Libro N°. 3138. Regreso A Belzagor. Silverberg, Robert.
© Libro N°. 3138. Regreso A Belzagor. Silverberg, Robert. Colección
E.O. Septiembre 24 de 2016.
Título original: © Downward to the earth
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REGRESO A BELZAGOR
Robert Silverberg
Finalmente,
Gundersen había regresado al Planeta de Holman. No sabía con certeza por qué
había vuelto; quizá por una atracción irresistible, por sentimentalismo o por
necedad. Nunca había pensado en visitar ese sitio otra vez. Pero ahí estaba, a
la espera del aterrizaje, y en la pantalla visora el planeta aparecía lo
bastante cerca como para asirlo y apretarlo con una mano: un planeta
ligeramente más grande que la Tierra, un planeta que había exigido lo mejor de
su vida, un planeta en el que había descubierto cosas acerca de sí mismo que,
en realidad, no deseaba saber. Ahora la luz de señales de la sala parpadeaba en
tonos rojizos. La nave aterrizaría en breve. A pesar de todo, él regresaba.
Divisó
el manto de bruma que cubría las zonas templadas, los grandes y extensos
casquetes de hielo y la ceñida franja negro-azulada de los trópicos resecos.
Recordó el cruce del Mar del Polvo durante un llameante crepúsculo, un viaje
silencioso y sombrío por el río bajo los emparrados de agitadas hojas
lanceoladas, y evocó cócteles dorados en la terraza de una estación de la selva
la Noche de las Cinco Lunas, con Seena a su lado y un rebaño de nildores
mugiendo en el monte. Eso había ocurrido hacía mucho tiempo. Ahora los nildores
volvían a gobernar el Planeta de Holman. Gundersen tuvo dificultades para
aceptar la nueva situación. Quizá fuera éste el verdadero motivo por el cual
había retornado: para ver qué tipo de gestión eran capaces de cumplir los nildores.
—Atención,
pasajeros de la sala —se oyó a través del altavoz—. Dentro de quince minutos
entraremos en la órbita de aterrizaje de Belzagor. Por favor, dispónganse a
regresar a las plataformas colgantes.
Belzagor:
ahora llamaban de este modo al Planeta de Holman. Belzagor: el nombre nativo,
la palabra de los nildores. A Gundersen le parecía un término extraído de la
mitología asiria. Por cierto, se trataba de una pronunciación romántica; dicho
por un nildor, en realidad sonaría Billsgrr. Pero era Belzagor. Se esforzaría
por llamar al planeta según el nombre que ahora tenía, siempre que fuera eso lo
que debía hacer. Siempre hacía lo posible por no ofender innecesariamente a
seres extraños.
—Belzagor
—dijo—. Es un sonido voluptuoso, ¿verdad? Se desliza agradablemente por la
lengua.
La
pareja de turistas que estaba a su lado en la sala de la nave asintió con la
cabeza. Aceptaban de buena gana todo cuanto Gundersen decía.
El
marido, rollizo, pálido y vestido con excesiva elegancia, preguntó:
—Aún
lo llamaban Planeta de Holman cuando usted estuvo por última vez aquí, ¿no es
así?
—Sí
—replicó Gundersen—. Pero eso fue en los buenos y viejos días imperialistas,
cuando un terráqueo podía poner a un planeta el nombre que se le ocurriera.
Esas cosas ya están liquidadas.
La
esposa del turista apretó los labios con su estilo poco convincente, económico
y dismenorreico. Gundersen experimentaba un sórdido placer al fastidiarla. A lo
largo de todo el viaje había interpretado deliberadamente para esos turistas un
papel de personaje de Kipling: el de ex administrador colonial que va a ver qué
chapuza brutal estarán haciendo los nativos de la tarea del autogobierno. Era
una exageración, una distorsión de su verdadera actitud, pero a veces le
gustaba ponerse máscaras. Los turistas —ocho en total— le consideraban con una
mezcla de respeto y desdén mientras charlaba con ellos: un hombre corpulento y
de piel clara con el sello de la experiencia extra terrestre grabado en las
facciones. No despertaba sus simpatías y desaprobaban la imagen que daba de sí
mismo, pero sabían que había sufrido, trabajado y luchado bajo un sol extraño y
esto le confería un halo de romanticismo.
—¿Se
hospedará en el hotel? —preguntó el marido turista.
—No.
Iré al monte, hacia la región de las brumas. Mire..., allí está, ¿lo ve? En el
hemisferio norte, esa franja de nubes a mitad de camino. La pendiente de
temperaturas es muy abrupta: el trópico y el ártico prácticamente se juntan.
Bruma. Niebla. Lo llevarán de paseo por allí. Tengo algunos asuntos en esa
zona. —¿Asuntos? Creí que estos mundos nuevos e independientes estaban al
margen de la zona de penetración económica que...
—No
se trata de asuntos comerciales —aclaró Gundersen—. Asuntos personales, asuntos
pendientes. Algo que no pude descubrir mientras estuve de servicio aquí —la luz
de señales volvió a parpadear, con más insistencia—. Tendrá que disculparme.
Ahora debemos ir a nuestras plataformas colgantes.
Caminó
hasta su cabina y se preparó para el aterrizaje. La red de espuma salió a
chorros de los compartimientos hiladores y lo envolvió. Cerró los ojos.
Percibió el empuje de la disminución de velocidad, esa sensación extrañamente
arcaica que se remontaba a los primeros días de los viajes espaciales. La nave
descendió hacia el planeta mientras Gundersen se balanceaba, suspendido y
protegido de lo más abrupto del cambio de velocidad.
El
único puerto espacial de Belzagor era el que los terráqueos habían construido
hacía más de un siglo. Se alzaba en los trópicos, en la desembocadura del gran
río cuyas aguas se fundían con las del único océano de Belzagor. El río Madden,
el océano de Benjamini... Gundersen ignoraba los nombres que los nildores les
daban. Por fortuna, el puerto espacial era automático. Ingeniosos aparatos
hacían funcionar la baliza de aterrizaje; un equipo homeostático de vigilancia
mantenía asfaltada la plataforma y cortaba la selva circundante. Todo,
absolutamente todo se hacía por medio de máquinas; era irreal esperar que los
nildores hiciesen funcionar un puerto espacial e imposible mantener allí a un
grupo de terráqueos con tal fin. Por lo que Gundersen sabía, aún vivían en
Belzagor alrededor de cien terráqueos, incluso después de la retirada general,
pero no estaban en condiciones de hacer funcionar un puerto espacial. De todos
modos, existía un tratado. Las funciones administrativas serían cumplidas por
los nildores o no se realizarían.
Aterrizaron.
La plataforma colgante de red de espuma se disolvió al emitirse una señal.
Salieron de la nave.
El
aire transportaba el hedor tropical: marga sustanciosa, hojas podridas, los
excrementos de las bestias selváticas, la fragancia de flores aromáticas.
Corrían las primeras horas de la tarde. Un par de lunas habían salido. Como de
costumbre, la amenaza de lluvia pendía de la atmósfera; probablemente había un
noventa y nueve por ciento de humedad. Pero esa amenaza casi nunca se
materializaba. Las tempestades de lluvia eran excepcionales en la franja
tropical. El agua caía permanente e imperceptiblemente del aire en forma de
gotitas y uno quedaba cubierto de diminutas perlas húmedas. Gundersen vio la
luz de los relámpagos más allá de las copas de los árboles situados al borde de
la pista. Una azafata reunió a las nueve personas que acababan de desembarcar.
—Por
aquí, por favor —dijo con decisión y los condujo hacia el único edificio.
Tres
nildores surgieron del monte por la izquierda y observaron con solemnidad a los
recién llegados. Los turistas quedaron boquiabiertos y los señalaron con los
dedos.
—¡Miren!
¿Los ven? —gritaron—. ¡Son como elefantes! ¿Se trata de los nili... nildores?
—Sí,
son los nildores —confirmó Gundersen.
El
olor de los grandes animales dominaba el claro. Gundersen dedujo por el tamaño
de los colmillos que se trataba de un macho y dos hembras. Tenían casi la misma
altura, más de tres metros, y la piel de color verde oscuro que los
caracterizaba como nildores del hemisferio occidental. Unos ojos tan grandes
como cuencos lo miraron con poca curiosidad. La hembra de colmillos cortos que
tenía delante alzó la cola y liberó plácidamente una gran cantidad de
excrementos purpúreos y humeantes. Gundersen oyó sonidos graves y confusos,
pero a esa distancia no pudo distinguir lo que decían los nildores. Imagínalos
dirigiendo un puerto espacial, pensó. Imagínalos dirigiendo un planeta. Pero es
lo que hacen, pero es lo que hacen.
En
el edificio del puerto espacial no había nadie. Algunos robots que formaban
parte del equipo homeostático reparaban la pared lejana, donde las láminas de
plástico gris habían sucumbido a la invasión de esporas: tarde o temprano, la
podredumbre de la selva se apoderaba de todo en esa zona del planeta. Pero ésta
era la única actividad visible. No había oficina aduanera. Los nildores
carecían de ese tipo de burocracia. No se preocupaban por lo que uno llevaba a
su mundo. Los nueve pasajeros fueron sometidos a una inspección de aduana en la
Tierra, poco antes de iniciar el viaje; la Tierra se preocupaba enormemente por
lo que se llevaba a planetas subdesarrollados. Tampoco había allí oficina de
las líneas espaciales, ni cabinas para cambiar dinero, ni quioscos de
periódicos, ni ninguna de las demás instalaciones que normalmente se encuentran
en un puerto espacial. Sólo existía un enorme cobertizo vacío, que antaño había
sido el nexo de una activa avanzada colonial, en la época en que el Planeta de
Holman pertenecía a la Tierra. Gundersen creía ver fantasmas de aquella época a
su alrededor: figuras con ropa tropical de color caqui que transmitían
mensajes, comisionados que esgrimían inventarios, técnicos en computadoras
adornados con guirnaldas de perlas de la memoria, porteadores nildores cargados
de productos listos para embarcar. Ahora todo estaba quieto. Las raspaduras de
los robots de reparación retumbaban en el vacío.
La
azafata de la línea espacial se dirigió a los ocho pasajeros.
—El
guía llegará en cualquier momento. Los llevará al hotel y...
Se
suponía que Gundersen también iría al hotel, aunque sólo fuese por esa noche.
Esperaba organizar por la mañana algún tipo de transporte. No había hecho
planes formales para su viaje hacia el norte; sería, esencialmente, una
improvisación, un reconocimiento de su pasado. Preguntó a la azafata:
—¿El
guía es un nildor?
—¿Quiere
decir un nativo? No, señor Gundersen, es un terráqueo. —Revisó una serie de
impresos—. Se llama Van Beneker y debió de estar aquí como mínimo media hora
antes del aterrizaje de la nave, de modo que no comprendo por qué motivo...
—Van
Beneker nunca fue muy puntual —comentó Gundersen—. Pero allí está.
Un
coleóptero muy oxidado y manchado a causa del clima se había detenido en la
entrada abierta del edificio apeándose de él un hombre bajo y pelirrojo,
también sumamente oxidado y sucio por el mismo motivo. Llevaba un arrugado
traje de faena y botas altas hasta las rodillas. Su pelo raleaba y su calva
bronceada brillaba entre los escasos mechones aplastados. Entró en el edificio
y miró a su alrededor, parpadeando. Sus ojos eran de color azul claro y
ligeramente hipertiroideos.
—¿Van?—preguntó
Gundersen—. Por aquí. Van.
El
hombrecillo se acercó. Mientras aún estaba lejos de los turistas, dijo de
manera apresurada y superficial:
—Quiero
darles la bienvenida a Belzagor, nombre con el que ahora se conoce el Planeta
de Holman. Me llamo Van Beneker y les mostraré de este fascinante planeta todo
lo que está legalmente permitido y...
—Hola,
Van —interrumpió Gundersen.
El
guía se detuvo en medio del discurso, notoriamente irritado. Volvió a parpadear
y miró con atención a Gundersen. Por último preguntó, aunque incrédulamente:
—¿Señor
Gundersen?
—Sólo
Gundersen. Ya no soy su jefe.
—¡Cielos,
señor Gundersen! ¿Ha venido a hacer el recorrido?
—No
exactamente. He venido a hacer mi propio recorrido.
Van
Beneker se dirigió a los demás:
—Quiero
que me disculpen un momento. —Luego dijo a la azafata de la línea espacial—:
Está bien. Puede traspasármelos oficialmente. Me hago responsable. ¿Están todos
aquí? Uno, dos, tres... ocho. Perfecto. Bueno, el equipaje sale por allí, junto
al coleóptero. Dígales que esperen. Enseguida me reuniré con ellos. —Cogió del
brazo a Gundersen—. Venga por aquí, señor Gundersen. No se imagina lo asombrado
que estoy. ¡Cielos!
—Van,
¿cómo lo ha pasado?
—Piojosamente
mal. ¿De qué otro modo podría ser en este planeta? ¿Cuándo se fue exactamente?
—En el 2240. El año siguiente a ¡a retirada. Hace ocho años. —Ocho años. ¿Y qué
ha hecho desde entonces? —La oficina central me encontró trabajo —respondió
Gundersen—. Estuve activo. Ahora dispongo de un año de permisos acumulados.
—¿Para pasarlo aquí! —¿Por qué no? —¿Para qué? —Iré a la región de las brumas
—explicó Gundersen—. Quiero visitar a los sulidores. —No es posible que quiera
hacer eso —aseguró Van Beneker—. ¿Para qué lo haría? —Para satisfacer una
curiosidad. —Cuando un hombre sube a esa región sólo surgen problemas. Señor
Gundersen, usted conoce los rumores al respecto. No necesito recordarle cuántos
muchachos fueron y cuántos no regresaron. —Van Beneker rió—. ¿No habrá venido
hasta aquí para saludar a los sulidores? Apuesto cualquier cosa a que tiene
algún otro motivo.
Gundersen
pasó por alto la cuestión.
—Van,
¿qué hace aquí actualmente?
—La
mayor parte del tiempo de guía turístico. Recibimos nueve, diez grupos anuales.
Los paseo por el océano, les muestro algo de la región de las brumas y luego
visitamos el Mar de Polvo. Es un bonito recorrido. —Sí. —El resto del tiempo me
relajo. Hablo mucho con los nildores y a veces visito a los amigos en las
estaciones de monte. Conocerá a todos, señor Gundersen. La gente que sigue allí
es la misma de antes. —¿Qué ha pasado con Seena Royce? —preguntó Gundersen.
—Está en las Cataratas de Shangri-la. —¿Aún es tan bonita? —Eso cree ella
—replicó Van Beneker—. ¿Supone que pasará por allí? —Naturalmente —afirmó
Gundersen—. Haré una peregrinación sentimental. Visitaré todas las estaciones
de monte. Veré a los viejos amigos: Seena, Cullen, Kurtz, Salamone. Todos los
que sigan allí. —Algunos han muerto. —Todos los que sigan allí —repitió
Gundersen. Miró al hombrecillo y sonrió—: Será mejor que ahora se ocupe de los
turistas. Esta noche podremos conversar en el hotel. Quiero que me informe de
todo lo que ha sucedido mientras estuve fuera. —Es muy fácil, señor Gundersen.
Puedo sintetizarlo con una sola palabra: podredumbre. Todo se pudre. Mire esa
pared del puerto espacial. —La veo. —Mire ahora a los robots de reparación. No
brillan mucho, ¿verdad? También han comenzado a averiarse. Si se acerca, verá
las manchas en los cascos. —Pero la homeostasis... —Claro. Todo se repara,
hasta los robots de reparación. Pero el sistema se derrumbará. Tarde o
temprano, la podredumbre invadirá los programas básicos y entonces no habrá más
reparaciones y este mundo retornará directamente a la edad de piedra. Quiero
decir que retornará por completo. Y entonces los nildores serán felices.
Comprendo a esos grandes cabrones tanto como cualquier otra persona. Sé que
están desesperados por ver salir de este planeta los últimos restos de la
podredumbre terráquea. Fingen ser amigos, pero el odio está presente en todo
momento, un odio real y enfermizo y...
—Van,
debería ocuparse de los turistas —aconsejó Gundersen—. Comienzan a inquietarse.
Una
caravana de nildores los trasladaría del puerto espacial al hotel: dos
terráqueos por nildor, aunque Gundersen viajaría solo y Van Beneker, con el
equipaje, abriría el camino en su coleóptero. Los tres nildores que pastaban en
el linde del campo se acercaron lentamente para unirse a la caravana y del
monte salieron otros dos. Gundersen se sorprendió de que los nildores aún
estuviesen dispuestos a actuar como bestias de carga de los terráqueos.
—No
les molesta —explicó Van Beneker—. Les gusta hacernos favores. Así se sienten
superiores. De todas maneras, apenas notan que llevan un peso encima. Y no
creen en que haya algo vergonzoso en permitir que las personas los monten.
—Mientras
estuve aquí, tuve la impresión de que eso los ofendía —dijo Gundersen.
—Desde
la retirada se toman todo con más calma. De todas maneras, ¿cómo puede estar
seguro de lo que pensaban? Me refiero a lo que pensaban realmente.
Los
turistas se alarmaron ligeramente ante la idea de montar a los nildores. Van
Beneker intentó serenarles y les explicó que era una parte importante de la
experiencia en Belzagor. Además, agregó, las máquinas se desmoronaban y apenas
quedaban coleópteros que funcionaran. En beneficio de los temerosos recién
llegados, Gundersen mostró cómo se debía montar. Golpeó el colmillo izquierdo
del nildor y éste se arrodilló con su estilo mastodóntico, dobló pesadamente
las rodillas delanteras y después las traseras. El nildor sacudió los hombros,
los dislocó para formar la profunda depresión redondeada en la que una persona
podía montar cómodamente y Gundersen subió, cogiendo los cortos cuernos
curvados hacia atrás como si fueran pomos. La cresta erizada de púas que
recorría el centro del ancho cráneo del nildor comenzó a crisparse. Gundersen
reconoció en ese movimiento un gesto de bienvenida; los nildores poseían un
rico lenguaje gestual, que no sólo hacía uso de las púas sino también de sus
trompas largas y pegajosas y de sus orejas de muchos pliegues.
—¡Sssukh!—dijo
Gundersen y el nildor se levantó.
—¿Estás
bien sentado? —preguntó el nildor en su propio idioma.
—Perfectamente
—respondió Gundersen y sintió una oleada de placer cuando el lenguaje no
olvidado surgió de sus labios.
A su
manera torpe y vacilante, los ocho turistas repitieron sus movimientos y la
caravana emprendió el camino del río hacia el hotel. Las polillas nocturnas
emitían un leve resplandor bajo el dosel de los árboles. Una tercera luna había
aparecido en el cielo y las luces mezcladas penetraban a través del follaje,
mostrando el río oleoso y veloz que corría a la izquierda de ellos. Gundersen
se colocó en la retaguardia del cortejo ante la eventualidad de que algún
turista sufriera un accidente. Sin embargo, sólo hubo un momento difícil,
cuando uno de los nildores se detuvo y abandonó la fila. Hundió las puntas
triples de sus colmillos en la orilla del río para desenterrar un bocado y
después volvió a su sitio. Gundersen sabía que otrora eso no habría sucedido.
Entonces no se permitía que los nildores tuviesen caprichos.
Disfrutó
de la cabalgada. El vaivén producido por el veloz trotecillo resultaba
placentero y no fatigaba a los pasajeros. Qué buenas bestias son los nildores,
pensó Gundersen. Fuertes, dóciles e inteligentes. Estuvo a punto de estirarse
para acariciar las púas de su montura pero en el último momento llegó a la
conclusión de que parecería un movimiento protector. Los nildores no son
elefantes estrafalarios, se recordó. Son seres inteligentes, la forma de vida
dominante de su planeta, un pueblo, y será mejor que no lo olvides.
Poco
después Gundersen percibió el estrépito del oleaje. Se acercaban al hotel.
El
sendero se ensanchó hasta convertirse en un claro. Más adelante, una de las
turistas señaló con el dedo hacia el monte; su marido se encogió de hombros y
meneó la cabeza. Cuando llegó a ese sitio Gundersen vio qué era lo que les
preocupaba. Unas sombras negras se agazapaban entre los árboles y las oscuras
figuras se movían lentamente de un lado a otro. Apenas resultaban visibles en
la penumbra. Cuando el nildor de Gundersen pasó por allí, dos de las formas
difusas se asomaron y se detuvieron al borde del sendero. Eran bípedos
fornidos, de cerca de tres metros de altura, y estaban cubiertos por una espesa
capa de pelo de color rojo oscuro. Agitaban lentamente sus impresionantes colas
en medio de la penumbra verdosa. Sus ojos encapuchados, apenas abiertos a pesar
de la poca luz, observaban el cortejo. Los hocicos caídos y elásticos, largos
como los de un tapir, olfateaban audiblemente.
Una
mujer se volvió cautelosamente y preguntó a Gundersen:
—¿Qué
son?
—Sulidores,
la especie secundaria. Provienen de la región de las brumas. Éstos son
norteños.
—¿Son
peligrosos? -
—Yo
diría que no.
—Si
son animales norteños, ¿por qué están aquí? —inquirió e marido.
—No
lo sé con certeza —replicó Gundersen. Preguntó a su montura y supo la
respuesta—. Trabajan en el hotel —gritó a los que cabalgaban más adelante—.
Botones, ayudantes de cocina.
Le
pareció extraño que los nildores hubiesen convertido a los sulidores en criados
domésticos de un hotel para terráqueos. Los sulidores no fueron utilizados como
criados ni siquiera antes de la retirada. Claro que entonces habían contado con
suficientes robots. El hotel se alzaba al frente. Estaba en la costa: una
brillante cúpula geodésica que no mostraba señales exteriores de decadencia.
Antes de la retirada, había sido un elegante balneario para uso exclusivo de
los altos ejecutivos de la Compañía. Gundersen había pasado allí muchas horas
felices. Desmontó y en unión de Van Beneker se dispuso a ayudar a los turistas.
En la entrada del hotel se encontraban tres sulidores. Van Beneker hizo unos
gestos enérgicos en dirección a ellos y los bípedos comenzaron a retirar el
equipaje de la bodega de almacenamiento del coleóptero.
En
el interior del hotel, Gundersen percibió de inmediato los síntomas de
decadencia. Una alfombra de musgo atigrado había rebasado una franja de jardín
decorativo para deslizarse a lo largo de la pared del vestíbulo y ya llegaba a
las hermosas losas negras del suelo del salón principal; vio las boquitas
dentonas que chasqueaban esperanzadas a medida que caminaba. Sin duda alguna,
otrora los robots de mantenimiento del hotel fueron programados para mantener
el musgo decorativo en la jardinera, pero el programa debió alterarse
sutilmente con el paso de los años y ahora el musgo también penetraba en el
interior del edificio. Probablemente los robots habían desaparecido y los
sulidores que los reemplazaron eran negligentes en la tarea de la poda. También
percibió otros indicios de que el control se estaba perdiendo.
—Los
muchachos les mostrarán las habitaciones —dijo Van Beneker—. Pueden bajar a
tomar un cóctel cuando les apetezca. La cena se servirá dentro de hora y media.
Un
sulidor altísimo condujo a Gundersen hasta una habitación del tercer piso con
vista al mar. Los reflejos condicionados le llevaron a ofrecer una moneda a la
enorme criatura pero el sulidor se limitó a mirarlo estúpidamente y no se
atrevió a cogerla. Gundersen creyó notar una tensión reprimida en el sulidor,
una furia interior, pero quizá sólo existía en su imaginación. En épocas
pasadas, los sulidores rara vez habían salido de la zona de las brumas y
Gundersen no se sentía cómodo en su presencia.
Le
preguntó en lenguaje nildororu:
—¿Cuánto
tiempo llevas en el hotel?
Pero
el sulidor no respondió. Gundersen ignoraba el idioma de los sulidores, aunque
sabía que supuestamente todos los sulidores hablaban con fluidez el nildororu y
el sulidororu. Repitió la pregunta, enunciándola con más claridad. El sulidor
se rascó el pellejo con las brillantes garras pero no dijo nada. Pasó junto a
Gundersen, desempañó la pared-ventana, ajustó los filtros atmosféricos y se
retiró solemnemente.
Gundersen
frunció el ceño. Se desnudó rápidamente y se metió bajo la limpiadora. Un
rápido zumbido vibrátil lo libró de la mugre de un día de viaje. Deshizo la
maleta y se puso ropa de noche: túnica gris ceñida, botas lustradas y un espejo
para la frente. Rebajó un tono el color de sus cabellos y lo pasó de rubio
oscuro a castaño rojizo.
Súbitamente
se sintió muy fatigado.
Apenas
había entrado en la edad madura, sólo tenía cuarenta y ocho años y los viajes
normalmente no le afectaban. En consecuencia, ¿a qué se debía ese cansancio?
Comprendió que había estado excepcionalmente tenso desde que volviera a posar
los pies sobre el planeta. Rígido, inflexible, tenso... sin certeza sobre los
motivos de su regreso, inseguro de la recepción que le darían, quizás algo
afectado por viejas culpas y ahora la tensión se notaba. Accionó un conmutador
y convirtió la pared en un espejo. Sí, su rostro estaba tenso; los pómulos,
siempre prominentes, ahora asomaban como cuchillas, tenía los labios apretados
y la frente arrugada. El delgado bloque de la nariz se veía dilatado por las
ventanas inflamadas de tensión. Gundersen cerró los ojos y se sometió a uno de
los ejercicios de relajación. Treinta segundos después tenía mejor aspecto y
decidió que un trago podría ayudarlo. Bajó al salón.
Ninguno
de los turistas había llegado. Las persianas estaban abiertas y oyó el rugido y
el estrépito del mar, olió su salobridad. A lo largo de la orilla habían dejado
que se formara una línea blanca y cuajada de sal acumulada. Había pleamar; sólo
se veían las puntas de las piedras dentadas que enmarcaban la zona dedicada a
los baños. Gundersen observó las aguas manchadas por la luz de las lunas y fijó
la mirada en la negrura del horizonte oriental. También habían salido tres
lunas la última noche que estuvo allí, cuando le ofrecieron una fiesta de
despedida. Acabada la jarana, Seena y él fueron a darse un baño de medianoche a
los bancos ocultos por la marea en los que apenas hacían pie y cuando
regresaron a la orilla, desnudos y cubiertos de sal, hicieron el amor detrás de
las rocas y él la abrazó con la certeza de que lo hacía por última vez. Pero
ahora había regresado.
Sintió
una nostalgia tan poderosa que se estremeció.
Gundersen
contaba treinta años de edad cuando llegó al Planeta de Holman como asistente
del agente de estación. Tenía cuarenta y era administrador de sector cuando se
marchó. En cierto sentido, sus primeros treinta años de vida fueron un preludio
sin importancia de esa década y los últimos ocho años un epílogo vacío. Había
vivido su vida en ese continente silencioso, rodeado por bruma y hielo al
norte, por bruma y hielo al sur, por el océano de Benjamini al este, por el Mar
de Polvo al oeste. Durante un tiempo, había gobernado medio mundo, al menos en
ausencia del residente principal, y ese planeta se lo había quitado de encima
como si él nunca hubiese estado. Gundersen se apartó de las persianas y tomó
asiento.
Van
Beneker apareció con su ropa de faena sudorosa y arrugada. Guiñó cordialmente
un ojo a Gundersen y revisó un armario.
—También
soy el camarero, señor Gundersen. ¿Qué desea beber?
—Alcohol
—replicó Gundersen—. Lo que usted recomiende.
—¿Botella
o jeringa?
—Botella.
Me agrada el sabor.
—A
sus órdenes. Pero para mí, la jeringa. Es el efecto, señor, el efecto.
Van
Beneker colocó un vaso vacío ante Gundersen y le entregó una botella que
contenía tres onzas de un líquido de color rojo oscuro: aguardiente de las
tierras altas, un producto local. Hacía ocho años que Gundersen no lo probaba.
La botella contaba con su propia heladora por condensación; Gundersen la agitó
con un movimiento rápido y breve y observó tranquilamente los copos de hielo
que se formaban en el interior. Correctamente enfriado, se sirvió su trago y se
llevó rápidamente el vaso a los labios.
—Son
existencias anteriores a la retirada —comentó Van Beneker—. No queda mucho,
pero sabía que usted lo apreciaría. —Sostenía un tubo ultrasónico sobre su
antebrazo izquierdo. Sonó un zumbido y la jeringa envió el alcohol directamente
a sus venas. Van Beneker sonrió—. Así llega más rápido. La taberna del obrero.
¿No? ¿No? ¿Quiere otro aguardiente, señor Gundersen?
—Todavía
no. Van, será mejor que atienda a los turistas.
Los
turistas, cuatro matrimonios, habían entrado en el bar: primero los Watson,
luego los Miraflores, los Stein y, por último, los Christopher. Evidentemente,
esperaban encontrar el bar rebosante de vida, lleno de otros turistas que se
llamaban atolondradamente de una punta a otra y de camareros con chaquetas
rojas que servían las copas. En su lugar vieron paredes de plástico
descascarado, una escultura sónica que ya no funcionaba y estaba totalmente
cubierta de telarañas, mesas vacías y ese desagradable señor Gundersen que
observaba melancólicamente un vaso. Los turistas se miraron defraudados. ¿Para
ver eso habían recorrido años luz? Van Beneker se acercó a ellos y les ofreció
alcohol, tabaco, todo lo que los limitados recursos del hotel podían proporcionar.
Los turistas formaron dos grupos cercanos a las ventanas y conversaron en voz
baja, visiblemente cohibidos delante de Gundersen. Seguramente percibían la
estupidez de sus papeles: esas personas suaves y pudientes cuyo aburrimiento
les había llevado a atisbar los extremos de la galaxia. Stein dirigía una
tienda de venta de hélices en California, Miraflores una cadena de casinos
lunares, Watson era médico y Christopher... Gundersen no logró recordar a qué
se dedicaba Christopher. Tenía algo que ver con el mundo de las finanzas.
—En
la playa hay algunos de esos animales, los elefantes verdes —comentó la señora
Stein.
Todos
miraron. Gundersen pidió otro trago y se lo sirvieron. Van Beneker, ruborizado
y sudoroso, volvió a guiñar el ojo y acercó una segunda jeringa a su brazo. Los
turistas rieron entre dientes.
—¿No
tienen vergüenza? —preguntó la señora Christopher.
—Ethel,
quizá sólo están jugando —opinó Watson.
—¿Jugando?
Bueno, si eso te parece un juego...
Gundersen
se estiró y miró por la ventana sin levantarse. En la playa se acoplaba una
pareja de nildores: la hembra estaba arrodillada donde la sal era más espesa,
el macho la montaba, le agarraba los hombros, apretaba firmemente el colmillo
central contra el copete erizado de púas de su cráneo y maniobraba hábilmente
sus cuartos traseros a medida que se acercaba al empujón de la consumación. Los
turistas reían, hacían torpes comentarios y parecían sobresaltados y excitados.
Considerablemente sorprendido, Gundersen se dio cuenta de que él también estaba
sorprendido, aunque los nildores que copulaban no eran una novedad; cuando un
feroz bramido orgásmico llegó desde la playa, Gundersen apartó la mirada,
perturbado sin saber el motivo.
—Parece
molesto —comentó Van Beneker.
—No
necesitaban hacerlo aquí.
—¿Por
qué no? Lo hacen en todas partes. Ya sabe cómo son las cosas.
—Vinieron
deliberadamente aquí —murmuró Gundersen—. ¿Para exhibirse ante los turistas? ¿O
para molestarlos? No deberían reaccionar de ninguna manera ante los turistas.
¿Qué intentan demostrar? Supongo que el hecho de que sólo son animales.
—Usted
no comprende a los nildores, Gundy.
Gundersen
levantó la mirada, sorprendido tanto por las palabras de Van Beneker como por
el súbito descenso de «señor Gundersen» a.«Gundy». Van Beneker también parecía
sorprendido, pues pestañeó rápidamente y se acomodó un mechón caído de pelo
descolorido.
—¿Así
que no los comprendo? —preguntó Gundersen—. ¿Ni siquiera después de pasar diez
años aquí?
—Discúlpeme,
pero creo que nunca los comprendió, ni siquiera cuando estaba aquí. Solíamos ir
mucho a las aldeas cuando trabajaba para usted. Y lo vi.
—Van,
¿en qué sentido cree que no logré comprenderlos?
—Los
despreció. Los consideró meros animales.
—¡No
es verdad!
—Claro
que sí, Gundy. Jamás reconoció que tuvieran el menor indicio de inteligencia.
—Eso
es absolutamente falso —aseguró Gundersen. Se levantó, cogió otra botella de
aguardiente del armario y regresó a la mesa.
—Se
la habría traído —dijo Van Beneker—. Bastaba con que me lo pidiese.
—Da
igual. —Gundersen enfrió la bebida y la tomó velozmente—. Van, está diciendo
muchas tonterías. Hice todo lo que podía por esta gente. Para que progresaran,
para exaltarlos hacia la civilización. Solicité para ellos cintas, cápsulas de
sonido, cultura a toneladas. Hice promulgar nuevos reglamentos relativos al
trabajo máximo. Insistí en que mis hombres respetaran sus derechos en tanto
cultura indígena dominante. Yo...
—Los
trató como animales muy inteligentes. No como a personas extrañas inteligentes.
Gundy, quizás usted no se dio cuenta, pero yo sí y Dios sabe que ellos también.
Los degradó al hablar de ellos. Fue amable con ellos de un modo equívoco. Todo
su interés por elevarlos, por hacerlos progresar... caca, Gundy, poseen su
propia cultura. ¡No querían la suya!
—Mi
deber consistía en guiarlos —sostuvo Gundersen con rigidez—. Aunque era inútil
pensar que un puñado de animales que carece de un lenguaje escrito, que no
posee... — Se detuvo, horrorizado.
—Animales
—repitió Van Beneker.
—Estoy
cansado. Quizás he bebido demasiado. Se me escapó.
—Animales.
—Deje
de presionarme, Van. Hice cuanto podía y si me equivoqué, lo siento. Intenté
hacer lo que era correcto. —Gundersen empujó el vaso vacío por encima de la
mesa—. Déme otro trago, por favor.
Van
Beneker llenó el vaso y cogió otra jeringa para él. Gundersen aceptó de buena
gana la interrupción de la conversación y al parecer Van Beneker también, pues
permanecieron en silencio largo rato y evitaron mirarse. Un sulidor entró en el
bar y recogió los recipientes vacíos, agachado para no rozar el techo a escala
terráquea. La charla de los turistas se apagó a medida que el ser de aspecto
feroz se movía por la sala. Gundersen observó la playa. Los nildores se habían
ido. Una de las lunas se ponía en el este y dejaba una encendida estela en las
aguas agitadas. Descubrió que había olvidado los nombres de las lunas. No
importaba, ahora los viejos nombres dados por los terráqueos eran historia
muerta. Finalmente decidió preguntar a Van Beneker:
—¿Por
qué decidió quedarse aquí después de la retirada?
—Me
sentía cómodo. Sí, hace veinticinco años que estoy aquí. ¿Para qué irme a otra
parte?
—¿No
tiene lazos familiares en otra parte?
—No.
Además, aquí estoy cómodo. Recibo una pensión de la Compañía. Los turistas me
dejan propinas. También cuento con el salario del hotel. Es suficiente para
cubrir mis necesidades. Y lo que más necesito son jeringas. ¿Por qué habría de
irme?
—¿Quién
es el propietario del hotel? —preguntó Gundersen.
—La
confederación de los nildores del continente occidental. La Compañía se lo
cedió.
—¿Y
los nildores le pagan un salario? Creí que no formaban parte de la economía
monetaria galáctica.
—Así
es. Arreglaron algo con la Compañía.
—Pero
lo que usted está diciendo es que la Compañía aún dirige este hotel.
—Si
es posible afirmar que alguien lo dirige, sí, la Compañía se ocupa de ello —
reconoció Van Beneker—. Pero no se trata de una violación de la ley de
retirada. Sólo hay un empleado: yo. Obtengo el salario de lo que los turistas
pagan por el alojamiento. El resto lo gasto en artículos importados de la
esfera monetaria. Gundy, ¿no se da cuenta de que es una gran broma? Es una
rutina destinada a permitirme traer alcohol, eso es todo. El hotel no es un
asunto comercial. La Compañía se ha ido realmente de este planeta. Se ha ido
por completo,
—Está
bien, está bien, le creo.
—¿Qué
busca en la región de las brumas? —inquirió Van Beneker.
—¿Realmente
le interesa saberlo?
—El
momento de hacer preguntas pasa.
—Quiero
presenciar la ceremonia del renacimiento. Nunca la vi mientras estuve aquí.
Los
ojos saltones de Van Beneker parecieron sobresalir aún más.
—Gundy,
¿por qué no puede hablar en serio?
—Es
lo que hago.
—Resulta
peligroso meterse con el ritual del renacimiento.
—Estoy
dispuesto a correr los riesgos.
—Primero
debería hablar de este asunto con alguna gente de aquí. No debemos
entrometernos en eso.
Gundersen
suspiró.
—¿La
ha visto?
—No.
Nunca. Jamás me interesó verla. Cualquier cosa que los salidores hagan en las
montañas, que la hagan sin mí. Sin embargo, le diré con quién tiene que hablar:
con Seena.
—¿Ha
presenciado el renacimiento?
—Su
marido lo ha visto.
Gundersen
se sintió acongojado.
—¿Quién
es su marido?
—Jeff
Kurtz. ¿No lo sabía?
—Que
me cuelguen —musitó Gundersen.
—Se
pregunta qué vio ella en él, ¿no?
—Me
pregunto cómo pudo decidirse a vivir con un hombre así. ¡Y usted habla de mi
actitud hacia los nativos! Aquí tiene a alguien que los trató como a su
propiedad personal y...
—Hable
con Seena sobre el renacimiento. Vaya a las Cataratas de Shangri-la. —Van
Beneker rió
—.
Está jugando conmigo, ¿no? Sabe que estoy borracho y se divierte.
—No.
En absoluto. —Gundersen se puso de pie trabajosamente—. Ahora yo debería
descansar.
Van
Beneker lo acompañó hasta la puerta. En el momento en que Gundersen salía, el
hombrecillo se le acercó y dijo:
—Gundy,
sabrá que lo que los nildores hicieron antes en la playa... no lo hicieron por
los turistas. Lo hicieron por usted. Ése es su sentido del humor. Buenas
noches, Gundy.
Gundersen
despertó temprano. Estaba sorprendentemente despejado. Hacía poco había
amanecido y el sol teñido de verde apenas asomaba en el cielo.
El
cielo oriental, sobre el océano: un cálido matiz de terrenidad. Gundersen bajó
a la playa para darse un baño. Soplaba un suave viento del sur y a lo lejos
aparecían algunas nubes. Los árboles rebosaban de frutas; la humedad era tan
elevada como siempre; los truenos resonaban desde las montañas que trazaban un
arco paralelo a la costa, a un día de viaje tierra adentro. Los montículos de
excrementos de los nildores cubrían la playa. Gundersen caminó cautelosamente,
zigzagueó por la arena crujiente y se arrojó al agua. Se sumergió bajo la
primera hilera enroscada de rompientes y con brazadas rápidas y enérgicas se
dirigió hacia los bancos. Había bajamar. Cruzó el banco de arena descubierto y
siguió nadando más allá de éste hasta que comenzó a fatigarse. Al regresar a la
orilla, descubrió que dos de los turistas —Christopher y Miraflores— también
habían ido a nadar. Los hombres le sonrieron inseguros.
—Estuve
nadando —comentó—. No hay nada como el agua salada.
—¿Por
qué no mantienen limpia la playa? —inquirió Miraflores.
Un
hosco sulidor sirvió el desayuno: frutas nativas, pescados locales. Gundersen
estaba hambriento. En principio, ingirió tres frutas amargas verdidoradas,
después limpió diestramente un pez araña entero y comió la carne dulce y rosada
como si participara en un concurso de velocidad. El sulidor le llevó otro
pescado y un cuenco con velas del bosque de aspecto fálico. Gundersen aún comía
cuando entró Van Beneker, vestido con ropa limpia aunque raída. Parecía
sofocado y arrepentido. En lugar de unirse a la mesa de Gundersen, saludó
superficialmente y siguió de largo.
—Siéntese
conmigo, Van —ofreció Gundersen.
Van
Beneker obedeció incómodo.
—Con
respecto a anoche...
—Olvídelo.
—Estuve
insufrible, señor Gundersen.
—Había
bebido. Queda disculpado. In vino veritas. Además, anoche me llamó Gundy. Puede
seguir haciéndolo esta mañana. ¿Quién se ocupa de coger los peces?
—Al
norte del hotel hay una presa automática. Atrapa a los peces y los traslada
directamente a la cocina. Dios sabe quién prepararía la comida si no tuviésemos
máquinas.
—¿Quién
recoge las frutas? ¿Las máquinas?
—Los
sulidores se ocupan de eso —respondió Van Beneker.
—¿Cuándo
comenzaron a trabajar como criados de este planeta los sulidores?
—Hace
alrededor de cinco años. Quizá seis. Supongo que los nildores tomaron la idea
de nosotros. Si nosotros podíamos convertirlos a ellos en porteadores y en
rasadores vivientes, ellos podían convertir a los sulidores en botones. Al fin
y al cabo, los sulidores constituyen la especie inferior.
