Libro N°. 3139. Reino De Las Sombras. Howard, Robert E.
© Libro N°. 3139. Reino De Las Sombras. Howard, Robert E. Colección
E.O. Septiembre 24 de 2016.
Título original: © Reino De Las Sombras. Robert E. Howard
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
REINO DE LAS SOMBRAS
Robert E. Howard
PROLOGO
Los
pequeños poetas cantan de cosas pequeñas, De esperanzas, alegrías y fe; de
pequeñas reinas y reyes de juguete;
De
amantes que se besan y se unen, Y de modestas flores que se cimbrean al sol.
Los
grandes poetas escriben con sangre y lágrimas Y agonía que, como las llamas,
devoran y arrasan. Alcanzan la ciega locura con sus manos, en la noche, Sondean
los abismos que representan la muerte' Se arrastran por golfos donde serpentea
la locura Y locas y monstruosas formas de pesadilla que quieren destruir el
mundo.
Robert
E. Howard.
¿Quién
era Robert Ervin Howard?
Contestar
a esa pregunta con los datos prestados por los cincuenta años transcurridos
desde su muerte podría, en un primer intento, resultar fácil. Mas no es así. La
figura de Howard ―en boca de F. Truchaud es el maestro de la literatura
fantástica y la fantasía heroica de este siglo― es enigmática, y sigue siéndolo
a pesar del tiempo perdido y a pesar de todo lo que se ha escrito sobre él.
Ciertas circunstancias de su muerte no parecen claras y Howard, como escritor
de literatura fantástica y de terror, está más cerca de hombres como Lovecraft
(depresivo, neurótico, quizá esquizofrénico) y London (al igual que él se
suicidó, al igual que él escribía historias donde la fuerza es el bastión donde
refugiarse cuando falla la razón) que de otros más interesados en su carrera de
escritor profesional. A Howard le gustaba escribir, y le gustaba escribir de
muchas cosas: desde narraciones de terror a relatos históricos, de aventuras de
vaqueros a fantasía heroica, de cuentos deportivos a poesía. Escribió de todo.
Y, gracias a ello, aquel hombre nacido en Peaster, Texas, en 1906, murió, de un
tiro en la cabeza treinta años más tarde, como el habitante más adinerado
(incluido el banquero, como dice nuestro buen amigo Javier Martín Lalanda) de
su pueblo, Cross Plains, también Texas. No deja de haber ―insisto― analogías
patentes, tanto en la vida como en la obra, entre Jack London y Robert Ervin
Howard, maestros del naturalismo.
En
sus once años de escritor profesional (su primer relato editado fue Spear and
Fang, en Weird Tales, 1925) publicó numerosas historias en múltiples
publicaciones. Y dejó muchas más entre sus papeles; historias que han ido
editándose poco a poco a partir de que Glenn Lord, su albacea testamentario, se
ocupara de ellas. Muchos de sus argumentos estaban apenas esbozados y fue
necesaria la mano de otros escritores (Lyon Sprague de Camp y Lin Cárter,
principalmente) para completarlos, siempre con menos fortuna que el propio
Howard. De ese modo, los diecisiete relatos que publicara en vida de su
principal ―o más conocido― personaje, Conan de Cimeria, se han convertido casi
en una treintena de libros, tres colecciones de tebeos, una serie de tiras para
los periódicos norteamericanos, tres películas y una corriente sin fin de
seguidores ciegos, apasionados y enfermizos que encuentran, tras el nombre de
Conan, todo un mundo para desarrollar sus más desaforadas fantasías.
La
obra de Howard se ha analizado en profundidad ―especialmente la relacionada con
Conan― tanto por Howard mismo (en una serie de artículos denominados
genéricamente La Edad Hyboria, que sirven de base para sus escenarios en ese
mundo) como por sus seguidores y continuadores. Hay cientos de artículos,
varios libros, fanzines, etc., dedicados al personaje. Todo ello ha ido en
detrimento de un análisis más complejo y detallado, también más esclarecedor,
del resto de su obra.
Los
cuentos de Howard ―y las pocas novelas que concluyó― mantienen una estructura
similar, tanto en la forma como en el fondo. Howard era un gran creador de
personajes, o quizá creador un único personaje, y un gran narrador naturalista
a pesar de que se moviera preferentemente en ambientes fantásticos o
fantaseados. Sus mundos, fruto de la ficción, se hallan siempre en continua
lucha con sus héroes. No son mundos cómodos, siempre hay algo que acecha más
allá de los límites de la comprensión y el alcance humanos. Y con esos límites
es con lo que choca el héroe. Conan, por citar un ejemplo al que casi todos
podemos acceder, se encuentra en permanente conflicto con las fuerzas
maléficas, fuerzas que no están encarnadas por algo equidistante de él mismo,
sino lejanas en el tiempo y en el espacio: supervivientes de razas
desaparecidas, monstruos resultantes de la magia y la hechicería ―considerando
ambas cosas como ciencias del ayer―, magos poderosos ―que se limitan, ya decía
yo, a aplicar los conocimientos que poseían desde hacía eones―, y así
sucesivamente. Analizados, con frialdad, todos sus cuentos son el mismo.
Pero... Existe en ellos algo de la magia que nos gustaría preservar, algo de
ese fascinamiento por lo insólito, lo inusual, lo salvaje que todos, más o
menos escondido, llevamos en nuestro fuero interno. Que Howard sea un buen o un
mal escritor es tema discutible. Yo sé, particularmente, que a mí sus cuentos
siguen atrayéndome y que me dejo envolver por ellos para rescatar algo de la
necesidad de fantasía que llevo en mí. No son recreativos de épocas pasadas,
pero sí son capaces de transmitirnos, con ese empuje que tienen, parte del
esplendor de los mundos desaparecidos. Con los relatos de Howard podemos vivir
o reinar en Atlántida, cabalgar junto a Conan a lomos de un semental negro
rumbo a Zingaria, podemos desear a Sonya la Roja; dejándonos llevar por Howard,
podemos enfrentarnos a muerte a los turcos en las murallas de Viena, retar a
duelo a un pistolero del Far―West, escalar la torre que guarda una gema o amar,
con frenesí bárbaro, a esa muchacha de nuestra raza pero no de nuestra tribu
que marcará nuestro destino.
Decía
Howard en un soneto que hay dos clases de poetas: unos, que nos hablan del amor
y de atardeceres templados envueltos en brumas doradas; otros, que describen el
mundo como una perpetua lucha y un inagotable conflicto con el hombre. A Howard
le gustaba ser de los segundos. Y fue fiel a la imagen que se había forjado en
la mente. Fruto de esa fidelidad es toda su obra. Personajes como Kull, Turlogh
0'Brien, Conan, Solomon Kane, Sonya la Roja, Bran Mak Morn y tantos otros dan
buena prueba de ello.
Esta
antología reúne cinco cuentos de Howard seleccionados cuidadosamente. Se ha
procurado buscar una cierta continuidad, pero hemos tenido que dejar
obligatoriamente al margen muchos otros que hubieran resultado igual de
fascinantes.
El
Reino de las Sombras y Los Espejos de Tuzun Thune son los dos únicos relatos
del rey Kull publicados en vida de Howard (a excepción de Kings of the Night,
que es más del picto Bran Mak Morn que del propio Kull), y ambos aparecieron en
la revista Weird Tales (mítica publicación de la que algún día, para alguien,
prepararé una antología y una historia) en 1929. Del primero de ellos, hay
quien dice que es el mejor relato de fantasía heroica jamás escrito. A mí,
dejándome llevar por el entusiasmo y en determinadas circunstancias, puede
parecérmelo. En cuanto al segundo, es, probablemente, más poético y plantea la
permanente duda que arrastramos desde Alicia. Howard, pese a todo, le da visos
de mayor verdad.
Una
de las numerosas series de Howard es la del agonizante James Allison, también
llamada de la memoria racial. Allison, en su lecho de muerte, recuerda la
totalidad de sus vidas pasadas (nueva y curiosa semejanza con London; recuerden
El vagabundo de la estrella). Aquí presentamos el que para mí es mejor relato
del grupo: El jardín del miedo. En cuanto a Sonya la Roja, podemos decir que es
el único relato de Howard en que aparece su famoso personaje que da título al
cuento y que recuerda, a mí me recuerda, numerosas aventuras del encantador
tebeo El Príncipe Valiente y sus despiadadas luchas con los hunos. Es, además,
uno de los relatos históricos de Howard, inéditos en su totalidad en nuestro
país. Por último. En el Bosque de Villefere es el primer cuento escrito por
Howard, a la edad de diecinueve años. En él se resume parcialmente lo que iba a
ser su carrera.
Ahora
que empiezan a saber lo que tienen entre manos, deben sentarse tranquilamente,
apagar las luces altas y dejar una suave luminiscencia en la sala, arrellanarse
en el sillón y empezar a leer. ¡Cuidado! ¡Un momento! Algo pasa. ¿De quién es
esa mano morena que aferra la cortina sigilosamente? ¡Oh, Valka, al fin! Estoy
rodeado por los hombres―serpiente; debo ir a luchar o a morir. ¡Brule!, grito.
Y en su compañía me encamino al encuentro con la muerte. Si sobrevivo, espero
que volvamos a vernos.
FRANCISCO
ARELLANO Madrid, 14 de abril de 1986
EL
REINO DE LAS SOMBRAS
1.
UN REY LLEGO CABALGANDO
EL
RESONAR DE LAS TROMPETAS se acentuó y ascendió con un estallido hondo y dorado,
gruñendo como la marea nocturna rompiendo en las plateadas orillas de Valusia.
La multitud aullaba, las mujeres lanzaban rosas desde los tejados. El tintineo
rítmico de los cascos de plata se hizo más claro y las primeras filas poderosas
aparecieron en el recodo de la amplia avenida blanca que rodeaba la Torre de
los Esplendores de Capiteles de Oro.
Primero
venían los trompetas, jóvenes esbeltos vestidos de escarlata, avanzando en
medio de la fanfarria de sus largos y finos clarines de oro, seguidos de los
arqueros, hombres altos, provenientes de las montañas. Tras ellos, los
infantes, poderosamente armados, con sus amplios escudos entrechocando al
unísono, balanceando las largas lanzas en el perfecto ritmo de sus pasos. Les
seguían los soldados más terribles del mundo entero, los Asesinos Rojos,
cabalgando en fieros corceles, acorazados y fajados de rojo del casco a las
espuelas. Se mantenían sobre las sillas orgullosamente, sin mirar ni a derecha
ni a izquierda, con plena conciencia de los gritos que se alzaban a su paso.
Parecían estatuas de bronce y, en el bosque de lanzas que se erguía sobre ellos,
no había la menor vacilación.
Tras
aquellas filas orgullosas y temibles venían las abigarradas cohortes de
mercenarios, guerreros endurecidos de apariencia salvaje, hombres originarios
de Mu y Kaanu, de las colinas orientales y de las islas occidentales. Portaban
lanzas y pesadas espadas. Un grupo compacto avanzaba ligeramente retirado...
los arqueros de Lemuria. Luego la infantería ligera de la propia nación. Nuevas
trompetas constituían las últimas filas.
Un
espectáculo magnífico... un espectáculo que llenaba de alegría salvaje el alma
de Kull, rey de Valusia. No estaba sentado sobre el Trono de Topacio, ante la
Torre Real de los Esplendores. ¡Oh, no! Se mantenía erecto sobre la silla, a
lomos de un inmenso semental, como el auténtico rey guerrero que era. Levantaba
el brazo poderoso para responder a los saludos de las tropas que desfilaban
ante él. Los ojos feroces lanzaron una displicente mirada a los trompetas
soberbiamente ataviados. Estos frenaron el paso para esperar a las tropas que
les seguían; al llegar, los clarines respondieron con una luz feroz cuando los
Asesinos Rojos se detuvieron ante Kull con un chillido de acero, tirando de las
riendas de las monturas y dirigiéndole el Saludo de la Corona.
Los
ojos se estrecharon ligeramente cuando los mercenarios desfilaron ante él.
Aquellos mercenarios no saludaban a nadie. Avanzaban con los hombros echados
hacia atrás y miraban a Kull orgullosamente, de cara, aunque con cierta estima.
Sus ojos temibles no parpadeaban; ojos de mirada cruel, ocultos por cabelleras
hirsutas y cejas espesas.
Y
Kull les respondió con una mirada idéntica. Apreciaba a los valientes y no
había en el mundo hombres más bravos que aquellos, ni siquiera entre los
hombres salvajes de su tribu, aquellos que le despreciaban. Kull era demasiado
salvaje en su fuero interno para amarles. Había conocido demasiados odios
mortales. Muchos eran los seculares enemigos de la nación y, aunque el nombre
de Kull fuera un nombre maldito entre los montañeros y los habitantes de su
propio pueblo y aunque Kull los hubiese expulsado de su mente, los viejos
rencores, las antiguas discordias, aún persistían. Pues Kull, lejos de ser
valusio, era atlante.
Los
ejércitos desaparecieron de su vista al rodear los basamentos brillantes y
cuajados de joyas de la Torre de los Esplendores. Kull dirigió el semental que
montaba, con paso tranquilo, hacia el palacio, discutiendo del desfile con los
comandantes que cabalgaban a su lado, pronunciando pocas palabras, pero
diciendo muchas cosas.
―El
ejército es como una espada ―dijo Kull―, no se debe dejar enmohecer. ―Seguían
la avenida y Kull apenas prestaba atención a los susurros que llegaban hasta
él, los murmullos de la multitud que se apretujaba a su alrededor.
―¡Es
Kull, miradle! ¡Valka, qué rey! ¡Y qué hombre! ¿Habéis visto los brazos...? ¿Y
los hombros?
Pero
también escuchaba, en un tono más bajo, acentos más siniestros.
―¡Kull!
¡Ja! ¡Maldito usurpador venido de las islas!
―¡Sí,
la deshonra de Valusia! ¡Un bárbaro sentado en el trono de los Reyes!
A
Kull no le preocupaban las murmuraciones. Sabía que se había apoderado del
decadente trono de la antigua Valusia y que debía mostrarse firme para
conservarlo... un hombre... ¡contra una nación!
Al
llegar a la Sala del Consejo, la Sala de Audiencias, Kull hubo de responder a
las palabras acompasadas y elogiosas de los señores y las damas con una
diversión cuidadosamente disimulada y orgullosa antes tantas frivolidades; más
tarde, cuando los señores y las nobles damas se retiraron ceremoniosamente,
Kull se recostó en el trono de armiño para reflexionar sobre ciertos asuntos de
estado. No tardó en llegar un servidor para pedirle al rey permiso para hablar
y anunciar a un enviado del embajador de los pictos.
Kull
abandonó los oscuros meandros de la política Valusia por los que había
vagabundeado durante algunos instantes y consideró al picto con una mirada
desprovista de agasajo. El hombre sostuvo la mirada del rey sin pestañear.
Era
un guerrero de estrechas caderas, pecho robusto, talla media; su cuerpo era
recio y de piel morena como la de todos los miembros de su raza. Entre los
rasgos resueltos y poderosos, sus ojos insondables observaban a Kull fijamente
y sin temor.
―El
jefe de los Consejeros, Ka―nu de los pictos, hombre de confianza del rey de las
islas pictas, te envía sus saludos y este mensaje: Un trono espera a Kull para
la fiesta de la luna nueva... Kull, rey de reyes, señor de señores, emperador
de Valusia.
―Bien
―respondió Kull―. Dile a Ka―nu el Anciano, embajador de las Islas Occidentales,
que el rey de Valusia irá a vaciar con él algunas copas de vino cuando la luna
flote por encima de las colinas de Zalgara.
Sin
embargo, el picto no se retiró.
―Tengo
otra cosa que decirle al rey, y esa no es... ―con la mano, hizo un gesto de
desprecio―... para los esclavos.
Con
una palabra, Kull despidió a los sirvientes, observando al picto con
circunspección.
El
hombre se acercó a él y, en voz más baja, añadió:
―Ven
solo a la fiesta de esta noche, mi rey. Eso ha dicho mi señor.
Los
ojos del monarca se estrecharon y brillaron con una luz tan fría como el gris
acero de un puñal.
―¿Solo?
―Sí.
Confrontaron
las miradas silenciosamente mientras el recíproco odio tribal triunfaba sobre
la máscara de la etiqueta. Sus bocas hablaban con un lenguaje civilizado,
pronunciando las sosegadas frases de la corte, las palabras de una raza que
había alcanzado un alto nivel de civilización; pero en las miradas brillaban
las tradiciones primitivas de los salvajes del Alba de los Tiempos. Quizá Kull
fuera el rey de Valusia y el picto un emisario del embajador, pero en la Sala
del Trono eran dos salvajes quienes se miraban cautelosamente, al acecho,
oyendo los susurros de los fantasmas de terribles guerras y rencores tan viejos
como viejo es el mundo.
El
rey tenia la ventaja sobre el picto, y la saboreaba plenamente. Con el mentón
apoyado en la mano, estudiaba al picto que se erguía ante él, como una estatua
de bronce, la cabeza echada hacia atrás, la mirada resuelta.
En
los labios de Kull apareció una sonrisa que más parecía una mueca burlona.
―¿Así
que debo ir... solo? ―La civilización le había enseñado a hablar de un modo
distante, y los ojos del picto centellearon, pero no contestó―. ¿Cómo puedo
saber que vienes de parte de Ka―nu?
―Ya
lo he dicho ―fue la enojada respuesta del picto.
―¿Y
desde cuándo un picto dice la verdad? ―se burló Kull, sabiendo que los pictos
nunca mentían; si actuaba de aquel modo era tan sólo para exasperar al
mensajero.
―Rey,
no veo cuál es tu plan ―respondió el picto de modo imperturbable―. Si querías
encolerizarme.. ¡por Val―ka que has conseguido tu objetivo! Estoy algo más que
irritado. Y te desafío a que te midas conmigo, en combate singular, con lanza,
espada o daga, a caballo o a pie. ¿Eres un rey o un hombre?
Los
ojos de Kull brillaron con la celosa admiración de un guerrero frente a un
adversario intrépido, pero no dejó pasar la nueva ocasión de molestar un poco
más al hombre plantado frente a él.
―Un
rey no acepta el desafío de un salvaje que no tiene nombre ―se mofó―, y el
Emperador no rompe la Tregua de los Embajadores. Ya puedes retirarte. Dile a
Ka―nu que iré solo.
Los
ojos del picto brillaron con un tinte homicida. Dominado por un viejo instinto
sanguinario, casi temblaba. Luego, dándole afrentosamente la espalda al rey de
Valusia, atravesó con largas zancadas la Sala de Audiencias y desapareció por
el inmenso portón.
Nuevamente,
Kull se recostó en el trono de armiño y reflexionó.
¿De
modo que el jefe del Consejo de los pictos desea que vaya solo? ¿Por qué razón?
¿Una pérfida trampa? Kull rozó fieramente el pomo de su inmensa espada. Los
pictos concedían demasiada importancia a la alianza con Valusia como para
romperla, ni se dejarían llevar por ningún tipo de odio tribal. Kull era un
guerrero de Atlántida, cierto, y, como tal, enemigo hereditario de todos los
pictos; pero también era el rey de Valusia, el aliado más poderoso de los
Hombres del Oeste.
Kull
meditó largamente sobre su extraña situación, ¡algo que hacía de él el aliado
de sus antiguos enemigos y enemigo de sus antiguos aliados! Se levantó y fue de
un lado para otro por la sala, nervioso, con el paso ligero y silencioso del
león. Las cadenas de la amistad, los lazos que le ataban a su tribu y a las
tradiciones, los había roto él mismo para satisfacer su ambición. Y, por Valka,
dios de Valusia... una Valusia decadente, degenerada, una Valusia que se
limitaba a vivir entre los sueños de una gloria pasada pese a seguir siendo un
reino poderoso y el mayor de los Siete Imperios. Valusia... el País de los
Sueños, como lo llamaban los hombres de las tribus lejanas. Y Kull a veces
también creía habitar en el interior de un sueño. Desconocía las intrigas de la
corte y del palacio, las actividades del ejército y del pueblo. Qué inmensa
mascarada... ¡hombres y mujeres disimulaban sus verdaderos pensamientos tras
rostros hipócritas! Y, sin embargo, apoderarse del trono había sido para él una
fácil empresa... Una ocasión atrapada al vuelo, con audacia; el rápido
enfrentamiento de las espadas, el asesinato de un tirano del que el pueblo ya
estaba cansado desde hacía mucho tiempo, una concertación rápida y adecuada con
algunos cortesanos ambiciosos y caídos en desgracia... y Kull, el aventurero
errante, el exilado de Atlántida, se transportó a las vertiginosas alturas de
sus sueños más locos; era el señor de Valusia, el rey de reyes. Pero, en aquel
momento, creía que apoderarse del trono era más fácil que conservarlo. Ver al
picto le había llevado hacia atrás muchos años, hasta el libre y feroz
salvajismo de su infancia. Una extraña sensación de malestar difuso, de
irrealidad, le invadía subrepticiamente, como le venía pasando desde hacía no
mucho tiempo. ¿Qué era, siendo un hombre del mar y de la montaña, de costumbres
directas, lo que le permitía reinar sobre una raza tan antigua y misteriosa...
de saber tan terrible?
―¡Soy
Kull! ―dijo, echando hacia atrás la cabeza como un león se aparta la melena de
la faz―. ¡Soy Kull!
Su
mirada de águila recorrió con rapidez la sala inconcebiblemente antigua. Volvió
a encontrar confianza en sí mismo... Y en un rincón oscuro del inmenso salón,
un tapiz se agitó... ligeramente.
2.
ASI HABLABAN LAS SILENCIOSAS AVENIDAS DE VALUSIA
LA
LUNA TODAVIA NO BRILLABA en el cielo y los jardines se iluminaban con las
ardientes antorchas colocadas en jarras de plata cuando Kull se sentó en el
trono colocado ante la mesa de Ka―nu, el embajador de las Islas Occidentales. A
su derecha se sentaba el viejo picto que, a primera instancia, no parecía ser
un mensajero de aquella raza orgullosa. Ka―nu era muy anciano, pero muy versado
en política, pues llevaba practicando aquel juego desde hacía mucho tiempo. No
brillaba en los ojos que miraban a Kull ningún odio primitivo, sino una
llamarada de estimación. Sus juicios no se precipitaban con las tradiciones de
su raza. El frecuentar asiduamente a los hombres de estado de las naciones
civilizadas había barrido de su mente los prejuicios de su pueblo. La pregunta
que siempre estaba presente en su espíritu no era quién era aquel hombre o en
qué pensaba, sino si podría servirse de él y cómo. Del mismo modo, no recordaba
los prejuicios de su nación más que cuando estos servían a sus intenciones.
Kull
observaba a Ka―nu, respondiendo lacónicamente a sus demandas, preguntándose si
la civilización haría de él una criatura similar al picto. Ka―nu había
engordado y se había debilitado. Ka―nu no había empuñado una espada en muchos
años. Ciertamente, era viejo, pero Kull había visto hombres mayores aún
combatiendo en primera línea. Los pictos vivían hasta muy avanzada edad. Una
muchacha magnífica se mantenía cerca de Ka―nu, llenando su copa, muy atareada.
Entre copa y copa, Ka―nu no dejaba de lanzar bromas y hacer comentarios, y
Kull, aun despreciando secretamente su chaloteo incesante, no podía dejar de
apreciar su mordaz humor.
A
aquel banquete también asistían otros jefes y consejeros pictos, estos últimos
joviales y de costumbres muy libres; los soldados se mostraban amables y
corteses, pero visiblemente molestos en su fuero interno. Sin embargo, Kull,
con cierta envidia, era consciente de la libertad y el desenfado que reflejaba
aquella reunión, algo que contrastaba vivamente con los banquetes que se
celebraban en la corte de Valusia. Tal libertad prevalecía en los groseros
campamentos de Atlántida. Kull se encogió de hombros. Después de todo, Ka―nu,
que parecía haberse olvidado de que era un picto, con todo lo que aquello
representaba en cuanto a sus tradiciones y costumbres seculares, tenía cierta
razón y él, Kull, estaba convirtiéndose en un valusio tanto de mente como de nombre.
Finalmente,
cuando la luna alcanzó el cenit, Ka―nu, después de haber comido y bebido como
tres hombres de aquella asamblea, se tendió en su diván lanzando un suspiro de
satisfacción y dijo:
―Ahora,
amigos, retiraos, pues el rey y yo tenemos que conversar de asuntos
importantes. Si, tú también, preciosa; pero, antes, déjame besar esos labios
rojos... así; y, sobre todo, ¡no te eclipses, mi pequeña rosa!
Los
ojos de Ka―nu parpadearon por encima de la barba blanquecina mientras vigilaba
a Kull, envarado en su asiento, severo e intransigente.
―Estás
pensando, Kull ―dijo súbitamente el anciano estadista― que Ka―nu es un viejo
verde y un inútil... ¡que sólo es bueno para emborracharse y besar a las
muchachas!
De
hecho, aquella observación estaba tan de acuerdo con sus pensamientos y tan
francamente enunciada que Kull se sorprendió, aunque procuró no demostrarlo.
Ka―nu
cloqueó de alegría y su panza se agitó.
―El
vino es rojo y las muchachas dulces ―observó tolerante―. Pero, ¡ja, ja!, no
creo que el viejo Ka―nu deje que ni lo uno ni las otras se inmiscuyan en sus
asuntos.
Rió
de nuevo y Kull se agitó en su asiento, a disgusto. Aquello parecía una burla,
y los ojos empezaron a resplandecer con un brillo felino.
Ka―nu
tendió la mano hacia el pichel de vino, se llenó la copa y miró
interrogativamente a Kull, que sacudió la cabeza con irritación.
―Sí
―dijo Ka―nu con voz monocorde―, hay que ser ya viejo para saber beber. Y me
estoy haciendo viejo, Kull. ¿Por qué los jóvenes miráis con desaprobación los
placeres de vuestros mayores? Ya ves, ya soy muy viejo, estoy consumido, sin
amigos, sin alegría.
Pero
su mirada y expresión estaban lejos de confirmar aquellas palabras. Su cara
rubicunda brillaba alegremente y sus ojos chispeaban tanto como su barba
blanca, haciéndole indecoroso. A ojos de Kull, dominado por cierto rencor,
parecía un pícaro. Era como si aquel viejo taimado hubiese olvidado las
virtudes primitivas tanto de su raza como de la de Kull; sin embargo, parecía
plenamente feliz.
―Escúchame,
Kull ―dijo Ka―nu, levantando un dedo a modo de advertencia―, es agradable
cantar las alabanzas de un hombre joven, pero debo revelarte mis verdaderos
pensamientos para ganar tu confianza...
―Si
quieres ganártela con halagos...
―¡Bah!
¿Quién habla de adulaciones? Yo solamente alabo para poder golpear mejor.
Una
intensa luz brilló en los ojos de Ka―nu, una luz fría que contradecía su
displicente sonrisa. Conocía a los hombres y sabía que, para conseguir sus
objetivos, debía golpear certeramente a aquel bárbaro audaz como un tigre, el
cual, como un lobo que siente la trampa que se le ha tendido, se daba cuenta de
la menor falsedad, incluso en el seno descabellado de su discurso.
―Tú
eres capaz, Kull ―dijo, eligiendo las palabras con más cuidado del que ponía en
la Sala del Consejo de su propio pueblo―, de hacer de ti el más poderoso de los
reyes y volver a dar a Valusia algo del esplendor que tuvo en el pasado. Bien.
Valusia me preocupa poco, aunque sus mujeres y su vino sean excelentes, salvo
por el hecho de que cuanto más fuerte sea Valusia, más fuerte será la nación
picta. Es más, con un atlante en el trono. Atlántica acabará finalmente por
firmar un tratado...
Kull
profirió una sonora carcajada. Ka―nu había tocado con el dedo una vieja herida.
―Atlántida
maldijo mi nombre cuando partí en busca de fama y fortuna entre las ciudades
del mundo. Nosotros... ellos... son los enemigos seculares de los Siete
Imperios, e incluso se cuentan entre los mayores enemigos de los aliados de los
Imperios, como sabes muy bien.
Ka―nu
se mesó la barba y sonrió enigmáticamente.
―No,
no. Eso pasará. Sé de lo que hablo. La guerra se detiene cuando ya no se
beneficia nadie. Veo un mundo de paz y prosperidad, con el hombre amando a sus
semejantes, la felicidad suprema. Todo eso, podrás realizarlo... ¡si vives para
poder hacerlo!
―¡Ah!
―La mano de Kull se cerró sobre el pomo de la espada mientras hacía ademán de
levantarse, con un movimiento tan súbito, con tal rapidez y fuerza que Ka―nu, a
quien le gustaban los hombres como a quien le gustan los caballos de pura raza,
sintió que la sangre corría más rápida por sus venas de viejo. ¡Valka, qué
guerrero! Nervios y músculos de hierro y acero, una coordinación perfecta, el
instinto del combatiente, todas las cosas que constituyen el alma de un
guerrero terrible.
El
entusiasmo de Ka―nu, por el contrario, no se reflejó ni mínimamente en su voz
melosa, casi sarcástica.
―Vamos,
vamos. Siéntate. Mira a tu alrededor. Los jardines están desiertos, los
asientos vacíos, estamos solos. ¿No irás a tener miedo de mi"! ―Kull se
dejó caer nuevamente, mirando circunspecto a su alrededor.
―Es
el salvaje quien habla en este momento ―meditó Ka―nu―. Si hubiera preparado
alguna trampa pérfida, destinada a ti especialmente, ¿la habría tendido aquí...
donde las sospechas no harían más que señalarme? ¡Bah! Vosotros los jóvenes
tenéis mucho que aprender. Algunos de mis comandantes, presentes en esta
asamblea, no estaban muy conformes con que tú nacieras en las colinas de
Atlántida en el fondo de ti mismo, me desprecias porque soy picto. ¡Bah! Para
mí, tú eres Kull, rey de Valusia, no Kull el atlante intrépido, el jefe de los
expedicionarios que pasaban a sangre y fuego por las Islas Occidentales. Del
mismo modo, debes procurar ver en mí no al picto, sino a un hombre compuesto
por algo de todas las naciones, alguien que trabaja para la paz del mundo.
Mantén eso en la mente y contesta ahora. Si mañana fueras asesinado, ¿quién
sería rey?
―Kaanuub,
Barón de Blaal.
―Justo
lo que pensaba. Desprecio a Kaanuub por numerosas razones, pero el hecho es más
grave, pues él no es más que una marioneta manipulada por otros.
―¿Cómo
es eso? Ha sido mi más encarnizado adversario, pero ignoraba que defendiera
otra causa que no fuera la suya.
―La
noche oculta muchos misterios ―respondió Ka―nu enigmáticamente―. Existen otros
mundos en el interior de los mundos. Pero puedes confiar en mí y también puedes
confiar en Brule, el Asesino de la Lanza. ¡Mira!
Sacó
de entre sus ropas un brazalete de oro que representaba un dragón alado, dando
tres vueltas sobre sí mismo, con tres cuernos de rubíes en la cabeza.
―Examínalo
atentamente. Brule lo llevará puesto en el brazo cuando vaya a buscarte mañana
al anochecer; así podrás reconocerle. Confía en Brule tanto como confías en ti
mismo, y haz cuanto te pida que hagas. Para probarte mi buena fe, ¡mira esto!
Con
la velocidad de un águila lanzándose sobre una presa, el viejo sacó algo de los
bolsillos, algo que les acunó en una rara luminosidad verdosa y que volvió a
ocultar rápidamente entre sus atavíos.
―¡La
gema robada! ―exclamó Kull con un sobresalto de sorpresa―. ¡La joya verde del
Templo de la Serpiente! ¡Valka! ¡Tú! ¿Por qué me la has enseñado?
―Para
salvarte la vida. Para probarte que soy digno de crédito. Si traiciono tu
confianza, haz lo mismo conmigo. Ahora estoy por completo a tu merced. No puedo
traicionarte, ni aun queriendo hacerlo, pues una sola palabra tuya sería mi
perdición.
Sin
embargo, pese a aquellas graves palabras, el astuto viejo relucía de alegría y
parecía plenamente satisfecho de sí mismo.
―¿Por
qué te has puesto en mis manos? ―preguntó Kull, cuya turbación crecía por
momentos.
―Acabo
de decírtelo. Ahora ya sabes que no tengo intención de traicionarte y, mañana
al anochecer, cuando Brule llegue hasta ti, sigue sus consejos y ponte
completamente en sus manos. Eso basta. Fuera te espera una escolta. Te
acompañará hasta palacio, señor.
Kull
se levantó.
―No
me has dicho nada.
―¡Oh!
¡Qué impacientes sois los jóvenes! ―Ka―nu parecía más que nunca un bribón
avispado―. Vete y que tengas buenos sueños... tronos, reinos gloriosos y
fuertes... que yo tendré mis propios sueños... vino, dulces jóvenes y rosas.
Qué la suerte te acompañe, Kull.
Saliendo
de los jardines, Kull miró por encima del hombro y atisbo a Ka―nu,
descuidadamente tendido sobre los cojines... un anciano de tez rubicunda cuya
jovialidad irradiaba sobre el mundo entero.
Un
guerrero a caballo esperaba a Kull al salir de los jardines y el monarca se
sorprendió ligeramente al darse cuenta de que aquel hombre era el mismo que le
había transmitido la invitación de Ka―nu. Ninguna palabra fue pronunciada
mientras Kull se alzaba hasta la silla y los dos hombres permanecieron
silenciosos al avanzar a través de las desiertas calles.
La
alegría y animación del día habían dado paso al extraño silencio de la noche.
La edad de la ciudad era aún más evidente bajo la luna plateada. Las enormes
columnas de las mansiones se alzaban hacia las estrellas. Las amplias
escalinatas silenciosas y desiertas parecían subir sin fin para fundirse con
las misteriosas tinieblas de los reinos celestiales. Escalinatas que conducen a
las estrellas, pensó Kull, cuyo imaginativo espíritu se veía inspirado por la
rara grandiosidad de la escena.
¡Clang!
¡Clang! ¡Clang! Los cascos de plata resonaban sobre el pavimento de las amplias
avenidas bajo la claridad de la luna, pero no había ningún otro ruido. La edad
secular e increíble de la ciudad era casi opresiva para el rey; tenia la
impresión de que las inmensas moradas silenciosas se burlaban de él con una
risa muda e insospechada. ¿Qué secretos albergaban?
―Eres
joven ―le decían los palacios, los templos y las tumbas―, pero nosotros somos
viejos. El mundo estaba lleno de fogosidad y juventud cuando fuimos
construidos. Tú y tu raza pasaréis, pero nosotros somos invencibles,
indestructibles. Nosotros ya nos alzábamos por encima de un mundo desconocido
antes incluso de que Atlántida y Le―muria surgieran del mar; reinaremos incluso
cuando las aguas verdes murmuren dulcemente por encima de los minaretes de
Lemuria y las colinas de Atlántida estén sumergidas y las islas de los Hombres
del Oeste formen las montañas de un nuevo país.
―¿A
cuántos reyes hemos visto atravesar estas calles, incluso antes de que Ka, el
pájaro de la Creación, soñase con Kull, el atlante? Sigue tu camino, Kull de
Atlántida; reyes más grandes te sucederán; reyes más grandes te han precedido.
Ahora son polvo; están olvidados; y nosotros aún estamos aquí; somos
inmutables. Continúa, Kull de Atlántida, sigue tu camino; ¡Kull, el rey; Kull,
el loco!
