Libro N°. 3147. Resident Evil - Vol.5 – Nemesis. S.D. Perry.
© Libro N°. 3147. Resident Evil - Vol.5 – Nemesis. S.D. Perry. Colección E.O. Septiembre 24 de 2016.
Título original: © Resident Evil - Vol.5 – Nemesis. S.D. Perry
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Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
RESIDENT EVIL - Vol.5 – NEMESIS
S.D. Perry
Zombis,
animales mutantes, armas biológicas creadas con ingeniería genética y monstruos
mejorados con cirujía, laboratorios secretos y conspiraciones generalizadas:
parecía imposible, pero Jill Valentine y sus camaradas los STARS han sido
testigos de la conversión de Racoon City en el campo de pruebas de Umbrella
Corporation para los experimentos genéticos más odiosos jamás concebidos por la
mente humana.
Pero Umbrella no ha acabado aún con Racoon City.
Todavía hay demasiadas pruebas de sus investigaciones que deben
ser recuperadas o destruidas antes de que puedan relacionarse con Umbrella.
Varias escuadras de mercenarios se han desplegado por la ciudad y, junto a
ellas, el dispositivo de seguridad privado de Umbrella: una versión
evolucionada de las criaturas asesinas de la clase Tirano, un monstruo letal
bautizado como Némesis, que comienza la caza.
Para
los lectores,
que
hacen que esto siga adelante.
Y
para Curt Schulz,
que
no se creyó que le dedicaría este libro
No
cedas tú a estos males y sigue avanzando lleno de valor.
VIRGILIO
Nota del autor
Los lectores más fieles de esta serie puede que hayan notado la
existencia de discrepancias entre personajes o momentos concretos entre las
novelas y los juegos (o entre unos libros y otros). Debido a que las
novelizaciones y los juegos se escriben, se revisan y se producen en fechas
distintas por personas diferentes, la coherencia completa es casi imposible.
Tan sólo puedo disculparme en nombre de todos nosotros, y tener la esperanza de
que, a pesar de los errores cronológicos, continuaréis disfrutando de la mezcla
de zombis corporativos y de héroes desventurados que convierten Resident Evil
en algo tan entretenido.
Prólogo
Carlos estaba saliendo de la ducha cuando sonó el teléfono. Se
puso la toalla alrededor de la cintura y entró a trompicones en la atestada
sala de estar, donde casi se cayó al suelo al tropezar con una caja de libros
todavía sin abrir por la prisa que se dio por descolgar el insistente teléfono.
No había tenido tiempo de comprar un contestador desde que se había mudado a la
ciudad, y sólo el nuevo oficial de campo al mando tenía su número. No convenía
perder las llamadas, sobre todo porque Umbrella se encargaba de pagarle todas
las facturas.
Tomó el auricular con una mano todavía goteante y procuró no
parecer sin resuello.
—¿Diga?
—Carlos, soy Mitch Hirami.
Carlos se irguió un poco más hasta casi ponerse en posición de
firmes, sin soltar la toalla empapada.
—Sí, señor.
Hirami era su jefe de escuadra. Carlos sólo lo había visto en
persona dos veces, y no el tiempo suficiente como para juzgar su carácter, pero
parecía bastante competente, al igual que los demás miembros de la escuadra.
Competente, aunque no muy franco.
Al igual que Carlos, nadie hablaba mucho sobre su pasado, aunque
sabía con toda certeza que Hirami había estado involucrado en operaciones de
tráfico de armas en Sudamérica años atrás, antes de empezar a trabajar para
Umbrella. Al parecer, todos los que se conocían del UBCS tenían un secreto o
dos, y la mayoría procedía de actividades no demasiado legales.
—Acabamos de recibir órdenes sobre una situación que se está
produciendo en este momento. Estamos llamando a todo el mundo para que
participen en esto y para que acudan aquí lo antes posible. Tienes sólo una
hora para presentarte, y nos vamos dentro de dos horas, es decir, a las 15.00.
¿Lo has entendido?
—Sí…, esto, sí, señor. —Carlos hablaba con fluidez el inglés
desde hacía años, pero todavía estaba acostumbrándose a hablarlo de forma
permanente—. ¿Hemos recibido información sobre el tipo de situación?
—Negativo. Se te informará, como al resto de nosotros, en cuanto
llegues.
El tono de voz de Hirami sugería que en realidad tenía mucho más
que decir. Carlos se quedó esperando mientras comenzaba a quedarse helado por
el agua que se iba enfriando sobre el cuerpo.
—Se rumorea que es un vertido accidental de productos químicos
—le dijo Hirami, pero Carlos pensó que algo en la voz de su jefe de escuadra
indicaba una cierta incomodidad—. Es algo que hace que la gente… se comporte de
un modo diferente.
Carlos frunció el entrecejo.
—¿Diferente?
Hirami dejó escapar un suspiro.
—No nos pagan por hacer preguntas, Oliveira. ¿A que no? Ahora
mismo ya sabes tanto como yo. Tú lo que debes hacer es venir aquí.
—Sí, señor —contestó Carlos, pero Hirami ya había colgado.
Carlos dejó el auricular en su sitio sin tener muy claro si
debía sentirse emocionado o nervioso por participar en la primera operación del
Servicio de Contramedidas Biológicas de Umbrella, el UBCS, un nombre
impresionante para un grupo de antiguos mercenarios y soldados, la mayoría de
ellos con experiencia en combate y una vida pasada bastante dudosa. El
reclutador que lo había entrevistado en Honduras le había dicho que el grupo se
utilizaría para «resolver» situaciones que Umbrella necesitaba solucionar de
forma rápida y dinámica, pero legal. Después de combatir durante tres años en
los enfrentamientos entre bandas de mafiosos y contra las guerrillas, de vivir
en cabañas llenas de barro y de alimentarse de comida de lata, la promesa de un
empleo de verdad, incluido un sueldo realmente impresionante, fue lo más
parecido a la respuesta a una plegaria.
Pensé que era demasiado bueno para ser verdad…, ¿y qué pasará si
resulta que tenía razón?
Carlos negó con la cabeza. No iba a descubrirlo plantado allí,
de pie, con una toalla en la cintura. De cualquier manera, no podía ser mucho
peor que meterse en un tiroteo con unos cuantos pendejos hasta las cejas de
coca y en mitad de una jungla desconocida mientras se preguntaba si oiría
llegar la bala que acabaría con él.
Sólo tenía una hora, y el trayecto hasta la oficina era de
veinte minutos a pie. Se dirigió a su dormitorio, decidido de repente a
aparecer antes de la hora convenida para ver si podía sacarle un poco más de
información a Hirami sobre lo que ocurría. Ya empezaba a sentir la descarga de
adrenalina en el cuerpo, una sensación con la que se había criado y a la que
había terminado por conocer mejor que cualquier otra: en parte impaciencia, en
parte nerviosismo y una sana dosis de miedo.
Carlos sonrió mientras terminaba de secarse. Había pasado
demasiado tiempo en la jungla. Estaba en Estados Unidos, trabajando para una
compañía farmacéutica legal. ¿Qué podía temer?
Nada —se dijo a sí mismo. Sin dejar de sonreír, se puso a buscar
sus pantalones de combate.
Los últimos días de septiembre en las afueras de una gran
ciudad; era un día soleado, pero Carlos ya sentía los primeros indicios del
otoño mientras se apresuraba a llegar a la oficina central. El aire era más
ligero y las hojas de los árboles empezaban a mustiarse. Tampoco es que hubiera
muchos árboles. Su apartamento se encontraba en el borde de una zona industrial
que se había extendido de forma descontrolada. Se trataba de unas cuantas
fábricas de aspecto deprimente, con terrenos vallados repletos de malas hierbas
y con cientos de kilómetros cuadrados de naves de almacenamiento con aspecto de
estar abandonadas. De hecho, la oficina del UBCS se encontraba en un almacén
reformado en unos terrenos propiedad de Umbrella, rodeado por un complejo de
instalaciones para el transporte que incluía un helipuerto y varias zonas de
carga y descarga. Estaba muy bien montado, aunque Carlos volvió a preguntarse
por qué habían decidido construirlo en una zona tan mala. Era obvio que se
podían permitir montarlo en un lugar mucho mejor.
Carlos comprobó la hora mientras subía por la calle Everett y
empezó a caminar un poco más deprisa. No iba a llegar tarde, pero seguía
queriendo estar allí antes de que comenzara la reunión de información para
saber lo que comentaban los demás compañeros. Hirami le había dicho que habían
convocado a todo el mundo: cuatro pelotones con tres escuadras de diez hombres
en cada una, es decir, ciento veinte hombres en total. Carlos era cabo de la
escuadra A en el pelotón D. Le parecía ridículo cómo estaba organizado todo
aquello, pero supuso que sería necesario para seguirle la pista a todo el
mundo. Alguien tenía que saber algo de lo que estaba ocurriendo.
Dobló a la derecha donde la calle Everett se cruzaba con la
calle 347 mientras seguía pensando y sintiendo una cierta curiosidad por
conocer el sitio al que los mandaban, cuando un hombre surgió de un callejón
situado a pocos metros por delante de él. Era un desconocido bien vestido que
le sonreía de forma abierta. Se quedó allí, con las manos metidas en los
bolsillos de su abrigo de aspecto caro, esperando al parecer que Carlos llegara
a su altura.
Carlos mantuvo con cuidado una expresión neutral en la cara
mientras estudiaba de forma cautelosa al desconocido. De estatura elevada,
delgado, de cabello y ojos oscuros, pero caucásico sin duda alguna, cerca de la
mitad de la cuarentena y con una sonrisa de oreja a oreja, como si estuviese
dispuesto a compartir con él un chiste muy divertido.
Carlos se dispuso a seguir caminando y a pasar de largo al
recordar cuántos pirados vivían en una ciudad de tamaño medio. Era una
circunstancia inevitable de la vida urbana.
Lo más probable es que quiera contarme que los marcianos están
vigilando nuestras ondas cerebrales o me hará partícipe de alguna teoría sobre
una conspiración.
—¿Carlos Oliveira? —le preguntó el individuo, pero parecía más
una afirmación que una pregunta.
Carlos se detuvo en seco con todo el cuerpo tenso. Bajó de forma
instintiva la mano derecha hacia donde llevaba la pistola, sólo que no la
llevaba. No iba armado desde que había llegado y cruzado la frontera, carajo.
El desconocido dio un paso atrás y sostuvo las manos en alto
como si se disculpara por la inquietud que le había causado. Parecía divertido,
pero no se mostraba amenazador.
—¿Quién quiere saberlo? —le replicó Carlos con brusquedad.
¿Y cómo puñetas sabe mi nombre?
—Me llamo Trent, señor Oliveira —le dijo, mientras en sus ojos
relucía una expresión de regocijo apenas contenida—. Tengo cierta información
para usted.
Capítulo 1
Jill no corría con la suficiente rapidez en ese sueño. Era el
mismo sueño que había padecido cada pocos días desde la misión en la que casi
habían acabado muertos aquella terrible e interminable noche de julio. En
aquellos momentos, tan sólo unos cuantos ciudadanos de Raccoon City habían sido
afectados por el secreto de Umbrella, y la organización de los STARS no estaba
corrompida por completo, cuando todavía era lo bastante ingenua como para
pensar que la gente creería lo que les había ocurrido.
En el sueño, ella y los demás supervivientes, Chris, Barry y
Rebecca, esperaban con ansiedad que los rescataran en la plataforma del
helipuerto del laboratorio oculto. Todos estaban agotados, heridos, y sabían
muy bien que los edificios que los rodeaban, al igual que las instalaciones
bajo sus pies, estaban a punto de estallar en mil pedazos por un mecanismo de
autodestrucción. Estaba amaneciendo y la suave luz del sol les llegaba a través
de los troncos de los árboles que rodeaban la mansión Spencer. La quietud sólo
la rompió el deseado sonido del helicóptero que se acercaba. Habían muerto seis
miembros de la Escuadra de Tácticas Especiales y Rescates a manos de las
criaturas humanas e inhumanas que acechaban por todo el lugar, y si Brad no
conseguía llegar con el helicóptero, en muy poco tiempo, no quedaría ningún
superviviente. El laboratorio iba a saltar por los aires, destruyendo de esta
manera todas las pruebas de la fuga de virus T y matándolos a ellos de paso.
Chris y Barry agitaron los brazos para indicarle a Brad que
tenía que darse prisa. Jill le echó un vistazo al reloj, algo aturdida todavía.
Su mente intentaba captar todo lo que había ocurrido, intentaba comprenderlo.
La empresa farmacéutica Umbrella, el mayor contribuyente a la prosperidad de
Raccoon City y una de las mayores compañías dentro del mundo empresarial, había
creado en secreto una serie de monstruos en el campo de la investigación de
armas biológicas, y al jugar con fuego, se habían quemado gravemente.
Eso no importaba en aquellos momentos: lo único que importaba
era salir pitando de allí…
Y nos quedan tres minutos, cuatro como mucho…
¡BUMMM!
Jill se dio la vuelta justo a tiempo para ver cómo unos cuantos
trozos de cemento y de placas de alquitrán de gran tamaño salían despedidos
hacia el cielo para luego caer sobre la esquina noroccidental de la plataforma
de aterrizaje. Una garra gigantesca surgió del agujero, se dobló sobre el borde
irregular, y un tremendo monstruo de color pálido, el mismo que ella y Barry
habían intentado matar en el laboratorio, el Tirano, se subió de un salto al
helipuerto. Se alzó con agilidad de su posición agachada después de saltar, y
se dirigió hacia ellos.
Era una abominación de al menos dos metros y medio, que quizá
antaño había sido un ser humano, pero que, sin duda, ya no lo era en absoluto.
Su mano derecha tenía un aspecto «normal». La izquierda, en cambio, se había
convertido en una masa quitinosa llena de garras. Le habían alterado el rostro
de forma horrible; con los dos labios cortados para que pareciera sonreír desde
una masa de carne de un intenso color rojo. Su cuerpo desnudo carecía de señal
alguna de sexo. El tumor grueso y ensangrentado que hacía las veces de corazón
le latía con un palpitar húmedo fuera del pecho.
Chris apuntó con su Beretta contra el palpitante músculo y
disparó cinco proyectiles de nueve milímetros que atravesaron aquella carne
antinatural; el Tirano ni siquiera redujo el ritmo de avance. Barry les gritó
que se dispersasen, y comenzaron a correr. Jill tiró de Rebecca para alejarla
de allí mientras los estampidos rugientes de la 357 de Barry resonaban a su
espalda. El helicóptero daba vueltas por encima de ellos mientras Jill casi
podía sentir en su cuerpo cómo los segundos iban pasando y creyó percibir cómo
la explosión iba tomando fuerza para estallar.
Rebecca y ella sacaron sus armas y comenzaron a disparar. Jill
continuó apretando el gatillo incluso cuando vio que la criatura derribaba a
Barry de un tremendo golpe, metió un cargador justo cuando el Tirano se
abalanzó sobre Chris. Disparó y gritó mientras un terror cada vez mayor se
apoderaba de ella. ¿Por qué no se moría?
Le llegó un grito desde arriba y algo cayó desde el helicóptero.
Chris corrió hacia el arma, y Jill no vio nada más, nada aparte del Tirano
cuando éste centró su atención en Rebeca y en ella, sin prestar atención a los
disparos que continuaban abriéndole agujeros sangrantes por todo su extraño
cuerpo. Jill dio media vuelta y echó a correr. Vio que la chica hacía lo mismo,
y supo que el monstruo la estaba persiguiendo, que el rostro de Jill Valentine
estaba grabado en su cerebro reptilesco.
Jill corrió y corrió, y de repente se dio cuenta de que ya no
había ni helipuerto ni una mansión medio en ruinas, tan sólo un millón de
árboles y aquellos sonidos: sus botas golpeando el suelo de tierra, el palpitar
de la sangre en los oídos, la respiración jadeante. El monstruo la perseguía en
silencio, una fuerza muda y terrible, incansable e implacable, tan inevitable
como la misma muerte.
Estaban muertos, Chris y Barry, Rebecca, incluso Brad. Lo sabía,
todos menos ella; y mientras corría, vio que la sombra del Tirano la
adelantaba, cubriendo y borrando su propia sombra, y oyó el siseo de sus garras
monstruosas cortando el aire; le atravesaron el cuerpo, la mataron, no…
No…
—¡No!
Jill abrió los ojos con la palabra todavía saliendo de sus
labios, el único sonido en el silencio de su dormitorio. No fue el aullido que
se había imaginado, sino el grito débil de una mujer condenada, atrapada en una
pesadilla de la que no podía escapar.
¿Que es lo que soy? Después de todo, ninguno de nosotros huyó
con la rapidez suficiente.
Se quedó quieta durante unos momentos, respirando profundamente,
y alejó la mano de la Beretta cargada que tenía debajo de la almohada. Se había
convertido en un acto reflejo, y no lamentaba en absoluto haberlo adquirido.
—Pero no sirve contra las pesadillas —murmuró, mientras se
sentaba en la cama.
Llevaba hablando consigo misma desde hacía días. A veces creía
que era lo único que la mantenía cuerda. Una luz gris entraba por las rendijas
de las persianas, provocando una leve penumbra en la habitación. El reloj
digital de la mesita de noche seguía funcionando. Supuso que debería estar
contenta porque hubiera electricidad, pero era más tarde de lo que esperaba:
casi las tres de la tarde. Había dormido cerca de seis horas, el máximo que
había logrado en los tres días anteriores. Teniendo en cuenta lo que estaba
ocurriendo en el exterior, no pudo evitar un sentimiento de culpa. Debería
estar allí fuera, debería estar haciendo algo más para salvar a aquellos que
todavía podían salvarse.
Déjalo ya. Sabes la verdad: no podrás ayudar a nadie si te
desmayas. Y la gente a la que ayudaste…
No podía pensar en eso, todavía no. Cuando logró llegar por fin
a las afueras aquella mañana, después de casi cuarenta y ocho horas seguidas
«ayudando», estuvo a punto de derrumbarse, obligada a aceptar y enfrentarse a
la realidad de lo que había ocurrido en Raccoon City: la ciudad estaba perdida
sin remedio a causa de los efectos del virus T o de una de sus variantes.
Como los investigadores de la mansión. Como el Tirano. Jill
cerró los ojos pensando en su pesadilla recurrente, en lo que quería decir.
Coincidía a la perfección con la serie de hechos que habían ocurrido, excepto
por el final: Brad Vickers, el piloto Alfa de los STARS, había tirado algo del
helicóptero, un lanzagranadas, y Chris había destrozado en mil pedazos al
monstruo mientras la perseguía. Todos habían logrado escapar a tiempo, pero en
cierto modo, eso no importaba. Para lo que habían conseguido desde entonces, lo
mismo podían haber muerto.
No es culpa nuestra —pensó Jill con furia, dándose cuenta de que
quería creérselo más que nada en el mundo—. Nadie nos escuchó. Ni en la oficina
central, ni el jefe de policía Irons ni la prensa. Si nos hubieran escuchado,
si nos hubieran creído…
Era extraño que hubiese ocurrido tan sólo seis semanas atrás; a
ella le parecía que habían pasado años. La policía y la prensa local se lo
habían pasado en grande destrozando la reputación de los STARS: seis muertos en
total, y los supervivientes no hacían más que contar historias de terror sobre
un laboratorio secreto repleto de monstruos y zombis, además de una
conspiración de la empresa Umbrella. Se los había retirado del servicio y se
los había ridiculizado. Sin embargo, lo peor de todo es que no hicieron nada
para impedir que el virus se extendiera. A ella y a los demás tan sólo les
quedó la esperanza de que la destrucción del lugar contaminado hubiese acabado
con esa posibilidad.
Habían ocurrido muchas cosas en las semanas siguientes. Habían
descubierto la verdad sobre los STARS: que Umbrella, en realidad, White
Umbrella, la división encargada de la investigación sobre armas biológicas,
estaba sobornando o chantajeando a miembros clave a escala nacional para lograr
que sus investigaciones no se vieran obstaculizadas. Se habían enterado de que
muchos de los concejales del Ayuntamiento de Raccoon City estaban a sueldo de
Umbrella, y que lo más probable era que la compañía dispusiese de más
instalaciones de investigación dedicadas a experimentar con enfermedades
creadas por ellos mismos. Su búsqueda de información sobre Trent, el
desconocido que se había puesto en contacto con ellos justo antes de la
desastrosa misión proclamándose «amigo de los STARS», no les había
proporcionado nada concreto, pero sí habían descubierto unos cuantos detalles
muy interesantes sobre la vida pasada del jefe de policía Irons. Al parecer, lo
habían acusado de violación, y Umbrella lo sabía, pero lo habían ayudado a
conseguir el puesto a pesar de todo. Quizá lo más difícil había sido verse
obligados a separarse, a tomar decisiones muy duras sobre lo que tenía que
hacerse y sobre sus propias responsabilidades hacia la verdad.
Jill sonrió un poco. De lo que sí podía sentirse tranquila al
menos era de que sus amigos habían conseguido salir sanos y salvos. Rebecca se
había unido a otro pequeño grupo de STARS rebeldes que estaban comprobando los
rumores sobre la existencia de otro laboratorio de Umbrella. Brad Vickers, fiel
a su naturaleza cobarde, había salido de la ciudad para evitar la ira de
Umbrella. Chris Redfield ya estaba en Europa, investigando la sede central de
la compañía y a la espera de que el equipo de Barry Burton y Rebecca se unieran
a él, y también de Jill, que iba a finalizar su registro de las oficinas
locales de Umbrella antes de reunirse con ellos.
Pero había ocurrido algo horrible en Raccoon City cinco días
antes. Todavía estaba ocurriendo, desplegándose como una especie de flor
venenosa que salía de su capullo, y la única esperanza que le quedaba es que
alguien de fuera se diera cuenta de lo que estaba pasando.
Cuando se informó sobre los primeros casos, nadie los relacionó
con lo que habían contado los STARS sobre la mansión Spencer. Habían atacado a
muchas personas al final de la primavera y al comienzo del verano. Dijeron que
sin duda se trataba de los actos de un asesino enloquecido; que la policía de
Raccoon City lo atraparía en muy poco tiempo. La gente no empezó a prestar
atención de verdad a todo el asunto hasta que, tres días antes, el departamento
de policía instaló controles de carretera en todas las salidas cumpliendo las
órdenes de Umbrella. Jill no tenía ni idea de cómo lograban mantener a la gente
fuera de la ciudad, pero lo hacían: no entraba ninguna clase de mercancía, ni
servicio de correo, y las líneas telefónicas estaban cortadas. Los ciudadanos
que intentaban salir eran obligados a volver sobre sus pasos sin que les dieran
ninguna explicación.
Todo parecía muy irreal en aquellos momentos, aquellas primeras
horas después de que Jill se enterara de los ataques, de los controles de
carreteras. Había ido directamente a la comisaría de policía para ver al jefe
Irons, pero éste se había negado a hablar con ella. Jill sabía que quizá
algunos policías harían caso de lo que decía, que no todos estaban tan
corrompidos o tan ciegos como Irons. Sin embargo, incluso a pesar de lo
extraños que eran los ataques que habían presenciado, no se habían mostrado dispuestos
a aceptar la verdad. ¿Quién podía culparlos?
—Oigan esto, agentes: Umbrella, la compañía que ha hecho
prosperar nuestra pequeña ciudad, ha experimentado con un virus creado en sus
laboratorios en nuestra propia vecindad. Han desarrollado y criado criaturas
antinaturales en sus laboratorios secretos y después les han inyectado algo que
las convierte en seres increíblemente fuertes y extremadamente violentos.
Cuando los humanos se ven afectados por esa sustancia, se transforman en
zombis, a falta de una palabra mejor. Devoradores de carne humana, idiotas que
se caen podridos a pedazos, que no sienten dolor mientras van a la caza de
carne humana para devorarla. No están realmente muertos, pero sí bastante cerca
de estarlo, de modo que será mejor que trabajemos juntos, ¿de acuerdo? Vamos a
salir ahí afuera, a la calle, a acribillar a ciudadanos desarmados, a vuestros
amigos y a vuestros vecinos, porque si no lo hacemos, a lo mejor sois los
siguientes.
Jill suspiró, sentada sobre la cama. Había hablado con un poco
más de diplomacia, pero no importaba lo bien que lo contaras o el cuidado que
pusieras en hacerlo; seguía siendo una locura. Por supuesto, no la habían
creído, no a plena luz del día y con la sensación de segundad que les
proporcionaban sus uniformes. No fue hasta que cayó la noche, cuando comenzaron
los gritos.
Había ocurrido el veinticinco de septiembre, y ya era día
veintiocho. Seguramente todos los policías estaban muertos. Había oído los
últimos disparos; ¿el día anterior?, ¿la noche anterior? Supuso que podría
tratarse de los saqueadores supervivientes, pero ya no importaba. Raccoon City
estaba muerta por completo a excepción de los portadores de virus que seguían
rondando por las calles en busca de comida.
Los días habían pasado como un borrón difuso debido a la falta
de sueño y al constante bombeo de adrenalina en la sangre. Jill se había pasado
todo el tiempo buscando supervivientes después de que la fuerza de policía
quedara destruida por completo. Fueron horas interminables agazapada en los
callejones, de llamadas a las puertas, de registro de los edificios buscando a
los que habían logrado esconderse. Había encontrado a decenas de personas, y
con un poco de ayuda de algunos de ellos habían conseguido llegar hasta un
lugar seguro, un instituto donde bloquearon con barricadas todos los accesos.
Jill se había asegurado de que estuvieran a salvo antes de regresar a la ciudad
para seguir buscando a otros.
No había encontrado a nadie más, y aquella misma mañana, cuando
había regresado al instituto…
No quería pensar en ello, pero sabía que tenía que hacerlo, que
no podía permitirse olvidar algo así. Aquella mañana había regresado para
descubrir que la barricada ya no estaba. Quizá destrozada por los zombis, o
quizá derribada por alguien de dentro, alguien que había mirado afuera y que
había visto a un hermano, o a un tío, o a una hija entre la multitud de
devoradores de carne humana. Alguien que pensaba que estaba salvando la vida de
un ser amado, sin darse cuenta de que ya era demasiado tarde para eso.
El instituto se había convertido en un matadero. El aire
apestaba con el hedor a mierda y a vómito, y las paredes habían acabado
decoradas con grandes manchas y chorreones de sangre. Jill casi abandonó en ese
momento, más cansada de lo que jamás se había sentido, incapaz de ver otra cosa
que no fueran los cuerpos de aquellos que habían tenido la suerte de morir
antes de que el virus se extendiera por todo su organismo. Todas las esperanzas
que guardaba desaparecieron mientras recorría los pasillos casi vacíos y mataba
a los portadores de virus que todavía rondaban por el lugar. Era gente que ella
había encontrado, gente que había llorado de alivio cuando ella llegó pocas
horas antes. Perdió la esperanza al mismo tiempo que se dio cuenta de que todo
por lo que había pasado no había servido para nada. Saber la verdad sobre
Umbrella no había salvado a nadie, y los ciudadanos que pensaron que los
llevaba a un sitio seguro, más de setenta hombres, mujeres y niños, ya no
existían.
No pudo recordar cómo consiguió regresar a la casa. No fue capaz
de pensar con coherencia, y apenas había logrado ver con unos ojos tan
hinchados y llenos de lágrimas. Aparte de cómo le había afectado a ella, miles
de personas habían muerto. Se trataba de una tragedia tan enorme que era casi
incomprensible.
Pudo haberse impedido. Y todo era culpa de Umbrella.
Jill sacó la Beretta de debajo de la cama y se permitió por
primera vez darse cuenta de las dimensiones de lo que había provocado Umbrella.
Había contenido sus emociones a lo largo de los días anteriores: había gente
que necesitaba ayuda, a la que había que dirigir, y no había lugar para los
sentimientos personales.
Sin embargo, en ese momento…
Estaba lista para salir de Raccoon City y hacer que los cabrones
que habían permitido aquel horror supieran cómo se sentía. Le habían robado
toda esperanza, pero no le podían impedir que sobreviviera.
Jill comprobó que hubiera una bala en la recámara y apretó los
dientes mientras sentía crecer un tremendo odio en su interior. Había llegado
el momento de marcharse.
Capítulo 2
Llegarían a Raccoon City en poco menos de una hora. Nicholai
Ginovaef estaba preparado, y pensaba que su escuadra cumpliría bien. Mejor que
las demás, seguro. Los otros nueve miembros de la escuadra B lo respetaban. Lo
había visto en sus ojos, y aunque morirían casi con toda seguridad, su
comportamiento sería notable. Después de todo, prácticamente había sido él
quien los había entrenado.
Nadie charlaba en el helicóptero que transportaba al pelotón D
bajo el sol de última hora del atardecer, ni siquiera los jefes de escuadra,
que eran los únicos que disponían de microtransmisores personales. Había
demasiado ruido como para que los miembros de la tropa se oyeran unos a otros,
y Nicholai no tenía nada que decirle a Hirami o a Cryan…, o a Mikhail Victor,
ya puestos. Victor era su superior, el comandante de todo el pelotón. Era un
cargo que debería ostentar Nicholai: Victor carecía de las cualidades de
liderazgo necesarias para ser un jefe de verdad.
Pero yo sí las tengo. Fui escogido para ser un «perro guardián»,
y cuando todo esto acabe, Umbrella tendrá que tratar de forma directa conmigo,
les guste o no.
Nicholai no movió un músculo del rostro, pero sonrió en su
interior. Cuando llegara el momento, «ellos», los individuos que controlaban
Umbrella desde las sombras, se darían cuenta de que lo habían subestimado.
Estaba sentado cerca de los jefes de las escuadras A y C,
recostado contra una pared de la cabina de transporte, relajado gracias al
ronroneo constante y ya familiar del helicóptero. El aire estaba repleto de
tensión y cargado con el olor a sudor masculino. También eso le era familiar.
Ya había dirigido a tropas en combate con anterioridad, aunque si todo salía
bien, nunca tendría que hacerlo de nuevo.
Dejó que su mirada paseara por las caras tensas de los soldados.
Se preguntó si alguno de ellos lograría sobrevivir más de una hora o dos.
Supuso que cabía dentro de lo posible. Estaba el hombre lleno de cicatrices de
Sudáfrica, que pertenecía a la escuadra de Cryan, y John Wersbowski, de su
propia escuadra. Había tomado parte en una limpieza étnica hacía ya unos
cuantos años, aunque Nicholai no se acordaba con exactitud de cuál. Ambos
individuos poseían la combinación de suspicacia extremada y el autodominio
necesarios para que tuvieran alguna posibilidad de escapar de Raccoon City, por
muy poco probable que fuera…, y era muy poco probable. La reunión de
información no los había preparado a ninguno de ellos para lo que se avecinaba.
La reunión de información privada que Nicholai había tenido dos
días antes, había sido muy distinta. La habían llamado operación Perro
Guardián. Conocía las estadísticas, le explicaron lo que cabía esperarse y cómo
eliminar de la forma más eficaz a los afectados que todavía caminaban. Le
informaron de la existencia de las unidades buscadoras similares a los Tiranos
que se iban a enviar, y cómo evitarlas. Sabía más que nadie en aquel
transporte.
Pero también estoy más preparado de lo que se puedan imaginar
los de Umbrella…, porque conozco los nombres de los demás «perros».
Volvió a contener la sonrisa. Poseía información adicional que
Umbrella no sabía que él tenía, y era algo que valía mucho, mucho dinero, o que
lo valdría dentro de poco tiempo. De cara a la galería, Umbrella enviaba a los
equipos del UBCS para que rescataran a los ciudadanos. Eso era lo que les
habían dicho. Sin embargo, él era uno de los diez individuos encargados de
reunir y archivar datos sobre los portadores del virus T, los humanos y los no
humanos, además de comprobar cómo les iba al enfrentarse a soldados
profesionales. Ésa era la verdadera razón por la que se enviaba al UBCS,
también conocida como operación Perro Guardián. En el helicóptero que
transportaba al pelotón A había otros dos, camuflados como miembros del UBCS;
ya había seis desplegados en Raccoon City: tres científicos, dos oficinistas de
Umbrella y una mujer que trabajaba en el ayuntamiento de la ciudad. El décimo
era un agente, un ayudante personal del propio jefe de policía. Cada uno de
ellos probablemente conocía a uno o dos de los demás buscadores de información
que Umbrella había escogido, pero gracias a su habilidad con la informática y a
unas cuantas contraseñas que había tomado «prestadas», él era el único que los
conocía a todos, además de en qué lugar se suponía que tenían que entregar los
informes.
¿No se sorprenderían los contactos cuando no aparecieran? ¿No
sería genial que sólo un «perro guardián» lograra sobrevivir y le pusiera un
precio a la información que habían recogido entre todos? ¿Y no era increíble
que una persona acabara siendo multimillonaria si estaba dispuesta a esforzarse
un poco y disparar unos cuantos tiros?
Nueve personas. Estaba a nueve personas de ser el único empleado
de Umbrella que poseyera la información que querían. La mayoría, si no todos,
de los miembros del UBCS morirían con rapidez, y entonces quedaría libre para
buscar a los demás «perros guardianes», arrebatarles la información y acabar
con sus míseras vidas.
Esa vez no pudo evitarlo: Nicholai sonrió. La misión que tenía
por delante prometía ser emocionante, una verdadera prueba para sus numerosas
habilidades…, y cuando la acabara, sería un hombre muy acaudalado.
A pesar de que el lugar estaba abarrotado y del rugido apagado
de los motores del helicóptero, Carlos apenas era consciente de lo que le
rodeaba. No podía quitarse de la cabeza a Trent y la extraña conversación, sin
duda, que habían tenido tan sólo dos horas antes. Se dio cuenta de que no hacía
más que recordarla una y otra vez en un intento por decidir si había algo útil
de verdad en ella.
Para empezar, Carlos no se fiaba mucho de aquel tipo: estaba
demasiado contento. No mucho por fuera, pero a Carlos le dio la impresión casi
segura de que Trent se estaba riendo de algo en su interior. Sus ojos oscuros
relucían con humor cuando le dijo que tenía información para él justo antes de
dar la vuelta y meterse en el callejón de donde había surgido, como si no le
cupiera ninguna duda de que Carlos lo seguiría.
Lo cierto es que no lo dudó. Carlos había aprendido a ser muy
cauteloso en su trabajo, pero también sabía unas cuantas cosas sobre el aspecto
de las personas, y Trent, aunque era obvio que se trataba de un desconocido, no
se había mostrado amenazador.
El callejón estaba oscuro y era fresco. Olía un poco a orina.
—¿Qué clase de información? —le había preguntado Carlos.
Trent se comportó como si no lo hubiera oído.
—En el distrito comercial del centro de la ciudad encontrará un
restaurante llamado Grill 13. Está subiendo la calle que viene de la fuente y
al lado del cine. No tiene pérdida. Si puede estar allí —miró su reloj—,
digamos a las 19.00, veré qué puedo hacer para ayudarlo.
Carlos ni siquiera supo por dónde empezar.
—¡Eh!, no es por ofender, pero ¿de qué coño me está hablando?
Trent le sonrió.
—De Raccoon City. Allí es adonde lo envían.
Carlos se lo quedó mirando, a la espera de algo más, pero
parecía que Trent había terminado.
Dios sabe como conoce mi nombre, pero este tío no me está
enseñando todas las cartas.
—Esto…, oiga, señor Trent…
—Sólo Trent —lo cortó el susodicho sin dejar de sonreír.
Carlos comenzó a sentirse irritado.
—Lo que sea. Creo que debe de haberse equivocado de Oliveira, y
aunque aprecio su…, esto, preocupación, lo siento, pero tengo que irme.
—¡Ah, sí! Lo llama el deber —dijo Trent, y su sonrisa
desapareció—. Sepa que no le dirán todo lo que necesita saber y que la
situación será mucho, mucho peor. Señor Oliveira, las horas que le esperan
pueden ser funestas, pero confío en sus capacidades. Sólo recuerde esto: Grill
13, a las siete en punto. La esquina nordeste del distrito comercial.
—Sí, claro —le contestó Carlos, asintiendo. Salió de nuevo a la
luz de la calle principal con algo parecido a una sonrisa forzada en el
rostro—. Me parece bien. Tomaré nota.
Trent le había sonreído de nuevo a la vez que lo seguía.
—Tenga mucho cuidado en quién confía.
Carlos se dio media vuelta y comenzó a caminar con rapidez para
alejarse. Había echado un vistazo atrás para mirar a Trent. El tipo se había
quedado mirando cómo se alejaba, con las manos metidas de nuevo en los
bolsillos, con un aspecto tranquilo y relajado. Para ser un chiflado, no tenía
aspecto de estar loco. Y ahora te parece menos loco todavía, ¿a que sí? Carlos
había logrado llegar de todas maneras un poco antes de tiempo a la oficina,
pero nadie parecía haber oído nada sobre lo que estaba sucediendo. A todos les
habían comunicado en la breve sesión de información presentada por los jefes de
pelotón del UBCS los pocos hechos conocidos: se había producido un derrame de
productos químicos tóxicos al principio de esa misma semana en una comunidad
bastante aislada, una sustancia que provocaba alucinaciones que a su vez
causaban brotes de violencia. Los productos químicos ya habían desaparecido,
pero los ciudadanos que se habían visto afectados seguían atacando a los que no
habían sufrido sus efectos. Existían pruebas de que el daño podía ser
permanente, y la policía local no había sido capaz de mantener la situación
bajo control. El UBCS tenía orden de ayudar a evacuar a los ciudadanos que no
estaban afectados y de utilizar la fuerza necesaria para protegerlos y que no
sufriesen más daño. Todo aquello era alto secreto. Era en Raccoon City, lo que
significaba que quizá, después de todo, Trent sabía algo…, pero ¿qué
significaba eso?
Si estaba en lo cierto sobre el sitio al que íbamos, ¿qué hay de
lo demás? ¿Qué es lo que no nos han dicho y que necesitamos saber? ¿Qué podría
ser peor que una multitud de personas enfurecidas y violentas?
No lo sabía, y no le gustaba no saberlo. Había empuñado un arma
por primera vez a los doce años para ayudar a su familia a defenderse de una
banda de terroristas, y se había convertido en todo un profesional a los
diecisiete. De eso hacía ya cuatro años, y desde entonces había puesto su vida
en peligro por una causa u otra. Sin embargo, siempre había sabido cuáles eran
los riesgos y contra qué se enfrentaba. No le gustaba nada ir al combate a
ciegas. El único consuelo era que iba a luchar al lado de más de un centenar de
soldados experimentados. Fuese lo que fuese, serían capaces de manejarlo.
Carlos miró a su alrededor y pensó que se encontraba en un buen
grupo. No es que fuesen necesariamente buenas personas, pero sin duda eran
combatientes más que capacitados. Incluso tenían la apariencia de estar
preparados, con la mirada firme y vigilante. Las expresiones de sus rostros
mostraban decisión, a excepción del jefe de la escuadra B, que estaba mirando
al vacío y sonriendo como un tiburón. Como un depredador. Carlos se sintió
inquieto de repente al mirar al individuo, Nicholai Noséqué: cabello blanco
cortado a rape y con la complexión de un levantador de peso. Jamás había visto
sonreír a nadie de aquel modo.
El ruso se percató de que lo estaba mirando, y su sonrisa se
ensanchó de un modo que hizo que Carlos quisiese estar sentado con la espalda
pegada a la pared y una pistola en la mano.
Y al instante se desvaneció. Nicholai asintió de un modo ausente
en su dirección y apartó la mirada. Tan sólo un soldado saludando a un
camarada, nada más. Estaba comenzando a ponerse un poco paranoico. Aquel
encuentro con el tal Trent lo había puesto de los nervios, y siempre estaba un
poco maniático antes de combatir.
Grill 13, al lado del cine.
No lo olvidaría. Por si acaso.
Capítulo 3
El plan de Jill era bordear la ciudad hacia el sureste,
manteniéndose mientras fuera posible en las calles laterales y atravesando los
edificios siempre que pudiera. Las calles principales no eran seguras, y muchas
estaban cortadas con barricadas en un intento por mantener encerrados a los
zombis antes de que la situación empeorara sin remedio. Si conseguía llegar lo
bastante al sur, podría cruzar las tierras de labranza para llegar hasta la
carretera 71, una de las que llevaban a la autopista.
De momento, todo va bien. Si sigo a este ritmo, llegaré a la 71
antes de que oscurezca del todo.
Había tardado menos de una hora en llegar desde las afueras de
la ciudad hasta el edificio de apartamentos —que estaba vacío, al parecer—,
donde se encontraba en ese momento. Temblaba un poco por el frío húmedo que
invadía el pasillo mal iluminado. Se había vestido pensando más en la facilidad
de movimiento que en protegerse de los elementos: una camiseta ceñida, una
minifalda y unas botas, además de una riñonera para meter unos cuantos
cargadores adicionales. Las ropas se le pegaban al cuerpo como una segunda piel
y le permitían moverse con soltura y rapidez. También llevaba encima un suéter
blanco para cuando saliera de la ciudad. Lo tenía atado a la cintura. De
momento, prefería pasar un poco de frío y tener los brazos más libres.
El Imperial era un edificio de apartamentos un poco abandonado y
en decadencia en la parte sur de la zona residencial de Raccoon City. Jill
había descubierto en una de sus primeras incursiones en la ciudad que los
zombis salían en busca de comida en cuanto podían, abandonando sus hogares y
lanzándose a las calles. Por supuesto, no todos ellos, pero sí los suficientes
como para que atravesar los edificios fuera más seguro que andar en terreno
abierto.
Un ruido. Un gemido suave procedente de detrás de una de las
puertas de los apartamentos al fondo del pasillo. Jill se detuvo de forma
inmediata, con la pistola en la mano y esforzándose por determinar de qué lado
había venido, y en ese preciso instante se dio cuenta del fuerte olor a gas.
—¡Mierda! —susurró mientras intentaba recordar la distribución
del edificio a la vez que el penetrante olor le invadía las fosas nasales.
Girar a la derecha al llegar al final del pasillo, y luego…
¿Otra vez a la derecha? ¿O la recepción está justo ahí? Piensa.
Sólo hace dos días que has estado aquí. Por Dios, tiene que ser un escape de
narices.
Oyó otro gemido delante de ella. Sin duda, procedía del
apartamento de la izquierda. Era el sonido vacío y sin sentido que los zombis
dejaban escapar, el único sonido que eran capaces de articular, por lo que ella
sabía. La puerta estaba entrecerrada, y Jill casi se imaginó que veía las
ondulantes oleadas de aire lleno de gas que salían al pasillo.
Empuñó con más fuerza la Beretta y dio un paso atrás. Tendría
que salir por el mismo camino por el que había entrado; no se atrevía a
disparar con el gas en el aire, y no le apetecía en absoluto hacer frente a los
portadores de virus con las manos desnudas. Un simple mordisco de cualquiera de
ellos le pasaría la infección. Dio otro paso atrás y…
¡Crac!
Jill dio media vuelta en redondo y alzó de forma instintiva el
arma cuando una puerta se abrió a unos cinco metros detrás de ella. Un hombre
encorvado que arrastraba los pies salió a la penumbra y le cortó el paso a la
entrada posterior.
Mostraba la piel amarillenta y la mirada muerta de un portador
del virus, por si no era prueba suficiente el hecho de que tuviera una mejilla
arrancada: los zombis no sentían dolor en absoluto. Cuando éste abrió la boca
para lanzar su gemido hambriento, Jill pudo ver la base de su lengua gris e
hinchada, y ni siquiera el pestazo a gas pudo cubrir por completo el hedor
dulzón de la carne en descomposición.
Jill se dio la vuelta de nuevo y vio que el resto del pasillo
seguía despejado; no le quedaba más remedio que pasar corriendo por delante del
apartamento con el escape de gas y mantener la esperanza de que su ocupante
fuese demasiado lento si intentaba atraparla. Venga. Muévete.
Echó a correr pegándose a la pared derecha del pasillo todo lo
que pudo, y empezó a notar los efectos del gas mientras balanceaba los brazos
para conseguir más velocidad: una leve distorsión de la luz, una sensación de
mareo, un sabor asqueroso en la parte posterior de la garganta. Pasó corriendo
por delante de la puerta entreabierta, aliviada de que no se abriera más, y de
repente recordó que la recepción estaba directamente a la derecha. Dobló la
esquina… y, bam, chocó contra una mujer y la derribó al suelo. Jill salió
rebotada y se estampó contra la pared de estuco con el hombro derecho con la
fuerza suficiente para que cayera un poco de polvo blanco sobre ellos. Apenas
lo notó; estaba demasiado concentrada en la mujer caída en el suelo y en las
tres personas que seguían de pie en el pequeño vestíbulo y que concentraban su
atención imbécil en ella. Todos eran portadores del virus.
La mujer, que iba vestida con unos harapos que antes habían sido
un camisón de dormir, gorgoteó de forma incoherente e intentó sentarse. Había
perdido uno de los ojos, y el hueco rojizo de carne al descubierto relucía un
poco bajo la luz de la bombilla. Los otros tres infectados, todos hombres, se
dirigieron hacia Jill, gimiendo y alzando con lentitud los brazos gangrenosos.
Dos de ellos estaban bloqueándole el paso hacia la pared de metal y vidrio que
llevaba a la calle: su única salida.
Tres de pie, una arrastrándose e intentando agarrarla por las
piernas, y al menos otros dos a la espalda. Jill se desplazó de lado hacia la
puerta de seguridad con el arma apuntando hacia la frente despellejada del
individuo más cercano, a unos dos metros de ella. La pared de buzones que había
a su espalda era de metal, pero no le quedaba más remedio: sólo podía tener la
esperanza de que la cantidad de gas en el aire en ese punto fuera menor.
La criatura se abalanzó sobre ella, y Jill disparó al mismo
tiempo que saltaba hacia la puerta mientras la bala semiblindada le atravesaba
el cráneo… Y sintió tanto como oyó la explosión, ¡bum!; un desplazamiento
llameante del aire la empujó con fuerza en la dirección en que había saltado.
Todo se movió con demasiada rapidez para separarlo, para entenderlo de forma
cronológica: su cuerpo dolorido, la puerta que estallaba en mil pedazos, el
mundo iluminado por fogonazos blancos. Se dobló sobre sí misma y rodó por el
suelo. El duro asfalto le arañó el hombro, y los horribles olores a carne
humana chamuscada y a cabellos quemados la rodearon a la vez que una lluvia de
fragmentos de cristal ennegrecidos acribillaba la calle.
Jill se puso en pie con algo de dificultad, haciendo caso omiso
a todo ello, a la vez que se giraba, lista para disparar de nuevo mientras las
llamas comenzaban a devorar los restos del Imperial. Parpadeó con los ojos
llenos de lágrimas y los abrió de par en par para ver mejor algo que no fueran
los destellos blancos que la rodeaban.
Al menos dos de los zombis estaban tirados en el suelo, muertos
con casi toda probabilidad, pero otros dos trastabillaban entre los restos
ardientes, con las ropas y el cabello envueltos en llamas. A la derecha y por
detrás de ella se alzaban los restos de una barricada de la policía, unas
cuantas vallas de contención y algunos coches aparcados. Pudo distinguir el
ruido de más infectados al otro lado de los restos, arrastrando los pies y
gimiendo.
Y allí, a su izquierda, había otro hombre. Ya estaba girando la
cabeza inclinada hacia un lado sobre su cuello laxo para mirarla. Sus ropas
desgarradas estaban cubiertas de costras de sangre seca. Jill apuntó con
cuidado y apretó el gatillo: la bala le atravesó el cerebro infestado de virus.
Se dirigió hacia él mientras todavía se estaba desplomando. Había un contenedor
justo detrás del cadáver, y detrás de éste, varios bloques de edificios de la
zona comercial del área residencial, llenos de tiendas. Era la mejor ruta de
escape posible.
Tengo que dirigirme hacia el oeste, tengo que ver si puedo
esquivar los bloqueos y las barreras que hay más adelante.
Se detuvo un momento al comprobar que ya no había ningún peligro
inmediato y examinó sus heridas. Tenía las dos rodillas llenas de raspaduras y
el hombro un poco amoratado y cubierto de suciedad; podía haber sido mucho
peor. Le zumbaban los oídos y todavía no veía con claridad, pero pronto se
recuperaría del todo.
Llegó hasta el contenedor y se encaramó para asomarse por encima
y observar los dos lados de la calle a oscuras que tenía delante de ella. El
enorme cubo estaba metido entre la pared de una tienda de ropa de moda y un
coche aplastado por completo, y le limitaba lo que podía llegar a ver. Jill se
quedó a la escucha unos instantes para ver si se oían gemidos hambrientos o el
típico sonido de pies arrastrándose de los infectados, pero no oyó nada.
Lo más probable es que ni siquiera fuese capaz de oír a una
banda de cornetas, pensó con cierta rabia mientras se subía al contenedor.
Justo al otro lado había una puerta. Jill creyó que lo más
probable era que llevara a un callejón trasero, pero se interesó más por lo que
había a su izquierda. Con un poco de suerte, sería un ramal que le
proporcionaría la ruta más directa para salir de la ciudad.
Jill se bajó de un salto, miró a ambos lados, y sintió una
oleada de auténtico pánico apoderarse de su cerebro. Había docenas de ellos, a
la izquierda y a la derecha, y los más cercanos ya se aproximaban para cortarle
el paso de vuelta al contenedor. ¡Muévete, Jilly! La voz de su padre. Jill no
lo dudó un instante. Echó a correr un par de pasos y estampó su hombro sano
contra la puerta de hierro oxidado que tenía justo delante. La puerta se
estremeció, pero no cedió al embate.
—¡Vamos! —gritó sin darse cuenta de que estaba hablando,
concentrada por completo en la puerta.
No importa lo cerca que estén, tengo que pasar.
Se lanzó de nuevo contra la puerta a la vez que el hedor
empalagoso de carne putrefacta de los monstruos la rodeaba por completo. La
puerta siguió resistiendo.
¡Concéntrate! ¡Hazlo, ya!
Era de nuevo la voz autoritaria de su padre, su primer maestro.
Jill se preparó, inclinó el cuerpo hacia atrás y sintió el roce de unos dedos
fríos en un lado del cuello, una ráfaga de aliento pútrido y ansioso en la
mejilla.
CRAAAC.
La puerta se abrió de par en par y se estampó contra los
ladrillos que había detrás. Jill pasó como una exhalación y siguió corriendo
con el pulso a cien por hora. Recordó que había un almacén un poco más adelante
y a la derecha. A su espalda se elevaron gemidos de decepción, de hambre
frustrada, que resonaron por el callejón que era su salvación. Había una puerta
justo delante.
Por favor, que esté abierta.
Jill agarró el pomo, lo bajó, y la puerta de metal se abrió
dando paso a un espacio abierto, silencioso y bien iluminado.
Gracias a Dios.
Justo entonces vio a un hombre de pie en mitad del lugar, justo
debajo de la escalera a la que había llegado. Alzó la Beretta pero no disparó:
le echó un vistazo rápido antes de bajar el arma. A pesar de sus ropas hechas
jirones y ensangrentadas, se dio perfecta cuenta por su mirada atemorizada y
llena de desesperación de que no era un portador del virus o que, al menos,
todavía no se había transformado.
Jill sintió que una oleada de alivio le recorría el cuerpo al
ver a otra persona, y se dio cuenta de repente de lo sola que había estado.
Incluso siendo un civil sin entrenamiento, alguien a quien ayudar que a su vez
te podía ayudar.
Le sonrió de forma trémula y se dirigió hacia los peldaños que
bajaban al nivel principal mientras comenzaba a efectuar cambios en su plan
inicial. Tendrían que encontrar una arma para él. Recordaba haber visto una
vieja escopeta en el Bar Jack dos días antes. Estaba descargada, pero seguro
que podrían encontrar cartuchos, y, además, estaba cerca de allí.
¡Lo más probable es que juntos pudiéramos pasar por una de las
barricadas!
Sólo necesitaba que alguien permaneciese alerta mientras
apartaba los coches del camino.
—Tenemos que salir de aquí —dijo, intentando que su voz sonara
lo más esperanzadora posible—. No va a venir nadie a ayudarnos, al menos no
durante bastante tiempo, pero entre los dos podemos…
—¿Está loca? —la interrumpió el individuo mientras miraba a su
alrededor con una mirada llena de nerviosismo—. Señorita, no pienso irme a
ningún lado. Mi propia hija está ahí afuera, perdida…
Su voz se fue apagando y se quedó mirando a la puerta por la que
Jill había entrado, como si pudiera ver a través de ella.
Jill asintió y recordó que lo más probable era que se encontrara
en estado de shock.
—Razón de más para…
Él la interrumpió de nuevo, y su voz atemorizada se elevó hasta
convertirse en un grito que reverberó por todo aquel espacio abierto.
—¡Está ahí afuera, y lo más seguro es que ya esté tan muerta como
todos los demás, y si no salgo por ella, tiene que estar loca para pensar que
lo haré por usted!
Jill se metió la Beretta en la cinturilla de la minifalda y alzó
con rapidez las dos manos con un gesto tranquilizador a la vez que seguía
hablando con voz suave.
—¡Eh!, lo entiendo. Siento lo de su hija, de verdad, pero si
logramos salir de la ciudad, podremos conseguir ayuda y luego volver. Quizá
está escondida en algún lugar, y lo mejor que podemos hacer para encontrarla es
conseguir ayuda.
El hombre retrocedió un paso, y ella se percató del terror que
existía bajo su furia. Ya lo había visto antes: una cólera falsa que algunas
personas utilizaban para no sentirse atemorizadas, y Jill supo que no iba a ser
capaz de convencerlo.
Pero tengo que intentarlo…
—Sé que tiene miedo —le dijo con voz tranquila—. Yo también lo
tengo. Pero soy…, bien, era uno de los miembros de la Escuadra de Tácticas
Especiales y Rescates. Nos entrenaban para efectuar misiones peligrosas, y
estoy convencida de que puedo conseguir que salgamos los dos de esta situación.
Estará más seguro si viene conmigo.
Él retrocedió otro paso.
—Vete a la mierda, puta —le espetó antes de darse la vuelta y
echar a correr por el suelo de cemento.
Había un remolque de camión de transporte al otro extremo del
almacén. El hombre entró a rastras en el interior, jadeante. Jill distinguió
por un momento su cara enrojecida y sudorosa cuando cerró las puertas. Oyó el
chasquido metálico de un cerrojo al cerrarse seguido de un grito que no le dejó
duda alguna acerca de la decisión que había tomado el individuo.
—¡Váyase! ¡Déjeme en paz!
Jill sintió un ramalazo de rabia, pero supo que no servía de
nada, del mismo modo que habría sido inútil seguir hablando con él. Suspiró y
se dirigió de vuelta a la escalera mientras intentaba evitar con cuidado el
sentimiento deprimente que amenazaba apoderarse de su ánimo. Le echó un vistazo
al reloj: las cuatro y media; y se sentó para repasar mentalmente el mapa de la
zona residencial de Raccoon City. Si el resto de las calles estaban tan
repletas de zombis como aquélla, iba a tener que volver al centro de la ciudad
e intentarlo por otro lado. Tenía cinco cargadores completos con quince balas
en cada uno de ellos, pero necesitaría más potencia de fuego, como una
escopeta, por ejemplo. Si no encontraba cartuchos, al menos podría utilizarla
como garrote contra aquellos cabrones.
—Bueno, pues al Bar Jack —dijo en voz baja, y se apretó las
palmas de las manos contra los ojos, preguntándose cómo lo iba a lograr.
Capítulo 4
Llegaron a la ciudad a media tarde, a las cuatro cincuenta según
el reloj de Carlos, y se dispusieron a descender sobre una zona de aparcamiento
vacía. Al parecer, había una serie de instalaciones subterráneas por allí cerca
que eran propiedad de Umbrella. Al menos, eso era lo que les habían dicho en la
sesión de información.
Carlos se puso en fila con el resto de la escuadra, con el rifle
de asalto colgado al hombro. Se enganchó al cable de descenso y esperó a que
Hirami abriera la puerta. Delante de Carlos se encontraba Randy Thomas, uno de
los tipos más amistosos de la escuadra A. Randy miró hacia atrás y fingió un
gesto de furia a la vez que apuntaba a Carlos con el índice y doblaba el pulgar
imitando el percutor de una pistola. Carlos sonrió y se agarró el estómago como
si le hubiera dado una bala. Se trataba de una broma estúpida, pero Carlos se
sintió un poco más relajado cuando su jefe abrió la puerta y el rugir de los
rotores múltiples inundó el compartimiento de carga.
Los hombres que estaban delante de Carlos fueron bajando de dos
en dos por los cables de descenso anclados al fuselaje del helicóptero. Carlos
se acercó a la abertura y entrecerró los ojos para ver dónde estaban
aterrizando. El helicóptero lanzaba una sombra alargada bajo el sol del
atardecer, y vio a los hombres de los demás pelotones ya en el suelo,
alineándose por escuadras. Un momento después, le llegó el turno. Se asomó un
segundo después de que Randy lo hiciera y la sensación de la bajada casi en caída
libre le hizo subir el estómago a la garganta. Un borrón de cielo que pasó a
toda velocidad y llegó al suelo. Se desenganchó del cable y se apresuró a
acercarse donde se encontraba Hirami.
Pocos minutos después, todos estaban desplegados en el suelo.
Los cuatro helicópteros de transporte viraron casi al unísono y se dirigieron
hacia el oeste. El sonido de los motores se fue apagando mientras el polvo
levantado se asentaba de nuevo alrededor de las tropas desplegadas. Carlos se
sintió alerta y preparado. Los jefes de escuadra y de pelotón comenzaron a
señalar en diferentes direcciones e indicaron las rutas de patrulla que habían
sido planeadas antes de que salieran de la oficina central.
Por último, cuando los helicópteros eran poco más que manchas en
el cielo, pudieron oír de nuevo sin problemas, y Carlos se sintió sorprendido
por el silencio de la zona que los rodeaba. Ni coches, ni ruidos de maquinaria,
y, sin embargo, se encontraban en los límites de una ciudad de tamaño
respetable. Le resultaba extraño cómo las personas daban por sentado que
existían esos ruidos sin prestarles atención hasta que notaban su falta.
Mikhail Victor, el jefe del pelotón D, estaba de pie junto a
Hirami y a los otros dos jefes de escuadra, Cryan y el ruso de aspecto
inquietante, mientras los jefes de los pelotones A, B y C daban órdenes. Las
escuadras se pusieron en marcha con rapidez y con el mínimo de ruido. El sonido
de sus botas parecía demasiado fuerte en aquel silencio de calma inmóvil.
Carlos vio las expresiones de intranquilidad en algunas de las caras de los
compañeros que pasaron por delante, y sabía que él tenía esa misma expresión.
Lo más probable es que todo estuviera tan silencioso porque la gente estaba
enferma y en sus casas o escondida en algún lugar, pero de todas maneras,
aquella sensación era muy inquietante…
—¡Escuadra A, a paso ligero! —gritó Hirami, e incluso su voz
parecía extrañamente apagada.
Sin embargo, Carlos se lo sacó de la cabeza en cuanto empezaron
a correr detrás de él. Si no le fallaba la memoria, por lo que habían dicho en
la reunión de información, todos se dirigían más o menos hacia el oeste, hacia
el centro de Raccoon City. Los pelotones se habían desplegado para cubrir un
área mayor. La escuadra A cubría una zona de treinta metros a la redonda;
treinta soldados trotando por una zona industrial no muy diferente a la que
albergaba su oficina central: aparcamientos medio abandonados llenos de restos
y desechos, pedazos de tierra llenos de malas hierbas y almacenes rodeados de
vallas.
