Libro N°. 3146. Resident Evil - Vol.4 – Inframundo. S.D. Perry.
© Libro N°. 3146. Resident Evil - Vol.4 – Inframundo. S.D. Perry. Colección E.O. Septiembre 24 de 2016.
Título original: © Resident Evil - Vol.4 – Inframundo. S.D. Perry
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
RESIDENT EVIL - Vol.4 – INFRAMUNDO
S.D. Perry
Umbrella
está creando monstruosos asesinos biológicos. A pesar de su inmenso poder, está
empezando a perder el control de sus instalaciones secretas, pero una de las
más avanzadas está a punto de entrar en funcionamiento. En su interior se
encuentra también la clave para detener a Umbrella de una vez por todas. Pero
Leon, Claire, Redfield y Rebeca deberán superar los horrores de la ingeniería
genética que les esperan bajo tierra.
Hay miles cortando las ramas del árbol del mal
por cada uno que está asestando golpes a la raíz.
HENRY DAVID THOREAU
Prólogo
Associated Press, 6 de octubre, 1998
MUEREN MILES DE PERSONAS EN EL TERRIBLE INCENDIO DE UN PUEBLO DE
LAS MONTAÑAS. SE SOSPECHA DE UN BROTE INFECCIOSO
NUEVA YORK, NY — La aislada comunidad montañosa de Raccoon City,
Pensilvania, ha sido declarada oficialmente zona catastrófica por el estado y
por los funcionarios del gobierno federal mientras los esforzados bomberos
siguen luchando contra las llamas, cada vez menores, y la cifra de muertos
sigue creciendo. Ahora mismo se calcula que más de siete mil personas murieron
por las explosiones y los incendios que azotaron Raccoon City desde las
primeras horas del domingo 4 de octubre. Este hecho es considerado como el peor
desastre en Estados Unidos en términos de pérdidas de vidas humanas desde el
comienzo de la era industrial. Los destrozados familiares y amigos de los
ciudadanos de Raccoon City, llegados al mismo tiempo que las organizaciones
nacionales de ayuda y la prensa internacional, se agolpan alrededor del bloqueo
que rodea a las ruinas todavía en llamas de la ciudad, a la espera de alguna
noticia procedente de la cercana población de Latham.
El director de la Agencia Nacional de Control de Desastres
(ANCD), Terrence Chavez, que actúa como coordinador de los esfuerzos combinados
de las distintas unidades de bomberos y de emergencia, efectuó una declaración
oficial a la prensa la noche pasada en la que dijo que, salvo complicaciones
imprevisibles, se espera que los incendios quedarán extinguidos por completo a
mitad de semana, pero que pueden pasar bastantes meses antes de que se pueda
averiguar con certeza cuál ha sido el origen del fuego, tanto si fue
intencionado como si no. Según Chavez, «la magnitud de los daños, tan sólo en
términos de superficie afectada, va a motivar que encontrar las respuestas sea
una tarea ardua, pero esas respuestas están ahí. Llegaremos hasta el fondo de
la cuestión sin importar lo que haga falta».
A fecha de hoy, a las seis de la mañana, la cifra de
supervivientes es de setenta y ocho, y sus nombres y el estado en que se
encuentran se ha mantenido en secreto. Han sido trasladados a una instalación
federal desconocida para permanecer en observación y/o recibir tratamiento. Los
primeros informes de los equipos de emergencia indican al parecer la existencia
de una enfermedad desconocida que puede haber sido la causante del increíble
número de víctimas, ya que los ciudadanos infectados no pudieron escapar debido
a la gravedad de la dolencia. Además, existen rumores que indican que la
enfermedad puede haber provocado una psicosis de tipo violento en algunos de
los pacientes infectados. Los funcionarios de las agencias de control de
enfermedades, tanto públicas como privadas, han pedido que se extiendan los
límites de la cuarentena, y aunque no se ha hecho ninguna declaración oficial
en ese sentido, se han «filtrado» numerosas descripciones de las anormalidades
físicas y biológicas de las víctimas. Según una de las fuentes, un trabajador
de un equipo de asesoramiento federal dijo que «algunas de esas personas no
habían muerto simplemente quemadas o asfixiadas por la inhalación de gases. Vi
a gente que había muerto por disparos o por apuñalamiento, además de por otras
formas de violencia. Vi a individuos que era evidente que habían estado
enfermos, muertos o moribundos antes de que les alcanzasen las llamas. El
incendio ha sido terrible, devastador, pero no es el único desastre que se ha
producido aquí, me apuesto lo que sea».
Raccoon City fue noticia a principios de este año debido a una
serie de extraños asesinatos que conmocionaron a la población. Se trataba de
crímenes sin móvil aparente, de una tremenda violencia, y bastantes de ellos
incluían actos de canibalismo. Ya se están produciendo por parte de la prensa
local cercana a Raccoon City, intentos de relacionar los once asesinatos sin
resolver del pasado verano con los rumores de actos violentos en masa que se
produjeron antes de que estallara el enorme incendio.
El señor Chavez se negó a confirmar o desmentir esos rumores, y
se limitó a declarar que las investigaciones relativas a esa tragedia serán
exhaustivas…
Nationwide Today, Primera Edición, 10 de octubre de 1998
SIGUE AUMENTANDO LA CIFRA DE MUERTOS EN RACCOON CITY TRAS LOS
ESFUERZOS COMBINADOS DE LOS EQUIPOS DE BÚSQUEDA Y RESCATE
NUEVA YORK, NY — El recuento oficial de muertos casi llega a
4.500, aunque las ennegrecidas ruinas de Raccoon City siguen siendo registradas
en búsqueda de más víctimas de los hechos apocalípticos que tuvieron lugar la
mañana del pasado domingo. Mientras la nación comienza su periodo de luto, más
de seiscientos hombres y mujeres trabajan para desvelar las razones que
provocaron la destrucción de la antaño pacífica comunidad. Las organizaciones
de ayuda local, los científicos, los soldados, los agentes federales y los
equipos de investigación de las distintas compañías se han unido en una muestra
de afán y resolución, aunando sus recursos y aceptando las responsabilidades
que se les han asignado para poder esclarecer la verdad.
Al director de la ANCD, Terrence Chavez, que es el máximo
responsable de la operación conjunta, se le han unido investigadores de máximo
nivel de los centros de control de enfermedades de todo el mundo, agentes de
seguridad nacional de distintas organizaciones federales y un equipo privado de
microbiólogos procedente de Umbrella Corporation, financiado por la misma
compañía farmacéutica, y que está investigando la posibilidad de que exista una
conexión entre su laboratorio químico situado en las afueras de la ciudad y la
extraña infección conocida ya como el «síndrome de Raccoon».
Los estudios iniciales sobre la enfermedad han sido imprecisos y
no han llegado a ninguna conclusión, según palabras del jefe del equipo de
Umbrella, el doctor Ellis Benjamin, pero también dice textualmente que «sin
embargo, estamos convencidos de que los ciudadanos de Raccoon City resultaron
infectados por algo, ya fuese de modo accidental o intencionado. Lo único que
sabemos con certeza en este momento es que no parece transmitirse por vía
aérea, y que el resultado final es una rápida desintegración celular y la
muerte. Todavía desconocemos el hecho de si se trata de una infección
bacteriana o vírica, o cuáles son los síntomas, pero no descansaremos hasta que
hayamos agotado todos nuestros recursos. Sean cuales sean los resultados de la
investigación, nos hemos comprometido a llegar hasta el final. Es lo menos que
podemos hacer, si tenemos en cuenta lo mucho que nuestra compañía le debe a la
gente de Raccoon City». La planta química y las instalaciones administrativas
de Umbrella Corporation proporcionaban casi un millar de puestos de trabajo a
la localidad.
Los ciento cuarenta y dos supervivientes siguen bajo estricta
cuarentena para ser interrogados y sometidos a una estricta observación en un
lugar desconocido. Aunque sus nombres siguen siendo un secreto, el FBI ha
publicado una lista en la que se indican las diferentes condiciones médicas en
las que se encuentran. Diecisiete supervivientes han sufrido tan sólo algunas
heridas leves y se encuentran en situación estable, setenta y nueve todavía se
encuentran en estado crítico tras tener que sufrir operaciones quirúrgicas, y
cuarenta y seis, aunque no han resultado heridos, han sufrido alguna clase de
colapso mental o de crisis nerviosa. No se ha confirmado si están o no
infectados con el síndrome, pero la declaración incluye una referencia a los
relatos de los supervivientes que confirman la existencia de esa infección.
El general Martin Goldman, supervisor a cargo de todas las
operaciones militares en la ciudad devastada, mantiene la esperanza de que
todas las personas que todavía se encuentran desaparecidas serán encontradas en
los próximos siete días. «Ya tenemos a cuatrocientas personas distribuidas en
equipos que están trabajando veinticuatro horas al día todos los días en busca
de supervivientes y realizando comprobaciones de identidad. Y me acaban de
decir que llegarán otras doscientas el lunes por la mañana…»
Fort Worth Bugler, 18 de octubre de 1998
LA TRAGEDIA DE RACCOON CITY PUDO SER UNA CONSPIRACIÓN PERPETRADA
POR EMPLEADOS DE LA CIUDAD
FORT WORTH, TEXAS — Los equipos de limpieza que trabajan en
Raccoon City, Pensilvania, han encontrado nuevas pruebas que indican que el
«síndrome de Raccoon», la enfermedad causante de la mayor parte de las 7.200
muertes, cifra oficial hasta el momento, que han tenido lugar en esa ciudad,
puede haber sido extendido entre la desprevenida población por el jefe de
policía de Raccoon City, Brian Irons, y varios miembros de la escuadra de
tácticas especiales y rescates (los STARS) de la localidad.
El portavoz del FBI, Patrick Weeks, el director de la ANCD,
Terrence Chavez, y el doctor Robert Heiner (convocado por el jefe del equipo de
Umbrella Corporation, el también doctor Ellis Benjamin) revelaron en una
conferencia de prensa que tuvo lugar ayer por la tarde que existen importantes
pruebas circunstanciales de que el desastre de Raccoon City fue consecuencia de
un ataque terrorista que salió tremendamente mal. Los incendios posteriores que
casi han arrasado la pequeña ciudad pueden haber sido un intento por parte de
Irons y de sus cómplices de tapar los catastróficos efectos secundarios de la
propagación de la enfermedad. Según Weeks, se han encontrado numerosos
documentos entre las ruinas del edificio central de la policía de Raccoon City
que implican a Irons como el jefe de toda la trama de una conspiración cuyo
objetivo era asaltar y tomar por la fuerza la planta química de Umbrella
Corporation situada en las afueras de la ciudad. Al parecer, Irons estaba
furioso porque el equipo dirigente de la alcaldía había suspendido las
actividades de los STARS a finales de julio por los tremendos errores que
cometieron al efectuar la investigación de los múltiples asesinatos, los
crímenes caníbales, ya bien documentados, y que costaron la vida a once personas
el verano pasado. Los STARS de Raccoon City fueron retirados después de que se
produjera un accidente de helicóptero en la última semana de julio, en el que
murieron seis miembros del equipo. Los cinco miembros supervivientes fueron
suspendidos de empleo y sueldo después de que las pruebas encontradas
sugirieran la ingestión de drogas y/o alcohol como posible causa del accidente.
Aunque Irons apoyó en público la suspensión de la escuadra de élite, los
documentos hallados indican que Irons planeaba amenazar al alcalde Devlin
Harris y a otros miembros del consejo de la ciudad con soltar varios productos
químicos volátiles y extremadamente peligrosos a menos que cumplieran ciertas
demandas económicas. Weeks continuó diciendo que Irons tenía un historial de inestabilidad
emocional, y que los documentos, la correspondencia entre Irons y uno de sus
cómplices, revelaban un plan diseñado por Irons para extorsionar y pedir un
rescate al equipo de la alcaldía, y después huir del país. El cómplice sólo
aparece como «C.R.», pero también aparecen numerosas referencias a «J.V», a
«B.B.» y a «R.C.». Todas ellas son las iniciales de cuatro de los cinco
miembros de STARS suspendidos.
Terrence Chavez declaró: «Si suponemos que estos documentos son
verdaderos, Irons y los suyos habían planeado atacar la planta de Umbrella a
finales de septiembre, lo que correspondería exactamente con la fecha
establecida por el doctor Heiner como la de mayor propagación del
"síndrome de Raccoon". Ahora mismo estamos trabajando con la
hipótesis de que se produjo el asalto, y que ocurrió un accidente inesperado
con unos resultados catastróficos. Todavía no sabemos si el señor Irons o
alguno de los miembros del equipo de STARS sigue con vida, pero se les busca
para interrogarlos. Hemos establecido una orden de búsqueda y captura a nivel
nacional, y todos nuestros aeropuertos internacionales, las aduanas y las
patrullas fronterizas han sido alertadas. Le pedimos a cualquiera que tenga
información sobre este caso que la haga pública».
El doctor Heiner es un microbiólogo famoso además de miembro
asociado de la División de Materiales Biopeligrosos, y declaró que la
composición y la combinación exacta de productos químicos vertidos en Raccoon
City quizá no se sepa nunca: «Es obvio que Irons y los suyos no tenían ni idea
de lo que estaban manejando. El problema es que Umbrella está continuamente
investigando y desarrollando nuevas variantes de síntesis de enzimas, cultivos
bacterianos y represores virales, por lo que el componente letal fue,
prácticamente sin duda, un añadido accidental. Las posibles combinaciones de
materiales se elevan a millones, por lo que las probabilidades de reproducir
con éxito la mezcla causante del "síndrome de Raccoon" son
infinitesimales».
El director nacional de los STARS no ha efectuado ninguna
declaración, pero Lida Willis, la portavoz a nivel regional de la organización,
ha dicho que están «asombrados y entristecidos» por el desastre, y que van a
dedicar a todos sus agentes disponibles a la búsqueda de los miembros
desaparecidos del equipo de STARS, además de cualquier contacto del que
pudieran disponer todavía en su círculo de trabajo.
Lo que resulta irónico es que los documentos fuesen encontrados
por uno de los equipos de búsqueda de Umbrella Corporation…
Capítulo 1
—¡Vamos, vamos, vamos! —gritó David, y John Andrews apretó a
fondo el pedal del acelerador, haciendo girar la pequeña furgoneta en una
esquina mientras el tableteo de los disparos resonaba a través de la fría noche
de Maine.
John había detectado los dos coches, sedanes de color negro y
sin ninguna clase de insignia, tan sólo un momento antes, lo que apenas les
había dado tiempo a armarse. Fuesen quienes fuesen los que estaban pegados a
sus traseros, Umbrella, los STARS de la localidad, o los policías del lugar, no
importaba, todos eran Umbrella…
—¡John, despístalos! —le dijo David, y de algún modo logró que
su voz sonara tranquila y relajada incluso mientras las balas acribillaban la
parte trasera del vehículo. Era su acento.
Siempre suena igual, ¿y dónde demonios está Falworth?
John se sentía disperso, y los pensamientos cruzaban raudos por
su mente en confusa mezcolanza. Era un hacha en las misiones previamente
planeadas, pero los ataques por sorpresa le ponían los nervios de punta…
… directos a Falworth y de cabeza a la pista de despegue…
¡Dios!, diez minutos más y ya nos habríamos marchado…
Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que John había
entrado en combate, y jamás lo había hecho en mitad de una persecución en
coche. Era muy bueno en eso, pero llevaba una furgoneta…
¡Bang, bang, bang!
Alguien estaba respondiendo a los disparos desde la parte
posterior del vehículo, haciendo fuego a través de una de las ventanillas
traseras. Las detonaciones del arma de nueve milímetros en un espacio tan
reducido eran tan atronadoras como la voz de un dios iracundo y le machacaron
los oídos a John, haciéndole todavía más difícil concentrarse.
Diez puñeteros minutos más.
Estaban a diez minutos de la pista de despegue donde les estaba
esperando un vuelo charter. Era una broma pesada… Después de pasar semanas
ocultos, a la espera, sin correr ninguna clase de riesgo, van y les pillan
justo cuando iban a salir del puñetero país.
John se agarró con fuerza al volante cuando entraron a toda
velocidad en la calle Sexta. La furgoneta era demasiado pesada para superar en
maniobras a los sedanes. Incluso sin el peso de las cinco personas y la
cantidad de artillería que llevaban en el interior, el voluminoso y cuadrado
vehículo no era precisamente un coche de carreras. David la había comprado
precisamente por eso, porque no era nada llamativa, porque se trataba de un
automóvil en el que nadie se fijaría, y ahora lo estaban pagando. Si lograban
despistar a sus perseguidores, sería un milagro. Su única posibilidad era
encontrar algo de tráfico, y hacer un poco de juego de esquiva. Era algo
peligroso, pero también lo era salirse de la carretera y que te acribillaran a
balazos.
—¡Cargador! —pidió a gritos León, y John echó un vistazo por el
espejo retrovisor.
Vio que el joven policía estaba en cuclillas junto a una de las
ventanillas traseras, al lado de David. Habían quitado los asientos posteriores
para el viaje hasta el aeropuerto para así disponer de más espacio para las
armas, pero eso también implicaba de no disponer de cinturones de seguridad. Si
doblaban una esquina a demasiada velocidad, los cuerpos saldrían volando…
¡Bang! ¡Bang!
Otros dos disparos de los capullos del primer sedán,
probablemente de un arma del calibre 38. John apretó un poco más el acelerador
de la retemblante furgoneta al mismo tiempo que León respondía a los disparos
con su Browning de nueve milímetros. León Kennedy era el mejor tirador del
grupo. David le había ordenado probablemente que apuntara a las ruedas…
Bueno, el mejor tirador después de mí, ¿y cómo diablos voy a
perderlos de vista en Exeter, Maine, a las once de la noche de un día de
diario? No hay casi coches…
Una de las mujeres le lanzó un cargador a León. John no pudo ver
cuál de ellas porque tuvo que girar el volante a la derecha para dirigirse
hacia el centro de la ciudad. La furgoneta, con un chirrido de caucho sobre el
asfalto, se estremeció al doblar la esquina de Falworth, en dirección al este.
El aeropuerto estaba hacia el oeste, pero a John no le pareció que ninguno de
los ocupantes de la furgoneta estuviese demasiado preocupado por llegar a
tiempo para tomar el avión.
Lo primero es lo primero, y tenemos que librarnos de los gorilas
que Umbrella ha contratado. Dudo mucho que haya sitio para todos en el avión…
John vio unos destellos de color rojo y azul reflejados en el
espejo retrovisor: al menos uno de los coches había colocado una luz en el
techo del vehículo. Quizás eran policías de verdad, lo que sería mala suerte.
La labor de control de Umbrella había sido exhaustiva: gracias a ellos,
probablemente todos los policías del país creían que su pequeño equipo era
responsable, al menos en parte, de lo que había ocurrido en Raccoon City. Los
STARS también estaban en sus manos. Algunos de los cargos de mayor rango se
habían vendido, pero lo más probable era que los agentes a pie de calle no
tuvieran ni idea de que la organización se había convertido en una marioneta en
manos de la compañía farmacéutica…
Lo que hace que sea todavía más difícil responder a los
disparos.
Nadie del improvisado equipo quería que algún inocente resultara
herido. Ser engañado por Umbrella no era un crimen, y si los ocupantes de los
coches eran policías…
—No llevan antenas, no nos han dado ningún aviso, ¡no son
policías! —gritó León, y John tuvo tiempo de sentir un par de segundos de
alivio antes de ver unas barricadas que se extendían ante ellos y la señal de
desvío al siguiente bloque. Vio el blanco rostro de un hombre con un chaleco
naranja, sosteniendo una indicación de «Aminorar la velocidad», y soltándolo a
toda prisa para ponerse a cubierto…
… hubiese sido divertido sino fuese porque iban a más de ochenta
y les quedaban aproximadamente tres segundos antes de estrellarse.
—¡Agarraos! —gritó John, y Claire apoyó las piernas contra la
pared contraria de la furgoneta, vio como David sostenía a Rebecca, a León
aferrándose a una manilla…
… y la furgoneta chirriando, saltando y corcoveando como un
caballo salvaje, inclinándose hacia un lado…
… y Claire realmente sintió el espacio vacío bajo el lado
derecho de la furgoneta cuando su cuerpo se vio comprimido hacia la izquierda y
su nuca golpeó dolorosamente contra el neumático de repuesto.
--Oh, mierda.
David gritó algo pero Claire no pudo oírle por encima del
chirrido de los frenos, no le entendió hasta que David se echó hacia el lateral
derecho y Rebecca se arrastró junto a él…
… ¡bam!, la furgoneta se enderezó con un terrorífico bote y John
pareció recuperar el control, pero todavía se oía el punzante chillido de unos
frenos provenientes de…
¡CRASH!
La explosión de metal y cristales tras ellos estuvo tan cerca
que el corazón de Claire perdió un latido. Se volvió, mirando por la ventanilla
con los demás y vio que uno de los coches se había estrellado contra la
barricada, una barricada contra la que ellos mismos se habrían estrellado un
segundo o dos antes. Ella sólo captó el breve vistazo de una capota retorcida,
ventanillas rotas y una nube de humo antes de que el segundo sedán le bloquease
la vista, rechinando al pasar la esquina y continuando con la persecución.
—Perdón por eso —les gritó John, sin aparentar arrepentimiento
en absoluto sino un estado de júbilo provocado sin duda por el subidón de
adrenalina.
En las pocas semanas transcurridas desde que León y ella se
habían unido a los ex STARS fugitivos, había descubierto que John hacía bromas
con prácticamente cualquier cosa. Era a la vez su más atractivo y su más
irritante rasgo.
--¿Todos bien? –preguntó David, y Claire asintió. Rebecca hizo
lo mismo.
--Me he llevado un porrazo pero estoy bien --dijo León,
frotándose el brazo con una expresión de dolor—. Pero no pienso…
¡BAM!
Lo que fuese que León no pensara fue interrumpido por la
poderosa detonación que sacudió la trasera de la furgoneta.
En un intento de detenerles, el pasajero del sedán les había
disparado, unas pocas pulgadas más alto y los proyectiles habrían entrado por
la ventanilla.
—John, cambio de planes —gritó David mientras la furgoneta
viraba bruscamente, su voz fría y autoritaria elevándose por encima del ruido
del motor—. Estamos a tiro…
Antes de que pudiese acabar la frase, John tiró de pronto a la
izquierda. Rebecca cayó hacia atrás, a punto de aplastar a Claire. La furgoneta
ahora enfilaba una tranquila calle residencial.
--Agarraos a vuestros traseros —gritó John por encima del
hombro.
El frío aire nocturno azotó la furgoneta, casas oscuras pasaron
velozmente a su lado cuando John aumentó la velocidad. León y David ya estaban
recargando sus armas, acuclillados detrás de la puerta de metal. Claire
intercambió una mirada con Rebecca, que parecía tan intranquila por la
situación como ella misma. Rebecca Chambers también era una antigua integrante
del grupo de los STARS de Raccoon City, y había entrado en acción junto al
hermano de Claire, Chris, además de participar en una reciente operación contra
Umbrella llevada a cabo por David y John. Pero la joven había sido entrenada
como médico, con estudios profundos sobre bioquímica. La puntería no era uno de
sus puntos fuertes, incluso Claire tiraba mejor, y eso que ella era la única
entre los ocupantes de la furgoneta que no había recibido entrenamiento de
verdad…
A menos que consideres sobrevivir a Raccoon City como algo
parecido.
Claire se estremeció involuntariamente mientras John tomaba una
curva cerrada a la derecha y esquivaba un camión aparcado, con el sedán
ganándole terreno por momentos. Raccoon City: los arañazos y los moretones en
el cuerpo de Claire aún no habían desaparecido del todo, y sabía que a León el
hombro todavía le dolía… ¡BOUM!
Otra descarga de escopeta a sus espaldas, pero esa vez el
disparo salió muy desviado. Esta vez…
—Cambio de planes —dijo David de nuevo, con su tranquilizador
acento británico, como si fuera la voz de la razón y de la lógica en mitad del
caos. No era de extrañar que hubiese ascendido hasta ser capitán de los STARS.
—Que todo el mundo se prepare para un choque. John, en cuanto
dobles la siguiente curva, frena en seco. Golpear y huir, ¿vale?
David levantó las rodillas y apoyó los pies con fuerza contra el
costado de la furgoneta.
—Ya que nos quieren tanto, pues que nos pillen.
Claire se deslizó por el suelo, afirmó sus pies contra el
respaldo del asiento del pasajero, con las rodillas dobladas y la cabeza
agachada. Rebecca se acercó a David, y León se aproximó a Claire hasta dejar la
cabeza a la altura de la suya. Intercambiaron una mirada y León sonrió
levemente.
—Esto no es nada —le dijo en voz baja.
A pesar del miedo que sentía, Claire le devolvió la sonrisa.
Después de sobrevivir a la locura y al caos de Raccoon City, esquivando a los
enloquecidos humanos y haciendo frente a las criaturas de Umbrella, por no
mencionar el hecho de haber escapado muy por los pelos de la muerte cuando las
instalaciones secretas de Umbrella estallaron y volaron por los aires;
comparado con todo aquello, un simple choque entre coches no era más que una
merienda campestre.
Sí, vale, tú sigue diciéndote eso, le susurró su mente, y
después no pensó en nada más, porque la furgoneta dobló una esquina, John pisó
a fondo el pedal del freno y se quedaron a escasos segundos de ser impactados
por una tonelada y media de metal y cristal a toda velocidad.
David inhaló y exhaló profundamente, relajando todo lo que pudo
sus músculos, con el sonido de fondo del chirrido de los frenos acercándose a
toda velocidad por detrás… y ¡pam!, un estremecimiento brutal, una sensación de
vibración increíble, un segundo que pareció prolongarse a lo largo de una
eternidad silenciosa e interminable…, y el ruido que se produjo inmediatamente
después… la rotura de cristales y el sonido del aplastamiento de una lata
amplificado un millón de veces. David se vio arrojado hacia delante y hacia
atrás, oyó a Rebecca dejar escapar un gemido ahogado… y todo se acabó. John ya
estaba acelerando a fondo para cuando David se puso de rodillas y alzó su
Beretta. Echó un vistazo por la ventanilla y pudo ver que el sedán se había
quedado inmóvil, cruzado en mitad de la calle a oscuras, con el radiador
frontal y los faros totalmente machacados. Las difusas siluetas caídas detrás
del parabrisas agrietado estaban tan inmóviles como el propio coche.
Tampoco es que nosotros hayamos salido mucho mejor librados…
La barata furgoneta de color verde que había comprado
específicamente para el trayecto hasta el aeropuerto ya no tenía parachoques ni
luces traseras, ni tampoco placa de matrícula… ni, por lo que él supiera, modo
alguno de poder abrir las puertas traseras. Ambas partes no eran más que una
masa metálica hundida, deformada y completamente inútil.
No es que fuera una gran pérdida. A David Trapp no le gustaban
las furgonetas, y tampoco es que tuviera pensado llevársela hasta Europa. Lo
importante era que todavía estaban vivos, y que, al menos de momento, habían
logrado esquivar el infinitamente largo brazo de Umbrella.
David se dio la vuelta para observar a los demás mientras el
vehículo se alejaba del coche destrozado. Alargó la mano de un modo reflejo
para ayudar a Rebecca a ponerse en pie. Al igual que John, le había tomado
bastante cariño a la joven, desde la malhadada misión al laboratorio de
Umbrella situado en la costa. El resto del equipo no había logrado sobrevivir…
Dejó a un lado aquellos pensamientos antes de que se aferrasen a
su mente, y le indicó a John que diese la vuelta para ir en dirección a su
destino original, pero que permaneciese alejado de las calles principales.
Había sido mala suerte que les detectasen justo cuando se iban… pero tampoco es
que fuese sorprendente. Umbrella había mantenido vigilada la ciudad de Exeter
desde hacía ya dos meses, justo después de que regresaran de la ensenada de
Calibán. Tan sólo había sido cuestión de tiempo.
—Buen truco, David —le dijo León—. Procuraré recordarlo la
próxima vez que me persigan los sicarios de Umbrella.
David asintió, inquieto. Le gustaban León y Claire, pero no
sabía qué pensar acerca del hecho de que otras dos personas buscaran su
liderazgo. Podía entenderlo de John y de Rebecca, ya que antes habían formado
parte de los STARS, pero León no era más que un policía novato de Raccoon City
y Claire una estudiante universitaria que tan sólo daba la casualidad de que
era la hermana pequeña de Chris Redfield.
Cuando tomó la decisión de apartarse de los STARS tras descubrir
que estaban controlados por Umbrella, no se esperaba que continuaría al mando
de un grupo, no había querido nada de eso…
Pero no era cuestión mía tomar esa decisión, ¿verdad?
No había pedido su fidelidad, ni tampoco se había ofrecido para
ser el que debía tomar las decisiones… pero no importaba, así habían salido las
cosas. En la guerra no se suele tener el lujo de poder elegir.
David paseó la vista a su alrededor, a los demás, antes de
volver a mirar por la ventanilla trasera para ver cómo pasaban de largo las
casas y los edificios en la oscura noche. Todo el mundo parecía un poco
relajado tras el subidón de la adrenalina. Rebecca estaba sacando los
cargadores y recolocando las armas; León y Claire estaban sentados muy juntos
enfrente de ella, sin hablar. Solían estar muy cerca el uno del otro, y tan
unidos como la primera vez que les vieron, cuando David, John y Rebecca los recogieron
justo en las afueras de Raccoon City hacía menos de un mes, sucios, heridos y
aturdidos después de su encuentro con Umbrella. David no creía que hubiera nada
romántico en ello, al menos, no de momento. Era más bien que compartían las
mismas pesadillas. El hecho de estar a punto de morir juntos puede ser una
experiencia muy unificadora.
Por lo que David sabía, Claire y León era los únicos
supervivientes del desastre de Raccoon City que conocían la existencia del
virus-T de Umbrella y su vertido accidental. La niña que había estado con ellos
tenía una leve idea de lo que había ocurrido, aunque Claire había tenido mucho
cuidado de proteger y ocultarle a la niña la verdad. Sherry Birkin no
necesitaba saber que sus padres habían sido los máximos responsables de la
creación de una de las armas biológicas más poderosas de Umbrella. Era mejor
que recordase a su padre y a su madre como personas normales…
—¿David? ¿Te pasa algo?
Sacudió la cabeza para regresar de sus vagabundeos mentales y le
hizo un gesto de asentimiento a Claire.
—Lo siento. Sí, estoy bien. Lo cierto es que estaba pensando en
Sherry. ¿Cómo está?
Claire sonrió, y David se quedó sorprendido de nuevo al ver cómo
se animaba cada vez que alguien mencionaba a Sherry.
—Está bien, y se está adaptando. Kate no se parece en nada a su
hermana, lo que desde luego es una ventaja. Y a Sherry le cae bien.
David asintió de nuevo. La tía de Sherry le había parecido una
persona agradable, pero además de eso, sería capaz de proteger a Sherry si
Umbrella decidía ponerse a buscar a la niña. Kate Boyd era una abogada
criminalista competente y preparada, una de las mejores de toda California. A
Umbrella le convendría mantenerse alejada de la única descendiente de los
Birkin.
Mala suerte que eso no se pueda aplicar a nuestro caso. Eso
haría que todo fuese mucho más fácil…
Rebecca ya había acabado de reorganizar su arsenal, bastante
impresionante por cierto. Se acercó para sentarse a su lado y se apartó un
mechón de cabellos de la frente. Sus ojos parecían mucho más viejos que el
resto de los rasgos de su cara. Apenas tenía diecinueve años, pero ya había
pasado por dos incidentes armados con Umbrella. Era, en la práctica, la persona
más experimentada de todos ellos respecto a los manejos de la compañía
farmacéutica.
Rebecca se quedó callada unos instantes, mirando por la
ventanilla cómo pasaban las calles. Cuando por fin habló, lo hizo en voz baja,
pero al mismo tiempo observándole con atención.
—¿Crees que todavía están vivos?
Ni siquiera intentó pintarle un cuadro de color de rosa. A pesar
de lo joven que era, la muchacha era capaz de discernir las verdaderas
intenciones de la gente.
—No lo sé —le dijo, procurando que los demás no le oyeran.
Claire deseaba ansiosamente reunirse con su hermano—. Lo dudo. Ya sabríamos
algo de ellos. Me temo que eso significa que tienen miedo de que los localicen
o…
Rebecca lanzó un suspiro. No estaba sorprendida por ello, pero
tampoco satisfecha.
—Sí. Incluso si no pudieran entrar en contacto con nosotros…
Texas todavía tiene instalada la antena decodificadora, ¿verdad?
David asintió. Texas, Oregón, Montana… todas aquellas bases
disponían de canales abiertos, con miembros honestos de los STARS en los que
podían confiar, y no habían recibido ningún mensaje desde hacía ya más de un
mes. El último lo había enviado Jill. David se lo sabía de memoria. De hecho,
había estado presente en sus sueños todos los días desde hacía semanas.
SANOS Y SALVOS EN AUSTRIA. BARRY Y CHRIS TIENEN UNA PISTA SOBRE
LA OFICINA CENTRAL DE UMBRELLA. PARECE BUENA. PREPARAOS.
Preparados para reunirse con ellos, para llamar a las pocas
tropas leales que él y John habían logrado convocar. Preparados para asaltar la
verdadera oficina central de Umbrella, el poder oculto detrás de todas las
demás instalaciones. Preparados para atacar al mal en su fuente y origen. Jill,
Barry y Chris se habían marchado a Europa para descubrir dónde se estaban
escondiendo los verdaderos jefes de las operaciones secretas de Umbrella,
empezando por la sede central en Austria… y habían desaparecido.
—Ánimo, chicos, ya estamos —dijo John desde la parte delantera.
David apartó los ojos del rostro serio de Rebecca y miró por la ventanilla para
ver que ya habían llegado al aeropuerto.
Fuera lo que fuera lo que les hubiera pasado a sus amigos, ellos
lo descubrirían muy pronto.
Capítulo 2
Rebecca se acomodó en el pequeño asiento del pequeño avión, se
puso el cinturón de segundad y miró por la ventanilla, deseando que David
hubiera alquilado un avión a reacción. Un avión sólido, grande, un reactor de
los «no puede pasar nada malo porque soy gigantesco». Podía ver desde donde
ella estaba sentada las hélices en una de las alas del aparato. Las hélices,
como en el juguete de un niño.
Apuesto a que este trasto se hundirá como una piedra en cuanto
caiga desde el cielo a unos cuantos cientos de kilómetros por hora y se estampe
contra el océano…
—Para que lo sepas, éste es el tipo de avión en el que siempre
se matan las estrellas de rock y gente así. Justo cuando despegan y se elevan
en el aire, llega una ráfaga de viento y los estrella contra el suelo.
Rebecca levantó los ojos y vio la sonriente cara de John. Se
había asomado por encima de los asientos situados delante de ella, con sus
enormes brazos apoyados en los respaldos. Probablemente necesitaría dos
asientos para él solo. No es que John fuera muy grande, es que tenía la
complexión de un levantador de pesas: ciento diez kilos de músculos
concentrados en un cuerpo de un metro ochenta de altura.
—Tendremos suerte si conseguimos despegar cargando ese culo tan
gordo que has criado —le replicó Rebecca, y se vio recompensada por un atisbo
de preocupación en los ojos negros de John.
Se había roto un par de costillas y había sufrido una
perforación en el pulmón en su última misión, menos de tres meses atrás, y
todavía no estaba en condiciones de ponerse a trabajar en el banco de pesas.
Rebecca sabía que a pesar de su actitud burda y machista, John era muy vanidoso
y se preocupaba de su aspecto físico, y realmente odiaba no haber podido
entrenar.
La sonrisa de John se hizo todavía más amplia, y la piel de
color marrón oscuro de su cara se agrietó con unas pequeñas arrugas.
—Sí, probablemente tienes razón. Subiremos unos cuantos cientos
de metros y luego, ¡pam!, se acabó la historia.
Nunca debió decirle que era la segunda vez que iba a volar. La
primera ocasión fue cuando acompañó a David a Exeter para participar en la
misión de la ensenada de Calibán. Ése era exactamente el tipo de cosas de las
que John sacaba continuamente partido para soltar chistes y burlarse…
El avión comenzó a estremecerse cuando los motores empezaron
gemir hasta que produjeron un rugido profundo que hizo que Rebecca apretara los
dientes. No estaba dispuesta a permitir que John se diera cuenta de lo nerviosa
que estaba. Volvió a mirar por la ventanilla y vio a León y a Claire
acercándose a los peldaños metálicos de la escalerilla. Al parecer, todas las
armas ya estaban cargadas.
—¿Dónde está David? —preguntó Rebecca, y John se encogió de
hombros.
—Creo que hablando con el piloto. Sólo tenemos uno, ¿sabes?, un
amigo de un amigo de un tipo de Arkansas. Supongo que no existen demasiados
pilotos que estén dispuestos a meter gente a escondidas en Europa…
John se inclinó para acercarse a ella y bajó la voz hasta
convertirla en un susurro fingido al tiempo que la sonrisa desaparecía de su
rostro.
—He oído decir que bebe. Lo conseguimos por un precio tan bajo
porque estrelló su avión con todo un equipo de fútbol contra la ladera de una
montaña…
Rebecca soltó una carcajada y meneó la cabeza.
—Tú ganas. Estoy aterrorizada, ¿te vale?
—Me vale. Eso es lo único que quería —dijo con voz grave, y se
giró para sentarse de nuevo mientras Claire y León entraban en el reducido
espacio de pasajeros.
Se colocaron en el centro del avión, acomodándose en los
asientos situados al otro lado del pasillo de la misma fila donde estaba
Rebecca. David había comentado que la zona ubicada justo encima de las alas era
la más estable, aunque tampoco es que hubiera mucho donde escoger, el aparato
tan sólo disponía de veinte asientos.
—¿Has volado antes? —le preguntó Claire inclinándose sobre el
pasillo que las separaba, y con aspecto de estar un poco nerviosa también.
Rebecca se encogió de hombros.
—Una vez. ¿Y tú?
—Un par de veces, pero siempre en aviones de línea grandes,
Boeing 747… o 727, no me acuerdo. Ni siquiera sé qué clase de avión es éste.
—Es un DHC 8 Turbo —dijo León—. Eso creo. David lo ha comentado
en algún momento…
—Es un ataúd, eso es lo que es —les dijo la profunda voz de John
flotando por encima de los asientos—. Una piedra con alas.
—John, cariño… Cállate la boca —le dijo Claire con un tono de
voz amistoso.
John soltó una carcajada, obviamente encantado de haber
encontrado alguien nuevo con quien jugar.
David apareció tras las cortinas de la parte delantera,
procedente de la cabina del piloto, y John se calló. Todos le prestaron
atención inmediatamente.
—Al parecer, ya estamos preparados para despegar —dijo David—.
Nuestro piloto, el capitán Evans, me ha asegurado que todos los sistemas son
completamente operacionales, y que despegaremos dentro de un momento. Me ha
pedido que nos quedemos sentados hasta que nos indique lo contrario. Aahh… el
lavabo está al otro lado de la cabina, y hay una nevera pequeña al otro extremo
del avión con bocadillos y bebidas…
Su voz fue apagándose poco a poco, y se quedó con aspecto de
querer decir algo más, pero de no saber qué era exactamente. Era una apariencia
que Rebecca había visto a menudo en las semanas anteriores, una especie de
incertidumbre intranquila. Suponía que desde el día que Raccoon City había
volado en mil pedazos hecha una mierda, todos habían tenido esa mirada en un
momento u otro…
Porque no deberían haberlo podido hacer. Eso debería haber sido
su fin, y no lo ha sido, y ahora todos estamos más cabreados y atemorizados de
lo que ninguno quiere admitir.
Cuando las noticias sobre el desastre comenzaron a aparecer en
los periódicos, todos habían estado completamente seguros de que, esa vez,
Umbrella no podría ocultar las pruebas. El accidente en la mansión Spencer
había sido relativamente pequeño, fácil de explicar después de que el fuego
arrasara toda la mansión y los edificios adyacentes. La instalación situada en
la ensenada de Calibán se hallaba en un terreno privado y estaba demasiado
aislada como para que nadie sospechara nada… De nuevo, Umbrella había recogido
todas las pruebas y se había mantenido callada.
Pero había llegado Raccoon City. Miles de personas muertas… y
Umbrella se había salido de rositas después de colocar pruebas falsas y
conseguir que sus científicos mintieran por la compañía. Debería haber sido
imposible. Aquello los había dejado descorazonados. ¿Qué posibilidades tenían
un puñado de fugitivos contra una compañía de miles de millones de dólares que
podía matar a todos los habitantes de una ciudad y encima salirse con la suya?
David decidió por fin no decir nada en absoluto. Hizo un breve
gesto de asentimiento y se acercó para sentarse con ellos, pero antes se detuvo
un momento al lado de Rebecca.
—¿Necesitas compañía?
Ella se dio cuenta de que estaba intentando darle ánimos… y
también de que estaba muy cansado. David se había mantenido despierto casi toda
la noche, comprobando hasta el más mínimo detalle los preparativos del viaje.
—No, estoy bien —le respondió con una sonrisa—. Además, si
quiero cháchara siempre tengo a John a mano.
—Ya sabes que sí, cariño —le dijo John en voz alta, y David
asintió de nuevo mientras le daba un ligero apretón en el hombro antes de
marcharse hacia los asientos posteriores.
David necesita un poco de descanso. Todos lo necesitamos, y es
un vuelo bastante largo… así que, ¿por qué tengo la sensación de que no vamos a
poder tenerlo?
Por los nervios, sólo era eso.
El ruido del motor se hizo más fuerte, más agudo, y el avión
comenzó a avanzar después de dar un brusco tirón. Rebecca se agarró a los
reposabrazos y cerró los ojos, pensando que si tenía agallas para enfrentarse a
Umbrella, desde luego podía soportar un viaje en avión.
E incluso aunque no pudiera, ya era demasiado tarde para cambiar
de idea: ya estaban en camino, y no había marcha atrás.
Llevaban en el aire tan sólo veinte minutos y Claire ya estaba
medio dormida apoyada en el hombro de León. Él también estaba cansado, pero
sabía que no podría dormirse con tanta facilidad. Para empezar, tenía hambre…
por no mencionar el hecho de que no estaba seguro de estar actuando del modo
más correcto.
El mejor momento para ponerte a pensar eso, ahora que estás
metido hasta el cuello —le dijo su subconsciente con voz sarcástica—. Quizá
podrías pedirles que te dejaran bajar en Londres, o algo así. Podrías
esperarles en un pub hasta que acaben… o mueran.
León se ordenó callar a sí mismo, y dejó escapar un pequeño
suspiro. Estaba comprometido. Lo que Umbrella había estado haciendo no sólo era
un delito criminal, era algo malvado… o al menos, lo más cercano a la maldad a
que podían llegar todos aquellos avariciosos capullos de la compañía. Habían
asesinado a miles de personas, habían creado armas biológicas capaces de
asesinar a miles de millones, habían destruido la vida que él había planeado, y
habían sido los responsables de la muerte de Ada Wong, una mujer por la que
había sentido respeto y bastante aprecio. Se habían ayudado mutuamente en
algunos de los momentos más difíciles de aquella terrible noche en Raccoon
City. Sin ella no hubiera logrado salir con vida de allí.
Creía en lo que David y su gente estaban haciendo, y no es que
tuviera miedo, no era nada de eso en absoluto…
León lanzó otro suspiro. Había pensado mucho en todo aquello
desde que Claire, Sherry y él habían salido de la ciudad en llamas, y la única
conclusión verdadera a la que había llegado era tan estúpida que no quería
creérsela. Enfrentarse a Umbrella era hacer lo correcto… pero es que él no se
sentía cualificado para estar allí.
Sí, eso es bastante estúpido.
Quizás era algo estúpido, pero le estaba haciendo contenerse, le
hacía sentirse inseguro, y tenía que examinarlo en profundidad.
David Trapp había pasado casi toda su carrera profesional en los
STARS, y había visto caer a la organización de su vida en manos de Umbrella;
había perdido a dos amigos en una misión de infiltración en una instalación de
pruebas de armas biológicas, al igual que John Andrews. Rebecca Chambers
acababa de comenzar su vida profesional en los STARS cuando todo el asunto
saltó por los aires, pero era una especie de niña científico prodigio que
sentía un gran interés por los trabajos desarrollados por Umbrella, y el hecho
de que hubiera pasado por más penalidades que ninguno de ellos hacía que fuese
comprensible su dedicación continua. Claire quería encontrar a su hermano, que
era la única familia que le quedaba: sus padres habían muerto, y eso los había
acercado todavía más. No había llegado a coincidir con Chris, Jill y Barry,
pero estaba seguro de que tenían motivos propios más que suficientes. Sabía que
la mujer y los hijos de Barry habían sufrido amenazas, Rebecca se lo había
dicho…
¿Y qué pasaba con León Kennedy? Se había encontrado de repente
metido en aquella lucha sin tener ni una sola pista, Era tan sólo un policía
recién salido de la academia de camino a su primer día en el trabajo, que
resultó ser el departamento de policía de Raccoon City. También era cierto que
debía tener en cuenta a Ada… pero la había conocido durante menos de medio día,
y ella había muerto justo después de admitir que era una especie de agente
secreto a la que habían enviado para que robara uno de los virus de Umbrella.
Así que perdí mi trabajo, y una posible relación con una mujer a
la que apenas conocía y en la que no podía confiar. Está claro que alguien debe
detener a Umbrella, pero… ¿tengo derecho a estar aquí?
Se había hecho policía porque quería ayudar a la gente, pero
siempre había supuesto que eso sólo se refería a mantener la paz en la ciudad,
a empapelar a los conductores borrachos, a detener las broncas en los bares, a
pillar a los rateros. Jamás, ni en sus sueños más desbocados, se hubiera
imaginado que acabaría atrapado en mitad de una conspiración a nivel
internacional, en una estrategia de infiltración del tipo de espías y misterios
contra una compañía gigantesca que creaba monstruos para la guerra. Era un
crimen a una escala mucho mayor de la que él se sentía preparado a enfrentarse…
¿Y ésa es la verdadera razón, agente Kennedy? Y en ese preciso instante, Claire
murmuró algo en su sueño inquieto y metió su cabeza en el hueco de su brazo
antes de quedarse quieta y en silencio de nuevo… lo que provocó que León se
percatara de un modo incómodo de otro aspecto de su relación y compromiso con
los STARS: Claire. Claire era… era una mujer increíble. Habían hablado mucho a
lo largo de los días posteriores a su huida de Raccoon City, sobre lo que les
había pasado, las experiencias que habían sufrido, tanto juntos como por
separado. En aquellos momentos le había parecido un simple intercambio de
información, una manera de rellenar los detalles que faltaban en el relato.
Ella le había contado su encuentro con el jefe Irons y la criatura a la que
ella llamaba el señor X, y él le contó todo sobre Ada y el terrible ente que
antes había sido William Birkin.
Entre los dos habían logrado hilar un relato continuado, con
información de importancia para el grupo de fugitivos.
Al pensar en ello de forma retrospectiva, se dio cuenta de que
aquellas largas conversaciones fragmentadas habían sido esenciales por otra
razón completamente distinta: habían sido la manera de extraer el veneno de lo
que les había ocurrido, como si hubiesen conversado sobre una pesadilla. Pensó
que si hubiera tenido que quedarse con todo aquello en su interior, se hubiera
vuelto loco.
En cualquier caso, los sentimientos que tenía hacia ella eran
algo confusos: cariño, entendimiento, dependencia, respeto, y otros a los que
no podía ponerles nombre. Y eso le daba miedo, porque jamás antes había tenido
unos sentimientos tan fuertes hacia una persona… Y porque no estaba muy seguro
de cuánto de aquello era verdadero y cuánto era producto de una especie de
estrés postraumático.
Enfréntate a ello, deja de engañarte con toda esta mierda. Lo
que de verdad temes es que sólo estés aquí por ella, y no te gusta lo que eso
puede suponer respecto a tu persona.
León asintió en su fuero interno, y se dio cuenta de que era
verdad, que ése era el verdadero motivo que causaba su incertidumbre. Siempre
había pensado que querer estaba bien, pero ¿necesitar? No le gustaba ni un pelo
la idea de verse arrastrado por alguna clase de compulsión neurótica que le
obligaba a estar cerca de Claire Redfield.
¿Y qué pasa si no es una necesidad? Quizá tan sólo se trata de
querer, y todavía no lo sabes…
Se fustigó a sí mismo por sus patéticos intentos de
autoanalizarse, y decidió que quizá lo mejor sería dejar de preocuparse tanto
por todo aquello. Fuese cual fuese la razón por la que se había comprometido
con aquella empresa, lo cierto es que estaba comprometido. Podía patear culos
tan bien como el mejor de ellos, y Umbrella merecía que le patearan el culo, y
a base de bien. En aquellos instantes, lo que más necesitaba era mear, y luego
iba a comer algo antes de intentar con todas sus fuerzas dormir algo.
León se apartó suavemente de debajo de la cálida cabeza de
Claire, haciendo lo posible por no despertarla. Se deslizó al pasillo,
observando a los demás. Rebecca observaba por su ventanilla, John ojeaba una
revista de culturismo y David dormitaba. Todos eran buena gente, y pensar eso
hizo que se sintiese un poco mejor acerca de las cosas.
Eran buenos chicos. Demonios, yo soy un buen tío, luchando por
la verdad, la justicia y contra unos cuantos zombies producidos por un virus…
El baño estaba al frente. León se encaminó hacia él, sujetándose
a cada asiento al pasar, pensando que el sonido de los motores del avión tenía
un efecto calmante, como una cascada… cuando la cortina que separaba la cabina
del resto se descorrió y un hombre alto y sonriente llevando un abrigo que a
primera vista parecía muy costoso, dio un paso al frente. No era el piloto, y
se suponía que no había nadie más en el avión. León sintió que se le secaba la
boca con un terror casi supersticioso, a pesar de que el delgado y sonriente
hombre no parecía estar armado.
—¡Hey! --gritó León, dando un paso hacia atrás--. ¡Hey, tenemos
compañía!
El hombre sonrió, sus ojos brillaban.
—León Kennedy, supongo —dijo con suavidad, y León supo
inmediatamente que quien fuese, este hombre significaba problemas con P
mayúscula.
Capítulo 3
John ya se había puesto en pie antes de que León terminara su
aviso, saltando al pasillo y plantándose delante de León con una única zancada.
—Qué demonios… —gruñó John, sus hombros tensos, listo para
partir al tipo en dos si tan sólo se le ocurría parpadear de forma incorrecta.
El extraño levantó unas manos pálidas y de dedos largos, dando
la impresión de que apenas podía contener su regocijo, lo cual hizo que John
desconfiase aún más. Podría convertir al tipo fácilmente en una hamburguesa,
¿por qué demonios parecía tan feliz?
—Y tú eres John Andrews —dijo el hombre, su tono era bajo y
tranquilo, tan complacido como su expresión—. Anteriormente un experto en
comunicaciones y reconocimiento de campo para los STARS de Exeter. Es un placer
conocerte… dime, ¿cómo van tus costillas? ¿Todavía duelen?
