Libro N°. 3148. Resident Evil - Vol.6 - Codigo Veronica. S.D. Perry.
© Libro N°. 3148. Resident Evil - Vol.6 - Codigo Veronica. S.D. Perry. Colección E.O. Septiembre 24 de 2016.
Título original: © Resident Evil - Vol.6 - Codigo Veronica. S.D. Perry
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
RESIDENT EVIL - Vol.6 - CODIGO VERONICA
S.D. Perry
La
búsqueda desesperada de su hermano desaparecido lleva a Claire Redfield a
enfrentarse de nuevo a las devastadoras armas biológicas de la corporación
Umbrella. Su búsqueda la lleva hasta una isla remota donde un científico loco
libera a todas las grotescas criaturas que tiene a su disposición con el fin de
impedir que ella interfiera en sus horribles maquinaciones.
Claire logra reunirse con Chris Redfield, que ha estado luchando
solo contra las creaciones más terroríficas de Umbrella y que se encuentra
frente a frente con quien traicionó a los STARS de Raccoon City: un individuo
que, según las leyes de la naturaleza, debería estar muerto: el capitán Albert
Wesker.
Para Jay y Char, dos lectores fieles, dos locos de atar
Sin duda, los hijos del mal han perdido la cordura.
JUDITH MORIAE
Nota del autor
Lo más probable es que los lectores más fieles de esta serie ya
hayan leído esta nota aclaratoria, pero, por favor, permitid que la repita:
Puede que hayáis notado la existencia de discrepancias entre
personajes o momentos concretos entre las novelas y los juegos (o ente unos
libros y otros). Debido a que las novelizaciones y los juegos se escriben, se
revisan y se producen en fechas distintas por personas distintas, la coherencia
completa es casi imposible. Tan sólo puedo disculparme en nombre de todos
nosotros, y tener la esperanza de que, a pesar de los errores cronológicos,
continuaréis disfrutando de la mezcla de zombis corporativos y de héroes
desventurados que convierten Resident Evil en algo tan entretenido… de
escribir, y, si soy afortunado, de ser leído.
Prólogo
A pesar de estar enfrentándose a su muerte, ya cercana, y de
estar rodeado de enfermos y moribundos mientras los restos ardientes del
helicóptero seguían cayendo a su alrededor, en lo único que Rodrigo Juan Raval
pudo pensar fue en la chica. En ella, y en quitarse de en medio como fuese.
Ella también va a morir… ¡Lárgate!
Se lanzó de cabeza para ponerse a cubierto detrás de una lápida
sin nombre mientras el pequeño cementerio se estremecía y retumbaba. Un enorme
trozo del helicóptero humeante se estrelló contra el suelo en la parte más
alejada del camposanto y roció a los soldados y a los prisioneros, todos en
distintas fases de putrefacción, con chorros de combustible en llamas. Unos
arroyos relucientes de gasolina ardiendo recorrieron el suelo como lava
pegajosa, y cuando Rodrigo se estrelló contra el suelo, sintió un dolor
tremendo en la boca del estómago: dos de sus costillas se partieron al chocar
contra un trozo de mármol oscuro semienterrado y oculto bajo las malas hierbas
que inundaban el cementerio. El dolor fue repentino y terrible, paralizante,
pero de algún modo logró no desmayarse. No podía permitírselo.
La pala de un rotor se hundió en el suelo a menos de medio metro
de él y lanzó un surtidor de tierra suelta al cielo del anochecer. Oyó un nuevo
coro de gemidos cuando los portadores del virus protestaron sin palabras por
aquella lluvia de fuego. Un guardia infectado pasó cerca de él arrastrando los
pies, con el cabello envuelto en llamas y unos ojos sin vista que seguían
buscando sin cesar.
No sienten nada, nada de nada, se recordó Rodrigo a sí mismo con
cierta urgencia desesperada, y se concentró en su respiración, temeroso de
moverse mientras el dolor pasaba del deseo de lanzar aullidos al de simplemente
gritar. Ya no son humanos.
El aire estaba cargado de humo asfixiante y del hedor de cuerpos
putrefactos y de carne quemada. Distinguió el estampido de unos cuantos
disparos en el interior del edificio de la prisión, pero fueron muy pocos. La
batalla se había acabado, y habían sido derrotados. Rodrigo cerró los ojos todo
el tiempo que se atrevió, bastante seguro de que no volvería a ver amanecer.
Vaya mierda de día.
Todo aquello había comenzado precisamente diez días antes en
París. La chica, Redfield, había conseguido infiltrarse en la sede
administrativa de Umbrella y había luchado con ferocidad antes de que el propio
Rodrigo la hubiera capturado. La verdad es que había tenido bastante suerte: el
arma de la chica ya no tenía balas cuando le había apuntado y apretado el
gatillo.
Sí, vaya, mucha suerte, pensó con amargura. Si hubiese sabido lo
que le esperaba, quizá hasta le hubiera recargado el arma él mismo.
La recompensa por capturarla con vida, la oportunidad de llevar
a su unidad de seguridad de élite para que se entrenase con auténticos
portadores del virus en las instalaciones de Rockfort, una isla situada en un
lugar remoto del Atlántico Sur. La chica acabaría como otro espécimen para uso
de los científicos, o quizá la mantuvieran con vida para que sirviera como cebo
para atraer a su problemático hermano y a los demás protagonistas de aquella
rebelión protagonizada por los antiguos miembros de los STARS de la que Rodrigo
no dejaba de oír rumores. El resultado de la incursión de la chica en las
oficinas había sido de diecisiete heridos y cinco muertos. La mayoría de ellos
no eran más que ejecutivos inútiles, y a Rodrigo le importaban una mierda, pero
atrapar a la muchacha significaba que podía esperar un buen aumento de paga.
Por lo que a él se refería, Umbrella podía convertirla en una cucaracha gigante
de neón. Seguro que habían hecho cosas peores.
Le pareció de nuevo que había tenido mucha suerte cuando le
dijeron que disponía de diez días para preparar a sus tropas, diez días
mientras los interrogadores de la sede central acribillaban a preguntas a la
chica. El viaje de París a Rockfort con escala en Ciudad del Cabo había
transcurrido sin problemas. Los pilotos eran unos profesionales de primera
clase y la chica había mantenido la boca cerrada, lo que había sido muy
inteligente por su parte. Todos sus hombres habían sido aleccionados para
aprovechar aquella oportunidad. La moral era muy elevada cuando aterrizaron y
comenzaron los preparativos para los primeros entrenamientos.
Sin embargo, menos de ocho horas después de que llegaran a la
isla, y sólo era la segunda vez que estaba allí, todo el lugar había sido
atacado con ferocidad por gente desconocida en una incursión aérea de precisión
surgida de la nada. Sin duda lo había financiado alguna corporación
empresarial, porque utilizaron tecnología avanzada y munición como si no se les
fuera a acabar nunca. Los helicópteros y aviones los habían sobrevolado como
una oscura tormenta de pesadilla. El ataque había sido bien planeado e inmisericorde.
Por lo que él sabía, habían atacado todas las instalaciones de la isla: la
prisión, los laboratorios, la zona de entrenamiento… Creía que la casa de los
Ashford se había salvado, pero no estaba muy seguro de ello.
El ataque aéreo fue devastador de por sí, pero no fue nada
comparado con lo que ocurrió a continuación: en algunas de las partes de la
zona de los laboratorios se guardaban muestras de media docena de variantes del
virus T, que se había propagado, además de la huida de unos cuantos especímenes
de armas biológicas experimentales. Las muestras del virus T convirtieron a los
humanos en caníbales con el cerebro achicharrado. Se trataba de un efecto
secundario desafortunado, pero en realidad no había sido creado para utilizarlo
en la gente. Gracias a los logros milagrosos más que cuestionables de la
ciencia moderna, la mayoría de los organismos sujetos a la experimentación no
eran humanos ni de forma remota, y el virus los transformó en máquinas de
matar.
Se había producido un caos tremendo. El comandante de la base,
aquel loco inquietante llamado Alfred Ashford, no había movido ni un dedo para
organizar la resistencia, de modo que les había tocado a los soldados de la
tropa encargarse de todo. Los prisioneros, como era evidente, no habían servido
para nada, pero en el terreno había soldados suficientes para montar una
defensa y un contraataque tremendamente ineficaces. Sus muchachos habían caído
casi con la misma rapidez que todos los demás, aniquilados de camino al
helipuerto por un trío de OR1, los ejemplares sobre los que los científicos
estaban probando en ese momento el virus T.
Todo aquel entrenamiento perdido en poco más de un minuto o dos.
Los OR1 eran especialmente feroces y agresivos, muy violentos y con una gran
potencia muscular. Por suerte, tan sólo habían escapado unos pocos…, pero
habían sido más que suficientes. Los soldados los habían bautizado como
bandersnatches, por sus largas extremidades. Le pareció divertido que los
miembros de su equipo hubieran tenido tanto cuidado en no quedar infectados por
el virus —se colocaron las mascarillas respiratorias protectoras—, y al final,
de todas maneras, habían muerto a manos de una forma del virus.
Al menos, todo ocurrió muy deprisa, antes incluso de que se
dieran cuenta del problema en que estaban metidos, pensó, mientras los
envidiaba por la esperanza que habían tenido. Estaba herido, agotado, y había
visto cosas que sabía que lo perseguirían a lo largo de toda su vida, por muy
corta que fuese. Ellos tuvieron suerte.
Rockfort se había convertido en una sucursal del infierno en la
Tierra. Aquel virus creado por el hombre no duraba mucho en el aire, y sólo
había infectado a la mitad de la población de la isla…, pero los que habían
caído enfermos habían empezado a devorar a la otra mitad de forma casi
inmediata, por lo que habían extendido la plaga. Algunos habían logrado escapar
a todo aquello, pero entre los infectados y las armas biológicas, huir de la
isla se había convertido en una opción casi imposible. Todo el lugar estaba
patas arriba.
Quizá así es como debe ser. Quizá es lo que todos nosotros nos
merecíamos.
Rodrigo sabía que no era un individuo del todo malo, pero no se
engañaba: también sabía que no era uno de los chicos buenos. Había cerrado los
ojos a ciertas situaciones infames de verdad a cambio de una buena paga, pero
por mucho que le hubiese gustado achacar la culpa a todos los que lo rodeaban,
no podía negar su pequeña participación en todo aquel pandemónium apocalíptico.
Umbrella había jugado con fuego durante mucho tiempo…, pero incluso después de
la desaparición de Raccoon City como ciudad, después de los desastres en la
Ensenada de Calibán y en las instalaciones subterráneas, él jamás pensó que
algo así pudiera pasarles a él y a su equipo.
Otro cadáver ambulante pasó al lado de su escondrijo
provisional. Una descarga de escopeta bastante reciente le había arrancado la
mandíbula inferior. Rodrigo se agachó más todavía de forma instintiva y tuvo
que esforzarse de nuevo para no desmayarse. La nueva oleada de dolor fue
sorprendentemente intensa. Ya se había roto varias costillas con anterioridad,
pero aquello era algo distinto, alguna herida interna. Quizá era una
perforación en el hígado, una herida letal si no lo operaban. Si continuaba su racha
increíble de mala suerte, lo más probable era que se desangrara por dentro
antes de que algo acabara comiéndoselo.
La cabeza se le iba y el dolor se había acentuado, pero, por
mucho que quisiera descansar, todavía estaba el asunto de la chica: no podía
olvidarse de aquello. Estaba cerca, muy cerca. Uno de los guardias la había
dejado inconsciente de un golpe antes de que le hicieran un examen físico o le
dieran las ropas de la prisión, y eso había ocurrido justo antes del ataque.
Tenía que estar todavía en la celda de aislamiento, y la entrada subterránea se
encontraba un poco más allá de donde estaban esparcidos los restos llameantes
del helicóptero.
Ya casi he acabado. Después podré ponerme a descansar.
La mayoría de los humanos infectados con el virus se habían
alejado de la zona en llamas. Quizá obedecían a alguna clase de instinto
primario. Había perdido su arma en algún momento de su huida, pero si echaba a
correr por detrás de las lápidas que había a lo largo de la pared oeste…
Rodrigo se colocó sentado sobre el suelo, y el dolor empeoró
todavía más, haciéndole sentir débil y con ganas de vomitar. Sabía que tenía
que haber una botella de líquido hemostático en el botiquín de la zona de
espera, y eso al menos disminuiría y retrasaría cualquier clase de hemorragia
interna que estuviese sufriendo, aunque se sentía preparado para aceptar la
muerte; tanto como cualquiera pudiera estarlo.
Pero no hasta que llegue donde está la chica. Yo la capturé y yo
la traje hasta aquí. Es culpa mía, y si muero ahora, ella también morirá.
A pesar de todas las escenas de horror que había contemplado
aquel día, a los camaradas que había perdido y al terror constante y casi
paralizante de sufrir una muerte realmente horrible, no podía dejar de pensar
en ella. Claire Redfield tenía las manos manchadas de sangre, sí, pero no había
sido a propósito, no como la gente de Umbrella. Como él. Ella no había matado
por codicia, no había adormecido su conciencia y la había despreciado durante
todos aquellos años, y después de ver cómo su escuadra de élite acababa
convertida en carne picada a manos de unos monstruos auténticos, después de
pasar toda la tarde luchando por su propia vida, le había quedado muy claro que
lo que hacía la gente buena era intentar llevar a Umbrella ante la justicia por
sus crímenes. La chica se merecía que la ayudara por eso, aunque sólo fuese
para que no muriese sola y en la oscuridad. Rodrigo tenía un juego de llaves
que había sacado del bolsillo de uno de los guardianes muertos, y seguro que
una de ellas abría la puerta de la celda de aislamiento.
Las chispas procedentes del incendio del helicóptero destellaban
en el aire cada vez más oscuro del anochecer, como insectos brillantes que
refulgían antes de morir. Algunas de las de mayor tamaño caían sobre la piel de
los zombis más cercanos y chisporroteaban con sonido de fritura sobre la carne
gris antes de apagarse. No les importaba. Rodrigo apretó los dientes y se puso
en pie tambaleándose, a sabiendas de que la joven Claire no lograría sobrevivir
más allá de diez minutos sola y sin ayuda, pero sabiendo también que tenía que
darle esa oportunidad. No es que fuera lo mínimo que podía hacer por ella: era
lo único que podía hacer ya.
Capítulo 1
Le dolía la cabeza. Estaba medio dormida, recordando lo que
había pasado, cuando un tronar distante atravesó la oscuridad y la acercó a un
estado de vigilia. Había estado soñando en la locura en que se había convertido
su vida a lo largo de los meses anteriores, y, aunque la parte casi consciente
de su cerebro sabía que era verdad, todavía le parecía demasiado increíble para
ser cierta. Los recuerdos breves y fugaces de lo que había ocurrido después de
que la infección vírica se extendiera por todo Raccoon City seguían acosándola,
incluidas las imágenes de la criatura inhumana que las había perseguido a ella
y a la pequeña niña por toda aquella devastación, lo ocurrido a la familia
Birkin, su encuentro con León, sus constantes plegarias para que Chris estuviera
bien.
Resonó otro trueno y se dio cuenta de que algo andaba mal, pero
no pudo dejar de dormir, de recordar. Chris. Su hermano se había ocultado en
algún lugar de Europa y ellos lo habían seguido, pero en este momento sólo
sentía frío y le dolía la cabeza. No sabía por qué.
¿Qué ha pasado?
Procuró concentrarse, pero tan sólo logró recordar algunos
fragmentos, imágenes y pensamientos de lo ocurrido en las semanas posteriores
al desastre de Raccoon City. Parecía incapaz de controlar su memoria y sus
recuerdos, como si estuviese viendo una película en sueños y no pudiera
despertarse.
Imágenes de Trent en el avión, un desierto, el descubrimiento de
un disco de ordenador repleto de códigos que al final había resultado ser
inútil por completo para los planes de su hermano. El largo viaje hasta Londres
y el siguiente, más corto, hasta París, una llamada telefónica: «Chris está
aquí, y está bien». La voz de Barry Burton, profunda y amable. La risa, la
sensación de alivio increíble que la inundó, la mano de León en su hombro…
Era un comienzo, y la llevó hasta el siguiente recuerdo claro.
Habían preparado un encuentro en uno de los puestos de vigilancia del ala
administrativa de la sede central de Umbrella. León y los demás la estaban
esperando en una furgoneta, al lado de las instalaciones de la compañía
farmacéutica. León y los demás la esperaban en el vehículo.
Le eché un vistazo al reloj, con el corazón palpitante por el
nerviosismo, ¿dónde está?, ¿dónde está Chris?
Claire no supo que estaba jodida hasta que las primeras balas le
pasaron silbando al lado, hasta que tuvo que echar a correr en un terreno
cubierto por las luces de los focos, hasta que entró en un edificio…
Y seguí corriendo por los pasillos, ensordecida por el retumbar
de los disparos de las armas automáticas y del rotor del helicóptero que
sobrevolaba el exterior. Corrí y corrí, con las balas estrellándose contra el
suelo tan cerca de mí que los trozos de baldosa me hirieron los tobillos… Y
luego una explosión, y varios soldados retorciéndose en mitad de las llamas y…,
y me atraparon.
La habían mantenido encerrada durante una semana entera y lo
habían intentado todo para hacerla hablar. Había acabado hablando, claro, pero
sobre los momentos de pesca que había pasado junto a Chris, sobre ideas
políticas, sobre sus grupos de música favoritos… A la hora de la verdad, lo
cierto es que no conocía nada importante para ellos. Estaba buscando a su
hermano, y eso era todo, y había logrado convencerlos de algún modo de que no
conocía ningún dato vital sobre Umbrella. Contribuyó a ello el hecho de que tan
sólo tuviera diecinueve años y que pareciera tan letal y mortífera como una
girlscout. Lo poco que realmente sabía acerca del infiltrado en Umbrella,
Trent, o sobre el lugar donde se encontraba Sherry Birkin, la hija de la
científica, lo mantuvo oculto en lo más profundo de su interior.
Se la llevaron cuando se dieron cuenta de su inutilidad como
fuente de información. Esposada, atemorizada, y después de dos viajes en
aviones privados y otro en un helicóptero, llegó a la isla. Ni siquiera llegó a
verla porque le pusieron una capucha, y la oscuridad asfixiante fue un elemento
añadido a sus temores. Rockfort Island, le parecía que así era como la había
llamado el piloto, estaba muy lejos de París, pero eso era todo lo que sabía de
aquel lugar. Truenos, había oído truenos. Recordó que la habían hecho avanzar a
empujones por un cementerio de prisión embarrado bajo la luz gris de la mañana.
Tan sólo pudo echar un breve vistazo a través de la capucha a las tumbas,
señaladas por lápidas bastante elaboradas. Bajó unas escaleras, le dieron la
bienvenida y ¡BOOOM!
El suelo retembló y se estremeció. Claire abrió los ojos justo a
tiempo para ver que las luces se apagaban, y los gruesos barrotes de la celda
se quedaron de repente impresos como una imagen negativa en su retina y
flotaron hacia la izquierda en la cerrada oscuridad. Estaba tumbada de lado en
el suelo sucio y húmedo.
Esto no está bien, nada bien, será mejor que me levante. Se
enfrentó al tremendo palpitar que notaba en el interior del cráneo mientras se
ponía de rodillas. Tenía los músculos agarrotados y doloridos. La oscuridad de
la estancia fría y húmeda era total y el silencio, absoluto, a excepción del
sonido del goteo del agua, un palpitar rítmico, lento y desolado. Se sintió
sola.
Pero no por mucho tiempo. Joder, estoy metida hasta el cuello en
la mierda. Umbrella la tenía prisionera, y si tenía en cuenta los destrozos que
había causado en París, era bastante improbable que le dieran un helado y la
mandaran de vuelta a casa.
Darse cuenta de nuevo de la situación en que se encontraba
metida le provocó un nuevo nudo en el estómago, pero Claire se esforzó todo lo
que pudo por dejar a un lado aquel miedo. Tenía que pensar con claridad,
sopesar todas sus opciones, y necesitaba estar preparada para entrar en acción.
No habría sobrevivido a Raccoon City si se hubiera dejado llevar por el pánico…
Sólo que ahora estás en una isla controlada por Umbrella.
Incluso aunque lograras esquivar a los guardias, ¿adónde ibas a huir?
Los problemas, de uno en uno. Lo primero que tenía que intentar
era ponerse en pie. Aparte del doloroso chichón que tenía en la sien derecha,
provocado por el golpe que le había propinado un capullo, no creía tener
ninguna otra herida.
Oyó otro estruendo, apagado y alejado, y un poco de polvo se
desprendió de las rocas. Lo sintió caer sobre su nuca. Había percibido aquellos
estruendos en sus sueños medio inconscientes como si fueran truenos, pero en
esos momentos le sonaron con bastante claridad, como si Rockfort estuviese
siendo atacado por proyectiles de artillería. O por Godzilla. ¿Qué demonios
estaba ocurriendo allí afuera?
Logró ponerse en pie, y se le escapó un gesto de dolor a causa
de la herida en la sien mientras se limpiaba de polvo los brazos y estiraba el
cuerpo para desentumecerlo. La celda subterránea la hizo desear llevar algo más
que los vaqueros y el chaleco que se había puesto para su encuentro con Chris.
¡Chris!¡Oh, Dios, que esté a salvo! Había logrado que los
guardias de seguridad de Umbrella se alejasen de León y de los demás, de
Rebecca y de los otros dos antiguos miembros de los STARS de Exeter. Si no
habían capturado también a Chris, Claire supuso que su hermano ya se habría
reunido con el resto del equipo. Si pudiese echarle mano a un ordenador con
acceso a la red podría enviarle un mensaje a León…
Sí, vale. Sólo tienes que doblar estos barrotes, pillar un par
de ametralladoras y acabar con toda la gente de la isla. Bueno, aparte de
entrar en un sistema de comunicaciones repleto de códigos de seguridad, eso si
encuentras un ordenador en condiciones. Además, sólo tienes que decirle a León
que estás en una isla que se llama Rockfort pero que no sabes dónde se
encuentra…
Una voz interna la interrumpió.
Piensa de forma positiva, joder, ya tendrás tiempo de ser
sarcástica más adelante, eso suponiendo que sobrevivas. ¿Qué tienes a mano que
te pueda servir?
Buena pregunta. Bueno, para empezar, no había guardias por
ningún lado. También estaba muy oscuro, y tan sólo se distinguía un levísimo
resplandor procedente de algún lugar situado a la derecha, lo que sería una
ventaja si…
Claire se palpó los bolsillos con la loca esperanza de que nadie
la hubiera registrado mientras estaba inconsciente, pero segura de que alguien
lo habría hecho… ¡Allí estaba! En el bolsillo interior izquierdo del chaleco.
—Idiotas —susurró mientras sacaba el viejo encendedor metálico
que Chris le había dado hacía ya tanto tiempo. Su peso tibio en la mano la
reconfortó. Cuando la registraron en busca de armas, uno de los soldados, que
apestaba a tabaco, se lo había quedado, pero se lo había devuelto cuando ella
le dijo que también fumaba.
Claire metió el encendedor de nuevo en el bolsillo. No quería
encenderlo para no perder la visión nocturna que poco a poco iban adquiriendo
sus ojos al ajustarse a la oscuridad. Había suficiente luz en el ambiente para
que distinguiera la mayor parte de la estancia: una mesa de escritorio y un par
de armarios de oficina metálicos justo enfrente de la celda, una puerta abierta
a la izquierda, la misma puerta por la que había entrado, una silla y un montón
de objetos variados apilados a su derecha.
Vale, de acuerdo, ya conoces el entorno. ¿Qué más tienes?
Por suerte, su voz interior sonaba mucho más tranquila de lo que
ella misma estaba. Registró con rapidez los demás bolsillos y sacó un par de
gomas elásticas para el cabello y dos pastillas de menta para el aliento.
Genial. A menos que quisiese acabar con sus oponentes mediante el feroz impacto
de una pastilla lanzada con una de las gomas, no tenía ni una puta…
Pasos, en el pasillo que daba a la habitación de la celda, pasos
que se acercaban. El cuerpo se le tensó y la boca se le secó. Estaba desarmada
y atrapada, y el modo en que aquellos guardias la habían estado mirando durante
el viaje…
Pues que vengan. Puede que esté desarmada, pero eso no quiere
decir que esté indefensa. Si alguien pensaba atacarla, para violarla o lo que
fuese, se esforzaría por hacerle todo el daño posible. Si iba a morir de todas
maneras, no pensaba hacerlo sola.
Pam. Pam. Se percató de que sólo había una persona acercándose,
y fuese quien fuese, estaba herida. Las pisadas eran irregulares y lentas,
arrastrando los pies, casi como…
No, no. De ninguna manera.
Claire contuvo el aliento cuando la silueta de un hombre entró
trastabillando en la habitación con los brazos por delante. Se movía como uno
de los zombis infectados por el virus, como si estuviese borracho,
tambaleándose inseguro, y se dirigió directamente desde la puerta de la
estancia hacia la puerta de la celda. Claire se alejó de forma instintiva,
aterrada por las implicaciones de todo aquello: si se había producido un brote
vírico en la isla acabaría muriendo de hambre detrás de los barrotes de la celda.
¡Jesús!, ¿otra infección? En Raccoon City habían muerto miles de
personas. ¿Cuándo aprenderían los de Umbrella que sus enloquecidos experimentos
biológicos no merecían la pena?
Tenía que verlo con claridad para estar segura. Si se trataba de
un guardia borracho, al menos estaba solo, y quizá podría encargarse de él, y
si se trataba de alguien infectado por el virus, estaba a salvo, de momento.
Que ella supiera, no podían abrir puertas, o al menos, los que había visto en
Raccoon City eran incapaces de manejar siquiera los picaportes. Sacó otra vez
el encendedor, abrió la tapa, y movió la ruedecilla con el pulgar.
Claire lo reconoció de inmediato y soltó un grito ahogado de
sorpresa a la vez que daba otro paso atrás. Alto y de constitución fornida,
quizá de origen hispano, con un bigote y unos ojos negros e inmisericordes, era
el mismo hombre que la había atrapado en París y la había llevado escoltada
hasta la isla.
No es un zombi. Al menos, no es eso. Tampoco es que aquello
supusiera demasiado alivio, pero se aferraba a cualquier pequeña esperanza.
Se quedó de pie, inmóvil, sin tener muy claro lo que podía
ocurrir a continuación. El individuo tenía un aspecto diferente, y era algo que
iba más allá de su rostro cubierto de suciedad o de las pequeñas manchas de
sangre que cubrían su camiseta blanca. Se trataba más bien de una
transformación interna y fundamental, o eso se podía adivinar por el modo en
que había cambiado la expresión de su rostro. Antes mostraba el gesto típico de
un asesino sin piedad, pero en esos momentos…, en esos momentos, Claire no
estaba muy segura de qué se trataba, pero cuando él metió una mano en el
bolsillo y sacó un manojo de llaves, rezó para que el cambio fuese a mejor.
Abrió la puerta de la celda sin decir una sola palabra y la miró
sin expresión alguna en los ojos antes de inclinar la cabeza hacia un lado por
un momento: el gesto internacional de «sal de aquí», si es que existía algo
así.
El individuo dio media vuelta y se alejó tambaleante antes de
que a ella le diera tiempo a reaccionar. Era evidente que estaba herido por el
modo en que se agarraba el estómago con una mano temblorosa. Se dejó caer en
una silla que había entre la mesa y la pared más alejada y sacó con sus dedos
ensangrentados una pequeña botella que había en uno de los cajones. Sacudió la
botellita, del tamaño aproximado de una bobina de hilo, antes de arrojarla con
gesto débil al otro lado de la estancia.
—Estupendo —murmuró para sí con voz quebrada.
La botellita, probablemente vacía, cayó repiqueteando por el
suelo de cemento y rodó hasta detenerse al lado de la celda. El tipo miró en su
dirección con expresión exánime, y su voz mostró un intenso agotamiento.
—Venga. Lárgate de aquí.
Claire dio un paso hacia la puerta pero se detuvo, dudando por
un momento mientras se preguntaba si todo aquello no sería más que un engaño
muy elaborado. La idea de que le dispararían por la espalda mientras «huía» le
pasó por la cabeza, y no le pareció muy descabellada teniendo en cuenta para
quién trabajaba aquel individuo. Todavía recordaba con claridad la expresión de
su mirada cuando le puso la pistola en la cara, el gesto frío y despectivo que
había mostrado en los labios.
Se aclaró la garganta llena de nerviosismo, y decidió probar a
pedirle una explicación.
—¿Qué es lo que me estás diciendo exactamente?
—Que eres libre —contestó él antes de ponerse a murmurar de
nuevo y hundirse en la silla mientras la barbilla se inclinaba hasta tocarle el
pecho—. No sé, a lo mejor queda alguna clase de equipo de fuerzas especiales,
las tropas normales han sido aniquiladas… No hay posibilidad de escapar.
Su instinto le indicaba que el guardia realmente pretendía
dejarla en libertad, pero no quería arriesgarse lo más mínimo. Salió de la
celda y recogió del suelo la botella que él había tirado. Se movió con lentitud
y cuidado, sin dejar de vigilarlo. No creía que estuviese fingiendo lo de estar
herido: tenía un aspecto malísimo, con una palidez casi cadavérica en su piel
oscura, casi como una máscara semitransparente. Ni siquiera respiraba con
regularidad, y la ropa le olía a sudor y a humo de alguna clase de compuesto
químico quemado.
Le echó un vistazo a la botellita, que más bien era un vial para
jeringuilla, que mostraba un nombre impronunciable en la etiqueta. Logró
descifrar la palabra «hemostático» en la diminuta letra. «Hemo» se refería a
algo relacionado con la sangre, si no recordaba mal… Quizá se trataba de algo
para estabilizar las hemorragias.
Quizá tiene una herida interna… Quería preguntarle por qué la
dejaba libre, cuál era la situación en el exterior, adonde debería dirigirse
después de salir de allí, pero se dio cuenta de que estaba a punto de
desmayarse: sus párpados no paraban de aletear.
No puedo marcharme así por las buenas, no sin intentar ayudarlo…
¡A la mierda! ¡Sal de aquí de una vez! Puede que muera… ¡Puede que tú mueras!
¡Echa a correr!
La discusión consigo misma fue breve, y la conciencia triunfó
sobre la razón, como solía pasarle casi siempre. Era obvio que él no la había
dejado libre por alguna clase de afinidad personal, pero fuese cual fuese la
razón, ella se lo agradecía. No tenía por qué soltarla, pero lo había hecho de
todas maneras.
—Y tú, ¿qué? —le dijo Claire, preguntándose si podría hacer algo
por él. Era evidente que no podría cargarlo por su peso, y no tenía
conocimientos médicos como para…
—No te preocupes por mí —contestó él alzando la cabeza un
momento, con un tono de voz levemente irritado, como si le hubiese molestado
que sacase aquel tema.
Perdió el conocimiento antes de que le diera tiempo a
preguntarle lo que estaba ocurriendo en el exterior: se hundió de hombros y el
cuerpo quedó inmóvil. Todavía respiraba, pero Claire no creía que sin la ayuda
de un médico lo hiciese durante mucho tiempo más.
El encendedor empezaba a quemarle la mano, pero soportó el calor
el tiempo suficiente para registrar la pequeña estancia, empezando por la mesa
de escritorio. Vio un cuchillo de combate tirado sobre una carpeta, unas
cuantas hojas de papel sueltas… Vio su nombre escrito en una de ellas, así que
lo leyó mientras se metía la funda del cuchillo en la cintura del pantalón:
«Claire Redfield, prisionera número WKD4496, fecha de
transferencia, bla, bla, bla… Trasladada bajo escolta de Rodrigo Juan Raval,
jefe de la tercera unidad de seguridad de la filial médica de Umbrella, París.»
Rodrigo. El hombre que la había capturado y que la había dejado
en libertad, y que en esos momentos parecía estar muriéndose delante de sus
propios ojos. Tampoco es que pudiera hacer nada para impedirlo, a menos que
pudiese encontrar ayuda.
Y eso es algo que no puedo hacer si me quedo aquí abajo, pensó
cerrando el encendedor recalentado después de acabar con el resto del registro.
No encontró nada más que objetos inútiles: un baúl con uniformes de prisioneros
que olían a humedad y montones y montones de papeles en los cajones de la mesa.
Recuperó los mitones que le habían quitado, sus viejos guantes de montar en
moto, y se los puso inmediatamente, agradecida por el escaso calor que
proporcionaban. Lo único de lo que disponía para defenderse era el cuchillo. Se
trataba de una arma de combate letal en unas manos entrenadas para ello…, algo
que, por desgracia, no era su caso.
A caballo regalado…, así que no te quejes. Hace cinco minutos
estabas encerrada y desarmada. Al menos, ahora tienes una oportunidad de
escapar. Deberías estar contenta y sentirte agradecida de que Rodrigo no
hubiese bajado aquí a acabar con tu sufrimiento. De todas maneras, era muy mala
en el manejo del cuchillo. Dudó un momento antes de hacerlo, pero al final
registró a Rodrigo, aunque no llevaba ninguna clase de arma encima. Encontró un
manojo de llaves, pero prefirió dejarlas por temor a que su tintineo llamara la
atención en el momento menos adecuado. Si llegara a necesitarlas, podría volver
a por ellas. Ya va siendo hora de que salga de la tienda de helados y vea cómo
está la calle.
—Vamos allá —se dijo a sí misma en voz baja, tanto para ponerse
en marcha como para animarse. Se daba perfecta cuenta de que estaba
aterrorizada ante lo que podía encontrarse…, y también de que no tenía otra
alternativa. Mientras permaneciese en la isla, Umbrella la tenía atrapada, y
hasta que no conociese cuál era la situación, no podría hacer planes para
escapar.
Claire empuñó el cuchillo con fuerza y salió de la estancia de
la celda, preguntándose si la locura de Umbrella no acabaría nunca.
Alfred Ashford estaba sentado a solas en uno de los peldaños de
las amplias e imponentes escaleras de su casa, cegado por la rabia. Por fin
habían cesado de caer las oleadas de destrucción de los cielos, pero su casa
había quedado dañada, su hogar. La había construido la bisabuela de su abuelo,
la inteligente y bella Verónica, que Dios la tuviera en su seno, en aquel oasis
aislado que habían bautizado como Rockfort, donde habían logrado llevar una
vida encantada tanto ella como sus descendientes a lo largo de las diversas
generaciones…, pero en aquel momento, en poco más de un parpadeo, alguna clase
de grupo fanático horrible se había atrevido a probar suerte y lo había
destruido todo. La mayor parte de la segunda planta había quedado arrasada, con
las puertas empotradas en las paredes, y tan sólo se habían salvado sus
estancias privadas.
Salvajes incultos, ignorantes. Ni siquiera son capaces de
imaginarse la profundidad de su propia ignorancia.
Alexia estaba llorando escaleras arriba, y su delicado corazón
sufría sin duda por aquella terrible pérdida. Tan sólo el hecho de pensar en el
sufrimiento innecesario de su hermana aumentó todavía más su rabia, haciéndole
desear poder golpear algo…, pero no había nadie contra quien descargar su ira;
todos los oficiales de mando y los científicos estaban muertos, incluso los
miembros de su propio servicio personal. Había visto cómo ocurría todo desde la
sala de control secreta repleta de monitores que tenía en su casa. Cada una de
las pequeñas pantallas le había contado un suceso diferente, repleto de
sufrimiento brutal e incompetencia. Había muerto casi todo el mundo, y los
supervivientes salieron corriendo como conejos asustados. La mayoría de los
aviones de la isla ya habían despegado. Su cocinera personal fue la única que
sobrevivió en la sala común de la mansión, pero se puso a gritar con tanta
fuerza e insistencia que tuvo que matarla en persona de un disparo.
Pero nosotros todavía estamos aquí, a salvo de las sucias manos
del resto del mundo. Los Ashford sobrevivirán y prosperarán hasta bailar sobre
las tumbas de nuestros enemigos, hasta beber champán en los cráneos de sus
hijos.
Se imaginó a sí mismo bailando con Alexia, abrazándola con
fuerza, danzando al compás de los gritos de dolor de sus enemigos torturados…
Sería un éxtasis que compartirían sin dejar de mirarse a los ojos mientras
disfrutaban de la sensación de superioridad sobre el resto de los mortales
comunes, sobre la estupidez de aquellos que se habían atrevido a intentar
destruirlos.
La cuestión era: ¿quién era el responsable de aquel ataque?
Umbrella tenía numerosos enemigos desde compañías farmacéuticas competidoras
hasta accionistas privados. Lo cierto era que las pérdidas en Raccoon City
habían sido desastrosas para el mercado, incluyendo a los pocos competidores de
White Umbrella, su departamento de investigación secreta sobre armas
biológicas. Umbrella Pharmaceutical, el resultado de los esfuerzos de lord
Oswell Spencer y del abuelo del propio Alfred, Edward Ashford, era una empresa
muy lucrativa, todo un imperio industrial, pero, sin embargo, el verdadero
poder se encontraba en las actividades clandestinas de Umbrella, unas
operaciones que habían comenzado a extenderse tanto que ya era imposible que
permanecieran ocultas por completo. Además, había espías por todos lados.
Alfred apretó los puños con furia, frustrado, con todo el cuerpo
convertido en un cable de alta tensión por la fuerza de rabia…, y, de repente,
se percató de la presencia de Alexia a su espalda gracias a un leve aroma de
gardenias en el aire. Había estado tan concentrado en su propio caos emocional
que ni siquiera la había oído acercarse.
—No debes sentirte desesperado, hermano mío —dijo ella con voz
tranquila, y bajó los peldaños para sentarse a su lado—. Al final, nos
impondremos a nuestros enemigos; siempre lo hemos hecho.
Lo conocía tan bien. Alfred se había sentido muy solo cuando
ella permaneció fuera de Rockfort todos aquellos años, atemorizado de que
pudieran perder su «conexión» tan especial… Sin embargo, habían acabado más
unidos que nunca. Jamás hablaban de aquel tiempo que permanecieron separados,
sobre lo que había ocurrido después de los experimentos efectuados en las
instalaciones de la Antártida. Ambos se sentían tan tremendamente felices de
estar juntos de nuevo que no querían decir nada que pudiera estropear aquella
felicidad. Alfred estaba seguro de que ella pensaba lo mismo.
Se quedó mirándola durante un largo rato, tranquilizado por su
grácil presencia, sorprendido, como siempre, de su tremenda belleza. Si no la
hubiera oído llorar en su habitación, habría jurado que no había derramado una
sola lágrima. Su piel de porcelana era radiante, y sus ojos de color azul cielo
eran claros y resplandecientes. Incluso en un día como aquél, tan nefasto, su
sola presencia le proporcionaba tanto placer…
—¿Qué haría sin ti? —se preguntó Alfred en voz baja, a sabiendas
de que la respuesta sería tan dolorosa que era mejor ni pensar en ella.
Se había vuelto medio loco por la soledad cuando ella había
estado fuera, y todavía sufría ciertas crisis extrañas, con pesadillas en las
que todavía estaba solo, en las que Alexia seguía alejada de él. Esa era una de
las razones por las que él procuraba convencerla de que nunca saliera de su
residencia privada, extremadamente protegida, situada detrás de la mansión para
los visitantes. A ella no le importaba: seguía con sus estudios y era muy
consciente de que era demasiado importante, demasiado exquisita como para que
cualquiera pudiera admirarla. Se sentía más que satisfecha con el afecto y las
atenciones que su hermano le prodigaba, y confiaba lo suficiente en él como
para que fuera su único contacto con el mundo exterior.
Si pudiera quedarme con ella a todas horas, juntos y solos los
dos, aquí ocultos… Pero no, él era un Ashford, y era el encargado de velar por
los intereses de los Ashford en Umbrella, y el responsable único de todas las
instalaciones en Rockfort. Cuando su padre, Alex Ashford, un incompetente,
desapareció quince años atrás, el joven Alfred tomó su lugar. Los personajes
clave en las investigaciones sobre armas biológicas de Umbrella intentaron
mantenerlo apartado de todo el meollo del asunto, pero sólo porque se sentían
intimidados por él y por la supremacía natural del mero nombre de su familia.
Le enviaban informes de manera regular, donde le explicaban con tono respetuoso
las decisiones que habían tomado en su nombre y le dejaban muy claro que se
pondrían en contacto de forma inmediata si surgía la necesidad.
Supongo que debería ser yo quien se pusiera en contacto con
ellos en estos momentos para contarles todo lo que ha ocurrido… Siempre dejaba
ese tipo de asuntos en manos de su secretario personal, Robert Dorson, pero
aquel individuo había abandonado su servicio hacía ya unas cuantas semanas para
pasar a convertirse en uno más de los prisioneros después de mostrar un exceso
de curiosidad en todo lo relativo a Alexia.
Ella estaba sonriéndole en ese momento, y su rostro resplandecía
de comprensión y adoración. Sí, era evidente que ella se encontraba mucho mejor
desde que había regresado a Rockfort, tan entregada de verdad a él como él
mismo había estado entregado a ella toda su vida.
—Me protegerás, ¿verdad? —dijo ella, aunque era más una
afirmación que una pregunta—. Descubrirás quién nos ha hecho esto, y luego le
demostrarás lo que se sufre por intentar destruir un legado tan poderoso como
el nuestro.
Alfred, henchido y embargado por un sentimiento de amor, alargó
la mano para tocarla y tranquilizarla, pero se detuvo al recordar que a ella no
le gustaba el contacto físico. En vez de eso, se limitó a asentir. Parte de la
rabia que sentía regresó al pensar que alguien podía intentar hacerle daño a su
amada Alexia. Jamás. Mientras él viviera, eso no ocurriría jamás.
—Sí, Alexia —le dijo con exaltación—. Les haré sufrir, te lo
juro.
Vio en los ojos de su hermana que ella lo creía y su corazón se
llenó de orgullo. Volvió a pensar en cómo descubrir la identidad de sus
enemigos. En su interior no paraba de crecer un intenso odio hacia los
atacantes de Rockfort por la mancha de debilidad con la que había intentado
salpicar el nombre de los Ashford.
Haré que se arrepientan, Alexia, y jamás olvidarán la lección
que les voy a dar.
Su hermana confiaba en él. Alfred moriría antes que defraudarla.
Capítulo 2
Claire apagó el encendedor a los pies de la escalera e inspiró profundamente
mientras intentaba prepararse en su fuero interno para enfrentarse a lo que
pudiera encontrar allí afuera. El frío del pasillo a oscuras que se alargaba a
su espalda la empujaba como una mano helada, pero siguió dudando. La empuñadura
del cuchillo que sostenía en la mano ya estaba empapada de sudor. Metió el
encendedor aún caliente en un bolsillo del chaleco. No es que deseara mucho
subir las escaleras y salir a lo desconocido, pero no tenía ningún otro sitio
al que ir, a menos que quisiese regresar a la celda. Podía distinguir el olor a
humo aceitoso procedente del exterior, y adivinó que las sombras parpadeantes
en la parte superior de la escalera de peldaños de cemento indicaban la
existencia de un incendio.
Pero ¿qué es lo que hay afuera exactamente? Al fin y al cabo,
estamos en una instalación de Umbrella…
¿Qué pasaría si estuviese ocurriendo lo mismo que pasó en
Raccoon City, si el ataque a la isla hubiese provocado otro escape del virus, o
que anduviesen sueltas algunas de las abominaciones animales que Umbrella
continuaba creando una y otra vez? A lo mejor Rockfort tan sólo era una prisión
para los enemigos de la compañía. Quizá los prisioneros se habían escapado y se
habían sublevado, quizá la situación sólo era mala desde el punto de vista de
Rodrigo…
Quizá podrías subir las puñeteras escaleras y descubrirlo en vez
de quedarte aquí como un pasmarote intentando adivinarlo, ¿vale?
Claire, con el corazón palpitándole con fuerza, se obligó a sí
misma a subir el primer peldaño, preguntándose por qué en las películas todo
aquello parecía tan fácil, cómo era posible que la gente se lanzase de cabeza
de forma tan valiente hacia un peligro bastante probable. Después de lo que
había ocurrido en Raccoon City, ella sabía que no era así en realidad. Puede
que no tuviera muchas opciones entra las que elegir, pero eso no significaba
que no sintiese temor. Si se tenía en cuenta tal como estaba la situación, sólo
un imbécil completo no estaría atemorizado.
Subió con lentitud, prestando atención a todo con sus cinco
sentidos mientras la adrenalina inundaba su sistema sanguíneo. Recordó el breve
vistazo que había podido echarle al pequeño cementerio cuando pasó por allí
escoltada por los guardias. Allí no podría conseguir ayuda. Tan sólo había
visto unas cuantas lápidas, y también se acordó de que estaban demasiado
ornamentadas para pertenecer a un simple cementerio de prisión. Estaba claro
que había un incendio en algún lugar cerca del final de la escalera, aunque no
debía de ser muy grande. No le llegaba ninguna sensación de calor, sólo una
brisa fresca y húmeda que le llevaba el fuerte olor a humo. Todo parecía
tranquilo, y al llegar al final de la escalera pudo oír el siseo de las gotas
de agua al entrar en contacto con las llamas. Era un sonido extrañamente
tranquilizador.
Vio el origen del incendio al salir del pozo de la escalera. Se
encontraba a pocos metros de la salida. Un helicóptero se había estrellado
contra el suelo y buena parte de él estaba esparcida y envuelta en llamas,
produciendo un humo espeso y aceitoso. Había una pared a su izquierda, justo
detrás de los restos en llamas. A la derecha se abría el espacio ocupado por el
cementerio, un sitio lúgubre invadido por la lluvia cada vez más espesa y la
noche que iba cayendo.
Claire entrecerró los ojos para ver con mayor claridad en la
penumbra del anochecer lluvioso y distinguió unas cuantas siluetas oscuras,
aunque ninguna de ellas parecía moverse. Sin duda, más lápidas. Un susurro de
alivio pareció recorrer el borde de su ansiedad. Fuese lo que fuese que había
ocurrido, ya había acabado.
Pensó que era sorprendente que se pudiera sentir aliviada de
encontrarse en mitad de un cementerio y ya casi de noche. Seis meses atrás, su
imaginación habría creado todo tipo de entes y situaciones horribles. Al
parecer, los fantasmas y las almas malditas ya no entraban en su categoría de
seres atemorizadores después de haber visto los monstruos creados por Umbrella.
Giró hacia la derecha y siguió el sendero, avanzando con
lentitud mientras recordaba cómo la habían llevado por el cementerio antes de
hacerla bajar a empujones por las escaleras. Creyó distinguir la forma de una
puerta más allá de la línea de lápidas situadas en el centro de aquel
camposanto. Sin duda, se trataba de una abertura en la pared más alejada…
Y, de repente, se encontró volando, con el sonido de una
explosión a su espalda martillándole los oídos: ¡BAMMM! Una ola de calor
abrasador la lanzó contra el barro. El crepúsculo húmedo se hizo súbitamente
mucho más brillante y el hedor a sustancias químicas en llamas la asaltó,
haciendo que le picaran los ojos y la nariz. Se estrelló contra el suelo sin
poder amortiguar su caída, pero al menos pudo evitar apuñalarse con el cuchillo
de combate que empuñaba. Todo ocurrió con tal rapidez que apenas pudo notar
sentirse confundida.
No pienses… Estoy herida… El depósito de combustible del
helicóptero debe de haber estallado…
—Nnnnnnn…
Claire se puso en pie casi de un salto. Aquel gemido lastimoso e
inconfundible le provocó una actividad rayana al pánico. Al primer sonido se le
unió otro, y otro más. Se giró en redondo y vio al primero que avanzaba
tambaleante hacia ella procedente de lo que quedaba del helicóptero. Era un
hombre con el cabello y las ropas en llamas. La piel de su cara se estaba
llenando de ampollas y ennegreciéndose.
Se giró hacia el otro lado y vio a otras dos criaturas
levantándose a rastras del suelo. Sus rostros tenían un color blanquecino y
gris repugnante, y alargaban sus dedos esqueléticos como garras hacia ella,
agarrando el aire mientras avanzaban en su dirección.
¡Mierda!
Al igual que había ocurrido en Raccoon City, el virus
sintetizado por Umbrella había convertido a aquellas personas en zombis y les
había robado su humanidad y sus vidas.
No tenía tiempo para sentir incredulidad o desesperación, no con
aquellas tres criaturas acercándose cada vez más, no cuando se dio cuenta de
que había unas cuantas más al otro lado del sendero. Salieron tambaleándose de
las sombras, y todos aquellos rostros sin expresión, lacios, brutales, se
giraron hacia ella con lentitud, con las bocas abiertas y las miradas vacías y
sin vida. Algunas llevaban puestas uniformes de camuflaje o de color gris:
guardias y prisioneros. Al parecer, después de todo, se había producido otro
escape del virus.
—Nnnnn…
—Aaaaannnnnn…
Los gemidos, que se solapaban unos a otros, representaban a la
perfección un sentimiento de ansia, el sonido quejumbroso de un hombre
hambriento al ver un festín. ¡Maldita fuese Umbrella por lo que había hecho!
Aquella transformación de unos seres humanos en criaturas moribundas y sin
mente que se pudrían mientras caminaban era algo más que simplemente trágico.
El destino inevitable de cada uno de los portadores del virus era la muerte,
pero no podía lamentarse por ellos, no en aquel preciso momento. Su necesidad
de sobrevivir limitaba su capacidad de compadecerlos.
¡Vete, vete, VETE YA!
La evaluación y análisis que hizo de la situación duraron menos
de un segundo antes de ponerse en marcha. No tenía ningún plan aparte de
alejarse de allí. Tenía el camino bloqueado en ambas direcciones, de modo que
se dirigió hacia el centro del cementerio pasando por encima de las lápidas de
mármol que indicaban el lugar de descanso de los que estaban muertos de verdad.
Los tejanos estaban húmedos y llenos de barro, se le pegaban a las piernas
dificultando su avance, y las botas resbalaban sobre las lápidas desgastadas.
Sin embargo, logró subir a dos de ellas y mantener el equilibrio. Estaba fuera
de su alcance, de momento.
¡De momento! Tienes que salir de aquí, y zumbando.
El cuchillo no serviría para nada. No se atrevía a acercarse lo
suficiente para utilizarlo: un buen mordisco, uno solo, de una de aquellas
criaturas, y acabaría uniéndose a ellas, eso si no se la comían antes.
El que tenía la cara ennegrecida era el que estaba más cerca. El
cabello ya le había desaparecido, fundido por completo, y parte de la camisa
seguía ardiendo. Ya estaba lo bastante cerca para que Claire pudiera oler con
claridad el fuerte hedor grasiento y nauseabundo de la carne quemada, incluso
por encima de la peste del combustible que había ardido hasta abrasarla. Le
quedaban diez, quince segundos como mucho, antes de que estuviera al alcance de
sus manos.
Echó un vistazo a la esquina sureste del cementerio con los
brazos extendidos para mantener el equilibrio. Sólo había dos zombis que se
interponían entre ella y la salida, pero dos eran más que suficientes: no
lograría pasar entre ellos. Sabía por su experiencia en Raccoon City que eran
bastante lentos y que su capacidad de razonamiento era nula. En cuanto
divisaban a su presa, se movían en línea recta hacia ella, sin importarles lo
que hubiera en el camino. Si pudiera atraerlos para alejarlos de la puerta…
Era una buena idea, sólo que allí había demasiados. Eran unos
seis o siete en total, y acabarían rodeándola.
No si permanezco sobre las lápidas.
Había varios zombis a ambos lados de la línea central de
lápidas, pero sólo uno al final de la misma, justo frente a ella y ese
precisamente no tenía muy buena pinta: le faltaba un ojo, y uno de los brazos
le colgaba, roto.
Se trataba de un plan arriesgado: si tropezaba, aunque fuera una
sola vez, estaría perdida, pero el individuo achicharrado ya estaba alargando
las manos temblorosas y quemadas hacia uno de sus tobillos mientras la lluvia
repiqueteaba sobre el rostro girado hacia arriba.
