Libro N°. 3140. Relatos Cómicos. Allan Poe, Edgar.
© Libro N°. 3140. Relatos Cómicos. Allan Poe, Edgar. Colección
E.O. Septiembre 24 de 2016.
Título original: © Relatos Cómicos. Edgar Allan Poe
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Miranda
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RELATOS CÓMICOS
Edgar Allan Poe
I
Se
ha dicho que la vida de Poe parece extraída de uno de sus relatos. Nació en
Boston el 19 de enero de 1809 —el mismo año que Abraham Lincoln—, en el seno de
una familia de cómicos ambulantes. A los dos años pierde a su padre, tísico y
alcoholizado, que deja a su esposa enferma del mismo mal la tarea de sacar
adelante a sus tres hijos. Pronto morirá esta también, iniciando nuestro autor
en su temprana niñez una sobrecogedora familiaridad con la muerte.
Poe
fue adoptado por un rico comerciante escocés de Richmond (Virginia), John
Allan, cuya esposa no tenía hijos. Esta y su hermana colman de afecto al
huérfano, toldando todos sus caprichos. Los negocios del matrimonio se ven
amenazados por la guerra independentista norteamericana y por el bloqueo naval
ingles. Los Allan se trasladan, pues, a Inglaterra —a Liverpool—, y Edgar cursa
sus estudios en Escocia, en Londres y en Stoke Newington, donde durante cinco
años aprende francés, latín, historia y literatura. Con todo, su experiencia
inglesa se ve marcada principalmente por la influencia mágica de los viejos
barrios, las casas antiguas, los húmedos sótanos y los tétricos corredores, que
llevan al espíritu medroso y excitable del futuro escritor una extrema afición
por lo macabro y lo misterioso.
Vuelve
con la familia Allan a Estados Unidos, donde Poe completa su formación
humanística y empieza a vivir una larga cadena de amores imposibles, frustrados
y platónicos, que constituirán una tónica a lo largo de toda su existencia.
Nuestro joven autor siente en su interior, no sin cierta complacencia morbosa,
un desconcierto de tenebrosas fuerzas. «Desciendo de una raza eminentemente
hipersensible y tan rica de ingenio como de pasión.» He aquí la frase clave que
encontramos constantemente en sus relatos autobiográficos. El norteño huérfano
de unos cómicos de la legua no logra aclimatarse ni responder a las
expectativas de la rica familia aburguesada del sur.
Matriculado
en la Universidad de Virginia, es cx-pulsado por su afición a los juegos de
azar, ante la repulsa de su padre adoptivo, de quien se sanara orgullosamente a
los dieciocho años de edad, cambiando el ambiente afectuoso y acomodado de la
familia que le había tenido como hijo por una existencia sometida a los
avalares del azar, un azar presidido por una predisposición heredada al alcohol
que pesará sobre él como una inexorable condena.
Poe
se traslada a Boston e invierte el poco dinero que le resta en la publicación
de unos primeros escritos —Tamerlán y otros poemas— que pasan desapercibidos.
Sirve en el ejercito mientras redacta su poema Al Aaraaf, intentando acomodarse
a la disciplina de la prestigiosa Academia Militar de West Point, de la que
acaba siendo expulsado. Sediento de afecto familiar, se traslada a Washington a
probar fortuna inútilmente, y luego a Baltimore, a casa de su tía paterna María
Clemm —«el sol moral de la vida» de Edgar, según el decir de Baudelaire—, donde
vivirá uno de los pocos períodos felices de su existencia, en relación con su
hermano Henry, a la sazón oficial de Marina.
Su
tía y su jovencísima primita colman el afán de cariño de nuestro autor, cuyas
poesías comienzan a ver la luz pública y a recibir una buena acogida de la
crítica. Su Manuscrito encontrado en una botella obtiene el premio de una
revista, y, amparado por el crítico Kennedy, inicia una labor de redactor
periodístico, truncada y fragmentada por su afición al juego y al alcohol.
Estamos
en 1836, y Edgar se ha casado con su prima, casi una niña, la hija de su tía
María Clemm, en un matrimonio que probablemente nunca se vio consumado. Su
crónica melancolía deshace lo que podía haber sido una vida familiar
emocionalmente estable y la regularidad de un trabajo fijo y bien remunerado.
Es el momento, empero, en que nuestro autor da a conocer su única novela, Las
aventuras de Arthur Gordon Pym, y su primer volumen de narraciones —Relatos de
lo grotesco y lo arabesco—, aparecidas en una revista de Filadelfia, donde el
escritor da muestras de su acusada personalidad en cuentos como El hundimiento
de la casa Usher, William Wilson y Morella.
Nuevos
problemas creados por su conducta desordenada, que esta vez se ven acrecentados
por la grave enfermedad de su esposa —la tuberculosis vuelve a hacer acto de
presencia en la vida de Poe— y por muy serios apuros económicos. Edgar tiene el
ambicioso y utópico proyecto de publicar una revista propia y original, pero se
ha de contentar con colaborar en algunos periódicos neoyorkinos. En ellos
aparecen relatos que, como El escarabajo de oro y Los crímenes de la calle
Morgue, constituirán el autentico embrión de la moderna novela
policiaco-detectivesca. En 1845 el Evening Mirror publica su breve poema El
cuervo, cuyo carácter tétrico, fatalista y morboso produce un indudable impacto
en el público, abriéndole las puertas de la fama.
Poe
inicia una caótica gira por Norteamérica recitando en todos los círculos cultos
su exitoso poema, mientras su esposa languidece en el campo, víctima de la
tuberculosis. Trata de dirigir el Broadway Journal, pero la miseria económica y
su incapacidad congénita para llevar a cabo un trabajo sistemático y ordenado
ponen fin a su empresa. Su siempre solícita tía acude en su ayuda y le convence
para que se retire a Fordham con su esposa, donde la familia sobrevivirá
prácticamente gracias a la caridad del vecindario. El poeta combate la
monotonía y la frustración de su vida tratando de evadirse de la realidad
mediante la relación con varias mujeres que le amaron y admiraron. Con todo, la
muerte de su esposa fue para nuestro autor un golpe muy duro, que plasmó
literariamente en Ulalume.
Aunque
en los años siguientes continúa su labor de escritor, completando su poema
filosófico Eureka y componiendo nuevas poesías, se entrega a una vida agitada
de conferenciante bajo el impulso de una apasionada búsqueda de afecto
femenino. Su heredada y enfermiza afición al alcohol, propia de un autentico
dipsomaníaco, frustra todos los intentos de lograr una relación estable con una
mujer y de dar forma a un relato largo. Poe es ya el reconocido especialista en
relatos cortos que, pese a sus reducidas proporciones, darán al conjunto de su
obra la apariencia magnifica de un espléndido mosaico.
Desde
aquí, la existencia de Poe se precipita en declive: sufre una crisis de
delirium tremens, intenta suicidarse en dos ocasiones, y su último período de
estabilidad en el refugio campestre de su tía María se ve interrumpido una vez
más por su temperamento inquieto. Años antes, defendiéndose de la acusación de
ser un alcohólico, aficionado además al láudano, había escrito: «No encuentro
precisamente ningún placer en los estimulantes a los que me entrego con
frecuencia tan vehementemente. No es en verdad por amor al placer por lo que he
expuesto a la ruina mi vida, mi reputación y mi razón.»
En
un intento de encauzar definitivamente su situación afectiva y económica,
proyecta contraer matrimonio con Elmira Royster, su primer gran amor,
convertida ahora en una viuda tan acaudalada como crédula. Viaja hacia Nueva
York para tratar de implicar a su tía en este nuevo proyecto, pero el alcohol y
el láudano, que han dejado en él una huella de muerte, le obligan a detenerse
en Baltimore.
A la
luz pálida de la madrugada, su cuerpo moribundo es hallado en medio de una
calle; no lleva documentación ni dinero. Conducido urgentemente al Washington
Hospital, muere, víctima tal vez de un colapso circulatorio o de una
complicación pulmonar, el siete de octubre de 1849. Contaba sólo treinta y
siete años de edad, y, como señalara Baudelaire en su breve biografía, «su
muerte fue casi un suicidio, un suicidio preparado desde hacía mucho tiempo.»
II
Suele
interpretarse la producción literaria de Poe desde la clave de su propia vida.
Si sus ansias de amor y de autodestrucción penetran en sus movimientos y
configuran su existencia, no es de extrañar que se consideren sus escritos como
el fruto de una fantasía alucinada, traumatizada por sus experiencias
infantiles. La vida y la obra de Poe, en suma, aparecen como una presa fácil
para que sobre ellas caigan la interpretación «científica» del psicoanalista de
turno. ¿Acaso su búsqueda compulsiva de una madre tan tempranamente perdida y
sus amores incestuosos con su prima hermana, adolescente aún, no eran una
confirmación arquetípica de los impulsos básicos del hombre desvelados por
Freud? ¿Hemos de sorprendernos de que María Bonaparte, discípula predilecta del
fundador del movimiento psicoanalítico, viera la vida de Poe enteramente
condicionada por impulsos sádicos, necrofílicos, por un complejo de Edipo nunca
liquidado, ya que en todas las mujeres amadas el escritor había buscado las
imágenes de su madre inmovilizada por su temprana muerte?
Lo
cierto es que en cualquier caso, tales interpretaciones no hacen justicia a un
importante aspecto de la obra de Poe: su lucidez casi académica, una lucidez
que le lleva, pese a las singularidades de su estilo y de sus temas, a buscar
el máximo efecto sobre el lector, dosificando la narración con tal maestría que
consigue mantener la atención constantemente viva. ¿Dónde dejar la pulida y
arquitectónica construcción de sus relatos, ese esmero suyo que en ocasiones le
hace parecer excesivamente literario e incluso erudito?
No
quiero decir con ello que el encanto de Poe sea solo aparente, y que tras él se
esconda un alma cuadriculada, en abierta oposición a las usuales
interpretaciones que se hacen de su vida y de su obra. Mi interés, por el
contrario, es llevar al animo del lector una visión más totalizadora y realista
de Poe, reducido muchas veces al estereotipo fácil de un autor alcoholizado que
plasma genialmente en sus fantásticos relatos los fantasmas de su cerebro
dañado. Bien es cierto que Poe presta su voz a los monstruos de una fantasía
alucinada, pero una visión completa de su obra nos hace ver el cuadro de un
hombre de carne y hueso, desgarrado entre el deseo de supervivencia y el
instinto inconfesable de autodestruirse, entre inteligencia y sentimiento,
entre el ansia de vivir plenamente y la sed de conocerlo lodo.
Rescatar
a Poe de su usual presentación como un autor «maldito» constituye una labor de
crítica literaria requerida pero que escapa a los reducidos limites de este
prólogo. Sólo desde esta perspectiva no sesgada es comprensible la pasión
generalizada de leer a Poe que se despierta en cualquier persona con aficiones
literarias que se acerque a uno solo de sus breves relatos. Verlaine y
Baudelaire (quien por cierto señaló que Poe le había enseñado a razonar) tienen
sus incondicionales y sus adeptos, pero su talento no se ve acompañado por esa
magia irresistible y universalmente captada que Edgar sabe transmitir a cuanto
escribe. Y es que, como ha hecho ver Savater, «quien no haya leído El gato
negro, El pozo y el péndulo, El extraño caso del señor Valdemar, Las aventuras
de Arthur Gordon Pym o El escarabajo de oro, aún no sabe hasta que punto leer
puede ser una operación arriesgada y gozosa.»
Charles
Baudelaire, auténtico autor «maldito», supo ver como nadie el aspecto sombrío y
excepcional de Poe, cuyas obras tradujo a un perfecto francés. He aquí su
confesión: «Ningún hombre, lo repito, ha narrado con más magia que Poe las
excepciones de la vida humana y de la naturaleza; la alucinación, dejando al
principio lugar a la duda, bien pronto convencida y razonadora como un libro;
el absurdo instalándose en la inteligencia y gobernándola con una espantable
lógica; la historia, usurpando el sitio de la voluntad; la contradicción
establecida entre los nervios y el espíritu, y el hombre desacordado hasta el
punto de expresar el dolor por la risa.»
Maestro,
como se ha dicho, de la narración, Poe es, ante todo y por voluntad propia, un
poeta. Las necesidades económicas que le llevaron a lo largo de su vida a tener
que escribir relatos publicables por revistas y diarios de larga tirada
frustraron tal vez una creación poética más dilatada. No obstante, sería un
error separar las tres actividades artísticas de Poe: la poesía, la narración y
la crítica. Alguien ha señalado acertadamente que su obra es «un continuo y
recíproco trasvase de temas, situaciones y apuntes de la poesía a la narrativa,
y de la narrativa a la crítica y una vez más a la poesía, lo que convierte a su
producción, aparentemente fragmentaria y discontinua, en un solo “monumento”
artístico.»
III
El
conjunto de escritos que hoy presentamos responde a la división de la
producción literaria de Poe, establecida en la edición póstuma publicada por la
Buckner Library, donde se distinguía entre «poemas» y «narraciones», y dentro
de éstas últimas, entre «relatos fantásticos» —tal vez los más conocidos—,
«relatos cómicos» y «relatos varios».
Estos
Relatos cómicos constituyen una faceta totalmente desconocida de Edgar Allan
Poe, y su lectura resulta imprescindible para lograr esa visión unitaria y no
sesgada de la personalidad y de la producción literaria de nuestro autor. En
ellos, aún haciendo uso de su general perfección estilística, logia con los
mismos medios de comicidad en vez del terror. Su carácter grotesco y satírico
no puede, empero, hacernos olvidar que representan un gran retrato de diversos
estamentos de la sociedad norteamericana del pasado siglo.
Poe
escribió estos Relatos cómicos entre 1837 y 1845, publicándolos periódicamente
con notable éxito en distintos diarios» y revistan norteamericanos. Es de decir
que los ocho relatos que incluimos en esta edición constituyen una selección de
los que pueden ser encuadrados en este rótulo bajo el signo de una singular
comicidad. Otros títulos no incluidos aquí serían: Mixtificación, Arquitectura
de un articulo, Mellonta Tauta, Von Kempelen y su descubrimiento, Los mil y dos
cuentos de Scherezade, Vida literia de Thingum Bob, Cuatro diálogos con una
momia, Los ojos o el amor a primera vista, La estafa considerada como una de
las ciencias exactas, La semana de los tres domingos, Por qué el francés lleva
el brazo al cuello, Una historia de Jerusalén, El duque del Omelette, El diablo
en el campanario, etc. En todos estos relatos breves Poe hace alarde de un
agudo ingenio crítico para con la sociedad en que vive, y principalmente para
con la forma de vida del hombre de negocios americano, dando muestras de un humor,
eso sí, un tanto macabro. Los nuevos inventos técnicos y las recientes terapias
psicológicas son puestas en solfa por un espíritu radicalmente conservador. No
apostar la cabeza con el diablo, por ejemplo, es una crítica de la manía de sus
compatriotas por las apuestas, cuyo desenlace revela el gusto de Poe por lo
macabro.
Los
relatos cómicos de Poe que presentamos en esta edición se inician con El
sistema del doctor Brea y el profesor Pluma; en el se describe un manicomio en
el que se han invertido los papeles: los enfermos hacen de médicos y éstos de
pacientes, con la consiguiente confusión y sorpresa de un visitante del centro
a quien su antiguo director —y ahora internado— explica las técnicas
psicoterapéuticas más singulares.
Como
un león es una rápida crítica a una sociedad de especialistas y constituye una
excelente muestra de lo que décadas después será el teatro del absurdo no sólo
por el predominio de los diálogos sobre la narración sino por el tipo de humor
que rezuma. El resto de los relatos incluye un variopinto desfile de personajes
estrambóticos y singulares, colocados en situaciones paradójicas que harán las
delicias del lector en castellano, pese a su indudable carácter genuinamente
anglosajón.
EL
SISTEMA DEL DOCTOR BREA Y EL PROFESOR PLUMA
En
el otoño de 18..., en el transcurso de una gira por las provincias del extremo
sur de Francia, mi ruta me llevó hasta pocas millas de distancia de una cierta
Maison de Santé, o manicomio privado, acerca del cual había oído hablar mucho
en París a mis amigos médicos. Dado que nunca había visitado un lugar
semejante, consideré que aquella oportunidad era demasiado preciosa como para
dejarla escapar, y propuse, por lo tanto, a mi compañero de viaje (un caballero
con el que había trabado amistad casualmente unos días antes) que nos
desviáramos de nuestro camino, durante una hora o así, para echar un vistazo al
establecimiento. El se opuso a esto, argumentando prisa, en primer lugar, y
como segundo motivo, un horror muy normal a ver a un lunático. Me rogó, no
obstante, que no dejara que la cortesía me impidiera satisfacer mi curiosidad,
diciendo que él seguiría su camino tranquilamente para que yo pudiera
alcanzarle aquel mismo día o, en el peor de los casos, el día siguiente.
Mientras nos despedíamos se me ocurrió pensar que tal vez pudiera haber algunas
dificultades para obtener acceso al lugar, y mencioné mi preocupación acerca de
ello. Él replicó que, de hecho, a menos que conociera personalmente al
superintendente, monsieur Maillard, o tuviera en mi poder alguna credencial,
como por ejemplo una carta, podría, en efecto, encontrarme con algunas
dificultades, ya que las reglas de aquellas casas de locos privadas eran mucho
más estrictas que las de los hospitales públicos. Por su parte, añadió, conocía
de pasada a Maillard desde hacía algunos años, y estaba dispuesto a ayudarme
hasta el punto de acompañarme hasta la puerta y presentármelo, aunque su
opinión acerca del asunto no le permitiera entrar dentro de la casa.
Le
di las gracias, y saliendo de la carretera principal nos adentramos por un
camino lateral cubierto de hierbajos que, al cabo de media hora de viaje, se
perdía prácticamente en una densa floresta que cubría la base de una montaña.
Habíamos cabalgado a través de aquel oscuro y húmedo bosque durante un par de
millas cuando apareció ante nuestra vista la Maison de Santé. Era un chotean
fantástico, muy deslavazado y, de hecho, escasamente habitable a causa de su
antigüedad y de la falta de cuidados. Su aspecto me produjo verdadero horror, y
deteniendo mi caballo estuve a punto de volverme atrás. No obstante, pronto me
avergoncé de mi debilidad y seguí adelante.
Mientras
cabalgábamos hacia la entrada me di cuenta que estaba medio abierta, y vi la
cara de un hombre mirándonos desde la misma. Un instante después, el hombre se
adelantó, se dirigió a mi compañero llamándole por su nombre, le estrechó
cordialmente la mano y me rogó que descendiera del caballo. Era el mismísimo
monsieur Maillard. Un caballero corpulento, de magnífico aspecto, de la vieja
escuela, pulido comportamiento y un cierto aire de gravedad, dignidad y
autoridad que resultaban muy imponentes.
Mi
amigo, una vez que me hubo presentado, mencionó mi deseo de inspeccionar el
lugar, y recibió toda clase de seguridades de que el mismo monsieur Maillard me
atendería. Se despidió de nosotros y no volví a verle.
Cuando
se hubo ido, el superintendente me hizo pasar a una pequeña salita,
extraordinariamente pulcra, que contenía, entre otras pruebas de un gusto
refinado, numerosos libros, dibujos, jarrones de flores e instrumentos
musicales. Un alegre fuego ardía en la chimenea. Sentada al piano, cantando un
aria de Bellini, había una joven y bellísima mujer que, al entrar yo, hizo una
pausa en su canto, recibiéndome con graciosa cortesía. Hablaba en voz baja y
toda su actitud era sumisa. Me pareció también detectar señales de dolor en su
semblante, que era extraordinariamente pálido, aunque para mi gusto no
desagradable. Iba de luto riguroso, y produjo en mi pecho sensaciones
entremezcladas de respeto, interés y admiración.
Había
oído decir en París que la institución de monsieur Maillard funcionaba con un
sistema conocido vulgarmente como el “sistema de apaciguamiento”; que se
rehuían todos los castigos; que incluso pocas veces se recurría a la reclusión;
que los pacientes, aunque vigilados en secreto, disfrutaban aparentemente de
amplia libertad, y que, en su mayor parte, tenían derecho a vagar por la casa y
sus terrenos con la indumentaria de un individuo en su sano juicio.
Conservando
estas impresiones en mi cerebro, tuve gran cuidado con lo que decía ante la
joven dama, ya que no podía estar seguro de que estuviera cuerda, y, de hecho,
existía una especie de brillo inquieto en sus ojos que estuvo a punto de
hacerme pensar que no lo estaba. Limité, por lo tanto, mis comentarios a
tópicos vulgares y, de entre éstos, a aquellos que, en mi opinión, no
resultaran desagradables o excitantes para un lunático. Ella replicó de forma
perfectamente racional a todo lo que yo dije, e incluso sus observaciones
llevaban la impronta del mayor sentido común. Pero mi amplio contacto con la
metafísica de la manía me había enseñado a no fiarme de tales muestras de
cordura, y seguí aplicando, a todo lo largo de la entrevista, la misma
prudencia con la que la había comenzado.
Al
cabo de un rato, un elegante lacayo con librea nos trajo una bandeja en la que
había frutas, vino y otros refrescos, a los cuales hice honor, mientras que la
joven dama abandonaba poco después el cuarto. Mientras se iba le dirigí una
mirada interrogante a mi anfitrión.
—No
—dijo—, ¡oh, no!; es un miembro de mi familia, mi sobrina, y es una mujer de lo
más preparada.
—Le
presento un millón de excusas por mis sospechas —repliqué yo—, pero por
supuesto usted sabrá excusarme. La excelente administración con que lleva usted
sus asuntos es bien conocida en París y pensé que era remotamente posible
que..., usted me comprende...
—Claro,
claro. No me diga usted más, o tal vez sea yo el que debiera agradecerle la
encomiable prudencia que fea demostrado. Muy rara vez tenemos ocasión de
disfrutar de una consideración como la suya entre los hombres jóvenes; y en más
de una ocasión ha ocurrido algún lamentable contratiempo a causa de la falta de
cuidado de nuestros visitantes. Mientras estaba aún en funciones mi anterior
sistema, y los pacientes eran libres de vagar por donde quisieran, era
frecuente que se vieran excitados hasta un peligroso estado de frenesí por
personas carentes de juicio que venían a inspeccionar la casa. Por lo tanto me
vi obligado a implantar un rígido sistema de exclusividad y así nadie puede
obtener acceso a la casa sin que yo esté seguro de poder confiar en su discreción.
—¡Mientras
estaba aún en funciones su anterior sistema! —dije, repitiendo sus palabras—.
¿Debo entender entonces que el “sistema de apaciguamiento”, del que tanto he
oído hablar, ha sido ya abandonado?
—Así
es —replicó él—. Hace ya varias semanas que llegamos a la decisión de
abandonarlo para siempre.
—¿Ah,
sí? ¡Me deja usted asombrado!
—Descubrimos,
señor —dijo suspirando—, que era absolutamente necesario volver a las antiguas
usanzas. El peligro que planteaba el sistema de apaciguamiento fue siempre
aterrador, y sus ventajas han sido excesivamente sobrevaloradas. En mi opinión,
señor, en esta casa ha sido sometido el sistema a una prueba justa, si es que
alguna vez lo fue. Hicimos todo lo que un humanismo racional podía sugerir.
Lamento que no haya podido usted hacernos una visita en la etapa anterior para
que hubiera podido usted juzgar por sí mismo. Pero supongo que debe usted estar
familiarizado con la práctica del apaciguamiento... con sus detalles.
—No
del todo. Todo lo que he oído ha sido de tercera o cuarta mano.
—Podría
entonces definir el sistema en términos generales como un sistema en el que los
pacientes estaban ménagés, o sea, se les seguía la corriente. Nosotros no
contradecíamos ninguna de las fantasías que se les pasaran por la imaginación a
los locos. Por el contrario, no solamente las tolerábamos, sino que las
favorecíamos, y muchas de nuestras curaciones más espectaculares las hemos
logrado así. No hay ningún argumento que afecte tanto a la débil razón del loco
como la del reductio ad absurdum. Hemos tenido hombres, por ejemplo, que creían
ser gallinas. La cura consistía en considerar aquello como un hecho, en acusar
al paciente de ser un estúpido por no considerarlo como un hecho lo
suficientemente serio, y así, le negábamos durante una semana todo alimento que
no fuera el propio de una gallina. Por este procedimiento se conseguía que un
poco de grano y cascajo realizaran maravillas.
—¿Y
eso era todo?
—En
absoluto. Nosotros teníamos mucha fe en los entretenimientos de tipo sencillo,
como la música, los ejercicios gimnásticos en general, las cartas, ciertas
clases de libros y así sucesivamente. Fulgíamos tratar a cada individuo como si
tuviera alguna enfermedad física normal, y la palabra “locura” no se empleaba
jamás. Un factor de gran importancia fue el hacer que cada lunático vigilara
los actos de todos los demás. El demostrar confianza en la comprensión o la
discreción de un loco es ganársela en cuerpo y alma. Por este procedimiento
pudimos prescindir de un oneroso cuerpo de guardianes.
—¿Y
no practicaban ustedes ningún tipo de castigo?
—Ninguno.
—¿Y
nunca confinaban ustedes a sus pacientes?
—Muy
rara vez. De tarde en tarde, cuando la enfermedad de algún individuo se
traducía en una crisis, o le producía algún acceso furioso, le colocábamos en
una celda secreta, para evitar que su afección pudiera contagiar al resto, y le
manteníamos allí hasta que podíamos despedirle de sus amigos, ya que nosotros
no tenemos nada que hacer con un loco peligroso. Normalmente, se le trasladaba
a un hospital público.
—Y
ahora han prescindido de todo esto... ¿y cree usted que es para bien?
—Definitivamente.
El sistema tiene sus ventajas e incluso sus peligros. Afortunadamente ha sido
ya abandonado en todas las Maisons de Santé de Francia.
—Estoy
muy sorprendido —dije— por lo que me cuenta; porque me habían asegurado que no
existía en este momento ningún otro método para el tratamiento de la manía en
todo el país.
—Es
usted muy joven aún, amigo mío —replicó mi anfitrión—, pero llegará el día en
que aprenderá a juzgar por sí mismo lo que ocurre en el mundo, sin tener que
confiar en los chismorrees de los demás. No crea usted nada de lo que oiga, y
sólo la mitad de lo que vea. Ahora bien, en cuanto a nuestras Maisons de Santé,
es evidente que ha sido usted confundido por algún ignorante. No obstante,
después de la cena, cuando esté usted suficientemente recuperado de la fatiga
de su viaje, le acompañaré con mucho gusto a recorrer toda la casa, y le
familiarizaré con un sistema que, en mi opinión, y en la de todos aquellos que
han sido testigos de su forma de operación, es sin comparación el más eficaz de
todos cuantos se han ensayado hasta hoy.
—¿Su
propio sistema? —pregunté—. ¿Uno de su propia invención?
—Me
siento orgulloso de poder decir que así es —replicó—, al menos en cierta
medida.
De
esta manera estuve conversando con monsieur Maillard durante una hora o dos, en
las cuales me mostró los jardines y los invernaderos del lugar.
—No
puedo dejarle ver a mis pacientes —me dijo— en este momento. Para una mente
sensible, siempre hay algo de desagradable en este tipo de espectáculos, y no
quiero estropear su apetito antes de la cena. Cenaremos. Le puedo ofrecer
ternera á la St Menehoult, con coliflor en salsa velouté, y después un vaso de
Clos de Vougeôt. Después de eso, sus nervios estarán mucho más firmes que
ahora.
