aquellas nuevas leyes de la naturaleza tendrían
validez también para mí, me llevé febrilmente la mano al bolsillo, saqué un
puñado de monedas y las tiré al aire. Se separaron y permanecieron así,
suspendidas a la altura de mi cabeza. Furioso, las fui cogiendo una a una y
descubrí que quemaban.
Entonces
consulté mi reloj de pulsera, que me había distraído bastante durante aquella
dichosa «hibernación consciente», a la cual, por lo menos momentáneamente,
debía la vida. Mientras estuve dentro de la cabina, la aguja del segundero
tardaba un segundo en dar la vuelta a su esfera y la del minutero, un minuto,
en darla a la suya. En aquel momento, sin embargo, el reloj estaba parado a las
seis y dos minutos. ¿Se habría producido la catástrofe a aquella hora? Tal vez
por sólo dos minutos de diferencia — que equivalían a dos horas de tiempo real—
yo no había sido petrificado como todos esos seres, antaño vivos, que ahora me
rodeaban, y como, presumiblemente, el resto de la creación.
Vi
una bicicleta apoyada contra la pared. Parecía en buen uso, pero cuando empecé
a pedalear camino de París, me dio la impresión de estar oxidada. Pasé junto a
una vaca petrificada y después junto a un coche al que, evidentemente, la
catástrofe había pillado en plena marcha. Los gases de su tubo de escape
estaban suspendidos en el aire como si fueran vilanos. Finalmente llegué a la
carretera principal, sobre la cual había una docena larga de coches
inmovilizados de la misma forma. Los cadáveres de sus ocupantes tenían posturas
muy variadas, pero en ningún rostro se reflejaba sorpresa. Todos los indicios
parecían demostrar que el desastre se había producido instantáneamente.
No
hay mucha distancia desde el Centro de Investigaciones al Puente de Sévres y a
la avenida que conduce a la Puerta de Saint-Cloud. Yo, yendo en bicicleta,
hubiera cubierto normalmente esa distancia en diez o doce minutos, pero el aire
era tan cálido y denso, que me veía obligado a avanzar con mucha lentitud...
Incluso tuve que pedalear cuando descendía por la inclinada pendiente del Sena.
Y, casi al final de la cuesta, uno de los neumáticos estalló y la bicicleta
hizo algunos zigzags. A pesar de ello, pude echar pie a tierra sin el menor
esfuerzo y casi «al ralentí», como suele suceder en los sueños. El neumático
había desaparecido casi por completo; se había desvanecido en el aire, por
efecto de una extraña ebullición.
En
las proximidades del puente, descubrí un autobús lleno de obreros, al que la
petrificación había sorprendido en el momento de separarse de la acera. La
flecha móvil situada a la izquierda del conductor estaba levantada y, aunque
inmóvil, la luz anaranjada de su interior continuaba encendida. Lo cual parecía
indicar que por lo menos la electricidad se había salvado de la quema.
En
un mundo donde todo, excepto la luz, estaba paralizado.
Crucé
a pie el Puente de Sévres y pasé por delante de uno de los accesos de la
Fábrica Renault. Tuve que abrirme paso a través de un camino donde centenares
de obreros habían muerto cuando se dirigían a su trabajo. Imaginé, con un
estremecimiento de horror, el apocalíptico espectáculo que ofrecería ese lugar
al cabo de unos días, cuando todos aquellos cuerpos empezaran a pudrirse y
millones, acaso miles de millones, de moscas empezaran a zumbar en torno a
ellos. ¿Pero acaso se habían librado las moscas de la petrificación? Hasta el
momento no había visto ninguna.
El
Sena, estático, parecía una inmensa superficie de cristal esmerilado, y el humo
que salía de las grandes fábricas daba la impresión de estar tallado en tiza.
Con o sin moscas, el sol matinal que se alzaba sobre París, proyectando
gigantescas sombras y dando a los muertos una apariencia aún más espantosa, no
tardaría en provocar la putrefacción, a menos que... ¡a menos que también el
sol se hubiera inmovilizado!
Descubrí
otra bicicleta apoyada contra un árbol y me apoderé de ella, tras echar una
mirada alrededor, como si fuera un ladrón. Después me alejé, siempre a través
de aquel aire cálido y pastoso, en dirección a la Puerta de Saint-Cloud. Creía
que, de haber supervivientes, sería más fácil dar con ellos en París que en el
campo. Me costó bastante trabajo abrirme paso a través de la circulación
paralizada, pero encontré un ligero consuelo: aunque no existía nadie para
manejar las luces del tráfico, éstas seguían siendo rojas, verdes o
anaranjadas. En alguna parte, por lo tanto, tenían que continuar girando las
turbinas. Era preciso localizar el emplazamiento de las centrales eléctricas en
la región parisina. Continué pedaleando laboriosamente y me sobresalté al ver
escrita la palabra «Teléfono» en el saledizo de un café. El corazón me latía
apresuradamente ante la simple idea de poder hablar con alguien. Salté de la
bicicleta, rodeé delicadamente a un risueño anciano, petrificado al echar en el
buzón una carta que no llegaría a ninguna parte, y penetre en el interior del
café. Al lado del mostrador había una muchacha bastante guapa, fulminada cuando
se disponía a mojar un croissant en una enorme taza de café, cuya sola visión
me abrió el apetito... Naturalmente, estaría frío... A pesar de ello,
diciéndome que su dueña jamás volvería a tener necesidad de él, me lleve la
taza a los labios y la dejé instantáneamente sobre el mostrador con un
juramento. ¡El café estaba aún hirviendo! El camarero, en el otro extremo del
mostrador, acababa de servir un vaso de vino tinto. Me lo bebí o, más bien, lo
mastiqué... Dentro de la boca, como había sucedido con el agua, se licuó y me
dio la impresión de ser Beaujolais. Cogí un sandwich y fui hacia la cabina
telefónica. Ya en su interior, descolgué el aparato y lo acerqué al oído. No
percibí el característico zumbido. La línea estaba sin vida. Intenté marcar, a
pesar de todo, el número 17, que era el de la Policía. No lo conseguí. Después
de marcar el 1, el disco giratorio se quedó quieto, sin regresar a su posición
normal.
Sin
dejar de masticar el sandwich, regresé a la calle, sumergida en un silencio
absoluto, y empecé a gritar en todas direcciones. Pero los gritos salían
apagados de la garganta, como si me rodeara un universo de algodón. Me miré las
manos e intenté dar palmadas. Inútilmente también. Hasta mis oídos sólo llegó
una especie de explosión ahogada, algo así como un suspiro. Seguramente había
aumentado la densidad de la atmósfera o cambiado la presión, y los sonidos ya
no se propagaban según la misma longitud de onda. Cerca de mí había una llamada
de incendios, una de esas cajas recias y pintadas de color rojo que tanto
abundan en París. Rompí el cristal con el codo y aparté con el reverso del
brazo los trozos de vidrio suspendidos en el aire.
—
¿Oiga? ¿Hay alguien por ahí? —vociferé ante la abertura cuadrangular: Dominando
el pánico y las ganas de gritar, me esforcé en utilizar la cabeza. ¿Cuánto
tiempo sería capaz de vivir en semejantes condiciones? No tenía la menor idea,
pero suponía que la putrefacción de miles de cadáveres alrededor mío me
llevaría antes o después al suicidio, si es que para entonces aún no había
muerto. De todos modos, me sentía moralmente obligado a escribir un informe lo
más minucioso posible de mi aventura. No me costaría mucho trabajo encontrar un
escondite seguro, donde los sabios pudieran descubrirlo algún día. ¿Y qué
debería incluir en ese informe? El hecho de que se había producido el fin del
mundo, resultaba una verdad de Perogrullo. Finalmente, llegué a la conclusión
de que sólo poseía dos datos de verdadero interés científico: la electricidad
continuaba llegando a la ciudad (lo cual parecía indicar que las fuentes de
energía seguían funcionando en alguna parte) y el sonido, aunque profundamente
transformado, se propagaba aún a través de la atmósfera.
Recuperé
la bicicleta y la solté con un nuevo juramentó. ¡El manillar estaba ardiendo y
los neumáticos habían vuelto a reventar! Al otro lado de la calle había un
comercio de bicicletas. Cogí una silla metálica en la terraza del café y me
serví de ella para romper el cristal del escaparate, porque la tienda estaba
cerrada. Después de apartar con cuidado las esquirlas de cristal que se habían
quedado flotando en el aire, entré en el establecimiento y toqué una de las
flamantes bicicletas. Estaba fría. Me encontraba, pues, ante un nuevo problema
científico que debería resolver. ¿Era yo quien irradiaba calor o bastaba con
tocar un objeto para que se calentara progresivamente? ¿Por qué aquel café, que
lógicamente hubiera debido estar frío, me había abrasado los labios? Y si yo
era la fuente de calor, ¿por qué el vino había conservado su temperatura
normal? ¿Y todos aquellos millones de hombres petrificados? ¿Estaban fríos o
calientes? Aline me había dado sensación de tibieza, pero eso no tenía nada de
particular puesto que la misteriosa catástrofe se había producido sólo unos
segundos antes de que yo abandonara la cabina experimental. Convencido de que
no viviría el tiempo suficiente para estudiar y resolver ni siquiera una mínima
parte de aquellos problemas, me limité a escoger una bicicleta de sólida
apariencia y a salir de la tienda.
La
inesperada presencia de un agente de policía, petrificado cuando mataba el
tiempo intentando recorrer sin caerse el borde de la acera, me impresionó
mucho. Finalmente, me acerqué a él y lo toqué. Su brazo, a través de la manga
del uniforme, parecía conservar la temperatura normal de un hombre vivo.
Después llevé la mano hasta su cara con idéntico resultado. Entre su piel y la
mía no se apreciaban grandes diferencias. Sin embargo, el aire se espesaba por
momentos y cada vez estaba más caliente. Pero tanto si este fenómeno se debía a
su completa inmovilidad, como a un aumento de densidad, las variaciones de
temperatura de ciertos objetos sólo se producían en circunstancias
excepcionales. Me subí a mi nueva bicicleta y casi instantáneamente eché pie a
tierra. Me acerqué otra vez al agente de policía y le saqué la pistola de la
funda colgada en su cintura. Aquel arma ya no le era de ninguna utilidad. A mí,
en cambio, podría servirme para poner fin a una situación que, con toda
seguridad, Pronto se haría insostenible.
Al
llegar a la Puerta de Saint-Cloud, me di cuenta de que la piel de mis zapatos
estaba seca y arrugada y de que las perneras del pantalón se habían chamuscado.
No me costaría mucho trabajo encontrar otro traje, pero la idea de verme
obligado a hacer todos mis desplazamientos a pie me desmoralizó bastante.
Abandoné la bicicleta junto a una acera y me adentré con precaución a través de
una multitud sorprendida por la muerte cuando salía de una estación de metro,
cuyas luces aún seguían encendidas. ¡El metro! ¡Sí, era una, idea genial!
Puesto que me veía obligado a andar, ¿por qué no utilizar los túneles del
metro, seguramente mucho más frescos que unas calles a las que el sol enviaría
rayos cada vez más ardientes a medida que avanzara la mañana? Di media vuelta y
rodeé los cadáveres. Quise saltar varios escalones de una vez y, durante un
momento, creí que la petrificación me acababa de alcanzar y que había sonado mi
última hora... ¡Me quedé suspendido en el aire y por más que pataleaba no
conseguía volver a tocar tierra firme! Por fin se me ocurrió la idea de
agarrarme a la balaustrada de hierro y de servirme de los brazos. Tras esta
nueva experiencia, concluí que también la gravedad había sido modificada y que,
sin la ayuda de aquella barandilla, me habría quedado allí, dando inútiles
patadas al aire, hasta morir de hambre y de sed.
Tuve
que realizar un enorme esfuerzo para llegar al nivel de los andenes, porque
durante el descenso experimenté las mismas dificultades que si estuviera
buceando. Había mucha gente petrificada sobre una escalera automática, y como
el «portillón» estaba cerrado, no me quedó otro remedio que pasar por encima de
la verja, poniendo los cinco sentidos en no soltarme de ella. Recorrí el andén
y empecé a andar por el túnel en dirección a la Alcaldía de Montreuil, que
llevaba hasta el mismo centro de París. El aire era aún más denso que fuera,
pero hacía mucho menos calor. Los raíles electrificados del metro se encuentran
siempre entre las vías y si continuaba pegado a la pared, no correría riesgo
alguno.
Cuando
me encontraba cerca de la primera estación —Exelmans—, se apagaron todas las
luces y, durante el espacio de un segundo, me dejé dominar por el pánico.
¿Significaba ese apagón que la muerte por parálisis seguía avanzando y acababa
de adueñarse de una central eléctrica? Preguntándome lo que iba a pasar,
reemprendí la marcha con más lentitud. Por fin encontré los escalones que
llevaban al andén de la estación y vi al otro extremo un débil resplandor
azulado. «La luz del día», me dije, mientras avanzaba a tientas por el andén,
lleno de cadáveres petrificados. En aquel momento las luces parpadearon y
recuperaron paulatinamente su intensidad normal. Experimenté un verdadero
ataque de alegría, porque aquello sólo podía tener un significado: ¡yo no era
el único superviviente! Alguien, en un lugar desconocido, había conectado de
nuevo la corriente. Si consiguiera encontrar a esa persona, o a ese grupo de
personas, mis posibilidades... nuestras posibilidades de seguir vivos se verían
considerablemente aumentadas. Mientras tanto, y ya que había vuelto la luz,
decidí proseguir mi camino a través del túnel. Pero cuando dejé atrás la
estación siguiente, Michel-Angel-Molitor, y me adentré de nuevo en la vía, la
luz volvió a apagarse. Estaba en una curva y seguí por ella a tientas. Unos
metros más allá vislumbré una especie de reguero de luz y me aproximé a él
lentamente, inquieto por su posible origen. Al descubrir éste, sentí que mis
cabellos se erizaban. Había estado a punto de chocar contra un hombre
petrificado, que llevaba en la mano un farol. Sin duda, se dedicaba a
inspeccionar el estado de las vías, cuando la muerte se abatió inesperadamente
sobre él. Sostenía el farol en alto, sin cerrar los dedos en torno al asa, y
para apropiármelo me bastó con alzarlo suavemente. Aunque las luces se
encendieron por segunda vez, conservé el farol y ya no volví a separarme de él.
En seguida tuve ocasión de comprobar la sensatez de esta medida, porque la luz
volvió a apagarse. Así, con estas alternativas de claridad y tinieblas,
proseguí penosamente mi camino de estación en estación. Cada kilómetro,
aproximadamente, me cruzaba con trenes repletos de trabajadores matinales,
silenciosos y petrificados, que jamás llegarían a saber lo que les había
sucedido. Algunos leían el periódico, pero la mayor parte se dedicaban a soñar
o tenían los ojos clavados en el vacío... En un vacío lleno ya de eternidad.
Tras
dos horas largas de caminata, según mis cálculos, llegué a la estación
Havre-Caumartin, cerca de la Ópera, y empecé a sentir hambre y cansancio. El
sol debía haber alcanzado ya su cénit sobre la silenciosa capital, con lo cual
el calor sería aún más insoportable que antes, pero no tenía más remedio que
salir en busca de alimentos. Un poco aturdido, ascendí lentamente hacia la
calle. ¿Qué iba a encontrar en ella? ¿Las primeras tropas de ocupación?
¿Robots? ¿Quién sería el autor de aquel ataque por sorpresa?
Al
otro lado del Bulevar Haussmann, enfrente de «Printemps» —los grandes almacenes
que ya no volverían a abrir—, había un café abierto con varios cadáveres de pie
a lo largo del mostrador. Entré en él y alcé la mirada hacia el reloj. A duras
penas, a través de una columna de vapor semitransparente, pero sólido,
petrificado sobre la válvula de escape de la cafetera, pude ver la hora. Eran
las seis y tres minutos. Nada parecía haberse movido desde el advenimiento de
la catástrofe y, sin embargo, yo debía llevar casi cuatro horas danzando de un
lado a otro. El café de las tazas estaba tan caliente como si acabara de salir
de la cafetera. Me bebí una de ellas y cogí varios croissants. Al llegar a la
esquina de la calle Auber, torcí hacia la Ópera y pasé por delante de los
escaparates de «American Express». Estaban aún cerrados, pero una petrificada
vendedora de periódicos ofrecía ante su puerta los periódicos de la mañana. Sí,
era la última edición y no volvería a haber otras, me dije mientras echaba un
rápido vistazo al Fígaro, con la esperanza de encontrar alguna advertencia,
algún suceso desacostumbrado que me pudiera dar una pista... Pero, no. Nada.
Ninguna observación de interés en la columna científica. Y ni siquiera el
rimbombante y habitual artículo de la página tercera sobre la tensión
internacional o sobre la amenaza de guerra en tal o cual parte del mundo.
Puesto
que todos los relojes de cuerda se habían parado, era necesario encontrar uno
de sol. En París existen docenas de ellos, que yo mismo había visto en mil
ocasiones, pero por más esfuerzos que hice, no conseguí acordarme del
emplazamiento de ninguno. Desde luego, siempre me quedaba el recurso de
fabricar uno en el lugar que eligiera para instalarme. Lo más importante en
aquellos momentos era llegar pronto a la oficina de correos de la Bolsa,
abierta día y noche, donde podría poner conferencias telefónicas a otras
localidades. Atravesé la plaza de la Ópera y desemboqué en la calle del 4 de
Septiembre. Seguí por ella, con el sol de cara, pero repentinamente me paré en
seco y noté que me faltaban las fuerzas. ¡El sol estaba muy bajo en el cielo!
¡Incluso parecía no haberse movido desde que lo miré por primera vez en la
Puerta de Saint-Cloud, varias horas antes! Sólo pude encontrar una explicación
a ese misterio: la Tierra había dejado de girar. Y, si era así, a los otros
planetas y al propio sol les tenía que haber sucedido lo mismo. Toda nuestra
galaxia, en una palabra, debía estar paralizada. En cuanto a mí, que nunca
llegaría a saber por qué había sobrevivido, podía formular ya ciertas profecías
sobre mi más inmediato porvenir: en relativamente poco tiempo, algunas horas
todo lo más, la mitad de nuestro planeta que hubiera quedado en la oscuridad,
se enfriaría rápidamente, mientras la otra, que se hallaba expuesta a los rayos
del sol, se calentaría en progresión geométrica. De no mediar algún error en mis
cálculos, me quedaba muy poco tiempo de vida. ¡Morir de calor! Evidentemente,
este razonamiento era falso por completo, pero cualquiera habría cometido la
misma equivocación.
Aún
sobrecogido por este nuevo descubrimiento, entré en otro café y tomé asiento
junto a un hombre joven, petrificado cuando expulsaba una bocanada de humo de
su cigarrillo. A juzgar por su smoking, su arrugada corbata y el visible
cansancio de su cara sin afeitar, aquel individuo no había pasado la noche en
la cama. «En sus ojos brilla cierta desesperación», me dije examinándolo de
cerca, como si se tratara de un cuadro. ¿Alguna estúpida pena de amor o tal vez
un problema de más envergadura? En cualquier caso, fuera cual fuese el origen
de su desesperación, ya había encontrado la felicidad... Este pensamiento me
impresionó mucho y empecé a llorar, completamente abatido, como podía haberlo
hecho un niño en el regazo de su madre.
Cuando
recobré la calma, me soné y entré por detrás del mostrador en una cocina
sombría, donde tuve la suerte de encontrar jamón, huevos y patatas cocidas (y
ya frías). Tampoco faltaban bebidas y en unos pocos minutos ingerí mi almuerzo
con buen apetito. Después cogí un cigarrillo del paquete colocado junto a la
mano del joven triste. Lo apreté contra el extremo, aún encendido, del suyo, e
instantáneamente lo tiré al suelo, ahogando una exclamación. El pitillo había
quedado reducido a cenizas y yo me había quemado los labios con la llama que
repentinamente brotó de él. «Una nueva experiencia y un nuevo misterio que
desentrañar», pensé mientras salía del café en dirección a la oficina de
correos de la Bolsa.
Delante
de la centralita, en una habitación del sótano que no me costó demasiado
trabajo encontrar, descubrí a siete empleados con aire de cansancio. El equipo
nocturno, sin duda. Naturalmente, estaban petrificados sobre sus asientos. Uno
de ellos leía una novela de ciencia-ficción, trágica ironía que no pudo por
menos de hacerme sonreír. Otro se cortaba las uñas. Levanté con precaución los
auriculares colocados en la cabeza de uno de los empleados. Su mano derecha
estaba a punto de meter una clavija en un agujero, debajo del cual podía leerse
la palabra «Dublín» y sobre el que brillaba una luz blanca. Le quité la clavija
de las manos, la inserté en el agujero y escuché conteniendo la respiración,
pero no pude oír nada. Probé después con otros agujeros y apreté docenas de
botones, pero aunque la luz de Dublín continuaba encendida, no logré captar un
solo sonido.
