Libro N°. 3153. Río Abajo. Benford, Gregory.
© Libro N°. 3153. Río Abajo. Benford, Gregory. Colección
E.O. Octubre 1 de 2016.
Título original: © Río Abajo. Gregory Benford
Versión Original: © Río Abajo. Gregory Benford
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Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
RIO ABAJO
Gregory Benford
El cuento fantástico es el libro conque
el niño aprende a leer sus pensamientos en imágenes.
Bruno
Bettelheim, Los usos del encantamiento
1.
El desembarque
El
niño descendía por el río plateado en busca de su padre.
Se
acurrucó en su esquife, balanceado por las fuertes corrientes, y miró su estilo
de pescar. Hacía dos días que no comía. Un grueso pez amarillo titilaba en el
fondo del agua transparente, sin morder el anzuelo.
Su
curiosidad pudo más que el hambre y se asomó para ver si el pez estaba
fisgoneando alrededor del hilo. En lugar de su rolliza presa se vio a sí mismo,
reflejado en una grisácea corriente metálica. Pero la imagen llevaba el
sombrero de mimbre que se le había caído al agua el día anterior. Se quedó
contemplando aquella escena atrapada en el tiempo, que había seguido el curso
de su esquife mientras éste se deslizaba ociosamente río abajo, y examinó su
optimista mirada de ayer. Tenía la frente tiznada, y unos grasientos mechones
de pelo le colgaban alrededor de sus grandes orejas.
Se
apartó del borde del esquife, que era poco profundo. La corriente líquida de
metal estaba ascendiendo hacia la superficie del agua, y podía hundirlo con un
simple roce. El peligro le resecó la boca y le oprimió la garganta.
A
través del ara turbia, había vislumbrado un lento remolino con un resplandor
marfil, puro mercurio que determinaba y entorpecía el amplio curso del río
salpicado de fango. El peligro yacía oculto, al acecho, en aquella emanación
metálica: armas oblongas, víboras eléctricas, cosas afiladas que se deslizaban
por la corriente metálica como pájaros de enormes alas.
Se
tumbó en el fondo del esquife y permaneció inmóvil, esperando que amainase
aquella corriente de tiempo denso. El oleaje temporal sacudió su larguirucho
cuerpo y le revolvió el estómago; para olvidarse de sus náuseas, se puso a
contemplar la amplia extensión de bosque suspendida en lo alto.
Allí
rutilaban pequeñas zonas de la desnuda capa terrestre, rebosantes de una luz
ardiente. El mundo era como un tubo, y su único gran río una brillante
serpiente que se deslizaba por los peñascos y bosques. Río abajo, el amplio
oleaje de su limitado cosmos se desvanecía en una neblina, y pudo divisar una
ciudad de grandes dimensiones junto a un centelleante recodo del río. Tras de
sí, río arriba, distinguió la inmensa curva del mundo con sus frondosas
montañas, hasta que la perspectiva se distorsionó y éstas se tornaron borrosas.
Estuvo tentado de sacar los prismáticos para ver...
Un
batacazo contra el esquife. Algo pesado, que se movía. Contuvo la respiración.
Normalmente el bote se desplazaba con la ligereza de una pluma, respondiendo al
roce de la compresión del aire a sus espaldas mientras descendía por el río
plateado, acelerando de este modo a través del tiempo.
Desde
lo alto, extensiones irregulares de la desnuda corteza terrestre lanzaban
molestos destellos de luz. Deseaba tener un momento de oscuridad, que lo
ocultara. Entonces no había sol, y, como el niño nunca había visto una
estrella, no sabía lo que significaba esa palabra. Las irradiaciones caían
desde los diferentes puntos de la corteza como volcanes iridiscentes salpicando
la tierra en el otro extremo del tubo del mundo. También sabía, aunque sólo a
través de su padre, que estos colores cambiantes eran el brillo transmutado de
monstruosas colisiones entre energías desconocidas, enormes llamaradas, lejanas
e insondables: la herencia de una violencia sin sentido incomprensible para el
ser humano.
Algo
agitó la superficie del río.
Se
incorporó para asir su canalete, y de repente una cosa escuálida salió
disparada del agua y se abalanzó sobre él. El niño la esquivó y la golpeó con
el remo. Una cabeza llena de protuberancias, de ojos amarillos y rasgados,
surgió de la ondulante agua. Su componente metálico desprendía un vapor de un
verde acre. La cosa lo agredió de nuevo, y el niño blandió el canalete, con el
que logró alcanzarla y abrirle una brecha.
La
bestia de mercurio lanzó unos gemidos, chapoteó y desapareció. El pequeño
hundió el remo en el agua, cuya pala estaba claramente partida por la mitad, y
lo clavó con fuerza. Hubo un chapoteo detrás de él.
Intentó
llegar más hondo. El humo verde se desvaneció en las aguas arremolinadas, y
cuando se hubieron calmado las corrientes el niño viró hacia la costa. El
depredador de enormes fauces podía devorarlo en un instante y destrozar su bote
de un bocado si conseguía traspasar las bajas corrientes de mercurio gris
plateado y de bromo rojizo. Una turbulenta marea lo había arrastrado hacia la
superficie, y podía hacerlo de nuevo.
Le
ardían los brazos y le faltaba el aliento mucho antes de que la proa tocara
tierra. Se apresuró a alcanzar la orilla y, tirando de una cuerda deshilachada,
arrastró el esquife por una marisma y un soto, y luego lo escondió entre ramas
frondosas.
Pensativo
y débil, se fue a buscar algo de carne azul, seca y fibrosa, para calmar el
ruido de sus tripas.
Miró
hacia arriba, a la cúpula de lejanos bosques y marismas. Éstos no le revelaban
lo que podría encontrar allí aparte del río, por lo que decidió explorar un
poco. Estaba bastante río abajo. La noche anterior había vuelto a quedarse
dormido y, sumido en el sueño al oscurecerse el tubo del mundo, podía haber
seguido a la deriva a toda velocidad pasando Dios sabe cuántos arrecifes y
ciudades. La silenciosa inmensidad del río aislaba el esquife solitario de los
ritmos de la tierra y hacía que el deslizarse río abajo avanzando en el tiempo
fuera algo natural e inevitable.
Se
puso a caminar por la orilla, río arriba, adentrándose en la silenciosa presión
del tiempo, que al principio parecía una suave brisa de verano pero que agotaba
las energías de cualquiera que avanzara en su contra. Mientras caminaba estuvo
observando la gran profusión de tallos, troncos y enredadas masas azul verdosas
que había cerca de la orilla. Ni rastro de gente. Por ello, lo cogió de
sorpresa un hombre con un trabuco que surgió de detrás de un enorme tronco de
árbol y le sonrió.
-¿Cómo
te llamas? -preguntó el hombre después de escupir.
-John.
-¿Vas
río arriba?
Mejor
evitar la pregunta que mentir.
-Estoy
buscando comida.
-¿Encontraste
algo?
-Apenas
he tenido ocasión.
-No
puedes haber venido de muy lejos. Hay una gran tormenta cerca de aquí, río
abajo. -El hombre esbozó una amplia sonrisa, mostrando unos dientes marrones y
unos labios delgados y secos-. He visto cómo le arrancaba los brazos a un
hombre.
John
comprendió que el hombre sabía que no podía haber llegado hasta allí viniendo
río arriba, y dijo con naturalidad:
-He
venido caminando desde donde hay un gran árbol viejo y muerto.
-Conozco
ese lugar; estuve allí una vez. Lleno de bayas y otros frutos. ¿Cómo es que
estás por aquí?
-He
oído que por aquí hay una gran ciudad.
-Más
bien un pueblo, hijo. Yo creo que deberías quedarte aquí en esta tierra virgen
con nosotros.
-¿Quiénes
son nosotros»?
-Algunos
tipos. -La sonrisa fija del hombre se agrió.
-Debo
irme, señor.
-Este
de aquí dice que tienes un asunto entre manos. -Le mostró el trabuco como si lo
hubiera inventado él.
-No
tengo dinero.
-No
quiero ni necesito dinero, hijo. Eres amable; seguro que a mis amigos les
gustará conocerte.
Le
indicó a John con el trabuco que siguiera caminando. John no vio manera de
librarse de aquella gran arma, así que empezó a andar con grandes zancadas, y
el hombre lo siguió a una distancia prudente. En realidad el trabuco era el
ornamentado fruto de un árbol que John había visto en una ocasión. Las armas
crecían como duras vainas en unos árboles cuya corteza era lisa y brillante, y
debían ser cortadas con sierra una vez maduras. Esta tenía un resalte que se
ensanchaba en una bola rugosa y se ampliaba aún más hacia la culata, todo lo
cual
formaba
parte del arma viviente. Si se clavaba la culata en una tierra fértil, con agua
y con la luz del día crecían cartuchos para la escopeta. Por el tamaño de la
culata del trabuco dedujo que se trataba de un arma totalmente madura que debía
de llevar un montón de balas.
Tropezó
con una maraña de hierbas de cuchillos, y oyó cómo el hombre se reía de su
torpeza. Por fin llegaron a un camino de arcilla rosa. Era evidente que aquel
hombre le tenía preparado algún perverso recibimiento, y el niño no tenía ni la
más remota idea de lo que aquello pudiera significar. Un simple robo o un lugar
de sodomía (había oído hablar de ellos e incluso había estado como espectador
en alguno).
Pero
la mirada del hombre, absorta y ardiente, denotaba algo más. Algo más allá del
mundo de un niño, perteneciente a la ciénaga desconocida del mundo de los
adultos.
¿Qué
debía hacer? Su mente le daba vueltas en vano.
John
empezó a jadear mientras subía lentamente el sendero cada vez más empinado.
Como la mayoría de los caminos, éste ascendía casi perpendicular al río, ya que
de este modo un viajero no padecía ni la fría presión que se sentía al
retroceder en el tiempo, ni las náuseas que producía su avance. John pensó que
seguramente el camino los conducirla hasta las secas colinas marrones que había
más adelante. Se oía el zumbido de los insectos en medio del silencio de los
momentos de reposo, y algunos le picaron.
Seguía
buscando una salida, frenético. Atravesaron una verde extensión de montículos y
frente a ellos, a tan sólo unos pasos, apareció un brillante arroyo de un gris
metalizado que descendía gorgoteando hasta el río. Un murciélago almizclero
yacía muerto en el gomoso sendero de arcilla.
Ese
tipo de murciélagos nunca olía demasiado bien y aquél, muerto desde el día
anterior por lo menos, impregnaba el aire de un hedor acre. Sin dar ninguna
señal de lo que había visto, John contuvo la respiración. El arroyo murmuraba
junto a él, y su débil agitación temporal lo hizo tambalearse ligeramente. Un
poco más allá de la piel agrietada rezumante del murciélago, de un color azul
oscuro, distinguió una
grama
caída y rocalla de una borrasca.
Pasó
por encima del animal y dio tres pasos más. Cuando se giró, el hombre estaba
respirando aquel aire repulsivo. Su atezado rostro se desfiguró, y el hombre
retrocedió, titubeando. El trabuco se balanceó en el aire.
John
agarró la rama. Sin querer, aspiró el hedor putrefacto, y tuvo que apretar bien
la garganta para impedir que lo traicionara su estómago. Se abalanzó sobre el
hombre blandiendo la rama, y la madera buscó la madera. Sintió una brusca
sacudida al golpearlo.
-¡Ah!
-gritó el hombre de dolor. El trabuco salió disparado y cayó en el riachuelo
que disolvió el arma con un siseo y una fragante humareda naranja. El hombre
quedó boquiabierto; miró a John y dio un paso atrás.
-Eh,
tú -dijo John, lo primero que se le ocurrió.
Pronunció
estas palabras con su tono más grave de voz. Con el absorbente riachuelo tan
cerca, cualquier lucha podía culminar en una muerte desintegradora en un abrir
y cerrar de ojos. John sintió que le flaqueaban las piernas y se le desbocaba
el corazón.
El
hombre echó a correr, y se escabulló lanzando un ronco grito. John parpadeó
sorprendido y se batió en retirada, huyendo de las virulentas emanaciones del
murciélago. Se detuvo al borde de unas parras y se giró para mirar el
riachuelo.
Su
pecho se hinchó de orgullo súbitamente. Había intimidado a un adulto. ¡Él!
Tan
sólo más tarde se percató de que el hombre tenía razones para estar más
asustado que él, ya que se enfrentaba a un niño de mirada salvaje y algo
musculoso, desgarbado pero armado con un garrote bastante grande. Por tanto el
hombre había sido prudente y había optado por huir, con el sucio faldón de su
camisa azotándolo como si manifestara su reprobación.
2.
Vientos de confusión
John
se alejó de las colinas, por si el hombre atezado regresaba con sus amigos. Se
dirigió río abajo, y siguió caminando hasta que lo venció el sueño. Al
mantenerse a cierta distancia del río esperaba evitar la tormenta de tiempo que
había mencionado el hombre..., suponiendo que no se trataba de una mentira.
El
río se podía divisar desde cualquier altura, dado que la tierra se elevaba en
curva hacia los territorios que se extendían en lo alto. A esta distancia el
resplandor del agua transparente se fusionaba con las rojizas marismas, por lo
que John apenas lograba distinguir los toques de plata y gris metalizado de las
mortales corrientes.
Después
de levantarse encontró en la maleza un fruto harinoso para desayunar. Cuando se
puso de nuevo en camino, notó un escozor en la nuca: una onda acababa de pasar
muy cerca de allí. Sintió el pecho comprimido, y le picaban los ojos. Hubo una
descarga de sordos estampidos en el aire.
Alzó
la vista. Pese a la neblina, podía vislumbrar el lejano extremo del mundo. Era
una extensión de colinas y valles hundidos, rebosante de vegetación, con lagos
salpicados de colores y arroyos tortuosos, todos afluentes del único gran río.
Mientras lo contemplaba, la bóveda se fue comprimiendo, como el acordeón que
había visto tocar a una mujer en una ocasión, y lo aplastó a él también. Le
apretaba las costillas y tiraba con fuerza de su cuello y sus tobillos como si
intentara partirlo en dos. Los árboles crujían y se columpiaban, y uno viejo y
negro se desplomó a corta distancia. Mientras el niño yacía sobre el humus,
mojado y fragante, pudo observar cómo la impresionante constricción de todo su
mundo avanzaba río abajo. Era una ola de compresión que actuaba y luego
amainaba, como los espasmos digestivos de una gran bestia. Los estratos crujían
y las rocas se hacían añicos. Hasta que un repique final, como el martillo de
un gigante, se extendió por la frondosa bóveda.
Tan
sólo había visto cinco ondas en toda su vida, pero ésta había sido la más
potente, ya que al observar su avance con los prismáticos alcanzó a atisbar,
por primera vez, los chapiteles de la ciudad, y vio cómo uno se desplomaba en
un instante al pasar la gran ola. Hasta ese momento había considerado las
ciudades -o pueblos, según había dicho el hombre, una palabra que John
desconocía- como magníficos lugares libres de la acción de la pura naturaleza,
invulnerables.