Carlos lanzó un bufido, incapaz de mantenerse callado.
—¡Fuchi! —exclamó medio susurrando. Olía como un pedo dentro de
una bolsa llena de pescado podrido.
Randy bajó un poco el ritmo para colocarse junto a Carlos y
correr a su lado.
—¿Has dicho algo, hermano?
—He dicho que algo apesta —le contestó Carlos—. ¿Hueles eso?
Randy asintió.
—Sí. Pensé que habías sido tú.
—Ja, ja. Me muero de risa, cabrón —replicó Carlos con una
sonrisa—. Eso significa «querido amigo» en mi tierra.
Randy sonrió de oreja a oreja a su vez.
—Sí, seguro que sí. Y seguro que…
—¡Un momento! ¡Y los de ahí atrás, callaos!
Hirami les ordenó que se detuviesen y alzó una mano para
asegurarse de que todos se quedaran en silencio. Carlos distinguió el débil
sonido de unas botas contra el pavimento: otra escuadra que avanzaba, uno o dos
edificios al norte de donde estaban ellos. Un instante después, oyó algo más.
Gemidos y gruñidos procedentes de algún punto por delante de
ellos. Les llegaban débilmente al principio, pero fueron tomando fuerza. Sonaba
como si hubieran soltado a las calles a todos los pacientes de un hospital. Al
mismo tiempo, aquel olor desagradable fue acentuándose, empeorando, haciéndose
más familiar.
—Oh, mierda —susurró Randy. Su rostro palideció, y Carlos supo
de forma inmediata qué era aquel olor, lo mismo que lo supo Randy.
No es posible.
Era el hedor de un cuerpo humano pudriéndose al sol. Era el olor
a muerte. Carlos lo conocía muy bien, pero jamás lo había sentido con tanta
fuerza, tan abrumador. Mitch Hirami, justo delante de ellos, comenzó a bajar la
mano lleno de incertidumbre, con una expresión de profunda preocupación en los
ojos.
Los sonidos inarticulados y angustiosos de las personas enfermas
se hicieron más fuertes. Hirami parecía estar a punto de decir algo cuando
comenzaron a resonar disparos cerca de ellos, procedentes de una de las otras
escuadras, y Carlos pudo oír entre el repiqueteo de las ráfagas otro sonido:
los gritos de sus camaradas.
—¡En línea! —gritó Hirami a la vez que levantaba las dos manos
hacia el cielo con las palmas hacia arriba, con una voz apenas audible por
encima del tableteo de las armas que rasgaba el aire de la tarde.
Línea recta, con cinco hombres apuntando en la dirección hacia
la que se dirigían y otros cinco hacia el camino por el que habían venido.
Carlos se apresuró a colocarse en su posición, sintiendo la boca seca pero las
palmas húmedas por el sudor. Las ráfagas cortas al norte de donde se
encontraban se hicieron más largas, ahogando cualquier otro sonido que se
pudiera producir, pero era evidente que el hedor era más fuerte por momentos.
Para empeorar la situación, distinguió a lo lejos el ruido de más disparos, con
un sonido más débil, pero que dejaba algo claro: pasase lo que pasase,
implicaba a todos los miembros del UBCS.
Carlos se concentró en el espacio que se abría por delante de
ellos: vigiló con atención el tramo de calle que se extendía hasta un cruce,
tres bloques más allá. Un M16 con un cargador de treinta balas no era algo que
se pudiera tomar a la ligera, pero tenía miedo…, aunque todavía no sabía de
qué.
¿Por qué están disparando todavía por ese lado? ¿Qué es lo que
puede aguantar tantas balas? ¿Qué es lo que… ?
Vio en ese momento al primero. Una figura que avanzaba
tambaleándose apareció casi cayéndose al salir de detrás de un edificio a dos
bloques delante de ellos. Una segunda silueta surgió al otro lado de la calle,
seguido de una tercera, de una cuarta…, y de repente, en la calle había al
menos una docena de personas tambaleantes que avanzaban hacia ellos arrastrando
los pies. Parecían borrachos.
—Dios, ¿qué les pasa? ¿Por qué andan así?
El que había hablado estaba al lado de Carlos. Se llamaba Olson,
y estaba encarado en la dirección por donde habían venido. Carlos echó un
rápido vistazo a su espalda y vio al menos a otras diez personas que se
dirigían hacia ellos, surgidas de la nada, y en ese preciso instante se dio
cuenta de que los disparos al norte de su posición se habían espaciado hasta
casi desaparecer. Las ráfagas intermitentes eran cada vez menos y más cortas.
Carlos miró hacia adelante de nuevo y lo que vio le hizo abrir
la boca hasta que le quedó colgando la mandíbula. Ya estaban lo bastante cerca
para distinguir sus rasgos y que sus gritos fueran audibles. Vio que tenían las
ropas desgarradas y cubiertas de manchas de sangre, aunque algunos estaban
incluso medio desnudos; que sus caras pálidas también estaban manchadas de
sangre, con unos ojos que no veían nada; que caminaban con los brazos alzados
por delante de ellos, como si quisieran agarrar a la línea de soldados que
todavía estaban a un bloque de distancia. Y aquellas desfiguraciones: miembros
amputados, grandes trozos de carne y de extensiones de piel arrancadas, partes
del cuerpo hinchadas y húmedas por la putrefacción.
Carlos había visto ese tipo de películas. Aquellas personas no
estaban enfermas. Eran zombis, los muertos vivientes, y de momento, lo único
que podía hacer era mirar mientras avanzaban a trompicones hacia ellos. No era
posible; y mientras su cerebro se esforzaba por aceptar lo que estaba viendo,
recordó lo que Trent le había dicho sobre «horas funestas» o algo así.
—¡Fuego, fuego! —ordenó Hirami desde lo que parecía una enorme
distancia, y el repentino tableteo de las armas automáticas a ambos lados trajo
de repente a Carlos de nuevo a la realidad. Apuntó contra el vientre hinchado
de un hombre obeso que llevaba puestos unos pantalones de pijama y abrió fuego.
Tres ráfagas, nueve disparos al menos, atravesaron la gruesa
panza del individuo y abrieron una larga fila de agujeros en su parte baja.
Varios chorros de sangre oscura mancharon la cintura de sus pantalones hasta
empaparla. El hombre trastabilló, pero no cayó. Incluso, pareció más ansioso
por alcanzarlos, como si el olor de su propia sangre lo incitara a ello.
Unos cuantos zombis habían caído al suelo, pero continuaron
arrastrándose hacia ellos sobre lo que les quedaba de los estómagos, arañando
el asfalto con las uñas en su intento de conseguir ese objetivo de forma
obsesiva.
Al cerebro, tengo que darle al cerebro. En las películas, el
único modo de detenerlos es pegarles un tiro en la cabeza.
El más cercano ya estaba a unos seis metros. Era una mujer
esbelta que parecía intacta a excepción del brillo del hueso bajo su cabello
apelmazado. Carlos apuntó a la cabeza y apretó el gatillo, sintiéndose loco de
alivio cuando se desplomó en el suelo y se quedó allí, inmóvil.
—A la cabeza, apuntad a la cabeza —empezó a gritar Carlos, pero
Hirami también había comenzado a gritar: unos aullidos sin palabras de puro
terror a los que se unieron casi en seguida los de algunos de los demás
soldados cuando la línea empezó a romperse. ¡Oh, no… !
Los zombis los habían alcanzado por el otro lado.
Nicholai y Wersbowski eran los únicos miembros de la escuadra B
que habían conseguido sobrevivir, y sólo porque se habían aprovechado de sus
compañeros. Nicholai había empujado a Brett Mathis a los brazos de una de las
criaturas cuando ésta estuvo demasiado cerca, y de ese modo consiguió ganar
unos segundos preciosos que le permitieron escapar. Había visto a Wersbowski
dispararle a Li en la pierna izquierda por el mismo motivo, hiriendo a su
camarada para que se quedara atrás y distrajera a los portadores de virus más
cercanos.
Habían logrado llegar juntos hasta la escalera de incendios de
un edificio, a dos bloques de distancia de donde habían caído los demás. Oyeron
ráfagas y disparos esporádicos mientras subían los peldaños oxidados, pero los
gritos roncos de los moribundos fueron desapareciendo, apagados por los
gimoteantes muertos hambrientos.
Nicholai sopesó con cuidado las diferentes opciones disponibles
mientras subía por la escalera de incendios. Tal como había previsto, John
Wersbowski era un superviviente nato, y también era obvio que no tenía ninguna
clase de reparo en hacer lo que fuera para continuar siéndolo, y con lo mal que
estaba la situación en Raccoon City, que, de hecho, era peor de lo que a
Nicholai le habían hecho creer, no vendría mal tener a un individuo como aquél
cubriéndole la espalda.
Y si nos rodean, siempre podría utilizarlo como cebo
sacrificable para escapar.
Nicholai frunció el entrecejo cuando llegaron al tejado y
Wersbowski observó los alrededores para saber qué se podía ver desde aquellos
tres pisos de altura. Por desgracia, lo de la víctima sacrificable también se
le podía aplicar a él. Además, Wersbowski no era tan idiota o tan confiado como
lo habían sido Mathis y Li. Pillarlo por sorpresa iba a ser difícil.
—Zombis —murmuró Wersbowski mientras empuñaba con más fuerza el
rifle automático.
Nicholai se quedó de pie a su lado y siguió su mirada hasta
donde la escuadra B había presentado batalla por última vez, hasta los cuerpos
destrozados que yacían esparcidos por el asfalto y las criaturas que
continuaban alimentándose. Nicholai no pudo evitar sentirse un poco
decepcionado. Habían acabado muertos en pocos minutos, apenas habían presentado
resistencia.
—Bueno, «señor», ¿cuál es el plan?
El sarcasmo era muy obvio, tanto en el tono de voz como en la
expresión medio disgustada y medio en sorna de su cara. También era obvio que
Wersbowski lo había visto empujar a Mathis a los zombis como víctima
propiciatoria. Nicholai dejó escapar un suspiro mientras meneaba la cabeza, con
el M16 suelto entre las manos. Lo cierto es que no le quedaba otra opción.
—No lo sé —dijo en voz baja, y cuando Wersbowski bajó la mirada
hasta donde habían comenzado a combatir, Nicholai apretó el gatillo del rifle
de asalto.
Un trío de balas atravesó el abdomen de Wersbowski y lo arrojó
de espaldas contra el reborde de cemento del tejado. Nicholai alzó el arma de
forma inmediata y apuntó contra uno de los ojos asombrados de Wersbowski.
Disparó mientras el sorprendido soldado lo entendía todo de repente: la súbita
comprensión de que había cometido el error fatal de bajar la guardia tan sólo
un instante.
Todo acabó en menos de un segundo, y Nicholai se quedó a solas
en el tejado. Se quedó mirando al cuerpo sangrante sin verlo, y se preguntó, no
por primera vez, por qué no tenía ninguna sensación de culpa cada vez que
mataba. Ya había oído hablar del término «psicópata», y pensaba que lo más
probable era que se le pudiera aplicar, aunque no comprendía por qué la gente
lo seguía viendo como algo negativo. Supuso que se trataba de aquello de la
empatía. La mayoría de la humanidad se comportaba como si la incapacidad para
relacionarse fuese algo malo.
Pero a mí no me importa nada, y nunca dudo a la hora de hacer lo
que tengo que hacer, sin importarme cómo lo perciben los demás. ¿Qué tiene eso
que sea tan terrible?
Lo cierto es que él era un hombre que sabía cómo controlarse a
sí mismo. El truco era la disciplina. En cuanto decidió abandonar su tierra
natal, dejó incluso de pensar en ruso al cabo de un año. Cuando se convirtió en
un mercenario, se entrenó día y noche con toda clase de armas y puso a prueba
sus habilidades en el campo de batalla contra los mejores combatientes. Siempre
había vencido, porque no importaba lo feroz que fuese su oponente: Nicholai
sabía que no tener ninguna clase de conciencia lo dejaba con las manos libres
por completo, por la misma razón que tener una conciencia representaba una
desventaja para sus enemigos. El cadáver de Wersbowski no podía darle ninguna
respuesta. Nicholai comprobó la hora en el reloj, aburrido ya de aquellas
disquisiciones filosóficas. El sol estaba bastante bajo sobre el horizonte y
tan sólo eran las cinco de la tarde. Todavía le quedaban muchas cosas por hacer
antes de marcharse de Raccoon City con todo lo que necesitaba. En primer lugar,
tenía que recoger un ordenador portátil y acceder a los archivos que había
creado la noche anterior, llenos de mapas y nombres. Se suponía que tenía que
haber uno esperándolo en el edificio de la comisaría de la ciudad, aunque
tendría que tener mucho cuidado en aquella zona, ya que, sin duda, los dos
rastreadores Tirano se encontrarían por allí. Uno de ellos había sido
programado para buscar una muestra química, y Nicholai sabía que existía un
laboratorio de Umbrella no muy lejos del edificio. La otra unidad, la creación
más avanzada en el sentido tecnológico, tenía la misión de localizar y eliminar
a los miembros renegados de los STARS, suponiendo que alguno se encontrara
todavía en Raccoon, y la oficina central de los STARS de la ciudad se
encontraba precisamente en el mismo edificio que la comisaría. No correría
ningún peligro siempre que se mantuviera fuera de su camino, pero odiaría
entrometerse entre cualquier espécimen de la serie Tirano y su objetivo si sólo
la mitad de lo que contaban sobre ellos era verdad. Umbrella estaba aprovechando
al máximo la situación en Raccoon City tomando medidas proactivas (es decir,
utilizando los nuevos modelos de Tiranos, si eso eran exactamente) además de
las encaminadas a recoger datos. Nicholai admiró su eficiencia.
Oyó una nueva ráfaga de disparos y apartó el cuerpo del borde
del tejado en un acto reflejo, pero se asomó lo suficiente para ver a dos
soldados pasar corriendo un momento después. Uno de ellos estaba herido:
mostraba una mancha roja bastante visible un poco más arriba de su tobillo
derecho, y tenía que apoyarse en su camarada para seguir avanzando.
Nicholai no reconoció al herido, pero sí a su compañero. Era el
hispano que lo había estado observando en el helicóptero.
Sonrió mientras los dos pasaban trastabillando por delante del
edificio hasta desaparecer de su vista. Puede que unos cuantos soldados
hubiesen sobrevivido, por supuesto, pero lo más probable era que sufrieran el
mismo destino que aquel herido, al que sin duda había mordido uno de los
infectados.
O el destino que casi seguro le espera al hispano. Me pregunto
qué hará cuando su camarada comience a ponerse enfermo, cuando comience a
cambiar.
Lo más probable era que intentara salvarle en alguna clase de
tributo patético al honor. Sería su final. Lo cierto es que todos podían darse
por muertos. Nicholai, sorprendido por lo predecibles que llegaban a ser, meneó
la cabeza y se agachó para quitarle la munición al cadáver de Wersbowski.
Capítulo 5
A Jill le pareció distinguir el sonido de un tiroteo mientras se
dirigía al Bar Jack.
Se detuvo un momento en el callejón que llevaba a la puerta
trasera del bar, con la cabeza inclinada hacia un lado. Le parecieron disparos
de arma automática, pero sonaban demasiado lejanos para estar segura. De todas
maneras, se animó un poco al pensar que quizá no estaba luchando sola, que
quizá llegaría ayuda en poco tiempo.
Sí, claro. Un centenar de buenos muchachos provistos de
lanzagranadas, vacunas, una lata de bebida energética y un filete de ternera
con mi nombre puesto. Todos son atractivos, heterosexuales y solteros, además
de tener estudios universitarios y unos dientes perfectos.
—¿Qué tal si nos ceñimos a la realidad? —se dijo en voz baja.
Se sintió aliviada al notar que la voz sonaba bastante normal,
incluso en el silencio oscuro y húmedo del callejón trasero.
Se había sentido bastante mal en el almacén, incluso después de
encontrar el termo con café todavía tibio en la oficina de la zona superior. La
idea de cruzar la ciudad muerta una vez más, sola…
Es lo que tengo que hacer, se dijo con firmeza, así que voy a
hacerlo.
Como a su querido y encarcelado padre le gustaba decir, «desear
que las cosas fueran de otro modo no las cambiaba».
Dio unos cuantos pasos adelante, y se detuvo de nuevo cuando
llegó a unos dos metros de donde el callejón se dividía. A su derecha había una
serie de calles y callejones que llevaban de vuelta al centro de la ciudad; a
su izquierda, después de atravesar un pequeño patio, un callejón recto que la
llevaría directamente al bar; eso suponiendo que conociera esa zona tan bien
como creía conocerla.
Jill se acercó a la encrucijada, moviéndose de aquella forma tan
silenciosa que sabía y con la espalda pegada a la pared que daba al sur. Todo
estaba lo bastante tranquilo para arriesgarse a echar un vistazo rápido por el
callejón que se abría a la derecha, pero con el arma por delante. Todo
despejado. Cambió de posición y cruzó el hueco caminando de lado para mirar en
la dirección que quería tomar…
Entonces lo oyó: el suave quejido gemebundo de un infectado, un
hombre medio oculto en las sombras a unos cuatro metros de distancia. Jill
apuntó a la zona más oscura de la sombra y esperó con tristeza a que se pusiera
a la vista mientras se recordaba a sí misma que aquello no era humano, ya no.
Lo sabía, lo había sabido después de ver lo que había ocurrido en la mansión
Spencer, pero procuraba no reprimir los sentimientos de pena y de tristeza que
la afligían cada vez que tenía que acabar con uno de ellos. Tener que decirse
que cada zombi estaba más allá de cualquier esperanza de salvación le permitía
sentir compasión por ellos.
Incluso la figura medio descompuesta que arrastraba los pies
hacia ella había sido una persona. No podía permitirse el lujo de ponerse
emotiva, pero si alguna vez se olvidaba de que todos ellos eran víctimas más
que monstruos, perdería una parte esencial de su propia humanidad.
Un único disparo en la sien derecha, y el zombi se derrumbó
sobre un charco de sus propios fluidos apestosos. Ya estaba bastante
descompuesto: tenía los ojos cubiertos de una leve película blanca y la carne
de color gris verdoso ya se estaba desprendiendo de los huesos. Jill tuvo que
respirar a través de la boca cuando pasó por encima de él procurando con
cuidado ni siquiera rozarlo con las botas.
Dio otro paso y tuvo el patio a la vista…, y lo que vio fueron
otros dos zombis, pero también un repentino y confuso movimiento que
desapareció en el callejón que llevaba al bar. Era demasiado veloz para
tratarse de uno de los portadores del virus. Jill apenas tuvo tiempo de
distinguir unos pantalones de camuflaje y una bota de combate de color negro,
pero fue suficiente para confirmar la esperanza que había tenido: era una
persona. Era una persona viva.
Jill acabó con rapidez con los dos portadores del virus desde la
parte superior de la escalera que daba al patio mientras el corazón le
palpitaba con fuerza por la esperanza que sentía. Ropa de camuflaje. Él o ella
era un militar, quizá alguien enviado en misión de reconocimiento. Después de
todo, quizá su fantasía no era tan irreal. Se apresuró a dejar atrás a las
criaturas tiradas en el suelo y echó a correr en cuanto entró en el callejón,
luego siguió unos diez metros de pared de ladrillo, y llegó a la puerta
trasera.
Jill inspiró profundamente y abrió la puerta con lentitud y
cuidado. No quería sorprender a nadie que pudiera estar empuñando un arma…, y
vio a un zombi que cruzaba el suelo de baldosas del pequeño bar, sin dejar de
gemir, hambriento, mientras alargaba los brazos hacia un hombre con una
camiseta oscura que estaba apuntando con lo que parecía ser una pistola de
pequeño calibre a la criatura que se le aproximaba. Abrió fuego.
Jill lo imitó enseguida, y logró con dos disparos lo que él fue
incapaz de conseguir con cinco. El infectado cayó de rodillas y, con un gemido
final desesperado, se desplomó en el suelo como gelatina. Jill no pudo
discernir si era hombre o mujer, pero en ese momento le importaba una mierda.
Centró su atención en el soldado con un saludo en los labios, y
de repente se dio cuenta de que se trataba de Brad Vickers, el piloto del
equipo Alfa del grupo de STARS desmantelados. Brad, a quien habían apodado
Vickers el Gallina, que había abandonado a todo el equipo en la mansión Spencer
cuando tuvo demasiado miedo para quedarse, que se había marchado de forma
discreta de la ciudad cuando se enteró de que Umbrella conocía sus nombres. Era
un buen piloto y un genio con los ordenadores, pero a la hora de la verdad,
Brad Vickers era un cobarde de primera clase.
Y a pesar de todo, me alegro de verlo.
—Brad, ¿qué estás haciendo aquí? ¿Estás bien?
Se esforzó al máximo por no preguntarle cómo había logrado
sobrevivir, aunque era algo que la intrigaba, sobre todo porque sólo parecía
estar armado con una pequeña semiautomática de calibre 32 y que había sido el
peor tirador con diferencia de todos los STARS. Tampoco es que ofreciera un
aspecto muy tranquilizador: tenía la camiseta llena de manchas de sangre seca y
sus ojos mostraban una expresión algo enloquecida, abiertos de par en par y sin
dejar de girar por el pánico.
—¡Jill! ¡No sabía que estuvieras viva todavía!
Si estaba contento por verla, lo ocultaba bastante bien, y no
había contestado a su pregunta.
—Sí, bueno, podría decir lo mismo —contestó, procurando no sonar
demasiado acusadora: quizá Brad podría proporcionarle información útil—.
¿Cuándo has regresado? ¿Sabes algo sobre lo que está pasando fuera de la
ciudad?
Fue como si cada palabra que le dijo no hiciera más que aumentar
su miedo. La postura de su cuerpo indicaba su tensión, su nerviosismo, y le
temblaban las extremidades. Abrió la boca para contestar, pero no dijo nada.
—Brad, ¿qué pasa? ¿Qué es lo que ocurre? —preguntó, pero él ya
estaba retrocediendo hacia la puerta delantera del bar meneando la cabeza de un
lado a otro.
—Viene a por nosotros —dijo con un susurro—. A por los STARS.
Los policías están muertos, no pueden hacer nada para impedirlo, lo mismo que
no pudieron impedir todo esto… —Brad señaló con una mano temblorosa la criatura
ensangrentada que se encontraba tumbada en el suelo—. Ya lo verás.
Estaba al borde de la histeria. Tenía el cabello castaño
empapado por el sudor y la mandíbula apretada por la tensión. Jill se acercó
hacia él, sin saber qué hacer. Su miedo era contagioso.
—¿Qué es lo que viene, Brad?
—¡Ya lo verás!
En cuanto acabó de decirlo, Brad abrió la puerta de forma súbita
y salió, cegado por el pánico, tropezando con torpeza al salir a la calle, y
empezó a correr sin mirar atrás. Jill dio un paso hacia la puerta que ya se
cerraba, pero se detuvo. De repente, se le ocurrió que había cosas peores que
estar sola. Sin duda sería mala idea intentar encargarse y cuidar de alguien al
mismo tiempo que se esforzaba por salir con vida de Raccoon, sobre todo si se
trataba de un hombre histérico con un largo historial de cobardía y que estaba
demasiado aterrorizado para ser razonable.
Sin embargo, se estremeció al pensar en lo que le había dicho.
¿Qué era lo que venía? ¿Y por qué de forma específica a por los STARS?
Parece estar convencido de que lo descubriré.
Jill, inquieta y nerviosa, le deseó mentalmente suerte y se giró
hacia la pulida barra del bar, con la esperanza de que la vieja Remington
siguiera guardada debajo de la caja registradora, y preguntándose qué demonios
estaba haciendo Vickers el Gallina en Raccoon, y qué era exactamente lo que lo
tenía tan aterrorizado.
Mitch Hirami estaba muerto. También lo estaban Sean Olson,
Deets, Bjorklund, Waller y Tommy, además de los dos chavales nuevos, de los que
Carlos apenas podía recordar gran cosa, excepto que uno siempre se estaba
crujiendo los nudillos y el otro tenía la cara cubierta de pecas.
¡Para, deja de pensar en eso! Nada de eso importa ya, sólo
importa salir de aquí con vida.
Los gemidos habían quedado lo bastante atrás como para que
Carlos considerase que podían detenerse durante un minuto después de lo que les
había parecido una eternidad. La cojera de Randy parecía empeorar con cada paso
que daba, y Carlos necesitaba de un modo desesperado recuperar el aliento,
pensar un poco…, sobre cómo habían muerto, sobre la mujer que mordió en la
garganta a Olson y la sangre que le corría por la barbilla, y el modo en que
Waller había comenzado a reírse a carcajadas, agudas y enloquecidas, antes de
arrojar a un lado el arma y dejar que lo agarrasen y lo devorasen, mientras le
llegaba la voz de alguien que gritaba una oración a un cielo inmisericorde…
¡Para ya!
Se apoyaron en la pared de una tienda de aparatos eléctricos,
una zona vallada de reciclaje con una sola entrada y una visión clara de la
calle. No se oía ningún sonido excepto el canto lejano de los pájaros que les
llegaba en aquel atardecer fresco que olía levemente a podrido. Randy se había
caído de espaldas hasta quedarse sentado en el suelo, y se había quitado la
bota derecha para mirarse la herida. La parte baja de su pantalón estaba
empapada de sangre húmeda, lo mismo que el cuello de su camisa.
Randy y él habían sido los únicos que lograron escapar, y eso,
por los pelos. Tan poco tiempo después ya le parecía una especie de sueño
imposible.
Los demás miembros de la escuadra habían caído, y todavía
quedaban al menos seis zombis caníbales que los perseguían, a él y a Randy.
Carlos había disparado una y otra vez. El olor a pólvora quemada y a sangre
recién derramada se habían mezclado con el de la podredumbre, y todo ello,
junto a la adrenalina bombeada por la sensación de horror, lo había mareado. Se
sintió tan desorientado que ni vio caer a Randy ni se dio cuenta hasta que oyó
el sonido del cráneo de su camarada chocar contra el asfalto incluso por encima
de los gritos de los muertos.
Uno de los zombis se había acercado a rastras, había agarrado a
Randy y lo había mordido a través del cuero de la bota. Carlos le asestó un
tremendo culatazo con su arma y le partió el cuello. Su mente no le había
dejado de gritar de forma inútil que aquello se estaba comiendo el tobillo de
Randy. Levantó con un brazo a su camarada, con una fuerza que no sabía que
tenía y habían echado a correr. Carlos arrastraba a su compañero herido para
alejarlo del lugar de la matanza mientras pensaba de forma incoherente y
desorientada y, a su propia manera, de un modo tan terrorífico como todo lo que
había sucedido. Había estado loco durante unos cuantos minutos, incapaz de
comprender lo que había ocurrido, lo que todavía estaba ocurriendo.
—Dios, tío…
Carlos bajó la vista al oír hablar a Randy, y se sintió un poco
alarmado al notar que lo hacía con un poco de dificultad. Vio los bordes
irregulares del profundo mordisco que tenía a unos cinco centímetros por encima
del tobillo. La sangre seguía manando espesa, y el interior de la bota de Randy
estaba encharcado con ella.
—Me ha mordido; el muy cabrón me ha atravesado la bota. Pero
estaba muerto, Carlos. Todos estaban muertos… ¿Verdad que estaban muertos?
Randy levantó la vista y lo miró con los ojos enturbiados por el
dolor y por algo más, algo que ninguno de los dos se podía permitir en ese
momento: confusión. Una confusión tan grande que Randy apenas podía enfocar la
vista.
Quizá se trataba de una conmoción. Fuese lo que fuese, Randy
necesitaba un hospital. Carlos se puso de cuclillas a su lado y sintió que el
corazón se le encogía mientras arrancaba un trozo del cuello de la camisa de su
compañero y lo doblaba para formar una venda de compresión.
Estamos jodidos, no quedan policías por aquí, ni médicos de
urgencia, esta ciudad se muere o ya está muerta. Si queremos encontrar ayuda,
vamos a tener que buscarla nosotros mismos, y él no está en condiciones de
luchar.
—Mano, esto te va a doler un poco, pero tenemos que impedir que
la bota se siga llenando de sangre —dijo Carlos, procurando hablar con un tono
de voz tranquilo mientras apretaba el trozo de tela doblada contra el tobillo
sangrante de Randy. No tenía sentido atemorizarlo, sobre todo si estaba tan
reventado y aturdido como Carlos creía—. Aguántalo con fuerza, ¿vale?
Randy apretó los dientes y todo su cuerpo se estremeció de
arriba abajo, pero hizo lo que Carlos le pedía y mantuvo apretado aquel vendaje
improvisado. Cuando Randy se inclinó hacia adelante para hacerlo, Carlos
observó con atención su nuca y se le escapó un gesto de dolor involuntario
cuando vio la piel y la carne levantadas y ensangrentadas justo debajo de sus
rizos de cabello negro. Al menos, parecía que ya no estaba sangrando.
—Carlos, tenemos que largarnos de aquí —dijo Randy—. Vámonos a
casa, ¿vale? Quiero irme a casa.
—Pronto —contestó Carlos con voz suave—. Vamos a quedarnos
sentados aquí otro minuto para descansar y luego nos marchamos.
Pensó en todos los coches destrozados con los que se habían
cruzado, los montones de muebles rotos, de maderas y de ladrillos que se habían
encontrado en las calles formando barricadas improvisadas. Aun suponiendo que
tuvieran la suerte de encontrar un coche con las llaves puestas, casi todas las
calles estaban intransitables. Carlos no tenía licencia de piloto, pero había
pilotado un helicóptero unas cuantas veces, lo que estaba muy bien… si llegaban
a un aeropuerto.
Pero no lograremos salir de aquí a pie. Incluso si Randy no
estuviese herido, todo el UBCS ha quedado eliminado, o casi. Tiene que haber
cientos, incluso miles, de esos bichos ahí afuera.
Si pudiera encontrar a otros supervivientes y agruparse… Pero
buscar a alguien en aquella pesadilla no sería más que otra pesadilla de por
sí. Pensó por un momento en el restaurante de Trent, pero dejó la idea a un
lado: a la mierda con toda esa locura, tenían que salir de la ciudad, e iban a
necesitar ayuda para hacerlo. Los jefes de escuadra eran los únicos que
conocían el plan de retirada y recogida, o que tenían radios, y Carlos no
pensaba de ningún modo regresar a…
Pero no tengo que hacerlo, ¿no?
Cerró los ojos un momento al darse cuenta de que había pasado
por alto algo muy obvio. Quizá estaba más afectado de lo que pensaba. Seguro
que había más de una radio en aquella ciudad, tan sólo tenía que encontrarla.
Enviaría una llamada a los transportes…, no, joder, a cualquiera que estuviese
a la escucha, y esperaría a que apareciese alguien para llevárselos.
—No me siento muy bien —dijo Randy en voz tan baja que Carlos
casi ni le oyó. Farfullaba las palabras con menor claridad todavía—. Me pica,
me pica.
Carlos le apretó con suavidad el hombro y sintió cómo el calor
de la piel enfebrecida de Randy traspasaba el tejido de la camisa y de la
camiseta.
—No te preocupes, hermano. Vas a ponerte bien. Tú aguanta. Vamos
a salir de aquí.
Sonó lleno de confianza. Carlos deseó estar tan convencido como
sonaba.
Capítulo 6
A Ted Martin, un hombre delgado, en los últimos años de la
treintena, le habían disparado varias veces en la cabeza. Nicholai no estaba
seguro de si lo habían asesinado o si habían acabado con él después de quedar
infectado por el virus. Tampoco es que le importase; lo que le importaba de
verdad era que Martin, un agente cuyo cargo oficial era: «Enlace personal y
político con el jefe de policía», le había ahorrado a Nicholai el tiempo y el
esfuerzo que hubiera tenido que dedicar para localizarlo.
—Eres muy amable —dijo Nicholai sonriéndole al «perro guardián»
completamente muerto. También había tenido la amabilidad de morir cerca de
donde se suponía que debía estar: en la oficina de reuniones de los detectives,
situada en el ala oriental del edificio de la policía.
Un comienzo excelente para mi plan. Si todos los demás son tan
fáciles como éste, va a ser una noche muy corta.
Nicholai pasó por encima del cuerpo y se agachó al lado de la
caja fuerte anclada en el suelo. Tecleó con rapidez el sencillo código de
cuatro cifras que le había dado su contacto en Umbrella: 2236. La puerta de
acero se abrió y dejó a la vista unos cuantos papeles (uno parecía un plano de
la comisaría), una caja de cartuchos para escopeta, y lo que sin duda sería el
objeto más útil para Nicholai hasta que se marchara de Raccoon: un módem
portátil con la última tecnología, diseñado para que pareciera un trasto inútil
pero que en realidad era el más avanzado de todo el mercado. Sacó sonriente su
ordenador portátil y lo colocó sobre una mesa mientras la puerta de la caja
fuerte se cerraba a su espalda.
El trayecto hasta la comisaría había sido bastante tranquilo, a
excepción de siete infectados que había tenido que eliminar a quemarropa para
evitar hacer demasiado ruido. Era tan fácil acabar con ellos, siempre que se
estuviera atento a los alrededores, que daba vergüenza. Todavía no se había
tropezado con ninguna de las mascotas de Umbrella, el único desafío que
realmente esperaba tener. Había uno al que habían bautizado como
«chupacerebros» con el que deseaba mucho encontrarse, un bicho que se arrastraba
sobre patas múltiples provistas de garras asesinas.
Cada cosa a su tiempo. Lo que ahora mismo necesito es
información.
Ya había memorizado los nombres y las caras de sus víctimas, y
tenía una idea aproximada de dónde se suponía que cada uno de ellos debía
establecer contacto, aunque no cuándo exactamente. Todos los «perros
guardianes» tenían programas de reuniones distintos, sujetos a cambios pero
bastante ajustados. Martin, por ejemplo, debía contactar con Umbrella desde un
ordenador de la comisaría a las 17.50, es decir, unos veinte minutos más tarde
a partir de aquel momento. Su último informe debió de ser poco después del
mediodía.
—Vamos a ver si lo logró, agente Martin —dijo Nicholai mientras
tecleaba los códigos que había conseguido para acceder a los informes
actualizados de la situación de campo de Umbrella—. Martin, Martin… ¡aquí
estás!
El policía había faltado a sus dos últimas citas, lo que
indicaba que llevaba muerto o incapacitado desde hacía nueve horas. Allí no
había ninguna información que se pudiera recoger. Nicholai leyó con cuidado los
informes sobre los otros «perros guardianes», y se quedó encantado con lo que
vio. De los otros ocho que quedaban aparte de Martin, tres de ellos habían
faltado a las citas para pasar sus últimos informes. Se trataba de uno de los
científicos, un trabajador de Umbrella y la mujer que trabajaba para el
departamento de agua del ayuntamiento. Suponiendo que estuviesen muertos, y
Nicholai estaba dispuesto a apostar que así era, eso sólo dejaba a cinco con
vida.
Dos combatientes, dos científicos, y el otro tipo de Umbrella.
Nicholai frunció el entrecejo mientras estudiaba los puntos de
contacto designados para cada uno de ellos. La científica, Janice Thomlinson,
debía encontrarse en las instalaciones del laboratorio subterráneo, y el otro
científico, en el hospital que se alzaba cerca del parque municipal; el
trabajador de Umbrella debía informar desde una planta de tratamiento de aguas
residuales presuntamente abandonada que estaba en las afueras de la ciudad, y
que no era más que una tapadera para ocultar su uso como terreno de pruebas
químicas de Umbrella. Nicholai no preveía ninguna clase de problemas para
encontrarlos, pero los dos soldados del grupo de «perros guardianes» habían
desaparecido del mapa.
—Dónde estaréis, tíos… —dijo en voz alta Nicholai con aire
ausente mientras pulsaba las teclas y su frustración iba en aumento. En su
última hora de encuentro, la noche anterior, ambos debían contactar desde la
torre del reloj de la iglesia de Saint Michael.
¡Mierda!
Allí estaban. Los nombres de ambos aparecían al lado del suyo
propio, y los dos habían sido transferidos a la clasificación de «móviles», lo
mismo que él. Informarían desde los ordenadores portátiles proporcionados por
Umbrella o desde donde creyeran más conveniente, y sólo tenían que informar una
vez al día, lo que significaba que podían estar en cualquier lugar de Raccoon
City; en cualquiera.
Una sensación de furia recorrió todo su cuerpo y le hizo perder
la cabeza. Sin ni siquiera pensárselo, Nicholai cruzó la oficina a grandes
zancadas y empezó a propinarle patadas al cadáver de Martin con todas sus
fuerzas: una, dos veces, descargando toda su rabia, sintiendo una satisfacción
tremenda al oír los sonidos húmedos que provocaba su bota y el crujido de las
costillas al romperse, al ver los movimientos espasmódicos del cuerpo…, y un
momento después, ya se había acabado, volvía a recuperar el control. Seguía
sintiéndose frustrado, pero bajo control. Lanzó un bufido y regresó a la mesa,
dispuesto a revisar sus planes. Sólo iba a tardar un poco más en encontrarlos,
sólo eso. No era el fin del mundo. Y quizá incluso no acudirían a sus citas y
morirían de forma conveniente, como Martin y los otros tres.
Era una posibilidad, pero no podía contar con ella. Con lo que
sí podía contar era con su propia perseverancia y habilidad. Umbrella no
enviaría los transportes para recogerlos hasta dentro de una semana, el tiempo
máximo durante el que creían que podrían mantener todo aquel desastre en
secreto, a menos que los «perros guardianes» informaran de que ya disponían de
los resultados completos, lo que era bastante improbable. Nicholai estaba
seguro de que con seis días para encontrar a cinco personas, él sería el único
al que tendrían que recoger.
—Ni siquiera necesitaré los seis días —dijo Nicholai con un
gesto de asentimiento al cadáver despatarrado de Martin—. Tres días, estoy
seguro de que lo haré en tres días.
Una vez dicho aquello, Nicholai se inclinó hacia adelante y
comenzó a descargarse los mapas que iba a necesitar. Estaba contento de nuevo.
Jill no había podido encontrar cartuchos para la escopeta del
calibre 12, pero se la llevó de todas maneras; sabía que la munición de la
pistola no duraría para siempre. Sin duda sería un garrote bastante bueno, y
siempre podría encontrar cartuchos más adelante. Estaba a punto de intentar
subir por una de las barricadas situadas al oeste para poder cruzarla cuando
vio algo que la hizo cambiar de opinión. Algo que había deseado con todas sus
fuerzas no ver de nuevo: Un Cazador como los que había en la mansión, en los
túneles.
Estaba de pie, inmóvil, en la salida de incendios de una tienda
de moda, cuando lo vio pasar por la calle por delante de una furgoneta que
bloqueaba el callejón al que daba la salida de incendios. El engendro no la vio
a ella. Jill observó cómo pasaba al trote y se perdía de vista. Era algo
diferente de los que había visto con anterioridad, pero se les parecía
bastante: el mismo cuerpo grácil y maligno, las fuertes garras recurvadas, el
color verde pardusco. Contuvo el aliento, con el estómago hecho un nudo,
mientras recordaba…
Se veía tan inclinado que sus brazos increíblemente largos casi
tocaban el suelo de piedra del túnel, y tanto las manos como los pies acababan
en unas garras de aspecto muy afilado. Sus ojos, pequeños y de un color claro
luminoso, sobresalían en su liso cráneo de reptil, y el eco de su tremendo
chillido agudo resonó por el subsuelo envuelto en sombras justo antes de que se
lanzara a por ella.
Había logrado matar a aquella criatura, pero le habían hecho
falta quince balas de nueve milímetros; todas las del cargador. Barry le dijo
más tarde que había oído que a aquéllos los llamaban Cazadores, una de las
armas biológicas de Umbrella. Habían encontrado otros tipos de criaturas en la
mansión: perros feroces sin piel; una especie de planta carnívora gigantesca
que Chris y Rebecca habían logrado destruir; arañas del tamaño de ovejas, y los
seres oscuros y mutantes con garras afiladas como cuchillas en vez de manos que
se quedaban colgando del techo del cuarto de generadores y se movían como monos
cubiertos de espinas.
Y el Tirano. En cierto modo era el peor, porque se podía ver que
antes había sido humano; antes de que le practicasen las operaciones
quirúrgicas; antes de que lo transformasen con experimentos genéticos, de que
le inoculasen el virus T.
De modo que el virus T no era lo único que andaba suelto por
Raccoon City. Por muy espantosa que fuera la idea, no era precisamente
sorprendente: Umbrella había estado utilizando sustancias muy peligrosas, había
criado a vástagos asesinos y de pesadilla como si fueran una especie de dios
aberrante, y todo ello sin prepararse para las consecuencias inevitables.
Algunas veces, las pesadillas no desaparecían sin más.
A menos…, a menos que lo hicieran a propósito.
No. Si hubiesen planeado destruir Raccoon City habrían evacuado
a su propio personal, ¿o no?
Fue una pregunta que la obsesionó en el camino a la comisaría de
la ciudad. Ver al Cazador la había hecho decidir sobre lo siguiente que tenía
que hacer: tenía que conseguir como fuera más munición, y sabía que la
encontraría en la oficina de los STARS, en el armario blindado de las armas.
Seguro que había cajas de balas de nueve milímetros, probablemente alguna con
cartuchos de escopeta y, con un poco de suerte, alguno de los revólveres
antiguos de Barry.
Al menos, la comisaría no estaba demasiado lejos. Se mantuvo
pegada a las sombras crecientes provocadas por el atardecer y esquivó sin
problemas a los pocos zombis con los que se encontró. Muchos de ellos ya
estaban demasiado podridos para avanzar más que con pasos lentos. Una de las
puertas de acceso por las que tenía que pasar para llegar al edificio estaba
cubierta de un lado a otro por cuerdas anudadas. Los nudos estaban empapados
con gasolina. Se reprendió sin palabras por olvidarse de llevar un cuchillo
encima. Por suerte, había cogido un mechero del Bar Jack, aunque se quedó
preocupada con la posibilidad de que el humo delatara su posición…, hasta que
atravesó la puerta y vio la pila de restos ardientes que se levantaba un poco
más adelante, justo enfrente de las oficinas de venta de Umbrella. Supuso que
se trataba del resultado de los disturbios. Pensó en detenerse a apagar las
llamas, pero no parecía haber peligro de que el incendio se propagara por la
avenida de cemento y ladrillo.
Allí estaba, a las puertas del patio delantero de la comisaría.
Los disturbios habían sido bastante graves en aquel punto. Todo el lugar estaba
repleto de coches destrozados, de barricadas rotas y de conos de color naranja
de señalización, aunque no había cuerpos entre los escombros. Una boca de
incendios lanzaba un chorro de agua siseante al aire. El sonido del agua al
caer al suelo habría sido agradable en otras circunstancias, en un día caluroso
de verano con niños jugando y riendo a su alrededor. Saber que ningún bombero o
empleado municipal llegaría para arreglar la boca de riego le encogió el
estómago, y pensar en los niños… Era demasiado; bloqueó aquellos pensamientos,
decidida a no pensar en aquellas cosas que no podía solucionar o evitar. Ya
tenía bastante de lo que preocuparse.
Como por ejemplo, conseguir suministros. Así que… ¿a qué estás
esperando? ¿Una invitación por escrito?
Jill inspiró profundamente y empujó las puertas. Hizo un gesto
cuando se abrieron con un sonido chirriante de metal oxidado. Un rápido vistazo
le indicó que el pequeño patio rodeado de vallas se encontraba despejado. Bajó
el arma, aliviada, y cerró con cuidado antes de dirigirse hacia las pesadas
puertas de madera del edificio de la policía. En las calles habían muerto un
montón de policías, lo que le ponía las cosas más fáciles, por muy terrible que
fuese aquello. No tendría que enfrentarse a muchos infectados cuando entrara.
¡Crreeeecc!
Las puertas se abrieron de par en par a su espalda. Jill se giró
en redondo y casi le pegó un tiro a la figura que había entrado a la carrera en
el patio antes de darse cuenta de quién se trataba.
—¡Brad!
El antiguo piloto avanzó trastabillando hacia ella, y Jill se
percató de que estaba herido de gravedad. Se agarraba el costado derecho con
una mano y la sangre le goteaba entre los dedos. Su rostro estaba convulso por
una expresión provocada por el terror más puro mientras alargaba la otra mano,
jadeante.
—Ji…, Jill.
Se encaminó hacia él, y tan concentrada estaba en su antiguo
compañero que cuando éste desapareció de repente, no comprendió lo que había
ocurrido. Una pared de negrura se interpuso entre los dos, una negrura que
emitía un aullido profundo y rugiente lleno de furia y que se dirigió hacia
Brad haciendo estremecer el suelo con cada paso gigantesco que daba.
—Staaaarrrssss —pronunció con toda claridad, aunque la palabra
casi quedó oculta por el bramido intermitente parecido al de un animal. Jill
supo qué era sin necesidad de verle la cara. Lo conocía tan bien como a sus
propios sueños.
Un Tirano.
Brad retrocedió a trompicones, meneando la cabeza como si
pretendiese negar la criatura que se le aproximaba, trastabilló en semicírculo
hasta que se detuvo cuando chocó de espaldas contra una pared de ladrillos.
Jill pudo ver a aquel ser en la fracción de segundo que tardó en alcanzar a
Brad. El tiempo pareció detenerse en ese instante concreto y le permitió verlo
de verdad, ver que no era el Tirano de su pesadilla, pero que no era menos
horrible por eso. De hecho, era peor.
Medía entre dos metros veinte y dos metros cuarenta, con una
silueta humanoide de unos hombros anchos hasta lo increíble. Sus brazos eran
más largos de lo que debían ser. Tan sólo las manos y la cabeza eran visibles.
El resto de aquel cuerpo de extrañas proporciones estaba cubierto de un tejido
negro, excepto lo que parecían ser unos tentáculos, unos tremendos cordones de
carne que palpitaba de forma leve y que llevaba ocultos sólo en parte bajo el
cuello de la ropa. No se veía de qué parte de su cuerpo salían. La piel, sin
pelo, tenía el color y la textura del tejido de una cicatriz mal curada, y el
rostro tenía un aspecto tal que parecía que a quien se había encargado de crear
a la criatura no le importara lo más mínimo la apariencia de la cara y le hubiese
colocado simplemente un saco de cuero desgarrado sobre el cráneo. Las aberturas
irregulares que eran los ojos estaban demasiado abajo y permanecían separadas
por una línea irregular de grapas quirúrgicas. Apenas tenía formada la nariz,
pero el rasgo más dominante era su boca, o más bien la falta de ella: la parte
inferior de su cara no era más que dientes, gigantescos y cuadrados, sin
labios, resaltando contra las encías de color rojo oscuro.
El tiempo se puso de nuevo en marcha cuando el monstruo alargó
el brazo y cubrió toda la cara de Brad con una sola mano, sin dejar de aullar
mientras el piloto intentaba decir algo entre jadeos lastimosos y ahogados que
llegaban desde debajo de aquella enorme palma…, y un momento después, se oyó un
sonido desagradable, húmedo y resbaladizo, fuerte pero viscoso, como si alguien
hubiera abierto un agujero en un trozo de carne. Jill vio un tentáculo que
salía por la parte de atrás del cuello de Brad y comprendió que estaba muerto,
que se desangraría en cuestión de segundos. Todavía aturdida por todo lo
sucedido, vio que el apéndice, grueso como una cuerda, se estaba moviendo, como
si fuese una serpiente ciega y musculosa, y que salpicaba por todos lados con las
gotas de sangre que tenía adheridas. El Tirano agarró el cráneo de Brad, y con
un solo movimiento veloz y fluido, alzó al piloto muerto y lo arrojó a un lado,
retrayendo el tentáculo asesino hacia el interior de la manga antes de que el
cuerpo de Brad se estrellase contra el suelo.
—Staaaarrrssss —dijo de nuevo mientras se giraba hacia Jill, y
cuando centró su atención en ella, la mujer sintió un miedo mucho mayor que el
que jamás había conocido en toda su vida.
La Beretta sería inútil. Se dio la vuelta y echó a correr
atravesando a toda velocidad la puerta de entrada del edificio para luego
girarse y echar todos los cerrojos. Lo hizo por puro instinto. Estaba demasiado
aterrorizada para pensar en nada de lo que estaba haciendo, demasiado
aterrorizada para hacer otra cosa que no fuera alejarse de espaldas de la
puerta cuando el monstruo se estampó contra ella y la hizo estremecerse sobre
sus bisagras.
Aguantaron el impacto. Jill se quedó muy quieta, oyendo el
palpitar de la sangre en los oídos, a la espera del siguiente golpe. Pasaron
unos segundos eternos, y no sucedió nada…, pero pasaron varios minutos antes de
que se atreviera a apartar la vista, y ni siquiera el hecho de darse cuenta de
que aquello había acabado de momento la hizo sentirse más aliviada.
Brad tenía razón: iba a por ellos…, y al estar él muerto,
aquella criatura iría a por ella.
Capítulo 7
Que Dios me ayude: por fin lo he visto con mis propios ojos. Que
Dios nos ayude a todos. Nos mintieron. El doctor Robinson y la gente de
Umbrella organizaron una conferencia de prensa en el hospital esta misma mañana
e insistieron en que no había necesidad de dejarse llevar por el pánico, que
los casos mencionados no eran más que hechos aislados, que las víctimas en
realidad sufrían la gripe. Según ellos, no se trataba de la llamada «enfermedad
caníbal» de la que hablaron los STARS en julio pasado, a pesar de lo que
dijeran unos cuantos ciudadanos «paranoicos». El jefe de policía Irons también
estaba allí, y apoyó a los doctores e insistió sobre la incompetencia de los
STARS que habían muerto. Caso cerrado, ¿de acuerdo? No había nada por lo que
preocuparse.
Estábamos de regreso a la oficina después de la conferencia de
prensa, ya al sur de la calle Cole, cuando vimos que había un tumulto que había
detenido el tráfico, con un par de coches parados y una multitud reunida
alrededor. No había policías por ningún lado. Pensé que se trataba de algún
accidente leve, así que comencé a dar marcha atrás, pero Dave quería sacar unas
cuantas fotos. Todavía le quedaban dos rollos de película que no había
utilizado en el hospital. Salimos del coche y, de repente, la gente comenzó a
correr y a gritar pidiendo ayuda. Vimos a tres peatones tumbados en mitad de la
calzada, y había sangre por todos lados. El atacante era un joven de apenas
unos veinte años, blanco… Estaba sentado a horcajadas sobre un anciano, y…
Me tiemblan las manos. No sé cómo escribirlo. No quiero
escribirlo, pero es mi trabajo. La gente tiene que saberlo. No puedo dejar que
me afecte de este modo.
Se estaba comiendo uno de los ojos del anciano. Las otras dos
víctimas estaban muertas, asesinadas. Eran una anciana y una joven, ambas con
las gargantas destrozadas y los rostros llenos de sangre. A la joven la habían
destripado por completo.
Todo era un caos, una situación totalmente histérica: gritos,
alaridos, gemidos, incluso risas enloquecidas. Dave logró sacar un par de fotos
y luego se puso a vomitar. Quería hacer algo, de verdad, pero aquellas personas
ya estaban muertas y yo tenía miedo. El joven se tragó el ojo del anciano y
empezó a meter los dedos en el otro ojo, ajeno por completo a todo lo que
ocurría a su alrededor. De hecho, estaba gimoteando como si no tuviera bastante
a pesar de estar cubierto de sangre y de restos.
Oímos las sirenas y retrocedimos igual que todos los demás. La
mayor parte de la gente se marchó, pero unos cuantos nos quedamos, pálidos,
asqueados y atemorizados. Un tendero regordete me contó lo que había pasado
mientras se retorcía las manos sin cesar, aunque tampoco había mucho que
contar. Al parecer, el joven simplemente había aparecido en la calle, había
agarrado a la muchacha y había comenzado a morderla. El tendero me dijo que el
nombre de la joven era Joelle noséquémás, y que iba caminando con su madre, una
tal señora Murray (el tendero no sabía su nombre de pila). La señora Murray
intentó detener al atacante, y el joven se abalanzó sobre ella. Un par de
hombres se esforzaron por ayudarla y se echaron encima del chaval, pero también
mató a uno de ellos, así que nadie más había intentado ayudarlas. Entonces
aparecieron los polis, y antes incluso de echar un vistazo al follón que había
en la calle, al chaval que se estaba comiendo al anciano, despejaron y
aseguraron la zona.
Tres coches patrulla rodearon al joven y lo ocultaron de la
vista por completo. Al tendero le dijeron que cerrara el negocio y que se fuera
a casa, lo mismo que todos los que quedábamos allí. Cuando le dije al agente
que Dave y yo éramos de la prensa, confiscó la cámara de Dave. Nos dijo que
contenía pruebas, lo que supone una gilipollez. Como si tuviera derecho a…
Pero fíjate, yo aquí preocupado por la libertad de prensa a
estas alturas. Ya no importa. A las cuatro en punto de esta tarde, hace una
hora, el alcalde Harris ha declarado la ley marcial. Han colocado barricadas y
controles por toda la ciudad, y hemos quedado aislados del exterior. Según
Harris, la ciudad permanecerá en cuarentena para que «la desgraciada enfermedad
que está afectando a algunos de nuestros ciudadanos» no se extienda. No la
llamó la enfermedad del caníbal, pero es obvio que se trata de ella, y según el
escáner de radio con la frecuencia de la policía, los ataques se están
multiplicando de forma exponencial.
Es posible que ya sea demasiado tarde para nosotros. La
enfermedad no se propaga por el aire, o ya estaríamos todos infectados, pero
todas las pruebas y las evidencias demuestran que contraes la enfermedad si te
muerde uno de ellos, lo mismo que en las películas que solía ver en el cine
cuando era un crío. Eso explicaría el increíble aumento del número de ataques,
pero también indica que a menos que la ayuda llegue muy pronto, todos vamos a
morir, de un modo u otro. Los polis han cerrado el periódico, pero voy a
intentar que todo el mundo se entere, aunque tenga que ir de puerta en puerta.
Dave, Tom, Kathy, el señor Bradson, todos los demás se han ido a sus casas para
estar con sus familias. No les importa que la gente no sepa la verdad, pero eso
es todo lo que me queda a mí. No quiero…
Acabo de oír cristales rotos en la planta de abajo. Alguien
viene.
Ya no ponía nada más. Carlos dejó de nuevo los folios arrugados
que había encontrado sobre el escritorio del periodista. Tenía los labios
apretados en un gesto desalentado y lúgubre. Había acabado con dos zombis en el
pasillo…; quizá uno de ellos era el periodista, una idea bastante inquietante
que empeoraba si se pensaba en sus implicaciones: ¿cuánto había tardado aquel
individuo en transformarse en un zombi?
Y si tiene razón respecto a la enfermedad, ¿cuánto tiempo le
queda a Randy?
Sobre una mesa al otro lado de la habitación había un escáner
para las frecuencias de radio de la policía y una especie de radio de mano,
pero de repente, en lo único que pudo pensar fue en Randy, en la planta de
abajo, cada vez más enfermo, esperando que Carlos regresara. Se había mantenido
en pie bastante bien al principio, e incluso había sido capaz de atravesar dos
de las barricadas sin apenas ayuda, pero para cuando llegaron al edificio de la
prensa de la Raccoon Press, apenas podía mantener erguida la cabeza. Carlos lo
había dejado recostado debajo de un teléfono público desconectado que había en
la primera planta. No había querido arrastrarlo por las escaleras: en la parte
de abajo quedaban unos cuantos fuegos pequeños y Carlos tuvo miedo de que Randy
tropezara, cayera en uno de ellos y se quemara.
Lo que ahora mismo sería la menor de sus preocupaciones. Joder,
qué follón de mierda. ¿Por qué no nos dijeron en la jodienda que nos estábamos
metiendo?
Carlos dejó a un lado la desesperación que aquella pregunta le
causó. Era algo que podría denunciar a las autoridades pertinentes cuando
lograran salir de allí. Lo más probable era que lo deportasen, ya que estaba en
el país gracias a Umbrella, pero ¿y qué? En aquellos momentos, volver a su
estilo de vida anterior le parecía irse de merienda campestre.
Se acercó apresuradamente al aparato de radio y conectó el
escáner. No tenía muy claro lo que tenía que hacer. Jamás había utilizado uno,
y su única experiencia con las radios de transmisión-recepción fueron unos
walkie-talkies de juguete que le regalaron de pequeño. En la superficie del
escáner aparecía escrito «200 canales multibanda», y hasta había un botón de
encendido. Lo apretó y observó cómo en una pequeña pantalla digital empezaban a
parpadear varias series de números que no significaban nada para él. A
excepción de unos cuantos chasquidos y de algunos restallidos de estática, nada
ocurrió.
Genial. Esto sí que sirve de mucha ayuda.
De todas maneras, lo que en realidad necesitaba era la radio, y
al menos parecía un walkie-talkie, aunque lo que ponía en uno de sus costados
era «transmisor-receptor AM/SSB». Lo cogió mientras se preguntaba si tendría
más de un canal o si tendría un botón de control de memoria…, cuando oyó unas
pisadas en el pasillo. Eran pasos lentos, que se arrastraban.
Dejó la radio de nuevo en la mesa y empuñó el rifle de asalto
girándose hacia la puerta que daba al pasillo: había reconocido el andar
desorientado y pesado de un zombi. La oficina grande del periódico era la única
estancia de la segunda planta. A menos que quisiese saltar por la ventana,
aquel pasillo y las escaleras eran el único modo de salir del edificio. Tendría
que matarlo para regresar con…
Mierda, ha tenido que pasar por delante de Randy. ¿Y si lo ha
matado? ¿Y si…?
¿Y si era Randy?
—No, por favor —susurró, pero en cuanto se le ocurrió aquella
posibilidad, no pudo dejar de pensar en ella.
Retrocedió a lo largo de la estancia mientras sentía cómo el
sudor comenzaba a bajarle por el cuello y la espalda. Los pasos continuaron
avanzando, acercándose. ¿Eso que oía era el sonido de alguien cojeando, el
ruido provocado por un pie al ser arrastrado?
No, por favor. ¡No quiero tener que matarlo!
Los pasos se detuvieron justo delante de la entrada…, y un
instante después, Randy Thomas entró, se tambaleó hacia dentro, con un rostro
carente de toda expresión, de todo dolor, con la boca llena de baba que iba
cayendo en hilillos al suelo desde su labio inferior.
—¿Randy? Párate ahí, tío, ¿vale? —Carlos oyó que las palabras
desprendían un miedo cerval—. Di algo, por favor. ¿Randy?
Carlos sintió que lo inundaba una especie de aceptación
resignada cuando Randy inclinó la cabeza hacia un lado y avanzó con los brazos
levantados en su dirección. De su garganta surgió un gemido gorgoteante, y
Carlos pensó que se trataba del sonido más solitario que jamás había oído. En
realidad, Randy ni lo veía, ni por supuesto entendía lo que le estaba diciendo.
Carlos se había convertido en comida, nada más.