Mierda. ¿Quién es este tipo? John se había fracturado dos
costillas y astillado una tercera en una misión encubierta, y no conocía a este
hombre… ¿cómo demonios le conocía a él?
—Mi nombre es Trent —dijo el extraño con sencillez, señalando
con la cabeza tanto a León como a John—. Presumo que vuestro Sr. Trapp puede
confirmar mi identidad…
John echó un rápido vistazo a su espalda, y vio que David y las
chicas estaban justo a su espalda. David asintió a su vez, con un gesto tenso.
Trent. Mierda. El misterioso señor Trent.
El mismo señor Trent que le había entregado una serie de mapas y
pistas a Jill Valentine justo antes de que los STARS de Raccoon City
descubrieran el escape inicial del virus T de Umbrella en la mansión Spencer.
El mismo Trent que le había entregado un paquete similar a David una lluviosa
noche de agosto, y que contenía información sobre las instalaciones de Umbrella
en la ensenada de Calibán, donde Steven y Karen habían sido asesinados.
El mismo Trent que había estado jugando con los STARS y con la
vida de su gente, desde el principio.
Trent todavía estaba sonriendo, todavía mantenía sus manos en
alto. John se fijó en un anillo con una piedra negra tallada que mostraba en un
delgado dedo, el único adorno que el señor Trent parecía llevar. Tenía un
aspecto pesado y caro.
—¿Y qué cojones quieres? —volvió a gruñir John.
No le gustaban las sorpresas ni los secretos, y tampoco le
gustaba el hecho de que Trent no pareciera estar impresionado en absoluto por
su gran tamaño. La mayoría de la gente retrocedía cuando se plantaba delante de
ellos. Trent parecía simplemente estar divirtiéndose…
—Señor Andrews, por favor…
John no se movió, y se quedó mirando a los ojos oscuros y de
mirada inteligente de Trent. Éste le devolvió la mirada, impasible, y John pudo
ver en aquellos ojos una tranquila confianza en sí mismo, con una mirada que
casi era, pero que no terminaba de serlo, condescendiente. John, a pesar de ser
tan grande y tan bocazas, no era un tipo violento, pero aquella mirada alegre y
confiada le hizo pensar que al señor Trent no le vendría mal una buena paliza.
No dada por él, no necesariamente, pero alguien debería dársela.
¿Cuánta gente ha muerto tan sólo porque ha decidido remover un
poco el asunto?
—Está bien, John —dijo David en voz baja—. Estoy seguro de que
si el señor Trent hubiese pretendido hacernos daño no estaría ahí de pie
presentándose a vosotros.
David tenía razón, le gustase o no a John. Suspiró en su fuero
interno y se hizo a un lado, pero pensó que aquello no le gustaba nada. Por lo
poco que sabía de aquel tipo, no le gustaba nada en absoluto.
Voy a estar vigilándote, «amigo»…
Trent se limitó a asentir como si no hubiera ocurrido nada y
pasó de largo por delante de John, sonriéndoles a todos. Les indicó con un
gesto que se sentaran a un lado del pasillo. Se quitó la gabardina y la dejó
sobre un asiento, moviéndose con lentitud y cautela, evidentemente a sabiendas
de que cualquier movimiento brusco podría ser perjudicial para su salud. Bajo
la gabardina llevaba puesto un traje negro, corbata negra y zapatos a juego.
John no sabía mucho sobre ropa, pero los zapatos eran de la marca Asante. Estaba
claro que Trent tenía buen gusto, y un montón de dinero si podía permitirse el
lujo de gastarse dos mil dólares en unos zapatos.
—Esto llevará un rato —les dijo—. Por favor, pónganse cómodos.
Se reclinó en uno de los asientos que había enfrente de ellos,
moviéndose con una cierta elegancia que hizo que John se sintiera todavía más
intranquilo. Se movía como alguien que hubiera recibido entrenamiento en artes
marciales…
Los otros se sentaron también o se apoyaron en los asientos,
cada uno de ellos observando con atención al invitado sorpresa, cada uno con el
mismo aspecto de sentirse incómodo por la aparición repentina que tenía John.
Trent los observó atentamente a cada uno de ellos por turno.
—El señor Andrews, el señor Kennedy, el señor Trapp y yo ya nos
conocemos…
Trent miró alternativamente a Claire y a Rebecca, y su mirada
chispeante se posó finalmente en Claire.
—Claire Redfield, ¿verdad?
Parecía algo dubitativo, lo que tampoco era de extrañar. Rebecca
y Claire podían haber pasado por hermanas. Ambas eran morenas, de la misma
estatura, y con tan sólo unos pocos meses de diferencia de edad.
—Sí —dijo Claire—. ¿El piloto sabe que está a bordo?
John frunció el ceño, irritado consigo mismo por no haberlo
preguntado él en primer lugar. Era una pregunta bastante importante, y no se le
había ocurrido a él. Si el piloto había dejado a Trent que subiera a bordo…
Trent asintió y se pasó una mano por su encrespado cabello
negro.
—Sí, sí que lo sabe. De hecho, el capitán Evans es un conocido
mío, así que cuando me percaté de que se marchaban de… viaje, lo arreglé todo
para que estuviera en el sitio adecuado en el momento adecuado. En realidad, es
mucho más fácil de lo que parece.
—¿Por qué? —le preguntó David, y John percibió un tono en su voz
que sólo le había oído en situaciones de combate. El capitán estaba a punto de
enfadarse mucho—. ¿Por qué hizo todo eso, señor Trent?
Trent pareció hacer caso omiso de su pregunta.
—Me doy perfecta cuenta de que están preocupados por sus amigos
en Europa, pero déjenme que les asegure que están sanos y salvos. De veras. No
existe motivo alguno para que estén preocupados…
—¿Por qué? —La voz de David sonó fría y amenazante.
Trent se lo quedó mirando y luego suspiró.
—Porque no quiero que vayan a Europa, y hacer que el capitán
Evans fuera el piloto era uno de los modos de lograrlo. No pueden. De hecho,
vamos a virar en cualquier momento.
Claire se lo quedó mirando a su vez, sintiendo un nudo en el
estómago, sintiendo que ese nudo se transformaba en una furiosa rabia.
Dios, no voy a ver a Chris…
John se separó del asiento en el que había estado apoyado y
agarró a Trent por el brazo antes de que Claire tuviera tiempo de abrir la
boca, antes de que nadie tuviera tiempo de responder a aquella declaración de
intenciones.
—Dígale a su «conocido» que mantenga el rumbo que debe tomar
hasta nuestro destino —le dijo John iracundo mientras se mantenía de pie y
amenazante sobre Trent.
Por el modo en que las manos de su amigo estaban temblando,
Claire pensó que era bastante probable que le rompiera el brazo a Trent…, y se
dio cuenta de que no pensaba que fuera tan mala idea.
Trent mostró una expresión de leve incomodidad, pero nada más.
—Siento mucho interrumpir sus planes —les dijo—, pero si
escuchan lo que tengo que decirles, creo que estarán de acuerdo conmigo en que
es lo mejor… es decir, si lo que quieren es detener los planes de Umbrella.
¿Lo mejor? Chris, tenemos que ayudar a Chris y a los otros, de
modo que, ¿qué clase de mierda es todo esto?
Esperó que los demás se pusieran en movimiento, que se lanzaran
sobre el señor Trent, lo maniataran a un asiento y lo obligaran a explicarse
con mayor claridad, pero todos se quedaron callados, mirándose los unos a los
otros y a Trent con algo de asombro, rabia… e interés. Un interés precavido,
pero interés al fin y al cabo. John aflojó un poco su presa y miró a David para
saber qué hacer.
—Será mejor que tenga una buena razón, señor Trent —le dijo
David con un tono de voz seco—. Ya sé que nos ha… ayudado en otras ocasiones,
pero este tipo de interferencia no es la clase de ayuda que queremos o
necesitamos.
Le hizo un gesto con la cabeza a John. Éste soltó del todo a
Trent a regañadientes, y retrocedió. Pero no mucho, como pudo fijarse Claire.
Si Trent se había sentido preocupado en algún momento, no se
veía ninguna señal de ello. Asintió en dirección a David y comenzó a hablar en
voz baja con su tono musical.
—Estoy seguro de que todos saben ya que Umbrella Corporation
posee instalaciones a todo lo largo y ancho del mundo, fábricas y plantas de
producción que emplean a miles de trabajadores y que generan unas ganancias de
miles de millones de dólares al año. La mayoría de ellas son compañías
asociadas, farmacéuticas o químicas, de carácter legítimo y que no tienen nada
que ver con lo que estamos hablando, a excepción de que son muy rentables. El
dinero que los intereses legales de Umbrella producen les permiten financiar
sus operaciones menos públicas, operaciones con las que usted y los suyos han
tenido la desgracia de tropezar.
»La organización de estas operaciones recae en una división de
la empresa llamada White Umbrella, y la mayor parte de su actividad está
relacionada con la creación de armas biológicas. Existen muy pocas personas que
conozcan todos los entresijos del funcionamiento de White Umbrella, pero los
que los conocen son gente muy, muy poderosa. Gente poderosa y decidida a crear
todo tipo de situaciones desagradables: Armas químicas, enfermedades letales…
Los virus de la clase T y G que tantos problemas nos han dado últimamente.
A eso se le llama quedarse corto, pensó Claire algo asqueada,
pero intrigada a pesar de todo. Saber por fin algo sobre el ente al que se
estaban enfrentando…
—¿Por qué? —le preguntó León—. La guerra química no es tan
rentable, cualquiera que tenga una centrifugadora y unos cuantos productos de
jardinería puede crear una arma química.
Rebecca asintió para mostrar que estaba de acuerdo.
—Y el tipo de investigaciones que están realizando, la
aplicación de viriones de fusión rápida a la redistribución genética tiene un
coste extremadamente elevado, y es tan peligroso como trabajar con residuos
nucleares. Peor.
Trent meneó la cabeza.
—Lo están haciendo porque pueden hacerlo. Porque quieren
hacerlo. —Sonrió ligeramente—. Porque cuando eres más rico y más poderoso que
ninguna otra persona en el planeta, acabas aburriéndote.
—¿Quién se aburre? —le preguntó David.
Trent se lo quedó mirando por un momento, y luego continuó
hablando, haciendo caso omiso a la pregunta de David de un modo evidente.
—El campo de trabajo actual de White Umbrella son los soldados
bioorgánicos, si queréis llamarlos así. Especímenes individuales, la mayoría de
ellos alterados genéticamente, y todos ellos con una inyección con alguna clase
de variante de los virus creados para convertirlos en seres más violentos y
fuertes, además de insensibles al dolor. El modo en que esos virus amplifican
sus efectos en los humanos, la reacción de tipo «zombi», no es más que un
efecto secundario inesperado. Los virus que Umbrella crea no están pensados
para ser utilizados en humanos, al menos de momento.
Claire estaba interesada en lo que les estaba contando, pero
también se estaba impacientando.
—Vale, ¿cuándo llegamos a la parte en la que nos cuentas por qué
estás aquí, y por qué no debemos ir a Europa? —le espetó de forma descortés,
sin intentar ocultar su rabia e impaciencia.
Trent la miró, y sus ojos oscuros mostraron de repente un
sentimiento de comprensión, y ella se dio cuenta de que él sabía el motivo por
el que estaba tan furiosa, que conocía todas las razones que tenía para desear
ir a Europa. Lo notó por el modo en que la miraba, y sus ojos le dijeron que lo
comprendía…, y ella se sintió muy incómoda de repente.
Lo sabe todo, ¿verdad? Todo sobre nosotros…
—No todas las instalaciones de White Umbrella son iguales
—continuó diciendo—. Algunas sólo manejan datos e información, otras llevan a
cabo las transformaciones químicas necesarias, en algunas crían a los
especímenes, o los unen mediante la cirugía, y muy pocos de esos especímenes
son puestos a prueba. Y eso nos lleva al motivo por el que estoy aquí, y por
qué me gustaría que pospusieran su viaje.
»Existe una instalación de Umbrella que está a punto de entrar
en funcionamiento en Utah, justo al norte de los desiertos de sal. Ahora mismo
sólo está trabajando un pequeño equipo de técnicos y de… manipuladores de
especímenes, y está previsto que se halle a pleno rendimiento dentro de tres
semanas. El individuo encargado de supervisar los preparativos finales es uno
de los personajes clave dentro de White Umbrella, un hombre llamado Reston. Se
supone que ese trabajo debería haberlo llevado a cabo otra persona, un
despreciable tipo llamado Lewis, pero el señor Lewis ha sufrido un desgraciado
accidente, no demasiado imprevisto, y ahora Reston se encuentra al mando de
todo. Y como es uno de los nombres más importantes dentro de White Umbrella,
tiene en sus manos un pequeño libro negro. Sólo existen tres ejemplares de ese
libro, y los otros dos son casi imposibles de conseguir…
—¿Y qué hay en ese libro? —le interrumpió John—. Ve al grano.
Trent le sonrió como si John se lo hubiera preguntado con la
mayor educación posible.
—Cada uno de los libros es una especie de llave maestra. Cada
uno tiene un directorio completo de códigos que se utilizan para programar la
organización de todas las instalaciones de White Umbrella. Con ese libro,
cualquier persona podría entrar impunemente en cualquier laboratorio o
instalación de investigación y acceder a cualquier clase de archivo, desde los
datos personales de los empleados hasta los balances financieros. Por supuesto,
cambiarán todos los códigos en cuanto se den cuenta de que el libro ha sido
robado, pero, a menos que quieran perder todo lo que tiene almacenado, les
llevará meses.
Nadie dijo nada durante unos momentos, y el único sonido fue el
persistente zumbido de los motores del avión. Claire los miró uno por uno a
todos, vio sus expresiones pensativas, vio que estaban pensando seriamente en
la propuesta implícita en las palabras de Trent…, y se dio cuenta de que, al
fin y al cabo, iba a ser bastante improbable que fueran a Europa después de
todo.
—Pero ¿qué pasa con Jill, con Barry y con Chris? Ha dicho que
estaban bien, pero, ¿cómo lo sabe? —le preguntó Claire, y David pudo notar la
desesperación apenas oculta en su tono de voz.
—Me llevaría bastante tiempo explicarles cómo conseguí esa
información —le respondió Trent con voz suave—. Y aunque estoy seguro de que no
quieren oír esto, me temo que tendrán que confiar en mí. Su hermano y los demás
no se encuentran en un peligro inminente, y no les necesitan de momento, pero
la oportunidad de conseguir el libro de Reston, de entrar en ese laboratorio,
se perderá en menos de una semana. No existe ningún destacamento de seguridad
ahora mismo, la mitad de los sistemas ni siquiera están en funcionamiento, y
mientras se mantengan lejos del programa de pruebas, no tendrán que enfrentarse
a ninguna criatura.
David no sabía qué pensar. Sonaba bien, sonaba exactamente como
la oportunidad que habían estado esperando…, pero también había ocurrido lo
mismo con la ensenada de Calibán. Lo mismo que tantas otras cosas.
Y por lo que respecta a confiar en el señor Trent…
—¿Cuál es su interés en todo esto? —le preguntó David—. ¿Por qué
quiere perjudicar a Umbrella?
Trent se encogió de hombros.
—Digamos que es una afición que tengo.
—Lo digo en serio —le respondió David.
—Yo también.
Trent sonrió, y en sus ojos siguió brillando un cierto humor
chispeante. David tan sólo le había visto una vez con anterioridad, y no habían
intercambiado más allá de unas pocas palabras, pero Trent parecía estar
extrañamente contento de tenerlos allí. Fuese lo que fuese lo que le impulsaba,
estaba claro que le estaba proporcionando mucha alegría.
—¿Por qué tiene que ser tan críptico? —le espetó Rebecca. David
asintió, y vio que los demás hacían lo mismo—. El material que le entregó a
Jill, y a David… todos esos acertijos y adivinanzas. ¿Por qué no nos cuenta lo
que necesitamos saber?
—Porque deben averiguarlo —le contestó Trent—. O más bien,
porque debe parecer que lo averiguan ustedes solitos. Y como ya he dicho, muy
poca gente sabe lo que White Umbrella está haciendo. Si parece que saben
demasiado, puede que me descubran al final.
—Entonces, ¿por qué debemos arriesgarnos ahora? —le preguntó
David—. En cuanto a eso, ¿para qué nos necesita? Es obvio que tiene conexiones
con White Umbrella. ¿Por qué no lo hace público, o les sabotea desde dentro?
Trent sonrió de nuevo.
—Corro el riesgo porque ha llegado el momento de arriesgarse. Y
respecto a lo demás… lo único que puedo decir es que tengo mis razones.
Habla y habla, y todavía no sabemos qué puñetas está haciendo, o
por qué… ¿Cómo demonios lo logra?
—¿Por qué no nos cuenta unas cuantas de esas razones, señor
Trent?
Nada de todo aquello le estaba haciendo ninguna gracia a John.
David se dio cuenta de que su compañero miraba enfurecido al polizón, con todo
el aspecto de que haría falta hablar bastante con él para que no empezara a
darle puñetazos al señor Trent.
Trent no respondió. En vez de eso, se puso en pie, recogió su
gabardina, y se giró para mirar a David.
—Me doy perfecta cuenta de que querrán discutir sobre todo eso
antes de tomar una decisión —le dijo—. Tendrán que perdonarme, pero aprovecharé
para visitar a nuestro capitán. Si deciden no ir en busca del libro de Reston,
me quitaré de en medio. Antes les dije que no tenían alternativa, pero supongo
que fue una entrada en plan dramático. Siempre existe una alternativa.
Tras decir aquello, Trent se dio la vuelta, se dirigió hacia la
parte delantera del avión y desapareció tras la cortinilla sin mirar hacia
atrás.
Capítulo 4
John rompió el silencio apenas dos segundos después de que Trent
desapareciera en la cabina del piloto.
—A la mierda con todo esto —dijo con aspecto de estar más
cabreado de lo que jamás Rebecca lo había visto—. No sé vosotros, pero a mí no
me gusta ni un pelo que jueguen conmigo de esta manera. No estoy aquí para ser
el chico de los recados del señor Trent, y no me fío de él. Yo digo que le
obliguemos a contarnos todo lo que sepa sobre Umbrella, que nos diga lo que
sabe sobre nuestro equipo en Europa, y que si nos da otra de esas respuestas
que no dicen nada, le pateemos su evasivo culo hasta echarlo por la puerta.
Rebecca sabía que John estaba tremendamente enfadado, pero no se
pudo contener.
—Sí, John, pero dinos, ¿cómo te sientes de verdad?
Él la miró… y sonrió, y de algún modo, aquello rompió la tensión
que todos sentían. Era como si de repente hubieran recordado respirar a la vez.
La inesperada visita de su misterioso benefactor había hecho difícil durante
unos momentos recordar nada más.
—Ya tenemos el voto de John —dijo David—. ¿Claire? Sé que estás
preocupada por Chris…
Claire asintió con lentitud.
—Sí, y quiero volver a verle lo antes posible…
—Pero —replicó David iniciando el resto de la frase.
—Pero… creo que dice la verdad. Sobre lo de que están bien, me
refiero.
León asintió a su vez.
—Yo también lo creo. John tiene razón en lo de que es
escurridizo, pero no creo que nos haya estado mintiendo sobre nada de lo que ha
dicho. No nos ha dicho mucho, pero no me dio la impresión de que nos estuviera
intentando dar gato por liebre con lo que nos ha contado.
David se giró para mirar a Rebecca.
—¿Rebecca?
Ella suspiró y meneó la cabeza.
—Lo siento, John, pero estoy de acuerdo con ellos. Creo que
tiene algo de credibilidad. Nos ha ayudado con anterioridad, a su manera rara y
extraña, y el hecho de que apareciera aquí, y desarmado, significa algo…
—Significa que es un capullo idiota —murmuró John, y Rebecca le
propinó un leve puñetazo en el brazo, y de repente se dio cuenta, de modo
instintivo, de por qué se resistía tanto a aceptar la palabra de Trent.
John no ha intimidado a Trent.
Estaba segura. Conocía a John lo bastante bien como para saber
que la indiferencia de Trent le tenía que haber sacado de sus casillas por
completo.
Rebecca escogió las palabras con cuidado, mantuvo un tono de voz
jovial y le sonrió.
—Creo que lo que te saca de quicio es que no se haya asustado de
lo grande y feo que eres, John. La mayoría de la gente se mea en los pantalones
cuando te pones así por encima de ellos.
Era lo más adecuado que se podía haber dicho. John frunció el
ceño pensativo, y luego se encogió de hombros.
—Sí, bueno, a lo mejor. De todas maneras, sigo sin fiarme de él.
—No creo que ninguno de nosotros deba hacerlo —dijo David—. Se
está guardando muchas cosas en la manga para ser alguien que quiere ayudarnos.
La cuestión es, ¿vamos en búsqueda de ese tal Reston, o continuamos con nuestro
plan original?
Nadie habló por un momento, y Rebecca se percató de que nadie
quería decirlo, reconocer que si Trent estaba diciendo la verdad, no había
motivo alguno para ir a Europa. Ella tampoco quería decirlo: sentía que en
cierto modo era una traición a Jill, a Barry y a Chris, algo así como decir
«Hemos encontrado algo mejor que hacer que acudir en vuestra ayuda».
Pero si no nos necesitan…
Rebecca decidió que ella bien podía ser la primera en hablar.
—Si ese lugar es tan fácil de atacar como él dice, ¿cuándo
encontraremos otra oportunidad como ésta?
Claire se estaba mordisqueando el labio, y no parecía estar muy
contenta. Parecía estar dividida.
—Si encontramos ese libro de códigos, tendremos algo útil que
llevar a Europa. Algo que realmente podría resultar ventajoso.
—Si encontramos el libro —dijo John, pero Rebecca se dio cuenta
de que la idea ya estaba calando en él.
—Podría ser un punto de inflexión —dijo David en voz baja—.
Cambiaría las posibilidades que tenemos en contra de un millón a uno a quizás
unos cuantos miles contra uno.
—Tengo que admitir que sería estupendo poder filtrar a la prensa
los archivos privados de Umbrella —dijo John—. Descargar de sus ordenadores
todos sus secretos de mierda y pasárselos a todos los periódicos del país.
Todos asintieron, y aunque llevaría un poco más de tiempo
hacerse a la idea, Rebecca sabía que la decisión ya estaba tomada.
Al parecer, iban a ir a Utah.
Si alguno de ellos esperaba que Trent saltara de alegría por la
noticia, se quedó profundamente decepcionado. Cuando David lo llamó para que
regresara y le dijo que estaban dispuestos a ir a la nueva instalación de
pruebas, Trent se limitó a asentir, con la misma sonrisa enigmática en su cara
curtida.
—Éstas son las coordenadas de la instalación —les dijo mientras
sacaba una hoja de papel de su chaqueta—. También encontrarán una lista con
bastantes códigos numéricos, uno de ellos es el de entrada, aunque quizá sea
difícil encontrar el teclado que da acceso. Lo siento, pero no pude descubrir
nada más para poder ser más concreto.
León se quedó mirando cómo David tomaba el papel de manos de
Trent y éste regresaba a la cabina del piloto para hablar con el capitán, y se
preguntó por qué no podía dejar de pensar en Ada. Desde qué había escuchado el
pequeño discurso de Trent sobre White Umbrella, los recuerdos sobre la
habilidad y la belleza de Ada Wong, los ecos de su profunda y atractiva voz,
habían estado asaltando la mente de León. No fue algo consciente, al menos no
al principio. Era que algo de aquel hombre le recordaba a ella. Quizá se
trataba de su enorme autoconfianza, o ese asomo de sonrisa astuta…
Y al final, antes de que aquella enloquecida mujer le disparara,
la acusé de ser una espía de Umbrella, y ella me dijo que no lo era, que no era
asunto mío para quién trabajaba…
Aunque Claire y él habían llegado a aquella lucha bastante
tarde, habían sido informados en profundidad sobre lo que los demás sabían de
Umbrella, y el servicio que les había proporcionado Trent en el pasado. La
única constante, aparte de ser muy esquivo a la hora de suministrar información
personal, era que parecía conocer toda clase de detalles que nadie más sabía.
No pasará nada si se lo pregunto.
Cuando Trent regresó al compartimento de pasajeros, León se le
acercó.
—Señor Trent —le dijo con mucho tacto y cuidado, sin dejar de
observarle—. En Raccoon City conocí a una mujer llamada Ada Wong…
Trent se lo quedó mirando, sin dejar translucir ninguna emoción.
—¿Y?
—Me preguntaba si usted sabía algo sobre ella, o para quién
trabajaba. Estaba buscando una muestra del virus G…
Trent alzó las cejas.
—¿De veras? ¿Y la consiguió encontrar?
León se fijó bien en sus ojos oscuros y penetrantes,
preguntándose por qué tenía la sensación de que Trent ya conocía la respuesta.
No podía saberla, por supuesto, porque Ada había muerto justo antes de que el
laboratorio explotara en mil pedazos.
—Sí, lo logró —le dijo León—. Sin embargo, al final, ella… se
sacrificó en cierto modo, en vez de tener que elegir entre matar a alguien y
perder la muestra.
—¿Y ese alguien era usted? —le preguntó Trent en voz baja.
León se dio cuenta de que los demás los estaban mirando, y no se
sorprendió demasiado al descubrir que tampoco le importaba mucho. Un mes antes,
una conversación sobre temas tan personales le hubiera hecho sentirse
avergonzado.
—Sí —dijo en un tono de voz casi desafiante—. Era yo.
Trent asintió lentamente, sonriendo un poco.
—Entonces me parece que no necesita saber nada más sobre ella,
sobre su carácter o los motivos que la impulsaban a hacerlo.
León no estaba muy seguro de si estaba esquivando la respuesta o
le estaba diciendo sinceramente lo que pensaba, pero de cualquier manera, la
pura lógica de aquella contestación le hizo sentirse mejor. Era como si él
mismo hubiese sabido la respuesta a sus dudas desde el principio. Fuese cual
fuese la clase de psicología que Trent estaba utilizando, era todo un maestro
en ella.
Es educado, culto y atemorizador como el mismísimo diablo a su
modo tranquilo… A Ada le hubiera gustado.
—A pesar de lo mucho que disfruto de mis charlas con ustedes,
debo tratar sin demora ciertos asuntos pendientes que tengo con el capitán —les
estaba diciendo Trent—. Llegaremos a Salt Lake City en unas cinco o seis horas.
Dicho aquello, los saludó con una inclinación de cabeza y
desapareció tras la cortina de nuevo.
—¿Qué pasa? ¿Es demasiado bueno como para sentarse con la tropa?
—preguntó John, sin haber superado obviamente su disgusto inicial hacia el
individuo.
León paseó la vista entre los demás, y vio unos cuantos rostros
con expresiones de preocupación e intranquilidad, vio a Claire con cara de
querer poder cambiar de opinión.
León se acercó hasta donde ella estaba apoyada en un asiento,
con los brazos cruzados con fuerza, y le puso una mano en el hombro.
—¿Acaso estás pensando en Chris? —le preguntó con voz amable.
Para su sorpresa, ella negó con la cabeza y le dirigió una
sonrisa nerviosa.
—No. Lo cierto es que estaba pensando en la mansión Spencer, y
en el ataque a la ensenada de Calibán, y en lo que ocurrió en Raccoon City.
Estaba pensando en que no importa lo que diga Trent sobre lo fácil que va a
ser, nada es tan simple con Umbrella. La situación logra complicarse siempre
que ellos están involucrados. Una pensaría en que ya deberíamos estar
acostumbrados a todo eso…
Su voz se fue apagando lentamente, y luego sacudió la cabeza
como si estuviese intentando aclararse las ideas. Le sonrió de nuevo, pero de
un modo más alegre.
—Mira cómo hablo. Voy a pillar un bocadillo. ¿Quieres algo?
—No, gracias —le respondió con gesto ausente, pensando todavía
en lo que ella había dicho mientras Claire se alejaba. Se preguntó de repente
si su viajecito hasta Utah no sería el último error que alguno de ellos
cometería.
Steve López, el bueno de Steve, con su cara tan falta de
expresión y tan blanca como una hoja de papel, de pie en mitad del extraño y
enorme laboratorio, de pie y apuntándole con su arma semiautomática y
diciéndoles que soltaran las armas…
Y la rabia, el dolor y la furia que asaltaron a John con la
fuerza de un huracán cuando se dio cuenta de lo que había ocurrido, de que
Karen estaba muerta, de que Steve había sido convertido en uno de aquellos
soldados zombis cabrones…
Y John gritó, ¡qué le has hecho! No pensó, en vez de eso giró
sobre sí mismo y disparó al ser sin voluntad que tenía a su espalda, el
proyectil le atravesó limpiamente la sien izquierda y el aire frío comenzó a
apestar como la misma muerte mientras la criatura caía…
¡Y el dolor! Un dolor que le atravesó cuando Steve, su amigo y
camarada Stevie, le disparó por la espalda. John sintió la sangre en la boca,
sintió cómo daba la vuelta, sintió más dolor del que jamás creyó poder sentir.
Steve le había disparado, el doctor loco había utilizado su virus con él y
Steve ya no era Steve, y el mundo giraba, y gritaba…
—John, John, despierta, tienes una pesadilla. Eh, tiarrón…
John se enderezó en el asiento, con los ojos abiertos de par en
par y con el corazón a punto de saltarle del pecho, desorientado y atemorizado.
La mano fría que notaba en su brazo era la de Rebecca, su contacto era suave y
reconfortante, y se dio cuenta de que estaba despierto, de que había estado
soñando y de que ya estaba despierto.
—Mierda —murmuró, y se dejó caer sobre el respaldo del asiento
cerrando los ojos. Todavía estaban en el avión, y el suave ronroneo de los
motores y el siseo del aire acondicionado lo tranquilizaron del todo.
—¿Estás bien? —le preguntó Rebecca, y John se limitó a asentir,
respirando profundamente unas cuantas veces antes de abrir los ojos de nuevo.
—¿He llegado a… gritar, o algo así?
Rebecca le sonrió, y lo miró atentamente.
—No. Lo que pasa es que volvía del lavabo y te he visto
retorcerte como el rabo de una lagartija. No me pareció que estuvieras
divirtiéndote precisamente… Espero no haber interrumpido nada bueno.
Dijo lo último casi como una pregunta. John se obligó a sí mismo
a sonreír y evitó por completo hablar del tema. Prefirió mirar por la
ventanilla a la veloz oscuridad.
—Me parece que comerme esos tres bocadillos de atún antes de
irme a dormir no ha sido una buena idea. ¿Ya estamos llegando?
Rebecca hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—Acabamos de comenzar el descenso. David dice que quedan unos
quince o veinte minutos.
Ella todavía lo estaba mirando fijamente, con la misma impresión
de calidez y preocupación, y John se dio cuenta de que estaba actuando como un
idiota. Mantener toda aquella mierda encerrada y sin sacar era un pasaporte
seguro para perder la chaveta.
—Estaba en el laboratorio —le dijo, y Rebecca volvió a asentir.
Era lo único que le tenía que decir. Ella también había estado allí.
—Yo tuve una así hace un par de días, justo después de que
decidiéramos marcharnos de Exeter —dijo Rebecca en voz baja—. Una pesadilla
realmente desagradable. Era una especie de mezcla entre el laboratorio de la
mansión Spencer y el de la ensenada.
A John le tocó el turno de asentir, y pensó en lo increíble que
era aquella chica. Se había enfrentado a toda una casa llena de monstruos en su
primera misión con los STARS, y aun así había decidido aceptar participar en la
misión que les llevó a la ensenada cuando David se lo pidió.
—Rebecca, eres cojonuda. Si yo tuviera un par de años menos,
creo que quizá llegaría a ser amor —le dijo, y se quedó encantado al ver que
ella se ruborizaba y sonreía.
Ella era, casi con toda seguridad, el doble de lista que él,
pero también era una adolescente, y si él no recordaba mal sus días de
juventud, a las chavalas no les disgustaba oír lo mucho que molaban.
—Cállate —le dijo, pero su tono de voz le indicó que había
logrado avergonzarla por completo, pero que a ella no le importaba en absoluto.
Se produjo un momento de silencio cómodo y tranquilo entre los
dos, con los últimos restos de la pesadilla evaporándose mientras la presión de
la cabina de pasajeros iba cambiando a medida que el avión descendía. Llegarían
a Utah en pocos minutos. David ya había sugerido que debían dirigirse a un
hotel para comenzar a trazar planes, y que entrarían al día siguiente por la
noche.
Entramos, pillamos el libro y salimos cagando leches. Fácil…
excepto que me parece que ése es el mismo plan que teníamos para la instalación
de la ensenada.
John decidió que en cuanto aterrizaran tendría otra pequeña
charla con el señor Trent. Ya estaba de acuerdo con la misión, con lo de coger
el libro y de paso torpedear un poco las actividades de Umbrella, pero seguía
sin estar contento con la información tan selectiva que les había proporcionado
Trent. Sí, vale, el tipo les estaba ayudando, pero ¿por qué portarse de un modo
tan raro para hacerlo? ¿Y por qué no les había contado lo que estaban haciendo
sus compañeros en Europa, o quién estaba al mando de White Umbrella, o cómo
había logrado colocar a su propio piloto en el vuelo privado que habían
contratado?
Porque le encanta manejar a la gente. Es un loco de la
autoridad.
No le parecía la respuesta más acertada, pero a John no se le
ocurría ninguna otra razón para que el señor Trent se comportara como una
especie de agente secreto en plan espía. Quizá si le retorcía un poco el brazo
hablaría con mayor claridad…
—John, sé que no te cae bien, pero ¿crees que lleva razón con
eso de que va a ser una misión facilona? Quiero decir que, bueno, ¿qué pasará
si Reston se resiste? O qué pasará si… ¿Qué pasará si ocurre alguna cosa?
Estaba intentando sonar como una profesional, con un tono de voz
tranquilo y relajado, pero la mirada preocupada que se asomaba a sus ojos
castaños la delataba.
Alguna cosa. Algo como un estallido vírico, algo como un
científico enloquecido, algo como unos monstruos biológicos sueltos y sin
control. Algo como lo que siempre ocurre en Umbrella…
—Si lo que yo haga sirve para algo, lo único que saldrá mal es
que Reston se cagará encima y el olor será asqueroso —dijo, y se vio
recompensado de nuevo con una sonrisa de la chica.
—Eres un idiota —le respondió ella, y John se encogió de hombros
pensando en lo fácil que era lograr que la chavala sonriera, y preguntándose a
la vez si era buena idea darle mayores esperanzas.
Momentos más tarde, el avión aterrizó suavemente, y el piloto
utilizó por primera vez el sistema de comunicación interno. Les dijo que
permanecieran sentados y con los cinturones abrochados hasta que el avión se
detuviera por completo, y luego cortó la comunicación, sin soltarles el rollo
habitual sobre que esperaba que hubieran disfrutado del vuelo o cuál era la
temperatura media del exterior. John se sintió agradecido, al menos por
aquello. El pequeño aparato recorrió la pista de aterrizaje hasta detenerse con
suavidad, y el equipo se puso en pie desperezándose y poniéndose los abrigos.
En cuando oyó abrirse la puerta exterior, John pasó de largo al
lado de Rebecca y se dirigió hacia la cabina del piloto, decidido a no dejar
marcharse a Trent antes de que hubieran charlado un rato. Atravesó la cortina,
y un soplo frío de viento les llegó a los demás ocupantes del compartimento de
pasajeros, situado a espaldas de la cabina del piloto, pero vio que había
llegado demasiado tarde. El piloto, Evans, estaba solo en la puerta que daba a
la cabina.
Trent había logrado de algún modo escaparse en los escasos
segundos que John había tardado en cruzar el pequeño avión. Las escalerillas
metálicas que bajaban desde la puerta del aparato estaban vacías, y aunque John
bajó los peldaños de dos en dos, llegando al suelo en menos de un segundo, no
pudo ver nada más que la vacía extensión de la pista de aterrizaje, y desde
luego, a nadie más excepto al trabajador del aeropuerto que había ayudado a
bajar las escalerillas. Cuando le preguntó por Trent, el individuo insistió en
que la primera persona que había bajado del avión había sido el propio John.
—Hijo de puta —dijo con rabia, pero ya no importaba, porque
estaban en Utah. Con Trent o sin él, habían llegado, y como ya era medianoche,
disponían de menos de un día para prepararse.
Capítulo 5
Jay Reston estaba encantado. De hecho, estaba más contento de lo
que lo había estado desde hacía mucho tiempo, y si hubiera sabido lo bueno que
era estar de nuevo en el trabajo de campo, lo habría hecho muchos años antes.
Manejar a los empleados, los de la clase que se ensucian las
manos. Ordenar que se hagan cosas y ver cómo se desarrollan los resultados, ser
parte de ese proceso. Ser algo más que una simple sombra, más que una oscuridad
siniestra y sin nombre a la que temer…
Pensar en todo aquello le hacía sentirse fuerte y lleno de
vitalidad de nuevo. Tenía poco más de cincuenta años, y todavía no se
consideraba ni siquiera de edad madura, pero trabajar de nuevo en la línea del
frente le había hecho darse cuenta de lo que se había perdido a lo largo de los
años.
Reston estaba sentado en la sala de control, el corazón
palpitante de Planeta, con las manos detrás de la cabeza y su atención fijada
en la pared llena de pantallas que tenía frente a él. En una de las pantallas,
un individuo vestido con un mono de trabajo estaba trabajando en una serie de
árboles de la fase Uno, añadiendo otra capa de verde a las falsas plantas de
hoja perenne. El hombre se llamaba Tom Nosequé, del departamento de
construcción, pero su nombre no era importante. Lo que realmente importaba era
que Tom estaba pintando los árboles porque Reston le había dicho que lo
hiciera, cara a cara, en la reunión matinal.
En otra pantalla, Kelly McMalus estaba recalibrando el control
de temperatura del desierto, también cumpliendo las órdenes de Reston. McMalus
era el manipulador jefe de los escorps, al menos hasta que llegara el personal
definitivo. Todo los trabajadores iniciales de Planeta eran de carácter
temporal. Era una de las nuevas medidas de White Umbrella para evitar el
sabotaje. En cuanto todo estuviera preparado y en funcionamiento, los nueve
técnicos y la media docena de investigadores «preliminares», que en realidad no
eran más que manipuladores de especímenes sobrevalorados, aunque él jamás se lo
diría a la cara, serían trasladados.
Planeta. La instalación se llamaba en realidad «B.O.W. Entorno
de Prueba A», pero Reston creía que llamarlo Planeta era mucho más adecuado. No
estaba seguro de quién había sido el que lo había dicho, tan sólo que había
surgido en una de las reuniones de trabajo matinales, y que había cuajado.
Referirse a las instalaciones de prueba en sus informes periódicos al equipo
base como Planeta le hacía sentirse más parte de todo el proceso.
«Las conexiones de los vídeos han sido puestas en marcha hoy
mismo, aunque al parecer existe alguna clase de problema con los micrófonos,
así que el audio no está funcionando todavía. Haré que lo solucionen lo antes
posible. Ha llegado el último de los Ma3K, y ninguno de los especímenes ha
sufrido ningún daño. En general, todo marcha bien. Creemos que Planeta estará
listo bastantes días antes de lo previsto…»
Reston sonrió al recordar la última conversación que tuvo con
Sidney. Había notado un leve tono de celos en la voz de Sidney, ¿una nota de
envidia? Ya era parte de ese «nosotros», un nosotros que llamaba al Entorno de
Prueba A con un sobrenombre. Después de treinta años de delegar
responsabilidades, tener que supervisar los últimos toques y detalles de sus
instalaciones más innovadoras y costosas hasta la fecha, era una bendición
inesperada. Y pensar que se había sentido irritado cuando le comunicaron que el
automóvil de Lewis se había despeñado por un precipicio. El accidente había
sido probablemente el mejor trabajo que aquel individuo había hecho para
Umbrella, ya que significaba que él estaría cargo del nacimiento de Planeta.
Otro técnico apareció caminando por una de las pantallas, con
una caja de herramientas y un rollo de cuerda. Cole, Henry Cole, el
electricista que había estado trabajando en los sistemas de vídeo y de
intercomunicación. Se encontraba en el pasillo principal que comunicaba los
laboratorios de investigación y la zona de pruebas, y que también llevaba hasta
el ascensor. Reston se había dado cuenta el día anterior de que bastantes
cámaras de la superficie no funcionaban bien. Ninguna de las cámaras de Planeta
había sido conectada todavía al sistema de audio, pero, de vez en cuando, las
cámaras de las instalaciones de superficie se quedaban con la pantalla en
blanco y llena de estática durante varios minutos, y le había pedido a Cole que
revisara aquello…
Pero después de que acabara de arreglar el sistema de
intercomunicadores, no antes. ¿Cómo voy a estar en contacto con esta gente si
no dispongo de un sistema de intercomunicadores en funcionamiento?
Incluso el sentimiento de irritación que sentía hacia el técnico
era una emoción exultante. En vez de pulsar un botón y decirle a algún
encargado siempre obediente que lo arreglara, tendría que supervisarlo todo él
en persona.
Reston se alejó de la consola y se desperezó mientras se ponía
en pie, echando un último vistazo a la hilera de monitores para recordar si
había algo más de lo que debiera ocuparse.
Intercomunicadores, cámaras de vídeo… será necesario reforzar el
puente de Tres, pero no es una prioridad. Deberíamos hacer algo respecto a los
colores de la ciudad, son demasiado monótonos…
Atravesó la sala de control de diseño estilizado, pasando al
lado de una línea de sillones de cuero, tan nuevos que su fuerte olor todavía
se mantenía en el fresco ambiente de aire acondicionado. Los sillones estaban
encarados hacia una pared llena de pantallas de gran resolución. En menos de un
mes, allí se sentarían los investigadores, los científicos y los
administradores más importantes, el verdadero corazón de White Umbrella, además
de los dos patrocinadores más poderosos del proyecto. Incluso Sidney y Jackson
estarían allí para ver la serie inicial de experimentos del programa de prueba.
Y Trent —pensó Reston esperanzado—. Estoy seguro de que no
rechazará una invitación para asistir a los primeros experimentos…
Reston se colocó sobre la plancha de presión colocada delante de
la puerta cuya gruesa hoja de metal se deslizó hacia arriba con tan sólo un
susurro, y salió al ancho pasillo que recorría a lo largo todo Planeta. La sala
de control no estaba demasiado lejos del montacargas industrial, de hecho, casi
estaba enfrente, pero el electricista ya había comenzado a subir a la
superficie. Esa misma semana se pondrían en funcionamiento otros cuatro
ascensores que llegaban hasta uno de los otros edificios de la superficie, pero
de momento sólo había aquel montacargas industrial. Tendría que esperar hasta
que Cole saliera.
Pulsó el botón y tiró de las mangas de su chaqueta, pensando en
cómo planearía el recorrido de visita. Hacía mucho tiempo que Jay Reston no se
dedicaba a soñar despierto, pero en el poco tiempo que llevaba en Planeta,
imaginarse el día en que les daría la bienvenida a los demás y los guiaría por
las instalaciones que él había dirigido y que había transformado en una máquina
puesta a punto se había convertido en su pasatiempo favorito. Del escaso número
de personas que estaban al frente de White Umbrella, que tomaban las grandes
decisiones, él era el más joven entre los aceptados en el círculo interior, y
aunque Jackson a menudo le aseguraba que su opinión era tan valorada como la de
cualquier otro, había notado en más de una ocasión que era el último en ser
consultado. En ser tenido en cuenta.
No después de esto. No después de que vean que con menos de una
docena de ayudantes atentos a mi más mínima orden, he logrado poner a punto y
en marcha a Planeta sin ninguna clase de problemas y antes de lo previsto. Me
gustaría ver si Sidney es capaz de hacerlo la mitad de bien…
Llegarían de noche, por supuesto, y probablemente en varios
grupos. Colocaría a los manipuladores de especímenes en la entrada para
recibirlos y darles la bienvenida antes de llevarlos a los ascensores (los
nuevos, no la sucia monstruosidad en la que estaba a punto de subir). De camino
a las profundidades, les hablaría a los visitantes de los eficientes y
elegantes habitáculos donde vivir, del sistema de filtrado de aire autónomo, de
la sala de cirugía…, de todo lo que convertía a Planeta en la instalación más
innovadora. Los llevaría desde los ascensores hasta la sala de control y les
explicaría los distintos entornos y ambientes, y las nuevas series de
especímenes, ocho de cada una. Luego saldrían y los llevaría hasta la zona
norte, hacia el comienzo del área de pruebas.
Las atravesaremos todas, las cuatro fases, hasta llegar al
laboratorio químico y la sala de autopsias. Por supuesto, tendremos que
detenernos a contemplar a Fósil, y luego pasaremos por la zona habitable, donde
habrá café y algo de bollería esperándonos, o quizás unos cuantos emparedados,
y después regresaremos a la sala de controla observar las primeras pruebas.
Sólo espécimen contra espécimen, por supuesto, la experimentación con humanos
sería todo un engorro…
Un suave pitido le hizo volver a la realidad y le indicó que el
montacargas había regresado. La puerta se abrió, la rejilla se deslizó hacia un
lado y Reston entró en el gran compartimento. La plataforma de acero reforzado
resonó con un chasquido metálico bajo sus pies. Una leve polvareda se alzó
desde la superficie metálica y se posó sobre la piel brillante de sus zapatos.
Reston suspiró, y pulsó los botones que le llevarían a la
superficie, pensando en todo lo que había tenido que soportar desde que llegó a
Planeta tan sólo diez días antes. El trabajo avanzaba, pero jamás pensó en
todas las incomodidades que se tenían que sufrir para que una de aquellas
instalaciones se pusiera en marcha. Las comidas recalentadas pero apenas
tibias, la constante necesidad de prestar atención a todos y cada uno de los
ínfimos detalles, y la suciedad: por todos lados, finas capas de polvo de construcción
que se pegaban a sus ropas y a su cabello, que obstruían los filtros… Incluso
en la sala de control había tenido que tomar medidas de precaución adicionales
para que no se metiera en la unidad central. Había tenido que trabajar con tres
programadores distintos para que todo el sistema informático se pusiera en
funcionamiento, pero ésa era otra de las precauciones adoptadas por Umbrella
para evitar que nadie supiera demasiado sobre el lugar. Si el sistema fallaba y
se desconectaba…
Reston lanzó otro suspiro palmeando suavemente un cuadrado
pequeño y liso que llevaba en el bolsillo interior de su chaqueta mientras el
montacargas iniciaba con un zumbido el ascenso. Tenía los códigos. Si el
sistema fallaba, sólo tenía que llamar a unos nuevos programadores. Un
inconveniente, pero desde luego, no un desastre. Raccoon City, eso sí que fue
un desastre, y una de las razones más poderosas para que quisiera que todo
funcionara a la perfección en Planeta.
Lo necesitamos. Después del verano que hemos sufrido, el escape
del virus y todos esos metomentodos de los STARS, además de perder a Birkin…
Necesito que esto vaya bien.
Aunque la decisión había sido unánime, había sido la gente de
Reston la que había ido a Raccoon City para quitarle el virus G a Birkin. Un
acto que había dado corno resultado la pérdida de su científico en jefe y más
de mil millones de dólares en equipo, en trabajadores y en instalaciones. Por
supuesto, estaba claro que no había sido culpa suya, nadie le había atribuido
aquel fallo, pero había sido un mal verano para todos, y que el Entorno de
Prueba A estuviese preparado y en funcionamiento tranquilizaría la situación de
un modo considerable.
Pensó en lo que les había dicho Trent, justo antes de que Reston
se marchase camino a Planeta: mientras no perdiesen la cabeza, no tendrían que
preocuparse por nada. Un aviso tranquilizador muy corriente, pero que dicho por
Trent sonaba como una verdad absoluta. Era curioso. Habían contratado a Trent
para que resolviera los problemas, y en menos de seis meses se había convertido
en uno de los miembros más respetados de su grupo. Nada parecía inquietarle, el
tipo era puro hielo. Habían tenido suerte de encontrarlo, sobre todo si se
tenía en cuenta su reciente serie de desgracias.
El montacargas se detuvo, y Reston enderezó los hombros
preparándose para redirigir las labores del señor Cole. La sola idea de hacerlo
poner de pie de un salto le hizo sonreír de nuevo, y echó a un lado todas sus
preocupaciones.
Un currante más, pensó con alegría, y salió del montacargas para
encargarse de todo.
Capítulo 6
En el cielo nocturno, una media luna desparramaba una pálida luz
azulada por la vasta y abierta llanura, haciéndola parecer incluso más frío de
lo que era.
Y hace un frío de mil demonios, pensó Claire, temblando a pesar
de la calefacción del vehículo de alquiler. Era otra furgoneta, e incluso con
tres de ellos moviéndose en la parte trasera, comprobando y recargando las
armas, no parecían generar ni de cerca el calor suficiente para mantener fuera
el helado aire que se colaba a través de la delgada chapa de metal.
—¿Tienes los 380? —le preguntó John a León, quien se estiraba
sobre la caja de la munición para cargar las cartucheras de sus caderas. David
conducía, Rebecca comprobaba la posición en un GPS. Si las coordenadas de Trent
eran correctas, ya estaban cerca.
Claire miró hacia fuera, al paisaje que corría junto al
polvoriento camino, a lo que parecían interminables millas de nada bajo el
ancho cielo, y se estremeció de nuevo. Era un lugar árido y abandonado, la
carretera por la que iban apenas era más que un camino de polvo dirigiéndose a
ninguna parte; el asentamiento perfecto para Umbrella.
El plan era sencillo. Dejar la furgoneta a media milla más o
menos de las coordenadas de Trent, cargar con todas las armas que tenían, y
deslizarse en el complejo tan silenciosamente como pudiesen.
«… encontramos el tablero de acceso que mencionó Trent,
introducimos los códigos y entramos —había dicho David—, cuando esté bien
entrada la noche. Con un poco de suerte, la mayoría de los trabajadores estarán
dormidos; sólo será cuestión de encontrar sus habitaciones y reunirles. Les
encerraremos y realizaremos una búsqueda de este libro del Sr. Reston. John, tú
y Claire vigilaréis a nuestros prisioneros, mientras el resto buscamos.
Probablemente estará en la sala de operaciones o en las habitaciones privadas
de Reston. Si no lo encontramos en, digamos, veinte minutos, tendremos que
preguntarle directamente al Sr. Reston… un último recurso para evitar implicar
a Trent. Con el libro en las manos, nos iremos por donde venimos. ¿Preguntas?»
Su sesión de planificación en el hotel lo había hecho parecer
bastante fácil y con la escasa información de que disponían, las preguntas
habían sido pocas. Aunque ahora, conduciendo a través de un interminable y
helado yermo, intentando mentalizarse para una confrontación… ahora no parecían
tan simple. Era una perspectiva aterradora, entrar en un lugar donde ninguno de
ellos había estado antes e intentar encontrar un objeto no mayor que una
novela. Además era Umbrella, además tenemos que intimidar a un montón de
técnicos y posiblemente acabar torturando a uno de los tipos importantes.