Caminaba
con rapidez. Un resplandor púrpura invadió el bosque; emanaba de una gran
extensión de la desnuda capa terrestre que se extendía junto a un brillante
lago, al otro extremo del mundo. Se vio poseído por pensamientos sobre la
ciudad, ideas sobre cómo encontrar a su padre, y de este modo se olvidó de la
tormenta de tiempo
Al
principio sintió como si se le retorciera el estómago. Entonces el aire húmedo
se alteró, las perspectivas se distorsionaron y reinó la confusión entre los
vientos.
Sus
pies se negaban a pisar allí donde les ordenaba, a no ser que prestara atención
continuamente, por lo que sus entornados ojos no los perdían de vista ni un
momento. Pesados como un tronco, sus brazos ganaban y perdían peso mientras se
balanceaban. Girar la cabeza de repente suponía arriesgarse a una caída. Siguió
avanzando con dificultad, jadeando. Transcurrían las horas, y él comía,
descansaba, proseguía. El aire succionaba la fuerza de sus músculos, y sentía
comezón por todo el cuerpo.
Se
fue serenando a medida que se acercaba a la ciudad. Empezó a flaquear de
fatiga. Aún quedaban tres chapiteles, de un blanco flamante y reluciente, y era
el lugar más suntuoso que había visto jamás. Las casas, de una madera pulida y
pálida, se alineaban, nítidas y seguras, junto a calles de roca tan rectas como
flechas, e incluso las losas de pizarra eran cuadradas y auténticas.
Las
calles estaban atestadas de un número incontable de gente: mujeres con
llamativos trajes caminando con cuidado para evitar los excrementos de caballo,
borrachos ordinarios avanzando a tumbos, robustos y joviales comerciantes,
viles pendencieros, grandes fanfarrones, vendedores ambulantes de rostro
rubicundo traficando con todo, desde caramelos hasta sierras; todos pululaban
como insectos afanosos, hablando sin cesar.
Para
John era como intentar beber de una cascada. Erraba por las calles
cuadriculadas sin que nadie reparara en él, plenamente consciente de sus ropas
andrajosas y su sombrero flexible. Buscó lo único que sí conocía: el río.
Había
hombres ganduleando por el gran muelle de piedra en el creciente calor
infestado de insectos. Estaban repanchigados en sillas rotas, reclinados hacia
atrás hasta tal punto que parecía una imposibilidad dinámica, con la barbilla
en el pecho y el sombrero caído hacia adelante cubriendo sus soñolientos ojos.
Una puerca de seis patas y su cría pasaron gruñendo, dedicados a sacar un buen
provecho de las cajas rotas.
Más
allá de esta lenta escena se hallaba el río, medio en la sombra debido al
resplandor intermitente de tres trozos de capa terrestre en lo alto, que
brillaban profusamente cuando la luz les daba de lleno. John se quitó la
mochila, se sentó en una barandilla del muelle y se quedó contemplando la
incesante ondulación del río, quebrantada por fragmentos de pura plata que
irrumpían en la superficie, humeaban y desaparecían.
-¿Buscas
trabajo?
Era
una voz áspera. Pertenecía a un niño algo mayor que John y más alto, cuyas
anchas espaldas casi le reventaban la camiseta. Pero tenía una mirada agradable
y tierna.
-Puede
ser -contestó, pensando que allí necesitaría dinero.
-Tengo
trabajo descargando. Nunca hay brazos suficientes. -El joven extendió una mano
bien abierta. Se estrecharon la mano-. Yo soy Stan.
-Yo,
John. ¿Es duro el trabajo?
-Moderado.
Tenemos zánganos que nos ayudan.
Stan
señaló a cinco siluetas sentadas junto al embarcadero. John los había visto
antes, pero río arriba se los llamaba «zoms». Todos estaban en la misma
postura: las piernas estiradas, los brazos caídos, y todo el peso sobre la base
de la columna. Ningún hombre habría podido sentarse de esa manera durante mucho
tiempo, pero a los zoms parecía no importarles. Casi cualquier cosa era mejor
que estar muerto.
-¿Eres
nuevo? -inquirió Stan, sentado en cuclillas junto a John mientras escribía algo
en una tablilla con el cabo de un lápiz.
-Acabo
de llegar.
-¿En
balsa?
-Esquife.
Fui a parar por encima de esa tormenta.
Stan
silbó.
-¿Y
echaste a andar? Es un largo camino. ¿Cómo no acabó contigo la ola?
-Lo
intentó.
-Será
duro volver a tu esquife.
-Puede
que siga bajando.
-¿De
verdad? -Stan se fue animando-. ¿Desde dónde vienes?
-No
lo sé.
-¿Angel's
Point? ¿Rockport?
-He
oído hablar de ellos. Vi Alberts, pero había mucha niebla.
-¿Vienes
de más arriba de Rockport? ¿Y eres tan sólo un niño?
-Soy
mayor de lo que parezco -dijo John fríamente.
-Sí
que tienes un acento raro.
John
hizo rechinar los dientes.
-Tú
también para mis oídos.
-Pensé
que viajando tan lejos río abajo te ponías enfermo, te volvías loco o algo así.
-Stan parecía estar realmente impresionado, con los ojos bien abiertos.
-No
me limité a viajar río abajo. -Eso era un error absurdo; incluso un niño lo
sabía-. Me paré para... explorar.
-¿Para
qué?
John
se movió, inquieto. No tendría que haber dicho nada. Cuanta menos gente supiera
de él, menos podrían utilizarlo.
-Para
buscar un tesoro.
-¿Como
el hidrógeno? Aquí hay un gran mercado de cosas de hidrógeno.
-No,
más bien... John se esforzó por pensar en algo que tuviera sentido-. Joyas.
Rubíes antiguos y todo eso.
-¿En
serio? Nunca he visto ninguno.
-Son
raros. Los dejaron los señores de antaño.
Stan
abrió la boca y pareció reflexionar intensamente.
-Eh...,
¿quiénes eran ellos?
-Gente
primitiva, de muy muy lejos en el tiempo. Entonces eran tan ricos, al ser tan
pocos, que los zafiros y el oro se les caían de las muñecas y del cuello.
-¿En
serio? -dijo Stan abriendo bien los ojos.
-Tenían
tanto que para ellos era como el polvo de la carretera. A veces, cuando se
aburrían, las mujeres cogían todo un puñado de joyas, las mejores que tenían,
bien brillantes y relucientes, y las clavaban en algunos de esos enormes
sombreros que llevaban. Cuando había una inundación, la gente se ahogaba y esos
sombreros cargados de joyas eran arrastrados río abajo.
-¿Sombreros?
-Stan seguía boquiabierto.
John
hizo un amplio ademán con la mano.
-No
los sombreros flexibles que llevamos por aquí abajo. Me refiero a grandes
sombreros, hechos de... bueno, de hidrógeno puro.
-Hidró...
-Stan se detuvo, con una mirada estupefacta, y John se percató de que debía
reparar aquello.
-¿Sabes?,
en aquellos tiempos prehistóricos el hidrógeno era todavía más ligero de lo que
lo es ahora. Así que lo llevaban encima. La gente más refinada tejía con él
lujosos chalecos, cuellos de camisa y sombreros.
Stan
frunció el entrecejo, nada convencido.
-Yo
nunca vi a a nadie...
-Bueno,
se trata precisamente de eso, ¿comprendes? Aquellas antiguas damas y caballeros
gastaron todo el hidrógeno. Por eso ahora vale tanto.
-¡Oh!
-exclamó Stan, pasmado-. Eso es maravilloso, sencillamente maravilloso. Quiero
decir que sabía que el hidrógeno era el metal más ligero, y también el más
fuerte. No es de extrañar que todos los contratistas y constructores de motores
lo quieran y no puedan conseguirlo. Pero... -miró a John fríamente-, ¿cómo es
que sabes eso?
-¿Cómo
es que un niño lo sabe? -Podía muy bien devolverle esa observación-. Porque río
arriba estamos más cerca de las épocas arcaicas. Buscamos esos sombreros de
hidrógeno que llegaron arrastrados por el río.
-Entonces
¿por qué has venido aquí abajo? -inquirió Stan, ceñudo.
Por
un instante John tuvo la ligera impresión de que lo habían pillado. Toda la
historia iba a estallar ante él. Perdería aquel empleo y pasaría hambre aquella
noche.
Entonces
parpadeó y dijo:
-Río
arriba la gente ya tiene los sombreros que llegaron hasta allí. Los que estoy
buscando son los que pasaron de largo.
-Aaahhh...
-Esto agradó a Stan, quien de inmediato empezó a lanzar preguntas sobre los
magníficos sombreros y la búsqueda del tesoro, cómo lo hacía John, qué había
encontrado, etcétera. Fue un alivio cuando alguien gritó:
-¡Barco
de inducción!
Y el
soñoliento muelle volvió a la vida.
3.
El Zom
John
tenía la impresión de que el gran buque blanco había surgido de la nada,
elegante y nítido. Se acercaba a ellos majestuosamente, y surcaba el río
rizando el agua como un escudo de espuma, esparciendo ante sí trocitos de metal
líquido grisáceo.
Era
un barco de tres cubiertas con unas barandas de color castaño y una timonera en
forma de pirámide en lo alto. Tenía a cada lado unos grandes discos que
zumbaban de forma ensordecedora a medida que el navío reducía la marcha. Estos
discos, que arrojaban las líneas de inducción bien profundo en el río para
propeler el barco hacia adelante, eran lo único que no se había visto afectado
por la eterna costumbre de ornamentarlo todo. Unos bucles caían de cada puntal.
Los pilares acababan en volutas antiguas, la pasarela estaba ornada con
esculturas de ángeles protectores y los pescantes, botalones y topes se
hallaban cubiertos de unos cascos dorados.
Los
pasajeros se iban alineando a lo largo de las barandillas mientras el barco
desaceleraba; la espuma saltaba por los aires y el agua salpicaba el muelle de
piedra. Se oyó un extraño silbido, y unas manos lanzaron gruesas cuerdas desde
la cubierta.
Stan
agarró una y la sujetó como un verdadero experto.
Una
muchedumbre se había concentrado allí venida de alguna parte, como si hubieran
surgido de la humedad para apiñarse en el embarcadero y en el muelle.
Una
barahúnda invadió el barco de inducción. Cajas y balas descendían por los
cables de la grúa, y las furgonetas acudían a recogerlas con gran estruendo.
John se encontraba con un grupo de zoms tirando de los pesados bultos, en tanto
las gentes gritaban y regateaban enérgicamente a su alrededor.
Los
zoms obedecían las órdenes de Stan con apatía, y, al tirar con fuerza con la
boca abierta, se les caían las babas por el pecho. Eran cadáveres que habían
sido devueltos a la vida no hacía mucho, por lo que aún conservaban su fuerza
aunque la perdían poco a poco. La mayoría de los zoms eran hombres, ya que se
los reanimaba para realizar duros trabajos manuales. Pero había una fornida
mujer trabajando junto a John que, entre carga y carga, le puso la mano en la
pierna, de una forma directa y sencilla, y luego deslizó los dedos por ella
para tocarle las pelotas. John retrocedió bruscamente, mientras el fuerte hedor
de la mujer le golpeaba la nariz. Los zoms anhelaban la vida. Quizá sabían que
se iban a marchitar, que se verían reducidos a un aletargado aturdimiento en
cuestión de meses. La pesada mujer lo miró de forma impúdica y le tocó el culo.
Él se apartó de ella, tembloroso.
Y
chocó contra un zom desharrapado que se giró lentamente y musitó:
-John...
John...
El
niño miró detenidamente sus lacrimosos ojos y su desencajada mandíbula. Una
piel apergaminada cubría las rígidas protuberancias de su estropeado rostro.
John intentó recordar. ¿Había alguna leve similitud en los pómulos, en la nariz
puntiaguda?
-John...,
tu padre...
-¡No!
-chilló John.
-John...,
ven aquí... El tiempo... -El zom extendió una mano temblorosa para tocar el
hombro del niño. Se hallaba en la última etapa incierta de su segunda vida, y
ahora afloraba en él una energía oscura y misteriosa.
-¡Tú
no eres mi padre! Lárgate.
El
hombre se quedó boquiabierto, parpadeó y volvió a acercarse.
-¡No!
John
le dio un fuerte empujón al zom, y éste se tambaleó, sin intentar evitar la
caída. Acabó esparrancado en el suelo. Yacía inerte, con los ojos fijos en el
otro extremo borroso del mundo.
-Hey,
¿te está molestando? -preguntó Stan.
-Sólo
se meten conmigo, eso es todo.
John
observó aquella cara con la mandíbula desencajada y decidió que aquel zom no
podía de ninguna manera ser su padre. Realmente no había ninguna similitud,
ahora que se había puesto a examinarlo detenida y objetivamente.
-Déjalo
ahí -dijo Stan sin darle importancia-. Tenemos trabajo.
Durante
el resto de la jornada, John ayudó a descargar sin mirar ni una sola vez hacia
la figura desplomada en el suelo. Las señoras le pasaban por encima con cuidado
y un hombre le dio un puntapié, todo ello sin provocar la más mínima reacción.
El
trabajo era duro y requería rapidez, puesto que el barco de inducción ya estaba
acogiendo a sus pasajeros. Cuando John regresó de un almacén cercano adonde
llevaron la primera carga, tan sólo las olas del río tiznado de barro mostraban
que el barco había estado amarrado allí alguna vez.
4.
El señor Preston
Aquél
fue un día largo y duro, con todos aquellos barriles y cajas de madera que
desatar, clasificar y apilar en el destartalado almacén. Stan era el
representante de una de las grandes empresas de importación y tenía
constantemente trabajo, por lo que John estuvo ocupado el resto del día. Los
zoms del embarcadero se agotaron enseguida, y Stan apareció con otro grupo de
ellos. John no volvió a ver al que se había desplomado, ni tampoco fue a
buscarlo a la maloliente parte trasera del almacén, donde estaban encerrados.La
jornada de trabajo llegó a su fin al tiempo que se oscurecía una gran extensión
de cielo. Se trataba de un acontecimiento afortunado, ya que la gente todavía
prefería dormir en la oscuridad, y, aunque no existiera el ciclo del día y la
noche, unas pocas horas de sombra eran suficientes para que todos cayeran en el
letargo que necesitaban. En una ocasión John había visto una noche que se
prolongó durante varios «días», y la gente empezó a conjeturar si volverla
alguna vez la luminosidad. Pero, cuando regresó la luz sulfúrica, vino
acompañada de un calor sofocante y un resplandor tan deslumbrante y feroz que
todos lamentaron la impaciencia que habían sentido antes.
Stan
se llevó a John a su propia pensión y lo dispuso todo para él, dejándole apenas
tiempo para que se diera un baño de agua fría del río antes de cenar. Una vez
en la mesa, a John lo sorprendió ver con qué velocidad desaparecía la comida, a
la vez que se hablaba sin cesar, como si las bocas estuvieran hechas para
masticar y parlotear al mismo tiempo. En una inmensa bandeja, llevaron unas
gallinas de caza bien doradas que fueron arrebatadas y devoradas antes de que
llegaran hasta el, aunque Stan se las ingenió para coger dos y compartirlas. Un
hombre enjuto y con barbas de chivo sentado frente a John tan sólo se ocupaba
de los deleites de su boca, masticando al tiempo que bromeaba y escupía sin
demasiada puntería en una escupidera de latón que había junto a él. Stan sólo
utilizaba el cuchillo, y a veces se lo introducía tranquilamente hasta el fondo
de la boca. John consiguió zamparse unas pringosas judías y unas gruesas
tajadas de carne antes de que llegara volando el postre, un plato que consistía
en una isla de duras nueces flotando en un mar de nata que ardió en llamas
cuando un hombre lo tocó con su puro. Stan comió una, y luego se reclinó
satisfecho en su silla de mimbre y se limpió los dientes con una brillante
navaja, en una sencilla exhibición de valentía sin precedentes en la vida de
John.
