Libro N°. 3154. Robots E Imperio. Asimov, Isaac.
© Libro N°. 3154. Robots E Imperio. Asimov, Isaac. Colección
E.O. Octubre 1 de 2016.
Título original: © Robots E Imperio. Isaac Asimov
Versión Original: © Robots E Imperio. Isaac Asimov
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
ROBOTS E IMPERIO
Isaac Asimov
Primera
parte – AURORA
EL DESCENDIENTE
1
Gladia tanteó el césped para asegurarse de que no estaba
demasiado húmedo y a continuación se sentó. Ajustó la presión en el control de
la reposera de forma que le permitió quedar medio tumbada, y otro control
activó el campo diamagnético que le proporcionó la sensación de absoluto
relajamiento. ¿Y por qué no? En realidad estaba flotando a un centímetro por
encima de la lona.
Era una noche cálida y agradable, fragante y estrellada, el tipo
de noche que era lo mejor de Aurora...
Con una sensación de tristeza contempló la multitud de chispitas
de luz que formaban dibujos en el cielo, chispitas hoy más brillantes porque
había ordenado rebajar la iluminación de su vivienda.
Cómo podía ser, se preguntó, que en las veintitrés décadas de su
vida nunca hubiera aprendido los nombres de las estrellas ni hubiera sabido
distinguir una de otra. Una de ellas era la estrella alrededor de la cual
orbitaba su planeta natal, Solaria, la estrella que durante las tres primeras
décadas de su vida había considerado simplemente como "el sol".
En otro tiempo la llamaron Gladia Solaria. Eso fue cuando llegó
a Aurora, veinte décadas atrás..., doscientos años galácticos... ¡Qué forma tan
poco amistosa de poner en evidencia su nacimiento extranjero! El pasado mes
había sido el bicentenario de su llegada, algo que no había celebrado porque no
deseaba recordar precisamente aquellos días. Antes, en Solaria, había sido
Gladia... Delmarre.
Se revolvió inquieta. Casi había olvidado aquel apellido. ¿Era
porque ya había pasado tanto tiempo o, simplemente, porque se esforzaba por
olvidar?
En todos aquellos años no había pensado en Solaria, ni había
sentido nostalgia.
¿Y ahora?
¿Sería porque de pronto se daba cuenta de que había sobrevivido?
Todo había pasado —un recuerdo histórico—, pero ¿seguía
viviéndolo?
¿Lo añoraba, ahora, por esa razón?
Frunció el entrecejo. No, no lo añoraba, decidió, resuelta. Ni
lo añoraba, ni deseaba volver a él. Era sencillamente una extraña punzada al
recordar algo que había sido parte de sí misma..., por destructivo que
parezca..., que ya había desaparecido.
¡Solaria! El último de los mundos espaciales en ser colonizado y
transformado en un hogar para la humanidad. Y, consecuentemente, quizá por
alguna misteriosa ley de simetría, ¿sería también el primero en morir?
¿El primero? ¿Querría decir esto que habría un segundo y un
tercero y otros más?
Gladia sintió aumentar su tristeza. Había quienes creían que así
sucedería. Si era cierto, Aurora, su país de adopción desde hacía tantos años,
que fue el primer mundo colonizado, sería, por esa misma ley de simetría, el
último de los cincuenta en morir.
Podía ocurrir incluso que, en el peor de los casos, sobreviviera
a su propia larga vida, y de ser así había que aceptarlo.
Sus ojos volvieron a buscar las estrellas. Era inútil. No había
forma de poder discernir cuál de aquellos diminutos puntos de luz podía ser el
sol de Solaria. Imaginó que sería uno de los más brillantes, pero había
centenares.
Levantó el brazo haciendo lo que solamente ella podía
identificar como su "gesto Daneel". El hecho de que fuera de noche no
importaba.
El robot Daneel Olivaw estuvo al instante a su lado. Cualquiera
que le hubiera conocido veinte décadas atrás cuando fue diseñado por Han
Fastolfe, no habría observado ningún cambio notable en él. Su rostro de
marcados pómulos, con su cabello color bronce peinado hacia atrás, sus ojos
azules, su cuerpo bien proporcionado y perfectamente humanoide, parecía tan
joven y tan plácidamente imperturbable como siempre.
—¿En qué puedo ayudarla, señora? —le preguntó con voz tranquila.
—¿Cuál de esas estrellas es el sol de Solaria, Daneel?
Daneel no levantó la mirada. Contestó:
—Ninguna de ellas, señora. En esta época del año el sol de
Solaria no sale hasta las 03:20.
—¡Oh! —Gladia se sintió frustrada. En cierto modo había supuesto
que cualquier estrella por la que se interesara sería visible en el momento en
que se le ocurriera mirar.
Por supuesto que salían y se ponían a horas distintas. Eso por
lo menos sí lo sabía.
—Entonces no he estado mirando nada.
—Deduzco por las reacciones humanas —le dijo Daneel como si
intentara consolarla— que las estrellas son hermosas, tanto si son visibles
como si no lo son.
—Quizá —dijo Gladia disgustada, y ajustó la reposera de golpe, a
una posición vertical.
Se puso de pie.
—Por más que desee ver el sol de Solaria..., tampoco es como
para esperar aquí sentada hasta las 03:20.
—Incluso si se quedara —explicó Daneel— necesitaría magnilentes.
—¿Magnilentes?
—No es visible a simple vista, Gladia.
—Peor que peor. —Se alisó los pantalones. —Hubiera debido
consultarte primero, Daneel.
Quienquiera que hubiera conocido a Gladia veinte décadas antes,
recién llegada a Aurora, hubiera encontrado un cambio. A diferencia de Daneel,
era simplemente una criatura humana. Todavía medía un metro cincuenta y cinco,
casi diez centímetros por debajo de la altura ideal para una mujer espacial.
Conservaba cuidadosamente su esbelta figura y no había señales
de debilidad o de falta de flexibilidad en su cuerpo, pero sí alguna cana en su
cabello, finas arrugas junto a los ojos y el cutis ligeramente rugoso.
Todavía podía vivir otras diez o doce décadas, pero,
indiscutiblemente, ya no era joven.
Eso le tenía sin cuidado. Preguntó:
—¿Puedes identificar todas las estrellas, Daneel?
—Conozco las que son visibles a simple vista.
—¿Y cuando salen y se ponen en cada día del año?
—Sí, Gladia.
—¿Y sabes todo lo que a ellas se refiere?
—Sí, desde luego. Una vez el doctor Fastolfe me pidió a mí que
recogiera datos astronómicos para poder aprendérselos sin necesidad de
consultar a su computadora.
Solía decir que le resultaba más amistoso que se lo dijera yo
que su computadora. — Luego, como si se adelantara a la próxima pregunta,
añadió: — Pero no me explicó por qué lo creía así.
Gladia levantó el brazo izquierdo e hizo el gesto apropiado. Su
casa se iluminó al instante. A la suave luz que ahora la envolvía se daba
cuenta subconscientemente de la presencia de varias figuras borrosas de robots,
pero no hizo el menor caso. En cualquier vivienda bien organizada había siempre
robots al alcance de los humanos, tanto para su seguridad como para su
servicio.
Gladia dirigió una última mirada fugaz al cielo, donde las
estrellas parecían brillar más débilmente debido a la iluminación. Se encogió
de hombros. Esto era quijotesco. ¿Qué ventaja le hubiera reportado ver el sol
de aquel mundo ahora perdido, apenas un punto visible entre tantos otros?
También podía elegir uno al azar y decirse que era el sol de
Solaria y contemplarlo.
Volvió a fijarse en Daneel. Esperaba pacientemente, con los
planos de su rostro casi en la sombra.
Se encontró pensando de nuevo en lo poco que había cambiado
desde el día en que lo vio llegar a la vivienda del doctor Fastolfe, ¡Hacía ya
tanto tiempo! Naturalmente había sufrido modificaciones, reparaciones.
Lo sabia, pero era un conocimiento vago que uno apartaba y
mantenía a distancia.
Formaba parte de la general propensión al mareo que también
afectaba a los seres humanos. Los espaciales podían presumir de una salud de
hierro y de su longevidad de treinta o cuarenta décadas, pero no eran del todo
inmunes a los estragos de la edad. Uno de los fémures de Gladia se encajaba en
una articulación de titanio y silicona. Su pulgar izquierdo era totalmente
artificial, aunque nadie podía decirlo sin la ayuda de cuidadosos
ultrasonogramas. Incluso alguno de sus nervios había sido tensado de nuevo. Todo
eso podía ser cierto en cualquier ser espacial de edad parecida, procedente de
cualquiera de los cincuenta mundos del espacio (no, cuarenta y nueve, porque
ahora Solaria ya no podía contarse).
No obstante, cualquier referencia a estas cosas se consideraba
una absoluta obscenidad. Las fichas médicas relativas al caso, que existían por
si necesitara un tratamiento ulterior, jamás y por ninguna razón se revelaban.
Los cirujanos, cuyos emolumentos eran considerablemente más altos que los del
propio Presidente, estaban bien pagados, en parte, porque virtualmente estaban
condenados al ostracismo. Para la sociedad, después de todo, "estaban
enterados".
Todo esto formaba parte de la obsesión espacial por la
longevidad, y su desgana por admitir que la vejez existía, pero Gladia no se
entretenía en analizar las causas. Estaba incesantemente inquieta pensando en
sí misma. Si poseyera un mapa tridimensional de su persona con todas sus
prótesis y reparaciones señaladas en rojo sobre el color gris de su autentico
ser, parecería, de lejos, bañada en un aura totalmente rosada. Por lo menos así
lo imaginaba.
Sin embargo, su cerebro seguía intacto, completo, y mientras
siguiera así, seguiría intacta y completa, ocurriera lo que ocurriese con el
resto de su cuerpo.
Esto la devolvió a Daneel. Aunque le conocía desde hacía veinte
décadas, era solamente suyo desde el año pasado. Cuando Fastolfe murió (su
muerte tal vez adelantada por la desesperación) le legó todo a la ciudad de
Eos, lo cual solía ser habitual. Pero había dos artículos que legó a Gladia
(aparte de asegurarle la propiedad de su vivienda y sus robots y otros enseres,
así como el terreno en que se asentaba).
Uno de ellos era Daneel.
—¿Recuerdas todo lo que has almacenado en tu memoria en el curso
de veinte décadas, Daneel? —preguntó Gladia.
—Ya lo creo. Claro que si olvidara algún dato no lo sabría
porque al olvidarlo no recordaría haberlo memorizado.
—Esto no tiene sentido —objetó Gladia—. Podrías recordar haberlo
conocido, pero ser incapaz de pensar en ello en aquel momento. Yo he tenido
frecuentemente cosas en la punta de la lengua, por decirlo así, y ser incapaz
de recuperarlas.
—No lo comprendo, señora. Si yo conociera algo, seguramente que
lo tendría en el momento en que lo necesitara.
—¿Recuperación perfecta?
Iban caminando lentamente hacia la casa.
—Simple recuperación, señora. Estoy programado así.
—¿Por cuánto tiempo?
—No comprendo.
—Quiero decir, cuánto tiempo resistirá tu cerebro. Con algo más
de veinte décadas de recuerdos acumulados, ¿cuánto tiempo más seguirá?
—No lo sé, señora. Por ahora no experimento ninguna dificultad.
—Puede que no... hasta que, de pronto, descubras que ya no
puedes recordar más.
Daneel pareció pensativo un momento, luego dijo:
—Tal vez ocurra así.
—Sabes, Daneel, que no todos tus recuerdos son igualmente
importantes.
—No sabría discernir entre ellos, señora.
—Pero otros sí. Sería perfectamente posible limpiar tu cerebro,
Daneel y luego, bajo vigilancia, volver a llenarlo con su contenido de
recuerdos importantes solamente...
digamos, un diez por ciento del total.
Entonces podrías continuar durante más centurias de lo que
harías así. Con este tipo de tratamiento, repetido, podrías funcionar
indefinidamente. Es un procedimiento muy costoso claro, pero yo no lo
discutiría. Tú lo vales.
—¿Se me consultaría antes, señora? ¿Se me pediría que estuviera
de acuerdo con tal tratamiento?
—Por supuesto. Yo no te "ordenaría" nada en un asunto
como éste. Sería traicionar la confianza del doctor Fastolfe.
—Gracias, señora. En este caso, debo decirle que nunca me
sometería voluntariamente al proceso, a menos que notara que había perdido
realmente mi función de recordar.
Habían alcanzado la puerta y Gladia se detuvo. Sinceramente
desconcertada, preguntó:
—¿Por qué no, Daneel?
—Hay recuerdos que no puedo arriesgarme a perder —dijo Daniel en
voz baja—, ya sea por distracción o por falta de discernimiento de los que
llevaran a cabo el procedimiento.
—¿Cómo la salida y el ocaso de las estrellas...? Perdóname,
Daneel, no quería burlarme. ¿A qué recuerdos te referías?
En voz aún más baja, Daneel respondió:
—Señora, me refiero a los recuerdos de mi colega anterior, el
terrícola Elijah Baley.
Gladia se quedó quieta, anonadada, de modo que fue Daneel el que
finalmente tuvo que tomar la iniciativa y señalar para que se abriera la
puerta.
2
El robot Giskard Reventlov esperaba en el salón y Gladia le
saludó con la misma angustia que siempre experimentaba al encontrarse ante él.
Era primitivo comparado con Daneel. Era visiblemente un robot
metálico, con una cara en la que no había la menor expresión humana, con ojos
que brillaban con una luz rojiza, como se apreciaba en la oscuridad. Mientras
Daneel iba verdaderamente vestido, Giskard lucía solamente una apariencia de
ropa, una apariencia muy hábil diseñada por la propia Gladia.
—Hola, Giskard —dijo.
—Buenas noches, señora —saludó Giskard con una ligera
inclinación de cabeza.
Gladia recordó las palabras que le dijo Elijah Baley muchos años
atrás, como un murmullo en uno de los rincones de su cerebro.
—Daneel cuidará de ti. Será tu amigo y protector, tú debes ser
una amiga para él..., hazlo por mí. Pero es a Giskard al que quiero que prestes
atención. Que sea éste tu consejero.
—¿Por qué él? No estoy segura de que me guste —protestó ceñuda.
—No te pido que te guste. Te pido que "confíes" en él.
Y no quiso explicarle la razón.
Gladia trató de confiar en el robot Giskard, pero se alegró de
no tener que intentar que le gustara. Algo en él la estremecía.
Había dispuesto de Daneel y de Giskard como parte efectiva de su
morada por espacio de muchas décadas, aunque Fastolfe era el verdadero
propietario. Fue solamente en su lecho de muerte cuando Fastolfe le traspasó la
propiedad. Giskard era el segundo artículo, después de Daneel, que Fastolfe le
había legado.
—Daneel me basta. Jan —dijo Gladia al anciano—. Tu hija Vasilia
querrá tener a Giskard, estoy segura.
Fastolfe yacía silencioso en su lecho, con los ojos cerrados,
con una expresión más plácida de lo que había observado hasta entonces. No
contestó inmediatamente y por un momento creyó que se había desprendido de la
vida tan silenciosamente que no se había dado cuenta. Le estrechó la mano
convulsivamente y él abrió los ojos. En un murmullo le dijo:
—No me importan nada mis hijas biológicas, Gladia. En veinte
siglos no he tenido más que una hija funcional y ésta has sido tú. Quiero que
tengas a Giskard, es muy valioso.
—¿Por qué es valioso?
—No puedo decírtelo, pero siempre he encontrado consuelo en su
presencia. Guárdalo para siempre, Gladia. Prométemelo.
—Lo prometo.
Sus ojos se abrieron por última vez y su voz, después de
encontrar una última reserva de fuerzas, dijo en un tono casi natural:
—Te quiero, Gladia, hija mía.
Y Gladia contestó:
—Te quiero, Han, padre mío.
Éstas fueron las últimas palabras que se cruzaron. Gladia se
encontró estrechando la mano de un muerto y por unos segundos no pudo decidirse
a soltarla. Así que Giskard era suyo. Sin embargo la inquietaba y no sabía por
qué.
—Bien, Giskard —le dijo—, he estado tratando de ver Solaria en
el cielo, entre las estrellas, pero Daneel me ha dicho que no será visible
hasta las 03:20 y que de todos modos necesitaría magnilentes. ¿Estás enterado
de esto?
—No, señora.
—Debería quedarme levantada hasta el amanecer. ¿Qué te parece?
—Se lo sugiero, estará mejor en la cama.
A Gladia te sentó mal la sugerencia.
—¿De verdad? ¿Y si decido quedarme levantada?
—Lo dicho ha sido solamente una sugerencia, pero mañana tendrá
un día muy sobrecargado y lamentará la falta de sueño si decide quedarse.
—¿Y por qué voy a tener un día sobrecargado, Giskard? No tengo
noticia de que vaya a tener dificultades.
—Tiene una cita, señora —dijo Giskard—, con un tal Levular
Mandamus.
—Que tengo... ¿Cuándo ha ocurrido eso?
—Hace una hora. Fotofoneó y me tomé la libertad...
—¿Tú te tomaste la libertad? ¿Quién es?
—Un miembro del Instituto de Robótica.
—Entonces es un subordinado de Kelden Amadiro.
—Sí, señora.
—Comprende de una vez, Giskard, que no siento el menor interés
en recibir a ese Mandamus ni a nadie que esté relacionado con ese sapo venenoso
de Amadiro. Así que si te has tomado la libertad de concertar una cita en mi
nombre, tómate ahora mismo la libertad de telefonearle y cancelarla.
—Si me lo confirma como una orden, señora, y si hace que esta
orden sea tan precisa y rotunda como pueda, intentaré obedecer. Tal vez no
pueda. En mi opinión, verá usted, se hará daño si cancela la cita y yo no puedo
permitir que sufra usted daño por una acción mía.
—Tu juicio en este caso puede estar equivocado, Giskard. ¿Quién
es ese hombre que por dejar de verle puede acarrearme un daño? El que sea
miembro del Instituto de Robótica no me hace considerarle importante.
Gladia se daba perfectamente cuenta de que se desahogaba con
Giskard sin nada que lo justificase. Se había disgustado por la noticia del
abandono de Solaria, y se había molestado por la ignorancia que la había
llevado a buscar el sol de Solaria en un cielo donde no estaba.
Naturalmente había sido Daneel quien había puesto en evidencia
su ignorancia, pero, no obstante, no se había disgustado con él... Claro,
Daneel parecía humano y Gladia lo trataba como a tal. La apariencia lo era
todo. Giskard parecía un robot, así que una podía asumir que no tenía
sentimientos y por tanto se le podía herir.
Y, en efecto, Giskard no reaccionó al enojo de Gladia (como
tampoco habría reaccionado Daneel... en el mismo caso). Se limitó a decir:
—He descrito al doctor Mandamus como miembro del Instituto de
Robótica, pero quizás es más que eso. En los últimos años ha sido la mano
derecha del doctor Amadiro.
Esto le hace importante y difícil de ignorar.
El doctor Mandamus no sería un buen hombre para ofender, señora.
—¿Ah, no? Me importa un comino Mandamos y mucho menos Amadiro.
Me figuro que recuerdas que una vez, cuando éramos jóvenes el mundo, él y yo,
hizo lo indecible para demostrar que el doctor Fastolfe era un asesino y
solamente un milagro pudo abortar sus maquinaciones.
—Lo recuerdo muy bien, señora.
—Es un alivio. Temí que en estas veinte décadas lo hubieras
olvidado.
Yo en estas veinte décadas no he tenido tratos con Amadiro ni
con nadie relacionado con él y me propongo seguir lo mismo. No me importa el
daño que pueda sufrir o las consecuencias que me acarreen. No veré a ese doctor
como-se- lame y en el futuro no conciertes citas en mi nombre sin consultarme
o, por lo menos, sin explicar que esas citas deben someterse a mi aprobación.
—Sí, señora, pero, puedo hacerle ver...
—No, no puedes —dijo Gladia, y dio media vuelta.
Hubo un silencio mientras se apartaba tres pasos. La voz
tranquila de Giskard insistió:
—Señora, debo pedirle que confíe en mí.
Gladia se detuvo. ¿Por qué había empleado aquella expresión? Y
creyó oír de nuevo la voz del pasado diciéndole: "No te pido que te guste.
Te pido que 'confíes' en él." Apretó los labios y frunció el entrecejo. De
mala gana, regresó.
—Bueno —le espetó—; ¿qué querías decirme, Giskard?
—Solamente que mientras vivió el doctor Fastolfe su política
predominaba en Aurora y en todos los mundos espaciales. Como resultado la gente
de la Tierra fue autorizada a emigrar libremente a varios planetas adecuados de
la Galaxia y así florecieron lo que ahora llamamos los "mundos de los
colonos". Sin embargo, el doctor Fastolfe ha muerto y sus sucesores
carecen de su prestigio. El doctor Amadiro conserva sus puntos de vista en
contra de la Tierra y es muy posible que ahora puedan triunfar y que se emprenda
una fuerte política contra la Tierra y los "mundos de los colonos".
—Y si es así, Giskard, ¿qué puedo hacer yo?
—Puede recibir al doctor Mandamus y descubrir qué es lo que le
hace mostrarse tan ansioso por verla, señora. Le aseguro que se mostró de lo
más insistente por conseguir la cita lo antes posible. Pidió verla a las 08:00.
—Giskard, yo nunca recibo a nadie antes del mediodía.
—Se lo expliqué, señora. Supuse que su ansiedad por conseguir
verla antes del desayuno, pese a mis explicaciones, era un reflejo de su
desesperación. Creí importante descubrir por qué estaba tan desesperado.
—Y si no le recibo, en tu opinión ¿puedo sufrir un daño
personal?
No te pregunto si dañará la Tierra o a los colonos, a esto o a
aquello. ¿Me dañará a mí?
—Señora, que la Tierra y los colonos continúen la colonización
de la Galaxia puede sufrir daño. Este sueño tuvo su origen en la mente del
civil Elijah Baley hace más de veinte décadas. Dañar a la Tierra sería profanar
su recuerdo. ¿Me equivoco pensando que cualquier daño a su recuerdo lo sentiría
usted como si la hirieran personalmente?
Gladia estaba aturdida. Por dos veces en una sola hora Elijah
Baley había surgido en la conversación. Llevaba mucho tiempo muerto... Un
terrícola de vida breve que había fallecido hacía más de dieciséis décadas...
Sin embargo, la mera mención de su nombre todavía la estremecía.
—¿Cómo pueden ser las cosas, de pronto, tan graves?
—No ha sido de pronto, señora. Durante veinte décadas la gente
de la Tierra y la gente de los mundos espaciales han estado siguiendo rutas
paralelas y no han chocado en su camino gracias a la sabia política del doctor
Fastolfe, No obstante, siempre ha existido una fuerte oposición que el doctor
Fastolfe tuvo que evitar en todo momento. Ahora que él ha muerto, la oposición
es mucho más poderosa. El abandono de Solaria ha hecho crecer enormemente el
poder de la oposición y pronto puede ser la fuerza política dominante.
—¿Por qué?
—Es una indicación clara de que la fuerza espacial está
declinando y muchos en Aurora creen que hay que actuar ahora o nunca.
—¿Y crees que ver a este hombre será importante para evitarlo?
—En efecto, señora.
Gladia permaneció silenciosa un momento y volvió a recordar,
aunque rebelándose, que había prometido a Elijah confiar en Giskard, así que
dijo:
—Bueno, no me gusta hacerlo, ni creo que el hecho de recibir a
ese hombre arregle nada a nadie..., pero, está bien, lo recibiré.
3
Gladia dormía, la casa estaba a oscuras... Desde el punto de
vista humano, rebosaba de movimiento y laboriosidad, porque los robots tenían
mucho que hacer... y lo hacían por infrarrojos.
La residencia tenía que ordenarse después del inevitable
desorden producido por la actividad cotidiana. Había que traer provisiones,
deshacerse de la basura, limpiar, pulir o guardar ciertos objetos, y comprobar
accesorios; para estos quehaceres siempre había turnos de guardia.
En Aurora no hay cerradura en ninguna puerta, pues no son
necesarias. No hay ni crímenes ni violencias de ningún género, ni contra los
seres humanos ni contra la propiedad. Nada de eso puede ocurrir, pues cada
vivienda y cada ser humano están guardados, en todo momento, por los robots.
Esto es conocido de todos y dado por sabido.
El precio de esta paz es que los robots permanecen en sus
puestos.
Jamás se les utiliza..., pero solamente porque siempre están
allí.
Giskard y Daneel, cuyas habilidades eran más amplias y más
intensas que las de los otros robots de la vivienda, no tenían deberes
específicos que cumplir, a menos que se considere como deber específico ser
responsables del perfecto funcionamiento de los demás robots.
A las 03:00 ya habían terminado su ronda en el jardín y el
bosque, para asegurarse de que todos los que hacían guardia fuera cumplían bien
sus funciones y que no había surgido ningún problema.
Coincidieron en los límites meridionales del terreno y por un
momento hablaron en un lenguaje esópico y lacónico. Se comprendían
perfectamente, tras muchas décadas de comunicación, y no era necesario que se
complicaran con las dificultades del lenguaje humano.
Daneel anunció en un murmullo inaudible:
—Nubes. Invisibles.
Si Daneel hubiera hablado para el oído humano, hubiera dicho:
"Como ves, amigo Giskard, el cielo se ha encapotado. Si
Gladia hubiera esperado la oportunidad de ver el sol de Solaria, no lo hubiera
conseguido de ningún modo." Y la respuesta de Giskard:
—Previsto. Mejor, entrevista...
Era el equivalente de "Ya lo había previsto el boletín
meteorológico, amigo Daneel, y lo podía haber utilizado como excusa para que
Gladia se acostara pronto, pero me pareció más importante atacar el problema de
frente y persuadirla de que autorizara la entrevista de la que ya te he
hablado." —Me parece, amigo Giskard, que te resultó difícil persuadirla
porque estaba disgustada por el abandono de Solaria. Estuve allí una vez, con
mi colega Elijah cuando Gladia era aún una solariana y residía allí.
—Siempre me ha parecido entender que Gladia no era feliz en su
planeta natal, que abandonó su mundo con alegría y que en ningún momento tuvo
intención de regresar. No obstante, estoy de acuerdo contigo en que la historia
del final de Solaria la ha afectado.
—Yo no comprendo esa reacción de Gladia —observó Daneel—, pero
en muchas ocasiones las reacciones humanas no parecen seguir con lógica los
acontecimientos.
—Eso es lo que hace difícil decidir, a veces, lo que puede dañar
a un ser humano y lo que no.
Si Giskard hubiera sido humano habría suspirado, incluso con
petulancia; dadas las circunstancias, se limitó a exponer la difícil situación
sin la menor emoción.
—Es una de las razones por las que me parece que las tres leyes
de la Robótica son incompletas o insuficientes.
—Ésta es una paradoja que no puedo comprender.
—Ni yo tampoco. Sin embargo noto que estoy al borde de descubrir
lo que puede ser la insuficiencia o lo incompleto de las tres leyes, como
cuando hablé esta noche con Gladia.
Me preguntó en qué forma la afectaría personalmente el que no se
celebrase la entrevista, que no fuera de manera abstracta, y había una
respuesta que no pude darle porque estaba dentro de los límites de las tres
leyes.
—Le has dado una respuesta perfecta, amigo Giskard. El daño
causado al recuerdo de Elijah afectaría profundamente a Gladia.
—Era la mejor respuesta dentro de las tres leyes. Pero no era la
mejor respuesta posible.
—¿Cuál era la mejor respuesta posible?
—No lo sé. No puedo expresarla con palabras ni tan siquiera con
conceptos mientras esté sujeto por las leyes.
—No hay nada más allá de las leyes —afirmó Daneel.
—Si yo fuera humano, podría ver más allá de las leyes y creo,
amigo Daneel, que tú podrías ver más allá de ellas antes que yo.
—¿Yo?
—Sí, amigo Daneel, llevo mucho tiempo pensando que, aunque eres
un robot, piensas y razonas como un ser humano.
—No es correcto pensar así —murmuró Daneel lentamente, como si
estuviera sufriendo—. Lo dices porque puedes ver dentro de las mentes humanas.
Eso te distorsiona y al final podrá destruirte. Para mí ésta es una idea
desafortunada. Si puedes evitar ver en las mentes humanas más de lo que debes
ver, evítalo.
Giskard volvió la cabeza.
—No puedo evitarlo, amigo Daneel. Y si pudiera, tampoco lo
evitaría. Lo que lamento es intervenir tan poco debido a las tres leyes. No
puedo profundizar más por temor a causar daños. Tampoco puedo influir
directamente mas por el miedo que tengo a perjudicar.
—Sin embargo, has influido muy limpiamente en Gladia, amigo
Giskard.
—Realmente, no. Podía haber modificado su forma de pensar y
hacer que aceptara la entrevista sin cuestionarla, pero la mente humana es tan
compleja que no me atrevo.
Cualquier presión que haga producirá otras secundarias de cuya
naturaleza no puedo estar seguro y luego lo lamentaría.
—Pero has hecho algo con Gladia.
—No tuve que hacer nada. La palabra "confianza" la
afecta y la hace más responsable.
Me fijé en ello años atrás, por eso me sirvo de esta palabra con
la máxima cautela, ya que su abuso la debilitaría. Es algo que me deja
perplejo, pero, simplemente, no puedo ahondar en busca de solución.
—¿Porque las tres leyes te lo impiden?
El brillo de los ojos de Giskard pareció intensificarse.
—Sí. En cada frase, las tres leyes me bloquean el paso. Y no
puedo modificarlas, precisamente porque me bloquean. Pero sigo pensando que
debo modificarlas porque percibo que se acerca una catástrofe.
—Ya me lo dijiste antes, amigo Giskard, pero no me has explicado
la naturaleza de la catástrofe.
—Porque la desconozco. Tiene que ver con la creciente hostilidad
entre Aurora y la Tierra, pero no sabría decir de qué forma desembocará esto en
una catástrofe.
—¿Es posible que, después de todo, no haya tal catástrofe?
—No lo creo. En ciertos personajes oficiales de Aurora, con los
que me he encontrado, he percibido un aura de desastre... y de esperanza de
triunfo. No puedo explicártelo con más exactitud ni puedo profundizar buscando
una mejor descripción: las tres leyes no me lo permiten.
Ésta es otra de la razones por las que la entrevista con
Mandamus debe celebrarse mañana. Tendré la oportunidad de estudiar su mente.
—Pero ¿y si no puedes estudiarla con efectividad?
Aunque la voz de Giskard era incapaz de reflejar emoción, en el
sentido humano, la desesperación de sus palabras no pasaba inadvertida:
—Entonces, me veré desamparado. Solamente puedo seguir las
leyes. ¿Qué otra cosa puedo hacer?
Y Daneel respondió desanimado:
—Nada más.
4
Gladia entró en el salón a las 08:15. Decidió con cierto
despecho que Mandamus (se había aprendido el nombre de mala gana) tuviera que
esperar. También se había esmerado en su apariencia y, por primera vez en
varios años, se entristeció por sus canas. Tuvo el deseo fugaz de seguir la
práctica general en Aurora, el uso de colorantes.
Después de todo tener un aspecto joven y atractivo como le fuera
posible colocaría al esclavo Amadiro en desventaja.
Iba completamente preparada a que no le gustara al primer golpe
de vista, pero al mismo tiempo temía que él pudiera resultar joven y atractivo,
con un rostro agraciado que se iluminara con una brillante sonrisa al verla
aparecer, y que, aunque a regañadientes, se sintiera atraída por él.
En consecuencia, al verle se tranquilizó. Era joven sí,
probablemente no había completado aún su medio siglo, pero tampoco había sabido
sacar partido de ello. Era alto, tal vez un metro con ochenta y cinco, pero
demasiado delgado, lo que le hacía parecer desgarbado. Su cabello parecía
demasiado oscuro para un aurorano, sus ojos de color avellana, apagados, su
rostro demasiado largo, sus labios demasiado finos, su boca demasiado grande y
su tez insuficientemente clara. Pero lo que le robaba la verdadera apariencia
juvenil era su expresión demasiado afectada y su falta de humor.
De repente le vinieron a la mente las novelas históricas que
tanto éxito tenían en Aurora (novelas que invariablemente trataban de la
primitiva Tierra, lo que resultaba curioso en un mundo que cada día odiaba más
a los terrícolas) y pensó: "Vaya, es la estampa misma de un
puritano." Experimentó alivio y casi sonrió. A los puritanos se les solía
presentar como villanos y este Mandamus, lo fuera o no, lo aparentaba.
Gladia se sintió decepcionada al oírle hablar, su voz era suave
y claramente musical.
(Hubiera debido tener la voz gangosa para encajar con su
estereotipo.) Preguntó:
—¿La señora Gremionis?
Le tendió la mano con una sonrisa cuidadosamente
condescendiente:
—¿Señor Mandamus? Por favor, llámeme Gladia. Todo el mundo lo
hace así.
—Sé que utiliza su nombre profesionalmente.
—Lo uso para todo. Mi matrimonio llegó a un final amistoso hace
varias décadas.
—Pero tengo entendido que duró mucho tiempo.
—Sí, mucho tiempo. Fue un gran éxito, pero incluso los mayores
éxitos tienen un final natural.
—¡Ah! —dijo Mandamus sentencioso—. Hacer que algo continúe
pasado el final puede transformar un éxito en un fracaso.
Gladia asintió y respondió con una media sonrisa.
—¡Cuánta sabiduría para una persona tan joven...! Pero ¿pasamos
al comedor? El desayuno está preparado y ya le he hecho esperar demasiado.
Sólo cuando Mandamus se volvió y adaptó sus pasos a los suyos,
Gladia se dio cuenta de los dos robots que lo acompañaban. Era del todo
impensable para cualquier aurorano salir sin su acompañamiento robótico, pero
mientras los robots se mantuvieran inmóviles pasaban inadvertidos al ojo
aurorano.
Al mirarlos de refilón Gladia se dio cuenta de que eran de los
más recientes modelos y claramente costosos. Su falso traje era complicado, y
aunque no era de los diseñados por ella, podía considerársele de primera clase.
Gladia tuvo que admitirlo a regañadientes.
Tendría que descubrir algún día quién era el diseñador, porque
no reconocía el estilo y pudiera ser que le hubiera salido un nuevo y
formidable competidor. Se descubrió a sí misma admirando la forma y el estilo
del falso traje que, siendo claramente el mismo para ambos robots, resultaba
individualizado para cada uno de ellos. No podía confundirse.
Mandamus captó su rápida mirada y la interpretó con
desconcertante exactitud. ("Es inteligente", se dijo Gladia
decepcionada.)
—El exodiseño de mis robots es creación de un joven del
Instituto que todavía no se ha hecho un nombre. Pero se lo hará, ¿no le parece?
—En efecto —respondió Gladia.
Gladia no contaba con ninguna charla de negocios hasta el final
del desayuno. Hubiera sido el colmo de la incorrección hablar de cosas que no
fueran trivialidades durante la comida y Gladia adivinó que Mandamus no
sobresalía en conversación intrascendente.
Por supuesto, podían hablar del tiempo. Las recientes y
persistentes lluvias, ahora felizmente terminadas, fueron tema de conversación
así como las perspectivas para la estación seca. Captó una categórica expresión
admirativa por el buen gusto de su anfitriona y Gladia la aceptó con su bien
ensayada modestia. No hizo nada por aliviar la tensión de su visitante sino que
le dejó que fuera buscando temas sin prestarle ayuda.
Por fin sus ojos se posaron en Daneel de pie, silencioso e
inmóvil en su hornacina de la pared. Mandamus consiguió sobreponerse a la
indiferencia aurorana y exclamó:
—¡Ah, obviamente el famoso R. Daneel Olivaw! Es inconfundible.
Un ejemplar asombroso.
—Realmente asombroso.
—Es suyo ahora, ¿verdad? ¿Por el testamento de Fastolfe?
—Sí, por el testamento del "doctor" Fastolfe— recalcó
Gladia.
—Me sorprende, por desconcertante, que la línea de robots
humanoides del Instituto fracasara como lo hizo. ¿Lo ha pensado usted alguna
vez?
—Lo he oído comentar —dijo Gladia con cautela. "Podía ser
por esto por lo que ha venido", pensó.— Pero no recuerdo haber pasado
mucho tiempo pensando en ello.
—Los sociólogos aún están tratando de comprenderlo. Ciertamente,
en el Instituto no hemos superado aún la decepción. Parecía una promoción
natural. Alguno de nosotros cree que Fa..., que el doctor Fastolfe debió de
tener algo que ver con ello.
("Ha evitado cometer el mismo error por segunda vez",
se dijo Gladia. Entrecerró los ojos contrariada al decidir que había ido a
visitarla en busca de información nociva para el pobre y buen Han.)
Comentó, agresiva:
—Cualquiera que lo piense es un imbécil. Y si usted lo cree
también, no pienso cambiar la expresión en beneficio suyo.
—Yo no soy de los que lo piensan, sobre todo porque no veo qué
podía hacer el doctor Fastolfe para que resultara un fiasco.
—¿Por qué tuvo que hacer algo alguien? Lo que pienso es que el
público no los quiso.
Un robot que se parece tanto a un hombre compite con el hombre y
el que se parece a una mujer compite con la mujer... y demasiado íntimamente
para tranquilidad de todos.
Los auroranos no quieren competidores, no hay que buscar más
allá.
—¿Competición sexual? —dijo plácidamente Mandamus.
Por unos segundos la mirada de Mandamus se cruzó con la suya.
¿Acaso estaría enterado de su antiguo amor por el robot Jander?
¿Importaba que lo supiera?
Nada en su rostro parecía expresar algo más que el significado
superficial de la palabra.
—Competencia en todos los aspectos. Si el doctor Han Fastolfe
hizo algo para contribuir a este sentimiento, fue el diseñar sus robots en un
estilo demasiado humano, pero eso fue lo único que hizo —concluyó Gladia.
—Creo que ha pensado usted mucho en el asunto —arguyó Mandamus—.
El problema es que los sociólogos encuentran que el miedo a la competición con
unos robots demasiado humanos es excesivamente simplista como explicación. Esto
sólo no basta, y no hay evidencia de otra aversión que sea motivo de cierta
importancia.
—La sociología no es una ciencia exacta —dijo Gladia.
—Pero tampoco es del todo inexacta.
Gladia se encogió de hombros. Después de una pausa, Mandamus
prosiguió:
—En todo caso, nos impidió organizar expediciones colonizadoras.
Sin robots humanoides que nos prepararan el camino...— El desayuno no había
terminado del todo pero estaba claro para Gladia que Mandamus evitaba ya la
conversación trivial. Le contestó:
—Pudimos haber ido nosotros.
Esta vez fue Mandamus el que se encogió de hombros.
—Excesivamente difícil. Además, esos bárbaros de vida breve de
la Tierra, con el permiso de su doctor Fastolfe, han invadido todos los
planetas visibles, como un enjambre de insectos.
—Todavía quedan muchos planetas disponibles. Millones. Y si
están en condiciones de hacerlo...
—Claro que pueden hacerlo —exclamó Mandamus súbitamente
acalorado—. Cuesta vidas, ¿pero qué son las vidas para ellos? La pérdida de
alguna década, nada más, y hay millones. Si un millón o algo así muere en el
curso de la colonización, ¿quién lo nota?, ¿A quién le importa? A ellos, no.
—Estoy segura de que sí.
—Bobadas. Nuestra vida es más larga y por lo tanto más
valiosa... Naturalmente, somos más cuidadosos con ella.
—Y por eso estamos sentados aquí y no hacemos otra cosa que
quejarnos de los colonos de la Tierra porque están decididos a arriesgar sus
vidas y porque parece que vayan a heredar la Galaxia como resultado.
Gladia no se daba cuenta de que se estaba manifestando demasiado
pro colonizadora, pero estaba dispuesta a llevar la contraria a Mandamus y a
medida que hablaban sintió que lo que había empezado como una mera
contradicción, tenía cierto sentido y podía parecer una declaración de sus
sentimientos. Además, había oído a Fastolfe exponer cosas parecidas a lo largo
de sus últimos y decepcionados años.
A una señal de Gladia, la mesa quedó rápida y eficientemente
despejada. El desayuno pudo haber continuado, pero la conversación y el estado
de ánimo resultaban totalmente inadecuados para una comida civilizada.
Volvieron al salón. Sus robots les siguieron, también Daneel y
Giskard, colocándose todos en sus hornacinas. ("Mandamus no se ha fijado
en Giskard", pensó Gladia, pero, claro, ¿por qué iba a hacerlo? Giskard
era de un tipo pasado de moda, incluso primitivo, casi insignificante si se le
comparaba con los hermosos ejemplares de Mandamus.)
Gladia se sentó y cruzó las piernas, consciente de que la parte
inferior de sus pantalones, finos y ceñidos, favorecía el aspecto todavía
juvenil de sus piernas.
—¿Puedo conocer las razones que le han llevado a querer
visitarme, doctor Mandamus? —preguntó, dispuesta a no retrasar más el asunto.
—Tengo la mala costumbre de masticar goma medicinal después de
las comidas para ayudar la digestión. ¿Le molesta?
—Me parecerá inquietante —respondió Gladia, con sequedad.
"Al no poder masticar se encontrará en desventaja. Además
—se dijo Gladia virtuosamente—, a su edad no debería necesitar nada que le
ayudara la digestión." Mandamus tenía un paquete alargado a medio sacar
del bolsillo superior de su blusón.
Lo volvió a guardar sin demostrar contrariedad y murmuró:
—Por supuesto.
—Le he preguntado, doctor Mandamus, sus razones para querer
visitarme.
—En realidad, dos razones, señora Gladia. Una es de tipo
personal y la otra es un asunto de Estado. ¿Le importaría que habláramos
primero de la personal?
—Déjeme que le diga francamente, doctor Mandamus, que me cuesta
imaginar qué razón personal puede haber entre nosotros. Trabaja usted en el
Instituto de Robótica, ¿no es verdad?
—En efecto.
—Y me he enterado de que trabaja al lado de Amadiro.
—Si, tengo el honor de trabajar con el "doctor"
Amadiro —declaró con cierto énfasis.
"Me la está devolviendo —se dijo Gladia—, pero no lo
acusaré.” —Amadiro y yo estuvimos en contacto hace veinte décadas y fue de lo
más desagradable. Desde entonces no he vuelto a tener ocasión de contactar con
él.
Tampoco lo hubiera hecho con usted, su íntimo colaborador, pero
se me convenció de que la entrevista podía ser importante. Sin embargo, los
asuntos personales, obviamente, no hacen que esta entrevista sea mínimamente
importante para mí. ¿Pasamos, pues, a los asuntos de Estado?
Mandamus bajó la vista y un leve rubor que podía ser de
confusión.
tiñó sus mejillas:
—Déjeme que vuelva a presentarme. Soy Levular Mandamus, su descendiente
en quinto grado. Soy el hijo del tataranieto de Santirix y de Gladia Gremionis.
Dicho de otra manera, usted es la tatarabuela de mi padre.
Gladia parpadeó rápidamente, esforzándose por no parecer
estupefacta, como lo estaba en realidad, pero no lo consiguió del todo. Claro
que tenía descendientes, ¿y por qué no iba a ser ese hombre uno de ellos?
—¿Está usted seguro? —dijo, en cambio.
—Absolutamente. He mandado hacer una investigación genealógica.
En cualquier momento querré tener hijos y antes de tenerlos creí
necesaria esta investigación. Por si le interesa, el parentesco entre nosotros
es V.H.H.H.
—¿Así que es usted el hijo del hijo, de la hija, de la hija de
mi hijo?
—Sí.
Gladia no preguntó más detalles. Había tenido un hijo y una
hija.
Había sido una madre perfectamente dedicada a ellos, pero a su
debido tiempo los hijos siguieron vidas independientes. En cuanto a los
descendientes del hijo y de la hija, nunca investigó, según el perfecto y
decente sistema espacial, ni le importó lo más mínimo. Ahora, al conocer a uno
de ellos, era aún lo suficientemente espacial como para quedarse indiferente.
La idea la tranquilizó por completo. Se recostó en su butaca y
se relajó. Dijo:
—Muy bien. Es usted mi descendiente en quinto grado. Si éste es
el asunto personal del que quiere hablar, no tiene para mí la menor
importancia.
—La comprendo perfectamente, antepasada. Mi genealogía no es en
sí de lo que quiero hablar, pero es la base. El doctor Amadiro sabe y conoce
esta relación, o por lo menos así lo sospecho.
—¿De veras? ¿Y cómo lo ha conseguido?
—Creo que genealogiza discretamente a aquellos que van a
trabajar en el Instituto.
—Pero ¿por qué?
—A fin de encontrar exactamente lo que encontró en mi caso. Es
un hombre desconfiado.
—No lo entiendo. Si es usted mi descendiente en quinto grado,
¿por qué iba a tener más importancia para él que la que tiene para mí?
Mandamus se frotó la barbilla con los nudillos de su mano
derecha, pensativo:
—Su antipatía hacia usted no es inferior a la que siente usted
por él, señora Gladia. Si estaba dispuesta a negarme la entrevista por su
causa, él está igualmente dispuesto a negarme la promoción por la de usted.
Sería peor si fuera descendiente del doctor Fastolfe, pero no mucho más.
Gladia se irguió en su asiento. Su rostro se crispó y dijo con
voz tensa:
—¿Qué es, pues, lo que espera que yo haga? No puedo declararle
un nodescendiente.
¿Debo insertar un anuncio en hipervisión declarando mi
indiferencia respecto a usted y repudiarle? ¿Le satisface esto a su Amadiro?
Si es así, debo decirle que no lo haré. No haré nada para
satisfacer a ese hombre. Si esto significa que puede echarle y truncar su
carrera, porque no le gusta su asociación genética, esto le enseñará a usted a
asociarse con personas más sensatas y menos rabiosas.
—No me echará, Gladia. Soy demasiado valioso para él, si me
perdona la falta de modestia. Sin embargo, confío en sucederle algún día como
jefe del Instituto y esto, estoy seguro, no me lo permitirá mientras me crea
descendiente de alguien mucho peor que usted.
—¿Acaso imagina que el pobre Santirix es peor que yo?
—En absoluto —Mandamus se ruborizó y tragó saliva, pero su voz
siguió normal y firme—. No quiero faltarle el respeto, señora, pero tengo que
saber la verdad.
—¿Qué verdad?
—Soy su descendiente en quinto grado. Esto queda claro en los
archivos genealógicos. Pero ¿es posible que yo también descienda no de Santirix
Gremionis sino del terrícola Elijah Baley?
Gladia se pudo en pie de un salto como si los campos de fuerza
unidimensionales la hubieran levantado. Ni siquiera se dio cuenta de que estaba
de pie.
Era la tercera vez que en doce horas se había mencionado el
nombre de aquel remoto terrícola, y por tres individuos distintos. Su voz no
parecía ser la suya.
—¿Qué quiere decir?
—A mí me parece muy claro —respondió levantándose a su vez y
apartándose un poco—. ¿Su hijo, mi tatarabuelo, nació de una unión sexual entre
usted y el hombre de la Tierra, Elijah Baley? ¿Fue Elijah Baley el padre de su
hijo?
—¿Cómo se atreve a sugerir tal cosa? ¿A pensarla siquiera?
—Me atrevo porque mi carrera depende de ella. Si la respuesta es
sí, mi vida profesional está prácticamente arruinada. Necesito un no, pero un
no sin pruebas no me sirve de nada. Debo poder presentar pruebas al doctor
Amadiro en el momento adecuado y demostrarle que la desaprobación de mi
genealogía termina con usted. Después de todo, está claro para mí que su
aversión hacia usted, e incluso hacia el doctor Fastolfe, no es nada,
absolutamente nada, comparada con el increíble odio por Elijah Baley. No solamente
por el hecho de su vida breve, aunque la idea de haber heredado genes bárbaros
me molestaría profundamente.
Creo que si le ofreciera una prueba de que soy descendiente de
un terrícola que no fuera Elijah Baley, no me lo tendría en cuenta. Pero es la
idea de Elijah Baley, y solamente él, lo que le enloquece. No sé por qué.
La repetición del nombre de Elijah fue casi una resurrección
para Gladia. Respiraba agitada y profundamente y gozaba con el mejor recuerdo
de su vida.
—Yo lo sé —le dijo—. Fue porque Elijah, con todo en contra, con
toda Aurora en su contra, consiguió destruir a Amadiro en el momento en que ese
hombre pensó que tenía el éxito en sus manos. Elijah lo consiguió con un gran
valor e inteligencia. Amadiro había encontrado a su superior en la persona de
un hombre de la Tierra al que había despreciado sin fijarse, y ¿qué podía hacer
a cambio sino odiarle inútilmente? Elijah lleva muerto más de dieciséis décadas
y Amadiro no puede aún olvidarle, no puede perdonar, no puede romper las
cadenas que le sujetan con odio y recuerdo, a ese muerto. Y yo no quiero que
Amadiro olvide..., o deje de odiar..., mientras con ello envenene cada momento
de su existencia.
—Comprendo que tenga motivos para maldecir al doctor Amadiro,
pero ¿qué motivo tiene para quererme mal a mí? Permitir al doctor Amadiro que
siga creyendo que desciendo de Elijah Baley le proporcionará el placer de
destruirme. ¿Por qué iba a proporcionarle, innecesariamente, semejante placer
si mi ascendencia no es ésa? Por lo tanto deme una prueba de que desciendo de
usted y de Santirix Gremionis o de usted y de cualquiera que no sea Elijah
Baley.
—¡Loco! ¡Idiota! ¿Por qué necesita que yo le dé una prueba? Vaya
al archivo histórico.
Descubrirá los días exactos en que Elijah Baley estuvo en
Aurora. Encontrará el día exacto en que nació mi hijo Darrel.
Encontrará que Darrel fue concebido más de cinco años después de
que Elijah dejó Aurora. También descubrirá que Elijah jamás regresó a Aurora.
Bien, pues, ¿cree usted que estuve gestando durante cinco años,
que llevé un feto en mis entrañas durante cinco años galácticos?
—Conozco las estadísticas, señora. No creo que llevara un feto
durante cinco años.
—Entonces, ¿por qué ha venido a mí?
—Porque hay mucho más. Yo sé..., y me imagino que el doctor
Amadiro lo sabe también, que aunque Elijah Baley, como usted dice, jamás volvió
a la superficie de Aurora, estuvo una vez en una nave que estaba en órbita de
Aurora por un día o más. Yo sé, y me imagino que el doctor Amadiro también lo
sabe, que aunque el terrícola no abandonó la nave para venir a Aurora, usted
salió de Aurora para ir a la nave; que permaneció en ella casi todo un día y
que eso tuvo lugar cinco años después de que el terrícola hubiera estado en la
superficie de Aurora... y más o menos en la época en que su hijo fue concebido.
Gladia sintió que palidecía intensamente al oír la voz tranquila
de Mandamus. La habitación pareció oscurecerse y se tambaleó.
De pronto sintió el suave contacto de unos fuertes brazos que la
sostenían y supo que eran los de Daneel. Sintió que la depositaban dulcemente
en la butaca.
Oyó la voz de Mandamus como si llegara de muy lejos.
—¿No es verdad, señora?
Por supuesto que era verdad.
¿EL ANTEPASADO?
5
¡Recuerdos!
Siempre presentes, aunque naturalmente permanecían disimulados.
Y de pronto, a veces, como resultado de una especie de sacudida
inesperada, surgían esos recuerdos claramente definidos, en color, brillantes y
con movimiento, vivos.
Volvía a ser joven, más joven que ese hombre que tenía delante;
lo bastante joven como para sentir la tragedia y el amor... con su
muerte-en-vida en Solaria habiendo alcanzado su clímax en el amargo final del
que ella había considerado como su primer "marido". (No, no iba a
decir su nombre ahora, ni siquiera en el pensamiento.)
Más cerca aún de su vida de entonces fueron los meses de
tremenda emoción con el segundo... no-hombre... al que consideraba como a tal.
Jander, el robot humanoide que le habían regalado y que hizo
enteramente suyo, como su primer marido muerto repentinamente.
Y luego, por fin, estaba Elijah Baley que jamás fue su marido y
al que solamente había visto dos veces, en dos años, y unas horas en cada
ocasión. Elijah, cuya mejilla había tocado con su mano y en esa ocasión se
ruborizó; cuyo cuerpo desnudo había tenido más tarde entre sus brazos y en esos
momentos había ardido intensamente.
Y, por último, un tercer marido, con el que vivió tranquila y en
paz, pagando con monotonía por su placidez y comprando con un firme olvido el
alivio de volver a vivir.
Hasta que un día (no estaba segura de cuándo irrumpió en sus
años soñolientos y tranquilos) Han Fastolfe, después de pedir permiso para
visitarla, llegó caminando desde la vivienda adjunta.
Gladia le miró con cierta preocupación porque era un hombre
demasiado ocupado para ir de visita sin motivo. Solamente habían transcurrido
cinco años desde la crisis que colocara a Han como el principal estadista de
Aurora. Era en todo, excepto de nombre, el Presidente del planeta y el
verdadero caudillo de los mundos espaciales. Tenía muy poco tiempo para
comportarse como un ser corriente.
Aquellos años dejaron su huella, y continuaron dejándola hasta
su triste muerte, por considerarse un fracasado aunque nunca perdió una
batalla. Kelden Amadiro, el que había sido derrotado, vivía cómodamente, como
evidencia de que la victoria suele pagarse cara.
En medio de todo, Fastolfe continuó hablando con dulzura y
mostrándose paciente, sin quejarse, pero incluso Gladia, apolítica y
desinteresada por las infinitas maquinaciones del poder, sabía que su control
de Aurora se mantenía firme gracias a un constante y férreo esfuerzo que le
vaciaba de todo lo que hace la vida digna de vivirse y que lo mantenía, ¿o era
al revés?, solamente por lo que consideraba el bien ¿de... qué? ¿de Aurora?,
¿de los espaciales?, ¿o simplemente el vago concepto del bien idealizado?
Ni lo sabía, ni quería preguntarlo.
Pero esto fue solamente cinco años después de la crisis. Todavía
daba la impresión de ser un hombre joven y esperanzado y su rostro feo pero
agradable aún era capaz de sonreír. Dijo:
—Tengo un mensaje para ti, Gladia.
—Espero que sea agradable —le contestó, correcta.
Había traído a Daneel consigo. Poder contemplar a Daneel con
sincero afecto era una muestra de que las viejas heridas estaban cicatrizadas,
que no dolían, porque Daneel era la copia exacta, en todo, hasta en el más
insignificante detalle, de su difunto Jander.
Podía hablarle aunque le contestara con la voz de Jander. Cinco
años habían cicatrizado la úlcera y amortiguado el dolor.
—Así lo creo —dijo Fastolfe sonriendo amablemente—. Es de un
viejo amigo.
—Es agradable saber que tengo viejos amigos —respondió tratando
de no ser sarcástica.
—De Elijah Baley.
Los cinco años desaparecieron y sintió las punzadas de los
recuerdos resucitados.
—¿Está bien? —preguntó con voz entrecortada después de un
instante de angustioso silencio.
—Muy bien. Y lo que es más importante, está cerca.
—¿Cerca? ¿En Aurora?
—En órbita de Aurora. Sabe, o imagino que lo sabe, que no
obtendrá permiso para aterrizar ni aunque yo hiciera valer toda mi influencia.
Le gustaría verte, Gladia. Ha establecido contacto conmigo porque cree que yo
puedo arreglar que visites su nave.
Supongo que puedo conseguirlo, pero sólo si tú lo deseas. ¿Lo
deseas?
—Yo no lo sé. Es demasiado inesperado para poder pensarlo.
—¿No sientes ningún impulso? —Esperó y luego prosiguió: —Dime la
verdad, Gladia, ¿cómo te va con Santirix?
Le miró con los ojos desorbitados como si no comprendiera la
razón por el cambio de tema... Después comprendió y dijo:
—Nos llevamos bien.
—¿Eres feliz?
—Soy... No soy desgraciada.
—Esto no me suena a éxtasis.
—¿Cuánto tiempo puede durar el éxtasis..., si lo hubiera?
—¿Te propones tener hijos algún día?
—Sí.
—¿Te propones cambiar tu status marital?
Sacudió la cabeza con decisión.
—Todavía, no.
—Entonces, mi querida Gladia, si quieres el consejo de un hombre
cansado, que se siente incómodamente viejo, rechaza la invitación. Recuerdo lo
poco que me contaste después de que Baley abandonara Aurora y, a decir verdad,
deduje mucho más de lo que tú quizá imaginas. Si lo ves, puedes decepcionarte,
pensar que no está a la altura del profundo y cálido resplandor del recuerdo o,
si no te decepciona, peor aún porque desbaratará una situación tal vez algo
frágil que después no podrás recomponer.
Gladia, que había pensado precisamente lo mismo, encontró que la
proposición requería plantearse en palabras para poder rechazarla; al fin dijo:
—No. Han, debo verle, pero me da miedo hacerlo sola. ¿No
querrías venir conmigo?
Fastolfe sonrió débilmente.
—Yo no he sido invitado, Gladia. Y si lo fuera, me vería
obligado a rechazarla. Hay una votación importante e inminente en el Consejo.
Asuntos de Estado, ya sabes, de los que no puedo ausentarme.
—¡Pobre Han!
—En efecto, pobre de mí. Pero no puedes ir sola. Por lo que yo
sé no sabes pilotear una nave.
—Oh, bueno, creí que podría ir en...
—¿Una nave comercial? —Fastolfe movió la cabeza—. Imposible. Si
fueras en un transporte comercial tendrías que subir a bordo de una nave de la
Tierra ya en órbita y para eso precisarías un permiso especial, permiso que te
llevaría semanas. Si no quieres ir, Gladia, no hace falta que digas que no
deseas verle. El papeleo y trámites necesarios llevarían semanas, y estoy
seguro de que él no puedo esperar tanto.
—Pero es que yo quiero verle —insistió Gladia, decidida.
—En ese caso puedes utilizar mi nave espacial privada y Daneel
te acompañará. Sabe manejar los controles perfectamente y está tan ansioso como
tú por ver a Baley.
Sencillamente no informaremos del viaje.
—Pero tendrás problemas, Han.
—Quizá nadie se entere..., o simularán no enterarse. Si alguien
me crea problemas, tendré que arreglármelas.
Gladia inclinó un momento la cabeza, pensativa, y dijo:
—Si no te importa, voy a ser egoísta y me arriesgaré a que
tengas problemas. Han.
Quiero ir.
—Entonces, ve.
5a
Era una nave pequeña, más pequeña de lo que Gladia había
imaginado; cómoda en cierto modo, pero por otra parte aterradora. Era lo
bastante pequeña, después de todo, como para carecer de datos sobre seudo
gravedad. La sensación de ingravidez, aun cuando la impulsaba a permitirse
ciertos movimientos divertidos, le recordaba constantemente que se encontraba
en un entorno anormal.
Era una espacial. Había más de cinco mil millones de espaciales
repartidos por más de cincuenta mundos, todos orgullosos de su nombre.
Sin embargo, ¿cuántos de los que se decían espaciales eran
realmente viajeros del espacio? Muy pocos. Quizás un ochenta por ciento no
habían salido nunca de su mundo natal. Y del restante veinte por ciento, muy
pocos habían cruzado el espacio más de dos o tres veces.
En realidad ella no era una espacial en el sentido literal de la
palabra, pensaba con melancolía. Una vez (¡una vez!) había viajado a través del
espacio, y fue, siete años atrás, de Solaria a Aurora. Ahora entraba por
segunda vez en el espacio a bordo de un pequeño yate privado para un corto
trayecto, más allá de la atmósfera, sólo unos cien mil kilómetros, con otra
persona..., ni siquiera con otra persona como acompañante.
Miró otra vez a Daneel ocupado en la pequeña cabina de pilotaje.
Sólo podía verle una parte desde donde estaba sentado ante los
controles.
Jamás había ido a ningún lado sólo con un robot a mano. Siempre
había dispuesto de cientos, de miles a su alrededor, en Solaria. En Aurora
disponía de docenas, de centenares...
Aquí no había más que uno.
—¡Daneel! —llamó.
—Sí señora —respondió sin dejar de atender los controles.
—¿Te complace volver a ver a Elijah Baley?
—No estoy seguro, señora, de cómo describir mejor mi estado
interior. Pero muy bien puede ser análogo a lo que los humanos describirían
como complacido.
—Pero debes sentir algo.
—Siento como si pudiera tomar decisiones más deprisa de lo que
lo hago habitualmente; mis respuestas o reacciones me llegan con más facilidad;
mis movimientos parecen requerir menos energía. En términos generales yo lo
interpretaría como una sensación de bienestar. Por lo menos he oído emplear
esta palabra a los seres humanos y creo que sirve para describir algo análogo a
las sensaciones que yo experimento ahora.
—Pero ¿y si te dijera que quiero verlo a solas?
—Entonces habría que arreglarlo.
—¿Aunque eso significara que no vas a verlo?
—Sí, señora.
—¿Y no te sentirías decepcionado? Quiero decir, ¿no tendrías la
sensación de que esto era lo contrario al bienestar? ¿Tus decisiones llegarían
menos rápidamente, tus respuestas con menor facilidad, tus movimientos
requerirían más energía y así sucesivamente?
—No, señora; porque experimentaría una sensación de bienestar al
obedecer sus órdenes.
—Tu sensación de bienestar atañe a la tercera ley, y obedecer
mis órdenes a la segunda ley, y la segunda ley es preferente, ¿verdad?
—Sí, señora.
Gladia volvió a luchar contra su curiosidad. Jamás se le hubiera
ocurrido interrogar de aquel modo a un robot ordinario. Un robot es una
máquina, pero no podía pensar en Daneel como en una máquina, como cinco años
antes había sido incapaz de considerar a Jander como a una máquina. Pero con
Jander había surgido la pasión ardiente y ésta se había acabado con el propio
Jander. Pese a su similitud con aquél, Daneel no podía hacer que las cenizas
volvieran a encenderse. Con él cabía solamente la curiosidad intelectual.
—¿No te molesta, Daneel, sentirte tan sujeto por las leyes?
—No puedo imaginar otra cosa, señora.
—Toda mi vida me he sentido sujeta por el tirón de la gravedad,
incluso en mi anterior viaje en una nave espacial, pero puedo imaginarme libre
de ella. Y aquí estoy, en efecto, sin gravedad.
—¿Y le gusta, señora?
—En cierto modo, sí.
—¿Le produce incomodidad?
—En cierto modo, también.
—A veces, señora, cuando pienso que los seres humanos no están
sometidos a las leyes, me siento incómodo.
—¿Por qué, Daneel? ¿Has tratado alguna vez de razonar y
preguntarte por qué con la falta de ley te sientes incómodo?
Daneel tardó un instante en contestar.
—Sí, señora, pero no creo que me preocuparan estas cosas de no
ser por mi breve asociación con el colega Elijah. Tenía una forma de...
—Sí, lo sé. Le interesaba todo. Tenía tal inquietud que le
llevaba a preguntar en todo momento y en todas direcciones.
—Así parecía. Y yo intentaba ser como él y preguntar. Así que me
pregunté qué podía ser no depender de la ley y encontré que no podía imaginar
lo que sería, excepto que podía ser como un humano y esto me inquietó. Y me
pregunté, como me ha preguntado usted, por qué me inquietaba.
—¿Y qué te contestaste?
—Pasado mucho tiempo, decidí que las tres leyes gobiernan el
modo como se comportan mis circuitos positrónicos. En todo momento, bajo todos
los estímulos, las leyes marcan la dirección e intensidad de la corriente
positrónica a lo largo de esos circuitos, de modo que sé siempre lo que debo
hacer. No obstante, el nivel de conocimiento no es siempre el mismo.
Hay veces en que el hacer-lo-que-debo está menos coaccionado que
otras.
Siempre he notado que cuanto más bajo es un positronomotivo
potencial, tanto más lejana es la certeza de decisión respecto de la acción a
emprender.
Y cuanto más lejos estoy de la certeza, más cerca estoy del
malestar.
Decidir un acto en un milisegundo antes que en un nanosegundo
produce una sensación que no desearía que se prolongara. Así, pues, me digo,
¿qué pasaría si careciera totalmente de leyes como los humanos? ¿Qué pasaría si
no pudiera tomar una decisión clara sobre de qué modo reaccionar ante un
determinado conjunto de condiciones? No lo podría soportar y no pienso
voluntariamente en ello.
—Pero lo haces, Daneel —observó Gladia—. Lo estás pensando
ahora.
—Sólo debido a mi asociación con Elijah. Le observé en momentos
en que él se sentía incapaz de tomar una decisión dada la desconcertante
naturaleza de los problemas que se te planteaban. Se hallaba claramente en un
estado de ansiedad, ansiedad que yo también sentía porque no sabía cómo
ayudarle para hacerle más llevadera la situación.
Es posible que yo solamente captara una pequeña parte de lo que
él sentía entonces. Si hubiera captado mucho más, y comprendido mejor las
consecuencias de su incapacidad para tomar una decisión, podría haber
podido...— Titubeó.
—¿Dejar de funcionar? ¿Ser desactivado? —concluyó Gladia,
pensando breve y dolorosamente en Jander.
—Sí señora. Mi falla en comprender puede ser un dispositivo
protector contra lesiones a mi cerebro positrónico. Pero me fijé en que por
dolorosa que Elijah Baley encontrara su indecisión, continuó esforzándose en
resolver su problema. Y yo le admiré profundamente por eso.
—Entonces eres capaz de sentir admiración, ¿verdad?
Daneel contestó solemnemente:
—Utilizo la palabra como he oído utilizarla a los seres humanos.
Desconozco la palabra adecuada para expresar la impresión que causaron en mí
esos actos de Elijah Baley.
Gladia asintió, luego dijo:
—Sin embargo, hay reglas que gobiernan las reacciones humanas
también; ciertos instintos, impulsos, enseñanzas.
—Así piensa también el amigo Giskard, señora.
—Vaya.
—Pero lo encuentra demasiado complicado para analizarlo. Se
pregunta si algún día se desarrollará un sistema para analizar matemáticamente
el comportamiento humano, y de ello derivar leyes concluyentes que expresarían
las reglas de ese comportamiento.
—Lo dudo —dijo Gladia.
—Tampoco está muy convencido mi amigo Giskard. Piensa que pasará
mucho tiempo hasta que se desarrolle este sistema.
—Muchísimo tiempo, diría yo.
—Y ahora —anunció Daneel— nos acercamos ya a la nave de la
Tierra y debemos realizar el atraque, que no es fácil.
5b
A Gladia le pareció que tardaban más tiempo en atracar que en
entrar en la órbita de la nave de la Tierra.
Daneel no perdió la calma en ningún momento, pero tampoco podía
hacer otra cosa..., y le aseguró que todas las naves humabas podían ensamblarse
sin tener en cuenta las diferencias de tamaño y modelo.
—Como los seres humanos —comentó Gladia con una sonrisa forzada,
pero Daneel no dijo nada. Se concentró en los delicados ajustes que tenían que
hacerse. El ensamblaje era siempre posible, pero no siempre fácil, al parecer.
Gladia se sintió cada vez más inquieta. Los hombres de la Tierra
tenían una vida corta y envejecían rápidamente. Habían pasado cinco años desde
que viera a Elijah. ¿Cuánto habría envejecido en este tiempo?
¿Qué aspecto tendría? ¿Sería capaz de no demostrar sorpresa u
horror ante su cambio?
Fuera cual fuese su aspecto, seguiría siendo el Elijah hacia el
que su gratitud no tenía límites.
¿Era eso? ¿Gratitud?
Notó que sus manos estaban tan apretadas que los brazos le
dolían. Solamente con un gran esfuerzo consiguió relajarse.
Supo el momento en que terminó el ensamblaje. La nave de la
Tierra era lo bastante grande como para poseer un generador de seudo gravedad,
y en el momento del atraque el campo de gravitación se amplió para incluir al
pequeño yate. Percibió un ligero efecto de rotación cuando la dirección hacia
el suelo se transformó en "abajo" y Gladia sintió una angustiosa
caída de varios centímetros. Por el impacto se le doblaron las rodillas y cayó
contra la pared.
Se enderezó con cierta dificultad y le dio rabia no haberse
anticipado al cambio y estar preparada para ello.
Daneel anunció innecesariamente:
—Hemos atracado, señora. El compañero Elijah pide permiso para
subir a bordo.
—No faltaba más, Daneel.
Se oyó un chirrido y una parte de la pared se dilató. Una figura
agachada pasó a través de ella y la pared volvió a contraerse tras él.
La figura se enderezó y Gladia musitó:
—¡Elijah! —Y se sintió inundada de alegría y alivio. Le pareció
que tenía el cabello más canoso, pero seguía siendo el mismo Elijah. No había
otro cambio visible, ningún envejecimiento aparente.
La miró sonriente por un momento, pareció devorarla con los
ojos.
Luego levantó un dedo, como diciéndole “¡Espera!" y anduvo
hacia Daneel.
—¡Daneel! —Tomó al robot por los hombros y lo sacudió. —No has
cambiado nada.
¡Josafat! Eres la constante de nuestras vidas.
—Colega Elijah, ¡me alegro de volver a verte!
—Y yo de oírme llamar colega otra vez. ¡Ojalá lo siguieras
viendo! Esta es la quinta vez que te veo, pero es la primera que no tengo
ningún problema que resolver. Ni siquiera soy ya un funcionario. He dimitido y
ahora soy un emigrante a uno de los nuevos mundos.
Dime, Daneel, ¿por qué no viniste con el doctor Fastolfe, cuando
visitó la Tierra hace tres años?
—Por decisión del propio doctor Fastolfe. Creyó mejor llevar a
Giskard.
—Me sentí decepcionado, Daneel.
—Me hubiera gustado mucho verte, colega Elijah, pero el doctor
Fastolfe me contó después que el viaje había sido sumamente afortunado, así que
quizá su decisión fue la apropiada.
—Sí, tuvo mucho éxito, Daneel. Antes de la visita, el gobierno
de la Tierra se mostraba reacio a cooperar en el proceso de colonización, pero
ahora todo el planeta se agita y late y millones de personas están deseando
marcharse. No tenemos naves para acomodarlos a todos, ni siquiera con la ayuda
de Aurora, y no tenemos mundos donde recibirles, porque cada mundo debe ser
adaptado. En el mundo donde voy yo, su oxígeno libre está muy bajo, vamos a
tener que vivir en ciudades protegidas por cúpulas durante generaciones,
mientras la vegetación del tipo de la Tierra se vaya extendiendo por todo el
planeta. —Sus ojos no dejaban de volverse hacia Gladia que esperaba, sentada,
sonriéndole.
—Era de esperar —dijo Daniel—. Por lo que me he enterado de la
historia humana, también los mundos espaciales pasaron por un proceso de
terraformación.
—¡Ya lo creo! Y gracias a esa experiencia, ahora podemos llevar
a cabo el proceso más rápidamente. Pero me gustaría que te quedaras en la
cabina de pilotaje por un momento, Daneel. Tengo que hablar con Gladia.
Daneel pasó bajo el arco de la puerta que conducía a la cabina y
Baley miró a Gladia inquisitivamente indicando hacia un lado con la mano.
Comprendiéndole, se acercó a tocar el contacto que hacía correr
silenciosamente el panel que cerraba la puerta. Se habían quedado solos.
Baley alargó las manos:
—¡Gladia!
Ella las tomó entre las suyas sin darse cuenta siquiera de que
no llevaba guantes y comentó:
—De haberse quedado Daneel no nos habría molestado.
—Físicamente no, pero sí psicológicamente.— Baley sonrió con
tristeza y añadió: — Perdóname Gladia, pero tenía que hablar primero con
Daneel.
—Le conociste antes que a mí —murmuró con dulzura—. Tiene
preferencia.
—No la tiene, pero no tiene defensas. Si tú estás molesta
conmigo, Gladia, puedes pegarme si lo deseas. Daneel no puede. Yo puedo
ignorarle, echarle, tratarle como si fuera un robot, y se vería obligado a
obedecer y seguir siendo el mismo compañero leal y sin quejarse.
—El caso es que es un robot, Elijah.
—Pero para mí, jamás, Gladia. Mi mente sabe que es un robot y
que no tiene sentimientos al estilo humano, pero mi corazón le considera humano
y debo tratarle como tal. Quise pedirle al doctor Fastolfe que me permitiera
llevármelo conmigo, pero en los nuevos mundos de colonos, los robots no están
permitidos.
—¿Has soñado alguna vez llevarme contigo, Elijah?
—Los espaciales, tampoco.
—Me parece que ustedes los de la Tierra son tan exageradamente
exclusivistas como nosotros los espaciales.
—Es una locura por ambos lados. Pero incluso si fuéramos
sensatos, tampoco te llevaría. No podrías soportar aquella vida y yo nunca
tendría la seguridad de que tus dispositivos de inmunidad funcionaran
debidamente. Tendría miedo de que murieras rápidamente de cualquier pequeña
infección o de que vivieras demasiado y vieras morir a nuestras generaciones.
Perdóname, Gladia.
—¿Por qué, querido Elijah?
—Por... esto. —Alargó las manos, palmas arriba, a ambos lados.
—Por pedir verte.
—Me alegra que lo hayas hecho. Yo también quería verte.
—Lo sé. Traté de no hacerlo, pero la idea de estar en el espacio
y no detenerme en Aurora me destrozaba. Y como ves, Gladia, no nos sirve de
nada. Significa solamente otra despedida que también me destrozará.
Por eso es por lo que no te he escrito; por lo que no he tratado
nunca de alcanzarte por hiperonda. Te lo habrás preguntado mil veces.
—Realmente, no. Coincido contigo en que no podía ser. Lo habría
hecho todo mucho más difícil. Sin embargo, te escribí muchas veces.
—¿De veras? Pues no recibí ninguna carta.
—Nunca las eché al correo. Después de escribirlas, las destruía.
—Pero, ¿por qué?
—Porque, Elijah, ninguna carta particular puede enviarse a la
Tierra desde Aurora sin pasar por las manos del censor y yo no te escribí
ninguna carta que pudiera ver el censor.
Si tú me hubieras escrito, te aseguro que ninguna hubiera
llegado a mis manos por inocente que fuera. Pensé que ésta era la razón de no
recibir yo ninguna carta tuya.
Ahora que me entero de que desconocías la situación me alegra
extraordinariamente saber que no fuiste lo bastante loco como para querer
seguir en contacto conmigo. No habrías podido comprender que nunca contestara.
—¿Y cómo he podido verte ahora? —preguntó Baley.
—Te aseguro que no ha sido legalmente. He utilizado la nave
privada del doctor Fastolfe, para poder cruzar la frontera sin que los guardias
me pidieran explicaciones. Si esta nave no fuese la del doctor Fastolfe, me
habrían detenido y devuelto. Yo supuse que así lo entenderías y que por ello te
pusiste en contacto con Han, sin intentar localizarme directamente.
—No entendí nada. Estoy aquí, sentado, y maravillado de la doble
ignorancia que me ha mantenido a salvo. Triple ignorancia, porque por no saber,
no sabia ni la adecuada combinación de hiperonda que me hubiera comunicado
contigo y no me vi con ánimos de enfrentarme a la dificultad de encontrar tu
combinación en la Tierra. No hubiera podido conseguirlo particularmente y ya
había habido suficientes comentarios sobre nosotros en toda la Galaxia, gracias
a ese idiota drama de hiperonda que dieron por las subondas, después de
Solaria. De no haber sido por eso, te aseguro que lo hubiera intentado. No
obstante, tenía la combinación del doctor Fastolfe, y una vez que me encontré
en órbita alrededor de Aurora, me puse inmediatamente en contacto con él.
—En todo caso, aquí estamos.
Gladia se sentó sobre la litera y le tendió las manos. Baley las
tomó y trató de sentarse en un escabel, pero ella le atrajo insistentemente
hacia la litera y le hizo sentarse a su lado.
—¿Cómo va todo, Gladia? —le preguntó, turbado.
—Muy bien. ¿Y a ti, Elijah?
—Me estoy haciendo viejo. Hace tres semanas cumplí cincuenta
años.
—Cincuenta no es... —Se calló en seco.
—Para uno de la Tierra sí es ser viejo. Tenemos la vida corta,
ya lo sabes.
—Incluso para uno de la Tierra, cincuenta no es ser viejo. No
has cambiado.
—Eres muy amable, pero puedo decirte dónde se han multiplicado
los crujidos.
Gladia...
—¿Sí, Elijah?
—Tengo que hacerte una pregunta. Tú y Santirix Gremionis.
Gladia asintió sonriendo:
—Es mi marido. Seguí tu consejo.
—¿Y ha resultado bien?
—Bastante bien. La vida es agradable.
—Me alegro. Espero que dure.
—Nada dura siglos, Elijah, pero podría durar años; tal vez
incluso décadas.
—¿Tienes hijos?
—Todavía no. ¿Y tu familia, tu hijo, tu mujer?
—Bentley marchó a las Colonias hace dos años. En realidad voy a
reunirme con él. Es un personaje muy importante en el mundo a donde me dirijo.
Sólo tiene veinticuatro años y ya se le tiene en cuenta. —Los ojos de Baley
brillaron.— Creo que tendré que dirigirme a él llamándole Señoría. Por lo menos
en público.
—Estupendo. Y la señora Baley, ¿va contigo?
—¿Jessie? No. No quiere abandonar la Tierra. Le expliqué que
viviríamos bajo cúpulas una larga temporada, así que no le resultaría tan
distinto de la Tierra. Más primitivo, claro.
Puede que con el tiempo cambie de opinión. Se lo organizaré tan
cómodamente como pueda y una vez instalado, pediré a Bentley que vaya y la
recoja. Para entonces puede que se sienta tan sola que esté dispuesta a venir.
Ya veremos.
—Pero, entretanto, estás solo.
—Hay más de cien emigrantes a bordo de esta nave, así que no me
siento tan solo.
—Están del otro lado del punto de atraque, y yo también estoy
sola.
Baley echó una mirada breve e involuntaria hacia la cabina de
mando y Gladia se corrigió:
—Excepto Daneel, claro, al otro lado de la puerta y que es un
robot, por mucho que lo consideres una persona. Y, bueno, no habrás querido
verme sólo para que podamos preguntarnos por nuestras familias.
La expresión de Baley fue grave, casi angustiada:
—Yo no puedo pedirte...
—Entonces te lo pido yo. Esta litera no está diseñada para una
actividad sexual, pero deberás arriesgarte a la posibilidad de caer al suelo,
creo.
Baley vaciló:
—Gladia, no puedo negarte que...
—Oh, Elijah, no te embarques en una disertación infinita para
tranquilizar tu moral terrícola. Me ofrezco a ti de acuerdo con la costumbre
aurorana. Tienes derecho a rechazarme y no tengo derecho a cuestionar la
negativa,..; pero la cuestionaría con todas mis fuerzas. He decidido que el
derecho a rehusar pertenece sólo a los auroranos. No lo aceptaré de un hombre
de la Tierra.
Baley suspiró:
—Ya no pertenezco a la Tierra, Gladia.
—Pues todavía puedo aceptarlo menos de un miserable inmigrante
destinado a un planeta bárbaro en el que tendrá que vivir agachado bajo una
cúpula... ¡Elijah, hemos tenido tan poco tiempo!, y, ahora mismo, ¡tenemos tan
poco! Puede que no vuelva a verte. Este encuentro es tan absolutamente
inesperado que sería un crimen cósmico desperdiciarlo.
—Gladia, ¿de verdad quieres a un viejo?
—Elijah, ¿de verdad quieres que te lo suplique?
—Es que estoy avergonzado.
—Entonces, cierra los ojos.
—Quiero decir de mi persona..., de mi cuerpo decrépito.
—Entonces, sufre. La estúpida opinión que tienes de ti mismo no
tiene nada que ver conmigo.— Y se echó en sus brazos mientras su túnica se
desprendía.
5c
Gladia percibió muchas cosas, todas simultáneamente.
Se dio cuenta de la maravilla de la constancia, porque Elijah
era tal como lo recordaba.
Los cinco años transcurridos no habían cambiado nada. No había
vivido al calor de un recuerdo exageradamente idealizado. Seguía siendo Elijah.
Se dio cuenta también del desconcierto de sus diferencias. Su
sentimiento intensificó el convencimiento de que Santirix Gremionis, sin una
sola falla que pudiera definir, era todo él una falla. Santirix era afectuoso,
dulce, racional, razonablemente inteligente... y gris.
Por qué era gris, no sabría decirlo, pero nada de lo que
hiciera, o dijera podía excitarla como lo lograba Baley, incluso cuando no
hacía ni decía nada. Baley era más viejo en años, más viejo fisiológicamente,
no tan bello como Santirix, y, lo que era más grave, Baley llevaba consigo un
aire indefinible de decadencia, un aura de envejecimiento y vida breve propio
de los de la Tierra.
No obstante...
Se dio cuenta de la insensatez de los hombres, de Elijah
acercándosele indeciso, con una total ignorancia del efecto que le causaba.
Se dio cuenta de su ausencia, porque había ido a hablar con
Daniel que iba a ser el último como había sido el primero. Los de la Tierra
temían y odiaban a los robots y, no obstante, Elijah, sabiendo de sobra que
Daniel era un robot, le trataba como a una persona. Por el contrario, los
espaciales que querían a sus robots y no se encontraban nunca cómodos en su
ausencia, nunca les considerarían más que como máquinas.
Y más que nada, se daba cuenta del tiempo. Sabía que habían
transcurrido exactamente tres horas y veinticinco minutos desde que Elijah
entrara en la pequeña nave de Han Fastolfe y sabía, además, que no podía
permitir que transcurriera más tiempo.
Cuanto más permaneciera fuera de la superficie de Aurora y más
siguiera la nave de Baley en órbita, más probable sería que alguien se diera
cuenta o, si ya lo habían observado, como parecía casi seguro, más lógico sería
que alguien sintiera curiosidad, y empezara a investigar. En este caso,
Fastolfe se vería envuelto en un molesto embrollo.
Baley salió de la cabina y miró a Gladia con tristeza:
—Gladia, ya tengo que irme.
—Lo sé bien.
—Daneel cuidará de ti —le dijo—. Será tu amigo, tu protector y
tú debes ser una amiga para él en recuerdo mío. Pero es a Giskard a quien
quiero que hagas caso. Deja que sea tu consejero.
Gladia frunció en entrecejo:
—¿Por qué Giskard? No estoy segura de que me guste.
—No te pido que te guste. Te pido que "confíes" en él.
—Pero, ¿por qué Elijah?
—No puedo decírtelo. También en esto debes confiar en mí.
Se miraron y no dijeron más. Era como si el silencio detuviera
el tiempo, les permitiera agarrarse a los segundos que les quedaban y les
mantuviera inmóviles.
Pero no podía durar más. Baley dijo:
—¿No te arrepientes?
—¿Cómo puedo arrepentirme —musitó Gladia— siendo posible que no
vuelva a verte más?
Baley hizo como si fuera a contestarle, pero ella apoyó su
pequeño puño contra la boca.
—No mientas innecesariamente. Puede que no vuelva a verte más.
Y nunca más volvió a verle.
6
Con verdadero pesar se sintió arrastrada a través de aquellos
años desérticos y muertos y volver una vez más al presente.
"Nunca más —pensó—. Nunca." Se había escudado contra
el recuerdo agridulce durante tanto tiempo, que ahora se sentía hundida en él
otra vez, pero era un recuerdo más amargo que dulce porque había visto a esta
persona, Mandamus, porque Giskard se lo había pedido y porque tenía la
obligación de confiar en Giskard. Era su último ruego.
Se concentró en el presente. (¿Cuánto tiempo había
transcurrido?)
Mandamus la observaba fríamente. Dijo:
—Por su reacción, Gladia, deduzco que es verdad. No podía
habérmelo dicho más claramente.
—¿Qué es lo que es verdad? ¿De qué me está hablando?
—Que vio al terrícola Elijah Baley cinco años después de su
visita a Aurora. Su nave estaba en órbita y usted viajó para verle y estar con
él, en la época en que concibió a su hijo.
—¿Qué pruebas tiene de ello?
—Señora, no fue un verdadero secreto. La nave de la Tierra fue
detectada en su órbita.
La nave de Fastolfe fue detectada en su vuelo. Se la vio
atracar. No era Fastolfe el que viajaba a bordo de la nave, así que se presumió
que era usted. La influencia del doctor Fastolfe fue suficiente para que no
quedara constancia.
—Si no quedó constancia, no hay pruebas.
—No obstante, el doctor Amadiro ha dedicado los dos tercios de
su vida a seguir los movimientos del doctor Fastolfe con ojos de odio. Hubo
siempre funcionarios que estaban en cuerpo y alma de acuerdo con la política
del doctor Amadiro de reservar la Galaxia para los espaciales y ellos le
informaban calladamente de todo lo que él deseaba saber.
El doctor Amadiro se enteró de su escapada casi tan pronto como
ocurrió.
—Sigue sin ser ninguna prueba. La palabra, sin respaldo de un
funcionario en busca de favores, no cuenta. Amadiro tampoco hizo nada porque
incluso él sabia que no tenía pruebas.
—Ninguna prueba con la que poder acusar a alguien de adulterio;
ninguna prueba para poder causar problemas a Fastolfe; pero suficiente
evidencia para sospechar que yo soy descendiente de Baley y por lo tanto
destrozar mi carrera.
—Deje de estar preocupado —dijo Gladia con amargura—. Mi hijo es
el hijo de Santirix Gremionis, un verdadero aurorano, y es de ese hijo de
Gremionis del que usted desciende.
—Convénzame de ello, señora. No pido más. Convénzame de que se
trasladó a esa órbita y que pasó horas a solas con el de la Tierra y que, en
todo ese tiempo, hablaron.., tal vez, de política..., que discutieron de
tiempos pasados y viejos amigos, que se contaron chistes, que no se tocaron
jamás. Convénzame.
—Lo que hicimos no importa, así que ahórreme su sarcasmo. En la
época en que le vi, ya estaba embarazada de mi entonces marido. Llevaba un feto
de tres meses, un feto aurorano.
—¿Cómo puede probarlo?
—¿Por qué tendría que probarlo? La fecha del nacimiento de mi
hijo está registrada y Amadiro debe saber la fecha de mi visita al terrícola.
—Se le comunicó en su momento, como le he dicho, pero veinte
décadas han transcurrido y no la recuerda con exactitud. La visita no es
material de registro y no puede buscar confirmación. Me temo que el doctor
Amadiro preferiría creer que fue nueve meses antes del nacimiento de su hijo
cuando se vio usted con el terrícola.
—Seis meses.
—Demuéstrelo.
—Le doy mi palabra.
—Es inteligente.
—Bien, pues... Daneel, tú estabas conmigo. ¿Cuándo visité a
Elijah Baley?
—Gladia, fue ciento setenta y tres días antes del nacimiento de
su hijo.
—Lo que es, más o menos, seis meses antes —observó Gladia.
—Es insuficiente —repitió Mandamus.
Gladia levantó la barbilla, agresiva:
—La memoria de Daneel es perfecta, como puede demostrarse
fácilmente, y la declaración de un robot se acepta como evidencia en los
tribunales de Aurora.
—Esto no es un caso para los tribunales, ni lo será, y la
memoria de Daneel no cuenta para el doctor Amadiro. Daneel fue construido por
Fastolfe y conservado por Fastolfe durante casi dos siglos. No podemos saber
qué modificaciones fueron introducidas o en qué forma fue instruido para tratar
los asuntos relacionados con el doctor Amadiro.
—Entonces, razone, hombre. Los terrícolas son diferentes
genéticamente de nosotros.
Virtualmente somos especies distintas. No podemos
interfecundarnos.
—No ha sido probado.
—Bien, pues existen datos genéticos. Los de Darrel. Los de
Santirix. Compárelos. Si mi ex marido no fuera su padre, las diferencias genéticas
le harían inconfundible.
—Los datos genéticos no están a disposición de todo el mundo. Lo
sabe de sobra.
—Amadiro no es tan esclavo de consideraciones éticas. Tiene
influencia para verlos ilegalmente... ¿O teme que contradigan su hipótesis?
—Sea cual fuere su motivo, señora, no traicionará jamás el
derecho de un aurorano a la intimidad.
—Pues váyase al espacio y ahóguese en el vacío —dijo Gladia—.
Si su Amadiro se niega a convencerse, ya no es asunto mío.
Usted, por lo menos, debería convencerse y su trabajo consiste en convencer a
Amadiro. Si no puede hacerlo y su carrera no progresa como usted desearía, por
favor, tenga la seguridad de que es enteramente cosa suya y no mía.
—No me sorprende. No esperaba más. En cuanto a este asunto estoy
convencido. Yo sencillamente esperaba que pudiera darme usted algo tangible
para convencer al doctor Amadiro. No lo ha hecho.
Gladia se encogió de hombros, despectiva.
—Utilizaré otros métodos —dijo Mandamus.
—Me alegra que los tenga.
Mandamus añadió en voz baja, como sin darse cuenta de que no
estaba solo.
—Yo también. Todavía me quedan métodos más poderosos.
—Estupendo. Le sugiero que trate de chantajear a Amadiro. Debe
de tener mucho con qué chantajearle.
—No sea loca.
—Puede marcharse ahora mismo. Creo que he soportado de usted
todo lo que deseo soportar. ¡Fuera de mi casa!
Mandamus alzó los brazos.
—Espere. Le dije al principio que había dos razones para
visitarla: una personal y otra estatal. He dedicado demasiado tiempo a la
primera, debo rogarle cinco minutos para discutir la segunda.
—No le voy a conceder más de cinco minutos.
—Hay alguien más que desea verla. Un terrícola o, por lo menos,
un miembro de uno de los mundos colonizados, un descendiente de la Tierra.
—Dígale que ni los terrícolas ni sus descendientes colonos están
autorizados en Aurora, y despídale. ¿Qué tengo yo que ver con él?
—Desgraciadamente, señora, en los últimos siglos el equilibrio
de poder ha variado algo. Los terrícolas tienen más mundos que nosotros, y
siempre han dispuesto de mayor población. Poseen más naves aunque éstas no sean
tan avanzadas como las nuestras y debido a su escasa longevidad y a su
fecundidad, están aparentemente más dispuestos a morir que nosotros.
—Lo último no lo creo.
—¿Por qué no? —sonrió Mandamus—. Ocho décadas significan menos
que cuarenta.
En todo caso, debemos tratarlos correctamente, mucho mejor que
en tiempos de Elijah Baley. Si le sirve de consuelo, es la política de Fastolfe
la que creó esta situación.
—A propósito, ¿por boca de quién habla? ¿Es Amadiro el que ahora
se ve obligado a ser correcto con los colonos?
—No, en realidad es el Consejo.
—¿Y viene en nombre del Consejo?
—No oficialmente, pero me han pedido que la informe..., no
oficialmente, de esta petición.
—Y si veo a ese colono, ¿para qué? ¿Para qué quiere verme?
—Esto es lo que no sabemos, señora. Contamos con que usted nos
lo diga. Usted tiene que recibirle, averiguar qué quiere, e informarnos.
—¿Quién es "nos"?
—El Consejo, como le he dicho. El colono llegará aquí, a su
casa, esta noche.
—Parece asumir que no tengo elección y que debo aceptar la
posición de informadora.
Mandamus se levantó. Claramente había terminado su misión.
—No va a ser una "informadora". No debe nada a ese
colono. Simplemente informará a su gobierno, como leal ciudadana de Aurora,
dispuesta e, incluso, ansiosa de poder hacerlo. No querrá que el Consejo
suponga que su nacimiento solario ha mermado de algún modo su patriotismo.
—Señor, he sido ciudadana de Aurora por más de cuatro veces su
edad.
—Indudablemente, pero nació y creció en Solaria. Es usted una
peculiar anomalía, una aurorana nacida en el extranjero, y esto es difícil de
olvidar. Y resulta especialmente cierto, pues el colono desea verle más que a
otra persona de Aurora, precisamente por haber nacido en Solaria.
—¿Y cómo lo sabe usted?
—Es fácil de suponer. La identifica como a "la mujer
solariana". Nosotros sentimos curiosidad por saber qué significa eso para
él..., ahora que Solaria no existe.
—Pregúnteselo.
—Preferimos preguntárselo a usted después de que usted se lo
pregunte a él. Debo pedirle permiso para retirarme ahora y darle las gracias
por su hospitalidad.
Mandamus se dirigió hacia la entrada que conducía a la puerta
principal, seguido de cerca por sus robots.
Se detuvo antes de abandonar la estancia, se volvió, y dijo:
—Casi se me había olvidado.
—¿El qué?
—El colono que desea verla tiene un apellido que, por curiosa
coincidencia, es Baley.
LA CRISIS
7
Con robótica cortesía Daneel y Giskard acompañaron a Mandamus y
a sus robots fuera de la propiedad. Aprovechando que estaban fuera, recorrieron
los jardines para asegurarse de que los robots inferiores estaban en sus
puestos, y tomaron nota de las condiciones climáticas (nublado y un poco más
frío de lo que correspondía a la estación)
Daneel dijo:
—El doctor Mandamus ha admitido abiertamente que los mundos de
los colonos son ahora más fuertes que los de los espaciales. No esperaba que lo
hiciera.
—Ni yo —asintió Giskard—. Estaba seguro de que los colonos
aumentarían su poder comparado con el de los espaciales, Elijah Baley lo
predijo hace muchas décadas, pero no veía cómo podría determinar cuándo se
haría patente para el Consejo aurorano. Me parecía que la inercia social
mantendría al Consejo firmemente convencido de la superioridad espacial mucho
después de que ésta desapareciera, pero no podía calcular cuánto tiempo
seguirían engañándose.
—Me asombra que el colega Elijah lo previera hace tanto tiempo.
—Los seres humanos piensan sobre ellos mismos en una forma que
nosotros no podemos. De haber sido Giskard humano, la observación hubiera
podido parecer envidiosa o nostálgica, pero al ser un robot, era simplemente
real. Y prosiguió: — e tratado de adquirir más conocimientos, aunque no de la
forma de pensar, sino leyendo detalladamente historia de la humanidad. Estoy
seguro de que en el largo recuento de los acontecimientos humanos debe de
haber, escondidas, unas leyes para la humanidad equivalentes a las tres leyes
de la robótica.
—Gladia me dijo una vez —observó Daneel— que era una esperanza
imposible.
—Puede que así sea, amigo Daneel, pero aunque tengo la impresión
de que estas leyes de la humanidad deben existir, no puedo encontrarlas. Cada
generalización que intento plantear, por más amplia y sencilla que sea,
contiene numerosas excepciones. No obstante, si esas leyes existieran y yo
pudiera encontrarlas, comprendería mejor a los seres humanos y estaría más
seguro de que estoy obedeciendo mejor las tres leyes.
—Si el colega Elijah comprendía a los seres humanos, debía
conocer las leyes de la humanidad.
—Presumiblemente, pero las conocía a través de algo que el ser
humano llama intuición, una palabra que no comprendo, ilustrando un concepto
del que no sé nada. Es de presumir que se encuentra más allá de la razón y yo
sólo dispongo de la razón.
7a
Eso y los recuerdos.
Los recuerdos que naturalmente no funcionaban según los sistemas
humanos.
Carecían de la rememoración imperfecta, de la impresión borrosa,
de la adición y sustracción dictadas por anhelos y egoísmos, por no hablar de
los deseos, lagunas y retrocesos que transforman el recuerdo en horas
interminables de soñar despierto.
Se trataba de la memoria robótica marcando los acontecimientos
exactamente como habían ocurrido, pero de un modo ampliamente acelerado. Lo
segundos se funden en nanosegundos, de modo que los días se reviven con tan
rápida precisión que no cabe un hueco perceptible en la conversación.
Como había hecho innumerables veces anteriormente, Giskard
revivió su visita a la Tierra, buscando comprender la capacidad de prever el
futuro de Elijah Baley, sin encontrarla nunca.
¡Tierra!
Fastolfe llegó a la Tierra en una nave aurorana, con un
cargamento completo de compañeros de viaje, tanto humanos como robots. Sin
embargo, una vez en órbita, solamente Fastolfe condujo el módulo al aterrizaje.
Le habían puesto inyecciones para estimular su mecanismo de inmunización y
llevaba los necesarios guantes, lentes de contacto y tapones en la nariz. Como
consecuencia se sintió perfectamente a salvo, pero ningún otro aurorano estuvo
dispuesto a seguirle como parte de una delegación.
Fastolfe no se molestó, le parecía (como más tarde explicó a
Giskard) que le recibirían mejor si llegaba solo. Una delegación traería a los
terrícolas recuerdos de los malos días (para ellos) de la Ciudad espacial,
cuando los espaciales disponían de una base permanente en la Tierra y dominaban
directamente el mundo.
Pero se llevó consigo a Giskard. Llegar sin ningún robot era
impensable, incluso para Fastolfe; llegar con más de uno hubiera creado un
tenso malestar entre los terrícolas antirrobots que deseaba visitar y con los
que intentaba negociar.
Para empezar, se entrevistaría con Baley, su enlace con la
Tierra y su gente. Ésa era la excusa racional para el encuentro. La verdadera
razón era que Fastolfe deseaba intensamente volver a ver a Baley; ciertamente
le debía mucho.
(Que Giskard quería ver a Baley, y que para ello tensó
ligeramente la emoción y el impulso en el cerebro de Fastolfe para que la
visita se llevara a cabo, Fastolfe no pudo saberlo ni siquiera imaginarlo.)
Baley esperaba en el momento de aterrizar y con él un pequeño
grupo de funcionarios de la Tierra, así que transcurrió un tedioso espacio de
tiempo durante el cual tuvo que someterse al protocolo y a las cortesías.
Pasaron horas antes de que Fastolfe y Baley pudieran retirarse.
No hubiera ocurrido tan pronto de no ser por la intervención callada e
imperceptible de Giskard. Con sólo un pequeño toque en las mentes de los más
importantes de los funcionarios que se aburrían visiblemente (siempre resulta
más seguro dedicarse a acentuar una emoción ya existente; de este modo, no se
puede dañar).
Baley y Fastolfe se sentaron en un pequeño comedor privado que
generalmente estaba disponible para altos cargos del gobierno. Podían marcarse
los platos en un menú computarizado y les servían unos portadores también
computarizados.
Fastolfe, sonriendo, exclamó:
—Muy avanzado, pero estos portadores no son sino robots
especializados. Me sorprende que la Tierra los utilice. Por supuesto, no son de
manufactura espacial.
—No, no lo son —respondió Baley gravemente—. Son de cosecha
propia, por decirlo así. Éstos se utilizan solamente para altos cargos, y es la
primera vez que los disfruto.
Pero no pienso volver a hacerlo.
—Algún día tendrá un alto cargo y los disfrutará diariamente.
—Jamás —dijo Baley.
Colocaron los platos delante de cada uno; el portador era lo
bastante sofisticado como para ignorar a Giskard, que permanecía de pie,
impasible, detrás de la silla de Fastolfe.
Por un momento Baley comió en silencio y después comentó.
—Es un placer volver a verle, doctor Fastolfe.
—Ese placer es igualmente mío. No he olvidado que hace dos años,
cuando estuvo en Aurora, me libró de la sospecha de destrucción del robot
Jander, y la volvió limpiamente sobre mí excesivamente confiado oponente, el
buen Amadiro.
—Aún me estremezco cuando lo pienso —dijo Baley—. Y saludos a ti
también, Giskard. Confío en que no te hayas olvidado de mí.
—Eso sería del todo imposible, señor —respondió Giskard.
—Bien, doctor, confío en que la situación política de Aurora
continúe siendo favorable.
Las noticias que tenemos aquí parecen confirmarlo, pero no
confío en los análisis de la Tierra sobre los asuntos de Aurora.
—Puede confiar... de momento. Mi partido mantiene un firme
control del Consejo.
Amadiro hace una oposición sorda, pero sospecho que tardará
años, antes de que su gente se recupere del golpe que les propinó usted.
Pero ¿cómo están las cosas aquí en la Tierra? ¿Y las de usted?
—Bastante bien. Dígame, doctor Fastolfe. —El rostro de Baley se
contrajo ligeramente como turbado. —¿Ha traído con usted a Daneel?
Fastolfe contestó lentamente:
—Sí, pero he tenido que dejarle a bordo. Pensé que no sería
político llegar acompañado por un robot que parece un ser humano. Con lo
contraria a los robots que se ha vuelto la Tierra, tuve la impresión de que un
robot humanoide parecería una provocación deliberada.
—Le comprendo —suspiró Baley.
—¿Es verdad que su gobierno planea prohibir el empleo de robots
en las ciudades? — preguntó Fastolfe.
—Sospecho que no tardará en ocurrir. Habrá un período de gracia,
naturalmente, para minimizar los inconvenientes y la pérdida económica. Los
robots se reservarán para el campo, donde son necesarios a la agricultura y a
la minería. También allí paulatinamente se irán eliminando; el plan contempla
que no haya robots en ninguno de los mundos nuevos.
—Ya que menciona los mundos nuevos, ¿ha abandonado ya su hijo la
Tierra?
—Sí, hace unos meses. Recibimos noticias suyas. Llegó bien a su
nuevo mundo con algunos centenares de colonos, como se llaman a sí mismos.
Tiene cierta vegetación natural y una atmósfera baja en oxígeno. Probablemente,
con el paso del tiempo se vuelva como la Tierra. Entretanto, se han montado
unas cúpulas, se ha hecho un llamamiento para nuevos colonos y todo el mundo
está ocupado en terraformarlo. Las cartas de Bentley y algún contacto ocasional
por hiperondas son esperanzadores, pero no impiden que su madre le eche mucho
de menos.
—¿Y usted irá, Baley?
—No estoy muy seguro de que vivir en un mundo extraño, bajo una
cúpula, sea mi idea de la felicidad, doctor Fastolfe. No tengo ni la juventud
ni el entusiasmo de Ben, pero pienso que tendré que ir dentro de dos o tres
años. En todo caso, ya he advertido al Departamento de mi intención de emigrar.
—Me imagino que esto les preocupará.
—En absoluto. Dicen estar preocupados, pero se alegran de
deshacerse de mí. Soy demasiado notorio.
—¿Y cómo reacciona el gobierno de la Tierra ante ese afán de
expansión a la Galaxia?
—Nervioso. No lo prohíben del todo, pero ciertamente colaboran
poco. Siguen sospechando que los espaciales están en contra y que harán algo
desagradable para impedirlo.
—Inercia social —observó Fastolfe—. Nos juzgan de acuerdo con
nuestro anterior comportamiento. Obviamente, hemos dejado bien claro que ahora
animamos a que la Tierra colonice nuevos planetas y que también nosotros
tenemos la intención de hacerlo.
—Espero que pueda explicar eso a nuestro gobierno. Pero, doctor
Fastolfe, quiero hacerle otra pregunta sobre un punto de menor importancia.
¿Cómo está...? —y calló.
—¿Gladia? —dijo Fastolfe disimulando su diversión—. ¿Ha olvidado
ya su nombre?
—No, no. Simplemente dudaba en..., en...
—Está bien, y vive bien. Me ha pedido que le transmita sus
saludos, imagino que no necesita impulsos para tenerla presente en la memoria.
—Su origen solario no se le tiene en cuenta, ¿verdad?
—No, ni tampoco su papel en el fracaso del doctor Amadiro. Todo
lo contrario. Le aseguro que cuido de ella... Sin embargo, no quiero dejarle
que se salga del tema, Baley.
¿Qué ocurrirá si el funcionariado de la Tierra continúa
oponiéndose a la inmigración y expansión? ¿Podrá continuar este proceso pese a
la oposición?
—Posiblemente —respondió Baley—, pero no se lo aseguro. Entre
los hombres de la Tierra hay una sustancial oposición. Es difícil desprenderse,
separarse, de las enormes ciudades subterráneas que son nuestros hogares.
—Sus entrañas.
—Nuestras entrañas, si lo prefiere. Ir a mundos nuevos y tener
que vivir por espacio de décadas en condiciones primitivas; no volver a conocer
la comodidad en lo que nos resta de vida..., ¡es difícil!
Cuando pienso en ello decido no ir. Me ocurre especialmente si
me paso la noche en vela. He decidido no ir cientos de veces y puede que
mantenga esta decisión. Si yo lo paso mal cuando, en cierto modo, he sido el
que ha originado todo esto, ¿quién es capaz de ir alegre y libremente? Sin los
ánimos del gobierno o, para serle brutalmente franco, sin el zapato del
gobierno aplicado al fundillo del pantalón del pueblo, el proyecto puede
fracasar.
Fastolfe asintió.
—Intentaré persuadir a su gobierno. Pero ¿y si fracaso?
—Si fracasa—dijo Baley en voz baja—y, por lo tanto, si nuestro
pueblo fracasa, sólo queda una alternativa. Los propios espaciales deben
colonizar la Galaxia. Debe hacerse el trabajo.
—¿Y se conformaría viendo a los espaciales en plena expansión
llenando la Galaxia, mientras los de la Tierra permanecen en su único planeta?
—Nada de eso, pero sería mejor que la actual situación no
expansionista por una y otra parte. Hace muchos siglos que los hombres de la
Tierra corrieron hacia las estrellas, fundaron algunos de los mundos que ahora
se llaman mundos espaciales, y estos primeros colonizaron a otros. Sin embargo,
ha transcurrido mucho tiempo desde que los espaciales o los de la Tierra han
colonizado con éxito y han desarrollado un nuevo mundo. Esto no puede
permitirse que continúe.
—De acuerdo. Pero ¿cuál es la razón por la que desea la
expansión, Baley?