—Pero
siempre fueron dueños de sí mismos. ¿Por qué accedieron? ¿Qué significa esto
para ellos? —Lo ignoro —repuso Van Beneker—. ¿Entendió alguien alguna vez a los
sulidores? Es verdad, pensó Gundersen. Hasta el momento, nadie había logrado
dar sentido a la relación de las dos especies inteligentes de ese planeta. En
primer lugar, la presencia de dos especies inteligentes contrariaba la lógica
evolutiva general del universo. Tanto los nildores como los sulidores merecían
una clasificación autónoma, con niveles de percepción mayores que los de los
primates homínidos superiores; un sulidor era notoriamente más inteligente que
un chimpancé y un nildor mucho más. Aunque allí no hubiese habido nildores, la
presencia de los sulidores habría bastado para obligar a la Compañía a
renunciar a la posesión del planeta cuando el movimiento de descolonización
alcanzó su punto culminante. Pero se desconocía el motivo por el cual esas dos
especies habían alcanzado un acuerdo tácito y extraño: los sulidores, bípedos y
carnívoros, gobernaban la región de las brumas, y los nildores, cuadrúpedos y
herbívoros, dominaban los trópicos. ¿Cómo habían logrado modelar tan
perfectamente ese mundo? ¿Por qué la división del poder se desbarataba, si es
que era eso lo que realmente ocurría? Gundersen sabía que entre esos seres
existían tratados antiguos, que imperaba un sistema de reivindicaciones y
prerrogativas, que todos los nildores se dirigían a la región de las brumas
cuando llegaba el momento de su renacimiento. Pero ignoraba qué papel jugaban
realmente los sulidores en la vida y el renacimiento de los nildores. Nadie lo
sabía. Reconoció que el influjo de ese misterio era uno de los motivos que lo
hizo regresar al Planeta de Holman, a Belzagor, ahora que estaba libre de sus
responsabilidades administrativas y podía arriesgar su vida dedicándose a
satisfacer curiosidades personales. Sin embargo, el cambio en la relación
nildores-sulidores que parecía producirse en torno al hotel le preocupaba;
había sido bastante difícil comprender dicha relación cuando era estática.
Obviamente, las costumbres de los seres extraños no eran asunto suyo. En los
últimos tiempos, nada era asunto suyo. Cuando un hombre no tenía asuntos
propios, debía asignarse algunos. Por eso estaba allí, aparentemente para investigar,
es decir para curiosear y espiar. Planteado así, su retorno al planeta parecía
más un acto voluntario y menos el haber cedido a un impulso irresistible que,
según temía, le había dominado.
—...
más complicados de lo que cualquiera haya imaginado —decía Van Beneker.
—Lo
siento. Estaba distraído y no oí lo que decía.
—No
tiene importancia. Los últimos cien que quedamos teorizamos mucho. ¿Cuándo
iniciará su viaje al norte?
—Van,
¿tiene prisa por librarse de mí?
—Sólo
intentaba hacer planes, señor —respondió, dolido, el hombrecillo—. Si se queda,
necesitaremos alimentos para usted y...
—Me
iré después del desayuno si me dice cómo llegar al campamento más cercano de
nildores para solicitar un permiso de viaje.
—Está
a veinte kilómetros al sudeste. Le llevaría en el coleóptero pero como
comprenderá... los turistas...
—¿Podrá
lograr que un nildor me lleve? —preguntó Gundersen—. Si es mucha molestia,
supongo que podría caminar pero...
—Arreglaré
todo —aseguró Van Beneker.
Una
hora después del desayuno apareció un joven nildor macho para trasladar a
Gundersen hasta el campamento. En una época anterior, Gundersen se habría
limitado a montar sobre su espalda, pero ahora sintió la necesidad de
presentarse. Uno no le pide a un ser autónomo e inteligente que lo traslade
veinte kilómetros por la selva sin tratar de intercambiar unas atenciones
elementales, pensó.
—Soy
Edmund Gundersen, del primer nacimiento —dijo—, y te deseo la alegría de muchos
renacimientos, amigo de mi viaje.
—Soy
Srin'gahar, del primer nacimiento —respondió el nildor con suavidad—, y
agradezco tu deseo, amigo de mi viaje. Te sirvo por libre elección y espero tus
órdenes.
—He
de hablar con un nacido muchas veces y obtener permiso para viajar al norte. El
hombre de aquí dice que me llevarás ante él.
—Así
se hará. ¿Ahora?
—Ahora.
Gundersen
tenía una maleta. La dejó en el amplio trasero del nildor y Srin'gahar curvó
instantáneamente la cola para colocarla en su sitio. Después se arrodilló y
Gundersen llevó a cabo el ritual de montar. Varias toneladas de potente carne
se alzaron y avanzaron obedientemente hacia el linde del bosque. Casi parecía
que nada había cambiado.
Recorrieron
el primer kilómetro en silencio, atravesando un grupo cada vez más tupido de
árboles de frutas amargas. Gradualmente, Gundersen llegó a la conclusión de que
el nildor no hablaría si no le dirigía la palabra e inició una conversación
diciendo que había vivido diez años en Belzagor. Srin'gahar repuso que lo sabía
y que recordaba a Gundersen de los tiempos del dominio de la Compañía. La
naturaleza del sistema vocal de los nildores anulaba todos los matices y las
implicaciones emocionales. Se trataba de un gruñido llano, nasal y mugiente,
que no revelaba si el nildor le recordaba con afecto, con amargura o
indiferencia. Gundersen pudo obtener indicios de los movimientos del copete
craneano de Srin'gahar, pero era imposible para alguien sentado en el lomo de
un nildor detectar dichos movimientos, salvo los más amplios. El complejo
sistema nildor de comunicación complementaria no verbal no había evolucionado
para conveniencia de los pasajeros. De todos modos, Gundersen sólo conoció unos
pocos gestos complementarios de la serie casi infinita que existía y, además,
olvidó la mayoría de ellos. Pero el nildor parecía bastante respetuoso.
Gundersen
aprovechó la cabalgada para practicar su nildororu. Hasta ese momento le había
ido bien, pero en la entrevista con un nacido muchas veces necesitaría de todas
las habilidades verbales que pudiese utilizar. Repitió una y otra vez:
—Lo
dije correctamente, ¿no? Corrígeme si me equivoco.
—Hablas
muy bien —insistió Srin'gahar.
A
decir verdad, no era un idioma difícil. Era de corto alcance y de gramática
sencilla. El nildororu no se acentuaba; las palabras se aglutinaban, apilando
sílaba sobre sílaba de modo que un concepto complejo como «el ex lugar de
apacentamiento del clan de mi compañero» surgía como un gruñido de sonido
prolongado y refunfuñante no interrumpido ni siquiera por la más mínima pausa.
El habla de los nildores era lenta e impasible y exigía amplios tonos que
hacían vibrar la lengua y que un terráqueo debía emitir desde el comienzo de
las fosas nasales; cuando pasaba del nildororu a cualquier lenguaje terráqueo
Gundersen se sentía súbitamente entusiasmado, como un acróbata de circo
transportado instantáneamente de Júpiter a Mercurio.
Srin'gahar
había escogido un sendero de los nildores en lugar de uno de los viejos caminos
de la Compañía. Gundersen tuvo que esquivar las ramas bajas y en una ocasión
una temblorosa enredadera de nicalanga descendió para cogerle el cuello en un
abrazo delicado, fresco, rápidamente interrumpido y atemorizante a la vez. Al
volverse, vio la enredadera inflamada de excitación, enrojecida e hinchada por
el placer de acariciar la piel de un terráqueo. Poco después la humedad de la
selva llegó al máximo y el nivel de condensación rozó el de la lluvia; la
atmósfera era tan húmeda que Gundersen tuvo dificultades para respirar y
torrentes de sudor recorrían su cuerpo. Superó ese momento pegajoso. Minutos
más tarde, cruzaron un camino de la Compañía. Se trataba de una ruta estrecha y
desdibujada que se internaba en la selva, prácticamente cubierta de vegetación.
En un año desaparecería.
El
enorme cuerpo del nildor requería frecuentes comidas. Cada media hora se
detenían y Gundersen desmontaba mientras Srin'gahar mascaba arbustos. El
espectáculo despertó los prejuicios latentes de Gundersen y le perturbó tanto
que intentó no mirar. De manera mastodóntica el nildor desenroscaba la trompa y
arrancaba ramas frondosas de los árboles bajos; después, la gran boca se abría
y engullía el manojo. Con sus colmillos triples, Srin'gahar arrancaba trozos de
corteza como postre. Las enormes mandíbulas se movían incansablemente, molían y
desmenuzaban. Nosotros no somos más estéticos cuando comemos, se dijo
Gundersen, y su demonio interior contrarrestó su tolerancia con la pertinaz
insistencia de que su compañero era una bestia.
Srin'gahar
no era un ser extravertido. Si Gundersen permanecía en silencio, el nildor no
decía nada; cuando Gundersen hacía una pregunta, el nildor replicaba
amablemente pero con suma economía. La tensión de sostener una conversación tan
quebrada agotó a Gundersen y dejó pasar muchos minutos en silencio. Atrapado en
el ritmo del paso constante de la gran criatura, se contentó con que le
trasladara sin esfuerzo por la selva humectante. Ignoraba dónde estaba y ni
siquiera podía decir si avanzaban en dirección correcta, pues en lo alto los
árboles formaban un dosel cerrado y ocultaban el sol. Sin embargo, después de
detenerse para la tercera comida de la mañana, el nildor proporcionó a
Gundersen un indicio inesperado con respecto a su ubicación. Se apartó del
sendero en una súbita diagonal, trotó una corta distancia hasta la zona más
tupida del bosque, aplastando la vegetación, y se detuvo delante de lo que
otrora fuera un edificio de la Compañía: una cúpula cristalina opacada ahora
por el tiempo y envuelta en enredaderas.
—¿Conoces
esta casa, Edmund del primer nacimiento? —preguntó Srin'gahar.
—¿Qué
era?
—La
estación de las serpientes, donde recogíais los jugos.
Bruscamente,
el pasado se irguió ante Gundersen como un arrogante acantilado. Imágenes
dentadas y alucinadas torturaron su mente. Escándalos añosos, largamente
olvidados o reprimidos, cobraron nueva vida. ¿Esta ruina es la estación de las
serpientes? ¿Este es el lugar de los pecados personales, el escenario de tantas
pérdidas de la gracia? Gundersen sintió que le ardían las mejillas. Se apeó del
lomo del nildor y caminó vacilante hacia el edificio. Se detuvo un instante en
la puerta y miró hacia el interior. Sí, allí estaban los tubos y las tuberías
colgantes, los arroyuelos por los que había fluido el veneno extraído, todo el
equipo de procesamiento seguía en su sitio, semidevorado por el calor, la
humedad y el abandono. Allí estaba la entrada de las serpientes selváticas,
atraídas por una música extraña de la que no podían defenderse, y allí se les
extraía el veneno, y allí... y allí...
Gundersen
se giró para mirar a Srin'gahar. Las púas del copete del nildor estaban
dilatadas; una señal de tensión, quizás una señal de vergüenza compartida.
También los nildores abrigaban recuerdos de ese edificio. Gundersen entró en la
estación y empujó la puerta entreabierta. Ésta se separó de las bisagras y un
temblor musical resonó bang bang bang por todo el edificio esférico hasta
convertirse en un confuso y débil tintineo. Bang y Gundersen volvió a oír la
guitarra de Jeff Kurtz y los años retrocedieron y de nuevo tenía treinta y uno,
y acababa de llegar al Planeta de Holman y se disponía a iniciar su trabajo en
la estación de las serpientes, pues finalmente le habían asignado al sitio que
era el centro de tantos comentarios. Sí. Del velo de la memoria surgió la
imagen de Kurtz. Allí estaba, plantado en el centro de la estación,
inenarrablemente alto, el hombre más alto que Gundersen había visto, con una
grandiosa y pálida cabeza pelada y en forma de cúpula y los enormes ojos
oscuros hundidos en los lomos óseos de aspecto prehistórico y una brillante
sonrisa que cubría como mínimo un kilómetro de oreja a oreja. La guitarra hizo
bang y Kurtz dijo:
—Gundy,
te interesará. Esta estación es una experiencia única. La semana pasada
enterramos a tu predecesor —bang—. Obviamente, tendrás que aprender a
establecer una distancia entre tu persona y lo que ocurre aquí. Ése es el
secreto para mantener tu identidad en un mundo extraño. Comprender la estética
de la distancia: trazar una frontera alrededor de ti mismo y decirle al
planeta: hasta aquí puedes consumirme pero no más. De lo contrario, el planeta
terminará por absorberte y hacerte formar parte de él. ¿Está claro?
—En
absoluto —replicó Gundy.
—Con
el tiempo, el significado se manifestará por sí mismo —bang—. Ven a ver
nuestras serpientes.
Kurtz
tenía cinco años más que Gundersen y había estado en el Planeta de Holman tres
años más que aquél. Gundersen le conocía por su fama mucho antes de verlo por
primera vez. Todos parecían respetar a Kurtz, a pesar de que sólo era ayudante
del agente de estación y jamás fue ascendido de su humilde rango. Después de
cinco minutos de estar con Kurtz, Gundersen creyó comprender el motivo. Kurtz
daba la impresión de inestabilidad: no de ángel caído aunque indudablemente de
ángel que caía, Lucifer en descenso, bajando de la mañana al mediodía, del
mediodía al crepúsculo cargado de rocío, pero ahora sólo en la mañana de la
caída. Uno no podía confiar responsabilidades a un hombre semejante hasta que
concluyera su tránsito y se asentara en su estado definitivo.
Entraron
juntos en la estación de las serpientes. Kurtz se estiró al pasar junto al
aparato de destilación y acarició ligeramente las tuberías y las llaves de
desagüe. Sus dedos parecían patas de araña y la caricia resultó
sorprendentemente obscena. En el extremo de la sala se encontraba un hombre
bajo y rollizo, de pelo oscuro y cejas negras; Gio’ Salamone, el supervisor de
la estación. Kurtz los presentó. Salamone sonrió.
—Has
tenido suerte —comentó—. ¿Cómo lograste que te asignaran a esta estación?
—Simplemente
me enviaron —respondió Gundersen.
—Como
broma pesada que alguien quiso gastarte —sugirió Kurtz.
—¡Ya
lo creo! —agregó Gundersen—. Todos creyeron que mentía cuando dije que me
enviaron aquí sin haberlo solicitado.
—Una
prueba de inocencia —musitó Kurtz.
—Bien,
ahora que estás aquí, será mejor que aprendas nuestra regla básica —dijo
Salamone—. La regla básica consiste en que cuando dejas la estación no discutes
con nadie lo que aquí ocurre. ¿Capisce? Ahora dime: «Juro por el Padre, por el
Hijo y por el Espíritu Santo y también por Abraham, Isaac, Jacob y Moisés...».
Kurtz
se atragantó de risa.
Desconcertado,
Gundersen dijo:
—Nunca
había oído semejante juramento.
—Salamone
es un judío italiano —explicó Kurtz—. Intenta cubrir todas las posibilidades.
No te molestes en hacer el juramento, aunque tiene razón: lo que aquí ocurre no
es asunto de nadie más. Cualquier cosa que hayas oído sobre la estación de las
serpientes probablemente sea cierta pero, sin embargo, cuando te vayas de aquí
no cuentes nada —bang, bang—. Ahora obsérvanos con atención. Convocaremos a
nuestros demonios. Gio', suelta los amplificadores.
Salamone
cogió un saco de plástico que parecía contener harina dorada y lo arrastró
hasta la puerta trasera de la estación. Cogió un puñado de harina. Con un
rápido movimiento ascendente lo lanzó al aire; la brisa atrapó instantáneamente
los granos minúsculos y brillantes y los dispersó.
—Acaba
de esparcir por la selva un millar de micro amplificadores —explicó Kurtz—.
Dentro de diez minutos, cubrirán un radio de diez kilómetros. Están
sintonizados para captar las frecuencias de mi guitarra y de la flauta de Gio'
y las resonancias rebotan por todas partes. —Kurtz comenzó a tocar una melodía.
Salamone apareció con una corta flauta travesera e interpretó una melodía
propia en los intervalos de la tonada de Kurtz. La interpretación de ambos se
convirtió en una imponente zarabanda, delicada e hipnótica, dos o tres notas
que se repetían incesantemente sin variación de volumen ni de tono. Durante
diez minutos no ocurrió nada excepcional. En ese momento Kurtz inclinó la
cabeza hacia el borde de la selva—. Vienen. Ya vienen —murmuró—. Somos los auténticos
y originales encantadores de serpientes.
Gundersen
observó las serpientes que salían del bosque. Eran cuatro veces más largas que
un hombre y tan gruesas como el brazo de un terráqueo corpulento. Sus lomos
estaban cubiertos en toda su longitud por aletas ondulantes. Sus pieles eran
lustrosas, de color verde claro y evidentemente pegajosas, ya que los
desperdicios del suelo del bosque se adherían a ellas: fragmentos de hojas,
tierra y pétalos arrugados. En lugar de ojos, contaban con hileras de puntos
sensores del tamaño de grandes platos que bordeaban sus rizadas aletas
dorsales. Sus cabezas eran romas y a modo de boca tenían aberturas, sólo aptas
para mordisquear terrones de tierra. Donde debían estar las fosas nasales,
sobresalían dos púas esbeltas y largas como el pulgar de un hombre; éstas alcanzaban
una longitud cinco veces superior en momentos de tensión o cuando la serpiente
era atacada y producían un líquido azul: un veneno. A pesar del tamaño de estos
seres y la llegada de alrededor de treinta simultáneamente. Gundersen no sintió
miedo, aunque seguramente se habría incomodado ante la llegada de un pelotón de
pitones. No eran pitones. Ni siquiera eran reptiles, sino seres
correspondientes a una división primaria baja, en realidad gusanos gigantes.
Eran pesadas y carecían deinteligencia evidente. Sin duda alguna reaccionaban
vigorosamente ante la música. Ésta las había atraído a la estación y ahora se
agitaban en un ballet espectral, buscando la fuente del sonido. Las primeras ya
habían entrado en el edificio.
—¿Tocas
la guitarra? —preguntó Kurtz—, Toma... no dejes de emitir sonidos. Ahora la
melodía no tiene importancia.
Entregó
el instrumento a Gundersen, que por un momento luchó con la digitación y luego
produjo una imitación defectuosa y vacilante de la melodía de Kurtz. Mientras
tanto, éste deslizó una gorra tubular de color rosado sobre la cabeza de la
serpiente más cercana. Una vez en su sitio, la gorra se contrajo rítmicamente;
de momento, los zigzaguees de la serpiente se tornaron más intensos, movió
convulsivamente la aleta y golpeó el suelo con la cola. Luego se serenó. Kurtz
retiró la gorra y la colocó sobre la cabeza de otra serpiente y luego de otra y
otra.
Les
extraía el veneno. Se decía que esos seres eran letales para los sistemas
metabólicos nativos; jamás atacaban pero si se las provocaba se defendían y el
veneno era universalmente eficaz. Pero lo que era veneno en el Planeta de
Holman constituía una bendición en la Tierra. El veneno de las serpientes
selváticas era una de las exportaciones más lucrativas de la Compañía.
Correctamente destilado, diluido, cristalizado y purificado, el líquido servía
como catalizador en los trabajos de regeneración de miembros humanos. Una dosis
suavizaba la resistencia de la célula humana al cambio, corrompía
insidiosamente el citoplasma y hacía que éste indujera al núcleo para que
pusiese en actividad su material genético. En consecuencia, estimulaba
enormemente el nuevo despertar de la división celular y la duplicación de
partes corporales cuando era necesario que creciesen un brazo, una pierna o una
cara nuevos. Gundersen ignoraba cómo o por qué daba resultado, pero había visto
el material en acción durante su período de entrenamiento, cuando un compañero
perdió ambas piernas de las rodillas para abajo en un accidente de vuelo a gran
altura. La droga hacía fluir la carne. Liberaba a los guardianes del modelo
corporal codificado y facilitaba enormemente la tarea de los cirujanos
genéticos sensibilizando y estimulando la zona de regeneración. Las piernas de
su compañero habían vuelto a crecer en seis meses.
Gundersen
siguió tocando la guitarra, Salamone la flauta y Kurtz recolectando veneno.
Súbitamente, del monte llegaron sonidos mugientes: evidentemente, la música
también atrajo a un rebaño de nildores. Gundersen los vio salir pesadamente de
la maleza y detenerse casi con timidez en el borde del claro.
Eran
nueve. Poco después, iniciaron una danza chabacana, tambaleante y pesada.
Agitaban las trompas según el ritmo de la música, balanceaban las colas y
hacían girar los copetes erizados de púas.
—Todo
listo —informó Kurtz—. Cinco litros..., un buen botín.
Las
serpientes, una vez extraído su veneno, se perdieron en el bosque en cuanto la
música cesó. Los nildores se quedaron un rato más, miraron con atención a los
hombres del interior de la estación y finalmente se fueron. Kurtz y Salamone
enseñaron a Gundersen las técnicas de destilación del precioso líquido,
preparándolo para su envío a la Tierra.
Y
eso fue todo. No pudo percibir nada escandaloso en los acontecimientos y no
comprendió por qué en el cuartel general se había hablado tan disimuladamente
de ese sitio ni el motivo por el cual Salamone intentó arrancarle un juramento
de silencio. Tampoco se atrevió a preguntar. Tres días después, volvieron a
convocar a las serpientes, extrajeron nuevamente el veneno y el proceso también
le pareció intachable a Gundersen. Rápidamente comprendió que Kurtz y Salamone
ponían a prueba su confianza antes de iniciarle en los misterios.
Después
de la tercera semana de trabajo en la estación de las serpientes, finalmente le
permitieron acceder a los secretos. El veneno había sido recogido, las
serpientes se habían ido y de los más de doce nildores que se sintieron
atraídos por el concierto de ese día, unos pocos aún remoloneaban en el
exterior del edificio. Gundersen comprendió que algo excepcional estaba a punto
de ocurrir cuando vio que Kurtz, luego de dirigir una significativa mirada a
Salamone, desenganchaba un contenedor de veneno antes de ser introducido en el
aparato de destilación. Lo vertió en un ancho cuenco, que, como mínimo, tenía
un litro de capacidad. En la Tierra, el valor de esa cantidad de droga
equivaldría al salario anual de Gundersen como ayudante del agente de estación.
—Ven
con nosotros —le invitó Kurtz.
Los
tres hombres salieron y de inmediato se acercaron tres nildores con los
espinazos erguidos, las orejas temblorosas y un comportamiento extraño.
Parecían asustados e impacientes. Kurtz entregó el cuenco de veneno puro a
Salamone, que bebió y se lo devolvió. Kurtz también bebió. Ofreció el cuenco a
Gundersen y preguntó:
—¿Tomas
la comunión con nosotros?
Gundersen
vaciló.
—No
hay peligro —explicó Salamone—. No puede afectar a tus núcleos si lo ingieres
internamente. Gundersen se llevó el cuenco a los labios y bebió un trago con
cautela. El veneno era dulce pero acuoso.
—...sólo
tu cerebro —agregó Salamone.
Kurtz
cogió delicadamente el cuenco en sus manos y lo dejó en el suelo. En ese
momento el nildor más grande avanzó y hundió delicadamente la trompa en el
recipiente. Después se acercó el segundo nildor y luego el tercero. El cuenco
quedó vacío.
—Si
es venenoso para la vida local... —comentó Gundersen
—No
cuando lo beben, sólo si se inyecta directamente en el torrente sanguíneo —
aclaró Salamone. —¿Qué ocurrirá ahora? —Espera —replicó Kurtz— y vuelve tu alma
receptiva a cualquier posibilidad que surja. Gundersen no tuvo que esperar
mucho tiempo. Sintió un engrosamiento en la base del cuello, una aspereza en el
rostro y los brazos le resultaron inenarrablemente pesados. Le pareció mejor
ponerse de rodillas a medida que el efecto se intensificaba. Se volvió hacia
Kurtz y buscó un apoyo en esos ojos oscuros y brillantes, pero los ojos de
Kurtz ya habían comenzado a achatarse y expandirse y su prensil trompa verde
casi llegaba al suelo. Salamone también había entrado en la metamorfosis,
corcoveaba cómicamente y golpeaba el suelo con sus colmillos. El engrosamiento
continuó. Ahora Gundersen sabía que pesaba varias toneladas y puso a prueba su
coordinación corporal, caminó de un lado a otro y aprendió a moverse a cuatro
patas. Se dirigió al manantial y absorbió agua con la trompa. Frotó su pellejo
correoso contra los árboles. Lanzó bramidos de alegría en su enormidad. Se unió
a Kurtz y a Salamone en una danza salvaje que hizo temblar la tierra. Los
nildores también se habían transformado: uno se había convertido en Kurtz, otro
en Salamone y el tercero en Gundersen, y las tres ex bestias realizaban
piruetas salvajes, trastabillaban y caían ante su falta de familiaridad con los
movimientos humanos. Pero a Gundersen no le interesaba lo que los nildores
hacían. Se concentró exclusivamente en su propia experiencia. En algún punto
del fondo de su alma le aterrorizó saber que este cambio se había producido en
él y que estaba condenado a vivir eternamente como un corpulento animal de la
selva, arrancando cortezas y desgajando ramas; pero era gratificante haber
cambiado los cuerpos de ese modo y tener acceso a una serie totalmente nueva de
datos sensorios. Su visión había disminuido y todo lo que veía estaba envuelto
en un halo peludo, aunque existían compensaciones: podía distinguir olores
mediante su dirección y su textura y su visión era enormemente más sensible.
Equivalía a poder ver las gamas ultravioleta e infrarroja. Una deslustrada flor
del bosque le envió mareantes oleadas de dulzura húmeda y blanda; el sonido de
las pinzas de los insectos en los túneles subterráneos parecía una sinfonía de
percusión. ¡Y su inmensidad! ¡El éxtasis de poseer un cuerpo semejante! Su
conciencia transformada se encumbró, se precipitó y volvió a elevarse. Pisó
árboles y se felicitó por ello con tonos resonantes. Pastó y se hartó. Luego se
sentó un rato, totalmente inmóvil, y meditó sobre la existencia del mal en el
universo, preguntándose por qué debía existir semejante cosa y si el mal
existía realmente como fenómeno objetivo. Sus respuestas le sorprendieron y
deleitaron y se volvió hacia Kurtz para comunicarle estas ideas, pero en ese
momento el efecto del veneno comenzó a desaparecer con sorprendente rapidez y
poco después Gundersen se sentía totalmente normal. Sin embargo, estaba
llorando y sentía una angustia vergonzosa, como si le hubiesen descubierto
molestando flagrantemente a un menor. Los tres nildores no estaban a la vista.
Salamone
cogió el cuenco y entró en la estación.
—Ven
—dijo Kurtz—. Entremos también nosotros.
No
quisieron discutir ningún aspecto de la experiencia con él. Le permitieron
compartirla pero no estaban dispuestos a explicar nada y le interrumpían
severamente cuando hacía una pregunta. El rito era estrictamente personal.
Gundersen fue incapaz de evaluar la experiencia. ¿Se había convertido su cuerpo
realmente en el de un nildor durante una hora? Apenas podía decirse que sí.
Bien, en consecuencia, ¿acaso su mente, su alma, habían emigrado de algún modo
al cuerpo del nildor? ¿Y el alma del nildor, si es que los nildores tenían
alma, había penetrado en la suya? ¿Qué tipo de conjunción, qué especie de unión
de interioridades se había producido en el claro del bosque?
Tres
días después, Gundersen solicitó que lo trasladaran de la estación de las
serpientes. En aquella época, lo desconocido le trastornaba fácilmente. Cuando
Gundersen le anunció que se iba, la única reacción de Kurtz fue una risa seca y
bruta!. El servicio normal en la estación era de ocho semanas, de las cuales
Gundersen había cumplido menos de la mitad. Nunca más volvió a trabajar allí.
Más
tarde, reunió todos los comentarios que pudo sobre los acontecimientos en la
estación de las serpientes. Le contaron confusos relatos de perversiones
sexuales en la arboleda, de acoplamientos entre terráqueo y nildor, entre
terráqueo y terráqueo; oyó murmullos de que aquellos que bebían habitualmente
el veneno sufrían cambios corporales extraños, terribles y permanentes; le
contaron historias relativas a que, en los consejos privados, los nildores más
viejos condenaban amargamente la práctica morbosa de ir a la estación de las
serpientes para beber el líquido ofrecido por los terráqueos. Pero Gundersen
ignoraba si esos comentarios eran ciertos. Años más tarde, le resultó difícil
mirar a Kurtz a los ojos en las raras ocasiones en que se encontraron. A veces,
incluso tuvo dificultades para vivir consigo mismo. De manera tangencial, quedó
manchado por esa única hora de metamorfosis. Se sentía como una virgen que
había intervenido en una orgía y que salió desflorada pero ignorante de lo que
le había acontecido.
Los
fantasmas se desvanecieron. El sonido de la guitarra de Kurtz disminuyó y
desapareció por completo.
Srin'gahar
preguntó:
—¿Nos
vamos ahora?
Gundersen
salió lentamente de la estación en ruinas.
—¿Actualmente
recoge alguien los jugos de las serpientes?
—Aquí,
no —repuso el nildor.
Srin'gahar
se arrodilló. El terráqueo montó y el nildor le transportó en silencio, de
regreso al sendero que habían seguido anteriormente.
A
primeras horas de la tarde se acercaron al campamento nildor que constituía el
objetivo inmediato de Gundersen. Durante la mayor parte del día habían
atravesado la amplia llanura costera, pero ahora el terreno se hundía
bruscamente, ya que tierra adentro existía una larga y estrecha depresión que
iba de norte a sur, una profunda hendidura entre la meseta central y la costa.
En el acceso a esa grieta, Gundersen vio la inmensa devastación del follaje que
indicaba la presencia de un numeroso rebaño de nildores a pocos kilómetros de
distancia. Una cicatriz dentada atravesaba el bosque desde el suelo hasta una
altura de aproximadamente el doble de la estatura de un hombre.
Ni
siquiera la desbordante fertilidad tropical de la región podía hacer crecer la
vegetación al mismo ritmo que el apetito de los nildores; esas zonas de
defoliación necesitaban un año o más tiempo para recuperarse después de la
partida del rebaño. A pesar del impacto de éste, el bosque que rodeaba la
cicatriz era aún más tupido que en la llanura costera del este. Se trataba de
una selva húmeda, vaporosa y oscura que se elevaba junto a la potencia vecina.
En el valle la temperatura era notoriamente superior a la de la costa y, a
pesar de que la atmósfera no podía ser más húmeda, en el aire se percibía una
acuosidad casi tangible. La vegetación también era distinta. En la llanura, los
árboles solían tener hojas puntiagudas, en ocasiones peligrosamente puntiagudas.
Aquí el follaje era redondeado y carnoso: pesados discos combados de color azul
oscuro que resplandecían voluptuosamente cuando unos extraviados rayos de luz
solar se filtraban por el techo del bosque.
Gundersen
y su montura prosiguieron el descenso y siguieron lía línea de la cicatriz de
pastoreo. Avanzaron por el lecho de un torrente que corría serpenteante hacia
el interior; el terreno era esponjoso y blando y la mayor parte del tiempo
Srin'gahar caminaba con el barro hasta las rodillas. Entraban en una amplia
cuenca circular que parecía ser el punto más deprimido de toda la región. Tres
o cuatro arroyos corrían hacia ésta y alimentaban un lago oscuro y cubierto de
malezas situado en el centro. A orillas del lago se encontraba el rebaño de
Srin'gahar. Gundersen vio varios cientos de nildores pastando, durmiendo,
acoplándose y caminando.
—Bájame
—pidió y se sorprendió a sí mismo—. Caminaré a tu lado.
Sin
decir palabra, Srin'gahar lo dejó desmontar.
Gundersen
se lamentó de su impulso igualitario en cuanto tocó el suelo. Las anchas patas
del nildor podían hacer frente al terreno fangoso y Gundersen descubrió que
empezaba a hundirse si permanecía en el mismo sitio unos instantes. Pero ahora
no volvería a montar. Cada paso era una batalla, pero combatió. Además, estaba
tenso e inseguro pues ignoraba qué acogida tendría, y también tenía hambre, ya
que durante el largo viaje no había comido nada a excepción de unas cuantas
frutas amargas que arrancó de los árboles. La pesadez de la atmósfera le
dificultaba la respiración. Se sintió muy aliviado cuando, ladera abajo, la
caminata se tornó más fácil. Allí, una trama de plantas esponjosas que se
extendían desde el lago se entrelazaba con el fango y formaba una plataforma
firme, aunque no totalmente tranquilizadora, de algunos centímetros de espesor.
Srin'gahar levantó la trompa y envió un trompetazo de saludo en dirección al
campamento. Algunos nildores respondieron del miso modo. Srin'gahar se dirigió
a Gundersen:
—Amigo
de mi viaje, el nacido muchas veces se encuentra a orillas del lago. ¿Lo ves?
¿Lo ves en medio de aquel grupo? ¿Te llevo ahora hasta él?
—Por
favor —repuso Gundersen.
El
lago estaba cubierto de vegetación a la deriva. De la superficie sobresalían
masas encorvadas de vegetales: hojas semejantes a cuernos de la abundancia,
cuerpos de esporas en forma de copa, tallos pegajosos y enmarañados; todo era
de color azul oscuro y destacaba contra el fondo verdiazul más claro del agua.
En medio de ese laberinto de tupida flora se movían lentamente enormes
mamíferos semiacuáticos: media docena de malidares cuyos cuerpos tubulares y
amarillentos estaban sumergidos casi por completo. Sólo quedaban a la vista los
bultos redondos de sus espaldas, los periscopios salientes de sus ojos
entallados y, de vez en cuando, una nariz cavernosa y refunfuñante. Gundersen
pudo ver las enormes ringleras que los malidares habían abierto en la vegetación
para alimentarse ese día, pero en el otro extremo del lago las heridas
comenzaban a cicatrizar a medida que nuevos crecimientos cubrían rápidamente
las brechas trazadas recientemente.
Gundersen
y Srin'gahar descendieron hacia el lago. La dirección del viento cambió
súbitamente y Gundersen respiró la fragancia que emanaba del lago. Tosió: era
como respirar los vapores de una destilería. El lago fermentaba. El alcohol era
un derivado de la respiración de esas plantas acuáticas y, dado que no tenía
salida, el lago se había convertido en una enorme tina de aguardiente. Tanto el
agua como el alcohol se evaporaban rápidamente, de modo que la atmósfera
circundante no solo era húmeda sino embriagante; puesto que durante siglos la
evaporación del agua había superado la entrada de ésta procedente de los
arroyos, la graduación alcohólica del líquido restante había aumentado
constantemente. Gundersen sabía que, mientras la Compañía gobernó el planeta,
esos lagos fueron la perdición de más de un agente.
AI
parecer, los nildores le hicieron poco caso mientras se acercaba. Gundersen
reparó en que, en realidad, todos los miembros del campamento le observaban con
atención, pero fingían indiferencia mientras parecían atareados. Se desconcertó
al ver una docena de refugios de monte a la orilla de uno de los arroyos. Los
nildores no utilizaban cobijos de ningún tipo pues por el tórrido clima eran
innecesarios y, además, eran incapaces de construir nada ya que carecían de
órganos de manipulación salvo los tres «dedos» situados en la punta de sus
trompas. Estudió azorado los toscos colgadizos y un momento después comprendió
que había visto antes estructuras de ese tipo: se trataba de las chozas de los
sulidores. El acertijo se hizo más difícil. Gundersen ignoraba la existencia de
una relación tan íntima entre los nildores y los bípedos carnívoros de la
región de las brumas. En ese momento vio a los sulidores, alrededor de veinte,
sentados con las piernas cruzadas en el interior de las chozas. ¿Esclavos?
¿Cautivos? ¿Amigos de la tribu? Ninguna de esas hipótesis tenía sentido.
—Éste
es nuestro nacido muchas veces —dijo Srin'gahar y señaló con un movimiento de
la trompa a un venerable nildor cubierto de cicatrices que se encontraba en
medio de un grupo, junto a la orilla del lago. Gundersen sintió una oleada de
respeto, inspirado no sólo por la edad de ese ser sino por la certeza de que
esa bestia anciana, gris azulada por los años, debió de participar varias veces
en los ritos inimaginables de la ceremonia de renacimiento. El nacido muchas
veces había viajado más allá de la barrera espiritual que contenía a los
hombres. Cualquiera que fuese el nirvana que la ceremonia de renacimiento
ofrecía, ese ser lo había conocido y Gundersen no, y esa distinción crucial de
la experiencia hizo que al terráqueo le abandonara el valor a medida que se
acercaba al jefe del rebaño.
Un
círculo de cortesanos rodeaba al anciano. Éstos también tenían la piel gris y
arrugada: un consejo de ancianos. Los nildores más jóvenes, los de la
generación de Srin'gahar, guardaban una respetuosa distancia. No había un solo
nildor inmaduro en el campamento. Ningún terráqueo había visto a un joven
nildor. A Gundersen le habían contado que los nildores siempre nacían en la
región de las brumas, en la patria natal de los sulidores, y al parecer
permanecían firmemente recluidos allí hasta alcanzar el equivalente nildor de
la adolescencia, momento en que emigraban a las selvas de los trópicos. También
se había enterado de que todos los nildores abrigaban la esperanza de retornar
a la región de las brumas cuando les llegara el momento de morir. Pero ignoraba
si esas afirmaciones eran ciertas. Nadie lo sabía.
El
círculo se abrió y Gundersen se encontró frente al nacido muchas veces. El
protocolo exigía que Gundersen fuese el primero en hablar, pero vaciló, mareado
quizá por la tensión o por los vapores del agua, y transcurrieron unos
instantes eternos hasta que logró reunir fuerzas. Por último dijo:
—Soy
Edmund Gundersen del primer nacimiento y te deseo la alegría de muchos
renacimientos, oh, sabio entre los sabios.
Sin
ninguna prisa, el nildor ladeó su enorme cabeza, absorbió un trago de agua del
lago y se la introdujo en la boca. Luego rugió:
—Te
conocemos, Edmundgundersen, de días pasados. Te ocupabas de la gran casa de la
Compañía en Punta de Fuego, en el Mar de Polvo.
La
memoria del nildor le sorprendió y acongojó. Si le recordaba tan bien, ¿qué
posibilidades tenía de ganar el favor de esas personas? No le debían ninguna
amabilidad.
—Sí,
estuve allí hace mucho tiempo —respondió tensamente.
—No
tanto. Diez giros no es mucho tiempo. —Los ojos de gruesos párpados del nildor
se cerraron y pareció que el nacido muchas veces se había dormido. Poco después
agregó, con los ojos aún cerrados—: Soy Vol'himyor, del séptimo nacimiento.
¿Entrarás en el agua conmigo? En este nacimiento actual, me canso rápidamente
en tierra.
Sin
esperar, Vol'himyor entró en el lago, nadó lentamente hasta unos cuarenta
metros de la orilla y permaneció flotando allí, hundido hasta los hombros. Un
malidar que había ramoneado las malezas de esa zona del lago se sumergió con un
burbujeante murmullo de descontento y volvió a aparecer más lejos. Gundersen
comprendió que no le quedaba más alternativa que seguir al nacido muchas veces.
Se quitó la ropa y avanzó.
El
agua tibia comenzó a cubrirlo. No muy lejos, la trama esponjosa de tallos
fibrosos dejó paso a un fango suave y tibio bajo los pies desnudos de
Gundersen. Ocasionalmente, sintió en las plantas de los pies los movimientos de
ciertos pequeños seres con muchas patas. Las raíces de las plantas acuáticas se
agitaban como un látigo alrededor de sus piernas y las burbujas negras cargadas
de alcohol que subían desde lo más profundo y estallaban en la superficie
estuvieron a punto de ahogarlo con su liberación de vapor. Empujó las plantas,
se abrió paso a la fuerza entre ellas con suma dificultad y sintió un gran
alivio cuando sus pies no tocaron más el fango. Chapoteó rápidamente hacia
Vol'himyor. Gracias al malidar, en ese punto la superficie del lago era diáfana.
Sin embargo, en las oscuras profundidades de las aguas se movían otros animales
desconocidos y casi incesantemente algo resbaladizo y rápido se escurría por el
cuerpo de Gundersen. Se obligó a ignorar esas cosas.
Vol'himyor,
que todavía parecía dormido, murmuró:
—Has
estado fuera de este mundo durante muchos giros, ¿no?
—Después
de que la Compañía cedió sus derechos aquí, regresé a mi planeta — contestó
Gundersen.
Gundersen
se dio cuenta de que había cometido un error incluso antes de que el nildor
abriera los párpados y le mirara fríamente con sus ojos redondos y amarillos.
—Aquí
tu Compañía nunca tuvo derechos que ceder —dijo el nildor con su acostumbrado
tono llano y neutral—. ¿No es así?
—Así
es —reconoció Gundersen. Buscó una corrección airosa y finalmente agregó—:
Después de que la Compañía renunció a la posesión de este planeta, regresé a mi
propio mundo.
—Esas
palabras son más veraces. ¿Por qué has vuelto?
—Porque
amo este lugar y deseo volver a verlo.
—¿Es
posible que un terráqueo sienta amor por Belzagor?
—Sí,
es posible que un terráqueo lo sienta.
—Un
terráqueo puede quedar atrapado por Belzagor —dijo Vol'himyor con más lentitud
que de costumbre—. Un terráqueo puede descubrir que su alma ha sido cogida por
las fuerzas de este planeta y que la retiene en la esclavitud. Pero dudo de que
un terráqueo pueda sentir amor por este planeta, tal como yo comprendo vuestro
concepto del amor.
—Te
concedo la razón, nacido muchas veces. Mi alma ha quedado atrapada por
Belzagor. No podía dejar de regresar.
—Eres
rápido para dar la razón.
—No
deseo ofender.
—Intento
loable. ¿Y qué harás aquí, en este mundo que se ha apoderado de tu alma?
—Viajar
a muchos sitios de tu mundo —replicó Gundersen—. Tengo especial interés en
visitar la región de las brumas.
—¿Por
qué?
—Es
el lugar que me atrapa más profundamente.
—No
has dado una respuesta informativa —puntualizó el nildor
—No
puedo ofrecer otra.
—¿Qué
te ha atrapado allí?
—La
belleza de las montañas que se elevan desde las brumas. El resplandor de los
rayos del sol en un día despejado, frío y brillante. El esplendor de las lunas
contra un campo de nieve trémula.
—Eres
muy poético —opinó Vol'himyor.
Gundersen
no supo si le alababa o se burlaba de él.