Y
Kull tuvo la impresión de que los cascos de los caballos apresaban aquel
silencioso refrán para martillear con él en el corazón de la noche con una
ironía sorda de múltiples ecos.
―¡Kull...
el... rey...! ¡Kull... el... loco...!
Brilla,
luna; ilumina el camino de un rey. Resplandeced, estrellas; sois las antorchas
que escoltan a un emperador. Resonad, cascos de plata; proclamad que Kull
atraviesa la ciudad de Valusia.
Y,
con aquel singular estado espiritual, Kull llegó al palacio, donde los Asesinos
Rojos, su guardia personal, se ocuparon del gran semental y condujeron al rey
hasta sus aposentos. Sólo entonces, el picto, silencioso y taciturno, tiró
violentamente de las riendas de su corcel, dio media vuelta y desapareció en el
seno de las tinieblas como un fantasma; vivamente impresionado, se imaginó Kull
verle enfilar a toda velocidad a través de las calles silenciosas, como un
duende que hubiera surgido de los mundos del pasado.
Aquella
noche, Kull casi no durmió, pues el alba estaba muy próxima y se pasó las pocas
horas que le separaban del día paseando por el salón del trono, reflexionando
sobre lo que acababa de ocurrir. Ka―nu no le había dicho nada; sin embargo, se
había entregado a Kull por completo. ¿Qué quería decir con aquello de que el
Barón de Blaal no era más que una marioneta? ¿Y quién era aquel Brule que había
de venir a por él, la noche siguiente, portando el misterioso brazalete del
dragón? Ultima y especialmente, ¿por qué Ka―nu le había enseñado la terrible
gema verde que había sido robada del Templo de la Serpiente mucho tiempo antes,
la misma por la que el mundo conocería la guerra y la pestilencia si los
temibles y misteriosos guardianes del templo llegaran a saber que había sido
robada, y de la venganza que caería sobre Ka―nu, de la que ni sus feroces
guerreros podrían preservarle? Pero Ka―nu sabía que no corría ningún peligro,
reflexionó Kull, pues el embajador picto era demasiado astuto como para
exponerse a tales riesgos si no iba a sacar algún provecho. ¿Pero acaso no
sería todo para hacer que el rey abandonara toda prudencia y preparar así la
vía de la traición? ¿Se atrevería Ka―nu a dejarle vivo? Kull se encogió de
hombros.
3.
LOS QUE CAMINABAN EN EL CORAZON DE LA NOCHE
LA
LUNA AUN NO SE HABIA ALZADO totalmente en el cielo cuando Kull, con la mano
puesta en el pomo de la espada, se dirigió a la ventana. Aquella daba a los
grandes jardines interiores del palacio real y la brisa nocturna, portadora de
recargados perfumes, agitaba dulcemente los cortinajes de fino terciopelo. El
rey miró hacia afuera. Paseos y bosquecillos estaban desiertos; los árboles
cuidadosamente podados formaban sombras masivas; las fuentes cercanas brillaban
suavemente bajo la claridad lunar; otras, más lejanas, dejaban escuchar su
regular chapoteo. En aquellos jardines no había soldados, pues los muros
exteriores estaban tan bien guardados que parecía imposible que un intruso
pudiera acceder a ellos.
Las
cepas alzaban sus espesos zarcillos a lo largo de los muros del palacio y,
justo cuando Kull meditaba acerca de la facilidad con la que se podía trepar
por la pared gracias a ellas, una sombra se destacó en las tinieblas, bajo la
ventana, y un brazo desnudo y moreno apareció y se agarró al marco. La gran
espada de Kull silbó al salir de la vaina; pero el rey no tardó en detener el
gesto. En el musculoso antebrazo brillaba el brazalete del dragón que le
enseñase Ka―nu la noche precedente.
El
propietario del brazo se alzó por encima del marco de la ventana y entró en la
habitación con la ligereza y agilidad de un leopardo.
―¿Eres
Brule? ―preguntó Kull; luego se calló sorprendido, con una sorpresa que era
mezcla de irritación y desconfianza; aquel hombre era el mismo que había
recibido las burlas de Kull en la Sala de Audiencias, el mismo que le había
escoltado desde la embajada picta hasta su palacio.
―Soy
Brule, el Lancero ―respondió el picto con voz circunspecta; acto seguido,
mirando atentamente la cara de Kull, murmuró levemente―: ¡Ka nama kaa
laje―rama! Kull se sobresaltó.
―¡Eh!
¿Qué significa eso?
―¿Lo
ignoras?
―¡Ciertamente!
Esas palabras me son desconocidas. ¿Qué lengua es esa? nunca la he oído... y,
sin embargo, ¡por Valka! Me parece...
―Sí
―fue el único comentario del picto. Con la mirada, recorrió la habitación, el
gabinete de trabajo de Kull. A excepción de algunas mesas, un diván o dos y las
inmensas estanterías atestadas de rollos de pergamino, la habitación estaba
desnuda en comparación con las otras salas del palacio, tan ricamente
amuebladas y decoradas.
―Dime,
rey, ¿quién guarda la puerta?
―Dieciocho
de mis Asesinos Rojos. Pero, ¿cómo has conseguido deslizarte por los jardines y
escalar los muros de palacio?
Brule
refunfuñó despectivamente.
―Los
guardianes valusios son búfalos ciegos. Podría arrebatarles a sus hijas ante
sus mismas narices. Me deslicé entre sus filas y ni me vieron ni me oyeron. En
cuanto a las murallas... podría escalarlas aunque no hubiera enredaderas. Yo
cazaba tigres en las playas brumosas cuando las brisas del este barrían las
brumas marinas, trepando por las abruptas paredes de la montaña, en pleno mar
occidental. Pero ya basta... Toca el brazalete.
El
picto extendió el brazo y, al ver que Kull, aun sorprendido, le obedecía,
suspiró aliviado.
―Bien.
Ahora has de quitarte tus ropas reales; vas a contemplar esta noche misterios
que ningún atlante ha soñado jamás.
Brule
vestía únicamente un taparrabos, atravesado por una corta espada curvada.
―¿Quién
eres tú para darme órdenes? ―preguntó Kull, ligeramente irritado.
―¿No
te pidió Ka―nu que obedecieras todas mis instrucciones? ―preguntó el picto
bruscamente. Le centelleaban los ojos―. No alimento ningún aprecio por tu
compañía, señor, pero, de momento, he expulsado de mi mente cualquier resquicio
de odio. Haz tú lo mismo. Ahora, ven conmigo.
Desplazándose
sin ruido, atravesó la habitación, encaminándose hacia la puerta. Una mirilla
practicada en ella permitía ver el corredor sin ser visto, y el picto le ordenó
a Kull que mirase.
―¿Qué
ves?
―Nada.
Sólo a los dieciocho guardias.
El
picto agachó la cabeza e hizo a Kull seña de que le siguiera a través de la
habitación. Ante un panel del muro opuesto Brule se detuvo y tanteó en él unos
instantes. Luego, con un movimiento rápido, dio un paso hacia atrás sacando la
espada. Kull lanzó una exclamación al ver que el panel se abría
silenciosamente, revelando un pasadizo levemente iluminado.
―¡Un
pasadizo secreto! ―juró Kull en voz baja―. ¡Ignoraba su existencia! ¡Valka!
¡Alguien pagará por esto!
―¡Silencio!
―silbó el picto.
Brule
estaba inmóvil, como si fuera una estatua de bronce, tensando hasta el menor de
sus músculos, esperando algún sonido; algo en su actitud hizo que a Kull se le
erizasen los pelos de la nuca, no de miedo, sino como consecuencia de algún
extraño presentimiento. Luego, invitándole a seguirle con un gesto, Brule
franqueó el secreto umbral que quedó abierto a sus espaldas. El corredor estaba
desnudo, pero el suelo no estaba recubierto de polvo, como hubiera sido el caso
de ser un corredor que llevase mucho tiempo sin utilizarse. Una luz difusa y
grisácea se filtraba desde alguna fuente ignorada. Siguiendo el pasadizo, Kull
pudo ver puertas invisibles desde el otro lado de la pared, pero que resultaban
fácilmente perceptibles desde el corredor.
―El
palacio está cuajado de pasajes secretos ―murmuró Kull.
―Sí.
Rey, día y noche, por multitud de miradas, eres vigilado.
El
rey estaba impresionado por las maneras de Brule. El picto avanzaba lentamente,
en guardia, medio encogido, con la espada baja y apuntando frente a él. Cuando
hablaba, lo hacía entre murmullos y echaba rápidas miradas hacia uno y otro
lado.
El
corredor dio un giro súbito y Brule atisbo cautamente al otro lado.
―¡Mira!
―susurró―. ¡Pero no lo olvides! Ni una palabra... ni un ruido... ¡tu vida
depende de ello!
Kull
miró prudentemente. El corredor se convertía en una hilera de peldaños nada más
pasar el recodo. Y Kull retrocedió, horrorizado. Al final de los escalones
yacían los dieciocho Asesinos Rojos que habían estado de guardia aquella misma
noche ante el gabinete de trabajo del rey. Sólo la mano de Brule apretando su
brazo poderoso y el feroz susurro del picto por encima de su hombro impidieron
que Kull se lanzara escaleras abajo.
―¡Silencio,
Kull! ¡Silencio, en nombre de Valka! ―silbó el picto―. Estos corredores están
desiertos sólo de momento, pero, para poder mostrártelos he tenido que
arriesgarme mucho... así creerás lo que tengo que decirte. Volvamos a tu
gabinete. ―Y empezó a deshacer lo andado, seguido de Kull, cuya mente estaba
dominada por la mayor de las confusiones.
―¡Traición!
―murmuró el rey, cuyos ojos de color gris acero brillaban fríamente―. ¡Es una
infamia! Apenas puedo creerlo. ¡Esos hombres montaban guardia hace apenas unos
minutos!
Cuando
llegaron al gabinete, Brule cerró el panel cuidadosamente y le hizo un gesto a
Kull para que mirase de nuevo por la mirilla de la puerta. Kull lanzó una dura
exclamación, pues, en el pasillo, los dieciocho Asesinos Rojos, ¿aún montaban
guardia!
―¡Sí!
―La respuesta de Brule apenas fue audible; en los ojos brillantes del picto
había una extraña expresión;
Kull
tenia el ceño fruncido y la frente arrugada como si estuviera esforzándose en
descifrar la impenetrable cara del picto. Y, entonces, los labios de Brule,
moviéndose apenas, pronunciaron las siguientes palabras―: ¡La serpiente que
habla!
―¡Cállate!
―susurró Kull, poniendo la mano sobre la nuca de Brule―. ¡Es la muerte para
quienes pronuncien ese nombre maldito!
Los
resueltos OJOS del picto le miraron firmemente.
―Mira
nuevamente, rey Kull. Puede que hayan relevado a la guardia.
―No,
son los mismos hombres. Por Valka, es brujería... ¡me estoy volviendo loco!
Hace menos de ocho minutos mis propios ojos han visto a esos hombres. Sin
embargo,' ¡están todavía montando guardia al otro lado de la puerta!
Brule
retrocedió, apartándose de la entrada, y Kull le imitó maquinalmente.
―Kull,
¿qué sabes acerca de las tradiciones de la raza de la que eres el rey?
―Mucho...
y, pese a eso, muy poco. Valusia es un reino tan antiguo...
―En
efecto. ―Los ojos de Brule brillaron extrañamente―, Sólo somos bárbaros...
niños, si nos comparamos con los Siete Imperios. Incluso ellos ignoran sus
orígenes. Ni la memoria de los hombres, ni las crónicas de los historiadores se
remontan tan lejos en el pasado como para poder decirnos en qué momento
salieron del océano los primeros hombres y construyeron junto a la orilla del
mar sus primeras ciudades. Pero, Kull, //os hombres no siempre han sido
gobernados por hombres!
El
rey se sobresaltó, sus miradas se cruzaron.
―Sí,
es cierto. Recuerdo una leyenda de mi pueblo...
―¡Y
del mío! ―le interrumpió Brule―. Todo eso pasó antes de que nuestras islas se
aliaran con Valusia. Sí, bajo el reinado de Diente de León, séptimo jefe
guerrero de los pictos, hace ya tantos años que ningún hombre recuerda cuántos
han sido. Procedentes de las islas donde se pone el sol, atravesamos los mares,
bordeamos las orillas de Atlántida y fondeamos en las playas de Valusia,
borrachos de incendio y matanza. Sí, las amplias playas blancas se
estremecieron al oír el estrépito de las armas mientras las llamas de los
castillos incendiados transformaban la noche en día.
Y el
rey, el rey de Valusia, murió aquel día lejano en las rojas arenas de aquellas
playas... ―Su voz se apagó; se miraron y, luego, ambos agacharon la cabeza.
―Valusia
es un reino muy antiguo ―murmuró Kull―. ¡Las tierras de Atlántida y Mu no eran
más que islas en medio del mar cuando Valusia era joven!
Las
tapicerías crujieron ligeramente y Kull se sintió súbitamente como un bebé
desnudo enfrentado al impenetrable saber de un pasado misterioso. Se sintió
invadido nuevamente por un sentimiento de irrealidad. Por su alma se deslizaron
furtivamente espectros de formas imprecisas y gigantescas, criaturas
monstruosas que bisbiseaban innombrablemente. Comprendió que Brule estaba
siendo dominado por los mismos pensamientos. Los ojos del picto miraron
fijamente la cara de Kull con una feroz determinación. Sus miradas se cruzaron.
Kull tuvo un sentimiento de cálida camaradería hacia aquel hombre que
pertenecía a una tribu enemiga. Como leopardos rivales rodeados por los
cazadores, combatiendo uno al lado del otro, aquellos dos salvajes hicieron
causa común para luchar contra las fuerzas inhumanas de los eones
revolucionados.
Brule
precedió nuevamente a Kull hasta la puerta secreta. Silenciosamente, la
franquearon y silenciosamente avanzaron por el mal iluminado pasadizo en
dirección opuesta a la que habían seguido anteriormente. Poco más tarde, el
picto se detenía y se acercaba a una de las puertas secretas, invitando a Kull
a junto con él por la mirilla que había en ella.
―Esta
puerta da a una escalera poco utilizada que conduce a un corredor que pasa ante
la puerta del gabinete.
Observaron
y, poco después, subiendo silenciosamente la escalera, apareció una forma
silenciosa.
―¡Tu!
¡Mi propio consejero! ―exclamó Kull―. ¡Acechando en la noche con un puñal en la
mano! ¿Qué significa todo esto, Brule?
―¡La
muerte! ¡Y la más abyecta de las perfidias! ―silbó Brule―. No... ―dijo cuando
vio que Kull se disponía a abrir violentamente la puerta para lanzarse al
corredor―.
Estaremos
perdidos si le haces cara... al bajar las escaleras, hay otros muchos al
acecho. ¡Ven!
Avanzando
rápidamente, desfilaron como flechas por el pasadizo, en sentido inverso.
Franqueando de nuevo la puerta secreta, Brule, adelantándose a Kull, la cerró
cuidadosamente a sus espaldas y atravesó la sala hasta una abertura que daba a
una habitación raramente utilizada. Levantó las colgaduras con un esfuerzo
sombrío y, arrastrando a Kull a su lado, se ocultaron tras ellas. Pasaron
varios minutos lentamente. Kull escuchaba cómo la ligera brisa agitaba los
cortinajes de las ventanas en la otra habitación, con la impresión de que se
trataba de los murmullos de los fantasmas. Poco después, franqueando la puerta
furtivamente, apareció Tu, el primer consejero del rey. Evidentemente, antes
había estado en el gabinete de trabajo y, constatando que estaba vacío, buscaba
a su víctima allí donde tenía más posibilidades de encontrarla.
Avanzaba
blandiendo la daga, en silencio. Se detuvo durante un instante, inspeccionando
con la mirada la habitación aparentemente desierta, débilmente iluminada por
una única vela. Luego avanzó de nuevo, prudente, a ojos vista muy sorprendido
por la ausencia del rey. Estaba ante el escondrijo del monarca... y...
―¡Mátalo!
―silbó el picto.
Con
un salto poderoso, Kull se precipitó en la habitación. Tu se volvió con
rapidez, pero la velocidad cegadora y azotante del ataque del rey era como un
tigre abalanzándose sobre su presa y no le dio ninguna oportunidad para
defenderse o contraatacar. El acero de la espada centelleó en la penumbra y
golpeó contra el hueso mientras Tu caía de espaldas. La espada de Kull
sobresalía entre los omóplatos del consejero.
Kull
se inclinó sobre él, mostrando los dientes con un rictus homicida, las espesas
cejas fruncidas sobre unos ojos que parecían ser hielo grisáceo de los más
fríos mares. Luego soltó el pomo de la espada y reculó desconcertado, dominado
por el vértigo, como si sintiera que la mano de la muerte se posaba sobre su
espina dorsal.
Bajo
la horrorizada mirada de Kull, la cara de Tu se convertía en algo difuminado e
irreal; los rasgos parecían licuarse y fundirse de un modo imposible. La cara
no tardó en ser una máscara de bruma que se disipaba, que desaparecía para ser
reemplazada por ¡la monstruosa cabeza de una serpiente!
―¡Valka!
―exclamó Kull con el sudor perlándole la frente. Repitió―: ¡Valka!
Brule
se inclinó hacia él; sus rasgos eran impasibles. Pero sus ojos brillantes
reflejaban parte del horror de Kull.
―Recupera
la espada, rey ―dijo―. Nuestro trabajo aún no ha terminado.
Kull
plantó dudoso la mano en la empuñadura de la espada. Se le puso la piel de
gallina al apoyar el pie en el horror que yacía en el suelo y, al abrirse la
terrible boca, bruscamente, movida por un último reflejo muscular, retrocedió,
dominado por la náusea. Luego, furioso consigo mismo, arrancó la espada
violentamente y examinó con atención a la criatura abominable que había
conocido con el nombre de Tu, su primer consejero. Con la única excepción de la
reptilesca cabeza, aquella cosa era una réplica exacta de un hombre.
―¡Un
hombre... con cabeza de serpiente! ―murmuró Kull―. En ese caso, ¿es un
sacerdote del dios―serpiente?
―Sí.
Tu duerme, sin preocuparse de nada. Estos demonios pueden tomar cualquier forma
que deseen. O, más bien, pueden, por medio de un encantamiento mágico o algo
parecido, tejer alrededor de sus rostros una red encantada, como si un actor se
pusiera una máscara, para parecerse a aquellos que desean suplantar.
―Así
que las antiguas leyendas eran ciertas ―meditó el rey―, las viejas y terribles
historias que un hombre apenas se atreve a susurrar, por miedo a la muerte, por
temor a ser acusado de blasfemo, no son cuentos que no te dejan dormir. ¡Valka!
¡Creía... pensaba... todo esto parece tan irreal! ¡Oh! Los guardias que hay
detrás de la puerta...
―También
ellos son hombres―serpiente. ¡Espera! ¿Qué quieres hacer?
―Matarlos
―dijo Kull entre dientes.
―En
ese caso, golpea a los jefes, porque si no, no servirá de nada ―dijo Brule―. Al
otro lado de la puerta esperan dieciocho, y quizá haya otra veintena acechando
en los ^corredores. Escúchame, oh, rey: Ka―nu ha tenido conocimiento del
complot. Sus espías se han introducido en la más secreta de las fortalezas de
los sacerdotes―serpiente, donde estaban discutiendo sobre la trampa que
preparaban. Hace ya mucho tiempo que K―a―nu descubrió los pasadizos secretos
del palacio y, siguiendo sus órdenes, yo mismo los estudié. He venido aquí, en
mitad de la noche, para ayudarte, para que no mueras como otros reyes de
Valusia murieron. He venido yo solo porque más hombres hubieran despertado
sospechas. Sólo yo podía deslizarme en el palacio sin ser visto. Ahora, ya estás
al corriente del complot. Los hombres―serpiente están de guardia ante tu puerta
y ese, bajo los rasgos de Tu, podía ir y venir a su antojo por el palacio; al
amanecer, si los sacerdotes hubieran fracasado, los verdaderos guardianes
habrían vuelto a sus puestos, sin acordarse de nada, sin preocuparse; si los
sacerdotes hubieran triunfado, habrían sido acusados de traición. Quédate aquí
mientras me libro de esta carroña.
Diciendo
aquellas palabras, el picto se echó sobre los hombros a la innombrable criatura
y desapareció con ella por una puerta secreta. Kull se quedó solo, embargado
por una viva emoción. ¿Cuántos servidores de la poderosa serpiente acechaban en
su reino? ¿Cómo podía distinguir a los verdaderos de los falsos? ¿Cuántos de
sus consejeros, de sus generales, de todos aquellos en quienes confiaba, eran
verdaderamente hombres? Podía estar seguro de... ¿de quién?
El
panel secreto se abrió hacia el interior y Brule lo atravesó.
―Lo
has hecho deprisa.
―Sí.
―El guerrero avanzó, mirando el suelo―. Hay sangre en la alfombra. Mira.
Kull
se inclinó; con el rabillo del ojo vio una mancha en movimiento, un brillo
acerado. Como un arco que se destensa, se alzó violentamente, golpeando hacia
arriba. El guerrero se derrumbó mientras su espada golpeaba contra el suelo
sonoramente. Incluso en aquel instante, Kull reflexionó sombríamente en lo
sorprendente que resultaba que aquel traidor hubiera encontrado la muerte de un
tajo fulminante, hacia lo alto, utilizado tan a menudo por su propia raza.
Pero, mientras Brule resbalaba de la espada para caer sobre el suelo, su cara
empezó a difuminarse y licuarse y, ante Kull, reteniendo el aliento,
erizándosele los pelillos de la nuca, los rasgos humanos se disiparon y fueron
reemplazados por las mandíbulas de una gran serpiente, unas mandíbulas que se
abrían y cerraban abominablemente bajo unos ojos pequeños y globulosos,
venenosos incluso en la muerte.
―¡Así
que Brule también era un sacerdote―serpiente! ―exclamó el rey―. ¡Valka! ¡Su
plan era ingenioso; contaba con tomarme por sorpresa! En ese caso, Ka―nu, ¿es
verdaderamente un hombre? ¿Fue realmente con Ka―nu con quien hablé en los
jardines? ¡Valka todopoderoso! ―Se le puso la piel de gallina al contemplar
aquella posibilidad―. Los habitantes de Valusia, ¿son hombres... o bien todos
ellos son serpientes?
Indeciso,
inmóvil, notó, casi con indiferencia, que la criatura llamada Brule no llevaba
el brazalete del dragón. Un ruido le hizo volverse ágilmente. Brule acababa de
aparecer por la puerta secreta.
―¡No
lo hagas! ―En el brazo alzado para detener la amenazante espada del rey,
brillaba el brazalete del dragón―. ¡Valka! ―El picto se inmovilizó. No tardó en
curvar los labios con una mueca cruel―. ¡Por los dioses del mar! Estos demonios
son increíblemente audaces. Este debía estar rondando por los corredores.
Cuando me vio pasar, llevando a hombros el cadáver del otro, ha debido tomar mi
apariencia. También debo hacerle desaparecer.
―Un
instante. ―La voz de Kull contenía una amenaza mortal―. ¡Esta noche ya han sido
dos los hombres que se han convertido en serpientes ante mis propios ojos!
¿Cómo puedo saber que eres verdaderamente un hombre?
Brule
soltó una carcajada.
―Por
dos razones, rey Kull. Ningún hombre―serpiente llevaría esto ―le mostró el
brazalete del dragón―, ni podría pronunciar estas palabras ―y, de nuevo, Kull
escuchó la extraña frase―: ¡Ka nama kaa lajerama!
―¡Ka
nama kaa lajerama! ―repitió Kull mecánicamente―. Pero, ¡en nombre de Valka!,
¿dónde he escuchado antes esas palabras? No es la primera vez y... sin
embargo... sin embargo...
―Sí,
las recuerdas, Kull ―dijo Brule―. Esas palabras te hacer recobrar un recuerdo
olvidado hacia ya mucho tiempo en los pasadizos de tu memoria; aunque nunca las
hayas oído pronunciar en esta vida, estuvieron tan profundamente grabadas en la
mente del hombre durante las eras pasadas que nunca se borrarán, siempre
permanecerán en tu espíritu como misteriosos recuerdos de tu memoria, aunque te
reencarnes dentro de un millón de años. Esa frase es el vestigio de eones
siniestros y sangrientos, cuando, hace ya un incalculable número de siglos, esa
frase era el salvoconducto de la raza de los hombres que luchaba contra las
terribles criaturas del Antiguo Universo. Pues, de todas las criaturas, sólo el
hombre puede pronunciar esas palabras... ya que su boca y sus mandíbulas son
diferentes. Su significado se ha olvidado, pero las palabras prevalecen.
―Así
es ―dijo Kull―. Recuerdo las leyendas... ¡Valka! ―Se calló súbitamente, con la
mirada fija, pues, como si una puerta misteriosa se abriera de par en par y
silenciosamente sobre sus goznes, perspectivas brumosas e insondables se
descubrían por entre los secretos recovecos de su mente. Y, por un instante,
tuvo la impresión de estar mirando hacia atrás, a través de las inmensidades de
sus vidas que se renovaban sin cesar. Veía a través de las pálidas brumas
espectrales las formas confusas de los siglos muertos animándose para vivir
nuevamente. Los hombres luchaban con monstruos odiosos en un planeta que
albergaba terrores sin nombre. Sobre un fondo grisáceo, incesantemente
cambiante, se desplazaban extrañas formas de pesadilla, visiones de demencia y
miedo; y el hombre, la complacencia de los dioses, el buscador ciego y
estúpido, salido del polvo para volver al polvo, siguiendo el camino largo y
sangriento de su destino, ignorando las causas, bestial titubeante, como un
niño grande de instintos sanguinarios, sintiendo en el fondo de sí mismo, en
algún oculto lugar, una centella del fuego de los dioses... Kull se pasó una
mano por la frente, totalmente turbado; aquella visiones fugitivas y brutales
de los abismos de su memoria le sorprendían siempre.
―Han
desaparecido ―dijo Brule, como si pudiera leer en su espíritu―. Las arpías, los
hombres―murciélago, las criaturas aladas, el pueblo de los lobos, los demonios,
los duendes... todos, salvo los seres como este que yace a nuestros pies y un
pequeño número de hombres―lobo. Larga y cruel fue la guerra, arrastrada durante
siglos sangrientos, desde que los primeros hombres, saliendo del limo de la era
simiesca, se alzaron contra los que entonces gobernaban el mundo. Y,
finalmente, la humanidad triunfó, hace ya tanto tiempo que sólo los escombros
de las leyendas permiten que aquellos tiempos remotos lleguen hasta nosotros
atravesando los siglos. El pueblo―serpiente fue el último en desaparecer; sin
embargo, los hombres triunfaron también sobre ellos. Se ocultaron en las
regiones desérticas del mundo, donde se acoplaron con verdaderas serpientes
hasta el día en que, dicen los sabios, por una horrible venganza,
desaparecieron completamente. Pero esas criaturas volvieron, hábilmente
disfrazadas, cuando los hombres se ablandaron y sus costumbres degeneraron
olvidando las guerras antiguas. ¡Oh, fue una guerra secreta y cruel! Entre los
hombres de la Joven Tierra se deslizaron furtivamente los monstruos terribles
del Antiguo Planeta, protegidos por el saber y sus temibles misterios, tomando
todas las formas y apariencias, cometiendo en secreto actos horribles. Ningún
hombre sabía quién era verdaderamente un hombre ni qué apariencia real tendría.
Ningún hombre podía confiar en otro hombre. Sin embargo, sirviéndose de la astucia,
idearon medios para distinguir a los verdaderos de los falsos. Los hombres
tomaron por símbolo y emblema el dragón volante, el dinosaurio alado, un
monstruo de las eras pasadas que había sido el más terrible adversario de la
serpiente. Y los hombres se sirvieron de las palabras que he pronunciado ante
ti como símbolo y señal; porque, como te he dicho, sólo un hombre auténtico
puede pronunciarlas. Así triunfó la humanidad. Pero los demonios, después de
años de negligencia y olvido, volvieron... pues el hombre es como un simio, y
sólo es capaz de recordar lo que tiene siempre a la vista. Regresaron con la
apariencia de sacerdotes y, como los hombres, por su lujuria y deseo de poder,
ya no creían en las viejas religiones y los antiguos cultos, los hombres―serpiente,
bajo el pretexto de un culto nuevo y auténtico, edificaron una religión
monstruosa basada en la adoración del dios―serpiente. Tan grande es su poder
que significa la muerte para aquel que repite las antiguas leyendas del
pueblo―serpiente. Y las gentes vuelven a postrarse ante el dios―serpiente,
aunque sea revestido de una nueva forma; y, como locos ciegos, no ven la
relación entre ese poder y aquel al que los hombres dieron fin, hace ya tantos
eones. Los hombres―serpiente se contentan con ejercer su influencia como
sacerdotes... y, sin embargo... ―se interrumpió.
―Continúa.
―A Kull se le erizaba el cabello por alguna inexplicable razón.
―Los
reyes han reinado en Valusia como verdaderos hombres ―susurró el picto―. Sin
embargo, si han muerto en el campo de batalla, lo han hecho como serpientes...
como aquel que cayó atravesado por la lanza de Diente de León, sobre las rojas
arenas, cuando los isleños asaltamos los Siete Imperios. ¿Cómo es eso posible,
rey Kull? ¡Aquellos reyes habían nacido de mujeres y habían vivido como
hombres! Y la verdad era que... los verdaderos reyes murieron asesinados en
secreto... Como tú habrías sido asesinado esta misma noche... y los sacerdotes
de la Serpiente te habrían suplantado, reinando también con el aspecto de
hombres.
Kull
juró entre dientes.
―Sí.
Habría sido así. Es un hecho conocido que el que a un sacerdote―serpiente no
vive lo bastante como para poder vanagloriarse por ello. Viven en el mayor
secreto.
―La
política es un asunto complejo y monstruoso en el seno de los Siete Imperios
―prosiguió Brule―. Hay verdaderos hombres que saben que entre ellos se deslizan
los espías de la Serpiente y los hombres que están aliados con la Serpiente,
como el barón Kaanuub de Blaal, y, sin embargo, ningún hombre intenta
desenmascarar a los sospechosos por miedo a que su venganza se abata sobre él.
Ningún hombre confía en su vecino y los verdaderos hombres de estado no se
atreven a hablar entre ellos de algo que ocupa el pensamiento de todos. Si
pudieran estar seguros, si un hombre―serpiente o un complot pudiera ser
desenmascarado ante todos ellos, el poderío de la Serpiente se desmoronaría en
pedazos sin tardanza, pues todos se aliarían y harían causa común para cazar a
los traidores. Sólo Ka―nu posee la audacia y el valor necesarios para luchar
contra ellos; pero, incluso Ka―nu, no tiene más que un conocimiento parcial del
complot, aunque suficiente para decirme lo que se estaba tramando... lo que iba
a pasar hasta este momento. Hasta ahora, he estado prevenido; pero, a partir de
este momento, debemos fiarnos de nuestra suerte y habilidad. De momento, creo
que estamos seguros; los hombres―serpiente del otro lado de la puerta no se
atreverán a dejar su puesto por miedo a que hombres verdaderos se presenten
imprevistamente. Pero mañana intentarán otra cosa, puedes estar seguro. Lo que
harán, nadie puede decirlo, ni siquiera Ka―nu; debemos seguir juntos, rey Kull,
hasta que hayamos vencido o muerto. Ahora, acompáñame mientras llevo este
cadáver hasta el escondrijo donde se encuentra la otra criatura.
Kull
siguió al picto con su siniestro fardo. Franquearon el panel secreto y se
sumergieron en el oscuro corredor. Sus pies no hacían el menor ruido, pues los
dos hombres estaban acostumbrados a cazar silenciosamente. Se deslizaron como
fantasmas a través de la luz espectral. Kull se preguntaba hasta qué punto los
corredores estaban desiertos, esperando hallar a cada recodo alguna horrible
aparición. De nuevo le asaltaron las dudas; ¿no le conduciría aquel picto hacia
una emboscada? Dejó un espacio entre él y Brule, con la espada apuntando hacia
la desnuda espalda del picto. Brule sería el primero en morir si le llevaba a
una trampa. Pero si el picto era consciente de las sospechas del rey, no lo
demostró. Avanzaba con paso seguro. No tardaron en llegar a una habitación que
no se utilizaba desde hacía mucho tiempo, cuyo suelo estaba recubierto de polvo
y en la que los cortinajes se pudrían lentamente coleando cargados de tristeza.
Brule apartó los tapices y camufló tras ellos el cadáver.
Cuando
se disponían a deshacer el camino andado, Brule se inmovilizó, con tanta
brusquedad que rozó inadvertidamente la muerte. Los nervios de Kull estaban a
flor de piel.
―Algo
avanza por el corredor ―silbó el lancero―. Ka―nu me había dicho que estos
pasajes secretos estarían vacíos; sin embargo...
Sacando
la espada, se abismó por el pasadizo. Kull le siguió, en guardia.
En
el corredor apareció una luz extraña e indistinta, avanzando hacia ellos. Con
los nervios a punto de ceder, esperaron, apoyando la espalda contra la pared
del corredor; qué era, lo ignoraban; pero Kull, escuchando el oprimido jadeo de
Brule, comprobó la lealtad del guerrero picto.
La
luz se convirtió en una forma de indefinidos contornos. Era una silueta
vagamente humana, pero brumosa e incierta, tan diáfana como una voluta de
bruma. Se iba haciendo más tangible a medida que se aproximaba, sin llegar a
ser nunca completamente sólida. Una cara apareció ante ellos, dos grandes ojos
luminosos, que parecían contener todas las torturas inflingidas durante un
millón de siglos. Aquella cara de rasgos flácidos y erosionados por el tiempo
no expresaba ninguna amenaza, sólo una gran tristeza... y aquella cara...
aquella cara...
―¡Dioses
todopoderosos! ―sopló Kull al tiempo que "na mano helada le aprisionaba el
alma―. Eallal, rey de Valusia... ¡Eallal, muerto hace ya mil años!
Brule
se adosó al muro tanto como pudo. sus ojos estrechos centellearon, dilatados
por el más puro horror; la espada le temblaba entre los dedos, sin fuerza por
primera vez desde el comienzo de aquella noche fantástica. Envarado y
arrogante, Kull mantenían su arma instintivamente dispuesta, aunque fuera algo
que sabía inútil; tenía la piel de gallina, el cabello erizado; y, no obstante,
seguía siendo el rey de reyes, dispuesto a desafiar tanto los poderes de los
muertos como los de los vivos.
El
fantasma pasó ante ellos, sin prestarles ninguna atención. Kull se pegó a la
pared mientras les adelantaba, sintiendo un soplo helado, como una brisa
procedente de las nieves árticas. La forma continuó avanzando, con pasos lentos
y silenciosos, como si las cadenas de las eras infinitas entorpecieran aquellos
pies indistintos. Luego, en un recodo del pasadizo, la forma desapareció.
―jValka!
―murmuró el picto, limpiándose las gotas de sudor frío que le perlaban la
frente―. No era un hombre... ¡sino un fantasma!
―Sí.
―Kull, estupefacto, sacudió la cabeza―. ¿No has reconocido su cara? Era
Ealllal, el que reinó en Valusia hacía un millar de años, el mismo que fue
descubierto cobardemente asesinado en el salón del trono... la Sala Maldita,
como se llama ahora. ¿No has visto nunca la estatua que hay en la Galería de
los Reyes?