En
la habitación contigua encontré los descriptores trasatlánticos, paralizados en
plena acción. Junto a dos de ellos se veían cables de negocios y cartas
urgentes, pero por ninguna parte aparecía un signo de temor, de sorpresa o de
miedo. Cada vez parecía más evidente qué, en todos los confines de la tierra,
centenares de millones de hombres y miles de millones de animales grandes y
pequeños, de insectos y tal vez de microbios, habían dejado repentinamente de
existir... Y yo, por sabe Dios qué cadena de azares, era el único
superviviente, la inexplicable excepción. Desde luego, no quedaba la menor
esperanza de que aquellos seres pudieran volver a la vida, porque en cuanto las
fuerzas de la naturaleza recuperaban su función, suponiendo que fuera a suceder
así, por todas partes se iniciaría una putrefacción a gran escala... Una
putrefacción que tal vez —no tal vez, sino con seguridad— originaría una nueva
forma de vida, emparentada con la de los insectos, y devoraría la basura y
carroña del planeta. Después, cuando esos insectos hubieran terminado con todo,
empezarían a devorarse unos a otros, y poco a poco, si Darwin no se había
equivocado, se iniciaría una nueva evolución, que acaso produjera al cabo de
varios millones de años un animal inteligente, incluso parecido físicamente al
hombre... Y, puestos a jugar a las adivinanzas, tal vez este animal inteligente
descubriera algún día las huellas de una civilización extinguida, cuyo último
superviviente... ¿Superviviente durante cuánto tiempo? Jamás llegaría a saberlo,
puesto que no contaba con medio alguno de medirlo.
Cansado,
salí de la oficina de correos con una desagradable sensación de suciedad e
impotencia. Si por lo menos la catástrofe se hubiera producido a las once o a
las doce del día, en lugar de a las seis de la mañana, cuando sólo había unos
pocos cafés abiertos... Rodeé la Bolsa y bajé por la calle de Richelieu, que
estaba al abrigo del sol. Delante de mí se alzaba un semáforo con luz roja. Y
cuando un instante después lo vi pasar bruscamente a verde, sentí que la sangre
se me helaba en las venas. Pero los dos coches que aguardaban ante él, no
iniciaron movimiento alguno. El chófer del que se encontraba más cerca de la
acera, precisamente, había sido alcanzado por la muerte cuando se inclinaba
hacia delante para vigilar el cambio de luces. Esperé unos minutos, pero nada
varió. La luz verde permaneció obstinadamente bajo su alero, sin ceder el paso
a la roja. ¡Un misterio más!
Al
final de la calle Richelieu, enfrente del Théátre Frangais, se encontraba mi
librería favorita, visiblemente cerrada. Unos metros más allá me crucé con un
viajero madrugador, que había sido petrificado cuando salía del hotel del
Louvre e introducía su maleta en un taxi. ¡Un hotel, naturalmente! ¿Cómo no se
me había ocurrido antes? Los hoteles están abiertos toda la noche y en ellos
podría encontrar cuanto necesitaba. Entré, pues, en el que tenía delante, pasé
al lado del conserje nocturno, que aún contemplaba la propina depositada en su
mano por el viajero madrugador, rodeé el mostrador y escogí una de las veinte o
más llaves colgadas en el casillero. Si las llaves estaban allí, eso
significaba que las habitaciones correspondientes carecían de inquilino o que
éste había salido. Me decidí por la habitación 27 —era mi cifra-talismán—, subí
al segundo piso, y allí, siguiendo las numerosas flechas doradas que alguien
había pintado sobre placas de mármol, llegué a mi nueva residencia. Tuve
suerte, porque era de las ocupadas... De las ocupadas cuyo ocupante había
salido para siempre. Eché un vistazo a las maletas abiertas, a la cama,
cuidadosamente hecha, y al pijama, que la doncella debía haber desplegado la
noche anterior. En el cuarto de baño encontré su neceser. Era el de un hombre.
Abrí los grifos y aunque nada salió por ellos, los dejé abiertos, porque la
experiencia me había enseñado que el agua brotaría lentamente y bajo apariencia
sólida. Hice girar el interruptor de la luz y la lámpara de encima del lavabo
se encendió, poniendo de manifiesto una máquina eléctrica de afeitar, colocada
sobre la repisa de cristal. La enchufé, pero no se puso en marcha. ¿Por qué las
bombillas funcionaban y los otros instrumentos no? ¿O tal vez esa máquina
estaba estropeada? No era del todo improbable, sobre todo teniendo en cuenta
que después encontré hojas de afeitar y una maquinilla mecánica en un estuche
aparte. Como el agua continuaba sin salir, registré las dependencias del hotel
y volví al cuarto de baño con una botella de agua mineral. Sin embargo, no
conseguí derramar el líquido y me vi obligado a romper la botella, a apartar
las esquirlas de cristal y a colocar el agua en el interior del lavabo como si
fuera una especie de flan transparente. Pude humedecerme la cara sin excesivas
dificultades, pero en cambio no conseguí hacer ninguna espuma con el jabón de
afeitar y la brocha que había encontrado en el neceser. Fue, por consiguiente,
un afeitado particularmente doloroso, pero salí del paso sin nuevos conflictos.
La luz se apagó dos veces y volvió a encenderse otras tantas. Mi corazón latió
en ambas ocasiones más de prisa de lo normal, conmovido por el pensamiento de
que en alguna parte otros hombres luchaban para mantener una central eléctrica
en funcionamiento.
En
la guía telefónica encontré numerosas direcciones de compañías de material
eléctrico, pero nada relativo a las centrales. Repentinamente me acordé de una
especie de sub-estación, que estaba en la calle Caumartin, cerca de las
oficinas del New York Times. Allí tal vez pudiera recoger algunos informes
útiles y, en cualquier caso, no era lejos.
Al
aire libre todo seguía igual. El sol parecía clavado en el cielo y al remontar
la Avenida de la Ópera, creí estar contemplando una de las fotografías
estereoscópicas de mi infancia. Los transeúntes, absolutamente inmóviles,
fijados en un gesto, recordaban bastante a aquellas imágenes amarillentas.
¿Cuánto tiempo tardaría la muerte en dejar su huella sobre ellos?, me pregunté.
¿O ni siquiera la propia muerte se había librado de aquella total parálisis?
La
sub-estación continuaba en el mismo sitio, pero en su interior sólo encontré
silencio y oscuridad. Abatido, me dirigí lentamente hacia la calle Auber.
Estaba al borde del agotamiento. Tal vez eso era el primer signo de que mi fin
se avecinaba. La idea no me conmovió demasiado. ¿Qué más daba morir estúpida y
gratuitamente, después de haber sobrevivido a aquel increíble cataclismo? Me
acordé del Grand Hotel y al llegar a la calle Scribe, doblé por ella. Para
coger una llave, tuve que pasar de perfil tras el portero petrificado. La
habitación 123 estaba libre. Corrí las pesadas cortinas, me desnudé, abrí la
cama y me deslicé en ella. Unos segundos después dormía a pierna suelta.
Probablemente se trataba de una pesadilla, pero puedo jurar que oí voces, ruido
de tráfico y música. Me senté de un salto en la cama, sólo para volver a
sumergirme en el espantoso silencio de un universo petrificado. Algo, sin
embargo, una campana, tal vez un gong, había llegado hasta mí a través del
sueño y me había despertado. Aparté las mantas, me levanté y abrí la puerta con
suavidad para escuchar. Sólo oí los violentos latidos de mi propio corazón.
Regresé a la habitación, descorrí las cortinas y contemplé el paralizado
tráfico mañanero bajo los rayos oblicuos del sol. Un despertador, sobre la
mesilla de noche, marcaba las seis y tres minutos. Este dato me hizo comprender
que había regresado al mundo intemporal, al mundo horrible y silencioso de los
seres petrificados. «He debido dormir bastante», pensé al ver en un espejo la espesa
barba que me cubría la cara. A juzgar por mi aspecto, llevaba cerca de
veinticuatro horas sin afeitarme. Entré en el cuarto de baño, abrí los grifos y
un agua de aspecto gelatinoso salió por ellos lentamente. La aplasté sobre las
manos y la cara y de esta forma conseguí lavarme un poco, malamente, porque no
pude sacar la menor espuma del jabón. Tendría que encontrar una máquina de
afeitar o que dejarme la barba. Si por lo menos pudiera medir el tiempo...
Puesto que todo el universo se había paralizado, el tiempo ya sólo existía para
mí, que estaba vivo, que comía, pensaba, dormía y actuaba, aunque los relojes
continuaran marcando indefinidamente las seis de la mañana. En realidad, había
perdido ya el sentido del tiempo. ¿Cuánto había transcurrido desde que abandoné
la cabina experimental? ¿Veinticuatro, treinta y seis o cuarenta y ocho horas?
¿O más? Me había afeitado una vez y necesitaba urgentemente volver a nacerlo...
¡Eureka! ¡Había encontrado un procedimiento para medir el tiempo! Buscaría un
calendario y anotaría el número de mis afeitados: cada afeitado, un día. De
esta forma, a menos que también se hubiera modificado la velocidad de
crecimiento de mi barba, podría seguir el paso del tiempo. Era preciso, por
tanto, que encontrara una máquina de afeitar lo más pronto posible. Lo cual,
por otra parte, no debía presentar grandes dificultades en un hotel.
«
¡Pobre Einstein!», pensé mientras me vestía rápidamente. ¿Qué le hubiera
parecido mi idea en un universo donde hasta el tiempo ha dejado de existir?
Seguramente habría intentado explicarme que en realidad nunca había existido,
que era sólo un concepto relativo... Corté en seco el hilo de mis pensamientos,
porque hasta mí llegó, claro y distinto, el sonoro ruido de un gong. Me lancé
como un loco a través de los corredores silenciosos. ¡Nada! ¡Nadie! Después
volví corriendo a la habitación, porque me parecía que el ruido había sonado
cerca de ella. No encontré por ninguna parte un gong ni nada que se le
pareciera. Probé nuevamente a descolgar el teléfono y apreté los timbres de
todas las habitaciones, pero sin ningún resultado audible. En el cuarto contiguo
al mío, cuya puerta no estaba cerrada, encontré a un hombre, sorprendido por la
muerte cuando consultaba su reloj con cara de sueño. El reloj marcaba las seis
en punto. Entré en su cuarto de baño y descubrí, en el fondo de una maleta de
piel negra, un neceser muy lujoso, que me puse bajo el brazo. Tenía hambre y
decidí dejar el afeitado para más tarde. Bajé a la cocina y me di de manos a
boca con un pinche petrificado delante del hornillo de gas y a punto de
transferir los huevos de una sartén a un plato. Busqué otro plato,
preguntándome si los huevos estarían fríos o calientes, y los puse en él.
Estaban calientes y un par de minutos después se encontraban ya en el interior
de mi estómago, en compañía de una loncha de jamón y de un poco de pan con
mantequilla, sin olvidar el contenido de un jarro lleno de café.
Al
menos, pensé mientras me afeitaba en un cuarto de baño contiguo a la cocina,
podía afirmar algo con seguridad: no me moriría de hambre. Y, por otra parte,
ya no tardaría en saber si la putrefacción, como fenómeno científico, había
dejado de existir. En ese caso, salvo que ocurriera un accidente imprevisible,
podría sobrevivir años y años, como un nuevo Robinson Crusoe, abandonado en el
corazón de París y rodeado por millones de personas... pero a pesar de ello
completamente solo en el mundo, sin ni siquiera un papagayo, una cabra o, por
lo menos, un microbio que me ayudara a caer enfermo y a morir. ¿Cuánto tiempo
sería capaz de soportar el espantoso silencio de aquel gigantesco museo Grévin?
Preferí no pensar en ello y dedicarme por completo a lo que podía y debía
hacer. Hasta aquel momento, en realidad, no había llevado a cabo ningún
esfuerzo serio, tendente a encontrar otros seres vivos. Por otra parte, mi
deber hacia la humanidad, un deber insoslayable, me obligaba a redactar un
informe sobre todo lo que había visto y a depositarlo en un lugar absolutamente
seguro. Tanto si existían supervivientes en alguna parte o si se producía,
millones de años después, una nueva civilización, como si nos visitaban seres
racionales nacidos en otros planetas, era necesario que nuestros herederos
pudieran tener conocimiento de lo sucedido. Tal vez ésa era la única razón de
que el cataclismo me hubiera respetado.
Salí
una vez más a la calle y me hundí en la atmósfera sofocante de la mañana.
Intenté ponerme en el lugar de un futuro explorador y me pregunté adonde se
dirigiría éste para empezar y qué es lo primero que atraería su atención. Todo
dependía, naturalmente, de su situación con respecto a París o, por decirlo de
alguna forma, de su experiencia personal. Un explorador que conociera la ciudad
a fondo, podría dirigirse a la Prefectura de Policía, al Ministerio del
Interior o al Observatorio, con la esperanza de encontrar en alguno de estos
sitios indicios significativos. Otro, sin embargo, tal vez se sintiera atraído
en primer lugar por los monumentos más célebres como la Torre Eiffel o el Arco
de Triunfo.
Finalmente
elegí cuatro puntos cardinales: el Obelisco de la Plaza de la Concordia, el
último piso de la Torre Eiffel, el altar mayor de Notre-Dame y una estación
cualquiera del metro. En cada uno de esos lugares, y encerrado en una sólida
caja, colocaría un ejemplar de mi informe. Por otra parte, dejaría en sitios
visibles varias series de explicaciones relativas al contenido y a la situación
exacta de las cuatro cajas mencionadas.
Rodeé
la Ópera por la parte de atrás y desemboqué enfrente de las «Galerías
Lafayette». Allí podría encontrar todo lo que necesitaba para iniciar la
redacción de mi informe: cajas, papel, máquina de escribir, hojas de calco,
etc... La idea de introducirme en el almacén forzando la puerta no me hacía
mucha gracia. Afortunadamente, terminé por encontrar una puerta lateral donde
varias mujeres de la limpieza habían sido petrificadas en el momento de entrar.
Sintiéndome una especie de Ali Baba en la caverna de los cuarenta ladrones, fui
de sección en sección, sin rumbo fijo. En el departamento de confecciones
masculinas, me puse un pantalón de whipcord, una camisa fresca, unas sandalias
y un sombrero de paja de ala ancha. Después de cambiarme, atravesé la sección
de material escolar y llegué a la de objetos de escritorio, donde elegí una
máquina de escribir. Cargado con ella, regresé a la primera planta, donde había
descubierto un confortable despacho. Desgraciadamente, la máquina de escribir
no me sirvió para nada. Las teclas se enganchaban, el espaciador no corría bien
y el papel se desgarraba al ser introducido en el rodillo. Probé otras máquinas
con el mismo resultado. Este contratiempo me desanimó bastante, porque me
obligaba a escribir todo el informe a mano. Por otra parte, los bolígrafos no
funcionaban y las plumas estilográficas se revelaron igualmente inútiles.
Finalmente, pude escribir con un simple lápiz, que perforaba a menudo el papel,
pero que, manejado con lentitud, dejaba una huella legible.
El
calambre de los escritores y los retortijones de estómago me hicieron
detenerme. Recogí las hojas, escritas con mi caligrafía escolar, fea pero
clara, y descendí a la sección de artículos de cuero, en el entresuelo. Allí
escogí una cartera de aspecto sólido, donde metí las hojas, y una correa con la
que sujeté la cartera a mi hombro.
Nuevamente
en la calle, titubeé entre dirigirme a la estación de Saint-Lazare, donde hay
un buffet permanente, o a Les Halles, donde nunca faltan restaurantes abiertos.
En Les Halles dispondría de un menú más variado. Sin abandonar nunca la acera
de la sombra, llegué a la calle del Louvre, doblé hacia la calle Coquillére y
terminé por encontrar lo que buscaba: un filete con patatas fritas de buen
aspecto, colocado sobre una mesa, delante de un carnicero que evidentemente
acababa de terminar su trabajo nocturno. En el exterior resultaba difícil
moverse sin chocar contra los millares de personas paralizadas que se apretaban
en la calle. Cogí el plato y lo llevé hasta el mostrador. Al otro lado de éste,
la cajera, con la cabeza levantada para toda la eternidad, se reía hasta el fin
del tiempo de la broma de un cliente, petrificado cuando le tendía un billete
de mil francos. Devoré con ansia la comida robada, que aún estaba caliente. Y
allí, en medio de aquellas hieráticas personas, que no podían verme ni oírme, que
jamás sabrían nada de la inmovilidad del universo ni de su propia existencia,
cobré repentina conciencia del peso de mi soledad. Después empujé el plato
vacío, di media vuelta y choqué contra una camarera que llevaba varios bocks de
cerveza en una bandeja. El empujón había sido lo suficientemente fuerte como
para hacerla perder el equilibrio, pero no cayó. Pasé un brazo alrededor de su
cintura, con la intención de enderezarla, y me estremecí, porque aquella mujer
estaba tan tibia y viva como yo, hasta el punto de que puse el oído sobre su
pecho. Inútilmente. Su corazón llevaba mucho tiempo inactivo.
Cansado,
decidí permanecer en la vecindad de Les Halles, cerca del hotel donde me había
afeitado, la primera vez. Además, justo enfrente, se encontraban los «Grandes
Almacenes del Louvre». Allí podría trabajar en mi informe. Penetré en el
gigantesco establecimiento, como en las «Galerías Lafayette», por una puerta de
servicio. En el último piso descubrí un despacho desocupado, al cual llevé una
agenda encuadernada en piel que previamente había escogido en la sección de
objetos de escritorio. La abrí y taché dos días con el lápiz, puesto que me
había afeitado dos veces desde el fin del mundo... y tal vez desde el fin del
tiempo, en cuyo caso estaba contando algo que ya no era real. Después trabajé
algunas horas en mi informe y por fin me levanté y salí a la calle, con la
intención de dirigirme al Hotel del Louvre para dormir un poco. Al llegar ante
su puerta no pude evitar un escalofrío: ¡el viajero matinal, sorprendido por la
muerte cuando deslizaba su maleta en el interior de un taxi, había
desaparecido!
—
¡Dios todopoderoso! —dije en voz alta sin poder dominar mi asombro. En el sitio
del taxi se veía ahora un coche conducido por una mujer, tan muerta y
petrificada como todos los seres humanos a los que hasta entonces había puesto
la vista encima.
Intrigado
y vagamente asustado, empujé la puerta giratoria del hotel... y tropecé con la
segunda sorpresa del día. El conserje, que la víspera se encontraba al lado de
la puerta, contemplando fijamente la propina del viajero, estaba detrás del
mostrador, con la mano apoyada en el teléfono. No cabía la menor duda: algo o
alguien había modificado su postura inicial.
Dominándome,
fui hasta el mostrador, me acodé en él y examiné de cerca al conserje. Su
rostro era el de una estatua, pero el de una estatua viva. Lo toqué y sentí su
tibieza. Lentamente levanté un dedo y lo acerqué a su ojo, poco a poco, sin una
vacilación.; ¡Estaba húmedo! Temblando de miedo y de rabia, cogí al conserje
por las solapas y lo zarandeé, mientras gritaba:
—
¡Despiértate, puerco! ¡Despiértate! ¡Quieres engañarme! ¡No estás muerto!
Bruscamente, ciego de furor, lo solté y cogí una pluma con la intención de
hundírsela en la pupila... Pero en aquel momento se oyó el ruido de un gong,
del mismo gong del Grand Hotel, y empecé a gritar de miedo.
Esta
vez busqué por todas partes. No descubrí el menor rastro del gong. El ruido
sólo estaba en mi cabeza, y yo me había vuelto loco, tenía alucinaciones.
Evidentemente, el esfuerzo «sobrehumano» realizado hasta entonces empezaba a
destruirme. Pero tenía un sagrado deber —el informe—, y por ello,
sobreponiéndome, subí las escaleras de cuatro en cuatro, me encerré en la
habitación y me desnudé. Un poco de reposo, una «buena noche», me sentarían
mejor que ninguna otra cosa.
Cuando
me desperté, tras lo que me habían parecido varias horas de sueño, me sentía
fresco y decidido a continuar mi labor. ¿El viajero? ¿El gong? Pesadillas, sin
duda alguna. El problema del conserje, por lo demás, carecía de importancia. El
hombre de detrás del mostrador no se encontraba allí la víspera. Alguien, por
consiguiente, había tenido que moverle. Sí, ésa era la explicación. ¡Alguien
había tenido que moverle! ¡Lo cual quería decir que ya no estaba solo, que
existían otros supervivientes y que, tarde o temprano, daría con ellos! El
motivo que les había impulsado a cambiar a los muertos de lugar, me pareció una
cuestión insoluble y la aparté de mi pensamiento.
Me
afeité, me lavé mejor que la víspera —me iba acostumbrando ya a la solidez del
agua— y, tras comprobar el funcionamiento del revólver, me dirigí al corredor
del primer piso. Una vez allí, avancé de puntillas hasta la barandilla de cobre
e inspeccioné el vestíbulo de la planta baja. El conserje continuaba en su
puesto, pero tenía el teléfono en la oreja.
—
¡Eh! —grité mientras bajaba la escalera a toda velocidad, con el revólver en la
mano.
Nada
se movió y nada tampoco, aparte de la posición del portero, se había movido.
Encima de la mesa, ante él, continuaba la pluma que había estado a punto de
hundirle en el ojo el día anterior. ¡Y el plumín seguía húmedo!
En
la calle todo me pareció igual. ¡No! El coche que había sustituido al taxi, el
coche conducido por una mujer, ya no se encontraba allí. Corrí a lo largo de la
acera y di con él cinco o seis metros más allá. ¿Me habría impedido el
cansancio mental de la víspera fijarme en la posición exacta del vehículo?