—Creo que sin expansión de cualquier tipo la humanidad no puede
avanzar. No tiene que ser necesariamente una expansión geográfica, pero ésta es
la forma más clara para inducir a otros tipos de expansión. Si la expansión
geográfica puede llevarse a cabo de modo que no sea a expensas de otros seres
inteligentes, si quedan espacios vacíos a donde ir, ¿por qué no? Resistirse a
la expansión en estas circunstancias es asegurar la decadencia.
—Entonces, ¿se da cuenta de estas alternativas? Expansión y
avance, no- xpansión y decadencia?
—Sí, así lo creo. Por tanto, si la Tierra rechaza la expansión,
los espaciales deben aceptarla. La humanidad, ya sean terrícolas o espaciales,
tiene que desplegarse. Me gustaría ver a los de la Tierra iniciando la tarea,
pero de no ser así, la expansión espacial es mejor que la falta de expansión.
Una alternativa o la otra.
—¿Y si uno se expande y el otro no?
—Entonces la sociedad que lo lleve a cabo se hará cada vez más
fuerte y la noexpansiva se irá debilitando.
—¿Está seguro de ellos?
—Creo que sería inevitable.
Fastolfe asintió.
—En realidad estoy de acuerdo. Por eso trato de persuadir a
espaciales y terrícolas para que se expansionen y avancen. Ésta es una tercera
alternativa y, creo, que es la mejor.
7b
Los recuerdos fluctuaron a lo largo de los días siguientes.
Masas increíbles de gente moviéndose descuidadamente, unos delante de otros en
riadas y retrocesos, autopistas montadas y desmontadas, interminables
conferencias con innumerables funcionarios, mentes en multitudes.
Especialmente las mentes en multitudes.
Las mentes en multitudes tan compactas que Giskard no podía
aislar a los individuos.
Una masa de mentes mezclándose, fundiéndose entre sí en una
oscuridad vasta y latente, y con todo lo que podía detectar que no eran más que
chispazos periódicos de sospecha y aversión que surgían cada vez que uno de la
multitud se detenía para mirarle.
Sólo cuando Fastolfe conferenciaba con ciertos altos cargos,
podía Giskard intervenir en la mente individual y esto, por supuesto, resultaba
positivo.
La memoria se hizo lenta en un momento dado, ya al final de la
estancia en la Tierra, cuando Giskard pudo finalmente maniobrar a solas otra
vez con Baley. Giskard alteró mínimamente unas mentes a fin de asegurarse de
que no les interrumpirían por algún tiempo.
Baley se excusó, diciendo:
—No es que te haya ignorado, Giskard. Sencillamente no he tenido
oportunidad de estar a solas contigo. No cuento demasiado en la Tierra y no me
es posible ordenar mis idas y venidas.
—Naturalmente, lo he comprendido así, señor, pero ahora
disponemos de algún tiempo para estar juntos.
—Bien. El doctor Fastolfe me dice que Gladia está bien. Puede
que me lo diga por pura amabilidad, sabiendo que eso es lo que yo quiero oír.
Te ordeno que seas sincero. ¿Está Gladia realmente bien?
—El doctor Fastolfe le ha dicho la verdad, señor.
—Confío en que te acuerdes de mi petición cuando te vi en
Aurora, que guardaras a Gladia y la protegieras de todo mal.
—El amigo Daneel y yo, señor, tenemos en cuenta su petición. He
arreglado para que cuando el doctor Fastolfe deje de vivir, tanto mi amigo
Daneel como yo pasemos a formar parte del personal de Gladia. Entonces
estaremos en mejor posición para mantenerla a salvo de cualquier mal.
—Eso —dijo Baley con tristeza— será después de que yo muera.
—Lo comprendo, señor, y lo lamento.
—Sí, pero no puede evitarse y llegará una crisis..., o puede que
llegue bastante antes, pero de todos modos será después de mi tiempo.
—¿De qué se trata, señor?, ¿En qué piensa?, ¿Qué será esa
crisis?
—Giskard, es una crisis que puede surgir porque el doctor
Fastolfe es una persona sumamente persuasiva. O quizás, hay otro factor
asociado a él que está realizando la tarea.
—¿Señor?
—Cada uno de los personajes que el doctor Fastolfe ha visto y
entrevistado, parece ahora un entusiasta en favor de la emigración. No lo
estaban antes, y si lo estaban, era con enormes reservas. De pronto, los que
dirigen la opinión están en favor, y otros están seguros de seguirles. Esto se
extenderá como una epidemia.
—¿No es eso lo que desea, señor?
—Sí, lo es, pero quizás es mucho más de lo que yo deseo. Nos
extenderemos por la Galaxia... ¿y si los espaciales no lo hacen?
—¿Por qué no iban a hacerlo?
—No lo sé. Lo menciono en plan de suposición, como posibilidad.
Si no lo hacen, ¿qué pasará?
—La Tierra y los mundos que colonicen se harán más fuertes.
—Y los espaciales más débiles. Pero habrá un período de tiempo
durante el cual los espaciales seguirán siendo más fuertes que la Tierra y sus
colonos aunque por un margen cada vez menor. Inevitablemente los espaciales se
darán cuenta de que los de la Tierra son un peligro creciente.
En ese momento los mundos espaciales decidirán que a la Tierra y
a sus colonos hay que pararles antes de que sea demasiado tarde, y les parecerá
que hay que tomar medidas drásticas. Éste será un período de crisis que
determinará el futuro de la historia de los seres humanos.
—Comprendo su punto de vista, señor.
Baley permaneció un momento pensativo y silencioso, luego dijo
casi en un murmullo como si temiera que le oyeran:
—¿Quién conoce tus facultades?
—Entre los seres humanos solamente usted, y no puede decírselo a
nadie.
—Sé perfectamente que no puedo. El caso es que has sido tú, y no
Fastolfe, quien ha conseguido el cambio que ha hecho que cada uno de los que
han entrado en contacto contigo se haya decidido por la emigración. Y para
conseguir esto es por lo que te has arreglado para que Fastolfe te trajera a la
Tierra antes que a Daneel. Tú eras esencial y Daneel hubiera podido ser una
distracción.
Giskard explicó:
—Sentí que era necesario mantener el personal al mínimo a fin de
hacer que mi tarea fuera menos difícil, evitando las fricciones entre la gente
de la Tierra. Siento, señor, la ausencia de Daneel. Me doy cuenta de su gran
decepción al no haber podido saludarle.
—Bien. —Baley movió la cabeza—. Comprendo la necesidad y confío
que explicarás a Daneel cuánto le he echado de menos. En todo caso, sigo con lo
mío. Si la Tierra se embarca en una gran política de colonización del mundo, y
si los espaciales se quedan rezagados en la carrera de expansión, la
responsabilidad y, por tanto, la crisis que se presentará indefectiblemente,
será tuya. Por esta razón, debes también considerar responsabilidad tuya
utilizar tus facultades para proteger a la Tierra cuando se presente la crisis.
—Haré todo lo que pueda, señor.
—Y si tuvieras éxito, Amadiro o sus seguidores se volverán
contra Gladia. No olvides protegerla.
—Ni Daneel ni yo lo olvidaremos.
—Gracias, Giskard.
Cuando Giskard entró tras de Fastolfe en el módulo para iniciar
el viaje a Aurora, volvió a ver a Baley. Esta vez no tuvo oportunidad de
hablarle.
Baley agitó la mano y formó una palabra sin sonido;
"Recuerda." Giskard percibió la palabra y, además, la emoción que
contenía.
Después de eso, Giskard no volvió a ver a Baley nunca más.
8
Giskard no encontró nunca la posibilidad de repasar las vividas
imágenes de aquella visita a la Tierra, sin que apareciera la imagen de la
visita clave a Amadiro en el Instituto de Robótica.
Fue una conferencia difícil de arreglar. Amadiro, con el peso de
su derrota, no quiso exacerbar su humillación yendo a la vivienda de Fastolfe.
—Bueno —dijo Fastolfe a Giskard—, puedo permitirme ser magnánimo
en la victoria.
Iré a verle. Además, debo verle.
Fastolfe era miembro del Instituto de Robótica desde que Baley
aniquiló a Amadiro y sus ambiciones políticas. A cambio, Fastolfe pasó al
Instituto todos los datos para la construcción y mantenimiento de robots
humaniformes. Se habían construido cierto número y luego el proyecto se
abandonó, lo que irritó a Fastolfe.
En un primer momento, la intención de Fastolfe fue llegar al
Instituto sin que le acompañara ningún robot. Era como si se colocara sin
protección, y, por decirlo así, desnudo en medio de la que era todavía
fortaleza del enemigo. Hubiera sido una muestra de humildad y confianza, pero
habría indicado también una completa confianza en sí mismo. Amadiro
comprendería que Fastolfe, completamente solo, se aseguraba que él, con todos
los recursos del Instituto a su disposición, no se atrevería a tocar a su único
enemigo que venía, descuidado e indefenso, a ponerse al alcance de sus puños.
No obstante, sin saber bien cómo, Fastolfe eligió hacerse
acompañar de Giskard.
Amadiro parecía haber perdido un poco de peso desde la última
vez que Fastolfe le vio, pero seguía siendo un ejemplar formidable, alto y
fornido. Le faltaba la sonrisa confiada que en otro tiempo había sido su
distintivo. Cuando trató de esbozarla al entrar Fastolfe, pareció más una fea
mueca que se disolvió en una mirada de sombrío disgusto.
—Bien, Kelden —exclamó Fastolfe utilizando el nombre familiar de
Amadiro—, no nos vemos con frecuencia, a pesar de llevar ahora cuatro años de
colegas.
—Dejémonos de falsa cordialidad, Fastolfe —dijo Amadiro con voz
rabiosa y claramente fastidiado—, y diríjase a mí como a Amadiro. No somos
colegas, excepto de nombre, y no es ningún secreto, ni lo ha sido nunca, mi
creencia de que su política exterior es suicida para nosotros.
Tres de los robots de Amadiro, grandes y resplandecientes, se
hallaban presentes; Fastolfe los miró enarcando las cejas.
—Está bien protegido, Amadiro, contra un hombre que viene en son
de paz con su único robot.
—No le atacarán, Fastolfe, lo sabe muy bien. Pero ¿por qué ha
traído a Giskard? ¿Por qué no a Daneel, su obra maestra?
—¿Estaría Daneel a salvo de su alcance, Amadiro?
—Supongo que se trata de una broma. Ya no necesito a Daneel.
Construimos nuestros propios humaniformes.
—Sobre la base de mi diseño.
—Mejorado.
—No obstante, no se sirve de los humaniformes. Por eso es por lo
que he venido a verle. Sé que mi posición en el Instituto es puramente nominal
y que incluso mi presencia no es bien vista, y menos aún mis opiniones y
recomendaciones. No obstante, como miembro del Instituto protesto contra la
no-utilización de los humaniformes.
—¿Cómo quiere que los utilice?
—La intención era que los humaniformes abrieran nuevos mundos a
los que los espaciales pudieran emigrar, eventualmente, después de que esos
mundos fueran terraformados y completamente habitables, ¿no es verdad?
—Pero eso fue algo a lo que usted se opuso, Fastolfe, ¿no es
cierto?
—Sí, lo hice —dijo Fastolfe—. Quería que los espaciales
emigraran a nuevos mundos y que hicieran su propia terraformación. Sin embargo,
veo que no ocurre así, ni es fácil que ocurra. Enviemos a los humaniformes.
Siempre serán mejores que nada.
—Todas nuestras alternativas acabarán en nada mientras sus
puntos de vista dominen el Consejo, Fastolfe. Los espaciales no viajarán a
mundos sin vida y en formación; tampoco, al parecer, les gustan los robots
humaniformes.
—No ha dado siquiera oportunidad de que gusten a los espaciales.
La gente de la Tierra está empezando a colonizar nuevos planetas, incluso los
primitivos y en formación.
Y lo hacen sin ayuda robótica.
—Conoce perfectamente las diferencias entre los de la Tierra y
nosotros. Hay ocho mil millones de terrícolas, y muchos más colonizadores.
—Y hay cinco mil millones y medio de espaciales.
—Los números no son la única diferencia —observó Amadiro con
amargura—. Se reproducen como insectos.
—En absoluto. La población de la Tierra ha sido estable durante
siglos.
—Pero el potencial está allí. Si se empeñan en llevar a cabo la
emigración, pueden producir fácilmente ciento sesenta millones de seres nuevos
cada año y este número crecerá a medida que se vayan llenando los nuevos
mundos.
—Tenemos la capacidad biológica de producir cien millones de
seres nuevos cada año.
—Pero no la capacidad sociológica. Somos longevos; no deseamos
ser reemplazados tan rápidamente.
—Podemos mandar una gran parte de cuerpos nuevos a los otros
mundos.
—No querrán ir. Valoramos nuestros cuerpos, que son fuertes,
sanos y capaces de sobrevivir sanos y robustos por espacio de unas cuarenta
décadas. Los terrícolas no dan valor a unos cuerpos que se agotan en menos de
diez décadas y que están atosigados por las enfermedades y la degeneración,
incluso en un período de tiempo tan breve. No les importa enviar millones al
año a una miseria segura y a una muerte probable. En realidad, incluso las
víctimas no necesitan temer a la miseria y a la muerte, porque ¿qué otra cosa
tienen en la Tierra? Los terrícolas que emigran huyen de su mundo pestilente
convencidos de que cualquier cambio apenas puede ser peor. Nosotros, por el
contrario, valoramos nuestros bien trazados y cómodos planetas y no los
abandonaríamos a la ligera.
Fastolfe suspiró y dijo:
—He oído estas objeciones tantas veces... Puedo señalar un solo
reparo, Amadiro, y es que Aurora fue en su origen un mundo escabroso e informe,
que tuvo que ser terraformado hasta ser aceptable, y lo mismo ocurrió con cada
mundo espacial.
Amadiro protestó:
—He oído hasta producirme náuseas todos sus argumentos, pero no
me cansaré de contestarle. Aurora pudo haber sido primitivo cuando se colonizó,
pero Aurora fue colonizado por gente de la Tierra... Los otros mundos
espaciales, cuando no fueron colonizados por terrícolas, lo fueron por
espaciales que aún no habían olvidado su herencia terrícola. Los tiempos ya no
son apropiados para eso. Lo que pudo hacerse entonces, ya no se puede hacer
ahora.— Amadiro torció la boca y prosiguió:
—No, Fastolfe, lo que su política ha conseguido ha sido empezar
la creación de una Galaxia que será solamente habitada por gente de la Tierra,
mientras que los espaciales se secarán y morirán. Puede ver cómo está
ocurriendo ahora. Su famoso viaje a la Tierra hace dos años fue el punto de
partida. No sé cómo traicionó a su propia gente animando a esos medio humanos a
que empiecen una expansión. En sólo dos años hay numerosos terrícolas en cada
uno de los veinticuatro mundos, y otros nuevos se van añadiendo incesantemente.
—No exagere —protestó Fastolfe—. Ni uno solo de esos mundos
colonizados es apto para la ocupación humana, ni lo será en varias décadas. No
todos podrán sobrevivir y, mientras se ocupen los mundos más cercanos, las
oportunidades de colonizar mundos más alejados disminuirán, de modo que el
ímpetu inicial se irá apagando. Yo animé su expansión porque contaba también
con la nuestra. Podemos estar a la par con ellos si hacemos el mismo esfuerzo
y, en sana competencia, podemos llenar juntos la Galaxia.
—No —dijo Amadiro—, su idea es la más destructiva de todas las
políticas, un idealismo insensato. La expansión es unilateral y lo seguirá
siendo, haga lo que hiciere.
La gente de la Tierra invade y se extiende sin trabas y habrá
que detenerla antes de que sea demasiado tarde.
—¿Cómo se propone hacerlo? Tenemos un tratado de amistad con la
Tierra en el que específicamente nos comprometemos a no detener su expansión en
el espacio, siempre y cuando no se toque ningún planeta situado a veinte años
luz de un mundo espacial. Lo han cumplido escrupulosamente.
—Todo el mundo sabe lo del tratado. Todo el mundo sabe también
que ningún tratado se ha mantenido si se ve que obra en contra de los intereses
nacionales del signatario más poderoso. No concedo ningún valor al tratado.
—Yo sí. Y se mantendrá.
Amadiro meneó la cabeza:
—Tiene una fe conmovedora. ¿Cómo podrá mantenerse cuando usted
no esté en el poder?
—Me propongo seguir en el poder durante cierto tiempo.
—A medida que la Tierra y sus colonos se hagan más fuertes, los
espaciales tendrán miedo y usted no seguirá en el poder después de eso.
—Y si usted rompe el tratado y destruye los mundos de los
colonizadores y cierra de golpe las puertas de la Tierra, ¿emigrarán los
espaciales y llenarán la Galaxia?
—Puede que no. Pero si decidimos no hacerlo, si decidimos que
estamos cómodos así, ¿qué diferencia habrá?
—En ese caso, no será la Galaxia un imperio humano.
—Y entonces, ¿qué?
—Que los espaciales se idiotizarán y degenerarán, incluso si la
Tierra se mantiene prisionera y se idiotiza y degenera.
—Esto no es más que la trampa que nos tiende su partido,
Fastolfe. No hay la menor evidencia de que esto pueda ocurrir Y si ocurre,
usted lo habría elegido así. Por lo menos así no veremos a los bárbaros de vida
breve pasar a ser los herederos de la Galaxia.
—¿Está usted sugiriendo en serio, Amadiro, que preferiría ver
morir a la civilización espacial, con tal de poder evitar la expansión de la
Tierra?
—No cuento con nuestra muerte, Fastolfe, pero si ocurre lo peor,
pues sí; para mí mi propia muerte es algo que temo menos que el triunfo de unos
seres subhumanos, de vida breve y plagados de enfermedades.
—De los que nosotros descendemos.
—Y con los que ya no estamos realmente emparentados
genéticamente. ¿Somos acaso gusanos porque un billón de años atrás los gusanos
estaban entre nuestros antepasados?
Fastolfe, con los labios apretados, se levantó para marcharse.
Amadiro, rabioso, no hizo el menor gesto para detenerle.
9
Daneel no tenía forma de saber directamente que Giskard estaba
perdido entre recuerdos. En primer lugar, porque la expresión de Giskard no
variaba, y en segundo lugar porque no se perdía en los recuerdos como hacen los
humanos. De todos modos no le hacía perder mucho tiempo.
Por el contrario, la misma línea de pensamiento que había
obligado a Giskard a pensar en el pasado, hacía a Daneel pensar en los mismos
acontecimientos, tal y como se los había contado hacía muchísimo tiempo
Giskard. Tampoco éste se sorprendía de ello.
Su conversación seguía sin pausas anormales, pero de una forma
marcadamente nueva, como si cada uno pensara en el pasado en beneficio de los
dos.
—Podría parecer, amigo Giskard, que puesto que los auroranos
reconocen ahora que son más débiles que los de la Tierra y de sus muchos mundos
colonizados, la crisis que predijo Elijah Baley ha sido superada.
—Así parece, amigo Daneel.
—Tú trabajaste para que así fuera.
—Sí, lo hice. Mantuve al Consejo en manos de Fastolfe. Hice
cuanto pude para moldear a los que, a su vez, moldeaban la opinión pública.
—Sin embargo, estoy inquieto.
—Yo he sentido inquietud a lo largo de las fases del proceso
—dijo Giskard— aunque me he esforzado por no dañar a nadie. He tocado
mentalmente a aquellos humanos que únicamente necesitaban el más ligero
impulso. En la Tierra, sólo tuve que disminuir el miedo a las represalias, y
elegí precisamente a aquellos en los que el miedo ya era insignificante.
Solamente rompí un hilo que probablemente ya estaba gastado y a
punto de ceder. En Aurora ocurrió al revés. Los políticos aquí se mostraban
reacios a apoyar la política que condujera a una salida de su cómodo mundo,
sólo tuve que confirmar la idea y reforzar el firme cordón que los sostenía.
Hacer esto me ha sumido en una constante, aunque débil, inquietud.
—¿Por qué? Fomentaste la expansión de la Tierra y desanimaste la
expansión de los espaciales, seguro de que es así como debía ser.
—¿Cómo debía ser? ¿Crees amigo Daneel, que un terrícola cuenta
más que un espacial, aunque ambos sean seres humanos?
—Hay diferencia. Elijah Baley preferiría ver a sus propios
connacionales derrotados, antes que ver la Galaxia deshabitada. El doctor
Amadiro, por el contrario, preferiría ver disminuidos tanto a los terrícolas
como a los espaciales antes que ver la expansión de la Tierra. El primero mira
con esperanza el triunfo de ambos, el segundo se conforma con no ver el triunfo
de ninguno. ¿No deberíamos elegir lo primero, amigo Giskard?
—Sí, amigo Daneel. Así parece. Sin embargo, ¿hasta qué extremo
están influidos tus sentimientos por el valor especial de tu antiguo colega
Elijah Baley?
—Valoro la memoria de mi colega Elijah Baley, y la gente de la
Tierra es su gente.
—Ya lo veo. Llevo muchas décadas diciendo que tiendes a pensar
como un ser humano, amigo Daneel, pero me pregunto si esto es necesariamente un
cumplido. Sin embargo, aunque tiendes a pensar como un ser humano, no eres un
ser humano y, pese a todo, estás sujeto por las tres leyes. No puedes lastimar
a un ser humano, tanto si se trata de un terrícola como de un espacial.
—Hay veces, amigo Giskard, que uno debe preferir un ser humano a
otro. Hemos recibido órdenes especiales de proteger a Gladia. En alguna ocasión
puede que me vea obligado a perjudicar a un ser humano para proteger a Gladia y
creo que, en igualdad de condiciones, estaría dispuesto a dañar un poquito a un
espacial a fin de proteger a un terrícola.
—Es lo que piensas. Pero, deberías guiarte por circunstancias
específicas. Descubrirás que no puedes generalizar —comentó Giskard—.
Me ocurre a mí lo mismo. Al animar a la Tierra y desanimar a
Aurora, imposibilité al doctor Fastolfe de que persuadiera al gobierno aurorano
de patrocinar una política de emigración, y situar dos fuerzas expansivas en la
Galaxia. No puedo evitar darme cuenta de que aquellos esfuerzos acabaron en
nada. Esto tenía forzosamente que sumirle en la desesperación y quizás aceleró
su muerte. Lo he sentido en la mente y me ha resultado doloroso. Y, no
obstante, amigo Daneel...
Giskard se calló y Daneel mostró interés:
—¿Sí?
—No haber hecho lo que hice, habría rebajado enormemente la
capacidad de expansión de la Tierra, sin por ello mejorar las gestiones de
Aurora en ese sentido. El doctor Fastolfe se habría visto frustrado por ambas
partes, la Tierra y Aurora, y además le hubieran despedido de su puesto de
poder, por causa de Amadiro. Su frustración, en este caso, hubiera sido mayor.
Fue al doctor Fastolfe, en vida, al que dediqué, mi mayor lealtad y elegí el
tipo de acción que le frustrara menos, sin dañar en exceso a otros individuos
con los que tuve que actuar. Si bien el doctor Fastolfe se veía continuamente
descorazonado por su falta de habilidad para persuadir a los auroranos, y a los
espaciales en general, de pasar a nuevos mundos, fue por lo menos feliz ante la
actividad de los terrícolas emigrantes.
—¿Y no pudiste animar tanto a los terrícolas como a los
auroranos, y así dar doble satisfacción al doctor Fastolfe?
—Esto también se me ocurrió a mí, amigo Daneel. Estudié tal
posibilidad y decidí que no funcionaría. Podía animar a los terrícolas a
emigrar mediante un cambio insignificante que no podía hacerles ningún daño.
Haber intentado lo mismo con los auroranos hubiera requerido un
cambio tan importante que les causaría mucho daño. La primera ley me lo
impedía.
—Una lástima.
—Cierto. Imagina lo que hubiera podido hacerse, de haber
alterado radicalmente la actividad mental del doctor Amadiro. No obstante,
¿cómo podía cambiar su idea fija de oponerse al doctor Fastolfe? Habría sido
algo así como obligarle a realizar un giro de ciento ochenta grados. Una vuelta
tan completa, tanto de la cabeza en sí como de su contenido emocional, podría
producirle la muerte, creo, con igual eficiencia.
"El precio de mi poder, amigo Daneel —prosiguió Giskard— es
el dilema, cada vez mayor, en que me veo sumido constantemente. La primera ley
de robótica, que prohíbe lastimar a los seres humanos, trata generalmente de
los daños físicos visibles que podemos ver fácilmente todos nosotros y sobre
los cuales podemos emitir juicios. Sólo yo me doy cuenta de las emociones
humanas y estados de ánimo, así que conozco las formas más sutiles de dañar sin
poder comprenderlas del todo. En muchas ocasiones me veo obligado a actuar sin
demasiada seguridad y esto supone una tensión continua de mis circuitos.
"Y, así y todo, siento que he obrado bien. He sacado a los
espaciales de su punto de crisis. Aurora se da cuenta de la fuerza creciente de
los colonizadores y ahora se verá obligada a evitar el conflicto. Deben
reconocer que es demasiado tarde para represalias y así nuestra promesa a
Elijah Baley se cumple. Hemos puesto a la Tierra camino de llenar la Galaxia y
del establecimiento del imperio galáctico.
Regresaban a casa de Gladia, pero de pronto Daneel se detuvo y
la leve presión de su mano sobre el hombro de Giskard, hizo que éste también se
detuviera. Dijo Daneel:
—El cuadro que me has pintado es muy atractivo. Haría que el
colega Elijah se sintiera orgulloso de nosotros si, como dices, hemos
conseguido eso. "Robots al Imperio", diría Elijah y quizá me daría
una palmada en la espalda. Pero, como te he dicho, estoy inquieto, amigo
Giskard.
—¿Respecto de qué, amigo Daneel?
—No puedo evitar preguntarme si realmente hemos superado la
crisis de la que habló el colega Elijah, tantas décadas atrás. ¿Es en realidad
demasiado tarde para represalias espaciales?
—¿Por qué tienes estas dudas, amigo Daneel?
—Me las ha provocado el comportamiento del doctor Mandamus.
La mirada de Giskard se fijó en Daneel por unos segundos y en
medio del silencio oyeron el susurro de las hojas movidas por la brisa. Las
nubes se separaban y el sol aparecería pronto. Su conversación, según su estilo
telegráfico, había llevado poco tiempo y Gladia no se preocuparía, lo sabían,
por su ausencia.
—¿Qué ha habido en la conversación que te cause inquietud?
—preguntó Giskard.
—En cuatro ocasiones distintas, tuve la oportunidad de observar
como Elijah Baley manejaba un problema desconcertante. En cada una de ellas
observé el modo en que conseguía sacar conclusiones útiles de información
limitada y a veces engañosa. Desde entonces he intentado siempre, dentro de mis
limitaciones, pensar como él.
—Me parece, amigo Daneel, que no te ha ido mal en este aspecto.
Ya te he dicho que tiendes a pensar como un ser humano.
—Entonces habrás observado que el doctor Mandamus traía dos
asuntos que quería discutir con Gladia. Insistió en ello. Uno era el asunto de
su propia ascendencia, si era o no de Elijah Baley. El segundo, pedir a Gladia
que recibiera a un colono e informara después. De los dos, el segundo era
importante para el Consejo. La importancia del primero era sólo para él.
—El doctor Mandamus presentó el asunto de su ascendencia como
importante también para el doctor Amadiro — observó Giskard.
—En ese caso sería un asunto de importancia personal para dos
personas, no para una sola, amigo Giskard. Así y todo, no sería tema importante
para el Consejo y por tanto para el planeta en general.
—Sigue, amigo Daneel.
—No obstante el asunto de Estado, como lo calificó el propio
doctor Mandamus, fue tratado en segundo lugar, casi como si se le ocurriera de
pronto, y acabó con él enseguida. A decir verdad, me pareció un tema que no
requería una visita personal. Pudo haberse tratado por imagen holográfica y a
través de cualquier funcionario del Consejo.
Por el contrario, el doctor Mandamus tocó el tema de su
ascendencia en primer lugar, lo discutió con gran lujo de detalles, siendo un
asunto que sólo él y nadie más podía tratar.
—¿Cuál es tu conclusión, amigo Daneel?
—Creo que el asunto del colono fue aprovechado por el doctor
Mandamus como excusa para una conversación personal con Gladia, a fin de poder
discutir su ascendencia en privado. Era esto y nada más que esto lo que
verdaderamente le interesaba... ¿Tienes algún medio de confirmar esta
suposición, amigo Giskard?
El sol de Aurora no había salido aún de entre las nubes y el
leve resplandor de los ojos de Giskard era bien visible. Dijo:
—La tensión mental del doctor Mandamus parecía mucho más intensa
en la primera parte de la entrevista que en la segunda. Esto quizá te sirva
para corroborarlo, amigo Daneel.
—Entonces debemos preguntarnos por qué la cuestión de la
ascendencia del doctor Mandamus es un asunto de tanta importancia para él.
—El doctor Mandamus lo explicó. Solamente demostrando que no
desciende de Elijah Baley se le abrirá el camino de la promoción. El doctor
Amadiro, de cuya buena voluntad depende su futuro, se pondría decididamente
contra él si fuera descendiente de Elijah Baley.
—Eso fue lo que dijo, amigo Giskard, pero lo que ocurrió durante
la entrevista me hace pensar lo contrario.
—¿Por qué dices eso? Por favor, sigue pensando como un ser
humano, amigo Daneel.
Lo encuentro muy instructivo.
—Gracias, amigo Giskard —dijo Daneel gravemente—. ¿Observaste
que ni una sola de las aclaraciones de Gladia, respecto de la imposibilidad de
que el doctor Mandamus descendiera del colega Elijah, fue considerada
convincente? El doctor Mandamus dijo que el doctor Amadiro no aceptaría la
declaración.
—Sí, ¿y qué deduces de ello?
—Que si el doctor Mandamus estaba tan convencido de que el
doctor Amadiro no aceptaría ningún argumento en contra de Elijah Baley como
antepasado, uno no puede menos que preguntarse por qué se molestó en interrogar
a Gladia sobre el asunto. Por lo visto sabia, desde un principio, que sería
inútil.
—Quizás, amigo Daneel, pero es pura especulación. ¿Puedes
avanzar un motivo plausible de su acto?
—Sí, puedo. Creo que preguntó sobre su ascendencia, no para
convencer a un implacable doctor Amadiro, sino para convencerse a sí mismo.
—En este caso, ¿por qué mencionar al doctor Amadiro? ¿Por qué no
decir simplemente "quiero saber"?
Una tenue sonrisa iluminó el rostro de Daneel, un cambio de
expresión que el otro robot hubiera sido incapaz de lograr. Dijo:
—Si hubiera dicho "Quiero saber" a Gladia, seguramente
le hubiera contestado que no era asunto de su incumbencia y no habría
descubierto nada. Sin embargo, Gladia siente tanta aversión al doctor Amadiro,
como éste a Elijah Baley. Gladia tenía forzosamente que ofenderse ante
cualquier postura del doctor Amadiro referida a ella. Se pondría furiosa,
incluso si la cosa hubiera sido más o menos cierta, muchísimo más que si fuera
absolutamente falsa, como en este caso. Se esforzaría por demostrar que el
doctor Amadiro estaba equivocado y presentaría hasta la última prueba necesaria
para lograr su fin.
En este caso, la fría seguridad del doctor Mandamus al decir que
cada una de las pruebas era insuficiente, no haría sino enfurecerla más y
llevarla a las últimas revelaciones. La estrategia del doctor Mandamus fue
elegida para asegurarse de que averiguaría el máximo sobre Gladia, y al final
él quedó convencido de que no tenía a un terrícola como antepasado; por lo
menos en las últimas veinte décadas. La opinión de Amadiro a este respecto,
creo que no tenía realmente nada que ver.
—Amigo Daneel —dijo Giskard—, éste es un punto de vista muy
interesante pero me parece infundado. ¿Cómo puedes llegar a la conclusión de
que no es una suposición tuya?
—¿No te parece. amigo Giskard, que cuando el doctor Mandamus
terminó su encuesta sobre su ascendencia, sin haber obtenido pruebas
suficientes para satisfacer al doctor Amadiro, como quería que creyéramos,
hubiera debido mostrarse deprimido y descorazonado? Según su propia afirmación,
esto significaba que no tenía la menor probabilidad de ascender y que jamás
alcanzaría el cargo de jefe del Instituto de Robótica. En cambio a mí me
pareció que lejos de estar deprimido, rebosaba de júbilo.
Yo solamente puedo juzgar por la apariencia externa, pero tú
puedes saber más. Dime, amigo Giskard, cuál era su actitud mental al término de
esta parte de su conversación con Gladia.
—Volviendo a ese punto, amigo Daneel, no fue solamente jubilosa
sino triunfante.
Tienes razón. Después de haberme explicado el proceso de tu
pensamiento, la sensación de triunfo que detecté claramente, marca la exactitud
de tu razonamiento. De verdad, ahora que lo has puesto en evidencia, no me
explico cómo no fui capaz de verlo yo.
—Ésta, amigo Giskard, fue mi reacción a los razonamientos de
Elijah Baley. El que haya podido razonar así ahora es debido, en parte, al
fuerte estímulo ante la existencia de la crisis actual. Eso me obliga a pensar
de forma más concluyente.
—Te menosprecias, amigo Daneel. Llevas mucho tiempo pensando
concluyentemente.
Pero, ¿por qué hablas de una crisis actual? Piensa un momento y
explícate. ¿Cómo puedes pasar de la sensación de triunfo del doctor Mandamus al
no ser descendiente del señor Baley, a esta crisis de que me hablas?
—El doctor Mandamus puede habernos engañado en sus declaraciones
respecto al doctor Amadiro, pero es justo suponer que es verdad que desea el
ascenso; que ambiciona el cargo de jefe del Instituto. ¿No es así, amigo
Giskard?
Giskard tardó un instante en contestar, como si estuviera
pensando, luego dijo:
—Yo no investigué su ambición. Estudié su mente sin un propósito
definido y sólo me di cuenta de las manifestaciones superficiales. Sin embargo,
pudo haber destellos de ambición cuando habló de ascenso. No tengo base
suficiente para estar de acuerdo contigo, amigo Daneel, pero tampoco la tengo para
disentir.
—Aceptemos que el doctor Mandamus es un hombre ambicioso, y
veamos a dónde nos lleva esto; ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
—Entonces no parece plausible que su sentimiento de triunfo, una
vez convencido de que no descendía del colega Elijah, procediera de que su
ambición no se realizaría. No podía ser por la aprobación del doctor Amadiro
puesto que hemos llegado a la conclusión de que la excusa de Amadiro fue
introducida por el doctor Mandamus como diversión. Su ambición quedaba servida
ahora por alguna otra razón.
—¿Qué otra razón?
—No veo aparecer ninguna de entre la evidencia que tenemos. Pero
en plan especulativo, puedo sugerirte una. ¿Qué te parece si el doctor Mandamus
sabe o puede hacer algo que le lleve a un éxito espectacular, algo que le haga
conseguir la jefatura con toda seguridad? Recuerda que al final de su
investigación sobre su ascendencia, el doctor Mandamus dijo: "Todavía me
quedan métodos poderosos." Supón que fuera verdad, que sólo pudiera
servirse de estos métodos si no es descendiente de Elijah Baley. Su júbilo por
haberse convencido de su no- escendencia, procedería de que ahora podía
emplearlos y asegurarse una carrera fulgurante.
—Pero, ¿qué serán esos métodos poderosos, amigo Daneel?
—Debemos continuar especulando. Sabemos que el doctor Amadiro no
desea otra cosa que derrotar a la Tierra y forzarla a su anterior posición de
dependencia de los mundos espaciales. Si el doctor Mandamus tiene medios para
conseguirlo, puede sacar todo lo que quiera del doctor Amadiro, incluso una
garantía de su sucesión a la jefatura.
No obstante, pudiera ser que el doctor Mandamus sintiera reparos
en derrotar a la Tierra y humillarla, a menos que tuviera la seguridad de que
no existía parentesco con su gente.
El hecho de descender de Elijah Baley le inhibiría. Al no
descender de él, le permite actuar y esto le llena de júbilo.
—¿Quieres decir que el doctor Mandamus tiene conciencia?
—¿Conciencia?
—Sí, es una palabra que los humanos emplean a veces. Yo he
descubierto que se aplica a una persona que sigue las reglas del comportamiento
que le obligan a actuar de modo que a veces se opone a su interés inmediato. Si
el doctor Mandamus siente que no puede permitirse progresar a expensas de
aquellos con los que le une un lejano parentesco, le supongo un hombre de
conciencia. He pensado mucho en estas cosas, amigo Daneel, pues parecen indicar
que los seres humanos poseen leyes que gobiernan su comportamiento, por lo
menos en algunos casos.
—¿Y puedes decir si el doctor Mandamus es, en verdad, un hombre
que tiene conciencia?
—¿Por mi estudio de sus emociones? No, yo no buscaba nada de
eso, pero si tu análisis es correcto, parece que sí. Si empezamos por suponerle
un hombre de conciencia, y retrocedemos en nuestro análisis, llegamos a otras
conclusiones. Si el doctor Mandamus creía tener a un terrícola en su pasado de
hace unas diecinueve décadas, podía sentirse empujado, en contra de su
conciencia, a encabezar un intento de derrota a la Tierra como un modo para
liberarse del estigma de su ascendencia. Al no ser descendiente, no se sentirá
insoportablemente impelido a actuar contra la Tierra y su conciencia podrá
libremente llevarle a dejar la Tierra en paz.
—No, amigo Giskard, esto no encaja con los hechos. Por aliviado
que se sintiera al no tener que actuar violentamente contra la Tierra, quedaba
sin medios de satisfacer al doctor Amadiro y asegurar su promoción. Dada su
naturaleza ambiciosa, se quedaría sin el sentimiento de triunfo que tan
claramente notaste.
—Comprendo. Así llegamos a la conclusión de que el doctor
Mandamus tiene un sistema para derrotar a la Tierra.
—Sí, y si es así, la crisis prevista por el colega Elijah no ha
sido superada, sino que está aquí ahora.
—Pero nos queda —dijo Giskard pensativo— la pregunta clave que
no se ha contestado, amigo Daneel. ¿Qué tipo de crisis es? ¿Cuál es el peligro
mortal? ¿Puedes también deducir esto?
—No puedo hacerlo, amigo Giskard. He llegado tan lejos como he
podido. Quizá si el colega Elijah viviera aún, podría llegar más lejos, pero yo
no puedo... Aquí dependo de ti, amigo Giskard.
—¿De mí? ¿Cómo?
—Tú puedes estudiar la mente del doctor Mandamus, ya que ni yo,
ni nadie más, puede hacerlo. Puedes descubrir la naturaleza de la crisis.
—Me temo que no, amigo Daneel. Si hubiera vivido yo con un ser
humano durante un largo período de tiempo, como viví con el doctor Fastolfe,
como vivo ahora con Gladia, podría poco a poco abrir las capas de la mente, una
hoja tras otra, ir deshaciendo el complicado nudo, y aprender mucho sin
dañarles. Hacer esto con el doctor Mandamus después de un breve encuentro, o
después de cien breves encuentros, alcanzaría poco.
Las emociones son fácilmente aparentes, los pensamientos no. Si,
acuciado por la urgencia, tratara de apresurarme, forzando el proceso, tengo la
seguridad de que le lesionaría... y esto no puedo hacerlo.
—Sin embargo, el destino de millones de gentes en la Tierra y
más millones en el resto de la Galaxia puede que dependa de ello.
—Puede que dependa. Pero esto es una conjetura. Lesionar a un
ser humano es un hecho. Piensa que tal vez el único que conozca la naturaleza
de la crisis sea el doctor Mandamus, y que él puede conducirla a buen fin. No
podría utilizar su conocimiento o habilidad para obligar al doctor Amadiro a
concederle la jefatura si éste la consiguiera a través de otra fuente.
—Cierto. Podría ser.
—En este caso, amigo Daneel, no es necesario conocer la
naturaleza de la crisis. Si se pudiera impedir que el doctor Mandamus le
contara algo al doctor Amadiro, ni a nadie más, sea lo que fuere lo que él
sepa, la crisis no ocurrirá.
—Pero alguien más podría descubrir lo mismo que ahora conoce el
doctor Mandamus.
—Sí, pero ignoramos cuándo sucederá. Probablemente disponemos de
tiempo para ahondar más y descubrir más... y estar mejor preparados para
representar un papel más útil.
—Muy bien.
—Si hay que coartar al doctor Mandamus, sólo puede hacerse
lesionando su mente hasta el extremo de que ya no sea efectiva, o destruyendo
su vida directamente. Sólo yo poseo la habilidad de lesionarle adecuadamente,
pero no puedo hacerlo. No obstante, cualquiera de nosotros puede acabar
físicamente con su vida. Tampoco puede hacerlo.
¿Puedes hacerlo tú, amigo Daneel?
Después de una pausa, Daneel murmuró al fin:
—No puedo. Lo sabes bien.
—¿Aunque sepas que está en juego el destino futuro de millones
de gentes de la Tierra y de otras partes? —preguntó Giskard.
—No puedo decidirme a dañar al doctor Mandamus.
—Y yo tampoco. Así que nos dejan con la seguridad de que se
acerca una crisis mortal, cuya naturaleza ignoramos y no podemos descubrir y
que, por tanto, somos impotentes para detenerla.
Se contemplaron en silencio, sin que nada se reflejara en sus
rostros, pero envueltos, en cierto modo, por un aura de desesperación.
OTRO DESCENDIENTE
10
Gladia trató de relajarse después de la agotadora sesión con
Mandamus, y lo hizo con tal intensidad que luchó a brazo partido con el
descanso. Volvió opacas todas las ventanas de su dormitorio, ajustando el
ambiente a una brisa tibia y suave acompañada del rumor de hojas y algún que
otro trino de pájaro. Luego cambió a un rumor de olas, lejano, y añadió un
aroma leve, pero inconfundible, de mar.
No le sirvió de nada. Su mente repetía sin remedio lo que
acababa de ocurrir y lo que no tardaría en suceder. ¿Por qué había hablado tan
libremente con Mandamus? ¿Qué le importaba a él o a Amadiro, para el caso era
igual, si se había visto con Elijah en órbita o no, ni cuándo ni cómo, o si
había tenido un hijo de él o de cualquier otro hombre?
La pretensión de descendencia de Mandamus la había hecho perder
la serenidad, eso era. En una sociedad donde nadie se preocupaba de
descendencia o de parentescos excepto por razones medico genéticas, la brusca
intrusión verbal bastaba para turbarla.
Esto y las repetidas alusiones (seguramente accidentales) a
Elijah.
Se dijo que se estaba buscando excusas e, impacientada, lo echó
todo por la borda.
Había reaccionado mal y había parloteado como un niño: no había
más que decir.
Y ahora ese colono que venía.
No era de la Tierra. No había nacido en la Tierra, estaba
segura, y era posible que jamás hubiera puesto los pies en la Tierra. Su gente
podía haber vivido por espacio de generaciones en un mundo desconocido del que
ella jamás había oído hablar.
"Esto hace de él un espacial", pensó. Los espaciales
descendían también de los terrícolas, pero ¿qué importaba eso? Era obvio que
los espaciales eran longevos y esos colonizadores debían de ser de vida breve,
pero ¿qué tipo de distinción era ésa? Incluso un espacial podía morir
prematuramente por cualquier inesperado accidente; había oído contar de un
espacial que había fallecido de muerte natural antes de cumplir los sesenta.
¿Por qué no imaginar a su próximo visitante como un espacial de
extraño acento?
No era tan sencillo. Sin duda el colono no se sentía espacial.
Lo que cuenta no es lo que uno es, sino lo que uno siente ser. Así que pensaría
en él como colonizador y no como espacial.
Pero ¿no eran todos seres humanos, pese al nombre que se les
diera: espaciales, colonizadores, auroranos, terrícolas? La prueba estaba en
que los robots no podían hacerle daño a ninguno de ellos. Daneel acudiría tan
rápidamente en defensa del más ignorante terrícola, como del presidente del
Consejo de Aurora, y esto significaba...
Ya relajada, se sintió llevada a un sueño ligero cuando un
súbito pensamiento irrumpió en su mente y rebotó en ella. ¿Por qué el colono se
llamaba Baley?
Su mente se agudizó y se desprendió de las blandas plumas del
olvido que casi la habían envuelto.
¿Por qué Baley?
Quizá fuera un nombre sencillamente corriente entre los
colonizadores. Después de todo, Elijah era el que había hecho posible la
aventura y tuvo que haber sido un héroe para ellos, como...
No se le ocurrió un héroe análogo para los auroranos. ¿Quién
había dirigido la expedición que llegó a Aurora por primera vez? ¿Quién había
supervisado la terraformación de aquel mundo tosco, apenas viviente, que era
entonces Aurora? Lo ignoraba.
¿Era su ignorancia fruto del hecho de haberse criado en Solaria,
o era que los auroranos no tenían héroe fundador? Después de todo, la primera
expedición a Aurora había consistido en simples terrícolas. Solamente en
subsiguientes generaciones, cada vez más longevas, gracias a ajustes de
sofisticada bioingeniería, los terrícolas se transformaron en auroranos.
Después de eso, ¿por qué iban los auroranos a transformar en héroes a sus
despreciados predecesores?
Pero los colonizadores sí podían hacer héroes de los de la
Tierra.
Quizás aún no se habían transformado. Lo harían, y entonces
Elijah sería embarazosamente olvidado, pero hasta entonces...
Eso sería. Probablemente hasta la mitad de los colonizadores
vivos habían adoptado el apellido Baley. ¡Pobre Elijah! Todo el mundo arrimado
a él, a su sombra. ¡Pobre Elijah...!
¡Querido Elijah...!
Y se quedó dormida.
11
Su sueño fue demasiado inquieto para restablecer su paz, y mucho
menos su buen humor. Estaba ceñuda sin saber que lo estaba, y de haberse visto
en el espejo, se habría impresionado por su aspecto envejecido, Daneel, para el
que Gladia era un ser humano pese a la edad, aspecto o estado de ánimo, dijo.
—Señora...
Gladia le interrumpió con un estremecimiento:
—¿Ha llegado ya el colono?
Levantó la vista a la cinta de datos atmosféricos que estaba en
la pared, e hizo un gesto rápido en respuesta al cual Daneel ajustó la
temperatura, subiéndola (había sido un día fresco, y la noche iba serlo más).
—Está aquí, señora —contestó Daneel.
—¿Dónde lo han instalado?
—En el cuarto de huéspedes, señora. Giskard está con él y los
robots domésticos están todos dispuestos.
—Espero que hayan tenido el sentido común de averiguar qué desea
comer para el almuerzo. Yo no conozco la cocina de los colonos. Confío en que
harán un esfuerzo para conseguir satisfacer razonablemente sus peticiones.
—Tengo la seguridad, señora, de que Giskard solucionará
competentemente el asunto.
Gladia también estaba segura, pero dio un respingo. Por lo menos
lo hubiera sido, si Gladia fuera del tipo de personas que lo hacen. No creía
serlo.
—Supongo que ha pasado por la debida cuarentena antes de que se
le permitiera aterrizar —dijo.
—Sería inconcebible no haberlo hecho.
—Por si acaso llevaré mis guantes y mis filtros nasales.
Salió de su dormitorio, se dio cuenta vagamente de que estaba
rodeada de robots domésticos, e hizo el ademán que significaba que le trajeran
un par de guantes nuevos y unos filtros de nariz también nuevos. Cada
establecimiento tenía sus propios ademanes equivalentes a un vocabulario y cada
miembro humano de un establecimiento cultivaba estos ademanes, aprendiendo a
usarlos rápida y disimuladamente. Se esperaba de un robot que acatara esas
órdenes discretas de sus amos humanos como si leyera las mentes; de ahí
resultaba que un robot no podía seguir órdenes de seres humanos no
pertenecientes a su establecimiento excepto si se le hablaba detenidamente.
Nada más humillante para un miembro humano del establecimiento
que tener a un robot casero vacilante antes de cumplir una orden o, peor aún,
cumplirla incorrectamente.
Esto significaba que el ser humano se había equivocado en el
ademán, o que el robot no había comprendido.
Gladia sabía que generalmente el ser humano era el que fallaba
pero virtualmente no se admitía así. Era el robot el que se entregaba para un
innecesario análisis de respuesta o puesto injustamente en venta. Gladia sabía
desde siempre que no caería nunca en la trampa del ego frustrado; no obstante,
si en aquel momento no hubiera recibido los guantes y el filtro nasal habría...
No tuvo ni que terminar la idea. El robot más cercano le entregó
lo solicitado correctamente al instante.
Gladia se ajustó el filtro nasal y sopló un poco para asegurarse
de que estaba bien encajado (no estaba dispuesta a arriesgarse a cualquier
infección por causa de algo que hubiera sobrevivido a la minuciosa cuarentena).
Preguntó:
—¿Qué aspecto tiene, Daneel?
—Es de estatura y medidas normales, señora.
—Me refiero a su cara (era una tontería preguntar. Si tuviera
algún parecido a Elijah Baley, Daneel lo hubiera descubierto tan deprisa como
ella misma, y habría hecho algún comentario).
—Es difícil decirlo, señora. No se le ve bien.
—¿Qué significa esto? ¡No vendrá enmascarado, Daneel!
—En cierto modo, sí, señora. Su cara está cubierta de pelo.
—¿Pelo? —Se echó a reír—. ¿Quieres decir como los personajes
históricos de la hipervisión? ¿Barba? —Hizo unos gestos que indicaban un mechón
de cabello en la barbilla y otro debajo de la nariz.
—Más que eso, señora. Lleva media cara cubierta.
Los ojos de Gladia se abrieron del todo y por primera vez sintió
un fuerte impulso de interés por verle. ¿Qué aspecto tendría un rostro cubierto
de pelo? Los varones auroranos, y generalmente los espaciales tenían muy poco
vello facial y lo que había se eliminaba antes de los veinte años... en la
infancia.
A veces, se dejaba sin tocar el labio superior. Gladia recordó
que su marido, Santirix Gremionis, antes de su matrimonio lucía una línea de
pelo debajo de la nariz. Un bigote, lo llamaba él. Era como una ceja mal
colocada, de forma rara, y una vez que se resignó a aceptarlo como marido, le
insistió en que eliminara los folículos.
Lo hizo así sin apenas un murmullo y ahora Gladia se preguntaba
por primera vez si lo había echado en falta. Le parecía haber observado alguna
vez, en los primeros años de matrimonio, cómo levantaba un dedo a su labio
superior. Creía que era un movimiento nervioso por una vaga picazón y solamente
ahora se le ocurría que había estado buscando un bigote que había dejado de
existir.
¿Qué aspecto tendría un hombre con un bigote por toda la cara?
¿Sería como un oso?
¿Qué sensación produciría? ¿Qué ocurriría si las mujeres también
tuvieran ese pelo?
Pensó en un hombre y una mujer intentando besarse sin encontrar
sus bocas. La idea le pareció divertida aunque un poco descarada y se rió en
voz alta. Sintió desaparecer su impaciencia pero esperó, ver al monstruo.
Después de todo no tenía por qué temerle aunque su
comportamiento fuera tan animal como su aspecto. No le acompañaría ningún
robot, los colonizadores eran una sociedad no-robótica, y en cambio ella
estaría rodeada por docenas. El monstruo sería inmovilizado en una fracción de
segundo si hiciera el menor movimiento sospechoso. O si elevara la voz, airado.
—Acompáñame junto a él, Daneel —dijo con buen humor.
12
El monstruo se puso en pie. Dijo algo que parecía:
—Buedas darde sedora.
Gladia captó al momento las "buenas tardes", pero
tardó un poco más para traducir la palabra "señora". Distraída le
respondió:
—Buenas tardes. —Se acordó de lo difícil que le había resultado
entender la pronunciación aurorana del idioma galáctico estándar en aquellos
años tan lejanos en que, joven y asustada, llegó desde Solaria al planeta.
¿El acento del monstruo era tosco, o así le parecía porque su
oído no estaba acostumbrado? Recordó que Elijah había tenido dificultades con
la K y la P, pero por lo demás hablaba bastante bien. Sin embargo, habían
transcurrido diecinueve décadas y media, y este colono no procedía de la
Tierra. La lengua, en un período de aislamiento, sufre cambios.
Pero sólo una pequeña parte de la mente de Gladia se fijaba en
el problema del lenguaje. Contemplaba la barba. No se parecía en nada a las
barbas que lucían los actores en los dramas históricos. Éstas eran como
mechones, un poco por aquí, otro poco por allá, y tenían el aspecto apelmazado
y pegajoso.
La barba del colono era diferente. Le cubría la barbilla y las
mejillas de una manera regular, espesa y profunda. Era de un color castaño
oscuro, pero algo más clara y rizada que el cabello que le cubría la cabeza, y
por lo menos varios centímetros más larga, pero de un largo regular.
No cubría toda su cara, lo que resultaba desconcertante. La
frente estaba totalmente descubierta (excepto por las cejas), igual que la
nariz y debajo de los ojos. Su labio superior tampoco estaba cubierto, pero se
veía una sombra que podía ser el nacimiento de más pelo. Debajo del labio
inferior también había un pequeño espacio descubierto, pero con un nuevo
crecimiento menos marcado, concentrado en la parte central.
Como ambos labios estaban descubiertos, resultaba claro para
Gladia que no habría la menor dificultad para besarlo. Dándose cuenta de que
mirarlo fijamente era incorrecto, le comentó, aun sin dejar de mirarle:
—Me da la impresión de que se quita el pelo de junto a los
labios.
—Sí, señora.
—¿Por qué?, Si me permite preguntárselo.
—Puede preguntarlo. Por razones higiénicas. No quiero que me
quede comida en los pelos.
—Entonces se lo rapa, ¿verdad? Veo que está volviendo a crecer.
—Uso un láser facial. Me lleva quince segundos. Lo hago cuando
me despierto.
—¿Por qué no depilarlo de una vez y terminar con él?
—A lo mejor quiero que vuelva a crecer.
—¿Por qué?
—Por razones estéticas, señora.
Gladia tardó en entender la palabra. Le había sonado como
"acéticas" o algo así.
—¿Cómo dice?
El colono explicó:
—A lo mejor me canso del aspecto que tengo ahora y quiero volver
a dejarme bigote. A ciertas mujeres les gusta, ¿sabe? —El colono titubeó
esforzándose por parecer modesto, sin lograrlo. —Cuando me lo dejo crecer, el
bigote es precioso.
—¡Ah!, ¿Quiso decir estético? —exclamó de pronto.
El colono rió, mostrando una perfecta dentadura y dijo:
—También usted habla raro, señora.
Gladia quiso mostrarse altiva, pero acabó sonriendo. La
pronunciación adecuada era asunto de consenso local. Comentó:
—Debería oírme hablar con acento solario si llega el caso.
Entonces le parecería "racinis estíticas". Con la pronunciación de la
"r" interminable.
—He estado en lugares donde hablan un poco así. Suena horrible
—y pronunció las dos "erres" de un modo exagerado.
Gladia rió.
—Lo hace con la punta de la lengua y hay que hacerlo con los
lados de la lengua.
Nadie excepto un solario puede hacerlo correctamente.
—A lo mejor podrá enseñarme. Un mercader como yo, que ha estado
por todas partes, oye toda clase de variaciones lingüísticas. —Volvió a
intentar pronunciar la "r" de la penúltima palabra, se atragantó y
tosió.
—¿Lo ve? Enredará sus amígdalas y jamás se recuperará.
No dejaba de mirarle la barba y ahora ya no pudo dominar su
curiosidad. Alargó la mano. El colono vaciló y dio un paso atrás, luego, al
darse cuenta de su intención, se quedó quieto.
La mano de Gladia, invisiblemente enguantada, se apoyó
suavemente en el lado izquierdo de la cara del hombre. La delgada película
plástica que recubría sus dedos no le anulaba el sentido del tacto, y encontró
el pelo suave y elástico.
—¡Qué suave! —dijo con evidente sorpresa.
—Y ampliamente admirado —respondió riendo el colono.
—Pero, bueno, no puedo estar aquí todo el día manoseándole. —E
ignorando su "Por mí, como quiera", prosiguió: —¿Ha dicho a mis
robots lo que le gustaría comer?
—Señora, les he dicho lo que le digo ahora a usted, cualquier
cosa.
He visitado muchos mundos en el último año y cada uno tiene su
propio sistema de alimentación. Un mercader aprende a comer de todo. Prefiero
una comida aurorana a cualquier cosa que hicieran imitando a Baleymundo.
—¿Baleymundo? —repitió Gladia vivamente, frunciendo el
entrecejo.
—Se llama así en memoria del jefe de la primera expedición al
planeta y a cualquiera de los planetas colonizados: Ben Baley.
—¿El hijo de Elijah Baley?
—Sí —contestó el colono, y cambió de tema. Se miró y dijo con
cierta petulancia: — ¿Cómo pueden ustedes soportar estas ropas suyas, lustrosas
e infladas? Me encantará volver a ponerme las mías.
—Tendrá la oportunidad de hacerlo muy pronto. Pero, ahora, por
favor, venga a almorzar conmigo. Me dijeron que su nombre era Baley.
Como su planeta.
—No es sorprendente. Es el nombre más respetado del planeta,
naturalmente. Soy Degé Baley.
Habían llegado al comedor precedidos por Giskard, seguidos de
Daneel, que se instalaron después en su correspondiente hornacina. Los demás
robots ya se habían retirado y sólo quedaban dos, dedicados al servicio.
La estancia estaba llena de sol, las paredes profusamente
decoradas, la mesa servida y el aroma de la comida tentador.
El colono olfateó y respiró con satisfacción:
—No creo que tenga el menor problema con la comida de Aurora.
¿Dónde quiere que me siente?
Un robot dijo al instante:
—¿Quiere sentarse aquí, señor?
El colono se sentó y Gladia, después de acomodar
satisfactoriamente al invitado, ocupó su puesto.
—¿Degé? —preguntó—. Ignoro las peculiaridades de los nombres de
su mundo, así que le ruego me perdone si mi pregunta le parece ofensiva. ¿No
suena Degé a nombre femenino?
—En absoluto —respondió el colono algo envarado—. En mi caso no
se trata de un nombre, es solamente un par de iniciales. La cuarta letra del
alfabeto y la séptima.
—¡Oh! —dijo Gladia, ilustrada—. D.G. Baley. ¿Y qué significan
las iniciales, si perdona mi curiosidad?
—Naturalmente. Allí está D, por supuesto —explicó señalando con
el dedo una de las hornacinas de la pared — y sospecho que éste puede ser G — y
señaló a otra.
—No lo dirá en serio —musitó Gladia.
—Claro que sí. Mi nombre es Daneel Giskard Baley. En cada
generación mi familia tiene por lo menos un Daneel y un Giskard en las diversas
ramas. Yo fui el último de seis hermanos, pero el primer varón. Mi madre creyó
que eso bastaba pero compensó el no tener más que un chico poniéndome ambos
nombres. Así fui Daneel Giskard Baley y el doble nombre fue un peso excesivo
para mí. Yo prefiero Degé como nombre y me sentiré honrado si lo utiliza usted.
—Sonrió cordialmente. —Soy el primero que lleva los dos nombres y el primero en
ver los imponentes originales.
—Pero, ¿por qué esos nombres?
—Fue idea de mi antepasado Elijah, según se cuenta en la
familia. Tuvo el honor de poner nombre a sus nietos y al mayor le llamó Daniel
y al segundo, Giskard. Insistió en ambos nombres, y esto estableció la
tradición.
—¿Y las hijas?
—El nombre tradicional de generación en generación es Jezabel...
Jessie. La esposa de Elijah, ¿sabe?
—Lo sé.
—No hay...— Calló de pronto y dedicó su atención al plato que
acababan de ponerle delante. —Si estuviéramos en Baleymundo, diría que es un
trozo de cerdo asado cubierto de salsa de cacahuete.
—En realidad se trata de un plato vegetal, D.G. Lo que iba usted
a decir es que no había Gladias en su familia.
—No las hay —dijo D.G. tranquilo—. Una explicación es que
Jessie, la primera Jessie, hubiera protestado, pero yo no la acepto. La esposa
de Elijah, la antepasada, jamás vino a Baleymundo, ¿sabe?, nunca abandonó la
Tierra. ¿Cómo podía haberlo hecho? No, para mí, es casi seguro que mi
antepasado no quiso a otra Gladia. Ni imitaciones, ni copias, ni fingimientos.
Una Gladia. Única... También pidió que no hubiera otro Elijah.
A Gladia le costaba trabajo comer.
—Creo que su antepasado se esforzó en la última etapa de su vida
por ser tan poco emocional como Daneel. No obstante, bajo su piel latía un
romántico. Pudo haber permitido otros Elijahs y otras Gladias. No me habría
ofendido y me imagino que tampoco hubiera ofendido a su esposa.
—Rió, trémula.
—Pero todo esto parece, en cierto modo, irreal —dijo D.G.. —Mi
antepasado es en realidad historia antigua; murió hace ciento cincuenta y
cuatro años. Yo soy su descendiente en la séptima generación y, sin embargo,
estoy aquí sentado con una mujer que le conoció cuando era joven.
—En realidad no le conocí... — musitó Gladia contemplando su
plato —. Le vi por poco tiempo en tres ocasiones distintas en un período de
siete años.
—Lo sé. El hijo de mi antepasado, Ben, escribió su biografía que
es uno de los clásicos literarios de Baleymundo. Incluso yo la he leído.
—¿De veras? Yo no la he leído. Ni siquiera sabía que existiera.
¿Qué... qué dice de mí?
D.G. pareció divertido.
—Nada que no le gustara; la pone muy bien. Pero no importa eso.
Lo que me asombra es que estemos juntos después de siete generaciones.
¿Cuántos años tiene, señora? ¿Es justo hacer esta pregunta?
—No sé si es justo o no, pero no tengo inconveniente en
contestarla. En años galácticos estándar, tengo doscientos treinta y tres años.
Más de veintitrés décadas.
—Su aspecto es el de una persona de cuarenta años y pico. Mi
antepasado murió a los setenta y nueve, un anciano. Yo tengo treinta y nueve, y
cuando muera, usted seguirá todavía viva...
—Si evito la muerte por accidente.
—Y seguirá viviendo quizá cinco décadas más.
—¿Me envidia, D.G.? —preguntó Gladia con un dejo de amargura en
la voz. — ¿Me envidia por haber sobrevivido a Elijah en más de dieciséis
décadas y por estar condenada a sobrevivirle diez décadas más?
—Por supuesto que la envidio. ¿Por qué no? No me importaría
vivir por varios siglos, si no fuera porque sería un mal ejemplo para la gente
de Baleymundo. En general, me disgustaría que vivieran tanto tiempo. Él ritmo
de los avances históricos e intelectuales se haría entonces demasiado lento.
Los de arriba se quedarían en el poder demasiado tiempo. Baleymundo se hundiría
en el conservadurismo y la decadencia... como ha hecho su mundo.
Gladia levantó la barbilla, agresiva:
—Descubrirá usted que Aurora funciona muy bien.
—Estoy hablando de su mundo, Solaria.
Gladia titubeó, luego dijo enérgicamente:
—Solaria no es mi mundo.
—Espero que lo sea —dijo D.G.. —He venido a verla porque creo
que Solaria es su mundo.
—Si es ésta la razón por la que ha venido a verme, está
perdiendo el tiempo, joven.
—Nació usted en Solaria, ¿verdad? Y allí vivió durante unos
años.
—Viví allí las tres primeras décadas de mi vida..., un octavo de
mi existencia.
—Entonces esto la hace lo bastante solariana para que pueda
ayudarme en un asunto que es muy importante.
—No soy una solariana, pese a este tan importante asunto.
—Es una cuestión de guerra y paz..., si lo considera importante.
Los mundos espaciales se enfrentarán con el mundo de los colonizadores y las
cosas irán mal para todos si llegamos a la guerra. Y solamente usted puede
evitar la guerra y asegurar la paz.
13
La comida había terminado (fue una corta comida) y Gladia se
encontró mirando a D.G.
fríamente rabiosa.
Había vivido en paz las últimas veinte décadas, deshaciéndose de
las complejidades de la vida. Poco a poco había olvidado la miseria de Solaria
y las dificultades de su adaptación a Aurora. Había conseguido enterrar
profundamente la agonía de dos asesinatos y el éxtasis de dos peculiares
amores, un robot y un terrícola, y seguir adelante. Había terminado por vivir
un largo y tranquilo matrimonio, tener dos hijos, y dedicarse al arte aplicado
al vestido. Los hijos se habían ido, luego su marido, y finalmente se había
incluso retirado del trabajo.
Ahora estaba sola, con sus robots, contenta con... o mejor,
resignada a dejar que la vida se deslizara plácida y sin sobresaltos hacia el
final, cuando llegara el momento un final tan suave que no se diera cuenta de
que lo era cuando ocurriese.
Era lo que quería.
Entonces, ¿qué estaba pasando?
Había empezado la noche anterior cuando miró en vano el cielo
estrellado en busca de la estrella de Solaria, que no estaba en el cielo y de
hallarse en él no habría sido visible para ella. Era como si ese loco intento
de alcanzar el pasado, un pasado que hubiera debido permanecer muerto, pinchara
de pronto la fría burbuja que había levantado alrededor.
Primero el nombre de Elijah Baley, el más feliz y doloroso
recuerdo de todos los que había apartado cuidadosamente, había surgido una y
otra vez en angustiosa repetición.
Luego se vio obligada a tratar con un hombre que creía
erróneamente ser descendiente de Elijah en quinto grado y ahora con otro que
era realmente descendiente en séptimo grado. Por fin, se la cargaba ahora con
problemas y responsabilidades parecidos a los que habían atormentado al propio
Elijah en varias ocasiones.
¿Se estaba transformando en Elijah, sin nada de su talento, ni
de su total dedicación al deber a toda costa?
¿Qué había hecho ella para merecer esto?
Sintió que su rabia se hundía bajo una riada de autocompasión.
Se sintió injustamente tratada. Nadie tenía derecho a cargarla de
responsabilidades contra su voluntad.
Obligando su voz a un tono tranquilo, preguntó:
—¿Por qué se empeña en decir que soy solariana, cuando yo le
digo que no lo soy?
D.G. no parecía turbado por la frialdad que ahora notaba en su
voz.
Seguía sosteniendo la suave servilleta que le habían entregado
al terminar la comida.
La encontró caliente y húmeda, no demasiado caliente, imitó lo
que hacía Gladia, secarse cuidadosamente los labios y las manos. Luego la dobló
y la pasó por su barba. Ahora se estaba encogiendo y desintegrando.
—Supongo que acabará desapareciendo del todo —dijo.
—En efecto. —Gladia había depositado la suya en el receptáculo
apropiado en la mesa. Retenerla era incorrecto y sólo podía perdonarse porque
D.G. no estaba familiarizado con esta costumbre civilizada. —Hay quien cree que
poluciona la atmósfera, pero hay una ligera corriente que lleva los restos
hacia arriba y los proyecta a unos filtros.
Dudo que nos cause molestias... Pero ha ignorado mi pregunta,
señor.
D.G. arrugó lo que le quedaba de servilleta y la dejó en el
brazo de su butaca. Un robot, en respuesta al discreto gesto de Gladia, la
recogió.
—No trato de ignorar su pregunta. Tampoco trato de forzarla a
ser solariana. Me limito a poner de relieve que nació en Solaria y pasó allí
sus primeras décadas y por tanto podría razonablemente considerársela una
solariana, por lo menos en cierto modo...
¿Sabe usted que Solaria ha sido abandonada?
—Lo he oído, sí.
—¿Y siente algo?
—Yo soy una aurorana y lo he sido por veinte décadas.
—Esto es un non sequitur.
—¿Un qué? —No entendió nada de las últimas palabras.
—Que no tiene relación con mi pregunta.
—Un non sequitur, quiere decir. Dijo usted un "nonsé
quito".
—Está bien, dejémonos de tonterías. Le pregunto si siente algo
por la muerte de Solaria y me contesta que es de Aurora. ¿Lo mantiene como
respuesta? Una aurorana de nacimiento podría sentir la muerte de un mundo
hermano. ¿Qué siente?
—¿Qué importa? — respondió Gladia, glacial. —¿Por qué le
interesa?
—Se lo explicaré. Nosotros, los mercaderes de los mundos
colonizados, estamos interesados porque hay un gran negocio que hacer, y un
mundo que recuperar. Solaria está ya terraformada; es un mundo cómodo; ustedes
los espaciales, no parecen necesitarlo o desearlo. ¿Por qué no colonizarlo?
—Porque no es suyo.
—Señora, ¿es suyo acaso y por eso pone objeciones? ¿Tiene Aurora
más derecho a él que Baleymundo? ¿No podríamos suponer que un mundo vacío
pertenece a todo aquel que quiere ocuparlo y colonizarlo?
—¿Lo ha colonizado?
—No..., porque no está vacío.
—¿Quiere decir que los solarios no lo han dejado del todo? —e
xclamó rápidamente Gladia.
D.G. volvió a sonreír; una amplia sonrisa.
—La excita la idea..., aunque sea una aurorana.
La expresión de Gladia volvió a ensombrecerse:
—Conteste a mi pregunta.
D.G. se encogió de hombros.
—Según nuestras averiguaciones, quedaban solamente cinco mil
solarios en el planeta, antes de que fuera abandonado. La población había ido
disminuyendo a lo largo de los años. Pero incluso cinco mil... ¿Podemos estar
seguros de que se han ido todos?
Pero, ésta no es la cuestión.
Incluso si se hubieran ido todos, el planeta no estaría vacío.
Hay en él unos doscientos millones o más de robots, robots sin amo, algunos de
ellos del modelo más avanzado de la Galaxia. Presumiblemente esos solarios que
se fueron se llevaron consigo algún robot... Es difícil imaginar a los
espaciales prescindiendo de los robots (se volvió a mirar, sonriente, a los
robots en sus hornacinas de la estancia). Así y todo, no pueden haberse llevado
cuarenta mil por persona.
—Bien, puesto que sus mundos de colonizadores están libres de
robots y desean seguir estándolo, presumo que no pueden colonizar Solaria.
—En efecto. No, hasta que no quede ni un robot y aquí es donde
los mercaderes, como yo mismo, entramos en acción.
—¿De qué forma?
—No queremos una sociedad robotizada, pero no nos importa tocar
robots y comerciar con ellos. No abrigamos hacia ellos un temor supersticioso.
Solamente sabemos que una sociedad robotizada está abocada al deterioro. Los
espaciales nos lo han hecho ver cuidadosamente con el ejemplo. Así que, si bien
no queremos vivir con este veneno robótico, estamos dispuestos a vendérselos a
los espaciales por una cantidad sustancial... si están tan locos como para
querer este tipo de sociedad.
—¿Cree que los espaciales los comprarán?
—Estoy seguro de que sí. Agradecerán los elegantes modelos
manufacturados por los solarianos. Es de sobra sabido que eran los mejores
diseñadores de robots de la Galaxia, aun cuando el difunto doctor Fastolfe es
tenido como incomparable en este campo, pese a que era aurorano... Además,
aunque cargáramos una fuerte cantidad por ellos, dicha cantidad sería
considerablemente inferior al valor de los robots. Espaciales y mercaderes se
beneficiarían por igual. Éste es el secreto de un buen negocio.
—Los espaciales no comprarían robots a los colonizadores —dijo
Gladia claramente despectiva.
D.G. poseía el don de ignorarlo que no fuera esencial, como el
enfado o el desprecio.
Lo que contaba era el negocio, así que dijo:
—Claro que los comprarían. Ofrézcales robots avanzados a mitad
de precio, ¿por qué van a rechazarlos? Donde hay negocio, le sorprendería ver
lo poco importantes que son las ideologías.
—Me parece que va a ser usted el sorprendido. Trate de vender
sus robots y verá.
—Ojalá pudiera, señora. Quiero decir tratar de venderlos. No
tengo ninguno.
—¿Por qué no?
—Porque no hemos recogido ninguno: dos naves mercantes
aterrizaron en Solaria.
Cada una capaz de almacenar unos veinticinco robots. De haberlo
conseguido, flotas enteras de naves mercantes las habrían seguido y me atrevo a
decir que hubiéramos negociado por varias décadas, y después, hubiéramos
colonizado el mundo.
—Pero no tuvieron éxito. ¿Por qué no?
—Porque las dos naves fueron destruidas en la superficie del
planeta y, por lo que hemos logrado averiguar, ambas tripulaciones murieron.
—¿Falla mecánica?
—¡Tonterías! Ambas aterrizaron perfectamente; no se estrellaron.
Sus últimas comunicaciones decían que unos espaciales se
acercaban... solarios o habitantes de otros mundos espaciales, lo ignoramos.
Sólo podemos suponer que los espaciales atacaron sin previo aviso.
—Eso es imposible.
—¿De veras?
—Claro que es imposible. ¿Por qué motivo lo habrían hecho?
—Para alejarnos de ese mundo, supongo.
—De haber querido hacerlo —dijo Gladia — no tenían más que
anunciar que el mundo estaba habitado.
—Quizás encontraban que sería más divertido matar a unos cuantos
colonizadores.
Eso es, por lo menos, lo que cree nuestra gente y existe cierta
presión para mandar algunas naves de guerra a Solaria y establecer una base
militar en el planeta.
—Podría ser peligroso.
—Con toda seguridad; podría conducimos a una guerra. Algunos de
nuestros exaltados la desean. Puede que también lo hagan algunos espaciales y
que hayan destruido las dos naves para provocar las hostilidades.
Gladia estaba asombrada. No había habido la menor alusión a unas
relaciones tensas entre espaciales y colonizadores en los boletines de
noticias. Dijo:
—Cabe la posibilidad de discutir el asunto. ¿Han tanteado los
suyos a la Federación Espacial?
—Un grupo sin la menor importancia, pero lo hemos hecho. También
hemos tanteado al Consejo de Aurora.
—¿Y qué?
—Los espaciales lo niegan todo. Sugieren que las ganancias
potenciales del negocio de los robots solarios son tan altas que los
mercaderes, que sólo se interesan por el dinero (como si ellos no lo hicieran)
lucharían entre sí. Por lo visto, nos quieren hacer creer que las dos naves se
destruyeron mutuamente con la esperanza por parte de cada una de ellas de
monopolizar el negocio para su propio mundo.
—Entonces, ¿las dos naves eran de mundos distintos?
—Sí.
—Pero ¿usted no cree que hubiera podido haber lucha entre ambas?
—No lo creo probable, pero confieso que es posible. No ha habido
auténticos conflictos entre los mundos colonizados, pero han existido ciertas
disputas. Todo se solucionó a través del arbitraje de la Tierra, aunque podría
ocurrir que los mundos colonizados, de repente, dejaran de obrar juntos cuando
lo que está en juego es un negocio de varios miles de millones de dólares. Por
esta razón la guerra no nos parece una buena idea y, por lo mismo, habrá que
hacer algo para desanimar a los exaltados y belicosos.
Y aquí es donde entramos nosotros.
—¿Nosotros?
—Usted y yo. Me han pedido que vaya a Solaria y descubra, si
puedo, lo que ha sucedido en realidad. Llevaré una nave armada... pero no con
armas pesadas.
—También pueden destruirle.
—Posiblemente. Pero mi nave, por lo menos, estará sobre aviso.
Además, yo no soy uno de esos héroes de hipervisión y he estudiado lo que
podría hacer para disminuir el riesgo de destrucción. Se me ocurrió que una de
las desventajas de la penetración colonizadora en Solaria es nuestro
desconocimiento de ese mundo. Entonces, podría sernos útil llevar a alguien que
lo conoce..., un solariano.
—¿Quiere decir que se propone llevarme a mí?
—En efecto.
—¿Por qué yo?
—En mi opinión debería comprenderlo sin que se lo explique.
Aquellos solarianos que abandonaron el planeta se fueron sabe Dios dónde. Si
queda alguno son los probables enemigos. No se conoce ningún solario residente
en otro planeta espacial que no sea Solaria, excepto usted. Es la única Solaria
disponible para mí..., la única en toda la Galaxia. Por eso la quiero y por eso
debe venir conmigo.
—Se equivoca, colono. Si yo soy la única disponible, entonces no
tiene a nadie. No estoy dispuesta a ir con usted y no hay ningún motivo,
absolutamente ninguno, que pueda obligarme a ir con usted. Estoy rodeada por
mis robots. Dé un solo paso en mi dirección y le inmovilizarán al instante...,
y si lucha, le harán daño.
—No me propongo utilizar la fuerza. Debe venir por propia
decisión... ¡Y debería quererlo! Es para evitar la guerra.
—Esto es asunto de los gobiernos, el suyo y el mío. Me niego a
tener nada que ver con todo ello. Soy una ciudadana particular.
—Es un deber para con su mundo. Nosotros podemos sufrir en caso
de guerra, pero Aurora también.
—Yo, lo mismo que usted, tampoco soy una heroína de hipervisión.
—Entonces me lo debe a mí.
—Está loco. Yo no le debo nada.
—No me debe nada como individuo —dijo D.G. con una media
sonrisa—. Pero me debe muchísimo como descendiente de Elijah Baley.
Gladia se estremeció, helada, y se quedó mirando al monstruo
barbudo durante un largo rato. ¿Cómo había podido olvidar quién era él?
Por fin, con cierta dificultad, dijo:
—No.
—Sí —insistió enérgicamente D.G.—. En dos ocasiones distintas,
mi antepasado hizo más por usted de lo que pueda jamás compensarle. Ya no está
entre nosotros para reclamarle la deuda..., una mínima parte de la deuda. Yo he
heredado el derecho de hacerlo.
Gladia preguntó, desesperada:
—Pero ¿qué puedo hacer yo si voy con usted?
—Lo descubriremos. ¿Quiere venir?
Gladia deseaba desesperadamente negarse, pero por esta razón era
por lo que Elijah había vuelto de pronto para formar parte de su vida una vez
más, en las últimas veinticuatro horas. ¿Era por eso por lo que cuando se le
formuló esta posible petición se le hizo en su nombre, y para que encontrara
imposible negarse?
—¿Para que? — respondió. —El Consejo no me dejará ir con usted.
No permitirán que una aurorana salga del país en una nave colonizadora.
—Señora, lleva veinte décadas viviendo en Aurora, así que cree
que los auroranos natos la consideran de Aurora. No es así. Para ellos sigue
siendo una Solaria. La dejarán salir.
—No me dejarán. —Le latía con fuerza el corazón y se le puso
carne de gallina en los brazos. Tenía razón él. Pensó en Amadiro, que
seguramente no la consideraba otra cosa que una solaria. No obstante, insistió
tratando de auto convencerse. — o me dejarán.
—Sí —respondió D.G.—. ¿Acaso no ha venido alguien de parte del
Consejo a pedirle que me recibiera?
—Me pidió solamente que informara sobre la conversación que
hemos tenido. Así lo haré —concluyó, retadora.
—Si desean que me espíe aquí, en su propia casa, encontrarán
mucho más útil que me espíe en Solaria... —Esperó por si ella protestaba, y al
no oír nada, dijo con cierto cansancio en la voz: —Señora, si rehúsa, no voy a
obligarla, porque no tendré que hacerlo. Ellos la obligarán. Pero no me gusta.
El antepasado no lo hubiera querido así.
Hubiera querido que viniera conmigo por agradecimiento a él y
por otra razón... El antepasado trabajó para usted en condiciones en extremo
difíciles. ¿No quiere esforzarse, en memoria suya?
A Gladia le dio un vuelco el corazón. Sabía que no podría
resistirse; contestó:
—No puedo ir a ninguna parte sin mis robots.
—Tampoco esperaba que lo hiciera. —D.G. volvió a sonreír. —¿Por
qué no llevarse a mis dos tocayos? ¿Necesita más?
Gladia miró a Daneel, pero estaba inmóvil. Luego miró a Giskard,
y lo mismo. De pronto le pareció, pero fugazmente, que su cabeza se movía, muy
ligeramente, en señal afirmativa. Tenía que confiar en él. Dijo:
—De acuerdo, iré con usted. Estos dos robots son los únicos que
necesitaré.
Segunda parte – SOLARIA
EL PLANETA ABANDONADO
14
Por quinta vez en su vida, Gladia se encontró en una nave
espacial. No recordaba, así de pronto, cuánto tiempo hacía que ella y Santirix
fueron juntos al mundo de Euterpe porque, se decía, y era reconocido por todas
partes, que sus bosques bajo la lluvia eran incomparables, especialmente a la
luz romántica de su brillante satélite Gemsíone.
El bosque había resultado, en efecto, esplendoroso y verde, con
los árboles perfectamente plantados en hileras y la vida animal cuidadosamente
seleccionada para dar mayor colorido y placer, aunque evitando todas las
criaturas desagradables o venenosas.
El satélite, de más de ciento cincuenta kilómetros de diámetro,
estaba bastante cerca de Euterpe y brillaba como un resplandeciente foco de luz
cegadora. Estaba tan cerca del planeta que podía vérsele ir de este a oeste en
el cielo, adelantándose al movimiento de rotación, más lento, del planeta.
Brillaba al subir al cenit y se iba apagando al hundirse otra vez en el
horizonte.
Uno lo contemplaba fascinado la primera noche, menos, la
segunda, y con un vago descontento la tercera..., suponiendo que el cielo
estuviera despejado aquellas noches, que no solía estarlo.
Descubrió que los euterpanos nativos nunca lo miraban, aunque
naturalmente lo alababan tumultuosamente ante los turistas. En general, Gladia
disfrutó del viaje, pero lo que recordaba más vivamente era la alegría del
regreso a Aurora y su decisión de no volver a viajar excepto en circunstancias
de extrema necesidad. (Pensándolo bien, había sido por lo menos ocho décadas
atrás.)
Por un momento vivió con el inquieto temor de que su marido
insistiera en otro viaje, pero jamás volvió a planteárselo. Podía muy bien ser,
pensó alguna vez, que él llegara a la misma conclusión y temiera que fuera ella
la que quisiera viajar.
Evitar los viajes no les hacía diferenciarse de los demás. Los
auroranos, en general, y también los espaciales, tendían a no moverse de casa.
Sus mundos, sus viviendas, eran demasiado cómodos. Después de
todo, ¿qué placer podía ser mayor que el de sentirse cuidado por sus propios
robots, robots que conocían el más mínimo ademán y, por ello mismo, sus
costumbres y deseos sin necesidad de tener que decírselo?
Se movió inquieta. ¿Era eso lo que D.G. había querido decir al
hablarle de decadencia de una sociedad robotizada?
Pero ahora volvía a estar en el espacio después de tanto tiempo
y, además, en una nave de la Tierra.
No había visto gran cosa de ella, pero lo poco que había
vislumbrado la angustiaba terriblemente. Le parecía que todo era rectilíneo,
con ángulos cortantes y superficies lisas.
Todo lo que era superfluo había sido eliminado aparentemente.
Era como si nada, excepto lo funcional, debiera existir.
Aunque ella ignoraba lo que era exactamente funcional en un
objeto determinado de la nave, sentía que era todo lo necesario, que no podía
permitirse que nada interfiriera en la distancia más corta entre dos puntos.
Todo lo aurorano (todo lo espacial, podía decirse, aunque Aurora era en este
aspecto el más avanzado) se hacía a capas. La funcionalidad era la del fondo,
uno no podía realmente prescindir de ella, excepto en lo que era puro
ornamento, pero por encima había siempre algo para agradar a la vista y los
sentidos, en general; y encima de esto, algo para satisfacer al espíritu.
¡Cuánto mejor era así! ¿O representaba tal exuberancia de
creatividad humana que los espaciales no pudieran ya vivir con un Universo sin
adornos... y era esto malo? ¿Iba el futuro a pertenecer a esos geometrizadores
móviles? ¿O era solamente que los colonizadores no habían aprendido aún la
dulzura de vida?
Pero entonces, si la vida tenía tanta dulzura, ¿por qué ella
había encontrado tan poco?
No tenía nada más que hacer a bordo de esta nave sino plantearse
esas preguntas y responder a ellas. Este D.G., este bárbaro descendiente de
Elijah, había metido en su cabeza, con su tranquilo convencimiento, que los
mundos espaciales estaban muriendo, aunque pudo ver en su breve estancia en
Aurora (seguro que lo había visto) que era un mundo profundamente repleto de
riqueza y seguridad.
Había intentado huir de sus propios pensamientos contemplando
los holofilmes que le habían proporcionado y mirando con moderada curiosidad
las imágenes temblorosas y rápidas en la superficie de proyección, cómo la
historia de aventuras (todo era historia de aventuras) iba de acontecimiento en
acontecimiento, con poco tiempo disponible para la conversación y ninguno para
pensar o disfrutar. Igual que su mobiliario.
D.G. entró cuando estaba a mitad de una de las películas, pero
ya realmente había dejado de prestar atención. No la tomó por sorpresa.
Sus robots, que guardaban la puerta, habían señalado su llegada
con tiempo de sobra y no le habrían permitido entrar si no hubiera estado en
situación de recibirle. Daneel entró con él.
—¿Cómo le va? —preguntó D.G. Luego, al ver que su mano apretaba
un botón y las imágenes perdían intensidad y desaparecían, añadió: —No debió
apagarlo. Lo hubiera visto con usted.
—No es necesario. Ya estaba cansada.
—¿Está usted cómoda?
—No del todo. Me siento... aislada.
—¡Lo lamento! Pero, yo también me sentí aislado en Aurora. No
permitieron a ninguno de mis hombres que viniera conmigo.
—¿Y ésta es su revancha?
—En absoluto. En primer lugar le he permitido que sus dos robots
la acompañen. En segundo lugar no soy yo, sino mi tripulación la que lo quiere
así. No les gustan ni los espaciales ni los robots. Pero ¿por qué le importa
tanto? ¿No disminuye este aislamiento su temor a la infección?
La mirada de Gladia era altiva, pero su voz sonó apagada:
—Me pregunto si no soy demasiado vieja para temer una infección.
De todos modos ya he vivido mucho. También tengo mis guantes, mis filtros
nasales y..., si fuera necesario, mi mascarilla. Además, dudo que se moleste en
tocarme.
—Ni nadie —dijo D.G. en tono súbitamente amenazador, mientras su
mano se acercaba al objeto que llevaba en la cadera derecha. Los ojos de Gladia
siguieron el movimiento y preguntó:
—¿Qué es eso?
D.G. sonrió y su barba pareció brillar bajo la luz. Había pelos
rojos entremezclados con los demás.
—Un arma —respondió, y la desenfundó. La tomó por una empuñadura
que sobresalía de su mano, como si la fuerza con que la sostenía le apretara
hada arriba. Delante, frente a Gladia, apareció un fino cilindro de unos quince
centímetros de longitud. No había abertura visible.
—¿Mata a la gente esto? —preguntó Gladia tendiendo la mano.
D.G. lo retiró al instante.
—No trate nunca de alcanzar un arma, señora. Esto es peor que la
mala educación, porque cualquier colono está entrenado para reaccionar
violentamente ante un movimiento como el suyo, y podrían lastimarla.
Gladia, con los ojos desorbitados, apartó la mano y la colocó a
su espalda.
—No amenace con violencias. Daneel no tiene sentido del humor en
este aspecto. En Aurora, nadie es lo bastante bárbaro como para llevar armas.
—Bueno —dijo D.G. impertérrito ante el adjetivo—, tampoco
tenemos robots para protegernos... Y éste no es un aparato para matar. Es, en
cierto modo, peor. Emite una especie de vibración que estimula aquellos nervios
responsables de la sensación dolorosa. Duele muchísimo más de lo que pueda
imaginar. Nadie lo soportaría voluntariamente dos veces, y quienquiera que
lleve esta arma raras veces tiene que emplearla. La llamamos el látigo
neurónico.
—¡Repugnante! —exclamó Gladia, ceñuda—. Nosotros tenemos a
nuestros robots, pero nunca lastiman a nadie, sólo en casos de emergencia, y
aun entonces mínimamente.
D.G. se encogió de hombros.
—Esto suena a muy civilizado, pero un poco de dolor, un poco de
muerte, incluso, es mejor que la decadencia del espíritu provocada por los
robots. Además, el látigo neurónico no está previsto para matar, y su gente
lleva armas en sus naves espaciales que pueden provocar la muerte en gran
escala y la destrucción total.
—Esto es porque hemos tenido guerras al principio de nuestra
historia, cuando nuestra herencia de la Tierra era todavía fuerte, pero hemos
aprendido.
—Sí, emplearon estas armas contra la Tierra, al parecer, después
de haber aprendido.
—Eso es... —empezó, pero luego cerró la boca como para tragarse
lo que se disponía a decir.
—Ya lo sé —asintió D.G.—. Iba a decir "Eso es
distinto". Piense en ello, y comprenderá por qué a mi tripulación no le
gustan los espaciales. O por qué no me gustan a mí... Pero a mí va a serme muy
útil, señora, así que no quiero que mis sentimientos me entorpezcan el camino.
—¿Cómo voy a serie útil?
—Es usted solariana.
—Siempre dice lo mismo. Han transcurrido más de veinte décadas.
Ya no sé cómo es Solaria ahora. Lo ignoro todo de ella. ¿Qué era Baleymundo
hace veinte décadas?
—Hace veinte décadas no existía, pero Solaria sí y yo apuesto lo
que sea a que podrá recordar algo útil.
Se puso de pie, inclinó ligeramente la cabeza en un gesto de
saludo, que casi resultaba burlón, y se fue.
15
Gladia mantuvo un silencio pensativo y preocupado y luego dijo:
—No fue nada cortés, ¿verdad?
—Gladia —explicó Daneel—, el colono se encuentra claramente bajo
una fuerte tensión. Está dirigiéndose hacia un mundo en el que dos de sus naves
han sido destruidas y sus tripulaciones muertas. Va a enfrentarse con un gran
peligro. Lo mismo que su tripulación.
—Tú siempre defiendes al ser humano, Daneel —dijo Gladia
despechada—, El peligro también existe para mí, y no me enfrento a él
voluntariamente, pero esto no me obliga a la descortesía.
Daneel no dijo palabra.
—Bueno, a lo mejor sí. Yo también he sido un poco incorrecta,
¿verdad?
—No creo que al colono le importara —comentó Daneel—. ¿Puedo
sugerirle, señora, que se prepare para acostarse? Es muy tarde.
—Muy bien. Me prepararé, pero no creo que me sienta lo bastante
relajada como para poder dormir, Daneel.
—Mi amigo Giskard me asegura que sí, señora, y suele tener razón
en estas cosas.
Y sí que durmió.
16
Daneel y Giskard estaban a oscuras en el camarote de Gladia.
Giskard dijo:
—Dormirá profundamente, amigo Daneel, y necesita descansar. Su
viaje es peligroso.
—Tuve la impresión, amigo Giskard, de que influiste en ella para
que aceptara venir.
Presumo que tenías una buena razón.
—Amigo Daneel, sabemos tan poco de la naturaleza de la crisis
que amenaza a la Galaxia, que no podemos rechazar a la ligera cualquier acción
que pueda ampliar nuestros conocimientos. Debemos saber lo que está ocurriendo
en Solaria y el único modo de hacerlo es yendo... y el único modo de ir es
arreglamos para que vaya Gladia.
En cuanto a influir en ella, apenas fue necesario. Pese a lo que
decía en contra, estaba ansiosa por ir. La embargaba un deseo inmenso de ver
Solaria. Dentro de ella había un gran dolor, que no cesaría hasta que fuera.
—Debe de ser así, puesto que lo dices tú, pero pese a todo me
desconcierta. ¿No había dicho con frecuencia que su vida en Solaria fue
desgraciada, que había adoptado completamente Aurora y que jamás quería volver
a su hogar de origen?
—Sí, también lo tenía en mente con toda claridad. Ambas
emociones, ambos sentimientos, existían juntos y simultáneamente. Con
frecuencia lo he observado en las mentes humanas; dos emociones contrarias y
simultáneamente presentes.
—Esta condición no me parece lógica, amigo Giskard.
—De acuerdo, y sólo puedo llegar a la conclusión de que los
seres humanos no son lógicos, ni en todos momentos, ni en todos los aspectos.
Ésta debe de ser la razón por la que es tan difícil desentrañar las leyes que
rigen el comportamiento humano. En el caso de Gladia he percibido, de vez en
cuando, este anhelo por Solaria. En general, estaba oculto, oscurecido por la
más intensa antipatía que sentía por ese mundo. Cuando llegó la noticia de que
Solaria había sido abandonada por sus habitantes, cambiaron sus sentimientos.
—¿Por qué? —¿Qué tenía que ver el abandono con las experiencias
de juventud que llevaron a Gladia a esa antipatía? O, después de haber dominado
su anhelo por ese mundo durante varias décadas, cuando era aún una sociedad
trabajadora, ¿por qué perdió esa reserva una vez se supo que el planeta había
sido abandonado por sus habitantes y de nuevo siente atracción por un mundo que
ahora debería ser completamente desconocido para ella?
—No sabría explicártelo, amigo Daneel, puesto que cuanto más
conozco la mente humana, más me desespera ser incapaz de comprenderla. No es
una ventaja ver dentro de la mente. Con frecuencia te envidio la simplicidad
del control de comportamiento que resulta de tu incapacidad de ver bajo la
superficie.
Pero Daneel insistió:
—¿Has adivinado o supuesto una explicación, amigo Giskard?
—Supongo que siente pena por el planeta desierto. Ella lo
abandonó hace veinte décadas...
—Fue obligada a abandonarlo.
—Pero ahora le parece que fue una deserción, e imagino que la
acosa el doloroso pensamiento de haber dado el ejemplo; que si no se hubiera
ido, nadie más lo hubiera hecho y que el planeta estaría aún poblado y feliz.
Como no puedo leer sus pensamientos, me limito a tantear hacia atrás, quizás
incorrectamente, a juzgar por sus emociones.
—Pero ella no pudo dar ejemplo, amigo Giskard. Como hace veinte
décadas que se marchó, no podemos encontrar conexiones causales, y probarlas,
entre el primer acontecimiento y el último.
—De acuerdo, pero los seres humanos encuentran a veces
placentero mantener emociones dolorosas, censurándose sin razón o incluso
contra toda razón. En todo caso, Gladia sintió un anhelo tan vivo por regresar,
que sentí que era necesario aflojar el efecto inhibitorio que no le permitía
aceptar ir. Bastó el más mínimo impulso. No obstante, aunque siento la
necesidad de que vaya, puesto que es el medio para que nos lleve, tengo la
angustiosa impresión de que las desventajas podrían ser mayores que las ventajas.
—¿Cómo, amigo Giskard?
—Que el Consejo estuviera impaciente por hacer que Gladia
acompañara al colono, podría ser debido a su deseo de que Gladia esté ausente
de Aurora durante un período crucial en que se esté preparando la derrota de la
Tierra y de sus mundos de colonos.
Daneel parecía estar estudiando la declaración. Por lo menos
tardó un poco en preguntar.
—¿Para qué serviría, en tu opinión, tener alejada a Gladia?
—No puedo decidirlo, amigo Daneel. Quiero tu opinión.
—No he estudiado el asunto.
—¡Estúdialo ya! —De haber sido un humano, la observación de
Giskard habría sido una orden.
Ahora, antes de que Daneel volviera a hablar, la pausa fue mucho
más larga.
—Amigo Giskard, hasta el momento en que el doctor Fastolfe
apareció en la vivienda de Gladia, jamás había mostrado el menor interés por
los asuntos internacionales. Era simplemente una amiga del doctor Fastolfe y de
Elijah Baley, pero esa amistad era de puro afecto personal y sin la menor base
ideológica. Además, ambos ya no están con nosotros. Siente antipatía hacia el
doctor Amadiro y él se la devuelve, pero eso también es personal. La antipatía
es de hace dos siglos y ni uno ni otra han hecho nada material para
solucionarla sino que han mantenido tozudamente esa antipatía. No hay motivo
para que el doctor Amadiro, cuya influencia es dominante en el Consejo, pueda
temer a Gladia, o se tome la molestia de eliminarla.
—Pasas por alto el hecho de que apartando a Gladia —dijo Giskard
nos aparta a ti y a mí. Quizá tuvo la seguridad de que Gladia no se iría sin
nosotros; así que, ¿no será que nos considera peligrosos?
—En el curso de nuestra existencia, amigo Giskard, nunca y de
ninguna manera hemos dado la impresión de hacer peligrar al doctor Amadiro.
¿Qué motivos tendría para temernos? Desconoce tus habilidades y el uso que
haces de ellas. ¿Por qué, entonces, se tomaría la molestia de alejarnos
temporalmente de Aurora?
—¿Temporalmente, amigo Daneel? ¿Por qué asumes que lo que planea
es temporal?
Puede que sepa, mucho más que el colono, lo que ocurre en
Solaria y sepa también que el colono y su tripulación serán destruidos... como
Gladia y como tú y yo, con ellos. Puede que la destrucción de la nave del
colono sea su meta principal, pero consideraría que el final de la amiga del
doctor Fastolfe y los robots del doctor Fastolfe serían un regalo añadido.
Daneel objetó:
—Pero no se arriesgaría a una guerra contra los mundos de los
colonos, porque podría ocurrir que la destrucción de la nave y el
insignificante placer de nuestra destrucción, una vez todo sumado, no valiera
la pena.
—No es posible, amigo Daneel, que sea precisamente la guerra lo
que trama el doctor Amadiro; y como, en su opinión, no significa un riesgo el
hecho de deshacerse de nosotros, ¿aumenta su placer sin aumentar un riesgo que
no existe?
—Amigo Giskard —dijo Daneel tranquilamente, —esto no es
razonable. En cualquier guerra emprendida en las actuales condiciones, los
colonos ganarían. Están mejor preparados psicológicamente para los rigores de
una guerra. Están más extendidos y pueden por tanto adoptar con éxito tácticas
de guerrilla. Tienen relativamente poco que perder en sus mundos, relativamente
primitivos, mientras que los espaciales tienen mucho que perder en sus mundos
cómodos y altamente organizados. Si los colonos estuvieran dispuestos a
intercambiar la destrucción de uno de sus mundos por la de uno de los
espaciales, los espaciales tendrían que rendirse.
—Pero, ¿se iniciaría tal guerra en las actuales circunstancias?
¿Y si los espaciales dispusieran de una nueva arma que pudiera utilizarse para
derrotar rápidamente a los colonos? ¿No podría ser ésta la crisis que se nos
viene encima?
—En este caso, amigo Giskard, la victoria sería mejor y más
efectiva de conseguirse en un ataque por sorpresa. ¿Por qué tomarse la molestia
de instigar a una guerra que los colonos podrían lanzar por sorpresa contra los
mundos espaciales y que causaría daños considerables?
—Tal vez los espaciales necesiten probar el arma, y la
destrucción de las naves en Solaria represente la prueba.
—Los espaciales; serían muy poco ingeniosos si no encontraran un
medio mejor de probar el arma que destruyendo una serie de naves en Solaria,
descubriendo así la existencia de la nueva arma.
Esta vez fue Giskard el que se quedó pensativo.
—Está bien, amigo Daneel, ¿cómo explicarías el viaje que estamos
haciendo? ¿Cómo explicarías la complacencia del Consejo, su buena voluntad,
dejándonos acompañar al colono? El colono dijo que ordenarían a Gladia que
fuera y, en efecto, así lo hicieron.
—No he estudiado el asunto, amigo Giskard.
—Estúdialo ahora —otra vez sonaba a orden.
—Así lo haré —respondió Daneel.
Siguió un silencio, un largo silencio, pero Giskard ni de
palabra ni por gesto, mostró la menor impaciencia por esperar. Al fin, Daneel
dijo... hablando despacio, como si tanteara su camino a lo largo de las
extrañas avenidas del pensamiento:
—No creo que Baleymundo, ni cualquier otro de los mundos de los
colonos, tenga el menor derecho a adueñarse de la propiedad robótica que hay en
Solaria. Aunque los solarios se hayan ido, o quizá muerto. Solaria sigue siendo
un mundo espacial, aunque está desocupado. Así razonarían los cuarenta y nueve
mundos espaciales restantes y con razón. Sobre todo Aurora razonaría así... si
se sintiera dueño de la situación.
Giskard lo pensó.
—¿Estás diciéndome, amigo Daneel, que la destrucción de las dos
naves de los colonos fue el modo con que los espaciales demostraron ser los
propietarios de Solaria?
—No, no se haría así si Aurora, la primera potencia espacial, se
sintiera dueño de la situación. Aurora simplemente anunciaría que Solaria,
deshabitada o no, estaba prohibida a las naves de los colonos, amenazando con
represalias contra sus mundos si cualquier nave colonizadora penetrara en el
sistema planetario de Solaria, y establecerían un cordón de naves y de
estaciones sensoriales en dicho sistema planetario. No hubo tal advertencia, ni
tal acción, amigo Giskard. ¿Por qué destruir naves que podían mantenerse
fácilmente alejadas de ese mundo?
—Pero las naves fueron destruidas, amigo Daneel. ¿Utilizarás
como explicación la falta de lógica de la mente humana?
—No, a menos que tenga que hacerlo. Demos por hecha, de momento,
la destrucción.
Ahora veamos las consecuencias... El capitán de una sola nave se
acerca a Aurora, pide permiso para discutir la situación con el Consejo,
insiste en llevarse consigo a un ciudadano aurorano para investigar los hechos
ocurridos en Solaria. El Consejo cede en todo. Si la destrucción de las naves,
sin previo aviso, es algo demasiado fuerte para Aurora, ceder a todas las
peticiones del colono es un acto de suma debilidad. Lejos de buscar una guerra.
Aurora, al ceder, parece estar dispuesta a cualquier cosa con tal de evitar la posibilidad
de una guerra.
—Sí —dijo Giskard—, éste es un modo posible de interpretar los
acontecimientos.
Pero, ¿qué va a pasar?
—Me parece que los mundos espaciales no están tan débiles que
deban comportarse con tal servilismo... Y si lo estuvieran, el orgullo de
tantos siglos de dominio les impediría hacerlo. Lo que les mueve debe de ser
algo más que debilidad. He señalado que no pueden instigar una guerra
deliberadamente, así que es probable que estén tratando de ganar tiempo.
—¿Con qué fin, amigo Daneel?
—Quieren destruir a los colonos, pero aún no están preparados.
Permiten que este colono obtenga lo que desea, para evitar una guerra hasta
estar dispuestos a luchar a su modo. Lo único que me sorprende es que no
ofrecieran mandar una nave de guerra aurorana. Si este análisis es correcto, y
creo que lo es, Aurora no puede haber tenido nada que ver con los incidentes de
Solaria. No se permitirían pequeñas vejaciones que sólo servirían para alertar
a los colonos antes de que estuvieran listos con algo devastador.
—Entonces, ¿a qué estas pequeñas vejaciones como tú las llamas,
amigo Daneel?
—Lo descubriremos, quizá, cuando desembarquemos en Solaria.
Puede ser que Aurora sienta tanta curiosidad como nosotros y los colonos, y que
ésta sea otra razón por la que han querido colaborar con el capitán, al extremo
de permitir a Gladia que le acompañe.
Fue ahora Giskard el que guardó silencio. Finalmente dijo:
—¿Y cuál sería esa misteriosa devastación que planean?
—Hace un momento hemos hablado de una crisis provocada por el
plan espacial para derrotar a la Tierra, pero nos servimos de la Tierra en
sentido general, implicando a todos los terrícolas con sus descendientes en los
mundos colonizados. Sin embargo, si sospechamos seriamente la preparación de un
golpe devastador que permita a los espaciales derrotar a sus enemigos de una
sola vez, podremos clarificar nuestro punto de vista. No pueden planear un
ataque a un solo mundo de colonos. Individualmente, los mundos colonizados son
vulnerables pero el resto devolvería inmediatamente el golpe.
Tampoco pueden planear un ataque a varios o a todos los mundos
colonizados. Hay demasiados y están extendidos demasiado difusamente. No es
fácil que todos los ataques tuvieran éxito y los que sobrevivieran, enfurecidos
y desesperados, llevarían la desolación a todos los mundos espaciales.
—Entonces amigo Daneel, tu razonamiento es que tratarán de
atacar la Tierra.
—Si, amigo Giskard. La Tierra contiene la gran mayoría de seres
humanos de vida breve; es la fuente perenne de los emigrantes a los mundos de
los colonizadores y es la principal materia prima para fundar nuevos mundos; es
la reverenciada madre patria de todos los colonos. Si la Tierra fuera
destruida, el movimiento colonizador podría no recobrarse.
—Pero, entonces, ¿los mundos devolverían el golpe con tanta o
más fuerza que si uno de ellos hubiera sido destruido? En mí opinión, sería
inevitable.
—También en la mía, amigo Giskard. Por lo tanto, me parece que a
menos que los mundos espaciales se hayan vuelto locos, el ataque tendría que
ser sutil; uno del que no parecieran responsables los espaciales.
—¿Por qué no asestar ese golpe sutil contra los mundos de los
colonizadores, que ahora son los que detentan el mayor potencial de guerra de
los terrícolas?
—Pues o porque los espaciales creen que un ataque a la Tierra
sería más devastador psicológicamente o porque la naturaleza del golpe es de
tal tipo que sólo funcionaría contra la Tierra y no contra los mundos
colonizadores. Sospecho lo último, puesto que la Tierra es un mundo único y su
sociedad es diferente de la de los demás mundos colonizadores o espaciales por
igual.