―Es
cierto. Ahora recuerdo la historia. ¡Por todos los dioses! Kull, ese es otro
signo del terrible poder de los sacerdotes―serpiente. Ese rey fue asesinado por
el pueblo―serpiente; ¡su alma es esclava de ese innoble culto y debe rendirle
pleitesía por toda la eternidad! Los sabios siempre han afirmado que si un
hombre muere a manos de un hombre―serpiente, su fantasma se convertirá en su
esclavo.
Un
escalofrío recorrió la inmensa osamenta de Kull.
―¡Valka!
¡qué terrible suerte! Escucha... ―Cerró los dedos sobre el musculoso brazo de
Brule con una presa de acero―. ¡Escucha! Si soy mortalmente herido por alguno
de esos monstruos abyectos, jura que me atravesarás el pecho con tu espada para
no someter mi alma a su esclavitud.
―Lo
juro ―respondió Brule, cuyos feroces ojos se iluminaron―. Y haz tú lo mismo
conmigo, Kull.
Se
estrecharon la mano derecha, sellando silenciosamente su siniestro convenio.
4.
LAS MASCARAS
KULL
SE HALLABA SENTADO sobre el trono y miraba con aire meditativo hacia el mar de
caras vuelto hacia él. Uno de los cortesanos estaba hablando con voz reposada,
pero el rey apenas le entendía. Junto a él estaba Tu, el Primer Consejero,
dispuesto a obedecer las órdenes de Kull, y, cada vez que el monarca miraba en
su dirección, Kull temblaba interiormente. La vida superficial de la corte
evocaba en él la inmóvil superficie del mar entre el ir y el venir de las
mareas. Para el pensativo monarca, los sucesos de la noche precedente parecían
formar parte de un sueño. Dirigió la mirada hacia el reclinatorio del trono, en
el que descansaba una mano morena y musculosa. En la muñeca de aquella mano
brillaba un brazalete adornado con la figura de un dragón. Brule estaba cerca
del trono y el susurro discreto y arisco, incesante, del picto, le hacía
abandonar el reino irreal en cuyo seno se movía.
No,
aquel monstruoso intermedio no era un sueño. Sentado como estaba en el trono,
en la Sala de Audiencias, y recorriendo con la mirada a los cortesanos, damas,
nobles, políticos, tenía la impresión de que sus rostros no eran más que
substancias ilusorias, irreales, parecidas a ―sombras burlonas y equivocas.
Siempre había considerado aquellas caras como máscaras pero, hasta aquel
momento, las había soportado con desprecio, pensando ver bajo las máscaras las
almas mezquinas y los espíritus serviles de sus ávidos y picaros dueños. Pero.
observándolas, descubría bajo las máscaras uniformes una expresión aún más
siniestra, una amenaza vaga, un horror de formas todavía imprecisas. Mientras
intercambiaba fórmulas corteses con algún noble o con cualquier consejero,
tenía la impresión de que la cara sonriente se disipaba, como una humareda,
para dar paso a las terribles y abiertas mandíbulas de una serpiente. Entre los
que le miraban, ¿cuántos eran en realidad horribles monstruos inhumanos,
proyectando su muerte, bajo la ilusión hipnótica y empalagosa de un rostro
humano?
Valusia,
país de sueños y pesadillas, un reino de sombras, dirigido por fantasmas que
iban y venían tras los cortinajes pintados, burlándose de los reyes risibles e
inútiles instalados en el trono... él mismo no era más que una sombra.
Y,
como una sombra amiga, Brule se mantenía a su lado; sus ojos negros brillaban
en medio de su faz impasible. ¡Brule, un hombre de verdad! Y Kull sintió que su
amistad por el salvaje se convertía en algo real y comprendió que Brule sentía
por él una amistad que sobrepasaba la simple necesidad política.
Kull
meditó acerca de cuáles eran las realidades de la vida. ¿La ambición, el poder,
la orgullo? ¿La amistad viril, el amor de las mujeres que Kull nunca había
conocido, las batallas, el botín? ¿Quién era el verdadero Kull? ¿Era el que
estaba sentado en el trono... o acaso aquel otro que, tiempo antes, escalara
las colinas de Atlántida, saqueara las lejanas islas del crepúsculo y estallara
en carcajadas al contemplar las verdes y rugientes aguas de los mares atlantes?
¿Podía un hombre haber sido tantos hombres a lo largo de una sola vida? Kull
sabía que había numerosos Kull y se preguntaba cuál sería el verdadero. Después
de todo, los sacerdotes de la Serpiente daban un paso suplementario gracias a
su magia, pues todos los hombres llevan una máscara y muchos una máscara
distinta dependiendo del hombre o la mujer a quien se dirijan. Se preguntó si,
bajo su propia máscara, se escondería una serpiente.
Sentado
en meditación, sumido en extraños pensamientos, mientras los cortesanos se
acercaban y se alejaban, los asuntos cotidianos fueron concluyendo. El rey y
Brule se quedaron finalmente solos en la Sala de Audiencias, a excepción de dos
servidores somnolientos.
Kull
sentía un gran cansancio. Ni él ni Brule habían dormido la noche precedente, y
Kull tampoco había dormido la noche anterior a aquella, cuando, en los
jardines, K―a―nu había hecho alusión al extraño complot que se estaba tramando.
La noche pasada había acabado sin más conflictos cuando regresaron al gabinete
de trabajo del rey, a través de las galerías secretas. Pero Kull no se había
atrevido a dormir... y ni siquiera había tenido ganas de hacerlo. Kull,
poseedor de la increíble vitalidad de un lobo, había pasado antaño varios días
sin dormir, en su juventud fogosa y salvaje. Pero, en aquellos momentos, su
mente estaba cansada a fuerza de reflexionar constantemente y sus nervios
habían sido puestos a prueba durante la noche anterior. Necesitaba dormir, pero
el sueño estaba muy alejado de sus pensamientos.
Tampoco
se habría atrevido a dormir si hubiera pensado en ello. Otro hecho extraño le
había turbado profundamente: tanto él como Brule habían mantenido una atenta
vigilia para ver cuándo y si se hacía el cambio de la guardia ante el gabinete.
Pero, fue cambiada sin que se dieran cuenta; en efecto, al amanecer, los que
estaban en la puerta fueron capaces de repetir las mágicas palabras de Brule,
pero no recordaban ningún hecho que se saliera de lo ordinario. Pensaban haber
estado de guardia toda la noche, como de costumbre, y Kull no intentó demostrar
lo contrario. Estaba seguro de que eran hombres fieles, pero Brule había
aconsejado el más absoluto secreto y el propio Kull también pensaba que era
preferible.
Brule
se inclinó hacia el trono y bajó tanto la voz que ni siquiera los somnolientos
servidores pudieron oírle.
―No
tardarán en golpear, Kull. Hace un momento Ka―nu me ha hecho un discreto signo.
Los sacerdotes saben que estamos al tanto de su complot, naturalmente, pero
ignoran exactamente lo que sabemos. Debemos estar dispuestos a cualquier acción
por su parte. A partir de ahora, Ka― nu y los jefes pictos estarán al alcance
de la voz hasta que este asunto, de un modo u otro, haya terminado. ¡Ah, Kull,
si esto se transforma en una buena batalla, las calles y las mansiones de
Valusia rezumarán sangre escarlata!
Kull
sonrió cruelmente. Recibiría con cruel alegría cualquier tipo de acción. Errar
como lo estaba haciendo por un laberinto de ilusiones y magia no encajaba con
su naturaleza. Ansiaba ardientemente un combate violento y el entrechocar de
las espadas, la alegre libertad de la batalla.
No
tardaron en entrar de nuevo Tu y los demás consejeros en la Sala de Audiencias.
―Mi
rey, la hora de nuestra reunión está cercana y estamos dispuestos a escoltarte
hasta la Sala del Consejo.
Kull
se levantó y los consejeros se fueron arrodillando mientras pasaba y avanzaba
entre ellos. Después se levantaron tras él y le siguieron. Las cejas de
fruncían al ver cómo el picto caminaba orgullosamente al lado del rey, pero
nadie se atrevió a protestar. La mirada de desafío de Brule recorría los
rostros impasibles de los consejeros con la innata arrogancia del salvaje.
El
grupo atravesó diversas habitaciones para desembocar, por fin, en la Sala del
Consejo. Las puertas fueron cerradas, como era costumbre, y los consejeros se
dispusieron, según el protocolo, frente al estrado en que se erguía su monarca.
Como una estatua de bronce, Brule se colocó a espaldas de Kull.
Kull
echó un rápido vistazo por toda la sala. No parecía haber allí ningún signo de
traición. Diecisiete consejeros se encontraban en la sala, todo conocidos
suyos; y todos habían abrazado su causa cuando subió al trono.
―Hombres
de Valusia... ―empezó diciendo, convencionalmente; pero se silenció, intrigado.
Todos los consejeros se habían levantado como un solo hombre y avanzaban hacia
él. Sus caras no reflejaban ninguna hostilidad, pero sus actos eran raros para
hacerlos en la Sala del Consejo. La primera fila estaba muy cerca de él cuando
Brule saltó hacia adelante con la agilidad de un leopardo que se lanza a la
carga.
―¡Ka
nama kaa lajerama! ―Su voz retumbó en el siniestro silencio de la sala y el más
cercano de los cortesanos retrocedió, llevándose la mano rápidamente hacia sus
ropajes. Como un resorte que se dispara, Brule lanzó una estocada y el hombre
se empaló en la centelleante espada del picto. Se derrumbó a tierra y allí
quedó, inmóvil. Su cara no tardó en convertirse en algo flácido que se
disipaba, revelando la cabeza de una gran serpiente.
―¡Mátalos,
K.ull! ―dijo la áspera voz del picto―. ¡Todos son hombres―serpiente!
Lo
que siguió pareció una pesadilla escarlata. Kull vio que los rostros familiares
se ablandaban y se disipaban como la bruma, siendo reemplazados por horribles
caras reptilescas y gesticulantes mientras el grupo de enemigos se lanzaba
sobre ellos. Su mente estaba dominada por el vértigo, pero su cuerpo de gigante
no dudó.
El
canto de su espada llenó la habitación y la marea que se volcaba sobre él se
convirtió en una ola roja. Se lanzaron hacia adelante, aceptando el sacrificio
de sus vidas para poner fin a la del rey. Odiosas mandíbulas se abrían frente a
él; ojos terribles luchaban con los suyos con resuelto mirar; un abominable
olor fétido se extendió por la sala ―el olor de la serpiente que Kull ya había
respirado en las junglas del sur. Espadas y dagas saltaban hacia él y Kull
apenas se daba cuenta de cómo le laceraban y herían. Pero K.ull estaba en su
elemento; era la primera vez que se enfrentaba a enemigos tan siniestros, pero
aquello poco importaba. Vivían, sus venas contenían sangre que podía derramarse
y morían cuando su espada les hundía el cráneo o les traspasaba el cuerpo.
Estocadas y fintas... ataques súbitos y molinetes, sin embargo, K.ull habría
muerto de no ser Por el hombre que luchaba junto a él, parando golpes y
contraatacando. Pues el rey, evidentemente, estaba loco de furia, borracho de
batalla, y combatía del terrible modo en que lo hacían los atlantes, sin
preocuparse de la muerte y dejándose llevar por sus deseos frenéticos de
eliminar las filas enemigas. Ni siquiera intentaba evitar los tajos. Erguido en
todo su esplendor, luchaba incesantemente, lanzándose hacia adelante; dominada
su mente por la locura homicida, sólo albergaba un pensamiento: matar. Kull
podría haber olvidado raramente su oficio de combatiente, pero en aquellos
momentos, guiado por su más primitivo furor, rota alguna cadena en las profundidades
de su alma, se había visto sumergido en la oleada rojiza de su ira sanguinaria.
Con cada ataque, mataba a un enemigo, pero continuaban desbocándose sobre él y,
de vez en cuando, Brule apartaba el golpe que le habría matado infaliblemente,
manteniéndose siempre junto a Kull, parando y apartando las hojas con fría
habilidad. No mataba, como hacía Kull, con furiosas estocadas en el curso de
brutales asaltos, sino con golpes precisos y certeros lanzados metódicamente.
Kull
rió demencialmente. Las caras terribles giraban a su alrededor en el seno de
una luminosidad escarlata. Sintió que el acero se hundía en su brazo y abatió
la espada con un giro relampagueante. La hoja partió en dos a su adversario,
rajándole hasta el esternón. Luego las brumas se disiparon y el rey vio que no
quedaban más que Brule y él mismo alzándose por encima de un montón de formas
siniestras y escarlatas que yacían desmadejadas por el suelo.
―¡Valka!
¡Qué batalla! ―exclamó Brule enjugándose la sangre que le cubría los ojos―.
Kull, si hubieran sido guerreros acostumbrados a manejar la espada, habríamos
muerto. Pero estos sacerdotes―serpiente no conocen nada del arte de la lucha y
mueren más fácilmente que los hombres a quienes he matado hasta ahora. ¡Sin
embargo, si hubieran sido más numerosos creo que esta historia habría acabado
de otra manera!
Kull
agachó la cabeza. La locura furiosa y el frenético deseo de matar habían
desaparecido de su interior, dejándole dominado por una sensación de enorme
ofuscación y cansancio. La sangre le corría por numerosas heridas en el pecho,
hombros, brazos y piernas. Brule también sangraba por una veintena de heridas y
le dirigió al rey una inquieta mirada.
―Mi
señor Kull, ven. Tus heridas deben ser vendadas lo antes posible por las
mujeres.
Kull
le apartó con un borracho movimiento de su poderoso brazo.
―No.
Ya nos ocuparemos de eso cuando haya acabado por completo con este asunto. Tú
puedes ir; haz que te curen las heridas. Te lo ordeno.
El
picto soltó una carcajada furiosa.
―Tus
heridas son más numerosas que las mías, mi rey ―empezó diciendo. Pero calló
como si una súbita idea hubiera atravesado su mente―. ¡Por Valka! ¡Kull, esta
no es la Sala del Consejo!
Kull
miró a su alrededor y, rápidamente, otras brumas parecieron disiparse.
―No.
Estamos en la misma sala en que Eallal fue muerto hace ya mil años... ¡Desde
entonces no se utiliza y se la llama la Cámara Maldita!
―¡Entonces,
por los dioses, finalmente, nos han engañado! ―exclamó Brule, dominado por el
furor y golpeando con el pie los cadáveres inmóviles tirados por el suelo―.
¡Hemos caído en su trampa como imbéciles! Con sus artes mágicas han cambiado la
apariencia de todas las cosas...
―En
ese caso, hemos terminado con sus sortilegios ―dijo Kull―, pues, si hay
verdaderos hombres entre los consejeros de Valusia, deben estar reunidos en la
verdadera Sala del Consejo en estos precisos momentos. ¡Sígueme, aprisa!
Dejaron
la habitación con sus siniestros ocupantes, avanzando por corredores
aparentemente abandonados. No tardaron en llegar ante la verdadera Sala del
Consejo. ¡Kull se inmovilizó y un horrible estremecimiento le recorrió! En la
Sala del Consejo alguien hablaba con voz tenante... ¡una voz que era la suya
propia!
Con
mano temblorosa apartó los cortinajes y echó una mirada a la habitación. Los
consejeros, fieles réplicas de los hombres a quienes él y Brule acababan de
matar, estaban sentados en la Sala y en el estrado se hallaba Kull, rey de
Valusia.
Retrocedió,
con la mente dominada por un repentino mareo.
―¡Es
demencial! ¿Acaso soy yo Kull? Del que está en el estrado o de mí mismo...
¿cuál es en verdad el verdadero Kull? ¿Seré una sombra... una quimera?
La
mano de Brule, apretándole el hombro y sacudiéndole violentamente, le hizo
recobrar el sentido.
―¡En
nombre de Valka, no seas estúpido! ¿Cómo puedes sorprenderte después de todo lo
que hemos visto? ¿No comprendes que esos son verdaderos hombres, embrujados por
un hombre―serpiente que ha tomado tu apariencia, como los otros tomaron la de
tus consejeros? A esta hora deberías estar muerto y el monstruo que ves
reinaría en tu lugar sin que sospechasen nada quienes se inclinan ante él.
Salta y mata rápidamente, pues, si no, estamos perdidos. Los Asesinos Rojos,
verdaderos hombres, están cerca de él, y sólo tú eres capaz de llegar hasta él
y matarle. ¡Actúa sin más tardanza!
Kull
consiguió sobreponerse a la turbación que le invadía y echó la cabeza hacia
atrás, con aquel movimiento de desafío que le era característico. Inspiró larga
y hondamente, como un nadador antes de sumergirse en el mar; luego, apartando
bruscamente las colgaduras, se lanzó hacia el estrado y lo alcanzó con un único
salto poderoso. Brule había dicho la verdad. Cerca del hombre―serpiente se
encontraban los Asesinos Rojos, combatientes entrenados para golpear tan
rápidamente como el leopardo; cualquiera que no hubiese sido Kull habría muerto
antes de poder llegar hasta el usurpador. Pero al ver a Kull, idéntico al
hombre que se hallaba cerca de ellos sobre el podio, los Asesinos Rojos se
quedaron clavados en sus puestos, absortos... sólo un instante, pero lo
suficiente para el rey bárbaro. El que se encontraba sobre el estrado quiso
desenvainar la espada, mas, justo cuando sus dedos se cerraban sobre el pomo,
la hoja de Kull se hundió en su cuerpo, sobresaliéndole entre las vértebras. La
criatura que los consejeros habían tomado por el rey se derrumbó hacia
adelante. Cayó a los pies de la tarima y se quedó tendida en el suelo, inmóvil.
―¡Esperad!
―Kull levantó una mano y la voz real detuvo en seco el impulso de los
guardianes que se abalanza han sobre él. Y, mientras se detenían turbados, Kull
señaló con el dedo a la criatura que yacía a sus plantas... la criatura cuyo
rostro se disipaba para ser reemplazado por la monstruosa cabeza de una
serpiente. Retrocedieron atemorizados y, mientras Brule entraba por una de las
puertas, Ka―nu lo hizo por otra.
Estrecharon
las ensangrentadas manos del rey y fue Ka―nu quien primero habló.
―Hombres
de Valusia, vuestros ojos no os han equivocado y tenéis toda la razón. Este es
el verdadero Kull, el rey más grande que haya conocido Valusia. El poder de la
Serpiente se ha despedazado y sois hombres verdaderos. Rey Kull, ¿alguna orden?
―Recoged
esta basura ―dijo el rey. Los hombres de la guardia se apoderaron de la muerta
criatura―. Ahora, seguidme ―dijo el rey; y, precediéndoles, les condujo hasta
la Cámara Maldita. Brule, echando una inquieta mirada a su monarca, le ofreció
el sostén de su brazo, pero Kull lo rechazó.
La
distancia le pareció infinita al rey cubierto de sangre, pero, por fin, llegó
hasta el umbral de la puerta y rió duramente al escuchar las horrorizadas
exclamaciones de sus consejeros.
Siguiendo
sus órdenes, los guardias arrojaron el cadáver que habían transportado al
interior de la cámara, junto con los demás, y, haciendo un signo a todo el
mundo para que se retirase, Kull dejó el último la cámara, cerrando la puerta a
sus espaldas.
Se
tambaleó, mareado. Las caras se volvieron hacia él, lívidas y llenas de
preguntas. Luego giraron y se confundieron en una bruma espectral. Sintió que
la sangre de sus heridas le corría por el cuerpo y comprendió que lo que tenía
que hacer había de hacerlo entonces o nunca.
La
espada siseó al salir de la funda.
―Brule,
¿estás a mi lado?
―¡Sí!
―La cara de Brule le miraba a través de la niebla. Estaba junto a él, pero la
voz del lancero resonaba en sus oídos como si estuviera a leguas y eones de
distancia.
―Recuerda
tu juramento, Brule. Ahora, diles que retrocedan.
Se
hizo sitio con el brazo izquierdo mientras blandía la espada. Luego, con todas
las fuerzas que le quedaban, mientras disminuía su poder velozmente, la clavó
en el montante de la puerta, hundiendo el arma hasta la guarda, sellando la
cámara para siempre.
Con
las piernas separadas, titubeando como un borracho, se enfrentó a los
consejeros dominados por el terror.
―Que
esta cámara sea doblemente maldita. Que estos esqueletos se queden ahí para
siempre... como símbolo de la moribunda potencia de la Serpiente. En este
instante, hago el juramento de perseguir a los hombres―serpiente de un
continente a otro, a través de los mares, sin cesar hasta que todos ellos hayan
perecido, hasta que el Bien se los lleve y las fuerzas de las Tinieblas hayan
sido arrasadas. Yo lo juro... yo... Kull... rey... de... Valusia.
Las
piernas se negaron a seguir sosteniéndole. Las caras bailaron y giraron. Los
consejeros se lanzaron hacia él pero, antes de que pudieran alcanzarle, Kull
cayó lentamente a tierra y se quedó inmóvil en el suelo, con el rostro vuelto
hacia el techo.
Los
consejeros se amontonaron alrededor del derrumbado monarca, hablando y
cotorreando. Ka―nu les apartó con los puños, lanzando salvajes juramentos.
―¡Retroceded,
insensatos! ¿Queréis sofocarle, quitarle la poca vida que todavía le queda? ―le
dijo al guerrero que se inclinaba sobre Kull.
―¿Muerto?
―Brule refunfuñó despectivamente―. No se mata tan fácilmente a un hombre como
él. La falta de sueño y la pérdida de sangre le han debilitado mucho... por
Valka, tiene una veintena de heridas graves, pero ninguna es mortal. Sin
embargo, que esos locos que no hacen más que hablar hagan venir, lo antes
posible a las mujeres de la corte.
Los
ojos de Brule brillaban feroces y altaneros.
―¡Valka!
Ka―nu, ignoraba que existiera un hombre como él en estos tiempos decadentes.
Algún día se pondrá en pie y, entonces, ¡que los hombres―serpiente del mundo
entero se guarden de Kull de Valusia. ¡Valka! ¡Será una caza sin precedentes!
Oh, veo largos de años prosperidad para el mundo con el un rey como el nuestro
en el trono de Valusia.
LOS
ESPEJOS DE TUZUN THUNE
Un
extraño país majestuoso que se extiende Más allá del Espacio, más allá del
Tiempo. EDGAR ALAN POE LLEGA A SUCEDER QUE INCLUSO LOS REYES conocen el tiempo
del inmenso hastío. Y al llegar, el oro del trono se transforma en cobre y las
colgaduras del palacio se ensombrecen. Las joyas de la corona y las pedrerías
de los dedos de las mujeres dejan de brillar y sólo lo hacen como el hielo de
los mares blanquecinos; los discursos de los hombres están tan desprovistos de
sentido como los tintineos del cascabel del bufón y todas las cosas se convierten
en irreales; el propio sol se apaga en los cielos y el soplo del océano verde
pierde su frescor.
Kull
se hallaba sentado sobre el trono de Valusia, y la hora del hastío le agobiaba.
Ante él desfilaban, interminablemente y sin razón, los hombres, las mujeres,
los sacerdotes, los acontecimientos, las sombras; las cosas percibidas y las
cosas que se esperaban. Pero, al igual que las sombras, todo iba y venía sin
dejar más rastro sobre su comprensión que el sentimiento de un inmenso
aburrimiento. Sin embargo, Kull no estaba fatigado. Soñaba con cosas que
estaban más allá de él mismo, más allá de la corte de Valusia. Una ^8^
agitación turbaba su mente y extraños sueños luminosos atormentaban su alma.
Cuando lo ordenó, apareció ante él Brule, el Asesino de la Lanza, el guerrero
de Pictlandia, procedente de las islas que se erguían más allá de Occidente.
―Mi
señor rey, estás cansado de la vida en la corte. Ven conmigo, y en mi galera
navegaremos al azar de los océanos.
―No
―murmuró Kull, apoyando el mentón sobre el puño poderoso―. Estoy harto de todo.
La ciudad me aburre, las fronteras están tranquilas. Ya ni siquiera oigo los
cantos del mar que escuchaba cuando sólo era un niño en las escarpadas costas
de Atlántida, cuando la noche centelleaba con millares de estrellas. Los verdes
bosques ya no me atraen como antaño. Hay en mí algo raro, un deseo que no puedo
formular. ¡Vete!
Brule
partió, inquieto, dejando a su rey sentado en el trono y sumido en sombríos
pensamientos. Y, precisamente entonces, una muchacha de la corte se deslizó a
los pies de Kull y le susurró:
―Gran
rey, ve a ver a Tuzun Thune, el mago. Conoce los secretos de la vida y de la
muerte, sabe leer en las estrellas y ha recorrido las tierras que están
sumergidas bajo el mar.
Kull
miró a la muchacha. Sus cabellos eran de oro fino, y sus ojos violeta eran
curiosamente oblicuos; era bella, pero la belleza tenía poco interés para Kull.
―Tuzun
Thune ―repitió―. ¿Quién es?
―Un
mago de la Raza Extinta. Vive aquí, en Valusia, cerca del Lago de las Visiones,
en la Casa de los Mil Espejos. Todas las cosas son conocidas por él, mi rey.
Habla con los muertos y conversa con los demonios de las Tierras Perdidas.
Kull
se levantó.
―Iré
a ver al mago. Pero no digas nada, ¿entiendes?
―Soy
tu esclava, mi señor.
Y
cayó de rodillas humildemente, pero cuando Kull se volvió, la sonrisa de su
boca escarlata reveló la perfidia, lo mismo que sus ojos almendrados.
Kull
se dirigió a la morada de Tuzun Thune, al borde del Lago de las Visiones, una
vasta extensión de agua azul―lada y apacible; numerosos palacios se alzaban en
sus orillas, barcos de recreo, con forma de cisnes, se deslizaban plácidamente
por su superficie brumosa y desde todo lados se elevaban los sonidos de una
música dulce.
La
Casa de los Mil Espejos era amplia y espaciosa, pero sin pretensiones. Los
portales estaban abiertos, y Kull subió los peldaños de una larga escalinata;
entró sin hacerse anunciar y, en una inmensa sala cuyos muros estaban tapizados
de espejos, encontró a Tuzun Thune, el mago. El hombre parecía incluso más
viejo que las colinas de Zalgara, su piel era de cuero curtido, pero sus ojos
grises brillaban como acero pulido.
―Kull
de Valusia, mi casa es tuya ―dijo inclinándose profundamente, con una cortesía
del pasado, al tiempo que le señalaba al rey un asiento tan majestuoso como un
trono.
―Me
han dicho que eres mago ―declaró Kull―. ¿Puedes realizar maravillas?
Se
había apoyado en el codo, con el mentón en la mano, considerando al anciano
sombríamente. El mago sonrió, extendió la mano y abrió y cerró los dedos.
―¿Acaso
no es una maravilla que esta carne ciega/ obedezca las órdenes de mi cerebro?
Camino, respiro, hablo... ¿no son esas maravillas?
Kull
meditó unos momentos y luego preguntó:
―¿Puedes
evocar a los demonios?
―Ciertamente.
Puedo hacer surgir uno, más terrible que todos los del más allá, con sólo
abofetearte. Kull se sobresaltó y agachó la cabeza.
―¿Y
los muertos? Puedes conversar con los muertos?
―Siempre
converso con los muertos, como lo hago contigo en estos momentos. La muerte
comienza con el nacimiento y todos los hombres empiezan a morir en el mismo
momento en que llegan al mundo; en este preciso instante, tú estás muerto, rey
Kull, puesto que has nacido.
―Pero
tú eres más viejo que el resto de los hombres; ¿acaso los magos no mueren?
―Los
hombres mueren cuando llega su hora. Ni antes ni después. La mía no ha sonado
todavía.
Kull
consideró aquellas respuestas.
―Así
que el mayor mago de Valusia no es más que un hombre como los demás, y yo he
sido embaucado para venir hasta aquí.
Tuzun
Thune sacudió la cabeza.
―Los
hombres no son otra cosa que hombres, y los más sabios son los que aprenden las
cosas más simples Contempla mis espejos, rey Kull.
El
techo estaba cubierto de espejos, los muros hallábanse tapizados con ellos,
todos unidos a la perfección, pero de todas las formas y tamaños.
―Los
espejos son el reflejo del mundo, Kull ―murmuró el mago―. Contempla mis espejos
y descubre la sabiduría.
Kull
eligió uno al azar y lo miró intensamente. Los del muro de enfrente se
reflejaban en él, y reflejaban otros muchos, tantos que tuvo la impresión de
tener frente a sí un interminable corredor centelleante formado por la
totalidad de los espejos; y a su fondo pudo ver una minúscula silueta. Kull la
contempló largamente antes de comprender que era su propio reflejo. Miró y se
sintió invadido por un sentimiento de pequeñez, como si aquella silueta fuera
la del verdadero Kull y representase sus exactas y verdaderas proporciones. Se
volvió y fue a situarse ante otro espejo.
―Mira
bien, Kull ―dijo el mago―. Es el espejo del pasado.
Una
bruma gris oscurecía el cristal, grandes masas brumosas se agitaban y cambiaban
como el fantasma de un río gigantesco; y, a través de la neblina, Kull vio
fugitivas visiones, visiones de horror y extrañeza, bestias y hombres que se
movían en ella y formas que no eran ni de hombre ni de bestia; grandes flores
exóticas se desvanecían en la cenicienta visión, gigantescos árboles tropicales
se alzaban en los ribazos de fétidos pantanos en los que se revolcaban reptiles
monstruosos; el cielo era lívido, habitado por dragones voladores, y los mares
agitados bramaban al arrojar de su seno olas implacables contra las enlodadas
orillas. El hombre no existía todavía, el hombre era un sueño de los dioses, y
formas de pesadilla ondulaban y se deslizaban a través de una jungla horrible.
Y en la jungla se desarrollaban batallas y masacres y amores terribles. La
muerte se hallaba presente, pues Muerte y Vida caminan tomadas de la mano. Las
playas viscosas del mundo dejaban alzar los aullidos de los monstruos y siluetas
increíbles se arrastraban entretanto bajo la lluvia incesante.
―El
que representa el porvenir. Silencioso, Kull lo miró.
―¿Qué
estás viendo?
―Un
mundo extraño ―murmuró el rey―. Los Siete Imperios se derrumban por el polvo y
son olvidados. Las mareas del océano se estrellan muy por encima de las eternas
montañas de Atlántida; las cimas de la occidental Lemuria son las islas de un
mar ignorado. Desconocidos salvajes recorren los antiguos condados, y nuevos
países han surgido de las profundidades para profanar los antiguos santuarios.
Valusia ha desaparecido y también las demás naciones que hoy existen, y los
hombres del mañana me son desconocidos. Y tampoco ellos nos conocen.
―El
futuro está avanzando ―declaró tranquilamente Tuzun Thune―. Vivimos en el hoy,
¿qué podemos hacer del ayer o del mañana? Las ruedas giran, las naciones se
yerguen y se derrumban; el mundo cambia, los tiempos recaen en el salvajismo y
la barbarie para encontrar más tarde, a lo largo de las eras, la civilización.
Antes de que Atlántida fuese, ya existía Valusia, y antes de Valusia los
Antiguos Reinos. También nosotros hemos pisoteado a las tribus perdidas en
nuestro camino hacia el porvenir. Tú, tú que has venido de las verdes colinas
de Atlántida para apoderarte de la antigua corona de Valusia, piensa que mi
tribu es muy antigua, que reinamos en estas tierras antes de que los valusios
llegaran del Este, cuando el hombre aún no existía en las regiones marinas.
Pero el hombre ya vivía aquí cuando las Viejas Tribus surgieron de los
desiertos, y otros hombres hubo antes que ellos, unas tribus antes que otras
tribus. Las naciones pasan y son olvidadas, pues tal es el destino de la
Humanidad.
―Sí
―murmuró Kull―. Sin embargo, ¿no es una lástima que la belleza y la gloria de
los hombres desaparezca como la bruma del verano?
―Si
ese es su destino, ¿por qué habría de ser de otra forma? No lloro por las
desaparecidas glorias de mi raza, ni tampoco me preocupo por las razas que
vendrán. Vive el presente, Kull, vive el presente. Los muertos están muertos;
los que todavía no han nacido, no existen. ¿Qué importa que los hombres te
olviden cuando tú te hayas olvidado de ti mismo en los silenciosos mundos de la
muerte? Contempla mis espejos y descubre la sabiduría.
Kull
eligió otro espejo y en él se miró.
―Es
el espejo de la más profunda magia. ¿Qué ves, Kull?
―Nada
más que a mí mismo.
―Mira
mejor, Kull. ¿Eres tú? Kull miró fijamente el inmenso espejo, y no vio otra
cosa que su propia imagen.
―Acabo
de situarme ante este espejo ―murmuró con voz pensativa―, y he dado ya vida a
ese hombre. Sobrepasa mi entendimiento, pues primero lo vi en las aguas calmas
de los lagos atlantes, y luego le he vuelto a ver en los espejos de Valusia
enmarcados en oro. El es yo, él es mi sombra, forma parte de mí, puedo
conjurarlo o hacerlo desaparecer a mi capricho, pero sin embargo... (Se
interrumpió, al tiempo que extraños pensamientos susurraban en los tenebrosos
abismos de su espíritu como murciélagos revoloteando en una inmensa caverna.)
Y, pese a todo, ¿dónde se halla cuando no estoy frente a un espejo? ¿Es quizá
un poder del hombre ser capaz de formar a su placer, o destruir, una sombra de
vida, una sombra de la existencia? ¿Cómo puedo saber si, cuando me aparto del
espejo, desaparece en las tinieblas de la nada...? ¡Por Valka! ¿Es él el hombre
o lo soy yo? ¿Cuál de nosotros es fantasma del otro? Estos espejos no son acaso
más que ventanas por las que contemplamos otro mundo. ¿Piensa lo mismo que yo?
¿No soy una sombra, un reflejo de él mismo para sus ojos, lo mismo que él lo es
así para los míos? Y, si yo soy el fantasma, cómo es ese otro mundo que habita
en el espejo? ¿Qué ejércitos combaten en él, qué monarcas lo gobiernan? Este
mundo nuestro es el único que conozco. Ignorándolo todo del otro, ¿cómo puedo
juzgarlo? ¡Seguramente también habrá en él verdes colinas y mares embravecidos
y vastas llanuras en las que los hombres se alinean en orden de batalla! Dime,
mago, tú que eres el más sabio de los hombres, dime si hay otros mundos más
allá del nuestro.
―Un
hombre tiene dos ojos para poder ver ―replicó el mago―. Quien desee ver,
primero debe creer.
Las
horas pasaron lentamente y Kull quedóse sentado frente a los espejos de Tuzun
Thune, contemplándose a sí mismo. A veces le parecía ver roca dura y lisa,
otras veces, profundidades insondables. Como la superficie del mar era el
espejo de Tuzun Thune, tan uniforme como el océano bajo los rayos oblicuos del
sol naciente o bajo la oscuridad de las estrellas cuando ningún ojo puede
percibir sus simas; vasto y místico como cuando el sol lo golpea de tal modo
que al observador se le corta el aliento al adivinar sus abismos sin fondo. Así
era el espejo que contemplaba Kull.
Finalmente,
el rey se levantó y se marchó totalmente turbado. Y Kull regresó a la Casa de
los Mil Espejos; día tras día volvía para sentarse durante horas frente a los
espejos. Unos ojos le miraban, unos ojos parecidos a los suyos, y, sin embargo,
sentía una diferencia, una realidad de que no eran los de él. Durante largos
horas miraba fijamente el espejo con rara intensidad; y, hora tras hora, su
imagen le contemplaba.