Pero, ¿y el teléfono del hotel? Era preciso que me armara de valor y examinara
al condenado conserje por todas partes y desde todas las posiciones. ¡Si por lo
menos tuviera el estetoscopio del doctor Martinaud...! Repentinamente me acordé
de que había visto allí cerca un almacén especializado en accesorios médicos.
Me dirigí a él tan de prisa como pude, agobiado por la densidad y ardor del
aire. Se encontraba en la esquina de la calle Montpensier. Sí, no me había
equivocado: el estetoscopio estaba en el escaparate. Rompí el cristal con la
culata del revólver y me apoderé de él.
De
regreso al hotel, me deslicé tras el conserje, lo toqué y, tras algunos
titubeos, le desabroché el chaleco, le quité la camisa y le apliqué en la
espalda el estetoscopio. Escuché durante largo rato, con los ojos cerrados para
no distraerme, pero la duda era imposible: allí no se oía ningún latido, ningún
rumor de respiración o de cualquier otra cosa. Y, sin embargo, aquel buen
hombre parecía vivo, tan vivo como la camarera del restaurante Les Halles. «
¿La habrán movido a ella también?», me pregunté. E inmediatamente me puse en
camino para conocer la respuesta.
Tras
abrirme paso entre los innumerables compradores petrificados, llegué al
restaurante. Donde el día anterior estaba la camarera, se encontraba ahora una
opulenta anciana, vestida con un abrigo de piel sucia y muy deteriorada. Miré
alrededor y vi a la camarera, que al parecer intentaba abrir la puerta de la
cocina con el hombro. Me acerqué a ella. Estaba tan cálida y viva como la
primera vez. Sobre su brazo desnudo había cuatro huellas rojas... Las huellas
dejadas por mis dedos cuando la agarré para impedir que cayera. Lo inspeccioné
todo con cuidado intentando acordarme de la posición de la gente el día
anterior. ¡Sí, la cajera! Continuaba detrás de la caja, con la cabeza
levantada, pero el billete de mil francos que le tendía un cliente... ¡lo tenía
ella!
Regresé
junto a la camarera y le toqué un brazo. Su carne era tibia y dulce. Con la
desagradable sensación de que el repentino silencio del restaurante se debía a
mí y de que, al volver la espalda, todo el mundo se había puesto a mirarme,
desabroché, ruborizado como un colegial, la blusa de la camarera y apliqué el
estetoscopio sobre su suave y tierno pecho. Permanecí así bastante tiempo, pero
en vano. El silencio era total y retrocedí desesperado. Evidentemente, no podía
escuchar nada, porque el corazón de aquella muchacha había dejado de latir a
las seis de la mañana, tres o cuatro días antes o al menos el equivalente
aproximado de tres o cuatro días. Disponía ya de un nuevo misterio sobre el que
cavilar. Sin la menor duda, algunos muertos continuaban moviéndose, de igual
forma que las gallinas pueden correr un segundo o dos con el cuello cercenado.
Estos movimientos, sin embargo, se producían varios días después... ¿Después de
qué? ¿Estaban aquellos individuos verdaderamente muertos? ¿No sería todo fruto
de mi imaginación? ¿No iría a despertarme lloriqueando tontamente en la celda
acolchada de un manicomio? ¿O tal vez era yo el único muerto?
Aturdido,
caminando con paso incierto, salí del restaurante. Al llegar a la calle, choqué
con la gente petrificada. Esos choques no podían ser producto de mi fantasía...
Se trataba de cuerpos reales, muy reales... ¿O eran simplemente enfermeras que
intentaban cogerme con dulzura y a las que mi enloquecido cerebro convertía en
cadáveres petrificados? Durante largo tiempo erré por las calles, intentando
pensar y razonar a partir de hechos imposibles. Naturalmente, todas las ideas,
todas las hipótesis, me parecían igualmente ridículas. Varias veces recordé el
consejo de mi anciano profesor de ciencias, cuando nos explicaba que la mejor
manera de abordar un problema nuevo consistía en rechazar las soluciones
fáciles y en examinarlo minuciosamente desde todos los ángulos posibles para
«recoger los hechos y tomar nota de sus aspectos».
Incapaz
de regresar al hotel, donde volvería a ver aquel horrible cadáver viviente de
la planta baja —y eso sin contar los que podrían entrar en mi habitación
mientras dormía—, me encaminé a los «Grandes Almacenes del Louvre». Allí, en el
cuarto piso, en la sección de muebles, me tendí sobre una de las numerosas
camas expuestas y terminé por dormirme.
Durante
dos semanas trabajé sin descanso. Redacté varios informes, tomé notas y llevé
mi calendario con gran meticulosidad... Un calendario donde la cuenta de los
días se basaba en el afeitado. Y, desde luego, no volví al restaurante de Les
Halles. Me daba demasiado miedo que la camarera se hubiera vuelto a mover y,
por lo demás, en ese barrio había muchos restaurantes abiertos a las seis de la
mañana. Sus despensas me suministraban todo el alimento necesario. Intentaba no
mirar a las personas petrificadas, limitándome a coger lo indispensable para la
subsistencia y marchándome en seguida a trabajar.
Todo
fue bien hasta que cierta mañana —siempre era mañana para mí después de un
largo sueño—, abrí los ojos y vi a uno de los barrenderos del almacén de pie en
lo alto de la escalera, a menos de cinco metros de distancia de la cama donde
había dormido. Tenía bastantes años y llevaba un mono azul, una escoba y un
cubo de agua. Pero lo más sorprendente era su mirada. Una mirada de profundo
asombro, con la boca entreabierta, como si estuviera a punto de gritar algo.
Aquel individuo, de continuar vivo, no habría puesto una expresión diferente al
descubrir un hombre dormido en la sección de muebles de unos grandes almacenes.
Ese
mismo día me mudé y fui a instalarme en un pequeño hotel por delante del cual
había pasado muchas veces al dirigirme a Les Halles. Se trataba de un establecimiento
modesto, pero limpio. Llegué a él por la tarde (que empezaba, para mí, cuando
me sentía cansado y, tras cenar, me iba a la cama) y no encontré a nadie en la
planta baja. Inspeccioné ligeramente los cajones del conserje hasta que di con
una llave maestra. Entonces me dediqué a recorrer las diversas habitaciones.
Ocho de ellas estaban ocupadas. Pero todos los inquilinos, excepto uno, habían
sido petrificados mientras dormían, lo cual me garantizaba —al menos ésa era mi
opinión— que no iniciarían movimiento alguno. El octavo había sido sorprendido
por la petrificación cuando se afeitaba ante su espejo. Al salir, eché la llave
a todas las puertas y, antes de meterme en la cama, cerré también la mía con
doble vuelta y la atranqué sólidamente.
Como
una pesadilla de repetición, el ruido del misterioso gong me despertó
sobresaltado algunas horas más tarde. Me incorporé, empapado en sudor y
temblando como una hoja. Sonaba más lejos que las otras veces, pero no cabía la
menor duda de su existencia. ¿De dónde diablos vendría ese ruido, el único que
hasta el momento había conseguido escuchar, fuera de los que yo mismo producía?
¿Acaso era un aviso de mi destino? Diez o quince minutos después, cuando aún
continuaba sentado en la cama, llegó hasta mí de nuevo. Tenía un extraño
parecido con el Big Ben de Londres... Con el Big Ben tal como se oiría en una
noche de niebla. Esta vez había sonado con toda evidencia en alguna parte de la
planta baja. Sin embargo, sabía que era inútil buscar el instrumento emisor y
me tendí nuevamente, decidido a no pensar más en ello. Pero aquella noche (el
sueño era siempre noche para mí) no pude, como vulgarmente se dice, pegar un
ojo. ¡El gong sonó por lo menos veinte veces!
La
cosa llegó a convertirse en una verdadera obsesión. El misterioso tañido me
seguía por todas partes y yo llevaba a cabo denodados esfuerzos para librarme
de él, aunque nunca lo conseguía por completo. Finalmente, y casi sin querer,
descubrí que si me quedaba en el mismo lugar después de oírlo una vez, podía
escucharlo otras muchas, con intervalos bastante largos. A veces sonaba muy
cerca de mí, pero jamás pude localizarlo ni ponerle la mano encima.
Un
buen día, al tachar el correspondiente número del calendario, comprobé que
había treinta cifras tachadas. Según mis antiguas normas, y aun contando con
los errores de mi rudimentario sistema de medir el tiempo, eso equivalía, poco
más o menos, a un mes real. Lo más misterioso, al menos para mí, era que el
mundo no hubiera variado de temperatura al dejar de moverse y que, sin haber
aparecido una sola nube y a pesar de la sequedad general provocada por la
catástrofe, nada pareciera agotarse. La atmósfera, evidentemente, había
aumentado de densidad en el momento del cataclismo y esta importante
modificación de la naturaleza no había producido efectos secundarios. Hasta yo
había conseguido vivir. Pero al lado de todo esto, había tenido que cambiar
tres o cuatro veces de traje y de calzado en el espacio, relativamente corto,
de un mes. La piel de mis zapatos parecía secarse y arrugarse, mientras los
trajes se chamuscaban y terminaban cayéndose a pedazos.
Así
pasó bastante tiempo. Trabajando sin descanso en mis informes, comiendo cuando
tenía hambre, durmiendo cuando me vencía el cansancio, afeitándome regularmente
y tachando un día de la agenda cada vez que mi barba alcanzaba cierto grado de
dureza... Pero en el fondo de mi subconsciente continuaba alentando un gran
terror, un terror que esporádicamente afloraba a la superficie en forma de
pequeñas burbujas o remolinos, y siempre durante el sueño. Las burbujas y los
remolinos solían degenerar en pesadillas tan violentas que me despertaba dando
gritos. Se trataba de algo que me negaba a considerar de frente... De una
especie de sentimiento que no debía transformarse en idea, porque entonces la
pesadilla se convertiría en realidad y yo me vería obligado al suicidio o a
algo aún más terrible. Efectivamente, pensaba a menudo en el suicidio y estaba,
debo confesarlo, prácticamente decidido a recurrir a él en cuanto terminara
aquel ruido fantasma del gong, que me perseguía por todas partes y que guardaba
—de lo cual yo era consciente— cierta relación con mis terrores nocturnos.
Terminé
por acostumbrarme a caminar entre todas aquellas pobres gentes petrificadas,
aunque de vez en cuando me detenía para examinar a alguno, sabiendo de antemano
que estaría caliente y parecería vivo. Un día me crucé, junto a una estación de
metro, con una mujer y una niña. Iban muy juntas y la niña estaba riéndose. Su
boca, por lo tanto, continuaba abierta y me senté al lado de ella, sobre la
acera, para examinarla a placer. Como su madre miraba en otra dirección (en
caso contrario nunca hubiera tenido suficiente valor), le metí el dedo meñique
en la boca. ¡Estaba caliente, suave y llena de saliva! Una vez más se insinuó
en mí el pavoroso sentimiento de una terrible verdad, y sólo pude levantarme y
salir corriendo.
Finalmente,
esta verdad terminó por serme revelada cierto día, al pasar por delante de la
estación de Lyon y levantar los ojos hacia su gran reloj. Mi primera reacción
fue la de pensar que debía ir adelantado cuando se produjo el cataclismo, pero
comprendí que ni yo mismo lo creía. A continuación entré en un café y tuve la
mala suerte de ver un reloj péndulo encima del mostrador. Marcaba las seis y
veinticinco; es decir, cinco minutos más que el reloj de la estación. Este
margen obedecía a una precaución muy generalizada entre los patrones de café y
los hoteleros de los alrededores de las estaciones. Mientras regresaba a pie
hacia mi barrio favorito, el Louvre y Les Halles, vi por lo menos cincuenta
relojes más y todos, con la excepción de uno que debía estar verdaderamente
averiado, marcaban las seis y veinte o las seis y veintidós.
Esto
supuso para mí un duro golpe y una terrible confirmación. Al fin sabía, de
manera tajante, que el mundo no se había detenido, sino que yo había sido
expulsado de él por la sencilla razón de que mi tiempo y mi ritmo funcionaban
de forma distinta al de la totalidad del género humano. La creación no estaba
paralizada; era yo quien estaba... lo contrario. Por lo tanto, sólo existía un
verdadero cadáver: el mío. Me encontraba proyectado fuera del tiempo y mis
congéneres ni siquiera podían verme. Pero no me encontraba, sin embargo,
proyectado fuera del espacio. Esto era, desde mi punto de vista, lo más
extraño. Aunque supongo que Einstein lo habría comprendido.
El
terror oculto en mi subconsciente salió por fin a la superficie y, como suele
suceder en tales casos, me sentí aliviado. Tenía aún que conseguir una prueba
definitiva, algo que me convenciera de haber puesto el dedo en la llaga, pero
la cosa no parecía difícil. Si todas aquellas personas continuaban vivas,
debían moverse, cambiar de lugar y — exceptuando las que estuvieran sentadas o
de pie, pero inmóviles— proseguir las acciones iniciadas. Para demostrarlo,
cogí un trozo de tiza del carro de mano de una mujer —petrificada cuando
conducía una carga de coliflores— y tracé un círculo alrededor de sus pies.
Después hice lo mismo con otras cincuenta personas, más o menos, que a juzgar
por su aspecto se desplazaban en distintas direcciones. Y delante de la rueda
del carro de mano coloqué un grano de uva que había encontrado en la acequia.
Después me senté en una carretilla y esperé. Durante una hora permanecí
inmóvil, vigilando las marcas. Cuando por fin me levanté, no quedaba, un solo
pie dentro del círculo. Ninguno, desde luego, se había movido más de unos
centímetros, pero todos habían avanzado, y la rueda del carro aplastaba, lenta
y segura, el grano de uva colocado bajo ella. Nada, por tanto, había sucedido
en el universo. El tiempo continuaba transcurriendo normalmente para los demás.
¡El tiempo! Sólo yo, por relación a él, había tenido que cambiar mi velocidad,
mi régimen interno, mi forma de vida. Aquello explicaba muchas cosas, pero
también planteaba nuevos problemas. ¿Por qué nadie se daba cuenta de mi presencia?
La gravitación continuaba existiendo; en realidad, nunca se había modificado.
Como yo me encontraba fuera del tiempo, las cosas parecían flotar en el aire
cuando verdaderamente caían, aunque con tanta lentitud que hasta entonces no lo
había notado. Sus movimientos debían ser tan rápidos con relación al ritmo
normal de la vida, que el ojo humano no podía verlos. Sin embargo, yo había
llevado a cabo un elevado número de acciones que hubieran debido dejar alguna
huella. En aquel escaparate, por ejemplo, que rompí para apoderarme del
estetoscopio. Había pasado varias veces por delante y había visto los cristales
rotos sobre la acera. De repente me acordé de la camarera a la que había
desabrochado la blusa y me dirigí al restaurante donde trabajaba. El cliente
del billete de mil francos continuaba hablando con la cajera, pero ésta había
dejado de reír y se inclinaba hacia la izquierda para poner unas monedas sobre
un platillo que le tendía el camarero. La camarera había desaparecido de la
sala, pero la encontré fácilmente en un rincón de la cocina, con la cara
encendida y expresión furiosa, abrochándose un botón de la blusa. La huella de
mis dedos en su brazo se había transformado en una ligera contusión.
Un
viejo despertador, colocado sobre una estantería repleta de vajilla, marcaba
las seis y veintiún minutos. Por inimaginable que pareciera, llevaba fuera del
tiempo media hora, como máximo. Y sin embargo me había afeitado cerca de cien
veces, a juzgar por los datos de mi agenda. Es decir: creía haber vivido tres
meses, tres verdaderos meses. Repentinamente, apreté los puños y sentí una
especie de náusea al pensar que tal vez mi cuerpo se hubiera quedado en la
cabina experimental del laboratorio de Sévres y que acaso el doctor Martinaud y
Aline estuvieran intentando reanimarme desesperadamente... Todo eso suponiendo
que no me encontrara ya sobre una camilla, camino del depósito. ¡La camilla!
¡La camilla sobre la cual había acostado a Aline para no dejarla petrificada en
su absurda postura anterior! ¡Y el ridículo informe que pretendía colocar en
varias cajas, distribuidas por todo París, para beneficio de los sabios del
porvenir! ¡Todo aquel trabajo inútil, en el que había consumido semanas y
meses, equivalía a menos de veinte minutos de tiempo humano!
Sólo
podía hacer una cosa: regresar al laboratorio, de donde nunca hubiera debido
salir. Allí, al menos, podría enviar un mensaje —o intentarlo— a Martinaud y al
profesor Massel. Y si no quedaba posibilidad alguna de devolverme a la vida —lo
cual parecía muy probable—, siempre tendría el recurso de poner definitivamente
fin a los días de Yvon Darnier con el revólver del agente de policía, que
continuaba llevando en el bolsillo.
Tras
romper todos mis papeles, los tiré a una alcantarilla y me puse en marcha hacia
Sévres. Tendría que dividir el camino en varias etapas, porque durante los
últimos tiempos me costaba un trabajo ímprobo desplazarme a través del aire
ardiente y gelatinoso. Optando nuevamente por la relativa frescura del metro,
reemprendí en sentido inverso el itinerario que me había conducido hasta allí
unos meses... unos minutos antes. Atravesé otra vez los andenes del metro,
atestado de trabajadores matinales, y vi cómo las luces volvían a apagarse y
encenderse alternativamente... La razón de lo cual, dicho sea de paso, no
acababa de entender.
Dudando
de que verdaderamente hubiera roto una llamada de incendios, salí del metro en
la Puerta de Saint-Cloud y continué por el exterior. Desde lejos, vi un grupo
de gente alrededor de un bombero de mejillas sonrosadas, que hubiera podido
salir del Museo Grévin. Estaba colocando un nuevo cristal en la abertura
cuadrangular de la llamada. Al otro lado de la calle, delante de la tienda de
bicicletas, había un grupo parecido, todo el mundo miraba fijamente el
escaparate roto. «Con que realmente lo hice», me dije, vagamente reconfortado,
mientras continuaba la marcha.
En
el sitio donde había visto un ciclista inclinado hacia delante sin caerse, se
encontraban ahora dos guardias. De esta forma llegué hasta el laboratorio,
donde nada había cambiado, y me detuve en seco. Todos los presentes se
encontraban alrededor de mi perro Jyp. El animal estaba de pie sobre la mesa y
parecía ladrar; a su lado, también de pie y con los ojos clavados en él, Aline
se mordía los labios. La puerta de la cabina experimental estaba abierta y
respiré más tranquilo al comprobar que mi cadáver no estaba en ella. « ¿Lo
habrán llevado al depósito?», me pregunté al cabo de un instante. Pero, en ese
caso, no estarían todos alrededor de Jyp, mi viejo amigo Jyp, cuyos grandes y
húmedos ojos parecían mirarme.
Me
acerqué y pude comprobar la existencia de magulladuras en los brazos y en el
cuello de Aline. Se las había producido yo, naturalmente, al instalarla sobre
la camilla. Entonces descubrí la jeringa en las manos de Martinaud, las tijeras
en las del profesor Massel y, unidas a ellas, un mechón de pelo de la pata de
Jyp. Todo, repentinamente, quedó explicado. Pero, ¿por qué iban a ponerle esa
inyección a Jyp? Desde luego, no para... No, Aline no lo hubiera permitido.
Miré de nuevo al perro y vi sus grandes y húmedos ojos clavados en mí.
—
¡Jyp! ¡Mi viejo Jyp! —dije acariciándole la cabeza y retrocediendo al sentirle
temblar bajo mis dedos.
Lentamente,
como en una película a cámara lenta, el perro volvió la cabeza y su cola empezó
a moverse. Grité:
—
¡Jyp!
Y no
pude evitar que las lágrimas corrieran sobre mis mejillas y entorpecieran mi
visión. El animal cada vez se movía más de prisa. Bruscamente, con un extraño y
profundo ladrido, saltó hacia mí y... se quedó en el aire, tembloroso y
asustado. Un segundo después estaba en mis brazos, debatiéndose, gruñendo y
lamiéndose la cara.
Antes
de nada, debía convencerme de que era dueño de mi propio cuerpo y de que éste
no había sido conducido al depósito. Dejé a Jyp en el suelo y salí de la sala
de control. El animal intentó correr delante de mí por el aire caliente y
espeso. Con un alegre gruñido, saltó de nuevo y se volvió a quedar en el aire.
Me reí y lo puse sobre la acera. En la casita, que ya otras veces se había
utilizado como depósito de cadáveres, no había nada. Repentinamente fatigado y
hambriento —la fatiga y el hambre siempre se abatían repentinamente sobre mí—
me dirigí hacia la cantina. Estaba cerrada, pero no me costó mucho trabajo
entrar. Sólo encontré pan y mantequilla, que comí con excelente apetito. Sabía
que en aquel mismo piso había una sala de reposo con varias butacas y uno o dos
divanes. Até a Jyp con la cuerda de una persiana a mi muñeca, temiendo verle
desvanecerse con tanta brusquedad como había aparecido.