A
las seis nos anunciaron que la cena estaba servida, y mi anfitrión me condujo a
una gran Salle á manger, donde estaba reunida una numerosa concurrencia, unas
veinticinco o treinta personas en total. Eran aparentemente personas de alto
rango, desde luego de elevada cuna, aunque sus atuendos, pensé, eran
extravagantemente ostentosos, participando quizá en demasía del ville cour. Me
fijé en que al menos dos tercios de los invitados eran damas, y algunas de
éstas iban ataviadas de una forma que ningún parisiense consideraría de buen
gusto hoy en día. Muchas mujeres, por ejemplo, cuya edad no podía ser inferior
a los setenta años, iban cubiertas con gran profusión de joyas, como anillos,
brazaletes y pendientes, y exhibían pechos y brazos vergonzosamente desnudos.
Observé también que muy pocos trajes estaban bien hechos, o al menos que muy
pocos de ellos sentaban bien a los que los llevaban puestos. Mirando alrededor
descubrí a aquella interesante muchacha que monsieur Maillard me había
presentado en la salita, y cuál no sería mi sorpresa al ver que llevaba un
miriñaque y un guardainfante, junto con unos zapatos de tacón alto y una capa
sucia de bordado de Bruselas, que le estaba tan grande, que hacía a su cara
ridículamente diminuta. Cuando la vi por vez primera iba vestida muy
atractivamente de luto riguroso. En pocas palabras, había algo de extraño en
los atuendos de todos los reunidos, que al principio me hizo volver a mi idea
original del “sistema de apaciguamiento” y a imaginarme que monsieur Maillard
había decidido mantenerme engañado hasta después de la cena para que no
experimentara sensaciones desagradables durante ésta, al encontrarme cenando
con lunáticos, pero yo recordaba haber sido informado en París que los
provincianos del sur eran gente particularmente excéntrica, con gran cantidad
de ideas anticuadas, y también, al conversar con algunos de los reunidos, mi
aprensión desapareció por completo y al instante.
El
mismo comedor, aunque tal vez fuera lo suficientemente confortable y tuviera
las dimensiones adecuadas, no tenía gran cosa de elegante. Por ejemplo, el
suelo carecía de alfombra. No obstante, en Francia es muy frecuente prescindir
de ellas. También las ventanas carecían de cortinas; las contraventanas, que
estaban cerradas, estaban aseguradas por medio de barras de hierro, dispuestas
diagonalmente, a la manera de los cierres de nuestras tiendas. El salón, como
pude observar, formaba por sí mismo un ala del château, de modo que las
ventanas cubrían tres lados del paralelogramo, estando situada la puerta en el
cuarto lado. No había menos de un total de diez ventanas.
La
mesa estaba soberbiamente servida: repleta de platos de plata labrada, y más
que repleta de exquisitas viandas. La profusión de éstas era absolutamente
bárbara. Había carnes suficientes como para haber agasajado al Anakim. Jamás en
mi vida había tenido yo ocasión de presenciar un despilfarro tan profuso de las
cosas buenas de la vida. No obstante, la disposición de éstas parecía revelar
una carencia de buen gusto, y mis ojos, habituados a las luces discretas, se
vieron tristemente ofendidos por la prodigiosa luminosidad de una multitud de
velas de ceras, que dispuestas en candelabros de plata, estaban colocadas sobre
la mesa, y alrededor de toda la habitación, en todo sitio donde era posible
encontrar un lugar para las mismas. Había varios sirvientes activos encargados
del servicio, y sobre otra gran mesa, situada al extremo opuesto de la
habitación,, estaban sentadas siete u ocho personas provistas de violines,
pífanos, trombones y un tambor. Estos individuos consiguieron molestarme mucho
en determinados instantes durante la comida, haciendo una infinita variedad de
ruidos, que se suponía que eran música, y que parecían suministrar gran
entretenimiento a todos los presentes, con la sola excepción de mi persona.
En
términos generales, no pude evitar el pensar que había mucho de bizarro en todo
lo que veía, pero después de todo, en el mundo tiene que haber de todo, todo
tipo de personas, con todo tipo de formas de pensar, y todo tipo de
convenciones sociales. Por otra parte, yo había viajado ya tanto, que era todo
un adepto al nil admirari; de modo que tomé asiento con gran ecuanimidad al
lado de mi anfitrión, y teniendo como tenía un gran apetito, hice justicia a
las delicias que colocaron ante mí.
La
conversación entre tanto era animada y general. Las damas, como de costumbre,
hablaban mucho. Pronto descubrí que prácticamente todos los presentes eran
gente de educación, y mi anfitrión era por sí mismo todo un mundo de
humorísticas anécdotas. Parecía estar perfectamente dispuesto a hablar de su
posición como superintendente de una Maisón de Santé, y, de hecho, el tema de
la locura era, muy para mi sorpresa, uno de los favoritos de todos los
presentes. Se contó un gran número de divertidas historias, que hacían
referencia a los caprichos de los pacientes.
—Tuvimos
aquí una vez a un individuo —dijo un grueso caballero que estaba sentado a mi
derecha—, un individuo que creía ser una tetera y, dicho sea de paso, ¿no les
resulta singular el ver la frecuencia con la que esta idea se apodera de la
mente de los lunáticos? No existe prácticamente en toda Francia un manicomio
que no albergue alguna tetera humana. Nuestro caballero era una tetera de
porcelana de Bretaña, y ponía grandes cuidados en pulirse cada mañana con una
gamuza y pulimentador.
—Y
después —dijo un hombre alto, que estaba justo enfrente—, tuvimos aquí, no hace
mucho, a una persona que se le había metido en la cabeza que era un borrico, lo
que, hablando alegóricamente dirán ustedes, era bastante cierto. Era un
paciente molesto, y nos dio mucho trabajo mantenerle controlado. Durante un
buen tiempo se negó a comer nada que no fueran cardos, pero de esta idea
conseguimos curarle pronto, insistiendo en que no comiera ninguna otra cosa.
Después se dedicaba continuamente a dar coces, así..., así...
—¡Señor
De Kock! ¡Le agradecería que se comportara usted como es debido! —le
interrumpió una vieja dama, que estaba sentada junto al que hablaba—. ¡Haga el
favor de dejar los pies quietos! ¡Ha estropeado usted mi brocado! ¿Es que acaso
le parece necesario ilustrar sus comentarios de una forma tan práctica? Nuestro
amigo aquí presente puede, sin duda, comprenderle sin necesidad de que haga
usted todo eso. Palabra de honor que es usted casi igual de borrico que lo que
aquel pobre desgraciado creía ser. Lo hace usted con mucha naturalidad, por mi
vida!
—¡Mille
pardons, Ma’m’selle! —respondió monsieur De Kock, a quien iba dirigido todo
esto— ¡Mil perdones! No tenía ninguna intención de ofenderla, ma’m’selle
Laplace. Monsieur De Kock se permitirá el honor de tomar vino con usted.
Dicho
esto, monsieur De Kock hizo una profunda reverencia, besó su mano muy
ceremoniosamente y tomó vino con ma’m’selle Laplace.
—Permítame,
mon ami —dijo entonces monsieur Maillard, dirigiéndose a mí—, permítame que le
ofrezca una porción de esta ternera à la St Menehoult, la encontrará
particularmente exquisita.
En
ese instante, tres robustos camareros habían conseguido depositar sin
contratiempos una enorme fuente o trinchador, conteniendo lo que supuse que
sería el “monstrum, horrendum, informe, ingens, cui lumen adeptum”. Un
escrutinio más detallado me reveló, no obstante, que no era más que una pequeña
ternera asada entera, colocada de rodillas, con una manzana en la boca, del
mismo modo en que los ingleses adornan la liebre.
—No,
muchas gracias —repliqué—; si he de serle sincero, no soy particularmente
aficionado a la ternera á la St... ¿cómo era?... Ya que me temo que no me
sienta del todo bien. No obstante, sí que aceptaría probar un poco de conejo.
Había
diversos platos complementarios dispuestos sobre la mesa, que contenían lo que
parecía ser conejo común francés, un muy delicioso morceau, que puedo
recomendarles.
—Pierre
—gritó mi anfitrión—, cambia el plato a este caballero y dale una pieza de
costado de este conejo au-chat.
—¿De
este qué? —dije yo.
—De
este conejo au-chat.
—Oh,
muchas gracias, pero, pensándolo bien, déjelo. Me serviré yo mismo un poco de
jamón.
—No
hay forma de saber lo que uno come, me dije a mí mismo, en las mesas de esta
gente de provincias. No pienso probar su conejo au-chat, y ya que estamos en
ello, tampoco su gato-au-conejo.
—Y
después —dijo un personaje de aspecto cadavérico, que estaba casi al final de
la mesa, recogiendo el hilo de la conversación donde ésta había sido
interrumpida—, y después, entre otras rarezas, tuvimos un paciente una vez, que
con gran tozudez insistía e que era un queso de Córdoba, y se dedicaba a
pasearse con un cuchillo en la mano, pidiendo a sus amigos que probaran un
trozo de su muslo.
—Era
un gran tonto, sin duda alguna —le interrumpió alguien—, pero no se le puede
comparar con cierto individuo, al que todos conocemos, excepto este caballero
de fuera. Me refiero a aquel hombre que creía ser una botella de champagne, y
que siempre estaba haciendo estampidos e imitando el ruido de las burbujas de
la siguiente manera.
Al
llegar aquí, el que hablaba, haciendo, en mi opinión, una exhibición de mal
gusto, se metió el pulgar derecho en la mejilla izquierda, sacándolo con un
ruido semejante al del tapón de una botella, y después, con un hábil movimiento
de la lengua sobre los dientes produjo un agudo silbido y un borboteo que
duraron varios minutos, imitando el ruido producido por la espuma del
champagne. Este comportamiento, según pude apreciar claramente, no fue del
agrado de monsieur Maillard, pero este caballero no dijo nada, y la
conversación se vio reanudada por un hombre pequeño y muy delgado, que lucía
una gran peluca.
—Y
después tuvimos a un ignorante —dijo—, que se confundía a sí mismo con una
rana, lo que, dicho sea de paso, parecía, y no poco. Me gustaría que hubiera
podido usted verle, señor —dijo dirigiéndose a mí el que estaba hablando—; le
hubiera hecho a usted mucho bien el ver el aire de naturalidad que tenía.
Señor, si aquel hombre no era una rana, no puedo por menos que observar que es
una pena que no lo fuera. Su manera de croar así “¡o-o-o-gh!, ¡o-o-o-gh!” era
el sonido más magnífico del mundo natural, y cuando ponía los codos sobre la
mesa de esta forma, después de haber tomado uno o dos vasos de vino, y
distendía su boca, así, y ponía los ojos en blanco, de esta manera, y los hacía
parpadear con asombrosa rapidez, así, entonces, señor, me atrevo a asegurar que
hubiera usted enloquecido de admiración ante el genio de aquel hombre.
—No
me cabe la menor duda —dije.
—Y
también —dijo alguien—, estaba el Petit Gaillard, que creía ser un pellizco de
rapé, y que estaba realmente preocupado porque no podía cogerse entre el índice
y el pulgar.
—También
estaba Jules Desoulieres, que era un genio muy singular, y que se volvió loco
pensando que era una calabaza. Se dedicaba a perseguir al cocinero pidiéndole
que hiciera una tarta con él, a lo que el cocinero se negaba indignado. Por lo
que a mí respecta, no me atrevería a decir que una tarta de calabaza á la
Desoulieres no hubiera resultado un plato realmente capital.
—¡Me
asombra usted! —dije, y miré inquisitivamente hacia monsieur Maillard.
—¡Ha!
¡Ha! ¡Ha! —dijo aquel caballero—. ¡He! ¡He! ¡He!... ¡Hi! ¡Hi! ¡Hi!... ¡Ho! ¡Ho!
¡Ho!... ¡Hu! ¡Hu! ¡Hu!... ¡Muy bueno, sí señor! No debe usted asombrarse, mon
ami; aquí nuestro amigo es un chistoso —a drôle—, no debe usted tomarle al pie
de la letra.
—Y
también —dijo alguna otra persona de las reunidas—, también estaba Bouffon Le
Grand, otro personaje extraordinario a su manera. Perdió la cabeza a causa del
amor, y creía que estaba en posesión de dos cabezas. Una de éstas, él mantenía
que era la cabeza de Cicerón; la otra, la consideraba una cabeza compuesta,
siendo de Demóstenes desde la frente hasta la boca, y de lord Brougham desde la
boca hasta la barbilla. No es del todo imposible que estuviera equivocado, pero
hubiera sido capaz de convencer a cualquiera de que estaba en lo cierto, y que
era un hombre de gran elocuencia. Era un verdadero apasionado por la retórica,
y era incapaz de no exhibirse. Por ejemplo, solía saltar sobre la mesa del
comedor de esta forma, y... y...
En
ese momento, un amigo, sentado junto al que estaba hablando, le puso la mano
sobre el hombro y le susurró unas cuantas palabras al oído; después de lo cual
el orador dejó de hablar de repente, hundiéndose de nuevo en su silla.
—Y
después —dijo el hombre que le había hablado al oído—, estaba Boullard, la
pirindola. Le llamo la pirindola porque tenía la extraña, aunque no del todo
irracional, idea de que se había convertido en una pirindola. Se hubiera usted
muerto de risa si le hubiera visto dar vueltas. Se dedicaba a dar vueltas
durante horas sobre un talón, de esta forma... así...
En
aquel momento, el amigo al que acababa de interrumpir hizo exactamente lo mismo
con él.
—Pues
entonces —aulló una anciana dama con todas sus fuerzas—, su monsieur Boullard
era un loco, y, en el mejor de los casos, un loco muy tonto, porque, ¿quién, si
me permiten la pregunta, ha oído hablar alguna vez de un pirindola humana? Es
algo absurdo. Madame Joyeuse era una persona más sensata, como ya saben. Tenía
una manía, pero estaba repleta de sentido común, y era un placer conocerla para
todos los que habían tenido aquel honor. Descubrió, como producto de maduras
deliberaciones, que, por algún extraño accidente, se había convertido en un
gallo de cocina, pero como tal, se comportaba con la mayor propiedad. Agitaba
sus alas, produciendo un efecto prodigioso, así... así... así..., y en cuanto a
su canto, ¡era algo delicioso! “¡Cock-a-doodle-doo... cock-a-doodle-doo...
cock-a-doodle-de-doo-doo-dooo-do-o-o-o-o-o-o!”.
—¡Madame
Joyeuse, le agradeceré que se comporte como es debido! —la interrumpió nuestro
anfitrión, muy enfadado—. O se comporta usted como debe hacerlo una dama, o
puede usted abandonar la mesa en este mismo instante, ¡elija usted misma!
La
dama (a la que me sorprendió mucho oír llamar madame Joyeuse, después de la
descripción que de ésta acababa de hacer) enrojeció hasta las cejas y pareció
extraordinariamente avergonzada por la regañina. Agachó la cabeza y no articuló
ni una sílaba en respuesta. Pero otra dama más joven recogió el tema. Era mi
preciosa muchacha de la salita.
—¡Oh,
Madame Joyeuse era tonta! —exclamó—. Pero, en cambio, la idea de Eugenia
Salsafette tenía una buena dosis de sentido común. Ella era una bellísima y
dolorosamente modesta joven dama, que consideraba las vestimentas normales
indecentes, y siempre deseó vestirse poniéndose ella al exterior de sus ropas,
en lugar de meterse dentro de ellas. Esto es algo muy fácil de hacer, después
de todo. No hay más que hacer esto... y luego, esto otro... y esto... esto...
esto... y luego, esto... esto... esto... y luego...
—¡Mon
Dieu! ¡Ma’m’selle Salsafette! —gritaron a la vez una docena de personas—. ¿Qué
pretende usted hacer?... ¡Deténgase!... ¡Ya es suficiente!... ¡Ya nos hemos
dado cuenta con toda claridad de cómo se hace!... ¡Quieta! ¡Quieta! —y varias
personas se abalanzaban ya sobre ella para evitar que Madame Salsafette emulara
a la Venus de Medicea, cuando aquel resultado fue súbita y eficientemente
logrado por una serie de fuertes alaridos o gritos, procedentes de algún lugar
del cuerpo principal del chateâu.
Mis
nervios se vieron muy afectados por estos alaridos, pero el resto de la
concurrencia me dio verdadera pena. Jamás había visto un grupo de personas
razonables tan asustadas en toda mi vida. Todos se pusieron pálidos como
cadáveres, y encogiéndose sobre sus asientos se quedaron temblando y diciendo
incoherencias de puro terror, y esperando oír una repetición de aquel sonido.
Volvió a producirse, más fuerte y aparentemente más cerca, y después, por
tercera vez, esta vez ya muy fuertemente, y la cuarta vez, ya con un vigor
evidentemente disminuido. Ante esta clara disminución del ruido, la
congregación recuperó inmediatamente su buen humor, y todo volvió a ser
vitalidad y anécdotas como anteriormente. Me atreví entonces a preguntar cuál
había sido la causa de aquel alboroto.
—Una
mera bagatelle —me dijo monsieur Maillard—. Estamos acostumbrados ya a estas
cosas, y no nos afectan gran cosa. De cuando en cuando, los lunáticos se ponen
a aullar a coro; uno arrastra a otro, como a veces ocurre con las jaurías de
perros por las noches. A veces, no obstante, el concerto viene seguido de un
intento de escapar. En esos casos, hay que admitir la existencia de un cierto
peligro.
—¿Cuántos
tiene usted a su cargo?
—De
momento no tenemos más que diez, todos incluidos.
—En
su mayor parte, hembras, supongo.
—Oh,
no; todos ellos son hombres, y hombres robustos, se lo puedo asegurar.
—¿De
veras? Tenía entendido que la mayor parte de los lunáticos pertenecían al sexo
débil.
—En
general, así es, pero no siempre. Hace algún tiempo había aquí alrededor de
veintisiete pacientes, y de ellos, no menos de dieciocho eran mujeres, pero
últimamente las cosas han cambiado, como puede usted ver.
—Sí,
han cambiado mucho, como puede usted ver —le interrumpió aquí el caballero que
había roto las espinillas a ma’m’selle Laplace.
—¡Sí,
han cambiado mucho, como puede usted ver! —coreó toda la congregación como un
solo hombre.
—¡Las
lenguas quietas, todos ustedes! —dijo mi anfitrión, iracundo. Como
consecuencia, todos se mantuvieron en silencio durante casi un minuto. En
cuanto a una dama, que obedeció a monsieur Maillard al pie de la letra, sacó la
lengua, que era extraordinariamente larga, y se la sujetó resignadamente con
ambas manos hasta que acabaron las amenidades.
—Y
esta buena señora —le dije a monsieur Maillard, inclinándome hacia él y
hablando en un susurro—, esta buena señora que acaba de hablar, que hizo lo de
“cock-a-doodle-doo”... supongo que será inofensiva... totalmente inofensiva,
¿no?
—¡Inofensiva!
—exclamó mi anfitrión, con no fingida sorpresa—. Pero... pero, ¿a qué puede
estarse usted refiriendo?
—Sólo
un poco tocada, ¿no es eso? —le dije, tocándome la cabeza—. Doy por supuesto
que no está particularmente... peligrosamente afectada, ¿no?
—¡Mon
Dieu! ¿Qué es lo que usted se imagina? Esa dama, que precisamente es una vieja
amiga mía, madame Joyeuse, está tan absolutamente en su sano juicio como pueda
estarlo yo. Tiene sus pequeñas excentricidades, sin duda, pero, como usted ya
sabe, ¿qué anciana dama no las tiene?... ¡Todas las mujeres muy ancianas son
más o menos excéntricas!
—Qué
duda cabe —dije yo—. Qué duda cabe... Entonces, el resto de estas damas y
caballeros...
—Son
mis amigos y mis encargados —me interrumpió monsieur Maillard, irguiéndose con
gran hauteur—. Mis muy buenos amigos y encargados.
—¡Cómo!
¿Todos ellos? —le pregunté—. ¿Las mujeres también?
—Desde
luego —dijo él—. No podríamos pasarnos sin ellas; son las mejores enfermeras
para lunáticos del mundo; tienen un no sé qué que les es peculiar, ¿sabe? Sus
brillantes ojos ejercen un efecto maravilloso, algo así como la fascinación de
una serpiente, ¿comprende?
—Desde
luego —dije yo—, ¡desde luego! Pero se comportan de una manera algo rara,
¿no?... Son un poco extraños, ¿no?... ¿No le parece a usted así?
—¡Raras!...
¡Extrañas!... Válgame, ¿lo cree usted así de veras? Desde luego, es cierto que
aquí en el sur no somos excesivamente mojigatos, que hacemos prácticamente lo
que nos apetece, disfrutando de la vida y todas esas cosas, sabe usted...
—Desde
luego —dije yo—, desde luego.
—Y
por otra parte, tal vez este Clos de Vougeôt se suba un poco, usted ya sabe...
un poco fuerte usted me comprende, ¿no?
—Desde
luego —dije yo—, desde luego. Por cierto, monsieur, si no le entendí mal, creo
que usted me dijo que habían adoptado, en lugar del tan celebrado sistema de
apaciguamiento, un sistema de rigurosa severidad.
—En
absoluto. El confinamiento es necesariamente rígido, pero el tratamiento, el
tratamiento médico, quiero decir, les resulta más agradable que otra cosa.
—¿Y
este nuevo sistema es de su invención?
—No
del todo. Partes de él pueden se atribuidos al doctor Brea, del que debe usted
haber oído hablar si duda, y, por otro lado, existen modificaciones a mi
sistema, que me alegro de poder atribuir a mi colega el tan celebrado Pluma,
por derecho propio, con el cual, si no me equivoco, tiene usted el honor de
mantener una íntima amistad.
—Me
siento bastante avergonzado de confesar —repliqué— que Jamás he oído ni
siquiera el nombre de esos dos caballeros.
—¡Cielo
santo! —exclamó mi anfitrión, retirando abruptamente su silla y alzando las
manos al cielo—. ¡Sin duda no debo haberle oído bien! ¿No querría usted decir,
por casualidad, que jamás había oído hablar siquiera del erudito doctor Brea ni
del tan celebrado profesor Pluma?
—Me
veo obligado a confesar mí ignorancia —repliqué—, pero siempre se debe poner la
verdad por encima de todas las demás cosas. No obstante, me siento
profundamente avergonzado de no conocer los trabajos de estos dos hombres, sin
duda extraordinarios. Tengo la intención, de ahora en adelante, de buscar sus
escritos y de estudiarlos con la debida atención. ¡Monsieur Maillard, me ha
hecho usted, debo confesarlo, verdaderamente me ha hecho usted sentirme
avergonzado de mí mismo!
Y
así era, en efecto.
—No
diga usted más, mi buen amigo —me dijo compasivamente, oprimiéndome la mano—;
acompáñeme a tomar un vaso de Sauterne.
Bebimos.
La congregación siguió nuestro ejemplo sin perder comba. Charlaban, hacían
bromas, reían, perpetraban un millar de actos absurdos, los violines maullaron,
el tambor rugió, los trombones barritaron como si fueran otros tantos toros de
bronce de Phalaris, y todo aquel cuadro, que se iba haciendo cada vez más
caótico, al ir los vinos ganando ascendencia, se acabó convirtiendo en un
pandemónium in petto. Mientras tanto, el señor Maillard y yo, con algunas
botellas de Sauterne y Vougeôt colocadas entre nosotros, continuábamos nuestra
conversación a pleno pulmón. Una palabra emitida en un tono normal tenía las
mismas posibilidades de ser oída que la voz de un pez desde el fondo de las
cataratas del Niágara.
—Y,
señor —dije yo, aullándole en el oído—, mencionó usted algo antes de la cena
acerca de los peligros del antiguo sistema de apaciguamiento. ¿Cómo es eso?
—Sí
—replicó él—, ocasionalmente surgían grandes peligros. No hay forma de prever
los caprichos de los locos, y, en mi opinión, así como en la del doctor Brea y
la del profesor Pluma, nunca es prudente dejarles sueltos sin la debida
vigilancia. Un lunático puede estar “apaciguado”, como se dice habitualmente,
durante un cierto tiempo, pero al final es muy dado a volverse estrepitoso. Su
astucia es, a su vez, grande y proverbial. SÍ tiene algún objetivo a la vista,
lo oculta con maravillosa sabiduría, y la destreza con que finge cordura
presenta a los metafísicos uno de los más singulares problemas que pueda haber
en el estudio de la mente humana. Cuando un loco parece estar totalmente
cuerdo, es de hecho el momento para ponerle una camisa de fuerza.
—Pero
el peligro, querido señor, del que estaba usted hablando, con arreglo a su
propia experiencia durante el tiempo que lleva a la cabeza de esta casa...
¿acaso ha tenido usted motivos materiales para pensar que la libertad es
peligrosa en el caso de un lunático?
—¿Aquí?
¿En mi propia experiencia?... Bueno, pues podría decir que sí. Por ejemplo, no
hace mucho se dio una extraña circunstancia en esta misma casa. El “sistema de
apaciguamiento” debe usted saber, estaba aún en marcha, y los pacientes andaban
sueltos. Se comportaban notablemente bien, tan bien, que cualquier persona con
algo de sentido común se hubiera dado cuenta de que algún diabólico proyecto se
estaba cociendo tan sólo a partir de ese único dato, a partir de que aquellos
individuos se comportaran tan notablemente bien. Y efectivamente, una bella
mañana, los encargados se encontraron atados de pies y manos, y fueron
arrojados al interior de las celdas, donde fueron atendidos, como si ellos
fueran los lunáticos, por los propios lunáticos, que habían usurpado las
funciones de sus guardianes.
—¡No
me diga! ¡Jamás había oído nada tan absurdo en toda mi vida!
—Es
un hecho. Todo ocurrió por culpa de un individuo estúpido, un lunático, al que
se le había metido en la cabeza que había inventado un sistema de gobierno
mejor que cualquiera de los conocidos, de gobierno de lunáticos, quiero decir.
Deseaba poner a prueba su invento, supongo, de modo que persuadió al resto de
los pacientes para que se unieran a él en una conspiración para derrocar a los
poderes reinantes.
—¿Y
tuvo realmente éxito?
—Sin
duda alguna. Los vigilantes y los vigilados fueron rápidamente forzados a
intercambiar sus puestos. Tampoco fue así en realidad, ya que los locos habían
gozado de libertad, mientras que los guardianes fueron encerrados a partir de
entonces en las celdas y tratados, lamento decirlo, de manera muy caballerosa.
—Pero
supongo que pronto se produciría una contrarrevolución. Ese estado de cosas no
podría haber existido durante demasiado tiempo. Los campesinos de la
vecindad... los visitantes que vinieran a ver el lugar... habrían dado la
alarma.
—Ahí
es donde usted se equivoca. El cabecilla rebelde era demasiado astuto para eso.
No permitía absolutamente ninguna visita, con la excepción, un día de la de un
joven caballero de aspecto extremadamente estúpido, del cual no tenía ninguna
razón para temer nada. Le dejó entrar a ver el lugar sólo por aquello de la
variedad, para divertirse un rato con él. En cuanto le hubo tomado el pelo lo
suficiente, le dejó salir para que siguiera con sus asuntos.
—¿Y
durante cuánto tiempo reinaron entonces los locos?
—Oh,
durante mucho tiempo, un mes, por lo menos; cuánto tiempo más no sabría decirle
con seguridad. En ese tiempo, los lunáticos se corrieron la gran Juerga, eso
puede usted jurarlo. Prescindieron de sus ropas raídas y tomaron al asalto el
guardarropa familiar y las joyas. Los sótanos del château estaban bien surtidos
de vino, y estos locos son precisamente gente que sabe beberlo. Vivieron bien,
eso se lo puedo asegurar.
—¿Y
el tratamiento? ¿Cuál fue el tipo particular de tratamiento que el jefe de los
rebeldes puso en práctica?