Los
asuntos del palacio y del Estado fueron desdeñados. El pueblo murmuraba. El
semental de Kull piafaba impaciente en las cuadras mientras los guerreros de
Kull jugaban a los dados y discutían sin razón. Kull no tenía cura. En algunos
momentos parecía hallarse a punto de descubrir algún monstruoso secreto. La
imagen del espejo no era para él un simple reflejo; la cosa, del modo en que él
la veía, era una entidad, muy parecida a él en apariencia, pero también tan
alejada de Kull como lo están los polos de una esfera. La imagen, pensaba,
poseía una personalidad diferente a la suya; no dependía de Kull, lo mismo que
el rey no dependía de ella. Y, día tras día, Kull se preguntaba en qué mundo
viviría realmente; ¿era él la sombra, algo evocado por la voluntad del otro?
¿Era él, y no el reflejo, el que vivía en un mundo ilusorio, en la sombra del
mundo real?
Kull
empezó a soñar con poder penetrar en la personalidad del espejo, aun por un
momento solamente, para ver lo que había que ver; pero, si franqueaba aquella
puerta, ¿podría regresar? ¿Encontraría un mundo idéntico a aquel en que
habitaba? ¿Un mundo del que el suyo no era más que un sencillo reflejo? ¿Dónde
estaba la realidad, dónde la ilusión?
Algunas
veces Kull se preguntaba como aquellas ideas, aquellos sueños, habían podido
penetrar en su mente, si acaso los suscitaba él mismo o si... y, entonces, sus
pensamientos en emborronaban. Sus meditaciones le eran propias; ningún hombre
gobernaba sus pensamientos y aún era capaz de evocarlos a su capricho; pero,
¿podía estar seguro? ¿No eran como murciélagos, aleteantes, yendo y viniendo a
su antojo, que siguieran las órdenes y cumplieran la voluntad de... de quién?
¿De los dioses? ¿De las Mujeres que tejen la tela del Destino? Kull no abocaba
a ninguna conclusión, pues, con cada paso que daba, se perdía cada vez más en
las grises brumas de los postulados ilusorios y de las refutaciones. No sabía
más que una cosa: extrañas visiones invadían su mente, como murciélagos
aleteando al azar, surgidos de la susurrante nada de la inexistencia; nunca
antes había alimentado aquellos pensamientos, pero reinaban ya en su cerebro,
día y noche, y en todo momento tenia la sensación de deambular por una niebla
vertiginosa; y su sueño se veía turbado por imágenes desconocidas y
monstruosas.
―Dime,
mago ―preguntó, sentado ante el espejo con la mirada hincada sobre su propia
imagen―, dime cómo puedo franquear la puerta. Porque, en verdad lo digo, ya no
sé si el mundo real está aquí y esa imagen es su reflejo. Bajo una forma u
otra, lo que veo debe existir.
―Ve
y cree ―susurró el mago―. El hombre debe creer para poder cumplir. La forma es
una sombra, la substancia es una ilusión, la materia es un sueño; el hombre
existe porque cree que existe; ¿qué es el hombre sino un sueño de los dioses?
Sin embargo, el hombre puede ser lo que desea ser; sombra y substancia no son
más que quimeras. El espíritu, el yo, la esencia del sueño divino, esa es la
realidad, eso es lo que permanece inmortal. Ve y cree, si quieres cumplir,
Kull.
El
rey no lo comprendió; nunca comprendía claramente los enigmáticos parlamentos
del mago, y, sin embargo, suscitaban en él una vaga reacción positiva. Así, día
tras día, fue sentándose ante los espejos de Tuzun Thune. Y, todas las veces,
el mago quedaba agazapado a sus espaldas como una sombra.
Llegó
el día en que Kull pareció distinguir por unos momentos unas tierras
desconocidas; las imágenes pasaban por su mente y le inspiraban pensamientos
vagos, reminiscencias confusas. Día tras día perdía el contacto con su
universo, las cosas le parecían más irreales, y el reflejo del espejo se
convertía en la única realidad. Kull ya creía aproximarse a las puertas de
mundos más poderosos, vagamente apercibía inmensos panoramas y las brumas de la
irrealidad se iban disipando...
La
forma es una sombra, la substancia es una ilusión, sólo son quimeras, le
repetía en su subconsciente la voz del mago. Recordaba sus palabras y le
parecía que ya podía entenderlas... la forma y la substancia, ¿no podría
cambiarlas a voluntad su conocía el secreto, si poseía la llave que abría
aquella puerta? ¿Qué mundos entre los mundos esperaban al explorador atrevido?
El
hombre del espejo parecía sonreírle y acercarse ―cada vez más cerca―, mientras
la niebla se alzaba, una niebla que envolvía el reflejo... Kull sintió una
extraña sensación, un vértigo, parecía transformarse, fundirse...
―¡Kull!
El
aullido rompió el silencio en un millón de fragmentos vibratorios.
Las
montañas se derrumbaron y los mundos vacilaron mientras Kull, atrapado por
aquel grito frenético, hacía un esfuerzo sobrehumano para escapar de algo que
desconocía.
Un
súbito estrépito y Kull se encontró en la gran sala de Tuzun Thune, ante un
espejo roto en mil pedazos, con la mente turbada, medio cegado por la
estupefacción. Allí, a sus pies, yacía el cuerpo de Tuzun Thune, cuya hora, al
fin, había sonado; y ante él se erguía Brule, el Lancero, empuñando una espada
ensangrentada, con los ojos desorbitados y llenos de terror.
―¡Valka!
―juró el guerrero―. ¡Qué a tiempo he llegado!
―Pero...
¿Qué ha pasado? ―farfulló el rey.
―Pregúntaselo
a esta traidora ―replicó el Lancero, señalando a una muchacha prosternada ante
el rey, en una pose de abyecto temor, y a quien Kull reconoció como quien le
había enviado a casa de Tuzun Thune―. Mientras entraba vi cómo te fundías en el
espejo como si fueras humo desapareciendo en el cielo. ¡Por Valka! Si no lo
hubiera visto con mis propios ojos, no lo habría creído... Casi habías
desaparecido cuando mi grito te retuvo.
―Sí
―murmuró Kull―, esta vez estuve a punto de franquear la puerta.
―¡Era
un monstruo muy astuto! ―añadió Brule―. ¿No comprendiste, Kull, que había
tejido y arrojado sobre ti la tela de su magia? Kaanuub de Blaal ha complotado
con este mago para desembarazarse de ti, y esta muchacha, descendiente de la
Antigua Raza, insinuó en tu espíritu la idea de venir aquí. El consejero Ka―nu
ha descubierto hoy mismo el complot; no sé lo que has visto en ese espejo, pero
gracias a él, Tuzun Thune ha embotado tu alma y ha estado a punto, gracias a
sus sortilegios, de transformar tu cuerpo en humo...
―Realmente
―resopló Kull, que aún no había salido de su estupor―. Pero siendo un mago,
conociendo todo el saber de las edades y despreciando el oro, la gloria y el
poder, ¿qué podía ofrecer Kaanuub para hacer de Tuzun Thune un innoble traidor?
―Oro,
gloria y poder ―masculló Brule―. Cuanto antes aprendas que los hombres siguen
siendo hombres ya se trate de magos, reyes o siervos, antes sabrás reinar con
sabiduría, Kull. Y, ahora, ¿qué hacemos con ella?
―Nada,
Brule ―respondió el rey mientras la muchacha lloriqueaba a sus pies―. Ella sólo
ha sido el instrumento. Levántate, pequeña, y vete. Nadie te hará mal alguno.
Una
vez solo con Brule, Kull contempló una última vez los espejos de Tuzun Thune.
―Puede
que urdiera contra mí, Brule, no dudo de tu palabra, pero... ¿su brujería iba a
transformarme en humo, o bien iba a desvelarme un secreto? Si no me hubieras
rescatado, si me hubiese hundido en el espejo, ¿no habría descubierto otros
mundos?
Brule
echó una mirada a los espejos y se encogió de hombros, reprimiendo un
escalofrío.
―Tuzun
Thune ha almacenado aquí el saber de todos los infiernos. Partamos, Kull, antes
de que yo también quede embrujado.
―Partamos
―respondió Kull, y, uno junto al otro, abandonaron la Casa de los Mil Espejos
donde, quizá, se hallaban prisioneras las almas de los hombres.
Hoy
ya nadie se mira en los espejos de Tuzun Thune. Las embarcaciones de placer
evitan la orilla en que se alza la casa del mago y nadie se aventura en ella,
nadie osa penetrar en la sala donde la osamenta seca y putrefacta de Tuzun
Thune yace frente a los espejos de la ilusión. Es un lugar maldito, y si esa
casa debe seguir en pie durante otros mil años, ningún paso debe levantar ecos
en ella. Sin embargo, Kull, sobre su trono, medita a menudo, pensando en el
extraño saber y en los misteriosos secretos que perdió, haciéndose preguntas...
Kull
sabe que hay otros mundos más allá de los mundos. Y sabe también que el mago le
embrujó con palabras o con la magia del hipnotismo, con argumentos extraños que
se desarrollaron ante la mirada del rey, tras aquella puerta mágica. Y Kull
está menos convencido de la realidad desde que sumergió la mirada en los
espejos de Tuzun Thune.
EL
JARDIN DEL MIEDO
ANTAÑO
YO FUI HUNWULF, el Errante. Soy incapaz de comprender si mi conocimiento de ese
hecho se debe a algún medio oculto o esotérico, y no intentaré explicarlo. Un
hombre recuerda su vida pasada; yo recuerdo mis vidas pasadas. Lo mismo que un
individuo normal recuerda aquellas formas que fueron las suyas durante su
infancia, su juventud y adolescencia, yo recuerdo las formas que fueron James
Allison en las edades olvidadas. El por qué de esta memoria no sabría decirlo,
lo mismo que tampoco puedo justificar la miríada de otros fenómenos de la
naturaleza a los que diariamente nos vemos confrontados, yo y cualquier otro
mortal. Pero ahora, tendido aquí, esperando la muerte que me liberará de la
larga enfermedad que padezco, contemplo con la mirada clara y limpia el inmenso
panorama de las vidas que se han sucedido para llegar hasta mí. Veo los hombres
que fueron yo, y veo las bestias que vivieron en mi.
Mi
memoria, remontándose al filo de los siglos, no se detiene con la aparición del
Hombre. ¿Cómo podría ser así si el animal se confunde tanto con el hombre que
no existe una linea de división claramente trazada, algo que marque los límites
de la bestialidad? En este preciso instante diviso un paisaje crepuscular,
oscuro, entre los árboles gigantescos de un bosque primitivo en el que el
hombre nunca ha pisado con sus pies recubiertos de cuero. Veo una masa enorme,
erizada de pelo, de andar pesado y renqueante... avanza cansina y torpemente,
aunque con rapidez, a veces erguida, a veces a cuatro patas. El ser busca
gusanos e insectos, rascando bajo los troncos podridos; sus pequeñas orejas se
agitan continuamente. Levanta la cabeza y revela unos colmillos amarillentos.
Es primitivo, bestial, antropoide. Y, sin embargo, reconozco su parentesco con
la entidad que ahora se llama James Allison. ¿Parentesco? Digamos más bien
unidad. Yo soy él, él es yo. Mi carne es sensible, blanca, desprovista de pelo;
la suya oscura, dura, hirsuta. Y, pese a todo, hemos sido uno, y su cerebro
embrionario, poblado por las sombras, comienza a agitarse y a verse dominado
por pensamientos de hombre, groseros, caóticos, fugitivos. Y, no obstante,
ellos son el fundamento de todas las grandes y orgullosas visiones que los
hombres han tenido en todas las épocas que se han sucedido desde entonces.
Mi
conocimiento no se detiene ahí. Se remonta todavía más lejos, muy lejos,
ofreciéndome perspectivas olvidadas hacia las que no me atrevo a volverme,
abismos demasiado sombríos y demasiado terribles como para que el espíritu
humano pueda sondearlos. Sin embargo, incluso allí, tengo conciencia de mi
identidad, de mi individualidad. Les aseguro que el individuo nunca se pierde,
ni en el pozo negro del que un día salimos arrastrándonos, berreando, ciegos y
repudiados, ni en el eventual Nirvana al que algún día accederemos... y que he
podido ver, a lo lejos, centelleando como un lago azulado en el crepúsculo,
entre las montañas estelares.
Pero
ya basta. Les hablaré de Hunwulf. ¡Oh, pasó hace tanto tiempo, tantísimo
tiempo! Hace cuánto exactamente, no me atrevo a decirlo. ¿Debería buscar pobres
comparaciones humanas para describir las descripciones indescriptibles e
incomprensiblemente lejanas? Detde aquella era, la Tierra ha cambiado de
aspecto no una vez, sino una docena de veces. Ciclos completos de la especie
humana han cumplido sus destinos.
He
sido Hunwulf, uno de los hijos de los Aesir de rubios cabellos quienes, desde
las heladas llanuras de la helada Asgard, enviaron a sus tribus de ojos azules
por el mundo, en migraciones seculares, para dejar la marca de su paso en
muchos extraños lugares. Nací durante una de las migraciones hacia el sur.
Nunca contemplé la tierra de mis ancestros, allí donde la mayoría de los
pueblos nórdicos vive todavía en tiendas de piel de caballo, entre las nieves.
Crecí
hasta la edad adulta durante aquella larga carrera vagabunda, en una edad
cruel, vigorosa e indómita en que los Aesir no reconocían a dios alguno salvo a
Ymir, el gigante de la barba helada por la escarcha, y cuyas hachas estaban
tachonadas por la sangre de numerosas naciones. Mis músculos parecían cuerdas
de acero trenzado. Mis cabellos rubios caían sobre mis poderosos hombros como
la melena de un león. Ceñíame los ríñones con una piel de leopardo. Podía
manejar la pesada hacha de punta de sílex con cualquiera de mis manos.
Año
tras año mi tribu se encaminaba hacia el sur, describiendo a veces inmensos
arcos hacia el este o el oeste, afincándose a veces durante meses o años en
valles o fértiles llanuras, en lugares donde pululaban animales comedores de
hierba. Pero siempre descendía hacia el sur, lenta e inexorablemente. A veces,
nuestra ruta nos conducía a través de vastas soledades inanimadas en las que
nunca había retumbado un grito humano. A veces, extraños pueblos primitivos se
oponían a nuestro avance. Nuestro rastro pasaba entonces por encima de las
cenizas anegadas en sangre de las aldeas destruidas. Durante aquel viaje
errático, durante aquellas cacerías y matanzas, llegué a la edad adulta y amé a
Gudrún.
¿Qué
puedo decir de Gudrún? ¿Cómo describir los colores a un ciego? Sólo puedo decir
que su piel era más blanca que la leche, que sus cabellos eran de oro fundido
cuando el brillo del sol jugueteaba entre sus bucles, que la ligera belleza de
su cuerpo habría hecho avergonzarse el sueño que modeló a las diosas griegas.
Pero soy incapaz de hacerles comprender el fuego y la maravilla que albergaba
Gudrún. No se pueden establecer comparaciones; sus cánones de la mujer reflejan
solamente a las mujeres de una época. Pero, junto a ella, serían como simples
bujías intentando rivalizar con el resplandor de la luna llena. No, en
milenios, ninguna mujer se ha asemejado a Gudrún. Cleo―Patra, Tais, Helena de
Troya, todas fueron pálidos reflejos de su belleza, pobres imitaciones de la
rosa que floreció en todo su esplendor solamente en el origen del tiempo.
Por
Gudrún abandoné mi pueblo y mi tribu. Parti hacia las tierras desoladas,
exilado y fuera de la ley, con sangre manchándome las manos. Ella era de mi
raza, pero no de mi tribu: una niña perdida a la que habíamos encontrado,
errando solitaria por un bosque sombrío, extraviada por algún pueblo errante de
nuestra propia sangre. Creció en el seno de la tribu. Cuando alcanzó la madurez
de su gloriosa y joven femineidad fue entregada a Heimdull, el Poderoso, el más
grande de todos los cazadores de la tribu.
Pero
el sueño de Gudrún era una locura que me devoraba el alma, un fuego que ardía
en mi interior eternamente. Por ella maté a Heimdull, aplastando su cráneo con
mi hacha de sílex antes de que pudiera llevarla a su choza de piel de caballo.
Y luego comenzó nuestra larga huida para escapar de la venganza de mi tribu.
Gudrún me siguió con alegría, pues me amaba con ese amor de las mujeres Aesir
que es como una llama devoradora que destruye la debilidad. Oh, era un tiempo
salvaje, la vida era cruel y sanguinaria, y los débiles morían rápidamente. No
había en nosotros nada suave o dulce. Nuestras pasiones eran las de la
tempestad, el asalto y el choque de la batalla, la del desafío del león.
Nuestros amores eran tan terribles como nuestros odios.
Y de
aquel modo me llevé a Gudrún lejos de la tribu y los asesinos nos siguieron la
pista muy de cerca. Durante una noche y un día nos siguieron los pasos hasta
que, a nado, atravesamos un río desbordado, un torrente bramador y espumeante
que incluso los hombres de Asgard no se atrevieron a franquear. Pero en la
locura de nuestro amor y nuestro descuido, nos lanzamos al agua y nadamos,
golpeados y zarandeados por el furor de las olas. Y llegamos a la otra orilla
sanos y salvos.
Después
de aquello, durante numerosos días, atravesamos los bosques de las regiones del
altiplano, guaridas de tigres y leopardos, y llegamos, por fin, a una gran
cadena montañosa. Los azules contrafuertes se recortaban contra el cielo de un
modo terrible y las pendientes se sucedían a las pendientes.
En
aquellas montañas fuimos atormentados por los vientos helados y por el hambre, atacados
por cóndores que se abatían sobre nosotros entre el fragor de sus alas
gigantescas. En el transcurso de siniestras batallas en los desfiladeros agoté
todas las flechas y quebré la lanza de punta de sílex. Pero franqueamos
finalmente el lúgubre espinazo de la cordillera y, descendiendo por las laderas
septentrionales, llegamos a la vista de una aldea hecha de cabanas de tierra
entre los acantilados. Aquella aldea estaba habitada por gentes pacíficas de
piel morena que hablaban una lengua desconocida y practicaban extrañas
costumbres. Pero nos recibieron con el signo de la paz y nos llevaron a su
poblado. Colocaron ante nosotros carne, pan de cebada y leche fermentada, se
acuclillaron formando un círculo a nuestro alrededor al tiempo que comíamos, mientras
una mujer golpeaba levemente sobre un tambor con forma de cuenco para
honrarnos.
Habíamos
llegado a la aldea en el crepúsculo. La noche cayó durante los festejos. Por
todas partes se alzaban acantilados y picos, como masas imponentes recortándose
contra las estrellas. El pequeño grupo de chozas terrosas y las minúsculas
hogueras se perdían en la inmensidad de la noche. Gudrún sintió la soledad y la
desolación agobiante de las tinieblas. Se apretó contra mí, apoyándome el
hombro en el pecho. Pero mi hacha estaba al alcance de la mano, y yo mismo no
había sentido ningún atisbo de miedo.
El
pequeño pueblo de piel ocre se acurrucaba ante nosotros. Hombres y mujeres
intentaban hablarnos, haciendo gestos con sus manos menudas. Por haber habitado
siempre en el mismo lugar, dentro de una seguridad relativa, estaban
desprovistos de la intransigente ferocidad de los nómadas Aesir. Sus manos
revoloteaban con gestos amistosos a la luz del fuego.
Les
hice comprender que habíamos llegado del norte, que habíamos atravesado el
espinazo de la gran cadena montañosa y que, al día siguiente por la mañana,
teníamos la intención de descender hacia las verdeantes llanuras que habíamos
visto más al sur desde las cimas. Cuando comprendieron mi intención empezaron a
gritar mientras sacudían la cabeza violentamente y golpeaban como locos en el
tambor. Estaban tan ansiosos por comunicarme algo que me confundían en vez de
iluminarme. Finalmente, consiguieron hacerme comprender que no querían que
abandonase las montañas. Al sur de la aldea había un peligro que acechaba. Pero
no pude saber si se trataba de un hombre o de un animal.
Cuando
todos ellos gesticulaban y mi atención estaba puesta en su mímica, el golpe
cayó. Advertí en primer lugar un súbito trueno de alas batiendo en mis oídos.
Luego, una forma sombría surgió de la noche y algo me golpeó en la cabeza al
tiempo que me daba la vuelta. Caí, medio inconsciente. ¡En aquel instante
escuché a Gudrún lanzando un aullido mientras era arrebatada de mi lado!
Levantándome de un salto, temblando por el furioso deseo de desgarrar y
masacrar, vi una forma oscura que desaparecía nuevamente en las tienieblas, con
una forma blanca que gritaba y se debatía prisionera entre sus garras.
Aullando
de dolor y rabia empuñé el hacha y cargué contra las tinieblas... Me detuve
bruscamente, huraño y desesperado, sin saber en qué dirección ir.
El
pueblecillo moreno se había esparcido por doquier, gritando y proyectando
chispas en todas direcciones al atrepellar las hogueras en su ansia por volver
a sus cabanas. Pero de nuevo volvían a salir, arrastrándose temerosos y
gimoteantes como perros heridos. Se reunieron a mi alrededor y me agarraron con
manos tímidas, parloteando en su idioma. Maldije mi impotencia, enfermo de
rabia, sabiendo que querían decirme algo que yo no conseguía comprender.
Por
fin, les dejé que me condujeran hasta la hoguera. El más anciano de la tribu
trajo una cinta de cuero ahumado, un pote de arcilla con materiales colorantes
y un bastón. Sobre el cuero, pintó la silueta de una criatura alada llevándose
a una mujer blanca. Oh, era muy grosero, pero comprendí el significado. Acto
seguido, todos me señalaron hacia el sur y empezaron a gritar ruidosamente en
su propia lengua. Comprendí que la amenaza contra la que me habían prevenido
era la del ser que se habia llevado a Gu―drún. Hasta aquel momento yo había
creído que habia sido arrebatada por los aires por uno de los cóndores de las
montañas. Pero el dibujo ejecutado por el anciano con la negra pintura era, más
que nada, el de un hombre alado.
Lenta
y laboriosamente empezó a trazar algo que por fin reconocí. Era un mapa... sí,
incluso en aquella época oscura teníamos mapas, primitivos, cierto, pero que un
hombre moderno hubiera sido incapaz de interpretarlos, a causa de la diferencia
de nuestro simbolismo.
Aquello
nos llevó mucho tiempo, y se hizo la medianoche antes de que el viejo hubiera
terminado y yo comprendido sus dibujos. Pero finalmente, todo quedó
completamente claro. Si seguía el camino trazado en el mapa, descendiendo el
largo y estrecho valle en que se alzaba la aldea, atravesando una llanura y
siguiendo después una sucesión de desgarradas pendientes, llegaría al lugar en
donde moraba el ser que había robado a mi compañera. En aquel lugar, el viejo
dibujó lo que parecía ser una cabana deforme, con numerosos signos extraños a
su alrededor, trazados con la ayuda de pigmentos rojos. Los dibujaba con el
dedo, y luego me señalaba a mí, sacudía la cabeza y lanzaba gritos sonoros que
parecían indicar un gran peligro para aquellos seres.
Más
tarde intentaron persuadirme de que no fuera, pero, en mi ardor, tomé la cinta
de cuero y el saco de comida que me habían puesto a la fuerza entre las manos
(¡realmente era un pueblo muy extraño para aquella época!), recogí el hacha y
me dirigí hacia las tinieblas sin luna. Mis ojos eran más penetrantes de lo que
puede concebir una mentalidad moderna, y mi sentido de la orientación era el de
un lobo. Una vez grabado el mapa en mi cerebro, habría podido tirarlo y
dirigirme infaliblemente hacia el lugar Que buscaba. Sin embargo, lo plegué y
me lo guardé en el cinturón.
Caminé
tan rápido como pude bajo la claridad de las estrellas, sin preocuparme de las
bestias feroces que, quizá, buscaban una presa... osos de las cavernas o tigres
de dientes de sable. A veces, escuchaba cómo la arenilla se deslizaba bajo
patas furtivas. Por un instante, entreveía unos ojos feroces y amarillos
ardiendo en las tinieblas y percibía formas que, en medio de la oscuridad,
huían cuando me acercaba. Pero proseguí intrépidamente mi carrera, con un humor
tan desesperado que no era capaz de cederle el paso a ningún animal, ¡por
terrible que fuera!
Atravesé
el valle, escalé una cresta montañosa y llegué a una amplia meseta, cuajada de
zanjas y alfombrada de rocas. La franqueé y, en las tinieblas que preceden el
alba, empecé a descender por las laderas llenas de asechanzas. Parecían no
terminar nunca, y desaparecían a mis pies como una larga línea escarpada e
inclinada que se perdía en la oscuridad. Pero continué con mi temerario
descenso, sin detenerme ni para desatar la cuerda de cuero que llevaba
enrollada alrededor de los hombros. Confiaba en mi suerte y mi destreza para
llegar a la base de la montaña sin romperme el cuello.
Y,
justo cuando la aurora lamía con su blanca luz las cimas, llegué a un amplio
valle rodeado de acantilados prodigiosos. En aquel lugar en que me hallaba, el
valle se extendía al este y al oeste. Los acantilados convergían en su extremo
inferior, dándole el aspecto de un gran abanico que se estrechase rápidamente
hacia el sur.
El
suelo era uniforme, atravesado por un curso de agua sinuoso. Algunos árboles se
elevaban en él, aislados. No había rastrojos, pero sí un tapiz de altas hierbas
que, en aquella época del año, estaban particularmente secas. A lo largo del
curso de agua crecía una vegetación exuberante y, por aquí o por allá,
deambulaban unos mamuts, verdaderas montañas de carne y músculos llenas de
pelo.
Me
quedé a buena distancia, pues aquellos gigantes eran demasiado poderosos para
que me enfrentase a ellos. Confiaban en su poder, y sólo temían una cosa en el
mundo. Orientaban hacia mí sus grandes orejas y levantaban las trompas con aire
amenazador si me acercaba a ellos más de lo imprescindible, pero no me
atacaron. Corrí rápidamente entre los árboles. Cuando llegué al lugar donde
convergían los acantilados el sol aún no se había levantado por encima de las
murallas del este, cuyas crestas destacaban con una llamarada dorada. El
descenso por las montañosas laderas, pese a que me había llevado toda la noche,
no había afectado mis músculos de acero. No sentía ninguna fatiga; el furor me
devoraba aún con el mismo ardor. No podía saber lo que se hallaba más allá de
los acantilados; no hice hipótesis. Mi cerebro sólo dejaba penetrar la negra
cólera y el ansia por masacrar.
Los
desfiladeros no formaban un muro compacto. Aquello quería decir que los
extremos de las paredes rocosas no se unían completamente, y que dejaban una
ranura o una brecha, de cien pies de ancha. La corriente de agua la atravesaba
y los árboles crecían robustos junto a ella. Crucé la brecha, tan ancha como
larga, y desemboqué en un segundo valle, o, más bien, en la continuación del
primero que se ampliaba nuevamente más allá del pasaje.
Las
paredes rocosas se alejaban en una curva pronunciada hacia el este y el oeste,
para formar una muralla gigantesca que rodeaba el valle completamente,
describiendo un vasto óvalo. Formaban un reborde azulado alrededor del valle,
sin brecha alguna, con la excepción de un pedazo de cielo claro que parecía
indicar otra abertura en el extremo septentrional. El valle interior tenía la
forma de una botella con dos bocas.
El
gollete por el que había penetrado estaba lleno de árboles que crecían
numerosos en varios cientos de metros. Luego daban paso bruscamente a un campo
de flores carmesíes. A varios cientos de metros más allá del lindero de los
árboles, pude ver un extraño edificio.
Debo
hablar de lo que veía no sólo como Hunwulf, sino también como James Allison.
Hunwulf no comprendía nada más que muy vagamente las cosas que veía, y, como
Hunwulf, no sería capaz de describirlas. Yo, en mi vida como Hunwulf, lo
ignoraba todo sobre la arquitectura. Las únicas moradas construidas por la mano
del hombre que yo hubiera visto eran las tiendas de cuero de caballo de mi
Pueblo y las chozas de tierra con techumbre de paja del pueblo devorador de
cebada... y otros pueblos igual de primitivos.
Así
que, como Hunwulf, sólo podría decir que contemplaba una gran choza, cuya
construcción sobrepasaba mi entendimiento. Pero yo. James Allison, sé que era
una torre, de unos sesenta pies de altura, construida con una curiosa piedra
verde, extremadamente pulida, y revestida de una sustancia que daba la
impresión de semitransparen―cia. Era cilindrica y, por lo que podia ver,
desprovista de puertas y ventanas. El cuerpo principal de la construcción puede
que tuviese setenta pies de altura. En su centro se elevaba una torre más
pequeña que remataba el conjunto. Aquella torre, con una circunferencia apenas
más pequeña que el cuerpo principal del edificio, estaba rodeada por una
especie de galería con un parapeto almenado. Tenía dos puertas curiosamente
abovedadas y ventanas enrejadas con sólidos barrotes, como pude darme cuenta
incluso desde el lugar donde me encontraba.
Aquello
era todo. No había ningún signo de presencia humana. Ningún signo de vida en el
valle. Pero resultaba evidente que aquel castillo era lo que el viejo de la
montaña se había esforzado en dibujar. Y estaba seguro de poder encontrar a
Gudrún en su interior... si es que vivía aún.
Más
allá de la torre pude contemplar la débil claridad de un lago azulado en el que
se precipitaba la corriente de agua, siguiendo la curvatura de los muros
occidentales. Disimulado entre los árboles, examiné la torre y las flores que
la rodeaban por todas partes. Crecían con exuberancia a lo largo de los muros y
se extendían a lo largo de cientos de metros en todas direcciones. Volvía a
haber árboles al otro extremo del valle, cerca del lago, pero ninguno crecía
entre las flores.
Aquellas
flores no se parecían a ninguna planta que hubiera visto hasta entonces.
Crecían muy cerca unas de otras. Tenían unos cuatro pies de altura, con una
sola flor en cada tallo... una flor más grande que la cabeza de un hombre, con
largos pétalos pulposos, muy cerca unas de otras. Aquellos pétalos, de un color
rojo carmesí, parecían heridas abiertas. Los tallos eran tan gruesos como el
puño de un hombre, incoloros, casi transparentes. Las hojas de un verde
venenoso tenían la forma de puntas de lanza, marchitándose en largas colas
serpentinas. Su aspecto era repugnante, y me pregunté lo que camuflaría su
densidad.
Todos
mis instintos, desarrollados por una vida salvaje, estaban fuertemente
excitados. Sentía un peligro oculto, exactamente igual al que habría sentido
ante un león emboscado, antes incluso de que mis sentidos lo percibieran.
Estudié de cerca las compactas hojas, preguntándome si ocultarían alguna
serpiente inmensa. Mis narices se dilataron al buscar un olor, pero el viento
no soplaba en mi dirección. Sin embargo, había algo anormal en aquel inmenso
jardín. Aunque el viento del norte lo atravesaba, ninguna flor se movía,
ninguna hoja se agitaba. Permanecían inmóviles y sombrías, como aves de presa
de lánguidas cabezas. Tuve la extraña sensación de que me observaban como
criaturas vivientes.
Hubiera
podido decirse que era el paisaje visto en un sueño. A ambos lados, los
acantilados azules se elevaban hacia un cielo desprovisto de nubes. A lo lejos,
el lago se sumía en una tranquilidad dormida y la torre, de un verde
fantástico, se alzaba en medio de aquel campo de un color rojo lívido.
Y
había otra cosa... Aunque el viento soplase en dirección contraria, sentía
manar de las flores un olor, una exhalación de cubil... de muerte, podredumbre
y corrupción.
Me
agazapé bruscamente, permaneciendo a cubierto. Habia vida en el castillo. Una
silueta emergió de la torre. Se acercó al parapeto, se inclinó por encima y
miró hacia el valle. Era un hombre, pero un hombre como nunca había soñado, ¡ni
siquiera en una pesadilla!
Era
alto y robusto. Su piel era negra, con la tintura del ébano pulido. Pero los
rasgos que hacían de él una pesadilla humana eran las alas de murciélago que
sobresalían por encima de sus hombros aun estando plegadas. Sabia que sus alas
eran auténticas: aquel hecho resultaba evidente e indiscutible.
Yo,
James Allison, he meditado largamente sobre aquel fenómeno del que fui testigo
con los ojos de Hunwulf. Aquel hombre alado, ¿era solamente un monstruo, un
ejemplo de una aberración de la naturaleza viviendo en una soledad y desolación
inmemoriales? ¿O bien era el superviviente de una raza olvidada que había
aparecido, reinado y extinguido antes de la llegada del hombre tal y como
nosotros lo conocemos? Quizá el pueblo moreno de las colinas habría podido
responder a aquellas preguntas, pero carecíamos de un lenguaje común. Sin
embargo, me inclino por esta última hipótesis. Los hombres alados se encuentran
muy frecuentemente en la mitología; se les halla en las leyendas populares de
numerosas naciones y numerosas razas. Tan lejos como el hombre puede remontarse
en el pasado gracias a los mitos, crónicas y leyendas, encuentra siempre
historias de arpías y dioses alados, de ángeles y demonios. Las leyendas son
los reflejos deformados de realidades preexistentes. Estoy persuadido de que en
otros tiempos hubo una raza de hombres alados de piel oscura que reinó en el
mundo preadánico y de que yo, Hunwulf, encontré al último superviviente de
aquella raza en el valle de las flores rojas.
Estos
pensamientos los formulo como James Allison, con mi saber moderno que es tan
imponderable como mi ignorancia moderna.
Yo,
Hunwulf, no me daba a tales especulaciones. El escepticismo moderno no formaba
parte de mi naturaleza, y no pretendía racionalizar lo que parecía no coincidir
con un universo natural. No reconocía ningún dios, excepto Ymir y sus hijas,
pero no ponía en duda la existencia ―como demonios― de otras deidades,
veneradas por otras razas. Seres sobrenaturales de toda especie estaban en
pleno acuerdo con mi concepto de la vida y del universo. Creía tanto en la
existencia de dragones, espíritus y diablos como en la de leones, búfalos y
elefantes. Aceptaba aquella aberración de la naturaleza como un demonio
sobrenatural, y no me preocupaba en lo más mínimo ni por sus orígenes ni por su
procedencia. Tampoco me sentía dominado por un pánico provocado por un terror
supersticioso. Yo era un hijo de Asgard que no temia ni a hombres ni a
demonios, y confiaba más en la fuerza demoledora de mi hacha de sílex que en
las plegarias de los sacerdotes y los encantamientos de los brujos.
Pero
no me lancé inmediatamente a la descubierta para ir al asalto de la torre. La
prudencia instintiva de la vida salvaje era mía, y no veía ningún medio de
escalar los muros del castillo. El hombre alado no necesitaba puertas, pues
entraba, por todas las evidencias, por arriba, y la superficie lisa de los
muros parecía desafiar al escalador más avezado. Pero pronto se me presentó un
medio para acceder a lo alto de la torre. Dudaba, esperando a ver si otros
seres alados se presentaban ante mí, aunque tuviese el sentimiento inexplicable
de que aquel era el único de su especie en todo el valle... quizá en todo el
mundo. Mientras me mantenía al acecho, oculto entre los árboles, observando, le
vi apartar los codos del parapeto y estirarse con la ligereza de un enorme
felino. Luego atravesó la galería circular y penetró en la torre. Un grito
sordo retumbó en el aire y me tensé, aunque descubrí que no era el grito de una
mujer, No tardó en aparecer el sombrío dueño del castillo, arrastrando tras él
una silueta más pequeña... una forma que se retorcía, se debatía y lanzaba
lastimeros gritos. Vi que se trataba de un hombrecillo moreno, muy parecido a
los habitantes de la aldea de la montaña, capturado, no tenía dudas, del mismo
modo que lo había sido Gudrún.