Me
desperté sobresaltado —lo cuál era habitual—, y con la sensación de no haber
descansado. Y tuve la repentina intuición de que el profesor Massel había
«empujado fuera del tiempo», utilizando su expresión favorita, a Jyp con la
finalidad de llegar de algún modo hasta mí. « ¿Habrá adivinado?», me dije
arrastrando a Jyp hasta el laboratorio, donde todos continuaban agrupados
alrededor de la mesa en que el perro había sido «empujado hasta mi tiempo». Jyp
había salido ya de su campo de visión y, puesto que todos miraban hacia el
lugar donde se había evaporado, llegué a la inclusión de que para ellos sólo
habían transcurrido uno o dos segundos, mientras nosotros habíamos vivido
varias horas, tal vez cinco o seis. ¡Con tal de que le hiciera comprender al
profesor Massel lo sucedido! Me quedaba, naturalmente, el recurso de cambiar de
sitio o de levantar del suelo a cualquiera de los presentes, pero ¿bastaría con
eso? ¡La pistola! ¡Sí, la pistola serviría! Tendrían que oír la detonación y
además la verían sobre la mesa después del disparo. En ese mismo momento, antes
de que pudieran cogerla, intentaría meter un mensaje dentro del cañón.
Saqué
el arma y apreté el gatillo. Durante un segundo no se produjo detonación
alguna, y ya me disponía a comprobar si estaba bien cargada, cuando la culata
se movió en mi mano como si alguien pretendiera arrebatarme la pistola.
Entonces apareció la bala por la boca del cañón, en medio de una explosión
sorda, extrañamente amortiguada, y de una llama amarillenta parecida a la del
soplete. El proyectil, como una mosca de cobre, avanzó lentamente, a una
velocidad que no debía ser superior a algunos centímetros por segundo. Lo
observé, fascinado, preguntándome cuánto tiempo tardaría en alcanzar...
Repentinamente me di cuenta de que se dirigía hacia la blusa de Aline. Rodeé al
profesor Massel y atrapé la bala al vuelo, pero descubrí con consternación que
no podía detenerla ni modificar su trayectoria. Quemaba tanto que me vi
obligado a soltarla y cuando, desesperado, me coloqué ante ella para que
chocara contra mi espalda, me desgarró la camisa y me abrasó nuevamente. Sin
embargo, me sabía capaz de desplazar a la gente de su sitio. Fui hacia Aline y
me apoyé sobre ella, de la manera más delicada posible, con objeto de no
magullarla, empujándola lentamente fuera de la trayectoria del proyectil. A
pesar de ello, terminó por perder el equilibrio y yo lo acompañé en su caída,
procurando protegerla con mi cuerpo.
La
bala continuó lentamente su vuelo y por fin se incrustó en la pared opuesta.
Jyp, que no comprendía nada de todo aquello, correteaba entre las
«petrificadas» personas de la habitación y me vi obligado a sujetarle para que
no las mordisqueara con objeto de atraer su atención.
Nunca
es fácil calcular el tiempo y en semejantes condiciones lo era mucho menos.
De
todas formas, calculo que por lo menos transcurrieron quince o veinte minutos
antes de poder comprobar alguna reacción facial a mi disparo. Finalmente, los
ojos de Martinaud parecieron salirse de sus órbitas y la boca de Aline se abrió
poco a poco, mientras en su cara comenzaba a reflejarse el miedo. Entonces me
dirigí a una de las mesas y escribí lentamente a lápiz:
«Estoy
aquí con Jyp, pero ustedes no pueden vernos. No vivimos en su tiempo y les
vemos como si fueran estatuas. Un segundo de «ahí» equivale a tres o cuatro
horas de «aquí». ¿Podrían hacer algo por nosotros? Sea lo que sea, dense
prisa.»
Yvon
Enrollé
el papel y lo metí en el cañón de la pistola. Después coloqué ésta sobre la
mesa. Todos se volvieron a mirarla con asombro.
A
partir de aquel momento, tuve que pasar largas horas de paciente espera. Poco a
poco les vi reaccionar ante el disparo. El primero en descubrir el arma fue
Martinaud. Jyp se había dormido y yo, cuando el doctor se inclinó para recoger
el arma, le imité. Entretanto el profesor se había estado volviendo hacia la
boquiabierta Aline, que se encontraba en la misma ridícula postura de un
boxeador groggy intentando levantarse.
Ya
no pude ver más. Estaba dando cabezadas y se me cerraban los ojos. Cuando
algunas horas más tarde me desperté, con todo el cuerpo dolorido, el profesor
ayudaba a Aline a levantarse y la mano de Martinaud acababa de levantar la
pistola de la mesa. Por fuerza tenía que ver el papel metido en su cañón, pero
pasarían horas, tal vez días, antes de que llegara hasta mí una respuesta. Me
levanté, desperté a Jyp y nos fuimos los dos a la cantina para reponer las
fuerzas y buscar un sitio confortable donde dormir.
Al
despertarme, volví al laboratorio. Martinaud había desenrollado mi mensaje y se
dedicaba a leerlo. El profesor Massel, que seguía sujetando a Aline por el
brazo, miraba hacia el doctor con la boca torcida, como si estuviera hablando.
El
resto ya lo conocen. Transcurrió por lo menos un mes antes de que al profesor
Massel se le ocurriera la idea de la inyección intravenosa y me comunicara su
plan por escrito. Debido a ello, tuve tiempo sobrado para escribir este
informe, que voy a depositar en la cabina experimental por si el procedimiento
del profesor resulta... malo.
* *
*
Aquella
noche, cuando Yvon Darnier volvió en sí, se encontraba en la enfermería, con
Aline, inclinada hacia él, sonriéndole.
—
¿Cómo se siente? —le preguntó en voz baja.
—No
muy bien. Me duele por todas partes. ¿Pero dónde...? ¡Dios mío! ¡Jyp! ¿Lo ha
traído también el viejo?
—El
doctor Martinaud y el profesor vendrán de un momento a otro, Yvon. Ellos le
dirán... No haga esfuerzos inútiles.
—
¿Por qué? ¿Qué sucede? ¿A qué vienen todas estas vendas? —Está usted lleno de
quemaduras...
—
¿Quemaduras? ¿Cuándo y cómo me las he hecho? ¡Ah! ¡Profesor! ¿Qué ha pasado?
—Algo muy desagradable, Yvon —dijo Xavier Massel sentándose al lado de la
cama—. No resulta fácil de explicar. Hace tres días, usted se puso
voluntariamente en estado de hibernación consciente...
—Todo
eso ya lo sé, profesor. ¿Y después?
—Al
dar por terminada la experiencia, le pusimos una inyección que debía devolverle
al ritmo normal, pero la cosa no funcionó bien... En lugar de recuperar ese
ritmo, lo sobrepasó con mucho, acelerándose... qué sé yo... cien o doscientas
veces más de lo normal.
—Entonces
mis hipótesis eran acertadas. Mientras ustedes vivían una fracción de segundo,
yo vivía una hora o más. ¿Dónde está Jyp? ¿Ha conseguido recuperarlo?
—Sí.
No se preocupe por él, subteniente.
—
¿Pero cómo...?
—Ya
se lo contaré después... —dijo el profesor levantándose—. Ahora enséñeme las
quemaduras.
—
¿Cómo me las produje?
—
¿Le costaba bastante trabajo moverse, no? Y seguramente tenía mucho calor...
—Sí.
El aire era espeso y pegajoso... Una especie de jarabe de malvavisco. ¿Cómo lo
sabe usted?
—La
velocidad de sus movimientos, la respiración... Todo eso debió provocar una
violenta fricción del aire. Incluso estoy sorprendido de que no se quemara
mucho antes, como un meteoro.
—
¿Como un meteoro?
—Sí,
subteniente. Hágase cargo de que se movía a tal velocidad que el ojo humano no
podía verle.
—Por
eso mis vestidos estaban siempre chamuscados y con desgarrones... Recuerdo
haber utilizado varias bicicletas, pero los neumáticos reventaban en seguida.
¿Y esos gongs que oía con tanta frecuencia? ¿A qué los atribuye?
—No,
desde luego, a su imaginación. La explicación es bastante sencilla.
Probablemente se trataba de llamadas telefónicas. Lo que para nosotros
constituye un sonido continuo, para usted se convertía en una serie de sonidos
aislados, separados entre sí por largos períodos de silencio. Y si estos
sonidos parecían provenir de un gong, es porque las ondas acústicas, como todo
lo demás, se transmitían con mucha lentitud dentro de su tiempo. Al reducir la
velocidad de un disco, se oyen sonidos progresivamente más graves.
—Pero,
¿por qué podía oír el timbre del teléfono y los otros sonidos no?
—No
lo sé con exactitud. Seguramente, el umbral de percepción de su oído era muy
inferior al normal... Quiero decir que sólo podía percibir una amplitud muy
débil de vibraciones. Por lo que toca a las luces, está bastante claro. En los
sitios donde había corriente alterna —el metro, por ejemplo— usted tenía la
impresión de apagones... La corriente alterna va y viene cincuenta veces por
segundo. Aquí mismo tenemos ese tipo de electricidad: mire la bombilla que hay
encima de su cama con los ojos entornados y verá cómo la luz parece vacilar.
Con cada una de esas vacilaciones se iniciaba para usted un período de
oscuridad, que duraba, o parecía durar, varios minutos. Si hubiera dispuesto de
un método más preciso para medir el tiempo, ahora podríamos calcular la
velocidad a la que ha vivido durante una hora.
—Cuatro
o cinco meses, creo.
—Tal
vez. Es difícil de decir, subteniente. Vivir a ese ritmo desgasta al organismo
mucho antes de lo normal... El cuerpo humano no está hecho para aguantar esas
velocidades y...
—Y
yo he envejecido mucho, ¿no?
—No...
no lo sé. Biológicamente ha debido envejecer varios años. Todo depende de lo
que sienta...
El
doctor Martinaud y Aline entraron en la habitación y miraron al profesor, que
les hizo una seña.
—Sí,
se lo he dicho y... creo que comprende.
—Efectivamente.
Comprendo. ¿Querría traerme un espejo, Aline?
—No
me parece... —tartamudeó la enfermera, mirando al profesor con aire
desesperado.
— ¿Y
si esperara un poco, Yvon? —dijo Martinaud—. Ahora está lleno de quemaduras y
su aspecto no es muy agradable. Pero eso pasará. Espere a volver... a la
normalidad...
—
¿Tan grave es la cosa? Aline, por favor, estoy seguro de que en su bolso hay un
espejo.
Cuando
la enfermera volvió algunos minutos más tarde, sacando del bolso el espejo que
Yvon le había pedido, el doctor Martinaud estaba cerrando los ojos de un
individuo muy viejo, que acababa de morir. Los ojos de Aline se llenaron de
lágrimas, mientras guardaba el espejo, ya inútil, en el bolsillo de la blusa.
—Está...
—Sí
—contestó el profesor Massel—. Envejecía muy rápidamente.
—
¿Qué edad tenía ahora, según sus cálculos?
—Cualquiera
lo sabe —dijo Martinaud levantándose—. En mi opinión, su cuerpo es el de un
hombre que tuviera más de cien años.
—Su
perro ha vuelto —dijo el profesor secándose las gafas—. Está debajo de la cama.
Martinaud se inclinó y sacó el cadáver de un cocker muy viejo, que había
perdido casi todo su pelo.
—No
estaba ahí a la hora de comer. ¿Cómo se las ha arreglado para entrar? —Estaba,
sin la menor duda. Sólo que usted no podía verlo —dijo el profesor saliendo de
la habitación.
EL
TIGRE RECALCITRANTE
A
todos los hombres bajos enamorados de mujeres altas
CON
LAS MANOS BIEN HUNDIDAS EN LOS BOLSILLOS DEL PANTALÓN y la cabeza echada hacia
atrás, el señor Darbon se balanceaba un poco sobre la punta de los pies y
hablaba animadamente. A pesar de ello, y no sin cierta tristeza, se dio cuenta
de que la encantadora y sonriente señora Gassade, a despecho de todos sus
esfuerzos, continuaba mirándole desde arriba, mientras paladeaba su café. ¡Si
por lo menos se sentara! ¡Le sería entonces tan fácil utilizar su personalidad
e incluso imponérsela! El señor Darbon se imaginaba inclinado sobre ella,
rozándole el hombro con la punta del dedo y sonriendo, también él; la señora
Gassade, para mirarle, tendría que levantar sus ojos azules... Aquellos ojos,
ligeramente desorbitados, que a veces llegaban a resultar demasiado bellos y
que siempre traían a la memoria del señor Darbon un conocido retrato de la
Pompadour... Hasta cierto punto solamente, porque Hèléne Gassade no tenía las
delicadas y mórbidas redondeces de la marquesa.
—Y
créalo o no —prosiguió con su estudiada sonrisa de sorpresa (que ponía de
manifiesto la cegadora blancura de sus dientes, una blancura que resaltaba
siempre de forma inesperada sobre el negro sedoso de su perilla) —, créalo o
no, la primera jirafa que vino a París, subió en triunfo los Campos Elíseos,
precedida por la banda de la Guardia Imperial y acompañada por un escuadrón de
caballería ligera. De esta forma atravesó el Bosque de Bolonia y siguió hasta
el castillo de Saint-Cloud, donde el Emperador y la corte la recibieron con los
honores habitualmente reservados a los embajadores.
—
¡No! ¡Es increíble! ¿Has oído, Marcel? —exclamó la señora Gassade.
—Sí
—dijo Marcel apartándose de su balcón, desde el que se dominaba el Bosque de
Vincennes—. Y se me ocurre una buena idea: llevemos a nuestros amigos al zoo.
La señora Darbon acaba de decir que nunca lo ha visto.
Marcel
Gassade era aún más alto que su mujer, pero en él, evidentemente, la cosa tenía
mucha menos importancia. De un profesor de gimnasia, todo el mundo espera que
sea alto y ancho de hombros. Y también que reciba a sus amigos en pantalón
deportivo y camisa de cuello abierto, a pesar de ser domingo por la tarde. El
señor Darbon no conseguía imaginarse vestido así, porque estaba acostumbrado a
llevar cuello duro y corbata desde las siete de la mañana en días laborables y
desde las ocho en festivos. Lo exiguo de su estatura resultaba deplorable desde
muchos puntos de vista, aunque no era completamente incompatible con su
profesión. El señor Darbon podía recitar una asombrosa lista de hombres bajos y
célebres, como Napoleón, que apenas se preocupaba, y como Luis XIV, que se
preocupaba mucho y llevaba tacones altos y una desmesurada peluca. Entre el Rey
Sol y el profesor Louis Darbon existía además cierto parecido: los dos tenían
el mismo nombre de pila, los dos se habían enamorado siempre de mujeres muy altas,
los dos detestaban verse obligados a permanecer de pie ante ellas y los dos
eran de la misma talla. Louis Darbon, más discreto, no llevaba peluca, pero
jamás permitía que el peluquero le pusiera fijador. Y aunque no había adoptado
la costumbre de los tacones altos, se compraba siempre zapatos de suela muy
gruesa, con lo que su marcha adquiría una curiosa elasticidad. Por esta razón
sus alumnos le conocían con el sobrenombre de «Tapón de Champagne». En el liceo
«Luis el Grande» también se le llamaba «Luis el pequeño».
Al
señor Darbon no le entusiasmaba la idea de dar un paseo por el zoo. Detestaba
el sombrero en forma de chimenea que llevaba su mujer, porque la hacía parecer
aún más alta de lo que era. Cuanto más meditaba sobre ello, menos comprendía
que se hubiera casado con una mujer tan desgarbada. La señora Gassade era,
seguramente, igual de voluminosa, o casi igual, pero estaba llena de encanto y
sabía escuchar con un hechizador interés.
«Tal
vez sea una persona fácil de hipnotizar», pensó el señor Darbon mientras se
ponía cuidadosamente, calibrando al milímetro la inclinación, su panamá blanco
de alta copa, que todos los veranos llevaba desde el 1° de junio hasta el 15 de
septiembre. Unos meses antes había comprado una Historia de París de ocasión,
en ocho tomos, el séptimo de los cuales narraba la vida de los más célebres
magos e hipnotizadores: Nicolás Flamel, Ruggieri, Cagliostro, el conde de
Saint-Germain, etcétera... A partir de ese momento, Louis Darbon no consiguió
apartar de su mente la extraña potencia que puede conferir el hipnotismo.
Compró otras obras sobre el tema y por la noche, en la soledad de su despacho,
llevó a cabo cierto número de experiencias, legando a la conclusión de que no
bastaba la voluntad para convertirse en un buen hipnotizador. La mirada, su
mayor o menor grado de imperiosidad y determinación, era el factor principal.
El señor Darbon, contrayendo las cejas, adquiría un aspecto realmente
impresionante y, tras ejercitarse un poco ante el espejo, descubrió que podía
mantenerse así durante mucho tiempo, sin necesidad de pestañear. Una mañana
intentó ejercer sus poderes sobre la señora Darbon, pero nadie puede imponerse
por este procedimiento a la voluntad de una mujer con la que se lleva veinte
años viviendo. El sujeto de su experiencia se limitó a preguntar al cabo de un
instante: « ¿Te duelen las muelas?», y el señor Darbon comprendió que era
preferible empezar con un sujeto fácil, con una persona sencilla y emotiva.
Reflexionó largamente sobre el particular y continuó sus ensayos ante el
espejo, llegando a la conclusión de que, por lo menos al principio, para no
asustar al sujeto, sería aconsejable esbozar una sonrisa no muy marcada, pero
dulce, que corrigiera la turbadora seriedad de su mirada.
Una
vez en la calle, el señor Darbon le ofreció ceremoniosamente el brazo a la
señora Gassade. Aunque caminaba erguido hasta la exageración, el hombro de
Hèléne sobrepasaba en varios centímetros al suyo. Era una lástima, porque se
trataba de una mujer realmente atractiva, en muchos aspectos, e incluso
bella... Y que además sabía escuchar muy bien. No como su mujer, que se había
parado al borde de la acera y ayudaba al señor Gassade a encender la pipa,
haciéndole pantalla con las manos.
—
¿Cree usted en el hipnotismo? —preguntó el señor Darbon, levantando el sombrero
e inclinándose discretamente al paso de una dama que había saludado a la señora
Gassade con una sonrisa.
—No.
¿Por qué?
—En
la vida existen afinidades extrañas, e incluso misteriosas, y usted parece ser
una persona refinada y sensible, una buena médium, en una palabra —terminó el
señor Darbon en voz baja, esperando que su compañera le preguntara entonces si
él sabía hipnotizar. Por eso se sintió sorprendido al oír que la señora Gassade
le decía:
— ¿Y
qué utilidad tiene hipnotizar a una persona?
—
¡Hombre!... Actualmente la medicina se sirve de ella... y en las enfermedades
mentales...
—Ya
comprendo... Es para hacer creer a la gente que está curada de alguna cosa...
¿Y se curan de verdad?
—En
cierto modo, sí... Se les hace comprender lo que no pueden ver o lo que, por
cualquier motivo, se niegan a aceptar.
—
¿Los psiquiatras también lo utilizan?
—Sí...
O al menos, eso creo —dijo el señor Darbon con una ligera sonrisa.
Y
empezó a soñar que la esposa de su colega se encontraba bajo su poder. Él la
obligaría a enfrentarse consigo misma y le demostraría que estaba hecha para
vivir junto a un intelectual refinado y suave, aunque lleno de firmeza, y no
junto a un bípedo carnoso, junto a un torpe manojo de músculos, que manifestaba
una acusada tendencia a dormirse delante de cualquiera en cuanto la
conversación cobraba algún interés.
Murmurando
unas palabras de excusa, el señor Darbon se adelantó a sacar cuatro billetes.
Su mujer, que continuaba al lado del señor Gassade, se acercó y le dirigió una
mirada muy expresiva. Una mirada que, tras veinte años de experiencia
matrimonial, el señor Darbon interpretó sin ninguna dificultad: ella quería
hablarle en privado. ¿Tal vez estaba disgustada por su manera de ofrecerle el
brazo a la señora Gassade? Pero mientras le tendía el billete, ella se apoyó en
su hombro para quitarse una china incrustada en la suela de su zapato y le dijo
al oído:
—No
vayas a proponer consumiciones ahí dentro. Ya has pagado más de la cuenta.
Fastidiado, aunque más tranquilo, el señor Darbon la miró pasar el torniquete y
la pescó dirigiendo una descomunal sonrisa al señor Gassade, que en aquel
momento encendía otra vez su pipa. La sonrisa de la señora Darbon se trocó en
mueca un instante después, cuando un camello cargado de niños pasó por su lado,
rozándola. «Si por lo menos se le ocurriera devorar su sombrero», pensó el
señor Darbon.
—
¡Cuidado! —gritó un guardia.
Pero
el aviso llegó tarde, porque el camello, sin detenerse, había vuelto la cabeza
y había atrapado con sus largos dientes, amarillentos y húmedos de baba, el
sombrero de la señora Darbon.
—
¿No podía usted estar al tanto? ¿Por qué no le ponen un bozal? —gritó el señor
Gassade dando un vigoroso puñetazo en el hocico del animal para obligarle a
soltar su presa.
La
señora Darbon, un poco asustada, contempló con aire melancólico los restos de
su sombrero:
—No
se preocupe. Era muy viejo y en realidad nunca me había gustado —dijo sonriendo
sin ganas.
Después
tiró lo que quedaba de él a una papelera y miró disimuladamente a su marido.
Pero éste no sonreía e incluso parecía desolado, como pudo comprobar la señora
Darbon no sin cierto placer.
Confundía,
sin embargo, la desolación con la preocupación. Porque el señor Darbon,
efectivamente, estaba preocupado, y se preguntaba si era posible una
coincidencia tan asombrosa o si...