—Lo siento mucho —le dijo, y lo repitió otra vez por si todavía
dentro de aquel cuerpo quedaba una mínima parte de la personalidad de Randy—.
Lo siento mucho. Descansa, Randy.
Carlos apuntó con cuidado y apretó el gatillo. Apartó los ojos
en cuanto vio aparecer el grupo de agujeros justo por encima de la ceja derecha
de Randy, así que oyó pero no vio cómo el cuerpo de su camarada se estrellaba
contra el suelo. Se quedó allí de pie, sin hacer nada, durante un buen rato,
con los hombros hundidos mientras contemplaba sus propias botas y se preguntaba
cómo era posible que se hubiese cansado en tan poco tiempo, y diciéndose que no
podía haber hecho otra cosa.
Por fin, se acercó a la mesa y tomó de nuevo la radio. La
encendió y pulsó el botón de transmisión.
—Aquí Carlos Oliveira, miembro del equipo UBCS de Umbrella,
escuadra alfa, pelotón delta. Estoy en la sede del periódico de Raccoon City.
¿Me oye alguien? Nos hemos quedado aislados del resto del pelotón, y
necesitamos…, necesito ayuda. Solicito ayuda inmediata. Si alguien puede oír
esto, por favor, responda.
No sonó nada excepto la estática. Pensó que quizá debería probar
algún canal en concreto, podía pasar de uno en uno repitiendo el mensaje. Le
dio la vuelta a la radio para mirar todos los botones y vio en la parte
posterior una advertencia: «Alcance: diez kilómetros».
Eso significa que puedo ponerme en contacto con cualquiera que
esté en la ciudad. Eso es muy útil, sólo que nadie me va a contestar, porque
todos están muertos. Como Randy. Como yo.
Cerró los ojos e intentó pensar, intentó sentir algo parecido a
la esperanza, y en ese momento se acordó de Trent. Echó un vistazo al reloj
dándose cuenta de lo enloquecido de la situación, y pensó que era lo único que
tenía sentido en esos momentos. Trent lo sabía, sabía todo lo que estaba
ocurriendo y le había dicho a Carlos dónde tenía que ir cuando estuviera de
mierda hasta el cuello. Sin tener que preocuparse por Randy, y sin una ruta
clara de salida de la ciudad…
Grill 13. Carlos tenía poco más de una hora para encontrarlo.
Jill acababa de entrar en la oficina de los STARS cuando la
consola de comunicación de la parte trasera de la estancia comenzó a emitir
chasquidos. Cerró la puerta de un golpe y corrió hacia ella mientras oía las
palabras que llegaban en mitad de las descargas de estática.
—Carlos… Raccoon… aislados… pelotón… ayuda… Si alguien puede
oír…, responda.
Jill agarró los cascos, se los puso de un tirón y pulsó el botón
de transmisión.
—¡Aquí Jill Valentine, Escuadra de Tácticas Especiales y
Rescates! No lo recibo muy bien. Repita, por favor. ¿Dónde se encuentra? ¿Me
recibe? Cambio.
Se esforzó por oír algo, cualquier sonido…, y entonces vio que
la luz del indicador de transmisión no estaba encendida. Pulsó varios botones y
apretó el mando de comunicación, pero la pequeña luz verde se negó a
encenderse.
—¡Maldita sea!
Tampoco tenía ni puñetera idea sobre aparatos de comunicación.
Fuese lo que fuese que estaba roto, no iba a ser ella quien pudiera arreglarlo.
Jill dejó escapar un suspiro, colocó de nuevo los cascos sobre
la consola y se dio la vuelta para observar el resto de la oficina. Aparte de
unos cuantos papeles tirados por el suelo, tenía el mismo aspecto de siempre.
Unas cuantas mesas repletas de archivos, ordenadores, algunos objetos
personales, unas cuantas estanterías sobrecargadas, un fax y, detrás de una
puerta, el depósito de armas de acero reforzado que, por Dios, esperaba que no
estuviese vacío.
Lo que me espera ahí fuera no va a morirse con facilidad. Ese
asesino de STARS.
Se estremeció y sintió que el nudo provocado por el miedo que
tenía en su estómago se hacía más fuerte. No sabía por qué no había derribado
las puertas y la había matado. Era lo bastante fuerte para hacerlo con
facilidad. Tan sólo pensar en ello la hacía desear arrastrarse hasta un rincón
oscuro y esconderse allí. Hizo parecer a los pocos zombis con que se había
encontrado de camino a la comisaría tan peligrosos como bebés. Por supuesto, no
era cierto, pero después de ver lo que el Tirano le había hecho a Brad…
Jill tragó saliva con dificultad y se sacó aquello de la cabeza.
Darle vueltas y más vueltas no iba a servir para nada en absoluto.
Era hora de poner manos a la obra. Se acercó a su mesa, pensando
sin querer que la última vez que había estado sentada en ella era una persona diferente
por completo. Le parecía que había pasado toda una vida desde esa última vez.
Abrió el cajón superior y comenzó a rebuscar; por fin, detrás de una caja de
sujetapapeles, encontró el juego de herramientas que siempre tenía guardado en
la oficina. ¡Sí!
Sacó el pequeño envoltorio de trapo y lo desenrolló. Estudió con
ojos expertos las ganzúas y las palanquetas. A veces, haberse criado como la
hija de un ladrón profesional tenía grandes ventajas. Los días anteriores había
tenido que andar pegándole tiros a las cerraduras. Algo que no era tan seguro o
fácil como la gente pensaba. Tener una ganzúa medio en condiciones sería una
ayuda enorme.
Y, además, no tengo la llave del depósito de armas, aunque,
claro, eso jamás me ha detenido antes.
Había practicado con ella cuando no había nadie en la oficina
para saber si podía hacerlo, y no lo había tenido demasiado difícil. La
cerradura era de un modelo bastante antiguo. Jill se agachó delante de la
puerta, colocó una de las palanquetas y una ganzúa, y empezó a tantear con
suavidad en busca de las clavijas de la cerradura. Vio recompensados sus
esfuerzos en menos de un minuto: la pesada puerta se abrió de par en par y
allí, a plena vista, estaba la respuesta de acero inoxidable a al menos una de
sus plegarias más recientes.
—Que Dios te bendiga, Barry Burton —susurró a la vez que tomaba
un pesado revólver de la estantería inferior, vacía por lo demás. Era un Colt
Python 357 Magnum, con seis proyectiles en un cilindro extraíble. Barry era el
especialista en armas del equipo alfa y, además, estaba chiflado por las
pistolas. La había llevado de prácticas de tiro bastantes veces, y siempre
había insistido en que probara uno de sus Colts. Tenía tres, que ella supiera,
cada uno de un calibre distinto, pero el 357 era el que tenía mayor potencia de
fuego. Que lo hubiera dejado allí, ya fuese por error o a propósito, le parecía
un milagro; lo mismo que la caja con más de veinte proyectiles en el suelo del
depósito de armas. No encontró cartuchos de escopeta, pero sí un cargador suelto
lleno de balas de nueve milímetros en uno de los cajones.
Al menos, el viaje ha merecido la pena. Además, con las ganzúas
puedo bajar a la sala donde se guardan las pruebas y echar un vistazo en busca
de material confiscado.
La situación estaba mejorando. Lo único que le quedaba por hacer
era salir de la ciudad en mitad de la noche esquivando a los zombis, a los
animales feroces modificados genéticamente y a una criatura de la clase Tirano
que se proclamaba a sí misma la némesis de los STARS. Una némesis creada para
ella.
Se sorprendió al notar que aquello la hacía sonreír. Si se le
añadía a todo aquello una explosión gigantesca y un poco de mal tiempo, podría
tener toda una fiesta.
—Wheee —se dijo a sí misma, y comenzó a cargar el Magnum con
unas manos no demasiado firmes, y que no lo habían estado desde hacía mucho
tiempo.
Capítulo 8
Nicholai descubrió mientras avanzaba con lentitud por el sistema
de alcantarillado bajo las calles de la ciudad que se sentía fascinado por el
diseño general de Raccoon City. Había estudiado los mapas, por supuesto, pero
eso era muy distinto a recorrer la ciudad de verdad, a experimentar de primera
mano el diseño de todo el montaje. Umbrella había construido el terreno de
juego perfecto. Era una lástima que lo hubieran estropeado de esa manera ellos
mismos.
Existían numerosos pasadizos subterráneos que comunicaban entre
sí las distintas instalaciones clave de Umbrella, aunque algunos eran más
obvios que otros. Había entrado en las alcantarillas desde el sótano de la
comisaría para llegar hasta los conductos que lo llevarían al laboratorio
subterráneo de plantas múltiples donde Umbrella había efectuado las
investigaciones y los experimentos más importantes. También habían llevado a
cabo varias investigaciones en el laboratorio de la mansión Spencer/Arklay, situada
en el bosque de Raccoon, y existían tres fábricas o almacenes «abandonados»
donde se efectuaban pruebas en las afueras de la ciudad, pero los mejores
científicos habían trabajado bajo el mismísimo núcleo urbano. Todo ello haría
que su trabajo fuese mucho más fácil. Trasladarse de una zona a otra sería
mucho menos peligroso bajo tierra.
Pero no por mucho tiempo más. Dentro de diez o doce horas,
ningún lugar será seguro.
Los bioorganismos con los que trabajaba Umbrella se mantenían
sedados y crecían en Raccoon City, aunque se los solía enviar fuera para las
pruebas de campo reales. Sin embargo, con todo aquello destrozado, se
escaparían para conseguir comida. Seguro que unos cuantos ya habrían escapado,
y la mayoría aparecerían sin duda en cuanto echaran en falta unas cuantas
inyecciones.
Seguro que será divertido. Un poco de práctica de tiro para
despejarme entre cada una de las búsquedas, y con la potencia de fuego
necesaria para disfrutarlo.
Sostuvo el rifle de asalto con la parte interior del codo
derecho y palpó los cargadores que le había quitado al cadáver de Wersbowski.
No había caído en la cuenta de comprobarlos en el momento de cogerlos, pero el
rápido vistazo que les echó antes de bajar a las alcantarillas lo había dejado
bastante satisfecho. A todos los soldados del UBCS les entregaban cargadores
llenos de proyectiles blindados que atravesaban por completo los objetivos.
Wersbowski los había sustituido por balas de punta hueca: esos proyectiles se
expandían y aplastaban al entrar en contacto con el objetivo y provocaban unos
daños terribles. Nicholai ya había planeado efectuar una incursión en el
pequeño arsenal del laboratorio. Con una carga adicional de sesenta balas de
punta hueca, saldría de rositas de cualquier situación.
No como ahora.
El agua fría y sucia que corría por los conductos mal iluminados
le llegaba casi hasta las rodillas y despedía un hedor terrible, una mezcla de
orina y moho. Ya había tropezado con bastantes portadores del virus. La mayoría
llevaban puestas batas de los laboratorios de Umbrella, aunque había unos
cuantos «civiles»: personal de mantenimiento, o quizá tan sólo gente con mala
suerte que se habían aventurado a entrar en las alcantarillas con la esperanza
de escapar de la ciudad. Evitó a la mayoría de ellos porque no deseaba
desperdiciar balas o alertar a nadie de su presencia.
Llegó a un cruce de conductos y dobló a la derecha después de
comprobar que no había ningún movimiento al otro lado. Al igual que durante el
resto del trayecto hasta ese momento, no se oía nada más que el suave golpeteo
del agua contaminada contra las piedras grises, y no se veía más que el
destello de la escasa luz amarillenta sobre la superficie aceitosa. Era un
entorno triste, frío y húmedo, y Nicholai no pudo evitar pensar en los A334,
los gusanos resbaladizos. En la reunión de información para los «perros
guardianes» los habían catalogado como algo parecido a unas sanguijuelas
gigantes que viajaban en grupo por el agua. Se trataba de una de las últimas
invenciones de Umbrella. No sentía tanto miedo como asco ante la posibilidad de
toparse con ellas, y odiaba las sorpresas, odiaba la idea de que en esos
precisos momentos un grupo estuviera atravesando el agua oscura, con las
mandíbulas abiertas de par en par, en busca de calor y alimento en forma de
sangre humana.
Se sintió avergonzado por el alivio que le inundó el cuerpo
cuando vio el reborde elevado al final del túnel. Bloqueó con rapidez aquella
sensación y se preparó para el encuentro. Un vistazo al reloj mientras salía
del agua le confirmó que llegaba a tiempo. La doctora Thomlinson debía mandar
su informe en los diez minutos siguientes.
Nicholai cruzó con rapidez el corredor que se abría ante él,
molesto por el débil sonido chapoteante de sus botas empapadas, mientras
llegaba a la puerta de la antesala del almacén. Se quedó escuchando unos
instantes, pero no oyó nada. Luego, le dio un leve empujón a la puerta, que se
abrió dejando a la vista un cuarto de descanso para trabajadores municipales
que estaba vacío. Había una mesa, unas cuantas sillas, unos armarios de
casillas y, atornillada a la pared más alejada, una escalera que bajaba. Avanzó
en silencio después de cerrar con cuidado la puerta.
La escalera bajaba hasta la pequeña nave de almacenamiento desde
donde transmitiría la doctora Thomlinson. Había una terminal de ordenador
escondida detrás de unas cuantas piezas de equipo de limpieza que se
encontraban en una de las estanterías. La doctora, tal como suponía, llegaría
procedente del laboratorio, por lo que entraría por la pequeña plataforma del
ascensor que estaba situada en una esquina de la estancia, si no había
entendido mal el mapa. Nicholai se sentó a esperar, y se quitó la mochila del
hombro para sacar el ordenador portátil: quería echar otro vistazo a los mapas
después de encontrarse con la buena doctora.
Thomlinson fue puntual. Llegó cuatro minutos antes de la hora
exacta para su cita. Al oír el sonido del ascensor, Nicholai apuntó el cañón
del rifle hacia aquel rincón y puso el dedo en el gatillo. Una mujer de
estatura elevada y despeinada apareció a la vista, con una expresión distraída
en su rostro algo sucio. Llevaba puesta una bata de laboratorio manchada y
empuñaba una pistola que tenía apuntada hacia el suelo. Era obvio que esperaba
que su punto de información sería un lugar seguro y despejado.
Nicholai no le dio ninguna oportunidad de reaccionar a su
presencia.
—Suelte el arma y aléjese del ascensor. Ahora mismo.
Era una mujer imperturbable, eso tuvo que admitirlo. No mostró ninguna
señal de alarma en su rostro aparte de abrir un poco los ojos. Hizo lo que le
había ordenado y el repiqueteo pesado de la pistola semiautomática resonó con
fuerza al mismo tiempo que daba unos cuantos pasos titubeantes hacia el
interior de la estancia.
—¿No tienes nada nuevo de lo que informar, Janice?
La doctora lo miró con detenimiento, y sus ojos de color marrón
claro lo estudiaron a fondo mientras cruzaba los brazos.
—Eres uno de los «perros guardianes» —le dijo. No fue una
pregunta.
Nicholai asintió.
—Vacíe todo lo que lleve en los bolsillos encima de esa mesa,
doctora. Poco a poco.
Thomlinson le sonrió.
—¿Y si no lo hago? —Su voz era profunda, algo ronca, y
seductora—. ¿Me lo… quitará?
Nicholai se pensó por unos momentos lo que ella le estaba
sugiriendo. Luego apretó el gatillo y le destrozó por completo la hermosa
sonrisa con una repentina descarga de fuego. La verdad era que no tenía tiempo
de andar con ese juego en concreto. Debería haberle pegado un tiro en cuanto la
vio para no sentirse tentado. Además, tenía los pies húmedos y fríos, y eso era
algo que detestaba. No había nada como unas botas mojadas para desanimar a un
hombre.
De todas maneras, era una lástima. Era su tipo, alta y llena de
curvas, y también era obvio que había sido inteligente. Se acercó a su cuerpo
despatarrado y sacó un disco del bolsillo de la pechera de la bata sin mirar a
la mezcla de huesos astillados y sangre que había sido su cara momentos antes.
Se recordó a sí mismo que aquello no era más que una cuestión de negocios.
Ya sólo quedaban cuatro. Nicholai metió el disco en una bolsa de
plástico, la selló y la metió en la mochila. Ya tendría tiempo de echarle un
vistazo a su contenido cuando hubiera recogido todo el material.
Encendió el ordenador portátil y buscó el mapa del sistema de
alcantarillado, frunciendo el entrecejo mientras trazaba su siguiente
recorrido. Se trataba de al menos otro kilómetro vadeando el agua sucia y en la
oscuridad antes de salir a la superficie. Le echó otro vistazo al cuerpo de la
doctora Thomlinson y suspiró. Quizá se había equivocado. Un pequeño revolcón lo
habría hecho entrar en calor, aunque le disgustaba tener que matar a las
mujeres después de disfrutar de ellas. La última vez que lo había hecho había
sentido un verdadero arrepentimiento.
No importaba. Estaba muerta, tenía la información y había
llegado el momento de ponerse en camino. Quedaban cuatro, y podría olvidarse de
trabajar durante el resto de su vida, y en vez de eso se concentraría en las
clases de placeres que los pobres sólo podían soñar.
Carlos sabía que estaba cerca. Había salido de la zona donde se
encontraba el edificio del periódico local, donde las señales de las calles
empezaban todas con indicaciones al norte, y había acabado en una serie de
callejones que llevaban hacia el este, hacia donde tenía que estar el distrito
comercial del que le había hablado Trent.
Dijo al nordeste del distrito comercial…, así que, ¿dónde está
el cine? Y también dijo algo sobre una fuente. ¿O no?
Estaba de pie delante de una barbería con las ventanas tapadas
con maderas en la intersección de dos callejones, y ya no tenía muy claro hacia
dónde debía dirigirse. No había carteles indicadores, y el atardecer llegaba a
su fin. Ya era noche oscura, y sólo le quedaban diez minutos hasta la hora
límite de las siete en punto debido a un error inicial que lo había llevado de
regreso otra vez a la zona industrial, lo que según Trent no se podía
considerar la ciudad en sí. Diez minutos; y después, ¿qué?. Cuando encontrara
el famoso Grill 13, ¿qué se suponía que iba a ocurrir? Trent le había comentado
algo sobre una posible ayuda, así que si no lograba llegar a tiempo, ¿podría
Trent ayudarlo de algún modo?
Creía que si giraba a la izquierda volvería de nuevo al edificio
del periódico, ¿o eso quedaba a su espalda?. Justo delante había un callejón
sin salida y una puerta que todavía no había intentado abrir, quizá merecía la
pena intentarlo. No lo vio venir, pero sí lo oyó llegar.
Acababa de dar un paso cuando una puerta se abrió de par en par
a su espalda con un fuerte porrazo, y la criatura fue tan veloz que Carlos
todavía estaba dando la vuelta y alzando el rifle de asalto en respuesta al
ruido de la puerta al abrirse cuando llegó hasta él.
¡Qué…!
Una oleada de oscuridad hedionda, una imagen fugaz de unas
garras negras, duras y brillantes, un cuerpo segmentado como el exoesqueleto de
un insecto gigantesco…, y algo rasgó el aire a escasos centímetros de su cara.
Lo habría alcanzado si no hubiese sido por el paso atrás que dio de forma
involuntaria. Carlos tropezó con sus propios pies y cayó al suelo, desde donde
observó lleno de horror cómo algo pasaba por encima de él y saltaba sobre la
pared que tenía a la derecha, donde siguió corriendo de lado sobre el ladrillo
vertical. Sorprendido y atemorizado, Carlos lo siguió hasta donde pudo girar la
cabeza, tumbado de espaldas sobre el pavimento, hasta que vio cómo pivotaba con
agilidad sobre tres de sus patas y se dejaba caer al suelo.
Se hubiera quedado allí esperando que se abalanzase sobre él,
incapaz de creer lo que veían sus ojos, aunque una de aquellas seis patas
rematadas en largas garras le hubiera rebanado la garganta, si aquella criatura
no hubiese gritado, y el aullido triunfante que surgió de su rostro hinchado y
redondo hasta lo inhumano fue suficiente para espabilarlo y hacerlo reaccionar.
Carlos rodó sobre sí mismo en un instante hasta ponerse en cuclillas y abrió
fuego contra la criatura aullante que se abalanzaba contra él, sin darse cuenta
de que también él estaba chillando con un grito bronco de terror y de
incredulidad. La criatura se tambaleó a medida que los proyectiles atravesaban
su piel frágil y sus extremidades empezaron a agitarse de forma descontrolada a
la vez que el grito se convertía en un chillido de dolor iracundo. Carlos
siguió disparando y acribillando a la criatura con ráfagas de metal mortífero,
y continuó incluso después de que se derrumbara y tan sólo se moviera por las
balas que azotaban su cuerpo flácido. Sabía que estaba muerta, pero no pudo
dejar de disparar, no pudo hasta que el cargador del M16 quedó vacío y el
callejón en silencio a excepción del sonido de sus propios jadeos. Retrocedió
hasta apoyar la espalda en una pared, metió un cargador nuevo en el rifle de
asalto e intentó de forma desesperada entender qué demonios acababa de pasar.
Por fin, se recuperó lo suficiente para acercarse a la criatura.
Estaba muerta. Incluso un bicho de seis patas capaz de subir por las paredes a
pesar de tener el tamaño de un hombre estaba muerto cuando los sesos le salían
a goterones por los agujeros abiertos en el cráneo. Era una certeza en la que
podía creer ante aquella situación de locura.
—Está más muerto que Tutankamon —se dijo mientras mantenía la
mirada fija en aquel cadáver retorcido y ensangrentado.
Durante un segundo, sintió que una parte de su mente intentaba
desconectarse, alejarse de lo que estaba viendo. Lo de los zombis ya era
bastante malo de por sí, y al final había acabado por negarse a aceptar el
hecho de que Raccoon City había sido tomada y arrasada por los muertos
vivientes. Tan sólo eran personas enfermas, afectadas por esa enfermedad del
caníbal sobre la que había leído, porque no existía nada parecido a los zombis
excepto en las películas. Del mismo modo que tampoco existían monstruos de
verdad, ni bichos asesinos gigantescos que podían caminar por las paredes y
aullar como había aullado aquél.
—Wo hay piri —susurró su lema de siempre, pero esa vez lo dijo
como una plegaria, y los demás pensamientos lo siguieron como una letanía
desesperada. No te preocupes, relájate, tranquilo.
Después de un rato, funcionó. El corazón comenzó a palpitarle
casi de un modo normal y él empezó a sentirse como una persona de nuevo, no
como un animal insensato dominado por el pánico.
De modo que había monstruos en Raccoon City. No debería ser una
sorpresa, no después del día que había tenido. Además, morían como cualquier
otra criatura. No iba a sobrevivir si perdía la calma, y ya había pasado por
demasiado para abandonar en ese momento.
Carlos se dio la vuelta con aquella idea, le dio la espalda al
monstruo y se alejó por el callejón, obligándose a sí mismo a no mirar atrás.
Aquello estaba muerto, y él estaba vivo, y lo más probable era que hubiera más
como ése por allí. Trent es mi única salida, y sólo me quedan… ¡mierda! Tres
minutos, sólo le quedaban tres minutos. Carlos echó a correr los pocos pasos
que lo separaban de la puerta al final del callejón, y la atravesó para
encontrarse en mitad de una cocina amplia y bien iluminada. La cocina de un
restaurante.
Echó un rápido vistazo a su alrededor. No había nadie, y todo
estaba en silencio a excepción de un siseo procedente de una bombona de gas
pequeña que estaba pegada a la pared trasera. Inspiró profundamente pero no
detectó ningún olor extraño. Quizá era otra cosa.
No estaría ahora de pie si fuera gas tóxico nervioso. Este tiene
que ser el sitio adonde me dijo que tenía que venir.
Cruzó la cocina pasando al lado de fogones y de encimeras de
metal reluciente en dirección al comedor. Había un menú en una de las
encimeras. En la tapa ponía «Grill 13» escrito con letras de oro. Se alarmó un
poco por lo aliviado que se sintió. En el transcurso de unas pocas horas, Trent
había pasado de ser un desconocido inquietante a convertirse en su mejor amigo
en el mundo.
Lo he logrado, y él me dijo que me ayudaría. Quizá ya ha mandado
un equipo de rescate que está en camino, o lo ha dispuesto todo para que me
recojan aquí, o quizá hay un montón de armas en algún sitio del restaurante. No
estará tan bien como una evacuación, pero me conformaré con lo que haya.
Había un hueco en la pared entre la cocina y la zona de mesas
con un mostrador donde los cocineros ponían los platos pedidos. Carlos pudo ver
que el pequeño comedor estaba algo más a oscuras y vacío, aunque tardó un poco
en estar seguro. Las llamas de unos candiles de aceite hechos de cuero que
colgaban de las paredes creaban unas sombras danzarinas.
Rodeó el mostrador donde se colocaban los pedidos y entró en la
zona de mesas. Miró a su alrededor notando un leve olor a comida frita que
todavía se mantenía en el aire. No estaba seguro de qué tenía que esperar, pero
desde luego, no lo vio. Ni un sobre sin dirección colocado sobre una mesa, ni
un solo paquete misterioso, ni un individuo con gabardina esperándolo. Había un
teléfono público cerca de la puerta de entrada. Carlos se acercó y tomó el
auricular, pero no había señal, lo mismo que en los demás teléfonos de la
ciudad.
Echó un vistazo a su reloj en lo que le pareció ya la milésima
vez a lo largo de la última hora y vio que eran las 19.01. Pasaba un minuto de
las siete en punto. Sintió una oleada de rabia, de frustración, que sólo logró
aumentar aquel miedo que no quería reconocer que también sentía.
Estoy solo, nadie sabe que estoy aquí y nadie puede ayudarme.
—Estoy aquí —dijo alzando la voz mientras se daba la vuelta para
encararse con la estancia vacía—. Lo he conseguido, estoy aquí a tiempo. ¿Dónde
coño está?
Como si fuera el pie de entrada en una obra de teatro, el
teléfono sonó, y el sonido agudo del timbre provocó que casi diera un salto.
Carlos manoteó para levantar el auricular con el corazón a punto de salírsele
por la boca, notando de repente las rodillas flojas por la repentina sensación
de esperanza.
—¿Trent? ¿Es usted?
Se produjo una breve pausa y después la voz suave y musical de
Trent sonó en su oído.
—¡Hola, señor Oliveira! ¡Encantado de oírle!
—Mire, no está ni siquiera la mitad de encantado de lo que yo
estoy de oírle a usted. —Carlos se dejó caer contra la pared y agarró con más
fuerza el auricular—. Amigo, estoy metido en una mierda muy grande. Todo el
mundo está muerto y ahí afuera hay cosas que, que… son monstruos, Trent. ¿Puede
sacarme de aquí? ¡Dígame que puede sacarme de aquí!
Se produjo otro breve silencio y Trent dejó escapar un fuerte
suspiro. Carlos cerró los ojos porque ya sabía lo que iba a contestarle.
—Lo siento mucho, pero eso es imposible por completo. Lo que sí
puedo hacer es proporcionarle información, pero lo de sobrevivir es tarea suya.
Y mucho me temo que la situación va a ponerse peor, mucho peor antes de que
mejore.
Carlos inspiró profundamente y asintió, a sabiendas de que
aquello era justo lo que se había estado esperando. Estaba solo.
—Vale —dijo, y abrió los ojos, enderezando los hombros mientras
asentía de nuevo—. Cuénteme.
Capítulo 9
COMENTARIOS Y DESCRIPCIÓN DE UN DELITO MENOR, 29-087.
Alguien ha robado dos de las doce gemas falsas que son parte
integral del «cierre de reloj» de la puerta principal ornamentada del complejo
municipal entre (aproximadamente) las 21.00 horas de ayer (24 de septiembre) y
las 05.00 de esta mañana. Debido a que muchas de las tiendas y los negocios
están cerrados y tapiados con tablas de madera, los saqueadores se han dedicado
a destrozar las propiedades municipales y a llevarse lo que creen que puede ser
valioso. Este agente opina que el ladrón pensó que las gemas eran verdaderas, y
lo dejó después de quitar dos (una verde y una azul) cuando se dio cuenta de
que tan sólo eran reproducciones de cristal.
Esta puerta (también conocida como la «Puerta del Ayuntamiento»)
es tan sólo una de las entradas/salidas que llevan al complejo municipal. La
puerta se encuentra ahora mismo cerrada debido a su diseño complicado (y en
opinión de este agente, ridículo), que requiere que todas las gemas estén
presentes para que la cerradura de la puerta se desbloquee. Esta entrada/salida
permanecerá cerrada hasta que el departamento de Parques y Jardines del
ayuntamiento las arranque de su sitio o hasta que se recuperen las dos gemas y
se coloquen de nuevo en su lugar. Debido a la falta de personal actual, no hay
más remedio que suspender la investigación sobre este caso.
Agente Marvin Branagh.
Comentarios adicionales sobre el caso 29-087, agente Branagh.
26 de septiembre: Una de las gemas robadas (la azul) ha
aparecido dentro de la propia comisaría. Son las 20.00 horas. Bill Hansen, el
propietario del restaurante Grill 13, ya fallecido, llevaba al parecer consigo
la gema falsa cuando llegó aquí en busca de refugio a primera hora de la tarde.
El señor Hansen murió poco después de llegar bajo los disparos de la policía
después de sucumbir a los efectos de la enfermedad del caníbal. La gema fue
encontrada entre sus ropas, aunque este agente no tiene forma de saber si la
robó él o dónde se encuentra la otra.
Debido a que la ciudad se encuentra ahora mismo bajo la ley
marcial, no se llevará a cabo ningún esfuerzo por encontrar la otra gema o
colocar ésta de nuevo en su sitio. Sin embargo, debido a que un número
creciente de las calles que rodean el complejo municipal ya son intransitables,
la necesidad de encontrar estas gemas puede convertirse en algo relevante.
Una nota personal: éste será mi último informe escrito hasta que
la crisis actual haya finalizado. El papeleo no parece… En estos momentos, la
necesidad de documentar las faltas y los delitos menores me parece un asunto
secundario respecto al cumplimiento de la ley marcial, y no creo que sea el
único que opina de este modo.
Marvin Branagh, departamento de policía de Raccoon City
Jill dejó el informe mecanografiado y el añadido escrito a mano
de nuevo en el cajón de las pruebas y se preguntó con tristeza si Marvin
todavía estaría vivo. Le parecía poco probable, lo que era una idea bastante
deprimente. Era uno de los mejores agentes de la policía de Raccoon City, y
siempre fue educado y agradable aunque ello fuera en detrimento de su
comportamiento profesional.
Un verdadero profesional hasta el mismísimo final. Umbrella,
hija de puta.
Metió la mano en el cajón y sacó el trozo de cristal azul
tallado como un diamante. Lo miró con atención. El resto de la sala de
almacenamiento de pruebas había sido arrasada, y no encontró nada útil en
cuestión de armas ni en los cajones ni en los armarios con las cerraduras
reventadas. Era obvio que ella no había sido la única que había pensado
comprobar aquel lugar en busca de armas y municiones. Sin embargo, la gema…
Marvin tenía razón respecto a lo de las calles bloqueadas
alrededor de la puerta del ayuntamiento. Ella ya había intentado pasar por la
zona y había descubierto que la mayor parte estaba llena de barricadas. Tampoco
es que hubiera mucho de interés por allí. La puerta daba a un pequeño jardín
con senderos pavimentados, más que nada un entorno para una estatua bastante
mala del ex alcalde Michael Warren. Detrás de todo aquello se encontraban el
ayuntamiento, que ya no se utilizaba desde que se había construido el nuevo
edificio municipal para los juzgados en la zona residencial de la ciudad, y
también un par de senderos más que conducían al norte y al oeste
respectivamente. A un concesionario de automóviles y a unos cuantos
aparcamientos de coches usados si te dirigías hacia el norte, y si ibas hacia
el oeste…
—¡Mierda! ¡El tranvía! —exclamó.
¿Por qué no había pensado en aquello antes? Jill se alegró,
aunque también sintió la tentación de darse un golpe en la frente. Lo había
olvidado por completo. Se trataba del viejo tranvía de modelo antiguo con dos
vagones que hacía el recorrido turístico y que ya sólo se utilizaba en verano,
pero cruzaba todos los barrios de las afueras de la zona oeste, más allá del
parque de la ciudad, después de atravesar algunos de los vecindarios más
exclusivos y pudientes. Se suponía que también existía una instalación de
Umbrella abandonada en aquella dirección, y quizá allí habría coches que
funcionasen y carreteras despejadas. Si todavía se encontraba en condiciones de
funcionar, el tranvía sería el mejor modo de salir de la ciudad, la manera más
fácil y sin problemas.
Con todas esas barricadas, el único modo de llegar hasta el
tranvía es a través de esa puerta cerrada…, y sólo tengo una de las gemas.
No disponía del equipo necesario para encargarse de aquella
enorme puerta ella sola…, pero el informe de Marvin decía que Bill Hansen
llevaba encima la gema azul, y su restaurante estaba a tan sólo tres o cuatro
manzanas de donde se encontraba en ese momento. No había motivo alguno para
pensar que había tenido en sus manos la gema verde en algún momento, o que
estuviera en el Grill 13, pero merecía la pena comprobarlo. Si no estaba allí,
no se encontraría en una situación peor, pero si la encontraba, podría salir de
la ciudad mucho antes de lo que esperaba. Con el Némesis por allí suelto,
cuanto antes, mejor.
De modo que se decidió. Jill dio la vuelta y se dirigió a la
puerta del vestíbulo mientras se metía la gema azul en la riñonera. Quería
pasarse por el cuarto de revelado de fotografía de la comisaría a ver si
encontraba uno de aquellos chalecos de fotógrafo. No tenía ninguno de esos
recargadores rápidos para revólveres y quería disponer de unos cuantos
bolsillos para las balas sueltas del Colt. Ya que estaba, pensó en dejar allí
la escopeta. Se había apañado una cincha para colocársela al hombro con el cinturón
de uno de los muertos, así que llevarla no era demasiado problema, pero sin
cartuchos…, además, ya tenía la potencia de fuego del 357. No tenía sentido
cargar con ella.
Entró en el vestíbulo y giró a la izquierda, procurando de forma
deliberada no mirar el cuerpo tirado en el suelo que había debajo de las
ventanas encaradas hacia el sur. Era una joven infectada contra la que había
disparado desde las escaleras que llevaban a la segunda planta, justo al doblar
la esquina. Estaba bastante segura de que conocía a la chica. Era una
secretaria recepcionista que trabajaba allí los fines de semana, Mary Noséqué.
La habitación de revelado se encontraba frente a la abertura, bajo las
escaleras. Tendría que pasar a escasos metros del cadáver, pero pensó que
podría evitar mirarla demasiado de cerca si…
¡¡CLIIIINNGG!!
Dos de las ventanas estallaron hacia dentro lanzando una lluvia
de fragmentos de cristal sobre el cuerpo de la recepcionista, y algunas de las
astillas de vidrio se clavaron en las piernas desnudas de Jill. Al mismo
tiempo, una enorme masa oscura cayó dentro, mayor que un hombre, tan grande
como…
El asesino de STARS.
Fue lo único que le dio tiempo a pensar. Jill salió corriendo en
la dirección por donde había venido y abrió de golpe la puerta de la sala de
almacenamiento de pruebas mientras oía a su espalda el crujir de cristales
cuando aquello se puso en pie y el comienzo de su grito único y primordial.
—Sssst…
Siguió corriendo mientras sacaba el pesado revólver de debajo
del cinturón y atravesaba la sala hasta llegar a la siguiente puerta, que daba
a su vez a la sala de reuniones para policías de patrulla. Giró a la izquierda
en cuanto entró y los escritorios se convirtieron en un borrón cuando pasó a
toda velocidad a su lado, lo mismo que las sillas y las estanterías. Una de las
mesas estaba volcada y llena de manchas de sangre y restos procedentes de los
cadáveres de al menos dos policías, cuyos cuerpos destrozados se habían visto
reducidos a obstáculos en su camino.
Jill saltó por encima de las piernas retorcidas y oyó cómo la
puerta se abría, no, se desintegraba a su espalda con un estallido de madera
machacada y astillada que no pudo ahogar el rugido furioso de Némesis.
Más rápido, más rápido, más rápido…
Se estampó contra la puerta sin dejar de correr; hizo caso omiso
del pinchazo apagado de dolor que envolvió el hombro lastimado y giró a la
derecha en cuanto entró en el siguiente vestíbulo.
Ssshhhh… ¡BUM!
Una estela humeante de luz pasó zumbando a su lado y abrió un
agujero irregular y humeante en el suelo a poco menos de un metro de ella. Unos
cuantos trozos de mármol y de cerámica ennegrecidos volaron por los aires en
una explosión de ruido y calor.
¡Dios, está armado!
Corrió más deprisa todavía bajando por la rampa que llevaba al
vestíbulo inferior, y justo en ese momento recordó que había echado todos los
cerrojos de la puerta principal. Sintió una especie de puñetazo en el estómago
cuando se dio cuenta de aquello. No lograría abrirla, no tenía ninguna
posibilidad de…
BAAAM, otra descarga de lo que debía ser un lanzagranadas o algo
mayor que pasó lo bastante cerca de ella como para que pudiera sentir el aire
rasgarse al lado de la oreja derecha, y oyó el silbido de su velocidad
increíble justo antes de que las hojas de la puerta saltaran hechas pedazos.
Quedaron colgando y balanceándose de las bisagras retorcidas, meciéndose y
echando humo mientras ella pasaba lanzada a la carrera y salía a la noche
fresca y oscura.
—¡Sssstaaarrrsssss!
Cerca, demasiado cerca. Jill sacrificó de modo instintivo un
segundo de velocidad para echarse de un salto a un lado y alejarse de su
trayectoria. Se dio cuenta vagamente de que el cuerpo de Brad ya no estaba
allí, pero no le importó. El Némesis pasó a su lado justo cuando aterrizó de
nuevo en el suelo y atravesó lanzado a la carga el lugar que ella había ocupado
un momento antes. El impulso lo arrastró una considerable distancia: era veloz,
pero también demasiado pesado para detenerse de golpe. Su tamaño monstruoso le
proporcionó a Jill el tiempo que necesitaba. Cruzó las puertas y las cerró de
golpe con un quejido herrumbroso mientras se descolgaba la escopeta de la
espalda. Se dio la vuelta y metió el arma entre los grandes tiradores de la
puerta, y ambos crujieron contra el cañón y la culata antes de que le diera
tiempo a soltarla. Lo hicieron con la fuerza suficiente para que Jill se
percatara de que las puertas no resistirían durante demasiado tiempo. El
Némesis aulló con rabia animal desde el otro lado, un sonido diabólico lleno de
ansia de sangre tan violento que Jill se estremeció de forma involuntaria.
Gritaba por ella, era su pesadilla de nuevo, estaba señalada por la muerte.
Se dio la vuelta y echó a correr, y el aullido se fue perdiendo
detrás, en la distancia, mientras seguía corriendo y corriendo.
Cuando Nicholai vio a Mikhail Victor, supo que tenía que
matarlo. No tenía ninguna razón práctica, pero la oportunidad era demasiado
tentadora para dejarla escapar. Por alguna clase de golpe de suerte, el jefe
del pelotón D había conseguido sobrevivir, y ése era un honor que no se
merecía.
Vamos a arreglar este asunto.
Nicholai se sentía de buen humor. Iba adelantado en la
planificación horaria que él mismo se había impuesto, y no había sucedido nada
durante el resto de su trayecto por las alcantarillas. Su siguiente destino era
el hospital, donde podría llegar en poco tiempo si tomaba el tranvía en
Lonsdale Yard. Tenía tiempo más que suficiente para relajarse durante unos
momentos y tomarse un descanso en la persecución. El hecho de salir de nuevo a
la superficie de la ciudad y ver a Mikhail al otro lado de la calle, desde el
tejado de uno de los edificios de Umbrella, un lugar ideal para un
francotirador, fue algo parecido a una recompensa cósmica por el buen trabajo
que había realizado hasta ese momento. Mikhail jamás se enteraría de qué lo
había atacado.
El jefe de pelotón estaba dos pisos más abajo, con la espalda
pegada a la pared de una casucha medio derruida mientras cambiaba el cargador
del rifle. Una bombilla de seguridad, que arrojaba una luz irregular debido al
revoloteo de los insectos nocturnos, iluminaba a la perfección su posición y
haría imposible que localizase a su atacante.
Bueno, no se puede tener todo. Su muerte tendrá que bastarme.
Nicholai sonrió alzando el rifle y saboreando el momento. Una
fresca brisa nocturna le meció un poco los cabellos mientras estudiaba a su
víctima, y notó con no poca satisfacción el miedo que mostraba el rostro
arrugado y desprevenido de Mikhail. ¿Un disparo en la cabeza? No. En el
improbable caso de que Mikhail hubiese quedado infectado, Nicholai no quería
perderse su «resurrección». Además, disponía de tiempo de sobra para quedarse
mirando. Bajó el cañón una pizca y apuntó contra una de las rodillas. Muy doloroso…,
pero podría utilizar los brazos y lo más probable era que comenzara a disparar
a ciegas en la oscuridad. Nicholai prefería no arriesgarse a que le diera por
casualidad.
Mikhail había terminado de revisar su arma y estaba mirando a su
alrededor, como si estuviera planeando su siguiente paso. Nicholai acabó de
apuntar por fin y disparó, un único tiro, sintiéndose muy feliz por su decisión
justo en el momento que el jefe de pelotón se doblaba sobre sí mismo
agarrándose el estómago…, y de repente, Mikhail desapareció al otro lado de la
esquina en mitad de la noche. Nicholai pudo distinguir el sonido de los pasos
sobre la gravilla que se apagaban poco a poco.
Maldijo en voz baja y apretó la mandíbula por la frustración.
Quería ver retorcerse a Mikhail, quería verlo sufrir con aquella herida
dolorosa y probablemente letal. Al parecer, los reflejos de Mikhail no eran tan
malos como él había pensado. Bueno, pues entonces morirá en algún rincón oscuro
en vez de donde yo pueda verlo. ¿Qué me importa? No es que no tenga otras cosas
que hacer…
No funcionó. Mikhail estaba herido de gravedad y Nicholai quería
verlo morir. Tan sólo tardaría unos minutos en encontrar su rastro de sangre y
perseguirlo. Hasta un niño podría hacerlo.
Nicholai sonrió.
Y cuando lo encuentre, puedo ofrecerle ayuda, puedo jugar a ser
el camarada preocupado… Mikhail, ¿quién te ha hecho esto? Déjame que te ayude…
Se dio la vuelta y se apresuró a bajar por las escaleras
mientras se imaginaba la expresión en la cara de Mikhail cuando se diera cuenta
de quién era el responsable de su suplicio, cuando comprendiera su fracaso como
jefe y como hombre.
Nicholai se preguntó qué habría hecho para merecer tanta
felicidad. Hasta aquel momento, aquella noche había sido la mejor de toda su
vida.
La línea telefónica se cortó en cuanto terminaron de hablar, y
Carlos se dirigió a uno de los reservados y se sentó, pensando con detenimiento
en todo lo que le había dicho Trent. Si todo aquello era cierto, y Carlos creía
que lo más probable era que lo fuera, Umbrella tendría que responder de muchas
cosas.
—¿Por qué me cuenta todo esto? —había preguntado Carlos, algo
aturdido, casi al final de la conversación—. ¿Por qué a mí?
—Porque he visto su ficha —contestó Trent—. Carlos Oliveira,
mercenario profesional…, excepto que siempre ha luchado en el bando de los
buenos, siempre a favor de los oprimidos y de los indefensos. Ha arriesgado dos
veces la vida en sendos intentos de asesinato, y ambos realizados con éxito: el
primero contra un señor de la droga tiránico y cruel, y el otro contra un
magnate de la pornografía infantil, si no recuerdo mal. Además, jamás le ha
hecho daño a un civil inocente. Ni una sola vez. Señor Oliveira, Umbrella está
involucrada en ciertas prácticas extremadamente inmorales, y usted es
exactamente el tipo de persona que debería estar trabajando para detenerlos.
Según Trent, el virus T de Umbrella, o el virus G, que eran al
parecer dos cepas distintas, fue desarrollado y utilizado en los monstruos que
ellos mismos habían criado para convertirlos en verdaderas armas vivientes. Los
humanos que se veían infectados por ellos contraían la enfermedad del caníbal.
Trent también le había dicho que los directivos del UBCS sabían a qué estaban
enviando a su gente y que lo más probable era que lo hubieran hecho a
propósito; todo en nombre de la ciencia y de la investigación.
—Umbrella tiene ojos y oídos por todas partes —le había
comentado Trent—. Como ya le he dicho antes, tenga cuidado en quién confía. La
verdad es que nadie es de fiar.
Carlos se puso en pie de repente y se dirigió hacia la cocina,
perdido en sus propios pensamientos. Trent se había negado a hablar sobre sus
propias razones para atacar a Umbrella, aunque a Carlos le había dado la
impresión de que Trent también trabajaba para ellos de algún modo. Eso podría
explicar porque era tan reacio a explicarse.
Está teniendo tanto cuidado para no quedarse con el culo al
aire…, pero ¿cómo puede saber tantas cosas? Todo lo que me ha contado…
Un montón de hechos, y algunos de ellos parecían arbitrarios por
completo. Había una gema falsa de color verde en un congelador industrial en el
sótano del restaurante. Trent le había dicho que formaba parte de una pareja de
joyas, pero se había negado a decirle dónde estaba la otra y por qué eran
importantes.
—Asegúrese de que acaban juntas —le había insistido Trent, como
si Carlos fuese a toparse con la otra por las buenas—. Cuando encuentre la
azul, tendrá su explicación.
A pesar de lo inútil y críptico que podía parecer aquello, Trent
también le había dicho que Umbrella mantenía dos helicópteros en la planta
abandonada de reciclaje de agua que había al noroeste de la ciudad. Quizá lo
más útil de todo había sido la última información que Trent le había pasado: en
el hospital de la misma ciudad estaban trabajando sobre una vacuna, y aunque
todavía no la habían sintetizado, sí existía al menos una muestra.
—Aunque es bastante posible que el hospital no esté ahí mucho
tiempo más —había comentado, lo que provocó que Carlos se preguntara de nuevo
cómo conseguía Trent toda aquella información. ¿Qué se suponía que iba a pasar?
¿Y cómo lo había llegado a saber Trent?
Trent parecía pensar que la supervivencia de Carlos era
importante, parecía convencido de que Carlos iba a cumplir una función
relevante en la lucha contra Umbrella, pero Carlos no estaba muy seguro de por
qué, o si ni siquiera quería unirse a esa lucha. En aquellos momentos, lo único
que quería era salir de la ciudad, pero fuese el que fuese el motivo por el que
Trent se había mostrado dispuesto a ofrecerle información, Carlos se sentía
agradecido por la ayuda.
Aunque tampoco habría estado mal si me hubiera ofrecido algo
más: las llaves de un vehículo blindado, a lo mejor, o alguna clase de bote de
repelente para monstruos.
Carlos se quedó de pie en la cocina observando la trampilla de
aspecto pesado que, en teoría, daba a la escalera que bajaba al sótano. Trent
le había dicho que lo más seguro era que hubiera más armas en la torre del
reloj, que no se encontraba demasiado lejos del hospital. Eso, y lo que le
había contado sobre los helicópteros de Umbrella, posados al norte de la torre
y del hospital, era muy útil desde luego.
Pero ¿por qué me ha dejado venir si soy tan importante? Podría
haberlo impedido cuando iba de camino a la oficina de campaña.
Había muchas cosas en aquella situación que no tenían sentido, y
Carlos estaba dispuesto a apostar todo lo que tenía a que Trent no se lo había
contado todo. No le quedaba más remedio que confiar en él un poco, pero iba a
tener mucho cuidado a la hora de depender de la información que le había pasado
Trent.
Carlos se puso en cuclillas al lado de la trampilla, agarró el
asa y tiró. Era pesada y lo logró a duras penas, dejándose caer hacia atrás y
utilizando las piernas como palanca. A menos que los cocineros fueran
culturistas, tenía que haber una palanca de buen tamaño en algún lugar de la
cocina.
La puerta delantera del restaurante se abrió y se cerró. Carlos
dejó a un lado la trampilla con suavidad y sin hacer ruido antes de darse la
vuelta, todavía en cuclillas, y apuntó el M16 hacia la entrada al salón
comedor. No creía que los zombis tuvieran la coordinación mental suficiente
para abrir puertas, pero no tenía ni idea de lo que eran capaces de hacer los
monstruos, o si había alguien más rondando por las calles.
Unos pasos lentos y sigilosos se dirigieron hacia la cocina.
Carlos contuvo la respiración mientras pensaba en Trent y en la posibilidad de
que le hubieran tendido una trampa, pero lo último que esperaba ver era un
revólver 357 aparecer por la esquina, empuñado por una joven atractiva y de
aspecto tremendamente serio que entró agachada y que apuntó a Carlos antes de
que éste pudiera parpadear.
Se quedaron mirándose durante un instante y ninguno de los dos
se movió. Carlos pudo ver en la expresión de los ojos de la mujer que no
dudaría en pegarle un tiro si lo creía necesario. Puesto que él se sentía de un
modo bastante parecido, decidió presentarse.
—Me llamo Carlos —dijo con voz tranquila—. No soy zombi.
Tranquila, ¿vale?
La chica se lo quedó mirando un momento más y luego asintió con
lentitud mientras bajaba el revólver. Carlos apartó el dedo del gatillo del
rifle e hizo lo mismo a la vez que ambos se ponían en pie moviéndose con
cuidado.
—Jill Valentine —contestó ella.
Parecía estar a punto de decir algo más cuando la puerta trasera
del restaurante se abrió con un golpe tremendo y el ruido del porrazo vino
acompañado por un grito gutural e inhumano que le puso los pelos de punta a
Carlos.
—¡Ssstaaaaarrrsss! —aulló, fuese lo que fuese que había entrado.
El grito resonó por todo el restaurante mientras unos pasos gigantescos y
decididos se dirigieron a ellos de forma implacable.
Capítulo 10
No había tiempo para hacer preguntas, ni siquiera para
preguntarse cómo el monstruo había logrado encontrarla tan pronto. Jill le
indicó al joven desconocido que se colocara detrás de ella y retrocedió hacia
el salón comedor mientras él pasaba corriendo a su lado. Miró a su alrededor
con desesperación buscando algo que pudiera utilizar para distraer al monstruo
el tiempo suficiente para que los dos pudieran escapar. Se ocultaron detrás de
la barra del bar. Carlos se movía con aspecto de tener experiencia en aquel
tipo de situaciones. Al menos, tuvo el sentido común de permanecer callado
cuando el asesino de STARS entró a la carga en la cocina, aullando todavía.
¡Fuego!
Había una lámpara de aceite encendida en un carrito de servir
cerca del mostrador. Jill no lo dudó: los alcanzaría en pocos segundos si no
actuaba de inmediato, y quizá un poco de aceite ardiendo lo frenaría.
Le indicó por señas a Carlos que se quedara quieto, recogió la
lámpara y se quedó de pie, inclinada sobre el mostrador con el brazo echado
hacia atrás. La enorme mole del Némesis había comenzado a cruzar la cocina
cuando le arrojó la lámpara, gruñendo por el esfuerzo que suponía lanzarla
desde aquella distancia.
La lámpara voló por los aires y el tiempo pareció frenar su
marcha hasta casi detenerse. Ocurrieron tantas cosas a la vez que su mente fue
pasando los acontecimientos de uno en uno. La lámpara se hizo añicos a los pies
del monstruo, y el aceite y los trozos de cristal saltaron por los aires ante
de posarse en el suelo y formar un charco pequeño de llamas ondulantes; la
criatura alzó los enormes puños y aulló de furia; Carlos gritó algo y se arrojó
sobre ella, agarrándola de la cintura y tirando de su cuerpo. Aquel movimiento
torpe los hizo caer a los dos al suelo cuando se produjo un estallido
fortísimo, un resplandor tremendo y un estampido increíble que ella ya había
sufrido una vez desde que se había despertado esa misma mañana, un
desplazamiento del aire que la golpeó en los oídos mientras Carlos intentaba
protegerla y mantenerle la cabeza agachada a la vez que le decía algo en un
castellano rápido justo cuando el tiempo aceleró de nuevo y algo comenzó a
arder.
Dios, ¿otra vez? Toda la ciudad va a saltar por los aires a este
paso.
La idea le llegó de un modo vago, difuso. Se quedó con la mente
aturdida hasta que se acordó de respirar de nuevo. Jill inspiró profundamente y
apartó el brazo de Carlos para ponerse en pie. Necesitaba verlo.
La cocina estaba destrozada por la explosión, ennegrecida y con
todos los cacharros y demás utensilios esparcidos por doquier. Vio varias
bombonas apoyadas contra la pared trasera. Era obvio que una de ellas había
sido la causante de la explosión: uno de sus costados estaba humeante y abierto
como los pétalos de una flor metálica. Unas volutas de humo de olor rancio
ascendían desde el cuerpo achicharrado tirado en el suelo. El Némesis parecía
un gigante derribado, con sus ropas negras chamuscadas o quemadas. No se movía.
—No quiero ofenderte, pero ¿estás loca? —le preguntó Carlos,
aunque la miraba como si fuera más bien una pregunta retórica—. ¡Podías
habernos matado!
Jill se quedó observando al Némesis sin hacer caso a Carlos. No
dejó de apuntarle a las piernas inmóviles con la 357. La cabeza y la parte
superior del cuerpo estaban cubiertas por una estantería baja. La explosión
había sido muy potente, pero después de todo lo que le había pasado, sabía que
era mejor no presuponer nada.
Dispárale, dispárale mientras todavía está tirado en el suelo,
puede que no tengas otra oportunidad.
El Némesis se estremeció, un leve movimiento en la mano que
tenía a la vista, y los nervios de Jill se dispararon. Quería estar fuera de
allí, quería estar muy lejos de allí antes de que aquello se levantara, antes
de que superara los efectos de la explosión, como haría con toda seguridad.
—Tenemos que marcharnos, ya —dijo a Carlos, girándose hacia él.
Era evidente que el joven, que era bastante atractivo, no se
había sentido impresionado por la explosión, pero dudó un momento antes de
asentir y empuñar con más firmeza el rifle de asalto que llevaba. Parecía un
M16, de diseño militar, y él vestía ropas de combate: una señal muy buena.
Espero que haya más como tú de dondequiera que hayas venido,
pensó Jill, y se dirigió a la puerta a paso rápido, con Carlos pegado a la
espalda.
Tenía muchas preguntas que hacerle, y se dio cuenta de que lo
más probable era que él también tuviera preparadas unas cuantas para ella, pero
podían hacerlas en algún otro lugar. En cualquier otro lugar.
Jill no pudo evitarlo. En cuanto salieron al exterior empezó a
correr, y el joven soldado se colocó a su paso, atravesando a toda velocidad la
fría oscuridad de la ciudad muerta mientras ella se preguntaba si existiría
algún lugar donde pudieran estar a salvo.
La chica, Jill, corrió toda una manzana antes de bajar el ritmo.
Parecía saber hacia dónde se dirigían, y era obvio que poseía alguna clase de
entrenamiento de combate. Quizá era policía, aunque estaba seguro de que no era
una agente de uniforme. Carlos sentía una curiosidad tremenda, pero prefirió
ahorrar aliento y se concentró en mantenerse a su lado en vez de hacerle
preguntas.
Corrieron calle abajo al salir del restaurante, pasando al lado
del cine del que Trent le había hablado y doblando después a la derecha al
llegar a una fuente ornamental al final de la manzana. Avanzaron otra media
manzana y Jill le indicó una puerta a la izquierda antes de colocarse en
posición para entrar. Carlos asintió y se colocó al otro lado con el rifle
encarado a la puerta.
Jill la abrió y Carlos entró con el arma por delante, listo para
disparar contra cualquier cosa que se moviera mientras Jill lo cubría. Estaban
en el interior de alguna clase de almacén, al final de un pasillo que llegaba a
un cruce unos quince metros por delante. Parecía estar despejado.
—Debería estar despejado —dijo Jill en voz baja—. He pasado por
aquí hace pocos minutos.
—Más vale prevenir, ¿de acuerdo? —contestó Carlos sin bajar el
rifle, pero sintiendo a la vez parte de la tensión abandonarle el cuerpo. Sin
duda, se trataba de una profesional.
Se adentraron en el almacén y comprobaron el lugar a fondo antes
de hablar de nuevo. El aire era frío y el lugar no estaba demasiado bien
iluminado, pero no olía tan mal como la mayor parte de la ciudad, y al quedarse
en mitad del cruce de pasillos podrían ver cualquier cosa que se acercase
demasiado. A Carlos le pareció el lugar más seguro en el que había estado desde
que bajó del helicóptero.
—Me gustaría hacerte una pregunta, si no te importa —dijo por
fin Jill centrando toda su atención en él.
Carlos abrió la boca y las palabras salieron sin que lo pudiera
impedir.
—Quieres salir conmigo, ¿verdad? Es el acento. A las chicas os
encanta mi acento. Me oís hablar y no podéis evitarlo.
Jill se quedó mirándolo, con los ojos abiertos de par en par, y
Carlos pensó por un momento que había cometido un error, que ella no se daría
cuenta de que se trataba de una broma. Había sido una estupidez soltar una
gracia en aquellas circunstancias. Estaba a punto de pedirle disculpas cuando
Jill levantó un poco una de las comisuras de los labios.
—Me pareció que habías dicho que no eras un zombi —replicó—,
pero si eso es lo mejor que sabes hacer, quizá deberíamos evaluar de nuevo
nuestra situación.
Carlos sonrió encantado por la respuesta, y de repente, se
acordó de Randy, de las bromas que intercambiaron justo antes de aterrizar en
Raccoon. Su sonrisa se desvaneció y vio que el destello de humor en los ojos de
Jill también desaparecía, como si ella a su vez hubiera recordado la situación
en que se encontraban y todo lo que había ocurrido.
Su tono de voz fue mucho menos amistoso cuando habló de nuevo.
—Iba a preguntarte si eres el mismo Carlos que envió un mensaje
hace una hora o una hora y media más o menos.
—¿Lo recibiste? —preguntó Carlos, sorprendido—. Al ver que nadie
me respondía, pensé que…
«Cuidado en quién confía.» Las palabras de Trent cruzaron su
mente por un instante y le recordaron que en realidad no tenía ni idea de quién
era Jill Valentine. Dejó de hablar poco a poco hasta encoger los hombros con
indiferencia.
—Sólo lo oí en parte, y no podía transmitir desde donde yo
estaba —aclaró Jill—. Dijiste algo de un pelotón, ¿verdad? ¿Hay más soldados
por aquí?
Cuéntale sólo lo básico, y no digas nada de Trent.
—Los había, pero creo que ya han muerto todos. Toda esta
operación ha sido un desastre desde que empezó.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó mirándolo con intensidad—. ¿Y qué
es lo que sois? ¿La Guardia Nacional? ¿Van a enviar más apoyo?
Le tocó a Carlos mirarla con detenimiento mientras se preguntaba
lo cuidadoso que tendría que ser.
—No vendrán refuerzos; no lo creo. Me refiero a que al final
enviarán a alguien, pero no soy más que un soldado, la verdad es que no sé nada
de importancia. Llegamos y los zombis nos atacaron. Quizá alguno de los demás
logró escapar con vida, pero por lo que yo sé, estás viendo al último
superviviente del UBCS, el Servicio de Contramedidas Biológicas de Umbrella.