—Bueno,
en cuanto a eso, un loco no tiene por qué ser necesariamente un tonto, como ya
he comentado anteriormente, y es mí sincera opinión que su tratamiento era
mucho mejor que el que vino a reemplazar. Era un sistema realmente capital,
simple, pulcro, sin ningún problema en absoluto, de hecho era delicioso...
era...
Aquí,
las observaciones de mi anfitrión se vieron interrumpidas por otra serie de
alaridos, como los que nos había sorprendido previamente. Esta vez, no
obstante, parecían proceder de personas que se aproximaban con gran rapidez.
—¡Válgame
el cielo! —exclamé—. Sin duda, los lunáticos han conseguido escaparse.
—Mucho
me temo que así sea —replicó monsieur Maillard, poniéndose extraordinariamente
pálido. No había hecho más que acabar la frase cuando oímos grandes gritos e
imprecaciones bajo las ventanas; e inmediatamente después se hizo evidente que
algunas personas estaban intentando entrar desde el exterior. La puerta estaba
siendo golpeada con lo que parecía ser un martillo pilón, y las contraventanas
estaban siendo sacudidas con prodigiosa violencia.
A
raíz de esto sobrevino una escena de la más terrible confusión. Monsieur
Maillard, muy para mi asombro, se lanzó bajo el aparador. Había esperado de él
algo más de decisión. Los miembros de la orquesta, que, a lo largo de los
últimos quince minutos, habían parecido estar excesivamente embriagados como
para tocar, se pusieron en pie al instante, y, agarrando sus instrumentos,
saltaron sobre la mesa y empezaron a tocar, todos a la vez, “Yankee Doodle”,
que interpretaron, si bien no exactamente a tono, al menos sí con sobrehumana
energía, durante toda la duración de aquel pandemónium.
Mientras
tanto, el caballero al que tan trabajosamente se le había impedido hacerlo
anteriormente, saltó sobre la mesa, entre los vasos y las botellas. En cuando
se hubo aposentado allí, comenzó un discurso que hubiera sido sin duda
magnífico si tan sólo se le hubiera podido oír. En aquel mismo instante, el
hombre que sentía predilección por las pirindolas se dedicó 8 dar vueltas por
toda la habitación, con inmensa energía y con los brazos extendidos, formando
un ángulo recto con el cuerpo; de modo que efectivamente parecía una pirindola,
e iba derribando a todo aquel que se interponía en su camino. Y al oír también
en aquel momento el estampido y el burbujeo de una botella de champagne,
descubrí finalmente que era el personaje que había imitado a una botella de
aquella bebida tan delicada durante la cena. Por su parte, el hombre-rana
croaba como si la salvación de su alma dependiera de cada nota que emitía. Y en
medio de todo este maremagnum surgió el rebuznar de un burro, destacándose de
todo lo demás. En cuanto a mi vieja amiga, madame Joyeuse, me entraron
verdaderas ganas de llorar, ya que la pobre dama parecía estar absolutamente
perpleja. Todo lo que fue capaz de hacer fue ponerse en un rincón, junto a la
chimenea, y cantar incesantemente y con todas sus fuerzas:
“¡Cock-a-doodle-de-dooooh!”.
Y
entonces llegó el climax, la catástrofe de aquel drama. Al no ser ofrecida
ninguna resistencia, aparte de los aullidos, los alaridos y los kikiriquíes a
la aproximación del grupo del exterior, las diez ventanas cedieron con gran
rapidez y casi simultáneamente. Pero jamás podré olvidar mi asombro y mi horror
cuado vi que lo que entraba por las ventanas, cayendo entre nosotros pêle-mêre,
peleando, pisoteando, arañando y aullando era lo que a mí me pareció en aquel
momento un perfecto ejército de chimpancés, orangutanes y enormes babuinos
negros del cabo de Buena Esperanza.
Recibí
una terrible paliza, después de la cual rodé bajo un sofá, quedándome inmóvil.
No obstante, después de llevar allí unos quince minutos, tiempo durante el cual
estuve escuchando con toda atención lo que ocurría en la habitación, llegué a
un dénouement satisfactorio de aquella tragedia. Monsieur Maillard, al parecer,
no había hecho más que narrarme sus propios logros al hablarme del lunático que
había incitado a sus compañeros a la rebelión. Este caballero había sido
efectivamente, hacía ya dos o tres años, el superintendente de la institución,
pero se volvió loco a su vez, ingresando así como paciente. Este hecho no era
conocido por mi compañero de viaje, que fue el que hizo las presentaciones. Los
guardianes, en número de diez, habiendo sido capturados por sorpresa, fueron
cubiertos en primer lugar de brea, siendo después cuidadosamente emplumados, y
finalmente encerrados en celdas subterráneas. Habían permanecido en esta
situación durante más de un mes, y durante todo ese período, monsieur Maillard
les permitió generosamente disponer no sólo de brea y plumas (que en ellas
consistía su sistema), sino también de algo de pan y agua en abundancia. Esta
era bombeada sobre ellos todos los días. Finalmente, uno que consiguió escapar
a través de una alcantarilla puso en libertad a todos los demás.
El
“sistema de apaciguamiento” con importantes modificaciones, ha sido implantado
de nuevo en el château; sin embargo, no puedo dejar de estar de acuerdo con
monsieur Maillard en que su propio “tratamiento” era magnífico a su manera.
Como observó él con justeza, era “simple, pulcro y no suponía ningún problema,
absolutamente ninguno”.
Sólo
tengo que añadir que aunque he buscado por todas las librerías de Europa los
trabajos del doctor Brea y del profesor Pluma, he fracasado estrepitosamente
hasta hoy en mis intentos de encontrar un ejemplar.
EL
ÁNGEL DE LO ESTRAMBÓTICO
Era
una desapacible tarde de noviembre. Yo acababa de tomar una desacostumbrada
comida suculenta de la cual la apetitosa trufa no era la parte menos
importante, y estaba solo, sentado en el comedor, con los pies en el
guardafuegos de la chimenea, y junto a mí una mesita que yo había arrastrado
junto a la lumbre en la cual había algunos requisitos para los postres con
diversas botellas de vinos y licores. Aquella mañana yo había estado leyendo el
Leónidas, de Glover; Epigoniada, de Wilkie; la Peregrinación, de Lamartine; la
Columbiada, de Barlow; la Sicilia, de Tuckerman; y las Curiosidades, de
Griswold. De forma que, lo confieso de buen grado, entre unas cosas y otras me
sentía un poco aturdido. Me esforcé en aclarar el cerebro mediante frecuentes
tragos de «Laffitte», y como todos los recursos me fallaron, acudí, no sabiendo
ya qué hacer, a un periódico que encontré a mano. Después de haber leído muy
atentamente la columna de las «casas de alquiler» y la de «perros perdidos», y
a continuación las dos columnas de «esposas y novicias fugadas», ataqué con
gran resolución el tema editorial, y luego de leerlo de arriba abajo sin
entender ni una sílaba, concebí la posibilidad de que estuviese escrito en
chino, y por ello volví a leerlo de cabo a rabo, pero no con resultado más
satisfactorio. Estaba a punto de arrojar con repugnancia «Este infolio de
Cuatro páginas, obra feliz que ni siquiera los poetas critican» cuando sentí
que mi atención era arrastrada hacia el párrafo que sigue:
«Los
caminos que llevan a la muerte son numerosos y extraños». Un periódico de
Londres menciona el fallecimiento de una persona debido a causas singulares.
Estaba jugando al «soplo de la flecha» que se juega con una larga aguja
insertada en una pelota de estambre y que se dispara al blanco empleando un
tubo de latón. Colocó la aguja en el lado contrario del tubo y aspiró aire con
fuerza para soplar después con más energía, aspiró, a la vez, sin querer, la
aguja, que se introdujo en su garganta, llegó hasta los pulmones, y en pocos
días, el hombre murió.»
Al
leer esto me puse furioso sin saber en realidad por qué.
—¡Esto
es una vil falsedad! —exclamé—. Es una estupidez, el engendro de algún infeliz
gacetillero, de algún despreciable inventor de bulos. Esos individuos,
conociendo la inconcebible incredulidad de nuestra época, emplean su pobre
caletre en imaginar casualidades improbables, accidentes extravagantes como
ellos les llaman, pero para una inteligencia que sepa reflexionar (como la mía,
añadí a modo de paréntesis, apoyando inconscientemente un dedo sobre un lado de
mi nariz) para un entendimiento reflexivo como el que yo poseo, parece en un
principio, cosa evidente, que ese aumento asombroso de tales «sucesos
extravagantes», es, con mucho, el suceso más estrambótico de todos. Por mi
parte, me propongo no dar crédito en adelante a nada de lo que ofrezca algo de
«singular».
—Mein
Gott! ¡Ser usted muy tonto para decir eso! —me replicó una de las voces más
curiosas que jamás oí.
Primero
la tomé por un simple zumbar de oídos, como a veces le ocurre a uno cuándo ha
bebido demasiado, pero acto seguido, y pensándolo mejor, juzgué que aquel
sonido más bien se parecía al que produce un barril vacío cuando le golpean con
un palo; y la verdad es que por tal lo hubiese tomado, a no ser por su
articulación en sílabas y palabras. No soy en modo alguno de temperamento
nervioso, y los pocos vasos de «Laffitte» que había bebido sirvieron para darme
algunos ánimos, de manera que no sentí la menor turbación y me limité a alzar
los ojos calmosamente, y mirando en derredor busqué atentamente por la
habitación al intruso. Aun así, no pude ver a nadie.
—¡Hum!
—exclamó de nuevo la voz, mientras yo continuaba con mi inspección—. Usted
estar más borracho que un cerdo, porque no me ve sentado aquí, a su lado.
Entonces
se me ocurrió mirar siguiendo la dirección de mi nariz, y, en efecto, vi
sentado a la mesa, ante mí, a un personaje jamás descrito, aunque no del todo
indescriptible. Su cuerpo era parecido a una barrica de vino, a una pipa de ron
o algo por el estilo, y tenía un aspecto verdaderamente «falstaffiano». En su
extremidad inferior se insertaban dos barrilitos que parecían responder a las
funciones de unas piernas. En lugar de brazos colgaban de la parte superior de
su armazón dos botellas medianamente largas, con los cuellos hacía abajo,
oficiando de manos. Como cabeza sólo veía en aquel monstruo una de esas
cantimploras de Hesse parecidas a una gran tabaquera con un agujero grande en
medio de su tapa. Aquella cantimplora (que mostraba un embudo en su remate en
forma de casco de guerrero inclinado sobre los ojos), estaba puesto de canto
sobre la pipa, con su orificio hacia mí, y por aquel orificio la extraña
criatura emitía ciertos ruidos sordos, prolongados, como gruñidos, que para él
sin duda alguna eran palabras inteligibles.
—Yo
decirle a usted —dijo— que debe estar más borracho que un cerdo porque usted
estar sentado ahí y no verme sentado aquí; y yo decirle también que usted ser
más bestia que un ganso, porque no creer lo que está impreso en ese papelote.
Todo lo que decir ahí ser verdad, y mucha verdad que hay en todas sus palabras.
—Le
ruego que me diga quién es usted —solicité con mucha dignidad, aunque algo
perplejo—. ¿Cómo ha entrado usted aquí? ¿De qué me está hablando?
—¿Cómo
venir yo aquí? —interrogó a su vez aquel muñeco—. Eso no importarle nada. Y lo
que yo hablar ahora, hablar lo que quiero, y, ¿quién ser yo? Yo venir aquí para
que usted verme con sus propios ojos.
—Usted
no es más que un borracho vagabundo —respondí—, y voy a hacer sonar la
campanilla para que venga mi criado y le expulse a la calle a puntapiés.
—¡Je,
je, je! —rió el extraño individuo—. ¡Ju, ju, ju! Usted no poder hacer eso.
—¡Que
no puedo hacerlo! ¿Qué quiere decir con eso? Bien, ¿así que no puedo hacerlo,
eh?
—Haga
sonar la campanilla —dijo, esbozando una mueca sarcástica, con su diminuta y
repugnante boca.
Entonces
hice un esfuerzo para levantarme y llevar a cabo mi amenaza; pero aquel bellaco
se inclinó sobre la mesa con muy mala intención, y por encima de ella logró
aplicarme un golpe en la frente con el cuello de una de sus largas botellas,
arrojándome de espaldas sobre el sillón del que ya me había levantado a medias.
Me sentía completamente aturdido, y durante un momento no supe lo que hacía.
Mientras tanto, él continuó charlando.
—Usted
ya ver que convenirle estar quieto. Y ahora, ¿saber usted quién soy yo?
¡Míreme! ¿Lo ve usted? Yo ser el Ángel de lo Estrambótico.
—Y
muy extraño, por cierto —me atreví a contestar—. Pero yo siempre había
imaginado que los ángeles tenían alas.
—¡Alas
yo! —gritó, exasperado—. ¿Qué hacer yo con alas? Mein Gott! ¿Pensar usted que
yo ser un pollo?
—No...
¡Oh, no! —repliqué, muy alarmado—. Usted no es un pollo... Verdaderamente no lo
es.
—Así
gustarme usted; estar quieto y tener mucho cuidado, sino yo darle otro golpe.
Ser el pollo quien tener alas, y el búho quien tener alas, y el demonio quien
tener alas, y el diablo mayor quien tener alas. El ángel no tener alas, y yo
ser el Ángel de lo Estrambótico.
—Y
el asunto que le trae es... es...
—¡Mi
asunto! —exclamó el engendro—. Usted ser un mal educado porque preguntar a un
caballero y a un ángel por sus asuntos.
Aquel
lenguaje era algo más de lo que yo podía soportar, aunque fuese el de un ángel,
y así, armándome de valor, agarré un salero que estaba a mi alcance y lo arrojé
a la cabeza del intruso. No sé si lo esquivó o yo erré el golpe porque todo
cuanto pude conseguir fue hacer pedazos el cristal que protegía la esfera del
reloj que se hallaba sobre la chimenea. En cuanto al ángel, demostró el efecto
que le había producido mi ataque, asestándome como antes, dos o tres fuertes
porrazos en la frente. Los golpes me sometieron inmediatamente, y aunque me
avergüence tener que confesarlo, ya fuese por dolor o por el disgusto,
acudieron algunas lágrimas a mis ojos.
—Mein
Gott! —exclamó el Ángel de lo Estrambótico, al parecer muy apaciguado al darse
cuenta de mi angustia—. Mein Gott! Este hombre o estar muy borracho o estar muy
afligido. Usted no deber tragar tanto vino fuerte..., usted tener que echar
agua en el vino. Tenga, usted beber esto como buen muchacho y no llorar más...
¡No más!
Y al
decir esto, el Ángel de lo Estrambótico acabó de llenar mi vaso (que estaba
medio terciado de oporto), con un fluido incoloro que vertió desde una de sus
botellas-manos. Pude observar cómo aquellas botellas mostraban rótulos
alrededor de sus cuellos y que los rótulos decían: «Kirschenwasser».
Tanta
bondad por parte del ángel me apaciguó mucho, y ayudado por el licor que diluyó
en mi oporto repetidamente, por fin pude recuperar bastantes ánimos para
escuchar sus extraordinarias palabras. No pretendo referir todo lo que me
contó, pero algo pude recoger de lo que dijo: que él era el genio que presidía
a los «contratiempos» de la humanidad y cuya misión consistía en producir los
«extraños contratiempos» que continuamente asombran a los escépticos. Una o dos
veces, al arriesgarme yo a expresar mi total incredulidad respecto a sus
pretensiones, él se indignó hasta el punto de que la mejor política me pareció
ser no decir una sola palabra y dejarle decir cuanto quisiera. Entonces siguió
hablando largo y tendido, mientras yo no hacía más que recostarme en el sillón
con los ojos entornados y distraerme mascando pasas y disparando hacia aquí y
hacia allá sus rabitos; pero el ángel, de repente, opinó que aquella actitud
mía era despreciativa. Se puso en pie muy furioso, hundió el embudo hasta los
ojos, soltó un taco, pronunció una amenaza cuyo sentido no pude comprender, y
por fin me saludó inclinándose profundamente y deseándome en el lenguaje del
arzobispo del Gil Blas, beaucoup de bonheur et un peu plus de bon sens.
Su
retirada me alivió. Los «muy pocos» vasos de «Laffitte» que me había bebido me
produjeron modorra y sentí ganas de echar una siesta de quince o veinte
minutos, como tengo por costumbre hacer después de comer. A las seis tenía una
cita importante a la que no podía faltar. La póliza de seguro de mí domicilio
había expirado en el día anterior; y por haberse producido cierta desavenencia
se había convenido en que a las seis yo debía presentarme ante el Consejo de
Directores de la compañía para ponernos de acuerdo contra los nuevos términos
de una renovación de la póliza. Alcé los ojos hacia el reloj de la chimenea
(porque me sentí muy amodorrado para molestarme en consultar mi reloj de
bolsillo) y tuve la satisfacción de ver que aún disponía de veinticinco minutos.
Eran las cinco y media y podía llegar a la oficina de seguros en el espacio de
cinco minutos. Mis siestas ordinarias no habían pasado nunca de los veinticinco
minutos; así, pues, me sentí suficientemente tranquilo y me dispuse a dormir.
Cuando
desperté consulté nuevamente el reloj y casi estuve a punto de creer en la
posibilidad de los accidentes extraños al ver que en lugar de mis veinticinco
minutos de costumbre sólo había dormido tres. Por lo tanto, aún faltaban
veintisiete para la hora de la cita. De nuevo me adormecí y, finalmente, volví
a despertar, cuando con gran asombro noté que «todavía» seguían faltando
veintisiete minutos para las seis. Me levanté de un salto para examinar el
reloj y vi que se había parado. El del bolsillo me informó que eran las siete y
media. Por lo tanto, había dormido un par de horas y ya era demasiado tarde
para acudir a mi cita. «Lo mismo da; acudiré a la oficina mañana por la mañana
y me excusaré, pero, ¿qué le habrá pasado al reloj?», me dije a mí mismo. Lo
examiné y descubrí que uno de los rabitos de las pasas que yo había disparado
en todas direcciones mientras charlaba con el Ángel de lo Estrambótico se había
introducido por el roto cristal de la esfera y se había alojado, cosa extraña,
en el orificio de la llave, con uno de sus extremos sobresalientes y así había
detenido el avance del minutero.
«¡Ah!
—me dije—. Ya veo lo que ha pasado. Esto se explica por sí solo. ¡Un accidente
natural, como “tienen” que suceder de vez en cuando!»
No
quise pensar más en ello, y a mi hora acostumbrada me fui a la cama. Una vez en
ella, después de colocar una bujía en un velador junto a la cabecera, y
esforzarme por leer atentamente unas páginas de la Omnipresencia de la
Divinidad, por desdicha me quedé dormido en menos de veinte segundos, dejando
la luz encendida.
Mis
sueños fueron terroríficamente perturbados por las visiones del Ángel de lo
Estrambótico. Me pareció que estaba al pie de la cama, descorría las cortinas,
y con los huecos y molestos sonidos de una barrica de ron me amenazaba con la
más amarga venganza por el desprecio con que yo le había tratado. Terminó su
larga peroración quitándose el embudo-sombrero, introduciendo su cuello en mi
gaznate, e inundándome así con un océano de Kirschenwasse, que vertía en
continuo chorro desde una de las botellas de largo cuello que le servían de
brazos. Mi angustia llegó a ser insufrible y desperté en el momento preciso en
que pude ver una rata que se escabullía llevándose encendida la bujía del
velador sin que me diera tiempo para evitar que escapara con ella por el
agujero de su nido. Pronto llegó hasta mis narices un olor sofocante y
comprendí en el acto que la casa se había incendiado. En pocos minutos las
llamas se extendieron con enorme rapidez y al cabo de unos minutos más, toda la
casa estaba envuelta en llamas. Habían quedado cortadas todas las salidas de la
habitación, excepto la de la ventana. La muchedumbre que se había reunido en el
exterior alzó a toda prisa una escalera de mano. Por medio de ella comencé a
descender rápidamente y con aparente seguridad, cuando a un enorme cerdo cuya
rotunda panza y aun todo su aspecto y fisonomía me hacía recordar al Ángel de
lo Estrambótico, se le ocurrió rascarse la paletilla derecha, y no encontró
mejor lugar que hacerlo contra el mismo pie de la escalera. Instantáneamente,
caí precipitado al vacío y tuve la desgracia de fracturarme un brazo.
Aquel
accidente, con la pérdida de mi seguro y la pérdida más grave aún de mis
cabellos que habían resultado totalmente chamuscados por las llamas, me
predispuso a pensar muy seriamente, y así decidí finalmente tomar esposa.
Había
una viuda desconsolada por la muerte de su séptimo esposo, y a su alma lacerada
ofrecí el bálsamo de mi juramento de amor. Accedió, con desgana, a mis
súplicas. Me arrodillé a sus plantas lleno de gratitud y adoración. Se sonrojó
e inclinó sus abundantes cabellos sobre los míos también abundantes y que me
había procurado Gradjean el peluquero. No sé cómo ambas cabelleras se
enredaron, pero así ocurrió. Me puse en pie luciendo una brillante calva, sin
peluca, y ella, desdeñosa y airada, quedó casi envuelta en cabello ajeno. Así
terminaron mis esperanzas para con la viuda; por un accidente que no podía
haberse previsto, sin duda alguna, pero causado por las naturales consecuencias
de los acontecimientos.
A
pesar de ello, y sin desesperar, emprendí el asedio de un corazón menos
implacable. Los hados me fueron de nuevo propicios por breve tiempo. Encontré a
mi amada en una alameda abarrotada por la flor y nata de la ciudad, y me
apresuré a saludarla con una de mis más rendidas inclinaciones, cuando una
menuda partícula de extraña materia, alojándose en uno de mis ojos, me dejó,
por el momento, ciego. Antes de que pudiese recuperar la visión, la dama de mis
amores ya había desaparecido irreparablemente ofendida por lo que se le antojó
suponer era premeditada grosería, al pasar sin saludarla. Mientras yo me sentía
anonadado por lo súbito de aquel accidente (que, sin embargo, hubiese podido
ocurrirle a cualquier persona bajo el sol) y mientras continuaba privado de la
vista, se me acercó el Ángel de lo Estrambótico, ofreciéndome su ayuda con una
cortesía que yo no tenía motivos para esperar. Examinó mi ojo enfermo con mucha
delicadeza y tino, me informó de que tenía en él una gota (fuese lo que fuere
aquella «gota»), me la quitó y me dejó muy aliviado.
Entonces
opiné que me había llegado la hora de morir (puesto que la desdicha se había
propuesto perseguirme de aquel modo), y en consecuencia, me acerqué hasta el
río más próximo. Allí me desnudé (puesto que no hay motivo para no morir como
hemos nacido) y me arrojé de cabeza al agua; el único testigo de mi desgracia
era una solitaria corneja que al parecer había sido tentada a picotear grano
saturado de aguardiente, y luego se había apartado de sus compañeras haciendo
eses. Apenas había yo penetrado en el agua cuando a aquel pajarraco se le
ocurrió emprender el vuelo llevándose consigo las prendas más indispensables de
mi indumentaria. Aplazando, pues, por el momento, mis propósitos suicidas,
introduje como pude las extremidades inferiores en las mangas de mi levita y
emprendí la persecución de la delincuente con toda la celeridad que el caso
requería y permitían las circunstancias. Pero mi mala suerte me persiguió una
vez más. Mientras yo corría velozmente, mirando hacia arriba, y sin pensar en
otra cosa que en la ladrona de mis propiedades, advertí de pronto que mis pies
habían abandonado la tierra firme; lo que acababa de suceder era que había ido
a caer en un precipicio y me habría hecho pedazos de no tener la buena suerte
de asirme al largo cabo de arrastre que pendía desde un globo que en aquellos
instantes navegaba sobre mi cabeza.
Apenas
hube recobrado mis sentidos para comprender la terrible situación en que me
hallaba, o mejor dicho, en que colgaba, recurrí a toda la fuerza de mis
pulmones para lograr que aquella situación fuese conocida por el aeronauta que
se encontraba sobre mi cabeza. Pero durante largo tiempo, mis esfuerzos
resultaron inútiles. O el muy necio no me vio o el muy canalla no quiso oírme.
Mientras tanto, el globo ascendía rápidamente, a la vez que mis fuerzas estaban
abandonándome. Pronto me vi en la necesidad de tener que resignarme a mi
destino y dejarme caer tranquilamente al mar, cuando súbitamente renació en mí
la esperanza al oír una voz cavernosa que llegaba desde arriba y que parecía
canturrear perezosamente el aria de una ópera.
Miré
hacia arriba y vi al Ángel de lo Estrambótico. Estaba apoyado, con ambos brazos
cruzados, sobre el borde de la barquilla. Fumaba una pipa pausadamente; parecía
estar en paz consigo mismo y con el universo entero. Yo me sentía agotado en
tal forma que no podía ni hablar. Lo único que hice fue mirarle con gesto de
súplica.
Durante
algunos minutos, aun cuando él me miraba directamente, nada dijo. Luego,
trasladando cuidadosamente su pipa de espuma de mar de un ángulo a otro de su
boca, se dignó hablarme:
—¿Quién
ser usted y qué diablos hacer aquí? —preguntó.
Ante
tal muestra de descaro, crueldad y afectación, sólo pude responder:
—¡Ayúdeme!
—¿Que
le ayude? —interrogó el muy canalla—. Yo no. Ahí va la botella y ayúdese usted
mismo... ¡y váyase al diablo!
Y
diciendo esto, dejó caer una pesada botella de Kirschenwasser, que al tocar con
absoluta precisión mi coronilla, supuse que me había saltado los sesos.
Impresionado por esta idea, ya estaba a punto de soltar mi presa en el cabo y
entregar mi alma con enorme resignación, cuando me contuvo el grito del ángel
invitándome a continuar asiendo el cabo.
—¡Usted
aguantar! —exclamó—. ¡No precipitarse, no! ¿Querer usted tomar la otra botella?
¿O habérsele pasa— r do la borrachera y no saber qué hacer?
Me
apresuré a mover la cabeza dos veces, una en r sentido negativo, significando
que prefería por el momento no tomar la otra botella, y otra en sentido
afirmativo queriendo decir que no «estaba» borracho y «había» recuperado mis
sentidos. Así logré ablandar algo al ángel.
—Y
ahora, ¿usted creer por fin, usted creer en la posibilidad de lo estrambótico?
—preguntó.
De
nuevo moví la cabeza con gesto afirmativo.
—¿Y
usted haber creído en mí, en el Ángel de lo Estrambótico?
Asentí
otra vez con movimiento de cabeza.
—¿Y
usted reconocer que el ciego, el borracho y el tonto ser usted?
Dije
que sí nuevamente.
—Poner
pues su mano derecha en bolsillo derecho de sus pantalones en prueba de que
usted someterse al Ángel de lo Estrambótico.
Aquello,
por razones evidentes, me pareció cosa imposible de hacer. En primer lugar
porque mi brazo izquierdo se había fracturado al caer de la escalera, y, por lo
tanto, al soltar la mano derecha me habría precipitado en el vacío. En segundo
lugar, yo no podía tener pantalones hasta que hubiese capturado a la corneja.
Por lo tanto, me vi obligado, sintiéndolo mucho, a sacudir la cabeza en forma
negativa, dando a entender al ángel que aquél no me parecía el momento más
oportuno de atender su petición. Pero apenas había cesado yo de mover la cabeza
cuando rugió el Ángel de lo Estrambótico:
—¡Entonces,
usted irse al diablo!
Y al
pronunciar estas últimas palabras, con un afilado cuchillo cortó el cabo de
arrastre del que yo pendía, y como dio la casualidad de que me encontraba
precisamente encima de mi casa (la cual, durante mi peregrinación, había sido
bellamente reconstruida), ocurrió que caí de cabeza por su chimenea, yendo a
parar al hogar de mi comedor.