Mantenido
entre los brazos de su gigantesco adversario, parecía un niño. El hombre negro
desplegó las inmensas alas y echó a volar desde el parapeto, llevado a su
cautivo como un cóndor que llevase un corderillo. Planeó por encima del campo
de flores y yo me agazapé en un refugio de hojarasca, mirando estupefacto el
extraño espectáculo.
El
hombre alado, planeando en lo alto del cielo, lanzó un grito raro y fantástico.
Fue respondido de un modo terrible. El estremecimiento de una vida horrible
recorrió el campo encarnado que se extendía bajo él. Las grandes flores rojas
temblaron, se abrieron, desplegaron los pétalos carnosos, parecidos a bocas de
serpientes. Los tallos parecieron distenderse y alzarse hacia el cielo con
impaciencia. Las largas hojas se levantaron y estremecieron, produciendo un
sonido curiosamente funesto, como un serpentín de campanas. Un ligero silbido
capaz de poner la carne de gallina retumbó por todo el valle. Las flores
suspiraban, tendiéndose hacia lo alto. Con una risa diabólica, el hombre alado
dejó caer a su cautivo, que seguía debatiéndose vanamente.
Con
el aullido de un alma condenada, el hombre moreno cayó rápidamente,
aplastándose entre las flores. Las plantas se lanzaron sobre él con un
estremecido silbido. Sus tallos espesos y flexibles se curvaron, como cuellos
de serpientes, y sus pétalos se cerraron sobre la carne. Un centenar de flores
se asieron a él como los tentáculos de algún gigantesco pulpo, sofocándole y
machacándole. Sus gritos agónicos llegaron hasta mi, ensordecidos; estaba
completamente cubierto por las flores que se abatían silbando sobre él. Las que
se encontraban lejos de su alcance se agitaban y retorcían furiosamente como si
quisieran arrancar sus propias raices en su deseo por reunirse con sus
congéneres. En toda la pradera las grandes flores rojas se inclinaban y
retorcían hacia el lugar donde la siniestra batalla se desarrollaba. Los gritos
disminuyeron y fueron siendo cada vez más débiles hasta desaparecer. Un
terrible silencio reinó en todo el valle. El hombre negro volvió a la torre con
un vuelo apacible y desapareció en su interior.
Poco
después, las flores se fueron apartando una tras otra de su víctima que quedó
tendida, blanca e inmóvil. Sí, su palidez era peor que la de la muerte. Se
habría dicho que era una estatua de cera, una efigie de mirada quieta, a la que
toda gota de sangre le hubiera sido absorbida. Y una sorprendente
transformación era visible en las flores que había en las proximidades del
cuerpo. Los tallos ya no eran incoloros; estaban hinchados y teñidos de un rojo
sombrío, como bambúes transparentes, estallando de sangre fresca.
Impulsado
por una curiosidad insaciable, abandoné furtivamente mi refugio entre los
árboles y me deslicé hasta las mismas lindes del campo encarnado. Las flores
silbaron y se inclinaron hacia mí, dilatando los pétalos como el capuchón de
una cobra excitada. Elegí una flor alejada de las demás, corté el tallo de un
hachazo y la criatura se derrumbó por el suelo, retorciéndose como una
decapitada serpiente.
Cuando
sus movimientos cesaron, me incliné sorprendido sobre ella. El tallo no era
hueco como había supuesto... es decir, hueco como un bambú seco. Estaba
atravesado por una red de venas, parecidas a filamentos; algunos estaban
vacíos, otros exudaban una savia incolora. Las colas que unían las hojas al
tallo eran notablemente tenaces y ligeras. Las propias hojas estaban bordeadas
de espinas curvadas, como si fueran acerados colmillos.
Cuando
aquellas espinas se hundían en la carne, la víctima se veía forzada a arrancar
la planta entera, a partir de las raíces, si quería escapar.
El
pétalo era tan ancho como mi mano y tan grueso como una porra armada con
clavos. En el borde interno, cada uno de ellos estaba recubierto de
innumerables y minúsculas bocas, no más grandes que la cabeza de un alfiler. En
el centro, en el lugar que debía haber ocupado el pistilo, había una punta
arpada, cuya textura recordaba la de una espina, con estrechos canales que
unían los cuatro bordes dentados.
Una
vez terminadas mis investigaciones de aquella horrible parodia de vegetación,
levanté súbitamente los ojos, justo a tiempo de ver reaparecer sobre el
parapeto al hombre alado. No pareció sorprendido al verme. Gritó algo en una
lengua desconocida e hizo un gesto burlón mientras yo me quedaba inmóvil como
una estatua, asiendo fuertemente el hacha. No tardó en dar media vuelta y
penetrar en el interior de la torre, como lo había hecho antes. Y, al igual que
antes, volvió llevando a una cautiva. Mi furor y mi odio casi se sumergieron en
el torrente de alegría que se desbordó en mi al ver que Gudrún estaba viva.
Pese
a su fuerza ligera, que era la de las panteras, el hombre negro mantenía a
Gudrún con la misma facilidad con que habia sujetado al hombrecillo moreno.
Levantando su cuerpo blanco, que no dejaba de debatirse en el aire por encima
de la cabeza del ser alado, me la mostró mientras lanzaba gritos sarcásticos.
Los rubios cabellos de Gudrún caian sobre los blancos hombros, y se agitaba
vanamente y me gritaba, dominada por un terror y un horror extremos. Raramente
una mujer Aesir conoce un terror tan abyecto como el que se había apoderado de
Gudrún. Medí el abismo de la diabólica conducta de su raptor por sus gritos
desenfrenados.
Pero
me quedé inmóvil. Si hubiera valido que para ayudarla hubiese tenido que
hundirme en el interior de aquel pantano rojo como el infierno, aceptando ser
apresado, traspasado y chupada toda mi sangre por aquellas flores diabólicas,
lo hubiese hecho. Pero aquello no habría ayudado en nada. Mi muerte, solamente,
la habría privado de su único defensor. Así que me quedé inmóvil mientras
Gudrún se retorcía y sollozaba, mientras las risotadas del hombre negro hacían
desbocarse en mi cerebro las rojas oleadas de la demencia. En un momento, hizo
un gesto como de arrojarla entre las flores. Mi control de acero estuvo a punto
de ceder y de impulsarme en aquel mar rojizo e infernal. Pero sólo era un
simulacro. No tardó en arrastrarla de nuevo a la torre y lanzarla a su
interior. Luego volvió al parapeto, apoyando en él los codos y quedándose en
aquella postura para observarme. Aparentemente, jugaba conmigo como un gato
hace con un ratón antes de matarlo.
Sin
embargo, con el hombre negro todavía acechándome, volví la espalda y me hundí
en el interior del bosque. Yo, Hunwulf, no era un pensador, al menos no en el
sentido que lo entienden los hombres modernos. Vivía en una época en la que las
emociones se traducían por el golpe del hacha de sílex más que por los
elaborados productos del intelecto. Y, pese a todo, yo no era el animal
desprovisto de inteligencia que el hombre supone que debía ser. Poseía un
cerebro humano, estimulado por la eterna lucha de la existencia y la
supremacía.
Sabía
que no podía franquear vivo la banda rojiza que rodeaba el castillo. Antes de
que pudiera dar una docena de pasos, una multitud de puntas dentadas se habrían
hundido en mi carne y sus bocas ávidas chuparían la sangre de mis venas para
alimentar su apetito demoníaco. Incluso mi energía de tigre me sería inútil
para intentar abrirme camino entre ellas.
El
hombre alado no me siguió. Mirando por encima del hombro, le vi acodado
solemnemente en la misma posición. Cuando sueño, como James Allison, los sueños
de Hunwulf, esta imagen se encuentra como grabada en mi mente. Veo la silueta
de gárgola, con los codos plantados en el parapeto, como un meditabundo diablo
medieval, agazapado sobre las almenadas murallas del Infierno.
Franqueé
las gargantas del valle y penetré en el que había más allá, en el que los
árboles se diseminaban y los mamuts seguían las corrientes de agua con su
pesado deambular. Me detuve tras sobrepasar a la manada y, sacando dos piedras
de sílex de la mochila, me agaché e hice saltar una chispa hacia la seca
hierba. Yendo rápidamente de un sitio para otro, eligiéndolos cuidadosamente,
encendí una docena de hogueras, dispuestas en un amplio semicírculo. El viento
del norte las atizó, las hizo propagarse y las empujó ante él. En pocos
instantes, una muralla de llamas avanzó con rapidez hacia el fondo del valle.
Los
mamuts dejaron de comer, levantaron las grandes orejas y lanzaron barrites de
alarma. No temían más que una cosa en el mundo: ¡el fuego! Empezaron a batirse
en retirada hacia el sur, las hembras empujando a las crías ante ellas; los
machos barritando tan fuerte como harán las trompetas en el Juicio Final. Con
un gruñido de tormenta, el fuego extendiéndose acelerado, los mamuts huían ante
la conflagración precipitadamente, en desorden. Era un terrible huracán de
carne, un terrible temblor de tierra, huesos y músculos devastando y
aplastándolo todo a su paso. Los árboles estallaban y caían ante ellos, el
suelo temblaba bajo sus patas violentas. Tras ellos llegaba el rápido fuego. Y,
justo detrás, iba yo, siguiendo las llamas tan de cerca que la tierra humeante
me quemaba las sandalias de piel ciervo.
Atravesaron
el estrecho gollete con un gruñido retumbante, nivelando los espesos
bosquecillos como una guadaña gigantesca. Los árboles eran arrancados y
desarraigados; era como si un tornado se hubiera abismado por el pasadizo.
Con
un trueno ensordecedor de sus patas machacando la tierra entre barrites, se
desbocaron hacia el mar de flores rojas, como una devastadora tempestad. Las
plantas demoníacas habrían hecho caer a un solo mamut aislado, pero, bajo el
impacto de la manada entera, parecían flores ordinarias. Los mastodontes,
enloquecidos por la furia, las aplastaron por completo, las patearon, las
machacaron, las abatieron, las hicieron jirones, hundiéndolas en la tierra, que
absorbió sus humores.
Temblé
por un instante, temiendo que aquellos brutos continuaran su loca carrera hacia
el castillo y que este fuera incapaz de soportar su asalto fatal.
Evidentemente, el hombre alado compartía mis temores, pues se lanzó
enérgicamente desde lo alto de la torre y voló rápido hacia el cielo,
dirigiéndose hacia el lago. Pero uno de los machos se dio de cabeza contra la
muralla, rebotó sobre la superficie uniforme, lisa y sin curvas, y embistió
contra el que le seguía inmediatamente y el rebaño se dividió en dos.
Sobrepasaron mugiendo la torre, rodeándola por los lados. Los mastodontes
pasaron tan cerca de ella que sus flancos velludos se rasparon contra las
murallas. Bajaron a lo largo del campo encarnado y se dirigieron en medio del
estruendo de los truenos hacia el lejano lago.
El
fuego alcanzó el lindero de los árboles y se apagó por sí solo. Los restos
aplastados y atestados de savia de las plantas rojas no ardían. Los árboles,
sin raíces o aún en pie, humeaban y crepitaban, devorados por las llamas. Ramas
ardientes llovían a mi alrededor mientras me abalanzaba a través de los
árboles. Luego corrí hacia el gigantesco guadañazo que la carga de la manada
había producido en el lívido campo.
Mientras
corría le grité a Gudrún, quien me respondió.
Su
voz sonaba ensordecida y acompañada por un martilleo. El hombre alado la había
encerrado en la torre.
Cuando
llegué a la base de las murallas del castillo, pisoteando lo que quedaba de las
flores rojas y los tallos serpentinos, desenrollé la cuerda de cuero en bruto,
la hice girar y envié la lazada hacia arriba, apuntando a uno de los morlones
del parapeto almenado. No tardé en trepar a pulso por ella, agarrándola entre
los dedos de los pies, hiriéndome codos y dedos contra el luso muro mientras
permanecía suspendido en el aire.
Estaba
a menos de cinco pies del parapeto cuando fui galvanizado por un batir de alas
cerca de mi cabeza. El hombre negro se abatió desde lo alto del cielo y se posó
en la galería. Tuve una buena vista suya cuando se inclinó por encima del
parapeto. Sus rasgos eran rectos y regulares; no había en él ninguna sugerencia
de rasgos negroides. Sus ojos eran aberturas oblicuas y los dientes le
brillaban con un salvaje rictus de odio triunfal. Durante mucho, muchísimo
tiempo, había reinado en el valle de las flores rojas, cobrando un tributo de
vidas humanas a los desgraciados pobladores de las colinas, llevándose por los
aires víctimas inocentes para que sirvieran de alimento a sus flores
carnívoras, aquellos medio animales que eran sus subditos y sus protegidos. En
aquellos momentos, yo estaba en su poder; mi encarnizamiento y audacia no
habían servido de nada. Un único golpe de la curva daga que empuñaba me
enviaría al pie de la muralla, cayendo hacia la muerte. En alguna parte,
Gudrún, viendo en qué peligro me encontraba, lanzaba gritos de bestia salvaje.
Luego, una puerta se rompió con un estrépito de paneles en explosión.
El
hombre negro, dedicado a su demoníaco plan, apoyó el borde acerado de la hoja
contra la cuerda de cuero... luego, por su espalda, un brazo blanco y vigoroso
se cerró sobre su cuello y fue violentamente echado hacia atrás. Por encima de
sus hombros pude ver la cara magnífica de Gudrún, sus hirsutos cabellos, sus
ojos dilatados por el horror Y la rabia. El hombre negro se volvió con un
rugido, luchando contra su presa. La arrancó de su cuello y la tiró contra la
torre con tal violencia que Gudrún quedó inmóvil, medio aturdida. Luego, se
volvió hacia mí. Pero, en el mismo instante, yo terminaba de trepar ya hasta el
parapeto y saltaba hacia la galería empuñando el hacha.
Dudó
por unos instantes; medio desplegó las alas. Aún asía la daga, preguntándose si
debía batirse o huir por el aire. Por la talla, era un gigante, y sus músculos
destacaban como surcos ribeteados por todo su cuerpo. Pero dudaba, tan inseguro
como un hombre enfrentado a una bestia.
Yo
no dudé. Con un rugido que me nació en el fondo de la garganta, salté hacia
adelante y eché hacia atrás el hacha con toda mi fuerza de coloso. Con un grito
estrangulado levantó los brazos. Pero el filo del hacha se hundió entre ellos
silbando y le aplastó el cráneo, reduciéndolo a sangrientos fragmentos.
Me
volví hacia Gudrún. Se arrodilló titubeante y, luego, me echó los brazos al
cuello en un frenético abrazo de amor y miedo, abriendo los ojos de forma
desorbitada y mirando el lugar en que yacía el alado señor del valle. La pulpa
enrojecida que había sido su cabeza se bañaba en un océano de sangre y cerebro.
A
menudo he deseado que fuera posible reunir las diversas vidas que han sido la
mía en el interior de un único cuerpo, aliando las experiencias de Hunwulf con
el saber de James Allison. Si hubiera podido ser así, Hunwulf habría franqueado
la puerta de ébano que Gudrún había hecho saltar en pedazos con un sobresalto
de desesperada energía. Habría penetrado en aquel salón fantástico que se
atisbaba entre los dislocados paneles. Aquella habitación estaba atestada de
muebles extraños y de anaqueles cubiertos de rollos de pergamino. Habría
desplegado aquellos rollos y se habría inclinado sobre los caracteres hasta
haberlos descifrado y, quizá, leído las crónicas de aquella raza extraña de la
que acababa de matar a su último superviviente. Seguramente su historia era más
rara que los sueños engendrados por el opio y tan maravillosa como la narración
de aquella Atlántida que se tragaron los mares en tiempos remotos.
Pero
Hunwulf no poseía tal curiosidad. Para él, la torre, la habitación de los
muebles de ébano y los rollos de pergamino eran emanaciones de la brujería,
cosas carentes de sentido e inexplicables, cuyo significado residía en su
propio carácter diabólico. Aunque la solución del misterio se hallase al
alcance de su mano, estaba tan inmensamente alejado de ella como de James
Allison, que no debía nacer más que al filo de los milenios.
Para
mí, como Hunwulf que era, el castillo no resultaba ser más que una trampa
monstruosa. Sólo sentía por él una sola emoción y un solo deseo: abandonarlo lo
antes posible.
Con
Gudrún agarrándose a mí, me deslicé hasta el suelo, luego solté la cuerda con
un hábil movimiento de torsión y la volví a enrollar. Nos alejamos, tomados de
la mano, y seguimos el camino abierto por los mamuts que se perdían en la
distancia. Nos dirigimos hacia el lago azulado en el extremo sur del valle y
hacia la embocadura de los acantilados que se alzaban más allá.
SONYA
LA ROJA
¿HAN
SIDO ESOS PERROS convenientemente vestidos y cebados?
―Sí,
Protector de los Creyentes.
―Pues
que los traigan y que se arrastren ante la presencia.
Y
fue de aquel modo como los embajadores, pálidos tras los muchos meses de
prisión, fueron conducidos ante el trono de Solimán el Magnífico, sultán de
Turquía, y el monarca más poderoso en un tiempo de monarcas poderosos. Bajo el
gran domo púrpura de la sala real brillaba el trono ante el que temblaba el
mundo entero... revestido de oro y con perlas incrustadas. La fortuna en gemas
de un emperador adornaba el palio de seda del que colgaba una red de perlas
brillantes rematada con un festón de esmeraldas. Aquellas joyas formaban como
un halo de gloria por encima de la cabeza de Solimán. Sin embargo, el esplendor
del trono palidecía ante la presencia de la centelleante silueta que en él se
sentaba, ataviada de pedrerías y con un turbante cuajado de diamantes y
rematado con una pluma de garza. Sus nueve visires se encontraban cerca del
trono, en actitud humilde. Los soldados de la guardia imperial se alineaban
ante el estrado... Solaks con armadura, plumas negras, blancas y escarlatas
ondeando por encima de los dorados cascos.
Los
embajadores de Austria se quedaron pasablemente impresionados... tanto más
cuando habían tenido nueve largos meses para reflexionar en el siniestro
Castillo de las Siete Torres que dominaba el Mármara. El jefe de los em―
bajadores se tragaba la cólera y disimulaba el rencor que sentía bajo una
máscara de sumisión... una extraña capa reposaba en los hombres de Habordansky,
general de Fernando, archiduque de Austria. Su cabeza, de duras facciones,
parecía una incongruencia entre aquellos ropajes de seda brillante ―un presente
del despreciable sultán― que parecían más un disfraz, estirando el cuello
mientras le llevaban ante el trono unos robustos jenízaros que le sujetaban
firmemente por los brazos. Así se presentaban ante el sultán los enviados de
los países extranjeros desde aquel lejano día en Kossova en que Milosh
Kabilovitch, caballero de la mutilada Servia, matase a Murad el Conquistador
con una daga oculta entre sus vestimentas.
El
Gran Turco miró a Habordansky con poca consideración. Solimán era un hombre
alto y delgado, de nariz fina y aguileña, de boca delgada y recta, cuya dureza
apenas era ablandada por el colgante mostacho. La única semejanza con la
debilidad residía en el cuello delgado y notablemente largo, pero aquella
aparente debilidad era desmentida por las duras líneas de su cuerpo delgado y
por el brillo de sus ojos negros.
Había
en él algo más que un rescoldo de sangre tártara... un justo título, pues era
tanto hijo de Selim el Cruel como de Hafsza Khatun, princesa de Crimea. Nacido
para la púrpura, heredero de la mayor potencia militar del mundo, llevando el
casco de la autoridad y envuelto en el manto del orgullo, no reconocía en nadie
que estuviera por debajo de los dioses a su par.
Bajo
su mirada de águila, el viejo Habordansky agachó la cabeza para disimular la
rabia feroz que le brillaba en la mirada. Nueve meses antes, el general había
llegado a Estambul como representante de su señor, el archiduque, con
propuestas de tregua y para poder disponer libremente de la corona de hierro de
Hungría, arrancada de la cabeza del rey Luis, muerto en el sangrante campo de
batalla de Mo―hacs, donde los ejércitos victoriosos del Gran Turco le habían
abierto el camino que le conduciría directamente hacia Europa.
Otro
embajador le había precedido... Jerónimo Lascz―j^y, conde palatino de Polonia.
Habordansky, con la brusquedad de su raza, había reclamado la corona de Hungría
para su señor, provocando con ello las iras de Solimán. Lasczky había pedido de
rodillas la misma corona, como un mendicante, para entregársela a sus
compatriotas en Mohacs.
Lasczky
había sido cubierto de honores, de oro y promesas de protección. A cambio,
había tenido que dar tales prendas que atemorizaban su alma de ladrón...
vendiendo a los subditos de su alianza para que fuesen convertidos en
esclavos... abriendo la ruta al sultán a través de los territorios sometidos
hasta conducirle al mismísimo corazón de la Cristiandad.
Todo
aquello había llegado a oídos de Habordansky, que espumeó de rabia en la
prisión a que le había enviado la feroz cólera del sultán. En aquellos
momentos. Solimán miraba con desdén al viejo y fiel general. Prescindió de la
formalidad habitual de dirigirse a él por mediación de su Gran visir. Un turco
de sangre real nunca habría reconocido que hablaba alguna de las lenguas
francas, pero Habordansky entendía el turco. Las observaciones del sultán
fueron breves y sin preámbulos.
―Informa
a tu amo que ya estoy listo para visitar sus tierras, y que si no quiere
encontrarse conmigo ni en Mo―hacs ni en Pest, yo mismo iré a buscarle a las
murallas de Viena.
Habordansky
se inclinó, sin responder, temiendo que su cólera explotase. Ante un gesto
despectivo de la mano imperial, un oficial de la corte avanzó y le entregó al
general una pequeña bolsa dorada con doscientos ducados. Cada miembro de su
escolta, esperando pacientemente al otro lado de la sala, vigilados por las
lanzas de los jenízaros, fue recompensado del mismo modo.
Habordansky
murmuró una frase de agradecimiento; sus manos nudosas se crispaban en el
regalo con un inútil ^or. El sultán sonrió ligeramente, plenamente consciente
de que el embajador le habría tirado de buena gana las monedas a la cara... si
se hubiera atrevido. Levantó la mano a modo de despedida, pero se detuvo
súbitamente al dirigir la mirada a los hombres que formaban el séquito del
general... o, más exactamente, a uno de los hombres. Aquel hombre era mucho más
alto que cualquier otro que hubiera en la sala. Robusto. Llevaba
desgarbadamente los ropajes turcos con que le habían disfrazado. El sultán hizo
un gesto y le llevaron ante él, sólidamente sujeto por los soldados.
Solimán
le consideró largamente. El traje turco y el voluminoso khalat no conseguían
ocultar las duras marcas de su cuerpo firme y musculoso. Sus cabellos rojizos
estaban cortados casi al rape; el rubio bigote caído enmarcaba un mentón
decidido. Los ojos azules parecían extrañamente velados; era como si aquel
hombre se hubiera dormido en pie, con los ojos abiertos.
―¿Hablas
turco? ―preguntó el sultán.
Solimán
le hacia a aquel hombre el sorprendente honor de dirigirse directamente a él. A
pesar de toda la pompa de la corte otomana, el sultán aún conservaba algo de la
naturalidad de sus ancestos tártaros.
―Sí,
Su Majestad ―respondió el franco.
―¿Quién
eres?
―Me
llamo Gottfried von Kaimbach.
Solimán
frunció el ceño. Inconscientemente, sus dedos llegaron hasta su hombro donde,
bajo la túnica de seda, pudo notar los labios de una vieja herida.
―Nunca
olvido una cara. He visto la tuya antes de ahora... en circunstancias tales que
se ha grabado en mi memoria. Sin embargo, no consigo recordar cuáles fueron
aquellas circunstancias.
―Estuve
en Rodas ―respondió el germano.
―Hubo
muchos hombres en Rodas ―respondió secamente Solimán.
―En
efecto ―admitió von Kaimbach tranquilamente―. De L'Isle Adam estuvo allí.
Solimán
se tensó y sus ojos brillaron al oír el nombre del Gran Maestre de los
Caballeros de San Juan, cuya encarnizada defensa de la ciudad de Rodas le había
costado al turco sesenta mil hombres. Decidió, no obstante, que aquel franco no
parecía lo bastante sutil como para que su observación implicase alguna pérfida
burla. Despidió a los embajadores con un gesto de la mano.
Empujados
por los guardias, se alejaron de la Presencia, reculando, y el incidente
concluyó. Los francos dejarían Estambul celosamente guardados y conducidos
hasta la más próxima frontera del Imperio. La advertencia del turco no tardaría
en llegar hasta el archiduque y, haciendo buen caso de ella, los ejércitos de
la Puerta Sublime se pondrían en marcha.
Los
oficiales de Solimán sabían que el Gran Turco no se contentaría con poner a
Zapoiya, aquel patán, en el conquistado trono de Hungría. Las ambiciones de
Solimán abarcaban toda Europa... todo aquel Frankistán testarudo que, durante
siglos, no había hecho otra cosa que enviar hacia Oriente hordas que cantaban y
saqueaban. Los pueblos de Oriente, de naturaleza inconstante y fantasiosa,
habían parecido varias veces maduros para la conquista musulmana, y si bien
nunca habían logrado la victoria, tampoco habían sido conquistados.
El
mismo día en que los embajadores austríacos dejaron Estambul, Solimán,
meditando sobre su trono, levantó la cabeza de finas facciones y le hizo a su
Gran visir un gesto con la mano. El visir se acercó confiado. El Gran visir
siempre estaba seguro de la aprobación de su señor. ¿Acaso no era su compañero
en la bebida y amigo de la infancia del sultán?
Ibrahim
sólo tenía un rival que le disputara el favor de su amo... la joven rusa de
cabellos rojizos, Khurrem la Alegre, la misma que toda Europa conocía como
Roxelana. Los mercaderes de esclavos la habían arrebatado de casa de su padre,
en Rogatino, y había conseguido convertirse en la favorita del ―1serrallo del
sultán.
―Acabo
de acordarme de dónde he visto a ese infiel ―•dijo Solimán―. ¿Te acuerdas de la
primera carga de los Jinetes en Mohacs?
Ibrahim
tembló ligeramente ante aquella mención.
―Oh,
Protector de los Creyentes, ¿cómo podría olvidar el día en que un infiel vertió
la divina sangre de mi amo?
―Pues
recordarás que treinta y dos caballeros, los paladines de los nazarenos,
cargaron impetuosamente contra nosotros, aceptando cada uno de ellos el tener
que dar su vida para acabar con mi noble persona. ¡Por Alá, cargaron como
hombres que fueran a su boda! Sus potentes destreros y sus largas lanzas
derribaban y atravesaban a cuantos querían frenarles; sus armaduras
desbarataban el más fino acero. Pero cayeron cuando retumbaron los fusiles de
pedernal. Sólo quedaron tres a caballo... el caballero Marczali y dos
compañeros de armas. Aquellos paladines segaron a mis solaks como si fueran
trigo maduro... pero Marczali y uno de sus compañeros cayeron... casi a mis
plantas.
Solimán
siguió hablando.
―Pero
aún quedaba un jinete. El casco de visera se había caído de sobre su rostro y
la sangre chorreaba por todas las junturas de su armadura. Lanzó su caballo
recto hacia mí, haciendo girar la espada con las dos manos. ¡Juro por la barba
del Profeta que la muerte estuvo tan cerca de mi que pude sentir en la nuca el
ardiente aliento de Azrael! Su espada centelleó como un rayo y se abatió sobre
mi casco... el golpe medio me aturdió y empecé a sangrar por la nariz... Pero
desvió el golpe y la espada me hendió la coraza en el hombro y me hizo esta
herida que hoy todavía, cuando llegan las lluvias, me sigue molestando. Los
jenízaros que le rodeaban por todos lados cortaron los corvejones de su caballo
y cayó a tierra al tiempo que el animal. Los solaks que habían sobrevivido me
apartaron de la batalla. Entonces apareció el ejército húngaro. No pude ver lo
que le ocurrió a aquel caballero. Pero hoy he podido volver a verle.
Ibrahim
se sobresaltó y dejó escapar una exclamación de incredulidad.
―No,
no puedo equivocarme... reconocí sus ojos azules. Cómo lo hizo, lo ignoro, pero
sé que ese germano, Gottfried von Kaimbach, es el mismo caballero que me hirió
en Mohacs.
―Pero,
Defensor de la Fe ―protestó Ibrahim―, las cabezas de todos aquellos caballeros
fueron empaladas ante tu real tienda.
―Y
las conté y nada dije entonces para evitar que los hombres pensasen que debía
hacer caer sobre ti mi cólera ―respondió Solimán―. Había solamente treinta y
una cabezas. La mayoría estaban tan mutiladas que apenas podía ver sus rasgos.
Pero, de un modo u otro, ese infiel que fue capaz de herirme escapó de la
matanza. Me gustan los hombres valientes, pero mi sangre no es lo
suficientemente vulgar como para un infiel pueda verterla con toda impunidad
para que la chupen los perros. Ocúpate de ello.
Ibrahim
se inclinó respetuosamente y se retiró. Atravesó largos corredores y entró en
una habitación embaldosada de azul; las ventanas, de arcadas de oro, daban a
espaciosas galerías ensombrecidas por plataneros y cipreses, refrescadas por el
borboteo del agua en fuentes de argentino sonido. Dio una orden y no tardó en
reunirse con él Yaruk Khan, un tártaro de Crimea, una silueta impasible de ojos
oblicuos, con una armadura de cuero lacado y bronce pulido.
―Yaruk
―dijo el visir―, ¿ha visto tu mirada velada por el koumis al germano, a ese
hombre alto al servicio del emir Habordansky... aquel cuya cabellera era tan
roja como las crines de un león.
―Hablas
de ese, noyon, al que llaman Gombuk.
―El
mismo. Lleva contigo un chambul de tus perros y alcanza a los francos. Vuelve
con ese hombre y serás ampliamente recompensado. Las personas de los
embajadores son sagradas, así que este asunto no es oficial ―comentó
cínicamente.
―¡Oír
es obedecer!
Con
un saludo tan profundo como el que hubiera concedido al mismísimo sultán, Yaruk
Khan salió de la sala ''eculando, dejando en soledad al segundo personaje del
Imperio.
Volvió
unos días más tarde, manchado de barro y agotado por la larga cabalgada, pero
sin la presa. Ibrahim lanzó sobre él una amenazante mirada. El tártaro se
postró ante los cojines de seda en los que se sentaba el Gran visir, en la sala
azul de ventanas con arcadas de oro.
―Gran
Khan, no dejes que tu cólera se abata sobre tu esclavo. ¡No ha sido culpa mía,
te lo juro por las barbas del Profeta!
―Siéntate
sobre los cuartos traseros y cuéntame tu historia ―ordenó Ibrahim con
deferencia.
―Esto
es lo que pasó, señor ―empezó Yaruk Khan―. Partí al galope. Los francos y su
escolta me llevaban una considerable ventaja, pues habían viajado durante toda
la noche sin detenerse. Sin embargo, conseguí alcanzarles al día siguiente, a
mediodía. ¡Mas Gombuk ya no se encontraba entre ellos! Cuando me informé sobre
él, el paladín Habordansky, por toda respuesta, profirió una serie de
juramentos tan sonoros como el estallido de un cañón. Les pregunté a algunos de
los miembros de la escolta que hablaban el mismo lenguaje que esos infieles y
supe cuanto había pasado. Sólo me gustaría que mi señor recordase que no hago
más que repetir las palabras de los spahis de la escolta, que son hombres sin
honor y que mienten como...
―Un
tártaro ―concluyó Ibrahim. Yaruk Khan recibió el cumplido con una amplia
sonrisa parecida a la mueca de un perro; luego, prosiguió.
―Mira
lo que me dijeron. Al alba, Gombuk separó su caballo de los demás y el emir
Habordansky le preguntó la razón. Gombuk se echó a reír como hacen los francos
―¡ja, ja, ja!― y le contestó: "¡Ha sido muy ventajoso servirte! He podido
descansar durante nueve meses en una prisión turca y Solimán me ha dado un
salvoconducto hasta la frontera. ¡Ya no tengo por qué acompañarte!".
"Perro", le contestó el emir. "Una guerra está a punto de
empezar y el archiduque necesitará tu espada". "¡Qué el Diablo se
lleve al archiduque!", le respondió Gombuk. "Si Zapoiya es un perro
por no haber intervenido en Mohacs y haber permitido con ello y que nos
despedazaran, a nosotros y a nuestros aliados, Fernando no lo es menos. Cuando
estaba sin blanca, puse mi espada a su servicio. Ahora que tengo doscientos
ducados y estas ropas que puedo venderle a cualquier judío por un buen montón
de monedas de plata, que el Diablo me lleve si vuelvo a desenvainar la espada
por alguien mientras me quede un ducado. Pienso ir a la más próxima taberna
cristiana; ¡tú y el archiduque podéis iros al mismísimo Infierno!". El
emir le maldijo y le imprecó. Gombuk se alejó riendo ―¡ja, ja, ja!― y cantando
una canción sobre una cucaracha llamada...
―¡Basta!
Los
rasgos de Ibrahim estaban tan negros como su rabia. Se tiró violentamente de la
barba pensando que aquella alusión a Mohacs confirmaba las sospechas de
Solimán. Aquel asunto de las treinta y una cabezas ―cuando debían haber sido
treinta y dos― era algo que ningún sultán turco olvidaría jamás. Personajes de
alta alcurnia habían perdido el puesto... y la cabeza, por cuestiones más
insignificantes. El modo que había tenido Solimán de comportarse demostraba su
casi increíble indulgencia y consideración hacia su Gran visir; pero Ibrahim,
pese a su vanidad, era un hombre perspicaz y no deseaba que ninguna sombra, ni
la más ligera, se interpusiera entre él y su soberano.
―¿No
podías seguir su pista, perro? ―preguntó.
―Por
Alá ―juró inquieto el tártaro― que iba a la velocidad del viento. Franqueó la
frontera llevándome varias horas de ventaja. Le seguí tanto como me atreví...
―Basta
de excusas ―le interrumpió Ibrahim―. Busca a Mikhal Ogiu y dile que venga.
El
tártaro se fue dando las gracias. Ibrahim no solía ser tan tolerante cuando un
hombre fracasaba en la misión encomendada.
El
Gran visir meditaba sombríamente, sentado en los cojines de seda, cuando la
sombra de dos alas de buitre se extendió sobre el suelo de mármol. La delgada
silueta de aquel a quien había enviado a buscar se inclinó ante él. El
personaje cuyo solo nombre hacía temblar de horror a toda Asia occidental
hablaba con voz dulzona y se movía con la ligereza de un gato; pero el mal
absoluto de su alma se transparentaba en cada una de sus siniestras facciones y
hacía brillar sus ojos oblicuos y estrechos.