Ella lo interrumpió, y la expresión que apareció en su rostro
fue muy parecida al asco.
—¿Trabajas para Umbrella?
Carlos asintió.
—Sí. Nos enviaron para rescatar a los ciudadanos.
Quiso decirle algo más, contarle lo que sospechaba, cualquier
cosa con tal de quitarle aquella expresión de la cara. Parecía que ella había
descubierto de repente que era un violador o algo parecido. Sin embargo, el
aviso de Trent apareció de nuevo en su mente y le recordó que debía ser
precavido. Jill frunció los labios.
—¿Por qué no cortas el rollo? Los de Umbrella sois los
responsables de toda la mierda que ha pasado aquí. Como si no lo supieras… ¿Qué
es lo que consigues mintiéndome? ¿Qué estás haciendo de verdad aquí? Dime la
verdad, Carlos, si ése es tu verdadero nombre.
Estaba muy enfadada, y Carlos se sintió desconcertado durante un
momento. Se preguntó si no sería una aliada, una persona que conocía la verdad
sobre Umbrella…, pero también podía ser una trampa.
Quizá trabaja para ellos y está intentando ponerme a prueba para
saber a quién soy leal.
Carlos dejó que su voz mostrara un leve enfado.
—Ya te he dicho que sólo soy un soldado. Yo…, todos nosotros, no
éramos más que mercenarios, nada de politiqueo, ¿vale? No nos cuentan una
mierda. Y la verdad es que en este preciso momento, no me interesa de lo que es
responsable o no la gente de Umbrella. Si veo a alguien en apuros, haré mi
trabajo y lo ayudaré, pero si no, sólo quiero salir de aquí.
Se quedó mirándola, decidido a mantenerse firme.
—Y hablando de quién es quién y de qué, ¿qué estás haciendo tú
por aquí? —le espetó con sequedad—. ¿Qué estabas haciendo en ese restaurante?
¿Y qué era eso que hiciste volar por los aires?
Jill sostuvo su mirada durante otro segundo y luego bajó la
vista lanzando un suspiro.
—Yo también estoy intentando salir de aquí. Esa cosa era uno de
los monstruos de Umbrella. Me está persiguiendo, y dudo mucho que esté muerto,
ni siquiera después de eso, lo que significa que no estoy a salvo. Pensé que…
Estaba buscando una especie de llave, y pensé que quizá estaría en el
restaurante.
—¿Qué clase de llave? —le preguntó él, aunque, de algún modo, ya
sabía la respuesta.
—Es una joya. Forma parte del mecanismo de la cerradura de la
puerta que da al ayuntamiento. De hecho, son dos joyas, pero ya tengo una. Si
encontramos la otra y logramos abrir esa puerta, podremos llegar a una vía de
salida de la ciudad: un tranvía que va hacia el oeste y atraviesa las afueras.
Carlos mantuvo impasible el rostro, pero estaba dando gritos por
dentro. ¿Qué era lo que le había dicho Trent?
Para empezar, que fuera hacia el oeste, y que cuando descubriera
dónde se encontraba la gema azul, comprendería su importancia. Pero ¿qué tiene
que ver todo eso con Jill Valentine? ¿Confío en ella, o no? ¿Qué es lo que
sabe?
—No me jodas —respondió con voz tranquila—. Vi algo parecido a
eso en el sótano del restaurante. Una piedra preciosa de color verde.
Jill puso unos ojos como platos.
—¿De verdad? Si podemos conseguirla… ¡Carlos, tenemos que volver
allí!
—Si ése es mi nombre —replicó él entre irritado y divertido.
Aquella muchacha parecía saltar de un estado de ánimo a otro.
Primero estaba animada, luego divertida, después furiosa y, por último,
nerviosa. Era algo que cansaba bastante, y todavía no estaba muy seguro de si
se podía fiar de ella. Parecía sincera.
—Lo siento —dijo ella tras un momento, tocándole un brazo con
suavidad—. No debería haber dicho eso. Es que…, Umbrella y yo no nos llevamos
precisamente bien. Se produjo un accidente y una contaminación biológica en
unos de sus laboratorios, aquí mismo, hace seis semanas. Mucha gente ha muerto.
Y ahora esto.
Carlos se ablandó un poquito por el calor de su mano. Jesús. Era
un idiota al que le encantaba cualquier monada, y ella era muy atractiva.
—Carlos Oliveira—dijo—. A su servicio. Tranquilo, chico. Sal de
la ciudad, dice el tal Trent, pero ¿estás seguro de que quieres viajar con
alguien que a lo mejor acaba matándote? Será mejor que te aclares antes de
despegar con la estupenda señorita Valentine.
Empezó a discutir consigo mismo de forma inmediata. Sí, ten
cuidado, pero ¿es que vas a dejarla sola en mitad de esta situación? Ha dicho
que el monstruo va a por ella…
Gastaba bromas sobre ello algunas veces, pero no era machista en
absoluto. Jill era capaz de cuidar de sí misma, y ya lo había demostrado más
que de sobra. Y si resultaba que era una espía que trabajaba para Umbrella,
entonces…, se merecía lo que le estaba pasando.
—Yo no me sentiría bien si nos marcháramos sin intentar al menos
encontrar a algunos de los demás —dijo por fin.
Se dio cuenta de que era verdad: ya sabía que existía un modo de
salir de la ciudad. Una hora antes, la idea le hubiera parecido ridícula. Sin
embargo, en ese momento, pertrechado con la información que le había
proporcionado Trent, todo había cambiado. Todavía estaba atemorizado, de eso no
había duda, pero conocer un poco la situación le hacía sentirse en cierto modo
menos vulnerable. A pesar de todos los riesgos, quería explorar unas cuantas
manzanas más antes de marcharse de la ciudad, quería intentar al menos ayudar a
alguien. Quería tiempo para pensar, para decidirse de una vez.
Bueno, eso… y saber que ella ha podido sobrevivir. Si ella lo ha
conseguido, yo también puedo.
—Vi esa puerta que dices. La que está cerca del edificio del
periódico, ¿no? ¿Por qué no nos reunimos allí? O mejor todavía, en el tranvía.
Jill frunció el entrecejo, pero luego asintió.
—Vale. Volveré al restaurante mientras tú echas un vistazo por
ahí. Te esperaré en el tranvía. En cuanto pases la puerta, sigue el sendero y
mantente a la izquierda. Verás los carteles que indican dónde está Lonsdale
Yard.
Ninguno de los dos habló durante unos segundos, y Carlos notó
por el modo precavido en que Jill lo miraba que ella también tenía sus propias
dudas sobre él. Sus recelos le hicieron confiar un poco más en la chica. Si de
verdad odiaba tanto a Umbrella, tenía sentido que no quisiera demasiado andar
con uno de los empleados de la compañía.
¡Deja de discutir y márchate ya, por amor de Dios!
—No te vayas sin mí —dijo Carlos con intención de que sonara
divertido. Pero le salió tremendamente serio.
—No me hagas esperar demasiado —contestó ella sonriéndole.
Carlos pensó que quizá después de todo fuese buena persona. Un
momento más tarde, Jill se dio la vuelta y se alejó al trote de vuelta por el
pasillo por el que habían entrado.
La observó alejarse mientras se preguntaba si no estaba loco por
no irse con ella. Después de un momento, se dio la vuelta y se dirigió
caminando con rapidez hacia la otra salida antes de que decidiera cambiar de
opinión.
Para alguien que estaba sangrando como un cerdo empalado,
Mikhail se movía con una rapidez sorprendente. Nicholai había seguido el rastro
de gotas oscuras a través de una barricada, sobre la gravilla y el asfalto, la
hierba y los cascotes, y todavía no había visto al moribundo.
Quizá moribundo sea un término exagerado si tenemos en cuenta…
Nicholai había planeado abandonar la caza si no localizaba al
jefe de pelotón al cabo de unos minutos, pero cuanto más lo buscaba, más
decidido se sentía a encontrarlo. También se percató de que cada vez estaba más
furioso. ¿Cómo se atrevía Mikhail a intentar escaparse de su castigo? ¿Quién se
creía que era para hacerle desperdiciar un tiempo precioso? Y para más
frustración, Mikhail había recorrido bastante distancia hacia el centro de la
ciudad. Si seguía avanzando otra manzana más, acabaría de nuevo en el edificio
de la comisaría de policía.
Nicholai abrió otra puerta, exploró con la vista una nueva
estancia y suspiró. Mikhail sabía que lo estaban siguiendo. O eso, o es que no
tenía el sentido común suficiente para tumbarse en el suelo y morir. De
cualquier manera, no podía estar muy lejos.
Atravesó una oficina pequeña y ordenada que al parecer estaba
unida a un garaje. El rastro errático del púrpura de la sangre reluciente
destacaba sobre el linóleo de color azul iluminado por las bombillas sin
pantalla del techo. Las salpicaduras parecían estar disminuyendo: o Mikhail se
estaba desangrando, lo que parecía poco probable, o había descubierto el modo
de contener la hemorragia.
Nicholai apretó los dientes y se tranquilizó a sí mismo. Estará
débil, irá más despacio, quizá estará buscando un sitio donde descansar. Vi el
impacto. No puede seguir caminando mucho más lejos.
Entró en el garaje oscuro y cavernoso. El aire frío estaba
impregnado por completo con el olor a gasolina y a aceite de motor…, y con algo
más. Se detuvo e inspiró profundamente. Estaba seguro de que alguien había
disparado con una arma allí, y hacía poco.
Avanzó con rapidez y en silencio por el suelo de cemento
rodeando una furgoneta blanca que bloqueaba una de las filas de coches, y vio
lo que parecía ser un perro tirado en mitad de un charco de sangre, con su
extraño cuerpo doblado en posición fetal.
Se apresuró a acercarse a aquello, asqueado y emocionado a la
vez. Lo habían advertido sobre los perros y sobre la rapidez con la que
resultaban infectados. Sabía que las investigaciones sobre sus posibilidades
como armas biológicas se habían llevado a cabo en la mansión Spencer.
Y se los consideró demasiado peligrosos cuando atacaron a sus
propios cuidadores. No se los podía entrenar, y el ritmo de corrupción de sus
cuerpos era más elevado que el de los demás organismos.
Lo cierto era que el animal medio despellejado que tenía a sus
pies tenía el aspecto y desprendía el mismo olor que un trozo de carne cruda
que había pasado bajo el sol demasiado tiempo. A pesar de estar acostumbrado a
la presencia de la muerte, Nicholai sintió que el estómago se le subía a la
boca, pero siguió estudiando con detenimiento a la criatura, seguro de que
aquel ser canino había muerto a balazos.
Allí estaban: dos agujeros de bala justo debajo del jirón de
carne desgarrada que era su oreja izquierda…, pero no eran de un M16. Los
agujeros eran demasiado grandes. Nicholai retrocedió frunciendo el entrecejo.
Alguien aparte de Mikhail Victor había pasado por aquel garaje en la media hora
anterior, y lo más probable era que no se tratase de un soldado del UBCS; a
menos que llevara consigo una arma personal, casi con toda seguridad una
pistola.
Nicholai oyó algo. Alzó la cabeza con rapidez y centró toda su
atención en la puerta de salida situada delante de él y un poco a la derecha.
Un sonido suave y deslizante. Quizá un humano infectado que rozaba contra la
puerta…, o quizá un individuo herido, recostado contra ella y demasiado agotado
para abrirla.
Nicholai se acercó a la puerta, esperanzado, y sonrió al oír el
sonido de la voz de Mikhail, tensa y exhausta, que llegaba desde el otro lado
del metal.
—No… ¡Vete!
Nicholai abrió la puerta, lleno de ansia, y borró la sonrisa de
su cara mientras estudiaba la situación. Ante él se abría un patio extenso, con
una verja y una puerta, y repleto de vehículos apilados formando una barricada
inútil. Otros dos perros muertos estaban tirados en el suelo frío.
Mikhail yacía al lado de la puerta del garaje, intentando
desesperadamente alzar su rifle. Su cara pálida estaba cubierta de gotas de
sudor, y las manos le temblaban de forma incontrolable. A cinco metros de él,
la mitad de una persona se arrastraba en su dirección sobre las puntas
destrozadas de sus dedos sin uñas y sin carne. El rostro de aquello, no se
sabía si hombre o mujer, estaba podrido y mostraba una sonrisa ya permanente.
Avanzaba de un modo lentísimo pero constante. Por lo que se veía, ya no tenía
la parte inferior del cuerpo; desde luego carecía de sistema digestivo, pero
eso no parecía impedir que el infectado desease seguir comiendo.
¿Me hago el héroe y salvo a mi jefe de ser devorado vivo, o
disfruto del espectáculo?
—Nicholai, ayúdame, por favor… —dijo Mikhail entre jadeos y
girando la cabeza hacia arriba para mirarle.
Aquello fue demasiado, y Nicholai no se pudo resistir. La idea
de que Mikhail se sintiera agradecido con él porque le hubiera salvado la vida
le parecía increíblemente… divertida, a falta de un término mejor.
—Aguanta, Mikhail —le dijo con convicción—. ¡Yo me encargaré de
esto!
Se lanzó hacia adelante y saltó para aplastar el talón de la
bota contra el cráneo del zombi. Puso un gesto de asco cuando una gran parte de
la piel del cráneo se desprendió del hueso con un sonido húmedo. Bajó con
fuerza el pie de nuevo, una y otra vez, y aquella criatura, antes humana, murió
por fin con un crujido fuerte y líquido, moviendo los brazos de modo
espasmódico mientras sus dedos sin carne tabaleaban durante momento contra el
asfalto.
Nicholai se dio la vuelta y se apresuró a arrodillarse al lado
de Mikhail.
—¿Qué ha pasado? —preguntó con una voz llena de preocupación
mientras miraba el estómago ensangrentado de Mikhail—. ¿Es que te ha pillado
uno de ellos?
Mikhail negó con la cabeza y cerró los ojos, como si estuviese
demasiado agotado para mantenerlos abiertos.
—Alguien me disparó.
—¿Quién? ¿Por qué?
Nicholai hizo todo lo posible por parecer sorprendido.
—No sé quién fue, ni por qué. Pensaba que alguien me estaba
siguiendo, pero… A lo mejor sólo pensaban que era uno de ellos. Un zombi.
Bueno, lo cierto es que eso no se aleja mucho de la realidad.
Nicholai tuvo que sofocar otra sonrisa. Pensó que se merecía un premio por su
gran actuación.
—Vi que algunos hombres se salvaban —susurró Mikhail—. Si
podemos llegar al punto de evacuación y llamar a los transportes…
La torre del reloj de Saint Michael era el supuesto punto de
evacuación, y era allí donde en teoría debían llevar a los ciudadanos
supervivientes. Nicholai sabía la verdad: que lo primero que bajaría sería un
equipo de reconocimiento disfrazado de asistencia médica de emergencia, y que
no aparecerían más helicópteros a no ser que Umbrella lo ordenara. Puesto que
lo más probable era que todos los jefes de escuadra estuviesen muertos,
Nicholai se preguntó si algunos de los soldados sabrían aquello de la
«evacuación», aunque supuso que no era algo importante. No afectaría de ningún
modo a sus planes.
Se dio cuenta de que no estaba disfrutando de aquella situación
tanto como había pensado. Mikhail era demasiado confiado, hasta un grado
patético. Era un desafío tan grande como cazar a un perro amistoso. También era
casi vergonzoso ver cómo se había rendido al dolor.
—No creo que estés en condiciones de viajar —dijo Nicholai con
frialdad.
—No estoy tan mal. Duele de cojones y he perdido sangre, pero si
puedo recuperar el aliento, si descanso unos cuantos minutos…
—No, tiene muy mala pinta —insistió Nicholai—. Parece mortal. De
hecho, creo que…
Creeeccc.
Nicholai se calló de forma inmediata cuando la puerta del garaje
se abrió junto a ellos con un movimiento lento y fluido y uno de los soldados
del UBCS apareció tras ella. Los ojos se le iluminaron de alegría cuando los
vio, y bajó su rifle de asalto…, pero sólo un poco, no del todo.
—¡Señor! Cabo Carlos Oliveira, escuadra A, pelotón delta. Yo…,
joder, me alegro de veros.
Nicholai se limitó a asentir, furioso más allá de toda medida
cuando Carlos se acuclilló a su lado y comenzó a revisar la herida de Mikhail
mientras hacía preguntas estúpidas. Estaba seguro con un noventa y nueve por
ciento de certeza de que podría matarlos a los dos antes de que se dieran
cuenta de lo que estaba pasando, pero incluso ese uno por ciento restante era
un riesgo demasiado elevado si tenía en cuenta todo lo que estaba en juego.
Tendría que esperar pero quizá encontraría un modo de sacar ventaja de aquella
circunstancia nueva.
Y si no… Bueno, la gente le daba la espalda de forma constante a
sus amigos, ¿verdad? Y ninguno de los dos tenía motivos para pensar que
Nicholai no fuese precisamente eso.
¿Cómo decía el refrán? Era algo sobre que un obstáculo era en
realidad una oportunidad disfrazada. Todo iba a salir bien.
Capítulo 11
Jill se detuvo casi patinando delante de la puerta que daba al
ayuntamiento. Llevaba las dos gemas en una mano apretada y sudorosa. La zona
parecía despejada, al menos la parte que ella podía ver, pero el restaurante
estaba vacío a su regreso: el Némesis había desaparecido, y eso significaba que
tenía que darse prisa. No sabía cómo, pero lo cierto es que estaba
rastreándola, y Jill quería marcharse de una vez.
Su carrera a toda velocidad por los callejones en la parte
posterior del restaurante la habían dejado casi sin aliento y bastante
atemorizada. Estuvo a punto de caerse al suelo al tropezar con el cuerpo de una
criatura casi inconcebible que habría sido incapaz de ver en aquella negrura
cerrada. Sin embargo, la silueta oscura de garras múltiples había sido más que
suficiente para que siguiera corriendo. No se parecía a nada que hubiera visto
antes. Aquello, y la amenaza de la persecución inevitable del Némesis le habían
provocado un leve ataque de pánico. Jill lo había utilizado para aumentar la
velocidad de su carrera, aunque se había esforzado por mantener el control de
sus actos. Sabía por experiencia propia que mantenerse en contacto con los
instintos del lado animal de uno mismo formaba una parte vital de la
supervivencia. Un poco de miedo siempre venía bien. Hacía que la adrenalina
siguiera fluyendo.
El reloj decorativo y ornamentado estaba situado en una especie
de estrado al lado de la puerta. Colocó la gema azul en el sitio que le
correspondía y, al hacerlo, el cristal con forma de diamante tallado provocó el
inicio de un leve zumbido eléctrico. Una serie circular de luces que rodeaba a
las gemas parpadeó y se encendió. Colocó el diamante verde con la misma
facilidad e hizo que la cadena de luces en círculo se encendiera por completo.
Se oyó un pesado sonido chirriante y las dos hojas de la puerta empezaron a
abrirse, dejando al descubierto un sendero umbrío flanqueado por setos
descuidados y abandonados.
No tenía muy mal aspecto desde donde ella estaba. Entró en el
sendero sumido en el silencio y aguzó los sentidos. Hacía frío y estaba oscuro,
y lo único que se movía era una brisa leve que prometía traer lluvia y que
agitaba las ramas de los árboles y arrastraba las hojas a la par que le secaba
el sudor de la cara y los brazos. Distinguió el lejano gemido de un zombi que
le llegó arrastrado por el viento, y vio los primeros resplandores de la luna
sobre las piedras del sendero. Se mantuvo alerta, aunque no percibió ningún
peligro inmediato, y se siguió internando mientras pensaba en Carlos Oliveira.
Estaba segura de que le decía la verdad sobre lo de ser un
simple mercenario al servicio de Umbrella, y que no tenía ni idea acerca de lo
que estaba tramando de verdad la empresa, pero sin duda se guardaba algo para
él. No era tan buen mentiroso como él se creía, y su aparente disposición a
mentir no era buena señal.
Por otro lado, tampoco es que pareciera un tipo muy taimado.
Quizá se trataba de un mentiroso con buenas intenciones, o que simplemente no
tenía malas intenciones. Lo más probable era que tan sólo fuese precavido, que
se dedicara a hacer exactamente lo mismo que ella estaba haciendo. Fuera como
fuera, no tenía tiempo de andar interpretando con detenimiento sus actos, así
que tendría que conformarse con su primera impresión: era uno de los buenos. Si
eso iba a servirle o no de ayuda, ya era otra cuestión. De momento, estaba
dispuesta a aceptar a cualquier aliado que no tuviese planes de asesinarla.
Pero ¿debería unirme a alguien?¿Qué pasaría si se interpusiese
en el camino del Némesis y…?
Oyó el grito como si respondiera a sus ideas. Fue una
coincidencia maligna que le pareció irreal, como si se tratara de un chiste
mortífero.
—Ssstaaaaarrssss…
Hablando del demonio. Mierda, ¿dónde está?
Jill se encontraba casi en el centro del pequeño parque, donde
los tres senderos se cruzaban. El sonido llegaba de algún punto por delante de
ella…, ¿o era desde atrás? La acústica del sitio era extraña. Un patio pequeño
que tenía delante hacía que el grito siseante pareciera proceder de todos lados
a la vez. Se giró mirando en todas direcciones, pero el sendero por el que
había llegado y los otros dos se adentraban hacia la oscuridad del parque
abierto hasta desaparecer.
Por dónde…
Avanzó un poco hacia el espacio abierto para disponer de una
mayor posibilidad de huida y de sitio suficiente para tener más margen de
maniobra, si al final resultaba ser necesario.
El sonido de un paso, fuerte, pesado. Otro. Jill giró la cabeza
hacia un lado…, y allí estaba, delante de ella y a la izquierda, en el sendero
que llevaba al tranvía. Una oscuridad más densa, todavía un poco más allá de su
campo de visión.
Tengo que retroceder, al periódico o a la comisaría. No, no hay
modo de que corra más que eso, pero está la gasolinera, tiene una persiana de
cierre metálica y un mogollón de coches entre los que puedo esconderme…
Hacia adelante y hacia la derecha. Un plan sencillo era mejor
que no tener ninguno, y ya se había quedado sin tiempo para considerar más
opciones aparte de ésa.
Jill empezó a correr, y el leve repiqueteo de sus botas quedó
ahogado por un repentino estallido de movimiento, un rugido aullante y los
fuertes pisotones de unos pies semisintéticos que recorrían el espacio abierto.
Jill se sintió muy consciente de sí misma, de las contracciones de los
músculos, del palpitar del corazón y del jadeo de la respiración mientras casi
volaba por encima de las piedras del sendero. Llegó en un momento a la pequeña
puerta que daba al norte, la que la llevaría a casi toda una manzana repleta de
coches abandonados, más allá de una gasolinera que incluía un garaje y un
taller de reparaciones, hacia…
No pudo recordar nada más. Si la calle estaba despejada, podría
atravesar la zona industrial de la ciudad, eso si no tropezaba con ningún grupo
de zombis. Si habían levantado alguna barricada por allí…
Entonces, estoy jodida, y ya es demasiado tarde.
Dejó que su cuerpo bien entrenado hiciera el resto, y atravesó
con agilidad el hueco de la puerta antes de empezar a correr semiagachada hasta
llegar a la seguridad relativa del laberinto de coches y camiones inmovilizados
allí. Sintió cómo se acercaba la criatura, así que se fundió con las sombras y
trató de sacar a la luz alguna especie de conocimiento primordial de su papel
en aquella caza. Ella era la presa, y tenía que ser tan esquiva como decidido
estaba el Némesis. Si lo hacía bien, seguiría con vida y la criatura
continuaría con hambre. Si no…
No había tiempo. Se acabó pensar. El Némesis se acercaba. Jill
se puso en movimiento.
Carlos encontró en la oficina del garaje media botella de agua,
cinta aislante y una camisa de hombre todavía metida en su funda de plástico
original. Era lo más parecido a unos suministros médicos esterilizados que iba
a conseguir. Se puso de forma inmediata a hacer todo lo posible por Mikhail
mientras Nicholai montaba guardia rifle en mano vigilando la zona de
automóviles destrozados que se adivinaba en la oscuridad. Todo el patio estaba
en silencio a excepción de las exclamaciones jadeantes de Mikhail y del grito
lejano de un cuervo.
Carlos no sabía clasificar las heridas mucho más allá de lo que
había aprendido con los primeros auxilios básicos, pero le pareció que la
herida de Mikhail no tenía un aspecto demasiado malo. La bala le había
atravesado el costado de forma limpia, un poco más arriba del hueso izquierdo
de la cadera. Dos o tres centímetros más hacia el interior del cuerpo y hubiera
estado acabado. Un tiro en el hígado o en uno de los riñones era una sentencia
de muerte. Sin embargo, tal como había ocurrido, lo más probable era que tan
sólo le hubiera perforado la parte inferior del intestino grueso. Era una
herida que al final lo mataría si no recibía tratamiento, pero con aquella
atención médica inmediata, podría sobrevivir durante el tiempo suficiente.
Carlos limpió y vendó la herida, tapándola con compresas pegadas
con cinta aislante y rodeándole la cintura y el torso con tiras de tela sacadas
de la camisa para mantener la presión. El jefe de pelotón parecía tener
controlado el dolor, aunque sentía náuseas y un cierto mareo por la pérdida de
sangre.
Carlos se dio cuenta por el rabillo del ojo de que Nicholai se
estaba moviendo. Acabó de poner unas cuantas tiras de cinta aislante sobre las
vendas y levantó la mirada. Vio que el jefe de escuadra había sacado un
ordenador portátil de su mochila y estaba tecleando con expresión concentrada.
Se había colgado el rifle del hombro y permanecía en cuclillas al lado de una
camioneta destrozada.
—Señor… esto, Nicholai, ya he acabado aquí —dijo Carlos mientras
se ponía en pie.
Mikhail había insistido en que dejaran de utilizar las
formalidades relativas al rango, insistiendo en que la situación exigía
flexibilidad. Carlos se había mostrado de acuerdo, aunque no le pareció que a
Nicholai le gustara mucho aquello. El tipo parecía más bien de los que les
gustaba hacerlo todo siguiendo el manual de instrucciones y ordenanzas.
Mikhail, pálido y con cara de cansancio, se incorporó un poco y
se quedó apoyado sobre los codos.
—¿Hay alguna manera de que podamos utilizar eso para pedir que
nos evacuen? —preguntó con voz débil.
Nicholai meneó la cabeza y dejó escapar un suspiro. Cerró el
ordenador y lo metió otra vez en la mochila.
—Lo he encontrado en la comisaría y pensé que a lo mejor podía
ser útil. Podía ser que tuviera listas de las localizaciones de las barricadas,
o más información sobre este… desastre.
—¿No ha habido suerte? —preguntó Mikhail.
Nicholai se acercó a ellos con una expresión resignada en la
cara.
—No. Creo que nuestra mejor opción es intentar llegar hasta la
torre del reloj.
Carlos frunció el entrecejo. Trent le había dicho que en la
torre se guardaba un arsenal, y que después debería dirigirse hacia el norte
desde allí. Entre lo del tranvía de Jill, que se dirigía al norte, y aquella
información nueva, estaba empezando a sentirse acosado por las coincidencias.
—¿Por qué a la torre del reloj?
Fue Mikhail quien contestó con voz débil.
—Por la evacuación. Se suponía que era allí adonde teníamos que
llevar a la gente que salváramos para indicarles a los helicópteros de rescate
que se acercaran. Las campanas del reloj de la torre están preparadas para
sonar siguiendo un programa de ordenador y cuando se utiliza ese programa se
pone en marcha un sistema que emite una señal de baliza. Tocamos las campanas y
los helicópteros vienen. Genial, ¿verdad?
Carlos se preguntó por qué a nadie se le había ocurrido
proporcionarles esa «pequeña» pieza de información cuando se reunieron para
repasar el plan final, pero decidió no preguntar sobre eso. Ya no importaba en
aquellos momentos; tenían que llegar al tranvía. No conocía mucho a Nicholai,
pero Mikhail no era una amenaza de ninguna clase, al menos no en aquellas
condiciones. Necesitaba que lo llevaran a un hospital. Trent le había dicho que
había uno no muy lejos de la torre del reloj.
Pero Umbrella tiene ojos y oídos por todas partes. No. Les había
pasado lo mismo que a él: habían luchado y habían visto morir a sus camaradas,
se habían perdido, habían buscado un modo de salir de aquel sitio y habían
acabado allí. Lo único que pasaba era que se sentía extraño por tener a dos
personas más involucradas en todo aquello. Trent había hecho que pusiese en
cuestión a todo el mundo y sus motivos para actuar de según qué modo. No hacía
más que preguntarse quién estaría involucrado en aquella supuesta conspiración
de Umbrella y preocuparse sobre lo que podía y lo que no podía decir.
Además, Umbrella también los ha jodido a ellos. ¿Por qué iban a
querer ayudar a los cabrones que nos ha metido en toda esta mierda? Puede que
Trent me haya dicho la verdad, pero él no está aquí. Ellos sí que están, y
necesito su ayuda.
Seguro que Jill no pondría ninguna objeción a tener unos cuantos
soldados profesionales más a su lado.
—Hay un tranvía que podemos utilizar para salir de aquí —dijo
Carlos por fin—. Creo que lleva justo hasta la torre del reloj. Está cerca de
aquí, hacia el oeste…, y con todos esos bichos en busca de carne fresca…
—Podríamos utilizarlo para salir de la ciudad —lo interrumpió
Nicholai mientras asentía—. Bueno, suponiendo que las vías estén despejadas. Es
genial. ¿Estás seguro de que se encuentra en condiciones de funcionar?
Carlos dudó por un momento y después se encogió de hombros.
—En realidad, no lo he visto todavía. Me encontré con… un agente
de policía, supongo, una mujer. Fue ella quien me lo dijo. Está de camino hacia
el tranvía para comprobar cómo está, y me dijo que me esperaría allí. Yo quería
ver si encontraba a alguien más antes de marcharme.
Casi se sentía culpable por hablarles de ella, y se dio cuenta
de repente que estaba permitiendo que lo afectara toda aquella estupidez sobre
espías y demás que le había contado Trent. ¿Por qué no iba a hablar de Jill? ¿A
quién le importaba?
Mikhail y Nicholai intercambiaron una mirada, y luego ambos
asintieron. Carlos se alegró. Por fin, tenían un plan de verdad, un programa de
acción. Lo único peor que estar metido hasta el cuello en mierda era estar
metido hasta el cuello en mierda sin saber qué hacer.
—Vamos —dijo Nicholai—. Mikhail, ¿estás preparado?
Mikhail asintió, y entre Carlos y Nicholai lo pusieron en pie y
se repartieron el peso de la forma más equitativa posible. Entraron en el patio
del garaje, y casi habían llegado a la oficina cuando Nicholai soltó una
imprecación en voz baja.
—¿Qué pasa? —preguntó Mikhail cerrando los ojos y respirando con
dificultad.
—Los explosivos —contestó Nicholai—. No puedo creerme que me
haya olvidado de por qué vine hacía aquí. Es que después de encontrar a Mikhail
así…
—¿Explosivos? —preguntó Carlos a su vez.
—Sí. Después de que los zombis nos atacaran y mi escuadra…
—Nicholai tragó saliva y su esfuerzo por mantener la compostura fue obvio—.
Después de que los zombis nos atacaran, acabé cerca de una zona en
construcción, allá por el distrito industrial. Creo que estaban echando abajo
un edificio, y vi unas cuantas cajas vacías con señales de advertencia de que
llevaban explosivos. También había un camión con las puertas cerradas, así que
iba a echar un vistazo al interior cuando apareció otra oleada de zombis. —Miró
a Carlos directamente a los ojos—. Se lo pensarán dos veces antes de atacarnos
en grupo si tenemos unos cuantos cartuchos de dinamita que tirarles. ¿Crees que
podréis llegar hasta el tranvía sin mí? Puedo reunirme con vosotros allí.
—No creo que debamos separarnos —dijo Mikhail—. Tendremos más
oportunidades de sobrevivir si…
—Si logramos encontrar un modo de mantenerlos alejados de
nosotros —lo interrumpió Nicholai—. No nos podemos permitir quedarnos sin
munición, no sin algo para respaldarnos, y también tenemos que tener en cuenta
a las demás criaturas.
Carlos tampoco creía que lo de separarse fuera tan buena idea,
pero al recordar la criatura que había justo fuera del restaurante…
¿Y qué hay del bicho que encontramos dentro del restaurante?
Jill dijo que la perseguiría de nuevo.
—Bueno, vale —admitió Carlos—. Te esperaremos en el tranvía.
—Bien. No tardaré mucho.
Nicholai se dio la vuelta sin decir ni una sola palabra más y se
alejó con rapidez hasta salir del garaje e internarse en la oscuridad de la
noche.
Carlos y Mikhail siguieron avanzando en silencio con dificultad.
Ya habían atravesado la oficina y estaban en la calle antes de que Carlos se
diera cuenta de que Nicholai ni siquiera le había preguntado cómo llegar hasta
el tranvía.
Nicholai tuvo que controlar la fuerte ansia de sacar y echar de
nuevo un vistazo al ordenador en cuanto estuvo fuera de la vista. Había
desperdiciado tiempo más que suficiente jugando a ser un jefe de escuadra
magnífico con aquellos dos soldados de pacotilla. De hecho, ya habían pasado
diecinueve minutos desde que el capitán Davis Chan había transmitido su informe
de «perro guardián» desde la oficina de ventas de Umbrella, a unas dos manzanas
del aparcamiento, y si Nicholai tenía mucha suerte, todavía podría pillar a
Chan mientras comprobaba la posible información que le hubieran pasado a él o
intentaba acceder a la base de datos de la oficina.
Nicholai atravesó al trote un callejón estrecho repleto de
moscas y saltando por encima de bastantes cuerpos tirados a todo lo largo, eso
sí, procurando hacerlo por la parte inferior de los cuerpos por si alguno no
estaba muerto del todo. Fue justo lo que pasó: uno de aquellos «cadáveres»,
casi al final del callejón, alargó una mano e intentó agarrarlo por la bota
izquierda. Nicholai saltó hacia un lado sin apenas esfuerzo y sonrió un poco al
oír su gemido lleno de frustración. Fue casi tan patético como Mikhail.
Carlos Oliveira era harina de otro costal. Era duro, más duro de
lo que parecía, y desde luego, mucho más inteligente. Por supuesto, no era
rival para él, pero Nicholai tendría que librarse de su presencia más tarde o
más temprano.
O no. Podría pasar por completo de toda esta farsa.
Nicholai cruzó una puerta metálica que había a su derecha y
entró en otro callejón sembrado de restos humanos. Consideró todas las opciones
de que disponía mientras seguía corriendo. No tenía ningún motivo por el que
tuviera que ir hasta la torre del reloj. Sólo debía llegar hasta el hospital, y
no necesitaba subir al tranvía. Jugar con Mikhail y con Carlos era divertido,
pero eso sí que no era una necesidad. Incluso podía dejarlos vivir, si así lo
quería.
Sonrió mientras doblaba una esquina del callejón serpenteante.
¿Qué gracia tendría aquello? No, deseaba ver cómo se desmoronaba de repente la
confianza en sus miradas al darse cuenta de lo estúpidos que habían sido. Tic,
tic, tic…
Nicholai se detuvo en seco y se quedó inmóvil al comprender de
forma inmediata qué era aquel sonido. Garras sobre piedra por delante de él, un
repiqueteo casi suave que procedía de las sombras situadas a la izquierda por
encima de él. La única luz disponible estaba a su espalda, en la esquina. Era
una de esas bombillas fluorescentes de seguridad que apenas irradiaba luz para
iluminarse a sí misma. Retrocedió hacia allí, y el repiqueteo se hizo más
rápido y cercano, aunque seguía sin poder ver a la criatura.
—Venga, déjate ver —gruñó, sintiéndose frustrado por sufrir otro
ejemplo de casualidad molesta. Tenía que llegar a la oficina de ventas antes de
que Chan se marchara, y no tenía tiempo de enfrentarse a uno de los monstruos
de Umbrella, por mucho que le apeteciera. Tic, tic, tic…
¡Eran dos! Oyó el repiqueteo de otras garras sobre el cemento,
pero a su derecha, justo donde había estado un poco antes. Al mismo tiempo, un
aullido espantoso resonó en la oscuridad que se abría ante él. Era el sonido de
la locura, como si estuvieran desgarrando un alma en mil pedazos…, y de
repente, allí apareció de un salto procedente de la oscuridad, aullando,
mientras la otra criatura se unía a su cántico enloquecedor, como si estuviera
en el infierno con sonido en estéreo. Nicholai vio alzadas en el aire las
garras retorcidas de la que tenía delante, las mandíbulas chasqueantes de las
que escapaban hilos de saliva, los ojos brillantes y parecidos a los de los
insectos, y supo que el otro monstruo tan sólo se encontraba a un segundo
detrás del que estaba viendo, preparándose para saltar incluso cuando el
primero todavía no se había posado en el suelo.
Nicholai empezó a disparar, y el tableteo del fuego automático
quedó ahogado por el coro de aullidos. Los proyectiles impactaron contra la
primera criatura y su chillido cambió de tono antes de desplomarse entre
temblores a poco más de tres metros de él. A continuación, y sin dejar de
disparar, Nicholai se puso en cuclillas y se dejó caer hacia atrás, rodando
sobre su costado derecho, en un único movimiento fluido. La segunda criatura
lanzada a la carga estaba a menos de dos metros cuando la acertó con la ráfaga
y varios chorros de sangre aparecieron en su exoesqueleto negro y brillante
como si fueran fuentes carmesíes. Al igual que el primer monstruo, se
estremeció y tembló antes de detenerse por completo, y su aullido agudo se
convirtió en un gorgoteo antes de quedar en silencio.
Nicholai se puso en pie, intranquilo, ya que no estaba seguro de
a qué especie pertenecían aquellas criaturas. Quizá eran de los chupacerebros o
algunos de los deimos más anfibios, otra rama de las razas con patas múltiples.
Había esperado la ferocidad y el modo de ataque, pero no se había dado cuenta
de lo tremendamente veloces que eran.
Si hubiera tardado un segundo más…
No tenía tiempo para pensar en ello; debía darse prisa. Avanzó
pasando con rapidez por encima del revoltijo sangrante de miembros oscuros y
echó a correr en cuanto los dejó atrás.
Sintió que se serenaba más con cada paso que lo alejaba de las
criaturas muertas, y también una oleada de satisfacción que le surgía del
interior. Eran veloces, pero él lo era más, y con unos monstruos como ésos
sueltos por la ciudad, no tendría que andar preocupándose por Mikhail, por
Carlos o por cualquiera que estuviese intentando escapar de su destino. Si no
se daba él mismo el gusto de matarlos, podría disfrutar con la certeza de que
sus camaradas caerían bajo las garras de cualquiera de las docenas de horrores
que pululaban por allí.
Sus inadecuados reflejos les fallarían, y su falta de habilidad
sería su muerte segura.
Nicholai empuñó con más fuerza el M16, y su sensación de euforia
añadió impulso a cada paso que daba. Raccoon no era un lugar apto para los
débiles, pero él no tenía nada que temer.
Capítulo 12
La persiana metálica que cerraba la parte delantera de la tienda
de piezas de recambio estaba bajada, pero Jill logró entrar por el garaje
gracias a una puerta lateral. La tienda tenía aspecto de ser bastante
resistente, lo bastante protegida como para que no entrara ningún ladrón
normal, y desde luego, ningún zombi…, pero a Jill no le cabía ninguna duda de
que si el Némesis se proponía entrar, lo más probable era que lo lograra.
Tendría que mantener la esperanza de que no la hubiera rastreado hasta aquel lugar.
Aunque me preguntó cómo lo hará.
No tenía ni idea. ¿Era por el olor? No le parecía muy probable.
Había llegado en silencio y sin apenas respirar a la gasolinera, había pasado
de una sombra a otra mientras oía los pasos estruendosos del Némesis mientras
la buscaba entre aquella multitud de coches abandonados. Si la hubiese podido
localizar por el olor, ya la habría atrapado…, aunque también se preguntaba
cómo era posible que aquel monstruo supiera quién era ella de un modo tan
específico. Si se cruzara con otra mujer con el aspecto de Jill, ¿la
confundiría con ella?
Jill atravesó el garaje bien iluminado y sus botas provocaron
unos leves chasquidos húmedos contra el suelo pegajoso por la grasa y el
aceite. Por la cabeza le pasaban ideas mientras comprobaba la distribución del
local y las puertas. No sabía cómo habían programado al Némesis para que
encontrara y matase a los miembros de los STARS, y tampoco por qué parecía
interrumpir su persecución de vez en cuando. Brad estaba muerto, así que el
único miembro de los STARS que quedaba con vida en Raccoon City era ella. A
menos que…
El jefe de policía Irons había sido un miembro del equipo B unos
veinte años antes, y lo más probable era que todavía estuviese en la ciudad.
Jill negó con la cabeza. Aquello era ridículo. Chris había
descubierto suficiente información sobre Irons para que todos tuvieran la
certeza casi completa de que llevaba años trabajando para Umbrella, lo mismo
que sospechaban del misterioso señor Trent. La diferencia era que Trent parecía
estar más que dispuesto a ayudarlos, mientras que Irons no era más que un
cabrón asqueroso siempre ávido de dinero a quien no le importaba nadie más que
él. Si Irons estaba en la lista de presas del Némesis, a Jill ya le parecía
bien.
Salió del garaje y entró en lo que era una combinación de
oficina y sala de descanso. Había una máquina de refrescos, una mesa pequeña
con un par de sillas y un escritorio abarrotado de papeles. Jill probó a llamar
por teléfono, por pura rutina, pero no oyó nada en absoluto, tal como esperaba.
—Y ahora supongo que me quedo esperando —dijo en voz alta a
nadie en concreto mientras se recostaba contra un mostrador.
Si el Némesis no aparecía en unos minutos, saldría de nuevo y se
dirigiría al tranvía. Se preguntó si Carlos ya estaría allí y si habría
encontrado a algún superviviente de su pelotón… ¿Cómo se llamaba el grupo?
Contramedidas noséqué de Umbrella. Lo más probable era que se tratase de una de
las ramas medio legales de la compañía. De haber tenido éxito, habría sido una
buena publicidad en cuanto la noticia hubiera salido de Raccoon City. Los
ejecutivos de Umbrella podrían haber elogiado a su fuerza de intervención y
haber contado a los medios de comunicación la forma tan rápida y decisiva en
que habían actuado cuando se dieron cuenta que había ocurrido un accidente.
Claro que ellos no lo habrían llamado accidente, porque eso
significaría que habían actuado de forma negligente. Seguro que ya tienen un
chivo expiatorio preparado, listo para que le cuelguen el muerto, algún
desgraciado al que le puedan atribuir la muerte de miles de personas.
Eso no ocurriría si ella podía impedirlo, no si podían sus
amigos. De un modo u otro, la verdad saldría a la luz. Tenía que hacerlo.
Jill se dio cuenta de que había unas cuantas herramientas
esparcidas alrededor, algunas llaves de tubo, un par de palancas, y se le
ocurrió que quizá no iría mal llevar unas cuantas para el tranvía. Sería toda
una frustración llegar allí y acabar necesitando un simple destornillador,
cualquier cosa por la que tuvieran que regresar al garaje. Jill no tenía ni
idea de mecánica, pero quizá Carlos tenía algo de experiencia en el tema.
¡Pam! ¡Pam! ¡Pam!
Jill se agazapó con rapidez detrás del mostrador en cuanto oyó
aquellos golpes en la puerta lateral del garaje. Sonaban de un modo regular e
insistente.
¿El Némesis?
No, los golpes eran fuertes, pero no poderosos. Era un humano o…
—Uuuhhh.
El débil gemido hambriento le llegó a través de la puerta, y al
primero se unió un segundo, después un tercero, y más y más hasta llegar a ser
un auténtico coro. Infectados por el virus, y por el ruido parecía ser un grupo
bastante numeroso. El alivio que sintió cuando se dio cuenta de que no se
trataba del Némesis desapareció con rapidez: una docena de zombis aporreando la
puerta era el equivalente a un anuncio luminoso donde pusiera COMIDA FRESCA.
¿Y ahora cómo voy a lograr salir de aquí en silencio?
Aquel plan tan sencillo, esperar escondida hasta que el Némesis
se marchara, se había ido a la mierda. Necesitaba un nuevo plan, y sería
preferible que fuese uno que no tuviera que trazar en unos pocos segundos.
Así que piensa ya en algo, a menos que quieras salir a la carga
de aquí y empezar a pegar tiros.
Jill soltó un suspiro. El nudo de miedo en su estómago se había
convertido en algo tan constante que ya ni lo notaba. Los infectados siguieron
arrastrando los pies y gimoteando mientras golpeaban de modo infructuoso la
puerta.
Quizá podría revisar todas sus opciones: tenía un poco de tiempo
para matar.
Llegaron hasta el tranvía sin más problemas. Carlos sintió algo
de esperanza cuando entraron a trompicones en el patio de la estación iluminado
por todo un montón de restos en llamas que se extendían por uno de sus
costados. No había zombis, ni monstruos, y Mikhail no parecía estar empeorando.
La puerta del ayuntamiento estaba abierta cuando llegaron a ella. Había una
docena de joyas colocadas en una especie de reloj de pared situado sobre un
pedestal, lo que significaba que Jill ya había pasado por allí. Carlos sabía
que ella lo conseguiría, pero se sintió aliviado de todas maneras.
—Allí está —dijo Mikhail, y Carlos se limitó a asentir
entrecerrando los ojos cuando una vaharada de humo maloliente los alcanzó.
A su derecha había un gran edificio antiguo, que tanto podía
tratarse de las cocheras del tranvía como del mencionado ayuntamiento. Delante
de ellos, detrás de una pila de cajas que les bloqueaban el paso, había un
tranvía de diseño antiguo, con la pintura roja un poco desvaída. Carlos vio al
acercarse que había otro vagón unido al primero, aunque quedaba casi oculto por
la sombra de un edificio cercano.
Lo más probable era que Jill ya los estuviese esperando en uno
de ellos. Carlos echó a un lado varias cajas con unos cuantos empujones de
cadera mientras Mikhail se enderezaba un poco apoyando una mano contra la pared
de la estación.
—Ya casi hemos llegado —dijo Carlos.
Mikhail le sonrió a duras penas.
—Apuesto a que estás deseando tirarme de culo en un asiento.
—Más estoy deseando sentar mi propio culo para salir de aquí.
Billete sólo de ida, por favor.
Mikhail logró soltar una breve carcajada.
—Me apunto a eso.
Pasaron bajo la sombra del edificio mientras Carlos observaba
las ventanas de los tranvías en busca de alguna clase de movimiento. No vio
nada. Lo que era peor, no sintió nada. Aquel lugar estaba desierto, en silencio
y sin vida.
Jill Valentine, espero que estés echando una siesta ahí dentro.
La puerta corredera del primer vagón del tranvía estaba cerrada por dentro.
Para alivio de los dos, la del segundo no lo estaba. Carlos se aseguró de que
el vagón estuviese vacío por completo y después ayudó a Mikhail a subir a bordo
hasta sentarlo en un asiento al lado de la ventana. En cuanto el jefe de
pelotón estuvo sentado, se deslizó hasta tumbarse a lo largo del banco y
pareció quedarse medio dormido.
—Voy a echarle un vistazo al otro vagón y luego a ver si puedo
encender las luces —le dijo Carlos. Mikhail se limitó a soltar un gruñido por
toda respuesta.
No le sorprendió descubrir que Jill tampoco estaba en el otro
vagón, pero al menos encontró el panel de mandos eléctricos al lado del asiento
del conductor. Pulsó uno de los botones y se encendió una hilera de bombillas
del techo que iluminaron el suelo desgastado de madera y las cubiertas de
vinilo rojo de los asientos acolchados que se alineaban a lo largo de los
laterales del vagón.
—Jill, ¿dónde estás? —murmuró Carlos.
Estaba empezando a preocuparse de verdad por ella. Si le había
ocurrido algo, se sentiría culpable, al menos en parte por no acompañarla hasta
el restaurante.
Mikhail se mantenía consciente a duras penas. Carlos se inclinó
sobre él, pero parecía más un estado de sueño que de coma. Lo más probable era
que ese descanso fuese lo mejor para él mientras no lo pudiera examinar un
médico.
Había un panel de control abierto en la parte trasera del vagón,
y Carlos se arrodilló para revisar el interior. El corazón le dio un vuelco
cuando se dio cuenta de que se trataba de una parte del sistema de energía
primaria, y que se habían llevado algunos componentes del mismo. No tenía ni
idea sobre tranvías, pero no hacía falta ser un genio para comprender que no se
puede poner en marcha un vehículo cuando le han arrancado varios cables, sobre
todo en un sistema tan antiguo como aquél. Por lo que parecía, también faltaba
un fusible.
—¡Hijo de la chingada! —susurró, y oyó una risa débil a su
espalda.
—Conozco justo el chicano suficiente para saber que no deberías
decir algo así delante de tu mamá —dijo Mikhail—. ¿Qué pasa?
—Falta un fusible —contestó Carlos—. Y tenemos que arreglar
estos circuitos. Supongo que al final tendremos que hacer un puente.
—Justo al nordeste de aquí… —empezó a decir Mikhail, pero tuvo
que detenerse para recuperar el aliento con unos cuantos jadeos—, hay una
gasolinera, con un garaje y una tienda de recambios. Es uno de los puntos
señalados… en el mapa. Más allá ya están las afueras. Lo más seguro es que allí
haya piezas y herramientas.
Carlos lo pensó un instante. No quería dejar solo a Mikhail, y
Jill o Nicholai aparecerían en cualquier momento.
Pero no iremos a ningún sitio sin un cable eléctrico y un
fusible de gran amperaje. Además, Mikhail está cada vez peor. ¿Es que tengo
elección?
—Bueno, vale —dijo Carlos con un tono de voz despreocupado
mientras se acercaba a Mikhail. Lo miró, preocupado por el enrojecimiento de
sus mejillas y la palidez de su frente—. Supongo que tendré que acercarme a
echar un vistazo. ¿Quieres venir?
—Ja, ja —susurró Mikhail—. Ten mucho cuidado.
Carlos asintió.
—Intenta dormir un poco. Si aparece alguno de ellos, diles que
volveré en seguida.
Mikhail ya se estaba quedando dormido.
—Claro —murmuró.
Carlos comprobó que el rifle de Mikhail estaba cargado y lo
colocó al lado del asiento acolchado, al alcance de su compañero. Rebuscó en su
mente algo más que decir, algunas palabras de ánimo, y por fin, se limitó a
darse la vuelta y dirigirse a la puerta de salida. Mikhail no era ningún
estúpido, y sabía lo que había en juego.
Su propia vida, entre otras cosas.
Carlos inspiró profundamente y abrió la puerta, rezando para que
la gasolinera no estuviera demasiado lejos.
Chan ya se había marchado, y no sólo no tenía modo alguno de
saber en qué dirección se había marchado, sino que, además, Nicholai no lo
había pillado por poco. El ordenador desde el que al parecer había enviado su
último informe todavía estaba caliente, y el cristal de la pantalla del monitor
aún soltaba chasquidos por la electricidad estática. Nicholai agarró la
pantalla en un súbito ataque de rabia y la lanzó al otro lado de la oficina,
pero no se quedó satisfecho con la explosión tan trivial de fragmentos de
cristal y trozos de plástico barato. Lo que él quería era sangre. Si Chan
regresaba a aquella oficina, Nicholai le daría una paliza tremenda antes de
acabar con su vida.
Recorrió una y otra vez a grandes zancadas la pequeña oficina,
furibundo.
Se burla de mí con su ignorancia. Es tan estúpido, tan inútil…
¿Cómo puede alguien tan inferior seguir con vida?
Nicholai sabía que aquella clase de pensamientos no eran muy
racionales, pero estaba enfurecido con Chan. Davis Chan no merecía ser un
«perro guardián», ni siquiera merecía vivir.
Fue recuperando poco a poco el autocontrol, respirando
profundamente y obligándose a sí mismo a contar hasta cien de dos en dos. El
juego no había hecho más que empezar. Además, el plan de Nicholai dependía de
que poseyera la información que Umbrella deseaba tener…, y si quería robar esa
información, tenía que darles algo de tiempo a los demás «perros guardianes»
para que recogieran los datos precisos. Los informes de campo diarios no eran
más que resúmenes muy sumarios de las condiciones existentes y del número de
víctimas que se utilizaban básicamente para llevar un control de los agentes.
La información importante de verdad se guardaba en unos discos. Ese tipo de
datos procedían de transcripciones de otros documentos descubiertos o de
archivos encontrados en los ordenadores. Los agentes sólo transmitían aquel
tipo de información por módem si la consideraban de importancia crítica o
vital.
Bueno…, mientras aguardo, puedo echarles un vistazo a mis
camaradas, que me esperan en el tranvía.
Nicholai dejó de caminar arriba y abajo al darse cuenta de lo
mucho que había disfrutado engañando a Carlos y a Mikhail. De algún modo, el
hecho de que hubiese dos personas más había convertido el juego en algo mucho
más emocionante. ¿Sospecharían algo de él? ¿Qué estarían comentando sobre su
marcha repentina? ¿Qué pensaban de él?
¿Y cómo sería observar la lenta y dolorosa muerte de Mikhail,
ver cómo iba perdiendo poco a poco su capacidad de razonamiento mientras el
joven Carlos se esforzaba en vano por superar las dificultades?
Nicholai podría inutilizar el mecanismo que hacía sonar las
campanas cuando llegaran a la torre del reloj. Quizá se ofrecería voluntario,
como todo un valiente, para buscar el hospital y regresar con material médico.
Se echó a reír de repente. Fue un sonido bastante áspero que
resonó en el silencio de la estancia. De todas maneras tenía que matar al
doctor Aquino, el científico que debía informar desde el hospital, el que
estaba trabajando sobre la vacuna, y sabía que al doctor le habían ordenado que
supervisara la destrucción de ese mismo hospital antes de marcharse de Raccoon
City, para de ese modo eliminar cualquier prueba que pudiese existir sobre toda
aquella investigación. También quedaban algunos especímenes de armas biológicas
encerrados en el hospital, ejemplares con los que Umbrella había decidido
abandonar toda investigación. Eran los Cazadores de la serie Gamma, por lo que
al hacer estallar por los aires el hospital, Umbrella conseguía dos objetivos
por el precio de uno.
Al parecer, los Cazadores Gamma no eran lo bastante efectivos
para el coste que tenían, aunque por lo que Nicholai sabía, se habían producido
discusiones bastante fuertes sobre la conveniencia o no de destruir los
prototipos. Si pudiese atraer a Carlos hasta un lugar donde tuviese que
enfrentarse a ellos, Nicholai conseguiría una información valiosa de cosecha
propia que también podría vender. Además, de ese modo también cumpliría dos
objetivos con una sola acción.
Todo encajaba, como si existiese una especie de simetría en
ello. Abandonaría la idea por completo si algo salía mal, por supuesto, o si
descubría que interfería con su plan. No era idiota, pero disponer al menos de
un proyecto como aquél para llenar el tiempo libre impediría que se sintiera
frustrado.
Nicholai se giró y se dirigió hacia la puerta, sintiéndose
divertido por aquella pequeña extravagancia. Raccoon City era una especie de
reino encantado donde él era el gobernante, con la capacidad para hacer lo que
quisiese, cualquier cosa que desease. Mentir, asesinar, disfrutar de la gloria
de observar la derrota de otro individuo. Todo eso estaba a su alcance, y,
además, le iban a pagar.
Se sintió recuperado. Había llegado el momento de jugar un poco
más.
Capítulo 13
Jill se había decidido por fin a abrir la persiana metálica y a
salir corriendo cuando oyó disparos fuera: el tableteo agudo de las ráfagas de
un rifle de asalto. Decir que se sintió aliviada sería quedarse corto. El
golpeteo incesante de los zombis contra la puerta le había estado atacando los
nervios, y casi se había sentido tentada de pegarse un tiro para no tener que
seguir oyéndolo. En cuestión de segundos, todo quedó en silencio. Se acercó con
rapidez a la puerta lateral del garaje agachándose para pasar por debajo de un
coche rojo levantado sobre un elevador neumático, y pegó la oreja al metal
frío. Todo estaba en silencio. Los infectados estarían muertos casi con toda
seguridad… ¡Bam, bam, bam!
Jill dio un salto hacia atrás cuando alguien golpeó la puerta y
el corazón le latió al mismo ritmo que los golpes.
—¡Eh! ¿Hay alguien ahí? ¡Los zombis están muertos! ¡Puedes abrir
la puerta!
El acento era inconfundible: se trataba de Carlos Oliveira.
Jill, aliviada de nuevo, abrió el cerrojo y dijo quién era antes de abrir la
puerta.
—Carlos, soy Jill Valentine.
Ella se alegró de verlo, pero la expresión del rostro de Carlos
era de tal felicidad que casi se sintió invadir por la timidez. Dio un paso
atrás para que él pudiera entrar.
—Me alegro tanto de ver que estás bien. Cuando no te vi en el
tranvía, pensé que… —Carlos se calló, aunque era obvio lo que había pensado—.
Bueno, me alegro mucho de verte otra vez.
Su aparente preocupación por ella fue toda una sorpresa para
Jill, y no estaba muy segura de cómo responder a aquello. ¿Debía sentirse
irritada porque la tratase de un modo protector? No se sentía irritada. Que
alguien se preocupara por su bienestar, sobre todo si se tenía en cuenta la
situación caótica en que se encontraban inmersos era, bueno, era agradable.
Y el hecho de que ese alguien sea alto, moreno y atractivo no
está mal tampoco. ¿A que no?
Jill reprimió aquella idea de forma inmediata. Fuese cierto o
no, se encontraban en unas circunstancias de lucha por la supervivencia. Ya
intercambiarían miradas de interés en otro momento, si salían con vida de allí.
Carlos no pareció darse cuenta de su leve incomodidad.
—Bueno, ¿qué hacemos aquí?
Jill le sonrió a medias.
—Me desvié. Supongo que no habrás visto al monstruo de
Frankenstein por ahí fuera, ¿verdad?
Carlos frunció el entrecejo.
—¿Has visto otra vez a ese tipo?
—No es un hombre, es un monstruo. Lo llaman Tirano, si es lo que
creo que es…, bueno, o alguna clase de variante. Es una criatura biosintética,
con una fuerza tremenda y muy difícil de matar. Al parecer, Umbrella ha
descubierto cómo programar su comportamiento para que realice una tarea
específica… en este caso, matarme.
Carlos la miró con expresión de escepticismo.
—¿Por qué tú?
—Es bastante largo de contar. La respuesta más corta es porque
sé demasiado. Bueno, el caso es que me estaba escondiendo aquí, pero…
Carlos terminó la frase por ella.
—Una panda de zombis apareció en la puerta y te puso difícil lo
de marcharte. Ya veo.
Jill asintió.
—¿Y tú qué? Me dijiste que ibas hacia el tranvía. ¿Qué estás
haciendo aquí?