Al menos entrarían bien armados, parecía que habían aprendido la
lección en lo que concernía a tratar con Umbrella: que llevar una potencia de
fuego de cojones era una idea estupenda. Además de las pistolas de nueve
milímetros y todos los cargadores que pudieran llevar encima, también estaban
equipados con dos rifles automáticos M-16 AI, uno para John y otro para David,
junto a media docena de granadas de fragmentación. Sólo por si acaso, les había
dicho David.
En caso de que todo el plan se desmorone. En caso de que
tengamos que hacer saltar por los aires y en pedazos alguna clase de criatura
increíble y monstruosa, o un centenar de ellas…
—¿Tienes frío? —le preguntó León.
Claire apartó la vista de la ventanilla y le miró. León había
acabado de preparar las bolsas de todo el equipo y le estaba entregando la
suya. La tomó y asintió para responder a su pregunta.
—¿Tú no tienes?
León negó con la cabeza, sonriente.
—Ropa interior térmica. Me habría venido bien en Raccoon City…
Claire sonrió.
—¿Te hubiera venido bien a ti? Te recuerdo que yo iba
correteando con unos pantalones cortos. Tú al menos tenías tu uniforme.
—Que acabó cubierto de tripas de lagarto antes de que hubiera
recorrido la mitad de las alcantarillas —le respondió, y a ella le alegró ver
que era capaz de bromear sobre aquello.
Se está recuperando. Los dos lo estamos haciendo.
—Niños, niños —les dijo John con voz severa—. Si no paráis ahora
mismo, haré que el coche dé la vuelta…
—Frena un poco —dijo Rebecca desde el asiento del acompañante, y
su voz hizo que todos se callaran. David levantó un poco el pie del acelerador,
y la furgoneta redujo la velocidad hasta apenas avanzar.
—Me parece… creo que está a un kilómetro aproximadamente, hacia
el sureste de nuestra posición —dijo Rebecca.
Claire respiró profundamente, vio cómo John empuñaba uno de los
rifles automáticos y a León apretar los labios en cuanto David detuvo la
furgoneta. Había llegado el momento. John abrió la portezuela lateral, y el
aire entró, helado, seco, espantosamente frío.
—Espero que tengan encendida la máquina de hacer café —dijo John
en voz baja, y saltó a la oscuridad.
Se dio la vuelta para recoger su pequeña mochila de cadera.
Rebecca metió unos cuantos suministros médicos más en la suya, y cuando ella y
David salieron, León le puso una mano en el hombro a Claire.
—¿Te ves con fuerzas? —le preguntó en voz baja, y Claire sonrió
en su interior pensando que era un hombre muy dulce: ella se había estado
preguntando si debía decirle eso mismo.
Se habían hecho bastante íntimos desde que se conocieron en
Raccoon City, y aunque no podía estar completamente segura, creía haber
detectado ciertas señales que le indicaban que a él no le importaría que esa
intimidad se hiciera más profunda. No estaba segura de si eso sería una buena
idea…
Pero desde luego, ahora no es el momento para decidir algo sobre
eso. Cuanto antes consigamos ese libro de códigos, antes podremos marcharnos a
Europa. A ver a Chris.
—Estoy tan fuerte como nunca —le respondió. León asintió y ambos
salieron a la helada noche para reunirse con los demás.
David situó a John a retaguardia del grupo, y se colocó él en
cabeza, obligándose a expulsar todos sus pensamientos negativos mientras se
acercaban al lugar donde Trent había dicho que estaría la instalación de
Umbrella. No iba a ser fácil: se disponían a entrar a saco con menos de un día
de preparación, sin mapas del lugar, sin idea del aspecto que tenía Reston o
contra qué clase de medidas de seguridad se enfrentaban…
La lista es interminable, ¿verdad?, y aun así voy a hacerles
entrar. Porque si lo logramos, podré retirarme. Umbrella estará acabada, y
nadie tendrá que venir a pedirme ayuda, nunca jamás.
Era una idea que le atraía mucho: una jubilación tranquila. En
cuanto los monstruos a cargo de White Umbrella fueran entregados a la justicia,
combatiente fugitivo o no, ya no tendría otra responsabilidad mayor que
mantenerse alimentado y bañado. Quizá criaría plantas de invernadero…
—Creo que… debemos girar unos pocos grados a la izquierda —le
dijo Rebecca a su espalda, lo que le sobresaltó y le hizo concentrarse de nuevo
en sus alrededores.
Ella apenas había susurrado, pero la noche estaba tan tranquila
y tan silenciosa, con el aire tan inmóvil, que cada paso que daban, cada
exhalación, parecían asaltar sus oídos.
David les condujo a través de la oscuridad, deseando que
pudieran utilizar las linternas. Ya debían estar muy cerca. Sin embargo, a
pesar de ir completamente vestidos de negro, estaba preocupado por la
posibilidad de que los descubrieran incluso antes de entrar… fuese lo que fuese
lo que significase eso. Trent no les había dado ninguna indicación del aspecto
que tenían las instalaciones del lugar. De cualquier modo, con la luz de
aquella media luna no las verían hasta que prácticamente estuvieran encima…
Ahí.
Una sombra más oscura, justo por delante de ellos. David alzó
una mano, lo que hizo que los demás también se aproximaran con mayor lentitud
cuando vieron el techo ondulado que reflejaba la luz de la luna. Después
pudieron ver la valla, y por último, un puñado de edificios, todos ellos a
oscuras y en silencio.
David comenzó a acercarse en cuclillas, indicando a los demás
que hicieran lo mismo y apretando el rifle automático contra su pecho. En
silencio, se aproximaron lo bastante como para distinguir con claridad el
solitario grupo de estructuras de un solo piso detrás de una valla baja.
Cinco, seis edificios, sin luces, sin movimiento visible… Sin
duda una fachada para engañar…
—Bajo tierra —le susurró Rebecca, y David asintió.
Era lo más probable. Ya habían discutido varias posibilidades, y
les parecía que era la más factible. Incluso con aquella escasa claridad pudo
discernir que los edificios eran viejos, y que estaban oxidados y polvorientos.
Había una estructura un poco más pequeña delante, y cinco edificios largos y
bajos en fila detrás de ella, y todos tenían techos de metal ondulado. Desde
luego, el conjunto era lo bastante grande como para albergar un terreno de
prueba. Los edificios más grandes tenían el tamaño de un hangar para aviones,
pero dado el lugar donde se encontraban, en mitad del desierto, y el aspecto de
viejo y desgastado, supuso que las verdaderas instalaciones estaban bajo
tierra.
Aquello era bueno y malo. Bueno porque eso significaba que no
sería demasiado difícil entrar en el lugar sin demasiadas complicaciones. Malo
porque sólo Dios sabía qué clase de sistema de vigilancia habrían montado.
Tendrían que infiltrarse con rapidez.
David se giró, sin dejar de permanecer en cuclillas y le habló a
su equipo.
—Tendremos que entrar a la carrera —les dijo en voz baja—, y
permanecer lo más agachados posible. Treparemos por la valla y nos dirigiremos
a la estructura que está más cerca de la entrada principal, en el mismo orden:
yo iré en punta y John en retaguardia. Tenemos que encontrar la verdadera
entrada lo antes posible. Cuidado con las cámaras, y quiero a todo el mundo con
las armas en la mano en cuanto entremos en ese lugar.
Todos asintieron, con los rostros serios y expresión decidida.
David se dio la vuelta y comenzó a acercarse a la valla, con la cabeza agachada
y los músculos tensos y alerta. Veinte metros para llegar, con el frío aire
haciéndole daño en los pulmones y secando el leve sudor de su piel. Cinco
metros, y pudo leer los letreros de PROHIBIDO ENTRAR colocados en la valla, y
cuando finalmente llegaron a la puerta, David vio el letrero que indicaba que
se trataba de una propiedad privada, la ESTACIÓN DE VIGILANCIA E INVESTIGACIÓN
DE LA ATMÓSFERA N.° 7. Levantó la vista hacia las siluetas redondeadas de lo
que sólo podían ser unos discos de antenas de comunicación por satélite en dos
de los edificios, además de las numerosas hileras de antenas normales que
surgían de otro de ellos.
David tocó la valla con la punta del cañón de su M-16 primero, y
luego con la mano. No ocurrió nada, y tampoco distinguió alambre de espino, ni
cables de sensores o de alarma a la vista.
Es obvio que ninguna clase de estación de control del tiempo
tendría dispositivos semejantes. Umbrella es tan precisa en sus fachadas como
en todo lo demás.
Se colgó el rifle del hombro, se agarró al grueso alambre y
comenzó a subir. La valla apenas medía dos metros, y estuvo en su borde
superior en cinco segundos. Pasó por encima y se dejó caer al polvoriento suelo
del interior del lugar.
Rebecca fue la siguiente, y trepó con facilidad y rapidez, una
sombra ágil en la oscuridad. David alargó la mano para ayudarla a bajar, pero
ella saltó con destreza al suelo sin apenas hacer ruido. Desenfundó
inmediatamente su arma, una H&K VP70, y se dio la vuelta para cubrir la
oscuridad mientras David se giraba de nuevo hacia la valla.
León casi se cayó cuado estaba pasando por encima del borde de
la valla, pero David lo ayudó agarrándolo de la mano. En cuanto bajó, hizo una
inclinación de cabeza para darle las gracias y se giró para ayudar a Claire.
De momento, todo va bien…
David estudió la oscuridad que les rodeaba mientras John
trepaba. El corazón le latía con fuerza, y tenía todos los sentidos en alerta.
No se oía ningún otro ruido aparte del chasqueo de la valla, ni se notaba
ningún movimiento en la oscuridad.
Miró hacia atrás cuando John cayó pesadamente al lado de la
valla, y luego indicó con un gesto de la cabeza el edificio más pequeño, el que
estaba delante. Si él hubiera tenido que pensar en un sitio para ocultar la
entrada, la hubiera escondido en un lugar donde nadie miraría: un cuarto para
las escobas en la parte trasera del último edificio, a través de una trampilla
en el suelo. Sin embargo, los de Umbrella eran gente demasiado engreída,
demasiado presuntuosa como para preocuparse por unas precauciones tan simples.
Estará en el primer edificio, porque creen que la han ocultado
tan bien que nadie podría encontrarla. Porque si hay algo con lo que podemos
contar, es con que los de Umbrella piensan que son demasiado listos como para
que los pillen…
O eso esperaba. Sin dejar de permanecer en cuclillas, David
avanzó hacia el edificio en cuestión, rezando para que si había cámaras en
funcionamiento en aquella zona, no hubiera nadie mirando las pantallas.
Ya era tarde, pero Reston no estaba cansado. Seguía sentado en
la sala de control, bebiendo coñac en una taza y pensando vagamente en las
tareas del día siguiente.
Por supuesto, ya había elaborado su informe: Cole todavía no
había logrado arreglar el sistema de intercomunicadores, aunque al parecer,
todas las cámaras funcionaban a la perfección. El manipulador de los Ca6, Les
Duvall, quería que uno de los mecánicos revisara una cerradura que se atascaba
en la jaula que los dejaba libres. Y todavía quedaba el asunto de la ciudad.
Los Ma3K no podrían lucirse precisamente si los únicos colores de los edificios
eran el marrón y el ladrillo…
Tengo que hacer que los de construcción se metan en Cuatro
mañana. Y tengo que supervisar cómo les va a los Avi en sus perchas…
Una luz roja comenzó a parpadear en uno de los paneles que tenía
delante, acompañada por un suave pitido mecánico. Era la sexta o la séptima vez
que ocurría en la última semana. Tendría que hacer que Cole arreglara aquello
también. Los vientos que recorrían la llanura podían llegar a soplar con mucha
fuerza. En un día malo, incluso llegaban a hacer estremecer las puertas de los
edificios de la superficie con la fuerza suficiente como para que saltaran los
sensores.
Aun así, menos mal que todavía estaba aquí…
En cuanto Planeta estuviera a pleno rendimiento, siempre habría
alguien sentado delante de las cámaras para repasar los sensores, pero en
aquellos momentos, el único que tenía acceso a la zona de control era él. Si
hubiera estado metido ya en la cama, el suave pero insistente pitido de la
alarma sonando en su habitación le hubiera obligado a levantarse.
Reston alargó la mano hacia el interruptor y miró a la hilera de
pantallas, más por costumbre que porque esperara ver nada…
… y se quedó helado, con la mirada fija en una pantalla que le
mostraba la estancia de entrada, a casi unos trescientos metros por encima de
donde él se encontraba, con una panorámica desde la esquina sureste del techo.
Cuatro, no, cinco personas que encendían sus linternas, y todas vestidas de
negro. Los estrechos haces de luz recorrieron los paneles de control cubiertos
de polvo, las paredes repletas de equipo metereológico… e iluminaron las armas
que empuñaban.
Oh, no.
Reston se sintió durante un segundo atemorizado y desesperado
antes de recordar quién era. Jay Reston no se había convertido en uno de los
hombres más poderosos del país, incluso puede que del mundo, por dejarse vencer
por el pánico.
Alargó la mano bajo la consola en busca del teléfono colocado en
un hueco al lado de la mesa y que le pondría en contacto con las oficinas
privadas de White Umbrella. En cuanto lo levantó, tuvo línea.
—Soy Reston —dijo, y pudo sentir el acerado tono de su voz, pudo
oírlo y sentirlo—. Tenemos un problema. Quiero que me pongan con Trent, quiero
que Jackson me llame… y quiero que me envíen un equipo ahora mismo, vamos, que
lo quiero aquí hace veinte minutos.
Se quedó mirando a la pantalla mientras hablaba, a los intrusos,
y apretó los dientes, y su miedo inicial se convirtió en rabia. Sin duda eran
los STARS fugitivos…
No importaba. Incluso si encontraban la entrada, no tenían los
códigos, y, quienesquiera que fuesen, pagarían muy caro haberle causado aunque
sólo fuera un segundo de inquietud.
Reston dejó el auricular en su sitio, cruzó los brazos y observó
a los desconocidos moverse en silencio por la pantalla, preguntándose si tenían
idea de que en media hora estarían muertos.
Capítulo 7
El edificio era frío y oscuro, se podía escuchar un suave
zumbido de maquinaria que rompía el silencio, y que se escuchaba incluso por
encima de los tremendos latidos de su corazón. El lugar no era muy grande,
quizá de unos diez metros por sesenta, pero formaba una única estancia, lo
bastante amplia como para hacerla sentirse intranquila, vulnerable. Unas
pequeñas luces se encendían y se apagaban al azar a su alrededor, como si
fueran docenas de ojos que les vigilaran desde la oscuridad.
Tío, odio esto.
Rebecca pasó el haz de luz de su linterna por la pared oeste del
edificio en busca de algo que se saliera de lo habitual e intentando no
sentirse a punto de vomitar al mismo tiempo. En las películas, los detectives
privados y los policías que entran a hurtadillas en la casa de alguien siempre
caminan con tranquilidad, en busca de pruebas, como si el sitio fuera suyo. En
la vida real, meterse en un sitio en donde estaba claro que no debías estar era
terrorífico. Sabía que eran los buenos, que estaban haciendo lo correcto, pero
aun así sentía las palmas de las manos llenas de sudor y el corazón le
martilleaba más que le palpitaba, y deseó desesperadamente tener un lavabo al
que poder ir. Le parecía que su vejiga se había reducido al tamaño de una
avellana.
Y eso tendrá que esperar, a menos que quiera entrar chorreando
en mitad de territorio enemigo…
No era algo que Rebecca deseara.
Se inclinó para tener una mejor visión de la máquina que tenía
enfrente, un aparato del tamaño de una nevera cubierto de botones, la etiqueta
del frente decía «Estación OGO», a saber lo que era. Hasta donde podría contar,
la habitación estaba repleta de enormes y macizas máquinas llenas de
interruptores. Si el resto de los edificios estaban equipados de forma similar,
encontrar el panel oculto de acceso iba a llevarles toda la noche.
Cada uno se ocupaba de una pared, y John investigaba las mesas
situadas en el centro del cuarto. Probablemente había una cámara de vigilancia
en alguna parte del edificio, lo cual hacía la urgencia todavía más grande…
aunque todos esperaban que el personal mínimo significaría que nadie estaría
observando. Si tenían mucha suerte, el sistema de seguridad ni siquiera estaría
operativo aún.
No, eso sería un milagro. Bastante suerte tendremos si
conseguimos entrar y salir de esto vivos e ilesos, con o sin ese libro…
Desde que habían dejado la furgoneta, las alarmas internas de
Rebecca habían estado sonando hasta convertirla en un manojo de nervios.
Durante el poco tiempo que llevaba en los STARS, había aprendido que confiar en
sus instintos era importante, quizá incluso más importante que tener un arma;
el instinto le decía a las personas cuando esquivar las balas, a esconderse
cuando el enemigo estaba cerca, a saber cuando esperar y cuando actuar. El
problema era, ¿cómo saber si era el instinto o sólo estás acojonada? Ella no lo
sabía. Lo que sabía era que no se sentía bien en su incursión nocturna. Tenía
frío y estaba nerviosa, su estómago le dolía, y no podía sacarse de encima la
sensación de que algo malo iba a ocurrir.
Por otro lado, debería tener miedo… todos deberían estarlo. Lo
que estaban haciendo era peligroso. Algo malo podría ocurrir realmente,
reconocerlo no era paranoia, era ser realista.
—Hola. ¿Qué es eso?
Justo a la derecha de la máquina OGO había algo que parecía un
calentador de agua, un aparato alto y redondeado con una ventanilla delante.
Tras el pequeño cuadrado de cristal había una bobina de papel cuadriculado,
cubierta con unas hileras negras, nada que hubiese reconocido, lo que había
captado su atención era el polvo en el cristal. Era el mismo polvo que parecía
haber por toda la habitación… pero había algo más. Había un borrón a través de
la suciedad, una línea húmeda que podría haber sido causada por el dedo de
alguien.
¿Un borrón en el polvo?
Si alguien hubiese pasado la mano sobre el polvoriento cristal,
habría dejado algo más. Rebecca lo tocó frunciendo el ceño… y sintió la
irregular superficie del polvo, las diminutas crestas y espirales como papel de
lija bajo sus dedos. Lo habían espolvoreado o pulverizado encima… así pues,
falso.
—Creo que tengo algo —susurró, y tocó el cristal donde se
encontraba el borrón. La ventana se abrió, balanceándose y mostró un brillante
cuadro metálico tras ella, un equipamiento de diez teclas en un panel limpio de
polvo. El papel cuadriculado también era falso, tan solo parte del cristal.
—Bingo —musitó John tras ella, y Rebecca dio un paso atrás
sintiendo un arrebato de emoción mientras los demás se les unían, sintiendo la
tensión que provenía de ellos. Sus respiraciones combinaciones formaron una
nubecilla en la helada habitación, recordándola lo aterida que estaba.
Demasiado frío… deberíamos volver a la furgoneta, volver al
hotel para darnos un baño caliente. Ella podía captar la desesperación en su
voz interior. No era el frío, era el lugar.
—Brillante —dijo David con suavidad y dio un paso al frente,
sosteniendo su linterna en alto. Había memorizado los códigos de Trent, once en
total, cada uno de ocho dígitos.
—Va ser el último, ya veréis —le susurró John. Rebecca habría
lanzado una carcajada si no hubiera sido porque sentía tanto miedo.
John se quedó callado cuando le vio empezar a teclear el primero
de los números. Rebecca pensó que si ninguno de ellos funcionaba, tampoco se
sentiría demasiado decepcionada.
Jackson había llamado y había informado a Reston con su voz
tranquila y educada que dos equipos de cuatro hombres cada uno se hallaban en
camino tras partir en helicóptero de Salt Lake City.
—Resulta que nuestra oficina allí disponía de algunas tropas —le
dijo—. Tenemos que agradecérselo a Trent. Nos sugirió que comenzásemos a
redistribuir algunos de nuestros equipos de seguridad antes del gran estreno,
por así decirlo.
A Reston le había encantado oír aquello, pero no estaba
demasiado contento con que ellos estuvieran allí, tres hombres y dos mujeres
armados dando vueltas alrededor de la entrada a Planeta en mitad de la noche…
—No pueden entrar, Jay —le interrumpió con suavidad para
tranquilizarle—. No tienen acceso.
Reston se había tragado la cáustica respuesta que se le había
ocurrido, y en vez de eso le dio las gracias. Jackson Cortlandt era
probablemente el hijo de puta más arrogante y displicente que Reston jamás
había conocido, pero también era extremadamente competente… y extremadamente
feroz si necesitaba serlo. El último hombre que se había cruzado en su camino y
le había cabreado acabó regresando a su familia en diferentes envíos postales.
Decirle «¡Y una mierda!» al miembro más antiguo era como saltar desde el tejado
de un edificio muy alto.
Jackson le había dejado bastante claro que aunque agradecía que
le hubiera llamado, lo mejor sería que Jay manejara ese tipo de asuntos por su
cuenta en el futuro, y que si se molestara en mantenerse al día sobre los
cambios internos, se habría enterado de la existencia de los equipos en Salt
Lake City. No se había tratado de una bofetada explícita, pero Reston captó el
mensaje de todas maneras. Colgó el teléfono sintiéndose tremendamente
humillado. Ver cómo los cinco intrusos se dedicaban a dar vueltas por el
edificio de la entrada no hizo más que aumentar todavía más la tensión que
sentía.
No tienen el código, no tienen acceso aun en el caso de que
encuentren el teclado.
Veinte minutos. Lo único que tenía que hacer era esperar veinte
minutos, media hora en el exterior. Reston respiró profundamente, y dejó
escapar el aire con lentitud…
… y se olvidó de inhalar de nuevo cuando vio que uno de ellos,
una chica, apretaba la ventanilla que daba acceso al teclado. Lo habían
encontrado, y seguía sin saber quiénes eran o cómo conocían la existencia de
Planeta…, pero por el modo en que uno de ellos se acercó al teclado y comenzó a
pulsar botones, le pareció que veinte minutos sería demasiado tiempo para
esperar la ayuda.
Está intentando adivinarlo, está marcando números al azar, no es
posible que…
Reston se quedó mirando cómo el individuo alto y de cabello
oscuro continuaba marcando números y recordó lo que Trent les había dicho en la
última reunión: que era posible que en White Umbrella hubiera un infiltrado.
Alguien filtra información, alguien de muy arriba. Alguien que
conoce los códigos de entrada.
Alargó la mano para levantar el auricular de nuevo, pero se
detuvo. La sutil advertencia de Jackson le provocó un ligero sudor frío. Tenía
que manejar la situación él en persona, era él quien tenía que impedir que
entraran, pero todo el mundo estaba dormido y no disponía de servicio de
intercomunicadores, tenía una pistola en su habitación, pero si tenían el
código, no le quedaba tiempo para…
¡Control manual de anulación!
Reston se apartó de las pantallas y se dirigió a la puerta,
dándose de bofetadas mentalmente mientras salía de la sala de control. Había un
control manual de anulación en un panel oculto al lado del montacargas, y podía
mantenerlo abajo aunque tuvieran el código de acceso…
Los equipos de seguridad llegarán y pillarán a nuestro pequeño
grupo de invasores, y yo habré logrado manejar la situación.
Sonrió, con un gesto carente por completo de humor, y comenzó a
correr.
León miró con ansiedad a David mientras tecleaba otra serie de
cifras, esperando que su presencia no hubiese sido detectada todavía. No había
visto ninguna cámara, pero eso no significaba que no hubiese una. Si Umbrella
podía construir unos inmensos laboratorios subterráneos y crear monstruos,
podían esconder una cámara de vídeo.
David pulsó una última tecla… y oyeron y sintieron un movimiento
y un sonido al mismo tiempo: el suave siseo de unos engranajes hidráulicos y el
distante zumbar de una maquinaria. Una gigantesca parte del muro situado a la
derecha del teclado se elevó. Los cinco levantaron sus armas al unísono… y las
bajaron de nuevo cuando vieron la gruesa puerta de rejilla y el hueco negro y
vacío de un ascensor.
—Maldita sea —dijo John, con un tono de temor en su voz, y a
León no le quedó más remedio que estar de acuerdo.
El panel tenía tres metros de ancho, y estaba repleto de
máquinas adosadas a él, y sin embargo, había desaparecido en dos segundos por
la abertura del techo. Fuese cual fuese el mecanismo que lo hacía funcionar,
tenía que ser tremendamente poderoso.
—¿Qué es eso? —dijo Rebecca, y León lo oyó un segundo más tarde:
un zumbido lejano.
Al parecer, el código de entrada también servía para llamar al
ascensor. Podían oír cómo iba subiendo, el resonante eco de un aparato bien
engrasado en el helado hueco del ascensor. Subía con rapidez, pero todavía
estaba muy abajo. León se preguntó, y no por primera vez, cómo demonios había
logrado Umbrella construir algo semejante. El laboratorio de Raccoon City
también había sido inmenso, con Dios sabía cuántas plantas llenas de
instalaciones, y todas a gran profundidad bajo la ciudad.
Deben tener más dinero que Midas. Y un pedazo de arquitecto.
—Puede que hayamos activado alguna clase de alarma —dijo David
en voz baja—. Puede que no esté vacío.
León asintió, lo mismo que los demás. Todos se quedaron en
silencio y en tensión mientras esperaban, con John apuntando su rifle
automático hacia la puerta de rejilla.
Reston encontró el panel liso y sin ranuras, y lo abrió sin
ningún problema…, pero había una cerradura sobre el interruptor, un pequeño
pasador enganchado a la parte superior, lo que impedía que se pulsara hasta el
fondo. No fue hasta que vio la cerradura que se acordó de ello: era otra de las
precauciones tomadas por Umbrella, una que le pareció increíblemente estúpida
en aquel momento.
Las llaves, todos los trabajadores tienen un manojo, a mí me
dieron uno cuando llegué…
Reston se pasó las manos por el pelo, azuzando a su cerebro,
sintiéndose desesperado y exasperado.
¿Dónde he puesto las puñeteras llaves de seguridad?
Cuando oyó que el montacargas subía a la superficie segundos
después, fue lo único que pudo hacer para no ponerse a gritar. Tenían el
código. Tenían armas, eran cinco y tenían el código.
El montacargas tarda dos minutos en llegar arriba, todavía tengo
tiempo y las llaves están en…
En blanco. Su mente estaba en blanco, y los segundos pasaban con
rapidez. Ya había pulsado el botón de llamada, pero el montacargas no bajaría
si alguien abría la puerta de la superficie. Por lo que él sabía, los asesinos
o los saboteadores o lo que puñetas fuesen ya habrían abierto la puerta y
estarían mirando cómo subía el montacargas, esperando…
O quizás están lanzando unos cuantos kilos de explosivo plástico
por el hueco… o… ¡control! ¡Están en la sala de control!
Reston se dio la vuelta y echó a correr por el ancho pasillo, a
los tres metros giró hacia la derecha para entrar en el pequeño ramal que
llevaba a la sala de control. En su primer día en Planeta, uno de los
encargados de construcción le había enseñado dónde estaban todas las cerraduras
internas: generador de apoyo, la enfermería con las medicinas y las drogas… y
el control manual de anulación. Se había aburrido bastante a lo largo del
recorrido, y después había tirado las llaves en un cajón de la sala de control,
a sabiendas de que no las necesitaría.
Cruzó la puerta a toda prisa, y decidió que más tarde se
fustigaría por olvidarse de las llaves. Se preguntaba cómo era posible que la
situación se hubiera salido de madre en un tiempo tan corto. Hacía tan sólo
diez minutos estaba disfrutando de un poco de coñac y relajándose…
Y dentro de diez minutos, puede que estés muerto.
Reston corrió más deprisa.
El ascensor era muy grande, de al menos tres metros de ancho por
cuatro de largo. John entrecerró los ojos cuando comenzó a aparecer delante de
ellos: la fuerte luz de la bombilla sin pantalla que colgaba del techo era casi
cegadora después de todo el tiempo que llevaban en la oscuridad.
Al menos está vacío. Ahora, todo lo que tenemos que hacer es
procurar no caer en una emboscada y que nos maten cuando apretemos el botón de
bajada.
El ascensor se detuvo con suavidad. El pestillo que mantenía
cerrada la puerta de rejilla se abrió y ésta se deslizó hasta desaparecer en la
pared. Miró a David, quien le indicó con un gesto de la cabeza que entrara.
—Primera planta: zapatos, ropa de caballero, capullos de
Umbrella —dijo, y no le importó demasiado que los demás no se rieran. Cada uno
de ellos tenía su método preferido para enfrentarse a la tensión. Además, su
sentido del humor estaba mucho más desarrollado.
Muy por encima de ellos, pensó mientras echaba un vistazo a las
paredes del ascensor en busca de algo raro. Bueno, quizá no por encima de
ellos; más bien se trataba de que no apreciaban su fino ingenio. Lo importante
es que él lograba mantenerse alegre y entretenido, lo que impedía que se
quedara helado, incapaz de moverse, o que se convirtiera en un simple tronco
inmóvil.
El ascensor parecía estar en orden, lleno de polvo pero sólido.
John entró con paso cuidadoso en su interior, con León justo detrás…, y en ese
preciso momento, John oyó un ruido, a la vez que una señal roja comenzó a
parpadear en el panel de control del ascensor.
—Quedaos quietos —dijo con un siseo, levantando la mano. No
quería que nadie más entrase hasta que hubiese comprobado qué quería decir
aquella luz roja…
La puerta de rejilla se cerró a su espalda y el pestillo se
aseguró con un chasquido. Se giró y vio que León ya estaba dentro, vio a
Rebecca y a Claire lanzarse en dirección a la puerta desde el otro lado y a
David corriendo hacia el teclado.
Se oyó un chasquido y León, que era el que estaba más cerca,
avisó con un grito a Rebecca y a Claire…
—¡Atrás!
El panel de la pared estaba bajando, estaba cortando el aire, y
las chicas retrocedieron trastabillando. John pudo ver una última imagen de sus
rostros pálidos y desencajados en la penumbra… La puerta quedó cerrada, y
aunque él no había tocado absolutamente nada, el ascensor comenzó a bajar. John
se puso en cuclillas al lado del panel de control, apretando diversos botones,
y comprendió el motivo del encendido de la luz roja.
—Es un control manual de anulación —dijo, y se puso en pie,
mirando al joven policía, sin saber qué decir. Su sencillo plan acababa de
joderse por completo.
—Mierda —dijo León, y John se limitó a asentir, pensando que lo
había resumido a la perfección.
Capítulo 8
—Mierda —dijo Claire con un susurro, sintiéndose inútil y
atemorizada, deseando poder golpear el panel de la pared hasta que liberara a
los dos hombres.
Una trampa, era una trampa, una emboscada…
—Escuchad… está bajando —dijo Rebecca, y Claire también lo oyó.
Se giró y vio a David tecleando con una mano, con la linterna en
la otra, y una expresión preocupada en la cara.
—David… —empezó a decir Claire, pero se calló cuando David le
dirigió una breve pero intencionada mirada, una mirada que le decía que se
esperara. No había dejado de pulsar botones, y volvió a concentrarse por
completo en el panel de control.
Claire se giró hacia Rebecca, y vio que su compañera se estaba
mordisqueando el labio de puro nerviosismo mientras miraba a David.
—Debe de estar probando otra vez con todos los códigos —le
susurró a Claire, y ésta asintió, sintiendo náuseas por la preocupación;
deseando ponerse a hablar de cómo entrar en acción, pero consciente de que
David necesitaba concentrarse. Se atrevió a inclinarse un poco y a responderle
en susurros a Rebecca. Si se quedaba quieta en la fría oscuridad, perdería el
control y se volvería loca.
—¿Crees que ha sido cosa de Trent?
Rebecca frunció el ceño y luego negó con la cabeza.
—No. Me parece que hemos activado alguna clase de alarma
silenciosa o algo así. Vi una luz que se encendía dentro del ascensor justo
antes de que se cerrara la puerta.
Rebecca sonaba tan atemorizada como ella misma, y Claire pensó
en lo amigos que ella y John parecían haberse convertido. Quizá tan amigos como
ella y León. Claire alargó de forma instintiva su mano en busca de la de
Rebecca, y ésta la apretó con fuerza mientras las dos se quedaban observando a David.
Vamos, vamos, uno de esos códigos tiene que abrirla, tiene que
traerlos de vuelta…
Pasaron unos cuantos segundos llenos de ansiedad, y David dejó
de pulsar botones. Levantó el haz de la linterna hacia el techo, y el reflejo
del mismo fue suficiente para que se vieran las caras los unos a los otros.
—Al parecer los códigos no funcionan si alguien está utilizando
el ascensor —les dijo. Su voz sonaba tranquila y relajada, pero Claire pudo ver
que tenía la mandíbula apretada, y los músculos de sus mejillas temblaban—. Lo
intentaré otra vez dentro de un momento, pero como parece que alguien más tiene
el control principal del ascensor, debemos pensar en otras opciones. Rebecca,
comienza a buscar una cámara, comprueba las esquinas y el techo. Si vamos a
estar aquí un rato, necesitamos un poco de «intimidad». Claire, a ver si puedes
encontrar alguna herramienta que podamos utilizar para abrirnos paso a través
de la pared: un cortafríos, un destornillador, lo que sea. Si los códigos
siguen sin funcionar, intentaremos forzar la entrada. ¿Alguna pregunta?
—No —contestó Rebecca, y Claire negó con la cabeza.
—Bien. Respirad profundamente y manos a la obra.
David volvió a concentrarse en el teclado y Rebecca se dirigió
hacia una esquina, registrando el techo con su linterna. Claire inspiró
profundamente y se puso a mirar la polvorienta superficie de la mesa. Tenía
varios cajones a ambos lados. Abrió el primero de ellos, y mientras echaba a un
lado todos los papeles y los pequeños objetos que había en su interior, pensó
que David se comportaba de un modo magnífico cuando se encontraba bajo una gran
presión.
Un cortafríos, un destornillador, lo que sea… Tened cuidado, por
favor, tened cuidado, y procurad que no os maten…
Claire se obligó a respirar profundamente otra vez, y luego
abrió el siguiente cajón, prosiguiendo con su búsqueda.
John se puso en cabeza, y a León no le molestó en absoluto.
Puede que hubiera sobrevivido al horror de Raccoon City, pero el antiguo
miembro de los STARS había estado metido en situaciones de combate desde hacía
nueve años. Él llevaba ventaja.
—Agáchate —le dijo John, agazapándose él mismo. Luego se tumbó
por completo boca abajo y agarró con firmeza su M-16, rodeando su musculoso
brazo con la correa—. Si es una emboscada, estarán apuntando a lo alto cuando
la puerta se abra, y nosotros les dispararemos a las rodillas. Funciona a la
perfección.
León se tumbó a su lado, apoyando su mano derecha sobre la
izquierda, con la nueve milímetros apuntando al hueco de la puerta. La
oscuridad pasaba velozmente afuera, y no se veía nada más que el pozo del
ascensor cubierto de metal.
—¿Y si no es así?
—Te levantas y te encargas de la derecha, yo lo haré de la
izquierda. Quédate dentro si puedes. Si descubres que estás apuntando a una
pared, date la vuelta y dispara bajo.
John le miró, y de manera increíble, le sonrió de oreja a oreja.
—Piensa en toda la diversión que se van a perder. Nosotros vamos
a freír a balazos a unos cuantos tíos de Umbrella, y ellos se van a quedar en
la oscuridad, muertos de frío y sin nada que hacer.
León estaba demasiado tenso como para responder a su sonrisa,
aunque lo intentó.
—Sí, hay gente con suerte —le dijo.
John meneó la cabeza, y su sonrisa desapareció.
—No podemos hacer otra cosa que bajar con el ascensor —le
contestó, y a León no le quedó más remedio que tragar saliva.
Puede que John estuviera loco, pero en eso tenía toda la razón.
Estaban donde estaban, y desear otra cosa no serviría para evitarlo.
Tampoco pasa nada si lo hago. Dios, ojalá no hubiera entrado en
este trasto…
El ascensor continuó bajando, y ambos se quedaron callados,
esperando. León agradeció que John no fuera muy charlatán. Le encantaba soltar
chistes y gracias, pero era obvio que no se tomaba las situaciones peligrosas a
la ligera. León se fijó en que estaba respirando de forma profunda y
acompasada, apuntando con su M-16, preparado para cualquier cosa que fuese a
ocurrir.
León respiró profundamente varias veces, intentando relajarse en
aquella posición tumbada… y el ascensor se detuvo. Oyó un leve tintineo
metálico, un soniquete, y la puerta de reja comenzó a moverse hacia un lado,
desapareciendo en un hueco de la pared lateral. Una puerta exterior sin
ventanilla comenzó a elevarse al mismo tiempo. Una suave luz inundó el interior
del ascensor… y no vieron a nadie. Una pared de cemento alisado a unos seis
metros de ellos, un suelo de cemento también alisado. Un vacío gris.
¡Arriba, vamos!
León se puso en pie, con el corazón palpitándole a toda
velocidad, y John hizo lo mismo a su izquierda, en silencio y a mayor velocidad
incluso. Intercambiaron una mirada y ambos dieron un paso al exterior del
ascensor, con León apuntando su VP70 con un gesto rápido a la derecha,
preparado para disparar… y tampoco vio nada. Un amplio pasillo que parecía
alejarse hasta un kilómetro de distancia, y un ligero olor mezcla de polvo y
desinfectante industrial en el aire fresco. Fresco, que no frío. Comparado con la
superficie, estaban en verano. El pasillo podía medir perfectamente ciento
cincuenta metros de largo, o incluso más. Se veían unos cuantos ramales que
salían a los lados, unas cuantas lámparas colocadas a intervalos regulares en
el techo y ninguna señal… tampoco de vida.
Entonces, ¿quién nos ha hecho bajar? ¿Y por qué, si no estaban
planeando esperarnos aquí abajo con unas cuantas balas?
—Quizás están jugando al bingo —dijo John en voz baja. León miró
al otro lado, y vio que excepto por la ubicación de unos cuantos pasillos
laterales, el lado que John estaba cubriendo era prácticamente idéntico al
suyo. Y estaba igual de vacío.
Ambos entraron de nuevo en el ascensor. John alargó la mano
hacia los botones y pulsó el de subida, pero no ocurrió nada.
—¿Y ahora qué hacemos? —dijo León.
—A mí no me preguntes. El cerebro del grupo es David —le
contestó John—. Aunque yo soy el más atractivo.
—Dios, John —resopló León—. Tú eres el más veterano de los dos.
Para ya, ¿vale?
John se encogió de hombros.
—Vale. A mí me parece que quizá no es una trampa. Quizás… Si
hubiese sido una trampa, habrían intentado atraparnos a todos a la vez. Y ahora
mismo estaríamos metidos en mitad de un tiroteo. Y la casualidad. El ascensor
sólo estuvo arriba unos cuantos segundos… como si alguien se hubiese dado
cuenta de que lo habíamos llamado…
—Alguien intentó impedir que nos subiéramos, ¿verdad? —dijo
León, más que preguntarlo—. Para que no pudiéramos bajar.
John asintió.
—Premio para el chaval. Y si es así, eso significa que alguien
nos teme. Me refiero a que no hay tipos de seguridad, ¿verdad? Quienquiera que
fuese el que nos trajo aquí abajo probablemente se largó zumbando a una
habitación con cerradura.
»En cuanto a lo que hacemos ahora —continuó diciendo—, estoy
dispuesto a escuchar sugerencias. Sería estupendo poder reunirnos con el resto
del grupo, pero si no se nos ocurre un modo de poner de nuevo en marcha el
ascensor…
León frunció el ceño, pensativo, recordando que antes de que
llegar a Raccoon City le hubiera supuesto poner fin a su carrera profesional,
lo habían entrenado para que fuera policía…
Utiliza las herramientas de las que dispones…
—Aseguremos la zona —dijo lentamente—. Sigamos el plan original,
al menos la primera parte. Reunamos a todos los trabajadores, y luego nos
preocuparemos por el tema del ascensor. Lo de Reston tendrá que esperar, de
momento…
John levantó una mano de repente, cortándolo, con la cabeza
inclinada hacia un lado. León permaneció atento, pero no oyó nada. Pasaron unos
cuantos segundos antes de que John bajara la mano. Se encogió de hombros, pero
sus ojos oscuros permanecieron alerta, y sostuvo el rifle automático con ademán
de estar preparado.
—Buena idea —dijo por fin—. Si podemos encontrar a los puñeteros
empleados. ¿Prefieres ir a la izquierda, o a la derecha?
León sonrió levemente al recordar la última vez que había tenido
que elegir en qué dirección ir. Había escogido la izquierda en el sótano del
laboratorio de Umbrella en Raccoon City, y habían llegado a un callejón sin
salida. Tener que retroceder todo aquel camino casi les había costado la vida.
—A la derecha —dijo—. La izquierda me trae malos recuerdos.
John enarcó una ceja, pero no dijo nada. A pesar de lo extraño
que era, parecía estar satisfecho con el razonamiento de León.
Quizá porque él está loco. Bueno, al menos lo bastante loco como
para andar soltando chistes en mitad de una situación como ésta.
Salieron juntos del ascensor, se adentraron en el largo y vacío
pasillo y giraron a la derecha, avanzando con lentitud, con John vigilando su
retaguardia y León atento a todas las entradas a los ramales en busca de
cualquier signo de movimiento. El primer pasillo lateral estaba a su izquierda,
a menos de dos metros de la puerta del ascensor.
—Espera —le dijo John, y se metió por el corto pasillo,
caminando con rapidez hasta la puerta que había en su extremo. Forcejeó
ligeramente con el picaporte y luego regresó rápidamente, meneando la cabeza.
—Me pareció oír algo —y León asintió, pensando en lo fácil que
sería para cualquiera matarles.
Se encierra con llave en una habitación, espera a que pasemos, y
¡pam!…
Mejor no pensar en aquello. León dejó a un lado aquella idea y
continuaron su lento avance por el pasillo, barriendo todos los rincones con
sus armas. Se dio cuenta de que su ropa interior térmica no había sido una
buena idea en cuanto el sudor comenzó a bajarle por la espalda… Y
preguntándose, de repente, cómo podían haber ido las cosas tan mal con tanta
rapidez.
Reston tuvo una idea.
Casi se había dejado llevar por el pánico después de que les
oyera decir cosas que se suponía que no debían saber, oculto en la sala de
control con la puerta abierta sólo una rendija. Cuando oyó que uno de ellos
mencionaba su nombre, sintió que el miedo le subía por la garganta como si
fuera bilis, y le llenó la mente con visiones muy detalladas de su propia
muerte. Cerró la puerta con llave, y se dejó caer al suelo mientras intentaba
pensar qué hacer, ver qué opciones tenía.
Había estado a punto de echarse a gritar cuando uno de ellos
intentó abrir la puerta, pero había logrado mantenerse muy quieto, no hacer
ningún ruido en absoluto hasta que el intruso había comenzado a alejarse. Le
llevó unos cuantos segundos recuperarse de aquello, recordar que esa situación
era algo que él podía manejar. Lo curioso es que fue la imagen de Trent lo que
lo logró. Trent no se dejaría llevar por el pánico. Trent sabría exactamente
qué hacer… y desde luego, no correría a llamar a Jackson para pedir ayuda.
A pesar de ello, estuvo a punto de descolgar el teléfono varias
veces mientras veía por los monitores cómo los dos individuos aterrorizaban a
sus trabajadores. Eran eficientes, a diferencia de sus camaradas de la
superficie, que todavía estaban intentando hacer funcionar el montacargas. Los
dos intrusos habían tardado cinco minutos en reunir a todos los trabajadores en
cuanto llegaron a la zona de descanso. Les había ayudado el hecho de que cinco
de ellos todavía estaban despiertos y jugando a las cartas en el comedor, tres
de los albañiles y dos de los mecánicos. El joven blanco se quedó vigilándolos
mientras el otro se acercaba a los dormitorios y despertaba a los demás,
obligándolos a agruparse y a dirigirse hacia el comedor.
Reston quedó decepcionado por la falta de espíritu combativo de
su gente, ni un solo luchador entre ellos, y seguía sintiendo mucho miedo. En
cuanto los equipos procedentes de la ciudad llegasen, tendría algo con lo que
trabajar, pero hasta entonces podían ocurrir todo tipo de cosas malas.
«Lo de Reston tendrá que esperar, de momento…» ¿Qué ocurrirá
cuando se den cuenta de que no estoy entre el grupo de rehenes? ¿Qué es lo que
quieren? ¿Qué van a querer, si no es mantenerme secuestrado para pedir un
rescate, o matarme directamente?
Había estado a punto de llamar a Sidney, a pesar de que sabía
que Jackson se acabaría enterando, pero se arriesgaría a sufrir la
desaprobación de sus colegas, se arriesgaría a perder su puesto dentro del
círculo interno si con eso lograba sobrevivir a aquel ataque.
Estaba alargando la mano para levantar el auricular cuando se
dio cuenta de que faltaba alguien. Reston, frunciendo el ceño, se acercó más al
monitor que mostraba el comedor, olvidado ya el teléfono.
¿Dónde está el que falta? ¿Quién es el que falta?
Reston alargó la mano y tocó la pantalla para ir señalando una
por una las caras de sueño de los rehenes. Los cinco albañiles. Los dos
mecánicos. El cocinero, los manipuladores de especimenes, los seis…
—Cole —murmuró, y frunció los labios.
El electricista, Henry Cole, no estaba allí.
Una idea comenzó a formarse en su mente, pero dependía del lugar
exacto donde estuviera Cole. Reston comenzó a pulsar los botones que
controlaban las cámaras, con la creciente esperanza de que había encontrado un
modo no sólo de sobrevivir, sino de ganar. De salir triunfante por completo.
Había veintidós pantallas en la sala de control, pero existían
casi cincuenta cámaras a lo largo de todo Planeta y de las instalaciones de la
estación «meteorológica» de la superficie. Planeta había sido construido con la
idea de poder ser vigilado por vídeo. El diseño era bastante simple: desde la
sala de control se podía ver casi cada rincón de todos los pasillos,
habitaciones y entornos, gracias a las cámaras colocadas en los puntos clave.
Encontrar a alguien era tan sólo cuestión de pulsar el botón adecuado que iba
cambiando las imágenes.
Reston revisó las estancias de prueba en primer lugar, todas y
cada una de las cámaras desde la fase Uno hasta la Cuatro. No tuvo suerte. A
continuación, probó en la zona científica, las salas de cirugía, el laboratorio
químico, incluso el recinto de estasis. Tampoco vio a nadie.
No está en la zona de los dormitorios, está claro que han sacado
a todos de ahí… y no tiene ningún motivo para estar en la superficie.
Reston sonrió de repente, enfocando las cámaras de la zona de
las celdas de contención. Cole y los dos mecánicos habían estado utilizando las
celdas para almacenar equipo, cables, herramientas y diversas piezas de
maquinaria.
¡Ahí!
Cole estaba sentado en el suelo, entre las celdas uno y nueve,
rebuscando en una caja repleta de pequeñas piezas metálicas, con sus escuálidas
piernas abiertas de par en par por delante de él.
Reston volvió la vista al comedor, vio que los dos hombres
armados parecían estar hablando mientras vigilaban al apiñado e indefenso grupo
de obreros. Los otros, todavía en la superficie, continuaban pulsando botones
del teclado de control y buscando algo…
La idea tomó forma repentinamente, y las posibilidades se le
fueron apareciendo de una en una, cada una más interesante y más emocionante
que la anterior. Los datos que podría recoger, el respeto que se ganaría, el
problema que solucionaría a la vez que se promocionaba.
Podría montar las cintas para que fueran algo continuo, tendría
algo que mostrarles a mis visitantes después de la gira de inspección… y Sidney
se morirá de envidia cuando Jackson vea lo que he logrado, cómo he manejado la
situación. Por una vez, y para variar, seré el preferido…
Reston se puso en pie delante de los mandos, sin dejar de
sonreír, nervioso pero esperanzado. Tendría que darse prisa, y tendría que
utilizar todo su talento para la actuación con Cole. Eso no representaba ningún
problema, si se tenía en cuenta que llevaba treinta años de su vida
desarrollándolo y perfeccionándolo… Antes de incorporarse a Umbrella había sido
diplomático.
Funcionaría. Querían a Reston: él les entregaría a Reston.
Capítulo 9
Cole estaba trasteando en una caja de transistores bipolares,
pensando que era un idiota. Ya debería estar durmiendo. Tenía que ser cerca de
la medianoche, y llevaba todo el día partiéndose el culo para contentar al
señor Azul, y tendría que sacar el culo de la cama dentro de seis horas para
seguir haciendo lo mismo. Estaba cansado y hasta las narices de que le
increparan porque el último capullo con una caja de herramientas que había
pasado por Planeta lo había hecho todo mal.
No es culpa mía —pensó con resentimiento—, que ese majadero no
conectara los cabezales del MOSFET antes de instalarlos. Y además, sus
conductos externos son una porquería, no pensó en la carga inductiva de
Planeta… capullo incompetente…
Quizá se estaba pasando, pero no se sentía muy misericordioso
después del día que había tenido. El señor Azul le había ordenado claramente
que arreglara las cámaras de vídeo de la superficie en primer lugar… y luego le
había seguido y había insistido en que lo que él había dicho era que arreglara
el sistema de intercomunicadores en primer lugar. Cole sabía, lo mismo que los
demás trabajadores de Planeta, que aquel tío era un mierda, pero Reston era uno
de los cargos más importantes, un verdadero peso pesado, así que cuando decía
que saltaras, saltabas, y nunca se cuestionaba quién tenía razón. Cole sólo
llevaba trabajando un año para Umbrella, pero había ganado más dinero en ese
año que en los cinco anteriores juntos. Él no iba a ser quien cabreara al señor
Azul (al que llamaban así porque siempre iba vestido con un traje azul) para
que lo despidiera.
¿Estás seguro de eso? ¿Después de todo lo que has visto en las
últimas semanas?
Cole dejó a un lado la caja llena de transistores y se frotó los
ojos. Le escocían y los notaba irritados. No había dormido demasiado bien desde
que había llegado para trabajar en Planeta. Tampoco es que fuera un tipo
sensible, y le importaba una mierda en lo que se gastaran los de Umbrella su
dinero, pero…
Es difícil sentirse a gusto en este sitio. Tiene mala pinta. Es
un circo de horrores.
Había montado las conexiones de energía de un laboratorio
químico en la costa oeste, había instalado un puñado de anuladores de
cortocircuitos en una megacomputadora en la otra costa y, en general, había
realizado numerosos trabajos de mantenimiento dondequiera que le llevasen a lo
largo de todo el año que llevaba trabajando en Umbrella. La paga era realmente
estupenda, no era un trabajo muy difícil, y la gente con que solía trabajar era
bastante agradable. Eran sobre todo tipos de chaqueta haciendo el mismo tipo de
trabajo que él. Y lo único que había tenido que hacer, aparte de sus tareas
normales, era prometer que no diría nada sobre lo que había visto. Había
firmado un contrato a tal efecto cuando lo habían empleado por primera vez, y
aquello nunca le había supuesto un problema. No hasta que había visto Planeta.
Cuando Umbrella te llamaba para que hicieras un trabajo, no te
explicaban nada de nada. Sólo te decían: «Arregla eso», tú lo arreglabas y
ellos te pagaban. Las directrices de la empresa desaconsejaban de forma rotunda
las discusiones sobre el fin que tenían las instalaciones, incluso dentro de
los mismos grupos de trabajo. Sin embargo, los rumores corrían, y Cole ya sabía
lo bastante sobre Planeta como para pensar que ya no quería trabajar para
Umbrella nunca más.