Era
el líder de los akinji, jinetes crueles cuyas incursiones repartían el terror y
la desolación por todas las regiones situadas más allá de las fronteras del
Gran Turco. Llevaba la coraza y el casco recubiertos de gemas; las grandes alas
de buitre habían sido fijadas a las hombreras de su cota de malla dorada.
Aquellas alas se desplegaban al viento cuando lanzaba al galope su caballo; las
sombras de la muerte y la destrucción se agazapaban bajo sus plumas. Era la
punta de la cimitarra de Solimán, el más ilustre asesino de una nación de asesinos,
quien se hallaba en presencia del Gran visir.
―No
tardarás en preceder a los ejércitos de nuestro señor por las tierras de los
infieles ―le anunció Ibrahim― Recibirás la misma orden de siempre: golpear y no
perdonar a nadie. Devastarás los campos y los viñedos de los cafaros,
incendiarás sus aldeas, asaetearás a sus hombres y prenderás a sus mujeres. Las
tierras que haya ante nuestros ejércitos victoriosos chillarán de dolor bajo tu
talón de acero.
―Son
noticias muy agradables de oír. Favorito de Alá ―respondió Mikhal Ogiu con su
voz suave y delicada.
―Sin
embargo, hay una orden dentro de otra orden ―prosiguió Ibrahim, mirando
fijamente al akinji―. ¿Conoces al germano von Kaimbach?
―Sí...
Gombuk, como le llaman los tártaros.
―En
efecto... Mi orden es la siguiente: sean cuantos sean los que combatan o huyan,
vivan o mueran... ese hombre no debe vivir. Búscale y desenmascárale, esté
donde esté, aunque tu búsqueda te lleve a las orillas del Rin. Cuando me
traigas su cabeza, tu recompensa será tres veces tu peso en oro.
―Oír
es obedecer, señor. Dicen que se trata del hijo errante de una noble familia
germana rechazado por los suyos. Su pérdida sólo será lamentada por el vino y
las mujeres. Hay quien afirma que fue en otros tiempos Caballero de San Juan
antes de tener que dejar la Orden por sus borracheras y...
―Procura
no subestimarle ―cortó Ibrahim con tono severo―. Puede que sea un borracho,
pero no se puede despreciar a un hombre que luchó al lado de Marczali. ¡No lo
olvides!
―No
habrá madriguera en la que pueda ocultarse para escapar de mí. Favorito de Alá
―declaró Mikhal Ogiu―. No habrá noche lo bastante oscura, ni bosque lo bastante
espeso como para ocultarle. Si no te traigo su cabeza, que él te envíe la mía.
―¡Basta!
―dijo Ibrahim con una sonrisa, tirándose de la barba de contento―. Puedes
retirarte.
La
siniestra silueta de alas de buitre salió de la sala azul con paso ligero y
silencioso. Ibrahim no tenía la menor duda de que acababa de dar los primeros
pasos de una lucha encarnizada que se desarrollaría durante años y en países
lejanos... una guerra feroz y cruel cuyos negros torbellinos cubrirían los
tronos, los reinos y a las mujeres de roja cabellera más bellas que las llamas
del Infierno.
EN
UNA PEQUEÑA CHOZA de techo de caña, en una aldea situada en las proximidades
del Danubio, sonoros ronquidos se elevaban del camastro de paja en que yacía
ina forma envuelta en una capa hecha jirones. Era el paladín Gottfried von
Kaimbach que dormía el sueño de la inocencia y del ale. El jubón de terciopelo,
los bombachos de seda, el khalat y las botas de ante, regalos del desdeñoso
sultán, no se veían por ninguna parte. El paladín llevaba un justillo de cuero
ajado y una herrumbrosa cota de malla. Unas manos le sacudieron y le sacaron
del sueño. Juró en tono somnoliento.
―¡Despiértate,
señor! ¡Oh, despiértate buen caballero... puerco... perro! ¿Vas a levantarte de
una maldita vez?
―Echame
de beber, tabernero ―murmuró el hombre todavía sumido en el sueño―. ¿Qué...
quién...? ¡Ojalá y te muerdan los perros, Ivga! No me queda ni un solo aspro...
ni una moneda. Se buena chica y déjame dormir.
La
joven empezó a sacudirle y a moverle por los hombros.
―¡Oh,
qué zafio! ¡De pie, te digo! ¡Y coge la pica! ¡Se está preparando algo!
―Ivga
―musitó Gootfried apartándola―. Llévale al judío mi casco. Te pagará lo
suficiente para que podamos emborracharnos de nuevo.
―¡Imbécil!
―gritó la joven, desesperada―. ¡No es dinero lo que quiero! ¡Todo el Este está
en llamas y nadie sabe la razón!
―¿Ha
dejado de llover? ―preguntó von Kaimbach, prestando, finalmente, cierto interés
a lo que pasaba a su alrededor.
―Dejó
de llover hace horas. Todavía puedes oír como gotea el chamizo. Toma la espada
y sal a la calle. Todos los hombres de la aldea están borrachos perdidos,
gracias a tus últimas monedas de plata, y las mujeres no saben ni qué pensar ni
qué decir. ¡Ah!
Aquella
exclamación salió de sus labios al tiempo que un extraño brillo aparecía
súbitamente, reluciendo a través de las fisuras de las paredes de la cabana. El
germano se puso en pie con un movimiento incierto, se ajustó rápidamente el
cinto con que sujetaba la gran espada y se caló el abollado casco. Siguió a
Ivga a la calle. Era una joven delgada. Descalza, llevaba por todo vestido un
corto traje parecido a una túnica, cuyos largos desgarrones dejaban ver una
buena extensión de carne blanca y reluciente.
La
aldea parecía muerta e inanimada. No había luz en ninguna parte. El agua caía
gota a gota de los alerones de caña de los tejados. Los charcos embarrados
dispersos por la calle espejeaban sombríamente. El viento suspiraba y gemía de
forma extraña a través de las ramas negras y húmedas por la lluvia de los
árboles que rodeaban la aldehuela, como una tenebrosa muralla. Al sudeste,
alzándose hacia un cielo plomizo, una luz púrpura y macilenta rasgaba las nubes
frías y húmedas. Lloriqueando, Ivga se refugió en los brazos del germano.
―Voy
a decirte lo que es eso, Ivga ―le dijo a la joven observando fijamente el
rojizo brillo del cielo―. Son los demonios de Solimán. Han atravesado el rio y
están incendiando las ciudades. Ya he visto antes esos reflejos en el cielo. De
hecho, esperaba que todo esto hubiera pasado antes, pero esas satánicas lluvias
que nos han anegado durante semanas deben haberles hecho retrasar el ataque.
Sí, son los akinji, y no se detendrán a este lado de Viena. Escucha, vas a ir
aprisa y sin hacer ruido hasta el establo que hay detrás de la cabana y me
traes mi semental gris. Vamos a deslizamos como ratas a través de esos
demonios. Mi caballo podrá llevarnos a los dos sin esfuerzo.
―¡Pero
los demás habitantes de la aldea...! ―sollozó Ivga retorciéndose las manos.
―¡Bueno
―dijo von Kaimbach―, que Dios les conceda el descanso a sus almas! Los hombres
se bebieron mi ale de buena gana y las mujeres fueron bastante cariñosas...
pero, por los cuernos de Satanás, ¡ese matalón gris no puede llevar a lomos
toda una aldea!
―¡Vete
tú si quieres! ―replicó la joven―. ¡Yo me quedo para morir con los míos!
―Los
turcos no te matarán ―la hizo ver el germano―. Te venderán a algún viejo
mercader de Estambul, gordo y grasicnto, que no hará otra cosa que pegarte. Yo
no pienso quedarme aquí para que me corten la garganta, y tú...
Un
grito horrible de la joven le hizo interrumpir el discurso. Se volvió vivamente
y vio el más abyecto terror sn los ojos desorbitados de Ivga. En el mismo
momento, una choza, al otro lado de la aldea, se derrumbó presa de las llamas;
las cañas húmedas ardían lentamente. Un concierto de gritos y aullidos feroces
siguió a la exclamación de la joven. A la luz de las llamas había siluetas que
bailaban y gesticulaban salvajemente. Gottfried escrutó las sombras y vio
formas que escalaban y cubrían la pequeña muralla de lodo que la ebriedad y la
negligencia de los aldeanos habían dejado desamparada.
―¡Maldición!
―gruñó―. Esos condenados ya están aquí. Se han acercado a la ciudad amparados
por las sombras... ¡Deprisa, sigúeme!
Agarró
la blanca muñeca de la joven para arrastrarla tras él. La joven gritaba y se
debatía, intentando soltarse, arañándole como un gato salvaje, loca de miedo.
En aquel preciso instante, el muro de adobe se derrumbó muy cerca de ellos.
Cedió al recibir el impacto de una veintena de caballos; sus jinetes se
lanzaron al galope por las callejas de la condenada aldea. Sus siluetas se
recortaban nítidamente sobre el creciente resplandor del incendio. Las cabanas
ardían por doquier; los gritos se alzaban mientras los invasores sacaban de las
casas a las mujeres y a los hombres para rebanarles el cuello. Gottfried vio
las delgadas siluetas de los jinetes, el brillo de las llamas reflejándose en
las corazas; vio las alas de buitre en los hombros del que iba el primero.
Reconoció a Mikhal Ogiu y vio cómo se alzaba en la silla y se lo señalaba a sus
hombres con el dedo.
―¡Matadle,
perros! ―aulló el akinji. Su voz ya no era suave, sino estridente como el
chirrido de un sable al ser desenvainado―. ¡Es Gombuk! ¡Quinientos aspros al
hombre que me traiga su cabeza!
Lanzando
un juramento, von Kaimbach se lanzó hacia las sombras de la cabana más próxima,
arrastrando con él a la joven que no dejaba de gritar de miedo. En el momento
en que saltaba, escuchó el chasquido seco de la cuerda de un arco. Ivga soltó
un rauco lamento y se derrumbó flojamente a los pies del germano. A la
macilenta luz del incendio, vio el extremo emplumado de una flecha que aún
temblaba por debajo del corazón de la joven. Con un sordo lamento, se volvió
para enfrentarse a sus asaltantes, como un oso feroz rodeado de cazadores y
dispuesto a librar un último combate. Permaneció en la misma postura durante
unos instantes, con las piernas separadas, aspecto feroz, agarrando la inmensa
espada con ambas manos. Luego, como un oso que evita combatir con los
cazadores, dio media vuelta y huyó, rodeando la cabana. Las flechas silbaban a
su alrededor; algunas rebotaron en las mallas de su cota. No hubo disparos. La
cabalgada a través del bosque rezumante de lluvia había mojado las cazoletas de
pólvora de los akinji.
Von
Kaimbach rodeó la casucha, atento a los feroces aullidos que se oían tras él.
Alcanzó la cuadra donde se hallaba su semental gris. Justo cuando llegaba a la
puerta, alguien gruñó como una pantera desde las sombras y se abrió paso hacia
él ferozmente. Detuvo el golpe alzando la espada y contraatacó con toda la
fuerza de sus poderosos hombros. La larga espada se abatió y rebotó sobre el
pulido casco del akinji para atravesar las mallas del jubón. Cortó el brazo del
hombre a la altura del hombro.
El
musulmán se derrumbó con un gemido y el germano saltó por encima de la forma
postrada sobre el suelo. El semental gris, loco de terror y excitación,
relinchó estridentemente y se encabritó al tiempo que su dueño le saltaba a los
lomos. No tenia tiempo de ensillar y embridar al animal. Gottfried clavó las
espuelas en los estremecidos flancos del potente animal. Franqueó la puerta con
la velocidad del rayo, derribando hombres a izquierda y derecha como si fueran
simples bolos. El germano lanzó al caballo al galope hacia espacio abierto,
iluminado por las llamas del incendio, entre las cabanas ardientes. El semental
pisoteó los cuerpos que se encogían en el suelo, agitando a su jinete de la
cabeza a los pies mientras franqueaba rápidamente los pantanos de agua
enlodada.
Los
akinji corrieron hacia el caballero fugitivo, disparando flechas y aullando
como lobos. Los que iban montados se lanzaron tras él y los que aún estaban a
pie echaron a correr hacia la muralla donde dejaron sus monturas.
Las
flechas silbaban alrededor de la cabeza de Gott―fried mientras guiaba a su
corcel hacia el muro del oeste, que aún se alzaba en pie... y que era la única
vía de escape que le quedaba. Era correr un riesgo inmenso, pues el terreno era
resbaladizo y traidor y el caballo nunca había intentado un salto como aquel.
Gottfried retuvo el aliento al sentir que el gran cuerpo que había bajo él
tomaba impulso y se tensaba en plena carrera afrontando un salto casi
imposible. Luego, con una torsión inconcebible de sus poderosos tendones, el
semental saltó y franqueó el obstáculo con una escasa pulgada de margen.
Los
perseguidores lanzaron aullidos de sorpresa y rabia y tiraron de las riendas de
sus corceles. Aquellos hombres eran jinetes excelentes; pero no se atrevieron a
intentar un salto tan peligroso. Perdieron un tiempo precioso buscando puertas
o brechas en el muro de tierra. Cuando al fin salieron de la aldea, el bosque
sombrío y susurrante, húmedo y chorreante de agua, se había tragado a su presa.
Mikhal
Ogiu juraba como un demonio. Confiando el mando de sus akinji a su
lugarteniente, Othman, y tras dar instrucciones de matar a todos los habitantes
de la aldea, partió en busca del fugitivo, siguiendo su pista por los enlodados
senderos del bosque a la luz de antorchas. Estaba decidido a atrapar a aquel
hombre aunque la caza le llevase ante los muros de Viena.
PERO
TAL NO ERA LA VOLUNTAD de Alá y Mikhal Ogiu no atrapó al germano en el bosque
sombrío y rezumante de agua. Gottfried von Kaimbach conocía la región mejor que
sus perseguidores; a pesar de su ardor, no tardaron estos en perder su pista en
las tinieblas.
El
alba encontró a Gottfried avanzando por un país devastado y golpeado por el
terror. Las llamas de un mundo ardiente iluminaban el horizonte, desde el este
hasta el sur. La llanura estaba cuajada de fugitivos, titubeantes bajo el
pesado fardo de sus irrisorias pertenencias, empujando ante ellos un ganado
mugiente y atemorizado, como si fueran gente huyendo del fin del mundo. Las
torrenciales lluvias que habían dado una falsa promesa de seguridad no eran
capaces ya de retener el inexorable avance de los ejércitos del Gran Turco.
Con
un cuarto de millón de hombres, el sultán destruía las marcas orientales de la
Cristiandad. Mientras Gottfried había estado de parranda en las tabernas de las
ciudades aisladas, emborrachándose con el dinero regalado por el sultán, Pest y
Buda habían caído. Los soldados germanos que defendían la última de aquella
ciudades habían sido masacrados por los jenízaros, pese a la promesa de Solimán
de perdonarles... Solimán, al que los hombres llamaban el Generoso.
Mientras
Fernando, los nobles y los arzobispos se querellaban en la Dieta de Espira,
sólo los elementos parecían luchar en favor de la Cristiandad. La lluvia caía a
mares; los turcos avanzaban penosamente pero con obstinación, pese a los ríos
desembocados que transformaban llanuras y bosques en pantanos llenos de barro.
Se ahogaban en las aguas de los tumultuosos ríos salidos de su cauce y perdían
enormes cantidades de municiones, vituallas y equipo cuando se hundían sus
barcos, se derrumbaban los puentes y sus carros se atascaban. Pero, sin
embargo, no dejaban de avanzar, empujados por la implacable voluntad de
Solimán. En aquellos momentos, en aquel mes de setiembre de 1529, pisoteando
los escombros de Hungría, los turcos se abalanzaban sobre Europa mientras los
akinji ―los Devastadores― asolaban el país, como un viento furioso que
precediera a la tormenta.
Todo
aquello lo supo Gottfried en parte gracias a los fugitivos mientras guiaba su
extenuado caballo hacia la ciudad, el único refugio posible para aquellos
millares de seres agotados. Tras él, el cielo se teñía de rojo por las lla―
mas; el viento llevaba débilmente hasta sus oídos los gritos de los
desgraciados que eran masacrados por los akinji. A veces, incluso podía ver las
masas negras y hormigueantes de los crueles jinetes. Las alas del buitre se
extendían horriblemente sobre aquella región mutilada; su sombra recubría
Europa entera. El Destructor surgía de nuevo del Oriente misterioso de sombras
azuladas, como sus hermanos lo habían hecho antes que él... Atila... Subotai...
Bayazid... Mohammed el Conquistador. Sin embargo, nunca antes una tormenta como
aquella había amenazado Europa.
Ante
las desplegadas alas del buitre, el camino se cubría de fugitivos gimientes. A
sus espaldas, roja y silenciosa, se extendía una ruta sembrada de cuerpos
mutilados que ya no podían gemir. Los asesinos se encontraban a menos de media
hora de camino cuando Gottfried von Kaimbach, a lomos de su extenuado corcel,
franqueó las puertas de Viena. Desde hacía varias horas, todos los que se
amontonaban en las murallas estaban oyendo los lamentos que el viento llevaba
hasta ellos lúgubremente. Ya podían ver a lo lejos cómo el sol se reflejaba en
las puntas de las lanzas mientras los jinetes al galope se lanzaban desde las
colinas hasta la llanura que rodeaba la ciudad. Vieron que las espadas
resplandecían como guadañas entre trigo maduro.
Von
Kaimbach entró en una ciudad en ebulición. Los habitantes gritaban y se
amontonaban alrededor del conde Nikolás Salm, el viejo guerrero de setenta
años, quien estaba encargado de la guarnición de Viena, y de sus oficiales,
Roggedendrof, el conde Nikolás Zrinyi y Paúl Bakics. Salm trabajaba movido por
un ansia frenética, haciendo derribar las casas próximas a las murallas y
utilizando sus materiales para consolidar los muros, antiguos y poco
consistentes. En ningún lugar su espesor sobrepasaba los seis pies; numerosos
paneles estaban rajados y amenazaban con derrumbarse. La empalizada exterior
era tan frágil que la habían bautizado como Stadzaun... el seto de la ciudad.
Sin
embargo, bajo la frenética dirección del conde Salm, los galvanizados
defensores habían edificado un nuevo muro, de veinte pies de alto, que llegaba
desde la puerta de Stuben a la de Karnthner. Fosos, al lado de los antiguos,
fueron excavados y nuevas murallas fueron construidas desde el puente levadizo
hasta la Puerta de Salz. Las vigas fueron arrancadas de los tejados para
disminuir los riesgos de un incendio y los adoquines levantados para aligerar
el impacto de los cañonazos.
Los
alrededores de la ciudad fueron desalojados. Habían sido incendiados para que
no sirvieran de refugio a los asaltantes. Durante todos aquellos preparativos,
incluso cuando los akinji llegaron al galope, hubo incendios declarándose por
toda la ciudad, lo que añadió mayor confusión a la ya reinante.
¡Era
como el infierno y el caos! En medio de aquel tumulto, cinco mil desafortunados
civiles ―viejos, mujeres y niños― fueron impacablemente rechazados por las
puertas y dejados a su suerte. Sus gritos, cuando los akinji cayeron sobre
ellos para hacerles pedazos, enloquecieron de terror a los que habíanse
refugiado tras las murallas.
Aquellos
demonios llegaban a millares. Franquearon la cresta de las colinas para lanzar
sus caballos a la bajada de las pendientes y arrojarse contra la ciudad, en
grupos desordenados, como buitres que se reunieran alrededor de un camello
moribundo.
Menos
de una hora después de la primera oleada de atacantes, no quedaba ni un solo
cristiano vivo más allá de las murallas salvo aquellos que, sujetos con cuerdas
atadas a los pomos de las sillas de los caballos, corrían como condenados para
no caer y ser arrastrados hasta morir.
Los
salvajes jinetes galoparon alrededor de las murallas, aullando y disparando
flechas. Los hombres apostados en las torres reconocieron al terrible Mikhal
Ogiu gracias a las alas de la coraza. Observaron que iba de un montón a otro de
cadáveres, examinándolos con avidez. Tirando de las riendas de su caballo, miró
interrogativamente hacia los Parapetos.
Mientras
tanto, procedente del oeste, un grupo de niercenarios germanos y españoles se
había conseguido abrir camino a través de las filas de los despiadados akinji.
Entraron
en la ciudad entre las aclamaciones de la multitud. Felipe el Palgrave marchaba
a su cabeza.
Gottfried
von Kaimbach, apoyándose en la espada, les observó al pasar. Portaban
centelleantes corazas y cascos con cimeras adornadas con plumas; largos
mosquetes colgaban de sus hombros; pesadas espadas de dos manos se ceñían con
correas a sus espaldas recubiertas de acero. Gottfried contrastaba con ellos
vivamente, pues su cota de malla estaba oxidada, su equipo pasado de moda,
cogido un poco por doquier, mal ataviado... parecía ser alguna forma surgida
del pasado, herrumbrosa y macilenta, que observase el avance de una nueva
generación, más brillante. Sin embargo, Felipe le reconoció y le saludó cuando
la columna pasó junto a él.
Von
Kaimbach se dirigió hacia las murallas, donde los cañoneros tiraban con
parsimonia contra los akinji, que mostraban cierta disposición para lanzarse al
asalto de las murallas y lanzaban cuerdas con nudos corredizos hacia los
morlones del parapeto. Pero, mientras avanzaba hacia su destino, se entero de
que Salm estaba reclutando nobles y soldados para cavar fosas y emplearles en
nuevos trabajos de parapetaje. Busco refugio en una taberna a cuyo tabernero,
un valaquiano patizambo, obligó a fiarle. Empezó a beber y, al poco, estaba en
un estado que nadie habría sido capaz de pedirle que ayudase a nada.
Cañonazos,
detonaciones y gritos llegaban hasta sus oídos, pero les concedía poca
atención. Sabía que los akinji, una vez acabada la masacre, seguirían su camino
para asolar la región que se extendía más allá de la ciudad. Supo, por las
conversaciones de los clientes de la taberna, que Salm tenía veinte mil
piqueros, dos mil jinetes y mil voluntarios ―estos últimos, todos vieneses― que
oponer a las armadas de Solimán, así como setenta piezas de artillería...
cañones, bombardas y culebrinas.
Las
noticias sobre los efectivos del Gran Turco helaban de terror todos los
corazones... excepto el de von K.alInl>ach. A su modo, era un fatalista. Sin
embargo, descubrió algo de su desaparecida conciencia en el ale; poco después,
meditaba sobre las personas a quienes aquellos malditos vieneses habían
expulsado y condenado a una muerte atroz. Cuanto más bebía más melancólico
estaba; lágrimas de embriaguez goteaban de las puntas de su caído mostacho.
Con
un movimiento incierto, finalmente, se levantó y agarró la larga espada con la
confusa intención de retar a duelo al conde Salm por aquel asunto. Concluyó con
unos mugidos con las inoportunas reclamaciones del valaquiano y salió a la
calle dando tumbos. Las torres y los campanarios se agitaban vertiginosamente
ante sus propios ojos; todo el mundo le empujaba y le echaba a un lado mientras
corrían en todas direcciones. Felipe el Palgrave surgió ante él con un
chasquido de la armadura; las caras morenas y delicadas de sus españoles
contrastaban sorprendentemente con los rasgos duros y rubicundos de los
lansquenetes.
―¡Qué
vergüenza, von Kaimbach! ―dijo Felipe severamente―. Los turcos están a la
puerta y tú ocultas la jeta dentro de un cubilete de ale.
―¿De
qué jetas y de qué cubiletes de ale estás hablando? ―preguntó Gottfried,
titubeando y describiendo un semicírculo errático al tiempo que intentaba
desenvainar la espada―. ¡Qué el Diablo te lleve, Felipe! Te voy a abrir el
cráneo por lo que acabas de decir...
El
Palgrave ya había desaparecido. Gottfried se encontró al fin sobre la Torre de
Karnthner, aunque no era capaz de recordar cómo había llegado hasta allí. Lo
que vio le despejó de forma inmediata. Los turcos estaban efectivamente a las
puertas de Viena. La llanura estaba recubierta de tiendas... treinta mil,
afirmaban algunos, jurando que, desde lo más alto del orgulloso campanario de
la catedral de San Esteban, un hombre no podía ver dónde acababa el campamento.
Cuatrocientos navios otomanos se balanceaban en las aguas del Danubio.
Gottfried escuchó como los hombres maldecían a la flota austríaca, anclada e
inmovilizada pues sus marineros, que llevaban ya mucho tiempo sin recibir el
sueldo, se habían negado a efectuar las maniobras de desatraque. También se
enteró que Salm no había respondido a la oferta de rendición de Solimán.
En
aquel momento, en parte para demostrar su poder y en parte para impresionar por
el terror a los cafaros, el Gran Turco dio orden a su ejército de ponerse en
marcha. Sus soldados avanzaron en cerradas y ordenadas columnas desfilando ante
los muros de la antigua ciudad antes de empezar con el asedio propiamente
dicho. Aquel espectáculo bastaba para impresionar al más valiente de los
hombres. El sol, descendiendo lentamente por el horizonte, hacía brillar los
cascos pulidos, las guardas adornadas con joyas de los sables, las puntas de
las lanzas. Era como si un río de centelleante acero se desbordara lentamente,
de un modo terrible, frente a las murallas de Viena.
Los
akinji, que habitualmente formaban la vanguardia del ejército, habían seguido
su camino. En su puesto cabalgaban los tártaros de Crimea, inclinados en sus
sillas de pomo puntiagudo y riendas estrechas. Sus cabezas de gnomo iban
protegidas por cascos de hierro; sus cuerpos magros se revestían con corazas de
bronce y petos de cuero lacado. Tras ellos avanzaban los azabs, la infantería
irregular, kurdos y árabes en su mayor parte, formando un grupo abigarrado y
salvaje. Luego, sus hermanos, los delis ―los descerebrados―, hombres feroces a
lomos de poneys robustos, fantásticamente adornados con pieles y plumas. Los
jinetes llevaban bonetes y capas de piel de leopardo; los largos cabellos les
caían desgreñados y grasicntos sobre los hombros y, por encima de las barbas
trenzadas, les brillaban unos ojos que mostraban la locura del fanatismo y del
bhang.
Les
seguía el grueso del ejército. Primero, los beys y los emires con sus propios
hombres... jinetes e infantes de los feudos de Asia Menor. Luego, los spahis,
la caballería pesada, sobre magníficos sementales. Y, por último, la verdadera
fuerza del imperio turco... la más terrible organización militar del mundo...
los tan temidos y odiados jenízaros.
Los
hombres les escupieron desde las murallas, movidos por negro furor, al
reconocer en ellos a miembros de su propia raza. Pues los jenízaros no eran
turcos. Salvo pocas excepciones ―cuando sus padres turcos conseguían colar a
sus hijos entre aquellas terribles legiones para ahorrarles la vida agotadora
del campesinado―, aquellos hombres eran hijos de cristianos... griegos,
servios, húngaros... educados desde la infancia e instruidos en el arte militar
para poder engrosar las huestes del Islam. Y los jenízaros no reconocían más
que a un solo amo, el sultán, y un solo oficio... masacrar.
Sus
imberbes facciones contrastaban vivamente con las de sus amos. Muchos tenían
los ojos azules y cabellos rubios. Pero en la cara de todos ellos se podía leer
la implacable ferocidad de su tarea... aquella para la que habían sido
educados. Bajo sus mantos de color azul oscuro brillaban las más finas cotas de
malla; muchos de ellos llevaban cascos de hierro bajo sus curiosos sombreros
altos y puntiagudos, de los que colgaba una pieza de tela, blanca y similar a
la manga de un vestido, por la que pasaba una argolla de cobre. Largas plumas
de aves del paraíso adornaban igualmente los curiosos tocados.
Además
de las cimitarras, pistolas y dagas, cada jenízaro llevaba al hombro un
mosquete. Los oficiales llevaban al alcance de la mano un pequeño recipiente
con brasas para encender las mechas. Recorriendo aquellas huestes rápidamente,
los derviches iban y venían, vestidos solamente con kalpaks de piel de camello
y extraños faldellines verdes con perlas de ébano, exhortando a los Creyentes.
Músicos militares ―un invento turco― avanzaban al lado de las columnas entre el
estallido de los timbales y la melopea de los laúdes. Por encima de aquel
océano que se enfurecía lentamente, flotaban y ondeaban las banderas... el
estandarte púrpura de los spahis, la blanca bandera de los jenízaros con un
sable de oro de doble hoja, y los estandartes con colas de caballo de los
grandes dignatarios... siete el sultán, seis el Gran visir, tres el agha de los
jenízaros. Solimán demostraba su potencia de aquella manera ante las
consternadas miradas de los cafaros.
Pero
la mirada de von Kaimbach se fijaba en otra cosa: en los grupos que penaban por
poner a punto la artillería del sultán. Sacudió la cabeza con estupor.
―¡Medias
culebrinas, fi.lcones y falconetes! ―gruñó―. ¿Dónde diablos está toda esa
artillería de la que el sultán está tan orgulloso;
―¡En
el fondo de Danubio! ―respondió un piquero húngaro con una mueca feroz,
acompañando la respuesta con un salivazo―. Wulf Hagen consiguió hundir esa
parte de la flota del sultán. El resto de su artillería real se ha entrampado
en las llanura, dicen, a causa de las lluvias.
Una
ligera sonrisa erizó los bigotes de Gottfried.
―¿Qué
promesa le ha hecho Solimán a Salm?
―Qué
desayunará en Viena pasado mañana... el día veintinueve.
Gottfried
sacudió la cabeza lentamente.
EL
ASEDIO COMENZO entre el gruñido de los cañones, el silbido de las flechas y las
terribles salvas de los mosquetes. Los jenízaros cargaron contra las afueras en
ruinas de la ciudad, donde inmensos pedazos de pared todavía en pie ofrecían un
cierto abrigo. Poco después del alba, avanzaron en orden, cubiertos por tropas
irregulares y precedidos por una andanada de flechas incendiarias.
En
una de las torretas del muro amenazado, apoyado en la gran espada y
retorciéndose el mostacho pensativamente, Gottfried von Kaimbach observaba cómo
se llevaban a un artillero de Transilvania; su cerebro rezumaba por un agujero
en la sien. Un mosquete turco había hablado muy cerca de las murallas.
La
artillería de campaña del sultán aullaba, como perros de raucos ladridos,
haciendo volar fragmentos de piedra de los parapetos. Los jenízaros avanzaban,
ponían una rodilla en tierra, disparaban y recargaban mientras volvían a
avanzar. Las balas golpeaban en los merlones y rebotaban, silbando rabiosas por
encima de las cabezas de los defensores. Un proyectil se estrelló en la cota de
malla de Gottfried, arrancándole un furioso gruñido. Volviéndose hacia el cañón
cuyo servidor había sido muerto, tuvo ocasión de ver una silueta pintoresca e
inesperada inclinada sobre la enorme culata.
Era
una joven vestida de un modo increíble. Pero von Kaimbach estaba acostumbrado a
la extravagancia indumentaria de las jóvenes elegantes del reino de Francia.
Era alta, magnífica y, aunque delgada, de una fortaleza enorme, Por debajo de
un casco de acero escapaban unos cabellos rebeldes que la caían sobre unos
hombros anchos como una cascada de oro rojizo centelleando al sol. Altas botas
de cuero cordobés le llegaban hasta la mitad del muslo y en ellas llevaba
introducidos los anchos pantalones. Llevaba una fina coraza anillada, de
fabricación turca, metida por entre los pantalones. El delgado talle era ceñido
por un ancho cinturón de seda verde en el que llevaba cruzadas dos pistolas y
una daga y del que colgaba un largo sable de Hungría. Una capa escarlata
colgaba indolentemente de sus hombros.
Aquella
sorpréndete silueta inclinada sobre el cañón estaba apuntando ―con gestos que
indicaban algo más que una familiaridad pasajera― hacia un grupo de turcos,
ocupados en maniobrar la cureña de un cañón, para ajustar el tiro.
―¡Eh,
Sonya la Roja! ―gritó un soldado agitando la Pica―. ¡Mándalos al infierno!
―¡Confía
en mí, camarada! ―replicó la joven aproximando la mecha inflamada al orificio
de la culata―. Aun―Que habría preferido tener a Roxelana por blanco...
Una
terrible detonación cubrió sus palabras; un torbellino de humo cegó a todos los
que encontraban en la to―rreta. El terrible retroceso del cañón, cargado hasta
la misma boca, proyectó hacia atrás a su servidora. La joven cayó de espaldas,
pero no tardó en levantarse, como un muelle, para precipitarse hacia los
miradores de la muralla. Atisbo ávidamente a través de las nubes de humo.
Cuando se disipó, reveló los restos sanguinolentos de los cañoneros turcos. La
enorme bala, más grande que la cabeza de un hombre, se había estrellado en el
centro del grupo que maniobraba el falconete. Sus servidores yacían por el
suelo, con el cráneo hecho papilla por el impacto o el cuerpo destrozado por
los fragmentos de acero de su reventado cañón. Alegres exclamaciones se alzaron
desde los torreones. La joven llamada Sonya la Roja lanzó un aullido de sincera
alegría y esbozó unos cuantos pasos de un baile cosaco.
Gottfried
se acercó contemplando con una admiración sin disimulos el espléndido
movimiento de los senos de la joven bajo la ligera cota de mallas, la curvatura
de sus anchas caderas y sus miembros redondos. Tenía la misma postura que un
hombre, orgullosamente plantada, con las piernas separadas y los pulgares
metidos en el cinturón. Sin embargo, todo proclamaba en ella que se trataba de
una mujer. Echóse a reír cuando le vio. Gottfried notó lleno de fascinación las
luces que brillaban en sus ojos y el color que cambiaba de un momento a otro.
La joven se echó hacia atrás las rebeldes mechas del cabello con una mano
manchada de pólvora. A von Kaimbach le sorprendió ver el color claro y rosado
de su piel allí donde no estaba sucia.
―¿Por
qué lamentaste no tener a Roxelana como blanco? ―preeguntó.
―¡Porque
esa gata es mi hermana! ―respondió Sonya. En aquel instante, un grito poderoso
tronó por encima de las murallas. La joven se sobresaltó, como una bestia
salvaje, y sacó vivamente la espada como si se tratase de un largo relámpago de
plata.
―¡Ese
grito! ―exclamó―. ¡Los jenízaros!
Gottfried
se precipitó hacia el parapeto. También él había escuchado antes el terrible
aullido, capaz de helar la sangre, de los jenízaros lanzándose al ataque.
Solimán estaba decidido a no perder el tiempo con aquella ciudad que le
obstaculizada el avance hacia una Europa indefensa. Contaba con derrumbar los
frágiles muros y apoderarse de Viena en el primer asalto. Los bashi―bazouki
―las tropas irregulares― murieron como moscas cubriendo el avance del grueso de
la armada. Los jenízaros pasaron por encima de sus cadáveres y se lanzaron
contra Viena. Subieron al asalto, bajo el disparo de los cañones y las salvas
de los mosquetes, franqueando los fosos con ayuda de escalas que usaban como
puentes. Cayeron a cientos ante el fuego cruzado de los cañones vieneses. Pero
llegaron al pie de las murallas. Las pesadas balas de los cañones pasaban
silbando por encima de sus cabezas para causar horribles pérdidas en la
retaguardia de sus fuerzas.