—Según
las leyes actuales, debo tener el permiso de un nacido muchas veces para entrar
en la región de las brumas. He venido a solicitarte ese permiso.
—Eres
melindroso en el respeto de nuestras leyes, mi amigo nacido una vez. Antaño
eras distinto.
Gundersen
se mordió el labio. Sintió que algo reptaba por su pantorrilla desde la
profundidad del lago pero se obligó a mirar serenamente al nacido muchas veces.
Escogió cuidadosamente las palabras y dijo:
—A
veces tardamos en comprender la naturaleza de otro y le ofendemos sin saber lo
que hacemos.
—Así
es.
—Pero
luego llega la comprensión —agregó Gundersen— y uno siente remordimientos por
los actos del pasado y espera perdón para sus pecados.
—El
perdón depende de la calidad de los remordimientos —observó Vol'himyor— y
también de la calidad de los pecados.
—Creo
que conoces mis fallos.
—No
han sido olvidados —dijo el nildor.
—También
creo que para tu credo no es desconocida la posibilidad de la redención
personal.
—Es
verdad, es verdad.
—¿Me
permitirás enmendar mis pecados del pasado contra tu pueblo, tanto los
conocidos como los desconocidos?
—Enmendar
los pecados desconocidos es cosa insensata —afirmó el nildor—. De todos modos,
nosotros no buscamos una disculpa. Tu redención del pecado es asunto tuyo, no
nuestro. Quizás encuentres aquí esa redención, tal como esperas. Percibo un
grato cambio en tu alma y ello pesará enormemente a tu favor.
—¿Entonces
cuento con tu permiso para ir al norte? —inquirió Gundersen.
—No
tan rápido. Quédate un tiempo con nosotros como invitado. Debemos pensar en
esto. Ahora puedes volver a la orilla.
La
despedida era evidente. Gundersen agradeció al nacido muchas veces su
paciencia, no sin cierta autosatisfacción por la forma en que había llevado la
entrevista. Siempre había mostrado la deferencia correspondiente a los nacidos
muchas veces — incluso un imperialista realmente kiplinguesco sabía que le
convenía mostrar respeto hacia los venerables líderes tribales—, pero en la
época de la Compañía sólo era una burla para él, una muestra fingida de
humildad ya que el poder fundamental correspondía al agente de sector de la
Compañía y no a ningún nildor, por muy sagrado que fuese. Ahora el viejo nildor
tenía realmente el poder de impedirle entrar en la región de las brumas y quizá
viera incluso cierta justicia poética en el hecho de impedírselo. Pero Gundersen
sintió que ahora su actitud deferente y apologética había sido bastante sincera
y que había transmitido a Vol'himyor parte de esa sinceridad. Sabía que no
podía engañar al nacido muchas veces haciéndole creer que un antiguo servidor
de la Compañía como él súbitamente deseaba arrastrarse ante las ex víctimas del
expansionismo terrestre, pero a menos que hiciese alguna muestra de sinceridad,
no tenía la menor posibilidad de conseguir el permiso que necesitaba.
Repentinamente,
mientras aún se encontraba bastante lejos de la orilla, algo dio a Gundersen un
golpe terrible entre los hombros y lo lanzó, atontado y jadeante, de cara al
agua.
Al
sumergirse, le pasó por la cabeza la idea de que Vol'himyor le había seguido
traicioneramente y golpeado con la trompa. Un golpe de ese tipo podía resultar
fatal si se aplicaba con verdadera malicia. Atragantado, con la boca llena del
licor del lago y los brazos entumecidos por el impacto del golpe, Gundersen
salió cautelosamente a la superficie, dispuesto a encontrar al anciano nildor
sobre él, preparado para lanzar el golpe de gracia.
Abrió
los ojos y momentáneamente tuvo dificultades para centrar la mirada. No, el
nacido muchas veces estaba lejos, en el lago, y miraba en otra dirección. En
ese momento Gundersen tuvo una extraña y espinosa premonición y hundió la
cabeza a tiempo para evitar que lo mismo que le había golpeado antes le
decapitara. Se acurrucó en el agua cubierto hasta la nariz y lo vio girar en lo
alto: una barra gruesa y amarillenta como un trueno descontrolado. En ese
momento oyó violentos gritos de dolor y sintió que unas olas cada vez más altas
recorrían el lago. Miró a su alrededor.
Doce
salidores habían entrado en el lago y estaban matando a un malidar. Habían
arponeado a la enorme bestia con palos aguzados; en ese momento el malidar se
debatía y enroscaba en la agonía, final y fue la poderosa cola del animal la
que derribó a Gundersen. Los cazadores se habían desplegado en los bancos,
hundidos hasta la cintura, con su grueso pelaje manchado de lodo y deslustrado.
Cada grupo aferró el mástil de un arpón y gradualmente arrastraron al malidar
hacia la orilla. Gundersen ya no corría peligro, pero siguió sumergido,
recuperó la respiración y movió los hombros para comprobar que no tenía ningún
hueso roto. La primera vez, la cola del malidar sólo debió rozarle; sin duda
alguna, la segunda vez le habría destrozado si no se hubiese sumergido.
Empezaba a sentir dolor y estaba medio ahogado a causa del agua que había
tragado. Se preguntó cuándo comenzaría a estar borracho. Los sulidores habían
arrastrado a la orilla a su presa. Sólo quedaban en el agua la cola y las
gruesas patas traseras palmeadas del malidar, que se movían espasmódicamente.
El resto del animal, de un peso de varias toneladas y su estatura cinco veces
superior a la de un hombre, estaba en la orilla y los sulidores le clavaban
metódicamente largas estacas, una en cada uno de los miembros delanteros y
varias en la ancha cabeza en forma de cuña. Algunos nildores presenciaban la
operación con ligera curiosidad. La mayoría de ellos la ignoraban. Los demás
malidares siguieron ramoneando en el bosque como si no hubiese ocurrido nada.
Un
último arponazo dividió en dos la columna vertebral del malidar. La bestia se
estremeció y quedó inmóvil.
Gundersen
nadó rápidamente, vadeó el fango desagradablemente voluptuoso y se dejó caer en
la orilla. Súbitamente se le doblaron las rodillas y trastabilló hacia delante,
tembloroso, atragantado y asqueado. Un delgado hilillo de líquido surgió de sus
labios. Después se echó de lado y vio que los sulidores cortaban gigantescos
trozos de carne de color rosa claro de los flancos del malidar y los repartían
entre ellos. Otros sulidores salían de las chozas para participar del festín.
Gundersen se estremeció. Sufría una especie de conmoción y transcurrieron
algunos minutos hasta que comprendió que el motivo de su malestar no sólo se
debía al golpe que había recibido y el agua que había tragado sino a la
comprobación de que se había perpetrado un acto de violencia en presencia de un
rebaño de nildores y éstos no parecían preocupados en lo más mínimo. Había
supuesto que esos seres pacíficos y no beligerantes reaccionarían horrorizados
ante la matanza de un malidar. Pero no les importaba. Lo que Gundersen sentía era
el malestar de la desilusión.
Un
sulidor se acercó y se detuvo ante él. Gundersen miró inquieto a la figura alta
y peluda. El sulidor sostenía entre las patas delanteras un trozo de carne de
malidar, del tamaño de la cabeza de Gundersen.
—Para
ti —dijo el sulidor en el idioma de los nildores—. ¿Comes con nosotros?
No
esperó respuesta. Arrojó el trozo de carne al suelo, junto a Gundersen, y se
reunió con sus compañeros. Al terráqueo se le revolvió el estómago. La carne
cruda no le apetecía.
Súbitamente
el silencio reinó en la orilla.
Todos
le miraban, tanto los sulidores como los nildores.
Tembloroso,
Gundersen se puso de pie. Aspiró aire tibio hasta el fondo de los pulmones y
ganó unos minutos agachándose en la orilla del lago para lavarse la cara.
Encontró la ropa que se había quitado y demoró unos minutos más en ponérsela.
Ahora se sentía un poco mejor, aunque el problema de comer carne cruda seguía
existiendo. Los sulidores, que disfrutaban del festín, arrancaban y desgarraban
porciones de carne y mordisqueaban huesos; le miraban a menudo para averiguar
si estaba dispuesto a aceptar la hospitalidad que le ofrecían. Los nildores,
que obviamente no habían probado la carne, también parecían interesarse por su
decisión. Si rechazaba la carne, ¿ofendería a los sulidores? Si la comía,
¿aparecería como bestial ante los ojos de los nildores? Llegó a la conclusión
de que lo mejor era obligarse a comer unos trozos como gesto de buena voluntad
hacia los bípedos de aspecto amenazante. Al fin y al cabo, a los nildores no
parecía preocuparles el hecho de que los sulidores comieran carne. ¿Por qué se molestarían
si un terráqueo, un carnívoro conocido, hacía lo mismo?
Comería
la carne. Pero lo haría a la manera de los terráqueos.
Arrancó
algunas hojas de las plantas acuáticas y las extendió hasta formar una estera.
Colocó la carne sobre las hojas. Extrajo de su túnica la antorcha de fusión, a
la que dio amplia apertura y poca intensidad, y la dirigió hacia la carne hasta
que la parte externa de ésta quedó chamuscada y crujiente. Con un rayo más
delgado dividió la carne asada en trozos fáciles de ingerir. Luego se sentó con
las piernas cruzadas, cogió un trozo y empezó a masticarlo.
La
carne, aunque tierna, tenía un sabor desagradable y estaba cubierta de masas
correosas que formaban una compleja red. Mediante un enorme esfuerzo de
voluntad, Gundersen logró ingerir tres trozos. Cuando decidió que ya había
comido bastante, se levantó, dio las gracias a los sulidores y se arrodilló
junto al lago para coger un poco de agua. Necesitaba un trago de alcohol.
Durante
ese espacio de tiempo, nadie le dirigió la palabra ni se acercó a él.
Los
nildores habían salido del agua pues comenzaba a anochecer. Habían formado
varios grupos lejos de la orilla. El festín de los sulidores continuó
ruidosamente, pero se acercaba a su fin; algunos pequeños animales carroñeros
se habían unido a la comilona y se ocupaban de la mitad inferior del cuerpo del
malidar mientras los sulidores liquidaban la otra parte.
Gundersen
miró a su alrededor en busca de Srin'gahar. Deseaba preguntarle algunas cosas.
Aún
le preocupaba el hecho de que los nildores hubiesen aceptado tan fríamente la
matanza en el lago. Comprendió que por algún motivo siempre había considerado a
los nildores más nobles que a las demás grandes bestias del planeta debido a
que no cobraban vidas salvo a causa de una provocación exacerbada y a veces ni
siquiera en esos casos. Esa era una raza inteligente libre del pecado de Caín.
De esta actitud, Gundersen extrajo una conclusión: puesto que no mataban, los
nildores considerarían el asesinato como un acto detestable, pero comprendió en
eí acto que su razonamiento era erróneo e incluso ingenuo. Los nildores no
mataban, sencillamente, porque no eran comedores de carne; la superioridad
moral que les atribuyó en ese sentido debía de ser, en realidad, un producto de
su imaginación culpable. Cayó la noche con la velocidad característica de los
trópicos. Una sola luna brillaba con luz trémula. Gundersen vio a un nildor,
creyó que era Srin'gahar y se acercó a él.
—Quiero
hacerte una pregunta, Srin'gahar, amigo de mi viaje —dijo Gundersen—. Cuando
los sulidores se metieron en el agua...
El
nildor respondió seriamente:
—Cometes
un error. Soy Thali'vanoom, del tercer nacimiento.
Gundersen
se disculpó y se alejó despavorido. Un error típicamente terrícola, pensó.
Recordó que su antiguo jefe de sector cometía el mismo error infinidad de
veces, confundía siempre a los nildores y comentaba furioso: «¡No puedo
distinguir a estos grandes cabrones! ¿Por qué no usan placas?». El insulto
definitivo, la incapacidad de reconocer a los nativos como individuos.
Gundersen siempre consideró una cuestión de principio el evitar insultos tan
injustificados. Por eso, en ese difícil momento en que dependía por completo de
ganar el favor de los nildores...
Se
acercó a un segundo nildor y en el último momento vio que tampoco se trataba de
Srin'gahar. Se alejó tan graciosamente como pudo. En el tercer intento dio
finalmente con su compañero de viaje. Srin'gahar descansaba plácidamente contra
un árbol estrecho y tenía las gruesas patas plegadas bajo el cuerpo. Gundersen
le planteó la pregunta y Srin'gahar respondió:
—¿Por
qué la visión de la muerte violenta nos asombraría? Al fin y al cabo, los
malidares carecen de g'rakh. Y es evidente que los sulidores tienen que comer.
—¿Carecen
de g'rakh'? —repitió Gundersen—. No conozco esta palabra.
—Es
la cualidad que separa a los animados de los inanimados —explicó Srin'gahar—.
Sin g'rakh, un ser es sólo una bestia.
—¿Los
sulidores tienen g'rakh?
—Por
supuesto.
—Y
los nildores también, naturalmente. Pero los malidares no. ¿Y los terráqueos?
—Está
ampliamente demostrado que los terráqueos poseen g'rakh.
—¿Y
uno puede matar libremente a un ser que carece de esa cualidad?
—Si
uno tiene necesidad de hacerlo, sí —repuso Srin'gahar—. Son materia elemental.
¿No tenéis estos conceptos en vuestro mundo?
—En
mi mundo —dijo Gundersen— sólo se le ha otorgado g'rakh a una especie y quizá
por ese motivo pensamos tan poco en estas cuestiones. Sabemos que todo lo que
no corresponde a nuestra especie debe de carecer de g'rakh.
—Por
ese motivo, cuando venís a otro planeta, ¿tenéis dificultades para aceptar la
existencia de g'rakh en otros seres? —inquirió Srin'gahar—. No hace falta que
contestes. Comprendo.
—¿Puedo
hacer otra pregunta? —agregó Gundersen—. ¿Por qué los sulidores están aquí?
—Les
permitimos hacerlo.
—En
el pasado, en la época en que la Compañía gobernaba Belzagor, los sulidores
jamás salían de la región de las brumas.
—Entonces
no les permitíamos venir aquí.
—Pero
ahora sí. ¿Por qué?
—Porque
ahora nos resulta más fácil hacerlo. Antes había dificultades.
—¿Qué
dificultades? —insistió Gundersen.
—Tendrás
que preguntárselo a alguien que haya nacido más veces que yo —replicó
Srin'gahar suavemente—. He nacido sólo una vez y para mí muchas cosas son tan
extrañas como para ti.; ¡Mira, hay otra luna en el cielo! Bailaremos a la
salida de la tercera luna.
Gundersen
levantó la mirada y vio el pequeño disco blanco que se desplazaba rápidamente a
poca altura y que, en apariencia, rozaba las copas de los árboles. Las cinco
lunas de Belzagor estaban situadas muy distantes entre sí, de modo que la más
cercana estaba apenas fuera del Límite de Roche y la más lejana tan distante
que sólo era visible a los ojos atentos en una noche clara. En cualquier
momento, en el cielo nocturno había dos o tres lunas, pero las órbitas de la
cuarta y la quinta eran tan excéntricas que nunca se las podía ver desde
extensas regiones del planeta y cruzaban la mayor parte de las zonas restantes
sólo tres o cuatro veces al año. Cada año, durante una sola noche, era posible
ver al unísono las cinco lunas a lo largo de una franja de diez kilómetros de
ancho en un ángulo de alrededor de cuarenta grados con respecto al ecuador, de
noreste a sudoeste. Gundersen fue testigo una sola vez de la noche de las Cinco
Lunas.
En
ese momento los nildores avanzaban hacia la orilla del lago.
Salió
la tercera luna y apareció girando retrógradamente desde el sur.
Entonces
volvería a verlos bailar. Con anterioridad, había visto una vez esa ceremonia,
al principio de su carrera, cuando se encontraba en las Cataratas de
Shangri-la, en los trópicos septentrionales. Aquella noche los nildores se
reunieron aguas arriba de las cataratas, en ambas orillas del río Madden, y
durante horas, después del anochecer, pudieron oírse sus gritos confusos a
pesar del rugido de las aguas. Al final Kurtz, que en esa época también estaba
destinado en Shangri-la, propuso: «¡Vamos, presenciemos el espectáculo!». Hizo
salir a Gundersen. Ello ocurrió seis meses antes del episodio en la estación de
las serpientes y Gundersen todavía no comprendía cuan extraño era Kurtz. Pero
lo comprendió rápidamente después de que Kurtz se uniera a la danza de los
nildores. Las enormes bestias formaban semicírculos irregulares, pataleaban,
trompeteaban estridentemente, haciendo estremecer el suelo, y súbitamente
apareció Kurtz entre ellos, con los brazos en alto y el pecho descubierto
perlado de sudor y brillante a la luz de las lunas, bailando tan intensamente
como cualquier nildor, lanzando imponentes y resonantes rugidos, golpeando con
los pies, agitando la cabeza. Los nildores formaron un grupo a su alrededor,
dejándole bastante espacio, permitiéndole así entrar plenamente en el frenesí,
acercándosele o separándose de él alternativamente: una sístole y diástole de
estremecedora energía. Gundersen permaneció allí en estado de estupefacción y
no se movió cuando Kurtz le llamó para que se uniese a la danza. Miró durante
lo que le parecieron varias horas, hipnotizado por el bum bum bum bum de los
nildores danzantes hasta que al final logró quebrar el trance, buscó a Kurtz y
lo encontró en incesante movimiento: una figura delgada, huesuda y esquelética
que se sacudía como un títere colgado de hilos invisibles y que, a pesar de su
gran altura, parecía frágil al moverse dentro del círculo de colosales
nildores. Kurtz no podía oír las palabras de Gundersen ni reparar en su
presencia y al final éste regresó solo a la estación. Por la mañana, encontró a
Kurtz, que parecía agotado y gastado, agazapado en el banco que daba a las
cataratas. Kurtz se limitó a decir: «Debiste quedarte. Debiste bailar».
Los
antropólogos habían estudiado esos ritos. Gundersen había leído la literatura
acerca del tema para aprender todo cuanto fuese posible. Evidentemente, la
danza estaba precedida y rodeada del drama, un episodio hablado semejante a las
obras de misterio medievales de la Tierra, una nueva representación teatral de
algún mito nildor sumamente importante que servía de forma de entretenimiento y
de experiencia religiosa extática. Por desgracia, el idioma del drama era una
lengua litúrgica obsoleta de la cual los terráqueos no entendían una sola
palabra y los nildores, que no habían dudado en enseñar a los primeros
visitantes nacidos en la Tierra su idioma moderno relativamente simple, jamás
habían ofrecido la menor pista con respecto a la otra. Los antropólogos habían
observado un detalle que ahora a Gundersen le resultó alentador: de manera
invariable, pocos días después de la representación de ese rito, algunos grupos
de nildores del rebaño que lo llevaba a cabo emprendía el camino de la región
de las brumas, presumiblemente para someterse al renacimiento.
Gundersen
se preguntó si el rito podía ser una ceremonia de purificación, un modo de
alcanzar un estado de gracia antes de someterse al renacimiento.
Todos
los nildores se habían reunido a la vera del lago. Srin'gahar fue uno de los
últimos en acercarse. Gundersen permaneció solitario en la ladera de arriba de
la cuenca y observó la reunión de los corpulentos seres. Los movimientos
divergentes de las lunas fragmentaban las sombras de los nildores y la luz fría
del cielo convertía sus pieles suaves y verdes en mantos negros y peludos.
Gundersen miró hacia la izquierda y vio a los sulidores en cuclillas delante de
sus chozas, excluidos de la ceremonia aunque, al parecer, no tenían prohibido
verla.
En
medio del silencio se oyó un torrente lento, claro y enérgico de palabras.
Gundersen hizo esfuerzos para oír, intentó captar algún indicio con relación al
significado y buscó un recurso mágico que le permitiera llegar a la comprensión
de ese idioma secreto. Pero no lo logró. Vol'himyor, el anciano nacido muchas
veces, era el orador y recitaba palabras evidentemente conocidas por todos los
que estaban en el lago: una invocación, un introito. Luego hubo un prolongado
silencio y después llegó la respuesta de un segundo nildor situado en el otro
extremo del grupo, nildor que repitió exactamente los ritmos y las
tortuosidades del recitado de Vol'himyor. Silencio de nuevo y luego la
respuesta de Vol'himyor, dicha más vigorosamente. El centro de la ceremonia pasó
de un extremo a otro y la interacción entre ambos celebrantes se convirtió en
algo que, para los nildores, constituía un diálogo sorprendentemente rápido.
Cada diez versos el rebaño en su totalidad repetía las palabras de uno de los
celebrantes y enviaba oscuros reverberos a la noche.
Después
de unos diez minutos, se escuchó la voz de un tercer nildor. Vol'himyor
replicó. Un cuarto orador se dedicó a declamar. Ahora los versos aislados
surgían en rápido estallido por parte de muchos miembros de la congregación.
Nadie perdía el ritmo, ningún nildor se entrometía en el texto de otro. Todos
parecían saber intuitivamente en qué momento debían intervenir y en cuál
guardar silencio. El tempo se aceleró. La ceremonia se había convertido en un
mosaico de breves letanías emitidas desde cualquier parte del grupo, en
rotación azarosa. Algunos nildores se habían levantado y se movían lentamente
en sus sitios, levantaban las patas y volvían a apoyarlas.
Los
relámpagos atravesaron el firmamento. A pesar de la sofocante atmósfera,
Gundersen sintió un escalofrío. Se vio a sí mismo como un trotamundos en una
Tierra prehistórica, espiando un grotesco cónclave de mastodontes. Ahora todos
los asuntos humanos parecían infinitamente lejanos. El drama crecía hacia una
especie de clímax. Los nildores bramaban, pataleaban, se llamaban con tremendos
resoplidos. Iniciaron una formación y se reunieron en hileras separadas entre
sí. Aún se oían declamaciones y respuestas, amplificaciones antifonales de
palabras cargadas de un extraño significado. La atmósfera se tornó más húmeda y
Gundersen ya no podía oír palabras individuales, sólo acordes ricos y profundos
de gruñidos corales, ah ah ah ah, ah ah ah ah, el viejo ritmo que recordaba
desde aquella lejana noche en las Cataratas de Shangri-la. Ahora era un sonido
inspirador y jadeante, extático, una serie incesante y alegre de exhalaciones —
ah ah ah ah, ah ah ah ah, ah ah ah ah—, haciendo apenas una pausa entre cada
grupo de cuatro sonidos. Toda la selva parecía resonar. Los nildores carecían
de instrumentos musicales, pero a Gundersen le pareció que enormes tambores
emitían ese ritmo hipnóticamente intenso. Ah ah ah ah; Ah ah ah ah. ¡AH AH AH
AH! ¡AH AH AH AH!
Y
los nildores danzaban.
Abajo,
en la orilla del lago, se movían veintenas de grandes sombras oscuras que
corveteaban como gacelas, corrían dos pasos hacia adelante, se frenaban en el
tercero y recuperaban el equilibrio en el cuarto. El universo tembló. Bum bum
bum bum, bum bum bum bum. La etapa anterior de la ceremonia —el diálogo
dramático que pudo ser una especie de sutil disquisición filosófica— había
cedido totalmente el paso a ese aporreo primitivo, a ese arrastre aterrorizante
de cuerpos gigantescos y mastodónticos. Bum bum bum bum. Gundersen miró a la
izquierda y vio extasiados a los sulidores, meneando de un lado a otro sus
cabezas peludas al son de la danza. Ninguno de los bípedos había abandonado su
posición de piernas cruzadas. Se contentaban con mecerse, menear la cabeza y
golpear de vez en cuando el suelo con los codos.
Gundersen
quedó aislado de su propio pasado e incluso del sentido de su propio parentesco
con su especie. Emergieron recuerdos inconexos. Estaba de nuevo en la estación
de las serpientes, prisionero del veneno alucinatorio y se sentía convertido en
un nildor que corcoveaba pesadamente en medio de la arboleda. Otra vez se
encontraba a la vera del gran río, otra vez era testigo de la misma danza.
También recordó noches pasadas en la seguridad de las estaciones de la Compañía
en lo más denso del bosque, junto a los de su propia especie, cuando habían
oído el sonido de patas que golpeaban en la lejanía. En esas ocasiones
Gundersen se había apartado de todo lo extraño que ese planeta le ofrecía:
había pedido el traslado de la estación de las serpientes en lugar de probar el
veneno por segunda vez, había rechazado la invitación de Kurtz para participar
en la danza y había permanecido en el interior de las estaciones cuando en el
bosque comenzaron los aporreos rítmicos. Pero esa noche sentía muy poca lealtad
hacia la humanidad. Descubrió que anhelaba unirse a ese incomprensible frenesí
de las tinieblas que se desarrollaba a orillas del lago. Algo monstruoso corría
libremente en su interior, liberado por la incesante repetición de ese bum bum
bum bum. ¿Qué derecho tenía a inmiscuirse como Kurtz en una ceremonia ajena? No
se atrevía a intervenir en ese ritual.
De
todos modos, descubrió que bajaba por la ladera esponjosa hacia el sitio donde
los nildores reunidos corcoveaban.
Si
podía considerarlos solamente como elefantes saltarines y refunfuñantes, todo
estaría bien. Si era capaz incluso de considerarlos como unos salvajes que
armaban jaleo, todo estaría bien. Pero le resultaba imposible no suponer que
esa ceremonia de palabras y danzas contenía complejos significados para ese
pueblo, y eso era lo peor de todo. Podían tener patas gruesas, cuellos cortos y
trompas largas y colgantes, pero eso no los convertía en elefantes ya que sus
colmillos triples, sus copetes erizados de púas y sus extrañas anatomías
demostraban lo contrario; podían carecer de tecnología, carecer incluso de una
lengua escrita, pero ello no los convertía en salvajes pues la complejidad de
sus mentes demostraba lo contrario. Se trataba de seres que poseían g'rakh.
Gundersen recordó que inocentemente había intentado enseñar a los nildores las
artes de la cultura terrícola con el fin de ayudarlos a «elevarse»; había
querido humanizarlos, ensalzar sus espíritus, pero no había logrado nada y
ahora descubrió que su propio espíritu era arrastrado —¿hacia abajo?— sin duda
hacia el nivel de ellos, fuese cual fuese. Bum bum bum bum. Sus pies ejecutaron
vacilantes el «paso de cuatro» mientras bajaba por la pendiente hacia el lago.
¿Se atrevía? ¿Lo aplastarían por blasfemo?
A
Kurtz le habían permitido bailar. A Kurtz le habían permitido bailar.
Había
ocurrido en otra latitud, hacía mucho tiempo, y los participantes fueron otros
nildores, pero a Kurtz le habían permitido bailar.
—Sí
—le gritó un nildor—. ¡Ven a bailar con nosotros!
¿Era
Vol'himyor? ¿Era Srin'gahar? ¿Era Thali'vanoom del tercer nacimiento? Gundersen
no sabía quién de ellos había hablado. En la oscuridad, en la sudorosa bruma,
no veía con claridad y todas esas formas gigantes le parecían idénticas. Llegó
al final de la pendiente. Los nildores le rodeaban y le abrían paso de una
punta a otra del lago. Sus cuerpos emitían olores acres que, mezclados con los
vapores del lago, ahogaban y mareaban a Gundersen. Oyó que varios le decían:
—¡Si,
sí, baila con nosotros!
Y
danzó.
Encontró
una zona libre de terreno pantanoso y se apoderó de ella, avanzó, retrocedió y
pisó y volvió a pisar su pequeño espacio presa del fervor. Ningún nildor se le
acercó. Agitaba la cabeza, ponía los ojos en blanco, balanceaba los brazos,
mecía y hamacaba su cuerpo mientras los pies le transportaban incansablemente.
Ahora aspiró el aire denso. Gritó en lenguas extrañas. Su piel parecía
incendiada y se quitó la ropa, pero no percibió ninguna diferencia. Bum bum bum
bum. Incluso en ese momento, persistía un fragmento de su viejo desarraigo, lo
suficiente para maravillarse del espectáculo de sí mismo danzando desnudo en
medio de un rebaño de bestias gigantes y extrañas. ¿Acaso ellos, en sus
arrebatos finales de pasión, invadirían su terreno y le aplastarían en el
fango? Seguramente era peligroso permanecer allí, en medio del rebaño. Pero se
quedó. Bum bum bum bum, una vez y otra y otra. En uno de sus giros, observó,
gracias a la resplandeciente luz refractada de las lunas, que los malidares
mascaban plácidamente las malas hierbas, sin hacer caso del frenesí
circundante; Ellos carecen de g'rakh pensó. Son bestias y, cuando mueren, sus
espíritus abatidos descienden a las entrañas de la tierra. Bum bum bum bum.
Notó
que unas sombras satinadas se deslizaban por el terreno y se movían
cautelosamente entre las hileras de nildores danzantes. ¡Las serpientes! El
fuerte son de los aporreos con las patas las había atraído desde los tupidos
claros en los que vivían.
Los
nildores permanecieron totalmente impávidos ante el movimiento de esos gusanos
letales. Una sola cuchillada de las dos púas erizadas derribaría incluso a un
nildor poderoso, pero no le daban importancia. Al parecer, las serpientes eran
bien recibidas. Se deslizaron hacia Gundersen, que sabía que el veneno no
significaba un peligro mortal para él, pero no deseaba volver a probarlo. De
todos modos, no modificó el ritmo de su danza mientras cinco de esos seres
gruesos y rosados se retorcieron a su lado. No le tocaron.
Las
serpientes pasaron y desaparecieron. Pero el bullicio continuaba. Y todo seguía
temblando. El corazón de Gundersen martilleaba pero no se detuvo. Se entregó
plenamente, se fundió con los que le rodeaban y compartió tan profundamente
como pudo la intensidad de la experiencia.
Las
lunas se pusieron. Las primeras vetas del amanecer mancharon el cielo.
Gundersen
descubrió que ya no podía oír el trueno de las patas. Bailó solo. Los nildores
se habían acomodado a su alrededor y de nuevo era posible oír sus voces en esa
letanía extraña e ininteligible. Hablaban quedamente pero con apasionamiento.
Ya no podía seguir el hilo de sus palabras: todo se fundió en un rugido
retumbante de tonos, sin definición ni forma. Incapaz de detenerse, se sacudió
y agitó en medio de sus giros obsesivos hasta el momento en que sintió la
caricia del sol matinal.
Entonces
cayó agotado, permaneció inmóvil y se durmió.
Gundersen
despertó poco después del mediodía. El campamento había reanudado su vida
normal; un numeroso grupo de nildores se había metido en el lago, unos pocos
mascaban la vegetación de la cumbre de la pendiente y la mayoría descansaba a
la sombra. El único indicio del frenesí de la noche anterior se veía en la
turba esponjosa cercana a la orilla del lago, la cual estaba muy desgastada y
rasgada.
Gundersen
se sentía rígido y embotado. También estaba avergonzado, con la perplejidad de
alguien que se ha metido demasiado ávidamente en la diversión de otro ser.
Apenas podía creer que había hecho lo que sabía que había hecho. Preso de
semejante vergüenza, sintió el impulso de abandonar de inmediato el campamento,
antes de que los nildores pudieran mostrar su desprecio por un terráqueo capaz
de dejarse esclavizar por sus ritos, de quedar seducido por sus conjuros. Pero
puso trabas a esa idea y recordó que su presencia allí tenía un objetivo. Cojeó
hacia el lago y vadeó las aguas hasta que le llegaron al pecho. Se mojó
frotándose el sudor de la noche anterior. Al salir encontró su ropa y se
vistió.
Un
nildor se acercó y le dijo:
—Vol'himyor
hablará ahora contigo.
El
nacido muchas veces se encontraba en la mitad de la pendiente. Al llegar ante
él, Gundersen no logró recordar las palabras de ninguna de las fórmulas de
saludo, por lo que miró ásperamente al anciano nildor hasta que éste dijo:
—Bailas
bien, mi amigo nacido una vez. Bailas con alegría. Bailas con amor. Bailas como
un nildor, ¿lo sabes?
—No
me resulta fácil comprender lo que me ocurrió anoche —se justificó Gundersen.
—Nos
demostraste que nuestro mundo ha atrapado tu espíritu.
—¿Fue
ofensivo que un terráqueo bailara entre vosotros?
—Si
hubiese sido ofensivo —replicó Vol'himyor lentamente—, no habrías bailado entre
nosotros. —Se produjo un prolongado silencio y a continuación el nildor dijo—:
Nosotros dos haremos un trato. Te daré permiso para ir a la región de las
brumas. Permanece allí hasta que estés listo para volver. Pero cuando regreses,
trae contigo al terráqueo conocido con el nombre de Cullen y ofrécele el
campamento de nildores más septentrional, el primero de mi pueblo que
encontrarás. ¿Queda acordado?
—¿Cullen?
—preguntó Gundersen. Por su mente pasó la imagen de un hombre bajo, delgado, de
cara ancha, pelo dorado y ojos de color verde claro—. ¿Cedric Cullen? ¿El que
estuvo aquí mientras yo estuve aquí?
—El
mismo.
—Trabajó
conmigo cuando estuve en la estación del Mar de Polvo.
—Ahora
vive en la región de las brumas —dijo Vol'himyor— y ha ido sin permiso. Lo
buscamos.
—¿Qué
ha hecho?
—Es
culpable de un delito grave. Se ha refugiado entre los sulidores, donde no
podemos acceder a él. Si nosotros mismos lo recogiésemos, violaríamos nuestro
pacto con los sulidores. Pero podemos pedirte que lo hagas.
Gundersen
frunció el ceño.
—¿No
me explicarás la naturaleza de su delito?
—¿Tiene
importancia? Lo buscamos. Nuestros motivos no son insignificantes. Te pedimos
que nos lo traigas.
—Pides
a un terráqueo que coja a otro y lo entregue para ser castigado —dijo
Gundersen—. ¿Cómo puedo saber de qué lado está la justicia?
—¿Acaso
no somos los jueces de este planeta, según el tratado de retirada? —inquirió el
nildor. Gundersen reconoció que sus palabras se atenían a la verdad —Entonces
tenemos derecho a tratar a Cullen como se merece —agregó Vol'himyor.
Desde
luego, ello no volvía correcto el hecho de que Gundersen actuase como
intermediario en la entrega de su viejo camarada a los nildores. Pero la
amenaza implícita de Vol'himyor era evidente: haz lo que queremos o no te
otorgaremos favores.
Gundersen
preguntó;
—¿Qué
castigo recibirá Cullen si queda bajo vuestra custodia?
—¿Castigo?
¿Castigo? ¿Quién habla de castigo?
—SÍ
el hombre es un delincuente...
—Deseamos
purificarlo —explicó el nacido muchas veces—. Queremos purificar su espíritu.
No creemos que eso sea un castigo. —¿Le haréis daño físicamente? —Ni pensarlo.
—¿Pondréis fin a su vida? —¿Hablas en serio? Claro que no. —¿Lo encarcelaréis?
—Lo tendremos bajo custodia mientras dure el rito de purificación —respondió
Vol'himyor—. Creo que no llevará mucho tiempo. Será rápidamente liberado y nos
estará agradecido.
—Te
pido una vez más que me expliques la naturaleza de su delito.
—El
mismo te lo dirá —contestó el nildor—. No es necesario que yo confiese por él.
Gundersen
evaluó todos los aspectos de la cuestión. Poco después dijo:
—Acepto
tu propuesta, nacido muchas veces, pero sólo si me permites agregar algunas
cláusulas.
—Adelante.
—Si
Cullen no me explica la naturaleza de su delito, quedo libre de la obligación
de entregarlo.
—Aceptado.
—Si
los sulidores ponen reparos a que me lleve a Cullen de la región de las brumas,
también quedo libre de mis obligaciones.
—No
pondrán reparos, pero acepto.
—Si
Cullen ha de ser sometido por la violencia a fin de traerlo, quedo libre.
El
nildor vaciló un instante y finalmente respondió:
—Aceptado.
—No
tengo nada más que plantear —terminó por aceptar Gundersen.
—Entonces
trato hecho —dijo Vol'himyor—. Puedes iniciar hoy tu viaje al norte. Cinco de
nuestros nacidos una vez también han de viajar a la región de las brumas pues
les ha llegado el momento del renacimiento y, si lo deseas, te acompañarán y
protegerán a lo largo del camino. Entre ellos está Srin'gahar, al que ya
conoces.
—¿Les
resultará molesto tenerme con ellos?
—Srin'gahar
ha pedido especialmente el privilegio de servirte como protector — respondió
Vol'himyor—. Pero no te obligaremos a aceptar su ayuda si prefieres hacer el
viaje solo.
—Será
un honor para mí contar con su compañía —afirmó Gundersen,
—Entonces,
así sea.
Un
nildor viejo llamó a Srin'gahar y a los otros cuatro que emprenderían el camino
del renacimiento. Gundersen se alegró al confirmar los datos existentes: una
vez más, la danza frenética de los nildores había precedido a la partida de un
grupo para la ceremonia de renacimiento.
También
le satisfizo el hecho de que contaría con una escolta de nildores en el viaje
hacia el norte. El tratado sólo contenía un aspecto oscuro: el que implicaba a
Cedric Cullen. Deseó no haber prometido cambiar la libertad de otro terráqueo
por su salvoconducto. Pero quizá Cullen había hecho algo realmente aborrecible,
algo que merecía castigo... o purificación, como decía Vol'himyor. Gundersen no
comprendía de qué modo ese hombre normalmente risueño pudo convertirse en un
delincuente y un fugitivo, pero Cullen había vivido mucho tiempo en ese planeta
y la rareza de los mundos extraños finalmente corroía hasta a las almas más
despiertas. De todos modos, Gundersen sentía que había abierto bastantes
salidas honrosas para sí mismo en el caso de que necesitara eludir su pacto con
Vol'himyor.
Srin'gahar
y Gundersen se apartaron para organizar la marcha.
—¿A
qué lugar de la región de las brumas te propones ir? —preguntó el nildor.
—A
ninguno en especial. Sólo quiero entrar en la región. Supongo que tendré que ir
a donde está Cullen.
—Sí,
pero como no sabemos exactamente dónde está; tendremos que esperar a llegar
para enterarnos. ¿Piensas visitar algunos lugares en especial durante la marcha
hacia el norte?
—Quiero
detenerme en las estaciones terráqueas —repuso Gundersen—. Especialmente en las
Cataratas de Shangri-la. Mi idea consiste en seguir el río Madden en dirección
noroeste y...
—Esos
nombres me resultan desconocidos.
—Lo
siento. Supongo que han vuelto a adoptar los nombres en nildororu. No los
conozco. Espera... —Gundersen cogió un palo y trazó en el barro un mapa
apresurado pero útil del hemisferio occidental de Belzagor. En la cintura del
disco dibujó la gruesa ringlera de los trópicos. A la derecha abrió una curva
para señalar el océano y a la izquierda esbozó el Mar de Polvo. Por encima y
por debajo de los trópicos trazó unas líneas más delgadas que representaban las
regiones norteña y sureña de las brumas y después de éstas marcó los
gigantescos casquetes de hielo. Señaló con una X el puerto espacial y el hotel
de la costa y desde allí trazó una serpenteante línea ascendente que cruzaba
los trópicos hasta internarse en la región norteña de las brumas con el fin de
indicar el río Madden. En la mitad de esa línea marcó un punto para señalar las
Cataratas de Shangri-la—. Bien —dijo Gundersen— si sigues la punta del palo...
—¿Qué
son esas marcas en el suelo? —preguntó Srin'gahar.
Un
mapa de tu planeta, deseó responder Gundersen. Pero mentalmente no encontró
ninguna palabra en nildororu que quisiera decir «mapa». También descubrió que
no había vocablos que representaran «imagen», «dibujo» y conceptos semejantes.
Dijo débilmente:
—Éste
es tu planeta. Es Belzagor, o mejor dicho, la mitad de Belzagor. Mira, éste es
el océano y el sol sale por aquí y...
—¿Cómo
es posible que esto, que esas marcas sean mi mundo si mi mundo es tan grande?
—Es
como tu mundo. Cada una de estas líneas representa un lugar de tu mundo. Mira,
aquí está el gran río que nace en la región de las brumas y baja hasta la
costa, donde está el hotel, ¿comprendes? Y esta marca es el puerto espacial.
Esas dos líneas separan la parte superior e inferior de la región norteña de
las brumas. El...
—Un
sulidor fuerte ha de realizar una marcha de muchos días para atravesar la
región norteña de las brumas —le interrumpió Srin'gahar—. No comprendo cómo
puedes señalar un espacio tan pequeño y decirme que es la región norteña de las
brumas. Discúlpame, amigo de mi viaje, soy muy estúpido.
Gundersen
hizo un nuevo esfuerzo e intentó comunicarle el significado, de las marcas en
el terreno. Pero Srin'gahar era incapaz de asimilar la idea de un mapa y no
podía darse cuenta de que unas líneas garabateadas representasen lugares.
Gundersen pensó en pedir ayuda a Vol'himyor pero renunció a la idea cuando
comprendió que quizás éste tampoco comprendiera; sería un desatino poner de
relieve la ignorancia del nacido muchas veces. El mapa era una metáfora de
lugar, una abstracción de la realidad. Evidentemente, incluso los seres que
poseían g'rakh podían carecer de la capacidad del pensamiento abstracto.
Pidió
disculpas a Srin'gahar por su incapacidad para expresar claramente los
conceptos y borró el mapa con la bota. Sin éste, la planificación de la marcha
se tornó algo más difícil, pero encontraron formas de comunicarse. Gundersen
aprendió que el gran río en cuya desembocadura se alzaba el hotel se llamaba
Seran'nee en nildororu y que el sitio donde éste caía de las montañas hasta la
llanura costera —que los terráqueos conocían como Cataratas de Shangri-la— era
Du'jayukh para los nildores. Entonces les resultó fácil ponerse de acuerdo para
seguir el Seran'nee hasta su nacimiento, haciendo una parada en Du'jayukh y en
cualquier otro poblado de terráqueos que encontrasen en el camino hacia el
norte.