Claire saltó y agitó los brazos cuando aterrizó con los dos pies
sobre el estrecho extremo superior de la siguiente lápida de la línea. Empezó a
inclinarse hacia adelante y retorció y dobló el cuerpo para intentar mantener
el centro de gravedad, pero fue inútil. Iba a caerse…, y sin pensárselo, saltó
rápidamente de nuevo, y luego otra vez, utilizando las lápidas de tamaño
desigual como piedras en el cauce de un río y su falta de equilibrio como un
empuje para seguir avanzando. Un portador del virus de rostro gris ceniciento
intentó atraparla por una de las piernas, gimiendo por el hambre febril que
sentía, pero ella ya había pasado de largo en pleno salto hacia la siguiente
lápida. No tenía tiempo para pensar cómo iba a lograr detenerse, lo que le vino
bien…, porque aquel sendero tan extraño se acabó un salto más tarde y terminó
en un aterrizaje bastante torpe sobre un hombro contra el suelo embarrado un
metro por debajo de ella.
Una caída fuerte y dura, pero Claire se dejó llevar por el
impulso y se puso en pie en seguida, pero por los pelos, porque las piernas
patinaban en el barro resbaladizo. El zombi tuerto se tambaleó hacia ella,
gorgoteante y ya muy cerca…, pero ella se apartó con rapidez y se mantuvo en su
lado ciego, con el cuchillo preparado en la mano. La criatura intentó girarse
una vez más para encontrar su comida, pero ella volvió a mantenerse sin
problemas fuera de su limitado campo visual.
Se arriesgó a echar un vistazo y a apartar la mirada de aquella
extraña danza macabra y se dio cuenta de que los demás zombis ya se estaban
acercando. La lluvia arreció y le limpió el barro del cuerpo.
Funciona. Unos cuantos segundos más…
El zombi tuerto, frustrado por su falta de éxito, manoteó en el
aire con su brazo bueno. Las uñas sucias y ennegrecidas de su mano arañaron el
chaleco de la chica, y la criatura gimió con ansia mientras sus dedos se
esforzaban por agarrarse a la tela húmeda sin conseguirlo.
Dios, me está tocando…
Claire dejó escapar un grito lleno de miedo y de asco y le lanzó
varias cuchilladas, abriéndole unos cuantos tajos en la muñeca por los que
apenas salió algo de sangre. El zombi continuó agarrándola, sin hacer caso en
absoluto del daño que estaba sufriendo y acercándose todavía más a ella. Claire
decidió que había llegado el momento de marcharse.
Echó hacia atrás los brazos, cerró los puños y dio un tremendo
empujón con todas sus fuerzas sobre el pecho de la criatura. Se giró hacia la
fila de lápidas mientras el zombi caía al suelo. Los otros ya estaban mucho más
cerca.
Nunca supo cómo había logrado subirse de nuevo con tanta
rapidez. Un momento antes estaba en el suelo, y al siguiente ya estaba encima
de un bloque de granito pulido. Vio que la salida estaba despejada y que todos
los zombis se encontraban agrupados cerca de la pared occidental.
Su segundo trayecto a saltos fue sólo un poco más controlado que
el primero. Cada salto era un salto de fe, con la confianza de que no
resbalaría y se heriría de gravedad. La lluvia estaba disminuyendo y pudo
distinguir los sonidos húmedos del arrastrar de pies de sus perseguidores. A
menos que recordaran de repente cómo debían echar a correr, todos estaban ya
demasiado lejos para alcanzarla.
Ahora sólo tengo que rezar para que la puerta no esté cerrada
con llave, pensó con cierta confusión mientras bajaba de un salto de la última
lápida. El portón estaba abierto, pero la puerta que se encontraba al otro lado
no lo estaba. Si la habían cerrado con llave, lo más probable es que fuera su
final.
Con tres grandes zancadas cruzó el espacio que la separaba del
portón y atravesó el umbral. Alargó la mano para empuñar el picaporte de la
puerta de metal abollado encajada en la pared de piedra: se abrió con un
chasquido suave. Avanzó con el cuchillo por delante, preparada, pero con la
esperanza de que si no había más zombis al otro lado, al menos tendría
probabilidades de sobrevivir. Los caníbales que habían quedado a su espalda se
lamentaron de su pérdida gimiendo en voz alta en cuanto ella cruzó por completo
la salida.
La puerta daba a una especie de patio repleto de pilas de restos
metálicos procedentes de vehículos. Todo el lugar estaba vigilado por una torre
de guardia no muy grande. A su izquierda vio un vehículo de transporte volcado,
con un pequeño incendio en su interior. La noche ya estaba cayendo con rapidez,
pero también estaba saliendo la luna, llena o casi llena, y pudo tranquilizarse
mientras cerraba bien la puerta a su espalda al darse cuenta de que no había
ningún peligro inminente. Bueno, al menos, no se veía a ningún zombi
dirigiéndose hacia ella. Había bastantes cuerpos tirados por el suelo, pero
ninguno se movía, y Claire deseó de modo ferviente que por lo menos uno de
ellos tuviera una pistola y algo de munición.
De repente, un resplandor brillante la iluminó: el foco de la
torre de guardia. El destello la cegó inmediatamente…, y cuando apartó la
mirada de forma instintiva, resonó el zumbido de una ráfaga de arma automática
y las balas levantaron pequeños surtidores de barro a sus pies. Claire, cegada
y atemorizada, se lanzó hacia un lado en busca de alguna clase de cobertura, y
se le volvió a ocurrir la idea en mitad de aquel acceso de terror de que quizá
habría hecho mejor quedándose en la celda.
El combate había acabado hacía ya bastante rato. Los últimos
disparos habían resonado más o menos una hora antes, pero Steve Burnside
decidió que se quedaría donde estaba un rato más, sólo por si acaso. Además,
todavía estaba lloviendo un poco, y del mar comenzaba a llegar un viento
bastante frío. En la torre de guardia se estaba a salvo y seco, no había gente
muerta o zombis por allí, y podría ver a cualquiera que se acercase hasta él
con tiempo de sobra para acabar con quienquiera que fuese…, por supuesto, con
la ayuda de la ametralladora colocada sobre el borde de la ventana. Era una
arma fabulosa y bastante potente. Había acabado con todos los zombis del patio
sin esforzarse apenas. También disponía de una pistola, una nueve milímetros
semiautomática que le había quitado a uno de los guardias, ya muerto, y como
arma estaba bastante bien, aunque no era tan buena como la ametralladora.
Bueno, pues me quedo aquí otra hora o así, y si no se pone a
diluviar otra vez, salgo a buscar un modo de largarme de este islote.
Pensaba que podría pilotar un avión. Había visto a su… Había
pasado en las cabinas de los aviones bastante tiempo, pero estaba convencido de
que lo mejor sería una lancha motora. La caída no sería desde tan arriba si la
cagaba a los mandos.
Steve se apoyó con gesto despreocupado sobre el borde de cemento
de la ventana y miró al patio iluminado por la luz de la luna. Se preguntó si
debía buscar una cocina antes de largarse. Los guardias no habían estado en
condiciones de repartir la última comida, ya que todos estaban agonizando en
esos momentos, y, por lo que había visto, no almacenaban donuts o cualquier
cosa parecida en la torre de guardia. Ya había registrado el lugar. Estaba
hambriento.
Quizá debería marcharme a Europa para probar algo de cocina
internacional. Ahora puedo ir a donde quiera, a donde me dé la gana. Nada me lo
impide.
En teoría, aquella idea debería animarlo, pero no lo hizo. Al
contrario, hizo que se sintiera ansioso, un poco extraño, así que volvió a
pensar en la forma de salir de allí. La puerta principal de salida de la
prisión estaba cerrada con llave, pero supuso que si registraba a fondo a los
guardias encontraría una de las llaves maestras. Ya se había topado con el
cadáver del guardia principal, el fallecido Paul Steiner, pero todas sus llaves
habían desaparecido.
Lo mismo que la mayor parte de su cara, pensó Steve, aunque no
se sintió muy apenado por ello. Steiner había sido un auténtico gilipollas, un
cabrón engreído que se creía el rey del mambo en aquel lugar. Siempre sonreía
cada vez que se enviaba a otro prisionero a la enfermería. Nadie regresaba
jamás de la enfermería…
Clic.
Steve se quedó helado, mirando a la puerta de metal que había
justo enfrente de la torre de guardia. Lo que había al otro lado era el
cementerio, y sabía con total certeza que estaba repleto de zombis. Había
echado un vistazo después de acribillar a los cadáveres ambulantes del patio.
Dios, ¿es que podían abrir las puertas? No eran más que vegetales que
caminaban, con los cerebros hechos polvo, se suponía que no eran capaces de
abrir las puertas, y si lo eran, ¿qué más podían hacer?…
No te dejes llevar por el pánico. Recuerda que tienes la
ametralladora, ¿vale?
Todos los demás prisioneros estaban muertos. Si era una persona,
él o ella no eran amigos suyos…, y si no era algo humano, o se trataba de un
zombi, acabaría con su sufrimiento. En cualquier caso, no iba a dudar, y no iba
a tener miedo. El miedo era para las nenazas.
Steve empuñó el mango del foco con la mano derecha: ya tenía el
dedo índice de la izquierda en el gatillo de la pesada arma de color negro.
Cuando la puerta se abrió del todo, tragó saliva, encendió el toco y se puso a
disparar en cuanto tuvo a la vista el objetivo.
El arma vibró y escupió un chorro de balas. La empuñadura se
estremeció dentro de su puño mientras los proyectiles provocaban pequeñas
fuentes de barro. Atisbó un borrón de color rosa, quizá una camiseta, y un
instante después, el objetivo se apartó de un salto de la línea de fuego. Se
movió con demasiada rapidez para ser uno de los zombis caníbales. Había oído
hablar de algunos de los monstruos que Umbrella había creado, y, a pesar de
estar armado con la ametralladora, le rogó a Dios que no tuviera que enfrentarse
a uno de ellos.
No tengo miedo, no tengo…
Giró el foco hacia la derecha y siguió disparando mientras unas
cuantas gotas de sudor provocado por el nerviosismo aparecieron en su frente.
La persona o lo que fuera se había refugiado detrás de la pared que sobresalía
cerca de la base de la torre y estaba oculta, pero al menos podría hacer que se
marchara atemorizada. Los trozos de cemento saltaron por los aires, el foco de
luz iluminó la parte inferior del cadáver de un guardia, el barro y restos
diversos, pero no su objetivo.
De pronto, un destello de movimiento detrás de la pared, un
breve atisbo de un rostro pálido mirando hacia arriba…
¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!
El foco estalló lanzando al aire fragmentos de cristal al rojo
blanco por todo el interior de la torre de guardia. Steve soltó un grito
involuntario y retrocedió de un salto alejándose de la ametralladora. Alguien
le estaba disparando, y no le importó que fuera de nenazas: estuvo a punto de
cagarse en los pantalones.
—¡No dispares! —gritó con voz entrecortada—. ¡Me entrego!
Todo quedó en un completo silencio durante unos segundos, y
después una voz femenina muy sensual le llegó procedente de la oscuridad.
Parecía divertida por algo.
—Vale, date por vencido.
Steve parpadeó, confuso…, y un momento después recordó cómo
respirar de nuevo mientras sentía que las mejillas le enrojecían cuando el
miedo desapareció.
«Me entrego.» Ha sido de niños. Menuda primera impresión.
—Voy a bajar —gritó, aliviado al comprobar que había mantenido
la voz firme al decirlo.
Decidió que cualquiera que pudiera hacer una broma después de
que le disparasen no debía de ser mala persona. Si era un enemigo, todavía
tenía a mano la nueve milímetros…, pero fuese o no fuese alguien amistoso, no
iba a pedirle otra vez que no disparase contra él. Eso daría una impresión
todavía peor.
Además, es una chica… Quizá hasta sea bonita…
Hizo todo lo posible por no hacer caso de aquella idea: no tenía
sentido alentar falsas esperanzas. Por lo que él sabía, podía perfectamente
tener noventa y ocho años, ser calva y fumar puros…, pero incluso en el caso de
que no fuese así, de que se tratase de una tía que estuviese buenísima, no
quería acabar cargando con la responsabilidad de otra vida aparte de la suya. A
la mierda con eso. Tener al lado a alguien que dependiera por completo de uno
mismo era casi tan malo como tener que depender por entero de otros…
La idea era bastante incómoda en sí, y la hizo a un lado. De
todas maneras, no es que las circunstancias favorecieran un encuentro
romántico, no con un puñado de monstruos sueltos y repletos de enfermedades,
con la posibilidad de encontrarte con la muerte en cada esquina. Una muerte
asquerosa y repugnante, además, con gusanos y repleta de pus.
Steve bajó las escaleras de la torre de guardia saltando los
escalones de dos en dos. La vista se le ajustó a la oscuridad mientras se
acercaba a ella. La desconocida se encontraba en mitad del patio con una
pistola en la mano…, y cuando se acercó un poco más, tuvo que hacer un esfuerzo
enorme para no quedarse mirándola con la boca abierta.
Estaba cubierta de barro y mojada de los pies a la cabeza, y era
la chica más atractiva que jamás había conocido. Tenía una cara de modelo de
pasarela, con ojos grandes y rasgos delicados y bellos. El cabello era
pelirrojo y lo llevaba recogido en una cola. Era tres o cuatro centímetros más
baja que él, y calculó que tenía más o menos la misma edad: iba a cumplir los
dieciocho en un par de meses, y ella no podía ser mucho mayor. Llevaba puestos
unos pantalones vaqueros y un chaleco sin mangas de color rosa sobre una
camiseta negra ceñida que dejaba al descubierto su vientre completamente liso.
Toda la ropa acentuaba un cuerpo de complexión atlética…, y aunque parecía
cansada y con una actitud precavida, sus ojos de color azul grisáceo
resplandecían, llenos de energía.
Di algo que mole, pórtate como un tío molón, no importa…
Steve quiso decir algo para disculparse por haber disparado
contra ella, decirle quién era y lo que había ocurrido durante el ataque,
decirle algo genial e interesante y elegante…
—No eres una zombi —soltó de repente. Se reprendió a sí mismo
nada más decirlo. Vaya comentario genial.
—Venga ya —contestó ella con tranquilidad y cierta ironía. De
repente, Steve se percató de que el arma de la desconocida estaba apuntada
hacia él. La mantenía baja, pero no le cabía duda de que apuntaba hacia él. En
el mismo momento en que se quedó inmóvil por la sorpresa, ella dio un paso
atrás, alzó el arma y se lo quedó mirando fijamente, con el índice sobre el
gatillo y la boca del arma a pocos centímetros de su cara—. ¿Y quién coño eres
tú?
El chaval sonrió. Si estaba nervioso, lo estaba disimulando muy
bien. Claire no quitó el dedo del gatillo, pero ya estaba medio convencida de
que aquel tipo no representaba una amenaza para ella. Lo había dejado sin el
foco, pero él podía haber acribillado sin problemas todo el patio y haberla
matado.
—Relájate, preciosa —dijo sin dejar de sonreír—. Me llamo Steve
Burnside. Soy…, era un prisionero.
¿Preciosa? Vaya, genial.
Nada la cabreaba más que la trataran con condescendencia. Por
otro lado, era obvio que el chaval era más joven que ella, lo que significaba
que lo más probable era que estuviese intentando reafirmar su masculinidad, que
intentase ser un hombre más que un simple chaval. Por la experiencia que tenía
en la vida, había pocas cosas más molestas y repelentes que alguien que
intentaba ser algo que no era en realidad.
Él la miró de arriba abajo, en una demostración evidente de
valoración, y Claire dio otro paso atrás sin dejar de apuntar su arma contra
él: no iba a correr ni el más mínimo riesgo. Empuñaba una M93R, una arma
italiana de nueve milímetros, una pistola excelente que al parecer era el arma
reglamentaria de los guardias de la prisión. Chris tenía una. La había
encontrado después de ponerse a cubierto, al lado del cadáver de un hombre de
uniforme…, y si le pegaba un tiro al joven Burnside a aquella distancia, la
mayor parte de su bella cara acabaría esparcida por el suelo. Se parecía a un
actor famoso, al protagonista de aquella película sobre un naufragio famoso. El
parecido era tremendo.
—Supongo que tampoco eres empleada de Umbrella —siguió diciendo
él con un tono de voz relajado—. Por cierto, siento haberte disparado en cuanto
te vi. No creía que quedara nadie más con vida por aquí, así que cuando la
puerta comenzó a abrirse… —Se encogió de hombros—. Bueno —continuó, alzando una
ceja en un intento muy evidente de ser encantador—, y tú, ¿cómo te llamas?
Era imposible que Umbrella hubiese contratado a aquel chaval.
Claire estaba más segura con cada palabra que decía. Bajó con lentitud la
pistola semiautomática mientras se preguntaba por qué Umbrella querría mantener
prisionero a alguien tan joven.
Querían encerrarte a ti también. ¿O es que no te acuerdas? Y
sólo tenía diecinueve años.
—Claire, Claire Redfield —contestó—. Me acababan de traer
prisionera hoy mismo.
—Eso sí que es sentido de la oportunidad —comentó Steve, y
Claire tuvo que sonreír un poco por el comentario: era lo mismo que había
pensado ella—. Claire. Es un nombre bonito —continuó diciendo mirándola
fijamente a los ojos—. No se me olvidará, seguro.
Vaya por Dios. Se preguntó si debía darle un corte en ese mismo
instante o si debería dejarlo para más adelante (ella y León habían estrechado
bastante su relación), pero decidió al final que lo mejor era dejarlo para más
tarde. No le cabía duda alguna de que tendría que llevárselo con ella para
buscar un modo de marcharse de allí, y no quería tener que aguantar sus
posibles reproches a lo largo de todo el camino de huida.
—Bueno, pues aunque me gustaría mucho quedarme charlando
contigo, tengo que tomar un avión —comentó con un suspiro melodramático—. Eso
suponiendo que encuentre uno. Te buscaré antes de marcharme. Ten cuidado, este
sitio es peligroso.
Se dirigió hacia una puerta que había al lado de la torre de
guardia y que se encontraba justo enfrente de la que ella había utilizado para
salir del cementerio.
—Nos vemos.
Claire estaba tan sorprendida que casi ni pudo responder.
¿Estaba zumbado o simplemente era estúpido? Llegó a la puerta antes de que ella
lograra contestar mientras se le acercaba al trote.
—¡Steve, espera! Deberíamos mantenernos juntos…
Él se giró y negó con la cabeza, con una expresión de tremenda
condescendencia en su rostro.
—No quiero que me sigas, ¿vale? No quiero ofenderte, pero la
verdad es que no harías más que retrasarme.
Le sonrió de nuevo de un modo encantador sin dejar de mirarla a
los ojos.
—Y la verdad es que, sin duda, me distraerías un montón. Mira,
tan sólo tienes que mantener los ojos y los oídos bien abiertos y no te pasará
nada.
Cruzó la puerta y desapareció antes de que a ella le diera
tiempo a contestar. Vio entre asombrada y bastante cabreada cómo se cerraba la
puerta, preguntándose cómo era posible que aquel chaval hubiera sobrevivido. Su
actitud parecía sugerir que se tomaba todo aquello como una partida a lo grande
de un juego de ordenador donde no podían herirlo o matarlo. También por lo que
parecía, un comportamiento lleno de bravatas valía para algo, y eso era algo de
lo que los jóvenes tenían en abundancia.
Eso y la testosterona.
Si a aquel chaval lo que más le importaba era que lo consideraran
un tipo genial, no iba a durar mucho. Tenía que seguirlo, no podía permitir que
muriera…
Ggraauuurrrrr…
Aquel rugido feroz, solitario y terrible que resonó en la noche
tranquila y silenciosa era un sonido que ella ya había oído antes en Raccoon
City, y procedía de detrás de la puerta que Steve acababa de cruzar. No podía
confundirse con ningún otro sonido. Se trataba de un perro infectado por el
virus T, y transformado de animal de compañía en asesino despiadado.
Registró con rapidez los demás cadáveres de los guardias que
había en el patio y consiguió dos cargadores completos y un tercero a medias.
Claire estaba todo lo preparada que podía estar, así que respiró profundamente
varias veces y abrió con lentitud la puerta empujándola con el cañón de la
nueve milímetros. Tenía la esperanza de que la suerte le durara a Steve
Burnside hasta que lo encontrara…, y que al encontrarlo, su propia suerte no
hubiese empeorado mucho.
Capítulo 3
A pesar de lo terrible y descorazonadora que había sido la
destrucción de Rockfort, Alfred no podía negar que se lo había pasado bien
acabando del todo con algunos de sus subordinados en el trayecto hasta la sala
de control principal de las instalaciones de entrenamiento. No había tenido ni
idea hasta ese momento de lo gratificante que podía llegar a ser verlos
enfermos y moribundos, intentando alcanzarlo rabiando de hambre, esos mismos
hombres que se habían burlado de él a su espalda, que lo habían llamado
anormal, que habían fingido lealtad con los dedos cruzados detrás de la
espalda, y que habían acabado muertos a sus manos. Había aparatos de escucha y
cámaras ocultas por todo el lugar, artefactos instalados por su padre
paranoico, conectados a una cámara de vigilancia oculta en su residencia
privada. Alfred había sabido siempre que no le gustaba a aquella gente, que los
empleados de Umbrella lo temían pero no lo respetaban como él se merecía.
Pero ahora…
Pensó que en esos momentos ya no importaba. Sonrió al salir del
ascensor y encontrarse a John Barton al otro extremo del pasillo. Se tambaleaba
hacia él con los brazos extendidos por delante. Barton era el encargado del
entrenamiento con armas cortas de la creciente milicia de Umbrella, al menos,
en las instalaciones de Rockfort. No se trataba más que de un tipo bárbaro y
vulgar, un individuo vociferante de actitud chulesca, siempre con un puro
barato en los labios, que no hacía más que flexionar sus músculos hinchados
hasta un extremo ridículo, y que siempre estaba sudando, siempre riendo. La
criatura pálida y empapada de sangre que se tambaleaba hacia él se le parecía
muy poco, pero sin duda se trataba de él.
—Ya no te ríes, señor Barton —dijo Alfred con voz alegre
mientras alzaba su rifle de calibre 22.
Colocó el diminuto punto rojo de la mira láser sobre el ojo
izquierdo e inyectado en sangre del instructor de tiro. El gemebundo y babeante
Barton ni se dio cuenta…
¡Bang!
Aunque sin duda hubiese apreciado la excelente puntería de
Alfred, además de la munición que había escogido. El rifle estaba cargado con
proyectiles de seguridad, unas balas diseñadas para que la punta se achatara y
se abriera al impactar en el cuerpo. Se las llamaba «seguras» porque no
atravesaban el objetivo y no podían herir a nadie más. El disparo de Alfred
destrozó el ojo de Barton y sin duda buena parte de su cerebro, dejándolo
inofensivo y prácticamente muerto. El hombretón se desplomó en el suelo y un
charco de sangre comenzó a extenderse bajo su enorme cuerpo.
Algunas de las armas biológicas lo intranquilizaban, así que se
sintió aliviado de que la mayor parte hubieran permanecido bajo llave en
diversas partes de las instalaciones de entrenamiento o hubieran muerto
directamente por el ataque. Sin duda, no habría salido tan tranquilo y sin más
si hubiese algunas por allí sueltas, pero no creía que los portadores del virus
fueran demasiado atemorizadores. Alfred había visto a muchos hombres, y también
a unas cuantas mujeres, convertidos en aquellas criaturas parecidas a zombis
mediante el uso del virus T, unos experimentos que había observado desde que
era niño, y que había dirigido cuando ya era adulto. Sin embargo, nunca había
más de cincuenta o sesenta prisioneros vivos en Rockfort a la vez. Entre el
doctor Stoker, el anatomista e investigador que trabajaba en la enfermería, y
la necesidad constante de objetivos para el entrenamiento, amén de la falta de
piezas de repuesto, nadie permanecía en la isla disfrutando de la hospitalidad
de Umbrella más de seis meses.
¿Y dónde estaremos dentro de seis meses?
Alfred pasó por encima del cadáver hinchado de Barton y se
dirigió hacia la sala de control para llamar a sus contactos en el cuartel
general de Umbrella. ¿Decidirían los directivos de la compañía reconstruir
Rockfort? ¿Lo permitiría él? Tanto Alfred como Alexia habían permanecido a
salvo por completo del virus durante su fase de propagación «en caliente». Los
dos caminos que comunicaban su residencia familiar con el resto de las
instalaciones habían permanecido cortados a lo largo de la mayor parte del ataque
aéreo, pero ya que sabía que el enemigo desconocido de Umbrella estaba
dispuesto a recurrir a unas medidas tan extremas, ¿estaría él de acuerdo en
reconstruir un laboratorio tan cerca de su hogar? Los Ashford no le tenían
miedo a nada, pero tampoco eran unos insensatos.
Alexia jamás permitiría que se abandonasen las instalaciones, al
menos ahora no, no cuando ya está tan cerca de su objetivo…
Alfred se detuvo en seco y se quedó mirando a las hileras de
teclados y monitores de los equipos de radio y vídeo, a los monitores apagados
de los ordenadores que le devolvían la mirada con ojos grandes y muertos. Se
quedó mirando, pero no vio nada, y una extraña sensación de vacío se apoderó de
su interior confundiéndolo por completo. ¿Dónde estaba Alexia? ¿Qué objetivo?
Se ha ido. Se ha marchado.
Era verdad, lo podía sentir en la médula de los huesos…, pero
¿cómo podía marcharse, dejarlo allí, cuando ella sabía que lo era todo para él,
que moriría sin ella?
La monstruosidad, ciega y aullante, un fracaso, y hacía frío, la
hormiga reina estaba desnuda, colgada sobre el mar, y él no podía tocarla, tan
sólo podía sentir el frío y resistente cristal bajo sus dedos ansiosos…
Alfred jadeó. Las imágenes de la pesadilla eran tan reales, tan
horrendas, que por un momento no supo dónde se encontraba, no supo lo que
estaba haciendo. Sintió en la lejanía que las manos se le cerraban con más y
más fuerza alrededor de algo, cómo los músculos de los brazos empezaban a
temblar…, y un restallido de sonido estático surgió de la consola que estaba
delante de él. El sonido chasqueante le llegó con fuerza, y Alfred se dio
cuenta de que se trataba de alguien que estaba hablando.
—… por favor, si alguien me puede oír. Soy el doctor Mario Tica.
Estoy en el laboratorio de la segunda planta —decía la voz, dominada por el
pánico—. Estoy encerrado, y todos los tanques se han vaciado. Se están
despertando… Por favor, tienen que ayudarme, no estoy infectado, llevo puesto
un traje de protección. Lo juro por Dios, tienen que sacarme de aquí…
El doctor Tica, encerrado en la sala de cría de los embriones.
Tica, que desde hacía ya bastante tiempo enviaba informes privados a Umbrella
sobre sus avances en el proyecto Albinoide, unos informes secretos que eran
distintos a los que le mostraba a Alfred. Alexia le había sugerido unos cuantos
meses antes que enviara a Tica al doctor Stoker. Seguro que la divertiría mucho
oírle gimotear de aquel modo.
Alfred alargó la mano para desconectar la súplica balbuciente
del doctor Tica, y se sintió mucho mejor al hacerlo. Alexia le había advertido
una y otra vez sobre aquellos ataques tan raros, sobre las sensaciones
repentinas de soledad extrema y de confusión. Ella había insistido en que se
debía a la tensión acumulada y en que no debía preocuparse por aquello, que
ella jamás lo abandonaría de forma voluntaria. Lo amaba demasiado para hacer
algo así.
Alfred pensó en ella, pensó en todos los problemas y la pena que
las defensas incompetentes organizadas por la gente de Umbrella habían
provocado, y al hacerlo, decidió de repente que no llamaría a la oficina
central. Sin duda ya se habrían enterado de que se había producido un ataque, y
lo cierto es que enviarían un equipo de apoyo y rescate de forma inmediata. No
había necesidad de ponerse al habla con ellos…, y, además, no merecían oír los
comentarios que tenía respecto a la situación, no merecían tener un
conocimiento previo de los peligros a los que se enfrentarían. Él no era un
empleado, un servidor ignorante que tenía que informar a sus superiores. Los
Ashford habían creado Umbrella: deberían ser ellos los que le informaran a él.
Y hablé con Jackson hace menos de una semana, sí, sobre el
asunto de la chica, Claire Redfield…
Alfred abrió los ojos como platos mientras la mente le trabajaba
a marchas forzadas. Claire, la hermana de Chris Redfield, uno de los cabecillas
de los STARS renegados, había llegado tan sólo unas horas antes del ataque. La
habían atrapado en París, en el interior del edificio administrativo de la sede
central de Umbrella. Al parecer, decía que había ido en busca de su hermano,
así que se la habían enviado para que la mantuviera encerrada mientras pensaban
qué hacer con ella.
Pero… ¿y si todo había sido un plan para atraer al hermano a
terreno abierto, para aplastar su ridícula resistencia de una vez por todas?,
¿un plan que por pura conveniencia se habían olvidado de comentarle? ¿Qué
pasaría si resultase que Redfield y sus compinches la habían seguido hasta
Rockfort, y su simple presencia había sido la señal para lanzar el ataque? O
quizá incluso había dejado que la capturaran. Le pareció que todas las piezas
del rompecabezas empezaban a encajar. Por supuesto. Por supuesto, se había
dejado capturar. Una chica lista. Había cumplido bien su cometido. No importaba
si Umbrella había desencadenado el ataque de forma voluntaria o involuntaria,
ya no. Se encargaría de ellos más adelante. Lo que importaba era que aquella
zorra de Redfield había llevado a sus enemigos hasta Rockfort, y que quizá
todavía estaba viva, robando información, espiando, a lo mejor incluso
planeando herir a Alexia…
—No —exclamó con un susurro.
El miedo se transformó en furia de forma inmediata. Resultaba
obvio que ése había sido su plan desde el principio: hacer el máximo daño
posible a Umbrella, y, sin duda, Alexia era la mente científica más brillante
que trabajaba para la compañía en el campo de la investigación de armas
biológicas. De hecho, lo más probable era que fuese la mayor mente científica
en cualquier campo.
Claire no se saldría con la suya. La encontraría…, o mejor
todavía, esperaría a que fuese a él, como sin duda haría. La vigilaría, la
esperaría como un cazador, y la chica sería su presa.
Bueno, ¿y por qué matarla inmediatamente cuando puedes llegar a
tener la oportunidad de divertirte con ella mucho antes de eso? Era la voz de
Alexia, metiéndose en sus pensamientos, que le recordaba sus juegos de
infancia, cuando habían compartido el placer de sus propios experimentos, donde
creaban entornos de dolor y observaban cómo sufrían los seres con los que
experimentaban. Aquello había forjado un nexo de unión entre ellos más fuerte
que el acero. Compartir unas experiencias tan íntimas como aquéllas…
Puedo mantenerla con vida, dejar que Alexia juegue con ella…, o
todavía mejor, puedo inventarme un laberinto de prueba para ella y así ver cómo
se desenvuelve enfrentándose a algunas de nuestras mascotas…
Había tantas posibilidades. Alfred podía, con pocas excepciones,
abrir y cerrar todas las puertas de la isla desde su ordenador. Podía dirigirla
con facilidad hacia donde quisiera, y matarla cuando le viniera en gana.
Claire Redfield lo había subestimado, todos lo habían hecho,
pero eso se había acabado…, y si todo funcionaba tal como Alfred comenzaba a
tener la esperanza de que lo hiciese, el día acabaría de un modo mucho más
satisfactorio de como había comenzado.
Si había perros infectados por los alrededores, se estaban
escondiendo. El patio abierto en el que entró Claire estaba sembrado de
cadáveres. La piel de los cuerpos tenía un color gris enfermizo bajo la luz
pálida de la luna, excepto en los numerosos puntos donde las salpicaduras de
sangre los cubrían. No vio a ningún perro, a nada que se moviera excepto las
nubes bajas que cruzaban el cielo nocturno cada vez más cubierto. Claire se
quedó inmóvil unos instantes mientras escudriñaba con detenimiento las sombras
para asegurarse de que los alrededores estaban despejados antes de dejar atrás
la seguridad de la salida que tenía a la espalda.
—Steve —susurró con fuerza, temerosa de gritar por lo que
pudiera andar acechando en las cercanías de donde se encontraba.
Por desgracia, Steve Burnside estaba tan presente como el perro
aullante que había oído momentos antes. Por lo que parecía, no se había
limitado a alejarse: se había largado a la carrera.
¿Por qué? ¿Por qué había escogido permanecer solo? Quizá se
equivocaba, pero aquello que había dicho Steve sobre no querer que ella lo
retrasara no le había sonado a muy cierto. Encontrarse con León en aquella
pesadilla que había sido Raccoon City había significado la diferencia entre la
vida y la muerte. No habían permanecido juntos todo el tiempo, pero saber que
había otra persona tan atemorizada y asombrada de todo aquello como ella… En
vez de sentirse sola y desamparada había logrado establecer objetivos claros,
objetivos más allá de la simple supervivencia: encontrar una forma de
transporte para salir de la ciudad, buscar a Chris, cuidar de Sherry Birkin.
Y desde un simple punto de vista de seguridad, tener a alguien
que vigilara tu retaguardia era mucho mejor que ir solo, de eso no cabía
ninguna duda.
Fuese cual fuese su motivo, Claire iba a tener que esforzarse
mucho para que se lo dijera, y eso suponiendo que consiguiera encontrarlo. El
patio que se abría ante ella era mucho mayor que el que dejaba atrás. Había una
cabaña alargada de un solo piso a su derecha y una pared sin puertas a su
izquierda, y probablemente se trataba de la parte trasera de un edificio de
mayor tamaño. Se veían las llamas de un pequeño incendio a través de una de las
ventanas rotas de la pared, y había muchísimos restos esparcidos entre los
cadáveres tirados por el suelo. Era la prueba de que se había producido un
ataque. Justo a su derecha había una puerta cerrada, y la luz de la luna
mostraba un sendero polvoriento al otro lado que llevaba hasta otra puerta
cerrada…, lo que significaba que Steve estaba en la cabaña o que la había
rodeado utilizando un sendero que serpenteaba al otro extremo del patio y que
también se dirigía hacia la derecha.
Decidió probar suerte en la cabaña antes de nada. Mientras subía
saltando los escalones que llevaban al porche con barandilla que casi recorría
por completo el edificio, se preguntó quién había atacado Rockfort y por qué.
Rodrigo había dicho algo sobre un equipo de fuerzas especiales, pero si eso era
cierto, ¿a quién obedecía? Al parecer, Umbrella tenía sus enemigos, lo que sin
duda era una noticia excelente, pero el ataque contra la isla había sido una
tragedia, sin duda alguna. Varios prisioneros habían muerto junto a los
empleados de Umbrella, y el virus T, incluso puede que también el virus G, y
Dios sabía cuántos virus más, no distinguía entre culpables e inocentes.
Llegó a la puerta de madera de la cabaña y la abrió con suavidad
mientras empuñaba con firmeza la nueve milímetros…, y la cerró inmediatamente.
Se decidió en cuanto vio a los portadores de virus que había dentro y que
estaban rodeando la mesa para dirigirse hacia ella. Un segundo más tarde, oyó
un ruido sordo procedente del otro lado de la puerta, seguido de un gemido
suave y lastimero.
Entonces, tendrá que ser por el sendero. Dudaba mucho que el
gallito de Steve hubiera dejado a aquellos dos zombis en pie si hubiese pasado
por la cabaña, y lo más probable era que ella hubiese oído los disparos.
A menos que lo mataran antes.
A Claire no le gustó la idea, pero la realidad implacable de la
situación era que no podía permitirse el lujo de desperdiciar la poca munición
de que disponía para averiguarlo. Seguiría el sendero para ver hasta dónde la
llevaba…, y si no lograba encontrarlo, pues entonces el chaval estaba solo.
Quería hacer lo correcto, pero también sentía que tenía que salvar su propio
pellejo. Tenía que regresar a París y ponerse en contacto con Chris y los
demás, y no lo lograría si se dedicaba a desperdiciar munición y acababa siendo
la cena de uno de aquellos bichos.
Retrocedió a lo largo del porche, con todos los sentidos alerta
a medida que se aproximaba al extremo del edificio. No se había olvidado del
perro o perros zombis, y se esforzó por distinguir el repiqueteo de unas garras
contra el suelo de tierra, por advertir el posible jadeo que recordaba de su
experiencia en Raccoon City. La noche húmeda y fría permanecía en silencio. Lo
único que se movía en el patio era una brisa helada, la única respiración que
se oía era la suya propia.
Echó un rápido vistazo al otro lado de la esquina cuando llegó
al extremo del edificio. No se veía nada aparte del cuerpo de un hombre que
yacía sobresaliendo a medias por el hueco que había debajo de la cabaña, a unos
cinco metros de donde estaba ella. A unos diez metros del cadáver el sendero
giraba a la derecha de nuevo, y Claire sintió un gran alivio: había visto aquel
tramo desde la puerta cerrada y ya entonces estaba vacío.
Debe de haberse marchado por esa puerta, la que está en la pared
occidental… También era un alivio saber algo, cualquier cosa con seguridad
cuando Umbrella estaba implicada. Empezó a recorrer el sendero mientras pensaba
en lo que haría falta para convencer a aquel machito juvenil para que
permaneciera con ella. Quizá si le contaba lo que había ocurrido en Raccoon
City, si le explicaba que ya tenía cierta experiencia de primera mano en lo
relativo a los desastres provocados por Umbrella…
Claire estaba a punto de pasar por encima de la parte superior
de aquel cadáver solitario cuando el cuerpo se movió.
Retrocedió de un salto y apuntó inmediatamente la pistola
semiautomática contra la cabeza ensangrentada del hombre. El corazón le
palpitaba martilleándole en el pecho…, y se dio cuenta de que realmente estaba
muerto, y que alguien o algo lo estaba arrastrando tirando las piernas hacia
las sombras del hueco que había entre la cabaña y el suelo. Era algo muy fuerte
que lo estaba metiendo a tirones…, como un perro que estuviese retrocediendo
con algo pesado atrapado entre sus fauces.
No pensó en nada después de aquello: saltó de forma instintiva
por encima del cadáver y salió corriendo para alejarse de allí, sabiendo a
ciencia cierta que el perro, si era eso lo que tiraba, no estaría ocupado con
aquel cadáver durante mucho rato. Darse cuenta de que estaba a menos de un
metro de la criatura la hizo correr con mayor velocidad todavía en cuanto dobló
la esquina. Las botas repiqueteaban contra el suelo de tierra compacta y húmeda
mientras movía los brazos arriba y abajo con fuerza. Los zombis eran lentos y
carecían de coordinación; los perros con los que ella y León se habían topado
eran feroces y extremadamente rápidos. Ni siquiera con una arma en la mano le
interesaba enfrentarse a una de aquellas criaturas. Acabaría infectada con uno
solo de sus mordiscos.
¡Grraaaauuuuuu! El aullido gorgoteante procedía de un punto más
allá de donde el cadáver estaba siendo arrastrado, en algún lugar de la parte
frontal del patio.
Mierda, pero cuántos… No importaba, ya casi había llegado. La
salvación se encontraba delante de ella, a su izquierda. No se atrevió a mirar
atrás ni bajó el ritmo de la carrera hasta que llegó a la puerta, agarró el
picaporte y tiró. Se abrió con facilidad, y puesto que no vio nada con los
dientes al descubierto justo delante de ella, entró de un salto y cerró la
puerta a su espalda…, para oír a continuación varios gemidos de zombis y oler
el hedor putrefacto de los portadores del virus ya moribundos al mismo tiempo
que algo se estampaba contra la puerta con un fuerte golpe y empezaba a
arañarla con sus garras a la vez que soltaba un gruñido como un monstruo feroz.
¿Cuántos perros, cuántos zombis? La idea le pasó como un rayo
por la mente azotada por el pánico. La ansiedad por la necesidad de ahorrar
munición se le había quedado grabada después de lo ocurrido en Raccoon City.
¿Qué pasará si estoy metida en un callejón sin salida? Casi se dio la vuelta a
pesar del riesgo que eso suponía antes de darse cuenta de dónde se encontraban
los zombis.
El callejón en que había entrado estaba envuelto en las sombras,
pero pudo distinguir varios hombres tambaleantes encerrados en una zona vallada
situada a su izquierda. Todos ellos estaban bastante deshechos. Uno de ellos
golpeaba la puerta alambrada, y de sus manos casi esqueléticas colgaban varios
jirones de carne: hacía caso omiso del destrozo que estaba sufriendo su cuerpo
en deterioro progresivo.
Debe de ser la perrera…
Claire dio unos cuantos pasos adelante y concentró su atención
en la cerradura sencilla y de aspecto débil que mantenía cerrada la puerta… Vio
a los tres zombis que andaban sueltos en el preciso momento que el primero de
ellos avanzaba tambaleándose hacia ella. Tenía la boca abierta y de ella salían
varios regueros de saliva y de un fluido negro y viscoso. Tenía alargadas sus
manos de dedos huesudos hacia ella a punto de alcanzarla. Se había concentrado
tanto en las criaturas enjauladas que no se había dado cuenta de que había más
fuera del recinto vallado.
Agachó un poco el cuerpo de forma instintiva y lanzó la pierna
izquierda contra el pecho del zombi. La patada lateral, sólida y efectiva, hizo
retroceder a la criatura. Claire sintió cómo la suela de la bota se hundía en
la carne putrefacta, pero no tenía tiempo de sentir asco. Ya estaba alzando la
nueve milímetros cuando la puerta de la perrera se abrió con un leve chasquido
metálico, y de repente se encontró enfrentada a siete zombis en vez de a tres.
Se agruparon mientras se acercaban a ella, pasando con torpeza al lado de un
contenedor grande de basura, unos cuantos barriles y los cuerpos de sus colegas
ya caídos.
¡Bang! Disparó contra el que estaba más cerca de ella sin
pensárselo. La bala abrió un agujero limpio en la sien derecha del zombi, pero
Claire se dio cuenta de que estaba perdida mientras el cadáver, ya definitivo,
de la criatura caía al suelo. Eran demasiados, estaban demasiado juntos, no lo
lograría…
¡Los barriles!
Uno de ellos tenía una señal de advertencia: INFLAMABLE.
Puedo usar el mismo truco que utilicé en París.
Claire se puso a cubierto detrás del contenedor de basura y se
pasó la pistola a la mano izquierda en cuanto se agachó. Tenía localizado su
objetivo en la mente, así que sólo asomó la mano mientras los zombis,
confundidos, tropezaban entre sí mientras la buscaban de nuevo, gimiendo de
hambre…
¡Bang! ¡Bang! ¡Ba…!
¡BAAAMMM!
El contenedor se estampó contra su hombro derecho y la lanzó
hacia atrás. Se encogió sobre sí misma, con los oídos zumbando, mientras una
lluvia de restos metálicos afilados y ardientes caían sobre el contenedor y a
su alrededor. Algunos trozos pequeños le cayeron sobre la pierna izquierda. Se
los quitó a manotazos, apenas capaz de creerse que aquel truco hubiera
funcionado, que todavía estuviera viva.
Se levantó un poco hasta quedar en cuclillas y asomó la cabeza
para ver lo que quedaba de sus atacantes. Tan sólo uno de ellos se encontraba
entero y de una pieza, pero estaba apoyado contra la verja metálica de la
perrera con la ropa y el cabello envueltos en llamas. La parte superior de otro
intentaba arrastrarse hacia ella centímetro a centímetro mientras la piel
ennegrecida y burbujeante se le caía a trozos. El resto estaban desmembrados en
diferentes trozos y las llamas que cubrían el suelo los chamuscaban para acabar
con los patéticos restos.
Claire acabó con rapidez con los dos que quedaban. Sentía
lástima por el terrible final que habían tenido aquellas personas. Sus sueños
se habían llenado de zombis desde lo que sufrió en Raccoon City. Todo su
descanso era asaltado por criaturas pestilentes y babeantes que andaban a la
busca de carne viva para alimentarse. Umbrella no había creado de forma
intencionada aquellos monstruos en concreto, tan parecidos a los cadáveres
ambulantes de las películas de terror, y era un asunto de matar o morir, así que
no tenía ninguna clase de elección.
Pero eran personas hasta no hace mucho. Personas con familias y
una vida propia, que no habían merecido morir de aquel modo tan horrible, sin
importar las maldades que hubiesen cometido. Bajó la mirada hacia los
lastimosos cuerpos achicharrados y casi se sintió enferma por el sentimiento de
compasión…, y por el lento pero constante aumento de su odio por Umbrella.
Claire sacudió la cabeza para aclararse las ideas e hizo todo lo
posible por apartar aquello de su mente. Sabía que si se dejaba llevar por todo
aquel dolor y lástima, era posible que dudara en algún momento crucial. Al
igual que un soldado en mitad del combate, no podía humanizar a sus enemigos…,
aunque no tenía ninguna clase de duda sobre cuál era el enemigo de verdad, y
deseó con todas sus fuerzas que los directivos de Umbrella ardieran para
siempre jamás en el infierno por todo lo que habían hecho.
Comprobó todos los huecos y las sombras del pasaje para que no
la sorprendieran de nuevo mientras pensaba en las distintas posibilidades que
se le ofrecían para lo que haría a continuación. En la parte posterior de la
perrera había una guillotina de verdad, y la cuchilla parecía estar manchada de
sangre. Tan sólo mirarla le provocó un estremecimiento por todo el cuerpo
cuando le recordó al jefe de policía de Raccoon City, Irons, y su sala de
tortura oculta en la propia comisaría. Irons era la prueba viviente de que
Umbrella no hacía un examen psicológico a sus agentes encubiertos. Al otro lado
del desagradable instrumento de ejecución había una puerta, pero resultaba
obvio que Steve no había salido por allí debido a los zombis que habían estado
encerrados en aquel lugar hasta unos momentos antes. Al lado de la perrera
había una compuerta corredera metálica, pero no la pudo abrir…, y al lado de
esta última, la única puerta por la que Steve podía haber salido, ya que el
callejón no tenía otra salida más allá.
Claire se acercó a la puerta. De repente, se sintió muy cansada
y muy vieja, con las emociones agotadas. Comprobó la pistola y luego alargó la
mano hacia el picaporte mientras se preguntaba si lograría ver de nuevo a su
hermano. A veces, mantenerse agarrada a la esperanza era una carga pesada y
terrible, que se hacía más pesada todavía porque no podía perderla, ni siquiera
por un momento.
Steve se sobresaltó cuando oyó la explosión en el exterior, y
miró a su alrededor pensativo, como si esperara que las paredes de la pequeña
oficina abarrotada fuesen a venírsele encima en cualquier momento. Se
tranquilizó tras unos momentos y supuso que se trataba de otra explosión de
algún depósito de combustible, así que no tenía por qué preocuparse. Los
incendios sin control que se habían producido desde el comienzo del ataque y
que azotaban las instalaciones de cabo a rabo llegaban de vez en cuando a algo
inflamable en extremo, una lata de queroseno o una bombona de oxígeno, y
entonces, se producía otra explosión.
De hecho, había sido una de esas explosiones la que lo había
mantenido con vida. Un cascote que salió disparado de una pared cuando estalló
un barril de gasolina lo derribó, dejándolo inconsciente, y los demás escombros
lo cubrieron por completo, ocultándolo a la vista. Cuando recuperó el
conocimiento, la gran festividad culinaria zombi había acabado, y la mayoría de
los guardias de la prisión y los propios prisioneros estaban muertos.
Mejor no pensar en ello. Sacudió la cabeza y volvió a centrar la
atención en la pantalla del ordenador, en el directorio de archivos con el que
se había tropezado mientras buscaba un mapa de la isla. Algún cretino había
escrito el código de acceso en uno de aquellos papelitos amarillos
autoadhesivos y lo había pegado sobre el monitor, lo que le había proporcionado
vía libre a una información que era obviamente secreta. Era mala suerte que la
mayor parte de los archivos fueran tan aburridos como ver un deshielo: los
libros de cuentas de la prisión, nombres y fechas que no reconocía, información
sobre un tipo especial de aleación que los detectores de metal no podían
descubrir. Eso último era interesante, ya que él había tenido que pasar a
través de un detector de metal para llegar hasta la oficina, pero tres o cuatro
balas bien colocadas se habían encargado de solucionar ese «problemilla».
También había tenido otro golpe de suerte: había encontrado una de las llaves
maestras de la puerta principal metida en un cajón, y, sin duda, abriría unas
cuantas cerraduras en su camino de regreso.
Y ahora lo único que necesito es un puñetero mapa para encontrar
el barco o el avión más cercanos, porque si no, estoy acabado.
Recogería a la muchacha después de que hubiera encontrado una
ruta de escape, y aparecería como su caballero salvador con armadura
resplandeciente. Sin duda, ella apreciaría sus esfuerzos, quizá hasta el punto
de…
Uno de los nombres de la lista de archivos le llamó la atención.
Steve frunció el entrecejo y se acercó a la pantalla. Había una carpeta con el
nombre Redfield, C. ¿Claire Redfield? La abrió, sintiendo curiosidad, y todavía
se encontraba leyendo su contenido, absorto por completo, cuando oyó un ruido a
su espalda.
Empuñó con rapidez la pistola que había dejado sobre la mesa y
se dio la vuelta en redondo, fustigándose mentalmente por no prestar más
atención…, y allí estaba Claire, con su pistola apuntando al suelo pero con un
leve gesto de irritación en el rostro.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó con tranquilidad, como si no
lo hubiera acojonado vivo con aquel susto—. ¿Y cómo has logrado pasar entre los
zombis que hay ahí afuera?
—Pues corrí —le contestó él, molesto con aquellas preguntas. ¿Es
que se creía que era un tipo sin recursos o algo así?—. Y estoy buscando un
mapa… Por cierto, ¿estás emparentada con Christopher Redfield?
Claire frunció el entrecejo.
—Chris es mi hermano. ¿Por qué?
Hermanos. Eso lo explica.
Steve le indicó con un gesto la pantalla del ordenador mientras
en su fuero interno se preguntaba si toda la familia Redfield sería así de
increíble. Bueno, su hermano sin duda lo era: antiguo piloto de la Fuerza
Aérea, miembro de un equipo de los STARS, tirador de élite y toda una espina
clavada en el costado de Umbrella. No pensaba admitirlo en voz alta, pero lo
cierto era que Steve estaba muy impresionado.
—Quizá quieras decirle que Umbrella lo mantiene vigilado —le
comentó, y se echó a un lado para que ella pudiera leer lo que ponía en la
pantalla.
Al parecer, Redfield se encontraba en París, aunque Umbrella no
había conseguido averiguar su paradero exacto. Steve se alegró de haber
encontrado aquel archivo. No le importaría que ella se sintiera un poco
agradecida con él.
Claire revisó toda la información y luego pulsó unas cuantas
teclas antes de mirarlo con una expresión de alivio en el rostro.
—Gracias a Dios que existen los satélites privados. Puedo
ponerme en contacto con León, un amigo, que lo más probable es que ya se haya
reunido con Chris a estas alturas… —Ya había comenzado a teclear de nuevo y
siguió explicándole cosas con voz ausente mientras los dedos corrían sobre el
teclado—. Hay una lista de correos que utilizamos los dos… ¿Ves? «Ponte en
contacto lo antes posible. Toda la banda está aquí ya.»
Steve se encogió de hombros. No estaba demasiado interesado en
la vida y milagros de los colegas de Claire.
—Vete al archivo anterior y encontrarás la longitud y la latitud
donde se encuentra este islote —dijo sonriendo—. ¿Por qué no le envías a tu
hermano la dirección y viene a salvarnos?
Esperaba otra mirada de irritación, pero Claire se limitó a
asentir con una expresión de tremenda seriedad en la cara.
—Buena idea. Le diré que se ha producido un nuevo escape en
estas coordenadas. Ellos sabrán a qué me refiero.
Cierto, era bonita, pero también bastante ingenua.
—Era una broma —dijo él meneando la cabeza. Estaban en mitad de
ningún lugar.
Ella se lo quedó mirando.
—Divertidísimo. Se lo contaré a mi hermano cuando llegue.
Sin aviso, por sorpresa, una rabia feroz surgió de su interior,
un torbellino de furia y desesperación junto a toda una serie de sentimientos
que ni siquiera podía comenzar a intentar comprender. Lo que sí comprendía era
que la señoritinga Claire estaba muy equivocada, que era estúpida y que estaba
equivocada.
—¿Estás de guasa? ¿De verdad esperas que aparezca con lo que
está pasando aquí? ¡Pero mira esas coordenadas! —Las palabras le salieron con
mayor fuerza, ira y rapidez de lo que él pretendía, pero no le importó—. ¡No
seas idiota! ¡Créeme, no puedes depender de la gente de esa manera! ¡Al final
sólo lograrás que te hagan daño, y después tan sólo te podrás echar la culpa a
ti misma!