Para empezar, estaban aquellas criaturas, los animales de
prueba. En realidad, no los había visto, ni tampoco al ser al que llamaban
Fósil, el monstruo congelado, pero los había oído un par de veces. La primera
vez fue en mitad de la noche, un sonido aullante y chirriante que lo dejó
completamente helado, un sonido parecido al de un pájaro, pero como un chillido
tremendo. La segunda fue el día que estaba en la fase Dos, realineando una de
las cámaras de vídeo, cuando oyó un extraño ruido repiqueteante, como el de
unas uñas que golpearan una caja de madera vacía… pero el sonido también era
animal. Estaba vivo. Había oído decir que eran unos seres especialmente creados
para Umbrella, una especie de híbridos genéticos que servían para el estudio,
pero híbridos ¿de qué?. Además, todas las criaturas tenían nombres raros y
desagradables. Había escuchado cómo los tipos de investigación hablaban sobre
ellos en más de una ocasión.
Dáctilos. Escorps. Escupidores. Cazadores. Parecen un grupo
interesante… para una película de terror.
Cole se puso en pie, estirando sus cansados músculos, sin dejar
de tener pensamientos desagradables. Y también estaba Reston, por supuesto. El
tipo era un dictador de primer grado, y de la peor clase, el típico con un
montón de poder y muy poca paciencia. Cole estaba acostumbrado a tratar con
directivos, pero el señor Azul estaba demasiado arriba en la cadena alimenticia
como para que se sintiera cómodo. El tipo intimidaba todo lo que podía. Pero
eso no es lo peor, ¿verdad?
Suspiró, y echó una mirada a su alrededor, a la docena de
celdas, seis en cada pared, que se alineaban en la estancia. No, lo peor estaba
justo delante de él. En cada celda había un camastro, un retrete, un lavabo… y
correas de sujeción enganchadas a las paredes y al camastro. Y el bloque de
celdas estaba a menos de seis metros del vestíbulo del primer entorno, donde
las puertas tenían las cerraduras en el exterior.
Después de esto, voy a pensar muy seriamente en cuáles son mis
prioridades. Tengo ahorrado lo suficiente como para tomarme unas largas
vacaciones, y reflexionar un poco…
Cole suspiró de nuevo. Eso estaba muy bien, pero para más
adelante. Sin embargo, en aquel momento tenía que intentar dormir un poco. Se
dio la vuelta y se dirigió a la puerta. Apagó las luces de un manotazo mientras
abría la puerta…, y se encontró a Reston. Estaba dando la vuelta a toda prisa a
la esquina donde el pasillo principal giraba hacia los ascensores, con una
expresión de extrema inquietud.
Mierda, ¿y ahora qué?
Reston lo vio y prácticamente corrió hacia él, con su traje azul
arrugado, algo inusual, mientras sus ojos miraban nerviosamente a izquierda y
derecha.
—Henry —dijo, casi sin aliento, y se detuvo delante de él,
jadeante—. Gracias a Dios. Tienes que ayudarme. Hay dos hombres, unos asesinos,
han entrado y me están buscando para matarme. Necesito que me ayudes.
Cole se quedó tan sorprendido por su comportamiento como por lo
que le había dicho. Nunca había visto a Azul inmutarse lo más mínimo, o perder
aquella sonrisilla satisfecha que sólo poseían los increíblemente ricos.
—Yo, yo… ¿Qué?
Reston inspiró profundamente y dejó escapar el aire con
lentitud.
—Lo siento. Es que yo… Han invadido Planeta. Hay dos hombres
dentro que me están buscando. Quieren matarme, Henry. Los he reconocido de un
intento de asesinato contra mí de hace seis meses. Han colocado a otro hombre
en la superficie, al lado de la puerta, y estoy atrapado, me encontrarán…
Se calló, jadeando de nuevo. ¿Estaba intentando no llorar?
Cole se lo quedó mirando, pensando: Me ha llamado Henry.
—¿Por qué quieren matarle? —le preguntó.
—Fui el encargado de llevar a cabo una adquisición hostil el año
pasado, una empresa de empaquetado. El hombre al que se la compramos era un
poco inestable mentalmente y juró que me las haría pagar. Y ahora han venido,
acaban de encerrar a todo el mundo en la cantina, pero sólo me quieren a mí. He
llamado pidiendo ayuda, pero no llegarán a tiempo. Henry, por favor, ¿me
ayudarás? Yo, yo… te recompensaré, te lo prometo. No tendrás que volver a
trabajar, tus propios hijos no tendrán que volver a trabajar…
La súplica evidente en los ojos de Reston era tan desconcertante
que le impidió a Cole decirle que no tenía hijos. El hombre estaba
aterrorizado, su cara arrugada estaba temblorosa, y su cabello plateado estaba
despeinado en mechones. Cole lo hubiera ayudado incluso aunque no le hubiera
ofrecido dinero.
Bueno, quizás.
—¿Qué quiere que haga?
Reston casi sonrió de alivio, y alargó la mano para agarrarle
del brazo.
—Gracias, Henry. Gracias. No… No lo sé. Si pudieras… Sólo me
quieren a mí, así que si pudieras distraerles de algún modo…
Frunció el ceño, todavía con los labios temblorosos, y luego
miró por encima del hombro de Henry a la pequeña habitación que era la antesala
de la entrada a los entornos.
—¡Esa habitación! Tiene una cerradura por la parte de fuera, y
es la entrada a Uno… Si pudieras atraerlos hacia ti, y meterte en Uno… Los
podría encerrar dentro, podría cerrar todo el lugar en cuanto salieras. Podrías
pasar directamente hasta Cuatro y salir por la zona médica. Yo te la abriría en
cuanto ellos quedaran atrapados.
Cole asintió, indeciso. Debería funcionar, si no fuese porque…
—¿No se darán cuenta de que no es usted? Bueno, me refiero a que
deben tener una fotografía suya o algo parecido, ¿verdad?
—No serán capaces de verlo. Sólo te verán por un segundo, cuando
doblen la esquina, y desaparecerás inmediatamente. En cuanto estén dentro, yo
cerraré el lugar… Puedo esconderme en el bloque de celdas..
Los ojos claros de Reston estaban brillando por la acumulación
de lágrimas no derramadas. El tipo estaba desesperado… y por lo que se refería
al plan, tampoco estaba mal.
—Sí, vale —le dijo, y la mirada de gratitud del hombre mayor
casi fue reconfortante.
Casi. Si fuese un ser humano en condiciones, lo sería.
—No te arrepentirás de esto, Henry —le dijo Reston, y Henry se
limitó a asentir, sin saber qué más decir.
—No le pasará nada, señor Reston —comentó por fin, sintiéndose
incómodo—. No se preocupe.
—Estoy seguro que llevas razón, Henry —le contestó Reston antes
de darse la vuelta y dirigirse hacia el oscuro bloque de celdas sin decir ni
una sola palabra más.
Cole se quedó allí de pie durante un segundo, y luego se encogió
de hombros y se quedó mirando a la pequeña habitación, nervioso pero también un
poco irritado. El señor Azul estaba asustado, pero seguía siendo el mismo
capullo.
Nada de «Tú tampoco te preocupes, Henry», o «Ten cuidado». Ni
siquiera un «Buena suerte, espero que no te peguen un tiro por equivocación»…
Meneó la cabeza y entró en la pequeña habitación. Al menos, si
ayudaba a aquel pez gordo, probablemente podría dormir, quizás incluso irse de
Planeta y de Umbrella sin mayores problemas. Sólo Dios sabía lo mucho que
necesitaba el descanso: en los últimos días le había costado horrores dormir
bien…
Por lo menos, Rebecca encontró la cámara. Era una lente de poco
más de un centímetro, oculta en la esquina suroeste del edificio, a unos tres
centímetros del techo. Había llamado a David, y él la había cubierto con la
mano, deseando haber hecho una comprobación más exhaustiva del lugar antes de
meter a su equipo. Había sido un estúpido. Casi con toda seguridad John y León
estaban muertos por su culpa.
Claire, en su búsqueda, había encontrado un rollo de cinta
adhesiva, pero poco más. David había tapado el agujero con la cinta mientras se
preguntaba qué iban a hacer. Hacía mucho frío, tanto, que no sabía cuánto
tiempo pasaría antes de que empezaran a perder reflejos. Los códigos ya no
funcionaban, haría falta mucho más de lo que tenían para abrir la entrada
sellada, y dos miembros de su equipo estaban en algún lugar de las
instalaciones subterráneas, quizás heridos, quizá moribundos…
O infectados. Infectados como Karen o como Steve fueron
infectados, sufriendo, perdiendo poco a poco su humanidad…
—Para ya —le dijo Rebecca, y él se bajó de la mesa que habían
empujado hasta la esquina.
Él medio sabía a qué se refería ella, pero no estaba preparado
para admitirlo. Rebecca tenía la capacidad de adivinar sus pensamientos en el
peor momento posible.
—¿Qué pare de qué?
Rebecca se le acercó, mirándolo fijamente a los ojos y tapando
un poco el haz de su linterna.
—Sabes de qué hablo. Tienes esa mirada, y la conozco. Te estás
diciendo que todo esto es culpa tuya. Que si hubieras actuado de un modo
diferente, ellos todavía estarían aquí.
Él lanzó un suspiro.
—Te agradezco tu preocupación, pero éste no es el momento más
apropiado para…
—Sí, sí que lo es —le contestó, interrumpiéndolo—. Si vas a
empezar a echarte la culpa, no pensarás con la claridad necesaria. Ya no somos
los STARS, y tú ya no eres el capitán de nadie. No es culpa tuya.
Claire se había acercado hasta ellos, y en sus claros ojos
grises se podía ver una mirada de curiosidad y de interés a pesar de la
expresión de preocupación que mostraban sus delicados rasgos.
—¿Piensas que es culpa tuya? No lo es. Yo no lo pienso.
David levantó ambas manos.
—¡Dios, vale! No es culpa mía, y podremos pasar un rato
analizando de lo que sí soy responsable cuando salgamos de aquí, pero, de
momento, por ahora, ¿podemos concentrarnos en el problema que tenemos delante?
Ambas jóvenes asintieron, y aunque se alegraba de haber detenido
la sesión de terapia antes de que hubiera empezado, se dio cuenta de que no
sabía qué hacer a continuación, qué tareas encargarles aparte de las que ya
habían realizado, cómo iban a resolver aquella crisis, qué decir o cómo
decirlo. Era un momento terrible. Estaba acostumbrado a tener algo contra lo
que luchar, algo frente a lo que reaccionar o contra lo que disparar o contra
lo que planear, pero su situación parecía ser estática, parecía haberse
estancado. No existía un camino claro para resolver el problema, y aquello era
todavía peor que la culpabilidad que sentía por su falta de previsión.
Y justo en ese momento, oyó el distante zumbido de un
helicóptero que se acercaba, un lejano palpitar que no podía ser otra cosa… y
aunque hasta cierto punto era una solución, era la peor de todas.
Ningún lugar donde ponerse a cubierto excepto este conjunto de
edificios, y nunca lograríamos regresar a la furgoneta, sólo tenemos dos o tres
minutos…
—Tenemos que salir de aquí —dijo David mientras comenzaba a
pensar en todo lo que tendrían que hacer si querían tener una oportunidad de
sobrevivir, incluso cuando ya estaban corriendo hacia la puerta.
Los trabajadores fueron pan comido. Se produjeron algunos
momentos tensos cuando los levantaron de sus camastros en las habitaciones a
oscuras, pero todo había transcurrido sin incidentes. Aun así, John había
observado con cuidado a dos de ellos cuando los había conducido hasta la
cantina, donde León seguía vigilando a los jugadores de cartas. Eran, sobre
todo, dos en concreto; ambos tipos musculosos con aspecto de dárselas de
machote, y un individuo flaco y nervioso de ojos hundidos que al parecer no podía
parar de lamerse los labios. Era algo compulsivo: cada pocos segundos su lengua
salía disparada, se movía velozmente entre los labios y luego desaparecía
durante unos cuantos segundos. Inquietante.
Sin embargo, no había tenido problemas. Había catorce hombres,
pero ninguno tuvo ganas de ponerse a jugar a ser el héroe después de que John
les diera unas cuantas razones. Había sido breve y claro:
—Hemos venido en busca de algo, no tenemos intención de herir a
nadie, sólo queremos que os mantengáis al margen mientras estamos aquí. No
seáis estúpidos y no os pegaremos un tiro.
Bien fuera por la lógica del asunto o por el M-16, aquello había
sido suficiente para convencerles de que sería mejor no discutir.
John se quedó en la puerta que daba al extenso pasillo, de
espaldas a ella mientras vigilaba al grupo de aspecto infeliz que estaba
sentado en mitad de la gran sala, alrededor de una larga mesa. Unos cuantos
parecían cabreados, otros parecían atemorizados, y la mayoría parecían
cansados. Nadie dijo una palabra, lo que dejó aliviado a John. No quería tener
que preocuparse de que alguien provocara un incidente.
A pesar de la certidumbre razonable que sentía de que todo iba
bien, le alegró oír el ligero golpeteo en la puerta. León sólo había estado
ausente unos cinco minutos, pero le había parecido mucho más tiempo. Entró con
un trozo largo de cadena y un par de perchas de alambre.
—¿Algún problema? —le preguntó León en voz baja. John negó con
la cabeza sin dejar de observar al grupo, que se mantenía en silencio.
—Han estado tranquilos y callados —le contestó—. ¿Dónde has
encontrado la cadena?
—En una caja de herramientas que estaba en una de las
habitaciones.
John asintió, y luego habló más alto, sin dejar de mantener un
tono de voz tranquilo.
—Muy bien, señores, estamos a punto de irnos. Les agradecemos su
paciencia…
León le dio un ligero codazo.
—Pregúntales si Reston está aquí —le dijo con un susurro.
John suspiró.
—¿Crees que nos lo van a decir a nosotros?
El joven se encogió de hombros.
—Merece la pena intentarlo, ¿no? Cosas más raras han pasado…
John carraspeó para aclararse la garganta antes de hablar de
nuevo.
—¿Está un individuo llamado Reston entre ustedes? Tenemos que
hacerle una pregunta. No pretendemos hacerle daño.
Los hombres se los quedaron mirando a los dos, y John se
preguntó, por un instante, si sabían lo que estaban haciendo allí. No parecían
nazis, sino un puñado de currantes. Tipos que trabajaban a base de bien y a los
que les gustaba tomarse un par de cervezas después de un día de trabajo duro.
Eran, eran… tíos.
¿Y qué aspecto tenían los nazis? Esta gente es parte del
problema, trabajan para el enemigo. No van a ayudarnos…
—Azul no está aquí.
Era un tipo grande con barba, que sólo llevaba puesta una
camiseta y unos calzoncillos largos, uno de los individuos que John había
estado vigilando más de cerca. Tenía la voz carrasposa y parecía irritado. Su
cara seguía hinchada por el sueño.
John miró a León, sorprendido, y vio que el novato tenía esa
misma expresión en el rostro.
—¿Azul? —preguntó John—. ¿Se refiere a Reston?
Un hombre que estaba sentado en el otro extremo de la mesa, de
cabellos largos y manos manchadas de grasa asintió.
—Sí. Y es el señor Azul para ti.
El sarcasmo era evidente. Algunos de los miembros del grupo
intercambiaron miradas de odio… y un par de risas flojas.
Trent dijo que Reston es uno de los tipos importantes. Y casi
todo el mundo odia a su jefe… ¿pero hasta el punto de meterse con él delante de
un par de terroristas?
Reston debía ser realmente impopular.
—¿Hay algún otro que trabaje aquí y que no esté en esta
habitación? —les preguntó León—. No queremos sorpresas…
La implicación era obvia, pero también era obvio que no iban a
sacar nada más de los empleados allí reunidos. Puede que odiaran a Reston, pero
John pudo darse cuenta por sus brazos cruzados y por sus miradas que no iban a
hablar de uno de sus compañeros. Si es que había alguien más en las
instalaciones, algo que él dudaba mucho. Trent había dicho que había poco
personal…
Lo que significa que probablemente fue Reston el que nos hizo
bajar, lo que significa que podríamos matar dos pájaros de un tiro si lo
encontramos: tendríamos el libro y le obligaríamos a poner el ascensor en
funcionamiento otra vez. Encerramos a Reston en algún cuartito, regresamos con
David y las chicas, y nos vamos antes de que ocurra algo inesperado de nuevo.
John le hizo un gesto de asentimiento a León con la cabeza y
empezaron a retroceder hacia la puerta. John se dio cuenta de que no quería
irse sin más, que sentía algo parecido a la comprensión por aquellos hombres a
los que había sacado casi a rastras de la cama. No mucha, pero al menos,
alguna.
—Vamos a cerrar del todo esta puerta —les dijo—, pero estarán
bien hasta que la compañía envíe a alguien. Tienen comida… y si no les importa
que les dé un pequeño consejo, escuchen con atención: los de Umbrella no son
los buenos. Les paguen lo que les paguen, no es suficiente. Son unos asesinos.
Las miradas sin expresión los siguieron hasta que salieron del
lugar. León cerró la puerta doble y comenzó a montar el cierre improvisado,
metiendo la cadena por los tiradores y doblando las perchas para unirla. John
se acercó unos cuantos pasos hasta la siguiente esquina y miró a lo largo del
extenso pasillo gris en el que habían entrado al salir del ascensor. Podían
continuar el camino que habían tomado al principio para seguir buscando a
Reston. Había otra esquina no muy lejos de la zona de descanso del personal…
Pero no está por ahí —pensó al recordar el ruido que creyó oír
cuando bajaron del ascensor—. Está en algún lugar del sitio por donde vinimos.
León acabó de asegurar la cadena que cerraba las puertas y se
acercó a él, con la cara un poco pálida, pero todavía entero.
—Ya, ahora qué… ¿Nos ponemos a buscar a Reston?
—Sí —le respondió John, pensando que el chaval lo estaba
haciendo bastante bien, teniendo en cuenta las circunstancias. No tenía
demasiada experiencia, pero era listo, tenía agallas, y no se arredraba bajo la
tensión—. ¿Estás bien?
León asintió.
—Sí. Yo sólo… ¿Crees que están bien allí arriba?
—No, creo que se les está helando el culo de esperarnos —le
contestó John con una sonrisa, y esperó que fuese así: que Reston, después de
anular el sistema del ascensor, no hubiese soltado a los perros o cualquiera
que fuese el equivalente que tenía aquel lugar.
O que hubiese llamado pidiendo ayuda…
—Vamos a lo nuestro —le dijo John, y León volvió a asentir. Se
dieron la vuelta para recorrer otra vez el pasillo por donde habían venido para
resolver la situación.
Capítulo 10
Salieron a la oscuridad de la noche, con el batir de los rotores
del helicóptero sonando cada vez más cerca. Rebecca vio sus luces a menos de un
kilómetro al noroeste, vio que estaba inmóvil en el aire, con el reflector
apuntando a la llanura desértica.
La furgoneta, han descubierto la furgoneta.
Claire también se había percatado de aquello, pero David estaba
mirando a los edificios parecidos a almacenes que estaban a su espalda a la vez
que se descolgaba el rifle del hombro, con su intensa mirada estudiando su
disposición. Rebecca apenas podía verlo con la pálida luz de la luna.
—Tendrán que posarse en el exterior de este lugar, al otro lado
de la valla —les explicó—. Seguidme, y manteneos cerca de mí.
Empezó a trotar hacia la oscuridad, con el sonido de las hélices
del helicóptero aumentando a su espalda.
Dios, espero que pueda ver mejor que yo, pensó Rebecca empuñando
con fuerza su pistola de nueve milímetros, sintiendo el frío metal contra sus
dedos ateridos. Ella y Claire empezaron a correr detrás de David, que se
dirigía hacia una de las estructuras a oscuras, en concreto la segunda de la
izquierda en la hilera de cinco. No sabía la razón por la que había escogido
aquélla, pero David tendría algún motivo, siempre lo tenía.
Corrieron hacia el espacio en negro que se abría entre el primer
y el segundo edificio, unos cinco metros de sedimento árido y prensado que se
extendía por delante de ellos hasta una distancia indeterminada. El aire helado
le abrasaba los pulmones, y salía en vaharadas de vapor que ella no podía ver.
El tronar del helicóptero ahogó el sonido de sus pasos y le impidió oír la
mayor parte de lo que David le estaba diciendo mientras se paraba, con una
puerta a cada lado de donde ellos estaban.
—… escondernos hasta que… no podemos… volver…
Rebecca negó con la cabeza y David lo dejó, girándose hacia la
izquierda y señalando con su arma la puerta del primer edificio. Rebecca y
Claire le siguieron. Rebecca se preguntó qué estaba tramando. Si la gente del
helicóptero aterrizaba para empezar a buscar, cosa que harían sin duda, la
puerta acribillada a balazos les delataría. Parecía estar hecha a base de
alguna clase de plástico de alta densidad, pero no destacaba por ninguna otra
característica. Tenía un tirador y una cerradura en vez de una apertura por
tarjeta. El edificio en sí parecía construido con cierto tipo de material de
estuco, sucio y polvoriento, y no se podía distinguir su color. La estructura
que estaba detrás de ellos presentaba el mismo aspecto. Ninguno de los dos
tenía ventanas.
El haz del foco del helicóptero estaba recorriendo la valla
situada en la parte delantera del complejo, y su resplandor iluminaba la fría
noche como una llama brillante. Unos torbellinos de polvo se alzaban en el
aire, ensuciándolo, y Rebecca pensó que quizá tenían un minuto como máximo
antes de que los encontraran. El lugar tampoco era tan grande.
¡Bang-bang-bang-bang!
La mayor parte del ruido quedó ahogado por el rugido del motor
del helicóptero. Rebecca pudo ver la fila de agujeros incluso en la oscuridad,
todos concentrados alrededor de la cerradura. David dio unos pasos y le propinó
una fuerte patada a la puerta, luego otra… y salió despedida hacia dentro,
convertida en un hueco negro en la pared.
El rayo de luz volvió a pasar por encima del complejo de
edificios, y la panza hinchada del helicóptero les sobrevoló casi por encima
mientras el foco iluminaba el otro lado del primer edificio. El bramido de su
motor y la tremenda polvareda que estaba levantando le hicieron sentir a
Rebecca como si la Muerte se estuviese acercando. No la muerte de todos los
días, sino la Muerte con mayúscula, esa bestia mitológica de poder
inmisericorde y decisión inamovible…
David se giró y las tomó a ella y Claire de la mano,
empujándolas con firmeza hacia la puerta abierta. En cuanto la cruzaron, les
indicó con un gesto que se detuvieran y que le esperaran. David desenfundó su
pistola, cruzó al trote el espacio abierto, y se quedó de pie cerca de la
puerta del segundo edificio. Giró su cuerpo un poco y… ¡BANG!
El proyectil de nueve milímetros resonó con mayor fuerza que el
calibre 5.65 del rifle automático, pero apenas se oyó cuando el helicóptero
comenzó a recorrer la hilera donde se encontraba, y la puerta salió disparada
hacia dentro. David se metió en el interior de un salto, justo en el momento
que el foco iluminaba el terreno que los separaba. Medio segundo más tarde, y
la luz cegadora lo habría enfocado. Los casquillos de los disparos de David
quedaron perdidos, por suerte, en mitad de aquel torbellino de nubes de polvo
que los azotaban y que les hacía difícil respirar. Se giró y vio que Claire
había metido la cara dentro de su camiseta negra, y la imitó. El aire frío y
lleno de partículas de tierra quedó filtrado por la lana, y a pesar del ruido
ensordecedor, Rebecca pudo percibir el sonido de los latidos de su corazón,
veloces y atemorizados, en los oídos.
Un segundo más tarde, la luz pasó de largo. Otro segundo
después, el polvo pareció comenzar a asentarse, aunque era difícil de decir
debido a la oscuridad. La repentina ausencia de luz implicaba que sus ojos
tendrían que acostumbrarse de nuevo a la oscuridad…
—¿Estás bien?
Rebecca dio un salto a causa del susto cuando David le gritó
prácticamente delante de la cara, sin ser más que una sombra justo enfrente de
ella. Claire dejó escapar un pequeño grito.
—¡Lo siento! —les dijo David—. ¡Vamos! ¡Al otro edificio!
Rebecca, que apenas veía nada, salió trastabillando, con Claire
a su lado. David se colocó a sus espaldas, tocándoles los hombros para guiarlas
hacia el segundo edificio. El helicóptero todavía se estaba alejando de ellos,
en dirección sur, pero se quedaría sin nada que observar en muy poco tiempo, y
entonces aterrizarían y se acercarían a registrar el lugar. Todos sabían que el
helicóptero era de Umbrella; la única duda era saber cuántos hombres habían
enviado, y si los capturarían para interrogarlos o los matarían directamente.
Cuando atravesaron la puerta del segundo edificio, Rebecca se
dio cuenta de lo que David había hecho. Los sicarios de Umbrella verían la
primera puerta acribillada a balazos y supondrían que su objetivo se había
escondido allí.
Y sólo hizo un disparo a la cerradura de la puerta de este
edificio. Al final acabarán viendo el agujero, pero eso nos da algo más de
tiempo…
O eso esperaba ella. La oscuridad era casi tan fría como la del exterior,
y olía a polvo acumulado. Apareció una pequeña fuente de luz: la linterna que
David estaba tapando con una mano, y que les sirvió lo justo para ver que
estaban rodeados de cajas. Cajas grandes, cajas pequeñas, de cartón y de
madera, apiladas en estanterías y en el suelo hasta el techo inclinado. En el
breve instante que David iluminó con la linterna la enorme estancia, vieron que
tenía que haber miles de cajas.
—A ver qué puedo hacer con la puerta y para cortar las luces
—dijo David—. Buscad un sitio donde escondernos. Es nuestra mejor opción hasta
que sepamos cuántos son y qué táctica van a emplear. Puede que tengan visores
nocturnos, no nos sirve el suelo. Tiene que ser en lo alto y en una esquina. Lo
mejor serían las estanterías. ¿Entendido?
Ambas asintieron y la luz se apagó, dejándolos a todos en la
oscuridad más absoluta. Antes, al menos, podía distinguir las siluetas y las
sombras. En ese momento, Rebecca no era capaz de ver ni siquiera la mano que
puso delante de su cara.
—¿Qué esquina? —susurró Claire, como si la helada oscuridad en
la que se encontraban exigiera silencio.
Rebecca alargó una mano, encontró la de Claire y la colocó en su
propia espalda.
—A la izquierda. Vamos hacia la izquierda hasta que tropecemos
con algo.
Oyó un susurro de movimientos a sus espaldas: era David que se
afanaba con sus preparativos. Rebecca inspiró profundamente, puso las manos por
delante de ella y comenzó a avanzar lentamente.
Todas las puertas que daban al pasillo estaban cerradas con
llave, a excepción de un pequeño trastero situado más allá del ascensor. Allí
no encontraron absolutamente nada de interés, a no ser que las estanterías
repletas de rollos de toallas de papel y montones de vasos de plástico fueran
algo interesante. Intentaron de nuevo poner en marcha el ascensor, pero no hubo
suerte, y no encontraron ninguna caja de fusibles ni ningún mando manual de
control cerca del mismo. No se sorprendió, pero León sintió una punzada de
inquietud. Los otros tres ya tendrían que estar realmente preocupados…
¿Y tú no lo estás? ¿Qué pasa si ha ocurrido algo malo allí
arriba? Quizá la zona de pruebas de este lugar está allí arriba precisamente. Y
quizá Reston ha soltado a algunos de los especímenes guerreros de Umbrella, y
Claire está ahora mismo…
—¿Qué te parece que si nos encontramos con otra puerta cerrada
con llave utilicemos las granadas? Yo tengo dos —le dijo John con un tono de
voz irritado.
Acababan de intentar abrir la novena puerta del silencioso
pasillo, y casi habían llegado a la esquina situada más al norte. Por lo que
sabían, era posible que ya hubiesen pasado de largo del sitio donde estaba
Reston, o del corredor que les podía llevar hasta él.
—Al menos, veamos lo que hay al otro lado de la esquina antes de
empezar a hacer saltar cosas por los aires —le contestó León, aunque él también
estaba perdiendo la paciencia. No es que le importara dañar la propiedad de
Umbrella, no, pero es que aquélla no era su prioridad: quería reunir al equipo
lo antes posible. Ya habían decidido que si no lo encontraban en poco tiempo,
regresarían a la cantina e intentarían que uno de los trabajadores arreglara el
ascensor, y que Reston se fuera al diablo. La misión sería un fracaso, pero al
menos todos estarían vivos para luchar otro día.
Eso suponiendo que todos continuemos con vida…
Llegaron a la esquina y se detuvieron. John alzó su M-16 y bajó
la voz.
—¿Te cubro?
León asintió, y se acercó más a la pared interna.
—A la de tres. Una… dos… tres…
Se alejó un paso de la pared con toda rapidez y se agachó
apuntando con su semiautomática al extremo occidental del pasillo al mismo
tiempo que John se asomaba con el rifle por la esquina. El pasillo era mucho
más corto, no llegaba a veinte metros, y acababa en una estancia abierta y sin
puerta. Había una puerta a la izquierda… y alguien cruzó el espacio abierto en
el extremo del pasillo, la silueta presurosa de un hombre.
Reston.
León le vio, un tipo delgado, no demasiado alto, con unos
pantalones vaqueros y una camisa de trabajo de color azul. El señor Azul, justo
como lo habían descrito…
—¡Alto! —gritó John.
Reston se giró, asombrado… y desarmado. Vio el M-16 y se alejó
casi de un salto de la puerta de doble hoja, quizás en dirección a una salida…
León echó a correr, moviendo los brazos para conseguir mayor velocidad, pero
John le sobrepasó a plena carrera. Llegaron a la habitación en un instante, y
allí estaba Reston, intentando abrir desesperadamente una puerta situada a la
derecha. Echó una mirada aterrorizada por encima del hombro cuando entraron en
tromba en la estancia, con los ojos abiertos de par en par por el pánico.
—¡No se abre! —gritó con una voz cargada de histeria—. ¡Abra la
puerta!
¿Con quién habla?
—Déjalo ya, Reston —le dijo John con voz ronca…
Una compuerta metálica a sus espaldas bajó hasta cerrar la abertura,
encerrándolos en la habitación con un chasquido tremendo. León bajó la vista, y
se dio cuenta de que el suelo era de acero… y sintió la primera punzada de
intranquilidad.
Reston se giró con los brazos en alto y sus delgados rasgos
deformados por el miedo.
—Yo no soy él, no soy Reston —balbuceó, y su pálida faz se
cubrió de sudor…
Detrás de ellos apareció una cara en la ventanilla de la
compuerta de metal, con los rasgos deformados por la gruesa hoja de plexiglás,
pero que obviamente estaba sonriendo. Era un hombre mayor, vestido con un traje
de color azul oscuro…
Oh, no…
El individuo desvió la mirada un momento, alargó la mano para
tocar algo que León no pudo ver… y una voz suave y culta llegó a la habitación
procedente de un altavoz colocado en el techo.
—Lo siento, Henry —dijo el hombre, con la cara deformada por el
cristal— Permítanme que me presente: me llamo Jay Reston. Quienesquiera que
sean, me alegro mucho de haberles conocido. Bienvenidos al programa de pruebas
de Planeta.
León miró a John, quien no había dejado de apuntar con su rifle
al casi histérico Henry. Él le devolvió la mirada, y León pudo ver en sus ojos
negros que John empezaba a darse cuenta de la situación a la vez que él mismo.
Estaban metidos hasta el cuello en la mierda.
¡Sí!
Reston empezó a reírse a carcajadas. Los pistoleros estaban
atrapados, y los tres de la superficie probablemente ya habrían sido eliminados
por los equipos enviados por Umbrella. Había logrado manejar la situación, y lo
había hecho de un modo magnífico.
Claro que no es tan divertido si no tienes a nadie cerca para
que lo aprecie… pero también tengo una audiencia atrapada, ¿verdad?
—No estaba previsto iniciar el programa hasta dentro de
veintitrés días —dijo Reston, sonriendo de oreja a oreja, mientras ya se
imaginaba la expresión del hinchado rostro de Sidney—. Llegado ese momento, iba
a poner en marcha la prueba inicial de nuestro programa, cuidadosamente
diseñado, para un grupo de gente extremadamente importante. Iba a incluir sólo
especímenes, no habíamos planeado utilizar humanos en las distintas fases
todavía, y mucho menos soldados. Pero ahora, gracias a vosotros, podré mostrarle
a mis invitados una grabación de vídeo de la razón para la que fueron creados
nuestros especímenes. Siento deciros que vuestros amigos de la superficie ya
habrán sido capturados a estas horas, pero creo que vosotros tres seréis
suficientes. Sí, creo que lo haréis bastante bien.
Reston se echó a reír otra vez, incapaz de contenerse.
—Quizá queráis matar a Henry antes de empezar. Al fin y al cabo,
sólo será una carga para vosotros, y ha sido él quien os ha atraído, ¿verdad?
—¡Cabrón!
Henry Cole se apartó de la pared y entonces se abalanzó hacia la
compuerta. Empezó a golpearla con los puños, pero los cinco centímetros de
metal ni siquiera resonaron o se estremecieron.
Reston meneó la cabeza, sin dejar de sonreír.
—Lo siento, de verdad, Henry. Te echaremos mucho de menos. No
acabaste de arreglar el sistema de intercomunicadores, ¿verdad? O el sistema de
audio… Al menos, conectaste éste, y te estoy muy agradecido por ello. ¿Se me
oye con claridad ahí dentro? ¿No hay interferencias ni chasquidos?
Fuese cual fuese la rabia demoníaca que se había apoderado del
electricista, desapareció, y el hombre se derrumbó contra la compuerta,
respirando de forma jadeante. El más grande de los dos hombres armados, el tipo
musculoso de piel oscura que llevaba el rifle automático, se acercó hasta la
ventana con una expresión amenazadora.
—No vas a hacernos pasar por ninguna de tus pruebas —le dijo,
con su voz profunda y temblorosa por la rabia—. Adelante, mátanos, porque no
estamos solos… y Umbrella va caer, y no importa si nosotros vamos a estar
presentes o no para verlo.
Reston suspiró
—Tienes razón en lo de que no vais a estar presentes. En cuanto
al resto… sois algunos de esos miembros de los STARS, ¿verdad? Vosotros y
vuestros ataques ridículos no son nada para nosotros. Sois unos mosquitos, una
simple molestia. Y participaréis aunque no queráis…
—Participa de esto —le respondió John, y se agarró la
entrepierna. El gesto fue inconfundible a pesar de la gruesa hoja de plexiglás.
Qué vulgar y soez. Los jóvenes de hoy no tienen ningún respeto
por sus mayores…
—John, ¿por qué no utilizas una de tus granadas? —dijo el otro
hombre con voz tranquila, y Reston suspiró de nuevo.
—Las paredes son de acero recubierto de escayola, y la compuerta
puede aguantar mucho más de lo que podáis llevar encima. Sólo lograréis volaros
a vosotros mismos en pedazos. Sería una pena, pero si tenéis que hacerlo,
hacedlo.
No parecieron capaces de ofrecer una respuesta ingeniosa a
aquello. Nadie habló, aunque Reston siguió oyendo los jadeos de Cole a través
del intercomunicador. De todas maneras, ya se había cansado de pincharlos. Los
equipos de superficie le llamarían a la sala de control en poco tiempo, y debía
estar allí.
—Caballeros, si me disculpan —les dijo—. Debo atender a otros
asuntos, como por ejemplo, soltar a nuestras mascotas para que entren en sus
nuevos hogares. Sin embargo, estén tranquilos, porque seguro que estaré
observando su debut. Al menos intenten superar las dos primeras fases, si
pueden.
Reston se apartó de la ventana, se acercó al panel de control de
su izquierda, e introdujo el código de activación. Uno de los individuos
comenzó a gritar que no estaban dispuestos a hacerlo, que no podía obligarlos…,
y en ese momento, Reston pulsó un botón verde y grande, el que al mismo tiempo
abría la compuerta que daba a Uno y liberaba un gas lacrimógeno en la pequeña
antesala desde unas aberturas en el techo. Regresó a la ventanilla, interesado
por ver lo efectivo que era el proceso.
Una neblina blanca descendió en pocos segundos desde lo alto,
ocultando a los tres hombres. Reston escuchó sus gritos y cómo empezaban a
toser, y un segundo más tarde distinguió el chasquido de la otra compuerta al
bajar, lo que significaba que habían pasado al otro lado. Las placas de presión
del suelo, al quedar desactivadas, pusieron en marcha un sistema de ventilación
del lugar que vació la habitación de gas en menos de un minuto.
Muy bonito. Tendría que acordarse de felicitar al diseñador que
hubiera recomendado semejante sistema.
—Tomaré nota —le dijo Reston a la habitación vacía.
Se alisó las solapas del traje y se dio media vuelta para
dirigirse a la sala de control, emocionado por ver cómo se comportarían
aquellos individuos frente a las nuevas adquisiciones de la familia Umbrella.
Capítulo 11
A Cole no le quedó más remedio que seguir tambaleante a los
asesinos, medio asfixiado y sintiendo náuseas, con el corazón lleno de odio y
miedo. Reston le había abandonado a una muerte segura, el tipo incluso había
animado a los asesinos para que lo mataran. Ya no sabía si realmente eran
asesinos, no sabía quiénes se suponía que eran esos STARS, no sabía nada aparte
de que le escocían los ojos y que no podía respirar.
Al menos, que lo hagan con rapidez, por favor, que sea rápido e
indoloro…
Atravesaron la abertura que llevaba a Uno, y la compuerta se
cerró con un chasquido a su espalda. Cole se apoyó en el frío metal mientras
intentaba recuperar el aliento y las lágrimas salían por debajo de sus párpados
cerrados. No quería ver cómo apretaban el gatillo, preferiría no tener que
sufrir el suspense antes de morir. Morir en sí ya le parecía bastante malo.
Quizá simplemente me dejen aquí.
La pequeña esperanza que aquella idea le trajo fue aplastada
inmediatamente cuando una mano grande y ruda lo agarró por el brazo y lo
sacudió.
—¡Eh, levanta!.
Cole abrió a regañadientes sus ojos llorosos, parpadeando con
rapidez. El hombretón negro lo estaba mirando desde arriba, y parecía estar lo
bastante cabreado como para empezar a golpearle. Su rifle estaba apuntándole al
pecho.
—¿Quieres explicarme qué cojones es este sitio?
Cole se aplastó contra la puerta. Su voz salió a borbotones,
tartamudeante.
—Fase Uno. El bosque.
El hombre puso los ojos en blanco.
—Sí, el bosque. Eso ya lo veo. Pero ¿por qué?
¡Dios, es enorme!
El tipo tenía músculos encima de los músculos. Cole sacudió la
cabeza, seguro de que iba a recibir una gran paliza, pero sin saber con
seguridad qué era lo que le estaba preguntando.
El otro se acercó hasta ellos, con aspecto de estar más molesto
que furioso.
—John, Reston también le ha jodido a él. ¿Cómo te llamabas?
¿Henry?
Cole asintió, intentando desesperadamente no cabrear a nadie.
—Sí, Henry Cole. Reston me dijo que habíais venido a matarlo, y
me dijo que me quedara allí, que sólo iba a encerraros, juro por Dios que no
sabía que iba a hacer esto…
—Tranquilo —le dijo el hombre más pequeño—. Me llamo León
Kennedy, y él es John Andrews. No hemos venido aquí a matar a Reston…
—Aunque deberíamos haberlo hecho —murmuró John mirando a su
alrededor.
León continuó hablando como si John no hubiera dicho nada.
—… ni a nadie. Sólo queríamos algo que se supone que Reston
tiene, eso es todo. Bien, ¿qué puedes decirnos de ese programa de pruebas?
Cole tragó saliva, y se limpió la cara de lágrimas. León parecía
sincero…
Además, ¿qué otras opciones tienes? Puedes dejar que te
disparen, que te dejen aquí solo o cooperar con estos tíos. Tienen armas, y
Reston dijo que los especímenes de prueba habían sido diseñados para luchar
contra personas, y ¡oh mierda! ¿cómo me he metido en este follón?
Cole miró a su alrededor, a la fase Uno, y se quedó sorprendido
de lo diferente que parecía, ahora que estaba allí encerrado, lo… amenazante.
Los enormes árboles artificiales, los arbustos de plástico y los leños
sintéticos caídos en el suelo. Con la tenue luz y la atmósfera cargada de
humedad, con las paredes oscuras y el techo pintado, casi parecía un bosque de
verdad en mitad de la caída de la noche.
—No sé demasiado —les dijo Cole, mirando a León—. Hay cuatro
fases: bosque, desierto, montaña y ciudad. Todas son bastante grandes, del
tamaño de dos campos de fútbol pegados por los lados anchos, no me acuerdo de
las medidas exactas. Se dice que tienen que ser hábitats apropiados para esos
animales híbridos de prueba. Incluso les iban a proporcionar animales vivos,
como ratones, conejos y cosas así. Umbrella está poniendo a prueba alguna clase
de control de enfermedades, y se suponía que los animales de prueba, con un
sistema circulatorio muy similar al humano, o algo así, serían un buen material
de estudio…
Se fue quedando callado al darse cuenta de la mirada que los dos
hombres habían intercambiado cuando empezó a hablar de las criaturas de prueba.
—¿De verdad te has creído todo eso, Henry? —le preguntó John con
una expresión neutral en su rostro, al parecer sin estar cabreado ya.
—Yo… —comenzó a decir Cole, pero cerró la boca y se quedó
pensativo.
Pensó en el sueldo increíble y en la política de la empresa de
no preguntar sobre nada de nada. Sobre las preguntas que les hacía cualquiera
que fuese la persona encargada de supervisar los trabajos…
¿Te gusta trabajar aquí? ¿Crees que te están pagando lo
bastante?
… y sobre las celdas… y sobre las correas para atar…
—No —dijo, y sintió una oleada de vergüenza por su ignorancia
deliberada. Debería haberlo sabido. Lo hubiera sabido si se hubiera atrevido a
mirar con más atención—. No, no me lo creo. Ya no.
Ambos desconocidos asintieron, y Cole se sintió aliviado al ver
que John cambiaba ligeramente la posición de su rifle y apuntaba en otra
dirección.
—Entonces, ¿sabes cómo salir de aquí? —le preguntó John.
Cole afirmó con la cabeza.
—Sí, claro que sí. Todas las fases tienen unas puertas que las
conectan. Están en esquinas alternas. Tienen un pestillo, pero nada de llaves o
así, excepto la última, Cuatro, que tiene un cerrojo por la parte de fuera.
—Así que la primera puerta a la que queremos llegar está por
ahí, ¿no? —le preguntó León señalando hacia el sureste. Estaban en la esquina
noroeste. Desde donde ellos estaban, la pared más alejada ni siquiera era
visible debido a la densidad del bosque falso. Cole sabía que había al menos un
claro de tamaño respetable, pero aun así, sería un pequeño paseo si querían
llegar al otro lado.
Cole asintió.
—¿Qué puedes decirnos de esos animales de prueba? ¿Qué aspecto
tienen? —inquirió John.
—Nunca los he visto. Yo sólo estaba aquí para montar cables, ya
sabéis, cámaras, conductos y cosas así. —Les miró a uno y a otro—. Pero tampoco
pueden ser tan malos, ¿verdad?
Las expresiones que vio en sus rostros no eran muy alentadoras.
Cole estaba punto de empezar a preguntarles a ellos qué le podían contar a él
cuando en el aire resonó un fuerte traqueteo metálico, como el de una
gigantesca puerta que estuviera siendo alzada. Llegaba procedente de sus
espaldas, de la pared occidental, y Cole sabía que las jaulas de los animales
estaban en esa zona…
Un segundo más tarde sonó un chillido agudo y penetrante que
atravesó el aire, un largo y gorjeante sonido al que se le unió rápidamente
otro, y otro más y otro, hasta que fueron demasiados como para poder
diferenciarlos.
También se oía un eco rítmico, tan fuerte que, por un momento,
Cole no pudo distinguir qué era… y cuando lo hizo, estuvo a punto de lanzar un
grito.
Alas. Era el sonido de unas gigantescas alas que batían el aire.
Estaban a cinco metros por encima del suelo, sobre una doble
fila de cajas de madera en una esquina del almacén. Incluso el más mínimo
movimiento los hacía tambalearse un poco, lo que intranquilizaba bastante a
Claire.
No es suficiente que John y León hayan desaparecido, o que
estemos escondiéndonos de un puñado de matones de Umbrella. No, tenemos que
subirnos al Monte Precario en una nevera a oscuras. Como uno de nosotros
estornude demasiado fuerte, nos vamos todos al suelo.
—Esto es una mierda —susurró, tanto para romper el tenso
silencio como para desahogarse. El helicóptero había dejado de sonar en el
exterior, pero todavía no habían oído a nadie moverse fuera.
Se sorprendió al notar que el cuerpo de Rebecca, que estaba a su
lado, empezaba a temblar, y oyó una risita contenida: la joven bioquímica
estaba intentando impedirlo, y no lo estaba pasando bien. Claire sonrió,
sintiéndose satisfecha de un modo absurdo.
Pasaron unos cuantos segundos, y Rebecca consiguió hablar por
fin.
—Sí. Tienes tanta razón —y ambas tuvieron que contener las
carcajadas. Las cajas se balancearon suavemente.
—Por favor —dijo David con voz nerviosa. Él estaba encima de la
segunda pila de cajas, al otro lado de Rebecca.
Claire y Rebecca se calmaron, y de nuevo un silencio tenso y
expectante se apoderó de ellos. Estaban colocados en la esquina noroeste, ambas
tumbadas sobre sus estómagos, con las pistolas apuntando hacia la pared
enfrente de ellas, hacia la zona donde estaba la puerta. David les había dicho
que había dos puertas. Él estaba encarado hacia la que se encontraba al sur,
cubriendo aquella por la que habían entrado.
Las risitas liberadoras de tensión habían relajado un poco a
Claire. Seguía sintiendo frío, seguía teniendo miedo por John y por León, pero
la situación no le parecía tan terrible. Desde luego, era mala, pero se había
encontrado en circunstancias mucho peores.
En Raccoon City estaba sola. Además, tenía que cuidar de Sherry,
y el señor X nos perseguía, estábamos rodeadas por un cargamento de zombis de
mierda que tuvimos que atravesar, y también estábamos perdidas. Al menos, ahora
tengo una cierta idea de lo que ocurre y contra lo que nos enfrentamos. Incluso
un ejército de majaderos de gatillo fácil no es tan malo como no saber lo que
pasa…
Se oyó un ruido en el exterior del almacén. Alguien estaba
tirando de la puerta que Rebecca y ella tenían que cubrir: un tironeo rápido y
luego todo quedó en silencio de nuevo… excepto que Claire pudo distinguir el
sonido de unos pasos furtivos que resonaban sobre el suelo, fuera.
Están comprobando las puertas. Y si el truco de David con las
cerraduras no es convincente, o se les ocurre mirar con detenimiento…
Al menos, tenían a David cubriéndolas. Era un tipo increíble,
tranquilo y eficiente, y con la mente más ágil que ella jamás hubiera conocido.
Era como si supiese qué hacer, de un modo instantáneo, sin importar lo que
estuviese sucediendo. Incluso en aquel momento: David les había comentado que
probablemente realizarían un barrido directo, que empezarían por un extremo o
por el otro, y que registrarían los edificios por equipos.
Un estratega militar, sin duda.
Claire repasó mentalmente lo que les había dicho, que no era un
plan sino más bien una lista de «Y si pasa esto…». Aun así, tener algo en lo
que concentrarse era un alivio.
Si sólo entra un equipo, tres o menos individuos, nos quedamos
quietos y no nos movemos hasta que se vayan. Nos dirigimos hacia la puerta
contraria a por la que hayan salido y esperamos. Cuando oigamos que están al
otro lado, salimos y vamos hacia la valla. Si entran y nos descubren, les
disparamos. Abatimos a los demás uno por uno a medida que vayan entrando por la
puerta, luego bajamos y echamos a correr.
Si entran dos o más equipos, esperamos hasta que David lance su
granada y luego disparamos. Lo mismo si tienen gafas de visión nocturna: la
granada los cegará. Si logran contestar a nuestros disparos, bajamos por la
parte de atrás y utilizamos las cajas como cobertura…
Las otras variables desaparecieron cuando oyó que la otra puerta
se estremecía. Se estremecía… y luego era abierta de una patada. ¡Blam!
La puerta se abrió de par en par, y un rectángulo de pálida
claridad apareció en la penumbra. El brillante rayo de una linterna atravesó la
oscuridad, recorriendo por encima una hilera de cajas antes de volverse hacia
la puerta.
Se oyó un suave chasquido… y luego un exabrupto susurrado.
—¿Qué pasa? —dijo otra voz, también susurrando.
—No hay luces. —Se produjo una pausa—. Bueno, vamos. De todos
modos, probablemente estén en el otro edificio, no acabaron de abrir la
cerradura de esta puerta.
Gracias a Dios. Bien hecho, David.
Los dos iban a ponerse a registrar, pero ninguno sospechaba de
su presencia.
Apareció un segundo haz de linterna, y Claire pudo distinguir a
duras penas unas figuras humanas recortadas detrás de dos intensos focos de
luz. Ambos eran hombres por el tono de su voz. Comenzaron a avanzar, con los
haces de luz pasando de un lado a otro de los montones de cajas y similares.
Quédate quieta, no te muevas, espera. Claire cerró los ojos, sin
querer que ninguno de los dos hombres se sintiera observado. Una vez oyó decir
que ése era el truco para esconderse sin que te pillaran: no mirar.
—Yo miraré al sur —susurró una de las voces, y Claire se
preguntó si tendrían idea de lo bien que el sonido se desplazaba en los
espacios abiertos. Podemos oíros, idiotas. Una idea divertida, pero estaba
aterrada. Los zombis al menos no tenían armas.
Las luces se separaron. Una se alejó de ellos, y la otra comenzó
a acercarse. Menos mal que apuntaba hacia abajo. Quienquiera que fuese, no era
capaz de imaginarse que las personas podían subirse a las cajas.
Por mí, vale. Tú sólo date prisa y sal de aquí. Deja que nos
larguemos en silencio sin tener que pelear.
David dijo que regresarían a por John y León cuando los de
Umbrella se hubieran marchado. También comentó que probablemente dejarían un
guardia, quizá dos, pero que encargarse de un guardia sería mucho más fácil que
tener que enfrentarse a toda una escuadra…
Un rayo de luz iluminó el rostro de Claire, y el resplandor la
obligó a cerrar los ojos.
—¡Eh!
Un grito de sorpresa procedente de abajo, y luego… ¡bang!, un
disparo, y sintió tanto como oyó que algo debajo de ella cedía, a la vez que
Rebecca soltaba una exclamación cuando la pila de cajas comenzaba a caer hacia
atrás.
Claire se dio de espaldas contra la pared y se agarró a la caja
donde ellas habían estado tumbadas mientras oía todo un coro de gritos
procedente del exterior y veía el resplandor anaranjado de las ráfagas de
disparos del arma de David… y con un ruido estruendoso, todas las cajas cayeron
al suelo, y Claire se precipitó en la oscuridad.