Después
de aquello, lo que más deseaba John era dormir, pero Stan lo incitó a salir a
las calles atestadas de gente. Acabaron en un bar donde actuaba una inmensa y
bien lubricada mujer que giraba los ojos mientras cantaba una balada que John
no comprendía. Al terminar se desplomó en el suelo con gran estruendo, y fueron
necesarios tres hombres para llevársela. John no sabía si ello formaba parte
del espectáculo o no, pero lo encontró más entretenido que la canción en sí.
Stan
lo obligó a tomar cerveza negra y astutamente aprovechó la ocasión para pagarle
el jornal; tras lo cual, naturalmente, John habría sido un cicatero si no
hubiera invitado a la próxima ronda, que llegó con asombrosa rapidez. Estaba a
mitad de aquella jarra, pensando mejor de aquella noche, de aquella inmensa y
compleja ciudad, de su nuevo y buen amigo Stan y en general del mundo entero,
cuando rememoró cómo su padre había dicho en familia que uno tiraba el tapón de
corcho una vez extraído de la botella, sabiendo con certeza que no lo volvería
a necesitar.
Esta
asociación de ideas lo afligió un poco, pero Stan consiguió aliviar su
expresión ceñuda estirando las piernas y alzando un pie con un calcetín. Este
tenía cosida una cara, de modo que, cuando Stan zangoloteaba los dedos del pie,
el rostro acusaba enfado, sonreía e incluso guiñaba un ojo. Entretanto, Stan
mantenía una divertida conversación con tan artístico pie. Pero esto hizo que
John recordara su primer día en el orfanato, frío y deprimente, cuando un niño
alto asomó un pie con un calcetín gris desde debajo de las mantas. John lo
confundió con una rata y lanzó su cuchillo, que se clavó en el pie. Esto le
había dado muy mala fama por allí durante algún tiempo.
Sonrió
al pensar en ello y tomó otro sorbo de cerveza. Súbitamente el rostro de Stan
palideció, y John notó una presencia tras él.
Al
girarse, vio a un hombre con una chaqueta de cuero y pantalones negros que
lucía con garbo una gorra azul. Nadie salvo un piloto llevaría una gorra
semejante, con aquellas costuras doradas en la visera.
-Se...,
señor Preston -tartamudeó Stan.
-¿Divirtiéndose,
caballeros? Supongo que no estarán demasiado ocupados para hablar de
negocios...
El
señor Preston sonrió con austera afabilidad, como correspondía a un
representante de la única profesión sin trabas y realmente independiente que
John conocía. Los lores se veían limitados por los parlamentos, los pastores
por sus feligreses, e incluso los maestros, a pesar de su enorme poder,
trabajaban al fin y al cabo para las ciudades.
En
cambio, un piloto del río plateado no estaba sometido a ningún control. Un
capitán de barco podía dar una docena de órdenes mientras se ponían en marcha
los motores de inducción y el buque se adentraba lentamente en el río, pero,
una vez hecho esto, perdía toda su autoridad. Entonces el piloto podía gobernar
el barco como se le antojara, lanzando órdenes sin consultar a nadie ni recibir
crítica alguna por parte de simples mortales.
Sin
pedir permiso, el señor Preston cogió una silla de otra de las mesas de madera
que abarrotaban el bar y se sentó a la mesa de los chicos.
-He
oído que vienes de río arriba, de muy arriba -le dijo a John.
-¿Ah,
se lo ha dicho Stan? -inquirió John para ganar tiempo.
-Algo
me ha dicho, sí. ¿Acaso estaba equivocado? -El señor Preston miró a John
fijamente, torciendo su gran boca bajo un hirsuto bigote marrón.
-No,
señor, pero puede que él... eh... haya exagerado.
-Me
dijo que has estado más arriba de Rockport.
-La
vi en la niebla, esa niebla horrible y nacarada que...
-¿Cuánto
más lejos?
-No
mucho.
-¿Cairo?
-Yo...
Sí, pero de lejos.
-Descríbelo.
-Un
sitio grande, más grande que esta ciudad.
-¿Viste
el punto? ¿Con el arrecife de arena?
-No
vi ningún arrecife.
-Está
bien. No hay ningún arrecife. ¿Cómo es el punto con dos cuernos?
-Hay
espuma saltando por los aires.
-¿Adónde
va la espuma?
-Sale
disparada del río y llega hasta el otro cuerno formando un arco.
-¿Pasaste
por debajo del arco?
-No,
señor. Me quedé en las aguas tranquilas cerca de la otra orilla.
-Muy
inteligente. Ese arco ha estado allí desde que yo era niño y no sobrevivió
nadie de los que intentaron pasar debajo con la corriente.
-Es
lo que he oído yo también.
-¿De
quién?
-De
un tipo, río arriba.
-¿A
qué altura?
Nadie
le mentía nunca a un piloto, pero se podía disfrazar un poco la verdad. John
tomó un sorbo de la cerveza negra, que era lo bastante espesa como para
constituir una segunda cena -como algunos del bar parecían estar haciendo,
ruidosamente -y dijo con tiento:
-Encima
de Cairo. Allí es donde empecé.
El
señor Preston se inclinó hacia adelante con una expresión de astucia.
-Allí
hay un gran arrecife. Hay que pasar con cuidado. Es de arena, ¿no?
-No,
señor, es de hierro negro.
El
señor Preston se recostó en la silla y le hizo una señal al tabernero -que se
encontraba cerca de allí, retorciendo un trapo sucio- para que trajera otra
ronda.
-Así
es. Como un tapón que sale a borbollones debido a algo terrible que sucede en
el fondo del río. Los libros dicen que se trata de un géiser de metal líquido,
pero no de los fríos que fluyen bajo el río. Es un géiser que asciende humeando
a través de la mismísima capa terrestre.
-¿Cómo
es posible? ¿Qué hay fuera del mundo?
-No
podemos saberlo, hijo.
-Por
favor, no me llame hijo, señor.
EI
señor Preston juntó sus espesas cejas, sorprendido por la rápida y dura
observación de John; luego hizo un amplio ademán con la mano dijo,
-Bueno,
señor John, estoy dispuesto a contratar sus servicios.
Stan
había estado siguiendo esta conversación con los ojos bien abiertos. Para los
humildes descargadores, el estar bebiendo con un piloto era como si una rata de
río fuera a cenar a casa del alcalde. ¡Y esta última oferta...!
-¿Servicios?
-se entrometió Stan, incapaz de reprimirse por más tiempo.
-Navegación.
Ha habido cinco grandes tempestades de tiempo entre aquí y Cairo desde que
estuve por allí arriba. Ahora me han encargado que lleve el Natchez hasta ahí y
no conozco bien esa parte del río.
-No
estoy seguro de conocer tan bien el río -replicó John, con la mente todavía
cargada de pensamientos dispares.
-¿Has
visto alguna de esas tormentas?
-Sí,
señor, dos de ellas. Aunque de lejos.
-Yo
diría que es la única forma de ver una -comentó Stan con una jovialidad un
tanto forzada. Seguía pasmado ante la oferta.
El
piloto hizo una mueca en señal de asentimiento, expresión con que aludía a
escapadas por los pelos y a amigos perdidos.
-¿Te
mantuviste bien alejado con tu esquife?
-Usé
una pértiga y remé, ambas cosas. Supongo que tuve suerte con las corrientes,
eso es todo.
-Una
tormenta de tiempo atrae a los barcos según su peso, ¿comprendes? Lo más seguro
es que el remar fuera la causa de tu salvación -dijo el piloto-. Un buque de
inducción, a pesar de su potencia, debe maniobrar con ingenio. Su peso es su
perdición.
John
bebió un trago de cerveza antes de responder.
-No
estoy seguro de querer volver ahí arriba, señor.
-Haré
que valga la pena. -El piloto lo miró entornando los ojos, como si intentara
ver lo que John pudiera estar ocultando-. Pensé que quizá tendrías trabajo
allá.
“Quizá
tendría trabajo.” De repente el rostro del zom irrumpió en su mente, y John se
sintió como si el bar se estrechara a su alrededor, con su sofocante ambiente
cargado del humo de los puros. Las azules humaredas se arremolinaban en el
envolvente resplandor amarillento de las bombillas que sobresalían de las
paredes, del tamaño de una cabeza con el sombrero puesto. John no había vuelto
a pensar en ello, pero ahora lo invadía de nuevo el peso de la incertidumbre.
No podía saber si el zom era su padre a menos que lo encontrara y lo
interrogara.
-Señor,
no podré darle una respuesta hasta mañana. En estos momentos debo ocuparme de
cierto asunto.
El
asombro que acusaban las caras de Stan y del señor Preston era casi cómico, y
se acrecentó cuando John se levantó, se despidió con una solemne inclinación de
cabeza y, sin decir una palabra, se zambulló en la oscuridad que reinaba fuera.
5.
La niña congelada
Oscuras
formas seguían deambulando por su mente cuando llamó a la puerta del señor
Preston. Todavía se sentía apresado en la noche. Era una mañana inestable, con
una luz grisácea que traspasaba la niebla y arrojaba figuras sobre los tejados
a lo largo del río adormecido. John apenas alcanzaba a ver la blanca valla de
estacas que enmarcaba el jardín del señor Preston. La neblina nacarada
desdibujaba cualquier detalle más allá de la tapia de ladrillos que conducía a
la casa. Era un lugar imponente, tuvo que admitir, inclusive con una luz tan
difusa. Tenía un pórtico de pino claro cuyas inmensas columnas estaban
rematadas con unos capiteles floreados. Volvió a golpear la puerta con la
aldaba de hierro, y al instante se giró el pomo de bronce, como si estuviera
conectado con la aldaba. Abrió un enano, un sirviente mudo, quien condujo a
John por un vestíbulo alfombrado.
No
estaba preparado para la ostentosidad de la residencia de un piloto y se puso a
contemplar con deferencia los muebles de caoba, una lámpara eléctrica con una
pantalla de papel amarillo, y una estantería llena de esculturas de sonido.
Tras señalarse la boca bien abierta y sin lengua, mostrarle el tatuaje rojo de
sirviente que le cubría el hombro para explicar su silencio, el enano se
retiró.
Una
profusión de imágenes de viajes revestía las paredes -Sobre las cascadas de
Abraham, En búsqueda de los volcanes, El corazón de la luminosidad, Lucha
contra el destino- y muchas de literatura, incluso fantástica. John anhelaba
tomar aquellas hojas y contemplarlas a la luz, pero, cuando se disponía a coger
Corriente de tiempo y ruina del mundo, oyó unos fuertes pasos. Al girarse pudo
ver al piloto luciendo un uniforme azul y dorado.
-Espero
que hayas resuelto tu otro asunto -dijo el señor Preston con severidad.
Tan
sólo entonces recordó su brusca retirada de la noche anterior. Al salir de
aquel ruidoso bar, la ciudad había absorbido su memoria. Se había puesto a
caminar por estrechas calles bordeadas de toscos edificios que parecían
inclinarse sobre el pavimento, eclipsando la macilenta luz del cielo. Los
húmedos callejones cerca del río estaban atiborrados de objetos -como por
ejemplo fardos de ropa abandonados para ser recogidos por los basureros-, y era
imposible transitarlos sin pisar los bultos o tropezar con ellos.
Los
dueños de los zoms dejaban a éstos allí donde se desplomaban, sabiendo que no
podrían moverse sin ser alimentados de nuevo. John tardó horas en hallar el
rostro con la mandíbula desencajada que había visto en el muelle, y algo más en
comprobar que el zom no se encontraba en un simple estado de sopor. Resultó que
el cuerpo estaba muerto, con las manos en la cintura, convertido en la rígida y
tiesa
parodia
de un baile.
Por
la mañana apareció su corpulento dueño, se encogió de hombros ante el cadáver y
lo arrojó a su furgoneta para luego deshacerse de él. El fornido hombre hizo
caso omiso de las preguntas de John. No, no conocía sus nombres, ni de dónde
eran, ni de qué parte del río provenían. La última visión de John de aquella
cara lo había alterado todavía más, como si el zom al morir hubiera revelado su
último secreto. Había una clara semejanza con su padre, aunque los recuerdos de
John de su primera infancia se habían visto enturbiados por la rabia, la
angustia y la pobreza de los años transcurridos desde entonces.
De
este modo, con una gran fatiga en los huesos pero una firme y férrea
determinación, John se colocó bien erguido junto a la chimenea de roble y le
dijo al señor Preston:
-Iré
con usted, señor.
-¡Estupendo!
¿Qué, has desayunado?
La
dama de la casa trajo unas tortas de avena y unos buñuelos que captaron de
inmediato la atención de John mientras el piloto lo entretenía con sus
historias. John se las ingenió para mantener los detalles de su largo viaje río
abajo bien confusos, aunque casi olvidó su propósito al descubrir la impresionante
colección de objetos del señor Preston, que cubría las paredes. Había
cristales, piedras de extraños colores que delataban una erosión volcánica, un
antiguo anillo de pelo, cinco puntas de flecha de sílex de tiempos legendarios
y algunas obras artesanales semejantes a muchas de las que John había visto
antes. Junto a ellas había tiesas imágenes enmarcadas en bronce de niños de
mirada confusa y ancianos familiares, todos ordenados de forma extraña y
luciendo sus mejores atuendos dominicales para su encuentro con la
inmortalidad.
Pero
estos objetos dispares no era nada comparados con el enorme cubo transparente
que dominaba la mesa del comedor. Desprendía un aire frío y John lo tomó por
hielo, pero a medida que comía pudo comprobar que no rezumaban gotas de sus
costados lisos y brillantes. En el interior de su luz blanca y azulada había
pequeños objetos de arte: una filigrana dorada, un dentado trozo de cuarzo, dos
grandes insectos con duras antenas y una estatua en miniatura de una bonita
joven de cabellos rojizos y un amplio vestido blanco.
Estaba
terminándose una torta de avena enriquecida con melaza y el café de la
cafetera, cuando advirtió por casualidad que una de las alas de los insectos se
había movido. Mientras escuchaba atentamente al piloto, quien se había
enfrascado en lo que parecía ser una primera versión oral en cuatro volúmenes
de su autobiografía, vio y observó a la joven dar vueltas lentamente sobre su
pie derecho, mientras su vestido se alzaba siguiendo el movimiento de su otro
pie, para luego convertirse en un elegante disco giratorio con una delicadeza
aterciopelada.
Entretanto
los dos insectos habían estado agitando sus finas alas transparentes, y ambos
se estaban dirigiendo hacia la niña. Sus ojos multifacéticos se movían con lo
que para ellos debía de ser un vigor lleno de entusiasmo, y para John era un
movimiento aletargado y ominoso.
-Ah,
la persecución -dijo el piloto interrumpiendo su soliloquio-. Bonito, ¿verdad?