Mientras
decidían este asunto, varios sulidores llevaron a Gundersen un desayuno tardío
de frutas y pescado del lago, exactamente como si reconocieran su autoridad
bajo el gobierno de la Compañía.
Fue
un gesto curiosamente anacrónico, casi servil, que en modo alguno se parecía a
la forma en que el día anterior le habían arrojado un trozo de carne cruda de
malidar. Entonces lo habían puesto a prueba, incluso se habían burlado de él,
pero ahora le presentaban sus respetos. Se sintió incómodo, pero estaba muy
hambriento y pidió a Srin'gahar que le enseñara a decir gracias en solidororu.
De todos modos, no vio indicios de que los potentes bípedos se sintieran
satisfechos, halagados o divertidos cuando utilizó su idioma.
Iniciaron
la travesía al caer la tarde. Los cinco nildores avanzaban en fila india y
Srin'gahar cerraba la retaguardia con Gundersen en su lomo. Al parecer, el
terráqueo no representaba la más mínima carga para él. El sendero que los
llevaba al norte bordeaba la gran hendidura y las montañas que protegían la
meseta central se alzaban a su izquierda. Gundersen observó la meseta a la luz
del sol poniente. Allá abajo, en el valle, el entorno mostraba cierta
familiaridad: al margen de las plantas y animales nativos, prácticamente podría
estar en alguna selva húmeda de América del Sur. Pero la meseta parecía
realmente extraña. Gundersen miró las densas marañas de musgo purpúreo y
erizado que festoneaban y casi asfixiaban los árboles que bordeaban la parte
superior de la pared de la grieta. La forma en que esa vegetación parasitaria
ahogaba a sus anfitriones le resultó espantosa. La pared misma, de roca
resbaladiza de color verdigris, cubierta con agresivas manchas de liquen
carmesí y puntuada cada pocos centenares de metros por largos y pegajosos hilos
de un hongo azul entumecido, voceaba su pertenencia a otro mundo: el mineral
blando jamás había sentido el impacto de las gotas de lluvia, pero la humedad
lo había tallado y modelado suavemente, de modo que con el correr de los
milenios adquirió nudosidades y huecos extraños. En ningún lugar de la Tierra
se podía ver una pared rocosa como esa: serpenteante, intrincada y grasienta.
El
bosque que surgía más allá de la pared parecía impenetrable y remotamente
siniestro. El silencio, la atmósfera cargada y pesada, la sensación de
tenebrosa rareza, las ramas flexibles de los árboles lustrosos que el musgo
inclinaba casi hasta el suelo y el bufido ocasional y lejano de alguna bestia
gigantesca, daban un aspecto inabordable y hostil a la meseta central. Pocos
terráqueos habían entrado allí y nunca se inspeccionó la zona en detalle. En
una ocasión, la Compañía hizo planes para limpiar grandes superficies de selva
y crear colonias agrícolas, pero nada plasmó en la realidad a causa de la
retirada. Gundersen sólo había estado una vez en la región mesetaria, pero fue
por accidente, cuando el piloto tuvo que realizar un aterrizaje forzoso viajando
desde el cuartel general de la costa hasta el Mar de Polvo.
Seena
estaba con él. Pasaron una noche y un día en ese bosque. Ella se mostró
aterrorizada desde el momento del aterrizaje y Gundersen la consoló de un modo
clásico y viril, pero descubrió que su terror era contagioso. La muchacha
tembló cuando ocurrió una cosa extraña tras otra y poco después Gundersen
también estaba a punto de temblar. Observaron fascinados y asqueados a un
ejército de incontables insectos de cuerpos hexagonales e iridiscentes y patas
largas y peludas que avanzó con maníaca persistencia por un extenso campo de
musgo atigrado; las bocas salvajes de las plantas carnívoras destrozaron y
devoraron durante horas a los insectos brillantes, pero la horda seguía
avanzando hacia su propia destrucción. Al final, el musgo estaba tan harto que
inició un proceso de esporulación, hinchándose cancerosamente y escupiendo al
aire nubes lácteas de cuerpos reproductores. Por la mañana, el campo de musgo
estaba desinflado y desvalido y unos minúsculos reptiles verdes de lengua
raspante aparecieron para devorar hasta el último hilo, limpiando el terreno
para el surgimiento de una nueva generación de flora. Después aparecieron las
cosas plumadas parecidas a jalea, de rayas azules y rojas, que colgaban en
ondeante cascada de los árboles más altos y atrapaban a los incautos animales
voladores. Y corpulentas bestias de piel correosa, grandes como rinocerontes,
que tenían laberintos de astas azules con púas entrelazadas, rascaban la tierra
en busca de raíces a una docena de metros de su campamento y miraban agriamente
a los extraños de la Tierra. Y apacentadores de cuello largo y ojos como
balizas, que masticaban las hojas altas y lanzaban enormes chorros de orina
púrpura por las aberturas situadas en la base de sus gargantas tensas. Y seres
oscuros y gordos, semejantes a nutrias, que corrían parloteantes junto a los
terráqueos varados y robaban todo lo que estuviese a su alcance. También los
visitaron otros animales. Ese planeta, que no había conocido la mano del
cazador, rebosaba de grandes mamíferos. En un día y una noche, Seena, el piloto
y él vieron más cosas grotescas de las que esperaban cuando aceptaron cumplir
un servicio extraterrestre.
—¿Has
estado aquí alguna vez? —preguntó Gundersen a Srin'gahar cuando la noche
comenzó a cubrir la pared de la hendidura.
—Nunca.
Mi pueblo rara vez entra en esta zona.
—Alguna
vez, al sobrevolar la meseta, vi algunos campamentos de nildores. No a menudo
sino algunas veces. ¿Quieres decir que tu pueblo ya no viene aquí?
—No
—replicó Srin'gahar—. Unos pocos de nosotros necesitamos ir a la meseta, pero
la mayoría no. A veces el alma se pone aceda y uno debe cambiar de entorno. Si
no estás preparado para el renacimiento, vas a la meseta. Allí es más fácil
confrontar tu propia alma y analizarla en busca de fallos. ¿Entiendes lo que
digo?
—Creo
que sí —dijo Gundersen—. Entonces es como un lugar de peregrinación... un lugar
de purificación.
—En
cierto sentido.
—¿Por
qué los nildores nunca se establecieron de manera permanente allí arriba? Hay
alimentos de sobra... el clima es cálido...
—No
es un lugar donde gobierne la g'rakh —explicó el nildor.
—¿Es
peligroso para los nildores? ¿Hay animales salvajes, plantas venenosas, algo
por el estilo?
—No,
yo no diría eso. No tememos a la meseta y en este planeta no hay ningún lugar
peligroso para nosotros. Pero la meseta no nos interesa, salvo a aquellos que
tienen esa necesidad especial de la que te he hablado. Como digo, la g'rakh es
ajena a la meseta. ¿Para qué ir allí? Tenemos bastante espacio en las tierras
bajas.
La
meseta es demasiado extraña incluso para ellos, pensó Gundersen. Prefieren su
pequeña y hermosa selva. ¡Qué curioso!
No
se lamentó cuando la oscuridad ocultó la meseta.
Esa
noche acamparon junto a una corriente de agua caliente y silbadora. Sin duda
las aguas surgían de una de las calderas subterráneas comunes en esa zona del
continente; Srin'gahar explicó que el nacimiento no estaba muy lejos, en
dirección norte. Las nubes de vapor surgían de las aguas agitadas; el agua,
rosada a causa de los microorganismos que viven a altas temperaturas,
burbujeaba y hervía. Gundersen se preguntó si Srin'gahar había elegido esa
parada especialmente para él, ya que los nildores no utilizaban agua caliente
pero los terráqueos evidentemente necesitaban de ella.
Se
lavó la cara, sintiendo un extraordinario placer al hacerlo, y después
complementó su cena de cápsulas alimenticias y frutas frescas con un guiso de
raíces de bayas verdes, deliciosas una vez hervidas y venenosas de otro modo.
Para protegerse mientras dormía, Gundersen utilizó una manta monomolecular que
había guardado en su mochila, su único equipaje para la travesía. Estiró la
manta sobre un trípode de ramas a fin de ahuyentar a las polillas nocturnas y a
otros insectos dañinos y se tumbó debajo. El terreno, tupidamente herboso,
formaba un excelente colchón.
Los
nildores no parecían predispuestos a la conversación. Le dejaron solo. Con
excepción de Srin'gahar, todos se trasladaron varios cientos de metros
corriente arriba para pasar la noche. Srin'gahar se acomodó protectoramente a
poca distancia de Gundersen y le deseó un buen descanso.
—¿Te
gustaría charlar un rato conmigo? —preguntó Gundersen—. Me interesa saber
algunas cosas sobre el proceso de renacimiento. Por ejemplo, ¿cómo sabes que te
ha llegado el momento? ¿Es algo que sientes en tu interior o sólo se trata de
alcanzar cierta edad? ¿Tú has...? —Notó que Srin'gahar no le prestaba atención.
El nildor había caído en lo que podía ser un profundo trance y yacía totalmente
inmóvil.
Gundersen
se encogió de hombros, se acomodó de lado y se dispuso a dormir, pero el sueño
tardó mucho en llegar.
Meditó
un buen rato en los términos según los cuales se le había permitido realizar
ese viaje al norte. Tal vez otro nacido muchas veces le habría permitido ir a
la región de las brumas sin estipular la condición de que trajese a Cedric
Cullen; quizá no le habrían otorgado un salvoconducto. Gundersen sospechó que
el resultado habría sido el mismo fuera cual fuese el campamento de nildores al
que hubiese ido para solicitar el permiso de viaje. A pesar de que los nildores
carecían de comunicación a larga distancia, de estructura gubernamental en el
sentido terráqueo y de que, como raza, no tenían más coherencia que una
población de bestias selváticas, eran excepcionalmente capaces de mantenerse en
contacto y de asumir una política común.
¿Qué
había hecho Cullen para que lo buscasen con tanto afán?, se preguntó Gundersen.
En otra época, Cullen había parecido abrumadoramente normal: un hombre alegre,
afable y rubicundo que coleccionaba insectos, no hablaba groseramente y
aguantaba bien la bebida. Doce años atrás, cuando Gundersen era agente
principal en Punta de Fuego, en el Mar de Polvo, Cullen había sido su ayudante.
Transcurrieron infinidad de meses en que ambos estaban solos y Gundersen supuso
que había llegado a conocerlo bastante bien. Cullen no pensaba hacer carrera
dentro de la Compañía; dijo que había firmado un contrato de seis años, que no
lo renovaría y que después dé cumplir ese período en el Planeta de Holman
pensaba aceptar un cargo universitario. Sólo estaba allí para ampliar
conocimientos y por el prestigio que supone tener un historial de servicio
extraterrestre. Pero cuando la situación política de la Tierra se tornó
compleja y la Compañía se vio obligada a retirarse de la gran cantidad de
planetas que había colonizado, Gundersen —al igual que la mayor parte de las
quince mil personas de la Compañía que estaban allí— aceptó el traslado a otra
misión. Para desconcierto de Gundersen, Cullen figuraba entre los pocos que
eligieron quedarse, a pesar de que significaba cortar los lazos con el planeta
natal. Gundersen no le preguntó por qué tomó esa decisión: uno no discutía esas
cuestiones. Pero parecía extraña.
Vio
claramente a Cullen en su memoria, persiguiendo bichos por el Mar de Polvo, la
botella matadora rebotando en la cadera, saltando por los salientes rocosos: en
realidad, parecía un muchacho demasiado crecido. La belleza del Mar de Polvo le
pasó totalmente desapercibida. Ninguna zona del planeta era más profundamente
extraña ni espectacular: un lecho oceánico seco, de mayor tamaño que el
Atlántico, cubierto por una gruesa capa de pequeños fragmentos de mineral
cristalino que brillaban como espejos cuando les daba el sol. Desde la estación
de Punta de Fuego, se podía ver la luz matinal que avanzaba por el este como un
río en llamas y se derramaba hasta que todo el desierto resplandecía. Los
cristales absorbían energía durante todo el día y la emitían por la noche, de
modo que incluso en el crepúsculo ese brillo extraño se alzaba nítidamente y,
una vez caída la noche, un palpitante resplandor púrpura persistía durante
horas. La Compañía había extraído una docena de distintos metales preciosos y
una treintena de variedades de piedras preciosas y semipreciosas de ese
desierto casi sin vida pero indescriptiblemente hermoso. Las máquinas
extractoras salían de la estación para realizar rondas de largo alcance, molían
la hermosura y retornaban con tesoros; poco era lo que un agente podía hacer
allí salvo tener al día el inventario de las crecientes riquezas y recibir a
los grupos de turistas que iban a contemplar el esplendor de la zona. Gundersen
se había aburrido muchísimo y hasta las glorias del paisaje le resultaron
tediosas, pero Cullen, para quien el desierto incandescente sólo era una
brillante molestia, reanudó su pasatiempo a manera de entretenimiento y llenó
una botella tras otra con insectos. ¿Acaso las máquinas extractoras seguían en
el Mar de Polvo, a la espera de recibir la orden de reanudar las operaciones?,
pensó Gundersen. Si la Compañía no se las había llevado después de la retirada,
seguramente pasarían allí una eternidad, inútiles y sin oxidarse en medio de
los horribles canales que habían abierto. Las máquinas habían excavado la capa
cristalina hasta llegar a la capa inferior de basalto opaco y habían vomitado
montones de desechos y escombros mientras extraían riquezas. Probablemente la
Compañía había dejado esas cosas a modo de monumentos en homenaje al comercio.
Dado que la maquinaria era barata y el transporte interestelar costoso, ¿para
qué molestarse en retirarlas? En una ocasión, Gundersen había dicho: «Dentro de
mil años, el Mar de Polvo estará destruido y aquí sólo habrá cascajos si esas máquinas
siguen horadando la roca al ritmo actual». Cullen se había encogido de hombros,
sonreído y dicho: «Bueno, uno no tendrá que usar gafas oscuras en cuanto el
resplandor infernal haya desaparecido, ¿no?». Ahora la violación del desierto
estaba consumada y las máquinas permanecían quietas; ahora Cullen era fugitivo
en la región de las brumas y le buscaban por un delito tan terrible que los
nildores ni siquiera lo nombraban.
Cuando
por la mañana reemprendieron la marcha fue Srin'gahar, excepcionalmente, quien
inició el diálogo:
—Háblame
de los elefantes, amigo de mi viaje. ¿Qué aspecto tienen y cómo viven?
—¿Dónde
oíste hablar de los elefantes?
—Los
terráqueos del hotel los mencionaron. También en el pasado he oído esa palabra.
Son seres de la Tierra que se parecen a nosotros los nildores, ¿no es así?
—Existen
algunas semejanzas —reconoció Gundersen.
—¿Semejanzas
profundas?
—Hay
muchas similitudes. —Deseó que Srin'gahar fuese capaz de comprender el boceto—.
Son de cuerpo largo y alto, al igual que tú, y tienen cuatro patas, cola y
trompa. Poseen colmillos, pero sólo dos; uno aquí y otro aquí. Sus ojos son más
pequeños y están mal situados, aquí y aquí. Y aquí... —Señaló la cresta
craneana de Srin'gahar—, aquí no tienen nada. Además, sus huesos no se mueven
como los tuyos.
—Me
parece que los elefantes se parecen mucho a los nildores —opinó Srin'gahar.
—Creo
que sí.
—¿Sabes
tú el motivo? ¿Crees que nosotros y los elefantes podemos formar parte de la
misma raza?
—Eso
no es posible —replicó Gundersen—. Se trata simplemente de una... —Buscó las
palabras; el vocabulario nildororu no incluía los vocablos técnicos de la
genética—, se trata simplemente de una pauta del desarrollo de la vida que
tiene lugar en muchos planetas. Algunos modelos básicos correspondientes a los
seres vivos se repiten en todas partes. El modelo de elefante, el modelo de
nildor, es uno de ellos. El cuerpo voluminoso, la cabeza enorme, el cuello
corto, la trompa larga que permite que ese ser recoja objetos y los manipule
sin necesidad de agacharse, se desarrollan en todas partes donde se dan las
condiciones adecuadas.
—¿Has
visto elefantes en muchos otros planetas?
—En
algunos —repuso Gundersen—. Siguen la misma pauta genética de constitución o al
menos algunos aspectos de ésta, aunque los más parecidos son los elefantes y
los nildores. Podría hablarte de otra media docena de especies que parecen
pertenecer al mismo grupo. Eso también se aplica a diversas formas de vida:
insectos, reptiles, pequeños mamíferos, etcétera. En todos los planetas hay
algunos baches que cubrir. Los pensamientos de la Fuerza Modeladora recorren el
mismo camino en todas partes.
—¿Dónde
están entonces los equivalentes belzagorianos de los hombres?
Gundersen
dudó.
—Yo
no he dicho que en todas partes haya equivalentes exactos. Supongo que en tu
planeta lo más próximo al modelo humano son los sulidores. Pero no son muy
parecidos a nosotros.
—Los
hombres gobiernan la Tierra. Aquí los sulidores constituyen la especie
secundaria.
—Un
accidente del desarrollo. Vuestra g'rakh es superior a la de los sulidores; en
nuestro mundo no existe ninguna otra especie que posea g'rakh. Pero las
semejanzas físicas entre hombres y sulidores son múltiples. Ellos caminan a dos
patas y nosotros también. Comen carne y frutas y nosotros también. Poseen manos
que pueden asir cosas y nosotros también. Sus ojos están situados en la parte
delantera de la cabeza, al igual que los nuestros. Ya sé que son más grandes,
más fuertes, más peludos y menos inteligentes que los seres humanos, pero
intento mostrarte que los modelos pueden ser semejantes en planetas distintos,
aunque no exista una verdadera consanguinidad entre...
Srin'gahar
le interrumpió delicadamente:
—¿Cómo
sabes que los elefantes no poseen g'rakh?
—Nosotros...,
ellos..., está claro que... —Gundersen calló incómodo. Después de detenerse a
pensar, agregó cuidadosamente—: Nunca demostraron poseer ninguna de las
cualidades de la g'rakh. No se organizan en poblaciones, carecen de estructura
tribal, no tienen tecnología, religión ni cultura permanente.
—Nosotros
tampoco nos organizamos en poblaciones ni tenemos tecnología — puntualizó el
nildor—. Deambulamos por las selvas y nos atiborramos de hojas y ramas. He oído
decir esto acerca de nosotros y es verdad.
—Pero
sois distintos. Vosotros...
—¿En
qué somos distintos? Los elefantes también deambulan por las selvas y se
atiborran de hojas y ramas, ¿no es así? No usan ningún pellejo sobre su propia
piel. No tienen máquinas. Carecen de libros. Pero tú aceptas que nosotros
tenemos g'rakh y que ellos no.
—No
pueden comunicar ideas —agregó Gundersen a la desesperada—. Supongo que entre
ellos pueden decirse cosas simples sobre alimentos, apareamientos y peligro,
pero eso es todo. Si tienen un auténtico lenguaje, nosotros no podemos
detectarlo. Sólo hemos reparado en unos pocos sonidos básicos.
—Tal
vez su lenguaje es tan complejo que sois incapaces de detectarlo —sugirió
Srin'gahar.
—Lo
dudo. En cuanto llegamos aquí, fuimos capaces de saber que los nildores poseen
un lenguaje y de aprenderlo. Pero a lo largo de los milenios en que hombres y
elefantes han compartido el mismo planeta, no hemos percibido indicios de que
ellos puedan acumular y transmitir conceptos abstractos. Y esa es la esencia de
la g'rakh, ¿verdad?
—Repito
mi afirmación. ¿Y si fuerais tan inferiores a los elefantes que no sois capaces
de comprender su auténtica profundidad?
—Una
pregunta inteligentemente planteada, Srin'gahar. Pero no la aceptaré como
descripción del mundo real. Si los elefantes poseen g'rakh, ¿por qué no han
escalado cotas superiores durante todo el tiempo que llevan en la Tierra? ¿Por
qué la humanidad domina el planeta y los elefantes están arrinconados y
prácticamente exterminados?
—¿Matáis
a vuestros elefantes?
—Ya
no. Pero hubo una época en que los hombres mataban a los elefantes por placer,
para alimentarse o para utilizar sus colmillos como objetos decorativos. Y hubo
una época en que los hombres utilizaron a los elefantes como bestias de carga.
Si los elefantes poseyeran g'rakh habrían... —Comprendió que había caído en la
trampa del nildor.
Srin'gahar
dijo:
—También
en este planeta los «elefantes» se dejan explotar por los seres humanos. No nos
comisteis y en contadas ocasiones nos matasteis, pero a menudo nos hicisteis
trabajar para vosotros. Pero tú reconoces que somos seres que poseemos g'rakh.
—Lo
que hicimos aquí constituyó un gigantesco error —afirmó Gundersen— y cuando lo
comprendimos nos retiramos y abandonamos tu planeta. Pero eso no significa que
los elefantes sean seres racionales y sensibles. Son animales, Srin'gahar,
animales grandes y sencillos y nada más.
—Las
ciudades y las máquinas no son las únicas conquistas de la g'rakh.
—¿Dónde
están entonces sus conquistas espirituales? ¿Qué cree un elefante con respecto
a la naturaleza del universo? ¿Qué opina de la Fuerza Demoledora? ¿Cómo
considera su propio lugar en la sociedad?
—No
lo sé —replicó Srin'gahar—. Y tú tampoco, amigo de mi viaje, pues el lenguaje
de los elefantes te está vedado. Pero es un error dar por supuesta la ausencia
de g'rakh allí donde eres incapaz de percibirla.
—En
ese caso, es posible que los malidares también posean g'rakh. Y las serpientes
del veneno. Y los árboles y las enredaderas y...
—No
—aseguró Srin'gahar—. En este planeta, los nildores y los sulidores son los
únicos que poseen g'rakh. Lo sabemos más allá de toda duda. En tu mundo, no es
necesariamente cierto que los humanos sean los únicos que poseen la cualidad de
la razón.
Gundersen
comprendió que era inútil seguir discutiendo. ¿Acaso Srin'gahar era un
chauvinista que defendía la supremacía espiritual de los elefantes a lo largo y
lo ancho del universo o adoptaba deliberadamente una posición extrema para
exponer las presuntuosidades y las vulnerabilidades morales del imperialismo de
la Tierra? Gundersen no lo sabía. Se le vino a la memoria el episodio en que
Gulliver discutía con los Houyhnhnms sobre la inteligencia de los caballos.
—Me
rindo —dijo secamente—. Quizás alguna vez traiga un elefante a Belzagor y así
podrás decirme si posee o no g'rakh.
—Le
daré la bienvenida como a un hermano.
—Podrías
ser desdichado a causa del vacío de la mente de tu hermano —dijo Gundersen—.
Verías a un ser modelado a tu manera pero no lograrías llegar a su alma.
—Tráeme
un elefante, amigo de mi viaje, y yo seré el juez de su vacuidad —agregó
Srin'gahar—. Aclárame una sola cuestión más y dejaré de molestarte: cuando nos
llamáis elefantes, pensáis en nosotros como meras bestias, ¿no? Según tus
palabras, los elefantes son «animales grandes y sencillos». ¿Así nos ven los
visitantes procedentes de la Tierra?
—Sólo
se refieren al parecido anatómico entre nildores y elefantes. Es algo
superficial. Dicen que sois como elefantes.
—Me
gustaría creerlo —comentó el nildor, guardó silencio y dejó a Gundersen a solas
con su vergüenza y su culpa.
En
otra época, Gundersen no había tenido la costumbre de discutir con su montura
la naturaleza de la inteligencia. Entonces ni siquiera se le había ocurrido que
ese debate fuese posible. Ahora descubrió el alcance del sentimiento reprimido
de Srin'gahar. Elefantes: sí, él también había visto así a los nildores.
Elefantes inteligentes tal vez, pero elefantes de todos modos.
Siguieron
con la vista, en silencio, el torrente hirviente que corría hacia el norte.
Poco antes del mediodía llegaron a su nacimiento: un ancho lago en forma de
cuenco encajado entre una cadena doble de colinas que se elevaban abruptamente.
Algunas nubes de vapor grasoso se elevaban de la superficie del lago. Las algas
termofílicas recorrían sus aguas; las de color rosado formaban una delgada
espuma en lo alto y prácticamente ocultaban las enredadas marañas de las
plantas más grandes y espesas, de color gris azulado, que se encontraban un
poco más abajo.
Gundersen
tuvo ganas de detenerse para contemplar el lago y sus extraños habitantes. Pero
era sumamente reacio a pedirle a Srin'gahar que se detuviera. El nildor no sólo
era su montura sino su compañero de viaje y pedirle como un turista que se
detuvieran un rato allí podía reforzar su convicción de que los terrestres aún
consideraban a su especie como meras bestias de carga. Se resignó perder esa
excursión. Se dijo que no era justo retrasar la marcha de Srin'gahar hacia el
renacimiento para cumplimentar una curiosidad caprichosa.
A
medida que se acercaban a la curva más distante del lago, en la maleza del este
se produjo tal estrépito y quebrantamiento que la caravana de nildores se
detuvo para averiguar qué ocurría. A Gundersen le parecía como si un dinosaurio
merodeador se dispusiera a salir lentamente de la selva, un enorme y torpe
tiranosaurio inexplicablemente desplazado en el tiempo y el espacio. Un pequeño
y chato vehículo salió de una grieta en la hilera de colinas y atravesó
lentamente el terreno yermo que bordeaba el fago. Gundersen reconoció el
coleóptero del hotel, que arrastraba un estrafalario apéndice de aspecto
rudimentario a modo de remolque construido con tablones y grandes ruedas.
Encima del traqueteante y estruendoso remolque habían montado cuatro pequeñas
tiendas de campaña que ocupaban casi toda la superficie; a lo largo de las
tiendas y por encima de las ruedas habían colocado varias hileras de bultos y
en la parte trasera, aferrados a una barandilla y mirando nerviosamente a su
alrededor, se encontraban los ocho turistas que Gundersen había dejado unos
días atrás en el hotel de la costa.
Srin'gahar
dijo:
—Aquí
están algunos de los tuyos. Querrás hablar con ellos, supongo.
A
decir verdad, los turistas eran la última especie que Gundersen deseaba ver en
ese momento. Habría preferido saltamontes, escorpiones, serpientes de
colmillos, tiranosaurios, escuerzos, cualquier cosa. Aquí estaba, entre los
nildores, saliendo de algún tipo de experiencia mística cuya naturaleza apenas
comprendía; aquí, aislado de los de su propia especie, avanzaba hacia la región
del renacimiento y se debatía con preguntas fundamentales acerca del bien y del
mal, de la naturaleza y de la inteligencia, de la relación entre humanos y no
humanos y la de sí mismo con su propia historia; hacía unos instantes, las
preguntas fortuitas e ingeniosas de Srin'gahar sobre las almas de los elefantes
le habían obligado a realizar una confrontación incómoda e incluso dolorosa con
su biografía; bruscamente Gundersen se encontraba una vez más entre esos seres
humanos vacuos y triviales, esos arquetipos del turista ignorante y torpe, y
toda individualidad que pudiera haber conquistado a los ojos de su compañero
nildor desapareció en el mismo instante en que cayó dentro de la clase
indiferenciada de los terrícolas. Algún fragmento de su mente sabía que esos
turistas no eran tan vulgares ni vacíos como los veía: sólo se trataba de gente
corriente, amistosa, algo tonta, demasiado privilegiada, probablemente seres
humanos muy satisfactorios en el contexto de sus vidas en la Tierra y aquí sólo
parecían figurillas de cartón porque eran esencialmente ajenos al planeta que
habían decidido visitar. Pero todavía no estaba preparado para que Srin'gahar
le perdiera de vista en tanto persona separada de todos los demás terráqueos
que iban a Belzagor y temía que la marejada de charla insustancial que surgía
de esas personas le cubriera y lo convirtiera en una de ellas.
El
coleóptero, que evidentemente tenía dificultades para arrastrar el remolque, se
detuvo a doce metros del lago. Van Beneker bajó del aparato con aspecto
sudoroso y desgalichado.
—Muy
bien —dijo a los turistas—. Abajo todo el mundo. ¡Echaremos un vistazo a uno de
los famosos lagos termales!
Gundersen,
montado sobre el ancho lomo de Srin'gahar, pensó pedirle al nildor que
prosiguiera la marcha. Los cuatro nildores restantes, una vez satisfechos con
respecto al motivo de la conmoción, habían reemprendido la caminata y
prácticamente desaparecieron por el extremo más lejano del lago. Pero decidió
quedarse un rato; comprendió que una muestra de indiferencia hacia los de su
propia especie no lo enaltecería a los ojos de Srin'gahar.
Van
Beneker se volvió hacia Gundersen y gritó:
—¡Buenos
días, señor! ¡Me alegro de verle! ¿Cómo va el viaje?
Los
cuatro matrimonios terrícolas bajaron del remolque. Eran muy prototípicos y
actuaban exactamente como la severa imagen de Gundersen preveía que se
comportarían: parecían aburridos y desencantados, ahítos de las maravillas
ajenas que ya habían visto. Stein, el propietario de la tienda de hélices,
controló obedientemente la abertura de su cámara, la colocó sobre el trípode y
tomó rutinariamente un holograma de trescientos sesenta grados del paisaje;
cuando un momento después, la impresión salió por la ranura de la cámara, Stein
ni siquiera se molestó en mirarla. Lo significativo no era la foto propiamente
dicha sino el acto de tomarla. Watson, el médico, le gastó una broma poco
divertida a Christopher, el financiero, que respondió con una risa mecánica. Las
mujeres, cansadas y sucias, no prestaban la menor atención al lago. Dos de
ellas permanecían apoyadas contra el coleóptero y esperaban a que les dijesen
qué era lo que les estaban mostrando mientras las otras dos, al reparar en la
presencia de Gundersen, extrajeron máscaras faciales de sus mochilas y pasaron
rápidamente la delgada película de plástico por sus caras a fin de presentar la
ilusión de unos rasgos correctamente acicalados ante el guapo desconocido.
—No
estaré mucho tiempo aquí —dijo Gundersen a Srin'gahar mientras desmontaba.
Van
Beneker se acercó a él.
—¡Qué
viaje! —barbotó el hombrecillo—. ¡Qué viaje repugnante! Bueno, ya debería estar
acostumbrado. Señor Gundersen, ¿cómo han ido sus asuntos? —Ninguna queja.
—Gundersen señaló el remolque—. ¿De dónde sacó ese ruidoso artefacto?
—Lo
construirnos hace un par de años, cuando uno de los viejos acarreadores de
carga se averió. Ahora lo utilizamos para pasear a los turistas cuando no
podemos conseguir porteadores nildores.
—Parece
algo surgido del siglo dieciocho.
—Bueno,
señor, ya sabe que no quedan muchos elementos de equipo moderno. Los servos,
los caminantes hidráulicos y cosas por ese estilo, escasean. Pero siempre es
posible encontrar ruedas y algunos tablones. Nos apañamos.
—¿Qué
sucedió con los nildores en los que cabalgamos del puerto espacial al hotel?
Creí que estaban dispuestos a trabajar para usted.
—A
veces sí y a veces no —explicó Van Beneker—. Son imprevisibles. No podemos
obligarles a trabajar ni contratarlos. Sólo podemos pedírselo amablemente y si
responden que no están disponibles, no hay nada que hacer. Hace unos días
decidieron que no estarían disponibles por una temporada y tuvimos que recurrir
al remolque. —Bajó la voz—. Si quiere saber mi opinión, le diré que se debe a
esos ocho monos que he traído. Creen que los nildores no entienden el inglés y
repiten incesantemente: «qué terrible es que hayamos tenido que entregar un
planeta tan valioso como éste a una manada de elefantes».
—Durante
el viaje desde la Tierra, algunos asumían posiciones sumamente liberales —
comentó Gundersen—. Al menos dos de ellos estaban totalmente a favor de la
retirada.
—Seguro.
En la Tierra, consideraron la retirada como si se tratase de una doctrina
política. «Devolvamos los planetas colonizados a sus nativos largamente
oprimidos» y todas las demás consignas. Ahora están aquí y súbitamente han
llegado a la conclusión de que los nildores no son «nativos» sino animales,
elefantes raros y quizá, después de todo, debimos conservar este planeta. —Van
Beneker escupió—. Y los nildores asimilan todo. Simulan no comprender el idioma
pero lo entienden, ¡vaya si lo entienden! ¿Cree que tienen ganas de acarrear en
sus lomos a gente como ésta?
—Comprendo
—dijo Gundersen, y miró a los turistas. El grupo de terráqueos observaba a
Srin'gahar, que se había dirigido hacia el monte y arrancaba enérgicamente
ramas tiernas para su almuerzo. Watson codeó a Miraflores, que apretó los
labios y meneó la cabeza desaprobadoramente. Gundersen no lograba oír lo que
decían, pero supuso que expresaban desdén ante el entusiasmado apacentamiento
de Srin'gahar. Evidentemente, se suponía que los seres civilizados no
arrancaban su alimento de los árboles con la trompa.
—Se
quedará a almorzar con nosotros, ¿verdad, señor Gundersen? —preguntó Van
Beneker.
—Es
muy amable de su parte —replicó Gundersen.
Gundersen
se arrodilló en el claro mientras Van Beneker reunía a las personas a su cargo
y las llevaba a la orilla del lago humeante. Una vez que todos estuvieron
reunidos, Gundersen se levantó y se unió silenciosamente al grupo. Escuchó el
discurso del guía, pero logró ocupar sólo la mitad de su atención en lo que
decía:
—Zona
de vida adaptada a altas temperaturas..., superior a los cincuenta grados
centígrados..., mayor en algunos sitios, incluso mayor al punto de hervor, pero
algunas cosas viven en ella..., adaptación genética especial..., la denominamos
termofílica, es decir, amante del calor... no, el ADN no se cocina, pero el
promedio de mutación espontánea es muy elevado y las especies cambian tan
rápidamente que resulta increíble..., las enzimas resisten el calor..., basta
con poner los organismos lacustres en agua fría para que se congelen en un
minuto..., procesos vitales extraordinariamente rápidos..., las proteínas
desplegadas y desnaturalizadas también pueden funcionar en circunstancias
que... hay una gama muy amplia hasta el nivel primario medio..., un hábitat
embolsado, carente de interacción con el resto del planeta..., los desniveles
térmicos..., estudios cuantitativos... el doctor Brock, el famoso biólogo
cinético... una permanente destrucción térmica de las moléculas sensibles...,
la resíntesis ininterrumpida...
Srin'gahar
aún se atiborraba de ramas. A Gundersen le pareció que ingería mucho más de lo
que normalmente comía en ese momento del día. El ruido producido al arrancar
las ramas y masticarlas contrastaba con el espasmódico zumbido de la charla
científica memorizada por Van Beneker.
En
ese momento Van Beneker desenganchó una red biosensible de su cinturón y
comenzó a recoger muestras de la fauna del lago para ilustrar a su grupo. Cogió
el asa de la red e hizo ajustes relativos a la masa y la longitud de la presa
deseada con el instrumento auxiliar de regulación; la red, montada en un
extremo delgado y flexible de una espiral de metal casi infinitamente
extensible, se movía bajo la superficie del lago, buscando organismos de las
dimensiones programadas. Cuando sus sensores indicaban la presencia de materia
viva, abría la boca y la cerraba con toda rapidez. Van Beneker la retiró y
llevó a la orilla algún desdichado prisionero atrapado en una muestra de su
propio hábitat hirviente.
Apareció
un animal lacustre tras otro, seres de piel roja y apariencia de hervidos pero
vivos, enojados y aleteantes. Surgió un pez acorazado, protegido por escamas
brillantes y hermoseado con fantásticas excrecencias y ornamentos. Tuvieron
ante sus ojos una cosa parecida a un bogavante, que sacudía una cola larga y
cubierta de púas y agitaba sus feroces pedúnculos oculares. Del lago surgió
algo que era una sola e inmensa pinza provista de un minúsculo cuerpo
rudimentario. Ninguna de las presas de Van Beneker se parecían entre sí.
Repitió que el calor del lago provocaba mutaciones frecuentes. Enunció por
segunda vez y a toda prisa la explicación genética mientras devolvía los
pequeños monstruos al agua caliente y buscaba otros.
Los
aspectos genéticos de los seres termofílicos parecían suscitar el interés de un
solo turista: Stein, quien, en su calidad de comerciante de hélices, se
especializaba en la corrección cosmética de los genes humanos y sabía bastante
sobre las mutaciones. Stein hizo algunas preguntas que parecían inteligentes y
que, obviamente, Van Beneker fue incapaz de responder; los otros se limitaban a
mirar y esperaban pacientemente que su guía dejara de mostrarles animales raros
y los llevara a otra parte. Gundersen, que nunca antes había tenido oportunidad
de observar el contenido de una depresión de alta temperatura, agradeció la
exhibición, pero el espectáculo de los habitantes del lago cautivos y agitados
le desalentó enseguida. Sintió deseos de seguir su camino.
Miró
a su alrededor y descubrió que Srin'gahar no estaba a la vista.
—Lo
que hemos cogido ahora es el animal más peligroso del lago, al que denominamos
tiburón de navaja —decía Van Beneker—. Sólo en una ocasión he visto otro igual.
¿Ven esos pequeños cuernos? Son totalmente nuevos. ¿Y esa especie de cosa
parecida a una linterna situada en la coronilla, esa cosa que se enciende y se
apaga? —Dentro de la red se revolvía un esbelto animal de color carmesí de
alrededor de un metro de largo. Toda su parte inferior, desde el hocico al
vientre, estaba engoznada y formaba lo que equivalía a una boca gigantesca
cubierta de centenares de dientes semejantes a agujas. A medida que la boca se
abría y se cerraba, parecía que el animal entero se escindía y se curaba a sí
mismo—. Esta bestia come cualquier cosa de tamaño hasta tres veces el suyo.
Como ven, es feroz, salvaje y...
Incómodo,
Gundersen se alejó del lago para buscar a Srin'gahar. Encontró el sitio en el
que el nildor había comido y donde las ramas inferiores de varios árboles
estaban deshojadas. Vio lo que le pareció la huella del nildor, que se perdía
en la selva. Una dolorosa luz blanca de desolación brilló en su cerebro al
comprender que Srin'gahar debió de abandonarlo silenciosamente.
En
ese caso, tendría que interrumpir el viaje. No se atrevía a avanzar solo y a
pie por esa inmensidad sin senderos que se abría ante sus ojos. Tendría que
pedir a Van Beneker que le llevase a algún campamento de nildores donde pudiera
encontrar otro medio que lo trasladara a la región de las brumas.
En
ese momento el grupo de turistas se alejaba del lago. Van Beneker llevaba la
red colgada del hombro; Gundersen vio que algunos animales lacustres se movían
lentamente en su interior.
—El
almuerzo —explicó—. Conseguí algunos cangrejos de jalea. ¿Tiene hambre?
Gundersen
logró esbozar una débil sonrisa. No tenía apetito. Miró a Van Beneker mientras
éste abría la red: de su interior salió un chorro de agua caliente, arrastrando
a ocho o diez animales ovalados y de color púrpura, cada uno distinto a los
demás en la cantidad de patas, las marcas de la concha y el tamaño de las
garras. Reptaron en círculos trastabillantes, claramente molestos por la
frescura relativa del aire. De sus lomos salía vapor. Van Beneker los
descabelló hábilmente con unos palos afilados, los cocinó con su antorcha de
fusión y abrió las conchas para dejar al descubierto los reguladores
metabólicos interiores, los cuales eran claros, temblorosos y parecidos a
jalea. Tres de las mujeres hicieron una mueca y se apartaron pero la señora
Miraflores cogió su cangrejo y lo comió con fruición. Los hombres parecieron
degustarlos. Gundersen, que se limitaba a mordisquear la jalea, miró hacia el
bosque, preocupado por la ausencia de Srin'gahar.
Le
llegaron algunos fragmentos de la conversación:
—...el
enorme potencial lucrativo desperdiciado, totalmente; desperdiciado...
—...incluso
en ese caso, nuestra obligación consiste en estimular la autodeterminación en
todos los planetas que...
—¿...pero
son personas?
—...busca
el alma, es el único modo de decirlo...
—...elefantes
y nada más que elefantes. ¿Le viste desgarrar los árboles y...?
—...la
retirada fue culpa de una minoría de corazones sangrantes muy protestones
que...
—...ni
alma ni retirada...
—...demasiada
severidad, cariño. Hubo abusos explícitos en algunos planetas y...
—...yo
lo denomino estúpido oportunismo político. Los ciegos guían a los ciegos...
—...¿saben
escribir? ¿Son capaces de pensar? Hasta en África nos ocupamos de seres humanos
e incluso allí...
—...el
alma, el espíritu interior...
—...no
necesito decirte que estaba totalmente a favor de la retirada. Recordarás que
cogí las peticiones y las repartí. A pesar de ello, he de reconocer que después
de ver...
—...montañas
de excrementos de color púrpura en la playa...
—...víctimas
de un exceso de reacción sentimental...
—...tengo
entendido que el beneficio anual era del orden de...
—...no
hay duda de que tienen alma. No cabe la menor duda. —Gundersen comprendió que
su propia voz había intervenido en la conversación. Los demás se volvieron
hacia él; súbitamente había un varío que llenar. Agregó—: Tienen una religión y
ello implica la conciencia de la existencia de un espíritu, de un alma, ¿no es
así?
—¿Qué
tipo de religión? —inquirió Miraflores.
—No
lo sé con exactitud. Una parte importante de ella consiste en la danza
extática... una especie de cabriola frenética que conduce a cierto tipo de
experiencia mística. La conozco. He bailado con ellos. He rozado al menos los
bordes de esa experiencia. Tienen algo llamado renacimiento que, supongo, es el
elemento central de sus ritos. No lo comprendo. Van al norte, a la región de
las brumas, y allí les ocurre algo. Siempre han mantenido en secreto los
detalles. Supongo que quizá los sulidores les dan una droga que los rejuvenece
interiormente y los lleva a cierto tipo de iluminación... ¿me expreso con
claridad? —Mientras hablaba, Gundersen comía casi inconscientemente—. Lo único
que puedo decirles es que el renacimiento es fundamentalmente importante para
ellos y que, al parecer, su posición tribal se deriva de la cantidad de
renacimientos por los que han pasado. Como pueden ver, no son sólo animales.