Los
mercenarios españoles, armados con mosquetes, apuntaban casi en vertical y
cobraban un inmenso tributo. Pero, al fin, las escalas fueron apoyadas en los
muros. Los soldados, dominados por una locura sanguinaria, empezaron a trepar
hacia las almenas cantando. Las flechas silbaron, atravesando a los defensores.
Desde detrás, las piezas artilleras turcas retumbaban destruyendo tanto a
aliados como a enemigos. Gottfried, protegiéndose tras un merlón, fue derribado
por un súbito y terrible impacto. Una bala había golpeado directamente en la
almena, matando de golpe a media docena de defensores.
Gottfried
se levantó, medio aturdido, entre los cascotes y los cadáveres. Vio una marea
humana que subía al asalto de las murallas, caras gesticulantes y exaltadas de
ojos brillantes como de perro rabioso, y sables tan centelleantes como los
rayos del sol en un lago. Separando las piernas y plantando sólidamente los
pies en el suelo, blandió la pesada espada y la abatió violentamente. Le
sobresalía la crispada mandíbula, tenía el bigote erizado por el furor. La
hoja, de cinco pies de larga, hundió cascos de acero y crá―neos, atravesó escudos
y hombreras de hierro. Los hombres cayeron de las escalas, con los dedos
inertes resbalando por los ensangrentados travesanos; pero, a ambos lados,
penetraban por el agujero. Un grito terrible anunció que los turcos habían
llegado al muro. Pero ningún hombre se atrevió a abandonar su puesto para
dirigirse hacia el lugar amenazado. Los sorprendidos defensores tenían la
impresión de que Viena estaba rodeada por un centelleante y agitado océano
rugiente que subía por momentos para anegar las condenadas murallas.
Retrocediendo
para evitar ser rodeado, Gottfried gruñía y golpeaba a derecha e izquierda. Sus
ojos ya no estaban velados; ardían siniestramente, como carbunclos. A sus pies
yacían tres jenízaros; su espada zumbada enfrentándose a un bosque de
cimitarras. Un tajo resbaló sobre su bacinete, llenando su mirada de tinieblas
llenas de fuego. Tambaleándose, contraatacó y sintió que su espadón cortaba y
rompía huesos. La sangre le resbalaba por la mano y tuvo que arrancar la hoja
con un brutal movimiento de torsión. Un aullido seco retumbó y alguien corrió a
su lado. Escuchó el casquido de las cotas de malla al recibir los impactos de
un sable brillante, como un rayo de plata, que golpeaba ante él.
Era
Sonya la Roja que acudía en su socorro. Luchaba tan feroz y peligrosamente como
una pantera. Sus asaltos se sucedían tan rápidamente que la mirada no era capaz
de seguirlos; su espada creaba rayos de fuego blanco y los hombres se
derrumbaban como la mies segada por la guadaña del campesino. Lanzando un sordo
rugido, Gottfried se puso a su lado, cubierto de sangre y terrible, balanceando
la espada. Ante aquel irresistible asalto, los musulmanes tuvieron que
retroceder. Dudaron un instante, en el mismísimo borde del parapeto, y luego
saltaron hacia las escalas y cayeron aullando al vacío.
Un
río de juramentos salía de los labios de Sonya. Reía salvajemente, mientras su
sable cantaba y atravesaba los cuerpos, haciendo correr sobre las piedras una
marea de sangre. El último turco que quedaba en la muralla lanzó un grito y
paró un golpe frenéticamente cuando Sonya lanzó un terrible tajo hacia él.
Soltando la cimitarra, las manos del hombre se asieron desesperadamente a la
hoja de la espada de Sonya, rezumante de sangre. Con un gemido, el hombre
vaciló en el borde del parapeto; la sangre le salía a chorros de los dedos
horriblemente desgajados.
―¡Idos
al Infierno, tú y tu alma de perro! ―dijo la joven riendo―. ¡Qué el Diablo te
dé de comer!
Con
un hábil giro y un movimiento brutal, liberó la espada, cortando los dedos del
desgraciado. Con un sordo lamento, el musulmán cayó de espaldas hacia el vacío,
con la cabeza por delante.
Los
jenízaros retrocedían por doquier desordenadamente. Las piezas de artillería
que habían enmudecido mientras se luchaba en las murallas volvieron a dejar oír
su canción. Los españoles, apostándose en las almenas, contestaron al fuego con
sus largos mosquetes.
Gottfried
se acercó a Sonya la Roja. Jurando en voz baja, la joven limpiaba su sable.
―¡Por
Dios, muchacha ―dijo von Kaimbach, tendiendo hacia ella una mano maciza―, si no
hubieras acudido en mi ayuda, creo que esta noche habría cenado en el Infierno!
Te agradezco que...
―¡Agradéceselo
al Diablo! ―replicó Sonya con un tono áspero, apartando la mano con un golpe
seco―. Los turcos ya habían plantado pie en el muro. ¡Ni te imagines que
arriesgué mi vida por salvar la tuya, compañero!
Luego,
volviéndose con desprecio, moviendo turbulentamente los pliegues de la capa, se
alejó con grandes zancadas y abandonó las murallas, respondiendo decidida y
blasfemamente a las bromas de los soldados. Gottfried la vio alejarse, con la
cara convulsa. Un lansquenete le dio una amigable palmada en el hombro.
―¡Esa
chica es un verdadero demonio! ¡Por los clavos de Cristo, es capaz de tirar
debajo de la mesa al más empedernido bebedor y jura mejor que un español! ¡No
es lo que se podría llamar una verdadera mujercita de su casa! ¡Atacar...
combatir... matar! ¡Eso es lo que más le gusta en el mundo!
―Pero,
¿quién es, en nombre del Diablo? ―rugió von Kaimbach.
―Sonya
la Roja de Rogatino... es cuanto sabemos. Anda y pelea como un hombre... Sólo
Dios sabe por qué. Jura que es la hermana de Roxelana, la favorita del sultán.
Si los tártaros que raptaron a Roxelana se hubieran llevado a Sonya en su
lugar, ¡por San Pedro!, Solimán no podría haberse hecho con ella. ¡Déjala
tranquila, compañero, es una gata salvaje! ¡Vamos a bebemos unas jarras de ale\
Convocados
por el Gran visir, los jenízaros tuvieron que explicar por qué razón el ataque,
cuando el muro había sido alcanzado en un lugar, había fracasado. Juraron que
habían tenido que enfrentarse a un demonio que había tomado la forma de una
mujer de cabellera roja ayudada por un gigante de coraza herrumbrosa.
Ibrahim
pasó por alto la descripción de la mujer; pero la descripción del hombre
despertó un recuerdo medio olvidado por su mente. Tras despedir a los soldados,
mandó llamar al tártaro Yaruk Khan y le envío a buscar a Mikhal Ogiu ―que se
hallaba en la región circundante― para que le preguntase porqué no había hecho
llegar a la tienda real cierta cabeza.
Solimán
no desayunó en Viena la mañana del día veintinueve. Se encontraba en las
alturas de Semmering, ante su espléndido pabellón lleno de pináculos dorados,
con su guardia personal formada por quinientos solaks, observando cómo sus
piezas de artillería daban suaves picotazos contra los débiles muros. Veía que
sus tropas irregulares perdían la vida como si fueran una riada que quisiese
llenar los fosos. Los zapadores excavaban la tierra como si fueran topos,
colocando minas y contraminas cada vez más cerca de los bastiones.
En
la ciudad, los asediados no tenían ni un instante de reposo. Las murallas
estaban siempre, día y noche, llenas de hombres. En cuevas, los vieneses
vigilaban las ligeras vibraciones de unos guisantes colocados sobre tambores
para descubrir los trabajos de zapa de los turcos, que cavaban bajo sus muros
para colocar las minas. Así enterados, colocaban sus contraminas en
consecuencia. Los hombres no combatían bajo tierra menos ferozmente que sobre
ella.
Viena
era una isla cristiana en un mar de infieles. Noche tras noche, los habitantes
contemplaban el horizonte en llamas mientras los akinji saqueaban y devastaban
el martirizado país. De vez en cuando llegaban noticias del mundo exterior...
siempre llevadas por esclavos fugitivos que se refugiaban en la ciudad. Y
siempre era para informarles de nuevas atrocidades. En la Alta Austria, no
quedaba viva ni un tercio de la población; Mikhal Ogiu se estaba excediendo. Y
se decía que buscaba a alguien en particular. Sus asesinos le llevaban las
cabezas cortadas de los hombres para luego empalarlas ante su tienda. Miraba
ávidamente los terribles restos y, luego, con desaprobación demoníaca, despedía
a sus carniceros, encargándoles la comisión de nuevos horrores.
Aquellos
relatos, en vez de aterrorizar y paralizar a los austríacos, les inflamaba, les
galvanizaba y les llenaba de un furor demencial nacido de la desesperación. Las
minas saltaban y abrían nuevas brechas y los mulsulmanes se volvían a lanzar al
asalto. Pero todas las veces, los valerosos cristianos llegaban a las aberturas
de los muros antes que ellos. Y, en la furiosa lucha cuerpo a cuerpo, ciegos,
con la locura de las bestias salvajes, les hacían pagar en parte la deuda
sangrienta que con ellos tenían los turcos.
Setiembre
declinó lentamente y dio paso a octubre. Las hojas amarillearon en la Wiener
Waid; los vientos empezaron a soplar portando los primeros fríos. Por la noche,
los centinelas se estremecían de frío en lo alto de las murallas al sentir la
mordedura del hielo. Pero las tiendas seguían rodeando la ciudad y Solimán
seguía instalado en su magnífico pabellón mirando fijamente el frágil obstáculo
que cerraba todos sus deseos imperiales. Nadie, a excepción de Ibrahim, se
atrevía a hablarle. Su humor era tan sombrío como las frías noches que
descendían insidiosamente de las colinas. El viento que gemía en el exterior de
su tienda era como un canto fúnebre para sus ambiciones de conquistador.
Ibrahim
le observaba atentamente. Tras un asalto inútil que duró desde el amanecer
hasta mediodía, llamó a los jenízaros y les ordenó retirarse a las casas en
ruinas de las afueras de la ciudad para que descansasen. Luego, le encargó a un
arquero que disparase una flecha hacia un barrio determinado de la ciudad
donde, ciertas personas, esperaban, precisamente, aquel hecho.
Aquel
día no hubo nuevos ataques. Las piezas de artillería que habían machacado la
Puerta de Karnthner durante días fueron desplazadas y apuntadas al norte, para
martillear sobre el Burgo. Cuando un asalto parecía inminente en aquella parte
del muro, la mayor parte de los defensores era enviada allí. Pero el ataque no
tuvo lugar; sin embargo, los cañones, hora tras hora, seguían tronando. Fuese
cual fuese la causa, los soldados dieron gracias al cielo por aquella tregua.
Titubeaban de fatiga, agotados por la falta de sueño y exasperados por las
numerosas heridas.
Llegó
la noche. La plaza mayor, el mercado de Am―Hof, era un hervidero de soldados
observados con envidia por los habitantes de la ciudad. Acababan de descubrir
una importante reserva de vino en las cuevas de un rico mercader judío. El
judio esperaba haber triplicado sus beneficios cuando ya no quedase en la
ciudad ni una gota de alcohol. Pese a sus oficiales, hombres casi medio locos
hacían rodar los barriles por la plaza y, luego, los taladraban. Salm renuncio
a intervenir para evitar aquella borrachera general. La embriaguez es
preferible, musitó el viejo soldado. Por los menos, los hombres no caerían al
suelo vencidos por el agotamiento. Pagó al judío con sus propios ducados. Los
soldados bajaron de las murallas como hormigas para beber hasta la saciedad.
A la
luz de las antorchas y braseros, en medio de los gritos y canciones de los
soldados totalmente borrachos ―a las que, intermitente, un cañón hacia de
coro―, von Kalm―bach hundió el casco en una barrica y lo sacó, lleno hasta el
borde y goteante. Hundiendo el bigote en el precioso líquido, se inmovilizó
cuando sus ojos, ya enturbiados, por encima del borde del casco, se posaron en
una silueta or―gullosamente plantada al otro lado del tonel. Una expresión de
resentimiento se dibujó en su rostro. Sonya la Roja ya había hecho los honores
a más de una barrica. Llevaba el casco ladeado por encima de los rebeldes
cabellos, andaba aún más altiva que nunca y su mirada era más burlona que en
otras ocasiones.
―¡Ja!
―gritó despectivamente―. ¡Pero si es el matador de turcos que hunde la nariz en
una jarra de vino, como es costumbre! ¡Qué el Diablo se lleve a todos los
sedientos!
Dando
prueba de muy buen juicio, hundió en el líquido púrpura un jarro con pedrerías
incrustadas y lo vació de un trago. Gottfried se envaró con amargura. Ya había
tenido con la joven una acalorada discusión; el desprecio de la joven le había
herido en su amor propio.
―¿Por
qué habría siquiera de mirarte, con la bolsa vacia y esa coraza herrumbrosa ―se
burló la joven el día anterior― cuando Paúl Bakics está loco por mí? ¡Déjame en
paz, barril de cerveza, tonel de vino!
―¡Vete
al Diablo! ―replicó von Kaimbach―. Aunque tu hermana sea la amante del sultán,
no tienes por qué mostrarte tan altanera...
Al
oír aquellas palabras, a Sonya le había dado un terrible acceso de cólera. Se
separaron, dirigiéndose recíprocas imprecaciones. En aquel momento, y a juzgar
por el brillo de sus ojos, Gottfried se dio cuenta de que la joven tenía
intención de hacerle la situación muchísimo más desagradable.
―¡Imbécil!
―gruñó von Kaimbach―. ¡Te voy a ahogar en este barril!
―¡Oh,
no, tú te ahogarás primero, borracho! ―gritó la joven, soltando una brutal
carcajada―. ¡Qué lástima que no seas tan valiente ante los turcos como ante un
barril de vino!
―¡Ojalá
y te devoren los perros del infierno, zorra! ―rugió―. ¿Cómo voy a aplastarles
el cráneo cuando ni siquiera atacan y les basta con disparar sus cañones?
¿Quieres que les tire la daga desde la muralla?
―Justo
bajo la muralla, los hay a millares ―replicó Sonya con la locura engendrada
tanto por la bebida como por su fogosa naturaleza―. ¡Sólo hay que tener el
estómago suficiente para ir a por ellos!
―¡Por
Dios! ―dijo el gigante, loco de rabia, sacando la espada―. ¡Ninguna joven
estúpida me trata de cobarde, borracho o no! ¡Voy a salir a buscarles aunque
tenga que ir solo!
Un
fuerte clamor siguió a su bramido. La multitud, dominada por la bebida, estaba
dispuesta a una acción tan insensata como aquella. Los toneles casi vacíos
fueron derribados cuando los soldados desenvainaron las espadas torpemente y se
dirigieron tambaleándose hacia las puertas de la ciudad.
Wulf
Hagen se abrió paso entre ellos, repartiendo puñetazos a diestro y siniestro.
―¡Deteneos
―rugió―, banda de borrachos! ¡Imbéciles! ¡No vais a salir en ese estado!
¡Parad...!
Le
derribaron y le echaron a un lado violentamente para seguir avanzando como un
torrente ciego y privado de razón.
* *
*
El
alba empezaba a apuntar por las colinas del este. Un tambor empezó a sonar en
alguna parte del extrañamente silencioso campamento turco. A los centinelas
otomanos se les desorbitaron los ojos y descargaron los mosquetes para alertar
al campamento, aterrorizados por la horda de cristianos ―unos ocho mil― que
vomitaba el estrecho puente levadizo blandiendo las espadas y las jarras de
ale. Mientras franqueaban los fosos, con los labios espumeantes, una formidable
explosión dominó el estrépito. Una sección del muro, muy cerca de la Puerta de
Karn―thner, pareció arrancarse y echar a volvar por los aires. Un inmenso
clamor se elevó del campamento turco; pero los atacantes no se detuvieron.
Se
dirigieron impetuosamente hacia los suburbios de la ciudad. Allí descubrieron a
los jenízaros, no recién salidos de un pesado sueño, sino vestidos y armados,
en pie, alineados ordenadamente antes de atacar. Sin dudarlo, se lanzaron
contra las filas medio formadas de los turcos. Aunque muy inferiores en número,
su furor debido a la embriaguez y su rapidez fueron irresistibles. Ante las
hachas que se abatían locamente y aquellas espadas que desgarraban de un modo
salvaje, los jenízaros, absortos, retrocedieron a la desbandada. Las afueras de
la ciudad se convirtieron en un verdadero matadero. Los hombres, en lucha
cuerpo a cuerpo, cortaban y tajaban, tropezando con los cadáveres mutilados y
los miembros seccionados. Solimán e Ibrahim, desde la altura de Semmering,
asistieron a la huida de los invencibles jenízaros que corrían sin control
hacia las colinas.
En
el interior de la ciudad, los defensores trabajaban frenéticamente para reparar
la gran brecha que la misteriosa explosión había abierto en el muro. Salm daba
gracias al cielo por aquella insensata salida. Sin aquellos borrachos, los
jenízaros habrían penetrado por el boquete antes incluso de que el polvo se
hubiera posado.
El
campo turco era presa de la mayor de las confusiones. Solimán corrió hacia su
caballo y gritó sus órdenes a los spahis, conduciendo la carga personalmente.
Formaron los escuadrones y luego bajaron las colinas en perfecta formación. Los
soldados cristianos, que seguían persiguiendo a sus enemigos en desbandada,
fueron conscientes súbitamente del peligro Que les amenazaba. Los jenízaros no
dejaban de correr pero, desde los flancos, caía sobre ellos la caballería lo
que les impediría cualquier vía de escape.
El
miedo reemplazó a la temeridad debida a la embriaguez. Empezaron a replegarse.
La retirada se convirtió en una carrera. Lanzando gritos de pánico, tiraron las
armas y echaron a correr hacia el puente levadizo. Los turcos los siguieron
hasta los fosos y, luego, intentaron perseguirlos por el puente levadizo hasta
las puertas, que habían sido abiertas para recibir a los fugitivos. Sobre la
explanada, Wulf Hagen y sus hombres se enfrentaron a los perseguidores y se
batieron como demonios, impidiéndoles avanzar. La marea de fugitivos pasó a la
altura de Wulf Hagen, corriendo hacia la seguridad. La caballería turca cayó
sobre él como una roja oleada. El gigante recubierto de hierro fue devorado por
un océano de lanzas.
Gottfried
von Kaimbach no deseaba abandonar el campo de batalla. Pero, pese a sus amargos
juramentos, fue arrastrado por sus compañeros. Tropezó y cayó; sus cama―radas,
dominados por el pánico, le pisotearon en la carrera hacia el puente. Cuando
dejó de sentir los pisotones, levantó la cabeza y vio que se encontraba cerca
del foso. Estaba rodeado por los turcos; todos sus compañeros habían huido.
Levantándose corrió pesadamente hacia los fosos y se hundió en el agua, contra
todo pronóstico, al tiempo que veía por encima del hombro cómo un musulmán se
lanzaba tras él.
Volvió
a la superficie, escupiendo y debatiéndose, y se dirigió hacia la orilla
opuesta, pateando y levantando tanta espuma como un búfalo. El sanguinario
musulmán iba tras él... un corsario de los Estados berberiscos, con tanta
seguridad en el agua como en tierra firme. El empecinado germano no había
soltado la espada y la coraza le retrasaba. Sin embargo, fue capaz de llegar a
la orilla, a la que se agarró sin fuerzas e incapaz de defenderse. El corsario
berberisco, como una tromba llegó sobre él, con una daga centelleando por
encima del hombro desnudo. Pero alguien, a su lado, lanzó un sonoro juramento.
Una mano delicada apuntó una pistola hacia el rostro del hombre. El árabe
empezó a aullar cuando el disparó sonó; la cabeza desapareció, convertida en un
amasijo de rojos jirones. Otra mano, fina P6i'o vigorosa, agarró al germano por
la espalda de la coraza antes de que se hundiera en el lodo.
―¡Sube
a la orilla, borracho! ―chirrió una voz deformada por el esfuerzo―. No puedo
levantarte si no me ayudas un poco... ¡Debes pesar una tonelada!
Soplando,
sofocado y debatiéndose en el agua, Gott―fried consiguió salir del foso, medio
por sí mismo, medio gracias a la ayuda recibida. Manifestó sus deseos de
tumbarse boca abajo para echar toda el agua que se había tragado, pero su
salvador le incitó a levantarse lo antes posible.
―Los
turcos empiezan a cruzar el puente y nuestros compañeros nos van a cerrar la
puerta en las narices... ¡date prisa, si no, estamos perdidos!
Cuando
hubieron cruzado la puerta, Gottfried miró a su alrededor como si despertase de
un sueño.
―¿Dónde
está Wulf Hagen? Le he visto defender el puente hace unos instantes con mucho
valor.
―Ha
muerto. Yace rodeado de veinte cadáveres turcos ―le respondió Sonya la Roja.
Gottfried
se sentó sobre los escombros de un muro derribado. Impresionado, agotado y
todavía atontado por los vapores del alcohol y el furor guerrero, hundió la
cara en las enormes manos y empezó a sollozar. Sonya, con aire visiblemente
disgustado, le dio una patada.
―En
el nombre de Satanás, camarada, no te quedes ahí sentado como un colegial al
que acaban de dar un azote. Tú y toda esa banda de borrachos os habéis portado
como un grupo de redomados imbéciles, pero ya es tarde para remediarlo. Ven,
vamos a bebemos unas jarras de ale en la taberna valona.
―¿Por
qué me sacaste del foso? ―preguntó Gottfried.
―Porque
un tipo como tú no es capaz de salir él solo de sus propios problemas. Me di
cuenta hace ya tiempo que necesitabas a alguien experimentado, como yo, para
mantener viva tu vieja piel.
―¡Pero
si creí que me despreciabas!
―Bueno,
¿acaso una mujer no tiene derecho a cambiar de opinión? ―replicó Sonya
secamente.
Desde
las murallas, los piqueros rechazaron a los enfurecidos musulmanes y les
expulsaron de la brecha medio reparada. En el pabellón real, Ibrahim le
explicaba a su amo que el Diablo había inspirado, sin lugar a dudas, aquella
salida de soldados borrachos en el momento preciso para arruinar los planes tan
cuidadosamente preparados por el Gran visir. Solimán, loco de rabia, se dirigió
a su amigo con voz cortante por primera vez en su vida.
―No.
Has fracasado. Acabemos con tus intrigas. Allí donde la astucia se ha mostrado
vana, la fuerza bruta prevalecerá. Envía un mensajero a los akinji; su
presencia es necesaria para reemplazar a los que han caído. Ordena que los
ejércitos ataquen de nuevo.
Los
asaltos precedentes no fueron nada comparados con la tormenta que se abatió
entonces sobre las tambaleantes murallas de Viena. Día y noche, los cañones
tronaban y flameaban. Las bombas explotaban en los techos de las casas y en las
calles. No había quien pudiera reemplazar a los que morían en las murallas. El
espectro del hambre acechaba en las calles, el miedo a la traición se
arrastraba por los callejones como si fuera una capa sombría.
Minuciosas
investigaciones permitieron establecer que la carga de explosivos que había
destruido en parte el muro de Karnthner no había sido producto de los zapadores
turcos. Se había hecho estallar una considerable cantidad de pólvora bajo el
mismo muro, en una galería excavada desde una cueva cuya localización se
ignoraba, en el interior de la ciudad. Uno o dos hombres, trabajando
secretamente, habían bastado para colocar la mina. Resultaba evidente que el
bombardeo intensivo del Burgo estaba destinado únicamente a apartar la atención
del muro de Karnthner para permitir a los traidores trabajar sin correr el
riesgo de ser descubiertos.
El
conde Salm y sus oficiales se enfrentaban a una tarea de Titanes. El viejo
comandante, dando pruebas de una energía sobrehumana, subía a las murallas,
exhortaba a los hombres desmoralizados, acudía en socorro de los heridos,
combatía al lado de los más simples soldados, mientras la Muerte golpeaba
implacablemente.
Pero
si la Muerte cenaba en las murallas, se cebaba en la llanura. Solimán conducía
a sus hombres al asalto tan implacablemente como si estuviera frente a su peor
enemigo. La peste estaba entre ellos pues la devastada llanura no producía nada
que comer. Los vientos fríos descendían ululando de los Cárpatos y los soldados
se aterían en sus atavíos orientales. Durante las noches heladas, las manos de
los centinelas se congelaban y el frío les pegaba los dedos a los cañones de
los mosquetes. El suelo se volvió tan duro como el pedernal; los zapadores
padecían lo indeble para poder cavar con las herramientas embotadas. La lluvia,
mezclada con granizo, caía, apagando las velas, mojando la pólvora,
transformando la llanura que rodeaba la ciudad en un agujero enlodado en el que
el olor de los cadáveres en descomposición daba náuseas a los vivos.
Solimán
temblaba, como si estuviera siendo dominado por la fiebre, mientras paseaba la
mirada por el campamento. Veía a sus guerreros agotados y huraños,
arrastrándose por la llanura de barro. Parecían fantasmas bajo un lúgubre cielo
de plomo. El hedor de los soldados muertos ―que se podían contar por millares―
llegaba hasta sus narices. En aquel preciso instante, el sultán tuvo la
impresión de contemplar una llanura grisácea, recubierta de muertos, donde los
cadáveres de cuerpos sin vida se dedicasen a algima inútil tarea, desplazándose
lentamente, animados solamente por la inexorable voluntad de su amo. Durante un
momento, el tártaro ―la herencia de sus antepasados― dominó al turco. Tembló de
miedo. Luego, sus finas mandíbulas se crisparon. Los muros de Viena se
tambaleaban vertiginosamente, dañados y agrietados en una veintena de lugares.
¿Por qué se mantenían aún?
―Llamad
al asalto. ¡Treinta mil aspros al primer hombre que llegue a las murallas!
El
Gran visir abrió los brazos en un gesto de impotencia.
―Nuestros
soldados han perdido todo su valor. Ya no pueden seguir soportando las
inclemencias de este país helado.
―¡Pues
que les lleven a los pies de las murallas a latigazos! ―replicó Solimán con un
tono feroz―. Esa ciudad es la puerta que abre el Frankistán. Es el último
obstáculo para mis sueños de imperio. Debemos apoderarnos de ella. ¡Sólo así
tendremos libre el camino!
Los
tambores empezaron a retumbar por todo el campamento. Los extenuados defensores
de la Cristiandad se levantaron y empuñaron las armas, galvanizados,
comprendiendo instintivamente que el momento del combate decisivo había sonado.
Los
oficiales del sultán condujeron las huestes musulmanas hacia los rugientes
mosquetes y las espadas dispuestas a golpear. Los látigos restallaban y los
hombres aullaban y blasfemaban de un lado a otro de la línea de batalla.
Exasperados, subieron al asalto de las murallas medio derruidas, cuajadas de
inmensas brechas, pero, sin embargo, aún capaces de albergar a hombres
resueltos. Carga tras carga, los turcos se abalanzaron contra la ciudad,
cubrieron los fosos, se aplastaron contra las murallas medio caídas. Todas las
veces retrocedieron, abandonando tras ellos montones de muertos. La noche cayó,
pero pasó inadvertida. En el seno de las tinieblas, iluminadas por los
relámpagos del cañón y el brillo de las antorchas, la batalla continuó.
Impulsados por la terrible voluntad de Solimán, los atacantes lucharon durante
toda la noche, sin obedecer la tradición musulmana.
El
alba fue como la de Armaguedón. Ante los muros de Viena se extendía una
alfombra de muertos vestidos con acero. Sus plumas ondeaban al viento. Y entre
los cadáveres titubeaban los atacantes, con los ojos hundidos, para luchar
cuerpo a cuerpo contra los tenaces defensores.
Las
olas de acero golpeaban y se rompían y volvían a romper, hasta que los propios
dioses debieron quedar estupefactos ante la tenacidad de aquellos hombres, por
su indiferencia ante los sufrimientos o la muerte. Era el Armaguedón de las
razas... Asia contra Europa. Alrededor de las murallas se agitaba un océano
tumultuoso de rostros orientales... turcos, tártaros, kurdos, árabes, corsarios
berberiscos... gruñendo, aullando, muriendo bajo las rugientes salvas de los
mosquetes de los españoles, las picas de los austríacos, los golpes de los
lansquenetes germanos que manejaban las espadas de doble hoja como si fueran
guadañas. Pero los que defendían los muros no eran más valerosos que los que se
lanzaban a su asalto, tropezando en sus propios muertos.
Para
Gottfried von Kaimbach la vida se había reducido a una sola cosa... subir y
bajar la pesada espada. Defendiendo la amplia brecha cercana a la Torre de
Karnthner, luchó hasta que el Tiempo perdió todo su significado. Durante largos
siglos, rostros rabiosos surgieron ante él gesticulantes, caras de demonios;
las cimitarras centelleaban ante su mirada, eternamente. No sentía las heridas,
ni la fatiga extrema. Jadeando en medio del sofocante polvo, cegado por el
sudor y la sangre, le entregaba a la Muerte su rojo tributo, dándose apenas
cuenta de que a su lado una forma esbelta como una pantera abatía el arma y
golpeaba... al comienzo con risas, imprecaciones y cantos... luego, en medio de
un opresivo silencio.
Su
identidad como individuo desapareció en aquel cataclismo de acero. Por un
momento, fue vagamente consciente de que el conde Salm, que luchaba cerca de
él, era mortalmente alcanzado por una bomba que explotó en el parapeto. No se
dio cuenta de que la noche se deslizase insidiosamente sobre las colinas, ni
descubrió hasta el final que la marea de atacantes dudaba, disminuía y luego se
retiraba. Sólo se dio cuenta, de un modo confuso, de que Ni―kolás Zrinyi le
apartaba de la brecha llena de cadáveres, diciéndole:
―En
el nombre de Dios, camarada, vete a dormir un poco. Les hemos rechazado... al
menos, por el momento.
Descubrió
que avanzaba por una calle estrecha y tortuosa, oscura y apartada. No tenía la
menor idea de cómo había llegado hasta allí. Le parecía recordar vagamente una
mano que se apoyaba en su hombro y que le sujetaba y guiaba. Sintió el peso de
la armadura en los agotados hombros. No sabría decir si el ruido que llenaba
sus oídos era el rugido del cañón o la sangre que le latía en las sienes. Tenía
la impresión de que tenía que empezar a buscar a alguien... a alguien que le
importaba mucho. Pero, en su espíritu, no había otra cosa que confusión. En
alguna parte, en algún momento ―parecía tan lejano―, un tajo le había golpeado
en el casco. Mientras hacía un esfuerzo para reflexionar, le pareció sentir de
nuevo el impacto de aquel terrible golpe y fue dominado por el vértigo. Se
quitó vivamente el casco abollado y lo tiró a los adoquines de la calleja.
La
mano volvió a tirarle del brazo. Insistentemente, una voz le rogó:
―Vino,
señor... ¡bebe, bebe!
Se
dio cuenta vagamente de una delgada silueta, revestida con una negra coraza,
que le tendía una copa. Con una exclamación áspera, la tomó y hundió la cara en
el líquido, bebiéndolo como un hombre que se muere de sed. Algo explotó en su
cerebro. La noche se llenó con un millón de relámpagos brillantes, como si un
polvorín hubiese estallado en su cabeza. Luego llegaron las tinieblas y el
olvido.
Recobró
lentamente el sentido, consciente de una sed torturadora, un violento dolor de
cabeza y un extremo cansancio que parecía paralizarle los miembros. Tenía los
pies y las muñecas sólidamente atados; estaba amordazado. Torciendo la cabeza
para mirar hacia los lados, vio que se encontraba en una pequeña habitación,
desnuda y polvorienta, de la que partía una escalera de caracol hecha de
piedra. Dedujo que se encontraba en la parte inferior de una torre.
Dos
hombres se inclinaban sobre una mesa groseramente tallada, en la que habían
colocado una fuliginosa candela. Los dos eran delgados y tenían la nariz
aquilina; llevaban trajes negros... asiáticos, sin lugar a dudas.
Gottfried
estuvo atento a la conversación en voz baja que mantenían. Había aprendido
numerosos idiomas a lo largo de sus correrías. Y pudo reconocer a los dos
hombres... Tshoruk y su hijo, Rhupen, comerciantes armenios. Recordó que había
visto a Tshoruk muy a menudo a lo largo de la semana anterior... de hecho,
desde el día en que las bombardas de Solimán aparecieron en el campo de
batalla. Evidentemente, el mercader se había pegado a él como una sombra por
alguna desconocida razón. Tshoruk estaba leyendo lo que escrito en un pedazo de
pergamino.
―Mi señor,
aunque hiciera saltar el muro de Karn―thner en un momento poco propicio, tengo,
sin embargo, buenas noticias que darte. Mi hijo y yo hemos capturado al
germano, a von Kaimbach. Mientras se alejaba de las murallas, agotado por los
combates, le seguimos y luego le guiamos sutilmente hacia la torre en ruinas,
en el lugar que tú ya conoces. Le hemos hecho beber un vino drogado y luego le
hemos atado convenientemente. Que mi señor envíe al emir Mikhal Ogiu hasta el
muro que se alza cerca de la torre y le pondremos en tus manos. Vamos a atarle
a la antigua ballesta y a tirarle por encima del muro como si fuera un tronco.
El
armenio tomó una flecha y empezó a enrollar el Pergamino alrededor del mástil.
Lo ató con un delgado hilo de plata.
―Sube
al techo y dispara la flecha hacia el mantelete, como de costumbre ―le decía a
su hijo Rhupen cuando este, interrumpiéndole, dijo:
―¡Escucha!
―y ambos se detuvieron. Los ojos les brillaban como los de las bestias dañinas
caídas en una trampa... temerosos, pero vengativos.
Gottfried
consiguió hacer resbalar la mordaza con movimientos de la boca. Oyó una voz
familiar que le llamaba desde el exterior.
―¡Gottfried!
¿Dónde diablos estás? Von Kaimbach lanzó un rugido de león.
―¡Eh,
Sonya! ¡En nombre del Diablo! ¡Atenta...! Tshoruk gruñó como un lobo y le
golpeó salvajemente en la cabeza con el pomo de una cimitarra. Casi de forma
instantánea, la puerta se derrumbó y voló hecha pedazos. Como en sueños,
Gottfried vio la silueta de Sonya la Roja recortándose en el marco de la
puerta, empuñando una pistola. Tenía aspecto tenso y huraño; sus ojos ardían
como carbunclos. Había perdido el casco, y también la capa escarlata. Llevaba
la coraza rota y llena de manchas oscuras, las botas arañadas, los pantalones
de seda desgarrados y cubiertos de sangre.
Tshoruk
graznó y se lanzó sobre ella, blandiendo la cimitarra. Antes de que pudiera
golpear, Sonya la Roja aplastó el cañón de la vacía pistola contra el cráneo
del armenio, que cayó como un buey. Desde el otro lado, Ru―phen intentó
acuchillarla con una daga turca de hoja curvada. Soltando la pistola, Sonya la
Roja agarró al joven oriental por el antebrazo. Actuando como en un sueño,
obligó irresistiblemente a su adversario a retroceder, con una mano en la
muñeca y la otra en la garganta. Mientras le estrangulaba lentamente, golpeó la
cabeza del ¿oven armenio contra el muro varias veces... de forma implacable.
Los ojos de Ruphen no tardaron en convulsionarse y su mirada se hizo vidriosa.
Le soltó como si fuera un fardo y se el mercader se quedó tendido en el suelo
cuan largo era, inmóvil.
―¡Vive
Dios! ―murmuró con voz áspera.