John sintió que se le helaba la sangre cuando oyó aquel poderoso
aleteo y los gritos penetrantes. No le gustaban los pájaros, nunca le habían
gustado, y tener que enfrentarse a una bandada de pájaros de Umbrella, en un
bosque artificial y surrealista…
—Cojones —dijo, y alzó su M-16, apretando con firmeza la culata
de plástico contra su hombro.
León también estaba apuntando su arma a lo alto. El techo estaba
al menos a unos cinco metros de los árboles más altos, y lo habían pintado de
un color azul oscuro, como el atardecer. Los árboles tenían distintos tamaños,
desde los tres metros hasta los ocho o diez metros de altura, y John distinguió
en lo más alto de todos ellos unas «ramas» que claramente servían como perchas
para que se posaran los pájaros, y cada una tenía el grosor de una pelota de
baloncesto.
Esos pájaros deben de tener unas garras bastante grandes si
necesitan algo así para posarse…
El extraño gorjeo había cesado, y John ya no oía el sonido de
aleteo… pero se preguntó cuánto tardarían los pájaros en decidirse a buscar una
presa.
—Tienen que ser pterodáctilos —susurró Cole, con voz
temblorosa—. Dáctilos.
—Estás de broma —musitó John, y distinguió con su visión
periférica que el trabajador de Umbrella negaba con la cabeza.
—Quizá no son los de verdad, es sólo un sobrenombre que oí.
Era evidente que Cole estaba aterrorizado.
—Vamos hacia esa puerta —dijo León mientras comenzaba a entrar
en el falso y sombrío bosque.
Vaya que sí.
John empezó a seguirle, tres, cinco metros, intentando mantener
la vista alzada y mirar por dónde pisaba al mismo tiempo. Tropezó casi
enseguida cuando una de sus botas golpeó una roca de plástico, y logró a duras
penas no caerse completamente de bruces.
—Esto no va a salir bien —dijo—. Cole… ¿Henry?
Miró atrás y vio que Cole todavía estaba agazapado contra la
compuerta, con el rostro sudoroso y pálido mirando al cielo.
Al techo, maldita sea…
León se había parado y los estaba esperando, sin dejar de mirar
entre las ramas espaciadas entre sí.
—Te tengo cubierto —le indicó.
John deshizo el camino andado, furioso, frustrado y con una
sensación de tremenda incomodidad: estaban en un situación apurada. David y las
chicas podían estar luchando en ese mismo instante por sus vidas, allá en la
superficie, y él no estaba dispuesto a perder tiempo animando a un lacayo
aterrorizado de Umbrella. Aun así, no podían dejarlo allí atrás, no sin al
menos intentarlo.
—Henry. Eh, Cole.
John alargó la mano y le palmeó en el brazo, y Cole por fin bajó
la vista y lo miró. Sus ojos castaños estaban velados por el miedo, eso era
evidente.
John suspiró, y sintió un poco de pena por el individuo. Por
todos los diablos, tan sólo era un electricista, y parecía que la ignorancia
había sido su único crimen de verdad.
—Mira, entiendo que tengas miedo, pero si te quedas aquí, lo
único que vas a lograr es que te maten. León y yo ya nos hemos enfrentado antes
con las mascotas de Umbrella, así que lo mejor que puedes hacer es venir con
nosotros. Además, nos vendría bien tu ayuda. Tú conoces mejor este lugar que
nosotros. ¿Vale?
Cole asintió, tembloroso.
—Sí, vale. Lo siento. Es que yo… es que tengo miedo.
—Bienvenido al club. Los pájaros me dan escalofríos. Lo de volar
está muy bien, pero son tan raros, con esos ojos brillantes como cuentas de
vidrio, y esos pies escamosos… ¿Has visto alguna vez a un ratonero? Tienen
cabeza de escroto.
John fingió temblar de asco y miedo, y vio que Cole se relajaba
un poquito, y que incluso intentaba sonreír.
—Vale —dijo Cole de nuevo, esa vez con mayor firmeza. Fueron
caminando hasta donde León los estaba esperando, sin dejar de observar arriba.
—Henry, como nosotros tenemos las armas, ¿qué tal si te pones en
cabeza? —le sugirió John—. León y yo estaremos vigilando las alturas, así que
necesitaremos un camino despejado para no tener que preocuparnos de andar
tropezando con lo que haya por el suelo. ¿Crees que podrás hacerlo?
Cole asintió, y aunque todavía tenía un aspecto un poco pálido,
John se dio cuenta de que mantendría el tipo. Al menos, durante un rato.
Su guía se colocó delante de León y se dirigió aproximadamente
hacia el suroeste, siguiendo una retorcida senda a través del extraño bosque.
León y John lo siguieron, y John se dio cuenta rápidamente de que tener a Cole
de guía no representaba una gran diferencia.
Si no miras por dónde vas, te vas a caer —se dijo después de
tropezar por sexta vez con un «tronco» caído—. No hay forma de rodearlos.
Los dáctilos, como los llamaba Cole, todavía no habían aparecido
ni habían hecho ningún otro ruido. Mejor: John creía que cruzar un bosque de
plástico ya era tarea suficiente. Era una sensación muy extraña ver los árboles
y los arbustos de aspecto tan realista y notar la humedad en el aire… y darse
cuenta al mismo tiempo de que no había olores a tierra o a seres vivos, ni
brisa ni leves sonidos de movimiento, ni bichos. Era una experiencia parecida a
un sueño, y uno inquietante.
John seguía avanzando, con la vista fija en el entrecruzamiento
de ramas por encima de sus cabezas, cuando Cole se detuvo.
—Estamos… hay una especie de claro delante de nosotros —dijo.
León se giró frunciendo el ceño y miró a John.
—¿Lo rodeamos?
John avanzó un poco más y miró a través de los árboles,
distribuidos aparentemente al azar, para observar el claro. Tenía unos quince
metros de largo como mínimo, pero John prefería no pasar por allí: que un
pterodáctilo te atacara en picado no parecía nada divertido.
—Sí. Henry, gira a la derecha. Vamos a…
El resto de sus palabras se perdieron cuando un chillido agudo y
gorgoteante inundó todo el bosque antinatural, y una sombra marrón grisácea
apareció de repente en el claro y voló hacia ellos, extendiendo unas garras de
treinta centímetros de largo.
John vio unas alas de dos o tres metros de largo, cuyas puntas
de aspecto correoso acababan en unos garfios curvados. También distinguió un
pico aullante y lleno de dientes, un cráneo alargado y esbelto, unos ojos
negros y lisos del tamaño de platillos de café, brillantes…
Él y León empezaron a disparar cuando la criatura se posó en la
primera fila de árboles. Sus enormes garras abrieron varios surcos en el duro
plástico, y extendió sus grandes alas membranosas en un esfuerzo por mantener
el equilibrio…
¡Bang-bang-bang! Aparecieron unos cuantos agujeros en su delgada
piel y unos delgados hilos de sangre aguada comenzaron a salir de las
aberturas. El animal chilló, desde tan cerca que John no pudo oír el sonido de
los disparos, no pudo oír nada más aparte del chillido agudo y tembloroso… y la
criatura se dejó caer, aterrizando en el suelo oscuro, replegando las alas… Se
puso a caminar hacia ellos sobre sus codos, como un murciélago, avanzando a
saltitos entre los árboles acribillados, lanzando unos breves graznidos, casi
como ladridos. Otro aterrizó en el claro a su espalda, provocando una pequeña
brisa sin olor cuando cerró las alas. Abrió el pico y dejó al descubierto unos
pequeños dientes aserrados…
Esto va mal, mal, mal…
El animal que corría hacia ellos estaba a menos de dos metros
cuando John logró apuntarle a la cabeza, en el redondo ojo brillante, y apretó
el gatillo.
Capítulo 12
El más alto, John, apuntó con su rifle automático al Avi y
disparó una ráfaga. Los proyectiles, como un torrente de destrucción,
alcanzaron al dáctilo en su estrecho cráneo y destrozaron su parte posterior,
lanzando un chorro de fluidos oscuros que mancharon los árboles recién
pintados. Los dos ojos reventaron como globos llenos de agua.
Maldita sea. Poca resistencia. Es por culpa de los huesos
huecos… Reston observó cómo el otro pistolero apuntaba con su arma contra el
segundo dáctilo que se había posado en el claro. Incluso sin sonido, Reston
pudo ver que la pistola saltaba tres, cuatro veces, en la mano del individuo y
que los proyectiles impactaban al espécimen en su delgado pecho. El esbelto
cuello del dáctilo se agitó de un lado a otro en una temblorosa danza de
muerte, antes de desplomarse en el suelo, sangrando.
No vio posarse a ningún otro animal, pero los tres hombres se
batieron en retirada hacia lo profundo del bosque. El pobre Cole parecía estar
bastante desquiciado, con la boca abierta de par en par, como en un aullido
silencioso, y el cabello prácticamente pegado al cráneo por el sudor, con todos
los miembros temblando.
Se lo merece por no poner en marcha el sistema de audio. La
falta de sonido era irritante, aunque supuso que la grabación no perdería por
aquello. Todo el mundo sabía ya cómo sonaban las balas y los gritos.
Los tres se alejaban en dirección oeste. Reston cambió de
cámara, pasando de la que estaba colocada en el árbol a la que le daba una
panorámica desde la pared norte. Estaba claro que Cole intentaba llevarlos
hasta la puerta que daba a la otra fase… aunque también era evidente que ahora
había un segundo espacio abierto, y de mayores dimensiones, en su camino. Sin
embargo, al menos de momento, los dáctilos también se habían retirado. En
general, solían acercarse a los espacios abiertos. Los intrusos sólo habían
matado a dos de ellos, lo que significaba que quedaban seis especímenes sanos
para darles la bienvenida en la «pradera».
Reston había soltado a todas las criaturas en sus hábitats justo
después de que le llegara una llamada de un tal sargento Steve Hawkinson, el
hombre encargado de la operación en la superficie. Tan sólo había informado a
Reston de que dos equipos de Umbrella, nueve hombres incluido él, estaban
comenzando a rastrear el conjunto de edificios, y que el vehículo de transporte
había sido localizado. Todavía estaban en la zona a menos de que dispusieran de
un segundo vehículo, una posibilidad bastante remota. Reston le dijo que la
cámara de la entrada había sido inutilizada por uno de los intrusos, le ordenó
que le informara en cuanto se produjese cualquier novedad, y se preparó para
disfrutar del espectáculo.
Se sirvió otro coñac mientras miraba cómo los tres avanzaban
serpenteando a través de los árboles, con John apuntando hacia arriba, y el
otro vigilando las sombras que les rodeaban…
Él también necesita un nombre. Tenemos a Henry, a John y a…
¿Rojizo? Su pelo es algo rojizo…
No era así, pero serviría, lo mismo que «dáctilos» servía para
los Avi. Por supuesto, no existía ninguna clase de relación con los
pterodáctilos. «Av» se refería a aves, y de hecho, los dáctilos se parecían más
a los murciélagos que a ninguna otra cosa. Lo que ocurría es que ya existían
demasiados en la serie de mamíferos. Los criadores de especímenes, a petición
del propio Jackson, habían añadido nuevas especies en la clasificación para
lograr una mayor claridad, utilizando algunos de los contribuyentes de segundo
grado al registro genético de esa especie. Como, por ejemplo, los escupidores,
que estaban más cerca de las serpientes que de las cabras, pero que habían sido
designados Ca6, por copra debido a las pezuñas hendidas…
Y los dáctilos se parecen a los pterodáctilos, o al menos, al
concepto actual que tenemos de ellos, pensó Reston mientras miraba la pantalla
donde aparecía la entrada de la jaula. Dos de los animales permanecían dentro.
El cuerpo musculoso y ahusado, el estrecho pico, la curvatura ósea sobre la
parte superior de la cabeza, las alas fibrosas… Lo cierto es que eran bastante
elegantes, a su brutal modo. Los dos que se habían quedado dentro de la «cueva»
situada al otro lado de aquel escenario estaban evidentemente nerviosos,
caminando de un lado a otro sobre sus alas dobladas y agitando sus cabezas en
un vaivén permanente. Reston no sabía mucho de biología, pero sí sabía que
cazaban siguiendo el movimiento y el olor, y que sólo dos de ellos podían
abatir a un caballo en menos de cinco minutos.
Sin embargo, no son tan eficientes cuando se les dispara.
Tampoco es que supusiera mucha diferencia. Los Avi habían sido diseñados para
actuar en situaciones del Tercer Mundo, donde los machetes seguían siendo más
numerosos que los rifles. Era malo que murieran con tanta rapidez, y los
manipuladores se disgustarían por las pérdidas, pero de todas maneras hubieran
tenido que superar alguna clase de prueba frente a las armas de fuego. Y
hablando de eso…
Los tres hombres se estaban acercando al segundo claro y
saliéndose del ángulo de visión de la cámara. Ése sería el lugar donde los
dáctilos harían su jugada. Reston se inclinó para ver mejor, dándose cuenta de
que las imágenes que estaba grabando podrían acabar con su carrera… pero que a
pesar de ese hecho, estaba disfrutando a base de bien con todo aquello.
David empezó a disparar en cuanto el rayo de luz del sicario los
descubrió, y oyó el disparo de una única arma por debajo de ellos… Sintió cómo
la madera se astillaba a su izquierda y una lluvia de trocitos de madera se
estrellaba contra su brazo. Estaba demasiado concentrado en abatir al oponente
como para dejar de disparar, pero supo, con un repentino temor, que estaban a
punto de caerse, que las dos jóvenes se estrellarían contra el cemento si no
hacía algo…
Un instante después, él mismo estaba cayendo cuando las planchas
de madera situadas bajo él desaparecieron de repente, haciendo que se
desplomara hacia la helada oscuridad. David mantuvo empuñada su arma, alargó
los brazos y flexionó las rodillas en el medio segundo que duró la caída a
oscuras… y luego sus rodillas contra el cartón, contra una caja que no había
visto y que se deshizo bajo su peso, amortiguando la caída. Se puso en pie de
forma inmediata y se giró hacia la otra linterna, que todavía estaba brillando
en mitad del almacén. El primer individuo ya había caído. No había tiempo para
comprobar cómo estaban Rebecca y Claire… los gritos procedentes del exterior
estaban casi encima de ellos.
El portador de la linterna cayó bajo la corta ráfaga de
proyectiles que David disparó con su M-16 en un arco de metro y medio contra la
oscuridad que había tras la luz. Los estampidos secos de los disparos resonaron
en los pasillos formados por las cajas, y cuando la linterna cayó al suelo,
acompañada de un breve grito de dolor y sorpresa, David giró su arma hacia la
puerta.
Venga, vamos, entrad…
¡Rrrratatatatataatttt!
Unos disparos de metralleta procedentes del exterior recorrieron
todo el ancho de la puerta… pero nadie entró. David se movió hacia la izquierda
y respondió con una ráfaga de su arma, aunque no esperaba darle a nadie. Las
balas se estrellaron inútilmente en el marco de la puerta. Necesitaba conseguir
algo de tiempo para ellas, aunque tan sólo fueran unos cuantos segundos.
—Auuh… —Un leve quejido de dolor a su espalda.
—¡Rebecca! ¡Claire! ¡Informad! —susurró con voz tensa, sin dejar
de vigilar el rectángulo pálido y vacío del hueco de la puerta.
—Yo… Claire, quiero decir, yo estoy bien, pero me parece que
ella está herida… ¡Maldita sea!
David sintió que su corazón se paraba por un momento y
retrocedió un paso, pensando en varias ideas a la vez, con un nudo en el
estómago a causa del miedo. Había pasado menos de medio minuto desde el primer
disparo, pero el equipo de Umbrella ya habría rodeado el edificio, si es que
eran tan buenos como creía. Necesitaban salir de allí antes de que los
atacantes se organizaran por completo.
—Claire, acércate hasta mí, sigue mi voz. Necesito que cubras la
puerta. Si ves algo, aunque sea una sombra, dispara a matar. ¿Entendido?
Oyó unos sonidos furtivos mientras hablaba y alargó la mano
hacia ella, hasta tomarla del brazo,
—Espera —le dijo, y soltó otra descarga contra el marco de la
puerta.
Se descolgó inmediatamente el M-16 del brazo y se lo entregó a
Claire mientras la metralleta respondía a su vez con más disparos. Sus balas se
esparcieron por todas direcciones en la oscuridad.
—¿Sabes utilizar esto?
—Sí…
Sonaba nerviosa pero capaz de aguantar la presión.
—Bien. En cuanto lo diga, vamos a empezar a movernos hacia la
puerta oeste. Tú nos cubrirás.
Ya se estaba girando hacia la esquina donde debía estar Rebecca.
Oyó otro murmullo ahogado de dolor y fijó el punto donde se encontraba,
moviéndose con rapidez. Se dejó caer de rodillas y comenzó a palpar frente a él
en busca de la chica herida. Sintió un tacto sedoso bajo los dedos: el cabello
de Rebecca. Recorrió su rostro con las dos manos, notando la sensación pegajosa
de la sangre caliente.
—Rebecca, ¿puedes hablar? ¿Sabes dónde estás herida?
Una tos… y luego sintió que sus dedos le tocaban el brazo, y
supo que estaba bien incluso antes de que le hablara.
—Me di un golpe en la nuca —le dijo con voz baja pero clara—.
Quizá tenga una conmoción, me he hecho un daño de mil pares de diablos en el
cóccix, las piernas parecen funcionar…
—Voy a ayudarte a levantarte. Si no puedes andar, yo te llevaré,
pero tenemos que irnos ya…
Como para demostrar que llevaba razón, sonó otra ráfaga de
metralleta procedente del exterior…, y un grito que le hizo ponerse en marcha
incluso antes de que hubiera acabado de decirlo.
—¡Fuego en el agujero!
David se giró, se levantó, tiró de Claire desde atrás mientras
la avisaba con un grito.
—¡Cierra los ojos! —le dijo mientras cerraba los suyos por si
era una granada incendiaria, y rezaba para que no fuera una de fragmentación…
Oyó el chasquido sordo del disparo de un lanzagranadas, seguido
de una pequeña implosión y un siseo, lo que le indicó que era una granada de
gas. Se apartó de Claire, sintió que ella se sentaba a su lado y oyó su
respiración agitada y temerosa.
Por favor, Dios, que no sea gas sarin, o soman, que nos quieran
pillar vivos…
En pocos segundos, la nariz de David empezó a moquear con fuerza
y sus ojos se llenaron de unas lágrimas incontenibles, y sintió una oleada de
alivio. No era un gas nervioso, sino uno lacrimógeno. El equipo de Umbrella los
quería sacar mediante el humo.
—Puerta oeste —dijo David, y Claire tosió como respuesta
afirmativa.
El compuesto químico se había dispersado de forma rápida en el
frío aire, y era un arma muy efectiva, aunque afortunadamente no era letal.
David se dio la vuelta y sintió que una mano le rozaba el pecho.
—Puedo… andar —le dijo Rebecca entre toses. David le pasó el
brazo por los hombros de todas maneras y se dirigió hacia la puerta, moviéndose
con toda la rapidez que podía en la oscuridad. Escuchó jadear a Claire mientras
se mantenía a su par. David se apresuró hacia delante, haciendo planes e
intentando no inspirar demasiado profundamente. Habría gente en ambas puertas,
esperando…
… pero, ¿cuánto de cerca? Querrán estar justo allí, aguardando
para someter a sus asfixiadas víctimas…
Tenía una idea. Cuando se aproximaron a la pared, David buscó en
su riñonera, sacando la granada antipersona y sujetando la anilla.
—¡Claire, Rebecca, detrás de mí!
Todavía a ciegas en la oscuridad, las lágrimas solamente dolían;
no interfirieron en su propósito cuando alzó su 9 mm y lo paseó ante él hasta
encontrar la puerta.
¡BAM!
Descerrajó la puerta, abriendo un agujero en su borde, y escuchó
los gritos de sorpresa de los hombres del exterior. Sin apenas una pausa, David
abrió la puerta del todo —¿cuánto habrá hasta la valla? ¿Cincuenta, sesenta
metros…?— y lanzó la granada con suavidad hacia fuera, cerrando la puerta tan
rápido como pudo, apoyando su peso contra ella y rogando a Dios porque fuese lo
bastante resistente…
… y ¡KA-WHAM!, la puerta luchó contra él mientras la onda
expansiva lanzaba polvo y metralla como una bestia salvaje que intentase
abrirse camino. David aguantó el segundo que duró. La ensordecedora explosión
de la M68 dio paso a gemidos y aullidos de dolor, apenas audibles por encima
del zumbido de sus oídos y el dolor de sus pulmones.
—¡Cubre la derecha y ve hacia la izquierda! —gritó, y pateó la
puerta, con la H&K apuntando a un lado y al otro. La pálida luz de la luna
le mostró solamente tres hombres, todos caídos, todos heridos y gritando,
todavía vivos por lo que pudo ver a través del velo de sus lágrimas.
Kevlar, de cuerpo entero seguramente…
Esperarían una huida al frente, hacia su vehículo, así que David
giró a la izquierda. Fijó su llorosa mirada en la oscura valla mientras Claire
y Rebecca se tambaleaban al exterior tras él, tosiendo y llorando.
—Valla —les dijo, tan alto como pudo atreverse, y sostuvo a
Rebecca deslizando el brazo por su cintura. Pasaron sobre uno de los hombres
caídos, encogiéndose ante su ensangrentado rostro, y comenzaron a correr
agachados, con Claire justo detrás. Ella se mantenía cerca de ellos, con el
M-16 apuntado hacia atrás al resto del recinto.
Buena chica, lo conseguiremos, pasaremos la valla y daremos un
rodeo apartándonos de la furgoneta, internándonos en el desierto…
Corrieron, acortando la distancia con más rapidez de la que
David podría haber esperado, la valla estaba a solo diez yardas tras el
edificio en el que habían estado, el edificio que había escogido precisamente
por eso; las demás construcciones se curvaban hacia el frente, a demasiada
distancia, y el primero habría sido demasiado evidente…
… ya casi habían llegado a la valla cuando alguien disparó una
metralleta desde la oscuridad que tenían delante, cubierto por el otro lateral
del edificio. Como mínimo uno de los miembros del equipo de Umbrella había
pensado con lógica e interceptaba la ruta imprevista.
Claire se ocupó, devolviendo el fuego, las veloces ráfagas de
las dos automáticas unidas en un dúo explosivo.
O le alcanzó o el tirador invisible se había puesto a cubierto
cuando Claire acribilló la oscuridad con los 223.
Rebecca necesitará ayuda.
—¡Claire! ¡Arriba! —gritó David, cogiendo el M-16. Ella se lo
entregó y girándose escaló fácilmente la valla.
—¡Rebecca, sube!
David apretó el gatillo y lo mantuvo así, rociando de balas la
fría noche, y oyendo disparos de respuesta por todos lados al mismo tiempo.
Tres, quizá cuatro enemigos… Oyó un grito a su espalda, de Rebecca, que sólo
estaba a mitad de camino de la reja metálica. Unas cuantas gotas tibias le
cayeron a David en la cara, y dejó de disparar inmediatamente, saltando para
atraparla antes de que se cayera.
—¡Yo me encargo! —dijo Claire desde el otro lado de la valla, y
comenzó a disparar con su pistola a través de la reja metálica. Los proyectiles
de su nueve milímetros resonaron con fuerza, pero David sintió que su pulso
latía con mayor fuerza todavía. Rebecca estaba pálida y jadeaba trabajosamente.
Era obvio que sentía dolor… pero logró mantenerse sobre la valla, e incluso
trepar un poquito mientras David se encaramaba y se colocaba a horcajadas para
ayudarla a subir.
La medio arrastró hasta pasarla por encima del extremo superior,
y en cuanto Claire alargó los brazos para ayudarla, David se giró y comenzó a
disparar a su vez contra los atacantes que se acercaban, todavía ocultos en las
sombras, y la furia que sentía secó las últimas lágrimas causadas por la
química. Cabrones hijos de puta, sólo es una chiquilla… El M-16 se quedó sin
balas, y bajó de un salto. Rebecca se colocó entre ellos, apoyada sobre todo en
David, y se alejaron trastabillando hacia la oscura y congelada noche
desértica.
Capítulo 13
A los pocos minutos del ataque, León se dio cuenta de que Cole
no estaba en condiciones de ir en cabeza. El trabajador de Umbrella caminaba a
ciegas, y a duras penas seguía la dirección en la que necesitaban ir, más por
casualidad que por voluntad propia.
Y ahora que sabemos que también pueden atacarnos por tierra…
Ni él ni John tenían que vigilar el cielo al mismo tiempo, por
así decirlo.
—Henry… ¿Por qué no me dejas ir en cabeza un rato? —le preguntó
León, y miró a John. Éste asintió, sin tener un aspecto tan seguro de sí mismo
en aquel momento. Se le veía extremadamente tenso, mirando de un lado a otro
sin cesar, con el M-16 apretado con fuerza en las manos.
Quizás está pensando en los demás. Sobre eso de que hayan sido
«pillados».
—Sí, vale, eso estaría…, vale —le respondió Cole mientras
asentía con la cabeza. Su alivio era evidente. Se pasó la mano por el sudoroso
cabello castaño y se apresuró a colocarse detrás de León. John se mantuvo a
retaguardia.
León estaba nervioso, pero no tan atemorizado como había estado
antes, al menos por ellos tres. Los pájaros, aquellos dáctilos, eran
desagradables y peligrosos, pero había sido un alivio verlos: no eran tan
terribles como su imaginación le había hecho creer al oír sus primeros
chillidos salvajes. Los monstruos de la mente siempre son peores que los de la
realidad, y los dáctilos no eran tan resistente ni de cerca. Mientras John y él
se mantuvieran en guardia, todo iría bien.
Se dirigían hacia el sur, de modo que León les hizo girar de
nuevo, y se dio cuenta de que estaba empezando a vislumbrar algunos retazos de
lo que podía ser la pared más alejada. Todo el montaje era bastante
desorientador; los árboles no estaban tan pegados, pero estaban esparcidos de
modo que el bosque pareciera denso cuando mirabas hacia el otro lado. La gruesa
cobertura del suelo, fabricada con alguna clase de plástico moldeado, no cedía
bajo sus pasos, pero había ondulaciones y pequeñas crestas en el material que
hacían todavía más difícil darse verdadera cuenta del tamaño de la estancia.
Todo esto es tan extraño, tan raro… tan verdaderamente propio de
Umbrella.
Era como la inmensa instalación de laboratorios que se
encontraba bajo Raccoon City, que además de una factoría propia incluía su
propio servicio de metro. Algo increíble, excepto que él lo había visto en
persona. Y sabía por los otros STARS que también había existido otra
instalación en una ensenada apartada y solitaria de la costa de Maine protegida
por zombis causados por un virus, además de una mansión «abandonada» en el
bosque de Raccoon, la residencia Spencer, la que había estado repleta de secretos,
llaves, códigos y pasadizos secretos, como en la ambientación de una película
de espías que nadie se creería.
Y ahora aquello: un ambiente natural de imitación en las
desiertas llanuras de sal de Utah. ¿Cómo lo había llamado Reston? Planeta. Era
un derroche extravagante, decadente, inmoral. Una ridiculez, si no fuera por…
… si no fuera porque estamos metidos en su interior, y sólo Dios
sabe a qué nos enfrentaremos después.
León siguió avanzando, intentando no pensar por lo que podían
estar pasando Claire y los demás en esos momentos. Reston estaba obviamente
seguro de que el resto del equipo había sido capturado, pero en realidad no lo
sabía. Tampoco tenía ni idea de lo que eran capaces Claire y Rebecca, o el
brillante estratega que era David. Ya habían escapado de las garras de Umbrella
con anterioridad, y no existía motivo alguno para pensar que no lo podían hacer
otra vez.
León estaba tan concentrado en su charla privada consigo mismo
que no se dio cuenta de que habían llegado a un claro casi hasta meterse de
lleno en él, a menos de seis metros de él. Se detuvo en seco y recordó el
ataque anterior, y se reprochó no haber estado atento.
—Vamos a dar la vuelta y a rodearlo —dijo… y en ese momento oyó
el batir de alas, y supo instantáneamente que era demasiado tarde.
Uno, dos, tres de ellos, medio ocultos en las lánguidas sombras
por encima del espacio abierto, se lanzaban en picado desde sus perchas sobre
el claro.
¡Mierda!
Uno de ellos comenzó a chillar, y de repente, los demás, ocultos
por encima de sus cabezas en los árboles falsos, se unieron al grito, formando
una cacofonía horrenda y ensordecedora de sonidos agudos. León retrocedió, y de
pronto, se encontró con John a su lado, con el rifle apuntando al espacio
abierto.
El primero se dirigió hacia los árboles, girando sobre sí mismo
como si se dispusiera a volar entre ellos. Ascendió en el último instante de
forma tan repentina que no pudieron reaccionar para dispararle. León vio,
mientras aquél ascendía, que había otros dos en el suelo que arrastraban hacia
delante sus nervudos cuerpos apoyándose en sus alas dobladas.
¡Aquel ruido! Era doloroso, tan agudo y terrible como mil bebés
que chillaran, y León sintió más que oyó los disparos de su nueve milímetros
cuando la pesada arma de metal saltó entre sus manos. Los pájaros se quedaron
en silencio cuando el más cercano de los dos recibió el disparo en su pescuezo
curvado. El agujero se abrió justo por encima de su delgado pecho, y los trozos
de pellejo marrón grisáceo se extendieron como los pétalos de una flor oscura.
La sangre acuosa surgió de la herida, pero el segundo ya estaba pasando por
encima del cuerpo espasmódico de su compañero, con un único objetivo en su
mente: atacar. León apuntó con cuidado y… Eh, eh, oh, mierda…
El grito histérico de Cole lo distrajo, y el disparo se desvió a
la derecha, fallando. John disparó contra el segundo dáctilo, y la ráfaga del
rifle automático partió al animal. León se dio la vuelta y vio a Cole
retrocediendo espantado, con otro de los feroces pájaros atacándole de lleno.
¿Cómo no lo hemos visto?
León volvió a apuntar con cuidado. El dáctilo estaba a menos de
dos metros de Cole, y justo mientras apretaba el gatillo, otra de las criaturas
se lanzó en picado directamente por encima de su cabeza. A una distancia tan
corta, el proyectil de nueve milímetros atravesó el pecho del animal y le abrió
un agujero del tamaño de un puño en la espalda. El dáctilo ya estaba muerto
antes de caer al suelo. El recién llegado dio un gran aletazo y las puntas de
sus poderosas alas barrieron el suelo antes de retroceder y alejarse.
—¡Henry, ponte detrás de mí! —le gritó León mientras levantaba
la vista… y veía que otro dáctilo saltaba desde una de las perchas situadas
justo por encima de los tres, replegaba las alas y se lanzaba directamente
hacia ellos. Necesitaba ayuda—. ¡John!
El pájaro abrió sus correosas alas a muy poca distancia del
suelo y se posó de un modo sorprendentemente grácil. Se dio la vuelta hacia
León y comenzó a acercarse a él. Oyó a su espalda una ráfaga de disparos… que
dejó de sonar. Lo que sí oyó fue el exabrupto de John y al M-16 de aleación de
aluminio caer al suelo y repiquetear.
El dáctilo que estaba justo delante de León abrió su largo pico
y graznó, con un sonido furioso y voraz, deslizándose hacia delante sobre sus
alas dobladas con la misma rapidez con que León retrocedía. La criatura se
tambaleaba hacia un lado y otro, y León no disponía de suficiente munición como
para desperdiciarla, necesitaba un tiro claro… y el animal dio un salto, un
extraño brinco que lo dejó a treinta centímetros de él. Lanzó su cabeza hacia
delante con otro chillido agudo, y su pico abierto se cerró alrededor del
tobillo de León. Pudo sentir, incluso a través del grueso cuero, la punta de
sus dientes, la fuerza de su mandíbula…, y antes de que pudiera dispararle,
apareció John. Pisó el serpenteante cuello del dáctilo y apuntó con su pistola…
¡Bang!, el proyectil le partió la espina dorsal. Una de las
vértebras de su estrecha espalda explotó en pedazos, y los pálidos fragmentos
de hueso saltaron junto a los chorreones de sangre acuosa. El animal soltó el
tobillo, y aunque su cuello continuó retorciéndose, el resto del cuerpo se
quedó inmóvil, inmóvil y sangrando.
Cuántos, cuántos quedan…
—¡Vamonos! —les dijo John mientras recogía del suelo su rifle
automático y se daba la vuelta para echar a correr—. ¡A la puerta, tenemos que
llegar a la puerta!
Echaron a correr. Atravesaron el claro con Cole pegado a sus
talones, con el batir de alas a sus espaldas, con otro chillido agudo resonando
en el aire. Volvieron a entrar en el bosque, en aquel bosque sin vida,
tropezando con las ramas caídas y rodeando los troncos retorcidos de plástico.
—¡La pared, ahí está la pared!
Y también estaba la puerta, una compuerta de doble hoja con un
cerrojo situado en la parte baja, a la derecha..
León oyó el terrible chillido en su oído, a escasos centímetros,
y sintió un soplo del aire en la nuca…, dobló las piernas, dejándose caer al
suelo, y sintió un dolor repentino cuando algo le agarró un mechón de cabello
de la parte trasera de la cabeza y se lo arrancó.
—¡Cuidado! —gritó León cuando levantó la vista y vio al inmenso
pájaro cernirse sobre John, que estaba casi en la puerta, con Cole a su lado.
John se giró, sin achicarse, sin retroceder ni un paso. Alzó su
pistola y apretó el gatillo: un disparo certero a quemarropa, y el dáctilo cayó
al suelo como si fuera de plomo cuando su pequeño cerebro se licuó de repente
por el tiro y salió desparramado por el aire.
Cole estaba forcejeando para abrir la puerta, y John no dejó de
apuntar por encima de la cabeza de León, y éste oyó otro chillido, como el de
una Furia mitológica, en algún punto a su espalda…
La puerta se abrió de par en par… y León echó a correr de nuevo,
con John cubriéndole mientras seguía a Cole trastabillando. Salieron del
frescor del bosque oscuro a un calor abrasador. John entró justo detrás de él,
cerró la puerta de golpe…
… y entraron en la fase Dos.
Rebecca seguía corriendo, ya sin aliento, exhausta pero sin
poder parar, sin poder descansar. David y Claire corrían con ella,
sosteniéndola, pero aun así sentía que cada paso que daba era un esfuerzo de
pura voluntad. Sus músculos ya no querían cooperar y estaba desorientada, con
el equilibrio perdido, con los oídos zumbándole. Estaba herida, y no sabía con
qué gravedad, sólo sabía que le habían disparado, que en algún momento se había
golpeado la cabeza, y que no podían detenerse hasta que estuvieran bastante
lejos de las instalaciones.
Estaba oscuro, demasiado oscuro como para ver el suelo que
pisaban, y hacía frío. Cada inspiración era una daga helada en su garganta y en
sus pulmones. Tenía la mente confusa, pero sabía que había sufrido alguna clase
de disfunción cerebral, aunque no estaba segura de qué tipo. Las posibilidades
la atemorizaron. La bala era menos complicada: sabía por el dolor palpitante
dónde la habían alcanzado. Le dolía horriblemente, pero no creía que hubiera
sufrido una fractura, y la sangre no estaba saliendo a borbotones. Estaba mucho
más preocupada por su falta de coherencia mental.
El disparo ha atravesado el glúteo izquierdo y se ha alojado en
el isquion, suerte, suerte, suerte, ¿shock o conmoción? ¿conmoción o shock?
Tenía que pararse y comprobar su pulso en el temporal, comprobar
que no le salía sangre por los oídos… o fluido cerebroespinal, que era algo en
lo que ni siquiera quería pensar. Incluso en el estado de confusión en el que
se encontraba, sabía que perder fluido cerebroespinal era probablemente una de
las peores consecuencias de un golpe en la cabeza.
Después de lo que le pareció muchísimo tiempo, y de más cambios
de dirección de los que pudo contar, David bajó el ritmo de marcha y le dijo a
Claire que se parara para poder dejar en el suelo a Rebecca.
—De costado —les dijo Rebecca—. La bala está en el izquierdo.
David y Claire la bajaron cuidadosamente hasta el frío suelo.
Rebecca estaba jadeando, falta de aire, y pensó que jamás se había sentido tan
agradecida de estar tumbada. Tuvo un breve atisbo del cielo nocturno cuando
David le dio la vuelta. Las estrellas eran increíbles, claras y
resplandecientes en un profundo mar negro…
—Linterna —les dijo ella, dándose cuenta de nuevo de lo extraños
que se habían vuelto sus pensamientos—. Hay que comprobar algo.
—¿Ya estamos lo bastante alejados? —preguntó Claire, y Rebecca
tardó unos momentos en darse cuenta de que estaba hablando con David.
Oh, mierda, esto no va bien…
—Deberíamos estarlo. Y les veríamos venir —dijo rápidamente, y
encendió su linterna. El rayo iluminó el suelo a pocos centímetros de la cara
de Rebecca.
—Rebecca, ¿qué hacemos? —le preguntó, y ella notó el tono de
preocupación de su voz y sintió una oleada de cariño hacia él por eso. Eran una
familia, lo habían sido desde lo de la ensenada, y él era un buen amigo y un
buen hombre…
—¿Rebecca? —Su voz sonó atemorizada esa vez.
—Sí, lo siento —exclamó, preguntándose cómo explicarles lo que
estaba sintiendo. Decidió que lo mejor sería empezar a hablar y que ellos se
dieran cuenta.
—Miradme el oído —les dijo—. A ver si hay sangre o alguna clase
de fluido de color claro, creo que tengo una conmoción cerebral, no puedo
pensar con claridad. Miradme el otro oído también. Me han disparado, y creo que
tengo la bala metida en el isquion, en la pelvis. Suerte, suerte. No debería
estar sangrando mucho, puedo desinfectarlo, vendarlo, si me dais mi botiquín.
Hay gasas, y eso es bueno, aunque la bala podía haberme seccionado la espina
dorsal o haberme machacado la arteria femoral. Mucha sangre, eso es malo, y yo,
el único médico, herida…
David le iluminó la cara mientras hablaba, y luego le levantó
suavemente la cabeza y miró al otro lado antes de dejarla en su regazo. Sus
piernas eran cálidas, y sus músculos temblaban por el esfuerzo.
—Un poco de sangre en tu oído izquierdo —le dijo—. Claire,
quítale la mochila a Rebecca, por favor. Rebecca ya no tienes por qué hablar
más, te curaremos. Intenta descansar, si puedes.
No hay pérdida de fluido cerebroespinal, gracias a Dios… Quería
cerrar los ojos, dormir, pero tenía que acabar de decírselo todo.
—La conmoción parece ser menor, lo que explica la confusión, el
tirritus y la falta de equilibrio… puede durar sólo unas horas. O unas semanas.
No debe ser muy grave, pero tampoco debería moverme. Descanso en la cama. Busca
mi pulso temporal, está en un lado de mi frente. Si no puedes, quizá sea el
shock: calor, aumento de…
Aspiró profundamente, y se dio cuenta de que la oscuridad ya no
estaba solo fuera. Estaba cansada, muy, muy cansada, y una especie de velo
negro comenzaba a rodear su campo de visión.
Eso es todo, les he dicho todo… John. León.
—John y León —exclamó, mientras intentaba levantarse un poco,
horrorizada por haberse olvidado de ellos, aunque sólo hubiera sido por unos
instantes. Darse cuenta de aquello fue como si le hubieran dado una bofetada en
la cara—. Puedo andar. Estoy bien, tenemos que regresar…
David apenas la tocó, pero descubrió que tenía la cabeza de
nuevo en su regazo. Claire levantó un poco la parte trasera de su camisa y pasó
una gasa por su cadera, enviando una nueva oleada de dolor por todo su cuerpo.
Cerró con fuerza los ojos, intentando respirar profundamente, intentando
respirar, por lo menos.
—Regresaremos —le dijo David, y su voz pareció llegar de muy
lejos, desde el borde superior del pozo en el que ella estaba cayendo—. Pero
tenemos que esperar a que se marche el helicóptero, suponiendo que lo haga… y
necesitas algo de tiempo para recuperarte…
Si dijo algo más, Rebecca no lo oyó. En vez de eso, se durmió, y
soñó que era una niña que jugaba sobre la fría nieve.
¡El desierto!
No había animales a la vista; debían estar al otro lado de la
duna, pero Cole pensó que tenía una cierta idea de cuáles eran los que
pertenecían a la fase Dos. Cole comenzó a barbotear antes de que John o León
pudieran dar un paso adelante, antes incluso de que los oídos dejaran de
zumbarles por los terribles chillidos de los dáctilos.
—El desierto, la fase Dos es un desierto, así que deben ser los
escorps, los escorpiones, ¿entendéis?
John estaba sacando un cargador curvo, entrecerrando los ojos
debido a la brillante luz artificial procedente del techo. Debía de haber al
menos unos cincuenta grados de calor en aquel lugar, y entre las paredes
blancas y la tremenda luz, parecía que hacía todavía más. León observó con
cuidado la reluciente zona arenosa que tenían por delante de ellos, y se giró
hacia Cole con la misma expresión que si se hubiera comido un limón.
—Estupendo, esto es genial. ¿Escorps? Escorps y dáctilos… ¿Cómo
se llaman los demás, Henry? ¿Te acuerdas?
La mente de Cole se quedó en blanco por un momento. Asintió
mientras se rompía la cabeza intentando recordar, con el sudor del cuerpo
completamente evaporado ante aquel calor abrasador.
—Ah, eran motes: dáctilos, escorps… ¡Cazadores! Cazadores y
escupidores, los manipuladores les habían puesto esos sobrenombres…
—Qué bonito. Como Chuchi o Pelusa —les interrumpió John mientras
se secaba el sudor de la frente con el dorso de la mano—. ¿Y dónde están?
Los tres miraron a su alrededor, en la fase Dos, a la enorme
duna de arena que se alzaba en mitad de la estancia, reluciente bajo la
brillante luz de las lámparas solares del techo. Tenía unos ocho o diez metros
de alto, y les impedía ver la pared sur, incluida la puerta situada en el
extremo derecho de la misma. No había nada más que ver.
Cole sacudió la cabeza, pero no les dijo nada: los escorps
estaban en algún lugar, y tenían que cruzar la ardiente y reluciente duna de
arena para llegar a la salida.
—¿Cómo eran las demás fases? ¿Las de montaña y ciudad? ¿Las has
visto? —le preguntó León.
—La Tres es como un, ¿cómo se llama?, como un abismo, en una
cima. Es como un precipicio en una montaña, algo así, muy rocoso. Y Cuatro es
una ciudad, bueno, unas cuantas manzanas de una ciudad. Tuve que comprobar las
conexiones de vídeo en todas las fases en cuanto llegué aquí.
John asintió y miró a su alrededor, entrecerrando los ojos
debido a la fuerte luz.
—¡Eso es!… el vídeo. ¿Te acuerdas de dónde están las cámaras?
¿Para qué querrá saber algo así?
Colé le señaló a la izquierda, hacia una pequeña lente
cristalina metida en la pared a unos tres metros de altura.
—Hay cinco en este lugar. La más cercana es ésa…
John sonrió de oreja a oreja, alzó las dos manos y levantó los
dedos corazón, bien a la vista.
—Chupa de aquí, Reston —dijo en voz bien alta, y Cole estuvo
seguro de que John le caía bien, pero que muy bien. Lo cierto es que León
también, y no porque fueran su único modo de salir con vida de aquella
situación. Fuesen cuales fuesen sus motivos para estar allí, era obvio que eran
los buenos de la película, y que fueran capaces de bromear en un momento como
aquél…
—Entonces, ¿tenemos un plan? —preguntó León en voz alta sin
dejar de mirar el muro de arena de color amarillo claro que se alzaba ante
ellos.
—Vamos hacia allí —le respondió John señalando hacia su
derecha—. Luego subimos. Si vemos algo, disparamos.
—Es brillante, John. Deberías dejarlo escrito. Sabes, creo que…
León se calló de repente, y Cole lo oyó entonces. Era un sonido
repiqueteante, como el de unas uñas al golpear repetidamente una mesa de madera
hueca, el sonido que había oído unas semanas antes mientras arreglaba una de
las cámaras.
Un sonido de pinzas abriéndose y cerrándose, como mandíbulas
chasqueantes…
—Escorps —dijo John en voz baja—. ¿No se supone que los
escorpiones son bichos nocturnos.
—Estamos en Umbrella, ¿te acuerdas? —le respondió León—. Tienes
dos granadas, yo tengo una…
John asintió, y luego dijo:
—¿Sabes cómo utilizar una semiautomática?
El individuo grande estaba mirando la duna, así que Cole tardó
un segundo en darse cuenta de que le estaba hablando a él.
—Oh. Sí. Nunca he utilizado una, pero fui a unas prácticas de
tiro con mi hermano, hace seis o siete años…
Habló en voz baja todo el rato, escuchando con atención aquel
extraño sonido.
John lo miró directamente, como evaluándolo… y luego asintió
mientras sacaba una pistola de aspecto pesado de su funda. Se la entregó a
Cole, con la empuñadura por delante.
—Es una nueve milímetros, con dieciocho balas. Tengo más
cargadores si te quedas sin munición. ¿Conoces todas las reglas de seguridad?
¿No apuntes a nadie a menos que quieras matarlo, no me dispares a mí ni a León,
y todas esas cosas?
Cole hizo un gesto afirmativo con la cabeza y empuñó la pistola;
era pesada, y aunque tenía más miedo del que jamás había sentido en sus treinta
y cuatro años de vida, el sólido peso del arma en su mano le hizo sentir un
alivio increíble. Recordó lo que le había dicho su hermano pequeño sobre lo de
la seguridad y comprobó con mano torpe si había una bala en la recámara antes
de levantar de nuevo la mirada.
—Gracias —le dijo, y lo dijo de corazón. Había atraído a
aquellos dos a una trampa, y aun así, le estaban dando un arma; le estaban
dando una oportunidad.
—No importa. Así no tendremos que preocuparnos de tener que
cubrirte el culo además de cuidar del nuestro —le contestó John, con una leve
sonrisa—. Venga, pongámonos en marcha.
John se colocó en cabeza con León situado a su espalda.
Comenzaron a dirigirse hacia el este, avanzando lentamente a través del entorno
uniforme. La arena era arena de verdad. Se movía bajo los pies, y junto al
tremendo calor, hacía que caminar fuera una tarea difícil.
Sólo habían avanzado unos metros cuando León les dijo que
parasen.
—Ropa interior térmica —murmuró mientras enfundaba su arma antes
de quitarse su camiseta negra y atársela a la cintura. Debajo llevaba puesta
una camiseta blanca gruesa—. No pensé que llegaríamos hasta el Sahara…
Todos lo oyeron, un segundo antes de verlo… de verlos a los
tres, alineados en la cresta de la duna. Unos pequeños arroyos de arena bajaban
de cada una de sus múltiples patas, cada una tan gruesa y de aspecto tan sólido
como un bate de béisbol recortado. Tenían garras, unas grandes garras delgadas
y negras en forma de pinza con el borde interior serrado, y unos largos cuerpos
segmentados que se estrechaban hasta las colas, retorcidas y dobladas sobre sus
espaldas… y acabadas en aguijones. Unos aguijones de al menos treinta
centímetros, de aspecto peligroso y goteantes.
El trío de criaturas de color arenoso, cada una de unos dos
metros de largo y uno de alto, comenzó a castañetear. Las protuberancias
estrechas y levantadas parecidas a colmillos y situadas bajo los ojos de
arácnido de las criaturas, chascaron unas contra otras produciendo el extraño
ritmo de repiqueteo que habían oído antes… y entonces, las tres criaturas, los
monstruos, empezaron a deslizarse hacia ellos con un equilibrio perfecto,
avanzando sobre la escurridiza arena con facilidad. Y en la cresta de la duna,
aparecieron otras tres.
Capítulo 14
—Mierda —soltó John en voz baja, y ni siquiera se dio cuenta de
que había hablado mientras alzaba su M-16 y empezaba a disparar.
¡Bangbangbangbang!…
El primer ente-escorpión dejó escapar un extraño sonido seco y
siseante, como el aire al salir de un neumático gigante, cuando las primeras
balas atravesaron su cuerpo. Un fluido blanco y espeso brotó de las heridas que
se habían abierto en el rostro de insecto, un rostro repleto de colmillos
babeantes y ojos de araña, un rostro con un agujero deforme por toda boca. Cayó
sobre su costado con el cuerpo arqueándose y las pinzas en alto, y se retorció
de forma espasmódica, cavando su propia tumba en la superficie de arena
caliente.
Tanto León como Cole ya estaban disparando también, y el tronar
de las armas de nueve milímetros ahogó cualquier otro siseo y provocó la
aparición de más de aquella sangre parecida a pus en los otros dos escorps. El
líquido salía a borbotones, como los vómitos, pero había otras tres criaturas
bajando ya por la ladera…
La primera, la que John había dejado acribillada a balazos,
estaba saliendo de la arena. Saliendo de un modo inseguro, pero saliendo de
todas maneras. Sus heridas estaban rezumando aquella pasta viscosa blanca., y
justo cuando empezó a avanzar hacia ellos de nuevo, John pudo ver que el
líquido se estaba endureciendo. Estaba cubriendo las heridas tan bien como el
yeso tapaba un agujero de la pared.
—¡Vamos, vamos, vamos! —les gritó John a los demás cuando las
otras dos criaturas, abatidas por León y por Cole, comenzaron a moverse otra
vez, con sus heridas cubiertas por las costras blancas. El segundo trío ya
estaba a mitad de camino de la duna y se acercaba con rapidez—. Tenemos que
salir de aquí.
Todavía quedaban dos más de aquellos «entornos», y ya habían
disparado al menos la tercera parte de su munición. Aquella idea le atravesó la
mente a John en la fracción de segundo que tardó en rociar a los escorps con
una ráfaga de proyectiles mientras Cole y León echaban a correr hacia el este.
Ni siquiera intentó eliminar a alguno de los seis; sabía que no
habría diferencia en la situación. La ráfaga de proyectiles explosivos había
sido para retrasar su avance hasta que los dos hombres estuvieran a salvo. Su
mente intentó encontrar una solución mientras aquellos animales de existencia
imposible agitaban sus pinzas serradas, arrastrándose por encima de la arena y
exudando más de aquella extraña pasta blanca.
Una granada, pero ¿cómo logro que estén todos juntos?, ¿cómo
evitamos que nos alcance la metralla…?
El más cercano de los escorps estaba quizás a una docena de
pasos cuando John se dio la vuelta y echó a correr, moviéndose todo lo deprisa
que pudo en aquel calor achicharrante, con la adrenalina a cien y subiendo.
León y Cole estaban a unos cincuenta metros por delante de él, avanzando
tambaleantes por la arena, con León corriendo de lado, vigilando delante y
detrás, trazando semicírculos con su semiautomática.