Han creado una sociedad, poseen una estructura cultural... compleja, difícil de
comprender para nosotros.
—¿Por
qué entonces no han desarrollado una civilización? —preguntó Watson.
—Acabo
de decirle que lo han hecho —replicó Gundersen.
—Me
refiero a ciudades, máquinas, libros...
—No
están anatómicamente dotados para escribir, para construir cosas ni para ningún
tipo de manipulación exacta —repuso Gundersen—. ¿No ve que no tienen manos? Una
raza con manos crea un tipo de sociedad. Una raza estructurada anatómicamente
como los elefantes crea otra. —Estaba empapado en sudor y repentinamente su
apetito se tornó insaciable. Gundersen notó que las mujeres le observaban de un
modo extraño. Comprendió el motivo; liquidaba todos los alimentos que estaban a
la vista y se llenaba compulsivamente la boca. De pronto su paciencia estalló y
sintió que le explotaría el cráneo si no derrumbaba instantáneamente todas las
barreras y reconocía la única gran culpa que, acuchillándole el alma, le había
incitado a extrañas odiseas. No importaba que aquellas no fuesen las personas
adecuadas en las que buscar la absolución. Las palabras subieron
incontrolablemente hasta su boca y dijo—: Cuando vine aquí, era como ustedes.
Subestimé a los nildores. Ello me condujo a un pecado atroz que tendré que
explicar. Sabrán que durante un tiempo fui administrador de sector y una de mis
tareas consistía en organizar el despliegue eficaz de la mano de obra nativa.
Puesto que no sabíamos claramente que los nildores eran seres inteligentes y
autónomos, los usamos, les adjudicamos pesadas tareas de construcción, les
hicimos levantar vigas con las trompas, todo aquello que creíamos eran capaces
de realizar sólo con los músculos. Les dimos órdenes como si fueran máquinas.
—Gundersen cerró los ojos y sintió que el pasado corría inexorablemente hacia
él: una tenebrosa nube de recuerdos que lo cubrió y le abrumó—. Los nildores
permitieron que los usáramos. Dios sabrá por qué. Supongo que fuimos el crisol
en el que su raza había de purificarse. Bueno, un día se agrietó una represa en
el norte, en el distrito de Monroe, no lejos de donde comienza la región de las
brumas, y una plantación entera de arbustos de púas corría el riesgo de
inundarse, lo cual significaría una pérdida de muchísimos millones para la
Compañía. La central eléctrica principal del distrito también corría peligro,
además de nuestra estación central y... digamos que si no actuábamos con
rapidez, perderíamos todas las inversiones en el norte. Yo era el responsable
de ese sector. Recluté nildores para construir una línea secundaria de diques.
Empleamos en esa tarea la totalidad de los robots, pero no eran suficientes,
así que también llamamos a los nildores, largas filas de ellos que aparecieron
por todos los rincones de la selva, y nos afanamos día y noche hasta que llegamos
al punto de agotamiento absoluto. Estábamos conteniendo la inundación, pero yo
no podía estar seguro. A los seis días, por la mañana, me trasladé a la zona de
los diques para averiguar hasta dónde alcanzaba el nivel de las aguas y allí
había siete nildores que no había visto antes y que marchaban por un sendero
hacia el norte. Les dije que me siguieran. Se negaron delicadamente. Dijeron
que no, que estaban de camino a la región de las brumas para la ceremonia del
renacimiento y que no podían detenerse. ¿Renacimiento? ¿Qué me importaba el
renacimiento? No estaba dispuesto a aceptar esa excusa, y menos aún cuando
parecía que podría perder mi distrito. Les ordené irreflexivamente que se
presentasen para trabajar en los diques o de lo contrario los ejecutaría allí
mismo. Dije que el renacimiento podía esperar. «Esperad otro momento para
renacer. Esto es un asunto serio.» Bajaron la cabeza y hundieron las puntas de
sus colmillos en el suelo. Es una señal de gran tristeza entre los nildores.
Curvaron la columna vertebral. Tristeza, tristeza. «Te compadecemos», me dijo
uno, por lo que me enfurecí y le respondí lo que podía hacer con su compasión.
¿Dónde había obtenido el derecho de compadecerme? Entonces cogí mi antorcha de
fusión. «Vamos, en marcha, hay una cuadrilla de trabajo que os necesita.»
Tristeza. Sus grandes ojos me miraban compasivamente. Los colmillos en el
suelo. Dos o tres nildores dijeron que lo sentían mucho pero que en ese momento
no podían trabajar para mí, que les era imposible interrumpir el viaje. Pero
estaban dispuestos a morir allí mismo si yo insistía. No querían arruinar mi
prestigio desafiándome, pero tenían que desafiarme y, en consecuencia, estaban
dispuestos a pagar ese precio. Estaba a punto de cargarme a uno como ejemplo
para los demás cuando me detuve y me dije: «¿qué demonios estoy haciendo?»; y
los nildores esperaban, mis ayudantes y algunos de nuestros nildores miraban,
volví a levantar la antorcha de fusión, me dije que mataría a uno de ellos, al
que había dicho que me compadecía, y deseé que entonces los otros recuperasen
la sensatez. Simplemente esperaron. Aguantaron mi fanfarronada. ¿Cómo podía
cargarme a ocho peregrinos aunque desafiaran las órdenes directas de un jefe de
sector? Pero mi autoridad estaba en entredicho. Por eso accioné el gatillo. Le
hice una quemadura suave, no profunda, lo suficiente para chamuscarle el
pellejo, eso fue todo, pero el nildor permaneció inmóvil y aguantó, y estaba
dispuesto a quemarle hasta afectarle un órgano vital. Y quedé manchado ante ellos
por utilizar la fuerza. Era eso lo que estaban esperando. Después, dos de los
nildores que parecían más viejos que los demás me dijeron que me detuviera, que
querían reconsiderar la cuestión. Apagué la antorcha y ellos hicieron un aparte
para conferenciar. El que había quemado cojeaba un poco y parecía dolorido,
pero no estaba gravemente herido, no tanto como yo. ¿Saben que el que aprieta
el gatillo puede quedar más malherido que su blanco? Por último, todos los
nildores estuvieron de acuerdo en hacer lo que les pedía. En lugar de ir al
norte para el renacimiento se pusieron a trabajar en los diques, incluso el
quemado, y nueve días más tarde la inundación bajó y la plantación, la central
eléctrica y todo lo demás quedó a salvo y fuimos felices, comimos perdices...
—La voz de Gundersen se apagó. Había hecho su confesión y ya no podía seguir
haciendo frente a esas personas. Cogió la concha de uno de los cangrejos que
quedaban y buscó algún resto de jalea, sintiéndose agotado. Se produjo un
interminable silencio.
Después
la señora Christopher preguntó:
—¿Y
después qué ocurrió?
Gundersen
levantó la mirada y parpadeó. Creía que lo había dicho todo.
—Después
no ocurrió nada —respondió—. La inundación bajó.
—¿Pero
cuál es el sentido de la historia?
Gundersen
deseó arrojar el cangrejo vacío a su rostro tensamente sonriente.
—¿El
sentido? —preguntó—. ¿El sentido? Pues... —Ahora estaba mareado. Agregó—: Siete
seres inteligentes se dirigían a celebrar el rito más sagrado de su religión,
exigí a punta de pistola sus servicios en un trabajo de construcción para
salvar propiedades que para ellos no significaban nada y vinieron y acarrearon
troncos para mí. ¿No está claro el sentido? ¿Quién fue espiritualmente superior
en ese caso? Si se trata a un ser racional y autónomo como si fuese una mera
bestia, ¿en qué se convierte uno?
—Pero
era una emergencia —intervino Watson—. Usted necesitaba toda la ayuda que
pudiese conseguir. Seguramente podían dejarse al margen otras consideraciones
en un momento semejante. Por lo tanto, demoraron nueve días en dirigirse al
renacimiento. ¿Es tan grave?
Gundersen
respondió huecamente:
—Un
nildor se dirige al renacimiento cuando el momento es propicio y no puedo decir
cómo lo saben, pero quizás es algo astrológico, quizá tiene que ver con la
conjunción de las lunas. Un nildor ha de llegar al lugar del renacimiento en el
momento propicio y si no llega a tiempo, no renace. Esos siete nildores ya se
habían retrasado a causa de las lluvias torrenciales que borraron los senderos
del sur. Los nueve días que yo añadí motivaron que llegaran demasiado tarde.
Cuando terminaron de construir diques para mí, sencillamente regresaron al sur
para reunirse con su tribu. No comprendí el motivo. Sólo mucho más tarde supe
que les había aniquilado la posibilidad de renacer y que quizá tendrían que
esperar diez o veinte años más para poder ir de nuevo. O quizá nunca tuvieran
otra oportunidad. —Gundersen no tenía más ganas de hablar. Sentía la garganta
reseca. Le latían las sienes. Pensó cuán purificador sería zambullirse en el
lago cargado de vapor. Se puso rígidamente de pie y en ese momento notó que
Srin'gahar había vuelto y permanecía inmóvil a unos centenares de metros, bajo
un poderoso árbol de flor espada. Dijo a los turistas—: El sentido consiste en
que los nildores tienen religión y alma, en que son personas y en que si
ustedes pueden creer aunque sea mínimamente en la doctrina de la retirada, es
imposible que estén en contra de la retirada de este planeta. El sentido
también se refiere al hecho de que cuando surge un conflicto con una especie
extraña, los terráqueos generalmente lo manejan cometiendo demasiados errores.
El sentido corresponde además a que no me sorprende que consideren a los
nildores como lo hacen, pues a mí me ocurrió lo mismo y aprendí más cosas
cuando ya era demasiado tarde para preocuparse, pero ni siquiera aprendí lo
suficiente para que me sirviera de algo, lo cual es uno de los motivos por los
que regresé a este planeta. Y ahora les agradecería que me disculparan, porque
es el momento propicio para continuar mi camino y tengo que irme. —Se alejó
rápidamente de ellos. Al acercarse a Srin'gahar, murmuró—: Ahora estoy listo
para irnos.
El
nildor se arrodilló. Gundersen subió nuevamente a su montura.
—¿Dónde
estuviste? —inquirió el terráqueo—. Me preocupé cuando desapareciste.
—Sentí
que debía dejarte a solas con tus amigos —repuso Srin'gahar—. ¿Por qué te
preocupaste? Tengo la obligación de llevarte sano y salvo a la región de las
brumas.
Indudablemente,
la composición del terreno cambiaba. Dejaban atrás el corazón de la selva
ecuatorial y entraban en las tierras altas que desembocaban en la zona de las
brumas. El clima aún era tropical, pero la humedad no resultaba tan intensa; en
lugar de mantener todo en un constante abrazo pegajoso, allí la atmósfera
liberaba periódicamente humedad en forma de lluvia y después de ésta la textura
del aire era transparente y ligera hasta que se renovaba. La vegetación de esa
región era distinta: plantas angulosas y toscas, de hojas rígidas y filosas
como navajas. Muchos árboles poseían follaje luminoso que, por la noche, emitía
una luz fría sobre el bosque. Aquí había menos enredaderas y las copas de los
árboles ya no formaban un dosel continuo que excluía casi toda la luz solar;
algunas manchas de claridad moteaban el suelo del bosque y en algunos lugares
se extendían formando plazas y prados anchos y abiertos. El terreno, filtrado
por las lluvias frecuentes, era de color amarillo pálido y no poseía la exuberante
negrura del de la selva. Algunos animales pequeños corrían a menudo por la
maleza. A paso más lento se movían seres solemnes parecidos a babosas,
verdiazules y provistos de mantos de ébano, a los que Gundersen reconoció como
los fungoides móviles de las tierras altas: plantas que reptaban de un Jugar a
otro en busca de ramas caídas o de troncos de árboles derribados por los rayos.
Tanto los nildores como los hombres consideraban una gran exquisitez su
degustación.
Durante
la tarde del tercer día, Srin'gahar y Gundersen encontraron a los cuatro
nildores que les habían precedido. Habían acampado al pie de una colina dentada
y en forma de luna creciente y, a juzgar por la destrucción del follaje que
rodeaba su campamento, sin duda llevaban al menos un día allí. Sus trompas y
rostros, untados y manchados por los jugos luminosos, brillaban alegremente.
Con ellos se encontraba un sulidor, con mucho el más corpulento que Gundersen
había visto: tenía casi el doble de su estatura y un hocico pendular del largo
del antebrazo de un hombre. El sulidor estaba erguido junto a un pedrejón
incrustado de musgo azul, con las piernas separadas, y la cola, a modo de
trípode, sostenía su enorme cuerpo. Observaba a Gundersen con los ojos
entrecerrados. Sus largos brazos, coronados por aterradoras garras curvadas,
colgaban plácidamente. Su piel tenía el color del bronce antiguo y era
extraordinariamente compacta.
Uno
de los candidatos al renacimiento, una nildora llamada Luu'khamin, dijo a
Gundersen:
—El
sulidor se llama Na-sinisul. Desea hablar contigo.
—Que
hable de una vez.
—Desea
primero hacerte saber que no es un sulidor corriente. Se trata de uno de los
que oficia la ceremonia del renacimiento y volveremos a verlo cuando nos
acerquemos a la región de las brumas. Es un sulidor de jerarquía y mérito y sus
palabras no han de tomarse a la ligera. ¿Lo tendrás en cuenta mientras le
escuchas?
—Lo
haré. No suelo tomarme a la ligera las palabras de nadie, razón de más para que
en este caso le escuche atentamente. Que hable.
El
sulidor dio unos pasos y volvió a plantarse firmemente, hundiendo sus grandes
patas con espolones en el terreno esponjoso. Al hablar, lo hizo en un nildororu
marcado por el acento norteño: apagado, rotundo, lento.
—He
estado de viaje por el Mar de Polvo y ahora retorno a mi región para ayudar en
los preparativos del renacimiento en el que estos cinco viajeros participarán
—explicó Nasinisul—. Mi presencia aquí es absolutamente accidental. ¿Comprendes
que no estoy aquí por ningún motivo específico que te implique a ti o a tus
compañeros?
—Comprendo
—respondió Gundersen, sorprendido por el estilo preciso y enfático del discurso
del sulidor. Sólo había pensado en los sulidores como figuras tenebrosas,
salvajes y de aspecto feroz que acechaban en claros boscosos misteriosos.
Na-sinisul
prosiguió:
—Ayer,
al pasar cerca de aquí, encontré por casualidad el emplazamiento de una antigua
estación de tu Compañía. También por azar decidí mirar en su interior, aunque
no era asunto mío. En el interior encontré a dos terráqueos cuyos cuerpos
habían dejado de servirles. Eran incapaces de moverse y apenas podían hablar.
Me pidieron que los arrojara de este mundo, pero no podía hacer semejante cosa
por mi propio poder. En consecuencia, te pido que me sigas hasta esa estación y
me des instrucciones. Mi estancia aquí es breve, de modo que debe hacerse de
inmediato.
—¿Está
muy lejos?
—Podríamos
llegar antes de la salida de la tercera luna.
Gundersen
se dirigió a Srin'gahar:
—No
recuerdo que hubiese por aquí una estación de la Compañía. Tiene que haber una
a dos días de camino hacia el norte pero...
—Es
el sitio donde los alimentos que reptan se recogían y embarcaban río abajo —
explicó el nildor.
—¿Aquí?
—Gundersen se encogió de hombros—. Supongo que he vuelto a perder el rumbo.
Está bien, iré —dijo a Na-sinisul—. Guíame y te seguiré.
El
salidor avanzó con rapidez por el brillante bosque y Gundersen, montado en
Srin'gahar, le pisaba los talones. Al parecer descendían y la atmósfera se
tornó cálida y sombría. El paisaje también cambió pues aquellos árboles tenían
raíces aéreas que se enroscaban como enormes codos descarnados y los delgados
zarcillos que brotaban de las raíces emitían un brillo verde y áspero. El
terreno era suelto y rocoso y Gundersen lo oía crujir bajo las pisadas de
Srin'gahar. Cosas parecidas a pájaros hacían su percha en la mayoría de las
raíces. Eran seres semejantes a mochuelos que, aparentemente, carecían de
color: algunos eran negros, otros blancos y otros blanquinegros jaspeados. No
logró descubrir si ése era su auténtico tono o si la luminosidad de la
vegetación les robaba el color. Una fragancia enfermiza surgía de las enormes y
descoloridas flores parasitarias que brotaban de los troncos de los árboles.
Junto
a un saliente de roca desnuda y amarilleada por el clima se alzaban las ruinas
de la estación de la Compañía. Parecía aún más destartalada que la estación de
las serpientes situada al sur; la cúpula de su techo se había derrumbado y
espirales de plantas saprofitas de tallo tieso se aferraron a los costados,
alimentándose quizá de los productos en descomposición que la lluvia extraía de
la abrasión de las paredes de plástico. Srin'gahar dejó desmontar a Gundersen.
El terráqueo se detuvo en la entrada del edificio, a la espera de que el
sulidor tomara la delantera. Comenzó a caer una lluvia fina y cálida; el olor
del bosque cambió de inmediato y se tornó dulce donde había sido agrio. Pero
era el dulzor de la descomposición.
—Los
terráqueos están dentro —dijo Na-sinisul—. Puedes pasar. Espero tus
instrucciones.
Gundersen
entró en el edificio. Allí el hedor de la putrefacción era mucho más intenso,
concentrado tal vez por la esfericidad de la cúpula derrumbada. La humedad
penetraba todo. Se preguntó qué tipo de esporas virulentas absorbía por la
nariz cada vez que respiraba. Algo chorreaba en la oscuridad y producía un
ruidoso toc en contraposición con el compás más ligero de la lluvia que entraba
por el techo roto. A fin de tener luz, Gundersen cogió la antorcha de fusión y
conectó el rayo más débil. El cálido resplandor blanco se diseminó por la
estación. Sintió inmediatamente un aleteo alrededor de su cabeza pues algún
animal termotrópico, despertado y atraído por el calor de la antorcha, se
acercó a ella. Gundersen lo apartó y le quedaron los dedos cubiertos de limo.
¿Dónde
estaban los terráqueos?
Recorrió
cautelosamente el edificio. En ese momento recordó vagamente: era una de las
incontables estaciones de monte que antaño la Compañía había diseminado por el
Planeta de Holman. El suelo estaba cuarteado y combado, lo que le obligaba a
caminar con dificultad. Los fungoides móviles reptaban por todas partes,
devoraban la espuma que cubría las paredes y dejaban huellas estrechas y
brillantes a su paso. Llegó a un sitio en el que el edificio se abría hacia el
exterior; paseó la antorcha y distinguió un embarcadero ennegrecido que daba a
la orilla de un río rápido. Sí, recordaba. Allí envolvían y embalaban a los
fungoides, que luego eran enviados río abajo en su viaje hacia el mercado. Pero
las gabarras de la Compañía ya no se detenían allí, y las babosas sabrosas y
descoloridas ahora deambulaban por las reliquias musgosas de los muebles y los
equipos sin ser molestadas.
—¡Hola!
—gritó Gundersen—. Hola, hola, hola.
A
modo de respuesta, oyó un gemido. En la penumbra, trastabilló y resbaló, luchó
contra una náusea creciente y se obligó a caminar por entre un laberinto de
obstáculos que no veía. Llegó al sitio del que provenía el sonido estrepitoso y
chorreante. Algo de color rojo intenso, en forma de cesta y del tamaño del
pecho de un hombre se había adherido en lo alto de la pared, perpendicularmente
al suelo. A través de las grandes esporas de su superficie esponjosa manaba un
líquido espeso y negro, que caía en un permanente chapoteo grasoso. Cuando la
luz de la antorcha lo iluminó, la exudación aumentó y prácticamente se
convirtió en una cascada de líquido sebáceo. Al apartar la luz de la antorcha,
el manantial se tornó menos copioso, aunque seguía siendo fuerte.
Allí
el suelo caía en pendiente, de modo que lo que chorreaba de la cesta esponjosa
fluía rápidamente y se acumulaba en el otro extremo de la habitación, en el
ángulo formado por el suelo y la pared. Gundersen encontró allí a los
terráqueos. Estaban juntos en un colchón; el líquido de la cosa chorreante
había formado un charco oscuro alrededor de ellos, cubriendo por completo el
colchón y fluyendo sobre sus cuerpos. Uno de los terráqueos, con la cabeza
caída hacia un costado, tenía la cara totalmente sumergida en ese fluido. Del
otro terráqueo surgían los sonidos.
Los
dos estaban desnudos. Uno era un hombre y el otro una mujer, aunque al
principio a Gundersen le costó trabajo darse cuenta de ello; ambos estaban tan
encogidos y delgados que sus características sexuales quedaban ocultas. No
tenían cabellos, ni siquiera cejas. Los huesos sobresalían sobre la piel
semejante a un pergamino. Los ojos de los dos estaban abiertos pero fijos en
una mirada rígida y aparentemente ciega, una mirada vidriosa, sin parpadeo.
Tenían los labios apartados de los dientes. Las algas grisáceas brotaban en los
pliegues de su piel y los fungoides móviles andaban errantes, alimentándose de
esas acrecencias. Con un gesto de asco rápido y mecánico, Gundersen arrancó dos
animales parecidos a babosas de los pechos vacíos de la mujer. Esta se movió y
volvió a gemir. En el idioma de los nildores murmuró:
—¿Ya
ha terminado?
Su
voz parecía una flauta tocada por una huraña brisa del desierto.
—¿Quién
es usted? ¿Cómo ocurrió esto? —inquirió Gundersen en uno de los idiomas de la
Tierra.
La
mujer no respondió. Un fungoide reptó por la boca de ella y Gundersen lo
apartó. Le tocó la mejilla. Se produjo un sonido seco cuando la mano de él pasó
por su mejilla: era como acariciar papel almidonado. Gundersen intentó recordar
quién era la mujer e imaginó una cabellera oscura sobre su cráneo desnudo, le
puso cejas claras y arqueadas, vio sus mejillas llenas y sus labios sonrientes.
Pero no pasó nada; o la había olvidado o no la conocía o dado su estado
presente ella resultaba irreconocible.
—¿Terminará
pronto? —volvió a preguntar en nildororu.
Gundersen
se volvió hacia el compañero de ella. Suavemente, temeroso de que el frágil
cuello se quebrara, retiró la cabeza del hombre de la charca de líquido. Al
parecer, respiraba el líquido; éste cayó gota a gota de su nariz y sus labios y
poco después el hombre dio señales de ser incapaz de habérselas con el aire.
Gundersen dejó que la cara volviese a sumergirse en la charca. En ese fugaz
instante logró reconocer al hombre como un tal Harold —¿o quizás
Henry?—-Dykstra, al que había conocido superficialmente en el pasado.
La
mujer desconocida intentaba mover un brazo. Carecía de fuerzas para elevarlo.
Esos dos seres vivían como espectros, como muertos en vida, atascados en el
líquido pegajoso y totalmente desamparados. Gundersen preguntó en el idioma de
los nildores:
—¿Cuánto
tiempo lleváis así?
—Eternamente
—susurró ella.
—¿Quiénes
sois?
—No
me... acuerdo. Estoy... esperando.
—¿Qué?
—El
fin.
—Escucha
—agregó—, soy Edmund Gundersen, ex jefe de sector. Quiero ayudaros.
—Máteme
primero a mí y después a él.
—Os
sacaremos de aquí y os llevaremos al puerto espacial. En una semana o diez días
estaréis de camino a la Tierra y después...
—No...,
por favor...
—¿Qué
pasa? —preguntó.
—Liquídelo.
Liquídelo.
La
mujer reunió fuerzas suficientes para arquear la espalda y alzó la mitad del
cuerpo del líquido que prácticamente cubría su mitad inferior. Algo ondeó y se
combó fugazmente bajo su piel. Gundersen tocó el estómago tenso y percibió un
movimiento en el interior: ese rápido estremecimiento interior fue la sensación
más aterradora que experimentara en su vida. Tocó el cuerpo de Dykstra, que
también ondeaba interiormente.
Consternado,
Gundersen se puso de pie y se alejó de ellos. Mediante la débil luz de la
antorcha observó sus cuerpos encogidos: desnudos pero asexuados, hueso y
ligamento, despojados de carne y de espíritu pero aún vivos. El pavor dominó a
Gundersen.
—Na-sinisul
—gritó—. ¡Ven aquí! ¡Entra! —Pocos segundos después, el sulidor estaba a su
lado. Gundersen agregó—: Hay algo dentro de sus cuerpos. ¿Algún tipo de
parásito? Se mueve. ¿De qué se trata?
—Mira
—dijo Na-sinisul y señaló la cesta esponjosa de la que manaba el líquido
oscuro—. Contienen a sus crías. Se han convertido en huéspedes. Un año, dos,
tal vez tres y las larvas saldrán.
—¿Porqué
no están muertos?
—Extraen
el alimento de esto —agregó el sulidor y golpeó con la cola el líquido negro—.
Se cuela por sus pieles. Los alimenta a ellos y también a lo que está dentro de
ellos.
—Si
los sacáramos de aquí y los enviáramos hasta el hotel en balsas...
—Morirían
instantes después de que los retiráramos de la humedad que los rodea — explicó
Na-sinisul—. No hay esperanzas de salvarlos.
—¿Cuándo
termina?—inquirió la mujer.
Gundersen
tembló. Toda su educación le impulsaba a no aceptar jamás lo definitivo de la
muerte; cualquier humano en el que quedaran fragmentos de vida podía salvarse,
reconstruirse a partir de unos pocos restos de células hasta lograr un facsímil
bastante bueno del original. Pero en aquel planeta no existían medios para
semejantes operaciones. Evaluó un remolino de alternativas: dejarlos allí para
que cosas extrañas se alimentaran de sus entrañas; intentar llevarlos al puerto
espacial para enviarlos al hospital tectogenético más cercano; librarlos de su
desdicha de inmediato; intentar liberar sus cuerpos de lo que los mantenía
esclavizados. Se arrodilló nuevamente. Se obligó a experimentar por segunda vez
ese estremecimiento interior. Tocó el estómago, los muslos y las costillas
huesudas de la mujer. Bajo la piel era una masa de extrañeza. Pero su mente aún
funcionaba, a pesar de que había olvidado su nombre y su lengua materna. El
hombre tenía más suerte: a pesar de que también estaba plagado, Dykstra no yacía
allí, en la oscuridad, esperando la muerte que sólo se produciría cuando las
larvas hospedadas surgieran de la carne humana esclavizada. ¿Era eso lo que
deseaban cuando rechazaron la repatriación de ese planeta que amaban? Un
terráqueo puede quedar atrapado por Belzagor, había dicho Vol'himyor, el nildor
nacido muchas veces. Pero ésa era una prisión demasiado literal.
El
hedor a podredumbre corporal le provocó náuseas.
—Mata
a los dos —pidió a Na-sinisul—. Y rápido.
—¿Son
ésas las instrucciones que me das?
—Mátalos.
Y arranca esa cosa de la pared y mátala también.
—No
ha cometido ningún agravio —opinó el sulidor—. Sólo ha hecho lo que es natural
para su especie. Al matar a estos dos, la despojaré de sus crías, pero no estoy
dispuesto a despojarla también de su vida.
—Está
bien —accedió Gundersen—. Entonces, sólo los terráqueos. Pero hazlo rápido.
—Lo
hago como acto de piedad, según tus órdenes directas —agregó Na-sinisul.
El
sulidor se inclinó hacia delante y levantó un poderoso brazo. Las garras
salvajes y encorvadas salieron completamente de sus vainas. La garra bajó dos
veces.
Gundersen
se obligó a mirar. Los cuerpos se quebraron como cáscaras secas; las cosas del
interior se derramaron, deformes y descarnadas. Incluso en ese momento, a causa
de algún reflejo inesperado, los dos cadáveres se contorsionaban y sacudían.
Gundersen miró sus entrañas corroídas.
—¿Me
oís? —inquirió—. ¿Estáis vivos o muertos?
La
boca de la mujer se entreabrió pero no salió ningún sonido, de modo que no supo
si se trataba de un intento por hablar o de una última convulsión de los
nervios arrasados. Conectó su antorcha de fusión en alta energía y la paseó por
la charca oscura. Soy la resurrección y la vida, pensó, reduciendo a cenizas a
Dykstra, a la mujer que estaba a su lado y a las larvas inconclusas que se
retorcían. Surgieron humos acres y asfixiantes; ni siquiera la antorcha
destruía la humedad del edificio. Volvió a conectar la antorcha en el nivel de
iluminación.
—Vamos
—dijo Gundersen al sulidor, y salieron—. Siento deseos de quemar todo el
edificio y de purificar este lugar.
—Lo
sé —comentó Na-sinisul.
—Pero
me lo impedirías.
—Te
equivocas. Nadie en este mundo te impediría hacer algo.
Pero
de qué serviría, se preguntó Gundersen interiormente. La purificación ya estaba
cumplida. Había retirado de ese sitio a los únicos seres que eran ajenos.
Había
dejado de llover. Gundersen se dirigió al expectante Srin'gahar —y preguntó:
—¿Me
llevarás lejos de aquí?
Se
reunieron con los cuatro nildores restantes. Como habían estado mucho tiempo
allí y la región del renacimiento aún estaba muy lejos, reanudaron la marcha a
pesar de que era de noche. Por la mañana, Gundersen oyó el estruendo que
producían las Cataratas de Shangri-la a las que los nildores denominaban
Du'jayukh.
Era
como si una blanca muralla de agua cayera del cielo. Nada en la Tierra podía
igualar los saltos triples de esa catarata mediante la cual el río Madden, o
Seran'nee, caía quinientos metros, luego seiscientos y después otros
quinientos, saltando de roca en roca en su descenso hacía el mar. Gundersen y
los cinco nildores se detuvieron al pie de las cataratas, donde la violenta
cascada caía en una amplia depresión rodeada de rocas y desde la cual el río
serpentino seguía su curso sudeste; el sulidor se había despedido durante la
noche y avanzaba hacia el norte por su propia ruta. Detrás de Gundersen, a la
altura de su hombro derecho, se encontraba la llanura costera y detrás del
izquierdo la meseta central. Ante él, en el punto más alto de las cataratas, comenzaba
la meseta norteña, las tierras altas que controlaban el acceso a la región de
las brumas. Del mismo modo que una titánica hendidura norte-sur separaba la
llanura costera de la meseta central, otra que corría de este a oeste dividía
la meseta central y la llanura costera de las tierras altas que se alzaban más
adelante.
Gundersen
se bañó en un lagunajo cristalino que se encontraba apartado del tumulto de las
cataratas y a continuación iniciaron el ascenso. La estación de Shangri-la —una
de las avanzadas más importantes de la Compañía— era invisible desde abajo; se
erigía a poca distancia de la cabecera de la catarata. Antaño habían existido
estaciones intermedias al pie de la caída y en la cabecera de la catarata del
medio, pero no se veían vestigios de esas estructuras: la selva las había
devorado por completo en sólo ocho años. Un camino zigzagueante, con un sinfín
de vericuetos, conducía a la cumbre. Cuando lo vio por primera vez, Gundersen
supuso que era obra de los ingenieros de la Compañía, pero supo que se trataba
de un lomo natural del costado de la meseta que los mismos nildores ampliaron y
ensancharon para facilitar su travesía hacia el renacimiento.
El
ritmo oscilante de su montura le produjo somnolencia; se aferró a los cuernos
en forma de pomo de Srin'gahar y abrigó la esperanza de no caer a causa del
amodorramiento. En una ocasión despertó súbitamente y descubrió que sólo estaba
sujeto con la mano izquierda, mientras su cuerpo colgaba a medias sobre un
precipicio que, como mínimo, tenía doscientos metros. En otro momento, también
de somnolencia, sintió espuma fría y prestó atención para ver que la cascada
del río pasaba a no más de doce metros de distancia. Los nildores se detuvieron
a comer en la cabecera de la catarata más baja y Gundersen se lavó la cara con
agua fría para quitarse la pesadez. Avanzaron. Ahora tuvo menos dificultades
para permanecer despierto: el aire era más claro y fresca la brisa vespertina.
Llegaron a la cabecera de las cataratas una hora antes del anochecer.
La
estación de Shangri-la, aparentemente inalterada, se alzaba ante sus ojos: tres
bloques desiguales y rectangulares de plástico oscuro y débilmente
resplandeciente, un sombrío zigurat que aparecía en la orilla occidental del
estrecho desfiladero por el que corría el río. Los simétricos jardines de
plantas tropicales —creados hacía como mínimo cuarenta años por un olvidado
jefe de sector— parecían primorosamente atendidos. En cada uno de los
vericuetos del edificio existía una terraza descubierta que daba al río y todas
estaban adornadas con plantas. Gundersen sintió que se le secaba la garganta y
se le tensaba el estómago. Preguntó a Srin'gahar:
—¿Cuánto
tiempo podemos quedarnos aquí?
—¿Cuánto
tiempo deseas quedarte?
—Uno
o dos días... aún no lo sé. Depende de cómo me reciban.
—Todavía
no tenemos mucha prisa —explicó el nildor—. Mis amigos y yo acamparemos en el
monte. Cuando sientas que ha llegado el momento de seguir la marcha, ven a
vernos.
Los
nildores se movieron lentamente en la penumbra. Gundersen se acercó a la
estación. Se detuvo en la entrada del jardín. Aquí los árboles eran nudosos y
arqueados, con largas frondas grises y plumosas que colgaban de sus ramas; la
flora de las tierras altas era distinta a la del sur, aunque también aquí
imperaba el verano eterno, al igual que en los verdaderos trópicos que habían
quedado atrás. En el interior de la estación las luces centelleaban. Allí todo
parecía sorprendentemente ordenado. El contraste con las ruinas de la estación
de las serpientes y la podredumbre de pesadilla de la estación de los fungoides
era evidente. Ni siquiera el jardín del hotel estaba tan bien cuidado. Cuatro
ordenadas filas de velas del bosque rosadas, carnosas y de aspecto obsceno
bordeaban el sendero que llegaba al edificio. Esbeltos y majestuosos árboles de
flor de globo, cargados de gigantescos frutos, formaban pequeñas arboledas a
derecha e izquierda. Había árboles, frutas amargas —exóticas aquí, importadas
de los humeantes trópicos ecuatoriales— e imponentes flores espada totalmente
brotadas, que alzaban sus largos y brillantes estambres hacia el cielo. Las
elegantes hiedras centelleantes y las enredaderas de nudo de especias se
deslizaban por el terreno, aunque no de manera fortuita. Gundersen dio unos
pasos y oyó el suave y triste suspiro de un arbusto de sensifrones, cuyas
delicadas hojas peludas se enroscaron y encogieron cuando avanzó, se abrieron
con cautela cuando terminó de pasar y volvieron a cerrarse cuando se giró para
echarles una rápida mirada. Otros dos pasos y se topó con un pequeño árbol cuyo
nombre no podía recordar, árbol de hojas lustrosas, rojas y aladas que
levantaban el vuelo, apartándose de sus delicados tallos y encumbrándose; sus
renuevos comenzaban a surgir instantáneamente. Era un jardín mágico. Pero
contenía sorpresas. Más allá de la hiedra centelleante descubrió un manchón en
forma de luna creciente de musgo atigrado, el monte bajo carnívoro y oriundo de
la hostil meseta central. El musgo fue trasplantado a otras zonas del planeta
—una parte de éste crecía descontrolada en el hotel de la costa— y Gundersen
recordó que Seena lo aborrecía, del mismo modo que detestaba todos los
productos de esa meseta repulsiva. Peor aún, al levantar la mirada para seguir
el camino de las hojas que planeaban graciosamente, Gundersen vio grandes masas
de jalea temblorosa, cubiertas de fibras neurales azules y rojas, colgando de
algunos de los árboles más grandes: más vegetación carnívora, originaria de la
meseta central. ¿Qué hacían esas plantas siniestras en aquel jardín encantado?
Poco después tuvo la tercera prueba de que el terror de Seena hacia la meseta
había desaparecido: por su senda cruzó uno de esos animales rollizos, ladrones
de objetos pequeños, parecidos a la nutria, que les habían atormentado cuando
quedaron varados. Se detuvo un instante, arrugó la nariz, irguió sus hábiles
patas y buscó algo que birlar. Gundersen le silbó y la bestezuela se perdió en
un matorral.
En
ese momento, de un rincón a oscuras surgió una corpulenta figura bípeda y le
interceptó el paso. Al principio Gundersen creyó que se trataba de un sulidor,
pero comprendió que era un robot, probablemente un jardinero. Éste dijo
pomposamente:
—Hombre,
¿por qué está aquí?
—Vengo
de visita. Soy un viajero que busca alojamiento por esta noche,
—¿La
mujer le espera?
—No.
Pero se mostrará dispuesta a verme. Dígale que Edmund Gundersen está aquí.
El
robot le analizó.
—Se
lo diré. Permanezca donde está y no toque nada.
Gundersen
esperó. Pasó un rato que le pareció enfermizamente largo. El crepúsculo se
ahondó y salió una de las lunas. Algunos árboles del jardín se tornaron
luminosos. Una serpiente de las del tipo que antaño se utilizaban como fuente
del veneno cruzó sigilosamente el sendero delante de él y desapareció. La
dirección del viento cambió, agitando la arboleda y llevándole el débil sonido
de un coloquio de nildores no muy lejos de la orilla del río.
En
ese momento, el robot regresó y dijo:
—La
mujer le recibirá. Siga la senda y entre en la estación.
Gundersen
subió los escalones. En la entrada vio plantas de extraño aspecto colocadas en
macetas y dispersadas irregularmente, como si aguardasen su trasplante al
jardín. Varias plantas agitaron sus zarcillos ante él o emitieron luz
ávidamente en un intento de lograr que la presa curiosa se acercara fatalmente.
Gundersen entró en la estación y, al no ver a nadie en la planta baja, se
aferró a una escalera de caracol colgante y dejó que le subiera girando hasta
la primera terraza. Notó que el interior de la estación estaba tan
impecablemente cuidado como el exterior: todas las superficies limpias y
brillantes, los murales decorativos sumamente pulcros, los artefactos de muchos
mundos aún estaban colocados correctamente en sus estantes. Aquella estación
había sido un lugar frecuentemente exhibido y se sorprendió de que resultase
tan atractiva en los años de la decadencia de la presencia terrestre en
Belzagor.
—¿Seena?
—llamó Gundersen.
La
encontró sola en la terraza, asomada a la barandilla. A la luz de las dos
lunas, vio la hendidura profunda de sus nalgas y pensó que había decidido
recibirlo desnuda; pero cuando ella se volvió, Gundersen notó que un extraño
ropaje cubría la parte delantera de su cuerpo. Era una extensión pálida,
gelatinosa, informe, de un tinte purpúreo y con la textura y el brillo que,
supuso, podía tener una inmensa ameba. La masa central de la extensión abarcaba
su estómago y sus costillas, dejando al descubierto sus caderas y nalgas; su
pecho izquierdo también estaba desnudo, pero un ancho seudópodo ascendía hasta
cubrir el derecho. La cosa era translúcida y Gundersen divisó claramente el ojo
rojo de su pezón cubierto y el diminuto hueco de su ombligo. Al parecer, también
estaba viva hasta cierto punto, ya que comenzó a fluir, aparentemente por
decisión propia, y emitió lentos hilos nuevos que rodearon el muslo y la cadera
derechos de Seena.
La
rareza de esa prenda ceñidora le turbó. Con excepción de este detalle, ella
parecía ser la Seena de siempre: había aumentado algunos kilos y sus pechos
eran más llenos y sus caderas más anchas pero aún era una mujer guapa en el
último florecimiento de la juventud. Sin embargo, la Seena de antes jamás
habría permitido que semejante capricho tocara su piel.
Ella
le miró con firmeza. La brillante cabellera negra caía por sus hombros, como
antaño. Su rostro carecía de arrugas. Le miró honestamente y sin turbación, con
los pies firmemente apoyados en el suelo, los brazos relajados y la cabeza
erguida.
—Pensé
que nunca volverías, Edmund —dijo. Su voz se había tornado más grave, lo que
también indicaba algún ahondamiento interior. Cuando le vio por última vez,
ella solía hablar con mucha rapidez, agudizaba nerviosamente el tono de voz
pero ahora, serena y maravillosamente equilibrada, lo hacía con la resonancia
de un magnífico violonchelo. Inquirió—: ¿Por qué has vuelto?
—Es
una larga historia. Seena, sinceramente ni yo la entiendo por completo. ¿Puedo
pasar la noche aquí?
—Naturalmente.
¡Qué pregunta sin sentido!
—Seena,
tienes muy buen aspecto. De algún modo esperaba... después de ocho años...
—¿Suponías
que me había convertido en una bruja?
—No.
No exactamente —sus miradas se encontraron y bruscamente Gundersen quedó
conmovido por la rigidez que encontró en los ojos de Seena: una mirada fija e
inflexible, un brillo que le recordó aterradoramente la expresión de los ojos
de Dykstra y de los de su mujer en la última estación de la selva—. No... no sé
qué esperaba —respondió.
—El
tiempo también ha sido benévolo contigo, Edmund. Ahora tienes ese aspecto
severo y disciplinado... los años se han llevado todas las debilidades, sólo
queda la esencia de la hombría. Nunca has tenido mejor aspecto.
—Muchas
gracias.
—¿No
me besas? —preguntó Seena.
—Me
han dicho que te has casado.
Ella
dio un respingo y apretó un puño. La cosa que la cubría también reaccionó, ya
que su color se oscureció y emitió un seudópodo para rodear, aunque no para
ocultar, su pecho desnudo.
—¿Dónde
te has enterado?—preguntó.
—En
la costa. Van Beneker me contó que te casaste con Jeff Kurtz.
—Sí.
A decir verdad, no mucho después de tu partida.