—Me encontré con otros dos miembros del UBCS. A uno de ellos le
habían pegado un tiro. Todavía está vivo, y al menos no está empeorando. Ése es
Mikhail. El otro, Nicholai, pensó que quizá sabía dónde podría conseguir
explosivos, así que Mikhail y yo nos fuimos al tranvía para esperarlo. Al
parecer, hay preparado un plan de evacuación si logramos llegar hasta la torre
del reloj y hacemos repicar las campanas. Conseguimos que suenen y llegan los
helicópteros.
Carlos se dio cuenta de la expresión de la cara de Jill y se
encogió de hombros con una sonrisa.
—Sí, lo sé. Me han dicho que existe una especie de señal por
ordenador, pero no sé cómo funciona. Buenas noticias, sólo que para que el
tranvía funcione nos hacen falta un par de cosas: un cable eléctrico y uno de
esos fusibles antiguos. Mikhail me dijo que había una tienda de piezas de
repuesto por aquí. Es uno de los jefes de pelotón, y se estudió a fondo los
mapas antes de que llegáramos aquí.
Carlos se quedó callado un momento y luego asintió, como si
hubiera resuelto alguna especie de enigma.
—Nicholai también tiene que haber estudiado los mapas, por eso
no le hizo falta que le dijéramos dónde estaba.
—Carlos, Mikhail, Nicholai… Umbrella no discrimina con respecto
a las nacionalidades por lo que veo.
Jill hizo el comentario con un poco de brusquedad, sobre todo
para ocultar una sensación de inquietud cada vez mayor. Estaba convencida de
que Carlos era un tipo legal, pero eso de otros dos soldados, y uno de ellos
jefe de pelotón… ¿Qué probabilidades había de que los tres fueran buenas
personas engañadas por quien los había contratado? Umbrella era el enemigo, y
no podía perder eso de vista.
Carlos ya se estaba alejando en dirección al coche rojo en
proceso de reparación.
—Si le estaban realizando alguna comprobación eléctrica, tendría
que haber… ¡Ahí está! ¡Eso es lo que busco!
Al parecer, Carlos había visto el tipo de cable que necesitaba
entre la maraña de alambres y tubos que salían de debajo del capó del coche.
Algunos de ellos estaban conectados a aparatos que Jill no conocía, y otros tan
sólo estaban tirados por el suelo de cemento lleno de restos de aceite y grasa
para coches.
—Ten cuidado —dijo Jill acercándose hasta él mientras Carlos
alargaba la mano y recogía uno de los cables, de color verde oscuro.
Jill sentía una desconfianza instintiva hacia toda clase de
material relacionado con la electricidad, y creía que la gente que se dedicaba
a trastear con cables estaba pidiendo a gritos acabar electrocutada.
—No te preocupes —dijo Carlos con tranquilidad—. Sólo un tonto
de verdad se dejaría alguno de estos conectados a…
¡Craaac!
Un chispazo blanco anaranjado saltó de uno de los cables tirados
por el suelo. Restalló con el sonido y el resplandor de un disparo. Antes de
que Jill pudiera soltar un grito, el suelo estalló en llamas. No hubo una
llamarada que recorriera el lugar, ni una sensación de que fuera el fuego a
más. De repente, en un instante, todo el lugar quedó cubierto de llamas de casi
un metro de altura que seguían creciendo.
—¡Por aquí! —gritó Jill, y echó a correr hacia la puerta que
llevaba a la oficina mientras el incendio provocado por el aceite le azotaba la
piel desnuda.
Cuando esto llegue al depósito de gasolina del coche, todo va a
estallar, tenemos que salir de aquí.
Carlos corría justo detrás de ella, y a Jill se le heló la
sangre en cuanto entraron en la oficina. A la mierda el coche. Lo del coche no
iba a ser nada comparado con lo que sucedería cuando las llamas llegasen a los
tanques de combustible situados debajo de los surtidores de la gasolinera.
Al lado de la persiana metálica que protegía la puerta delantera
colgaba una cadena de polea. Jill se abalanzó hacia ella, pero Carlos fue más
rápido. Agarró la cadena y tiró de ella con todas sus fuerzas, una mano tras
otra. La persiana fue subiendo poco a poco a pesar del frenético tintineo de
los eslabones metálicos.
—Tírate al suelo y sal a rastras —le dijo Carlos alzando la voz
para que lo oyera por encima del fuerte ruido provocado por la cadena y el
restallido de las llamas que empezaban a entrar en la oficina.
—Carlos, los surtidores de ahí fuera…
—¡Lo sé! ¡Sal de aquí!
El borde inferior de la persiana ya estaba a poco menos de medio
metro del suelo, así que Jill se dejó caer y se pegó al suelo todavía frío.
—¡Déjalo! ¡Ya es suficiente! —gritó antes de salir
arrastrándose.
Un momento después, ya estaba fuera y se levantaba a
trompicones. Se dio la vuelta y alargó una mano hacia Carlos para tirar de él.
Algo explotó dentro del garaje con un estallido sordo.
Puede que sea una lata de gasolina o aquel armario lleno de
aceite de maquinaria. Dios, deben haberme echado una maldición, siempre hay
algo estallando a mi alrededor.
Carlos la agarró del brazo sacándola de su inmovilidad.
—¡Vámonos!
No hizo falta que se lo dijera dos veces. Echó a correr con
Carlos a su lado mientras la luz cada vez más fuerte que salía por las ventanas
de la tienda de piezas de repuesto iluminaba con una extraña coloración
anaranjada los cadáveres de al menos ocho infectados.
La situación no era buena. La calle estaba atestada y casi
cortada, y no se veía ningún camino libre para escapar a tiempo. Jill sentía
los segundos pasar volando mientras se esforzaban por atravesar el laberinto de
metal destrozado y de cristales rotos. La primera explosión de verdad y el
estampido de las ventanas al saltar hechas añicos sonó demasiado cerca. Todavía
no se habían alejado lo suficiente, pero lo único que podían hacer era lo que
precisamente estaban haciendo…, aparte de rezar para que el fuego no alcanzara
los depósitos de combustible subterráneos.
Quizá deberíamos ponernos a cubierto ya; a lo mejor ya estamos
fuera del radio de acción de la explosión…
De algún modo, ni lo oyó. O más bien, oyó una ausencia repentina
y total de cualquier sonido. Quizá estaba demasiado concentrada en sortear
aquel tráfico silencioso e inmóvil en mitad de la oscuridad, en el palpitar de
la sangre que le resonaba en los oídos, en el tiempo que pasaba. Lo único que
supo fue que estaba corriendo y que al instante siguiente, una onda expansiva
gigantesca la levantó desde atrás y la lanzó hacia arriba y hacia adelante al
mismo tiempo. El lateral arrancado de un camión pasó a toda velocidad a su lado
mientras Carlos gritaba algo, y un instante después, no había nada más que
oscuridad, nada más que un sol lejano que se solapaba con los bordes de esa
oscuridad y que le enviaba en sueños unos tremendos rayos de luz hiriente.
Mikhail se moría, hundiéndose en un delirio febril que sin duda
terminaría acabando con él. Lo único que Nicholai había conseguido saber
gracias al moribundo era que Carlos había ido en busca de piezas para reparar
el tranvía, y que regresaría muy pronto. Nicholai tendría que esperar a que la
fiebre de Mikhail remitiese o a que Carlos regresase si había algo más que
debiera saber, y ninguna de las dos posibilidades parecía probable. Sin duda,
el estado de Mikhail empeoraría, y tanto la fuerte explosión que había
estremecido hasta el tranvía, como el resplandor del cielo con el que había
coincidido, sugerían que se había producido un incendio en la gasolinera. No
era seguro que Carlos tuviese la culpa de aquello, pero Nicholai sospechaba que
lo más probable era que así fuese, y que Carlos Oliveira había acabado
convertido en un trozo de carne chamuscada.
Lo que significa que seré yo quien tendrá que encontrar en
persona un cable eléctrico si quiero ir hasta el hospital montado en este
cacharro.
Era algo irritante, pero no se podía evitar. Nicholai había
encontrado una caja de fusibles de repuesto en la estación, y también un bidón
de casi veinte litros de mezcla de aceite en las proporciones adecuadas para
poner en marcha el tranvía y llevarlo hasta el hospital, pero no disponía de
conexión eléctrica ni de cables de ninguna clase para hacer un puente en los
circuitos dañados. Nicholai se preguntó por qué a Carlos no se le había
ocurrido entrar en el almacén de mantenimiento de la estación, y decidió que lo
más probable era que se debiera a su falta de imaginación.
—No…, no, no puedo… ¡Fuego! ¡Fuego a discreción! Creo que…, creo
que…
Nicholai sintió curiosidad y apartó la vista de la inspección
del panel de control que estaba efectuando, pero fuese lo que fuese lo que
Mikhail estaba pensando se perdió cuando cayó de nuevo en su sueño intranquilo.
El viejo banco no dejó de crujir bajo sus movimientos incesantes. A Nicholai le
pareció patético; al menos, podría haber balbuceado algo interesante.
Nicholai se puso en pie y se desperezó antes de girarse hacia la
puerta. Ya había añadido la mezcla de aceite al rudimentario sistema de
depósitos del motor, pero había encontrado los fusibles equivocados. Tendría
que conseguir otro de regreso a la ciudad, y lo más probable era que tuviese
que volver al puñetero aparcamiento hasta donde había seguido a Mikhail.
Recordó que había algunas estanterías con piezas de maquinaria en aquel lugar.
Todo aquel ir para arriba y para abajo empezaba a cansarlo, pero al menos, la
mayor parte de los caníbales de la zona ya estaban liquidados del todo, así que
no tardaría demasiado, y cuando regresase, podría recompensarse a sí mismo por
todos aquellos esfuerzos: le diría a Mikhail quién era el responsable de su
muerte cada vez más cercana.
Salió al andén del tranvía, y estaba pensando dónde dormiría
aquella noche cuando divisó un par de siluetas que se dirigían tambaleantes
hacia el vagón. Sus formas quedaban ocultas a medias a pesar de la luz que les
daba procedente de una pequeña hoguera situada en la esquina noroeste del
andén. Nicholai se dio cuenta cuando se acercaron más, de que, después de todo,
Carlos había logrado escapar de la muerte, y de que traía con él a una mujer,
sin duda, la misma de que le había hablado en el tranvía. Ambos estaban
chamuscados, con la piel enrojecida y llena de ceniza. Por lo visto, no estuvo
muy desencaminado cuando pensó quién había iniciado el fuego…
Y una vez más, ¡comienza el juego!
—¡Carlos! ¿Estás herido? ¿Alguno de los dos lo está?
Avanzó unos pasos para que pudieran verlo con claridad y se
fijaran en la expresión de preocupación de su rostro.
Fue obvio que Carlos se alegraba de verlo.
—No, estoy… Los dos estamos bien, sólo un poco magullados. La
gasolinera se incendió y estalló. Jill perdió el conocimiento durante un minuto
o dos, pero está…
Carlos carraspeó de repente y señaló con un gesto de la barbilla
a la mujer.
—Esto…, Jill Valentine, éste es el sargento Nicholai Ginovaef,
UBCS.
—Por favor, llámame Nicholai —dijo él, pero Jill tan sólo se lo
quedó mirando con una expresión indescifrable en la cara.
Al parecer, la señorita Valentine no estaba interesada en hacer
nuevos amigos. Eso le gustaba, aunque no sabía con exactitud el motivo. Llevaba
un revólver del 357 en la mano y lo que parecía una nueve milímetros metida en
la cinturilla de una falda bastante, bastante ajustada.
—Estamos en deuda con usted por contarle a Carlos la existencia
del tranvía. ¿Es de la policía? —preguntó Nicholai.
Jill siguió mirándolo fijamente, y a ninguno le cupo duda alguna
de la belicosidad del tono de su respuesta.
—Todos los policías están muertos. Soy miembro de los STARS, la
Escuadra de Tácticas Especiales y Rescates.
Vaya, vaya, sí que es irónico. Me pregunto si se habrá
encontrado ya con la sorpresita que le tiene preparada Umbrella.
Si lo hubiera hecho, lo más probable era que no estuviese
delante de él en ese momento. A menos que estuviese herido, un Tirano normal
podía partir por la mitad a un ser humano sin ni siquiera ejercer una cuarta
parte de su fuerza total. Alguien como Jill Valentine no tenía ninguna
oportunidad frente a algo mucho más avanzado: el nuevo juguete que Umbrella
había planeado hacer aparecer.
Nicholai estaba encantado con aquella coincidencia tan extraña:
encontrarse con un miembro de los STARS. Le hacía sentir que todo estaba en
orden, que los pensamientos que tenía en la cabeza se reflejaban en el mundo
que lo rodeaba.
—¿Cómo está Mikhail?
Nicholai apartó la vista de la mirada fija de Jill para
contestarle a Carlos y para no parecer demasiado beligerante.
—Me temo que no está demasiado bien. Deberíamos irnos en cuanto
podamos. ¿Has encontrado algo útil? Mikhail me ha dicho que ibas a pasarte por
la tienda de piezas de repuesto.
—Todo ha desaparecido, está todo quemado —contestó Carlos—.
Supongo que tendremos que…
—¿Conseguiste los explosivos? —lo interrumpió Jill, que no había
dejado de mirar con fijeza a Nicholai—. ¿Dónde están?
No fue una pregunta hostil de forma abierta, pero casi. Tampoco
es que fuera sorprendente, dada la situación. Lo último que se sabía de los
STARS era que habían descubierto información sobre la verdadera naturaleza de
las investigaciones llevabas a cabo por Umbrella en la mansión Spencer. Por
supuesto, habían quedado desacreditados más adelante, pero Umbrella llevaba
intentando librarse de ellos desde entonces.
Si todos son tan suspicaces como ésta, no me extraña que los de
Umbrella no hayan tenido éxito.
—No encontré explosivos porque no los había —contestó él con
lentitud, y después decidió apretar un poco para ver lo directa y franca que
podía llegar a ser—. Lo único que encontré fueron cajas vacías. Señorita
Valentine, ¿hay algo que le preocupe? Parece…, tensa.
Nicolai dirigió una rápida mirada a Carlos de forma deliberada,
como si estuviera furioso por haber traído a aquella mujer desconfiada. Carlos
se ruborizó y empezó a hablar con excesiva rapidez y de manera atropellada para
desviar la conversación.
—Creo que todos estamos un poco tensos, pero lo más importante
ahora es Mikhail. Tenemos que sacarlo de aquí.
Nicholai se quedó mirando a Jill un momento más antes de asentir
y apartar la vista para centrar su atención en Carlos.
—De acuerdo. Si tú te encargas de conseguir el cable, yo veré
qué puedo hacer con lo del fusible. Hay una central eléctrica no muy lejos de
aquí. Echaré un vistazo. Estoy seguro de que vi cables de batería en el garaje
donde encontramos a Mikhail. Nos veremos aquí dentro de media hora sin importar
si encontramos o no todo eso.
Carlos y Jill asintieron. Nicholai hizo caso omiso a las claras
de la respuesta de Jill y se dirigió sólo a Carlos.
—Bien. Le echaré un vistazo a Mikhail antes de irme. En marcha.
Se dirigió hacia el tranvía como si todo estuviera ya en orden,
y se felicitó a sí mismo en silencio mientras subía al vagón. Irían a buscar el
cable por orden suya, mientras que él tan sólo tendría que caminar una docena
de pasos para llegar a la estación del tranvía y rebuscar en una caja.
Eso que significa que dispongo de mucho tiempo de sobra. Me
pregunto de qué hablarán cuando yo no esté cerca de ellos.
Quizá podría preparar un encuentro con ellos mientras
regresaban, y los vigilaría durante unos minutos antes de revelar su presencia.
Nicholai se acercó hasta donde Mikhail estaba durmiendo y le
sonrió, muy satisfecho de sí mismo. Por fin la situación se estaba poniendo
interesante. Carlos hacía lo que le ordenaba, Mikhail estaba a las puertas de
la muerte, y, además, la mujer de los STARS había aparecido para complicar todo
el asunto, por así decirlo. Miró por la ventana del tranvía y no los vio: ya
habían desaparecido en la oscuridad. Jill Valentine sospechaba de él, pero sólo
por lo que sabía de Umbrella. Nicholai estaba seguro de que si disponía del
tiempo suficiente, ella lo aceptaría, confiaría en él, y hasta le caería bien.
—Y si no lo hace, la mataré con los demás —dijo con voz suave.
Mikhail dejó escapar un gemido de inquietud pero siguió
durmiendo, y Nicholai se marchó en silencio unos momentos después.
Capítulo 14
Aunque lo más probable era que tuvieran bastante sobre lo que
hablar, ni a Jill ni a Carlos les apetecía de verdad. Tenían que conseguir un
cable eléctrico de conexión, regresar al tranvía, y no morir en el intento. No
era precisamente el momento adecuado para dedicarse a charlar, aunque las
calles parecieran despejadas. Después de la experiencia que habían compartido
al huir a la carrera de la gasolinera, Carlos no se imaginaba a ambos charlando
como si tal cosa.
De todas maneras, ¿de qué íbamos a hablar? ¿Del tiempo? ¿De
cuántos amigos suyos están muertos? ¿Sobre si ese bicho Tirano o lo que sea va
a aparecer o no de repente para matarla en cualquier momento, o sobre las diez
razones por las que no le gusta Nicholai?
Era obvio que Jill no se sentía tranquila con Nicholai, y eso se
debía casi con toda seguridad a los sentimientos que albergaba contra Umbrella.
Carlos creía que a Nicholai tampoco le gustaba ella, aunque no comprendía del
todo el motivo. El jefe de escuadra se había comportado de un modo muy correcto
con ella, aunque un poco enérgico. A Carlos le gustaba que Jill no se
comportase así con él, de forma suspicaz y agresiva, pero la animadversión
mutua entre ella y Nicholai lo había puesto un poco nervioso. Por muy típico
que pudiera sonar, debían mantenerse unidos si querían sobrevivir. En cualquier
caso, Jill no parecía dispuesta a dar el primer paso para hablar sobre ello,
Carlos estaba demasiado ocupado discutiendo consigo mismo si les hablaba o no a
los demás sobre Trent, y ambos estaban cubriéndose las espaldas el uno al otro.
Caminaron en silencio desde el tranvía en dirección al centro de la ciudad, y
ya casi habían llegado al garaje cuando Carlos vio a alguien a quien reconoció.
El muerto estaba recostado contra la esquina de un callejón
serpenteante, no muy lejos de los cadáveres grotescos de dos criaturas de
Umbrella que Carlos ya había visto un par de veces al pasar por allí en las dos
horas anteriores, parecidas al monstruo que había matado cerca del restaurante.
Por el aspecto que tenía el cadáver, llevaba allí algún tiempo, lo que
significaba que Carlos también había pasado a su lado sin percatarse de su
presencia. Era bastante inquietante darse cuenta de que ya ni miraba a las
caras de los muertos, pero estaba demasiado sorprendido para hacer caso durante
mucho tiempo a ese sentimiento.
—Eh, yo conozco a este tipo —dijo mientras se acuclillaba a su
lado e intentaba recordar su nombre.
¿Hennesy? No, Hennings, ése era su nombre. Alto, cabello negro,
una leve cicatriz que le corría desde la comisura de los labios hasta la
barbilla. Tenía una sola herida de bala en la cabeza y no presentaba signos
evidentes de descomposición. ¿Y qué coño estaba haciendo aquí?
Jill caminaba un poco por delante de Carlos cuando éste se
agachó. Se dio la vuelta y se acercó hasta él mientras echaba un vistazo a
escondidas a su reloj.
—Siento lo de tu amigo, Carlos, pero tenemos que seguir, de
verdad —dijo con voz amable.
Carlos negó con la cabeza al mismo tiempo que palpaba las ropas
del muerto en busca de munición o de alguna clase de identificación.
—No, no. No éramos amigos. Lo conocí en la oficina de campaña
justo después de que me contrataran. Creo que trabajaba para otra rama del
UBCS. Este tío era una especie de agente secreto, un antiguo militar y, desde
luego, no vino a Raccoon City con nosotros… Eh, ¿qué es esto?
Carlos sacó de la chaqueta de Hennings una agenda pequeña con
tapas de cuero del tamaño de un libro de bolsillo. Se trataba de un diario.
Pasó las páginas y vio que la última anotación databa de dos días atrás.
—Esto podría ser importante —comentó mientras se ponía en pie—.
Estoy seguro de que Nicholai lo conocía. Querrá echarle un vistazo a esto.
Jill frunció el entrecejo.
—Si es tan importante, a lo mejor deberías echarle un vistazo
ahora mismo. Quizá…, quizá menciona a Nicholai o a Mikhail.
Dijo lo último a la ligera, pero Carlos comprendió lo que quería
decirle, y no le gustó demasiado.
—Mira, puede que Nicholai sea algo distante y estirado, pero no
lo conoces. Ha perdido a toda su escuadra esta misma tarde, a hombres a los que
lo más probable es que conociera desde hace años, ¿por qué no le das una
oportunidad?
Jill no cedió.
—¿Por qué no le echas un vistazo a ese diario mientras yo
consigo el cable? Dices que este tipo es una especie de agente secreto que
trabaja para Umbrella, y que en realidad no debería estar aquí. Pues a mí me
gustaría saber qué dijo él en sus últimas horas. ¿Tú no?
Carlos se la quedó mirando un momento más antes de asentir con
cierta reticencia y permitir que la tensión desapareciese. Jill tenía razón. Si
había algo escrito que explicase con claridad lo que había ocurrido en Raccoon
City, quizá les podría ser de utilidad.
—De acuerdo. Pilla todos los cables que puedas y vuelve
enseguida, ¿vale?
Jill asintió y desapareció un segundo más tarde entre las
sombras sin hacer ni un ruido. Le parecía sorprendente lo sigilosa que era.
Para lograr aquello era necesario un entrenamiento muy riguroso. Aunque no
sabía mucho sobre ellos, Carlos había oído hablar de los STARS, y le habían
comentado que eran muy buenos en su trabajo. Desde luego, Jill Valentine era
una demostración de ello.
—Vamos a ver qué te cuentas, Hennings —murmuró Carlos mientras
abría el diario y empezaba a leer la última anotación.
No sabía que esto iba a ser así. Se lo debo todo, pero habría
rechazado este trabajo si lo hubiese sabido. Son los gritos. No puedo
aguantarlo más. ¿A quién coño le importa que mi tapadera se vaya a la mierda?
Todo el mundo va a morir, ya no tiene sentido. Las calles están llenas de gente
gritando y tampoco eso importa.
Cuando la compañía me salvó el culo hace dos años, me dijeron
que iba a empezar a trabajar en la sombra, y no me importó. Estaban a punto de
ejecutarme. Hubiera accedido a quitar mierda a paladas durante diez años.
Además, lo que me dijo el representante no sonaba tan mal: yo, con otros
convictos, íbamos a recibir entrenamiento como agentes y nos encargaríamos de
los aspectos ilegales de sus investigaciones. Ya tenían un departamento legal
en ese sentido, un par de unidades paramilitares, los chavales de contramedidas
biológicas, un grupo bastante apañado de protección medioambiental. Nuestro
trabajo iba a consistir en limpiar la mierda antes de que se diera cuenta
demasiada gente de lo que sucedía, y de asegurarnos de que la gente que se
diera cuenta no tuviera ninguna oportunidad de contarlo.
Después de seis meses de entrenamiento intensivo, estaba
preparado para enfrentarme a cualquier cosa. Nuestra primera misión fue
librarnos de algunos sujetos de prueba que se habían escapado y escondido.
Aquella gente quería contarlo todo sobre el medicamento que les habían
inyectado, que se suponía que detenía el proceso de envejecimiento pero que en
vez de eso les produjo cáncer. Nos llevó un tiempo, pero al final los pillamos
a todos. No me siento orgulloso por eso, o por todo lo que he hecho en este último
año y medio, pero he aprendido a vivir con ello.
Me escogieron entre muchos para la operación Perro Guardián. Nos
infiltraron en la ciudad justo después del primer escape de virus, por si
acaso, pero no todo el mundo fue elegido para ser un «perro guardián». Me
dijeron que estaba más «comprometido» que los demás, que yo no me derrumbaría
si veía morir a otros. ¡Dos hurras para mí! Trabajé en un almacén durante dos
semanas como especialista de inventarios a la espera de que ocurriera algo,
aburrido como una ostra, y de repente, todo sucedió de golpe. No he dormido
desde hace tres días, y todo el mundo sigue gritando hasta que los devoradores
de carne los alcanzan y las víctimas mueren o también comienzan a comer.
He intentado contactar con algunos de los demás, con los
infiltrados, pero no puedo encontrar a nadie. De todas maneras, sólo conozco a
unos cuantos, a cuatro, en concreto, de los elegidos para convertirse en
«perros guardianes»: a Terry Foster, a Martin, a ese ruso espeluznante y al
doctor con gafas del hospital. A lo mejor están muertos ya, a lo mejor han
conseguido escapar, a lo mejor todavía los tienen que enviar. No me importa. No
he informado a la central desde anteayer, y por mí, Umbrella se puede ir a
tomar por culo y acabar ardiendo en el infierno. Estoy seguro de que nos
veremos allí.
He elegido apretar el gatillo yo mismo, pegarme un tiro en la
cabeza para no volver hecho un zombi. Ojalá hubieran dejado que me ejecutaran.
Me lo merecía. Nadie se merece esto. Lo siento. Si alguien encuentra este
diario, por favor, que me crea.
El resto de las páginas estaba en blanco.
Carlos se arrodilló al lado de Hennings envuelto por una especie
de aturdimiento y examinó la mano derecha del cadáver en busca de residuos de
pólvora. Allí estaban. Alguien se habría llevado la pistola después de…
—¿Carlos?
Alzó la mirada y vio a Jill con un puñado de cables en la mano y
una expresión de preocupación curiosa en su cara sucia y atractiva.
Ese ruso espeluznante.
¿A cuántos rusos se podría referir? Carlos no tenía ni idea de
lo que era un «perro guardián», pero pensó que Nicholai tendría que darles
algunas explicaciones…, y que quizá sería buena idea volver lo antes posible al
lado de Mikhail.
—Creo que te debo una disculpa —dijo Carlos al mismo tiempo que
sentía de repente un nudo en el estómago. Nicholai había encontrado a Mikhail
justo después de que alguien le pegara un tiro al jefe de pelotón; en teoría,
un desconocido.
—¿Por qué? —preguntó Jill.
Carlos se metió el diario en un bolsillo del chaleco. Miró por
última vez el cadáver de Hennings y sintió asco y pena a la vez, unidos a una
furia creciente contra Umbrella, contra Nicholai, contra sí mismo por ser tan
ingenuo.
—Ya te lo contaré en el camino de vuelta —respondió a la vez que
empuñaba el rifle de asalto con tanta fuerza que las manos empezaron a
temblarle mientras su furia crecía y crecía como una marea roja—. Nicholai ya
debe de estar esperándonos.
Nicholai colocó el fusible nuevo en el panel de control del
tranvía y después decidió esperar dentro de la estación a que Carlos y Jill
regresaran. Muchas de las ventanas del primer piso estaban rotas, y el interior
se encontraba a oscuras. Podría oír cualquier conversación que tuvieran cuando
entraran en el andén. Estaba seguro de que Jill le daría a Carlos unos cuantos
consejos de advertencia sobre Umbrella, quizá incluso sobre el propio Nicholai,
y la verdad es que no podía evitarlo: quería saber lo que la mujer de los STARS
tenía que decir sobre él, qué clase de cháchara paranoica le soltaría y también
quería ver cómo reaccionaría Carlos. Se reuniría con ellos un minuto o dos
después de que subieran al tranvía y les diría que había estado echando un vistazo
por el edificio en busca de suministros o cualquier otra cosa, y ya vería cómo
se desarrollaba todo a partir de ahí.
¿Viajo en grupo?, ¿o mejor solo? Quizá convendría que
permaneciéramos juntos esta noche para buscar comida y hacer turnos de guardia.
Podría matarlos mientras duermen. Podría engañarlos para que me acompañaran al
hospital y hacer que se enfrentaran a los Cazadores. Podría desaparecer y dejar
que se marcharan pensando que su querido amigo había muerto.
Nicholai sonrió. Una leve y fría brisa nocturna entró por una de
las ventanas rotas con los cristales destrozados y le acarició el rostro. Lo
cierto era que las vidas de los tres estaban en sus manos. Era una sensación de
poder muy fuerte, algo casi embriagador, disponer de aquella clase de control.
Lo que en un principio no había sido más que una misión por dinero había
evolucionado hasta convertirse en algo nuevo, algo distinto por completo, algo
para lo que no tenía palabras. Era un juego, pero también era algo mucho más
que eso. Una comprensión del destino humano como jamás había experimentado.
Nicholai ya sabía que él era muy diferente, que no percibía las reglas y
límites de la sociedad igual que los demás. Su llegada a Raccoon City se había
convertido en una amplificación de aquello, en una realidad alternativa en la
que ellos eran los extraños, los ajenos a la situación, y él era el único que
conocía lo que estaba pasando en realidad. Por primera vez en su vida, se
sintió libre por completo para hacer lo que quería.
Oyó chirriar la puerta del callejón que llevaba al andén. Lo
hizo con lentitud, en un intento de sigilo. Nicholai se apartó de la ventana.
Un segundo después, los dos jóvenes se pusieron a la vista, moviéndose de un
modo casi tan silencioso como él. Se fijó, algo sorprendido, en que estaban
inspeccionando la zona como si esperaran problemas de alguna clase. Quizá se
han encontrado con la criatura, con el Tirano. Si la criatura estaba siguiendo
a Jill, eso sí que pondría interés a la situación, aunque Nicholai tenía muy
claro que se apartaría de su camino y que le permitiría matar a la chica si al
final aparecía. El monstruo se cargaría a todo aquél lo bastante estúpido para
interponerse en su camino. Nicholai no sentiría ningún remordimiento en echarse
a un lado.
Jill avanzaba por delante de Carlos, y cuando se acercaron un
poco más, con paso precavido y sigiloso, Nicholai pudo ver que ella llevaba
bastantes cables colgados del hombro.
Quizá los dejaría vivir un poco más después de todo; estaban
resultando ser unos ayudantes muy útiles.
—Todo despejado —susurró Carlos, y Nicholai sonrió. Los oía a la
perfección.
—Ya tendría que haber regresado, si no se ha encontrado con una
de esas criaturas —respondió Jill con otro susurro.
La sonrisa de Nicholai titubeó por un momento. Parecía
imposible, pero… ¿estaban peinando la zona por él?
—Propongo que nos acerquemos a él como si no supiésemos nada —dijo
Carlos manteniendo la voz baja—. Subimos, nos ponemos cada uno a un lado y le
obligamos a que nos entregue el rifle. También lleva un cuchillo.
¿Qué pasa? ¿qué ha cambiado? —Nicholai se sentía confundido,
inseguro—. ¿Qué es lo que han sabido?
Jill asintió.
—De acuerdo. Déjame a mí hacerle las preguntas. Conozco mejor a
Umbrella y creo que tengo más posibilidades de convencerlo de que lo sabemos
todo sobre la operación Perro Guardián. Si cree que ya lo sabemos todo…
—… no se preocupará por intentar ocultar nada. —Carlos acabó la
frase—. Vale. Venga, hagámoslo. Mantén tu arma preparada por si acaso nos tiene
reservada alguna sorpresita.
Jill asintió de nuevo y ambos se enderezaron. Carlos incluso se
echó el rifle al hombro. Se pusieron en marcha hacia el tranvía sin preocuparse
de que les oyeran.
La furia que se apoderó de Nicholai fue tan feroz, tan intensa,
que por un momento se vio cegado por ella de un modo literal. Unos destellos
púrpura alternados con momentos de negrura le azotaron el cerebro, de forma
enloquecida y violenta, y lo único que impidió que se lanzara a la carrera
hacia el andén para acribillarlos a los dos fue el conocimiento remoto de que
estaban preparados para repeler su ataque. Casi lo hizo, de todas maneras. El
impulso, la necesidad de hacerles daño era tan fuerte que las consecuencias le
parecían poco importantes. Le hizo falta recurrir a todo su autocontrol para
quedarse quieto, para ponerse en pie, estremecerse y no ponerse a gritar.
Después de un lapso de tiempo indeterminado, oyó el motor del
tranvía ponerse en marcha, y el sonido lo llevó de vuelta a la realidad. Su
mente se puso a trabajar de nuevo, pero tan sólo pudo concluir razonamientos
sencillos, como si su rabia fuese demasiado intensa para permitir ideas de
mayor complejidad.
Sabían que no les había dicho la verdad. Sabían algo sobre la
operación Perro Guardián, y sabían que estaba involucrado en ella, por lo que
se había convertido en su enemigo. Ya no se produciría la consumación del
trabajo cuidadoso y concienzudo que había diseñado, no se produciría un
desarrollo del sentimiento de camaradería hacia él. Todo aquello había sido una
pérdida de tiempo…, y para echarle sal a la herida, iba a tener que ir andando
hasta el hospital.
Nicholai apretó con más fuerza todavía los dientes para ahogar
el odio impotente que amenazaba con aplastarlo desde su mismo interior, como un
secreto infectado. Cómo se atrevían a robarle su sentido del autocontrol, como
si tuvieran derecho a hacerlo.
Mis planes, mi dinero, mi decisión. Míos, no suyos, míos… Tras
un momento, aquel mantra continuado comenzó a funcionar y lo calmó un poco. Las
palabras lo tranquilizaban por la verdad que conllevaban. «Míos, yo decido,
yo.»
Nicholai inspiró profundamente varias veces y se concentró en lo
único que le podría aliviar la rabia mientras oía al tranvía alejarse con
lentitud.
Encontraría un modo de que se las pagasen todas juntas. Los
haría pedir misericordia, y se reiría a carcajadas mientras gritaban de dolor.
Capítulo 15
Jill estaba de pie al lado de Carlos, frente a los mandos del
tranvía. Miraba al exterior, donde las ruinas de Raccoon City pasaban a su lado
con lentitud. No podían ver demasiado con el haz amarillento del único faro,
pero había numerosos incendios pequeños que nadie apagaba, y el trozo de luna
que brillaba en el cielo lo iluminaba todo con su luz fría: calles repletas de
escombros, y cascotes, ventanas rotas o tapiadas con tablas de madera, sombras
vivientes que se tambaleaban y vagabundeaban sin dirección fija.
—No vayas muy rápido —dijo Jill—. Si las vías están bloqueadas y
vamos a demasiada velocidad…
Carlos la miró con un gesto irritado.
—Vaya, pues no había pensado en eso. Gracias.
Su sarcasmo se merecía una contestación, pero Jill estaba
demasiado cansada para ponerse a discutir, y le parecía que todo su cuerpo no
era más que un enorme moretón.
—Sí, vale. Lo siento.
Las vías seguían deslizándose ante ellos mientras Carlos
manejaba con cuidado los mandos y frenaba la marcha hasta casi convertirla en
un paso de tortuga cada vez que aparecía una curva. Jill quería sentarse,
incluso marcharse al otro vagón y tumbarse al lado de Mikhail. Quedaban unos
cuantos kilómetros hasta llegar a la torre del reloj, y al paso que iban, hasta
alguien al trote iría a mayor velocidad que ellos, pero sabía que Carlos
también estaba cansado. Lo menos que podía hacer era dejar que le dolieran los
pies durante un rato más a su lado.
No habían hablado todavía sobre Nicholai por alguna especie de
acuerdo tácito, quizá porque especular sobre dónde estaba o qué estaba haciendo
no serviría de nada. Estuviese lo que estuviese haciendo, ellos se iban de la
ciudad. Si lograban sobrevivir, Jill estaba más decidida que nunca a que
Umbrella pagara por sus crímenes, y eran los directivos de Umbrella los
responsables de las muertes en Raccoon City, no Nicholai.
Su intuición había acertado con Nicholai. Aquel individuo no
desconocía las maldades que Umbrella había cometido, aunque Jill no había
llegado a sospechar la profundidad de su engaño. Al parecer, por lo que había
leído en el diario que Carlos había encontrado, la compañía estaba preparada
por si la población de Raccoon resultaba infectada, y había organizado un grupo
secreto para que redactara informes sobre la catástrofe. Algo asqueroso, pero
no sorprendente.
Después de todo, estamos hablando de Umbrella. Si pueden diseñar
mediante ingeniería genética y de forma ilegal virus mutantes y, además,
efectuar una cría de monstruos asesinos a los que inyectarles esos virus, ¿por
qué no sacarle el máximo partido a un asesinato en masa? Se pueden tomar notas,
documentar unos cuantos enfrentamientos…
¡Craaash!
Jill se tambaleó cuando el tranvía se estremeció de un lado a
otro. El ruido de cristales rotos procedía del otro vagón. Medio segundo
después, oyeron a Mikhail lanzar un grito enfebrecido…, aunque Jill no estaba
segura si era por miedo o por dolor.
—Toma los mandos —dijo Carlos, pero ella ya estaba a mitad de
camino del vagón con el revólver de gran calibre en la mano.
—Yo me encargo, tú mantennos en movimiento —gritó ella, y
mientras atravesaba la puerta procuró no pensar en lo que podía ser. Para que
el tranvía se sacudiera de ese modo…
Tiene que ser uno de sus monstruos, y lo más probable es que
Mikhail ni siquiera pueda incorporarse.
Abrió la puerta de un empujón y pasó a la plataforma que unía
los dos vagones. Le pareció que el traqueteo inmisericorde de las ruedas era
atronador. Mientras abría la siguiente puerta no dejaba de pensar en la
indefensión de Mikhail. Mieeeerda.
Los elementos que formaban la escena que tenía delante eran
sencillos, claros y letales: una ventana rota, con fragmentos de cristales por
doquier; Mikhail, a su izquierda, con la espalda pegada a la pared e intentando
ponerse en pie utilizando el rifle como muleta…, y el asesino de STARS en mitad
del vagón, con su cabeza contrahecha alzada hacia el techo y su gran boca sin
labios bramando aquel aullido sin palabras. Los cristales de las demás ventanas
se estremecieron por la potencia de su grito demente.
Jill empezó a disparar. Cada tiro fue una explosión
ensordecedora. Los proyectiles de grueso calibre se estamparon contra el torso
del monstruo mientras continuaba con su aullido. La tremenda fuerza de los
impactos lo hizo retroceder unos cuantos pasos, pero no pudo ver si había
tenido algún otro efecto.
Mikhail se unió al ataque cuando Jill disparó su sexto
proyectil, y las balas de menor calibre de su rifle de asalto acribillaron las
gigantescas piernas del Tirano justo cuando ella se quedó sin balas. Mikhail
todavía estaba recostado contra la pared y su puntería no era muy buena, pero a
Jill le venía muy bien cualquier ayuda por pequeña que fuese. Empuñó la
Beretta, ya que incluso con un recargador de cilindro hubiera tardado demasiado
en reponer las balas, y abrió fuego de nuevo apuntando a la cabeza.
No sirve.
El Némesis dejó de aullar y centró su atención en ella, con sus
ojos cubiertos de una película blanca, como si tuviera cataratas, y sus enormes
dientes húmedos y brillantes. Varios tentáculos se balanceaban alrededor de su
cabeza desigual y sin un solo cabello.
—¡Sal de aquí! —gritó Mikhail, y Jill lo miró por un instante
sin ni siquiera tener en cuenta la posibilidad de hacerle caso mientras seguía
disparando…, hasta que se percató un momento después de lo que sostenía en la
mano: una granada, y tenía un dedo tembloroso metido a través de la anilla de
activación. Reconoció la clase de artefacto inmediatamente: se trataba de una
RG34, de fabricación checa. Barry coleccionaba granadas. Disparó de nuevo y
acertó justo en la frente llena de costurones del Némesis, sin que el proyectil
causara efecto alguno. Se trataba de una granada de impacto. En cuanto se
quitaba la anilla, estallaba al entrar en contacto con el objetivo.
Mikhail no lo haría. Sería un suicidio…
—¡No! ¡Ponte detrás de mí! —gritó Jill, y el asesino de STARS
dio un enorme paso hacia ella y casi redujo a la mitad la distancia que los
separaba.
—¡Márchate! —le ordenó Mikhail al tiempo que tiraba de la
anilla. En su rostro blanco como el papel se podía ver una expresión de
concentración y de decisión increíbles—. ¡Yo ya estoy muerto! ¡Vete ya!
Jill disparó una vez más la Beretta y se quedó sin balas. Se dio
la vuelta y echó a correr, dejando que Mikhail se enfrentara a solas con aquel
monstruo.
Carlos oyó los gritos en mitad del retumbar de los disparos
mientras se esforzaba por detener el tranvía, desesperado por ir en ayuda de
Jill y de Mikhail, pero se encontraban en mitad de una curva algo cerrada y los
mandos, que sufrían una evidente falta de mantenimiento, se resistieron a todos
sus esfuerzos. Estaba a punto de dejarlo todo y reunirse con ellos de todas
maneras cuando la puerta a su espalda se abrió de golpe.
Carlos se giró en redondo y empuñó el M16 apuntando con una sola
mano mientras mantenía la otra de un modo instintivo sobre la palanca de mando,
pero vio que se trataba de Jill. Ella casi entró de un salto con el rostro
convertido en una máscara de terror expectante y un nombre en los labios…
Una fortísima onda expansiva de fuego y sonido surgió a su
espalda y la tiró al suelo, donde rodó con torpeza sobre un hombro mientras
acababa de llegar el estallido del segundo coche. Unas llamaradas de fuego
entraron por la ventanilla de la puerta trasera al mismo tiempo que el suelo se
estremecía arriba y abajo. Carlos se estampó contra el asiento del conductor, y
el brazo de la silla lo golpeó en el muslo con la fuerza suficiente para que
los ojos se le llenaran de lágrimas. ¡Mikhail!
Carlos dio un paso hacia la parte trasera del vagón…, y lo único
que vio de él fueron sus restos ardientes y destrozados cayéndose a pedazos
poco a poco mientras el tranvía cogía velocidad. No existía ninguna posibilidad
de que Mikhail hubiera sobrevivido a aquello, y Carlos comenzó a tener dudas
muy serias sobre sus propias posibilidades. Jill se acercó a él tambaleándose,
con el rostro todavía afectado por lo que fuese que hubiera visto.
El tranvía entró en otra curva y quedó fuera de control en ese
preciso instante, saltando de un lado a otro como si se tratase de un barco en
mitad de una tormenta, sólo que los rayos y los truenos los provocaba el propio
vagón al chocar contra los coches y los edificios y hacer saltar grandes
chorros de chispas. En vez de frenar, parecía que el vagón tomaba impulso y
velocidad con cada choque, mientras atravesaba la oscuridad entre una serie de
tremendos chirridos metálicos.
Carlos intentó luchar contra la gravedad para agarrar la palanca
de mando, consciente de que se habían salido de las vías, de que Mikhail había
muerto, de que su única esperanza era el freno manual. Si tenían mucha suerte,
las ruedas se bloquearían. Tiró con todas sus fuerzas de la palanca…, y no
ocurrió nada. Nada en absoluto. Estaban jodidos.
Jill llegó hasta la parte frontal del vehículo agarrándose a los
respaldos de los asientos y a las barras verticales de apoyo mientras el vagón
seguía saltando y chirriando. Carlos vio cómo se fijaba en la palanca de mando
que él seguía sosteniendo de forma inútil, observó un destello de desesperación
en sus ojos, y supo que tenían que saltar.
—¡Los frenos! —gritó Jill.
—¡No funcionan! ¡Tenemos que saltar!
Se dio la vuelta y agarró su rifle por el cañón para romper una
ventana lateral. Un repentino bote del tranvía lanzó los fragmentos de cristal
contra su pecho. Se agarró al marco de la ventana con una mano y se giró para
ofrecerle la otra a Jill.
Vio cómo ella daba un codazo contra un panel de cristal pequeño
y los ojos se le iluminaban con un rayo de esperanza mientras tiraba de una
palanca que él no podía ver…
ÑÑIIIIICCCCC…
El freno de emergencia. Por increíble que le pareciera, la
velocidad del tranvía comenzó a disminuir, inclinándose una última vez a la
izquierda antes de nivelarse del todo de nuevo mientras seguía deslizándose
entre una lluvia de chispas cada vez menor. Carlos cerró los ojos y se agarró a
la palanca de mando, ya inútil, tenso, preparado para el impacto final…, y unos
segundos después, con un leve crujido decepcionante, el viaje llegó a su final.
El vagón acabó deteniéndose contra una pila de trozos de cemento en mitad de un
jardín con la hierba cortada a la perfección, con unas cuantas estatuas
sombrías y algunos setos alrededor. El vehículo se estremeció por última vez, y
todo se acabó.
Silencio, excepto por los chasquidos del metal que se enfriaba.
Carlos abrió los ojos, incapaz apenas de creerse el recorrido de pesadilla que
habían hecho por la ciudad. Jill, a su lado, inspiró de forma temblorosa. Todo
había ocurrido con tanta rapidez que era un milagro que los dos estuvieran
vivos todavía.
—¿Y Mikhail? —preguntó Carlos en voz baja.
Jill negó con la cabeza.
—Era ese bicho, Tirano, el Némesis de los STARS. Mikhail tenía
una granada en la mano, aquellos nos atacó y él…
La voz se le quebró, y se quedó callada. Metió una mano en la
riñonera y comenzó a recargar sus armas, concentrándose en aquellos movimientos
tan simples. Eso pareció calmarla. Cuando habló de nuevo, su voz volvía a ser
firme.
—Mikhail sacrificó su vida para salvarme cuando vio que el
Némesis iba a por mí.
Jill apartó la vista y miró hacia la oscuridad mientras un
viento frío entraba a través de las ventanas destrozadas del vagón. Hundió la
cabeza entre los hombros, y Carlos no supo qué decir. Se acercó a ella, le pasó
la mano con suavidad por la espalda, y sintió bajo sus dedos que se ponía
tensa. Apartó con rapidez la mano, temiendo haberla ofendido de algún modo,
pero entonces se dio cuenta de que estaba mirando algo fijamente, con una
expresión de puro asombro en su bello rostro.
Carlos siguió la dirección de sus ojos y levantó la mirada para
ver una torre de unos tres o cuatro pisos de altura que se alzaba por encima de
ellos, recortada contra el trasfondo del nublado cielo nocturno. Un reloj
blanco, resplandeciente, situado cerca del extremo superior indicaba que ya
casi era medianoche.
—Un ángel de la guarda nos vigila, Carlos —dijo Jill, y él sólo
pudo asentir en silencio.
Habían llegado a la torre del reloj.
Nicholai avanzó siguiendo las vías del tranvía, iluminadas por
la luz de la luna. Ni se preocupó por ocultarse mientras se dirigía hacia el
oeste. No tendría problema alguno en ver cualquier cosa que se acercara hacia
él y podría matarla desde lejos. Estaba de un humor de perros, y casi le
apetecía la oportunidad de volarle las tripas a algo, sin importarle que fuera
humano o no.
Su furia se había aplacado un poco y había dado paso a un estado
de ánimo bastante fatalista. Ya no le parecía posible seguir el rastro del jefe
de pelotón moribundo y de los dos soldados jóvenes, sobre todo, porque ya no
tenía tiempo. Le llevaría por lo menos una hora llegar hasta la torre. Si
lograban adivinar cómo se podían poner en funcionamiento las campanas del
reloj, se habrían marchado mucho antes de que él llegara.
Nicholai dejó escapar un bufido y se esforzó por recordar que
sus planes no habían cambiado, que todavía tenía un horario y un esquema que
cumplir. Había cuatro personas que lo estaban esperando sin saberlo. Después
del doctor Aquino, iban los dos soldados, Chan y el sargento Ken Franklin, y
por último, el operario de fábrica, Foster. Nicholai todavía tendría que
recoger toda la información después de habérselos cargado a todos, y más tarde
localizar y preparar un punto de reunión y salir en helicóptero de la ciudad.
Tenía mucho que hacer…, pero no podía evitar sentirse frustrado por las
circunstancias.
Se detuvo e inclinó la cabeza hacia un lado. Había oído un
estampido, un choque de alguna clase más hacia el oeste, quizá incluso el
sonido apagado por la distancia de una explosión de pequeño tamaño. Un segundo
después, sintió una leve vibración en las vías del tranvía. Las vías pasaban
por el centro de una calle principal. Cualquier objeto sólido podía haberlas
hecho vibrar.
Son ellos, son Mikhail y Carlos, y Jill Valentine. Han chocado
con algo, o le ha pasado algo al motor, o…
O no sabía qué, pero, de repente, estuvo muy seguro de que
habían tenido alguna clase de problema. Aquello reforzó su sentimiento de que
era él quien tenía mayores habilidades. Ellos se veían obligados a confiar en
la suerte, y no todo era buena suerte.
Quizá nos veremos de nuevo las caras. Cualquier cosa es posible,
sobre todo en un sitio como éste.
Un gruñido gorgoteante le llegó procedente de algún punto por
delante y a la izquierda, entre un edificio de oficinas y un aparcamiento
vallado. Al primero se le unió un segundo, y después un tercero. Tres
infectados salieron a terreno abierto, a unos diez metros de donde él se
encontraba. Estaban demasiado lejos para distinguir con claridad sus cuerpos
bajo la pálida luz de la luna, pero Nicholai se dio cuenta de que ninguno de
ellos se encontraba en demasiado buen estado. A dos de ellos les faltaba algún brazo,
y al otro parecía que le habían cortado las piernas por la mitad, de modo que
caminaba sobre sus rodillas, y cada paso que daba sobre los muñones provocaba
un sonido parecido a un chasquido con los labios.
—Urrggg —gimió el más cercano, y Nicholai le atravesó el cerebro
medio podrido con una bala. Otros dos disparos, y los dos restantes se unieron
al primero cayendo al asfalto con un ruido sordo y húmedo.
Se sintió mucho mejor. Tuviera o no otra oportunidad de ver de
nuevo a sus camaradas traicioneros, y se dio cuenta de que lo deseaba
intensamente, él era un hombre superior, y al final, triunfaría.
Percatarse de aquello lo llenó de nuevos ánimos. Nicholai empezó
a correr al trote, deseoso de enfrentarse al siguiente desafío que lo esperara,
fuese el que fuese.
Capítulo 16
La puerta del tranvía estaba atascada, de modo que Jill y Carlos
tuvieron que salir por una de las ventanas. Los dos tenían el mismo aspecto de
agotamiento. La verdad era que se trataba de una coincidencia muy extraña: el
tranvía había ido a parar justo debajo de la torre del reloj: el punto adonde
tenían que llegar, aunque también era cierto que las últimas horas —¡qué coño
horas, semanas!— habían sido más que extrañas. Jill pensó que lo mejor para
ella era que ese tipo de situaciones dejasen de sorprenderla.
El patio delantero de la torre del reloj parecía desierto por
completo. Nada se movía a excepción de una leve humareda aceitosa procedente
del sistema eléctrico del tranvía. Se acercaron a la fuente decorativa que
había justo delante de la puerta principal mirando al gigantesco reloj y al
pequeño campanario que remataba la torre. Jill no dejaba de pensar en Mikhail
Victor. Carlos no la había presentado de un modo formal al hombre que había
salvado su vida, pero ella estaba convencida de que habían perdido a un aliado
muy valioso. La fuerza de carácter que se necesitaba para morir a cambio de que
otro viviera… «Heroico» era la única palabra apropiada. Quizá incluso ha
logrado matar al Némesis. Casi estaba encima de él cuando la granada estalló.
Lo más probable era que no fuese más que un exceso de optimismo,
pero al menos, podía tener esa esperanza.
—Bueno, supongo que ahora toca encontrar el mecanismo para hacer
sonar las campanas —dijo Carlos—. ¿Crees que es mejor que nos separemos, o
que…?
¡Grraaaacc!
El graznido de un cuervo lo interrumpió, y Jill sintió una nueva
oleada de adrenalina recorrerle las venas. Agarró a Carlos de la mano justo
cuando un sonido aleteante llenó la oscuridad por encima de sus cabezas: el
sonido de las alas de los pájaros en vuelo.
La sala de los cuadros de la mansión, vigilados por decenas de
ojillos negros y brillantes que esperaban para atacar, y Chris me dijo que a
Forest Speyer, del equipo Bravo, lo habían destrozado con decenas, centenares
de picotazos.
—¡Vamos!
Tiró de Carlos en cuanto recordó la ferocidad implacable de los
cuervos hiperdesarrollados con los que se había encontrado en la mansión
Spencer. Carlos pareció darse cuenta de que era mejor no hacer preguntas, y le
hizo caso cuando otra docena de graznidos resonaron en el aire. A la carrera,
dejaron atrás la fuente y llegaron a la puerta de doble hoja de la torre del
reloj.
Estaba cerrada con llave.
—¡Cúbreme! —gritó Jill a Carlos mientras metía la mano en la
riñonera en busca de las ganzúas y los graznidos se acercaban cada vez más.
Carlos se lanzó con todo su peso contra las puertas de madera
vieja con la fuerza suficiente para que saltaran astillas. Retrocedió unos
cuantos pasos y se lanzó a la carga de nuevo.
¡BAM!…
Saltaron hacia dentro. Carlos siguió adelante llevado por el
impulso y entró a la carrera en el vestíbulo, donde tropezó hasta caer al suelo
de elegantes baldosas. Jill se apresuró a entrar detrás de él y agarró los
pomos de las hojas de la puerta para cerrarlas. Justo a tiempo. Se oyeron dos
golpes sordos pero fuertes al otro lado de la madera seguidos de un coro de
graznidos furiosos y el revoloteo de unas alas enormes. Un instante después, el
ruido se alejó. Jill se dejó caer contra la puerta, jadeando con fuerza.
Dios, ¿es que esto no va a parar nunca? ¿Tendremos que
enfrentarnos a todos y cada uno de esos monstruos cabrones antes de que podamos
escapar?
—¿Pájaros zombis? ¿Me estás tomando el pelo? —preguntó Carlos
mientras se ponía en pie y ella echaba el cerrojo a las puertas. Jill ni se
molestó en contestarle, y se limitó a estudiar el vestíbulo de la torre del
reloj.
Le recordó la entrada de la mansión Spencer: las luces tenues y
las volutas góticas le daba algo parecido a un ambiente de elegancia antigua.
La gran estancia estaba dominada por una amplia escalera de mármol que llevaba
a un rellano en la segunda planta rodeado de ventanales con vidrios de colores.
Había una puerta a cada lado de la estancia, un par de mesas de madera pulida
enfrente de ellos, y a su izquierda…
Jill suspiró para sus adentros y sintió que se ponía en tensión.
No era que hubiese confiado en que la torre del reloj fuese una especie de
santuario invulnerable, incluso si se tenía en cuenta lo alejada que estaba del
centro de la ciudad, pero se dio cuenta de que había tenido esa esperanza…, una
esperanza que había perdido ante el espectáculo de nuevas muertes.
La escena contaba algo, un misterio. Cinco cadáveres de hombres,
todos vestidos con alguna clase de uniforme militar. Tres de ellos yacían al
lado de las mesas, víctimas, al parecer, de los zombis. El cuerpo de un
infectado estaba tirado en el suelo, acribillado por completo a balazos. La
carne de las víctimas estaba mordida y les habían roto el cráneo y vaciado el
interior. El quinto cadáver pertenecía a un joven, que al parecer se había
suicidado pegándose un tiro en la cabeza, lo más probable era que después de
acabar con el zombi. ¿Se había matado por la desesperación que había sentido al
ver a sus camaradas medio devorados? ¿Había sido el responsable de aquello de
algún modo? ¿O era que conocía al zombi y se había suicidado después de verse
obligado a acabar con él?
No habrá forma de saberlo jamás. Otro puñado de vidas perdidas
en una tragedia desconocida, otro puñado entre los miles de muertos de esta
ciudad.
Carlos se acercó a los cuerpos, ceñudo. A ella le pareció que
los conocía por la expresión lúgubre de su cara. Se agachó, agarró del asa una
bolsa de lona manchada de sangre que estaba entre dos de los cadáveres y la
arrastró hasta sacarla de allí, dejando un rastro de sangre por el suelo de
baldosas. Jill pudo oír un entrechocar de objetos metálicos. Además, se dio
cuenta de que debía de ser pesada, porque a Carlos le costaba un poco
arrastrarla.
—¿Eso es lo que creo que es? —preguntó Jill. Carlos subió la
bolsa a una de las mesas y sacó todo lo que había dentro. Jill sintió una
oleada de alegría inesperada cuando vio el contenido. Se apresuró a acercarse a
la mesa, incapaz de creer la suerte que habían tenido.
Media docena de granadas RG34, como la que había utilizado
Mikhail; ocho cargadores de treinta proyectiles para el M16, y llenos, por lo
que parecía; por último, algo que ni siquiera había soñado tener: un
lanzagranadas M79 con un puñado de proyectiles de cuarenta milímetros.
—Armas en la torre del reloj —dijo Carlos con un tono de voz
pensativo. Antes de que Jill pudiera preguntarle qué quería decir, tomó uno de
los proyectiles del lanzagranadas y dejó escapar un silbido—. Granadas de
metralla —comentó—. Una de éstas puede mandar volando a la mierda de un tiro a
ese espantajo de Némesis.
Jill arqueó una ceja.
—¿Espantajo? —preguntó.
—Sí. Quiere decir literalmente «espantapájaros», pero también se
refiere a cualquier bicho raro o feo.
Jill pensó que era un término apropiado. Señaló con el mentón a
los cadáveres que habían llevado aquellas armas.
—¿Los conocías?
Carlos se encogió de hombros con un gesto de incomodidad
mientras le pasaba tres de las granadas de mano.
—Todos son del UBCS. Los he visto por la oficina, pero no…, no
los conocía. No eran más que soldados de a pie, y lo más probable es que no
tuvieran ni idea de dónde se estaban metiendo cuando aceptaron trabajar para
Umbrella o cuando los enviaron aquí.
Parecía estar furioso y un poco triste al mismo tiempo. Cambió
de repente de tema al recordar lo cerca que estaban de lograr escapar de
Raccoon City.
—¿Quieres llevar tú el lanzagranadas? —preguntó a Jill.
—Creí que no me lo ibas a pedir nunca —contestó ella con una
sonrisa. Le encantaría empuñar una arma que, tal como había expresado Carlos de
una forma tan pintoresca, podía mandar volando a la mierda de un tiro a un
bicho como el Némesis—. Ahora sólo tenemos que encontrar un botón en algún
lugar de la torre, pulsarlo, y esperar que llegue nuestro taxi a recogernos.
Carlos sonrió a la vez que metía los cargadores del M16 en los
bolsillos del chaleco.
—Y procurar no acabar muertos, como todos los demás en este
sitio de mierda.
Jill no tuvo respuesta para aquello.
—¿Vamos arriba? —fue lo único que pudo decir.
Carlos se limitó a asentir. Armados y preparados, se dirigieron
a la escalera.
La segunda planta de la torre del reloj no era más que una
balconada que daba al vestíbulo. Cubría tres lados del edificio, y había una
sola puerta que tenía que dar a otras escaleras que subían al campanario. Ése
era el término adecuado, si Carlos no recordaba mal.
Ya casi se ha acabado, casi se ha acabado. Dejó que aquella idea
repetida expulsara todas las demás sensaciones. Estaba demasiado cansado para
tener en cuenta los sentimientos de rabia, pena y miedo que lo embargaban. Se
daba perfecta cuenta de que no estaba muy lejos del momento en que podría
perder el control. Ya se ocuparía de aclarar sus emociones cuando se hubiera
largado de Raccoon.