Lo he estado observando durante el tiempo suficiente para que me crecieran tres
barbas.
-La
chica... está viva.
-Lo
parece. Aunque no sé por qué es tan pequeña.
-¿De
dónde lo ha sacado?
-Muy
río abajo.
-Nunca
he visto nada parecido.
-Yo
tampoco. De hecho, por la calidad y la destreza con que está hecho, creo que la
chica es real.
-¿Real?
Pero ¡si es más pequeña que la uña de mi dedo pulgar!
-Me
imagino que algún truco de la luz hace que nos parezca así.
-¿Y
estos bichos?
-Son
casi de su mismo tamaño, es cierto. Tal vez parecen más grandes por el truco
opuesto al de la chica.
-¿Y
si no es así?
-Entonces
cuando lleguen hasta la chica lo pasarán muy bien. -El piloto sonrió-. Entregué
sin más la paga de una semana para comprar esto. Y esa pequeña fruslería
dorada, también es giratoria, ¿ves?
Estupefacto,
John sintió una penetrante ola de frío que emanó del cubo del tiempo,
silencioso y lento. Tuvo el impulso de hacer añicos aquel pedazo de tiempo
blanco y azulado, para liberar sus épocas arrebatadas y sus aprisionadoras y
distorsionadas perspectivas. Pero aquel objeto era del piloto, y los hombres
como él entendían mejor que nadie las peculiaridades del tiempo. Quizá fuera
justo que este tipo de
cosas
les pertenecieran.
Aun
así, se sintió aliviado cuando hubo escapado del comedor y se encontró entre la
niebla de la calle.
6.
De vuelta río arriba
Zarparon
del muelle aquel mismo día. John nunca se había sentido tan impresionado como
cuando caminó por la pasarela y puso el pie en la cubierta que ya vibraba de
gente.
Hasta
ahora tan sólo había contemplado con reverencia y servil humildad un barco de
inducción mientras éste surcaba el río con su afilada proa. El señor Preston lo
saludó con un seco movimiento de la cabeza, de forma bastante circunspecta
teniendo en cuenta la desenfadada conversación que habían mantenido durante el
desayuno, y le entregó su contrato de trabajo. Los restantes miembros de la
tripulación le estrecharon la mano sin la fría indiferencia con que solían
tratar a todos los pasajeros. Como era natural, los clientes que pagaban sus
pasajes eran los que recibían peor trato de todos los que se encontraban a
bordo, incluidos los mozos que se encargaban de la limpieza. De las miradas
algo lejanas y vidriosas de los hombres y mujeres de la tripulación, John pudo
deducir que por lo menos se lo consideraba de la familia humana, aunque todo
estaba por ver.
-¿Pasaste
por aquella pequeña turbulencia que nos espera? -le preguntó el señor Preston
mientras subían los tres tramos de escalera que conducían a la cabina del
piloto.
-No,
señor, desembarqué, guardé mi esquife y me puse a caminar.
-Vaya,
qué lástima. Creo que me acercaré a la otra orilla y me mantendré a distancia.
-Sí,
señor.
Estaban
terminando de cargar, mientras las ansias del buque por surcar el río arrojaban
fuertes notas musicales al aire. Las mercancías salían de las furgonetas y eran
transportadas a bordo por trabajadores, zoms en su mayoría, que se empujaban
sin cesar. Los pasajeros rezagados llegaban corriendo, esquivando las cajas y
barriles que aguardaban a ser embarcados. Las mujeres, cargadas de sombrereras
y bolsas de comida, metían prisa a sus sudorosos maridos, que llevaban con
dificultad sus maletines y bebés que chillaban. Pesados carros de transporte y
coches portaequipajes se desplazaban con estruendo por los adoquines y se
interponían en sus respectivas trayectorias con más frecuencia de la que
parecía posible según las supuestas leyes de probabilidad, destrozando cajas y
tinajas. Las palabrotas impregnaban el ambiente. Los cabrestantes irrumpían en
las escotillas, de popa a proa.
A
John le encantaba el bullicio y la barahúnda del trabajo. El contramaestre
gritó:
-¡Todos
los que no vayan a partir, por favor vuelvan al muelle!
Y
sonaron las últimas sirenas, y las atestadas cubiertas del Natchez derramaron
su gimoteante carga sobre las planchas: una incesante marea contra la que
luchaban los últimos pasajeros rezagados. La pasarela empezaba a retirarse,
cuando un hombre alto apareció corriendo e intentó saltar desde tierra. Se
agarró al canto de bronce, y una mujer de la tripulación lo ayudó a subir, pero
se le abrió el bolsillo trasero y se le cayó la cartera al agua. La multitud
que había en el muelle se echó a reír, y la mujer tuvo que impedir que el
hombre saltara tras su cartera.
John
vio todo esto desde la elevada cabina del piloto. Era un lugar elegante rodeado
de tanto cristal que tuvo que ponerse a contar para comprobar que sólo había
cuatro paredes transparentes. El capitán se encontraba al lado del piloto,
ambos luciendo sus oscuros uniformes azules y dorados. Sonó un penetrante
silbato, la bandera naranja se izó por el asta y el navío dejó de ir a la
deriva. Hubo una gran agitación en la cubierta, y las tres grandes chimeneas
situadas en medio del barco arrojaron un humo aceitoso.
La
bulliciosa muchedumbre apiñada a lo largo del muelle lanzaba mensajes de última
hora. El buque comenzó a distanciarse y fue cobrando velocidad a medida que los
campos de inducción alcanzaban la profunda marea de metal bajo las aguas. La
ciudad se fue reduciendo con una rapidez asombrosa, mientras la gente del
embarcadero se convertía en muñecos animados que se tornaban rosáceos y
abigarrados ante la mirada de John.
-El
flujo del tiempo -dijo el señor Preston ante la expresión ceñuda de John-. Nos
aprisiona de inmediato. Estamos viendo sus imágenes comprimidas y
distorsionadas.
La
orilla se iba salpicando de rojo y azul mientras el tiempo fluía y ondeaba
alrededor del barco, y los golpes y empujones de las corrientes resonaban con
unas notas graves que John podía percibir a través de sus botas de altos
tacones.
Se
desplazaban por la duración misma, alejándose de la seguridad del tiempo
imperturbable e inequívoco, y John sintió una náusea amarga que le oprimía la
garganta. Totalmente mareado, notó sus aceleraciones en las entrañas; una
aceleración no sólo por la mera velocidad sino por la incógnita que él sabía
que gobernaba el mundo pero que ningún hombre podía percibir: la fuerza de la
superposición del tiempo y el espacio. La firme cubierta ondulaba como una
serpiente, un aire espeso zumbaba y se agitaba a su alrededor, y el mundo
entero adquirió un aspecto abigarrado. Su cuerpo luchó durante largos y
dolorosos momentos contra los fuertes empujones y tirones, con el pecho
apretado, los intestinos revueltos y las rodillas tan ligeras como una pluma; y
entonces, de algún modo, su cuerpo recobró un cierto equilibrio sin que él
realizara un esfuerzo consciente. Tragó aire y lo encontró húmedo y salado.
-Trata
de controlarte. -Se dio cuenta de que el señor Preston había estado
observándolo-. Sabía que te recuperarías, pero uno no puede estar seguro.
-¿Y
si no me hubiera recuperado?
El
piloto se encogió de hombros.
-Te
habría dejado en puerto en la próxima parada, nada más.
-¿Y
qué hay de los pasajeros?
-Allá
abajo es más fácil. Aquí arriba las mareas son peores.
-¿Las
mareas? -Examinó la superficie del río, que desde ahí parecía tan rasa como una
tabla.
-No
me refiero a las mareas del río, sino a las mareas de tiempo. Los pasajeros que
se marean pueden echarse hasta que llegamos a su destino. Por lo menos la
mayoría.
John
siempre se había imaginado que el trabajo de un piloto consistía simplemente en
mantener el barco en el agua, lo cual no era una hazaña considerable en sí
teniendo en cuenta lo ancho que era el río. Pero, al observar en silencio al
señor Preston mientras éste equilibraba el barco, avanzaba por entre las
brillantes concentraciones de fango marrón y luego se deslizaba con gran
elegancia por un arrecife dorado de metal de bromo, advirtió en ello la
destreza y naturalidad propia de un bailarín. Todo radicaba en el timón con los
radios de roble, el murmullo animal de los motores de inducción y la perfecta
sincronización entre el timón y la proa. Interrumpir esta armoniosa danza no
era sólo una molestia, y peligrosa, sino una atrocidad estética.
Todo
esto lo aprendió John cuando una gabarra mercantil se acercó a toda velocidad
por la corriente principal y se interpuso en la ruta del Natchez. En lugar de
alterar su elegante rumbo, el señor Preston se abalanzó sobre los dos remos de
dirección de proa de la gabarra. Apenas habían cesado los chasquidos y crujidos
cuando un torrente de groseras palabrotas surgió de las caras sonrojadas que se
habían precipitado a estribor. El rostro del señor Preston se iluminó de
júbilo, ya que se trataba de objetivos que, a diferencia de la tripulación del
Natchez, contestaban.
¡Júbilo
de todos los júbilos! Abrió la ventana violentamente, asomó la cabeza y estalló
en improperios contra la gabarra. A medida que se distanciaban los dos barcos y
se iban disipando los insultos de los tripulantes de la gabarra, el señor
Preston fue incrementando tanto el volumen como la agresividad de sus palabras,
invocando a dioses y actos que John nunca había oído mencionar. Cuando el
piloto cerró la ventana se encontraba libre de toda maldad, y toda la tensión
de la partida se había desvanecido.
-Mi
señor, eso ha estado muy bien -dijo una voz junto a John.
Era
Stan, bien sonriente ante aquella mordaz descarga de blasfemias. No fue una
aparición muy oportuna. El señor Preston le clavó una mirada furiosa. ¿Un mozo
con opiniones? ¡A limpiar la cubierta!
John
tardó horas en enterarse de lo que hacía Stan en el Natchez, ya que su amigo
pasó largo tiempo fregando la cabina del piloto, que ya estaba reluciente, y
luego la escalera de hierro y la escalerilla de pino que conducían a aquélla.
Cuando John se lo encontró en la cocina trasera bebiendo café, Stan se mostró
muy locuaz.
-El
tesoro, por eso estoy aquí. Por el trabajo de cubierta apenas pagan nada y me
mareé un poco con la corriente de tiempo, pero podré soportarlo.
-Eh...
¿el tesoro?
-Ya
he empezado a buscar esos sombreros de hidrógeno. Nunca nadie ha buscado tan
abajo, así que me imagino que tú pasaste de largo John, al venir hasta aquí.
Tienen que estar cerca de nosotros, seguro.
John
asentía con la cabeza y escuchaba a Stan mientras éste hablaba con entusiasmo
de los zafiros en forma de estrella y de los gordos rubíes que les aguardaban.
Pero, por otro lado, todo ello le había aportado un amigo en un lugar que le
resultaba un tanto deprimente.
-Aunque
es una pena que hayas tenido que abandonar la búsqueda -dijo Stan astutamente.
-¿Qué?
John tenía la boca ocupada en una taza de café, y ese extraño comentario lo
cogió de sorpresa.
-Llegaste
muy lejos persiguiendo otro asunto. Era a aquel zom a quien querías encontrar.
Sólo que querías al hombre en su primera vida, y eso se encuentra río arriba.
Era
desconcertante ver cómo Stan se había tragado toda la historia de los sombreros
de hidrógeno, y sin embargo había conseguido descubrir la verdad sobre el padre
de John a partir de pequeños detalles. John lo reconoció a regañadientes con un
movimiento de la cabeza, pero cortó la conversación.
En
su viaje río abajo, había aprendido muy pronto a no permitir que los demás se
recrearan en una historia sentimental sobre un pobre niño falto del amor de una
madre y del fuerte apoyo de un padre, arrojado, completamente solo, a la fría
caridad de un mundo excesivamente reprobador. Aquélla no era toda la verdad y,
si la hubiera contado, la gente se habría mostrado horrorizada.
7.
Turbulencia temporal
Se
hallaban cerca de las tranquilas aguas junto a la orilla, donde las profundas
corrientes de bromo y mercurio permitían que las bobinas de inducción se
afianzaran bien. La corriente de agua avanzaba con mayor rapidez en medio del
río, pero allí no irrumpía en la superficie ninguna ardiente corriente de bromo
despidiendo vapores, por lo que la vigilancia era relativamente fácil.
El
señor Preston explicó que el Natchez no debía apartarse de la orilla, para de
este modo mantenerse alejado de las embarcaciones que navegaban río abajo,
luchando contra la rígida corriente. John aprendió algunos de los trucos para
salvar los recodos, obstáculos e islas que entorpecían la ruta. Decidió bien
pronto que si alguna vez se convertía en piloto iría siempre río abajo,
avanzando en el tiempo, y dejaría que los más aventureros navegaran río arriba.
Pero
la tormenta de tiempo afectaba a ambos tipos de barco.
Se
oía el murmullo de la oscuridad mientras surcaban el río ante la espiral de
tiempo que les aguardaba. Ésta ascendía como un sifón en medio del río, pero
los recientes informes del día anterior habían dicho que avanzaba pegada a la
orilla opuesta a donde navegaba ahora el Natchez.
-Está
avanzando rápido -comentó el señor Preston severamente mientras sujetaba el
timón.
La
columna de espuma blanca daba vueltas sin cesar y enrojecía las imágenes del
bosque y las llanuras que había sobre ella. John se retiró al rincón de la
cabina del piloto y agotó enseguida todo lo que recordaba sobre los días de
tormenta que había visto. De todos modos, sus esfuerzos fueron en vano ya que
la tempestad había arreciado, convirtiéndose en un nudo retorcido en forma de
ocho que vomitaba agua negra y chorros de un gris metalizado.
Una
fuerte lluvia golpeaba las ventanas de la cabina. El aire del ciclón absorbía
la luz a su alrededor, dibujando figuras de un color negro azulado en el cielo.
En la orilla, John vio cómo los árboles se difuminaban y se convertían en finas
telas de araña. Los vientos azotaban y bombardeaban el Natchez, doblaban los
árboles y giraban la pálida parte inferior de sus hojas, formando olas de color
en el cielo. Los árboles agitaban sus brazos como presas del pánico. Emitiendo
un agudo chillido, una de las chimeneas del Natchez fue arrancada de cuajo y la
parte superior cayó pesadamente sobre la cubierta. La tripulación acudió
corriendo para cortarla y lanzarla por la borda. John vio que Stan estaba con
ellos, serrando frenéticamente mientras el viento los golpeaba con fuerza y
amenazaba con arrancarlos de cubierta. Blasfemas palabras surgieron de sus
labios, tan cerca de John que éste pudo leerlas, pese a que una ráfaga de
viento se las llevó violentamente.
Éste
no era un viento común. Desgarraba y cortaba el aire distorsionando las
imágenes, por lo que los hombres que luchaban contra él parecían actuar tanto
con una lentitud agonizante como con una velocidad frenética, al tiempo que
eran ensanchados, estirados y deformados por fuerzas invisibles.