—Humm.
Comprendo. ¿Jeff está aquí?
Seena
ignoró la pregunta.
—¿No
quieres besarme o por principio no besas a las mujeres casadas?
Gundersen
se obligó a reír. Torpe y tímidamente se acercó a Seena, la cogió suavemente de
los hombros y la rodeó con los brazos. Era una mujer alta. Él inclinó la cabeza
e intentó apoyar sus labios en los de ella sin que ninguna parte de su cuerpo
entrara en contacto con la ameba. Seena se apartó antes del beso.
—¿De
qué tienes miedo? —preguntó.
—Lo
que llevas puesto me pone nervioso.
—¿El
resbalador?
—Si
así se llama...
—Así
lo llaman los sulidores —explicó Seena—. Viene de la meseta central. Se adhiere
a uno de los grandes mamíferos de la zona y vive metabolizando la
transpiración. ¿No te parece fabuloso?
—Creí
que detestabas la meseta.
—Ah,
vieja historia. Estuve allí muchas veces. Traje el resbalador cuando regresé
del último viaje. Es tanto un animal de compañía como una prenda de vestir.
Mira —lo tocó levemente y el resbalador sufrió una sucesión de cambios de
color, expandiéndose al aproximarse al extremo azul del espectro y
contrayéndose al aproximarse al rojo. En su mayor extensión formaba una túnica
completa que cubría a Seena desde el cuello hasta los muslos. Gundersen notó
algo oscuro y palpitante en el corazón de la cosa, que reposaba encima de su
estómago y ocultaba el triángulo púbico: quizá su centro nervioso—. ¿Por qué te
desagrada? —preguntó—. Ven, apoya tu mano.
Gundersen
no se movió. Seena le cogió la mano y se la llevó a un costado del cuerpo; él
sintió la superficie seca y fresca del resbalador y se sorprendió de que no
fuese viscosa. Seena subió sin resistencia la mano de Gundersen hasta llegar al
globo lleno de uno de los pechos y el resbalador se contrajo instantáneamente,
dejando la carne firme y pálida en contacto con sus dedos. Gundersen lo contuvo
un instante e, incómodo, levantó la mano. Los pezones de Seena se habían
erguido y las ventanas de su nariz se ensancharon.
—El
resbalador es muy interesante —comentó Gundersen—, pero no me gusta cómo te
queda.
—De
acuerdo. —Se tocó el estómago, apenas por encima del centro de ese ser. Éste se
encogió interiormente, bajó por una de sus piernas en un movimiento rápido y
ondulante, se deslizó y se detuvo en un extremo de la terraza—. ¿Así está
mejor? — preguntó Seena, ahora desnuda, brillante de sudor y con los labios
húmedos.
La
tosquedad de su acercamiento le sorprendió. Ninguno de los dos se había
preocupado demasiado por la desnudez, pero ese tipo de exhibicionismo contenía
una deliberada agresividad sexual que parecía incongruente con lo que él
consideraba la personalidad de ella. Es verdad que eran viejos amigos, antaño
habían sido amantes durante varios años y durante muchos meses de esa época
estuvieron casados en todos los aspectos excepto el documental, pero incluso
así la ambigüedad de su separación debió destruir toda intimidad compartida. Al
margen de la cuestión de su matrimonio con Kurtz, el hecho de que no se habían
visto desde hacía ocho años parecía dictar la necesidad de un retorno más
gradual a la intimidad física. Gundersen sintió que al mostrarse jadeantemente
disponible a los pocos minutos de su inesperada llegada, ella cometía una
violación que no correspondía a la esfera moral sino a la estética.
—Ponte
algo —pidió Gundersen suavemente—, pero que no sea el resbalador. No puedo
sostener una conversación seria contigo mientras agitas de un lado a otro esas
tentaciones.
—¡El
pobre y convencional Edmund! ¡De acuerdo! ¿Has cenado?
—No.
—Haré
que nos sirvan la cena aquí fuera. Beberemos algo. Enseguida regreso.
Seena
entró en el edificio. El resbalador quedó en la terraza; se deslizó inseguro
hacia Gundersen, como si se ofreciera a trepar y a ser usado un rato por él,
pero el terráqueo lo miró fijamente y le transmitió sentimientos suficientes
para lograr que el animal mesetario se apartara a toda velocidad. Un minuto
después apareció un robot con una bandeja que contenía dos cócteles dorados.
Ofreció un trago a Gundersen, dejó la otra copa sobre la barandilla y se retiró
silenciosamente. Después apareció Seena, púdicamente cubierta por una suave
camisa de color gris que le caía desde los hombros hasta los tobillos.
—¿Te
gusta más así?
—Provisionalmente.
—Entrechocaron las copas; ella sonrió; se llevaron la bebida a los labios.
Gundersen agregó—: Has recordado que no me gustan las jeringas sónicas.
—Edmund, olvido muy pocas cosas. —¿Cómo es la vida aquí? —Serena. Jamás imaginé
que mi vida pudiera ser tan tranquila. Leo mucho, ayudo a los robots a cuidar
el jardín, ocasionalmente tengo huéspedes, a veces viajo. A menudo transcurren
varias semanas sin que vea a otro ser humano. —¿Y tu marido? —A menudo
transcurren varias semanas sin que vea a otro ser humano —repitió. —¿Estás sola
aquí? ¿Los robots y tú? —Totalmente sola. —Pero seguramente las demás personas
de la Compañía vienen aquí con bastante frecuencia.
—Algunas.
Ya no quedamos muchos —explicó Seena—. Creo que menos de cien. Unos seis de
ellos residen en el Mar de Polvo. Van Beneker está en el hotel. Cuatro o cinco
en la vieja estación de la hendidura. Y así sucesivamente... Pequeñas islas de
terráqueos muy esparcidas. Existe una especie de circuito social, pero está
disperso.
—¿Era
esto lo que querías cuantió elegiste quedarte aquí? —preguntó Gundersen. —No
sabía lo que quería, salvo que deseaba quedarme. Y volvería a hacerlo. Aun
sabiendo todo lo que sé, haría todo del mismo modo. —En la estación situada al
sur de aquí —agregó Gundersen—, bajo las cataratas, vi a Harold Dykstra...
—Henry Dykstra. —A Henry y a una mujer que no conocía. —Pauleen Mazor. Era una
de las muchachas de la aduana en tiempos de la Compañía. Supongo que Henry y
Pauleen son mis vecinos más próximos, pero hace años que no los veo. Ya no voy
al sur de las cataratas y ellos no han venido aquí. —Estaban muertos, Seena.
—¿Cómo? —Fue como internarse en una pesadilla. Un sulidor me condujo hasta
ellos. La estación estaba hecha una ruina, verdín y fungoides por todas partes,
y algo incubaba en el interior de ellos, las larvas de una especie de esponja
en forma de cesta que colgaba de una pared y goteaba un aceite negro...
—Ocurren
cosas así —comentó Seena, que no parecía perturbada—. Tarde o temprano, este
planeta se apodera de todo, aunque siempre de un modo distinto. —Dykstra estaba
inconsciente y la mujer suplicaba que la libraran de su desdicha y... —Dijiste
que estaban muertos. —No cuando llegué. Le pedí al sulidor que los matara. No
había posibilidad desalvarlos. Él los abrió y después yo les pasé la antorcha.
—Tuvimos
que hacer lo mismo por Gio' Salamone —agregó Seena—. Estaba en Punta de Fuego,
fue al Mar de Polvo y un tipo de parásito cristalino se le metió en una herida.
Cuando Kurtz y Ced Cullen lo encontraron, era todo cubos y prismas, y salientes
de los más maravillosos minerales iridiscentes asomaban por todos los poros de
su piel. Aún siguió con vida durante un tiempo. ¿Otro trago?
—Sí,
por favor.
Seena
llamó al robot. Ya era noche plena. Apareció una tercera luna.
Seena
dijo en voz queda:
—¡Soy
tan dichosa de que hayas venido esta noche! Fue una sorpresa maravillosa.
—¿Kurtz
no está aquí?
—No
—replicó—. Se ha ido y no sé cuándo regresará.
—¿Cómo
ha sido la vida aquí para él?
—Creo
que, en términos generales, ha sido muy feliz. Naturalmente, es un hombre muy
raro. —Sí, lo es —coincidió Gundersen. —Sospecho que tiene alguna cualidad de
santo. —Seena, habría sido un santo sombrío y escalofriante. —Algunos santos
son así. No todos han de parecerse a san Francisco de Asís. —¿Acaso la crueldad
es una de las características deseables en un santo? —Kurtz veía la crueldad
como una fuerza dinámica. Se convirtió en un artista de la crueldad. —Lo mismo
hizo el Marqués de Sade y nadie le canonizó. —Tú sabes a qué me refiero
—insistió Seena—. En una ocasión me hablaste de Kurtz y le llamaste ángel
caído. Se trata exactamente de eso. Le vi en medio de los nildores, danzando
con cientos de ellos y vi cómo se le acercaron y prácticamente lo reverenciaron.
Allí estaba, hablando con ellos, acariciándolos. Pero también les procuraba las
cosas más destructivas y a ellos les encantaba.
—¿Qué
tipo de cosas destructivas?
—No
tienen importancia. Supongo que no las aprobarías. A veces... les daba drogas.
—¿El
veneno de las serpientes?
—A
veces.
—¿Dónde
está ahora? ¿Ha salido a jugar con los nildores?
—Hace
un tiempo que está enfermo. —En ese momento el robot servía la cena, Gundersen
miró con desconfianza las verduras que tenía en el plato. Seena agregó—: Son
totalmente comestibles. Las cultivo yo misma. Soy toda una granjera. —No las
recuerdo. —Provienen de la meseta. Gundersen meneó la cabeza. —Cuando pienso
cuánto te repugnaba la meseta, cuán rara y espeluznante te pareció aquella vez
que tuvimos que hacer un aterrizaje forzoso... —Entonces era una niña. ¿Cuándo
ocurrió? ¿Hace once años? Fue poco después de conocerte. Yo sólo tenía veinte
años. Pero en Belzagor has de derrotar a lo que te asusta o te derrotan.
Regresé una y otra vez a la meseta. Dejó de resultarme extraña y por eso dejó
de asustarme y por eso llegué a quererla. Traje aquí, para que vivieran
conmigo, muchas de sus plantas y animales. Es tan distinta al resto de
Belzagor... aislada de todo lo demás, casi ajena.
—¿Fuiste
allí con Kurtz?
—En
ocasiones. Otras veces con Ced Cullen. Y la mayoría de las veces sola.
—Cullen
—dijo Gundersen—. ¿Le ves a menudo?
—Sí.
El, Kurtz y yo hemos formado una especie de triunvirato. Casi ha sido mi otro
marido. Me refiero en un sentido espiritual. Y también físico en ocasiones,
pero eso no es tan importante. —¿Dónde está Cullen ahora? —inquirió y miró
atentamente sus ojos severos y brillantes. La expresión de Seena se
ensombreció. —En el norte, en la región de las brumas. —contestó ella.
—¿Qué
hace allí? —¿Por qué no vas y se lo preguntas? —propuso. —Me gustaría hacerlo
—respondió Gundersen—. A decir verdad, estoy de viaje hacia la región de las
brumas y ésta es una parada sentimental en el camino. Viajo con cinco nildores
que se dirigen al renacimiento. Han acampado en el monte, por aquí cerca. Ella
abrió una botella de vino verdigris y mohoso y le sirvió una copa.
—¿Por
qué quieres ir a la región de las brumas?—preguntó tensamente.
—Por
curiosidad. Supongo que por el mismo motivo que tuvo Cullen.
—No
creo que él haya ido por curiosidad.
—¿Quieres
ser más explícita?
—Preferiría
no hacerlo —replicó Seena.
La
conversación desembocó en un prolongado silencio. Hablar con Seena sólo llevaba
a trazar círculos, pensó Gundersen. Su nueva serenidad podía conducir a la
locura. Sólo le hablaba de lo que le interesaba y jugaba con él, disfrutando
aparentemente del contacto de su dulce voz de contralto con el aire nocturno,
sin comunicar la menor información. Ésta no era una Seena como la que él
conoció. La muchacha que él había amado era atractiva y fuerte, pero no astuta
y reservada; había poseído un aire de inocencia que ahora parecía totalmente
perdido. Quizá Kurtz no fuese el único ángel caído de ese planeta.
—¡Ha
salido la cuarta luna! —exclamó Gundersen súbitamente.
—Sí,
por supuesto. ¿Qué tiene de sorprendente?
—Rara
vez se ven cuatro lunas, incluso en esta latitud.
—Ocurre
como mínimo diez veces al año. ¿Por qué te asombras tanto? Dentro de un rato
aparecerá la quinta y... Gundersen jadeó.—¿Ésta es la noche? —Sí. La Noche de
las Cinco Lunas. —¡Nadie me lo dijo! —Tal vez no lo preguntaste. —Me la perdí
dos veces porque estaba en Punta de Fuego. Una vez estaba en el mar y otra en
la región sureña de las brumas, en aquella ocasión en que cayó el helicóptero.
Seena, sólo logré verla una sola vez, aquí mismo, hace diez años, contigo.
Cuando las cosas estaban en su mejor momento para nosotros. ¡Y ahora estoy aquí
de manera casual y ocurre otra vez!
—Pensé
que lo habías hecho deliberadamente para conmemorar aquella ocasión.
—No,
no, es pura coincidencia.
—Entonces
se trata de una feliz coincidencia.
—¿Cuándo
saldrá?
—Aproximadamente
dentro de una hora.
Gundersen
miró los cuatro puntos brillantes que navegaban por los cielos. Había
transcurrido tanto tiempo que olvidó por dónde debía salir la quinta luna. Su
órbita era retrógrada, pensó. Además, era la más brillante de las lunas, con
una superficie de hielo de alto albedo, suave como un espejo.
Seena
volvió a llenarle la copa. Habían terminado de comer.
—Discúlpame
—dijo ella—. Regresaré enseguida.
A
solas, Gundersen estudió el firmamento e intentó comprender a esa Seena
extrañamente cambiada, a esa misteriosa mujer cuyo cuerpo se había vuelto más
voluptuoso y cuya alma, al parecer, se había tornado de piedra. Ahora
comprendió que la rigidez había estado siempre en su interior: por ejemplo, al
separarse, cuando él pidió eltraslado a la Tierra y ella se negó tajantemente a
abandonar el Planeta de Holman. Te quiero, había dicho, y siempre te querré,
pero aquí me quedo. ¿Por qué? ¿Por qué? Porque quiero quedarme, fue su
respuesta. Y Seena se quedó, pero él era igualmente testarudo y partió sin
ella. Y la última noche de Gundersen en Belzagor durmieron juntos en la playa,
cerca del hotel, de modo que él aún tenía en la piel el calor de su cuerpo
cuando subió a la nave del retorno. Ella le amaba y él la amaba, pero se
separaron porque Gundersen carecía de porvenir en aquel planeta y Seena
consideraba que todo su futuro estaba allí. Ella se había casado con Kurtz.
Había explorado la desconocida meseta. Hablaba con una magnífica voz nueva y
profunda, permitía que extrañas amebas se aferraran a sus muslos y se encogía
de hombros ante la noticia de que dos terráqueos que vivían en las vecindades
habían muerto de una manera espantosa. ¿Era todavía Seena o alguna copia sutil?
Los
bramidos de los nildores llegaron en medio de la profunda noche. Gundersen
también oyó otro sonido, más cercano, una especie de gruñido resoplante y
ahogado que le resultó totalmente desconocido. Parecía un quejido de dolor,
aunque quizá sólo fuera producto de su imaginación. Probablemente se trataba de
una de las bestias de la meseta traídas por Seena, un animal que olisqueaba en
el jardín en busca de raíces sabrosas. Oyó ese sonido dos veces más y luego
cesó.
Pasaba
el tiempo y Seena no volvía. Entonces Gundersen vio aparecer plácidamente en el
cielo la quinta luna, astro del tamaño de una gran moneda de plata y tan
brillante que encandilaba. Las cuatro lunas restantes danzaron a su alrededor
—dos de ellas meros puntitos y las otras dos más imponentes— y las sombras de
las luces lunares se quebraban y volvían a quebrarse a medida que los planos de
brillo se entrecruzaban. Los cielos lanzaron luz sobre el planeta en forma de
heladas cascadas. Asió la barandilla de la terraza y rezó mudamente para que
las lunas siguieran su camino; al igual que Fausto, deseó gritar al momento
fugaz: ¡quédate, quédate para siempre, quédate, eres hermosa! Pero las lunas se
movieron, impulsadas por los mecanismos newtonianos ocultos; sabía que, en una
hora, dos de las lunas desaparecerían y el encanto disminuiría. ¿Dónde estaba
Seena?
—¿Edmund?
—preguntó ella a sus espaldas.
Estaba
nuevamente desnuda y, una vez más, el resbalador se encontraba adherido a su
cuerpo, cubriendo sus costillas y emitiendo una larga y delgada proyección que
sólo rodeaba el pezón de cada pecho. La luz de las cinco lunas hacía centellear
y brillar su piel aleonada. En ese momento ella no le pareció tosca ni
abiertamente agresiva; era perfecta en su desnudez, el momento era perfecto y
se acercó a ella sin vacilación. Gundersen se desvistió rápidamente, apoyó las
manos en las caderas de Seena, tocando el resbalador, y el extraño animal
comprendió, pues se apartó obedientemente del cuerpo de ella: un cinturón de
castidad infiel a su tarea. Ella se inclinó hacia Gundersen, balanceando los
pechos como campanas carnosas; él la besó aquí, allí y allá y se dejaron caer
hasta el suelo de la terraza, hasta la piedra fría y uniforme.
Los
ojos de Seena permanecieron abiertos y más fríos que el suelo, más fríos que la
luz cambiante de las lunas incluso en el momento en que él la penetró.
Pero
su abrazo no contenía frialdad. Sus cuerpos se sacudieron y enmarañaron, la
piel de Seena era suave y hambriento su beso y los años se esfumaron hasta que
de nuevo eran los viejos tiempos, los días felices. En el momento culminante,
él volvió a percibir débilmente ese extraño gruñido. La abrazó impetuosamente y
cerró los ojos.
Más
tarde descansaron juntos y mudos bajo la luz de las lunas hasta que la quinta
luna brillante cumplió su recorrido y la Noche de las Cinco Lunas se tornó como
cualquier noche.
Durmió
solo en una de las habitaciones de huéspedes situada en la planta más elevada
de la estación. Despertó inesperadamente temprano, vio la salida del sol por
encima del desfiladero y bajó a dar un paseo por los jardines, en los cuates
aún brillaba el rocío. Caminó hasta la orilla del río en busca de sus
compañeros nildores, pero no estaban a la vista. Durante largo rato permaneció
junto al río y observó el irresistible impulso descendente de ese inmenso
volumen de agua. ¿Había peces en ese tramo del río?, se preguntó. ¿Cómo
lograban eludir la caída? Sin duda alguna, cualquier cosa atrapada en ese
majestuoso fluir no tendría más alternativa que seguir el camino que le dictaba
y dejarse arrastrar hacia la terrible catarata.
Finalmente
regresó a la estación. Bajo la luz matinal, el jardín de Seena le pareció menos
siniestro. Ahora las plantas y animales de la meseta le parecían extraños y no
amenazantes; cada distrito geográfico de ese planeta contaba con fauna y flora
típicas, eso era todo, y los seres de la meseta no eran responsables de que el
hombre hubiese elegido sentirse incómodo entre ellos.
Un
robot salió a recibirle en la primera terraza y le ofreció el desayuno.
—Esperaré
a la mujer —respondió Gundersen.
—No
aparecerá hasta mucho más tarde.
—Es
raro, no solía dormir tanto.
—Está
con el hombre —agregó voluntariamente el robot—. A esta hora se queda con él y
le consuela.
—¿Qué
hombre?
—El
hombre Kurtz, su marido.
Azorado,
Gundersen preguntó:
—¿Kurtz
está aquí, en la estación?
—Se
encuentra enfermo en su habitación.
Ella
había dicho que se había ido a algún sitio, recordó Gundersen. También dijo que
no sabía cuándo regresaría.
—¿Estaba
anoche en su habitación?—preguntó al robot.
—Sí.
—¿Cuánto
hace que ha regresado desde su último viaje?
—Un
año en el solsticio —replicó el robot—. Quizá debería consultar a la mujer
sobre estos temas. Dentro de un rato se reunirá con usted. ¿Le traigo el
desayuno?
—Sí
—aceptó Gundersen. Seena no tardó en llegar. Diez minutos después de que él
terminara los zumos, las frutas y el pescado frito que el robot le había
llevado, ella apareció en la terraza, ataviada con una túnica blanca y diáfana
que ponía de relieve las líneas de su cuerpo. Al parecer había dormido bien. Su
piel estaba limpia y brillante, su paso era enérgico y su pelo oscuro se
agitaba libremente a causa de la brisa, pero la expresión extrañamente rígida y
obsesiva de sus ojos no había cambiado y desentonaba con la inocencia del nuevo
día.
—El
robot me dijo que no te esperara para desayunar. Explicó que no bajarías
durante un rato —dijo Gundersen.
—Está
bien. Es verdad que normalmente no bajo tan temprano. ¿Quieres que vayamos a
nadar?
—¿Al
río?
—¡No,
tonto!
Seena
se quitó la túnica y bajó corriendo los escalones del jardín. Gundersen
permaneció inmóvil un instante, atrapado en el ritmo de sus brazos que se
balanceaban y sus nalgas traqueteantes; después la siguió. En un recodo del
sendero en el que no había reparado, ella giró a la izquierda y se detuvo ante
una piscina circular que parecía construida en la roca viva de la orilla del
río. Cuando él llegó, Seena se arrojó al agua en una perfecta zambullida de
arco y pareció quedar suspendida unos instantes, flotando por encima del agua
oscura y con los pechos convertidos en una sorprendente redondez a causa de la
fuerza de gravedad. Luego se sumergió. Antes de que ella tuviera tiempo de
subir a tomar aire, Gundersen se desnudó y se zambulló en la piscina junto a
Seena. A pesar del clima moderado, el agua estaba muy fría.
—Proviene
de un manantial subterráneo —explicó Seena—. ¿No es maravillosa? Parece un rito
de purificación.
Un
zarcillo gris coronado de garras que parecían de caucho surgió del agua detrás
de ella. Gundersen no encontró palabras para advertírselo. Lo señaló con cortas
sacudidas de dos dedos y emitió agudos chillidos de horror. Un segundo zarcillo
surgió de las profundidades y se encumbró sobre Seena. Ésta se volvió sonriente
y pareció acariciar a un animal corpulento; hubo una agitación de las aguas y
luego los zarcillos desaparecieron.
—¿Qué
era eso?
—El
monstruo de la piscina —respondió—. Me lo trajo Ced Cullen hace dos años, como
regalo de cumpleaños. Es una medusa de la meseta. Viven en lagos y aguijonean
cosas.
—¿Qué
tamaño tiene?
—Bueno,
yo diría que el tamaño de un pulpo grande. Es muy afectuosa. Quería que Ced me
consiguiera un compañero para ella, pero no lo hizo antes de partir para el
norte y supongo que tendré que hacerlo yo misma y pronto. El monstruo se siente
solitario.
Seena
salió de la piscina y se estiró en una losa de piedra negra para secarse bajo
el sol. Gundersen la siguió. Desde ese lado de la piscina en el que la luz
penetraba en el agua en ángulo recto, logró distinguir en el fondo una forma
corpulenta y de muchos miembros: el regalo de cumpleaños de Seena.
—¿Te
molestaría decirme dónde puedo encontrar a Ced? —preguntó Gundersen.
—En
la región de las brumas.
—Ya
lo sé. Pero es un lugar muy grande. ¿Algún sitio en especial?
Seena
rodó hasta ponerse boca arriba y dobló las rodillas. La luz solar convertía en
prismas las gotas de agua de sus pechos. Después de un prolongado silencio,
dijo:
—¿Por
qué tienes tanto interés en encontrar a Ced?
—Estoy
realizando un viaje sentimental para visitar a viejos amigos. En el pasado Ced
y yo estuvimos muy unidos. ¿No es razón suficiente para que lo busque?
—No
es razón para traicionarlo, ¿verdad?
Él
la miró fijamente. Ahora los ojos impetuosos estaban cerrados y los pesados
montículos de sus pechos ascendían y caían lenta y serenamente.
—¿Qué
quieres decir?
—¿Acaso
los nildores no te dieron instrucciones para que lo buscaras?
—¿Qué
clase de tonterías dices? —barbotó Gundersen, pero no sonaba convincentemente
indignado ni siquiera para sí mismo.
—¿Por
qué has de fingir? —preguntó Seena, hablando todavía desde el interior de ese
centro inexpugnable de seguridad absoluta—. Los nildores quieren que lo traigas
de regreso. Según un tratado, están impedidos de ir allá y cogerlo. Los
sulidores no tienen intención de entregarlo ni de conceder una extradición.
Ciertamente, ninguno de los terráqueos que habitan este planeta lo cogerá.
Ahora bien, como forastero necesitas autorización de los nildores para ir a la
región de las brumas y como tú cumples las reglas probablemente has solicitado
esa autorización y no creo que haya motivos por los cuales deban concederte
favores a menos que aceptes hacer algo por ellos. ¿No es así?
—¿Quién
te contó todo eso?
—Créeme
que lo deduje por mis propios medios.
Gundersen
apoyó la cabeza en una mano y extendió admirado la otra para tocarle el muslo.
La piel de Seena estaba seca y tibia. Apoyó delicadamente la mano en la carne
turgente y después lo hizo con firmeza. La mujer no reaccionó. Él le preguntó
en voz baja:
—¿Es
demasiado tarde para que lleguemos a un acuerdo?
—¿De
qué se trata?
—De
un pacto de no agresión. Desde que llegué, nos hemos defendido con respuestas
evasivas. Pongamos fin a las hostilidades. Yo te he ocultado cosas y tú también
pero, ¿de qué sirve? ¿Por qué no podemos ayudarnos? Somos dos seres humanos que
están en un planeta mucho más desconocido y peligroso de lo que la mayoría de
las personas supone y si somos incapaces de proporcionarnos algo de ayuda y
consuelo mutuos, ¿para qué sirven los lazos humanos?
Seena
comenzó a recitar un poema:
—Amor,
seamos sinceros entre nosotros: por el mundo, que parece abrirse ante nosotros
como una tierra de ensueño, ¡tan variopinto, tan hermoso, tan nuevo...
Las
palabras del viejo poema surgieron del manantial de la memoria de Gundersen. Su
voz resonó:
—...
no tiene realmente encanto, ni amor, ni luz, ni certidumbre, ni paz, ni alivio
para el dolor; y aquí estamos en una misteriosa llanura, barrida por confusas
alarmas de combate y evasión donde... donde...
Seena
concluyó el poema:
—...
donde ejércitos ignorantes se baten por la noche. Sí, Edmund. Es muy típico de
ti confundir los versos en el momento crucial, en el clímax final.
—¿Entonces
celebramos el pacto de no agresión?
—Lo
siento. No debí decirlo. —Se giró hacia él, le apartó la mano de su muslo, la
apretó tiernamente entre sus pechos y la rozó con los labios—. De acuerdo,
hemos estado jugando. Ahora los juegos han terminado y sólo diremos la verdad,
pero tú serás el primero en hacerlo. ¿Te pidieron los nildores que trajeras a
Ced Cullen de la región de las brumas?
—Sí
—respondió Gundersen—. Fue la condición que me pusieron.
—¿Y
prometiste hacerlo?
—Planteé
algunas reservas y objeciones, Seena. Si no quiere venir por su voluntad, el
honor no me obliga a traerlo por la fuerza. Pero al menos tengo que
encontrarlo. A eso me he comprometido. Por eso vuelvo a pedirte que me digas
dónde ha de buscarlo.
—Lo
ignoro —dijo ella—. No tengo la menor idea. Podría estar en cualquier parte.
—¿Dices
la verdad?
—La
verdad —respondió, y durante unos instantes la aspereza desapareció de su
mirada y su voz no fue la de un violonchelo sino la de una mujer.
—¿Podrías
explicarme al menos por qué huyó y por qué le buscan con tanta vehemencia?
Seena
demoró en responder. Finalmente dijo:
—Hace
aproximadamente un año fue a la meseta central en uno de sus viajes de rutina
como coleccionista. Dijo que pensaba traerme otra medusa. La mayoría de las
veces le acompañaba, pero esta vez Kurtz estaba enfermo y tuve que quedarme.
Ced llegó a una zona de la meseta que nunca había visitado y encontró un grupo
de nildores consagrados a una especie de ceremonia religiosa. Se topó con ellos
y, evidentemente, profanó el ritual.
—¿El
renacimiento? —inquinó Gundersen,
—No,
sólo practican el renacimiento en la región de las brumas. Al parecer, era otra
cosa igualmente importante. Los nildores se enfurecieron. Ced apenas logró
salir con vida. Regresó y me dijo que tenía un serio problema, que los nildores
le buscaban, que había cometido algo así como un sacrilegio y que debía
refugiarse. Después se fue al norte y un comando de nildores le persiguió hasta
la frontera. Desde entonces no sé nada de Ced. Carezco de contactos con la
región de las brumas. Es todo lo que puedo decirte.
—No
me has explicado qué tipo de sacrilegio cometió —puntualizó Gundersen.
—Es
que no lo sé. Ignoro de qué rito se trataba y de lo que él hizo para
interrumpirlo. Te he contado todo lo que Ced me dijo. ¿Me crees?
—Te
creo —replicó Gundersen y sonrió—. Juguemos ahora otro juego y yo llevaré la
delantera. Anoche me dijiste que Kurtz estaba de viaje, que hacía mucho tiempo
que no le veías y que no sabías cuándo regresaría. También dijiste que había
estado enfermo, pero te apartaste rápidamente de ese tema. Esta mañana, el
robot que me sirvió el desayuno explicó que tardarías en bajar pues Kurtz
estaba enfermo y te encontrabas junto a él en su habitación, como haces todas
las mañanas a esa hora. Normalmente los robots no mienten.
—El
robot no mentía pero yo sí.
—¿Porqué?
—Para
protegerlo de ti —repuso Seena—. Está muy mal y no quiero que sea perturbado.
Sabía que si te decía que estaba aquí, querrías verlo. No se encuentra con
fuerzas suficientes para recibir visitas. Edmund, fue una mentira inocente.
—¿Qué
le ocurre?
—No
lo sabemos con certeza. Ya sabes que no quedan muchos servicios médicos en este
planeta. Conseguí un diagnostat, pero no me proporcionó datos útiles cuando
sometí a Kurtz a un examen. Supongo que podría describir su enfermedad como un
tipo de cáncer, pero no es cáncer lo que tiene.
—¿Puedes
describir los síntomas?
—¿Para
qué? Su cuerpo comenzó a cambiar. Él se convirtió en algo raro, horrible y
aterrador y no hace falta que conozcas los detalles. Si pensaste que lo que le
ocurrió a Dykstra y a Pauleen era horrible, ver a Kurtz te removería hasta las
entrañas. Pero no permitiré que le veas. Lo hago tanto para protegerlo a él de
ti como a la inversa. Será mejor que no le veas. —Seena se sentó en la losa con
las piernas cruzadas y desenmarañó los mechones húmedos y enredados de su
cabellera. Gundersen pensó que nunca la había visto tan bella como en ese
momento, cubierta únicamente por la luz de un sol ajeno: su carne tensa, rosada
y brillante y su cuerpo flexible, armonioso y perfecto. ¿Acaso la impetuosidad
de sus ojos era la única discordancia? ¿Provenía de ver todas las mañanas el
horror en que Kurtz se había convertido? Después de un prolongado silencio
Seena agregó—:: Kurtz es castigado por sus pecados.
—¿Crees
realmente en lo que acabas de decir?
—Sí
—repuso—. Creo que los pecados existen y que hay un justo castigo para ellos.
—¿También
crees que un viejecito de barba blanca está arriba, en el cielo, apuntando los
tantos de todos, dirigiendo el espectáculo y anotando un adulterio aquí, una
mentira allá, una actitud orgullosa?
—No
tengo idea de quién dirige el espectáculo —afirmó Seena—. Ni siquiera estoy
segura de que alguien lo haga. No te despistes, Edmund: no intento importar a
Belzagor la teología medieval. No te hablaré del Padre, del Hijo ni del
Espíritu Santo, aunque diré que algunos principios fundamentales se aplican a
todo el Universo. Simplemente sostengo que aquí, en Belzagor, vivimos en
presencia de algunos valores morales absolutos característicos del planeta y
que si un extranjero viene a Belzagor y los transgrede, lo lamentará. Este
mundo no es nuestro, nunca lo fue, nunca lo será y los que vivimos aquí nos
encontramos en un estado constante de peligro porque no comprendemos las reglas
básicas,
—¿Qué
pecados cometió Kurtz?
—Nombrarlos
me llevaría toda la mañana —respondió—. Algunos ofendían a los nildores y otros
pecados se relacionaban con su propio espíritu.
—Todos
cometimos pecados contra los nildores —sostuvo Gundersen.
—En
cierto sentido, sí. Fuimos orgullosos y estúpidos, no logramos captar su
auténtico valor y los usamos despiadadamente. Sí, obviamente ése es un pecado,
un pecado que nuestros antepasados cometieron a lo largo y a lo ancho de la
Tierra mucho antes de que saliéramos al espacio. Pero Kurtz poseía una mayor
capacidad de pecado que los demás pues era un hombre superior. Una vez que
caen, los ángeles tienen que recorrer una distancia mayor.
—¿Qué
le hizo Kurtz a los nildores? ¿Los asesinó? ¿Los cortó en pedazos? ¿Los azotó?
—Ésos
son pecados contra sus cuerpos —sostuvo Seena—. Hizo cosas peores.
—Cuéntame.
—¿Sabes
lo que ocurría en la estación de las serpientes, al sur del puerto espacial?
—Estuve
allí algunas semanas con Kurtz y Salamone —explicó Gundersen—. Hace mucho
tiempo, cuando era un novato aquí, cuando tú todavía eras una niña en la
Tierra. Los vi llamar a las serpientes de la selva, extraerles el veneno puro y
darles el líquido a los nildores para que lo bebieran. Y les vi a ellos mismos
beber el veneno.
—¿Y
entonces qué ocurría?
Gundersen
meneó la cabeza.
—Jamás
he podido comprenderlo. Cuando probé el veneno con ellos, tuve la ilusión de
que los tres nos convertíamos en nildores. Y de que tres nildores se convertían
en nosotros. Yo tenía una trompa, cuatro patas, colmillos, púas. Todo parecía
distinto: veía a través de ojos nildores. Después aquello cesó, volví a ocupar
mi propio cuerpo y experimenté una terrible sacudida de culpa, de vergüenza. No
logré descubrir si había sido una verdadera metamorfosis corporal o una
alucinación.
—Fue
una alucinación —informó Seena—. El veneno abrió tu mente, tu alma, y te
permitió meterte en la conciencia del nildor al mismo tiempo que éste penetraba
en la tuya. Durante un rato, ese nildor creyó ser Edmund Gundersen. Semejante
ensueño constituye un gran éxtasis para los nildores.
—¿Entonces
es ése el pecado de Kurtz? ¿Proporcionar éxtasis a los nildores?
—El
veneno de las serpientes también se utiliza en la ceremonia del renacimiento.
Lo que Kurtz, Salamone y tú hadáis en la selva era realizar una versión muy
moderada, muy moderada, del renacimiento. Y los nildores también. Pero, por
diversos motivos, para ellos era un renacimiento blasfemo. En primer lugar,
porque se celebraba en un lugar incorrecto. En segundo lugar, porque se llevaba
a cabo sin los rituales correspondientes. En tercer lugar, porque los
celebrantes que guiaban a los nildores no eran sulidores sino hombres y, en
consecuencia, todo se convertía en una perversa parodia del acto más sagrado de
este planeta. Al darle veneno a esos nildores, Kurtz los tentaba a que se
metieran en algo diabólico, literalmente diabólico. Pocos nildores pueden resistir
la tentación. Encontró placer en ese acto... tanto en las alucinaciones que el
veneno le producía como en el hecho de tentar a los nildores. Creo que
tentándolos disfrutaba más que con las alucinaciones y ése fue su peor pecado
pues a través de éste llevó a nildores inocentes a lo que en este planeta se
considera una maldición. En los veinte años que estuvo en Belzagor, Kurtz
sedujo a centenares, quizás a millares de nildores para que compartieran con él
un cuenco de veneno. Finalmente su presencia se tornó intolerable y su propia
sed de mal se convirtió en la fuente de su destrucción. Y ahora yace arriba, ni
vivo ni muerto, pero ya no es un peligro en Belzagor.
—¿Crees
que el hecho de organizar el equivalente local de una misa negra es lo que
llevó a Kurtz a ese destino que me ocultas?
—Estoy
convencida —replicó Seena. Se levantó, se desperezó voluptuosamente y le hizo
señas con las manos—. Regresemos al interior de la estación.
Como
si fuera la primera alborada de los tiempos, caminaron juntos y desnudos por el
jardín, y el calor del sol y la tibieza del cuerpo de Seena excitaron a
Gundersen y despertaron una fiebre en su interior. Dos veces pensó en echarla
sobre la hierba y poseerla en medio de los arbustos extraños y las dos veces se
contuvo, sin saber qué se lo impedía. Cuando estuvieron a doce metros del
edificio, sintió que el deseo volvía a adueñarse de él, por lo que se volvió
hacia ella y le cogió un seno con la mano. Pero ella dijo:
—Antes
dime algo.
—Si
puedo.
—¿Por
qué has regresado a Belzagor? De verdad, ¿qué te atrae de la región de las
brumas?
—Si
crees en el pecado, también debes creer en la posibilidad de redimirse del
pecado —respondió Gundersen.
—Sí.
—Bien,
a mí también me pesa un pecado en la conciencia. Quizá no sea tan grave como
los cometidos por Kurtz, pero basta para preocuparme y he regresado como un
acto de expiación.
—¿Cuál
es tu pecado? —quiso saber Seena.
—Pequé
contra los nildores de la forma terráquea común al colaborar en su
esclavización, al tratarlos con arrogante desdén, al no reconocer su
inteligencia y su complejidad. Pequé especialmente impidiendo que siete
nildores llegasen a tiempo a la ceremonia del renacimiento. ¿Recuerdas que
cuando se rompió la represa de Monroe ordené a aquellos peregrinos que se
unieran a un destacamento de trabajo? Utilicé una antorcha de fusión para que
me obedecieran y, a causa de mi egoísmo, se perdieron la ceremonia. Ignoraba
que si llegaban tarde al renacimiento perderían su turno y, de haberlo sabido,
no le habría dado importancia. El pecado dentro del pecado dentro del pecado.
Me fui de aquí sintiéndome manchado. Esos siete nildores perturbaban mis
sueños. Comprendí que debía regresar y tratar de purificar mi alma.
—¿En
qué tipo de expiación has pensado?—preguntó ella.
La
mirada de Gundersen tuvo dificultades para encontrar la de ella. Él bajó los
ojos, pero fue peor porque la desnudez de Seena le amedrentó aún más mientras
permanecían bajo la luz del sol en la entrada de la estación. Se obligó a
levantar nuevamente la mirada y dijo:
—He
decidido averiguar qué es el renacimiento y participar en él. Me ofreceré a los
sulidores como candidato.
—No.
—Seena,
¿qué te ocurre? Estás...
Seena
temblaba. Le ardían las mejillas y la oleada escarlata llegó incluso hasta sus
pechos. Se mordió el labio inferior, se apartó de él y le dio la espalda.
—Es
una locura —aseguró—. El renacimiento no es algo para terráqueos. ¿Por qué
supones que puedes expiar algo implicándote en una religión extraña,
entregándote a un proceso sobre el cual ninguno de nosotros sabe nada...?
—Tengo
que hacerlo, Seena.
—Creo
que deliras.
—Se
trata de una obsesión. Eres la primera persona con la que he hablado de este
asunto. Los nildores con los que viajo no están enterados. No puedo detenerme.
Debo una vida a este planeta y he venido a pagar. Tengo que ir, al margen de
las consecuencias.
—Entra
conmigo en la estación —dijo ella con voz inexpresiva.
—¿Para
qué?
—Entra.
Gundersen
la siguió en silencio hasta el interior. Ella le guió hasta el nivel medio del
edificio y a un pasillo bloqueado por uno de sus robots guardianes. Seena movió
la cabeza y el robot se apartó. En la parte exterior de una habitación del
fondo, ella se detuvo y apoyó la mano en el explorador de la puerta. Ésta se
abrió. Seena indicó a Gundersen que entrara con ella.
El
volvió a oír el gruñido refunfuñante que había percibido la noche anterior y ya
no tuvo dudas de que había sido un quejido ahogado de terrible dolor.
—Ésta
es la habitación donde Kurtz pasa sus días —explicó Seena. Apartó la cortina
que dividía la estancia y agregó—: Y este es Kurtz.
—No
es posible —farfulló Gundersen—. ¿Cómo... cómo...?
—¿Cómo
llegó a este estado?
—Sí.
—A
medida que envejecía, sintió remordimientos por los delitos que había cometido.
Sufrió enormemente a causa de la culpa y el año pasado decidió llevar a cabo un
acto de expiación. Tomó la decisión de viajar a la región de las brumas y
someterse al renacimiento. Esto es lo que me trajeron de vuelta. Edmund, un ser
humano adopta este aspecto después de someterse al renacimiento.
Lo
que Gundersen contemplaba era aparentemente humano y, con toda probabilidad,
antaño incluso había sido Jeff Kurtz. La absurda longitud del cuerpo parecía,
sin duda, la de Kurtz, ya que la figura que yacía en la cama parecía medir un
hombre y medio de largo, como si hubiesen empalmado una sección extra de
vértebras y quizás un segundo par de fémures. Evidentemente, el cráneo también
correspondía al de Kurtz: imponentecúpula blanca y lomos de las cejas unidos.