Cuando
llegaron ante los leones, ya no le cabía la menor duda: las fieras, por alguna
razón misteriosa, le obedecían. Le bastaba con pensar cualquier cosa, incluso
sin necesidad de poner su voluntad en juego, y el animal al que en aquel
momento estuviera mirando, fuera del género que fuera, ejecutaba inmediatamente
su pensamiento. Así, sin el menor esfuerzo, hizo que una foca dejara de nadar y
de sumergirse, empujándola hasta el borde de cemento que rodeaba el estanque y
obligándola a ladrar «casi como un perro».
Unos
metros más allá, despertó con la fuerza de su mirada a un aturdido hipopótamo y
le ordenó que, siquiera por una vez, se levantara y sostuviera su pesado cuerpo
sobre sus cortas y carnosas patas. Obedeciendo a sus deseos, el animal pataleó
en el agua y dio un enorme bostezo, como generalmente se ve en los documentales
de la fauna africana. El señor Darbon descubrió unos instantes más tarde, sin
poder evitar un estremecimiento de satisfacción, que tenía el mismo poder sobre
las aves. Al llegar a la pajarera, un guacamayo azul, oro y púrpura, empezó a
dar chillidos y a batir las alas. Después abandonó de un salto su percha. De no
habérselo impedido la cadena unida a su pata, se habría colocado en el hombro
de Gassade —el señor Darbon estaba seguro de ello— y le habría quitado la pipa
de la boca.
Lleno
de asombro, el señor Darbon se disponía a mencionar sus recién adquiridos
poderes, cuando se le pasó por la cabeza la idea de que, al fin y al cabo,
todos aquellos animales se habían limitado a realizar gestos que les eran
familiares y que, por extraño que pareciera, todo podía reducirse a una serie
de coincidencias. ¿Estaba, por ejemplo, seguro de no hallarse en presencia de
un simple fenómeno de transmisión del pensamiento? ¿No se habrían limitado los
animales a sugerirle lo que iban a hacer? Necesitaba una prueba más
convincente, que no dejara lugar a dudas y la mejor manera de obtenerla era
obligar a una de aquellas fieras a hacer algo inhabitual e incluso contrario a
su instinto. Y unos instantes más tarde, mientras contemplaba a un grizzly de América,
erguido sobre sus patas traseras y mendigando como sólo un oso puede hacerlo,
se le ocurrió algo que constituiría una demostración irrefutable. Puesto que
los osos siempre mendigaban de pie, haría que éste lo hiciera cabeza abajo.
«Pero
es mucho pedir», se dijo, dando media vuelta para alcanzar a su mujer y a sus
amigos, que seguían ya su paseo.
—
¡Mamá, mira! —gritó una niña.
Las
personas paradas ante el estanque de los osos se echaron a reír. El señor
Darbon, reprimiendo a duras penas un ligero temblor, volvió corriendo y se
asomó al foso. ¡El oso pardo realizaba desesperados esfuerzos para hacer el
pino!
El
zoo de Vincennes, cuya concepción es notable por muchos motivos, apenas tiene
jaulas ni barrotes. Profundas fosas separan al público de los anímale salvajes,
que de esta forma viven al aire libre y en un marco que les recuerda el de su
país de origen. Los leones pueden retozar a su antojo entre rocas y árboles, y
en el recinto contiguo, separados de ellos por un muro vertical y del público
por un ancho y profundo foso, se encuentran los tigres. En aquella ocasión, dos
soberbios ejemplares, de gigantesco tamaño, se pavoneaban al sol.
—
¿Nunca intentan saltar la fosa? —preguntó la señora Darbon.
—No
podrían dar un salto así y lo saben —dijo el señor Gassade—. Son animales
inteligentes, que calculan bien el tiempo y las distancias.
—
¡Inteligentes! —refunfuñó Louis Darbon para sus adentros, regodeándose con la
idea que acababa de ocurrírsele. « ¡Una sola prueba más!», murmuró luego en voz
baja, mirando a uno de los tigres acostados a menos de quince metros. «Venga,
ponte de pie», pensó. Y al ver que el animal se alzaba lentamente, con sus dos
ojos amarillentos clavados en él, ordenó: «Ahora, retrocede, toma impulso y
salta».
El
señor Darbon se sintió algo decepcionado, porque el animal, a juzgar por las
apariencias, no se disponía a obedecerle. Se limitó a avanzar lentamente hasta
el borde del foso, sin apartar la mirada del diminuto profesor. Después se
aclaró la garganta con un profundo gruñido, dio media vuelta y regresó paso a
paso al roquedal donde su compañero se desperezaba. Sólo entonces se volvió,
haciendo bruscos remolinos con la cola, y corrió en dirección al foso sin
forzar la marcha al principio, pero aumentando progresivamente la velocidad.
—
¡Dios mío! —gritó Marcel Gassade.
Con
un potente impulso, el tigre saltó a bastante altura y cayó en el interior del
foso, gruñendo. Le habían faltado por lo menos tres metros para alcanzar el
parapeto. Una mujer lanzó un grito de terror.
—
¿Decía usted que los tigres saben medir las distancias? —dijo el señor Darbon
sin apartar los ojos del fondo de la sima, donde el tigre, como un gato
gigante, se elevó de un salto hasta la mitad del muro de cemento y consiguió,
con ayuda de las garras, trepar dos metros, para después caer rugiendo. El
profesor de historia, por si acaso, se echó hacia atrás prudentemente.
—Me
gustaría saber por qué ha hecho eso —dije Hèléne en un tono que no era
interrogador.
Y en
aquel momento tenía las uñas clavadas en el brazo del señor Darbon.
—Ha
sido culpa mía y le pido perdón por haberla asustado —dijo éste, estirándose
cuanto pudo y sonriendo, pero sin dejar de observar atentamente la expresión de
la señora Gassade.
Y al
ver que su interlocutora no decía nada, limitándose a mirarle con sorpresa,
añadió, mientras le daba golpecitos cariñosos en la mano:
—Ejerzo
una especie de poder hipnótico sobre los animales.
—Louis,
no digas tonterías —dijo la señora Darbon con risa estrangulada—. ¡Ni siquiera
podrías hacer que un asno rebuznara!
En
aquel momento Louis descubrió un carricoche para niños tirado por un burro.
—
¿Qué decías, querida? —repuso con una sonrisa de superioridad, cuando los
potentes rebuznos del animal les hicieron volverse.
—
¡Es increíble! —exclamó Marcel Gassade, riendo a mandíbula batiente.
—Una
simple coincidencia. El pobre animal ha debido reconocerte. Pero su risa, esta
vez, era un poco destemplada e histérica.
—No.
Creo que su marido se halla de verdad en posesión de un extraño poder —
intervino Hèléne Gassade, siempre colgada del brazo del profesor.
—Me
gustaría creerlo —dijo el señor Gassade— Pero entonces, ¿por qué no obliga a
ese tigre a subir y a intentar el salto por segunda vez?
—Ya
está trepando por esas rocas y de nada le serviría saltar. Podría estarlo
haciendo durante toda su vida —dijo el señor Darbon con una sonrisa irónica.
—Sí,
seguramente tiene usted razón —contestó Gassade, golpeando la pipa contra el
tacón de su zapato—. Entonces, pruebe con otra cosa... Di tú con qué, Hèléne.
—Hágale
mover la cola como un perro y rascarse la oreja —dijo Hèléne riendo tontamente.
—
¿Cuál de las dos? —preguntó el profesor, recurriendo nuevamente a su sonrisa de
sorpresa.
—Las
dos, una después de otra —replicó el señor Gassade.
El
profesor dio un paso hacia delante con los brazos cruzados y miró al tigre, que
avanzó hasta el borde del foso, se sacudió y se sentó lentamente sobre sus
cuartos traseros. «Ahora», pensó el señor Darbon, intentando cruzar su mirada
con la del tigre. Pero cuando finalmente lo consiguió, el animal, en lugar de
mover la cola o de rascarse la oreja, se agazapó, bufó y rugió en dirección a
él.
—Creo
que la ha tomado con su perilla —dijo el señor Gassade rascando una cerilla en
la suela de su zapato.
El
señor Darbon se puso rojo como una amapola.
¡Nunca
su iletrado colega (que sólo era, a fin de cuentas, un asistente encargado de
hacer jugar a los alumnos y en modo alguno un verdadero «profesor»), se había
permitido tales familiaridades con él ni con ningún otro catedrático del liceo
«Luis el Grande»! ¿Por quién le tornaba? Haciendo caso omiso de la risa
estúpida y cacareante de su mujer, Darbon apretó los dientes y se concentró.
¡Iba a enseñarles!
—Ráscate
—musitó con los labios apretados, intentando fulminar a la fiera con la más
cruel de sus miradas.
Pero
el tigre, que continuaba agazapado, agitó la cola y volvió a rugir.
—
¡Miren, mueve la cola! —dijo Hèléne Gassade con excitación.
Louis
Darbon, sin embargo, sabía que aquel movimiento de cola no guardaba relación
alguna con su mandato. «¡Ráscate!», pensó de nuevo.
—Tengo
la impresión de que, si pudiera alcanzarle, se lo tragaría de un solo bocado
—dijo el señor Gassade expulsando una bocanada de humo con un gesto de
satisfacción.
—Podría
alcanzarme, si supiera cómo llegar hasta aquí —contestó el profesor con un
nuevo gesto de superioridad.
—Lo
ha intentado, ¿no?
—Sí,
pero esos ensayos demuestran su total falta de inteligencia. Si tuviera una
mínima porción de ella, habría encontrado hace tiempo el procedimiento para
saltar esa fosa.
—Louis,
estás haciendo el ridículo. Todo el mundo te mira —dijo la señora Darbon.
—
¿Pero de verdad conoce usted un sistema que le permitiría salir de ahí?
—insistió el señor Gassade.
—Sí.
Si ese tigre corriera a lo largo del foso y saltara sobre el extremo del muro
con un ángulo de noventa grados, podría utilizar éste como trampolín, para
decirlo de alguna forma, y aterrizaría fácilmente entre nosotros. No me cabe la
menor duda...
Apenas
había pronunciado estas palabras, cuando comprendió lo que pasaba... El tigre
podía leer sus pensamientos. «Vámonos», murmuró con la cara lívida al ver que
el animal se levantaba, medía el foso con la mirada y clavaba después los ojos
en el muro.
—Vamos
—repitió el señor Darbon.
Y
ante la sorpresa de sus amigos, echó a correr. Pero sabía que era ya demasiado
tarde. El tigre, al otro lado de la barrera, empezó a trotar en dirección
opuesta, aumentando poco a poco la velocidad. Los asistentes, divertidos, lo
contemplaban. Todos, sin embargo, se sorprendieron cuando el animal saltó, muy
alto y derecho, sobre el muro de cemento perpendicular al foso. Un instante
después, el tigre, con las cuatro patas por delante, tocó la pared y envió, en
un impulso formidable, su masa rugiente de furor hacia el parapeto, que
sobrepasó con amplio margen. Alguien gritó y todo el mundo echó a correr. El
señor Darbon hizo frente a la fiera por última vez, con la energía de la
desesperación. Tuvo el tiempo justo para mirarle a los ojos amarillos y desorbitados,
antes de que una acerada pata le desgarrara el brazo, desde el hombro hasta el
codo, y lo lanzara de cabeza hacia el carricoche cargado de niños, que gritaban
de espanto.
Se
oyeron varios silbidos y dos guardias, armados de fusiles, llegaron corriendo.
Pero un agente de policía se les había adelantado. Un agente que, desenfundado
su revólver, corrió hacia el tigre y le metió una bala en la cabeza,
precisamente cuando se disponía a saltar, otra vez al foso, con el cuerpo del
señor Darbon en la boca. Éste, por desgracia, había dejado de existir.
CAIDA
EN EL OLVIDO
«A
la encantadora Edna, que me salvó de esta caída casándose con otro hombre.»
¡LA
CAÍDA, LA VERTIGINOSA E INTERMINABLE CAÍDA DE MI PESADILLA! Sé que es un sueño,
pero esta certidumbre puramente abstracta no atenúa el horror y la angustia de
mi descenso en el vacío. Estoy dormido, lo sé, y sólo podré despertarme tras la
desasosegante lentitud y la brusca detención, que me dejará sin aliento,
perdido bajo las mantas, atenazado por un nuevo e incomprensible terror y
luchando como un loco para escapar de él. Esos postreros instantes de pánico
son, seguramente, aún más descorazonadores y terribles que la caída del sueño,
porque no sólo lo olvido todo durante ellos, sino que me quedo vacío de todo
conocimiento... De todo conocimiento, excepto de la conciencia de mi propio
miedo, un miedo profundo, negro y devastador, que parece venido del fondo de
los siglos. Mi instinto de conservación es entonces tan potente, que a veces
llego a desgarrar la espesa manta de lana en la que estoy enredado.
También
sé que los psiquiatras llaman a esto una «Pesadilla recidiva». Cuando era niño,
me asaltaba con más frecuencia; mi pobre madre, despertada a menudo por mis
gritos ahogados, tenía que sacarme de mi devastada cama y volver a dormirme en
sus brazos. Sé muy bien lo que mi médico diría de todo esto y, tras mis
lecturas de Freud, Adler, Jung y otros, no puedo decidirme a consultar un
psiquiatra, al cual engañaría desde la primera sesión. Acaso mi sueño es,
efectivamente, un recuerdo de la infancia, pero también algo más: un momentáneo
fin de todo conocimiento de las cosas, conocimiento que recupero al saltar del
lecho, pero que algún día podría no recuperar. Si mi corazón prosiguiera una
sola vez su desenfrenada carrera, yo quedaría convertido en una especie de
larva móvil y apenas consciente.
A la
edad de quince años, mi pesadilla perdió gran parte de su agudeza y empezó a
visitarme con menos frecuencia. Cuando me casé con Edna, llegó a desaparecer
completamente. Después vino la guerra y mi primer salto en paracaídas, donde
encontré de nuevo mi pesadilla, esta vez hecha realidad. Aquel despiadado y
vertiginoso descenso, entre el viento de las hélices, me amordazaba, me
envolvía la cabeza, me ahogaba, de igual modo que las sábanas de la cama
durante mi niñez. Entonces gritaba, hasta que la sacudida de los correajes me
impedía respirar, pero después, ya en el suelo, conocía de nuevo la aterradora
sensación de ignorarlo todo, de ser sólo consciente de mi propia nada. Mis
reflejos, sin embargo, debían funcionar normalmente, porque los instructores nunca
me hicieron la menor observación y yo continué con regularidad los
entrenamientos. Pero cada salto suponía un retorno de la pesadilla.
Sólo
después de la guerra, después de nuestra segunda luna de miel — ¡nadie puede
imaginarse el espanto de una segunda luna de miel!—, reapareció mi pesadilla.
Desde entonces no ha vuelto a abandonarme y en la actualidad me asalta casi
todas las noches. Desde hace algún tiempo, sin embargo, lo hace acompañada de
una angustia suplementaria, algo de lo que no consigo acordarme y que ninguna
relación guarda con la pesadilla en sí, pero que —en mi opinión— podría ponerle
fin. Se trata de un detalle referente a la muerte de Edna.
Durante
todo el proceso, he intentado vanamente recordarlo. Sí, no cabe la menor duda
de que he matado a Edna, pero no consigo reconstruir los hechos. Y este olvido
nada tiene de agradable, porque soy inocente. Creo, por otra parte, que algún miembro
del jurado lo ha comprendido así (alguien, supongo, casado con una mujer como
Edna). En cuanto a los otros... bastaba con ver sus caras al escuchar la cinta
magnetofónica.
Ellos,
la policía, el juez, los picapleitos, los miembros del jurado, sólo podían
hacer eso: escuchar. En cuanto a mí, no necesitaba más que cerrar los ojos para
reconstruirlo todo, el escenario, el ambiente, la luz, el calor del fuego,
nuestros más imperceptibles movimientos, el resplandor del enigmático y pálido
rostro de Edna, cuando —fríamente— intentaba hacerme repetir mi amenaza, mi
estribillo relativo a Florence. Sí, todo volvía a mí: el brillo metálico de sus
ojos color verde oscuro, el humo de su cigarrillo que ascendía en capas azules,
como esas nubes demasiado alargadas e inmóviles de los cielos de estío, en
capas que yo desbarataba perversamente cada vez que escupía una respuesta.
¡Pero hay algo que los jurados ignoran, que la policía ignora, que todo el
mundo ignora y de lo que yo, forzosamente, debo acordarme! ¡Me han hecho tantas
preguntas...! Decenas, centenares de preguntas sobre Edna y su pasado, mi
pasado, nuestro pasado... Nadie, sin embargo, ha dicho nada que me sirva de
hilo conductor para dar con mi pequeño secreto, con el hecho minúsculo e
indiscutible que habría puesto fin al proceso en unos minutos.
En
contra de la opinión, bastante evidente, de mis defensores, que no veían en
ello paliativo alguno, me he negado a declararme culpable. Es cierto que todo,
hasta mis propias palabras, me condena. Sí, yo mismo demuestro mi crimen y lo
explico detalladamente en esa maldita cinta magnetofónica. Pero mis
explicaciones estaban dirigidas a Edna y no a una corte de magistrados y a doce
imbéciles. He aquí la única diferencia importante y en ella, precisamente, me
falla la memoria. Les he puesto en guardia, explicándoles todo esto y
asegurándoles que, tarde o temprano, terminaré por acordarme. Mis abogados lo
han enredado todo, sirviéndose de mi declaración para hacerme pasar por loco.
Pero su tesis no ha sido admitida, de lo cual, en realidad, me alegro, porque no
hay en mí el menor síntoma de locura. Varios médicos han prestado declaración y
se muestran, en este punto, de perfecto acuerdo. Sólo uno de ellos ha tenido el
valor de declarar que verdaderamente, en su opinión, la memoria me estaba
jugando una mala pasada. Se le veía persuadido de la importancia de este punto
y sinceramente compadecido de mí. ¿Pero qué peso podía tener la expresión de
una simple duda en la implacable balanza de la justicia, sobre todo cuando en
el otro platillo se encontraba la explicación tajante, clara y detallada de los
hechos, salida de la propia boca del acusado? He matado a Edna y soy, a pesar
de ello, inocente. Se trata, al fin y al cabo, del más perfecto de los
crímenes, porque hay autor y no culpa. Es, como fácilmente puede verse, el non
plus ultra del asesinato.
Naturalmente,
me impresioné algo cuando vi que el juez se ponía su capucha negra para
condenarme a muerte, pero no me sentía inquieto porque estaba convencido de que
recuperaría la memoria con antelación suficiente para evitar el error judicial.
Pedí permiso para escuchar de nuevo la famosa cinta magnetofónica y me fue
denegado. El hecho, por lo demás, carece de importancia; la he oído dos veces
en el curso del proceso y puedo repetirla casi de carrerilla. Mis abogados
pretendieron que elevara una protesta por el empleo del magnetófono, pero no
les hice ningún caso. Eso produciría mala impresión en los jueces. Debo
preparar muy bien el terreno, demostrando de todas las formas posibles que nada
temo. Un inocente no tiene por qué sentir miedo de la justicia, y esto
constituirá un tanto a mi favor cuando por fin me halle en condiciones de
aportar la prueba de mi inocencia.
Aunque
la mayor parte de los condenados se ponen tan nerviosos que no pueden comer ni
conciliar el sueño sin ayuda de drogas, yo tengo un excelente apetito y duermo
a pierna suelta, sobre todo si percibo la vecindad de mi pesadilla. Cuando ésta
me asaltó por primera vez, los guardias —que ejercen sobre mí una implacable
vigilancia durante todas las horas del día y de la noche— se asustaron un poco
y me despertaron sin miramientos. Pero ahora ya saben que así tengo más
posibilidades de recordar el detalle insignificante o el hecho minúsculo que
les haría correr a la Dirección, portadores de la noticia de que puedo
demostrar mi inocencia, y me dejan tranquilo.
Al
principio estaba convencido de que Edna era un gato reencarnado, pero se
trataba sólo de un juego o, más bien, de un engaño por su parte. Los ojos, que
abría de par en par por la noche para subrayar su extraño brillo, la especial
manera de sonreír, la estudiada flexibilidad, la ligereza felina —sus padres
habían querido que se dedicara al baile—, la soltura con que podía deslizarse
por una puerta apenas entreabierta y brincar luego por encima del respaldo del
sofá para terminar enroscándose sobre la alfombra, delante del fuego... En todo
aquello, repito, no existía la menor autenticidad. ¡Y pensar que esos trucos
eran precisamente los que me habían encantado, aturdido y, por fin,
aprisionado! Sin la guerra, habría terminado por acostumbrarme. Pero nuestra
segunda luna de miel fue la causa de su perdición, porque Edna cometió la
suprema torpeza de recomenzarlo todo; como si yo no conociera sobradamente su
verdadera personalidad de falsa intelectual y de sempiterna cultivadora del
descuido y la indolencia, con la única finalidad de enmascarar una pereza que
en ocasiones llegaba a sobrepasar los límites habitualmente impuestos por la
higiene.