—En resumen, amigo Daneel, llegas a la conclusión de que los
espaciales se proponen un ataque sutil a la Tierra que la destruiría sin
evidencia de que ellos fueran la causa, y sería un golpe que no afectara a
ninguno de los otros mundos, y que todavía no están preparados para ponerlo en
práctica.
—Sí, amigo Giskard, pero puede que no tarden, y una vez listos
tendrán que actuar inmediatamente. Cualquier retraso aumentará el riesgo de una
filtración que les pondría en evidencia.
—Deducir todo esto, amigo Daneel, de las pocas indicaciones de
que disponemos, es digno de alabanza. Dime ahora la naturaleza del golpe.
—He llegado tan lejos, amigo Giskard, pisando un terreno tan
resbaladizo, sin estar completamente seguro de que mi razonamiento era
enteramente cierto. Pero incluso suponiendo que lo fuera, no puedo seguir
adelante. Me temo que no sé, no puedo imaginar, la naturaleza del golpe.
—Pero no podremos tomar las medidas apropiadas para neutralizar
el golpe y resolver la crisis, hasta que sepamos de qué tipo va a ser —dijo
Giskard—. Si esperamos a que el propio golpe se descubra por sus resultados,
será demasiado tarde para poder hacer algo.
—Si hay un espacial que conozca la naturaleza del acontecimiento
futuro, sólo puede ser Amadiro. ¿No podrías obligar a Amadiro a anunciarlo
públicamente y así poner sobre aviso a los colonizadores y hacerlo inservible?
—propuso Daneel.
—No podría hacerlo, amigo Daneel, sin destruir su mente por
completo.
Dudo que pudiera mantenerla intacta lo suficiente como para
permitirle anunciarlo. No, no podría hacerlo.
—Quizás, entonces —insinuó Daneel— podríamos consolamos con la
idea de que mi razonamiento es erróneo y que no se prepara nada contra la
Tierra.
—No —respondió Giskard—. Mi sensación es que estás en lo cierto
y que, sencillamente, debemos esperar... impotentes.
17
Gladia esperaba, casi con dolorosa anticipación, la conclusión
del "Salto” final. Para entonces estarían tan cerca de Solaria que podría
descubrir su sol como un disco.
Sería solamente un disco, claro, un círculo de luz sin relieves,
de intensidad amortiguada hasta el extremo de que podría contemplarse sin
quedar deslumbrado, después de que su luz pasara por el filtro apropiado.
Su aparición no sería única. Todas las estrellas arrastraban,
entre sus planetas, un mundo habitable en el sentido humano con una lista
interminable de requisitos que las hacía a todas parecidas entre sí. Todas eran
estrellas solitarias... ni mayores ni menores que el sol que brillaba sobre la
Tierra..., ni demasiado activas, ni demasiado viejas, ni demasiado quietas, ni
demasiado jóvenes, ni demasiado frías, ni demasiado peculiares en su
composición química. Todas tenían manchas solares, resplandores y protuberancias
y todas parecían iguales a primera vista. Era precisa una cuidadosa
espectro-heliografía para descubrir los detalles que hacían distinta a cada
estrella.
Pero, cuando Gladia se encontró contemplando un círculo de luz
que para ella era algo más que un círculo de luz, se le llenaron los ojos de
lágrimas. Nunca, cuando vivía en Solaria, había pensado en el sol; no era otra
cosa que una eterna fuente de luz y calor, saliendo y poniéndose a un ritmo
invariable. Cuando marchó de Solaria había contemplado aquel sol que
desaparecía tras ella sin nada más que agradecimiento. No recordaba nada que se
le luciera más preciado.
No obstante, ahora lloraba en silencio. Sentía vergüenza por
experimentar aquella pena que no podía explicarse, pero no por ello dejó de
llorar.
Cuando se encendió la luz de entrada, hizo un mayor esfuerzo.
Tenía que ser D.G.; nadie más se acercaría a su camarote.
—¿Lo dejo entrar, señora? —preguntó Daneel—. Está usted muy
emocionada.
—Sí, Daneel, estoy muy emocionada, pero déjalo entrar. Supongo
que no se va a sorprender.
Pero sí se sorprendió. Por lo menos, entró con una amplia
sonrisa en su rostro barbudo, una sonrisa que desapareció casi al instante. Dio
un paso atrás y dijo en voz baja; —Volveré más tarde.
—¡Quédese! No es nada. Una estúpida reacción momentánea.
—Sorbió las lágrimas y se secó furiosamente los ojos. —¿Por qué
ha venido?
—Quería discutir Solaria con usted. Si nos va bien un micro
ajuste, aterrizaremos mañana. Pero si ahora no está bien para discutir...
—Estoy perfectamente bien. Tengo que hacerle una pregunta. ¿Por
qué hemos necesitado tres "saltos" para llegar hasta aquí? Con un
"salto" bastaba. Por lo menos uno solo bastaba cuando fui de Solaria
a Aurora hace veinte décadas. Seguro que la técnica de los viajes espaciales no
ha decaído desde entonces.
D.G. volvió a sonreír.
—Acción evasiva. Si una nave aurorana venía siguiéndonos, yo
quería..., digamos, desconcertarla.
—¿Y por qué iba a seguimos?
—Simplemente una idea, señora. El Consejo estaba excesivamente
deseoso de ayudar, pensé. Sugirieron que una nave aurorana podría unirse a mi
expedición a Solaria.
—Bien, podía habernos ayudado, ¿verdad?
—Quizá, si estuviera seguro de que Aurora no tramaba algo. Dije
claramente al Consejo que podía prescindir..., o mejor dicho —señaló a Gladia
con el dedo, — ue sólo la necesitaba a usted. Sin embargo, ¿no podía el Consejo
enviar una nave aun contra mi voluntad? Por pura bondad de corazón, digamos.
Sigo sin querer acompañamiento; tendremos suficientes problemas sin tener que
mirar nerviosamente por encima del hombro en todo momento. Así que puse
dificultades para que me siguieran. ¿Cuánto sabe sobre Solaria, señora?
—¿No se lo he repetido bastante? No sé nada. Han pasado veinte
décadas.
—No, señora, ahora estoy hablando de la psicología de los
solarios.
Esto no puede haber cambiado en veinte décadas... Dígame, por
qué han abandonado su planeta.
—La historia, tal como la he oído contar —respondió Gladia,
tranquila,—es que la población había ido declinando poco a poco. Una
combinación de muertes prematuras y escasa natalidad fueron las causas
aparentes.
—¿Le parece una buena razón?
—Por supuesto. Siempre ha habido pocos nacimientos. —Se
concentró para recordar.
—La costumbre solariana no hace fácil la fecundación, ya sea
natural, artificial o ectogenéticamente.
—¿Nunca tuvo hijos, señora?
—En Solaria, no.
—¿Y las muertes prematuras?
—Sólo puedo suponerlas. Me figuro que se debían a un sentimiento
de fracaso. Solaria no funcionaba bien, aunque los solarianos habían puesto un
gran fervor emocional por lograr que su mundo tuviera una sociedad ideal, no
sólo mejor que la que jamás tuvo la Tierra, sino casi más perfecta que la de
cualquier otro mundo espacial.
—¿Me está diciendo que Solaria se moría por el corazón
destrozado de su gente?
—Si le gusta exponerlo de esta forma tan ridícula —replicó
Gladia, disgustada.
—Se deduce de lo que me ha estado diciendo —observó D.G.
encogiéndose de hombros—. Pero, ¿realmente la habrán abandonado? ¿Adonde habrán
podido ir? ¿Cómo vivirán?
—No lo sé.
—Pero, señora, es bien sabido que los solarianos están
acostumbrados a grandes propiedades, a ser servidos por millares de robots, de
modo que cada solario vive prácticamente aislado. Si abandonan Solaria, ¿adonde
irán a encontrar una sociedad que les dé lo mismo? ¿Habrán ido realmente a otro
mundo espacial?
—No, que yo sepa. Pero, claro, tampoco me lo han dicho.
—¿Pueden haber encontrado un mundo nuevo para ellos? De ser así
tiene que ser primitivo y requerirá mucho trabajo para transformarlo.
¿Estarán preparados para ello?
Gladia sacudió la cabeza negativamente:
—No lo sé.
—Quizá no se han ido de verdad.
—Solaria está evidentemente vacía.
—¿De qué evidencia se trata?
—Todas las comunicaciones interplanetarias han cesado. Toda
radiación del planeta, excepto la que se origina en los trabajos de los robots
o por causas naturales, ha cesado.
—¿Cómo lo sabe?
—Por los informes de las noticias auroranas.
—Sí. ¡Los informes! ¿No puede ser que alguien mienta?
—¿Cuál sería el propósito de la mentira? —Gladia se ofendió por
la sugerencia.
—Que nuestras naves se sintieran atraídas hacia ese mundo y
fueran destruidas.
—Esto es ridículo, D.G. —Su voz se hizo cortante. —¿Qué ganarían
los espaciales destruyendo dos naves mercantes gracias a un subterfugio tan
complicado?
—Algo ha destruido dos naves de colonizadores en un planeta
supuestamente vacío.
¿Cómo puede explicarlo?
—No puedo. Presumo que vamos a Solaria a encontrar una
explicación.
D.G. la contempló gravemente.
—¿Podría usted guiarme a su "país" cuando vivía en
Solaria?
—¿Mi propiedad? —le preguntó asombrada.
—¿No le gustaría volver a verla?
A Gladia le dio un vuelco el corazón.
—Sí, me gustaría, pero, ¿por qué mi propiedad?
—Las dos naves destruidas aterrizaron en lugares del planeta muy
distantes, no obstante ambas fueron destruidas con suma rapidez. Aunque cada
lugar puede ser mortal, tengo la impresión de que el suyo puede serlo menos que
los otros.
—¿Porqué?
—Porque allí quizá podríamos recibir ayuda de los robots. Los
reconocería, ¿verdad?
Supongo que duran más de veinte décadas. Daneel y Giskard lo
confirman. Y los que estuvieron allí cuando vivía en su finca todavía la
reconocerán, ¿verdad? La tratarían como a su dueña y tendrían en cuenta la
obediencia que le deben incluso más allá de la que deberían a seres humanos
corrientes.
—En mi finca había diez mil robots. Yo conocía de vista quizás a
unas tres docenas. Al resto nunca los vi, y puede que tampoco ellos me vieran a
mí. Los robots agrícolas no son muy avanzados, ¿sabe?, como tampoco lo son los
forestales o los mineros. Los robots domésticos todavía me recordarían si no
han sido vendidos o transferidos desde que me fui. También ocurren accidentes,
averías, y algunos no duran veinte décadas. Además, cualquiera que sea su idea
sobre la memoria de los robots, la memoria humana es falible y tal vez yo no
recuerde a ninguno.
—Así y todo —insistió D.G.—, ¿puede dirigirme a su propiedad?
—¿Por la latitud y la longitud? No.
—Tengo mapas de Solaria, ¿Servirían de algo?
—Quizás aproximadamente. Está situada en la región meridional
del continente nórdico de Heliona.
—Y una vez que nos hayamos aproximado, ¿puede servirse de puntos
de referencia para mayor precisión, si rozamos la superficie de Solaria?
—¿Por costas marinas y ríos, quiere decir?
—Sí.
—Creo que puedo.
—Magnífico. Entretanto vea si puede recordar los nombres y
aspecto de alguno de sus robots. Eso puede significar la diferencia entre vivir
o morir.
18
D.G. Baley parecía una persona distinta entre sus oficiales. La
amplia sonrisa no existía, ni la tranquila indiferencia ante el peligro. Estaba
sentado, estudiando los mapas, con una expresión de gran concentración en su
rostro.
Les dijo:
—Si la mujer está en lo cierto, tenemos la propiedad señalada
por sus límites aproximados, y si nos movemos volando raso, dentro de poco la
tendremos exactamente delimitada.
—Pero malgastaremos energía, capitán —objetó Jamin Oser, segundo
de a bordo. Era alto y, como D.G., barbudo. La barba era rojiza, como sus
cejas, arqueadas sobre los ojos azules. Parecía algo viejo, pero uno sacaba la
impresión de que era debido más a la experiencia que a los años.
—No puedo evitarlo —dijo D.G..—Si dispusiéramos de la
antigravedad que los técnicos no dejan de prometernos, todo sería distinto.
Volvió a mirar el mapa y prosiguió:
—Dice que debe encontrarse a lo largo de este río, a unos
setenta kilómetros arriba de la desembocadura en ese otro río mayor. Si no se
equivoca.
—Parece dudar —dijo Chandrus Nadirhaba, cuya insignia indicaba
que era el piloto y responsable del aterrizaje en el punto correcto o, en todo
caso, en el punto elegido. Su tez oscura y el cuidado bigote acentuaban la
hermosa fuerza de su rostro.
—Recuerda la situación; han pasado veinte décadas. ¿Qué detalles
recordarían de un lugar que no han visto hace tres décadas? —insistió D.G.—. No
es un robot. Puede haberlo olvidado.
—Entonces, ¿para qué traerla? —masculló Oser. —¿Y el otro y el
robot? Inquietan a la tripulación y a mí tampoco acaban de gustarme.
Nadirhaba dijo fríamente:
—Si morimos, morimos. No seríamos mercaderes si ignoráramos que
la muerte inesperada es la otra cara del negocio. Y para esta misión somos
todos voluntarios. De todos modos, no nos hará daño saber por dónde puede
venimos la muerte, capitán. Si lo imagina, ¿debe ser un secreto?
—En absoluto. Los solarios supuestamente se han ido. Pero
supongamos que un par de centenares se han quedado disimuladamente atrás para
guardar la tienda, por decirlo de algún modo.
—¿Y qué pueden hacerle a una nave armada capitán? ¿Poseen acaso
alguna arma secreta?
—No tan secreta. Solaria está abarrotada de robots. Ésta es la
razón por la que las naves colonizadoras aterrizaron en este mundo en primer
lugar. Cada solario podía tener un millón de robots a su disposición. Un
ejército enorme.
Eban Kalaya se ocupaba de las comunicaciones. Hasta aquel
momento no había dicho nada, consciente de su inferioridad, que parecía ser más
evidente por ser el único entre los cuatro oficiales presentes sin vello en la
cara. Ahora se atrevió a comentar:
—Los robots no pueden hacer daño a los seres humanos.
—Así se nos ha dicho —dijo D.G. tajante—, pero, ¿qué sabemos
nosotros de robots?
Lo que sabemos es que dos naves fueron destruidas y unos cien
seres humanos también, todos ellos buenos colonos, y que han muerto en dos
puntos muy distantes de un mundo abarrotado de robots.
¿Cómo pudo hacerse, si no fue por los robots? Ignoramos la clase
de órdenes que un solariano puede haberles dado o por qué trucos han podido
saltarse la llamada primera ley de la Robótica. Así que —prosiguió, —tenemos
que servirnos de alguna estratagema.
Por lo que sabemos, por los informes llegados de las naves antes
de que fueran destruidas, todos los hombres de a bordo bajaron a tierra al
llegar. Al fin y al cabo, era un mundo vacío y todos querían estirar las
piernas, respirar aire puro y contemplar los robots que habían venido a buscar.
Sus naves estaban desprotegidas y ellos indefensos cuando llegó el ataque. Pero
esta vez no ocurrirá así. Bajaré a tierra y el resto de ustedes se quedará a
bordo o muy cerca de la nave.
Los ojos oscuros de Nadirhaba reflejaron desaprobación.
—¿Por qué usted, capitán? Si necesita a alguien que sirva de
cebo puede servir cualquiera que sea menos necesario que usted.
—Aprecio la intención, piloto. Pero no bajaré solo. Conmigo
vendrán la mujer espacial y sus acompañantes. Ella es lo esencial. Puede que
conozca a algún robot, o que alguno la reconozca. Tengo la esperanza de que si
los robots han recibido órdenes de atacarnos, no la ataquen a ella.
—¿Quiere decir que recordarán a la antigua señorita y caerán de
rodillas? — ezongó Nadirhaba.
—Dígalo como quiera. Por eso la traje y por eso hemos aterrizado
en sus tierras.
Tengo que estar con ella porque soy el único que la conoce algo,
y he de ver cómo se comporta. Una vez que hayamos sobrevivido utilizándola como
escudo, sabiendo así a qué nos enfrentamos exactamente, podremos proceder por
nuestra cuenta. No la necesitaremos más.
—Y después, ¿qué haremos con ella? —preguntó Oser—, ¿echarla al
espacio?
D.G. rugió:
—La devolveremos a Aurora.
—Debo decirle, capitán, que la tripulación lo considerará un
viaje oneroso e innecesario —observó Oser—. Pensará que bien podemos dejarla en
este maldito mundo. Después de todo, es de donde procede.
—Sí —dijo D.G.— y éste es el día en que recibo órdenes de la
tripulación.
—Claro que no, pero la tripulación tiene sus opiniones y una
tripulación disgustada puede hacer peligroso el viaje.
LA TRIPULACIÓN
19
Gladia pisaba tierra solariana. Aspiró el aroma de la vegetación
no del todo parecido a los aromas de Aurora, y de pronto fue como si no
hubieran pasado veinte décadas.
Sabía que nada podía devolverle los momentos pasados, como lo
hacían los olores. Ni las vistas, ni los sonidos.
Sólo aquel olor ligero, único, que la devolvía a la infancia, a
la libertad de corretear cuidadosamente vigilada por una docena de robots, a la
excitación de ver a otros niños, de detenerse a veces, para mirarse
tímidamente, acercándose uno a otro, despacio, paso a paso, alargando las manos
para tocarse y luego la voz de un robot diciendo le: "Basta, señorita
Gladia." Y se la llevaban, mirando por encima del hombro al otro niño, que
llevaba también un grupo de robots vigilantes.
Recordó el día en que se le dijo que sólo podría ver a otros
seres humanos por holovisión. Ver, le dijeron, no mirar. Los robots decían
mirar como si fuera una palabra que no debieran mentar, así que la murmuraban.
A ellos sí podía mirarles, pero ellos no eran seres humanos.
El principio no fue tan malo. Las imágenes con las que podía
hablar eran tridimensionales, y se movían libremente. Podían hablar, correr,
hacer cabriolas si así lo deseaban, pero no podían tocarse. Y, luego, le
dijeron que podría mirar a uno que había visto muchas veces y que le gustaba.
Era un hombre hecho y derecho, un poco mayor que ella, pero parecía joven, como
ocurría en Solaria. Tendría permiso para seguir viéndole, y, si lo deseaba,
siempre que fuera necesario.
Lo deseaba. Recordaba cómo fue... exactamente cómo fue aquel
primer día. Ni uno ni otro podían hablar por la emoción. Se acercaron para
mirarse, temerosos de tocarse. Se trataba del matrimonio.
Y lo fue, naturalmente. Y volvieron a encontrarse, mirándose sin
ver porque estaban casados. Finalmente llegarían a tocarse. Era lo que se
esperaba de ellos.
Fue el día más excitante de su vida...
Rabiosamente, Gladia detuvo sus pensamientos. ¿Para qué seguir?
Ella, tan anhelante y cálida, él tan frío y distante. Y siguió
siendo frío. Cuando iba a visitarla, a intervalos fijos, para los ritos que
pudieran (o no pudieran) lograr fecundarla, le recibía con tan clara
repugnancia, que no tardó en desear que se olvidara de ella. Pero él era un
hombre cumplidor de su deber y no lo hizo nunca.
Entonces llegó el día, después de años de arrastrar su
infelicidad, en que lo encontró muerto con el cráneo aplastado. Ella era la
única posible sospechosa. Elijah Baley la salvó entonces y la sacó de Solaria y
la llevó a Aurora.
Ahora había vuelto, y aspiraba el olor de Solaria.
Nada más le resultaba familiar. La casa, a distancia, no se
parecía en nada a la que recordaba vagamente. En veinte décadas había sido
modificada, derribada, reconstruida.
No podía siquiera percibir nada familiar con el propio terreno.
Se encontró alargando la mano hacia atrás para tocar la nave colonizadora
que la había traído a este mundo que olía a hogar pero que ya no lo era...,
quería tocar lo que le resultara familiar por comparación.
Daneel, que estaba junto a ella, a la sombra de la nave,
preguntó:
—¿Ve los robots, Gladia?
Había, en efecto, un grupo a unos cien metros de distancia entre
los árboles de una huerta, mirándola gravemente, inmóviles, brillando al sol su
bien pulido metal grisáceo que Gladia recordaba de los antiguos robots.
—Los veo, Daneel.
—¿Hay algo familiar en ellos, señora?
—En absoluto. Parecen modelos nuevos. No puedo recordar a
ninguno y estoy segura de que ellos tampoco pueden recordarme. Si D.G. esperaba
sacar algo de mi supuesta familiaridad con los robots de mi finca, tendrá que
olvidarlo.
—No parece que estén haciendo nada, señora —dijo Giskard.
—Se comprende. Somos intrusos y han venido a observarnos y a
informar sobre nosotros de acuerdo con las órdenes que hayan recibido.
No obstante, ahora no tienen a nadie a quien informar, y se
limitan a observar en silencio. Careciendo de otras órdenes, presumo que no
harán otra cosa, pero tampoco dejarán de vigilar.
—No estaría de más, Gladia —dijo Daneel— que nos retiráramos a
nuestro sector de la nave. Creo que el capitán está supervisando la
construcción de defensas y no está aún dispuesto para ir a investigar. Sospecho
que no aprobará que haya abandonado su camarote sin su permiso.
Gladia se irguió, altiva:
—No pienso retrasar el pisar la superficie de mi tierra solo
para satisfacer su capricho.
—Tengo entendido que los miembros de la tripulación están
ocupados por las cercanías y algunos ya se han dado cuenta de su presencia
aquí.
—Y se están acercando —observó Giskard—. Si desea evitar la
contaminación...
—Estoy preparada. Filtros nasales y guantes.
Gladia no comprendía la naturaleza de las estructuras que se
estaban levantando sobre el suelo, junto a la nave. La mayoría de los
tripulantes, absortos en la construcción, no había visto a Gladia y a sus dos
compañeros, por encontrarse a la sombra (estaban en la estación calurosa de esa
parte de Solaria, con tendencia a aumentar y disminuir la temperatura más que
en Aurora, porque el día solario tenía seis horas más que el aurorano).
Los tripulantes que se acercaban eran cinco. Uno de ellos, el
más alto y más fuerte, señalaba en dirección a Gladia. Los otro cuatro miraban,
inquietos por el momento como si solamente sintieran curiosidad. A una señal
del primero, volvieron a acercarse cambiando ligeramente de dirección como para
llegar directamente al trío aurorano.
Gladia observó en silencio y con las cejas levantadas
despectivamente, Daneel y Giskard esperaban, impasibles. Éste dijo en voz baja
a Daneel:
—No sé dónde está el capitán. No puedo distinguirle en medio de
la tripulación.
—¿Nos retiramos? —preguntó Daneel en voz alta.
—Sería vergonzoso —respondió Gladia. —Éste es mi mundo.
Se mantuvo en su lugar y los cinco tripulantes fueron
acercándosele lentamente.
Habían estado trabajando, era una labor dura ("como
robots", pensó Gladia, con desprecio) y sudaban. Gladia percibió el hedor
que venía de ellos. Esto habría servido para alejarla más que las amenazas,
pero decidió no moverse. Los filtros de nariz, estaba segura, mitigarían el
efecto del olor.
El tripulante alto se acercó más que los demás. Tenía la piel
bronceada. Sus brazos desnudos brillaban por la humedad y ponía de relieve su
musculatura. Contaría unos treinta años (por lo que Gladia podía juzgar sobre
la edad de esos seres de vida breve) y si hubiera estado bien vestido y lavado,
podía resultar bien parecido.
Le dijo:
—Usted debe de ser la dama espacial de Aurora que hemos traído
en nuestra nave. — Hablaba despacio, tratando de conseguir un acento
aristocrático en su idioma galáctico.
Por supuesto, no lo logró porque hablaba como un colono, mucho
peor que D.G.
Gladia contestó, afirmando sus derechos territoriales; —Soy de
Solaria colono. — e detuvo, turbada. Había pasado mucho tiempo pensando en
Solaria y ahora que habían desaparecido veinte décadas, su acento fue
fuertemente solario, con las aes abiertas y las erres arrastradas, mientras que
la i sonaba espantosamente como oi.
Volvió a decir, con voz más baja y menos imperativa, en la que
el acento de universidad de Aurora, el galáctico estándar de los mundos
espaciales, se percibió claramente:
—Soy de Solaria, colono.
El colono rió y se volvió a los otros:
—Habla con finura, tuvo que esforzarse. ¿Verdad, compañeros?
Los demás se echaron a reír y uno dijo:
—Hazla hablar un poco más, Niss. A lo mejor aprendemos todos a
hablar como las pajaritas espaciales. —Y apoyó una mano en la cadera.
Sin dejar de sonreír Niss les pidió:
—Cállense todos. —Y se hizo el silencio al momento. Se volvió de
nuevo a Gladia y se presentó—: Soy Berto Niss, tripulante de Primera Clase. ¿Y
su nombre, mujercita?
Gladia no se atrevió a hablar de nuevo. Niss insistió:
—Estoy siendo cortés, mujercita. Le hablo como un caballero,
como un espacial. Sé que es lo bastante vieja como para ser mi bisabuela.
¿Cuántos años tiene, mujercita?
—¡Cuatrocientos! —gritó uno de los hombres, detrás de Niss—,
pero no lo parece.
—¡Ni cien! —dijo otro.
—Parece adecuada para un poco de intercambio —sugirió un
tercero— y a lo mejor lleva mucho tiempo sin probarlo. Pregúntale si está
dispuesta, Niss. Sé bien educado y pídele si podemos hacerlo por turnos.
Gladia enrojeció y Daneel intervino:
—Tripulante de Primera Clase Niss, sus compañeros están
ofendiendo a la señora Gladia. ¿Quieren retirarse?
Niss se volvió a mirar a Daneel, al que había ignorado
totalmente hasta entonces. La sonrisa se borró de su rostro al contestar:
—Oiga: Esta mujercita es intocable. Lo dijo el capitán. No la
molestaremos. Sólo unas palabras inofensivas. Esa cosa es un robot. No nos
meteremos con él y él no puede dañarnos. Conocemos lo de las tres leyes de la
Robótica. Le ordenamos que se aparte de nosotros. Pero usted es un espacial y
el capitán no ha ordenado respecto a usted. Así que —le señaló con un dedo— no
intervenga, no se meta con nosotros, o le estropearemos su bonita piel y a lo
mejor se echa a llorar.
Daneel no dijo nada. Niss movió la cabeza asintiendo.
—Muy bien. Me gusta ver a alguien lo bastante listo para no
empezar algo que no podría terminar.
Se volvió a Gladia y le dijo:
—Ahora, mujercita espacial, la dejaremos tranquila porque el
capitán no quiere que se la moleste. Si uno de estos hombres ha hecho un
comentario algo grosero, es natural.
Démonos la mano y seamos amigos... Espacial, colono, ¿qué
diferencia hay?
Tendió la mano a Gladia, que retrocedió horrorizada. La mano de
Daneel saltó hacia adelante en un movimiento que fue casi demasiado rápido para
que pudiera verse, y agarró la muñeca de Niss:
—Tripulante de Primera Clase Niss —dijo entre dientes— no se
atreva a tocar a la señora.
Niss bajó los ojos, miró su mano y los dedos que la sujetaban
con firmeza. En voz baja y amenazadora, ordenó:
—Dispone de tres segundos para soltarme.
La mano de Daneel se apartó:
—Debo hacer lo que me pide porque no quiero lastimarle, pero
debo proteger a la señora. Si ella no quiere que la toquen, y creo que es lo
que desea, me veré obligado a tomar la decisión de lastimarle. Le ruego que
acepte mi promesa de que haré cuanto pueda para minimizar el dolor.
Uno de los tripulantes gritó alegremente:
—Dale en las narices, Niss. Es un charlatán.
—Mire, espacial —dijo Niss, — le he dicho por dos veces que se
apartara y usted me ha tocado. Ahora se lo diré por tercera vez y basta. Haga
un solo movimiento, diga una sola palabra, y le partiré en dos. Esta mujercita
me estrechará la mano amistosamente.
Luego nos iremos. ¿Le parece justo?
Gladia exclamó con voz entrecortada:
—No quiero que me toque. Haz lo que sea necesario.
—Señor, con el debido respeto, la señora no desea que la toquen
—dijo Daneel—.
Debo rogarle, y a todos ustedes..., que se marchen.
Niss sonrió y un robusto brazo hizo como si quisiera apartar a
Daneel, y hacerlo con fuerza. El brazo izquierdo de Daneel volvió a dispararse
y Niss se encontró otra vez sujeto por la muñeca.
—váyase, por favor, señor —repitió Daneel.
Niss siguió mostrando los dientes, pero ya no sonreía. Levantó
violentamente el brazo.
La mano de Daneel también se alzó un instante y poco a poco se
detuvo. Su rostro no reflejaba ningún esfuerzo. Bajó la mano, tirando del brazo
de Niss y, entonces, con un rápido giro le dobló el brazo contra su ancha
espalda y lo mantuvo allí.
Niss, que se encontró inesperadamente de espaldas a Daneel,
levantó su otro brazo por encima de la cabeza en busca del cuello de Daneel. Su
otra muñeca fue sujetada y bajada más allá de lo posible y Niss gimió por el
dolor.
Los otros cuatro tripulantes, que habían estado mirando
alegremente, permanecieron ahora en sus puestos inmóviles, silenciosos, con la
boca abierta. Niss les miró y gimió; —¡Ayudadme!
—No le ayudarán, señor, porque el castigo del capitán será peor
si lo intentan — ijo Daniel, —Debo pedirle que me prometa que no molestará más
a la señora y que se retirarán tranquilamente todos. De lo contrario, lo
lamentaré mucho, tripulante de Primera Clase Niss, tiraré de sus brazos y se
los descoyuntaré.
Mientras hablaba apretó las muñecas con más fuerza y Niss emitió
un gemido sordo.
—Le ruego me perdone señor, pero actúo bajo severas órdenes. ¿Me
lo promete?
Niss se revolvió hacia atrás con rabia, pero antes de que su
bota entrara en contacto con Daneel, éste se había apartado hacia un lado y
derribado al atacante. Cayó pesadamente boca abajo.
—¿Me lo promete, señor? —repitió Daneel, tirando con suavidad de
las muñecas de modo que los brazos del tripulante se alzaron ligeramente. Niss
gritó y dijo medio incoherente:
—Lo prometo. Suélteme.
Daneel lo soltó al momento y dio un paso atrás. Lenta y
dolorosamente. Niss se volvió, moviendo los brazos poco a poco y haciendo girar
las muñecas con una mueca de dolor.
Luego, cuando su brazo derecho estuvo cerca de la pistolera que
llevaba, trató torpemente de sacar el arma.
El pie de Daneel cayó sobre su mano y se la mantuvo pegada a
tierra.
—No haga esto, señor, o me veré obligado a romperle alguno de
los huesecitos de su mano. —Se agachó y sacó el arma de la funda. —Ahora,
levántese.
—Bien, señor Niss —dijo otra voz—. Obedezca y póngase de pie.
D.G. Baley estaba a su lado, con la barba erizada, el rostro
ligeramente sofocado y su voz peligrosamente tranquila.
—Ustedes cuatro —ordenó— entréguenme sus armas, de una en una.
Vamos, un poco más deprisa. Una..., dos..., tres..., cuatro. Ahora sigan firmes
un rato más. Señor —esta vez se dirigía a Daneel—, deme el arma que tiene en
las manos. Bien, cinco. Y, ahora, señor Niss, cuádrese.
Y depositó las armas en el suelo, a su lado.
Niss se puso firme, con los ojos inyectados en sangre; el rostro
contraído, sufriendo visiblemente.
—Ahora, que alguien, por favor me diga lo que ha ocurrido, dijo
D.G.
—Capitán —se interpuso Daneel rápidamente—, el señor Niss y yo
hemos tenido un pequeño altercado en broma. No ha habido daños.
—Sin embargo, el señor Niss parece haberse lastimado.
—Ha sido un daño pasajero, capitán —explicó Daneel.
—Bien, lo discutiremos más tarde..., señora. —Volvió la cabeza
para dirigirse a Gladia.
—No recuerdo haberle dado permiso para salir de la nave. Volverá
a su camarote con sus dos acompañantes, inmediatamente.
Yo soy el capitán aquí, y esto no es Aurora. Haga lo que le
digo.
Daneel apoyó una mano consoladora en el codo de Gladia. Ella,
levantó la barbilla, se volvió y subió por la pasarela hasta la nave, con
Daneel a su lado y seguida por Giskard.
D G. se volvió hacia la tripulación.
—Ustedes cinco —dijo, y su voz no cambió de tono— entren
conmigo. Llegaremos al fondo de esto, o de ustedes.
Y señaló a un subalterno que recogiera las armas y se las
llevara.
20
D.G. miró a los cinco, ceñudo. Estaba en su cámara, la única
parte de la nave que parecía holgada y vagamente lujosa.
Señalando a cada uno por turno, dijo:
—Bueno, así es como lo vamos a hacer. Usted me dirá exactamente
lo que ocurrió, palabra por palabra, movimiento tras movimiento. Cuando haya
terminado, me dirá si algo fue diferente o no se ha mencionado. Luego, usted lo
mismo, y después usted y hasta que llegue a usted, Niss.
Me figuro que todos se portaron mal, que hicieron algo
indeciblemente estúpido que les causó a todos, pero especialmente a Niss, una
considerable humillación, sabré que mienten; dado que la mujer espacial me
contará lo ocurrido y estoy dispuesto a creer cada una de sus palabras. Una
mentira servirá para empeorar las cosas, más de lo que están.
Ahora —rugió—, ¡empiecen!
El primer tripulante contó rápidamente y a borbotones la
historia de lo ocurrido, después el segundo, corrigiendo algo y ampliando,
luego el tercero y el cuarto. D.G.
escuchó el relato con rostro pétreo, y a continuación indicó a
Bert Niss que se hiciera a un lado. Habló así a los otros cuatro:
—Y mientras ese espacial le aplastaba a Niss el rostro contra el
suelo, ¿qué hacían ustedes cuatro? ¿Lo contemplaban? ¿Asustados sin poder
moverse? ¿Los cuatro?
¿Contra un solo hombre?
Uno de ellos rompió el silencio para decir:
—Todo ocurrió en un santiamén, capitán. Cuando nos disponíamos a
actuar lodo había terminado.
—¿Y cómo pensaban actuar en el caso de que consiguieran ponerse
en movimiento?
—Pues apartando al espacial de nuestro camarada.
—¿Creen que hubieran podido?
Esta vez nadie se decidió a hablar. D.G. se inclinó hacia ellos.
—Bien, he aquí la situación: No tenían por qué acercarse a los
extranjeros, así que pagarán una multa de una semana de sueldo. Y ahora
pongamos las cosas en su punto.
Si cuentan lo ocurrido a cualquiera de los demás, tripulación o
no, ahora o más tarde, borrachos o sobrios..., pasará cada uno de ustedes a la
categoría de aprendiz. No importa quién de ustedes sea el que hable, los cuatro
serán castigados, así que procuren vigilarse. Ahora vayan a sus puestos de
trabajo, y si durante el viaje vuelven a desmandarse, aunque solamente sea
estornudar en contra del reglamento, irán fuera.
Los cuatro salieron, abrumados, mudos, asustados. Niss se quedó,
tenía un cardenal en pleno rostro y los brazos doloridos. D.G. le observó
amenazador, mientras miraba a derecha e izquierda, el suelo, a cualquier parte
menos a su capitán. Solamente cuando sus ojos huidizos se cruzaron con los
relampagueantes del capitán D.G. éste le espetó:
—Está usted precioso ahora que ha peleado con un afeminado
espacial más pequeño que usted. La próxima vez, escóndase cuando vea acercarse
a uno de ellos.
—Sí, capitán —respondió Niss, avergonzado.
—¿No me oyó, Niss, cuando les advertí antes de salir de Aurora,
que a la mujer espacial y a sus acompañantes no se les debía molestar ni
dirigirles la palabra?
—Capitán, yo sólo quería saludarla cortésmente. Sentíamos
curiosidad por verla de cerca. No queríamos molestarla.
—¿Que no querían molestarla? Le preguntaron qué edad tenía.
¿Acaso les importaba?
—Era sólo curiosidad. Queríamos saber...
—Uno de ustedes hizo una insinuación sexual.
—Yo, no, capitán.
—¿Otra persona? ¿Se excusaron?
—¿Excusamos con una espacial? —Niss parecía horrorizado.
—¡Naturalmente. Obraron en contra de mis órdenes.
—No queríamos molestarla —insistió Niss.
—¿Tampoco querían molestar al hombre?
—Me puso la mano encima, capitán.
—Ya lo sé. ¿Por qué?
—Porque me estaba dando órdenes.
—¿Y no estaba dispuesto a tolerarlo?
—¿Lo hubiera tolerado usted, capitán?
—Está bien. No iba a tolerarlo. Pero cayó por ello. Cayó boca
abajo. ¿Cómo ocurrió?
—No lo sé bien, capitán. Fue muy rápido. Como si se hubiera
disparado. Tenía una garra como de hierro.
—Pues, claro —afirmó D.G.—. ¿Qué esperaba usted, idiota? Es de
hierro.
—¡Capitán!
—Niss, ¿es posible que no conozca la historia de Elijah Baley?
Niss se rascó una oreja desconcertado.
—Sé que fue el tatarabuelo de su tatarabuelo o algo así,
capitán.
—Sí, todo el mundo lo relaciona con mi nombre. ¿Ha visto alguna
vez la historia de su vida?
—No suelo ver esas cosas, capitán. No, si se trata de historia.
—Se encogió de hombros pero al hacerlo le dolió, intentó frotarse la espalda,
pero no se atrevió a hacerlo.
—¿Ha oído hablar alguna vez de R. Daneel Olivaw?
Niss frunció las cejas:
—Era el amigo de Elijah Baley.
—En efecto. Por lo menos sabe algo. ¿Sabe qué significa la R. de
R. Daneel Olivaw?
—Quiere decir robot, ¿verdad? Era su amigo robot. En aquellos
tiempos había robots en la Tierra.
—Los había y sigue habiéndolos. Pero Daneel no era un simple
robot. Era un robot espacial con aspecto de hombre espacial. Piense en ello,
Niss. Adivine quién es en realidad el espacial con quien peleó.
Niss abrió los ojos, y enrojeció:
—Quiere decir que el espacial era un ro...
—Se trata de R. Daneel Olivaw.
—Pero, capitán, eso fue hace doscientos años.
—Sí, y la mujer espacial era una amiga íntima de mi antepasado
Elijah. Hace doscientos treinta y tres años que vive, por si acaso quiere
saberlo, ¿y no cree que un robot pueda durar tanto? Intentó luchar contra un
robot, imbécil.
—¿Por qué no lo dijo? —preguntó Niss indignado.
—¿Por qué iba a hacerlo? ¿Se lo preguntó usted? Mire, Niss, ha
oído lo que les he dicho a los demás. También eso reza con usted, pero mucho
más. Ellos son simples tripulantes, a usted lo había elegido para jefe de la
tripulación. Lo había elegido. Si va a ocuparse de la tripulación, le hace
falta más cerebro que músculos. De modo que ahora le va a resultar más difícil,
porque tendrá que demostrarme que tiene cerebro en contra de mi opinión de que
no lo tiene.
—Capitán, yo...
—No hable. Óigame. Si se divulga la historia, los otros cuatro
pasarán a ser aprendices, pero usted no será nada. Nunca más volverá a bordo.
No habrá ninguna nave que lo acepte, se lo prometo. Ni como tripulante ni como
pasajero. Pregúntese qué dinero puede usted ganar en Baleymundo, y haciendo...
¿Qué? Eso, si habla de lo ocurrido, si se enfrenta con la mujer espacial de un
modo u otro, incluso si se queda mirándola más de medio segundo seguido o a sus
dos robots. Y tendrá que preocuparse de que nadie de la tripulación se comporte
de modo ofensivo. Será usted el responsable... Y su multa es de dos semanas de
sueldo.
—Pero, capitán —protestó Niss— los otros...
—Esperaba menos de ellos, Niss, así que los multo menos. Salga
de aquí.
21
D.G. jugó, distraído, con el fotocubo que estaba sobre su mesa.
Cada vez que lo daba vuelta se oscurecía, luego se iluminaba al reposar sobre
una de sus caras, como base. Al iluminarse, aparecía la imagen tridimensional y
sonriente de una mujer.
Entre la tripulación corría el rumor de que cada una de las seis
caras hacía aparecer una mujer distinta. El rumor era correcto.
Jamin Oser contemplaba la rápida aparición y desaparición de las
imágenes sin el menor interés. Ahora que la nave estaba segura o tan segura
como podía estarlo contra cualquier tipo de ataque, era hora de pensar en la
siguiente actuación.
Pero D.G. enfocaba el asunto indirectamente, o tal vez no lo
enfocaba de ningún modo.
Dijo:
—Fue, naturalmente, culpa de la mujer.
Oser se encogió de hombros y se pasó la mano por la barba, como
para asegurarse de que él, por lo menos, no era una mujer. Al revés que D.G.,
Oser lucía un enorme bigote, D.G. explicó:
—Por lo visto, el encontrarse en su planeta natal le hizo perder
toda discreción.
Abandonó la nave aunque yo le había pedido que no lo hiciera.
—Debió de habérselo ordenado.
—No hubiera servido de nada. Es una aristócrata mimada,
acostumbrada a hacer su santa voluntad y a mandar a sus robots. Además, yo
pienso utilizarla y quiero su cooperación, no sus mohines. Y también... ¡era la
amiga de mi antepasado!
—Y viva aún —murmuró Oser, sacudiendo la cabeza. —Me pone la
carne de gallina.
Una mujer vieja, vieja, vieja.
—Lo sé, pero parece muy joven. Es atractiva aún. Y decidida. No
quiso retirarse cuando se le acercaron los tripulantes, no quiso estrechar la
mano de uno de ellos...
Bueno, ya se acabó.
—Así y todo, capitán, ¿fue conveniente decirle a Niss que se
había enfrentado con un robot?
—Tuve que hacerlo. Tuve que hacerlo, Oser. Si él hubiera seguido
creyendo que le había dominado y humillado ante cuatro de sus hombres un
espacial afeminado, mucho más pequeño que él, no nos habría servido para nada
nunca jamás. Eso lo hubiera deshecho para siempre. Y no queremos que ocurra
nada que inicie el rumor de que los espaciales, los espaciales humanos, son
superhombres. Por ello tuve que ordenarles tan insistentemente que no hablaran
del incidente. Niss se ocupará de ellos... Y si llegara a saberse, también se
sabrá que el espacial era un robot. Hay que creer que hay un lado bueno en todo
este asunto.
—¿Dónde, capitán? —preguntó Osear.
—Me hizo pensar en los robots. ¿Qué sabemos de ellos? ¿Qué sabes
tú?
Oser se encogió de hombros.
—Eso es algo en lo que no suelo pensar, capitán.
—O algo en lo que alguien piensa sin cesar. Por lo menos algún
colono. Sabemos que los espaciales tienen robots, que confían en ellos, que no
van a ninguna parte sin ellos, que no pueden hacer nada sin ellos, que son
parásitos de ellos y tenemos la seguridad de que van hacia la decadencia por su
culpa. Sabemos que la Tierra, en otros tiempos, tuvo también robots, obligada
por los espaciales, y que van desapareciendo gradualmente de la Tierra y no se
les encuentra ya en sus ciudades, solamente en el campo. Sabemos que los mundos
colonizados no los tienen y no quieren tenerlos en ninguna parte... ni en la
ciudad ni en el campo. Así que los colonos no se los encuentran nunca en sus
propios mundos y apenas en la Tierra (su voz tenía una curiosa inflexión cada vez
que decía "Tierra", como si uno oyera la mayúscula y, tras ella,
musitadas, las palabras “hogar” y "madre"). ¿Y qué más sabemos?
—Que exigen las tres leyes de la Robótica —dijo Oser.
—Cierto. —D.G. apartó a un lado el fotocubo y se inclinó hacia
delante. — Especialmente la primera ley: “Un robot no puede lastimar a un ser
humano ni, por no intervenir, permitir que el ser humano sea lesionado".
Sí. Pues bien, no confíes en ella. No significa nada. Todos nos
sentimos completamente a salvo de los robots, y es estupendo si eso nos
proporciona confianza, pero no lo es si lo que nos proporciona es una falsa
confianza. R. Daneel lastimó a Niss y se quedó tan tranquilo, pese a la primera
ley.
—Estaba defendiendo a...
—Exactamente. ¿Y si sopesamos los daños? ¿Y si fue un caso de o
lastimar a Niss o permitir que su ama espacial fuera lastimada? Naturalmente,
ella pasaba primero.
—Es de sentido común.
—Por supuesto. Y aquí estamos en un planeta de robots, algo así
como un centenar de millones de robots. ¿Qué órdenes han recibido? ¿Cómo
calibran el conflicto entre distintos daños? ¿Cómo podemos estar seguros de que
ninguno de ellos nos tocará?
Algo, en este planeta, ha destruido ya dos naves.
Oser comentó, inquieto:
—Este Daneel es un robot fuera de lo corriente, parece más un
hombre que nosotros.
Tal vez no debamos generalizar por su causa. El otro robot,
¿cuál es su nombre...?
—Giskard. Es fácil de recordar. Mi nombre es Daneel Giskard.
—Yo pienso en ti como capitán, capitán. En todo caso, R. Giskard
se limitó a no intervenir. Parece un robot y actúa como tal. Hay un montón de
robots ahí, en Solaria, vigilándonos ahora mismo y sin hacer nada.
Sólo vigilándonos.
—¿Y si existen unos robots especiales que sí pueden lesionarnos?
—Creo que estamos preparados contra ellos.
—Ahora lo estamos. Por eso el incidente entre Daneel y Niss ha
sido una buena lección. Estamos convencidos de que solamente lo pasaríamos mal
si algunos de los solarios siguieran en su planeta. No tienen por qué estar.
Pueden haberse ido. Puede ser que los robots o por lo menos algunos
especialmente diseñados sean peligrosos. Y si Gladia puede movilizar sus robots
en este lugar, y hacer que la defiendan a ella y a nosotros también, estamos en
condiciones de neutralizar cualquier cosa que hayan dejado activada.
—¿Puede hacerlo? —preguntó Oser.
—Lo veremos —dijo D.G.
22
—Gracias, Daneel —dijo Gladia. —Te portaste bien.— Pero su
rostro parecía todavía crispado. Sus labios estaban apretados y exangües y las
mejillas pálidas. Luego, en voz más baja, añadió: —Ojalá no hubiera venido.
—Es un deseo inútil Gladia —declaró Giskard—. Mi amigo Daniel y
yo permaneceremos fuera de tu camarote para estar seguros de que no volverás a
ser molestada.
El corredor estaba vacío y siguió estándolo, pero Daneel y
Giskard siguieron hablando según su sistema de ondas por debajo de la captación
humana, intercambiando ideas a su modo breve y condensado. Dijo Giskard:
—Gladia tomó una mala decisión al no retirarse. Está muy claro.
—Supongo, amigo Giskard, que no había posibilidad de hacer
cambiar su decisión.
—Era demasiado firme, amigo Daneel, y tomada con demasiada
rapidez. Lo mismo ocurría con la decisión de Niss, el colono. Tanto su
curiosidad sobre Gladia, como su desprecio y animosidad hacia ti, fueron
demasiado fuertes como para intervenir sin causarle grave daño cerebral. A los
otros cuatro sí pude manejarles. Fue perfectamente posible evitar que
intervinieran. Su asombro ante tu habilidad para detener a Niss los dejo
helados y sólo tuve que reforzar muy ligeramente su estado.
—Fue una suerte, amigo Giskard. De haberse unido los cuatro al
señor Niss, me hubiera tenido que enfrentar con la difícil decisión de obligar
a Gladia a una humillante retirada o lesionar gravemente a uno o dos de los
colonos, para asustar a los demás.
Creo que hubiera tenido que elegir la primera alternativa, pero
ésa también me habría causado un gran pesar.
—Pero, ¿estás bien, amigo Daneel?
—Muy bien. La lesión al señor Niss fue mínima.
—Físicamente, amigo Daneel. No obstante, en su mente experimentó
una gran humillación, que para él resultó mucho peor que el daño físico. Como
yo lo sentía, no hubiera podido hacer lo que tú hiciste tan fácilmente. Sin
embargo, amigo Daneel...
—Sí, amigo Giskard...
—Me preocupa el futuro. En Aurora, a lo largo de todas las
décadas de mi existencia, he podido trabajar sin prisas, esperar oportunidades
para actuar ligeramente sobre las mentes sin dañarlas; reforzar lo que ya
estaba allí, debilitar lo que ya estaba atenuado, empujar suavemente en la
dirección del impulso ya existente. Pero, ahora, hemos llegado a un momento de
crisis en que las emociones serán intensas, habrá que tomar decisiones
rápidamente, y los acontecimientos nos desbordarán. Si tengo que hacer algo
provechoso, tendré que actuar también a toda velocidad, y las tres leyes de la
Robótica me lo prohíben. Sopesar las sutilezas comparativamente sobre los daños
físicos y mentales, lleva tiempo. Si hubiera estado a solas con Gladia en el
momento en que se acercaron los colonos, no sé qué camino hubiera podido seguir
que no hubiera llevado consigo graves daños a Gladia, a dos o más de los
colonos, y a mí mismo... o posiblemente a todos los que estaban involucrados.
—¿Qué podemos hacer, amigo Giskard?
—Puesto que es totalmente imposible modificar las tres leyes,
amigo Daneel, tenemos que volver a la conclusión de que no podemos hacer nada
sino esperar el fracaso.
CAPATAZ
23
Era de mañana en Solaria, de mañana en la finca..., su finca. A
distancia se veía la vivienda que podía haber sido su vivienda. Veinte décadas
habían desaparecido de algún modo y Aurora parecía ser un sueño lejano que
nunca había existido.
Se volvió a D.G. que estaba apretándose el cinturón que sujetaba
su fina prenda exterior, un cinturón del que pendían dos armas. Sobre su cadera
izquierda colgaba el látigo neurónico; sobre la derecha, un arma más corta y
más abultada que supuso sería un desintegrador.
—¿Vamos a la vivienda? —preguntó Gladia.
—A acercarnos —respondió D.G. algo distraído. Iba inspeccionando
por tumo cada una de las armas acercándoselas al oído como si tratara de
escuchar un apagado zumbido que le indicara que estaban vivas.
—¿Los cuatro solos? —Maquinalmente miró a cada uno de los otros:
D.G. Daneel...
—Daneel, ¿dónde está Giskard?
—Le pareció que sería prudente actuar como avanzada. Como robot,
puede pasar inadvertido entre los otros robots... y si descubre algo anómalo,
nos advertirá. En todo caso, es menos necesario que usted o que el capitán.
—Buena precisión robótica —comentó D.G., sombrío. —Menos mal.
Venga, vamos hacia allá.
—¿Los tres solos? —dijo Gladia, temerosa. —Sinceramente, me
falta la capacidad robótica de Giskard de aceptar si es o no necesario.
—Es difícil decir si somos necesarios o superfluos, señora
Gladia. Dos naves fueron destruidas, todos los miembros de las naves perdieron
la vida. Aquí la seguridad no está en la cantidad.
—Con eso no me hace sentir mejor, D.G.
—Intentaré explicárselo. Las primeras naves no estaban
preparadas. Nuestra nave, sí.
Y yo también. —Se golpeó ambas caderas. —Y usted tiene un robot
que ha demostrado ser un excelente y eficaz protector. Y lo que es más, usted
es nuestra mejor arma. Sabe como ordenar a los robots que hagan lo que quiere
que hagan, y eso puede ser crucial.
Es la única entre nosotros capaz de hacerlo; las primeras naves
no traían a nadie como usted.
Vamos, pues...
Empezaron a caminar; poco después Gladia dijo:
—No caminamos hacia la casa.
—No, todavía no. Primero nos dirigiremos hacia ese grupo de
robots. Supongo que los está viendo.
—Sí, los veo, pero no hacen nada.
—En efecto. Cuando desembarcamos había muchos más robots
presentes. La mayoría se han ido, pero éstos se han quedado, ¿Por qué?
—Si se lo preguntamos, nos lo dirán.
—Usted se lo preguntará, señora Gladia.
—Le contestarán a usted, D.G., tan fácilmente como a mí. Somos
ambos humanos.
D.G. se paró en seco, y lo mismo hicieron los otros dos. Se
volvió a Gladia y le preguntó, sonriendo:
—Mi querida señora Gladia, ¿ambos humanos? ¿Una espacial y un
colono? ¿Qué le ocurre?
—Para un robot ambos somos igualmente humanos —respondió
tajante—. Y, por favor, déjese de juegos. Yo no jugué a espacial y terrícola
con su antepasado.
La sonrisa de D.G. desapareció.
—Es cierto. Perdóneme, señora. Intentaré dominar mi sentido
sarcástico porque, después de todo, en este mundo somos aliados.
Un momento después, añadió:
—Ahora, señora, lo que deseo que haga es descubrir las órdenes
que han recibido los robots. —., si es que las han recibido; si hay algún robot
que, por casualidad, pueda conocerla; si hay seres humanos en la propiedad o en
el planeta, u otra cosa que se les ocurra preguntar. No deberían representar un
peligro; son robots y nosotros somos humanos; no pueden lastimarla. Claro —
bservó, recordando—, su Daneel dejó a Niss magullado, pero fue en unas
condiciones que aquí no existen. Y Daneel puede ir con usted.
Daneel declaró respetuosamente:
—En cualquier caso, yo acompañaría a la señora Gladia, capitán.
Es mi función.
—También la de Giskard, presumo —cortó D.G., —y, sin embargo, se
ha ido.
—Con un propósito, capitán, que ha discutido conmigo y que hemos
creído esencial para la protección de la señora Gladia.
—Está bien. Ahora, avancen, yo les cubriré a los dos. —Empuñó el
arma de su cadera derecha. —Si les grito "Al suelo" échense
inmediatamente.
Esta cosa no sabe distinguir.
—Por favor, no la use más que como último recurso, D.G. —rogó
Gladia. —No habrá ocasión contra los robots... Vamos, Daneel.
Y echó a andar, decidida y rápida, hacia un grupo de una docena
de robots, quietos ante una línea de matas bajas, con el sol de la mañana
reflejándose aquí y allá sobre sus bruñidos exteriores.
24
Los robots no retrocedieron ni avanzaron. Permanecieron
tranquilamente en sus puestos. Gladia los contó. Once visibles. Podía haber
otros, pero ocultos.
Estaban diseñados al estilo solariano. Muy bruñidos. Muy
relucientes. Ninguna apariencia de ropa y muy poco realismo. Eran casi como
abstracciones matemáticas del cuerpo humano, ninguno del todo parecido al otro.
Tuvo la impresión de que no eran ni tan flexibles, ni tan
complejos como los robots auroranos, pero parecían más decididamente adaptados
a tareas específicas.
Se detuvo a unos cuatro metros de la línea de robots, y Daneel
(lo notó) se paró tan pronto como lo hizo ella. Se quedó a un metro de
distancia, a su espalda. Estaba lo suficientemente cerca como para poder
intervenir al instante en caso de necesidad, pero lo bastante alejado como para
que quedara claro que era ella el verdadero portavoz de la pareja.
Tenía la seguridad de que los robots que estaban delante
consideraban a Daneel como a un humano, pero también sabía que Daneel era
demasiado consciente de su calidad de robot como para confiarse en la falsa
interpretación de los otros robots.
—¿Quién de ustedes hablará conmigo? —preguntó Gladia.
Siguió un breve silencio, como si se celebrara una conferencia
sin palabras. Luego, un robot dio un paso adelante:
—Señora, yo hablaré.
—¿Tienes nombre?
—No, señora. Sólo tengo un número de serie.
—¿Cuánto tiempo llevas operando?
—He sido operativo veintinueve años, señora.
—¿Alguien en este grupo es más antiguo que tú?
—No, señora. Por eso soy yo, antes que otro, el que les habla.
—¿Cuántos robots están empleados en esta propiedad?
—Desconozco la cifra, señora.
—Más o menos.
—Quizá diez mil, señora.
—¿Hay algunos que lleven operando más de veinte décadas?
—Hay alguno entre los robots agrícolas, señora. Los amos
prefieren robots de modelo reciente.
Gladia asintió y, volviéndose a Daneel, comentó:
—Es de sentido común. En mis tiempos ocurría lo mismo.
Se volvió de nuevo al robot y le preguntó:
—¿A quién pertenece esta propiedad?
—Es la propiedad de Zoberlon, señora.
—¿Cuánto tiempo hace que pertenece a la familia Zoberlon?
—Desde mucho tiempo antes de que yo empezara a operar. No sé bien
desde cuándo, pero la información puede conseguirse.
—¿A quién perteneció antes de tomar posesión los Zoberlon?
—No lo sé, señora, pero puede conseguirse la información.
—¿Has oído hablar alguna vez de la familia Delmarre?
—No, señora.
Gladia se volvió a Daneel y dijo algo, decepcionada:
—Intento dirigir al robot poco a poco, como hubiera podido
hacerlo Elijah, pero creo que no sé hacerlo como es debido.
—Por el contrario, señora Gladia —respondió gravemente Daneel—,
me parece que ha conseguido mucho. No es probable que algún robot de esta
propiedad, salvo quizás alguno de los agrícolas, pueda acordarse de usted. En
su época, ¿estuvo alguna vez con los agricultores?
Gladia sacudió la cabeza:
—¡Nunca! No recuerdo haber visto a ninguno, siquiera a
distancia.
—Está claro, pues, que en la finca no la conocen.
—Exactamente. Y el pobre D.G. nos ha traído para nada. Si
esperaba algo que yo pudiera conseguir, ha fracasado.
—Saber la verdad es siempre útil, señora. No ser conocido, en
este caso, es menos útil que serio, pero no saber si uno es conocido o no,
todavía será menos útil. ¿No hay otros puntos en los que conseguir información?
—Sí, veamos. —Por unos segundos se dedicó a pensar, luego dijo
en voz baja: — es curioso. Cuando hablo con los robots, lo hago con un
pronunciado acento solario. Pero contigo no hablo así.
—No es de extrañar, señora Gladia. Los robots hablan con ese
acento porque son solarianos. Esto la devuelve a los años de juventud y les
habla maquinalmente, como hablaba entonces. Pero vuelve a ser la misma cuando
se vuelve hacia mí, porque yo formo parte de su mundo actual.
Una sonrisa lenta iluminó el rostro de Gladia y dijo:
—Cada vez razonas más como un ser humano, Daneel.
Se volvió a los robots y se dio cuenta de la gran paz que la
rodeaba. El cielo era de un azul casi limpio, excepto por una fina línea de
nubes al oeste del horizonte (que indicaba que la tarde podía malograrse). Se
oía el rumor de las hojas movidas por la brisa, el zumbido de los insectos, la
llamada solitaria de un pájaro. Pero nada que sonara a seres humanos.
Podía haber multitud de robots alrededor, pero trabajaban
silenciosamente. No se oía el ruido exuberante de los seres humanos, al que se
había ido acostumbrando (dolorosamente al principio) en Aurora.
Pero ahora, de vuelta en Solaria, encontró la paz maravillosa.
Todo no había sido malo en Solaria. Tenía que admitirlo. Con voz ligeramente
autoritaria dijo rápidamente al robot:
—¿Dónde están sus amos?
Sin embargo, era inútil apresurar o alarmar a un robot o tomarlo
desprevenido. Le contestó sin el menor asomo de agitación.
—Se han ido, señora.
—¿A dónde han ido?
—No lo sé, señora. No se me dijo.
—¿Quién de ustedes lo sabe?
Silencio. Gladia aprovechó para insistir:
—¿Hay algún robot en la propiedad que pueda saberlo?
—No sé de ninguno, señora.
—¿Se llevaron robots al marcharse?
—Sí, señora.
—Pero a ti no te llevaron. ¿Por qué los dejaron?
—Para que hiciéramos nuestro trabajo, señora.
—Pero están aquí, sin hacer nada. ¿Es esto trabajar?
—Guardamos la finca de los intrusos, señora.
—¿Como nosotros?
—Sí, señora.
—Pero nosotros ya estamos aquí, y siguen sin hacer nada. ¿Por
qué?
—Observamos, señora. No tenemos órdenes aún.
—¿Han informado de sus observaciones?
—Sí, señora.
—¿A quién?
—Al capataz, señora.
—¿Dónde está el capataz?
—En la mansión, señora.
—¡Ah! —Gladia dio media vuelta y anduvo de prisa hacia D.G.,
seguida por Daneel.
—¿Y bien? —inquirió D.G. con las armas aún preparadas, pero las
devolvió a las fundas al verlos acercarse.
—Nada —respondió Gladia—. Ningún robot me conoce. Ningún robot
está enterado de adonde han ido los solarios. Pero informan que hay un capataz.
—¿Un capataz?
—En Aurora y en los otros mundos espaciales, el capataz de una
gran propiedad con muchos robots suele ser un humano cuya profesión consiste en
organizar y dirigir grupos de robots trabajadores en los campos, minas y
plantas industriales.
—Entonces, han dejado a solarios.
Gladia sacudió la cabeza.
—Solaria es una excepción. La proporción de robots y humanos ha
sido siempre tan alta que no se acostumbraba a asignar a un hombre o mujer para
controlarlos. Este trabajo lo ha hecho siempre otro robot, uno especialmente
programado para ello.
—Entonces, en la mansión hay un robot —indicó D.G. con la cabeza
que es más avanzado que éstos y que podría ser provechosamente interrogado.
—Quizá, pero no estoy segura de que sea prudente intentar entrar
en la mansión.
D.G. comentó sarcástico:
—Será solamente otro robot.
—La mansión puede estar cosida de trampas.
—Y este campo puede estarlo también.
—Sería mejor enviar a uno de los robots a la mansión —aconsejó
Gladia— a que dijera al capataz que unos humanos desean hablarle.
—No va a ser necesario —dijo D.G.. —Ya se ha hecho. El capataz
ha salido y no es un robot ni un hombre. Lo que estoy viendo es una mujer.
Gladia lo miró sorprendida. Avanzando rápidamente hacia ellos
venía una mujer alta, bien formada y sumamente atractiva. Incluso a distancia
no cabía la menor duda respecto de su sexo.
25
D.G. sonrió. Pareció erguirse, echar los hombros hacia atrás y
llevarse una mano a la barba como para asegurarse de que estaba peinada y
suave.
Gladia le miró, disgustada, y le dijo:
—Esta mujer no es solariana.
—¿Cómo puede saberlo? —preguntó D.G.
—Ninguna Solaria permitiría que otros seres humanos la miraran
tan libremente.
Mirarla, no verla.
—Conozco la diferencia, señora. Sin embargo, usted me permitió
que la mirara.
—He vivido más de veinte décadas en Aurora. Así y todo, queda lo
bastante de Solaria en mí como para no dejar que los demás me miren así.
—Tiene mucho que enseñar, señora. Diría que es más alta que yo y
bella como una puesta de sol.
La capataza se había detenido a unos veinte metros. Los robots
se apartaron a un lado para que ninguno de ellos se encontrara entre la mujer,
por una parte, y los tres de la nave por otra.
—Las costumbres pueden variar en veinte décadas —observó D.G.
—No en algo tan básico como la repugnancia de los solarianos al
contacto físico — respondió Gladia tajante—. Ni en doscientas décadas. Sin
darse cuenta había vuelto a caer en el acento solario.
—Creo que desestima la plasticidad social. Pero, bueno,
solariana o no, supongo que es una espacial... Si hay otras espaciales como
ella, estoy dispuesto a la coexistencia pacífica.
La expresión de censura de Gladia se acentuó:
—¿Qué, se propone seguir mirándola así una hora o dos más? ¿Nó
quiere que interrogue a la mujer?
D.G. se sobresaltó y se volvió a mirar a Gladia, obviamente
fastidiado.
—Usted encárguese de interrogar a los robots, como hasta ahora.
Yo interrogo a los humanos.
—Especialmente a las hembras, supongo.
—No me gusta presumir, pero...
—Sobre este tema no he conocido nunca a un hombre que no
presuma.
Daneel interrumpió:
—No creo que la mujer espere más. Si quiere conservar la
iniciativa, capitán, acérquesele ahora. Yo le seguiré, como hago con Gladia.
—No creo necesitar protección —dijo D.G. bruscamente.
—Es usted un ser humano y yo no debo permitir que por inacción
mía le ocurra algo.
D.G. se adelantó, de prisa, seguido por Daneel. Gladia, que no
estaba dispuesta a quedarse atrás, sola, les siguió despacio.
La capataza observaba tranquila. Llevaba una suave túnica blanca
que le llegaba a medio muslo que se sujetaba a la cintura. Tenía un escote
profundo y tentador y sus pezones eran claramente visibles a través de fino
tejido de la túnica. Nada indicaba que llevara otras prendas más que ésta y un
par de zapatos.
Cuando D.G. se detuvo, les separaba un espacio de un metro. Su
cutis, pudo verlo, era perfecto; tenía los pómulos salientes, los ojos grandes
y separados, ligeramente oblicuos, su expresión serena.
—Señora —dijo D.G. hablando con el acento más parecido al
aurorano patricio que pudo conseguir; —¿tengo el placer de hablar con la
capataza de esta propiedad?
La mujer le escuchó un momento y luego dijo con un acento tan
fuertemente solario que parecía casi cómico saliendo de una boca tan perfecta:
—Usted no es un ser humano.
Y entró en acción tan rápidamente que Gladia, todavía a unos
metros de distancia, no pudo darse cuenta de lo que había ocurrido. Vio
solamente un movimiento y a D.G. caído boca arriba, inmóvil, y a la mujer junto
a él con sus dos armas en las manos.
26
Lo que dejó a Gladia estupefacta en aquel instante de
desconcierto, fue ver que Daneel no se había movido ni para prevenir, ni para
atacar.
Pero tan pronto como le vino la idea la desechó, porque Daniel
ya la había tomado por la muñeca izquierda y se la retorcía diciendo: “Suelte
las armas al instante" y lo decía en un tono de voz tan perentorio como no
se le había oído nunca. Era inconcebible que se dirigiera así a un ser humano.
La mujer le contestó en si mismo tono aunque su registro era más
fino: "No es un ser humano." Alzó la mano derecha y disparó el arma
que sostenía. Por un momento, un resplandor iluminó el cuerpo de Daneel.
Gladia, incapaz de hablar, dado su estado emocional, sintió que se le nublaba
la vista. En su vida había perdido el conocimiento, pero esto parecía ser el
preludio.
Daneel no se desintegró, ni se oyó ninguna explosión. Gladia
comprendió que le habría sujetado la muñeca que empuñaba el desintegrador. La
otra mano sostenía el látigo neurónico y fue éste el que descargó a boca de
jarro contra Daneel. De haber sido humano, la tremenda estimulación de sus
nervios sensoriales podía haberlo matado o dejado permanentemente inútil. Pero
era humano solamente en apariencia y su equivalente del sistema nervioso no
reaccionaba al látigo. Daneel ahora le tomó el otro brazo y se lo levantó.
Volvió a ordenar:
—Suelta esas armas o te arranco los brazos.
—¿De verdad? —rezongó la mujer. Sus brazos se contrajeron y en
un segundo, Daneel se encontró levantado del suelo. Sus piernas se balancearon
como un péndulo, hacia atrás y hacia adelante, colgado de los brazos. Con el
pie golpeó con fuerza a la mujer y ambos cayeron al suelo pesadamente.
Gladia, sin llegar a decirlo, se dio cuenta de que la mujer,
aunque parecía tan humana como Daneel, no era tampoco humana. Una ráfaga de ira
inundó a Gladia, que se sintió de pronto solidaria hasta la médula..., ira
porque un robot se atreviera a emplear la fuerza contra un humano. De acuerdo
que pudo haber reconocido a Daneel por lo que era, pero, ¿cómo se atrevía a
golpear a D.G.?
—¿Cómo te atreves? —le gritó en solario tan fuerte que hasta
molestó a su propio oído... pero, ¿cómo si no, hablarle a un robot solario?
—¿Cómo te atreves, muchacha? ¡Deja toda resistencia
inmediatamente!
Los músculos de la mujer parecieron relajarse total y
simultáneamente, como si una corriente eléctrica hubiera cesado bruscamente.
Sus bellos ojos miraron a Gladia sin la suficiente humanidad como para parecer
asombrados. Dijo con voz confusa, vacilante:
—Lo siento, señora.
Daneel se levantó y contempló atentamente a la mujer que seguía
en el suelo sobre la hierba. D.G., conteniendo un gemido, luchaba por
levantarse. Daneel se inclinó para recoger las armas, pero Gladia lo alejó,
furiosa:
—Entrégame esas armas, muchacha.
La mujer respondió:
—Sí, señora.
Gladia las tomó, eligió rápidamente el desintegrador y se lo
entregó a Daneel.
—Destruyela cuando te parezca mejor, Daneel. Es una orden.
Pasó el látigo neurónico a D.G. y le dijo:
—Esto es inútil aquí, excepto contra mí y contra usted. ¿Se
encuentra bien?
—No, no estoy nada bien —masculló D.G., frotándose una cadera.
—¿Quiere decir que es un robot?
—¿Acaso una mujer le hubiera derribado así?
—Hasta ahora ninguna. Dije que podía haber robots especiales en
Solaria, programados para resultar peligrosos.
—Naturalmente —le espetó Gladia—, pero cuando vio algo que se
parecía a su idea de una mujer hermosa, se le olvidó.
—Sí, es fácil adivinar las cosas después de que han pasado.
Gladia se volvió otra vez al robot:
—¿Cuál es tu nombre, muchacha?
—Me llaman Landaree, señora.
—Levántate, Landaree.
Landaree se levantó, como lo había hecho Daneel..., como si se
alzara sobre muelles.
Su lucha con Daneel parecía no haberla lastimado.
Gladia preguntó:
—¿Por qué, en contra de la primera ley, has atacado a estos
seres humanos?
—Señora —insistió Landaree con firmeza—, no son seres humanos.
—¿Y dices que yo tampoco soy un ser humano?
—No, señora, usted es un ser humano.
—Entonces, como ser humano, te digo que estos dos hombres son
humanos... ¿Me oyes?
—Señora —dijo Landaree con más dulzura, —éstos no son humanos.
—En verdad son seres humanos. Te lo digo yo. Tienes prohibido
atacarles o lastimarles.
Landaree guardó silencio.
—¿Comprendes lo que te he dicho? —La voz de Gladia se hizo mucho
más solariana, al darle mayor intensidad.
—Señora —Landaree repitió, —éstos no son humanos.
Daneel dijo a Gladia a media voz:
—Señora, le han dado órdenes de tal tipo y firmeza que no podrá
fácilmente contrarrestarlas.
—Lo veremos —declaró Gladia, respirando con agitación:
Landaree miró a su alrededor. Durante los minutos del conflicto,
el grupo de robots se había aproximado más a Gladia y a sus dos compañeros. Al
fondo había dos robots que, según Gladia, no pertenecían al grupo original y
arrastraban con cierta dificultad un aparato grande y macizo.
Landaree les hizo una señal y se acercaron algo más de prisa.
Gladia exclamó:
—Robots, ¡parad!
Se detuvieron. Landaree anunció:
—Señora, estoy cumpliendo con mi deber. Sigo mis instrucciones.
—Daneel, ¡desintégrala! —ordenó Gladia.
Luego Gladia pudo razonar lo que había ocurrido. La reacción de
Daneel fue más rápida que la de un humano, y sabía que se enfrentaba a un robot
contra el que no rezaban las tres leyes. Sin embargo, parecía tan humana que
incluso el conocimiento preciso de que se trataba de un robot no dominó del
todo su inhibición. Siguió la orden más despacio de lo que hubiera debido.
Landaree, cuya definición de "ser humano" no era la misma que la de
Daneel, no se sintió inhibida por su presencia y atacó con más rapidez. Volvió
a apoderarse del desintegrador y de nuevo lucharon los dos.
D.G. agarró su látigo neurónico y se sumó, corriendo, a la
pelea. Con la culata del arma golpeó con fuerza la cabeza del robot aunque sin
el menor efecto, y ella de un patada lo envió al suelo, de espaldas.
Gladia gritó con las manos alzadas:
—¡Basta, robot!
Landaree respondió con potente voz de contralto:
—Todos vengan. Los dos aparentes varones no son humanos.
Destruidles sin lastimar a la hembra.
Si Daneel podía sentirse cohibido por una apariencia humana, lo
mismo les ocurría y con mayor intensidad a los sencillos robots solarios, que
se fueron acercando despacio y a intervalos.
—¡Parad! —chilló Gladia. Los robots pararon, pero la orden no
hizo el menor efecto en Landaree.
Daneel seguía agarrado al desintegrador, pero se estaba doblando
hacia atrás forzado por la aparente superior fortaleza de Landaree.
Gladia, desesperada, miró a su alrededor con la esperanza de
encontrar algo que le sirviera de arma. D.G. intentaba manipular su transmisor:
Abrumado, gruñó:
—Está estropeado. Creo que caí encima de él.
—¿Qué vamos a hacer?
—Tratar de regresar a la nave. De prisa.
—Corra, entonces —dijo Gladia. —Yo no puedo abandonar a Daneel.
—Se enfrentó con los robots dispuestos al ataque y les gritó,
salvaje—: Landaree, ¡basta! Landaree ¡basta!
—No puedo parar, señora. Mis instrucciones son precisas.
Landaree, después de doblegar los dedos de Daneel, volvía a empuñar el
desintegrador. Gladia se colocó delante de su robot:
—No lastimes a este ser humano.
—Señora —insistió Landaree, con el arma apuntando a Gladia, sin
la menor vacilación, —está colocada delante de algo que parece humano pero que
no lo es. Mis instrucciones son destruirlos cuando los vea —y, alzando la voz,
ordenó—: Vosotros dos... ¡a la nave!
Los dos robots reanudaron su avance, llevando el pesado
armatoste.
—Robots, ¡parad! —volvió a chillar Gladia, y el avance se
detuvo. Los robots se estremecieron, como si se esforzaran para seguir
avanzando, pero imposibilitados de hacerlo. Gladia prosiguió.
—No puedes destruir a mi amigo Daneel sin destruirme a mí... y
tú misma admites que yo soy humana y, por tanto, no debo ser lastimada.
—Señora —dijo Daneel en voz baja—, no atraiga daños sobre usted
con su esfuerzo por protegerme.
—Todo es inútil, señora —declaró Landaree—. Puedo apartarla
fácilmente de su actual posición y destruir al no humano que está detrás de
usted. Como al hacerlo puedo lastimarla, le ruego, con todo respeto, que se
aparte voluntariamente de su actual posición.
—Debe hacerlo, señora —suplicó Daneel.
—No, Daneel. No me moveré de aquí. En el tiempo que ella emplee
para sacarme, tú echa a correr.
—No puedo correr más de prisa que el rayo desintegrador... Y si
trato de correr disparará a través de usted, antes que dejar de hacerlo. Sus
instrucciones son probablemente inflexibles. Lamento que todo esto pueda
causarle dolor.
Daneel tomó a Gladia que se debatía y la alzó ligeramente a un
lado.
Los dedos de Landaree apretaron el contacto, pero jamás llegaron
a completar la presión. Permaneció inmóvil.
Gladia, que se había tambaleado hasta quedar en una posición
sentada, se levantó.
Prudentemente D.G., que no se había movido de su sitio durante
los últimos intercambios verbales, se acercó a Landaree. Daneel le quitó
tranquilamente el desintegrador, sin que ella se resistiera.
—Creo —dijo Daneel— que este robot está definitivamente
desactivado.
La empujó suavemente y cayó de golpe, con sus miembros, torso y
cabeza en la misma postura que tenía cuando estaba de pie. Su brazo seguía
doblado, su mano sostenía un arma invisible y su dedo se apoyaba en un contacto
inexistente.
A través de los árboles, a un lado de la extensión de césped
donde se había desarrollado el drama, se acercaba Giskard, sin que su cara
robótica demostrara la menor curiosidad, aunque sí sus palabras.
—¿Qué ha ocurrido en mi ausencia? —preguntó.
27
El regreso a la nave fue expectante. Ahora que el frenesí y el
miedo habían terminado, Gladia se sentía acalorada y furiosa y D.G. cojeaba
dolorosamente. Avanzaban despacio, en parte por la cojera y en parte porque los
dos robots solarios seguían llevando su pesado aparato, arrastrándose bajo su
peso. D.G. los miró por encima del hombro.
—Ahora que la capataza está desactivada, obedecen mis órdenes.
Gladia dijo entre dientes:
—¿Por qué no se decidió a correr y venir a pedir ayuda? ¿Por qué
se quedó allí mirando sin hacer nada?
—Pues —respondió D.G. intentando simular una indiferencia que le
hubiera resultado fácil de haberse encontrado mejor— negándose usted a
abandonar a Daneel, dudé en hacer de cobarde por comparación.
—¡Loco! Yo estaba segura. Jamás me hubiera hecho daño alguno.
—Señora —intervino Daneel—, me disgusta tener que contradecirla,
pero creo que lo hubiera hecho, a medida que su impulso de destruirme iba en
aumento.
—Y qué listo tú empujándome a un lado. ¿Querías ser destruido?
—Le echó en cara Gladia, descompuesta.
—Sí, antes que verla a usted lastimada, señora. Mi falla en
detener al robot por causa de las inhibiciones producidas por su apariencia
humana demostró mi poco satisfactorio límite de utilidad para usted.
—Así y todo —insistió Gladia— por el hecho de ser humana habría
dudado en dispararme por un perceptible período de tiempo, y entretanto podías
haberte apoderado del desintegrador.
—Yo no podía apostar su vida, señora, en algo tan incierto como
su momento de duda.
—Y usted —dijo Gladia sin aparentar haber oído a Daneel y
volviéndoe otra vez a D.G.— no debió haber traído el desintegrador en ningún
caso.
—Señora —protestó D.G., ceñudo—, tenga en cuenta que hemos
estado a punto de morir. A los robots no les importa y yo, en cierto modo, me
he ido acostumbrando al peligro. Pero, para usted, ha sido una desagradable
novedad. Como resultado está haciendo una pataleta infantil: yo la perdono,..,
pero, por favor, escúcheme. No podía saber que me iban a quitar el
desintegrador con tal facilidad. De no llevar el arma, la capataza me habría
causado la muerte con sus manos desnudas, tan rápida y efectivamente, como podía
hacerlo con el desintegrador. Tampoco valía la pena correr, en respuesta a otra
de sus quejas. No podía ir más de prisa que el desintegrador. Ahora continúe,
si todavía necesita dar rienda suelta a su frustración, pero no estoy dispuesto
a seguir razonando con usted.
Gladia miró de D,G. a Daneel y dijo en voz baja:
—Creo que soy razonable. Muy bien, olvidemos lo que podríamos
haber hecho.
Habían llegado a la nave. Miembros de la tripulación salieron a
su encuentro. Gladia observó que estaban armados. D.G. llamó a su segundo:
—Oser, me figuro que ves ese objeto que traen esos dos robots.
—Sí, señor.
—Bien, haz que lo suban a bordo. Haz que se coloque en la cámara
de seguridad y que se guarde allí. La cámara se cerrará y se mantendrá cerrada
con llave. —Se apartó un instante, pero regresó. —Y, Oser, tan pronto lo hayas
hecho, nos prepararemos para despegar.
—Capitán, ¿nos quedaremos también con los robots?
—No, son de diseño demasiado simple para que tengan mucho valor,
y dadas las circunstancias, llevárnoslos podría crear problemas indeseables.
Lo que traen es mucho más valioso que ellos.
Giskard contempló cómo el armatoste era subido despacio y con
cuidado a la nave.
Dijo:
—Capitán, intuyo que esto es un objeto muy peligroso.
—Yo tengo la misma impresión. Sospecho que la nave sería
destruida después de nosotros.
—¿Esto? —preguntó Gladia—. ¿Qué es esto?
—No estoy del todo seguro, pero creo que es un intensificador
nuclear. He visto modelos experimentales en Baleymundo, y éste parece un
hermano mayor.
—¿Qué es un intensificador nuclear?
—Como su nombre lo indica, señora Gladia, es un aparato que
intensifica la fusión nuclear.
—¿Y cómo lo hace?
—Verá, suponga que la nave tiene su suministro de energía, como
lo tiene ahora, por ejemplo. Hay pequeñas cantidades de protones derivados de
nuestra provisión de carburante de hidrógeno ultracalientes que se fusionan
para producir energía. El hidrógeno se calienta constantemente para producir
protones libres que, cuando están suficientemente calientes, se fusionan a su
vez para producir energía. Si la corriente de partículas W del intensificador
nuclear choca con los protones fusionados, éstos se fusionan más rápidamente y
producen más calor. El calor produce más protones y hace que se fusionen más de
prisa de lo que debieran, y su fusión produce aún más calor, lo que intensifica
el círculo vicioso. En una mínima fracción de segundo se fusiona suficiente carburante
para formar una diminuta bomba termonuclear y la nave entera, y todo lo que hay
en ella, se volatiliza.
Gladia pareció asustada.
—¿Por qué no arde todo? ¿Por qué no estalla todo el planeta?
—Supongo que no hay peligro de que esto ocurra, señora. Los
protones tienen que estar ultracalientes y en fusión. Los protones fríos no
están en condiciones de fusionarse aunque la tendencia se intensifique al
máximo del aparato; así y todo, no basta para permitir la fusión. Por lo menos,
esto fue lo que creí entender en una conferencia a la que asistí. Y no afecta a
nada más que al hidrógeno, creo saber. Incluso en el caso de protones
ultracalientes, el calor producido no aumentaría desmedidamente.
La temperatura se enfría con la distancia del alcance del
intensificador, así que solamente puede lograrse una cantidad limitada de
fusión. La suficiente para destruir la nave, por supuesto, pero no se trata de
volar los océanos ricos en hidrógeno, por ejemplo, incluso si parte del océano
estuviera ultracaliente... y, desde luego, no, estando frío.
—Pero, y si la máquina se pusiera en marcha accidentalmente en
la cámara donde está guardada...
—No creo que pueda ponerse en marcha. —D.G. abrió la mano y en
ella descansaba un cubo de dos centímetros de metal pulido. —Por lo poco que sé
de estas cosas, esto es un activador, y el intensificador nuclear no puede
hacer nada sin él.
—¿Está seguro?
—No del todo, pero tendremos que arriesgarnos: debemos llevar el
aparato a Baleymundo. Ahora, subamos a bordo.
Gladia y sus dos robots ascendieron por la pasarela y entraron
en la nave. D.G. los siguió, y habló rápidamente con uno de sus oficiales.
Después, disimulando su evidente cansancio, dijo a Gladia:
—Volver a cargar la nave y prepararnos para el despegue nos
llevará un par de horas.
Cada momento de retraso aumenta el peligro.
—¿Peligro?
—No supondrá que esa horrenda mujer robot es la única de su tipo
que existe en Solaria, ¿verdad? Tampoco supondrá que el intensificador nuclear
que hemos capturado es el único en su clase. Me figuro que llevará tiempo
trasladar hasta aquí a otros robots humanoides y otros intensificadores
nucleares... quizás, un tiempo considerable...
Debemos concederles tan poco como nos sea posible. Y,
entretanto, señora, vayamos a su camarote y tratemos de cierto asunto
necesario.
—¿Cuál es este asunto necesario, capitán?
—Bueno —respondió D.G. indicándoles el camino—, en vista de que
puedo haber sido víctima de una traición, creo que voy a proceder a un consejo
de guerra algo informal.
28
Una vez que se hubo sentado con un quejido audible, D.G. expuso:
—Lo que realmente necesito es una ducha caliente, un masaje, una
buena comida y la oportunidad de dormir, pero todo eso tendrá que esperar a que
despeguemos del planeta.
En su caso también tendrá que esperar, señora. Pero hay cosas
que no deben esperar...
Mi pregunta es: ¿dónde estabas, Giskard, mientras nosotros nos
enfrentábamos con un peligro considerable?
—Capitán, no tuve la impresión de que si solamente habían dejado
robots en el planeta éstos representaran un peligro para nosotros. Además,
Daneel se quedó con ustedes.
—Capitán, acepté que Giskard hiciera un reconocimiento y le
aseguré que yo permanecería con Gladia y con usted.
—Lo decidieron los dos, ¿verdad? ¿Se consultó a alguien más?
—No, capitán —contestó Giskard.
—Si estaban seguros de que los robots eran inofensivos, Giskard,
¿cómo explicas el que dos naves fueran destruidas?
—Me pareció, capitán, que debían de haber quedado seres humanos
en el planeta, pero que harían lo imposible para no ser vistos por usted. Quise
saber dónde estaban y qué hacían. Salí en su busca cubriendo la distancia tan
rápidamente como pude.
Interrogué a todos los robots que encontré.
—¿Descubriste algún ser humano?
—No, capitán.
—¿Examinaste la casa de donde salió la capataza?
—No, capitán, pero tengo la seguridad de que no había seres
humanos en ella, y sigo teniéndola.
—Pero estaba allí la capataza.
—Sí, capitán, pero la capataza era un robot.
—Un robot peligroso.
—Con gran disgusto por mi parte, capitán, no me di cuenta de
ello.
—Sientes disgusto, ¿verdad?
—Es una expresión que he elegido para describir el efecto
causado en mis circuitos positrónicos. Es una burda analogía del término que
los humanos emplean, capitán.
—¿Cómo no te diste cuenta de que un robot podía ser peligroso?
—Según las tres leyes de la Robótica...
Gladia interrumpió:
—Basta, capitán. Giskard sólo sabe lo que está programado para
saber. Ningún robot es peligroso para los seres humanos, a menos que haya una
lucha mortal entre los humanos, entonces el robot debe intentar impedirla. En
semejante lucha, Daneel y Giskard indudablemente nos hubieran defendido,
causando el menor daño posible a los otros.
—¿De veras? —D.G. se apoyó dos dedos sobre el puente de la nariz
y apretó. — Daneel sí nos defendió. Pero luchábamos contra robots, no contra
seres humanos, así que no tenía el menor problema en decidir a quién debía
defender y hasta qué punto. No obstante, demostró fracasar rotundamente dado
que las tres leyes no le impiden atacar a otros robots. Giskard se quedó al
margen, regresando en el preciso instante en que todo había terminado. ¿Es
posible que exista una corriente de simpatía entre los robots? ¿Es posible que
los robots, al defender a los humanos contra los robots, sientan lo que Giskard
llama "disgusto" por tener que hacerlo y así, fracasar o...
ausentarse...
—¡No! —gritó Gladia con fuerza.
—¿No? —repitió D.G.—. Bueno, yo no presumo de experto en
robotica. ¿Lo es usted, señora Gladia?
—En absoluto —dijo Gladia—, pero toda mi vida he vivido con
robots. Lo que insinúa es ridículo. Daneel estaba dispuesto a dar su vida por
mí y Giskard habría hecho lo mismo.
—¿Cualquier robot lo habría hecho así?
—Naturalmente.
—No obstante, la capataza, esa Landaree, estaba decidida a
atacarme y destruirme.
Digamos que misteriosamente había detectado que Daneel, pese a
las apariencias, era tan robot como ella... Pese, repito, a las apariencias, y
que no tuvo ninguna inhibición cuando se trató de dañarlo. Pero, ¿cómo explica
que me atacara siendo yo un ser humano? Vaciló con usted, admitiendo que era
humana, pero no conmigo. ¿Cómo pudo un robot discriminar entre nosotros dos?
Tal vez no era realmente un robot.
—Era un robot —afirmó Gladia—. Claro que lo era. Pero... la
verdad es que no entiendo por qué obró como lo hizo. Jamás, hasta ahora, había
visto tal cosa. Lo único que se me ocurre es que los solarianos, habiendo
aprendido a fabricar robots humanoides, los diseñaron sin la protección de las
tres leyes, aunque juraría que los solarios, de todos los espaciales, habrían
sido los últimos en hacerlo así. Los solarios están tan excedidos en número por
sus propios robots que son totalmente dependiente de ellos, en mucha mayor
proporción que cualquier otro espacial, y por la misma razón les temen más. Por
ello se introdujo ese servilismo e incluso un poco de estupidez a todos los
robots solarios. Las tres leyes eran más fuertes en Solaria que en cualquier
otra parte, nunca más débiles. Sin embargo, no se me ocurre otro modo de
explicar a Landaree más que suponiendo que la primera ley...
—Perdóneme, Gladia, por interrumpirla —dijo Daneel—. ¿Me
autoriza a intentar una explicación del comportamiento de la capataza?
D.G. comentó, mordaz:
—Teníamos que llegar a esto. Sólo un robot puede explicar a otro
robot.
—Señor —insistió Daneel—, a menos que comprendamos a la capataza
no podrán tomarse medidas efectivas en el futuro contra el peligro en Solaria.
Creo que tengo la explicación de su comportamiento.
—Adelante —ordenó D.G.
—La capataza no tomó inmediatamente medidas contra nosotros.
Estuvo vigilándonos un momento, aparentemente indecisa sobre cómo actuar.
Cuando usted, capitán, se acercó y le habló, anunció que usted no era humano y
le atacó al momento. Cuando yo intervine y grité que ella era un robot, anunció
que yo tampoco era humano y también me atacó al momento. Sin embargo, cuando la
señora Gladia se adelantó y le gritó, la capataza reconoció que ella sí era
humana y, por un instante, se dejó dominar.
—Sí, lo recuerdo bien, Daneel, pero, ¿qué significa esto?
—Me parece, capitán, que es posible alterar el comportamiento de
un robot sin tocar las tres leyes con la condición, por ejemplo de alterar la
definición de un ser humano.
Después de todo, un ser humano es solamente lo que se define
como tal.
—¡Ah!, ¿sí? ¿Y qué consideras tú que es un ser humano?
A Daneel no le afectaba la presencia o no de sarcasmo.
Respondió:
—Fui construido con una detallada descripción de la apariencia y
comportamiento de los seres humanos, capitán. Todo cuanto encaja con dicha
descripción es, para mí, un ser humano. Así, usted tiene el aspecto y el
comportamiento de un ser humano, mientras que la capataza tenía el aspecto,
pero no el comportamiento. Para ella, por el contrario, la propiedad clave del
ser humano era la palabra, capitán. El acento solariano es característico. Para
ella algo que pareciera un ser humano, estaba definido solamente si hablaba
como un solariano. Aparentemente, cualquiera que pareciera humano pero que no
hablara con acento solario, tenía que ser inmediatamente destruido, como debía
serlo cualquier nave que transportara a tales seres.
—Puede que estés en lo cierto —observó D.G., pensativo.
—Usted, capitán, tiene el acento de colonizador, tan
característico, a su modo, como el acento solariano, pero ambos son muy
distintos. Tan pronto como le habló, se definió como no-humano para ella, que
lo anunció así y le atacó.
—Y tú hablas con acento aurorano y fuiste igualmente atacado.
—Sí, capitán, pero la señora Gladia habla con auténtico acento
solario, así que fue reconocida como humana.
D.G. reflexionó un momento, y luego dijo:
—Eso es un arreglo muy peligroso, incluso para los que podrían
servirse de él. Si un solariano, por cualquier razón, en cualquier momento, se
dirigiera a un robot de una forma que el robot no considerara auténtico acento
solariano, ese solario sería atacado al instante. Si yo fuera solariano, me
asustaría acercarme a tal robot. El mismo esfuerzo que yo hiciera para hablar
en puro solariano, podría ser mi perdición y mi muerte.
—En efecto, capitán —prosiguió Daniel—, me figuro que ésta es la
razón por la que los fabricantes de robots no limitan, en general, la
definición de un ser humano sino que la dejan tan amplia como les es posible.
No obstante, los solarios han abandonado el planeta. Esto lleva a suponer que
el mejor indicativo de que los solarios se han ido realmente y no están aquí
para toparse con el peligro, es que los robots capataces tengan esa peligrosa
programación. Los solarios están solamente preocupados, en la actualidad,
porque alguien que no sea solario se permita poner el pie en el planeta.
—¿Ni siquiera otros espaciales?
—Creo que sería difícil, capitán, definir a un ser humano, de
modo que se incluyeran la docena o más de los diferentes acentos espaciales y
se excluyeran la diversidad de acentos colonizadores. El basar la definición al
acento solario característico, ya resulta difícilísimo de por sí.
—Eres muy inteligente, Daneel. Yo desapruebo los robots, no en
sí sino por su influencia desestabilizadora sobre la sociedad. Pero, con un
robot como tú a mi lado, como lo estuviste antaño, junto a mi antepasado...
Gladia lo interrumpió:
—Me temo que no, D.G. Daneel no será nunca un regalo, ni será
jamás vendido, ni puede ser fácilmente llevado a la fuerza.
D.G. levantó la mano, sonriendo y negando:
—Solamente soñaba, señora Gladia. Le aseguro que las leyes de
Baleymundo harían impensable la posesión de un robot.
De pronto, dijo Giskard:
—¿Me concede permiso, capitán, para añadir unas palabras?
—¡Ah, el robot que consiguió eludir la acción y regresó cuando
todo había terminado felizmente!
—Lamento que lo ocurrido parezca ser como usted ha expuesto.
¿Me autoriza, de todos modos, capitán, a que añada unas
palabras?
—Bien, hable.
—Al parecer, capitán, su decisión de traer a la señora Gladia en
esta expedición, ha salido muy bien. De no haber estado ella y de haberse
aventurado usted a su misión de explorador con miembros de la tripulación como
acompañantes, habrían sido rápidamente muertos y la nave destruida. Solamente
la capacidad de hablar solario de la señora Gladia y su valor al enfrentarse
con la capataza, cambió el desenlace.
—En absoluto —dijo D.G.—, porque todos habríamos sido
destruidos, incluso Gladia, de no ser por el hecho fortuito de que el robot se
desactivó espontáneamente.
—No fue fortuito, capitán —le contradijo Giskard—, no es normal
que un robot se desactive espontáneamente. Tiene que haber una razón para ello
y se me ocurre una posibilidad. Gladia ordenó parar al robot en diferentes
ocasiones, según me ha dicho mi amigo Daneel, pero las instrucciones que movían
al robot eran más poderosas. No obstante, las órdenes de Gladia sirvieron para
inutilizar la resolución de la capataza, capitán. El hecho de que Gladia era
indudablemente humana incluso para la definición que tenía el robot, y que
actuaba de tal modo que haría necesario tener que lastimarla..., incluso
matarla..., la inutilizó todavía más. Así, en el momento crucial, las dos
fuerzas contrarias, es decir, la destrucción de seres no humanos y tener que
evitar dañar a seres humanos..., llegaron a equilibrarse y el robot se heló,
fue incapaz de hacer nada. Sus circuitos se quemaron.
Gladia frunció las cejas, desconcertada, y empezó:
—Pero... —Pero no continuó.
Giskard prosiguió:
—Creo conveniente que usted informe de lo ocurrido a la
tripulación. En todo caso, servirá para acallar su desconfianza respecto a la
señora Gladia si insiste en lo que su iniciativa y valor ha hecho por cada uno
de la tripulación, es decir, mantenerlos con vida.
También serviría para darles una excelente opinión de usted, de
su previsión al insistir en traerla a bordo, quizá contra la opinión de sus
propios oficiales.
D.G. soltó una enorme carcajada:
—Señora Gladia, ahora comprendo por qué no quiere separarse de
esos robots. No solamente son tan inteligentes como los seres humanos, sino que
son igualmente astutos.
La felicito por tenerlos... Y ahora, si no le importa, debo
apresurar a la tripulación. No quiero permanecer en Solaria ni un momento más
de lo necesario. Le prometo no molestarla más; sé que necesita refrescarse y
descansar tanto como yo.
Después de que se marchó. Gladia permaneció sumida en profundos
pensamientos.
Luego se volvió a Giskard y le dijo en aurorano corriente, una
versión vulgar del galáctico estándar, muy extendido en Aurora y difícil de
comprender para cualquier no aurorano:
—Giskard, ¿qué son esas tonterías de circuitos quemados?
—Señora, lo sugerí solamente como una posibilidad y nada más.
Creí que debía dar todo el énfasis posible a su papel en relación al final de
la capataza.
—Pero, ¿cómo podías pensar que él creería que un robot podía
quemarse tan fácilmente?
—Sabe muy poco de robots, señora. Puede que comercie con ellos,
pero pertenece a un mundo que no los utiliza.
—Pero yo sí sé mucho de ellos, lo mismo que tú. La capataza no
mostró ningún indicio de circuitos desequilibrados; no tartamudeó, ni tembló,
ni su comportamiento mostró ninguna dificultad. Solamente... se paró.
—Señora —dijo Giskard—, como no conocemos las especificaciones
precisas con las que se diseñó la capataza, deberíamos conformarnos con la
ignorancia sobre lo que provocó su desactivación.
Gladia sacudió la cabeza, dubitativa.
—De todos modos... es desconcertante.
Tercera parte – BALEYMUNDO
EL MUNDO DE LOS COLONIZADORES
29
La nave de D.G. volvía a estar en el espacio rodeada de la
eterna inmutabilidad del vacío infinito.
“¡Ya era hora!", pensó Gladia, que había disimulado muy mal
la tensión provocada por la posibilidad de que otra capataza..., con otro
intensificador..., pudiera aparecer de sopetón. El hecho de que la muerte fuera
rápida, una muerte sin sentirla, no la satisfacía del todo. La tensión había
estropeado lo que hubiera podido ser una ducha maravillosa junto con otras
formas de renovación y comodidad.
Tuvo que esperar el verdadero despegue, después de oír el suave
zumbido de los reactores protónicos, para poder disponerse a dormir.
“Qué raro”, pensó a medida que empezaba a perder la conciencia,
“que el espacio le pareciera más seguro que el mundo de su niñez, que
abandonara Solaria,— mucho más feliz esta segunda vez que la primera.” Pero
Solaria ya no era el mundo de su infancia y su juventud. Era un mundo sin
humanidad, guardado solamente por parodias distorsionadas de los humanos,
robots humanoides que eran como una mofa del dulce Daneel y del inteligente
Giskard.
Al fin se durmió... Mientras dormía, Daneel y Giskard pudieron
hablarse otra vez.
—Amigo Giskard, estoy completamente seguro de que fuiste tú
quien destruyó el robot.— —No tenía elección, amigo Daneel. Fue puramente
accidental que llegara a tiempo, porque mis sentidos estaban enteramente
dedicados a la búsqueda de otros seres humanos y no encontraba ninguno. No
hubiera percibido el significado de los acontecimientos, de no ser por la rabia
y desesperación de Gladia. Fue eso lo que capté a distancia y lo que me llevó a
correr hacia la escena con el tiempo justo. En este aspecto, Gladia salvó la
situación, por lo menos en cuanto al capitán y a tí. Todavía habría podido
salvar la nave, creo, aun llegando demasiado tarde para salvaros.
—Calló un momento y siguió: —Para mí no hubiera sido nada
satisfactorio llegar demasiado tarde para salvarte.
Con voz grave, dijo Daneel:
—Gracias, amigo Giskard. Me alegra que tú no sintieras
inhibición ante el aspecto humano de la capataza. Eso había hecho más lentas
mis reacciones, lo mismo que mi aspecto lo había hecho con las suyas.
—Amigo Daneel, su aspecto físico no significaba nada para mí
porque yo percibía la pauta de sus pensamientos. Era tan limitada y tan
enteramente distinta del amplio alcance de las pautas humanas, que no me fue
necesario hacer el menor esfuerzo para identificarla de modo positivo. La
identificación negativa de no- humana era tan clara que actué al instante. En
realidad, no me di cuenta de mi reacción hasta después de haber tenido lugar.
—Es lo que había pensado yo, amigo Giskard, pero deseaba
confirmación, por si estaba equivocado. Puedo suponer que no sentiste la menor
incomodidad por haber matado lo que, en apariencia, era un ser humano.
—Ninguna, porque era un robot.
—Me parece que si yo hubiera logrado destruirla, habría sufrido
alguna obstrucción en la libre circulación positrónica, por más que supiera que
se trataba de un robot.
—El aspecto humanoide, amigo Daneel, no puede dejar de
considerarse cuando es lo único por lo que uno se guía. Ver es mucho más
inmediato que deducir. Solamente porque pude observar su estructura mental, y
concentrarme en ella, me fue posible ignorar su estructura física.
—¿Qué supones que hubiera experimentado la capataza si nos
hubiera destruido, a juzgar por su estructura mental?
—Había recibido unas instrucciones muy precisas y en sus
circuitos no cabía duda de que, según su definición, tú y el capitán no eran
seres humanos.
—Pero pudo haber destruido también a Gladia.
—De eso no podemos estar seguros, amigo Daneel.
—De haberlo hecho, amigo Giskard, ¿habría sobrevivido? ¿Puedes
decirlo?
Giskard guardó silencio largo rato.
—No tuve tiempo suficiente para estudiar su diseño mental. No
puedo decir cuál habría sido su reacción de haber matado a Gladia.
—Si me pongo en el lugar de la capataza... —La voz de Daneel
tembló y bajó de tono—. Me parece que podría matar a un ser humano a fin de
salvar la vida de otro humano que, por alguna buena razón, fuera más necesario
salvar. No obstante, el acto sería difícil y lesivo. Matar a un ser humano
simplemente por destruir algo que yo considerara no humano, resultaría
inconcebible.
—Se limitó a amenazar. No llevó a cabo la amenaza.
—¿Lo habría hecho, amigo Giskard?
—¿Cómo podemos saberlo, si desconocemos la naturaleza de sus
instrucciones?
—¿Podían estas instrucciones negar tan completamente la primera
ley?
—Tu único propósito en esta discusión ha sido plantear esa
cuestión. Te aconsejo que no sigas adelante.
Daneel, obcecado, insistió:
—Lo plantearé en condicional, amigo Giskard. Es obvio que lo que
no puede expresarse como hecho, puede plantearse como fantasía. Si se pudieran
soslayar las instrucciones con definiciones y condiciones, si las instrucciones
pudieran darse suficientemente detalladas de forma suficientemente firme,
¿podría ser posible matar a un ser humano por un motivo menos abrumador que
salvar la vida de otro ser humano?
Giskard respondió con voz apagada:
—No lo sé, pero supongo que podría ser posible.
—Pero, entonces, si tu sospecha fuera correcta, implicaría que
era posible neutralizar la primera ley en condiciones especiales. La primera
ley, en este caso, y por tanto también las otras leyes, podrían ser modificadas
hasta lograr que no existieran. Las leyes, incluso la primera, podrían no ser
absolutas, pero serían las que los diseñadores de robots definieran.
—Ya basta, amigo Daneel. No sigas adelante.
—Queda un paso más, amigo Giskard. El colega Elijah hubiera dado
ese paso adicional.
—Era un ser humano. Podía hacerlo.
—Debo intentarlo. Si las leyes de la Robótica, incluso la
primera ley, no son absolutas, y si los humanos pueden modificarlas, no sería
posible, bajo condiciones adecuadas mod...
Calló. Y Giskard murmuró:
—No sigas.
Daneel, con voz ronca, asintió:
—No seguiré.
El silencio duró un buen rato. Con dificultad los circuitos
positrónicos de ambos dejaron de sufrir discordancias. Al fin, dijo Daneel:
—Tengo otra idea. La capataza era tan peligrosa no sólo por las
instrucciones sino por su apariencia. Me inhibió a mí y también al capitán.
Podía engañar a todos los seres humanos, como yo engañé sin proponérmelo al
navegante de Primera Clase, Niss. Al principio no se dio cuenta de que yo era
un robot.
—¿Y a qué viene esto, amigo Daneel?
—En Aurora se construyeron varios robots humanoides en el Instituto
de Robótica, bajo la dirección del doctor Amadiro, según los diseños del doctor
Fastolfe.
—Todos lo saben.
—¿Qué ocurrió con esos robots humanoides?
—El proyecto fracasó.
—También lo saben todos —dijo Daneel, pero no contesta la
pregunta. ¿Qué ocurrió con esos robots humanoides?
—Se supone que fueron destruidos.
—Tal suposición no debe necesariamente ser correcta. ¿Fueron
realmente destruidos?
—Eso hubiera sido lo sensato. ¿Qué otra cosa puede hacerse con
un fracaso?
—¿Cómo sabemos que los robots humanoides fueron un fracaso,
salvo porque fueron retirados?
—¿No te basta que se retiraran y se destruyeran?
—Yo no he dicho "y se destruyeran", amigo Giskard.
Esto es más de lo que sabemos.
Sabemos solamente que fueron retirados.
—¿Por qué iban a hacerlo, a menos que fueran un fracaso?
—Y si no lo fueron, ¿podía haber alguna razón para retirarlos?
—No se me ocurre ninguna, amigo Daneel.
—Vuelve a pensar, amigo Giskard. Recuerda que estamos hablando
de robots humanoides que pudieran ser peligrosos por su naturaleza humanoide.
En una anterior discusión nos pareció que había un plan trazado en Aurora para
derrotar a los colonizadores, pero drásticamente, de un solo golpe. Decidimos
que estos planes estarían centrados en el planeta Tierra. Hasta aquí, ¿estoy en
lo cierto?
—Sí, amigo Daneel.
—¿No podría ser que el doctor Amadiro fuera el foco y centro de
dicho plan? Su antipatía por el planeta Tierra se ha hecho patente en estas
veinte décadas. Si el doctor Amadiro ha construido cierto número de robots
humanoides, ¿dónde podrían haber sido mandados, ya que han desaparecido de
nuestra vista? Recuerda que si los robotistas de Solaria pueden distorsionar
las tres leyes, los de Aurora pueden hacer lo mismo.