Al
recobrar el sentido (porque la caída me había aturdido por completo), descubrí
que eran las cuatro de la madrugada. Me hallaba tendido en el mismo sitio en
que había caído desde el globo. Mi cabeza se apoyaba en un montón de cenizas
apagadas mientras mis pies reposaban sobre una mesita derribada y entre los
fragmentos de un revoltijo de postres mezclados con un periódico, algunos vasos
rotos, botellas hechas pedazos y un jarro vacío de Kirschenwasser de Schiedam.
Así se había vengado el Ángel de lo Estrambótico.
COMO
UN LEÓN
Sátiras
del Obispo Hall
...Todo
el mundo caminaba maravillado sobre los diez dedos de sus pies.
Yo
soy, es decir, fui un gran hombre; pero no soy ni el autor de Junius, ni el
«hombre de la máscara», porque mi nombre, según creo, es Robert Jones y nací en
algún lugar de la ciudad de Fum-Fudge.
El
primer acto de mi vida consistió en cogerme la nariz con las dos manos. Mi
madre lo vio y me llamó «genio»; mi padre lloró de alegría y me regaló un
tratado de Nasología. Lo conocí bien a fondo antes de que me pusieran
pantalones.
Por
entonces comencé a vislumbrar cuál era para mí el camino del saber, y muy
pronto llegué a comprender que, con tal de que un hombre tuviese una nariz
bastante notable, podía, con sólo seguir su dirección, llegar a obtener el
señorío de la moda. Pero mi atención no se limitaba solamente a las teorías.
Cada mañana yo le propinaba a mi «proboscis» un par de tirones y me tragaba
media docena de dramas.
Cuando
llegué a la mayoría de edad, mi padre me preguntó un día si quería ir con él a
su despacho.
—Hijo
mío —me dijo en cuanto tomamos asiento—, ¿cuál es el fin principal de tu
existencia?
—Padre,
el estudio de la Nasología —le respondí.
—¿Y
qué es la Nasología, Robert? —preguntó.
—Padre
—respondí—, es la ciencia de las narices.
—¿Y
puedes decirme, hijo, qué significa una nariz?
—La
nariz, padre mío —respondí, muy sereno—, ha sido definida de formas muy
diversas por casi un millar de diferentes autores...
Me
detuve y extraje mi reloj del bolsillo para añadir a continuación:
—Ahora
son poco más o menos las doce del día. Tendremos tiempo para recorrerlos todos
antes de que sea medianoche. Así, pues, veamos, para comenzar: la nariz, según
Bartolinus, es esa protuberancia, esa corcova, esa excrescencia que...
—Basta,
Robert —interrumpió el bondadoso viejo—, me siento anonadado, asombrado, por la
gran extensión de tu saber, realmente asombrado por mi vida...
Y al
decir esto, se llevó una mano al corazón. Luego dijo:
—Ven
aquí.
Acto
seguido me tomó por el brazo, añadiendo:
—Tu
educación puede considerarse ya terminada... Es ya hora de que te las arregles
tú solo, y no podrás hacer nada mejor que seguir la dirección de tu nariz, así,
así y así...
Y al
pronunciar estas últimas palabras me echó a puntapiés, escaleras abajo, hasta
la calle, concluyendo:
—¡De
forma que vete de mi casa y que Dios te bendiga!
Como
sentía en mi interior la inspiración «divina», aquel incidente me pareció más
feliz que desgraciado. Resolví, pues, seguir el consejo paternal. Decidí seguir
a mi nariz. Allí mismo le apliqué un tirón o dos, y escribí acto seguido un
folleto sobre Nasología.
Todo
Fum-Fudge se conmovió.
«¡Genio
maravilloso!», dijo el Quaterly.
«¡Soberbio
fisiólogo!», comentaba el Westminster.
«¡Inteligente
compañero!», decía el Foreign.
«¡Excelente
escritor!», dijo el Edimburgh.
«¡Profundo
pensador!», dictaminó el Dublin.
«¡Gran
hombre!», publicaba el Bentley.
«¡Alma
divina!», aseguraba el Fraser.
«¡Uno
de los nuestros!», aseveraba Blackwood.
—¿Quién
será? —preguntó la señora Bas-Bleu.
—¿Quién
será? —preguntó también la gruesa señorita Bas-Bleu.
—¿Dónde
se encuentra? —inquirió la pequeña señorita Bas-Bleu.
Pero
yo no hice caso de aquella gente y subí al taller de un artista.
Estaba
pintando el retrato de la duquesa de Bendita Sea Mi Alma quien posaba
pacientemente; el marqués de Así guardaba el perrillo de lanas de la duquesa;
el marqués Esto Y Lo Otro jugueteaba con el frasquito de sales de la duquesa, y
Su Alteza Real No Me Toques se inclinaba sobre el respaldo de la silla de la
duquesa.
Me
aproximé al artista y alcé la nariz.
—¡Oh,
qué hermosura! —suspiró la excelentísima señora.
—¡Vaya!
—murmuró el marqués.
—¡Oh,
qué indecencia! —gimió el conde.
—¡Oh,
abominable! —gruñó Su Alteza Real.
—¿Cuánto
quiere usted por su nariz? —preguntó el artista.
—¡Por
su nariz! —gritó la excelentísima señora.
—Mil
libras —respondí, tomando asiento.
—¡Magnífico!
—replicó el artista, extasiado.
—Mil
libras —repetí yo.
—¿Me
la garantiza usted? —preguntó, volviendo mi nariz hacia la luz.
—Se
la garantizo —contesté, expulsando por la nariz una fuerte racha de viento.
—¿Es
completamente original? —inquirió el artista.
—¡Hum!
—murmuré yo, volviéndola hacia arriba.
—¿No
se ha tomado ninguna copia de ella? —preguntó el artista, examinándola con un
microscopio.
—Ninguna
—dije yo, dándole un suave tirón.
—¡Admirable!
—exclamó desarmado totalmente por la belleza de aquella maniobra.
—Mil
libras —dije yo.
—¿Mil
libras? —interrogó él.
—Exactamente
—respondí.
—¿Un
millar de libras? —volvió a preguntar.
—Eso
es —dije.
—Las
tendrá usted —respondió—. ¡Qué obra maestra!
Y a
continuación allí mismo me extendió un cheque y tomó un boceto de mi nariz.
Alquilé habitaciones en Jermyh Street y envié a Su Majestad la noventa y nueve
edición de la Nasología, con un retrato de mi «proboscis». Aquel infeliz de
Príncipe de Gales me invitó a comer.
Todos
los que asistimos al banquete éramos hombres de moda, muy solicitados.
Allí
estaba un Platónico moderno. Citaba a Porfirio, a Jámblico, a Plotino, a
Proclo, a Jercles, a Máximo Tirio y a Siriano.
Estaba
allí un apóstol de la perfección humana; hablaba de Turgot, Price, Priestley,
Condorcet, de Stäel y del «Ambicioso Estudiante de Mala Salud».
Estaba
el señor Paradoja Positiva. Sostenía que todos los locos son filósofos y todos
los filósofos locos.
Estaba
Estético Ethix. Hablaba del fuego, de la unidad y de los átomos; del alma doble
y del alma preexistente; de afinidad y discordancia; de la inteligencia
primitiva y de la homeomería.
Estaba
Teólogos Teología. Hablaba de Eusebio y Arriano; de la Herejía y del Concilio
de Nicea; del puseísmo y del consustancialismo; de Homusios y Homoouisios.
Estaba
Fricassé du Rocher de Concake. Mencionaba el Muritón o Lengua a la Escarlata;
coliflores con salsa velouté, ternera a la Saint Menehoult; escabeche a la
Saint Florentin; y de las jaleas de naranja en mosaiques.
Estaba
Borrachín del Vaso Lleno. Se refirió al Latour y al Markbrünen; al Espumoso y
al Chambertin; al Richebourg y al Saint George; al Haubrion, al Leonville, y al
Medoc; al Barac y al Preignac; al Grave y al Saint Peray. Movió la cabeza al
hablar del Clos de Vougeot, y ya, cerrándosele los ojos, estableció la
diferencia entre el Jerez y el Amontillado.
Estaba
el señor Tintonlintino de Florencia. Discutió acerca de Cimabue, Arpino,
Carpaccio y Argostino, de la tristeza de Caravaggio, de la amenidad de Albano,
de los colores de Ticiano, de las matronas holandesas de Rubens, y de las
jocosidades de Jan Steen.
Estaba
el presidente de la Universidad de Fum-Fudge. Era de opinión que la Luna se
llamaba Bendis en Tracia; Bubastis en Egipto; Diana en Roma, y Artemis en
Grecia.
Estaba
el Gran Turco de Estambul. No podía menos de pensar que los ángeles eran
caballos, pollos y toros; que en el sexto cielo todo el mundo tiene mil
cabezas; y que la Tierra estaba sostenida por una vaca de color azul celeste
con incalculable cantidad de cuernos verdes.
Estaba
Delfínus Políglota. Contó lo que había sido de las ochenta y tres tragedias
perdidas de Esquilo; de las cincuenta y cuatro oraciones de Iseo; de los
trescientos noventa y un discursos de Lisias; de los ciento ochenta tratados de
Teofrasto; del octavo libro acerca de las Secciones Cónicas de Apolonio; de los
himnos y Ditirambos de Píndaro; y de las cuarenta y cinco tragedias de Hornero
el Joven.
Allí
estaba Fernando Fitz-Fósil Feldespato. Nos informó acerca del fuego central y
de las formaciones terciarias; acerca de los aeriformes, fluidiformes y
solidiformes; acerca del cuarzo y de la greda; del esquisto y de la turmalina;
del yeso y de la marga; del talco y el calcáreo; de la blenda y la hornablenda;
de la micacita y la malaquita; de la cianita y la lepidocita; de la hematites y
la tremolita; del antimonio y la calcedonia; del manganeso y de todo lo que
ustedes quieran.
Estaba
yo. Hablé de mí; de mí, de mí, de mí..., de Nasología, de mi folleto, de mí.
Alcé la nariz altivamente y hablé de mí.
—¡Hombre
maravilloso y agudo! —dijo el príncipe.
—¡Soberbio!
—exclamaron sus invitados.
Y a
la mañana siguiente. Su Excelencia la duquesa de Bendita Sea Mi Alma, vino a
visitarme.
—¿Vendrá
usted a casa de Almack, adorable criatura? —me preguntó, aplicándome un suave
golpecito en la mejilla.
—Palabra
de honor que iré —respondí.
—¿Con
nariz y todo?
—Tan
cierto como que estoy vivo —contesté.
—Pues
bien, aquí está mi tarjeta, vida mía. ¿Puedo decir que irá usted?
—Querida
duquesa, con todo mi corazón.
—¡No
diga usted eso! Pero, ¿vendrá con toda su nariz?
—Sin
que le falte nada, mi amor —dije yo.
Y
aplicando un par de tirones a mi nariz, me encontré en casa de Almack.
Las
salas estaban completamente abarrotadas.
—¡Ya
viene! —gritó alguien en la escalera.
—¡Ya
viene! —dijo alguien más cerca.
—¡Ya
viene! —dijo alguien más cerca todavía.
—¡Ha
venido! —exclamó la duquesa—. ¡Aquí está mi cariño!
Y
asiéndome fuertemente con ambas manos, me besó tres veces en la nariz.
Acto
seguido se produjo una gran sensación.
—Diavolo!
—exclamó el conde Capricornutti.
—¡Dios
nos guarde! —rezongó don Stiletto.
—¡Mil
diablos! —exclamó el príncipe De Grenouille.
—Tausend
Teufel! —refunfuñó el Elector de Bluddennuf.
No
pude contenerme. Me puse furioso. Me volví bruscamente hacia Bluddennuf.
—¡Caballero,
es usted un mandril! —le dije.
—¡Caballero!
—replicó él, tras ligera pausa—. Donner und Biltzen!
Aquello
era lo que yo deseaba. Cambiamos nuestras tarjetas. En la Granja del Yeso, a la
mañana siguiente, le arranqué la nariz de un disparo. Y él acudió a mis amigos.
—Bête!
—dijo el primero.
—¡Estúpido!
—exclamó el segundo.
—¡Mastuerzo!
—dijo el tercero.
—¡Asno!
—dijo el cuarto.
—¡Badulaque!
—gritó el quinto.
—¡Mentecato!
—vociferó el sexto.
—¡Fuera
de aquí! —ordenó el séptimo.
Al
escuchar aquello me sentí abochornado y acudí a mi padre.
—Padre,
¿cuál es el principal fin de mi existencia? —le pregunté.
—Hijo
mío —respondió—, sigue siendo el estudio de la Nasología; pero al convertir en
blanco de tiro la nariz del Elector te has pasado de la raya. Tienes una
hermosa nariz, verdad es; pero ahora, Bluddennuf ya no tiene ninguna. Tú has
sido reprobado y él se ha convertido en el héroe del día. Te concederé que en
Fum-Fudge la grandeza de un hombre de moda está en proporción con el tamaño de
su «proboscis»... Pero, ¡cielos!, no hay manera de competir con un hombre de
moda que no tiene «proboscis» en absoluto.
COMO
ESCRIBIR UN ARTICULO DE BLACKWOOD
“En
el nombre del Profeta... higos”
Voces
del vendedor de higos Turco
Supongo
que todo el mundo ha oído hablar de mí. Mi nombre es Signora Psyche Zenobia.
Esto lo sé con seguridad. Sólo mis enemigos me llaman Suky Snobbs. Me han
asegurado que Suky es una vulgar corrupción de Psyche, que es una palabra
griega que significa “el alma” (esa soy yo, soy toda espíritu), y a veces, “una
mariposa”, lo que, sin duda, alude al aspecto que tengo con mi nuevo traje de
satén carmesí, con el mantelet árabe azul cielo y las orlas de agraffas verdes,
y los siete faralaes de aurículas de color naranja. En cuanto a Snobbs...,
cualquier persona que se tomara la molestia de mirarme dos veces se daría
cuenta de que mi nombre no es Snobbs. Miss Tabitha Turnip propagó ese rumor,
movida por pura envidia. ¡Precisamente Tabitha Turnip! ¡La pobre infeliz! Pero
¿qué se podía esperar de un nabo como ella? Me pregunto si conocerá el viejo
adagio acerca de “sacar sangre de un nabo”, etcétera (recordar: decírselo en la
primera ocasión que surja, recordar también tirarle de las narices). ¿Por dónde
iba? ¡Ah! Me han asegurado que Snobbs no es más que una corrupción de Zenobia,
y que Zenobia fue una reina (igual que yo. El Doctor Moneypenny siempre me
llama la Reina de Corazones), y que Zenobia, al igual que Psyche, es griego del
bueno, y que mi padre era “un griego”, y que, en consecuencia, tengo derecho a
mi patronímico, que es Zenobia, y no Snobbs. La única que me llama Suky Snobbs
es Tabitha Turnip; yo soy la Signora Psyche Zenobia.
Como
ya dije antes, todo el mundo ha oído hablar de mí. Yo soy esa Signora Psyche
Zenobia, tan justamente célebre como secretaria corresponsal de la “Asociación
Singular, Operativa, Moral de Bellas, y Retoños, Oficial de Salmodias
Originales, Libros, Odontólogos, Tratados, Estudios, Ditirambos, En, Azote, de
la Zafiedad, Universal, Localizada”. El Doctor Moneypenny fue el que se inventó
el nombre, y dice que lo eligió así porque suena grandioso, como un tonel de
ron vacío. (Es un hombre vulgar, que a veces..., pero es un hombre profundo.)
Todos ponemos las iniciales de la sociedad detrás de nuestros nombres, como lo
hacen los miembros de la R. S. A. (Real Sociedad de las Artes), de la S. D. U.
K. (Sociedad para la Difusión de Conocimientos Útiles), etcétera, etcétera. El
Doctor Moneypenny dice que la “S” viene de rancio, y que “D. U. K.” quiere
decir pato (lo que no es cierto), y que lo que significa “S. D. U. K. es pato
rancio, y no la sociedad de lord Brougham, pero, por otra parte, el doctor
Moneypenny es un hombre tan raro, que nunca se sabe seguro cuándo está diciendo
la verdad. En cualquier caso, siempre añadimos al final de nuestros nombres de
las siglas A. S. O. M. B. R. O. S. O. L. O. T. E. D. E. A. Z. U. L. Es decir,
“Asociación Singular Operativa, Moral, de Bellas, y Retoños, Oficial, de
Salmodias Originales, Libros, Odontólogos, Tratados, Estudios, Ditirambos, En
Azote, de la Zafiedad, Universal, Localizada”, una letra por cada palabra, lo
que introduce una clara mejora con respecto a Lord Brougham. El Dr. Moneypenny
insiste en que las iniciales son toda una definición de nuestro verdadero
carácter, pero que me aspen si sé a lo que se refiere.
A
pesar de los buenos oficios del doctor y de los enormes esfuerzos que hizo la
asociación para hacerse notar, no tuvo un gran éxito hasta que yo me uní a
ella. La verdad es que los miembros utilizaban un tono excesivamente frívolo en
sus discusiones. Los papeles que se leían todos los sábados por la tarde se
caracterizaban más por su estupidez que por su profundidad. No eran más que un
revoltillo de sílabas. No existía ninguna investigación acerca de las causas
primeras, de los primeros principios. De hecho, no existía investigación alguna
acerca de nada. No se prestaba ninguna atención al grandioso aspecto de la
“Adecuación de las Cosas”. En pocas palabras, no había nadie que escribiera
cosas tan bonitas como éstas. Era todo de bajo nivel, ¡mucho! Carecía de
profundidad, de erudición, de metafísica, no había nada de lo que los eruditos
llaman espiritualidad, y que los incultos han decidido estigmatizar llamándolo
jerga. (El doctor M. dice que “Jerga” se escribe con “j” mayúscula, pero yo sé
lo que me hago.)
Cuando
me uní a la sociedad, mi propósito era introducir un mejor estilo tanto en el
pensamiento como en los escritos, y todo el mundo sabe hasta qué punto he
tenido éxito. Conseguimos ahora tan buenas publicaciones en la A. S. O. M. B.
R. O. S. O. L. O. T. E. D. E. A. Z. U. L. como se puedan encontrar incluso en
Blackwood. Digo Blackwood, porque me han asegurado que la mejor literatura
sobre cualquier tema es la que aparece en las páginas de la tan Justamente
celebrada revista. La utilizamos ahora como modelo para todos nuestros temas,
y, en consecuencia, estamos consiguiendo una gran notoriedad a gran velocidad.
Y, después de todo, tampoco es tan difícil componer un artículo con el sello de
Blackwood, siempre y cuando uno se tome la cuestión con seriedad. Por supuesto,
que no me refiero a los artículos políticos. Todo el mundo sabe cómo se hacen
éstos, desde que el doctor Moneypenny nos lo explicó. El señor Blackwood tiene
unas tijeras de sastre y tres aprendices a sus órdenes. Uno de ellos le alcanza
el Times, otro el Examiner, y el tercero el “Nuevo compendio de Argot Moderno
de Gulley”. El señor B. se limita a cortar y entremezclar. Eso queda hecho
rápidamente. Todo consiste en mezclar un poco del Examiner, “Argot Moderno” y
el Times, después otro poquito del Times, “Argot Moderno” y del Examiner, y
después del Times, el Examiner y “Argot Moderno”.
Pero
el mérito fundamental de la revista radica en la variedad de sus artículos; y
de, entre éstos, los mejores vienen bajo el encabezamiento de lo que el señor
Moneypenny llama las “Bizarreríes” (lo que quiera que pueda significar eso), y
el resto de la gente llama las intensidades. Este es un tipo de literatura que
aprendí a apreciar hace largo tiempo, aunque sólo a raíz de mi última visita al
señor Blackwood (como representante de la sociedad) he llegado a conocer el
método exacto de su creación. El método es muy sencillo, aunque no tanto como
el de los artículos políticos. Cuando llegué a ver al señor B., y una vez que
le hice saber los deseos de la Sociedad, me recibió con gran cortesía,
llevándome a su estudio y dándome una clara explicación de la totalidad del
proceso.
—Mi
querida señora —dijo él, evidentemente impresionado por mi aspecto majestuoso,
ya que llevaba puesto el traje de satén carmesí, con las agraffas verdes y las
aurículas de color naranja.
—Mi
querida señora —dijo él—, siéntese. La cuestión parece ser ésta: en primer
lugar, su escritor de intensidades debe utilizar una tinta muy negra, y una
pluma muy grande, con un plumín muy romo. ¡Y fíjese usted bien, mis psyche
Zenobia! —continuó,—después de una pausa, con gran energía y solemnidad—
¡Fíjese usted bien! ¡Esa pluma jamás-debe-ser-arregla-da! Ahí, madame, está el
secreto, el alma de la intensidad. Yo me atrevo a decir que ni un solo
individuo, por muy genial que haya sido, ha escrito jamás con una buena pluma,
entiéndame usted, un buen artículo. Puede usted partir del supuesto que cuando
un manuscrito se puede leer, no vale la pena leerlo. Este es el principio guía
de nuestra fe, y si no está usted de acuerdo con él, habremos de dar por terminada
nuestra entrevista.
Hizo
una pausa. Pero como yo, por supuesto, no tenía ningún deseo de dar por
terminada la entrevista, acepté aquella proposición tan evidente, que era
además una verdad de la que había sido consciente desde siempre. Él pareció
satisfecho y siguió con su perorata.
—Puede
parecer pedante por mi parte, Miss Psyche Zenobia, el recomendarle un artículo,
o una serie de artículos a guisa de modelo o materia de estudio, y aún así, no
obstante, tal vez fuera lo mejor que le señalara unos cuantos casos. Veamos.
Estaba el “muerto viviente”, ¡algo fantástico! Era el relato de las sensaciones
de un caballero que había sido enterrado antes de que la vida hubiera
abandonado su cuerpo... Estaba repleta de buen gusto, terror, sentimiento,
metafísica y erudición. Hubiera uno jurado que su autor había nacido y había
sido criado en el interior de un ataúd. También tuvimos las “Confesiones de un
comedor de Opio” ¡Espléndido, realmente espléndido! una imaginación gloriosa,
filosofía profunda, agudas especulaciones, abundancia de fuego y de furia, todo
bien sazonado con toques de lo ininteligible. Aquello era una cháchara de la
buena, y la gente se la tragó encantada. Tenían la impresión de que Coleridge
era el autor, pero no era así. Fue creado por mi babuino preferido, Juniper,
con la ayuda de una Jarra de Hollands con agua, “caliente y sin azúcar”. (Esto
me hubiera costado trabajo creerlo si me lo hubiera contado una persona que no
fuera el señor Blackwood, que me aseguró que era cierto.) Estaba también “El
Experimentalista Involuntario”, que trataba de un caballero que fue asado en un
homo, y salió vivo y en buen estado, si bien, desde luego, muy hecho. Estaba
también “el Diario de un Doctor Extinto”, cuyo mérito radicaba en la presencia
de magníficos disparates y una indiscriminada utilización del griego, ambos muy
del gusto del público. También estaba “El hombre de la campana”, que, dicho sea
de paso, Miss Zenobia, es una obra que no puedo dejar de recomendar a su
atención. Es la historia de una persona joven, que se queda dormida bajo el
badajo de la campana de una iglesia, y es despertada por el sonar de la campana
tocando a funeral. El sonido le vuelve loco, y, en consecuencia, saca su
cuadernito y nos describe sus sensaciones. Después de todo, lo fundamental son
las sensaciones, que supondrán para usted diez guineas la página. Si desea
usted escribir con fuerza, Miss Zenobia, preste minuciosa atención a las
sensaciones.
—Eso
mismo haré, Mr. Blackwood —dije yo.
—¡Magnífico!
—replicó—. Ya veo que es usted un discípulo de los que a mí me gustan. Pero
debo ponerla au fait en conocimiento de los detalles necesarios para la
composición de lo que podríamos llamar un genuino artículo de Blackwood con el
sello de lo sensacional, del tipo que supongo que usted comprenderá que
considero el ideal bajo cualquier circunstancia.
—El
primer requisito a cumplir es el meterse uno en una situación en la que nadie
haya estado antes. El homo, por ejemplo... ese fue un verdadero éxito. Pero si
no tiene usted a mano un horno, o una campana grande, y si no le resulta cómodo
caerse desde un globo, o que se le trague la tierra en un terremoto, o quedarse
atascada en una chimenea, tendrá que conformarse con imaginarse una situación
semejante. Yo preferiría, no obstante, que viviera usted la experiencia en
cuestión. Nada ayuda tanto a la imaginación como un conocimiento experimental
del asunto a tratar. “La verdad es extraña”, sabe usted, “más extraña que la
ficción”, aparte de ser mucho más apropiada.
Al
llegar aquí le aseguré que tenía un magnífico par de ligas, y que pensaba
colgarme de ellas en la primera oportunidad.
—¡Espléndido!
—replicó él—, hágalo; aunque ahorcarse está ya algo visto. Tal vez pueda usted
hacer algo mejor. Tómese una buena dosis de pildoras de Brandreth, y después
venga a explicarnos sus sensaciones. No obstante, mis instrucciones se aplican
exactamente igual a cualquier caso de desgracia o accidente, y es perfectamente
fácil que antes de llegar a su casa, le golpeen en la cabeza, le atropelle un
autobús o le muerda un perro rabioso, o se ahogue en una alcantarilla. Pero
continuemos con lo que íbamos diciendo.
—Una
vez decidido el tema, debe usted tomar en consideración el tono o estilo de su
narración. Existe, por supuesto, el tono didáctico, el tono entusiasta, el tono
natural, todos suficientemente conocidos. Pero también está el tono lacónico, o
seco, que se ha puesto de moda últimamente. Consiste en escribir con frases
cortas. Algo como esto: Nunca se es demasiado breve. Nunca, demasiado mordaz.
Siempre, un punto. Jamás, un párrafo.
—También
está el tono elevado, difuso e interjectivo. Algunos de nuestros mejores
novelistas son adictos a este estilo. Todas las palabras deben ser como un
torbellino, como una peonza sonora, y sonar de forma muy parecida, lo que suple
muy bien la falta de significado. Este es el mejor estilo que se debe adoptar
cuando el escritor tiene demasiada prisa para pensar.
—También
es bueno el tono metafísico. Si conoce usted palabras ampulosas, ahora es el
momento de utilizarlas. Hable de las escuelas Jónica y Eleática, de Architas,
Gorgias y Alcmaeon. Diga algo acerca de lo subjetivo y de lo objetivo. Insulte,
por supuesto, a un hombre llamado Locke. Desdeñe usted todo en general, y si
algún día se le escapa algo un poco demasiado absurdo, no tiene porqué tomarse
la molestia de borrarlo, añada simplemente una nota a pie de página, diciendo
que está usted en deuda por la profunda observación citada arriba con la
“Kritik der reinem Vernunf”, o con “Metaphysische Anfangsgründe der
Naturwissenschaft”. Esto le hará parecer erudita y... y... sincera.
—Hay
varios otros tonos igualmente célebres, pero mencionaré tan sólo dos más, el
tono trascendental y el tono heterogéneo. En el primero, todo consiste en ver
la naturaleza de las cosas con mucha más profundidad que ninguna otra persona.
Esta especie de don del tercer ojo resulta muy eficaz cuando se aborda
adecuadamente. Leer un poco el Dial le ayudará a usted mucho. Evite usted en
este caso las palabras altisonantes. Utilícelas lo más pequeñas posible y
escríbalas al revés. Ojee los poemas de Channing y cite lo que dice acerca de
un “pequeño hombrecillo gordo con una engañosa demostración de Can”. Introduzca
algo acerca de la Unidad Suprema. No diga ni una sola palabra acerca de la
Dualidad Infernal. Sobre todo, trabaje con insinuaciones. Insinúelo todo, no
afirme nada. Si tuviera usted el deseo de escribir “pan y mantequilla”, no se
le ocurra hacerlo de una forma directa. Puede usted decir todo lo que se
aproxime al “pan y mantequilla”. Puede hacer insinuaciones “acerca del pastel
de trigo negro, e incluso puede usted llegar a hacer insinuaciones acerca del
porridge, pero si lo que quiere usted decir de verdad es pan y mantequilla, sea
usted prudente, mi querida Miss Psyche, y bajo ningún concepto se le ocurra a
usted decir “pan y mantequilla”.