De
repente, el silbido de una aspiración arrojó al cielo un bello y luminoso
resplandor. Un fulgor etéreo invadió la cubierta, y sin embargo la tierra yacía
en la oscuridad. Los árboles se agitaban y luchaban contra enemigos
imaginarios. En medio del río surgió un chorro de espuma.
Otro
silbido y un estruendo, y el barco se hundió unos dos metros y se debatió en un
baño caliente y efervescente. En una fracción de segundo el aire se tornó negro
como el pecado, y los truenos retumbaron por el cielo como barriles vacíos
rodando por una escalera de piedra.
Y
entonces se acallaron, y la tormenta pasó a ser una pintoresca protuberancia en
un río tranquilo de nuevo.
-Esta
vez la turbulencia temporal ha sido suave --comentó el piloto.
A
John no le pareció así, pero se sentó en un taburete y consiguió volver a
respirar con normalidad.
Cuando
vio a Stan más tarde, éste le dijo, sorprendido:
-¿Retortijones,
las piernas estiradas? Yo no he sentido nada de eso.
Y
John comprendió que los bruscos cambios y la inestabilidad del tiempo y el
espacio no existían más que en la mente del que observaba. Pero la chimenea
truncada, que estaba siendo separada con grandes dificultades por Stan y los
demás, mostraba lo reales que podían ser las variaciones del tiempo.
Siguieron
surcando el río, esquivando un gran banco de aluminio que despedía un brillo
apagado y habría podido atrapar el casco de un barco de inducción en un
segundo. Esto condujo al Natchez cerca de la orilla donde John había dejado su
esquife. Con los prismáticos del señor Preston buscó el arbusto azul verdoso,
pero no había ni rastro de él.
-Alguien
lo ha robado -dijo, indignado.
-O
se lo ha comido -señaló sonriéndo el piloto.
-No
cultivé ese esquife, no está vivo. Lo construí con sierra y martillo.
-Quizás
el tiempo se lo haya comido -fue todo lo que dijo el piloto.
La
orilla parecía mojada e indefinida, una emulsión azul verdosa. A medida que
ascendían por el río se fue acrecentando el respeto de John por el piloto.
Ninguna prominencia guardaba su forma el tiempo suficiente para que John
pudiera decidir qué era en realidad. Las colinas se disolvían como si fueran
mantequilla, olvidada en la mesa del comedor un caluroso domingo por la tarde.
Con
todo, el señor Preston sabía hacer que el Natchez virara a estribor en un punto
determinado; de lo contrario, explicaba, el barco podría tener graves
dificultades con un obstáculo capaz de desgarrarlos de proa a popa en lo que
dura un bostezo. Los turbios restos de agua y metales inertes en el río le
tendían trampas a los barcos de todo tipo de quillas.
El
señor Preston pasó rozando una isla donde acababa de surgir un pequeño vórtice
en la nebulosa superficie del río, y se acercó tanto que los árboles golpearon
la popa y casi se llevan a un pasajero curioso, que desembarcó luego a toda
prisa en la primera parada, olvidando su maleta. Dijo balbuceando que había
visto en el aire visiones encantadas de mujeres sin cabeza. La tripulación se
echó a reír a carcajadas mientras hacía muecas. John se unió a ellos.
8.
El hielo devorador
Las
divagaciones sobre los barcos de inducción constituían una leyenda aterradora.
La mayoría de los que vivían cerca del río -y muchos, de hecho casi todos, no
lo escogían- decían haber visto barcos que aparecían súbitamente en un muelle,
descargaban cajas y gente a toda prisa, y se alejaban con el zumbido de los
motores para luego desvanecerse. Al parecer se estrechaban hasta convertirse en
una fina cuña que a veces se elevaba por los aires antes de desaparecer.
La
gente que intentaba seguir el rumbo de un barco sentía una fuerte presión, como
si los aplastara una enorme mano invisible. Se sentían agotados, sobre todo
yendo río arriba. Por ello la mayoría vivían a menos de un día a pie de donde
habían nacido. Con un esfuerzo extenuante un hombre o una mujer fuerte podían
caminar o cabalgar hasta una lejana ciudad para vender una fresca cosecha, por
ejemplo, o para comprar productos. Muchos preferían dejar que los barcos de
inducción transportaran las mercancías arriba y abajo, llevando, por ejemplo,
fardos de hilo y volviendo con maravillas adquiridas en una tienda que habían
sido encargadas a través de un llamativo catálogo.
No
obstante, algunos reservaban pasajes en los buques, tanto por el paseo como por
el viaje. Las principales habitaciones del Natchez estaban amuebladas con
lujosos sillones y sofás, y las puertas estaban adornadas con blancas
filigranas de madera con dibujos fantásticos y famosas escenas sobre la
distorsión del tiempo.
En
el salón principal había un mural simbólico en tecnicolor sobre grandes
pilotos, y los camarotes de primera clase tenían una lámina auténtica que
ocupaba, toda la pared y proporcionaba una visión artística cuando se
acariciaba el pomo de porcelana de la puerta. Las habitaciones de los pasajeros
tenían techos abovedados cubiertos con una elegante capa dorada y unas lámparas
en forma de araña de brillantes gotas de cristal. Durante el día, los pasajeros
podían estar en mangas de camisa y utilizar la gran fila de pilas de la
barbería, que también contaba con toallas públicas, duros peines públicos y un
fragante jabón público.
Todo
esto impresionó a John enormemente. Nunca había visto, ni siquiera en casa del
piloto, tanta opulencia y refinamiento. Los pasajeros que embarcaban desde los pequeños,
desordenados y destartalados caseríos que se extendían a lo largo de la orilla
compartían su impresión. Pero tres días de crucero le hicieron adquirir una
extraña sensación de seguridad, y empezó a observar a aquellos desaliñados
viajeros de holgadas ropas con el mismo desdén altivo que los miembros más
antiguos de la tripulación.
No
es que viviera en la misma esfera celestial que el piloto. El rostro del señor
Preston estaba surcado de arrugas que se había ganado presenciando los
memorables enfrentamientos entre distintas energías temporales. Conversaba
tanto con las refinadas y cultas cadencias propias de las tierras de río abajo,
como con la lengua vulgar e incorrecta del pueblo. Los pilotos navegaban en la
eternidad, y lo sabían.
John
estaba allí por sus supuestamente útiles conocimientos, no por sus habilidades.
Por tanto, cuando las bobinas de inducción se congelaron, bajó a cubierta
apresuradamente, como le había ordenado el capitán con sus ásperos ladridos, a
reunirse con Stan y los demás. El señor Preston se quedó arriba, por supuesto.
La
gran sala de máquinas era un frenesí de gritos y de cuerpos empujándose. La
máquina que los conducía tiempo arriba estaba separada del enorme armazón de
cobre que, cuando funcionaba correctamente, giraba entre unos inmensos imanes
de hierro negro.
Normalmente
el adentrarse en el pasado del río absorbía grande, cantidades de energía del
metal giratorio. Pero al atravesarlo de lado a lado, serpenteando por arrecifes
y concentraciones de bromo, a veces el piloto acababa yendo contra corriente, y
se desplazaban durante un rato río arriba en lo que respecta a la corriente de
agua normal, pero río abajo, y por tanto avanzando en el tiempo, según las
contorsiones temporales.
No
había ningún signo evidente de ello, aunque John creyó ver en el río, a lo
lejos, un enorme barco espectral que apareció durante tan sólo un segundo, con
unas inmensas torres que escupían un humo mugriento y unas portillas rebosantes
de una luz violeta. Un barco suspendido en el aire como un colosal insecto
agitando con sus paletas la neblina del cielo, como si fuera un mosquito
gigantesco dispuesto a atacar a una ballena de metal.
Entonces
el viento sopló donde había estado flotando la visión, y alguien gritó desde
abajo para que todos acudieran a ayudar.
Stan
le mostró las tuberías y cables, que ya estaban cubiertas de una profunda
corteza de duro hielo, blanco como la leche. Las calderas cercanas desprendían
un intenso calor en la sala, pero el curso del tiempo dentro de las tuberías y
los cables absorbía su energía con tanta rapidez que el hielo no se derretía.
John
y todos los demás miembros de la tripulación se pusieron a picar y a golpear el
hielo. Era completamente sólido. Un pedazo cayó en la mano de John y por un
momento pudo ver la superficie de una tubería que conducía directamente al
interior de los motores de inducción. Aunque normalmente era de cobre
brillante, ahora la tubería tenía un extraño color negro.
Metió
la nariz para ver mejor y oyó el sonido del aire congelándose en el metal.
-¡Eh,
sal de ahí! -gritó una mujer de la tripulación, apartándolo de allí justo en el
momento en que todo el hueco que había abierto se cerraba bruscamente; el aire
entró ruidosamente en el vacío que se había creado y se congeló al instante,
con lo que a su vez absorbió más aire.
Un
hombre no tuvo tanta suerte, y se le congelaron completamente tres dedos en una
grieta momentánea en el hielo de la tubería. Sus gritos apenas atrajeron la
mirada de los demás, que se esforzaban por romper y deshacer la blanca carga
que crecía con rapidez.
Un
cable se hundió bajo su propio peso acumulado y se soltó. Entonces se apagó el
fuerte silbido de la potencia eléctrica, y John sintió verdadero miedo.
Había
oído historias sobre barcos de inducción que se habían congelado por completo
de este modo, ya que el frío infinito de la inversión del tiempo absorbía el
calor, la vida, el aire y a ellos mismos. Cuando se encontraban estos buques,
habían sido desplazados temporalmente a años y millas de su presunta situación,
como eternos icebergs de marfil a la deriva por el río aparentemente plácido.
John
cortaba, arrancaba y. golpeaba el hielo con un mazo. La escarcha gemía, se
encogía y crujía al tiempo que se hinchaba, como algo viviente lamentándose de
su creciente dolor.
Al
otro extremo de la sala de máquinas oyó otro grito de una mujer cuyo tobillo
había quedado atrapado en el hielo. Los fuertes vientos entraban
estrepitosamente a reemplazar el aire condensado. Las voces denotaban el pánico
de la tripulación.
Y el
rugido del capitán se escuchaba por encima de todas ellas, dando órdenes.
-¡Amarra
eso! ¡Endereza eso, hombre, empuja esa palanca! ¡Thomson, ve allí, rápido!
¡Dale fuerte, hijo!
De
improviso amainaron los violentos vientos, y el hielo dejó de agitarse. .
-Ah
-suspiró el capitán-, por fin el piloto se ha dignado dirigirnos bien.
John
se ofendió un poco al oír esto, ya que ningún piloto podía leer el verdadero
vector del flujo de la corriente de tiempo. El señor Preston los había sacado
de allí, y eso ya era más que suficiente.
Había
historias horribles sobre barcos realmente mal pilotados, sobre buques de
inducción que habían sido arrojados río arriba fuera de control, convertidos en
sólidos icebergs, con una tripulación totalmente congelada arrastrada hacia el
principio de los tiempos. O sobre buques que huían río abajo, como líneas
candentes que explotaban mucho antes de alcanzar la cascada legendaria que se
hallaba al final de la eternidad.
Pero
el capitán no parecía estar enterado de ello. John aprendió entonces que el
alto puesto de un piloto implica duras críticas al menor indicio de
imperfección.
9.
Cairo
Toneles
y barriles abarrotaban el muelle, pero sin lograr ocultar la extensa belleza
verde de la ciudad que se divisaba desde la cabina del piloto.
Grandes
bloques de almacenes comerciales brotaban de la tierra, verdes y frescos como
la primavera. Cairo había perfeccionado la técnica, ampliamente extendida, de
crecer a partir de su propia y rica marga. Esta técnica era mucho más sencilla
que plantar y cultivar árboles, para luego talarlos, cortarlos con sierras de
cinta, acepillarlos y transformarlos minuciosamente en tablas, vigas, viguetas,
ríostras, puntales y clavijas, todo ello para crear viviendas.
Por
supuesto, una elegancia tan natural requería profundos conocimientos. Los
habitantes de Cairo comprendían el retorcido corazón de las cosas vivas.
El
Natchez hizo sonar tres veces la sirena al atracar. Los hombres que navegaban
río arriba a menudo tenían una mujer en cada puerto y las campanas anunciaban
de qué capitán se trataba, para que la dama en cuestión pudiera acudir a
recibirlo (a veces para pasar sólo una o dos horas en su cabina, antes de que
él partiera hacia el próximo puerto). Los caprichos y humores de las corrientes
de tiempo hacían que muchas de las citas tuvieran lugar precipitadamente. Pero
era probable que el capitán disfrutara pronto de algún otro suculento
encuentro... si estaba físicamente disponible.
Una
mujer con la cara sonrojada rozó a John en la pasarela cuando éste se dirigía
al muelle. Él no le prestó atención ya que estaba contemplando la noche en la
ciudad más grande del río.
Su
cabeza estaba atiborrada de conocimientos adquiridos en la cabina del piloto,
consciente de que ahora llegaría su desafío. Se dirigió de inmediato al
ayuntamiento de la ciudad de Cairo y consultó el registro de ciudadanos. No
había ninguna anotación relativa a su padre, aunque de todos modos no tenía
muchas esperanzas. Su padre no era de los que guardaban papeles, como un perro,
tan sólo para morderlos después. John se tragó su decepción y dejó que su
enfado le insuflara nuevas energías.
Stan
lo alcanzó y recorrieron juntos las calles. Stan llevaba el peso de la
conversación, mientras John caminaba a grandes zancadas con las manos en los
bolsillos, encantado por lo que estaba viendo. Las casas autocultivadas se
elevaban sobre la tierra fértil. Los creadores de semillas se anunciaban en
unas vallas llamativas, algunas con neones que mostraban palabras enteras con
un brillo chillón: Cultivador especializado, Criador de casas, e incluso Flores
para el hogar por encargo.
Erraron
por bares estridentes, centros comerciales de grandes bóvedas y factorías
vinícolas, que les parecieron de una elegancia espontánea y natural, con sus
ambientes impregnados de fragancias provenientes de bosques satinados. Las
mujeres trabajaban con telares que crecían directamente de la tierra húmeda.
Stan le preguntó a una de ellas por qué no podían sencillamente cultivar su
ropa en el monte, y ella se echó a reír y respondió: «¡La moda cambia demasiado
rápido para eso, señor!», y lanzó una risita burlona al ver los pantalones
deformes y la raída chaqueta de Stan.
Esto
hizo que a Stan le apeteciera ir de juerga, y bien pronto John encontró
paseando por una calle poco iluminada que, como dijo Stan, apestaba a «cerveza
usada».
Las
mujeres que había en las puertas tenían un aspecto sucio, con sus corpiños
escarlata y sus corsés negros de cordones. John sintió cómo se ruborizaba y
recordó lo que le había sucedido tiempo atrás, en la escuela a la que lo habían
obligado a asistir, donde se burlaban de él por venir de un orfanato. El
atlético entrenador de los niños les había dado a todos una hoja de un papel
especial y un bolígrafo de tinta invisible, y les ordeno que dibujaran un
circulo cada vez que se masturbaran («estrecharle la mano a tu mejor amigo», lo
llamaba). La invisibilidad era para evitar ser descubiertos y pasar vergüenza.