Ella lo estaba mirando como si hubiese perdido la cabeza, y en
lo más intenso de su furia le llegó una sensación aplastante de vergüenza, de
que se había exaltado más de la cuenta sin sentido alguno. Pudo sentir cómo las
lágrimas amenazaban con saltársele, para mayor humillación, y no estaba
dispuesto de ningún modo a ponerse a llorar delante de ella como un niño
indefenso, ni hablar. Steve también sintió que se ruborizaba, así que dio la
vuelta y echó a correr antes de que ella pudiera contestarle nada.
—¡Espera, Steve! —acertó a decir Claire por fin.
Él cerró la puerta de un fuerte golpe al salir y siguió
corriendo. Tan sólo deseaba salir, marcharse de allí.
A la mierda con el mapa, tengo la llave, ya se me ocurrirá algo,
y mataré a cualquiera que intente detenerme…
Salió al largo pasillo y cruzó el detector de metales
inutilizado antes de entrar al callejón con el arma preparada. Una parte de él
se sintió amargamente decepcionada por no tener nada contra que disparar cuando
pasó al lado de la perrera, donde casi se cayó dos veces al resbalar con los
trozos de cuerpos chamuscados y húmedos por la sangre que los cubría. No había
nada que destrozar, nada le impedía sentir lo que estaba sintiendo.
Salió de estampida por la puerta que daba a la parte de atrás
del barracón y comenzó a rodear el largo edificio, sudando, con el corazón
palpitándole con fuerza, el cabello pegado al cráneo por el sudor a pesar del
frío que hacía…, y estaba tan concentrado en su extraña locura, en su necesidad
de correr, que no vio ni oyó nada hasta que casi fue demasiado tarde.
¡Bam!, algo lo golpeó por la espalda y lo tiró de bruces al
suelo. Steve se dio la vuelta de forma inmediata y un terror mortífero bloqueó
de momento todos los demás sentimientos y sensaciones…
Eran dos. Dos de los perros de los guardias de la prisión. Uno
de ellos estaba dándose la vuelta después de haber saltado sobre su espalda, y
el otro se acercaba dejando escapar un gruñido que le surgía de lo más profundo
de la garganta. Iba con la cabeza agachada y las patas tensas, caminando con
lentitud pero con determinación.
Dios, qué pinta…
Sin duda, antes habían sido rottweilers, pero ya habían dejado
de serlo. Estaban infectados, no había más que ver sus ojos cubiertos de una
leve película roja, sus hocicos babeantes, los nuevos músculos que sobresalían
bajo la capa de pellejo de aspecto casi resbaladizo. Steve se dio cuenta, por
primera vez desde que se produjo el ataque, de la inmensidad de la locura de
Umbrella: sus experimentos secretos, su ridícula mentalidad con subterfugios de
película de capa y espada. A Steve le gustaban los perros mucho más de lo que
le gustaban las personas, y lo que les había ocurrido a aquellos pobres
animales no era justo.
No es justo. El momento equivocado y en el lugar equivocado. No
me merezco nada de lo que me está pasando, no he hecho nada malo…
Ni siquiera se dio cuenta de que el objeto de su lástima había
cambiado, de que estaba admitiendo por fin lo jodida que era la situación, lo
mal que lo tenía. No tuvo tiempo de percatarse de ello. Había pasado menos de
un segundo desde que se dio la vuelta, y los perros ya estaban preparándose
para atacarlo.
Todo acabó en otro segundo, el tiempo que tardó en apretar el
gatillo una vez, girar, y disparar de nuevo. Ambos animales murieron al
instante. El primero recibió la bala en la cabeza, y el segundo en el pecho.
Este último dejó escapar un gañido de dolor o de sorpresa antes de desplomarse
sobre el barro, y el odio que Steve sentía hacia Umbrella se multiplicó de
forma exponencial al oír aquel sonido lastimero. Su mente le repitió una y otra
vez lo injusto que era todo aquello mientras se ponía en pie y comenzaba a
correr de nuevo, tambaleándose. Tenía la llave de la puerta de la prisión: no
iba a ser su prisionero nunca más.
Ya va siendo hora de que les haga pagar lo suyo, pensó con ira.
De repente, deseó, rezó para que uno de aquellos cabrones que tomaban las
decisiones y trabajaban para Umbrella se cruzara en su camino. Quizá si oyera a
uno de ellos implorar por su vida se sentiría un poco mejor.
Capítulo 4
Chris Redfield y Barry Burton estaban recargando munición en la
habitación trasera del piso franco de París, silenciosos y tensos, sin
intercambiar palabra alguna. Habían sido diez días muy malos, sin saber qué le
había pasado a Claire, sin saber si Umbrella la mantenía con vida.
Alto, le dijo su voz interior con firmeza. Ella está viva, tiene
que estarlo. Era impensable tener en cuenta otra alternativa.
Llevaba diez días diciéndose eso, pero ya no le parecía posible.
Ya había sido bastante malo enterarse de que había estado en Raccoon City
durante la debacle final y que había ido allí en su busca. León Kennedy, su
joven amigo policía, le había puesto al corriente de todos los detalles en su
primer encuentro. Ella había sobrevivido en Raccoon, pero habían sido
«secuestrados» (ella, León y los tres renegados de los STARS) por Trent en su
camino a Europa; acabaron haciendo frente a un nuevo grupo de monstruos de
Umbrella en unas instalaciones de Utah. Chris no sabía nada de todo aquello,
había asumido que seguiría estudiando a salvo en la universidad.
Saber que se había visto envuelta en la lucha contra Umbrella
era algo malo, de acuerdo, pero saber que Umbrella la había capturado, que su
hermana pequeña podría estar ya muerta… Aquello lo estaba matando, lo estaba
royendo por dentro. Era lo único que podía hacer para no irrumpir en el cuartel
general de Umbrella con un par de ametralladoras y comenzar a pedir respuestas,
incluso sabiendo que sería algo suicida.
Barry accionó de nuevo el pistón automático de la máquina de
fabricar cartuchos mientras Chris recogía la munición nueva y la ponía en
cajas. El olor acre y familiar de la pólvora inundaba el aire. Se sentía
aliviado de que su viejo amigo pareciera entender su necesidad de silencio, el
constante clic-clic de la máquina era el único sonido en la pequeña habitación.
También era un alivio tener algo que hacer tras toda una semana
de estar sentado y rezando, esperando que Trent se pusiera en contacto con
ellos con noticias o para ofrecer ayuda. Chris no conocía a Trent, pero el
misterioso desconocido ya había ayudado alguna vez a los STARS pasando
información confidencial sobre Umbrella. Aunque sus motivaciones exactas les
eran desconocidas, su objetivo parecía bastante claro: destruir la división
secreta de armas biológicas de la compañía farmacéutica. Desafortunadamente,
esperar a Trent era una posibilidad remota; sólo se había puesto en contacto
con ellos cuando convenía a sus necesidades, y como no tenían forma alguna de
ponerse en contacto con él, la posibilidad de que los ayudara parecía más
remota esta vez.
Clic-clic. Clic-clic. El repetitivo sonido se iba amortiguando
de alguna manera, un proceso mecánico sordo en el silencio del piso franco de
alquiler. Todos tenían tareas específicas que hacer en su promesa de echar
abajo a Umbrella, tareas que cambiaban día a día según surgían nuevas
necesidades. Chris había estado ayudando a Barry con las armas una semana y
media antes, pero normalmente se encargaba de la vigilancia del cuartel
general. Habían recibido un mensaje de Jill unas pocas semanas atrás, estaba de
camino a París, y Chris sabía que su malgastada juventud sería muy útil para el
reconocimiento interno. León había resultado ser un pirata informático medio
decente, y estaba en la habitación de al lado sentado delante del ordenador;
apenas había dormido desde la captura de Claire, y había pasado la mayor parte
de ese tiempo intentando seguir los últimos movimientos de Umbrella. El trío de
STARS que había llegado con Claire y León a Europa: Rebecca, del grupo disuelto
de Raccoon City, y los dos STARS de Maine, David y John, estaban en ese momento
en Londres, reunidos con un traficante de armas. Al fin y al cabo, lo habían
pasado todo juntos, y los tres trabajaban bien en equipo.
No hay muchos como nosotros, pero tenemos la experiencia y la
determinación necesarias. Sin embargo, Claire…
Al estar sus padres muertos, Claire y él habían desarrollado una
estrecha relación, y él pensaba que la conocía muy bien; ella era inteligente,
fuerte y llena de recursos, siempre lo había sido…, ¡pero también era una
estudiante universitaria, por Dios! A diferencia de los demás, ella no poseía
ninguna preparación específica de combate. No podía dejar de pensar que había
tenido suerte hasta entonces, y, en lo que se refiere a Umbrella, la suerte no
era suficiente.
—¡Chris, acércate!
Era León, y sonaba urgente. Chris y Barry se miraron. Vio
reflejada su propia preocupación en la cara de Barry, y se pusieron en pie.
Chris se dirigió con el corazón en un puño al lugar donde estaba León
trabajando, dominado por la impaciencia y el miedo a la vez.
El joven policía estaba de pie al lado del ordenador, con una
expresión neutra.
—Está viva. —Eso fue todo lo que dijo León.
Chris ni siquiera había sido consciente de lo mal que estaban
las cosas para él hasta que oyó esas dos palabras. Era como si su corazón se
hubiera liberado de repente después de haber pasado diez días atrapado en un
tornillo de banco, esa sensación de alivio tan física y tan emocional, de
sonrojo.
Viva, está viva…
Barry le dio una palmada en el hombro, riéndose.
—Por supuesto que está viva, es una Redfield.
Chris sonrió, dirigiendo su atención hacia León, y sintió cómo
su sonrisa se desvanecía al ver la expresión cuidadosamente neutra del policía.
Había algo más.
Antes de que pudiera preguntar, León se dirigió a la pantalla y
respiró profundamente. Leyó el breve mensaje dos veces, para que lo digirieran
lentamente.
Peligro de infección, aproximadamente 37" sur, 12° oeste,
como consecuencia del ataque, tal vez desconocido. No quedan malos, creo, pero
no puedo moverme ahora. Vigila bien tus movimientos, hermano, conocen la
ciudad, aunque no la calle. Intentaré volver a casa pronto.
Chris se puso en pie, su mirada se cruzó con la de León en
silencio mientras Barry leía el mensaje. León sonrió, pero de manera forzada.
—No la viste en Raccoon —dijo—. Sabe cómo desenvolverse, Chris.
Y consiguió dar con un ordenador, ¿no?
Barry se estiró, siguiendo el ejemplo de León.
—Eso quiere decir que no está encerrada —dijo con expresión
seria—. Y si Umbrella está ocupada con otro escape viral, no van a prestar
atención a nada más. Lo importante es que está viva.
Chris asintió con la cabeza con gesto distraído, su mente ya
ocupada con lo que necesitaría para el viaje. Las coordenadas que había
mencionado la situaban en un punto increíblemente aislado, en medio de
Atlántico Sur, pero tenía un viejo amigo en las Fuerzas Aéreas que le debía un
favor y podría llevarlo a Buenos Aires o, si no, tal vez a Ciudad del Cabo;
allí podría alquilar un barco, equipo de emergencia, cuerdas, botiquín, un
arsenal de mil demonios…
—Voy contigo —dijo Barry, adivinando con precisión sus
pensamientos. Eran amigos desde hacía mucho tiempo.
—Y yo —dijo León.
Chris movió la cabeza de lado a lado.
—Ni hablar.
Ambos hombres comenzaron a protestar, pero Chris alzó la voz,
acallando sus quejas.
—Ya habéis visto lo que ha dicho, eso de Umbrella dirigiendo su
atención hacia mí, hacia nosotros —dijo con voz firme—. Eso quiere decir que
tenemos que cambiar de sitio, tal vez a una de las fincas de fuera de la
ciudad. Alguien tiene que quedarse aquí a esperar a que vuelva el equipo de
Rebecca, y otro tiene que buscar una nueva base de operaciones. Y no os
olvidéis, Jill llegará en cualquier momento.
Barry frunció el entrecejo y se rascó la barba; su boca dibujó
una línea fina y estrecha.
—No me gusta. Ir solo es una mala idea…
—Ahora mismo estamos en una fase crucial y lo sabéis —dijo
Chris—. Alguien tiene que quedarse encargado de la casa, Barry, y tú eres el
indicado. Tienes la experiencia, conoces todos los contactos.
—Bien, pero al menos llévate al chaval —dijo Barry, haciendo un
gesto hacia León. Por una vez, León no se molestó por el apelativo, tan sólo
asintió con la cabeza, irguiéndose, echando los hombros hacia atrás y alzando
la cabeza.
—Si no lo haces por ti, piensa al menos en Claire —continuó
Barry—. ¿Qué le ocurrirá a ella si te matan? Necesitáis a alguien que os cubra,
alguien que pueda atrapar la bola si se os escapa.
Chris movió la cabeza de lado a lado, inflexible.
—Lo sabes muy bien, Barry, esto tiene que hacerse con la mayor
discreción posible. Puede que Umbrella haya enviado ya un equipo de limpieza.
Sólo una persona, que entre y salga antes de que nadie se dé cuenta de que
estoy allí.
Barry todavía seguía frunciendo el entrecejo, pero no insistió.
Tampoco lo hizo León, aunque Chris podía ver que estaba intentando aceptarlo;
era obvio que el policía y Claire habían estrechado relaciones.
—La traeré de vuelta —dijo Chris, suavizando el tono y mirando a
León. León dudó, luego asintió con la cabeza, ruborizándose y haciendo que
Chris se preguntara hasta qué punto exactamente habían estrechado las
relaciones su hermana y León.
Luego. Me puedo preocupar sobre sus intenciones si volvemos
vivos…, cuando volvamos vivos, se corrigió rápidamente. «Si» no era una opción.
—Está decidido, entonces —dijo Chris—. León, encuéntrame un buen
mapa de la zona, geográfico, político, todo, nunca se sabe lo que puede servir
de ayuda. También contéstale a Claire, por si acaso encuentra una oportunidad
para comprobar el correo; dile que estoy en camino. Barry, quiero llevar la
máxima potencia de fuego posible, pero ligera, algo con lo que pueda marchar
sin demasiados problemas, tal vez una Glock… Tú eres el experto, tú decides.
Ambos hombres asintieron con la cabeza y se dieron la vuelta
para comenzar sus tareas. Chris cerró los ojos durante un segundo, rezando
rápidamente una oración en silencio.
Por favor, por favor, mantente a salvo hasta que llegue, Claire.
No fue mucho tiempo, pero Chris tuvo la sensación de que rezaría
mucho más en las largas horas que estaban por llegar.
La habitación de monitores secreta estaba situada detrás de una
pared repleta de libros de la residencia privada de los Ashford. Tras la vuelta
a su casa, oculto detrás de la mansión de alojamiento «oficial», Alfred se puso
el rifle en bandolera, se acercó a la pared y tocó los lomos de tres libros en
rápida sucesión. Sentía cientos de ojos que lo observaban desde las sombras del
salón delantero y, aunque ya se había acostumbrado hacía mucho tiempo a la
colección desperdigada de muñecas de Alexia, a menudo deseaba que no lo
observaran de forma tan intensa. Había ocasiones en las que esperaba cierta
intimidad.
Al girar sobre sí misma la pared, oyó el silbante chillido de
los murciélagos que se escondían en los aleros y frunció el entrecejo,
torciendo los labios. Parecía que habían entrado en el ático durante el ataque.
No importa, no importa. Las preocupaciones para otro día. Tenía
otros asuntos más importantes que exigían su atención.
Aparentemente, Alexia se había retirado a sus habitaciones una
vez más, lo que era incluso mejor; Alfred no quería molestarla, y las noticias
de un posible asesino en Rockfort tendrían ese efecto. Entró en la habitación
oculta y cerró de un empujón la pared cuidadosamente equilibrada.
Normalmente había setenta y cinco cámaras entre las que podía
escoger, que se podían ver en cualquiera de los diez pequeños monitores de la
diminuta habitación, aunque la mayoría del equipo distribuido por las
instalaciones había sido dañado o destruido, dejándolo tan sólo con treinta y
una imágenes utilizables. Conociendo las malas intenciones de Claire de robar
información y buscar a Alexia, Alfred decidió concentrar su atención en su vía
de entrada a las instalaciones de la cárcel. No tenía ninguna duda de que
aparecería dentro de poco tiempo; alguien como ella no tendría la educación de
morir en el ataque o como resultado de él…, aunque según aumentaban sus
expectativas y crecía su interés en el juego, comenzaba a inquietarle que ella
hubiera, de hecho, desaparecido.
Afortunadamente, su suposición inicial había sido correcta. Otro
de los prisioneros atravesó la puerta principal seguido a corta distancia por
la chica Redfield. Alfred, a quien le divertía su titubeante avance, observaba
cómo Claire intentaba alcanzar al joven, el prisionero 267, de acuerdo con la
espalda de su uniforme, que parecía no tener ni idea de que lo estaban
persiguiendo.
Cuando el joven llegó a la parte superior de las escaleras que
procedían de la zona de la prisión y mientras observaba alrededor con aire
inseguro entre el terreno del palacio y las instalaciones de entrenamiento,
Alfred introdujo 267 con el teclado situado debajo de su mano izquierda y
encontró un nombre, Steven Burnside. No tenía ningún significado para él, y
mientras el chico dudaba indeciso, Alfred volvió a concentrar su atención en su
presa, sintiendo curiosidad por la joven mujer que se iba a convertir pronto en
su compañera de juegos.
Claire atravesó el puente dañado que salvaba la garganta
instantes después de Burnside, caminando sobre la parte anterior de los pies,
como una atleta. Parecía dueña de sí misma, cautelosa pero nada arrepentida por
la cuestión de creerse con derecho a cruzar el puente…, pero también tenía
cuidado de no mirar hacia la oscuridad envuelta en neblina que tenía debajo,
hacia las inmensas paredes de la hendidura que se alejaban cientos de metros, y
de no entretenerse. En la cálida seguridad del hogar, Alfred sonreía,
imaginando su delicioso miedo…, y se encontró recordando el truco que le habían
hecho una vez Alexia y él a un guarda.
Tenían seis o siete años y Francois Celaux era el jefe de turno,
uno de los favoritos de su padre. Era un servil adulador, un lameculos, pero
sólo para Alexander Ashford. Una tarde, a espaldas de su padre, se había
atrevido a reírse cruelmente de Alexia cuando tropezó bajo una abundante lluvia
y se salpicó de barro su vestido azul nuevo. No iban a soportar una ofensa como
ésa.
Ah, cómo lo planeamos, hablando hasta altas horas de la noche
sobre un castigo adecuado para su imperdonable comportamiento, nuestras mentes
infantiles vivitas y maquinando todas las posibilidades…
El plan final era sencillo y lo ejecutaron de forma perfecta dos
días más tarde, cuando Francois estaba de guardia en la puerta principal.
Alfred le había rogado al cocinero que le dejara llevar el café de la mañana a
Francois, una tarea que a menudo había llevado a cabo para los empleados
favoritos. De camino al puente sobre la garganta, Alexia había añadido algo
especial a la fuerte y amarga bebida, sólo unas pocas gotas de una sustancia
similar al curare que había sintetizado ella misma. La droga paralizaba los
músculos pero permitía que el sistema nervioso continuara funcionando, para que
el receptor no pudiera moverse ni hablar, pero sí sentir y entender lo que le
estaba ocurriendo.
Alfred se acercó lentamente a las puertas de la prisión, tan
despacio que el impaciente Francois salió a su paso. Sonriendo, sabedor de que
Alexia había vuelto a la residencia y estaba observando y escuchando en la sala
de monitores (Alfred llevaba un pequeño micrófono), se acercó a la barandilla
antes de ofrecer, disculpándose, la taza de café a Francois. Ambos gemelos
observaron con silenciosa alegría cómo se lo bebía a grandes tragos y cómo,
pocos segundos después, respiraba con dificultad y se apoyaba con todo su peso
en la barandilla del puente. A cualquiera que estuviera observando le parecería
que el hombre y el chico estaban mirando al otro lado de la garganta, excepto a
Alexia, por supuesto, que más tarde le dijo que había aplaudido su representación
de inocencia.
Lo miré a la cara, a la expresión helada de miedo sobre sus
refinados rasgos, y le expliqué lo que habíamos hecho. Y lo que íbamos a hacer.
La mandíbula inmovilizada de Francois había llegado a emitir un
suave chillido cuando comprendió que estaba indefenso frente a un niño. Durante
casi cinco minutos, Alfred estuvo maldiciendo alegremente a Francois como a un
descendiente de cerdos, como a un campesino sin modales, y pinchándole en la
cadera con una aguja de coser demasiadas veces para poder contarlas.
Paralizado, lo único que podía hacer Francois Celaux era
soportar el dolor y la humillación, seguramente lamentando su conducta inhumana
hacia Alexia mientras sufría en silencio. Y cuando Alfred se cansó de su juego,
le dio varias patadas al guardia en los sucios tacones de las botas,
describiendo con pelos y señales sus sensaciones a Alexia mientras Francois se
deslizaba indefenso por debajo de la barandilla y caía en picado hacia su
muerte.
Y entonces grité y fingí llorar cuando otros atravesaron
corriendo el puente, intentando desesperadamente consolar al joven maestro
mientras se preguntaban cómo había podido ocurrir una cosa tan horrible. Y más
tarde, mucho más tarde, Alexia vino a mi habitación y me besó en la mejilla,
sus labios cálidos y suaves, sus cabellos de seda acariciándome la garganta…
Los monitores le hicieron desviar la atención de sus dulces
recuerdos. Claire estaba ahora de pie en el mismo punto donde Burnside había
dudado. Bastante molesto consigo mismo debido a su falta de atención, Alfred
pasó unos momentos buscando al joven matón, mirando de cámara a cámara, y al
final lo descubrió en los mismos escalones de la mansión de alojamiento.
Rápidamente, Alfred comprobó la consola de paneles de control para asegurarse
de que todas las puertas de la mansión estaban abiertas, sospechando que el
chico siempre lo tendría fácil para ahorcarse…, y gritó de entusiasmo cuando
vio que Claire lo seguía y que escogía el mismo camino que su joven amigo.
Cuánto más exquisito será su terror cuando suplique por su vida
arrodillándose entre la tibia sangre del señor Burnside…
Si quería recibirlos de forma apropiada, tenía que irse ya.
Alfred se puso en pie y abrió de nuevo la pared. Podía sentir cómo crecía su
nerviosismo cuando cerró y salió al gran salón. Ardía en deseos de contarle a
Alexia sus planes antes de salir, para compartir algunas de sus ideas, pero le
preocupaba que el tiempo fuera un factor importante.
—Estaré atenta, cariño —dijo ella.
Sorprendido, Alfred alzó la vista y la vio en la parte superior
de las escaleras, no lejos del muñeco de tamaño natural de un niño que colgaba
del balcón superior, uno de los juguetes preferidos de Alexia. Comenzó a
preguntarle por qué lo sabía, pero se dio cuenta de lo estúpida que era la
pregunta. Por supuesto que lo sabía, pues conocía muy bien su corazón: era el
mismo que latía dentro de su propio pecho blanco como la nieve.
—Sigue ahora, Alfred —dijo ella, premiándolo con una sonrisa—.
Disfrútalos por nosotros dos.
—Lo haré, hermana —dijo, sonriendo a su vez, nuevamente
agradecido por ser hermano de tal milagro de la creación, afortunado de que
ella comprendiera sus necesidades y deseos.
Era como algún tipo de extraño guiño de la realidad, decidió
Claire, cerrando las puertas de la mansión tras ella. Del frío ruinoso e
impregnado de muerte de los oscuros patios de la prisión a donde ella se
encontraba ahora…, era difícil de creer, pero a la vez tan de Umbrella que ella
no tuvo otra alternativa que hacerlo.
Maldición. Lo digo muy en serio.
El grandioso y bellamente diseñado recibidor que se abría frente
a ella, sólo se veía estropeado por unas cuantas huellas de pies manchados de
barro que atravesaban el suelo de baldosas fabricadas a mano y unos pocos
manchurrones de sangre sobre las delicadas paredes beige. También se veían unas
cuantas grandes grietas cerca del techo y la huella de una mano, granate,
secándose sobre una de las gruesas columnas decorativas que cubrían la pared
oeste, unos finos hilillos rojos caían desde la base de la palma.
Así que los prisioneros no habían sido los únicos que habían
sufrido una tarde de perros. Era un poco clasista y mezquino por su parte, lo
sabía, pero le hacía sentirse un poco mejor saber que a los jefazos de Umbrella
les habían zurrado igual que a los demás.
Se quedó en pie donde estaba durante un momento, aliviada de
estar a cubierto y todavía ligeramente conmocionada por las diferentes caras de
la instalación de Rockfort, como ella había comprobado en el diseño. Detrás de
una de las columnas a su izquierda había una puerta azul, una segunda puerta en
la esquina noroeste de la espaciosa habitación. Justo enfrente había un
mostrador de recepción de caoba encerada, situado junto a un tramo abierto de
escaleras a lo largo de la pared derecha que conducía a un balcón en el segundo
piso, decorado con un retrato con extraños desperfectos: La cara de la persona
retratada había sido rayada a propósito.
Claire descendió hacia el recibidor, se agachó y deslizó un dedo
por las huellas de pisadas embarradas: todavía estaban húmedas. Otras huellas
conducían a la puerta de la esquina. No podía estar segura de que fueran de
Steve, pero creía que era lo más probable. Él había dejado rastros: desde la
puerta abierta de la prisión hasta un par de casquillos caídos justo fuera de
la mansión, junto con dos perros muertos más. Para un joven con obvios
problemas, era un tirador sorprendentemente preciso…
¿Entonces por qué me estoy metiendo en tantos problemas para
ayudarlo?, pensó amargamente. No quiere mi ayuda, no parece necesitarla, y no
es que no tenga nada más que hacer.
Cuando él dejó de correr, ella no le había seguido
inmediatamente, pues quería enviar un mensaje a León tan pronto como fuera
posible. También se había sentido obligada a realizar una búsqueda rápida de
suministros médicos en la oficina, algo para ayudar a Rodrigo, pero no encontró
nada que le sirviera…
—¡Socorro! ¡Ayúdenme! —Un grito apagado en el edificio.
¿Steve?
—¡Déjenme salir! ¡Eh, que alguien me ayude!
Claire fue corriendo hacia la puerta de la esquina con el arma
preparada. Golpeó la pesada madera y la puerta cedió y se abrió a un largo
pasillo. Steve volvió a gritar desde el otro extremo del corredor. Claire dudó
el tiempo suficiente para comprobar que los tres cuerpos que estaban
desparramados sobre el suelo de baldosas no iban a levantarse y echar a correr.
Miró fijamente a la puerta que tenía enfrente.
—¡Ayuda!
Dios, ¿qué le ocurre? Su voz quebrada sonaba presa del pánico.
Llegó al fondo del salón y empujó la puerta, corrió moviendo el
arma de un lado a otro…, y no vio nada, tan sólo una habitación con vitrinas y
sillones. Una alarma estaba sonando en algún sito, pero no podía ver su
procedencia.
Movimiento a la izquierda. Claire se dio la vuelta, ansiosa por
encontrar un objetivo, y vio que se estaba proyectando un trozo de película
sobre una pequeña pantalla de pared, silenciosa y vacilante. Dos atractivos
niños rubios, un chico y una chica, estaban mirándose fijamente a los ojos. El
niño sostenía algo, algo que se retorcía. Una libélula, y está…
Claire apartó la mirada involuntariamente, asqueada. El niño
estaba arrancando las alas del insecto, sonriendo, ambos niños estaban
sonriendo.
¡Steve! ¿Por qué ya no gritaba, dónde estaba? Debía de estar en
la habitación equivocada…
—¿Claire? ¡Claire, aquí! ¡Abre la puerta!
Su voz provenía de la parte trasera de la pantalla de
proyección. Claire atravesó corriendo la habitación, buscando en la pared,
distraídamente consciente de que los niños rubios habían colocado a la
torturada libélula en una caja llena de hormigas y contemplaban cómo éstas
picaban al insecto lisiado hasta matarlo.
—¿Qué puerta?, ¿dónde? —gritaba Claire, deslizando sus ansiosas
manos por la pared, empujando una vitrina de cristal, tirando de la pantalla…,
y la pantalla se levantó, desapareciendo por una ranura. Detrás de ella había
una consola, un teclado y seis pantallas en dos filas de tres, que tenían un
interruptor situado debajo de cada una.
—¡Claire, haz algo, me estoy quemando!
—¿Qué hago?, ¿cómo te has metido ahí? ¡Steve!
No hubo respuesta, y ella oyó cómo crecía la desesperación en su
propia voz, podía sentir cómo iba avanzando en su cerebro…
Concéntrate. Hazlo ahora.
Claire reprimió su estado al borde del pánico, la clara voz de
su mente, la voz del intelecto. Si le entraba el pánico, Steve moriría.
No hay puerta. Hay una consola con pantallas.
Sí, eso es todo. Esa era la clave. Steve gritó a todo pulmón
otra súplica aterrorizada, pero Claire sólo miraba a las ventanas,
concentrándose.
Cada una es diferente, un barco, una hormiga, una arma, un
cuchillo, una arma, un avión…
No todas eran diferentes, había dos armas, una semiautomática y
un revólver, y sus interruptores tenían las etiquetas C y E. Ninguna de las
otras coincidía, y su primer pensamiento fue que era como uno de aquellos tests
psicológicos del colegio: marcar las parejas. Sin cuestionarse más su
razonamiento, Claire alargó la mano y pulsó ambos interruptores. Las dos
ventanas se encendieron…, y a su derecha, apareció una vitrina de la pared. La
alarma se detuvo y la abertura expulsó una bocanada de calor seco y ardiente
que cayó sobre ella. Medio segundo después, Steve salió dando tropezones y cayó
de rodillas. Sus brazos y cara estaban al rojo vivo. Tenía en sus manos un par
de armas idénticas que parecían Lugers doradas.
Parece que seleccioné las ventanas correctas.
Se inclinó sobre él, intentando recordar cuáles eran los
síntomas de un ataque al corazón: mareos y náuseas, creyó recordar.
—¿Estás bien?
Steve alzó la vista. Con sus mejillas encendidas y su ligera
expresión de vergüenza, no parecía otra cosa que un niño pequeño a quien le
había dado mucho el sol. Entonces sonrió burlonamente, y la ilusión se
desvaneció.
—¿Por qué has tardado tanto? —repuso secamente, poniéndose en
pie.
Claire se enderezó, frunciendo el entrecejo.
—De nada.
Él suavizó su sonrisa e inclinó la cabeza, apartándose el grueso
flequillo de la frente.
—Perdona…, y también siento lo anterior. Gracias, de verdad.
Claire suspiró. Justo cuando había decidido que era todo un
gilipollas, él decidía ser agradable.
—Y mira lo que tengo —dijo, apuntando a una de las vitrinas con
las dos armas—. Estaban colgadas ahí atrás, en una de las paredes, cargadas y
todo. Qué bien, ¿eh?
Ella tuvo que dominar un urgente deseo de agarrarlo por los
hombros y sacudirlo hasta verlo con algo de sentido. Era valiente, eso tenía
que reconocerlo, y obviamente tenía al menos unas pocas dotes de
supervivencia…, pero ¿no entendía que habría muerto si ella no le hubiera oído
pedir ayuda?
Además, este lugar probablemente está lleno de trampas; ¿cómo
impido que salga corriendo?
Lo observaba mientras él fingía disparar a la estantería y se
preguntaba de forma ausente si toda esa actitud de macho era su forma de hacer
frente al miedo. De repente, se le ocurrió algo, una manera diferente de
tratarlo, una que pensaba podría funcionar.
¿Quiere jugar al chico duro?, pues dejémosle. Apelemos a su ego.
—Steve, creo que tú no estás buscando una pareja, pero yo sí
—dijo ella, haciéndolo lo mejor posible para parecer sincera—. No…, no quiero
estar sola ahí fuera.
Podía ver cómo inflaba el pecho y sintió una gran sensación de
alivio, sabiendo que había funcionado incluso antes de que él dijera una sola
palabra. También se sentía un poco culpable por manipularlo, pero sólo un poco.
Era por una buena causa.
Además, no era exactamente mentir. Realmente no quería estar
sola ahí fuera.
—Supongo que puedes venir conmigo —dijo explayándose—. Es decir,
si tienes miedo.
Ella sólo sonrió, apretando los dientes, plenamente consciente
de que si abría la boca para darle las gracias, no sabía qué podría salir.
—De todas maneras, sé cómo podemos salir de aquí —añadió. Sus
modales fanfarrones se abrían camino, su entusiasmo juvenil se desbordaba—. Hay
un pequeño mapa debajo del mostrador de recepción. Según él, hay un muelle
justo al oeste de este lugar y una pista de aterrizaje un poco más allá. Lo que
significa que tenemos una oportunidad, pero mis artes para el pilotaje son un
poco dudosas, así que voto por navegar. Podemos irnos ahora mismo.
Tal vez lo había subestimado un poco.
—¿De verdad? Perfecto, esto… —La voz de Claire se fue apagando.
Rodrigo, no podía olvidar a Rodrigo.
Entre los dos podríamos llevarlo al muelle…
—¿Volverías conmigo a la prisión antes? —preguntó ella—. El tío
que me ayudó a salir de la celda está todavía allí. Está muy malherido…
—¿Uno de los prisioneros? —preguntó Steve, animándose.
Uh, uh. Podía mentir, pero él se enteraría en seguida de la
verdad.
—Hum, creo que no…, pero me dejó escapar y me parece que se lo
debo…
Steve estaba frunciendo el entrecejo, y ella añadió rápidamente.
—Me parece un acto de honor por mi parte llevarle al menos un
botiquín de primeros auxilios.
Él no se lo creía.
—Olvídalo. Si no es un prisionero, trabaja para Umbrella, y se
merece lo peor. Además, van a llegar tropas de un momento a otro. Es su
problema, déjales que lo resuelvan ellos mismos. ¿Vienes o qué?
Claire le sostuvo la mirada y vio ira y dolor en sus oscuros
ojos, seguramente causados por Umbrella. No podía culparlo por sus
sentimientos, pero tampoco estaba de acuerdo con él, no en el caso de Rodrigo.
Y ella tenía claro que moriría antes de que llegara Umbrella si nadie acudía en
su ayuda.
—Supongo que no —contestó ella.
Steve se dio la vuelta para irse, dio unos pocos pasos en
dirección a la puerta y se detuvo, suspirando pesadamente. Se giró, claramente
exasperado.
—De ninguna manera voy a arriesgar el cuello salvando a un
empleado de Umbrella, y no te ofendas, pero creo que no estás en tus cabales
por querer hacerlo…, pero te esperaré, ¿de acuerdo? Vete y dale una tirita o lo
que sea y luego nos veremos en el muelle.
Sorprendida, Claire asintió con la cabeza. Menos de lo que
esperaba pero más de lo que preveía, especialmente después de su perorata sobre
la gente rara que te va a defraudar…
¡Oh!
Por primera vez cayó en la cuenta de por qué Steve pudo haber
dicho esas cosas, por qué estaba negando el trauma de lo que había pasado, de
lo que todavía pasaba. Estaba solo, después de todo…, ¿cómo no iba a tener
problemas de abandono?
Claire le dirigió una cálida sonrisa, recordando lo furiosa que
se sintió de niña cuando murió su padre. Haber sido arrebatado de la familia
por la fuerza no podía ser mucho mejor.
—Será agradable ir a casa —dijo dulcemente—. Apuesto a que tus
padres se alegrarán…
La burlona interrupción de Steve fue inmediata y excesiva.
—Mira, ven al muelle o no vengas, pero no te voy a estar
esperando todo el día, ¿está claro?
Sorprendida, Claire asintió con la cabeza en silencio, pero
Steve ya estaba saliendo de la habitación a grandes pasos. Ahora deseaba no
haber dicho nada, pero ya era demasiado tarde…, y al menos ahora sabía qué no
debía decir. Pobre chico, probablemente echaba muchísimo de menos a sus padres.
Tendría que intentar ser un poco más comprensiva.
Tras una última mirada alrededor de la extraña guarida, Claire
retrocedió hacia la puerta delantera, preguntándose qué hacer con Rodrigo.
Steve tenía razón, Umbrella podría tener ya un grupo en camino, ellos podrían
atenderlo, pero quería estabilizarlo antes de abandonar el lugar. Necesitaba
encontrar un frasco de aquel líquido hemostático; no sabía mucho sobre
emergencias, pero él parecía pensar que podría ser de ayuda.
Abrió las otras dos puertas del pasillo en el camino de vuelta
al recibidor, parando brevemente en la primera para echar un vistazo a unos retratos,
una especie de habitación que tenía la historia pintada correspondiente a una
familia llamada Ashford. Había una urna destrozada en el suelo, pero nada más
de interés. Tras la segunda puerta había una sala de conferencias vacía, unos
pocos papeles desperdigados y silencio.
Claire volvió a entrar en el salón delantero, decidiendo que
debería probablemente intentar el tramo superior de escaleras antes que volver
sobre sus pasos; justo encima del puente a la prisión —no es que estuviera
deseando cruzar otra vez aquella pesadilla chirriante—, había una puerta que
había dejado de lado cuando seguía el rastro de Steve.
Una minúscula luz roja en el suelo captó su atención: era como
uno de esos punteros láser. Su profesor de geometría utilizaba uno. La pequeña
luz dio un salto hacia ella y Claire miró hacia arriba siguiendo el rayo fino
como un lápiz hasta…
¡Joder! Se tiró al suelo para protegerse cuando el primer
disparo mordió las baldosas tan sólo a unos centímetros de donde estaba e hizo
volar varios fragmentos de ellas. Se lanzó detrás de uno de los pilares
ornamentales cuando el segundo tiro resonó en el recibidor, haciendo añicos más
baldosas.
Se puso en pie con dificultad, intentando hacerse tan pequeña
como fuera posible, preguntándose si realmente había visto lo que creía haber
visto: un hombre delgado y rubio con un rifle con mira láser, vestido con lo
que parecía una chaqueta del uniforme de gala de un club de yates, roja oscura,
a juego con un pañuelo ahuecado blanco y un cordón dorado. La idea infantil de
vestimenta de un noble.
—Mi nombre es Alfred Ashford —dijo en alto una voz fina y
presumida—. Soy el comandante de esta base…, ¡y le exijo que me diga para quién
trabaja!
¿Qué? Claire deseó poder decir algo brillante, alguna respuesta
rápida, pero no pudo pasar de ahí.
—¿Qué? —preguntó en alto.
—Ah, no tiene sentido que finjas ignorancia —continuó, mientras
su voz burlona temblaba un poco, como si estuviera descendiendo por las
escaleras—. La señorita Claire Redfield. Sé lo que estás planeando, lo sé desde
el principio…, pero no estás tratando con un cualquiera, Claire. No cuando
estás tratando con un Ashford.
Se reía con disimulo, una risa nerviosa aguda y casi femenina, y
Claire estuvo de repente totalmente segura de que era un loco; estaba hablando
con un loco.
Sí, y haz que siga hablando si no quieres perder su posición.
Podía ver el parpadeo de la pequeña luz roja en la pared situada a su espalda,
como si estuviera intentando mantener el pilar en la mira.
—Bueno, Alfred. ¿Qué es eso que estoy planeando? —Levantó el
mecanismo de su semiautomática tan silenciosamente como le fue posible,
asegurándose de que había una bala en la recámara.
Fue como si no hubiera hablado.
—Nuestro legado de profundidad, supremacía e innovación no tiene
duda alguna —dijo Alfred, arrogante—. Mi hermana y yo podemos rastrear nuestra
genealogía hasta la realeza europea, y hasta algunas de las mejores mentes de
la historia. Pero, la verdad, no creo que tus jefes te dijeran todo esto,
¿verdad?
¿Mis jefes?
—No tengo ni idea de qué estás hablando —gritó Claire, mientras
observaba el parpadeante punto rojo y decidía que podía lanzar una mirada
rápida desde detrás del otro lado del pilar, tal vez incluso hacer un disparo
antes de que él pudiera localizarla. Cuanto más hablaba Alfred, más fuerte era
su sensación de que encontrarlo cara a cara sería una mala idea. Las personas
desequilibradas y peligrosas eran impredecibles en el mejor de los casos.
Él había mencionado a una hermana… ¿Los niños de aquella
película con la libélula? No tenía ninguna prueba, pero sus instintos clamaban
un resonante sí. Parecía haber sido constante en su camino, de repulsivo niño a
adulto repulsivo.
—Por supuesto, si estuvieras dispuesta a rendirte ahora mismo
—susurró Alfred—, tal vez pudieras persuadirme de que te perdonara la vida.
Siempre que confieses tu traición a tus superiores…
¡Ahora!
Claire agachó la cabeza junto al pilar, arma arriba…, y ¡bang!,
madera y yeso explotaron junto a su cara y el disparo astilló la moldura del
pilar cuando ella se echó para atrás. Se dejó caer contra el pilar mientras
respiraba de forma rápida y a bocanadas. Si el otro hubiera sido un pelín más
preciso…
—¿No eres tú el pequeño conejo veloz? —dijo Alfred, que sonaba
inconfundiblemente divertido—. ¿O debería decir una rata? Eso es lo que eres,
Claire, una rata. Tan sólo una rata enjaulada.
Otra vez aquella risa nerviosa, enajenada y artificial…, pero
estaba alejándose, siguiéndolo mientras subía las escaleras. Pisadas, y luego
una puerta que se cerraba. Se había ido.
Bueno, ¿no culminaba eso de una forma agradable todo lo que
había pasado? ¿Qué es un desastre biopeligroso sin un loco o dos? Sería casi
divertido si no fuera algo tan demencial. Alfred era un pirado.
Claire esperó un momento para estar segura de que se había ido,
respiró pesadamente, aliviada pero no relajada. No se relajaría, no se podría
relajar hasta que estuviera bien lejos de Rockfort, dejando bien atrás
Umbrella, la locura y sus monstruos.
Dios, estaba cansada de toda aquella mierda. Era una teniente
mayor de segundo año, le gustaban el baile, las motos y una buena taza de leche
caliente en un día lluvioso. Quería a Chris y quería llegar a casa…, y como
ninguna de esas dos cosas parecían probables en este momento, decidió que se
conformaría con un buen ataque de nervios, completo, con gritos e histéricos
golpes en el suelo.
Era casi tentador, pero eso tendría que esperar también. Suspiró
para sus adentros. Alfred había subido la escalera, así que pensó que mejor
sería que subiera a comprobar aquella otra puerta que había dejado de lado
cerca del puente y ver si podía encontrar allí algo para Rodrigo.
Al menos es probable que las cosas no empeoren, pensó en tono
sombrío, sintiendo una extraña sensación de haber pasado por eso antes cuando
abrió la puerta delantera. La sensación era tan similar a Raccoon City…, pero
aquello había sido una completa catástrofe más que un desastre aislado.
Vaya diferencia de mierda. El resultado es el mismo.
Claire no podía saber que, comparado con lo que estaba por
venir, las cosas no habían hecho sino comenzar a torcerse.
Capítulo 5
El pretendido muelle no era en realidad un muelle, para disgusto
de Steve, y no había ni un solo barco a la vista. Él esperaba un largo malecón
con pilotes y gaviotas, toda esa mierda, y media docena de barcos entre los que
poder escoger, cada uno de ellos cargado de despensas repletas y camas
mullidas. En lugar de todo esto, encontró una diminuta y asquerosa plataforma
que se asentaba sobre una zona casi lacustre de un desapacible color gris,
protegida del océano por una escollera de roca irregular que apenas podía
distinguir en la oscuridad. Había una especie de pulpito con el timón de un
barco pegado a él al borde de la plataforma, probablemente algún estúpido
monumento al mar o lo que fuera; una mesa decrépita con una especie de basura
sobre ella, y un chaleco salvavidas mohoso e infestado de ratas tirado en una
esquina, lo que fuera en su día brillante naranja convertido ahora en un sucio
color mostaza. Nada más grande que una canoa iba nunca a parar en este muelle;
en una palabra: inútil.
Perfecto. ¿Entonces cómo se marchó de la isla toda esa gente,
nadando de espalda? ¿Y si hay una pista de aterrizaje, dónde diablos está?
No sólo tenía que buscar ahora otra vía de escape, sino que le
había dicho a Claire que viniera aquí. No podía salir volando, pero tampoco
quería quedarse mucho tiempo por allí.
También puedes dejarla tirada.
Steve frunció el entrecejo, pateando irritado un trozo
totalmente corroído de algún tipo de maquinaria. Tal vez fuera un poco ruidosa,
un poco ingenua…, pero le había salvado la vida, eso estaba claro, y su deseo
de volver para ayudar a un empleado herido de Umbrella sólo porque la había
dejado en libertad…, eso era…, bueno, era bonito, era un acto bonito. Dejarla
tirada no parecía lo adecuado.
No muy seguro de qué hacer, se puso a andar hacia el timón (¿no
tenía una especie de nombre marinero, una de esas palabras de jerga
marinerilla?, no sabía) y lo hizo girar, sorprendiéndole lo suave que daba
vueltas considerando la porquería que era el resto del «muelle»…, y con un
suave ruido mecánico, la plataforma que tenía a sus pies de pronto se separó
del resto y se deslizó sobre el agua, mientras burbujas gigantes comenzaban a
atravesar la superficie del agua que tenía enfrente.
¡Dios! Steve se agarró al timón con una mano y apuntó con la
otra a las burbujas con una de las Lugers doradas. Si era una de las criaturas
de Umbrella, iba a respirar plomo caliente…
Un pequeño submarino se elevó sobre el agua como un pez oscuro y
metálico, abriendo la escotilla justo enfrente de sus pies. Una escalera
descendía hacia el submarino, que parecía estar vacío. A diferencia de los
inservibles alrededores, el pequeño submarino parecía sólido y en buenas
condiciones de mantenimiento.
Steve se quedó mirándolo, estupefacto. ¿Qué coño era aquella
mierda? Era algo como un cacharro de un parque de atracciones, algo tan raro
que no estaba muy seguro qué pensar.
¿Es que acaso esto es más raro que todo con lo que te has topado
hoy?
Entendido. El mapa que había consultado en la mansión era un
tanto vago, tan sólo un par de flechas y las palabras «muelle» y «pista de
aterrizaje»…, y aparentemente tienes que hacer un viaje en submarino para
llegar allí. Pues vaya una empresa que era esta Umbrella.
Puso el pie en el primer peldaño y luego dudó: su piel todavía
estaba roja del último viaje a lo desconocido. No tenía más ganas de ahogarse
que de que lo asaran vivo al horno.
Ah, mierda, no lo sabrás hasta que lo intentes. Otra vez
entendido. Steve descendió por la escalera y, cuando saltó del último escalón,
activó una placa de presión en el suelo del submarino. Por encima de él, la
escotilla se cerró. Rápidamente pisó otra vez y la escotilla se volvió a abrir.
Estaba bien saber que al menos no se quedaría sin aire.
El interior del submarino era muy simple, puede que tan amplio
como un cuarto de baño grande, dividido en dos por la estrecha escalera. Había
un banco acolchado a un lado, la parte trasera del submarino, y una sencilla
consola de control al frente.
—Veamos qué es lo que tenemos aquí —murmuró Steve, avanzando
hacia los controles. Eran ridículamente sencillos, una única palanca con dos
posiciones, que en ese momento estaba en la posición superior, llamada
«principal». La posición inferior era «transporte». Steve sonrió, asombrado de
que pudiera ser tan fácil. Eso sí que era facilidad de uso.
Dio un toque a la placa de presión y la escotilla se cerró,
preguntándose si Claire estaría impresionada por su descubrimiento mientras
bajaba la palanca. Escuchó un sonido metálico sordo y suave y el submarino se
movió, descendiendo. Sólo tenía un ojo de buey, pero estaba muy oscuro para ver
nada aparte de unas pocas burbujas ascendentes.
El viaje sin clímax sorprendente terminó en diez segundos. El
submarino pareció detenerse. Escuchó un sonido metálico más agudo procedente de
la escotilla, como si se estuviera rozando con algo. Estaba claro que no era un
sonido submarino. Hacia adelante y hacia arriba. La escotilla se abrió cuando
comenzaba a ascender la escalerilla, el arma firmemente sostenida en la mano…,
y salió a una plataforma metálica cercada por paredes de cristal o plexiglás y
rodeada completamente por oscuras aguas. Había unos pocos escalones que
conducían a un pasillo bien iluminado, donde sólo la pared de la izquierda
estaba hecha de agua.
Sí. Era como los tanques de algunos acuarios, donde podías andar
por un túnel por debajo del agua y mirar a los peces. A él nunca le habían
gustado esas cosas; siempre pensaba que sería muy fácil imaginarse cómo se
rompía el cristal justo cuando el tiburón se decidiera a nadar a su lado…, o
algo peor.
Y era suficiente. Steve descendió hacia el pasillo y avanzó por
él, tomando sus dos primeras curvas y mirando deliberadamente hacia adelante.
Era la primera vez desde el ataque a la isla que se había sentido realmente
nervioso, no tanto por la claustrofobia sino por una especie de miedo
primitivo, de que algo apareciera de repente de las oscuras aguas hacia el
cristal, un animal u otra cosa: una mano pálida, tal vez, o puede que un
muerto, con su blanca cara apretada contra el cristal, sonriéndole…
No podía evitarlo. Echó a correr, y cuando el corredor terminó
en una puerta que aparentemente proporcionaba una salida de la habitación del
agua, se llamó cobarde, aunque se sintiera aliviado.
Empujó la puerta y vio dos, tres…, cuatro zombis en total, y
todos ellos bastante contentos con su compañía. Se dieron la vuelta y
comenzaron a cojear o tambalearse en dirección hacia él. Sus ropas hechas
jirones, no cabía duda de que eran uniformes de Umbrella, les colgaban de los
brazos abiertos. Había en el ambiente un olor a pescado muerto.
—Unnnh —murmuró uno de ellos y los otros lo imitaron. Los
gemidos eran extrañamente suaves, con un sonido lejano y de cierta tristeza. Considerando
que Umbrella se lo había hecho pasar muy mal, no es extraño que no sintiera
mucha simpatía por ellos. Ninguna, de hecho.
La habitación estaba dividida en dos por una pared, pero los
tres zombis de la izquierda no podían ver al solitario caminante de la parte
derecha…, aunque tal vez sí pudieran, pensó, mirando con más detenimiento. Cada
miembro del trío tenía unos ojos de un extraño rojo oscuro que parecían
brillar. Le recordaban una película que había visto una vez, una sobre un
hombre que tenía visión de rayos X y que veía todo tipo de mierdas.
Supongo que nunca sabremos qué es lo que ven. Steve apuntó al
más cercano, cerró un ojo y ¡bang!, justo en medio del lóbulo frontal, un
agujero limpio apareció en su frente verde grisácea como por arte de magia. Los
ojos rojos de la criatura parecieron difuminarse y extinguirse en su caída,
primero de rodillas, y luego al suelo, tan largo como eran, ¡splash!
Los compañeros del zombi no parecieron hacer mucho caso y
siguieron avanzando. Un mostrador había detenido el avance del caminante
solitario, aunque él continuaba andando, aparentemente sin percatarse de que no
estaba yendo a ningún sitio.
Steve apuntó al siguiente del mismo modo que al primero, de un
solo disparo, pero por alguna razón, no se sentía muy bien con ello.
Dispararles de esa manera. No le había molestado antes, allá en la prisión.
Entonces se había sentido bien, incluso poderoso; había estado encerrado en
aquel infierno durante tanto tiempo que se sentía muy cabreado, y con buenas
razones para ello, y recuperar cierto control en esos momentos había sido como
un regalo, como un gran regalo de Navidad que un niño lleva esperando todo el
año, como él solía esperar…
Cállate. Steve no quería pensar en ello, eso eran tonterías. Así
que no se sentía como para aplaudir cada vez que tumbaba a uno de ellos, ¿y
qué? Todo lo que quería decir era que se estaba aburriendo.
Disparó a los dos últimos rápidamente, disparos que parecieron
más estruendosos que los anteriores, prácticamente ensordecedores. Echó un
rápido vistazo alrededor en busca de algo útil, si unos clips y unas viejas
tazas mugrientas fueran de alguna utilidad…, ése era su día de suerte y ya
estaba listo para continuar. Había dos puertas en la pared trasera, una a cada
lado de la habitación; eligió la izquierda por una cuestión de principios.