Éstos destacaban aún más de lo que Gundersen recordaba. Se elevaban por encima
de los ojos cerrados de Kurtz como barricadas que lo defendieran de alguna
invasión norteña. Pero las tupidas cejas negras que habían cubierto esos lomos
ya no existían. Lo mismo ocurría con las pestañas frondosas y casi femeninas.
A
partir de la frente, el rostro era irreconocible. Era como si se hubiese
calentado todo en un crisol y se hubiese dejado derretir y correr. La delgada
nariz de puente alto de Kurtz era ahora una mancha correosa, tan semejante a un
hocico que Gundersen se sorprendió por su parecido con el de un sulidor. Su
boca ancha ahora tenía labios fláccidos y pendulares que caían hasta separarse
y mostraban encías sin dientes. Su mentón pendía al estilo pitecantropoide. Los
pómulos de Kurtz eran chatos y anchos, lo cual alteraba totalmente los planos
de su rostro,
Seena
apartó el cobertor para mostrar el resto. El cuerpo que yacía en la cama era
lampiño: una cosa larga, rosada y como hervida que parecía una babosa
gigantesca. Toda la carne superflua había desaparecido y la piel cubría como
una mortaja las costillas y los músculos claramente visibles. Las proporciones
del cuerpo eran incorrectas. La cintura de Kurtz se encontraba a una distancia
inenarrablemente lejana de su pecho y las piernas, aunque largas, no eran ni
remotamente lo largas que debían ser; los tobillos parecían apiñarse con las
rodillas. Los dedos de los pies se habían fusionado, de modo que éstos acababan
en unas patas bestiales. Quizá por compensación, los dedos de las manos
contaban con coyunturas extras y eran grandes cosas semejantes a arañas que se
doblaban y se cerraban irregularmente. La unión de los brazos con el torso
parecía extraña, pero sólo cuando vio a Kurtz girar lentamente el brazo
izquierdo hasta un ángulo de trescientos sesenta grados, Gundersen comprendió
que la axila debió reconstruirse en una especie de machihembrado adaptable.
Kurtz
se esforzaba desesperadamente por hablar y escupía palabras en una lengua que
Gundersen jamás había oído. Los globos oculares se movían notoriamente bajo los
párpados. Sacó la lengua para humedecerse los labios. Algo semejante a una nuez
de tres lóbulos subió y bajó por su garganta. Encorvó fugazmente el cuerpo y
tensó la piel sobre los huesos extrañamente ensanchados. Siguió hablando. De
vez en cuando surgía una palabra inteligible en inglés o en nildororu, palabra
encajada en un galimatías:
—Río...
muerte... perdido... horror... río... caverna... calor... perdido... calor...
aplastar... negro... ir... dios... horror... nacido... perdido... nacido...
—¿Qué
dice? —preguntó Gundersen.
—Nadie
lo sabe. Aunque comprendamos las palabras, lo que dice carece de sentido. La
mayoría de las veces ni siquiera entendemos las palabras. Habla en el idioma
del mundo en el que debe vivir ahora. Es un idioma muy personal.
—¿Ha
recuperado el conocimiento en algún momento desde que está aquí?
—En
realidad, no —respondió Seena—. A veces tiene los ojos abiertos, pero jamás
responde a nada de lo que le rodea. Ven, mira.
Seena
se acercó a la cama y abrió los párpados de Kurtz. Gundersen notó que el blanco
de los ojos no existía. De borde a borde, las superficies brillantes eran de un
color negro profundo y lustroso, moteadas por asimétricas manchitas de color
azul claro. Paseó tres dedos ante los ojos moviendo la mano de un lado a otro.
Kurtz no reparó en nada. Seena soltó los párpados y los ojos continuaron
abiertos incluso cuando Gundersen acercó al máximo las puntas de los dedos,
separando después la mano lentamente. Kurtz alzó su mano derecha y aferró la
muñeca de Gundersen. Los dedos grotescamente alargados rodearon por completo la
muñeca, se encontraron y volvieron a cercar la mitad de ésta. Lentamente y con
una fuerza tremenda, Kurtz empujó a Gundersen hasta que éste se arrodilló junto
a la cama.
En
ese momento Kurtz sólo habló en inglés. Al igual que antes, parecía sufrir una
angustia desesperada y obligaba a las palabras a salir de algún hueco de
pesadilla, sin acentuación ni puntuación perceptibles:
—Agua
dormir muerte salvación dormir dormir fuego amor agua sueño frío dormir plan
subir caer subir caer subir subir subir. —Hizo una pausa. Unos instantes
después agregó—: Caer.
Kurtz
siguió pronunciando sílabas sin sentido y los dedos soltaron la muñeca de
Gundersen.
—Parecía
decirnos algo —opinó Seena—. Nunca le oí pronunciar sucesivamente tantas
palabras inteligibles.
—¿Pero
qué decía?
—No
lo sé. De todos modos, esas palabras contienen un significado.
Gundersen
asintió con la cabeza. El atormentado Kurtz había entregado su testamento. Su
bendición: Dormir plan subir caer subir caer subir subir subir. Caer. Quizás
hasta tenía sentido.
—Además,
reaccionó ante tu presencia —agregó Seena—. ¡Te vio y te cogió del brazo! Dile
algo. Procura volver a llamar su atención.
—¿Jeff?
—susurró Gundersen mientras se arrodillaba junto a la cama—. Jeff, ¿te acuerdas
de mí? Soy Edmund Gundersen. He regresado, Jeff. ¿Oyes lo que digo? Jeff, si me
entiendes, vuelve a levantar la mano derecha.
Kurtz
no levantó la mano. Emitió un gemido entrecortado, suave y aterrador; después
sus ojos se cerraron lentamente y cayó en un rígido silencio. Los músculos
ondeaban bajo su piel alterada. De sus poros salieron gotas de sudor acre. Poco
después Gundersen se levantó y se apartó.
—¿Cuánto
tiempo estuvo en el norte?
—Cerca
de medio año. Lo di por muerto. Más tarde lo trajeron dos sulidores en una
especie de camilla.
—¿Ya
había sufrido estos cambios?
—Sí.
Y aquí yace. Ha cambiado mucho más de lo que imaginas —explicó Seena—. Por
dentro, todo es nuevo y distinto. Prácticamente carece de sistema digestivo.
Los alimentos sólidos están al margen de sus posibilidades, por lo que le doy
zumos de frutas. Su corazón tiene válvulas adicionales. Sus pulmones tienen el
doble del tamaño normal. El diagnostat no pudo decir nada pues él no se
correspondía con ninguno de los parámetros de un cuerpo humano.
—¿Todo
esto le ocurrió durante el renacimiento?
—Sí,
durante el renacimiento. Ingieren una droga que los modifica. También cambia a
los humanos. Es la misma droga que se utiliza en la Tierra para la regeneración
de órganos, el veneno, pero aquí emplean una dosis mayor y el cuerpo se
desprograma. Edmund, si vas al norte, esto es lo que te ocurrirá.
—¿Cómo
sabes que fue el renacimiento lo que le produjo esto?
—Dijo
que iba para ello. Los sulidores que lo trajeron explicaron que se había
sometido al renacimiento.
—Quizá
mentían. Quizás el renacimiento es una cosa, algo bienhechor, y hay otra cosa,
algo dañino que administraron a Kurtz por haber sido tan perverso.
—Te
engañas a ti mismo —afirmó Seena—. Sólo hay un proceso y éste es el resultado.
—Entonces
es posible que personas distintas respondan de manera diferente al proceso. Si
es que hay un único proceso. Pero insisto en que no puedes estar segura de que
fuera el renacimiento el que realmente le hizo esto.
—¡No
digas tonterías!
—Hablo
en serio. Quizás algo que estaba dentro de Kurtz lo hizo transformarse de este
modo y yo me transformaría de otra manera. De mejor manera. —Edmund, ¿quieres
ser cambiado? —Correré el riesgo. —¡Dejarás de ser humano! —Durante mucho
tiempo he intentado ser humano. Tal vez haya llegado la hora de intentar otra
cosa.
—No
te dejaré partir —agregó Seena.
—¿No?
¿Qué derecho tienes sobre mí?
—Ya
he perdido a Jeff a manos de ellos. Si tú también te vas...
Seena
vaciló.
—Está
bien. No tengo modo de impedírtelo, pero no vayas.
—Tengo
que hacerlo.
—¡Eres
como él! Engreído por la importancia de tus supuestos pecados. Imaginas la
necesidad de algún tipo de redención espectral. Es enfermizo, ¿no te das
cuenta? Necesitas hacerte daño a ti mismo del peor modo. —Sus ojos
resplandecieron aún con más brillo—. Escúchame, si necesitas sufrir, te
ayudaré. ¿Quieres que te azote? ¿Que te pisotee? Si necesitas ser masoquista,
yo seré tu sádica. Te aplicaré todos los tormentos que necesites. Puedes
revolearte en ellos, pero no vayas a la región de las brumas. Edmund, eso es
llevar el juego demasiado lejos.
—Seena,
no comprendes.
—¿Y
tú?
—Quizá
comprenda cuando regrese.
—¡Regresarás
como él! —gritó. Corrió hacia la cama de Kurtz—. ¡Míralo! ¡Mira esos pies!
¡Mira sus ojos! ¡Su boca, su nariz, sus dedos, todo él! Ya no es humano.
¿Quieres yacer como él... murmurando tonterías y sumido todo el tiempo en un
ensueño extraño?
Gundersen
titubeó. Kurtz era aterrador. ¿Acaso su obsesión era tan poderosa que quería
someterse a la misma transformación?
—Tengo
que irme —dijo Gundersen con menos firmeza que antes.
—Él
vive en el infierno —aseguró Seena—. Tú también estarás allí.
La
mujer se acercó a Gundersen y se apretó contra su cuerpo. El hombre sintió que
los duros y cálidos pezones de ella rozaban su piel, que sus manos abrazaban
desesperadamente su espalda y que sus muslos se entrelazaban. Le dominó una
inmensa tristeza por todo lo que otrora Seena había representado para él, por
lo que ella había sido, por aquello en que se había convertido y por cómo debía
ser su vida teniendo que atender a ese monstruo. Quedó estremecido por la
visión del pasado perdido e irrecuperable, del presente sombrío e incierto, del
futuro desierto y aterrador. Volvió a titubear. Luego la apartó con delicadeza.
—Lo
siento —dijo—. Me voy.
—¿Por
qué? ¿Por qué? ¡Qué inutilidad!—Las lágrimas caían por sus mejillas—. Si
necesitas una religión, elige una religión terráquea. No hay motivos por los
que tengas que...
—Hay
un motivo —puntualizó Gundersen.
La
acercó a él y le besó ligeramente los párpados y los labios. Luego besó la
hondonada de sus pechos y la apartó. Se acercó a Kurtz y le observó unos
instantes, intentando asimilar la estrafalaria metamorfosis del hombre. Ahora
reparó en algo que no había notado antes: la textura engrosada de la piel de la
espalda de Kurtz, como si unas placas pequeñas y oscuras brotaran a ambos lados
de la columna vertebral. Sin duda alguna también se habían producido muchos
cambios más que sólo eran evidentes en una inspección a fondo. Los ojos de
Kurtz se abrieron una vez más y las órbitas negras y brillantes se movieron,
como si buscaran la mirada de Gundersen. Éste los observó y se fijó en el
dibujo formado por los puntos azules sobre el fondo sólido y brillante. En medio
de muchos sonidos que Gundersen no logró comprender, Kurtz dijo:
—Bailar...
vivir... buscar... morir... morir.
Había
llegado la hora de partir.
Gundersen
pasó junto a la inmóvil y rígida Seena y se retiró de la habitación. Se asomó a
la terraza y vio que sus cinco nildores estaban reunidos junto a la estación.
Un robot los vigilaba inquieto por temor a que arrancaran las preciosidades del
jardín para alimentarse. Gundersen llamó y Srin'gahar le miró.
—Estoy
preparado —dijo Gundersen—. Podemos salir en cuanto recoja mis cosas.
Encontró
su ropa y se dispuso a partir. Seena se acercó a él: vestía una ceñida túnica
negra y tenía el resbalador enroscado en su brazo izquierdo. Su expresión era
de frialdad.
—¿Quieres
que transmita algún mensaje a Ced Cullen si lo encuentro? —preguntó Gundersen.
—No
tengo mensajes para nadie.
—Está
bien. Seena, gracias por tu hospitalidad. Fue muy agradable volver a verte.
—La
próxima vez que te vea —dijo ella—, no sabrás quién soy. O quién eres tú.
—Es
posible.
Se
separó de ella y se acercó a los nildores. Srin'gahar aceptó en silencio su
carga. Seena permaneció en la terraza y los vio partir. Ella no saludó con la
mano y él tampoco. La caravana avanzó a lo largo de la orilla del río donde,
tantos años atrás, Kurtz había bailado toda la noche con los nildores.
Kurtz.
Gundersen cerró los ojos y vio la mirada vidriosa y ciega, la frente alta, el
rostro achatado, la carne consumida, las piernas retorcidas, los pies
deformados. Contrapuso a estas imágenes sus recuerdos del Kurtz pretérito,
aquel hombre airoso y extraordinariamente guapo, tan alto y esbelto, tan dueño
de sí mismo. En definitiva, ¿qué demonios había impulsado a Kurtz a entregar su
cuerpo y su alma a los sacerdotes del renacimiento? ¿Cuánto tiempo había
llevado la remodelación de Kurtz? ¿Había sentido dolor durante el proceso? ¿Qué
conciencia tenía ahora de su propio estado? ¿Qué había dicho Kurtz? ¿Soy Kurtz,
el que jugó con vuestras almas y ahora os ofrezco la mía? Gundersen nunca había
oído hablar a Kurtz en un tono que no fuese el de una irónica objetividad.
¿Cómo pudo mostrar Kurtz auténticas emociones, temor, remordimiento, culpa? Soy
Kurtz el pecador, tomadme y haced conmigo lo que queráis. Soy Kurtz el caído.
Soy Kurtz el condenado. Soy Kurtz y soy vuestro. Gundersen imaginó a Kurtz
yaciendo en un brumoso valle norteño, con los huesos reblandecidos por los
elixires de los sulidores, mientras su cuerpo se disolvía, se convertía en un
amasijo rosado parecido a la jalea que ahora tenía la libertad de buscar una
nueva forma, de esforzarse hacia una condición alterada de sí mismo que
quedaría purificada de sus viejas impurezas satánicas. ¿Era presuntuoso
imaginarse a sí mismo como perteneciente a la misma clase que Kurtz, reconocer
los mismos defectos espirituales, avanzar para encontrar el mismo destino
terrible? ¿Acaso Seena no tenía razón cuando decía que todo era un juego, que
meramente interpretaba una dramatización masoquista y se erigía en héroe de un
mito trágico, agobiado por la obsesión de acometer una peregrinación ajena?
Pero a él la compulsión no le parecía una mistificación sino algo muy real.
Iré, se dijo Gundersen. No soy Kurtz, pero iré porque es mi deber. A lo lejos,
perdiéndose pero potente, aún resonaba el estrépito y el palpitar de las
cataratas y, a medida que se precipitaban por el acantilado, las aguas
torrentosas parecían tamborilear las palabras de Kurtz, la advertencia, la
bendición, la amenaza, la profecía, la maldición: agua dormir muerte salvación
dormir dormir fuego amor agua sueño frío dormir plan subir caer subir caer subir
subir subir. Cae.
Durante
los años que ocuparon el Planeta de Holman, los terráqueos habían trazado
fronteras arbitrariamente por razones administrativas, escogiendo este paralelo
o aquel meridiano para abarcar un distrito o sector. Puesto que en Belzagor no
existían paralelos de ningún otro tipo de medidas y límites humanos, ahora esas
demarcaciones reposaban en los archivos de la Compañía y en la memoria de la
decreciente población humana del planeta. Pero había un límite que en modo
alguno era arbitrario y su influencia persistía: la línea natural que dividía
los trópicos de la región de las brumas. A un lado de esa línea se extendían
las tierras altas tropicales, bañadas por el sol y fértiles, formando el límite
superior de la franja central de vegetación exuberante que llegaba hasta la
tórrida selva ecuatorial. Al otro lado de esa línea, a pocos kilómetros de
distancia, llegaban flotando las nubes del norte, las que creaban el mundo
blanco de las brumas. La transición era brusca y, para un recién llegado, podía
resultar incluso aterradora. Uno podía explicarla prosaicamente en términos de
la inclinación axial de Belzagor y la consecuencia que tenía en el deshielo de
las nieves polares; uno podía hablar de manera erudita acerca de los inmensos
casquetes de hielo que albergaban semejante humedad, casquetes que se
adentraban tanto en las zonas templadas del planeta que el calor de los
trópicos lograba mordisquearlos, liberando enormes masas de vapor de agua que
se elevaban, giraban hacia el polo y regresaban a los casquetes en forma de
nieve reconstituida; uno podía hablar del choque de los climas y de las zonas
marginales resultantes que no eran cálidas ni frías y estaban eternamente
envueltas en las densas nubes surgidas de aquél. Pero ni siquiera esas
explicaciones te preparaban para la sorpresa inicial de cruzar la línea
divisoria. Uno percibía algunos indicios: errantes cúmulos de niebla que
atravesaban la frontera y cubrían amplias zonas de las tierras altas tropicales
hasta que el sol del mediodía los derretía. Cuando esto se producía, el
verdadero cambio era tan profundo y absoluto que aturdía el espíritu. En otros
planetas, uno asimilaba la suave transición de un clima a otro o, de lo
contrario, a un clima global uniforme; no era fácil asimilar el brusco cambio
que se producía al pasar del calor y la serenidad al frío y la desolación que
tenían lugar en esta zona de Belzagor.
Gundersen
y sus compañeros nildores se encontraban a algunos kilómetros de ese punto de
cambio cuando del monte surgió un grupo de sulidores que le mandaron detenerse.
Gundersen sabía que eran guardias fronterizos. No existía un sistema formal de
vigilancia ni ningún otro tipo de organización gubernamental pero, de todos
modos, los sulidores patrullaban la frontera e interrogaban a quienes deseaban
cruzarla. Incluso en los tiempos de la Compañía se había respetado, hasta
cierto punto, la jurisdicción de los sulidores: habría exigido demasiados
esfuerzos rechazarla arbitrariamente y, en consecuencia, los contados
terráqueos destinados a las estaciones de la región de las brumas se detenían
cortésmente y especificaban su destino antes de continuar la marcha.
Gundersen
no participó en la discusión. Nildores y sulidores se situaron a un lado y le
dejaron solo para que contemplara los encumbrados bancos de nieve en el
horizonte septentrional. AI parecer, había problemas. Un joven sulidor alto y
bruñido señaló varias veces a Gundersen y habló largo y tendido; Srin'gahar
replicó con unos pocos monosílabos y el sulidor pareció enfurecerse, caminó de
un lado a otro y arrancó vehementemente la corteza de los árboles con fuertes
golpes de sus enormes garras. Srin'gahar volvió a hablar y entonces llegaron a
un acuerdo. El sulidor enojado se internó en el bosque y Srin'gahar indicó a
Gundersen que volviera a montar. Reanudaron la marcha hacia el norte, guiados
por los dos sulidores que se quedaron.
—¿A
qué se debía la discusión? —preguntó Gundersen.
—A
nada.
—Pues
parecía muy enojado.
—No
tiene importancia —afirmó Srin'gahar.
—¿Intentaba
impedirme que atravesara la frontera?
—Sentía
que no debías atravesarla —reconoció Srin'gahar.
—¿Por
qué? Tengo el permiso de un nacido muchas veces.
—Se
debía a un motivo personal de rencor, amigo de mi viaje. El sulidor sostenía
que en el pasado le habías ofendido. Te conocía de antes.
—Es
imposible —dijo Gundersen—. Antes apenas tuve contacto con los sulidores. Nunca
salían de la región de las brumas y yo apenas la visité. Dudo que, en los ocho
años que pasé en tu planeta, haya intercambiado una docena de palabras con los
sulidores.
—El
sulidor no se equivocaba al recordar que tuvo un contacto contigo —agregó
Srin'gahar delicadamente—. He de decirte que hay testigos dignos de confianza
sobre este hecho.
—¿Cuándo?
¿Cómo?
—Fue
hace mucho tiempo —repuso Srin'gahar. El nildor pareció satisfecho con esa vaga
respuesta pues no ofreció más detalles.
Después
de unos instantes de silencio, agregó—: Creo que el sulidor tenía buenas
razones para estar molesto contigo. Pero le explicamos que te proponías expiar
todos tus actos del pasado y al final cedió. Los sulidores son a menudo una
raza terca y vengativa.
—¿Pero
qué le hice a él? —insistió Gundersen.
—No
es necesario que hablemos de esas cosas —replicó Srin'gahar.
Puesto
que a partir de ese momento el nildor se refugió en un silencio impenetrable,
Gundersen tuvo tiempo más que suficiente para evaluar las ambigüedades
gramaticales de la última frase. Sobre la base exclusiva de su contenido
verbal, podía significar: «Es inútil hablar de esas cosas», «Me resultaría
incómodo hablar de esas cosas», «Es incorrecto que hablemos de esas cosas» o
«Es de mal gusto que hablemos de esas cosas». El significado exacto sólo se
podía descifrar con la ayuda de los gestos complementarios, los movimientos de
las púas del copete, la trompa y las orejas, y Gundersen no tenía habilidad ni
se encontraba en la posición adecuada para detectar dichos gestos. Estaba
desconcertado ya que no recordaba haber ofendido a un sulidor y no comprendía
cómo pudo hacerlo indirecta o inconscientemente; un rato después llegó a la
conclusión de que Srin'gahar se mostraba deliberadamente misterioso y quizá se
expresaba con parábolas demasiado sutiles o extrañas para ser captadas por la
mente de un terráqueo. De todos modos, el sulidor había retirado sus
misteriosas objeciones al viaje de Gundersen y la región de las brumas estaba
próxima. El follaje de los árboles de la selva ya era más escaso que uno o dos
kilómetros atrás y los árboles se veían más pequeños y espaciados. Ahora eran
más frecuentes las bolsas de densa niebla. En muchos lugares el terreno
amarillo y arenoso quedaba totalmente al descubierto. Pero el aire era tibio y
despejado, tupida la maleza y el brillante sol dorado estaba tranquilizadoramente
visible: aún era, inequívocamente, un lugar de clima benigno.
Bruscamente
Gundersen percibió un viento frío que llegaba del norte e indicaba cambios. El
sendero bajaba por un ligero declive y al subir por el otro extremo Gundersen
vio por encima de un montecillo un extenso campo de desolación total: una
tierra de nada entre la selva y la región de las brumas. Allí no crecían
árboles, arbustos ni musgo; sólo aparecía el terreno amarillo, cubierto por
algunos guijarros. Más allá de esa zona estéril, Gundersen avistó una
empalizada blanca que reflejaba impetuosamente la luz del sol; al parecer, era
un acantilado de hielo de cientos de metros de altura que obstruía el camino
hasta donde divisaban sus ojos. En la distancia más lejana, detrás y por encima
de la muralla blanca, se alzaba la cumbre de una elevada montaña, de color rojo
claro, cuyas puntas escarpadas, cumbres y baluartes destacaban brusca y
extrañamente contra el cielo gris plomizo. Todo parecía más grande de lo
natural: macizo, monstruoso, excesivo.
—A
partir de aquí has de caminar por tus propios medios —dijo Srin'gahar—. Lo
lamento, pero es la costumbre. No puedo transportarte más lejos.
Gundersen
se apeó de su montura. No le molestó el cambio de situación: sentía que debía
dirigirse al renacimiento por sus propias fuerzas y estaba avergonzado de haber
ido sentado a horcajadas de Srin'gahar durante tantos centenares de kilómetros.
Sorprendido, descubrió que jadeaba después de haber caminado no más de quince
metros junto a los cinco nildores. El paso de éstos era lento y majestuoso
pero, evidentemente, el aire en esa zona estaba más enrarecido de lo que
suponía. Se obligó a disimular su problema. Avanzaría. Se sentía aturdido,
extrañamente alegre y dominaría el aporreo en el pecho y la palpitación en las
sienes. La austeridad del nuevo frescor de la atmósfera resultaba vigorizante.
Se encontraban a mitad de camino de la zona de vacío y en ese momento Gundersen
vio con claridad que lo que aparentemente era una sólida barrera blanca que
atravesaba el planeta consistía, en realidad, en una muralla de densa bruma
situada a nivel del suelo. Hilos desgajados de esa bruma le acariciaban la
cara. Al contacto con su pegajoso toque imágenes de muerte surgieron en su
mente —cráneos y tumbas, féretros y velos— pero no se desanimó. Miró hacia la
montaña rosada que dominaba el terreno en el norte y, al hacerlo, las nubes que
cubrían la región de las brumas se separaron, permitiendo que el sol cayera
sobre la cumbre más alta —una nevada cúpula de gran extensión— y le pareció que
el rostro de Kurtz, transfigurado y sereno, le miraba desde esa cima uniforme y
redondeada.
De
la blancura surgió la figura de un sulidor anciano y gigantesco: Na-sinisul
cumplía la promesa de guiarlos. Los sulidores que los acompañaron hasta ese
lugar intercambiaron algunas palabras con Na-sinisul y regresaron hacia el
cinturón selvático. Na-sinisul les hizo una señal. Gundersen avanzó, caminando
al lado de Srin'gahar.
Pocos
minutos después, la caravana se internó en la bruma.
Una
vez en su interior, la bruma no le pareció tan compacta a Gundersen. La mayor
parte del tiempo podía ver a veinte, treinta e incluso cincuenta metros en
cualquier dirección. En ocasiones se formaban inexplicables remolinos de niebla
cuya textura era mucho más densa y en los que apenas podía distinguir la masa
verde de Srin'gahar, que iba a su lado, pero eran escasos y se atravesaban
rápidamente. El cielo estaba gris y sin sol; por momentos, el globo solar sólo
era discernible como un vago resplandor detrás de las nubes. El paisaje era de
roca pura, suelo desnudo y árboles de poca altura: prácticamente una tundra,
aunque el aire sólo era frío y no realmente helado. Muchos de los árboles
correspondían a las especies que también se encuentran en el sur, pero aquí
estaban empequeñecidos y retorcidos y en ocasiones no tenían forma de árbol
sino que se extendían a lo largo del terreno como enredaderas leñosas. Los
árboles que se mantenían erguidos no eran más altos que Gundersen y un musgo
gris cubría todas las ramas. Las gotas de humedad moteaban sus hojas, sus
tallos, los salientes de roca y todo lo demás.
Nadie
hablaba. Marcharon durante cerca de una hora, hasta que Gundersen tuvo la
espalda inclinada y los pies entumecidos. El terreno ascendía
imperceptiblemente, la atmósfera parecía enrarecerse cada vez más y la
temperatura bajó bruscamente a medida que el día tocaba a su fin. La monótona
envoltura de niebla de baja altura, interminable y constante, exigió un tributo
al estado de ánimo de Gundersen. Cuando vio desde afuera esa franja de bruma
que resplandecía brillantemente bajo la luz del sol, se animó y entusiasmó,
pero ahora que estaba inmerso en ella sentía poca alegría. Todo el color y el
calor habían desaparecido del universo. Desde allí ni siquiera divisaba la
gloriosa montaña rosada.
Avanzó
como un hombre mecánico y en ocasiones se obligó a andar al trote para mantener
el mismo paso que los demás. Na-sinisul estableció un formidable ritmo de
marcha que no planteó dificultades a los nildores pero que forzó excesivamente
a Gundersen. Sentía vergüenza de sus jadeos y gruñidos, pero nadie más reparó
en ellos. El vapor de la respiración pendía ante su rostro: niebla dentro de la
niebla. Anhelaba desesperadamente descansar. Sin embargo, no fue capaz de pedir
a los demás que se detuvieran un rato y le esperaran. La peregrinación
pertenecía a los otros; él sólo era un convidado de piedra.
La
tarde declinó penosamente. El gris se tornó más plomizo y el débil indicio de
luz solar que hasta entonces había sido evidente se esfumó. La visibilidad se
redujo bruscamente. La atmósfera se tornó gélida. Gundersen temblaba, vestido
como iba con ropas propias de la región selvática. Súbitamente le perturbó algo
que hasta entonces no le había parecido importante: la ajenidad de la
atmósfera. El aire de Belzagor —no sólo en la región de las brumas sino en
todas— no era la combinación corriente de la Tierra, ya que contenía un exceso
de nitrógeno, una ligera deficiencia de oxígeno y también las impurezas
residuales eran distintas. Pero sólo un sistema olfativo altamente sensible
podía detectarlo. Condicionado a la atmósfera de Belzagor por los años que sirvió
allí, Gundersen nunca había reparado en la diferencia. Ahora la percibió. Sus
fosas nasales comunicaron un siniestro olor metálico y pensó que la parte
posterior de su garganta estaba cubierta por una mugre oscura. Sabía que era
una ilusión estúpida surgida de la fatiga. Durante unos pocos minutos intentó
reducir la inhalación de aire, como si lo más seguro fuese dejar pasar a sus
pulmones la menor cantidad posible de esa peligrosa mezcla.
No
dejó de impacientarse por la atmósfera y otras incomodidades hasta el instante
en que se dio cuenta de que estaba solo.
Los
nildores no se veían por ningún lado. Tampoco Na-sinisul. La bruma cubría todo.
Desconcertado, Gundersen repasó la pantalla de su memoria y vio que se había
separado de sus compañeros hacía varios minutos, sin considerarlo
extraordinario en ningún sentido. En ese momento podían estar mucho más
adelante, en algún otro camino.
No
los llamó.
Primero
cedió a un impulso irresistible y cayó de rodillas para descansar. Se agachó,
se tapó la cara con las manos, a continuación apoyó los nudillos en el frío
suelo y dejó colgar la cabeza mientras absorbía aire. Habría sido fácil
tumbarse con los brazos y las piernas extendidos y abolir la conciencia.
Podrían encontrarlo dormido por la mañana. O congelado. Hizo esfuerzos por
levantarse y la tercera vez lo logró.
—¿Srin'gahar?
—preguntó. Lo susurró, de modo que sólo era una llamada íntima de auxilio.
Mareado
por el agotamiento, corrió, tropezó, resbaló, chocó con los árboles y se enredó
los pies en la maleza. Vio a su izquierda lo que indudablemente era un nildor y
corrió hacia él, pero al cogerlo del flanco lo encontró húmedo y helado y
entonces comprendió que abrazaba un pedrejón. Se apartó de éste bruscamente.
Poco más allá apareció una hilera de formas imponentes: ¿los nildores pasaban a
su lado?
—¡Esperadme!
—Gritó, y corrió como loco, tropezando y aterrizando a cuatro patas en un
gélido arroyo poco profundo. Reptó ceñudo hasta la otra orilla y allí descansó,
reconociendo que las formas oscuras y confusas correspondían a árboles bajos y
anchos azotados por un viento creciente. Está bien, pensó, me he perdido.
Esperaré aquí hasta que amanezca. Se acurrucó e intentó escurrir el agua helada
de su ropa.
Cayó
la noche: negro en lugar de gris. Buscó las lunas en lo alto y no encontró
ninguna. Una sed terrible le abrasaba e intentó regresar al arroyo pero no pudo
encontrarlo. Tenía los dedos entumecidos y los labios agrietados. Pero
descubrió una isla de calma dentro de su incomodidad y su miedo y se aferró a
ella, diciéndose que nada de lo que ocurría era realmente peligroso y que, de
algún modo, era necesario.
Incalculables
horas después, Srin'gahar y Na-sinisul se acercaron a él.
En
primer lugar, Gundersen sintió en su mejilla el roce suave y tanteador de la
trompa de Srin'gahar. Retrocedió y se aplastó contra el suelo, relajándose
mentalmente al descubrir qué era lo que había acariciado su piel. Desde su
altura, el nildor dijo:
—Aquí
está.
—¿Vivo?
—preguntó Na-sinisul, y su voz enigmática provenía de mundos lejanos, envuelta
en capas de niebla.
—Vivo.
Húmedo y frío. Edmundgundersen, ¿puedes ponerte de pie?
—Sí.
Creo que estoy bien. —La vergüenza cubrió su espíritu—. ¿Me habéis buscado todo
el tiempo?
—No
—respondió Na-sinisul suavemente—. Seguimos hasta la aldea y allí evaluamos tu
ausencia. No sabíamos con certeza si te habías perdido o te habías separado
adrede de nosotros. Después Srin'gahar y yo volvimos. ¿Tenías la intención de
dejarnos?
—Me
perdí —repuso Gundersen con tristeza.
Ni
siquiera entonces se le permitió montar en el nildor. Trastabilló entre
Srin'gahar y Na-sinisul y de vez en cuando se sujetaba del tupido pelaje del
sulidor o cogía el suave lomo del nildor, estabilizándose cada vez que sentía
que le flaqueaban las fuerzas o que el suelo que no veía se volvía escabroso.
Un rato después, algunas luces relumbraron en la oscuridad: el pálido brillo de
una antorcha que atravesaba lechosamente la negrura cubierta de niebla,
Gundersen apenas entrevió las ruinosas chozas de una aldea de sulidores. Sin
esperar a que le invitaran se metió en la más cercana de las destartaladas
estructuras de troncos. Era de paredes escarpadas, olía a moho y de las vigas
colgaban ristras de flores secas y pellejos de animales. Varios sulidores que
estaban sentados le miraron sin el menor interés. Gundersen se calentó y secó
la ropa; alguien le llevó un cuenco con caldo dulce y espeso y poco después le
ofrecieron unas lonjas de carne seca, carne difícil de morder y masticar pero
maravillosamente condimentada. Docenas de sulidores entraban y salían. En un
momento en que el pellejo que cubría la puerta quedó apartado, divisó a sus
nildores sentados afuera. Un animal pequeño y de rostro feroz, blanco como la
niebla y mustio, se deslizó saltando hacia él y le observó con desdén; supuso
que era alguna bestezuela norteña que los sulidores preferían como animales de
compañía. El animal tironeó de la ropa todavía empapada de Gundersen y emitió
un sonido cacareante. Crispó sus orejas copetudas; sus dedos pequeños y filosos
tantearon la manga de Gundersen; enroscó y desenroscó su larga cola prensil.
Luego saltó sobre las piernas de Gundersen, le cogió el brazo con sus rápidas
garras y mordisqueó su carne. El pinchazo no era más doloroso que la picadura
de un mosquito pero Gundersen se preguntó qué infección horrorosa y extraña
podría contraer. De todos modos, no intentó apartar al animalillo. Súbitamente
descendió una enorme pata de sulidor, con las garras retraídas, y de un golpe
arrollador lanzó al animalillo hasta el otro extremo de la habitación. El
cuerpo macizo de Na-sinisul bajó hasta agacharse junto a Gundersen; el animal
expulsado parloteaba su ira desde el rincón más lejano.
—¿El
munzor te mordió? —preguntó Na-sinisul.
—No
mucho. ¿Es peligroso?
—No
sufrirás ningún daño —le tranquilizó el sulidor—. Le castigaremos.
—No
quiero que lo hagáis. Sólo estaba jugando.
—Debe
aprender que los huéspedes son sagrados —agregó Na-sinisul con firmeza. Se
acercó a Gundersen. Éste reparó en el aliento a pescado del sulidor. Los
enormes colmillos se entreabrían en la boca profunda. Na-sinisul agregó en voz
baja—: Esta aldea te albergará hasta que estés en condiciones de continuar.
Debo partir con los nildores y llegar a la montaña del renacimiento.
—¿Es
la gran montaña roja que se encuentra al norte de aquí?
—Sí.
El tiempo de ellos está muy próximo y el mío también. Llevaré a cabo su
renacimiento y después me tocará el turno.
—¿Entonces
los sulidores también se someten al renacimiento?
Na-sinisul
parecía sorprendido.
—¿De
qué otro modo podría ser?
—No
lo sé. Sé tan poco sobre todo esto.
—Si
los sulidores no renacieran —agregó Na-sinisul—, los nildores tampoco podrían
renacer. Lo uno es inseparable de lo otro.
—¿En
qué sentido?
—Si
el día no existiera, ¿podría existir la noche?
Era
una expresión demasiado misteriosa. Gundersen intentó pedirle una explicación,
pero Na-sinisul quería hablar de otras cuestiones. El sulidor eludió las
preguntas del terráqueo y dijo:
—Me
dicen que has venido a nuestra región para hablar con uno de los tuyos, el
hombre Cullen. ¿Es verdad?
—Sí.
Es uno de los motivos por los que estoy aquí.
—El
hombre Cullen vive tres aldeas al norte y una al oeste desde aquí. Ha sido
informado de tu llegada y te llama. Los sulidores de esta aldea te conducirán a
su presencia cuando lo desees.
—Me
iré por la mañana —informó Gundersen.
—Antes
debo decirte algo. El hombre Cullen se ha refugiado entre nosotros y, en
consecuencia, es sagrado. No puedes abrigar esperanzas de llevártelo para
entregarlo a los nildores.
—Sólo
pido hablar con él.
—Puedes
hacerlo. Pero estamos enterados de tu acuerdo con los nildores. Debes recordar
que sólo podrás cumplirlo si infringes nuestra hospitalidad.
Gundersen
no respondió. No comprendía cómo podía prometer algo así a Na-sinisul sin
abjurar al mismo tiempo de la palabra que había dado al nacido muchas veces
Vol’himyor. En consecuencia, se aferró a su particular tratado: hablaría con
Cedric Cullen y después decidiría cómo actuar. Pero le perturbó el hecho de que
los sulidores conocieran el verdadero propósito de la búsqueda de Cullen.
Na-sinisul
se fue. Gundersen intentó dormir y durante un rato logró dormitar inquieto. Las
antorchas parpadearon toda la noche en la choza, los altos sulidores se
movieron ruidosamente a su alrededor y los nildores que se encontraban en el
exterior de la choza se enfrascaron en un prolongado debate del que Gundersen
sólo captó algunos monosílabos carentes de significado. En cierto momento
despertó y encontró al pequeño munzor de orejas largas sentado en su pecho y
cacareando. Más tarde, tres sulidores trocearon una ensangrentada res muerta
junto al sitio en el que Gundersen se había acurrucado. El ruido del
desgarramiento de la carne le despertó fugazmente y volvió a dormirse
perturbado, pero despertó de nuevo cuando se desencadenó una salvaje pelea por
el reparto de la carne. Cuando llegó el desabrido y gris amanecer, Gundersen
estaba más cansado que si no hubiera dormido.
Le
dieron el desayuno. Dos sulidores jóvenes, Se-holomir y Yi-gartigok, anunciaron
que habían sido elegidos para escoltarlo hasta la aldea en la que se encontraba
Cullen. Nasinisul y los cinco nildores se dispusieron a partir hacia la montaña
del renacimiento. Gundersen se despidió de sus compañeros de viaje.
—Os
deseo la alegría de vuestro renacimiento —dijo, y vio las enormes formas que se
diluían en la bruma.
Poco
después, reanudó el viaje. Sus nuevos guías eran taciturnos y huraños: mejor,
ya que no quería conversar mientras avanzaba penosamente por aquella hostil
región. Necesitaba pensar. No sabía con certeza qué haría después de ver a
Cullen; ahora vio como un gran desatino su proyecto original de someterse al
renacimiento, que en abstracto le había parecido tan noble: no sólo por aquello
en lo que Kurtz se había convertido, sino porque lo consideraba una
transgresión, una intromisión carente de convicción y espontaneidad en los
ritos de una especie extraña. Ir a la montaña del renacimiento, sí. Satisface
tu curiosidad. ¿Pero someterse al renacimiento? Por primera vez, dudó realmente
si lo haría y sospechó que, finalmente, se volvería sin renacer.
Ahora
la tundra de la zona fronteriza dejaba paso a una región boscosa que le pareció
una llamativa transmutación: los árboles eran más grandes en altitudes
superiores. Pero se trataba de árboles distintos. Los arbustos empequeñecidos y
retorcidos que había dejado atrás eran oriundos de la selva y se adaptaban con
dificultad a la bruma; aquí, más adentro de la región de las brumas, crecían
los auténticos árboles norteños. Eran de tronco grueso y altísimos, con corteza
oscura y corrugada y reducidas salpicaduras de hojas en forma de aguja. La
niebla envolvía sus ramas superiores. En medio del bosque frío y brumoso
también se veían animales enjutos y lentos, huesudos y de hocico largo, que
surgían de agujeros en el suelo y subían corriendo por los árboles, evidentemente
en busca de roedores y aves que moraran en las ramas. Había amplias manchas del
terreno cubiertas de nieve, aunque parecía que el verano se acercaba a ese
hemisferio. Durante la segunda noche de viaje hacia el norte se encontraron con
una granizada cuando una tupida y agitada nube de hielo se deslizó hacia ellos
impulsada por un viento ligero y gimiente. Mudos y huraños, los compañeros de
Gundersen la atravesaron y él los siguió tristemente.
En
general, ahora la bruma era ligera a nivel del suelo y a menudo no existía
durante una hora o más tiempo, pero se congelaba en lo alto como un velo
cerrado que ocultaba el cielo.
Gundersen
se acostumbró al terreno yermo, a las ramas angulosas de tantos árboles
desnudos, a la humedad gélida y penetrante que resultaba tan distinta a la
acuosidad de la selva. Llegó a encontrar belleza en la rigidez. Cuando unas
espirales aborregadas de bruma se deslizaron como fantasmas cruzando un ancho
torrente grisáceo, cuando los animales peludos saltaron sobre los vidriosos
campos de hielo, cuando algún grito ronco y quebrado rompía la inenarrable
quietud, cuando los caminantes giraron en ángulo en el sendero y encontraron un
cuadro blanco de áspera e invernal vacuidad, Gundersen reaccionó con un extraño
deleite. Pensó que en el país de las brumas el tiempo presente corresponde a la
hora posterior del amanecer, cuando todo es límpido y nuevo.
Llevaban
cuatro días de viaje cuando Se-holomir dijo:
—La
aldea que buscas se encuentra detrás de la próxima colina.