Edna
estaba persuadida, con toda justicia, de su poder de fascinación y, de haberle
sido posible, no habría vacilado en ronronear. Posteriormente continuó jugando
al gato sólo porque había descubierto que esa actitud me irritaba, y aquí
residió, sin duda, su único parecido con el detestable animal. Del mismo modo
que un gato juega con un ratón, ella se mostraba progresivamente tranquila,
sonriente y altanera, a medida que yo me exasperaba más y más. En realidad no
le gustaban los gatos ni ningún otro animal. Cuando aún no llevábamos casados
un mes, durante nuestra primera luna de miel, me impuso la elección entre mi
perro y su persona. ¡Qué tonto fui! ¡Qué maravillosa ocasión desperdicié! Mi
única excusa es que entonces aún estaba locamente enamorado... no de ella,
puesto que intuía ya su verdadera naturaleza, sino del papel que representaba.
La
primera vez que mi pesadilla volvió, después de la guerra, Edna se levantó,
cogió el edredón y pasó el resto de la noche en el diván del cuarto de estar.
Al día siguiente, cuando regresé de la oficina, había sustituido nuestra amplia
cama de matrimonio por dos lechos gemelos. Supongo que habría podido obtener el
divorcio por eso, pero a costa de hablar con un montón de gente, explicándoles
mi sueño y —lo que aún era peor— el procedimiento que Edna empleaba para
librarme de él. Cada vez que, perdido bajo las mantas, comenzaba a aullar y a
debatirme para salir de ellas, mi mujer extraía un enorme látigo de debajo de
su almohada y, sin molestarse siquiera en ponerse de pie, desde su cama, me
azotaba con todas sus fuerzas hasta que dejaba de gritar.
El
principio del fin llegó el día en que Edna instaló las nuevas cortinas en la
habitación del fondo. Le gustaba mucho tomar impulso y saltar sobre el escabel
como un gato, de un solo brinco, sin que sus dedos ni sus pies parecieran tocar
los escalones. Pero como no era un verdadero gato —ni siquiera un gato
reencarnado—, aquella vez resbaló y cayó pesadamente sobre una cómoda. Vejada,
se levantó inmediatamente, pero como parecía tener algunas dificultades para
respirar, yo, feliz de poderle probar por fin que no tenía la agilidad ni la
ligereza de un gato, me apresuré a telefonear al médico más cercano. Así
conocimos a Barnley, joven doctor recién salido de los hospitales y lleno de
entusiasmo, que se dejó embaucar muy de prisa por las «gaterías» de mi mujer,
por sus ojos inundados de luz, por su sonrisa triangular, por su forma de
sentarse sobre la alfombra del salón y después, a medida que su salud mejoraba,
por la silenciosa suavidad de sus movimientos. A partir de aquel momento, al
hacer Edna su número para otro, yo pasé repentinamente a encontrarme en la
situación del maquinista que ve entre bastidores todos los trucos y puntos
débiles del oficio, tal como su encantadora manera de extender ambas manos, de
plano, sobre las rodillas, o de aplastar, con un golpe hacia atrás de la
cabeza, los rizos rebeldes, o de pasarse los dedos por encima de la oreja,
acariciando el pelo con un movimiento circular que recordaba exactamente al de
los gatos. Edna jamás comía, lisa y llanamente, un bizcocho. Lo deglutía poco a
poco entre deliciosos mohines y, cuando tomaba el té, daba la impresión de
acribillarlo con diminutos y sucesivos golpes de su lengua rosada y puntiaguda.
Naturalmente, no teníamos la costumbre de registrar con el magnetófono nuestras
peleas y escenas, en el curso de las cuales sus palabras eran siempre ásperas,
venenosas, llenas de sobreentendidos y de amenazas veladas y sus argumentos
falsos e injustos. Pero en aquella ocasión mi mujer perseguía una finalidad
concreta y tenía que representar su papel. A mí ya no era capaz de engañarme.
El doctor Barnley poseía una casa muy bonita, en medio de un inmenso jardín, y
vivía allí, en compañía de su madre, vieja e impedida. Tenía también dos
soberbios perros, pero estoy seguro de que, llegado el momento, los habría
sacrificado gustosamente a la felicidad de Edna. Ésta se guardó muy bien de
mencionar sus alteraciones cardíacas o sus afecciones de hígado. Quería
aparecer ante sus ojos como un perfecto ejemplo de salud y vitalidad, animada
siempre por su irresistible belleza felina y su acogedora sonrisa. Para
atraerle a nuestra casa, no encontró excusa mejor que la de interesarle por mí.
Incluso
tuvo la desfachatez de mencionar mi pesadilla. Barnley, a pesar de todo, debía
ser un hombre íntegro, porque —a despecho de cuanto ella le dijo con la
intención de hacerme entrar en un sanatorio— afirmó repetidas veces que no me
encontraba ningún síntoma grave. Por otra parte, yo me sentía bien y
relativamente feliz, mucho más feliz que en el curso de los últimos años,
porque al fin había descubierto mi odio por Edna. En ella lo odiaba todo, hasta
la más escondida de sus entrañas. Y había encontrado, para entretener mis
viajes en metro hacia la oficina o de regreso a casa, un estribillo que se
adaptaba perfectamente al traqueteo de las ruedas sobre los raíles y que
tarareaba incesantemente por lo bajo: « ¡De-tes-to-tus-tri-pas-de-ga-to!
¡De-tes-to-tus-tri-pas-de-ga-to! ¡De-tes-to-tus-tripas-de-ga-to!».
¡Pero
esta caída! ¡Esta espantosa caída en la nada! ¿Por qué jamás consigo
despertarme antes de su descorazonador final y por qué, una vez despierto, sólo
puedo aullar como una fiera hasta que consigo sacar la cabeza de debajo de las
sábanas?
¿Dónde
estaba? En el proceso, sin duda.
Durante
él, desde luego, no mencioné al doctor Barnley, aunque si Edna y yo, cada uno
por su lado, nos decidimos a considerar definitivamente fracasada nuestra
unión, fue por su culpa (gracias a él, debería decir). La idea del magnetófono
se le ocurrió a la propia Edna o, tal vez, a Barnley. Yo había pensado en una
solución muy distinta, seguramente porque experimentaba una vaga simpatía y una
decidida compasión hacia el doctor Barnley. El azar quiso que nuestros
proyectos coincidieran en el tiempo.
Edna
debió preparar la farsa en el transcurso de la tarde y supongo que puso en
marcha el magnetófono aprovechando cualquiera de nuestras interminables peleas,
probablemente cuando se dio una vuelta por la habitación para apagar todas las luces,
excepto la de la chimenea, ante la cual se levantó con un movimiento brusco,
aunque no por ello menos ligero.
—Digas
lo que digas, James Faller, siempre tendré paciencia contigo.
Edna
había adquirido la costumbre de llamarme por el nombre y el apellido durante
los primeros tiempos de nuestra vida en común, cuando todavía se mostraba
orgullosa de mí, al menos delante de los demás.
Poco
a poco, sin embargo, esta inicial expresión de afecto fue convirtiéndose en
muestra de desdén, y sirvió por añadidura, en el caso del magnetófono, para que
los jueces no pudieran albergar la menor duda sobre la identidad de su
interlocutor. «Digas lo que digas», eran las primeras palabras registradas,
pero lo que los miembros del jurado no pudieron escuchar fue precisamente lo
que yo quería decir y lo que ya había dicho.
Naturalmente,
hubiera podido repetirlo, pero se trataba de algo tan desprovisto de
importancia que aún no he conseguido acordarme.
—Sí,
paciente como un gato —respondí yo agriamente. Y me bastó observar el
movimiento de cabeza de los miembros del jurado para comprender que Edna se
había anotado el primer tanto.
—
¿Es cierto que me detestas. James? —Hasta la náusea, Edna.
— ¿Y
harías cuanto estuviera en tu mano para librarte de mí? —Desde luego, querida.
—
¡No! No te vayas. Es preciso que terminemos de una vez para siempre. —Sólo voy
a buscar el té.
Ante
el tribunal, hubiera debido explicar que yo tenía la inveterada costumbre de
hacer té todas las noches, antes de irnos a la cama. También hubiera podido
añadir que la bonita escena de «terminar de una vez para siempre» era casi
cotidiana, pero al fin y al cabo se trataba de aclaraciones sin importancia.
Edna no detuvo el magnetófono a pesar de mi ausencia, porque en la grabación,
durante tres o cuatro minutos, sólo se oye el vago ruido del carbón en el fuego
y, por fin, el de la puerta, al volver yo con la bandeja del té.
— ¿Y
esa mujer, esa... Florence? ¿Continúas decidido, James?
—
¿Qué quieres decir?
—Lo
sabes demasiado bien. Te pasas el día diciéndome que vas a abandonarme para
irte a vivir con ella. Estoy harta y te prevengo que no puedo seguir así
indefinidamente.
Por
supuesto, el tribunal había querido saber quién era Florence. Y también la
policía, que removió cielo y tierra sin dar con ella. Yo, a lo largo de todo el
juicio oral, me negué a declarar sobre este asunto. Aunque les hubiera dicho la
verdad —que Florence no existía ni había existido nunca, que era un personaje
imaginario inventado por mí para fomentar la relación, cada vez más patente,
entre Edna y el doctor Barnley—, nadie me habría creído.
—Me
casaré con ella y así, en lugar de una gata, tendré por fin una auténtica
mujer.
—
¿Vas a pedir el divorcio para casarte con esa... esa persona? ¿Es eso? —No,
Edna.
—
¿Entonces cómo diablos va a convertirse en tu mujer?
—Calla
y bebe el té.
Después,
mucho más tarde, descubrí el micrófono bajo el cojín en el que Edna había hecho
la gata delante del fuego. Así se explica la cristalina limpieza del ruido de
la taza sobre el plato.
— ¡Puah!
¿Has puesto azúcar?
—Perdona.
Se me ha olvidado. Ten, sírvete tú misma. —James, ¿por qué no has contestado a
mi pregunta?
—Cierra
un poco la boca y bébete el té, Edna. Estás embriagadora. —Es el té más
repugnante que jamás he bebido. ¿Cómo lo has hecho?
—Dulce
gatita: dame tu taza. Gracias. En cuanto a la mía, mira... ¡Al fuego!
El
crepitar de mi té, arrojado a la chimenea, se oía con gran nitidez por el
altavoz del magnetófono.
—
¡Jim!... Me das miedo.
—
¿De verdad? Tanto mejor. Ahora ya puedo contestar a tu pregunta, gatita.
— ¿A
mi pregunta sobre... sobre tu amante?
—De
repente te has vuelto muy educada. Por lo general empleas otros calificativos.
Sí, se trata de Florence. Dentro de un mes o dos, estaremos casados.
—
¿Crees que podrás obtener el divorcio tan rápidamente? —Nadie se divorcia de
una gata muerta, Edna.
—
¡Estás loco! ¿Por qué no te vas, simplemente, a vivir con tu... Florence?
—Imposible, gatita. Eso estaría muy mal visto después de tu entierro.
—
¿De mi entierro?
—Sí.
Además, Florence y yo, casados como Dios manda, podremos vivir aquí. Florence
adora los perros. Al contrario que tú. Veamos... Un gato tiene siete vidas ¿no?
¡Es igual! He puesto una dosis suficiente para matar a cincuenta personas, es
decir, a más de siete gatos.
—James
Faller, compórtate seriamente, por favor. ¿De qué estás hablando?
—De
un veneno, Edna. De un antiguo y eficaz veneno. Sí, lo sé, empiezas a sentirlo,
te quema dentro del estómago, en tus entrañas, en tus tripas de gato. Sí,
querida... Ya conoces la razón de que no me haya bebido esa tacita de té bien
amargo y de que, en cuanto tu corta agonía haya terminado, piense fregar las
tazas y la tetera con especial detenimiento.
—Jim...
¡NO!
El
grito de Edna era perfecto. Las dos veces causó el mismo efecto en los miembros
del jurado. Sus rostros se endurecieron como la piedra, y adquirieron,
consecuentemente, el terroso tinte de la piedra.
—Sí,
Edna... Un veneno magnífico, que no deja la menor huella, pero que mata con
rapidez... Un poco cruel, acaso, pero yo sé que los gatos soportan el dolor
físico mucho mejor que el resto de los animales. Tú, por lo tanto, sufrirás
menos que si fueras un ser humano. ¿No crees, Edna?
El
grito que brotó de su garganta, nuestra corta lucha, cómo la arrojé sobre el diván,
mientras intentaba alcanzar la mesa y el teléfono... Todo era perfectamente
audible, igual que si lo hubiéramos montado para una emisión de radio. Hasta
sus últimas palabras, cuando se dejó caer al suelo, sin duda para quedar más
cerca del micrófono, fueron recogidas por el aparato con increíble claridad.
—
¡James Faller... mi marido... me ha... me ha envenenado! —gimió.
Su
largo y quejumbroso grito, que terminaba con un estertor, puso punto final a la
escena. Antes de que el tribunal escuchara la grabación por segunda vez, yo
sabía ya que mi única esperanza, mi única posibilidad de sobrevivir, estaba en
acordarme de la prueba de mi inocencia... Porque soy inocente.
El
doctor Barnley habría podido acusarme. En lugar de ello, evitó toda alusión a
mi persona y no mencionó el hecho de que Edna le hubiera consultado sobre mi
salud. Cuando le llamaron a la barra de los testigos, se limitó a declarar que
aquella noche fue avisado por mí a una hora bastante avanzada y que cuando
llegó a casa, unos minutos más tarde, encontró a Edna tirada, y muerta, delante
de la chimenea. Describió bastante bien su mueca de terror y explicó cómo,
puesto en guardia, descubrió inmediatamente el magnetófono, lo encontró, en
efecto, muy de prisa, tanto que aún no he conseguido apartar de mí la
certidumbre de que él y Edna lo habían combinado todo juntos, con la intención
de justificar un divorcio, aunque no, desde luego, con la de registrar hasta
los más mínimos detalles de la muerte de la mujer-gato. AI fin y al cabo, se
les debía haber ocurrido que yo también era capaz de tomar alguna iniciativa.
Naturalmente,
los miembros del jurado me encontraron culpable, y nada les puedo echar en
cara. Ellos carecían de motivos para sospechar que yo no había envenenado a
Edna. Sí, es cierto que soy el autor de su muerte, pero de una manera legal. Y
ahora siento que voy a despertarme, enredado entre las mantas. Es terrible,
porque en cuanto me despierto, ya no consigo acordarme de nada...
Tal
vez si cierro los ojos con fuerza y tengo cuidado de no moverme en la cama,
consiga prolongar unos segundos la caída, antes de despertarme gritando. Un
poco más... un poco más... Desgraciadamente, siento que mi corazón late cada
vez más de prisa y eso es un signo inequívoco de que muy pronto volveré a la
realidad.
¡Mi
corazón... el corazón de Edna! Soy yo, no puedo negarlo, quien lo ha
paralizado, pero tirándome un farol... y ella picó el anzuelo. Se creyó todo lo
relativo al misterioso veneno. Basta una cucharada de mostaza en una taza de té
para que éste adquiera un sabor detestable. Pero Edna se creyó, a pie
juntillas, envenenada y en peligro de muerte. Otra andaría por ahí tan
fresca... Ella, no; ella tenía una imaginación demasiado poderosa... Su
corazón, por otra parte, le ayudó bastante, porque era cardíaca. ¿Cómo podría
probarlo? Citando al especialista de Harley Street. ¡Ya está! ¡Por fin he
conseguido acordarme!
Dentro
de un instante haré llamar al director de la prisión. Acude siempre que un
condenado a muerte le reclama. Una nueva autopsia probará terminantemente que
no he inventado nada, que mi mujer murió a consecuencia de una crisis cardíaca.
Lo sé... Lo sé... La han despedazado hasta convertirla en trozos no mayores que
mi dedo meñique, pero nadie ha pensado en su corazón. Los forenses se han
limitado a husmear en sus vísceras, en sus sucias tripas de gato, y no han
encontrado la menor huella de veneno. ¡Naturalmente! ¡Y cuánto se han esforzado
en hacerme confesar el nombre del producto utilizado! Incluso han llegado a
sugerirme nombres de venenos. Ninguno, sin duda, me habría creído si les
hubiera explicado que mi famosa pócima era un poco de mostaza y un mucho de
persuasión. ¡Ahora, sin embargo, desenterrarán a Edna —no les queda otro
remedio— y descubrirán que sólo el miedo, el miedo azul de la muerte, provocó
la parálisis o el estallido de su corazón!... Parálisis, estallido no lo sé a
ciencia cierta... en fin, lo que le pase a un corazón cuando su poseedor
fallezca de miedo. ¡Y después seré libre! ¡No se puede ahorcar a un hombre
porque su mujer, repentinamente, haya decidido morirse de miedo!
Por
fin lo he encontrado. Ahora puede terminar el sueño. Voy a fijarme bien y a no
dejar de repetir la palabra «mostaza». Sería espantoso que dentro de un
instante, al despertarme, lo haya olvidado todo y sea, una vez más, incapaz de
demostrar mi inocencia. Estoy seguro de que los forenses descubrirán que Edna
tenía un corazón ridículamente pequeño, un corazón de gata, casi negro y muy
duro, como suele ser el de estos animales.
¡Oh,
el agobiador fin de esta caída...! Decididamente, no conseguiré acostumbrarme
jamás...
Al
otro lado de la calle, un centenar de personas esperaban en silencio. Veinte de
ellas, arrodilladas sobre la húmeda acera, empezaron a rezar un Padrenuestro.
En ese momento se abrió la pequeña puerta lateral y un funcionario de prisiones
salió por ella, con la cabeza descubierta, para clavar en la pared la habitual
nota mecanografiada, donde se anuncia que James Faller acababa de ser ahorcado
y que el médico de la prisión, el doctor Barnley, había certificado su muerte a
las nueve y doce minutos.
LA
RONDA DEL DIABLO
«A
mi amigo, el Diablo.»
EL
ZORRO SE PROTEGIÓ LA CABEZA CON LAS PATAS, pero sus enormes y luminosos ojos
hablaron al hombre que acababa de pararse ante su jaula.
El
zorro sabía que era capaz de comprenderle. Se dio cuenta de ello cuando sus
miradas se cruzaron, un instante después de que el hombre, abandonando la playa
superpoblada, se detuviera bruscamente delante del viejo remolque, antaño rojo,
de la vieja gitana, antaño guapa, y de la vieja jaula, antaño robusto y bien
proporcionado baúl.
En
la otra mitad de aquella jaula improvisada, un mono de ojos negros y muy
inteligentes, de ojos casi humanos, se rascaba pensativamente. Un zorro cautivo
puede vivir en un espacio muy restringido. El mono, al rascarse, sacudía la
jaula, pero el zorro no parecía molestarse por ello. Toda su atención se
centraba en aquel hombre. Y el hombre vio en los ojos del zorro, viento,
árboles, campos, costas y lagos, que eran otros tantos símbolos de libertad.
—Enséñeme
la mano —dijo de repente la gitana, inclinándose por encima de la jaula. —No,
gracias —contestó el hombre.
—Enséñeme
la mano. No le diré la buenaventura ni le pediré dinero. Usted es hombre de
animales y me gustaría ver una cosa.
Tenía
razón. Él era «hombre de animales», y no sólo porque los adoraba, sino también
porque los comprendía y se hacía comprender por ellos. Durante su infancia,
cuando aún existían numerosos vehículos de tracción animal, siempre conseguía
que los caballos caídos en un camino deslizante se levantaran. Sabía encontrar
las palabras más adecuadas y decirlas con la suavidad necesaria para borrar el
espanto de sus ojos y detener la agitación de sus miembros.
—
¿Cómo lo sabe? ¿También es usted mujer de animales?
—Evidentemente.
Si no, ¿cómo iba a haberle reconocido y a leer en sus pensamientos?
—
¿En qué pensamientos?
—En
los relativos a ese zorro. Y ahora, enséñeme su mano.
—
¿Qué quiere saber?
—Algo
que presiento, pero que aún no me explico —dijo la vieja gitana.
Le
cogió la mano y la atrajo hacia sí, con la palma vuelta al aire, subiéndola
casi a la altura de la barbilla. Aparentemente sólo le echó una mirada. Después
la dejó caer, tirando al mismo tiempo su colilla.
—
¿Se lo explica ya?
—Sí.
Usted ha matado a su perro. —Estaba enfermo y sufría mucho. —No lo ha matado
por eso.
—Tal
vez. ¿Y qué?
—Nada.
Simplemente resulta doloroso, porque usted es hombre de animales y no había
razón alguna para ese asesinato.
—
¡No fue un asesinato!
—Llámelo
como quiera. ¡Un asesinato en su mano es un asesinato en su corazón! ¿Era un
asesinato dormir para siempre a un viejo perro lleno de achaques? Para un
«hombre de animales», tal vez. Pero también contaba Angela, la rubia y frágil
Angela, que no dejaba de quejarse y de repetir hasta la saciedad que no podía
vivir en una casa llena de pelos de perro. El médico, por otra parte, había
sido categórico: nada de gatos o perros, nada de animales con pelo. Una recaída
sería fatal. Y cuando se llevaron a Angela al hospital, él se fue a la
biblioteca pública y pidió varios libros sobre el asma y sus causas.
La
pobre Angela había pasado una mala racha. Una noche, incluso, él había tenido
que levantarse y durante un par de horas temió lo peor. Al día siguiente, ella,
aún muy débil, le sonrió y le apretó la mano al oír de sus labios que el
veterinario había dormido al viejo Tom para siempre. La cosa fue bastante dura.
Tom comprendió que el veterinario iba a matarlo, pero se dejó extinguir
dulcemente en los brazos de su dueño, puesto que eso era lo que se esperaba de
él.