La balconada en sí estaba decorada con tanto lujo como el
vestíbulo. Sus baldosas de color azul hacían juego con los vidrios de las
ventanas, formando un arco apoyado sobre dos columnas blancas. Podían ver casi
toda la balconada desde el extremo superior de las escaleras. Parecía estar
despejada, sin ninguna clase de monstruo o zombi a la vista. Carlos se relajó
un poco, y se fijó en que Jill también parecía más tranquila. Llevaba el
revólver Colt Python en la mano y el lanzagranadas cruzado sobre la espalda,
con el cinturón de Carlos como cincha.
¿Cómo sabía Trent que aquí encontraríamos armas? ¿Sabía que
tendríamos que quitárselas a los muertos?
Carlos se dio cuenta de repente de que estaba sobrestimando la
capacidad de maniobra de Trent. Seguro que había algún tipo de depósito de
armas oculto en el edificio, eso era todo. Jill y él tan sólo habían dado por
casualidad con la bolsa de lona. La alternativa a eso era que Trent supiera de
alguna manera que aquellos hombres morirían allí, y era algo demasiado extraño
incluso para que lo tuviese en cuenta en aquella situación.
Recorrieron el primer tramo de la balconada de lado a lado.
Carlos se preguntaba qué le diría Jill si le hablaba de Trent. Lo más probable
era que pensara que estaba bromeando. Todo aquello se parecía tanto a las
novelas malas de misterio y de espías…
Algo se movió por delante de ellos, al otro lado de la primera
esquina, algo en el techo, una sombra desplazándose. Carlos se apoyó en la
barandilla y se inclinó a un lado para mirar, pero fuese lo que fuese, estaba
escondido detrás de uno de los arcos colgantes, o era algo que su cerebro
agotado se había sacado de la manga para mantenerlo despierto.
—¿Qué pasa? —susurró Jill a su lado mientras mantenía el
revólver en alto y preparado para disparar.
Carlos escrutó el lugar unos cuantos segundos más y después negó
con la cabeza al mismo tiempo que se daba la vuelta.
—Nada, pero es que me pareció ver algo en el techo. Seguro que
no…
—¡Mierda!
Carlos se giró en redondo mientras Jill levantaba el revólver y
apuntaba al techo justo delante de ellos: una criatura del tamaño de un perro
grande, un ser de cuerpo rechoncho y múltiples patas que se deslizaba en su
dirección. Sus pies peludos pataleaban a toda velocidad pegados al techo y lo
hacían avanzar con una rapidez increíble.
Jill disparó tres veces antes de que Carlos tuviera tiempo de
parpadear, pero no antes de que se diera cuenta de lo que estaba viendo. Se
trataba de una araña, pero tan grande que Carlos podía ver su propio reflejo en
los ojos negros brillantes cuando se estampó contra el suelo. Unos fluidos de
color oscuro surgieron de su tórax agujereado mientras movía con furia arriba y
abajo en el aire las patas multicolores y la sangre espesa se acumulaba
formando un charco bajo su cuerpo. Aquella danza salvaje y silenciosa duró tan
sólo un segundo o dos antes de que se encogiera sobre sí misma, muerta.
—Odio las arañas —dijo Jill con una expresión de asco en la cara
mientras seguía caminando sin perder de vista el techo—. Todas esas patas, ese
estómago hinchado… puagh.
—¿Has visto algo como esto antes? —preguntó Carlos, incapaz de
apartar la mirada del cuerpo enroscado sobre sí mismo.
—Sí, en el laboratorio que Umbrella tenía en el bosque. Bueno,
aunque no estaban vivas. Las que yo me encontré ya estaban muertas.
La calma aparente que Jill mantuvo mientras pasaban de largo al
lado de la enorme araña muerta le recordó a Carlos la suerte que había tenido
al encontrarse con ella. Había conocido a muchos tipos duros en sus
experiencias de combate, pero dudaba mucho que ninguno de ellos se manejase tan
bien en una situación como aquélla como lo estaba haciendo Jill Valentine.
El resto de la balconada estaba despejado, aunque Carlos se
sintió intranquilo por la inmensa cantidad de telarañas que había en el techo:
montones y montones de una sustancia pegajosa blanca y espesa acumulados en
todos los rincones. A él tampoco es que le gustaran mucho las arañas. Cuando
llegaron a la puerta y la cruzaron, Jill en primer lugar y semiagachada, Carlos
se sintió aliviado de encontrarse de nuevo en el exterior.
Habían salido a una cornisa amplia situada en la parte frontal
de la torre. Era un espacio abierto, con una barandilla vieja, un par de focos
apagados y unas cuantas macetas con plantas muertas y secas. Se veía una
abertura parecida a una puerta un piso más arriba, pero no había forma de
llegar hasta ella. Era un callejón sin salida. No podían ir a ningún lado
excepto volver por donde habían venido. Carlos suspiró. Al menos, los cuervos,
si es que eso eran, se habían marchado a algún otro lugar.
—¿Y ahora, qué? —preguntó Carlos mientras miraba abajo, al patio
envuelto en la oscuridad y al tranvía destrozado, del que todavía salía algo de
humo.
Carlos se giró y vio que Jill estaba de pie al lado de una placa
de cobre en la que no se había fijado y que estaba colocada sobre la superficie
de piedra de la torre. Metió una mano en la riñonera que llevaba a la cintura y
sacó un juego de ganzúas envueltas en un trapo.
—Te rindes con demasiada facilidad —contestó Jill mientras
escogía unas cuantas del puñado que tenía—. Tú monta guardia por si vuelven los
cuervos y yo veré qué puedo hacer para conseguir una escalera.
Carlos se quedó vigilando mientras se preguntaba si había algo
que ella no pudiera hacer. Olió la llegada de la lluvia en el viento frío que
azotaba la cornisa, y un momento después, oyó una serie de chasquidos seguidos
de un zumbido producido por un mecanismo oculto. A continuación, una
escalerilla metálica apareció justo debajo de la abertura y comenzó a
descender.
—¿Qué te parece si te quedas montando guardia unos cuantos
minutos más? —preguntó Jill sonriéndole.
Carlos le devolvió la sonrisa, sintiendo el mismo nerviosismo
que Jill: ya casi se había acabado todo.
—A la orden.
Jill subió con rapidez por la escalera y desapareció a través de
la abertura. Un momento después, gritó que todo estaba despejado, y Carlos
caminó arriba y abajo con impaciencia durante los minutos siguientes, pensando
en todo lo que iba a hacer después de que los rescataran. Quería hablar de
nuevo con Trent sobre lo que había que hacer para detener a Umbrella de una vez
por todas. Fuese lo que fuese, estaba dispuesto a hacerlo.
Seguro que también le interesará hablar con Jill. Nos
comportaremos como si no supiéramos nada cuando lleguen los helicópteros y
hasta que nos dejen marchar, y luego planearemos nuestro siguiente paso… Bueno,
después de una buena comida y unas veinticuatro horas durmiendo, por supuesto.
Estaba tan concentrado en la huida de Raccoon City que al
principio no se dio cuenta de la expresión de la cara de Jill cuando ella bajó.
Cayó en la cuenta de que las campanas no estaban repicando. Le sonrió… y sintió
que el alma se le caía a los pies cuando se percató de que su sufrimiento
todavía no había acabado.
—Falta un engranaje en el mecanismo que acciona las campanas
—dijo ella—, y lo necesitamos para que suenen. La buena noticia es que me
apuesto lo que quieras a que está en algún lugar de este mismo edificio.
Carlos arqueó una ceja.
—¿Cómo lo sabes?
—Hallé esto al lado de uno de los otros engranajes —dijo ella
mientras le entregaba una postal algo estropeada.
La fotografía de la parte delantera mostraba tres pinturas
colgadas en fila, y en cada una de ellas aparecía un reloj. Carlos le dio la
vuelta a la postal y vio que ponía «La Torre del Reloj de Saint Michael,
Raccoon City» en la esquina superior izquierda. Debajo había una frase escrita,
y Jill la leyó en voz alta.
—«Entrégale tu alma a la diosa. Pon las manos juntas para rezar
ante ella.»
Carlos se la quedó mirando.
—¿Me estás diciendo que tenemos que rezar para conseguir ese
engranaje?
—Ja, ja. Lo que te estoy diciendo es que el engranaje se
encuentra donde están estas tres pinturas.
Carlos le devolvió la postal.
—Me has dicho que ésa era la buena noticia. ¿Cuál es la mala?
Jill le sonrió, esta vez con amargura y sin ninguna alegría.
—Que dudo mucho que el engranaje esté a plena vista. Se trata de
resolver alguna especie de acertijo. Como los que encontré en la mansión
Spencer. —Se quedó callada un momento—. Y algunos de ellos casi me mataron.
Carlos no preguntó. No quería saberlo, al menos, en aquellos
momentos.
Capítulo 17
Después de seguir su rastro durante casi media hora, Nicholai
encontró al doctor Richard Aquino en la cuarta planta del mayor hospital de
Raccoon City. El hecho de ver al otro «perro guardián» alegró a Nicholai de un
modo tal que no pudo explicar ni siquiera a sí mismo. Fue una sensación de que
todo iba bien en el mundo, que la situación se desarrollaba como debía.
Conmigo al mando, tomando las decisiones. Dentro de un momento,
sólo quedarán tres, tres perritos a los que tendré que dar caza en la tierra de
los muertos vivientes —pensó con actitud soñadora—. ¿Puede haber algo que sea
mejor que esto?
Aquino estaba cerrando con llave una puerta. Su cara sudorosa de
tez pálida mostraba una expresión de miedo, y movía los ojos de un lado a otro
mientras miraba a su alrededor lleno de nerviosismo. Se metió las llaves en el
bolsillo, se colocó bien las gafas sobre el puente de la nariz y se adentró en
el pasillo que llevaba de vuelta al ascensor. A Nicholai le pareció divertido
que ni siquiera fuese armado.
Salió a medias de entre las sombras, dispuesto a pasárselo bien.
Había tardado más de una hora en llegar al hospital, marchando al trote casi
todo el rato, y aquel individuo ratonil se había atrevido a intentar esconderse
de él, aunque al verlo en aquel momento, Nicholai pensó que lo más probable era
que el científico ni siquiera se hubiera dado cuenta de que lo estaban
buscando, y lo había esquivado más por suerte que por otra cosa. Aquino tenía
el típico aspecto de alguien capaz de perderse en su propia casa. En aquel
mismo momento, ni siquiera se había dado cuenta de que Nicholai se encontraba a
tan sólo tres metros de él.
—¡Doctor! —exclamó Nicholai en voz bien alta, y Aquino se dio la
vuelta con un sobresalto, abriendo la boca y colocando las manos de forma
involuntaria delante de él en un gesto defensivo. Su sorpresa fue absoluta.
Nicholai no pudo evitar sonreír un poco.
—¿Qui…, quién es usted? —tartamudeó Aquino. Tenía los ojos de un
color azul claro y acuoso y un corte de pelo horrible.
Nicholai se acercó e intimidó de forma deliberada al científico
con su tamaño.
—Soy de Umbrella. He venido a ver cómo lleva los progresos con
la vacuna…, entre otras cosas.
—¿De Umbrella? Yo no… ¿Qué vacuna? No sé de qué me está
hablando.
No lleva armas, no tiene habilidades de combate y no sabe decir
una mentira sin ruborizarse. Debe de ser brillante en su campo.
Nicholai bajó la voz y habló en un tono de voz conspirador.
—Doctor, me han enviado como parte de la operación Perro
Guardián. No ha enviado sus informes en las últimas citas. Han empezado a
preocuparse por usted.
Aquino pareció a punto de desmayarse por el alivio que sintió.
—Ah, si ya conoce… Pensé que era… Sí, la vacuna. He estado muy
ocupado. Mi, esto…, contacto quería que la síntesis inicial estuviese dividida
en varias fases, de modo que no existe una muestra única ya cultivada…, pero
puedo asegurarle que tan sólo se trata de combinar los distintos elementos.
Todo está preparado.
El doctor casi balbuceaba en su esfuerzo por ser amable.
Nicholai meneó la cabeza fingiendo asombro y admiración.
—¿Y ha hecho todo eso usted solo?
Aquino sonrió débilmente.
—Con la cooperación de mi ayudante, Douglas, que Dios acoja en
su seno. Me temo que he andado un poco apurado desde que murió, anteayer. Por
eso no he podido enviar los últimos informes… —Se fue callando poco a poco, y
luego volvió a intentar sonreír—. Entonces…, usted es el que iban a enviar a
recoger la muestra… Franklin, ¿no?
Nicholai no podía creer la suerte que estaba teniendo, ni la
ingenuidad de Aquino. Aquel individuo estaba a punto de entregarle el único
antídoto existente de los virus T y G tan sólo porque le había dicho que lo
enviaba Umbrella. Y, además, otro de sus objetivos aparecería por allí.
—Sí, así es —respondió Nicholai con naturalidad—. Ken Franklin.
Doctor, ¿dónde está la vacuna?
Aquino hurgó en un bolsillo buscando las llaves.
—Aquí. La había escondido…, la vacuna base, me refiero, el caldo
de cultivo está aparte. La escondí aquí para mantenerla a salvo hasta que
llegara. Pensé que tenía que venir mañana por la noche…, pasado mañana por la
noche. Ha llegado mucho antes de lo que me esperaba. —Abrió una puerta y lo
invitó a entrar—. Hay una caja fuerte refrigerada en la pared, detrás de un
cuadro con un paisaje de bastante mal gusto, algo que compró hace poco un
paciente bastante acaudalado, un tipo excéntrico según me han dicho, tampoco es
que sea importante…
Nicholai pasó al lado del doctor, que no decía más que
tonterías, sin hacerle caso. Todavía estaba sorprendido de que lo hubieran
escogido como uno de los «perros guardianes» cuando se dio cuenta de que había
dejado que el doctor se colocara a su espalda.
En la mente de Nicholai todo encajó en un instante y creó el
escenario completo: el científico tontorrón y charlatán que hacía bajar la
guardia a sus enemigos con facilidad y se aprovechaba al máximo de que lo
subestimaran…
Darse cuenta de todo aquello tan sólo le llevó una fracción de
segundo, y Nicholai se puso en movimiento de forma inmediata.
Se dejó caer de rodillas, giró los brazos hacia atrás, agarró al
doctor Aquino de las pantorrillas y le levantó los pies del suelo.
A Aquino se le escapó un grito de sorpresa y cayó encima de
Nicholai. Una jeringa repiqueteó en el suelo, y el doctor se abalanzó hacia
ella para recogerla, pero Nicholai lo mantuvo agarrado por sus piernas
huesudas. Aquino no tenía apenas músculo. De hecho, Nicholai descubrió que
podía mantener inmovilizado al doctor, que pataleaba como un poseso, con una
sola mano mientras con la otra desenfundaba el cuchillo que llevaba guardado en
la bota.
Nicholai se incorporó hasta quedarse sentado, tiró de Aquino
para acercarlo, y le clavó el cuchillo en la garganta.
El doctor se llevó las manos al cuello cuando Nicholai retiró el
cuchillo y se quedó mirando a su asesino con los ojos abiertos de par en par
por el asombro. La sangre comenzó a salir a borbotones entre sus dedos mientras
su corazón seguía funcionando.
Nicholai se lo quedó mirando a su vez, sonriendo sin piedad. De
todas maneras, iba a acabar con el doctor, y el hecho de que lo atacara había
convertido aquella obligación de matarlo en un placer.
El científico dio la vuelta sobre sí mismo sin dejar de
agarrarse la garganta ensangrentada y perdió el conocimiento. Murió con
rapidez: un último espasmo, y se acabó.
—Mejor tú que yo —dijo Nicholai.
Rebuscó entre las ropas del cadáver y encontró varias
jeringuillas más y un código de cuatro dígitos escrito en una hoja de papel.
Sin duda, se trataba de la combinación de la caja fuerte refrigerada. Era obvio
que el doctor Aquino no se esperaba que Nicholai apareciera para robar la
vacuna.
Se puso en pie y se dirigió a la caja fuerte al mismo tiempo que
revisaba sus planes. Lo hacía siempre que podía después de cualquier
acontecimiento imprevisto. Aquino esperaba que fuese Ken Franklin quien
recogiese la muestra, por lo que Franklin aparecería por allí, a menos que el
doctor le hubiera mentido. Nicholai no lo creía. Aquino había sido convincente
porque le había dicho la verdad, una técnica excelente para distraer a
cualquier oponente.
De modo que lo que voy a hacer es sintetizar la vacuna,
disfrutar de un poco de caza mientras espero que aparezca el sargento Ken
Franklin para librarme de él, y después…, destruyo el hospital y, de paso,
todas las pruebas de la investigación del doctor Aquino. Si los de Umbrella me
están vigilando, pensarán que todo marcha según el plan previsto. Después de
eso, sólo quedarán Chan y el obrero de la fábrica, Terence Foster.
A la mierda con Mikhail y los otros dos. Ya no eran importantes.
Nicholai pronto sería el único «perro guardián» superviviente, y sólo por eso
valdría millones, pero con la vacuna de los virus T y G en la mano, no había
límite en lo que la gente de Umbrella estaría dispuesta a pagar.
Jill estaba dispuesta a admitir su fracaso cuando llegaron a las
habitaciones posteriores de la torre. Habían estado en todos lados, habían
abierto puertas y cerraduras, habían registrado todas y cada una de las
estancias llenas de mobiliario elegante, habían pasado por encima de cadáveres
ya existentes y habían acabado de crear algunos nuevos: una ventana rota en la
capilla de la torre permitió la entrada de unos cuantos infectados, y también
se toparon con otra araña mutante en un pasillo, justo al salir de la
biblioteca.
Le había contado a Carlos mientras caminaban algunos datos sobre
la mansión Spencer y los terrenos que la rodeaban, una información que obtuvo
después de la desastrosa misión de los STARS. El viejo Spencer, uno de los
fundadores de la compañía farmacéutica Umbrella, era un fanático de los
pasadizos y de los escondrijos secretos. Había contratado a George Trevor, un
arquitecto famoso por su creatividad, para que diseñara la mansión y lo ayudara
a renovar algunos de los monumentos y edificios históricos más famosos de la
ciudad, relacionando algunas partes de Raccoon City con las fantasías de espías
de Spencer.
—Todo esto ocurrió hace treinta años —dijo Jill—, y el viejo ya
estaba loco para entonces, o eso cuentan. En cuanto todo estuvo terminado,
cerró la mansión y trasladó las oficinas centrales de Umbrella a Europa.
—¿Qué le pasó a George Trevor? —le preguntó Carlos cuando se
detuvieron delante de otra puerta, una de las últimas estancias que les
quedaban por registrar.
—Ah, eso es lo mejor—contestó Jill—. Desapareció justo antes de
que Spencer se marchara de la ciudad. Nadie lo ha vuelto a ver desde entonces.
Carlos negó lentamente con la cabeza.
—Desde luego, éste es un sitio bastante jodido donde vivir.
Jill asintió antes de abrir la puerta y retroceder un paso con
el revólver en alto.
—Sí, hace tiempo que pienso lo mismo.
No detectaron ninguna clase de movimiento. Había varias filas de
sillas a la derecha, y tres estatuas, bustos de mujeres, justo enfrente de
ellos. A la izquierda de la puerta, vieron dos cadáveres juntos. Eran una
pareja. Estaban abrazados, y Jill no pudo evitar un gesto de dolor y pena
mientras apartaba la mirada. Al hacerlo, vio en la pared del sur tres marcos
gruesos y dorados, y en su interior, las tres pinturas con los relojes.
Entraron en la estancia. Jill escrutó llena de nerviosismo el lugar. Parecía
normal…
Pero también lo parecía la habitación de la mansión que resultó
ser un triturador de basura gigante.
Jill obedeció un impulso y utilizó una silla para inmovilizar la
puerta y así asegurarse de que permanecía abierta mientras se dirigía a echar
un vistazo desde más cerca a las tres pinturas.
Bueno, algo parecido a pinturas. Supuso que en términos técnicos
serían obras resultado de la mezcla de artes. Cada una de las tres piezas
retrataba a una mujer, pero también incluían un reloj octogonal. El primero y
el último mostraban las agujas a medianoche, y el que estaba en medio de los
dos, a las cinco en punto. Había una especie de bandeja o cuenco en el fondo de
cada marco de cuadro. Indicaban de izquierda a derecha que se trataba de las
diosas del pasado, del presente y del futuro.
—En la postal decía algo de poner las manos juntas —comentó
Carlos—. Puede que se refiriera a las manecillas del reloj.
Jill asintió.
—Sí, tiene sentido. Es lo suficientemente críptico como para ser
cabreante.
Alargó un brazo y tocó con suavidad el cuenco de la pintura del
centro, que representaba a una mujer bailando. Se oyó un leve chasquido, y el
cuenco se hundió un poco al recibir el peso de la mano de Jill. Al mismo
tiempo, las manecillas del reloj empezaron a girar.
Jill apartó la mano de inmediato, temerosa de haber puesto en
marcha alguna trampa. Las manecillas del reloj volvieron enseguida a su
posición inicial, pero no ocurrió nada más.
—Manos juntas… —murmuró—. ¿Crees que se refiere a que las
manecillas de los tres relojes deben estar señalando la misma hora? ¿O querrá
decir que deben estar alineadas, de forma literal?
Carlos se encogió de hombros y alargó el brazo hacia el cuadro
de la diosa del futuro, sin duda, la pintura más inquietante de las tres. El
pasado estaba representado por una muchacha sentada en una colina, el presente
por la mujer que bailaba…, y la diosa del futuro era una mujer con un vestido
de fiesta ceñido sobre su atractiva figura, con el cuerpo inclinado en una
posición seductora…, y con el rostro desnudo y sonriente de una calavera.
Jill reprimió un estremecimiento y no permitió que la mente se
le llenara con ideas sobre una muerte inmediata. Como si no pensara bastante en
ello.
El cuenco que Carlos tocó también se hundió bajo su contacto,
pero fueron de nuevo las manecillas del reloj de la diosa del presente las que
se movieron. Por lo que parecía, los otros dos relojes estaban bloqueados en la
medianoche.
Jill se apartó de la pared, pensativa y con los brazos cruzados,
y, de repente, se le ocurrió la respuesta. Supo cómo funcionaba aquel
rompecabezas, aunque no tenía la solución exacta. Se dio la vuelta con la
esperanza de que las piezas que faltaban estuviesen cerca, y sonrió al ver las
tres estatuas —¡ah, aquella simetría!— y los tres objetos brillantes que
sostenían entre sus delgados dedos de piedra.
—Es un rompecabezas de balanza —dijo mientras se aproximaba a
las estatuas.
Cuando estuvo más cerca, vio que cada una de ellas sostenía un
cuenco con una piedra redonda del tamaño de un puño. Las recogió y las sopesó,
notando la diferencia de peso entre las tres.
—Tres piedras, tres cuencos —comentó mientras regresaba a donde
se encontraban las pinturas.
Le entregó a Carlos la piedra negra, que era de obsidiana u
ónice, no lo sabía con seguridad. La segunda piedra era de cristal
transparente, y la tercera de ámbar reluciente.
—Y lo que tenemos que conseguir es que el reloj del centro dé la
medianoche —dijo Carlos, acabando la conclusión.
Jill asintió.
—Estoy segura de que hay una lógica en la solución, una
correlación en los colores, como que el negro es para la muerte, por ejemplo…,
o a lo mejor es algo matemático. No importa. No tardaremos mucho en probar
todas las combinaciones posibles.
Se pusieron manos a la obra, y primero fueron poniendo las
distintas piedras en los diferentes cuencos una por una y después todas a la
vez. Ella estudió con atención los movimientos de las manecillas en cada uno de
los casos. Al parecer, las piedras tenían valores distintos según en qué cuenco
se pusieran. Jill sintió que estaban a punto de encontrar la solución, que,
desde luego, era matemática, cuando dieron con ella por casualidad, o por
suerte.
La piedra de cristal estaba en el pasado, la de obsidiana en el
presente y la de ámbar en el futuro, cuando el reloj de en medio dio la
medianoche con un campanilleo suave. A continuación, la manecilla de los
minutos comenzó a retroceder con un sonido repiqueteante…, y la tapa del reloj
se desprendió de la pintura, empujada por algún resorte que Jill no llegó a
ver. En el hueco que quedó a la vista estaba el reluciente engranaje dorado que
faltaba en la maquinaria de las campanas de la torre.
Muy astutos, cabrones, pero no lo suficiente.
Carlos frunció el entrecejo con una expresión evidente de
confusión.
—Pero ¿qué coño es esto? ¿Quién ha escondido esta pieza, y por
qué de un modo tan complicado?
Jill sacó la reluciente pieza de su escondrijo y recordó lo que
ella había pensado sobre aquello, tan sólo seis semanas antes, en mitad de los
oscuros pasillos de la mansión Spencer. ¿Por qué? ¿Por qué tantos secretos y
tan retorcidos? Los archivos que Trent le había entregado justo antes de la
misión que la llevó a la propiedad Spencer estaban repletos de pistas sobre los
rompecabezas que existían en la mansión, por suerte para ella. Sin aquellas
pistas, no habría logrado salir con vida del lugar. La mayor parte de los
mecanismos, pequeños e intrincados, eran demasiado complicados para ser
prácticos, funcionales o simplemente útiles. ¿Qué sentido tenían?
Jill, después de pensarlo durante mucho tiempo, había llegado a
la conclusión de que los verdaderos jefes ejecutivos de Umbrella, aquellos de
los que nadie conocía su existencia, eran unos fanáticos paranoicos. Eran niños
perversos que jugaban a ser agentes secretos y que apostaban las vidas de otros
en esos juegos tan sólo porque sí; porque podían. Porque nadie les había dicho
que lo de esconder juguetes y lo de dibujar mapas del tesoro era algo que se
dejaba atrás cuando se crecía. Porque nadie los ha parado. Todavía. De repente,
se sintió deseosa de acabar con todo aquello, de colocar el engranaje, hacer
sonar las campanas y marcharse de una vez. Jill se lo resumió a Carlos de un
modo sencillo.
—Porque están zumbados, por eso. Son unos cabrones chiflados de
primera clase. ¿Estás preparado para salir de aquí, o no?
Carlos asintió con gesto sombrío, y después de echar un último
vistazo a su alrededor, salieron de la estancia y regresaron por donde habían
entrado.
Capítulo 18
Carlos observó cómo Jill trepaba una vez más por la escalera.
Intentó no hacerse demasiadas ilusiones otra vez. Si aquello no funcionaba, iba
a sufrir una gran decepción…; no, una decepción enorme.
A la mierda con todo. Si no funciona, nos vamos andando, o vemos
si podemos llegar a la fábrica y robar un medio de transporte. Jill tiene
razón: esta gente son unos lunáticos de narices. Cuanto antes salgamos de su
territorio, mejor.
Se quedó mirando al patio delantero, sin verlo, durante unos
momentos. Estaba tan agotado que se preguntó si aún tenía ánimos, aunque sólo
fuera para dar un paso más. Le parecía algo imposible. Lo único que lo mantenía
en pie era el deseo de marcharse de allí, de alejarse de aquel holocausto para
intentar recuperarse.
Cuando sonó el primer repique de campana y el tañido bajó desde
la parte superior de la torre, Carlos se dio cuenta de que no podría contener
sus esperanzas. Lo intentó. Se dijo que el programa de llamada no funcionaría,
que Umbrella enviaría a un grupo de asesinos para acabar con ellos, que el
piloto sería un zombi… Nada de aquello sirvió. Sabía que un helicóptero iría a
recogerlos; estaba convencido. Sólo esperaba que el equipo de rescate no
tuviera ningún problema para encontrar un lugar donde aterrizar.
¡Focos!
Había cuatro en el borde de la cornisa, y una caja de mandos
oxidada cerca de la puerta que llevaba al interior. La luz serviría para guiar
al transporte y hacer que llegara con mayor rapidez. Carlos se apresuró a
acercarse y levantó la vista para saber si Jill comenzaba a bajar. No lo había
hecho…, y cuando bajó la mirada, vio que ya no estaba solo. Como por arte de
magia, el espantoso monstruo mutilado que perseguía a Jill apareció de repente,
allí mismo, lo bastante cerca como para que Carlos pudiera oler la carne
quemada. El horrible rostro deformado estaba inclinado hacia arriba, hacia la
parte superior de la escalera.
—¡Carlos, cuidado! —gritó Jill.
Sin embargo, aquel monstruo, el Némesis, no le hizo caso en
absoluto y dio un paso gigantesco hacia la escalera mientras sus tentáculos,
como serpientes sin ojos, azotaban al aire alrededor de la enorme cabeza. Un
paso más y estaría a los pies de la escalera…, y Jill quedaría atrapada. Dijo
que las balas no le hacían daño… Carlos, desesperado, vio el gran interruptor
verde del panel de control de los focos y se lanzó a por él, sin tener muy
claro lo que esperaba conseguir. Distraerlo, si tenía suerte.
Los cuatro focos se encendieron al mismo tiempo, cegadores, e
hicieron subir la temperatura de forma inmediata a su alrededor al mismo tiempo
que iluminaban la torre, haciéndola visible desde kilómetros de distancia. Uno
de los potentes rayos estaba enfocado de forma directa contra el rostro odioso
del monstruo. La potencia de la luz lo obligó a retroceder, trastabillando, a
la vez que protegía con aquellas manos enormes los ojos mutantes. Carlos actuó.
Echó a correr hacia el Némesis cegado, con el M16 en alto, y le
propinó un culatazo en pleno pecho con todas las fuerzas que pudo. La criatura
perdió el equilibrio y siguió trastabillando hacia atrás. Las piernas
tropezaron con la barandilla y toda una sección de la misma se partió con un
fuerte crujido y cayó hacia la oscuridad. El Némesis fue detrás. Carlos oyó un
golpazo tremendo contra el suelo justo cuando los focos, recalentados, se
apagaron. Los ojos se le llenaron de manchas oscuras danzantes durante unos
momentos.
El tremendo repicar de las campanas siguió llenando el aire
mientras Jill bajaba por la escalera. Se descolgó del hombro el lanzagranadas
en cuanto llegó a la cornisa, y se reunió con Carlos al lado de la barandilla
rota.
—Yo… Gracias —dijo Jill mirándolo directamente a los ojos. Su
mirada era firme y sincera—. Si no hubieras encendido las luces, ya estaría
muerta. Gracias.
Carlos quedó impresionado y un poco azorado por su sinceridad.
—De nada —contestó.
Se había dado cuenta de repente que era muy, muy atractiva, y no
sólo en el sentido físico, y de la poca experiencia de verdad que tenía con las
mujeres. Era un mercenario de veintiún años, y no era precisamente que hubiera
tenido muchas oportunidades ni tiempo para andar ligando.
No puede ser mucho mayor que yo. No tiene más de veinticinco
años, y quizá…
Jill chasqueó los dedos delante de su cara y lo trajo de nuevo a
la realidad. Aquello le recordó lo cansado que estaba. Se había ido por
completo.
—¿Sigues aquí?
Carlos asintió y carraspeó un poco.
—Sí, lo siento. ¿Qué decías?
—He dicho que será mejor que nos pongamos en marcha. Si está así
de vivito y coleando después de que le haya estallado una granada en plena
cara, dudo mucho que una caída de dos pisos lo mate.
—Vale —contestó Carlos—. De todas maneras, deberíamos bajar a la
parte delantera. Lo más seguro es que dejen caer una cuerda y un arnés si no
pueden posarse.
Jill asintió.
—Vamos allá.
Carlos entró de nuevo en la torre mientras la poderosa voz de
las campanas seguía resonando, y de repente se preguntó si Nicholai todavía
estaría vivo…, y si lo estaba, qué haría cuando oyese repicar las campanas.
Nicholai oyó sonar las campanas en su camino de regreso a la
ciudad, y soltó un bufido de irritación, pero se negó a dejarse tentar. No
confiaba en que el trío sin apenas experiencia lo consiguiera, pero ¿qué
importaba si lo habían logrado? Davis Chan había enviado otro informe, desde
una tienda de moda para mujeres nada menos, y Nicholai estaba decidido a darle
caza.
¿Por qué debería importarme que se marchen con el rabo entre las
piernas si tengo lo que tengo?
Nicholai sacó el estrecho tubo de metal de un bolsillo por
tercera vez desde que había salido del hospital. Fue incapaz de resistirse a
ello. Dentro había una ampolla de cristal llena de un líquido de color púrpura
que él mismo había sintetizado con ayuda de una hoja de instrucciones que el
metódico ayudante del doctor Aquino había dejado en el laboratorio.
Nicholai sabía que lo mejor y lo más seguro sería guardar la
muestra en algún lugar, pero el pequeño envase representaba su poder sobre los
demás «perros guardianes» y el estatus recién adquirido en Umbrella. Era un
dirigente natural, un líder entre hombres menores, y se dio cuenta de que
llevar la vacuna encima y sostenerla en la mano de vez en cuando lo hacía
sentirse poderoso. Respaldado, en cierto modo.
Nicholai sonrió y volvió a guardar el envase en el bolsillo, a
su alcance. Comenzó a caminar de nuevo e hizo caso omiso de forma deliberada
del repique de las campanas. Todo iba bien: tenía la vacuna; sabía dónde se
encontraba Chan y dónde iba a estar Franklin en menos de cuarenta y ocho horas;
ya había conectado todos los explosivos para hacer saltar por los aires el
hospital, y apretaría el botón que los haría estallar en cuanto su «encuentro»
con Franklin hubiese finalizado. Nicholai pensó que quizá lo mejor sería
acercarse a la fábrica y cargarse a Terence Foster mientras esperaba que
llegase el momento de librarse de Franklin. Tenía tiempo de sobra…
Lo mismo que tiempo de sobra para dar caza a Mikhail, para jugar
a ser un noble miembro de escuadra, para decidir quién de ellos sería el
primero en morir.
Los repiques de las campanas siguieron martilleándole la cabeza,
recordándole su fracaso, pero se negó a verse distraído por la huida de tres
incompetentes. Ya estaba acercándose a la ciudad. Pudo distinguir el brillo
combinado de los fuegos pequeños y de otros no tan pequeños que azotaban a la
ciudad muerta. Incluso aunque quisiera, no llegaría a tiempo a la torre del
reloj antes de que el primer helicóptero acudiese a la llamada. Y tampoco es
que quisiese: tuvo la oportunidad de hacerlo después de matar al doctor Aquino,
y decidió que no merecía la pena la pérdida de tiempo. Había sido la decisión
adecuada…, y no merecía tener en cuenta las extrañas dudas que lo acosaban
mientras seguía oyendo repicar las campanas. No significaban nada, tan sólo que
habían sobrevivido. No quería decir que les fuera tan bien como a él.
Además, todavía tenía unos cuantos «perros» a los que matar si
quería asegurarse por completo el monopolio sobre la información de todo lo
ocurrido. Pensó que lo más probable era que Chan decidiese pasar la noche en la
tienda desde donde había enviado su informe dado lo tarde que era. Nicholai lo
mataría, se apropiaría de los datos que había recogido y se retiraría a
descansar a algún lugar seguro. En la reunión con los «perros guardianes» los
habían informado de que los alimentos eran más bien escasos, pero estaba seguro
de que se las apañaría. A lo mejor bastaría con entrar en unas cuantas
despensas a buscar comida enlatada. Enviaría su propio informe por la mañana
para mantener su tapadera, y pasaría todo el día recogiendo información antes
de dirigirse al oeste de nuevo.
Todo iba de maravilla, y oyó el sonido de un helicóptero que se
acercaba mientras cruzaba las afueras de la ciudad. No le importó lo más
mínimo. Que esos cobardes cabrones de mierda huyeran. Él se sentía genial, con
el control de la situación. Mejor que genial. Sólo tenía dolor de cabeza por el
repique de las malditas campanas.
Recorrieron de nuevo todo el camino que habían andado en el
interior de la torre del reloj. Jill quería asegurarse de que el Némesis se
confundiera o se dedicara a dar vueltas todo el tiempo posible antes de que
ellos tuvieran que acercarse al helicóptero. Se fueron inventando un cuento
para los del equipo de evacuación mientras caminaban: Jill se llamaba Kimberly
Sampsel (era el nombre de la mejor amiga de Jill en el quinto curso del
colegio) y trabajaba en una galería de arte de la ciudad. No tenía familia allí
porque se había mudado a Raccoon City hacía poco tiempo. Carlos la había
encontrado justo después de que su jefe de pelotón, el único miembro del UBCS
que había sobrevivido al primer encuentro aparte de él, hubiera muerto a manos
de los zombis. Habían logrado llegar juntos a la torre del reloj. Fin del
cuento.
Decidieron no mencionar a Nicholai, ni al Némesis ni a las demás
criaturas inidentificables que habían visto correr por la zona: la idea era
aparentar ser lo más ignorantes posible respecto a todo lo que había ocurrido
en la ciudad. Ninguno de los dos quería arriesgarse en absoluto con las
posibles intenciones del equipo de rescate, y Jill estaba segura de que habría
alguien en el helicóptero para hacerles preguntas, de modo que, cuanto más
simple fuese lo que contaran, mejor. No les quedaba más remedio que rezar para
que nadie tuviera una fotografía de ella a mano. Ya se preocuparían de
desaparecer del todo cuando estuvieran bastante lejos de la ciudad.
Se detuvieron un momento delante de la puerta principal de la
torre y se prepararon para ser rescatados. Jill sentía una mezcla extraña de
alegría y ansiedad. Estaban a punto de ser rescatados, pero estar tan cerca de
lograr salir de aquel lugar le hacía temer que algo saliera mal.
Quizá estoy así porque son los de Umbrella los que vienen al
rescate. Dios sabe que no tienen un historial demasiado de fiar…
—¿Jill? Quiero hablarte de algo antes de que nos marchemos —dijo
Carlos.
Durante unos momentos, Jill pensó que su ansiedad iba a verse
confirmada, que Carlos iba a contarle algún secreto terrible que le había
estado ocultando…, pero entonces vio su expresión pensativa y apartó aquello de
su mente.
—Vale. Dime —respondió con un tono de voz neutral al mismo
tiempo que recordaba cómo se había quedado mirándola en la cornisa de la torre
del reloj.
Ya había visto esa mirada antes en otros hombres…, y no tenía
muy claro cómo debía sentirse respecto a Carlos. Chris Redfield y ella habían
comenzado a sentirse bastante unidos antes de que él se marchase a Europa.
—Antes de venir, se me acercó un tipo que se me puso a hablar
sobre Raccoon y lo que estaba pasando aquí… —comenzó a decir Carlos, y Jill
tuvo justo el tiempo suficiente para sentirse idiota por su presuntuosidad
antes de darse cuenta de lo que significaban aquellas palabras. ¡Trent!
—Me dijo que lo íbamos a pasar mal y se ofreció a ayudarme. Al
principio, pensé que estaba chiflado…
—Pero cuando llegaste aquí, viste que no era así —lo interrumpió
ella.
Carlos se la quedó mirando fijamente.
—¿Lo conoces?
—Lo más probable es que lo conozca lo mismo que tú. A mí me
ocurrió exactamente igual justo antes de la misión a la propiedad Spencer. Me
proporcionó información sobre la casa…, y me dijo que tuviese cuidado en quién
confiaba. Se llama Trent, ¿no?
Carlos asintió, y aunque los dos abrieron la boca para hablar al
mismo tiempo, ninguno de los dos dijo una sola palabra; los interrumpió la
llegada del helicóptero de rescate. Ambos sonrieron e intercambiaron una
sonrisas de alegría y de alivio.
—Ya hablaremos de él más tarde —dijo Carlos.
Abrió la puerta, y el rugido de las palas del rotor del
helicóptero inundó el vestíbulo cuando se apresuraron a salir al patio
delantero.
Jill sólo vio un helicóptero de transporte, pero no le importó.
Era obvio que no había nadie más a quien evacuar, y los dos empezaron a agitar
los brazos y a gritar en cuanto pasó por encima del tranvía volcado.
—¡Aquí! ¡Estamos aquí! —gritó Jill, y vio con claridad el rostro
afeitado del piloto, vio su sonrisa iluminada por las luces de la cabina
mientras se acercaba a ellos lo bastante para distinguir a la perfección cómo
la sonrisa desaparecía de aquel rostro juvenil y se veía sustituida por una
expresión de horror, al mismo tiempo que oía el disparo de una arma a su
derecha.
Ssshhhhh…
Una estela de humo, procedente del tejado de uno de los
edificios adyacentes a la torre del reloj, se dirigía hacia la aeronave
inmóvil…
Un misil tierra-aire, un lanzagranadas o un lanzacohetes…
¡BAAAM!
—No —susurró Jill, pero su voz se perdió cuando el cohete se
estampó contra el helicóptero y explotó.
Jill pensó aturdida que debía tratarse de un misil perforante de
alto poder explosivo antitanque al ver los destrozos que había causado en el
fuselaje del helicóptero. El aparato giró sobre sí mismo antes de inclinarse
hacia un lado y empezar a escupir llamas por la cabina destrozada.
Carlos la agarró del brazo y tiró de ella, casi levantándole los
pies del suelo, cuando un ruido cada vez más agudo y penetrante sonó por encima
de sus cabezas. El helicóptero en llamas cayó hacia adelante justo en el
momento en que se refugiaban detrás de la fuente y se estrellaba contra la
torre del reloj. Trozos de metal al rojo, fragmentos de madera y pedazos de
roca llovieron a su alrededor después de que el transporte atravesara el tejado
del vestíbulo. Unos instantes más tarde, como si fuera la voz de la destrucción
final, Jill pudo oír el grito triunfante del Némesis que se alzaba por encima
del estruendo general.
Capítulo 19
Carlos oyó el grito aullante del monstruo y comenzó a ponerse en
pie sin soltar el brazo de Jill. Tenían que marcharse de allí antes de que la
viera.
Justo entonces, la parte frontal del edificio se partió hacia
fuera como si estuviera hecha de madera de contrachapado, y nuevos restos del
helicóptero salieron despedidos envueltos en una nube de llamas y humo.
Un trozo de piedra ennegrecida, procedente de la pared exterior
de la torre, se estrelló contra el costado izquierdo de Carlos antes de que le
diera tiempo a agacharse de nuevo. Oyó y sintió cómo se le partía una costilla
antes de caer al suelo. El dolor fue instantáneo e intenso.
—¡Carlos!
Jill se inclinó sobre él. Miró de forma inquieta hacia la parte
de la torre que quedó oculta y luego miró otra vez hacia él. No había dejado de
empuñar el lanzagranadas. El Némesis había dejado de aullar. Entre aquello y el
silencio repentino y brutal de las campanas, Carlos pudo distinguir algo que
golpeaba de un modo rítmico y pesado el suelo, a lo que siguió el sonido
crujiente de piedras al convertirse en gravilla con un ritmo lento y constante.
Crraac. Crraac.
Viene hacia aquí. Ha saltado del techo y viene hacia aquí…
—Corre —dijo Carlos.
Vio que ella entendió la situación un segundo antes de marcharse
a la carrera: no tenía elección. Lo dejó a solas con toda la rapidez que pudo y
oyó el sonido de las botas alejándose a toda velocidad sobre la gravilla.
Carlos giró la cabeza mientras se incorporaba a medias,
esforzándose por no sentir dolor, y vio al monstruo. Se encontraba de pie en
mitad de una pila de trozos de cemento, de piedra rota y madera ardiendo, sin
darse cuenta de que el borde de su abrigo de cuero estaba en llamas. Su rostro
aberrante se movía de un lado a otro en busca de Jill. Al igual que en la
ocasión anterior, no pareció reparar en él.
Siempre que no me interponga en su camino —pensó Carlos mientras
se recostaba contra la piedra fría de la fuente y alzaba el rifle—. No me
duele, no me duele, no me duele.
El Némesis levantó un lanzacohetes hasta uno de sus gigantescos
hombros con un movimiento fluido y sin apenas esfuerzo. Apuntó, y Carlos
comenzó a disparar.
Cada sacudida del M16 provocada por los proyectiles disparados
le envió una nueva oleada de agonía a los huesos, pero disparó con puntería a
pesar de ese dolor tremendo. En el rostro de aquella criatura deforme
comenzaron a aparecer pequeños agujeros negros, y Carlos incluso pudo oír el
sonido metálico de una bala al rebotar en el lanzacohetes. Los tentáculos
carnosos que asomaban por detrás de la cabeza y salían de debajo de la larga
chaqueta del monstruo comenzaron a agitarse de un modo frenético, como si estuviesen
enfurecidos, enrollándose y desenrollándose con una velocidad increíble.
Carlos vio que inclinaba el lanzacohetes hacia donde él se
encontraba, pero siguió disparando: sabía que no podría levantarse a tiempo
para echar a correr. ¡Corre, Jill! ¡Márchate!
Apuntó contra Carlos y disparó. Éste vio un estallido de luz que
se dirigía hacia él, sintió el calor del cohete antitanque de alto poder
explosivo pasar cerca de su piel, y, de algún modo, no murió, pero algo que no
estaba muy lejos, a su espalda, voló por los aires. La fuerza de la onda
expansiva de la explosión lo levantó y lo arrojó contra un lado de la fuente.
El dolor fue increíble, pero logró mantenerse consciente, decidido a
conseguirle un poco más de tiempo a Jill.
Carlos, medio recostado sobre el borde de la fuente, comenzó a
disparar de nuevo contra el monstruo apuntando otra vez a la cara, pero las
balas lo alcanzaron por todos lados mientras se esforzaba por mantener el
control del arma.
Muere, muérete ya de una vez…
Pero no moría. Ni siquiera mostró el más mínimo gesto de dolor.
Carlos supo que sólo le quedaba medio segundo de vida antes de quedar reducido
a una mancha grasienta sobre el césped.
El lanzacohetes estaba apuntando en línea recta a la cara de
Carlos cuando ocurrió: un disparo entre un millón…
¡Carajo!
El «ping» metálico se convirtió en una explosión, en un
estallido repentino de luz al rojo blanco. El monstruo salió despedido hacia
atrás cuando el arma se desintegró y desapareció de la vista.
El rifle de Carlos se quedó sin balas. Alargó el brazo para
meter un nuevo cargador y sufrió otra oleada de dolor. La luz se apagó y la
oscuridad lo arrastró.
Jill vio a Carlos desplomarse, y se obligó a sí misma a quedarse
donde estaba, entre un seto y el tranvía. Había visto caer al Némesis, arrojado
de espaldas contra la pila de escombros en llamas por el estallido que había
destrozado el lanzacohetes, pero la capacidad del monstruo, probada una y otra
vez, para esquivar a la muerte, la hizo quedarse quieta y no acudir en ayuda de
Carlos. Si aquello estaba en pie todavía, Jill quería asegurarse de que sólo se
fijara en ella.
El lanzagranadas apenas le pesaba en las manos. La adrenalina
que le recorría las venas de nuevo proporcionaba nuevas fuerzas a su deseo de
venganza…, y en cuanto el Némesis se puso en pie con un hombro envuelto en
llamas y los músculos de carne roja visibles bajo las ropas destrozadas, Jill
le disparó.
La granada cargada de metralla, como un cartucho de escopeta
lleno de postas, lanzó una descarga concentrada de miles de bolas de acero al
otro lado del patio…, pero Jill no había apuntado bien y el disparo falló por
completo. El Némesis, que se había puesto a aullar de nuevo, quedó indemne, y
los restos de la pared delantera de la torre quedaron cubiertos de agujeros.
El Némesis dejó de aullar aunque su pecho continuaba ardiendo.
Tenía la piel negra y cuarteada. Inclinó el cuerpo hacia Jill mientras ésta
abría la recámara del lanzagranadas y sacaba otro proyectil de la bolsa. Rezó
para que las heridas del monstruo fuesen peores de lo que parecía.
Agachó la cabeza y empezó a correr hacia ella. Sus increíbles
zancadas lo hicieron acercarse a una velocidad tremenda. Cruzó el patio casi en
menos de un segundo, y sus tentáculos se alzaron por encima de su cabeza como
si se dispusiesen a agarrarla.
Jill saltó hacia su izquierda y se metió, con la granada todavía
en la mano, en un pasillo formado por el seto y la pared occidental, intacta
todavía, de la torre. Oyó cómo irrumpía a través del seto en el momento que
ella llegaba al final. Casi la había alcanzado. Su velocidad era
extraordinaria. Estaba a poco más de la distancia de un brazo mientras ella
doblaba la esquina…, y en ese preciso instante, algo la golpeó en el hombro
derecho, algo sólido y viscoso que se enterró en su piel como si fuera un dedo
gigantesco y sin hueso. Le picaba, como si el veneno de un millar de avispones
se hubiera metido de repente en sus venas, y comprendió que uno de los
tentáculos le había atravesado la carne. Mierdamierdamierda.
No podía pensar en ello, no tenía tiempo. Sin embargo, el
Némesis se detuvo, alzó la cabeza hacia las estrellas y aulló su victoria al
firmamento oscuro y frío. Jill también se detuvo, tambaleante, metió el
proyectil en el lanzagranadas, cerró la recámara, y le descerrajó un tiro
cuando se abalanzaba de nuevo contra ella. El disparo impactó de lleno al
aullante Némesis justo debajo de la cadera derecha y le desgarró los músculos
de la parte superior del muslo. Una lluvia de trozos de carne y piel salieron despedidos
hacia atrás.
Cayó al suelo. Se arrastró unos cuantos metros más, y se
desplomó como una montaña de carne desgarrada. Se quedó allí quieto, monstruoso
y en silencio.
A Jill se le cayó la siguiente granada en su frenesí por
recargar y el proyectil se alejó rodando. Logró agarrar con firmeza la última,
y acababa de cerrar la recámara del arma después de recargarla cuando el
Némesis comenzó a levantarse de espaldas a ella.
Jill apuntó a la parte baja de la espalda y disparó. El
estruendo del arma no fue más que otro ruido sordo que le llegaba por debajo
del fuerte zumbido de sus oídos. El Némesis ya estaba de pie cuando recibió el
impacto, que lo alcanzó en la parte izquierda del cuerpo, lo que en una persona
normal habría sido una herida letal en mitad de un riñón. Por lo que pudo ver,
eso no fue así en el caso del asesino de STARS. Trastabilló, se irguió de
nuevo, y comenzó a alejarse cojeando con una de sus gigantescas manos tapando
la herida.
Se marcha, se está marchando…
Sus pensamientos eran un poco lentos e incoherentes, y tardó en
darse cuenta de que el hecho de que se marchara no era nada bueno. No podía
permitir que se fuera para curarse y luego regresar. Tenía que matarlo mientras
todavía estaba débil.
Jill empuñó el Colt Python e intentó apuntar, pero se le nubló
la vista y no pudo enfocar con precisión la silueta que se alejaba a través de
los restos en llamas. Se sentía mareada y algo enfebrecida. Pensó que lo más
probable era que la hubiese infectado con el virus T.
No tenía que mirarse la herida del hombro para saber que era
seria. Sentía la sangre tibia bajarle por el costado y empapar la cinturilla de
la falda. Deseó creer que el virus estaba saliendo de su cuerpo junto con la
sangre, pero no pudo engañarse, ni siquiera estando herida de tanta gravedad.
Pensó por unos momentos en utilizar la 357 que llevaba en la
mano, pero luego se acordó de Carlos y comprendió que tenía que esperar. Tenía
que ayudarlo si aún podía. Al menos, le debía eso.
Reunió las escasas fuerzas que le quedaban y que iban
desapareciendo con rapidez y se dirigió hacia Carlos. Estaba tendido al lado de
la fuente, gimiendo medio inconsciente. Sin duda, estaba herido, pero al menos
no se veía sangre por ningún lado.
Quizá esté bien…
Fue su último pensamiento antes de sentir que su cuerpo la traicionaba
y se rendía, dejándola caer al suelo y sumiéndola en un sueño muy, muy
profundo.
Está oscuro, me zumban los oídos, hay que escapar, fuego y
oscuridad, balas, no puedo oír. Jill corre, lejos del fuego…, el monstruo
dispara, cohete de alto poder explosivo que apunta… apunta a mi… cara.
Carlos volvió en sí de golpe, confuso y dolorido, y miró a su
alrededor para ver qué estaba pasando, para ver al monstruo y a Jill. Estaría
metida en apuros si aquel monstruo la alcanzaba…
La noche estaba tranquila y silenciosa. Algunos incendios
pequeños seguían ardiendo a su alrededor, iluminándolo todo con un resplandor
naranja y generando el calor suficiente para hacerlo sudar. Carlos se obligó a
sí mismo a incorporarse, y se puso en pie con lentitud mientras se agarraba la
costilla rota con una mano y apretaba los dientes con fuerza para soportar el
dolor. Estaba rota o fisurada, puede que incluso fueran dos, pero tenía que
pensar en Jill, tenía que superar el efecto de las explosiones y…
—¡Oh, no! —exclamó en voz baja, olvidando por completo su
agotamiento dolorido mientras se dirigía de forma apresurada hacia ella.
Jill estaba tumbada sobre un parterre de hierba quemada, inmóvil
por completo a excepción del flujo de sangre que seguía saliendo del hombro
derecho. Estaba viva, pero quizá no por mucho tiempo.
Carlos hizo caso omiso del dolor que sentía y la tomó en brazos.
El peso muerto le provocó el deseo de gritar de rabia por la locura que había
crecido y se había instalado en Raccoon City, que había impuesto su ley
inmisericorde en Jill y en él. Umbrella, monstruos, espías, incluso Trent…,
todo aquello no era más que una pesadilla de locura…, aunque la sangre era muy
real.
La apretó contra su pecho y giró sobre sí mismo buscando un
refugio. Tenía que ponerla a cubierto, a salvo, en algún sitio donde pudiera
curar y vendar sus heridas, donde los dos pudieran descansar un poco. Se fijó
en la capilla del ala occidental de la torre del reloj, que seguía casi
intacta. No había ventanas y las puertas tenían unos buenos cerrojos.
—No te mueras, Jill —murmuró Carlos y deseó que pudiera oírlo
mientras atravesaba el patio en llamas.
Capítulo 20
El tiempo pasaba. Oscuridad y oscuridad, y fragmentos de un
millar de sueños que podían verse con claridad un instante antes de
desvanecerse de nuevo. Era una niña que estaba en la playa con su padre. El
sabor de la sal estaba en el aire. Era una joven desgarbada y torpe enamorada
por primera vez. Una ladrona que robaba a los ricos, tal como le había enseñado
su padre. Una estudiante que entrenaba con los STARS y que aprendía a utilizar
sus habilidades para ayudar a las personas.
Más oscuro. El día que su padre había sido encarcelado por robo.
Amantes a los que había traicionado, o que la habían traicionado. Sentimientos
de soledad. Y por fin, su vida en Raccoon City, la misma muerte de la luz.
Becky y Priscilla McGee, de siete y nueve años, las primeras
víctimas. Destripadas y devoradas en parte. Descubrir al helicóptero del equipo
Bravo estrellado cerca de la mansión Spencer. El olor dentro del edificio, a
polvo y a podredumbre. Enterarse de la conspiración de Umbrella y de la
corrupción y traición de algunos miembros de los STARS. La muerte del jefe del
equipo, Albert Wesker, un traidor, y el ataque final del Némesis.
Bebió agua fresca bastantes veces medio despierta, y volvió a
dormirse mientras los recuerdos más recientes tomaban el control. Los
supervivientes perdidos, la gente a la que había intentado salvar, sobre todo
las caras de los niños. Todos ellos muertos. La muerte brutal de Brad Vickers.
Carlos. La mirada fría y vacía de sentimientos de Nicholai, y el sacrificio de
Mikhail. Y reinando por encima de todo aquello como el ejemplo perfecto de la
maldad, el Tirano monstruo, perfeccionado, el Némesis, su aullido terrible
llamándola, sus ojos terribles buscándola a dondequiera que fuese, hiciese lo
que hiciese.
Sin embargo, lo que más la inquietaba era que algo le estaba
ocurriendo. Era una sensación distante, porque le estaba pasando a su cuerpo y
estaba muy dormida, pero no por ello era menos desagradable. Le parecía que las
venas y las arterias estaban calentándose y ensanchándose, como si todas y cada
una de sus células engordase y se llenase de especias extrañas, y se pegase a
las de alrededor para hervir a fuego lento. Como si todo su cuerpo fuese un
envase y estuviese repleto de calor húmedo en movimiento.
Al final, el suave sonido de las gotas de lluvia que caían
repicó en el borde su conciencia y deseó verla, sentir su frescura sobre la
piel, pero salir de aquella oscuridad era un esfuerzo largo y agotador. Su
cuerpo no quería, y protestó cada vez con mayor fuerza a medida que ella se
acercaba más y más a la superficie gris, a la zona de penumbra situada entre la
lluvia y los sueños… Pero Jill estaba decidida, y logró salir.
Abrió los ojos después de decidir que estaba viva.
Capítulo 21
Carlos estaba sentado, recostado contra la puerta y comiendo una
lata de fruta en conserva, cuando vio a Jill agitarse un poco. El sonido pesado
y rítmico de su profunda respiración se hizo más leve. Giró su cabeza de un
lado a otro, todavía dormida, pero aquel movimiento había sido la acción más
deliberada que la había visto hacer en cuarenta y ocho horas. Se puso en pie
con toda la rapidez que pudo, pero se vio obligado a ir con cuidado debido al
pinchazo de dolor que sintió en las costillas antes de acercarse al altar donde
la había dejado tumbada.
Carlos se agachó para recoger una botella de agua que había en
la base del altar, y ella, irguiéndose, abrió los ojos.
—¿Jill? Voy a darte un poco de agua. Intenta ayudarme, ¿vale?
Ella asintió, y Carlos se sintió henchido de alivio. Le sostuvo
la cabeza mientras bebía unos cuantos tragos de agua de la botella. Era la
primera vez que había respondido con claridad a algo, y tenía buen color. Había
bebido durante dos días lo que él le había ido dando, pero aparte de eso se
había mantenido inconsciente por completo y con el rostro blanco como el papel.
—¿Dónde… estamos? —preguntó con voz débil, y cerró los ojos
mientras dejaba caer la cabeza en la almohada improvisada: un trozo de alfombra
enrollado sobre sí mismo. La manta no era más que unas cortinas del vestíbulo
que se habían salvado del incendio y que él había recuperado.
—En la capilla de la torre del reloj —le contestó en voz baja—. Llevamos
aquí desde que… desde que el helicóptero se estrelló.
Jill abrió los ojos de nuevo. Era obvio que estaba completamente
consciente y bastante despejada. No estaba infectada. Carlos lo había temido
durante un tiempo, pero ella estaba bien; tenía que estarlo.
—¿Cuánto tiempo?
Hablar parecía cansarla, de modo que Carlos se esforzó por
resumir todo lo que había ocurrido para que no tuviera que seguir haciéndole
preguntas.
—El Némesis derribó el helicóptero y tú y yo acabamos heridos. A
ti te…, hirió en el hombro, pero te he ido cambiando las vendas y la herida no
parece infectada. Llevamos aquí dos días, descansando y recuperándonos. Tú te
has pasado casi todo el tiempo durmiendo. Estamos a uno de octubre, o eso creo,
el sol se puso hace una hora y lleva lloviendo a ratos desde ayer por la noche…
Se fue callando, sin saber qué más decir, pero sin querer que se
quedara dormida de nuevo, al menos, no inmediatamente. Estaba a solas con sus
pensamientos desde hacía demasiado tiempo.