Había leído en algún sitio que cuando se da a elegir, la mayoría de la gente
elegía la derecha.
Después de comprobar la munición, pasó al lado de un gran tanque
de peces vacío que dominaba la parte izquierda de la habitación y,
cuidadosamente, abrió la puerta y abarcó todo lo que pudo de una sola mirada.
Oscuro, cavernoso, olía a agua salada y a aceite, nada se movía. Entró dentro,
moviendo la Luger de lado a lado…, y soltó una carcajada, un arrebato de pura
alegría que recorrió todo su cuerpo mientras el eco de su risa volvía a él. Era
el hangar de un hidroavión, y había un gran hidroavión allí, enfrente de él.
Grande para él, que había volado más que nada en pequeños aviones privados de
dos motores.
Muy contento, Steve se dirigió hacia el aparato, que se
encontraba justo debajo de la plataforma de malla metálica que tenía bajo sus
pies. Era un piloto sin experiencia, pero se imaginaba que probablemente sabría
lo suficiente como para no irse al suelo.
Lo primero, súbete a él y comprueba el combustible, su estado
general, apréndete los mandos…
Se detuvo al borde de la plataforma y miró hacia abajo,
frunciendo el entrecejo. Se encontraba por lo menos a tres metros por encima de
la escotilla delantera, que parecía estar muy bien cerrada.
A su izquierda había un tablero de maquinaria que tenía algunos
paneles encendidos. Steve se acercó y les echó un vistazo, sonriendo cuando vio
un mando para poner en marcha el ascensor de carga. El sistema también debía
abrir la puerta del avión, de acuerdo con un diminuto diagrama.
—Listo —dijo, moviendo el interruptor. Un fuerte y chirriante
ruido mecánico resonó por todo el hangar gigante, haciéndole estremecerse, pero
se detuvo después de unos pocos segundos, al tiempo que un pequeño ascensor se
paraba al borde de la plataforma.
Subió al ascensor, estudió el panel de control…, y comenzó a
maldecir, cada una de las palabras malsonantes que conocía, dos veces. Junto a
un trío de espacios de forma hexagonal estaban las palabras: «Introducir aquí
las llaves maestras». Si no había llaves, no se podía poner en marcha.
¡Podían estar en cualquier sitio de esta maldita isla! ¿Y qué
posibilidades hay de que las tres malditas llaves estén juntas?
Tomó aire, se intentó calmar un poco y pasó los siguientes
minutos tratando de descubrir cómo estaban conectados los controles del avión
al resto del sistema, buscando una forma que no hiciera necesarias las llaves.
Y tras una cuidadosa y elaborada deliberación, comenzó a maldecir otra vez.
Cuando acabó por cansarse de ello, se rindió a lo inevitable.
Steve se dio la vuelta y comenzó a buscar alrededor, mirando
inquisitivamente en cada oscura rendija, formulando teorías sobre dónde podrían
estar las llaves maestras, mientras deslizaba las manos sobre todos los
grasientos y polvorientos armarios de la maquinaria. Decidió que iba a bailar
sobre los huesos del próximo empleado de Umbrella que abatiera, sólo por el
mero hecho de trabajar en un sitio tan innecesariamente complicado. Llaves,
emblemas, pruebas, submarinos; era un milagro que llegaran a acabar algo.
El portador del virus vestía una bata de laboratorio y su
mandíbula inferior se había caído en algún sitio, o se había roto; borboteaba y
balbuceaba de forma horrible, su lengua infestada de gusanos yacía inerte en
medio de la garganta. Claire no sabía si había sido un hombre o una mujer,
aunque suponía que tampoco importaba mucho. Tan penoso como asqueroso, lo libró
de sus miserias con un único disparo a la sien y luego registró la zona, la
oficina del laboratorio, el pequeño almacén, antes de volver al salón,
desanimada por la apabullante falta de éxito.
La entrada a la que había vuelto desde la mansión se abría a un
patio de tierra prensada razonablemente grande, más parecido a la prisión que
al palacio, aunque incluso después de registrar unas pocas habitaciones seguía
sin tener claro dónde estaba exactamente: tal vez en alguna clase de
instalación para pruebas o un campo de entrenamiento para guardias o soldados.
Puede que sólo un edificio diseñado para destruir la esperanza,
pensó sombríamente, mirando hacia la puerta delantera. Había entrado hacía unos
diez minutos, esperando que Rodrigo no estuviera ya muerto, que Steve hubiera
encontrado un bote, que el señor Loco Ashford y su hermana no estuvieran
planeando hacer volar la isla…, pero en sólo diez minutos estas esperanzas
habían sido totalmente pisoteadas. Todo lo que ella realmente quería ahora era
un maldito frasco de medicina, porque así estaría un paso más cerca de irse.
Primero lo había intentado en el piso de arriba, padeciendo una
vibrante pequeña aventura que había recortado unos pocos años de su vida. Todo
lo que había descubierto era un pequeño laboratorio cerrado, con muchos
cristales rotos en el suelo procedentes de lo que parecían tanques rotos de
sujeción. Había visto los daños a través de una ventana de observación y estaba
a punto de irse cuando un pobre y ensangrentado hombre vestido con un traje de
seguridad se lanzó contra el cristal. Ese había sido su último acto. El traje
obviamente no le había venido muy bien: su cabeza prácticamente había
explotado, recubriendo el interior del casco de sangre. Tampoco le había venido
nada bien al corazón de ella, ya que le dio un susto de muerte, y toda la
experiencia del piso de arriba había sido rematada por el cierre de una
compuerta de emergencia, aparentemente accionado por el hombre del traje.
Prácticamente tuvo que tirarse escaleras abajo para evitar quedar atrapada.
Buuuff.
Había tenido que matar a nueve zombis de momento, tres de ellos
vestidos con batas de laboratorio, y ni uno tenía siquiera una muestra de
algodón. Nada en el vestuario, y había revisado prácticamente cada una de las
malditas taquillas, encontrando suspensorios y artículos pornográficos, pero
poco más; nada en la pequeña y extraña ducha, nada de nada. Ella pensaba que
una empresa farmacéutica podría tener unas cuantas medicinas por algún sitio,
pero cada vez parecía algo más dudoso.
Claire volvió al gran salón que arrancaba del primer piso del
edificio, que se abría a un patio exterior. Esperaba encontrar algo para
Rodrigo sin tener que salir del propio edificio, pero no parecía posible.
Si me pierdo, puedo sencillamente seguir el rastro de los
cadáveres, pensó, andando deprisa por el inclasificable corredor. No era
divertido, pero no se sentía muy políticamente correcta en ese momento. También
empezaba a tener poca munición, lo que hacía que se sintiera incluso menos
inclinada a un estado positivo de ánimo.
Pasó del relativo calor del salón al patio envuelto en niebla,
con olores del océano que inundaban la fría noche gris. Un pequeño fuego lucía
contra una pared. Toda la instalación de Rockfort estaba extrañamente diseñada,
pensaba, una singular combinación de lo antiguo y lo moderno. Ineficaz, pero
interesante; el pequeño patio estaba recubierto de adoquines; seguro que no era
un añadido reciente…
Claire se quedó helada. El estrecho haz de luz rojo de un láser
cortó la niebla frente a ella, moviéndose en su dirección desde algún punto más
arriba. Un balcón a su derecha, las escaleras contra la pared este.
¡Escaleras, a cubierto!
Eso fue todo lo que tuvo tiempo de pensar antes de que el
pequeño punto rojo se moviera vacilante sobre su pecho. Se tiró a un lado justo
cuando el primer disparo atravesó el frío aire, enterrándose en una fuente
miniatura hecha de fragmentos de piedra.
Dio vueltas por el suelo hasta ponerse en pie y salió corriendo
hacia las escaleras, la luz roja saltando de un lado a otro, intentando
encontrarla. ¡Bang!, un segundo disparo falló, pero pasó lo bastante cerca como
para que ella pudiera oír el modo en que cortaba el aire con un zumbido muy
agudo. Pudo ver un instante al tirador justo antes de agacharse detrás de una
balaustrada baja de piedra, no muy sorprendida de ver pelo rubio liso por
detrás y una chaqueta roja con ribetes en oro.
Estaba más enfadada que asustada por no haber tenido más cuidado
después de todo por lo que había pasado…, y porque casi había acabado con ella
aquel pequeño psicópata elitista.
Esto tiene que acabar ya. Claire alzó el arma por encima de la
balaustrada de piedra y disparó dos ráfagas en la dirección en la que se
encontraba Alfred. De inmediato obtuvo la recompensa de un grito de sorprendida
ira. No es tan divertido cuando los campesinos contestan, ¿eh?
Dispuesta a aprovecharse de la sorpresa, Claire subió tres
escalones gateando y se arriesgó a asomarse por encima de la balaustrada, justo
a tiempo para verlo correr a través de una puerta de la pared oeste y cerrarla
de golpe.
Subió las escaleras y salió detrás de él, abriendo la puerta de
un empujón y corriendo a través de un salón iluminado por la luna, donde
columnas de fría luz atravesaban las sombras. La decisión de perseguirlo no
había sido consciente, sencillamente lo hizo, sin querer volver a caer en otra
de sus emboscadas. Podía ver al final del salón lo que parecía una máquina de
bebidas, y podía oír el sonido de sus pisadas a la carrera… Oyó cómo se cerraba
de golpe una puerta justo antes de que alcanzara el extremo del corredor, una
pequeña habitación con dos decrépitas máquinas de comida y bebida y dos puertas
para escoger entre ellas.
Claire dudó, mirando a ambas puertas…, pero al final puso las
manos en las rodillas para tomar aire, abandonando la persecución. Por lo que
sabía, él estaba al otro lado de una de esas puertas, esperando a que ella la
atravesara.
Apúntale una al chiflado. No ha sido una gran victoria, de todas
formas. Con suerte, pronto estaría lejos de la isla, y Alfred Ashford sólo
sería otro mal recuerdo.
Un momento después se irguió y se dirigió a comprobar las
máquinas, una de aperitivos y la otra de bebidas. De repente se dio cuenta de
que estaba muy hambrienta y que tenía una sed increíble.
Las máquinas estaban averiadas, pero un par de buenas y
contundentes patadas solucionaron el problema. La mayoría no valía para nada,
pero había varias bolsas de frutos secos surtidos y unas pocas latas de zumo de
naranja. No era exactamente una cena para chuparse los dedos, pero considerando
las circunstancias, había sido una cosecha plena de recompensas. Comió
rápidamente y metió unas pocas bolsas sin abrir en los bolsillos del chaleco
para más tarde, sintiéndose más centrada casi inmediatamente.
Así que…, ¿puerta número uno o puerta número dos? Vamos a ver,
elijamos una… La puerta gris, a la derecha del corredor. Dudaba de que Alfred
tuviera la paciencia de estar todavía esperando, pero aun así se fue acercando
poco a poco y con mucho cuidado a la puerta, por si acaso, empujándola con el
cañón de la 9 milímetros.
Claire se relajó. Una pequeña y acogedora habitación, un par de
sofás, una antigua máquina de escribir sobre una mesa y un gran y polvoriento
baúl en una esquina. Parecía segura: Alfred debía de haberse ido por la puerta
número uno. Entró dentro para registrarla, atraída por un pequeña pila de
objetos de todo tipo sobre uno de los sofás…, y se quedó sin respiración, con
los ojos abiertos como platos.
¡Gracias, Alfred!
Alguien había tirado sobre el sofá los contenidos de una
riñonera, que se encontraba allí, arrugada, al lado del montón. Allí había dos
agujas esterilizadas y una jeringuilla, un paquete de cerillas impermeables,
media caja de munición de 9 mm…, y una pequeña y medio llena botella del mismo
líquido hemostático que Rodrigo necesitaba, exactamente lo que ella había
estado buscando. También había otras cosas de todo tipo en el improvisado
botiquín de emergencia, un bolígrafo, un pequeño destornillador plano, un
condón envuelto en papel de aluminio…, al final, puso los ojos en blanco,
sonriendo. Interesante lo que algunas personas consideran necesidades básicas.
Su sonrisa se desvaneció cuando vio las manchas de sangre de la riñonera, pero
se seguía sintiendo mejor que en los días anteriores.
Volvió a llenar la riñonera y se la ató un poco baja a la
cadera, traspasando unas pocas cosas de sus bolsillos llenos. Apenas podía
creer la suerte que había tenido. La medicina era lo que más la preocupaba,
pero había sido un alivio increíble encontrar algo de munición. Incluso un
simple cargador era en esos momentos un regalo de los dioses.
Una búsqueda por el resto de la habitación no dio ya más
resultados, aunque tampoco le importó. Se sentía como si el final estuviera al
alcance de la mano, un final a esta horrible y espantosa noche.
Vuelve a la prisión, dale las medicinas a Rodrigo y luego vete a
ver si Steve ha tenido suerte en su lucha por conseguirnos un billete a casa,
pensó alegremente, saliendo de la habitación. Había sido un día muy duro, pero
comparado con Raccoon, había sido como un día en el campo…
El fuerte ruido de la compuerta cerrándose la despertó de golpe,
el momento de felicidad volatilizado mientras el corredor, su salida, quedaba
bloqueado con un golpe atronador.
Claire corrió a la compuerta metálica y la golpeó con el puño,
plenamente consciente de que no tenía ninguna posibilidad. Estaba encerrada y
la única posibilidad de escape que tenía ahora era la puerta que no había
probado. Aquella por la que escapó Alfred.
—Bienvenida, Claire —dijo en alto una voz, tan altanera y
pretenciosa como recordaba, con la misma inflexión despreciativa que antes.
Había un altavoz intercomunicador por encima de una de las máquinas de comida,
en la esquina superior de la habitación.
Hooola, Alfred, pensó lúgubremente, no dispuesta a darle la
satisfacción de sentir su ira o su miedo. Todas las instalaciones estarían
probablemente cableadas y dotadas de micrófonos; había sido una estúpida por no
pensar en ello, y sólo porque no viera una cámara no quería decir que no
hubiera ninguna.
—Estás a punto de entrar en una zona especial de juegos de todo
tipo —continuó Alfred—, y tengo un amigo a quien me gustaría mucho que
conocieras; creo que jugaréis bien juntos.
Qué bien, no puedo esperar.
—No te mueras demasiado pronto, Claire. Quiero disfrutar de todo
esto.
Soltó una carcajada, esa loca, enervante y característicamente
artificial risa nerviosa suya, y luego desapareció.
Claire se quedó mirando sin comprender a la puerta que se
suponía que tenía que atravesar, calculando sus posibilidades. Eso era
probablemente lo mejor que le había enseñado Chris, que siempre había opciones;
puede que todas fueran una mierda, pero siempre había una posibilidad a pesar
de todo, y pensar ahora en esas alternativas tenía un efecto tranquilizador.
Puedo esconderme en la habitación a prueba de intrusos y vivir
de golosinas hasta que aparezcan los de Umbrella. Puedo sentarme aquí y rogar
que algún grupo amigo venga milagrosamente a rescatarme. Puedo intentar
atravesar la compuerta metálica o una de las paredes…, con este destornillador
y un poco de paciencia probablemente pueda atravesarlas en unos diez mil años.
Puedo pegarme un tiro. O puedo atravesar la puerta de la zona de juegos de
Alfred y ver qué es lo que hay que ver.
Había unas cuantas variantes, pero creía que éstas resumían
todas las demás…, y tan sólo una tenía sentido.
¡Técnicamente, ninguna tiene sentido!, gritaba parte de ella.
¡Debería estar ahora en mi habitación, comiendo pizza fría y empollando para
algún examen!
Echó mano a un nuevo cargador completo y puso otro en su
sujetador para que estuviera a mano. Era hora de ver qué se traían entre manos
Alfred y sus secuaces de allí mera, de ver si Umbrella ha conseguido la fórmula
del guerrero bio-orgánico perfecto.
Claire avanzó hacia la puerta y se detuvo, preguntándose si
debería ir a la batalla con algún profundo pensamiento sobre su vida, o sobre
el amor, preguntándose si estaba preparada para morir…, y decidió que podía
preocuparse de todo eso más tarde. Si no había un más allá, no tenía por qué
preocuparse por él, ¿no?
—Madre mía, qué inteligente soy —murmuró, y abrió la puerta de
un empujón antes de perder la calma.
Capítulo 6
Todo era perfecto. Las cámaras estaban colocadas de forma que
pudiera ver desde cuatro ángulos diferentes; todo en color; el escenario de la
batalla bien iluminado; su silla, cómoda. Sólo lamentaba no haber tenido tiempo
para volver a su residencia particular para ver el espectáculo con Alexia a su
lado, aunque eso había resultado ser también beneficioso. El cuarto de control
de las instalaciones de entrenamiento tenía cámaras que podían ser redirigidas
con el toque de un botón, garantizando la visión más clara posible.
Alfred sonrió, observando cómo Claire dudaba en la puerta,
bastante satisfecho con la marcha de su plan. Ella le había perseguido tal como
esperaba, y entró en su trampa sin oponer casi dificultades. No esperaba que le
disparara, pero eso era algo que podía pasarse por alto mirando en
retrospectiva. Y la verdad, hacía que su anticipada muerte fuera más dulce aún,
añadiendo un aspecto de venganza personal.
El OR1, una avanzada arma biológica, creado específicamente para
el combate cuerpo a cuerpo, era uno de los favoritos de siempre de Alfred. El
An3, el gusano de arena, era impresionante y seguro; el Cazador 121 estándar,
letal y rápido, pero los OR1 eran especiales: su estructura ósea humana se veía
a simple vista, especialmente en la cara y el torso, dándoles la apariencia de
la clásica Muerte. Sus caras miraban de forma lasciva entre cuerdas de tendones
reales y sintéticos, como una nueva Parca. No eran sólo peligrosos; su forma de
mirar inspiraba terror al nivel más básico de los instintos.
Los empleados de la isla los llamaban bandersnatches, una
palabra que no tenía significado alguno procedente de algún poema que encajaba
de alguna manera, considerando su singular diseño y función. En Rockfort había
treinta OR1, la mitad de ellos en éxtasis, aunque Alfred sólo podía dar cuenta
de ocho de ellos desde el ataque…
…¡oh! Claire estaba abriendo la puerta.
Eufórico, Alfred centró toda su atención en la chica, su mano
izquierda en los controles de la cámara, la derecha sobre las funciones de
cierre de las áreas de almacenamiento.
Claire entró en el balcón del gran espacio abierto de dos pisos
con el arma en la mano, intentando mirar a todos los sitios a la vez. Alfred
acercó el zoom a su cara para apreciar en toda su dimensión su miedo, pero le
decepcionó su falta de expresión. Después de suponer que no había peligro
inmediato, parecía vigilante, nada más.
Pero cuando apriete este botón…
Alfred se reía disimuladamente, incapaz de contener su
nerviosismo, golpeando ligeramente los interruptores de los dos armarios de
almacenamiento provistos de compuertas con el dedo índice derecho, uno en el
balcón, otro al lado del montacargas del piso inferior. Claire Redfield moriría
a su capricho. Es verdad, ella no era importante, su muerte sería tan
insignificante como seguramente lo había sido su vida; era el control lo que
importaba, su control.
Y el dolor, la exquisita tortura, la mirada de sus ojos cuando
se dé cuenta de que su existencia ha llegado a su fin…
Alfred controlaba su cuerpo tan firmemente como su vida y se
enorgullecía por dominar sus deseos sexuales, para no sentir nada salvo que él
lo decidiera así…, pero sólo pensar en la muerte de Claire le inspiraba una
pasión que estaba más allá del deseo físico, más allá de las palabras, incluso
más allá del simple alcance de la conciencia del hombre.
Alexia lo sabe, pensaba Alfred, seguro de que su hermosa hermana
estaba viéndolo también, de que comprendía lo que no podía ser explicado. En la
muerte de Claire, ellos estarían tan cerca como dos personas pudieran estarlo;
era el milagro de su relación, la culminación del legado Ashford.
No pudo contenerse ni un momento más. Mientras Claire daba otro
sigiloso paso hacia el centro de la habitación, él cerró la puerta por la que
la chica había entrado, bloqueando su vía de escape, y luego apretó el botón de
la compuerta del segundo piso.
Instantáneamente, la estrecha compuerta metálica, situada a
menos de tres metros de donde ella estaba, se levantó y, mientras Claire
tropezaba al retroceder intentando distanciarse de la amenaza desconocida,
apareció un bandersnatch totalmente desarrollado, listo para entrar en combate.
Era «hermosa», la criatura. Entre dos y dos metros y medio, su
cara era la de un esqueleto sonriente, su cabeza estaba baja y en actitud
amenazadora. El tronco superior desproporcionadamente grande sostenía su arma
principal: su brazo derecho, tan grueso como una de sus piernas, grandes como
el tronco de un árbol, y más largo que la mitad de la longitud total de su
cuerpo en posición de descanso; su mano abierta era lo bastante grande para
cubrir todo el pecho de una persona normal. El brazo izquierdo estaba
atrofiado, minúsculo y deforme, pero un bandersnatch sólo necesitaba uno.
Alfred esperaba algún tipo de exclamación, una maldición o un
grito, pero permaneció en silencio mientras retrocedía a lo que juzgaba como
una distancia segura. Claire abrió fuego casi de inmediato.
El bandersnatch rugió, un primitivo grito gutural, y luego llevó
a cabo su ataque. Alfred lo había visto una docena de veces, pero no se cansaba
nunca de contemplarlo.
El inmenso brazo derecho se lanzó hacia Claire, que estaba
probablemente a unos cinco metros, los modificados músculos sobreextendiéndose,
los elásticos tendones y ligamentos estirándose…, y tiró a Claire al suelo
prácticamente sin esfuerzo, donde cayó todo lo larga que era mientras el brazo
del bandersnatch volvía a su sitio.
¡Sí, oh, sí!
Sin incorporarse, Claire retrocedió tan rápidamente como pudo,
deteniéndose sólo cuando su espalda chocó con la pared. Alfred acercó el zoom
para ver la delgada capa de sudor que había surgido en su cara, pero seguía sin
mostrar ninguna expresión más allá de una especie de intensa vigilancia. Se
puso en pie y anduvo de lado a lo largo de la pared, moviéndose de prisa,
obviamente deseando que el próximo golpe de la criatura no la tirara por el
balcón.
Alfred sonrió sin hacer caso de la decepción que le había
ocasionado la aparente falta de terror. Ella estaría fuera de esa pared en unos
pocos segundos, atrapada en una esquina.
Y entonces una serie de golpes, machacándola contra la pared… o
un simple chasquido del cuello, agarrarla por la cabeza y darle una única y
firme sacudida…, ¿o jugará con ella, lanzándola de un lado a otro como a una de
las muñecas de trapo de Alexia?
Alfred se inclinó ansiosamente, cambiando el ángulo de una de
las cámaras, observando cómo la chica condenada levantaba su arma, apuntando
cuidadosamente a pesar de su posición desesperada…
¡Bang!
El bandersnatch chilló incluso más alto que el disparo,
sacudiendo la cabeza de forma descontrolada. Fluidos oscuros manaban de su cara
en movimiento. El líquido de la herida, la sangre y otras cosas salpicaron las
paredes del balcón mientras el monstruo intentaba desesperadamente levantar el
brazo, para proteger o aliviar la herida. Todo sucedió tan rápidamente, tan
violentamente, que fue como ver explotar de repente un geiser en un tranquilo
lago.
Los ojos. Ella disparaba a los ojos.
¡Bang!
Claire volvió a disparar, y otra vez más. El bandersnatch dio un
grito de furia y de dolor, todavía intentando agarrar su cabeza herida mientras
se tambaleaba y andaba a tropezones en círculo…, y, entonces, para asombro de
Alfred, se derrumbó, sus movimientos se volvieron menos espasmódicos y sus
gritos se convirtieron en una ronca y agonizante protesta.
Aturdido por la incredulidad, Alfred pudo ver por fin un atisbo
de emoción en la cara de Claire: lástima. Se acercó a la criatura y disparó una
vez más, acallándola por completo. Entonces se dio la vuelta y se dirigió a las
escaleras, de forma tan despreocupada como si estuviera alejándose de una cena
benéfica.
¡No-no-no-no!
Eso estaba mal, muy mal, pero no había terminado, todavía no.
Furioso, golpeó el otro interruptor liberando a la segunda criatura de su
encierro. La compuerta se deslizó tras una pila de contenedores de almacenaje
que estaban al mismo nivel que el montacargas.
No vas a tener tanta suerte esta vez, pensó desesperadamente,
todavía sin poder creer lo que acababa de ver. Claire había oído cómo se abría
la segunda puerta, pero la pila de contenedores obstaculizaba su punto de
vista, escondiendo la nueva amenaza. Se detuvo al pie de las escaleras,
manteniéndose muy quieta, buscando la fuente exacta del ruido.
El segundo bandersnatch alargó el brazo para agarrarla. Claire
lo vio venir en el último instante, cuando ya era demasiado tarde para quitarse
de en medio. La criatura envolvió su cabeza con sus dedos musculosos y la
levantó, estudiándola como estudiaría un gato a un ratón.
O a una rata, pensó Alfred, mientras volvía parte de su anterior
alegría al ver cómo la chica perdía el arma y luchaba por soltarse, tratando de
agarrar el firme puño del OR1 con sus presurosas manos…, y la atención de
Alfred se desvió hacia el sonido de cristales rompiéndose en algún sitio fuera
de pantalla. Alguien estaba disparando, y el repentino aluvión de ruido y
actividad hizo chillar al bandersnatch, que dejó caer a Claire.
¿Qué…?
La ventana, se contestó Alfred a sí mismo, viendo con horror
cómo el joven prisionero, Burnside, se lanzaba hacia la cámara disparando dos
armas a la vez y acribillando a la asustada criatura, que gritó de agonía
cuando Claire recogió su arma y se unió a la refriega. El bandersnatch intentó
atacar, dirigiendo rápidamente su arma hacia el nuevo agresor, pero la pura
cantidad de fuego que estaba recibiendo en su cuerpo lo hizo retroceder,
desplomándose sobre un contenedor de almacenamiento. Muerto.
Sin que mediara una decisión consciente para hacerlo, Alfred
echó una mano a los controles del montacargas, una parte de él recordando que
abajo había al menos un OR1 más, así como varios portadores de virus. Los dos
jóvenes dieron un traspié cuando el suelo bajo ellos comenzó a descender
llevándolos al sótano de las instalaciones de entrenamiento. Allí no había
ninguna cámara en funcionamiento, pero disfrutar de sus muertes ya no era la
preocupación principal de Alfred. No, mientras murieran.
No puede ser, esto no puede estar ocurriendo. Los OR1 deberían
haber despachado a Claire y a su entrometido amigo sin esfuerzo alguno, pero
allí estaban, vivos, y sus mascotas habían sufrido y muerto. Intentó
convencerse a sí mismo de que los dos perecerían pronto en el sótano, que tenía
cerrado y aislado desde el primer escape viral, pero ya nada parecía seguro.
—Alexia —susurró Alfred, sintiendo cómo su cara palidecía,
sintiendo cómo todo su ser se sonrojaba de vergüenza. Tenía que hacerle ver que
no había sido culpa suya, que su trampa había funcionado perfectamente, que lo
imposible había ocurrido…, y él tendría que aceptar la frialdad resultante de
su mirada, el trasfondo de desencanto de su dulce voz cuando lo tranquilizaba
asegurándole que lo había comprendido.
Lo único que superaba su sentimiento de vergüenza era su nuevo
odio hacia Claire Redfield, más intenso que un millar de estrellas brillantes.
Ningún sacrificio sería demasiado grande para garantizar su tormento, el suyo y
el de su reluciente caballero.
Hasta que ambos no hubieran ofrecido penitencia en forma de
carne y sangre, Alfred no podría descansar. Lo juró.
—Steve, al otro lado —dijo Claire en el mismo instante en que
comenzó a moverse el montacargas. Steve asintió con la cabeza. Claire recargó y
Steve trepó encima de dos pesados cajones con las dos Lugers preparadas. Como
si mediara un acuerdo de silencio, ninguno habló mientras descendía el
montacargas, ambos observando con todo detenimiento qué iba a ser lo próximo.
Me ha salvado la vida, pensaba Claire sorprendida, mirando cómo pasaban
de largo las marcas de grasa de la pared, con la sangre todavía bullendo en sus
venas desde que se dio cuenta de que iba a morir. Y Steve Burnside, a quien
había tachado de fanfarrón casi incompetente y bien intencionado, aunque
atribulado, había impedido que eso ocurriera. Aunque puede que sólo haya
pospuesto lo inevitable… No sabía qué tenía Alfred ahora en mente, pero no
estaba deseando encontrarse con ninguno de sus «amigos». Dos pirados
cara-calaveras armados de brazos de goma habían sido más que suficientes. Había
tenido una suerte increíble de salir sólo con un par de moretones y un cuello
dolorido.
Claire esperaba que el montacargas los dejara en alguna especie
de zona de almacenaje de armas biológicas, pero se vio sorprendentemente
decepcionada. El inmenso montacargas sencillamente se detuvo. Sólo había una
salida que ella pudiera ver y, aunque no se hacía ilusiones sobre lo seguras
que serían las cosas al otro lado de la puerta, le parecía que estaban libres
de peligro de momento.
—Eh, Claire, mira esto.
Steve bajó de las cajas sosteniendo en la mano lo que sólo podía
ser algún tipo de metralleta, cuadrada, oscura y de aspecto letal, provista de
una amplia recámara.
—Estaba detrás de uno de los cajones —dijo Steve, contento. Ya
se había metido una de las Lugers doradas en el cinturón—. Nueve milímetros,
justo igual que las Lugers y las armas de los guardias. Ah, por cierto, toma.
Abrió uno de los bolsillos exteriores de sus pantalones de
camuflaje y sacó tres cargadores para el M93R.
—He registrado a un par de guardias cuando venía desde el
muelle. Prefiero las Lugers, y ahora que tengo esto —sostenía en alto la nueva
arma, sonriendo—, ya no necesito más cacharros. Toma también el arma.
Claire aceptó agradecida los cargadores y el arma, no muy segura
de cómo agradecerle todo lo que había hecho, pero decidida a hacerlo de todas
maneras.
—Steve…, si no hubieras aparecido cuando lo has hecho…
—Olvídalo —dijo, encogiendo los hombros—. Ya estamos iguales.
—Bueno, gracias de todas formas —dijo Claire, ofreciéndole una
cálida sonrisa.
Él le devolvió la sonrisa y Claire notó una chispa de verdadero
interés en su mirada, una sinceridad que era bastante diferente a sus poses
anteriores. No sintiéndose muy segura sobre lo que debía hacer, por él o por sí
misma, siguió adelante con la conversación.
—Creí que ibas a esperar en el muelle —dijo.
—En realidad no era un muelle —dijo Steve, y le contó lo que
había ocurrido desde que se habían separado. El hidroavión era una noticia
excelente, y tener que lidiar otra vez con la manía de la llave de Umbrella no
era tan tremendo—. Cuando no las pude encontrar, pensé que mejor me daba una
vuelta y comprobaba si tú te habías encontrado con algo así —terminó,
encogiendo los hombros de nuevo y haciendo un esfuerzo para no parecer
preocupado—. Entonces fue cuando oí los disparos. ¿Y tú qué tal, algo interesante?
Aparte de encontrarte con un par de los monstruos de Umbrella, quiero decir.
—Pues, ¿sabes algo de Alfred Ashford?
—Sólo que él y su hermana están muy pirados —dijo Steve
rápidamente—. Y que los guardias le tienen…, le tenían miedo. Se notaba por la
manera como evitaban hablar de él. Oí que envió a su propio ayudante al
hospital. Allí estaba trabajando un médico muy chiflado, me imagino. Llevaron
al hospital a muchos prisioneros y nunca se supo de ellos. No hace falta ser un
genio, ¿sabes?
Claire asintió con la cabeza, fascinada a su pesar.
—¿Y sobre la hermana?
—No he oído mucho sobre ella, excepto que debe de estar como
encerrada —dijo Steve—. Nadie sabe qué aspecto tiene. Creo que su nombre es
Alexia…, Alexandra tal vez, no recuerdo. ¿Por qué?
Le contó los detalles de sus encuentros con Alfred seguido de un
breve resumen de dónde había estado y qué había encontrado. Cuando mencionó que
tenía las medicinas que había estado buscando, Steve frunció el entrecejo…, y
luego parpadeó, expresando claramente un repentino cambio de parecer.
—Tal vez ese tío de Umbrella…
—Rodrigo —agregó Claire.
—Vale, lo que sea —dijo Steve impaciente—. Tal vez él sepa algo
de esas llaves maestras. Como, por ejemplo, dónde están.
Buena idea.
—Sería mejor que registrar toda la isla, ¿no? —dijo Claire—. ¿Te
apuntas a un viaje de vuelta a la prisión? Suponiendo que podamos salir de
aquí, claro.
—Bien, yo despejaré el camino —dijo Steve, sin rastro de duda en
su voz—. Deja que yo me encargue de eso.
Claire abrió la boca para comentar los problemas de la excesiva
confianza en uno mismo, especialmente en lo que se refería a Umbrella, pero en
seguida la cerró. Tal vez era esa fe en sí mismo lo que le había llevado tan
lejos, que por no aceptar la posibilidad de la derrota se estaba asegurando una
victoria.
En teoría, bien; en la práctica, peligroso. Por lo menos, ella
estaría ahí para cubrirlo.
—Estábamos en el primer piso de las instalaciones de
entrenamiento —continuó—. Lo que significa que ahora estamos en el sótano… Lo
sé por mi…
Steve movió la cabeza de lado a lado, nervioso por alguna razón,
pero antes de que ella pudiera preguntar, continuó como si nada hubiera pasado.
—Hay una sala de calderas y una zona de alcantarillas…
básicamente. Iremos por ese camino —dijo, señalando hacia la puerta.
Claire decidió no replicar que, dado que era la única puerta,
ella ya había llegado a esa conclusión.
—Cuentas con todo mi apoyo.
—No te alejes —dijo Steve bruscamente, andando hacia la puerta y
mirando por encima del hombro. Intentaba parecer fiero, con la mandíbula
apretada y los ojos entrecerrados. Claire se debatía entre la irritación y la
risa, y finalmente escogió pensar en él con cariño. Entonces Steve abrió la
puerta y la realidad de la situación se impuso; en el ambiente flotaba un olor
a tejido gangrenado. Ella dejó de preocuparse por cosas sin importancia,
concentrándose en la necesidad de sobrevivir.
Lo que Steve sabía sobre armas se podía resumir en cinco
segundos, pero sí, sabía lo que le gustaba. Y decidió inmediatamente apretar el
gatillo de su última adquisición, que era genial, sin dudarlo un segundo.
Salió del montacargas preparado para patear el culo de
cualquiera y vio su oportunidad a menos de tres metros. Allí había cinco de
ellos, bueno, cinco y medio, incluyendo la asquerosidad que se arrastraba por
el suelo, y todo lo que tenía que hacer era dar un leve apretón al gatillo… Un
momento después intentaba desesperadamente mantener el control del arma para
que no se le fuera de las manos.
¡Bang! ¡bang! ¡bang! ¡bang! ¡bang! ¡bang! ¡bang!…
Movió la poderosa arma en abanico de izquierda a derecha,
soltando el gatillo cuando el cerebro como un queso suizo del último zombi
abandonó la compañía de su cabeza, que también parecía un queso suizo. Todo
había acabado en unos pocos segundos, tan rápidamente que no parecía real, como
si hubiese tosido y hubiera explotado un edificio o algo así.
Claire se había encargado del fiambre del suelo durante la
refriega, y cuando él se dio la vuelta, triunfante, se quedó un poco
sorprendido de que ella no estuviera sonriendo…, hasta que lo pensó un segundo
y se sintió un poco avergonzado de sí mismo. Por lo que a él se refería, ya no
eran realmente personas. Sabía que si en algún momento se veía infectado le
gustaría que alguien lo llenara de plomo, para que no hiciera daño a nadie…,
por no hablar del tema de una muerte rápida antes que dejar que se pudriera
lentamente.
Pero ellos fueron humanos en su día. Lo que les ocurrió fue algo
totalmente injusto y una putada, eso está claro.
Cierto, tal vez debería ser más respetuoso, pero, por otro lado,
el arma era increíblemente buena y ellos eran zombis. Era un tema delicado, no
algo con lo que estuviera dispuesto a jugar, así que decidió que podía al menos
no reírse de ello delante de Claire. No quería que ella pensara que era un
gilipollas sanguinario.
Señaló a la puerta que tenían delante y a la de la derecha,
bastante seguro de que se movían en la dirección correcta, al menos
aproximadamente. Tal como él lo veía, saldrían bastante cerca del patio
delantero de la instalación de entrenamiento.
Claire asintió con la cabeza y Steve se puso al frente una vez
más, abriendo la puerta y entrando a la parte superior de un tramo de escaleras
que conducían a la sala de calderas. Una habitación llena de grandes máquinas
de aspecto achatarrado, sibilantes, aunque en realidad Steve no tenía ni idea
de qué apariencia tenía una caldera. Había cuatro zombis dando vueltas entre
ellos y las escaleras que iban hacia arriba, al otro lado de la fría y
sibilante habitación.
Steve alzó la metralleta y estaba a punto de disparar cuando
Claire le dio un golpecito en el arma, acercándose a él.
—Mira —dijo, y apuntó su 9 milímetros al grupo de los zombis,
aunque no exactamente a ellos, observó, sino que apuntaba un poco más bajo, a
algo que estaba justo detrás de ellos. ¡Bang! ¡BUUM!
Tres de las criaturas cayeron, ennegrecidas y echando humo. Tras
ellas se veía lo que quedaba de un pequeño contenedor de combustible, tan sólo
trozos ensortijados e irregulares de metal rodeados por una nube de humo
tóxico.
El cuarto zombi había sido alcanzado, pero no tan gravemente.
Claire lo remató de un solo tiro en la cabeza antes de decir nada.
—Ahorra munición —dijo simplemente, y pasó a su lado en
dirección a los escalones. Steve la siguió, ligeramente intimidado pero
fingiendo indiferencia, como si él ya hubiera pensado en ello. Si había algo
que sabía sobre las chicas era que no les gustaban los tíos que se pasaban el
día soñando con todo, haciendo el tonto.
No es que me importe una mierda lo que ella piense de mí, se
dijo con seguridad. Ella es sólo…, algo genial, eso es todo.
Claire llegó la primera a la siguiente puerta y esperó hasta que
él llegó a su lado, asintiendo para señalar que estaba lista. Tan pronto como
ella abrió se relajaron. Vio cómo Claire bajaba los hombros y cómo su propio
corazón volvía a latir. A un lado se abría un pasillo de piedra negra. En algún
lugar más abajo corría agua y había una especie de verja estrecha enfrente de
ellos, como una antigua puerta de ascensor.
—Esto está empezando a parecer un poco demasiado fácil —dijo
Claire en voz baja.
—Sí —susurró Steve—. Y luego hablan de los trucos malignos de
patio de juegos de los chicos de Alfie.
Estaban a mitad de camino cuando lo oyeron, resonando desde
algún lugar en las negras aguas que tenían debajo, un trino extraño y agudo,
penetrante, inhumano pero tampoco de un animal. Fuera lo que fuera sonaba
extrañamente enfadado y, a juzgar por el ruido del agua, se estaba acercando.
Steve estaba preparado para comenzar a disparar pero Claire lo
agarró del brazo y se puso a correr casi sin darle tiempo a reaccionar.
Tardaron dos segundos en llegar al ascensor. Claire echó a un lado con
violencia la verja y metió a Steve de un empujón en la minúscula cabina del
ascensor, saltando tras él y cerrando la verja de golpe.
—Vale, eh, no hace falta empujar —dijo Steve, frotándose el
brazo, indignado.
—Perdona —dijo ella, colocándose un mechón errante de pelo
detrás de la oreja, tan nerviosa como a él le había parecido—. Es sólo que…, he
oído ese sonido antes. Cazadores, creo que se llaman, muy mal asunto. Había un
montón de ellos sueltos por Raccoon City.
Sonrió nerviosamente, lo que hizo desear a Steve ponerle el
brazo alrededor, o agarrarle la mano o algo así. No lo hizo.
—Trae malos recuerdos, ¿sabes? —dijo ella.
Raccoon…, ése era el sitio que había sido destrozado hacía unos
pocos meses, si la memoria no le fallaba, justo antes de que llegara a
Rockfort. El propio jefe de policía lo había hecho, ¿no?
—¿Umbrella tuvo algo que ver con lo de Raccoon?
Claire parecía sorprendida, pero sonrió más tranquila, centrando
atención en los controles del ascensor.
—Es una larga historia. Ya te la contaré cuando salgamos de
aquí. ¿Primer piso?
—Sí —dijo Steve, y luego cambió de opinión—. Espera, tal vez
deberíamos ir al segundo. Así podremos dominar el patio, ver a qué nos
enfrentamos.
—¿Sabes?, eres más listo de lo que pareces —dijo Claire
burlonamente, y apretó el botón. Steve estaba todavía intentando pensar una
respuesta ocurrente cuando el ascensor se detuvo. Claire abrió la verja.
A la derecha había una puerta cerrada con una corredera, así que
se fueron a la izquierda, hacia el corto pasillo vacío. También había sólo una
puerta en esa dirección, pero estaban de suerte: el pomo giró cuando Claire lo
intentó.
De nuevo, no hubo sorpresas. La puerta se abrió a un estrecho
balcón de madera, lleno de polvo, que dominaba un gran espacio abierto repleto
de trastos: un oxidado jeep militar, montones de asquerosos bidones viejos de
gasolina, cajas rotas y cosas así. Parecía más un depósito de almacenamiento
que cualquier otra cosa y, aunque estaba bien iluminado, había tantos montones
de basura que era imposible ver si había alguien ahí abajo. Sin embargo, sí
había alguien, Steve oyó cómo alguien arrastraba los pies.
Dio unos pocos pasos a la izquierda, intentando ver la esquina
debajo del balcón y Claire lo siguió. Los tableros crujían y se movían bajo sus
pies.
—No parece muy sólido… —comenzó a decir Claire, pero la
interrumpió un tremendo craaaac de madera rompiéndose, mientras partes del
suelo del balcón volaban a la vez que ellos caían.
Mierda…
Steve no tuvo ni tiempo para prepararse para el impacto, todo
pasó en un instante. Aterrizó sobre su lado izquierdo, magullándose el hombro y
golpeándose la rodilla izquierda contra algún trozo de madera.
Casi inmediatamente, cayó detrás de él una pirámide de barriles
vacíos, produciendo un repiqueteo hueco sobre el terreno. Steve oyó el
hambriento gemido de un zombi.
—¿Claire? —llamó Steve, arrastrándose hasta levantarse y darse
la vuelta, buscándola a ella y al zombi. Allí estaba, entre los barriles,
todavía en el suelo, frotándose un tobillo. Su arma estaba a unos tres metros.
Steve vio cómo sus ojos se abrían aterrorizados y siguió su mirada: un zombi se
acercaba a ella tambaleándose…, y todo lo que pudo hacer fue mirarlo. De
repente sintió su cuerpo a millones de kilómetros de allí. Claire dijo algo
pero no pudo oírlo, demasiado concentrado en el portador de virus. Había sido
un hombre grande, tendiendo a gordo, pero alguien le había volado parte de las
tripas. Las abiertas heridas pegajosas del estómago estaban rezumando, y la
oscura camisa parecía más oscura debido a la prácticamente uniforme capa de
sangre que había empapado la tela. Tenía la cara gris y los ojos hundidos, y
alguien le había arrancado la lengua o había estado comiendo, su boca estaba
manchada de sangre.
Claire dijo algo más, pero Steve estaba recordando algo, un
repentino y vívido destello de memoria tan real que era casi revivir la
experiencia. Él tenía cuatro o cinco años cuando sus padres lo llevaron a su
primer desfile, un desfile de Acción de Gracias. Estaba sentado sobre los
hombros de su padre viendo pasar a los payasos, rodeado por gente hablando
alto, gritando, y él comenzó a llorar. No podía recordar porqué; lo que
recordaba era a su padre mirándolo, sus ojos preocupados y llenos de amor. Cuando
preguntó qué pasaba, su voz era tan familiar y tan amada que Steve había
estrechado sus diminutos brazos alrededor del cuello del padre y escondido su
cara, todavía llorando pero sabiendo que estaba seguro, que ningún daño le
podía suceder mientras su padre lo sostuviera…
—¡Steve!
Claire gritó su nombre, y él supo que el zombi estaba casi
encima de ella, sus dedos grises cerrándose sobre su chaleco, tirando de ella
hacia su boca sangrante y babeante.
Steve gritó también, abriendo fuego. El estruendo de las balas
rasgando la cara y el cuerpo de su padre, separándolo de Claire. Siguió
disparando, siguió gritando hasta que su padre yació inmóvil. El estruendo
desapareció, sólo se oían secos chasquidos procedentes del arma, y un momento
después, Claire le estaba tocando el hombro, alejándolo mientras él llamaba a
su padre, llorando.
Se quedaron sentados un rato. Cuando él pudo hablar le contó
parte de ello, con los brazos alrededor de las rodillas y la cabeza gacha. Le
habló de su padre, que había trabajado para Umbrella como conductor de
camiones, a quien habían sorprendido intentando robar una fórmula de uno de sus
laboratorios. Le habló de su madre, a quien un trío de soldados de Umbrella
había matado a tiros en su propia casa, tumbada y ahogada en su sangre y
agonizando sobre el suelo del salón cuando Steve llegó a casa del colegio. Los
hombres se los habían llevado, se habían llevado a Steve y a su padre a
Rockfort.
—Creí que había muerto en el ataque aéreo —dijo Steve, secándose
las lágrimas—. Quería sentirme mal por ello, lo hice, pero seguía pensando en
mamá, en su aspecto…, pero no quería que muriera, no quería…, yo también le
quería.
Hablar de ello en voz alta hizo que comenzara a llorar de nuevo.
Tenía el brazo de Claire alrededor, pero apenas podía sentirlo, estaba tan
triste que pensó que podía morir. Sabía que tenía que levantarse, que tenía que
encontrar las llaves e ir con Claire y volar en el avión, pero nada de eso
parecía ya importante.
Claire había estado bastante callada, sólo escuchando y
abrazándolo, pero en ese momento se levantó y le dijo que se quedara donde
estaba, que volvería pronto y que podrían irse. Eso le venía bien, estaba bien,
él quería estar solo. Y estaba más cansado que nunca en su vida, tan cansado y
pesado que no quería moverse.
Claire se fue y Steve decidió que debería ir en seguida a buscar
las llaves maestras, de inmediato, tan pronto como parara de temblar.
Capítulo 7
Rodrigo había descansado intranquilo en la fría oscuridad. En
ese preciso momento acababa de oír un ruido en el pasillo, así que se esforzó
por abrir los ojos, por prepararse para lo que venía. Alzó la pistola y apoyó
la muñeca en la mesa cuando se dio cuenta de que no le quedaban fuerzas para
sostenerla en alto.
Mataré al que intente joderme, pensó, más por costumbre que por
otra cosa. Se sentía alegre por tener la pistola, a pesar de saber que era
hombre muerto. Un guardia convertido en zombi había caído por las escaleras y
había entrado a rastras en el cuarto de la celda poco después de que la
muchacha se fuera, pero Rodrigo lo había matado de un patadón en la cabeza y le
había quitado el arma, que todavía llevaba metida en la funda de la cadera que
se había roto.
Se mantuvo a la espera, deseando volverse a dormir mientras se
esforzaba por mantenerse alerta. La pistola lo tranquilizaba y apagaba buena
parte de sus temores. Iba a morir en muy poco tiempo, aquello era inevitable…,
pero no quería convertirse en una de esas criaturas, sin importar lo que
hiciera falta para evitarlo. Se suponía que el suicidio era un pecado muy, pero
que muy grave, pero también sabía que si no lograba acabar con uno de los
portadores del virus que se le echara encima, se metería un balazo en la boca
antes de permitir que lo tocase. De todas maneras, lo más probable es que fuese
al infierno directamente.
Resonaron pisadas y alguien entró en la estancia, pero demasiado
de prisa. ¿Un zombi? Los sentidos no le funcionaban bien. No tenía muy claro si
todo se movía con mayor lentitud o con mayor rapidez, pero sabía que tendría
que disparar en breve o perdería su oportunidad.
De repente apareció una luz, pequeña pero penetrante…, y allí
estaba ella, de pie delante de él como si surgiera de un sueño. La chica
Redfield, viva y coleando, que sostenía un mechero en el aire. Lo dejó
encendido y lo puso sobre la mesa, como si fuera una linterna diminuta.
—¿Qué estás haciendo aquí? —murmuró Rodrigo, pero ella estaba
rebuscando en una riñonera que llevaba en la cintura y no le estaba mirando
siquiera. Él dejó caer la pistola y cerró los ojos durante un segundo, o quizá
fueron varios. Cuando los abrió de nuevo, ella estaba agarrándolo de un brazo y
tenía una jeringuilla en la otra mano.
—Es esa medicina hemostática —le explicó. Su voz y sus manos
eran suaves y tranquilas, y el pinchazo de la jeringuilla fue rápido y apenas
lo sintió—. No te preocupes. No se parará la sangre ni nada parecido. Alguien
escribió las dosis en la parte de atrás de la botella. Dice que reducirá
cualquier hemorragia interna, así que estarás más o menos bien hasta que llegue
la ayuda. Te dejaré el encendedor aquí… Mi hermano me lo regaló, y trae buena
suerte.
Rodrigo se concentró en despertarse mientras ella le hablaba. Se
esforzó por superar la apatía que se había apoderado de él. Lo que le estaba
diciendo no tenía sentido. Él la había dejado marchar, había permitido que se
escapara. ¿Por qué había regresado para ayudarlo?
Porque la dejé escapar. Al darse cuenta de aquello, sintió que
le embargaban unos sentimientos de vergüenza y de gratitud.
—Eres… Eres muy amable —susurró.
Deseó tener la oportunidad de hacer algo por ella, decir algo
que compensara aquella generosidad. Rebuscó en su memoria datos, hechos y
rumores sobre la isla.
Quizá pueda escapar…
—La guillotina —dijo parpadeando con fuerza. Se esforzó para que
la voz no sonara demasiado pastosa—. La enfermería está detrás de ella, tengo
la llave en el bolsillo… Se supone que allí hay secretos. Él sabe cosas, las
piezas del rompecabezas… ¿Sabes dónde está la guillotina?
Claire asintió.
—Sí. Gracias, Rodrigo. Eso me ayudará mucho. Ahora descansa,
¿vale?
Ella alargó una mano y le quitó un mechón de cabello de la
frente con un gesto tan sencillo, tan dulce, que a él le entraron ganas de
llorar.
—Descansa —le dijo de nuevo.
Él cerró los ojos, más tranquilo, con la mayor sensación de paz
que jamás había sentido en toda su vida. Su último pensamiento antes de
dormirse fue que si ella era capaz de perdonarlo con todo lo que le había
hecho, de mostrar tanta compasión, como si se la mereciera, quizá al final no
iría al infierno, después de todo.
Rodrigo estaba en lo cierto cuando mencionó lo de los secretos.
Claire había llegado al final de un pasillo oculto en el subsuelo, preparándose
para enfrentarse a lo que hubiera detrás de la puerta sin letrero alguno que
estaba a punto de abrir.
La enfermería en sí era pequeña y desagradable, en nada parecida
a lo que se hubiera esperado en una clínica de Umbrella. No había ninguna clase
de equipo médico a la vista, nada moderno en absoluto. Tan sólo había a la
vista una mesa de reconocimiento en la sala principal, con el suelo de madera
astillada a su alrededor manchado de sangre, y una bandeja repleta de
instrumentos de aspecto medieval cerca de ella. La estancia que había al lado
se había quemado hasta quedar irreconocible. No había forma de estar segura de
para qué había servido, pero parecía un cruce entre una sala de recuperación y
un crematorio, por lo menos olía como uno de éstos.
Había una oficina pequeña y abarrotada al salir de la primera
habitación, y justo delante de ella, un cadáver. Se trataba de un hombre que
llevaba puesta una bata de laboratorio manchada de sangre que había muerto con
una expresión de horror en su delgada cara de color ceniciento. No parecía que
hubiese sido infectado, y puesto que no había portadores del virus en la
estancia y no mostraba ninguna herida evidente, supuso que había muerto de un
ataque cardíaco o algo parecido. La expresión contorsionada que mostraban los
rasgos de su rostro, los ojos a punto de salírsele de las órbitas y la boca
abierta y torcida en gesto jadeante sugerían que había muerto de miedo.