Aquella
misma tarde le avisaron urgentemente del hospital. La muerte, sin embargo llegó
antes. Angela estaba un poco más pálida y parecía haber empequeñecido, pero él
jamás había visto en su cara tal expresión de felicidad. Lloró como un niño. La
enfermera le sacó dulcemente de la habitación e intentó consolarle. De haber
adivinado que aquellas lágrimas estarían dedicadas a Tom, su viejo perro, su
actitud habría sido seguramente muy distinta.
—
¿Cómo puede saber tantas cosas? —preguntó por fin, levantando los ojos hacia el
rostro arrugado de la gitana.
—El
diablo siempre sabe dónde está el mal.
—Eso
no quiere decir nada. Usted, por otra parte, no es el diablo.
—
¿Está seguro de que el Maligno es varón? Ustedes, los hombres, tienen un
orgullo tan desmesurado que incluso quieren llevarse la palma en la maldad.
¿Cómo puede saber que yo no estoy aquí para tentarle?
—
¿De qué manera?
La
gitana le miró un instante antes de responder.
—Haciendo
un pacto, naturalmente. Dándole otra oportunidad, a cambio de su alma.
—
¿Qué quiere decir «otra oportunidad»?
—Usted
pensaba, hace un momento, en darle otra oportunidad a mi zorro, ¿no? —Tal vez.
—Él
no la necesita. Tiene varias. Usted, no. Usted no tiene ninguna, pero piensa
que, de tenerla, actuaría de manera muy distinta. Yo le ofrezco esa
oportunidad, a cambio de su alma.
—Lo
siento, pero no creo en el diablo.
—
¡Perfecto! Eso facilita el trato. Le doy otra oportunidad y usted cree que no
me da nada a cambio.
— ¿Y
cómo puedo saber que verdaderamente es así?
—No
se preocupe por eso. Si no se la doy, nuestro contrato queda automáticamente
roto.
La
miró un buen rato sin decir nada. Ella encendió un nuevo cigarrillo y lo fumó
con la nariz en vez de con la boca.
—De
acuerdo —dijo finalmente—. Aunque sólo sea para reírnos un poco. Dígame dónde
debo firmar.
—Venga
por aquí —dijo la gitana abriendo la puerta trasera de su carromato. Después
subió a él, sin volverse para ver si su cliente la seguía.
Apenas
quedaba sitio entre la mesa plegable, la estufa y la gran cama. La gitana hurgó
con sus uñas ganchudas en una cesta con botones, pelotas de lana y algo que
parecía un esqueleto de tortuga, y sacó por fin una pluma de ave y una navaja
de hoja mellada para afilarla y cortarla.
—Firme
aquí —dijo después de tenderle la pluma. Sostenía un rollo de pergamino,
abierto por la parte de abajo, que seguramente había sacado del bolsillo del
delantal.
—
¿Con qué tinta?
La
gitana se encogió de hombros y extrajo una larga aguja del pañuelo de seda roja
que llevaba en la cabeza. Con un gesto perverso, la clavó profunda, casi
cruelmente, en la punta del pulgar izquierdo del individuo. Éste se sobresaltó
y reprimió un grito al ver brotar la sangre. Se sentía furioso y ridículo, pero
a pesar de ello mojó la pluma en su propia sangre para firmar.
—
¿Está usted bautizado? —preguntó ella.
—No.
¿Ve usted? Nada puede salvarme... Sonrió con malicia y añadió:
— ¿Y
ahora?
—Nada.
Vuelva a su hotel y recomience desde cero.
—
¿Qué debo recomenzar?
—Váyase.
No tardará en comprenderlo —dijo la gitana abriendo la puerta.
Él
saltó al suelo. Al alejarse, se dio cuenta de que el zorro, repentinamente
inmóvil, parecía sonreírle. Se fue a grandes zancadas.
Tom
y Angela llevaban muertos tres meses. Él había pensado varias veces en
solicitar un traslado, pero nunca tuvo fuerzas suficientes para abandonar su
pequeño apartamento parisino. Y cuando llegó el momento de marcharse de
vacaciones, se limitó a trasladarse en coche hasta la recoleta playa bretona
donde los tres habían pasado sus vacaciones durante los últimos cinco años.
Incluso se dirigió al mismo hotel y pidió la misma habitación, la 37. Y el
dueño, sin fijarse en su corbata negra, le preguntó:
—
¿Se reunirá la señora con usted? Él no supo qué contestar...
El
mismo día de su llegada salió a dar un paseo después de la cena y entonces
descubrió lo que verdaderamente le había llevado hasta allí. Era Tom. Hubiera
debido suponerlo. Tom, cuyo feliz fantasma veía trotar ante él.
Echaba
más en falta al perro que a Angela. Al regresar al hotel la primera noche, echó
una ojeada a la cama de ésta, mientras se deslizaba en la suya, situada debajo
de la ventana. No sintió ninguna emoción especial. Pero al ver la alfombra
extendida entre ambas, los ojos se le llenaron de lágrimas. Sobre aquella
alfombra había dormido y roncado Tom, tras sus infatigables correteos por la
playa.
—No
está la llave, señor —le dijo el portero cuando regresó después de su encuentro
con la gitana.
—
¡Vaya!... Seguramente la habré dejado en la cerradura —contestó dirigiéndose
hacia el ascensor.
Al
llegar al pasillo del segundo piso, cerca ya de su habitación, oyó jadear.
Aquello le trajo a la memoria los impacientes resoplidos que Tom le enviaba por
debajo de la puerta cuando oía sus pasos.
La
llave no estaba en la cerradura, pero del cuarto llegaban gemidos y exasperados
arañazos. Blanco como la pared, empuñó el picaporte y abrió la puerta. En ese
mismo instante, con entrecortados ladridos y frenéticos movimientos, Tom saltó
sobre él.
—
¡Tom!... ¡Tom! —dijo con una voz que no parecía la suya, mientras se dejaba
caer en un sillón.
—
¡Oh! ¡John! ¡No le dejes! Te hace polvo el traje.
—
¡Angela!
—
¿Pero qué te pasa? No me mires de esa forma. Parece como si estuvieras viendo
un fantasma. Antes, dime porque no has venido a buscarme a Saint-Malo. He
tenido que coger un taxi y me ha costado una fortuna.
—Pero
Angela, querida...
—
¡John! ¡Suelta al perro! Me pones enferma. Y deja que te mire un poco. ¿No
habrás bebido? ¿De dónde has sacado esa corbata negra? Es de pesadilla. ¿Y qué
te ha pasado en la mano? Mira, tu pañuelo está lleno de sangre.
—Naturalmente...
No, quiero decir que no tiene importancia. ¿La corbata? Será que no he
encontrado otra...
Tom
saltó de nuevo a los brazos de su dueño.
— ¡Y
ese perro! Acabo de hacerte la cama. Debías saber que en cuanto vuelves la
espalda salta encima. El edredón está lleno de pelos suyos. ¿Adónde has ido sin
Tom?
—
¿Eh?... A dar un pequeño paseo... Dime, Angela, ¿cómo va tu asma?
—
¿Mi qué? ¿De qué hablas? Sabes perfectamente que es el hígado lo que tengo
enfermo... aparte del corazón fatigado. ¿De dónde has sacado que tengo asma?
—Perdona,
querida. Pero me inquieté tanto cuando te llevaron al hospital...
—
¡Eso fue hace seis años, con la operación de apendicitis, y no recuerdo que
estuvieras tan inquieto! En realidad, sólo te preocupabas de que Tom empezaba a
rascarse. ¿Ya sabes muy bien por qué, no? Habéis vivido los dos como sardinas
en lata.
Él
no contestó, limitándose a contemplar fijamente y esforzándose en comprender.
Jamás había tenido alucinaciones. Todo aquello era, lisa y llanamente,
imposible. Se dio cuenta de que estaba mirando a los ojos de Tom. Sí, Tom sabía
y comprendía; no le quedaba la menor duda. Repentinamente sintió unas ganas
irresistibles de irse con él a cualquier parte. A cualquier parte donde
pudieran estar solos. Un instante después contemplaba con estupefacción la
larga correa de cuero que había encontrado en el bolsillo de su impermeable.
—Anda,
vete a dar una vuelta con Tom hasta la playa. Voy a deshacer las maletas y a
cambiarme. Luego me reuniré contigo.
—Muy
bien.
Le
volvió la espalda, abrió el ropero y sacó su pasaporte del bolsillo de otro
traje. Acababa de recordar los documentos oficiales que unos meses antes había
metido entre las páginas del pasaporte. Gracias a ellos no tardaría en saber si
estaba loco.
Con
el cuello empapado en sudor desplegó el certificado de defunción de Angela y la
factura del hospital. Ambos papeles llevaban la fecha del trece de abril. Y en
aquel momento estaban, sin posible error, a dieciocho de julio.
Durante
un buen rato se resistió a pensar en su pacto con la gitana, pero finalmente no
tuvo más remedio que hacerlo. Era preciso admitir que su aventura sobrepasaba
ya los límites de la broma. Y era preciso admitir que... ¡Señor! No quería
pensar en ello. Antes de nada tenía que volver a verla. Se guardó los papeles y
salió del hotel con paso ligero.
El
amplio terreno yermo cercano a la playa estaba vacío. En el lugar que un poco
antes ocupaba el carromato, se veían ahora unos metros cuadrados de hierba
aplastada. Tom gruñó, mientras husmeaba un espacio circular donde la hierba
parecía quemada.
Tras
unos segundos de vacilación, John fue hasta la playa y se sentó en la arena,
viendo cómo su perro correteaba por la orilla. El animal, al darse cuenta de
que su dueño no le seguía, regresó junto a él, hizo unas cuantas cabriolas, se
sacudió y finalmente colocó la cabeza sobre sus rodillas.
—
¿Adónde has ido? —le dijo Angela cuando volvieron, un poco más tarde—. De sobra
sé que tu perro es lo primero del mundo, pero a pesar de todo...
—Lo
siento, querida. No pensé que...
—Nunca
piensas en los demás —le interrumpió ella encendiendo un cigarrillo.
John,
en lugar de responder, se dedicó a reflexionar largamente sobre lo que su mujer
acababa de decirle. No era la primera vez. Él, generalmente, negaba que Tom
pesara tanto en su vida, aunque sabía que ella sólo hablaba así por despecho.
En esta ocasión, al parecer. Angela no había dado importancia a su falta de
respuesta. Evidentemente, el silencio no bastaba. Si le habían dado otra
oportunidad, era ineludible cambiar de línea. De otro modo, terminaría por
consentir nuevamente en el sacrificio del perro.
—Tienes
razón, Angela —dijo por fin. —Como siempre... ¿Pero razón en qué?
—En
lo de Tom. Tienes razón. Es lo que más me importa en el mundo... Más que tú.
—
¡Ves! ¿Entonces siempre he tenido razón? —Sí.
—No
eres más que un bruto.
—Era
un bruto... Ya he dejado de serlo.
Y se
puso a acariciar el perro, mientras Angela, tras aplastar el cigarrillo, salía
violentamente de la habitación.
Cuando
aquella noche regresó al hotel, su mujer se estaba vistiendo para la cena. Como
de costumbre, fingió ignorar por completo su presencia y él comprendió
inmediatamente que se hallaba en la primera fase de una «tormenta sin truenos»,
expresión que sólo una larga y penosa experiencia le había sugerido. Tales
tormentas duraban, por lo general, dos o tres días y terminaban con una
discusión terrible. Pero esta vez John no se esforzó en ser amable ni intentó
hablar como si nada hubiera pasado, método con el que esporádicamente lograba
despejar tan penosas situaciones. Se limitó a actuar como si Angela no
estuviera allí.
Ésta
tardó mucho en pintarse y peinarse. Después esperó junto a la puerta a que él
instalara a Tom a los pies de la cama, porque la dirección no autorizaba la
entrada de animales en el comedor. Una vez fuera, Angela compuso sabiamente su
encantadora e irresistible sonrisa, de tal modo que ambos parecieran formar una
joven pareja feliz y enamorada. John intentó hacer lo mismo y adoptar un aire
de indiferencia, aunque se daba perfecta cuenta de la inutilidad de sus
esfuerzos.
No
habían hecho más que sentarse en su mesa habitual, cerca de una ventana con
vistas al mar, cuando una amiga de Angela se acercó a ellos.
—
¡Cuánto me alegro de volver a verte, Angela! —dijo con voz chillona. Dirigió a
John un leve saludo con la cabeza y prosiguió:
—Ayer
vi a tu marido, pero estaba segura de que no podría resistir mucho tiempo sin
ti. Parece terriblemente desgraciado cuando no está contigo.
—
¡Todo lo contrario! Los hombres se lo pasan muy bien sin nosotras, como tú
debes saber. Y además tenía a su perro. Ya ves... yo acabo de regresar, después
de pasar tres meses en casa de mi madre, y aún no estoy completamente segura de
que se haya alegrado de verme —explicó Angela obsequiando a su marido con una
atractiva sonrisa. Sonrisa que ya no podía engañarle. John conocía
perfectamente su significado durante las tormentas sin truenos.
— ¿Y
cómo está tu madre? —preguntó la amiga de Angela.
—Viva,
por desgracia —intervino John.
—
¡Oh! ¡John! No digas barbaridades —contestó Angela con otra sonrisa. Pero él,
sin necesidad de mirarla, comprendió que estaba furiosa.
Cuando
encendió la pipa después de cenar, Angela cogió delicadamente su bolso y su
pañuelo de cabeza, le dirigió una última sonrisa, llena esta vez de ternura, y
salió a buen paso del comedor.
Cinco
minutos después, John se encaminó a la cocina para recoger la taza de sopa y la
carne que constituían el cotidiano alimento de Tom. Pero el perro había
desaparecido de la habitación. Al principio no reaccionó, esforzándose en
adivinar lo que había podido sucederle. Finalmente tiró la comida al suelo y
bajó corriendo. Sí, el conserje había visto salir a la señora con el perro un
poco antes. «Continúa la farsa», pensó. Todo el mundo debía enterarse de que el
perro era inaguantable, pero también de que ella le cuidaba hasta la
exageración, en primer lugar porque adoraba a los animales y en segundo porque
se trataba del perro de su querido esposo.
Furioso,
llenó otra pipa, la encendió y esperó sobre los escalones del hotel. Al cabo de
cierto tiempo apareció Angela por el extremo de la calle. Venía sola, corriendo
sobre sus zapatos de tacones ridículamente altos...
—Tom...
¡Se ha caído por el acantilado!
Sin
una palabra, sin comprobar siquiera si ella le seguía, John echó a correr en
dirección a la costa, Cuando llegó al final de la playa, casi sin aliento,
empezó a escalar las rocas. Estaba cayendo la noche. Pronto la oscuridad sería
total.
Por
fin encontró a Tom tirado en un trozo de arena. En cuanto a él, tenía el
pantalón empapado y se había hecho sangre en una rodilla. El perro, tendido de
costado, parecía dormir, pero al levantarlo vio una gota de sangre en su
hocico... Exactamente como tres meses antes en casa del veterinario, cuando el
animal dio su último suspiro.
Regresó
al hotel con el cuerpo de Tom, frío y pesado, entre los brazos.
—
¡Oh, John! ¿Está...?
—Sí.
Está muerto —dijo colocando el cadáver encima del mostrador, a pesar de la
escandalizada expresión del conserje—. Hágalo poner en cualquier caja, por
favor. Yo mismo le enterraré.
—Muy
bien, señor —contestó el conserje.
—
¡John! No me toques... Estás lleno de sangre y de barro, y cubierto de pelos de
perro...
—
¡Bueno, bueno! Pero ahora vas a decirme todo lo que ha pasado.
La
llevó de la muñeca hasta el coche. Después abrió la portezuela sin decir una
palabra, la hizo subir y arrancó. Atravesó el pueblo lentamente, pero al llegar
a la carretera que sube, serpenteando, hacia los acantilados, aceleró.
Frenó,
sacó a Angela del coche y la obligó a descender por el sendero casi corriendo.
Varias personas se paseaban por él, aprovechando la frescura nocturna y el
espectáculo de las luces que parpadeaban en la costa.
—
¿Dónde fue? Enséñame el sitio —dijo con voz tranquila. —Allí, al final del
camino.
—
¿Dónde?
—Aquí
—dijo Angela avanzando hasta el borde de una plataforma y enseñándole una
pendiente herbosa que se cortaba a los tres metros bruscamente.
—
¿Qué sucedió?
—No
lo sé... Tom corría delante de mí y debió acercarse demasiado al borde, ahí
precisamente... Supongo que resbaló y...
—
¿Por qué no le sujetabas, Angela?
—Porque
tiraba de mí en todas direcciones, como de costumbre.
—
¿Dónde le soltaste?
—Un
poco antes de llegar a la zona de aparcamiento, encima del acantilado.
— ¿Y
qué hiciste con la correa?
—No...
no lo sé. Debí perderla después... Estaba tan trastornada...
—Mientes.
—
¡John! ¿Cómo te atreves...?
—La
correa aún estaba atada al collar de Tom cuando lo recogí. Además, su cadáver
estaba al otro lado de las rocas. No puede haber caído por este lado.
—Sin
embargo, cayó por aquí... ¡Y ya está bien! ¡Me vuelvo al hotel!
—No.
No vas a volver así como así —dijo John en voz baja cogiéndola del brazo—.
Angela, has matado a Tom, has asesinado al pobre animal.
—
¡John! ¡Me haces daño!
—
¡Lo cogiste en brazos donde el sendero se estrecha y lo tiraste por el
precipicio!
—
¡John! ¡Estás loco! ¡Pero si eso te causa algún placer, sí, sí, he tirado a tu
sucio perro por el acantilado! ¡Y ahora déjame en paz!
John
no contestó. Le retorció con fuerza el brazo, la levantó por encima de la
barandilla, a pesar de sus gritos, y la dejó rodar por la pendiente...
Uno
tras otro, los cinco testigos que paseaban en aquel momento por el sendero,
contaron a la policía que el señor inglés había empujado violentamente a su
mujer por el sitio donde la pendiente era más escarpada, que ella había
resbalado hacia abajo sin dejar de gritar y que por fin se había precipitado en
el vacío. « ¡Era una asesina!», fueron las únicas palabras que el acusado
dirigió a los paralizados transeúntes. Después volvió sin prisa al hotel, para
lo cual utilizó su coche y una hora más tarde fue detenido en su habitación.
—Mí
querido señor: no intente explicar a un jurado francés que es usted el asesino
de un fantasma —exclamó el diminuto abogado recorriendo a grandes zancadas el
frío locutorio de la prisión provincial, donde flotaba un penetrante olor a
moho—. Nosotros podemos probar que su mujer murió hace tres meses. Se lo
concedo. Pero no vamos a hacerlo. En lugar de ello le diremos al jurado que la
muerta era su amante, que la amaba, que estaba celosa, que ella había dejado de
quererle y que se iba a marchar con otro. Todo lo que quiera dentro de esa
línea... Le aseguro que será escuchado con indulgencia. Desde luego, la sala
querrá saber las razones que ella tenía para hacerse pasar por su mujer y cómo
se las arregló para la obtención de un pasaporte donde figuraba como su
legítima esposa. Aunque no será fácil, conseguiremos arreglarlo. Pero si se
empeña en contarles que ha matado a una persona ya muerta y enterrada, creerán
que quiere reírse de ellos.
—No
me importa. Que piensen lo que les dé la gana —contestó su cliente aceptando un
cigarrillo—. ¿Y la gitana? ¿Ha conseguido encontrar sus huellas?
—No.
De todas formas, sólo serviría para agravar su caso. ¡Y, señor mío, por el amor
de Dios, no mezcle al perro en esta historia! Las consecuencias serían
desastrosas.
Alrededor
de año y medio más tarde —el procedimiento criminal francés es lento, tal vez
de los más lentos del mundo—, en un amanecer de noviembre frío y húmedo, el
sacerdote, el abogado y el cónsul de Inglaterra, que había llegado expresamente
de Brest la víspera, salían de la prisión provincial. Aquella misma mañana, en
el patio central de la cárcel, acababa de ser guillotinado un hombre.
Mientras
bajaban la calle, silenciosa a aquella hora, los tres hombres no cambiaron una
sola palabra. El sacerdote llevaba todavía en la mano el pequeño crucifijo de
madera que le había dado a besar al prisionero.
—Excúsenme
—dijo despidiéndose de sus dos compañeros—. Tengo que ir a pagar la ronda del
diablo, como dicen los ingleses.
Atravesó
la calle y se dirigió hacia una vieja gitana apoyada contra la pared de una
casa. Estaba fumando un cigarrillo hundido en uno de los agujeros de su nariz.
—Viene
a ver si pesca alguna noticia del inglés, ¿no es cierto? —dijo el sacerdote
parándose delante de ella—. Ha muerto valientemente.
—No
es eso lo que me interesa y usted está al cabo de la calle. ¿Qué ha sacado de
él? —Le bauticé esta mañana.
—
¡El tramposo! —rezongó la vieja entre dientes. Después tiró el cigarrillo con
un gesto de rabia y se alejó.
Las
paredes destilaban humedad y en la calzada había dos palmos de fango. Pero el lugar
que hasta un momento antes había ocupado la gitana, estaba completamente seco
y, junto a él, el sacerdote descubrió un montoncito de cenizas... Las cenizas,
por ejemplo, que podría dejar un trozo de pergamino quemado.