John se arriesgó a mirar a su espalda, y vio que las criaturas
escorpión seguían aproximándose. Se arrastraban con mayor lentitud, pero sin
detenerse. Sus cuerpos con aguijón seguían dejando escapar un rastro de fluido
blanco, y mantenían sus largas y extrañas pinzas en alto, abriéndose y
cerrándose sin parar. Además, iban ganando velocidad de nuevo con cada paso que
daban, un enjambre de bichos no muertos que querían cenar…
Un enjambre, un enjambre reunido…
Puede que no tuvieran otra oportunidad mejor. John dejó caer el
rifle, que le quedó colgando de un modo raro del cuello, y metió una mano en su
mochila de cadera sin dejar de correr a bastante velocidad. Sacó una de las
granadas, le quitó el seguro y se dio la vuelta, trotando de espaldas. Intentó
calcular la distancia mientras repasaba frenéticamente las instrucciones de uso
de la granada M68 en su mente, con los escorps a veinte o veintiún metros a su
espalda.
… espoleta de impacto, se arma dos segundos después del impacto,
temporizador de seis segundos…
—¡Granada! —gritó, y arrojó el artefacto al aire, rezando para
que hubiera calculado bien mientras se daba la vuelta y se tiraba de cabeza al
suelo. La granada todavía estaba en el aire cuando aterrizó al otro lado de la
duna.
John se metió braceando en ella, utilizando toda su considerable
musculatura, y se enterró bajo la arena caliente, quedándose ciego y sin
respiración. Hacía más fresco bajo la superficie, y las oleadas de partículas
de arena se aplastaron contra su cara e intentaron meterse en su boca y en su
nariz, pero no pudo pensar en otra cosa que no fuera meter las piernas bajo la
superficie… y en lo que los fragmentos de metal de la explosión podían hacerle
a la carne humana.
Dio una última y desesperada patada y…
¡BOOUUMM!
Se produjo un tremendo movimiento a su alrededor, y sintió una
presión brutal contra la pared de arena que le cubría y contra él mismo. El
peso de su refugio sobre su espalda aumentó enormemente, obligándole a vaciar
el aire de sus pulmones. Le hizo falta toda su fuerza para levantar una mano y
poder taparse la boca con ella para así lograr respirar de forma entrecortada.
Comenzó a abrirse paso hasta la superficie, retorciéndose y dando patadas.
León, consiguieron ponerse a cubierto a tiempo, ha funcionado…
Luchó contra las corrientes de granulos pulidos que seguían
bajando por la ladera, e inspiró profundamente antes de utilizar las dos manos
para apartar la pesada arena. Salió en pocos segundos, chorreando granos por
todos lados y con los irritados ojos, llorosos. Se los limpió con una mano y
empuñó el M-16 de nuevo mientras miraba a su alrededor en busca de la amenaza…
que ya no era una amenaza. La granada debió caer justo delante de ellos: de los
seis escorpiones mutantes que les habían estado persiguiendo, cuatro estaban
hechos pedazos. John vio una pinza que todavía se abría y cerraba de forma
espasmódica en mitad de un charco de la sustancia blanca, una cola con el
aguijón todavía en su extremo sobresaliendo de un lado de la duna, una pata,
otra pata. El resto era irreconocible, tan sólo se trataba de grandes trozos de
carne húmeda esparcidos en un amplio semicírculo irregular.
Los dos escorps situados en la retaguardia del enjambre todavía
estaban vivos y casi enteros, pero estaba claro que no se iban a levantar de
nuevo: sus cuerpos estaban casi intactos, pero sus ojos y su boca, las extrañas
mandíbulas, los «rostros», habían desaparecido.
De hecho, han quedado hechos polvo. No hay cantidad suficiente
de esa mierda blanca que pueda tapar eso…
—¡John!
Se giró y vio a León y a Cole caminar hacia donde él estaba, con
una expresión de asombro en ambas caras. John se permitió sentir un momento de
orgullo absoluto y completo mientras los miraba acercarse. Había estado genial,
en el cálculo de tiempo, en la puntería, en todo.
Bueno, el verdadero soldado no recibe felicitaciones por el
trabajo bien hecho. Le es suficiente saberlo…
Para cuando llegaron hasta su altura, ya tenía otra vez los pies
en el suelo. Pensar en la situación en la que se encontraban fue suficiente.
Estaban en mitad de un terreno de pruebas de unos maníacos en el que estaban
metidos por culpa de un loco de Umbrella. Su equipo se encontraba dividido y
separado, disponían de una munición limitada y no tenían un modo claro de salir
de allí.
Muy bien, pero estás jodido. Darte palmaditas en la espalda es
tan útil como darle aspirina a un muerto: no sirve de nada.
Aun así, al ver la débil esperanza que se reflejaba en los
rostros sudorosos y acalorados de los otros dos compañeros… La esperanza podía
ser falsa, pero muy pocas veces era algo malo.
—Todavía puede que haya más de esos bichos —dijo mientras
limpiaba de arena el M-16—. Vamonos de aquí.
… clicclicclicclic…
Aquel sonido de nuevo. Todos se quedaron inmóviles, mirándose
los unos a los otros. No sonaba cerca, pero en algún lugar al otro lado de la
duna, quedaba al menos un escorp con vida.
David había detectado la luz, quizás a medio kilómetro al
suroeste de donde se encontraban, pero no se había acercado más. Claire pensó
que, si no fuese por el frío, se hubiera sentido aliviada. Las probabilidades
de que alguien los encontrara en aquellos interminables kilómetros de oscuridad
eran casi nulas. Los tipos de Umbrella la habían fastidiado. Incluso con el
foco del helicóptero, que al parecer no estaban dispuestos a utilizar, sería
cuestión de pura suerte que tropezaran con ellos tres.
Aunque a lo mejor eso sería una suerte para nosotros. Quizá
tienen café y mantas, chocolate caliente, sidra especiada…
—Claire, ¿cómo estás?
Se esforzó por impedir que sus dientes castañetearan, pero no lo
logró. Llevaban así una hora, probablemente más.
—Tengo bastante frío, David. ¿Y tú?
—Lo mismo. Menos mal que nos hemos puesto ropa de abrigo, ¿eh?
Si era un chiste, ella no le vio la gracia. Claire se acercó más
a Rebecca, preguntándose cuándo había dejado de sentir las extremidades. No
sentía las manos en absoluto, y la cara parecía estar punto de congelarse y
quedarse hecha un máscara, a pesar de que haber estado cambiando de posición de
forma casi constante. David estaba al otro lado de Rebecca, y los tres estaban
tan acurrucados como les era humanamente posible. Rebecca no se había
despertado, pero su respiración era lenta y acompasada. Al menos, ella estaba
descansando cómodamente.
Por lo menos, uno de nosotros…
—Ya no debe faltar mucho —dijo David—. Unos veinte o quizá
veinticinco minutos. Dejarán un hombre o dos de guardia y luego se marcharán.
—Sí, eso dijiste —le contestó Claire—. Pero ¿cómo calculas el
tiempo?
Sentía que sus labios ya se habían convertido en trozos de
hielo.
—Búsqueda a lo largo del perímetro, de quizá medio kilómetro de
extremo a extremo, y suponiendo que dispongan de seis o menos hombres, calculo…
—¿Por qué?
La voz de David se estremeció por el frío.
—Tres por la puerta trasera del edificio, dos abatidos en el
interior, y por el ruido que hacían, yo calculo entre tres y siete hombres al
otro lado. De ocho a doce hombres. Si fueran más, no habrían cabido en el
helicóptero. Si fueran menos, no podrían haber cubierto las dos entradas a la
vez.
Claire se quedó impresionada.
—Entonces, ¿por qué de veinte a veinticinco minutos?
—Como ya he dicho, cubrirán una cierta distancia alrededor del
complejo antes de abandonar la búsqueda. Por el tamaño del complejo, entre
medio y un kilómetro, y se calcula cuánto tarda un hombre en recorrer la cuarta
parte de esa distancia. Vimos la luz hace más o menos una hora, y puesto que lo
más probable es que cada uno hubiera tomado una dirección y buscara en ese
sector únicamente… Bueno, pues de veinte a veinticinco minutos. Eso incluye el
tiempo que tardarán en revisar la furgoneta. Ése es mi cálculo.
Claire sintió cómo sus labios helados intentaban sonreír.
—Te estás quedando conmigo, ¿verdad? Te lo estás inventando.
La voz de David sonó sorprendida y ofendida.
—¡No! Lo he repasado varias veces, y creo que…
—Era broma —le interrumpió Claire—. De verdad.
Se produjo un breve silencio, y luego David soltó una pequeña
risa. El sonido recorrió con facilidad la fría oscuridad.
—Claro que sí. Lo siento. Creo que la temperatura ha afectado a
mi sentido del humor.
Claire cambió de manos y sacó la derecha de debajo de la cadera
de Rebecca para meter la izquierda.
—No, yo lo siento. No debería haberte interrumpido. Sigue, es
muy interesante, de verdad.
—No hay mucho más que contar —siguió diciendo David, y ella
distinguió el rápido castañeteo de sus dientes—. Querrán prestarle atención
médica a sus heridos, y dudo mucho que Umbrella quiera que uno de sus
helicópteros sea visto sobrevolando las llanuras de sal durante el día. Dejarán
una guardia y se marcharán.
Le oyó cambiar de posición, y sintió cómo el cuerpo de Rebecca
se movía cuando él cambió de postura.
—De cualquier manera, ése será el momento en el que nos pongamos
en marcha. Lo primero que haremos será regresar al complejo y hacer un poco de
sabotaje… y luego, ya veremos qué pasa…
El modo en que su voz fue apagándose, el buen humor forzado en
su tono de voz, que apenas había logrado ocultar su desesperación… todo ello le
indicó a Claire lo que él había estado pensando.
Lo que los dos hemos estado pensando.
—¿Y Rebecca? —le preguntó en voz baja.
No podían dejarla allí, se congelaría, e intentar infiltrarse de
nuevo en el complejo de edificios, intentar anular a dos hombres armados
mientras llevaban a cuestas una mujer inconsciente…
—No lo sé —dijo David—. Antes de que ella… dijo que quizá se
recuperaría en un par de horas, si descansaba.
Claire no respondió. Resaltar lo obvio no iba a ayudar en nada.
Se quedaron callados. Claire se dedicó a escuchar la suave
respiración de Rebecca mientras pensaba en Chris. El afecto que David sentía
hacia Rebecca era obvio: era como el amor entre un padre y su hija. O entre un
hermano y una hermana. De todas maneras, pensar en él era un modo de pasar el
tiempo.
¿Qué estás haciendo ahora mismo, Chris? Trent dijo que estabas a
salvo, pero ¿por cuánto tiempo? Dios, ojalá nunca te hubieran asignado a esa
misión en la propiedad Spencer. O a Raccoon City, ya puestos. Luchar por la
verdad y la justicia es un peñazo, hermano…
—No te estarás quedando dormida, ¿verdad? —le preguntó David. Se
lo había preguntado cada vez que se habían quedado callados durante más de un
minuto.
—No, estaba pensando en Chris —le respondió. Articular las
palabras le costaba horrores, pero supuso que era mejor que dejar que se le
congelaran los labios—. Y apuesto a que estás empezando a desear que nos
hubiéramos ido a Europa, después de todo.
—Yo sí… —dijo Rebecca con voz débil—. Odio este clima…
—¡Rebecca!
Claire sonrió, incapaz de sentir el gesto, pero sin importarle
lo más mínimo. Abrazó a la chica mientras David se incorporaba un poco para
buscar la linterna, y aunque estaba helándose, aunque estaban separados de sus
amigos, sin una ruta de escape y enfrentados a un futuro incierto, Claire
sintió que la situación empezaba a mejorar.
La llamada llegó justo después de que John hiciera volar por los
aires seis de los Arl2.
Reston había estado deseando poder tener palomitas hasta ese
preciso momento. Los sistemas de defensa de los escorps estaban funcionando
justo como las hipótesis habían predicho. El daño a los exoesqueletos se reparó
incluso con mayor rapidez de la que habían esperado. Lo que no habían previsto
era la tremenda fragilidad de los tejidos que unían los diferentes segmentos de
los arácnidos.
Una granada. Una puñetera granada.
El deseo que había sentido por las palomitas estaba tan muerto
como los Arl2. Todavía quedaban otros dos, que correteaban por el lado de la
esquina suroeste, pero Reston ya no tenía mucha fe en los Arl2, y aunque se
trataba de una información importante, no estaba muy seguro de que a Jackson le
gustara el modo en que la había obtenido.
Querrá saber por qué no les quité los explosivos. Por qué liberé
a todos los especímenes. Por qué no llamé a Sidney, al menos para que me
aconsejara. Y ninguna respuesta que le dé será suficiente…
Cuando el teléfono sonó, Reston dio un tremendo respingo, casi
saltando de la silla. Por un momento, estuvo seguro de que era Jackson. Aquella
idea ridícula ya había desaparecido cuando levantó el auricular, pero le había
hecho pensar… y le había alegrado bastante que los sujetos de las pruebas no
fueran a sobrevivir a Tres.
—Reston —respondió
—Señor Reston, soy el sargento Hawkinson, del equipo de tierra
blanco uno, siete, cero…
—Sí, sí —le interrumpió Reston suspirando mientras veía a Cole y
a los dos individuos de los STARS reagruparse—. ¿Qué ha pasado ahí arriba?
—Esto… —Hawkinson respiró profundamente—. Señor, lamento
informarle de que hubo un enfrentamiento con los intrusos y que han escapado de
la instalación —dijo de un tirón, sintiéndose obviamente muy incómodo.
—¿Qué? —exclamó Reston poniéndose en pie y casi volcando al
silla—. ¿Cómo? ¿Cómo ha ocurrido?
—Señor, los teníamos acorralados en uno de los almacenes, pero
se produjo una explosión, dispararon a dos de mis hombres y otros tres se
encuentran en estado crítico…
—¡No quiero ni oírlo! —gritó. Reston estaba furioso, incapaz de
creer que semejantes incompetentes estuvieran trabajando para él—. ¡Lo que
quiero oír es que no ha fracasado de un modo lamentable, que esos tres
individuos no han logrado escapar de su equipo de «élite» y que no me ha
llamado para decirme que no puede encontrarlos!
Se produjo un silencio momentáneo al otro lado de la línea, y
Reston deseó que aquel idiota se atreviera a decirle algo, que le diera alguna
razón más para hacerle la vida imposible.
En vez de eso, la voz de Hawkinson sonó adecuadamente contrita.
—Por supuesto, señor. Lo siento, señor. Voy a regresar en
helicóptero a Salt Lake City y a traer a algunos de nuestros nuevos reclutas
para ampliar nuestro perímetro de búsqueda. Voy a dejar a mis tres últimos
hombres aquí para que monten guardia, uno al este y otro al oeste, y el tercero
en el vehículo de los intrusos. Regresaré en… noventa minutos, señor, y les
encontraremos, señor.
Los labios de Reston se curvaron en una sonrisa desagradable.
—Que así sea, sargento. Si no lo hace, la habrá cagado a base de
bien.
Apagó el botón de conexión y arrojó el auricular sobre la
consola de mando. Al menos, sentía que estaba haciendo algo para facilitar el
proceso. Apretarle las pelotas a los subalternos funcionaba de maravilla:
Hawkinson sería capaz de arrastrarse sobre cristales rotos con tal de conseguir
algún logro, y así era como debía ser exactamente.
Reston se sentó de nuevo y se quedó mirando a los sujetos de la
prueba mientras se esforzaban por avanzar sobre la duna de arena. Cole empuñaba
un arma y les dirigía hacia la puerta que conectaba con Tres. Reston se
preguntó si John o Rojizo sabían lo inútil que era Cole. Probablemente no,
porque si le habían dado un arma…
Los otros dos escorps atacaron cuando ellos llegaron a la cima
de la duna y pasaron al otro lado. A pesar de lo que había ocurrido antes,
Reston observó el enfrentamiento con atención, manteniendo una última
esperanza: que acabaría allí, que los hombres serían finalmente detenidos. No
es que albergara ninguna duda sobre la eficacia de los Ca6 que había en la fase
Tres, desde luego no sobrevivirían a aquellos…
Pero ¿qué pasa si lo hacen?¿Qué pasa si lo hacen, y luego llegan
a Cuatro y encuentran un modo de salir? ¿Qué le dirás a Jackson, qué le dirás
al grupo de visita cuando no queden especímenes que observar? Entonces serás tú
el que la habrás cagado.
Reston hizo caso omiso de la susurrante vocecita y se concentró
en la pantalla. Ambos escorps se acercaron velozmente, con las pinzas y los
aguijones en alto, con sus ágiles cuerpos de insecto preparados para atacar…
Los tres hombres comenzaron a disparar en una batalla
silenciosa, con los Arl2 esquivando y escurriéndose, y cayendo finalmente bajo
la lluvia de balas. Reston había cerrado las manos hasta convertirlas en puños,
aunque no se dio cuenta: su atención estaba centrada por completo en los
escorps abatidos, esperando que se recuperaran a tiempo para atacar a los
hombres antes de que llegaran a la puerta…, sólo que John y Rojizo avanzaron
hacia los animales, apuntándoles con sus armas y disparándoles a los ojos. Lo
hicieron de modo rápido y eficaz, y aunque los dos escorps ya se estaban
moviendo para cuando los hombres se dirigieron hacia la puerta, las criaturas,
cegadas, sólo podían dar vueltas por la arena. Una de ellas logró encontrar un
objetivo: arqueó todo su cuerpo y su aguijón repleto de veneno
extraordinariamente letal se hundió en la espalda del otro. El Arl2 atacado se
dio la vuelta y atravesó el abdomen del primero con una de sus garras,
empalándole. Se retorció débilmente, vivo, pero incapaz de moverse o de ver,
moribundo, a su hermano muerto.
Reston sacudió la cabeza lentamente, disgustado por la pérdida
de tiempo y de dinero, por los millones de dólares y de horas de investigación
que se habían invertido en el desarrollo de los habitantes de las fases Uno y
Dos.
Y Jackson querrá sin duda esa información. En cuanto los sujetos
de las pruebas estén muertos y sus amigos sean capturados, podré poner las
cosas en su sitio. Durante la visita de algunos de nuestros patrocinadores, una
actuación tan mala de nuestros especímenes «estrella» habría sido un revés
importante. Mejor haberlo sabido ahora…
Sí, podría salirse con la suya. Rojizo estaba abriendo la puerta
que les llevaría hasta la fase Tres. A menos que tuvieran una caja llena de
granadas, estarían muertos en cuestión de minutos.
Reston respiró profundamente, recordando quien tenía el control
de la situación, quién estaba al mando. Hawkinson se encargaría de la situación
en la superficie, Jackson se sentiría satisfecho, y los tres mosqueteros
estaban a punto de ser cegados, pisoteados y devorados. No había nada por lo
que preocuparse.
Reston dejó escapar el aire contenido, logrando de algún modo
sonreír, aunque intranquilo, y se obligó a relajarse conectando las pantallas
que le mostrarían el hábitat de los Ca6.
—Ya podéis despediros —dijo, y se sirvió otro coñac.
Capítulo 15
Del terrible y abrasador calor del cegador desierto de
escorpiones pasaron al frescor sombrío de un pico montañoso. Se quedaron al
lado de la puerta mientras observaban con detenimiento su nueva prueba. León se
preguntó si se enfrentarían a los cazadores o a los escupidores en aquel lugar
de color gris.
Gris era la ladera empinada de una montaña tachonada de rocas
que se alzaba ante ellos. Grises también eran las paredes, el techo, y el
serpenteante sendero que se dirigía hacia el oeste, rodeando la cima montañosa.
Incluso los escasos hierbajos que había sobre y alrededor de las rocas
irregulares, eran de color gris. La montaña parecía muy real, con peñascos de
granito mezclados con el cemento, que había sido pintado y tallado para
adaptarse a la piedra natural y formar unos riscos. El efecto general era el de
un picacho solitario y barrido por el viento en lo más alto de una montaña
desolada.
Excepto que no hay viento… ni ningún olor. Igual que en las
otras dos, ningún olor en absoluto.
—Quizá quieras ponerte otra vez esa camiseta —le dijo John a
León, pero el joven ya se estaba desanudando la prenda de la cintura. La
temperatura había caído al menos cuarenta grados, y el frío estaba secando el
sudor que se había formado en la fase Dos.
—¿Y adónde vamos? —preguntó Cole, nervioso y con los ojos
abiertos de par en par.
John señaló en diagonal a través de la estancia, hacia el
suroeste.
—¿Qué te parece la puerta?
—Creo que se refería a por qué camino —le dijo León. Mantuvo la
voz baja, lo mismo que los demás. No había ningún motivo para poner sobre aviso
a los habitantes del lugar e indicarles dónde estaban. Sin duda, pronto
entrarían en acción.
Los tres examinaron sus opciones, que eran dos: seguían el
sendero gris o trepaban por la ladera gris. Cazadores o escupidores…
León suspiró en su fuero interno. Sentía el estómago hecho un
nudo, y ya temía lo que fuera a ocurrir a continuación. Si lograban salir de
allí, si lograban encontrar a Reston, iba a darle al señor Azul una buena tanda
de patadas en el culo. Iba contra sus creencias como policía hacer algo así,
pero también lo era la misma existencia de White Umbrella.
—Desde un punto de vista defensivo, yo escogería el sendero
—dijo John mientras observaba la rocosa superficie de la ladera—. Podríamos
quedar atrapados si subimos por ahí.
—Creo que hay un puente —indicó Cole—. Sólo arreglé una de las
cámaras de este sitio, la de ahí…
Señaló hacia arriba, a la esquina de la derecha. León ni
siquiera pudo verla: las paredes tenían unos veinte metros de altura, y su
color monótono se confundía con el del techo. Creaba una especie de ilusión
óptica que hacía parecer la estancia infinitamente vasta.
—… y yo estaba subido a una escalera y podía ver por encima de
eso, más o menos —continuó explicando Cole—. Hay una garganta al otro lado, y
la cruza uno de esos puentes de cuerda.
León abrió su mochila de cadera mientras Cole hablaba y le echó
un vistazo a la munición que le quedaba.
—¿Cuánto queda para el M-16?
—Unos quince cartuchos, más o menos, en éste —le respondió John
palmeando el cargador curvo que estaba puesto—. Otros dos llenos, con treinta
en cada uno… dos cargadores para la H&K, y una granada. ¿Y tú?
—Me quedan siete balas en el puesto, otros tres cargadores y una
granada. Henry, ¿has contado las veces que has disparado?
El trabajador de Umbrella asintió.
—Creo que… cinco disparos. He disparado cinco veces.
Tenía aspecto de querer decir algo más. Miró a John y a León
alternativamente, y por último, bajó los ojos a sus botas sucias. John miró a
León, que se encogió de hombros. No sabían nada de Henry Cole, excepto que no
encajaba en aquel lugar más de lo que ellos encajaban.
—Escuchad… Sé que seguramente no es el momento ni el lugar
apropiado, pero quiero deciros que lo siento. Quiero decir que sabía que había
algo raro en todo esto, en Umbrella. Y sabía que Reston era un cabrón de
narices, y si no hubiese sido tan estúpido o tan avaricioso, nunca os habría
metido en este follón.
—Henry —le contestó León—. No lo sabías, ¿vale? Y créeme, no
eres el primero al que engañan…
—Eso seguro —le interrumpió John—. En serio, el problema son los
tipos de chaqueta, no gente como tú.
Cole no levantó la mirada, pero asintió, y sus estrechos hombros
se relajaron, como si se sintiera aliviado. John le entregó otro cargador, y
señaló con un gesto de la barbilla al sendero mientras Cole se lo metía en el
bolsillo de atrás del pantalón.
—Vamos allá —dijo John, hablándoles a los dos, pero dirigiéndose
en realidad a Cole. León detectó en su voz profunda un cierto tono de ánimo a
Cole que le sugirió que el trabajador de Umbrella empezaba a caerle bien—. Si
la cosa se pone muy fea, nos retiramos a Dos. Permaneced unidos, en silencio, e
intentad dispararles a la cabeza o a los ojos… suponiendo que tengan ojos.
Cole sonrió levemente.
—Yo me quedo en retaguardia —dijo León, y John asintió antes de
separarse de la puerta y girar a la izquierda.
El aire frío seguía tan silencioso como desde el primer momento
que habían entrado en el lugar. No se oían más ruidos que los que ellos
producían. León se colocó el último de la fila, y Cole comenzó a avanzar
lentamente por delante de él.
El sendero era estriado, como si alguien hubiese pasado un
rastrillo por su superficie antes de que se secara el cemento. La «cima»
quedaba a mano derecha mientras que el sendero se extendía algo más de veinte
metros hacia delante antes de girar bruscamente hacia el sur y desaparecer
detrás de una colina abrupta y pedregosa.
Habían avanzado unos quince metros cuando León oyó un leve
repiqueteo de rocas a su espalda. Grava suelta que caía por la ladera.
Se dio la vuelta sorprendido, y vio al animal cerca de la punta
de la cima, a unos diez metros por encima de ellos. Lo vio pero no estuvo
seguro de lo que veía, excepto que estaba caminando, deslizándose hacia abajo
sobre cuatro gruesas patas, como una cabra montes.
Como una cabra despellejada. Como… como…
Como nada que hubiera visto en su vida, y casi había llegado al
suelo cuando oyeron un sonido húmedo y gorgoteante en algún lugar por delante
de ellos. Eran unos sonidos parecidos al de una garganta cargada de flema al
carraspear, o al de un perro que gruñera con la boca llena de sangre… y estaban
atrapados, incapaces de huir, porque los terribles sonidos comenzaron a llegar
desde los costados.
Regresar al complejo de edificios fue tremendamente fácil.
Rebecca necesitó ayuda para poder subir por la valla, pero parecía estar mejor
a cada minuto que pasaba, y ya había recuperado buena parte de su sentido del
equilibrio y de la coordinación. David estaba más aliviado de lo que estaba
dispuesto a admitir, y casi tan agradecido a la guardia de Umbrella, o más
bien, de su falta. Tres hombres, dos en la valla y otro en la furgoneta: era
algo patético.
Volvieron en cuanto el helicóptero despegó y se dirigieron hacia
el sur, estirando los músculos helados mientras atravesaban la oscuridad en
silencio. Cuando llegaron a unas pocas decenas de metros, David las dejó atrás
para efectuar un rápido reconocimiento, y luego regresó y condujo a sus dos
temblorosas compañeras hasta pasar la valla y entrar en el complejo. David
sabía que tenían que encontrar un sitio seguro y a resguardo del frío antes de
encargarse de los guardias, para repasar su plan y comprobar mejor el estado de
Rebecca. Escogió el edifico más obvio: el que estaba en el centro. En su techo
se podían ver dos antenas de plato para satélites y una serie de antenas
normales, además de un conducto protegido que bajaba por una de las paredes. Si
no se equivocaba, era un centro de comunicaciones, y era exactamente donde
quería estar.
Y si me equivoco, hay otros dos donde mirar. Uno será el
edificio del generador, y seguro que tiene alguna clase de climatizador. Puedo
dejarlas allí y dedicarme al sabotaje yo solo…
Habían pasado la valla por el lado sur. David estaba pasmado de
lo mal que los de Umbrella habían previsto su posible regreso. Los dos hombres
que estaban vigilando el perímetro estaban situados delante y detrás, como si
no hubiera ninguna posibilidad de que alguien entrara por otro lado. En cuanto
estuvieron dentro, David dirigió al grupo hacia el extremo más alejado del
último edificio de la línea y les indicó que se acercaran.
—El edificio de en medio —les susurró—. No debería estar cerrado
con llave, si es lo que yo me imagino, pero lo más probable es que la luz de
dentro esté encendida. Yo entraré primero, y luego os haré una señal para que
me sigáis. Si escucháis disparos, meteos dentro todo lo deprisa que podáis.
Permaneced cerca de los edificios y agachadas mientras nos acercamos. ¿Vale?
Claire y Rebecca asintieron al unísono. Rebecca seguía
apoyándose en Claire. Aparte de una ligera cojera, parecía estar bien. Les
había dicho que todavía estaba un poco mareada y que le dolía la cabeza, pero
al parecer, los pensamientos confusos y erráticos que tanto la habían
atemorizado habían desaparecido.
David se dio la vuelta y comenzó a avanzar a lo largo de la
pared del edificio más cercano a la valla, aprovechando todas las sombras y
mirando hacia atrás con frecuencia para asegurarse de que sus compañeras le
seguían. Llegaron a la esquina de la pared encarada al oeste y la doblaron con
rapidez, después de que David comprobara dónde estaba el guardia estacionado al
oeste. Estaba demasiado oscuro como para ver apenas nada, pero había una sombra
más oscura que las demás apoyada en la verja metálica, y eso lo delató. David
alzó su M-16 y le apuntó, preparado para disparar si les veía.
Mala suerte que no podamos dispararle ahora mismo…, pero un
disparo alertaría a los demás, y aunque a David no le preocupaba el otro
guardia de la verja, el que estaba apostado en la furgoneta podía resultar un
problema: estaba lo bastante lejos como para mandar un mensaje por radio antes
de bajar a comprobar qué ocurría.
Estos dos serán bastante fáciles, pero ¿cómo acercarse al otro?
No existía ninguna clase de cobertura si el guardia de la furgoneta detectaba
su acercamiento…
Eso podía esperar. Tenían tareas por delante antes de tener que
preocuparse por los guardias. David se mantuvo agazapado y les indicó a Rebecca
y a Claire que cruzaran, sin dejar de apuntar a la sombría figura de la valla.
Contuvo el aliento mientras cruzaban el espacio abierto, pero lograron pasar
sin apenas hacer ruido.
David las siguió en cuanto estuvieron al otro lado, y sus años
de entrenamiento le permitieron moverse tan silenciosamente como un fantasma.
Se relajó un poco en cuanto estuvieron bajo la cobertura de la sombra del
edificio: lo peor ya había pasado. Podían llegar hasta la estructura central
bajo la densa oscuridad del pasillo formado por los edificios.
Llegaron a su destino en menos de un minuto. David les hizo un
gesto a sus compañeras para que esperaran y cruzó el trecho que quedaba hasta
la puerta, donde se detuvo. Tocó el frío metal del pomo de la puerta y lo bajó,
asintiendo para sí mismo cuando oyó el leve clic de la cerradura al abrirse.
Es el centro de comunicaciones. El jefe del equipo lo ha dejado
abierto para que puedan entrar los hombres que ha dejado aquí y tengan acceso a
la conexión por satélite por si regresamos.
Era una intuición, pero acertada.
Había llegado el momento de rezar para tener un poco de suerte:
si las luces estaban encendidas, abrir la puerta sería como encender un faro
para cualquiera que tan sólo estuviese mirando de reojo. Los guardias estaban
mirando al exterior del complejo cuando había efectuado el reconocimiento, pero
eso no significaba nada.
David respiró profundamente, abrió la puerta, y se dio cuenta de
que había poca luz mientras entraba y cerraba la puerta a su espalda. Se
recostó en la puerta y contó hasta diez, luego se relajó, inhalando agradecido
el aire tibio mientras examinaba el interior. La estructura en forma de almacén
había sido dividida al parecer en pequeñas estancias, y en la que él había
entrado estaba repleta de equipos de ordenador, de gruesos cables que cruzaban
el suelo y subían por las paredes, de conectores de satélites…
Todo lo que comunica esta instalación con el mundo exterior.
David pulsó el interruptor de la pared y apagó la única luz del
techo. Sonrió y les abrió la puerta a Claire y a Rebecca para que entraran.
—¡Contra la pared! —gritó León, y Cole lo hizo antes ni siquiera
de saber por qué. El sonido carraspeante parecía proceder de algún lugar por
delante de ellos… y entonces vio a la criatura que se acercaba lentamente desde
detrás, lo que hacía imposible la retirada, y logró reprimir a duras penas un
grito. Se detuvo a unos cinco o seis metros de ellos, y a Cole le pareció que
seguía sin verlo bien de lo extraño que era.
Oh, Dios, ¿qué es eso?
Tenía cuatro patas acabadas en pezuñas hendidas, como una cabra
o un carnero, y tenía aproximadamente el mismo tamaño… pero no tenía pelo, ni
cuernos, ni nada que pareciera un desarrollo propio de la naturaleza. Su cuerpo
esbelto estaba cubierto de unas pequeñas escamas de color marrón rojizo, como
la piel de una serpiente, pero en tono apagado en vez de brillante. A primera
vista parecía que estaba cubierto de sangre reseca. Su cabeza tenía aspecto de
anfibio, como la de una rana: un rostro liso y sin orejas, unos pequeños ojos
oscuros que sobresalían a los lados, una boca demasiado ancha, en la que de su
saliente mandíbula inferior asomaban unos dientes afilados. Era una mandíbula
de bulldog en una cabeza cubierta de escamas de sangre reseca.
Aquel ser abrió la boca y dejó al descubierto unos pocos dientes
afilados, tanto en la mandíbula superior como en la inferior, pero ninguno de
ellos en la parte frontal, y aquel terrible sonido gorgoteante surgió de la
oscuridad de su garganta. La extraña llamada fue respondida por otras,
procedentes de algún punto al otro lado de la cima artificial.
La llamada aumentó y se alargó, haciéndose más profunda y fuerte
cuando el ser levantó la cabeza, girando su cara asquerosa hacia el techo… y
luego la bajó de repente, con un movimiento rápido e inesperado, y les escupió.
Un grueso y pegajoso escupitajo rojizo de una sustancia semilíquida cruzó el
espacio que les separaba, hacia León… y el joven levantó el brazo para
detenerlo al mismo tiempo que John comenzaba a disparar, alejándose de la pared
y acribillando al monstruo escupidor a balazos.
La sustancia impactó a León de lleno en el brazo, y le hubiera
dado en la cara si no la hubiera parado. El escupidor, por toda respuesta a la
lluvia de balas, se giró y saltó por la ladera de la montaña artificial. Subió
dando largos saltos sin aparente esfuerzo y llegó a la cima en pocos segundos,
sin mostrar señal alguna de pánico o de frenesí. Trotó unos seis o siete metros
y luego bajó con agilidad de nuevo al suelo, deteniéndose delante de la puerta
que llevaba a Dos, como si supiera que estaba impidiendo su huida.
Y ni siquiera ha pestañeado, me cago en…
Los múltiples gritos, cuyos causantes permanecían fuera de la
vista, no elevaron su volumen, pero tampoco cesaron. Los sonidos gargajeantes
sí pararon, poco a poco, ya que no había presas contra las que escupir. De
repente, todo se quedó en silencio de nuevo, tan tranquilo como cuando habían
entrado por primera vez.
—¿Pero qué demonios era eso? —dijo John al mismo tiempo que
sacaba otro cargador de su macuto, con una expresión de absoluta incredulidad
en su rostro.
—Ni siquiera estaba herida —susurró Cole, empuñando su nueve
milímetros con tanta fuerza que empezó a perder la sensibilidad en los dedos.
Apenas lo notó, porque estaba observando cómo León tocaba el pegote húmedo y
abultado que le manchaba la manga… y lanzaba un siseo de dolor, retirando la
mano como si se la hubiera quemado.
—Esto es venenoso —les dijo.
Se secó rápidamente los dedos en la sudadera y luego los mantuvo
en alto. Las puntas de sus dedos índice y corazón se habían puesto
tremendamente rojas. Enfundó inmediatamente su pistola y se quitó la camisa
negra, procurando no tocar de ningún modo el fluido ácido, dejándola caer al
suelo.
Cole se sintió enfermo. Si León no lo hubiera parado con el
brazo…
—Vale, vale, vale —dijo John con el ceño fruncido—. Esto pinta
mal, así que queremos salir de aquí lo antes posible… ¿Dices que hay un puente?
—Sí, pasa por encima de la, mm…, trinchera —le respondió Cole
rápidamente—. Mide unos seis o siete metros de ancho, pero no vi lo profunda
que era.
—Vamos —dijo John.
Comenzó a caminar a grandes pasos hacia el punto donde el
sendero giraba y quedaba fuera de la vista. Cole le siguió, con León justo a su
espalda. John se detuvo a unos tres metros de aquella curva y se pegó a la
pared de nuevo, mirando de reojo a León.
—¿Quieres cubrirme, o te cubro yo? —le dijo León.
—Cúbreme —le respondió John—. Yo salgo el primero y atraigo su
atención. Tú echas a correr, con Henry pegado a tus talones, y con la cabeza
agachada, ¿entendido? Cruzad, llegad hasta la puerta, y si podéis, me ayudáis…
El rostro de John estaba completamente serio.
—Y si no podéis, no podéis.
Cole volvió a notar una sensación muy familiar, la de vergüenza.
Me están protegiendo, ni siquiera me conocen y yo les he metido
en este follón…
Si pudiera hacer algo para devolverles el favor, lo haría,
aunque de repente estuvo bastante seguro de que jamás podría pagar del todo su
deuda. Le debía la vida a aquellos tipos, y por lo menos un par de veces ya.
—¿Listos?
—Espera… —le dijo León, y regresó al trote al lugar donde había
dejado caer la sudadera.
El escupidor apostado al lado de la puerta permaneció tan
silencioso e inmóvil como una estatua, observándoles. León recogió la prenda
del suelo y se apresuró a regresar con sus compañeros mientras sacaba una
navaja de su mochila de cadera. Cortó la manga manchada y la tiró, luego le
entregó el resto de la prenda a John.
—Si te vas a quedar de pie y quieto, mantén cubierta la cara —le
indicó León—. Puesto que parece que las balas no les afectan, no tendrás por
qué ver ni disparar. Te daré un grito en cuanto estemos al otro lado. Y si no
es seguro, yo…
Los gritos de llamada sonaron de nuevo, y a Cole le recordaron,
por algún motivo, el chirrido de las cigarras, el soniquete casi mecánico de
las cigarras en una calurosa noche de verano. Tragó saliva con dificultad e
intentó convencerse de que estaba preparado.
—Se acabó el tiempo —les dijo John—. Preparaos para salir
pitando…
Levantó la sudadera y entonces, sorprendentemente, le sonrió a
León.
—Pero tío, tienes que gastarte más dinero en un buen
desodorante. Apestas como un perro muerto.
John se colocó la sudadera sobre la cabeza sin esperar una
respuesta, pero dejó un hueco por debajo para poder ver el suelo. Salió al
trote a terreno abierto con la cara hacia abajo, y León y Cole se pusieron
tensos…
Oyeron un rápido patpatpatpat, y la tela que cubría el rostro de
John quedó cubierta de repente de grandes hilachos de aquel espeso veneno rojo.
Él les hizo un gesto brusco con la mano…
—¡Vamos! —gritó León, y Cole echó a correr detrás de él con la
cabeza agachada, viendo tan sólo las botas de León una detrás de la otra, lo
mismo que sus delgadas piernas, con el suelo de roca gris convertido en un
borrón. Oyó otro grito gorgoteante a su izquierda y se agachó todavía más,
aterrorizado…
A continuación oyó el chasquido de la madera justo delante de
él, y un instante después, se encontraba sobre el puente, con las planchas de
madera atadas con cuerdas de fibra vegetal, crujiendo bajo sus pies. Vio el
abismo en forma de V más abajo, vio que era profundo, que había sido excavado
en la tierra bajo Planeta, unos doce o quince metros… y la roca gris apareció
de nuevo antes de que le diera tiempo a sentir vértigo. Siguió corriendo,
pensando en lo maravilloso que era tener que prestar atención tan sólo a las
botas de León, con el corazón golpeándole con fuerza contra el esternón.
Segundos o minutos después, no lo supo con seguridad, las botas
bajaron de ritmo y Cole se atrevió a levantar la vista. La pared, ¡la pared, y
allí estaba la puerta! ¡Lo habían logrado!
—¡John, vamos! —gritó León con todas sus fuerzas, regresando
unos pocos pasos por el mismo camino que ya había recorrido, con su
semiautomática empuñada y preparado para disparar—. ¡Vamos!
Cole se giró y vio a John quitarse la improvisada capucha negra,
vio al puñado de escupidores reunidos delante de él, en un grupo de seis o
siete de ellos, gritando de nuevo. John atravesó el grupo, y al menos dos de
ellos le escupieron, pero iba demasiado deprisa, lo bastante como para que sólo
le rozaran un hombro, por lo que Cole pudo distinguir. Las monstruosas
criaturas comenzaron a perseguirlo con su movimiento saltarín, no tan veloces,
pero casi.
¡Corre, corre, corre!
Cole apuntó con su nueve milímetros hacia los escupidores, listo
para disparar si conseguía tener una línea de tiro despejada, mientras John
llegaba al puente… y desaparecía.
El puente se hundió, y John desapareció.
Capítulo 16
John sintió que el puente se hundía unos cuantos centímetros
antes de que las cuerdas se partiesen. Alzó las manos de un modo instintivo sin
dejar de correr, pensando que lograría llegar… y un instante después, estaba
cayendo. Las rodillas golpearon contra un suelo de planchas de madera en
movimiento, y sus manos se cerraron sobre lo primero sólido que tocaron…
Todo lo que oyó fue el sonido del aire al pasar rápidamente
junto a su oído, luego, los nudillos de su mano derecha chocaron contra la
roca, y descubrió que estaba colgando sobre un barranco bastante profundo, con
un trozo de madera suelta en su mano izquierda. Había logrado agarrarse a una
de las planchas que seguían amarradas a la cuerda del puente, que colgaba de
uno de los lados. Los dos cabos que lo habían mantenido sujeto al lado norte de
la hondonada se habían partido.
John dejó caer el trozo inservible de madera y lo oyó
estrellarse contra el fondo del barranco junto a varias piezas que se habían
soltado. Intentó levantar el brazo para agarrarse mejor… y ¡plaf!, un pegote de
mucosidad roja apareció de repente justo delante de él, a un palmo a la derecha
de su cara, y empezó a escurrirse por la pared del barranco hasta formar un
hilo de baba.
Menuda mierda…
¡Bangbangbang!
Alguien estaba disparando una nueve milímetros, y el chasquido
creciente de los escupidores preparándose para arrojarle más babas, le indicó
que tenía que subir ya.
Alzó el brazo de nuevo y flexionó los bíceps, la tela de su
sudadera se tensó cuando se agarró a una de las rocas salientes y se elevó unos
centímetros. Unos disparos sonaron de nuevo por encima de él, más cercanos, y
luego oyó un grito de León que fue interrumpido por el tronar de nuevos
disparos.
Muy bien, chicos. Ya voy…
Ascender subiendo una mano tras otra era una putada, sobre todo
con los nudillos sangrando y un rifle colgando del cuello, pero pensó que lo
estaba haciendo bastante bien, y alargó el brazo para agarrarse al siguiente
asidero cuando una humedad tibia cubrió el dorso de su mano derecha, y le
dolió, era como el ácido, abrasaba…
Soltó aquella mano, sacudiéndola para quitarse de encima el frío
ácido y frotándosela de forma frenética contra la sudadera. Se mantuvo agarrado
al tembloroso puente con la mano izquierda, pero por los pelos, pues el dolor
era un fuego enloquecedor. Fue lo único que pudo hacer para resistirse a su
instinto natural, que era taparse la herida con la otra mano, y por la comezón
que empezó a sentir en los dedos, pensó que no tendría que preocuparse mucho
más por ello.
—¡Ya está aquí!
Un grito histérico directamente encima de él. John alzó la
cabeza y vio a Cole agachado sobre el borde del barranco, con su camisa de
trabajo subida hasta taparle la nariz y con una mirada en los ojos entre
frenética y atemorizada.
—¡John, dame la mano! —le instó, y alargó el brazo todo lo que
pudo, varios trozos de cemento cayeron al ser desprendidos por las suelas de
sus botas. Si dijo algo más, John no lo pudo oír por los nuevos estampidos del
arma de León, que intentaba mantener a raya a los escupidores.
John sólo tardó una fracción de segundo en reaccionar a la orden
de Cole, y en ese breve instante, se dio cuenta de que se caería. Henry Cole
medía como mucho un metro setenta de altura, y probablemente pesaba unos
sesenta y cinco kilos. Con ropa mojada puesta. Lo que era todavía mejor,
parecía una especie de tortuga enloquecida metida en el interior de su
caparazón.
Esto es demasiado divertido.
Divertido, y frenéticamente conmovedor, y aunque la puñetera
mano todavía le dolía a base de bien, había olvidado por completo el dolor
durante uno o dos segundos.
John sonrió e hizo caso omiso de los temblorosos dedos de Cole,
y se obligó a sí mismo a concentrarse en subir con su mano herida. Oyó más
gritos reverberantes a su espalda, pero por el momento no cayeron nuevas bombas
de saliva corrosiva.
—Dile a León que utilice su granada —dijo entre jadeos, y Cole
se giró, gritando para hacerse oír por encima de otra andanada de disparos de
la semiautomática de León.
—… ¡tu granada! John dice que utilices tu granada!
—¡Todavía no! —le gritó León por respuesta—. ¡Que salga de ahí!
Plaf, plaf. Otros dos salivazos cruzaron el barranco; uno le dio
de lleno a Cole en la bota, y el otro cayó a escasos centímetros de la cara de
John.
Ponte las pilas, John…
John se agarró a la madera del extremo superior con un tremendo
gruñido final y se alzó otro trecho, tiró de nuevo de sí mismo y de repente
tuvo que agacharse para poder poner la rodilla sobre el suelo.
—¡Ya estoy aquí, vamonos!
Cole, la tortuga loca, no necesitaba más incentivos. Empezó a
correr mientras León continuaba cubriendo a John y éste corría encorvado hacia
él y metía su mano herida en la mochila de cadera sacando su última granada. Ya
le había quitado la anilla de seguridad cuando vio que León tenía la suya en la
mano.
—¡Hazlo! —le gritó John cuando llegó a su lado.
León echó el brazo atrás y arrojó bien alto la potente carga
explosiva hacia los escupidores. Ambos echaron a correr, y John echó un vistazo
a su espalda y vio que tres o cuatro de los animales ya habían saltado al
interior del barranco.
No había tiempo para pensar. John arrojó su granada hacia abajo
con toda la fuerza que pudo, y el artefacto desapareció en el vacío al mismo
tiempo que la de León caía justo delante de las otras criaturas…
Un momento después, los dos se tiraron de cabeza al suelo y
rodaron sobre sí mismos. Las explosiones fueron casi simultáneas, ¡BOOUUUMM!
Oyeron el ruido de los trozos de roca cayendo y los chillidos increíblemente
agudos que sonaban procedentes de algún lugar…
—¡Los habéis pillado! ¡Los habéis pillado!
Cole estaba de pie delante de ellos, con una expresión de júbilo
incontenible y de no poco asombro en su estrecho rostro. John se irguió, León
le imitó, y ambos se giraron para ver lo ocurrido.
No los habían matado a todos. Dos de los cuatro que se habían
quedado al otro lado estaban casi intactos, vivos… pero cegados y rotos, con
las patas partidas y con un fluido negro que tapaba lo que quedaba de sus caras
mientras chillaban de rabia, como el mismo sonido de un conejillo de indias al
ser pisado. Los otros dos debieron estar situados justo delante de la
explosión: no eran más que bolsas de carne rotas y sangrantes, con huesos que
sobresalían del montón de restos como… como huesos rotos. Del barranco
artificial también salían chillidos agudos, y del mismo no surgió ninguna
criatura dispuesta a atacarlos. Aquel enfrentamiento se había acabado a todos
los efectos.
John se puso en pie y miró detenidamente el dorso de la mano
herida. Al contrario de lo que se esperaba por lo que había sentido, la piel no
se había derretido. Vio que se estaban formando unas cuantas ampollas, y que la
piel parecía quemada, pero no estaba sangrando.
—¿Estás bien? —le preguntó León mientras se ponía en pie y se
sacudía la ropa. Sus rasgos juveniles ya no le parecieron tan juveniles a John.
No pienso volver a llamarle novato.
John se encogió de hombros.
—Creo que me he roto una uña, pero sobreviviré.
Vio que Cole seguía mirándolos, con el cuerpo todavía tembloroso
por la adrenalina descargada que seguía en su cuerpo. Parecía incapaz de
encontrar las palabras adecuadas para hablar, y John recordó de repente y con
toda claridad cómo se había sentido después de su primer combate, el primero en
el que había actuado con valentía. Lo exultante que se había notado sin poder
evitarlo. Lo increíblemente vivo.
—Henry, eres un tipo curioso —le dijo a Cole al mismo tiempo que
le daba una palmada en la espalda al hombrecillo y le sonreía.
El electricista le sonrió a su vez, inseguro, y los tres se
dirigieron hacia la puerta que los conduciría hasta la fase Cuatro, dejando
atrás los furiosos chillidos de los animales moribundos.
Cuando el polvo se aclaró y vio que los tres hombres seguían con
vida, Reston golpeó con el puño el tablero de mandos sintiendo a la vez ira y
un miedo creciente. El estómago le dio un salto, y se quedó con los ojos
abiertos de par en par por la incredulidad que sentía.
—¡No, no, no, estúpidos cabrones, estáis muertos!
La voz le salía un poco pastosa, pero estaba demasiado asombrado
como para darse cuenta, demasiado cabreado. No sobrevivirían a los cazadores,
de eso estaba seguro…
Pero tampoco hubieran tenido que sobrevivir a los Ca6.
Reston no podía creerse que hubieran llegado hasta allí. No
podía creerse que de los veinticuatro especímenes con los que se habían
enfrentado, sólo hubiese sobrevivido uno de los dáctilos, y que todos los demás
habían acabado muertos o moribundos. Sobre todo, no podía creerse haber
permitido que siguiera aquella situación, que su orgullo y ambición le hubieran
impedido hacer lo que tendría que haber hecho en primer lugar. No es que
estuviese fuera de su terreno, pertenecía al círculo interior, ya tenía superadas
toda aquella clase de inseguridades… pero debería haber hablado con Sidney, al
menos, o con Duvall. No en busca de consejo, sino para cubrirse las espaldas.
Después de todo, no podía ser responsable de todo aquel asunto si había
consultado a uno de los otros miembros más antiguos…
Todavía no era tarde. Llamaría y les explicaría su plan, les
explicaría que estaba algo preocupado… Podía decir que los intrusos todavía
estaban en la fase Dos, eso ayudaría, ya modificaría la hora que aparecía en
los vídeos más tarde… y los cazadores ya habían sido puestos a prueba con
anterioridad, en cierto sentido, no los de la clase 3K, pero sí los 121.
Algunos se habían escapado de la propiedad Spencer, y por los datos que se
habían recopilado sobre aquello, sabía que los tres hombres morirían en la fase
Cuatro. Incluso si no los mataban, no podrían salir de allí, y con el apoyo de
la oficina central, casi se saldría con la suya y quedaría limpio.
Satisfecho por haber tomado la decisión correcta, Reston alargó
la mano bajo el tablero de control y levantó el auricular.
—Umbrella, Divisiones Especiales y…
Silencio. La suave voz femenina al otro lado de la línea se
interrumpió en mitad de la frase, ni siquiera se oía el ruido de la estática.
—Soy Reston —dijo con un tono de voz perentorio, y se dio cuenta
de que una sensación helada se estaba apoderando de su corazón, ahogándolo—.
¿Hola? ¡Soy Reston!