Claire pasó con cuidado por encima de él y descubrió el primer
secreto de la pequeña oficina casi por casualidad. La suela de la bota se le
deformó al pisar algo duro, y pensó que se trataba de una piedra o de un trozo
de mármol hasta que lo vio: era una llave de lo más rara. En realidad, era un
ojo de cristal que pertenecía a la grotesca cara de plástico del muñeco
anatómico de la oficina, que se encontraba en el suelo apoyado contra una
esquina.
Claire recordó lo que Steve le había dicho sobre que nadie
regresaba de la enfermería, y lo que ella ya sabía sobre el tipo de locos que
Umbrella solía atraer y contratar, así que no se sorprendió cuando descubrió un
pasadizo oculto detrás de la pared de la oficina. Un tramo de escalones de
piedra desgastados quedaron al descubierto cuando colocó el ojo en el hueco que
le correspondía, algo que tampoco la sorprendió. Era un secreto, un truco, y a
los de Umbrella les encantaban los trucos y los secretos.
Así que abre ya la puerta. Acaba de una vez.
Vale. No tenía todo el día. Tampoco quería dejar solo a Steve
durante demasiado tiempo. Estaba preocupada por él. Había tenido que matar a su
propio padre. Claire no tenía ni idea de la clase de daño psicológico que algo
como aquello podía provocar en una persona.
Meneó la cabeza, irritada por sus divagaciones. No importaba que
estuviese en un lugar desolado donde al parecer había muerto mucha gente, donde
todavía se podía percibir la atmósfera de terror que desprendían las frías
paredes y que intentaba envolverla como un sudario en una tumba.
—No importa —se dijo a sí misma antes de abrir la puerta.
En cuanto lo hizo, tres portadores del virus tambaleantes se
dirigieron hacia ella y atrajeron su atención, lo que le impidió fijarse en los
detalles de la estancia de gran tamaño donde se encontraban encerrados. Los
tres estaban muy desfigurados, les faltaban extremidades y la piel les colgaba
en tiras largas, dejando al descubierto su carne en estado de putrefacción. Se
movían con lentitud, arrastrando los pies con dificultad hacia ella, y gracias
a ello pudo distinguir cicatrices antiguas en los tejidos musculares expuestos
y podridos. El nudo de miedo que tenía en el estómago se hizo más patente
mientras apuntaba con cuidado contra ellos, y eso la hizo sentirse enferma.
Al menos, todo acabó con rapidez, pero la terrible sospecha que
le había ido creciendo en la mente y que había tenido la esperanza de que fuera
errónea, se vio confirmada con un simple vistazo a su alrededor.
Oh, Dios.
La estancia, extrañamente elegante, estaba iluminada por una luz
suave procedente de una lámpara de araña que colgaba del techo. El suelo estaba
embaldosado, con una alfombra de evidente calidad que iba desde la puerta hasta
una zona donde sentarse al otro lado de la habitación. Allí había una silla de
adornos recargados y de tapicería de terciopelo y una mesa de madera de cerezo.
La silla estaba encarada hacia el resto de la habitación para que quien se
sentase allí pudiera verla por completo…, lo que era peor de lo que se había
imaginado, peor que la sala privada subterránea del jefe Irons, oculta bajo las
calles de Raccoon City.
Había dos pozos de agua artesanales, uno con un cepo para la
cabeza y las manos construido sobre su borde, mientras que sobre el otro
permanecía suspendida una jaula de acero. De las paredes colgaban varias
cadenas, algunas con argollas de hierro con aspecto de haber sido bastante
usadas y otras con collares de cuero con garfios en su interior. Había unos
cuantos artefactos de aspecto más elaborado a los que no quiso mirar con
detenimiento, y que incluían engranajes y pinchos de metal.
Claire tragó la bilis que amenazaba con subirle a la boca y se
concentró en la zona preparada para estar sentado. La elegancia del mobiliario
y de la propia estancia empeoraba en cierto modo la situación, pues añadía un
toque de egocentrismo desaforado a la evidente psicopatología de su creador.
Como si no le pareciera suficiente ver cómo se torturaba a la gente, lo quería
observar rodeado de lujo, como si se tratara de un aristócrata enloquecido.
Vio un libro al extremo de la mesa y se acercó para recogerlo,
sin apartar la vista de él. Los zombis creados por los virus, los monstruos y
las muertes sin sentido eran algo horrible, situaciones trágicas,
atemorizadoras, o ambas a la vez, pero el tipo de enfermedad mental que
sugerían todas aquellas cadenas y artificios de tortura era algo que la
afectaba en lo más profundo porque la hacía perder su fe en la humanidad.
El libro era en realidad un diario encuadernado en cuero y con
un papel grueso de gran calidad. La anotación de la primera página indicaba que
era propiedad del doctor Enoch Stoker, pero sin ninguna otra indicación.
Él sabe cosas, las piezas del rompecabezas…
Claire no quería ni tocar aquello, y mucho menos leerlo, pero
Rodrigo estaba convencido al parecer de que a lo mejor le serviría de ayuda.
Hojeó unas cuantas páginas y vio que no había anotaciones que indicaran la
fecha, así que empezó a echarle un vistazo a las letras de trazos delgados con
mayor detenimiento en busca de algún nombre o palabra familiar, algo que
mencionase un rompecabezas… Allí estaba: una anotación en la que aparecía
mencionado bastantes veces el nombre de Alfred Ashford. Inspiró profundamente y
comenzó a leer.
Hoy hemos hablado por fin sobre los detalles relativos a mis
preferencias y gustos. El señor Ashford no me comentó los suyos, pero se
esforzó por animarme, lo mismo que ha hecho desde que llegué aquí hace seis
semanas. Ya se le informó al comienzo que mis necesidades son muy poco
convencionales, pero ahora ya lo sabe todo, incluso los detalles más pequeños.
Al principio me sentí incómodo, pero el señor Ashford…, Alfred, insiste en que
lo llame Alfred, demostró ser un oyente muy interesado. Me dijo que tanto él
como su hermana están muy a favor de que se investigue en los límites de la
experiencia. Me dijo que debía considerarlos almas gemelas, y que aquí puedo
sentirme libre por completo.
Me sentí muy extraño describiendo en voz alta los sentimientos,
las sensaciones y los pensamientos que jamás había compartido con nadie. Le
conté cómo había empezado todo, cuando todavía no era más que un chiquillo. Le
hablé de los animales con los que había experimentado al principio, para luego
seguir con los demás niños. En aquel entonces no sabía que era capaz de matar,
pero sí tenía muy claro que la visión de la sangre me emocionaba y me excitaba,
que provocar dolor ajeno llenaba un vacío en mi interior con unos sentimientos
de tremendo poder y control.
Creo que entiende la necesidad de los gritos, lo importante que
es para mí que los gritos…
Fue suficiente. No era lo que estaba buscando, y estaba a punto
de provocarle un ataque de vómitos. Pasó unas cuantas páginas más y encontró
otra anotación sobre Alfred y su hermana, ojeó una referencia a una casa
privada…, y retrocedió, frunciendo el entrecejo.
Alfred asistió a una de mis vivisecciones, mis autopsias en
vivo, y después me comentó que Alexia había preguntado por mí, que quiere saber
si tengo todo lo que necesito. Alfred adora a Alexia y no permite que nadie
esté cerca de ella. Todavía no le he pedido conocerla, y no tengo intención de
hacerlo. Alfred quiere que su residencia privada continúe siendo privada y
tenerla sólo para él. Me dijo que la casa está detrás de la mansión común, y
que la mayoría de la gente ni siquiera sabe que existe. Alfred me cuenta cosas
que nadie más sabe. Creo que aprecia disponer de un conocido que comparte una
serie de intereses comunes.
Me ha dicho que en Rockfort existen muchos lugares para los que
se necesitan llaves muy poco comunes si se quiere entrar, parecidas al ojo que
me entregó, y que algunas son nuevas y otras muy antiguas. Al parecer, Edward
Ashford, el abuelo de Alfred, estaba obsesionado con la idea del secretismo,
una obsesión que compartía con el otro fundador de Umbrella, o eso dice Alfred.
Dice que él y Alexia son las únicas personas que conocen todos los escondrijos
y rincones ocultos de Rockfort. Alfred tiene un juego de llaves completo que
hicieron para ellos dos cuando él ocupó el puesto de su padre. Hice una broma
sobre lo conveniente que es tener una copia de repuesto por si te las dejas
dentro y no puedes volver a entrar, y él se echó a reír y me contestó que Alexia
siempre lo dejaría entrar.
Estoy convencido de que los gemelos tienen a menudo una unión
mucho más profunda que el resto de las clases de hermanos. Que, en un sentido
figurado, si le das un corte a uno, el otro sangrará. Me gustaría poner a
prueba esta teoría de un modo mucho más literal, sobre todo en relación a los
niveles de dolor. He descubierto que si se rellena una herida abierta con
cristales rotos y después se sutura…
Claire se sintió enferma y arrojó a un lado el libro antes de
efectuar un gesto de limpiarse las manos en los vaqueros. Decidió que ya
disponía de información más que suficiente para continuar. Deseó con todas sus
fuerzas que el cadáver que se había encontrado en el piso de arriba fuese el
doctor Stoker, que su negro corazón le hubiese fallado y que había sido la idea
de que iba a ir derecho al infierno lo que le había provocado aquel gesto de
terror…, y, de repente, se dio cuenta de que ya había tenido más que suficiente
de todo aquel ambiente, de que si se quedaba en la enfermería un solo minuto
más acabaría vomitando. Se dio la vuelta y se dirigió con rapidez hacia la
puerta. Llegó corriendo a la escalera, subió los peldaños de dos en dos y pasó
a toda carrera por la habitación de arriba sin mirar al cadáver, sin pensar en
nada más que no fuera su necesidad de salir de allí.
Cuando por fin llegó al sendero que llevaba de regreso a la
puerta de guillotina, se dejó caer contra una pared y respiró jadeante grandes
bocanadas de aire mientras se concentraba en no vomitar. Tardó más de dos
minutos antes de tranquilizarse lo suficiente.
Metió un nuevo cargador en la pistola cuando se encontró mejor y
se dirigió de regreso a las instalaciones de entrenamiento. Se dio cuenta de
que había perdido la segunda arma que le había entregado Steve en algún punto
entre la cámara de tortura y la puerta delantera, pero no estaba dispuesta por
nada del mundo a regresar y ponerse a buscarla. Iba a volver con Steve para
encontrar las puñeteras llaves que les hacían falta y después se iban a marchar
cagando leches de aquel manicomio que Umbrella había creado en Rockfort.
Steve lloró durante un rato, balanceándose adelante y atrás,
apenas consciente de que había hecho algo «muy importante». Por lo que se
refería a su experiencia en la vida, estaban las pequeñas cagadas, las grandes
cagadas y por fin las cagadas muy importantes. Algunas cosas cambiaban a la
gente para siempre, y ésa era una de ellas. Había tenido que matar a su propio
padre. Su padre y su madre, buenas personas los dos, incapaces de hacer daño,
estaban muertos. Eso significaba que ya no quedaba nadie en el mundo que lo
quisiera y amara, y esa idea se repitió una y otra vez en su mente, haciéndole
seguir llorando y balanceándose.
Pensar en las Lugers fue lo que le hizo salir de su pequeño
infierno emocional, lo que le hizo recordar dónde se encontraba y lo que estaba
ocurriendo. Todavía se sentía horrible, con el cuerpo y el alma llenos de
dolor, pero comenzó a regresar a la realidad, deseando que Claire estuviese a
su lado, deseando tener un vaso de agua a mano.
Las Lugers. Steve se frotó los párpados hinchados y después las
sacó de la cintura del pantalón para mirarlas con mayor detenimiento. Era algo
estúpido, sin importancia…, pero en algún rincón de su mente había relacionado
por fin el hecho de que justo cuando había cogido las dos pistolas de la pared
había sido el momento en que se había quedado encerrado y había comenzado a
hacer aquel calor. Era una trampa, y por lo que él suponía, el único motivo
para tener una trampa como aquélla era impedir que alguien se apoderara de las
armas.
Lo que significa que a lo mejor sirven para algo más que para
disparar. Sí, bueno, tenían adornos de oro y lo más seguro era que fuesen muy
caras, pero también era obvio que a los Ashford no les faltaba el dinero…, y
las armas tenían alguna clase de valor sentimental, ¿por qué utilizarlas como
cebo de una trampa?
Decidió que sería mejor que regresara y que echara un vistazo
más detenido al lugar donde habían estado colocadas, por si el hecho de
ponerlas de nuevo en su sitio sirviera para algo. Tan sólo era un paseo de unos
dos minutos como mucho hasta la mansión, así que podría ir y volver en cinco
minutos a lo sumo. Seguro que Claire lo esperaría si llegaba antes de que él
regresara.
Porque si me quedo aquí seguiré llorando. Quería, necesitaba
hacer algo.
Se puso en pie, sintiéndose tembloroso y algo vacío mientras se
sacudía la tierra húmeda de los pantalones, y fue incapaz de evitar echar una
mirada hacia el lugar donde había muerto su padre. Sintió una oleada de alivio
cuando se percató de que Claire había tapado el cadáver con una lona plástica.
Era una muchacha excelente…, aunque por alguna extraña razón sentía algo raro
con ella, con la idea de contarle todo aquello. No estaba seguro de cómo se
sentía.
Salió afuera y se sorprendió un poco al ver que no se encontraba
en el patio frontal de las instalaciones de entrenamiento. También se sintió
sorprendido de que en el lugar rodeado de paredes al que había salido se
hallaba lo que tenía todo el aspecto de ser un tanque Sherman de la segunda
guerra mundial. Gigantesco, con las cadenas cubiertas de barro y la torreta
giratoria con el tremendo cañón.
Quizá le hubiera interesado un rato antes, o se habría sentido
algo más que simplemente un poco sorprendido, porque no se le ocurría ningún
motivo para que hubiera un tanque en una isla como Rockfort, pero en ese
momento lo único que quería era comprobar la trampa de las Lugers para ver si
podía contribuir con algo al intento de ambos por salir de la isla. No se
sentía muy a gusto con que Claire no hubiera tenido más remedio que encargarse
de interrogar al tipo herido de Umbrella a solas, ya que había sido idea de él.
Al otro lado del tanque había una puerta que daba al patio de
entrenamiento. Al menos, no había perdido del todo el sentido de la
orientación. Todo parecía más oscuro que un rato antes. Steve alzó la mirada y
vio que el cielo estaba encapotado de nuevo, y las nubes tapaban la luna y las
estrellas. Estaba ya a mitad del patio cuando oyó el restallido de un trueno,
lo bastante cercano y potente como para que el suelo pareciera estremecerse un
poco bajo sus pies. Cuando llegó al otro lado ya había empezado a llover otra
vez.
Steve apresuró el paso. Dobló a la derecha en la salida y marchó
al trote ligero hacia la mansión. La lluvia caía con fuerza y era fría, pero le
dio la bienvenida. Abrió la boca y alzó el rostro hacia el cielo, dejando que
le mojara el cuerpo. Quedó empapado en pocos segundos.
—¡Steve!
Claire.
Sintió que el estómago se le encogía un poquito mientras se
giraba para mirarla. Ella lo alcanzó en la puerta que llevaba a los terrenos de
la mansión. Su rostro mostraba una expresión preocupada.
—¿Estás bien? —le preguntó mientras lo miraba con unos ojos
llenos de incertidumbre que no dejaban de parpadear para protegerse de la
lluvia.
Steve quiso contestar que sí, que se sentía estupendamente, que
ya había pasado lo peor y que estaba preparado para enfrentarse de nuevo a
decenas de zombis, pero cuando abrió la boca no salió nada de eso.
—No lo sé. Creo que sí —respondió con sinceridad. Logró sonreír
a medias. No quería preocuparla, pero tampoco quería hablar demasiado sobre
ello.
Ella pareció entenderlo, porque cambió de tema con rapidez.
—He descubierto que los gemelos Ashford tienen una casa privada
y secreta escondida detrás de la mansión —le dijo—. Y no estoy segura al cien
por cien, pero puede que las llaves que estamos buscando estén allí. Creo que
es bastante probable.
—¿Has descubierto todo eso por…, cómo se llama, Rodrigo?
Steve lo preguntó con un tono de voz lleno de duda. Le resultaba
difícil creer que un empleado de Umbrella proporcionase toda aquella
información a un enemigo.
Claire dudó, pero luego asintió.
—Sí, en cierto modo —contestó, y a Steve le dio la impresión de
que había algo de lo que ella no quería hablar. No insistió, y prefirió
esperar.
—El problema es llegar hasta la casa —continuó diciendo ella—.
De lo que estoy segura es de que está cerrada a cal y canto. Creo que lo mejor
es dar unas cuantas vueltas más por la mansión para ver si podemos encontrar un
mapa o un pasadizo…
Se quitó los mechones empapados de delante de los ojos y le
sonrió.
—Y de paso, quitarnos de debajo de la lluvia antes de que
pillemos algo malo.
Steve se mostró de acuerdo. Cruzaron la entrada y el cuidado
jardín, pasando por encima de los cadáveres que encontraron en el camino. Él le
contó lo que se le había ocurrido sobre las Lugers, y ella se mostró de acuerdo
en que debían probar suerte…, aunque también comentó que con gente como la
familia Ashford al mando de lo que ocurría en la isla, los pequeños y
entretenidos rompecabezas de Umbrella no tenían necesariamente por qué ser
lógicos.
Se detuvieron delante de la puerta para intentar secarse todo lo
posible las ropas, que resultó no ser mucho. Ambos estaban empapados por
completo, aunque hicieron lo que pudieron por sacudirse el exceso de agua. Por
suerte para los dos, los pies se les habían mantenido secos. Andar con las
ropas empapadas era un incordio, pero intentar andar en silencio con unas botas
chorreantes era el colmo de la incomodidad y de lo imposible.
Steve abrió la puerta con las dos armas por delante. Entraron
temblando…, y oyeron cómo se cerraba una puerta en el piso de arriba.
—Alfred —dijo Steve en voz baja—. Me apuesto algo. ¿Qué te
parece si le abrimos unos cuantos agujeros más en su culo de mierda?
Empezó a acercarse a las escaleras: la pregunta había sido
retórica. Ese loco cabrón merecía morir, y por más razones de las que Steve
podía llegar a imaginarse.
Claire lo alcanzó y le puso una mano en el hombro.
—Escucha… Verás, parte de lo que encontré en la prisión… No es
que esté loco, es que se trata de un maníaco peligroso. Como uno de esos
psicópatas asesinos en serie.
—Sí, lo entiendo —contestó Steve—. Razón de más para
cargárnoslo, y cuanto antes mejor.
—Vale, pero… ten cuidado. ¿De acuerdo?
Claire parecía preocupada, y Steve notó una enorme sensación
protectora hacia ella.
No te preocupes, a éste me lo cargo, vaya que sí, pensó, pero
asintió para tranquilizar a Claire.
—Entendido.
Subieron con rapidez las escaleras y se detuvieron al lado de la
puerta que habían oído cerrarse. Steve se colocó delante, y Claire alzó una
ceja, pero no dijo nada.
—A la de tres —susurró él. Giró con lentitud el pomo de la
puerta y suspiró aliviado al comprobar que no estaba cerrada con llave—. Uno…,
dos…, ¡tres!
Empujó con fuerza la puerta con el hombro y entró con la
metralleta por delante, preparado para disparar contra lo primero que se
moviera…, pero nada se movió. La estancia, una oficina apenas iluminada llena
de estanterías repletas de libros, estaba vacía.
Claire había entrado detrás de él y había girado hacia la
izquierda, pasando al lado de un sofá y una mesa de café situadas al lado de la
pared norte. Steve, decepcionado y disgustado, se colocó a su espalda y la
siguió, esperando encontrar otra puerta que diera a una nueva estancia, estaba
tan harto ya de los estúpidos laberintos de aquel lugar que se iba a cagar en…
Se detuvo y se quedó mirando, lo mismo que había hecho Claire. A
unos tres metros había una pared, un callejón sin salida…, con dos huecos en
una placa situada a la altura del pecho: unos huecos con la forma de las
Lugers.
Steve sintió una oleada de adrenalina recorrerle todo el cuerpo.
No tenía un modo racional de saber que habían encontrado la forma de entrar en
la residencia privada de los Ashford, pero lo creía con total seguridad. Por lo
que parecía, Claire creía lo mismo.
—Me parece que la hemos encontrado —dijo ella en voz baja—. Te
apuesto algo.
Capítulo 8
Joder, vaya. Esto es… Joder, pensó Claire.
—Joder —susurró Steve, y Claire asintió, sintiéndose por
completo ajena cuando estudió el entorno que los rodeaba. ¿Había dicho asesino
en serie psicópata?
Más bien parece una convención de asesinos en serie psicópatas.
Habían tenido que resolver otro rompecabezas después de que las Lugers hubieran
abierto la pared, algo que tenía que ver con unos códigos numéricos y un
pasadizo bloqueado, pero ellos habían hecho caso omiso por completo de aquello:
ambos se habían puesto a empujar y el pasadizo no había permanecido bloqueado
durante mucho rato. En cuanto salieron al exterior de nuevo, pudieron ver la
residencia privada, que se alzaba sobre una colina baja, como un buitre ansioso
bajo la lluvia espesa. Lo cierto es que se trataba de una mansión, pero no
tenía nada que ver con la que acababan de dejar atrás: era mucho, mucho más
antigua, más oscura y siniestra, rodeada por las ruinas decrépitas de lo que
antaño había sido un jardín lleno de esculturas. Varios querubines de ojos
ciegos y dedos rotos los observaban junto a las gárgolas de alas desgastadas
mientras se dirigían hacia la casa, esquivando los trozos de mármol roto
sembrados por doquier.
Inquietante, desde luego…, pero esto está tan más allá de
inquietante que ni siquiera cae en la misma categoría.
Estaban en el vestíbulo, iluminado tan sólo por unas cuantas
velas colocadas de forma estratégica. El aire estaba cargado de un olor a
mustio, un olor viejo producido por el polvo y el pergamino que se deshacía. El
suelo estaba cubierto de alfombras gruesas, pero eran tan viejas que en algunas
partes la trama había quedado al descubierto por el exceso de uso. Además, era
difícil determinar su color más allá del calificativo de «oscuro». Justo
delante de ellos había lo que antaño había sido sin duda una escalera
espectacular y que llevaba a las balconadas de los pisos segundo y tercero.
Todavía quedaba algo de elegancia trasnochada en sus pasamanos ennegrecidos y
en sus escalones desgastados, lo mismo que en la polvorienta biblioteca que
había a la derecha de los dos intrusos y en los óleos de marcos dorados y
recargados que colgaban de las paredes abarrotadas de ellos. La palabra
«fantasmal» habría sido la más adecuada, si no hubiese sido por las muñecas.
Unos rostros pequeños los acechaban desde todos los rincones,
frágiles muñecas de porcelana, muchas de ellas descascarilladas o descoloridas,
vestidas para tomar el té con ropa de tafetán. Niños de plástico con ojos de
plástico abiertos de par en par y boquitas fruncidas de color rosa. Muñecas de
trapo con extraños rostros hechos con botones y restos del relleno saliéndoles
por las extremidades rotas. Había montones de ellas, auténticas pilas, incluso
unos cuantos bebés de trapo sin rasgos y que estaban empalados. Claire no pudo
distinguir ninguna clase de orden en aquel batiburrillo sin sentido.
Steve le dio un leve codazo y señaló hacia arriba. Claire pensó
por un momento que estaba mirando a Alexia, que colgaba de un alero, pero no se
trataba más que de otra muñeca, de tamaño natural, y a la que habían vestido
para su extraño ahorcamiento con un sencillo vestido de fiesta. El reborde
floreado flotaba alrededor de sus delgados tobillos sintéticos.
—Quizá deberíamos… —empezó a decir Claire, pero se calló en seco
y se puso a escuchar.
El sonido de alguien hablando les llegó procedente de arriba.
Era la voz de una mujer. Parecía enfadada. La cadencia de su voz era rápida y
áspera.
Alexia.
A la voz enfurecida le siguió el sonido de alguien que hablaba
con un tono quejumbroso y lastimero, y que Claire reconoció inmediatamente como
perteneciente a Alfred.
—¿Qué te parece si nos pasamos a charlar un rato? —susurró
Steve, y sin esperar a que Claire le respondiera se dirigió hacia las
escaleras.
Claire se apresuró a seguirlo, sin estar muy segura de que fuese
una buena idea, pero sin querer tampoco que fuera solo.
Las muñecas los observaron en silencio mientras subían,
mirándolos fijamente con sus ojos sin vida, manteniendo su vigilancia y su
tranquilidad lo mismo que habían hecho durante muchos años.
Alfred jamás se sentía tan cerca de Alexia como cuando se
encontraban en sus estancias privadas, donde habían reído y jugado cuando eran
unos niños. También se sentía cerca de ella en aquellos momentos, pero al mismo
tiempo incómodo por su enfado. Deseaba desesperadamente que fuera feliz de
nuevo. Después de todo, era culpa suya que ella estuviera enfadada.
—Y es que no puedo entender por qué esa tal Claire Redfield y
ese amigo suyo están suponiendo un desafío tan grande para ti —dijo Alexia, y a
pesar de la vergüenza que estaba pasando, no pudo evitar mirarla con un
sentimiento de adoración mientras recorría la estancia arriba y abajo con su
bata de seda. Su gemela era extremadamente refinada, incluso en su enfado.
—No te fallaré de nuevo, Alexia, te lo prometo…
—Es cierto, no lo harás —lo cortó ella con brusquedad—, porque
voy a ocuparme en persona de este asunto.
Alfred se quedó sorprendido.
—¡No! Querida, no debes arriesgarte de ese modo… ¡No lo
permitiré!
Alexia lo miró fijamente por unos instantes…, y después dejó
escapar un suspiro, meneando la cabeza. Se acercó a él mientras sus ojos
mostraban de nuevo una mirada tierna y dulce.
—Te preocupas demasiado, querido hermano —dijo—. Debes recordar
quiénes somos, debes recordar que tienes que enfrentarte siempre a las
dificultades con orgullo y vigor. Al fin y al cabo, somos Ashford. Nosotros…
—Alexia abrió los ojos de par en par y palideció. Se giró hacia la ventana que
daba al pasillo central y se llevó una mano al cuello alto de su bata—. Hay
alguien en el vestíbulo.
¡No!
Alexia debía mantenerse a salvo, nadie podía tocarla, ¡nadie! Se
trataba de Claire Redfield, por supuesto, que había aparecido para cumplir su
propósito y misión: asesinar a su amada hermana. Alfred se giró frenético y
miró a su alrededor. Allí estaba: el rifle estaba apoyado contra la mesa de
maquillaje de Alexia, donde lo había dejado antes de abrir la puerta que
llevaba a la habitación del ático. Se dirigió hacia él, sintiendo el miedo de
ella como suyo propio, con la ansiedad compartida como si fueran una única
persona.
Alfred alargó la mano para empuñar el arma…, y dudó un momento,
confundido. Alexia había insistido en encargarse de la situación. Podría
enfadarse de nuevo si él interfería en aquello…, pero si algo le pasaba, si la
perdía…
El pomo de la puerta giró de repente, justo en el mismo momento
en que Alexia se adelantaba a Alfred y empuñaba el rifle. Apenas tuvo tiempo de
alzarlo antes de que la puerta se abriera de un fuerte golpe. Era la primera
vez en casi quince años que alguien entraba en su sacrosanta residencia
privada, y Alexia se sintió tan confusa por aquella intrusión que no disparó
inmediatamente. No quería que Alfred resultara herido, no quería morir. Los dos
prisioneros estaban armados y los apuntaban con sus armas.
Alexia recuperó la compostura, negándose a sentirse atemorizada
por dos chiquillos que la estaban mirando con expresión extrañada. Sus rostros
plebeyos mostraban sorpresa y confusión. Al parecer, no estaban acostumbrados a
la presencia de sus superiores, de aquellos que eran mejores que ellos.
Utilízalo para sacar ventaja. Que sigan sorprendidos y con la
guardia bajada.
—Señorita Redfield, señor Burnside —dijo Alexia con la barbilla
alzada y con un tono de voz tan digno como requería su ascendencia Ashford—.
Por fin nos conocemos. Mi hermano me ha dicho que han causado bastantes
problemas.
Claire avanzó hacia ella y bajó la pistola un poco mientras
miraba con mayor atención el rostro de Alexia. Esta dio un paso atrás de forma
involuntaria, asqueada por sus ropas empapadas y sus modales tan directos y
rudos, pero no perdió de vista el arma de Claire. La chica estaba demasiado
concentrada en mirarla, lo mismo que el joven, que se había colocado detrás de
Redfield.
Alexia retrocedió otro paso. Estaba arrinconada, atrapada entre
su mesa de maquillaje y los pies de la cama, pero una vez más, eso podía
servirle para sacar ventaja.
Cuando estén convencidos de que no represento peligro alguno…
—¿Usted es Alexia Ashford? —preguntó el joven con un tono de voz
asombrado, con la boca abierta.
—Lo soy.
No sería capaz de soportar aquella terrible falta de educación
durante mucho tiempo más, no de alguien tan inferior a ella.
Claire asintió con lentitud, pero sin dejar de mirarla
directamente a los ojos, con impertinencia.
—Alexia…, ¿dónde está tu hermano?
Alexia se giró para mirar a Alfred…, y dio un respingo. Su
hermano no estaba en la habitación. Se había marchado y la había dejado sola
para que se enfrentase a aquella gente sin ayuda alguna.
No, no puede ser, jamás me abandonaría de este modo… Notó un
movimiento a su derecha…, pero se dio cuenta de que tan sólo era un espejo, y…
y…
Alfred la estaba mirando. Era la cara de Alexia, con los labios
pintados y las pestañas rizadas, pero era el cabello de Alfred, y su chaqueta.
Se llevó la mano derecha a la boca, asombrada, y Alfred hizo lo mismo sin dejar
de mirarla. Sintiendo el mismo asombro que ella. Como si fueran uno solo.
Alexia gritó y dejó caer el rifle haciendo caso omiso por
completo de los dos intrusos mientras los empujaba para echarlos a un lado, sin
importarle si disparaban o no contra ella. Corrió hacia la puerta que daba al
cuarto de Alfred y lanzó un nuevo grito cuando vio la larga peluca rubia tirada
en el suelo y la preciosa bata arrugada que había a su lado.
Cruzó otra puerta sin dejar de llorar y salió de la habitación
de Alfred…, mi habitación…, sin estar segura de hacia dónde se dirigía mientras
corría tambaleante por el pasillo en dirección a la gran escalera. Se había
acabado, todo se había acabado, todo estaba perdido, todo era una mentira.
Alexia se había marchado muy lejos y jamás regresaría, y él había…, ella era…
Los gemelos supieron de repente lo que debían hacer. La
respuesta a todo aquello llegó con claridad a través del torbellino oscuro que
eran sus mentes en ese momento, y les mostró el camino. Llegaron a las
escaleras y las bajaron mientras formaban un plan en sus cabezas, comprendiendo
que había llegado el momento en que pronto estarían juntos de nuevo y de
verdad, porque por fin había llegado la hora para ello.
Pero antes de eso, debían destruirlo todo.
—Me cago… —soltó Steve, y al no ocurrírsele qué más decir, lo
repitió.
—Así que Alexia jamás ha estado aquí —dijo Claire. Su rostro
mostraba una expresión de asombro que Steve sospechaba era la misma que había
en su propia cara. Ella se acercó hasta la peluca y la recogió del suelo
mientras meneaba la cabeza—. ¿Crees que Alexia ha existido alguna vez de
verdad?
—Quizá cuando era una niña—contestó Steve—. Uno de los guardias
más antiguos de la prisión dijo que la había visto una vez, hace unos veinte
años, cuando Alexander Ashford estaba a cargo de todo.
Se quedaron unos cuantos segundos mirando simplemente la
habitación. Steve pensó en la expresión de la cara de Alfred cuando se había
visto a sí mismo en el espejo. Había sido tan patético que casi sintió lástima
por el tipo.
Siempre creyó que su hermana estaba aquí, con él, probablemente
la única persona en el mundo que no pensaba que él era un capullo…, y resulta
que ni siquiera tenía eso…
Claire se estremeció de repente, como si le hubiera dado un
escalofrío, y los hizo volver a la realidad.
—Será mejor que nos pongamos a buscar las llaves antes de que
uno de los gemelos regrese.
Señaló con un gesto de la cabeza la estrecha escalera que había
en la cabecera de la cama. Llevaba hasta un recuadro abierto en el techo.
—Yo miraré ahí arriba. Tú échale un vistazo a estas
habitaciones.
Steve asintió y comenzó a abrir cajones y a rebuscar en ellos
mientras Claire desaparecía a través de la abertura en el techo.
—No te vas a creer lo que hay aquí arriba —gritó Claire justo en
el momento en que Steve abría un cajón repleto de piezas de encaje de seda:
sujetadores, bragas, medias y unas cuantas cosas más que ni siquiera tenía idea
de para qué servían.
—Lo mismo digo —gritó a su vez, mientras se preguntaba hasta qué
extremos había llegado Alfred para comportarse como Alexia. Decidió que en
realidad no quería ni saberlo.
Se acercó a la mesa de maquillaje y oyó a Claire caminar por la
estancia superior mientras él comenzaba a registrarla. Encontró muchos perfumes
y piezas de joyería, pero ni pruebas ni emblemas, ni siquiera una llave normal.
—Nada todavía, pero…, ¡eh, hay otra escalera! —gritó Claire.
Eso es bueno, pensó Steve. Encontró una caja de sobres con el
papel estampado con pequeñas flores blancas. Cada vez estaba más nervioso con
la idea de que Alfred regresara, y quería salir de aquella habitación
enloquecida con psicosis de hermana.
Había una pequeña tarjeta blanca encima de la pila de sobres. La
recogió y se fijó en la caligrafía femenina de fuerte carácter al leerla:
«Queridísimo Alfred: eres un soldado valiente y brillante que
siempre luchas por devolver a la familia Ashford su antiguo esplendor. Siempre
pienso en ti, mi amado. Alexia».
Aagh… Steve dejó caer la tarjeta y puso cara de asco. ¿Se lo
imaginaba, o era que Alfred había creado una relación muy antinatural con su
hermana imaginaria?
Sí, pero no era real, no podían hacer nada… físico. Aagh y aagh.
Steve decidió de nuevo que no quería ni saberlo.
—¡Steve! ¡Steve! ¡Creo que las he encontrado! ¡Bajo!
Steve se sintió inundado por una irrefrenable sensación de
optimismo y esperanza. Se giró hacia la escalera con aquellas palabras mágicas
resonándole todavía en los oídos.
—¿No te estás quedando conmigo? —le preguntó.
Lo primero que apareció fueron las atractivas piernas. Su voz
era mucho más clara y Steve notó el mismo nerviosismo y emoción en su respuesta
mientras descendía.
—No me estoy quedando contigo. Había un tiovivo ahí arriba, y un
ático encima de la habitación… Mira esta llave en forma de libélula…
De repente, comenzó a sonar una alarma y el eco se extendió por
todo el gigantesco edificio de forma insistente y con fuerza. Claire se bajó de
un salto de la cama. Llevaba tres llaves y un objeto metálico estrecho y
alargado en la mano. Se miraron el uno al otro e intercambiaron una expresión
de temor, y Steve se dio cuenta de que la alarma también se oía en el exterior
de la casa, acompañada del sonido metálico chirriante de unos altavoces
potentes, pero de mala calidad. Parecía que el mensaje iba dirigido a todos los
residentes en la isla.
Antes de que ninguno de los dos pudiera decir ni una sola
palabra, una voz tranquila empezó a hablar al mismo tiempo que seguían sonando
las sirenas. Era una voz femenina, suave, la voz de un mensaje grabado.
«Se ha activado el mecanismo de autodestrucción. Todo el
personal debe marcharse inmediatamente. Se ha activado el mecanismo de
autodestrucción. Todo el personal…»
—Ese cabrón —exclamó Claire, y Steve asintió con vehemencia
mientras maldecía en silencio al psicópata pomposo, pero sólo durante un par de
segundos. Tenían que llegar a aquel avión.
—Vámonos —dijo Steve.
Recogió el rifle de Alfred del suelo y le puso una mano en la
espalda a Claire para urgirla a que se pusiera en marcha. El centro de
detención y las instalaciones de entrenamiento de Umbrella en Rockfort, el
lugar donde Steve había lamentado la muerte de su madre y donde había perdido a
su padre, donde el último descendiente de la familia Ashford se había ido
volviendo loco de un modo discreto y donde los enemigos de Umbrella habían
desencadenado el principio del fin, estaba a punto de desaparecer, y no tenía
ninguna intención de estar allí cuando eso ocurriera.
A Claire no le hacía falta que la aconsejara precisamente sobre
ese tema en concreto. Salieron por la puerta casi a la vez y echaron a correr,
dejando atrás los patéticos restos de la retorcida fantasía de Alfred.
Alfred y Alexia se dirigieron corriendo a la sala de control
principal después de activar la secuencia de autodestrucción. Alexia se puso a
trabajar con la consola de complicados mandos. A su alrededor, las luces
parpadeaban y los ordenadores impartían órdenes por encima del ruido de las
sirenas. Era todo un espectáculo, incómodo para ella, pero terrorífico sin duda
para los asesinos.
Alexia tenía un plan de huida, que incluía una llave hasta el
hangar subterráneo donde se encontraban los aviones a reacción de despegue
vertical, pero antes tenía que estar segura de que los jóvenes plebeyos se
quedaban en la isla. Hasta que no supiera con certeza que morirían, ni ella ni
Alfred se podrían marchar.
Oh, sí, vaya si morirán, pensó Alexia sonriendo. Tenía la
esperanza de que no les alcanzara ninguna explosión directa. Sería mejor que
sufrieran alguna herida provocada por los cascotes y demás restos, que vivieran
atormentados mientras sus existencias se iban apagando poco a poco…, o quizá
los depredadores supervivientes de la isla los acecharían y los matarían,
devorándolos a dolorosos mordiscos.
Alexia conectó las cámaras de seguridad de la mansión común y de
los terrenos que la rodeaban, ansiosa por ver a Claire y a su pequeño caballero
acobardados y agazapados en un rincón, o gritando de pánico. No vio nada de
aquello: la mansión estaba vacía, y las alarmas y las sirenas que avisaban del
desastre inminente seguían su tarea de forma inútil, alertando a los pasillos
vacíos y a las habitaciones cerradas.
Puede que todavía estén en nuestra casa, que tengan demasiado
miedo como para salir, con la patética esperanza de que la destrucción no les
afectará si se quedan allí… No sería así, por supuesto. No había ningún sitio
en la isla donde pudieran estar a salvo de las explosiones…
Alexia los vio en ese momento y sintió que su buen humor
desaparecía por ensalmo y que su odio hervía de nuevo para convertirse en una
rabia furibunda. La pantalla mostraba que los dos se encontraban en el
atracadero del submarino y que el muchacho estaba haciendo girar la rueda. El
cielo comenzaba a aclararse, pasando del negro al azul oscuro. La pálida luz de
la luna que se estaba poniendo iluminó su plan furtivo y astuto. No. No tenían
ninguna posibilidad. Sí, era cierto que el avión de carga vacío seguía en su
sitio, con el puente elevado, pero Alfred había tirado las llaves maestras al
mar después del comienzo del ataque aéreo. No creerían de verdad que tenían
alguna posibilidad de…
¡Pero han estado en mis estancias privadas!
—¡No! —aulló Alexia, y lanzó un puñetazo contra la consola de
mandos, poseída por la rabia. No lo permitiría. ¡No lo permitiría! ¡Los mataría
ella misma, les sacaría los ojos con las uñas, los destrozaría!
No te olvides del Tirano, le susurró su hermano al oído. La
furia de Alexia se convirtió en una alegría exultante. ¡Sí! ¡Sí! ¡El Tirano,
que todavía estaba en su cámara de estasis! Y ya era lo bastante inteligente
para poder obedecer órdenes, siempre que fueran sencillas y que indicaran con
exactitud lo que se quería.
—¡No os escaparéis! —gritó Alexia entre carcajadas mientras
bailaba para celebrar su victoria…, y, un momento después, Alfred se unió a
ella, incapaz de resistirse a aceptar lo maravilloso, lo satisfactorio que iba
a ser todo aquello, justo cuando la computadora central cambió su cantinela y
comenzó la cuenta atrás.
Su huida hacia el avión fue como un borrón en la memoria: una
carrera enloquecida para salir de la mansión de los Ashford y bajar por la
superficie empapada de la colina hasta la siguiente mansión, para bajar luego
las escaleras, a las que siguieron más escaleras hasta llegar por fin a un
muelle diminuto donde Steve hizo aparecer el submarino. Con cada paso que
daban, las alarmas sonaban más y más deprisa mientras el mensaje repetido una y
otra vez les recordaba lo que era obvio.
La suave voz femenina cambió justo cuando estaban subiendo al
submarino, y dejó de repetir el mensaje anterior para comenzar uno nuevo, y
aunque las palabras no eran exactamente las mismas, Claire tuvo un vívido
recuerdo de lo ocurrido en Raccoon City: estaba de pie en una estación de metro
mientras otro mensaje de autodestrucción anunciaba que el final ya estaba
cerca.
«Se ha activado la secuencia de autodestrucción. Quedan cinco
minutos para la detonación inicial.»
—Más vale que salgamos volando de aquí —dijo Steve.
Era lo primero que decía desde que habían salido a la carrera de
la mansión, y a pesar del miedo que sentía por la posibilidad de que no
salieran de allí a tiempo, a pesar del agotamiento y de los horribles recuerdos
que sin duda se llevaría con ella, el comentario de Steve le pareció hilarante.
Pero, ¿es que nos vamos de aquí volando, o no?
Claire empezó a reírse, y aunque intentó parar de inmediato, no
pudo lograrlo. Le pareció que ni siquiera su muerte inminente podría detener
las risas. Era eso o que la histeria era mucho más divertida de lo que ella
había esperado y la expresión que Steve tenía en la cara no la estaba ayudando
mucho.
Histérica o no, sabía que tenían que seguir corriendo.
—Vámonos —dijo entre risas y casi ahogada, ayudándose de un
gesto.
Steve, sin dejar de mirarla como si se hubiera vuelto loca, la
agarró del brazo y tiró de ella. Después de dar unos cuantos pasos tambaleantes
y de darse cuenta de que era posible que su ataque de risa acabara matándolos a
los dos, Claire logró controlarse.
—Estoy bien —dijo, respirando profundamente, y Steve la soltó a
la vez que un gesto de evidente alivio cruzaba por su cara.
Bajaron corriendo por otras escaleras y atravesaron un túnel que
parecía estar bajo el agua. Cuando llegaron a la puerta que había al otro
extremo, la voz del ordenador les informó de que había pasado otro minuto, y de
que sólo les quedaban cuatro. Si antes había existido alguna posibilidad de que
se le repitiera el ataque de risa, aquello la había hecho desaparecer.
Steve abrió la puerta de un empellón y giró hacia la izquierda,
y los dos pasaron de varios saltos por encima de un trío de cadáveres, todos
portadores del virus y todos vestidos con uniformes de Umbrella. Claire se
acordó de Rodrigo de repente y sintió una punzada en el corazón. Deseó que
estuviera a salvo donde se encontrara en ese momento, o que se encontrara lo
suficientemente mejor como para alejarse de los edificios…, pero no pudo
engañarse sobre las posibilidades que tenía. Le deseó suerte en silencio y
luego procuró olvidarse de él para concentrarse en seguir a Steve y atravesar
otra puerta.
Su carrera terminó en una caverna enorme y oscura cubierta de
andamios de metal: un hangar para hidroaviones. Su esperanza de lograr huir
estaba justo delante de ellos: una pequeña aeronave de carga que flotaba
precisamente debajo de la plataforma de descarga sobre la que ellos estaban. A
la derecha, no muy lejos, la luz previa al amanecer mostraba la enorme salida
al mar.
—Por allí —dijo Steve, y se dirigió corriendo hacia un pequeño
ascensor que había en el borde de la plataforma y que tenía una consola de
mandos. Claire corrió detrás de él mientras rebuscaba en su riñonera para sacar
las tres llaves poliédricas.
«Se ha activado la secuencia de autodestrucción. Quedan tres
minutos para la detonación inicial.»
La consola de mandos tenía un panel en la parte superior con
tres huecos de forma hexagonal. Steve agarró dos de las llaves y ambos
introdujeron y empujaron a la vez las tres.
Oh, por favor, tío, por favor…
Se oyó un chasquido muy audible…, y los controles del panel de
mandos se encendieron y surgió un zumbido profundo de debajo de la maquinaria
que sobresalía. Steve soltó una carcajada y Claire se dio cuenta de que había
estado conteniendo la respiración cuando por fin logró respirar de nuevo.
—Agárrate a algo —le dijo Steve, y pasó la mano por encima de
los mandos encendiendo todos los controles.
El ascensor se puso en marcha con un pequeño salto y empezó a
bajar en ángulo inclinado a la vez que la puerta redonda lateral del avión se
abría hacia abajo hasta formar una especie de escalerilla. A Claire le pareció
que todo pasaba a cámara lenta, envuelta en una especie de irrealidad mientras
el ascensor llegaba a la base de los escalones y se detenía con una nueva
sacudida. Era difícil creer que estuviera ocurriendo por fin, que estuvieran a
punto de marcharse de aquella maldita isla de Umbrella.
¡A la mierda con creérselo! ¡Vámonos ya!
Subieron a bordo del avión y Steve se dirigió corriendo a la
cabina de mando para poner en marcha el aparato mientras Claire echaba un
vistazo al resto de la aeronave: el grueso del artefacto estaba constituido por
un compartimento de carga separado de la cabina por una mampara de metal a
prueba de ruido. No había comodidades de ninguna clase excepto un pequeño
retrete con una puerta detrás del asiento del piloto, pero al menos había un
armarito en la parte posterior de la cabina de mando con un par de bidones de
agua de dos litros, para gran alivio de Claire.
Siguieron oyendo, aunque como un ruido apagado, la grabación que
resonaba por todo el hangar mientras Steve pulsaba el mando que cerraba la
puerta. La escotilla de entrada se alzó y se cerró sellando el avión cuando
quedaban dos minutos. Claire se sentó a su lado, con el corazón a punto de sal
írsele por la boca: dos minutos era apenas nada.
Quería ayudarlo, preguntarle qué podía hacer, pero Steve estaba
concentrado por completo en el panel de instrumentos. Recordó que él había
comentado que poseía «leves» nociones de pilotaje, pero puesto que ella no
tenía ningunas en absoluto, no iba a quejarse. Los segundos fueron pasando y
tuvo que esforzarse para no empezar a balbucear de puro nerviosismo, para no
hacer nada que pudiera distraerlo.
Los motores del avión se encendieron con un rugido y el sonido
fue creciendo y creciendo y haciéndose más agudo. Los nervios de Claire se
tensaron a juego con el ruido…, y cuando la temida voz femenina del ordenador
habló de nuevo, Claire se percató de que estaba agarrada con todas sus fuerzas
a la parte posterior de la silla de Steve y de que tenía los nudillos blancos
por la tensión.
«Queda un minuto para la detonación inicial. Cincuenta y nueve…,
cincuenta y ocho…, cincuenta y siete…»
¿Qué pasará si es demasiado complicado, si no lo logra?, pensó
Claire, bastante segura de que ella misma estaba a punto de explotar.
«Cuarenta y cuatro…, cuarenta y tres…»
Steve se enderezó de repente y empujó hacia adelante una palanca
que tenía a la derecha antes de colocar las manos sobre el timón. El ruido de
los motores se incrementó más y más todavía, y lenta, muy lentamente, el avión
comenzó a avanzar.
—¿Estás lista? —le preguntó Steve con una sonrisa, y Claire casi
se desmayó del alivio. Sintió las rodillas débiles y temblorosas.
«Treinta…, veintinueve…, veintiocho…»
El avión siguió avanzando y pasó por debajo de un puente
metálico no demasiado elevado y lo bastante cerca de la puerta como para ver
las olas romper contra sus costados de metal. Oyeron un fuerte golpe en el
techo, como si el puente hubiese rozado la parte superior del avión, pero
siguieron moviéndose de forma lenta pero incesante.
«Diecisiete…, dieciséis…»
Cuando Steve hizo que el avión entrara en aguas abiertas, la
cuenta atrás había llegado a diez…, y después ya estuvo demasiado lejos como
para oírla, ya que los motores rugieron a plena potencia y aceleraron. El suave
avance se hizo más agitado cuando comenzaron a saltar por encima de las olas.
Había la claridad suficiente en el cielo para que Claire pudiera ver la costa
de la isla a su derecha, llena de rocas traicioneras. Buena parte de la costa
de Rockfort eran acantilados que se alzaban sobre el agua como murallas rugosas
de una fortaleza.
Claire vio las primeras explosiones justo en el momento en que
Steve tiraba de la palanca de mando para hacer que el avión se elevara. El
sonido les llegó un segundo después: una serie de estampidos rugientes y
profundos que se quedaron atrás con rapidez cuando Steve elevó por fin el
aparato.
Unas gigantescas nubes y columnas de humo negro se alzaron bajo
la incipiente luz del amanecer mientras el avión de carga ascendía, y
proyectaron unas largas sombras sobre los edificios que se derrumbaban. Las
llamas surgieron por doquier, y aunque Claire no conocía la disposición exacta
de las distintas partes del lugar que estaba observando, creyó ver la
residencia privada de los Ashford consumida por un incendio, una inmensa luz
anaranjada que surgía de detrás de lo que quedaba de la mansión. Todavía quedaban
algunas estructuras en pie, pero les faltaban enormes trozos, convertidos en
polvo y en escombros.
Claire inspiró profundamente y después dejó escapar el aire con
lentitud, sintiendo cómo unos cuantos músculos agarrotados se destensaban. Ya
había acabado. Otra instalación de Umbrella destruida, y todo debido al
incumplimiento de la integridad científica, al vacío moral que parecía ser un
componente fundamental en la política comercial de la compañía. Deseó que el
alma retorcida y torturada de Alfred Ashford hubiera encontrado por fin alguna
clase de paz…, o lo que mereciese de verdad.
—Bueno, ¿y adónde vamos? —preguntó Steve con despreocupación, y
Claire, de vuelta a la realidad, se apartó de la ventanilla lateral sonriendo,
dispuesta a besar al piloto.
Steve la miró a los ojos, también sonriendo, y ambos
entrecruzaron sus miradas…, y a medida que los segundos se fueron alargando en
ese intercambio visual, ella pensó por primera vez que Steve no era tan sólo un
chaval. Ningún chaval la miraría del modo que lo estaba haciendo él…, y a pesar
de la firme decisión que había tomado de no animarlo en absoluto, no apartó la
mirada. Sin duda, era un individuo atractivo, pero había pasado la mayor parte
de las doce horas anteriores considerándolo un hermano menor incordiante…, algo
que no era fácil de olvidar, aunque hubiese querido hacerlo. Por otro lado,
después de lo que habían pasado juntos, también se sentía muy unida a él de un
modo sólido, fuerte, con un afecto que le parecía perfectamente natural y…
Claire fue la primera en apartar la vista. Llevaban a salvo tan
sólo un minuto y medio: quería pensar un poco en todo aquello antes de seguir
adelante.
Steve volvió a concentrarse en los mandos, aunque parecía un
poco encendido…, y justo entonces oyeron otro golpe en el techo, como cuando
habían salido del hangar.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Claire mirando hacia arriba, como
si realmente esperase ver algo a través del metal.
—No tengo ni idea —contestó Steve frunciendo el entrecejo—. Ahí
arriba no hay nada, así que…
¡CRAAAACCC!
El avión pareció dar un salto en el aire y Steve se apresuró a
compensar la maniobra imprevista. Claire miró de forma instintiva hacia atrás.
El tremendo crujido había sonado en el compartimento de carga.
—La puerta del compartimento de carga principal está abierta
—dijo Steve golpeando con el dedo una pequeña luz parpadeante del panel de
mandos, y apretó otro botón—. No puedo hacer que se cierre de nuevo.
—Echaré un vistazo —le contestó Claire, y sonrió por el gesto de
incomodidad de Steve—. Tú procura que sigamos volando, ¿vale? Te prometo que no
pienso saltar en marcha.