Al
final del mes todos entregaron las hojas. El entrenador las colgó en las
paredes en filas, apagó la luz de la habitación y encendió una lámpara
especial. Su brillo violeta reveló los círculos, líneas y líneas llenas de
ellos, a los niños súbitamente silenciosos. «Así», dijo el entrenador, «es como
os ve Dios. Vuestra vida interior».
El
objetivo de toda aquella exhibición de pecado era conseguir que los niños
redujeran la frecuencia con que lo hacían, ya que el solitario vicio de Onán
minaba la capacidad intelectual, o por lo menos eso decía la teoría. Pero, por
el contrario, todo aquello condujo a alardes interminables pues, después de que
se encendió la luz y cada uno supo el recuento de sus propios círculos, todos
querían reclamar el mayor número de ellos, que era de ciento siete.
John
tan sólo había alcanzado los ochenta y seis, algo intimidado por el ejercicio
en sí, y pensó que, sí hubiera sabido el propósito que tenía, podría haber
superado los cien fácilmente.
Ahora
en Cairo, con mujeres disponibles por primera vez en su vida, cuando confiaba
plenamente en sus capacidades aunque se sintiera algo nervioso y tenso, las
mujeres que le indicaban que se acercara, con una mirada lasciva, las uñas
pintadas y unas cejas azules arqueadas, no acababan de atraerlo. Pensó que
hacer eso ahí, cuando lo preocupaban asuntos más profundos, no estaba bien.
Stan se burló de él por ello y John reaccionó con groseras palabrotas, algunas
de las cuales las acababa de aprender del señor Preston.
Sintió
molestias en el estómago por la ira. Dejó a Stan negociando con una mujer tan
blanca como la leche que se exhibía con su pelo rojo y unas caderas que
parecían tan anchas como el río, y se puso a deambular por la oscura ciudad.
10.
El propietario de zoms
Lo
rodeaban negros laberintos geométricos. Podía oír conversaciones que le llegaban
apagadas y levemente disonantes mientras decidía qué camino tomar entre los
grandes edificios comerciales que había cerca del muelle. Allí prosperaban los
negocios de intermediarios, al igual que fundiciones, tiendas de maquinaria,
prensadores, de aceite, fábricas de lino y almacenes de grano para diversas
cosechas, todas surgidas a partir de las famosas e intrincadas técnicas de vida
de Cairo.
Pero
tal tipo de técnica no era perfecta. Las calles adoquinadas estaban cubiertas
de hongos amarillos, malignidades resbaladizas que chupaban los tacones de
John, ansiando devorarlo. Los canales de desagüe rebosaban de fétidos fluidos;
en algunos el líquido estaba estancado y cubierto de una espuma marrón, y en
otros fluía con rapidez hasta por los gruesos adoquines de los bordillos.
Cada
edificio tenía un tonel inmenso, de varios metros de altura, que había brotado
del mismo edificio y echaba unas raíces como pilares que aguantaban el enorme
peso del agua de lluvia que contenía. Cerca del río nunca había suficiente
tierra para cavar pozos. Las lluvias pasajeras eran todo cuanto tenía Cairo, y,
como para demostrarlo, se empezaron a formar gotas en la neblina, que cayeron
sobre John mientras deambulaba.
Descendió
hasta una tierra baja de la ciudad, donde las calles permanecían en silencio,
con el aspecto desierto de un domingo. Pero la simbología de hierro forjado de
los desvencijados edificios explicaba el motivo. Eran unos códigos y monogramas
pesados y toscos, rellenos de delicadas telas de araña de un tejido
sorprendentemente intrincado. John podía distinguir en la creciente oscuridad
los carteles de los negocios de los zoms, con las calaveras y la ornamentación
de nervaduras.
Supuso
que era su mala suerte lo que hacia que el resplandor de la capa terrestre se
apagara justo a aquella hora. La lluvia cesó de caer, dejando un frío húmedo y
malsano. Miró hacia arriba y vio que a lo lejos había una gran isla de desierto
de arena, que tapaba la extensión de cielo, y por tanto dejaba a esa parte de
la ciudad permanentemente en la oscuridad. Por ello habían decidido instalar
allí la industria de los zoms, en una eterna penumbra.
Se
puso a mear contra un edificio, pensando que lo ayudaría a crecer como
cualquier planta, aunque se adentró pudorosamente en un callejón para hacerlo,
de modo que estaba oculto cuando pasó un grupo de mujeres zoms.
Caminaban
arrastrando los pies, muertas de frío y con la cara amarillenta, mirando a su
alrededor como desconcertadas, y una de ellas vio a John. Sonrió, con un rictus
espantoso, se lamió los labios y, levantándose la falda con una mano, alzó las
cejas e hizo una señal con el dedo índice. John estaba tan pasmado que dejó de
orinar y permaneció allí, anonadado, hasta que por fin la zom se encogió de
hombros y siguió caminando con las demás miserables. Su corazón volvió a latir
algo después y se subió los pantalones.
Se
dijo que los zoms eran necesarios por su fuerza bruta, pero no conseguía
calmarse; tenía la respiración agitada y sentía una opresión en el pecho.
Involuntariamente, extendió los brazos en el aire, suave y apacible, y murmuró
sus palabras rituales.
Durante
un largo momento no ocurrió nada. Entonces sintió cómo una mano reconfortante e
invisible asía la suya y se la estrechaba firmemente, tranquilizándolo. Era una
mano callosa, de trabajador; la :había sentido en momentos de aflicción desde
que era un niño pequeño, desde el día en que su padre se había marchado entre
la sangre y el fuego poniendo fin a su mundo.
Todo
había empezado aquella noche. De alguna manera sabía que el reino de los
espíritus comprendería aquella furia abrasadora, y por ello había simplemente
alargado la mano en el ardiente aire de la casa en llamas, lleno de chispas, y
había tocado el firme puño que, al rozarlo, se había abierto de forma
acogedora.
Años
más tarde, durante otra crisis, miró hacia arriba para ver qué lo estaba
agarrando, y la mano era invisible, aunque podía notarla. Pero el aire estaba
lleno de motas cristalinas, sin duda la manifestación de algo, más segura que
los demonios o el maná.
Ahora
la mano del espíritu le dio fuerzas. Habiendo recobrado el valor, tomó una
calle con candiles que desprendían una luz vacilante y buscó al criador de
zoms.
Era
un hombre alto, que llevaba un fino traje de color carbón. Estaba sentado en
una espaciosa habitación, ante un escritorio de piedra antiguo, escribiendo en
un pergamino. En las paredes había profundos nichos sumidos en la oscuridad.
-Estoy
buscando a mi padre. Pensé que quizá...
-Sí,
sí -dijo el hombre-. Una vieja historia. Adelante, mira.
Esta
brusquedad sobresaltó a John y por ello tardó unos momentos en asimilar
plenamente lo que estaba viendo.
Mugrientos
candiles bañaban en una apagada luz amarillenta las largas filas de tablas
inclinadas, en las que yacían cadáveres adultos. No estaban amortajados, sino
que llevaban uniformes de trabajo, algunos incrustados de barro. John caminó a
lo largo de las filas y miró detenidamente aquellos rostros rígidos y exangües.
En los nichos había niños envueltos en blancas mortajas.
Todos
estaban encerrados en una jaula de hierro forjado. Tenían unos tubos conectados
a la nariz por donde ascendían unos pálidos fluidos revitalizantes bombeados
desde corazones separados: bulbosos músculos escarlata que latían, enganchados
a las costillas. Los fluidos se desplazaban paulatinamente por su cuerpo y
descendían en lentas olas desde el pecho hasta las piernas temblorosas, pasando
por los gruesos intestinos. Una vez finalizada la carga, los fluidos emergían,
de un color verde intenso, de sus traseros, y se derramaban en estrechos
canales abiertos en el suelo de madera dura.
En
medio del resonante goteo, volvió al escritorio de piedra, que era una isla de
luminosidad en el frío y húmedo silencio.
-No
está aquí.
-No
es de extrañar. Los hacemos circular rápidamente. -El hombre de ojos hundidos
seguía sin revelar nada.
-¿Crió
a alguien que se pareciera a mí?
-¿Tienes
su nombre?
John
se lo dio. El sonido del nombre de su padre pronunciado en su totalidad era
suficiente para que le rechinaran los dientes. El hombre consultó un libro
encuadernado en cuero.
-No,
no consta en los archivos -dijo al cabo-. Aunque creo recordar algo...
John
agarró al criador de zoms por los hombros.
-¿Qué?
-Suéltame,
te digo. -Retrocedió asustado y, cuando John lo soltó, se enderezó como una
gallina sacudiéndose las plumas-. Vosotros, malditos locos, irrumpís aquí...
-Dígamelo.
Hubo
algo en la voz de John que hizo que el hombre guardara silencio y lo examinara
durante un buen rato.
-Estaba
intentando recordar. Estás totalmente equivocado, buscándolo en las losas.
Alguien con ese nombre está en el negocio.
-¿El
negocio de los zoms?
-Eso
creo. Un proveedor.
John
sintió que los recuerdos le oprimían la garganta. Su padre solía trabajar de
vez en cuando, siempre en algo que encontraba fácilmente y abandonaba del mismo
modo. Y siempre se trataba de trabajos relacionados con algo turbio.
-Eso
podría ser cierto.
-Viene
aquí con un grupo prácticamente cada semana.
-¿Desde
dónde?
-Dice
que los saca del campo.
-Podría
ser.
El
hombre cogió su pluma de ganso y la utilizó para girar las páginas de un
pequeño libro de notas. John vio que sólo tenía un brazo.
-Sí,
aquí está. Propietario de zoms, con licencia y todo. Puedes buscarlo por donde
ha estado últimamente, si quieres -dijo el hombre sin levantar la mirada.
-¿Que
puedo? ¿Cómo?
-Tiene
un lugar donde los guarda hasta haber conseguido un buen número de ellos.
Entonces los trae aquí para inyectarles fuerza.
-¿Dónde?
-La
última vez que lo vi, a unas siete manzanas de aquí.
-¿En
qué dirección?
-Anunciación
y Poydras. Una gran nave, con el tejado de estaño.
John
se puso en camino por las calles brillantes por la lluvia, se perdió en dos
ocasiones por su precipitada confusión y resbaló con algo viscoso que prefirió
no mirar. Llegó a los edificios bajos en el momento en que una silueta salía
por el otro lado; algo lo hizo retroceder para tomar de nuevo la calle y
observar al hombre mientras se alejaba a toda prisa. Entró y no encontró allí
más que a cinco zoms echados en camillas, congelados y con la cara cubierta con
un amuleto de latón. Un creciente sentimiento de traición se apoderó de él, y
John echó a correr por los vacíos pasillos donde trabajaban los zoms durante el
día. Una tenue luz grisácea hacía que todos los objetos parecieran
fantasmagóricos y amenazadores.
Antes
de llegar hasta el final del almacén sabía que el criador de zoms lo había
tomado por tonto, y quizás incluso lo había reconocido de alguna forma.
Mientras John intentaba llegar hasta allí el hombre había conseguido avisar a
su padre, quien había salido huyendo.
«No
seré listo, pero sí más joven», se dijo John. Se lanzó a la carrera por las
nebulosas calles y al cabo de unos minutos, al llegar a un espacio abierto,
donde se encontraba un mercado de comida, vislumbró la misma silueta, que ahora
también corría, mientras el abrigo lo iba golpeando por detrás.
Los
puestos estaban vacíos, y el hombre corría entre ellos sabiendo adónde iba, de
modo que fue aumentando la distancia entre ambos. John esperaba agotarlo, pero
de repente aparecieron en la calle Gálvez, que conducía a los amplios muelles,
y, sin disminuir la marcha, el hombre se precipitó por una escalera de piedra
que llevaba a la orilla del río y subió de un salto a una lancha que había
amarrada allí. Era una barca con una extraña forma, que el hombre estaba
intentando arrancar frenéticamente.
John
pudo oír cómo el motor se ponía en marcha y rugía con estruendo mientras el
hombre aceleraba de forma desesperada, pero la lancha salió disparada del
embarcadero antes de que él pudiera alcanzar la escalera.
La
barca se dirigió río arriba a toda velocidad, y, con un amargo sabor en la
boca, John vio entonces qué era lo que le confería su extraña forma: bobinas de
inducción.
El
hombre no miró hacia atrás.
11.
El pasado es un laberinto
Las
tres notas, graves y suaves, de la campana se desplazaron a la deriva sobre la
superficie del río, y al cabo de unos instantes volvieron flotando por el aire,
mucho más agudas y más cortas de duración.
-Significa
que nos estamos acercando al arco -dijo el señor Preston.
John
entornó los ojos, intentando distinguir algo en la oscuridad.
-Yo
no veo nada.
-El
viento del tiempo empuja las notas hacia arriba, y luego rebotan hacia
nosotros. A veces es una guía mejor que ver los arcos, porque éstos
distorsionan la luz y te dan imágenes «de espagueti».
John
habría preferido ver las curvas engañosas de agua espumosa, ya que había visto
cómo una reducía a añicos una barca durante su viaje río abajo. Reinaba un
profundo silencio en el río. Sintió una estremecedora sensación de aislamiento,
lejos del bullicio de Cairo, aunque sólo se encontraban a unas horas río arriba
de la ciudad.
Hacia
estribor podía vislumbrar sólidos muros de oscuros bosques que se tornaban de
un gris sombrío. El señor Preston hizo sonar la campana de nuevo, y volvieron
los agudos ecos, más rápidos y estridentes esta vez.
Entonces
pareció que se abría el río, mostrando primero la espumosa base de los arcos y
luego sus maravillosas curvas. Los arcos se agitaron sigilosamente a sus pies,
arrojando olas para anunciar su poder. Sin embargo, a medida que se acercaba el
Natchez, pegándose bien a la orilla opuesta, el agua se tornaba lisa como el
vidrio, salvo allí donde el mercurio irrumpía a mitad del río y lanzaba señales
espectrales de una brillante neblina en el aire, extrañamente tranquilo.
Pero
esta calma se vio bruscamente interrumpida cuando un muro de truenos sacudió
las ventanas de cristal de la cabina del piloto.
-¡So!
-gritó el señor Preston, apresurándose a frenar la potencia. Los motores de
inducción provocaron una fuerte sacudida en la cubierta-. ¿Se parece a lo que
viste la última vez? -El señor Preston no dejaba de mirar los arcos; que ahora
despedían una luz rosácea y azulada.
-Sí,
señor, sólo que el más alto tenía una base más grande.
-¿Cruzaste
por aquí?
-No,
señor. Me aparté y me quedé junto al banco de arena.
-Hiciste
muy bien.
Con
los golpes y las sacudidas, John no había tenido elección, pero no dijo nada;
tan sólo esperó. La cubierta se encabritó, retumbó, se quejo.
-Se
acerca un remolino por la orilla hasta pasado el punto -dijo el señor Preston,
sin poder evitar dar muestras de emoción-. Puede que pase sin que nos tengamos
que peinar después.
Se
dirigieron hacia la orilla apresuradamente, y se acercaron tanto que las ramas
se partían contra las chimeneas. Una neblina rosada como la fiebre alteró el
aire, y John notó en sus botas el redoble de unas notas graves.
-¡Agárrense
bien que viene la ola! -gritó el señor Preston, como si no lo hubieran hecho
ya.