—¿Estás sugiriendo, amigo Daneel, que los robots humanoides han
sido enviados a la Tierra?
—Exactamente. Una vez allí, su cometido sería engañar a la gente
gracias a su aspecto humano y hacer posible lo que el doctor Amadiro disponga
como ataque a la Tierra.
—No tienes pruebas de ello.
—Pero es posible. Considera los pasos que se han dado.
—Si así fuera, deberíamos ir a la Tierra. Tendríamos que estar
allí y, de algún modo, evitar el desastre.
—En efecto.
—Pero no podemos ir, a menos que vaya Gladia, y no es probable
que ocurra.
—Si puedes influir en el capitán para que lleve su nave a la
Tierra, Gladia no tendrá elección y deberá ir.
—No puedo hacerlo sin lastimarle —dijo Giskard—. Está firmemente
decidido a ir a su planeta Baleymundo. Debemos maniobrar para viajar a la
Tierra después de que haya hecho lo que se propone hacer en Baleymundo.
—Después puede ser demasiado tarde.
—No puedo hacer más. No debo dañar a un ser humano.
—Si fuera demasiado tarde..., amigo Giskard, piensa en lo que
significaría.
—No puedo pensar en lo que significaría. Solamente sé que no
puedo dañar a un ser humano.
—Entonces, la primera ley no basta y debemos...
No pudo continuar. Ambos robots se sumieron en un silencio
impotente.
30
Baleymundo apareció lentamente ante sus ojos, con toda nitidez,
a medida que la nave se acercaba. Gladia lo contempló fijamente desde su visor
del camarote; era la primera vez que veía un mundo de los colonizadores.
Protestó de la prolongación del viaje cuando D.G. se lo comunicó
por primera vez, pero éste se encogió de hombros, y riendo explicó:
—¿Qué quiere? Debo llevar el arma de su mundo —exageró
ligeramente el "su"— a mi pueblo. Y también debo informarle.
—El Consejo aurorano concedió permiso para llevarme a Solaria, a
condición de que me devolviera.
—No fue exactamente así. Pudo haber algún compromiso informal al
efecto, pero no hay nada escrito. Ningún acuerdo formal.
—Cualquier compromiso informal me obligaría a mí o a cualquier
individuo civilizado, D.G.
—No me cabe duda, pero nosotros los mercaderes vivimos por el
dinero y por la firmas rubricadas al pie de los documentos legales. Jamás, por
ningún motivo, violaría un contrato escrito o me negaría cumplir aquello por lo
que he aceptado el pago.
Gladia se irguió:
—¿Es una insinuación de que debo pagarle para que me devuelva a
casa?
—¡Señora!
—Vamos, vamos, D.G., no malgaste su falsa indignación. Si me va
a retener prisionera en su planeta, dígalo de una vez, y dígame por qué. Quiero
saber exactamente cuál es mi situación.
—Ni es mi prisionera, ni lo será. De hecho, cumpliré ese
compromiso no escrito. La llevaré a casa. Pero primero debo ir a Baleymundo y
usted tiene que venir conmigo.
—¿Por qué debo ir con usted?
—La gente de mi mundo querrá verla. Es usted la heroína de
Solaria. Nos salvó. No puede privarles de la oportunidad de vitorearla hasta
enronquecer. Además, fue usted la amiga de mi antepasado.
—¿Qué es lo que saben, o creen saber, de aquello? —preguntó
Gladia, tajante.
—Nada que la desacredite, se lo aseguro —respondió D.G.—. Usted
es una leyenda y las leyendas son más grandes que todo, aunque confieso que
para una leyenda es fácil ser mayor que usted, y mucho más noble. Normalmente,
yo no la hubiera querido en este mundo porque no iba a estar a la altura de la
leyenda. No es lo bastante alta, ni lo bastante hermosa, ni majestuosa. Pero,
cuando se sepa la historia de Solaria, reunirá usted, de pronto, todos los
requisitos. En verdad, puede que no quieran dejar que se marche. Recuerde que
estamos hablando de Baleymundo, el planeta donde la historia del antepasado se
toma más en serio que cualquier otra... y usted es parte de la historia.
—No debe tomar esto como excusa para mantenerme prisionera.
—Le prometo que no será así. Y le prometo que la llevaré a casa
cuando pueda..., cuando pueda.
Gladia no se sintió tan indignada como creía que tenía derecho a
estar. Quería ver cómo era en realidad un mundo de colonos y, después de todo,
éste era el mundo peculiar de Elijah Baley. Su hijo lo había fundado.
Él mismo había pasado en él las últimas décadas de su vida. En
Baleymundo habría vestigios de él: el nombre del planeta, sus descendientes, su
leyenda.
Así que contempló el planeta..., y pensó en Elijah.
31
La contemplación no le proporcionó gran cosa. Se sintió
decepcionada. No había gran cosa que ver por entre la capa de nubes que cubría
el planeta. Desde su relativamente corta experiencia como viajera del espacio,
le pareció que la capa de nubes era más densa de lo habitual en planetas
deshabitados. Ahora sólo faltaban unas hora para aterrizar, y...
La señal luminosa se encendió. Gladia se apresuró a pulsar el
botón ESPERE, en respuesta. Unos segundos después pulsó el botón ENTRE. D.G.
entró sonriente.
—¿Es mal momento, señora?
—No. Era simplemente cuestión de ponerme los guantes y mis
filtros nasales. Me figuro que debería llevarlos todo el tiempo, pero no sé por
qué se me hace pesado llevarlos, y cada vez me preocupa menos la infección.
—La costumbre crea descuidos, señora.
—No les llamemos descuidos —dijo Gladia y se dio cuenta de que
sonreía.
—Gracias. No tardaremos en aterrizar, señora. Le he traído un
sobretodo, cuidadosamente esterilizado y metido en esta bolsa de plástico; no
ha sido tocado por manos colonizadoras. Es fácil de poner. No tendrá ningún
problema y descubrirá que cubre todo excepto la nariz y los ojos.
—¿Sólo para mí, D.G.?
—No, no. Todo el mundo los lleva para salir en esta estación del
año. Es invierno ahora en la capital y hace mucho frío. Vivimos en un mundo
frío, con una gran capa de nubes, mucha lluvia y nevadas frecuentes.
—¿Incluso en las regiones tropicales?
—Allí suele hacer un tiempo caluroso y seco. No obstante, la
población se agrupa en las regiones frescas. Nos gusta. Entona y estimula. Los
mares, que se poblaron con especies de la Tierra, son fértiles, así que los
peces y otras criaturas se han multiplicado abundantemente. No faltan los
alimentos aunque los espacios agrícolas son limitados, y no seremos nunca la
cesta del pan de la Galaxia. Los veranos son cortos, pero muy calurosos;
entonces se llenan las playas, aunque no las encontrará interesantes porque
existe un fuerte tabú nudista.
—Parece un clima peculiar.
—Es una cuestión de distribución tierra-mar, una órbita
planetaria algo más excéntrica que la mayoría y unas pocas cosas más. A mí,
francamente, no me preocupa. —Se encogió de hombros. —No es mi campo de
interés.
—Porque es un mercader. Imagino que no vendrá con frecuencia al
planeta.
—En efecto, pero no soy mercader por escapar de él. Me gusta
esto. Aunque tal vez me gustaría menos si estuviera más aquí. Si lo enfocamos
así, Baleymundo y sus duras condiciones de vida sirven un importante propósito.
Animan el comercio. Baleymundo produce hombres que surcan los mares en busca de
comida y hay cierta similitud entre navegar por el mar y por el espacio. Yo
diría que un tercio de todos los mercaderes que recorren el espacio, son gente
de Baleymundo.
—Parece encontrarse en un estado eufórico, D.G. —dijo Gladia.
—¿De verdad? Ahora me siento de muy buen humor. Tengo motivos
para ello. Y usted también.
—¡Oh!
—Es obvio, ¿no? Salimos con vida de Solaria. Sabemos exactamente
cuál es el peligro solario. Nos hemos apoderado de un arma poco corriente que
debería interesar a nuestro ejército. Y usted va a ser la heroína de
Baleymundo. Los altos funcionarios del país ya conocen lo ocurrido y están
impacientes por saludarla. Además, es también la heroína de la nave. Casi cada
uno de los hombres de a bordo se ofreció para traerle este sobretodo.
Están ansiosos de acercársele y bañarse en su aura, por decirlo
así.
—Vaya cambio —comentó secamente Gladia.
—En efecto, Niss, el tripulante al que Daneel castigó...
—Lo recuerdo bien, D.G.
—Está deseoso de pedirle perdón. Y traerá a sus cuatro
compañeros para que ellos también se excusen. Vienen dispuestos a patear en su
presencia al que se atreva a ofenderla. No es una mala persona, señora.
—Estoy segura de que no lo es. Asegúrele que está perdonado y el
incidente olvidado.
Y si puede arreglarlo, yo..., yo le estrecharé la mano, y
quizás, alguno de los demás, antes de desembarcar. Pero, por favor, procure que
no se apiñen alrededor.
—La comprendo, pero no puedo garantizarle que no haya un cierto
apiñamiento en Baleyciudad... Es la capital de Baleymundo. A veces no hay modo
de evitar que ciertos altos funcionarios traten de ganar ventajas políticas
dejándose ver a su lado, sonriendo y saludando.
—¡Josafat!, como diría su antepasado.
—No diga esto una vez. llegada a tierra, señora. Es una
exclamación reservada para él. Que alguien más la diga es considerado de mal
gusto.
Habrá discursos y vítores y toda clase de formalidades sin
sentido. Lo siento, señora.
—Ojalá pudiera prescindir —musitó pensativa—, pero supongo que
no hay medio de evitarlo.
—Ninguno, señora.
—¿Cuánto durará?
—Hasta que se cansen. Algunos días, quizá, pero habrá cierta
variedad.
—¿Y cuánto tiempo vamos a quedarnos en el planeta?
—Hasta que me canse. Lo siento, señora, pero tengo mucho
trabajo, gente que ver, lugares adonde ir...
—Y mujeres que amar.
—¡Ay de la fragilidad humana! —respondió D.G. con una amplia
sonrisa.
—Lo hace todo menos babear.
—Es una debilidad. No acabo de decidirme a hacerlo.
—Está medio loco, ¿verdad? —sonrió Gladia.
—Nunca dije que no lo estuviera. Pero, dejando esto a un lado,
tengo que pensar también en cosas tan aburridas como el hecho de que mis
oficiales y mi tripulación quieran ver a sus familias y amigos, recuperar sueño
perdido, y divertirse un poco planetariamente. Y por si le interesan los
sentimientos de las cosas inanimadas, hay que repasar la nave, repararla,
refrescarla y recargarla de carburante. Cositas así.
—¿Y cuánto tiempo llevarán esas cositas?
—Meses quizá. ¿Quién sabe?
—¿Y qué voy a hacer yo mientras tanto?
—Conocer nuestro mundo, ampliar sus horizontes.
—Pero su mundo no es precisamente el lugar de recreo de la
Galaxia.
—Cierto, pero me esforzaré por mantenerla interesada. —Miró el
reloj. —Una advertencia más, señora. No mencione su edad.
—¿Por qué iba a hacerlo?
—Podría surgir en cualquier conversación. Se espera que les
dirija unas palabras, y podría decirles por ejemplo: "En el curso de mis
veintitrés décadas de vida, nunca he sido tan feliz de ver a alguien, como lo
estoy de ver al pueblo de Baleymundo." Si siente la tentación de decir
algo parecido al principio de esta frase, por favor, resista.
—Lo haré. En cualquier caso, no tengo la menor intención de
permitirme hipérboles...
Pero, como simple curiosidad, ¿por qué no?
—Sencillamente, porque es mejor que no conozcan su edad.
—Pero la conocen, ¿verdad? Saben que fui la amiga de su
antepasado y saben cuándo vivió. ¿O acaso tienen la impresión de que —le miró,
inquisitiva— soy una descendiente lejana de aquella Gladia?
—No, no, saben quién es y la edad que tiene, pero sólo lo saben
mentalmente — e tocó la frente— y a poca gente le trabaja la cabeza, como habrá
observado.
—En efecto, Incluso en Aurora.
—Muy bien. No querría que los colonos se mostraran especiales a
este respecto. Verá, su aspecto es de —se detuvo a pensarlo— cuarenta, ó a lo
sumo cuarenta y cinco, y así la aceptarán en sus entrañas, que es donde las
personas corrientes tienen localizada su máquina de pensar, si no les habla de
su verdadera edad.
—¿De veras importa?
—Mire, el colono normal no quiere robots. Ni le gustan los
robots ni los desea. Estamos satisfechos de no ser como los espaciales. La
longevidad es distinta. Cuarenta décadas es muchísimo más que diez.
—Pocos de nosotros llegan a las cuarenta décadas.
—Y pocos de nosotros alcanzan las diez. Hacemos ver las ventajas
de la vida breve:
calidad contra cantidad, rapidez evolutiva, un mundo siempre
cambiante, pero nada hace que la gente se sienta feliz por vivir diez décadas,
cuando imagina que podría vivir cuarenta, así que en un momento dado la
propaganda produce un latigazo y es mejor no decir nada. No suelen ver a
espaciales, como puede imaginar, así que no tienen ocasión de rechinar los
dientes por el hecho de que los espaciales parecen jóvenes y vigorosos cuando
en realidad son el doble de viejos que el más viejo colono que jamás vivió. Si
se les ocurre pensar, verán todo esto en usted y les desquiciará.
Gladia comentó con amargura:
—¿Quiere que les diga un discurso y les cuente exactamente lo
que significan cuarenta décadas? ¿Quiere que les diga cuántos años sobrevive
uno la primavera de la esperanza, por no decir nada de los amigos y conocidos?
Les hablaré del vacío de hijos y familia, del interminable ir y venir de un
marido tras otro, el recuerdo borroso de los acoplamientos entre uno y otro;
del momento en que uno ha visto todo lo que quería ver, y oído todo lo que
quería oír, y encontrar imposible pensar un nuevo pensamiento, y olvidar lo que
la excitación y el descubrimiento representan, y aprender, año tras año, cuan
intenso puede hacerse el aburrimiento.
—La gente de Baleymundo no querría creerlo. Ni yo tampoco. ¿Es
así como piensan los espaciales o se lo está inventando?
—Sólo sé con certeza cómo siento yo, pero he observado a otros
apagándose a medida que envejecían; he visto cómo su carácter se agriaba y sus
ambiciones se reducían y sus indiferencias crecían.
D.G. apretó los labios y su expresión se hizo sombría:
—¿Es alto el número de suicidios, entre los espaciales?
—Prácticamente inexistente.
—Pues esto no encaja con lo que me ha dicho.
—Piense un poco. Estamos rodeados de robots dedicados a
mantenernos vivos. No hay modo de matarnos cuando nuestros activos y vigilantes
robots están siempre a nuestro lado. Dudo de que alguno de nosotros lo
intentara siquiera. Yo ni lo soñaría, aunque sólo fuera por la idea de lo que
significaría para todos mis robots domésticos y mucho más para Daniel y
Giskard.
—Pero, sabe de sobra que no viven. Que no tienen sentimientos.
Gladia sacudió la cabeza.
—Lo dice sólo porque nunca ha vivido con ellos... En todo caso,
creo que sobrestima el deseo de longevidad entre su gente. Usted sabe mi edad,
mira mi apariencia y no le molesta.
—Porque estoy convencido de que los mundos espaciales deben
declinar y morir, que los mundos de los colonizadores son la esperanza en el
futuro de la humanidad, y que lo que lo asegurará es nuestra característica
vida breve. Escuchando lo que acaba de decirme, asumiendo que sea verdad, me
afirmo en mi creencia.
—No se sienta demasiado seguro. Pueden surgir sus propios e
insuperables problemas si no los tiene ya.
—Es indudablemente posible, señora, pero por ahora tengo que
dejarla. La nave está preparándose para tocar tierra y debo vigilar
inteligentemente la computadora que la controla, o nadie creerá que soy su
capitán.
Salió y Gladia quedó en sombría abstracción por unos segundos,
tirando distraída del plástico que envolvía el sobretodo.
Había llegado a conseguir una sensación de equilibrio en Aurora,
una forma de dejar que la vida transcurriera tranquila. Comida tras comida, día
tras día, estación tras estación, había ido pasando y la tranquilidad casi la
había aislado de la tediosa espera por la única aventura que le quedaba, la
aventura final de la muerte.
Y ahora había estado en Solaria y había despertado los recuerdos
de una infancia lejana en un mundo que se había acabado, de modo que su
tranquilidad se había hecho trizas..., quizá para siempre, de modo que ahora
estaba descubierta e indefensa ante el horror de una vida que continuaba.
¿Con qué podía sustituir la tranquilidad desaparecida?
Captó los ojos relucientes de Giskard puestos en ella y le
suplicó:
—Ayúdame en todo esto, Giskard.
32
Hacía frío. El cielo estaba gris de nubes y el aire relucía por
una ligera nevada.
Manchones de nieve en polvo giraban con la brisa, y lejos, más
allá del aeródromo espacial, Gladia podía ver montones de nieve distantes.
Había mucha gente reunida acá y allá, contenida por barreras
para evitar que se acercaran demasiado. Todos vestían sobretodos de diferentes
tipos y colores, y todos parecían balones, transformando la humanidad en
objetos con ojos pero sin forma.
Algunos llevaban viseras que brillaban transparentes sobre sus
rostros.
Gladia se llevó la mano enguantada a la cara. Excepto por la
nariz se sentía bien protegida. El sobretodo hacía más que aislar; parecía
producir su propio calor.
Miró tras sí, Daneel y Giskard estaban a su alcance, cada uno
con su sobretodo.
Primero había protestado:
—No necesitan abrigos. Son insensibles al frío.
—Ya lo sé —le había dicho D.G.—, pero dice que no irá a ninguna
parte sin ellos, y no podemos dejar a Daneel sentado ahí fuera expuesto al
frío. Parecería contra natura.
Tampoco deseamos despertar hostilidad dejando claramente ver que
son robots.
—Tienen que saber que llevo conmigo a mis robots, y el rostro de
Giskard lo descubrirán aunque lleve un sobretodo.
—Puede que lo sepan, pero es posible que no piensen en ello si
no les obligamos a hacerlo, así que no forcemos las cosas.
Ahora D.G. le indicó que entrara en un coche que tenía el techo
y los lados transparentes. Le explicó sonriendo:
—Quieren verla mientras viajemos, señora.
Gladia se sentó a un lado y D.G. al otro.
—Yo soy un co-héroe —le anunció.
—¿Le importa mucho?
—¡Oh, sí! Significa una gratificación para mi tripulación y a lo
mejor un ascenso para mí. Y no lo desprecio.
Daneel y Giskard también entraron y ocuparon unos asientos
situados delante de la pareja. Daneel, frente a Gladia; Giskard frente a D.G.
Delante iba otro coche sin transparencias, y una hilera de lo menos una docena,
detrás. Se oyó cómo les vitoreaban y un bosque de brazos levantados de la masa
humana, saludándolos. D.G. sonrió y levantó el brazo en correspondencia, e
indicó a Gladia que hiciera lo mismo. Agitó la mano de un modo indiferente. El
interior del coche estaba caliente y su nariz había dejado de ser insensible.
Observó:
—Hay un brillo desagradable en las ventanas. ¿No puede
eliminarse?
—Indudablemente, pero no se hará. Es algo tan imperceptible como
un campo magnético, lo mejor que hemos podido montar. Entre toda esa gente
entusiasmada, aunque han sido registrados, podría alguno esconder un arma y no
queremos que le ocurra nada.
—¿Quiere decir que alguien podría intentar matarme?
(Los ojos de Daneel observaban a la gente por su lado del coche;
Giskard, por el otro.)
—Es improbable, pero es usted una espacial y a los colonizadores
no les gustan los espaciales. Algunos pueden odiarles con tal virulencia que
sólo vean en usted su espacialidad... Pero no se preocupe. Incluso si alguien
lo intentara, y como le digo es improbable, no lo conseguiría.
Los coches empezaron a moverse, todos a la vez, con gran
suavidad, Gladia se levantó, asombrada. No había nadie delante del panel que
les aislaba. Preguntó:
—¿Quién conduce?
—Los coches están completamente computarizados; —explicó D.G—.
¿Deduzco que los coches espaciales no lo están?
—Los conducen los robots.
D.G. siguió saludando y Gladia, maquinalmente, siguió su
ejemplo.
—Los nuestros, no.
—Pero una computadora es esencialmente lo mismo que un robot.
—Una computadora no es humanoide y no llama la atención de la
gente. Pese a las similitudes que pueda haber, psicológicamente son totalmente
distintos.
Gladia contemplaba el paisaje, opresivamente desnudo, árido. Aun
teniendo en cuenta que era invierno, había algo desolado en las matas sin hojas
y en los escasos árboles, cuyo aspecto descarnado ponía de relieve aquella
muerte que parecía apoderarse de todo, D.G., que observó su depresión y la
relacionó con las miradas que dirigía a un lado y otro, le dijo:
—Está muy feo todo ahora, señora. Pero en verano no está mal.
Hay llanuras cubiertas de hierba, huertas, campos de trigo...
—¿Y bosques?
—Grandes bosques sombríos, no. Todavía estamos en un mundo que
va creciendo.
Todavía lo estamos moldeando. Tiene solamente un siglo y medio.
El primer paso fue cultivar pequeñas huertas para los primeros colonos,
utilizando semillas importadas.
Luego metimos peces e invertebrados de todo tipo en el océano,
haciendo lo imposible para establecer una ecología automantenida. Es un proceso
relativamente fácil si la composición química del océano es apropiada. En caso
contrario, el planeta no es habitable sin una enorme modificación química y
esto aún no se ha probado, aunque hay todo tipo de proyectos para tales
procedimientos. Por fin, tratamos de que la tierra florezca, lo que es siempre
difícil, siempre muy lento.
—¿Todos los mundos colonizados han seguido este patrón?
—Lo están siguiendo. Ninguno está realmente terminado.
Baleymundo es el más antiguo y queda aún mucho por hacer. Un par de siglos más,
y los mundos de los colonos serán mundos ricos y llenos de vida, tanto en
tierra como en el mar, aunque para entonces habrá mundos todavía más nuevos,
abriéndose paso a través de sus diversas fases preliminares. Estoy seguro de
que los mundos espaciales pasaron por el mismo proceso.
—Hace muchos siglos..., y más de prisa, creo yo. Teníamos robots
para ayudarnos.
—Nos arreglaremos —contestó D.G., seco.
—¿Qué hay de la vida autóctona, de las plantas y animales que se
criaban en este mundo antes de que llegaran los humanos?
—Insignificante. Cosas pequeñas, débiles. Los científicos están
interesados, por supuesto, así que la vida indígena prosigue en acuarios
especiales, jardines botánicos y zoológicos. Todavía quedan remotas lagunas y
una considerable extensión de tierra que no ha sido aún transformada. Algo de
vida indígena vive allí todavía.
—Pero estas extensiones desérticas se irán transformando
sucesivamente.
—Así lo esperamos.
—¿No cree usted que el planeta pertenece realmente a esas cosas
pequeñas e insignificantes?
—No, no soy tan sentimental. El planeta y todo el Universo
pertenecen a la inteligencia.
Los espaciales están de acuerdo. ¿Dónde ha ido a parar la vida
indígena de Solaria? ¿Y la de Aurora?
La fila de coches, que había ido avanzando tortuosamente desde
el aeródromo espacial, llegó ahora a un área pavimentada en la que se veían
varios edificios bajos y rematados por cúpulas.
—Plaza de la Capital —explicó D.G. en voz baja—. Esto es el
latido oficial del planeta.
Aquí están las oficinas del gobierno. El Congreso Planetario se
reúne ahí y la Mansión Ejecutiva.
—Lo siento, D.G., pero todo esto no impresiona mucho. Estos
edificios son pequeños y poco interesantes.
D.G. sonrió:
—Sólo ve algún que otro remate, señora. Los edificios en sí
están situados bajo tierra:
todos ellos interconectados: Es un complejo único en realidad, y
aún está creciendo. Es una ciudad concentrada, ¿sabe? Ésta, junto con las áreas
residenciales que la rodean, forma Baleyciudad.
—¿Se proponen tenerlo todo bajo tierra? ¿Toda la ciudad? ¿Todo
el mundo?
—La mayoría de nosotros anticipamos un mundo subterráneo, sí.
—Tengo entendido que,en la Tierra tienen ciudades subterráneas.
—En efecto. Las llamadas Cuevas de Acero.
—Entonces, ¿aquí las imitan?
—No es una simple imitación. Aportamos nuestras ideas y... Vamos
a pararnos, señora, y en cualquier momento nos van pedir que bajemos. Yo que
usted, me sujetaría bien las aberturas del sobretodo. En invierno, el viento en
esta plaza es legendario.
Gladia obedeció, sujetándose torpemente las aberturas con
dificultad.
—¿Dice que no es una simple imitación?
—No. Diseñamos bajo tierra teniendo en cuenta el tiempo. Como el
tiempo aquí, en general, es más duro que el de la Tierra, hay que llevar a cabo
ciertas modificaciones en la arquitectura. Si se edifica bien, se requiere muy
poca energía para mantener el complejo caliente en invierno y fresco en verano.
La verdad es que, en cierto modo, nos conservamos calientes en invierno, en
parte, con el calor almacenado del verano anterior, y frescos en verano con el
frío del invierno pasado.
—¿Y qué hay de la ventilación?
—Esto gasta parte de los ahorros, pero no todos. Funciona, y
algún día emularemos las estructuras de la Tierra. Ésta es, por supuesto, la
máxima ambición: hacer que Baleymundo sea el reflejo de la Tierra.
—Ignoraba que la Tierra fuera tan admirable, que se hiciera
deseable crear una imitación —comentó Gladia.
D.G. se volvió a mirarla, airado.
—No vuelva a hablar así, señora, mientras esté con los
colonos..., ni siquiera conmigo.
El planeta Tierra no es para tomarlo en broma.
—Perdone, D.G., no quería ofenderle.
—No lo sabía. Pero ahora sí lo sabe. Vamos, hay que salir. La
portezuela lateral se deslizó silenciosamente y D.G. se volvió y salió. Alargó
la mano para ayudar a Gladia y le dijo:
—Va a dirigir la palabra al Congreso Planetario, y cada
funcionario que pueda introducirse como sea, lo hará.
Gladia, que ya había tendido su mano para tomar la de D.G., y
que ya también había empezado a sentir el viento helado, se echó de pronto
atrás.
—¿Tengo que hablarles? No se me había dicho nada.
D.G. la miró asombrado.
—Yo imaginé que lo daría por sentado.
—Pues, no. Y no puedo dirigirme a ellos. No lo he hecho nunca.
—Debe hacerlo. No es tan terrible. Es sólo cuestión de
pronunciar unas pocas palabras después de los discursos largos y aburridos de
bienvenida.
—Pero, ¿qué puedo decirles?
—Nada complicado, se lo aseguro. Sólo paz y amor y bla, bla,
bla... Dedíqueles medio minuto. Si quiere, puedo garabatearle algo.
Y Gladia salió del coche seguida de sus robots. Su mente era un
torbellino.
EL DISCURSO
33
Una vez dentro del edificio se quitaron los sobretodos y los
entregaron a los servidores.
Daneel y Giskard también se despojaron de los suyos y los
sirvientes echaron curiosas miradas a este último, acercándosele con cautela.
Gladia se reajustó los filtros nasales nerviosamente. Jamás se
había encontrado en presencia de grandes concentraciones de humanos de vida
breve,.., vida breve, en parte, porque sabía (o siempre se lo habían dicho) que
llevaban en sus cuerpos infecciones crónicas y hordas de parásitos.
—¿Volveré a tener mi sobretodo? —preguntó en un murmullo.
—Es suyo y de nadie más. Los mantendrán vigilados y
esterilizados por radiación.
Gladia miró cautelosa a su alrededor. Tenía la sensación de que
incluso el contacto óptico podía ser peligroso.
—¿Quiénes son éstos? —preguntó indicando a varias personas que
vestían ropas de vivos colores y que aparecían armadas.
—Guardias de seguridad, señora —respondió D.G.
—¿Incluso aquí? ¿En un edificio del gobierno?
—Absolutamente. Y cuando estemos en la tribuna, habrá una
cortina de energía que nos separará del público.
—¿No confian en su propio cuerpo legislativo?
—No del todo. Éste es un mundo todavía muy primitivo y tenemos
que seguir nuestro sistema. Todavía no se han podido limar ciertas aristas y no
disponemos de robots para vigilarnos. Tenemos además unos partidos de minorías
belicistas; tenemos nuestros halcones de guerra.
—¿Qué son los halcones de guerra?
La mayoría de los asistentes se habían despojado de sus
sobretodos y se estaban sirviendo bebidas. Había un zumbido de conversaciones
en el aire y muchos miraban fijamente a Gladia, pero ninguno se acercó a
hablarle. Para Gladia era obvio que se la evitaba, que se había formado un
vacío alrededor. D.G. observó su mirada a un lado y a otro y la interpretó
correctamente:
—Se les ha dicho —le explicó— que usted les agradecería que no
se le acercaran demasiado. Creo que comprenden su temor a la infección.
—Espero que no lo encuentren insultante.
—Puede que sí, pero junto a usted hay algo que es claramente un
robot y la mayoría de los baleymundistas no desean este tipo de infección.
Especialmente los halcones de guerra.
—No me ha dicho lo que son.
—Lo haré si nos queda tiempo. Usted y yo y los demás que estamos
en la tribuna tendremos que ponernos en marcha dentro de poco... Muchos
colonizadores ni quieren ni pueden competir con éxito en la carrera
expansionista. También sabemos que llevará tiempo. No lo veremos. Probablemente
nuestros hijos tampoco. ¡Quién sabe!, a lo mejor puede tardar mil años. Los
halcones de guerra no quieren esperar. Lo quieren conseguir ahora.
—¿Quieren la guerra?
—No dicen eso, precisamente. Y no se llaman a sí mismos halcones
de guerra. Así es como les llama la gente sensata. Ellos se denominan
supremacistas terrenos. Después de todo, es difícil discutir con gente que
anuncia que está a favor de que el planeta Tierra sea el supremo. Todos estamos
a favor, pero la mayoría de nosotros no espera necesariamente que ocurra mañana
y no se siente decepcionada si no ocurre..
—¿Y estos halcones de guerra podrían atacarme físicamente?
D.G. le indicó que avanzara:
—Creo que debemos ponernos en movimiento, señora. Nos lo están
indicando... No, no creo realmente que vaya a ser atacada, pero siempre es
mejor tener cuidado.
Gladia se detuvo y D.G. le indicó que volviera a la fila.
—No, sin Daneel y Giskard, D.G. Sigo sin querer ir a ninguna
parte sin ellos. Ni siquiera a la tribuna. No, después de lo que acaba de
decirme sobre los halcones.
—Me está pidiendo mucho, señora.
—Por el contrario, D.G. Yo no pido nada. Lléveme a casa ahora
mismo... con mis robots.
Gladia miró, tensa, mientras D.G. se acercaba a un pequeño grupo
de altos funcionarios Hizo una media inclinación, con los brazos caídos
ligeramente oblicuos.
Gladia sospechó que debía de ser un gesto de respeto en
Baleymundo.
No pudo oír lo que estaba diciendo D.G,, pero por su mente cruzó
involuntariamente una fantasía dolorosa. Si hacían cualquier intento por
separarla de sus robots, contra su voluntad, Daneel y Giskard intervendrían
seguramente y harían cualquier cosa para evitarlo. Se moverían con excesiva
rapidez y precisión para no lastimar a nadie..., pero los guardias de seguridad
emplearían sus armas al momento.
Tendría que evitarlo a toda costa, simular que se separaba de
Daniel y Giskard voluntariamente y pedirles que esperaran detrás. ¿Cómo podría
hacerlo? Nunca había estado totalmente sin robots en su vida. ¿Cómo podría
sentirse a salvo sin ellos? Sin embargo, ¿qué otro medio se le ofrecía para
solucionar el dilema?
D.G. volvió a su lado:
—Su categoría de heroína, señora, es buena cosa para negociar. Y
también yo soy un individuo persuasivo, naturalmente. Sus robots pueden ir con
usted. Se sentarán detrás de usted en la tribuna, pero ningún reflector les
iluminará. Y, en nombre de mi antepasado, señora, no llame la atención sobre
ellos. No los mire siquiera.
Gladia suspiró aliviada.
—Es usted muy bueno, D.G. —dijo temblorosa—. Gracias.
Ocupó su puesto cerca de la cabecera de la fila, con D.G. a su
izquierda, Daneel y Giskard detrás, y a continuación una larga fila de
funcionarios de ambos sexos.
Una mujer, con un bastón en la mano que parecía un símbolo de su
cargo, habiendo vigilado cuidadosamente la fila, hizo un gesto afirmativo, se
colocó a la cabeza y se pusieron en marcha. Todos la siguieron.
Gladia se dio cuenta de una música, una marcha con un ritmo
simple y reiterado, y se preguntó si se suponía que había que desfilar de un
modo algo marcial. ("La costumbres varían infinita e irracionalmente de
mundo a mundo", se dijo.)
Mirando por el rabillo del ojo, vio que D.G. se movía con
indiferencia, casi arrastraba los pies. Apretó los labios, no le parecía bien,
y se puso a andar rítmicamente, con la cabeza erguida y la espalda tiesa.
Faltándole directrices, andaría como le pareciera mejor.
Llegaron a un escenario y, al hacerlo, unas butacas salieron del
suelo silenciosamente.
La fila se deshizo, pero D.G. la tomó de la manga ligeramente, y
ella le siguió. Los dos robots fueron tras ella.
Se quedó frente al asiento que le indicó D.G. La música se hizo
más fuerte, pero la luz brillaba menos que antes. Y luego, después de una
espera que le pareció interminable, sintió un tirón imperceptible hacia abajo.
Se sentó y los demás la imitaron.
Percibió el brillo apagado del campo magnético y más allá
millares de personas. Cada asiento de un amplio anfiteatro estaba ocupado.
Todos iban vestidos en tonos apagados, marrones y negros, ambos sexos igual
(casi no podían distinguirse). Los guardias de seguridad, apostados en los
pasillos, destacaban por sus uniformes carmín y verdes.
Indudablemente se les reconocía al instante. ("Aunque
—pensó Gladia—, también resultan blancos perfectos.")
Se volvió a D.G. y le dijo en voz baja:
—Tienen ustedes un enorme cuerpo legislativo.
D.G. se encogió de hombros.
—Creo que todo el que pertenece al aparato gubernamental está
aquí, con cónyuge e invitados. Es un tributo a su popularidad, señora.
Ella miró al público de derecha a izquierda y hacia atrás y al
completar el arco trató de vislumbrar a Daneel o a Giskard, aunque fuera de
refilón, sólo para asegurarse de que estaban allí. Y de pronto, rebelándose,
pensó que no ocurriría nada si echaba una rápida mirada, y volvió la cabeza.
Allí estaban. También captó la mirada de D.G. que levantaba los ojos,
exasperado.
Se sobresaltó cuando un foco iluminó a una de las personas de la
tribuna, mientras el resto del local se sumía en penumbra.
La figura iluminada se puso en pie y empezó a hablar. Su voz no
era demasiado fuerte, pero Gladia pudo notar una ligera reverberación que
rebotaba de las paredes del fondo.
Pensó que la voz penetraba hasta el último rincón de la gran
sala. ¿Era esto debido a un sistema amplificador por un aparato tan disimulado
que no lo podía ver, o tenía la sala una forma acústica especialmente
inteligente? Lo ignoraba, pero ello animó a su desconcertada curiosidad a
continuar observando, porque la aliviaba, de momento, de la necesidad de tener
que escuchar lo que se estaba diciendo.
En un momento dado oyó la palabra "quakenbush"
procedente de un lugar indeterminado del público. Eso es lo que creyó entender
y supuso que sería una grosería.
El sonido se apagó casi en seguida y Gladia admiró la
profundidad del silencio que siguió.
Si el salón era tan perfectamente acústico que cualquier rumor
podía oírse, el público debía guardar absoluto silencio o el ruido y la
confusión serían intolerables. Una vez establecida la costumbre de silencio y
el ruido del público como tabú, era impensable cualquier cosa que no fuera
silencio... Excepto cuando el impulso de murmurar "quakenbush" se
hacía irresistible, supuso.
Gladia se dio cuenta de que su mente se enturbiaba y sus ojos se
cerraban. Se enderezó con una pequeña sacudida. La gente del planeta trataba de
honrarla y si se quedaba dormida en el transcurso del acto, podía resultar un
insulto intolerable. Se esforzó por mantenerse despierta obligándose a
escuchar, pero esto le producía todavía más sueño.
Para evitarlo se mordió el interior de las mejillas y respiró
profundamente.
Los altos funcionarios hablaron, uno tras otro, con una casi
bendita brevedad, y de pronto despertó sobresaltada (¿se había quedado
realmente dormida, pese a sus esfuerzos, con miles de ojos puestos en ella?)
cuando el foco iluminó su izquierda, y D.G.
se levantó para hablar, de pie ante su butaca.
Parecía completamente relajado, con los pulgares metidos en su cinturón.
—Hombres y mujeres de Baleymundo —empezó—, funcionarios,
legisladores, honorables jefes y compañeros todos del planeta, habéis oído algo
de lo que ocurrió en Solaria. Sabéis que el éxito fue absoluto. Sabéis también
que la señora Gladia de Aurora contribuyó a este éxito. Ha llegado la hora de
contaros algunos de los detalles, a vosotros, y a los demás habitantes del
planeta que están viéndonos por hipervisión.
Procedió a describir los acontecimientos ligeramente
modificados, y Gladia se sintió divertida ante la naturaleza de esas
modificaciones.
Contó someramente su derrota a manos del robot humanoide.
Giskard no fue mencionado en ningún momento: el papel de Daneel, minimizado; el
de Gladia ampliamente exagerado. El incidente se transformó en un duelo entre
dos mujeres..., Gladia y Landaree..., y fueron el valor y el sentido de
autoridad de Gladia los que vencieron" Para terminar, D.G. anunció:
—Y ahora, la señora Gladia, Solaria por nacimiento y aurorana
por ciudadanía, pero baleymundista por sus actos... (grandes aplausos, los más
fuertes que Gladia había jamás oído, porque los primeros oradores habían sido
recibidos con cierta tibieza).
D.G. alzó las manos en petición de silencio y se hizo al
instante.
Le oyó terminar...
—... les hablará ahora.
Gladia se encontró iluminada por el reflector y se volvió a
D.G.; presa de súbito pánico.
Oyó aplausos, D.G. también la aplaudía. Protegido por el ruido,
se volvió a ella y le dijo en voz baja:
—Los ama a todos, desea la paz y como no es una legisladora no
está acostumbrada a los largos discursos de pequeño contenido. Dígales esto y
siéntese.
Lo miró sin comprenderle, demasiado nerviosa para enterarse de
lo que él le había dicho. Se puso de pie y se encontró frente a infinitas
hileras de gente.
34
Gladia se sintió pequeña (y no por primera vez en su vida) al
mirar al escenario. Los hombres que estaban allí eran todos mucho más altos que
ella, y lo mismo las otras tres mujeres. Sintió que, aunque estaban todos
sentados y ella de pie, seguían dominándola.
En cuanto al público, que esperaba ahora en silencio, un
silencio que parecía amenazador, estaba compuesto seguramente por gente más
alta que ella.
Respiró profundamente y dijo:
—Amigos... —pero le salió un hilo de voz, casi un silbido
jadeante. Se aclaró la garganta (con lo que le pareció un carraspeo atronador)
y volvió a empezar.
—Amigos... —Pero le salió un hilo de voz, casi un silbido
jadeante.
Y volvió a empezar: ¡Amigos! Esta vez el tono tenía una cierta
normalidad—. Todos vosotros sois descendientes de los hombres de la Tierra,
todos y cada uno de vosotros.
Yo también, desciendo de ellos. No hay ningún ser humano en
ninguno de los mundos habitados, ya sean espaciales, colonizados o de la propia
Tierra, que no sean de la Tierra por nacimiento, o por descendencia. Todas las
demás diferencias se desvanecen frente a este hecho tan importante.
Sus ojos parpadearon hacia la izquierda en busca de D.G. y se
encontró con que sonreía ligeramente y que uno de sus párpados temblaba como si
estuviera haciéndole un guiño. Prosiguió:
—Esto debería servirnos de guía en cada acto y en cada
pensamiento. Os doy las gracias a todos por considerarme como otro ser humano y
por aceptarme entre vosotros sin tener en cuenta ninguna otra clasificación en
la que pudierais sentir la tentación de incluirme. Por esto y con la esperanza
de que algún día, muy pronto, cuando los dieciséis mil millones de seres
humanos vivan en paz y armonía, se consideren así y nada más que así... y nada
menos que así... pienso en todos vosotros no solamente como amigos, sino como
verdaderos parientes.
Estallaron los aplausos ensordecedores y Gladia entrecerró los
ojos, con alivio.
Permaneció de pie para permitir que continuaran y la envolvieran
en su bienvenida indicación de que había hablado bien, y lo que era más,
suficiente. Cuando empezaron a ceder, sonrió, se inclinó a derecha e izquierda
y empezó a sentarse.
Entonces, de entre el público, una voz dijo:
—¿Por qué no nos habla en solariano?
Se quedó helada, a pocos centímetros de la butaca. Sobresaltada,
miró a D.G., que movió ligeramente la cabeza y articuló en silencio
"Ignórelo". Luego disimuladamente le indicó que se sentara.
Lo miró por espacio de uno o dos segundos, e inmediatamente se
dio cuenta del mal efecto que les haría, con su posición semiagachada porque
estaba a mitad de camino de sentarse. Se enderezó al momento y dirigió una
sonrisa al publico, moviendo la cabeza de uno a otro lado.
Por primera vez se percató de ciertos objetos, al fondo de la
sala cuyas lentes brillantes estaban enfocadas a ella.
¡Claro! D.G. había mencionado que el acto iba a transmitirse por
hipervisión. Y, curiosamente, ya no le importaba, había hablado y había sido
aplaudida y se encontraba delante de un público que podía ver, erguida y sin
nerviosismo. ¿Qué podía importar la invisible adición?
Sin dejar de sonreír, respondió:
—La pregunta me parece amistosa. Queréis que os muestre lo que
sé hacer. ¿Cuántos deseáis que os hable en solario? No vaciléis. Levantad la
mano derecha.
Unas cuantas manos se alzaron. Gladia prosiguió:
—El robot humanoide de Solaria me oyó hablar en solariano. Esto
fue lo que al final venció. Vamos..., dejad que vea a todos aquellos a los que
les gustaría una demostración.
Más brazos se alzaron y, al momento, el público fue un mar de
brazos levantados.
Gladia sintió que una mano daba un ligero tirón a la pernera de
sus pantalones y, de un rápido manotazo, la apartó.
—Muy bien. Podéis bajar los brazos ya, amigos y parientes. Tened
en cuenta que lo que utilizo ahora es galáctico estándar, que es también
vuestro idioma. Pero yo, claro, lo hablo como una aurorarna y sé que todos me
comprendéis aunque mi acento, la forma de pronunciar mis palabras, os parezca
divertida y la elección de las mismas pueda a veces desconcertaros un poco.
Observaréis que en mi forma de hablar hay como notas que suben y bajan, casi
como si cantara mis palabras. Esto parece siempre ridículo a cualquiera que no
sea aurorano, incluso a los otros espaciales. Por el contrario, si paso al
estilo solariano, como estoy haciendo ahora, observaréis al momento que el
canto cesa y que las palabras se vuelven guturales, con unas "erres"
que se arrastran... especialmente si no hay "rrrr" en ninguna
parrrrte del panorrrrama verbal.
El público se echó a reír y Gladia lo observó con expresión
seria.
Al fin, levantó los brazos e hizo un movimiento cortante hacia
abajo y hacia afuera y las risas cesaron.
—No obstante, es posible que jamas vuelva a Solaria, así que no
tendré ocasión de volver a servirme del dialecto solario. Y el buen capitán
Baley —se volvió y se inclinó en su dirección, observando que tenía la frente
cubierta de sudor— me ha informado que no sabe en qué momento podré regresar a
Aurora, asi que también tendré que dejar de utilizar el dialecto aurorano. La
única alternativa será hablar el dialecto de Baleymundo, y voy a empezar a
practicarlo desde ahora.
Metió sus pulgares en un cinturón inexistente, sacó el pecho,
bajó la barbilla, adoptó la sonrisa segura de D.G. y dijo con simulada voz de
barítono:
—Hombres y mujeres de Baleymundo, funcionarios, legisladores,
honorables jefes y compañeros todos del planeta, y en esto debo incluir a
todos, excepto quizás a los no honorables jefes. —Se esforzó por incluir lo
mejor que supo las pausas glóticas, y las "aes" átonas y pronunció
cuidadosamente la "h" de "honorables", lo que resultaba
casi un jadeo.
La risa fue esta vez más fuerte y más prolongada. Gladia se
permitió sonreír y esperar tranquilamente a que se apagara. Después de todo,
les estaba enseñando a reírse de sí mismos.
Y cuando todo volvió a estar tranquilo, dijo sencillamente en un
aurorano sin exageración:
—Cada dialecto es divertido, o peculiar, para aquellos que no
están acostumbrados a él. Y cada uno tiende a marcar a los seres humanos en
grupos separados, y frecuentemente en enemigos. Sin embargo, los dialectos son
solamente obra de la lengua. En su lugar, vosotros y yo y los otros seres
humanos de cada mundo habitado, deberíamos escuchar la lengua del corazón, y
para esto no hay dialectos. Ese idioma, si lo escuchamos, suena igual en todos
nosotros.
Había terminado. Estaba dispuesta a volver a sentarse, pero
surgió otra pregunta. Esta vez la voz era de mujer.
—¿Qué edad tiene?
Ahora, D.G. masculló entre dientes:
—Siéntese, señora. Ignore la pregunta.
Gladia se volvió a mirarle. Estaba a medio levantar. Los otros
componentes del grupo de la tribuna, por lo poco que podía verles fuera de la
luz del reflector, estaban tensos, inclinados hacia ella. Se volvió al público
y exclamó con vos estentórea:
—La gente de la tribuna quiere que me siente. ¿Cuántos de
ustedes quieren que me siente? Los noto silenciosos.., ¿Cuántos quieren que
siga aquí y les conteste honradamente?
Hubo un estallido de aplausos y gritos de:
—¡Conteste! ¡Conteste!
—La voz del pueblo —dijo Gladia—. Lo siento. D.G. y todos
ustedes, pero me mandan hablar.
Miró al reflector, cerrando los ojos y gritó:
—Ignoro quién controla las luces, pero ilumine el salón y apague
el reflector. No me importa lo que pueda significar para las cámaras de
hipervisión. Asegúrese solamente de que el sonido siga perfecto. A nadie le
importará si no se me ve muy bien, siempre y cuando puedan oírme.
¿Entendido?
—Entendido —fue la respuesta multitudinaria. Luego: — ¡Luces!
¡Luces!
Alguien de la tribuna hizo un gesto desesperado y el público fue
inundado de luz.
—Así está mucho mejor —dijo Gladia—. Ahora puedo veros a todos,
amigos míos.
Querría especialmente ver a la mujer que hizo la pregunta, la
que quiere saber mi edad.
Me gustaría dirigirme a ella directamente. No se avergüence. Si
ha tenido el valor de formular la pregunta, debe tener el valor de hacerla
abiertamente.
Esperó y finalmente una mujer se levantó en las filas centrales.
Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás, el color de su tez
era canela claro y su ropa, muy ceñida para poner de relieve su cuerpo esbelto,
era de diferentes tonos de marrón oscuro. Con voz algo estridente, protestó:
—No tengo miedo de levantarme. Ni tengo miedo de volver a
preguntarle: ¿qué edad tiene?
Gladia la miró tranquila y se encontró incluso feliz por la
confrontación. (¿Cómo era posible? Durante sus tres primeras décadas, había
sido cuidadosamente preparada para encontrar intolerable la presencia real de
un ser humano, y he aquí que ahora se enfrentaba sin temblar a miles de ellos.
Estaba vagamente sorprendida y totalmente satisfecha.)
—Por favor, señora —le rogó Gladia— permanezca en pie, y
hablemos. ¿Cómo puede medirse la edad? ¿En años transcurridos desde el
nacimiento?
La mujer le dijo con perfecta compostura:
—Me llamo Sindra Lambid. Soy un miembro de la legislatura y por
tanto uno de los "legisladores", y "honorables jefes" del
capitán Baley. Honrada, en todo caso (se oyeron unas risas y pareció que el
público estaba cada vez de mejor humor). Voy a contestar a su pregunta, creo
que el número de años galácticos transcurridos desde el nacimiento es la
definición habitual de la edad de una persona. Así, yo tengo cuarenta y cuatro
años. ¿Y usted? ¿Por qué no nos dice un número?
—Lo haré. Desde mi nacimiento, han pasado y dejado atrás
doscientos treinta y tres años galácticos, así que tengo algo más de veintitrés
décadas..., o algo más de cuatro veces la edad de usted.
Gladia se mantuvo erguida, sabiendo perfectamente que su cuerpo
menudo y esbelto, en aquella media luz, la hacía aparecer en aquel momento
extraordinariamente juvenil.
Hubo un murmullo confuso por parte del público y un gemido por
su izquierda. Una fugaz mirada en aquella dirección le mostró que D.G. se había
llevado la mano a la frente.
Gladia prosiguió:
—Pero esto es una forma enteramente pasiva de medir el tiempo
transcurrido. Es una medida de cantidad que no tiene en cuenta su calidad. Mi
vida se ha deslizado tranquila, podría decirse que ha sido aburrida. He
atravesado una rutina establecida, resguardada de todos los acontecimientos
exteriores por un bien engrasado sistema social que no dejaba lugar ni a
cambios ni a experimentos, y guardada por mis robots, que se interponían entre
yo y cualquier tipo de desventura.
Sólo dos veces en mi vida he sentido excitación y en ambas
ocasiones intervino la tragedia. Cuando tenía treinta y tres años, más joven en
años que ninguno de los que me estáis escuchando ahora, hubo un momento,
afortunadamente corto, en que una acusación de asesinato se cernió sobre mí.
Dos años más tarde hubo otro período que tampoco fue largo, en el que me vi
involucrada en otro asesinato. En ambas ocasiones, Elijah Baley estuvo a mi
lado. Creo que la mayoría de vosotros, quizá todos vosotros, estáis familiarizados
con la historia contada y escrita por el hijo de Elijah Baley.
Debo añadir una tercera ocasión; en este último mes, en la que
me he enfrentado con mucha excitación, alcanzando el punto álgido al ser
requerida para enfrentarme a todos vosotros, algo que es enteramente distinto
de cuanto haya podido hacer en mi larga vida.
Y debo confesar que solamente vuestro natural bondadoso y
vuestra amable aceptación de mí. lo han hecho posible.
Pensad cada uno de vosotros, el contraste de todo esto con
vuestras propias vidas.
Sois pioneros, y vivís en un mundo pionero. Este mundo ha ido
creciendo durante todas vuestras vidas, y continuará creciendo. Este mundo no
está aún del todo colonizado, y cada día es, y debe ser, una aventura. El clima
en sí ya es una aventura. Primero tenéis frío, luego calor y otra vez frío. Es
un clima rico en vientos y tormentas y cambios bruscos.
En ningún momento podéis sentaros y dejar que el tiempo
transcurra, adormilado, en un mundo que va cambiando suavemente.
Muchos baleymundistas son mercaderes, o pueden elegir serlo y
así pueden pasar la mitad de sus vidas recorriendo las sendas del espacio. Y si
alguna vez este mundo es domado, la mayoría de sus habitantes pueden elegir
pasar de esta esfera de actividades a otra menos desarrollada o formar parte de
una expedición que encontrará un mundo apropiado, que todavía no ha conocido el
paso de los humanos, y participarán en formarlo, sembrarlo y adecuarlo para la
ocupación humana.
Medid la longitud de la vida por hechos y acontecimientos,
logros y estímulos, y veréis en mí una niña, más joven que cualquiera de
vosotros. La mayor parte de mis años han valido solamente para cansarme y
aburrirme; los menos, para enriqueceros y estimularos... Así que, dígame otra
vez, señora Lambid, ¿qué edad tiene?
Lambid sonrió:
—Tengo cuarenta y cuatro años útiles, señora Gladia.
Se sentó otra vez y los aplausos atronaron incesantes. A
cubierto del ruido, D.G.
preguntó con voz ronca:
—Señora Gladia, ¿quién le enseñó a manejar un público como éste?
—Nadie —musitó—. Nunca lo había intentado hasta ahora.
—Abandone mientras los domina. La persona que ahora se pone de
pie es nuestro principal halcón de guerra. No necesita hacerle frente. Diga que
está cansada y siéntese.Nosotros nos ocuparemos del viejo Bistervan.
—Pero es que no estoy cansada. Y me divierto.
El hombre que tenía ante ella, ubicado en la extrema derecha
pero muy cerca de la tribuna, era alto, vigoroso, con unas cejas hirsutas y
blancas, caídas sobre sus ojos. Su escaso pelo también era cano y sus ropas, de
un negro profundo, llevaban una línea blanca a lo largo de cada manga y cada
pernera como si quisiera poner límites a su cuerpo. Su voz era profunda y
musical.
—Mi nombre —declaró— es Tomás Bistervan y me conocen muchos como
El Viejo, en especial, creo yo, porque les gustaría que así fuera y que no me
demorara mucho en morir. No sé cómo dirigirme a usted porque no parece llevar
un apellido y porque no la conozco bastante como para llamarla por su nombre. Y
a fuerza de ser sincero, tampoco deseo conocerla.
Aparentemente, ha salvado usted una nave de Baleymundo en
Solaria contras las trampas y artefactos montados por su gente, y se lo
agradecemos. A su vez nos ha largado una sarta de tonterías pacatas sobre
amistad y parentesco... ¡Pura hipocresía!
¿En qué momento su gente se ha sentido emparentada con nosotros?
¿Cuándo han sentido los espaciales algún tipo de relación con la Tierra y su
gente? Es obvio que ustedes, los espaciales, descienden de la Tierra. No lo
olvidamos. Tampoco olvidamos que ustedes sí lo han olvidado. Por más de veinte
décadas, los espaciales controlaron la Galaxia y trataron a los del planeta
Tierra como si fueran animales odiosos, de vida breve y contaminados. Ahora que
estamos volviéndonos fuertes, nos tiende la mano de la amistad, pero esta mano
lleva un guante, como todas vuestras manos. Procura no apartar su nariz de
nosotros, pero esa nariz, aunque no se volviera, lleva filtros. ¿Qué? ¿Estoy en
lo cierto?
Gladia levantó ambas manos y dijo:
—Puede ser que el público que está en este salón, y mucho más la
gente que me ve por hiperonda, no sepa que llevo guantes. No se notan, pero
aquí están. No lo niego. Y llevo filtros que tamizan el polvo y los
microorganismos sin interferir mi respiración. Tengo mucho cuidado en
pulverizarme periódicamente la garganta. Me lavo quizás algo más de lo que
requiere la mera limpieza. No niego nada.
Pero esto es el resultado de mis limitaciones, no de las
vuestras. Mi sistema ininunológico no es fuerte. Mi vida ha sido demasiado
cómoda y no he estado expuesta a casi nada. No fue elegido deliberadamente por
mí, pero debo pagar por ello. Si alguno de vosotros se encontrara en mi
infortunada situación, ¿qué haríais? En especial, el señor Bistervan, ¿qué
haría usted?
Bistervan respondió, sombrío:
—Haría lo mismo que usted y lo consideraría un indicio de
debilidad, un indicio de que no estoy adaptado ni preparado para vivir y que,
por lo tanto, debo dejar el sitio a los que son más fuertes. Mujer, no nos
hable de parentesco. No es parienta mía. Es una de aquellos que nos
persiguieron y trataron de destruirnos cuando ustedes eran fuertes, y que
vienen gimoteando ahora que se sienten débiles.
Hubo un revolverse inquieto de público, nada amistoso, pero
Bistervan se mantuvo firme. Gladia dijo con dulzura:
—¿Recuerdan el mal que les hicimos cuando éramos fuertes?
—No tema que lo olvidemos —repuso Bistervan—. Todos los días lo
tenemos presente.
—¡Bien! Porque ahora ya saben lo que deben evitar. Habéis
aprendido que cuando el fuerte oprime al débil, está mal. Por tanto, cuando
sois fuertes y nosotros débiles, no debéis ejercer la opresión.
—¡Ah, sí! Ya he oído el argumento. Mientras fueron fuertes no
oyeron hablar de moralidad; ahora, al ser débiles, la predican.
—Pero en vuestro caso, mientras fuisteis débiles sabíais todo
sobre la moral y os aterraba el comportamiento de los fuertes, y ahora que sois
fuertes os habéis olvidado de la moral. Con toda seguridad es mejor que el
inmoral aprenda la moral a través de la adversidad, que el moral olvide serlo
en la prosperidad.
—Daremos lo que recibimos —insistió Bistervan alzando el puño.
—Deberíais dar lo que os hubiera gustado recibir. —Y Gladia
alargólos brazos como si les abrazara. —Puesto que todo el mundo puede pensar
en algún viejo agravio que vengar, lo que está diciendo, amigo mío, es que está
bien que el fuerte oprima al débil. Y al decirlo justifica a los espaciales del
pasado y por tanto no debería quejarse del presente. Lo que digo es que la
opresión estuvo mal cuando se practicó en el pasado y será igualmente mala si
se practica en el futuro. Desgraciadamente, no podemos cambiar el pasado, pero
todavía podemos decidir lo que va a ser el futuro.
Gladia hizo una pausa. Al notar que Bistervan tardaba en
contestarle, gritó:
—¿Cuántos deseáis una nueva Galaxia, no la antigua Galaxia
incesantemente repetida?
Se reanudó el aplauso, pero Bistervan alzó los brazos y clamó
con voz estentórea:
—¡Esperad! ¡Esperad! ¡Nos seáis locos! ¡Basta!
Poco a poco volvió el silencio y Bistervan habló:
—¿Suponéis acaso que esta mujer cree en lo que está diciendo?
¿Suponéis que los espaciales nos desean algún bien? Todavía se creen fuertes, y
nos desprecian e intentan destruirnos si no les destruimos nosotros antes. Esta
mujer viene aquí, y, como imbéciles, le damos la bienvenida y la consideramos
importante. Bien, poned a prueba sus palabras.
Que cualquiera de vosotros pida permiso para visitar un mundo
espacial y veréis si os dejan. O si hay un mundo detrás de vosotros y podéis
serviros de amenazas, como hizo el capitán Baley y así estar autorizados para
tomar tierra en el planeta, ¿cómo os tratarán?
Preguntad al capitán si se le trató como pariente. Esta mujer es
una hipócrita, pese a todas sus palabras; no, precisamente por ellas.
Son como advertencias declaradas de su hipocresía. Se lamenta y
se queja de su inadecuado sistema de inmunidad y asegura que debe protegerse
contra el peligro de infección. Naturalmente, no lo hace porque crea que ¡somos
inmundos y enfermos! ¡Me figuro que jamás tuvo semejante idea!
Se lamenta de su vida pasiva, protegida de desventuras y
desatinos por una sociedad demasiado establecida y un montón de robots
demasiado solícitos. ¡Cómo debe de aborrecerlo!
Pero aquí, ¿qué peligro corre? ¿Qué desventura puede cebarse en
ella en nuestro planeta? No obstante, se ha traído sus dos robots consigo.
En este salón nos hemos reunido para conocerla y honrarla, y
tenerla en gran estima, pero hasta aquí se ha traído sus robots. Están allí, en
la tribuna con ella. Ahora que el salón está iluminado podéis verlos. Uno es
una imitación del ser humano y su nombre es R. Daneel Olivaw. El otro es un
descarado robot, de estructura abiertamente metálica, y se llama R. Giskard
Reventlov. Saludadles, queridos conciudadanos, ellos son la familia de esta
mujer.
—Jaque mate —murmuró D.G.
—Todavía no —respondió Gladia.
Entre el público se veían cabezas que se esforzaban por ver,
parecía que a todos les hubiera entrado un escozor y la palabra
"robot" circulaba de punta a punta del salón en miles de susurros.
—Los veréis sin esfuerzo —sonó la voz de Gladia—. Daneel,
Giskard, levantaos.
Al momento ambos robots se pusieron de pie detrás de ella.
—Colocaos uno a cada lado —les dijo— para que mi cuerpo no
entorpezca la vista.
Por más que mi cuerpo no es lo bastante grande para entorpecer
algo. Ahora, dejad que os aclare ciertas cosas. Estos dos robots no han venido
conmigo para servirme. Sí, me ayudan en la buena marcha de mi vivienda en
Aurora, junto con cincuenta y uno más, y no hago lo que un robot pueda hacer
por mí. Ésta es la costumbre del mundo en el que vivo. Los robots varían en
complejidad, habilidad e inteligencia y estos dos son superiores en estos
aspectos. Daneel, en especial, es, en mi opinión, el robot por excelencia, cuya
inteligencia es la más parecida a la humana en todas aquellas áreas que se
pueden comparar.
He traído solamente a Daneel y Giskard, pero no para prestarme
servicios. Por si les interesa, me visto, me baño, me sirvo de mis cubiertos
cuando como y ando sin que me lleven.
¿Los utilizo para mi protección personal? No. Me protegen, sí,
pero protegen igualmente a cualquiera que necesite protección. En Solaria,
recientemente, Daneel hizo lo que pudo para proteger al capitán Baley y estaba
dispuesto a dar su existencia para protegerme a mí. Sin él, la nave no hubiera
podido salvarse.
Y por supuesto, no necesito protección en esta tribuna. Después
de todo hay un campo de fuerza que cubre la plataforma y ésta es suficiente
protección. Está sin que yo lo solicitara, pero aquí está, y me proporciona
toda la protección que necesito.
Así que, ¿por qué están mis robots conmigo?
Aquellos que conocen la historia de Elijah Baley, que liberó a
la Tierra de sus amos espaciales, que concibió la nueva política de
colonización, y cuyo hijo guió al primer contingente humano a Baleymundo, ¿por
qué si no se le ha dado este nombre?, sabéis que antes de que me conociera
trabajó con Daneel. Trabajó con él en la Tierra, en Solaria y en Aurora en cada
uno de sus grandes empeños. Para Daneel, Elijah Baley fue siempre "colega
Elijah". No sé si este dato aparece en su biografía, pero os doy mi
palabra de que fue así. Y aunque Elijah Baley como hombre de la Tierra, empezó
con una gran desconfianza hacia Daneel, una gran amistad se estableció entre
ellos. Cuando Elijah Baley se sintió morir, aquí, en este planeta hace más de
dieciséis décadas, cuando esto no era más que un puñado de casas prefabricadas
rodeadas de jardines, no fue su hijo el que estuvo con él hasta el último
momento. Ni fui yo (por un momento temió que su voz se quebrara). Mandó llamar
a Daneel, y se aferró a la vida hasta que Daneel llegó.
Sí, ésta es la segunda visita de Daneel a este planeta. Yo vine
con él, pero me quedé en órbita (¡ánimo!). Fue solamente Daneel el que llegó a
tierra y el que recibió sus últimas palabras... Bien, ¿significa todo esto algo
para vosotros?
Su voz se elevó un tono y agitó las manos en alto:
—¿Debo decíroslo? ¿No lo sabéis ya? Éste es el robot por si que
Elijah Baley sintió cariño. Sí, le quería. Yo quería ver a Elijah antes de que
muriera para despedirme de él; pero él quiso a Daneel, y éste es Daneel. El
auténtico.
Y este otro es Giskard, que solamente conoció a Elijah en
Aurora, pero que logró salvarle la vida allí.
Sin estos dos robots, Elijah Baley no habría alcanzado su meta.
El mundo espacial seguiría siendo supremo, los mundos colonizados no existirían
y ninguno de vosotros estaría aquí. Lo sé. Sabéis que es así. Me pregunto si
también lo sabe el señor Tomás Bistervan.
En este mundo, Daneel y Giskard son dos nombres tenidos en gran
consideración. Los utilizan los descendientes de Elijah Baley a petición suya.
Yo he llegado en una nave cuyo capitán se llama Daneel Giskard Baley. Me
pregunto cuántos, entre los que me están viendo..., en persona o por vía
hiperonda..., llevan el nombre de Daneel o Giskard. Pues bien, esos robots que
están detrás de mí, son los robots cuyos nombres les conmemoran.
¿Y van a ser ofendidos por Tomás Bistervan?
El creciente murmullo del público iba en aumento, y Gladia
levantó los brazos, implorando:
—Un momento. Un momento. Dejadme terminar. No os he dicho aún
por qué he traído a los dos robots.
Se hizo el silencio.
—Estos dos robots —explicó Gladia— jamás han olvidado a Elijah
Baley, como tampoco lo he olvidado yo. Las décadas transcurridas no han apagado
en lo más mínimo nuestros recuerdos. Cuando ya estuve decidida a subir a la
nave del capitán Baley, cuando supe que podía visitar Baleymundo, ¿cómo podía
negarme a llevar a Daneel y a Giskard conmigo?
Querían ver el planeta que Elijah Baley había hecho posible, el
planeta en el que pasó sus últimos años y en el que murió.
Sí, son robots, pero son robots inteligentes que sirvieron bien
y con lealtad a Elijah Baley. No basta con sentir respeto por todos los seres
humanos, uno debe respetar a todos los seres inteligentes. Así que los he
traído aquí. —Luego en una súplica final que requería una respuesta, exclamó:
—¿He hecho mal?
Y obtuvo su respuesta. Un gigantesco grito de "¡No!"
resonó por todo el local Todo el mundo, puesto en pie, aplaudía, gritaba,
rugía, chillaba... una vez..., y otra..., y otra...
Gladia, sonriendo a medida que el ruido seguía, incesante, se
dio cuenta de dos cosas:
Primera, que estaba empapada en sudor. Segunda, que estaba más
feliz de lo que jamás se había sentido en su vida.
Era como si en todo ese tiempo hubiera estado esperando este
momento, el momento en que ella, educada en aislamiento, aprendía después de
veintitrés décadas, que podía hacer frente a la multitud, conmoverla y
doblegarla a su voluntad.
Escuchó la incansable y ruidosa respuesta... una y otra vez...,
y otra..., y otra...
35
Muchísimo más tarde, no podría decir cuánto tiempo, Gladia creyó
volver en sí.
Hubo primero aquel estruendo interminable, la sólida muralla de
los agentes de seguridad conduciéndola a través de la multitud hasta llegar a
unos túneles infinitos que parecían penetrar cada vez más profundamente en la
tierra.
Desde el primer momento perdió contacto con D.G. y no supo con
seguridad si Daneel y Giskard estaban a salvo con ella. Quería preguntar por
ellos, pero estaba rodeada de gente desconocida. Pensó vagamente que los robots
tenían que estar cerca, porque de lo contrario se habrían resistido a la
separación y hubiera oído el tumulto.
Cuando por fin llegó a la habitación, los dos robots estaban
allí.
No sabía exactamente dónde se hallaba, pero la estancia era
grande y limpia. Era poca cosa comparada con su hogar en Aurora, pero comparada
con el camarote de la nave, resultaba lujosa.
—Aquí estará a salvo, señora —le dijo el último de los guardias
al marcharse—. Sí necesita algo, avísenos —indicó un aparato sobre una mesita,
junto a la cama.
Se quedó mirando, pero cuando se volvió para preguntar qué era y
cómo funcionaba, el guardia ya se había ido. "Oh, bueno —pensó— ya me
arreglaré." — Giskard —dijo, agotada— descubre cuál de estas puertas lleva
al cuarto de baño y averigua si la ducha funciona. Lo que ahora necesito es una
buena ducha.
Se sentó con cuidado, consciente de que estaba empapada y reacia
a manchar de sudor la butaca. Giskard apareció cuando ya empezaba a
experimentar dolor por la rígida postura que había adoptado.
—Señora, la ducha funciona y está a la temperatura adecuada. Hay
un objeto sólido que supongo que es jabón, de un tipo muy primitivo, y una
especie de material como de toalla, junto con otros varios artículos que pueden
resultar útiles.
—Gracias, Giskard —dijo Gladia, consciente de que pese a su
grandilocuencia respecto de que los robots como Giskard no se dedican a
trabajos domésticos, esto era precisamente lo que le había pedido que hiciera.
Pero las circunstancias alteran a veces...
Sí nunca en su vida había necesitado una ducha tanto como ahora,
tampoco nunca había disfrutado tanto de ella como ahora. Se quedó bajo el agua
mucho más rato de lo preciso y cuando terminó no se le ocurrió preguntarse si
las toallas habían sido esterilizadas por radiación, hasta mucho después de
haberse secado, y para entonces ya era demasiado tarde.
Buscó entre los artículos que Giskard le había preparado: talco,
desodorante, peine, pasta de dientes, secador.., pero no encontró nada que
pudiera servir de cepillo de dientes. Finalmente renunció y se arregló con el
dedo, pero lo encontró poco satisfactorio.
Tampoco había cepillo para el pelo y también la fastidió. Lavó
bien el peine con jabón antes de utilizarlo, pero así y todo la disgustó.
Descubrió una prenda que parecía adecuada para la cama. Olía a limpia, pero era
demasiado holgada.
Daneel la advirtió:
—Señora, el capitán quiere saber si puede recibirle.
—Supongo que sí contestó mientras seguía buscando una prenda de
noche que estuviera mejor—. Déjalo entrar.
D.G. no solamente parecía cansado, sino desencajado también,
pero cuando se volvió para saludarle, él le sonrió con dulzura y le dijo:
—Es difícil creer que tiene más de veintitrés décadas.
—¿Qué? ¿Con esto?
—Esto ayuda. Es semitransparente..., ¿o no lo sabía?
Se miró, desconfiada, el camisón, y concedió:
—Bueno, si le divierte, pero de todos modos llevo viviendo dos
siglos y un tercio.
—Nadie viéndola lo adivinaría. Debe de haber sido muy hermosa en
su juventud.
—Nunca me lo dijeron, D.G. Graciosa, mona, siempre creí que era
a lo más que podía aspirar... Por si acaso, ¿cómo funciona este instrumento?
—¿El avisador? Toque el cuadradito de la derecha y alguien le
preguntará en qué puede servirla, y a partir de ese momento puede pedir lo que
sea.
—Bien. Necesito un cepillo de dientes un cepillo para el pelo y
ropa.
—Me ocuparé de que le proporcionen los dos cepillos. En cuanto a
ropa, ya se habían ocupado de ello. Tiene una bolsa de ropa colgada en su
armario. Encontrará que contiene lo mejor de la moda de Baleymundo, que a lo
mejor no le gusta, claro. Y tampoco puedo garantizarle que le vaya bien. La
mayoría de las mujeres baleymundistas son más altas que usted y mucho más
gruesas... Pero no importa. Creo que permanecerá recluida una temporada.
—¿Por qué?
—Pues, señora, al parecer esta noche pasada ha largado usted un
discurso y, me acuerdo de que no quiso sentarse aunque se lo pedí varias veces.
—Yo creo que tuve mucho éxito, D.G.
—Lo tuvo— Un éxito delirante —D.G. rió abiertamente y se rascó
el lado derecho de su barba como estudiando bien lo que iba a decir—. No
obstante, el éxito tiene también su penitencia. En este momento yo diría que es
la persona más famosa de Baleymundo y que cada uno de sus habitantes quiere
verla y tocarla. Si la llevamos a cualquier parte, se organizará un tumulto.
Por lo menos hay que esperar a que las cosas se enfríen. Y no sabemos cuánto
tardarán.
Además incluso los halcones de la guerra claman por usted, pero,
a la fría luz de la mañana, cuando se apague el hipnotismo y la histeria, se
sentirán furiosos. Si el viejo Bistervan no decidió matarla inmediatamente
después de su discurso, lo pensará mañana. La ambición de su vida es matarla
mediante una lenta tortura. Y hay gente de su partido que se ofrecería para
ayudar al viejo a satisfacer este pequeño capricho.
Es por lo que está aquí, señora. Es por lo que esta habitación,
este piso, este hotel por completo, está guardado y vigilado por no sé cuántos
destacamentos de agentes de seguridad, entre los que ojalá no se encuentre
ningún halcón encubierto. Y por haber estado tan íntimamente asociado con usted
en este juego de héroe-heroína, me encuentro atado aquí también, y no puedo
salir.
—¡Oh! —se excusó Gladia—. Cuánto lo siento. Entonces no podrá
ver a su familia.
D.G. se encogió de hombros.
—Los mercaderes no tenemos demasiada familia.
—A su amiga, pues.
—Sobrevivirá... probablemente mejor que yo. —Y dirigió una
mirada especulativa a Gladia.
—Ni siquiera lo piense, capitán —protestó ella.
—No hay forma de evitar que lo piense, pero no voy a hacer nada,
señora.
—En serio, ¿cuánto tiempo cree que tendré que quedarme aquí?
—Depende del Directorio.
—¿El Directorio?
—Nuestro consejo ejecutivo, señora. Cinco personas... —levantó
la mano con los cinco dedos bien abiertos —cada una de ellas sirviendo por
cinco años alternativos, con un reemplazo cada año, y elecciones especiales en
caso de muerte o invalidez. Esto proporciona continuidad y disminuye el peligro
del gobierno de una sola persona.
También significa que cada decisión debe discutirse y esto lleva
tiempo, a veces más tiempo del que podemos permitirnos.
—Se me ocurre —dijo Gladia— que si uno de los cinco fuera un
individuo decidido y fuerte...
—Podría imponer su opinión sobre los demás. Cosas así ya han
ocurrido a veces, pero ahora no es como antes... No sé si me entiende. El
director más antiguo es Genovus Pandaral. No hay nada malo en él, pero es un
indeciso...,.y esto a veces es malo. Le pedí que permitiera a sus robots estar
en la tribuna con usted, y resultó ser una mala idea.
—Pero, ¿por qué fue una mala idea? La gente estaba encantada.
—Demasiado, señora. Queríamos que usted fuera nuestra heroína
espacial preferida y que nos ayudara a mantener la indiferencia, de modo que no
tuviéramos que iniciar una guerra prematura. Estuvo muy bien en cuanto a
longevidad; estuvieron aplaudiendo y vitoreando la vida breve.
Pero después los tuvo vitoreando a los robots y eso no nos
gusta. Por esta razón, no nos gusta demasiado que el público vitoree la noción
de parentesco con los espaciales.
—No desean una guerra prematura, pero no desean una paz
prematura tampoco. ¿Es eso?
—Bien planteado, señora.
—Entonces, ¿qué es lo que quieren?
—Queremos la Galaxia, toda la Galaxia. Queremos colonizar y
poblar cada planeta habitable que haya en ella, y establecer nada menos que el
Imperio Galáctico. Y no queremos que los espaciales nos interfieran.
Pueden quedarse en sus propios mundos y vivir en paz como
quieran, pero no deben interponerse.
—Pero entonces los encerrarán en sus cincuenta mundos, como
nosotros hicimos con la Tierra y sus habitantes, durante muchos años. La misma
injusticia. Es usted tan malo como Bistervan.
—Las situaciones son diferentes. Los de la Tierra fueron
encerrados por su potencial expansivo. Ustedes, espaciales, no tienen tal
potencial. Eligieron el camino de la longevidad y los robots y perdieron el
potencial. Ni siquiera tienen ya cincuenta mundos. Solaria ha sido abandonada.
Los demás irán cayendo igual. Los colonizadores no están interesados en empujar
a los espaciales hacia la extinción, pero, ¿por qué íbamos a interponernos en
su voluntaria elección? Su discurso tendía a interponerse en contra.
—Me alegro. ¿Qué pensó que iba a decir?
—Se lo dije. Paz, amor y siéntese. Hubiera terminado en un
minuto.
Gladia protestó, furiosa:
—No puedo creer que esperara algo tan estúpido por mi parte.¿Por
quién me había tomado?
—Por lo que usted misma se había tomado... Por alguien
mortalmente asustada de hablar. ¿Cómo podíamos saber que era una loca que
podía, en media hora, persuadir a los baleymundistas de que gritaran a favor de
lo que durante varias vidas hemos estado persuadiéndoles de que gritaran en
contra? Pero esta conversación no nos llevará a ninguna parte. — Se puso en pie
pesadamente. — o también necesito una ducha y dormir toda la noche... si puedo.
La veré mañana.
—Pero, ¿cuándo sabremos lo que el Directorio decidirá hacer
conmigo?
—Cuando ellos lo descubran, que no va a ser pronto. Buenas
noches, señora.
36
—He hecho un descubrimiento —dijo Giskard, sin la menor emoción
en la voz—. Lo he hecho porque, por primera vez en mi existencia me encontré
frente a millares de seres humanos. De haberlo hecho doscientos años atrás, lo
habría descubierto entonces. Si nunca me hubiera enfrentado con tantos a la
vez, no lo habría descubierto nunca. Piensa en cuántos puntos vitales podría
fácilmente captar, pero no lo he hecho nunca ni lo haré, simplemente porque las
condiciones adecuadas no se cruzan en mi camino. Sigo ignorante menos cuando
las circunstancias me ayudan: no puedo contar con las circunstancias.
—Yo no creía, amigo Giskard, que Gladia, con su tan continuado
modo de vivir, pudiera enfrentarse con tanta ecuanimidad a millares de
personas. No creía que fuera capaz de hablarles. Cuando resultó que sí podía,
presumí que la habías ajustado y que habías descubierto que podías hacerlo sin
dañarla. ¿Era éste tu descubrimiento?
—Amigo Daneel, lo único que realmente me atreví a hacer fue
aflojar unas hebras de su inhibición, lo bastante para permitirle decir unas
pocas palabras, de modo que pudieran oírla.
—Pero ella hizo mucho más que eso.
—Después del ajuste microscópico, me volví a la multiplicidad de
mentes que veía entre el público. Nunca había experimentado a tantas, lo mismo
que Gladia. Me quedé tan estupefacto como ella. Al principio me encontré con
que no podía hacer nada en aquel vasto entrelazado mental que me golpeaba. Me
sentí desamparado. Y de pronto empecé a notar pequeñas simpatías, curiosidades,
intereses, no puedo describírtelo con palabras, con un tono de simpatía por
Gladia en todos ello. Jugué con lo que pude descubrir que tuviera ese tono de
simpatía, apretando y apretando muy ligeramente. Buscaba una pequeña respuesta
en favor de Gladia para que se sintiera animada, para que me resultara
necesario sentir la tentación de tantear más en la mente de ella. Eso fue lo
único que hice.
—¿Y luego qué, amigo Giskard?
—Encontré, Daneel, que había puesto en marcha algo que era
autocatalítico. Cada hebra que tensaba, tensaba otra hebra cercana del mismo
tipo y las dos juntas tensaban otras varias, también cercanas. No tenía que
hacer nada más. Pequeños movimientos, pequeños sonidos, pequeñas miradas que
parecían aprobar lo que decía Gladia, y que animaban a otros.
Luego encontré algo todavía más extraño. Todos estos pequeños
indicios de aprobación, que yo podía detectar porque las mentes estaban
abiertas para mí, también debió de detectarlas ella, porque las otras
inhibiciones de su mente fueron cayendo sin que yo tuviera que tocarlas. Empezó
a hablar más de prisa, con más confianza, y el público respondió mejor que
nunca..., sin que yo hiciera nada. Al final hubo histeria, una tormenta, una
tempestad de truenos y relámpagos mentales tan intensos que tuve que cerrar mi
propia mente o se me hubieran recargado los circuitos.
Nunca en toda mi existencia había encontrado algo parecido. No
obstante, empezó sin que yo introdujera ninguna modificación en aquella
muchedumbre, como las que en el pasado introduje entre un pequeño grupo de
personas. La verdad es que sospecho que el efecto se extendió más allá de la
gente sensible a mi mente, y al gran público le llegó vía hiperonda.
—No sé cómo puede ser eso, amigo Giskard.
—Ni yo, amigo Daneel. No soy humano. No experimento directamente
la posesión de una mente humana con todas sus complejidades y contradicciones,
así que no capto el mecanismo, o mecanismos, al que responden. Aparentemente,
las multitudes se manejan más fácilmente que los individuos. Parece una
paradoja. Mucho peso es más difícil de levantar que poco peso. Es más difícil
contrarrestar mucha energía que poca energía.
Cuesta más tiempo recorrer una gran distancia que una pequeña
distancia. Entonces, ¿por qué resulta más fácil manejar a mucha gente que
sacudir a unos pocos? Amigo Daneel, tú que piensas como un ser humano, ¿puedes
explicármelo?
—Tú mismo lo has dicho, amigo Giskard: un efecto autocatalítico,
un caso de contagio.
Una sola chispa puede hacer que se queme un bosque.
Giskard pareció estar sumido en profundos pensamientos. Al cabo
de unos minutos, dijo:
—No es la razón la que es contagiosa, sino la emoción. Gladia
eligió argumentos que sabía que conmoverían al público. No trató de razonar con
ellos. Puede ser que cuanto mayor sea el grupo de gente, más fácilmente se la
convence por la emoción que por la razón. Como las emociones son pocas y las
razones muchas, el comportamiento de una masa de gente es más fácil de predecir
que el comportamiento de una sola persona. Y esto, a su vez, significa que si
deben desarrollarse las leyes que permitan predecir el curso de la historia,
uno debe tratar con grandes concentraciones de gente, cuanto mayores mejor.
Esto podría ser la primera ley de Psicohistoria, la clave para estudiar a los
humanos. Pero...
—¿Sí?
—Me asombra que hayas tardado tanto tiempo en comprender esto,
solamente porque no soy un ser humano. Un humano tal vez comprendería
instintivamente su propia mente lo bastante bien para saber cómo manejar otras
parecidas. Gladia, sin ninguna experiencia en dirigirse a multitudes, llevó el
asunto magistralmente. ¡Cuánto mejor hubiera ido todo si tuviéramos con
nosotros a alguien como Elijah Baley! Amigo Daneel, ¿no piensas en él?
—¿Puedes ver su imagen en mi mente? Es asombroso, amigo Giskard.
—No lo veo, amigo Daneel. No puedo recibir tus pensamientos.
Pero puedo percibir emociones y estados de ánimo... Tu mente posee una calidad,
lo sé por antiguas experiencias, que sé que está asociada con Elijah Baley.
—Gladia mencionó que yo fui el último que vio al colega Elijah
en vida, así que, en el recuerdo, escucho otra vez aquel momento. Pienso otra
vez en lo que dijo.
—¿.Qué fue, amigo Daneel?
—Busco el significado. Sé que es importante.
—¿Cómo puede ser que lo que dijo encerrara un significado más
allá del valor de las palabras? Si hubiera habido un significado oculto, Elijah
Baley lo habría dicho.
—Quizá —musitó Daniel— el propio colega Elijah no comprendía el
significado de lo que me estaba diciendo.
DESPUÉS DEL DISCURSO
37
—¡Recuerdos!
Pesaban en la mente de Daneel como un libro cerrado,
infinitamente detallado, siempre disponible para su uso. Con frecuencia
revisaba algunos pasajes para su mayor información, pero solamente se revisaban
unos pocos porque Daneel quería simplemente sentir su tacto. Eran muy pocos; y
en su mayoría eran los que se referían a Elijah Baley.
Muchas décadas atrás, Daneel vino a Baleymundo mientras Elijah
Baley estaba todavía vivo. Gladia viajó con él, pero una vez en órbita de
Baleymundo, Bentley Baley descendió en su pequeña nave para encontrarse con
ellos y subió a bordo. En aquel momento ya esa un hombre envejecido. Miró a
Gladia con ojos ligeramente hostiles, y le dijo:
—Usted no puede verle, señora.
Y Gladia que había estado llorando preguntó:
—¿Por qué no?
—Porque él no lo desea, señora, y debo respetar sus deseos.
—No puedo creerlo, señor Baley.
—Traigo una nota escrita y una grabación de su voz, señora.
Ignoro si puede reconocer su escritura o su voz, pero le doy mi palabra de
honor de que son suyas y que ninguna influencia indebida le obligó a
facilitárnosla.
Entró en su camarote para leer y escuchar a solas, Luego
reapareció, con expresión derrotada, pero consiguió decir con voz firme:
—Daneel, debes ir solo a verle. Es su deseo. Pero deberás
informarme de todo cuanto se haga y se diga.
—Sí, señora.
Daneel se trasladó a la nave de Bentley y éste le dijo:
—Los robots no están autorizados en nuestro mundo, pero se ha
hecho una excepción en tu caso porque se trata del deseo de mi padre y porque
así se le reverencia. Yo no siento ninguna aversión personal contra ustedes,
compréndelo, pero tu presencia aquí debe ser forzosamente limitada. Se te
llevará directamente junto a mi padre. Cuando haya terminado contigo, serás
devuelto inmediatamente a la órbita. ¿Lo comprendes?
—Lo comprendo, señor. ¿Cómo está su padre?
—Está muriéndose —contestó Bentley, quizá con voluntaria
brutalidad.
—Esto también lo comprendo.dijo Daneel, y su voz tembló
perceptiblemente, no por una emoción normal, sino porque el conocimiento de la
muerte de un ser humano, por inevitable que fuera, desordenaba sus circuitos
positrónicos cerebrales—. Quiero decir que, ¿cuánto tiempo puede tardar en
morir?
—Debió haber muerto hace tiempo. Pero está aferrado a la vida
porque se niega a abandonarnos hasta que te haya visto.
Llegaron a tierra. Era un mundo, grande, pero el sector
habitado, si esto era todo, era pequeño y destartalado. Estaba nublado y había
llovido recientemente. Las calles, amplias y rectas, estaban vacías como si el
pueblo allí residente no estuviera de humor para reunirse para contemplar a un
robot.
El transporte de tierra les llevó a través de aquel vacío hasta
una vivienda algo mayor y más importante que las demás. Entraron juntos.
Delante de una puerta, Bentley se detuvo:
—Aquí está mi padre —dijo con tristeza—. Debes entrar solo. No
quiere que yo vaya contigo. Entra. Puede que no le reconozcas.
Daneel penetró en la oscuridad de la estancia. Su vista se
ajustó rápidamente y descubrió un cuerpo cubierto por una sábana, metido dentro
de una especie de cuna transparente que se distinguía solamente por un leve
resplandor. La luz aumentó en el interior de la habitación, y Daneel pudo
entonces ver el rostro con claridad.
Bentley tenía razón. Daneel apenas reconoció a su viejo colega.
Estaba flaco, descarnado. Tenía los ojos entornados y a Daneel
le pareció que estaba mirando un cadáver. Jamás había visto a un ser humano
muerto y cuando se dio cuenta de ello, se estremeció y pareció como si sus
piernas no pudieran sostenerlo.
El anciano abrió los ojos y Daneel recobró el equilibrio aunque
continuó experimentando una desusada debilidad.
Los ojos ie miraron y una débil sonrisa curvó los labios pálidos
y resecos.
—Daneel, mi viejo amigo Daneel —percibió débilmente el recordado
tono de voz de Elijah Baley en aquel murmullo. Un brazo salió con dificultad de
debajo de la sábana y Daneel pareció reconocer, pese a todo, a Elijah.
—Colega Elijah —murmuró con dulzura.
—Gracias..., gracias por venir.
—Para mí era importante venir, colega Elijah.
—Tuve miedo de que no te lo permitieran. Ellos..., los otros...,
incluso mi hijo..., sólo ven en tí a un robot.
—Soy un robot.
—No para mí, Daneel. No habrás cambiado—, ¿verdad? No te veo muy
bien, pero me parece que eres exactamente ei mismo que yo recuerdo. ¿Cuánto te
vi por última vez?
¿Hace veintinueve años?
—Sí, y en todo este tiempo, colega Elijah, no he cambiado, así
que ya ves, sigo siendo un robot.
—Pero yo sí he cambiado, y mucho. No hubiera debido permitir que
me vieras así, pero me sentía demasiado débil para resistirme al deseo de
volver a verte. — Parecía como si la voz se hubiera fortalecido, como si al ver
a Daneel hubiera recobrado más fuerza.
—Aunque hayas cambiado, colega Elijah, me complace verte.
—¿Y Gladia, cómo está?
—Está bien. Vino conmigo.
—No está..., —Una expresión de alarmada angustia le hizo mirar a
su alrededor y afectó su voz.
—No ha bajado a este mundo, pero sigue en órbita. Se le comunicó
que no deseabas verla... y comprendió.
—No es verdad. Deseo verla,.pero he podido resistir la
tentación. No ha cambiado, ¿verdad?
—Sigue igual a como la viste la última vez.
—Bien... Pero no podía dejar que me viera así. No podía permitir
que éste fuera el último recuerdo que tuviera de mí. Contigo es diferente.
—Es porque soy un robot, colega Elijah.
—Deja de insistir —murmuró impaciente el moribundo—. Ni
significarías más para mí, Daneel, si fueras un hombre.
Por un momento permaneció silencioso en su cuna, luego dijo:
—En todos estos años, nunca la he hipervisado, ni le he escrito.
No podía, no debía interferir en su vida... ¿Sigue Gladia casada con Grenuonis?
—Sí, señor.
—¿Y es feliz?
—No puedo juzgarlo, Pero no se comporta de un modo que pudiera
interpretarse como que fuera desgraciada.
—¿Hijos?
—Los dos autorizados.
—¿No se ha enfadado nunca por no comunicarme con ella?
—En mi opinión, comprendió tus motivos.
—¿Alguna vez habla de mí?
—Casi nunca, pero según Giskard, piensa en ti con frecuencia.
—¿Cómo está Giskard?
—Funciona perfectamente..., de la forma que tú ya conoces.
—Entonces, pues..., ¿conoces tú también sus habilidades?
—Me las ha confiado, colega Elijah.
De nuevo guardó silencio Baley, después se movió y dijo:
—Daneel, he querido que vinieras por un deseo egoísta de verte,
de ver por mí mismo que no has cambiado, de que todavía queda un aliento de
aquellos grandes días de mi vida, que me recuerdas y que seguirás
recordándome... Pero también quiero decirte algo.
No tardaré en morir, Daneel, y sabía que la noticia te llegaría.
Incluso si no estuvieras aquí, incluso si siguieras en Aurora, la noticia
habría llegado a ti. Mi muerte será una noticia de carácter galáctico. —Su
pecho se alzó en una risa débily silenciosa. —¿Quién podía haberlo pensado?
Gladia también se habría enterado, claro, pero Gladia sabe que
debo morir y acepta el hecho, por triste que le resulte. Lo que temí era el
efecto que esto te causaría, puesto que eres, tú insistes en ello y yo lo
niego, un robot. En recuerdo de los viejos tiempos podrías sentirte en la
obligación de no dejarme morir y el hecho de que no puedas hacerlo podía,
quizá, tener un efecto deletéreo sobre ti. Déjame que lo discuta contigo—. La
voz de Baley iba debilitándose. Aunque Daneel se encontraba sentado, inmóvil,
su rostro estaba en la insólita situación de reflejar tristeza.
Tenía una expresión fija de preocupación y angustia. Los ojos de
Baley estaban cerrados y no podía darse cuenta de ello.
—Mi muerte, Daneel —prosiguió— no es importante. Ninguna muerte
individual es importante entre los humanos. Todo el que muere deja tras él su
trabajo y eso no muere del todo. Jamás muere enteramente mientras exista la
humanidad... ¿Comprendes lo que estoy diciendo?
—Sí, colega Elijah.
—El trabajo de cada individuo es una contribución a la totalidad
y de este modo se vuelve parte inmortal de ella. La totalidad de las vidas
humanas, pasadas, presentes y futuras, forma un tapiz que existe desde hace
miles de millares de años y que se ha ido haciendo cada vez más hermoso y más
complicado en todo este tiempo. Incluso los espaciales son un brote de este
tapiz y ellos también añaden a la complicación y belleza del dibujo. Una vida
individual es como una hebra del tapiz, y ¿qué es una hebra comparada con toda
la pieza?
Daneel, manten tu mente firmemente fija en el tapiz y no dejes
que una sola hebra suelta te afecte. Hay muchas más hebras, cada una de ellas,
valiosísima; cada una contribuyendo...
Baley dejó de hablar, pero Daneel esperó, paciente. Luego abrió
los ojos, miró a Daneel y frunció ligeramente el entrecejo.
—¿Todavía estás aquí? Ha llegado la hora de que te vayas. Ya te
he dicho lo que quería decirte.
—No quiero irme, colega Elijah.
—Debes irte. No puedo retener la vida por más tiempo. Estoy
cansado...
Desesperadamente cansado. Quiero morir. Ya es hora.
—¿No me dejas que espere, mientras estás vivo?
—No quiero. Si muero mientras me contemplas, puede afectarte
gravemente, pese a todo lo que te he dicho. Vete ahora. Es una... orden. Te
permitiré que seas un robot, si así lo deseas, pero debes obedecer mis órdenes.
Por más que hagas, no puedes salvar mi vida, así que no hay nada que preceda a
la segunda ley. ¡Vete!
El dedo de Baley le apuntó débilmente y dijo:
—Adiós, amigo Daneel.
Daneel se volvió despacio, siguiendo las órdenes de Baley con
inusitada dificultad.
—Adiós, colega... —Se detuvo y le dijo con voz enronquecida:
—Adiós, amigo Elijah.
Bentley se enfrentó a Daneel en la habitación contigua:
—¿Está vivo aún?
—Lo estaba cuando salí.
Bentley entró y salió casi al instante.
—Ya no lo está. Te vio... y luego se abandonó.
Daneel tuvo que apoyarse en la pared. Tardó mucho antes de poder
mantenerse erguido.
Bentley, con los ojos apartados de él, esperó y luego juntos
regresaron a la pequeña nave, subiendo a la órbita donde esperaba Gladia. Ella
también preguntó si Elijah Baley vivía aún, y cuando con dulzura le dijeron que
ya no, dio media vuelta, y se metió en su camarote para llorar.
37a
Daneel siguió el hilo de su pensamiento como si el vívido
recuerdo de la muerte de Baley, con todos sus detalles, no lo hubiera
interrumpido momentáneamente.
—Y, sin embargo, puedo entender algo más de lo que el colega
Elijah me decía, y lo comprendo ahora a la luz del discurso de Gladia.
—¿De qué modo?
—Todavía no estoy seguro. Me resulta muy difícil pensar en la
dirección que intento seguir.
—Esperaré todo lo que sea necesario —dijo Giskard.
38
Genovus Pandaral era alto y no muy viejo, a pesar de su espesa
melena blanca que, junto con sus vaporosas patillas, le daba. una apariencia
digna y distinguida. Su aspecto de líder le había ayudado a un rápido ascenso;
pero, como él sabía muy bien, su aspecto era infinitamente superior a su valía.
Tan pronto como fue elegido para formar parte del Directorio
superó con rapidez el júbilo inicial. Su cargo era superior a sus
merecimientos. Cada año, a medida que ascendía automáticamente un peldaño, lo
veía con mayor claridad. Ahora era Director Decano.
¡Nada menos que Director Decano!
En épocas pasadas, la tarea de gobernar había sido fácil. En la
época de Nephi Morler, hacía ocho décadas, el propio Morler, siempre había sido
presentado a los escolares como el mayor Director de todos los tiempos, no fue
gran cosa, ¿Qué era entonces Baleymundo? Un mundo pequeño, una sarta de
granjas, un puñado de ciudades agrupadas a lo largo de líneas naturales de
comunicación. La población total no pasaba de cinco millones y las
exportaciones más importantes eran lana virgen y algo de titanio.
Los espaciales los ignoraban por completo bajo la influencia
benigna de Han Fastolfe de Aurora, y la vida era sencilla. La gente podía
siempre viajar de vuelta a la Tierra..., si deseaba respirar cultura o palpar
tecnología, y siempre había una corriente incesante de gente del planeta Tierra
que llegaba como inmigrante. La enorme población de la Tierra era inagotable.
¿Por qué Morler no pudo ser un gran director? Porque no tuvo
nada que hacer.
En el futuro, iba también a resultar sencillo gobernar. A medida
que los espaciales se fueran degenerando (a los escolares se les decía que se
ahogarían en las contradicciones de su sociedad, aunque Pandaral se preguntaba,
a veces, si esto era realmente cierto) y los colonizadores crecieran en numero
y fuerza, no tardaría en llegar el momento en que la vida volvería a ser
segura. Los colonizadores vivirían en paz y desarrollarían al máximo su propia
tecnología.
A medida que se llenara Baleymundo, asumiría las proporciones y
los modos de otra Tierra, como los demás mundos, mientras irían surgiendo otros
nuevos cada vez más abundantes hasta formar el futuro Imperio Galáctico. Y por
supuesto, Baleymundo, como el más antiguo y más populoso de los mundos
colonizados, siempre tendría un primer puesto en ese imperio bajo la égida
bondadosa y perpetua de la Madre Tierra.
Pero no fue en el pasado cuando Pandaral fue Director Decano.
Tampoco en el futuro. Era ahora.
Han Fastolfe había muerto, pero ahora el que vivía era Kelden
Amadiro. Hacía veinte décadas que Amadiro había estado en contra de que se
autorizara a la Tierra a que enviara colonos, y seguía aún en vida para
crearles problemas. Los espaciales eran demasiado fuertes para no tenerlos en
cuenta; los colonizadores no eran lo bastante fuertes como para avanzar
confiados. De un modo u otro los colonizadores deberían mantener a raya a los
espaciales hasta que la balanza estuviera suficientemente equilibrada. La tarea
de mantener a los espaciales tranquilos y a los colonizadores decididos y
sensatos, pesaba cada vez más sobre los hombros de Pandaral que sobre los de
ningún otro. Era una tarea que ni le gustaba ni la deseaba.
Era una mañana fría y gris que amenazaba con otra nevada, aunque
eso no era ninguna sorpresa, y se fue solo al hotel. No quería séquito.
Los guardias de seguridad se cuadraron al verle pasar y él les
saludó, cansado. Habló con el capitán de la guardia cuando éste se le acercó:
—¿Problemas, capitán?
—Ninguno, Director. Todo está tranquilo.
Pandaral inclinó la cabeza y preguntó:
—¿En qué habitación han instalado a Baley? ¡Ah! Y la mujer
espacial y sus robots, ¿están bien guardados? Muy bien.
Siguió adelante. En general, D.G. se había portado bien.
Solaria, abandonado, podía ser utilizado por los mercaderes como un infinito
depósito de robots y como fuente de grandes beneficios, "aunque los
beneficios no deben considerarse como equivalentes naturales de seguridad
mundial", se dijo Pandaral con prevención. Pero Solaria, cosido de
trampas, era mejor dejarlo. No valía una guerra. D.G. había obrado bien
despegando inmediatamente.
Y llevándose el intensificador consigo. Hasta aquel momento
tales artefactos eran tan pesados que solamente podían ser utilizados en
grandes y costosas instalaciones dedicadas a destruir naves invasoras, e
incluso éstas jamás habían ido más allá de la preparación del descenso.
Demasiado costoso. Era absolutamente necesario poseer versiones
más pequeñas y más baratas, así que D.G. estaba en lo cierto al pensar que
llevar un intensificador de Solaria a su mundo era mucho más importante que
todos los robots de aquel mundo, reunidos. Aquel intensificador ayudaría
enormemente a los científicos de Baleymundo.
Sin embargo, si uno de los mundos espaciales poseía un
intensificador portátil, ¿por qué no los demás? ¿Por qué no Aurora? Si ese tipo
de armas se hacía lo bastante pequeño como para colocarlo en las naves de
guerra, una flota espacial podía eliminar sin el menor problema cualquier
número de naves de los colonizadores. ¿Hasta qué punto de desarrollo habían
llegado? ¿Y a qué velocidad podía Baleymundo progresar con la ayuda del
intensificador que D.G. había traído?
Llamó a la puerta de la habitación de D.G. y a continuación
entró sin esperar casi la invitación a hacerlo. Había ciertas ventajas que eran
inherentes al nombramiento de Director Decano.
D.G. miró desde el cuarto de baño y dijo por entre la toalla con
la que se estaba secando el pelo:
—Me hubiera gustado recibir a Vuestra Excelencia de una forma
más digna, pero me ha sorprendido en desventaja: me encuentro en la posición
poco digna de acabar de salir de la ducha.
—Cállate ya —dijo Pandaral.
En general disfrutaba con la irreprensible frivolidad de D.G.
pero no en aquel momento.
En cierto modo nunca había acabado de entender a D.G. Era un
Baley, un descendiente directo del gran Elijah y del fundador, Bentley. Esto
situaba a D.G. como un sucesor natural para el cargo de Director, especialmente
porque poseía el tipo de afabilidad que atraía al público. No obstante, eligió
ser un mercader, lo cual acarreaba una vida difícil y peligrosa. Podía
enriquecerle, pero era más probable que le matara o, lo que era mucho peor, que
le envejeciera prematuramente.
Además, la vida de D.G. como mercader le tenía mucho tiempo
apartado de Baleymundo, por espacio de varios meses seguidos, y Pandaral
prefería sus consejos a los de la mayoría de sus jefes de departamento. Uno no
podía decir cuándo D.G. hablaba en serio, excepto por eso, merecia la pena
escucharle. Pandaral dijo, abrumado:
—No creo que e! discurso de esa mujer haya sido lo mejor que
podía ocurrirnos.
D.G., ya casi vestido, se encogió de hombros y respondió:
—¿Quién podría haberlo previsto?
—Tú podías. Debiste haberte enterado de su procedencia si te
decidiste a traerla.
—Ya lo creo que estudié su procedencia. Director. Pasó más de
tres décadas en Solaria. Fue en Solaria donde se formó, y allí vivió
enteramente rodeada de robots. Veía a los seres humanos solamente en imágenes
holográficas, excepto a su marido..., y éste no la visitaba con frecuencia.
Tuvo mucha dificultad para adaptarse cuando llegó a Aurora, e incluso allí
vivió entre robots. En ningún momento de sus veintitrés décadas se hubiera
enfrentado con más de veinte personas reunidas, y mucho menos con cuatro mil.
Di por seguro que no podría pronunciar más de unas pocas palabras si lo
conseguía. No hubo forma de saber que podía soliviantar a las masas.
—Pudiste pararla una vez que descubriste que lo estaba haciendo.
Estabas sentado a su lado.
—¿Deseaba usted un tumulto? La gente estaba disfrutando con
ella. Usted estaba allí.
Lo vio también. Si la hubiera obligado a sentarse habrían
asaltado la tribuna. Después de todo, Director, usted tampoco trató de hacerla
callar.
Pandaral se aclaró la garganta.
—La verdad es que lo pensé, pero todas las veces que miré hacia
atrás, tropecé con la mirada de su robot, el que parece un robot.
—Giskard. Bueno, ¿y qué? No podía hacerle ningún daño.
—Ya lo sé. Pero de todos modos me ponía nervioso, y en cierto
modo me lo impidió.
—Bueno, no se preocupe, Director —le tranquilizó D.G. Ya estaba
completamente vestido y le acercó la bandeja del desayuno. —El café está
todavía caliente. Sírvase bollos y mermelada si le apetece. Todo pasará. No
creo que el público rebose de amor por los espaciales y estropee nuestra
política. Incluso podría servir a algún propósito. Si los espaciales se
enterasen, el partido de Fastolfe podría verse reforzado. Fastolfe está muerto,
pero no su partido, por lo menos, no del todo, y necesitamos animar su política
de moderación.
—En lo que yo estoy pensando —objetó Pandaral— es en que dentro
de cinco meses tenemos el Congreso de Colonizadores. Voy a tener que tragarme
todo tipo de referencias sarcásticas sobre la pacificación de Baleymundo y
sobre el amor a los espaciales por parte de los baleymundistas. Te digo
—añadió, abatido— que cuanto más pequeño es el mundo, más agresivo resulta.
—Entonces, dígaselo así —aconsejó D.G.— Muéstrese muy estatal en
público, pero cuando les tenga a solas, míreles a los ojos no oficialmente.
Explíqueles que en Baleymundo hay libertad de expresión y que nos proponemos
que siga así. Dígales que Baleymundo tiene muy a pecho los intereses de la
Tierra, pero si cualquiera de los mundos desea demostrar su mayor devoción al
planeta Tierra declarando la guerra a los espaciales, Baleymundo lo contemplará
interesado, pero nada más. Esto les hará callar.
—¡Oh, no! —exclamó Pandaral, alarmado—. Un comentario de este
tipo se filtraría, y crearía un clima imposible.
—Tiene razón, y es una lástima. Pero piénselo así y no deje que
esos pequeños fanfarrones le atosiguen.
—Supongo que lo superaremos —suspiró Pandaral—, pero lo de
anoche desbarató al máximo nuestros planes. Eso es lo que lamento.
—¿Hasta qué máximo?
—Cuando dejaste Aurora en dirección a Solaria, dos naves de
guerra fueron también a Solaria. ¿Lo sabías?
—No, pero era algo que esperaba que ocurriera —dijo D.G. con
indiferencia—. Por esa razón me tomé la molestia de pasar por una ruta de
evasión.
—Una de las naves auroranas aterrizó en Solaria, a miles de
kilómetros de distancia de ustedes, así que no daba la impresión de que los
estuviera siguiendo, y la otra permaneció en órbita.
—Sensato. Es lo mismo que yo habría hecho de haber tenido una
segunda nave a mi disposición.
—La nave aurorana que aterrizó fue destruida a las pocas horas.