Sonya
la Roja titubeó unos instantes en el centro de la estancia, llevándose las
manos a las sienes. Luego se acercó a Gottfried y, dejándose caer de rodillas,
empezó a cortarle las ataduras. Sus gestos eran desmañados y el cuchillo cortó
tanto las ataduras como la piel del germano.
―¿Cómo
has podido encontrarme? ―preguntó mientras se levantaba, todavía atontado.
Sonya
la Roja se tambaleó hasta la mesa y se dejó caer sobre una de las sillas. Había
un jarro de vino cerca de su codo. Lo tomó ávidamente y se lo bebió de un
trago. Se limpió la boca con la manga del jubón y, acto seguido, consideró a
Gottfried con aire de cansancio. Pero, sin embargo, no tardó mucho en recobrar
su vigor.
―Te
vi dejar las murallas y te seguí. Estaba tan agotada por la batalla que apenas
me daba cuenta de lo que hacía. Vi cómo esos perros te cogían del brazo y te
llevaban por las callejas desiertas. Luego, dejé de verte. Pero encontré tu
casco, tirado en la calle. Empecé a llamarte. ¿Qué demonios significa todo
esto?
Tomó
la flecha abandonada sobre la mesa y se la desorbitó la mirada al ver el trozo
de pergamino atado al mástil. Evidentemente, era capaz de descifrar los
caracteres turcos; sin embargo, tuvo que leer el mensaje media docena de veces
antes de su mente atontada por la fatiga descubriera lo que significaba. Su
mirada se dirigió inmediatamente ―y peligrosamente― hacia los hombres que había
en el suelo. Tshoruk estaba recobrándose y medio se sentó, todavía atontado. Se
palpó delicadamente la herida en el cuero cabelludo. Rhupen estaba tendido en
el suelo, vomitando y gimiente.
―Atales,
compañero ―ordenó Sonya la Roja; y Gottfried obedeció.
Los
dos armenios se dejaron maniatar sin decir palabra. Parecían aterrorizados por
la presencia de Sonya la Roja.
―Esta
misiva está dirigida a Ibrahim, el Gran visir ―dijo bruscamente la joven―. ¿Por
qué quiere la cabeza de Gottfried?
―Por
una herida que le hizo al sultán, en Mohacs ―murmuró Tshoruk con inquietud.
―Y
fuiste tú quien hizo saltar la mina bajo el muro de Karnthner ―declaró Sonya la
Roja con una sonrisa sin alegría―. Tú y tu infame retoño... ¡vosotros sois los
traidores que buscábamos! ¡Sois peores que los perros!
Del
cinturón sacó una pistola y la montó.
―Cuando
Zrinyi esté al corriente de todo esto ―siguió―, tu fin no será ni dulce ni
rápido. Pero, primero, viejo cerdo, voy a darme el gusto de volarle la tapa de
los sesos a tu maldito hijo... ante tus propios ojos...
El
viejo armenio emitió un estrangulado grito.
―¡Dios
de mis ancestros, piedad! ¡Mátame... tortúrame... pero perdona a mi hijo!
En
aquel instante, un nuevo ruido desgarró el anormal silencio... una gran
algarada de campanas al vuelo.
―¿Qué
es eso? ―rugió Gottfried, llevándose la mano a la vacía guarda.
―¡Las
campanas de San Esteban! ―gritó Sonya la Roja―. ¡Proclamando nuestra victoria!
Se
lanzó hacia la quebrada escalera. Gottfried la siguió hasta lo alto de los
peligrosos escalones. Salieron a un techo medio derruido y con numerosos
agujeros. En la parte más sólida había una antigua máquina de guerra que servía
para lanzar piedras, una reliquia de los tiempos pasados. Era evidente que
había sido reparada no hacía mucho.
La
torre dominaba un ángulo de la muralla en el que no había vigilantes. Un panel
de muro antiguo, un foso y un declive natural del terreno hacían de aquel un
lugar casi invulnerable.
Los
espías habían podido intercambiar mensajes desde allí sin gran riesgo de ser
descubiertos, y era fácil comprender por qué medio. En la parte baja de la
pendiente, al alcance de un disparo de arco, se alzaba un enorme mantelete
formado por pieles de toro armadas sobre una estructura de madera y que parecía
abandonado al azar. Gottfried entendió que las flechas con mensajes se
disparaban hacia aquel mantelete.
Sin
embargo, de momento, no le dio mayor importancia a todo aquel asunto. Toda su
atención se concentraba en el campamento turco. En él, una creciente
luminiscencia hacía palidecer las primeras luces del alba; por encima del
demencial tañido de las campanas se alzaba el sonido del crepitar de las
llamas, al que se mezclaban gritos del más absoluto terror.
―¡Los
jenízaros están quemando vivos a sus prisioneros! ―exclamó Sonya la Roja.
―El
amanecer del Juicio Final ―murmuró Gottfried horrorizado por el espectáculo que
contemplaba.
Desde
la atalaya podía ver casi toda la llanura. Bajo un cielo plomizo, gris y frío,
teñido por las primeras hices de un alba de color púrpura, la explanada estaba
cuajada de cadáveres turcos hasta donde la vista podía alcanzar.
Y el
ejército de supervivientes se dispersaba rápidamente. El gran pabellón de
Solimán, en las alturas de Sem―mering, había desaparecido. Las demás tiendas
estaban siendo rápidamente desmontadas y plegadas. La cabeza de la larga
columna ya había desaparecido en la lejanía, avanzando hacia las colinas en
aquel alba helada.
La
nieve empezó a caer en ligeros copos.
―Han
lanzado su último asalto la noche pasada ―le dijo Sonya la Roja a von
Kaimbach―. Vi cómo los azotaban sus oficiales y cómo gritaban de miedo ante
nuestras espadas. Son seres de carne y hueso... estaban ya al límite de sus
fuerzas.
La
nieve siguió cayendo.
Los
jenízaros, locos de rabia, se vengaban en sus prisioneros. Lanzaban a las
llamas a hombres, mujeres y niños ―vivos― ante la mirada sombría de su amo, el
monarca al que llamaban el Magnífico, el Misericordioso. Y, durante la horrible
matanza, las campanas de Viena no dejaron de sonar, como si sus gargantas de
bronce fueran a estallar.
―¡Mira!
―gritó Sonya la Roja agarrando a su compañero por el brazo―. ¡Los akinji forman
la retaguardia!
Incluso
a aquella distancia, podían ver dos alas de buitre yendo y viniendo entre las
oscuras masas de soldados; la incierta luz se reflejaba sobre un casco cuajado
de joyas. Las manos manchadas de pólvora de Sonya la Roja se crisparon; se
hundieron sus uñas rotas y arruinadas en las palmas de sus manos. Escupió un
juramento cosaco tan corrosivo como una gota de vitriolo.
―¡Ese
bastardo que ha hecho de Austria un desierto, se va! ¡Las almas de todos
aquellos a los que ha masacrado no parecen pesarle mucho en sus malditos
hombros alados! ¡En cualquier caso, viejo amigo, no se lleva tu cabeza!
―Mientras
él viva, nunca estará muy segura sobre mis hombros ―murmuró el gigantesco
germano.
Los
penetrantes ojos de Sonya la Roja se convirtieron súbitamente en una delgada
linea. Tomando a Gottfried del brazo y arrastrándolo tras ella, bajó los
peldaños de la deshecha escalera de cuatro en cuatro. No vieron a Nikolás
Zrinyi y a Paúl Bakics salir al galope por las puertas de la ciudad, seguidos
por sus hombres vestidos con harapos, arriesgando la vida para ir a salvar a
los prisioneros. El estrépito del acero retumbaba a lo largo de toda la
columna. Los akinji se retiraban lentamente, librando un feroz combate en la
retaguardia. Desdeñaban el coraje impetuoso de sus atacantes basándose en su
superioridad numérica. Seguro en medio de sus jinetes, Mikhal Ogiu sonreía
sardónicamente. Solimán, que avanzaba en el centro de la columna principal, no
sonreía. Su rostro parecía la máscara de la muerte.
Tras
bajar de la torre en ruinas, Sonya la Roja plantó un pie en una silla, luego,
el mentón en el hueco de la mano, mirando fijamente los ojos de Tshoruk
tamizados por el terror.
―¿Qué
darías por poder salvar la vida? El armenio no respondió.
―¿Qué
darías por salvar la vida de tu hijo?
El
armenio se sobresaltó como si le hubieran picado.
―Perdona
a mi hijo, princesa ―gimió―. Te pagaré... todo lo que quieras... haré cualquier
cosa.
Sonya
la Roja pasó una pierna elegantemente por encima de la silla y se sentó.
―Quiero
que le lleves un mensaje a un hombre.
―¿Quién
es ese hombre?
―Mikahi
Ogiu.
El
mercader tembló y se pasó la lengua por los labios.
―Dime
lo que debo hacer y serás obedecida ―susurró.
―Perfecto.
Vamos a soltarte y a darte un caballo. Tu hijo se quedará con nosotros como
rehén. Si fracasas en tu misión, le entregaré a los vieneses para que se
distraigan un rato...
El
viejo armenio volvió a estremecerse.
―Pero,
si cumples correctamente con tu misión, os dejaremos libres a los dos y mi
compañero y yo nos olvidaremos de vuestra traición. Quiero que te reúnas lo
antes posible con Mikhal Ogiu y le digas que...
* *
*
La
columna turca avanzaba por el fango lentamente, entre los torbellinos de nieve.
Los caballos agachaban las cabezas bajo el impulso de las ráfagas de viento
helado. De un lado a otro de las diseminadas líneas, los camellos gritaban y
gemían; los bueyes mugían tristemente. Los hombres resbalaban en el barro,
doblando la espalda bajo el peso de sus armas y equipo. La noche caía, pero no
se dio ninguna orden de detenerse. Durante toda la jornada, el ejército en
retirada había sido hostigado por los audaces coraceros austríacos que caían
sobre ellos como avispas, liberando a los cautivos ante sus propias narices.
Solimán
avanzaba entre sus solaks con el rostro severo. Anhelaba poner entre él y los
lugares que habían presenciado su primera derrota el mayor espacio posible,
pues sólo así podría olvidar que en ellos se pudrían los cuerpos de treinta mil
musulmanes que le recordaban que sus ambiciones se habían reducido a la nada.
Era el señor de Asia occidental, pero nunca sería el dueño de Europa. Aquellas
débiles y despreciadas murallas habían salvado al mundo occidental de la
dominación musulmana, y Solimán lo sabía. Los truenos de la potencia otomana
resonaban por todo el mundo, haciendo palidecer el esplendor de Persia y de la
India mongola. Pero en Occidente, los bárbaros arios de rubios cabellos seguían
invictos. No se había escrito que el Gran Turco pudiese reinar más allá del
Danubio.
Solimán
había visto que aquello se escribía con letras de fuego y sangre mientras
estaba en las alturas de Semme―ring y asistía a la desbandada de sus guerreros,
que huyeron de las murallas pese a los latigazos crueles de sus oficiales. Para
preservar su autoridad, había tenido que dar órdenes de levantar el
campamento... y aquello le abrasó la lengua como si fuera hiél, pero sus
soldados estaban al limite y a punto de desertar. Avanzaba en silencio,
rumiando sombríos pensamientos, sin dirigirle siquiera la palabra a Ibrahim.
A su
modo, Mikhal Ogiu compartía el salvaje desconsuelo de su amo. Fue con feroz
repugnancia como le dio la espalda al país que había devastado, como si él
mismo fuese una pantera que, medio saciada, tiene que renunciar a una presa.
Recordaba con satisfacción las ruinas calcinadas de las aldeas, las calles
llenas de cadáveres, los aullidos de los hombres al ser torturados... los
gritos de las jóvenes que se retorcían en sus brazos de acero. Y recordaba con
el mismo placer los estortores de aquellas mismas mujeres entregadas a las
manos manchadas de sangre de sus asesinos.
Sin
embargo, estaba decepcionado y atormentado por la idea de no haber cumplido con
su misión... el Gran visir estaba furioso y le había dirigido hirientes
palabras. Había perdido el favor de Ibrahim. Para un hombre menos importante,
aquello habría representado el hacha del verdugo. Para él, significaba que
tendría que realizar alguna meritoria tarea para, con ella, poder ganar
nuevamente la confianza del visir. En aquel estado mental, era un hombre tan
peligroso y temerario como una pantera herida.
La
nieve caía con grandes copos, aumentando las penalidades de la retirada. Los
hombres heridos caían en el lodo para no volver a levantarse, cubiertos
rápidamente por un grueso y blanco sudario. Mikhal Ogiu avanzaba con las
últimas filas de guerreros, escrutando las tinieblas. Desde hacia varias horas,
ningún enemigo se había presentado ante ellos. Los victorios austríacos habían
dado media vuelta y regresado a Viena.
Las
columnas en retirada atravesaban lentamente una ciudad en ruinas. Las vigas
calcinadas y los muros destruidos por las llamas formaban bajo la nieve un
diseño oscuro. Se transmitió hasta la retaguardia la noticia de que el sultán
deseaba seguir avanzando y acampar en un valle situado a pocas leguas de
distancia.
El
rápido eco de unos cascos sobre la ruta que seguían hizo que los akinji
aferraran firmemente las lanzas y lanzaran penetrantes miradas hacia las
tinieblas, estrechando los párpados. Pero era el galope de un solo caballo y
luego escucharon que una voz preguntaba por Mikhal Ogiu. Con una orden brutal,
el Buitre contuvo el tiro de una docena de arcos y contestó con voz tonante. Un
gran semental gris surgió entre los remolinos de nieve; una silueta envuelta en
un negro manto se inclinaba grotescamente sobre el lomo del caballo.
―¡Tshoruk!
¡Eres tú, perro armenio! ¡Por Alá que...! El armenio condujo su caballo hasta
Mikhal Ogiu y le susurró algo al oído con aspecto alterado. El frío atravesaba
las ropas más gruesas. El akinji notó que el armenio temblaba violentamente.
Los dientes le castañeteaban y no era capaz más que de farfullar. Sin embargo,
los ojos del turco empezaron a relampaguear cuando escuchó la totalidad del
mensaje.
―Perro,
¿no me estarás contando una mentira?
―¡Qué
me queme en el Infierno si miento! ―Un violento temblor sacudió a Tshoruk al
pensar que podría arder envuelto en su propio caftán―. Se ha caído del caballo
al efectuar con los coraceros una incursión contra vuestra retaguardia. Está
acostado, con una pierna rota, en una cabana abandonada, a tres leguas de
aquí... está solo con su amante, Sonya la Roja, y tres o cuatro lansquenetes.
Están totalmente borrachos... se han bebido todo el vino que han encontrado en
el campamento abandonado.
Mikhal
Ogiu giró el caballo, con una rápida decisión.
―¡Veinte
hombres conmigo! ―ladró―. Que los demás continúen con la columna principal. Voy
a buscar una cabeza que vale su peso en oro. Os alcanzaré antes de que hayáis
montado el campamento.
Othman
retuvo el caballo de su amo por las riendas cubiertas de pedrerías.
―¿Has
perdido la razón? Volver atrás cuando toda la región nos sigue los pasos...
Se
tambaleó en la silla cuando Mikhal Ogiu le golpeó en la boca con la fusta. El
Buitre hizo girar a su caballo y se alejó al galope, seguido por los hombres a
quienes había señalado. Como fantasmas, desparecieron en las insanas tinieblas.
Othman
les vio alejarse en la noche, indecisos. La nieve seguía cayendo, el viento
gemía lúgubremente entre las desnudas ramas. No había más ruidos que los que
producía la columna que caminaba lentamente a través de la ciudad en ruinas.
Pronto, no hubo ni siquiera aquellos. Othman se sobresaltó. A lo lejos,
procedentes del camino que acababan de seguir, llegaron los ladridos de
cuarenta o cincuenta mosquetes disparando al mismo tiempo. En el extremo
silencio que siguió a las detonaciones, Othman y sus guerreros se sintieron
dominados por el pánico. Dando la vuelta frenéticamente, huyeron de la ciudad
en ruinas para unirse a la horda que se retiraba.
LA
NOCHE CAIA SOBRE Constantinopla, pero nadie lo percibió, pues el esplendor que
Solimán daba a la noche la hacía tan gloriosa como el día. En los jardines, que
eran un derroche de flores y perfumes, los braseros centelleaban como millones
de luciérnagas. Los fuegos artificiales con― vertían la ciudad en un reino de
magia en el que se alzaban los minaretes de quinientas mezquitas, como las
torres de fuego en el seno de un espumeante océano de oro. Sobre las colinas de
Asia, los tribeños observaban, con la boca abierta, preguntándose lo que sería
aquel resplandor que palpitaba y atemorizaba al león, haciendo palidecer hasta
a las estrellas. Innumerables multitudes, todos ataviados con trajes de fiesta
y gala, se apretujaban por las calles de Estambul. Las luces brillaban a
millones en las gemas que adornaban los turbantes y los khalats de rayas...
sobre los negros ojos que centelleaban por encima de diáfanos velos... sobre
los palanquines ricamente adornados que llevaban a hombros gigantescos esclavos
de pieles de ébano.
Todo
aquel esplendor emanaba del Hipódromo donde, en pomposos espectáculos, los
jinetes de Turkistán y Tartaria se medían con los de Egipto y Arabia en
carreras que dejaban sin aliento, donde guerreros revestidos con brillantes
armaduras se enfrentaban y derramaban la sangre sobre la arena, donde hombres
armados con una simple espada se enfrentaban a bestias salvajes, leones y
tigres de Bengala y gigantescos jabalíes de los bosques nórdicos. Contemplando
aquellas escenas grandiosas, podría creerse que lo más fastuoso de la Roma
Imperial había sido resucitado en un decorado oriental.
En
un trono de oro, plantado sobre dos columnas de lapislázuli. Solimán se sentaba
indolentemente, paseando la mirada por aquellos esplendores, como los
emperadores romanos de purpúrea toga habían hecho antes que él. A su alrededor
se postraban sus visires y oficiales, los embajadores de las cortes
extranjeras... Venecia, Persia, India, los kanatos de Tartaria. Todos estaban
allí... incluso los venecianos... para felicitarle por su victoria sobre los
austríacos. Porque aquella gran fiesta era para celebrar una victoria, como
había sido anunciado en una proclama escrita de propia mano por el sultán. En
ella decía que los austríacos se habían doblegado y pedido perdón de rodillas
pero que, como los reinos de Germania estaban tan lejos del Imperio Otomano, "los
Creyentes no veían ningún sentido en limpiar la fortaleza de Viena,
purificarla, reconstruirla y embellecerla". Por aquella razón, el sultán
había aceptado la simple sumisión de los despreciables germanos y les había
permitido que siguieran disfrutando de su miserable fortaleza.
Solimán
cegaba los ojos del mundo con el brillo de sus riquezas y de su gloria, e
intentaba convencerse a sí mismo de que realmente había conseguido cuanto
anhelaba hacer. No había sido vencido en el campo de batalla; había puesto a
una marioneta en el trono de Hungría; había devastado Austria; los mercados de
Estambul y Asia eran un hervidero de esclavos cristianos. Había embalsamado su
orgullo herido y olvidado deliberadamente el hecho de que treinta mil de sus
subditos se pudrían ante las murallas de Viena y que sus sueños de conquistar
Europa yacían en el suelo.
Tras
el brillante trono, los trofeos de la guerra... estandartes de seda y
terciopelo arrancados a los persas, a los árabes, a los mamelucos de Egipto;
tapicerías sin precio tejidas con hilo de oro. A sus pies se amontonaban los
presentes y tributos de los príncipes aliados y vasallos. Túnicas de terciopelo
de Venecia, copas de oro con gemas incrustadas procedentes de la corte del Gran
Mongol, caftanes bordados con oro de Erzeroum, jades tallados de Catay,
armaduras de plata de Persia con cimeras de crin de caballo, turbantes de
Egipto en los que habían sido engarzadas las gemas hábilmente, curvas espadas
de acero templado de Damasco, mosquetones de plata labrada de Kabul, corazas y
escudos de acero indio, pieles preciosas de Mongolia.
El
trono estaba rodeado, de un lado a otro, por una larga hilera de jóvenes
esclavos, atados con collarines de oro a una larga cadena de plata. Una hilera
estaba formada por hombres, griegos y húngaros; la otra de mujeres. Sólo
vestían cofias de plumas y adornos enjoyados, para resaltar su desnudez.
Eunucos
de flotantes vestidos, con los ventrudos cuerpos ceñidos por cordones de hilos
de oro, se arrodillaban y ofrecían sorbetes en cálices de pedrería, refrescados
con nieve llevada de las montañas de Asia Menor, a los huéspedes reales. Las
antorchas bailaban y vacilaban al compás de los rugidos de la multitud. Los
caballos pasaban al galope ante las tribunas, volaba la espuma de sus
entreabiertas bocas. En el centro de la arena, castillos de madera eran presa
de las llamas cuando los jenízaros practicaban sus simulacros de batalla. Los
oficiales iban y venían entre la multitud, que gritaba feliz, tirándola piezas
de plata y cobre como si fueran gotas de una resplandeciente lluvia. Aquella
noche, nadie tenía hambre ni sed en Estambul... salvo los miserables cafaros
cautivos.
Los
enviados extranjeros habían quedado impresionados vivamente, estupefactos ante
aquel océano de esplendor y el estallido de la magnificencia imperial.
Alrededor de la inmensa arena, avanzaban pesadamente los elefantes,
desapareciendo sus cuerpos bajo caparazones de cobre y oro; desde las torres
adornadas con joyas plantadas en sus lomos, los músicos entonaban aires
marciales y, junto al resonar de las trompetas, rivalizaban con el clamor de la
multitud y el rugido de los leones. Las gradas del Hipódromo estaban cubiertas
por un mar de rostros, todos vueltos hacia la silueta cubierta de pedrerías que
se sentaba en el trono. Millares de gargantas gritaban y aclamaban con frenesí.
Si
había impresionado a los enviados de Venecia, Solimán sabía que impresionarla
al mundo entero. En medio de aquella demostración de magnificencia, los hombres
olvidarían que un puñado de atrevidos cafaros, protegidos tras una muralla en
ruinas, le habían cerrado para siempre las puertas de un Imperio. Solimán
aceptó una copa del vino prohibido por el Profeta y luego le dijo unas cuantas
palabras al oído al Gran visir.
―Invitados
de mi amo, el padischah, no olvida a los más humildes en este momento de gozos.
A los oficiales que condujeron sus ejércitos contra los infieles, les ha hecho
los más ricos regalos. Ha dado doscientos cuarenta mil ducados para que sean
repartidos entre los simples soldados, y a cada jenízaro le ha entregado una
suma de mil aspros.
En
el seno del clamor que se alzó, un eunuco se arrodilló ante el Gran visir,
presentándole un paquete de forma redondeada, cuidadosamente envuelto y
cerrado. Un pedazo de pergamino doblado iba unido a él con un sello de lacre
rojo. Atrajo la atención del sultán.
―Bien,
amigo mío, ¿que nos traes ahí? Ibrahim se inclinó respetuosamente.
―Algo
que ha traído el jinete del correo de Andronó―polis. León del Islam.
Aparentemente, se trata de un regalo enviado por esos perros austríacos. Los
Infieles, me ha parecido entender, lo entregaron a los guardias fronterizos
para que lo trajeran a Estambul a toda prisa.
―Abrelo
―ordenó Solimán, intrigado.
El
eunuco se postró en tierra, y empezó a romper los sellos que cerraban el
paquete. Un esclavo letrado desplegó el pergamino que lo acompañaba y empezó a
leer el contenido del mensaje, escrito con mano firme y claramente femenina:
Al
sultán Solimán y a su Gran visir, Ibrahim, así como a Roxelana, la gata:
Nosotros, los abajo firmantes, enviamos este presente como testimonio de
nuestro incomensurable afecto y nuestra sincera atención.
SONYA
DE ROGATINO GOTTFRIED VON KALMBACH
Solimán,
que se había sobresaltado al oír el nombre de su favorita, con el furor
ensombreciendo y convulsionando bruscamente su rostro, emitió un grito
estrangulado que fue repetido, como un eco, por Ibrahim.
El
eunuco había arrancado los sellos del cofre, dejando ver lo que contenía. Un
olor acre de hierbas y especias conservadoras llenó el aire. El objeto, cayendo
de las manos del horrorizado eunuco, cayó sobre los montones de presentes hasta
los pies de Solimán, contrastando terriblemente con las joyas, el oro y las
piezas de terciopelo. El sultán lo miraba fijamente. En aquel instante, todo el
esplendor de aquella fastuosa mentira se escapó de sus manos. Su gloria se
transformó en burla y ceniza. Rojo de rabia, Ibrahim se arrancaba la barba,
jadeante y sofocado.
A
los pies del sultán, con las facciones fijas con un rictus de horror, yacía la
cabeza cortada de Mikhal Ogiu, el Buitre del Gran Turco.
EN
EL BOSQUE DE VILLEFERE
EL
SOL SE OCULTABA. Las inmensas sombras se extendían rápidamente por el bosque.
En aquel extraño crepúsculo de un día de fines de verano veía ante mí el
sinuoso sendero que desaparecía entre los ingentes árboles. Temblaba y miraba
ocasionalmente por encima del hombro con cierto temor. Millas a mis espaldas se
hallaba el pueblo más próximo... millas al frente se hallaba el siguiente.
Miraba
a derecha e izquierda mientras continuaba la marcha y, de vez en cuando,
lanzaba un vistazo hacia atrás. También de vez en cuando me detenía
bruscamente, empuñando el estoque, al oír la rotura de los ramajes que
desvelaba la presencia de algún animal. ¿Un animal?
Sin
embargo, el sendero continuaba, y yo lo seguía, pues, de todos modos, no podía
hacer nada mejor.
Mientras
avanzaba, pensaba: "Mi propia imaginación va a jugarme una mala pasada si
no estoy atento. ¿Quién va a acechar en este bosque excepto las criaturas que
lo pueblan habitualmente, ciervos y otros animales parecidos? ¡Fuera todas esas
estúpidas leyendas pueblerinas!".
Y
así continué caminando mientras el crepúsculo desaparecía e iba siendo
sustituido por las tinieblas. Las estrellas empezaron a titilar y las hojas de
los árboles murmuraron a impulso de la ligera brisa. Me detuve, al poco, en
seco; saltóme la espada a la mano, pues, justo ante mí, tras un recodo del
sendero, alguien cantaba. No podía distinguir las palabras, pero el acento era
extraño, casi bárbaro.
Me
abrigué rápidamente tras un gran árbol, con un sudor frío perlándome la frente.
No tardó el cantor en aparecer. Era un hombre alto y delgado, indistinto en el
crepúsculo. Me encogí de hombros. No tenia que temer de un hombre.
Salté
de detrás del árbol que me ocultaba, levantando la punta de la espada.
―¡Alto!
No
manifestó sorpresa alguna.
―Por
favor, amigo mío, manejad vuestra espada con cuidado ― dijo.
Un
poco avergonzado, abatí el arma.
―Acabo
de llegar a este bosque ―dije para disculparme―, Había oído hablar de los
salteadores. Os pido perdón. ¿Dónde se encuentra la ruta que conduce a
Villefére?
―Corbieu,
os habéis equivocado ―me respondió―. Debisteis tomar la desviación de la
derecha. La dejasteis atrás hace unos instantes. Yo mismo me dirijo a
Villefére. Si aceptáis mi compañía, os guiaré.
Dudé.
Pero, ¿por qué razón había de hacerlo?
―Naturalmente.
Me llamo Montour, de Normandía.
―Yo
soy Carolus, el Lobo.
―¡No!
―exclamé, dando un paso hacia atrás. Me miró, sorprendido.
―Perdonadme
―dije―. ¡El nombre es muy extraño!
―Mis
ancestros fueron grandes cazadores ―me respondió. No me ofreció la mano.
―Excusad
mi sorpresa ―dije mientras bajábamos por el sendero―, pero apenas puedo
distinguir vuestro rostro en la oscuridad.
Sentí
cómo reía, aunque no emitió sonido alguno.
―Mirar
cuesta poco ―contestó. Me acerqué a él y salté hacia atrás al tiempo que se me
erizaba el cabello.
―¡Una
máscara! ―exclamé―. ¿Por qué portáis máscara, messiret
―Como
consecuencia de un voto ―me explicó―. Siendo perseguido por una manada de
perros, hice el juramento de llevar máscara durante un tiempo si escapaba de
ellos.
―¿Perros,
messire'!
―Lobos
―replicó vivamente―. He dicho lobos. Caminamos en silencio durante un trecho.
Más tarde, mi compañero añadió:
―Me
sorprende que atraveséis de noche este bosque. Muy poca gente se aventura por
estos caminos, ni siquiera de día.
―Estoy
obligado a alcanzar la frontera ―contesté―. Acaba de firmarse un tratado con
los ingleses y el Duque de Borgoña debe ser informado. Los aldeanos intentaron
disuadirme de que hiciera el camino de noche. Me hablaron de un... lobo que,
según ellos, acecha en este bosque.
―Aquí
es donde se bifurca el sendero hacia Villefére ―dijo, y pude ver un estrecho
sendero sinuoso que no había visto al pasar ante él, instantes antes. Se sumía
en la oscuridad de los árboles. Temblé.
―¿Deseáis
volver al pueblo?
―¡No!
―exclamé―. ¡No, no! Guiadme.
El
sendero era tan estrecho que tuvimos que caminar uno tras otro, el
precediéndome. Le examiné con cuidado. Era alto, mucho más alto que yo, delgado
y filiforme. Vestía ropas que procedían, evidentemente, de España. Una larga
espada colgaba a su cintura. Caminaba con largas y ágiles zancadas, sin hacer
ruido.
No
tardó en ponerse a hablar de viajes y aventuras. Habló de numerosos países y
mares que había visto, y discutió de muchos temas extraños. Y así, mientras
conversábamos, nos fuimos hundiendo cada vez más en el bosque.
Imaginé
que seria francés. Sin embargo, tenía un acento muy raro que no era ni francés,
ni español, ni inglés, y que ni siquiera evocaba ninguna lengua que yo hubiera
oído antes. Extrañamente se equivocaba en algunas palabras y, en otras, era
incapaz de pronunciarlas.
―Este
camino no es muy frecuentado, ¿no es así? ―pregunté.
―No
mucho, efectivamente ―respondió, riendo silenciosamente. Temblé. Todo estaba
muy oscuro y las hojas susurraban entre las ramas.
―Un
demonio acecha en este bosque ―dije.
―Eso
dicen los aldeanos ―contestó―, pero yo, que he atravesado este bosque muy a
menudo, nunca le he visto la cara.
Empezó
a hablar entonces de raras criaturas de las tinieblas y la luna se fue
levantando y las sombras se deslizaron entre los árboles. Levantó el rostro
hacia la luna.
―Apresuraos
―dijo―. Debemos llegar a nuestro destino antes de que la luna alcance el cénit.
Apretamos el paso.
―Dicen
―proseguí―, que hay un hombre―lobo acechando en estas regiones boscosas.
―Podría
ser ―contestó, y argumentamos ampliamente sobre aquel tema.
―Las
viejas pretenden ―me reveló― que, si se mata a un hombre―lobo bajo su forma
lobuna, sólo entonces, está verdaderamente muerto. Pero si es muerto bajo su
forma humana, la mitad de su alma vivirá siempre en aquel que lo haya matado.
Pero, apresurémonos, la luna casi ha llegado al apogeo.
Desembocamos
en un pequeño claro iluminado por la luna. El desconocido dejó de andar.
―Descansemos
un instante ―pidió.
―No,
sigamos ―le apremié―. No me gusta este lugar. Rió silenciosamente.
―Vamos
―dijo―. Es un precioso calvero. Es tan agradable como la sala de un banquete y
yo mismo he celebrado fiestas aquí frecuentemente. ¡Ja, ja, ja! Mirad, voy a
enseñaros un paso de baile. ―Empezó a saltar de un lado para otro, echando la
cabeza hacia atrás y riendo silenciosamente. Pensé que aquel hombre estaba
loco.
Mientras
continuaba con su demencial danza, miré a mi alrededor. El sendero no
continuaba más allá... se cerraba en el claro.
―Adelante
―dije―. Debemos continuar. ¿Acaso no oléis el rancio aroma de fiera que
impregna el calvero? Por aquí hay una madriguera de lobos. Puede que estén
cerca de nosotros, deslizándose para rodearnos en este preciso momento.
Se
dejó caer a cuatro patas, saltando más alto que mi cabeza, y vino hacia mí con
un raro movimiento serpenteante.
―Este
baile se llama la Danza del Lobo ―dijo. Y mis cabellos se erizaron.
―¡No
os acerquéis! ―Di un paso hacia atrás y, con un grito penetrante que levantó
vibrantes ecos en el bosque, saltó hacia mí. Aunque la espada le colgaba del
cinturón, no la desenvainó. Mi estoque estaba casi fuera cuando se agarró a mi
brazo y me arrojó a tierra violentamente. Le arrastré en mi caída y ambos
golpeamos contra el suelo. Liberando una de mis manos con un movimiento ágil,
le arranqué la máscara. Un grito de horror escapó de mis labios. Ojos de bestia
brillaban bajo la máscara, blancos colmillos reflejaban la luz de la luna.
Aquella era la cara de un lobo.
En
un instante, los colmillos me amenazaron la garganta. Manos ganchudas me
arrancaron la espada. Golpeé con los puños aquella horrible faz, pero las
mandíbulas se cerraron sobre mi hombro, asiéndolo firmemente, mientras las
garras intentaban abrirme la garganta. Me encontré de espaldas. El mundo se
diluía. Golpeé ciegamente. Mi mano cayó, cerrándose automáticamente en la
empuñadura de mi daga. La desenvainé y asesté una cuchillada. Retumbó un
terrible grito semibestial... un aullido. Titubeante, me incorporé. A mis pies
se hallaba un hombre―lobo.
Me
incliné, blandiendo la daga, pero me detuve levantando la vista. La luna
flotaba en el cielo, casi en el cénit. Si mataba a la criatura bajo su forma
humana, su terrible espíritu se albergaría en mí para siempre. Me senté a
esperar. La criatura me miraba con sus ardientes ojos de lobo. Los largos
miembros filiformes parecieron encogerse, curvarse. Los pelos parecieron crecer
hasta recubrirle el cuerpo. Temiendo enloquecer, me apoderé de la espada del
hombre―lobo y le hice pedazos. Luego, tirando la espada a lo lejos, eché a
correr y huí por los bosques.
NOTA
BIBLIOGRAFICA
Los
relatos que componen la presente antología tienen las siguientes fuentes:
- El
jardín del miedo (The garden of fear): Marvel Tales, julio/agosto de 1936.
- El
reino de las sombras (The shadow kingdom): Weird Tales, agosto de 1929.
-
Sonya la Roja (The shadow of the Vulture, La Sombra del Buitre), The Magic
Carpet Magazine, enero de 1934.
- En
el bosque de Villefére (In the forest of Villefére): s.d.
-
Los espejos de Tuzun Thune (The mirrors of Tuzun Thu―ne): Weird Tales,
setiembre de 1929.
INDICE
-
Prólogo
- El
Reino de las Sombras
1.
Un rey llegó cabalgando
2.
Así hablaban las silenciosas avenidas de Valusia
3.
Los que caminaban en el corazón de la noche.
4.
Las máscaras
-
Los Espejos de Tuzun Thune
- El
jardín del miedo
-
Sonya la Roja
- En
el Bosque de Villefére