La
ola los golpeó, y el Natchez chocó contra la espiral del vórtice que se
abalanzó sobre ellos cerca del punto. Esta vez se extendía por el río: una
inmensa boca de mercurio y bromo tiznada de marrón y plata en las curvas. Con
el estómago revuelto, John pensó que el buque daba vueltas como su peonza
preferida, la que le había regalado su madre y que poseía la misteriosa
habilidad de mantenerse en pie
largo
tiempo mientras giraba.
Este
recuerdo abstracto duró un instante, y entonces la ola chocó contra la cabina
del piloto y se partió en la ventana de popa. El barco se escoraba a babor. El
anillo de tiempo cortaba como una sierra las crujientes cuadernas. Un remolino
alcanzó la nave y estrujó una de las chimeneas hasta convertirla en una
patética lata abollada. La conmoción golpeó a John en las orejas e hizo que le
retumbara la cabeza. Unos destellos de luz de color rubí, veloces como rayos,
se bifurcaron desde el río y se desplazaron acariciando las cubiertas
superiores. Sonaron gritos y chillidos.
A
contra corriente, y luego a favor de ella, el Natchez se liberó de la
estruendosa espiral. Unos minutos después estaban vomitando en el bosque que
había en la siguiente curva. Normalmente esto habría resultado embarazoso para
un piloto, pero, como se debía al hecho de avanzar río arriba contra los arcos,
era una liberación, un castigo, como una mísera propina tras un banquete.
En
los momentos de tranquilidad que siguieron, mientras avanzaban río arriba, John
contempló la orilla en busca de signos que pudiera recordar, pero sobre todo
para encontrar la lancha de la silueta vestida de oscuro.
No
le había relatado a nadie lo sucedido, pero el señor Preston lo observaba de
vez en cuando, mirándolo de soslayo. Stan, después de las burlas de rigor
contra John por haber rechazado con temor a las mujeres de vida alegre, seguía
acosándolo con los sombreros de hidrógeno. Por tanto, John se pasó largas horas
fingiendo escudriñar, con los ojos entornados y brillantes, el frondoso y
salvaje bosque.
Le
parecía que allí había más vegetación que río abajo, más espesa y sumamente
misteriosa, pero carecía de la habilidad -y, sobre todo, de la edad- necesaria
para saborear plenamente el espectáculo. El gusto se adquiere con la edad y es
quizá su única gratificación, si bien algunos lo llaman sabiduría.
Vio
las grandes y lentas cadenas de causa y efecto en el río, fuerzas que, pese a
ser inaprensibles en la perfumada riqueza natural, en realidad forman la base
de todos los majestuosos paisajes, los reinos que se extienden en lo alto, y
los sistemas infinitesimales de bosque y hojas. Los jóvenes deben abrirse
camino en un mundo que es una inmensa incógnita, de modo que escrutó
atentamente los cambiantes colores, como un estudiante del eterno fluido,
consciente de que el río plateado podía echar espuma súbitamente y tragárselo,
o por el contrario vomitarlo hacia lo alto en un géiser espumoso; todos ellos
bellos acontecimientos, supuso, que no por ello lo dejarían menos muerto.
John
se animó aconsejando al señor Preston sobre arrecifes y bancos de arena.
Inspecciono las extensas balsas de madera, grandes plataformas claras tras las
cuales podía esconderse la lancha. Del mismo modo, examinaba todas las barcazas
o las gabarras comerciales que iban de granja en granja, con la familia del
vendedor tendiendo la ropa en la cubierta y los niños saludando a gritos. Y,
cuando Stan exclamó desde la cubierta de los pasajeros: «¡Mira eso! ¡Allí hay
uno!» John se sintió irritado al ser distraído de su trabajo.
Stan
corrió hacia la popa y pescó algunos desechos flotantes, y luego fue lo
bastante temerario como para llevarlos a la cabina del piloto. El señor Preston
frunció el entrecejo y se mordió el bigote ante la intromisión de un simple
mozo de cubierta, pero, antes de que John pudiera echar a Stan, vio la cosa
gris en forma de flor que llevaba en las manos.
-¡Es
un sombrero! Un sombrero de verdad -comentó Stan-. Puro hidrógeno, y apuesto a
que vale un montón. Y mira aquí.
Stan
exhibió con orgullo los broches y alfileres engastados en el objeto de color
gris metalizado que, para sorpresa de John, se asemejaba sin duda a un
sombrero. Aunque era sólido apenas pesaba, y las joyas brillaban con un
resplandor interior.
-Y
tú me has traído directamente aquí, John. Eso no lo olvidaré -dijo Stan-.
Compartiremos los beneficios, sí, señor.
-Sí,
claro.
El
enfurecido rostro del señor Preston se calmó mientras examinaba el sombrero.
-Nunca
había visto nada como esto. ¿Desde cuán arriba dices que vienes? -le preguntó a
John.
-De
bastante mas lejos -fue todo lo que John pudo decir, ya que de hecho así era,
aunque la orilla ya empezaba a parecerle extraña y distorsionada, como si le
estuviera fallando la memoria.
Aquello
no fue nada comparado con la consternación que sentía y no podía confesar; la
historia del sombrero había sido pura invención, y aun así tenían un auténtico
sombrero de hidrógeno enjoyado, que valía el salario de muchos meses.
Su
aturdimiento se desvaneció con rapidez ante las urgentes exigencias del río.
Con el señor Preston estaba empezando a ver que la superficie de agua y metal
era como un libro maravilloso, escrito en un lenguaje incomprensible para él
hasta entonces, pero que ahora le revelaba valiosos secretos. Cada recodo que
doblaban contaba una nueva historia. No había una sola página vacía. Un
pasajero podía verse seducido por un agitado rizo en la superficie del río,
pero para un verdadero hombre de río aquello era un grito que anunciaba un
arrecife de violentos remolinos de espacio-tiempo a punto de irrumpir desde la
corteza inferior de la tierra.
Los
pasajeros lanzaban exclamaciones ante los bellos cuadros que el río les
pintaba, sin leer una palabra del oscuro texto que era en realidad. Un tronco
solitario flotando por la proa podía ser en realidad una bestia de grandes
fauces dispuesta a cenarse el sabroso casco de madera. Una serie de elevados
círculos hirvientes eran la señal de una espiral que podía zamparse un disco de
inducción entero.
A
veces el señor Preston reflexionaba en voz alta mientras rodeaba un punto y
contemplaba un nuevo paisaje.
-Aquella
mancha marrón inclinada, ¿qué crees que es? Yo diría que es un banco de metal,
que ahora se está disolviendo en la corriente de bromo. ¿Ves aquella masa
flotante de allí? El banco se está haciendo menos profundo, y será peor cuando
volvamos río abajo. ¿Ves?, justo allí, el río está tratando de pescar barcos de
inducción.
Pero
en general era el señor Preston quien le hacía preguntas a John, ya que el río
se iba alterando continuamente, bailaba sobre sus propios bancos, se reía de la
memoria. Vieron que un granjero había clavado pilotes para sujetar su suelo e
incluso había puesto una valla, y todo para que, alegremente, el río destrozara
y abriera sus grilletes, rompiendo sus esposas y riéndose mientras las rebeldes
corrientes -que parecían enfurecidas por su cautividad- desmantelaban su
dominio
terrenal.
El
señor Preston trajo a bordo a un «hombre de memoria» para que los ayudara a
atravesar una serie de complicadísimas oscilaciones, y el tipo contó las
desgracias de las que John había oído hablar pero que nunca había presenciado.
Recordarlo todo implicaba que todos los acontecimientos tenían la misma
importancia.
El
pequeño hombre moreno se sentó en la cabina del piloto y los guió bastante bien
por los dos primeros recodos, con abundantes arrecifes y obstáculos, pero en el
tercero empezó a contar la historia del árbol que había caído en el puntal de
sotavento y por tanto les había impedido acercarse a aquella zona, y, siguiendo
con el tema del árbol, se puso a hablar del famoso verano abrasador que había
quemado el árbol, y del verano pasó a un minucioso relato sobre los esfuerzos
del granjero Finn, quien salvó sus cosechas construyendo una esclusa que
desviaba el río, y siguió con la mujer de Finn, que se escapó con un pastor,
aunque la gente descubrió entonces que no era pastor sino un criminal que había
huido de alguna prisión río arriba, lo cual le demostraba al hombre memorioso
cómo tenían que cambiar aquí las leyes para adecuarse a los desplazamientos
temporales hacia adelante y hacia atrás de familiares, mujeres y maridos, lo
que lo condujo al escándalo de la mujer del vestido rojo que en una ocasión
había estado con todos los hombres de un baile, subiéndose la falda para cada
uno de ellos de una forma tan natural como el día mismo, apoyada fuera contra
la pared, y de ahí no había más que un paso hasta la intrincada conversación
sobre los pasos de baile que había aprendido el hombre memorioso (ya que lo
aprendía todo tras haberlo visto tan sólo una vez), con demostraciones
incluidas, por lo que el señor Preston tuvo que llamarle la atención para que
volviera a ocuparse del tortuoso río antes de que los destrozara un arrecife de
aluminio.
Sin
embargo, en cuestión de minutos, el hombre memorioso había vuelto a sus
tediosos relatos sobre cualquier cosa que pasara por la vista panorámica de su
mente. El señor Preston soportó todo aquello durante los balanceos y vaivenes
de las curvas, y luego desembarcó al hombre con una buena paga. Al hombre no
pareció importarle, y se marchó mientras seguía divagando sobre grandes
accidentes del pasado, y dónde vivían ahora sus supervivientes y cómo les iban
las cosas.
Con
todo, John envidiaba al hombre en silencio, ya que por lo menos conocía
exactamente aquella corta porción de río, mientras que su propia memoria lo
traicionaba en cada recodo. Islas y bancos de arena emergían del agua donde
antes no había nada, según su mente.
El
río tenía nuevos canales laterales y al parecer se había abierto camino por
promontorios para crear nuevas entradas, arrinconando laderas monumentales y
acabando con cualquier malentendido que hubiera podido surgir con el esponjoso
y flexible bosque.
-Esta
curva parece sin duda una herradura. ¿Te acuerdas de ella? -le preguntaba el
señor Preston, y John miraba a través de las espirales de neblina que con
frecuencia envolvía el río, y negaba con la cabeza.
En
aquella ocasión en particular desembarcaron porque un pasajero creyó que vivía
cerca de allí y, aunque no pudo reconocer ningún punto que le resultara
familiar, quería probar su propia suerte. John bajó a tierra y, abriéndose
penosamente camino entre zarzas y margas arenosas, llegó al cuello de la
herradura bastante antes que el Natchez, que avanzaba con dificultad doblando
la curva.
Aquellas
ramas y ensenadas formaban parte de su pasado y no obstante, pese a su solidez
de aquí y ahora, habían tomado nuevas formas, habían devenido rarezas de la
vegetación e incluso casas enteras con nuevos pórticos. Pronto John se dio
cuenta de que nada de ello sorprendía al señor Preston.
-Cada
vez que vamos río arriba, todo es diferente -dijo éste, mordiendo un
mondadientes como única señal de nerviosismo.
-Fuego
maldito -exclamó John, un nuevo reniego recién aprendido que utilizaba con
orgullo-. ¿Para qué sirve entonces un hombre memorioso?
-Es
mejor que nada, eso es todo.
El
canal había perdido casi toda su agua, ya que una curiosa marea la había
absorbido hacia las nubes. El casco se enganchaba, se liberaba y quedaba
encallado de nuevo, por lo que el señor Preston tuvo que ordenar que pusieran
los motores de inducción en su máxima potencia, y éstos los arrancaron del
cauce del río por pura ferocidad magnética.
-Entonces
¿por qué me contrató como guía? -quiso saber John.
-Tus
conocimientos son sin duda los más recientes que podía encontrar. Y eres
bastante joven, no crees que lo sabes todo.
Avanzaban
lentamente, surcando el río por bandas magnéticas que John tomó por bobinas de
acero. El señor Preston le dijo que no estaba del todo equivocado, sólo que no
se notaban ni se podían ver los cables. Dijo que se trataba más bien de una
lucha de fantasmas de acero del mundo de los espíritus.
-A
veces viene una marea de tiempo y abre un pequeño canal en la tierra -prosiguió
el señor Preston-. Una vez vi uno cuando navegaba río abajo, no más grande que
el camino de un jardín. Relucía, serpenteaba y vomitaba fuego amarillo. Había
bonitas propiedades a lo largo de aquella orilla. Pero en el interior no había
más que una vieja granja sin valor. Cuando volví río arriba con el viejo
Reuben, aquella pequeña espiral de tiempo había abierto una gran ruta. Desvió
todo el maldito río, sí, lo desvió. Lanzando bengalas carmesí. Aquella vieja
granja se encontraba ahora en pleno río, tierra de primera, y valía diez veces
más. Mientras que los grandes lugares que antes estaban en la orilla acabaron
en el interior. Ningún barco podía llegar hasta ellos.
-Qué
suerte -comentó John.
El
señor Preston sonrió.
-¿Lo
crees de veras? Mucha gente se volvió loca, y acusaron a la familia propietaria
de la vieja granja de haber provocado aquella espiral de tiempo.
-¿Cómo
podían haberlo hecho?
-¡Quién
sabe! ¿Acaso hay forma de imaginarlo? El pasado es un verdadero laberinto.
Dándole al tiempo un empujoncito por aquí, un tirón por allá... Cualquiera que
sepa cómo, no habla de ello.
12.
La espiral
Pero
John se sintió perdido en un denso e impenetrable laberinto de canales. Avanzar
río arriba contra la presión del tiempo refractaba el aire mismo.
La
majestuosa extensión de río tiznada de barro le había parecido tersa y serena,
mientras descendía a la deriva con su esquife, despreocupadamente. Ahora la
orilla estaba cubierta de pantanos, cañaverales e incluso grandes plantaciones,
con bellas casas señoriales de columnas de marfil. A menudo miraba a lo alto,
al mundo suspendido allí, con sus tierras de nebuloso misterio. Pasó una onda,
rizando la capa terrestre, y John pensó de repente que vivían en las entrañas
de una enorme bestia, de algo desconocido que infligía las más atroces
calamidades a los simples humanos sencillamente aliviando su vientre.
La
espiral se abalanzó sobre ellos sin previo aviso. Estalló en un canal de bromo,
y se enroscó como una serpiente azul verdosa en el aire resplandeciente. Un
trueno golpeó la cabina del piloto y destrozó dos ventanas.
John
lo vio desde la cubierta, donde estaba ayudando a Stan y a dos hombres más a
embalar. La ventana de cristal se hizo añicos pero alcanzó al señor Preston en
la cara, así que, cuando John entró precipitadamente en la cabina, el piloto ya
estaba equilibrando el Natchez para desprenderse de la inmensa nube.
La
espiral se elevó hacia el cielo con relámpagos amarillos. John la vio vacilar
en su punto más alto, como intentando decidir si atravesar el mundo mismo y
enterrarse en la lejana pared de bosque suspendida arriba. Entonces se agitó,
con la vigorosa fuerza de un recién nacido y se precipitó sobre el río.
El
río plateado parecía estar anhelando esta consumación, ya que se elevó
fervoroso y besó a la columna que descendía hacia él. Inmediatamente después,
una efervescencia de turbias aguas y una neblina de metal ascendieron a través
de la espiral de tiempo, trazando una gran U invertida que burbujeaba, espumaba
y susurraba en medio de los fuertes chasquidos de los truenos.