Se giró hacia el compartimento de carga y, en cuanto Steve
apartó la vista, recogió el rifle de Alfred, que estaba apoyado en el respaldo
del asiento del piloto. Todavía tenía la semiautomática, pero la mira láser del
rifle implicaba disponer de una puntería precisa…, aparte de que, como no
quería dejar el avión hecho un colador con agujeros de bala, lo mejor sería
utilizar el arma de calibre veintidós. Sabía que existían uno o dos monstruos
en la isla, y era posible que alguno de ellos hubiese acabado como polizón,
pero no quería que Steve se preocupara o que se involucrara en aquello. Tanto
ella como él mismo necesitaban que permaneciese a los mandos del avión.
Sea lo que sea, tendré que ser yo quien se encargue de ello,
pensó, ceñuda, mientras se disponía a abrir la puerta. Le pareció que
probablemente estaba reaccionando excesivamente ante lo que seguramente sería
una avería menor, como un panel suelto y una bisagra rota. Abrió la puerta y
pasó de un salto. La cerró de un portazo antes de que Steve pudiera oír con
claridad aquel ruido.
Con que avería menor…
Toda la parte posterior del compartimento de carga había
desaparecido por completo. Habían arrancado la compuerta y las nubes y el cielo
azul pasaban a una velocidad increíble. Claire dio un paso adelante,
confundida…, y vio cuál era el problema.
El señor X, pensó por un momento al recordar al ser monstruoso
que había encontrado en Raccoon City, su perseguidor incansable vestido con un
abrigo largo de color negro; pero la criatura que se encontraba sobre el
montacargas hidráulico no era la misma. Tenía forma humanoide, de un tamaño
gigantesco y sin un solo cabello, al igual que aquel monstruoso X, pero también
era de mayor estatura, con unos hombros anchos hasta lo increíble y un abdomen
de abultados músculos. No parecía tener sexo alguno, y su entrepierna no era
más que un bulto sin forma. Las manos ya no eran humanas sino algo mucho más
letal. Su puño izquierdo era una maza repleta de pinchos metálicos y de un
tamaño mayor que la cabeza de la propia Claire, y su mano derecha era una
extremidad híbrida, combinación de carne y cuchillos de aspecto afilado. Dos de
ellos medían más de treinta centímetros.
Y no lleva abrigo, pensó de forma inopinada mientras el monstruo
se giraba y centraba aquellos ojos blancos que parecían sufrir cataratas en
ella antes de inclinar la cabeza hacia arriba y lanzar un rugido tremendo de
rabia sangrienta y furia asesina.
Claire, aterrorizada pero decidida, alzó su arma, que de repente
le pareció patética, cuando la criatura se dirigió hacia ella y colocó el punto
rojo sobre el monstruoso ojo derecho monocolor. Apretó el gatillo…, y oyó el
chasquido del percutor al golpear en la recámara vacía.
Fue un ruido ensordecedor que resonó incluso por encima del
rugido del viento que llegaba desde el exterior.
Capítulo 9
No existía una maldición lo bastante fuerte para expresar por
completo su desesperación. Claire dejó caer inmediatamente el rifle inútil y
echó a correr hacia la derecha, esquivándolo. No quería acabar atrapada en una
esquina. No podía creer que no le hubiera echado un vistazo al cargador del
puñetero rifle. Había seis o siete cajas apiladas contra el mamparo de la
puerta de la cabina de mando, pero allí no podía ponerse a cubierto, a ninguno
de los lados. Aquel ser la iba a atrapar.
¡Venga, venga, venga!
La pesada criatura se giró con lentitud, siguiéndola mientras
ella corría a lo largo del costado derecho del avión. Sacó la pistola de debajo
de su cinturón y le quitó el seguro sin mirar, temerosa de apartar sus ojos del
monstruo ni siquiera un momento. La criatura avanzó dando pisotones con sus
piernas como troncos, concentrado de un modo inquietante en cada paso que daba
ella.
El compartimento de carga no era demasiado grande, poco más de
diez metros de largo por cuatro de ancho. Llegó en un momento al otro lado del
avión, a la parte posterior. El aire helado comenzó a tirar de ella intentando
arrastrarla hacia las nubes. Claire echó a correr semiagachada y cruzó el
espacio que la separaba de la otra pared procurando no pensar en lo que
ocurriría si tropezaba antes de lograr agarrarse a un reborde metálico con
dedos temblorosos.
La criatura todavía estaba a más de seis metros de ella. Claire
se mantuvo agarrada a la pared, esperando a que estuviera más cerca para echar
a correr de nuevo. Al menos, era un bicho bastante lento, pero tenía que pensar
en algo y con rapidez. No podía estar siempre dando vueltas y vueltas en el
compartimento.
Estaba observando a la criatura, la veía con claridad…, pero lo
que ocurrió a continuación le pareció una especie de ilusión óptica. La
criatura agachó un poco su cabeza plateada…, y de repente se situó a tan sólo
un par de metros de ella. La distancia se había reducido en una fracción de
segundo. Ya estaba dejando caer su brazo derecho, y las cuchillas
resplandecientes cruzaban el aire con un silbido audible y característico…
Claire no pensó: actuó. Sintió de improvisó el estómago en la
boca y no fue consciente de su propio movimiento. Durante una fracción de
segundo no fue más que un cuerpo que se agachaba y echaba a correr…, y después,
ya estaba al otro lado del avión, al lado de las cajas apiladas, mirando cómo
la criatura se daba la vuelta de forma lenta, muy lenta.
¡Joder, a la mierda!
El avión sobreviviría si le abría unos cuantos agujeros. Disparó
ocho veces hacia el centro de su pecho…, y todas las balas impactaron en
estrecho agrupamiento sobre el objetivo. Vio que los agujeros de bordes
ennegrecidos se abrían muy cerca de donde debería estar su corazón si fuera
humano, pero no salió sangre, sino un tejido oscuro y húmedo que formó unos
bultos esponjosos sobre las heridas. La criatura se detuvo en seco…, y comenzó
a avanzar de nuevo menos de dos segundos después, un paso tras otro, con
lentitud, pero sin cambiar su centro de atención.
Sintió una punzada de pánico.
Tengo que salir de aquí, me va a matar, tengo que llamar a
Steve, a lo mejor con otra pistola…
No, no podía, y además, no serviría de nada, tan sólo empeoraría
la situación. El señor X había sido programado con un único objetivo: obtener
una muestra del virus. Claire sospechaba que aquella criatura iba a por ella en
concreto, así que si entraba en la cabina y cerraba la puerta, el monstruo
seguramente arrancaría la puerta y la mataría a ella…, y a Steve. Si se quedaba
en el compartimento de carga, Steve al menos tendría una oportunidad. Además,
las únicas armas que tenían a bordo eran pistolas de calibre nueve milímetros,
y si aquel bicho podía recibir ocho tiros en el pecho sin venirse abajo, otra
pistola no iba a suponer mucha diferencia.
Intenta pegarle un tiro en la cabeza, como con el otro monstruo.
Podía intentarlo, pero tenía la sospecha de que algo como
aquello que no sangraba tampoco se quedaría ciego. Tenía unos ojos muy
extraños, y a lo mejor incluso ni los utilizaba para ver…, eso sin contar que
estaban en el interior de un avión en pleno vuelo que no paraba de moverse y de
estremecerse. ¿Cómo iba a poder apuntar en condiciones sin una mira, y mucho
menos acertar?
Todo aquello pasó por su mente en menos de un segundo, y a
continuación se puso en movimiento de nuevo, en dirección a la parte posterior
del avión otra vez. Tenía miedo de echar a correr, tenía miedo de quedarse
quieta, y se preguntó cuánto tardaría el monstruo en abalanzarse una vez más y
qué es lo que haría para…
La criatura agachó la cabeza como había hecho antes, y el cuerpo
de Claire reaccionó como en la otra ocasión, pero mientras tanto, se le ocurrió
una idea. Se alejó de la pared y corrió hacia la criatura, pero echándose a un
lado.
Si esto no funciona, estoy muerta…
Y sintió el frío de su extraña carne cuando pasó a toda
velocidad a su lado. Estuvo tan cerca que olió la podredumbre de su cuerpo…, y
un momento después ambos estaban en lados opuestos de aquel espacio abierto y
el monstruo se estaba dando la vuelta de forma mecánica otra vez. Había
funcionado, pero por los pelos: si hubiese estado un centímetro más cerca, si
ella hubiese sido una fracción de segundo más lenta, todo habría acabado ya.
La pistola no servía, no podía huir de allí, así que era la
criatura la que tenía que salir, pero ¿cómo? La corriente de aire que salía por
el hueco posterior abierto en el compartimento era fuerte, pero si ella podía
resistirlo, el pesado monstruo sin duda ni lo notaría… Tenía que lograr que
perdiera el equilibrio. Quizá si lo atraía hasta la abertura y lo hacía
tropezar, pero no tenía tanta fuerza…
¡Piensa, maldita sea! Ya se dirigía hacia ella de nuevo, un
paso, dos. Apartó la mirada el tiempo suficiente para echar un rápido vistazo a
la zona de suelo que estaba cerca de la abertura en busca de algo que lo
hiciera tropezar, quizá la cinta mecánica…
La cinta mecánica hidráulica.
Se utilizaba para llevar las cajas más pesadas hasta la parte
trasera del avión y descargarlas. De hecho, había dos cajas vacías en la
plataforma metálica al comienzo de la cinta, a pocos pasos de la puerta que
llevaba a la cabina de mando. Los mandos que la controlaban estaban situados en
la pared exterior, justo delante de la puerta.
Es demasiado lenta, no servirá. Pero…, era lenta porque
normalmente iba cargada con algo pesado: si sólo había una o dos cajas vacías
sobre ella, ¿cuan rápidamente iría? Tenía que llegar hasta los controles y ver…
Notó un movimiento de refilón y la maza llena de pinchos
apareció de repente, directa hacia un lado de su cabeza. Claire saltó hacia
adelante y se echó a un lado de un modo instintivo, pero no fue lo bastante
veloz. Los pinchos no llegaron a darle, pero sí lo hizo el fuerte antebrazo,
que le impactó dolorosamente contra la oreja y la lanzó al suelo.
La criatura se agachó un poco de forma instantánea y golpeó con
el brazo derecho, pero ella ya se había apartado y se puso a rodar por el suelo
en cuanto cayó. Las cuchillas de la mano arañaron con fuerza el suelo e
hicieron saltar chispas. La criatura lanzó un aullido de rabia cuando Claire se
puso en pie de un salto intentando no hacer caso a la oreja palpitante de dolor
ni a los puntitos negros que asomaban en los bordes de su campo de visión. Echó
a correr hacia los mandos de la cinta hidráulica a la vez que la criatura
también se ponía en pie. El monstruo se movía de nuevo de forma mecánica,
mostrando tanta falta de sentimientos como furia había tenido tan sólo unos
segundos antes.
Claire dio unas cuantas zancadas y enseguida estuvo al lado de
los mandos de la cinta. Era un panel de control bastante sencillo: un botón de
encendido, un marcador que indicaba el peso aproximado de la carga, los botones
de avance y retroceso, una pequeña pantalla digital indicadora y un apagado de
emergencia. Claire pulsó el botón de encendido y llevó el marcador hasta la
anotación máxima de carga, poco menos de tres toneladas.
Echó una mirada hacia la criatura, todavía a una distancia
segura, y vio que sólo estaba a un paso o dos de colocarse en la trayectoria de
la plataforma de la cinta. Puso la mano encima del botón azul de avance que la
haría salir disparada hacia la salida del compartimento de carga a una
velocidad tremenda. Con tan sólo unos cuantos kilos de contenedor donde se
suponía que tenía que haber tres toneladas, derribaría a la criatura como un
bolo.
Casi… Casi… ¡Ahora!
Claire apretó el botón cuando la criatura ya estaba casi sobre
la cinta mecánica…, y no ocurrió nada.
¡Mierda!
Miró de nuevo el botón de encendido. Quizá no lo había pulsado
bien…, y fue entonces cuando vio lo que ponía en la pequeña pantalla digital.
Soltó un quejido. Ponía simplemente: «Recarga en proceso: espere la señal».
¡Dios!, ¿y cuánto tardará?
La criatura todavía estaba a unos seis metros y caminaba sobre
la cinta casi en silencio. No dispondría de otra oportunidad mejor, porque,
entre otras cosas, el siguiente golpe podría matarla…, pero si se quedaba allí,
donde estaba, y el monstruo llegaba hasta ella antes de que el motor del
aparato estuviese cargado, quedaría atrapada entre la pared y las cajas
almacenadas a su lado. La machacaría contra la puerta de la cabina de mando.
Es mejor que eche a correr.
Es mejor que me quede donde estoy.
Claire dudó un instante de más y la criatura se abalanzó sobre
ella de nuevo. Avanzó como una catástrofe natural y fue demasiado tarde, ya no
tenía ni tiempo de darse la vuelta para refugiarse en la cabina…
¡Ping!
La criatura comenzó a bajar el brazo izquierdo para golpearla al
mismo tiempo que Claire apretaba el botón y cerraba los ojos con fuerza, segura
de que el mundo iba a desaparecer en una oleada de dolor, un momento antes de
que el monstruo saliera disparado hacia atrás alejándose de ella cuando las
cajas lo golpearon en las piernas y lo hicieron salir catapultado de espaldas.
La criatura utilizó aquel increíble poder de aceleración antes de que a ella le
diera tiempo a aceptar que su plan estaba funcionando, y se agarró a la parte
frontal del contenedor para intentar recuperar el equilibrio y avanzar de
nuevo…
Pero Claire no quiso esperar a ver cuál de las dos fuerzas era
más poderosa. Empezó a disparar y le metió dos, tres balazos en la cabeza. Los
proyectiles rebotaron de un modo inofensivo en el cráneo blindado, pero lo
distrajeron. La criatura luchó otro medio segundo antes de que ella y las cajas
vacías desaparecieran al hundirse en el profundo cielo plomizo.
Claire se quedó mirando al cielo que pasaba por la abertura
durante unos momentos, sabiendo que debería sentirse tremendamente aliviada:
había matado al monstruo, había sobrevivido a otro desastre provocado por
Umbrella, estaban, por fin, a salvo…, pero también estaba totalmente agotada, y
cualquier posibilidad de sentir alguna clase de emoción fuerte había salido por
la abertura junto al hermano mayor del señor X.
—Por favor, que se haya acabado —dijo en voz baja antes de darse
la vuelta y abrir la puerta para entrar en la cabina de mando.
Steve echó la vista atrás y frunció el entrecejo mientras ella
subía los dos escalones que llevaban a la zona de pilotaje.
—¿Qué ha pasado? ¿Va todo bien?
Claire asintió y se dejó caer en el asiento de al lado,
completamente exhausta.
—Sí. Un nuevo gol para los chicos buenos. Ah, por cierto, la
compuerta de carga posterior ha desaparecido por completo.
—¿Estás de broma? —preguntó Steve.
—No —contestó ella, y un momento después bostezó con todas sus ganas,
repentinamente abrumada por el cansancio—. Oye, voy a descansar un momento. Si
me quedo dormida, despiértame a los cinco minutos, ¿vale?
—Vale —contestó Steve, que parecía seguir confundido—. ¿La
compuerta ha desaparecido por completo?
Claire no le respondió. La oscuridad se abalanzaba sobre ella,
su cuerpo se disolvía en el asiento…
Steve empezó a sacudirla, repitiendo su nombre una y otra vez.
—¡Claire! ¡Claire!
—Sí —murmuró ella, segura de que no se había quedado dormida en
cuanto abrió los ojos. Se preguntó por qué Steve querría torturarla de ese
modo…, hasta que vio la expresión de su cara, y una sensación de alarma la
espabiló del todo.
—¿Qué?, ¿qué pasa? —preguntó mientras se sentaba.
Steve parecía muy preocupado.
—Hace menos de un minuto cambiamos de rumbo y los mandos se
bloquearon de repente —contestó—. No sé qué está pasando. No hay radio, pero
todo lo demás funciona a la perfección…, sólo que no puedo virar, ni cambiar de
altitud o de velocidad. Parece atascado en el piloto automático.
Se oyó un chasquido procedente de encima de sus cabezas antes de
que ella tuviera tiempo de contestar. Se trataba de una pequeña pantalla
situada en el techo de la cabina y en la que Claire no se había fijado antes.
Unas cuantas rayas de distorsión aparecieron y permanecieron durante unos
momentos, pero cuando por fin les llegó la imagen, fue bastante clara.
¡Alfred!
Él también parecía estar volando. Estaba sentado en el asiento
delantero de un avión a reacción de dos plazas, o en un aparato similar.
Todavía tenía manchas de maquillaje por toda la cara y los bordes de los ojos
resaltados de negro, y cuando habló, lo hizo con la voz de Alexia.
—Os pido disculpas —dijo con voz suave—, pero no puedo permitir
que os escapéis. Al parecer, habéis logrado desembarazaros de otro de mis
juguetitos. Sois muy traviesos.
—Psicópata travestido —le respondió Steve con un gruñido, pero
Alfred o no lo oyó, o no le importó.
—Disfrutad del viaje —siguió diciendo Alfred entre risitas, la
pantalla se apagó después de una descarga estática final.
Claire se quedó mirando a Steve, quien la observó con un
sentimiento de inutilidad, y después ambos se quedaron mirando el mar de nubes
y cómo los primeros rayos de sol las atravesaban.
Steve soñaba con su padre cuando se despertó sobresaltado,
atemorizado por alguna razón. El sueño fue desapareciendo mientras se daba
cuenta de dónde se encontraba. Claire dejó escapar un leve sonido somnoliento
desde la parte posterior de su garganta y se arrebujó contra él colocando mejor
la cabeza sobre el hombro izquierdo de Steve. Sintió su respiración tibia
contra el pecho.
Ah, pensó él, sin querer moverse por temor a despertarla. Se
habían quedado dormidos uno al lado del otro apoyados contra la pared de la
cabina de mando, y, por lo que parecía, se habían acercado bastante en algún
momento del sueño. No tenía ni idea de la hora que era, o cuánto tiempo habían
dormido, pero todavía estaban en el aire, y la luz apagada del sol seguía
entrando por las ventanas.
Habían hablado durante un rato después de que Alfred se hubiera
hecho con el control del avión, pero no sobre lo que harían al final de aquel
vuelo secuestrado. Claire había insistido en que, puesto que no podía hacer
nada al respecto, no tenía sentido preocuparse por ello. En vez de eso, se
habían puesto a comer (Claire había sacado a golpes unos cuantos paquetes de
almendras de una máquina de aperitivos, algo por lo que Steve le estaría
eternamente agradecido) y habían hecho todo lo posible por lavarse algo con un
poco del agua embotellada. Después se habían puesto a hablar, pero a hablar en
serio.
Ella le contó todo lo que le había pasado cuando estuvo en
Raccoon City para ver a su hermano Chris, y lo que sabía sobre Umbrella y sobre
aquel tipo que recordaba a un espía, Trent…, y también le contó otras muchas
cosas. Iba a la universidad y tenía dos años más que él. Montaba en moto, pero
lo más probable era que lo dejara por lo peligroso que solía ser. Le gustaba
bailar, así que le gustaba la música de baile, pero también le gustaban grupos
como Nirvana, y pensaba que la política era muy aburrida, y su comida preferida
eran las hamburguesas con queso. Era una chica genial, la más genial que él
jamás hubiera conocido, y lo que era incluso mejor todavía, estaba interesada
de verdad en lo que él decía. Se rió mucho con los chistes que le contó Steve,
y pensaba que era estupendo que él se entrenara corriendo campo a través, y
cuando había hablado un poco sobre sus padres, ella lo había escuchado con
atención sin preguntar demasiado.
Y es tan lista y tan guapa…
La miró, miró su cabello y sus largas pestañas, y su corazón
palpitó con fuerza aunque intentaba relajarse. Ella se movió de nuevo, inquieta
en su sueño, y alzó un poco la cabeza…, y sus labios levemente separados
quedaron lo bastante cerca de los suyos como para que la pudiera besar. Lo
único que tenía que hacer era bajar la cabeza unos cuantos centímetros. Deseaba
tanto hacerlo que de hecho comenzó a inclinarse hacia ella y bajó los labios
hacia los suyos…
—Mmmmmm —murmuró ella, todavía dormida por completo. Steve se
detuvo y retrocedió un instante después, con el corazón palpitándole con mayor
rapidez todavía. Deseaba hacerlo con todas sus fuerzas, pero no así, no si ella
no lo quería también. Él creía que sí quería, pero Claire también le había
hablado un poco de León, y no estaba muy seguro de que tan sólo fueran buenos
amigos.
Se sentía torturado por tenerla tan cerca pero que no fuera
suya, así que se sintió muy aliviado cuando ella se apartó de él unos momentos
más tarde. Se puso en pie y estiró las piernas, que tenía medio dormidas, y se
acercó a la parte delantera de la cabina de mando preguntándose si ya habrían
comenzado a utilizar el depósito de combustible de reserva. La idea de tener
que enfrentarse otra vez al cabrón enloquecido de Ashford le borró los últimos
pensamientos positivos que tenía. Esperaba que Claire durmiera un poco más;
estaba tan cansada…, hasta que vio lo que había afuera. Leyó el rumbo y se dio
cuenta de que la altitud había disminuido de forma considerable. El avión
comenzaba a cabecear y a estremecerse un poco, y no era de extrañar. La lectura
del mapa que había al lado de la brújula proporcionaba la longitud y latitud
aproximadas de su posición.
—¡Claire, despierta! ¡Tienes que ver esto!
Ella se puso a su lado unos segundos más tarde frotándose los
ojos…, que se abrieron como platos cuando miró por la ventana. Había una
ventisca de hielo y nieve que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
—Estamos sobre el Antártico —dijo Steve.
—¿En el Polo Sur? —preguntó Claire con incredulidad. Se agarró
al respaldo del asiento del piloto cuando el avión se inclinó para virar—.
¿Donde los pingüinos, las orcas y todo eso?
—No conozco la fauna del lugar, pero estamos en la latitud 82.17
Sur —contestó Steve—. Sin duda, el culo del mundo. Y no estoy seguro del todo,
pero creo que estamos descendiendo para aterrizar. Bueno, al menos, estamos
aminorando la velocidad.
Quizá el plan de Alfred era dejarlos caer en mitad de la nada y
que se helaran hasta morir. No demasiado brillante ni llamativo, pero serviría
a la perfección. Steve deseó poder ponerle las manos encima aunque sólo fuera
durante un minuto, uno solo. No era un luchador nato, pero Alfred se desharía
como un merengue.
—Debemos de estar dirigiéndonos hacia eso —exclamó Claire
señalando a la derecha, y Steve entrecerró los ojos, apenas capaz de ver a
través de la ventisca. Pero unos momentos más tarde vio los demás aviones y los
edificios bajos y alargados que ella había visto, y a sólo unos minutos de
vuelo.
—¿Crees que es una instalación de Umbrella? —preguntó Steve, a
pesar de que ya sabía antes de que ella asintiese que tenía que ser así. ¿Dónde
si no iban a parar?
El morro del avión continuó bajando, llevándolos a donde Alfred
hubiera decidido, pero Steve se sentía de hecho un poco aliviado. Tener otro
encuentro con Umbrella no era agradable, desde luego, pero al menos puede que
allí hubiera otra persona a cargo del lugar, y no todos los empleados de
Umbrella podían ser tan mamones como Alfred, aparte de que no podía imaginarse
que todo el mundo dejara lo que tuviese entre manos para ir a besarle el culo a
aquel degenerado. A lo mejor Claire y él encontraban a alguien con quien hacer
un trato, o a quien pudieran sobornar de algún modo…
Se estaban acercando para efectuar una primera pasada. El avión
comenzaba a balancearse demasiado debido a la acumulación de hielo en las
alas…, y Steve se dio cuenta de que iban demasiado bajos, demasiado bajos y
demasiado rápidos. El tren de aterrizaje se había bajado por su cuenta en algún
momento, pero no había forma alguna de que pudieran aterrizar en condiciones
con esa altitud y esa velocidad.
—Sube, sube… —gimió Steve mientras observaba cómo el tamaño de
los edificios crecía con demasiada rapidez. Sintió que las gotas de sudor le
salían por todos los poros del cuerpo. Se colocó en el asiento del piloto,
agarró la palanca de mando y tiró con todas sus fuerzas…, pero no ocurrió nada.
Joder.
—¡Claire, ponte el cinturón! ¡Vamos a estrellarnos! —gritó Steve
abrochándose el cinturón mientras Claire se sentaba de un salto en su sitio.
Los cierres de seguridad soltaron un chasquido justo cuando tocaban tierra…, y
las alarmas comenzaron a sonar en el panel de mandos cuando el tren de
aterrizaje se partió y quedó atrás. La panza del avión chocó contra el suelo.
La cabina de mando se estremeció de arriba abajo y los cinturones de los
asientos fue lo único que impidió que se estamparan de cabeza contra el techo.
A Claire se le escapó un grito cuando una tremenda ola de nieve se estrelló
contra los cristales de las ventanas de la cabina. Se oyó un gigantesco
chirrido metálico detrás de ellos cuando la cola o una de las alas se desgajó
del fuselaje, y de las ventanas del morro se desprendió la nieve suficiente
para que vieran el edificio que tenían delante de ellos y cómo el avión se
deslizaba fuera de control hacia allí y que todo estaba cubierto de humo. Iban
a estrellarse y…
Capítulo 10
A Claire le dolía la cabeza. Otra vez. Algo estaba ardiendo.
Distinguió el olor a humo al mismo tiempo que notó que tenía un frío espantoso.
Recordó de repente lo que había ocurrido: la nieve, el edificio, el aterrizaje
forzoso. Alfred. Abrió los ojos y alzó la cabeza. Le fue bastante difícil, ya
que seguía sujeta por el cinturón al asiento, y éste se encontraba inclinado
hacia adelante en un ángulo de cuarenta y cinco grados…, y fue en ese momento
cuando vio a Steve, inmóvil en su propio asiento.
—¡Steve! ¡Steve, despierta!
Steve dejó escapar un gruñido y murmuró algo. Claire respiró con
más tranquilidad. Logró desabrochar el cinturón después de unos cuantos
intentos y se deslizó hasta quedar agachada con los pies sobre lo que unos
momentos antes era el panel de instrumentos. No podía ver mucho del exterior
por el ángulo en que se encontraba inclinado el avión, pero le pareció que se
encontraban en el interior de un edificio de gran tamaño. Había unos paneles
grises de metal a unos quince o veinte metros delante de ellos, y por el
costado agujereado del avión vio un trozo de pasarela con pasamanos a unos dos
o tres metros por debajo.
¿Dónde está todo el mundo? ¿Hay alguien aquí? Era una
instalación de Umbrella, así que, ¿por qué no había ya un montón de tipos de
seguridad sacándolos a rastras del avión estrellado? Bueno, o al menos unos
cuantos encargados cabreados.
Steve estaba recuperando el sentido, aunque Claire vio un
chichón con mal aspecto en el borde de su cuero cabelludo. Alzó la mano y
descubrió que ella también tenía un chichón justo por encima de la sien
derecha, un poco más arriba del otro con el que se había despertado…, ¿el día
anterior?, ¿el anterior a ése?
Vaya, cómo pasa el tiempo cuando no haces más que estar
inconsciente.
—¿Qué se está quemando? —preguntó Steve abriendo los ojos.
—No lo sé. —Tan sólo había un leve olor a humo en la cabina de
mando, así que supuso que procedía de algún otro punto del avión. De cualquier
manera, no quería quedarse por allí cerca por si acaso algo estallaba—.
Deberíamos salir de aquí. ¿Puedes andar?
—Desde luego —murmuró Steve, y Claire sonrió mientras lo ayudaba
a quitarse el cinturón de seguridad.
Recuperaron lo que pudieron de las armas que tenían a sus pies.
Se quedaron con el subfusil de Steve y la nueve milímetros de ella. Por
desgracia, no les quedaba mucha munición, y, además, habían perdido un par de
cargadores. A ella le quedaban veintisiete balas y a él quince. Se las
repartieron, y puesto que no tenían nada más que hacer allí dentro, Steve se
colgó del borde del avión y se dejó caer sobre la pasarela.
—¿Qué hay ahí afuera? —preguntó Claire mientras se sentaba en el
borde del agujero y se metía la pistola en el cinturón. Hacía el frío
suficiente como para que el aliento se condensara, pero pensó que podría
soportarlo durante un rato.
—No hay mucho que ver —contestó Steve mientras miraba a su
alrededor—. Estamos en un edificio circular y grande. Creo que está construido
alrededor de la boca de un pozo de mina o algo así. Hay un agujero justo en el
medio. Aquí no hay nadie. —Alzó la mirada y los brazos—. Venga, baja. Yo te
agarro.
Claire lo dudaba. Steve estaba en buena forma, pero tenía la
complexión de un corredor, y no era muy musculoso. Por otro lado, tampoco podía
quedarse en el avión todo el tiempo y odiaba saltar más allá de un par de
metros. Desde luego, le apetecía que alguien le echara una mano…
—Venga, voy a saltar.
Se agarró al borde del agujero y fue bajando el cuerpo todo lo
que pudo…, hasta que tuvo que dejarse caer. A Steve se le escapó un bufido
cuando la recogió en sus brazos, y un momento después estaban los dos en el
suelo. Steve cayó de espaldas, rodeándola con los brazos, y Claire encima de
él.
—Bien atrapada —dijo ella.
—Ah, no fue nada —contestó Steve con una sonrisa.
Su cuerpo era tibio, atractivo y dulce, y era obvio que estaba
interesado por ella. Durante unos segundos, ninguno de ellos se movió. Claire
se encontraba a gusto entre sus brazos, pero Steve quería más, y ella lo pudo
ver con total claridad en su mirada y en la forma en que recorría su cara con
los ojos.
¡Por Dios, que no estáis de vacaciones! ¡Levántate ya!
—Deberíamos…
—… averiguar dónde estamos —dijo Steve interrumpiéndola y
acabando la frase por ella.
Aunque Claire vio un destello de decepción en sus ojos, él
procuró esconder su disgusto suspirando de forma melodramática mientras bajaba
los brazos con un gesto de rendición. Ella se puso en pie de mala gana y lo
ayudó a levantarse a su vez.
Realmente parecía el pozo de una mina, de unos veinte metros de
ancho más o menos, y la pasarela sobre la que se encontraban llegaba hasta la
mitad, con un par de escaleras. Claire vio dos puertas desde donde se
encontraba, ambas abajo y a la izquierda. Sólo había una puerta a su altura, a
la derecha, pero Steve se acercó a echarle un vistazo y comprobó que estaba
cerrada con llave.
—¿Dónde crees que está todo el mundo? —preguntó en voz baja. Era
bastante probable que el eco fuese muy fuerte en un lugar tan vacío y amplio
como aquél.
Claire negó con la cabeza.
—No sé. ¿Jugando con bolas de nieve?
—Ja, ja —dijo Steve—. ¿Alfred no debería estar ahora mismo
echándose encima de nosotros con un lanzallamas o algo parecido en las manos?
—Sí, sería lo más lógico —contestó Claire. Ella había pensado lo
mismo—. Quizá todavía no haya llegado, o no se esperaba que nos estrellásemos y
está en uno de los otros edificios donde se suponía que teníamos que
aterrizar…, lo que significa que deberíamos espabilarnos, por si podemos
hacernos con uno de esos aviones antes de que él logre encontrarnos.
—Venga, vamos a hacerlo —dijo Steve—. ¿Quieres que nos
separemos? Podríamos cubrir más terreno de ese modo y hacerlo con mayor
rapidez.
—¿Con Alfred suelto por aquí? Yo voto que no —contestó Claire, y
Steve asintió. Pareció aliviado—. Bueno…, vamos por allí mismo —indicó Claire,
y se dirigió hacia la primera escalera con Steve pegado a su espalda.
Subieron por ellas y llegaron a la siguiente puerta. En
realidad, se trataba de una puerta con hojas dobles un poco alejada de la
pasarela. También estaba cerrada con llave. Steve se ofreció a abrirla de una
patada, pero ella sugirió que sería mejor que antes probasen con todas las
demás. Claire estaba cada vez más inquieta con el hecho de que el lugar
estuviese tan silencioso y tranquilo, y no quería que el eco de una puerta al
ser derribada anunciara su presencia.
Aunque deben de encontrarse en estado de coma si no han oído el
aterrizaje forzoso…
Se dirigieron hacia la siguiente puerta, que era la última que
quedaba antes de llegar a otro tramo de escaleras que iban hacia abajo. Claire
probó con el pomo de la puerta, que giró sin presentar resistencia. Steve y
ella prepararon las armas por si acaso, y en cuanto Steve asintió, Claire abrió
la puerta de un empujón…, y notó que se quedaba con la boca abierta por la
sorpresa, tan grande era.
¿Cuántas son las probabilidades de que algo como esto ocurra?
Era un dormitorio para empleados, a oscuras y hediondo, y al oír
que la puerta se abría, tres, no, cuatro zombis se giraron y se dirigieron
hacia ellos. Todos ellos habían quedado infectados hacía poco tiempo: la mayor
parte de la piel seguía pegada a la carne. Uno de ellos comenzaba a entrar en
estado de gangrena, y el fuerte y asqueroso olor dulzón de la carne putrefacta
impregnaba el aire frío.
Steve se había puesto pálido, y mientras ella se apresuraba a
cerrar la puerta tragó saliva, aunque con dificultad. Parecía que se había
puesto enfermo, y su voz sonó como si realmente lo estuviera.
—Uno de esos tipos trabajaba en Rockfort. Era uno de los
cocineros.
¡Por supuesto! Ella había creído por un momento que también en
aquel sitio se había producido un escape del virus, pero era una coincidencia
demasiado monstruosa. Al menos uno de los aviones que habían visto en el
exterior procedía de la isla. Lo más probable era que se tratase de un puñado
de empleados, pero no científicos, casi con toda seguridad, que habían huido
presas del pánico sin darse cuenta de que llevaban la infección a bordo.
Más caníbales enfermos y moribundos infectados por el virus…
¿Qué es lo siguiente?
Claire se estremeció cuando intentó imaginarse qué clase de
combatiente estaba intentando crear Umbrella para que necesitase un entorno
ártico…, y cuáles de los animales autóctonos podrían haberse visto infectados
antes de que ellos llegaran.
—Tenemos que salir zumbando de aquí —dijo Steve.
Bueno, con un poco de suerte, lo mismo se han comido a Alfred,
pensó Claire. Era una idea optimista, pero lo cierto es que ya se merecían
algún golpe de suerte.
—Vámonos.
El último lugar que les quedaba por comprobar, unas escaleras
que bajaban en espiral, se encontraban al final de la pasarela y descendían
hacia una oscuridad completa. Claire recordó las cerillas que había encontrado
en Rockfort, así que le entregó por un momento la pistola a Steve y las sacó de
la riñonera. Le dio la mitad a él antes de volver a empuñar la pistola. Steve
se colocó en cabeza y encendió dos de las cerillas a mitad de las escaleras
para luego sostenerlas en alto. No ofrecían mucha luz, pero eran mejor que
nada.
Llegaron al final de la escalera y comenzaron a recorrer un
pasillo estrecho. Claire se puso en alerta en cuanto se adentraron en la
oscuridad. Algo olía mal, como a maíz podrido, y aunque no podía oír que nada
se moviese a su alrededor, no le parecía que estuviesen solos. Solía confiar
mucho en sus instintos, pero todo estaba tan quieto y silencioso, sin ni
siquiera un susurro de sonido o de movimiento…
Serán los nervios, pensó con esperanza.
Tan sólo podían ver a un metro por delante de ellos, pero
avanzaban con toda la rapidez posible. La sensación de estar al descubierto y
vulnerables por completo les impelía a marchar a toda prisa.
Dieron unos cuantos pasos más y vieron que el pasillo se
dividía. Podían girar a la izquierda o a la derecha.
—¿Qué te parece? —susurró Claire…, y el pasillo se llenó de
repente de una explosión de movimiento, de aleteos, y el olor a podrido los
envolvió por completo. Steve soltó un taco cuando las cerillas se apagaron de
improviso y los dejaron sumidos en la oscuridad más absoluta. Algo pasó rozando
la cara de Claire, algo leve y plumoso que no hizo el menor ruido, y ella
empezó a manotear de forma instintiva por el asco, con la piel de gallina, sin
estar muy segura de adonde o a qué disparar.
—¡Vámonos! —gritó Steve, y la agarró del brazo para tirar de
ella. Ella lo siguió tambaleante y sin aliento mientras algo aleteó sobre su
cara, algo seco y polvoriento…
Steve la hizo pasar en ese preciso momento por el umbral de una
puerta que cerró de golpe en cuanto entraron. Ambos se dejaron caer contra
ella. Claire estaba temblando, terriblemente asqueada.
—Polillas —dijo Steve—. Dios, eran enormes. ¿Las has visto? Eran
tan grandes como pájaros, como halcones…
Claire lo oyó escupir, como si estuviese intentando aclararse la
garganta.
Ella no contestó y empezó a manotear en busca de una cerilla. La
habitación estaba completamente a oscuras y quería asegurarse de que no hubiera
más revoloteando por allí.
Polillas… ¡Qué asco!
Le pareció que en cierto modo eran peores que los zombis, que
podían pasar rozándote, revolotearte en la cara… Se estremeció de nuevo y
encendió la cerilla.
Steve se había metido en una oficina, una que por lo que se veía
estaba libre de polillas gigantes y de otras sorpresas desagradables de
Umbrella. Vio un par de velas en una mesa a su derecha y se apresuró a
encenderlas también, y después le entregó una a Steve antes de echar un vistazo
a su alrededor. La suave luz de las velas iluminó su refugio improvisado
llenándolo de sombras. Una mesa de escritorio de madera, unas cuantas
estanterías, un par de cuadros colgados de la pared… La estancia era sorprendentemente
agradable si se tenía en cuenta el estilo funcional del resto del lugar.
Tampoco hacía frío. Echaron rápidamente un vistazo por toda la habitación en
busca de armas o munición, pero no encontraron nada.
—Eh, a lo mejor nos sirve de algo uno de éstos —comentó Steve
acercándose a la mesa.
Sobre ella había unos cuantos montones de papeles, incluida lo
que parecía una serie de mapas esparcidos por la superficie, pero a Claire de
repente le interesó mucho más el bulto blanquecino que él tenía en la parte
posterior de su hombro derecho.
—No te muevas —dijo mientras se colocaba a su espalda.
Tenía una especie de excrecencia espesa parecida a una telaraña
que contenía el bulto, que medía unos quince centímetros y era algo deforme,
como un huevo de gallina al que han estirado demasiado.
—¿Qué es? Quítamelo —dijo Steve con voz muy tensa.
Claire acercó la vela y se dio cuenta de que aquel bulto blanco
no era opaco del todo. Podía ver un poco en su interior…, hasta el punto de
distinguir un pequeño gusano que se movía envuelto por la gelatina translúcida.
Era un envoltorio de huevo; la polilla le había puesto un huevo encima.
A Claire le dieron ganas de vomitar, pero se mantuvo firme y
comenzó a buscar algo con lo que agarrar y quitarle aquello. Había una bola de
papel arrugado en una papelera al lado de la mesa y la recogió.
—Quieto un momento —dijo, sorprendida mientras tiraba del
capullo por lo tranquila que había sonado su voz. El bulto no cedió, ya que la
red de tiras pegajosas que lo rodeaba se mantuvo firme, pero al final se soltó
y cayó al suelo con un chasquido húmedo.
Steve se agachó y se inclinó sobre el papel, acercando la vela…,
y se puso de pie de repente, con un aspecto tan asqueado como el de ella. Lo
aplastó con un fuerte pisotón y por debajo de la suela salieron varios chorros
de gelatina de color claro.
—Joder —dijo con una mueca de disgusto—. Recuérdame que eche la
papa después, cuando hayamos comido. Y la próxima vez que pasemos por ahí, nada
de llevar cerillas encendidas.
Steve le echó un vistazo a la espalda de Claire, limpia, gracias
a Dios, y luego se repartieron los papeles que había sobre la mesa. Steve se
encargó de estudiar los mapas y ella revisó el resto.
Inventarios, factura, factura, lista de inventario… Claire tuvo
la esperanza de que a Steve le estuviese yendo mejor a que a ella. Por lo que
pudo ver, estaban en lo que Umbrella denominaba una «terminal de transporte»,
fuese lo que fuese aquello, y estaba construida alrededor del pozo de una mina.
No tenía ni idea de lo que habían estado buscando con la excavación, pero había
bastantes recibos por equipo caro y nuevo, además de un montón de materiales de
construcción, casi los suficientes como para construir una pequeña ciudad.
Encontró una serie de memorándums de comunicaciones escritos por
dos ejecutivos extremadamente aburridos. Era más aburrido todavía porque todo
parecía perfectamente legal. La oficina en la que se encontraban pertenecía a
uno de ellos, un tal Tomoko Oda, y lo que por fin le llamó la atención lo
escribió precisamente Oda. Se trataba de una posdata al final de uno de sus
extensos informes de contabilidad, y que databa de tan sólo una semana antes:
PD: Por cierto, ¿recuerdas lo que me contaste cuando llegué aquí
sobre lo del «monstruo» prisionero? No te rías, pero por fin lo he oído en
persona hace dos noches en esta misma oficina. Es tan terrorífico como cuentan
los rumores. Es una especie de grito gemebundo furioso que resonó procedente de
los niveles inferiores. Mi capataz dice que los trabajadores llevan oyéndolo
desde hace unos quince años, y casi siempre tarde, avanzada la noche. El rumor
más popular dice que aúlla así porque se han olvidado de alimentarlo. También
he oído contar que es un fantasma, que es un engaño, o un experimento
científico que salió mal, incluso algunos dicen que es un demonio. Todavía no
tengo una opinión formada al respecto, y como no se nos permite a nadie bajar a
esos niveles, supongo que continuará siendo un misterio. Lo cierto, y debo
admitirlo, es que después de oír ese aullido horrible y enloquecido, no tengo
ningún interés en bajar de la planta B2.
Hazme saber cuando llega ese envío de remaches. Un saludo, Tom.
Por lo que parecía, los trabajadores de las plantas superiores
no sabían mucho sobre lo que ocurría en los niveles inferiores. Claire pensó
que probablemente había sido lo mejor para ellos…, aunque vista la situación,
quizá no.
Steve se rió de repente con una breve carcajada de triunfo y se
puso en pie con una sonrisa de oreja a oreja. Colocó un mapa político del
Antártico sobre la mesa con una palmada.
—Estamos aquí —dijo señalando un punto rojo que alguien había
pintado—, a mitad de camino entre esta base japonesa, la Monte Fuji, y el
propio Polo Sur, en territorio australiano. Y justo aquí está la base de
investigación australiana…, a unos veinte o veinticinco kilómetros como mucho.
—¡Genial! Vaya, si casi podemos llegar andando en cuanto
tengamos el equipo adecuado…
Y si logramos salir de este lugar, pensó también, y parte de su
entusiasmo desapareció.
Steve desplegó un segundo mapa.
—Espera, que eso no es lo mejor. Échale un vistazo a esto.
Era la fotocopia de unos planos. Claire estudió los diagramas
dibujados a mano, los planos laterales y de alzado de un edificio alto y sus
tres plantas, con todos los niveles y las estancias indicados con precisión.
Claire se puso en pie, demasiado emocionada para quedarse quieta. Era un mapa
completo del lugar donde se encontraban, que no se extendía hacia lo alto, sino
hacia abajo.
—Estamos aquí —dijo Steve, señalando un pequeño recuadro con una
indicación donde ponía «oficina del gerente», en el nivel B2. Llevó el dedo
hacia abajo, hacia la izquierda y hacia abajo de nuevo hasta detenerse en un
recuadro de forma desigual situado al final del diagrama. Parecía un signo de
interrogación tumbado. Las pequeñas letras negras indicaban que se trataba de
la «sala de minado», donde había un túnel esbozado con lápiz que salía de él,
al lado del que ponía «a la superficie/inacabado», también en lápiz.
—Y ahí es adonde tenemos que ir —comentó Claire moviendo la
cabeza con incredulidad. Lo más probable era que el mapa que Steve había
encontrado les ahorrara horas de vagabundeo por todo el lugar, y con tan poca
munición como tenían, también era posible que les hubiese salvado la vida.
—Sí, y si nos encontramos con puertas cerradas con llave, las
derribamos o les pegamos un tiro en la cerradura, lo que sea —dijo Steve con
tono alegre—. Y está a poco más de un minuto, por lo que parece. Estaremos
cruzando el cielo en un momento.
—Aquí dice que el túnel está inacabado… —comenzó a decir Claire,
pero Steve la cortó.
—¿Y qué? Si todavía están trabajando en ello, seguro que hay
alguna clase de equipo pesado para hacerlo —dijo Steve con un tono de voz
despreocupado—. Bueno, aquí dice «sala de minado», ¿verdad?
No podía discutir con su lógica, pero es que tampoco quería.
Casi era demasiado bueno para ser verdad, y estaba más que deseosa de oír
buenas noticias para ellos…, y aunque significara tener que correr otra vez por
el pasillo atestado de polillas, esta vez estarían preparados.
—Tú ganas —dijo entusiasmándose a su vez.
Steve alzó las cejas con gesto inocente.
—¿Ah, sí? ¿Cuál es el premio?
Estaba a punto de contestarle que estaba dispuesta a oír sus
sugerencias cuando un sonido alarmante e inesperado la detuvo. Llegó a la
oficina desde todos los lugares y de ninguno a la vez. Pensó durante una
fracción de segundo que se trataba de alguna clase de sirena de alarma por lo
fuerte y penetrante que era, pero ninguna sirena comenzaba a sonar con un tono
tan bajo y profundo, o seguía subiendo de tono de aquel modo, o provocaba
semejante sensación de miedo. Había furia en aquel sonido, una rabia ciega tan
intensa que era incomprensible.
Ambos se quedaron inmóviles, escuchando, mientras aquel grito
increíble y espantoso se alargaba y finalmente se apagaba. Claire se preguntó
cuánto tiempo había pasado desde que le habían dado la última comida. No le
cabía ninguna duda de que se trataba de una de las creaciones de Umbrella.
Ningún fantasma podía producir un sonido tan visceral, y ninguna alma humana
podía contener tanta rabia.
—Vámonos ya —dijo Claire en voz baja, y Steve se limitó a
asentir, con los ojos abiertos de par en par con un gesto ansioso mientras
doblaba y se guardaba los mapas.
Comprobaron y empuñaron sus armas, acordaron un plan de forma
breve, y después de contar hasta tres, Steve abrió la puerta de un empujón.
Alfred sonrió a través de los gruesos barrotes de metal a la
monstruosidad que había lanzado el rugido mientras éste se apagaba en la
lejanía. Se quedó admirando el resultado de la brillantez intelectual de su
hermana, encerrado en aquella celda húmeda y vacía. Él la había ayudado, por
supuesto, pero ella era el genio que había creado el virus T Verónica, y tan
sólo con diez años…, y aunque ella había considerado un fracaso su primer
experimento, Alfred no pensaba lo mismo. El resultado era muy gratificante en
el plano personal.
Todo estaba mucho más claro desde el mismo momento que se había
marchado de Rockfort. Habían vuelto todos sus recuerdos, ideas que había
perdido o mantenido enterradas, sentimientos que incluso había olvidado que
tenía. Después de permanecer quince años en una zona gris, de estar confundido
y envuelto en una fantasía inestable, Alfred sintió que su mundo se aproximaba
por fin al orden establecido, y también comprendió la razón por la que habían
atacado su hogar en Rockfort.
—Verás, ellos también sabían que había llegado la hora —dijo
Alfred—. Si no hubiese sido por ese ataque, puede que yo hubiera seguido
creyendo que ella estaba conmigo.
Observó con cierta diversión cómo la monstruosidad inclinaba su
cabeza asquerosa hacia la puerta, escuchándolo. Estaba encadenada a su silla,
con los ojos tapados, y las manos atadas a la espalda, y aunque aquello había
sido incapaz de llevar una vida normal a lo largo de un decenio y medio,
todavía respondía al sonido de las palabras. Quizá incluso reconocía su voz a
un nivel animal e instintivo.
Debería alimentarlo, pensó Alfred. No quería que muriera antes
de que Alexia se despertara…, pero eso ocurriría dentro de poco tiempo, muy
poco tiempo. Quizá incluso el proceso ya habría comenzado. La idea lo llenaba
de admiración: iba a presenciar su milagroso renacer.
—La he echado tanto de menos —dijo Alfred con un suspiro. Tanto
que había creado una imagen reflejada de ella para que compartiera con él todos
aquellos años en soledad— Pero pronto reaparecerá como la reina madre, conmigo
como su soldado más fiel, y nunca jamás nos separaremos otra vez.
Eso le recordó su última tarea, un último objetivo que le
quedaba por cumplir antes de que pudiera sentarse cómodamente a esperar. La
alegría que había sentido al descubrir que el avión se había estrellado no duró
mucho cuando descubrió que el aparato estaba vacío, pero después de recordar la
disposición de las instalaciones se dio cuenta de que sólo podían estar en uno
o dos lugares. Había tomado un rifle de francotirador de la armería de uno de
los otros edificios, un Remington de cerrojo del calibre 30.06 con
teleobjetivo, un juguete maravilloso, y estaba decidido a probarlo. No podía
permitir que Claire y su amiguito aparecieran en el momento menos oportuno y
estropeasen la celebración…
De repente, Alfred comenzó a reírse cuando se le ocurrió una
idea. La monstruosidad tenía que comer… ¿Por qué no le servía a aquellos dos
plebeyos en bandeja? Claire Redfield había llevado la destrucción a Rockfort,
había intentado manchar el nombre de los Ashford, lo mismo que había hecho
aquella monstruosidad, en cierto modo.
Devorará a los agentes enemigos, un homenaje al regreso de
Alexia…, y después tendremos una pequeña reunión familiar, sólo los tres.
Al oír su risa, la monstruosidad se puso nerviosa y tiró de las
cadenas que la sujetaban con tanta fuerza que Alfred dejó de reírse. Soltó otro
aullido tremendo y prolongado mientras se esforzaba por liberarse, pero Alfred
calculó que las cadenas aguantarían un poco más.
—Pronto regresaré —prometió Alfred antes de empuñar el rifle y
alejarse. Se preguntó qué era lo que pensaría Claire al reunirse con el padre
de los gemelos en unas circunstancias tan poco habituales, es decir, cuando la
matara de forma salvaje. La monstruosidad se sentía atraída por el calor del
cuerpo y por el olor a miedo, o eso le gustaba creer a Alfred, y deseaba
muchísimo ver cómo acechaba a la indefensa Claire en plena oscuridad.
Cuando Alfred comenzó a subir las escaleras que llevaban a la
segunda planta del sótano, Alexander Ashford aulló de nuevo, al igual que había
hecho quince años atrás cuando sus propios hijos pequeños lo habían drogado y
le habían arrebatado la vida.
Capítulo 11
Se adentraron en la oscuridad. Steve iba delante de Claire, que
dejó la puerta de la oficina abierta. Había la luz suficiente para ver dónde el
pasillo se dividía a la derecha, ésa era toda la luz que necesitaban.
A la derecha, camina, la puerta de la derecha, camina, escalones
a la izquierda…
Aquello no paraba de darle vueltas en la cabeza. Las
indicaciones eran sencillas, pero no quería cometer el más mínimo error. El
recuerdo de lo que Claire le había quitado de la espalda seguía fresco en su
memoria, y no sabían qué más eran capaces de hacer las polillas.
Dieron dos pasos y la primera polilla se dirigió hacia ellos, un
borrón blanquecino y silencioso. Steve abrió fuego.
¡Bang, bang, bang! Tres disparos y la criatura aleteante se
desintegró en el aire. Los trozos se estrellaron contra el suelo con unos leves
chasquidos húmedos mientras el resto salían del pasillo al que se dirigían
Claire y Steve. Volaron como una oleada polvorienta de olor a podrido, unas
siluetas sombrías y suaves…, ¿qué era aquel bulto grueso del tamaño de un
hombre que colgaba del techo?
Ni lo pienses, vete, vete…
—¡Vámonos! —gritó Steve, y Claire salió corriendo desde detrás
de él, dirigiéndose a toda velocidad hacia la derecha para cruzar el pasillo a
la vez que él comenzaba a disparar de nuevo con ráfagas de dos y tres
proyectiles.