Le
aseguré que jamás lo liaría en toda mi vida. Me besó y continuó hablando:
—En
cuanto al tono heterogéneo, no es más que una juiciosa mezcla, a partes
iguales, de todos los demás tonos del mundo, y consiste, por lo tanto, en una
mezcla de todo lo profundo, extraño, grandioso, picante, pertinente y bonito.
—Supongamos
entonces que usted ya ha decidido el tema y el tono a utilizar. La parte más
importante, de hecho, el alma de la cuestión, está aún por hacerse. Me refiero
al relleno. No es lógico suponer que una Dama, ni tampoco un caballero, si a
eso vamos, haya llevado la vida de un ratón de biblioteca. Y, no obstante y por
encima de todo, es necesario que el artículo tenga un aire de erudición, o al
menos pueda ofrecer pruebas de que su autor ha leído mucho. Ahora le explicaré
cómo hay que hacer para lograr ese aire. ¡Fíjese! —dijo, sacando tres o cuatro
volúmenes de aspecto ordinario y abriéndolos al azar—. Echando un vistazo a
casi cualquier libro del mundo, podrá usted percibir de inmediato la existencia
de pequeñas muestras de cultura o bel-esprit-ismo, que son precisamente lo que
hace falta para sazonar adecuadamente un artículo modelo Blackwood. Podría
usted ir apuntando unos cuantos, según se los voy leyendo. Voy a hacer dos
divisiones: en primer lugar, Hechos Picantes para la Elaboración de Símiles, y,
en segundo lugar. Expresiones Picantes para Ser Introducidas Cuando la Ocasión
lo Requiera. ¡Ahora escriba!
Y yo
escribí lo que él dictaba.
HECHOS
PICANTES PARA HACER SÍMILES.— “Originalmente, no había más que tres musas,
Melete, Mneme, Aoede: meditación, memoria y canto”. Puede usted sacar mucho
partido de ese pequeño hecho si lo utiliza adecuadamente. Debe saber que no es
un hecho demasiado conocido, y parece recherché. Debe usted poner mucha
atención en ofrecer el dato con un aire de total improvisación.
—Otra
cosa. “El río Alpheus pasaba por debajo del mar, y resurgía sin que hubiera
sufrido merma la pureza de sus aguas.” Un tanto manido, sin duda, pero si se
adorna y se presenta adecuadamente, parecerá más fresco que nunca.
—Aquí
hay algo mejor. “El Iris Persa parece poseer para algunas personas un aroma muy
fuerte y exquisito, mientras que para otras resulta totalmente carente de
olor.” Esto es espléndido, y... ¡muy delicado! Se altera un poco, y puede dar
un resultado prodigioso. Vamos a buscar algo más en el terreno de la botánica.
Nada da mejor resultado que eso, especialmente con la ayuda de un poco de
latín. ¡Escriba!
—“El
Epidendrum Flos Aeris, de Java. Tiene una flor de extraordinaria belleza, y
sobrevive aún cuando ha sido arrancada. Los nativos la cuelgan del techo y
disfrutan de su fragancia durante años.” ¡Esto es magnífico! Con esto ya
tenemos suficientes Símiles. Procedamos ahora con las Expresiones Picantes.
—EXPRESIONES
PICANTES. “La Venerable novela China Ju-kiao-li”. ¡Espléndido! Introduciendo
estas pocas palabras con destreza, demostrará usted su íntimo conocimiento de
la lengua y literatura chinas. Con la ayuda de esto posiblemente pueda usted
arreglárselas sin el árabe, el sánscrito o el chickasaw. No obstante, no se
puede uno pasar sin algo de español, latín y griego. Tendré que buscarle algún
pequeño ejemplo de cada uno. Cualquier cosa es suficiente, ya que debe usted
depender de su ingenio para hacer que encaje en su artículo. ¡Escriba!
—“Aussi
tendré que Zaire”, tan tierno como Zaire; francés. Alude a la frecuente
repetición de la frase la tendré Zaire, en la tragedia francesa que lleva ese
nombre. Adecuadamente introducida demostrará no sólo su conocimiento de esta
lengua, sino también la amplitud de sus lecturas y de su ingenio. Puede usted
decir, por ejemplo, que el pollo que estaba comiendo (escriba un artículo
acerca de cómo estuvo a punto de asfixiarse por culpa de un hueso de pollo) no
resultaba del todo aussi tendré que Zaire. ¡Escriba!
Ven
muerte tan escondida,
Que
no te sienta venir
Porque
el placer de morir
No
me torne a dar la vida
—Eso
es español, de Miguel de Cervantes. Esto puede usted meterlo muy à propos,
cuando esté usted en los últimos espasmos de la agonía por culpa del hueso de
pollo. ¡Escriba!
“Il
Pover’ huomo che non se’n era accorto,
Andava
combattendo, e era morto”
Esto,
como sin duda habrá notado, es italiano, de Ariosto. Significa que un gran
héroe, en el ardor del combate, sin darse cuenta de que estaba muerto, seguía
luchando, muerto como estaba. La aplicación de esto a su propio caso es
evidente, ya que espero, Miss Psyche, que dejará usted pasar al menos una hora
y media antes de morir ahogada por el hueso de pollo. ¡Escriba, por favor!
“Und
sterb’, ish doch, so sterb’ich denn
Durch
sie durch sie!”
—Esto
es alemán, de Schiller. “Y si muero, al menos muero por ti... ¡por ti!”. Aquí
es evidente que se dirige usted a la causa de su desastre, el pollo. De hecho,
¿qué caballero (o si a eso vamos, qué dama) con sentido común no moriría, me
gustaría saber, por un capón bien engordado de la raza Molucca, relleno de
alcaparras y setas, y servido en una ensaladera con gelatina de naranja en
mosaiques? ¡Escriba! (Los sirven preparados así en Tortoni’s.) ¡Escriba, hágame
el favor!
—Aquí
hay una bonita frase en latín, que además es rara (uno no puede ser demasiado
recherché ni breve al hacer citas en latín, se está haciendo tan vulgar):
ignoratio elenchi. El ha cometido un ignoratio elenchi, es decir, ha
comprendido las palabras de lo que ha dicho usted, pero no su contenido. El
hombre es un tonto, ¿comprende? Algún pobre idiota al que usted se dirige
mientras se ahoga con el hueso de pollo, y que, por lo tanto, no sabe de lo que
estaba usted hablando. Tírele a la cara el ignoratio elenchi, e
instantáneamente le habrá usted aniquilado. Si osa replicar, puede usted
hacerle una cita de Lucano (aquí está), que los discursos no son más que
anemonae verborum, palabras anémona. La anémona, a pesar de sus brillantes
colores, carece de olor. O, si empieza a ponerse violento, puede caer sobre él
con insomnio Jovis, el arrobamiento jupiteriano, una frase que Silius Itálicus
(fíjese, aquí) aplica a las ideas pomposas y grandilocuentes. Esto, sin duda,
le herirá en lo más vivo. No podrá hacer nada mejor que dejarse caer y morir.
¿Tendría usted la amabilidad de escribir?
—En
griego tenemos que buscar algo bonito, por ejemplo, algo de Demóstenes.
Аνερο
φενων χατ παχλτν μυχετατ
Existe
una traducción tolerablemente buena de esto en Hudibras.
“Porque
aquel que huye puede volver a luchar. Lo que jamás podría hacer el que ha sido
muerto.”
En
un artículo Blackwood, nada queda tan bien como el griego. Las mismas letras
tienen un cierto aire de profundidad. ¡Observe tan sólo, Madame, el aspecto
astuto de esa épsilon! ¡Esa “pi” debería, sin duda, ser obispo! ¿Puede haber
alguien más listo que esa omicrón? ¡Fíjese en esa tau! En pocas palabras, no
hay nada como el griego para un artículo de verdadera sensación. En el caso
presente, la aplicación que puede usted hacer dé esto es de lo más evidente.
Lance usted la frase, junto con algún terrible juramento y a modo de ultimátum
al villano cabezota e inútil, que fue incapaz de comprender lo que le estaba
diciendo en relación con el hueso de pollo. Él aceptará la insinuación y se
irá, puede usted estar segura.
Estas
fueron todas las instrucciones que el Sr. B. pudo darme acerca de aquel tema,
pero, en mi opinión, eran más que suficiente. Al cabo de un tiempo, fui capaz
de escribir un genuino artículo de Blackwood, y decidí seguir haciéndolo a
partir de entonces. Al despedirnos, el Sr. B. me propuso comprarme el artículo
una vez que lo hubiera escrito, pero como no podía ofrecerme más que cincuenta
guineas por hoja, decidí que sería mejor dárselo a nuestra sociedad, antes que
sacrificarlo por una suma tan escasa. A pesar de su tacañería, el caballero
tuvo todo tipo de consideración conmigo en los demás aspectos, y me trató de
hecho con la mayor educación. Sus palabras de despedida se grabaron
profundamente en mi corazón, y espero recordarlas siempre con gratitud.
—Mi
querida Miss Zenobia— me dijo con los ojos inundados de lágrimas—, ¿existe
cualquier otra cosa que pueda yo hacer para favorecer el éxito de su laudable
labor? ¡Déjeme reflexionar! Cabe dentro de lo posible que no pueda usted, en un
cierto margen de tiempo, a... a... ahogarse, o... asfixiarse con un hueso de
pollo, o... o... ahorcarse, o... ser mordida por un... ¡pero espere! Ahora que
lo pienso, tenemos un par de espléndidos bulldogs en el patio, unos animales
magníficos, se lo aseguro, salvajes y todo eso... de hecho, son justo lo que
usted necesita. En cuestión de cinco minutos se la habrán comido entera, con
todo y aurículas (aquí tiene usted mi reloj), y ¡piense usted tan sólo en las
sensaciones! ¡Tom, Peter, aquí! Dick, maldito seas, deja salir a esos —pero
como yo realmente tenía mucha prisa, y no podía perder ni un minuto más, tuve,
muy para mi disgusto, que acelerar mi partida y, en consecuencia, me despedí
inmediatamente, y de una manera algo más brusca de lo que la cortesía
recomienda en otras circunstancias.
Mi
objetivo fundamental, una vez terminada mi visita al señor Blackwood, era el
meterme en algún tipo de dificultad inmediatamente, siguiendo sus
recomendaciones, y con este propósito pasé la mayor parte del día vagando por
Edimburgo, en busca de aventuras desesperadas, aventuras que fueran adecuadas a
la intensidad de mis emociones, y que se adaptaran a las ambiciosas
características del artículo que había decidido escribir. Durante esta
excursión me acompañaba un sirviente negro, Pompey, y mi perrita faldera,
“Diana”, a la que había traído conmigo desde Filadelfia. No obstante, no fue
hasta bien entrada la tarde cuando, por fin, tuve éxito en mi ardua empresa.
Fue entonces cuando ocurrió un importante suceso, cuya sustancia y resultados
son los referidos en el artículo de Blackwood que sigue.
UNA
SITUACIÓN COMPROMETIDA
“¿Qué
mala fortuna, buena dama, la ha dejado así de desamparada?”
Comus.
Era
una tarde quieta y tranquila cuando salí a las calles de la hermosa ciudad de
Edina. La agitación y la confusión que reinaban en las calles eran terribles.
Los hombres hablaban. Las mujeres, chillaban. Los niños se asfixiaban. Los
cerdos gruñían. Los carros traqueteaban. Los toros bramaban. Los caballos
relinchaban. Las vacas mugían. Los gatos maullaban a coro. Los perros bailaban.
¡Bailaban! ¿Sería posible? ¡Bailaban! Lástima, pensé yo, ¡mis días de bailarina
acabaron ya! Así pasa siempre. Qué multitud de tristes recuerdos se agolpan de
cuando en cuando en la mente del genio y de la imaginación contemplativa,
especialmente en la del genio condenado a la incesante, y eterna, y continúa, y
podríamos decir, la continuada, sí, la continua y continuada, amarga, molesta,
preocupante, y si se me permite decirlo, la muy atormentadora presencia de la
serena, y divina, y celestial, y exaltante, y elevada, y el purificador efecto
de lo que podríamos llamar correctamente la más envidiable, la más
verdaderamente envidiable, ¡qué digo!, la más benignamente hermosa, la más
delicadamente etérea, y como aquel que dice la más bonita (si se me permite
utilizar un término tan atrevido) cosa (pido excusas a mis comprensivos
lectores) del mundo, pero siempre me dejo llevar por mis emociones. En tal
estado de ánimo, repito, ¡qué multitud de recuerdos se agolpan en nuestra mente
bajo la influencia de cualquier bagatela! ¡Los perros bailaban! Yo... ¡yo no
podía! Ellos retozaban... yo lloraba. Ellos hacían cabriolas... yo gemía en voz
alta. ¡Conmovedora circunstancia! Que no pueden dejar de traer a la memoria del
lector de clásicos aquel exquisito pasaje en relación con la adecuación de las
cosas, que aparece al comienzo del tercer volumen de aquella admirable y
venerable novela china, el Jo-Go-Slow.
En
mi solitario caminar a través de la ciudad tuve dos humildes pero fíeles
compañeros. Diana, mi perrita, ¡la más dulce de las criaturas! El pelo le caía
sobre uno de los ojos, y llevaba una cinta azul elegantemente atada alrededor
de su cuello. Diana no medía más de cinco pulgadas de altura, pero su cabeza
era ligeramente mayor que su cuerpo, y como tenía la cola cortada muy al ras,
daba un aspecto de inocencia ofendida que la hacía ser la favorita de todo el
mundo.
Y
Pompey, ¡mi negro! ¡El dulce Pompey! ¡Cómo podría olvidarle jamás! Yo me había
cogido del brazo de Pompey. Medía tres pies de altura (me gusta ser distinta de
los demás) y tenía setenta, o tal vez ochenta años de edad. Tenía las piernas
arqueadas y era corpulento. Su boca no era lo que podríamos decir pequeña, ni
tampoco sus orejas. No obstante, sus dientes eran como perlas, y sus enormes
ojos claros eran deliciosamente blancos. La naturaleza había olvidado dotarle
de cuello, y había dispuesto sus talones (lo que es corriente entre los de su
raza) en la mitad de la parte superior de sus pies. Se vestía con llamativa
simplicidad. Su única vestimenta consistía en un bastón de unas nueve pulgadas
de altura y un abrigo raído casi nuevo que había pertenecido previamente al
alto, elegante e ilustre doctor Moneypenny. Era un buen abrigo. Estaba bien
cortado. Estaba bien hecho. El abrigo era casi nuevo. Pompey evitaba que tocara
el suelo, sujetándolo con ambas manos.
Había
tres personas en nuestro grupo, y dos de ellas han sido ya citadas. Había una
tercera; esa tercera persona era yo. Yo soy la signora Psyche Zenobia. No soy
Suky Snobbs. Mi aspecto es imponente. En la memorable ocasión a la que me
refiero llevaba puesto un traje de satén carmesí, con un mantelet árabe azul
cielo. Y el traje tenía adornos de agraffas, y siete elegantes faralaes de
aurículas color naranja. Por lo tanto yo era la tercera persona del grupo.
Estaba la perrita. Estaba Pompey. Estaba yo. Éramos tres. De la misma forma que
se dice que había originalmente sólo tres Furias, Melty, Nimmy y Hetty, es
decir, meditación, Memoria e interpretación del violín.
Apoyándome
en el brazo del galante Pompey y seguida a respetable distancia por Diana, eché
a andar por una de las populosas y muy agradables calles de la ahora desierta
ciudad de Edina. De repente vimos ante nosotros una iglesia, una catedral
gótica enorme, venerable, y con una gran torre que apuntaba hacia el cielo.
¿Qué locura fue la que entonces me poseyó? ¿Por qué fui a toda prisa a
encontrarme con mi destino? Me vi inundada por el incontrolable deseo de subir
a aquel altísimo pináculo para ver desde allí la inmensa extensión de la
ciudad. La puerta de la catedral parecía invitarme a entrar. Prevaleció mi
destino. Atravesé aquel ominoso umbral. ¿Dónde estaba entonces mi ángel
guardián? Si es que de hecho existe esa clase de ángeles. ¡Sí! ¡Qué inquietante
monosílabo! ¡Qué mundo de misterio, de significados y de duda, de
incertidumbre, está escondido tras esas dos letras! ¡A través del ominoso
umbral! Entré, y sin que mis aurículas naranjas sufrieran ningún daño, pasé por
debajo del portal, emergiendo en el interior del vestíbulo. De igual forma que
se dice que el inmenso río Alfred pasaba ileso y sin mojarse por debajo del
mar.
Pensé
que la escalera no acabaría nunca. ¡Vueltas! Sí, daba vueltas y vueltas, y
vueltas y vueltas, y vueltas y vueltas, hasta que no pude por menos que
suponer, junto con el sagaz Pompey, sobre cuyo brazo me apoyaba con toda la
confianza que me daba mi antiguo afecto por él..., no pude por menos de suponer
que la parte superior de aquella escalera espiral había sido accidentalmente, o
tal vez voluntariamente, arrancada. Hice una pausa para recuperar el aliento; y
en ese momento ocurrió un accidente de una naturaleza excesivamente
trascendente desde un punto de vista moral, así como metafísico, como para ser
pasado por alto sin más ni más. Me pareció —de hecho estaba casi totalmente
segura de ello— que no podía haberme equivocado, ¡no! Llevaba un rato observando
atentamente y con gran angustia los movimientos de Diana —insisto en que no
podía haberme equivocado—. ¡Diana había olido una rata! Inmediatamente puse a
Pompey al corriente del asunto, y él..., él estuvo de acuerdo conmigo. Entonces
ya no había lugar a dudas. La rata había sido olida, y había sido Diana la que
lo había hecho. ¡Cielos! ¿Podré olvidar alguna vez la tensa excitación de aquel
momento? ¡La rata! —allí estaba—, es decir, estaba por allí en alguna parte.
Diana la olía. Yo... ¡yo no podía! De la misma manera que se dice que la Isis
prusiana tiene para algunas personas un olor dulce y penetrante, mientras que
para otras resulta totalmente carente de olor.
Habíamos
remontado la escalera y ya no quedaban entre nosotros y la cumbre más de tres o
cuatro escalones. Seguimos ascendiendo y pronto no nos quedó más que un
escalón. ¡Un escalón! ¡Un pequeño, un diminuto escalón! ¡Hasta qué punto puede
llegar a depender la totalidad de la felicidad o de la miseria humana de un
pequeño escalón como ése en la gran escalera de la vida! Pensé en mí misma,
después en Pompey,, y después en el misterioso e inexplicable destino que nos
rodeaba. ¡Pensé en Pompey!... ¡Ay de mí, pensé en el amor! Pensé en los pasos
que había dado en falso, y que podría volver a dar. Resolví ser más cautelosa,
más reservada. Abandoné el brazo de Pompey, y aún sin su ayuda remonté el
escalón que faltaba, llegando al campanario. Inmediatamente detrás de mí entró
mi perrita. Tan sólo Pompey quedó atrás. Me quedé en la cumbre de la escalera,
dándole ánimos para que se reuniera conmigo. Me alargó la mano, y
desafortunadamente, al hacerlo se vio obligado a soltar su presa sobre el
abrigo. ¿Acaso jamás abandonarán los dioses esta persecución? El abrigo cayó al
suelo, y, con uno de sus pies, Pompey pisó los largos faldones de éste. Tropezó
y cayó. Fue una consecuencia inevitable. Cayó hacia adelante y me golpeó con su
maldita cabeza en medio del... en el pecho, precipitándome, junto con él, al
duro, mugriento y detestable suelo del campanario. Pero mi venganza fue firme,
repentina y completa. Agarrándole furiosamente por el pelo con ambas manos le
arranqué una enorme cantidad de material negro, rígido y rizado, arrojándolo al
suelo con el mayor desdén imaginable. Cayó entre las cuerdas que había en el
campanario y allí se quedó. Pompey se levantó sin decir una palabra, pero me
miró con pena con aquellos grandes ojos y... suspiró... ¡Oh, dioses!... ¡Qué
suspiro! Se clavó en mi corazón. Y aquel pelo... ¡Aquella lana! Si hubiera
podido la hubiera bañado con mis lágrimas, como testimonio de mi
arrepentimiento. Pero, pobre de mí, estaba totalmente fuera de mi alcance el
hacerlo. Al verlo colgar de las cuerdas de la campana me pareció como si
estuviera vivo. Me pareció que se ponía erecto de indignación. Al igual que la
happy-dandy Flos Aeris de Java, produce una hermosísima flor que vive aunque la
planta haya sido arrancada. Los nativos, la cuelgan del techo y disfrutan de su
fragancia durante años.
Nuestra
disputa había llegado a su fin, y miramos a nuestro alrededor en busca de
alguna abertura a través de la cual pudiéramos ver la ciudad de Edina. No había
ninguna ventana. La única luz que conseguía penetrar en aquella cámara
tenebrosa procedía de una abertura cuadrada, de aproximadamente un pie de
diámetro, que estaba como a unos siete pies del suelo. Pero ¿qué hay que no
pueda llevar a cabo la energía del genio verdadero? Decidí trepar hasta aquel
agujero. Cerca del agujero, en el lado opuesto, había una gran cantidad de
ruedas, piñones y demás maquinaria de aspecto cabalístico; y a través del
agujero pasaba una barra de hierro procedente de ésta. Entre las ruedas y la
pared donde estaba el agujero no quedaba prácticamente sitio para pasar, pero yo
estaba desesperada y decidida a seguir adelante. Llamé a Pompey.
—Te
habrás fijado en esa abertura, Pompey. Quiero ver lo que hay al otro lado.
Ponte aquí, debajo del agujero..., así. Ahora pon una mano, Pompey, y permíteme
que me suba encima..., así. Ahora, la otra mano, Pompey, y con su ayuda podré
subirme sobre tus hombros.
Él
hizo todo lo que yo deseaba, y descubrí, una vez arriba, que podía pasar
fácilmente la cabeza y el cuello a través de la abertura. La vista era sublime.
Nada podría haber sido más magnífico. Me entretuve un momento pidiéndole a
Diana que se portara bien, y asegurando a Pompey que actuaría con consideración
y procuraría no pesarle demasiado. Le dije que sería tierna con sus
sentimientos, ossi tender que beef-steak. Habiendo cumplido este acto de
justicia para con mi fiel amigo, me lancé con gran ímpetu y entusiasmo al
disfrute de la escena que tan generosamente se extendía ante mis ojos.
Sobre
este tema, no obstante, no voy a extenderme. No voy a describir Edimburgo. Todo
el mundo ha estado en Edimburgo, la Edina clásica. Me limitaré a describir los
angustiosos detalles de mi propia y lamentable aventura. Habiendo satisfecho en
cierta medida mi curiosidad acerca de la extensión, situación y el aspecto
general de la ciudad, tuve tiempo suficiente para examinar la iglesia en la que
estaba, y la delicada arquitectura de la torre. Observé que la abertura a
través de la cual había sacado la cabeza era la abertura de la esfera de un
reloj gigante, que desde la calle debía parecer un enorme agujero para meter
una llave, como los que vemos en las esferas de los relojes franceses. Sin
duda, su función verdadera era la de permitir el paso del brazo del encargado
cuando hiciera falta ajustar las agujas del reloj desde dentro. Observé también
con gran sorpresa las inmensas dimensiones de las citadas agujas, la más larga
de las cuales debía medir no menos de diez pies de largo y ocho o nueve
pulgadas de ancho en la parte más gruesa. Parecían ser de acero macizo, y sus
bordes, afilados. Habiendo observado estos detalles, y algunos otros, volví de
nuevo la vista hacia la gloriosa perspectiva que se extendía ante mí,
quedándome absorta en su contemplación.
Al
cabo de algunos minutos me vi arrancada de mi arrobamiento por la voz de
Pompey, que declaraba que no podía aguantar más, y que me pedía que hiciera el
favor de bajarme. Aquello me pareció poco razonable, y así se lo dije con un
discurso relativamente extenso. El me replicó, demostrando una clara falta de
comprensión de mis ideas acerca del tema. En consecuencia, me irrité y le dije
en pocas palabras que era un idiota, que acababa de cometer un ignoramus
e-clench-eye, que sus ideas no eran más que insommary Bovis, y que sus palabras
eran poco más que an ennemywerrybor’em. Con esto pareció quedar satisfecho, y
yo continué con mis contemplaciones.
Debió
ser como media hora después de este altercado, estando yo profundamente absorta
en el celestial paisaje que se extendía a mis pies, cuando fui sorprendida por
la suave presión en mi cogote de algo muy frío. No hace falta decir que me
sentí extraordinariamente alarmada. Yo sabía que Pompey estaba bajo mis pies, y
que Diana, siguiendo mis muy explícitas instrucciones, estaba sentada sobre sus
patas traseras, en el rincón más alejado de la habitación. ¿Qué podría ser? ¡Ay
de mí! Rápidamente descubrí lo que era. Volviendo cuidadosamente la cabeza
hacia un lado percibí, horrorizada, que la inmensa, brillante y acerada aguja
del minutero del reloj había, al cabo de su vuelta, descendido sobre mí cuello.
Yo sabía que no había un instante que perder. Intenté retirar la cabeza, pero
era demasiado tarde. No había posibilidad de pasar la cabeza a través de la
boca de aquella terrible trampa en la que había caído, que se hacía
progresivamente más estrecha con una más horrible rapidez de lo que concebirse
pueda. La agonía de aquel momento es inimaginable. Eché mis brazos hacia arriba
e intenté con todas mis fuerzas empujar hacia arriba aquella pesada barra de
hierro. Igual hubiera sido intentar levantar la catedral. Y bajaba, y bajaba, y
seguía bajando, cerca, más cerca y cada vez más cerca. Le grité a Pompey que me
ayudara, pero él dijo que yo había herido sus sentimientos llamándole “tocino
ignorante”. Le grité a Diana, pero ella se limitó a decir: “¡Guau, guau,
guau!”, ya que yo le había dicho: “Bajo ningún concepto se te ocurra moverte de
ese rincón”. Así, pues, no podía esperar ayuda alguna de mis compañeros.
Mientras
tanto, la pesada y terrorífica Guadaña del Tiempo (y sólo entonces pude
comprender literalmente el contenido de aquella frase clásica) no se había t
detenido, ni parecía probable que lo hiciera, en su recorrido. Bajaba y seguía
bajando. Ya se había enterrado su afilado borde una pulgada en mi carne, y mis
sensaciones empezaron a ser confusas e indistintas. Por un momento me parecía
estar en Filadelfia, con el arrogante doctor Moneypenny, e inmediatamente
después me parecía estar en el salón trasero del señor Blackwood, recibiendo
sus inapreciables consejos. Y de nuevo se presentaba ante mí el dulce recuerdo
de antiguos y mejores tiempos, y pensaba en aquella feliz época en la que el
mundo no era un desierto y Pompey no era totalmente cruel.
El
tic tac de la maquinaria me divertía. Me divertía, digo, dado que mis
sensaciones bordeaban ya la perfecta felicidad e incluso las más mínimas
bagatelas me procuraban placer. El eterno click-clack, click-clack,
click-clack, resultaba una dulce música para mis oídos, e incluso
ocasionalmente me recordaba los elegantes sermones-arenga del doctor Ollapod.