LA
ULTIMA TRAVESIA
«A
Lady Anne.»
¿ESTÁN
YA APAGADAS LAS LUCES, ANNE? —dijo Donald Parkson. Después miró el reloj y se
abrochó la chaqueta del uniforme—. ¿Qué transportamos? ¿Una liga benéfica en
viaje de placer?
—No
—dijo la azafata riéndose y cerrando la puerta de la cabina—. Sólo se trata de
unos congresistas que vuelven a sus casas. Todos son iguales: en general les ha
costado un trabajo inmenso subir la escalera de la pasarela y más de la mitad
están ya roncando. Al llegar les contarán a sus mujeres que han tenido una
travesía muy mala y que no han conseguido pegar ojo en toda la noche.
—De
todas formas voy a dar una vuelta. Mañana por la mañana tal vez no tenga tiempo
—dijo Parkson.
Se
puso la gorra bajo el brazo y entró en la larga cabina del avión Nueva
York-Londres. Le gustaba saludar a los pasajeros antes de que hicieran sus
preparativos para pasar la noche, pero sus ocupaciones se lo impedían casi
siempre. Atravesó el recinto, iluminado muy tenuemente, y llegó hasta la cola
del aparato. La mitad de los asientos estaban vacíos y todos los pasajeros,
salvo uno, habían apagado ya su lámpara individual. Parecían dormidos o, por lo
menos, amodorrados.
—No
se ve una sola luz. ¿Dónde estamos? —rezongó un individuo menudo y calvo al
verle pasar.
—Encima
del Océano. Como el tiempo es bueno, volamos en línea recta hacia Europa.
—
¡Muy bien! La compañía arriesga nuestro pellejo para economizar un desayuno —
dijo el pasajero refunfuñando.
—No.
De todas formas tendrá usted su desayuno —contestó Parkson con una sonrisa sin
saber si el pasajero hablaba en serio o en broma.
—Estoy
de acuerdo con usted, Anne. Le espera una noche muy tranquila —dijo Parkson
unos minutos más tarde, mientras sustituía su chaqueta blanca por una cazadora
de cremallera.
—Sí
—contestó la azafata, que en aquel momento preparaba varias tazas en una
bandeja.
El
copiloto asomó la cabeza por la puerta de la minúscula cocina.
—
¿Hay café, duquesa Anne?
—Lo
habrá dentro de cinco minutos, Tom. La cabeza desapareció.
—
¿Por qué todos la llaman duquesa Anne?
—Tal
vez porque sé guardar las distancias con los pasajeros, sin dejar de ser
amable. ¿Y a usted? ¿Por qué le llaman Lucky?3.
—
¿Qué le parece a usted?
—Porque
tiene suerte, supongo. Y en ese caso, ¿por qué no voy a ser yo duquesa? — dijo
la azafata riéndose—. Don, siento mucho que ésta sea su última travesía. —Yo
también, pero en cambio conozco alguien que está muy contenta.
—
¿Peggy? Sí, lo comprendo. Yo nunca me casaría con un piloto.
—Y
ningún piloto podría permitirse semejante lujo, duquesa Anne —interrumpió el
ingeniero-mecánico vaciando en su bolsillo el contenido de un pequeño
azucarero—. Fuera del uniforme de la compañía, lo único que le sienta a usted
bien es un abrigo de visón. ¿Verdaderamente no va a volar nunca más, Parkson?
—En
efecto, Al. Ya he sobrepasado el límite de edad.
—
¿Cuántas veces ha hecho este recorrido?
—Hoy,
precisamente, se cumple mi travesía mil uno.
— ¿Y
cuántas veces ha estado cerca de la muerte? —Ninguna, aunque le parezca
imposible.
—No
me lo parece en las compañías civiles. Pero, ¿y durante la guerra?
—Ahí
gané mi apodo. Llevo veinticinco años volando, primero en la RAF y después en
las compañías comerciales, por todos los rincones del mundo. Pues bien: jamás
he tenido el menor incidente.
Sonó
un timbrazo prolongado y en el tablero de control de Anne se encendió una luz
roja.
—El
21. Es el viejo preocupado por la falta de luces. Le he dicho que volábamos
sobre el Océano y ahora estará seguramente inquieto porque empiezan a verse.
Vaya a explicarle que aún quedan barcos por estos parajes. Yo me ocuparé de la
bandeja —dijo Parkson poniéndola sobre la mesa.
El
ingeniero-mecánico, sentado frente a sus mandos, leía una novela policíaca. Los
cuatro motores llevaban una hora girando a velocidad de crucero. Ronroneaban
con regularidad y dejaban una estela de gases azules en la helada oscuridad de
la atmósfera. Hasta dos horas después, cuando fuera preciso conectar los
motores suplementarios, no tenía nada que hacer, excepto echar de vez en cuando
un vistazo a los cuadrantes de control para asegurarse de cosas sobradamente
conocidas. Porque sus oídos advertían siempre cualquier irregularidad antes de
que las agujas empezaran a temblar.
El
copiloto, en su rincón, trazaba una línea con lápiz azul sobre un mapa. Una
línea que cubría exactamente otra trazada anteriormente a tinta.
El
radiotelegrafista, sentado enfrente de él, escribía en un bloc de notas.
—
¿Cómo va el tiempo? —preguntó Parkson sirviéndose una taza de café. —Bien. Hay
algunas formaciones de nubes a proa, pero nada inquietante. —Gracias —dijo con
una sonrisa el copiloto al ver la bandeja.
—
¿Todo marcha bien?
—Todo
marcha bien, Don —contestó Walker dando vueltas a la cucharilla en el interior
de la taza, mientras el piloto automático hacia girar suavemente la palanca entre
sus rodillas—. ¿No va a dormir un poco?
—Esta
noche no, John. Es mi último vuelo y pronto tendré tiempo de sobra para
descansar, mientras almuerzo con hombres de negocios o dicto inutilidades a
cualquier secretaria en un despacho.
—Eso
es, exactamente, lo que mi mujer sueña para mí. Verme salir por las mañanas con
un sombrero longo, un paraguas y el tiempo justo para coger el tren de las ocho
y dieciséis.
—Sí,
conozco el paño. Pero cuando usted llegue a eso, yo estaré ya en la penúltima
etapa, en la de la jubilación, y todos los días daré un paseo hasta el bistrot
de la esquina. Mientras tanto, nuestros jóvenes pilotarán en la línea bi-diaria
Marte-Tierra y Venus-Tierra.
Vació
la taza de café y le tendió la bandeja a Anne. Después se desperezó, se
encaramó a su asiento, apretó el cinturón de seguridad alrededor de sus hombros
y se puso un viejo gorro de lana. Por fin se colocó los auriculares del
teléfono interior.
Miró
uno tras otro los cronómetros, el compás y los setenta cuadrantes dispuestos
encima, delante y debajo de él. Luego se instaló confortablemente.
—John,
puede ir a dormir. Ya le avisaré si tengo necesidad de usted.
—
No, gracias, Don. Voy a echar unas cuantas cabezadas aquí mismo, si no le
molesta — dijo Walker enrollándose alrededor del cuello una bufanda de
cachemira.
El
comandante Donald Parkson, más conocido con el nombre de Lucky, rara vez
reposaba durante el vuelo. Sólo tenía, en este sentido, una costumbre: la de
irse a dormir una hora cuando se encontraban lejos de tierra y fuera de los
itinerarios frecuentados por las líneas aéreas, siempre que no hiciera mal
tiempo. Pero al alba, cuando toda la tripulación estaba fatigada, se sentaba
invariablemente ante los mandos. Además, nunca permitía que su copiloto
efectuara los despegues y los aterrizajes, a no ser que se tratara de un vuelo
de entrenamiento. Y esto no por desconfianza —sabía que Walker era tan serio y
competente como él—, sino porque consideraba esta dedicación, a todas luces
excesiva, como un deber profesional.
Era
increíble que su proverbial buena suerte no se hubiera visto desmentida ni una
sola vez de cuatro años de guerra y de veinte de vuelos civiles. En realidad,
más que de suerte, se trataba de una carencia absoluta de mala suerte. Sólo
había tenido que atacar nueve veces y todas sus restantes misiones militares
habían sido tranquilas. Y durante esas nueve batallas, por si fuera poco, los
aviones enemigos jamás se habían acercado lo suficiente a él como para poder
apuntarle con su ametrallador.
Su
hermano Bill y él eran conocidos con el apodo de «hermanos Lucky». Pero la
buena suerte de Bill, mientras duró, no reunía las mismas características que
la de Don.
Cierto
día, por ejemplo, el Spitfire de Bill regresó seriamente mutilado y con un ala
ardiendo. Después de atravesar varios setos, el aparato se hundió en el barro
lo justo para apagar el incendio, sin que el ocupante del aparato sufriera el
menor percance.
En
otra ocasión, tras ser derribado encima del Paso de Calais, cayó sobre una red
que un pescador de Grimsby estaba recogiendo en aquel preciso instante —un
pescador que no tenía autorización para navegar por aquellos parajes— y
aterrizó dando gritos en una cala repleta de pescado.
A
los dos hermanos les gustaba volar juntos. A Don, durante el despegue y el
vuelo, le bastaba con mirar por encima del hombro para que Bill le hiciera un
gesto muy característico con la cabeza y un ostensible guiño. Gesto y guiño,
por otra parte, que jamás dejaba de dirigirle cuando no había otro remedio que
romper la formación.
Varias
veces, ya en vuelo, Donald había advertido a Bill de que le seguían. «Gracias,
querido hermano», respondía éste a través de la radio y, con un nuevo y aún más
ostensible guiño, se dejaba caer bruscamente o cambiaba el rumbo para
desorientar al adversario.
Donald
estaba seguro de que si la suerte de Bill hubiera continuado, ninguno de los
dos habría llegado a casarse con Peggy.
La
conocieron juntos en un baile local y juntos le hicieron la corte, sin que ella
consiguiera averiguar a cuál de los dos prefería. Ambos, por lo demás, estaban
al tanto de los sentimientos del otro, pero nunca intentaron llevar las cosas
más allá de un simple flirt.
Lucky
Parson solía pensar con frecuencia en aquel bello amanecer de otoño, cuando
presenció cómo la buena suerte de Bill rendía definitivas cuentas al destino y
se inclinaba ante el ángel de la muerte. El cockpit de plexiglás del aparato de
Bill se había teñido repentinamente de amarillo bajo la capa de aceite que lo
cubría.
—
¿Sucede algo, Bill? —gritó Donald con la boca pegada al micrófono.
—Sí.
Lo siento, viejo —fue la tranquila respuesta de su hermano.
Después
le vio empujar su cockpit y, tras un último guiño, entrar en picado. El aparato
se precipitó envuelto en llamas hacia un bosque, dejando una estela dorada y
roja en la bruma matinal, y Donald voló largo tiempo alrededor de la espesa
columna de humo que subía de un embudo ennegrecido.
Cuando
por fin puso proa al oeste, en dirección a Inglaterra, todos sus compañeros
habían desaparecido y ante él se extendía un ilimitado horizonte de cielo
vacío. Estaba casi sin gasolina y se vio obligado a hacer un aterrizaje forzoso
en la cima de unos acantilados.
Más
tarde, mucho más tarde, se casó con Peggy. De esta forma se inició un
matrimonio dichoso. Andando el tiempo tuvieron dos hijos, de los cuales tanto
él como ella se sentían orgullosos. Pero no siempre resultaba agradable ser la
mujer de un piloto. Dónald sabía que Peggy, aunque jamás le había dicho nada,
sería mucho más feliz cuando él dejara de volar.
—
¿Alguien quiere más café? —preguntó Anne.
—No,
gracias —dijo Parkson con una sonrisa. Walker, recostado junto a él, roncaba
ligeramente.
El
parabrisas se tiñó de gris. Era imposible que estuviera amaneciendo ya. Poco
después innumerables gotas empezaron a recorrerlo en todos los sentidos y
Parkson pensó que habían alcanzado la zona de depresión antes de lo previsto.
Comprobó
todos los instrumentos y alzó de nuevo los ojos. Ante él se divisaba algo
blanco. ¿Una nube? Conectó los potentes limpiaparabrisas del avión, porque
siempre le asustaba no ver nada delante de él, aun cuando nada hubiera que ver,
y de nuevo vio brillar algo blanco.
Se
frotó los ojos, apagó la luz de la cabina y llevó a cabo un minucioso examen
del tablero de control, cuyos cuadrantes despedían un suave resplandor azulado.
Levantó otra vez la vista hasta el lugar donde los limpiaparabrisas barrían el
cristal. Y una vez más comprobó la presencia de aquel extraño objeto blanco.
Entonces
deslizó los pies en los mandos y tocó a Walker en el hombro. Aquello no podía
ser una nube. Se inclinó para coger los gemelos y le pareció ver, a través de
ellos, una especie de enorme pájaro, cuyas alas subían y bajaban con
regularidad, como si se dedicara a volar delante del avión, a la misma altura y
con el mismo rumbo.
Aunque
comprendía lo ridículo de aquel gesto, dejó los gemelos y acercó la mano
izquierda al interruptor que ponía en funcionamiento el proyector de vuelo. En
cuanto lo hiciera girar, una lluvia diamantina se precipitaría hacia él en forma
de gotas centelleantes. Titubeó, sin embargo, antes de hacerlo, porque sabía
que durante algunos segundos le sería imposible ver en la oscuridad. Por fin se
inclinó hacia delante, con el interruptor entre el pulgar y el índice, esperó
algunos segundos y encendió.
Entre
los millones de gotas había, efectivamente, un gigantesco pájaro blanco.
Aquello era, completamente imposible. No poseía grandes conocimientos de
ornitología, pero aun admitiendo que existiera un pájaro capaz de sobrevolar el
Atlántico a tanta altura, ningún ser vivo podría desplazarse a semejante
velocidad. Por lo demás, la cosa carecía de importancia: dentro de un instante,
antes de poder observarlo más de cerca, el avión despedazaría y dejaría atrás a
aquella extraña ave.
Miró
nuevamente hacia ella. No cabía la menor duda. Un pájaro blanco volaba en línea
recta y con una potencia extraordinaria delante del avión.
—
¡Walker!
Cogió
los mandos y apretó el botón que desconectaba el piloto automático.
—
¿Qué pasa? —dijo Walker, incorporándose sobresaltado. Inmediatamente se ajustó
los auriculares e intentó seguir la mirada de Parkson.
—
¡El pájaro! ¡Mire!
—
¿Dónde? ¡Dios mío! —susurró Walker al ver que el animal descendía bruscamente y
que Parkson, rígido como una estatua, empujaba con lentitud y firmeza la
palanca de mando con la evidente intención de seguir al pájaro en su caída.
—
¡Eh! —gritó.
Cogió
la palanca y la enderezó violentamente.
—
¿Se ha vuelto loco, Don?
El
aparato giró sobre su costado. Y en aquel mismo instante, algo se estrelló
violentamente contra la cola y pareció desgarrarla.
Provocando
una especie de balanceo que hacía derivar el aparato hacia estribor, Parkson,
sólidamente instalado en su asiento, accionaba la palanca de dirección sin
perder la calma. Varios objetos se habían roto tras ellos. El ingeniero
mecánico, apoyado con las dos manos sobre el tablero de control, vigilaba con
mirada ansiosa la marcha de sus cuatro protegidos, los motores, que funcionaban
a la perfección.
—
¿Quiere que me ponga a la escucha, comandante? —preguntó el radio levantándose
trabajosamente.
—Sí,
pero no llame a nadie hasta que yo se lo diga. —Muy bien.
—Walker,
dese una vuelta para ver lo que pasa. Algo ha chocado contra la cola. Y dígale
a Anne que se prepare por si hay que hacer un amarre forzoso.
Encendió
el anuncio luminoso de la cabina de viajeros, donde podía leerse: «Apaguen sus
cigarros. Pónganse los cinturones de seguridad».
—
¿Comandante ?
—Sí
—dijo Parkson por el micrófono.
—Estoy
en contacto con el aparato de flete X-uno-uno-tres dirección oeste. Al parecer
acaban de rozar a un avión de pasajeros, que ha conseguido evitar la colisión
gracias a un picado.
—
¿Han sufrido desperfectos?
—Creen
que no. Nos han hecho la misma pregunta.
—Contésteles
negativamente, pero pídales que describan uno o dos círculos a velocidad
reducida. Nosotros haremos otro tanto. Comuníqueles de paso nuestra altitud:
diecinueve mil pies. Y asegúrese de que ellos están, como mínimo, a quinientos
por encima o por debajo de nosotros. Nos hemos salvado por los pelos y no nos
va a ser posible subir de nuevo.
Un
minuto más tarde, Lucky Parkson distinguió las luces del avión de flete.
—Por
lo menos, si tenemos que amarrar, no estaremos completamente solos —le dijo a
Walker, señalando con el dedo hacia abajo.
—No
hay averías visibles, Don. Y entre los pasajeros, por ahora, la cosa va bien,
Anne es dueña de la situación. Ha amenazado con unos azotes a un viejo que no
quería quitarse los zapatos, y todos se han tranquilizado bastante.
—
¿Ningún herido?
—Solamente
Anne. Un corte en la nariz.
—
¿Alguna novedad? —preguntó al ingeniero por el micrófono. —No, comandante.
—
¿Dónde estamos?
—Setecientas
millas al oeste de Shannon.
—
¿Radio? ¿Todo marcha bien en el otro avión? —Sí.
—Bien.
Entonces dígales que seguimos nuestra ruta, si no tienen inconveniente. Después
relate el incidente a Shannon y pídales que prevengan la pista para un
aterrizaje forzoso dentro de una hora o de tres cuartos, si las cosas siguen
como hasta ahora.
Los
pasajeros sólo pudieron sacarle a Anne que habían atravesado una bolsa de aire
y que se habían producido unos desperfectos sin importancia. No, no se habían
estrellado contra la cúspide de una montaña. Sí, habían hecho un picado
repentino. Sí, se dirigirían a Londres después de una simple comprobación.
Desgraciadamente, llegarían con algo de retraso. No, no más de una hora. Sí, el
desayuno iba a distribuirse inmediatamente.
Los
tripulantes, en lugar de dispersarse tras las formalidades de rigor, condujeron
a Lucky Parkson a un despacho de la compañía, donde una veintena de personas,
agrupadas alrededor de varias botellas de champagne, se disponían a festejar su
último vuelo como piloto en jefe y a felicitarle una vez más —los pocos que
estaban al corriente de lo sucedido— por su buena suerte.
—Dígame,
Don —preguntó el joven Walker encendiendo un cigarrillo—, ¿por qué se le
ocurrió picar tan a tiempo? Acababa de despertarme un segundo antes y me
pareció ver una especie de pájaro... Después... Después había cosas más
importantes que hacer.
—También
yo creí ver ese pájaro.
—
¡Déjese de bromas y encuentre una explicación más convincente!
—Bueno...
En ese caso tendré que recurrir a mi famosa suerte —dijo Parkson con una tímida
sonrisa.
Tres
horas más tarde, el ex piloto tocaba la bocina de su coche deportivo en la
carretera que bordeaba la costa. Sus hijos, chico y chica, salieron del chalet
para abrirle la puerta y la volvieron a cerrar cuando el coche se introdujo en
el pequeño garaje situado junto a la cocina.
Después
del té los niños se fueron a casa de unos amigos y Don se instaló en su butaca
favorita, encendió una pipa, echó un vistazo al mar, inundado de sol y de
crestas blancas y lejanas, y dijo, entre bocanada y bocanada:
—
¿Sabes, Peggy? Esta vez por poco no lo cuento. Hemos pasado un mal trago allí
arriba.
—
¡Oh, Don! ¿Qué ha sucedido? Creí que tu retraso se debía al tiempo. Al menos
eso me dijeron por teléfono.
—Ya
lo sé. En realidad, hemos estado a punto de chocar con un avión de flete y el
timón de atrás se ha estropeado un poco.
—
¿De verdad?
—Sí.
Y gracias a que se me ocurrió picar... Si no, habríamos chocado de frente.
¿Pero de dónde diablos ha salido ese pájaro?
—
¡Qué extraño! Llevaba dos días sin verle. Durante la última semana ha venido
todas las noches y los niños le han dado de comer. El coronel Brandham dice que
es un albatros.
—
¿Un albatros?
—Sí.
Los niños le llaman Bill. Supongo que no te importa... Hubiera podido
prohibírselo.
—No
seas tonta, Peggy. Sabes de sobra que me tiene sin cuidado.
Entonces
se levantó de la butaca y avanzó lentamente hacia el enorme pájaro blanco, que
inclinó la cabeza hacia un lado, le guiñó uno de sus ojos amarillentos y
levantó el vuelo batiendo exageradamente las alas.
Fin
1
Peludo. Nombre con el que se designa familiarmente a los soldados franceses de
la Gran Guerra. (N. del T.)
2
Pilotaje sin visibilidad.
3Afortunado.
Primera
edición: octubre de 1976
RESERVADOS
TODOS LOS DERECHOS
Título
original: Nouvelles de l'Anti-Monde
Traducción:
Fernando Sánchez Dragó
Ilustración:
Néstor Goldar
ISBN:
978-84-217-5105-3
Depósito
legal: B. 32835-1976
©
George Langelaan, 1962
©
Luis de Caralt Editor S.A., Rosellón 246, Barcelona, 1976