—Ah, sí. He encontrado una caja de latas de macedonia de fruta
en el baúl que había en una de las salas de estar, la que tenía el tablero de
ajedrez. ¿Te acuerdas? También he encontrado unas botellas de agua que alguien
guardaba. Supongo que hemos tenido suerte. ¿Verdad? No quería dejarte sola. He
estado, esto…, cuidándote.
No añadió que la había estado limpiando y cambiando las cortinas
sobre las que estaba tumbada cuando había sido necesario. No quería que se
sintiera avergonzada.
—¿Estás herido? —preguntó ella frunciendo el ceño y parpadeando
con lentitud.
—Un par de costillas rotas, nada grave. Bueno, cuando tenga que
arrancarme la cinta aislante, ya verás, eso sí que va a doler de cojones. Es lo
único que pude encontrar para vendarme.
Jill sonrió levemente, y Carlos bajó la voz, casi demasiado
temeroso de preguntarlo.
—¿Cómo estás?
—¿Dos días? ¿Y no han venido más helicópteros? —preguntó ella a
su vez. Carlos se puso un poco tenso. No le había contestado a la pregunta.
—No han venido más helicópteros —respondió.
Carlos se dio cuenta por primera vez de que las mejillas de Jill
estaban demasiado enrojecidas. Le tocó un lado del cuello y se puso tenso:
tenía fiebre, aunque no demasiado elevada. El problema era que no la tenía una
hora antes, la última vez que había comprobado su estado.
—No me siento mal, nada mal. Apenas me duele.
Su voz era monótona, sin inflexiones. Carlos sonrió, torciendo
una comisura de los labios.
—Bien, ¿no? Una buena noticia. Eso significa que podremos coger
nuestras cosas y marcharnos de aquí dentro de poco…
—Estoy infectada con el virus —lo interrumpió ella, y Carlos se
quedó helado. La sonrisa se le borró de la cara.
No. Se equivoca. No es posible.
—Llevas dos días así, de modo que no puede ser —contestó con
firmeza, diciéndole lo que llevaba diciéndose a sí mismo desde que ella se
despertó—. Vi a uno de mis camaradas convertirse en un zombi. No pasaron más de
dos horas desde que a Randy lo mordiera uno de esos bichos hasta que cambió. Si
estuvieras infectada, ya te habría ocurrido algo a estas alturas.
Jill rodó sobre sí misma con cuidado. Se le escapó un leve gesto
de dolor y cerró los ojos. Habló con un tono de voz que mostraba un cansancio
tremendo.
—Carlos, no voy a discutir contigo. Quizá se trata de una
mutación nueva debido a que procede del Némesis, o quizá poseo alguna clase de
inmunidad por haber estado en la mansión Spencer. No lo sé, pero estoy
infectada. —Su voz tembló un poco—. Puedo sentirlo, puedo sentir cómo voy
empeorando.
—Vale, vale. Ssshhh —le contestó Carlos.
Decidió que se marcharía de forma inmediata. Se llevaría el
revólver de Jill, aparte de su rifle de asalto, y desde luego, un par de
granadas de mano.
El hospital estaba bastante cerca de la torre, y allí había al
menos una muestra de la vacuna. Era lo que le había dicho Trent. A Carlos le
hubiera gustado pasarse antes por el lugar, en busca de suministros, pero al
principio estaba demasiado agotado y dolorido como para acercarse a mirar, y
después no se había atrevido a arriesgarse a dejar a Jill a solas e
inconsciente. Era peligroso, por muchas razones.
Saldré por delante y me dirigiré hacia el oeste, a ver si puedo
encontrar un cartel o algo parecido…
Trent también le había dicho que el hospital no estaría por
mucho tiempo allí. Carlos esperaba que no fuese demasiado tarde.
—Procura volverte a dormir —dijo a Jill—. Voy a salir un rato
para intentar encontrar algo que te pueda ayudar. No tardaré mucho.
Ella ya parecía estar medio dormida, pero levantó la cabeza y se
esforzó por hablar con claridad.
—Si cuando vuelvas estoy… más enferma, quiero que me ayudes. Te
lo pido ahora, porque puede que no tenga capacidad para pedírtelo más tarde.
¿Me entiendes?
Carlos quiso protestar, pero sabía que él le habría pedido lo
mismo si estuviese infectado con aquel virus. Morir era una putada, pero
Raccoon City le había demostrado que había cosas peores.
Como tener que pegarle un tiro a alguien al que aprecias.
—Te entiendo —contestó—. Ahora descansa. Volveré dentro de poco.
Jill se durmió, y Carlos empezó a recoger el equipo que
necesitaba. Miró a la chica justo antes de marcharse, y se quedó observando su
rostro durante un largo rato. Rezó en silencio para que todavía siguiese siendo
Jill cuando volviese.
El hospital estaba mucho más cerca de lo que creía, tan sólo a
dos manzanas de la torre del reloj.
Nicholai esperó con impaciencia a Ken Franklin. Sabía que la
muerte de aquel «perro guardián» marcaría el comienzo de la partida final. La
creciente frustración de Nicholai se acabaría por fin.
Si el cabrón aparece de una vez…
No, seguro que llegaba, y Nicholai estaría en marcha de nuevo.
Echó un vistazo por una ventana de la esquina de la oficina que había escogido,
y que daba a la calle vacía y a oscuras, por décima vez en otros tantos
minutos. También era su ruta de escape por si el sargento presentaba más
problemas de los que preveía. Deseaba que su oponente se diera prisa y
apareciera de una vez.
Nada había salido tal como él lo había planeado, y aunque
Nicholai procuró aprovechar el tiempo, estaba comenzando a perder la paciencia.
La búsqueda de Davis Chan había sido infructuosa hasta un extremo increíble. Ni
siquiera lo había visto de refilón durante los dos días que llevaba en la
ciudad. Además, el esquivo soldado había conseguido evitar el enfrentamiento
después de enviar otros dos informes y lo había hecho correr por toda la
ciudad.
Nicholai también había planeado dirigirse a primera hora del día
a las instalaciones para la depuración de aguas y librarse de una vez por todas
de Terence Foster, pero se enfrascó en otra persecución inútil y sin resultado:
había visto a una mujer cerca del edificio de la comisaría de Raccoon. Se
trataba de una chica de rasgos asiáticos, vestida con un traje rojo ceñido sin
mangas y que empuñaba una pistola como si supiese utilizarla muy bien. Se había
metido en un edificio y había desaparecido. Nicholai la estuvo buscando durante
casi cuatro horas, pero no volvió a ver a aquella mujer misteriosa. Así pues,
sus tres objetivos seguían todavía con vida. Al menos, consiguió obtener
información interesante para la operación: había descubierto un par de informes
secretos de los laboratorios sobre la fuerza media de los zombis. Sin embargo,
ya estaba harto, harto de comer judías frías de lata, harto de dormir con un
ojo abierto, harto de jugar a ser el gran cazador. Llevaba la cuenta: había
matado a cuatro Cazadores de la clase Beta, a tres arañas gigantes y a tres
chupacerebros. Bueno, aparte de decenas de zombis, por supuesto, pero ésos no
los contaba, ya que no creía que mereciera la pena hacerlo, ya no. Cada vez
eran más lentos y más asquerosos. Raccoon ya olía como un pozo séptico gigante,
y la situación iba a empeorar en ese sentido mientras los portadores del virus
continuasen pudriéndose hasta convertirse en grandes montones de restos
semisólidos de hedor inaguantable.
Ya me habré marchado para cuando eso ocurra. Después de todo,
Franklin llegará en cualquier momento.
Después de dos días de objetivos incumplidos, Nicholai había
acabado considerando su encuentro con Franklin en el hospital como algo seguro,
algo a lo que podía aferrarse: una muerte segura. Mientras pasó aquellas largas
horas inmerso en el creciente caos de la incertidumbre, la muerte de Ken
Franklin se había convertido en algo importante en extremo. En cuanto estuviese
muerto, Nicholai haría saltar por los aires el hospital. En cuanto el hospital
estuviese destruido, podría dar caza a Chan y a Foster, y después, ya podría
marcharse. Todo iría encajando en cuanto matase a Franklin.
Y justo cuando Nicholai daba vueltas a todas aquellas ideas, oyó
el sonido de unas pisadas en el pasillo. Sintió el corazón henchido de alegría.
Se colocó en la posición que había escogido al lado de la ventana y esperó a
que Franklin lo encontrase. La oficina o cuarto de suministros donde se
encontraba, estaba situada en la cuarta planta, no muy lejos de donde había
matado y escondido el cadáver del doctor Aquino.
Vamos, sargento…
Cuando el «perro guardián» abrió la puerta, Nicholai estaba
apoyado en la esquina con los brazos cruzados sobre el pecho y con aspecto
tranquilo. Franklin llevaba una arma de las mejores, una VP70 de nueve
milímetros, y apuntó con ella a la cara de Nicholai en un parpadeo. Él ni se
inmutó.
—Se supone que no tienes que estar aquí —dijo Franklin con un
tono de hostilidad evidente en su voz profunda y mortífera.
Se adentró un poco más en la estancia sin dejar de mirar y de
apuntar con la pistola semiautomática a Nicholai. Ya va siendo hora de que
descubra quién es más listo. Cualquiera podía preparar una emboscada, pero
hacía falta mucha inteligencia y habilidad para lograr que el oponente entrara
en ella de buen grado. Nicholai fingió un leve nerviosismo hosco.
—Tienes razón. No debería estar aquí. Es Aquino quien debería
estar, pero dejó de enviar informes ayer. Pensaron que estaría demasiado
ocupado trabajando en la vacuna antiviral, pero llevo buscándolo desde anoche y
no lo he visto por ningún lado.
Lo cierto era que Nicholai había estado enviando informes con el
nombre del doctor Aquino desde que lo había matado para así guardar las
apariencias.
—¿Quién eres? —preguntó Franklin. Era un individuo alto y de
musculatura fuerte, con una piel bastante oscura. Llevaba puestas unas gafas de
montura de alambre de aspecto delicado. Sin embargo, no había nada delicado en
la forma en que miraba a Nicholai.
Nicholai descruzó los brazos y luego los bajó con mucha
lentitud.
—Nicholai Ginovaef, UBCS… y «perro guardián». Me enviaron para
que comprobara la situación cuando el doctor dejó de dar señales de vida. Tú
eres Franklin, ¿verdad? ¿Has tenido algún contacto con Aquino desde que
llegaste? ¿Te habló de cómo iba a guardar en un lugar seguro la muestra? ¿Te
dio alguna clase de combinación o de llave?
Franklin no bajó el arma, pero era evidente que se sentía un
poco confundido.
—Nadie me ha dicho nada sobre un cambio de planes. ¿Quién dices
que te envía?
Aquella parte era todo un riesgo. Nicholai conocía los nombres
de cuatro individuos con la importancia suficiente dentro de la organización de
Umbrella para efectuar cambios en los planes, y lo más probable era que uno de
ellos fuese el contacto de Franklin, y que ya lo habría informado.
—No lo he dicho todavía —contestó Nicholai—. Bueno, supongo que
no importa que te lo diga… Fue Trent quien me llamó para esto.
Había elegido el nombre del individuo al que menos conocía,
incluso después de toda la investigación meticulosa que había llevado a cabo,
con la esperanza de que Franklin tampoco supiera gran cosa del ejecutivo. Trent
era un enigma que acechaba tras la sombra de los otros directivos en jefe como
una sombra críptica. Nicholai ni siquiera sabía cuál era su nombre de pila.
Sin embargo, funcionó con el sargento. Franklin bajó su arma,
todavía algo desconfiado pero con unos deseos evidentes de creérselo.
—¿No has podido encontrar a Aquino? ¿Qué hay de la vacuna?
Nicholai dejó escapar un suspiro. Meneó la cabeza y luego miró
de forma deliberada a un lugar situado a su izquierda, un espacio oculto a la
vista de Franklin por una estantería llena de papeles.
—No he visto ninguna señal del doctor…, pero ésta era su
oficina, y hay una caja fuerte empotrada en la pared, justo ahí. ¿Sabes algo
sobre cómo abrir uno de esos cachivaches?
Nicholai sabía perfectamente que Franklin era un experto en
ello. En su archivo personal aparecía que era una de sus habilidades
principales. En realidad, a Nicholai le importaba una mierda que Franklin
pudiera abrir o no la caja fuerte. Lo que importaba de verdad era que, para
llegar a la caja fuerte, el sargento tendría que darle la espalda a Nicholai.
Soy el mejor, mejor en esto que Aquino, que Chan o que este
idiota, y esto lo demostrará. Yo jamás le daría la espalda a nadie, jamás.
Sí, sin duda, eso sería indigno de él.
Franklin asintió y enfundó la VP70 mientras caminaba hacia el
rincón donde estaba Nicholai.
—Sí, algo sé de eso. Al menos, puedo echarle un vistazo.
Nicholai asintió con firmeza.
—Bien. Empezaba a pensar que tendría que quedarme aquí metido
bastante tiempo.
—Quizá sería lo mejor —comentó Franklin mientras pasaba a su
lado y se dirigía a la pequeña caja fuerte situada en la pared, detrás de la
estantería—. Tal como se está poniendo la situación ahí fuera, hasta yo he
pensado en meterme en algún sitio seguro durante un buen rato, hasta que las
cosas se calmen un poco.
Nicholai dio un paso silencioso de aproximación hacia Franklin
mientras observaba la funda abierta de la VP70.
—No es mala idea.
Franklin asintió mientras estudiaba el teclado de la caja con el
entrecejo fruncido.
—Es lo que está haciendo Chan. Dice que la información seguirá
aquí mañana, así que, ¿por qué no?
¡Davis Chan!
Nicholai se quedó muy quieto mientras decidía qué iba a hacer…,
y un momento después se abalanzó sobre Franklin y le arrebató la nueve
milímetros: no deseaba andarse con tonterías para saber de una vez lo que
quería. Empujó al sargento y le hizo perder el equilibrio, y en la fracción de
segundo que éste tardó en recuperarlo, ya lo tenía encañonado con el arma.
—Chan. Dime dónde está, y no te mataré —lo amenazó Nicholai con
brusquedad.
Con la mano que tenía libre tocó el envase de la vacuna para
tener buena suerte. Aquel objeto se había convertido en una especie de talismán
para él, un recordatorio de lo bueno que era en su trabajo…, y le daba suerte;
lo sabía.
Primero Franklin y ahora Chan. Los dos únicos «perros
guardianes» que no tienen un lugar fijo desde el que informar. Es increíble.
Franklin se puso en pie y retrocedió un paso.
—Eh, vale, tranquilo…
—¿Dónde está? —lo cortó Nicholai con un grito. Franklin estaba
sudando.
—En una de las emisoras de radio. La del cementerio. Tranquilo,
¿vale? Mira, no te conozco, y no me importa lo que estés haciendo…
—Genial —ironizó Nicholai antes de disparar dos veces contra el
abdomen de Franklin.
—¡Aarghh!
Franklin gruñó con fuerza al mismo tiempo que su sangre
salpicaba la pared que tenía a la espalda. El sargento cayó hacia atrás y acabó
sentado en el suelo con los brazos abiertos de par en par y una expresión de
sorpresa en sus facciones oscuras. El propio Nicholai también estaba un poco
sorprendido: esperaba más de alguien escogido para ser «perro guardián».
Nicholai alzó de nuevo la pistola y apuntó a la frente de
Franklin…, cuando oyó que alguien abría la puerta. El sonido de unas botas
penetró en la habitación. Nicholai se agachó sin dejar de apuntar a Franklin.
Miró por una abertura en la estantería y vio a Carlos Oliveira en mitad de la
estancia, observando a su alrededor con nerviosismo y empuñando un revólver del
calibre 357. Era obvio que estaba intentando averiguar de dónde habían
procedido los disparos.
Era un regalo del destino. Nicholai salió de su escondite y
apuntó contra el rostro de expresión sorprendida de Carlos antes de que éste se
diera cuenta de que había alguien más en la oficina.
—Te pillé —susurró Nicholai.
Capítulo 22
Nicholai lo había pillado, sin duda alguna. Carlos dejó caer el
revólver y puso las manos en alto. Tenía que ganar algo de tiempo.
Háblale, dile algo que le llame la atención. Jill necesita que
regrese, con o sin la vacuna.
—Hola, capullo —dijo Carlos con despreocupación aparente—. Me
preguntaba si iba a verte otra vez después de que nuestro viaje fuera de la
ciudad acabara jodido. Nos atacó un monstruo, te lo creas o no. Bueno, y tú,
¿qué? ¿Has matado algo interesante últimamente?
El sonido de alguien que gemía de dolor les llegó desde la parte
posterior de una estantería que sobresalía de la pared. Nicholai no apartó la
vista, y Carlos se dio cuenta de que había escogido el tema adecuado. El ruso
se sentía confiado, irritado e intrigado.
—Estoy a punto de matarte, así que no, no he matado nada
interesante de verdad. Dime, ¿Mikhail ha muerto ya? ¿Y cómo está esa zorra que
tienes por amiga, la señorita Valentine?
Carlos se lo quedó mirando fijamente.
—Los dos han muerto. Mikhail murió en el tranvía, y Jill quedó
infectada con el virus. Tuve…, tuve que acabar con ella hace un par de horas.
—Lo más probable era que no sobreviviera a aquel encuentro con Nicholai, y no
quería que aquel cabrón fuera a por Jill. Cambió con rapidez de tema—. Fuiste
tú el que disparó a Mikhail, ¿verdad?
—Fui yo —contestó Nicholai con ojos chispeantes de alegría.
Metió una mano en uno de los bolsillos frontales y sacó lo que parecía un
envase metálico tubular para puros—. Y como si fuera cosa del destino, aquí
tienes lo que hubiera salvado la vida de tu amiga. Si hubieras venido antes… En
cierto modo, supongo que puedes decir que soy el responsable de esas dos
muertes, ¿no crees?
La muestra. Lo único que podía curar a Jill y salvarle la vida,
y resultaba que Carlos estaba a merced del loco que tenía ese remedio en las
manos.
¡Piensa! ¡Piensa algo!
Se oyó otro gruñido de dolor procedente de detrás de la
estantería. Carlos inclinó la cabeza hacia un lado y vio a un hombre tirado
contra la esquina trasera de la estancia, visible justo entre dos pilas de
archivos. No pudo verle la cara, pero la parte inferior del cuerpo del
individuo estaba empapada de sangre.
—Y con ese tipo ya son tres —comentó Carlos, en un intento
desesperado por mantener la conversación mientras se esforzaba por no mirar el
contenedor plateado que Nicholai tenía en la mano—. Vas a por todas. Dime:
¿todo esto tiene una finalidad? ¿O lo que pasa es que te gusta matar gente?
—Me gusta matar a la gente que es tan inútil como tú —contestó
Nicholai mientras metía de nuevo la vacuna en el bolsillo—. ¿Se te ocurre algún
motivo por el que debiera considerar que mereces vivir?
Se oyó otro gemido del moribundo que estaba detrás de la
estantería. Carlos echó un vistazo otra vez entre las pilas de papeles y se dio
cuenta de que sostenía una granada de impacto en sus manos temblorosas. Ya le
había quitado la anilla. Carlos comprendió que aquel tipo había gemido tan
fuerte para tapar el sonido al quitarla. Una parte de él admiró aquella
claridad de pensamiento en unas condiciones semejantes. Todo ello ocurrió en un
instante, y Carlos comenzó a retroceder con las manos todavía en alto. La
granada era una RG34, del mismo tipo que la que él llevaba metida en el
chaleco, y quería alejarse todo lo posible.
Hazlo con naturalidad, que no sospeche…
—Soy un tirador excelente, tengo un carácter bondadoso y me
cepillo los dientes todos los días —respondió, al tiempo que retrocedía otro
paso procurando aparentar que estaba atemorizado e intentaba ocultarlo con una
bravata.
—Va a ser todo un desperdicio —dijo Nicholai sonriendo y
extendiendo el brazo para apuntar mejor.
¡Tira ya la puta granada!
—¿Por qué? —preguntó Carlos—. ¿Por qué estás haciendo todo esto?
La sonrisa de Nicholai se ensanchó de oreja a oreja con el mismo
gesto de depredador que Carlos le había visto en el helicóptero de transporte,
en lo que le parecía hacía ya un millón de años.
—Poseo las cualidades necesarias para el liderazgo —le contestó,
y Carlos pudo ver por primera vez el destello de locura que anidaba en sus ojos
oscuros—. Eso es lo único que necesitas saber…
—¡Muere! —gritó el moribundo.
Carlos distinguió un leve movimiento detrás de la estantería, y
una fracción de segundo después ya estaba saltando de lado en un intento por
ponerse a cubierto detrás de una mesa al mismo tiempo que se oía el ruido de
una ventana al romperse.
BAAAMMMM…
Las carpetas y los libros saltaron por los aires, y una lluvia
de restos, astillas de madera y trozos de papel y de metal, cayeron sobre él
mientras la pesada estantería volcaba con un fuerte crujido. Se estrelló contra
el suelo con un estruendo tremendo, y después, todo quedó en silencio y
cubierto de porquería.
Carlos se incorporó hasta quedar sentado con un brazo agarrando
su costillar palpitante y los ojos llenos de lágrimas de dolor. Parpadeó varias
veces para hacerlas caer y recogió el revólver del suelo ante de ponerse
completamente en pie.
Nicholai había desaparecido. Carlos se abrió paso a patadas
entre los restos para llegar hasta la esquina mientras recordaba que el sonido
de la ventana rota se había producido antes de que estallara la granada. Fuera
estaba oscuro y lluvioso, pero Carlos pudo distinguir el tejado de un edificio
adyacente a tan sólo un piso por debajo.
¡Bam! ¡Bam!
Carlos metió la cabeza dentro de la estancia en cuanto dos
disparos impactaron contra la pared exterior, el segundo de ellos a menos de un
palmo de distancia de su cara. Se reprendió en silencio por asomar la cabeza
por la ventana, como si fuera un novato medio estúpido. Se apartó de la ventana
y quedó cara a cara con los restos quemados y ensangrentados del individuo que
había lanzado la granada.
—Gracias —dijo Carlos en voz baja.
Deseó que se le ocurriera algo más para expresar su
agradecimiento, pero luego pensó que sería un gesto inútil. El tipo estaba
muerto, y no podía oírlo.
Se dispuso a cruzar la habitación de nuevo, pensando cómo iba a
atrapar a Nicholai. No sería tarea fácil, pero no le quedaba más remedio.
Justo en ese momento distinguió un destello metálico por el
rabillo del ojo y se detuvo en seco. Parpadeó, sintiendo algo parecido a un
sobrecogimiento reverencial, cuando se dio cuenta de qué era lo que estaba
viendo. Lo recogió del suelo sintiendo que se le quitaba un peso enorme de los
hombros y del corazón.
Lograría salvar a Jill. Aquel loco cabrón había dejado caer la
vacuna.
Nicholai se movió con rapidez bajo la lluvia hacia la parte
delantera del hospital.
Todo va bien. En cuanto apriete el botón adecuado, morirá. Yo
tengo el control. Puedo desconectar la luz y atraparlo…
De repente, soltó una carcajada. Acababa de recordar los tubos
de almacenamiento donde se encontraban encerrados los Cazadores de la clase
Gamma. Cada uno de ellos flotaba en un baño de nutrientes y estaban conectados
a soportes vitales, pero si cortaba la luz, se pondrían en funcionamiento de
forma automática los sistemas de drenaje de cada contenedor para impedir que se
ahogasen en aquel fluido sin oxígeno.
Muere, o lucha y muere, Carlos.
Nicholai había sido inteligente. Lo había previsto todo, y lo
único que le quedaba por hacer era pulsar unos cuantos interruptores para que
Carlos quedara sumido en la oscuridad mientras los Cazadores anfibios avanzaban
chapoteando para atraparlo. Quizá Carlos ya estuviese muerto cuando los
explosivos hicieran saltar en pedazos todo el hospital, pero desde luego, ya
estaba muerto sin importar lo que pasase en primer lugar.
Jill estaba durmiendo de nuevo, y estaba enferma. Se sentía con
fiebre y dolorida, y sus sueños habían sido sustituidos por unas sombras
palpitantes y esquivas. Sombras con una textura rugosa y húmeda. La náusea se enfrentaba
al vacío insatisfecho de su estómago, con una sed espantosa y una fiebre
creciente.
Rodó hacia un costado y luego hacia el otro intentando encontrar
alivio al picor cada vez más fuerte que le recorría todo el cuerpo, que hacía
que las sombras fuesen cada vez mayores mientras seguía durmiendo.
Carlos encontró agujas, jeringuilla y media botella de Betadine
en el despacho del doctor de la tercera planta. También encontró un botiquín
repleto de muestras de medicinas de la compañía. Estaba intentando descifrar lo
que ponía en las etiquetas en busca de un analgésico suave cuando se apagaron
todas las luces.
—Mierda.
Dejó en el botiquín la muestra que estaba leyendo en ese momento
e intentó orientarse en aquella oscuridad repentina. Tardó tan sólo un segundo
y medio en decidir que se trataba de una jugarreta de Nicholai y otro segundo
en decidir que tenía que salir, y salir con rapidez. Lo más seguro era que
Nicholai hubiese cortado la corriente para algo más que hacerlo tropezar y
lastimarse un dedo del pie. Fuese lo que fuese lo que estaba planeando aquel
individuo, Carlos pensó que lo mejor sería salir al exterior para comprobar si
llovía mucho.
Salió de la habitación y empezó a recorrer el pasillo con
lentitud y con las manos por delante. Acababa de llegar a la escalera cuando se
encendieron las luces de emergencia del edificio con un resplandor suave y
rojizo. El efecto fue ultraterrenal: la luz era lo bastante intensa para ver
alrededor, pero provocaba sombras siniestras por doquier.
Carlos comenzó a bajar las escaleras de dos en dos y con el
pulgar en el percutor del revólver. Hizo caso omiso del dolor que sentía en el
costado y decidió que ya se desmayaría más adelante, cuando no tuviese tanta
prisa. Sólo conocía dos caminos para salir del hospital: la ventana por la que
había saltado Nicholai y la puerta delantera. Seguro que había más vías de
salida, pero no quería perder tiempo buscándolas. Por experiencia propia, sabía
que la mayoría de los hospitales eran auténticos laberintos.
La puerta delantera era la mejor opción. Lo más probable era que
Nicholai pensara que no tendría la sangre fría de dirigirse de cabeza hacia la
salida más obvia, o eso esperaba Carlos.
Llegó al rellano entre la segunda y la primera planta cuando oyó
abrirse una puerta de golpe en algún lugar indeterminado por debajo de donde
estaba. El eco de aquel estampido resonó por el hueco de la escalera e hizo que
se quedara inmóvil. El sonido que se oyó a continuación, el aullido feroz y
agudo de una criatura mutante, sin duda, hizo que se pusiera en movimiento de
nuevo. Sus pies apenas tocaron los peldaños, pero aun así, no bajó con la
rapidez suficiente: justo cuando estaba bajando el último tramo, una figura
monstruosa saltó delante de la puerta que llevaba a la planta baja.
Era una criatura de figura humanoide, pero enorme, alta y de
espaldas anchas, que, además, rezumaba una especie de baba. Tenía el cuerpo de
color verde azulado oscuro, casi negro, bajo la débil luz rojiza de la
iluminación de emergencia.
Las grandes manos palmeadas, lo mismo que los pies, y la enorme
cabeza, con una boca ancha a juego, le daban todo el aspecto de una rana
mastodóntica, rechoncha y asquerosa.
Su poderosa mandíbula inferior bajó, y otro chillido penetrante
llenó el aire del hueco de la escalera, reverberando por todo el lugar. Carlos
pudo distinguir al menos tres chillidos de respuesta, componiendo un coro feroz
y estrambótico procedente de algún lugar de las plantas inferiores.
Carlos disparó contra el nuevo monstruo, pero el primer
proyectil dio contra la puerta metálica y provocó un eco rugiente y
ensordecedor. Antes de que pudiera apretar el gatillo de nuevo, la criatura de
aspecto anfibio dio un salto y chilló otra vez mientras se abalanzaba sobre
Carlos y abría de par en par sus brazos musculosos.
Carlos se agachó por puro reflejo y disparó al mismo tiempo que
resbalaba varios peldaños hacia abajo. Rodó sobre su lado sano para poder
seguir la trayectoria de la criatura. Tres, cuatro balas se incrustaron en el
resbaladizo cuerpo de la criatura que seguía chillando mientras pasaba por
encima de Carlos. Ya estaba muerta cuando se estrelló contra el suelo. Unos
gruesos chorros de fluido acuoso y oscuro surgieron de su cuerpo convulso.
Carlos se incorporó y corrió a través de la puerta antes incluso
de que los hermanos de la criatura comenzaran a lanzar sus lamentos salvajes y
agudos. Quizá no eran demasiado difíciles de matar, pero no quería tentar su
suerte si eran tres o más los que se abalanzaban sobre él a la vez.
Entró en el vestíbulo y se giró para cerrar la puerta a su
espalda, pero se dio cuenta de que hacía falta una llave para cerrarla del
todo, así que se dio la vuelta de nuevo y se puso a buscar algo para
atrancarla…, y lo que vio fue una pequeña luz blanca parpadeante al otro lado
de la estancia. El resplandor atrajo su atención en mitad de aquel sombrío
océano rojo de cadáveres y de mobiliario destrozado.
Una luz blanca parpadeante en una caja pequeña, y la caja fijada
a una columna. La luz de un temporizador para un explosivo de demolición.
Carlos se esforzó en pensar qué otra cosa podía ser, pero no se
le ocurrió nada. Sólo sabía que no estaba allí cuando él llegó. Se trataba de
una bomba, y había sido Nicholai quien la había colocado. De repente, las ranas
monstruosas fueron un asunto de menor importancia.
Curiosamente, su mente permaneció en blanco mientras se lanzaba
a cruzar el vestíbulo. Un pánico insensato y sin palabras se apoderó de él y lo
obligó a correr más y más deprisa, a no perder el tiempo pensando. Tropezó con
un cojín destrozado y ni siquiera se dio cuenta de si se caía o no o si sintió
dolor. Se movía con demasiada rapidez; lo único que podía ver eran las puertas
de cristal de la entrada del hospital.
Atravesó la entrada y sintió a sus pies el asfalto negro y
húmedo que lo salpicaba, la lluvia que le lavaba la cara sudorosa. Unas hileras
de coches destrozados y abandonados brillaban como joyas bajo las farolas de la
calle. Sintió el tamborileo de su corazón acelerado…, y la explosión fue tan
enorme que sus oídos no la pudieron asimilar por completo, se convirtió en algo
parecido a un ¡KAAABBAAAAMMM! que fue tanto un movimiento como un sonido. Su
cuerpo salió despedido por los aires, convertido en una hoja a merced de un
huracán al rojo vivo, y el cielo y el suelo quedaron unidos e intercambiaron
sus orientaciones alternativamente.
Estaba resbalando sobre el pavimento húmedo; se detuvo con un
golpe seco contra una boca de riego y sintió la enormidad del dolor en el
costado y el regusto salado de la sangre que le salía por la nariz.
El hospital, a poco menos de una manzana de distancia, había
quedado reducido a unas ruinas humeantes, y los cascotes seguían cayendo
todavía contra el suelo y desmenuzándose como una lluvia de pedrisco letal.
Algunas partes estaban siendo devoradas por las llamas, pero la mayoría del
edificio se había desintegrado por completo, con toda la materia reducida a
polvo, un polvo que comenzaba a posarse y a convertirse en barro mientras el
cielo continuaba dejando caer agua sobre todo lo presente en el suelo.
Jill.
Carlos se esforzó por ponerse en pie, y comenzó a regresar
cojeando a la torre del reloj.
Nicholai se dio cuenta de que había perdido la muestra de la
vacuna mientras se alejaba corriendo a toda velocidad del hospital, cuando tan
sólo quedaba un minuto para que todo saltara por los aires, cuando ya era
demasiado tarde.
No le quedó más remedio que seguir corriendo, y eso hizo. Cuando
el hospital estalló, Nicholai se puso a caminar calle arriba y abajo, a tres
manzanas de distancia, totalmente enfurecido; tanto, que no se dio cuenta de
que el gemido frustrado y aullante que estaba oyendo era suyo, o que había
apretado tanto la mandíbula que se había partido dos dientes.
Recordó después de un buen rato que todavía tenía que matar a
dos personas más, y comenzó a tranquilizarse. Tener la posibilidad de expresar
su rabia y su ira era positivo: no era bueno ni sano mantener encerrados los
sentimientos dentro de uno.
La operación Perro Guardián era su objetivo principal. La vacuna
había sido un añadido, un regalo, de modo que, en cierto modo, no había perdido
nada.
Nicholai se dijo eso a sí mismo en el trayecto que lo llevaría
hasta Davis Chan. Le hacía sentirse mejor, aunque no tan bien como cuando se
acordó de que había afilado su cuchillo de caza justo antes de salir de misión
hacia Raccoon City. Estaba seguro de que Chan sabría apreciar aquello.
Capítulo 23
Seguía lloviendo cuando Jill se despertó. Se sentía ella misma
de nuevo. Débil, sedienta y hambrienta, con un fuerte dolor en la herida del
hombro y un millar de otros dolores menores…, pero ella misma. La enfermedad
había desaparecido.
Se incorporó con lentitud, desorientada y un poco confusa, y
miró a su alrededor, intentando comprender qué había ocurrido. Todavía se
encontraba en la capilla de la torre del reloj, y Carlos estaba tirado y
profundamente dormido en uno de los bancos delanteros. Recordaba haberle dicho
que tenía el virus, y que él le había contestado que salía a buscar algo.
Pero yo estaba enferma, tenía la infección…, y no es que ahora
me sienta mejor, es que ya no estoy enferma en absoluto. ¿Cómo es pos… ?
—Oh, Dios mío —susurró al ver la jeringuilla y la ampolla vacía
que había a su lado, ambas sobre el banco del órgano que estaba al lado del
altar, y, de repente, comprendió lo que había ocurrido, aunque no cómo. Carlos
había encontrado un antídoto.
Jill se quedó sentada un momento, un poco abrumada por la mezcla
de emociones que la embargaban: asombro, gratitud y una cierta reticencia a
creer que ya estuviera curada. Su felicidad por estar viva y encontrarse bien
se veía atemperada por un sentimiento de culpabilidad: ella estaba curada,
cuando tantísimos otros habían muerto. Se preguntó si habría más dosis de aquel
antídoto, pero descubrió que no podía pensar en ello demasiado: la sola idea de
que existieran litros de la vacuna en algún sitio y que hubieran muerto tantos
miles de personas era algo horroroso.
Por fin, bajó de su cama improvisada y se puso en pie. Se
desperezó con cuidado y comprobó su estado físico. Se quedó sorprendida, si se
tenía en cuenta por todo lo que había pasado, de lo bien que se encontraba. No
tenía ninguna herida grave a excepción de la del hombro, y después de beber un
poco de agua, incluso se sintió con fuerzas y capaz de moverse sin problemas.
Jill se comió tres latas de macedonia de fruta, bebió casi dos
litros de agua y limpió y recargó todas las armas. También se limpió ella, todo
lo que pudo, con agua embotellada y una camiseta sucia. Carlos ni se movió en
todo aquel rato. Estaba profundamente dormido, y por el modo en que permanecía
doblado sobre sí mismo, agarrándose el costado izquierdo, Jill pensó que quizá
el viaje hasta el hospital había sido duro.
También se dedicó a pensar mucho en lo que debían hacer a
continuación. No podían quedarse allí. No disponían de suministros ni munición
suficiente para mantenerse con vida de forma indefinida, y no tenían forma
alguna de saber cuándo, o, ya puestos, si iba a acudir alguien a rescatarlos.
Ya no lo daba por sentado. Por difícil que resultara creerlo, parecía que
Umbrella había logrado mantener oculto lo que había ocurrido, y si lo habían
podido hacer durante todo aquel tiempo, podrían pasar bastantes días más hasta
que todo saliera a la luz. Para colmo, no acababa de estar convencida de que el
Némesis hubiera muerto. En cuanto se hubiera recuperado, volvería a por ella.
Habían tenido muchísima suerte de que no los hubiera atacado todavía.
Jill había estado planeando, antes de unirse a Carlos, dirigirse
hacia la planta depuradora abandonada propiedad de Umbrella que se encontraba
al norte de la ciudad. Había acabado convencida de que Umbrella jamás
abandonaba por completo ninguna instalación. Les gustaban demasiado sus
operaciones secretas. Pensó que a lo mejor habían dejado despejadas las
carreteras que rodeaban la instalación para permitir que sus empleados pudiesen
escapar. Todavía merecía la pena intentarlo, y también era lo mejor que se le
ocurría. Además, el camino más rápido para salir de la ciudad desde donde se
encontraban era pasar por la depuradora de agua.
Carlos seguía durmiendo, inmóvil por completo a excepción del
lento y pausado subir y bajar de su pecho al respirar. Tenía el rostro flácido
por el agotamiento…, y en cuanto decidió lo que debía hacer, se lo quedó
mirando durante un breve rato y se dio cuenta de que debería dejarlo allí. Fue
una decisión muy difícil de tomar, pero sólo porque no quería estar sola, lo
que era algo egoísta por su parte. Lo cierto era que estaba herido porque se
había interpuesto entre ella y el Némesis, y no podía permitir que se pusiera
en semejante peligro de nuevo.
Iré a echarle un vistazo a la planta depuradora, quizá hasta
encuentre una radio y podamos pedir ayuda. Si todo parece estar en orden, que
es una situación segura, regresaré a por él. Si la cosa pinta mal, bueno,
supongo que regresaré, si puedo.
La planta estaba a menos de dos kilómetros, si no recordaba mal,
y podía llegar hasta allí si cortaba por Memorial Park, que estaba justo detrás
de la torre del reloj. Era un trayecto muy corto. Sólo eran las dos de la
madrugada, así que podría ir y volver antes de que amaneciese. Con un poco de
suerte, Carlos todavía estaría dormido cuando ella regresara, quizá con buenas
noticias.
Decidió dejarle una nota por si acaso le pasaba algo. Así, al
menos sabría la ruta que debía seguir. No pudo encontrar ni un lápiz ni un
bolígrafo, pero descubrió una máquina de escribir manual debajo de una pila de
libros de himnos. Utilizó la parte posterior de una etiqueta de lata de
macedonia de fruta para escribir en ella. El suave chasquido de las teclas la
relajó tanto como el sonido de las gotas de lluvia que continuaba cayendo sobre
el tejado. Eran unos sonidos que la hacían sentirse contenta de estar viva.
Se llevó con ella el lanzagranadas, aunque tan sólo le quedaba
un proyectil. Carlos debió de encontrar el que se le había caído en el patio.
No había olvidado el daño que era capaz de infligirle aquella arma al asesino
de STARS. También se llevó la Beretta, pero le dejó el revólver a Carlos, por
si necesitaba un poco más de potencia de fuego de la que tenía el rifle de
asalto. Por si acaso.
Jill dejó la nota en el altar, donde Carlos pudiera verla en
cuanto se despertara. Se agachó a su lado y le tocó la frente. Desde luego,
estaba exhausto hasta el agotamiento. Ni siquiera movió un músculo de la cara
cuando le apartó un mechón de cabello sucio de la frente. Se preguntó cómo
podría agradecerle todo lo que había hecho por ella.
—Que duermas bien —susurró, y se puso en pie antes de cambiar de
opinión. Se dio media vuelta y se apresuró a salir sin mirar atrás.
Había una cabaña detrás del pequeño cementerio que se encontraba
en Memorial Park, que en teoría se utilizaba para guardar herramientas. En
realidad, Umbrella la usaba para albergar una de las diversas estaciones
receptoras preparadas para actuar durante la crisis de Raccoon City. Se trataba
de una especie de lugar de descanso para los agentes, y todas las estaciones se
encontraban en un lugar apartado donde se podían organizar los archivos e
informes sin que nadie los viera y recibir datos de Umbrella si no disponían de
un acceso inmediato a un ordenador con módem.
Nicholai no había planeado pasarse por ninguna de las estaciones
receptoras. Opinaba que eran un riesgo innecesario por parte de Umbrella,
aunque estuviesen tan bien escondidas. La de la cabaña del cementerio se
encontraba detrás de una pared falsa. Umbrella no quería que nadie detectase
señales procedentes de la ciudad, por lo que los aparatos de radio sólo podían
recibir. Era otra precaución, pero Nicholai sabía que eran demasiado
peligrosas. Si quisiese atrapar a uno de los agentes, sólo tendría que vigilar
cualquiera de las estaciones de recepción.
O si quisiese matarlo. Aunque en este caso, tan sólo tengo que
entrar…, o esperar un poco.
Estaba bajo la sombra de un monumento de gran tamaño a pocos
metros de la cabaña, y pensaba en lo bueno que iba a ser matar al capitán Chan.
Nicholai había pensado cargar a través de la puerta oculta y ponerse a disparar
hasta acribillarlo, pero necesitaba relajarse, lograr un estado mental más
adecuado. Chan saldría más tarde o más temprano a echar un pitillo o al
retrete, y al permitir que su ansia creciera, Nicholai era capaz de eliminar
algunas de sus emociones más desagradables. No lo hacía a menudo. No se trataba
de que estuviese loco ni nada parecido, y lo habitual era que prefiriera que
las situaciones estuviesen en marcha, pero, a veces, saborear el suspense
anterior a un asesinato era justo lo que necesitaba para salir de un estado de
moral baja.
Nicholai siguió vigilando la puerta, en realidad, una esquina
con bisagras de la propia cabaña, mientras disfrutaba de la fresca lluvia,
aunque sabía que más tarde se sentiría incómodo al tener que andar con las
ropas empapadas. Iba a quitarle la vida a alguien. La situación estuvo un poco
fuera de control durante un tiempo, cuando se percató de que había perdido la
vacuna, pero ¿quién lo tenía todo controlado en esos momentos? Davis Chan
estaba a punto de morir, y Nicholai era el único que lo sabía, porque era él
quien había decidido el destino final de Chan.
Y Carlos está muerto. Yo provoqué esa muerte. Y Mikhail, y tres
«perros guardianes», hasta ahora.
No podía reclamar como suya la muerte de Jill Valentine, pero
Nicholai disfrutó de la expresión de dolor que apareció en el rostro de Carlos
cuando le sugirió que podía estar muerta. Sin embargo, lo que contaba, lo único
que importaba de verdad, era que sus enemigos estaban muertos y que él todavía
seguía vivo.
Cuando Davis Chan salió bajo la lluvia, unos instantes después,
Nicholai ya había conseguido librarse de la mayoría de sus sentimientos
negativos de autocompasión y de frustración. Y cuando su cuchillo acabó con
Davis Chan, quince minutos más tarde, volvía a ser el mismo de siempre. Chan,
por supuesto, ya no se parecía a nada humano, pero Nicholai le agradeció a
aquellos restos con toda sinceridad la ayuda que habían supuesto en todo ello.
02.50, 2 de octubre
Carlos:
Me voy a la depuradora de agua que está justo en línea recta
hacia el nordeste desde la torre. Está a poco menos de dos kilómetros. Es
propiedad de Umbrella, así que a lo mejor encuentro algo que podamos utilizar.
Regresaré en cuanto haya echado un vistazo. Espérame aquí unas cuantas horas al
menos. Si no vuelvo mañana por la mañana, lo mejor será que te vayas por tu
cuenta.
Te agradezco muchas cosas. Quédate aquí y descansa un poco, por
favor. No tardaré mucho.
Jill
Carlos leyó el papel medio enrollado sobre sí mismo otras dos
veces, y después agarró su chaleco y se puso en pie mientras le echaba un
vistazo al reloj. Se había marchado hacía menos de media hora. Todavía podía
alcanzarla.
Quedarse allí ni siquiera podía considerarse una opción. Ella lo
había dejado atrás, o bien porque estaba herido o bien porque no quería
exponerlo a más peligros…, y no podía aceptar ninguna de aquellas dos
alternativas. Además, no había tenido ocasión de contarle lo que Trent le había
dicho sobre la existencia de helicópteros en una instalación de Umbrella
situada al noroeste de la ciudad, pero al nordeste de donde se encontraban en
aquellos momentos, después del viaje en tranvía. Era obvio que se trataba del
mismo sitio.
—Puede que seas capaz de patearles el culo a los monstruos de
Umbrella, Jill, pero ¿puedes pilotar un helicóptero? —murmuró Carlos mientras
metía un cargador nuevo en el M16. Si al menos lo hubiese despertado…
Se dirigió a la puerta, tan preparado como podía estarlo, y
procurando no respirar profundamente. Le dolía, pero se las apañaría. Había
sufrido dolores mucho peores, y aun así, había logrado cumplir lo que se
proponía. De hecho, una vez había caminado seis kilómetros con un tobillo roto,
y suponía que no habría cosas mucho peores que aquélla.
Carlos no perdió el tiempo intentando convencerse de que el
motivo que tenía para seguirla era compartir la información que le había
proporcionado Trent. Se trataba de que era incapaz de quedarse allí quieto,
esperando sin hacer nada, eso era todo. Ella intentaba protegerlo, y él
apreciaba aquel detalle, pero no podía quedarse allí y…
Nicholai. Está ahí fuera, y ella no lo sabe.
De repente, se sintió enfermo al recordar el brillo de locura en
los ojos de Nicholai. Carlos se apresuró a salir de la capilla y empezó a
trotar bajo la lluvia, alumbrado por la luna. Tenía que encontrarla.
Capítulo 24
La lluvia se había convertido en una simple llovizna, pero
Nicholai ni se dio cuenta mientras caminaba bajo el dosel de las copas de los
árboles llenas de hojas otoñales y atravesaba el cementerio. Avanzaría otros
cincuenta o sesenta metros, hasta el punto donde podría cortar hacia el este y
seguir en paralelo el sendero que llevaba de forma directa hasta la puerta
trasera de la planta depuradora de agua. Jamás utilizaba los senderos en los
lugares públicos si podía evitarlo. No le gustaba aquella sensación de estar
expuesto.
La última vez que había comprobado los envíos de datos, Terence
Foster todavía estaba vivo y seguía mandando sus informes sobre el estado del
medio ambiente desde la planta depuradora. Desconocía por completo que, como
último «perro guardián» con vida, sus horas estaban contadas. Nicholai ya había
decidido matarlo en cuanto lo viera. A la mierda la cháchara. Había descubierto
los datos de Chan relativos a la misión Perro Guardián con facilidad, justo en
la mesa donde se encontraba el aparato receptor. Seguro que también encontraría
los de Foster. Realizaría una encriptación rápida de todos los archivos
reunidos, como una pequeña medida de seguridad, y luego llamaría por radio para
pedir que lo recogiesen y empezar a preparar una reunión con los jefazos de Umbrella.
Nicholai acababa de llegar a un pequeño pinar situado detrás de uno de los
estanques de la depuradora, cuando vio a Jill Valentine, que iba caminando con
total tranquilidad al otro lado de aquella cisterna, bajo una hilera de farolas
de hierro forjado, y que se dirigía el mismo lugar que él. Las luces de las
farolas se reflejaban en el agua y la iluminaban desde abajo, dándole una
apariencia fantasmal, pero, desde luego, era evidente que estaba viva.
Pensó que no debería sorprenderse, pero lo cierto era que estaba
sorprendido. El dolor que había reflejado el rostro de Carlos cuando le habló
de ella… Nicholai estaba seguro de que había sido auténtico, no dudó ni por un
momento que ella estaba muerta.
Bah, no importa, fue la última mentira que contó. Fue muy noble
por su parte intentar proteger a la chica de quien cree que es un villano
infame…, como si yo fuese a perder el tiempo con ella.
No perdería tiempo si la mataba en aquel mismo instante.
Nicholai alzó el rifle de asalto, apuntó con cuidado a la nuca de la chica…, y
dudó. Sentía curiosidad a pesar de su decisión de acabar de una vez por todas
su misión en Raccoon. ¿Cómo había logrado esquivar al asesino de STARS durante
todo aquel tiempo? ¿Dónde había estado metida mientras su amante hispano hacía
el idiota interponiéndose en el camino de Nicholai en el hospital? Y ¿adónde
creía ella qué iba exactamente?
Decidió seguirla, al menos hasta que se le presentase una
oportunidad fácil de conseguir respuestas a todas aquellas preguntas. Tal como
estaba la situación en aquel momento, con ella en el sendero principal que
atravesaba el parque y él al otro lado de una valla que llegaba hasta la
cintura, no era lo mejor gritarle que se detuviera y tirara las armas para que
él pudiera pasar la valla.
Nicholai se ocultó de nuevo entre las sombras y contó hasta
veinte lentamente. Dejó que ella se adelantara lo suficiente para que no lo
oyera moverse entre los árboles. La seguiría hasta que el sendero la llevase al
puente que cruzaba el estanque de mayor tamaño del parque. La pillaría cuando
estuviese justo en mitad del puente, en terreno abierto y sin ningún sitio
hacia el que huir.
Se sintió satisfecho con aquel plan, y empezó a caminar de forma
tan silenciosa como pudo. La había perdido de vista mientras contaba, pero, a
menos que hubiese echado a correr, la alcanzaría antes de que…
—No te muevas. —Su voz era tranquila y clara, y apretaba con
firmeza el cañón de la pistola semiautomática contra su cabeza—. Bueno, suelta
el rifle antes, si no te importa.
Nicholai la obedeció, impulsado sobre todo por el asombro. Se
descolgó el rifle del hombro y lo dejó caer al suelo. ¿Cómo lo había
descubierto? ¿Cómo había logrado rodearlo de forma tan silenciosa, sin que él
se diera cuenta?
¿Y cuánto sabe realmente sobre mí?
—Por favor, no dispares —dijo con voz temblorosa—. Jill, soy yo,
Nicholai.
La pistola no se movió de donde estaba.
—Sé quién eres, y sé que trabajas para Umbrella, pero no como un
simple soldado. ¿Qué es eso de la operación Perro Guardián, Nicholai?
Ya sabía algo del tema. Si mentía, perdería cualquier clase de
credibilidad que le quedara con ella.
Cuéntaselo y haz lo que haga falta.
—Umbrella me envió a mí y a unos cuantos más a recoger
información sobre los infectados —contestó—. Pero te juro que no sabía que esto
iba a ser así. Jamás lo habría aceptado si lo hubiera sabido. Sólo quiero salir
de aquí con vida, es lo único que me importa ya.
El cañón de la pistola siguió donde estaba, apoyado en su sien.
Era precavida, eso tenía que admitirlo.
—¿Qué es lo que sabes de la planta depuradora que hay cerca de
aquí? —preguntó ella.
—Nada. Quiero decir, que sé que es propiedad de Umbrella, pero
eso es todo. Por favor, debes creerme. Sólo quiero…
—¿Qué hay de la vacuna contra el virus? ¿Qué sabes acerca de
eso?
A Nicholai se le encogió el estómago con sólo oírlo, pero
mantuvo la apariencia.
—¿Qué vacuna? No hay vacuna para esto.
—Y una mierda. Si no, ya estaría muerta. Demuéstrame que quieres
ayudarme, y quizá podamos llegar a un trato. ¿Qué has oído sobre la vacuna del
virus T?
Carlos. La expresión de su cara cuando habló de ella…, y cuando
vio la muestra de la vacuna.
Nicholai no se atrevía a hablar. La intensidad de su
desconcierto fue tan repentina y enérgica que la percibió como una fuerza
física y se sintió impelido a actuar…, pero no podía. Tenía que convencerla de
que él no era más que otro empleado de Umbrella, un simple peón, o Jill le iba
a pegar un tiro. Abrió la boca sin tener muy claro lo que iba a decir…, y lo
salvó un temblor de la tierra que tenían bajo los pies. Se oyó un rugido
profundo y el suelo se estremeció, casi derribándolos a los dos mientras las ramas
caídas y las hojas secas saltaban a su alrededor. La pistola se apartó de su
cabeza cuando Jill se tambaleó al perder el equilibrio.
Nicholai, a pesar de lo desorientador y confuso que resultaba
intentar mantenerse en pie, no creyó que se tratase de un terremoto de verdad:
estaba localizado alrededor de ellos dos. El agua del estanque apenas se movía.
El temblor continuó y continuó aumentando de intensidad, y Nicholai supo que no
iba a tener una oportunidad mejor para escapar.
Fingió un ataque de pánico: alzó las manos y se puso a gritar,
sin dejar de tomar buena nota de donde se encontraba su rifle en aquel suelo
saltarín.
—¡Es uno de los mutantes! ¡Corre!
Era tan probable que fuese uno de los monstruos como cualquier
otra cosa, y gritarle que echara a correr le serviría: Jill se lo pensaría dos
veces antes de pegarle un tiro a alguien que intentaba ayudarla.
El temblor se fue intensificando mientras Nicholai se alejaba
corriendo de Jill sin dejar de mover un brazo de un modo frenético. Le gritó de
nuevo que echara a correr mientras recogía su rifle del suelo y se marchaba a
la carrera sin mirar atrás. Tenía la esperanza de que ella se hubiera creído su
actuación, si no, notaría un balazo en cualquier momento.
Cuando ya había corrido unos veinte metros, se percató de que el
suelo sobre el que se encontraba estaba casi quieto, aunque todavía podía notar
y oír la tierra retumbar bajo él.
Ya es suficiente. Me pondré a cubierto y le pegaré un tiro.
Vio un roble de gran tamaño justo delante de él. Nicholai
extendió el brazo derecho sin dejar de correr y se agarró al tronco para girar
sobre sí mismo utilizando el peso de su cuerpo. Miró hacia atrás en cuanto
estuvo a cubierto detrás del tronco nudoso, y preparó el M16 al verla: estaba
caminando, tambaleándose, para alejarse del terremoto, pero en dirección
contraria a donde él se encontraba.
Vas a morir, hija de puta de un billón de dólares.
El estruendo se convirtió, de repente, en un rugido, justo
cuando una inmensa fuente de color blanco cenagoso surgió del suelo y le tapó
la visión, derribando árboles por doquier e impidiéndole disparar. Un aullido
extraño y horrible salió de aquella fuente, un zumbido bajo y siseante. La
columna de color pálido subió girando cinco metros en el aire y luego se
inclinó hacia abajo. Nicholai se dio cuenta en ese momento de que se trataba de
un animal, uno que jamás había visto con anterioridad: el tremendo círculo de
dientes y colmillos afilados que remataba el enorme cuerpo blanco parecido a un
gusano era prueba más que suficiente de ello.
Aulló de nuevo mientras arqueaba el cuerpo. Era un híbrido
titánico, mezcla de gusano y de lamprea, algo entre serpiente y lombriz, tan
ancho como alto era un hombre…, y se movió, alejándose de Nicholai.
Hacia Jill Valentine.
Nicholai dio media vuelta y echó a correr mientras soltaba unas
cuantas risas ahogadas, maldiciendo a Jill y Carlos al mismo tiempo que
esquivaba los árboles en la oscuridad en dirección a la planta depuradora,
riéndose a la vez que los maldecía para que acabaran en lo más profundo del
infierno.
Jill siguió corriendo por el borde del agua, y no supo lo que se
le venía encima hasta que algo se estrelló contra el suelo a muy pocos metros
de su espalda. Una oleada de aire fétido la rodeó, un olor a podredumbre y a
carne húmeda procedente de la boca del gusano carnívoro.
¡Joder!
Corrió más deprisa en un intento de poner tierra de por medio
antes de mirar hacia atrás.
Una granada no va a ser suficiente, tengo que seguir corriendo…
El borde del estanque se curvaba un poco más adelante. Había
unos cuantos bancos y un grupo de árboles un poco más lejos. El suelo estaba
temblando de nuevo, pero Jill casi había logrado llegar. Si podía doblar la
esquina, estaría a salvo. El estanque artificial tenía las paredes de cemento,
y si tenía un poco de suerte, el monstruo se estamparía contra una de ellas…
Los bancos y los árboles que tenía enfrente se alzaron de
repente por los aires arrastrados por una oleada de tierra sucia. El gusano
ciego vomitó otra arcada de tierra de su mandíbula llena de dientes al mismo
tiempo que se abalanzaba sobre ella.
¡Dios, qué rápido es!
Jill alzó la Beretta, que había mantenido empuñada con firmeza
todo el rato, y disparó dos balas contra el vientre hinchado del monstruo. El
gusano aulló de nuevo con aquel tono profundo y siseante, como el rugido de un
cocodrilo lanzado al ataque.
Jill se dio media vuelta y echó a correr de nuevo con el corazón
en la boca. Empezó a sentir otro temblor. Sabía que se colocaría delante de
ella una vez más. No lograría jamás adelantársele y doblar alguna de las dos
esquinas de aquel estanque tan largo, y vadearlo la haría avanzar con demasiada
lentitud.
Piensa. Si no puedes ser más rápida, ¿qué puedes utilizar para
hacerlo ir con más lentitud? Tierra, agua, árboles, farolas…
Farolas. Había muchas que estaban casi arrancadas por los
movimientos subterráneos de aquella larva gigantesca. Parecían árboles jóvenes
a punto de caer…, hacia el estanque.
No tenía tiempo para planearlo con detalle. Tendría que entrar
en el agua y hacer ella misma de cebo para que saliera. Dio un último paso a la
carrera y se frenó lo suficiente para girar noventa grados a la derecha y
dirigirse hacia el estanque. Estaba resquebrajado, y unos cuantos riachuelos de
agua sucia surgían por encima del borde de cemento.
Se alza y después se deja caer, tarda uno o dos segundos en
alzarse de nuevo…
Un segundo o dos, ése era todo el tiempo que tenía para salir
del agua. Bueno, eso suponiendo que antes hubiera logrado acabar de derribar
una farola con algunos disparos y que el monstruo se hubiese metido por las
buenas en el estanque.
Calcular las probabilidades la obligaba a pensar, y el suelo ya
estaba temblando, y lo hizo con la fuerza suficiente para hacerla caer de
rodillas. Un instante después, se estaba deslizando por una gruesa capa de
hierba y barro mientras intentaba ponerse en pie a la vez que procuraba que la
pistola no se mojase…, y al instante siguiente, aquello surgió por el borde del
estanque a poco más de tres metros de ella y ocultó el cielo nublado con un
estallido de barro y piedra, de cemento y agua. Sólo había una farola entre
ella y el monstruo, y casi estaba tocando el agua.
¡Venga!
Jill se puso a gatear de espaldas con mayor rapidez de la que
hubiera creído posible, y se detuvo cuando vio que la criatura se había alzado
por completo y que estaba comenzando a inclinarse hacia ella mientras los
chorreones de agua caían de su cuerpo hinchado.
Comenzó a disparar mientras se ponía en pie. Los dos primeros
disparos no alcanzaron su objetivo, pero el tercero y el cuarto rebotaron en el
poste metálico. El gusano seguía descendiendo y creando una verdadera ola de
barro cuando el quinto disparo destrozó la bombilla. Iba a aplastarla si no se
apartaba.
Por poco, va a ser por poco…
¡Bam!¡Bam!