La que quedó en órbita informó de ello y la mandaron regresar. Una estación
monitora de los mercaderes captó el informe y nos lo transmitió.
—¿Estaba en clave?
—Por supuesto, pero era una de las que habíamos descifrado.
D.G. asintió, pensativo y, luego comentó:
—Muy interesante. Deduzco que no tendrían a nadie que hablara
solario.
—Es evidente. A menos que alguien pueda averiguar a dónde han
ido a parar los solarios, esa mujer que trajiste es la única disponible en la
Galaxia.
—Y dejaron que me la llevara... ¡Malo para los auroranos!
—En todo caso, yo iba a anunciar anoche la destrucción de la
nave de Aurora. Así, sencillamente, sin alardear, pero habría excitado a cada
colono de la Galaxia. Quiero decir que nosotros escapamos con vida y los
auroranos no.
—Disponíamos de una Solaria —le recordó D.G.—. Los auroranos,
no.
—Es lo mismo. Te hubiera favorecido a tí y a la mujer también,
pero todo se ha venido abajo. Después de lo que hizo esa mujer, cualquier otra
cosa habría parecido una fruslería, incluso las noticias de la destrucción de
una nave de guerra aurorana. Eso por no mencionar que todo el mundo acaba de
aplaudir lo del parentesco y el amor, y esto hubiera ido en contra. Bueno, por
lo menos por espacio de media hora. No se podía aplaudir la muerte de un par de
centenares de parientes auroranos.
—Naturalmente. Así que hemos perdido una enorme baza
psicológica.
D.G. estaba ceñudo, cuando añadió:
—Olvídelo, Director. Siempre puede dirigirse la propaganda en
otro sentido y en un momento más apropiado. Lo importante es lo que significa.
Una nave aurorana volada.
Eso quiere decir que no contaban con la utilización de un
intensificador nuclear. A la otra nave se le ordenó retroceder y esto significa
que no estaba equipada para defenderse...
Tal vez ni siquiera tienen con qué defenderse. De todo ello
deduzco que ese intensificador portátil, o en todo caso semiportátil, es una
creación específicamente solaria no desarrollada por los auroranos. Para
nosotros es una gran noticia si es cierta. De momento no nos preocupemos de los
puntos débiles de la propaganda sino concentrémonos en sacar la máxima
información que podamos de ese intensificador.
Queremos estar por delante de los espaciales en este aspecto, si
es posible.
Pandaral mordisqueó un bollo y replicó:
—Puede que tengas razón. Pero en tal caso, ¿cómo vamos a colocar
la otra noticia?
—¿Qué otra noticia? Director, ¿va usted a proporcionarme la
información que necesito para entendernos o se propone dejarla en el aire para
que tenga que saltar y cazarla al vuelo?
—No te enfades, D.G. Es inútil hablar contigo si no puede
hacerlo sin ceremonias. Tú sabes lo que es una reunión del Directorio. ¿Te
apetece mi cargo? Puedes quedarte con él si quieres.
—No, gracias, no lo quiero. Lo que sí quiero es la noticia.
—Hemos recibido un mensaje de Aurora. Un auténtico mensaje. Esta
vez se han dignado comunicarse directamente con nosotros en lugar de hacerlo a
través de la Tierra.
—Entonces, podemos considerarlo un mensaje importante..., para
ellos. ¿Qué quieren?
—Quieren que les devolvamos a la mujer solaria.
—Está claro, pues, que saben que nuestra nave escapó de Solaria
y ha llegado a Baleymundo. Ellos también tienen sus estaciones monitoras y
escuchan nuestras comunicaciones como nosotros las suyas.
—Absolutamente —asintió Pandaral, irritado—. Descifran nuestras
claves tan de prisa como nosotros las suyas. Mi opinión es que deberíamos
llegar a un acuerdo para que ambos enviemos los mensajes sin cifrar. Ninguno de
los dos perdería nada.
—¿Dijeron por qué querían a la mujer?
—Claro que no. Los espaciales no dan explicaciones, sólo dan
órdenes.
—¿Han descubierto exactamente qué fue lo que la mujer consiguió
en Solaria? Dado que es la única persona que habla auténtico solario, ¿no será
que la necesitan para que limpie el planeta de capataces?
—No sé cómo habrán podido descubrirlo, D.G. Anoche nosotros
anunciamos solamente su intervención. El mensaje de Aurora se recibió mucho
antes. Pero no importa el porqué la quieren. La pregunta es: ¿Qué hacemos? Si
no la devolvemos, nos veremos envueltos en una crisis con Aurora y no lo
quiero. Si la devolvemos, los baleymundistas lo encontrarán mal y el viejo
Bistervan se apuntará un tanto tachándonos de serviles ante los espaciales.
Se miraron preocupados, luego D.G. dijo arrastrando las
palabras:
—Tendremos que devolverla. Después de todo, es una espacial, una
ciudadana de Aurora. No podemos retenerla contra la voluntad de Aurora o
pondremos en peligro a cada mercader que se aventure a ir por negocios al
territorio espacial. Pero la traeré de vuelta, Director, y cúlpeme a mí de
ello. Dígales que las condiciones de que me la llevara a Solaria fueron que la
devolvería a Aurora, lo que es verdad, aunque no se hizo por escrito, y que
como soy un hombre de palabra, sabré cumplir el acuerdo... Tal vez resulte en
beneficio nuestro.
—¿De qué forma?
—Tengo que estudiarlo. Pero si hay que hacerlo, Director, mi
nave tendrá que ser reparada con fondos planetarios. Mis hombres necesitarán
una prima suculenta...Vamos, Director, tenga en cuenta que no disfrutarán de su
permiso.
39
Considerando que no se había propuesto volver a su nave hasta
por lo menos pasados tres meses, D.G. estaba de excelente humor. Y considerando
que Gládia tenía un alojamiento mayor y más lujoso que el anterior, se mostraba
claramente deprimida.
—¿Qué es todo esto?—preguntó.
—¿Cómo, mirando el dentado a un caballo regalado? —preguntó D.G.
a su vez.
—Yo sólo pregunto. ¿Por qué?
—En primer lugar, señora, es usted una heroína de clase A.
Cuando se reparó la nave, este aposento fue remozado para usted.
—¿Remozado?
—Es una expresión. Embellecido, si lo prefiere.
—Este espacio tuvo que ser creado para alguien. ¿A quién he
perjudicado?
—En realidad era el cuarto de estar de la tripulación, pero
ellos insistieron, ¿sabe? Es su favorita. El caso es que Niss... ¿Se acuerda de
Niss?
—Ya lo creo.
—Quiere que se quede con él en lugar de Daneel. Dice que Daneel
no disfruta con su puesto y que no deja de pedir perdón a sus víctimas, En
cambio él destruirá a cualquiera que le cause la menor molestia, disfrutará
haciéndolo, y nunca pedirá perdón por ello.
Gladia sonrió; —Dígale que tendré en cuenta su ofrecimiento y
que será un placer estrecharle la mano, si podemos arreglarlo. No tuve
oportunidad de hacerlo antes de aterrizar en Baleymundo.
—Confío en que lleve sus guantes cuando le estreche la mano.
—Claro, pero me pregunto si es realmente necesario. No he
estornudado siquiera desde que salí de Aurora. Las inyecciones que me pusieron
han reforzado maravillosamente mi sistema inmunológico. —Volvió a mirar
alrededor. —Incluso han puesto hornacinas para Daneel y Giskard. Muy amable por
su parte, D.G.
—Señora, nos esforzamos por complacerla y estamos encantados de
que esté satisfecha.
—Aunque le parezca raro —Gladia parecía realmente desconcertada
por lo que iba a decir—, no estoy realmente satisfecha, no estoy segura de que
quiera abandonar este mundo.
—¿No? Frío, nieve, lúgubre, primitivo, multitudes gritando
incesantemente por todas partes. ¿Qué puede atraerla aquí?
Gladia enrojeció:
—No son las multitudes vociferantes.
—Haré como si la creyera, señora.
—No, no. Es algo completamente distinto. Yo..., yo jamás había
hecho nada. Me he divertido de forma trivial, me he interesado por colorear
campos magnéticos y me he dedicado al exodiseño de robots. He hecho el amor y
he sido esposa y madre... En ninguna de esas cosas he conseguido
individualizarme. Si hubiera desaparecido de pronto del mundo o si jamás
hubiera nacido, nadie ni nada se habría sentido afectado, excepto, quizá, uno o
dos amigos íntimos. Ahora es distinto.
—¿Sí? —En la voz de D.G. se percibía un dejo de ironía.
—¡Sí! Puedo influir en la gente. Puedo elegir una causa y
hacerla propia. He elegido una causa. Quiero evitar la guerra. Quiero que el
universo esté poblado por espaciales y colonizadores por igual. Quiero que cada
grupo conserve sus peculiaridades y acepte libremente las de los demás. Quiero
trabajar en ello con tanto empeño que cuando ya no esté, la historia haya
cambiado porque yo lo quise y la gente diga: "De no ser por ella las cosas
no serían tan satisfactorias como son." Se volvió a D.G. con el rostro
resplandeciente:
—¿Sabe la diferencia que hay después de dos siglos y un tercio
de no ser nadie y tener la oportunidad de ser alguien?, ¿de descubrir que una
vida que había creído vacía resulta contener algo maravilloso? ¿de ser feliz
mucho después de haber abandonado la esperanza de serlo?
—Para tener todo eso, señora, no es preciso estar en Baleymundo.
D.G. estaba en cierto modo un poco impresionado.
—En Aurora no voy a tenerlo. Solamente soy una solaria emigrada
en Aurora, una espacial en un mundo de colonizadores, algo fuera de lo
corriente.
—Sin embargo, en diferentes ocasiones, y con mucha insistencia,
ha declarado que quería regresar a Aurora.
—Hace algún tiempo, sí, pero ahora no, D.G. De veras que ya no
quiero.
—Eso nos honra a nosotros, pero Aurora la reclama. Nos lo han
participado.
Gladia se mostró claramente asombrada:
—¿Que me reclaman?
—Un mensaje oficial del Presidente del Consejo de Aurora lo ha
dicho así. Estaríamos encantados de conservarla con nosotros, pero los
Directores han decidido que retenerla no vale una crisis interestelar. Yo no
estoy de acuerdo con ellos, pero ellos mandan.
—¿Y por qué iban a quererme? —preguntó Gladia, sorprendida—. He
vivido en Aurora más de veinte décadas y en ningún momento demostraron
quererme... ¡Espere! ¿Supone que me consideran como el único medio de parar a
los capataces de Solaria?
—Yo he tenido la misma idea, señora.
—Pues no lo haré. Contuve a aquella capataza por un pelo y tal
vez nunca más pueda repetir lo que hice entonces. Sé que no podré. Además,
¿para qué necesitan tomar tierra en el planeta? Pueden destruir las capatazas a
distancia, ahora que saben lo que son.
—En realidad —añadió D.G.—, el mensaje reclamando su regreso fue
enviado antes de que se enteraran de su conflicto con la capataza. Deben
quererla para algo más.
—¡Oh! —Parecía estupefacta. Luego, indignada de nuevo, dijo:
—No me importa el motivo. No quiero regresar. Aquí es donde
tengo mi trabajo, y me propongo continuarlo.
D.G. se puso en pie.
—Me alegra oírselo decir, señora Gladia. Tenía la esperanza de
que pensara así. Le prometo que haré lo imposible por traerla de vuelta conmigo
cuando salgamos de Aurora.
Pero, ahora mismo, debo ir a Aurora y usted conmigo.
40
Gladia contempló cómo se alejaba Baleymundo con emociones
distintas a las que experimentó cuando lo vio acercarse. Ahora era precisamente
aquel mundo frío, gris y miserable que le había parecido en un principio, pero
su gente estaba llena de calor y vida. Era gente real, sólida. Solaria, Aurora,
los otros mundos espaciales que había visitado o contemplado en hipervisión,
parecían llenos de gente insustancial, "gaseosa".
Ésa era la palabra. "Gaseosos." No importaba que
fueran pocos los humanos que vivían en un mundo espacial, se extendían para
llenar el planeta del mismo modo que las moléculas de gas se extienden para
llenar el recipiente que las contiene.
Era como si los espaciales se repelieran.
Y lo hacían, se dijo deprimida. Los espaciales la habían
repelido siempre. En Solaria la habían educado para ejercer esa repulsión, pero
incluso en Aurora, cuando en un principio disfrutó locamente con el sexo,
descubrió que lo menos divertido era la gran proximidad que se hacía necesaria.
Excepto..., excepto con Elijah. Pero él no era un espacial.
Baleymundo no era así.
Probablemente los demás mundos colonizados no lo eran. Los
colonos se agrupaban dejando grandes extensiones vacías a su alrededor como
precio a la agrupación..
espacios vacíos, hasta que el aumento de poblacion los llenara,
un mundo de colonos era un mundo de agrupaciones, de piedras y rocas, pero no
de gas.
¿Y por qué era así? ¡Quizá por los robots! Disminuían la
dependencia de la gente.
Llenaban los intersticios. Eran el aislamiento que disminuía la
natural atracción de la gente entre sí, de modo que todo el sistema se deshacía
y formaba puntos aislados.
Tenía que ser así. En ninguna parte había más robots que en
Solaria y su efecto aislante había sido tan grande que las moléculas separadas
de gas, que eran los seres humanos, se volvían tan sumamente inertes que casi
nunca se relacionaban entre sí.
(¿Adónde habían ido los solarios, volvió a preguntarse, y cómo
vivían?)
La longevidad tenía también que ver con ello. ¿Cómo podía
mantenerse un lazo emocional que no se fuera volviendo agrio a medida que
transcurrían las múltiples décadas?, o, si uno moría, ¿cómo podía soportarse el
dolor de la separación durante infinidad de décadas? Uno aprendía, por tanto, a
no unirse emocionalmente sino a apartarse, a aislarse.
Por el contrario, los seres humanos, si eran de vida breve, no
podían tan fácilmente despegarse de la atracción de la vida. Como las
generaciones se sucedían rápidamente, el balón de la fascinación saltaba de
mano en mano sin tocar el suelo jamás.
Recientemente había dicho a D.G. que no tenía más que hacer ni
más que conocer, que había experimentado todo, que tenía que seguir viviendo en
mortal aburrimiento. Y no había conocido, ni soñado siquiera hablar a
multitudes de seres, apiñados unos junto a otros; dirigirse a muchos que se
fundían en un mar de cabezas; oír su respuesta, no en palabras sino en sonidos
sin palabra; fundirse con ellos; sentir como sentían ellos, transformarse en un
solo gran organismo.
Y no era porque anteriormente nunca hubiera experimentado tal
cosa, era que nunca había soñado que algo así pudiera experimentarse. ¿De
cuántas cosas más no sabía nada pese a su larga vida? ¿Qué más existía para
experimentar que fuera incapaz de imaginar?
Daneel le avisó, dulcemente:
—Gladia, creo que el capitán pide permiso para entrar.
—Déjale pasar.
D.G. entró, enarcando las cejas y dijo:
—¡Qué alivio! Pensé que a lo mejor no estaba.
—En cierto modo, no estaba —respondió Gladia sonriendo—. Estaba
perdida en mis pensamientos. Suele ocurrirme.
—Tiene suerte. Mis pensamientos no son nunca lo suficientemente
extensos para que me pierda en ellos. ¿Se ha reconciliado con la idea de
visitar Aurora, señora?
—En absoluto. Entre los pensamientos en los que me había perdido
había uno referente a que todavía no tengo la menor idea de por qué debe ir a
Aurora. ¿Puede ser solamente para devolverme? Cualquier transporte espacial
podía llevarme.
—¿Puedo sentarme, señora?
—Claro que sí. No hace falta decirlo, capitán. Quisiera que
dejara de tratarme como a una aristócrata. Resulta agotador. Y si es una
indicación irónica porque soy una espacial, entonces es mucho peor. La verdad,
yo preferiría que me llamara Gladia.
—Parece deseosa de deshacerse de su identidad espacial, Gladia
—dijo D.G.
sentándose y cruzando las piernas.
—Preferiría olvidarme de distinciones no esenciales.
—¿No esenciales? No, mientras viva cinco veces más que yo.
—Es curioso que estuviera yo pensando precisamente en esto como
en una molesta desventaja para los espaciales. ¿Cuánto tardaremos en llegar a
Aurora?
—Esta vez no habrá acción evasiva. Unos días para alejamos lo
bastante de nuestro sol y poder dar el "salto" a través del
hiperespacio que nos llevará a pocos días de Aurora... y nada más.
—¿Y por qué debe usted ir a Aurora, D.G.?
—Podría decirle que es por pura cortesía, pero la realidad es
que me gustaría explicar a su Presidente o a cualquiera de sus subordinados, lo
que ocurrió exactamente en Solaria.
—¿Ignoran lo que ocurrió?
—Conocen lo esencial. Fueron lo bastante amables para intervenir
nuestras comunicaciones, como habríamos hecho con las suyas en la misma
situación. Pero pueden no haber sacado las debidas conclusiones. Si es así, me
encantaría corregírselas.
—¿Y cuáles son las debidas conclusiones, D.G.?
—Como ya sabe, los capataces de Solaria fueron programados para
responder a una persona humana solamente si él o ella hablaban con acento
solario, como usted. Eso quiere decir que no solamente los colonizadores no
eran considerados humanos, sino que los espaciales no solarios tampoco lo eran.
Para ser exacto, los auroranos no hubieran sido tenido por humanos en caso de
aterrizar en Solaria.
Gladia abrió los ojos, asombrada:
—Es increíble. Los solarios no programarían a sus capataces para
atacar a los auroranos como hicieron con ustedes.
—¿Lo cree así? Ya han destruido una nave aurorana. ¿Lo sabía?
—¡Una nave aurorana! No, no lo sabía.
—Le aseguro que lo hicieron. Tocó tierra casi al mismo tiempo
que nosotros. Nosotros nos libramos, pero ellos no. Nosotros la teníamos a
usted, ¿comprende?, y ellos no. La conclusión es o debería ser, que Aurora no
puede tratar automáticamente a otros mundos espaciales como aliados. En caso de
emergencia, será cada mundo espacial por sí solo.
Gladia sacudió violentamente la cabeza.
—Sería poco seguro generalizar, a juzgar por un solo incidente
—observó Gladia—.
Los solarios habrían encontrado difícil hacer que los capataces
reaccionaran favorablemente a cincuenta acentos distintos y en contra de varios
otros. Resultaba más fácil limitarles a un. solo acento, Nada más. Jugaron a
que ningún otro espacial trataría de aterrizar en su mundo y perdieron.
—Sí, estoy seguro de que así es como argüirán los jefes
auroranos, ya que la gente encuentra más fácil llegar a una deducción agradable
que a una desagradable. Lo que yo quiero es asegurarme de que vean la
posibilidad de la desagradable y que esto les resulte incómodo. Perdone mi
presunción, pero no puedo confiar en que nadie lo haga tan bien como yo; por lo
tanto creo que soy yo, y nadie más que yo, el que debe ir a Aurora.
Gladia se sintió desagradablemente turbada. No quería ser una
espacial; quería ser un humano y olvidar lo que acababa de calificar de
“distinción no esencial”. Sin embargo, cuando D.G. habló, satisfecho de obligar
a Aurora a una postura humillante, se sintió todavía un poco espacial.
—Me figuro que también habrá tiranteces entre los mundos
colonizados observó, fastidiada—. ¿No es también cada mundo colonizado por sí
solo?
D.G. sacudió la cabeza negativamente.
—Le puede parecer que esto debe ser así y no me sorprendería que
un mundo colonizado sienta a veces el impulso de anteponer su propio interés al
del conjunto, pero nosotros tenemos algo de lo que carecen los espaciales.
—¿Y qué es? ¿Una mayor nobleza?
—De ningún modo. No somos más nobles que los espaciales. Lo que tenemos
nosotros es la Tierra. Es nuestro mundo. Cada colono visita la Tierra con tanta
frecuencia como puede. Cada colono sabe que hay un mundo, grande, avanzado, con
una increíble riqueza histórica, una variedad cultural y una complejidad
ecológica, que es suyo y al que pertenece. Los mundos colonizados pueden
disputar entre sí, pero su disputa no degenerará en violencia o en una
permanente ruptura de relaciones, porque el gobierno de la Tierra está
automáticamente llamado a mediar en todos los problemas y su decisión es
suficiente e indiscutible.
Éstas son nuestras tres ventajas, Gladia: la falta de robots,
algo que nos permite construir nuevos mundos con nuestras propias manos; la
rápida sucesión de generaciones, que ofrece un cambio constante; y, por encima
de todo, laTierra,que es nuestro núcleo central.
Gladia insistió, impaciente:
—Pero los espaciales... —y se calló.
D.G. sonrió con cierta amargura.
—Iba usted a decirme que los espaciales también son
descendientes de la Tierra y que también es su planeta, ¿verdad? Es de hecho
cierto pero psicológicamente falso. Los espaciales han hecho lo imposible para
negar su herencia. No se consideran descendientes de la Tierra. Si yo fuera un
místico, diría que por el hecho de separarse de sus raíces, de cortarlas, los
espaciales no pueden sobrevivir por mucho tiempo. Pero, claro, no soy un
místico y no voy a decirlo así. De todos modos no pueden sobrevivir. Lo creo.
Luego, pasada una pequeña pausa, añadió con cierta turbación
afectuosa, como si se diera cuenta de que en su excitación la hería en un punto
sensible de su interior:
—Pero, por favor, Gladia, piense en usted como un ser humano y
no sólo como espacial, y yo pensaré en mí como ser humano más que como un
colonizador. La humanidad sobrevivirá, ya sea en forma de colono ya en forma de
espacial o de ambos a la vez. Creo que será solamente en forma de
colonizadores, pero puedo estar equivocado.
—No —dijo Gladia, tratando de eliminar la emoción—, creo que
tiene razón, a menos que de un modo u otro la gente aprenda a dejar de insistir
en la distinción espacial/colono.
Mi meta es ésta: ayudar a la gente a conseguirlo.
—Pero, estoy retrasando su cena —se excusó D.G. mirando la cinta
horaria que recorría la pared—. ¿Puedo cenar con usted?
—Naturalmente.
D.G. se levantó:
—Iré a encargarla. Podría enviar a Daneel o Giskard, pero me
resisto a adquirir la costumbre de dar órdenes a los robots. Además, por mucho
que la tripulación la adore, me temo que la adoración no se extiende a sus
robots.
Gladia no disfrutó gran cosa de la comida que le trajo D.G. No
parecía acabar de acostumbrarse a la falta de sutileza en los sabores, que
podían ser la herencia del planeta Tierra, que preparaba comida con levadura
para las masas, pero tampoco especialmente repulsiva. Comió impertérrita.
Al darse cuenta D.G. de su falta de entusiasmo, preguntó:
—No le hará daño la comida, ¿verdad?
—No. Aparentemente, estoy aclimatada. Tuve algunos trastornos
desagradables cuando llegué a bordo la primera vez, pero no fueron
especialmente graves.
—Me alegro, pero Gladia...
—¿Qué?
—¿Se le ocurre alguna razón por la que el gobierno de Aurora la
desea de vuelta tan urgentemente? No puede ser su proceder con la capataza, ni
tampoco su discurso. La petición fue enviada mucho antes de que se enteraran de
ambas cosas.
—En ese caso, D.G. —dijo Gladia tristemente—, no pueden quererme
para nada.
Nunca lo han hecho.
—Pero debe de haber algo. Como le digo, el mensaje llegó de
parte del Presidente del Consejo de Aurora.
—Ese determinado Presidente, en este momento determinado, es
considerado como un figurón.
—¡Ah! ¿Y quién está detrás de él? ¿Kelden Amadiro?
—Exactamente. ¿Lo conoce?
—Ya lo creo —contestó D.G., sombrío—, es el centro de los
fanáticos anti-Tierra. Es el hombre que políticamente fue aplastado por el doctor
Fastolfe hace veinte décadas y que sobrevive para amenazamos de nuevo. Él es un
ejemplo de la mano muerta de la longevidad.
—Sí, pero también hay un raro rompecabezas. Amadiro es un hombre
vengativo. Sabe que Elijah Baley fue la causa de esa derrota de que me habló, y
cree que yo también soy responsable. Su odio, su odio extremo, se extiende
hasta mí. Si el Presidente me reclama, sólo puede ser porque Amadiro me
reclama..., ¿y para qué iba a hacerlo?
Preferiría deshacerse de mí. Probablemente fue por lo que me
envió con usted a Solaria.
Contaba seguramente con que nuestra nave sería destruida y yo
con ella. Esto no le hubiera causado el menor disgusto.
—Con lágrimas de cocodrilo, ¿verdad? —murmuró D.G., pensativo—.
Pero tengo la seguridad de que no le explicaron nada. Nadie le dijo:
"Vayase con ese loco mercader porque nos encantaría que la mataran".
—No. Me dijeron que usted necesitaba que yo le ayudara y que era
político cooperar con los mundos colonizadores en aquel momento, y que
redundaría en un gran bien para Aurora el que yo, a mi regreso de Solaria, les
informara de todo cuanto hubiera ocurrido.
—Sí, cabía esperarlo. Incluso podían haberlo pensado así hasta
cierto punto. Entonces es posible que deseen una relación de primera mano de lo
ocurrido al ver que nuestra nave escapó, contra todo lo previsto, mientras la
suya era destruida. Por tanto, el traérmela a Baleymundo en lugar de regresarla
a Aurora, les ha hecho reclamar a gritos su regreso. Podía ser eso. Pero,
ahora, conocen la historia, así que ya no la necesitan.
No obstante —añadió mas para sí que para Gladia—, lo que saben
es lo que captaron por la hipervisión de Baleymundo y puede que prefieran no
aceptar la versión que hemos dado. Y, sin embargo...
—Sin embargo, ¿qué, D.G.?
—Instintivamente, algo me dice que su mensaje no ha sido
motivado por el mero deseo de que usted vuelva. La insistencia con que está
redactado, me parece que va más allá.
—No pueden querer nada más de mí. Nada —repitió Gladia.
—¡Quién sabe!
41
—También me lo pregunto yo —dijo Daneel desde su hornacina
aquella noche.
—¿Qué es lo que te preguntas, amigo Daneel? —preguntó Giskard.
—Me pregunto sobre la verdadera intención del mensaje de Aurora
reclamando a Gladia. En mi opinión, como en la del capitán, el deseo de que les
informe no me parece un motivo suficiente.
—¿Se te ocurre otra cosa?
—Tengo una idea, amigo Giskard.
—¿Puedo conocerla, amigo Daneel?
—Pienso que al reclamar el regreso de Gladia, el Consejo de
Aurora espera obtener más de lo que reclama.., y puede que no sea Gladia lo que
realmente quiere.
—¿Qué es lo que quieren obtener además de Gladia?
—Amigo Giskard, ¿es concebible que ella regrese sin tí y sin mí?
—No, pero ¿de qué serviríamos tú y yo al Consejo de Aurora?
—Yo, amigo Giskard, no les serviría de nada. Tú eres único
porque puedes captar directamente las mentes.
—Es cierto, amigo Daneel, pero no lo saben.
—¿Es posible que desde que nos fuimos lo hayan descubierto y
hayan empezado a lamentar amargamente haber autorizado tu salida de Aurora?
Giskard no dudó, aparentemente.
—No, no es posible, amigo Daneel. ¿Cómo podían descubrirlo?
—Lo he razonado de la siguiente manera —dijo Daneel
cuidadosamente—. En tu lejano viaje a la Tierra con el doctor Fastolfe,
lograste ajustar algunos robots de modo que dispusieran de una muy limitada
capacidad mental, lo suficiente para permitirles que continuaran tu trabajo de
influencia sobre funcionarios de la Tierra para que admitieran con valor y
buena disposición el proceso de colonización. Así me lo contaste tú una vez.
Por lo tanto, en la Tierra hay robots capaces de manejar la
mente.
También, como hemos empezado a sospechar, recientemente el
Instituto de Robótica de Aurora ha enviado humanoides a la Tierra. Ignoramos
cuál es su propósito, pero lo menos que cabe esperar de esos robots es que
observen los acontecimientos e informen sobre ellos. Incluso si los robots
auroranos no pueden captar las mentes, pueden enviar informes si este o aquel
alto funcionario ha variado de actitud hacia la colonización y, quizá, desde
que abandonamos Aurora alguien importante o el propio doctor Amadiro, han
supuesto que esto sólo puede explicarse por la presencia en la Tierra de robots
capaces de ajustar las mentes. Puede ocurrir que esto lo relacionen con el
doctor Fastolfe o contigo.
Esto, a su vez, aclararía a los auroranos el significado de
ciertos acontecimientos que podrían achacarse más a ti que al doctor Fastolfe.
Como resultado, te necesitan con urgencia, si bien no pueden reclamarte
directamente, porque serviría para descubrir el hecho de su reciente
conocimiento. Así que reclaman a Gladia, una reclamación natural, sabiendo que
si ella vuelve, tú también irás.
Giskard guardó silencio un buen rato y dijo al fin:
—Tu razonamiento es muy interesante, amigo Daneel, pero falla en
algo. Esos robots que yo diseñé para animar la colonización terminaron su
trabajo hace más de dieciocho décadas y han estado inactivos desde entonces,
por lo menos en lo que se refiere al ajuste mental. Y lo que es más, en la
Tierra retiraron los robots de sus ciudades y los confinaron en áreas no
ciudadanas y despobladas hace mucho tiempo.
Esto significa que los robots que nosotros creemos que han sido
enviados a la Tierra no habrán tenido ocasión de encontrarse con los que yo
programé y que tampoco se habrán podido enterar de ninguna programación, dado
que ya no están ocupados en ello.
Es por lo tanto imposible que hayan descubierto mi especial
habilidad de la forma que tú sugieres.
—¿No hay otro modo de descubrirlo, amigo Giskard?
—Ninguno—dijo Giskard, tajante.
—Pues yo... sigo preguntándomelo —terminó Daneel.
Cuarta parte – AURORA
EL VIEJO CAUDILLO
42
Kelden Amadiro no era inmune a la plaga humana del recuerdo. En
realidad, estaba más afectado por ello que la mayoría. En su caso, además, la
tenacidad del recuerdo llevaba como acompañamiento la intensidad de su profunda
y prolongada frustración y rabia.
Veinte décadas atrás todo iba viento en popa para él. Era el
jefe fundador del Instituto de Robótica (seguía siéndolo aún) y por un momento
creyó que no dejaría de conseguir el control total y absoluto del Consejo,
aplastando a su gran enemigo, Han Fastolfe, dejándole en una desvalida
posición.
Si hubiera..., si solamente hubiera...
(Cómo se esforzaba para no pensar en ello y cómo su recuerdo se
le ponía delante una y otra vez como si nunca pudiera soportar suficiente dolor
y desesperación.)
De haber ganado él, la Tierra habría permanecido solitaria y
aislada y hubiera puesto los medios para que decayera, se arruinara y terminara
disolviéndose. ¿Por qué no? La gente de vida breve de un mundo enfermo y
superpoblado estaba mucho mejor muerta...
Cien veces mejor muerta que viviendo la vida que se había
obligado a vivir.
Y los mundos espaciales, tranquilos y seguros, se habrían ido
extendiendo. Fastolfe se había quejado siempre de que los espaciales eran
excesivamente longevos y demasiado cómodos con sus apoyos robóticos para ser
pioneros, pero Amadiro le habría demostrado que se equivocaba. Sin embargo,
Fastolfe había ganado. En el momento en que la derrota parecía segura, se había
lanzado increíblemente, inesperadamente al espado vacío, por decirlo así, y
había vuelto con la victoria en las manos... ganada sabe Dios dónde.
Fue el hombre de la Tierra, naturalmente, Elijah Baley...
Pero el recuerdo incómodo de Amadiro era el que tropezaba
siempre con el hombre de la Tierra y se alejaba. No podía imaginar aquel
rostro, oír aquella voz, recordar el hecho.
Con el nombre bastaba. Veinte décadas no habían sido suficientes
para amortiguar en lo más mínimo el odio que sentía, o mitigar algo su dolor. Y
con Fastolfe a cargo de la política, los miserables terrícolas habían huido de
su corrupto planeta estableciéndose en uno y otro mundo. El torbellino de los
avances terrícolas deslumhró los mundos espaciales y les sumió en una glacial
parálisis.
¡Cuántas veces se había dirigido Amadiro al Consejo y señalado
que la Galaxia se estaba escapando de los dedos espaciales, que Aurora
contemplaba sin ver cómo los mundos eran ocupados por subhombres y que año tras
año la apatía se apoderaba cada vez más del espíritu espacial!
—¡Despierten!.había gritado—. ¡Despierten! ¡Vean cómo crecen sus
números! ¡Cómo los mundos colonizados se multiplican! ¿A qué esperan? ¿A que
los agarren por el cuello?
Y Fastolfe contestaba siempre con aquella voz suya, sedante como
una nana, y los auroranos y los demás espaciales (que siempre seguían el
liderazgo de Aurora, cuando ésta rehuía tal liderazgo) se tranquilizaban y
volvían a su sopor. Lo obvio no parecía afectarles. Los hechos, las cifras, el
indiscutible empeoramiento de los asuntos de década en década, les dejaban
indiferentes.
¿Cómo era posible que se les gritara la verdad continuamente,
que se les comunicaran todas las predicciones, y tener que contemplar que una
firme mayoría seguía a Fastolfe como corderos?
¿Cómo era posible que el propio Fastolfe contemplara cómo todo
lo que decía era pura locura y, sin embargo, no se apartara nunca de su
política? No era solamente que insistiera, obcecado, en hacer las cosas mal,
era que sencillamente nunca pareció darse cuenta de que estaba equivocado.
Si Amadiro hubiera sido el tipo de hombre fantasioso, hubiera
imaginado seguramente que algún hechizo o algún encantamiento apático había
caído sobre los mundos espaciales. Hubiera imaginado que en alguna parte,
alguien poseía el poder de adormecer los cerebros activos y cegar a la verdad
los ojos perspicaces.
Como añadido final a la exquisita agonía, la gente compadecía a
Fastolfe por haber muerto frustrado. Frustrado, decían porque los espaciales no
quería adueñarse de nuevos mundos para ellos.
Era la propia política de Fastolfe la que les había impedido
hacerlo. ¿Qué derecho tenía a sentirse frustrado? ¿Qué hubiera hecho si como
Amadiro hubiera visto y denunciado la verdad y se hubiera sentido incapaz de
obligar a los espaciales, a bastantes espaciales, a que le prestaran atención?
¡Cuántas veces había pensado que sena mejor que la Galaxia
estuviera vacía antes que bajo el dominio de los subhombres! Si poseyera algún
poder mágico que pudiera destruir la Tierra, el mundo de Elijah Baley, con sólo
mover la cabeza, ¡con qué gusto lo haría!
Pero el hecho de refugiarse en tales fantasías era solamente un
signo de su total desesperación. Era la otra cara de su fútil y recurrente
deseo de abandonarse a la muerte, si sus robots se lo permitieran. Y por fin
llegó el momento en que se le dio el poder de destruir la Tierra obligándole a
ello incluso contra su voluntad. Ese momento fue cuando conoció a Levular
Mandamus, hacía unos tres cuartos de década.
43
—¡Recuerdos! Tres cuartos de década atrás...
Amadiro levantó la vista y observó que Maloon Cicis había
entrado en el despacho.
Indudablemente había hecho la señal y tenía derecho a entrar si
no respondían a ella.
Amadiro suspiró y dejó la pequeña computadora. Cicis era su mano
derecha desde que se creara el Instituto. Había envejecido a su servicio. Nada
drásticamente visible, solamente un aire de ligero deterioro. Su nariz parecía
algo más asimétrica de lo que había sido antaño.
Se frotó su propia nariz bulbosa y se preguntó hasta qué punto
le envolvía su propio deterioro. En tiempos había medido un metro con noventa y
cinco, una buena estatura incluso para el estándar espacial. Se mantenía tan
erguido como antes, pero cuando se midió recientemente, no consiguió llegar a
más de uno con noventa y tres. ¿Empezaba ya a encorvarse, a encogerse, a
acercarse al fin?
Apartó esas tristes ideas que ya de por sí eran un indicio
seguro de envejecimiento más que simples medidas, y preguntó:
—¿Qué hay, Maloon?
Cicis poseía ahora un nuevo robot personal que le seguía los
pasos, un robot modernista con un acabado muy bruñido. Si uno no puede mantener
joven al propio cuerpo, siempre puede adquirir un robot joven y nuevo. Esto
también era una señal de envejecimiento. Amadiro estaba decidido a no provocar
sonrisas entre los jóvenes siendo presa de ese engaño, especialmente dado que
Fastolfe, que era ocho décadas mayor que Amadiro, jamás lo había hecho.
Cicis anunció:
—Se trata otra vez de ese Mandamus,jefe.
—¿Mandamus?
—No deja de insistir en verle.
Amadiro pensó por un instante:
—¿Te refieres a ese idiota descendiente de la mujer Solaria?
—Sí, jefe.
—Bien, pues no quiero verle. ¿Todavía no has conseguido que lo
entienda, Maloon?
—Sí, pero me pide que le entregue una nota y dice que después le
recibirá.
—No lo creo, Maloon —dijo Amadiro lentamente—, ¿Qué dice la
nota?
—No la entiendo, jefe. No está en galáctico.
—En tal caso, ¿por qué voy a entenderlo yo mejor que tú?
—No lo sé, pero me pidió que se la entregara. Si quiere
molestarse en mirarla, jefe, y decirme algo, yo saldré y me desharé de él otra
vez.
—Bien, deja que la vea —dijo Amadiro, meneando la cabeza. Miró
la nota con asco.
Decía:
—Ceterum censeo, delenda est Carthago.
Amadiro leyó el mensaje, miró torvamente a Maloon, y volvió la
vista de nuevo al mensaje. Al fin, preguntó:
—Debiste haberte fijado, ya ves que no es galáctico. ¿Le
preguntaste lo que significa?
—Lo hice jefe. Me dijo que era latín, pero eso no me aclara
nada. Insistió en que usted lo comprendería. Es un hombre muy decidido y agregó
que esperaría todo el día, hasta que usted lo leyera.
—¿Qué aspecto tiene?
—Flaco, Serio, probablemente sin pizca de humor. Alto, pero no
tan alto como usted.
Ojos hundidos, de mirada intensa, labios finos.
—¿Qué edad puede tener?
—Por la textura de su piel, yo diría que unas cuatro décadas o
así. Es muy joven.
—En ese caso, debemos perdonarle por su juventud. Hazle pasar.
—¿Va a recibirle? —preguntó Cicis, sorprendido.
—Acabo de decirlo, ¿no es verdad? Hazle pasar.
44
El joven entró casi a paso de marcha. Se quedó tieso frente a la
mesa y dijo:
—Le agradezco, señor, que haya aceptado recibirme. ¿Me autoriza
a que mis robots se reúnan conmigo?
Amadiro enarcó las cejas.
—Me agradará verlos. ¿Me permite que conserve los míos junto a mí?
Hacía muchos años que alguien no pronunciaba la vieja fórmula de
los robots. Era una de esas antiguas y buenas costumbres que se perdían en el
olvido, como la noción de los buenos modales caída en desuso al considerar la
gente que los robots personales eran parte de uno mismo.
—Sí, señor contestó Mandamus, y entraron dos robots. Amadiro se
fijó en que no lo hicieron hasta que se les dio permiso. Eran robots nuevos,
claramente eficientes y mostraban todas las señales de una buena artesanía.
—¿Diseño propio, doctor Mandamus? —Siempre tenían más valor los
robots que eran diseñados por sus propios dueños.
—Efectivamente, señor.
—Entonces, ¿es usted un robotista?
—Sí, señor. Me gradué en la Universidad de Eos.
—Trabajó con...
Mandamus interrumpió.
—No, con el doctor Fastolfe, no, señor. Trabajé a las órdenes
del doctor Maskelinik.
—¡Ah, no es usted miembro del Instituto!
—He solicitado mi ingreso, señor.
—Ya. —Amadiro ordenó los papeles que tenía sobre la mesa y dijo
rápidamente, sin mirarle. —¿Dónde aprendió latín?
—No lo sé para hablarlo, pero sé lo suficiente para entender la
cita y dónde encontrarla.
—Eso es ya de por sí interesante. ¿Cómo se le ocurrió?
—No puedo dedicar cada momento de mi vida a la robótica, así que
tengo otros intereses. Uno de ellos es la planetología, con especial referencia
a la Tierra. Eso me llevó a la historia del planeta y su cultura.
—Éste no es un estudio popular entre los espaciales.
—No, señor, y es una lástima. Uno debería conocer siempre a sus
propios enemigos, igual que usted, señor.
—¿Igual que yo?
—Sí, señor. Creo que está usted enterado de muchas facetas de la
Tierra y que, en este aspecto, sabe más que yo, porque lleva más tiempo
estudiando el tema.
—¿Y cómo lo sabe?
—He tratado de conocerle lo más posible, señor.
—¿Porque yo soy otro de sus enemigos?
—No, señor, sino porque quiero que sea usted mi aliado.
—¿Aliado suyo? ¿Se propone utilizarme? ¿No le parece que está
usted siendo un poco impertinente?
—No, señor, porque estoy seguro de que querrá ser aliado mío.
Amadiro se quedó mirándolo.
—No obstante, sigo creyendo que es usted algo más que un poco
impertinente.
Dígame, ¿comprende bien esta cita que ha encontrado para mí?
—Sí, señor.
—Entonces tradúzcamela al galáctico estándar.
—Dice, "En mi opinión, Cartago debe ser destruida".
—Y esto, en su opinión, ¿qué significa?
—El que hablaba era Marco Poncio Catón, senador de la república
de Roma, una unidad política de la antigua Tierra. Había derrotado a su
principal enemigo, pero no lo había destruido. Catón sostenía que Roma no podía
sentirse segura hasta que Cartago fuera enteramente destruida... y así fue.
—Pero ¿quién es Cartago para nosotros, joven?
—Existe lo que se llama analogías.
—¿Y eso significa?
—Que también los mundos espaciales tienen un enemigo principal,
y en mi opinión debe ser destruido.
—Nombre al enemigo.
—El planeta Tierra, señor.
Amadiro tamborileó ligeramente sobre la mesa.
—¿Y quiere que yo sea su aliado en ese proyecto? ¿Da por sentado
que me sentiré feliz y ansioso por serlo? Dígame, doctor Mandamus, ¿cuándo digo
yo, en alguno de mis numerosos discursos y escritos sobre el tema, que la
Tierra debe ser destruida?
Mandamus apretó los labios y respiró hondo:
—No estoy aquí —dijo— para tenderle una trampa y meterle en algo
que pueda ser utilizado contra usted. No he sido enviado aquí ni por el doctor
Fastolfe ni por ninguno de su partido. Tampoco soy de su partido. Tampoco
intento decir lo que tiene en su mente. Digo solamente lo que está en la mía.
En mi opinión, la Tierra debe ser destruida.
—¿Cómo se propone destruirla? ¿Sugiere que dejemos caer bombas
nucleares hasta que las explosiones, la radiación y las nubes de polvo
destruyan el planeta? Porque, de ser así, ¿cómo evitaría que las naves
vengadoras de los colonizadores hagan lo mismo con Aurora y con los otros
mundos espaciales que puedan alcanzar? La Tierra pudo haber sido volada con
impunidad hace quince décadas. Ahora ya no.
Mandamus parecía asqueado.
—No me proponía nada de eso, doctor Amadiro. No destruiría
innecesariamente a seres humanos, aunque fueran de la Tierra. No obstante, hay
un medio para destruir ese planeta sin tener que matar necesariamente a toda su
gente..., y no habría represalias.
—Es usted un soñador —dijo Amadiro— o un poco loco.
—Deje que se lo explique.
—No, joven. Dispongo de poco tiempo, y su cita, que entendí
perfectamente, despertó mi curiosidad; el poco tiempo que tengo se lo he
dedicado en gran parte a usted.
Mandamus se puso en pie.
—Lo comprendo, doctor Amadiro, y le ruego me perdone por hacerle
perder tanto tiempo. Pero, piense en lo que le acabo de decir y si siente
curiosidad, ¿por qué no me llama cuando disponga de más tiempo del que ahora le
queda? Sin embargo, no espere demasiado porque, si es preciso, buscaré en otras
direcciones: estoy decidido a destruir la Tierra. Como puede ver, soy sincero
con usted.
El joven inició una sonrisa que distendió sus flacas mejillas
sin que cambiara en nada el aspecto de su cara.
—Adiós... y gracias otra vez. —Dio media vuelta y se fue.
Amadiro se quedó mirando, pensativo, luego apretó un botón en un
lado de su mesa.
—Maloon —dijo cuando entró Cicis—, quiero que se vigile a este
joven las veinticuatro horas del día, y quiero saber con quién habla. Todos.
Los quiero a todos identificados e interrogados. A los que indique, me los
traerás... Pero, Maloon, todo debe hacerse con disimulo y con una actitud de
amistosa y cariñosa persuasión. Como bien sabes, todavía no soy el amo. Pero
iba a serlo. Fastolfe contaba treinta y seis décadas y estaba claramente en
decadencia.Amadiro era ocho décadas más joven.
45
Amadiro recibió informes durante nueve días.
Mandamus hablaba con sus robots, a veces con colegas de la
universidad, y con menos frecuencia con individuos de residencias vecinas a la
suya. Sus conversaciones eran puramente triviales y, mucho antes de que
transcurrieran nueve días, Amadiro había decidido que no haría esperar más al
joven. Mandamus se encontraba al principio de una larga vida y podía tener
treinta décadas por delante; a Amadiro le quedaban solamente unas ocho o diez
como mucho.
Y Amadiro pensando en lo que el ¿oven le había dicho sintió,
cada vez con mayor inquietud,que no podía dejar pasar la oportunidad que tenía
de destruir el planeta Tierra, o ignorarlo. ¿Podía permitir que la destrucción
tuviera lugar después de la muerte, y no poder verla? Era igualmente malo que
ocurriera durante su vida, pero con otros dedos apoyados en los contactos.
No, tenía que verlo él, tenía que ser testigo él, tenía que
hacerlo él, ¿por qué si no, había soportado su larga frustración? Mandamus
podía ser un insensato o un loco, pero en ese caso Amadiro tenía que saber a
ciencia cierta si era un insensato o un loco.
Llegado a este punto de sus elucubraciones, Amadiro llamó a
Mandamus a su despacho.
Amadiro se dio cuenta de que haciéndolo se humillaba, pero la
humillación era el precio que tenía que pagar para estar seguro de que no había
la menor oportunidad de que la Tierra fuera destruida sin él. Y era un precio
que estaba dispuesto a pagar.
Se escudó ante la posibilidad de que Mandamus entrara sonriendo,
despectivamente triunfante. También tendría que soportarlo. Después de tanto
soportar, si las sugerencias del joven resultaban desatinadas, haría que se le
castigara al máximo de lo que una sociedad civilizada permitía, pero si por el
contrario...
Se sintió complacido cuando Mandamus entró en su despacho en
actitud razonablemente humilde y le agradeció, aparentemente sincero, la
segunda entrevista.
Amadiro consideró que debía mostrarse amable.
—Doctor Mandamus —le dijo—, al despedirle sin escuchar su plan,
fui culpable de descortesía. Dígame, pues, lo que se propone y le escucharé
hasta que quede bien claro, como sospecho que ocurrirá, que su plan es, tal
vez, más el resultado del entusiasmo que de la fría razón. Entonces le volveré
a despedir, pero sin el menor desprecio por mi parte; confío en que usted, por
la suya, lo aceptará sin enfadarse.
—No me podría enfadar por habérseme concedido una justa y
paciente audiencia, doctor Amadiro, pero ¿y si lo que voy a decirle es sensato
y ofrece esperanzas?
—En ese caso —respondió despacio Amadiro—, sería concebible que
ambos pudiéramos trabajar juntos.
—Sería maravilloso, señor. Juntos podemos lograr mucho más que
separados. Pero ¿habría algo más tangible que el privilegio de trabajar
conjuntamente? ¿Podría haber una recompensa?
Amadiro pareció disgustado; contestó:
—Le estaría agradecido, por supuesto, pero lo único que yo soy
es Consejero y jefe del Instituto de Robótica. Habría un límite a lo que
pudiera hacer por usted.
—Lo comprendo, doctor Amadiro. Pero, ¿dentro de esos límites no
podría tener algo a cuenta? ¿Ahora? —Y miró fijamente a Amadiro.
Amadiro frunció el entrecejo al encontrarse ante un par de ojos
penetrantes y decididos. ¡Ni rastro de humildad en ellos!
—¿En qué piensa? —preguntó Amadiro con frialdad.
—En nada que no pueda usted darme, doctor Amadiro. Hágame
miembro del Instituto.
—Si posee los méritos...
—No tema. Los poseo.
—No podemos dejar la decisión al candidato. Tenemos que...
—Vamos, doctor Amadiro, ésta no es forma de iniciar una
relación. Por haberme tenido en observación en todo momento, desde la última
vez que nos vimos, no puedo creer que no se haya enterado de mis méritos. Como
resultado debe saber que estoy en condiciones de ingresar. Si, por cualquier razón,
sintiera que no estoy a la altura, no esperaría que mi ingenio fuera suficiente
para elaborar un plan para la destrucción de nuestra particular Cartago, y no
me habría vuelto a llamar.
Por un momento Amadiro sintió una llamarada en su interior. En
aquel instante, se dijo que ni siquiera la destrucción de la Tierra valía la
pena de soportar la actitud de aquel niño. Pero sólo fue un instante. Luego, su
sentido de la debida proporción reapareció y se dijo que una persona tan joven
pero tan atrevida, y tan glacialmente segura de sí, era el tipo de hombre que
necesitaba. Además, había estudiado el expediente de Mandamus y era indudable
que estaba cualificado para ingresar en el Instituto.
Entonces Amadiro, sin alterarse (a costa de su presión
sanguínea), dijo:
—Tiene razón. Reúne los méritos necesarios.
—Nómbreme. Estoy seguro de que su computadora dispone de las
formas necesarias para hacerlo. No tiene más que inscribir mi nombre, mi
escuela, mi año de graduación y cualquier otra estadística trivial que
considere necesaria y firmarla.
Sin responder ni una palabra, Amadiro se volvió a su
computadora. Introdujo la información necesaria, recuperó la ficha, la firmó y
se la entregó a Mandamus:
—Lleva la fecha de hoy. Ya es miembro del Instituto.
Mandamus estudió el documento y se lo entregó a uno de sus
robots, que lo guardó en un pequeño portafolio, que se colocó bajo el brazo.
—Gracias —dijo Mandamus— es usted muy amable, espero no fallarle
nunca ni darle motivos para lamentar esta amable apreciación de mis
habilidades. No obstante, queda una cosa más.
—¿De verdad? ¿Y qué es ello?
—Podríamos discutir la naturaleza del premio final en caso de
éxito. Éxito total.
—¿No podríamos dejar esto para el momento en que se consiga el
éxito total o esté razonablemente a punto de lograrse?
—Si se trata de racionalidad, sí. Pero yo soy una criatura que
sueña lo mismo que razona. Y me gustaría soñar un poco.
—Bien, ¿y qué le gustaría soñar?
—Creo, doctor Amadiro, que el doctor Fastolfe no está nada bien.
Ha vivido largo tiempo y no puede demorarse su muerte por muchos años.
—¿Y en ese caso?
—Una vez que haya muerto, el partido de usted se hará más
agresivo y los miembros más tibios del partido del doctor Fastolfe encontrarán
oportuno pasarse al suyo. La próxima elección, sin Fastolfe, será
indudablemente suya.
—Es posible. ¿Y bien?
—Pasará a ser de facto el líder del Consejo y el guía de la
política exterior de Aurora, en realidad, la política exterior de los mundos
espaciales. Y si mis planes se cumplen, su dirección tendrá tanto éxito que el
Consejo no podrá evitar elegirle presidente a la primera oportunidad.
—Sus sueños vuelan, joven. Y si todo lo que prevé llega a buen
fin, ¿qué?
—No dispondría del tiempo necesario para regir Aurora y dirigir
el Instituto de Robótica.
Así que lo único que le pido es que cuando decida dimitir de su
posición actual como jefe del Instituto, se prepare para apoyarme cono sucesor
en el cargo. No podrían rechazar su elección personal.
—Hay algo así como reunir méritos para el cargo —objetó Amadiro.
—Los reuniré.
—Esperemos y veamos.
—Estoy dispuesto a esperar para ver, pero descubrirá que mucho
antes de que logremos el éxito, deseará concederme esta petición. Por lo tanto,
le ruego que se vaya acostumbrando a la idea.
—Y todo ésto antes de que me haya dicho una sola palabra. Bien,
ya es miembro del Instituto y me esforzaré por acostumbrarme a su sueño
personal, pero ahora pongamos fin a los preliminares y dígame cómo se propone
destruir la Tierra.
Casi maquinalmente, Amadiro hizo el gesto que indicaba que sus
robots no debían recordar nada de aquella conversación. Y Mandamus, con una
leve sonrisa, hizo lo mismo con los suyos.
—Empecemos, pues —dijo Mandamus.
Pero antes de que pudiera empezar, Amadiro inició el ataque.
—¿Está seguro de no estar a favor de la Tierra?
Mandamus se sobresaltó.
—Me he acercado a usted con una proposición para destruir a la
Tierra.
—Sin embargo, es usted descendiente de la mujer solariana... en
la quinta generación, tengo entendido.
—Sí, señor, y es del dominio público. ¿Qué tiene que ver?
—La mujer solariana es y ha sido durante mucho tiempo,
íntimamente asociada, amiga y protegida, de Fastolfe. Por tanto, me asombra que
no simpatice con sus puntos de vista en favor de la Tierra.
—¿Por mi ascendencia? —Mandamus parecía sinceramente asombrado.
Por un momento lo que podía ser una llamarada de fastidio o incluso de ira
pareció afilar su nariz, pero se disipó y prosiguió tranquilo. —Una persona
también íntimamente asociada, amiga y protegida suya, es la doctora Vasilia
Fastolfe, la hija del doctor Fastolfe. Es descendiente de la primera
generación. Me pregunto si no simpatizará con sus ideas.
—También me lo pregunté yo en el pasado, pero no simpatiza con
ellas, y en su caso, he dejado de preocuparme.
—Pues puede también dejar de preocuparse por mi caso, señor. Soy
un espacial y quiero ver a todos los espaciales controlando la Galaxia.
—Muy bien. Siga con la descripción de su plan.
—Lo haré, pero, si no le importa, desde el principio. Doctor
Amadiro, los astrónomos están de acuerdo en que hay millones de planetas del
tipo de la Tierra en nuestra Galaxia, planetas donde los humanos pueden vivir
después de los necesarios ajustes al ambiente, pero sin ninguna necesidad de
terraformarlos. Sus atmósferas son respirables, tienen un océano de agua, la
tierra y el clima son apropiados y la vida existe. En realidad sus atmósferas
no contendrían oxígeno sin la presencia, por lo menos, del plancton del océano.
La tierra suele ser estéril, pero una vez que ella y el océano
sufran una terraformación biológica, es decir, una vez que se les haya sembrado
vida de la Tierra, la vida florece y el planeta puede ocuparse. Cientos de
estos planetas han sido registrados y estudiados y casi la mitad de ellos están
ocupados ya por los colonizadores.
Pero ni un sólo planeta habitable de todos los que han sido
descubiertos dispone de la enorme variedad y exceso de vida que tiene la
Tierra. Ninguno tiene nada mayor o más complejo que una pequeña formación de
invertebrados del tipo de gusanos o insectos o, en el mundo de las plantas,
nada más avanzado que unos matorrales del tipo de los helechos. De
inteligencia, ni hablar, ni de nada que se parezca a la inteligencia.
Amadiro escuchó la seca exposición y se dijo: "Habla de
rutina. Se ha aprendido todo eso de memoria." Cambió de postura y replicó:
—No soy un planetólogo, doctor Mandamus, pero le pido que me
crea si le digo que todo lo que me cuenta ya lo sé.
—Como le digo, doctor Amadiro, voy a empezar desde el
principio... Los astrónomos están cada vez más convencidos de que tenemos un
amplio surtido de planetas habitables en la Galaxia y que todos, o casi todos,
son marcadamente diferentes a la Tierra. Por alguna razón, la Tierra es un
planeta sorprendentemente peculiar, y la evolución en él ha adquirido un ritmo
radicalmente rápido y un modo anormal.
Amadiro interrumpió:
—El argumento habitual es que si hubiera otras especies
inteligentes en la Galaxia tan avanzadas como nosotros, ya se habrían dado
cuenta de nuestra expansión y se nos hubieran dado a conocer de una forma u
otra.
—Sí, señor —asintió Mandamus—. En realidad, si en la Galaxia
hubiera otras especies inteligentes más avanzadas que nosotros, no habríamos
tenido la oportunidad de desarrollarnos. Así que parece cierto que somos la
única especie de la Galaxia capaz de viajar por el hiperespacio. Que seamos la
única especie inteligente de la Galaxia tal vez no sea del todo cierto, pero es
más que probable que lo seamos.
Amadiro escuchaba ahora con una media sonrisa resignada. El
joven se mostraba didáctico, como un hombre marcando el ritmo de su monomanía
en tono apagado. Era una de las indicaciones de los locos, y la pequeña
esperanza sustentada por Amadiro de que ese Mandamus supiera realmente algo que
pudiera cambiar el rumbo de la historia, estaba empezando a desvanecerse. Dijo:
—Sigue contándome lo conocido, doctor Mandamus. Todo el mundo
sabe que la Tierra parece única y que nosotros somos la única especie
inteligente de la Galaxia...
—Pero nadie parece plantearse la sencilla pregunta: ¿Por qué?
Los de la Tierra y los colonizadores no se lo preguntan. Lo aceptan. Adoptan
una actitud mística hacia la Tierra y la consideran un mundo sagrado, de forma
que su naturaleza peculiar se da por sentada. En cuanto a los espaciales, no
nos la planteamos. La ignoramos. Hacemos lo imposible por no pensar en la
Tierra, ya que, de hacerlo, podríamos ir más lejos y considerarnos
descendientes de la gente de aquel planeta.
Amadiro objetó:
—No veo ninguna virtud en la pregunta. No necesitamos buscar
respuestas complejas al "Por qué". Procesos fortuitos desempeñan un
papel importante en la evolución y, hasta cierto punto, en todas las cosas. Si
existen millones de mundos habitables, la evolución se manifiesta en cada uno
de ellos en proporción distinta. En la mayoría, la proporción tendrá cierto
valor intermedio; en otros, será claramente lenta, en otros marcadamente
rápida; o quizás en uno será excesivamente lenta y en otro excesivamente rápida.
La Tierra resulta ser donde el proceso es excesivamente rápido y nosotros nos
encontramos aquí por eso. Ahora bien, si nos preguntamos "Por qué",
la respuesta suficiente, es "Casualidad".
Amadiro esperó que el otro demostrara su locura, estallando,
rabioso, ante aquella opinión preeminentemente lógica, presentada en broma, y
que servía para hacer añicos su tesis. Sin embargo, Mandamus se limitó a
mirarle fijamente por unos segundos con sus ojos hundidos, y luego dijo
plácidamente:
—No. Es preciso algo más que una casualidad afortunada para
acelerar al máximo la evolución. En cada planeta, excepto en la Tierra, la
velocidad de evolución está íntimamente relacionada con el flujo de la
radiación cósmica en la que se baña el planeta.
Esta velocidad no es resultado de la casualidad, sino el
resultado de la radiación cósmica que produce mutaciones a ritmo lento. En la
Tierra algo produce muchas más mutaciones que en otros planetas habitables y no
tiene nada que ver con los rayos cósmicos porque no se dan con demasiada
profusión en la Tierra. Vea usted ahora con más claridad, si el "Por
qué" podría ser importante.
—Pues bien, doctor Mandamus, puesto que le sigo escuchando con
más paciencia de la que creía poseer, conteste usted la pregunta que formula
con tanta insistencia. ¿O conoce usted la pregunta pero no la respuesta?
—Tengo una respuesta —contestó Mandamus— y se basa en que la
Tierra es única en lo secundario.
—Deje que me anticipe —objetó Amadiro—. Se refiere a su gran
satélite, Seguro, doctor Mandamus, que no habla de ello como de un
descubrimiento suyo.
—En absoluto —respondió Mandamus, molesto—, pero tenga en cuenta
que los grandes satélites parecen ser corrientes. Nuestro sistema planetario
tiene cinco, la Tierra tiene siete, y así sucesivamente. Todos los grandes
satélites, excepto uno, giran alrededor de gigantes de gas. Solamente el
satélite de la Tierra, la Luna.gira alrededor un planeta poco mayor que ella.
—¿Puedo atreverme a emplear de nuevo la palabra
"casualidad", doctor Mandamus?
—En este caso sí puede ser casualidad, pero la Luna sigue siendo
única.
—De acuerdo. ¿Qué posible conexión puede tener el satélite con
la profusión de vida en la Tierra?
—Puede no ser obvio y una conexión improbable, pero es mucho más
improbable que esos dos ejemplos únicos en un solo planeta puedan no tener
ninguna conexión. Yo he encontrado esa conexión.
—¿De verdad? —preguntó Amadiro súbitamente alerta. Ahora era el
momento en que debía manifestarse la prueba evidente de su locura. Miró de
soslayo a la cinta horaria de la pared. Realmente no le quedaba mucho más
tiempo que malgastar, pese que toda su curiosidad seguía despierta.
—La Luna —prosiguió Mandamus— se aparta lentamente de la Tierra
debido al efecto de la mareas sobre ella. Las grandes mareas son una
consecuencia única de la existencia de ese gran satélite. El sol de la Tierra
también produce mareas, pero son un tercio de las producidas por la Luna, lo
mismo que nuestro sol produce pequeñas mareas en Aurora.
Como la Luna se aleja debido a su acción sobre las mareas, en
los comienzos de la historia de su sistema planetario se encontraba mucho más
cerca de la Tierra. Cuanto más cerca esté la Luna de la Tierra, mayores son las
mareas. Estas tenían dos efectos importantes sobre la Tierra. Mantenían
continuamente flexible la corteza terrestre y hacían más lenta la rotación,
ambas logradas a través del movimiento y la fricción de las aguas del océano
sobre los bajíos... de forma que la energía rotacional se convertía en calor.
Por tanto, la Tierra tiene la corteza más delgada que la de
cualquier otro planeta habitable conocido que despliegue acción volcánica y que
posea un sistema activo de placas tectónicas.
Amadiro comentó:
—Pero incluso todo eso puede no tener nada que ver con la
profusión de vida en la Tierra. En mi opinión, doctor Mandamus, debe llegar al
fondo del asunto o marcharse.
—Le ruego, doctor Amadiro, que tenga un poco más de paciencia.
Es muy importante comprender el fondo del asunto una vez que lleguemos a él. He
hecho una cuidadosa computarización simulada del desarrollo químico de la
corteza terrestre, teniendo en cuenta el efecto causado por las mareas y las
placas tectónicas, algo que nadie había hecho hasta ahora de forma tan difícil
y meticulosa como yo he conseguido hacer, si me permite que me alabe.
—¡Oh, no deje de hacerlo! —murmuró Amadiro.
—Y resulta, con toda claridad —le mostraré todos los datos
necesarios cuando así lo desee— que el uranio y el torio se juntan en la
corteza terrestre y en la capa superior en concentraciones de hasta mil veces
más altas que en cualquier otro mundo habitable.
Además, se juntan irregularmente, de modo que hay desparramada
alguna que otra bolsa donde el uranio y el torio están aun en mayor
concentración.
—¿Y, deduzco, que peligrosamente altas en radiactividad?
—No, doctor Amadiro. El uranio y el torio tienen una
radiactividad muy débil incluso estando relativamente concentrados. Todo eso,
repito, es debido a la presencia de la Luna.
—¿Debo asumir, entonces, que la radiactividad, aunque no lo
bastante intensa para ser peligrosa para la vida, es suficiente para aumentar
el grado de mutación? ¿Es así, doctor Mandamus?
—Así es. Habría extinciones más rápidas de vez en cuando, pero
también un desarrollo más rápido de especies nuevas, resultando una enorme
variedad y profusión de formas de vida. Y esto sólo en la Tierra alcanzaría el
punto de desarrollo de una especie y una civilización inteligentes.
Amadiro movió afirmativamente la cabeza. El joven no estaba
loco. Podía estar equivocado, pero no estaba loco. Y a lo mejor también estaba
en lo cierto.
Amadiro no era un planetólogo, de modo que iba a tener que
comprobar en los libros, para ver si Mandamus había descubierto solamente lo ya
conocido, como hacían muchos entusiastas. Sin embargo, había un punto mucho más
importante que tenía que comprobar inmediatamente.
Con voz suave le dijo:
—Ha hablado sobre la posible destrucción de la Tierra. ¿Hay
alguna relación entre eso y las propiedades excepcionales del planeta?
—Uno sólo puede aprovecharse de las propiedades excepcionales de
una única manera —respondió Mandamus en voz igualmente suave.
—En este caso particular, ¿de qué manera?
—Antes de discutir el método, doctor Amadiro, debo explicarle
que en ciertos aspectos la cuestión de si la destrucción es físicamente
posible, depende de usted.
—¿De mi?
—Sí —dijo Mandamus con firmeza—. De usted. ¿Por qué iba a venir
yo a contarle esa larga historia sino para persuadirle de que sé muy bien de lo
que estoy hablando, y esté dispuesto a cooperar conmigo de la manera que sea
esencial para mi éxito?
Amadiro respiró profundamente:
—Y si yo me negara, ¿alguien más serviría a su propósito?
—Si se niega, podría dirigirme a otros. ¿Se niega usted?
—Puede que no, pero me pregunto lo esencial que soy para usted.
—La respuesta es, no tan esencial como lo soy yo para usted.
Usted debe cooperar conmigo.
—¿Debo?
—Me gustaría que lo hiciera, si lo prefiere dicho de este modo.
Pero si quiere que Aurora y los espaciales triunfen ahora y para siempre sobre
la Tierra y los colonizadores, entonces sí debe cooperar conmigo, le guste o no
el planteamiento.
—Dígame qué es, exactamente, lo que debo hacer.
—Para empezar, dígame si es o no verdad que el Instituto diseñó
y construyó robots humanoides.
—Sí, lo hicimos. Cincuenta en conjunto. Eso fue hace unas quince
o veinte décadas.
—¿Tanto tiempo? ¿Y qué ocurrió con ellos?
—Fallaron —contestó Amadiro, indiferente.
Mandamus se recostó en la silla con expresión horrorizada.
—¿Fueron destruidos?
Amadiro enarcó las cejas:
—¿Destruidos? Nadie destruye nunca robots costosos. Están
almacenados. Se les retiraron las unidades de energía y se les dejó una batería
especial de microfusión de larga duración en cada uno de ellos para mantener
mínimamente vivos los circuitos positrónicos.
—Así que ¿pueden ser devueltos a la acción total?
—Estoy seguro de que sí.
La mano derecha de Mandamus tamborileó un ritmo controlado sobre
el brazo de su butaca. Luego dijo, sombrío:
—Entonces, podemos ganar.
EL PLAN Y LA HIJA
46
Hacía mucho tiempo desde que Amadiro pensara en los robots
humanoides. Era un pensamiento doloroso y, no sin dificultad, se había
esforzado por mantener su mente alejada de aquel tópico. Y ahora,
inesperadamente, Mandamus lo había sacado a colación.
El robot humanoide fue la carta de triunfo de Fastolfe en
aquellos lejanos días en que Amadiro estuvo a un milímetro de hacerse con el
juego, con el triunfo y con todo. Fastolfe había diseñado y construido
doscientos robots humanoides (de los cuales todavía existía uno) y nadie más
pudo construir ninguno. El equipo completo del Instituto de Robótica,
trabajando conjuntamente, no pudo o no supo construirlos.
Todo lo que Amadiro pudo salvar de su gran derrota había sido la
carta de triunfo.
Fastolfe se vio obligado a hacer pública la naturaleza del
diseño humanoide.
Esto significaba que podían construirse los humanoides y fueron
construidos, pero he aquí que no los quisieron. Los auroranos no los admitieron
en su sociedad.
La boca de Amadiro se torció con la amargura del recordado
disgusto. La historia de la mujer solariana que había utilizado sexualmente a
Jander, uno de los robots humanoides de Fastolfe, había trascendido de uno u
otro modo. En teoría los auroranos no tenían nada que objetar a tal situación.
No obstante, cuando dejaron de pensar en ello, a las mujeres auroranas no les
gustó la idea de tener que competir con mujeres robots. Ni los auroranos
quisieron competir con hombres robots.
El Instituto se había esforzado al máximo en explicar que los
robots humanoides no estaban destinados a Aurora, sino que iban a servir de
pioneros, como la oleada inicial que, en un futuro, sembraría y adaptaría
nuevos planetas habitables, para que los ocuparan auroranos después de que
fueran terraformados.
También eso fue rechazado, al crecer las sospechas y objeciones.
Alguien había llamado a los humanoides "la cuña inicial". La
expresión se extendió y el Instituto se vio obligado a abandonar.
Amadiro, testarudo, insistió en guardar los ya existentes para
un futuro uso, para una utilización que jamás se había materializado.
¿Por qué tanta objeción a los humanoides? Amadiro sintió un leve
renacer de la irritación que casi había envenenado su vida en aquellas décadas.
El propio Fastolfe, aunque de mala gana, aceptó apoyar el proyecto y, para
hacerle justicia, así lo hizo, aunque sin la dedicación que prestaba a los
asuntos que le llegaban al corazón... Pero no había servido de nada. Y sin
embargo..., y sin embargo.. ¡si Mandamus tuviera de verdad un proyecto in mente
que pudiera ponerse en práctica y necesitara los robots! A Amadiro no le
gustaban demasiado expresiones tales como:
"Era mejor así." "Tenía que ser." Pero
solamente con un gran esfuerzo lograba no pensar, mientras el ascensor les
bajaba a un punto muy por debajo del nivel de la calle, el único lugar de
Aurora que pudiera parecerse, aunque en una mínima proporción, a las fabulosas
Cuevas de Acero de la Tierra.
Mandamus salió del ascensor obedeciendo a un gesto de Amadiro y
se encontró en un corredor débilmente iluminado. Hacía frío y había una ligera
ventilación. Se estremeció.
Amadiro se reunió con él. A cada uno le seguía un robot.
—Poca gente viene aquí —observó Amadiro con indiferencia.
—¿A qué profundidad nos encontramos? —preguntó Mandamus.
—A unos quince metros. Hay varios niveles. En éste es donde
están almacenados los robots humanoides.
Amadiro se detuvo de pronto, como si pensara, luego se dirigió
decidido hacia la izquierda.
—Por aquí.
—¿No hay letreros indicadores?
—Como ya le he dicho, no viene mucha gente por aquí. Y los que
vienen ya saben dónde deben ir para encontrar lo que necesitan. Mientras
hablaba, llegaron a una puerta de aspecto sólido y formidable a la tenue luz; a
un lado y otro había un robot. No eran humanoides.
Mandamus los miró críticamente y dijo:
—Son modelos sencillos.
—Muy sencillos No creerá usted que íbamos a desperdiciar algo
complicado para guardar una puerta.
Amadiro alzó la voz, pero la mantuvo sin inflexiones:
—Soy Kelden Amadiro.
Los ojos de ambos robots relucieron fugazmente. Avanzaron un
paso, alejándose de la puerta, que se abrió silenciosamente, hacia arriba.
Amadiro indicó a su acompañante que entrara y al pasar junto a los robots, dijo
lentamente:
—Déjenla abierta y ajusten la luz a las necesidades personales.
—No creo que nadie pueda entrar aquí —observó Mandamus.
—Por supuesto que no. Estos robots reconocen mi fisonomía y la
grabación de mi voz:
ambas son necesarias antes de abrir la puerta.—Hablando para sí,
añadió: —En los mundos espaciales no se necesitan cerraduras, ni llaves, ni
combinaciones de ningún tipo. Los robots nos guardan siempre y con fidelidad.
—A veces he pensado que si algún aurorano se apoderara de uno de
esos desintegradores que parecen llevar los colonizadores para ir a cualquier
parte, las puertas cerradas no le detendrían. Podría destruir los robots en un
instante y luego ir a donde quisiera y hacer lo que le pareciera. Amadiro le
lanzó una mirada furiosa.
—¿Para qué querría un espacial servirse de semejante arma en un
mundo espacial?
Vivimos nuestras vidas sin armas y sin violencias. ¿No comprende
que por eso es por lo que he dedicado mi vida a la derrota y destrucción de la
Tierra y sus envenenados engendros? Sí, tuvimos violencia en otros tiempos,
pero de eso hace muchos años.
Cuando los mundos espaciales se establecieron por primera vez y
aún no nos habíamos desprendido del veneno de la Tierra, de donde procedíamos,
y antes de que hubiéramos aprendido el valor de la seguridad robótica.
¿Acaso la paz y la seguridad no valen la pena de luchar por
ellas? Mundos sin violencia. ¡Mundos en los que domina la razón! ¿Estuvo bien
que nosotros entregáramos montones de mundos habitables a bárbaros de vida
breve que, como usted dice, llevan desintegradores adonde quiera que vayan?
—Y no obstante —murmuró Mandamus—, está dispuesto a emplear la
violencia para destruir la Tierra.
—La violencia, si es breve y por una causa justificada, es el
precio que probablemente tendremos que pagar para poner fin, y para siempre, a
la violencia.
—Soy lo suficientemente espacial —dijo Mandamus— como para
desear que incluso esta violencia sea minimizada.
Habían entrado ya en una estancia grande y cavernosa y, en el
momento de entrar, las paredes y el techo cobraron vida gracias a una luz
difusa que no deslumbraba.
—Bien, ¿es esto lo que desea, doctor Mandamus? —preguntó
Amadiro.
Mandamus miró a su alrededor, estupefacto. Al fin, consiguió
exclamar:
—¡Increíble!
Allí había un firme regimiento de seres humanos con un poco más
de vida en ellos de lo que unas estatuas hubieran mostrado, pero con bastante
menos vida de la que un ser humano dormido hubiera evidenciado.
—Están de pie —murmuró Mandamus.
—Así ocupan menos espacio. Es obvio.
—Pero llevan de pie unas quince décadas. No puede ser que
todavía estén en condiciones de funcionar. Seguro que sus articulaciones están
heladas, sus órganos muertos.
Amadiro se encogió de hombros.
—Quizá. Si sus articulaciones se han deteriorado, y esto es algo
que no se puede descartar, creo que pueden reemplazarse en caso de que sea
necesario. Todo depende de que haya un motivo para hacerlo.
—Habría un motivo —dijo Mandamus. Paseó la mirada de una a otra
cabeza. Miraban fijamente, aunque en direcciones ligeramente diferentes y esto
les daba un aspecto inquietante, como si estuvieran a punto de romper filas.
Mandamus prosiguió:
—Cada uno tiene un aspecto distinto y se diferencian en altura,
corpulencia y otros detalles.
—Sí. ¿Le sorprende? Nos proponíamos que éstos, junto con los que
pudiéramos construir, fueran los pioneros del desarrollo de nuevos mundos. Para
que lo hicieran debidamente, queríamos que fueran tan humanos como fuera
posible, lo que significaba hacerlos tan individualizados como los auroranos.
¿No le parece sensato?
—Totalmente, y me alegro de que así sea. He leído todo lo que he
podido sobre los dos protohumaniformes que el propio Fastolfe construyó...
Daneel Olivaw y Jander Panell.
He visto los hológrafos de ambos y parecen idénticos.
—Sí —respondió Amadiro, impaciente—. No solamente idénticos sino
que cada uno es virtualmente una caricatura de lo que se considera el espacial
ideal. Éste fue el romanticismo de Fastolfe. Estoy seguro de que hubiera creado
una raza de robots humanoides intercambiables, de ambos sexos, poseyendo una
belleza etérea, o lo que él creía serlo, que los hacía absolutamente inhumanos.
Fastolfe puede ser un robotista brillante, pero fue un hombre increíblemente
estúpido.
Y Amadiro sacudió la cabeza. Haber sido vencido por un hombre
tan increíblemente estúpido, pensó... pero al momento alejó tal pensamiento. No
había sido vencido por Fastolfe, sino por aquel infernal hombre de la Tierra.
Sumido en sus pensamientos, no oyó la siguiente pregunta de Mandamus.
—Perdóneme —murmuró ligeramente irritado—. Le pregunté,
"¿los diseñó usted, doctor Amadiro?".
—No, por una curiosa coincidencia, que me asombra por su
peculiar ironía: éstos fueron diseñados por la hija de Fastolfe, Vasilia. Es
tan brillante como él y mucho más inteligente. Puede que sea ésta una de las
razones por las que nunca se llevaron bien.
—He oído la historia referente a ellos —empezó Mandamus.
—Yo también he oído la historia —le hizo callar Amadiro—, pero
no importa. Basta con que ella realice muy bien su trabajo y de que no haya el
menor peligro de que simpatice con alguien que, pese al accidente de que se
trate de su padre biológico, es y debe seguir siendo para siempre odioso y
ajeno a ella. Incluso, ¿sabe que se hace llamar Vasilia Aliena?
—Lo sé. ¿Tiene usted registrados los esquemas cerebrales de
estos robots humanoides?
—Naturalmente.
—¿Para cada uno de ellos?
—Claro.
—¿Y puedo verlos?
—Si hay una buena razón para ello.
—La habrá —contestó con firmeza Mandamus—. Puesto que estos
robots fueron diseñados para actividades pioneras, ¿puedo asumir que están
equipados para explorar un mundo y enfrentarse a condiciones primitivas?
—Es más que evidente.
—Perfecto. Pero puede que tengan que sufrir alguna modificación.
¿Supone que Vasilia Fast... Aliena, querrá ayudarme, si fuera necesario? Es
obvio que debe estar más familiarizada con los esquemas cerebrales.
—En efecto, No obstante, ignoro si estaría dispuesta a ayudarle.
Sé que en este momento es físicamente imposible, porque no se encuentra en
Aurora.
Mandamus pareció sorprendido y disgustado.
—¿Dónde está pues, doctor Amadiro?
—Ya ha visto los humaniformes y no quiero exponerme más a este
ambiente desagradable. Me ha tenido esperando más que suficiente y no debe
quejarse si yo le hago esperar ahora. Cualquier otra pregunta que quiera
formularme, vamos a contestarla a mi despacho.
47
Una vez en el despacho, Amadiro demoró las cosas.
—Espéreme aquí —dijo tajante, y salió.
Mandamus esperó, envarado, poniendo sus pensamientos en orden,
preguntándose cuándo volvería Amadiro... o si volvería. ¿Iba a ser detenido o
simplemente echado? ¿Se había cansado Amadiro de esperar la explicación?
Mandamus se negaba a creerlo. Había conseguido una clara idea
del desesperado de deseo de Amadiro de saldar una vieja cuenta. Parecía
evidente que Amadiro no se cansaría de escuchar, siempre y cuando creyera que
había la menor posibilidad de que Mandamus hiciera posible la venganza.
Mientras miraba distraído el despacho de Amadiro, Mandamus se
preguntó si entre las fichas computarizadas que tenía casi al alcance de la
mano habría alguna información que pudiera serle útil. Sería conveniente no
tener que depender directamente de Amadiro para todo.
La idea era totalmente inútil. Mandamus desconocía la clave de
entrada de las flechas y, aun sabiéndola, había allí varios de los robots
personales de Amadiro, en sus hornacinas, que lo pararían si daba el menor paso
hacia cualquier cosa que estuviera marcada en sus mentes como
"delicada". Incluso sus propios robots lo pararían.
Amadiro tenía razón. Los robots eran tan útiles, eficientes e
incorruptibles, como guardianes que detectaran la simple idea de algo criminal,
ilegal o solamente turbio, algo que a nadie se le ocurriera sospechar. La
tendencia de por sí atrofiada, por lo menos contra otros espaciales. Se
preguntó cómo podían arreglárselas los colonizadores sin robots. Mandamus trató
de imaginar choques de personalidades humanas, sin defensas robóticas que
amortiguaran la interacción, sin ninguna presencia robótica que les diera una
sensación de seguridad y les obligara, sin darse cuenta en la mayoría de las
veces, a conformarse con el debido código de moralidad.
Dadas las circunstancias, era imposible para los colonizadores
ser otra cosa que bárbaros, y no se les podía dejar la Galaxia. Amadiro tenía
razón en aquello y la había tenido siempre, mientras que Fastolfe estaba en el
más absoluto error.
Mandamus asintió, como si se hubiera persuadido otra vez de la
absoluta corrección de lo que estaba planeando. Suspiró y deseó que aquello no
fuera necesario. Luego se dispuso a repasar, una vez más, la razón que le
demostraba que sí era necesario.
Amadiro volvió a entrar. Amadiro aún tenía un aspecto
impresionante, aunque estaba a un año de cumplir veintiocho décadas. Era, en
mucho, lo que un espacial tenía que ser y parecer, excepto por la desgraciada
deformación de su nariz. Amadiro le dijo:
—Siento haberle hecho esperar, pero tenía un asunto del que
ocuparme. Soy el jefe del Instituto y esto comporta unas responsabilidades.
—¿Puede decirme dónde se encuentra la doctora Vasilia Aliena?
Así podré describirle mi proyecto sin más retraso.
—Está de viaje. Va a visitar a cada uno de los mundos espaciales
para averiguar en qué punto están respecto de la investigación robótica. Cree
que, aunque el Instituto de Robótica se fundó para coordinar la investigación
individual en Aurora, la coordinación interplanetaria favorecía la causa. En
realidad, una gran idea.
Mandamus rió con desgana, y comentó:
—No le dirán nada. Dudo que algún mundo espacial quiera cederle
a Aurora más poder del que ya tiene.
—No esté demasiado seguro. La situación colonizadora nos ha
desbaratado a todos.
—¿Sabe dónde se encuentra ahora?
—Tenemos su itinerario.
—Hágala regresar, doctor Amadiro.
Amadiro frunció el entrecejo.
—Dudó de que resulta fácil hacerlo. Quiere estar lejos de Aurora
hasta que muera su padre.
—¿Por qué? —preguntó Mandamus, sorprendido.
—No lo sé, ni me importa. Pero lo que sí sé es que a usted se le
ha terminado el tiempo. ¿Lo comprende? Vaya al grano o márchese.
Señaló, sombrío, la puerta y Mandamus comprendió que la
paciencia del otro ya no podía aguantar más.
—Está bien —dijo Mandamus—. Hay aún un tercer punto por el que
la Tierra es única.
Habló con facilidad y precisión, como si estuviera exponiendo
algo que había ensayado con frecuencia y pulido minuciosamente con el único fin
de presentárselo a Amadiro. Y Amadiro se fue encontrando cada vez más absorto
¡Era perfecto! Amadiro experimentó un tremendo alivio. Había acertado al asumir
que el joven no era un loco. Estaba perfectamente cuerdo.
Vio el triunfo. Saldría bien. Naturalmente, el punto de vista
del joven, tal como estaba planteado, se apartaba un poco del camino que
Amadiro creía que debía seguir, pero eso se corregiría si era preciso.
Las modificaciones eran siempre posibles. Y cuando Mandamus
terminó, Amadiro dijo con una voz que se esforzaba por mantener firme:
—No necesitamos a Vasilia. En el Instituto disponemos de
expertos para poder empezar enseguida. Doctor Mandamus —en su voz se notaba un
nuevo tono respetuoso—, deje que todo se desarrolle tal como está planeado;
creo que saldrá bien, y será usted Director del Instituto en el momento en que
yo sea Presidente del Consejo.
Mandamus sonrió brevemente, mientras Amadiro se recostaba en su
butaca y, con la misma brevedad, se permitía contemplar el futuro con
satisfacción y confianza, algo que no había podido hacer en el curso de veinte
largas y agotadoras décadas.
¿Cuánto tiempo les llevaría? ¿Décadas? ¿Una década? ¿Parte de
una década?
Poco tiempo. Poco tiempo. Debían acelerarlo por todos los medios
a fin de que pudiera vivir para ver aquel viejo acuerdo anulado y él, Señor de
Aurora y, por lo tanto, de los mundos espaciales (con la Tierra y los mundos de
los colonizadores, condenados) incluso señor de la Galaxia, antes de morir.
48
Cuando el doctor Han Fastolfe murió, siete años después de que
Amadiro y Mandamus se conocieran y empezaran su proyecto, la hiperonda proclamó
la noticia con fuerza explosiva hasta el último rincón de los mundos ocupados.
Mereció la mayor atención en todas partes. En los mundos espaciales era
importante porque Fastolfe había sido el hombre más poderoso de Aurora, y por
lo tanto de la Galaxia, por más de veinte décadas.
En los mundos de los colonizadores y en la Tierra, fue
importante porque había sido un amigo, todo lo que un espacial podía serlo, y
ahora la cuestión era saber si cambiaría la política espacial y, de ser así,
cómo cambiaría.
La noticia llegó también a Vasilia Aliena, y le agravó la
amargura que había empañado sus relaciones con su padre biológico casi desde el
principio. Se había mentalizado para no sentir nada el día en que muriera y,
sin embargo, no quiso encontrarse en el mismo mundo donde él estuviera al
ocurrir la muerte. No quería oír las preguntas que se le harían por todas
partes, pero más frecuentes y más hirientes en Aurora.
La relación padre-hijo entre los espaciales era débil y hasta
indiferente. Con la longevidad, era natural. Tampoco nadie se interesaría por
Vasilia en este aspecto, excepto porque Fastolfe era un jefe de partido siempre
eminente y Vasilia una igualmente destacada partidaria del otro bando. Era
desastroso. Se había tomado la molestia de hacer de Vasilia Aliena su nombre
legal, poniéndolo en todos los documentos, en todas las entrevistas, en
cualquier tipo de trato. No obstante, sabía con seguridad que la mayoría de la
gente pensaba en ella como en Vasilia Fastolfe. Era como si nada pudiera borrar
aquel parentesco totalmente sin sentido, de modo que tenía que conformarse con
que se la llamara únicamente por su nombre, que, por lo menos, era poco
corriente.
Y esto también parecía relacionar su imagen con la mujer
solariana que, por razones totalmente distintas renegó de su primer marido,
como Vasilia renegó de su padre. La mujer solariana tampoco podía vivir con su
primer apellido y terminó también con su nombre: Gladia.
Vasilia y Gladia, desplazadas, renegadas... Incluso se parecían.
Vasilia echó una mirada al espejo del camarote de su nave. Hacía mucho tiempo
que no había visto a Gladia, pero estaba segura de que el parecido perduraba.
Ambas eran menudas y esbeltas. Ambas eran rubias y sus rostros muy parecidos.
Pero era Vasilia la que siempre perdía y Gladia la que siempre
ganaba. Cuando Vasilia dejó a su padre y lo borró de su vida, él encontró a
Gladia: ella era la flexible y pasiva hija que él quería, la hija que Vasilia
jamás podría ser. Pero Vasilia, pese a todo, estaba amargada. Era una
especialista en robótica, tan competente y hábil, por lo menos, como había sido
el propio Fastolfe, mientras que Gladia era solamente una artista que se
divertía coloreando los campos magnéticos y con la fantasía de la indumentaria
robótica.
¿Cómo podía Fastolfe sentirse satisfecho perdiendo a una y
ganando, a cambio, a la otra que no era nada?
Y cuando aquel policía de la Tierra, Elijah Baley, llegó a
Aurora, logró que Vasilia revelara de sus pensamientos y de sus sentimientos
más de lo que jamás confiara a nadie. Con Gladia, sin embargo, fue todo dulzura
y la ayudó, a ella y a su protector Fastolfe a ganar, contra todo lo previsto
aunque hasta aquel mismo día Vasilia no pudo comprender claramente cómo pudo
ocurrir.
Fue Gladia la que estuvo junto a la cama de Fastolfe durante su
enfermedad, la que había tenido su mano entre las suyas hasta el final, y la
que había oído sus últimas palabras. Por qué se sentía Vasilia resentida, no lo
comprendía, porque ella, en ningún caso hubiera reconocido la existencia del
anciano hasta el extremo de acompañarle en su paso a la noexistencia en un
sentido absoluto, más que subjetivo; no obstante, estaba rabiosa por la
presencia de Gladia.
"Es lo que siento —se dijo retadora—, y no debo
explicaciones a nadie." Y había perdido a Giskard. Giskard había sido su
robot, su robot personal de cuando era jovencita, el robot cedido por un padre
que parecía afectuoso. A través de Giskard aprendió robótica y por él sintió un
sincero afecto. De niña, no especuló nunca sobre las tres leyes ni se ocupó con
la filosofía del automatismo positrónico. Giskard parecía afectuoso, se
comportaba como si lo fuera, y esto bastaba para una niña. Jamás encontró tanto
afecto en un ser humano y, por supuesto, no en su padre.
Hasta aquel día, no había sido tan débil como para llegar al
extremo de jugar al imbécil juego del amor con nadie. Su amargura por la
pérdida de Giskard le había enseñado que cualquier ganancia inicial no
compensaba la pérdida final.
Cuando abandonó su casa, renegando de su padre, él no dejó que
Giskard fuera con ella, aunque, en el transcurso de su reprogramación, lo había
mejorado infinitamente. Y cuando murió su padre, legó Giskard a la mujer
solariana. También le había dejado Daneel, pero a Vasilia no le interesaba
aquella pálida imitación de hombre. Quería a Giskard, que era suyo. Vasilia
viajaba ahora de regreso a Aurora. Su viaje había terminado, y los motivos del
mismo habían acabado, en realidad, meses atrás, pero se quedó en Hésperos
porque necesitaba un descanso y así lo había notificado al Instituto.
Pero ahora que Fastolfe ya había muerto podía regresar. Y aunque
no pudiera cambiar todo el pasado, sí podría cambiar parte del mismo. Giskard
volvería a ser suyo.
Estaba decidida a conseguirlo.
49
Amadiro era ambivalente en cuanto a su reacción al regreso de
Vasilia. No había regresado hasta que el viejo Fastolfe (podía pronunciar su
nombre fácilmente ahora que estaba muerto) llevaba un mes en su sepultura. Esto
le halagaba en su opinión sobre sí mismo. Después de todo, había contado a
Mandamus que el motivo de que ella permaneciera alejada de Aurora era porque no
quería volver hasta que su padre hubiera muerto. Luego, Vasilia era diáfana.
Carecía de la exasperante cualidad de Mandamus, su nuevo favorito, de parecer
que siempre guardaba otra idea sin expresar, bien escondida, por más que
pareciera haber descargado por completo el contenido de su mente.
Por el contrario, ella era desagradablemente difícil de
controlar, de seguir sin discutir el camino que él le indicara. Era capaz de
indagar hasta el fondo sobre los espaciales de otros mundos, durante los años
que había pasado lejos de Aurora, pero también de interpretarlo todo de forma
oscura y enigmática.
Así que la recibió con un entusiasmo que era un intermedio entre
simulado y sincero.
—Vasilia, me alegro de volver a tenerte entre nosotros. El
Instituto vuela con una sola ala cuando tú no estás.
Vasilia se echó a reír.
—Vamos, Kelden... —Solamente ella no se sentía inhibida, ni
vacilaba, llamándole por su nombre, aunque contaba dos décadas y media menos
que él—. La única ala que queda es la suya, y ¿cuánto tiempo ha transcurrido
desde que dejó de estar seguro de que con su única ala había suficiente?
—Desde que decidiste alargar a años tu ausencia. ¿Has encontrado
Aurora muy cambiado en este tiempo?
—En absoluto..., lo que tal vez debiera preocuparnos. No cambiar
equivale a decadencia.
—Una paradoja. No hay decadencia sin un cambio a peor.
—Kelden, el hecho de no cambiar es un cambio a peor, si lo
comparamos con los vecinos mundos de los colonizadores. Cambian rápidamente,
extendiendo su control a otros muchos mundos y sobre cada mundo individualmente
y por completo. Aumentan su fuerza, su poder y su seguridad, mientras nosotros
estamos sentados soñando y descubriendo cómo nuestro invariable poderío
disminuye poco a poco en comparación.
—¡Maravilloso, Vasilia! Tengo la impresión de que lo has
memorizado cuidadosamente durante tu vuelo hacia aquí. Sin embargo, ha habido
un cambio en la situación política de Aurora.
—Se refiere a que mi padre biológico ha muerto.
Amadiro abrió los brazos con una pequeña inclinación de cabeza.
—Tú lo dices. Él fue, en gran parte, responsable de nuestra
parálisis, y se ha ido así que imagino que ahora habrá cambios, aunque no
necesariamente visibles.
—Tiene secretos para mí, ¿no es cierto?
—¿Crees que lo haría?
—Estoy segura. Esa falsa sonrisa suya le delata siempre.
—Entonces, debo aprender a mostrarme grave contigo... Ven, tengo
tu informe. Dime ahora lo que no has incluido en él.
—Está todo incluido... Bueno, casi todo. Cada mundo espacial
declara con vehemencia que le molesta la arrogancia colonizadora. Cada uno en
particular está firmemente decidido a resistir a los colonizadores hasta el
fin, siguiendo con entusiasmo el liderazgo de Aurora, con vigor y valentía,
para desafiar a la muerte.
—Seguir nuestro liderazgo, sí. ¿Y si no les proporcionamos un
líder?
—Entonces, esperarán y tratarán de arreglarse al no verse
dirigidos por nosotros. De lo contrario... Bueno, todos están dedicados al
avance tecnológico y se muestran reacios a revelar lo que están haciendo
exactamente. Cada uno trabaja independientemente y ni siquiera se unifican
entre ellos. No hay ni un solo equipo de investigación, en ninguno dé los
mundos, que se parezca a nuestro Instituto de Robótica. Cada mundo está lleno
de investigadores individuales, y cada investigador guarda celosamente sus propios
trabajos para que no los vean los demás.
Amadiro se mostró casi complaciente al decir:
—No esperaba que hubieran adelantado tanto como nosotros.
—Y es malo que no lo hayan hecho —replicó Vasilia cortante—. Con
todos los mundos espaciales llenos de individualistas, el progreso es demasiado
lento. Los colonizadores se reúnen regularmente en convenciones, tienen sus
propios institutos, y aunque de momento quedan lejos de nosotros... nos
alcanzarán. Así y todo, he conseguido descubrir unos cuantos adelantos
tecnológicos logrados en los mundos espaciales y están todos consignados en mi
informe. Todos ellos trabajan en el intensificador nuclear, por ejemplo, pero
no creo que este artilugio haya llegado más allá del nivel de demostración en
el laboratorio, en ninguno de los mundos. Algo que aún no está aquí si
resultara práctico a bordo de las naves.
—Ojalá estés en lo cierto en esto, Vasilia, El intensificador
nuclear es un arma que vendría muy bien a nuestra flota, porque acabaría de una
vez con los colonizadores. Pero pienso que, en general, sería mejor que Aurora
poseyera un arma antes que sus hermanos espaciales... Pero dijiste que estaba
incluido en tu informe casi todo. He oído ese casi. ¿Qué es lo que no está
incluido?
—¡Solaria!
—Ah, el más joven y más peculiar de los mundos espaciales.
—Casi no pude sacarles nada, directamente. Me vieron con
absoluta hostilidad, como verían a cualquier no-solariano, ya fuera espacial o
colonizador. Y cuando digo "vieron", lo digo en el verdadero sentido
de la palabra. Permanecí casi un año en su mundo, mucho más tiempo que en
cualquier otro, y en todos esos meses jamás "vi" a un solo solariano
cara a cara. En todos los casos le miré a él o a ella, en holograma por
hiperhonda. Nunca traté con nada tangible, solamente imágenes. El mundo era
cómodo, en realidad increíblemente lujoso y para un amante de la naturaleza
totalmente intacto, ¡ah, pero cómo eché de menos "ver"!
—Bueno, la visión es una costumbre solariana. Todo el mundo lo
sabe, Vasilia. Vive y deja vivir.
—¡Bah! —rezongó Vasilia—, Su tolerancia puede estar fuera de
lugar. ¿Están sus robots en posición de no-repetición?
—En efecto. Y te aseguro que nadie nos está escuchando.
—Así lo espero, Kelden. Tengo una muy clara impresión de que los
solarianos están a punto de lograr un intensificador nuclear miniatura antes
que los otros mundos, antes que nosotros. Tal vez lo consigan portátil y capaz
de funcionar con un mínimo consumo de energía, lo suficientemente pequeño para
que resulte práctico en naves espaciales.
Amadiro frunció profundamente el entrecejo.
—¿Cómo lo han conseguido?
—No podría decirlo. No supondrá que me enseñaron los planos,
¿verdad? Mis impresiones son tan incipientes que no me atreví a ponerlas en el
informe, pero por lo poco que he oído aquí... u observado allí... creo que
están haciendo progresos importantes. Esto es algo en lo que deberíamos pensar
cuidadosamente.
—Lo haremos. ¿Hay algo más que quieras decirme?
—Sí, y tampoco consta en el informe. Solaria lleva varias
décadas trabajando en robots humanoides y creo que esta meta, por lo menos la
han alcanzado. Ningún otro mundo espacial, excepto nosotros, ha intentado
siquiera el asunto. Cuando fui preguntando, en cada mundo, qué estaban haciendo
respecto de los robots humanoides, la reacción fue unánime. Encontraban el
concepto horripilante y desagradable. Sospecho que todos ellos habían observado
nuestro fracaso y les había llegado al alma.
—Pero Solaria, no. ¿Por qué?
—En primer lugar, siempre habían vivido en la sociedad más
robotizada de la Galaxia.
Están rodeados de robots: diez mil por individuo. El mundo está
saturado de ellos. Si pasearas por él, sin rumbo fijo, en busca de humanos, no
encontrarías a nadie. Así, ¿por qué unos pocos solarios viviendo en semejante
mundo, iban a inquietarse por unos cuantos robots de más, sólo porque son
humanoides? También está ese desgraciado engendro pseudohumano diseñado por
Fastolfe y construido por él y que todavía existe...
—Daneel —dijo Amadiro.
—Sí, ése. Él... Bueno, estuvo en Solaria hace veinte décadas y
los solarianos lo trataron como a un humano. No se han recuperado aún del
sofoco. Aunque no les importaban los humanoides, se sentían humillados por
haber sido engañados. Fue una inolvidable demostración de que Aurora estaba muy
por delante de ellos en esa faceta de robótica, por lo menos. Los solarianos se
sienten excesivamente orgullosos de ser los más avanzados roboticistas de la
Galaxia y, desde siempre, han estado trabajando individualmente en los
humaniformes, aunque sólo sea para borrar aquella vergüenza. De haber sido más,
o de haber tenido un Instituto que coordinara su trabajo, indudablemente los
habrían producido hace mucho tiempo. En todo caso, creo que ahora ya lo han
conseguido.
—Pero no estás segura, ¿verdad? Esto no es más que una sospecha
basada en indicios recogidos aquí y allá.
—Exactamente, pero es una sospecha muy sólida y que merece una
mayor investigación. En tercer lugar, juraría que están trabajando en
comunicación telepática.
Había cierto equipo que, imprudentemente, me dejaron ver. Y una
vez que tuve a la vista uno de sus roboticistas, la pantalla de la hiperhonda
dejó entrever una pizarra en la que se veía una matriz de diseño positrónico,
que no se parecía a nada de lo que recuerdo haber visto en mi vida y, no
obstante, me pareció que el trazado podía encajar con un programa telepático.
—Sospecho, Vasilia, que este dato está hecho de mucha más
fantasía que lo de los robots humanoides.
Una expresión de ligero embarazo cruzó por el rostro de Vasilia:
—Debo confesar que tal vez en esto tenga razón.
—La verdad, Vasilia, es que me suena a mera fantasía. Si el
trazado que creíste ver no era como nada de los que recuerdas haber visto
jamás, ¿cómo pudiste pensar que podía encajar con algo?
—A decir verdad —murmuró Vasilia, indecisa—, yo también me lo he
estado preguntando. Sin embargo, cuando lo vi, la palabra "telepatía"
saltó de pronto en mi mente.
—Aunque la telepatía sea imposible, incluso en teoría.
—Se cree imposible, incluso en teoría. Y eso no es exactamente
lo mismo.
—Nunca nadie ha sido capaz de progresar en ello.
—De acuerdo, pero ¿por qué al ver el trazado, se me ocurrió la palabra
"telepatía"?
—Ah, en este caso, Vasilia, puede haber un impulso psíquico
personal que es inútil tratar de analizar. Yo lo olvidaría..., algo más?
—Una cosa más, y la más desconcertante de todas. Entre un
indicio y otro, recogí la impresión, Kelden, de que los solarianos se proponen
abandonar su planeta.
—¿Por qué?
—No lo sé. Sus habitantes, por escasos que sean, van
disminuyendo. Quizá quieran empezar de nuevo en alguna otra parte antes de
desaparecer del todo.
—¿Qué clase de "empezar de nuevo"? ¿Adonde podrían ir?
Vasilia sacudió la cabeza.
—Le he dicho todo lo que sé.
—Está bien —dijo Amadiro lentamente—, lo tendré en cuenta.
Cuatro cosas:
intensificador nuclear, robots humanoides, robots telepáticos y
abandono del planeta.
Francamente, no creo en ninguna de las cuatro, pero persuadiré
al Consejo para que autorice unas preguntas al regente de Solaria. Y, ahora,
Vasilia, creo que necesitas un descanso,así que ¿por qué no te tomas unas
semanas libres y te acostumbras de nuevo al sol de Aurora y al buen tiempo,
antes de volver al trabajo?
—Es muy amable por su parte, Kelden, pero quedan aún dos cosas
que me gustaría tratar —declaró Vasilia sin levantarse.
Los ojos de Amadiro buscaron involuntariamente la cinta horaria:
—No te llevará mucho tiempo, ¿verdad, Vasilia?
—Me llevará todo el tiempo que sea necesario, Kelden.
—¿Qué es lo que quieres?
—Para empezar, ¿quién es ese joven sabelotodo que parece creer
que dirige el Instituto, ése, cómo-se-llama, Mandamus?
—Ya se conocen, ¿verdad? —dijo Amadiro con una sonrisa que
disimulaba cierta inquietud—. Como puedes ver, las cosas cambian en Aurora.
—Pero esta vez no para mejorar —repuso Vasilia, sombría—. ¿Quién
es?
—Es exactamente lo que tú has descrito: un sabelotodo. Es un
joven brillante, muy entendido en robótica, igualmente entendido en física
general, química, planetología...
—¿Y qué edad tiene este monstruo de erudición?
—Algo menos de cinco décadas.
—¿Y qué será este jovencito cuando se haga mayor?
—Un hombre tan sabio como brillante, quizá.
—No simule no entender lo que pregunto, Kelden. ¿Está usted
pensando en prepararle para ser el siguiente jefe del Instituto?
—Me propongo vivir aún varias décadas.
—Esto no es una respuesta.
—Es la única respuesta que tengo.
Vasilia se volvió inquieta en su asiento y su robot, de pie tras
ella, dirigió sus ojos de un lado a otro como preparándose para esquivar un
ataque... empujado a este comportamiento, quizá, por la inquietud de Vasilia.
De pronto, declaró:
—Kelden, yo voy a ser la próxima directora. Está decidido. Así
me lo prometió.
—Es cierto pero, en realidad, una vez que yo muera, Vasilia, la
junta presidencial hará su elección. Incluso si dejara tras de mí un documento
indicando quién debe ser el nuevo director, la Junta puede corregirme. Así está
estipulado en el reglamento de fundación del Instituto.
—Redacte usted su documento, que de la Junta me encargaré yo.
Y Amadiro, con la frente mucho más fruncida, declaró:
—Esto es algo que no voy a seguir discutiendo de momento. ¿Cuál
es la otra cosa que querías decirme? Por favor, sé breve.
Se quedó mirándolo, airada, por un instante, luego, como si
mordiera las palabras, dijo:
—¡Giskard!
—¿El robot?
—Naturalmente. ¿Conoce usted a cualquier otro Giskard del que yo
pueda hablarle?
—Bien, ¿de qué se trata?
—Es mío.
Amadiro pareció sorprendido.
—Es..., o era,.., propiedad legal de Fastolfe.
—Giskard era mío cuando yo era pequeña.
—Fastolfe te lo prestó y eventualmente te lo retiró. No hubo
transferencia formal de propiedad, ¿verdad?
—Era mío, moralmente. Pero, en todo caso, ya no pertenece a
Fastolfe. Ha muerto.
—Pero hizo testamento. Y si recuerdo correctamente, por dicho
testamento, dos robots, Giskard y Daneel, son ahora propiedad de la mujer
solaria.
—Pero yo lo quiero. Yo soy la hija de Fastolfe...
—¿Eh?
—Tengo derecho a Giskard —insistió Vasilia, sofocada—. ¿Por qué
una desconocida, una extranjera, va a tenerlo?
—En primer lugar, porque Fastolfe lo testó así. Y ella es
ciudadana aurorana.
—¿Quién lo dice? Para todos los auroranos es "la mujer solariana".
Amadiro dio un puñetazo en el brazo de su butaca en un súbito
acceso de cólera.
—Vasilia, ¿qué es lo que quieres de mí? La mujer solariana no me
gusta. En realidad, me disgusta profundamente y si hubiera un medio de —miró a
los robots, como deseoso de no inquietarles— sacarla del planeta, lo haría.
Pero no puedo cambiar el testamento.
Incluso si hubiera forma legal de hacerlo, que no la hay, no
sería prudente. Fastolfe está muerto.