Después estaban los enormes números de la esfera, ¡qué inteligentes, qué
intelectuales parecían todos! Y finalmente todos se pusieron a bailar la mazurca,
y me parece recordar que era el número 5 el que lo hizo más a mi gusto. Era,
evidentemente, una dama de alta cuna. Nada de vacilaciones y nada que no fuera
delicadeza había en sus movimientos. Hacía la pirueta admirablemente, girando
alrededor de su vértice. Intenté acercarle una silla, ya que parecía fatigada
por sus esfuerzos, y tan sólo en aquel momento percibí totalmente lo lamentable
de mi situación. ¡A fe mía que era lamentable! La barra se había enterrado ya
dos pulgadas en mi cuello. Me sentí invadida por una sensación de exquisito
dolor.
Recé
pidiendo la muerte, y, sumida en la agonía del momento, no pude evitar el
repetir aquellos exquisitos versos del poeta Miguel de Cervantes:
Vanny
Buren, tan escondida
Quey
no te senty venny
Pork
and pleasure, delly morry
Nommy,
torny, darry, widdy!
Pero
entonces se presentó ante mí un nuevo horror, y en verdad que era un horror
como para destrozar los nervios al más templado. Mis ojos/ debido a la cruel
presión ejercida por la máquina, estaban empezando a salírseme de las órbitas.
Mientras estaba pensando cómo me las iba a poder apañar sin ellos, uno se me
salió de hecho y, rodando por el lado inclinado de la torre, fue a alojarse en
el canalón que recorría los aleros del edificio principal. La pérdida de un ojo
no me afectó tanto como el aire de insolencia, independencia y desprecio con el
que me miraba una vez que estuvo fuera. Yacía ahí en el canalón, justo debajo
de mis narices, y los aires que se daba hubieran sido ridículos de no haber
sido tan repugnantes. Jamás se había visto tanto guiño y tanto parpadeo. Aquel
comportamiento por parte de mi ojo en el canalón no resultaba irritante tan
sólo debido a su manifiesta insolencia y su vergonzosa ingratitud, sino que
resultaba también extraordinariamente inconveniente debido a la simpatía que
siempre existe entre dos ojos de una misma cabeza, por separados que estén. Me
vi obligada, en cierto modo, a guiñar y parpadear con el otro ojo en exacta
correspondencia con aquella cosa descarada que yacía justo bajo mi nariz. No
obstante, finalmente me vi libre de esta situación, al caérseme el otro ojo. En
su caída siguió el mismo recorrido (posiblemente lo habrían concertado de
antemano) que su compañero. Los dos salieron rodando del canalón juntos y, la
verdad sea dicha, me alegré mucho de perderlos de vista.
La
barra había penetrado ya en mi cuello cuatro pulgadas y media, y no quedaba más
que un hilillo de piel por cortar. Mi reacción fue de total alegría, ya que
sentía que como mucho, en unos pocos minutos, me vería libre de aquella
desagradable situación. Y mi esperanza no se vio defraudada. Precisamente a las
cinco y veinticinco de la tarde, el inmenso minutero había avanzado lo
suficiente como para cortar el escaso remanente que quedaba de mi cuello. No
sentí ninguna tristeza al ver separarse de mí definitivamente aquella cabeza
que tanta vergüenza me había producido. Primero rodó por el costado del
campanario, después se alojó durante algunos segundos en el canalón, y después
cayó violentamente en medio de la calle.
Confesaré
con toda candidez que en aquel momento mis sensaciones eran de lo más singular,
es más, de lo más misteriosas, de un carácter de lo más desconcertante e
incomprensible. Mis sentidos estaban simultáneamente aquí y allá. Con mi cabeza
imaginaba un momento que yo, la cabeza, era la verdadera Signora Psyche
Zenobia; al momento siguiente estaba plenamente convencida de que yo, mi
cuerpo, era la verdadera identidad. Para aclarar mis ideas busqué en mi
bolsillo la capita de rapé, pero al encontrarla, intentando llevarme un
pellizco de su delicioso contenido a la nariz, como es habitual, me di
rápidamente cuenta de mi particular deficiencia, lanzando inmediatamente la
caja a mi cabeza. Esta cogió un pellizco con gran satisfacción, y me dirigió a
cambio una sonrisa de agradecimiento. Poco después me lanzó un discurso que
pude oír tan sólo indistintamente al carecer de orejas. No obstante, capté lo
suficiente como para saber que estaba asombrada de que yo deseara seguir
viviendo en semejantes circunstancias. En sus frases finales citó las nobles
palabras de Ariosto:
Il
pover hommy che non sera corty
And
have a combat tenty erry morty.
comparándome
así a aquel que en el calor del combate, no dándose cuenta de que estaba
muerto, siguió adelante luchando con inextinguible valor. Ya no había nada que
me impidiera bajarme de donde estaba, y así lo hice. Todavía no he sido capaz
de averiguar qué fue lo que vio de raro Pompey en mi aspecto. El pobre
individuo abrió la boca de oreja a oreja y cerró los ojos como si estuviera
intentando cascar nueces con los párpados. Finalmente, lanzando lejos de sí el
abrigo, echó a correr hacía la escalera y desapareció. Lancé tras él estas
vehementes palabras de Demóstenes:
Andrew
O’Phlegethon, you really make haste to fly.
y
después me volví hacia el amor de mi vida, ¡a mi tuertecita! A mi lanuda Diana.
¡Ay de mí! ¿Qué horrible visión se presentó ante mis ojos? ¿Acaso fue una rata
lo que vi arrastrarse hasta su agujero? ¿Son éstos acaso los roídos huesos de
mi pequeño ángel, cruelmente devorado por el monstruo? ¡Oh, dioses! ¿Y qué es
lo que veo?... ¿£5 eso acaso el espíritu, la sombra, el fantasma de mi adorada
perrita, que tan melancólicamente está sentado en aquel rincón? ¡Escuchad!
¡Habla! Y, ¡cielos!, habla en el alemán de Schiller:
Unt
stubby duk, so stubby dun
Duck
she! duck she!
¡Ay
de mí! Demasiada verdad son sus palabras:
Y si
morí al menos fue
¡por
ti!... ¡por ti!
¡Dulce
criatura! También ella se ha sacrificado por mí. Sin perra, sin negro, sin
cabeza, ¿qué queda ya para la infeliz Signora Psyche Zenobia? ¡Ay de mí! ¡Nada!
He terminado.
LA
PERDIDA DEL ALIENTO
(Una
historia que no es de “Blackwood” ni lo ha sido nunca)
¡Oh,
no respires!, etc.
Melodías
de Moore
¡Oh,
tú, desgraciada! ¡Oh, tu, zorra! ¡Oh, tú, víbora! —le dije a mi mujer a la
mañana siguiente de nuestra boda—. ¡Oh, tú, bruja! ¡Oh, tú, espanto! ¡Tú,
bocazas! ¡Apestas a iniquidad! ¡Oh, tú, quintaesencia de todo lo que es
abominable! Tú... tú...
En
ese momento la agarré por el cuello, me puse de puntillas, y acercando mi boca
a su oído estaba a punto de dirigirle un nuevo epíteto oprobioso, que
inevitablemente la hubiera convencido, de haberlo podido pronunciar, de su
insignificancia, cuando con gran horror y asombro descubrí que yo había perdido
la respiración.
Las
frases “me he quedado sin respiración”, “he perdido el aliento”, aparecen con
bastante frecuencia en las conversaciones normales; pero jamás se me hubiera
podido ocurrir el pensar que el terrible accidente al que me refiero pudiera de
hecho bona fide ocurrir. Imagínense ustedes, es decir, si son ustedes personas
imaginativas; imagínense, digo, mi asombro, mi consternación, mi desesperación.
Tengo
una virtud, no obstante, que nunca me ha abandonado del todo. Incluso en mis
más ingobernables estados de ánimo, mantengo aún mi sentido de la propiedad, et
le chemin des passions me conduit, como a Lord Edouard en “Julie”, á la
philosopie véritable.
Aunque
al principio no pude verificar hasta qué punto me había afectado aquel suceso,
decidí ocultárselo a toda costa a mi mujer hasta que ulteriores experiencias me
revelaran la extensión de mi asombrosa calamidad. Por lo tanto, alterando al
instante la expresión de mi cara, y sustituyendo mis congestionadas y
distorsionadas facciones por un gesto de traviesa y coqueta benignidad, le di a
mi dama una palmadita en una mejilla y un beso en la otra, y sin pronunciar una
sílaba (¡demonios; no podía!) la dejé asombrada por mi extraño comportamiento,
y salí haciendo las piruetas de un pas de zephyr.
Imagínenme
entonces a salvo en mi boudoir privado, un terrible ejemplo de las malas
consecuencias de la irascibilidad: vivo, pero con todas las características de
los muertos; muerto, pero con todas las inclinaciones de los vivos. Una
verdadera anomalía sobre la faz de la tierra, totalmente calmado pero sin
respiración.
¡Sí!
Sin respiración. Hablo en serio al afirmar que carecía por completo de
respiración. No hubiera podido mover ni una pluma con ella, aunque mi vida
hubiera estado en juego, ni siquiera hubiera podido empañar la delicadeza de un
espejo. ¡Cruel destino! Aun así hallé algo de consuelo a mi primer paroxismo de
dolor. Descubrí, después de mucho probar, que mi capacidad de hablar que, a la
vista de mi incapacidad para continuar la conversación con mi esposa, había
creído desaparecida por completo, estaba sólo parcialmente disminuida, y
descubrí que si en el transcurso de aquella interesante crisis hubiera
intentado hablar con un tono singularmente profundo y gutural, podría haber
seguido comunicándole mis sentimientos a ella; y que este tono de voz (el
gutural) no depende, por lo que pude ver, de la corriente de aire provocada por
la respiración, sino de ciertos movimientos espasmódicos de los músculos de la
garganta.
Dejándome
caer sobre una Silla estuve durante cierto tiempo sumido en la meditación. Mis
reflexiones no eran, no cabe duda, precisamente consoladoras. Un millar de
imágenes vagas y lacrimosas se apoderaron de mi alma, e incluso pasó por mi
imaginación la idea del suicidio; pero es una característica de la perversidad
de la naturaleza humana el rechazar lo obvio y lo inmediato a cambio de lo
equívoco y lo lejano. Así, pues, me eché a temblar ante la idea de mi
auto-asesinato, considerándola decididamente una atrocidad, mientras la gata
runruneaba a todo meter sobre la alfombra, y el mismo perro de aguas jadeaba
con gran asiduidad debajo de la mesa, atribuyéndole ambos un gran valor a la
fuerza de sus pulmones, y haciéndolo todo con el evidente propósito de burlarse
de mi incapacidad.
Oprimido
por un tumultuoso alud de vagas esperanzas y miedos, oí por fin los pasos de mi
esposa que descendía por la escalera. Estando ya seguro de su ausencia, volví
con el corazón palpitante a la escena de mi desastre.
Cerrando
cuidadosamente la puerta desde dentro, inicié una intensa búsqueda. Era
posible, pensaba yo, que oculto en algún oscuro rincón o escondido en algún
cajón o armario pudiera encontrar aquel objeto perdido que buscaba. Tal vez
tuviera forma vaporosa, incluso era posible que fuera tangible. La mayor parte
de los filósofos son muy poco filosóficos con respecto a muchos aspectos de la
filosofía. No obstante, William Godwin dice en su “Mandeville” que “las únicas
realidades son las cosas invisibles”, y esto, como estarán todos ustedes de
acuerdo, era un caso típico. Me gustaría que el lector juicioso lo pensara bien
antes de afirmar que tal aseveración contiene una injustificada cantidad de lo
absurdo. Anaxágoras, como todos recordarán, mantenía que la nieve es negra, y
desde entonces he tenido ocasión de comprobar que esto es cierto.
Durante
largo tiempo continué investigando con gran ardor, pero la despreciable
recompensa que obtuvo mi perseverancia no fue más que una dentadura postiza,
dos pares de caderas, un ojo y cierto número de billets-doux que el señor
Windenough había mandado a mi esposa. Tal vez sea oportuno señalar que esta
confirmación de las inclinaciones que mi dama sentía por el señor W. me
produjeron poco desasosiego. Que la señora Lackobreath admirara algo tan
distinto de mí era un mal natural y necesario. Yo soy, como todo el mundo sabe,
de aspecto robusto y corpulento, siendo, al mismo tiempo, de estatura un tanto
baja. ¿A quién puede entonces extrañar que aquel conocido mío, delgado como una
espingarda y de una estatura que ha llegado a convertirse en proverbial, encontrara
gran estima a los ojos de la señora Lackobreath? Sin ser correspondido, no
obstante.
Mi
trabajo, como ya había dicho antes, resultó infructuoso. Armario tras armario,
cajón tras cajón, rincón tras rincón, fueron examinados sin conseguir nada. No
obstante, en una ocasión, me pareció haber encontrado lo que buscaba, habiendo
roto accidentalmente, al hurgar en una cómoda, una botella de aceite de los
Arcángeles de Grandjean, el cual, siendo como es un agradable perfume, me tomo
aquí la libertad de recomendarles.
Con
un gran peso en el corazón volví a mi Boudoir para buscar allí algún método
para eludir la agudeza de mi esposa hasta que pudiera hacer los arreglos
necesarios antes de abandonar el piáis, porque a este respecto ya había tomado
una decisión. En un clima extraño, siendo un desconocido, tal vez podría, con
un cierto margen de seguridad, intentar ocultar mi desgraciada calamidad: una
calamidad calculada, más aún incluso que la miseria, para privamos de los
afectos de la multitud y para traer sobre el pobre desgraciado la muy merecida
indignación de la gente feliz y virtuosa. Mis dudas duraron poco. Siendo por
naturaleza un hombre de decisiones rápidas, me grabé en la memoria la tragedia
completa de “Metamora”. Tuve la buena suerte de recordar que en la acentuación
de este drama o, al menos, en la parte correspondiente al héroe, los tonos de
voz que eran para mí inalcanzables, resultaban innecesarios, y que el tono que
debía prevalecer monótonamente a todo lo largo de la obra era el gutural
profundo.
Practiqué
durante algún tiempo a la orilla de un pantano muy frecuentado. En este caso,
no obstante, careciendo de toda referencia a que Demóstenes hubiera hecho algo
similar, y más bien llevado por una idea particular y conscientemente mía.
Cubiertas así mis defensas, decidí hacer creer a mi esposa que me había visto
súbitamente asaltado por una gran pasión por el escenario.. En esto mi éxito
tuvo las proporciones de un milagro; y me encontré en libertad de replicar a
todas sus preguntas o sugestiones con algún pasaje de la tragedia en mis tonos
más sepulcrales y parecidos al croar de una rana, lo que, según pude observar,
se podía aplicar a casi cualquier circunstancia con buenos resultados. No
obstante, no se debe suponer que al recitar los dichos pasajes prescindía de
mirar con los ojos entrecerrados, de enseñar los dientes, de mover mis
rodillas, de arrastrar los pies o de hacer cualquiera de esas gracias
innominables que ahora se consideran con justicia características de un actor
popular. Desde luego hablaron de ponerme la camisa de fuerza, pero, ¡bendito
sea Dios!, jamás sospecharon que me hubiera quedado sin respiración.
Finalmente,
habiendo puesto en orden mis asuntos, me senté a muy temprana hora de la mañana
en el correo que iba a..., dejando entrever, entre mis amistades, que asuntos
de la mayor importancia requerían mi inmediata presencia en aquella ciudad.
El
coche estaba absolutamente atestado, pero en la incierta penumbra no había
forma de distinguir las facciones de mis compañeros de viaje. Sin oponer
ninguna resistencia acepté el ser colocado entre dos caballeros de colosales
proporciones; mientras que un tercero, una talla mayor, excusándose por la
libertad que iba a tomarse, se arrojó sobre mi cuerpo a todo lo largo que era
y, durmiéndose al instante, ahogó todas mis protestas en un ronquido que
hubiera hecho enrojecer de vergüenza a los bramidos del toro de Phalaris.
Afortunadamente, el estado de mis facultades respiratorias convertían la muerte
por asfixia en un accidente totalmente fuera de la cuestión.
No
obstante, al ir aumentando la luz al acercarnos a la ciudad, mi torturador se
levantó, y ajustándose el cuello de la camisa, me dio las gracias muy
amistosamente por mi amabilidad. Viendo que yo permanecía inmóvil (todos mis
miembros estaban dislocados y mi cabeza vuelta hacia un lado), empezó a sentir
cierta aprensión, y despertando al resto de los pasajeros les comunicó con tono
muy decidido que en su opinión les habían metido durante la noche a un hombre
muerto a cambio de un hombre vivo y responsable, que además era su compañero de
viaje; al llegar aquí me dio un puñetazo en el ojo derecho, a modo de
demostración de la veracidad de sus palabras.
A
raíz de esto todos creyeron su deber tirarme de la oreja uno por uno (había
nueve en total). Un joven médico, habiendo aplicado un espejo de bolsillo a mi
boca, y al encontrarme carente de respiración, afirmó que lo que había dicho mi
perseguidor era cierto; y todo el grupo expresó su determinación de no aguantar
pacíficamente tales imposiciones en el futuro y de no dar un solo paso más de
momento con un cadáver a cuestas.
En
consecuencia, fui arrojado fuera bajo la señal del “Crow” (taberna por delante
de la cual pasaba casualmente el coche en aquel momento), sin más contratiempos
que la fractura de mis dos brazos, por encima de los cuales pasó la rueda
trasera izquierda del vehículo. También debo hacer justicia al conductor y
decir aquí que no se le olvidó tirar detrás de mí el mayor de mis baúles, que
cayó desgraciadamente sobre mi cabeza y me fracturó el cráneo de una forma a la
vez interesante y extraordinaria.
El
dueño del “Crow”, que es un hombre hospitalario, al verificar que había en mi
baúl más que suficiente para indemnizarle por cualquier molestia que pudiera
tomarse, mandó buscar a un cirujano amigo suyo, y me puso en sus manos, junto
con una factura y un recibo por diez dólares.
El
comprador me llevó a sus habitaciones y empezó inmediatamente con las
operaciones. Una vez que hubo cortado mis orejas, no obstante, descubrió
señales de vida. Hizo sonar entonces la campana y mandó a buscar a un
farmacéutico de la vecindad para consultarle. Por si sus sospechas con respecto
a mi estado resultaban finalmente confirmadas, él, mientras tanto, realizó una
incisión en mi estómago, guardándose varias vísceras para hacer la disección en
privado.
El
farmacéutico tenía la impresión de que yo estaba muerto de verdad. Yo intenté
refutar esta idea pateando y agitándome con todas mis fuerzas, y haciendo todo
tipo de furiosas contorsiones, ya que las operaciones del quirófano me habían
devuelto en cierta medida a la posesión de mis facultades. No obstante, todos
mis esfuerzos fueron atribuidos a los efectos de una nueva pila galvánica, con
la cual el farmacéutico, que es un hombre realmente informado, realizó diversos
experimentos curiosos, en los cuales, debido a la parte que yo jugaba en ellos,
no pude evitar el sentirme profundamente interesado. No obstante, era para mí
una fuente de gran mortificación el que, a pesar de haber hecho varios intentos
por hablar, mis poderes en ese sentido estuvieran tan disminuidos que ni
siquiera podía abrir la boca; mucho menos, por lo tanto, dar la réplica a
algunas ingeniosas pero fantásticas teorías, a las cuales, en otras
circunstancias, mi profundo conocimiento de la patología Hipocrática podría
haber suministrado una rápida refutación.
Incapaz
de llegar a ninguna conclusión, los dos hombres decidieron conservarme para
ulteriores exámenes. Fui trasladado a una buhardilla, y una vez que la mujer
del cirujano me hubo puesto calzoncillos y calcetines, y el propio cirujano me
hubo atado las manos y la mandíbula con un pañuelo de bolsillo, cerraron la
puerta desde fuera y se fueron a toda prisa a comer, dejándome solo y sumido en
el silencio y la meditación.
Descubrí
entonces, con gran satisfacción, que podría haber hablado de no haber tenido la
mandíbula atada con el pañuelo. Consolándome con esta idea estaba recitando
mentalmente algunos pasajes de la “Omnipresencia de la Deidad”, como tengo por
costumbre hacer antes de entregarme al sueño, cuando dos gatos de temperamento
veraz y vituperable que acababan de entrar por un agujero de la pared, saltaron
haciendo una cabriola a la Catalani y, aterrizando cada uno a un lado de mi
cara, se enzarzaron en una indecorosa discusión por la negligible posesión de
mi nariz.
Pero,
al igual que la pérdida de sus orejas, supuso el ascenso al trono de Cirus, el
Magián o Mige-gush de Persia, y al igual que la pérdida de su nariz, dio a
Zopyrus la posesión de Babilonia, así la pérdida de unas pocas onzas de mis
facciones, resultaron ser la salvación de mi cuerpo. Excitado por el dolor y
ardiente de indignación, rompí al primer intento mis ataduras y el vendaje.
Mientras cruzaba el cuarto, dirigí una mirada de desprecio a los beligerantes,
y abriendo la ventana, con gran horror y desilusión por su parte, me precipité
por ella, con gran destreza.
El
ladrón de correos W..., con quien yo tenía singular parecido, estaba en aquel
momento en tránsito desde la cárcel de la ciudad al cadalso erigido para su
ejecución en los suburbios. Su extrema debilidad y su perenne mala salud le
habían supuesto el privilegio de ir sin esposas, y vestido con su traje de
ahorcado, muy similar al mío; yacía cuan largo era en el fondo del carro del
verdugo (que casualmente estaba bajo las ventanas del cirujano en el momento de
mi caída), sin más guardia que el conductor, que iba dormido, y dos reclutas
del sexto de infantería, que estaban borrachos: Quiso mi mala suerte que cayera
de pie al interior del vehículo. W..., que era un individuo con grandes
reflejos, vio su oportunidad. Saltando inmediatamente, salió del carro, y
metiéndose por una callejuela, se perdió de vista en un abrir y cerrar de ojos.
Los reclutas, despertados por la agitación, fueron incapaces de captar la
transacción. Viendo, no obstante, a un hombre exactamente igual que el felón de
pie en medio del carro ante sus ojos, llegaron a la conclusión de que el muy
sinvergüenza (refiriéndose a W...) estaba intentando escapar (así fue como se
expresaron), y después de comunicarse el uno al otro esta opinión, echaron un
trago de aguardiente cada uno, y después me derribaron con las culatas dé sus
mosquetes.
No
tardamos mucho en llegar a nuestro destino. Por supuesto, no había nada que
decir en mi defensa. Mi destino inevitable era ser colgado. Me resigné a ello
por lo tanto, con una sensación medio estúpida, medio sarcástica. Siendo poco
cínico, sentía aproximadamente lo mismo que sentiría un perro. El verdugo, no
obstante, ajustó el lazo alrededor de mi cuello. La trampilla se abrió.
Me
abstendré de describir mis sensaciones en la horca, aunque sin duda podría
hablar al respecto, y es un tema sobre el que nadie ha sabido hablar con
propiedad. De hecho, para escribir acerca de semejante tema, es necesario haber
sido ahorcado. Los autores deberían limitarse a hablar de temas sobre los que
han tenido experiencia. Así fue como Marco Antonio compuso un tratado acerca de
cómo emborracharse.
Podía,
no obstante, mencionar, aunque sólo sea de pasada, que no me sobrevino la
muerte. Mi cuerpo estaba allí, pero no tema respiración que perder, aun
colgado, y si no hubiera sido por el nudo que había bajo mi oreja izquierda
(que, por la textura, parecía ser de procedencia militar), me atrevería a decir
que do hubiera experimentado casi ninguna molestia. En cuanto al tirón que
sufrió mi cuello con la caída, resultó simplemente un correctivo para la
torcedura que me había producido el caballero gordo del coche.
No
obstante, y con muy buenos motivos, hice todo lo que pude porque la multitud
presenciara un espectáculo digno de las molestias que se habían tomado. Según
dicen, mis convulsiones fueron extraordinarias. Mis espasmos hubieran sido
difíciles de superar. El populacho pedía un encoré. Varios caballeros se
desmayaron, y una gran multitud de damas tuvieron que ser llevadas a sus casas
con ataques de histeria. Pinxit se aprovechó de la oportunidad para retocar, a
partir de un bosquejo que hizo allí mismo, su admirable cuadro de el Marsyas
siendo desollado vivo.
Cuando
ya les hube procurado suficiente diversión, consideraron que sería lo más
adecuado quitar mi cuerpo de la horca, tanto más cuanto que el verdadero reo
había sido capturado y reconocido entre tanto, hecho que yo tuve la mala suerte
de no conocer.
Por
supuesto que todo el mundo manifestó gran simpatía por mí, y ya que nadie
reclamó mí cuerpo, se ordenó que fuera enterrado en un panteón público.
Allí,
después de un intervalo de tiempo adecuado, fui depositado. El sacristán se fue
y me quedé solo. Una frase del “Descontento”, de Marston:
“La
muerte es un buen muchacho, y siempre tiene las puertas abiertas...”
me
pareció en aquel momento una abominable mentira.
No
obstante, arranqué la tapa de mi ataúd y salí. Aquel lugar era tremendamente
siniestro y húmedo, me empecé a sentir repleto de ennui. A modo de
entretenimiento, anduve a ciegas entre los numerosos ataúdes, dispuestos en
orden a mi alrededor. Los bajaba uno por uno, y abriéndolos, me dedicaba a
especular acerca de las muestras de mortalidad que habitaba en su interior.
Esto
monologaba yo, tropezando con un cadáver congestionado, hinchado y rotundo:
«Esto
ha sido, sin duda, en el más amplio sentido de la palabra, un hombre infeliz,
desafortunado. Ha sido su terrible suerte el no poder andar normalmente, sino
anadear, pasar por la vida no como un ser humano, sino como un elefante; no
como un hombre, sino como un rinoceronte.
»Sus
intentos de moverse en la vida han sido abortados, sus movimientos
circungiratorios, un palpable fracaso. Intentando dar un paso hacia adelante ha
tenido la desgracia de dar dos a la derecha y tres a la izquierda. Sus estudios
se limitan a la poesía de Crabbe. No puede haber tenido ni idea de lo
maravilloso de una pirouette. Para él, un pos de papillon no ha sido más que un
concepto en abstracto. Jamás ha llegado a la cumbre de una colina. Jamás ha
podido divisar desde lo alto de un campanario la gloría de ninguna metrópolis.
El calor ha sido su enemigo mortal. En los días de perros, sus días han sido
los días de un perro. En ellos ha soñado con llamas y ahogos, con montanas y
más montañas, con Pellón sobre Ossa. Siempre le faltaba la respiración, en una
palabra, le faltaba la respiración. Le parecía extravagante tocar instrumentos
de viento. Él fue el inventor de los abanicos semovientes, las velas de viento
y los ventila» dores. Patrocinó a Du Pont, el fabricante de fuelles, y murió
miserablemente al intentar fumarse un cigarro. Su caso era uno por el que yo
sentía gran interés, y con el que simpatizaba en gran medida.
«Pero
aquí —dije yo—, aquí, arrastrando despreciativamente de su receptáculo una
forma alta, delgada y de aspecto peculiar, cuya notable apariencia me hizo
sentir una indeseada sensación de familiaridad, aquí hay un desgraciado que no
tiene derecho a esperar ninguna conmiseración terrena».
Al
decir esto, y para conseguir una más clara visión del individuo, le sujeté por
la nariz con el pulgar y el índice, y haciéndole asumir sobre el suelo la
posición de sentado, le mantuve así, con mi brazo extendido, mientras
continuaba mi soliloquio.