Fue la séptima bala la que lo consiguió, y los resultados fueron
espectaculares. Jill oyó un chasquido fuerte y sonoro a la vez que saltaba
hacia atrás, y la farola se sumergió en el estanque cada vez más vacío. La
carne medio gelatinosa del gusano aullante se estremeció y tembló,
retorciéndose con un dolor agónico. Su pellejo pálido comenzó a ennegrecerse y
a achicharrarse a la vez que un humo aceitoso y hediondo le surgía de la
garganta. El resto de su cuerpo, oculto bajo la superficie del estanque, arrojó
al aire unos gigantescos surtidores de agua sucia y rocas. Aulló una vez más,
pero el sonido infernal quedó cortado por un gorgoteo…, y el monstruo se
derrumbó, muerto antes de llegar al suelo, antes de que la capa exterior de
piel comenzara a romperse y enrollarse sobre sí misma dejando al descubierto la
carne recocida de sus entrañas.
Jill se puso en pie trastabillando. Apretó la herida palpitante
del hombro con la mano izquierda mientras se alejaba de espaldas del gusano
frito y crepitante. El hedor era tan fuerte que le provocaba arcadas una y otra
vez. ¡Lo había logrado! ¡Había matado a aquel bicho! Una sensación cálida de
victoria le recorrió como una oleada el cuerpo e inspiró profundamente… otra
vaharada de olor asqueroso a gusano asado.
Lo he conseguido.
Se inclinó y vomitó hasta echarlo todo.
Cuando ya no quedó nada por echar, Jill se incorporó,
temblorosa, y comenzó a caminar de nuevo hacia el este mientras recordaba su
enfrentamiento con Nicholai. No era tan buen mentiroso como él creía, y si Jill
tan sólo tenía algunas sospechas sobre ello, después de aquel encuentro ya
estaba segura de que era un mal bicho.
No había cambiado de planes, pero iba a tener que tomar
precauciones cuando llegara a la planta depuradora. Nicholai estaría por allí,
de eso también estaba segura…, y si él la localizaba primero, estaría muerta
antes de saber qué había pasado.
La barricada era un inmenso apilamiento de coches donde se
habían colocado tres o incluso cuatro vehículos uno encima del otro, en una
línea que se extendía entre varios edificios al final de una manzana, formando
más o menos un semicírculo. Carlos pudo distinguir las marcas de las ruedas del
vehículo pesado que habían utilizado para colocar los coches unos sobre otros.
También las había visto en las tres últimas calles por las que lo había
intentado. Ni Umbrella ni el departamento de policía de Raccoon City habían
escatimado esfuerzos cuando decidieron aislar la ciudad.
Se quedó de pie delante de la muralla de metal experimentando un
sentimiento de indecisión casi desesperada. Podía retroceder e intentar marchar
hacia el norte y después hacia el este…, o podía probar a trepar por una de las
barricadas de aspecto precario que parecían haber sido colocadas con el fin
específico de impedirle llegar hasta Jill.
Bueno, eso es lo que parece.
Lo único que había al norte de la torre del reloj era un parque
bastante grande, pero a lo mejor ése era el único camino para llegar hasta la
instalación de Umbrella. La verdad es que no podía imaginarse a Jill trepando
con el hombro herido por una pared de coches, y atravesarlos arrastrándose por
debajo era demasiado peligroso.
Pero estás suponiendo que ha logrado llegar hasta aquí —le dijo
una vocecita incómoda y persistente—. Quizá ya está muerta. El Némesis pudo
atraparla, o se ha encontrado a Nicholai, o…
Carlos inclinó la cabeza hacia un lado y frunció el entrecejo.
Un ruido distante había interrumpido aquellos pensamientos. ¿Eran disparos?
Parecía bastante probable, pero la niebla que estaba comenzando a caer tenía un
efecto amortiguador para los ruidos y distorsionaba y apagaba todos los
sonidos. Ni siquiera estaba seguro de la dirección de la que procedían aquellos
disparos…, pero, de repente, se sintió mucho más frenético en su deseo por
encontrar a Jill.
—Después de todo por lo que he pasado para conseguirte esa
vacuna, será mejor que no dejes que te maten —murmuró con un tono de voz que
sonaba despreocupado, pero lo que había dicho estaba demasiado cerca de la
verdad para que fuera divertido. Tenía que hacer algo, y ya.
Carlos se quedó mirando la pared de coches un momento más
mientras escogía la ruta que le parecía ser más estable: por encima de una
furgoneta, para luego subir por dos monovolúmenes. Inspiró todo lo
profundamente que pudo, cruzó los dedos mentalmente, y comenzó a trepar.
Capítulo 25
—No, escúcheme, tiene que escucharme… No sé nada, y usted no
quiere hacerlo, en realidad. Me han estado pidiendo informes sobre las muestras
de suelo y de agua, eso es todo. ¡No soy ninguna amenaza para usted! ¡Se lo
juro!
Foster casi estaba a punto de empezar a echar espuma por la boca
por el miedo que sentía, y Nicholai decidió que hacer que un hombre esperara su
muerte, sobre todo un hombrecillo, tan penoso como aquél, era toda una
crueldad. El investigador ya estaba acurrucado, acobardado por completo, en la
esquina nordeste de la oficina, entre la puerta y la pared. Sus rasgos
ratoniles y afilados estaban enrojecidos y sudorosos. Nicholai había tardado
menos de cinco minutos en encontrarlo cuando llegó al lugar.
—Me iré, ¿vale? —balbuceaba Foster—. Me iré y no volverá a oír
de mí en la vida, se lo juro por Dios. ¿Por qué quiere matarme? No soy nadie.
Dígame que quiere que haga y lo haré, sea lo que sea. Hábleme por favor.
Hablemos, ¿vale?
Nicholai se dio cuenta de que tan sólo estaba mirando a Foster,
sin pensar, como si la cháchara histérica de aquel individuo, que subía y
bajaba de tono, lo hubiera hecho entrar en trance. Había sido un día
interminable más en toda una serie de ellos…, pero por mucho que quisiese
marcharse de allí, acabar de una vez con la operación, Nicholai se sintió
impulsado de un modo extraño a decir algo.
—No te hago esto porque tenga nada personal contra ti. Seguro
que lo entiendes —empezó a decir Nicholai—. Es por dinero…, o al menos, era por
eso al principio, pero todo ha cambiado.
Foster asintió varias veces con gesto rápido y con los ojos
abiertos de par en par.
—Claro, claro. Seguro que todo ha cambiado.
Nicholai descubrió que no podía dejar de hablar después de haber
comenzado. De repente, le pareció que era importante que alguien más
comprendiese por todo lo que había pasado, los retos a los que debía
enfrentarse todavía, aunque ese alguien fuese un individuo como Foster.
—Por supuesto, el dinero sigue siendo el motivo principal, pero
poco después de llegar aquí, después de lo de Wersbowski, empecé a sentir que
había venido a un lugar muy especial. Sentí…, sentí que por fin todo estaba
siendo del modo que debía ser. Del modo que mi vida debería haber sido desde
siempre. Circunstancias extremas. ¿Lo entiendes?
Foster asintió de nuevo con rapidez, pero fue inteligente y no
dijo nada.
—Pero luego Carlos me engañó. No podía haber muerto en la
explosión porque Jill recibió el antídoto, y estoy comenzando a pensar que ella
es la causa de todo, que todo ha cambiado por su culpa.
Se fue dando cuenta de aquella verdad mientras hablaba, como si
una luz hubiera iluminado su cerebro de repente. Era verdad: hablar ayudaba.
—Incluso desde el primer momento. Me estropeó el montaje que les
tenía preparado a Carlos y a Mikhail. Es una mujer manipuladora. Hay muchas
como ella. Lo más probable es que también se haya acostado con los dos. Los
habrá seducido.
—Son todas unas putas —comentó Foster con total sinceridad.
—Después, se puso enferma y envió a Carlos para que robara la
vacuna. No es que esté disculpando al chaval por todo lo que ha hecho, en
absoluto, pero es que ella tiene algo… Es como si su presencia alterara la
situación, como si provocara que todo saliera mal. Ni siquiera creo que esté
muerta. Si el Némesis no ha podido matarla, seguro que un simple bicho mutante
no podrá.
Nicholai se quedó de pie, en silencio, perdido en sus
pensamientos. Nunca había sido un hombre supersticioso, pero las cosas allí
eran diferentes. Jill Valentine era…
Una mujer, tan sólo es una mujer, y no estás pensando con
claridad, no lo has hecho desde hace días.
Parpadeó, y la idea desapareció. Foster seguía en la esquina,
observándolo con una expresión de terror cauteloso…, como si pensara que
Nicholai estaba loco. El ruso sintió una oleada de odio contra aquel
hombrecillo por intentar engañarlo, por decirle que hablara y luego ponerse a
juzgarlo. Merecía morir, lo mismo que todos los demás.
—¡No estoy loco! —gritó Nicholai poseído por la furia—. ¡Y se
acabó hablar de todo esto! ¡Eres el último! ¡En cuanto termine contigo, todo se
acabó! ¡Así es como son las cosas, de modo que sé un hombre y acéptalo!
Tres proyectiles, una ráfaga a través de los ojos verdes y
suplicantes de Foster, y la cabeza del investigador salió despedida hacia atrás
con brusquedad y un chorro de sangre salpicó la puerta contra la que se estaba
apoyando. El cuerpo se desplomó sin vida al suelo.
Nicholai no sintió nada. El último «perro guardián» yacía muerto
a sus pies y no notaba ninguna sensación de triunfo, ningún sentimiento de
victoria. No era más que otro cadáver tirado en el suelo delante de él, y
sintió un deseo muy intenso de marcharse de Raccoon, donde ya no se encontraba
tan a gusto.
Negó con la cabeza. Sentía pesadumbre en el corazón, pero
comenzó a registrar la oficina en busca de los datos recopilados por Foster.
Jill estaba de pie delante del estrecho puente que comunicaba la
puerta trasera del Memorial Park con el segundo piso de las instalaciones de
Umbrella. Debía de pasar por encima de una ciénaga o un pantano por el fuerte
olor a gases que desprendía. Estaba demasiado oscuro para saberlo a simple
vista, pero el olor era inconfundible…, lo mismo que las huellas de pisadas
frescas que iban desde donde ella se encontraba hasta la puerta situada al otro
lado. Tal como esperaba, Nicholai ya estaba allí.
Genial. Toda una invitación para que entre.
Aparte de lo de Nicholai, se alegraba de haber encontrado el
puente. Se había sentido preocupada por la posibilidad de que la ruta del
parque acabara como un callejón sin salida y tuviera que deshacer el camino
andado. Además, el puente llevaba hasta el segundo piso, lo que era muy
conveniente. Lo más probable era que las oficinas y las salas de control de las
instalaciones estuvieran en la segunda planta del edificio de dos pisos. Tenía
la esperanza de que en una de aquellas estancias hubiera un aparato transmisor
de radio. En la primera planta era donde se trataba y depuraba el agua. Si
Umbrella se había preocupado por planificar una distribución lógica de las
oficinas en el edificio, entraría y saldría con bastante facilidad. Si no
encontraba una radio, iría a la parte delantera de la planta depuradora y
echaría un vistazo a las carreteras.
Entró con cuidado en el puente de metal y madera. Respiró
profundamente y se concentró mientras alargaba la mano y se agarraba a la
barandilla de madera para mantener el equilibrio. Para enfrentarse a las
criaturas de Umbrella, ya fuesen hombres o monstruos, hacía falta habilidad y
concentración. Sin embargo, para enfrentarse a un adversario humano hacía falta
mucho más. Las personas eran mucho menos predecibles que los animales, y si
quería mantenerse alejada de Nicholai, tendría que estar todo lo alerta que
pudiera, con su intuición y su conciencia preparadas al máximo para presentir
cualquier ataque.
Como ahora…
Jill se quedó inmóvil en mitad del puente y le quitó el seguro a
la Beretta con el pulgar. Algo iba mal, muy mal, pero no podía…
¡Bam!
A su espalda.
Se giró en redondo con el corazón en la boca, y vio al Némesis a
unos seis metros de ella. Su cuerpo extraño estaba más deformado todavía por
las llamas y los disparos del lanzagranadas. Tenía el pecho y los brazos al
descubierto, por lo que Jill pudo ver con claridad que los tentáculos surgían
de los hombros y de la parte superior de la espalda. Buena parte de su piel
había desaparecido, lo que había dejado a la vista las fibras del tejido
muscular rojizo entre los trozos ennegrecidos de lo que quedaba de piel.
—Staarrrssss —rugió a la vez que daba un paso adelante,
cojeando.
Jill vio que buena parte de su costado derecho estaba destrozado
justo donde le había acertado con la granada de metralla. La carne desde el
borde inferior de su costillar hasta la altura del medio muslo parecía
espaguetis quemados, rota y desgarrada…, aunque dudaba mucho que sintiera dolor
o que su fuerza se hubiera visto muy afectada.
Su mente cargada de adrenalina pasó revista a un centenar de
opciones y se concentró en la que más posibilidades tenía. La cornisa de la
torre del reloj. Carlos lo había hecho caer de un empujón, pero el monstruo
estaba cegado, distraído…
¡Distráete con esto, cabrón!
Jill empezó a disparar apuntando a la parte más llamativa de su
cara deforme: sus increíbles dientes blancos. Vio que al menos dos de los
disparos atravesaban aquella sonrisa inquietante y varios fragmentos
blanquecinos saltaban por los aires.
El asesino de STARS lanzó un aullido y sus tentáculos carnosos
se extendieron y alzaron por detrás de él como una capa y enmarcaron a la
bestia rugiente con el equivalente a los rayos de un sol negro.
Puede que no le duela, pero algo siente…
¡AHORA!
Jill empezó a correr hacia él mientras continuaba disparando.
Todos sus instintos le gritaban que corriera en dirección contraria, pero su
parte lógica le recordó que, corriendo, jamás podría dejarlo atrás.
El Némesis todavía estaba aullando cuando Jill se estampó contra
su cuerpo levantando las manos y empujando como le había visto hacer a Carlos.
Se sintió asqueada por el contacto de aquella piel contra sus manos: húmeda,
áspera, fría…
El monstruo trastabilló hacia atrás y cayó con fuerza contra el
propio borde del puente, a escasos centímetros de la nada. Su peso y su masa
actuaron a favor de Jill tal como ella había previsto. Oyó los fuertes
chasquidos de la madera al partirse bajo su peso y de la barandilla cuando el
gigante chocó con ella…, pero dos o tres de los tentáculos lograron agarrarse a
la barandilla intacta del otro lado, y el Némesis alargó las manos hacia
adelante para recuperar el equilibrio.
Jill saltó, y retorció el cuerpo en el aire. Sabía que no podía
permitir que se pusiera en pie de nuevo, así que le clavó las botas con todas
sus fuerzas en el abdomen, pateando al monstruo con todas sus ganas.
Cayó de plano contra las planchas de madera del suelo, y lanzó
un grito involuntario de dolor cuando buena parte del impacto lo absorbió el
hombro herido. Sin embargo, la visión de aquellas cuerdas carnosas agitándose
en el aire cuando el Némesis perdió su asidero y cayó por el borde, la compensó
con creces…, lo mismo que el fuerte chapoteo que oyó unos instantes después.
Se puso en pie con dificultad y cruzó el resto del puente. Dio
un silencioso grito de alegría en su interior cuando la puerta de entrada al
edificio se abrió sin problemas. Una vez dentro, un corto pasillo giraba a la
izquierda, a unos cinco metros de la entrada. Todo el entorno visible estaba
dispuesto con suelos de rejilla metálica o paredes de cemento. Echó con rapidez
el cerrojo y se dejó caer contra la puerta jadeando, sin dejar de apuntar con
la pistola hacia la esquina mientras recuperaba el aliento. No oyó ruido de
pasos ni dentro ni fuera, aunque sí un leve zumbido mecánico procedente de
algún punto en las profundidades de la instalación. Empezó a caminar cuando
pudo volver a respirar de un modo más o menos normal. Estaba ansiosa por salir
de allí antes de que el Némesis regresara. Tenía que lograr enviar una petición
de socorro, o simplemente salir pitando de allí. El Némesis no iba a rendirse
nunca, y no podía mantener la esperanza de que podría esquivarlo siempre.
Siguió avanzando por el pasillo y vio una puerta de metal al
final a la derecha, encarada hacia otro pasillo que no podía ver. Dio un paso y
asomó un instante la cabeza para mirar al otro lado de la esquina. El siguiente
pasillo era corto y estaba despejado. Dio un paso atrás y le echó un vistazo
más de cerca a la puerta metálica, que era de la clase que se abría con una
tarjeta magnética.
El nombre de la habitación estaba justo por encima del marco de
la puerta, escrito con letras negras: COMUNICACIONES. Jill sintió una oleada de
esperanza, pero un momento después vio que no había cerradura manual. El lector
de la tarjeta de apertura era el único modo de entrar.
Jill se dio la vuelta, rabiosa y frustrada. Encontrarse con el
Némesis lo había cambiado todo. Podía marcharse, alejarse de aquel monstruo y
de Nicholai e intentar un plan nuevo, o podía continuar allí, buscar una
tarjeta que abriese aquella puerta y seguir atenta a otras posibilidades.
Jill sonrió con gesto cansado. Lo cierto era que ambas opciones
sonaban fatal, pero la segunda parecía ser menos mala. Al menos, tendría
ocasión de secarse la ropa.
Empezó a recorrer el siguiente pasillo. Estaba temblando de
frío, y sintió una ligera envidia de Carlos, que estaba dormido y abrigado allá
en la capilla.
Las instalaciones de reciclado y depuración de Umbrella estaban
compuestas por una serie de edificios de un solo piso y uno grande de dos
pisos, todos en mitad de numerosos espacios abiertos repletos de desechos:
pilas de madera, coches viejos y otros restos sueltos de metal eran los
competidores principales en aquella lucha por el suelo disponible. Carlos pensó
que si había helicópteros en aquel lugar, debían encontrarse detrás o en el
interior de uno de los almacenes. Por supuesto, iba a ser casi imposible dar la
vuelta para llegar hasta allí, a menos que quisiese trepar por otra montaña de
coches.
Y me van a disculpar pero no lo haré a menos que no me quede más
remedio.
Con la vez que tuvo que trepar por la otra barricada ya tuvo
bastante para toda la vida. Se había hecho un daño de mil demonios en las dos
rodillas al caer sobre la cabina de un camión de plataforma, y había recorrido
cojeando casi todo el camino hasta aquellas instalaciones de Umbrella.
Estaba de pie en mitad de un patio pequeño y abarrotado al que
había llegado después de saltar una pequeña valla. Memorizó lo mejor que pudo
la disposición de todos los elementos del lugar antes de dirigirse hacia el
edificio principal. Quería asegurarse de que Jill se encontraba bien antes de
ponerse a buscar un helicóptero. Carlos rompió la primera ventana que encontró
con la culata del M16 en cuanto llegó al edificio en cuestión y pasó a través
de ella.
Se quedó sentado en el marco mirando la larga y estrecha
estancia parecida a un barracón que se hallaba bajo él. Estaba poco iluminada y
repleta de cadáveres. A la derecha se veía un grupo de puertas con una señal de
salida en la parte superior y que lo más probable era que llevaran al almacén
principal. Tendría que probar esas puertas cuando se pusiera a buscar un
helicóptero. Sin embargo, a su izquierda había una escalera de metal que
llevaba directamente a una trampilla en el techo. No podía haber pedido más.
Bueno, sí, quizá un ascensor —pensó mientras acaba de pasar por
el marco de la ventana y sus costillas protestaban—. Aunque puestos a pedir,
tampoco me importaría despertarme de repente y descubrir que todo esto no es
más que una pesadilla. Eso estaría bien.
La estancia apestaba a podrido y a sangre. Se dio cuenta de que
era un olor al que había acabado acostumbrándose. Olía a Raccoon City. Mientras
subía las escaleras, pensó que moriría siendo un hombre feliz si pudiera
respirar aire puro, fresco y limpio al menos una vez más.
La trampilla cuadrada de metal que había en el techo se abrió
con facilidad y quedó apoyada contra una barandilla que rodeaba tres lados del
hueco. Carlos subió hasta asomarse a una habitación poco iluminada con aspecto
de bunker, repleta de consolas de ordenador y de armarios. Allí no había
cuerpos…
—Caramba —murmuró sin querer.
Acabó de subir la escalera y se acercó a la mesa que estaba
apoyada contra la pared delantera, bajo unos ventanales grandes que daban a un
patio casi totalmente a oscuras. Encima de la mesa había un aparato de
comunicaciones algo antiguo. Justo cuando iba a ponerse los auriculares, un
chasquido de la estática surgió del pequeño altavoz que formaba parte de un
lateral del aparato, al que siguió una voz de mujer clara y tranquila.
«Atención. El proyecto Raccoon City ha sido abandonado. Las
maniobras políticas para retrasar los planes federales han fracasado. Todo el
personal debe evacuar la ciudad de forma inmediata y alejarse a más de treinta
kilómetros para evitar la onda expansiva. Los misiles serán lanzados al
amanecer. Este mensaje se envía por todos los canales disponibles y se repetirá
dentro de cinco minutos.»
Carlos miró anonadado su reloj y sintió que se le hacía un nudo
en el estómago. Ya eran más de las cuatro y media de la madrugada, lo que les
dejaba una hora, quizá incluso algo menos.
Se puso los auriculares con micrófono incorporado y comenzó a
pulsar botones.
—¿Hola? ¿Alguien me oye? Todavía estoy en la ciudad. ¿Hola?
Nada. Carlos corrió hacia la puerta de la parte trasera de la
estancia. La cabeza le daba vueltas alrededor de la misma secuencia: amanecer,
Jill, helicóptero, amanecer, Jill…
La puerta, que era metálica, no se abrió. Estaba bien cerrada.
No había cerradura, no había nada. No podía entrar en el edificio.
Y ni siquiera sé si está aquí, quizá ya está de vuelta, quizá…
Quizá un montón de cosas, y por mucho que quisiera encontrarla,
si no se aseguraba de disponer de un modo de escapar de la ciudad, no iba a
lograr sobrevivir.
Se alejó de la puerta. No quería irse, pero no le quedaba más
remedio. Sabía que no tenía elección. Tenía que encontrar uno de aquellos
helicópteros de los que le había hablado Trent y asegurarse que tuviera
combustible y estuviera en condiciones de vuelo. Quizá podría sobrevolar las
instalaciones, llamar su atención desde el exterior o encontrarla ya de regreso
a la torre del reloj.
Y si no puedo…
No terminó de pensar aquella idea. Sabía a la perfección cuál
sería el destino de Jill si él fallaba.
Carlos echó a correr hacia la escalera sin apenas sentir el
dolor en su costado. El corazón le palpitaba con fuerza, lleno de temor.
Capítulo 26
Cuando Nicholai vio entrar a Jill con paso titubeante por la
puerta que daba a la sala de operaciones de tratamiento, se quitó
inmediatamente de la vista pasando a través de una puerta lateral de seguridad
que daba a un pasillo ancho y vacío por el que se llegaba a una sala con
tanques llenos de productos químicos. Una alegría inmensa se apoderó de su
espíritu mientras cerraba la puerta con cuidado. Se sintió confirmado y
reafirmado en su fuero interno, y ello le levantó el ánimo.
Había combinado los distintos archivos de los diferentes «perros
guardianes» después de encontrar los informes de Foster. Fue en ese momento
cuando vio en el ordenador portátil el aviso de la oficina central. Tampoco es
que fuera una sorpresa total: había sido una de las consecuencias posibles
previstas, pero lo había deprimido todavía más. Una parte de él todavía quería
ajustarles las cuentas a Jill y a Carlos por lo que le habían hecho, e incluso
había pensado en echar un último vistazo antes de llamar para que lo
recogieran. Ya no había tiempo: los misiles estaban a punto de caer. Iba de
camino para efectuar la llamada cuando oyó el sonido de pasos.
¡Está aquí! ¡Tenía razón sobre ella, y ahora está aquí!
Debía de tener razón sobre ella, o fuese el que fuese el destino
que mandaba en Raccoon City no la habría enviado hasta allí. Pudo darse cuenta
de que todo lo que había ocurrido desde que llegó a la ciudad había sido algo
predestinado. Se trataba del destino, que lo ponía a prueba, que le enviaba
dones y presentes y luego se los quitaba para ver cómo reaccionaría. Todo tenía
sentido, y justo en ese momento, cuando se acababa el tiempo y tenía que salir
de allí, aparecía ella.
No fallaré. He logrado triunfar hasta este momento, y por eso ha
ocurrido tal sincronía, para que pueda retomar el control que me pertenece
antes de que regrese a la civilización.
Podía preguntarle por Carlos y por Mikhail, podía interrogarla a
fondo…, y si había tiempo, podría dominarla de un modo más placentero todavía,
como una despedida que recordaría a lo largo de los años siguientes.
Nicholai se apresuró a ponerse en movimiento en cuanto estuvo al
otro lado de la puerta. Sus botas apenas resonaron en el amplio pasillo
mientras empuñaba con más firmeza el rifle. Se había ganado aquello, e iba a
conseguir justamente lo que se merecía.
Jill entró en lo que parecía alguna clase de sala de
operaciones. Tenía los sentidos puestos en máxima alerta. Estudió con atención
el lugar, que estaba decorado con el estilo clásico de los laboratorios de
Umbrella: paredes de cemento desnudas y frías y barandillas de metal que
separaban la estancia de dos niveles de un modo funcional por completo. No
había nada llamativo o colorido a la vista.
Bueno, a menos que la sangre cuente como decoración…
Unas grandes manchas de sangre ya seca salpicaban el suelo que
rodeaba la mesa de trabajo que dominaba la estancia. Aquello no había sido obra
de Nicholai, a diferencia del cadáver que había encontrado en la oficina
situada al lado de la estancia con las tuberías de vapor rotas. Se trataba de
un hombre en mitad de la treintena al que habían disparado en plena cara. El
cuerpo estaba tibio todavía. Jill no tenía ninguna duda de que Nicholai estaba
por los alrededores, cerca, y descubrió que casi deseaba encontrárselo pronto
para así relajarse un poco y no tener que mirar a su espalda por encima del
hombro a cada paso que daba.
No vio nada parecido a una tarjeta de apertura o a una radio en
aquel lugar, de modo que decidió seguir adelante. Podía continuar y salir por
la puerta lateral que había en una esquina, o podía bajar a la planta inferior.
Decidió que lo mejor era la puerta lateral, por si acaso Nicholai había ido por
allí. Hasta el momento, había pasado por todas las estancias del piso superior
en las que pudo entrar, y no quería bajar y arriesgarse a que él apareciera por
la espalda.
Se dirigió a la puerta mientras se preguntaba qué podía haber
ocurrido con los cadáveres de los que habían muerto en aquellas instalaciones.
Había visto mucha sangre y varias manchas de otros fluidos corporales, pero tan
sólo un puñado de cuerpos.
Quizá los han llevado a la parte de abajo… —pensó mientras abría
la puerta de seguridad y movía la Beretta de izquierda a derecha. Daba a un
pasillo tan ancho como una habitación, del que arrancaba un pasillo más
estrecho que iba hacia la derecha—. O a lo mejor Umbrella ordenó que lo
limpiaran todo para que sus empleados no tuvieran que enfrentarse a la crisis
esquivando los cadáveres de sus colegas…
—Quieta, zorra —dijo Nicholai a su espalda, y apretó con fuerza
el cañón de su rifle contra los riñones de la chica—. Bueno, suelta el rifle
antes, si no te importa.
Era una repetición sarcástica de lo que ella le había dicho en
el parque, y Jill no pudo evitar notar el tono de alegría casi histérica de su
voz. Había cometido un error por descuido, e iba a morir por ello.
—De acuerdo, de acuerdo —dijo ella, dejando que la nueve
milímetros resbalara por sus dedos y cayera de forma estrepitosa al suelo.
Todavía tenía el lanzagranadas colgado en la espalda, pero no le servía de
nada. Para cuando consiguiera empuñarlo, él ya habría vaciado un cargador
contra ella e incluso le habría dado tiempo a recargar.
—Date la vuelta lentamente y retrocede, con las manos
entrelazadas al frente, como si estuvieses rezando.
Jill hizo lo que él quería y atravesó la habitación de espaldas
hasta que chocó con la pared, más asustada de lo que hubiese querido admitir
cuando vio su perpetua sonrisa crispada y su forma de poner los ojos en blanco.
Se había vuelto loco del todo. Fuera lo que fuera lo que le
pasaba en un principio, sus días en Raccoon lo habían acabado de desquiciar.
Su forma de mirarla de arriba abajo la llenó de un tipo
diferente de temor. Conocía varias formas eficaces de parar el ataque de un
violador, pero eso era asumiendo que tuviera la suficiente capacidad física
para luchar, y dudaba mucho de que Nicholai se acercara a ella sin pegarle
antes unos cuantos tiros bien colocados.
Echó un vistazo a su izquierda, a lo largo de una estrecha sala
que terminaba en una puerta cerrada.
No lo conseguirías. Intenta hablar con él.
—Pensaba que sólo querías salir de la ciudad —dijo con
displicencia, no muy segura de qué táctica debía utilizar.
Siempre había oído que se debía seguir la corriente a las
personas locas, pero no estaba claro que las cosas fueran a mejorar mucho;
Nicholai quería matarla, y punto.
Se dirigió hacia ella de forma despreocupada, luciendo una
temblorosa sonrisa. Un trueno retumbó en lo alto, un sonido distante.
—Quiero irme ahora, ahora que tengo toda la información. A todos
los demás, a los «perros guardianes», los maté por la información que tenían.
Umbrella va a tener que negociar conmigo, y sólo conmigo, y yo voy a ser
enormemente rico. Todo cuadra, y ahora que tú estás aquí, mi éxito está
asegurado.
A pesar de que no era ésa su intención, Jill sintió curiosidad.
—¿Por qué yo?
Nicholai se acercó hasta colocarse a una distancia segura.
—Porque tú tomaste la vacuna —dijo en un tono natural—. Carlos
la robó porque tú se lo pediste. No trates de negarlo. Dime, ¿estás actuando
por tu cuenta o te han enviado para obstaculizar mis planes? ¿Qué saben Carlos
y Mikhail?
Dios, ¿qué contesto a eso?
Jill se distrajo con el rumor de un trueno que volvió a sonar en
lo alto, estaba demasiado confundida por el extraño razonamiento de Nicholai
para poder contestarle en el acto. Era raro que pudieran oírlo a través del
techo completamente aislado…
No tan raro como pensar en el tiempo en un momento como éste.
Tenía que decir algo, por lo menos para intentar prolongar su
vida. Al menos, mientras respirara, habría una oportunidad.
—¿Por qué tengo que decirte nada? Me vas a matar de todas formas
—dijo, como si hubiera algo que decir.
La sonrisa de Nicholai titubeó, para volver a brillar después,
asintiendo con la cabeza.
—Tienes razón, lo voy a hacer —apuntó con el rifle a su rodilla
izquierda y se relamió los labios—. Pero no antes de que nos conozcamos un poco
mejor; creo que tenemos bastante tiempo…
Jill cayó hacia atrás, segura de que la habían alcanzado…
Pero él no ha disparado, ha sido el trueno…
El techo se vino abajo, parte de él, y grandes trozos de pared y
cemento llovieron sobre los gritos de Nicholai, que disparó de forma frenética
antes de desaparecer.
Nicholai la tenía bajo su control. Ella iba a sangrar y a
gritar, y él saldría victorioso, había ganado…
Y, entonces, el techo cedió, y los cascotes cayeron sobre él, y
algo gigante, frío y duro envolvió la parte trasera de su cuello. Nicholai
disparó, gritando:
—Una bruja, ella es…
Una cosa inmensa y helada, una mano, lo arrastró hacia la
oscuridad. Lo último que llegó a ver fue la conmocionada cara de Jill antes de
que los dedos se crisparan, antes de que una cuerda fría y con vida se
enrollara alrededor de su cintura. La mano y la cuerda tiraban en direcciones
contrarias, y Nicholai sintió cómo le crujían los huesos, cómo se le estiraban
la piel y los músculos al tiempo que su boca se llenaba de sangre en un grito…
Esto no puede estar pasando, yo tengo el control, para… Lo
último que sintió fue cómo su cuerpo se partía en dos.
Jill sólo pudo ver parte de lo que ocurrió, pero fue bastante.
Un río de sangre manó del borde irregular del agujero, salpicando el suelo.
Pudo oír cómo retumbaba el bramido del Némesis, y vio cómo se arrastraba un
tentáculo por el humeante chorro rojo, buscando…
No se atrevió a correr por debajo de él. Se dio la vuelta y
corrió por el pasillo lateral, forcejeando para coger el lanzagranadas, su
única arma…
Dio un golpe en la puerta y entró en un abismo oscuro y
reverberante. Una oleada de pestilencia la golpeó como una bofetada. Cerró la
puerta de golpe y echó una mano a la única luz que podía ver: un brillante
cuadro rojo sobre un panel, junto a la entrada.
Era un interruptor, y cuando parpadearon las hileras de tubos
fluorescentes, vio y entendió dos cosas a la vez. Habían dejado aquí, formando
una gran pila, a los trabajadores de Umbrella muertos, de ahí el increíble
olor, y no había ninguna otra puerta. Estaba atrapada y sólo tenía un proyectil
de metralla para defenderse.
Piensa, piensa…
Pudo oír al Némesis bramar la única palabra que conocía. Era un
grito horrible que la animaba a moverse, a hacer algo. Corrió hacia el tremendo
montón de cadáveres, la única cosa en la gigantesca cámara en forma de U que no
estaba atornillada al suelo. Tal vez uno de ellos tuviera una arma.
El suelo metálico segmentado producía un sonido hueco bajo sus
pisadas, recordándole dónde estaba: algún tipo de sala de vertedero, donde el
suelo podía abrirse para dejar caer la basura en tanque de ácido, un contenedor
de basura o una alcantarilla. No importaba, porque no tenía ni idea de cómo
hacer funcionar un sistema como aquél. Todo lo que le importaba en ese momento
era encontrar algo que pudiera utilizar contra el Némesis.
Los muertos estaban en un avanzado estado de descomposición, y
los cuerpos hinchados y ennegrecidos emitían gruesas y cálidas nubes de gases
pestilentes. La pila llegaba casi a su barbilla. Jill no se podía poner a
exigir demasiado. Dejó el lanzagranadas y comenzó a palpar los cadáveres,
levantando batas de laboratorio pegajosas, metiendo las manos en bolsillos que
hacían un sonido húmedo bajo sus rápidos dedos. Bolígrafos y lápices, paquetes
empapados de cigarrillos, monedas sueltas, una tarjeta de apertura,
probablemente la misma que había estado buscando.
Increíble, ¿verdad?
¡BOOM! ¡BOOM!
Unos puños gigantescos golpearon la puerta, y los estampidos
resonaron en la gran cámara. La puerta cedería en pocos segundos y se tendría
que ir con lo que tenía. No iba a poder matarlo de ninguna manera, pero podría
intentar esquivarlo.
Se metió la tarjeta en la bota izquierda, agarró el arma y echó
a correr hacia la puerta, pensando que, al menos, Nicholai le había dado una
buena idea.
Era lo menos que podía hacer, el muy loco hijo de puta…
Jill tomó posición al lado de la puerta, cerca de donde quedaría
ésta al abrirse. No se colocó justo detrás: el plan no funcionaría en absoluto
si acababa aplastada contra la pared.
¡BOOM! La puerta se abrió de golpe, estampándose contra la pared
a pocos centímetros de donde se encontraba ella. El Némesis irrumpió en la sala
con sus brazos y tentáculos desplegados buscando sangre.
Está cambiando, está aumentando de tamaño…
Jill apuntó a la magullada zona inferior de la espalda y
disparó, desgarrándole la carne desde una distancia de menos de tres metros.
La criatura gritó y trastabilló, y antes de que se pudiera
erguir, Jill ya había cruzado la puerta y se había ido, rezando para que
tuviera tiempo de pedir ayuda y salir de allí antes de que la volviera a
encontrar. Sus pasos resonaron en el pasillo mientras empuñaba la Beretta y
salía rápidamente al vestíbulo.
Quería tener tiempo al menos para llamar. Tal vez no
sobreviviera para ser rescatada, pero si Dios quería, Carlos sí podría
salvarse.
Sólo había un helicóptero, pero estaba en perfecto estado,
cargado de combustible y listo para volar. Si pudiera encontrar a Jill, pensaba
Carlos, puede que lo consiguieran, después de todo.
Se colocó en el asiento del piloto y repasó los mandos y los
controles mientras recordaba lo mejor que podía las instrucciones básicas. Le
había enseñado otro mercenario que tampoco tenía un entrenamiento formal, y eso
había sido hacía ya bastante tiempo, pero estaba bastante seguro de que
conseguiría hacerlo despegar. El aparato era un modelo antiguo de dos asientos,
con un techo de unos mil y pico metros y unos trescientos cincuenta kilómetros
de autonomía. No sabía para qué eran algunos de los botones e interruptores del
panel de control, pero tampoco los necesitaba para que aquel cacharro
despegara. La palanca de mando movía al aparato hacia adelante, hacia atrás y
hacia los lados. Los pedales controlaban la velocidad, y, por tanto, la
capacidad de ganar o perder altura.
Carlos echó un vistazo al reloj y se sorprendió
desagradablemente al darse cuenta de que habían transcurrido veinte minutos
desde que había oído el aviso sobre los misiles. Había pasado unos cuantos
comprobando el estado del helicóptero, y tuvo que entretenerse en matar a un
par de zombis que rondaban por el patio…
No importaba. Tenían entre veinte y cuarenta minutos como mucho.
Aquellas instalaciones eran demasiado grandes, no le daría tiempo a cubrirlas
todas…
¡Pues entonces utiliza la radio, capullo!
Carlos se colocó con rapidez los auriculares, sorprendido por no
haber pensado en ello antes. Se prometió que ya se daría de tortas por idiota
más adelante, cuando tuviera tiempo. Eso suponiendo que hubiera un más
adelante.
—Hola, aquí Carlos Oliveira de Umbrella. Estoy en Raccoon City
¿Me reciben? Aquí hay mucha gente con vida todavía. Si pueden recibirme, deben
detener el ataque con misiles. ¿Hola? ¿Me reciben?
No había manera de saber si alguien estaba recibiendo aquel
mensaje. Lo más probable era que Umbrella hubiese colocado algún aparato para
bloquear todas las transmisiones y señales de salida. Tendría que intentar…
—¿Carlos? ¿Eres tú? Cambio.
Sintió que le abandonaban las fuerzas por el alivio que lo
inundó cuando su voz resonó en el auricular. Pensó que era bastante posible que
fuese el sonido más dulce que jamás hubiera oído.
—¡Sí! ¡Jill, he encontrado un helicóptero! ¡Tenemos que
largarnos de aquí ahora mismo! ¿Dónde estás? Cambio.
—En una sala de radio, en la planta depuradora de Umbrella. ¿Qué
es lo que has dicho de unos misiles?
¡Estaba tan cerca! Carlos empezó a reír.
¡Vamos a salir de aquí! ¡Se acabó!
—Los federales van a hacer saltar por los aires toda la ciudad
dentro de media hora, al amanecer. Pero no importa, podemos salir volando. ¿Ves
la escalera que está en mitad de la sala? Cambio.
—Sí, está… ¿Van a bombardear Raccoon City? ¿Estás seguro?
Parecía totalmente sorprendida, hasta el punto de olvidar el
protocolo de radio.
¡No tenemos tiempo para hablar de eso!
—Jill, estoy completamente seguro. Escúchame con atención: baja
por las escaleras y comienza a correr. Llegarás justo donde yo estoy. No tiene
pérdida, no puedes llegar a ningún otro sitio. Pasas toda una habitación de
cemento hasta llegar a la señal de salida, llegas al exterior, y luego
atraviesas este almacén enorme. Hay una especie de generador de energía, así
que tendrás que rodear algunas piezas de maquinaria. La puerta trasera está
situada a…, digamos a las once en punto desde la parte frontal. ¿Lo has
entendido? Estaré al otro lado. Y será mejor que muevas el culo para llegar, no
andes jodiendo por ahí.
Se produjo una pausa brevísima, y Carlos pudo notar la sonrisa
en la voz de Jill cuando contestó.
—Ya te gustaría andar jodiendo. Estoy en camino, cambio y corto.
Carlos puso en marcha el helicóptero con una gran sonrisa en los
labios mientras el cielo de un profundo color azul marino oscuro empezaba a
clarear preparándose para el amanecer.
Capítulo 27
Jill bajó a toda velocidad por la escalera y siguió corriendo
mientras la cabeza le daba vueltas sobre lo que le iba a ocurrir a Raccoon
City. No podía imaginarse qué era lo que había ocurrido fuera de la ciudad en
los días anteriores para que la decisión definitiva respecto a todo el asunto
fuera hacer desaparecer un sitio en cuarentena en medio de una enorme
explosión.
Claro que tiene que ser mediante una gran explosión, después de
haber recogido todos sus valiosos datos para de ese modo asegurarse de que
todas las pruebas quedaban destruidas.
Jill saltó por encima de un cadáver, después de otro, y llegó a
las puertas con la señal de salida encima, tal como Carlos le había dicho.
Salió sin dejar de correr y la recibió un olor maravilloso a aire fresco
cargado de rocío.
Al amanecer. Me ha dicho que los lanzarían al amanecer. Media
hora era una estimación de tiempo demasiado generosa. Jill apretó el ritmo de
la carrera y atravesó un pasaje serpenteante repleto de coches apilados y
montones de metal, y al final vio el almacén, justo delante de ella. Era
grande, bajo y ancho, y ya estaba pensando en las manecillas del reloj y las
horas para orientarse antes de abrir las pesadas puertas metálicas con
refuerzos de acero de la entrada. Las once en punto. No podía ver la puerta trasera
a causa de una maquinaria inidentificable que estaba justo en medio. Era un
tremendo conjunto de tuberías gruesas y placas de metal, pero Carlos ya la
había advertido que tendría que rodear algunas máquinas.
Se detuvo en seco para quedarse mirando fijamente al enorme
aparato que Carlos había confundido con un generador de energía. En realidad,
se trataba de alguna clase de cañón láser, enorme, cilíndrico. Jill ya había
visto otros, pero ni siquiera de la mitad de tamaño. Aquél tenía al menos tres
metros de alto y seis de largo, y era tan grande como una mesa para seis
personas. Docenas de cables lo conectaban a la pared metálica, al lado de donde
se encontraba, y estaba apuntado más o menos hacia la puerta delantera por la
que había entrado. Se preguntó contra qué demonios lo habrían puesto a prueba.
La puerta trasera se abrió de repente. Jill apuntó la Beretta de
forma automática hacia allí, pero vio que se trataba de Carlos. El sonido
gimiente de un helicóptero en marcha le llegó desde fuera.
—¡Jill, vámonos!
Era obvio que Carlos se alegraba de verla con vida, pero también
pudo ver el gesto impaciente y ansioso de su cara. Aquello fue un recordatorio
de lo que se les venía encima mientras la puerta se cerraba a la espalda de su
compañero.
—Lo siento. Es que me he quedado pasmada. Es un cañón láser, el
más grande que…
¡Crraassshhh!
El ruido llegó procedente del techo cerca de la puerta
delantera. Una gigantesca masa salió disparada tras atravesar la pared y
desapareció de su vista cuando aterrizó, cayendo al suelo detrás de la enorme
maquinaria. Jill tuvo el tiempo justo de distinguir a duras penas un cuerpo
hinchado y bulboso rodeado de garras y de tentáculos, y supo que había estado
en lo cierto con el Némesis: estaba evolucionando.
Oyeron otro fuerte estampido un segundo después. Una lluvia de
chispas saltó de un panel situado cerca de la entrada, y un aullido gorgoteante
resonó por todo el almacén. Era el rugido del Némesis, pero deformado de un
modo horrible, mutado, más profundo, más áspero.
—¡Vámonos! —gritó Carlos, y Jill corrió hacia él al mismo tiempo
que éste bajaba el tirador de la puerta trasera…, que no se abrió. Jill se fijó
en las pequeñas luces parpadeantes que brillaban en el panel situado al lado de
la entrada posterior, y se dio cuenta de que el Némesis había cortocircuitado
los mecanismos electrónicos de apertura.
Estaban atrapados en un almacén con la criatura que antes había
sido el asesino de STARS, un monstruo que aullaba exigiendo sangre.
Capítulo 28
Carlos oyó aullar a la criatura y supo lo que era. Sólo había
visto de un modo fugaz al monstruo cuando caía a tierra, pero era grande y con
pinta de cabrón, así que se temió que estaban jodidos.
Jill gritó para que la pudiera oír, y Carlos apenas entendió lo
que dijo por encima del aullido al parecer interminable del Némesis.
—¿Dónde está el 357?
Carlos negó con la cabeza. Tenía el M16 en las manos, pero el
revólver pesado y el resto de los cargadores del rifle de asalto los había
dejado en el helicóptero.
—¿Y el lanzagranadas? —gritó él a su vez, pero entonces fue
cuando le tocó a Jill negar con la cabeza.
Una pistola de nueve milímetros y unas veinte balas más o menos
para el rifle.
Tendremos que abrir a tiros la puerta. Es nuestra única
oportunidad.
Carlos sabía perfectamente que era imposible incluso mientras lo
pensaba. Las puertas delantera y trasera eran de metal con refuerzos de acero.
Tendrían más posibilidades de abrir un agujero en la pared…, y la respuesta le
llegó de repente. Vio que a Jill se le había ocurrido lo mismo porque lo estaba
mirando fijamente, con los ojos abiertos de par en par.
El bramido del monstruo estaba disminuyendo de potencia, pero se
vio sustituido por un sonido horrible y baboso, el ruido de algo grande y
pegajoso que se movía con lentitud pero sin cesar sobre el suelo de cemento.
Viene a por ella.
—¿Puedes hacerlo funcionar? —le preguntó Carlos, mientras se
preparaba mentalmente para enfrentarse a fuese en lo que fuese que se hubiera
convertido el Némesis.
—A lo mejor, pero…
Carlos la interrumpió.
—Voy a distraer a ese bicho. Tú pon en marcha este cacharro y
avísame cuando tenga que agacharme.
Carlos pasó corriendo a su lado antes de que tuviera tiempo de
protestar. Estaba decidido a hacer lo que fuese necesario para impedir que la
criatura llegase hasta ella.
Al menos, es más lento que antes, si pudiera hacerlo ir todavía
un poquito más lento…
Llegó al final del muro hecho de maquinaria, inspiró
profundamente, se asomó por la esquina…, y lanzó un grito involuntario de asco
al ver la masa ondulante y rezumante que avanzaba arrastrándose sobre unos
apéndices sin forma definida y lleno de garras que tenían el color de las
ampollas en la piel. Unos bultos carnosos aparecían y desaparecían como burbujas
en un estofado a lo largo de su espalda retorcida y deformada. Un fluido negro
caía goteando de cada una de las decenas de pequeñas aberturas que le cubrían
el cuerpo, humedeciendo el suelo y lubrificándolo para que aquel montón de
carne pudiera avanzar.
Carlos escogió un bulto algo prominente en la parte superior de
aquella criatura gigantesca y palpitante y comenzó a disparar. Los proyectiles
se hundieron en la superficie rosada como guijarros en un arroyo.
¡Ratatattatt!
De repente, veloz como un rayo, uno de los tentáculos de la
parte delantera salió disparado y golpeó las piernas de Carlos con la fuerza
suficiente para derribarlo.
Carlos se arrastró de espaldas procurando no hacer caso del
dolor en su costado, sorprendido por aquella velocidad increíble y bastante
atemorizado a la vez. La masa corporal de la criatura se movía con lentitud,
pero sus reflejos eran de una rapidez de locura, y lo había alcanzado a tres
metros de distancia con la fuerza suficiente para tirarlo al suelo, sin
esfuerzo aparente.
—Tu puta madre —jadeó Carlos.
Era el peor insulto que se le ocurría en aquel momento, mientras
se ponía en pie y retrocedía. Ya había llegado a la esquina de la pared
metálica, a diez metros o menos de donde Jill estaba pulsando de forma
frenética todos los botones. Lo había logrado distraer tanto como una mosca a
un avión.
¿Cuánto tiempo nos quedará antes de que amanezca?
De repente, el monstruo bramó de nuevo, y resonó un coro de
pequeños aullidos procedentes de todas y cada una de las aberturas de su
cuerpo, un millar de bocas gritando a la vez, creando un rugido ensordecedor.
No iba a detenerse. Carlos retrocedió de nuevo y volvió a
disparar. Era un desperdicio de balas, pero no podía hacer otra cosa.
En ese momento oyó el zumbido de una poderosa turbina que
empezaba a girar cada vez con mayor velocidad, y a Jill que le gritaba que se
apartase; y Carlos se apartó.
Todavía no había sido capaz de encontrar la conexión principal,
ni botones ni cables a los que conectar algo, y no sabía lo suficiente de
mecánica para deducirlo. Se le paró un momento el corazón cuando vio caer a
Carlos, pero se obligó a sí misma a seguir buscando. Sabía que era lo único que
podía hacer.
Estudió los mandos por segunda vez, de un modo frenético y
desesperado, y por fin encontró los botones de encendido en la base, y la
maquinaria se puso en marcha con un sonido que a Jill le pareció maravilloso.
—¡Apártate! —gritó a Carlos.
Jill movió las palancas necesarias para alzar con lentitud y con
precisión el cañón. Sus movimientos aparecían registrados de forma digital en
una pequeña pantalla cerca de la base.
Pudo sentir cómo aumentaba la energía, cómo el aire a su
alrededor aumentaba de temperatura, y cuando Carlos se echó a un lado y el
nuevo Némesis apareció arrastrándose sobre su propia baba, descubrió que estaba
emocionada al máximo, casi superada por una sensación feroz e intensa de
autosatisfacción.
Aquello había matado a Brad Vickers y la había perseguido de
forma incesante y sin piedad por toda la ciudad. Había asesinado a los miembros
del equipo de rescate y los había obligado a quedarse en Raccoon City, la había
infectado con el virus, la había aterrorizado y había herido a Carlos. Todo
ello porque estaba programado para que actuara así, pero eso no le importaba a
Jill. Lo odiaba con todo su ser, lo despreciaba más que a cualquier otra cosa
que hubiera despreciado en toda su vida.
La criatura mutada y aberrante avanzó hacia ella sobre una capa
de baba mientras el zumbido del cañón aumentaba de potencia hasta que el
ronroneo explosivo ahogó cualquier otro sonido. Las siguientes palabras de Jill
no las pudo oír nadie, ni siquiera ella misma.
—¡Quieres STARS! ¡Ya te daré yo STARS, cabrón de mierda! —gritó,
y apretó con fuerza el botón de activado.
Capítulo 29
Una luz brillante, de color blanco con intensos tonos eléctricos
naranjas y azules, surgió del extremo del cañón en un rayo de furia
concentrada. Unos arcos de luz y calor rodearon la parte central del cañón como
relámpagos en miniatura. El rayo se topó con el nuevo cuerpo del Némesis, que
seguía palpitando y retorciéndose, y comenzó a devorarlo.
La criatura que hasta ese instante había sido el orgullo de la
sección de desarrollo de Umbrella aulló de forma quejumbrosa y empezó a
sacudirse, agitando en el aire sus múltiples apéndices en un frenesí de
confusión agonizante. El rayo concentrado de luz atravesó su carne, tan firme y
resistente hasta unos momentos antes, y derritió capas de tejido y de
materiales soldados más duros todavía, huesos, cartílagos, metal flexible,
hasta convertirlos en unos grumos fundidos e inútiles.
La criatura comenzó a derretirse y a convertirse en humo, y
cuando el tejido cerebral de su interior se secó y se transformó en polvo, el
Némesis dejó de existir. Su programa había sido borrado, y su corazón increíble
e imposible estalló por fin en silencio dentro de lo más profundo de su ser.
Unos cuantos segundos más tarde, el cañón se sobrecalentó y se
apagó solo.
Capítulo 30
El helicóptero se elevó y comenzó a alejarse. Al principio, el
vuelo fue un poco agitado, pero Carlos se hizo pronto con los mandos y mantuvo
equilibrado el aparato. Los primeros rayos de luz solar empezaron a surgir por
el este mientras dejaban atrás la ciudad ya condenada. Les pareció muy extraño
estar por fin en camino para escapar, después de tantos días deseándolo con
tanta fuerza, de esforzarse únicamente para ello.
—Nicholai ha muerto —comentó Jill con voz clara y tranquila por
los auriculares. Era lo primero que había dicho desde que habían despegado—. El
Némesis lo mató.
—Me alegro —respondió Carlos, y lo dijo de corazón.
Se quedaron callados de nuevo. Carlos se sentía satisfecho con
volar. Le daba la ocasión de estar tranquilo. Estaba agotado, y tan sólo quería
alejarse lo máximo posible de Raccoon City antes de que llegaran los misiles.
Después de unos instantes, Jill alargó la mano y la colocó sobre
la suya, y eso también le gustó.
Jill le sostuvo la mano a Carlos mientras el sol ascendía poco a
poco sobre el horizonte, pintando el cielo con unos maravillosos tonos rosados,
grises y amarillo intenso. Era algo precioso, y Jill se dio cuenta de que, por
mucho que lo intentara, no podía lamentar que Raccoon City estuviese a punto de
ser arrasada. Había sido su hogar durante un tiempo, pero se había convertido
en el dolor y la muerte para miles de personas, y pensó que aniquilar todo
aquello era probablemente lo mejor que podía ocurrirle a la ciudad.
Ninguno de los dos habló mientras el sol seguía ascendiendo,
mientras los kilómetros pasaban veloces bajo ellos. Los bosques, las granjas y
las carreteras vacías aparecían frescas y brillantes bajo la suave luz cálida.
Cuando el cielo quedó iluminado por un destello blanco y la onda
sonora llegó hasta ellos unos momentos después, Jill ni siquiera miró atrás.
Epílogo
Trent estuvo ocupado casi todo el día asistiendo a reuniones,
preparando comunicados favorables en unas cuantas cadenas de televisión
propiedad de Umbrella, y explicándoles a los tres jefes supremos de White
Umbrella la diferencia entre los HARM, los misiles aire-tierra que el ejército
había utilizado en Raccoon City, y los SRAM. Había sido Jackson sobre todo
quien se había mostrado más descontento por el hecho de que no se utilizaran
los misiles tácticos, de mayor tamaño. Al parecer, no era capaz de entender que
un incidente nuclear deliberado en el interior del territorio de Estados Unidos
debía ser todo lo pequeño y contenido posible. Era irónico que un hombre con
tanta riqueza y tanto poder pudiera estar tan ciego ante la realidad que él
mismo había ayudado a crear.
Trent dispuso por fin de unos cuantos momentos para él a
principio de la noche, después de la última revisión sobre los informes de los
«perros guardianes». Se tomó una taza de café en el balcón del apartamento que
utilizaba cuando estaba en las oficinas de la empresa en Washington. El fresco
atardecer fue vigorizante, después de pasar todo el día encerrado con aire
reciclado y luces fluorescentes.
La ciudad, desde veinte pisos de altura, parecía irreal, con sus
sonidos distantes y sus rasgos desdibujados. Trent se quedó mirando a nada en
concreto y siguió sorbiendo su café mientras pensaba en todo lo que había
presenciado a lo largo de los días anteriores desde la tranquilidad privada y
protegida de su casa. Los sistemas de vigilancia remota en Raccoon City no
habían detectado el satélite pirata que enviaba información a su sala de
control propia. Había podido observar los diferentes dramas que habían ocurrido
a lo largo de las últimas horas de vida de la ciudad.
Recordó al policía novato, Kennedy, y a la hermana de Chris
Redfield. Los dos habían logrado escapar por los pelos de la explosión que
había destruido el laboratorio subterráneo, e incluso se las habían apañado
para salvar a Sherry Birkin nada menos, la hija de uno de los investigadores
más importantes de Umbrella. Trent no se había puesto en contacto con ninguno
de ellos, pero sabía que León Kennedy y Claire Redfield se habían unido a la
lucha. Eran jóvenes, decididos, y odiaban a Umbrella a muerte. Trent no podía
haber pedido nada mejor.
Las esperanzas que había depositado en Carlos Oliveira se habían
visto más que confirmadas, y que se hubiera unido a Jill Valentine era algo
excelente. Trent quedó muy impresionado por la huida de la pareja, y encantado
de que sus dos soldados involuntarios hubieran trabajado tan bien juntos, hasta
el punto de sobrevivir a pesar de la infección de Jill, de la locura del ruso y
del asesino de STARS. El uso de las unidades experimentales de la clase Tirano
todavía seguía siendo algo muy cuestionado por muchos de los investigadores de
White Umbrella. A pesar de que normalmente eran eficientes y letales, también
eran muy costosas, y sabía que el debate sobre aquella cuestión continuaría,
alimentado por la reciente pérdida de dos unidades en la destrucción de la
ciudad.
En cambio, Ada Wong…
Trent dejó escapar un suspiro, deseando que hubiera sobrevivido.
La agente que había enviado, bella, alta, de origen asiático, era tan brillante
como competente en sus cometidos. No la había visto morir, pero las
probabilidades de que hubiera escapado tanto de la explosión del laboratorio
como de la destrucción completa de Raccoon eran casi nulas. Algo desgraciado,
por decir lo mínimo.
Sin embargo, y en líneas generales, Trent estaba satisfecho por
el modo como estaba progresando la situación. Por lo que él sabía,
absolutamente nadie de la compañía tenía el más mínimo indicio de quién era o
de lo que estaba haciendo. Los tres individuos más poderosos de Umbrella
confiaban cada día más y más en él, desconociendo en absoluto sus planes, que
no eran otros que destruir la organización, desde dentro y desde fuera,
destrozar la vida de sus jefes y propietarios y llevarlos ante la justicia; organizar
un ejército de hombres y mujeres dedicados en cuerpo y alma a la desaparición
de Umbrella y guiarlos en todo lo que fuera posible para el cumplimiento de su
misión. Aunque sus métodos fueran complicados, la razón era muy simple: vengar
la muerte de sus padres, ambos científicos, que fueron asesinados cuando él no
era más que un niño, para que Umbrella se pudiera aprovechar de sus
investigaciones. Trent sonrió para sí mismo y tomó otro sorbo de café. Sonaba
tan melodramático, tan grandilocuente. Habían pasado casi treinta años desde
que sus padres se habían quemado vivos en un supuesto accidente de laboratorio.
Ya había dejado atrás el dolor hacía mucho tiempo. Su determinación, sin
embargo, jamás se tambaleó. Había cambiado de nombre, de vida, había abandonado
toda esperanza de llevar una existencia normal, pero no se arrepentía de nada,
ni siquiera en aquellos momentos, cuando compartía la responsabilidad por la
muerte de tanta gente.
Estaba oscureciendo. Las farolas iban encendiéndose muy por
debajo de donde se encontraba, irradiando un brillo suave que se extendería por
encima de la ciudad como un halo suave bajo el cielo nocturno. A su modo, era
muy bello. Trent acabó el café y recorrió con el dedo el logotipo de la
compañía que aparecía en un lado de la taza. Pensó en la luz y la oscuridad, en
el bien y el mal, y en los tonos de gris que existían entre ellos, entre todo.
Tenía que ser muy cuidadoso, y no sólo para que no lo descubrieran. Eran
aquellos tonos de gris lo que más le preocupaba.
Después de unos instantes, Trent le dio la espalda a la
oscuridad creciente y entró en el apartamento. Todavía tenía mucho por hacer
antes de que pudiera volver a su casa.
FIN DEL VOLUMEN 5