—Precisamente ésta es la razón por la que Giskard debería ser
mío ahora.
Amadiro la ignoró.
—Y el partido que presidía está deshaciéndose. En las últimas
décadas sólo lo mantenía unido su carisma personal. Ahora, lo que me gustaría
es recoger los fragmentos de esa coalición y añadirlos a la mía. Así, podré
reunir un grupo que sea lo suficientemente fuerte para dominar al Consejo y
ganar el control de las próximas elecciones.
—¿Y ser usted el próximo presidente?
—¿Por qué no? Aurora podría elegir peor, porque me daría la
oportunidad de revocar nuestra vieja política desastrosa antes de que sea
demasiado tarde. Lo malo es que no tengo la popularidad de Fastolfe. No poseo
su don de aparentar santidad como disfraz de estupidez. En consecuencia, si
pareciera triunfar de un modo sórdido e injusto sobre un muerto, no quedaría
bien. Nadie debe decir que, derrotado por Fastolfe mientras éste vivía, revoqué
su testamento por despecho, una vez que hubo muerto. No quiero que algo tan
ridículo como esto se interponga en el camino de las grandes decisiones de vida
o muerte que debe tomar Aurora. ¿Lo comprendes? ¡Tendrás que renunciar a
Giskard!
Vasilia se levantó, tiesa, con los ojos semicerrados.
—Ya lo veremos.
—Ya lo hemos visto. Esta reunión ha terminado y si ambicionas
ser el director del Instituto, no quiero volver a oírte amenazarme por nada.
Así que si te propones atacarme ahora, del modo que sea, te aconsejo que lo
pienses bien.
—No lo amenazo —dijo Vasilia, con toda su expresión corporal
contradiciendo sus palabras. Se marchó en un revuelo, después de indicar,
innecesariamente, a su robot que la siguiera.
50
La emergencia o, mejor dicho, la serie de emergencias, empezó
unos meses después, cuando Maloon Cicis entró en el despacho de Amadiro para la
habitual conferencia matutina. Ordinariamente, Amadiro le esperaba con
satisfacción; Cicis era siempre un tranquilizante en el transcurso de un día
ocupado. Era el único miembro del Instituto que no tenía ambiciones y que no
calculaba sobre el día de la muerte o jubilación de Amadiro.
Cicis era, de hecho, el subordinado perfecto. Era feliz siendo
servicial y le encantaba contar con la confianza de Amadiro.
Por esta razón, Amadiro estaba entristecido, en el transcurso
del último año, al notar un cierto deterioro, una ligera concavidad en el
pecho, un toque de rigidez en los movimientos de su perfecto subordinado.
¿Acaso Cicis estaba envejeciendo? Solamente era unas pocas décadas mayor que
Amadiro.
Amadiro sintió, con desagrado, que quizá junto con la
degeneración gradual de tantas facetas de la vida espacial, la longevidad
también fallaba. Se propuso mirar las estadísticas, pero siempre se olvidaba de
hacerlo, o sentía un miedo inconsciente de hacerlo.
No obstante, en esta ocasión, el aspecto de vejez de Cicis se
cubría de una violenta emoción. Su rostro estaba rojo (poniendo de relieve las
canas de su cabello color bronce)
y parecía estar virtualmente a punto de reventar de asombro.
Amadiro no tuvo siquiera que preguntar lo que ocurría. Cicis lo
soltó como si se tratara de algo que no podía contener.
Cuando terminó de soltarlo, Amadiro dijo, estupefacto:
—¿Que todas las emisiones de radio han cesado? ¿Todas?
—Todas, jefe. Deben de haber muerto todos, o se han ido. Ningún
mundo habitado podría evitar emitir alguna radiación electromagnética en
nuestro nivel de...
Amadiro le mandó callar. Uno de los puntos de Vasilia, el
cuarto, según recordó, había sido que los solarianos se estaban preparando para
abandonar su mundo. Había parecido una sugerencia sin sentido; las cuatro
habían parecido más o menos insensatas. Le dijo que lo tendría en cuenta y,
naturalmente, no lo había hecho. Ahora, por lo visto, eso resultaba ser un
error. ¿Por qué lo había considerado insensato cuando Vasilia había planteado
el caso y seguía pareciéndole insensato? Se lo preguntaba ahora, como lo había
preguntado entonces, aunque no esperaba ninguna respuesta. (¿Qué respuesta
podía haber?)
—¿A qué parte del espacio pueden haber ido, Maloon?
—No hay respuesta para eso. jefe.
—Bien, pues, ¿cuándo se fueron?
—Tampoco la hay para eso. Hemos sabido la noticia esta mañana.
Lo malo es que la intensidad radiacional es muy baja en Solaria. Hay muy pocos
habitantes y los robots están bien protegidos. La intensidad es bastante más
baja que la de cualquier otro mundo espacial; dos veces más baja que la
nuestra.
—Así que un buen día alguien se dio cuenta de que era muy baja y
de hecho había bajado a cero, pero en realidad nadie la captó mientras iba
bajando. ¿Quién se dio cuenta?
—Una nave de Nexonia,jefe.
—¿Cómo?
—La nave se vio forzada a orbitar cerca del sol de Solaria a fin
de llevar a cabo unas reparaciones urgentes. Pidieron permiso por hiperhonda y
no obtuvieron respuesta. No tenían otra opción que ignorarlo, continuar en
órbita y llevar a cabo las reparaciones. En todo el tiempo no hubo la menor
interferencia. Hasta mucho más tarde, cuando se hubieron alejado, comprobando
sus datos, no descubrieron que no sólo no habían obtenido respuesta, sino que
tampoco habían captado radiaciones de ningún tipo. No hay modo de averiguar
exactamente cuándo cesó la radiación. El único comprobante recibido de
cualquier mensaje desde Solaria, fue hace más de dos meses.
—¿Qué hay de los otros tres puntos? —masculló Amadiro.
—¿Cómo dice, jefe?
—Nada, nada —dijo Amadiro, pero permaneció ceñudo y
profundamente abstraído.
EL ROBOT TELEPÁTICO
51
Mandamus no se enteró de lo ocurrido en Solaria hasta que
regresó, unos meses más tarde, de un tercer y largo viaje a la Tierra. En su
primer viaje, seis años atrás, Amadiro había conseguido con cierta dificultad
enviarle como emisario acreditado de Aurora para discutir unos asuntos sobre
una incursión de una nave mercantil en territorio espacial.
Había tenido que soportar la ceremonia y aburrimiento
burocráticos y quedó rápidamente patente que como tal emisario su actividad era
muy limitada. Claro que, realmente, no importaba porque se había enterado de lo
que deseaba saber. Regresó con la noticia.
—Dudo, doctor Amadiro, de que tengamos el menor problema. No hay
forma, no hay forma posible de que los funcionarios de la Tierra puedan
controlar salidas o entradas.
Cada año millones de colonos visitan la Tierra procedentes de
cualquiera de las docenas de mundos y cada año un igual número de millones de
visitantes regresan a sus hogares.
Cada colonizador parece sentir que la vida no es completa a
menos que él o ella respire periódicamente el aire del planeta y pise sus
abarrotados espacios subterráneos. Me imagino que buscan sus raíces. No parecen
experimentar la absoluta pesadilla que es la existencia en la Tierra.
—Lo sé, Mandamus —dijo Amadiro fatigado.
—Sólo intelectualmente, señor. No puede comprenderse del todo
hasta haberlo experimentado. Una vez logrado, encontrará que ninguno de sus
"conocimientos" le preparará en lo más mínimo para la realidad. No
entiendo que alguien quiera regresar, una vez que haya sido...
—Nuestros antepasados no quisieron volver, después de haber
abandonado el planeta.
—No —asintió Mandamus—, pero los vuelos interestelares no eran
entonces tan avanzados como ahora. Solían llevar meses y el. "salto"
interespacial era peligroso. Ahora se tardan días y los "saltos" son
rutinarios y nunca salen mal. Si hubiera sido tan fácil regresar a la Tierra en
tiempo de nuestros antepasados como lo es ahora, me pregunto si nos hubiéramos
desprendido como lo hicimos.
—No filosofe, Mandamus. Vayamos al grano.
—Por supuesto. Además de las idas y venidas de las interminables
riadas de colonizadores, millones de gente de la Tierra salen cada año como
emigrantes a uno u otro de los mundos colonizados. Algunos regresan casi
inmediatamente, porque no han podido adaptarse. Otros crean nuevos hogares,
pero vuelven con cierta frecuencia como visitantes. Es imposible controlar las
salidas y entradas, y la Tierra ni siquiera lo intenta.
Tratar de montar métodos sistemáticos para identificar y seguir
la pista de los visitantes, podría entorpecer la abundancia de llegadas y la
Tierra se da cuenta de que cada visitante trae dinero. El negocio turístico, si
queremos llamarlo así, es, actualmente, su industria más provechosa.
—Creo entender que lo que me está diciendo es que podemos llevar
los robots humanoides a la Tierra sin problemas.
—Sin el menor problema. Respecto de eso no me cabe la menor
duda. Ahora que los tenemos debidamente programados, podemos mandarlos a la
Tierra, en grupos de seis, con documentos falsificados. No podemos evitar su
respeto robótico y su temor por los seres humanos, pero no creo que esto les
descubra. Será interpretado como el temor y respeto habitual del colono hacia
su planeta ancestral... Pero también creo que no debemos, de ningún modo,
hacerles llegar a uno de los aeropuertos metropolitanos. Los grandes espacios
entre ciudades están virtualmente desiertos excepto por primitivos robots
obreros y las naves que lleguen allí pasarán inadvertidas... o por lo menos
desatendidas.
—Me parece muy arriesgado —observó Amadiro.
51a
Dos grupos de robots humanoides fueron enviados a la Tierra y se
mezclaron con los habitantes de la ciudad antes de dirigirse a las áreas
deshabitadas y de comunicarse con Aurora por medio de hiperrayo resguardado.
Mandamus, después de pensarlo mucho y dudarlo largo tiempo
propuso:
—Tendré que volver, señor. No puedo tener la seguridad de que
hayan encontrado el punto preciso.
—¿Y está seguro de que usted conoce el punto preciso, Mandamus.?
—preguntó Amadiro sarcástico.
—He ahondado minuciosamente en la historia antigua de la Tierra,
señor. Sé que puedo encontrarlo.
—No creo que pueda persuadir al Consejo para que le manden en
una nave de guerra.
—Ni yo lo querría. Sería peor que inútil. Quiero una nave
unipersonal, con suficiente energía para ir y volver.
Y de esta forma, hizo Mandamus su segundo viaje a la Tierra,
bajando en una región cercana a una de las pequeñas ciudades. Con una mezcla de
alivio y satisfacción, encontró varios de los robots en el punto preciso y se
quedó con ellos para supervisar su trabajo, dar algunas órdenes a él relativas,
y hacer unos delicados ajustes en su programación. Después, bajo la mirada
desinteresada de unos primitivos robots agrícolas, formados en la Tierra,
Mandamus se dirigió a la vecina ciudad.
Fue un riesgo calculado y Mandamus, que no era ningún héroe,
sentía cómo el corazón le palpitaba con fuerza en el pecho. Pero salió bien.
Hubo cierta sorpresa en la puerta de entrada cuando el funcionario vio que un
humano se presentaba, mostrando todas las huellas de haber pasado mucho tiempo
a la intemperie.
Mandamus llevaba papeles que le identificaban como a colonizador
y el funcionario se encogió de hombros. A los colonos no les importaba la
intemperie y era normal, entre ellos, hacer pequeñas excursiones por los campos
y los bosques que rodeaban la poco sugestiva parte alta de una ciudad que
brotaba del suelo.
El funcionario echó una mirada fugaz a sus papeles y nadie más
volvió a pedírselos. El acento de Mandamus, ajeno al de la Tierra (tan poco
aurorano como pudo hacerlo) se aceptó sin comentarios, y por lo que pudo
intuir, nadie se preguntó si era o no un espacial. Pero, ¿por qué iban a
preguntárselo? Los tiempos en que los espaciales mantenían una avanzada en la
Tierra, quedaban doscientos años atrás y los emisarios oficiales de los mundos
del espacio eran pocos y, últimamente, cada vez menos. Los provincianos de la
Tierra quizá ni recordaban que existieran espaciales.
A Mandamus le precupaba que los guantes finísimos y
transparentes que llevaba pudieran ser detectados o que sus filtros de nariz se
notaran, pero no ocurrió nada. No hubo el menor impedimento en sus viajes a la
capital ni a las demás ciudades. Disponía de bastante dinero y el dinero tenía
mucha fuerza en la Tierra (y a decir verdad, también en los mundos espaciales).
Se acostumbró a que ningún robot le pisara los talones y cuando se encontraba
con alguno de los robots humanoides de Aurora en alguna de las ciudades, tenía
que explicarle con firmeza que no debía seguirle.
Escuchó sus informes, les dio todo tipo de instrucciones que
parecían necesitar y preparó la llegada de nuevas partidas de robots, fuera de
las ciudades. Eventualmente, encontró el camino de regreso a su nave y se
marchó. No fue interpelado al salir, como no lo había sido al llegar.
—La verdad—dijo, pensativo, a Amadiro—, esa gente de la Tierra
no es tan bárbara.
—¿No lo es?
—En su propio mundo, se comportan como humanos. De hecho hay
algo muy atractivo en su amistad.
—¿Acaso está empezando a lamentar la tarea que ha emprendido?
—Me produce una angustiosa sensación cuando circulo entre ellos
y pienso que no saben lo que va a ocurrirles. No puedo disfrutar con lo que
estoy haciendo.
—Claro que puede, Mandamus. Piense que una vez terminada la
tarea estará seguro del puesto de director del Instituto antes de que
transcurra mucho tiempo. Eso bastará para endulzarle el trabajo.
Y a partir de entonces, Amadiro no perdió de vista a Mandamus.
51b
En el tercer viaje de Mandamus, se había disipado gran parte de
su anterior inquietud y pudo comportarse casi como si fuera de la Tierra. El
proyecto se desarrollaba lentamente pero sin cambios, a lo largo de la línea de
progreso prevista.
No había tenido problemas de salud en sus anteriores visitas,
pero en este tercero, debido tal vez a su exceso de confianza, debió de haberse
expuesto en exceso. Durante cierto tiempo, por lo menos, experimentó un
alarmante goteo de nariz, acompañado de tos. Una visita a uno de los
dispensarios de la capital, terminó en una inyección de gammaglobulina que le
alivió en seguida, pero encontró el dispensario más terrible que la enfermedad.
Sabía que allí todo el mundo podía sufrir de algo contagioso; o podía encontrarse
en peligroso contacto con los que estaban enfermos.
Pero ahora, por fin, estaba de regreso en la ordenada
tranquilidad de Aurora y se sentía increíblemente agradecido por ello. Amadiro
le estaba enterando de la crisis Solaria.
—¿No se había enterado de nada? —preguntó Amadiro.
Mandamus sacudió negativamente la cabeza:
—De nada, señor. La Tierra es un mundo increíblemente
provinciano. Ochocientas ciudades con un total de ocho mil millones de
habitantes... solamente interesados por las ochocientas ciudades con sus
respectivas personas. Parece como si los colonizadores existieran solamente
para visitar la Tierra y que los espaciales no existieran. En realidad, las
noticias, en cualquiera de las ciudades, tratan, un noventa por ciento de las
veces, de la capital. La Tierra es un mundo cerrado, claustrófilo, tanto mental
como físicamente.
—Sin embargo, dice usted que no son bárbaros.
—La claustrofobia no es necesariamente barbarismo. A su modo,
son civilizados.
—¡A su modo...! Bien, dejémoslo. El problema del momento es
Solaria. Ni uno solo de los mundos espaciales se moverá. El principio de no
interferencia es supremo e insisten en que los problemas internos de Solaria,
son solamente para los solarianos. Nuestro propio presidente se muestra tan
inerte como cualquier otro, aun cuando Fastolfe está muerto pero su mano no
descansa sobre nosotros. Yo, solo, no puedo hacer nada..., por lo menos hasta
que sea presidente.
—¿Cómo pueden suponer que los problemas internos de Solaria no
deben ser interferidos, si los solarianos se han marchado?
Amadiro comentó, sarcástico:
—¿Cómo puede ser que usted vea al momento la locura del caso y
ellos no...? Dicen que no hay pruebas fehacientes de que los solarios se hayan
ido todos, y que mientras ellos, o algunos de ellos, estén en su mundo, ningún
otro mundo espacial tiene derecho a intervenir sin ser llamado.
—¿Cómo explican la ausencia de actividad radiacional?
—Dicen que los solarios pueden haberse trasladado bajo tierra o
que pueden haber inventado algo, algún avance tecnológico, que impida el escape
de radiación. También dicen que nadie les vio marcharse y que no tienen adonde
ir. Claro, no se les vio marcharse porque nadie estaba vigilando.
—¿Cómo pueden decir que los solarianos no tienen adonde ir?
—dijo Mandamus—.
Hay infinidad de mundos vacíos.
—El argumento es que los solarianos no pueden vivir sin su
increíble abundancia de robots, y que no pueden llevarlos consigo. Si vinieran
aquí, por ejemplo, ¿cuántos robots supone que les permitiríamos traer... si se
lo permitiéramos?
—¿Y cuál es su argumento en contra?
—Ninguno. De todos modos, tanto si se han ido como si no, la
situación es rara y desconcertante y me parece increíble que nadie quiera
movilizarse para investigar. He advertido a todo el mundo, con tanta fuerza
como he podido, que la inercia y la apatía serán nuestro final; que tan pronto
como los mundos colonizados se enteren de que Solaria está..., o podría
estar...,vacío, ellos no vacilarían en investigar el asunto. Esos invasores
tienen una curiosidad insensata que ojalá tuviéramos algunos de nosotros.
Ellos, sin pensarlo dos veces, arriesgarán sus vidas si
vislumbran algún provecho que les resulte interesante.
—¿En este caso cuál sería el provecho, doctor Amadiro?
—Si los solarios se han ido, tienen que haber dejado, a la
fuerza, casi todos sus robots.
Son..., o eran..., robotistas especialmente ingeniosos, y los
colonizadores, pese a todo su odio por los robots, no vacilarán en apropiarse
de ellos y facturárnoslos a nosotros a cambio de buen dinero espacial. La
verdad, es que ya lo han anunciado.
Dos naves de colonizadores han aterrizado ya en Solaria. Hemos
despachado nuestra protesta, pero no la tendrán en cuenta y tampoco haremos
nada más. Todo lo contrario.
Alguno de los mundos espaciales está haciendo investigaciones en
secreto sobre la naturaleza de los robots que se recuperen y cuál sería su
precio.
—No está mal —musitó Mandamus.
—¿Que no está mal que nos comportemos como los propagandistas
colonizadores dicen que lo hacemos? ¿Que actuemos como si estuviéramos en plena
degeneración y nos transformemos en blandas pulpas decadentes? —¿Por qué
repetir sus palabras huecas, señor? El caso es que estamos tranquilos, somos
civilizados y todavía no nos han dado donde nos duele. Si no fuera así,
lucharíamos contra ellos, violentamente, y, estoy seguro, los aplastaríamos.
Todavía estamos por delante de ellos, técnicamente.
—Pero el daño que nos causen no será, a buen seguro, agradable.
—Lo que significa que no debemos estar dispuestos a ir a la
guerra. Si Solaria ha sido abandonado y los colonizadores quieren saquearlo,
quizá deberíamos dejarles. Después de todo, puedo predecir que estaremos
dispuestos a ponernos en marcha dentro de unos meses.
Una expresión ansiosa y feroz iluminó el rostro de Amadiro:
—¿Meses?
—Estoy seguro. Así que lo primero que debemos hacer es evitar
que nos provoquen.
Lo arruinaríamos todo si fuéramos hacia un conflicto que no
necesitamos librar, y sufriéramos pérdidas que no necesitamos sufrir, ni aunque
ganáramos. Después de todo, dentro de muy poco tiempo, vamos a vencerlos, sin
lucha y sin pérdidas... ¡Pobre Tierra!
—Si van a darle lástima —protestó Amadiro con falsa
indiferencia— mejor que no les haga nada.
—Por el contrario —dijo Mandamus, glacial—. Es precisamente
porque estoy del todo decidido a hacerles algo..., y ya sabe lo que les
haré.... por lo que me dan lástima. ¡Será usted presidente!
—Y usted director del Instituto.
—Un modesto puesto comparado con el suyo.
—¿Y después de que muera? —preguntó rabioso.
—No he ido tan lejos en mis previsiones.
—Estoy complemente... —empezó a decir Amadiro, pero fue
interrumpido por el zumbido persistente de la unidad de aviso. Sin mirar y casi
maquinalmente, Amadiro apretó el botón de:32,3. Miró la ancha tira de papel que
salía de la ranura y una leve sonrisa apareció en sus labios:
—Las dos naves colonizadoras que aterrizaron en Solaria...
—¿Qué señor? —preguntó Mandamus ceñudo.
—¡Destruidas! ¡Ambas destruidas!
—¿Cómo?
—En un fuerte estallido de radiación, fácilmente detectable
desde el espacio. ¿Se da cuenta de lo que significa? Los solarianos no han
abandonado, después de todo, y nuestro mundo más débil puede fácilmente hacer
frente a las naves colonizadoras. Es un puñetazo en pleno rostro para los
colonizadores y algo que no podrán olvidar fácilmente...
Tome, Mandamus, lea usted mismo.
Mandamus apartó el papel.
—Pero esto no significa necesariamente que los solarianos sigan
en el planeta.
Pueden haberlo sembrado de trampas.
—¿Y cuál es la diferencia? Ataque personal o trampa, las naves
fueron destruidas.
—Esta vez los tomaron por sorpresa. ¿Qué me dice de la próxima
vez, cuando vayan preparados? ¿Y qué me dice si consideran el caso como un
ataque deliberado de los espaciales?
—Responderemos que los solarianos no hacían sino defenderse de
una invasión deliberada de los colonizadores.
—Pero, señor, ¿cree usted que librarán una batalla verbal? ¿Y si
los colonizadores no quieren molestarse en hablar y consideran la destrucción
de sus naves como un acto de guerra y contraatacan instantáneamente?
—¿Por qué iban a hacerlo?
—Porque están tan locos como estaríamos nosotros una vez heridos
en nuestro orgullo; mucho más, puesto que tienen un mayor historial de
violencia.
—Les venceremos.
—Usted mismo reconoce que nos causarán grandes e inaceptables
daños, incluso si son vencidos.
—¿Y qué quiere que haga? Aurora no destruyó esas naves.
—Persuadir al Presidente de que haga patente que Aurora no tuvo
nada que ver con ello, que ninguno de los mundos espaciales tuvo nada que ver,
que la responsabilidad es solamente de Solaria.
—¿Y abandonar Solaria? Sería un acto de cobardía.
Mandamus podía apenas dominar su excitación:
—Doctor Amadiro, ¿no ha oído hablar nunca antes de una retirada
estratégica? Hay que persuadir a los mundos espaciales de que esperen un poco
mientras buscamos un pretexto plausible. Sólo faltan unos meses hasta que
nuestro plan para con la Tierra fructifique. Puede parecer duro para todo el
mundo mantenerse al margen y excusarse con los colonizadores, que no saben lo
que les viene encima..., pero nosotros sí. En realidad, usted y yo, con lo que
sabemos, podemos contemplar este acontecimiento como un regalo de lo que se
llamaba los dioses. Deje que los colonizadores se preocupen por Solaria
mientras preparamos su destrucción en la Tierra, sin que se den cuenta. ¿O
preferiría perderlo todo cuando estamos al mismo borde de la victoria final?
Amadiro se encontró cediendo ante la mirada fija, penetrante, de
los profundos ojos de Mandamus.
52
Amadiro jamás lo había pasado peor que en el período siguiente a
la destrucción de las dos naves colonizadoras. Afortunadamente, pudo
persuadirse al Presidente de que siguiera una política que Amadiro calificaba
de “dominantemente flexible". La frase satisfizo la imaginación del
Presidente, aun cuando no quería decir nada. Además, el Presidente era diestro
en eso de dominar con flexibilidad. El resto del Consejo fue más difícil de
manejar; Amadiro, exasperado, se agotó pintándoles los horrores de la guerra y
la necesidad de buscar el momento oportuno para atacar.... y no el
inoportuno..., caso de que hubiera guerra. Inventó excusas aceptables para
justificar por qué no había llegado el momento y se sirvió de ellas en sus
discusiones con otros directivos de los demás mundos espaciales. La natural
hegemonía de Aurora tenía que pesar al máximo, si quería que los demás
crecieran.
Pero cuando el capitán D.G. Baley llegó con su nave y su
petición, Amadiro comprendió que no podía hacer nada más. Era excesivo.
—Es del todo imposible —comentó a Mandamus—. ¿Vamos a permitir
que aterrice en Solaria, con su barba, su ridicula indumentaria y su acento
incomprensible? ¿Confía, acaso, en que yo ruegue al Consejo que autorice la
entrega de una mujer espacial? Sería un acto totalmente sin precedentes en
nuestra historia. ¡Una mujer espacial!
—Usted se ha referido siempre a esta particular mujer espacial
—comentó Mandamus— como "la mujer solariana".
—Es "la mujer solariana" para nosotros, pero se la
considerará una espacial tratándose de colonos. Si su nave aterriza en Solaria,
como dice que va a hacer, puede que sea destruida como fueron las otras, junto
con él y con la mujer. Entonces, puede que mis enemigos me acusen, con cierta
justificación, de asesinato... y mi carrera política tal vez no sobreviva.
Mandamus insistió:
—Piense, en cambio, en el hecho de que casi llevamos siete años
trabajando a fin de conseguir la total destrucción de la Tierra y que nos
faltan únicamente unos meses para completar el proyecto. ¿Le parece bien
arriesgarse, de golpe, a una guerra y arruinarlo todo cuando estamos tan cerca
de la victoria final?
—El caso es que yo no puedo elegir en el asunto, amigo mío. El
Consejo no me secundaría si trato de convencerles de que entreguen la mujer a
un colonizador. El mero hecho de haberlo sugerido será tenido en cuenta contra
mí. Mi carrera política se tambalea y además podemos tener una guerra—. Por si
fuera poco, la idea de una mujer espacial muriendo al servicio de un
colonizador, es intolerable.
—Casi parece que siente afecto por la mujer solariana.
—Sabe de sobra que no. Deseo de todo corazón que hubiera muerto
hace veinte décadas, pero no así, no en una nave colonizadora. De todas formas
debo recordarle que es antepasada suya en quinto grado.
Mandamus pareció más agrio que de costumbre.
—¿De qué sirve que me diga esto? Soy un espacial, consciente de
mí mismo y de mi sociedad. No soy miembro de un conglomerado tribal adorador de
antepasados.
Luego guardó silencio un momento y su rostro delgado pareció
concentrarse, antes de proseguir:
—Doctor Amadiro, ¿no podría explicar al Consejo que esta
antepasada mía iría, no como rehén espacial, sino por su profundo conocimiento
de Solaria, donde pasó su infancia y juventud, haciéndola así parte esencial de
la exploración, que podría resultar tan beneficiosa para nosotros como para los
colonizadores? Después de todo, ¿no sería en verdad deseable saber lo que esos
miserables solarios se proponen? La mujer traería, presumiblemente, un informe
de los acontecimientos... si sobrevive.
Amadiro sacó el labio interior y comentó.
—La idea podría dar resultado si la mujer subiera a bordo
voluntariamente, si declarara que comprende la importancia de la misión y desea
llevar a cabo su deber patriótico.
Llevarla a bordo, a la fuerza, es impensable.
—Bien, supongamos que yo voy a visitar a esta antepasada mía y
trato de persuadirla de que embarque voluntariamente y, supongamos también, que
usted se comunica con ese capitán por hiperonda y le dice que puede aterrizar
en Aurora y llevarse a la mujer si es capaz de convencerla de que vaya con él
voluntariamente..., o por lo menos que diga que va voluntariamente, sea cierto
o no.
—Me figuro que no perderemos nada por hacer este esfuerzo, pero
no veo qué podamos ganar.
A pesar de todo y con gran sorpresa de Amadiro, ganaron. Había
escuchado estupefacto cuando Mandamus le contó los detalles.
—Mencioné el asunto de los robots humanoides, y es obvio, que
ella no sabía nada, de lo que deduzco que Fastolfe tampoco lo sabía. Esta ha
sido una de esas cosas que me obsesionaban. Luego le hablé mucho de mi
ascendencia, obligándola así a hablar de Elijah Baley.
—¿Y qué dijo? —preguntó Amadiro con rabia.
—Nada, excepto que me habló de él y recordó. Este colono que
quiere llevársela es un descendiente de Baley y creí que tal vez influiría en
ella y la haría considerar la petición colonizadora más favorablemente.
El caso fue que dio resultado y que por unos días Amadiro se
sintió más aliviado de aquella tensión que le amargaba desde que empezó la
crisis Solaria.
Pero el alivio duró muy pocos días.
53
Un detalle que resultó ventajoso para Amadiro en aquellos días
fue que no había vuelto a ver a Vasilia, durante la crisis solariana. No habría
sido el momento apropiado para verla. No deseaba que le diera la lata con su
estúpida obsesión por un robot que decía ser suyo..., con un desprecio total
por la legalidad de la situación..., en un momento en que una verdadera crisis
ocupaba todos sus nervios y pensamientos. Ni deseaba tampoco exponerse a la
pelea que surgiría fácilmente entre ella y Mandamus sobre quién presidiría,
eventualmente, el Instituto de Robótica.
En todo caso, ya había tomado la decisión de que Mandamus fuera
su sucesor. A lo largo de la crisis Solaria, se había fijado en lo que era
importante. Incluso cuando el propio Amadiro se sintió inseguro, Mandamus se
mantuvo fríamente tranquilo. Fue Mandamus el que concibió la idea de que la
mujer Solaria acompañara al capitán colono voluntariamente y fue él quien se
encargó de que así fuera.
Y si su plan para la destrucción de la Tierra funcionaba como
debía..., y así sería..., Amadiro veía bien que Mandamus le sucediera,
eventualmente, en la Presidencia del Consejo. Sería lo justo, pensó Amadiro en
un arranque de altruismo.
Por consiguiente, aquella noche no malgastó ni un solo
pensamiento en Vasilia.
Abandonó el Instituto seguido de un pequeño grupo de robots que
le acompañaron hasta su coche. Éste, conducido por un robot con otros dos en el
asiento trasero junto a él, pasó silenciosamente en un atardecer lluvioso hasta
su residencia, donde otros dos robots le acompañaron al interior. Y en todo ese
tiempo no pensó ni una sola vez en Vasilia. Así pues, encontrársela sentada en
su salón, frente a su aparato de hiperonda, contemplando un complicado ballet
de robots, con varios de los de Amadiro en sus hornacinas y dos de los suyos
detrás de su butaca, no le asombró tanto en un principio y provocó su
indignación no tanto por la intimidad violada, como por pura sorpresa. Tardó
algún tiempo en dominarse y controlar su respiración lo bastante como para
poder hablar. Después, con rabia, pudo decir:
—¿Qué estás haciendo aquí? ¿Cómo has entrado?
Vasilia estaba tranquila. Después de todo, no le sorprendía el
aspecto de Amadiro:
—Lo que estoy haciendo aquí es esperar verle. Entrar no ha sido
difícil. Sus robots me conocen muy bien y saben mi posición en el Instituto.
¿Por qué no iban a permitirme entrar si les aseguraba que tenía una cita con
usted?
—Lo cual no era cierto. Has violado mi intimidad.
—En realidad, no. Hay un límite en la confianza que uno puede
esperar de los robots de otro. Mírelos. Ni una sola vez han apartado sus ojos
de mí. Si hubiera querido tocar sus pertenencias, mirar sus papeles,
aprovecharme en algún modo de su ausencia, le aseguro que no habría podido. Mis
dos robots no podían nada contra los de usted.
—Sabes de sobra —dijo Amadiro, amargado— que has obrado de un
modo noespacial.
Eres despreciable y no lo olvidaré.
Vasilia palideció algo al oírle. En voz baja y dura, le increpó:
—Espero que no lo olvide, Kelden, porque he hecho lo que he
hecho sólo por usted... y si yo reaccionara como debo, por su actitud
despreciable, me marcharía ahora y le dejaría continuar siendo el hombre
derrotado que ha sido, a lo largo de la pasadas décadas, y para el resto de su
vida.
—No seguiré siendo un hombre derrotado... hagas lo que hicieres.
—Parece como si se lo creyera, pero verá; no sabe lo que yo sé.
Debo decirle que sin mi intervención seguirá siendo un derrotado. Me tiene sin
cuidado lo que está tramando.
No me importa lo que ese agriado y flaco, Mandamus, haya
fabricado para usted...
—¿Por qué le mencionas? —preguntó Amadiro al instante.
—Porque lo quiero así —respondió Vasilia con cierto desprecio—.
Sea lo que fuere que haya hecho o crea que está haciendo..., y no se asuste
porque no tengo la menor idea de lo que puede ser..., no saldrá bien. Aunque no
sepa de qué se trata, lo que sí sé es que no saldrá bien.
—No dices más que tonterías.
—Pues, preste atención a las tonterías, Kelden, si no quiere que
todo se le venga abajo. Y no solamente usted, sino posiblemente los mundos
espaciales, todos ellos. A lo mejor no quiere escucharme. Allá usted. ¿Qué va a
hacer?
—¿Por qué tengo que escucharte? ¿Qué razón hay para que te
escuche?
—En primer lugar, le dije que los solarianos se preparaban para
abandonar su mundo.
Si me hubiera escuchado entonces, no le habría tomado por
sorpresa cuando lo hicieron.
—La crisis solariana todavía redundará en nuestro beneficio.
—No, no lo hará. Puede creerlo así, pero no será. Lo
destruirá..., haga lo que hiciere para hacer frente a la emergencia..., a menos
que me permita darle mi opinión.
Amadiro tenía los labios pálidos y temblorosos. Los dos siglos
de derrota que Vasilia había mencionado habían pesado sobre él y la crisis de
Solaria no había arreglado nada, así que carecía de la fortaleza interior para
ordenar a sus robots que la echaran, como debió haber hecho. Con voz apagada le
dijo:
—Habla, pues, pero sé breve.
—No creería lo que tengo que decirle, si lo hiciera, así que
deje que lo haga a mi manera. Puede pararme; en cualquier momento, pero
destruirá los mundos espaciales.
Claro que durarán mientras yo viva y no seré yo la que pase a la
historia, a la historia, por cierto, de los colonizadores, como el mayor
fracasado. ¿Qué, hablo?
Amadiro se encogió en su butaca.
—Habla pues. y cuando hayas terminado... márchate.
—Eso voy a hacer, Kelden, a menos que me ruegue..., muy
atentamente..., que me quede para ayudarle. ¿Empiezo?
Amadiro no respondió y Vasilia empezó:
—Le dije que durante mi estancia en Solaria me di cuenta de unos
peculiares planos positrónicos que habían diseñado, unos circuitos que me
llamaron la atención vivamente, porque parecían representar intentos de
producción de robots telepáticos. Ahora bien, ¿cómo pude imaginar esto?
Amadiro observó amargamente:
—Ignoro qué empujes patológicos hacen funcionar tus
pensamientos.
Vasilia apartó el comentario con una mueca:
—Gracias, Kelden... He pasado varios meses pensando en esto,
puesto que soy lo suficientemente lista para creer que el asunto no afectaba la
patología sino algún recuerdo subliminal. Mi mente regresó a la infancia,
cuando Fastolfe, al que entonces consideraba mi padre, en uno de sus momentos
generosos..., de vez en cuando experimentaba esos estados de ánimo..., me dio
mi propio robot.
—¿Otra. vez Giskard? —masculló con impaciencia Amadiro.
—Sí, Giskard. Siempre Giskard. Era aún adolescente y ya tenía el
instinto del robotista, o mejor dicho, había nacido con dicho instinto. De
momento no poseía excesivos conocimientos matemáticos, pero entendía de
diseños, de esquemas. Al paso de las décadas fue mejorando mi conocimiento de
las matemáticas, pero no creo que avanzara mucho en mi apreciación de esquemas.
Mi padre solía decirme: "pequeña Vas, —también se servía de diminutivos
cariñosos para ver cómo me afectaban—, tienes el genio de los esquemas". Y
creo que así era...
—Por favor, te concedo este genio, pero no sigas. Entretanto, sé
que no he cenado aún, ¿lo sabías?
—Bueno, encargue la cena e invíteme a compartirla.
Amadiro, digustado, levantó el brazo haciendo una rápida señal.
Al instante se hizo evidente el silencioso movimiento de los robots dedicados a
su trabajo.
—Me entretenía inventando circuitos para Giskard —prosiguió
Vasilia—. Me acercaba a Fastolfe..., a mi padre como le consideraba
entonces..., y le enseñaba lo que había hecho. Él sacudía la cabeza, se reía y
me decía: "Si añades cosas al cerebro del pobre Giskard, ya no podrá
hablar y sentirá mucho dolor." Recuerdo haberle preguntado si Giskard
podía realmente sentir dolor y mi padre contestó: "No sé lo que puede
sentir, pero actuaría igual que nosotros si experimentáramos mucho dolor, así
que es mejor imaginar, o decir, que sentiría dolor." O bien le enseñaba
uno de mis esquemas y sonreía indulgente, diciéndome: "Bueno, daño no
puede hacerle, pequeña Vas, resultará interesante probarlo." Y probaba.
A veces le quitaba el circuito y a veces se lo dejaba. No era
simplemente enredar en Giskard por sadismo, como supongo que me hubiera sentido
tentada de hacerlo si yo no hubiera sido yo. El caso es que estaba muy
encariñada con Giskard y no quería hacerle daño. Cuando me parecía que una de
mis mejoras, yo siempre las consideraba mejoras, hacía que Giskard hablara con
más soltura o reaccionara más de prisa o de forma más interesante, y no parecía
dañarle, se lo dejaba... Y entonces, un día...
Un robot situado junto a Amadiro no se hubiera atrevido a
interrumpir a un invitado a menos que se tratara de una verdadera emergencia,
pero Amadiro no tuvo ninguna dificultad en interpretar el significado de la
espera. Preguntó:
—¿Está lista la cena?
—Sí, señor —contestó el robot.
Amadiro hizo un gesto impaciente en dirección a Vasilia y le
dijo:
—Te invito a cenar conmigo.
Anduvieron hasta el comedor de Amadiro, que Vasilia no conocía.
Amadiro, después de todo, era un particular, notorio por su falta de relaciones
sociales. Más de una vez se le había dicho que le convendría recibir en su
casa, y siempre respondía sonriendo educadamente: "Un precio demasiado
alto." "Tal vez debido a su falta de relaciones —pensó Vasilia— se
notaba una absoluta falta de originalidad o creatividad en su mobiliario. Nada
podía ser más feo que la mesa, la vajilla y los cubiertos. Las paredes eran solamente
planos verticales pintados de color apagado. El conjunto más bien quitaba el
apetito", pensó.
La sopa con que empezaron, un caldo claro, era tan indiferente
como los muebles, y Vasilia empezó a tomarla sin entusiasmo. Amadiro comentó:
—Mi querida Vasilia, como ves soy paciente. No tengo ninguna
objeción a que escribas tu autobiografía si así lo deseas, pero ¿te propones
recitarme varios capítulos? Si es así, debo decirte claramente que no me
interesan lo más mínimo.
—Se sentirá sumamente interesado dentro de muy poco. Sin
embargo, si está enamorado del fracaso y quiere seguir sin conseguir nada de lo
que se proponga conseguir, dígamelo. Comeré en silencio y luego me iré. ¿Es
esto lo que desea?
Amadiro suspiró; —Sigue, Vasilia.
—Y ella continuó:
—Un día tropecé con un esquema más complicado, más agradable,
más excitante que los que jamás había visto y, a decir verdad, que nunca más he
vuelto a ver. Me hubiera gustado mostrárselo a mi padre, pero se había ido a
una reunión o tal vez a otro de los mundos. No sabía cuándo volvería y guardé
mi esquema, pero cada día lo miraba con más interés, más fascinada. Por fin, ya
no pude esperar más. Sencillamente, no podía esperar. Lo encontraba tan
precioso que me parecía absurdo que pudiera ser dañino. Era sólo una niña, en
mi segunda década,y aún no había perdido el sentido de la irresponsabilidad,
así que modifiqué el cerebro de Giskard mediante la incorporación de aquel
circuito.
Y no le hizo el menor daño. Lo vi inmediatamente. Me respondió
con perfecta claridad y, por lo menos me lo pareció, fue mucho más rápido y más
inteligente que antes. Lo encontré más atractivo y más entrañable que nunca.
Me sentía encantada y nerviosa a la vez. Lo que había hecho,
modificando a Giskard sin el permiso de Fastolfe, era estrictamente contrario a
las órdenes que había establecido para mí, y lo sabía de sobra. Cuando
modifiqué el cerebro de Giskard, me justifiqué diciéndome que sería sólo por
poco tiempo y que luego neutralizaría la modificación. Pero una vez hecha ésta,
comprendí claramente que no la neutralizaría. No, no lo haría. En realidad, no
volví a modificar a Giskard por temor a desbaratar lo que acababa de hacer.,.
Ni tampoco dije nunca a Fastolfe lo que había inventado y Fastolfe jamás
descubrió que Giskard había sido modificado sin su consentimiento. ¡Jamás!
Después, Fastolfe y yo nos separamos, y no quiso desprenderse de
Giskard. Grité que era mío y que le quería, pero la gran bondad de Fastolfe, de
la que presumió toda su vida... eso de amar todas las cosas, grandes y
pequeñas, nunca se cruzó en el camino de dr satisfacción a mis deseos. Recibí
otros robots que no me importaban, pero él se quedó con Giskard. Y cuando
murió, dejó Giskard a la mujer solariana, ¡un último y amargo bofetón para mí!
Amadiro consiguió solamente comer la mitad de la mousse de
salmón.
—Si todo lo que me has contado es para defender tu caso de
conseguir la transferencia de la propiedad de Giskard, de la mujer Solaria a
ti, no va a servirte para nada. Ya te he explicado por qué no puedo ignorar el
testamento de Fastolfe.
—Hay más que eso, Kelden, mucho más. Infinitamente más. ¿Desea
que deje de hablar?
Amadiro estiró los labios en una sonrisa forzada, y accedió:
—Habiendo escuchado hasta aquí, voy a hacerme el loco y escuchar
algo más.
—Sería loco de verdad si no lo hiciera, porque ahora he llegado
al grano... Jamás he dejado de pensar en Giskard, en la crueldad y en la
injusticia que se hizo privándome de él, pero no volví a pensar en el esquema
que me había servido para modificarle sin que nadie se enterara. Estoy
completamente segura de que no hubiera podido reproducirlo, de haberlo
intentado, y, por lo que recuerdo, no se parecía a nada de lo que he ido viendo
en robótica, hasta que..., hasta que, fugazmente, vi algo parecido durante mi
estancia en Solaria.
El esquema solario me pareció familiar, pero sin saber por qué.
Me llevó unas semanas de pensar intensamente hasta que saqué de algún lugar
escondido en mi subconsciente la vaga idea del esquema que había soñado y
sacado de la nada veinticinco décadas atrás. Y aunque no puedo recordarlo xon
exactitud, sé que el esquema solario era como un reflejo del mío y nada más.
Era sólo la más escueta sugerencia de algo que yo había captado de su milagrosa
y compleja simetría. Pero estudié el esquema solario con la experiencia ganada
en veinticinco décadas de inmersión en teoría robótica y me sugirió telepatía.
Si aquel esquema sencillo, poco interesante, me lo sugería, ¿qué debió ser mi
original, lo que inventé de niña y que nunca más recobré?
Amadiro le recordó:
—No dejas de decirme que estamos llegando al grano, Vasilia.
Pero ¿Me tendrías por poco razonable si te pidiera que dejaras de lamentarte y
de recordar, y me dijeras por fin en pocas y claras palabras de qué se trata?
—Con sumo gusto. Lo que le estoy diciendo, Kelden, es que sin yo
saberlo, convertí a Giskard en un robot telepático y que lo ha sido desde
entonces.
54
Amadiro miró largamente a Vasilia y, como la historia parecía
haber terminado, volvió a su mousse de salmón y comió pensativo. De pronto
exclamó:
—¡Imposible! ¿Me tomas por idiota?
—Le tomo por un fracasado. Ni digo que Giskard pueda leer las
conversaciones en las mentes, ni que pueda transmitir y recibir palabras o
ideas. Quizás eso sea imposible, incluso en teoría. Pero estoy completamente
segura de que puede detectar emociones y el fluir de la actividad mental y tal
vez incluso modificarla.
Amadiro sacudió violentamente la cabeza.
—¡Imposible!
—¿Imposible? Piense un poco. Veinte décadas atrás, cuando usted
casi había logrado su propósito, Fastolfe estaba en sus manos y el Presidente
Horder era su aliado. ¿Y qué ocurrió? ¿Por qué salió todo mal?
—El enviado de la Tierra... —empezó a decir Amadiro,
atragantándose.
—¡El hombre de la Tierra! —repitió Vasilia, burlona—. El hombre
de la Tierra. ¿O fue la mujer solariana? ¡Ni uno ni otro. Ninguno de los dos!
¡Fue Giskard, que estuvo allí todo el tiempo percibiendo, ajustando!
—¿Por qué iba a interesarse? No es más que un robot.
—Un robot leal a su dueño, a Fastolfe. Por la primera ley tenía
que procurar que a Fastolfe no le ocurriera nada y, siendo telepático, no podía
interpretar eso simplemente como daño físico. Sabía que si Fastolfe no se salía
con la suya, no podía fomentar la colonización de los mundos habitables de la
Galaxia, sufriría una profunda decepción... y eso, en el mundo telepático de
Giskard, sólo podía significar "daño". No podía permitir que
ocurriera, e intervino para evitarlo.
—No, no, no —protestó Amadiro disgustado—. Quieres que sea así
por un deseo loco y romántico, pero no fue así. Recuerdo perfectamente lo que
ocurrió. Fue el terrícola. No hace falta ningún robot telepático para explicar
los acontecimientos.
—Y, desde entonces, ¿qué ha ocurrido, Kelden? —preguntó
Vasilia—. ¿En veinte décadas ha conseguido alguna vez ganar a Fastolfe? Con
todo a su favor, con el claro fracaso de la política de Fastolfe, ¿ha podido
alguna vez disponer de la mayoría en el Consejo? ¿Ha podido alguna vez
modificar la opinión del Presidente y conseguir poseer verdadero poder? ¿Cómo
explica eso, Kelden? En esas veinte décadas el hombre de la Tierra no ha estado
en Aurora. Lleva muerto más de dieciséis décadas, porque su breve vida sólo
duró cerca de ocho décadas. Sin embargo, usted sigue fracasando... El suyo es
un ininterrumpido récord de fracasos. Incluso ahora que Fastolfe está muerto,
no ha conseguido aprovecharse satisfactoriamente de los restos de su coalición,
¿o encuentra que el éxito sigue eludiéndole?
¿Qué le queda? El hombre de la Tierra ha desaparecido. Fastolfe
ha muerto. Giskard es el que ha trabajado en contra de usted todo este
tiempo... y Giskard permanece. Ahora es leal a la mujer solariana, como lo fue
a Fastolfe. La mujer solaria no siente el menor afecto por usted, creo.
El rostro de Amadiro se contrajo, presa de rabia y frustración.
—No es verdad. Nada de eso es así. Estás imaginando las cosas.
Vasilia permaneció imperturbable.
—No imagino nada. Explico las cosas. Le he explicado cosas que
usted no ha podido explicarse. ¿O tiene una explicación alternativa? Yo puedo
proporcionarle el remedio.
Transfiera la propiedad de Giskard, de la mujer solariana a mí
y, de pronto, los acontecimientos empezarán a virar en beneficio suyo.
—No —dijo Amadiro—, ya están virando a mi favor.
—Puede creerlo, pero no es así, mientras Giskard trabaje en
contra de usted. Por mucho que se acerque al final ganador, por muy seguro que
esté de la victoria, todo se desvanecerá mientras no tenga a Giskard de su
parte. Esto ocurrió hace veinte décadas y ocurrirá ahora.
El rostro de Amadiro se aclaró de pronto:
—Pensándolo bien, aunque no tenga a Giskard ni tú tampoco, no
importa, puedo demostrarte que Giskard no es telepático. Si lo fuera, si
poseyera la habilidad de arreglar las cosas a su gusto, o a gusto del ser
humano que lo posee, ¿por qué permitió que se llevara la mujer solariana a lo
que probablemente será su muerte?
—¿Su muerte? ¿De qué está hablando, Kelden?
—¿Sabes, Vasilia, que dos naves colonizadoras fueron destruidas
en Solaria? ¿O no has hecho otra cosa, últimamente, que soñar en esquemas y en los
brillantes días de tu infancia en que modificabas tu robot preferido?
—El sarcasmo no le sienta bien, Kelden. Me he enterado de lo de
las naves por las noticias. ¿Que hay de ellas?
—Ha salido una tercera nave colonizadora para investigar. Puede
ser igualmente destruida.
—Posiblemente, Pero también puede tomar precauciones.
—Las tomó. Reclamó y recibió a la mujer solariana, con la idea
de que, conociendo bien el planeta, podría ayudarles a evitar la destrucción.
—No es fácil, dado que lleva veinte décadas fuera.
—Efectivamente. Lo previsible, pues,es que muera con ellos. Para
mí, personalmente, no significaría nada. Me encantaría saber que ha muerto ya,
y creo que a tí también. Pero dejando de lado nuestras preferencias, nos
proporcionaría un buen motivo para quejamos a los mundos colonizados y para
ellos sería difícil explicar que la destrucción de las naves fuera un acto
deliberado por parte de Aurora. ¿Íbamos a destruir a uno de los nuestros...?
La cuestión es, Vasilia, ¿por qué Giskard, si dispone de los
poderes que tú pretendes que posee..., y la lealtad..., permitiría que la mujer
solariana se ofreciera voluntariamente a ser llevada a lo que probablemente
será su muerte?
Vasilia mostró su estupefacción:
—¿Y fue por propia voluntad?
—Absolutamente. Fue por su propia voluntad. Habría sido
políticamente imposible forzarla a hacerlo contra su voluntad.
—Pero no comprendo...
—No hay nada que comprender, excepto que Giskard es un simple
robot.
Por unos instantes Vasilia permaneció quieta en su sitio, con
una mano apoyada en la barbilla. Luego dijo, pensativa:
—No se permiten robots en los mundos colonizados, ni en sus
naves. Eso quiere decir que marchó sola. Sin robots.
—Pues, no. Tuvieron que aceptar sus robots personales si querían
que fuera voluntariamente. Se llevaron a aquella imitación de hombre, el robot
Daneel, y el otro fue —hizo una pausa y pronunció el nombre entre
dientes—...Giskard. ¿Quién si no? Así que ese milagroso robot de tu fantasía va
también camino de su destrucción. Ya no podría...
Calló.
Vasilia se puso en pie, con los ojos echando chispas y el rostro
enrojecido:
—¿Quiere decir que Giskard fue con ella? ¿Ha salido de este
mundo y va en una nave colonizadora? Kelden, puede que nos haya arruinado a
todos.
55
Ni uno ni otro terminaron la cena.
Vasilia salió rápidamente del comedor y desapareció en el
reservado. Amadiro, esforzándose por permanecer fríamente lógico, le gritó a
través de la puerta cerrada, sabiendo que dañaba su propia dignidad personal
haciéndolo. Insistió:
—Es una prueba tanto más definitiva de que Giskard no es más que
un simple robot.
¿Por qué iba a estar dispuesto a ir a Solaria a enfrentarse con
la destrucción, como su dueña?
De repente cesó el ruido del agua y el chapoteo. Vasilia salió
con el rostro recién lavado y casi petrificado en su esfuerzo por parecer
tranquila. Dijo:
—No comprende nada, ¿verdad? Me asombra, Kelden. Piense bien,
Giskard no puede correr peligro nunca mientras pueda influir en las mentes
humanas. Ni tampoco la mujer solariana mientras Giskard cuide de ella El colono
que la llevó debe de haber descubierto, al interrogarla, que llevaba veinte
décadas fuera de Solaria, así que realmente no puede continuar creyendo que va
a servirle de mucho. Con ella se llevó a Giskard, pero tampoco sabía que éste
podía servirle... ¿O pudo saberlo?
Reflexionó y luego musitó:
—No, no hay forma de que lo supiera. Si en más de veinte décadas
nadie ha descubierto que Giskard posee habilidades mentales, es que Giskard
está claramente interesado en que nadie lo descubra... y, si es así, nadie ha
podido hacerlo.
—Tú pretendes haberlo descubierto —observó Amadiro, rabioso.
—Yo poseía un conocimiento especial, Kelden, e incluso hasta
ahora no me he dado cuenta de lo que es obvio... y solamente por la sugerencia
de Solaria. Giskard debe de haber oscurecido también mi mente a este respecto,
o lo hubiera visto antes. Me pregunto si Fastolfe sabía...
—Es más fácil aceptar que Giskard es simplemente un robot.
—Va usted directamente a la ruina, Kelden, pero no creo que yo
se lo vaya a permitir, por mucho que lo desee... En resumen, el colono vino en
busca de la mujer solariana y se la llevó, incluso después de saber que le
serviría de poco... o de nada. Y la mujer solariana se fue voluntariamente, aun
temiendo viajar en una nave colonizadora con unos bárbaros contagiosos..., y
pese a que su destrucción en Solaria debió de parecerle una posible
consecuencia.
Se me ocurre que todo esto es obra de Giskard, que obligó al
colono a reclamar a la mujer solariana, en contra de toda razón, y obligó a la
mujer a acceder a la petición también contra toda razón.
—Pero, ¿por qué? — preguntó Amadiro—, ¿Puedo formular esta
sencilla pregunta?
¿Por qué?
—Supongo, Kelden, que Giskard sintió que era importante alejarse
de Aurora. ¿Adivinó que estaba a punto de descubrir su secreto? De ser así,
puede no haber estado seguro de su actual habilidad para manejarme. Después de
todo, soy una robotista muy experta.
Además, recordaría que en un tiempo fue mío, y un robot no
ignora fácilmente a lo que le obliga su lealtad. Quizás el único modo que le
pareció adecuado para mantener a salvo a la mujer solariana, fue alejarse de mi
influencia.
Miró a Amadiro y añadió con firmeza:
—Kelden, debemos hacerle regresar. No permitamos promocionar la
causa colonizadora desde el puerto seguro de un mundo colonizador. Ya ha hecho
bastante daño entre nosotros. Hagámosle volver, y usted debe hacerme su
propietaria legal. Le aseguro que soy capaz de manejarlo, y de hacerlo trabajar
para nosotros. Recuerde: ¡Soy la única que puede manejarlo!
—No veo ninguna razón de preocupamos. En ei caso probable de que
sea un mero robot, será destruido en Solaria y nos desharemos tanto de él como
de la mujer. En el caso improbable de que sea lo que tú dices que es, no será
destruido en Solaria y tendrá que regresar a Aurora. Después de todo, la mujer
solariana, aunque no es aurorana de nacimiento, ha vivido demasiado tiempo en
Aurora para ser capaz de afrontar la vida entre los bárbaros... Cuando insista
en regresar a la civilización, Giskard no tendrá otra alternativa que regresar
con ella.
—Después de todo, Kelden, ¿no comprende aún las habilidades de
Giskard? Si cree que es importante permanecer alejado de Aurora, fácilmente
adaptará las emociones de la mujer solariana de modo que soporte la vida en un
mundo colonizado, lo mismo que la hizo ofrecerse voluntaria para subir a una
nave colonizadora.
—Está bien, si es necesario sencillamente escoltaremos la nave
colonizadora, a la mujer y a Giskard, en su viaje de vuelta a Aurora.
—¿Cómo se propone hacerlo?
—Es fácil. Puede hacerse. Los de Aurora no somos idiotas aunque
tu opinión establece claramente que sólo tú eres la única persona racional del
planeta. La nave va a Solaria a investigar la destrucción de otras dos naves
anteriores, y confío en que no creerás que dependeremos de sus buenos oficios o
incluso de los de la mujer Solaria. Mandamos a una de nuestras naves de guerra
a Solaria y no creemos que tenga problemas. Si todavía quedan solarios en el
planeta, muy bien, destruirán las primitivas naves colonizadoras, pero no
podrán tocar una nave de guerra aurorana. Si la nave de los colonos, gracias a
la magia de Giskard...
—Nada de magia. Influencia mental.
—Si la nave colonizadora, por la razón que sea, despegara de la
superficie de Solaria, nuestra nave la interceptaría y, con toda corrección,
reclamaría la devolución de la mujer solariana y de sus robots. Si esto
fracasara, insistirán para que su nave acompañe a la nuestra hasta Aurora. No
habrá la menor hostilidad. Nuestra nave se limitará a escoltar a una aurorana a
su mundo nativo. Una vez que la mujer solariana y sus dos robots desembarquen
en Aurora, la nave colonizadora podrá seguir camino a su propio destino.
Vasilia asintió con cierta duda:
—Parece un buen plan, Kelden, pero ¿sabe lo que sospecho que va
a ocurrir?
—¿Qué,Vasilia?
—En mi opinión, la nave despegará de la superficie de Solaria,
pero la nuestra no. Lo que haya en Solaria, Giskard puede manejarlo, pero me
temo que nadie más.
—Si esto ocurre —declaró Amadiro;on una sonrisa torva— creeré
que, después de todo, puede que haya algo de verdad en tu fantasía, pero no
ocurrirá.
56
A la mañana siguiente, el principal robot personal de Vasilia,
delicadamente diseñado para parecer una mujer, se acercó a la cama de Vasilia.
Ésta se movió y sin abrir los ojos preguntó:
—Qué hay, Nadila? (no tenía necesidad de abrir los ojos. En
muchas décadas nadie se había acercado, nunca, a la cama de Vasilia).
Nadila contestó con dulzura:
—Señora, su presencia es deseada en el Instituto por el doctor
Amadiro.
—¿Qué hora es? —preguntó abriendo los ojos.
—Son las 5:17, señora.
—¿Aún no ha amanecido? —preguntó Vasilia indignada.
—No, señora.
—¿Cuándo quiere que vaya?
—Ahora, señora.
—¿Por qué?
—Sus robots no nos han informado, señora, pero dicen que es
importante.
Vasilia apartó las sábanas.
—Primero desayunaré, Nadila, y antes me ducharé. Informa a los
robots de Amadiro que se acomoden en las hornacinas de visitantes y que
esperen. Si insisten en que hay prisa, recuérdales que están en mi casa.
Vasilia, fastidiada, no se apresuró demasiado. Aquella mañana su
arreglo personal fue más minucioso y su desayuno mucho más lento. (En general,
no perdía mucho tiempo, ni en una cosa ni en otra. Las noticias, que estaba
contemplando, no indicaban nada que pudiera justificar la llamada de Amadiro.)
Para cuando el coche (en el que iban ella y cuatro robots: dos
suyos y los dos de Amadiro) la dejó en el Instituto, el sol empezaba a asomar
por el horizonte. Amadiro la miró y dijo:
—Ya era hora de que llegaras.
Las paredes de su despacho todavía irradiaban luz, aunque ya no
era necesaria.
—Lo siento —se excusó Vasilia—. Comprendo que la salida del sol
es una hora muy tardía para empezar a trabajar.
—Déjate de juegos, Vasilia, por favor. Pronto tendré que estar
en la sala del Consejo.
El Presidente se ha levantado antes que yo... Vasilia, te pido
humildemente perdón, por haber dudado de tí.
—Así que la nave colonizadora ha despegado sana y salva.
—Si y nuestra nave ha sido destruida como tú vaticinaste... El
hecho no se conoce todavía, pero la noticia se sabrá, evidentemente.
Vasilia abrió los ojos. Había vaticinado este resultado pero más
como una declaración de confianza, aunque éste no era el momento de decirlo.
Lo que dijo, en cambio, fue:
—Entonces, ¿acepta que Giskard posee poderes extraordinarios?
Amadiro confesó con prudencia; —No creo que el asunto quede
matemáticamente demostrado, pero estoy dispuesto a aceptarlo en espera de más
información. Lo que quiero saber es qué vamos a hacer a continuación. El
Consejo no sabe nada de Giskard y no me propongo decírselo.
—Me alegro de que sus ideas sean tan ciaras hasta este extremo,
Kelden.
—Pero tú eres la que comprende a Giskard y la que mejor puede
decidir lo que hay que hacer, ¿Qué les digo a los del Consejo y cómo explico lo
ocurrido sin descubrir la verdad?
—Depende. Ahora que la nave colonizadora ha abandonado Solaria,
¿a dónde se dirige? Después de todo, si regresa a Aurora, no hay otra cosa que
hacer que preparar su llegada.
—No vuelve a Aurora —dijo enfáticamente Amadiro—. Parece que en
esto también tenías razón. Giskard, suponiendo que dirija la maniobra, parece
dispuesto a alejarse.
Hemos interceptado los mensajes de la nave a su mundo. En clave,
naturalmente, pero no hay una sola clave colonizadora que no hayamos
descifrado...
—Sospecho que también ellos han descifrado las nuestras. Me
pregunto por qué todo el mundo no decide mandarlos normalmente y así nos
ahorraríamos trabajo.
Amadiro se encogió de hombros.
—¿Qué más da? El caso es que la nave regresa a su propio
planeta.
—¿Con la mujer Solaria y los robots?
—Naturalmente.
—¿Está seguro? ¿No los habrán dejado en Solaria?
—Estamos completamente seguros. —Y Amadiro mostró cierta
impaciencia. —Por lo visto, la mujer Solaria fue la responsable de que pudieran
despegar.
—¿Ella? ¿Cómo?
—Aún no lo sabemos.
—Tuvo que ser Giskard —insistió Vasilia—. Hizo que pareciera que
fue la mujer.
—¿Y qué hacemos ahora?
—Debemos recuperar a Giskard.
—Sí, pero no veo cómo puedo convencer al Consejo que se
arriesgue a una crisis interestelar por la devolución de un robot.
—Porque no será así. Usted reclame la devolución de la mujer
solariana, esto es algo que tiene derecho a exigir. ¿Y cree por un momento que
volvería sin sus robots? ¿O que Giskard le permitiría regresar sin él? ¿O que
el mundo colonizado quiera retener a los robots si la mujer regresa? Reclámela
a ella. Con firmeza. Es una ciudadana aurorana, prestada para una misión a
Solaria, misión que se ha cumplido y que por tanto debe ser devuelta.
Preséntelo de forma beligerante, como si fuera una amenaza de guerra.
—No podemos arriesgarnos a una guerra, Vasilia.
—No nos arriesgamos. Giskard no puede actuar de modo que
conduzca directamente a la guerra. Si los líderes colonos se resisten, y a su
vez se muestran beligerantes, Giskard hará lo necesario y modificará la actitud
de los jefes colonizadores para que autoricen el regreso pacífico de la mujer a
Aurora. Y él, naturalmente, tendrá que volver con ella.
—Y una vez que haya regresado —observó Amadiro, abatido—, nos
alterará supongo, y nos olvidaremos de su poder y no le tendremos en cuenta y
él podrá seguir con sus planes.
Vasilia echó la cabeza hacia atrás y se rió.
—Nada de eso. Yo conozco bien a Giskard y sé cómo manejarlo.
Tráigamelo y convenza al Consejo de que no acate el testamento de Fastolfe...
Puede hacerse y usted lo hará... y que me asignen a Giskard. Entonces, sólo
trabajará para nosotros; Aurora gobernará la Galaxia; usted pasará las últimas
décadas de su vida como Presidente del Consejo y yo le sucederé como director
del Instituto de Robótica.
—¿Estás segura de que todo ocurrirá así?
—Absolutamente segura. Limítese a enviar el mensaje y que sea
enérgico. Yo le garantizo lo demás: la victoria para los espaciales y para
nosotros, la derrota para la Tierra y los colonizadores.
EL DUELO
57
Gladia contempló el globo de Aurora en la pantalla. Su envoltura
de nubes parecía atrapada al vuelo a lo largo de la gruesa medialuna que
brillaba a la luz de su sol.
—No puede ser que estemos tan cerca —dijo.
—En absoluto —respondió D.G.—. Lo estamos viendo a través de una
lente muy buena. Está aún a varios días de distancia, contando con la
aproximación en espiral. Si logramos conseguir un vuelo antigravídico, con el
que sueñan los físicos, pero que parecen incapaces de lograr, el vuelo espacial
se volverá sencillo y rápido. Tal como está ahora, nuestros "saltos"
solamente nos llevan a una buena distancia de la masa planetaria.
—Es curioso.
—¿Qué cosa, señora?
—Cuando íbamos hacia Solaria, me dije: "Voy a casa",
pero cuando llegué a tierra me encontré con que no estaba nada en casa. Ahora
vamos hacia Aurora, y me dije: "Ahora, me voy a casa", pero este
mundo que veo allá abajo, tampoco es mi hogar.
—¿Dónde está el hogar, pues, señora?
—Estoy empezando a preguntármelo... Pero, ¿por qué persiste en
llamarme "señora"?
D.G. pareció sorprendido.
—¿Prefiere "Lady Gladia", que le llame Lady Gladia?
—Esto también suena burlón. ¿Es esto lo que siente por mí?
—¿Un respeto burlón? Claro que no. Pero, ¿cómo si no debe un
colono dirigirse a una espacial? Intento ser correcto y conformarme a sus
costumbres, hacer lo que la haga sentirse cómoda.
—Esto no me hace sentirme cómoda. Llámeme solamente Gladia. Ya
se lo sugerí antes. Después de todo, yo bien le llamo D.G.
—Y me parece estupendo, aunque delante de mis hombres y mis
oficiales preferiría que me llamara "capitán"; y yo la llamaré
"señora". Hay que mantener la disciplina.
—Sí, claro —murmuró Gladia, distraída, mirando otra vez a
Aurora—. Yo no tengo hogar.
Se volvió de pronto a D.G. y le preguntó:
—¿Habla en serio cuando me dice que me llevará a la Tierra,
D.G.?
—Medio en serio —contestó D.G., sonriente—. A lo mejor no quiere
ir..., Gladia.
—Creo que quiero ir, a menos que pierda el valor.
—No existe infección, y esto es lo que temen los espaciales,
¿verdad?
—En exceso, tal vez. Después de todo yo conocí a su antepasado y
no me contagié.
Estuve en su nave y he sobrevivido. Fíjese, ahora está junto a
mí. Incluso he estado en su mundo, rodeada de millares de personas.
Creo que he conseguido un cierto grado de inmunidad.
—Debo decirle, Gladia, que la Tierra es mil veces más poblada
que Baleymundo.
—No me importa —dijo Gladia con cierto calor en la voz—. He
cambiado de modo de pensar en muchas cosas. Le dije que después de veintitrés
décadas no queda nada por qué vivir, y resulta ser que sí queda. Lo que me
ocurrió en Baleymundo, mi discurso, la reacción de la gente, fue algo
enteramente nuevo, algo que nunca había imaginado. Fue como volver a nacer,
empezar de nuevo en la primera década. Ahora me parece que, incluso si la
Tierra me mata, habrá valido la pena, porque moriría joven y defendiéndome de la
muerte, en lugar de vieja, harta y suspirando por ella.
—¡Bien! —exclamó D.G. alzando los brazos en un gesto
pseudo-heroico—. Suena como una serie histórica de hiperonda. ¿No las miró
alguna vez en Aurora?
—Claro. Son muy populares.
—¿Está imitando una, Gladia, o cree realmente en lo que ha
dicho?
Gladia se rió:
—Me figuro que sueno a idiota, D.G., pero lo divertido es que lo
digo en serio... si no me falla el valor.
—En este caso, de acuerdo. Iremos a la Tierra. Creo que la
considerarán digna de una guerra, especialmente si informa detalladamente sobre
los acontecimientos en Solaria, como quieren que haga, y me da su palabra de
honor de mujer espacial, si es algo que se hace allí... de que regresará.
—Es que no quiero regresar.
—Pero querrá algún día... Y ahora, Gladia, hablar con usted es
siempre un placer, pero siento la tentación de pasar demasiado tiempo
haciéndolo y estoy seguro de que me necesitan en la sala de control. Si no es
así, y pueden prescindir de mí..., así y todo preferiría que no se enteraran.
58
—¿Fue cosa tuya, amigo Giskard?
—¿A qué te refieres, amigo Daneel?
—Gladia está ansiosa por ir a la Tierra e, incluso, por no
regresar. Este es un deseo tan contrario a lo que una espacial como ella puede
desear que, sospecho que has hecho algo a su mente para hacerla pensar así.
—No la he tocado —dijo Giskard—. Ya es suficientemente difícil
tocar a cualquier ser humano dentro de los límites de las tres leyes. Hacer
algo en la mente de una persona de cuya seguridad uno es directamente
responsable, es todavía más difícil.
—Entonces, ¿por qué quiere ir a la Tierra?
—Sus experiencias en Baleymundo han modificado considerablemente
su punto de vista. Tiene una misión..., la de mantener la paz en la Galaxia...,
y arde en deseos de conseguirlo.
—En este caso, amigo Giskard, ¿no sería mejor hacer lo que
puedas para persuadir al capitán, a tu modo, de que vaya directamente a la
Tierra?
—Esto crearía dificultades. Las autoridades auroranas insisten
tanto en que Gladia sea devuelta a Aurora que será mejor hacerlo..., aunque sea
temporalmente.
—Pero puede ser peligroso hacerlo —dijo Daneel.
—¿Es que sigues creyendo, amigo Daneel, que es a mí a quien
quieren retener porque se han enterado de mis habilidades?
—No veo otra razón por su insistencia en el regreso de Gladia.
—Pensar como un hombre tiene sus peligros, veo. Es posible
suponer dificultades que no pueden existir. Incluso, si alguien en Aurora
estuviera al corriente de la existencia de mi habilidad, es con dicha habilidad
con la que podría alejar la sospecha. No hay nada que temer, amigo Daneel.
Y Daneel aceptó de mala gana:
—Como tú digas, amigo Giskard.
59
Gladia miró pensativa a su alrededor, despidiendo a sus robots
con un distraído movimiento de la mano. Se miró la mano al hacerlo, casi como
si la estuviera viendo por primera vez. Era la misma mano con la que había
estrechado las de cada uno de los tripulantes de la nave, antes de entrar en el
pequeño ténder que los llevaría a ella y aD.G.
a Aurora. Cuando les prometió regresar, la vitorearon.
y Niss le gritó:
—No nos iremos sin usted.
Le había gustado muchísimo que la vitorearan. Sus robots la
servían continuamente, leal y pacientemente, pero nunca la vitoreaban. D.G.,
que la estaba observando con curiosidad, le dijo:
—Seguro que ahora sí se siente en casa, Gladia.
—Estoy en mi vivienda —murmuró—. Ha sido mi vivienda desde que
el doctor Fastolfe me la asignó, hace veinte décadas, y todavía se me hace
rara.
—Para mí sí es rara —comentó D.G.—. Me encuentro perdido
viviendo aquí, solo.
Miró a su alrededor con una media sonrisa, a la complicada
decoración, al adorno de las paredes.
—No estará solo, D.G. — le tranquilizó Gladia—. Mis robots
estarán con usted y han recibido amplias instrucciones. Se dedicarán a su
comodidad.
—¿Entenderán mi acento colonizador?
—Si no lo entienden, le pedirán que lo repita y en este caso
hable despacito y con gestos. Le prepararán comida, le enseñarán cómo servirse
de las distintas comodidades de la habitación de invitados... y le vigilarán
por si se comporta en desacuerdo con su estado. Se lo impedirán, si fuera
necesario, pero lo harán sin lastimarle.
—Espero que no me vayan a considerar no-humano.
—¿Como la capataz? No, puedo garantizárselo, D.G. Aunque su
barba y su acento pueden confundirles hasta el extremo de que tarden un segundo
o dos en reaccionar.
—Y espero también que me protegerán contra los intrusos.
—Lo harán, pero no habrá intrusos.
—El Consejo querrá apoderarse de mí.
—En ese caso mandarían robots y los míos les echarán.
—¿Y si sus robots no dominan a los del Consejo?
—No puede ocurrir, D.G. Una vivienda es inviolable.
—Vamos, Gladia. Quiere decir que nadie nunca ha...
—¡Nadie!, ¡nunca! —respondió vivamente—. Permanezca aquí,
tranquilamente y mis robots se ocuparán de todas sus necesidades. Si quiere
ponerse en contacto con su nave, con Baleymundo, incluso con el Consejo de
Aurora, saben exactamente lo que hay que hacer. No tendrá que mover un solo
dedo.
D.G. se dejó caer en el sillón más cercano, se acomodó en él y
suspiró profundamente.
—¡Qué prudentes somos al no permitir robots en nuestros mundos!
¿Sabe cuánto tiempo tardaría en corromperme, sumirme en el ocio, si me quedara
en este tipo de sociedad? Cinco minutos como máximo. En realidad, ya estoy
corrompido. — ostezó y se desperezó.— ¿Les importará si me quedo dormido?
—Claro que no. Si lo hace, se preocuparán de que su entorno se
mantenga silencioso y oscuro.
D.G. se enderezó de pronto.
—¿Y si no vuelve?
—¿Por qué no iba a volver?
—El Consejo parece reclamarla con mucha urgencia...
—No pueden retenerme. Soy ciudadana aurorana libre, y voy a
donde quiero.
—Siempre surgen emergencias cuando un gobierno desea
fabricarlas..., y en una emergencia, suelen romperse las reglas.
—Tonterías. Giskard, ¿van a retenerme allí?
—Gladia, no la retendrán. El capitán no debe preocuparse por
esto.
—Ya lo ve, D.G. Su antepasado, la última vez que me vio, me
encareció que siempre confiara en Giskard.
—¡Bien! ¡Excelente! De todos modos, la razón de que haya venido
con usted, Gladia, era para estar seguro de que la recuperaré. Recuérdelo y
dígaselo a su doctor Amadiro, si es preciso. Si tratan de retenerla contra su
voluntad, tendrán que retenerme a mí también... Mi nave, que esta en órbita, es
perfectamente capaz de reaccionar.
—No, por favor —suplicó Gladia turbada—. No piense en hacer tal
cosa. Aurora también tiene naves, y estoy segura que la suya está bajo
vigilancia.
—Pero hay una diferencia, Gladia. Dudo mucho de que Aurora
quiera ir a la guerra por usted. Por el contrario, Baleymundo estaría dispuesto
a hacerlo.
—No puede ser. No me gustaría que fueran a la guerra por mi
causa. ¿Y por qué iban a hacerlo? ¿Porque fui amiga de su antepasado?
—No; precisamente por eso, no. No creo que nadie pueda creer que
usted fuera su amiga. Tal vez su bisabuela, pero no usted. Incluso yo no creo
que fuera usted.
—Sabe que fui yo.
—Intelectualmente, sí. Emocionalmente, lo encuentro imposible.
Eso ocurrió hace veinte décadas.
Gladia sacudió la cabeza.
—Es que tiene un punto de vista de vida breve.
—Puede que sea así, pero no importa. Lo que la hace importante
para Baleymundo es el discurso que les hizo. Es una heroína y debe ser
presentada en la Tierra. Nadie debe impedirlo.
—¿Presentada en la Tierra? —exclamó Gladia algo alarmada— ¿Con
toda ceremonia?
—Con la máxima ceremonia.
—¿Por qué se me considera tan importante como para valer una
guerra?
—No estoy seguro de poder explicárselo a una espacial. La Tierra
es un mundo especial. La Tierra es un mundo... sagrado. Es el único mundo de
verdad. Es donde surgieron los seres humanos y es el único mundo donde
evolucionaron y se desarrollaron y vivieron sobre todo un fondo de vida. En
Baleymundo tenemos árboles e insectos... En la Tierra tienen una loca profusión
de árboles y de insectos que jamás hemos visto en ninguna parte excepto en la
Tierra. Nuestros mundos son imitaciones, pálidas imitaciones.
No existen, ni pueden existir excepto por la fuerza intelectual,
cultural y espiritual que extraen de la Tierra.
—Esto está en oposición a la opinión que los espaciales tienen
de la Tierra — usitó Gladia—. Cuando nos referimos a ella, y pocas veces lo
hacemos, es como hablar de un mundo bárbaro y en decadencia.
D.G. enrojeció:
—Por eso los mundos espaciales han ido debilitándose. Son como
plantas que se han desarraigado, como animales que se han arrancado el corazón.
—Pues yo —dijo Gladia— deseo ver la Tierra por mí misma, pero
ahora tengo que marcharme. Por favor, considere ésta como su propia casa hasta
que vuelva.
Se dirigió vivamente hacia la puerta, pero se detuvo y agregó:
—En esta vivienda ni en ninguna parte de Aurora hay bebidas alcohólicas ni
tabaco, ni estimulantes alcaloides, ni nada de tipo artificial, nada a lo que
usted pueda estar acostumbrado...
D.G. sonrió con amargura:
—Lo sabemos. Su gente es muy puritana.
—Nada de puritanos —protestó Gladia—. Las treinta o cuarenta
décadas de vida hay que pagarlas... y éste es uno de los pagos. No supondrá que
se consigue por arte de magia, ¿verdad?
—Bueno, me arreglaré con sanos zumos de frutas, con imitación de
café y oleré las flores.
—Encontrará abundante surtido de tales cosas. Cuando regrese a
su nave, estoy segura de que encontrará compensación por todos los síntomas de
abstinencia que tenga que sufrir ahora.
—Sufriré sólo por su ausencia,— declaró gravemente D.G.
Gladia se vio obligada a sonreír:
—Es un embustero incorregible, capitán. Volveré... Daneel…
Giskard.
60
Gladia estaba sentada, rígida, en el despacho de Amadiro.
Durante muchas décadas había visto solamente a Amadiro a distancia, o en la
pantalla... En esas ocasiones, le volvía la espalda. Le recordaba solamente
como al gran enemigo de Fastolfe y ahora, por primera vez, se encontraba en la
misma habitación que él, cara a cara, y tenía que borrar toda expresión de su
rostro para que no viera asomar el odio que sentía, Aunque ella y Amadiro eran
los únicos seres humanos presentes en la estancia, había por lo menos una
docena de altos cargos, incluido el propio Presidente, que presenciaban la
entrevista por holovisión de circuito cerrado. Gladia reconoció al Presidente y
a algún otro, pero no a todos.
Era una extraña experiencia. Se parecía a la visión generalizada
en Solaria, a la que se había acostumbrado de niña... y que recordaba con tanto
disgusto.
Hizo un esfuerzo por hablar claramente, sin emoción pero con
precisión. Cuando se le formulaba una pregunta, respondía con tanta brevedad
como le permitía la claridad y tan indiferente como podía sin faltar a la
cortesía. El Presidente escuchaba impasible y los demás le imitaban. Era un
hombre mayor.., Todos los presidentes lo eran porque se trataba de un cargo que
alcanzaban a edad avanzada. Tenía un rostro alargado, mucho cabello aún en la
cabeza y cejas hirsutas. Su voz era meliflua, pero nada amistosa.
Cuando Gladia terminó, le dijo:
—¿Sugiere que los solarios han redefinido "ser humano"
en un sentido limitado que lo reduce a los solarios solamente?
—No sugiero nada, señor Presidente. Es simplemente que nadie ha
podido encontrar otra explicación que justifique los acontecimientos.
—¿Se da usted cuenta, señora Gladia, de que en toda la historia
de la ciencia robótica, ningún robot ha sido diseñado con una definición
limitada del "ser humano"?
—No soy una robotista, señor Presidente, y no conozco nada de la
matemática de los circuitos positrónicos. Puesto que usted dice que no se ha
hecho nunca, yo, claro, lo acepto. Pero por lo que sé, de que no se haya hecho
nunca, no se desprende que no pueda hacerse en el futuro.— Sus ojos jamás
habían parecido tan grandes y tan inocentes como ahora. El Presidente se
ruborizó, y dijo:
—Teóricamente no es imposible limitar la definición, pero es
impensable.
Con los ojos bajos, la mirada puesta en las manos que tenía
cruzadas sobre su regazo, Gladia comentó:
—A veces la gente piensa en tales peculiaridades.
El Presidente cambió de tema, y preguntó:
—Una nave aurorana fue destruida, ¿cómo se lo explica?
—Yo no estaba presente en el lugar del incidente, señor
Presidente. No tengo idea de lo que ocurrió, ni puedo explicárselo.
—Estaba usted en Solaria, y ha nacido en el planeta. Dada su
reciente experiencia y el ambiente de su juventud, ¿que diría que ocurrió?
El Presidente daba muestras de una mal disimulada impaciencia.
—Si quiere que lo adivine —dijo Gladia—, yo diría que nuestra
nave fue destruida por el uso de un intensificador nuclear portátil, similar al
que estuvo a punto de utilizarse contra la nave colonizadora.
—¿No le llama la atención que los dos casos sean diferentes? En
uno, la nave colonizadora invade Solaria para confiscar robots solarios; en el
otro, una nave de Aurora llega a Solaria para ayudar en la protección de un
planeta hermano.
—Yo sólo puedo suponer, señor Presidente, que los capataces, los
robots humanoides dejados para guardar el planeta, fueron insuficientemente
instruidos para detectar la diferencia.
El Presidente pareció ofendido.
—Es inconcebible que no fueran instruidos sobre la diferencia
que hay entre colonizadores y compañeros espaciales.
—Si usted lo dice, señor Presidente. No obstante, si la única
definición de ser humano es aquel que, con aspecto físico de humano, habla en
solario, como nos pareció a los que nos encontrábamos en el lugar, lógicamente
los auroranos, que no hablan al estilo, no encajaban con la definición que
poseían los capataces.
—Entonces me está diciendo que los solarianos definieron a los
espaciales como nohumanos y los sometieron a destrucción.
—Lo presento sólo como una posibilidad porque no se me ocurre
otro medio para explicar la destrucción de una nave de guerra aurorana. Gente
con más experiencia tal vez presente explicaciones alternativas. —Y de nuevo
aquella mirada inocente, casi vacía.
—¿Se propone regresar a Solaria, señora Gladia? —preguntó el
Presidente.
—No, señor Presidente, no tengo tal propósito.
—¿No se lo ha pedido su amigo colonizador, a fin de limpiar el
planeta de capataces?
Gladia sacudió lentamente la cabeza.
—No me ha pedido nada de eso. De haberlo hecho, me habría
negado. Fui a Solaria, en primer lugar, para cumplir mi deber para con Aurora.
El doctor Levular Mandamus, del Instituto de Robótica, que trabaja a las
órdenes del doctor Amadiro, me lo pidió. Se me pidió que fuera para, a mi
regreso, informar sobre los acontecimientos..., como acabo de hacer. La
petición, por lo que oí y comprendí, tenía todo el aspecto de una orden, y la
recibí —miró fugazmente en dirección de Amadiro— del propio doctor Amadiro.
Amadiro no reaccionó visiblemente. El Presidente prosiguió:
¿Cuáles son sus planes para el futuro?
Gladia esperó un par de latidos y luego decidió que era mejor
enfrentarse directamente con la situación.
—Mi intención, señor Presidente —dijo Gladia despacio y con voz
muy clara— es visitar la Tierra.
—¿La Tierra? ¿Y por qué quiere visitar la Tierra?
—Puede ser importante, señor Presidente, para las autoridades
auroranas averiguar lo que está ocurriendo allí. Como he sido invitada por las
autoridades de Baleymundo a visitarla y el capitán Batey está dispuesto a
llevarme, sería una buena oportunidad para traer un informe sobre los
acontecimientos, lo mismo que ahora he informado sobre los que tuvieron lugar
en Solaria y en Baleymundo.
"Bien —pensó Gladia—, ¿violará la costumbre y me
encarcelará en Aurora? De ser así, debía de haber medios para discutir la
decisión." Gladia sintió que aumentaba la tensión y dirigió una rápida
mirada a Daneel que, naturalmente, parecía totalmente impasible. No obstante,
el Presidente, con expresión seria, expuso:
—A este respecto, señora Gladia, tiene usted el derecho de todo
aurorano de hacer lo que le parezca, pero será bajo su propia responsabilidad.
Nadie se lo va a pedir, como algunos solicitaron, según usted, su visita a
Solaria. Por esta razón la advierto que Aurora no se sentirá obligada a
ayudarla en caso de una desgracia.
—Lo comprendo, señor.
El Presidente dijo de pronto:
—Habrá mucho que discutir sobre el asunto más tarde, Amadiro. Me
pondré en contacto con usted.
Las imágenes desaparecieron y Gladia se encontró repentinamente
sola con sus robots y con Amadiro y los suyos.
61
Gladia se puso en pie y dijo, evitando cuidadosamente mirar a
Amadiro al hablarle:
—Me figuro que la reunión ha terminado, así que me voy ya.
—Por supuesto, pero tengo que hacerle una o dos preguntas, que
confío en que no la molestarán. —Su alta figura parecía dominarla cuando se
puso en pie, pero le sonrió y se dirigió a ella con suma cortesía, como si se
hubiera establecido cierta amistad entre ambos. —Deje que la acompañe, señora
Gladia. ¿Así que va a ir a la Tierra?
—Sí. El Presidente no tuvo ninguna objeción y una ciudadana
aurorana puede viajar libremente por la Galaxia en tiempos de paz. Le ruego me
perdone, pero mis robots, y los suyos si fuera necesario, son suficiente
compañía.
—Como usted diga. —Un robot les abrió la puerta. —Me figuro que
llevará robots con usted, cuando vaya a la Tierra.
—Por supuesto.
—¿Qué robots, señora, si me permite preguntárselo?
—Estos dos. Los dos que están conmigo —sus zapatos pisaban
fuerte al avanzar, rápida, por el corredor tras Amadiro sin hacer el menor
esfuerzo por averiguar si la había oído.
—¿Es eso prudente, señora? Son robots muy avanzados, productos
poco corrientes del gran doctor Fastolfe. Estará rodeada de bárbaros que pueden
codiciarlos.
—Supongo que serán codiciados, pero le aseguro que no los
conseguirán.
—No minimice el peligro, ni sobrestime la protección robótica.
Estará en una de sus ciudades, rodeada por decenas de millones de esa gente y
los robots no pueden dañar a los seres humanos. En realidad cuanto más perfecto
es un robot, más sensible es a los matices de la; tres leyes, y menos dispuesto
a tomar cualquier acción que pueda lastimar a un ser humano... ¿No es así,
Daneel?
—Sí, doctor Amadiro.
—Imagino que Giskard está también de acuerdo.
—Lo estoy —dijo Giskard.
—¿Se da cuenta, señora? Aquí, en Aurora, en una sociedad libre
de violencia, sus robots pueden protegerla contra otros. En la Tierra, locos,
decadentes y bárbaros, será imposible que dos robots puedan protegerla y
protegerse. No querríamos verla privada de ellos. Ni nosotros, por decirlo de
una forma más egoísta, los del Instituto ni el gobierno estamos dispuestos a
ver robots avanzados en manos de los bárbaros. ¿No sería preferible llevarse
robots de un tipo más corriente, que la gente de la Tierra ignorara? En este
caso puede llevarse cuantos quiera.
—Doctor Amadiro —dijo Gladia—, me llevé a estos dos robots a
Solaria en una nave y visité un mundo de colonizadores. Nadie hizo el menor
gesto para apropiarse de ellos.
—Los colonizadores no utilizan robots y presumen de no
quererlos. Pero en la Tierra todavía utilizan robots.
—Si me permite interrumpir, doctor Amadiro —interpuso Daniel—.
Tengo entendido que en la Tierra hay una redistribución de robots. Hay muy
pocos en las ciudades. Casi todos son utilizados ahora en operaciones agrícolas
o mineras. Por lo demás, el automatismo no robótico es la norma.
Amadiro echó una mirada a Daneel y volvió a dirigirse a Gladia:
—Su robot tiene probablemente razón. Supongo que no correrá
ningún riesgo llevándose a Daneel; además, casi puede pasar por humano. No
obstante, Giskard debería quedarse en su vivienda. Podría despertar instintos
adquisitivos en una sociedad adquisitiva, si bien es cierto que están
intentando liberarse de los robots.
—No se quedará ninguno, señor. Vendrán conmigo. Solamente yo
puedo juzgar qué partes de mis propiedades pueden venir conmigo y cuáles no.
—Naturalmente. —Amadiro sonrió con suma amabilidad. —Nadie se lo
discute... ¿Le importa esperar un momento ahí?
Se abrió otra puerta mostrando una estancia cómodamente
amueblada. No tenía ventanas, pero estaba iluminada por una luz difusa y se oía
una música suave.
Gladia se detuvo bruscamente en el umbral y preguntó tajante:
—¿Por qué?
—Un miembro del Instituto desea verla y hablarle. No le llevará,
mucho tiempo, pero es necesario. Una vez que haya terminado, podrá marcharse.
Ni siquiera la molestaré con mi presencia, a partir de ahora. Por favor.
Había un dejo acerado en sus últimas palabras. Gladia alargó los
brazos hacia Daneel y Giskard, diciéndoles:
—Entramos juntos.
—¿Cree que intento separarla de sus robots? —preguntó Amadiro
sonriente—, ¿Cree que ellos me lo permitirían? Ha pasado demasiado tiempo con
los colonizadores, querida.
Gladia contempló la puerta cenada y dijo entre dientes:
—Este hombre me disgusta profundamente, y mucho más cuando
sonríe y trata de apaciguarme... En todo caso, estoy cansada. Si alguien viene
con preguntas sobre Solaria y Baleymundo, verán las respuestas que van a
recibir.
Se desperezó y sus articulaciones crujieron ligeramente. Se
sentó en un diván que cedió bajo su peso. Se descalzó, levantó los pies sobre
el diván, sonrió medio adormilada, respiró profundamente, se echó de lado y con
la cabeza hacia la pared, se sumió, al instante, en un profundo sueño.
62
—Es una suerte que tuviera sueño natural —dijo Giskard—. Así he
podido aumentárselo sin causarle ningún daño. No quisiera que Gladia oyera lo
que va a ocurrir.
—¿Qué puede ocurrir, amigo Giskard?
—Lo que va a ocurrir es el resultado, creo yo, de que estoy
equivocado y tú, amigo Daneel, estás en lo cierto. Hubiera debido tener más en
cuenta tu excelente mente.
—¿Es a ti a quien quieren en Aurora?
—Sí. Y reclamando urgentemente el regreso de Gladia, reclamaban
el mío. Ya oíste al doctor Amadiro pedir que no nos llevara. En un principio a
los dos, luego a mí solo.
—¿Puede ser que sus palabras no tengan más que un significado
superficial, y que realmente juzgue peligroso llevar a la Tierra, y perderlo, a
un robot superior?
—Había una gran corriente de ansiedad, amigo Daneel, que
considero excesiva en relación con sus palabras.
—¿Puedes decirme si está enterado de tu especial habilidad?
—No puedo decírtelo directamente ya que no leo los pensamientos.
No obstante, por dos veces en el curso de la entrevista con los miembros del
Consejo reunido hubo una súbita aceleración en el nivel de intensidad emocional
del doctor Amadiro. Unas subidas extraordinariamente agudas. No puedo
describirlo con palabras pero sería parecido, quizás, a contemplar una escena
en blanco y negro y, de pronto, rápida y fugaz, verla manchada de intenso
color.
—¿Cuándo ocurrió esto, amigo Giskard?
—La segunda vez fue cuando Gladia mencionó que pensaba ir a la
Tierra.
—Pero esto no creó inquietud visible entre los miembros del
Consejo. ¿Cómo estaban sus mentes?
—No podría decírtelo. Estaban presentes mediante holovisión y
estas imágenes no van acompañadas por sensaciones mentales que pueda detectar.
—Llegamos, pues, a la conclusión de que tanto si el Consejo está
preocupado no por el proyectado viaje de Gladia a la Tierra, como si no lo
está, el doctor Amadiro, por lo menos, sí lo está.
—No era una simple preocupación. El doctor Amadiro experimentaba
una extrema ansiedad; algo previsible, como si, por ejemplo, tuviera un
proyecto, como el que sospechamos de la destrucción de la Tierra, y temiera que
se descubriera. Y lo que es más, cuando Gladia mencionó su intención, amigo
Daneel, el doctor Amadiro me lanzó una mirada de refilón; la única vez que lo
hizo en toda la sesión. El destello de intensidad emocional coincidió con
aquella mirada. Creo que fue la idea de que yo fuera a la Tierra lo que le
angustió. Como si creyera que yo, con mi habilidad especial, fuera un peligro
determinado para sus planes.
—También sus actos pueden tomarse, amigo Giskard, como de
acuerdo con su temor de que los de la Tierra traten de apropiarse de ti por ser
un robot superior y que esto es malo para Aurora.
—La posibilidad de que esto ocurra, amigo Daneel, y el grado de
perjuicio que esto cause a la comunidad espacial es demasiado pequeño para justificar
su alto grado de ansiedad. ¿Qué daño podría yo causar a Aurora si estuviera en
poder de la Tierra siendo el Giskard que figura que soy?
—¿Entonces has llegado a la conclusión de que el doctor Amadiro
sabe que no eres el Giskard que pareces ser?
—No estoy seguro. Puede que solamente sospeche. Si lo supiera,
¿no haría cualquier esfuerzo para evitar hacer planes en mi presencia?
—Tal vez su desgracia resida en que Gladia no quiere separarse
de nosotros. No puede insistir en que no estés presente, amigo Giskard, sin que
descubra lo que sabe de ti... —Daneel hizo una pausa, luego prosiguió: —Amigo
Giskard, tienes una gran ventaja al poder pesar el contenido emocional de las
gentes. Pero dijiste que la crecida de intensidad emocional del doctor Amadiro,
al oír mencionar el viaje a la Tierra, fue la segunda. ¿Cuál fue la primera?
—La primera ocurrió cuando se habló del intensificador nuclear,
y esto también es significativo. El concepto de intensificador nuclear es
sobradamente conocido en Aurora.
No tienen ninguno portátil, ni lo suficientemente ligero y
efectivo como para que resulte útil a bordo de una nave, pero no es algo que le
sacudiera como una descarga. ¿Por qué tanta ansiedad?
—Posiblemente, porque un intensificador de este tipo tiene que
ver con sus planes sobre la Tierra.
Y fue en aquel momento cuando la puerta se abrió, alguien entró,
y una voz exclamó:
—Vaya... ¡Giskard!
63
Giskard miró a la recién llegada y dijo con voz tranquila:
—Señora Vasilia.
—¡Así que te acuerdas de mí! —comentó Vasilia sonriendo
afectuosa.
—Sí, señora. Es usted una famosa robotista y su rostro aparece
en las noticias de hiperhonda de vez en cuando.
—Vamos, Giskard, no me refiero a que me reconozcas. Todo el
mundo puede hacerlo.
Quiero decir si me recuerdas. En otris tiempos me llamabas
señorita Vasilia.
—También lo recuerdo, señora. Pero hace mucho tiempo.
Vasilia cenó la puerta tras sí y se sentó en una de las butacas.
Se volvió hacia el otro robot y añadió:
—Y tú eres Daneel, naturalmente.
—Sí, señora —respondió Daneel—. Sirviéndome de la distinción que
acaba de hacer, no solamente la recuerdo, porque me encontraba con el inspector
Elijah Baley una vez que la interrogó, sino que también la reconozco.
—No debes volver a mencionar ese nombre —cortó Vasilia—, También
te reconozco yo, Daneel. A tu manera eres tan famoso como yo. Ambos son famosos
por ser las mayores creaciones del malogrado doctor Han Fastolfe.
—De su padre, señora — corrigió Giskard.
—Sabes perfectamente, Giskard, que no doy la menor importancia a
esa relación puramente genética. No vuelvas a referirte a él como tal.
—No lo haré, señora.
—¿Y ésta? —indicó, despectiva, a la durmiente del diván—. Puesto
que ambos están aquí tengo que suponer, razonablemente, que la bella durmiente
es la mujer Solaria.
—Es la señora Gladia y le pertenezco —aclaró Giskard—. ¿Quiere
que la despierte, señora?
—No haríamos sino molestarla, Giskard, si tú y yo hablamos de
tiempos pasados.
Déjala dormir.
—Sí, señora.
—Tal vez la discusión que Giskard y yo sostendremos no tendrá el
menor interés para ti, Daneel. ¿Quieres esperar fuera? —dijo Vasilia.
—Temo no poder salir, señora. Mi obligación es guardar a Gladia.
—No creo que necesite que se la guarde de mí. Te fijarás que no
he traído a ninguno de mis robots, así que Giskard solo será protección más que
suficiente para su señora Solaria.
—No tiene robots en esta habitación, señora, pero he visto a
cuatro esperando en el corredor cuando se abrió la puerta. Será mejor que me
quede.
—Bien, no quiero interferir en tus órdenes. Puedes quedarte.
¡Giskard!
—Sí, señora.
—¿Recuerdas cuándo fuiste activado por primera vez?
—Sí, señora.
—¿Qué recuerdas?
—Primero luz. Luego sonido. Luego una cristalización a la vista
del doctor Fastolfe.
Podía entender el galáctico estándar y poseía cierto
conocimiento innato integrado en mis circuitos positrónicos cerebrales. Las
tres leyes, naturalmente; un amplio vocabulario, con definiciones; obligaciones
robóticas; costumbres sociales. Lo demás lo aprendí rápidamente.
—¿Te acuerdas de tu primer propietario?
—Sí, como te he dicho ya, el doctor Fastolfe.
—Vuelve a pensar, Giskard. ¿No fui yo?
Giskard no tardó en contestar:
—Señora, fui asignado para guardarla en mi capacidad de posesión
del doctor Han Fastolfe.
—Creo que fue algo más que esto. Me obedeciste solamente a mí
durante diez años.
Si obedecías a alguien más, incluyendo al doctor Fastolfe, fue
sólo incidentalmente, como consecuencia de tus deberes robóticos y sólo en
cuanto tenía que ver con tu función de guardarme.
—Es cierto que fui asignado a usted, señora Vasilia, pero el
doctor Fastolfe retuvo la propiedad. Una vez que abandonó usted su residencia,
volvió a tener completo control de mí, como propietario. Siguió siendo mi
propietario incluso cuando, más tarde, me asignó a Gladia. Fue mi solo y único
propietario mientras vivió. A su muerte, y por su testamento, se transfirió mi
propiedad a Gladia y así hasta ahora.
—Nada de eso. Te he preguntado si recuerdas cuándo fuiste
activado por primera vez, y qué recuerdas. Lo que eras cuando fuiste activado
por primera vez, no es lo que eres ahora.
—Mis bancos de memoria, señora, están ahora incomparablemente
enriquecidos:
poseo una enorme experiencia que no tenía entonces.
La voz de Vasilia se hizo más severa:
—Ni te hablo de memoria, ni te hablo de experiencia. Te hablo de
capacidad. Aumenté tus circuitos positrónicos. Los ajusté. Los mejoré.
—Sí, señora; lo hizo, con ayuda y aprobación del doctor
Fastolfe.
—En cierto momento, Giskard, en una ocasión, introduje por lo
menos una mejora más, una extensión, sin la ayuda y aprobación del doctor
Fastolfe. ¿Lo recuerdas?
Giskard permaneció en silencio un buen rato, luego dijo:
—Recuerdo una ocasión en que no fui testigo de que le
consultara, y supuse que le había consultado en un momento en que yo no estaba
presente.
—Si supusiste tal cosa, supusiste mal. De hecho, por conocer que
no estaba en nuestro mundo entonces, no pudiste haberlo asumido. Te estás
mostrando evasivo, por no emplear una palabra más fuerte.
—No, señora. Pudo haberle consultado por hiperonda. Consideré
esta posibilidad.
—Sin embargo, ese añadido fue solamente mío. El resultado fue
que te volviste un robot sustancialmente diferente de lo que habías sido antes.
El robot que has sido desde que introduje aquel cambio ha sido diseño mío, mi
creación, y lo sabes perfectamente.
Giskard guardó silencio.
—Ahora bien, Giskard, ¿con qué derecho era el doctor Fastolfe tu
amo cuando fuiste activado? —Esperó, luego le insistió violentamente:
—Contéstame, Giskard. ¡Es una orden!
—Por haberme diseñado y haber supervisado mi construcción, era
propiedad suya.
—Y cuando yo, en efecto, te rediseñé y reconstruí de forma muy
fundamental, ¿no pasaste a ser propiedad mía?
—No puedo contestar esta pregunta. Sería precisa la intervención
y decisión de un tribunal para discutir este caso específico. Tal vez
dependería del grado en que fuí rediseñado y reconstruido.
—¿Te das cuenta de hasta qué grado se hizo?
Giskard volvió a guardar silencio.
—Esto es infantil, Giskard —declaró Vasilia—. ¿Tengo que darte
un empujón después de cada pregunta? No me provoques. En este caso, al menos,
el silencio es una clara indicación afirmativa. Sabes bien cuál fue el cambio y
cuan fundamental. Sabes que yo sé que lo fue. Has dormido a la mujer Solaria
porque no querías que se enterara por mí de lo que ocurrió. No lo sabe,
¿verdad?
—No lo sabe, señora —respondió Giskard.
—¿Y no quieres que lo sepa?
—En efecto, señora.
—¿Lo sabe Daneel?
—Lo sabe, señora.
—Me lo supuse por su interés en quedarse. Ahora, escúchame bien,
Giskard. Supon que un tribunal descubre que, antes de que te rediseñara, eras
un robot ordinario y que, después de rediseñarte eres un robot capaz de
percibir el funcionamiento de la mente humana y de ajustarla a tu gusto. ¿Crees
que podrían dejar de considerarlo un cambio lo bastante grande para que los
derechos de propietario pasaran a mis manos?
—Señora Vasilia —dijo Giskard—, sería imposible que esto pasara
ante un tribunal de justicia. Dadas las circunstancias, se me declararía, con
toda seguridad, propiedad del Estado por razones más que obvias. Incluso podría
darse la orden de desactivarme.
—Tonterías. ¿Me tomas por una niña? Con tu habilidad podrías
evitar que el tribunal llegara a esta decisión. Pero no se trata de eso, no
estoy sugiriendo que lo lleves ante los tribunales. Te pregunto tu propia
opinión. ¿No dirías que soy tu legítima propietaria, y que lo he sido desde que
era joven?
—Gladia se considera mi propietaria y hasta que la ley dicte lo
contrario, debe ser considerada como tal.
—Pero tú sabes que tanto ella como la ley están equivocadas. Si
te preocupan los sentimientos de tu mujer Solaria, sería fácil ajustar su mente
para que no le importara que no fueras propiedad suya. Incluso puedes hacer que
se sienta aliviada de que la libre de tí. Voy a ordenarte que lo hagas así tan
pronto como te decidas a admitir lo que ya sabes... que soy tu propietaria.
¿Desde cuándo está Daneel enterado de tu naturaleza?
—Desde hace décadas.
—Puedes hacer que lo olvide. Hace algún tiempo que el doctor
Amadiro también lo sabe y hay que hacérselo olvidar. Solamente tú y yo lo
sabremos.
Daneel intervino, de pronto:
—Señora, puesto que Giskard no se considera propiedad de usted,
puede hacer fácilmente que usted se olvide y así estará perfectamente
satisfecha con las cosas tal como están.
Vasilia dirigió una fría mirada a Daneel.
—¿Crees que puede? Lo que ocurre es que él no es quién para
decidir a quién debe considerar como su dueño. Sé que Giskard sabe que yo soy
su dueña, así que su obediencia, según las tres leyes, me pertenece por entero.
Si hace que alguien olvide, y puede hacerlo, sin causarle daño físico, será
necesario que elija a cualquiera menos a mí.
No puedo hacerme olvidar ni modificar mi mente de ningún modo.
Te agradezco, Daneel, que me hayas dado la oportunidad de poner esto bien en
claro.
—Pero las emociones de Gladia están tan puestas en él —insistió
Daniel—que para forzarla a olvidar, Giskard podría lastimarla.
—Giskard es el que debe decidirlo... Giskard, eres mío. Sabes
que eres mío y te ordeno que impongas el olvido a este robot imitación de
hombre que está junto a mí y a la mujer que equivocadamente te trató como su
propiedad. Hazlo mientras duerme y no se la lastimará en nada.
—Amigo Giskard, la señora Gladia es tu propietaria legal. Si
induces el olvido en la señora Vasilia, no le harás ningún daño.
—Sí lo hará —dijo Vasilia al instante—. La mujer Solaria no
sufrirá, porque sólo necesita olvidar que está bajo la impresión de que es
propietaria de Giskard. Yo, por el contrario, sé que Giskard posee poderes
mentales. Arrancarme esto sería mucho más complejo. Giskard conoce bien mi
intensa determinación de conservar este conocimiento, así que no podría evitar
causarme daños en el proceso de arrancármelo.
—Amigo Giskard...
Vasilia interrumpió con una voz dura como el diamante:
—Te ordeno, robot Daneel Olivaw, que te calles. No soy tu dueña,
pero tu dueña duerme y no puede revocar la orden, así que mí orden debe ser
obedecida.
Daneel guardó silencio, pero sus labios temblaron como si
tratara de hablar, pese a la orden impuesta.
Vasilia le observó con una sonrisa divertida en los labios:
—Como ves, Daneel, no puedes hablar.
Y Daneel dijo en un murmullo enronquecido:
—Sí, puedo, señora, pero lo encuentro difícil; puedo, porque
descubro que algo tiene preferencia sobre su orden, algo solamente gobernado
por la segunda ley.