Sobre él cayó una lluvia de trozos de alas grandes y suaves y de
una sustancia pegajosa mientras acribillaba las siluetas oscuras que
revoloteaban alrededor. Aquella cascada de restos orgánicos hizo que le dieran
arcadas. Las polillas morían de forma tan silenciosa como atacaban. Sintió cómo
una de ellas se posaba en la cabeza, y algo tibio y pegajoso engancharse a su
cuero cabelludo. Se frotó con fuerza en esa parte con una mano mientras seguía
disparando con la otra, y logró que el pegajoso envoltorio con el huevo en el
interior se desprendiera.
—¡Despejado! —gritó Claire desde mucho más cerca de lo que él se
esperaba, y aunque había planeado retroceder de espaldas a lo largo del pasillo
sin dejar de disparar, el contacto de aquella sustancia en el cabello fue la
gota que colmó el vaso. Se agachó, se cubrió la cabeza con un brazo y echó a
correr.
Divisó su silueta en el hueco de una puerta a la derecha y se
lanzó hacia ella, corriendo en línea recta hacia el brazo extendido de la
chica. Claire lo agarró por la camisa y lo metió de un tirón. Cerró la entrada
de un portazo, y se dio la vuelta para empezar a disparar mientras lo cubría
con su propio cuerpo.
—¡Eh!, ¿qué puñetas…?
¡Bang! ¡Bang! La estancia era enorme, y el eco de los disparos
llegaba rebotado desde unas esquinas muy alejadas.
Había un poco de luz procedente de algún lugar, pero Steve los
oyó antes de verlos. Zombis, gimiendo con sonidos quejumbrosos. Eran tres o
cuatro que ya se estaban acercando a ellos. Distinguió sus siluetas, que se
tambaleaban y oscilaban mientras avanzaban en su dirección. Vio que dos de
ellos caían abatidos, pero otros dos aparecían y tomaban su lugar.
—¡Estoy bien! —exclamó Steve entre los estampidos de los
disparos, y Claire se echó a un lado al mismo tiempo que le gritaba que se
ocupara del flanco derecho.
Steve apuntó y disparó, entrecerrando los ojos para no quedar
cegado por los fogonazos en aquella oscuridad y esforzándose por alcanzarlos en
la cabeza. Mató de forma definitiva a tres, luego a un cuarto, ya tan cerca que
la sangre le salpicó una mano. Se la limpió inmediatamente frotándosela contra
el pantalón, rezando para que no tuviera ningún corte, para no quedarse sin
munición, pero apareció otro zombi, y otro más…, y entonces, Claire lo agarró
de nuevo y tiró otra vez de él. Steve dejó de disparar y permitió que ella lo
guiara hasta donde debía de estar la sala del pozo de la mina. Los zombis
arrastraron los pies y siguieron gimiendo a su espalda mientras empezaban a
perseguirlos a cámara lenta. Tropezó con un cuerpo tibio y pisó otro, sintiendo
cómo algo crujía al partirse bajo el pie. Sin embargo, por mucho temor y
desesperación que sintiera, no fue nada comparado con lo que se le vino encima
cuando oyó a Claire soltar un grito de dolor y notar que le soltaba la mano.
—¡Claire!
Steve, aterrorizado, alargó el brazo hacia ella, pero no
encontró más que el aire…
—Cuidado por donde pisas. Me he dado un porrazo tremendo en la
punta del pie —dijo Claire con voz irritada, a menos de un metro de él.
Steve sintió que las rodillas le temblaban del alivio. También
sintió una barandilla de metal contra el hombro derecho: las escaleras de la
sala del pozo de la mina. Lo habían logrado.
Subieron juntos los peldaños. Claire seguía avanzando en cabeza,
y cuando abrió la puerta, la luz del sol entró a raudales en el hueco
atravesando la oscuridad.
—Gracias a Dios —murmuró Steve manteniendo abierta la puerta
mientras Claire entraba, y antes de que pudiera seguirla, oyó la risita
infantil y femenina que había acabado reconociendo y odiando. Claire deslizó
con rapidez una mano a la espalda y le indicó que no se moviera. Steve soltó la
puerta y ella se quedó allí, dejando que se cerrara hasta que se detuvo en su
cadera. Alfred dijo algo y ella levantó con lentitud las manos.
Al parecer, Alfred había pillado desprevenida a Claire…
Pero no a mí, pensó Steve, sin darse cuenta de la sonrisa tensa
y amenazadora que había aparecido en su rostro. Alfred tenía muchas maldades
por las que responder, pero Steve estaba bastante seguro de que en un minuto o
dos más, no iba a tener oportunidad de decir mucho más…, para siempre.
La había pillado. Tal como había previsto, ellos…, bueno, ella
se había acercado a echarle un vistazo al túnel, la única salida de la terminal
para la que no hacía falta disponer de una llave. Sin duda, no se trataba de
una chica estúpida, pero él era superior, tanto en el plano intelectual como en
el estratégico. Entre otras cosas.
Claire, que seguía en el umbral de la puerta, alzó las manos,
pero la expresión que mostraba su rostro era irritantemente tranquila. ¿Por qué
no estaba atemorizada?
—Suelta el arma —dijo Alfred con un gruñido y con el dedo en el
gatillo del rifle.
Su voz, amplificada de forma natural por el pozo de la mina, que
constituía la mayor parte del lugar, resonó por toda la estancia helada con un
tono autoritario y un poco cruel. Le gustó aquella voz fuerte, y supo que era
efectiva cuando ella dejó caer el arma sin dudarlo ni un momento.
—Acércamela de una patada —ordenó Alfred, y ella obedeció. El
arma cruzó el suelo de cemento con un repiqueteo. No la recogió, sino que la
envió de otra patada por debajo de la barandilla que tenía a la izquierda.
Ambos se quedaron oyendo cómo la única esperanza de Claire caía rebotando sobre
las rocas cubiertas de hielo hasta desaparecer en las profundidades del pozo
congelado.
¡Qué maravilloso es ejercer un control así!
—¿Qué le ha pasado a tu compañero de viaje? —preguntó con un
tono de voz burlón—. ¿Es que ha tenido un accidente? Por cierto, sepárate de la
puerta si no te importa, y procura mantener las manos donde pueda verlas.
Claire avanzó un poco. La puerta se cerró casi por completo a su
espalda, y Alfred adivinó un leve gesto de contrariedad en su rostro. Supo de
forma inmediata que había acertado con su comentario. Eso suponía una comida
caliente menos para su padre, pero dudaba mucho que el monstruo se quejara.
—Ha muerto —dijo ella con sencillez—. ¿Qué le pasó a Alexia? ¿O
es que estoy hablando con Alexia? Verás, es que os parecéis tanto…
—Cierra la boca, niña—rezongó Alfred—. No eres merecedora de
pronunciar su nombre. Ya sabes que ha llegado el momento de su regreso, por eso
tu gente atacó Rockfort, para atraerla a una trampa… ¿O es que esperabais
matarla directamente, antes de que pudiera respirar su primera bocanada de aire
libre?
Claire pareció confundida. Al parecer, seguía decidida a
mantener su comportamiento inocente y fingido, pero Alfred ya no quería oír
ninguna más de sus mentiras. Estaba perdiendo el interés por aquel juego. Ante
el triunfo inminente de Alexia, todo lo demás carecía de importancia.
—Lo sé todo —le espetó—, así que ni te molestes. Y ahora, si
eres tan amable de venir conmigo…
Claire levantó de repente la mirada hacia un punto situado a su derecha:
la plataforma donde comenzaba el túnel.
—¡Cuidado! —gritó a la vez que se tiraba al suelo. Alfred se dio
la vuelta y tan sólo vio la enorme máquina excavadora de hielo, la entrada al
oscuro túnel.
La puerta a la espalda de Claire se abrió de golpe para dejar
paso al chico, que cayó sobre su costado, apuntándole con una arma.
Alfred se giró de nuevo, enfurecido, y apretó el gatillo del
rifle tres, cuatro veces, pero no tuvo tiempo de apuntar con precisión y los
proyectiles explosivos ni se acercaron a su objetivo.
De repente, sintió que una mano gigantesca lo empujaba hacia
atrás y le quitaba la respiración. El chico siguió disparando hasta que se
quedó sin balas.
Alfred trastabilló hacia atrás otro paso. Abrió la boca para
soltar una carcajada, listo para matarlos a los dos, pero el rifle ya no estaba
en sus manos. Lo había dejado caer por alguna razón, y su risa no era más que
un carraspeo doloroso y gorgoteante, y algo cedió a su espalda. Un instante
después, caía hacia el pozo de la mina, donde aterrizó sobre una gruesa capa de
hielo. Intentó levantarse inmediatamente, pero notó un dolor intenso y
lacerante en el pecho. ¿Sería posible que le hubiesen disparado?
El hielo cedió sin apenas hacer ruido y volvió a caer,
chillando. Tenía que verla una vez más, tenía que tocarla de nuevo, pero lo que
oyó fue a su padre gritando también mientras se dirigía en su busca, y después
todo desapareció en el dolor y en la oscuridad.
El sonido del tremendo aullido que había resonado al encuentro
de Alfred hizo que se pusieran en marcha de forma inmediata. Claire sólo se
detuvo el tiempo suficiente para recoger del suelo el rifle de Alfred antes de
subir en pos de Steve hacia la plataforma elevada. A Steve se le había acabado
la munición, y la pistola estaba en el fondo del pozo de la mina, así que era
su única arma.
Subieron a la cabina de la enorme máquina de color amarillo
aparcada delante del túnel con una inclinación ascendente. Steve se puso al
volante…, y un instante después oyeron otra vez aquel grito inhumano y
enloquecido. Sin ninguna clase de duda, había sonado mucho más cerca. El
monstruo prisionero andaba suelto en uno de los pasillos interiores.
Steve pulsó unos cuantos interruptores, asintiendo y murmurando
para sí mismo mientras lo hacía. Claire estuvo atenta al aullido mientras
comprobaba la munición del rifle: sólo disponía de seis balas. Se dio cuenta de
que la máquina perforadora, con aspecto de ser un enorme taladro, en realidad
calentaba la punta para derretir el hielo. No le importó cómo lo hiciera con
tal de que lograra sacarlos de allí antes de que el monstruo los alcanzara.
Steve le explicó mientras el aparato calentaba motores que el
túnel estaría inacabado probablemente porque los operarios tendrían que haber
avanzado con lentitud y sin utilizar el elemento calorífico de la perforadora
para así evitar inundar la mitad de las instalaciones.
—Pero nosotros no tenemos que preocuparnos por eso —añadió él
con una sonrisa— ¿Qué te parece si creamos un lago artificial?
—Por mí, encantada —le contestó ella con otra sonrisa. Sin
embargo, en su interior deseaba sentir un poco más de entusiasmo. Estaban a
punto de escapar, habían acabado por fin con Alfred Ashford, y no había nadie
que se interpusiera en su camino, de modo que, ¿por qué se sentía tan insegura?
Es por todas esas chorradas que soltó sobre su hermana… Vale,
estaba loco, pero aquello le había hecho recordar una pregunta para la que
todavía no tenía respuesta: ¿por qué habían atacado Rockfort?
Steve apretó el pedal de aceleración y el aparato comenzó a
avanzar a saltos. No había cinturones de seguridad, por lo que Claire tuvo que
agarrarse apoyando una mano en el techo de la cabina. La perforadora retemblaba
tanto como el avión cuando estaban a punto de estrellarse. El campo de visión
estaba muy restringido por el gigantesco taladro del morro, pero su poder fue
obvio en cuanto llegaron al final del túnel, sin duda alguna.
El ruido fue increíble, ensordecedor, como si alguien hubiera
metido piedras en una picadora, pero cien veces más potente. Les llegó el olor
a vapor recalentado, y mientras avanzaban con lentitud a través de una
oscuridad total, Claire oyó el rugido del deshielo incluso por encima del de la
excavación. A los lados de la cabina pasaban unos tremendos torrentes de agua.
El ruido de la perforación y de las impresionantes corrientes de
agua siguió mientras ellos continuaban ascendiendo…, hasta que la perforadora
se detuvo y el vehículo se estremeció mientras las cadenas de las orugas se
esforzaban por hacerlo continuar. Una luz repentina inundó la cabina, una luz
gris, sombría y hermosa.
El vehículo perforador salió del agujero que acababa de abrir
cerca de una torre. Claire se percató de que era un helipuerto al mismo tiempo
que Steve señalaba a los trineos motorizados que se encontraban aparcados cerca
de la base. Estaba nevando. Unos pesados copos húmedos caían del cielo de color
pizarra, y la fría humedad caló en el interior de la cabina antes de que
llevaran ni siquiera un minuto sobre la superficie. Soplaba algo de viento que
hacía que la nieve cayera en ángulo. No era un viento muy fuerte, pero sí
continuo.
—¿Helicóptero o trineo? —preguntó Steve con voz despreocupada,
pero Claire se dio cuenta de que había comenzado a temblar. Lo mismo que ella.
—Tú eliges, piloto —contestó ella. En un helicóptero irían con
mayor rapidez, pero le pareció que quedarse en el suelo era más seguro—.
¿Podremos despegar con esta ventisca?
—Siempre que no empeore —respondió él a su vez.
Miró hacia la torre, pero no parecía muy seguro de sí mismo.
Claire estaba a punto de sugerir que utilizaran uno de los trineos cuando él se
encogió de hombros y abrió la puerta. Salió y la llamó por encima del hombro.
—Vamos a acercarnos a la torre, conductora —dijo—. Al menos
podremos ver si tenemos posibilidades de elegir.
Claire también salió y alzó la cabeza, pero tampoco pudo ver el
extremo superior de la torre. Hacía un frío intenso, helador.
—Lo que tú digas, pero vamos ya —contestó Claire, colgándose el
rifle del hombro.
Steve se acercó al trote a las escaleras y ella lo siguió de
cerca, helada pero exultante, inundada de repente por la maravillosa sensación
de poder escoger, de poder decidir qué querían hacer, de cómo lo querían hacer.
De un modo u otro llegarían a la base australiana en una hora más o menos, y
estarían arropados con mantas mientras bebían algo caliente y contaban lo que
les había pasado.
Bueno, al menos, las partes más creíbles, pensó subiendo los
peldaños detrás de Steve. Ni siquiera las personas de mente más abierta de todo
el mundo se creerían la mitad de lo que les había pasado.
Su felicidad fue menguando a medida que se acercaban a la parte
superior de la torre, a tres pisos de altura. Los dientes le castañeteaban con
fuerza, y cuando Steve se dio la vuelta con el entrecejo fruncido, ya nada le
importaba mucho más aparte de entrar en calor.
—No hay ningún helicóptero —dijo. La nieve se le estaba
solidificando sobre el cabello—. Supongo que tendremos que…
Vio algo detrás de Claire, y su rostro se contorsionó con una
expresión de horror y sorpresa. Alargó la mano para ayudarla a subir, pero ella
ya se había puesto en movimiento.
—¡Vamos! —gritó Claire, y él se dio media vuelta y echó a correr
escaleras arriba, con la chica pegada a menos de un peldaño. Claire no sabía
qué era lo que él había visto…
Sí que lo sabes…
Por la expresión de su cara, sabía que no quería tener aquello
justo a la espalda.
Es la criatura, el monstruo, estaba suelto y ahora va a por
vosotros, le dijo de modo servicial el profundo miedo que sentía. Un momento
después, la agarró del brazo y la hizo subir de un salto los pocos escalones
que quedaban. Llegó tambaleante a una gigantesca plataforma cuadrada y vacía.
Las líneas de señalización estaban casi tapadas por completo por la nieve
recién caída, y una extraña niebla oscura y gris dificultaba la visión.
—Dame el rifle —jadeó Steve, pero ella no le hizo caso. Se giró
para ver si era verdad, si reconocería el tremendo dolor del ser que había
aullado de forma tan terrible…, y mientras la criatura se acercaba a la
plataforma, ella vio que era verdad, y lo reconoció sin problema alguno. Se
descolgó el rifle del hombro y retrocedió, indicándole con un gesto a Steve que
permaneciera detrás de ella.
Alfred se despertó en mitad de un mundo de dolor. Apenas podía
respirar y tenía sangre por toda la cara procedente de la boca y de la nariz.
Cuando intentó levantarse, la sensación de agonía fue inmediata y paralizante.
Cada parte de su cuerpo estaba rota, cortada o atravesada, y sabía que iba a
morir. Lo único que le quedaba por hacer era rendirse a la oscuridad. Tenía
mucho miedo, pero sentía tanto dolor que quizá lo mejor sería dormirse.
Alexia…
No podía rendirse, no cuando había estado a punto de
conseguirlo, no cuando todavía estaba a punto de lograrlo. Se obligó a sí mismo
a abrir los ojos, y vio a través de una leve neblina roja que se encontraba en
una de las plataformas inferiores que sobresalían asomándose al pozo de la
mina. Había caído desde una distancia de tres pisos por lo menos, quizá incluso
cinco.
—Aaa… leeexiaaa —susurró, y notó cómo la sangre salía a
borbotones por su pecho, sintió cómo los huesos chirriaban unos contra otros
cuando se movió de nuevo, sintió miedo del dolor que tendría que soportar…,
pero iría hasta ella, porque ella era su corazón, su gran amor, y resistiría
con su nombre en los labios.
—Dame el rifle —dijo Steve otra vez mientras veía cómo la
criatura daba un primer paso hacia ellos.
Claire no le estaba prestando atención. Tenía el ojo pegado a la
mira telescópica y estaba viendo lo mismo que él pero ampliado, y lo que veía
era una abominación.
Era evidente que la criatura, cegada con una venda, con las
manos atadas a la espalda, con un sucio taparrabos de cuero desigual atado a la
cintura por toda vestimenta, había sufrido de forma horrible. Distinguió con
claridad las cicatrices abultadas, los verdugones antiguos, las marcas
sangrientas alrededor de los tobillos. Habría tenido un aspecto humano si no
hubiera sido por su cuerpo de enorme tamaño y su extraña carne, de color gris
moteado. Sus músculos eran poderosos hasta el punto de haber rasgado la propia
piel dejando al descubierto la carne. Llevaba el torso desnudo, y Steve vio una
especie de rojez palpitante en el centro del pecho: un objetivo claro. Durante
unos segundos pensó que, después de todo, estaban a salvo; no tenía armas.
Y en ese preciso instante se oyó el sonido de algo que se
desencajaba, y cuatro apéndices desiguales, parecidos a las patas de un
insecto, aparecieron desdoblándose en la parte superior de su espalda. El más
largo mediría como mínimo tres metros, y asomaba por encima de su hombro
derecho como la cola de un escorpión. Avanzó tambaleante otro paso y un líquido
oscuro comenzó a caerle del cuerpo, del pecho o de la espalda. Cuando las gotas
se estrellaron contra el cemento helado, un gas verde purpúreo comenzó a surgir
siseante de los agujeros que abrieron, y el viento helado y cargado de nieve
arrastró las diferentes volutas a un lado o a otro.
La criatura aulló otro grito sin palabras y dio otro paso
adelante con las nuevas extremidades agitándose por encima de su cabeza sin
pelo. Aquello hizo que se balancease de un lado a otro, casi incapaz de
mantener el equilibrio. Steve empezó a correr en cuanto se dio cuenta de
aquello.
Ve agachado, con la cabeza bajada, derríbalo mientras todavía
está cerca del borde…
—¡Steve! —gritó Claire llena de temor, pero él ya casi había
llegado, ya estaba lo bastante cerca como para que el hedor acre del gas
producido por su sangre corrosiva le quemara las fosas nasales.
Tiene que ser veneno, tengo que mantenerlo alejado de ella.
Justo antes de estrellarse contra el monstruo, algo lo golpeó
con fuerza en la espalda y lo lanzó contra el suelo.
—¡Steve! —gritó Claire de nuevo, pero esta vez, horrorizada por
completo: Steve se deslizaba sin control por el suelo de cemento cubierto de
hielo. Aunque intentó detenerse clavando los dedos helados sobre la superficie
helada, no quedó plataforma a la que agarrarse.
Steve se encontraba casi al lado del monstruo cuando uno de sus
extraños brazos pasó por encima de los dos y golpeó a Steve en la espalda y lo
arrojó a un lado.
—¡Steve!
Su compañero se deslizó por la plataforma helada como una piedra
lisa sobre una superficie de agua tranquila y desapareció por el borde.
¡Dios mío! ¡No!
Claire se dobló sobre sí misma. El dolor provocado por la
emoción la impactó como si se tratase de un golpe físico, duro y seco, en la
boca del estómago. Había intentado protegerla, y eso le había costado la vida.
No pudo moverse ni respirar durante un segundo, no pudo ni sentir el frío, no
le preocupó el monstruo en absoluto.
Pero sólo fue durante un segundo.
Miró de nuevo al animal torturado y tambaleante que se
aproximaba bamboleándose hacia ella. Supo sin lugar a dudas que la rabia en sus
aullidos procedía de largos años de torturas y abusos, de experimentos
efectuados con él, y no sintió nada por ello. Su corazón se había aislado por
completo, y su mente estaba más fría que su propio cuerpo. Se irguió, metió una
bala en la recámara del rifle y evaluó la situación con tranquilidad.
Era obvio que podía dejarlo atrás corriendo, allí plantado en la
plataforma, y encontrarse a un kilómetro de él antes de que el monstruo lograra
bajar los peldaños de la escalera, pero eso ya no era una opción. Su muerte
sería un acto de misericordia, pero eso tampoco lo incluía en su cálculo de la
situación.
Ha matado a Steve, y ahora yo voy a matarlo, pensó con frialdad,
y se dirigió hacia la esquina noroeste de la plataforma, la más alejada de la
escalera. El monstruo giró con un movimiento dolorosamente lento mientras sus
apéndices seguían agitándose. Por fin, su rostro cegado quedó encarado hacia
ella.
La criatura soltó otro aullido feroz e incoherente, y su cuerpo
expulsó otro chorro de aquel líquido humeante, probablemente alguna especie de
ácido o de veneno. Se preguntó por un momento quién habría creado una criatura
semejante, y cómo. Aquello no era un monstruo zombi modificado por el virus T,
y por su aspecto torturado y castigado tampoco se trataba de una arma biológica
de Umbrella. Supuso que jamás lo sabría.
Claire alzó el rifle y colocó el ojo en la mirilla telescópica,
concentrándose en el tejido palpitante del centro del pecho antes de subir el
cañón del arma y apuntar a su rostro gris y sin expresión. No sabía si aquel
tejido rojizo era su corazón, pero estaba segura de que no sobreviviría a un
disparo en la cabeza con una bala del calibre 30.06. No quería perder el tiempo
acechándolo, y tampoco causarle un dolor innecesario. Lo quería muerto.
Apuntó al centro de su frente. Tenía una mandíbula de rasgos
fuertes y una nariz recta bajo la piel cubierta de arrugas, como si antaño
hubiese sido alguien bello, incluso aristocrático.
A lo mejor es otro Ashford, pensó con cierta sorna, y disparó.
La cabeza del monstruo se partió por la mitad; casi pareció
desmembrarse cuando el proyectil se incrustó en su objetivo. Los trozos de
hueso y los restos de cerebro volaron por los aires. Todo ello de un color gris
como el mismo cielo. Una vaharada de vapor surgió del cuenco vacío en que se
había convertido su cráneo mientras se desplomaba hacia el suelo: primero de
rodillas, con los brazos mutantes agitándose en el aire helado, y después
directamente de cara contra el suelo cubierto de nieve.
Claire no sintió nada: ni placer, ni alegría, ni siquiera
compasión. Estaba muerto, eso era todo, y ya había llegado el momento de que se
marchara. Todavía no sentía el frío, pero su cuerpo se estremecía con espasmos
violentos. Le castañeteaban los dientes, sabía que tenía que entrar en calor…
—¿Claire?
La voz, débil y temblorosa, era inconfundible: Steve la llamaba
desde algún punto del borde oriental de la plataforma. Claire se quedó mirando
al espacio vacío durante una fracción de segundo, confundida por completo…, y
después echó a correr. Se dejó caer de rodillas sobre la suave nieve y apoyó
las manos en el borde para asomarse y verlo agarrado a un pilón de apoyo
metálico cubierto de hielo, rodeándolo en una postura extraña con los dos
brazos y una pierna.
Tenía la cara azul por el frío, pero al verla se le iluminaron
los ojos y en su rostro pálido apareció una expresión de alivio increíble.
—Estás viva —dijo.
—Es lo que suelo hacer —contestó ella, dejando el rifle a un
lado y afianzándose con fuerza en el borde antes de inclinarse para agarrarle
del brazo. Costó unos instantes, pero un momento después, Steve volvió a estar
sobre la plataforma. Se quedaron abrazados, sintiendo demasiado frío para hacer
otra cosa.
—Lo siento, Claire —dijo Steve con tristeza—. No pude detenerlo.
El corazón se le había abierto al ver que seguía vivo, y al oír
aquello se le encogió. Steve sólo tenía diecisiete años, su vida había acabado
destrozada por culpa de Umbrella, y casi acababa de morir por intentar
salvarla. Otra vez. Y era él quien pedía perdón.
—No te preocupes. Esta vez me lo he cargado yo —dijo, decidida a
no echarse a llorar—. Del próximo te encargas tú. ¿De acuerdo?
Steve asintió y se sentó sobre los talones para mirarla.
—Lo haré —contestó, con tanta vehemencia que a ella no le quedó
más remedio que sonreír.
—Genial —dijo Claire a su vez, y se puso en pie y alargó la mano
para ayudarlo a levantarse—. Eso me ahorrará un poco de trabajo. Y ahora, ¿qué
te parece si nos montamos en uno de los trineos?
Se apoyaron uno en el otro y se quedaron juntos para mantener el
calor corporal mientras bajaban las escaleras. A ninguno de los dos le apetecía
soltarse de aquel abrazo.
Capítulo 12
Alexia Ashford vio a su gemelo morir a sus pies, sangrando y con
un dolor agónico, mientras alargaba una mano para tocar el tanque de estasis
con los ojos llenos de adoración hacia ella. Nunca había sido demasiado listo o
competente en sus funciones, pero ella lo había querido, y mucho. Su muerte era
una gran tristeza, pero también la señal que había estado esperando. Había
llegado el momento de salir de allí.
Sabía desde hacía unos cuantos meses que el final llegaría en
poco tiempo. O más bien, el comienzo, el surgimiento de una nueva vida sobre la
Tierra. Su estado de estasis había permanecido estable durante la mayor parte
de los quince años que había necesitado, y a lo largo de ese tiempo, su cuerpo
y su mente habían permanecido ajenos a la vida de su alrededor, ajenos al hecho
de que se encontraba en el interior de un tanque lleno de líquido amniótico
helado mientras sus células cambiaban con lentitud y se adaptaban al virus
Verónica-T.
Sin embargo, eso había cambiado en el transcurso del año
anterior. Había mantenido la hipótesis de que si se le proporcionaba el tiempo
suficiente, el virus Verónica-T elevaría la conciencia hasta niveles mentales
insospechados, expandiendo áreas de la mente que sobrepasarían los simples
sentidos humanos, y estaba en lo cierto. Durante los diez meses anteriores
había comenzado a experimentar su propia existencia a pesar del estasis en que
se encontraba, poniendo a prueba su conciencia, y había sido capaz de ver a
través de sus ojos humanos cuando había querido.
Alexia expandió su mente hasta apagar los interruptores de las
máquinas de apoyo vital. El tanque comenzó a vaciarse, y ella se quedó mirando
a su hermano muerto, tremendamente descontenta de que fuera así. Podía elegir
no hacer caso de sus emociones, pero ella había sido humana a su lado. Le
parecía lo más apropiado.
Cuando el tanque estuvo vacío del todo, Alexia abrió la puerta y
salió a su nuevo mundo. Había poder por todos lados, y era suyo, tan sólo tenía
que apropiarse de él, pero en ese momento se sentó delante del tanque, colocó
la cabeza ensangrentada de Alfred sobre su regazo y experimentó la tristeza.
Comenzó a cantar una tonadilla infantil que le había gustado
mucho a su hermano mientras le apartaba con cuidado el cabello de la cara.
Distinguió arrugas de tristeza alrededor de su boca y de sus ojos, y Alexia se
preguntó cómo había sido la vida de su hermano. Se preguntó si se habría
quedado en Rockfort, si se habría quedado en la casa de Verónica, el hogar de
sus antepasados.
Alexia concentró su mente, sin dejar de cantar, en buscar a su
padre, y se quedó sorprendida al no encontrarlo: o estaba muerto, o estaba más
allá de su alcance de percepción. Había entrado en contacto con su mente escaso
tiempo atrás y estudiado lo poco que quedaba de ella. En cierto modo, él era
responsable de lo que le había ocurrido a ella. El virus Verónica-T había
convertido su mente en papilla, lo había vuelto loco, lo mismo que le habría
pasado a ella si no se le hubiera ocurrido probarlo antes en él.
Extendió la percepción de su mente y descubrió enfermedad y
muerte en los niveles superiores de la terminal. Una pena. Había deseado
comenzar de nuevo sus experimentos de forma inmediata. Sin embargo, sin sujetos
a los que poner a prueba, no tenía sentido que se quedara allí.
Descubrió a dos personas no muy lejos de las instalaciones de
Umbrella, y decidió poner a prueba su control sobre la materia para determinar
cuánto esfuerzo le costaba, y comprobó que apenas era un esfuerzo de verdad. Se
concentró durante unos pocos segundos, vio un macho y una hembra en el interior
de un trineo motorizado, y deseó que regresaran a las instalaciones.
De forma instantánea, unas extremidades de materia orgánica
atravesaron la capa de hielo y se dirigieron hacia el trineo. Alexia observó
divertida con sus sentidos cómo un tentáculo gigante de la sustancia recién
formada surgía del suelo, se enroscaba alrededor del vehículo y lo alzaba en el
aire sin ninguna clase de dificultad antes de lanzarlo hacia las instalaciones.
El aparato rodó sobre sí mismo y su motor estalló en llamas antes de detenerse
contra la pared de uno de los edificios de Umbrella.
Se dio cuenta de que ambos seguían vivos, y se mostró contenta.
Podía utilizar a uno de ellos en un experimento sobre el que llevaba cavilando
desde hacía varias semanas, y sin duda le encontraría una buena utilidad al
otro a su debido tiempo.
Alexia continuó cantándole a su hermano muerto, intrigada por
los cambios que veía llegar, deseando obtener el control completo de sus
poderes recién adquiridos. Acarició el cabello de Alfred mientras seguía
soñando.
Capítulo 13
La situación se complicó con bastante rapidez en cuanto llegó a
aquella isla de mierda.
Chris estaba de pie al borde de un acantilado a primera hora de
la noche. Estaba recuperando el aliento y maldiciéndose a base de bien. Todo
estaba en aquella bolsa, las armas y la munición, el equipo de escalada para
que pudieran bajar al bote, la linterna, el botiquín de urgencia, todo.
Bueno, no todo. Todavía le quedaban tres granadas en el
cinturón. Genial. A mitad de camino del risco, pierde el asidero y deja caer la
bolsa al mar, pero por lo que parecía, todavía le quedaba sentido del humor.
Sí, eso servirá de mucho para salvarle la vida a Claire. Barry
tenía razón. Tendría que haber traído a alguien de apoyo.
Bueno. Podía pasarse todo el puñetero día deseando que las cosas
fueran diferentes, o podía ponerse en marcha. Prefirió ponerse en marcha.
Chris se agachó y entró en una cueva baja que había escogido
para empezar la búsqueda. Se trataba de una zona aislada, pero sin duda
conectada con el resto de las instalaciones. Había un mástil de antena en el
exterior, y cuando se irguió después de avanzar unos cuantos pasos, se encontró
en el interior de una estancia amplia y abierta. Las paredes y el techo eran de
piedra natural, pero el suelo había sido nivelado con arena.
Había luz un poco más adelante, y Chris se dirigió hacia ella
cruzando los dedos mentalmente: no deseaba aparecer en mitad de una cena de los
miembros del equipo de seguridad de Umbrella. Lo dudaba mucho. Por lo que pudo
ver de la isla, el ataque del que había hablado Claire había sido excesivamente
brutal.
Estaba a menos de doce pasos de otra estancia, más sombría,
cuando la cueva se vio sacudida por un leve temblor que hizo caer polvo y una
lluvia de pequeños fragmentos de roca sobre su cabeza, y cerrando la entrada
por la que acababa de pasar. Las rocas grandes producían un sonido muy
característico al caer. Por lo que parecía, el ataque contra la isla la había
dejado en una situación inestable.
—Vaya, genial —murmuró, pero se sintió un poco más contento de
llevar las granadas encima. Tampoco es que fueran de mucha ayuda en una
situación como aquélla. Incluso en el caso de que pudiera hacer volar las rocas
que taponaban la entrada de la cueva sin que se desplomara todo el techo,
seguía estando demasiado alto para poder saltar, y la cuerda estaba en la bolsa
que había perdido. A menos que hubiera tomado lecciones sin que él lo supiera,
Claire no era tan buena escaladora como para poder bajar por aquella pared de
roca sin la ayuda de una cuerda…
—¿Qué? —jadeó alguien, y Chris se agachó para tomar una posición
defensiva.
Escrutó las sombras y vio a un individuo en el suelo de la
cueva, recostado contra una pared. Llevaba puesta una camiseta blanca rasgada y
manchada de sangre, lo mismo que sus pantalones y botas militares. Era un
guardia de Umbrella, y no se encontraba en buen estado de salud precisamente.
De todas maneras, Chris se colocó con rapidez a su lado, preparado para
machacarlo a patadas si se le ocurría ni siquiera estornudar.
—No sabía que todavía hubiera alguien más por aquí —dijo el
hombre con voz débil antes de toser un poco—. Pensé que era el último que
quedaba después de la secuencia de autodestrucción.
Tosió de nuevo. Era obvio que estaba a punto de morir.
Aquellas palabras le provocaron un nudo en el estómago a Chris.
¿Autodestrucción?
Se agachó a su lado e intentó hablar con voz tranquila.
—He venido a buscar a una chica. Se llama Claire Redfield.
¿Sabes dónde está?
Al oír el nombre de Claire, el individuo sonrió, aunque no a
Chris.
—Es un ángel. Se marchó, logró escapar. La ayudé…, la dejé
libre. Intentó salvarme, pero ya era demasiado tarde.
Chris sintió que sus esperanzas renacían.
—¿Estás seguro de que logró escapar?
El moribundo asintió.
—Oí cómo se marchaban los aviones. Vi cómo un reactor salía de
la instalación subterránea, debajo de… —Tosió de nuevo—. Debajo del tanque. Tú
también deberías marcharte. Ya no queda nada aquí.
Chris sintió cómo parte de su miedo y de sus tensiones
desaparecían, relajando parcialmente sus hombros y el cuello. Si no estaba
allí, estaba a salvo.
—Gracias por ayudarla —dijo con sinceridad—. ¿Cómo te llamas?
—Raval. Rodrigo Raval.
—Soy el hermano de Claire, Chris. Déjame ayudarte, Rodrigo. Es
lo mínimo que puedo hacer y…
¡Grroooaaarrr!
Un ensordecedor aullido animal resonó por toda la cueva, y en
ese mismo instante, otro temblor realmente fuerte sacudió el lugar. El suelo se
estremeció con tanta violencia que Chris cayó al suelo, y un chorro de tierra
surgió como una erupción. Chris pensó en un primer momento que se trataba de
una explosión. Era una fuente de tierra y de rocas que ascendió, y siguió
ascendiendo. Chris vio una gruesa capa de cieno cubierto de desechos, olió el
hedor a sulfuro y a podredumbre, vio un enorme cilindro de goma que seguía
subiendo también.
Y el cilindro aulló de nuevo. Su parte superior se retorció
sobre sí misma y unos tentáculos agusanados aparecieron en su enorme boca
abierta de par en par. Chris se esforzó por ponerse en pie mientras agarraba
una de las granadas que llevaba al cinto…, y la gigantesca serpiente-gusano se
abalanzó sobre ellos sin dejar de aullar, con las fauces extendidas…
Se tragó a Rodrigo de un solo bocado antes de meterse en el
suelo arenoso donde él había estado sentado. Entró en el suelo como un nadador
lo haría en el agua, y su largo y tremendo cuerpo se arqueó para seguir a la
cabeza. ¡Dios!
Chris se alejó tambaleándose mientras el suelo continuaba
temblando y la criatura excavadora lo cubría todo con una lluvia de fragmentos
de rocas, arena y suciedad. Se dio cuenta de que tenía que matarla o largarse
de allí con rapidez, porque podía aparecer debajo de él en cualquier momento y
acabaría siendo con facilidad otro aperitivo para aquel monstruo.
Corrió hacia la pared exterior de la cueva e ideó un plan en una
fracción de segundo antes de que el gusano surgiera del suelo de nuevo a su
espalda. Su boca de pesadilla se abrió en el momento en que llegó a su altura
máxima y permaneció allí un instante, preparada para abalanzarse sobre él
mientras las rocas caían a su alrededor…
Chris le quitó la anilla de seguridad a la granada, tiró del
detonador y echó a correr hacia la parte inferior de la criatura, en el punto
donde sobresalía del suelo. Una locura, esto es una locura…
Se agachó justo antes de tocar el cuerpo musculoso y repugnante
y dejó la granada delante de él, sin dejar de correr, con todo el cuidado que
pudo para que no estallara en ese preciso momento…, y después se puso a
cubierto detrás del cuerpo serpenteante del gusano, rodando sobre sí mismo
antes de cubrirse la cabeza con un brazo al mismo tiempo que el animal se
lanzaba a por él, aullando…
¡BOOM!, la explosión hizo estremecerse el suelo con mayor fuerza
todavía de lo que lo había hecho el monstruo y el aullido se cortó en seco. El
estampido de la granada quedó medio ahogado por media tonelada de tripas del
gusano que salieron disparadas en todas direcciones, pegajosas y tibias, que
pintaron las paredes de la cueva con manchas viscosas.
Chris rodó sobre su espalda, empapado de restos, y vio la parte
delantera del animal retorcerse de forma convulsa, muerta ya…, y cuando sus
músculos se tensaron y relajaron por última vez, la serpiente-gusano expulsó
una oleada de ácidos estomacales y rocas por su enorme boca, vomitando su
última comida.
¡Rodrigo!
Antes siquiera de que el enorme cuerpo se quedara inmóvil por
completo, Chris ya estaba al lado de Rodrigo, horrorizado y con una sensación
de impotencia por el pobre hombre torturado por un dolor agónico. Estaba
cubierto por completo por una capa de bilis amarilla, y Chris vio que en
algunos sitios ya había comenzado a atravesar la piel.
Rodrigo dejó escapar un leve quejido lastimero: estaba demasiado
debilitado para lograr gritar en lo que tenía que ser un dolor increíble. Chris
se quitó la chaqueta que llevaba puesta y le limpió la cara del fluido pegajoso
y ácido.
—Te vas a poner bien, tranquilo. No intentes hablar —le dijo
Chris, consciente de que Rodrigo moriría en cuestión de minutos, quizá incluso
segundos. Siguió hablando, manteniendo un tono de voz tranquilizador a pesar de
la desesperación que sentía.
Rodrigo abrió los ojos, y aunque estaban llenos de sufrimiento,
también mostraban la mirada lejana y perdida de alguien que estaba a punto de
dejarlo todo atrás, de alguien que estaba a punto de verse libre de todo dolor
y miedo.
—Bolsillo… derecho… —susurró Rodrigo—. El ángel… me lo… dio…
para que… tuviera suerte.
Rodrigó inspiró una profunda bocanada de aire con lentitud, y la
dejó salir con la misma lentitud, una exhalación que pareció durar una
eternidad, y después murió.
Chris cerró con un gesto automático sus ojos medio abiertos,
sintiéndose a la vez triste y aliviado por la muerte de Rodrigo, el fin de una
vida, pero también el fin de una agonía.
Descansa, amigo.
Suspiró y metió una mano en el bolsillo indicado por Rodrigo,
sintió el metal de un objeto tibio por el contacto con la piel…, y sacó el
desgastado y pesado encendedor viejo que le había regalado a Claire hacía ya
mucho tiempo. Para que le diera suerte.
Chris lo sostuvo contra su pecho, embargado de repente por una
oleada de amor hacia su hermana. Claire había llevado aquel encendedor con ella
durante años a todos lados, pero se lo había dado a un hombre moribundo para
aliviar su sensación de soledad, que además lo más probable era que fuese uno
de los individuos que la habían capturado.
Se lo metió en un bolsillo y se puso en pie, alegre de poder
devolvérselo, y de decirle que ella había supuesto una alegría en las horas
postreras de la vida de Rodrigo, quien había muerto con una sonrisa en los
labios al oír su nombre. Aunque no hiciera falta que rescatara a Claire, el
viaje de Chris hasta la isla había merecido la pena y el esfuerzo.
El hedor que inundaba la cueva salpicada de restos empezó a
asfixiarlo. Ya sabía que su hermana estaba salvo, por lo que lo único que le
quedaba por hacer era regresar a casa. La entrada de la cueva había quedado
bloqueada por el alud de rocas, pero si alguien había activado el sistema de
autodestrucción de Umbrella… Por lo que parecía, todas sus instalaciones
ilegales poseían aquella clase de sistema, ya que era un modo excelente de
destruir pruebas si algo salía mal, de manera que no debería tener demasiados
problemas en encontrar la instalación subterránea de la que había hablado
Rodrigo y ver si quedaba otro avión.
—No hay regreso posible —dijo en voz baja. Rezó una breve
oración por el descanso del alma de Rodrigo y se marchó para ver lo que
encontraba.
Estaba a punto de producirse un enfrentamiento en una de las
pantallas que quedaban de la sala de control, y Albert Wesker, frustrado
después de todo un día de búsqueda infructuosa y sin ganas de efectuar otro
largo viaje en avión, arrastró una caja y se sentó a observarlo. Ya había
enviado a sus chicos de vuelta y estaba solo, excepto que, al parecer, alguien
se le había escapado, y ese alguien todavía estaba dando vueltas por la isla.
Aunque no por mucho tiempo más, pensó con alegría. Deseó que la
recepción en el monitor fuese de mejor calidad. Gracias a ese fracasado
solitario, Alfred Ashford, el sistema de autodestrucción lo había jodido todo,
pero por fin estaba a punto de ocurrir algo interesante.
¡Joder, está desarmado!
Sin duda, o era un idiota, o estaba loco o no sabía lo que podía
encontrarse en la isla. Wesker sonrió. El tipo desarmado caminaba lentamente
por las instalaciones de entrenamiento situadas justo una planta por debajo de
él y estaba a punto de encontrarse de frente con una de las creaciones
biológicas más recientes de Umbrella, una que había quedado atrapada en el
sistema de alcantarillas hasta que Wesker había aparecido por allí y la había
dejado libre. Tan sólo los separaba un pasillo. En cuanto aquel idiota doblase
la siguiente esquina, lo mataría.
Wesker se colocó bien las gafas de sol, distraído de forma
agradable y alejado de sus problemas. Umbrella había bautizado a sus nuevos
monstruos con el nombre de «Barredores». Sin embargo, básicamente no eran más
que Cazadores con garras envenenadas. Eran enormes, anfibios, y con un
comportamiento violento inaudito. En opinión de Wesker, los Cazadores, la serie
121, ya eran unos cabrones de cuidado sin necesidad de añadirles el detalle del
veneno.
Pero así eran los de Umbrella. Siempre andaban desperdiciando
recursos, jugando en vez de ganar guerras.
Sí, así era, pero en ese momento estaba punto de producirse un
baño de sangre. Wesker dejó a un lado el disgusto que sentía hacía la compañía
y se inclinó hacia adelante para ver mejor.
El idiota desarmado, un tipo alto de cabello castaño rojizo —eso
era lo único que permitía distinguir la estática de la pantalla—, estaba a dos
pasos de su desastre personal. El Barredor estaba esperándolo justo al otro
lado de la esquina, cuando el individuo se detuvo y retrocedió un paso,
pegándose a la pared.
Wesker frunció el entrecejo. El tipo comenzó a retroceder, con
lentitud y precaución, sin despegarse de la pared. Bueno, puede que no fuese
idota del todo.
Había recorrido la mitad del pasillo por el que había llegado
cuando el Barredor se impacientó y decidió pasar a la acción. No quedaba nada
en funcionamiento del sistema de sonido, pero cuando la criatura echó la cabeza
hacia atrás en la pantalla, supo que estaba lanzando su feroz aullido, y el
grito agudo llegó a Wesker a través de las habitaciones derruidas del edificio
una fracción de segundo después.
—Ve a por él —susurró Wesker con voz ansiosa mientras giraba la
cabeza para mirar al pobre idiota condenado…, justo a tiempo para verle lanzar
algo, algo pequeño y oscuro, en el mismo momento en que el Barredor saltaba
saliendo de la esquina sin dejar de aullar. El objeto aterrizó a sus pies, y el
edificio se estremeció. Las pantallas se pusieron primero blancas y después
negras, y el profundo retumbar de una explosión rugió a través del suelo.
Wesker se quedó sorprendido, y después se sintió furioso.
Aquella criatura había sido un logro maravilloso de la ciencia, un guerrero
creado para el combate ¿Quién era aquel cabrón que había entrado a tontas y a
locas y lo había hecho volar en pedazos?
Un cabrón muerto, pensó Wesker con rabia, quitando la caja de en
medio de una patada. Se dirigió a las escaleras y bajó los peldaños de dos en
dos, rodeando con cuidado los pocos incendios que todavía ardían. Se dio cuenta
de que estaba canalizando toda su frustración y rabia contra el desconocido,
pero no le importó lo más mínimo. Alexia no estaba en Rockfort, lo que
significaba que tendría que ir nada menos que a la Antártida, donde se
encontraba la única instalación donde ella podía estar. ¿Por qué habría ido
Alfred allí si no? Y si Wesker no llegaba antes de que ella se despertase, era
muy posible que tuviese que marcharse con las manos vacías, lo que representaba
un fracaso, y si había algo que Wesker odiaba era perder.
Cruzó las instalaciones de entrenamiento cubiertas de escombros
hasta llegar al pasillo que buscaba. Procuró caminar en silencio mientras
avanzaba. En el aire todavía quedaban restos de humo cuando dobló la esquina
donde se había producido el enfrentamiento, pero quedaba muy poco del Barredor.
La mayor parte se encontraba pegada a las paredes y al techo.
Allí estaba, delante y a la izquierda. Podía oler al intruso,
olía el miedo y el sudor que emanaba del pequeño laboratorio donde se había
ocultado.
Esto te va a doler más a ti que a mí, pensó. Se animó un poco al
pensar en aquel pequeño encuentro.
No quería que el desconocido lo hiciese saltar por los aires a
él también, así que Wesker no dudó. No le dio al individuo ni el tiempo ni la
oportunidad de ponerse paranoico. Entró en la estancia, vio al futuro cadáver
de pie y de espaldas a él, y avanzó. Lo hizo del único modo que podía: en un
segundo atravesó la puerta, y al siguiente le estaba dando la vuelta al intruso
que tenía agarrado por la garganta antes de levantarlo en vilo…, y se encontró
mirando al rostro sorprendido de Chris Redfield.
Vaya.
Chris, que había pertenecido a los STARS de Raccoon City, que
había participado bajo el mando del propio Wesker en la operación de la mansión
Spencer, donde se había encargado de joder por completo todos sus planes. Chris
Redfield le había costado dinero, y casi le había costado la vida, pero lo peor
de todo era que había sido el responsable del mayor fracaso de toda la carrera
de Wesker.
Se recuperó con rapidez de la sorpresa, y una alegría siniestra
y maravillosa se extendió por todo su cuerpo.
—Chris Redfield, vivito y coleando. ¿Qué es lo que te trae por
Rockfort? Si no te importa decírmelo, vamos…
La voz de Wesker se fue apagando poco a poco mientras miraba el
rostro cada vez más rojo de Redfield, que seguía intentando de modo inútil
apartar los dedos de su atacante de la garganta. ¡La chica, por supuesto! Ni
siquiera sabía que Redfield tenía una hermana, pero la carta enloquecida que
Alfred Ashford había dejado atrás de forma tan meticulosa lo explicaba todo,
incluidos los planes que tenía reservados para la joven Claire Redfield.
—No está aquí —le dijo Wesker con una sonrisa. Se colocó bien
las gafas de sol con la mano libre.
—Estás…, estás muerto —jadeó Chris, y la sonrisa de Wesker se
ensanchó. Ni se preocupó por responder a una afirmación tan estúpida.
—Chris, no cambies de tema. ¿No quieres saber dónde está Claire?
¿Sabes que su avión tomó un desvío inesperado hacia la Antártida?
Chris se estaba asfixiando con lentitud, pero Wesker se dio
cuenta de que lo que le estaba contando sobre su hermana le hacía más daño que
la idea de su propia muerte inminente.
¡Excelente!
—Allí se están llevando a cabo unos cuantos experimentos
—susurró Wesker con un tono de voz burlón, como si le estuviera contando un
secreto muy preciado—. Tengo planeado ir allí a ver si puedo efectuar uno o dos
experimentos por mi cuenta. Dime, ¿tu hermana es atractiva? ¿Crees que le
interesaría pasarlo bien un rato? Porque, verás, me estoy empalmando como no te
puedes hacer ni idea…
Chris intentó golpear a Wesker, y la furia impotente de sus ojos
fue algo enormemente placentero. Por fin, le dio en plena cara y le hizo saltar
las gafas de sol, que cayeron al suelo, y Wesker se echó a reír. Parpadeó con
lentitud para que pudiera verlo con claridad. Todavía no se había acostumbrado
a su nuevo aspecto, y sus ojos de gato de color rojizo dorado lo sorprendían
cuando se miraba en un espejo, y tuvieron el efecto que precisamente había
esperado.
—¿Qué…, eres? —jadeó Chris.
—Soy mejor, eso es lo que soy —contestó Wesker—. Verás, tengo
nuevos jefes. Después de lo que me pasó en la mansión Spencer me hizo falta un
poco de ayuda para lograr ponerme en pie de nuevo, y ellos se mostraron más que
dispuestos a proporcionármela. ¿Crees que le gustará a Claire?
—Monstruo —le espetó Chris.
Te voy a enseñar lo monstruo que soy, mierdecilla.
Wesker comenzó a cerrar la mano poco a poco. Vio cómo los ojos
de Chris empezaban a salírsele de las órbitas, cómo se le hinchaba una vena de
la frente.
Se detuvo al oír el sonido de una risa. Una risa femenina, fría,
que llenó la estancia, rodeándolos.
—¿No prefieres jugar conmigo? —dijo una voz. Era la misma mujer,
con un tono ronco, sensual y peligroso, y después empezó a reírse de nuevo. Era
un sonido bello, inmisericorde, que se fue apagando poco a poco hasta
desaparecer.
¡Alexia!
Dios, estaba despierta ya… Wesker pensó en el poder que debía de
tener para conseguir verlo allí, para que su mente llegara tan lejos…
Lanzó a Chris a un lado y apenas prestó atención al crujido del
yeso cuando su cabeza chocó contra la pared. Estaba concentrado por completo en
Alexia. Tenía que llegar hasta ella lo antes posible. Tenía que apoderarse de
ella, y no sólo por la muestra, aunque se conformaría con lo que pudiera
conseguir.
—Ya voy —dijo.
Recogió sus gafas y se puso en movimiento, cruzando a toda
velocidad las instalaciones destruidas para llegar hasta donde lo esperaba su
avión privado. Chris representaba su pasado; Alexia Ashford era su futuro.
Chris se puso en pie poco después de que Wesker se hubiera
marchado. Le dolía el cuerpo en una docena de sitios diferentes, y la garganta
era el peor de todos. No sabía lo que había ocurrido con exactitud, no sabía
quién era la mujer de la risa o por qué Wesker se había mostrado tan ansioso de
llegar hasta ella, pero en ese momento comprendió quién había atacado Rockfort,
y sospechaba el motivo. Albert Wesker debería haber muerto cuando la mansión
Spencer ardió hasta los cimientos, pero por lo que parecía, había vendido su
alma a cambio de su vida a alguien nuevo, alguien que obviamente era tan
inmoral y cruel como Umbrella. Alguien a quien no le importaba en absoluto
matar para conseguir lo que quería, algo que Umbrella tenía en su poder.
A Chris no le importaba todo aquello. En esos momentos, lo único
que le importaba era Claire y el modo de llegar hasta la instalación de la
Antártida. Sabía que Umbrella tenía una base legal allí, tenía que ser la
misma, y si no lo era, seguro que alguien sabría dónde se estaban realizando
los experimentos.