“Que
no tiene derecho —repetí— a esperar ninguna conmiseración terrena. En efecto,
¿a quién se le podría ocurrir tener compasión de una sombra? Lo que es más,
¿acaso no ha disfrutado él ya de una parte más que suficiente de los bienes de
la mortalidad? Él fue el origen de los monumentos elevados, altas torres,
pararrayos, álamos de Italia. Su tratado acerca de “Tonos y Sombras” le ha
inmortalizado. Editó con distinguida habilidad la última edición de “”Al sur en
el Bones”. Fue joven a la Universidad y estudió Ciencias Neumáticas. Después
volvió a casa, hablaba incesantemente y tocaba la trompa. Favorecía el uso de
la gaita. El capitán Barclay, que caminó contra el Tiempo, fue incapaz de
caminar contra él. Windham y Allbreath eran sus escritores favoritos. Su
artista favorito, Phiz. Murió gloriosamente mientras inhalaba gas, levique
flatu conrupitur, como la fama pudicitiae en Hieronymus. Era indiscutiblemente
un...
—¿Cómo
se atreve? ¿Cómo se atreve? —me interrumpió el objeto de mi animadversión,
jadeando y arrancándose con un esfuerzo desesperado la venda que rodeaba sus
mandíbulas—. ¿Cómo se atreve, Sr. Lackobreath a ser tan infernalmente cruel
como para pellizcarme la nariz de esa manera? ¿Acaso no vio usted que me habían
sujetado la mandíbula, y tiene usted que saber, si es que sabe algo, que tengo
que disponer de una enorme cantidad de aire? No obstante, si es que no lo sabe,
siéntese y lo verá. En mi situación, es realmente un gran descanso el poder
abrir la boca, el poder explayarse, poder comunicar con una persona como usted,
que no se considera obligado a interrumpir a cada momento el hilo del discurso
de un caballero. Las interrupciones son muy molestas, y deberían sin duda ser
abolidas, ¿no le parece?... No conteste, se lo ruego, conque hable una persona
a la vez es suficiente. Cuando yo haya acabado, podrá empezar usted. ¿Cómo
demonios, señor, ha llegado usted aquí? Ni una palabra, se lo ruego... por mi parte,
yo llevo aquí algún tiempo. ¡un terrible accidente! ¿Habrá oído hablar de ello,
supongo? ¡Catastrófica calamidad! Pasaba yo por debajo de sus ventanas, hace
poco tiempo, en la época en la que tema usted la manía del teatro, y, ¡horrible
ocurrencia! Habrá oído usted decir eso de coger aire, ¿eh? ¡Silencio hasta que
yo se lo diga! ¡Pues yo cogí el aire de alguna otra persona! Siempre tuve
demasiado del mío, y me encontré con Blab en la esquina de la calle y no me dio
la oportunidad de decir ni una palabra, no conseguí meter una sílaba ni de
costado, en consecuencia tuve un ataque de epilepsia... Blab se escapó...
¡malditos sean los idiotas!... me dieron por muerto y me metieron en este
lugar... ¡todo muy bonito!... He oído todo lo que ha dicho acerca de mí... No
había ni una sola palabra cierta en todo ello... ¡Horrible!... ¡Maravilloso!...
¡Repugnante!... ¡Odioso!... ¡Incomprensible!... etcétera, etcétera...
etcétera... etcétera... Resulta imposible concebir mi asombro ante un discurso
tan inesperado, o el júbilo con el que gradualmente me fui convenciendo de que
el aire tan afortunadamente cogido por aquel caballero (al que pronto
identifiqué con mi vecino Windenough) era de hecho la expiración que se me
había perdido a mí durante la conversación con mi esposa. El tiempo, el lugar y
las circunstancias convertían aquello en algo más allá de toda posibilidad de
discusión. No obstante, no solté inmediatamente la probóscide del Sr. W..., al
menos no durante el largo período de tiempo durante el cual el inventor de los
álamos italianos continuó favoreciéndome con sus explicaciones.
En
este sentido, mis actos estaban dominados por esa prudencia habitual que ha
sido siempre mi característica predominante. Reflexioné que podía haber aún
muchas dificultades en el camino de mi preservación, que sólo grandes esfuerzos
por mi parte podrían llevarme a superar. Muchas personas, consideré, son dadas
a valorar las comodidades que tienen en sus manos, por poco valiosas que puedan
resultar a su propietario, por muy molestas u onerosas que sean, en razón
directa a las ventajas que puedan obtener los demás de su posesión, o ellos
mismos de su abandona ¿No sería tal vez éste el caso del Sr. Windenough? Al
manifestar mi interés por esa respiración que en aquel momento estaba deseando
perder de vista, ¿no estaría acaso poniéndome a merced de los ataques de su
avaricia? Hay muchos seres ruines en este mundo, recordé con un suspiro, que no
tendrían escrúpulos en jugar con ventaja incluso contra el vecino de al lado, y
(este comentario es de Epictetus) es precisamente en esos momentos en que los
hombres están más deseosos de librarse de la carga de sus propias calamidades,
en los que se sienten menos dispuestos a aliviar la carga de los demás.
Basándome
en consideraciones similares a ésta, y manteniendo aún bien sujeta la nariz del
Sr. W..., me pareció propio lanzar mi respuesta.
—¡Monstruo!
—empecé con un tono de la más profunda indignación—. ¡Monstruo! E idiota con
doble respiración... ¿os atrevéis acaso, digo, vos, a quien los cielos han
castigado por vuestras iniquidades con una doble respiración... Osáis vos,
insisto, dirigiros a mí con el tono familiar con el que os dirigiríais a un
conocido?... “Miento” ¡El cielo me valga! Y “estese callado”. ¡Cómo no! ¡Bonita
conversación, sin duda, para un caballero que disfruta de una sola respiración!
Y todo esto, además, cuando yo tengo en mis manos la posibilidad de aliviar la
calamidad que usted, con tanta justicia, sufre; de recortar lo superfino de su
desgraciada respiración.
Al
igual que Brutus, hice una pausa en espera de respuesta, con la cual, como si
fuera un tomado, me abrumó inmediatamente el Sr. Windenough. Protesta tras
protesta, y excusa tras excusa. No existía ningún término que no estuviera
dispuesto a aceptar, y yo no dejé de sacar ventaja de ninguno de ellos.
Una
vez resueltos los preliminares, aquel conocido mío me dio la respiración, por
lo cual (después de examinarla cuidadosamente) le di un recibo.
Soy
consciente de que para muchos yo seré culpable de hablar de una manera tan
prosaica de una transacción tan impalpable. Posiblemente piensen que debería
haber narrado con más detalle y minuciosidad un hecho por medio del cual, y
esto es muy cierto, se podría arrojar mucha luz sobre una interesante rama de
la filosofía física.
Lamento
no poder responder a todo esto. Tan sólo me puedo permitir dar una pequeña
pista a modo de respuesta. Dadas las circunstancias... aunque pensándolo mejor
creo que será mucho más seguro decir lo menos posible acerca de un asunto tan
delicado, tan delicadas, repito, que en aquel momento incluían los intereses de
una tercera persona, en cuyo sulfuroso resentimiento no tengo, de momento,
ninguna gana de incurrir.
No
tardamos gran cosa, una vez hechos los arreglos precisos, en escaparnos de los
sótanos del sepulcro. La fuerza conjunta de nuestras resucitadas voces se hizo
rápidamente evidente. Scissors, el editor Whig, reeditó un tratado acerca de
“La naturaleza y origen de los ruidos subterráneos”. En las columnas de una
gaceta democrática apareció una respuesta, luego, una contrarréplica, una
refutación y una justificación. Tan sólo, después de haber abierto el panteón
para decidir cuál de los dos tenía razón, la aparición del Sr. Windenough y mía
demostró a ambos que estaban totalmente equivocados.
EL
HOMBRE DE NEGOCIOS
“El
método es el alma de los negocios.”
(proverbio
antiguo)
Yo
soy un hombre de negocios. Soy un hombre metódico. Después de todo, el método
es la clave. Pero no hay gente a la que desprecie más de corazón que a esos
estúpidos excéntricos, que no hacen más que hablar acerca del método sin
entenderlo; ateniéndose exclusivamente a la letra y violando su espíritu. Estos
individuos siempre están haciendo las cosas más insospechadas de lo que ellos
llaman la forma más ordenada. Ahora bien, en esto, en mi opinión, existe una
clara paradoja. El verdadero método se refiere exclusivamente a lo normal y lo
obvio, y no se puede aplicar a lo outré. ¿Qué idea concreta puede aplicarse a
expresiones tales como “un metódico Jack o’Dandy”, o “un Will o’the Wisp”?
Mis
ideas en torno a este asunto podrían no haber sido tan claras, de no haber sido
por un afortunado accidente, que tuve cuando era muy pequeño. Una bondadosa ama
irlandesa (a la que recordaré en mi testamento) me agarró por los talones un
día que estaba haciendo más ruido del necesario, y dándome dos o tres vueltas
por el aire, y diciendo pestes de mí, llamándome “mocoso chillón”, golpeó mi
cabeza contra el pie de la cama. Esto, como digo, decidió mi destino y mi gran
fortuna. Inmediatamente me salió un chichón en el sincipucio, que resultó ser
un órgano ordenador de los más bonitos que pueda uno ver en parte alguna. A
esto debo mi definitiva apetencia por el sistema y la regularidad que me han
hecho el distinguido hombre de negocios que soy.
Si
hay algo en el mundo que yo odie, ese algo son los genios. Los genios son todos
unos asnos declarados, cuanto más geniales, más asnos, y esta es una regla para
la que no existe ninguna excepción. Especialmente no se puede hacer de un genio
un hombre de negocios, al igual que no se puede sacar dinero de un Judío, ni
las mejores nueces moscadas, de los nudos de un pino.
Esas
criaturas siempre salen por la tangente, dedicándose a algún fantasioso
ejercicio de ridícula especulación, totalmente alejado de la “adecuación de las
cosas” y carente de todo lo que pueda ser considerado como nada en absoluto.
Por tanto, puede uno identificarse a estos individuos por la naturaleza del
trabajo al que se dedica. Si alguna vez ve usted a un hombre que se dedica al
comercio o a la manufactura, o al comercio de algodón y tabaco, o a cualquiera
otra de esas empresas excéntricas, o que se hace negociante de frutos secos, o
fabricante de jabón, o algo por el estilo, o que dice ser un abogado, o un
herrero, o un médico, cualquier cosa que se salga de lo corriente, puede usted
clasificarle inmediatamente como un genio, y, en consecuencia, de acuerdo con
la regla de tres, es un asno.
Yo,
en cambio, no soy bajo ningún aspecto un genio, sino simplemente un hombre de
negocios normal. Mi agenda y mis libros se lo demostrarán inmediatamente. Están
bien hechos, aunque esté mal que yo lo diga, y en mis hábitos de precisión y
puntualidad jamás he sido vencido por el reloj. Lo que es más, mis ocupaciones
siempre han sido organizadas para adecuarlas a los hábitos normales de mis
compañeros de raza. No es que me sienta en absoluto en deuda en este sentido
con mis padres, que eran extraordinariamente tontos, y que, sin duda alguna, me
hubieran convertido en un genio total si mi ángel de la guarda no hubiera
llegado a tiempo para rescatarme. En las biografías, la verdad es el todo, y en
las autobiografías, mucho más aún, y, no obstante, tengo poca esperanza de ser
creído al afirmar, no importa cuan seriamente, que mi padre me metió, cuando
tenía aproximadamente quince años de edad, en la contaduría de lo que él
llamaba “un respetable comerciante de ferretería y a comisión, que tenía un
magnífico negocio”. ¡Una magnífica basura! No obstante, como consecuencia de su
insensatez, a los dos o tres días me tuvieron que devolver a casa a reunirme
con los cabezas huecas de mi familia, aquejado de una gran fiebre, y con un
dolor extremadamente violento y peligroso en el sincipucio, alrededor de mi
órgano de orden. Mi caso era de gran gravedad, estuve al borde de la muerte
durante seis semanas, los médicos me desahuciaron y todas esas cosas. Pero,
aunque sufrí mucho, en general era que me sentía agradecido a mi suerte. Me
había salvado de ser un “respetable comerciante de ferretería y a comisión, que
tenía un magnífico negocio”, y me sentía agradecido a la protuberancia que
había sido la causa de mi salvación, así como también a aquella bondadosa
mujer, que había puesto a mi alcance la citada causa.
La
mayor parte de los muchachos se escapan de sus casas a los diez o doce años de
edad, pero yo esperé hasta tener dieciséis. No sé si me hubiera ido entonces de
no haber sido porque oí a mi madre hablar de lanzarme a vivir por mi cuenta con
el negocio de las legumbres, ¡De las legumbres! ¡Imagínense ustedes! A raíz de
eso decidí marcharme e intentar establecerme con algún trabajo decente, sin
tener que seguir bailando con arreglo a los caprichos de aquellos viejos
excéntricos, arriesgándome a que me convirtieran finalmente en un genio. En
esto tuve un éxito total al primer intento, y cuando tenía dieciocho años
cumplidos tenía ya un trabajo amplio y rentable en el sector de Anunciadores
ambulantes de Sastres.
Fui
capaz de cumplir con las duras labores de esta profesión tan sólo gracias a esa
rígida adherencia a un sistema qué era la principal peculiaridad de mi persona.
Mis actos se caracterizaban, al igual que mis cuentas, por su escrupuloso
método. En mi caso, era el método, y no el dinero el que hacía al hombre: al
menos,, aquella parte que no había sido confeccionada por el sastre al que yo
servía. Cada mañana, a las nueve, me presentaba ante aquel individuo para que
me suministrara las ropas del día. A las diez estaba ya en algún paseo de moda
o en algún otro lugar, dedicado al entretenimiento del público. La perfecta
regularidad con la que hacía girar mi hermosa persona, con el fin de poner a la
vista hasta el más mínimo detalle del traje que llevaba puesto, producía la
admiración de todas las personas iniciadas en aquel negocio. Nunca pasaba un
mediodía sin que yo hubiera conseguido un cliente para mis patronos, los
señores Cut y Comeagain. Digo esto con orgullo, pero con lágrimas en los ojos,
ya que aquella empresa resultó ser de una ingratitud que rayaba en la vileza.
La pequeña cuenta acerca de la que discutimos, y por la que finalmente nos
separamos, no puede ser considerada en ninguno de sus puntos como exagerada por
cualquier caballero que esté verdaderamente familiarizado con la naturaleza de
este negocio. No obstante, acerca de esto siento cierto orgullo y satisfacción
en permitir al lector que juzgue por sí mismo. Mi factura decía así:
“Señores
Cut y Comeagain, sastres,
A
Peter Proffit, anunciador ambulante.”
La
causa fundamental de la disputa producida por esta factura fue el muy moderado
precio de dos centavos por la pechera. Palabra de honor que éste no era un
precio exagerado por esa pechera. Era una de las más limpias y bonitas que
jamás he visto, y tengo buenas razones para pensar que fue la causante de la
venta de tres Petershams. El socio más antiguo de la firma, no obstante, quería
darme tan sólo un penique, y decidió demostrar cómo se pueden sacar cuatro
artículos tales del mismo tamaño de un pliego de papel ministro. Pero es
innecesario decir que para mí aquello era una cuestión de principios. Los
negocios son los negocios, y deben ser hechos a la manera de los negociantes.
No existía ningún sistema que hiciera posible el escatimarme a mí un penique —un
fraude flagrante de un cincuenta por ciento—. Absolutamente ningún método.
Abandoné inmediatamente mi trabajo al servicio de los señores Cut y Comeagain,
afincándome por mi cuenta en el sector de Lo Ofensivo para la Vista, una de las
ocupaciones más lucrativas, res—; potables e independientes de entre las
normales.
Mi
estricta integridad, mi economía y mis rigurosos hábitos de negociante entraron
de nuevo en juego. Me encontré a la cabeza de un comercio floreciente, y pronto
me convertí en un hombre distinguido en el terreno del “Cambio”. La verdad sea
dicha, jamás me metí en asuntos llamativos, me limité a la buena, vieja y
sobria rutina de la profesión, profesión en la que, sin duda, hubiera
permanecido de no haber sido por un pequeño accidente, que me ocurrió llevando
a cabo una de las operaciones normales en la dicha profesión. Siempre que a una
vieja momia, o a un heredero pródigo, o a una corporación en bancarrota, se les
mete en la cabeza construir un palacio, no hay nada en el mundo que pueda
disuadirles, y esto es un hecho conocido por todas las personas inteligentes.
Este hecho es en realidad la base del negocio de lo Ofensivo para la Vista. Por
lo tanto, en el momento en que un proyecto de construcción está razonablemente
en marcha, financiado por alguno de estos individuos, nosotros los comerciantes
nos hacemos con algún pequeño rinconcillo del solar elegido, o con algún punto
que esté Justo al lado o inmediatamente delante de éste. Una vez hecho esto,
esperamos hasta que el palacio está a medio construir, y entonces pagamos a
algún arquitecto de buen gusto para que nos construya una choza ornamental de
barro, justo al lado, o una pagoda estilo sureste, o estilo holandés, o una
cochiquera, o cualquier otro ingenioso juego de la imaginación, ya sea
Esquimal, Kickapoo u Hotentote. Por supuesto, no podemos permitirnos derribar
estas estructuras si no es por una prima superior al 500 por ciento del precio
del costo de nuestro solar y nuestros materiales. ¿No es así? Pregunto yo. Se
lo pregunto a todos los hombres de negocios. Sería irracional el suponer que
podemos. Y, a pesar de todo, hubo una descarada corporación que me pidió
precisamente eso, precisamente eso. Por supuesto que no respondí a su absurda
propuesta, pero me sentí en el deber de ir aquella noche y cubrir todo su
palacio de negro de humo. Por hacer esto, aquellos villanos insensatos me
metieron en la cárcel, y los caballeros del sector de lo Ofensivo para la Vista
se vieron obligados a darme de lado cuando salí libre.
El
negocio del Asalto con Agresión a que me vi obligado a recurrir para ganarme la
vida resultaba» en cierto modo, poco adecuado para mi delicada constitución,
pero me dediqué a él con gran entusiasmo, y encontré en él, como en otras
ocasiones, el premio a la metódica seriedad y a la precisión de mis hábitos,
que había sido fijada a golpes en mi cabeza por aquella deliciosa ama. Sería,
desde luego, el más vil de los humanos si no la recordara en mi testamento.
Observando, como ya he dicho, el más estricto de los sistemas en todos mis
asuntos, y llevando mis libros con gran precisión, fue como conseguí superar
muchas dificultades, estableciéndome por fin muy decentemente en mi profesión.
La verdad sea dicha, pocos individuos establecieron un negocio en cualquier
rama mejor montado que el mío. Transcribiré aquí una o dos páginas de mi
Agenda, y así me ahorraré la necesidad de la autoalabanza, que es una práctica
despreciable, a la cual no se rebajará ningún hombre de altas miras. Ahora
bien, la agenda es algo que no miente.
1 de
enero. Año Nuevo. Me encontré con Snap en la calle; estaba piripi. Memo; él me
servirá. Poco después me encontré a Gruff, más borracho que una cuba. Memo;
también me servirá. Metí la ficha de estos dos caballeros en mi archivo, y abrí
una cuenta corriente con cada uno de ellos.
2 de
enero. Vi a Snap en la Bolsa; fui hasta él y le pisé un pie. Me dio un puñetazo
y me derribó. ¡Espléndido! Volví a levantarme. Tuve alguna pequeña dificultad
con Bag, mi abogado. Quiero que pida por daños y perjuicios un millón, pero él
dice que por un incidente tan trivial no podemos pedir más de quinientos. Memo.
Tengo que prescindir de Bag, no tiene ningún sistema.
3 de
enero. Fui al teatro a buscar a Gruff. Le vi sentado en un palco lateral del
tercer piso, entre una dama gruesa y otra delgada. Estuve observando al grupo
con unos gemelos hasta que vi a la dama gruesa sonrojarse y susurrarle algo a
G. Fui entonces hasta su palco y puse mi nariz al alcance de su mano. No me
tiró de ella, no hubo nada que hacer. Me la limpié cuidadosamente y volví a
intentarlo; nada. Entonces me senté y le hice guiaos a la dama delgada, y
entonces tuve la gran satisfacción de sentir que él me levantaba por la piel
del pescuezo, arrojándome al patio de butacas. Cuello dislocado y la pierna
derecha magníficamente rota. Me fui a casa enormemente animado; bebí una
botella de champaña, apunté una petición de cinco mil contra aquel joven. Bag
dice que está bien.
15
de febrero. Llegamos a un compromiso en el caso del señor Snap. Cantidad
ingresada —50 centavos— por verse.
16
de febrero. Derrotado por el villano de Gruff, que me hizo un regalo de cinco
dólares. Costo del traje, cuatro dólares y 25 centavos. Ganancia neta —véanse
libros—, 75 centavos”.
Como
pueden ver, existe una clara ganancia en el transcurso de un breve período de
tiempo de nada menos que un dólar y 25 centavos, y esto tan sólo en los casos
de Snap y Gruff, y juro solemnemente al lector que estos extractos han sido
tomados al azar de mi agenda.
No
obstante, es un viejo proverbio, y perfectamente cierto, que el dinero no es
nada en comparación con la buena salud. Las exigencias de la profesión me
parecieron un tanto excesivas para mi delicado estado de salud, y una vez que
finalmente descubrí que estaba totalmente deformado por los golpes, hasta el
punto que no sabía muy bien qué hacer y que mis amigos eran incapaces de
reconocerme como Peter Proffit cuando me cruzaba con ellos por la calle, se me
ocurrió que lo mejor que podría hacer sería alterar la orientación de mis
actividades. En consecuencia, dediqué mi atención a las Salpicaduras de Lodo, y
estuve dedicado a ello durante algunos años.
Lo
peor de esta ocupación es que hay demasiada gente que se siente atraída por
ella, y en consecuencia, la competencia resulta excesiva. Todos aquellos
individuos ignorantes que descubren que carecen de cerebro como para hacer
carrera como hombre-anuncio, o como pisaverde de la rama de lo Ofensivo para la
Vista, o como un hombre de Asalto con Agresión, piensan, por supuesto, que su
futuro está en las Salpicaduras de Lodo. Pero jamás pudo haber una idea más
equivocada que la de pensar que no hace falta cerebro para dedicarse a salpicar
de lodo. Especialmente no hay en este negocio nada que hacer si se carece de
método. Por lo que a mí respecta, mi negocio era tan sólo al por menor, pero
mis antiguos hábitos sistemáticos me hicieron progresar viento en popa. En
primer lugar elegí mi cruce de calles con gran cuidado, y jamás utilicé un
cepillo en ninguna otra parte de la ciudad que no fuera aquélla. También puse
gran atención en tener un buen charco a mano, de tal forma que pudiera llegar a
él en cuestión de un momento. Debido a esto, llegué a ser conocido como una
persona de fiar; y esto, permítanme que se lo diga, es tener la mitad de la
batalla ganada en este oficio. Jamás nadie que me echara una moneda atravesó mi
cruce con una mancha en sus pantalones. Y ya que mis costumbres en este sentido
eran bien conocidas, jamás tuve que enfrentarme a ninguna imposición. Caso de
que esto hubiera ocurrido, me hubiera negado a tolerarlo. Jamás he intentado
imponerme a nadie, y en consecuencia, no tolero que nadie haga el indio
conmigo. Por supuesto, los fraudes de los bancos eran algo que yo no podía
evitar. Su suspensión me dejó en una situación prácticamente ruinosa. Estos, no
obstante, no son individuos, sino corporaciones, y como todo el mundo sabe, las
corporaciones no tienen ni cuerpo que patear ni alma que maldecir.
Estaba
yo ganando dinero con este negocio cuando en un mal momento me vi inducido a
fusionarme con los Viles Difamadores, una profesión en cierto modo análoga,
pero ni mucho menos igual de respetable. Mi puesto era sin duda excelente, ya
que estaba localizado en un lugar céntrico y tenía unos magníficos cepillos y
betún. Mi perrillo, además, estaba bastante gordo y puesto al día en todas las
técnicas del olisqueo. Llevaba en el oficio mucho tiempo, y me atrevería a
decir que lo comprendía. Nuestra rutina consistía en lo siguiente: Pompey, una
vez que se había rebozado bien en el barro, se sentaba a la puerta de la tienda
hasta que veía acercarse a un dandy de brillantes botas. Inmediatamente salía a
recibirle y se frotaba un par de veces contra sus Wellingtons. Inmediatamente,
el dandy se ponía a Jurar profusamente y a mirar a su alrededor en busca de un
limpiabotas. Y allí estaba yo, bien a la vista, con mi betún y mis cepillos. Al
cabo de un minuto de trabajo recibía mis seis peniques. Esto funcionó moderadamente
bien durante un cierto tiempo. De hecho, yo no era avaricioso, pero mi perro lo
era. Yo le daba un tercio de los beneficios, pero él decidió insistir en que
quería la mitad. Esto fui incapaz de tolerarlo, de modo que nos peleamos y nos
separamos.
Después
me dediqué algún tiempo a probar suerte con el Organillo, y puedo decir que se
me dio bastante bien. Es un oficio simple y directo, y no requiere ninguna
habilidad particular. Se puede conseguir un organillo a cambio de una simple
canción, y para ponerlo al día no hay más que abrir la maquinaria y darle dos o
tres golpes secos con un martillo. Esto produce una mejora en el aparato, de
cara al negocio, como no se pueden ustedes imaginar. Una vez hecho esto, no hay
más que pasear con el organillo al hombro hasta ver madera fina en la calle y
un llamador envuelto en ante. Entonces uno se detiene y se pone a dar vueltas a
la manivela, procurando dar la impresión de que está uno dispuesto a seguir
haciéndolo hasta el día del juicio. Al cabo de un rato se abre una ventana
desde donde arrojan seis peniques junto con la solicitud “cállese y siga su
camino”, etc., etc. Yo soy consciente de que algunos organilleros se han
permitido el lujo de “seguir su camino” a cambio de esta suma, pero por lo que
a mí respecta, yo consideraba que la inversión inicial de capital necesaria
había sido excesiva como para permitirme el “seguir mi camino” por menos de un
chelín.
Con
esta ocupación gané bastante, pero por algún motivo no me sentía del todo
satisfecho, así que finalmente la abandoné. La verdad es que trabajaba con la
desventaja de carecer de un mono, y además las calles americanas están tan
embarradas y la muchedumbre democrática es muy molesta y está repleta de niños
traviesos.
Estuve
entonces sin trabajo durante algunos meses, pero finalmente conseguí, gracias
al gran interés que puse en ello, procurarme un puesto en el negocio del Correo
Fingido. El trabajo aquí es sencillo y no del todo improductivo. Por ejemplo:
muy de madrugada yo tema que hacer mi paquete de falsas cartas. En el interior
de cada una de éstas tema que garrapatear unas cuantas líneas acerca de
cualquier tema que me pareciera lo suficientemente misterioso, y firmar todas
estas epístolas como Tom Dobson, o Bobby Tompkins, o algo por el estilo. Una
vez dobladas y cerradas todas, y selladas con un falso matasellos de Nueva
Orleáns, Bengala, Botany Bay o cualquier otro lugar muy alejado, recorría mí
ruta diaria como si tuviera mucha prisa. Siempre me presentaba en las casas
grandes para entregar las cartas y solicitar el pago del sello. Nadie duda en
pagar por una carta, especialmente por una doble; la gente es muy tonta y no me
costaba nada doblar la esquina antes de que tuvieran tiempo de abrir las
epístolas. Lo peor de esta profesión era que tenía que andar tanto y tan
deprisa, y que tenía que variar mi ruta tan frecuentemente. Además, tenía
escrúpulos de conciencia. No puedo aguantar el ver abusar de individuos
inocentes, y el entusiasmo con el que toda la ciudad se dedicó a maldecir a Tom
Dobson y a Bobby Tompkins era realmente alga horrible de oír. Me lavé las manos
de aquel asunto con gran repugnancia.