-¡Maldita
sea! -gritó el señor Preston-. Eso nos obstruirá el paso.
John
estaba fuertemente agarrado a un puntal.
-¿No
podemos atravesarlo a toda velocidad?
-Nos
hará pedazos si lo intentamos.
Un
huracán devastador irrumpió en el Natchez.
-¿Crees
que durará mucho?
-Este
es de los grandes.
El Natchez
se fue alejando lentamente de la espiral, que se retorcía y se arrastraba sobre
la superficie del río. Fango y troncos que habían sido absorbidos por ella
parecían separarse para luego juntarse de nuevo. En medio de lo que parecía una
ola de agua, John vio cómo un tronco estallaba en llamas naranjas. Giró muy
despacio, despidiendo una negra humareda, y cayó de lleno en el río.
Entonces
vio la lancha. Estaba al otro lado del río, ocultándose probablemente entre
algunos sauces. Salió huyendo de allí cuando la espiral la azotó en un costado,
y John pudo ver una oscura silueta al timón.
-¡Espere!
Quedémonos un momento, para ver si...
-Cállate,
niño. Estamos yendo río abajo.
Ni
siquiera el capitán podía contrariar a un piloto que estuviera cambiando rumbo
por motivos de seguridad. John se quedó helado al ver la lancha atravesar el
río. Sin detenerse a pensar, echó a correr, bajó por la escalera de hierro y la
escalerilla de pino, y se lanzó al agua; se debatió desesperadamente durante un
momento y luchó por alcanzar la orilla. Stan gritaba a sus espaldas, pero él no
se giró. La orilla
estaba
bastante cerca, y allí es donde creía que acabaría la lancha. Pero entonces oyó
un fuerte estampido, como un gigante tomando aliento, y vio que una boca de
embudo de la espiral se acercaba velozmente patinando sobre las agitadas aguas
plateadas. Se abalanzó con gran perversidad sobre el Natchez y, levantándolo
por los aires, extendió las cubiertas como una goma estirada hasta el límite
que acabó partiéndose, fracturando así el tiempo con un fuerte estampido. Un
marinero de cubierta saltó por la borda, y su cuerpo se estiró hasta alcanzar
una delgadez traslúcida.
El
Natchez se comprimiría y se deformaba, obedeciendo a unas fuerzas de torsión, y
al fin salió disparado por la boca de la espiral. Las mareas de tiempo lo
sacudieron y azotaron hasta que desapareció en un último y deslumbrante
destello nacarado. El resplandor le quemó la cara a John.
John
no tuvo tiempo de pensar ni de afligirse, pues la boca de la espiral se
arrastraba hacia él serpenteando y crepitando. Apenas tuvo tiempo de coger
aire, cuando una ardiente espuma naranja se abalanzó sobre él. Piernas y brazos
se le estiraron involuntariamente, como si algún dios estuviera jugando con
unas cuerdas, y sin embargo estaba ingrávido. Sabía que debía de estar
elevándose por la espiral, pero sentía una mareante sensación de vacío en el
estómago, como sumido en una eterna caída. Luchó por no llenar sus pulmones
mientras la espuma invadía su piel, infestaba su nariz, e intentaba abrirle los
párpados. «¡No respires!», fue todo lo que pudo pensar mientras se preparaba
para el fuerte impacto del tiempo que según su instinto llegaría al final de tan
prolongada caída.
Cayó
a pique, y subió con dificultad hasta la superficie. Chapoteó, jadeante, y,
haciendo caso omiso de las aguas agitadas, alcanzó la orilla y se dejó caer
pesadamente.
13.
La persecución
Encontró
la lancha río arriba, oculta tras un soto. Estaba escondida del mismo modo que
su esquife, lo que lo hizo sonreír sin humor. Una suave polvareda de tiempo
soplaba en lo alto sobre el río, y no había ni rastro del remolino... ni del
Natchez.
John
se puso a seguir las pisadas de bota que partían de la lancha. Se dirigían
hacia el interior, por lo que no había que luchar contra la presión del tiempo.
Se le secó la ropa mientras caminaba bajo un dorado y reluciente trozo de cielo
medio oculto tras unas molestas nubes.
En
el interior, el bosque exuberante fue dando paso a un desierto de maleza. Se
dio cuenta de que su padre podría dar la vuelta sin que él se enterara, y por
ello volvió sobre sus pasos y borró cualquier huella que delatara que había
abandonado el agua para tomar tierra. Evitó la vegetación en la medida de lo
posible y se deslizó por arbustos donde los tallos se doblaban pero no se
partían. Esto era crucial, ya
que
un tallo roto no se puede reparar sin cortarlo cuidadosamente y, aun así, un
buen lector de signos podría darse cuenta. Dejar tallos o ramas que indicaran
el camino seguido tampoco era muy acertado. había que volver a colocarlos
suavemente de un modo natural. Aplastó un arbusto y arañó un árbol para que
pareciera que se trataba de un animal que había estado mordiéndolos o
rascándose. La precaución era sinónimo de seguridad.
Sentía
un misterioso y violento dolor de cabeza que le llegaba hasta los ojos. Habían
ocurrido muchas cosas, pero las dejó a un lado, evitando pensar en el señor
Preston o en Stan, y siguió caminando. El tiempo era cada vez más seco y una
cosa con dientes y unas grandes alas aleteaba sobre él, observándolo por si
había alguna posibilidad de atraparlo. John le arrojó un trozo de roca.
Esperaba
encontrar un árbol de trabucos, acordándose del hombre que lo había amenazado
con una de aquellas armas. Pero una gran rama caída le sirvió para hacer un
garrote una vez eliminada la corteza. Las huellas de las botas eran continuas,
y no había rastro de tacones hundidos en la tierra por la prisa. Se había
criado mucho mas arriba pero conocía mejor los espacios vacíos que las
frondosas tierras ribereñas, y por tanto se dejó llevar por sus sentidos. En un
momento dado alzó la mano y la otra mano estaba allí, para estrechársela con
apacible seguridad.
Todo
lo que había en la tierra huía de sus pisadas. Las lagartijas corrían a la roca
más cercana. Codornices de cuatro alas permanecían inmóviles a la sombra,
esperando ser tomadas por piedras, pero en el último momento perdían la
paciencia y se convertían en pájaros que agitaban las alas frenéticamente. Las
serpientes se desvanecían, las palomas chillaban mientras surcaban el cielo,
los conejos escapaban corriendo. El zorro, el cuerno enano de montaña, el
coyote: todos se fundían en una leyenda, dejando tan sólo huellas y
excrementos. El corazón del desierto estaba formado por una pálida arena, y el
vacío de su extensión exponía la vida tal y como era: surgida de la nada y
dirigiéndose a ella también. Las plantas del desierto estaban como exiliadas
entre ellas, acumulando el agua que recogían silenciosamente las tenaces raíces
bajo la arena. La vacuidad era la vida. Había aprendido a pensar de este modo
desde que su padre había abandonado la casa en llamas.
Percibió
un hedor fétido y pestilente y supo de inmediato que su padre se vería atraído
hacia él. Supuso que se trataba de una fosa, y se orientó hasta ella guiado tan
sólo por el olfato. Pero, cuando miró el campo en forma de cuenco, no vio más
que muertos esparcidos por doquier. Osó acercarse cautelosamente. Hombres con
armaduras yacían en estado de putrefacción, con los rostros hinchados y los
labios
morados.
La mayoría de ellos estaban destripados y parecía que estuvieran dando a luz
sus propias entrañas.
Las
espirales de tiempo a veces hacían eso: vomitar personas y materia de tiempos y
lugares que nadie conocía. Lo que hacían los barcos de induccion desplazándose
río arriba con dificultad, lo efectuaba un temporal en un instante. A veces
carroña como aquélla se podía aprovechar para el negocio de los zoms.
John
se giró para adentrarse de nuevo en la maleza, y allí estaba él. Tenía la cara
angulosa, con los ojos hundidos, un corte familiar en la mandíbula y la boca
inclinada hacia abajo. John la comparó con su última nítida imagen: el retrato
enmarcado durante la conflagración que había llevado en su mente doce años
inmemoriales, y que había sacado y examinado cada día. Sí, estaba seguro: era
su padre.
-¿Qué
quieres? -La voz era grave y tensa.
-Justicia.
-¿Quién
eres? -Sus ojos denotaban miedo.
-Me
conoces.
-¿En
estos lugares? Ya no sé lo que sé. Nada es constante. Me has estado
persiguiendo hasta muy lejos río arriba. Desapareció el barco de inducción. No
sé qué coño es este lugar. Yo...
-Huiste
de casa.
-¿Qué?
-Su cara se estrechó como si oscuros recuerdos hicieran presión contra ella.
Luego se relajó-. Maldición, ¿te refieres a lo que pasó hace tanto tiempo?
-Sabes
que sí. Ella murió allí dentro.
Hubo
un largo silencio. El hombre lo examinó como si buscara un margen, alguna
ventaja. ¿O acaso lo estaba reconociendo?
-Sí,
sí. Aunque eso es el pasado. Escucha, la familia estaba acabada.
-Lo
estará después de esto.
El
hombre entornó los ojos mientras se abrían las nubes y descendía un resplandor
dorado. John pudo percibir su inseguridad y supo que había llegado el momento,
y avanzó rápidamente sin pensarlo más. Había estado pensando en ello una década
y estaba harto de hacerlo.
Al
hombre le brillaba la cara, como reconociéndolo de repente, y abrió la boca
como si fuera a gritar, aunque John nunca llegó a oírlo. Alzó un brazo, pero
extrañamente no llevaba ningún arma. John vaciló tan sólo un instante. Blandió
la rama como un garrote, una vez, dos, tres, y le abrió la cabeza al hombre.
Sin decir otra palabra.
14.
La casa de putas
Se
incorporó tras despertar y aspiró un aire húmedo y empalagoso, el hedor de una
habitación constantemente perfumada. Cosa inusual, la oscuridad era total.
Durante un buen rato sólo pudo recordar la espiral de tiempo y el Natchez, pero
luego consiguió recordar también el resto.
Había
tardado un día entero en hacer una balsa con árboles caídos en la orilla del
río -el legado de la espiral, pensó- y la ató bien. Permaneció echado en la
balsa durante días, con un cansancio inexplicable. Hizo un fardo con la ropa
del hombre, que utilizaba como almohada, pero nunca la miraba a no ser que fuera
para eso. Había poca pesca y parecía un esqueleto cuando vio los arcos de
Cairo. Entonces ya sabía bastante bien cómo llegar hasta la orilla, usando una
pértiga por la corriente llena de arrecifes. Luego se pasó dos días caminando
río abajo, mareado por la presión del tiempo. Estaba comiendo hojas cuando vio
a lo lejos los chapiteles de las iglesias de Cairo.
Había
sido difícil encontrar algún trabajo, pero, con la barriga llena de nuevo, se
había puesto a buscarlo. Consiguió dos turnos como cargador en el muelle, y
comía y dormía el resto del tiempo sin pensar demasiado. Había estado ahorrando
su dinero y ahora, después de tres semanas, había venido y conseguido esto.
Se
incorporó y acarició a la mujer. Estaba mejor en la oscuridad que a plena luz,
vestida de raso y con un corsé negro, ligas y medias que hacían que su cremosa
carne pareciera de alguna forma madura, casi podrida. Pero se había sentido
atraído por ella en el gran salón de abajo. Estaba apoyada en el piano vertical
y lo observaba con una mirada primitiva e insinuante. Él había rechazado la
bebida o servicio que correspondía normalmente a los caballeros, y quiso ir
arriba y pagar algo más por toda la noche. La primera vez tenía que ser
realmente especial.
Y de
hecho había estado muy bien. Como ser agarrado por un enorme animal que ha
estado viviendo dentro de ti todo el tiempo sin tú saberlo, y que, una vez
liberado, no volverá jamás.
Se
levantó de la cama apartando la pesada colcha y encendió un viejo candil. La
mujer dormía, con la cabeza hacia atrás y la boca abierta, mostrando que le
faltaban dos dientes, por donde silbaban sus húmedos suspiros. Una extraña y
urgente necesidad lo hizo coger su vieja mochila y abrir el bolsillo interior.
Había guardado allí todos sus objetos de valor desde los primeros días de
regreso a Cairo, movido por una intensa sensación de inseguridad. Solía
trabajar con la mochila en la espalda, ya que temía incluso dejarla a un lado.
Los
papeles seguían allí, y su reconfortante grosor oficial le resultaba agradable.
Pese a haberse corrido un poco cuando John se había metido en el río, todavía
se podía leer la escritura del señor Preston en su contrato como miembro de la
tripulación del Natchez: azul marino bajo la vacilante luz de la lámpara.
La
gente decía que el Natchez no había regresado de su viaje río arriba...,
todavía no. Cairo se encontraba tan cerca de los grandes arcos de la tormenta
de tiempo que sus habitantes siempre hablaban en condicional, y acababan sus
comentarios sobre los acontecimientos con un «de momento», «parece ser» o «ya
veremos».
John
hojeó los papeles del contrato, valorando su solidez. El día anterior, mientras
volvía de un trabajo de descarga por los corrales, se había encontrado a Stan
en una acera de tablas de madera. O por lo menos el joven se parecía muchísimo
a Stan, con el pelo rojizo y su mirada abstraída. Pero lo miró como si no
comprendiera nada y negó haber estado en el Natchez alguna vez ni río arriba.
Cuando John empezó a contarle lo que había ocurrido, el joven le dijo irritado:
«¡Pues muy bien, entonces no debiste haber ido!», y se marchó casi rozándolo al
pasar.
John
guardó los papeles y comprobó que tenía en el fondo del bolsillo los documentos
que le había quitado a su padre. Pensó que había llegado el momento de echarles
un vistazo. En cuanto el hombre había empezado a derramar su sangre por la
arena, John sintió un enorme y profundo alivio al deshacerse de la carga de más
de una década, y sólo se llevó del cuerpo los papeles y un cinturón de cuero.
No
había gran cosa, sobre todo recibos y papeles sin importancia. Pero el libro de
cuentas de la Asociación de Pilotos era diferente, con tapas duras e
importante. Las rectas columnas mostraban sumas de dinero pagadas justo a
tiempo, como indicaban las iniciales de la secretaria. John miró la primera
página del libro y allí encontró, no el nombre de su padre, sino el suyo.
Estaba
tan pasmado que se quedó rígido mientras el nombre en sí, escrito en tinta
negra por una mano firme y decidida -una escritura laboriosa e innegable-
oscilaba bajo su mirada. Y sin embargo era sólido como una piedra, y despertaba
los dolorosos recuerdos de aquella cara en el desierto, unos rasgos arrugados y
temerosos pero que ahora, por fin, le resultaban completamente familiares.
La
mujer se movió, bostezo y abrió sus grandes ojos. Sonrió lentamente al hombre
inmóvil que sostenía unos papeles con la mirada perdida. Con una sonrisa de
gruesos labios tan antigua como la vida misma, dijo en un tono lánguido:
-Todavía
nos queda un buen rato, querido. Un montón. Querido, ¿por qué alargas los
brazos hacia arriba?
FIN