Nada. De repente, un momento después, se dio cuenta de que la
luz de la estancia había cambiado, de que se había hecho más intensa. Se dio la
vuelta sobre la silla, deseando fervientemente no ver lo que le parecía que
era…
En toda la hilera de pantallas que mostraban lo que ocurría en
la superficie sólo se veía estática. Las siete, fuera de servicio…. y pocos
segundos después, antes de que Reston ni siquiera pudiera darse cuenta de lo
que estaba ocurriendo, las siete se apagaron de golpe y se quedaron
completamente negras.
—¿Hola? —le susurró al teléfono inútil, y su febril aliento
cargado de alcohol empañó el auricular. Silencio.
Estaba solo.
Andrew “Asesino” Berman tenía un frío de narices, además de
estar aburrido y de preguntarse por qué el sargento se había molestado en poner
a nadie de guardia al lado de la furgoneta. Los malos no iban a volver, ya se
habían marchado hacía rato… e incluso si decidían regresar, estaba muy claro
que no iban a intentar llegar hasta su vehículo. Sería un suicidio.
O tienen otro coche de apoyo o se han helado en algún lugar de
esa llanura. Esto es una mierda.
Andy se subió la bufanda hasta las orejas, y flexionó los dedos
para agarrar mejor su M41. Cinco kilos de rifle no parecían mucho peso, pero
llevaba mucho rato de pie. Si el sargento no regresaba pronto, se metería en la
furgoneta durante un rato, descansaría los pies y se quitaría el frío del
cuerpo. No le pagaban lo bastante como para que se le congelaran las pelotas en
la oscuridad.
Se apoyó en el parachoques trasero y se preguntó de nuevo si
Rick estaría bien. No conocía demasiado a los demás tipos a los que les había
pillado la granada de fragmentación, pero Rick Shannon era su colega, y estaba
cubierto de sangre cuando lo metieron en el helicóptero.
Que esos cabrones se atrevan a volver y yo les dejaré
ensangrentados a ellos…
Andy sonrió al pensar que lo habían apodado Asesino por algo.
Era un tirador de narices, el mejor de su equipo, y era el resultado de toda
una vida cazando ciervos.
Y también era un tipo helado, aburrido, cansado e irritable.
Menuda mierda de obligación. Si el trío de capullos aparecía de nuevo, se comía
los calzoncillos.
Todavía estaba pensando en ello cuando oyó la voz suave y
gimoteante que surgió de la oscuridad.
—Ayúdenme, por favor… No me disparen, por favor, ayúdenme. Me
han disparado…
Una voz dulce y femenina. Una voz atractiva, y Andy agarró su
linterna e iluminó la oscuridad, descubriendo a la propietaria de la voz a
menos de diez metros de él.
Era una chica, vestida con ropas negras ceñidas, y que se
tambaleaba en su dirección. Estaba desarmada y herida, iba cojeando de una
pierna, con el rostro descubierto, pálido y vulnerable bajo la luz de la
linterna.
—Eh, quieta —le dijo Andy, aunque no con demasiada rudeza.
Era joven, y aunque él mismo sólo tenía veintitrés años, ella
parecía incluso más joven que él, apenas mayor de edad. Y una mayor de edad
bastante buena.
Andy bajó un poco el cañón de su arma pensando en lo bien que
estaría ayudar a una dama en apuros. Puede que ella fuera una de aquellos tres
criminales, lo más probable es que así fuera, pero era obvio que no
representaba una amenaza para él. Podía retenerla hasta que regresara el
helicóptero, y quizás ella se mostraría agradecida por su ayuda…
Comportarse como un héroe es un buen modo de ganar puntos,
seguro que sí. Puede que los tipos agradables lleguen en último lugar, pero
desde luego se acuestan con muchas mujeres en el camino.
La chica se le acercó cojeando y Andy apartó la luz de la
linterna de su rostro para no deslumbrarla. Puso la nota adecuada de sinceridad
en su tono de voz (las pavas se tragan todo eso), y dio un paso hacia ella,
alargando un brazo.
—¿Qué ha ocurrido? Ven, déjame que te ayude…
Algo oscuro y pesado le golpeó por el costado con fuerza, y lo
derribó al suelo dejándole sin respiración. Antes de darse cuenta de lo que
había pasado, la luz de una linterna le estaba iluminando la cara y el M41 le
era arrancado de las manos mientras se esforzaba por volver a respirar.
—No te muevas y no te dispararé —dijo un hombre, inglés por el
acento, y Andy sintió el frío cañón de un arma clavándose en un lado de la
garganta. Se quedó inmóvil, sin atreverse a mover ni un solo músculo.
¡Oh, mierda!
Andy levantó la mirada y vio a la chica empuñando el rifle, su
rifle, mirándolo a su vez. Ya no parecía tan indefensa.
—Zorra —dijo con un gruñido, y ella sonrió levemente mientras se
encogía de hombros.
—Lo siento. Si te sirve de consuelo, tus dos amigos también
picaron con el mismo truco.
Oyó la voz de otra mujer a su espalda, y sonó divertida.
—Además, piensa que ahora entrarás en calor. El cuarto del
generador es muy agradable y calentito.
Asesino no lo encontraba nada divertido, y se juró a sí mismo,
mientras lo ponían en pie y lo obligaban a bajar hacia el complejo, que era la
última vez que subestimaba a una pava, y aunque no pensaba comerse sus propios
calzoncillos, desde luego iba a recordar aquello la próxima vez que se sintiese
aburrido.
Capítulo 17
La fase Cuatro era una ciudad de verdad, y León pensó que era lo
más anormal que había visto hasta entonces. Las tres primeras fases habían sido
raras, irreales, pero también habían sido montajes obvios: los bosques
estériles, las paredes blancas del desierto, la montaña esculpida. En ningún
momento se habían olvidado de que el entorno era un montaje.
Pero esto… esto no es hábitat orgánico falso. Esto es realmente
como debe parecer de verdad.
La fase Cuatro consistía en varios bloques de una ciudad por la
noche. Un pueblo más bien, ya que ninguno de los edificios superaba los tres
pisos de altura, pero era un pueblo: farolas, aceras, tiendas y casas, coches
aparcados, y calles de asfalto. Habían salido de una montaña para meterse en
Hometown, Estados Unidos de América.
Sólo había dos cosas que no encajaban, al menos a primera vista:
los colores y el ambiente. Los edificios eran todos de color rojo ladrillo o de
una especie de tono alquitranado oscuro. No parecían acabados, y todos los
pocos coches aparcados que León pudo ver eran de color negro, aunque era
difícil estar seguro en aquella sombría oscuridad.
Y el ambiente…
—Inquietante… —dijo John en voz baja, y León y Cole se limitaron
a asentir. Se quedaron con la espalda pegada a la puerta y observaron con
detenimiento el silencioso pueblo, y descubrieron que era tremendamente
perturbador.
Como una pesadilla, una de esas en las que estás solo y no
encuentras a nadie y todo te da mala espina…
No es que fuera un pueblo fantasma, no tenía el aspecto de ser
un lugar abandonado, un lugar que había superado su época de utilidad. Nadie
había vivido allí, y nadie lo haría jamás. Ningún coche había recorrido sus
calles, ningún niño había jugado en sus esquinas, ningún ser viviente lo había
llamado su hogar… y aquel sentimiento vacío y sin vida era… inquietante.
La puerta por la que habían entrado daba a una calle que iba de
este a oeste y que terminaba bruscamente en una pared pintada de color azul
oscuro. Podían ver, desde donde estaban, toda una larga calle pavimentada que
iba hacia el sur, y que acababa en la oscuridad a una distancia indeterminada.
Varias calles se cruzaban en perpendicular en toda su longitud. La escasa luz
de las farolas provocaba largas sombras, y brillaban con la luminosidad justa
para ver los objetos, pero insuficiente para distinguirlos con claridad.
Había un coche justo delante de ellos, aparcado enfrente de un
edificio parduzco de dos plantas. John caminó hasta él y golpeó suavemente el
capó. León pudo oír el sonido hueco bajo su mano: estaba vacío.
John regresó hasta la puerta, observando con aprensión las
sombras.
—Así que… cazadores —dijo, y León se dio cuenta de repente que
aquello era casi tan enfermizo como los edificios sin vida que se alineaban
delante de ellos.
—Todos los sobrenombres son descriptivos —dijo mientras sacaba
el cargador de su semiautomática para contar las balas que le quedaban. Cinco,
y sólo tenía otro cargador, aunque a John le quedaban un par… No, sólo le
quedaba uno, Cole tenía el otro. Y a menos que se equivocase, León sabía que a
John sólo le quedaba otro cargador para el M-16 treinta proyectiles, más lo que
le quedara en el rifle. Ya no quedan granadas, apenas tenemos munición…
—Entonces, ¿qué? —preguntó Cole.
Fue John quien le contestó, entrecerrando los ojos mientras
hablaba, y su expresión se hizo aún más vigilante mientras observaba las densas
sombras de cada esquina, de cada ventana.
—Piensa un poco —le dijo—. Pterodáctilos, escorpiones, animales
que escupen… cazadores.
—Yo… ah —Cole parpadeó y miró a su alrededor con un temor
renovado—. Esto no pinta bien.
—¿Dices que la última puerta está cerrada con cerrojo? —le
preguntó León.
Cole asintió, y John meneó la cabeza al verle.
—Y yo, como un idiota, voy y utilizo la última granada —dijo en
voz baja—. No podremos echar la puerta abajo.
—Si no lo hubieras hecho, estaríamos muertos —le contestó León—.
Y probablemente no hubiera servido de nada si tiene el mismo tipo de montaje
que la de la primera entrada.
John dejó escapar un gran suspiro, pero asintió.
—Supongo que nos podremos encargar de ese problema cuando se
presente.
Los tres se quedaron callados unos instantes, en un silencio
tremendamente incómodo que Cole rompió por fin.
—Entonces… mantenemos los ojos y los oídos bien abiertos, y
permanecemos juntos, ¿no? —dijo dubitativamente, más como una pregunta que como
una afirmación.
John alzó las cejas y sonrió.
—No está mal, ¿eh? ¿Qué vas a hacer en la vida si logramos salir
de aquí? ¿Quieres unirte a la causa, darle un palo a Umbrella?
Cole sonrió con nerviosismo.
—Pregúntamelo otra vez si logramos salir de aquí.
Estaban todo lo preparados que podían estar, así que se
dirigieron al sur caminando lentamente por el centro de la calle, con los
oscuros edificios observándolos con sus ojos de cristal sin expresión. Aunque
intentaron avanzar en silencio, el eco del pueblo vacío parecía devolver los
leves ruidos de sus pisadas en el asfalto, incluso el sonido de sus
respiraciones.
Ninguno de los edificios mostraba carteles o decoración alguna,
y por lo que León pudo percibir, tampoco había luces en su interior. La
sensación opresiva y como sin vida le trajo desagradables recuerdos de la noche
que había llegado a Raccoon City en su primer día como policía, después de que
Umbrella hubiera esparcido su virus.
Sólo que las calles olían a muerte y los caníbales rondaban por
doquier en la oscuridad, los cuervos se estaban comiendo a los muertos, era una
ciudad en los estertores de la muerte…
John levantó una mano cuando llegaron a la mitad de la manzana,
lo que sacó a León de su ensimismamiento.
—Un segundo —dijo, y se acercó al trote hasta una de las
«tiendas» situadas a la izquierda, un establecimiento con vitrinas que a León
le recordó una pastelería de esas que siempre tienen pasteles de boda en el
escaparate. John miró a través del cristal y luego intentó abrir la puerta.
Para sorpresa de León, se abrió. John metió el cuerpo durante un largo
instante, luego la cerró y regresó a paso ligero.
—No hay mostradores ni nada de eso, pero es un local de verdad
—dijo, siempre hablando en voz baja—. Hay una pared trasera y un techo.
—Quizá los cazadores están escondidos en uno de los edificios
—comentó León.
Sí, y nos tienen más miedo ellos a nosotros que nosotros a
ellos. Eso estaría bien. Sería toda una suerte…
—¡Eso es! —exclamó Cole en voz demasiado alta, y luego la bajó
inmediatamente, sonrojándose—. Ya sé cómo podemos salir de aquí, bueno, quizá.
Todos los, eeeh, animales, se mantienen en jaulas o en una especie de perreras
o en algo parecido detrás de las paredes traseras. No sé en las otras fases,
pero hay un pasillo que corre alrededor de la Cuatro. He visto la puerta que
lleva a él, a unos seis metros de la esquina suroeste. Tiene que ser mucho más
fácil de abrir que la salida. Me refiero a que estará cerrada, pero no tendrá
una barra que impida abrirla.
John comenzó a asentir, y León pensó que era muchísimo más
factible que intentar atravesar una puerta cerrada con una gran barra en el
lado opuesto.
—Bien —dijo John—. Buena idea. Vamos a ver si podemos…
Algo se movió. Algo en las sombras de un edificio de dos pisos
de la derecha, algo que hizo que John se callara y que todos apuntaran hacia la
oscuridad, tensos y alertas. Pasaron diez segundos, luego veinte… y fuese lo
que fuese, parecía capaz de mantenerse perfectamente inmóvil.
O en realidad no hemos visto nada.
—Nada por aquí —susurró Cole, y León comenzó a bajar su nueve
milímetros, indeciso, pensando que le había parecido que algo se movía…, y en
ese preciso momento, algo que no podían ver lanzó un chillido, un grito agudo y
terrible como el de alguna clase de pájaro espantoso, como el de una bestia
salvaje cegada por la furia… Y la misma oscuridad se movió. León seguía sin
poder distinguirlo con claridad, porque era como una sombra, una parte del
edificio que se hubiera puesto en movimiento, pero vio los pequeños ojos
brillantes, resplandecientes y al menos a dos metros del suelo, y las garras
melladas y desiguales que casi tocaban el asfalto. Se dio cuenta de que era un
camaleón justo cuando se lanzó a por ellos sin dejar de chillar.
Reston se apresuró a regresar a la sala de control, y el peso de
la pistola en su funda le hizo sentirse mejor. Se sentiría todavía mejor si
lograba regresar a tiempo para ver cómo los cazadores despedazaban a los tres
hombres, aunque se conformaba con ver los tres cadáveres.
Me conformaría con eso, no me importaría siempre que mueran.
Reston quería tomarse una copa, quería estar cuanto antes de
vuelta en la sala de control, encerrarse y esperar a que Hawkinson regresara.
Se sintió casi histérico un momento cuando se dio cuenta de que las
comunicaciones habían quedado cortadas, pero lo cierto es que nada había
cambiado. El montacargas seguía desconectado y el incompetente sargento
volvería con el helicóptero en poco tiempo. Si los tres intrusos del exterior
habían sido los autores del corte de comunicaciones, algo sobre lo que no tenía
dudas, ninguna en absoluto, Hawkinson se encargaría de ellos. Si por una
casualidad se trataba de un problema técnico, enviarían a un nuevo electricista
en cuanto no realizara su informe matutino rutinario.
No ser capaz de poder comunicarse con sus colegas había sido
algo inquietante, pero luego pensó que podría utilizarlo a su favor. ¿Quién no
se sentiría impresionado de que, en unas circunstancias tan terribles, él
hubiera logrado manejar la situación a pesar de todo? Si se tenían en cuenta
todas las circunstancias, atrapar a los intrusos en el programa de prueba había
sido su única posibilidad. Nadie lo culparía por ello, al menos, no demasiado.
Recoger el revólver del calibre 38 de su habitación lo había
tranquilizado todavía más. Se lo había llevado a Planeta sobre todo porque era
un regalo de Jackson, y aunque sabía muy poco del manejo de armas de fuego,
estaba seguro de que lo único que tenía que hacer con aquella arma era apretar
el gatillo. El pesado revólver casi se disparaba él solo, ni siquiera tenía que
trastear con un mecanismo de seguro…
Reston estaba a mitad de camino de la sala de control cuando se
le ocurrió que quizá debería haber dejado salir a los trabajadores de la
cantina. Había pasado justo por delante de la puerta cerrada dos veces, y ni
siquiera había pensado en ello. Quizás había tomado demasiado coñac. Pensó por
un breve momento en retroceder, pero luego decidió que bien podían esperar otro
rato. Asegurarse de que los 3K se estaban comportando como debían era mucho más
importante. Además, estaba resuelto a despedirlos a todos en cuanto recuperara
el contacto con la oficina central. Ninguno de aquellos inútiles había ni
siquiera intentado proteger a Planeta o a su jefe.
Vio la sala de control un poco más adelante. Reston echó casi a
correr y dobló la esquina que daba al corto pasillo, apresurándose a atravesar
la puerta. Distinguió movimiento en una de las pantallas, y se acercó a la
carrera a la silla, a la vez nervioso y ansioso por ver morir a los intrusos.
No tenía por qué avergonzarse de ello, al fin y al cabo, ellos eran de los
malos…
Y vio que no estaban muertos, ninguno de ellos, pero también se
dio cuenta de que sólo era cuestión de segundos. Los tres hombres estaban
disparándole a uno de los cazadores, y mientras miraba, apareció en escena un
segundo. Seguía del mismo color negro intenso del coche tras el que seguramente
se había estado ocultando.
Rojizo se giró hacia su derecha y empezó a disparar contra la
nueva amenaza, pero el 3K no iba a echarse atrás por unas cuantas balas: el
cazador cruzó la distancia que los separaba de un tremendo y único salto, seis
metros de golpe. Reston sabía por los datos preliminares que podían saltar
hasta casi siete metros…
Cole empezó a disparar también contra el segundo espécimen,
mientras John continuaba acribillando al primero, ya del color gris oscuro del
asfalto. El primero había recibido bastantes disparos de los tres intrusos, así
que se dio la vuelta y saltó fuera del ángulo de visión de la pantalla.
El segundo todavía mantenía su intenso color negro, y su cuerpo
quedó claramente definido cuando alzó un musculoso brazo para intentar detener
las balas que estaban acribillando su cuerpo. Era una figura humanoide enorme,
desnuda y sin sexo, una bestia formidable, con un cráneo alargado y reptiliano
y unas garras de casi diez centímetros, que echó atrás la cabeza y lanzó un
aullido. Reston conocía aquel grito, y su mente suplió la carencia de sonido en
el sistema mientras la silenciosa criatura empezaba a desaparecer en el
entorno. La concordancia de colores con la calle era casi perfecta cuando alzó
de nuevo el brazo y Rojizo salió volando hacia un lado.
¡Sí!
John se colocó delante de su camarada caído y acribilló al
monstruo furtivo mientras Cole ayudaba a Rojizo a ponerse en pie para luego
retroceder ambos. Intercambiaron algunas palabras y los dos se salieron del
ángulo de visión de la cámara, hacia el sur…
¿Habían herido a la criatura? John dejó de disparar y vio sangre
saliendo de algún lado, cubriendo la cara del 3K, cubriendo su pecho…
En los ojos, debe haberle acertado en los ojos. ¡Maldita sea!
La criatura trastabilló y retrocedió. No era una herida mortal,
pero la dejaría temporalmente incapacitada.
John se giró y echó a correr en pos de sus compañeros. No había
más cazadores a la vista, al menos Reston no lo creía. Tampoco es que
importara, porque los tres intrusos ya podían considerarse muertos. No había
modo alguno de que pudieran atravesar la ciudad sin que los atacasen, ni tenían
ningún sitio donde esconderse… aunque Reston, sólo por estar seguro, apretó el
botón que cerraba la puerta que daba a la fase Tres.
No existe retirada posible, caballeros…
Todavía no habían aparecido en la pantalla que mostraba la calle
justo al sur de la primera cámara. Reston frunció el ceño y cambió de cámara,
conectando la que había en la parte delantera de un edificio… y vio que se
cerraba una puerta: los intrusos habían buscado refugio en una de las tiendas.
Reston meneó la cabeza. Aquello les protegería probablemente durante cinco
minutos, pero seguro que no más. Los 3K tenían la fuerza suficiente como para
echar abajo toda la ciudad, si así lo querían, y cazaban sobre todo con el
sentido del olfato. Rastrearían a los acobardados hombres, los descubrirían, y
finalmente pondrían fin a sus inútiles vidas causantes de problemas.
No había cámara en el edificio en que habían entrado. Tendría
que esperar a que reapareciesen, o a que los cazadores los sacasen. Reston
sonrió, y sus dientes chirriaron por la impaciencia que sentía, preguntándose
por qué tardaban tanto los puñeteros 3K. Ya iba siendo hora de que acabara la
prueba, de que Planeta volviera a la normalidad.
Los cazadores no le fallarían. Tan sólo tenía que esperar unos
cuantos minutos más.
Encontraron el modo de entrar en la parte trasera del edificio
central, al otro lado del cuarto del generador, donde habían dejado a los tres
furibundos guardias. Fue cuestión de pura suerte, ya que sólo habían estado
buscando los controles para desbloquear el ascensor del edificio de entrada.
Eran cuatro en total, toda una serie de ascensores en un
gabinete enmoquetado en la pared occidental. No funcionaban, pero había un
ascensor para dos personas en el primer hueco que abrieron, aunque con bastante
esfuerzo, David y Claire. Aunque estaba cansada y no se sentía bien, ver la
pequeña plataforma enganchada a su propio sistema de cables hizo que Rebecca
sintiera deseos de reír a todo pulmón.
Ni siquiera sospecharán que bajamos, nos colaremos como sombras.
—Me parece que a alguien se le olvidó cerrar la puerta trasera
—dijo David con una expresión de triunfo en su rostro cansado.
Claire miró dubitativamente el pequeño espacio metálico.
—¿Cabremos todos?
David no contestó inmediatamente, sino que se giró para mirar a
Rebecca. Ella sabía lo que le iba a sugerir, y comenzó a pensar en una razón
convincente antes de que su compañero abriera la boca.
Puede que el helicóptero regrese, probablemente lo hará; si os
hieren, me necesitaréis, ¿qué ocurrirá si los guardias consiguen soltarse…?
—Rebecca… necesito que digas sinceramente cuál es tu estado
físico —le dijo con una expresión cuidadosamente neutral en su rostro.
—Estoy cansada, me duele la cabeza, cojeo… y me necesitáis ahí
abajo, David. No estoy al cien por cien, pero tampoco estoy al borde del
desmayo, y dijiste que probablemente ya han enviado otro equipo que estará de
camino…
David sonrió y alzó ambas manos.
—Vale, vale, bajaremos todos. Estaremos apretados, pero no creo
que el peso sea un problema, las dos sois pequeñitas…
Entró e iluminó con la linterna primero los cables, y luego los
mandos de aspecto simple conectados al sistema de cableado propio del ascensor.
—Creo que nos las podremos apañar bastante bien. ¿Vamos?
Rebecca y Claire entraron en el ascensor. La plataforma de
servicio improvisada sólo cubría una cuarta parte del espacio a oscuras. Encima
y debajo sólo sentían el frío y oscuro aire, y el raíl corría sólo por un lado.
Claire se apretó intranquila contra la barra metálica: los tres estaban
bastante apretujados.
—Ojalá tuviera un caramelo para el aliento —murmuró Claire.
—Desde luego, ojalá tuvieras un caramelo para el aliento —le
replicó Rebecca, y a Claire le entró la risa floja. Rebecca sintió el
movimiento de las costillas de Claire contra su brazo. Estaban realmente
apretados allí dentro.
—Allá vamos —dijo David, y pulsó el botón de arranque.
El ascensor comenzó a bajar con un zumbido rugiente y sonoro que
resonaba tanto que Rebecca se pensó otra vez lo del ataque sorpresa. También
era bastante lento, puesto que descendía a la mitad de velocidad que cualquier
ascensor normal.
Demonios, esto puede tardar días…
Aquella idea hizo que Rebecca se sintiera muy cansada de
repente, y el ruido del rugiente motor aumentó su dolor de cabeza. Quedarse de
pie y quieta le hizo darse cuenta realmente de lo enferma que se sentía, y
cuando el brillante rectángulo de la entrada al ascensor desapareció hacia
arriba mientras ellos bajaban a la oscuridad, se sintió agradecida de estar tan
apelotonados: le proporcionaba una excusa para apoyarse del todo en David, con
los ojos cerrados, para intentar mantenerse de una pieza un poco más de tiempo.
Capítulo 18
Estaban metidos hasta el cuello en un buen problema. Entraron en
el edificio y se dirigieron hacia la pared trasera a través de la oscuridad,
sudando y jadeando. Cole se esperaba que la débil puerta saltara hecha astillas
en cualquier momento.
… pam, y entrarán a saco, chillando, destrozándonos con sus
garras antes de que tengamos siquiera oportunidad de verlos…
—Tengo un plan —dijo John entre resoplidos, y Cole sintió un
leve atisbo de esperanza que duró hasta la siguiente frase de John—. Echamos a
correr como locos hasta la pared trasera —dijo con voz firme.
—¿Estás chalado? —le dijo León—. ¿Viste saltar a ése? No hay
manera de que les ganemos corriendo…
John inspiró profundamente y luego comenzó a hablar en voz baja
y rápida.
—Tienes razón, pero tú y yo somos buenos tiradores y podemos
cargarnos algunas de las farolas mientras corremos. Incluso si pueden ver en la
oscuridad, eso les distraerá, y quizá les confunda.
León no dijo nada, y aunque Cole no podía distinguir con
claridad su cara, vio que se estaba frotando el hombro donde la criatura le
había golpeado. Lentamente, como si estuviera sopesando la idea de John.
¡Los dos están chalados!
Cole se esforzó para que su voz no mostrara su evidente terror.
—¿No hay ninguna otra opción? Me refiero, no sé, a que podríamos
subir a los edificios e ir de tejado en tejado.
—Todos los edificios tienen alturas diferentes —le dijo John—. Y
no creo que los hayan construido para soportar demasiado peso.
—¿Y qué tal si…?
León lo interrumpió sin rudeza.
—No tenemos munición apenas, Henry.
—Entonces nos volvemos a la fase Tres y nos lo pensamos bien…
—Estamos más cerca de la pared suroeste —dijo John, y Cole supo
que tenía razón, lo supo y lo odió mientras intentaba buscar otra solución. Los
cazadores eran terribles, casi se trataba de los seres más terribles que Cole
jamás había esperado ver…
De algún lugar del exterior les llegó el chillido de uno de
ellos, un sonido aullante y feroz que atravesó las delgadas paredes, y Cole se
dio cuenta de que no tenían tiempo de pensar en un plan mejor.
—Vale, sí, vale —dijo, y pensó que, como mínimo, debía tragarse
su temor y enfrentarse a lo inevitable como si de verdad tuviera valor.
No seré una carga para ellos, pensó, y respiró profundamente,
enderezando un poco los hombros. Si eso era lo que tenía que ocurrir, no iba a
deshonrarse a sí mismo convirtiéndose en un cobarde tembloroso… y tampoco iba a
reducir sus probabilidades de supervivencia convirtiéndose en esa carga.
Cole sacó del bolsillo trasero el cargador que John le había
dado y manoteó para cambiarlo por el de la pistola, ya vacío, con el corazón
palpitante… y se quedó un poco sorprendido al comprobar que una vez tomada la
decisión, una vez comprometido, se sentía más fuerte, más valiente.
Puede que muera, se dijo a sí mismo, y esperó a que le asaltara
una oleada de horror… pero no llegó. Ya habría muerto si no hubiera sido por
John y por León, y quizás era su oportunidad para impedir que uno de ellos, o
los dos, resultaran heridos.
Los tres se dirigieron a la puerta sin intercambiar una sola
palabra más. Cole pensó que su vida había cambiado más en las dos horas
anteriores que en los últimos diez años de su vida… y que a pesar de cómo había
llegado, le alegraba aquel cambio. Se sentía completo. Se sentía vivo.
—Preparados… —dijo John, y Cole inspiró profundamente mientras
León le sonreía bajo la escasa luz que llegaba por la ventana.
—¡Ya!
John abrió la puerta de par en par y salieron corriendo a la
calle mientras a su alrededor la noche estallaba en la enorme algarabía de los
feroces chillidos de los cazadores.
Los ojos de Reston brillaron. Se inclinó sobre la pantalla y se
quedó mirándola fijamente, encantado de que hubieran tomado aquella decisión
suicida. Los tres salieron del lugar hacia la oscuridad como enloquecidos. Como
muertos que no tenían la sensatez suficiente como para dejar de moverse.
Corrieron hacia el sur, con John a la cabeza y Rojizo y Cole
pegados a sus talones. Un cazador saltó desde una acera situada a su derecha,
dispuesto a darles la bienvenida… y se vio un resplandor, un brillante
estallido de luz anaranjada procedente de arriba, y unos cristales ardientes
comenzaron a caer sobre la calle como una lluvia resplandeciente. Una de las
farolas, le habían disparado a una de las farolas, y los 3K parecieron
enloquecer cuando los cristales rotos cayeron sobre ellos. El cazador de color
rojizo cambiante a gris retorció su cuerpo, frenético y aullante, en busca de
su atacante… e hizo caso omiso por completo de los hombres que pasaron
corriendo a su lado. Los tres pasaron de largo con las armas en alto,
disparando al cielo, disparando contra más farolas, y Reston vio que otro de
los cazadores saltaba a la calle, una sombra casi oculta entre las demás
sombras… y Cole, Henry Cole, fintó a la izquierda y luego a la derecha, aplastó
el cañón de su pistola contra la cabeza del 3K agachado y se vio surgir un
surtidor de líquido, de cerebro y de sangre, procedente de su sien. El
electricista le había pegado un tiro a quemarropa. Los brazos y las piernas del
cazador se movieron espasmódicamente en todas direcciones, pero ya estaba
muerto. Cole se apartó de un salto y siguió corriendo, alcanzando a los otros
dos mientras más bombillas de las farolas estallaban haciendo volar fragmentos
de cristal de las luces blancas estroboscópicas.
—No —susurró Reston, sin darse cuenta de que había hablado, pero
bastante consciente de que todo iba horriblemente mal.
John corrió, se detuvo para disparar, echó a correr de nuevo.
Los feroces aullidos les seguían, la lluvia de cristales y el olor a metal
recalentado les llegaba de todos lados… y vio a uno de ellos en mitad de la
calle, justo delante del cruce que los llevaría hasta las jaulas, vio los
extraños ojos centelleantes y el agujero negro de su boca aullante…
No desperdicies la munición, Jesús, es igual que la calle…
Siguió corriendo directamente hacia él, sin dejar de apuntarle,
con los estampidos de nueve milímetros a su espalda, y el monstruo aullante a
menos de tres metros cuando por fin disparó.
¡Ahora!
Una ráfaga corta, medida, directamente al rostro antinatural y
salvaje… y no cayó, y aunque giró para esquivarle, no llegó muy lejos. Su cara
rugiente, cubierta de sangre, pareció quedarse a escasos centímetros de la
suya, y uno de sus brazos, tan largo como increíble, se proyectó contra él y le
pegó en el pecho.
El golpe impactó en su pectoral izquierdo, y John esperó ser
aplastado, volar por los aires con el cuerpo destrozado… pero la criatura debía
estar debilitada por las balas, desorientada, quizá cegada, porque aunque
sintió que el pecho se le contraía por el dolor, había sufrido golpes peores.
Trastabilló, pero no cayó, y para cuando se quiso dar cuenta, ya lo había
dejado atrás y giraba a la izquierda, en dirección oeste.
Echó un vistazo a su espalda, vio que los otros lo seguían, miró
hacia delante…
¡Ahí está!
La calle acababa en una pared pintada a menos de un edificio de
distancia, y una abertura se abría a unos tres metros del suelo, un agujero de
dos metros y medio de ancho y de al menos tres metros de altura…
Otro aullido a su derecha. No pudo ver al cazador camuflado,
pero ¡bangbang! León o Cole dispararon contra la criatura, y el grito se volvió
frenético por la rabia. John alzó su M-16 e hizo estallar la bombilla de otra
farola.
Diez segundos y ya estaremos…
Un panel de color azul oscuro comenzó a bajar para tapar la
abertura, de modo lento pero inexorable. En pocos segundos, se quedarían sin
ruta de escape.
Reston apretó frenéticamente el botón de cierre de la jaula, y
la puerta siguió bajando como un puñetero caracol. Tenía las manos pegajosas
por el sudor, y la mente, embriagada, le daba vueltas por la incredulidad.
No, no, no, no…
Había cerrado las jaulas de las fases Dos y Tres, pero uno de
los cazadores se había quedado en el interior de la suya, así que la había
dejado abierta, se había olvidado… y ahora el animal había salido y los tres
hombres estaban a punto de escapar. De escapar de él, de la muerte que se les
había asignado.
¡Más rápido!
John estaba mirando a su espalda, gritando, con Rojizo justo
detrás de él y con Cole casi al lado de éste… y vio a un cazador a menos de
siete metros de ellos, acercándose a toda velocidad, ganando terreno, con su
inmenso cuerpo pasando del marrón edificio al negro asfalto y viceversa y sus
garras dejando grandes arañazos el suelo.
¡Mátalos, vamos, salta, mátalos!
John llegó a la abertura y sus manos se agarraron al borde
inferior, para meterse luego en el interior con un ágil salto.
Sacó una de las manos, Rojizo llegó un instante después, la
agarró y John lo metió de un tirón en el interior…
Cole lo alcanzó al momento siguiente, y también iba a lograr
pasar, la puerta no se cerraría a tiempo y ya había dos manos esperándolo…
Entonces, el cazador que lo perseguía alargó sus dos brazos y
los bajó de golpe. Las garras destrozaron la espalda de Cole, atravesando la
camisa, la piel, el músculo y quizás incluso los huesos.
Los otros metieron a Cole de un tirón mientras la puerta acababa
de bajar.
Cole no gritó mientras lo dejaban con cuidado en el suelo,
aunque debía estar sufriendo una dolorosa agonía. Lo colocaron boca abajo con
tanta suavidad como pudieron. León se sintió embargado por la pena cuando vio
el destrozo de carne que antes había sido la espalda de Cole.
Se está muriendo, muriendo.
En pocos segundos, el suelo bajo su cuerpo quedó cubierto por un
charco de sangre. León pudo distinguir la carne desgarrada a través de los
jirones de su camisa húmeda y ya de color rojo, las fibras musculares rotas y
el brillo fresco del hueso por debajo, hueso aplastado. El daño había sido
hecho a lo largo de dos extensas heridas, de arriba abajo, y cada una comenzaba
por encima de los omóplatos y acababa en la cintura. Eran heridas mortales.
Cole respiraba de forma superficial y jadeante, con los ojos
cerrados y las manos temblorosas.
Estaba inconsciente. León miró a John, vio su expresión de
angustia y apartó la vista. No podían hacer nada por él.
Estaban en el interior de una jaula gigantesca que apestaba a
animales salvajes, al final de un profundo pasillo de cemento, uno que al
parecer recorría a lo largo las cuatro áreas de prueba. Estaba casi a oscuras,
con tan sólo unas cuantas bombillas encendidas, y se vislumbraban las jaulas en
la penumbra. Cada una de ellas estaba separada por unas paredes con unas
inmensas ventanas acristaladas, y León pudo ver con mayor claridad la que tenía
justo al lado, el hogar de los escupidores. Estaba cubierta por un plástico
grueso y transparente, con el suelo repleto de huesos.
La jaula de los cazadores estaba vacía, y era de al menos diez
metros de ancho y el doble de larga, con un par de abrevaderos bajos adosados a
las paredes de rejilla metálica. Era un lugar triste y solitario donde morir,
pero al menos estaba inconsciente y no sentía ningún…
—Dad… me la vuelta —susurró Cole. Tenía los ojos abiertos, y los
labios temblorosos.
—Eh, quédate tranquilo —le dijo John con voz suave—. Te vas a
poner bien, Henry, tú quédate donde estás, no te muevas, ¿vale?
—Y una… mierda —le respondió Cole—. Dadme… la vuelta. Me… muero.
John intercambió una mirada con León, quien asintió a
regañadientes. No quería causarle más dolor a Cole, pero tampoco quería negarle
nada. Se estaba muriendo, y debían hacer lo que les pidiera.
John levantó lenta y cuidadosamente a Cole, y le dio la vuelta.
Cole gimió cuando su espalda tocó el suelo, abriendo los ojos de par en par y
girándolos sobre sí mismos, pero pareció sentir algo de alivio unos momentos
después. Quizás era el frío del suelo… o quizás es que ya estaba más allá de
poder sentir dolor, ya estaba insensible.
—Gracias —dijo con un susurro, y una burbuja de sangre surgió de
entre sus pálidos labios.
—Intenta descansar, Henry —le dijo León con cierta dulzura,
deseando poder echarse a llorar. El hombre había intentado tanto ser un
valiente, mantenerse a su nivel…
—Fósil —murmuró Cole con la mirada fija en León—. En un… tubo.
El tipo dijo… que si salía… destrozaría… todo. En el… laboratorio… Al oeste.
¿Vale?
León asintió, entendiéndole perfectamente.
—Una criatura de Umbrella en el laboratorio. Fósil. Quieres que
la dejemos salir.
Cole cerró los ojos, y su rostro ceniciento se quedó tan quieto
que León pensó que ya se había acabado… pero habló de nuevo, en voz tan baja
que tuvieron que inclinarse para poder oírlo.
—Sí —exhaló—. Bien.
Cole inspiró por última vez, dejó escapar el aire… y su pecho no
volvió a moverse.
Los dos averiguaron cómo salir de la jaula de los cazadores
pocos minutos después de la muerte de Cole. Reston se quedó mirando a la
pantalla, sin sentir nada, decidido a no sentirse sorprendido. Simplemente no
eran humanos, eso era todo. Una vez se aceptaba eso, ya no cabía posibilidad
alguna de sorprenderse.
Los pilones para la alimentación habían sido soldados firmemente
a unos largos y estrechos huecos en la malla metálica de acero para que los
cuidadores pudieran darle la comida a los especímenes sin tener que entrar en
la jaula. Una pequeña parte del pilón sobresalía lo suficiente como para que
tan sólo hubiera que dejar caer la comida y los animales la recibieran por el
otro lado. No importaba si los 3K intentaban tirar de los pilones, o empujarlos
hacia fuera, ya que el hueco era demasiado pequeño para sus cuerpos.
Pero no para unos cuerpos humanos… o para los suyos, sean lo que
sean.
John y Rojizo comenzaron a darle patadas al pilón, y en cuanto
empezó a salirse por el otro lado, Reston tomó su revólver, se puso en pie y le
dio la espalda a las pantallas. No tenía sentido quedarse mirando. Había
fallado, las pruebas de Planeta habían demostrado ser demasiado sencillas y
sería castigado con severidad por lo que había hecho, incluso era posible que
lo mataran. Pero no estaba dispuesto a morir, todavía no… y no a manos de
ellos.
Pero, ¿y el montacargas?, ¿y la gente en la superficie…?
Tampoco era muy seguro ir arriba. Todo el complejo había sido
tomado por aquellos soldados de los STARS, lo habían aislado, y ahora tan sólo
estaban esperando que sus dos muchachos lo obligaran a salir…
No puedo subir, no puedo matarlos, no tengo suficiente tiempo…
¡la cantina!
Sus empleados lo ayudarían. En cuanto los hubiera liberado, en
cuanto les hubiera explicado lo que había ocurrido, se agruparían a su
alrededor y lo protegerían de cualquier daño. Tendría que inventarse los
detalles, por supuesto, pero podría hacerlo de camino.
Tengo que irme, llegarán enseguida para buscarme. Quizá para
vengar a Cole. Para hacer que me arrepienta, cuando sólo hice mi trabajo, lo
mismo que hubiera hecho otro cualquiera…
Dudaba mucho de que fueran capaces de entenderlo. Reston salió
de la sala de control, imaginándose ya lo que iba a contar, preguntándose cómo
era posible que todo hubiera salido tan mal.
Capítulo 19
Al salir de la jaula accedieron a un pasillo limpio y de aspecto
esterilizado que se torcía a la izquierda, hacia el oeste. Avanzaron con
rapidez, y ninguno de ellos habló: no había nada que decir hasta que
encontraran lo que Cole había llamado Fósil, hasta que pudieran decidir si era
la idea más correcta.
John, por primera vez desde que había entrado en Planeta, no se
sentía con ganas de hacer chistes. Cole había sido un buen tipo, había hecho
todo lo posible por compensar el hecho de haberlos atraído al programa de
pruebas, había hecho todo lo que le habían dicho… y estaba muerto, destrozado
brutalmente, muerto sobre su propia sangre en el suelo de una jaula.
Reston. Reston pagaría por todo aquello, y si el mejor modo de
lograrlo era soltar a alguno de los monstruos de Umbrella, que así fuera. Un
castigo apropiado.
A la mierda el libro de códigos. Si el tal Fósil es tan mal
asunto como Cole parecía creer, lo soltamos y dejamos que los trabajadores
escapen. Que destroce todo este lugar, que pille a Reston…
El pasillo giraba a la derecha y luego se enderezaba,
continuando hacia el oeste. Cuando doblaron la esquina, vieron una puerta a la
derecha, y de algún modo, John supo que era el laboratorio del que había
hablado Cole. Lo presintió.
Tenía razón, en cierto sentido. La puerta de metal se abrió,
después de que hubieran utilizado una llave de nueve milímetros, y entraron en
un pequeño laboratorio lleno de mesas y ordenadores, y que a su vez daba a una
sala de operaciones, llena de acero reluciente y bordes de porcelana. La puerta
colocada al otro lado de la sala de operaciones era la que Cole les había dicho
que debían encontrar… y cuando John vio la criatura, se dio cuenta de por qué
había insistido en hablarles de ella, incluso en sus estertores de muerte. Si
era la mitad de feroz de lo que parecía, Planeta estaba acabado.
—Dios —murmuró León, y a John no se le ocurrió nada que añadir a
aquello. Se dirigieron lentamente hacia el enorme cilindro que se encontraba en
una esquina de la gran estancia, más allá de la mesa de autopsias de acero y de
las bandejas repletas de instrumental reluciente, hasta detenerse delante del
artefacto. Las luces de la habitación estaban apagadas, pero había una bombilla
direccional encendida que apuntaba al contenedor desde el techo, iluminando
aquel ser. El Fósil.
El cilindro tenía unos cinco metros de alto y al menos unos diez
de diámetro. Estaba lleno de un fluido de color rojo claro, y rodeado por el
fluido, conectado a unos tubos y a unos cables que salían por la parte
superior, había un monstruo. Una pesadilla.
John supuso que lo llamaban Fósil por el aspecto que tenía, por
lo que parecía, al menos, en parte: una especie de dinosaurio, aunque uno que
jamás había caminado sobre la superficie de la Tierra. La criatura de tres
metros era de un color pálido, y su piel escamosa relucía con un tono rosáceo
debido al líquido rojizo que la rodeaba. No tenía cola, pero sí las poderosas
patas traseras y la gruesa piel de un dinosaurio. Era obvio que había sido
diseñado para caminar sobre esas patas traseras, y aunque tenía los ojos
pequeños y el morro redondeado de un dinosaurio carnívoro, como el de un
tiranosaurio o el de un velocirraptor, también poseía unos largos y musculosos
brazos y unas manos con dedos delgados y capaces de agarrar. Por imposible que
fuera, parecía el resultado mutante de un hombre y un dinosaurio.
¿En qué estaban pensando? ¿Por qué… por qué hicieron algo
semejante?
Estaba dormido, o en alguna especie de coma, pero desde luego,
estaba vivo. Pudieron ver una pequeña máscara que cubría sus orificios nasales
conectada a un estrecho tubo, y una banda de plástico rodeaba su grueso morro
para mantener cerradas las gigantescas fauces. John no pudo verlos, pero estaba
seguro de que la ancha boca de la criatura debía de estar repleta de hileras de
dientes afilados. Sus ojos, como cuentas de cristal, estaban cubiertos por
alguna clase de párpado interior, una delgada capa de piel purpúrea, y pudieron
distinguir el lento subir y bajar de su grueso pecho, los suaves movimientos
flotantes de su enorme cuerpo en la sustancia rojiza.
Había un sujetapapeles colgado de la pared al lado de Fósil,
sobre una pequeña pantalla donde unas delgadas líneas verdes parpadeaban en
silencio. León descolgó el sujetapapeles y fue pasando las hojas mientras John
se quedaba mirando a la criatura, impresionado y asqueado a la vez. Una de las
garras del monstruo se estremeció, y sus ocho dedos se cerraron hasta formar un
puño.
—Dice que estaba prevista su autopsia para dentro de tres
semanas y media —explicó León mientras seguía pasando las hojas—. «El espécimen
se mantendrá en estasis, bla, bla, bla, hasta que se le inyecte una dosis letal
de hyptheon antes de su disección.»
John miró a la mesa de autopsias y vio que había dos hojas de
acero dobladas a cada extremo, y tres sierras de cortar hueso metidas debajo.
Al parecer, la mesa había sido diseñada para acomodar a animales más grandes.
—¿Para qué mantenerlo con vida? —preguntó John mientras se
giraba para mirar de nuevo al Fósil durmiente.
Era difícil no quedarse mirando: la criatura era imponente,
horrible y maravillosa, una aberración que llamaba la atención.
—Quizá para que los órganos se mantengan frescos —dijo León
antes de respirar profundamente—. Entonces… ¿lo hacemos? Es la pregunta del
millón de dólares, ¿verdad? No conseguiremos los códigos, pero Umbrella tendrá
un sitio menos donde jugar a ser dioses con su retorcida ciencia. Y quizás un
jefe menos.
—Sí —respondió John—. Sí, hagámoslo.
Los hombres le escucharon en silencio, con los rostros
pensativos, mientras conocían el horror que había invadido Planeta. La invasión
procedente de la superficie, su llamada en busca de ayuda, cómo los asesinos lo
dejaron inconsciente después de matar a Henry Cole a sangre fría.
No le hicieron preguntas, sólo se quedaron sentados, bebiendo
café, alguien había hecho café, y se lo quedaron mirando mientras hablaba.
Nadie le ofreció una taza de café.
—… y cuando recuperé el conocimiento, vine hacia aquí —siguió
diciendo Reston mientras se mesaba el cabello con una mano temblorosa,
ofreciendo una mueca de dolor para ser más convincente. Los temblores no hacía
falta que los fingiese—. Yo… todavía están ahí fuera, en algún lugar, quizás
están colocando cargas explosivas, no lo sé… pero podemos detenerlos si
actuamos unidos.
Pudo ver en sus miradas vacías que no estaba funcionando, que no
los estaba inspirando para que actuasen. No tenía empatía con las personas,
pero era capaz de adivinar muy bien su estado de ánimo.
No se lo están tragando, probemos con lo de Henry…
Reston hundió los hombros y dejó escapar una nota de dolor y
temblor en su voz.
—Le pegaron un tiro —dijo mientras mantenía la mirada baja con
una expresión de dolor horrorizado—. Estaba pidiendo, suplicando que le dejaran
vivir, y ellos… le dispararon.
—¿Dónde está el cadáver?
Reston levantó la mirada y vio que había sido Leo Yan el que
había hablado, uno de los manipuladores de los 3K. El rostro de Yan no mostraba
absolutamente ningún tipo de expresión mientras seguía apoyado sobre el borde
la mesa con los brazos cruzados.
—¿Qué? —le preguntó Reston con aspecto de estar confundido, pero
sabiendo perfectamente qué era lo que quería decir Yan.
Piensa, maldita sea, ya deberías haber pensado en eso…
—Henry —dijo algún otro, y Reston vio que era Tom Nosequé, del
departamento de construcción. Su voz áspera sonaba claramente escéptica—. A él
le dispararon, a usted le dejaron inconsciente… así que todavía sigue en la
zona de celdas, ¿no?
—Yo… no lo sé—contestó Reston sintiendo mucho calor, sintiendo
que quizás estaba deshidratado por tomar tanto coñac, sintiendo que no se
podría recuperar de aquellas preguntas inesperadas—. Sí, allí debe de estar, a
menos que lo hayan movido por alguna razón. Me desperté confundido, mareado,
quería reunirme con vosotros para asegurarme de que nadie más había resultado
herido. No me fijé en si seguía allí…
Se lo quedó mirando un mar de rostros que ya no eran neutrales.
Reston vio incredulidad, falta de respeto, furia… y en los ojos de uno o dos,
lo que podía ser odio.
¿Por qué, qué he hecho yo para merecer ese desprecio? Soy su
jefe, su superior, yo les pago sus puñeteros salarios…
Uno de los mecánicos se puso en pie y se dirigió a los demás,
haciendo caso omiso de Reston. Era Nick Frewer, uno de los individuos más
populares entre los demás trabajadores.
—¿Quién vota por que nos larguemos de aquí? —dijo—. Tommy,
¿sigues teniendo las llaves del camión?
Tom asintió.
—Claro que sí, pero no las de la puerta ni las del almacén.
—Esas las tengo yo —exclamó Ken Carson, el cocinero. También se
puso en pie, y la mayoría lo imitó, desperezándose, bostezando y apurando la
taza de café.
Nick asintió.
—Bien. Que todo el mundo recoja sus cosas, nos vemos en el
ascensor en cinco…
—¡Un momento! —gritó Reston, incapaz de creerse lo que estaba
oyendo: que rehusaban cumplir su deber moral, sus obligaciones. Que no le
hicieran caso—. Hay más de ellos en la superficie, os matarán. ¡Tenéis que
ayudarme!
Nick se dio la vuelta y le dirigió una mirada tranquila y
terriblemente condescendiente.
—Señor Reston, no tenemos que hacer nada de eso. No sé lo que
está pasando de verdad, pero creo que nos está mintiendo… y no hablaré por los
demás, pero por lo que se refiere a mí, no me pagan lo bastante como para ser
su guardaespaldas.
De repente, sonrió, y sus ojos brillaron alegres.
—Y además de todo eso, no es a nosotros a quien buscan.
Nick se dio la vuelta de nuevo y se alejó, y Reston pensó por un
momento en dispararle… pero sólo tenía seis balas, y no tenía ninguna duda de
que los demás hombres se lanzarían a por él si hería a uno de sus compañeros de
la clase trabajadora. Pensó decirles que sus vidas habían acabado, que no
olvidaría su traición, pero no quiso desperdiciar el aliento, y tampoco le
quedaba mucho tiempo.
Esconderme.
Era lo único que podía hacer.
Reston dio la espalda a sus subordinados y se apresuró a salir
mientras su mente repasaba todos los posibles lugares a donde podía ir,
rechazándolos por demasiado obvios, demasiado expuestos…
Y entonces se le ocurrió: el grupo de ascensores al otro lado de
la esquina de las instalaciones médicas. Era perfecto. A nadie se le ocurriría
mirar en un ascensor que ni siquiera funcionaba, podía abrir las puertas de uno
de ellos a la fuerza y estaría a salvo dentro. Al menos durante un tiempo,
hasta que se le ocurriese qué otra cosa podía hacer.
Reston estaba sudando a pesar de fría tranquilidad gris del
pasillo central. Giró a su derecha y empezó a correr.
Después de lo que les pareció una eternidad bajando por la
oscuridad, apiñados en el interior frío e incómodo de un ascensor de servicio,
con un ruido infernal, llegaron al fondo.
O a la superficie, según se mire, pensó Claire mirando a través
de un panel abierto mientras la luz de la linterna de David se desplazaba por
el lujoso interior y el ruidoso motor se detenía. Habían acabado posándose
encima del techo de otro ascensor, que estaba vacío a excepción de una escalera
de mano apoyada en una de las paredes.