Mi
octava y última especulación ha sido en el terreno de la Cría de Gatos. He
encontrado este negocio extraordinariamente agradable y lucrativo, y
prácticamente carente de problemas. Como todo el mundo sabe, el país está
infectado de gatos; tanto es así, que recientemente se presentó ante el
legislativo, en su última y memorable sesión, una petición para que el problema
se resolviera, repleta de numerosas y respetables firmas. La asamblea en
aquellos tiempos estaba desusadamente bien informada, y habiendo aceptado otros
muchos sabios y sanos proyectos, coronó su actuación con el Acta de los Gatos.
En su forma original, esta ley ofrecía una prima por la presentación de
“cabezas” de gato (cuatro peniques la pieza), pero el Senado consiguió enmendar
la cláusula principal sustituyendo la palabra “cabezas” por “colas”. Esta
enmienda era tan evidentemente adecuada que la totalidad de la Cámara la aceptó
me, con.
En
cuanto el gobernador hubo firmado la ley, invertí la totalidad de mi dinero en
la compra de Gatos y Gatas. Al principio sólo podía permitirme el alimentarles
con ratones (que resultan baratos), pero aun así cumplieron con la Ordenanza
Bíblica a un ritmo tan maravilloso que finalmente consideré que la mejor línea
de actuación sería la de la generosidad, de modo que regalé sus paladares con
ostras y tortuga. Sus colas, según el precio establecido, me producen ahora
unos buenos ingresos, ya que he descubierto un método por medio del cual,
gracias al aceite de Macassar, puedo conseguir tres cosechas al año. También me
encanta observar que los animales se acostumbran rápidamente a la cosa y acaban
prefiriendo el tener el tal apéndice cortado que no tenerlo. Me considero, por
lo tanto, realizado y estoy intentando conseguir una residencia en el Hudson.
EL
HOMBRE CONSUMIDO
Pleurez,
pleurez, mes yeux, et fondez vous en eau! La moitié de ma vie a mis 1’autre au
tombeau.
Corneille
No
consigo acordarme en este momento dónde o cuándo conocí por primera vez a aquel
individuo de tan buen aspecto, el Brevet Brigadier-General John A. B. C. Smith.
De hecho, alguien me presentó a este caballero, de eso estoy seguro, en alguna
reunión pública, sin duda alguna. Por algo de gran importancia, qué duda cabe,
en algún lugar u otro, estoy convencido, cuyo nombre inexplicablemente he
olvidado. La verdad es que aquella presentación vino acompañada, por mi parte,
de una ansiedad que evitó que consiguiera retener una impresión definida acerca
del tiempo o del lugar. Constitucionalmente soy una persona nerviosa; esto es,
en mi caso, un problema de familia y no lo puedo evitar. Cualquier cosa con
aspecto misterioso, la aparición de algo que no sea capaz de comprender a la
perfección, me ponen al instante en un estado de lamentable agitación.
Había
algo, como aquel que dice, notable —sí, notable, aunque éste es un término
excesivamente poco enfático para expresar lo que quiero decir— acerca del
personaje en cuestión. Mediría tal vez unos seis pies de altura, y su presencia
tenía un singular aire de autoridad. Toda su persona emanaba un air distingué
que revelaba su alto grado de educación y hacía pensar que procedía de una alta
cuna. En tomo a este tema —el aspecto personal de Smith— siento una especie de
melancólica satisfacción en ser minucioso. Su pelo hubiera sido digno de
Brutus; nada podría haber tenido mayor riqueza en su caída o poseer un mayor
brillo. Era de un color negro oscuro; que era también el color, o dicho con
mayor propiedad, la ausencia de color de sus inimaginables bigotes. Como
ustedes percibirán, soy incapaz de hablar de estos últimos sin que se trasluzca
mí entusiasmo; no creo que sea exagerado decir que era el más magnífico par de
bigotes que había bajo el sol. En todas las circunstancias rodeaban y en
ocasiones sombreaban parcialmente una boca sin parangón. En ella se alojaban
los dientes más absolutamente regulares y más resplandecientemente blancos que
se puedan concebir. Entre ellos, siempre en la ocasión propicia, surgía una voz
de una claridad, riqueza y fuerza arrolladoras. En lo que a los ojos se
refiere, también mi conocido estaba preeminentemente bien dotado. Cualquiera de
aquellos dos ojos valía un par de los normales. Eran de un color castaño
profundo y extraordinariamente grandes y lustrosos, y se podía percibir en
ellos, de cuando en cuando, esa dosis justa de oblicuidad que da contenido a
una expresión.
El
busto del general era incuestionablemente el más magnífico busto que jamás haya
yo visto. Y aunque en ello me fuera la vida, jamás hubiera podido encontrar un
fallo en sus egregias proporciones. Esta rara peculiaridad hacía destacar muy
ventajosamente un par de hombros que hubiera hecho enrojecer, consciente de su
inferioridad, a la marmórea faz de un Apolo. Yo soy un apasionado de los
hombros hermosos, y puedo decir que jamás había visto unos tan perfectos
anteriormente. Los brazos estaban también admirablemente modelados. No eran
menos soberbias las extremidades inferiores. De hecho eran, sin duda, el non
plus ultra de las piernas.
Todos
los conocedores de la materia se veían obligados a admitir que aquellas piernas
eran unas buenas piernas. No había demasiada carne ni, por el contrario,
demasiada poca, ni rudeza ni fragilidad. Sería incapaz de imaginarme una curva
más exquisita que la de aquel os femoris, y tenía justo esa prominencia en la
parte trasera de la fíbula, que es la confirmación de una pantorrilla
adecuadamente proporcionada. Tan sólo desearía, que mi joven e ingenioso amigo,
Chipon-chipino, el escultor, hubiera tenido ocasión de haber visto tan sólo las
piernas del Brevet Brigadier-General John A. B. C. Smith.
Pero
a pesar de que los hombres con un aspecto tan absolutamente magnífico no son
tan abundantes como las pasas o las zarzamoras, aún era yo incapaz de creer que
aquel algo notable a que he hecho alusión hace un momento, que ese extraño de
je ne sais quos que emanaba de mi nuevo amigo, se centrara totalmente, ni
siquiera absolutamente, en la suprema excelencia de sus dones físicos. Tal vez
podría atribuírsele a su actitud, aunque una vez más me atrevo a afirmarlo
categóricamente. Había una precisión, por no decir una rigidez, en sus
movimientos, un grado de precisión mesurada y, si se me permite expresarlo así,
rectangular en todos sus gestos, que, observados en una figura de menor tamaño,
hubiera sido atribuido a la afectación, pomposidad o rigidez, pero que,
observados en un caballero de sus indiscutibles dimensiones, era atribuida
inmediatamente a una actitud reservada, hauteur... en pocas palabras y en
sentido laudatorio a aquello que emana de la dignidad de unas proporciones
colosales.
El
amable amigo que me presentó al General Smith me susurró al oído unas cuantas
palabras acerca de aquel hombre. Era un hombre notable —un hombre muy notable—;
de hecho, uno de los hombres más notables de aquellos tiempos. Era también el
favorito de las damas, fundamentalmente debido a la gran reputación que tenía
de hombre valeroso.
—En
ese aspecto no tiene parangón; es, de hecho, un perfecto desesperado, un
verdadero comefuego, y que nadie lo dude —dijo mi amigo, bajando la voz
muchísimo y excitándome con su tono misterioso.
—Un
verdadero comefuegos, y que nadie lo dude. Eso lo demostró de sobra en la
última y tremenda lucha en los pantanos de abajo, en el sur, con los indios
Bogaboo y Kickapoo —aquí mi amigo abrió parcialmente los ojos—. ¡Que Dios me
ampare! ¡Sangre y truenos y todo eso! ¡Prodigios de valor! ¿Habrá usted oído
hablar de él, supongo? Él es el hombre...
—¡Mira
quién está aquí! ¿Cómo está usted? ¡Válgame! ¿Cómo está? ¡Me alegro mucho de
verle, ya lo creo que sí! —nos interrumpió el General en persona, agarrando de
la mano a mi compañero mientras se acercaba e inclinándose rígida pero
profundamente al serle yo presentado.
Pensé
entonces (y lo pienso aún) que jamás había oído una voz más clara ni más
poderosa, ni tampoco había visto una dentadura más perfecta; pero tengo que
admitir que lamenté que nos interrumpiera en aquel preciso instante, ya que, a
causa de los susurros y las insinuaciones anteriormente expuestas, mi interés
hacia el héroe de la campaña de los Bogaboo y los Kickapoo se había visto
tremendamente excitado.
No
obstante, la deliciosamente brillante conversación del Brevet Brigadier-General
John A. B. C. Smith disipó rápidamente aquella mi pequeña frustración. Dado que
mi amigo nos abandonó inmediatamente, tuvimos un tête-a-tête bastante largo, y
no solamente disfruté mucho, sino que realmente aprendí cosas. Jamás había
visto a un conversador más fluido, a un hombre mejor informado en general. Con
entrañable modestia evitó, no obstante, tocar el tema que en aquel momento más
me interesaba, quiero decir, las misteriosas circunstancias que rodeaban a la
guerra con los Bogaboo, y con lo que yo por mi parte considero un adecuado
sentido de la delicadeza, evité también abordar el tema; aunque, en honor a la
verdad, estuve muy tentado de hacerlo. Percibí también que aquel apuesto
soldado prefería hablar de temas de interés filosófico, y que le encantaba en
particular charlar acerca del rápido desarrollo de los inventos mecánicos. De
hecho, donde quiera que orientara yo la conversación, éste era un punto al que
él volvía invariablemente.
—No
hay nada semejante —diría él—; somos un pueblo maravilloso y vivimos en una era
maravillosa. ¡Paracaídas y trenes, trampas para hombres y fusiles de resorte!
Nuestros barcos de vapor recorren los siete mares, y el paquebote aéreo de
Nassau está a punto de empezar un servicio regular de transporte (el precio del
billete en cualquiera de las dos direcciones es de sólo veinte libras
esterlinas) entre Londres y Timbuctu. ¿Y quién podría imaginar la inmensa
influencia sobre la vida social, las artes, el comercio, la literatura, que
ejercerán de inmediato los grandes principios del electromagnetismo? ¡Y eso no
es todo, se lo puedo asegurar! Realmente no existe límite en el camino de los
inventos. Día tras día surgen como hongos los más maravillosos, los más ingeniosos
y, permítame añadir, señor... señor Thompson, creo que se llama usted...,
permítame añadir, como decía, los más útiles, los más verdaderamente útiles
inventos mecánicos, si me permite decirlo así, o de un modo más figurativo,
como... ¡ah!..., saltamontes, como saltamontes, señor Thompson, a nuestro
alrededor, y ¡ah!... ¡ah!... ¡ah!..., a nuestro alrededor.
Thompson,
por supuesto, no es mi nombre; pero supongo que será innecesario decir que me
separé del General Smith más interesado que nunca en su persona, con una
exaltada opinión acerca de sus habilidades conversacionales y un profundo
sentido de los valiosos privilegios de que disfrutamos al vivir en esta era de
los inventos mecánicos. No obstante, mi curiosidad no había quedado totalmente
satisfecha y decidí preguntar inmediatamente entre mis conocidos acerca del
propio Brevet Brigadier-General, y en partitular acerca de los tremendos
acontecimientos quorum pars magna fuit ocurridos durante la campaña de los
Bogaboo y los Kickapoo.
La
primera oportunidad que surgió y que yo (horresco referens) aproveché sin el
más mínimo escrúpulo, sucedió en la Iglesia del Reverendo Doctor Drummummupp,
donde me encontré un domingo a la hora del sermón no ya sólo en el banquillo,
sino sentado al lado de esa valiosa y comunicativa amiga mía, la señorita
Tabitha T. Así colocado, me felicité a mí mismo y con muy buenas razones por el
muy adulador estado de las cosas. Si había alguna persona que pudiera saber
algo acerca del Brevet Brigadier-General John A. B. C. Smith, esa persona, me
parecía evidente, era la señorita Tabitha T. Nos hicimos unas cuantas señas y
después empezamos sotto voce un animado tête-a-tête.
—¡Smith!
—dijo ella en respuesta a mi ardorosa pregunta—. ¡Smith! ¿No se referirá usted
al General A. B. C.? ¡Que Dios me bendiga; creía que ya lo sabía usted todo
acerca de él! ¡Esta es una era maravillosa y llena de inventos! ¡Qué horrible
asunto aquél! ¡Maldito montón de desgraciados, eso es lo que son esos
Kickapoos!... Luchó como un héroe... prodigioso valor... prestigio inmortal.
¡Smith!... ¡Brevet Brigadier-General John A. B. C.! ¡Válgame! Como usted sabe,
ése es el hombre...
—El
hombre —nos interrumpió el Doctor Drummummupp a voz en grito, y dando un golpe
que estuvo a punto de hacer caer el pulpito sobre nuestras cabezas—. ¡El hombre
nacido de una mujer tiene poco tiempo de vida por delante; surge y ve su vida
segada como la de una flor!
Di
un respingo al extremo de mi banco y percibí, por el aspecto excitado del
ministro, que la ira que había casi resultado fatal para la integridad del
pulpito había sido provocada por los susurros de la dama y míos. Aquello ya no
tenía arreglo, de modo que me sometí elegantemente y escuché, un verdadero
mártir del silencio digno, el resto de aquel magnífico discurso.
La
tarde siguiente estaba yo visitando, un tanto tarde, el Rantipole Theatre,
donde tenía la seguridad de poder satisfacer mi curiosidad inmediatamente por
el simple expediente de entrar al palco de esas dos exquisitas pruebas de
afabilidad y omnisciencia que son las señoritas Arabella y Miranda Cognoscenti.
Aquel espléndido trágico, Climax, interpretaba Iago ante un público muy
nutrido, y experimenté algunas ligeras dificultades para hacer comprender lo
que deseaba; especialmente así, considerando que nuestro palco estaba junto a
las bambalinas y dominaba por completo el escenario.
—¡Smith!
—dijo la señorita Arabella cuando finalmente comprendió lo que yo le
preguntaba—. ¡Smith!... ¿no se referirá usted al General John A. B. C.?
—¿Smith?
—dijo Miranda meditativamente—. Dios me ampare, ¿han visto alguna vez una
figura más espléndida?
—Jamás,
Madame; pero dígame...
—¿O
de una gracia inimitable?
—¡Jamás,
se lo juro! Pero, por favor, dígame...
—¿O
con tal apreciación de los efectos teatrales?
—¡Madame!
—¿O
con un sentido más delicado de las verdaderas bellezas de Shakespeare? ¡Tenga
usted la bondad de mirar esa pierna!
—¡Demonio!
—y me volví de nuevo hacia su hermana.
—¡Smith!
—dijo ella—, ¿no se referirá usted al General A. B. C.? Horrible asunto aquél,
¿no le parece? Unos desgraciados, eso es lo que son esos Bogaboos... unos
salvajes y todo eso... ¡Pero vivimos en una maravillosa época de inventos!...
¡Smith!... ¡Oh, sí! Un gran hombre... ¡El perfecto desesperado!... ¡Prestigio
inmortal!... ¡Prodigioso valor! ¡Lo nunca visto! —esto último lo dijo
gritando—. ¡Que Dios me bendiga!... ¡Válgame, él es el hombre!...
“...
Mandragora
ni
tampoco todos los ensoñadores jarabes del mundo podrán jamás devolverle ese
dulce sueño que tuvo usted ayer!”
aulló
en ese momento Climax, justo junto a mi oído, y agitando al mismo tiempo su
puño ante mi cara, de una forma que yo no podía y no pensaba tolerar. Abandoné
inmediatamente a las señoritas Cognoscenti, pasé inmediatamente entre
bastidores y pegué a aquel miserable desgraciado tal paliza que no dudo que la
recordará hasta el día de su muerte.
Tenía
la seguridad de que en la soirée de la deliciosa viuda señora Kathleen O’Trump
no sufriría una desilusión semejante. En consecuencia, tan pronto como me senté
a la mesa de juego, al lado de mí hermosa anfitriona para hacer un vis-à-vis,
planteé aquellas cuestiones cuya solución había llegado a ser esencial para mi
tranquilidad.
—¡Smith!
—dijo mi compañera—. ¡Válgame! ¿No se referirá usted al General John A. B. C.?
Un horrible asunto aquél, ¿no le parece? ¿Diamantes, ha dicho usted?... ¡Unos
desgraciados, eso es lo que son los Kickapoos!... Estamos jugando al whist, si
no le importa, señor Tattle... No obstante, ésta es la era de los inventos, sin
duda alguna la era, podríamos decir, la era par excellence... ¿Habla usted
francés?... ¡Oh, sí, un verdadero héroe!... ¡El perfecto desesperado!... ¿No
tiene corazones, señor Tattle? No puedo creerlo... ¡prestigio inmortal y todo
eso!... ¡Prodigioso valor! ¡Lo nunca visto!... Válgame, él es el hombre...
—¡Mann!
¡El capitán Mann! —gritó en ese momento alguna pequeña intrusa desde el otro
extremo de la habitación—. ¿Están ustedes hablando (acerca del capitán Mann y
su duelo?... ¡Oh!, tengo que oírlo... cuéntenmelo... ¡Prosiga, señora
O’Trump!... ¡Siga, por favor!
Y
así lo hizo la señora O’Trump, contándolo todo acerca de un tal capitán Mann,
que había sido muerto de un tiro o ahorcado o, en cualquier caso, debería haber
sido muerto de un tiro o ahorcado. ¡Sí! La señora O’Trump siguió pablando y
yo... yo me fui. Ya no me quedaba ni la más mínima oportunidad de enterarme de
nada más acerca del Brevet Brigadier-General John A. B. C. Smith.
No
obstante, me consolé con la reflexión de que aquella racha de mala suerte no
podría durar siempre, y decidí, en consecuencia, lanzarme audazmente a
conseguir la información de aquel ángel encantador que era la graciosa señora
Pirouette.
—¡Smith!
—dijo la señora P. mientras dábamos vueltas enlazados en un pas de zaphyr—.
¡Smith! ¡Válgame! ¿No se referirá usted al General John A. B. C.? Terrible
asunto el de los Bugaboos, ¿no le parece? ¡Unas criaturas horribles, eso es lo
que son esos indios!... ¡Haga el favor de sacar las puntas de los pies hacia
afuera! De verdad que me avergüenzo de usted... ¡Un hombre de gran valor, pobre
individuo!... Pero ésta es una maravillosa era de inventos... ¡Oh, pobre de mí,
estoy agotada!... Es prácticamente un desesperado... Prodigioso valor... ¡Lo
nunca visto!... No puedo creerlo... Tendremos que sentamos para que pueda
informarle... ¡Smith! Válgame, él es el hombre...
—¡Man-Fred,
se lo digo yo! —aulló en ese momento la señorita Bas-Bleu, mientras yo
acompañaba a la señora Pirouette a tomar asiento.
—¿Han
oído alguna vez en su vida algo parecido? Es Man-Fred, insisto, y no en
absoluto Man-Friday.
En
este punto la señorita Bas-Bleu me indicó perentoriamente que me acercara, y me
vi obligado, muy a mi pesar, a abandonar a la señora P. con el fin de resolver
una disputa acerca del título de una cierta obra poética de teatro de Lord
Byron. Aunque me pronuncié con gran diligencia a favor de que el título era
Man-Friday, y en absoluto Man-Fred, cuando volví a buscar a la señora Pirouette
no pude encontrarla, y me retiré de aquella casa con una gran amargura en el
espíritu y una gran animosidad contra la totalidad de la raza de los Bas-Bleus.
El
asunto había adquirido ya caracteres alarmantes, y decidí visitar
inmediatamente a mi amigo personal, el señor Theodore Sinivate, ya que sabía
que por lo menos de él podría obtener algo que se pareciera a una información
concreta.
—¡Smith!
—dijo él con su tan conocida costumbre de arrastrar las sílabas—. ¡Smith!...
¡Válgame! ¿No se referirá al General John A. B. C.? Un asunto salvaje, ése de
los Kickapo-o-o-os, ¿no le parece?... Un perfecto desespera-a-ado... ¡Una
verdadera lástima, palabra de honor!... ¡Una maravillosa era de inventos!...
¡Pro-o-odigioso valor! Por cierto, ¿ha oído hablar alguna vez acerca del
Capitán Ma-a-a-nn?
—¡Al
D... o con el Capitán Mann! —dijo yo—. Haga el favor de seguir con su historia.
—¡Ejem!...
¡Está bien!... En cierto modo es la même cho-o-ose, como decimos en Francia.
Smith, ¿eh? ¿Brigadier-General John A. B. C.? Vaya —en ese momento al señor S.
le pareció apropiado apoyar el índice sobre el costado de su nariz—. Vaya, ¿no
querrá insinuar con toda seriedad y consciencia que no sabe tanto acerca de ese
asunto de Smith como pueda saber yo, verdad? ¿Smith? ¿John A. B. C.? ¡Válgame
Dios! Él es el ho-o-ombre...
—Señor
Sinivate —dijo yo, implorante—, ¿acaso es el hombre de la máscara?
—¡No-o-o!
—dijo él, poniendo cara de sabiduría—. Ni tampoco el hombre de la lu-u-una.
Aquella
respuesta me pareció un claro insulto, y así se lo dije, abandonando
inmediatamente la casa, preso de una gran indignación, y con la firme
resolución de exigir cuentas a mi amigo el señor Sinivate por su poco
caballerosa conducta y su mala educación.
A
todo esto, no obstante, ni me había pasado por la imaginación que se estuviera
intentando impedir mi acceso a la información que deseaba. Aún me quedaba una
posibilidad. Iría a las fuentes. Visitaría inmediatamente al propio General y
le exigiría, en términos explícitos, una explicación de todo aquel abominable
misterio. Así por lo menos no habría lugar a equívocos. Me dirigiría a él de
forma concisa, positiva y perentoria, seca como la corteza de un pastel y
concisa como Tácito o Montesquieu.
Era
aún temprano cuando me presenté, y el General estaba vistiéndose, pero dije que
era un asunto urgente, e inmediatamente fui introducido a su habitación por un
viejo valet negro, que se quedó a la espera a todo lo largo de mi visita. Al
entrar en la cámara miré a mi alrededor, por supuesto, en busca de su ocupante,
pero en aquel momento fui incapaz de localizarle. Había un gran montón de algo
con un aspecto extraordinariamente extraño que yacía a mis píes sobre el suelo,
y ya que no estaba precisamente del mejor humor del mundo, le di una patada
para apartarlo de mi camino.
—¡Ejem!
¡Ejem! ¡Muy educado, diría yo! —dijo el montón, con una de las vocecillas más
diminutas y en términos generales de las más divertidas, entre un chirrido y un
silbido, que había yo oído en los días de mi vida.
—¡Ejem!
Muy educado, me atrevería a observar.
Estuve
a punto de gritar de terror, y me dirigí tangencialmente a la más alejada
esquina de la habitación.
—¡Que
Dios me bendiga, mí querido amigo! —silbó de nuevo el montón—. Qué... qué...
qué... ¡Válgame! ¿Qué es lo que pasa? Estoy por creer que no me conoce usted de
nada.
¿Qué
podía yo decir a eso?... ¿Qué podía? Me dejé caer anonadado en un sillón, y con
los ojos muy abiertos y la mandíbula colgante esperé la solución de todo aquel
misterio.
—No
obstante, no deja de ser extraño que usted no me conozca, ¿no le parece?
—volvió a chirriar al cabo de un rato aquella cosa indescriptible, y percibí
que en aquel momento estaba realizando sobre el suelo no sé qué inexplicables
movimientos muy análogos a los de ponerse un calcetín. No obstante, a la vista
no había más que una pierna.
—No
obstante, no deja de ser extraño que usted no me conozca, ¿no le parece?
¡Pompey, tráeme esa pierna! —Pompey le alcanzó entonces al montón una magnífica
pierna de corcho, ya vestida, que se enroscó en un abrir y cerrar de ojos, e
inmediatamente se puso en pie ante mí.
—Y
una sangrienta pelea fue —continuó diciendo la cosa, como en un soliloquio—,
pero al fin y al cabo uno no puede esperar luchar contra los Bogaboos y los
Kickapoos y salir con un simple arañazo. Pompey, te agradecería que me
alcanzaras ahora ese brazo. Thomas —dijo, volviéndose hacia mí— es sin duda el
mejor fabricante de piernas de corcho, pero si algún día tuviera usted
necesidad de un brazo, mi querido amigo, permítame que le recomiende a Bishop.
En
ese momento, Pompey le enroscó el brazo.
—Fue
un trabajo bastante duro, eso se lo puedo asegurar. Ahora, tú, perro, ponme los
hombros y el torso. Pettit fabrica los mejores hombros, pero si lo que usted
quiere es un torso, lo mejor que puede hacer es ir a Ducrow.
—¡Torso!
—dije yo.
—Pompey,
¿es que no vas a acabar nunca con esa peluca? Después de todo, que le quiten a
uno la cabellera es un proceso bastante violento, pero, por otra parte se
pueden conseguir magníficos bisoñés en De L’Orme’s.
—¡Bisoñé!
—¡Ahora,
tú, negro, tráeme mis dientes! Para conseguir un buen juego de estos, el mejor
sitio es Parmly; los precios son altos, pero la mano de obra es excelente. No
obstante, me tragué unas cuantas piezas excelentes cuando aquel gran Bogaboo me
sacudió con la culata de su rifle.
—¡Culata!
¡Sacudió! ¡Por mis ojos!
—Oh,
sí, por cierto, mi ojo... aquí está. ¡Pompey, bribón, enróscamelo! Esos
Kikcapoos no tienen recato en sacártelos, pero, después de todo, el tal doctor
Williams es un hombre muy calumniado; no se puede usted imaginar lo bien que
veo con los ojos que me ha hecho.
Empecé
entonces a percibir con gran claridad que el objeto que estaba ante mí no era
nada más ni nada menos que mi nuevo conocido, el Brevet-Brigadier General John
A. B. C. Smith. Las manipulaciones de Pompey habían supuesto, justo es
admitirlo, una gran diferencia en la apariencia personal de aquel hombre. No
obstante, la voz me seguía desconcertando, pero incluso aquel misterio aparente
fue inmediatamente desvelado.
—Pompey,
negro sinvergüenza —chirrió el General—, realmente me da la impresión de que
serías capaz de dejarme salir sin mi paladar.
Al
oír esto, el negro, murmurando una excusa, se acercó a su dueño y le abrió la
boca con el gesto experto de un jockey, ajustando con gran destreza en su
interior una máquina de aspecto un tanto singular, cuya función yo no alcanzaba
a comprender. No obstante, la alteración que produjo en la expresión de las
facciones del General fue instantánea y sorprendente. Cuando volvió a hablar,
su voz había recuperado toda aquella riqueza melódica y aquel poder que yo
había relatado durante nuestro primer encuentro.
—¡El
D... o se lleve a esos vagabundos! —dijo él, con un tono tan claro, que di un
respingo de sorpresa—. ¡El D... o se lleve a esos vagabundos! No sólo no se
conformaron con hundirme el cielo de la boca, sino que también se tomaron la
molestia de cortarme por lo menos siete octavas partes de la lengua. No
obstante, en toda América, no hay quien pueda igualar a Bonfanti en la
fabricación de artículos de verdadera calidad de este género. Se lo puedo
recomendar con toda confianza —aquí, el General hizo una reverencia—. Y
asegurarle que lo hago con gran placer.
Agradecí
su gentileza lo mejor que pude, y le abandoné inmediatamente, comprendiendo
perfectamente la verdadera situación, comprendiendo por completo el misterio
que durante tanto tiempo me había tenido preocupado. Era evidente. Era un caso
claro. El Brevet Brigadier General era un hombre... era el hombre consumido.
FIN