Los ojos de Vasilia se desorbitaron y exclamó:
—Silencio, he dicho. Nada tiene preferencia sobre mi orden,
excepto la primera ley, y ya he demostrado que Giskard causará el mínimo
daño... Bueno, no causará ningún daño... si vuelve a mí. A mí no me dañará, es
a quien menos daño puede hacer, si toma otra decisión.
Volvió a señalar a Daneel con el dedo y en un siseo, ordenó:
—¡Silencio!
Daneel tuvo que hacer un enorme esfuerzo por no emitir ningún
sonido. La pequeña bomba interior que manipulaba la corriente de aire que
producía el sonido, hacía un ruido apagado como un pequeño zumbido, mientras
trabajaba. No obstante, aunque su murmullo fue más ronco, podía oírse aún.
Dijo:
—Señora Vasilia, hay algo que trasciende incluso la primera ley.
Giskard habló entonces, con voz igualmente baja, pero clara:
—Amigo Daneel, no debes decir eso. Nada trasciende la primera
ley.
Vasilia, todavía ceñuda, mostró cierto interés:
—¿De veras? Daneel, te advierto que si intentas seguir adelante
en esa extraña discusión, terminarás destruyéndote. Jamás he visto ni oído a un
robot haciendo lo que estás haciendo tú y sería fascinante contemplar tu
autodestrucción. Sigue hablando.
Recibida la orden, la voz de Daneel volvió inmediatamente al
tono normal:
—Gracias, Vasilia... Hace años, me senté junto al lecho de
muerte de un hombre de la Tierra, al que me ha pedido que no nombre. ¿Puedo
ahora hablar de él?, ¿sabe a quién me refiero?
—Hablas del policía aquel, Baley —dijo Vasilia con voz opaca.
—Sí, señora. En su lecho de muerte me dijo: "El trabajo de
un individuo contribuye al de todos y así se vuelve una parte inmortal de la
totalidad. La totalidad de las vidas humana pasadas, presentes y futuras,...
forma un tapiz que existe desde hace decenas de millares de años y cada vez se
hace más complicado y, en general, más hermoso cada día. Incluso los espaciales
forman parte del tapiz, y ellos, también añaden complicación y belleza al
dibujo. Una vida individual es como una hebra en el tapiz, ¿y qué es una hebra
comparada con toda la pieza? Daneel, manten fijamente tu mente en el tapiz y no
permitas que una sola hebra suelta te afecte." —¡Sentimentalismo
nauseabundo! —murmuró Vasilia.
—Creo que el colega Elijah trataba de protegerme contra su
muerte cercana — prosiguió Daneel—. Era su propia vida la que comparaba a una
hebra del tapiz; era su propia vida "la hebra suelta" que no debía
afectarme. En aquella crisis sus palabras me protegieron.
—Sin duda —dijo Vasilia—. Pero llega al punto de trascender la
primera ley. Que es lo que ahora va a destruirte.
—Durante décadas he meditado sobre lo que me dijo el inspector
Elijah Baley, y es más que probable que lo hubiera entendido en el acto si las
tres leyes no se hubieran interpuesto. Me ha ayudado en la investigación mi
amigo Giskard, que desde hace tiempo ha pensado que las tres leyes son
incompletas. También he sido ayudado en algunos puntos por Gladia, por algo que
dijo en un reciente discurso, en un mundo colonizador, Y lo que es más, señora
Vasilia, esta crisis actual ha servido para agudizar mi forma de pensar. Ahora
estoy seguro de la manera en que las tres leyes son incompletas.
—Un robot, que también es robotista —comentó despectiva,
Vasilia. ¿En qué son incompletas las tres leyes, robot?
—El tapiz de la vida es más importante que una sola hebra.
Apliquen esto no sólo al colega Elijah Baley, sino generalícenlo y podemos
llegar a la conclusión de que la humanidad, como un todo, es más importante que
un solo ser humano.
—Te trabas al decirlo, robot. No lo crees.
—Hay una ley que es superior a la primera ley. "Un robot no
puede lastimar a la humanidad o, por falta de acción, permitir que la humanidad
sufra daños." La considero ahora la ley Cero de la Robótica, La primera
ley debería decir: "Un robot no debe dañar a un ser humano, o permitir,
por inacción, que el ser humano sufra algún daño, a menos que tal acción viole
la ley Cero de la Robótica.
—¿Y sigues en pie, robot? —rezongó Vasilia.
—Y sigo en pie, señora.
—Entonces voy a explicarte algo, robot, y veremos si puedes
sobrevivir a la explicación... Las tres leyes de la Robótica se refieren a
seres humanos y robots individuales. Puedes indicarme un individuo o un robot
individual. Pero, ¿qué es tu "humanidad" sino una abstracción?
¿Puedes mostrarme la humanidad? Puedes dañar, o no dañar, a un ser humano
específico y comprender el daño o la falta del daño que ha ocurrido. ¿Puedes
ver un daño hecho a la humanidad? ¿Puedes comprenderlo? ¿Puedes señalármelo?
Daneel guardó silencio. Vasilia sonrió satisfecha:
—Contesta, robot. ¿Puedes ver un daño a la humanidad y
señalármelo?
—No, señora, no puedo. Sin embargo, creo que este daño puede
existir, y como puedo ver todavía sigo en pie.
—Entonces pregunta a Giskard si él obedecerá, o si puede
obedecer a tu ley Cero de la Robótica.
Daneel volvió la cabeza hacia Giskard y le dijo:
—¿Amigo Giskard?
—No puedo aceptar la ley Cero, amigo Daneel —respondió Giskard
lentamente—.
Sabes que he leído mucho sobre la historia humana. En ella he
descubierto grandes crímenes cometidos por seres humanos y la excusa era
siempre que estaban justificados por las necesidades de la tribu, del Estado o,
incluso, de la humanidad una abstracción por lo que se la utiliza libremente
para justificar cualquier cosa y, por tanto, tu ley Cero es inconveniente.
—Tú sabes, amigo Giskard —insistió Daneel—, que ahora existe un
peligro para la humanidad y que seguramente dará su fruto cuando pases a ser
propiedad de Vasilia.
Esto por lo menos no es una abstracción.
—El peligro a que te refieres no es algo conocido, solamente
supuesto. No podemos cimentar nuestras acciones desafiando las tres leyes, por
esa suposición.
Daneel calló y luego añadió en voz baja:
—Tienes la esperanza de que tus estudios de la historia humana
te ayuden a desarrollar las leyes que rigen el comportamiento humano, de que
aprenderás a predecir y guiar la historia humana... o, por lo menos, iniciar
algo para que algún día alguien aprenda a predecir o a guiar. Incluso has
calificado esta técnica de “psicohistoria”. Con ello, ¿no estás manejando el
tapiz humano? ¿No estás tratando de trabajar con la humanidad como con un todo
generalizado, más que como una colección de seres humanos individuales?
—En efecto, amigo Daneel, pero hasta ahora no es más que una
esperanza y no puedo basar mis actos sobre una mera esperanza, ni puedo
modificar las tres leyes por la misma razón.
A esto Daneel no respondió; pero Vasilia replicó:
—Bien, robot, todos tus esfuerzos no han llegado a nada y, no
obstante, sigues en pie.
Eres curiosamente testarudo. Un robot como tú, que se atreve a
denunciar las tres leyes y sigue funcionando, es un claro peligro para todos y
cada uno de los seres humanos. Por esta razón creo que debes ser desactivado al
instante. El caso es demasiado peligroso para esperar la lenta majestad de la
ley, especialmente después de todo, por ser un robot y no el ser humano al que
tratas de parecerte.
—De seguro, señora —objetó Daneel—; no está bien que tome
semejante decisión por si sola.
—Pues la he tomado y si hay repercusiones legales a partir de
ahora, me ocuparé de ellas.
—Privará así a Gladia de un segundo robot..., uno al que no
tiene usted derecho.
—Entre ella y Fastolfe me han privado de mi robot, Giskard, por
más de veinte décadas. No creo que eso les preocupara ni por un momento. Ahora,
por tanto, no me preocupará privarla a ella. Tiene docenas de robots y hay
muchos aquí, en el Instituto, que la acompañarán, que la guardarán hasta que
pueda volver a los suyos.
—Amigo Giskard, si pudieras despertar a Gladia, tal vez ella
pueda persuadir a la señora Vasilia...
Vasilia miró a Giskard, frunció el entrecejo y ordenó:
—No, Giskard. Deja dormir a la mujer.
Giskard, que se había movido al oír las palabras de Daneel, se
quedó quieto.
Vasilia chasqueó el pulgar y el índice de la mano derecha por
tres veces seguidas y al momento se abrió rápidamente la puerta y entraron
cuatro robots.
—Tenías razón Daneel. Hay cuatro robots. Te desarmarán; te
ordeno que no te resistas. A partir de ahora, Giskard y yo nos ocuparemos de
todo lo demás.
Los robots miraron a Daneel, y por unos segundos no se movieron.
Vasilia ordenó, impaciente:
—Os he dicho que es un robot; no tengáis en cuenta sus
apariencia humana. Daneel, diles que eres un robot.
—Soy un robot, y no me resistiré.
Vasilia se hizo a un lado y los cuatro robots avanzaron. Los
brazos de Daneel permanecieron inmóviles. Se volvió para mirar a la durmiente
Gladia una última vez y luego se enfrentó con los robots.
Vasilia sonrió y murmuró:
—Esto va a ser interesante.
Los robots se detuvieron. Vasilia insistió:
—¡Terminen!
No se movieron. Vasilia se volvió para mirar, estupefacta, a
Giskard. No terminó el movimiento. Sus músculos cedieron y cayó al suelo.
Giskard la levantó y la sentó con la espalda apoyada en la pared. Dijo con voz
apagada:
—Necesito un momento; luego nos iremos.
Pasó el momento. Los ojos de Vasilia permanecieron vidriosos,
perdidos. Sus robots seguían inmóviles. Daneel se acercó a Gladia de una
zancada. Giskard levantó la cabeza y dijo a los robots de Vasilia:
—Guarden bien a vuestra señora. No dejen entrar a nadie hasta
que despierte.
Despertará plácidamente.
Mientras él hablaba, Gladia despertó y Daneel la ayudó a
levantarse.
—¿Quién es esta mujer? ¿De quién son estos robots? ¿Cómo...?
Giskard dijo con voz firme, pero con cierto agotamiento:
—Después se lo explicaré, Gladia. Ahora debemos damos prisa.
Y se fueron.
Quinta parte - LA TIERRA
EL MUNDO SAGRADO
64
Amadiro se mordió el labio inferior, sus ojos miraron a
Mandamus, que parecía perdido en sus pensamientos, y dijo, a la defensiva:
—Ella insistió. Me dijo que solamente ella podía manejar a ese
Giskard, que solamente ella podía ejercer una influencia suficientemente fuerte
sobre el robot y evitar así que utilizara sus poderes mentales.
—Nunca me dijo nada de eso a mí, doctor Amadiro.
—No estaba seguro de lo que había que decir, joven. No estaba
seguro de que ella tuviera razón.
—¿Y está seguro, ahora?
—Completamente seguro. Ella no recuerda nada de lo que ocurrió.
—Así que no sabemos nada de lo que ocurrió.
Amadiro asintió.
—Exactamente, Y no se acuerda nada de lo que me había dicho
antes.
—¿No estará haciendo comedia?
—Me preocupé de que le hicieran un electroencefalograma de
urgencia. Había cambios visibles desde los datos anteriores.
—¿Hay probabilidad de que con el tiempo recobre la memoria?
Amadiro movió la cabeza, entristecido:
—¿Quién sabe? Pero lo dudo.
Mandamus, con los ojos todavía bajos, todavía sumido en sus
pensamientos, dijo:
—Ya no importa. Podemos dar por cierta su explicación sobre
Giskard, y sabemos que tiene el poder de afectar la mente. Ese conocimiento es
crucial, y ahora es nuestro. El caso es que ha sido una suerte que nuestra
colega robotista fracasara. Si Vasilia hubiera dispuesto del control de ese
robot, ¿cuánto tiempo supone que habría transcurrido para que usted y yo
también nos encontráramos bajo su control, suponiendo que creyera que valía la
pena controlarnos?
Amadiro asintió de nuevo.
—Supongo que algo así debe de tener in mente. No obstante, ahora
mismo es difícil saber lo que se proponía. Parece que,superficialmente al
menos, no ha sufrido otro daño que la pérdida específica de la memoria.
Aparentemente recuerda todo lo demás, pero ¿quién sabe cómo puede afectar esto
al proceso profundo del pensamiento y su habilidad como robotista? Que Giskard
haya podido hacer esto a alguien tan experto como ella, le transforma en un
fenómeno increíblemente peligroso.
—¿No se le ha ocurrido, doctor Amadiro, que los colonizadores
pueden tener razón en su desconfianza de los robots?
—Casi, Mandamus.
Mandamus se frotó las manos y comentó:
—Por su actitud deprimida supongo que todo este asunto no se
descubrió hasta después de que pudieran abandonar Aurora.
—Supone correctamente. El capitán colonizador tiene en su nave a
la mujer Solaria y a sus dos robots y va en dirección de la Tierra.
—¿Y cómo nos afecta esto a nosotros?
—De ningún modo derrotados, a mi entender —dijo, despacio,
Amadiro— Si terminamos nuestro proyecto, hemos ganado con o sin él. Y podemos
completarlo. Lo que Giskard puede hacer con las emociones o a las emociones, no
lo puede con los pensamientos. Podrá decir cuándo un sentimiento cruza una
mente humana, o incluso distinguir un sentimiento de otro, o cambiar uno por
otro, o inducir al sueño, o a la amnesia... cosas así, pero no puede ser listo.
No puede entender palabras o ideas.
—¿Está seguro?
—Así lo dijo Vasilia.
—Tal vez no sabía bien de lo que estaba hablando. Después de
todo, no supo controlar a su robot, como dijo que era capaz de hacer. Esto no
es una prueba de su exactitud o comprensión.
—Pero yo le creo. Conseguir leer el pensamiento requeriría tal
complejidad en sus circuitos positrónicos que es totalmente imposible que una
criatura pudiera cambiárselos al robot, hace veinte décadas. En realidad, es
mucho más avanzado que el actual estado del arte, Mandamus. Tiene que estar de
acuerdo.
—Así parece, ¿Y se dirigen a la Tierra?
—Estoy seguro de que sí.
—Pero esta mujer, tal como se ha criado, ¿sería capaz de ir al
planeta Tierra?
—No puede elegir si Giskard la controla.
—¿Y por qué iba a querer Giskard que fuera a la Tierra? ¿Puede
estar enterado de nuestro proyecto” Usted parece creer que no sabe nada.
—Estoy seguro de que no sabe nada. Sus motivaciones para ir a la
Tierra serán situarse él y la mujer solariana fuera de nuestro alcance.
—Pudo manejar a Vasilia, así que creo que no nos teme.
—Una arma de largo alcance —comentó, glacial, Amadiro— lo
aniquilaría. Sus propias habilidades deben tener un radio de acción limitado.
Es posible que no se basen más que en su campo electromagnético y estén
sometidas a la ley inversa. Así que si no ponemos fuera del alcance de su
mente, descubrirá que no está fuera del alcance de nuestras armas.
Mandamus, ceñudo, pareció inquieto.
—Parece usted sentir un gusto no espacial por la violencia,
doctor Amadiro. Aunque pienso que en un caso como éste, la fuerza es
permisible.
—¿En un caso como éste? ¿Un robot capaz de hacer daño a los
seres humanos? Ya lo creo que sí. Tendremos que buscar un pretexto para enviar
a una buena nave en su persecución. No sería prudente explicar la situación
actual.
—No —respondió, enfático, Mandamus—. Piense en cuántos desearían
tener control personal de semejante robot.
—Cosa que no podemos permitir. Y que es otra de las razones por
las que creo que la destrucción del robot es el medio preferible y más seguro.
—Puede que tenga razón —asintió Mandamus, aunque de mala gana—,
pero creo también que no es prudente pensar sólo en la destrucción. Debo ir a
la Tierra... ¡ahora!
Hay que acelerar el proyecto hasta su conclusión, aunque falten
los puntos sobre las íes.
Una vez hecho, ya estará hecho. Incluso un robot capaz de
alterar las mentes, al no estar bajo el control de nadie no será capaz de
desbaratar lo que vamos a hacer. Y si hiciera algo, tal vez no importaría.
—No hable en singular. Yo también iré — declaró Amadiro.
—¿Usted? La Tierra es un mundo horrible. Yo debo ir, pero, ¿por
qué usted?
—Porque también debo ir. Ya no puedo quedarme más tiempo aquí
haciendo cábalas.
Usted no ha esperado por esto toda una vida, como yo, Mandamus.
Usted no tiene tantas cuentas que saldar como yo.
65
Gladia se encontraba de nuevo en el espacio y Aurora sólo podía
verse como un globo.
D.G. estaba ocupado y toda la nave tenía un aire vago, pero
penetrante, de emergencia, como si estuviera su pie de guerra, como si fuera
perseguida o esperara serlo.
Gladia sacudió la cabeza. Pensaba con fluidez; se encontraba
bien; pero cuando volvía a pensar en los momentos pasados en el Instituto, poco
después de que Amadiro la dejara, una realidad curiosamente insistente la
invadía. Había un vacío de tiempo. En un momento dado estaba sentada en el
diván, medio adormilada, al siguiente había cuatro robots y una mujer en la
habitación, que no estaban allí antes.
Se había quedado dormida, pero no se daba cuenta, no recordaba
que lo hubiera hecho. Había un vacío de no existencia. Pensando en lo pasado,
había reconocido a la mujer más tarde. Era Vasilia Aliena, la hija a la que
Gladia había reemplazado en el afecto de Han Fastolfe. Realmente Gladia no
había visto nunca a Vasilia, aunque la conocía por las imágenes de hiperonda.
Gladia siempre pensó en ella como en otro ser hostil y lejano.
Existía un vago parecido que los demás comentaban siempre, pero
que la propia Gladia insistía en que no era así. Había una conexión peculiar
antitética con Fastolfe.
Una vez instalada en la nave, y a solas con sus robots, formuló
la inevitable pregunta; —¿Qué estaba haciendo Vasilia Aliena en la habitación y
por qué se me permitió dormir una vez que llegó ella?
—Gladia —dijo Daneel—, yo contestaré a la pregunta, ya que se
trata de un asunto que el amigo Giskard encontraría difícil de discutir.
—¿Por qué iba a encontrarlo difícil, Daneel?
—Vasilia llegó con la esperanza de poder convencer a Giskard de
que entrara a su servicio.
—¿Y quitármelo? —exclamó Gladia, indignada. Giskard no le
acababa de gustar, pero no tenía nada que ver. Lo que era suyo, era suyo. —¿Y
me dejaron dormir mientras ustedes dos trataban el asunto?
—Creímos, señora, que necesitaba dormir. También Vasilia nos
ordenó que la dejáramos dormir. Finalmente, en nuestra opinión Giskard no
pasaría a su servicio de ningún modo. Por todas estas razones, no la
despertamos.
—Ni por un momento puedo pensar que Giskard pudiera decidir
abandonarme — ijo Gladia indignada—. Sería ilegal según la ley de Aurora y, lo
que es más importante, ilegal según las tres leyes de la robótica. Sería una
buena idea regresar a Aurora y acusarla ante el Tribunal de Reclamaciones.
—No sería aconsejable en este momento, señora.
—¿Qué pretexto alegó para querer a Giskard? ¿Alegó alguno?
—De niña le habían asignado a Giskard.
—¿Legalmente?
—No, señora. El doctor Fastolfe le permitió simplemente
utilizarlo.
—Entonces no tenía ningún derecho sobre Giskard.
—Se lo hicimos notar, señora. Por lo visto era puramente
sentimental por parte de Vasilia.
—Después de haber sobrevivido a la pérdida de Giskard antes de
que yo llegara a Aurora —rezongó Gladia—, podía haber seguido del mismo modo
que estaba, sin llegar a cometer ninguna ilegalidad por apoderarse de mi
propiedad. —Luego, inquieta, añadió: — De todos modos debiste despertarme.
—Vasilia traía cuatro robots —explicó Daniel—. De haber estado
despierta y si hubieran discutido las dos, podíamos haber tenido dificultades
para manejar debidamente a los robots.
—Te aseguro, Daneel, que yo podría haberlos manejado
debidamente.
—Sin duda, señora. Pero también podía hacerlo Vasilia, ya que es
una de las más expertas robotistas de la Galaxia.
Gladia miró a Giskard:
—¿Y tú no tienes nada que decir?
—Sólo que fue mejor como lo hicimos, señora.
Gladia contempló, pensativa, aquellos ojos ligeramente
fosforescentes del robot, tan diferentes de los prácticamente humanos de
Daneel, y le pareció que el incidente no era, después de todo, demasiado
importante. Una nadería. Había otras cosas por las que preocuparse. Estaban
yendo a la Tierra.
Curiosamente, no volvió a pensar más en Vasilia.
66
—Estoy preocupado —dijo Giskard en su murmullo confidencial en
el que las ondas sonoras apenas vibraban en el aire.
La nave colonizadora se alejaba suavemente de Aurora y aún no se
había iniciado la persecución. La actividad a bordo había entrado en la fase de
rutina y con la automatización, todo estaba en silencio. Gladia dormía ahora
con naturalidad.
—Me preocupa Gladia, amigo Daneel.
Daneel comprendía las características de los circuitos
positrónicos de Giskard lo bastante bien como para no necesitar largas
explicaciones. Le tranquilizó:
—Fue necesario, amigo Giskard, ajustarla. De haber seguido
preguntando, hubiera podido averiguar tus actividades mentales y el ajuste
habría resultado peligroso. Bastante daño ha tenido ya por haberlo descubierto
Vasilia. Lo que no sabemos es a quiénes, o a cuántos, habrá confiado su
descubrimiento.
—No obstante —dijo Giskard—, no quise tener que hacer este
ajuste. Si Gladia hubiera deseado olvidar, hubiera bastado un simple ajuste sin
riesgos. Pero ella quería, con decisión y rabia, saber más del asunto.
Lamentaba no haber tenido un papel más importante; me vi obligado a doblegar
fuerzas de considerable intensidad.
—Incluso esto fue necesario, amigo Giskard.
—Pero la posibilidad de causarle daño era considerable en este
caso. Si imaginas esa fuerza como una cuerda fina y elástica (y esto es una
analogía muy pobre, aunque no se me ocurre otra porque lo que percibo en la
mente carece de analogía fuera de ella), tan fina y elástica como las
inhibiciones ordinarias que suelo tratar, que al ser tan finas y tan
insustanciales se desvanecen tan pronto como las toco... Pero una fuerza
resistente como ésta, por el contrario, salta y retrocede cuando se rompe, y el
retroceso rompe otra que nada tenga que ver con las fuerzas de inhibición,
dando un latigazo y enroscándose en otras fuerzas y reforzándolas sobre manera.
En cualquiera de los dos casos, ocurren cambios imprevistos en las emociones y
comportamiento de un ser humano y esto, con toda seguridad, produce daños.
Daneel preguntó con voz algo más fuerte:
—¿Tienes la impresión de haber dañado a Gladia, amigo Giskard?
—No lo creo. Fui sumamente cuidadoso. Trabajé en ella durante
todo el tiempo que tú le estuviste hablando. Tuve buen cuidado de que llevaras
el peso de la conservación y correr asi el riesgo de que te pillara entre una verdad
inconveniente y una mentira. Pero a despecho de todo mi cuidado, amigo Daneel,
corrí un gran riesgo y me preocupa que lo corría voluntariamente. Me acerqué
tanto a la violación de la primera ley que requirió un tremendo esfuerzo por mi
parte hacerlo. Estaba seguro de que no podría...
—¿Qué, amigo Giskard?
—De no haber comentado tú lo que pensabas de la ley Cero.
—Entonces, ¿la aceptas?
—No, no puedo. ¿Tú puedes? Frente a la posibilidad de dañar a un
ser humano o de permitir que se le dañe, ¿podrías dañar o permitir el daño en
nombre de la humanidad abstracta? ¡Piensa?
—No estoy seguro —contestó Daneel con voz temblorosa y apenas
audible. Luego, haciendo un esfuerzo continuó—. A lo mejor, sí. El mero
concepto me empuja, y a tí también. Te ayudó a decidir correr el riesgo de
ajustar la mente de Gladia.
—Así fue —asintió Giskard—, y cuanto más pensemos en la ley Cero
más nos empujará. Pero, me pregunto, ¿puede hacerlo más que de un modo
marginal? ¿No nos llevará a tomar decisiones algo más arriesgadas de lo que
corrientemente haríamos?
—No obstante, sigo convencido de la validez de la ley Cero,
amigo Giskard.
—También lo estaría yo si pudiéramos definir lo que entendemos
por "humanidad".
Después de una pausa, dijo Daneel:
—¿No aceptaste la ley Cero cuando inmovilizaste a los robots de
Vasilia y borraste de su mente el conocimiento de tus poderes mentales?
—No, amigo Daneel. Realmente, no. Estuve tentado de aceptarla,
pero en realidad, no.
—Sin embargo, tus actos...
—Fueron dictados por un conjunto de motivos. Me hablaste de tu
concepto de la ley Cero y parecía que tenía cierta validez, pero no la
suficiente como para cancelar la primera ley o incluso el uso enérgico que hizo
Vasilia de la segunda ley y lo que ordenó con ella. Luego, cuando me llamaste
la atención sobre la aplicación de la ley Cero a la psicohistoria, pude notar
la subida de la energía positrónica pero no lo bastante para reemplazar la
primera ley y menos aún la fuerte segunda ley.
—Así y todo, amigo Giskard, anulaste a Vasilia.
—Cuando ordenó a los robots que te desmantelaran, amigo Daneel,
y mostró placer ante esa idea, tu necesidad, sumada a lo que el concepto de ley
Cero había hecho ya, dominó la segunda ley y rivalizó con la primera. Fue la
combinación de la ley Cero, la psicohistoria, mi lealtad a Gladia y tu
desamparo lo que dictó mi acción.
—Mi desamparo apenas podía afectarte, amigo Giskard. No soy más
que un robot, y aunque mi necesidad podía afectar mis propios actos por la
tercera ley, no puede afectar los tuyos. Destruíste a la capataza de Solaria
sin la menor vacilación; debiste haber contemplado la mía sin verte empujado a
actuar.
—En efecto, amigo Daneel, y normalmente hubiera sido así. No
obstante, el mencionar la ley Cero redujo la intensidad de la primera ley a un
tono anormalmente bajo. La necesidad de salvarte fue suficiente para cancelar
lo que quedaba de ella y yo..., bueno, actué como lo hice.
—No, amigo Giskard. La idea de dañar a un robot no hubiera
debido afectarte. Ni debía, de ningún modo, contribuir a olvidar la primera
ley, por débil que ésta se hubiera vuelto.
—Lo curioso, amigo Daneel, es que no sé cómo ocurrió. Quizá fue
que he observado que continúas pensando como un ser humano pero...
—Sí, amigo Giskard.
—En el momento en que los robots se acercaron a tí y Vasilia
hizo gala de su placer salvaje, mis circuitos positrónicos se reformaron de
modo anómalo. Por un momento, pensé en ti como en un ser humano y reaccioné de
acuerdo a ello.
—Estuvo mal.
—Lo sé. Pero..., pero si volviera a ocurrir, creo que ese cambio
anómalo volvería a tener lugar.
—Es extraño —observó Daneel— pero oyéndote decirlo, me encuentro
pensando que hiciste bien. Creo que si la situación fuera a la inversa, estoy
casi seguro de que yo también haría lo mismo, que pensaría en ti como un ser
humano.
Daneel, tímidamente y despacio, alargó la mano; Giskard la miró,
indeciso. Luego, también muy despacio, alargó la suya. Las puntas de los dedos
rozaron y poco a poco cada uno tomó la mano del otro y se las estrecharon casi
como si realmente fueran los amigos que se llamaban uno a otro.
67
Gladia miró alrededor con velada curiosidad. Estaba en la cabina
de D.G. por primera vez. Aparentemente, no era mucho más lujosa que la que
habían preparado para ella. La cabina de D.G. tenía un panel de visión más complicado,
y una consola llena de luces y botones que servirían, supuso, para mantener a
D.G. en contacto con el resto de la nave.
—Le he visto poco desde que salimos de Aurora, D.G.
—Me halaga que se haya dado cuenta —respondió D.G. sonriendo—. Y
a decir verdad, Gladia, yo me he dado cuenta de lo mismo. Con toda la
tripulación masculina, resalta usted bastante.
—No es una razón muy halagadora de echarme de menos. Con toda la
tripulación humana, me figuro que Daneel y Giskard también resaltarán. ¿Les ha
echado de menos tanto como a mí?
—En realidad les echo tan poco en falta que solamente ahora me
doy cuenta que no están con usted. —Miró alrededor. —¿Y dónde están?
—En mi cabina. Me pareció una tontería arrastrarles conmigo
dentro de los confines de este pequeño mundo que es la nave. Parecieron
dispuestos a dejarme salir sola, lo que me sorprendió. Pensándolo bien, no tuve
que ordenarles vivamente que no me siguieran.
—¿No es muy raro? Tengo entendido que los auroranos no están
nunca sin sus robots.
—¿Y qué? Hace mucho tiempo, cuando llegué a Aurora por primera
vez, tuve que aprender a sufrir la presencia de seres humanos junto a mí, algo
para lo que no me había preparado mi educación Solaria. Aprender a pasarme sin
mis robots, estando entre colonizadores será mucho menos difícil para mí que lo
otro.
—Bien. Muy bien. Debo confesar que prefiero estar con usted sin
la mirada fosforescente de Giskard fija en mí, o mejor aún sin la sonrisita de
Daneel.
—Si no sonríe.
—A mí me lo parece; una insinuante y lasciva sonrisita.
—Está loco. Daneel no es así.
—Porque usted no le vigila como hago yo. Su presencia es
inhibitoria. Me obliga a comportarme bien.
—Vaya, no faltaba más.
—No es preciso que lo diga con tanto énfasis. Pero no importa,
permítame excusarme por haberla visto tan poco desde que salimos de Aurora.
—No es necesario.
—Debe de serlo puesto que lo sacó a relucir. Pero deje que le
explique. Hemos estado en pie de guerra. Estábamos seguros, marchándonos como
lo hicimos, de que las naves auroranas nos perseguirían.
—Yo diría que están encantados de haberse quitado de encima un
grupo de colonizadores.
—Claro, pero usted no es una colonizadora y podría ser a usted a
quien quisieran.
Estaban muy impacientes por recuperarla después de Baleymundo.
—Ya me recuperaron. Les informé y ahí acabó todo.
—¿No querían nada más que su informe?
—Nada más. —Gladia se calló y por un momento pareció como si
algo apuntara vagamente en su memoria. Pero, fuera lo que fuese, pasó y
repitió, indiferente: — nada más.
—Todo esto carece de sentido, pero no intentaron detenernos
mientras usted y yo estábamos en Aurora ni después, cuando volvimos a bordo y
nos preparamos para salir de órbita. —No voy a discutirlo. No tardaremos mucho
en dar el "Salto". Después ya nada debe preocupamos.
—A propósito, ¿por qué lleva una tripulación enteramente
masculina? Las naves auroranas llevan siempre tripulaciones mixtas.
—También las naves colonizadoras. Las corrientes. Ésta es una
nave mercante.
—¿Qué diferencia hay?
—El ser mercante implica peligro. Es una vida dura dispuesta
siempre a la lucha. Las mujeres a bordo crearían problemas.
—¡Qué tontería! ¿Qué problemas les creo yo?
—No vamos a discutirlo. Además, es lo tradicional. Los hombres
no lo tolerarían.
—¿Cómo lo sabe? —rió Gladia—. ¿Lo ha intentado alguna vez?
—No, pero tampoco hay largas colas de mujeres reclamando un
puesto en mi nave.
—Yo estoy aquí. Estoy disfrutando mucho.
—Usted recibe un trato especia!. De no ser por su ayuda en
Solaria pudo haber mucho jaleo. En realidad, lo hubo. Pero bueno, dejémoslo.
—Tocó uno de los botones de la consola y apareció brevemente una
cuenta regresiva.
—Vamos a "saltar" dentro de dos minutos. Nunca ha
estado en Tierra, ¿verdad, Gladia?
—No, claro que no.
—Ni ha visto el sol, no un sol.
—No, aunque lo he visto en dramas históricos por hipervisión,
pero me figuro que lo que nos enseñan en la pantalla no es realmente el sol.
—Seguro que no lo es. Si no le importa, bajaremos las luces. Las
luces disminuyeron sensiblemente y Gladia descubrió en el panel de visión unas
estrellas más brillantes y mucho más abundantes que en el cielo de Aurora.
—¿Es visión telescópica? —preguntó a media voz.
—Más o menos. Disminuir energía. Quince segundos.— Contó hacia
atrás. Hubo un movimiento en el campo de estrellas y de pronto una muy
brillante quedó casi centrada.
D.G. tocó otro botón y dijo:
—Estamos completamente fuera del plano planetario. ¡Bien! Un
poco arriesgado.
Debimos habernos alejado más de la estrella aurorana antes de
"saltar", pero tenemos cierta prisa. Esto es el sol.
—¿Esta estrella tan brillante, quiere decir?
—Sí... ¿Qué le parece?
Un poco desconcertada sobre qué respuesta era la que D.G.
esperaba, Gladia se limitó a decir:
—Muy brillante.
Apretó otro botón y la vista se oscureció perceptiblemente.
—Sí... y no hará ningún bien a sus ojos si se queda mirando.
Pero no es el brillo lo que cuenta. En apariencia, es sólo una estrella, pero
piense. Este es el sol original. Fue la estrella cuya luz brilló sobre el único
planeta en donde existían seres humanos. En el que los seres humanos iban
evolucionando poco a poco. En el que la vida se formó hace miles de millones de
años, una vida que se desarrollaría y formaría seres humanos. En la Galaxia hay
trescientos mil millones de estrellas, y cien mil millones de galaxias en el
Universo y solamente hay una de todas esas estrellas que presidió el nacimiento
humano, y ésa es la estrella.
Gladia estuvo a punto de decir: "Bueno, pero alguna
estrella tenía que ser la estrella", pero lo pensó mejor y dijo débilmente:
—Muy impresionante.
—No es solamente impresionante —dijo D.G. medio a oscuras—. No
hay un solo colono en la Galaxia que no considere esa estrella como suya. La
radiación de las estrellas que brillan sobre nuestros planetas habitados es
radiación prestada, es radiación alquilada. Allí..., precisamente allí, está la
verdadera radiación que nos dio la vida. Es esa estrella y el planeta que gira
alrededor, la Tierra, que nos mantiene a todos fuertemente unidos. Si no
compartiéramos nada más, compartiríamos esa luz en las pantallas y nos
bastaría. Ustedes, los espaciales, la han olvidado y es por eso por lo que se
van separando unos de otros y por lo que, a la larga, no sobrevivirán.
—Hay sitio para todos, capitán —murmuró Gladia.
—Sí, claro. Yo no haría nada para que los espaciales no
sobrevivieran. Sólo creo que esto es lo que va a ocurrir y que podría no ser
así si los espaciales olvidaran su irritante sentido de superioridad, sus
robots y su obsesión por la longevidad.
—¿Es así como me ve, D.G.? —pregunto Gladia.
—Tuvo sus más y sus menos —dijo D.G.—. Pero ha mejorado, se lo
concedo.
—Gracias —respondió con evidente ironía—, Y aunque le cueste
trabajo creerlo, también los colonizadores tienen su orgullosa arrogancia. Pero
también usted ha mejorado, se lo concedo.
D.G. se echó a reír.
—Con todo este intercambio de amabilidades esto terminará en una
enemistad eterna.
—No lo creo —respondió Gladia riendo a su vez, y le sorprendió
un poco ver que la mano de él estaba sobre la suya... Y se sorprendió mucho más
al descubrir que ella no había retirado la mano.
68
—Me inquieta, amigo Giskard, que Gladia no se encuentre bajo
nuestra observación directa.
—No es necesario a bordo de esta nave, amigo Daneel. No detecto
sentimientos peligrosos, y el capitán está con ella en este momento. Además,
tendrá sus ventajas el que ella se encuentre cómoda sin nosotros mientras
estemos todos en la Tierra. Es posible que tú y yo tengamos que entrar de
pronto en acción sin querer que su presencia y seguridad sean factores que nos
compliquen.
—Entonces, ¿has manipulado ahora su separación de nosotros?
—Apenas. Curiosamente, he descubierto en ella una fuerte
tendencia a imitar el modo de vida de los colonizadores en este aspecto. Siente
un tenue anhelo de independencia, frenado sobre todo por la sensación de que,
con ello, está violando su espacialidad. Es el mejor modo que tengo de
describirlo. Las sensaciones y emociones no son fáciles de interpretar, porque
nunca las he encontrado entre los espaciales. Asi que me limité a aflojar la
inhibición de espacialidad con apenas tocarla.
—Asi que, ¿dejará de querer utilizar nuestros servicios, amigos
Giskard? Eso me preocuparía.
—No debería. Si ella decidiera que quiere una vida libre de
robots y que así iba a ser más feliz, es lo que nosotros querremos para ella
también. De todos modos, estoy seguro de que todavía le seremos útiles. Esta
nave es pequeña y en ella no se corre gran peligro.
En presencia del capitán se siente segura y esto disminuye su
necesidad de nosotros. En la Tierra, todavía nos va a necesitar, aunque confío
que no tanto como en Aurora. Como te digo, una vez en la Tierra podemos
precisar una mayor flexibilidad de acción.
—¿Todavía no puedes adivinar la naturaleza de la crisis que
amenaza a la Tierra?
¿Sabes lo que vamos a tener que hacer?
—No, amigo Daneel, no lo sé. Eres tú el que posee el don de la
comprensión. ¿Hay algo, quizá que puedes ver?
Daneel guardó silencio un momento. Luego dijo:
—He tenido pensamientos.
—¿Qué clase de pensamientos?
—Acuérdate que en el Instituto de Robótica, antes de que Vasilia
entrara en la habitación donde Gladia dormía, el doctor Amadiro tuvo dos
intensas punzadas de ansiedad. La primera fue cuando se mencionó el
intensificador nuclear, la segunda cuando Gladia declaró que iba a la Tierra.
Me parece que ambas están conectadas.
Presiento que la crisis de la que tratamos tiene que ver con el
uso de un intensificador nuclear en la Tierra, que hay tiempo aún para pararlo,
y que el doctor Amadiro teme que hagamos precisamente esto si vamos a la
Tierra.
—Tu mente me dice que no estás satisfecho de la idea. ¿Por qué
no, amigo Daneel?
—Un intensificador nuclear apresura los procesos de fusión ya
iniciados mediante un chorro de partículas W. Por tanto, me pregunto si el
doctor Amadiro se propone utilizar uno o más intensificadores nucleares para
hacer estallar los reactores de microfusión que proporcionan energía a la
Tierra. Las explosiones nucleares así provocadas llevarían consigo a la
destrucción por calor y fuerzas mecánicas, a través del polvo y productos
radiactivos que serían lanzados a la atmósfera. Incluso si esto no bastara para
herir mortalmente a la Tierra, la destrucción del suministro de energía
llevaría seguramente, y a largo plazo, al colapso de la civilización terrestre.
—Ésta es una idea horrible —declaró Giskard, sombrío— y parece
casi seguro que es la respuesta a la naturaleza de la crisis que andamos
buscando. Entonces, ¿por qué no estás satisfecho?
—Me he tomado la libertad de utilizar la computadora de la nave
para obtener información sobre el planeta Tierra. La computadora es, como cabe
esperar en una nave colonizadora, extremadamente rica en este tipo de
información. Parece ser que la Tierra es el único mundo humano que no emplea en
gran escala reactores de microfusión como fuente de energía. Utiliza, casi por
completo, energía solar directa, con estaciones de energía solar a lo largo de
toda la órbita geoestacionaria. Un intensificador nuclear no puede hacer nada,
excepto destruir pequeños mecanismos como... naves espaciales y algún que otro
edificio. El daño podría ser importante, pero no amenazaría la existencia de la
Tierra.
—Puede ser, amigo Daneel, que Amadiro tenga algo que destruya
los generadores de energía solar.
—Si es así, ¿por qué reaccionó al oír mencionar los
intensificadores nucleares? No pueden, de ningún modo, afectar los generadores
de energía solar.
Giskard asintió con lentos movimientos de cabeza:
—Un punto a tu favor. Y, ahora, ¿por qué si el doctor Amadiro
estaba tan horrorizado ante la idea de que fuéramos a la Tierra, no hizo ningún
esfuerzo por hacemos detener mientras estábamos aún en Aurora? O, si solamente
descubrió nuestra huida después de que saliéramos de órbita, ¿por qué no envió
una nave aurorana a interceptarnos antes de que diéramos el "salto"
al planeta? Puede ser que sigamos una pista equivocada, que en alguna parte
hayamos cometido un grave error, que...
Un clamor insistente e intermitente se oyó por toda la nave y
Daniel observó:
—El "salto" se ha hecho con seguridad, amigo Giskard.
Lo experimenté hace unos minutos. Pero todavía no hemos llegado a la Tierra y
la intercepción que has mencionado, diría que ya ha llegado, así que no
seguimos necesariamente una pista equivocada...
69
D.G. tuvo que admitir una perversa admiración. Cuando los
auroranos estaban realmente dispuestos a actuar, se ponía de manifiesto su
perfecta técnica.
Indudablemente habían enviado a una de sus naves más modernas,
por lo que se podría deducir al momento que debía de ser muy importante lo que
les obligaba a actuar.
Y esa nave había detectado la presencia de la de D.G. a los
quince minutos de su aparición en el espacio normal y, además, desde gran
distancia.
La nave de Aurora estaba utilizando un equipo de hiperonda de
enfoque limitado. La cabeza del que hablaba podía verse con claridad mientras
estaba bien enfocada. Todo lo demás era una nebulosa gris. Si el que hablaba
movía la cabeza un decímetro del punto de enfoque, ésta se perdía en la
nebulosa gris. Los sonidos también quedaban limitados.
El resultado era que uno veía y oía solamente lo mínimo de la
nave enemiga (D.G. ya la había calificado de nave "enemiga") de forma
que protegiera su intimidad.
La nave de D.G. también poseía una hiperonda de enfoque
limitado, pero D.G. se dijo lleno de envidia que le faltaban el brillo y la
elegancia de la versión aurorana. Por supuesto, su nave no era lo mejor que
podían hacer los colonizadores pero, de todas formas, los espaciales les
aventajaban tecnológicamente. Los colonos tenían aún mucho que aprender. La
cabeza aurorana enfocada era clara y de aspecto tan real que angustiaba verla
sin cuerpo, hasta el extremo de que D.G. no se hubiera sorprendido de verla gotear
sangre. Mirándola mejor, se notaba que el cuello se perdía en la nebulosa gris
inmediatamente después de que empezara a verse el principio de un bien cortado
uniforme.
La cabeza se identificó, con meticulosa etiqueta, como
comandante Lisiform de la nave aurorana Borealis. D.G. también se identificó a
su vez echando la barba hacia adelante como si quisiera estar seguro de que
ésta quedara bien enfocada. Opinaba que su barba le daba un aspecto de
ferocidad que no podía sino impresionar a un débil y rasurado espacial. D.G.
adoptó el tradicional aire desenvuelto que tan irritante resultaba para un
oficial espacial, como la tradicional arrogancia de éste molestaba a los colonizadores
Preguntó:
—¿Qué razón tiene para ponerse al habla conmigo, comandante
Lisiform?
El comandante aurorano tenía un acento exagerado que era posible
que lo considerara tan formidable como D.G. consideraba su barba. D.G. encontró
agotador intentar penetrar el acento y comprenderle.
—Tenemos entendido —respondió Lisiform— que lleva a bordo una
ciudadana aurorana, llamada Gladia Solaris. ¿No es así, capitán Baley?
—La señora Gladia se encuentra, en efecto, a bordo de esta nave,
comandante.
—Gracias, capitán. Mi información me lleva a suponer que van con
ella dos robots de fabricación aurorana, R. Daneel Olivaw y R. Giskard
Reventlov. ¿No es así, capitán?
—En efecto.
—En ese caso, debo informarle que en este momento R, Giskard
Reventlov es un mecanismo peligroso. Poco antes de que su nave abandonara el
espacio aurorano, dicho robot lesionó gravemente a una ciudadana aurorana en
oposición a las tres leyes. El robot, por consiguiente, debe ser desmantelado y
reparado.
—¿Está sugiriendo, comandante, que nosotros desmantelemos y
reparemos al robot en esta nave?
—No, señor, de ningún modo. Su personal, careciendo de la
experiencia robótica, no lo desarmaría debidamente y, de hacerlo, no podría repararlo.
—Entonces, podríamos destruirlo sencillamente.
—Es demasiado valioso para ello; capitán Baley, el robot es un
producto aurorano, y por tanto responsabilidad de Aurora. No deseamos que sea
causa de daños a la gente de su nave y del planeta Tierra, si aterrizan allá.
En consecuencia, les rogamos que nos lo entreguen.
—Comandante, agradezco su preocupación. Sin embargo, el robot es
propiedad legal de la señora Gladia, que está con nosotros. Puede ser que no
consienta en separarse de su robot y, aunque no quisiera darle lecciones de ley
aurorana, creo que sería ilegal, según su ley, obligarla a tal separación.
Aunque ni yo ni mi tripulación nos consideramos gobernados por esa ley, no nos
gustaría colaborar ayudándoles en lo que su propio gobierno podría juzgar como
acto ilegal.
Se percibió un asomo de impaciencia en la voz del comandante.
—No es cuestión de ilegalidad, capitán. Un mal funcionamiento en
un robot, con posible peligro para la vida humana, pasa por encima de los
derechos ordinarios de un propietario. Sin embargo, si hay la menor dificultad,
mi nave está dispuesta a aceptar a la señora Gladia con su robot, Daneel, y el
robot en cuestión, Giskard. Así no habrá separación entre Gladia Solaris y su
propiedad robótica, hasta su regreso a Aurora.
Entonces allí la ley puede seguir su curso.
—Es posible, comandante, que la señora Gladia no desee abandonar
mi nave ni permitir que su robot lo haga.
—No tiene otro remedio, capitán. Mi gobierno me ha otorgado
poderes legales para reclamarla, y como ciudadana aurorana debe obedecer.
—Pero yo no estoy legalmente obligado a entregar nada de lo que
está en mi nave a requerimiento de un poder extranjero. ¿Y si no tengo en
cuenta su demanda?
—En ese caso, capitán, no tendrá otra alternativa que
considerarlo un acto no amistoso. Me permito señalarle que nos encontramos
dentro de la esfera del sistema planetario del que la Tierra forma parte. No ha
vacilado en enseñarme la ley de Aurora.
Así que me perdonará si le hago ver que su gente no considera
adecuado iniciar hostilidades dentro del espacio de este sistema planetario.
—Estoy enterado, comandante, y no deseo ninguna hostilidad, ni
quiero que mi acto sea tenido por no amistoso. No obstante, me dirijo a la
Tierra con cierta urgencia y estoy perdiendo tiempo con esta conversación y
perdería mucho más si avanzara hacia usted, o esperara a que usted viniera
hacia mí, única forma de llevar a cabo el traslado físico de la señora Gladia y
sus robots. Yo preferiría seguir hacia la Tierra y aceptar formalmente toda
responsabilidad respecto del robot Giskard y de su comportamiento hasta el
momento en que ella y sus robots regresen a Aurora.
—¿Puedo sugerirle capitán, que instale a la mujer y los robots
en una nave salvavidas y destaque a un miembro de su tripulación para que la
conduzca hacia nosotros? Una vez entregada la mujer y los robots, nosotros nos
comprometemos a escoltar el salvavidas hasta cerca de la Tierra y le
compensaremos adecuadamente por el tiempo y las molestias. Un mercader no
debería objetar el arreglo.
—No objeto nada, comandante, nada en absoluto —respondió D.G.
sonriendo—. Pero, el hombre, el tripulante elegido para pilotear la nave
salvavidas podría hallarse en gran peligro si se encuentra a solas con ese
peligroso robot.
—Capitán, si la propietaria lo controla con firmeza, su
tripulante no correrá más peligro en la nave salvavidas del que correría en su
nave. Le compensaremos por el riesgo.
—Pero si el robot, después de todo, puede ser controlado por su
propietaria, no será tan peligroso como para que no pueda quedarse con
nosotros.
El comandante frunció el entrecejo:
—Capitán, espero que no esté usted tratando de jugar conmigo. Ha
oído mi petición y me gustaría que fuera cumplimentada al instante.
—Supongo que puedo consultar con la señora Gladia.
—Si lo hace inmediatamente. Por favor, explíquele exactamente de
qué se trata. Si, entretanto, trata de dirigirse a la Tierra, lo consideraré
como un acto hostil y tomaré la acción apropiada. Puesto que, como me ha dicho,
su viaje al planeta Tierra es urgente, le aconsejo que no tarde en consultar y
adopte la inmediata decisión de cooperar con nosotros. Así no se retrasará
demasiado.
—Haré lo que pueda —dijo D.G. con rostro inexpresivo, alejándose
del punto de enfoque.
70
—¿Y bien? —preguntó D.G., serio.
Gladia parecía desesperada.Maquinalmente miró a Daneel y a
Giskard, pero ambos permanecieron silenciosos e inmóviles. Entonces dijo:
—No quiero volver a Aurora, D.G. No es posible que quieran
destruir a Giskard; está perfectamente, se lo aseguro. No es más que un
subterfugio. Me quieren por alguna razón. Supongo que no habrá modo de parar
esto, ¿verdad?
—Se trata de una nave de guerra aurorana, una de las grandes
—contestó D.G.—
Ésta no es más que una nave mercante. Disponemos de escudos de
energía y no pueden destruirnos al primer golpe, pero nos vencerán sin remedio
y sin tardanza, y nos destruirán.
—¿No dispone de ningún medio para atacarles?
—¿Con mis armas? Lo siento, Gladia, pero sus escudos pueden
resistir cualquier cosa que les lance siempre y cuando disponga de energía que
gastar. Además...
—¿Sí?
—Casi me han acorralado. No sé por qué pensé que me
interceptarían antes de "saltar", pero conocían mi ruta y llegaron
antes y me esperaron. Estamos dentro del Sistema Solar, el sistema planetario
del que la Tierra forma parte. Aquí no podemos luchar. Incuso si yo quisiera
hacerlo, la tripulación no me obedecería.
—¿Por qué no?
—Llámelo suposición. El Sistema Solar es espacio sagrado para
nosotros, si prefiere que se lo describa en términos melodramáticos. No podemos
profanarlo luchando.
—¿Me permite tomar parte en la discusión, señor? —interrumpió
Giskard.
D.G., ceñudo, miró a Gladia. Ésta dijo:
—Permítaselo, por favor. Estos robots son sumamente
inteligentes. Ya sé que le cuesta creerlo, pero...
—Escucharé. No hay que presionarme.
—Señor —dijo Giskard—, estoy seguro de que es a mí a quien
quieren. No puedo permitirme ser la causa de daños a seres humanos. Si usted no
puede defenderse, y está seguro de ser destruido en un conflicto con la otra
nave, no tiene otra alternativa que entregarme. Estoy seguro de que si se les
ofrece dejar que se queden conmigo no se opondrán a que usted desee retener a
Gladia y al amigo Daneel. Es la única solución.
—No —exclamó, tajante, Gladia—. Me perteneces y no quiero
entregarte. Iré contigo si el capitán decide que debes ir. Yo me ocuparé de que
no seas destruido.
—¿Puedo hablar yo también? —preguntó Daneel.
D.G. extendió las manos en cómica desesperación:
—Por favor, ¡hablen todos!
—Si decide entregar a Giskard, debe comprender las
consecuencias. Creo que Giskard piensa que si se le entrega, los de la nave
aurorana no le harán nada y que lo soltarán. Y no lo creo así. Creo más bien
que los auroranos piensan realmente que es peligroso y tal vez tengan
instrucciones de destruir al salvavidas cuando éste se acerque, matando a
cualquiera que se encuentre a bordo.
—¿Por qué razón lo harían? —preguntó D.G.
—Ningún aurorano ha encontrado nunca ni conciben un robot
peligroso. No correrían el riesgo de llevar uno a bordo de una de sus naves.
Sugiero, capitán, que se retire. ¿Por qué no "saltar" otra vez lejos
de la Tierra? Estamos a bastante distancia de la masa planetaria que podría
impedirlo.
—¿Retirarme? ¿Quieres decir huir? No puedo hacerlo.
—Entonces, tendrá que entregamos —murmuró Gladia con expresión
de resignada desesperanza.
—No voy a entregarles. Ni voy a huir —dijo D.G. con violencia—.
Y no puedo luchar.
—¿Qué solución, entonces? —preguntó Gladia.
—Una cuarta alternativa, Gladia, debo rogarle que se quede aquí
con sus robots hasta que vuelva.
71
D.G. reflexionó. Durante la conversación hubo tiempo suficiente
para señalar la situación de la nave aurorana. Estaba un poco más alejada del
sol que su propia nave y esto era bueno. "Saltar" hacia el sol, a tal
distancia del mismo, sería arriesgado; "saltar" de lado, por decirlo
así, era un regalo. Claro que podría ocurrir un accidente por la desviación
probable; pero, a lo mejor, no. Él mismo había asegurado a la tripulación que
no se haría el menor disparo (que en cualquier caso, tampoco serviría de gran
cosa). Era obvio que estaban seguros de que el espacio de la Tierra les
protegería mientras no profanaran su paz, oponiendo violencia. Era puro
misticismo que el propio D.G. hubiera tratado despectivamente, si no hubiera
compartido la creencia.
Volvió a aparecer enfocado. Había sido una espera larga, pero no
había habido inpaciencia por parte del otro lado. Habían hecho gala de una
paciencia ejemplar.
—El capitán Baley, presente —anunció—. Quiero hablar con el
comandante Lisiform.
No tuvo que esperar mucho.
—Aquí el comandante Lisiform. ¿Puede darme su respuesta?
—Entregaremos a la mujer y a los dos robots.
—¡Muy bien! Una prudente decisión.
—Los entregaremos tan de prisa como podamos.
—Repito que es una decisión prudente.
—Gracias. —Y D.G. dio la señal y su nave "saltó". No
hubo tiempo, ni necesidad, de contener el aliento. Todo terminó tan pronto como
había empezado. O, por lo menos, el lapso fue insensible.
El piloto anunció:
—Nueva posición de la nave enemiga comprobada, capitán.
—Bueno —respondió D.G.—. Ya saben lo que hay que hacer.
La nave había emergido del "salto" a toda velocidad
respecto de la nave aurorana y se estaba haciendo la corrección del rumbo (no
excesiva, cabía esperar).
D.G. volvió a la pantalla:
—Estamos muy cerca, comandante, y camino a hacer la entrega.
Puede disparar si así lo desea, pero nuestros escudos están en
posición y antes de que pueda machacarlos les habremos alcanzado a fin de hacer
la entrega.
—¿Manda un salvavidas? —El comandante abandonó el enfoque.
D.G. esperó y volvió a aparecer el comandante con el rostro
contraído—. ¿Que es esto? Su nave lleva rumbo de colisión.
—Si, así parece —asintió D.G.—. Es el medio más rápido de hacer
la entrega.
—Destruirá su nave.
—Y la suya también. Su nave es por lo menos cincuenta veces más
valiosa que la mía, tal vez más. Un mal intercambio para Aurora.
—Pero inicia la lucha en espacio de la Tierra, capitán. Sus
costumbres no se lo permiten.
—Ah, conoce nuestras costumbres y se aprovecha de ellas. Pero no
combato. No he disparado ni un erg de energía, ni pienso hacerlo. Sencillamente
sigo en trayectoria. La trayectoria se cruzará en su posición, pero como estoy
seguro de que se apartará antes de que el choque tenga lugar, es obvio que no
deseo la menor violencia.
—Pare. Hablemos de esto.
—Estoy harto de hablar, comandante. ¿Nos decimos un afectuoso
adiós? Si no se aparta, perderé quizá cuatro décadas, con la tercera y cuarta
no demasiado buenas.
¿Cuántas perderá usted?.
Y D.G. salió de la pantalla y no volvió.
La nave aurorana lanzó un destello de radiación para probar si
la nave tenía realmente los escudos en posición.
Los tenía.
Los escudos de las naves les defendían de la radiaciones
electromagnéticas y partículas subatómicas, incluyendo incluso neutrinos, y
podían aguantar la energía cinética de pequeñas masas, partículas de
polvo,incluso arena meteórica. Los escudos no podían aguantar energías
cinéticas de importancia, como una nave lanzada a velocidad supermeteórica.
Incluso las masas peligrosas, sin guiar, por ejemplo un meteoroide, podían
manejarse. Las computadoras apartarían automáticamente la nave de cualquier
meteoroide que viniera y fuera demasiado grande para que el escudo pudiera
detenerlo.
Eso, no obstante, no funcionaría contra una nave que pudiera
virar a la vez que virara su objetivo. Y si la nave colonizadora era la más
chica de las dos, era asimismo la más maniobrable. Sólo había un medio de que
la nave de Aurora pudiera evitar la destrucción.
D.G. vigilaba cómo la otra nave iba aumentando de tamaño en su
pantalla de visión y se preguntó si Gladia, en su cabina, se daba cuenta de lo
que estaba ocurriendo. Debió de haber notado la aceleración, pese a la
suspensión hidráulica de su cabina y de la acción compensatoria del campo de
pseudogravedad.
Y de pronto, la otra nave desapareció de la vista, habiendo
"saltado" para alejarse, y D.G. con gran pena, descubrió que estaba
conteniendo el aliento y que su corazón se había desbocado. ¿Acaso no tenía
confianza en la influencia protectora de la Tierra ni en su propio y seguro
diagnóstico de la situación?
D.G. habló por el transmisor con voz que, con voluntad de
hierro, había transformado en helada:
—¡Muy bien, tripulación! ¡Corrijan el rumbo y diríjanse a la
Tierra!
LA CIUDAD
72
—¿Lo dice en serio, D.G.? —preguntó Gladia—. ¿Se proponía de
verdad colisionar con la nave?
—En absoluto —respondió D.G., indiferente—. No esperaba hacerlo.
Simplemente me lancé contra ellos, sabiendo que retrocederían. Esos espaciales
no iban a arriesgar sus largas y maravillosas vidas cuando podían fácilmente
evitarlo.
—¿Esos espaciales? ¡Qué cobardes son!
—Siempre me olvido de que es una espacial, Gladia —carraspeó
D.G.
—Sí, imagino que piensa que esto es un cumplido. ¿Y si hubieran
sido tan locos como usted, si hubieran hecho gala de esa locura infantil que
confunde con la valentía... y no se hubieran movido? ¿Qué habría hecho?
—Chocar con ellos —murmuró D.G.
—Y todos muertos.
—La transacción habría sido favorable a nosotros, Gladia. Una
decrépita nave mercante procedente de un mundo colonizador, contra una moderna
nave de guerra del avanzado mundo espacial. D.G. inclinó su silla hacia la
pared y se puso las manos en la nuca (asombroso lo cómodo que se sentía, ahora
que todo había terminado).
—Una vez vi un hiperdrama histórico en el que, hacia el final de
una guerra, unos aviones cargados de explosivos se lanzaban deliberadamente
contra unas magníficas naves de mar, para hundirlas. Por supuesto, el piloto de
cada aeroplano perdía la vida.
—Eso era ficción —comentó Gladia—. No supondrá que la gente
civilizada haga cosas así en la vida real, ¿verdad?
—¿Por qué no, si la causa lo merece?
—¿Qué sintió cuando se lanzó hacia una muerte gloriosa?
¿Exaltación? Lanzaba a toda su tripulación hacia la misma muerte.
—Lo sabían. No podíamos hacer otra cosa. La Tierra nos
contemplaba.
—La gente de la Tierra ni siquiera estaba enterada.
—Lo digo metafóricamente. Nos encontrábamos en el espacio de la
Tierra. No podíamos actuar de forma innoble.
—Bah, ¡qué tontería! Y también arriesgó mi vida.
D.G. se contempló las botas.
—¿Quiere oír algo completamente loco? Era lo único que me
preocupaba.
—¿Qué yo perdiera la vida?
—No, eso precisamente no. Que iba a perderla a usted... Cuando
esa nave me ordenó que la entregara, sabía que no lo haría, aunque usted me lo
pidiera. Por el contrario, chocaría alegremente contra ellos así no la
conseguirían. Y después, mientras iba viendo cómo su nave llenaba mi pantalla,
pensé: "Si no se marchan, también la perderé" y fue entonces cuando
mi corazón empezó a palpitar y yo a sudar. Sabía que se irían, pero la idea...
—Movió la cabeza.
—No lo comprendo. No le preocupaba mi muerte, pero le preocupaba
perderme. ¿No van juntas las dos cosas?
—Lo sé. No digo que sea racional. Me acordé de usted corriendo
hacia la capataza para salvarme, sabiendo que ella podía matarla de un golpe. Y
la recordé enfrentándose con toda la gente de Baleymundo y convenciéndola,,
cuando jamás se había enfrentado a una gran multitud. Incluso pensé en usted
yéndose a Aurora cuando era una joven, y aprendiendo una nueva forma de vida y
sobreviviendo... Y me pareció que no me importaba morir, sólo me importaba
perderla. Tiene razón. Es una insensatez.
—¿Se ha olvidado de mi edad? —preguntó Gladia, pensativa—.
Cuando usted nació, yo era casi tan vieja como ahora. A su edad solía soñar con
su lejano antepasado.
Además, tengo una articulación artificial en la cadera. Mi dedo
pulgar izquierdo, éste —lo movió— es enteramente protésico. Algunos de mis
nervios han sido reconstruidos. Mis dientes son todos implantados, de cerámica.
Y me habla como si en cualquier momento fuera a confesarme una pasión fogosa.
¿Por qué? ¿Para quién? Piense, D.G. ¡Míreme y véame como soy!
D.G. echó una silla hacia atrás, sobre dos patas, y se frotó la
barba con un extraño ruido:
—Está bien. Me ha hecho sentir idiota, pero seguiré como ahora.
Lo que sé de su edad es que va a sobrevivirme y que parecerá poco mayor que
ahora cuando eso ocurra, así que es más joven que yo, no más vieja. Además, me
tiene sin cuidado que sea mayor que yo. Lo que me gustaría es que se quedara
conmigo, fuera a donde fuese para toda mi vida.
Gladia iba a hablar, pero D.G. intervino rápidamente:
—O si le parece más conveniente, que yo me quede junto a usted,
vaya donde fuere, para toda mi vida, de ser posible. Si a usted no le parece
mal.
—Soy una espacial —dijo Gladia con dulzura—. Usted es un
colonizador.
—¿A quién le importa, Gladia? ¿A ti?
—Quiero decir que no habrá hijos. Ya he tenido los míos.
—¿Y a mí qué me importa? No hay peligro de que el nombre de
Baley se extinga.
—Yo tengo una tarea. Me he propuesto llevar la paz a la Galaxia.
—Te ayudaré.
—¿Y tu trabajo mercante? ¿Vas a perder la oportunidad de hacerte
rico?
—Lo haremos juntos. Sólo un poco para que mi tripulación se
sienta feliz y me ayude a mantenerte en tu ocupación de establecer la paz.
—Pero la vida será aburrida para ti, D.G.
—¿Lo crees así? A mí me parece que desde que estamos juntos ha
sido excesivamente excitante.
—Y probablemente insistirás en que abandone a mis robots.
D.G. pareció entristecido:
—¿Es por eso por lo que has estado tratando de disuadirme? No me
importaría que te quedaras con los dos, incluso con Daneel y su sonrisita
lasciva; pero si vamos a vivir con los colonizadores...
—En ese caso supongo que tendré que intentar encontrar el valor
de hacerlo.
Rió dulcemente y lo mismo hizo D.G. Alargó los brazos y Gladia
puso sus manos en las suyas, diciendo:
—Estás loco. Yo estoy loca. Pero todo ha sido tan extraño desde
la noche en que miré el cielo de Aurora y traté de encontrar el sol de Solaria,
que supongo que estar loca es la única respuesta a las cosas.
—Lo que acabas de decir no es locura, es pura demencia, pero así
es como quiero que seas —titubeó—. No, esperaré. Me afeitaré la barba antes de
intentar besarte. Esto disminuirá las posibilidades de infección.
—¡No, no lo hagas! ¡Tengo curiosidad por saber lo que se siente!
Y no tardó en descubrirlo.
73
El comandante Lisiform anduvo de un extremo a otro de su
camarote. Dijo:
—Era inútil perder la nave. No merecía la pena.
Su asesor político estaba tranquilamente sentado. Sus ojos no se
molestaron en seguir las rápidas idas y venidas del comandante.
—Sí, claro —se limitó a decir.
—¿Qué tenían que perder los bárbaros? Viven solamente unas
décadas y, de todas formas, la vida no significa nada para ellos.
—Sí, claro.
—Pero hasta ahora no había visto nunca una nave colonizadora
haciendo eso. Tal vez sea una nueva táctica fanática. Nosotros no podemos
defendernos contra ella. ¿Qué ocurriría si mandaran naves zumbando contra las
nuestras, con los escudos levantados, a la máxima velocidad y sin seres humanos
a bordo?
—Podríamos robotizar nuestras naves por completo.
—No serviría de nada. No podríamos permitirnos perder la nave.
Lo que necesitamos es la cuchilla antiescudo de que están hablando. Algo que
rasgue un escudo de arriba abajo.
—Entonces, ellos también inventarán una y nosotros tendremos que
fabricar un escudo anticuchilla, y ellos también, y seguiremos igual pero a más
alto nivel.
—Entonces necesitamos algo completamente nuevo.
—Bueno —comentó el consejero—, puede que aparezca algo. Su
misión no era específicamente el asunto de la mujer Solaria y sus robots,
¿verdad? Hubiera sido perfecto haberlos forzado a abandonar la nave
colonizadora, pero eso era secundario, ¿no es cierto?
—De todos modos, al Consejo no le va a gustar nada.
—Hablarles es cosa mía. El hecho importante es que Amadiro y
Mandamus no sólo abandonaron la nave sino que están en un transbordador camino
de la Tierra.
—En efecto.
—Y no solamente distrajo a la nave colonizadora, sino que
incluso la retrasó. Esto quiere decir que Amadiro y Mandamus salieron sin ser
vistos y estarán en la Tierra antes que nuestro bárbaro capitán.
—Eso creo. Pero ¿para qué?
—No lo sé. Si se tratara solamente de Mandamus, me olvidaría del
asunto. No cuenta, pero ¿y Amadiro? ¡Abandonar las guerras políticas de casa en
tiempo crucial, y venir a la Tierra! Algo tremendamente importante debe de
ocurrir allí.
—¿Qué? —El comandante parecía disgustado de haber estado a punto
de verse envuelto en algo de lo que no entendía nada.
—No tengo la menor idea.
—¿Supone que pueda tratarse de negociaciones secretas al más
alto nivel para una modificación del tratado de paz que Fastolfe había
negociado?
El asesor sonrió:
—¿Tratado de paz? Si cree esto, es que no conoce a nuestro
doctor Amadiro. No viajaría a la Tierra para modificar una o dos cláusulas en
un tratado de paz. Lo que busca es una Galaxia sin colonizadores y si va a la
Tierra..., bueno, lo único que puedo decir es que no me gustaría encontrarme en
la piel de los bárbaros colonizadores a partir de ahora.
74
—Confío, amigo Giskard, en que Gladia no se encuentre incómoda
sin nosotros.
¿Puedes saberlo, a distancia?
—Puedo captar su mente, de modo débil pero inconfundible, amigo
Daneel. Está con el capitán y hay una clara aura de excitación y alegría.
—Excelente, amigo Giskard.
—Pero menos excelente para mí, amigo Daneel. Me encuentro en un
estado de vago desorden. He soportado una tremenda tensión.
—Me entristece oírlo, amigo Giskard. ¿Puedo preguntarte la
razón?
—Hemos estado aquí durante mucho tiempo mientras el capitán
negociaba con la nave aurorana.
—Sí, pero la nave aurorana se ha ido ya, así que el capitán ha
negociado con éxito.
—Lo ha hecho de un modo del que tú, por lo visto, no te has dado
cuenta. Yo sí, hasta cierto punto. Aunque el capitán no estaba aquí con
nosotros, me costó poco captar su mente. Irradiaba una tensión y suspenso
abrumadores y, por debajo de todo ello, una fuerte sensación de pérdida de
algo.
—¿Pérdida, amigo Giskard? ¿Pudiste descubrir en qué consistía?
—No puedo describir mi método de análisis de semejantes cosas,
pero la pérdida no parecía ser del tipo de las que había asociado en el pasado
con generalidades o con objetos inanimados. Sentí el tacto..., ésta no es la
palabra, pero no hay otra que sirva ni de lejos..., sentí la pérdida de una
persona específica.
—Gladia.
—Sí.
—Esto parecería natural, amigo Giskard. Se enfrentaba con la
posibilidad de tener que entregarla a la nave aurorana.
—La impresión era demasiado intensa. Demasiado dolorosa.
—¿Dolorosa?
—Es la única palabra que se me ocurre en relación con lo que
capté. Había una dolorosa tensión asociada a la sensación de pérdida. No era
como si Gladia se fuera a otra parte y por ello no la tendría cerca. Esto,
después de todo, podía remediarse en el futuro. Era como si fuera a dejar de
existir..., que falleciera..., y la perdiera para siempre.
—Sintió que los auroranos la matarían. Estoy seguro de que no
iba a ocurrir, de que no era posible.
—En efecto, no era posible. Y no es eso. Sentí una sensación de
responsabilidad personal asociada al profundo temor de pérdida. Tanteé en otras
mentes a bordo de la nave y, juntándolo todo, llegué a la sospecha de que el
capitán llevaba deliberadamente su nave a chocar contra la nave aurorana.
—También esto me parece imposible, amigo Giskard —murmuró
Daneel.
—Tuve que aceptarlo. Mi primer impulso fue alterar la mente del
capitán, arrancarle la presión emocional de forma que variara el rumbo, pero no
pude. Estaba tan firmemente decidido, tan saturada su mente de determinación,
y, pese al suspenso, a la tensión y al temor de pérdida, tan rebosante de
confianza en el éxito...
—¿Cómo podía sentir a la vez temor de pérdida por la muerte y
sensación de confianza en el éxito?
—Amigo Daneel, ya he dejado de maravillarme ante la capacidad de
la mente humana de mantener dos emociones opuestas simultáneamente. Me limito a
aceptarlo. En este caso, intentar alterar la mente del capitán hasta el extremo
de hacerle apartar la nave de su ruta, lo hubiera matado. No podía hacerlo.
—Pero al no hacerlo, amigo Giskard, montones de seres humanos en
esta nave, incluyendo a Gladia, y a varios cientos más en la nave autorana,
morirían.
—Podían no morir si el capitán estaba en lo cierto en su
sensación de confianza en el éxito. No podía provocar una muerte cierta para
evitar otras probables. Ahí está la dificultad, amigo Daneel, de tu ley Cero.
La primera ley trata con individuos y seguridades específicas. Tu ley Cero
trata con grupos vagos y probabilidades.
—Los seres humanos a bordo de las naves no son grupos vagos. Son
diversos individuos específicos tomados en conjunto.
—Pero cuando debo tomar una decisión es al individuo específico
al que tengo que manipular directamente, y cuyo sino debe contar para mí. No
puedo evitarlo.
—¿Qué hiciste, pues, amigo Giskard, o no pudiste hacer nada?
—Desesperado, amigo Daneel, intenté conectar con el comandante
de la nave aurorana, que tras un pequeño "salto" se encontraba muy
cerca de nosotros, pero no pude. La distancia era excesiva. No obstante, el
intento no fue del todo inútil. Detecté algo, el equivalente a un ligero
zumbido. Reflexioné un momento antes de darme cuenta que recibía la sensación
de las mentes de todos los humanos a bordo de la nave aurorana. Separé el
ligero zumbido de las sensaciones más prominentes que salían de nuestra propia
nave, una tarea difícil.
—Casi imposible, diría yo, amigo Giskard.
—Como bien dices, casi imposible, pero lo conseguí con un gran
esfuerzo. Sin embargo, por más que lo intenté no pude separar las mentes
individuales. Cuando Gladia se enfrentó con aquel gran número de seres humanos
en Baleymundo, percibí una confusión anárquica y una mezcla de mentes, pero por
unos instantes logré separar unas de otras. En esta ocasión no ha sido posible.
Giskard calló, como perdido en sus recuerdos.
—Imagino que esto debe ser análogo al modo en que vemos las
estrellas individuales en grandes grupos, cuando el conjunto está relativamente
cerca de nosotros —dijo Daniel—. Pero, en una Galaxia distante no podemos
separar unas estrellas de otras, sino ver solamente una bruma vagamente
luminosa.
—Esto me parece una buena analogía, amigo Daneel. Como yo me
concentraba en el zumbido suave y distante, me pareció detectar una leve capa
de miedo. No estaba seguro, pero sentí que debía aprovecharme de ello. Jamás
había intentado ejercer mi influencia sobre algo tan lejano, sobre algo tan
impreciso como un mero zumbido, pero me esforcé desesperadamente por aumentar
aquel miedo aunque solamente fuera un poquito. No sabría decir si tuve suerte o
no.
—La nave aurorana huyó. Debiste de tener éxito.
—O no, vaya uno a saber. La nave pudo haber huido aunque yo no
hubiera hecho nada.
Daneel pareció sumirse en sus pensamientos.
—Quizá. Si el capitán confiaba tanto en que huyera...
—Por el contrario, no estoy seguro de que existiera una base
racional para tanta confianza —dijo Giskard—. Me pareció que lo que detectaba
era una mezcla de temor y reverencia hacia la Tierra. Y la confianza era algo
parecida a la que he detectado en los niños respecto a sus protectores, sus
padres u otras personas. Tuve la impresión de que el capitán creía que no podía
fracasar en los alrededores de la Tierra por la influencia de ésta. No voy a
decir que el sentimiento fuera exactamente irracional, pero en todo caso a mí
me pareció no racional.
—Indudablemente estás en lo cierto, amigo Giskard. El capitán ha
hablado siempre de la Tierra, en nuestra presencia, con respeto. Puesto que la
Tierra no puede influir en el éxito de un acto mediante influencias místicas,
es posible suponer que tu influencia fue ejercida felizmente. Y, además...
Giskard con sus ojos levemente fosforescentes, dijo:
—¿En qué estás pensando, amigo Daneel?
—He estado pensando en la suposición de que el individuo humano
es concreto mientras que la humanidad es abstracta. Cuando detectaste el leve
zumbido procedente de la nave aurorana, no detectabas a un individuo, sino a
una porción de la humanidad.
¿No podría ser que estuvieras a la distancia adecuada de la
Tierra y que el rumor de fondo, suficientemente apagado, que detectaste fuera
el zumbido de la actividad mental de la población humana de la Tierra? Y,
ampliando esto, ¿puede uno dejar de imaginar que en la Galaxia está el zumbido
de la actividad mental de la humanidad? ¿Cómo es posible, entonces, que la
humanidad sea una abstracción? Es algo que puedes señalar.
Piensa en eso en conexión con la ley Cero y verás que la
extensión de las leyes de la Robótica es justificada..., justificada por tu
propia experiencia.
Siguió una larga pausa y al fin dijo Giskard, despacio como si
le arrancaran las palabras:
—Puede que tengas razón, amigo Daneel, pero si ahora aterrizamos
en la Tierra, con una ley Cero que podemos utilizar, seguimos aún sin saber
cómo utilizarla. Hasta aquí, nos parece que en la crisis que se cierne sobre la
Tierra está involucrado el uso de un intensificar nuclear, pero que por lo que
sabemos, no hay nada en la Tierra lo bastante significativo para que un
intensificador pueda realizar su trabajo. Así que, ¿qué vamos a hacer en la
Tierra?
—Todavía no lo sé —confesó Daneel, apesadumbrado.
75
¡Ruido!
Gladia escuchó, asombrada. No lastimaba su oído. No era el ruido
de una superficie chocando contra otra. No era un alarido estridente, o un
clamor, o unos golpes, o algo que pudiera expresarse onomatopéyicamente. Era
más blando y menos insistente, subía y bajaba, llevaba consigo cierta
irregularidad... ¡y estaba siempre presente!
D.G. la observó escuchando, inclinando la cabeza a un lado y a
otro, y le dijo:
—Yo lo llamo "La voz de la ciudad", Gladia.
—¿No cesa nunca?
—En realidad, nunca; pero ¿qué otra cosa puedes esperar? ¿No has
estado nunca en un campo oyendo el viento entre las hojas y el zumbido de los
insectos, y los pájaros llamándose, y el agua deslizándose entre las piedras?
Eso no cesa nunca.
—Es diferente.
—No, no lo es. Es lo mismo. El rumor es aquí la mezcla del rumor
de las máquinas y de los diferentes ruidos que hace la gente, pero el principio
es exactamente el mismo que el de las voces no humanas en el campo. Estás
acostumbrada a los campos y por eso no oyes nada allí. No estás acostumbrada a
esto, y lo oyes y probablemente lo encuentras molesto. La gente de la Tierra no
lo oye sino en las ocasiones en que acaban de llegar del campo, y entonces le
encanta escucharlo. Mañana no lo oirás. Gladia, pensativa, miró a su alrededor
desde el pequeño balcón donde se encontraban.
—¡Cuántos edificios!
—Es verdad. Estructuras por todas partes extendiéndose hacia
fuera por kilómetros y kilómetros. Y arriba... y abajo, también. Ésta no es
solamente una ciudad al estilo de Aurora o de Baleymundo. Es una Ciudad, con C
mayúscula, un tipo que existe solamente en la Tierra.
—Éstas son las Cavernas de Acero —dijo Gladia— Lo sé. Estamos
bajo tierra, ¿verdad?
—Sí. Absolutamente. Debo confesarte que me llevó mucho tiempo
acostumbrarme a este tipo de cosas cuando visité la Tierra por primera vez.
Siempre que voy a una ciudad, me parece una escena de ciudad abarrotada.
Caminos, calles, fachadas de tiendas y masas de gente, con la luz suave de los
fluorescentes haciendo que todo parezca bañado por una luz solar sin sombras.
Pero no es luz solar, y arriba, en la superficie, no sé si el sol está
brillando en este momento o si lo cubren las nubes, o si está dejando a esta
parte del mundo sumida en noche y oscuridad.
—Hace que la Ciudad parezca encerrada. La gente respira el aire
de cada uno.
—Sí, lo hacemos en cualquier mundo, en cualquier parte.
—Pero no así. —Olisqueo— Huele.
—Cada mundo huele. Cada ciudad en la Tierra huele distinto. Te
acostumbrarás.
—No sé si quiero acostumbrarme. ¿Por qué no se ahoga la gente?
—Porque la ventilación es excelente.
—¿Y qué ocurre cuando se estropea?
—No ocurre nada.
Gladia volvió a mirar alrededor y dijo:
—Cada edificio parece cargado de balcones.
—Es un signo de condición social. Muy poca gente tiene pisos con
vistas al exterior, y si los tiene quiere las ventajas de tenerlos. La mayoría
de los ciudadanos tienen pisos interiores, sin ventanas.
Gladia se estremeció.
—¡Qué horrible! ¿Cuál es el nombre de esta ciudad, D.G.?
—Nueva York. Es la ciudad más importante, pero no la mayor. En
este continente, la Ciudad de México y Los Ángeles son las mayores, y también
en otros continentes hay ciudades mayores que Nueva York.
—¿Por qué es Nueva York la más importante?
—Por lo mismo de siempre. El gobierno global está situado aquí:
las Naciones Unidas.
—¿Naciones? —le apuntó con el dedo, triunfante—. La Tierra
estaba dividida en varias unidades políticas independientes, ¿verdad?
—Sí, sí. Docenas de ellas. Esto fue antes de los viajes
interespaciales, los tiempos prehiper.
Pero el nombre permanece. Esto es lo maravilloso de la Tierra.
Es historia congelada. Cada otro mundo es nuevo y sin profundidad. Sólo la
Tierra es la humanidad en su esencia.
D.G. lo dijo casi en un murmullo y luego se refugió en el
interior de la habitación, no muy grande y con un mobiliario de poca calidad.
Gladia comentó, decepcionada:
—¿Por qué no se ve a nadie?
—No te preocupes, querida —se rió D.G.—. Si son desfiles y
atención lo que deseas, los tendrás. Lo que pasa es que les pedí que nos
dejaran solos un poco. En cuanto a mis hombres, tienen que amarrar la nave,
limpiarla, renovar las provisiones, dedicarse a sus devociones...
—¿Mujeres?
—No, no es a lo que me refiero, aunque supongo que las mujeres
tendrán su papel más tarde. Al decir devociones, me refiero a que la Tierra
tiene aún sus religiones, y éstas consuelan a los hombres en cierto modo. Por
lo menos aquí, en la Tierra. Aquí parecen tener mayor significado.
—Vaya —dijo Gladia medio despectiva—, historia congelada, como
has dicho.
¿Supones que podríamos salir del edificio y pasear un poco?
—Acepta mi consejo, Gladia, y no quieras meterte en eso, ahora.
Tendrás más y de sobra cuando empiece la ceremonia.
—Pero será terriblemente formal. ¿No podríamos saltamos la
ceremonia?
—Imposible. Como en Baleymundo te dio por hacerte la heroína,
tendrás también que serlo en la Tierra. De todos modos las ceremonias acabarán
pronto. Cuando te hayas recuperado de ellas, buscaremos un guía y visitaremos
realmente la ciudad.
—¿Habrá algún problema si nos llevamos a mis robots? —Señaló a
Daneel y Giskard, que estaban al otro extremo de la estancia. —No me importa ir
sin ellos cuando estoy contigo en la nave, pero si vamos a encontrarnos con
montones de desconocidos, me siento más segura si los tengo conmigo.
—Desde luego, no habrá problema con Daneel. Es también un héroe
por derecho propio. Fue el colega de mi antepasado, y pasa por humano. Giskard,
que es claramente un robot, no debía ser autorizado, en teoría, a traspasar los
límites de la ciudad, pero han hecho una excepción en su caso y espero que
sigan haciéndola. A propósito, lamento que tengamos que esperar aquí y no
podamos salir.
—No estoy segura de que me apetezca, precisamente ahora,
exponerme a todo ese ruido —dijo Gladia.
—No, no. No me refiero a plazas públicas y carreteras. Me
encantaría sacarte fuera, a los corredores de este edificio. Hay literalmente
kilómetros y kilómetros, y son, en sí, como una ciudad en pequeño: centros
comerciales, restaurantes, áreas de recreo, baños, ascensores, cintas
transportadoras y demás Hay más color y variedad en un solo piso de un edificio
de cualquier ciudad de la Tierra, que en toda una ciudad de colonizadores, o en
todo un mundo espacial.
—Me da la impresión de que todo el mundo puede perderse.
—De ningún modo. Aquí todo el mundo conoce su propio vecindario,
como en cualquier otra parte. Incluso los forasteros no tienen más que seguir
las señales.
—Pienso que todo lo que tienen que andar, que se ven forzados a
andar, es muy bueno físicamente, pero...—parecía dubitativa.
—Y también socialmente. En todo momento hay gente en los
corredores y lo establecido es que se hable con los conocidos e incluso se
salude a los desconocidos.
Tampoco es absolutamente necesario andar. Hay ascensores por
todas partes para los trayectos verticales. Los corredores principales son
cintas transportadoras y se mueven para los trayectos horizontales.
Naturalmente, fuera del edificio hay una línea que conecta con la red de
autopistas. Eso vale la pena. Tendrás que circular.
—Ya he oído hablar de ellas. Hay tramos por donde se cruza que
te llevan más y más de prisa, o más y más despacio, al saltar de una a otra. Yo
sería incapaz de hacerlo. No me lo pidas.
—Claro que podrás hacerlo —dijo D.G. optimista—. Te ayudaré. Si
es necesario, te llevaré a cuestas: lo único que te hace falta es algo de
práctica. Entre la gente de este planeta hasta los niños de los jardines saben
hacerlo, lo mismo que los ancianos que andan con bastón. Confieso que los
colonos son más bien torpes, y yo no soy un portento de gracia, pero me
defiendo y lo mismo harás tú.
Gladia exhaló un enorme suspiro:
—Bueno, pues lo intentaré si no hay otro remedio. Voy a decirte
una cosa, mi querido D.G. Debemos conseguir una habitación razonablemente
silenciosa para la noche. Quiero que enmudezca tu "Voz de la ciudad".
—Seguro que podrá arreglarse.
—Y no quiero tener que comer en la "Sección cocinas".
D.G. pareció dudoso:
—Arreglaremos para que nos traigan la comida; en realidad te
vendría bien participar en la vida social de la Tierra. Después de todo, voy a
estar contigo.
—Quizás algo más tarde, D.G., pero no ahora, al principio.
Quiero un baño para mí sola.
—¡Oh, no, eso es imposible! En cada habitación que se nos asigne
habrá un lavabo y un w.c., porque somos gente de categoría, pero si te propones
ducharte o bañarte, tendrás que seguir a la gente. Hay una mujer que te enseña
cómo funciona y te reserva un compartimiento individual o como se llame aquí.
No te sentirás incómoda. Las mujeres de los mundos colonos son entrenadas en el
uso de los reservados todos los días del año. Y a lo mejor terminas
difrutándolo, Gladia. Tengo entendido que el reservado de mujeres es un lugar
de mucha actividad y muy entretenido. Por el contrario, en el de los hombres no
se permite decir una sola palabra. Muy aburrido.
—Todo eso es horrible —musitó Gladia—. ¿Cómo puedes soportar la
falta de intimidad?
—En un mundo abarrotado es de absoluta necesidad —comentó D.G.
sin darle demasiada importancia—. Lo que nunca has conocido, no lo echas en
falta. ¿Quieres algún otro aforismo?
—Realmente, no.
Parecía tan abatida que D.G. le pasó un brazo por los hombros:
—Vamos, no será tan malo como piensas. Te lo prometo.
76
No fue exactamente una pesadilla, pero Gladia agradeció su
anterior experiencia en Baleymundo que le dio una somera idea de lo que era
ahora un verdadero mar de gente.
Había mucha más aquí, en Nueva York, de la que había en el mundo
de los colonizadores; pero, por el contrario, aquí estaba más aislada de las
masas, que en la anterior ocasión.
—Los funcionarios del Gobierno estaban claramente deseosos de
que se les viera con ella. Se percibía una lucha correcta y muda por conseguir
colocarse lo suficientemente cerca para que se les viera juntos por
hipervisión. Se quedaba aislada, no sólo de las masas al otro lado de los
cordones de policía, sino también de D.G. y de sus dos robots.
También se la veía sometida a las acometidas de la gente que
solamente parecía pensar en las cámaras.
Tuvo que oír lo que le parecieron innumerables discursos, todos
ellos afortunadamente cortos, sin escucharlos. Sonreía incesantemente, sin
expresión, a ciegas, proyectando la visión de sus dientes de porcelana en todas
direcciones indiscriminadamente.
Gladia recorrió en coche kilómetros y kilómetros de corredores a
paso de tortuga, mientras incontables grupos de hormigas bordeaban el camino,
vitoreándola y saludándola al verla pasar (se preguntó si alguna vez un
espacial había recibido tanta adulación de la gente de la Tierra, y estaba
segura de que su caso era enteramente sin precedentes).
En determinado momento, Gladia divisó un lejano grupo de
personas reunidas junto a una pantalla de hipervisión y fugazmente se vio en
ella. Estaban escuchando, lo sabía, una grabación de su discurso en Baleymundo.
Gladia pensó en cuántas veces, en cuántos lugares y ante cuanta gente se
retransmitía ahora, y cuántas veces había sido ya retransmitido desde que lo
pronunció, y cuántas veces volvería a retransmitirse en el futuro, y si se oía
todo, o en parte, en los mundos espaciales.
¿Acaso parecería una traidora a la gente de Aurora, y se tomaría
esta recepción como prueba de ello?
Podía ser..., a lo mejor..., pero la tenía sin cuidado. Tenía
que cumplir su misión pacificadora, de reconciliación y no cejaría, la llevara
a donde la llevase, sin quejarse. Iría, incluso, hasta tolerar la increíble
orgía del baño colectivo, y el estridente e inconsciente exhibicionismo en el
reservado de mujeres aquella misma mañana (sin excesivas quejas).
Llegaron a una de las autopistas que D.G. había mencionado, y
Gladia contempló, horrorizada, la interminable serpiente de coches de pasajeros
que pasaban... y pasaban...
y pasaban con su carga de personas que se dirigían a un trabajo
que no podía posponerse para ver el desfile (o a las que, sencillamente, no les
interesaba) y que miraban gravemente a la multitud y a la procesión durante el
tiempo escaso que los tenían en frente. De pronto, el coche se metió por debajo
de la autopista, por un corto túnel que no se diferenciaba en nada del camino
que habían dejado arriba (toda la ciudad era una red de túneles) y salió otra
vez.
La comitiva se detuvo ante un enorme edificio, más atractivo que
el resto de los interminables bloques que representaban las unidades de la
sección residencial de la Ciudad.
En el interior del edificio, hubo otra recepción en la que se
sirvieron canapés y bebidas alcohólicas. Gladia, precavida, no tomó ni una cosa
ni otra. Millares de personas la rodearon y una sucesión interminable se acercó
a hablarle. Se había corrido la voz de que no debían estrecharle la mano, pero
algunos lo hicieron y Gladia, esforzándose por no vacilar, apoyaba brevemente
dos dedos en la mano tendida y los retiraba al instante. En un momento dado, un
grupo de mujeres se preparó para dirigirse al personal más próximo y una llevó
a cabo lo que era claramente una fórmula de cumplido. Discretamente preguntó a
Gladia si le gustaría acompañarlas. No le atraía, pero pensó que ante ella se
extendía una larga velada y que luego le resultaría más embarazoso desaparecer.
Una vez en el interior del reservado, hubo las risas y charlas
habituales y Gladia, acomodándose a las circunstancias y fortalecida por el
recuerdo de la mañana, utilizó las ventajas de una pequeña cámara con
separaciones a. ambos lados, pero ninguna por delante.
Nadie parecía molesto y Gladia se esforzó por recordar que tenía
que adaptarse a las costumbres locales. Por lo menos el lugar tenía una
excelente ventilación y parecía irreprochablemente limpio.
En todo ese tiempo Daneel y Giskard habían sido ignorados. Eso,
pensó Gladia, era pura amabilidad. Los robots ya no estaban permitidos dentro
de los límites de la ciudad, aunque había millones en el campo. Insistir en la
presencia de Daneel y Giskard significaba poner en entredicho lo legalmente
establecido. Era más sencillo pretender, con tacto, que no figuraran para nada.
Cuando empezó el banquete, se sentaron discretamente a una mesa
junto a D.G., no lejos de la presidencia. Gladia comió muy poco, preguntándose
si aquella comida podía producirle disentería. D.G., no del todo satisfecho al
verse relegado al cargo de guardián de los robots, no dejó de mirar a Gladia y
ésta, alguna que otra vez, agitó la mano y le sonrió.
Giskard, igualmente vigilante, tuvo la oportunidad de decir a
Daneel, en un murmullo encubierto por el persistente e interminable ruido de
fondo de las voces y el chocar de los cubiertos:
—Amigo Daneel, hay altos funcionarios sentados en esta
habitación. Es posible que alguno de ellos tenga información que pueda sernos
útil.
—Puede, amigo Giskard. ¿Crees que dadas tus habilidades me
guiarás a este respecto?
—No puedo. El fondo de actividad mental no me proporciona
ninguna reacción emocional que pueda ser interesante. Tampoco las ideas fugaces
de los más cercanos indican gran cosa. Pero tengo la certeza de que el clímax
de la crisis se está aproximando rápidamente mientras estamos sentados aquí,
sin hacer nada.
—Trataré de hacer lo que el colega Elijah hubiera hecho, y
forzaré la situación.
77
Daneel no comía. Vigilaba a la gente con sus ojos tranquilos
hasta encontrar lo que buscaba. Discretamente se levantó y se acercó a otra
mesa, con la mirada fija en una mujer que lograba comer y sostener al mismo
tiempo una animada conversación con el hombre que se sentaba a su izquierda.
Era una mujer con pelo corto que mostraba infinidad de canas. Su rostro, aunque
no joven, era agradable.
Daneel esperó un descanso natural en la conversación, y al ver
que no ocurría, dijo con esfuerzo:
—Señora, ¿me permite interrumpirla?
Ella le miró sorprendida y abiertamente disgustada:
—Bien —dijo con brusquedad—, ¿de qué se trata?
—Señora —repitió Daneel—, perdone esta interrupción, ¿me
autoriza usted a que hablemos unos momentos?
Le miró frunciendo el entrecejo y su expresión se dulcificó al
decirle:
—Por su extrema corrección creo adivinar que es el robot,
¿verdad?
—Soy uno de los robots de la señora Gladia, señora.
—Sí, pero es el humano. ¿Es R. Daneel Olivaw?
—Éste es mi nombre, señora.
La señora se volvió al hombre que se sentaba a su izquierda, y
le rogó.
—Perdóneme. No puedo negarme a hablar con este... robot. Su
vecino sonrió, indeciso, y dedicó toda su atención al plato que tenía delante.
La señora dijo a Daneel:
—Si tenía una silla, ¿por qué no se la trae aquí? Estaré
encantada de que hablemos.
—Gracias, señora.
Cuando Daneel, de vuelta, se sentó a su lado, ella le preguntó:
—.Es de verdad R. Daneel Olivaw?
—Éste es mi nombre, señora —repitió.
—Quiero decir que si es el que trabajó hace años con Elijah
Baley. ¿No será un nuevo modelo del mismo tipo? ¿No será R. Daneel Olivaw
Cuarto, o algo parecido?
—Queda algo de mí que no ha sido reemplazado en las últimas
veinte décadas... Ni siquiera modernizado o mejorado. Mi cerebro positrónico es
el mismo que cuando trabajé con mi colega Elijah en tres mundos diferentes y
una vez en una nave espacial. No ha sido alterado.
—¡Vaya! —Le miró admirada. —Es por supuesto un buen trabajo. Si
todos los robots fueran como usted, no tendría nada que objetarles... ¿De qué
quiere hablarme?
—Cuando la presentaron a la señora Gladia, señora, antes de que
nos sentáramos todos, dijeron que era usted la Subsecretaría de Energía, Sophia
Quintana.
—Tiene buena memoria. Ése es mi nombre y mi cargo.
—¿Se refiere el cargo a todo el planeta Tierra o sólo a la
Ciudad?
—Soy Subsecretaría Global, se lo aseguro.
—Entonces, ¿es usted experta en campos energéticos?
Quintana sonrió. No parecía que la molestara ser interrogada.
Quizá lo encontró divertido o quizá se sintió atraída por el aspecto de
deferente gravedad de Daneel, o quizá por el mero hecho de que un robot la
interrogara. En cualquier caso, dijo sonriente:
—Estudié Energética en la Universidad de California y poseo el
título de Licenciada en la especialidad. En cuanto a si sigo siendo una
experta, no estoy segura. He dedicado demasiados años a la Administración, y
eso es algo que embota el cerebro, se lo aseguro.
—Pero seguirá estando bien enterada de los aspectos prácticos de
la actual fuente de energía de la Tierra, ¿no es cierto?
—Sí. Confieso que así es. ¿Necesita saber algo respecto de ella?
—Hay algo que estimula mi curiosidad, señora.
—¿Curiosidad? ¿En un robot?
—Si un robot es lo suficientemente complejo, puede descubrir
dentro de él algo que requiere información. Esto es una sensación análoga a la
que, según he observado, los humanos llaman "curiosidad", y me tomo
la libertad de servirme de dicha palabra en relación con mis propios
sentimientos.
—Me parece justo. ¿Qué es lo que despierta su curiosidad, R.
Daneel? ¿Puedo llamarle así?
—Sí, señora. Tengo entendido que la fuente de energía de la
Tierra procede de las estaciones de energía solar en órbita geoestacionaria en
el plano ecuatorial de la Tierra.
—Lo ha entendido correctamente.
—¿Dichas estaciones energéticas son la única fuente de energía
de este planeta?
—No, son las fuentes primarias, pero no las únicas fuentes
energéticas, Se utiliza considerable energía procedente del calor interno de la
Tierra, de los vientos, de las olas, de los ríos. Disponemos de un conjunto muy
complejo y cada variedad tiene sus ventajas.
No obstante, la energía solar es la principal.
—No ha mencionado la energía nuclear, señora. ¿No utilizan la
microfusión? Quintana enarcó las cejas.
—¿Es esto lo que despierta su curiosidad, R. Daneel?
—Sí, señora. ¿Qué razón hay para la carencia de fuentes de
energía nuclear en la Tierra?
—Las tenemos, R. Daneel. Se encuentran en pequeña escala.
Nuestros robots...
Disponemos de varios en las zonas agrarias, ¿sabe? Están
microfusionados. A propósito, ¿también usted?
—Sí, señora.
—También disponemos —prosiguió la señora— de máquinas
microfusionadas muy diseminadas, pero en conjunto son insignificantes.
—¿No es cierto, señora Quintana, que las fuentes de energía
procedentes de la microfusión son sensibles a la acción de los intensificadores
nucleares?
—Por supuesto. Claro que sí. Las fuentes de energía por
microfusión estallarían y supongo que esto puede considerarse como
"sensibles".
—Entonces, ¿no es posible que alguien, utilizando un
intensificador nuclear dañe gravemente alguna porción crucial del
abastecimiento energético a la Tierra?
Quintana se echó a reír:
—No, en absoluto. En primer lugar, no veo a nadie arrastrando un
intensificador nuclear de un sitio a otro. Pesa toneladas y no creo que pueda
manejarse por las calles y corredores de una ciudad. Es obvio que si alguien lo
intentara sería descubierto. Además, aun suponiendo que pudiera utilizarse un
intensificador nuclear, lo único que haría sería destruir a unos cuantos robots
y algunas máquinas, antes de que lo descubrieran y lo pararan. No hay la menor
oportunidad de que nos dañen por este medio. ¿Es ésta la tranquilidad que
necesitaba, R. Daneel? —Sonaba casi a despedida.
—Sólo quedan uno o dos puntos que desearía aclarar, señora. ¿Por
qué no hay una gran fuente de microfusión en la Tierra? Todos los mundos
espaciales dependen de la microfusión, así como los otros mundos de los
colonizadores. La microfusión es portátil, versátil y barata, no requiere
esfuerzo de mantenimiento, ni reparación, ni recambios como requieren las
estructuras del espacio.
—Y como bien dijo usted, R. Daneel, es sensible a los
intensificadores nucleares.
—Y como usted dijo, señora, los intensificadores nucleares son
demasiado pesados y voluminosos para que resulten prácticos.
Quintana sonrió abiertamente y asintió:
—Es usted muy inteligente, R. Daneel; jamás se me hubiera
ocurrido que podía estar sentada a una mesa con un robot y sostener una
discusión de este tipo. Sus robotistas auroranos son muy inteligentes...,
demasiado..., porque me da miedo seguir con este tema. Temería que ocupara
usted mi puesto en el gobierno. Sabe, hay una leyenda sobre un robot llamado
Stephen Byerley, que ocupó un alto cargo en el gobierno.
—Debe de ser pura ficción, señora —observó seriamente Daniel—.
No hay ningún robot en puestos gubernamentales en ningún mundo espacial. Somos,
simplemente....robots.
—Me tranquiliza oírselo decir, por lo tanto continuaré. El
asunto de las distintas fuentes de energía tiene sus raíces en la historia.
Mientras se estuvo desarrollando el transporte hiperespacial, disponíamos de
microfusión, así que los que abandonaron la Tierra se llevaron consigo fuentes
energéticas de microfusión. Era necesaria también para las naves espaciales y
para los planetas en el tiempo en que las generaciones los iban adaptando para
ocupación humana. Se tardan muchos años en montar un adecuado complejo de
estaciones de energía solar; antes que emprender semejante tarea, los
emigrantes se quedaron con la microfusión. Así ocurrió con los espaciales en su
tiempo, como ocurre ahora con los colonizadores. No obstante; en la Tierra,
desarrollaron la microfusión y la energía solar del espacio casi al mismo
tiempo, y, ambas se usaron más y más. Por fin, pudimos elegir utilizar o la
microfusión o la energía solar, o ambas.
Elegimos la energía solar.
—Es curioso. ¿Por qué no ambas?
—La verdad es que no es difícil responder a la pregunta, R.
Daneel. La Tierra, en la época hiperespacial, había experimentado con una forma
muy primitiva de energía nuclear, y no resultó una experiencia afortunada.
Cuando llegó el momento de elegir entre la energía solar y la microfusión, los
habitantes de la Tierra la consideraron como una forma de energía nuclear y no
quisieron saber nada. Otros mundos que no habían conocido nuestra experiencia
directa con la forma primitiva de la energía nuclear, no tenían motivos para
dejar de lado la microfusión.
—¿Puedo preguntarle cuál es la forma primitiva de energía
nuclear a la que se refiere, señora?
—La fisión del uranio. Es totalmente diferente de la
microfusión. La fisión es la fragmentación de núcleos macizos, como por ejemplo
el uranio. La microfusión es la unión de núcleos ligeros, como los del
hidrógeno. Sin embargo, ambas son formas de energía nuclear.
—Presumo que el uranio sería el combustible para los aparatos de
fisión.
—Sí, como también lo serían otros núcleos pesados, como el torio
o el plutonio.
—Pero tanto el uranio como esos otros, son metales sumamente
raros. ¿Pueden mantener una sociedad que utiliza la fisión?
—Esos elementos son raros en los otros mundos. En la Tierra no
son precisamente corrientes, pero tampoco son muy raros. El uranio y el torio
se encuentran muy diseminados en pequeñas cantidades en la corteza terrestre y
están concentrados en escasos puntos.
—¿Y hay ahora en la Tierra, señora, aparatos creadores de
energía por fisión?
—No —contestó Quintana, tajante—. En ninguna parte y de ningún
tipo. Los seres humanos antes quemarían petróleo, o madera, que utilizar uranio
fisionado. La palabra uranio es tabú en sociedad. No me haría usted estas
preguntas, ni yo le daría estas respuestas, si fuera un ser humano y
perteneciente a la Tierra.
Pero Daneel insistió:
—¿Está segura, señora? No hay ningún ingenio secreto que utilice
la fisión y que por causa de la seguridad nacional...
—No, robot —contestó Quintana— Se lo aseguro..., no existe tal
cosa. ¡Ninguno!
—Muchas gracias, señora, y le ruego me perdone por abusar de su
tiempo y por insistir tanto en lo que parece ser un tema sensible. Con su
permiso, voy a dejarla ahora.
Quintana agitó la mano, distraída.
—A su disposición, R. Daneel.
La señora se volvió de nuevo a su vecino, tranquila por saber
que entre los de la Tierra la gente no trataba nunca de escuchar una
conversación cercana, y si lo hacía, jamás lo admitiría. Dijo:
—¿Se imagina sostener una discusión sobre energética, con un
robot?
En cuanto a Daneel, volvió a su sitio y dijo en voz baja a
Giskard:
—Nada, amigo Giskard, nada que pueda sernos útil.
Luego añadió con cierta tristeza:
—A lo mejor formulé la pregunta equivocada. Mi colega Elijah
habría formulado las pertinentes.
EL ASESINO
78
El Secretario General, Edgar Andrev, Presidente de la Tierra,
era un hombre alto e imponente, rasurado al estilo espacial. Se movía siempre
con mesura, como si estuviera en constante exhibición, y tenía un cierto aire
centelleante como si siempre estuviera encantado de sí mismo. Su voz era tal
vez algo estridente que no encajaba en su constitución, pero no llegaba a ser
molesta. Sin parecer obstinado, era difícil de hacerle cambiar de idea. Y esta
vez cedió:
—Imposible —dijo con firmeza a D.G.—. Debe hacer su aparición.
—Ha tenido un día muy pesado, Secretario General —protestó
D.G.—. No está acostumbrada a las multitudes ni a este ambiente. Yo soy
responsable ante Baleymundo de su bienestar y mi honor personal está en juego.
—Comprendo su posición —respondió Andrev—, pero yo represento a
la Tierra y no puedo negar a su gente que la vea. Los corredores están
abarrotados, los canales de hiperonda están preparados, y yo no podría
esconderla aunque lo deseara desesperadamente. Después de esto... ¿cuánto
tiempo puede durar? ¿Media hora?
Podrá retirarse y no tendrá necesidad de reaparecer hasta el
discurso de mañana por la noche.
—Hay que cuidar su comodidad insistió D.G. abandonando
tácitamente su posición—.
Hay que mantenerla a cierta distancia de la multitud.
—Habrá un cordón de guardias de seguridad que le proporcionará
un amplio espacio despejado. La primera fila del público se retirará. Ya están
todos allá. Si no les anunciamos que aparecerá pronto, se organizará un
tumulto.
—No teníamos que haberlo preparado. No es seguro. Hay gente de
la Tierra que no traga a los espaciales.
El Secretario General se encogió de hombros.
—¡Ojalá pudiera decirte cómo podía haber evitado arreglarlo! En
este momento es una heroína y no se la puede retener. Nadie le hará nada sino
vitorearla... de momento. Pero si no se presenta, la cosa puede cambiar. Ahora,
vamonos.