Salieron del recuadro de metal, y Claire se sintió aliviada de
haber regresado a una superficie razonablemente sólida. Bajar por el hueco del
ascensor en un montacargas abierto en el que un movimiento en falso te podía
hacer caer al vacío y matarte, no era su idea de pasarlo bien.
—¿Crees que alguien nos habrá oído? —preguntó Claire, y vio que
la silueta de David se encogía de hombros.
—Si estaban a trescientos metros o menos de este trasto, sí —le
respondió—. Espera, voy a traer la escalera…
Claire encendió su linterna mientras David se sentaba y
agarrándose a los bordes de la abertura del panel bajaba hasta el ascensor.
Rebecca encendió su linterna mientras él colocaba la escalera, y Claire pudo
distinguir fugazmente su cara.
—Eh, ¿estás bien? —le preguntó, preocupada.
Rebecca parecía muy enferma, demasiado pálida y con unas ojeras
de color rojizo oscuro.
—Sí. He estado mejor, pero sobreviviré —le dijo en tono alegre.
Claire no quedó convencida, pero antes de que pudiera insistir,
David las llamó.
—Venga… Dejad colgando los pies. Yo os diré dónde están los
peldaños y luego os ayudaré a bajar.
Claire le indicó con un gesto a Rebecca que bajara ella en
primer lugar. Pensó que si ella no estuviera bien, probablemente diría algo al
respecto, pero mientras David ayudaba a Rebecca a bajar, se le ocurrió que ella
no diría nada.
Querría quedarme para ayudar, no querría que me dejaran atrás.
Seguiría adelante aunque eso me matase…
Claire dejó a un lado aquellos pensamientos y bajó del techo del
ascensor. Rebecca no era tan testaruda como ella, y era médico. Estaba bien.
En cuanto Claire estuvo abajo, David le hizo un gesto con la
cabeza y ambos tiraron de cada una de las frías puertas metálicas, mientras
Rebecca mantenía empuñada su semiautomática en dirección a la abertura cada vez
mayor. Cuando lograron separarlas medio metro, más o menos, David salió el
primero, y luego les hizo un gesto para que lo siguieran.
Vaya.
Claire no estaba muy segura de lo que se esperaba ver al llegar,
pero desde luego no era un pasillo gris de cemento levemente iluminado. Se
extendía hacia la derecha y acababa en una puerta, y a la izquierda formaba una
esquina a unos seis metros del ascensor y se dirigía al este. Claire no estaba
muy segura respecto a las orientaciones, pero sabía que el ascensor que había
atrapado a León y a John estaba más o menos hacia el sureste… bueno, suponiendo
que hubiera bajado en línea recta.
Todo estaba en silencio, absolutamente tranquilo y en silencio.
David inclinó la cabeza hacia la izquierda, indicando que deberían ir en
aquella dirección, y tanto Claire como Rebecca asintieron.
Podríamos empezar por el ascensor e intentar adivinar en qué
dirección se han marchado…
Claire miró a Rebecca de nuevo, y procuró no quedarse mirando,
pero se sentía intranquila por su estado físico. No tenía muy buen aspecto, y
cuando Rebecca giró en dirección a la esquina del pasillo, Claire se quedó un
poco retrasada. Atrajo la mirada de David e hizo un leve gesto con el mentón
hacia la joven doctora, al mismo tiempo que fruncía el ceño.
Él dudó un instante, y luego asintió a su vez, y Claire se dio
cuenta de que él no ignoraba el estado en que se encontraba su compañera. Al
menos, él lo sabía…
Rebecca soltó un grito agudo de sorpresa cuando ya estaba en la
esquina… justo en el momento en que un individuo vestido con un traje azul
saltó y la agarró, haciéndole soltar el arma de la mano y colocándole el cañón
de su revólver contra la cabeza. Le pasó un brazo alrededor de la garganta, con
fuerza, y los miró con unos ojos enloquecidos, con el dedo en el gatillo y una
sonrisa temblorosa en la cara.
—¡La mataré! ¡Lo haré! ¡No me obliguéis a hacerlo!
Rebecca se agarró de su brazo con las dos manos y él apretó
incluso con más fuerza, con las manos también temblorosas mientras sus ojos se
movían frenéticos de Claire a David y a la inversa. Los ojos de Rebecca se
cerraron un poco, y sus dedos soltaron el brazo del individuo. Claire se dio
cuenta de que estaba demasiado débil, de que estaba a punto de desmayarse en
aquella situación.
—¡No me vais a matar, alejaos! ¡Alejaos o la mato!
Estaba apoyando con todas sus fuerzas el cañón del revólver
contra el cráneo de la muchacha. Si David o Claire hacían el menor movimiento…
Vieron impotentes cómo aquel tipo enloquecido retrocedía,
manteniéndose a distancia de ellos y arrastrando a Rebecca con él hacia la
puerta del final del pasillo.
Capítulo 20
Fue escalofriantemente fácil sacar a Fósil de su estado de
estasis. León accedió en cuestión de segundos al programa de observación y en
imaginarse cómo vaciar el cilindro gigante. Según el contador digital que
apareció en la pantalla, sólo tardaría cinco minutos en despertar en cuanto se
diera la orden de comienzo.
Tío, cualquiera que trabajase aquí podía haberlo hecho en
cualquier momento. Para ser una compañía tan paranoica con lo de la seguridad,
a Umbrella le gusta arriesgarse…
—Eh, mira esto —exclamó John, y León se separó del pequeño
ordenador sin dejar de mirar con algo de temor al monstruo.
Incluso después de sobrevivir al infierno de Raccoon City,
después de enfrentarse a zombis y a arañas gigantescas, incluso a un cocodrilo
titánico, aquello que tenía delante era probablemente lo más extraño que jamás
había visto.
John estaba al lado de la pared situada al otro extremo de la
habitación mirando un diagrama tras un cristal. Cuando León estuvo más cerca,
pudo darse cuenta de que era un mapa de Planeta, con cada zona cuidadosamente
indicada. Las instalaciones de prueba tenían un trazado bastante simple.
Básicamente, se trataba de un pasillo gigantesco que rodeaba las cuatro fases,
y la mayoría de las estancias y oficinas estaban conectadas directamente a un
pasillo principal.
John golpeó con la punta del dedo un pequeño recuadro situado al
este, justo enfrente de donde se encontraba el montacargas.
—En este letrero dice «CONTROL DE PRUEBAS/SALA DE MONITORES»
—dijo—. Y por aquí está la salida.
—¿Crees que Reston se ha quedado por ahí? —le preguntó León.
John se encogió de hombros.
—Si nos estaba viendo en el programa de pruebas, ahí es donde
debería haber estado… A mí lo que me interesa saber es si por un casual se ha
dejado su pequeño librito negro por ahí.
—Tampoco pasa nada si lo comprobamos —repuso León—. El cilindro
tardará unos cinco minutos en vaciarse, así que tenemos tiempo… suponiendo que
el ascensor no sea un problema.
John se giró para mirar a Fósil, dormido en su útero gelatinoso.
—¿Crees que se despertará de verdad?
León asintió. Los datos que aparecían listados en el sencillo
programa de observación parecían coincidir, y su lento ritmo cardíaco y su
profunda respiración indicaban un sueño profundo. No existía ningún motivo que
impidiera que se despertara en cuanto su tibio baño nutriente se hubiera
vaciado.
Y probablemente se despertará con frío, cabreado y hambriento…
—Sí —dijo—. Y no deberíamos estar cerca cuando eso ocurra.
John sonrió ligeramente. No era su expresión de alegría
habitual, pero era una sonrisa de todos modos.
León se acercó al ordenador, que estaba iluminado por el pálido
resplandor rojizo procedente del tubo de estasis. Fósil flotaba tranquilamente,
como un gigante durmiente. Una monstruosidad creada por gente monstruosa y que
estaba viviendo una existencia inútil en un lugar construido para la muerte.
Llévatelo todo por delante, pensó León, y pulsó la tecla de
«intro». El reloj empezó a desgranar los segundos: les quedaban cinco minutos.
David pensó que probablemente era Reston, aunque no tenía modo
alguno de estar seguro. Tampoco importaba; lo único que le interesaba era cómo
separar a Rebecca de aquel individuo, pero mientras el enloquecido directivo de
traje azul retrocedía hacia la puerta, se dio cuenta de que no podía hacer
nada.
Todavía no.
—¡Idos de una vez! ¡Dejadme en paz!
El hombre, Reston, no dejó de gritar, y un instante después
desapareció. Rebecca también desapareció, y la mirada débil e impotente que les
lanzó antes de que la puerta se cerrara atemorizó, y mucho, a David.
—¿Qué hacemos ahora?
Miró a Claire, y vio la ansiedad y el miedo en su cara, y se
obligó a sí mismo a inspirar profundamente y a dejar escapar el aire con
lentitud. No podrían hacer nada si se dejaban llevar por el pánico…
E incluso podríamos provocar que la matara.
—Cálmate —le dijo, sintiendo cualquier cosa menos calma—. No
conocemos la estructura del edificio, así que no podemos dar la vuelta para
sorprenderlo por la espalda… Tendremos que seguirlo.
—Pero ha dicho que…
—Sí, sé lo que ha dicho —la interrumpió David—. No tenemos
alternativa, en este momento. Dejamos que se alejen una distancia prudencial,
luego los seguimos y esperamos una oportunidad.
Y esperemos que no esté tan desequilibrado como parece.
—Claire… Esto debe hacerse con sigilo, no podemos hacer el más
mínimo ruido. Quizá sería mejor que te quedaras aquí…
Claire negó con la cabeza, y en sus ojos apareció una mirada de
determinación.
—Puedo hacerlo —dijo con voz firme y clara. No tenía dudas sobre
ello, y aunque no había recibido entrenamiento, había demostrado ser veloz y
fiable.
David asintió y se acercaron a la puerta, donde se quedaron a la
espera.
Dos minutos, a menos que les oigamos salir por otra puerta,
probaremos a ver si la puerta hace ruido…
Se obligó de nuevo a respirar profundamente, y se maldijo por
haber permitido que Rebecca bajara con ellos. Estaba agotada y herida, y no
podría luchar si el desconocido decidía apretar un poco más su brazo alrededor
de su garganta…
No. Aguanta, Rebecca. Ya vamos, y podemos esperar toda la noche
a que ese tío cometa un error, a que aparezca nuestra oportunidad.
Esperaron, y mientras tanto, David rezó para que Reston no le
hiciera daño a Rebecca, jurando que si se lo hacía, le sacaría su propio hígado
y se lo haría tragar.
Buscaron el ascensor, sin correr por el interminable pasillo
gris, pero sin perder el tiempo. La cantina estaba vacía, y un registro de
medio minuto convenció a John de que los trabajadores se habían marchado. Había
señales claras de que los tipos habían agarrado todas sus pertenencias y habían
salido cagando leches.
Bueno, al menos espero que Reston todavía esté por aquí…
John decidió mientras recorrían el pasillo, que si el señor Azul
seguía en la sala de control, lo dejaría inconsciente. Un buen puñetazo en la
sien sería suficiente, y si no se despertaba antes de que Fósil empezara a
destruir todo aquello, mala suerte.
Pasaron de largo por delante del pequeño pasillo que llevaba a
la sala de control, ambos jadeantes, ambos conscientes de que necesitaban mucho
más un ascensor en funcionamiento de lo que necesitaban joder a Reston. Como
León bien había dicho, no querían estar en Planeta cuando ocurriera el gran
espectáculo final.
El panel abierto y la pequeña luz que brillaba encima del
letrerito donde ponía OCUPADO fueron suficientes para que John sonriera como un
niño feliz. Sintió el alivio como una oleada de frescor: se habían arriesgado
mucho al decidir soltar a Fósil antes de asegurarse una ruta de escape.
León pulsó el botón de llamada mientras su cara mostraba la
misma expresión de alivio que John.
—Dos, dos minutos y medio —dijo, y John asintió.
—Sólo un vistazo rápido —le respondió, y se dio la vuelta hacia
el pequeño pasillo que cruzaba el corredor principal. León se había quedado sin
munición, pero a John todavía le quedaban unas cuantas balas en el M-16 por si
acaso a Reston se le ocurría hacer algo estúpido.
Se apresuraron en llegar a la puerta al final del pasillito y
descubrieron que no estaba cerrada con llave. John entró el primero y trazó un
semicírculo con su rifle que cubrió toda la estancia, y luego lanzó un silbido
al ver todo el despliegue de medios.
—Mierda —exclamó en voz baja.
Había una hilera de sillas de cuero negro colocada delante de
una pared completamente cubierta de pantallas. Una moqueta de color rojo
intenso. Una consola de mandos plateada y resplandeciente, de aspecto
ultramoderno, con una mesa de lo que parecía mármol macizo justo detrás.
Al menos no tenemos que andar rebuscando entre papeles y
similares…
No había nada a la vista excepto una taza de café y un termo
plateado en la consola. Ni informes, ni material de oficina, ni objetos
personales… ni un libro de códigos secretos.
—Será mejor que nos vayamos —dijo León—. Estoy calculando el
tiempo de memoria, y no me gustaría equivocarme ni por un minuto.
—Sí, vale. Vamos…
Vieron que algo se movía en una de las pantallas de la pared,
una de las centrales de la segunda fila empezando por arriba. John se acercó
preguntándose de quién demonios podía tratarse.
Los empleados ya se han ido, y son dos personas, no pueden ser…
—Oh, mierda —profirió John, y sintió que el estómago le daba un
vuelco, una sensación que pareció repetirse una y otra vez mientras seguía
mirando la pantalla.
Reston con un revólver que arrastraba a Rebecca por un pasillo
agarrándola del cuello con el brazo. Los pies de Rebecca medio arrastrándose
por el suelo, con la cabeza bamboleante y los brazos completamente fláccidos.
—¡Claire!
John apartó la vista de la pantalla y vio que León estaba
mirando otro monitor, y advirtió que Claire y David recorrían a toda prisa y
armados otro pasillo sin detalles reconocibles.
—¿Podemos volver a llenar el cilindro? —gritó John, con aquella
sensación todavía en el estómago, todavía más atemorizado que en cualquier otro
momento de la noche al ver allí a sus compañeros.
Ese cabrón tiene a Rebecca…
—No lo sé —respondió León con rapidez—. Podemos intentarlo, pero
tenemos que irnos ya…
John se separó de la pared en busca de la pantalla que mostraba
la zona del laboratorio. Su agotamiento había desaparecido por completo ante la
nueva descarga de adrenalina que había producido su cuerpo.
Allí estaba, una estancia a oscuras con una única bombilla que
alumbraba un cilindro y al ser que forcejeaba en su interior. Instantes
después, unas manos goteantes atravesaron la sustancia transparente, rompiendo,
partiendo, y luego apareció una enorme pata de reptil que salió en casi toda su
longitud.
Demasiado tarde: Fósil había despertado.
Capítulo 21
La criatura denominada serie Tirano ReH1a, comúnmente conocida
como Fósil, estaba motivada únicamente por sus instintos, y más concretamente,
por uno solo: comer. Todas sus acciones se veían determinadas por aquel único
estímulo primario. Si algo se interponía entre Fósil y su alimento, lo
destruía. Si algo le atacaba, o intentaba impedir que comiera, Fósil lo mataba.
No sentía ninguna necesidad de reproducirse, ya que Fósil era el único miembro
de su especie.
Fósil se despertó hambriento. Percibió el alimento al detectar
las descargas eléctricas en el aire, los olores, el distante calor… y destruyó
la cosa que le mantenía encerrado. El entorno le era desconocido, pero eso no
le importaba a Fósil: estaba hambriento, y había comida.
Con una altura de tres metros y un peso de casi media tonelada,
la pared que se interponía entre Fósil y la comida no duró mucho tiempo en pie.
Al otro lado había otra pared, luego otra… y entonces notó muy cerca el sabroso
aroma y el olor del alimento, tan cerca, que Fósil experimentó lo más parecido
que tenía a una emoción: necesidad; un estado de su ser que iba más allá del
hambre, una poderosa extensión de su instinto que le animaba a moverse con
mayor rapidez. Fósil se comería prácticamente cualquier cosa, pero el alimento
vivo siempre le hacía sentir necesidad.
La pared que le había impedido finalmente llegar a la comida era
más gruesa y resistente que las otras, pero no tanto como para poder detener a
Fósil. Atravesó capa tras capa de material y llegó a un lugar extraño, sin nada
orgánico excepto la comida, la aullante comida en movimiento.
La comida se abalanzó contra él, y aunque era difícil de ver,
olía mucho. La comida alzó una garra y atacó a Fósil, gritando de furia por el
deseo de atacar y matar que sentía. Fósil lo sabía por su olor. En pocos
segundos, Fósil se vio rodeado de comida, y sintió de nuevo la necesidad. Los
animales, la comida, aullaron y chillaron, saltaron de un lado a otro, y Fósil
alargó un brazo y agarró al más cercano.
La comida tenía garras afiladas, pero el pellejo de Fósil era
grueso. Fósil mordió la comida y arrancó un gran trozo del cuerpo que se
retorcía, y se sintió satisfecho. Su sentido del deber se veía cumplido siempre
que masticara y tragara, con la sangre caliente corriéndole por la garganta,
con la carne caliente desgarrada entre sus dientes.
Los otros animales comida continuaron atacándole, lo que hizo
que a Fósil le resultara fácil comer. Fósil devoró todos los animales comida en
poco tiempo, y su metabolismo utilizó el alimento casi con la misma rapidez, lo
que le proporcionó a Fósil fuerzas para encontrar más comida. Era un proceso
extremadamente simple, un proceso que no se detenía jamás mientras Fósil
estuviese despierto.
Fósil, una vez acabó su tarea en la habitación oscura y
cavernosa donde había encontrado la comida aullante, se lamió los dedos y
desplegó sus sentidos en busca de su siguiente comida. Descubrió en pocos
segundos dónde había más, viva y en movimiento cerca de allí.
Fósil sentía necesidad. Fósil estaba hambriento.
Capítulo 22
La chica estaba enferma, con la piel pegajosa por el sudor. Sus
intentos de escaparse fueron débiles y patéticos. Reston deseó poder librarse
de ella, dejarla caer y echar a correr, pero no se atrevió. Ella era su
salvoconducto para los demás intrusos de la superficie. Seguro que no matarían
a una de los suyos.
Aun así, deseó que la estúpida chica no estuviese tan enferma.
Le estaba retrasando, ya que apenas era capaz de caminar, así que no tuvo más
remedio que continuar arrastrándola por el pasillo trasero, hacia el norte, y
luego hacia el este, a la esquina más alejada de la instalación, en dirección a
la puerta que daba al bloque de celdas. El montacargas estaba a dos minutos de
donde estaban las celdas.
Ya casi hemos llegado, ya casi ha terminado esta noche
increíble, imposible, ya no estamos lejos…
Era un individuo extremadamente importante, un miembro respetado
que pertenecía a un grupo que tenía más poder y más dinero que muchos países,
él era nada menos que Jay Wallingford Reston… y allí estaba, siendo acosado en
sus propias instalaciones, viéndose obligado a tomar un rehén, a apuntar su
arma a la cabeza de una chica enferma y a escaparse como si fuera un criminal.
Era algo ridículo, casi increíble.
—No puedo respirar —susurró la muchacha con la voz estrangulada
y áspera.
—Mala suerte —le respondió él sin dejar de arrastrarla tirando
de su garganta con su brazo; debería habérselo pensado antes de intentar atacar
Planeta.
La hizo pasar a través de la puerta que llevaba al bloque de
celdas, sintiéndose mejor con cada paso que daba. Cada uno de ellos
representaba estar un paso más cerca de la salvación, de la supervivencia. No
lo matarían a balazos un grupo de paletos justicieros sin visión de futuro;
antes se pegaría un tiro él mismo.
Pasaron por delante de las celdas vacías, casi habían llegado a
la puerta… y la chica trastabilló, cayendo encima de él con tanta fuerza que
casi lo derribó. Se agarró con fuerza a él intentando recuperar el equilibrio,
y Reston sintió una repentina oleada de furia contra ella, de rabia.
Asesina, zorra estúpida, espía, debería matarte aquí mismo,
ahora, volarte los estúpidos sesos y esparcirlos por las paredes…
Recuperó el autocontrol antes de apretar el gatillo, pero la
pérdida del dominio sobre sí mismo lo asustó un poco. Hubiera sido un error, y
bastante grave.
—Hazlo otra vez y te mataré —le dijo con voz helada, y abrió de
una patada la puerta que llevaba al pasillo principal, encantado del tono
inmisericorde de su voz. Sonaba fuerte, como el de un hombre que no dudaría en
matar si así le convenía para sus propósitos… y se dio cuenta de que eso era
él. Atravesó al puerta y llegó al pasillo…
—¡Suéltala, Reston!
John y Rojizo estaban en la esquina, y los dos lo apuntaban con
sus armas. Le cortaban el paso al montacargas.
Reston se dio inmediatamente la vuelta con la chica. Tendrían
que retroceder hasta el bloque de celdas mientras decidía cómo solucionar…
—Olvídalo —le dijo Rojizo con voz agresiva—. Están justo detrás
de ti, les vimos persiguiéndote. Estás atrapado.
Reston apretó con mayor fuerza el cañón del revólver contra la
cabeza de la muchacha, completamente desesperado. Tengo al rehén, no pueden,
tienen que dejarme marchar…
—¡La mataré!
Retrocedió hacia la estancia previa al programa de pruebas, con
la chica esforzándose por mantenerse en pie.
—Y entonces nosotros te mataremos —le contestó John, sin ningún
asomo de duda en su voz—. Si le haces daño a ella, nosotros te lo haremos a ti.
Suéltala y nos marcharemos.
Reston llegó a la puerta de metal cerrada y alargó la mano en
busca del panel de control. Apretó el botón que abría la puerta y la compuerta
que daban a la fase Uno.
—No pretenderéis que me crea eso —les dijo en tono de burla
mientras la hoja de metal ascendía. Sólo quedaba un dáctilo con vida y había
dejado abierta su jaula.
Puedo subirme a ella, todavía puedo escapar de ellos, ¡no es
demasiado tarde!
En aquel instante, la puerta del bloque de celdas se abrió y
aparecieron los otros dos… interponiéndose entre los asesinos y él, y actuó
antes de ni siquiera haberlo pensado, arriesgándose.
Reston apartó de sí a la muchacha de un fuerte empujón,
enviándola hacia los cuatro individuos, y saltó a su izquierda en el mismo
movimiento, golpeando la compuerta con su hombro. La puerta que daba a la fase
Uno se abrió inmediatamente y la atravesó, cerrándola de golpe. Había un
cerrojo, y él lo cerró inmediatamente. El ruido metálico le sonó a música
celestial.
Mientras se mantuviera alejado de los claros, estaba a salvo. No
podían tocarlo.
Unas manos fuertes la agarraron antes de que pudiera caerse al
suelo, y pudo respirar de nuevo, y John y León estaban vivos… El alivio que
sintió fue como una oleada de calidez que la envolvió y la hizo sentirse
todavía más débil de lo que se encontraba. El continuo ahogo le había quitado
las pocas fuerzas que le quedaban. De hecho, Rebecca se dio cuenta al pensarlo
de que se sentía como la muerte sobre dos piernas, como mierda sobre una
tostada, que era lo que solía decir cuando era más joven…
Claire la sostuvo, fueron las fuertes manos de Claire las que
había sentido, y todo el mundo se reunió a su alrededor. John la alzó con
facilidad. Rebecca cerró los ojos y se dejó llevar por el agotamiento.
—¿Estás bien? —le preguntó David, y ella asintió, aliviada y
alegre al ver que todos estaban juntos de nuevo, que nadie había resultado
herido… Bueno, nadie menos yo…
Y supo que en cuanto tuviera ocasión de descansar, se
recuperaría.
—Tenemos que salir de aquí, ahora mismo —dijo León, con un tono
de voz tan urgente que hizo que Rebecca abriera los ojos, y las sensaciones de
calidez y somnolencia desaparecieron inmediatamente.
—¿Qué pasa? —inquirió David, con un tono de voz igualmente
alarmado.
John se dio la vuelta y comenzó a recorrer el pasillo con ella
en brazos, hablando por encima de su hombro.
—Ya te lo contaremos mientras subimos, pero tenemos que salir
pitando de aquí, y sin bromas.
—¿John? —dijo Rebecca, y él bajó la vista, sonriendo un poco,
pero sus ojos oscuros indicaban otra emoción.
—No pasa nada —le contestó—. Tú tranquilízate y empieza a
inventarte algún cuento sobre tus heridas de guerra.
Ella jamás lo había visto tan intranquilo, y comenzó a decirle
que estaba herida, pero que no se había vuelto estúpida… cuando sonó un crujido
tremendo y rugiente en algún sitio por delante de ellos, un sonido parecido al
de una pared al venirse abajo, al de una ventana que estallara, como el que
haría un elefante en una tienda de porcelana…
John dio media vuelta inmediatamente, corriendo para desandar el
camino que llevaba recorrido… y ella ya no pudo ver nada, pero oyó a Claire
jadear por la sorpresa, oyó exclamar «¡Oh, Dios mío!» a David con una expresión
de incredulidad pasmada, y sintió que su cansado corazón comenzaba a palpitar
con fuerza por el miedo.
Algo realmente malo se estaba acercando.
Capítulo 23
Maldita sea, no corremos bastante… Fósil apareció en el pasillo
que llevaba al montacargas en mitad de un torbellino de trozos de cemento y una
polvareda repleta de cascotes, como una visión procedente del infierno. Su
morro y sus manos estaban completamente rojas, y su cuerpo, de un color
blanquecino enfermizo e igualmente cubierto de manchas rojas, llenó todo el
pasillo.
—¡Cargador! —gritó León sin apartar la vista del inmenso
monstruo, que seguía a treinta metros de ellos, lo que no era lo bastante
lejos. Desenfundó su H&K y sacó el cargador vacío, sin apenas darse cuenta
de que era Claire quien se lo daba, mientras Fósil daba otro paso hacia ellos…
David empezó a disparar su M-16, con el tableteo del arma
resonando por todo el pasillo. Fósil dio otro enorme paso mientras León metía
de una palmada el cargador en su sitio. John apareció de repente a su lado, con
el cargador de rifle que le había entregado David, Claire se situó al otro lado
de David, y todos ellos apuntaron contra la criatura.
León centró el punto de mira en el ojo derecho del monstruo y
apretó el gatillo. El estampido de su nueve milímetros se perdió entre el
estruendo de la potencia de fuego combinada de todas las armas…
¡Bangbangbangbang!, todos los estampidos se fundieron en un
único tronar ensordecedor. Fósil inclinó la cabeza hacia un lado, como si
sintiera curiosidad, mientras daba otro paso hacia el muro de proyectiles.
—¡Retroceded! —gritó David, y León dio un paso atrás,
horrorizado ante la falta de heridas visibles en Fósil. Si le estaban haciendo
daño, León era incapaz de verlo, pero le tiraban con todo lo que tenían.
Intentó acertarle de nuevo en el ojo y oyó que Claire gritaba algo; se giró lo
suficiente para ver de refilón que había sacado una granada y se la entregaba a
David.
—¡Vamos, vamos, vamos! —gritó David a su vez, y John agarró del
brazo a León y tiró de él. Ambos se dieron la vuelta y salieron disparados con
Claire a su lado. León rezó para que estuvieran lo bastante lejos para no ser
impactados por los fragmentos de metal caliente.
Claire siguió corriendo, aterrorizada, pensando que jamás había
visto algo como aquello. Una pesadilla pintada de sangre, una sonrisa malvada
repleta de dientes afilados, y unas manos, unas manos con los dedos demasiado
largos y también manchados de rojo…
Qué es eso, cómo puede existir eso…
—¡Fuego en el agujero! —aulló David, y Claire pegó un salto para
alejarse lo máximo posible, intentando volar, y viendo en ese segundo en el
aire el rostro pálido y agotado de Rebecca. La chica estaba recostada sobre la
pared trasera, todavía a treinta metros…
¡BOUUM!, echó realmente a volar, con John a su derecha. Un
cuerpo cálido cayó sobre su espalda… y todos se estrellaron contra el suelo.
Claire intentó aterrizar sobre su hombro, pero en vez de eso lo hizo con todo
su peso sobre un brazo.
¡Au, au, au!
David se había arrojado sobre ella, ya fuera a propósito o por
la onda expansiva, y cuando se incorporó y giró para mirar, vio una expresión
de dolor en su rostro. También vio dos, tres trozos de metal oscuro
sobresaliendo de su espalda, clavando el tejido de lana a su piel. Alargó la
mano para ayudarlo… y se dio cuenta de que el monstruo seguía en pie. Se estaba
frotando el pecho y la tripa, en las ennegrecidas manchas producidas por la
explosión de la granada de fragmentación. Unos cuantos pedazos de metralla le
habían atravesado la piel, pero Claire pensó, aunque era difícil decirlo por el
silencio de la criatura, que, por el modo en que daba otro paso adelante, no
parecía sentirse amenazada. Abrió la boca, sus tremendas fauces de lagarto, y
dejó al descubierto tiras de una carne desconocida colgando entre sus dientes
afilados. Dio otro paso adelante en silencio, sonriendo con su sonrisa
carnívora, y Claire se imaginó que podía oler la carne ensangrentada en su
aliento, de fuese lo que fuese lo que se estuviese pudriendo en sus entrañas…
¡ESPABILA!
Se puso en pie, haciendo caso omiso del dolor del brazo, y
alargó el otro para tomar la mano extendida de David y ayudarlo a incorporarse.
En cuanto lo hubo hecho, alzó su nueve milímetros y empezó a disparar de nuevo,
a sabiendas de que no sería suficiente, pero no sabiendo qué otra cosa hacer.
Heridas en cuatros puntos de la espalda, todas en la parte
superior, todas dolorosamente agudas. David dejó escapar el aire entre los
dientes, decidió que el dolor era soportable y no pensar más en ello hasta que
fuera el momento oportuno. Aquel monstruo de locura seguía en pie, y puede que
hubieran frenado su avance, pero no lo habían detenido, y no tenían nada más
potente que utilizar contra él de lo que ya habían usado.
A correr, tenemos que echar a correr…
Ya estaba abriendo la boca mientras lo pensaba, listo para
gritar y hacerse oír por encima de los disparos de John, León y Claire, que
estaban vaciando los cargadores, aunque los proyectiles eran tan inútiles como
la granada.
—¡John, lleva a Rebecca! ¡Retroceded, no podemos pararlo!
John ya había desaparecido, y León y Claire retrocedían de lado,
disparando, al igual que él, por si existiera una ínfima posibilidad de herirlo
de algún modo, de que alguno de los proyectiles impactara en algún sitio que le
hiciera daño.
—¡David, podemos pasar por donde las pruebas, es de acero
reforzado! —le gritó John.
David no tuvo muy claro de lo que estaba hablando, pero entendió
las palabras «acero reforzado». Probablemente tampoco detendría al mutante,
pero era posible que al menos lo retrasara lo bastante como para que se
reagruparan y se les ocurriera algún plan.
—¡Vamos! —le gritó a su vez David, y el monstruo dio dos, tres
pasos hacia ellos. Al parecer, ya no le interesaba un acercamiento cauteloso. A
aquella velocidad, los alcanzaría en escasos segundos.
—¡Corred, seguid a John! —dijo con otro grito, y cubrió a León y
a Claire por un segundo antes de dar la vuelta y echar a correr a su vez.
Acero, acero reforzado… Un mantra que recorrió una y otra vez su
mente mientras seguía corriendo. Claire y León doblaron la esquina, y vio a
John y a Rebecca en el interior de la estancia situada al final del pasillo en
cuanto él mismo dobló la esquina. Era la estancia donde el individuo
enloquecido había entrado.
—¡David, aprieta el botón, cierra la puerta! —le gritó John.
David vio los controles, las pequeñas luces que había sobre los
grandes botones redondeados, y se dirigió hacia ellos, sin dejar de correr a
toda velocidad.
Claire y León ya estaban dentro. David alargó con rapidez el
brazo y apretó con la palma de la mano el botón más grande de la pared,
esperando haber escogido el adecuado… y pasó al otro lado, justo un instante
antes de que la hoja de metal cortara el aire a su espalda, lo bastante cerca
como para que notara el movimiento de bajada en la nuca.
Se dio la vuelta justo a tiempo para ver cómo el pesado cuerpo
blanco del híbrido se estrellaba contra la puerta, con su pecho aplastándose
contra la gruesa ventana de plexiglás colocada en mitad de la misma. La puerta
se estremeció en sus monturas, y David se dio cuenta de que no aguantaría mucho
rato.
Por favor, aguanta, aunque sólo sea un momento…
Se giró y vio que León estaba junto a la pequeña compuerta
situada al otro lado, vio el horror reflejado en su rostro, su cara desprovista
de color, su mano temblorosa sobre el tirador de la puerta.
—Cerrada —dijo, y en el exterior, el monstruo se lanzó de nuevo
contra la puerta.
Reston oyó el sonido mientras estaba intentando encontrar un
modo de subirse a la madriguera de los Av. La jaula estaba a unos tres metros
del suelo, un simple agujero abierto en la pared, y no había ninguna escalera.
El árbol más cercano estaba a unos dos metros por lo menos, así que era
imposible, pero el otro único modo de salir de allí era por donde había
entrado, y no se atrevía a regresar al pasillo principal. Estaba a punto de
decidirse por subir al árbol e intentar saltar cuando unos estruendos se colaron
en la estancia procedentes de la fase Dos.
Reston se acercó hasta la puerta que conectaba la fase Uno con
la Dos, notando cierta curiosidad a pesar del miedo que también sentía. Las
distintas fases estaban prácticamente insonorizadas. Un ruido semejante sólo
podía proceder de una bomba o de un equipo de demolición…
Lo que significa que se trata de una bomba. Al final esos
monstruos han colocado explosivos.
Reston se quedó esperando al lado de la puerta por un momento,
pero no oyó nada más. El dáctilo solitario soltó un grito en algún lugar de la
estancia, pero al parecer, se había quedado sin ganas de pelear después de
perder a todos sus compañeros. Ni siquiera había intentado atacarle.
Explosivos…
La fase Dos se encontraba directamente detrás de la sala de
control, con una pared de doble grosor entre las dos, lo que significaba que
los intrusos habían volado la sala de control, el lugar más importante y el más
caro de todo Planeta. No podían haber escogido un objetivo mejor: la
instalación no servía prácticamente para nada con la sala de control destruida.
Pero quizá me han proporcionado otro modo de salir…
Reston no tenía muy claro si aquellos mercenarios bárbaros se
habían marchado o no por fin, dejando atrás los restos destrozados de Planeta…
Pero si lo han hecho…
Si lo habían hecho, podría marcharse. Quizá simplemente
marcharse… y no sólo de Planeta, sino de White Umbrella. Estaba bastante seguro
de que Jackson lo mataría por todo lo que había ocurrido… pero no podría si
Reston desaparecía.
Unos cuantos miles de dólares para Hawkinson, para que me lleve
a un sitio seguro…
Podría funcionar si lo organizaba bien, si cambiaba de nombre e
identidad y se marchaba lejos, muy lejos. Funcionaría.
Asintió para sí mismo y abrió ligeramente la puerta que llevaba
a la fase Dos sin saber lo que podría haber… pero aun así fue toda una sorpresa
ver los enormes, los tremendos agujeros en dos de las paredes del desierto, y
el cemento, la madera y el acero hechos pedazos. Cada boquete tenía como mínimo
tres metros de anchura, y quizás unos seis de altura. No vio restos de humo por
ningún lado, pero se imaginó que los saboteadores habían utilizado algún
compuesto explosivo de alta tecnología, alguna clase de material al que la
escoria como ellos siempre tenía acceso.
Seguía haciendo mucho calor, y las luces le deslumbraban, pero
estaba claro que algo había refrescado con la nueva «ventilación»… y aunque se
quedó escuchando durante un buen rato, no oyó ningún ruido que indicara la
presencia de los intrusos. A menos que fuese alguna clase de trampa…
Reston sacudió la cabeza, divertido por su propia paranoia. En
ese momento, cuando había decidido ser libre, dejando atrás las ruinas de su
vida anterior, sentía una especie de júbilo. Una sensación de nuevas
posibilidades, incluso de renacimiento. Ellos ya se habían marchado, con su
misión cumplida y Planeta devastado.
Dios mío, han conseguido todo lo que se proponían, ¿verdad?
La destrucción era casi total. El enorme agujero estaba casi
exactamente donde había estado la pared llena de pantallas. Unos gruesos
fragmentos de cristal, algunos trozos de cables y circuitos, un leve olor a
ozono… eso era todo lo que quedaba del excelente sistema de vigilancia por
vídeo. Cuatro de las sillas de cuero habían sido arrancadas de sus monturas
fijas al suelo, y la mesa de talla y valor únicos había sido partida en dos… y
en la pared noroeste de la estancia se abría otro gigantesco agujero rodeado de
escombros.
Y a través de ese agujero…
Reston podía ver el montacargas. El montacargas en
funcionamiento, con las luces encendidas, con el ascensor allí mismo.
¿Era una trampa? Parecía demasiado bueno para ser verdad… pero
en ese momento oyó un golpeteo lejano, en algún punto más allá del bloque de
celdas, y pensó que por fin estaba teniendo suerte. Los empleados ya se habían
marchado, así que aquellos ruidos sólo podían proceder del equipo de malditos
ex-agentes de los STARS. Estaban lo bastante lejos como para que él ya
estuviera a mitad de camino de la superficie antes de que pudieran regresar.
Reston sonrió, sorprendido de que todo acabara de ese modo. Le
parecía que era tan, tan… un anticlímax, algo vulgar.
¿Y me voy a quejar por ello? No, nada de quejas. No mías desde
luego.
Reston atravesó el agujero, avanzando con cuidado para evitar
los fragmentos de cristal.
La lucha con los animales comida le había hecho sentirse
hambriento de nuevo, le hacía sentir ansia de comer. Que hubiera una pared
resistente interponiéndose en el camino de Fósil sólo le avivó las ganas de
comer, de cumplir su propósito. Siguió machacando el recio obstáculo, sintiendo
cómo la materia se doblaba, se hacía menos rígida… y aunque no pasaría mucho
tiempo antes de poder llegar a los animales, Fósil olió de repente nueva
comida. Del lugar por donde había venido, alimento en terreno abierto y expuesto,
sin ningún obstáculo entre ellos y Fósil.
Regresaría después de haber comido. Fósil se dio media vuelta y
echó a correr, hambriento y con necesidad, decidido a comer antes de que el
alimento pudiera marcharse.
En cuanto Fósil se dio media vuelta y se marchó a toda
velocidad, John empezó a patear la puerta al darse cuenta de que era la única
oportunidad que tendrían de escapar. El increíble machaqueo continuado que el
monstruo había hecho sufrir a la puerta se lo había puesto fácil, ya que el
grueso metal casi se había salido de sus raíles.
Claire y León empezaron a patear también la puerta. En pocos
segundos ya habían logrado separar lo bastante la hoja de sus raíles como para
que cayera y se estrellara contra el suelo con un resonante estruendo metálico…
y un instante después ya estaban corriendo, corriendo hacia el ascensor. David
llevaba a Rebecca, y todos se mantuvieron en silencio. Sabían que Fósil
regresaría, todos ellos lo sabían, y que no tenían ninguna posibilidad de
supervivencia si lo hacía.
—¡NO! ¡NO! ¡NO!
Era un hombre el que gritaba, y cuando John dobló la esquina,
vio que se trataba de Reston, vio que estaba corriendo por el pasillo, con
Fósil acercándosele cada vez más.
Siguieron corriendo, y John se preguntó cuánto tardaría el
monstruo en comerse por entero a un ser humano. Cuando llegaron al ascensor,
saltaron a través de las puertas, y cuando León bajaba la puerta de rejilla
oyeron un grito aullante que se elevó de tono hasta convertirse en un chillido
inhumano… que se interrumpió de repente, cortado por un fuerte crujido
chasqueante.
El ascensor comenzó a subir.
Capítulo 24
Rebecca se estaba quedando dormida. El zumbido del ascensor era
tan tranquilizador como el latido del corazón de David. A pesar de lo cansada
que estaba, logró levantar una mano increíblemente pesada hasta el libro negro
que llevaba metido en la cintura de los pantalones. Reston ni siquiera se había
dado cuenta, y al parecer no se había imaginado que era capaz de fingir una
caída como la mejor de las actrices.
Pensó en decírselo a los demás, en romper el silencio que se
cernía sobre el ascensor y contárselo, pero luego decidió que era mejor
esperar: se merecían una sorpresa agradable.
Rebecca cerró los ojos y descansó. Todavía les quedaba mucho
camino, pero la situación estaba cambiando: Umbrella pagaría por sus crímenes.
Ellos se encargarían de que así fuera.
Epílogo
Los cinco agotados soldados agotados salieron, David y John
sosteniendo a la joven Rebecca, y León y Claire sonriéndose mutuamente como un
par de enamorados, y se encontraron bajo el suave amanecer del desierto de
Utah.
Trent se recostó en la silla con un suspiro mientras jugueteaba
con su anillo de ónice engastado. Esperaba que se tomaran un día o dos de
descanso antes de ponerse en camino de su siguiente gran enfrentamiento… quizá
su última gran batalla. Se merecían algo de descanso después de todo lo que
habían sufrido. Lo cierto es que, si alguno de ellos sobrevivía a lo que se les
avecinaba, se aseguraría de que fueran ampliamente recompensados.
Suponiendo que todavía esté en condiciones de otorgar
recompensas…
Lo estaría, por supuesto. Cuando Jackson y los demás se dieran
cuenta de lo que estaba haciendo, tendría que desaparecer… pero disponía de
media docena de identidades completamente imposibles de rastrear donde escoger,
repartidas a lo largo y ancho de todo el mundo, y cada una de ellas era
extremadamente acaudalada. Y los de White Umbrella no disponían de los recursos
necesarios para seguirle la pista. Era cierto que disponían del dinero y del
poder suficientes, pero simplemente no eran lo bastante inteligentes. He
logrado llegar hasta donde estoy, ¿no?
Trent suspiró de nuevo y se recordó a sí mismo que no debía
dormirse en los laureles, al menos, no de momento. Sabía que no era conveniente
confiarse demasiado. Personas mucho mejores que él habían muerto a manos de
Umbrella. En cualquier caso, o acababa con ellos o ellos acababan con él. Fin
de sus problemas, de un modo u otro.
Se puso en pie, estiró los brazos por encima de la cabeza y
liberó la tensión de los hombros. El satélite pirata le había permitido ver y
oír casi todo lo que había ocurrido, y había sido una noche larga y llena de
acontecimientos. Unas cuantas horas de sueño era lo único que necesitaba. Lo
había preparado todo para no estar disponible hasta mediodía más o menos, pero
luego tendría que llamar a Sidney… y el viejo bebedor de té estaría casi
histérico para entonces, lo mismo que los demás. Los servicios del misterioso
señor Trent serían necesarios de un modo desesperado, y tendría que salir en el
siguiente vuelo. Por mucho que deseara ver el regreso de Hawkinson y observar
cómo intentaba inútilmente eliminar a Fósil, necesitaba mucho más dormir.
Trent apagó las pantallas y salió de su centro de operaciones,
una sala de estar con unas pocas modificaciones bastante costosas. Entró en la
cocina, que era simplemente una cocina. La pequeña casa en la zona alta de
Nueva York era su santuario, si no su hogar. Era desde allí desde donde dirigía
la mayor parte de su trabajo. No los grandiosos planes que desarrollaba para
White Umbrella, sino su verdadero trabajo. Si alguien realizaba alguna
comprobación, descubriría que la casa de estilo Victoriano de tres plantas
pertenecía a una ancianita llamada Helen Black. Era un pequeño chiste privado,
comprensible sólo para él.
Trent abrió la nevera y sacó una botella de agua mineral
mientras pensaba en el aspecto que había mostrado Reston en sus últimos
momentos, cara a cara con su final. Un trabajo estupendo aquello de utilizar a
Fósil contra él. Lo que había sido mala suerte era lo de Cole. El hombre podría
haber sido todo un valor añadido al pequeño pero creciente grupo de la
resistencia.
Se llevó el agua arriba y utilizó el baño antes de cruzar un
corto pasillo mientras se preguntaba de cuánto tiempo disponía todavía. En las
primeras semanas de su entrada en contacto con White Umbrella, se había medio
esperado que lo llamaran a la oficina de Jackson y que le pegaran directamente
un tiro en cualquier momento. Pero las semanas se habían transformado en meses,
y no había detectado ni siquiera un rumor de duda de ninguno de ellos.
Una vez en el dormitorio, preparó la ropa que iba a llevar en el
vuelo y luego se desvistió. Decidió que haría la maleta mientras se tomaba el
café, después de llamar a Sidney. Apagó la luz y se metió en la cama,
quedándose sentado un momento mientras bebía sorbos de la botella y repasaba
los meticulosos planes de las siguientes semanas. Estaba cansado, pero la meta
final de su vida estaba por fin a su alcance. No era fácil conseguir dormirse
cuando uno estaba a punto de lograr la culminación de tres décadas de planes y
sueños, de un deseo tan guardado que se había convertido en una parte
inseparable de él… Pero al final…
Trent sonrió, dejó la botella en la mesilla de noche y se
deslizó bajo la gruesa colcha. Al final, la maldad de White Umbrella saldría a
la luz. Matar a los protagonistas hubiera sido mucho más fácil, pero no hubiera
quedado satisfecho con sus muertes. Quería verlos destruidos, financiera y
emocionalmente, con sus vidas destrozadas en todos los sentidos prácticos. Y
cuando llegase ese día, cuando los jefes vieran todos sus preciosos esfuerzos
convertirse en cenizas, allí estaría él. Él estaría allí para bailar sobre la
tumba de sus sueños, y sería realmente un día maravilloso.
Y como hacía a menudo, Trent repasó el discurso que tenía en la
mente, el discurso que había pasado toda una vida practicando para ese día.
Jackson y Sidney tendrán que estar allí, lo mismo que los «chicos» europeos y
los financieros japoneses, Mikami y Kamiya. Todos ellos sabían la verdad,
habían sido conspiradores en la traición…
Estaré de pie ante ellos, sonriendo, y les diré: «Por si acaso
alguno de ustedes lo ha olvidado, les haré una breve introducción.
»A comienzos de la existencia de Umbrella, antes de que hubiera
nada parecido a White Umbrella, vivió un científico que trabajaba en la sección
de investigación y desarrollo. Se llamaba James Darius. El doctor Darius era un
microbiólogo con una ética y un compromiso, y junto a su adorable esposa Helen,
de hecho doctora en farmacología, pasó incontables horas desarrollando para sus
jefes un compuesto capaz de reparar los tejidos, una sustancia que el propio
James había creado. Aquel compuesto que absorbió tantas horas de trabajo del
matrimonio era una estructura vírica de diseño brillante que, si se
desarrollaba adecuadamente, poseía el potencial de reducir enormemente el
sufrimiento de la humanidad, e incluso de erradicar las muertes por heridas
traumáticas.
»Tanto James como Helen tenían grandes esperanzas puestas en su
trabajo, y eran tan responsables, tan leales y tan confiados, que se dirigieron
inmediatamente a Umbrella en cuanto se dieron cuenta de las capacidades de lo
que habían diseñado. Y Umbrella también se dio cuenta de su potencial, excepto
que lo que ellos vieron fue un desastre comercial si un milagro semejante salía
al dominio público. Imagínense todo el dinero que una compañía farmacéutica
podría perder si millones de personas dejan de morir cada año, pero imagínense
también la cantidad de dinero que se podría ganar si aquella estructura vírica
pudiera desarrollarse para tener aplicaciones militares. Imagínense el poder.
»Lo cierto es que, con unos incentivos como aquéllos, Umbrella
no tuvo elección. Tomaron la estructura vírica del doctor Darius, sus notas y
sus investigaciones, y se lo entregaron todo a un joven y brillante científico
llamado William Birkin, que apenas tenía veinte años y ya era jefe de su propio
laboratorio. Verán, Birkin era uno de ellos. Un hombre que tenía la misma
visión, la misma falta de ética, un hombre al que podrían utilizar. Y con su
propia marioneta ya funcionando, ellos se dieron cuenta de que tener al buen
doctor y a la buena doctora podría causar algunos inconvenientes.
»Así pues, se produjo un incendio. Un accidente, según se dijo,
una terrible tragedia: dos científicos y tres leales ayudantes murieron
abrasados. Mala suerte, muy triste, caso cerrado. Y así es como comenzó la
división de Umbrella conocida como White Umbrella. Investigación sobre armas
biológicas. Un juego para los ricachones y sus pelotilleros, para individuos
que habían perdido cualquier cosa parecida a una conciencia hacía mucho, mucho
tiempo —aquí sonreiré de nuevo—. Para hombres como ustedes.
»Los de White Umbrella habían pensado en todo, o eso creyeron.
Lo que no habían tenido en cuenta, ya fuera por ser demasiado cortos de vista o
por ser unos prepotentes ignorantes, era al joven hijo de James y Helen, su
único hijo, que estaba en un colegio de internado cuando sus padres fueron
quemados vivos. Quizá simplemente lo olvidaron. Pero Victor Darius no olvidó.
De hecho, Victor Darius creció pensando en lo que Umbrella había hecho. Yo me
atrevería a decir que creció obsesionado con ello. Llegó un día en que Victor
ya no podía pensar en otra cosa, y fue entonces cuando decidió hacer algo al
respecto.
»Victor Darius sabía que para vengar a su padre y a su madre
tendría que ser extremadamente inteligente y muy, muy cauteloso. Así que pasó
años tan sólo haciendo planes. Y más años aprendiendo lo que necesitaba saber,
e incluso más años estableciendo los contactos adecuados, moviéndose en los
círculos de poder adecuados, y se comportó de un modo tan tortuoso y tan
deshonesto como sus enemigos. Y un día asesinó a Umbrella, lo mismo que ellos
habían asesinado a sus padres. No fue fácil, pero estaba decidido a ello, y
había dedicado toda su vida a aquel proyecto».
Sonreiré de oreja a oreja, y añadiré: «Ah, por cierto, ¿he dicho
que Victor Darius se cambió de nombre? Era algo un poco arriesgado, pero
decidió utilizar el segundo nombre de su padre, o al menos, parte de él.
Después de todo, James Trenton Darius ya no lo utilizaba».
El discurso siempre cambiaba un poco, pero en lo esencial seguía
siendo igual. Trent sabía que jamás tendría la oportunidad de soltárselo a
todos aquellos hombres a la vez, pero había sido aquella idea la que lo había
empujado a seguir a lo largo de tantos años. En las noches que no había podido
dormir por la rabia que sentía, recitar aquel discurso había sido una especie
de amarga canción de cuna. Se imaginaba el aspecto que tendrían sus rostros
viejos y cansados, el horror reflejado en sus ojos, su temblorosa indignación
ante su traición. De algún modo, aquella imagen siempre había logrado amainar
la furia que sentía y le había proporcionado algo de paz…
Pronto. Después de Europa, amigos míos… Aquel pensamiento lo
siguió hacia la oscuridad, hacia el dulce descanso sin sueños de los justos.
FIN DEL VOLUMEN 4