Le quedaba una granada. Si lograba encontrar el aeropuerto
subterráneo no tendría problemas para lograr entrar, y sabía pilotar cualquier
cosa con alas. Utilizaría la radio durante el trayecto para localizar con
exactitud la base de Umbrella, y si no conseguía una arma, utilizaría las manos
desnudas.
Lo único que importaba era Claire. Y él ya estaba en camino.
Capítulo 14
Estaban tan sólo a unas pocas horas de llegar. Dos hombres
relacionados por su pasado. Uno era su enemigo. El otro… Alexia no sabía apenas
nada sobre el otro, todavía, pero lo que sabía era que estaba dispuesto a
rescatar a la muchacha del trineo motorizado que ella había capturado después
de haberla hecho regresar de forma tan brusca. Lo más probable era que también
quisiese rescatar al muchacho. Por supuesto, ninguno de ellos saldría de allí,
pero deseaba observar las intrigas sin sentido y los dramas desmesurados que su
humanidad traería hasta su hogar. Disfrutaría de la oportunidad de observar sus
tendencias e instintos naturales antes de alterar por completo sus vidas para
siempre.
Estaba de pie en medio del gran salón, considerando todos los
elementos de la situación: los futuros posibles, su transformación ya próxima,
los cambios estructurales y psicológicos que su nueva síntesis vírica
provocaría en los humanos, cómo recibiría a sus nuevos invitados, y se le
ocurrió que quizá les sería difícil llegar hasta su hogar, enterrado en las
profundidades bajo el hielo y la nieve. Deseó inmediatamente que todas las
puertas se abrieran, que todos los obstáculos desaparecieran, y vio y oyó el
resultado en ese preciso instante, en un centenar de sitios a la vez, cuando
las cerraduras saltaron por los aires y las paredes cayeron derribadas, cuando
los escombros fueron arrinconados a un lado y las aberturas se ampliaron.
Estaba preparada. Todo iría con mayor rapidez a partir de aquel
momento, y lo que ocurriera a lo largo de las horas siguientes definiría, hasta
cierto punto, las decisiones que tomaría durante cierto tiempo. Todo era
todavía tan reciente que las premisas que regirían su nueva vida no estaban más
que escritas en la arena…
Alexia sonrió ante su talante poético y se dispuso a preparar la
primera serie de inyecciones para el chico.
Capítulo 15
Algo iba mal, muy mal, en la instalación que Umbrella tenía en
la Antártida, pero Chris no sabía lo que era.
Estaba en el quinto nivel subterráneo de la construcción que se
hundía en tierra, a decenas de metros bajo la superficie de la tierra, de pie
frente a lo que parecía ser una mansión levantada con ladrillo blanco. Había
una fuente a su espalda, plantas en grandes macetas, incluso un tiovivo
recargado de adornos. Había acabado allí, probablemente porque alguien de
dentro así lo había querido, pero no tenía ni idea ni de quién había sido ni
del motivo.
Todos sus instintos le gritaban que saliera zumbando de allí,
pero no hizo caso. Tenía que seguir, aunque no supiera si iba como oveja al
matadero o de si lo estaban llevando hasta su hermana. Desde que había
aterrizado con el reactor en el hangar de la parte superior lo habían guiado a
cada paso que daba: entraba en los pasillos y las puertas se cerraban a su
espalda mientras que otras se abrían justo delante de él. En dos ocasiones
había encontrado piedras preciosas en el suelo frío de cemento que le indicaban
qué dirección concreta debía seguir, y una vez, después de equivocarse al
doblar una esquina, todas las luces del pasillo se habían apagado. Habían
vuelto a encenderse cuando regresó hasta la esquina donde había cometido el
error.
Ya había sido bastante raro llegar hasta las instalaciones de
Umbrella, sobrevolando los interminables kilómetros de hielo y nieve grises
para después verlas por primera vez, sobresaliendo de la planicie como un
espejismo.
Pero eso de que te conduzcan como un animal de rebaño hasta un
sitio sin conocer el motivo…
Chris estaba atemorizado, más atemorizado de lo que se atrevía a
admitir. Intentó detenerse, echar un vistazo a su alrededor en busca de armas o
de alguna pista, pero lo habían quitado todo de en medio, y todas las puertas
que había intentado abrir estaban cerradas con llave, excepto, por supuesto,
aquellas que se suponía tenía que cruzar. Las cámaras que debían de estar
vigilándolo estaban tan bien ocultas que no había visto ni una sola de ellas,
aunque en realidad casi parecía que supieran lo que pensaba, qué señales debían
mostrarle y cómo hacer que continuara avanzando. Al principio pensó que se
trataba de Wesker, que todo aquello no era más que un montaje para atraparlo…
Sin embargo, ¿para qué molestarse? Podía haberlo estrangulado en la isla si
hubiera querido. No, lo estaban guiando por alguna otra razón, y al parecer no
le quedaba más remedio que seguir el juego si quería encontrar a Claire.
Respiró profundamente, abrió la puerta delantera y entró en la
mansión.
Era bella, tan extravagante como la fachada del edificio había
sugerido: una grandiosa escalinata central, unos arcos con columnas, y
extrañamente familiar, aunque tardó unos momentos en darse cuenta debido a los
colores y a una decoración diferentes. Era el diseño: se trataba básicamente
del mismo diseño de la sala de entrada de la mansión Spencer. Era algo
surrealista, pero tan perfectamente en armonía con las demás rarezas que ni
siquiera pestañeó al darse cuenta de ello.
Se quedó allí de pie, esperando, y miró a su alrededor en busca
de una señal, y en ese momento oyó lo que le pareció una risa procedente de
detrás de las escaleras. Era la misma risa que había oído en las instalaciones
de Rockfort; era la misma mujer.
¿Qué era lo que había dicho? ¿Algo sobre jugar?
Sin duda, todo aquello parecía un juego, y él no era más que una
pieza movida por otra persona que estaba disfrutando con ello, y eso empezaba a
cabrearlo. El hecho de estar atemorizado no hizo sino enfurecerlo más todavía.
Chris se dirigió hacia la parte trasera de la sala de entrada,
preparado para enfrentarse a aquella mujer, a exigirle unas cuantas respuestas,
pero cuando rodeó una de las columnas cargadas de decoración, vio que allí no
había nadie.
—¿Qué coño pasa aquí? —murmuró mientras se daba la vuelta.
Y allí estaba Claire, pegada a la parte posterior de la
escalinata como si la hubiera colocado allí una araña gigante. Tenía los ojos
cerrados y la cabeza le colgaba flácida.
Wesker no se sorprendió al descubrir que ciertas partes de la
instalación de Umbrella en la Antártida habían sido construidas para que se
parecieran a la mansión Spencer. Aquella extravagancia subterránea constituía
un despilfarro tremendo, increíble, pero, tal como había pensado muchas veces
antes, era lo propio de Umbrella.
Para ellos, todo iba de intrigas y similares al principio, antes
de que todo se convirtiera en una película de espías muy mala.
Oswell Spencer y Edward Ashford eran los responsables de la
creación del virus T, pero ése había sido su único logro; el resto no era más
que dinero derrochado. Lo cierto era que toda aquella instalación, a excepción
de los laboratorios, por supuesto, no era más que una broma muy cara montada
por viejos y por niños con muy poca imaginación y mucho dinero.
Wesker sabía que lo más probable era que Alexia lo estuviese
vigilando, así que se tomó su tiempo mientras pasaba de nivel a nivel y
eliminaba de paso unos cuantos zombis que lo atacaron. No llevaba ninguna arma,
y simplemente les había partido el cuello y los había dejado tirados para que
se asfixiaran. En un par de ocasiones, otras criaturas habían detectado su
presencia, criaturas que él había sentido pero que no había llegado a ver, pero
no lo habían molestado, quizá porque lo habían reconocido como uno de los
suyos.
Siguió avanzando, seguro de que Alexia lo encontraría en cuanto
estuviese preparada para ello. Había aterrizado a cierta distancia de las
instalaciones, deseoso de hacerle entender con claridad lo diferente que él
era: que los elementos y el clima no le afectaban, que era más fuerte que cinco
hombres juntos, que tenía mayor resistencia y mejores sentidos. También quería
demostrarle que respetaba su espacio vital, que estaba dispuesto a ser
paciente, y que estaba muy, muy decidido.
Cuando quieras, querida, pensó mientras cruzaba un pasillo
helado del quinto nivel subterráneo. No había estado antes allí, pero sabía que
la mansión estaba en aquel lugar y sospechaba que ella quería recibirlo a lo
grande. No le importaba lo más mínimo. Por lo que a él se refería, como si le
llevaba toallas perfumadas en la mano; seguía pensando que no era más que era
una niña tan consentida y vanidosa como su hermano. Por poderosa e inteligente
que fuese, también se trataba de una chavala rica de veinticinco años que había
pasado quince años de su vida durmiendo.
Rica, hermosa… y juguetona. Lo más probable era que ni siquiera
entendiese todavía sus propios poderes, pero no tardaría mucho en hacerlo.
Podía sentirlo. Dejó atrás la helada tranquilidad del pasillo y se dirigió de
nuevo hacia la mansión.
Claire se despertó lentamente. Alguien sostenía su cuerpo
dolorido con unas manos tibias que la alzaron y la abrazaron. Estaba medio
tumbada en el frío suelo, y era eso lo que la había despertado. Cuando abrió
los ojos, lo que vio fue a su hermano, sonriendo.
—¡Chris!
Claire se irguió y lo abrazó a su vez sin hacer caso de sus
músculos cansados y doloridos, tan feliz de verlo que por un momento se olvidó
de todo lo demás. Era Chris, era él, ¡por fin!
—Hola, hermanita —dijo a la vez que respondía con fuerza a su
abrazo. El sonido familiar de su voz hizo que Claire se sintiera segura y a
salvo. Deseó que aquella sensación durara para siempre.
¡Después de tanto tiempo!
—Claire… Creo que deberíamos largarnos de aquí cuanto antes
—dijo Chris, y ella notó el tono de profunda preocupación de sus palabras, lo
que la despabiló por completo y le hizo recordar todo lo que había ocurrido—.
No sé qué está pasando exactamente, pero no creo que estemos a salvo.
—Tenemos que encontrar a Steve —dijo, y comenzó a ponerse en
pie, preocupada. Chris la ayudó a levantarse, dejando que se apoyase en él
mientras lo hacía.
—¿Quién es Steve?
—Un amigo —contestó Claire—. Huimos juntos de Rockfort, y
también estábamos a punto de escaparnos de aquí, pero algo…, una especie de
criatura atrapó nuestro trineo motorizado y lo lanzó por los aires.
Levantó la mirada hacia Chris, y de repente se sintió más que
preocupada.
—Le oí gritar mi nombre justo antes de perder el conocimiento.
Chris, está vivo, no podemos dejarlo aquí…
—No lo haremos —la cortó Chris con firmeza, y Claire sintió que
le temblaban las piernas por el alivio que la inundó.
Chris había llegado, y conocía Umbrella a fondo. Encontraría a
Steve y los sacaría de allí.
Risotadas. Una mujer se estaba riendo a carcajadas con un sonido
cruel. Chris salió de detrás de la escalinata con Claire pegada a su espalda.
Ambos alzaron la mirada hacia la balconada. Allí había una mujer, era…
¿Alfred?
No, no era Alfred. Y eso significaba que…
—Alexia existe de verdad —murmuró Claire—. Quién se lo iba a
imaginar.
Alexia Ashford se dio la vuelta sin dejar de reírse y se alejó
hasta salir por la puerta situada en la cabecera de la escalinata.
—Puede que sepa dónde está Steve —dijo Chris a la vez que se le
ocurría lo mismo a Claire, y un momento después, los dos estaban subiendo la
escalinata a la carrera. Ella lo adelantó con facilidad, dispuesta a sacarle la
verdad a la hermana de Alfred aunque fuera a golpes…
¡CRAASHH!
Las escaleras desaparecieron a su espalda. Claire se arrojó al
suelo cuando un gigantesco tentáculo como el del trineo atravesó la balconada y
desapareció un momento después de vuelta al agujero que había perforado y
dejando atrás un trozo de escalera machacado. El grueso de la escalinata seguía
en pie, pero ella había quedado atrapada en la segunda planta. Tendría que
bajar deslizándose.
—¡Claire!
Se puso en pie y vio a Chris allá abajo, agarrándose dolorido
una pierna en medio de los restos de la escalera.
—¿Estás bien? —le preguntó, y Chris asintió, al mismo tiempo que
se oía un grito. Claire sintió que se le helaba la sangre.
Procedía del otro lado de la puerta por la que Alexia había
desaparecido, y era Steve quien lo había lanzado, a Claire no le cabía ninguna
duda. Era Steve, y algo le estaba produciendo un dolor intenso.
No puedo abandonar a Chris, pero…
—Chris, es él —dijo mirando a la puerta y a su hermano
alternativamente, sin saber qué hacer.
—¡Ve, ya te alcanzaré! —gritó Chris.
—Pero…
—¡Ve! ¡Estoy bien, pero ten cuidado!
Claire, aterrorizada, se dio media vuelta y echó a correr, con
la esperanza de que no fuese demasiado tarde.
Wesker entró en el gran vestíbulo de la mansión subterránea y se
dio cuenta de que ya no era tan grandioso: algo le había ocurrido a la
escalinata central, y parte de la balconada superior estaba esparcida por el
suelo.
Oyó a alguien moverse detrás de un enorme trozo de balconada
destrozado que todavía colgaba de la alfombra medio rasgada, y allí estaba
ella, de pie al lado de la escalinata, con un vestido negro satinado ajustado
al cuerpo y su cabello rubio y sedoso recogido en una cola para dejar al
descubierto su precioso rostro.
—Alexia Ashford —dijo Wesker, sorprendido al darse cuenta de
que, después de todo, estaba impresionado. Parecía humana, delicada e
indefensa, pero él sabía que no era así en absoluto.
Haz tu jugada, y que sea buena.
Wesker carraspeó para aclararse la garganta, dio un paso
adelante y se quitó las gafas de sol.
—Alexia, me llamo Albert Wesker. Represento a un grupo de
personas que han admirado tu obra y tu trabajo desde hace tiempo, y que han
estado esperando impacientes y ansiosos tu… regreso.
Ella se lo quedó mirando sin pestañear, con la cabeza inclinada
levemente hacia un lado y la espalda recta y enhiesta. Parecía una debutante en
su primera fiesta de presentación social.
—Y debo añadir que es un honor personal conocerte —siguió
diciendo Wesker con sinceridad—. Mis jefes me lo han contado todo sobre ti. Sé
que tu padre te engendró con los genes de su propia tatarabuela, Verónica… Que
con su material genético, la base misma de la familia Ashford, os creó a ti y a
Alfred para que fueseis la culminación de su genio. Verónica estaría sin duda
muy orgullosa.
»Sé que creaste el virus Verónica-T en su honor, y que eres el
único ser vivo que tiene acceso al virus.
Cuidado, no debes mencionar lo que le hizo a su padre, no la
cagues.
—Yo soy el virus —replicó Alexia con frialdad, observándolo
fijamente con los ojos entrecerrados.
—Sí, claro, por supuesto —contestó Wesker.
Dios, odiaba toda aquella mierda de diplomacia, era muy malo con
aquellas cosas, pero quería impresionarla y hacerle saber lo valiosa que era
para determinada gente.
—Bueno —continuó diciendo mientras pensaba en lo fácil que
habría sido todo si hubiera llegado hasta ella cuando todavía estaba en
estasis—, pues me gustaría mucho, es decir, mis jefes apreciarían mucho que
tuvieras la amabilidad de acompañarme para reunirte con ellos en un encuentro
privado. Te aseguro que no te arrepentirás.
Ella esperó unos momentos para ver si ya había terminado, y
después se echó a reír de un modo fuerte y estridente. Wesker sintió que se
sonrojaba. Estaba claro por el tono de su risa lo que pensaba de su propuesta.
Muy bien, se acabó lo de ser amable.
Wesker avanzó hacia ella y alzó una mano.
—Queremos una muestra del virus Verónica-T —dijo, y el tono
educado desapareció de su voz—. Y voy a tener que insistir en ello.
Cuando ella comenzó a bajar las escaleras, Wesker pensó durante
un segundo que iba a hacerlo, pero en ese momento empezó a cambiar, y él dejó
de pensar en nada. Sólo pudo quedarse mirando, y su asombro se duplicó.
Bajó un peldaño y su vestido se esfumó envuelto en llamas
producidas por un resplandor de luz dorada ardiente. La luz salía de su cuerpo.
Bajó otro peldaño y su carne cambió de color y pasó a ser gris oscuro, al mismo
tiempo que su cabello desaparecía sustituido por unos rizos musculosos también
de color gris que salieron de la parte superior de la cabeza y le enmarcaron la
cara. Su desnudez se vio transformada con el siguiente paso, cuando una gruesa
capa de blindaje natural empezó a crecerle por una pierna, luego subió hacia la
ingle para continuar hasta sostener un pecho redondeado y cubrirle el brazo
derecho. Para cuando llegó al pie de la escalera ya no se parecía en absoluto a
Alexia Ashford.
Wesker, que se había quedado sin respiración, alargó un brazo
hacia ella, y Alexia lo golpeó con el dorso de la mano, lanzándolo por los
aires hasta que se estrelló con un fuerte porrazo contra la puerta principal.
¡Cuánto poder!
Se puso en pie y se dio cuenta de que quizá lo mejor sería
utilizar la fuerza bruta, así que se preparó para moverse, para utilizar su
propio poder…
Y ella sonrió moviendo una mano. Un instante después, unas
llamaradas surgieron del suelo de mármol y lo rodearon por completo, encendidas
por sus esbeltos dedos. Alexia bajó la mano y las llamas disminuyeron de tamaño
pero no se apagaron. Siguieron ardiendo sobre la piedra, sobre la piedra pura y
simple.
Wesker supo en ese momento que todo había acabado. Tendría
suerte si ella decidía perdonarle la vida. Sin decir ni una sola palabra más,
dio media vuelta y salió de la sala, echando a correr en cuanto la puerta se
cerró a su espalda.
La criatura en parte humana se marchó, y pocos segundos después
lo hizo el joven, creyendo que escapaba de forma inadvertida. Alexia se quedó
mirando cómo huían, divertida pero algo decepcionada. Había esperado mucho más.
La criatura en parte humana no era ninguna amenaza, así que
decidió perdonarle la vida. Su arrogancia le había agradado, aunque no podía
decir lo mismo de su patética oferta. Sin embargo, el joven… Era valiente y con
capacidad de sacrificio, leal y compasivo. Físicamente era un buen espécimen. Y
además, amaba profundamente a su hermana, quien estaba a punto de morir.
Aquello podría dar como resultado una interesante reacción fisiológica.
Alexia decidió que crearía un enfrentamiento para que ambos
interactuaran. Probaría una nueva forma y vería si su dolor lo hacía ser más
valiente, o si por el contrario demostraba ser una desventaja.
Se rió al imaginar una forma adecuada, apropiada, que tomar. A
excepción de Alfred, nadie supo nunca cuál era el sencillo secreto del virus
Verónica-T: que estaba basado en la genética de la hormiga reina. Probaría una
configuración de insecto y experimentaría las ventajas y los puntos fuertes que
podía ofrecer una forma semejante.
Se le había pasado el disgusto. La chica y su amigo morirían, y
luego se divertiría con el joven.
Capítulo 16
Claire recorrió a la carrera las estancias y los pasillos de la
mansión temiendo oírle gritar de nuevo, y temiendo que no lo hiciera porque
entonces no sabría dónde buscar. Atravesó los lugares más ornamentados y llegó
hasta una zona llena de celdas a ambos lados. El ambiente era frío y opresivo
de nuevo. Un solitario portador del virus alargó las manos hacia ella desde el
otro lado de unos barrotes, gimoteando.
—¡Steve!
Su voz resonó a su espalda, llena de miedo y de tensión, pero
Steve no contestó. A su derecha había una puerta gruesa de metal diferente a
las demás, ya que estaba reforzada con barras metálicas. La abrió y vio que
daba paso a una pequeña estancia desnuda que a su vez daba a otra mucho mayor.
—¡Steve!
No hubo respuesta, pero la estancia grande era alargada y estaba
mal iluminada. Parecía un pasillo enorme, así que no pudo ver lo que había al
otro extremo. Lo que sí vio era que había una puerta corredera suspendida sobre
el espacio intermedio entre la estancia pequeña y el pasillo grande, lo que la
hizo detenerse. Miró a su alrededor y vio un trozo de madera rota en el suelo.
Lo recogió y lo usó como una cuña entre la puerta exterior y su quicio: no
quería acabar encerrada allí dentro.
Se apresuró a entrar en el gigantesco pasillo. Era un lugar
intimidatorio, con estatuas de caballeros medievales de enorme tamaño alineadas
a lo largo de las paredes envueltas en sombras. Su ansiedad crecía a cada
segundo que pasaba. ¿Dónde estaba Steve? ¿Por qué había gritado?
Estaba a mitad de camino por el pasillo cuando lo vio, tirado
sobre una silla al otro extremo de la estancia, con una especie de barra sobre
el pecho que lo mantenía inmovilizado.
Dios…
Claire echó a correr, y se dio cuenta cuando ya estuvo más cerca
que la barra era el mango de una hacha enorme, más bien una alabarda, y que la
hoja estaba firmemente hundida en la pared que tenía al lado. Parecía muy
pequeño y muy joven, y tenía los ojos cerrados y la cabeza agachada, pero vio
que respiraba y sintió algo de alivio.
Llegó a su lado y tiró de la enorme arma, pero ésta no se movió
ni un milímetro. Se agachó a su lado y le tocó el brazo. Él se removió,
inquieto, y abrió los ojos.
—¡Claire!
—Steve, gracias a Dios que estás bien. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo has
llegado hasta aquí?
Steve empujó el mango de la alabarda con las dos manos pero
tampoco consiguió moverla.
—Alexia, ha tenido que ser Alexia. Es igual que su hermano. Me
ha inyectado algo y me ha dicho que me va a hacer lo mismo que le hizo a su
padre, pero que esta vez lo iba a hacer bien…
Empujó de nuevo la alabarda, tensando sus músculos al máximo,
pero no se movió en absoluto.
—En otras palabras: está zumbada. Supongo que ella y Alfred
realmente se parecían mucho, después de todo…
La voz de Steve se fue apagando poco a poco y sus mejillas se
encendieron de repente con un rubor tremendo. Las manos empezaron a temblarle,
seguidas de todo el cuerpo.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Claire, atemorizada, muy
atemorizada.
Steve se dobló sobre sí mismo y cerró los puños con fuerza. La
expresión de sus ojos era enloquecida y aterrorizada.
—C… Claire…
Su voz se hizo más profunda y el nombre de Claire se convirtió
en un gruñido. Un momento después, Steve se retorcía en la silla mientras sus
ropas se rasgaban. Abrió la boca y dejó escapar un sollozo que al principio
sonó atemorizado, pero que después se fue transformando en un gemido furioso.
Rabioso.
—No —susurró Claire, y comenzó a retroceder.
Steve agarró de nuevo la alabarda, desclavó la hoja de un solo
tirón de la pared y se puso en pie. Su cuerpo continuó encorvándose, con la
cabeza gacha, y los músculos siguieron creciendo bajo su piel, que se había
puesto de color gris verdoso. De su hombro izquierdo surgieron varios pinchos,
uno, dos, tres en total; sus manos se alargaron mientras una gigantesca herida
sin sangre se abría a lo largo de su espalda y sus ojos se volvían rojos y de
aspecto animal.
La criatura en la que Steve Burnside se había convertido abrió
la boca y lanzó un aullido enfurecido. Claire se dio media vuelta y echó a
correr, sintiéndose enferma de miedo y de pena. Corrió por su vida.
El monstruo la persiguió blandiendo la enorme hacha, y el filo
del arma siseó al cortar el aire. Claire sintió el desplazamiento del aire
provocado por la hoja y de algún modo encontró fuerzas para que sus piernas
actuaran con mayor rapidez y así correr más de prisa.
El monstruo blandió la alabarda de nuevo y le dio a algo. El
ruido fue potente y ensordecedor.
Más rápido, más rápido…, la habitación pequeña está justo
delante…
Y fue entonces cuando vio que la puerta corredera estaba
bajando, que estaba a punto de dejarla encerrada en el pasillo con el monstruo.
No importaba cómo; el caso era que lo estaba haciendo, y que debía correr más
rápido o estaba muerta…
Con un impulso final, Claire se lanzó de cabeza hacia el espacio
cada vez más reducido que había entre el fondo de la puerta y el suelo. Se
deslizó sobre el estómago, y la puerta se cerró con un estampido a su espalda.
El monstruo rugió y comenzó a propinar unos golpes tremendos con
la alabarda. Las chispas saltaron por los aires cuando impactó contra los
barrotes metálicos de la puerta. Claire vio horrorizada que partía tres de
ellos, doblando el acero por la pura fuerza de los golpes, antes de percatarse
que tenía que salir de allí.
La puerta, dejé la puerta abierta, pensó con cierta confusión.
Se puso en pie y se dirigió hacia su ruta de escape cuando algo atravesó la
pared con un fuerte crujido. No era el monstruo. Se trataba de algo que la
rodeó como si fuera una boa constrictora y la levantó por los aires. Era otro
tentáculo. El monstruo continuó dándole hachazos a la puerta de metal. Claire
se dio cuenta de que no tardaría más de unos segundos en romperla y que el
tentáculo la mantenía inmovilizada en su abrazo gomoso.
Salió de su confusión y empezó a golpear a su captor. Intentó
liberarse, pero el tentáculo ni se inmutó. Se limitó a mantenerla agarrada
mientras esperaba que el monstruo rompiera la puerta.
Quería golpearla y cortarla, quería despedazarla, así que golpeó
una y otra vez los barrotes con el arma hasta que por fin abrió un agujero por
el que podía pasar.
Ella se quejaba mientras se esforzaba por liberarse de aquello
que la aprisionaba, unos gemidos jadeantes que hicieron que su sangre hirviera
y se acelerara, que hicieron que alzara el hacha deseando acabar con ella.
Bajó la alabarda con fuerza y recordó lo que le había dicho, lo
que le había prometido: «Del próximo te encargas tú…»
Lo haré.
Y el monstruo, él, detuvo el arma cuando casi ya tocaba el
cráneo de la muchacha. El tentáculo esperó y la sujetó con más fuerza, y él
recordó.
Claire.
Steve alzó la alabarda de nuevo, con fuerza. Era muy fuerte, y
la descargó contra el tentáculo partiéndolo por la mitad.
El apéndice respondió entre una lluvia de fluido verde y lo
golpeó en mitad del pecho, arrojándolo con una fuerza increíble contra la pared
antes de desaparecer. Sintió y oyó cómo se le partían las costillas, notó cómo
se le enfriaba la furia en la sangre, cómo las fuerzas lo abandonaban.
Llegó el dolor, un dolor agudo que le recorrió todo el cuerpo,
pero abrió los ojos y allí estaba ella, a salvo, tomándolo de la mano. Claire
Redfield, tomándolo de la mano con lágrimas en los ojos.
El monstruo había desaparecido.
Alargó una mano para sostenerle la suya y él la llevó hasta su
rostro, hasta su bello rostro moribundo, y la posó en la mejilla.
—Estás tibia —susurró.
—Aguanta —dijo ella con un tono de voz suplicante. El nudo que
tenía en la garganta casi la ahogaba—. Por favor, mi hermano ha venido y nos
llevará con él. ¡Por favor, no te mueras!
Los párpados de Steve aleteaban, como si estuviese esforzándose
por no quedarse dormido.
—Me alegro de que tu hermano haya venido —susurró con voz cada
vez más apagada—. Y me alegro de haberte conocido. Te…, te quiero.
Al decir aquella última palabra, su cabeza se desplomó hacia
adelante y no volvió a levantarse. Su pecho dejó de moverse, y Claire se quedó
sola.
Steve había muerto.
Capítulo 17
Chris corrió. Sabía que tenían poco tiempo mientras Alexia
siguiera viva, y temía que ya la hubiera atrapado de nuevo.
—¡Claire! —gritó mientras llamaba con el puño a todas las
puertas por las que pasaba. No importaban los gritos. Si Alexia era tan
siquiera la mitad de poderosa de lo que él se imaginaba, ya sabría dónde
estaba, y dónde estaba Claire.
Por favor, por favor, no le hagas daño, pensó, y aquel
pensamiento se repitió una y otra vez mientras recorría un nuevo pasillo,
cruzaba una nueva puerta, otro pasillo, y otro más. No sabía si existía algo
que fuera capaz de detener a Alexia, pero si encontraba a Claire y lograban
llegar al ascensor de evacuación, estaba más que dispuesto a activar el sistema
de autodestrucción antes de marcharse. Alexia estaba a mitad de camino de la
omnipotencia y de la maldad más pura. Era un Apocalipsis a la espera de comenzar,
y tenían que detenerla.
¡Claire!
Pasó por otro pasillo que le resultaba familiar: otra copia de
la mansión Spencer. Cruzó una nueva puerta, pero ésta daba a una especie de
prisión oscura, con diversas celdas alineadas a lo largo de las paredes. Tenía
que encontrarla. Si no lograba hacerlo, no podría marcharse. Quería matar a
Alexia, pero no pondría en peligro la vida de Claire por nada en el mundo, y
sacarla de allí era su máxima prioridad.
En ese preciso momento oyó a alguien sollozando detrás de una de
las puertas cerradas. Chris dejó de correr y se detuvo a escuchar, procurando
no respirar e intentando no escuchar los golpes incesantes del portador del
virus que estaba encerrado en otra celda. Otro gemido sollozante…
¡Claire! ¡Gracias a Dios, estás viva!
Abrió la puerta de golpe, preparado para atacar cualquier cosa
que estuviera cerca de ella, y vio que estaba sentada en el suelo, llorando,
rodeando con los brazos a un joven desnudo que tenía el cuerpo cubierto de
moretones y golpes. Estaba muerto.
Mierda.
Sólo podía ser Steve, el amigo de Claire, y aunque lamentaba la
muerte de aquel chico al que jamás había conocido, a Chris se le partió el
corazón por ella. Parecía tan frágil, tan sola… Algo más de lo que culpar a
Alexia. Chris no tenía ninguna duda de que Steve había muerto por culpa de
aquella zorra enloquecida. Sin embargo, por mucho que quisiese sentarse y
consolar a Claire, sostenerle la mano y acompañarla en su dolor, sabía que
tenían que salir de allí cuanto antes.
—Tenemos que irnos, Claire —dijo con toda la suavidad que pudo,
y se sintió aliviado cuando ella asintió. Dejó con cuidado la mano de su amigo
y cerró sus ojos con mano temblorosa. Después lo besó en la frente y se puso en
pie.
—Vale —dijo asintiendo de nuevo—. Estoy lista.
No miró atrás, y a pesar de todo lo ocurrido, él tuvo un momento
para sentirse orgulloso de su hermana. Era fuerte, más fuerte de lo que él
habría sido si le hubieran pedido que dejara atrás a alguien querido.
Cruzaron juntos el pasillo a la carrera. Chris calculó que
debían de encontrarse cerca de la esquina suroeste del edificio, donde había
aterrizado y donde había visto el ascensor de evacuación. Supuso que el sistema
de autodestrucción estaba lo bastante cerca del ascensor como para que se
pudiera escapar con rapidez. Si lograban llegar hasta el ascensor, comprobaría
todos los pisos mientras subían.
Había unas escaleras en el extremo sur del pasillo, y Chris se
dirigió corriendo hacia ellas seguido de Claire. Sintió cómo los segundos
pasaban uno a uno mientras se acercaban con rapidez a las escaleras. Sintió que
el tiempo se les acababa, que Alexia ya había dejado de jugar.
Atravesaron el umbral de la puerta abierta que había al final de
la escalera y llegaron a una plataforma enorme de rejilla metálica, y Chris
soltó una breve carcajada cuando miró a su espalda y vio las puertas sin señal
ni marca alguna del ascensor de emergencia.
—¿Qué? —preguntó Claire.
Chris señaló las puertas con una sonrisa en los labios.
—Eso nos llevará directamente hasta el avión.
Claire asintió sin sonreír, pero con expresión de alivio.
—Bien. Vámonos.
Chris se había girado para mirar la pared que estaba enfrente
del ascensor.
—Antes tengo que comprobar una cosa —dijo. Quería echar un
vistazo más de cerca a la puerta de la esquina, que parecía ser de seguridad—.
Ve tú primero. Te alcanzaré en seguida.
—Olvídalo —contestó ella con firmeza. Echó a andar detrás de él,
con los ojos enrojecidos por el llanto pero con el mentón firme en gesto de
determinación—. No pienso permitir que nos separemos de nuevo.
Chris se inclinó para echarle un vistazo a la cerradura de la
puerta y suspiró mientras se erguía de nuevo. Lo más probable era que el
sistema de autodestrucción estuviese detrás de aquella puerta. Era una
cerradura complicada para la que hacía falta una llave que no tenía. Además, a
la derecha de la puerta había un lanzagranadas de un modelo que reconoció, y en
la barra que lo mantenía fijado a la pared ponía: «Sólo para casos de
emergencia».
Da igual, deberíamos salir de aquí cuanto antes, pensó, pero no
le hacía gracia. ¿Cuánto poder podría desplegar Alexia antes de que tuvieran
otra oportunidad como aquélla?
—Eh, eh, espera un momento —dijo Claire, y se puso a rebuscar en
la riñonera que llevaba a la cintura.
Antes de que Steve le pudiera preguntar qué pasaba, Claire sacó
una delgada llave metálica con la forma de una libélula. No había duda alguna
de que encajaría en la cerradura.
—La encontré en Rockfort —comentó ella mientras se agachaba y la
metía en la ranura correspondiente. Encajó a la perfección, y la cerradura se
abrió con un fuerte chasquido metálico—. Vas a activar el sistema de
autodestrucción, ¿verdad? —No era una pregunta—. ¿Tienes el código de
activación?
Chris no respondió. Pensó que existía una cantidad increíble de
coincidencias en la vida, y que a veces te ayudaban.
—Código Verónica —dijo en voz baja, y abrió la puerta dispuesto
a acabar con todo aquello, comprendiendo que así era como debía ser.
Capítulo 18
El chico estaba muerto, pero la chica no. Y el joven intentaba
destruir el hogar de Alexia. Ya no era un juego o un experimento que observar,
tenía que morir de forma dolorosa y humillante. ¿Cómo se atrevía siquiera a
pensar algo así? Debería estar de rodillas delante de ella, como un suplicante
miserable a su servicio para que hiciese con él lo que quisiera. ¿Cómo se
atrevía?
Alexia vio a los hermanos alejarse caminando después de cometer
su acto traicionero. Sintió sus deseos de abandonar el lugar en cuanto la
secuencia automática comenzó y las luces y los sonidos de alarma se pusieron en
marcha y los demás sistemas se cerraron en el resto de la terminal. Por
supuesto, su perfidia no serviría para nada. Ella podría interrumpir la
secuencia de autodestrucción con un esfuerzo mínimo; podría utilizar su control
sobre la materia orgánica para cortar todas las conexiones con la instalación,
pero lo que la enfurecía era el pensamiento que había impulsado ese acto. Él
había sido testigo de la gloria de sus poderes, la había visto y había huido
aterrorizado…, y aun así, ¿se creía merecedor de eliminar una vida como la de
ella?
Alexia se controló y reabsorbió todo su poder hasta quedar
completa de nuevo. Sabía que el joven había cogido una arma que se encontraba
al lado del teclado, un revólver que alguien había dejado allí. No le pareció
mal, porque sabía que el arma de fuego le daría esperanza, y para que una
victoria fuese completa, el vencedor debía arrebatarlo todo. Ella le
arrebataría la esperanza, le arrebataría la vida de su hermana, y después le
arrebataría la suya.
Cuando por fin estuvo completa, se imaginó a sí misma
convirtiéndose en un ser líquido que viajaba a través de la estructura de sus
alrededores con la misma facilidad que las extensiones orgánicas que
controlaba, y un instante después, así ocurría y se dirigía hacia los intrusos.
Se quedaron sorprendidos, como si realmente esperasen que
pudieran triunfar. Alexia salió del interior de su portador orgánico y se
desplegó, girándose para mirar a sus ojos apagados, a sus rostros borreguiles.
Los observó con atención, sintiendo una cierta curiosidad a pesar de la ira.
Se pusieron a discutir delante de ella. El joven insistió en que
él se encargaría de todo y que la chica debía huir. Ella aceptó, pero a
regañadientes, e insistió en que él a su vez debía sobrevivir. Después de
soltar aquel comentario idiota, la chica se dio la vuelta y echó a correr hacia
el ascensor.
Alexia se movió para impedírselo y alzó la mano para golpear a
la chica cuando notó una perforación en su carne que la distrajo de forma
momentánea. Una bala había entrado en su cuerpo. Se giró y le sonrió al joven,
que tenía el revólver en la mano, y metió la mano en su propia carne para sacar
la bala y arrojarla hacia él.
A pesar de lo gratificante que fue la expresión de su rostro,
para cuando se giró de nuevo la chica ya se había marchado.
Alexia decidió que había llegado el momento de expandir sus
límites, de mostrarle lo que ella era, lo que podía hacer, y hacerle sentir un
temor divino, porque en cuanto cerró los ojos, imaginando, deseando, dejó de
ser Alexia Ashford y se convirtió en la Ira, divina e inmisericorde.
Capítulo 19
«La secuencia de autodestrucción ha sido activada —anunció una
voz grabada que reverberó por toda la estancia, casi apagando el resto del
mensaje—. Quedan cuatro minutos y treinta segundos para alcanzar la distancia
mínima de seguridad.»
A eso se unió el retumbar de las sirenas y el centelleo de las
luces de emergencia, por lo que Chris se encontró con los sentidos saturados
incluso antes de enfrentarse a aquella monstruosidad.
Alexia alzó un brazo para golpear a Claire, y Chris disparó. La
357 casi se le escapó de las manos, y el estampido explosivo del disparo resonó
por encima del clamor de las sirenas del sistema de autodestrucción.
¡Sí! Un impacto directo justo en las tripas. Claire ya estaba en
el ascensor, entrando y apretando el botón de subida…
Pero en vez de ponerse a sangrar, de ni siquiera titubear un
paso, Alexia le sonrió. Alzó una de sus esbeltas manos y la introdujo en su
cuerpo. La carne cedió sin esfuerzo, fluyendo como si fuera agua. Un segundo
después, sostuvo en alto la bala que le había disparado y se la arrojó con un
gesto tranquilo.
Esto no es bueno, nada bueno, pensó Chris aturdido, y en ese
preciso momento, ella comenzó a cambiar.
El ser femenino y esbelto que estaba sobre la rejilla metálica y
su carne líquida comenzaron a temblar. Se formaron pequeños hoyuelos y
protuberancias en su cuerpo mientras los tejidos burbujeaban y se expandían.
Las protuberancias se convirtieron en excrecencias, los hoyuelos en brechas,
todo cambió a color gris a la vez que las extremidades se doblaban sobre sí
mismas. Los brazos se curvaron y se unieron a la masa creciente, las piernas
desaparecieron en su interior, la textura de la piel se hizo gruesa y estriada,
aparecieron venas gruesas como cables, y ella siguió hinchándose. La cabeza
rodó hacia abajo y se convirtió en parte del gigantesco cuerpo redondeado. El
gris se convirtió en rojizo tejido muscular, y el púrpura y el azul de los
diferentes conductos de la sangre se extendieron por toda la superficie como
una marea.
«Quedan cuatro minutos para alcanzar la distancia mínima de
seguridad», dijo alguien, pero Chris apenas oyó aquella voz femenina. Estaba
retrocediendo, cada vez más y más convencido de que aquello no iba a terminar
bien de ninguna de las maneras. El camino hacia el ascensor estaba bloqueado, y
ella no hacía más que aumentar su tamaño.
Unos gruesos tentáculos surgieron de debajo de aquella masa
elefantina, ondulando como olas, y se extendieron por la plataforma. La espalda
de Chris tocó la pared, deteniéndolo, y la criatura, la enorme criatura
parecida a un tumor se irguió de repente desdoblando el cuerpo, como si tuviera
una cintura de verdad, y extendió unas alas tremendas, alas de libélula. En
mitad del cuerpo se veía una cara medio humana, deformada y contorsionada.
La cara abrió la boca y de ella surgió un fortísimo alarido
aullante. Las alas retemblaron por el poder de aquel sonido. El rugido se cortó
en seco, y la criatura le escupió un delgado chorro de bilis verde amarillento
que salpicó la plataforma a sus pies y comenzó a disolver el metal.
—¡Mierda! —exclamó Chris con un grito, y saltó a un lado para
esquivar un tentáculo. Tenía que vigilar la boca y los tentáculos a la vez, y
entonces, de unas esferas rosadas que habían crecido alrededor de la base del
cuerpo gigantesco, surgieron más criaturas que comenzaron a corretear y a
arrastrarse.
Chris corrió hacia la esquina más alejada del monstruo en que se
había convertido Alexia y apuntó con la 357, pero sin tener muy claro contra
qué tenía que disparar. Las pequeñas criaturas ya estaban en la plataforma.
Algunas parecían pequeñas rocas planas con tentáculos, otras parecían
escarabajos, y otras no se parecían a nada que hubiera visto jamás en su vida,
y todas se dirigían hacia él a toda velocidad.
A los ojos. Si no puedes matarla, al menos puedes cegarla…, pero
los ojos ya estaban cegados, ya que no eran más que unos agujeros redondos y
grises con unos pozos de oscuridad dentro, y, además, ya había visto lo
efectivas que eran las balas contra la carne de su cuerpo.
Eso lo decidió. Chris apuntó, disparó, y la criatura hinchada y
palpitante gritó de nuevo, esa vez de dolor, cuando una de sus alas cayó
revoloteando al suelo de la plataforma.
Unos cuantos de aquellos pequeños organismos llegaron hasta él,
y una de las criaturas parecidas a escarabajos le saltó a la pierna e intentó
subir. Chris la apartó de un manotazo, asqueado, pero otra tomó su lugar,
seguida de una tercera. Un tentáculo salió disparado hacia su cara procedente
de una de las criaturas parecidas a piedras lisas y Chris logró bloquearlo,
aunque a duras penas.
¡Espabila!
«Quedan tres minutos y treinta segundos para alcanzar la distancia
mínima de seguridad.»
Chris corrió pegado a la pared trasera, llegó a la otra esquina
opuesta al monstruo y apuntó de nuevo intentando acertarle a otra ala. El
disparo salió muy desviado, pero el siguiente acertó de pleno.
La criatura aulló, y el ala rota quedó colgando del poco tejido
que la mantenía unida al resto del cuerpo. Escupió de nuevo, y el chorro de
bilis no le dio en la cara a Chris por pocos centímetros. El monstruo tan sólo
disponía ya de las dos alas superiores, y aunque él sabía que la había herido,
no parecía ser nada grave.
Y sólo me quedan dos balas.
Tenía que haber algo que pudiera hacer, algún modo de detenerla.
El sistema de autodestrucción iba a hacerlos saltar a todos por los aires y era
por su culpa. Saltó de nuevo a un lado cuando un tentáculo salió como un rayo
de la base de la criatura. Intentó pensar. Aquello era una emergencia en toda
regla, y tenía que pensar.
Sólo para casos de emergencia…
El monstruo hinchado aulló de nuevo. Más de aquellas criaturas
parecidas a escarabajos le saltaron al pantalón, pero él no hizo caso. Sólo
tuvo que girar la cabeza para ver el arma colocada al lado de la puerta y
bloqueada por una barra de cierre. Era un lanzagranadas o un lanzacohetes, pero
fuese lo que fuese, su diseño era magnífico. Sin embargo, la barra seguía
echada y no se podía sacar.
«Quedan dos minutos para alcanzar la distancia mínima de
seguridad.»
Clac.
La barra de cierre se soltó.
Chris sacó el arma de un tirón, la empuñó y apuntó contra las
tripas hinchadas del monstruo. No sabía qué podía hacer o qué potencia tenía,
pero esperaba que fuera suficiente, esperaba que acabara con aquella cabrona.
No había botón de seguro ni recámara que cargar. Chris apretó el
gatillo, y un chorro de luz blanca y calor surgió del cañón del arma y se
incrustó en la gorda tripa de la criatura como una flecha en un globo. El
efecto fue impresionante, y la explosión, monstruosa.
Un tremendo surtidor de sangre y gelatina gris saltó fuera del
inmenso agujero y le salpicó la cara, pero él sólo fue capaz de ver a la
bestia, a Alexia, que aullaba mientras su carne y sus huesos se desintegraban,
mientras su cuerpo se desinflaba.
La parte superior del cuerpo intentaba separarse de la masa
moribunda, con las dos alas agitándose de forma frenética, pero al ser solo
dos, no podían liberarse, de modo que también estaba muriendo. Chris lo sabía
porque veía cómo se quedaba sin sangre, cómo el color de su horrible piel
cambiaba, se volvía gris ceniza, cómo se estremecían las pequeñas criaturas que
habían surgido de ella, por la expresión de odio absoluto y completo que
mostraba su rostro, junto al de una sorpresa también absoluta.
Cuando el monstruo que había sido Alexia quedó en silencio y
comenzó a hundirse sobre sí mismo, con todo el cuerpo goteante, Chris oyó que
sólo le quedaba un minuto.
Claire.
Dejó caer el arma y echó a correr.
Capítulo 20
Claire se sentía como una mierda, y no podía hacer nada por
evitarlo. Steve había muerto y Chris llegaría en cualquier momento, o no lo
haría, y todo iba a saltar por los aires en muy poco tiempo, y ella no podía
hacer nada de nada en ninguno de los tres casos.
«Quedan dos minutos para alcanzar la distancia mínima de
seguridad», dijo la computadora con amabilidad.
Claire extendió el dedo corazón de la mano derecha hacia el
altavoz más cercano. Desde luego, si existía el infierno, ya sabía lo que
ponían en los ascensores en vez de música.
Sólo había un avión en el lugar donde el ascensor la había
llevado, y Claire estaba sentada en la barandilla que había delante del
aparato. Tenía los brazos cruzados con fuerza por la tensión y la mirada fija
en las puertas del ascensor. Miró y esperó a la vez que su ansiedad crecía cada
vez más. Una parte de ella estaba convencida de que Chris no lo lograría.
Mientras, las alarmas seguían resonando por todo el hangar casi vacío y su eco
rebotaba hacia ella.
No me dejes, Chris, pensó, y se abrazó a sí misma con más
fuerza. Pensó en Steve, y recordó el ataque de risa que le había provocado allá
en la isla. Cómo la había mirado pensando que se había vuelto loca.
Venga ya, Chris.
Cerró los ojos y lo deseó con todas las fuerzas que pudo. No
podía perderlo a él también. No sería capaz de soportarlo.
Sólo quedaba un minuto para alcanzar la distancia mínima de
seguridad.
Cuando el edificio comenzó a temblar bajo sus pies pensó que se
echaría a llorar, pero no le salió ninguna lágrima. En vez de eso, se puso a
observar de nuevo las puertas del ascensor, con la seguridad de que su hermano
había muerto. Tan segura estaba que, cuando la puerta del ascensor se abrió y
Chris apareció, pensó que tenía una alucinación.
—¿Chris? —preguntó con una voz que apenas era un susurro, y él
echó a correr hacia ella, con toda la cara y los brazos salpicados de sangre y
de algo más, y fue en ese momento cuando se dio cuenta de que no se trataba de
una alucinación. No se lo habría imaginado con toda aquella porquería en la
cara.
—¡Chris!
—Entra —ordenó él, y Claire subió de un salto al asiento del
copiloto, feliz, atemorizada y ansiosa, sola y aliviada, deseando que Steve
estuviera con ellos, y triste porque no era así. Albergaba más sentimientos, le
parecían docenas, pero en aquellos momentos no podía enfrentarse a ellos, así
que los dejó a un lado y no pensó en absoluto, no sintió otra cosa que no fuera
esperanza.
Chris abrochó los cinturones y empezó a apretar botones. El
pequeño reactor cobró vida. El techo se abrió por encima de ellos y las nubes
de tormenta se abrieron mientras se dirigían hacia ella después de que Chris
los hiciera salir del hangar con suavidad y sin problemas. Segundos más tarde,
se alejaban a toda velocidad y dejaban atrás la instalación moribunda.
Los hombros de Chris se relajaron de forma visible y se pasó una
mano por la frente en un intento por quitarse parte de aquella baba asquerosa
de olor horrible.
—No me vendría mal una ducha —dijo con un tono de voz
despreocupado, y fue entonces cuando los ojos de Claire se llenaron de
lágrimas.
Chris, pensé que también te había perdido a ti…
—No vuelvas a dejarme sola, ¿vale? —le contestó, esforzándose al
máximo por evitar que esas lágrimas asomaran a su voz.
Chris dudó un momento, y ella supo inmediatamente por qué, supo
que aquello todavía no había acabado para ninguno de los dos. Era pedir
demasiado.
—Umbrella —dijo Claire, y Chris asintió.
—Tenemos que acabar con esto, Claire, de una vez por todas
—afirmó con voz tensa—. Tenemos que hacerlo, Claire.
Ella no supo qué decir, y finalmente eligió no decir nada.
Cuando el rugido de la explosión les llegó un momento después, ni siquiera
miró. En vez de eso, cerró los ojos, se reclinó en su asiento y tuvo la
esperanza de, al dormirse, no soñar.
Epílogo
Wesker, ya a kilómetros de distancia, oyó la explosión y vio la
nube de humo negro y espeso que se elevó del lugar poco después. Pensó en dar
la vuelta y echar un vistazo, pero decidió que era mejor no hacerlo. No tenía
sentido. Si Alexia no había muerto, su gente lo descubriría dentro de poco.
Demonios, todo el mundo lo descubriría.
—Espero que estuvieras ahí dentro, Redfield —dijo en voz baja
sonriendo levemente. Por supuesto que estaba allí dentro. Chris no era ni lo
bastante listo ni lo bastante veloz para haber salido de allí a tiempo…
Aunque puede que sea lo bastante afortunado.
Wesker tuvo que admitir aquello. Redfield tenía una suerte de
mil demonios.
Había sido una pena que Alexia rechazara su ofrecimiento. Ella
era algo increíble, algo aterrador y maligno, pero sin duda, algo increíble.
Sus jefes no iban a estar nada contentos cuando vieran que regresaba sin ella,
y no podía culparlos. Habían invertido mucho en el ataque a Rockfort, y él les
había asegurado que obtendrían resultados.
Lo soportarán. Si no les gusta la idea, siempre pueden buscarse
a un nuevo chico de los recados. Pero Trent…
Wesker torció el gesto. No deseaba en absoluto encontrarse con
él. Le debía mucho a aquel tipo. Después del fracaso en la mansión Spencer,
Trent le había sacado, de forma muy literal, el culo de la hoguera, y lo había
dispuesto todo para que lo curaran y acabara mejor que cuando estaba sano.
Además, había sido el responsable de que lo conocieran sus nuevos jefes,
hombres que aspiraban a tener poder de verdad y que disponían de los medios
para conseguirlo.
Además…
Además, y él nunca lo admitiría en voz alta, Trent le daba
miedo. Era tan tranquilo, tan educado, tan reposado a la hora de hablar. Pero
había un brillo en sus ojos que daba la impresión de que siempre se estaba
riendo, como si todo lo que estuviese pasando fuese un chiste y sólo él fuera
capaz de entenderlo. Según la experiencia que Wesker tenía en la vida, los que
sonreían eran los individuos más peligrosos. No parecían tener que demostrar
nada, y normalmente estaban como mínimo un poco locos.
Me alegro de que estemos en el mismo bando, se dijo Wesker para
tranquilizarse. Porque tener que enfrentarse a alguien como Trent era una idea
muy, muy mala.
Bueno, ya tendría tiempo de preocuparse por Trent más adelante,
después de que hubiera presentado las excusas apropiadas a la gente apropiada.
Al menos, Redfield había muerto, mientras que él seguía vivito y coleando,
además de trabajar para el bando que iba a ganar cuando todo aquello acabara.
Wesker sonrió, deseoso de ver ese final. Iba a ser espectacular.
El sol había salido y su luz se reflejaba contra la nieve
creando un brillo radiante, cegador por su perfección. La pequeña aeronave
siguió a toda velocidad, mientras su sombra la perseguía incansable.
FIN DEL VOLUMEN 6