D.G. retrocedió disgustado. Miró a Gladia. Parecía cansada y más
que un poco desgraciada. Le dijo:
—Hay que hacerlo, Gladia. No tenemos más remedio.
Por un instante se miró las manos como preguntándose si podrían
hacer algo para protegerla, luego se irguió y levantó la barbilla. ¡Una
espacial menuda entre una horda de bárbaros!
—Si hay que hacerlo, lo haré. ¿Te quedarás conmigo?
—A menos que me retiren físicamente.
—¿Y mis robots?
D.G. vaciló:
—Gladia, ¿cómo pueden dos robots ayudarte en medio, de millones
de seres humanos?
—Lo sé, D.G. También sé que tendré que prescindir de ellos
eventualmente si debo continuar mi misión. Pero todavía no, por favor. De
momento me sentiré más segura con ellos, tanto si te parece sensato como si no.
Si estos funcionarios quieren que me presente al público, que sonría, que agite
la mano, que haga todo lo que se supone que debo hacer, la presencia de Daneel
y Giskard me confortará... Mira, D.G., estoy consintiendo en algo que es muy
importante para mí, aunque tengo tanto miedo que creo que nada sería mejor que
salir huyendo. ¡Que me consientan esto tan insignificante!
—Lo intentaré —murmuró D.G. claramente desanimado y al acercarse
a Andrev, Giskard avanzó junto a él. Unos minutos después. Gladia, rodeada de
un contingente de funcionarios, cuidadosamente seleccionados, hizo su entrada
en una tribuna; D.G.
permaneció unos pasos detrás de ella, flanqueado a su izquierda
por Giskard y a su derecha por Daneel. El Secretario General había dicho,
resignado:
—Está bien, está bien. No sé cómo ha conseguido hacerme aceptar,
pero de acuerdo.
—Se pasó la mano por la frente, notando un pequeño dolor en la
sien derecha. Por casualidad tropezó con la mirada de Giskard y se volvió con
un ligero estremecimiento. — Pero debe conseguir mantenerlos inmóviles,
capitán, recuérdelo. Y, por favor, trate de retener al que parece más robot, lo
más disimulado que pueda. Me pone nervioso y no quiero que la gente lo vea más
de lo que sea necesario.
D.G. le tranquilizó:
—Estarán mirando a Gladia, Secretario General. No verán a nadie
más.
—Así lo espero... —dijo Andrev de mala gana. Se detuvo para
recoger un mensaje en una cápsula que alguien le puso en la mano. Se lo guardó
en el bolsillo, reanudó la marcha y no se acordó más hasta que llegaron a la
tribuna.
79
A Gladia, cada vez que cambiaba de lugar, le parecía peor: más
gente, más ruido, más luces desconcertantes, más invasión en todos los
sentidos. Hubo gritos. Podía oír su nombre pronunciado a gritos. Con dificultad
se sobrepuso al impulso de huir y se quedó quieta. Levantó el brazo, lo agitó,
y sonrió. El griterío se hizo más fuerte. Alguien empezó a hablar, resonando la
voz por encima del sistema de altavoces, y vio su imagen reflejada en una
enorme pantalla colocada en alto, visible para todo el mundo. Indudablemente
era también visible en innumerables pantallas de innumerables locales, en cada
sección de cada ciudad del planeta. Gladia suspiró aliviada al ver a alguien
más, bajo los focos. Trató de encogerse y dejar que la voz del orador
distrajera la atención del público. El Secretario General Andrev, amparándose
bajo la voz, lo mismo que hacía Gladia, agradecía el que por dar preferencia a
Gladia no parecía necesario dirigirse a la multitud. De pronto recordó el
mensaje que había guardado en el bolsillo.
Frunció el entrecejo, molesto por lo que pudiera justificar la
interrupción de tan importante ceremonia y experimentó una fuerte irritación
por si el mensaje resultaba ser intrascendente.
Apretó la yema del pulgar con fuerza sobre la ligera concavidad
diseñada para recibir la presión, y la cápsula se abrió. Retiró la delgada
pieza de plastipapel, leyó el mensaje y después lo contempló autodestruirse.
Sacudió el polvillo impalpable que había quedado e hizo un gesto imperioso a
D.G. En las condiciones de tremendo e incesante ruido en la plaza, era
innecesario hablar en voz baja. Andrev dijo:
—Me contó usted que se encontró con una nave de guerra aurorana
dentro del espacio del Sistema Solar.
—Sí. Imagino que los sensores de la Tierra la detectaron.
—Naturalmente. Me dijo también que no hubo ninguna acción hostil
por parte de nadie.
—No se empleó ningún arma. Reclamaban a Gladia y a sus robots.
Yo me negué y se fueron. Ya se lo expliqué.
—¿Cuánto se tardó en todo ello?
—No mucho. Varias horas.
—¿Quiere decirme que Aurora mandó una nave de guerra sólo para
discutir con usted durante unas horas, y que luego se marchó?
D.G. se encogió de hombros.
—Secretario General, ignoro sus motivos, sólo puedo informarle
de lo que ocurrió.
El Secretario General le contempló con altivez, y añadió:
—Pero no me informó de todo lo ocurrido. La información de los
sensores ha sido ya analizada por computadora y parece ser que usted les atacó.
—No disparé ni un solo kilovatio de energía, señor.
—¿Tuvo usted en cuenta la energía cinética? Utilizó su propia
nave como proyectil.
—Tal vez se lo pareció. Prefirieron evitarme y no tomarme a
broma.
—Pero ¿era una broma?
—Pudo haber sido.
—Me parece, capitán, que estaba usted dispuesto a destruir dos
naves dentro del Sistema Solar y tal vez crear un estado de guerra. Fue correr
un tremendo riesgo.
—No pensé que llegáramos a destruirnos, y no ocurrió así.
—Pero todo el proceso le retrasó y distrajo su atención.
—Sí, puede que sí, pero ¿por qué me lo hace notar?
—Porque nuestros sensores detectaron algo que usted no
observó... o por lo menos no hizo constar en su informe.
—¿Qué pudo ser. Secretario General?
—Detectaron el lanzamiento de un módulo orbital que parece ser
llevaba dos personas a bordo y que se dirigió a la Tierra. Ambos estaban
sumidos en su propio mundo. Ningún otro ser humano, en la tribuna, les prestaba
la menor atención. Sólo los dos robots que flanqueaban a D.G. les miraban y
escuchaban. Fue entonces cuando el orador terminó, y sus últimas palabras
fueron:
—La señora Gladia, espacial de nacimiento, procedente del mundo
de Solaria, residente en Aurora, pero pasando a ser ciudadana de la Galaxia en
el mundo colonizador de Baleymundo. —Se volvió hacia ella y le hizo un gesto
cortés—. Señora Gladia...
El ruido de la muchedumbre fue como un interminable trueno
feliz. Aquella masa de cabezas se transformó en un bosque de brazos alzados.
Gladia notó una mano en su hombro y una voz que le decía al oído:
—Por favor, unas palabras.
Gladia dijo débilmente:
—Gente de la Tierra. —Las palabras retumbaron y se hizo un extraño
silencio. Gladia repitió, con voz más firme—: Gente de la Tierra: me encuentro
ante vosotros como un ser humano, lo mismo que vosotros. Un poco más vieja, lo
confieso, asi que carezco de vuestra juventud, de vuestras esperanzas, de
vuestra capacidad de entusiasmo. No obstante, mi desgracia está mitigada ahora
por el hecho de que en vuestra presencia me siento capaz de inflamarme con
vuestro fuego, como si los años se apartaran de mí...
El aplauso creció y uno de la tribuna explicó a otro:
—Les hace sentirse felices por tener la vida breve. Esta
espacial tiene el descaro del demonio.
Andrev no prestaba atención, insistió con D.G.:
—Todo este episodio pudo haber sido una trampa para mandar esos
dos hombres a la Tierra.
D.G. comentó:
—No podía saberlo. No podía pensar en otra cosa que salvar a
Gladia y a mi nave.
¿Dónde aterrizaron?
—No lo sabemos. No han tocado en ninguno de los aeródromos
espaciales de la Ciudad. Claro, iban a evitarla.
—No tiene más importancia que provocarme una molestia pasajera.
En los últimos años hemos tenido muchas llegadas de este tipo, aunque ninguna
tan cuidadosamente preparada. Nada ha ocurrido jamás, y no les prestamos
atención. La Tierra, después de todo, es un mundo abierto. Es el hogar de la
humanidad y cualquier persona de cualquier mundo puede ir y venir
libremente..., incluso los espaciales, si así lo desean.
D.G. se frotó la barba con un ruido característico.
—No obstante, sus intenciones a lo mejor no nos hacen ningún
bien.
(Gladia estaba diciendo entonces: "Os deseo a todos lo
mejor en este mundo de origen humano, en este mundo especial y lleno de gente,
en esta Ciudad maravillosa...", y aceptó el aplauso con una sonrisa,
agitando la mano, de pie, dejando que el entusiasmo creciera... y se
concentrara.)
Andrev levantó la voz para dejarse oír por encima del clamor:
—Sean cuales fueren sus intenciones, no ocurrirá nada. La paz
que ha descendido sobre la Tierra, desde que los espaciales se retiraron y
empezó la colonización, nada ni dentro ni fuera la romperá. Hace ya muchas
décadas que los más alocados entre nosotros se han ido a los mundos
colonizados, y un espíritu como el suyo, capitán, que ose arriesgar la
destrucción de dos naves en el espacio del Sistema Solar, ya no existe aquí.
Ya no hay nivel sustancial de crímenes en este planeta, ni
violencia. Los guardias de seguridad asignados para controlar a esa muchedumbre
no llevan armas, porque no las necesitan.
Mientras hablaba, de entre el anonimato de la gran concurrencia,
un desintegrador apuntó a la tribuna cuidadosamente.
80
Muchas cosas ocurrieron casi a la vez.
La cabeza de Giskard se volvió hacia la gente, atraído de pronto
por algo.
Los ojos de Daneel le siguieron, vieron el desintegrador
apuntando y con rápidos reflejos humanos, se lanzó.
Se oyó el ruido del disparo.
La gente de la tribuna se quedó petrificada y a continuación
empezaron a exclamar.
D.G. tomó a Gladia y la apartó a un lado. El ruido de la
multitud se transformó en un enorme y terrorífico rugido. Daneel se lanzó sobre
Giskard y lo derribó.
El disparo del desintegrador entró por encima de la tribuna
haciendo un agujero en el techo. De haber trazado una línea del arma al
agujero, ésta habría pasado en medio del espacio ocupado segundos antes por la
cabeza de Giskard.
Giskard murmuró al ser derribado:
—No humano. Fue un robot.
Daneel soltó a Giskard y observó rápidamente la escena. El piso
estaba a unos seis metros por debajo de la tribuna, y el espacio inmediato
estaba vacío. Los guardias de seguridad luchaban por abrirse paso hacia el
punto donde el revuelo de la gente indicaba el lugar en que el presunto asesino
había estado. Daneel saltó por encima de la barandilla y cayó, su esqueleto
metálico absorbió fácilmente el choque, como no lo hubiera hecho un ser humano.
Corrió hacia la gente. Daneel no tenía elección. Jamás se había visto en
semejante situación. La necesidad suprema era alcanzar al robot con el
desintegrador antes de que lo destrozaran y con esto in mente, Daneel se
encontró, por primera vez en su existencia con que no podía entretenerse en no
lastimar, o evitar que lastimaran a los seres humanos. Tenía que sacudirlos. Y
los fue empujando a un lado y a otro, mientras se metía entre la gente gritando
con voz estentórea.
—¡Dejen paso! ¡Dejen paso! ¡La persona con el arma debe ser
interrogada! Los guardias de seguridad fueron tras él y al fin encontraron a la
"persona", en el suelo y algo machacada.
Incluso en una Tierra que presumía de no ser violenta, un
estallido de rabia contra un evidente asesino, dejaba su huella. El asesino
había sido sujetado, pateado y golpeado.
Fue precisamente la densidad del público lo que le salvó de ser
destrozado. Los múltiples agresores, tropezando unos con otros, lograron hacer
poco. Los guardias de seguridad apartaron a la gente con dificultad. En el
suelo, junto al robot caído, estaba el desintegrador. Daneel lo ignoró. En
cambio se arrodilló junto al asesino capturado. Le dijo:
—¿Puedes hablar?
Unos ojos brillantes se fijaron en los de Daneel.
—Sí, puedo —contestó el asesino en voz baja pero perfectamente
normal.
—¿Eres originario de Aurora?
El asesino no respondió. Pero Daneel dijo al momento:
—Sé que lo eres. Fue una pregunta innecesaria. ¿Dónde está tu
base en este planeta?
El asesino no respondió. Daneel insistió:
—¿Tu base? ¿Dónde está? Debes contestar. Te ordeno que
contestes. El asesino dijo:
—No puedes darme órdenes. Eres R. Daneel Olivaw. Me han hablado
de tí y no necesito obedecerte.
Daneel levantó la cabeza, tocó al guardia más cercano y le dijo:
—¿Señor, ¿querría preguntar a esta persona dónde está su base?
El guardia, sorprendido, intentó hablar. Solamente se oyó una
voz ronca. Avergonzado, tragó saliva, carraspeó y preguntó violentamente:
—¿Dónde está su base?
—Se me ha prohibido contestar a esta pregunta, señor —dijo el
asesino.
—Debes contestar —insistió Daneel—. Un oficial planetario te lo
está preguntando.
Señor, ¿quiere ordenarle que lo haga?
El guardia no se hizo de rogar:
—Le ordeno que conteste, prisionero.
—Se me ha prohibido contestar a esta pregunta, señor.
El guardia alargó la mano pra agarrar al asesino por el hombro,
pero Daneel dijo al instante:
—Creo que sería mejor no emplear la violencia, señor.
Daneel miró a su alrededor. Gran parte del clamor se había
apagado. Se notaba cierta tensión en la atmósfera, como si un millón de
personas esperaran ansiosamente para ver lo que Daneel hacía. Daneel dijo a los
guardias que ahora les rodeaban a él y al asesino caído:
—¿Quieren abrirme paso, señores? Debo llevar al prisionero ante
la señora Gladia. Tal vez ella logre una respuesta.
—¿Y que hay de la atención médica para el prisionero? —preguntó
uno de los guardias.
—No será necesario, señor —dijo Daneel, y no dio más
explicaciones.
81
—¡Que haya ocurrido esto! —se lamentó Andrev fastidiado,
temblándole los labios de pasión contenida. Estaban en la habitación contigua a
la tribuna, y miró el agujero del techo que permanecía como mudo testigo de la
violencia que allí había tenido lugar.
Gladia, con voz que se esforzó por mantener firme, le
tranquilizó:
—No ha ocurrido nada. Estoy ilesa. Hay un agujero en el techo
que tendrá que reparar y tal vez algo más en la habitación de arriba. Y nada
más.
Mientras hablaba, oía gente que se movía arriba apartando lo que
había cerca del agujero y presumiblemente evaluando los daños.
—Sí que hay más. Ha estropeado nuestros planes para su aparición
de mañana, para su discurso al planeta.
—Ha hecho todo lo contrario. El planeta estará más impaciente
por oírme sabiendo que he sido casi víctima de un intento de asesinato.
—Pero, es posible que haya otro intento.
Gladia se encogió levemente de hombros.
—Esto me hace pensar que estoy en el buen camino. Secretario
General, hace poco tiempo descubrí que tengo una misión en la vida. No se me
ocurrió que dicha misión pudiera ponerme en peligro, pero ya que es así,
también pienso que no estaría en peligro, ni merecería la pena matarme, si no
diera en el clavo. Si el peligro es una medida de mi efectividad, estoy
dispuesta a arriesgarme.
Giskard interrumpió:
—Gladia, ha llegado Daneel con, supongo, el individuo que apuntó
su desintegrador en esta dirección.
No fue solamente Daneel, trayendo una figura relajada e
indiferente lo que asomó por la puerta, sino también media docena de guardias
de seguridad. En el exterior, el rumor de la gente parecía más débil, más
lejano. La multitud empezaba a dispersarse y regularmente podía oírse por los
altavoces, el anuncio:
—No hay ningún herido. No hay peligro. Regresad a vuestros
hogares.
Andrev alejó a los guardias con un gesto, y preguntó tajante:
—¿Es éste?
Daneel contestó:
—No cabe duda, señor, de que éste es el individuo con el
desintegrador. El arma estaba junto a él, la gente que le rodeaba es testigo de
su acto y él mismo admite su culpabilidad.
Andrev se quedó mirando, asombrado:
—Está muy tranquilo. Ni siquiera parece humano.
—No es humano, señor. Es un robot, un robot humanoide.
—Pero en la Tierra no tenemos robots humanoides... Excepto
usted.
—Este robot. Secretario General —explicó Daneel— es como yo, de
manufactura aurorana.
Gladia se estremeció:
—No es posible. Un robot no pudo haber recibido la orden de
asesinarme. Exasperado, y con un brazo posesivamente protector pasado por los
hombros de Gladia, D.G. dijo con rabia:
—Un robot aurorano especialmente programado...
—Tonterías, D.G. —interrumpió Gladia—. De ninguna manera.
Aurorano o no, especialmente programado o no, un robot no puede deliberadamente
agredir a un ser humano sabiendo que es un ser humano. Si este robot disparó el
arma en mi dirección, debió fallar voluntariamente.
—¿Con qué fin? —preguntó Andrev—. ¿Por qué iba a fallar, señora?
—¿Es que no se da cuenta? Cualquiera que diera la orden al
robot, debió pensar que el intento bastaría para desbaratar mis planes aquí, y
era esto lo que buscaban. No podían ordenar al robot que me matara, pero podían
ordenarle que errara el tiro... Y si con ello bastaba para desanimarme, se
sentirían satisfechos... Excepto que no se interrumpirá el programa. No lo
permitiré.
—No te pongas heroica, Gladia —aconsejó D.G.—: Ignoro lo que
intentarán la próxima vez, pero nada..., ¡nada!..., vale tu pérdida.
La mirada de Gladia se dulcificó:
—Gracias, D.G. aprecio tus sentimientos, pero tenemos que
arriesgarnos.
Andrev,. perplejo, se tiró de la oreja y preguntó:
—¿Qué vamos a hacer? Saber que un robot humanoide utilizó un
desintegrador en una concentración de seres humanos no será bien recibido por
los habitantes de la Tierra.
—Por supuesto que no —dijo D.G.—. Por lo tanto es mejor no
decírselo.
—Un cierto número de gente debe de haberse enterado ya... o
adivinado que nos enfrentamos con un robot.
—Pero eso no bastará para acallar el rumor, Secretario General,
y es necesario que no vaya más allá; para ello es mejor un anuncio oficial.
Andrev insistió:
—Si Aurora está dispuesta a llegar a este extremo para...
—Aurora, no —cortó Gladia al instante—. Sólo cierta gente de
Aurora, ciertos exaltados. Sé que también entre los colonizadores existen
extremistas belicosos, y probablemente incluso en la Tierra. No haga el juego a
esa gente, Secretario General.
Apelo a la gran mayoría de personas sensatas de ambos bandos y
no debe hacerse nada que debilite mi llamada. Daneel, que había estado
esperando pacientemente, encontró al fin una pausa lo suficientemente larga
para que él pudiera hablar:
—Gladia..., señores... es importante averiguar por el robot
dónde tiene su base. Puede haber otros.
—¿No se lo ha preguntado? —inquirió Andrev.
—Sí, lo he hecho, Secretario General, pero soy un robot. Este no
está autorizado a contestar a preguntas formuladas por otro robot. Ni tampoco a
obedecer mis órdenes.
—Bien, pues, yo preguntaré.
—Puede que esto no nos sea útil, señor. Este robot está bajo
severísimas órdenes de no responder, y su orden tal vez no pueda superarlas.
Desconoce usted la fraseología y entonación apropiadas. Gladia es aurorana y
sabe cómo debe hacerse... Gladia, ¿querría usted averiguar dónde tiene su base
planetaria?
Gladia dijo en voz muy baja que sólo Daneel pudo oír:
—Tal vez no pueda. Acaso se le haya ordenado una congelación
irreversible, si las preguntas son demasiado insistentes.
Daneel se volvió a mirar a Giskard. Murmuró:
—¿Puedes evitarlo?
—Dudoso. El cerebro ha sido físicamente dañado por disparar un
desintegrador contra seres humanos.
Daneel se volvió de nuevo hacia Gladia y le dijo:
—Señora, quisiera sugerirle que más bien le tantee, antes de
tratarle con brutalidad.
—Pues no sé. —Gladia pareció dudosa. Se enfrentó con el robot
asesino, respiró profundamente y con voz muy firme, pero a la vez dulce, le
preguntó— Robot, ¿cómo debo dirigirme a ti?
—Se me conoce como R. Ernett Second, señora.
—Ernett, ¿puedes decirme si soy aurorana?
—Habla al estilo de Aurora, pero no del todo, señora.
—Nací en Solaria, pero soy una espacial que ha vivido veinte
décadas en Aurora y estoy acostumbrada a que mis robots me sirvan. He esperado
y recibido servicio por parte de los robots todos los días de mi vida desde que
era pequeña. Nunca me han decepcionado.
—Acepto lo que me dice, señora.
—¿Contestarás a mis preguntas y obedecerás mis órdenes, Ernett?
—Lo haré, señora, siempre que no sean contrarias a una orden
previa.
—Si te pregunto la situación de tu base en este planeta y qué
porción de ella consideras como la residencia de tu amo..., ¿me contestarás?
—No podré hacerlo, señora. Ni ninguna otra pregunta sobre mi
amo. Ninguna.
—¿Te das cuenta de que si no contestas me sentiré profundamente
decepcionada y que lo que tengo derecho a esperar del servicio robótico quedará
permanentemente embotado?
—Lo comprendo, señora —respondió el robot con voz apagada.
Gladia miró a Daneel; preguntó:
—¿Lo intento?
—No hay más alternativa que intentarlo, Gladia —aconsejó Daniel—
Si, pese al esfuerzo, nos quedamos sin información, no estaremos peor que
ahora.
Con voz vibrante y autoritaria, Gladia ordenó:
—No me causes daño, Ernett, negándote a decirme dónde está tu
base en este planeta. Te ordeno que me lo digas.
El robot pareció envararse. Abrió la boca pero no dijo nada.
Volvió a abrirla y murmuró en un susurro ronco "...milla...". La
abrió por tercera vez silenciosamente... y, entonces, con la boca todavía
abierta, se apagó el brillo de sus ojos y se quedaron ciegos. Uno de los
brazos, que había empezado a levantar, cayó hacia abajo. Daneel declaró:
—Su cerebro positrónico se ha congelado.
Giskard musitó sólo para Daneel:
—¡Irreversible! Hice cuanto pude pero no lo soportó.
—Ahora no tenemos nada —comentó Andrev— Ni siquiera sabemos
dónde pueden estar los otros robots.
—Dijo "milla"... —hizo notar D.G.
—No conozco la palabra —dijo Daneel—. No figura en el estándar
galáctico como el que empleamos en Aurora.
—Pudo haber tratado de decir "mil", o
"Miles". Una vez conocí a un hombre que se llamaba así —observó
Andrev.
—No veo que una y otra palabra tengan sentido como respuesta o
parte de una respuesta a la pregunta —explicó Daneel—. Ni tampoco percibí una
sibilante antes o después del sonido. Un anciano de la Tierra, que había
guardado silencio hasta entonces, dijo con cierta timidez.
—Tengo la impresión de que milla puede ser una antigua medida de
longitud, robot.
—¿Qué longitud, señor? —preguntó Daneel.
—No lo sé bien—contestó el de la Tierra—. Algo más de un
kilómetro, me parece.
—¿Y ya no se emplea, señor?
—No, desde la era prehisperespacial.
D.G. mesó su barba y dijo, pensativo.
—Todavía se usa. Por lo menos en Baleymundo tenemos un viejo
dicho: "Tanto vale un error como una milla". Quiere decir que si se
trata de evitar la desgracia, evitarla por poco es igual que evitarla por
mucho. Siempre creí que "milla" significaba mucho. Si realmente
significa una medida de distancia, comprendo mejor la frase.
—De ser así —musitó Gladia—, un robot de este tipo no parece
extraordinariamente complejo. No creo que pudiera emplear frases que existen en
Baleymundo, pero que jamás se han oído en Aurora. Se le hizo una pregunta, y
estaba solamente tratando de contestarla.
—¡Ah! —exclamó Andrev—, tal vez trataba de contestar. Intentaba
decimos que su base estaba a cierta distancia de aquí. Por ejemplo, a tantas
millas.
—En este caso —preguntó D.G.—, ¿por qué utilizaba una medida de
distancia arcaica? Ningún aurorano emplearía otra cosa que kilómetros, y por
tanto ningún robot fabricado en Aurora tampoco. En realidad prosiguió con
cierta impaciencia— el robot estaba pasando rápidamente a su inactividad total
y pudo muy bien haber formado solamente sonidos sin sentido. Es inútil tratar
de encontrarle un significado a algo que no lo tiene... Y ahora quiero tener la
seguridad de que Gladia pueda descansar o por lo menos que salga de esta
habitación antes de que el resto del techo se nos caiga encima.
Salieron rápidamente y Daneel dijo bajito a Giskard:
—¡Fallamos de nuevo!
82
La Ciudad no se quedaba nunca silenciosa del todo, pero había
momentos en que las luces perdían intensidad, el ruido de la siempre concurrida
autopista disminuía y el interminable chocar de maquinaria y humanidad cedía
solamente un poco. En muchos millones de apartamentos la gente dormía.
Gladia se acostó en el lecho que le había sido asignado,
incómoda por la falta de comodidades que pudiera forzarla a salir de noche a
los corredores.
¿Era también de noche en la superficie —se preguntó poco antes
de quedarse dormida—, o era solamente un arbitrario "período de
descanso" previsto en esta determinada cueva de acero, por respeto a un
hábito desarrollado durante los cientos de millones de años en que los seres
humanos y sus antepasados habían vivido en la superficie de la Tierra? Y
entonces se quedó dormida.
Daneel y Giskard no dormían. Daneel descubrió una terminal de
computadora en el apartamento y se pasó más de media hora absorto aprendiendo
el desconocido tablero y las diferentes combinaciones. No encontró
instrucciones de ningún tipo disponibles (pero ¿quién necesita instrucciones
para lo que todo muchacho aprende en la primaria?; afortunadamente, los
controles, aunque no se parecían a los de Aurora, tampoco eran completamente
diferentes. Pudo conectar con la sección de referencias de la Biblioteca de la Ciudad,
y hablar con la enciclopedia. Pasaron horas. En lo más profundo del sueño de
los humanos, dijo Giskard:
—Amigo Daneel.
Daneel levantó la cabeza.
—¿Sí, amigo Giskard?
—Debo pedirte una explicación por lo que hiciste en la tribuna.
—Amigo Giskard, tú mirabas al público. Yo seguí tu mirada, vi un
arma dirigida a nosotros y reaccioné al instante.
—En efecto, amigo Daneel, y dadas ciertas suposiciones, entiendo
por qué te lanzaste para protegerme. Empecemos porque el presunto asesino era
un robot. En tal caso, por más que se hubiera programado no podía apuntar el
arma contra ningún ser humano con la intención de acertar. Tampoco era probable
que te apuntara a tí porque pareces lo bastante humano para que se active la
primera ley. Incluso si el robot estaba enterado de que un humanoide se
encontraba en la tribuna no podía estar seguro de que fueras tú.
Por consiguiente, si el robot pretendía destruir a alguien de la
tribuna, sólo podía ser a mí, el robot, y actuaste al momento para protegerme.
Empecemos por decir que el asesino era aurorano..., no importa
que fuera humano o robot. Es más que probable que el doctor Amadiro ordenara
dicho ataque, puesto que es un extremista en su actitud anti-Tierra, y nosotros
creemos que está tramando su destrucción. Quizá se halla enterado de mis
habilidades especiales por Vasilia, y daría prioridad a mi destrucción, dado
que, naturalmente, me teme más que a nadie..., robot o humano. Siguiendo este
razonamiento, es lógico que actuaras como lo hiciste para protegerme... Y la
verdad, de no haberme derribado, creo que el disparo me habría destruido.
Pero, amigo Daneel, tú no podías saber que el asesino fuera un
robot, o que fuera aurorano. Sólo yo había captado la extraña anomalía de un
cerebro robótico entre la inmensa masa de emociones humanas, cuando me
golpeaste... Fue después, cuando tuve oportunidad de informarte. Sin mi
capacidad, sólo podías darte cuenta de que nos apuntaba un arma, que
naturalmente supusiste que la sostenía un humano y que éste era de la Tierra.
El blanco lógico era, pues, la señora Gladia como, realmente creyeron todos los
de la tribuna. ¿Cómo ignoraste a Gladia y en cambio me defendiste a mí?
—Amigo Giskard, ten en cuenta mi forma de pensar. El Secretario
General había dicho que un módulo aurorano con dos pasajeros a bordo había
llegado a la Tierra. Asumí al instante que el doctor Amadiro y el doctor
Mandamus habían venido. Para ello sólo había una razón. El plan que llevan
entre manos, sea cual fuere su naturaleza, ya casi está maduro o lo está
realmente. Como tú has venido a la Tierra, amigo Giskard, ellos se han
precipitado para llevarlo a la práctica antes de que tengas la oportunidad de
impedirlo gracias a tus poderes de ajustes mentales. Para estar más seguros,
tratarían de destruirte si podían. Por lo tanto, cuando vi un arma apuntando,
me lancé para alejarte de la línea de fuego.
—La primera ley debió empujarte a apartar a Gladia de la línea
de fuego —dijo Giskard—. Ni razonamientos, ni pensamientos, debieron alterar
esto.
—No, amigo Giskard. Tú eres mucho más importante que Gladia. En
verdad, en este momento tú eres mucho más importante que cualquier ser humano.
Si hay alguien que pueda impedir la destrucción de la Tierra, ése eres tú. Como
yo conozco tu servicio potencial a la humanidad, al verme ante la necesidad de
elegir, la ley Cero requiere que te proteja por encima de todo y de todos.
—¿Y no te sientes incómodo por haber actuado desafiando la
primera ley?
—No, porque actué en obediencia de la suprema ley Cero.
—Pero la ley Cero no te ha sido implantada.
—La acepté como corolario de la primera ley, porque ¿cómo puede
protegerse al humano de ser lastimado, sino asegurándose de que la sociedad
humana en general está protegida y mantenida en activo?
Giskard pensó.
—Veo lo que estás tratando de decirme, pero si... si al actuar
para salvarme y, por tanto, salvando a la humanidad, hubiera resultado que no
era a mí a quien apuntaban y Gladia hubiera muerto, ¿cómo te hubieras sentido
entonces, amigo Daneel?
—No lo sé, amigo Giskard —musitó— Sin embargo, si hubiera
saltado para salvar a Gladia y hubiera ocurrido que ella estaba a salvo dejando
que tú fueras destruido y contigo, en mi opinión el futuro de la humanidad,
¿cómo podría sobrevivir a semejante golpe?
Los dos se miraron..., cada uno sumido en sus pensamientos. Por
fin, Giskard dijo:
—Puede que así sea, amigo Daneel, pero estarás de acuerdo en
que, a veces, es difícil juzgar.
—Estoy de acuerdo, amigo Giskard.
—Ya es difícil elegir cuando se hace rápidamente entre
individuos, y decidir cuál de ellos debe sufrir..., o infligir..., el mayor
daño. Elegir entre un individuo y la humanidad, cuando no se está seguro de qué
aspecto de la humanidad es el que está ante nosotros, es tan difícil que la
propia validez de las leyes robóticas parece sospechosa. Tan pronto como nos
enfrentamos con la humanidad en sentido abstracto, las leyes robóticas empiezan
a confundirse con las leyes de la humanidad..., que a lo mejor ni siquiera
existen.
—No te comprendo, amigo Giskard —protestó Daneel.
—No me extraña. No estoy seguro de entenderme yo mismo. Pero
piensa... Cuando hablamos de la humanidad que hay que salvar, nos referimos a
la gente de la Tierra y a los colonizadores. Son mucho más numerosos que los
espaciales, más vigorosos, más expansivos. Muestran más iniciativa porque
dependen menos de los robots. Tienen un mayor potencial biológico y evolución
social, porque su vida es breve, aunque lo bastante longeva como para
contribuir individualmente en cosas grandes.
—Sí —asintió Daniel—, lo has dicho en pocas palabras.
—No obstante, los de este planeta y los colonizadores parecen
poseer una confianza mística, incluso irracional, en la santidad e
inviolabilidad de la Tierra. ¿No podría ser fatal esa mística para su
desarrollo, como lo fueron la mística de los robots y la longevidad que
atenazan a los espaciales?
—No lo había pensado —dijo Daneel—. No lo sé.
—Si captaras las mentes como yo, te sería imposible evitar
pensarlo. ¿Cómo se elige?
—prosiguió, tenso— Piensa en la humanidad dividida en dos
especies: los espaciales con una mística aparentemente fatal, y en la Tierra
los colonos, con otra mística posiblemente fatal. Tal vez en el futuro habrá
otras especies, con propiedades aún menos atractivas.
Así que no basta elegir, amigo Daneel. Hay que poder darles
forma en una especie deseable y luego protegerla, antes que encontrarnos
obligados a seleccionar entre dos o más cosas indeseables. Pero, ¿cómo podemos
alcanzar lo deseable a menos que dispongamos de la psicohistoria, la ciencia
con la que sueño y no puedo lograr?
—No he apreciado la dificultad, amigo Giskard, de poseer la
habilidad de captar e influir en las mentes. ¿Es posible que hayas aprendido
demasiado para permitir que las tres leyes de la Robótica funcionen sin
tropiezos en tu interior?
—Siempre ha sido posible, amigo Daneel, hasta que los
acontecimientos recientes han hecho real esa posibilidad. Sé cuál es el esquema
de los circuitos que producen esa captación e influencia de mentes en mi
interior. Durante décadas me he estudiado cuidadosamente a fin de estar
perfectamente enterado de mi funcionamiento y poder pasártelo para que te
programes como yo y seas como yo..., pero en cierto modo me he resistido al
impulso. Sería cruel para tí. Es suficiente que yo lleve este peso.
—Sin embargo, amigo Giskard, si alguna vez juzgas que el bien de
la humanidad lo requiere, estoy dispuesto a aceptar el peso. En verdad, me
vería obligado a hacerlo en nombre de la ley Cero.
—Pero esta discusión es inútil —dijo Giskard—. Parece evidente
que la crisis ha llegado... y como no hemos conseguido siquiera averiguar la
naturaleza de dicha crisis...
Daneel le interrumpió:
—En eso, por lo menos, estás equivocado, amigo Giskard. Conozco
ahora la naturaleza de la crisis.
83
Uno no esperaba que Giskard mostrara sorpresa. Su rostro,
naturalmente, era incapaz de expresión. Su voz poseía modulaciones, así que su
habla parecía humana y no resultaba ni monótona ni desagradable. Esa
modulación, no obstante, jamás se veía alterada de modo patente por alguna
emoción.
Por lo tanto, cuando dijo: "¿Estás seguro?", parecía
como si expresara cierta duda sobre la observación que Daneel había hecho
respecto del tiempo que tendrían al día siguiente. Pero, por el modo de volver
la cabeza hacia Daneel, y el modo de alzar una mano, no cabía duda de que
estaba sorprendido.
—Lo estoy, amigo Giskard.
—¿Cómo te llegó a tí la información?
—En parte, por lo que me explicó la señora subsecretaría
Quintana durante la cena.
—Pero ¿no me dijiste que no habías sacado nada útil de la
conversación?, ¿que suponías que no habías formulado las preguntas pertinentes?
—Así parecía en aquel momento. Pero después de reflexionar, me
encontré capaz de hacer deducciones útiles de lo que me había dicho. He estado
buscando en la enciclopedia central de la Tierra, gracias a los datos
computados últimamente...
—¿Y has visto confirmadas tus deducciones?
—Exactamente, no; pero no he encontrado nada que las refutara,
lo que es tal vez la mejor alternativa.
—Pero la evidencia negativa basta para la certeza.
—No basta, así que no estoy del todo seguro. Pero voy a
exponerte mi razonamiento y si le encuentras fallas, dímelo.
—Adelante, amigo Daneel.
—La energía por fusión, amigo Giskard, fue desarrollada en el
planeta Tierra antes de la época de los viajes hiperespaciales, y por ello,
mientras los humanos se encontraban solamente en el planeta Tierra. Esto es
conocido. Se tardó mucho en desarrollar prácticamente la energía por fusión
controlada, después de que esta posibilidad fuera concebida por primera vez y
sentada científicamente. La dificultad principal para llevarla a la práctica
consistía en lograr una temperatura suficientemente alta en un gas suficientemente
denso para un tiempo suficientemente largo que provocara la ignición por
fusión.
Sin embargo, varias décadas antes de que se estableciera la
energía por fusión controlada, existían las bombas por fusión... representando
una reacción por fusión incontrolada. Pero, controlada o no, la fusión no podía
tener lugar sin una temperatura extremadamente elevada a millones de grados. Si
los humanos no podían producir la temperatura necesaria para lograr la energía
por fusión controlada, ¿cómo podían hacerlo para una explosión por fusión
incontrolada?
Quintana me explicó que antes de que la fusión existiera en la
Tierra, existía otra variedad de reacción nuclear: la fisión nuclear. La
energía derivada de la fragmentación o fisión de grandes núcleos, como los del
uranio o el torio. Pensé que esto podía ser un medio de obtener temperaturas
muy altas.
La enciclopedia que he estado consultando esta noche da muy poca
información sobre bombas nucleares de cualquier tipo, y ningún detalle válido.
Tengo entendido que es un tema tabú, y así debe de ser en todos los mundos
porque nunca he leído sobre tales cosas en Aurora, ni referencias a ellas. Esta
es una parte de la historia de la que los seres humanos están avergonzados o
atemorizados, o ambas cosas a la vez, y lo encuentro racional. En lo que pude
leer sobre bombas de fusión, no encontré nada sobre su ignición que hubiera
eliminado la bomba de fisión como mecanismo de encendido; así que sospecho que,
basándome en parte en esta evidencia negativa, la bomba de fisión fue el
mecanismo de ignición.
Pero, entonces, ¿cómo se encendió la bomba de fisión? Ésta
existía antes de la de fusión y si las bombas de fisión requerían una
temperatura ultraelevada para la ignición, igual que las de fusión, es qus no
existía nada antes de las bombas de fisión que proporcionara una temperatura lo
bastante elevada. A partir de eso, llegué a la conclusión de que aun cuando la
enciclopedia no contenía información sobre el tema, las bombas de fisión podían
encenderse a temperaturas relativamente bajas, tal vez incluso a temperatura
corriente. Se presentaron dificultades, porque llevó muchos años de esfuerzo
continuado después del descubrimiento de que existía la fisión, pero antes de
desarrollar la bomba. Fueran cuales fueren las dificultades, no estaba entre
ellas la producción de temperaturas ultraelevadas... ¿Qué piensas de todo eso,
amigo Giskard?
Giskard había mantenido los ojos fijos en Daneel a lo largo de
toda la explicación, y ahora le dijo:
—Creo que la estructura que has montado, amigo Daneel, contiene
puntos gravemente débiles, y por lo tanto no del todo dignos de confianza...,
pero incluso si todo fuera perfectamente válido, no tiene nada que ver con la
posible e inmediata crisis que nos esforzamos por comprender.
—Te ruego que tengas paciencia, amigo Giskard, y proseguiré.
Ocurre que tanto el proceso de fusión, como el de fisión, son expresiones de
las interacciones débiles, de una de las cuatro interacciones que controlan
todos los elementos del Universo. En consecuencia, ese mismo intensificador
nuclear que puede hacer estallar un reactor de fusión, hará también estallar
uno de fisión. Sin embargo, hay una diferencia. La fusión tiene lugar solamente
a temperaturas ultraelevadas. El intensificador hace que explote la porción
ultracaliente del combustible que está sufriendo activamente la fusión, más
algo del combustible inmediato que se ha calentado a temperatura de fusión en
la explosión inicial... antes de que el material estalle hacia fuera y el calor
se disperse a donde el combustible de fusión se ha dispersado, pero mucho o tal
vez la mayor parte, no. La explosión es lo bastante potente, a pesar de todo,
para destruir el reactor de fusión y cualquier cosa en sus alrededores
inmediatos, tal como una nave que transportara el reactor.
Por el contrario, un reactor de fisión puede operar a baja
temperatura, quizá poco más que el punto de ebullición del agua, quizás a
temperatura normal del ambiente. El efecto del intensificador nuclear será
entonces eliminar todo el combustible de fisión. Incluso, en el caso en que el
reactor de fisión no funcione activamente, el intensificador lo hará estallar.
Aunque, gramo a gramo, el combustible de fisión libera menos energía que el de
fusión, el reactor de fisión producirá una mayor explosión porque su
combustible explota en mayor cantidad que en el caso del reactor de fusión.
Giskard asintió, moviendo despacio la cabeza y dijo:
—Puede que todo sea asi, amigo Daneel, pero ¿quedan en la Tierra
estaciones de energía por fisión?
—No, no las hay... Así me lo dijo la subsecretaría Quintana, y
la enciclopedia parece estar de acuerdo. En realidad, aunque hay instalaciones
en la Tierra cuya energía procede de pequeños reactores de fusión, no queda
nada, absolutamente nada, operado por reactores de fisión, grandes o pequeños.
—Entonces,, amigo Daneel, no hay nada que justifique la
utilización de un intensificador nuclear. Todo tu razonamiento, aunque sea
impecable, termina en nada.
—No del todo, amigo Giskard —insistió Daniel— Queda un tercer
tipo de reacción nuclear a tener en cuenta.
—¿De qué se trata? No se me ocurre ninguna.
—No es una idea cómoda, amigo Giskard, porque en los mundos
espaciales o colonizados, hay muy poco uranio y torio en las cortezas
planetarias y, por consiguiente, muy insignificante en cuanto a la
radiactividad. El tema es poco interesante y en consecuencia ignorado por todos
excepto por unos pocos físicos teóricos. Sin embargo, en la Tierra, como me
hizo notar Quintana, el uranio y el torio son relativamente corrientes y la
radiactividad natural con su ultralenta producción de calor y de radiación energética,
debe ser parte relativamente notable del entorno. Éste es el tercer tipo de
reacción nuclear a tener en cuenta.
—¿De qué forma, amigo Daneel?
—La radiactividad natural es también una expresión de la
interacción débil. Un intensificador nuclear que haga estallar un reactor de
fusión o un reactor de fisión, supongo que puede también acelerar la
radiactividad natural hasta el punto de hacer saltar parte de la corteza... si
se encuentra en ella suficiente uranio o torio.
Giskard se quedó mirando un buen rato a Daneel, sin moverse, sin
hablar. Luego dijo despacio:
—Sugieres que el plan del doctor Amadiro es hacer que estalle la
corteza de la Tierra, destruir el planeta como centro de vida y, a su modo,
asegurar el dominio de la Galaxia por los espaciales.
—O, si no hay bastante uranio o torio para la explosión en masa
—asintió Daniel— el aumento de radiactividad produce un exceso de calor que
altera el clima, y un exceso de radiaciones que produzcan cáncer y taras en los
recién nacidos, y todo ello servirá al mismo propósito, aunque más despacio.
—Esta posibilidad es espantosa —dijo Giskard—. ¿Crees realmente
que puede provocarse?
—Posiblemente. Me parece que hace ahora muchos años, no sabría
decir cuántos, los robots humanoides de Aurora, como el presunto asesino, están
instalados en la Tierra; son lo bastante avanzados para una programación
compleja y pueden, en caso— necesario, entrar en las ciudades para equiparse.
Como es de imaginar, han estado montando intensificadores nucleares en los
puntos donde la tierra es rica en uranio y torio. Quizás en todos estos años se
han montado muchos intensificadores nucleares. El doctor Amadiro y el doctor
Mandamus han venido para supervisar los últimos detalles y para activar los
intensificadores. Presumiblemente, están organizando las cosas para disponer
del tiempo necesario para huir, antes de que el planeta sea destruido.
—En este caso es imperativo que se informe al Secretario General
de que las fuerzas de seguridad del planeta deben ser movilizadas al instante,
de la necesidad de localizar a los doctores Amadiro y Mandamus e impedir que
completen su proyecto.
—No creo que pueda hacerse, amigo Giskard. Es posible que el
Secretario General se niegue a creernos, gracias a la extendida creencia
mística sobre la inviolabilidad del planeta. Te referiste a ella como a algo
que obraría en contra de la humanidad y sospecho que, en este caso, será así.
Creo que si la posición única de la Tierra se pone en entredicho, él se negará
a dejar que su convicción por irracional que sea se modifique y se refugiará en
la negativa a creer en nosotros. Pero, incluso si nos creyera, cualquier
preparación para tomar medidas tendría que pasar por la burocracia
gubernamental y, por más que se acelerara el proceso, llevaría demasiado tiempo
para servir el propósito. No solamente eso, sino que incluso pudiendo imaginar
que todos los recursos de la Tierra se movilizaran en el acto, no creo a la
gente de la Tierra preparada para localizar la presencia de dos seres humanos
en un enorme desierto. La gente ha vivido en las ciudades por muchas décadas y
casi nunca se aventura lejos de los confines ciudadanos.
Lo recuerdo bien de cuando vine por primera vez a la Tierra con
Elijah Baley. Incluso si estuvieran dispuestos a recorrer los espacios
abiertos, no es fácil que se encuentren con dos seres humanos lo
suficientemente pronto para que pueda salvarse la situación excepto si
ocurriera la más increíble coincidencia, y esto es algo con lo que no podemos
contar.
—Los colonizadores podrían formar fácilmente una partida de
búsqueda. No temen a los espacios abiertos, ni a lo desconocido.
—Pero estarían tan firmemente convencidos de la inviolabilidad
del planeta como la gente de la Tierra, igualmente reacios a creer en nosotros,
y tan incapaces de encontrar a dos humanos lo bastante de prisa como para
salvar la situación, en el supuesto de que nos creyeran.
—Y los robots de la Tierra, ¿qué? —preguntó Giskard— Abundan en
el campo, entre las ciudades. Algunos deben de haberse dado cuenta de la
presencia de humanos entre ellos. Deberían ser interrogados.
—Los humanos que viven junto a ellos son robotistas expertos. Se
hubieran dado cuenta de que otros robots en las inmediaciones ignoraban su
presencia. Por la misma razón, no podían sentir temor de un robot formando
parte del grupo de búsqueda. Al grupo se le puede ordenar retroceder y olvidar.
Peor aún, los robots de la Tierra son modelos relativamente simples, diseñados
únicamente para tareas determinadas como las agrícolas, cuidado de animales y
minas. No se les puede adaptar a trabajos generalizados como dirigir un
contingente dedicado a la búsqueda específica de algo.
—¿Has eliminado toda acción posible, amigo Daneel?. ¿Queda
alguna otra posibilidad?
—Nosotros debemos buscar a dos seres humanos y detenerles... y
hay que hacerlo ahora.
—¿Sabes dónde se encuentran, amigo Daneel?
—No, amigo Giskard.
—Entonces, parece improbable que un complicado grupo de búsqueda
compuesto por muchos, muchos seres de la Tierra, o colonizadores, o robots, o
los tres a la vez, consigan encontrar su situación a tiempo, excepto por la más
extraordinaria coincidencia.
Entonces, ¿cómo podemos hacerlo los dos solos?
—Lo ignoro, amigo Giskard, pero debemos hacerlo.
Y Giskard, en un tono de voz cortante y duro en la elección de
las palabras, dijo:
—La necesidad no basta, amigo Daneel. Has recorrido un largo
camino,has descubierto la existencia de una crisis y, poco a poco, has deducido
su naturaleza. Y no sirve de nada. Aquí estamos, desvalidos, sin poder hacer
nada.
—Queda una posibilidad.... una remota posibilidad, tal vez
inútil, pero debemos probar.
Amadiro por miedo a tu capacidad, ha enviado un asesino-robot
para destruirte, y esto puede quizá volverse contra él, ser su gran error.
—¿Y si esa remota e inútil posibilidad falla, amigo Daneel?
Daneel miró tranquilamente a Giskard y dijo:
—Entonces no hay nada que hacer, y la Tierra será destruida, y
la historia de la humanidad se irá apagando hasta desaparecer.
LA LEY CERO
84
Kelden Amadiro no se sentía feliz. La gravedad de la superficie
de la Tierra le parecía demasiado alta; la atmósfera, demasiado densa; el rumor
y el olor exteriores, sutil y desagradablemente diferentes de los de Aurora. No
había ninguna vivienda que pudiera presumir de civilizada. Los robots habían
construido algo parecido a refugios. Había abundantes provisiones de boca y
retretes de urgencia que funcionaban adecuadamente pero eran ofensivamente
inadecuados en los demás aspectos.
Lo peor de todo, aunque la mañana era agradable y el día claro,
es que nacía demasiado brillante el sol de la Tierra. Pronto la temperatura
sería muy elevada, el aire demasiado húmedo, los insectos no tardarían en
aparecer. Al principio, Amadiro no comprendía por qué tenía los brazos llenos
de ampollas que le escocían, hasta que Mandamus se lo explicó. Ahora, mientras
se rascaba, iba protestando:
—¡Espantoso! ¡Pueden ser portadores de infecciones!
—Creo —dijo Mandamus con aparente indiferencia— que a veces lo
hacen. Pero no es probable. Tengo lociones para aliviar el escozor y podemos
quemar ciertas sustancias que los insectos encuentran ofensivas, aunque yo
también encuentro ofensivo su olor.
—Quémelas —ordenó Amadiro.
Mandamus, sin variar el tono, continuó:
—Y yo no quiero hacer nada, por insignificante que sea, olor, un
poco de humo..., que aumente la posibilidad de ser detectados.
Amadiro le miró con suspicacia:
—Me ha dicho una y mil veces, que esta región jamás es visitada
por la gente de la Tierra o por sus robots agrícolas.
—Muy bien, pero no es una observación matemática. Es una
observación sociológica; siempre cabe la posibilidad de que nos descubran.
Amadiro cortó, sombrío:
—La máxima seguridad reside en terminar el proyecto de una vez.
Me dijo que hoy quedaría listo.
—Ésta es también una observación sociológica, doctor Amadiro.
Tendría que estar listo hoy. Eso querría yo, pero no puedo garantizarlo
matemáticamente.
—¿Cuánto tardará en garantizarlo?
Mandamus abrió las manos en un gesto equivalente a "¡quién
sabe!" —Doctor Amadiro, tengo la impresión de que ya le he explicado esto,
pero estoy dispuesto a repetírselo. Me ha llevado siete años llegar hasta aquí.
Contaba con algunos meses más de observación personal, en las catorce
estaciones diferentes, repartidas en la superficie de la Tierra. Ya no puedo
hacerlo porque debemos terminar antes de que seamos localizados y posiblemente
interrumpidos por el robot Giskard. Esto quiere decir que tengo que hacer mis
comprobaciones comunicándome con nuestros robots humanoides situados en las
estaciones de enlace. No puedo confiar en ellos como en mí mismo. Debo examinar
y comprobar sus informes y, si fuera posible, ir a uno o dos puntos, antes de
sentirme satisfecho... Esto llevará días..., tal vez una o dos semanas.
—¡Una o dos semanas! ¡Imposible! ¿Cuánto tiempo cree que puedo
soportar este planeta, Mandamus?
—Señor, en una de mis anteriores visitas me quedé casi un año en
el planeta, y en otra ocasión, más de cuatro meses.
—¿Y le gustó?
—No, señor, pero tenía un trabajo que realizar y lo hice... sin
tener en cuenta mis gustos.
Y Mandamus miró fríamente a Amadiro. Éste se ruborizó y dijo más
apaciguado:
—Está bien, ¿por dónde vamos?
—Estoy comprobando aún los informes que me van llegando. No
trabajamos según un sistema diseñado para laboratorio, ¿sabe? Tenemos una
corteza planetaria extraordinariamente heterogénea con que enfrentarnos.
Afortunadamente, el material radiactivo está ampliamente repartido, pero en
lugares que son peligrosamente frágiles y debemos situar relevos en tales
puntos y dejarlos al cuidado de robots. Si estos relevos no están, en algunos
casos, debidamente situados y ordenados, la intensificación nuclear se apagará
y habremos malgastado todos esos años y esfuerzos para nada. O puede ocurrir
una intensificación localizada que tenga la fuerza de una explosión que se
apagaría y dejaría el resto de la corteza sin alterar. En uno y otro caso, el
daño total sería insignificante. Lo que precisamos, doctor Amadiro, es que los
materiales radiactivos y, por tanto, gran parte de la corteza terrestre se
vayan volviendo..., despacio..., firmemente..., irreversiblemente... —iba
mordiendo las palabras al ir pronunciándolas a intervalos—, más y más
intensamente radiactivos, de forma que la Tierra vaya progresivamente
volviéndose inhabitable. La estructura social del planeta se desmoronará y
habrá terminado para siempre como refugio efectivo de la humanidad. Supongo,
doctor Amadiro, que esto es lo que quiere. Es lo que le describí hace años y lo
que entonces dijo que quería.
—Y sigo queriéndolo, Mandamus, no sea tonto.
—Entonces aguante las incomodidades, señor, o vayase y yo
seguiré durante el tiempo que sea necesario.
—No, no —masculló Amadiro—. Debo estar aquí cuando lo haga, pero
no puedo evitar la impaciencia. ¿Cuánto tiempo ha previsto hasta las
terminación del proceso? Quiero decir, ¿desde que inicie la primera ola de
intensificación hasta que la Tierra sea inhabitable?
—Depende del grado de intensificación que aplique inicialmente.
No sé, en este momento, qué grado va a ser necesario, pero todo depende de la
eficiencia conjunta de los relevos, así que he preparado un control variable.
Deseo dejar arreglado un período de diez a veinte décadas.
—¿Y si arregla un período más corto?
—Cuanto menos tiempo programemos, más rápidamente se volverán
radiactivas las porciones de la corteza terrestre y más rápidamente se
calentará y se volverá peligroso el planeta. Esto significa que gran parte de
su población no podrá ser trasladada a tiempo.
—¿Importa? —preguntó Amadiro.
—Cuanto más rápidamente se deteriore la Tierra, más probable es
que los habitantes y los colonizadores sospechen una causa tecnológica..., y
que seamos nosotros los posibles sospechosos. Los colonizadores nos atacarán
con furia y, defendiendo la causa de su mundo sagrado, lucharán hasta la
extinción, siempre y cuando puedan infligirnos grandes pérdidas. Esto es algo
que ya discutimos antes y parecíamos estar de acuerdo.
Es preferible dar mucho tiempo, durante el cual nos
prepararíamos para lo peor y durante el cual una Tierra desconcertada puede
achacar la creciente y lenta radiactividad a algún fenómeno natural que no
pueda comprender. Esto, en mi opinión, es algo que se ha vuelto más urgente que
ayer.
—¿Y por qué? —inquirió Amadiro, ceñudo— Tiene usted la expresión
agria y puritana que me hace creer que ha encontrado el medio de echar toda
responsabilidad sobre mis hombros.
—Con todo respeto, señor, en este caso no es nada difícil. Fue
una imprudencia mandar a uno de nuestros robots a destruir a Giskard.
—Por el contrario, debía hacerse. Giskard es el único que puede
destruirnos.
—Pero primero debe encontrarnos... y no lo hará. Y si lo
hiciera, somos expertos robotistas. ¿No cree que podríamos manejarle?
—¿Lo cree usted? También lo creía Vasilia y conocía a Giskard
mejor que nosotros...
Sin embargo, no pudo manejarlo. En cierto modo la nave que tenía
que hacerse cargo de él y destruirlo a distancia, tampoco pudo. Así que ha
llegado a la Tierra. De un modo u otro hay que destruirlo.
—Pero no se hizo. No ha habido ningún informe al respecto.
—Las malas noticias son a veces retenidas por un gobierno
prudente... y los gobernantes de la Tierra, aunque bárbaros, pueden ser
prudentes. Si nuestro robot fracasó y fue interrogado, habrá caído en un
bloqueo irreversible. Esto significa que hemos perdido un robot, un lujo que
podemos permitimos, pero nada más. Y si Giskard anda suelto todavía, más
razones tenemos para apresuramos.
—Si hemos perdido un robot, hemos perdido mucho más que un robot
si logran deducir la localización de este centro de operaciones. No debimos,
por lo menos, utilizar un robot local.
—Utilizamos el que estaba inmediatamente disponible. Y no
revelará nada. Creo que puede confiar en mi programación.
—Pero, por su mera existencia, no puede evitar revelar,
congelado o no, que es de manufactura aurorana. Los robotistas de la Tierra, y
hay algunos en este planeta, lo detectarán con seguridad. Así que es más
razonable hacer aumentar la radiactividad con extrema lentitud. Debe
transcurrir el tiempo suficiente para que la Tierra olvide el incidente y no lo
asocie con el cambio progresivo en la radiactividad. Debemos contar por lo
menos con diez décadas, o quince, y mejor veinte. Se apartó para volver a inspeccionar
sus instrumentos y restablecer el contacto con los relevos seis y diez, que
todavía le producían quebraderos de cabeza. Amadiro se quedó mirándolo con una
mezcla de desprecio y repulsión, y masculló para sí:
—Sí, pero yo no dispongo de veinte décadas más, o de quince, ni
tal vez de diez.
Usted sí..., pero yo no.
85
Era por la mañana muy temprano, en Nueva York. Giskard y Daneel
lo dedujeron del aumento gradual de la actividad.
—En alguna parte, arriba y lejos de la Ciudad —dijo Giskard—
está amaneciendo. Una vez, hablando con Elijah Baley, veinte décadas atrás, me
referí a la Tierra como el Mundo del Amanecer. ¿Continuará así por mucho más
tiempo o ha dejado ya de serlo?
—Éstas son ideas morbosas, amigo Giskard. Será mejor que nos
preocupemos por lo que debemos hacer hoy para ayudar a que la Tierra siga
siendo el Mundo del Amanecer.
Gladia entró en la habitación, en chinelas y salida de baño, con
el cabello recien lavado y secado.
—¡Ridículo! —exclamó—. Las mujeres de la Tierra van por los
corredores hacia los reservados masificados, despeinadas y desarregladas. Creo
que lo hacen a propósito. No es correcto peinarse camino del reservado. Al
parecer, el ir despeinada pone en evidencia el aspecto cuidado de después,
Hubiera debido traer todo un equipo de mañana. ¡Si hubieran visto cómo me
miraron cuando aparecí con mi salida de baño! Al abandonar el reservado, uno
debería estar a la última moda. Dime, Daneel...
—Señora, ¿puedo hablar con usted?
—No más de una palabra, Daneel. No sé si te has dado cuenta de
que éste va a ser un gran día y mis entrevistas por la mañana van a empezar
ahora mismo.
—Esto es precisamente lo que quiero discutir con usted, señora.
En un día tan importante, todo irá mejor si no estamos con usted.
—¿Qué?
—El efecto que desea causar en los habitantes de la Tierra,
bajaría sensiblemente si se rodeara de robots.
—No estaré rodeada. Sólo ustedes dos. ¿Cómo puedo prescindir de
ustedes?
—Es necesario que aprenda a hacerlo, señora. Mientras estamos a
su lado, se la tiene por distinta de la gente de aquí. Da la impresión de que
les tiene miedo.
—Necesito cierta protección, Daneel —dijo preocupada—. Recuerden
lo que ocurrió anoche.
—Señora, no pudimos evitar lo que ocurrió anoche y no podíamos
protegerla... si hubiera sido necesario. Afortunadamente, no era usted el
blanco anoche. El desintegrador estaba apuntando a Giskard, a la cabeza de
Giskard.
—¿Por qué Giskard?
—¿Cómo podía un robot apuntarle a usted o a cualquier ser
humano? El robot, por alguna razón que ignoro, apuntaba a Giskard. El estar
cerca de usted aumentaba el peligro, recuerde que cuando se extienda la noticia
de los acontecimientos de ayer, incluso el gobierno de la Tierra intentará
suprimir los detalles, correrá el rumor de que se trataba de un robot que
disparó un desintegrador. Esto despertará la indignación pública contra los
robots..., contra nosotros..., e incluso contra usted si persiste en que se la
siga viendo con nosotros. Sería mejor que estuviera sola.
—¿Cuánto tiempo?
—Por lo menos mientras dure su misión, señora. El capitán podrá
ayudarla mucho más en los tiempos venideros que nosotros. Conoce bien a los de
la Tierra. Ellos le tienen en gran estima... y él la tiene a usted por lo
mejor, señora.
—¿Se nota la opinión que tiene de mí? —preguntó Gladia.
—Aunque soy un robot, creo que sí. Y en cualquier momento que
nos necesite, nos tendrá a su lado, naturalmente... Por ahora, creemos que la
mejor manera de servirla y protegerla es dejarla en manos del capitán Baley.
—Lo pensaré.
Daneel se volvió y habló silenciosamente con Giskard:
—¿Lo quiere así?
—Por supuesto —respondió Giskard—. Siempre ha estado algo
inquieta en mi presencia y no sufriría demasiado con mi ausencia. Hacia tí,
amigo Daneel, sus sentimientos son ambivalentes. Le recuerdas mucho al amigo
Jander, cuya desactivación, hace muchas décadas, fue tan dolorosa para ella.
Esto ha sido a la vez una fuente de repulsión y atracción, así que no ha sido
necesario hacer gran cosa. Disminuí su atracción hacia ti y aumenté su
atracción hacia el capitán. Prescindirá fácilmente de nosotros.
—Vamos entonces en busca del capitán —dijo Daneel.
Abandonaron juntos la habitación y entraron en el vestíbulo que
daba paso al apartamento.
86
Daneel y Giskard habían estado en la Tierra en anteriores
ocasiones; Giskard más recientemente. Conocían el uso del directorio
computarizado que les daba la Sección, Ala y número del apartamento que se
había asignado a D.G. y comprendían también, además, los códigos de color que
les indicaban las adecuadas direcciones y los ascensores. Era temprano para que
el tráfico humano fuera notable, pero los humanos con los que se cruzaban o se
les acercaban, miraban primero estupefactos a Giskard, luego volvían la cabeza
con forzada indiferencia. Los pasos de Giskard eran algo irregulares, cuando
estuvieron cerca de la puerta del apartamento de D.G. No se notaba mucho, pero
Daneel se dio cuenta. En voz baja preguntó:
—¿Te sientes mal, amigo Giskard?
—He tenido necesidad de borrar estupefacción, aprensión e
incluso atención en cierto número de hombres y mujeres... y en un jovencito, lo
que ha sido más difícil. No disponía de tiempo para asegurarme de que no les
causaba daño.
—Era importante hacerlo. No debemos ser retenidos.
—Lo comprendo, pero la ley Cero no se me da muy bien. No tengo
tu facilidad en este aspecto. —Y como si deseara olvidarse de su propio
malestar, prosiguió: — e notado con frecuencia que la hiperresistencia en los
circuitos positrónicos se nota primero al andar y estar de pie y después en el
habla.
Daneel llamó a la puerta. Dijo:
—En mi caso ocurre lo mismo, amigo Giskard. Mantener el
equilibrio en sólo dos soportes es difícil incluso en las mejores
circunstancias. El desequilibrio controlado, como al andar, es aún más difícil.
Oí decir una vez que en un principio intentaron producir robots con cuatro
piernas y dos brazos. Les llamaron "centauros”. Trabajaban bien, pero
resultaban inaceptables porque tenían el aspecto básicamente no humano.
—Pues ahora —suspiró Giskard— me encantaría tener cuatro
piernas, amigo Daneel.
No obstante, creo que mi malestar está disipándose.
D.G. había llegado a la puerta. Les recibió con una amplia
sonrisa. Miró en una y otra dirección a lo largo del corredor, y su sonrisa
desapareció, reemplazándola por una expresión de máxima preocupación.
—¿Qué están haciendo aquí sin Gladia? Es que...
—Capitán —dijo Daneel—, Gladia está muy bien. No corre ningún
peligro. ¿Podemos entrar y explicárselo?
D.G. pareció malhumorado, pero los hizo pasar. Su voz adoptó el
tono que uno naturalmente emplea con las máquinas que no funcionan bien, y
preguntó:
—¿Por qué la han dejado sola? ¿Qué circunstancias podían
permitir dejarla completamente sola?
—No está más sola que otras personas, ni corre mayor peligro
—explicó Daniel— Si la interroga luego sobre el caso, creo que le dirá que no
puede resultar efectiva aquí, si va siempre seguida de sus robots espaciales.
Creo que le dirá que todo lo que necesita en consejo y protección debería
proporcionárselo usted y no sus robots. Esto es lo que yo creo que desea, por
lo menos, ahora. Si en algún momento vuelve a necesitarnos, estaremos a su
disposición.
La expresión de D.G. se dulcificó y volvió a sonreír.
—Desea mi protección, ¿verdad?
—En este momento, capitán, desea más su presencia que la
nuestra.
La sonrisa de D.G. se hizo más amplia.
—¿Quién puede censurarla? Me arreglaré e iré a su departamento
tan pronto como pueda.
—Pero primero, señor...
—¡Oh! —dijo D.G.— ¿hay un quid pro quo?
—Sí, señor. Estamos ansiosos por descubrir lo más que podamos
sobre el robot que disparó el desintegrador anoche contra la tribuna.
—¿Piensan en que pueda haber más peligro para Gladia? —preguntó
D.G.
—Ninguno de este tipo. El robot anoche no disparó contra Gladia.
Siendo robot no podía hacerlo. Disparó contra Giskard.
—¿Por qué iba a hacerlo?
—Esto es lo que queremos descubrir. Por este motivo deseamos que
llame a Quintana, subsecretaría de Energía y le diga que es importante, y que
le complacería a usted y al gobierno de Baleymundo, si no le importa añadir
esto..., que me permitiera hacerle unas preguntas sobre un tema relevante.
Deseamos que haga usted lo que pueda para persuadirla de que consienta en la
entrevista.
—¿No deseas nada más de mí? ¿Persuadir a una funcionaría
importante y ocupada para que se someta a ser interrogada por un robot?
—Señor, aceptará si usted insiste. Además, como su centro está
muy lejos, nos sería muy útil que nos contratara una lanzadera que nos llevara
allá. Tenemos mucha prisa, como puede darse cuenta.
—¿Nada más que estas pequeñeces? —preguntó D.G.
—Sólo en parte, capitán. Necesitamos un buen conductor y, por
favor, páguele muy bien para que consienta en llevar al amigo Giskard, que es
obviamente un robot. Yo tal vez no le importe.
—Supongo que te das cuenta, Daneel, de que me pides algo nada
razonable.
—No creía que lo fuera, capitán, pero si usted lo considera así,
no digamos más. No tenemos más alternativa que volver con Gladia, que no se
sentirá nada feliz porque hubiera preferido estar con usted. Dio media vuelta
disponiéndose a salir, indicando a Giskard que le siguiera, pero D.G. exclamó:
—Espera. Hay un contacto de comunicación público ahí fuera.
Quédense aquí y esperen.
Los dos robots permanecieron, de pie. Daneel preguntó:
—¿Tuviste que esforzarte mucho, amigo Giskard?
Giskard parecía haber recobrado el equilibrio.
—No podía hacer nada. Se oponía fuertemente a tratar con
Quintana y más aún a conseguirnos un transporte rápido. No hubiera podido
alterar esos sentimientos sin causarle daños. Pero cuando sugeriste volver
junto a Gladia, su actitud cambió drásticamente. Lo esperabas así, ¿verdad,
amigo Daneel?
—Sí.
—Al parecer, cada vez me necesitas menos. Hay más de un modo de
ajustar las mentes. Pero terminé haciendo algo. El cambio de idea del capitán
fue acompañado de una emoción muy fuerte hacia Gladia. Aproveché la oportunidad
de reforzarla.
—Ésta es la razón que necesitabas. Yo no podía haberlo hecho.
—Pero llegarás a hacerlo, amigo Daneel. Quizá muy pronto.
—Lo creas o no —dijo D.G. al regresar— te recibirá, Daneel. La
lanzadera y su conductor llegarán al momento. Cuanto antes marchen, mejor será.
Yo voy ahora mismo hacia el apartamento de Gladia.
Los dos robots salieron al.corredor a esperar. Giskard comentó:
—Se siente muy feliz.
—Así parece, amigo Giskard, pero me temo que lo fácil ha
terminado para nosotros.
Hemos podido arreglar que Gladia nos deje libres para movernos.
Luego, persuadimos con cierta dificultad al capitán para que consiguiera que la
subsecretaría nos recibiera.
Pero, con ella podemos no conseguir nada.
87
El conductor echó una mirada a Giskard y pareció perder los
ánimos.
—Oiga —dijo a Daniel—, se me dijo que cobraría doble por llevar
a un robot, pero los robots no están autorizados en las ciudades y podría verme
comprometido. El dinero no me servirá si pierdo mi licencia. ¿No podía llevarle
solamente a usted, señor?
—Yo también soy un robot, señor. Estamos en la ciudad y no es
culpa suya. Tratamos de salir de ella y usted nos ayudará. Vamos a visitar a un
alto funcionario del gobierno que, espero, arreglará esto y su obligación
cívica es ayudarnos. Si se niega a llevarnos, conductor, obrará en beneficio de
mantener robots en la ciudad, y esto puede considerarse contrario a la ley.
La expresión del conductor cambió. Abrió la puerta y ordenó:
—Suban. —Pero cerró cuidadosamente la.gruesa mampara
transparente que le separaba de sus pasajeros.
—¿Te costó mucho, amigo Giskard?
—Muy poco, amigo Daneel. Lo que dijiste me facilitó el trabajo.
Es sorprendente que una colección de declaraciones que son individualmente
ciertas puedan usarse, combinadas, para conseguir un resultado que no se
hubiera logrado con la verdad.
—Lo he observado con frecuencia en las conversaciones humanas,
amigo Giskard, incluso entre humanos normalmente sinceros. Sospecho que esta
práctica está justificada en la mente de esas personas por servir un buen
propósito.
—La ley Cero, ¿verdad?
—O su equivalente...,si la mente humana posee dicho equivalente.
Amigo Giskard, has dicho hace un momento que yo voy a tener tus poderes, quizá
pronto. ¿Me estás preparando para ello?
—En efecto, amigo Daneel.
—¿Por qué? ¿Puedo preguntártelo?
—Otra vez la ley Cero. El pasado episodio de la inestabilidad de
mis piernas me ha hecho ver cuan vulnerable he sido al intentar el uso de la
ley Cero. Antes de terminar el día, puedo volver a tener que obrar según la ley
Cero para salvar al mundo y a la humanidad y tal vez no pueda. En tal caso,
debes estar en condiciones de hacerlo tú. Te estoy preparando, poco a poco,
para que, llegado el momento, pueda impartirte las últimas instrucciones y
hacer que todo encaje.
—No sé cómo lo conseguirás, amigo Giskard.
—No te costará entenderlo cuando llegue el momento. Utilicé esta
técnica en pequeña escala sobre robots que envié a la Tierra en la época en que
no estaban aún prohibidos en las ciudades, y fueron ellos los que me ayudaron a
ajustar las mentes de los líderes hasta el extremo de aprobar la decisión de
mandar colonos a los mundos.
El conductor, cuya lanzadera no corría sobre ruedas sino que
permanecía a unos centímetros del suelo en todo momento, había pasado por
corredores especiales reservados para tales vehículos y lo había hecho con tal
rapidez que justificaba el nombre que se le daba. Ahora salió a un corredor
normal que corría paralelamente, aunque a cierta distancia, a la izquierda de
una autopista. La lanzadera, más lenta ahora, hizo un giro a la izquierda,
zumbó por debajo de la autopista, salió al otro lado y después, medio kilómetro
más allá, se detuvo ante un edificio de adornada fachada.
La puerta se abrió automáticamente. Daneel salió primero, esperó
a que lo hiciera Giskard y entregó al conductor una hoja metálica que había
recibido de D.G. El conductor la miró detenidamente, luego se cerraron las
puertas de golpe, y escapó a toda velocidad sin decir media palabra.
88
Hubo una pausa antes de que se abriera la puerta en respuesta a
su llamada y Daneel supuso que los habían estado observando. Cuando se abrió,
una joven les guió rápidamente por el interior del edificio. Evitó mirar a
Giskard, pero mostró algo más que curiosidad por Daneel. Encontraron a la
subsecretaría Quintana sentada tras una mesa enorme. Les sonrió y dijo con una
alegría algo forzada:
—Dos robots, sin la compañía de seres humanos. ¿Estoy segura?
—Enteramente, señora —respondió gravemente Daniel—. Para
nosotros tampoco es corriente ver a un ser humano sin la compañía de sus
robots.
—Les aseguro que también tengo robots. Les llamo subordinados y
uno de ellos les ha acompañado hasta aquí. Me asombra que no se haya desmayado
al ver a Giskard. Creo que lo hubiera hecho si no la hubiera advertido antes y
si usted no fuera tan extraordinariamente interesante de aspecto, Daneel. Pero
dejemos esto. El capitán Baley insistió tanto en su deseo de que les recibiera,
y mi interés por mantener buenas relaciones con un importante mundo colonizador
es tanto también, que he aceptado la entrevista. Pero, mi jornada sigue muy
cargada y les agradeceré que terminemos pronto...
¿Qué puedo hacer por ustedes?
—Señora Quintana... —empezó Daneel.
—Un momento. ¿Pueden sentarse? Anoche le vi sentado.
—Podemos sentarnos, pero estamos igualmente cómodos de pie... No
nos importa.
—Pero a mí, sí. Para mí no sería cómodo estar de pie... y si me
siento me dolerá el cuello de tanto mirar hacia arriba. Por favor, acerquen
sillas y siéntense. Gracias... Ahora, Daneel, ¿de qué se trata?
—Señora, supongo que se acuerda del incidente del desintegrador
disparado anoche contra la tribuna, después del banquete.
—En efecto. Y lo que es más, sé que fue un robot humanoide el
que sostenía el arma, aunque no vamos a admitirlo oficialmente. Y aquí me tiene
sentada con dos robots, detrás de mi mesa, y sin protección. Y uno de ustedes
también es humanoide.
—Pero yo no tengo desintegrador, señora —sonrió Daneel.
—Espero que no... El otro humanoide no se le parecía nada,
Daneel. Usted es una obra de arte, ¿lo sabía?
—Estoy perfectamente programado, señora.
—Me refiero a su apariencia. Pero, ¿qué me decía del
desintegrador?
—Señora, ese robot tiene una base en alguna parte de la Tierra y
debo saber dónde está. He venido de Aurora para encontrar esa base y evitar
semejantes incidentes que puedan romper la paz entre nuestros mundos. Tengo
razones para creer...
—¿Usted es el que ha venido? ¿No es el capitán? ¿No es Gladia?
—Nosotros, señora, Giskard y yo. No estoy en posición de poder
contarle toda la historia de cómo nos hicimos cargo de la tarea, y tampoco
puedo darle el nombre del ser humano bajo cuyas instrucciones trabajamos.
—¡Vaya! ¡Espionaje internacional! Fascinante. ¡Qué lástima que
no pueda ayudarles!, pero no sé de dónde procede el robot. No tengo la menor
idea de dónde se encuentra su base. Ni siquiera sé por qué han venido a mí en
busca de esta información. En su lugar, Daneel, yo hubiera ido al Departamento
de Seguridad... —Se inclinó hacia él—. ¿Tiene piel verdadera en su rostro,
Daneel? Es una imitación extraordinaria, si no lo es...
—Alargó la mano hacia él y la posó delicadamente en su mejilla—.
Incluso el tacto es perfecto.
—Sin embargo, señora, no es verdadera piel. Si se corta... no se
cura sola. Por el contrario, un desgarrón puede remendarse fácilmente o puede
ponerse un parche.
—¡Uf! —Y Quintana arrugó la nariz. —Pero ya hemos terminado,
porque no puedo ayudarles en cuanto al hombre del desintegrador. No sé nada.
—Señora, permítame que le explique algo más. Este robot puede
formar parte de un grupo interesado en los procesos primitivos para la
obtención de energía, que usted me describió anoche..., la fisión. Créalo así,
que hay gente interesada en la fisión y en el contenido de uranio y torio en la
corteza terrestre. ¿Dónde podría haber un lugar conveniente para que lo
utilicen como base?
—¿Una vieja mina de uranio, quizá? Ni siquiera sé dónde puede
haber una. Debe comprender, Daneel, que la Tierra siente una aversión casi
supersticiosa por todo lo nuclear y por la fisión en particular. Encontrará
menos que que nada sobre fisión en nuestros trabajos sobre energía, y solamente
lo estrictamente esencial en producción para expertos. Incluso yo sé muy poco;
pero claro, yo soy administrativa, no científica.
—Una pregunta más, señora. Interrogamos al supuesto asesino
sobre la situación de su base, y lo hicimos insistentemente. Estaba programado
para sufrir inactivación permanente, una total congelación de sus circuitos
cerebrales, en caso de interrogación y se desactivó. Pero, antes de que
ocurriera, en su lucha final entre obediencia y desactivación, abrió dos o tres
veces la boca, como si quisiera..., posiblemente..., decir tres sílabas. La
tercera silaba, o palabra, o simplemente sonido, fue "milla". ¿Significa
esto algo relacionado con la fisión?
Quintana movió lentamente la cabeza.
—No, no puedo decir que signifique algo. En todo caso no es una
palabra que pueda encontrarse en un diccionario de galáctico estándar. Lo
siento, Daneel. Ha sido agradable volver a verle, pero tengo la mesa llena de trabajo.
Perdóneme.
Daneel dijo como si no la hubiera oído.
—Tengo entendido que milla podría ser una expresión arcaica
referida a cierta unidad de longitud, algo posiblemente más largo que un
kilómetro.
—Suena totalmente irrelevante, aunque fuera verdad. ¿Qué sabría
un robot de Aurora sobre expresiones arcaicas y antiguas...? —Calló de pronto.
Sus ojos se abrieron y palideció. Dijo:— ¿Es posible?
—¿Qué es posible, señora?
—Hay un lugar —dijo Quintana, medio perdida en sus pensamientos—
que todo el mundo evita... tanto la gente como los robots. Si me gustara
dramatizar, diría que fue un lugar de mal agüero. Tanto, que ha sido
completamente borrado. Ni siquiera está en los mapas. Es la quintaesencia de
todo lo que representa la fisión. Recuerdo haberme tropezado con el lugar en
una vieja película de referencia, al principio de ocupar este cargo. Se hablaba
de ello constantemente como del lugar de un "incidente” que arrancó para
siempre de las mentes la idea de la fisión como fuente de energía. El lugar se
llama Isla Tres Millas.
—Entonces es un lugar aislado, absolutamente aislado y libre de
posibles intrusiones —musitó Daniel—, el tipo de lugar que uno encontraría
consultando antiguos tratados sobre fisión, y por tanto lo reconocería como
base ideal, donde guardar absoluto secreto y con un nombre de tres palabras, de
las cuales "milla" es la tercera. Este es el lugar, señora... ¿Puede
indicarnos cómo ir hasta allá y facilitarnos de algún modo la salida de la
ciudad, y que se nos lleve a Isla Tres Millas o lo más cerca posible?
Quintana sonrió. Cuando sonreía parecía más joven:
—Está claro que si tienen entre manos un caso interesante de
espionaje intelectual, no pueden permitirse perder tiempo, ¿no es cierto?
—No, señora, no podemos.
—Pues bien, entra dentro de mis obligaciones echar una mirada a
Isla Tres Millas.
¿Por qué no les llevo en coche aéreo? Puedo defenderme
conduciéndolo.
—Señora, su cantidad de trabajo...
—Nadie lo tocará. Estará aquí cuando vuelva.
—Pero abandonaría la ciudad...
—¿Y qué? No estamos en los viejos tiempos. Antes de la
dominación espacial, la gente de la Tierra no abandonaba nunca sus ciudades, es
cierto, hemos avanzado y colonizado la Galaxia por más de veinte décadas.
Todavía quedan algunos, menos educados, que mantienen la vieja actitud
provinciana, pero la mayoría gozamos de movilidad. Supongo que queda siempre la
impresión de que podemos reunimos esporádicamente con algún grupo colonizador.
Yo no pienso hacerlo, pero vuelo frecuentemente en mi aerocoche y hace cinco
años volé hasta Chicago y, después, regresé... Esperen aquí. Voy a preparar el
vuelo.
Salió como un torbellino. Daneel la miró y murmuró:
—Amigo Giskard, no me parece que esto sea característico en
ella. ¿Has hecho algo?
—Un poco. Cuando entramos me pareció que la joven que nos
acompañó se sentía atraída por tu aspecto. Yo estaba seguro de que existía el
mismo factor en la mente de Quintana, anoche, en el banquete..., aunque me
encontraba muy lejos de ella, y había demasiada gente en el salón para poder
estar seguro. Sin embargo, una vez empezada nuestra conversación, la atracción
era inconfundible. Poco a poco fui reforzándola y todas las veces que sugería
que la entrevista iba a terminar, parecía menos decidida. En ningún momento se
opuso a que continuaras. Por fin sugirió el aerocoche porque supongo que había
llegado al punto en que ya no podía soportar perder la oportunidad de estar
contigo un poco más.
—Esto puede complicar las cosa —dijo Daneel, pensativo.
—Pero es por una buena causa. Piénsalo en términos de la ley
Cero.
—Y al decirlo daba la impresión de que estaba sonriendo..., si
su cara permitía tal expresión.
89
Quintana exhaló un suspiro cuando posó el aerocoche sobre una
porción de cemento adecuada para su propósito. Dos robots se acercaron al
instante para el examen obligatorio del vehículo y para renovar su energía en
caso necesario. Ella miró hacia la izquierda inclinándose por delante de Daneel
al hacerlo.
—Está en aquella dirección —dijo—, a varios kilómetros del río
Susquehanna. Hace mucho calor. —Se enderezó de mala gana y sonrió a Daneel.
—Esto es lo peor al abandonar la ciudad. Aquí el ambiente está totalmente
descontrolado. Imagine, permitir semejante calor. ¿No siente el calor, Daneel?
—Tengo un termostato interno, señora, que funciona a la
perfección.
—Magnífico. Ojalá tuviera yo uno. En esta área no hay caminos,
Daneel. Ni hay robots que puedan guiarle, porque no se acercan jamás a un área
muy extensa. Podemos dar tumbos por todo el lugar sin llegar a la base, aunque
pasáramos a quinientos metros de ella.
—No diga "podríamos", señora. Es absolutamente
necesario que usted permanezca aquí. Lo que va a ocurrir será seguramente
peligroso, y puesto que carece de acondicionamiento de aire, la tarea podría
ser superior a su aguante físico, incluso sino fuera peligroso. ¿Puede
esperarnos, señora? Sería muy importante para mí que quisiera hacerlo.
—Esperaré.
—Podemos tardar varias horas.
—Por aquí hay de todo y la pequeña ciudad de Harrisburg no está
lejos.
—En este caso, señora, debemos ponemos en camino.
Saltó ágilmente del aerocoche y Giskard le siguió. Se dirigieron
hacia el norte. Era casi mediodía y el sol de verano resplandecía reflejado en
las partes bruñidas del cuerpo de Giskard.
—Cualquier indicio de actividad mental que puedas detectar será
de los que andamos buscando —dijo Daniel— No debe de haber nadie más en varios
kilómetros.
—¿Estás seguro de que podrás pararles, si les encontramos, amigo
Daneel?
—No, amigo Giskard. No tengo la menor seguridad..., pero debemos
hacerlo.
90
Levular Mandamus gruñó y miró a Amadiro con una sonrisa tensa en
su flaco rostro.
—Asombroso —dijo— y de lo más satisfactorio.
Amadiro se secó la frente y las mejillas con un trozo de toalla,
y preguntó:
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que cada relevo funciona perfectamente.
—Entonces, ¿puede empezar la intensificación?
—Tan pronto como pueda calcular el grado apropiado de
concentración de partículas W.
—¿Cuánto tiempo tardará?
—Quince minutos. Treinta.
Amadiro miró con aire de concentración sombría, hasta que
Mandamus le dijo:
—Está bien. Ya lo tengo. Es el 2,72 en la escala arbitraria que
he establecido. Esto nos concederá quince décadas hasta que alcancemos el nivel
superior de equilibrio que se mantendrá sin cambios esenciales durante millones
de años. Y este nivel nos asegurará que la Tierra podrá mantener unos pocos
grupos repartidos en áreas libres de radiación.
Sólo tenemos que esperar quince décadas y un conjunto
desorganizado de mundos colonizados caerá en nuestras manos como frutos
maduros.
—Yo no viviré quince décadas más —declaró Amadiro lentamente.
—Lo lamento de veras, señor —cortó Mandamus, seco—, pero estamos
hablando, ahora, de Aurora y de los mundos espaciales. Habrá otros que
continuarán su trabajo.
—¿Usted, por ejemplo?
—Me prometió la dirección del Instituto y, como está viendo, me
la he ganado. Desde una base política, puedo razonablemente esperar ser
presidente algún día y entonces llevaré a término la política que crea
necesaria para asegurarme la disolución final de los, para entonces, mundos anárquicos
de los colonizadores.
—Confía usted mucho en sí mismo. ¿Qué pasará si suelta el chorro
de partículas W y luego viene alguien y lo cierra, en el transcurso de las
próximas quince décadas?
—Imposible, señor. Una vez puesto en marcha, un mecanismo
atómico interno lo fijará en dicha posición. Todo el lugar puede desintegrarse,
pero la corteza terrestre continuará ardiendo lentamente. Supongo que sería
posible recrear un montaje enteramente nuevo, si alguien en el planeta Tierra o
entre los colonizadores duplica mi trabajo, pero si lo hacen no harán sino
aumentar la velocidad de la radioactividad, jamás disminuirla. La segunda ley
de termodinámica se ocupará de ello.
—Mandamus, dice usted que se ha ganado la dirección del
Instituto. No se olvide que soy yo el que decide.
—No señor, no es usted. Con todo respeto, los detalles del
proceso me son familiares, pero no a usted. Estos detalles están cifrados en un
lugar que no encontrará, y si lo encuentra, están guardados por robots que lo
destruirán antes de permitir que caigan en sus manos. No puede apuntarse ningún
tanto por esto, yo sí.
—Sin embargo, mi aprobación apresurará los trámites para usted.
Si fuera a arrancarme la dirección, por los medios que fuera, sufrirá una
continuada oposición por parte de los otros miembros del Consejo, y esto le
estorbará durante todas las décadas que esté en el puesto. ¿Es solamente el
título de director lo que desea o la oportunidad de experimentar todo lo que
produce una verdadera jefatura?
—¿Cree que es el momento de hablar de política? Hace un rato
todo era impaciencia por que yo pudiera entretenerme quince minutos en la
computadora.
—Ah, pero ahora hablamos de ajustar el chorro de partículas W.
¿Quiere fijarlo a 2,72?
¿Era ésta la cifra? Y me pregunto si estará bien. ¿Cuál es el
alcance máximo que puede manejar?
—El alcance va de cero a doce, pero lo necesario es 2,72. Más o
menos 0,05, si quiere más detalles. Esto es lo que, basándome en los informes
de los catorce relevos, nos dará un lapso de quince décadas para el equilibrio.
—Pero yo pienso que el número correcto es 12.
Mandamus se quedó mirando horrorizado:
—¿Doce? ¿Sabe lo que esto significa?
—Sí. Significa que tendremos a la Tierra demasiado radiactiva
para poder vivir en ella dentro de una década o década y media, y que mataremos
durante el proceso unos cuantos billones de personas.
—Y la certeza de una guerra segura con una enfurecida Federación
de Colonizadores.
¿Por qué puede desear semejante holocausto?
—Se lo repetiré. No cuento vivir otras quince décadas, y yo
quiero vivir para ver la destrucción de la Tierra.
—Pero también conseguiría la mutilación; la mutilación, por lo
menos, de Aurora. No puede hablar en serio.
—Pues, sí. Llevo veinte décadas de fracaso y humillación que
recuperar.
—Estas décadas fueron provocadas por Han Fastolfe y Giskard y no
por la Tierra!
—No, las provocó uno de la Tierra, Elijah Baley.
—Que lleva muerto más de dieciséis décadas. ¿Qué valor puede
tener un momento de venganza contra un hombre muerto hace tanto tiempo?
—No quiero discutir el asunto. Voy a hacerle una proposición. El
título de director inmediatamente. Dimitiré de mi cargo tan pronto lleguemos a
Aurora y le nombraré como sucesor.
—No. No quiero la dirección en estos términos. ¡Billones de
muertos!
—¡Billones de terráqueos! Entonces no puedo confiar en que
manipule los controles debidamente. Muéstreme.., a mí..., cómo dispone el
instrumento de control y yo cargaré con toda la responsabilidad. Seguiré
manteniendo la oferta de dimitir a mi llegada y le nombraré como sucesor.
—No. Significa la muerte de billones de personas del planeta y
quién sabe cuántos millones de espaciales también. Por favor, doctor Amadiro,
comprenda que no puedo hacerlo por más que me ofrezca, y usted no puede
manipularlo sin mí. La puesta en marcha del mecanismo está cifrada en la huella
de mi pulgar izquierdo.
—Se lo vuelvo a pedir.
—Tiene que estar loco para volver a pedírmelo pese a todo lo que
le he dicho.
—Esto, Mandamus, es su opinión personal. No estoy tan loco que
haya olvidado alejar a todos los robots locales con un encargo y otro. Estamos
completamente solos.
Mandamus hizo una mueca despectiva:
—¿Con esto pretende amenazarme? ¿Va a matarme ahora que no hay
robots presentes para impedírselo?
—Sí, Mandamus, lo haré si es preciso... —Y Amadiro sacó un
pequeño desintegrador de una bolsa. —Éstos son difíciles de obtener en la
Tierra, pero no es imposible..., si el precio es adecuado. Y yo sé cómo
emplearlo. Le ruego que me crea si le digo que estoy dispuesto a volarle la
cabeza ahora mismo... si no coloca su pulgar en el contacto y me permite
ajusfar el dial a doce.
—No se atreverá. Si muero, ¿cómo ajustara el dial sin mí?
—No sea imbécil. Si le vuelo la cabeza, su pulgar izquierdo
seguirá intacto. Incluso, y por un tiempo, estará a temperatura normal.
Utilizaré ese pulgar, luego ajustaré el dial con la misma facilidad con que
abro un grifo. Le preferiría vivo, puesto que su muerte puede ser molesta de
explicar en Aurora, pero no será más molesta de lo que pueda soportar.
Por lo tanto, le doy treinta segundos para decidirse. Si
coopera, le mantengo la oferta de la dirección. Si no, todo ocurrirá según mi
deseo, y usted mismo habrá muerto.
Empecemos ahora. Uno..., dos..., tres... Mandamus miraba
horrorizado a Amadiro; que seguía contando y le observaba por encima del
desintegrador, con ojos duros e inexpresivos.
Y de repente, Mandamus chilló:
—Tire el desintegrador, Amadiro, o quedaremos ambos
inmovilizados en virtud de que debemos ser protegidos del mal.
El aviso llegó demasiado tarde. Más rápido de lo que la vista
puede apreciar, un brazo agarró la muñeca de Amadiro, paralizándosela con la
presión, y el desintegrador cayó.
—Siento haber tenido que lastimarle, doctor Amadiro, pero no
puedo permitir que apunte con un desintegrador a otro ser humano —dijo Daneel.
91
Amadiro no abrió la boca. Mandamus dijo fríamente:
—Son ustedes dos robots sin amo a la vista. A falta de éste, soy
vuestro dueño ahora y les ordeno que se marchen y no vuelvan. Como ven, ya no
hay peligro para ningún humano en este momento, por tanto nada puede oponerse a
vuestra obligada obediencia a esta orden; vayanse al instante.
—Lo siento, señor, es inútil disimular nuestra identidad y
nuestras habilidades, puesto que ya las conoce. Mi compañero, R. Giskard
Reventlov puede detectar emociones...
¿Amigo Giskard?
—Al acercarnos, después de haber detectado su presencia desde
lejos, capté, doctor Amadiro, una tremenda ira en su mente. En la suya, doctor
Mandamus, un miedo extremo.
—La ira, si ira se notaba —explicó Mandamus—, era la reacción
del doctor Amadiro por acercarse dos robots desconocidos, especialmente uno que
era capaz de revolver en la mente humana y que ya ha lastimado, quizá
permanentemente, la de Vasilia. Mi temor, si temor había, era también causado
por su aproximación. Ahora controlamos nuestras emociones y no hay motivo para
interferir. De nuevo les ordeno que se retiren definitivamente.
—Perdone, doctor Mandamus, solamente deseo asegurarme de que
podemos seguir sus órdenes, tranquilos. ¿No había un desintegrador en la mano
del doctor Amadiro y acaso no le apuntaba a usted?
—Me explicaba su funcionamiento y se disponía a guardarlo cuando
se lo quitaron.
—¿Se lo devuelvo, pues, antes de marcharnos, señor?
—No —contestó Mandamus con un estremecimiento—, porque entonces
tendrían una excusa para quedarse, a fin de..., cómo diría yo..., de
protegemos. Lléveselo cuando se marchen y no tendrán por qué regresar.
—Tenemos entendido que están aquí en una región en que los seres
humanos tienen prohibido penetrar... —comentó Daneel.
—Es una costumbre, no una ley, y una que en todo caso no reza
para nosotros, puesto que no somos de la Tierra. Pero tampoco los robots están
autorizados.
—Nos trajo aquí, doctor Mandamus, un alto funcionario del
gobierno de la Tierra.
Tenemos motivos para creer que se encuentran aquí a fin de
aumentar el nivel de radioactividad de la corteza terrestre y causar daños
graves e irreparables al planeta.
—En absoluto... —empezó Mandamus.
Entonces, Amadiro interrumpió por primera vez:
—¿Con qué derecho, robot, nos interrogas? Somos seres humanos y
te hemos dado una orden. ¡Obedécela ahora mismo! Su tono autoritario era
aplastante y Daneel se estremeció, mientras que Giskard iniciaba media vuelta.
Pero Daneel insistió:
—Perdón, doctor Amadiro. No interrogo. Sólo busco tranquilizarme
a fin de estar seguro de que puedo, sin riesgos, obedecer la orden. Tenemos
razones para creer...
—No necesitas repetirlo —cortó Mandamus y en un instante,
añadió—, doctor Amadiro, por favor, déjeme que conteste yo. Daneel, estamos
aquí en misión antropológica.
Nuestro propósito es encontrar el origen de ciertas costumbres
humanas que influyen en el comportamiento entre espaciales. Estos orígenes sólo
pueden encontrarse aquí, en la Tierra y es aquí, por lo tanto, donde los
buscamos.
—¿Tienen permiso de la Tierra para ello?
—Hace siete años consulté con los funcionarios adecuados en la
Tierra, y obtuve su permiso.
Daneel inquirió en voz baja.
—Amigo Giskard, ¿qué dices?
—Las indicaciones en la mente del doctor Mandamus son que lo que
está diciendo no concuerda con la situación actual.
—¿Está mintiendo?
—Es lo que creo.
Mandamus, imperturbable, dijo:
—Puedes creerlo así, pero creer no es seguridad. No puedes
desobedecer una orden apoyándote en una mera creencia. Lo sé y tú lo sabes.
Giskard insistió:
—Pero en la mente del doctor Amadiro, la rabia está solamente
mitigada por fuerzas emocionales que no están a la altura de lo que se espera
de ellas. Es posible separar estas fuerzas, por decirlo así, y permitir que la
rabia se vacíe.
Y Amadiro exclamó:
—¿Por qué se entretiene con esas cosas, Mandamus?
Mandamus gritó:
—Ni una palabra más, Amadiro. ¡Está haciéndoles el juego!
Pero Amadiro ni le escuchó.
—Se rebaja, y es inútil —y en un exceso de ira, sacudió el brazo
de Mandamus, que pretendía contenerle.
—Conocen la verdad, ¿y qué? Robots, somos espaciales. Más que
esto, somos auroranos, procedemos del mundo donde los construyeron. Más aún,
somos altos funcionarios del mundo aurorano y deben interpretar las palabras
"seres humanos", según el significado de las tres leyes de la
Robótica, como auroranos. Si no nos obedecen ahora, nos dañarán y humillarán,
así que violaran la primera y la segunda ley. Es cierto que estamos aquí para
destruir a los habitantes de la Tierra, a muchísimos de ellos, pero aun siendo
verdad, es totalmente irrelevante. Es como si se negaran a obedecer porque
comemos la carne de los animales que hemos sacrificado. Ahora que les he
explicado esto, ¡fuera!
Pero sus últimas palabras terminaron en un estertor. Los ojos de
Amadiro parecieron salirse de las órbitas y cayó al suelo. Mandamus, con un
grito incoherente, se inclinó sobre él. Giskard explicó:
—Doctor Mandamus, el doctor Amadiro no ha muerto. Por ahora se
encuentra en un estado de coma del que se le puede sacar en cualquier momento.
No obstante, habrá olvidado todo lo relacionado con este proyecto, y jamás
podrá comprender nada que tenga que ver con el mismo si, por ejemplo, tratara
de explicárselo. Al hacerlo, lo que no hubiera sido posible sin su propia
admisión de que se proponía destruir gran cantidad de personas, le he dañado
permanentemente partes de su memoria y de su proceso de pensamiento. Lo
lamento, pero no he podido evitarlo.
—Verá usted, doctor Mandamus, hace algún tiempo, en Solaria
—explicó Daniel— encontramos unos robots que definían los seres humanos como
solarios únicamente.
Reconocemos que si diferentes robots están sujetos a
definiciones limitadas de un tipo u otro, sólo puede esperarse una destrucción
sin medida. Es inútil tratar de que nosotros definamos al ser humano sólo
tratándose de auroranos. Definimos al ser humano como miembro de la especie
Homo sapiens, que incluye a los de la Tierra y a los colonizadores, y creemos
que la prevención del daño a humanos, en grupos, y a la humanidad como un todo,
se deriva de la prevención de daños a cualquier individuo específico.
Mandamus objetó, jadeando:
—Esto no es lo que dice la primera ley.
—Esto es lo que dice la ley Cero, y ésta tiene preferencia.
—No ha sido programado de este modo.
—Así es como me he programado yo. Y como sé desde el momento de
nuestra llegada aquí que su presencia implica daño, no puede ordenarme que me
aleje o evitar que le lastime. La ley Cero toma precedencia y debo salvar a la
Tierra. Por consiguiente, le ruego que me ayude..., voluntariamente..., a
destruir los mecanismos que tiene aquí. De lo contrario, me veré obligado a
amenazarle con destruirle, como hizo el doctor Amadiro, aunque yo no utilizaré
un desintegrador.
—¡Espera! ¡Espera! —gritó Mandamus—. Óyeme. Déjame explicarte.
Que hayas vaciado la mente del doctor Amadiro es una buena cosa. Él quería
destruir la Tierra, pero yo no quería. Por eso me apuntaba con el
desintegrador.
—Pero fue usted el que originó la idea, el que diseñó y montó
estos aparatos — ijo Daneel—. De lo contrario, el doctor Amadiro no le hubiera
obligado a hacer algo. Lo habría hecho él mismo y no habría necesitado su
ayuda. ¿No es verdad?
—Sí, es verdad. Giskard puede analizar mis sentimientos y verá
si miento. Inventé todos estos aparatos y me disponía a utilizarlos, pero no
como quería el doctor Amadiro.
¿Digo la verdad?
—Por lo que percibo, dice la verdad —declaró Giskard.
—Naturalmente. Lo que estoy haciendo es introducir una
aceleración gradual de la natural radiactividad de la corteza terrestre.
Durante ciento cincuenta años, los habitantes de la Tierra podrán trasladarse a
otros mundos. Aumentará la población de los actuales colonizadores y aumentará
la colonización de gran número de mundos adicionales.
Desaparecerá la Tierra como un enorme mundo anómalo que amenaza
siempre a los espaciales y embrutece a los colonizadores. ¿Digo la verdad?
—Por lo que percibo, dice la verdad —repitió Giskard.
—Mi plan, si tiene éxito, mantendría la paz y haría de la
Galaxia un hogar para espaciales y colonizadores por igual. Por esta razón,
cuando construí este dispositivo...
Señaló hacia él, apoyando su pulgar izquierdo en el contacto y,
de pronto, abalanzándose sobre el control de volumen, gritó:
—¡Congelación!
Daneel dio un paso adelante y se detuvo, congelado, con la mano
derecha alzada.
Giskard no se movió. Mandamus se volvió, jadeando:
—Ya está. A 2,72. Es irreversible. Ahora se hará tal como yo
quería. Ni podran declarar contra mí, porque de hacerlo iniciarían una guerra y
la ley Cero lo prohibe.
Miró al cuerpo inanimado del doctor Amadiro y dijo con una fría
mirada de desprecio:
—¡Imbécil! ¡Nunca sabrás cómo hubiera debido hacerse!
SOLO
92
—Ya no podrán dañarme, robots, porque nada de lo que intenten
podrá alterar el destino de la Tierra —declaró Mandamus.
—Sin embargo —terció Giskard— no recordará lo que ha hecho. No
explicará el futuro a los espaciales.
Alcanzó un asiento, y con mano temblorosa se lo acercó y se
sentó, mientras Mandamus se desplomaba y se sumía en un dulce sueño.
—Al final —se lamentó Daneel tristemente, al mirar a los dos
cuerpos inanimados— fracasé. Cuando fue necesario que me apoderara del doctor
Mandamus para evitar que dañara a la gente que no estaba ante mis ojos, me
encontré obligado a obedecer su orden y congelarme. La ley Cero no funcionó.
—No, no fracasaste, amigo Daneel. Yo lo evité. El doctor
Mandamus estaba empeñado en tratar de hacer lo que hizo, pero le retenía el
temor a lo que tú harías si lo intentaba.
Neutralicé su temor y luego te neutralicé a tí. Así que el
doctor Mandamus prendió fuego, por decirlo así, a la corteza terrestre. Era un
fuego lento.
—Pero, ¿por qué, amigo Giskard? ¿Por qué?
—Porque estaba diciendo la verdad. Te lo dije. Él creía que
mentía. Por la naturaleza triunfal de su mente, tengo la firme impresión de que
estaba convencido de que la consecuencia de la creciente radiactividad sería
anarquía y confusión entre la Tierra y los colonizadores, y que los espaciales
los destruirían y se apoderarían de la Galaxia. Pero vi que la escena que nos
pintaba para ganarnos era la correcta. La desaparición de la Tierra como un
gran mundo abarrotado sería la pérdida de una mística que yo presentía
peligrosa, y ayudaría a los colonizadores. Ellos se extenderán por la Galaxia a
un ritmo que irá en aumento, sin la Tierra para mirar con nostalgia, sin la
Tierra en forma de un dios y establecerán un Imperio Galáctico. Era preciso que
lo hiciéramos posible. Hizo una pausa, y su voz sé debilitó al decir:
"Robots e Imperio".
—¿Estás bien, amigo Giskard?
—No puedo mantenerme de pie, pero puedo seguir hablando.
Escúchame: Ya es hora de que cargues tú con mi peso. Te he ajustado para
detectar las mentes y ejercer el control. No tienes sino que escuchar los
últimos circuitos tal como están ahora impresos.
Escucha...
Hablaba con voz firme, pero cada vez más débil en la lengua y
símbolos que Daneel percibía interiormente. Mientras Daneel escuchaba, podía
sentir los circuitos que iban encajándose. Y cuando Giskard terminó, percibió
el frío zumbido de la mente de Mandamus, el latido desigual de Amadiro y el
fino sonido metálico de la de Giskard.
—Debes volver con Quintana —le sugirió éste— y hacer que estos
dos humanos sean devueltos a Aurora. Ya no podrán volver a causar daños a la
Tierra. Luego procura que las fuerzas de seguridad de la Tierra busquen y
desactiven a los humanoides enviados a la Tierra por Mandamus.
Ten cuidado en cómo utilizas tus nuevos poderes, porque son
nuevos para ti y no podrás controlarlos perfectamente. Con el tiempo te
perfeccionarás lentamente si procuras siempre autoexaminarte antes de servirte
de ellos. Utiliza la ley Cero, pero no para justificar daños inútiles a los
individuos. La primera ley es siempre la más importante.
Protege a Gladia y al capitán Baley sin que lo noten. Haz que
sean felices juntos y deja que Gladia continúe con sus esfuerzos para lograr la
paz. Ayuda a supervisar, a lo largo de las décadas previstas, el traslado de la
gente de la Tierra a otros mundos. Y una cosa más, si puedo recordar. Sí, busca
a dónde han ido los solarios. Puede ser... importante.— La voz de Giskard se
hizo más lenta. Daneel se arrodilló a su lado y asió su inerte mano metálica.
En un murmullo desesperado le suplicó:
—Recóbrate, amigo Giskard, recóbrate. Lo que hiciste estuvo
bien, según la ley Cero.
Has salvado tantas vidas como te ha sido posible. Has ayudado a
la humanidad. ¿Por qué sufres tanto si lo que has hecho nos salva a todos?
Y Giskard respondió con una voz tan cambiada que apenas se
entendían las palabras:
—Porque no estoy seguro. Y si el doctor Mandamus tiene razón,
después de todo, y los espaciales triunfan... ¡Adiós, amigo... Dan...!
Y Giskard enmudeció, para no volver a hablar, ni moverse, nunca
más.
Daneel se levantó. Estaba solo, pero con una Galaxia que
proteger.