Era
un caserío importante de cuarenta o más chozas dispuestas en dos hileras,
flanqueadas a un lado por un bosquecillo de encumbrados árboles y al otro por
un ancho lago de superficie plateada. Gundersen llegó a la aldea a través del
bosquecillo y vio brillar el lago a lo lejos. Ligeros copos de nieve
brujuleaban por el aire calmo. En ese momento las brumas eran altas y se
espesaban hasta formar un techo impenetrable a unos quinientos metros de
altura.
—¿El
hombre Cullen...? —inquirió Gundersen.
Cullen
se encontraba en una de las chozas contiguas al lago. Los dos sulidores que
protegían la entrada se apartaron cuando Yi-gartigok les habló; otros dos se
encontraban al pie del jergón de ramas y pellejos en el que descansaba Cullen.
Estos también se apartaron y dejaron ver un hombre quemado, un desperdicio, una
brasa.
—¿Has
venido a buscarme? —preguntó Cullen—. Es una pena, Gundy, llegas demasiado
tarde.
Los
cabellos rubios de Cullen habían encanecido y se habían vuelto gruesos: era un
felpudo enmarañado y nevado a través del cual se divisaban puntos del cuero
cabelludo claro y cubierto de ronchas. Sus ojos, otrora de un color verde suave
y claro, ahora se veían irritados y opacos, con marcadas líneas inyectadas de
sangre en los blancos amarilleados. Su cara, escamosa y áspera, era una máscara
de piel sobre los huesos. Una manta le cubría desde el pecho hasta los pies,
pero el profundo adelgazamiento de sus brazos indicaba que el resto del cuerpo
también estaba erosionado. Del viejo Cullen parecía quedar muy poco con
excepción de la voz apacible y agradable y de la alegre sonrisa que ahora
surgía grotescamente del rostro asolado. Parecía un hombre de cien años.
—¿Cuánto
tiempo hace que estás así? —quiso saber Gundersen.
—Dos,
tres meses, no lo sé exactamente. El tiempo se funde aquí, Gundy. Pero ya no
hay camino de retorno para mí. Aquí me quedo. Es irreversible, irreversible.
Gundersen se arrodilló junto al jergón del enfermo. —¿Tienes dolores? ¿Puedo
darte algo? —Ningún dolor —respondió Cullen—. Nada de medicamentos. Es el
final. —¿Qué tienes? —preguntó Gundersen y pensó en Dykstra y en su mujer
yaciendo carcomidos por unas larvas extrañas en un charco de porquerías, pensó
en Kurtz angustiado y transfigurado en las Cataratas de Shangri-la, pensó en
Seena cuando contó que Gio' Salomone se convirtió en cristal—. ¿Una enfermedad
originaria de aquí? ¿Algo que te contagiaste en esta zona?
—No
es nada exótico —replicó Cullen—. Diría que se trata de la vieja podredumbre
interior, del enemigo de siempre. El cangrejo, Gundy. El cangrejo. En las
entrañas. Tengo las pinzas del cangrejo en las entrañas.
—¿Entonces
tienes dolores?
—No
—respondió Cullen—. El cangrejo se mueve lentamente. Una dentellada aquí y otra
allá. Cada día queda un poco menos de mí. Algunos días siento que no queda nada
de mí, pero hoy es uno de los mejores.
—Escucha
—agregó Gundersen—, en una semana podría llevarte por el río hasta la estación
de Seena. Seguramente ella dispone de equipo médico y puede proporcionarte un
tubo de anticarcinógeno. No estás tan carcomido para que nos resulte imposible
lograr una remisión si actuamos de inmediato y, además, podemos enviarte a la
Tierra para una renovación del modelo y...
—No,
olvídalo.
—¡No
seas obstinado! Ced, no vivimos en la Edad Media. Un cáncer no es motivo para
que un hombre se acueste en una choza inmunda y espere la muerte. Los sulidores
te construirán una camilla. Puedo arreglarlo en cinco minutos. Y después...
—Ni
siquiera llegaría a lo de Seena y tú lo sabes —le interrumpió Cullen con
delicadeza—. Los nildores me cogerían en cuanto saliera de la región de las
brumas. Lo sabes, Gundy, tienes que saberlo.
—Bueno...
—No
tengo energías para participar en estos juegos. ¿Acaso no estás enterado de que
soy el hombre más buscado del planeta?
—Sí.
—¿Te
enviaron a buscarme?
—Los
nildores me pidieron que te llevara de regreso —reconoció Gundersen—. Tuve que
acceder a ello a fin de que me autorizaran a venir.
—Por
supuesto —comentó Cullen amargamente.
—Pero
planteé que no te llevaría a menos que estuvieses dispuesto a hacerlo
voluntariamente. También mencioné otras estipulaciones. Escucha, Ced, no estoy
aquí como Judas. Viajo por cuestiones personales y verte a ti es un asunto
estrictamente secundario. Pero me gustaría ayudarte. Déjame llevarte hasta la
estación de Seena para que puedas seguir el tratamiento que necesitas...
—Ya
te dije que los nildores me atraparán en cuanto puedan —insistió Cullen.
—¿Crees
que lo harían si supieran que estás gravemente enfermo y que te llevamos a las
cataratas para proporcionarte atención médica?
—Sobre
todo en ese caso. Les encantaría salvar mi alma mientras agonizo. Pero no les
daré esa satisfacción, Gundy. Me quedaré aquí, a salvo y fuera del alcance de
ellos, y aguardaré hasta que el cangrejo me liquide. Ya no falta mucho. Dos,
tres días, una semana, quizás esta misma noche. De todas formas, te agradezco
mucho tu deseo de rescatarme, pero no me iré.
—Si
los nildores me prometieran dejarte en paz hasta que pudieras someterte a un
trata...
—No
me iré. Tendrías que obligarme. Eso está al margen de la promesa que hiciste a
los nildores, ¿verdad? —Cullen sonrió por primera vez después de varios
minutos—. En aquel rincón hay una botella de vino. Sé bueno y tráela.
Gundersen
se levantó a buscarla. Tuvo que pasar junto a varios sulidores. Su coloquio con
Cullen había sido tan intenso y personal que olvidó por completo que la choza
estaba llena de sulidores: sus dos guías, los guardianes de Cullen y, como
mínimo, media docena más. Encontró el vino y lo llevó hasta el jergón. A pesar
de todo, Cullen no derramó una sola gota con su mano temblorosa. Después de
beber, le ofreció la botella a Gundersen y le invitó con tanta insistencia que
no pudo rechazar el ofrecimiento. El vino era tibio y dulce.
—¿Queda
acordado que no intentarás sacarme de esta aldea? —preguntó Cullen—. Sé que
nunca pensarías entregarme a los nildores, pero quizá decidieras sacarme de
aquí para salvarme la vida. Tampoco lo hagas, ya que el resultado sería el
mismo: los nildores me cogerían. Me quedo aquí. ¿De acuerdo?
Gundersen
guardó silencio unos instantes.
—De
acuerdo —replicó por último.
Cullen
parecía aliviado. Se recostó con la cara hacia la pared y agregó:
—Me
has hecho gastar muchas energías en este asunto. Tenemos que hablar de muchas
cosas y ahora no tengo fuerzas.
—Volveré
más tarde. Ahora descansa.
—No,
quédate aquí y háblame. Cuéntame dónde has pasado todos estos años, por qué has
regresado, a quién has visto, qué has hecho. Relátame toda la historia.
Descansaré mientras te escucho. Y después... y después...
La
voz de Cullen se apagó. A Gundersen le pareció que había perdido el
conocimiento o quizá sólo dormía. Cullen tenía los ojos cerrados y su
respiración era lenta y dificultosa. Gundersen permaneció callado. Caminó
inquieto por la choza y estudió los pellejos sujetos a las paredes, los toscos
muebles, los restos de comidas anteriores. Los sulidores le ignoraron. Ahora
había ocho en la choza y guardaban cierta distancia del agonizante pero, a la
vez, concentraban toda su atención en él. Gundersen se sintió momentáneamente
alterado en presencia de aquellas gigantescas bestias bípedas, esos seres de
pesadilla con colmillos, garras, cola gruesa y hocico caído que iban de un lado
a otro y se movían como si él significara menos que nada para ellos. Bebió más
vino, a pesar de que la textura y el sabor le resultaban desagradables.
Cullen
dijo con los ojos cerrados:
—Estoy
esperando. Cuéntame cosas.
Gundersen
comenzó a hablar. Se refirió a sus ocho años en la Tierra y los resumió en seis
frases concisas. Habló de la inquietud que se había apoderado de él en la
Tierra, de su ansiedad tétrica y confusa por regresar a Belzagor, del sentido
de la necesidad de encontrar una nueva estructura para su vida ahora que había
perdido el andamiaje que la Compañía significó para él. Mencionó su viaje por
el bosque hasta el campamento de la orilla del lago, contó cómo había avanzado
entre los nildores y de qué modo le arrancaron la relativa promesa de llevarles
a Cullen. Se refirió a Dykstra y a su mujer en las ruinas del bosque y alteró
algo el relato por respeto al estado de Cullen, aunque sospechaba que dicha
caridad era innecesaria. Contó que había vuelto a estar con Seena durante la
Noche de las Cinco Lunas. Habló de Kurtz y de lo que había cambiado a través
del renacimiento. Aludió a su propia peregrinación a la región de las brumas.
En tres ocasiones tuvo la certeza de que Cullen se había dormido y una vez pensó
que el enfermo había dejado de respirar por completo. Sin embargo, cada vez que
Gundersen se detenía Cullen emitía algún débil indicio —una crispación de la
boca, un chasquido de las puntas de los dedos— de que debía continuar. Al
final, cuando no le quedó nada que decir, Gundersen permaneció en silencio
largo rato a la espera de una señal de Cullen y por último éste preguntó
débilmente:
—¿Y
después?
—Después
vine aquí.
—¿Y
adonde irás después?
—A
la montaña del renacimiento —repuso Gundersen serenamente.
Cullen
abrió los ojos. Pidió con un movimiento de la cabeza que le acomodara las
almohadas, se irguió y entrelazó los dedos sobre el cobertor.
—¿Por
qué quieres ir allí? —inquirió.
—Para
averiguar qué es el renacimiento.
—¿Has
visto a Kurtz?
—Sí.
—El
también quería saber más cosas sobre el renacimiento —explicó Cullen—. Ya había
comprendido la mecánica de la cuestión pero también necesitaba conocer su
esencia. Probarlo por sí mismo. Obviamente, no sólo era por curiosidad. Kurtz
tenía problemas espirituales. Buscaba la autoinmolación pues se había
convencido a sí mismo de que necesitaba expiar toda su vida. Totalmente cierto.
Totalmente cierto. De ahí que fuera en busca del renacimiento. Los sulidores le
dieron el gusto. Bien, contempla al hombre. Le vi antes de venir al norte.
—Durante
un tiempo, pensé que yo también podía probar el renacimiento —comentó
Gundersen, cogido de sorpresa por las palabras que surgían de su mente—. Por
los mismos motivos. Una mezcla de curiosidad y culpa. Pero creo que ahora he
renunciado a esa idea. Iré a la montaña para ver qué hacen pero no creo que les
pida que me lo hagan a mí.
—¿Debido
al aspecto de Kurtz?
—En
parte, pero también porque mis proyectos originales parecen demasiado... bueno,
demasiado organizados. Demasiado carentes de espontaneidad. Una elección
intelectual en lugar de un acto de fe. No puedes subir a la montaña y ofrecerte
como voluntario para el renacimiento de un modo fríamente científico. Tienes
que sentirte impulsado a ello.
—¿Como
lo estaba Kurtz? —preguntó Cullen.
—Exactamente.
—¿Y
tú no lo estás?
—Ya
no lo sé —respondió Gundersen—. Creí que yo también estaba concienzado. Le dije
a Seena que así era. Pero ahora que estoy tan cerca de la montaña, toda la
búsqueda comienza a parecerme artificial.
—¿Estás
seguro de que no se trata simplemente de miedo a someterte a la experiencia?
Gundersen
se encogió de hombros.
—Kurtz
no era una visión agradable.
—Hay
renacimientos buenos y malos —dijo Cullen—. Tuvo un mal renacimiento. Tengo
entendido que el resultado depende de la calidad del alma de cada uno y de otro
montón de cosas. ¿Bebemos un poco más de vino?
Gundersen
le ofreció la botella. Cullen, que al parecer recuperaba las fuerzas, bebió
copiosamente.
—¿Has
pasado por el renacimiento? —inquirió Gundersen.
—¿Yo?
Jamás. Nunca sentí la tentación. Pero sé mucho sobre ese asunto. Desde luego,
Kurtz no fue el primero en probarlo. Como mínimo, doce personas lo pasaron
antes que él.
—¿Quiénes?
Cullen
mencionó algunos nombres. Se trataba de hombres de la Compañía y todos
figuraban en la lista de los que habían muerto mientras cumplían su servicio de
campaña. Gundersen había conocido a algunos de ellos y los demás eran figuras
del pasado lejano, anteriores a su llegada o a la de Cullen al Planeta de
Holman.
—También
hubo otros —agregó Cullen—. Kurtz los buscó en los archivos y los nildores le
contaron el resto de la historia. Ninguno de ellos regresó de la región de las
brumas. Cuatro o cinco se tornaron como Kurtz... se transformaron en monstruos.
—¿Y
los otros?
—Supongo
que en arcángeles. Los nildores fueron imprecisos en este sentido. Una especie
de fusión trascendental con el universo, una evolución al nivel corporal
siguiente, una ascensión sublime... ese tipo de cosas. Lo único cierto es que
jamás regresaron al territorio de la Compañía. Kurtz esperaba un resultado
semejante. Pero, por desgracia, Kurtz era Kurtz, mitad ángel y mitad demonio y
así renació. Y eso es lo que Seena cuida. Gundy, en cierto sentido es una pena
que hayas perdido tu impulso. Podría ser que tuvieras un buen renacimiento.
¿Puedes llamar a Hor-tenebor? Supongo que necesitaremos aire fresco si seguimos
hablando largo y tendido. Hor-tenebor es el sulidor que está apoyado contra
aquella pared. Es quien me cuida y quien acarrea de un lado a otro mis viejos
huesos. Me llevará afuera.
—Ced,
hace unos minutos nevaba.
—Muchísimo
mejor. ¿Acaso un agonizante no debe ver la nieve? Éste es el lugar más hermoso
del universo —afirmó Cullen—. Aquí mismo, delante de esta choza. Quiero verlo.
Llama a Hor-tenebor.
Gundersen
llamó al sulidor. Cullen pronunció una palabra y Hor-tenebor cogió al frágil y
encogido inválido con sus inmensos brazos, lo hizo pasar por el pellejo que
servía como puerta de la choza y lo acomodó en una estructura semejante a un
camastro que daba al lago. Gundersen los siguió. Una densa bruma había caído
sobre la aldea y ocultaba hasta las chozas más próximas, pero el lago era
claramente visible bajo el cielo plomizo. Unos fugitivos manojos de bruma
pendían por encima de la superficie opaca del lago. Un frío hiriente dominaba
la atmósfera pero Cullen, abrigado tan sólo con un delgado pellejo, no parecía
incómodo. Extendió la mano con la palma hacia arriba y vio la caída de los
copos de nieve con el mismo asombro de un niño.
Finalmente,
Gundersen preguntó:
—¿Responderás
a una pregunta?
—Si
puedo...
—¿Qué
hiciste para que los nildores se ofuscaran tanto contigo?
—¿No
te lo contaron cuando te pidieron que me buscaras?
—No
—repuso Gundersen—. Dijeron que tú me lo contarías y que, de todos modos, no
les importaba que yo lo supiese o no. Seena también lo ignora. No puedo ni
imaginármelo. Tú nunca fuiste el tipo de persona que se dedicara a la matanza o
a la tortura de especies inteligentes. Es imposible que hayas jugado con el
veneno de las serpientes como Kurtz... él lo hizo durante años y nunca
intentaron cogerlo. En consecuencia, ¿qué puedes haber hecho para causar
tanto...?
—El
pecado de Acteón —respondió Cullen.
—¿Qué
has dicho?
—El
pecado de Acteón, que en realidad no fue un pecado sino un accidente. Según la
mitología griega, es un cazador que tropezó con Diana mientras ella se bañaba y
vio lo que no debía. Diana le convirtió en un venado y sus propios sabuesos lo
destrozaron.
—No
comprendo qué tiene que ver esto con...
Cullen
respiró profundamente.
—¿Alguna
vez estuviste en la meseta central? —inquirió en voz baja pero firme—. Sí,
claro que sí. Recuerdo que Seena y tú tuvisteis que hacer un aterrizaje forzoso
cuando regresabais a Punta de Fuego después de unas vacaciones en la costa y
estuvisteis varados unas horas y algunos animales raros os molestaron y fue
entonces cuando Seena comenzó a odiar la meseta, ¿Fue así? Entonces sabes que
se trata de un lugar extraño y misterioso, un lugar separado del resto del
planeta al que ni siquiera los nildores les gusta ir. Bien. Un año o dos
después de la retirada, comencé a ir a la meseta. Se convirtió en mi refugio
personal. Los animales, las plantas, los insectos, todo lo de la meseta me
interesaba. Hasta el aire tenía un sabor especial: dulce y puro. Como sabes,
antes de la retirada se habría considerado excéntrico visitar la meseta cuando
uno tenía tiempo libre o en cualquier otro momento. Más tarde, nada importaba a
nadie. El mundo me pertenecía. Hice algunos viajes a la meseta. Cogí insectos.
Llevé algunas rarezas a Seena y terminó por encariñarse con ellas antes de
comprender que provenían de la meseta. Poco a poco, la ayudé a superar su temor
irracional a la meseta. Seena y yo fuimos a menudo y a veces también venía
Kurtz. En la estación de Shangri-la hay una buena muestra de la flora y la
fauna mesetarias; quizá las hayas visto. ¿Correcto? Nosotros recogimos todas
esas cosas. La meseta llegó a parecerme como cualquier otro lugar, no había
nada sobrenatural ni extraño en ella, sólo se trataba de una zona atrasada y
descuidada. Era mi rincón favorito, al que iba siempre que me sentía vacío,
aburrido o harto. Hace un año, o quizás un poco menos, visité la meseta. Kurtz
acababa de volver de su renacimiento, Seena estaba muy deprimida por lo que le
había ocurrido y él quería hacerle un regalo, algún animal, para ayudarla a
levantar su espíritu. En esa ocasión bajé un poco más al sudoeste de mi zona
acostumbrada de aterrizaje, hasta una parte en la que nunca había estado, en
donde se unen dos ríos. Una de las primeras cosas que noté fue cuán destrozados
estaban los arbustos. ¡Nildores! ¡Centenares de nildores! Una inmensa
superficie estaba arrasada y sabes cómo pastan los nildores. Eso despertó mi
curiosidad. De vez en cuando, había visto algún que otro nildor en la meseta,
siempre a la distancia, pero jamás un rebaño entero. Por eso seguí la línea de
devastación. Esa cicatriz que atravesaba el bosque seguía y seguía y se veían
ramas rotas y maleza pisoteada: los indicios de siempre. Cayó la noche, hice
campamento y me pareció oír tambores. Pero era una estupidez, pues los nildores
no utilizan tambores; un rato después comprendí que los oía bailar, aporrear el
terreno, y la tierra transportaba su trepidación. También percibí otros
sonidos: gritos, bramidos, los chillidos de animales asustados. Tenía que
averiguar qué ocurría. En consecuencia, levanté el campamento en medio de la
noche y avancé por la selva, oyendo esos ruidos cada vez más fuertes hasta que
finalmente llegué al linde de los árboles, donde la selva se convertía en una
especie de amplía pradera que bajaba hasta el río y allí, al descubierto, había
alrededor de quinientos nildores. Tres lunas brillaban en el cielo y no tuve
dificultades para ver. Gundy, ¿puedes creer que se habían pintado? Como
salvajes, como algo surgido de una pesadilla. En medio del claro se veían tres
fosos profundos. Uno de ellos estaba lleno de una especie de barro rojo y
húmedo y los otros dos contenían ramas, bayas y hojas que los nildores habían
pisoteado para extraer los pigmentos oscuros: uno negro y otro azul. Los
nildores bajaban hacia esos pozos y primero se revolcaban en el de barro rojo y
salían embadurnados de un color totalmente escarlata; luego se acercaban a los
pozos contiguos y se pintaban franjas oscuras encima del rojo, recogiendo los
colorantes con la trompa. Un espectáculo bárbaro: tanto color, tanta carne. Una
vez que se habían pintado como correspondía, atravesaban corriendo..., no
caminando sino corriendo..., el campo hasta el lugar de la danza y allí
iniciaban el «paso de cuatro» de costumbre. Ya sabes: bum bum bum bum. Pero
ahora era inenarrablemente más feroz y aterrador a causa de la pintura de
guerra. Un ejército de nildores desenfrenados que golpeaban con las patas,
agitaban sus tremendas cabezas, alzaban las trompas, bramaban, hundían sus
colmillos en la tierra, daban cabriolas, cantaban, sacudían las orejas.
Aterrador, Gundy, aterrador. La luz de las lunas en sus cuerpos pintados...
Hundido en el bosque, tracé un círculo hacía el oeste para ver mejor. Lejos de
los bailarines reparé en algo que era aún más raro que la pintura. Vi un
inmenso corral cercado con troncos verticales; tres o cuatro veces mayor que
esta aldea. Era imposible que los nildores lo hubiesen construido solos; quizás
arrancaron los árboles y los acarrearon con las trompas, pero debieron
necesitar a los sulidores para formar la valla. En el interior del corral había
centenares de animales de la meseta, de todas las formas y tamaños imaginables.
Los grandes comedores de hojas con cuello de jirafa, esos que parecen
rinocerontes con astas, otros tímidos como gacelas y otros muchos que yo nunca
había visto, todos apiñados como en un corral de ganado. Seguramente, los
sulidores cazadores debieron recorrer el monte durante días para reunir esa colección
de animales raros. Los animales se mostraban inquietos y asustados. Yo también.
Me agazapé en la penumbra, expectante; al final todos los nildores quedaron
correctamente pintados y en medio del grupo de bailarines se inició un ritual.
Comenzaron a gritar, sobre todo en su lenguaje antiguo, el que no comprendemos,
pero también hablaron en nildororu corriente y finalmente comprendí lo que
ocurría. ¿Sabes quiénes eran esas bestias pintadas? ¡Se trataba de nildores
pecadores, de nildores que habían caído en desgracia! Ése era el lugar de la
expiación y la ceremonia de la purificación. Todo nildor que durante el año
anterior había quedado manchado por la corrupción tenía que ir allí para ser
purificado. Gundy, ¿sabes qué pecado habían cometido? Habían aceptado el veneno
ofrecido por Kurtz. ¿Recuerdas el viejo juego, el que todos solíamos practicar
en la estación de las serpientes, dándoles un trago a los nildores, bebiendo
uno mismo y dejando que se presentaran las alucinaciones? Esos nildores
pintados que daban cabriolas fueron corrompidos por Kurtz. Sus almas estaban
manchadas. El demonio terráqueo había descubierto su punto vulnerable, la única
zona de tentación que no podían resistir. Y por eso estaban allí, intentando
purificarse. La meseta central es el purgatorio de los nildores. No viven allí,
pues la necesitan para sus ritos, y, evidentemente, nadie monta un campamento
en un lugar sagrado. Gundy, bailaron durante horas. Pero no fue ése el rito de
expiación sino su preludio. Bailaron hasta que me mareé de verlos: los cuerpos
rojos, las franjas oscuras, el retumbar de sus patas y más tarde, cuando ya no
hubo lunas en el ciclo y se acercaba la alborada, se inició la verdadera
ceremonia. La presencié y miré dentro de las tinieblas de la raza, dentro de la
verdadera alma de los nildores. Dos nildores ancianos se acercaron al corral y
patearon el portón. Hicieron una abertura de unos diez metros de ancho,
retrocedieron y los animales enjaulados corrieron hacia la llanura. Estaban
aterrorizados por el ruido y los bailes, por haber permanecido encerrados y
corrieron en círculos, sin saber qué hacer ni adonde ir. El resto de los
nildores arremetió contra ellos. ¿Te das cuenta de que estoy hablando de los
nildores pacíficos, nobles y no violentos? Bufaron. Pisotearon. Alancearon con
los colmillos. Alzaron los animales con sus trompas y los arrojaron contra los
árboles. Una orgía de sangre. Me sentí descompuesto. Un nildor puede ser una
terrible máquina de muerte. Toda su mole, los colmillos, la trompa, las grandes
patas... todo estaba en estado de frenesí, no había limitaciones. Desde luego,
algunos animales escaparon, pero la mayor parte de ellos quedó atrapada en
medio del caos. Por todas partes había cuerpos aplastados, ríos de sangre y los
carroñeros salían del bosque para darse un festín mientras continuaba la
matanza. Así expían los nildores: pecado por pecado. Así se purifican a sí
mismos. En la meseta liberan su violencia, Gundy. Dejan de lado todas sus
contenciones y sueltan a la bestia que está en su interior. Jamás he sentido
tanto horror como cuando los vi purificar sus almas. Ya sabes cuánto respeto
sentía por los nildores. Aún lo siento, pero contemplar algo así, una masacre,
un espectáculo infernal... Gundy, quedé atontado de desesperación. Al parecer,
los nildores no disfrutaban de la matanza pero no vacilaban; siguieron y
siguieron porque tenían que hacerlo, porque así lo establece la ceremonia y no
lo consideraban distinto de lo que Sócrates consideraría sacrificar un cordero
a Zeus o un gallo a Esculapio. Creo que ése fue el auténtico horror. Vi a los
nildores destruir la vida en nombre de sus almas y fue como caer por una
trampilla y entrar en un mundo nuevo cuya existencia jamás había imaginado: un
mundo nuevo y tenebroso bajo el viejo. Entonces amaneció. El sol se elevó
hermoso y dorado y la luz resplandeció en los cuerpos aplastados y los nildores
permanecían serenamente en medio de la devastación, descansando, serenos,
purgados, concluidas todas sus tormentas interiores. Fue sorprendentemente pacífico.
Habían luchado con sus demonios y habían ganado. Habían atravesado el horror
nocturno, la palidez cadavérica y..., no sé cómo..., estaban realmente purgados
y purificados. No puedo explicarte cómo hallar la salvación por medio de la
violencia y la destrucción. Me es ajeno y probablemente lo sea para ti. Sin
embargo, Kurtz lo sabía. Siguió el mismo camino que los nildores. Cayó, cayó y
cayó a niveles cada vez más abyectos de maldad, gozó de su corrupción, se
deleitó en la depravación y al final fue capaz de juzgarse a sí mismo y
considerarse impuro y retirarse a su tiniebla interior y por eso fue a buscar
el renacimiento y mostró que el ángel de su interior no estaba totalmente
muerto. Este encuentro de la pureza a través del mal... Gundy, tú mismo tendrás
que llegar a un acuerdo sobre esto. No puedo ayudarte. Sólo puedo hablarte de
la visión que tuve al amanecer de aquella mañana, junto al campo ensangrentado.
Estaba ante un abismo. Atisbé desde el borde y vi adonde había ido Kurtz,
adonde habían ido esos nildores. Donde quizá vayas tú también. No podía seguir.
En ese momento estuvieron a punto de cogerme. Percibieron mi olor. Supongo que,
mientras duró el frenesí, no repararon en nada..., sobre todo porque los
animales del corral despedían olor a causa del miedo. Pero empezaron a
olisquear. Las trompas se alzaron y se movieron como periscopios. El olor a
sacrilegio pendía del aire. El hedor de un terráqueo espía y blasfemo.
Olisquearon cinco, diez minutos y continué en el bosque inmerso todavía en esa
visión, sin tener la menor idea de que me olisqueaban, pero súbitamente reparé
en que ellos sabían que estaba allí, de modo que me escabullí por el bosque y
ellos me persiguieron. Eran muchos. ¿Puedes imaginar lo que se siente cuando un
rebaño de nildores furiosos te persigue por la selva? Por suerte, podía
refugiarme en sitios muy pequeños para ellos. Logré eludirlos. Corrí y corrí
hasta que caí mareado en un matorral y vomité, descansé, luego los oí pisotear
muy cerca y volví a correr. Llegué a una ciénaga y me zambullí con la esperanza
de que dejasen de percibir mi olor. Me escondí entre las cañas y los fangales
mientras seres que no podía ver me mordisqueaban por abajo. Los nildores
rodearon toda la región. Sabemos que estás aquí, me gritaron. Sal. Sal. Te perdonamos
y queremos purificarte. Me explicaron todo racionalmente. Yo había visto sin
darme cuenta... ¡ah, por supuesto, sin darme cuenta, eran diplomáticos!... una
ceremonia que nadie salvo los nildores estaba autorizado a ver y ahora sería
necesario borrar de mi mente lo que había visto, lo cual podía realizarse
mediante una simple técnica que no se tomaron la molestia de describirme.
Supongo que mediante una droga. Me invitaron a borrar una parte de mi mente. No
acepté. No dije nada. Siguieron hablando, me explicaron que no tenían malas
intenciones, que comprendían que evidentemente no me había propuesto presenciar
su ceremonia secreta pero que, como la había visto, ahora debían tomar medidas,
etcétera, etcétera, etcétera. Comencé a arrastrarme corriente abajo, respirando
a través de una caña hueca. Cuando salí a la superficie, los nildores seguían
llamándome y parecían más furiosos, si es que es posible hacer semejante
afirmación. Parecían molestos por el hecho de que me hubiese negado a salir. No
me acusaban de espiarlos pero ponían reparos a que no permitiese que me
purificaran. Ése era mi verdadero delito: no haberme ocultado para observarlos
sino rechazar después el tratamiento. Aún me buscan. Permanecí en el agua todo
el día y cuando oscureció me escabullí y capté el zumbido vector de mi
coleóptero, que resultó hallarse a medio kilómetro de distancia. Esperaba
encontrarlo rodeado de nildores pero no fue así, de modo que subí, me alejé
rápidamente y a media noche aterricé en casa de Seena. Sabía que tenía poco
tiempo. Los nildores me buscarían de un lado a otro del continente. Conté
someramente a Seena lo que había ocurrido, cogí algunas provisiones y salí
hacia la región de las brumas. Los sulidores me recibirían. Son celosos de su
soberanía y, aunque resultara blasfemo, allí estaría a salvo. Llegué a esta
aldea. Exploré bastante la región de las brumas. Un día sentí el cangrejo en
mis entrañas y supe que todo había terminado. Desde entonces he esperado el
fin, que no está lejano.
Cullen
guardó silencio.
Después
de una pausa, Gundersen preguntó:
—¿Por
qué no corres el riesgo de regresar? Sea lo que fuere lo que los nildores
quieren hacerte, no puede ser tan malo como sentarse en la entrada de la choza
de un sulidor y morir de cáncer.
Cullen
no respondió.
—¿Y
si te dieran una droga que borra la memoria? —insistió Gundersen—. ¿No es mejor
perder un fragmento del pasado que todo el futuro? Ced, si estuvieras dispuesto
a regresar y nos dejaras ocuparnos de tu enfermedad...
—Gundy,
tu problema consiste en que eres demasiado lógico —afirmó Cullen—. ¡Eres un tío
tan sensato, prudente y racional! Dentro de la choza hay otra botella de vino.
¿Quieres traérmela?
Gundersen
entró en la choza pasando junto a los sulidores agachados y durante unos
instantes rondó la mohosa oscuridad en busca del vino. Al registrar la choza,
se le apareció la solución de la situación de Cullen: en lugar de llevar a
Cullen hasta las medicinas, llevaría las medicinas a Cullen. Abandonaría su
viaje hacía la montaña del renacimiento, al menos de momento, y bajaría hasta
la estación de Shangri-la para conseguirle una dosis de anticarcinógeno. Quizá
no fuese demasiado tarde para detener el cáncer. Más tarde, una vez recuperada
la salud, Cullen podría afrontar o no a los nildores, como él quisiera. Pensó:
lo que ocurre entre él y los nildores no será un asunto que me concierna.
Considero anulado mi trato con Vol'himyor. Dije que sólo llevaría a Cullen con
su consentimiento y está claro que no lo hará voluntariamente. En consecuencia,
ahora mi tarea consiste en salvarle la vida. Después podré ir a la montaña.
Gundersen
encontró el vino y salió con la botella.
Cullen
estaba recostado en el camastro, con el mentón sobre el pecho, los ojos
cerrados y la respiración lenta, como si el largo monólogo le hubiese agotado.
Gundersen no le molestó. Dejó el vino en el suelo y se alejó. Paseó durante más
de una hora, meditabundo, pero no llegó a ninguna conclusión. Después regresó.
Cullen no se había movido.
—¿Todavía
duerme? —preguntó Gundersen a los sulidores.
—Es
el sueño eterno —replicó uno de ellos.
La
bruma se cerró, derramando joyas de escarcha que pendían de todos los árboles,
de todas las chozas. Gundersen quemó el cuerpo consumido de Cullen a la orilla
del lago plomizo, con una larga e impetuosa ráfaga de la antorcha de fusión,
mientras los sulidores miraban mudos y solemnes. El terreno siseó ligeramente
al acabar la cremación y la bruma se arremolinó desenfrenadamente a medida que
el aire frío ocupaba la zona caliente producida con la antorcha. En la choza
había unas pocas cosas de Cullen. Gundersen las revisó con la esperanza de
encontrar un diario, una memoria, cualquier cosa que llevara la marca del alma
y la personalidad de Cedric Cullen. Pero sólo halló algunas herramientas
oxidadas, una caja de insectos y lagartijas muertos y ropa desteñida. Dejó todo
donde lo encontró.
Los
sulidores le invitaron a una cena fría. Le dejaron comer a solas, sentado en el
camastro de madera. Cayó la noche y entró en la choza para dormir. Se-holomir y
Yi-gartigok se apostaron como guardias ante la entrada, aunque él no se lo
había pedido. Gundersen no les dijo nada. Se durmió enseguida.
Extrañamente,
no soñó con el Cullen que acababa de morir sino con el Kurtz que aún vivía. Vio
a Kurtz caminando por la región de las brumas, al Kurtz que aún no se había
metamorfoseado hasta alcanzar su estado actual: inenarrablemente alto, pálido,
los ojos ardientes en el cráneo abovedado, brillando con una extraña
inteligencia. Kurtz llevaba un báculo de peregrino y avanzaba incansablemente
hacia la bruma. Le acompañaba, aunque en realidad no iba con él, un cortejo de
nildores, con los verdes cuerpos manchados de rojo brillante por el barro
pigmentado; se detenían cada vez que Kurtz lo hacía y se arrodillaban a su
lado; de vez en cuando, él los dejaba beber de una cantimplora en forma de tubo
que llevaba. Cada vez que Kurtz ofrecía su cantimplora a los nildores, él, y no
ellos, sufría una transformación. Sus labios se unían en un sello uniforme, su
nariz se alargaba y sus ojos, los dedos de sus manos y los de sus pies y sus
piernas cambiaban y volvían a cambiar. Gaseoso y móvil, Kurtz no guardaba la
forma durante mucho tiempo. En una etapa del viaje, se convirtió en un sulidor
en todos los sentidos salvo uno: su cabeza calva y abovedada coronaba el
imponente cuerpo peludo. Después la piel desapareció, las garras se encogieron
y adoptó otra forma, una cosa delgada y saltarina, rapaz y veloz, con codos de
doble coyuntura y patas largas y espigadas. Se produjeron más cambios. Los
nildores entonaron himnos de adoración, cantaron con cadencia gruesa y monótona
de sonido opaco. Kurtz estaba gracioso. Hacía una reverencia, sonreía,
saludaba. Ofrecía la cantimplora, que jamás era necesario volver a llenar.
Ondeó por un ciclo tras otro de vertiginosa metamorfosis. De la mochila extrajo
regalos que repartió entre los nildores: antorchas, navajas, libros, cubos de
mensajes, computadoras, estatuas, órganos de color, mariposas, botellas de
vino, sensores, módulos de transporte, instrumentos musicales, abalorios,
viejos aguafuertes, medallones sagrados, cestas de flores, bombas, cohetes de
señales, zapatos, llaves, juguetes, lanzas. Cada regalo producía suspiros y
bufidos de placer y mugidos de gratitud de los nildores; retozaron a su
alrededor, levantaron los nuevos tesoros con las trompas y se los mostraron
entusiasmados. «¿Veis?», gritó Kurtz. «Soy vuestro benefactor. Soy vuestro
amigo. Soy la resurrección y la vida.» En ese momento llegaron al lugar del
renacimiento que, en el sueño de Gundersen, no era una montaña sino un abismo
oscuro y profundo, en cuyo borde se reunieron y esperaron los nildores. Y
Kurtz, sometido a tantas transformaciones que su cuerpo fluctuaba y variaba de
un instante a otro —ora con cuernos o cubierto de escamas, ora ataviado con
relumbrantes llamas—, avanzó mientraslos nildores le aclamaban y le decían:
«Éste es el lugar, el renacimiento te pertenecerá». Kurtz caminó hacia el
abismo que lo envolvió en la noche absoluta. De lo más hondo del abismo llegó
un único grito prolongado, un agudo gemido de terror y desesperación tan
espantoso que despertó a Gundersen, quien durante horas permaneció sudoroso y
temblando a la espera del amanecer.
Por
la mañana, se colgó la mochila al hombro e hizo señales de partir. Se-holomir y
Yigartigok se acercaron y uno de ellos preguntó:
—¿Adónde
irás ahora?
—Al
norte.
—¿Iremos
contigo?
—Iré
solo —respondió Gundersen.
Sería
un viaje difícil, quizá peligroso pero no imposible. Tenía equipo de
orientación, concentrados alimenticios, un suministro de energía y cosas por el
estilo. Contaba con el vigor necesario. Sabía que las aldeas de sulidores que
aparecieran por el camino le ofrecerían su hospitalidad si la necesitaba. Pero
esperaba no necesitarla. Le habían escoltado durante gran parte del trayecto,
primero Srin'gahar y después diversos sulidores; sentía que debía concluir la
peregrinación sin guía.
Emprendió
la marcha dos horas después del amanecer. Era un buen día para iniciar
semejante empresa. El aire era estimulante, fresco y límpido y la bruma estaba
alta: se sorprendió al poder ver bastante lejos en todas direcciones. Avanzó
por el bosque de atrás de la aldea y salió a una colina elevada desde cuya
cumbre pudo observar el paisaje. Vio una región escabrosa y tupidamente
arbolada, interrumpida a menudo por ríos, corrientes de agua y lagos. Y también
logró vislumbrar la cima de la montaña del renacimiento; un centinela dentado
al norte. Ese pico sonrosado del horizonte parecía estar al alcance de la mano:
bastaba con estirarse, con extender los dedos. Las grietas, los montecillos y
las laderas que le separaban de su meta no significaban un desafío. Podía
atravesarlos con unos brincos rápidos. Su cuerpo estaba deseoso de intentarlo:
pulso constante, visión excepcionalmente aguda, piernas que se movían rítmica e
infatigablemente. Presintió un ascenso interior del alma, una elevación
contenida pero extática hacia la vida y el poder; los fantasmas que le habían
acompañado durante tantos años se desvanecían; en aquella helada zona de bruma
y nieve se sintió fortalecido, purificado, templado, dispuesto a aceptar lo que
se debiera aceptar. Una energía extraña le recorrió. No le molestaban el
enrarecimiento del aire, el frío ni la destemplanza de la región. Era una
mañana excepcionalmente clara y la brillante luz del sol caía en cascadas a
través de la elevada cobertura de niebla y daba un brillo de ensueño a los
árboles y al terreno pelado. Avanzó incesantemente.
La
bruma cayó a mediodía. La visibilidad se redujo hasta que Gundersen sólo vio a
ocho o diez metros de distancia. Los árboles gigantescos se convirtieron en
serios obstáculos: ahora sus raíces nudosas y sus apoyos retorcidos eran
trampas para los pies incautos. Caminaba con cuidado. Entró en una región en la
que grandes piedras de punta chata sobresalían en ángulo del suelo: eran losas
lustrosas y resbaladizas a causa de la niebla que formaban escalones. Tuvo que
avanzar reptando, tanteando a ciegas el camino y sin saber de qué altura sería
la caída que probablemente encontraría al extremo de cada pedrejón. Saltar era
un acto de fe; una de las caídas resultó ser de unos cuatro metros y cayó
violentamente, por lo que durante quince minutos le hormiguearon los tobillos.
Sintió que las primeras fatigas del día se extendían por sus muslos y rodillas.
Pero el estado de éxtasis controlado, sobrio y jubiloso a la vez, seguía
dominándole.
Almorzó
tarde junto a una laguna pequeña e impecablemente circular, brillante como un
espejo, rodeada por árboles altos y de tronco estrecho y cercada por una
cerrada faja de bruma. Gozó de la intimidad, de lo recoleto del lugar: parecía
una habitación esférica de paredes de algodón, dentro de la cual estaba
totalmente aislado de un universo de perplejidades. Allí podía liberarse de las
tensiones de la caminata, después de tantas semanas de viajar con nildores y
sulidores y de preocuparse constantemente por si los ofendía de un modo
desconocido pero imperdonable. Era reacio a partir.
Mientras
recogía sus pertenencias, un ruido desagradable rompió su aislamiento: el
zumbido de un motor a poca altura. Protegió sus ojos del resplandor de la
bruma, alzó la mirada y un momento después divisó un coleóptero
aerotransportado que volaba por debajo de la capa de nubes. El pequeño y chato
vehículo trazaba un círculo cerrado, como si buscase algo. ¿A mí?, se preguntó
Gundersen. Con celeridad, se ocultó detrás de un árbol aunque sabía que al
piloto le resultaría imposible verlo aunque estuviese al raso. Instantes
después el coleóptero desapareció en dirección oeste, fundiéndose en un banco
de bruma. Pero el encanto de la tarde estaba destruido. Ese horrible zumbido
mecánico en el cielo aún retumbaba en la mente de Gundersen y dio al traste con
su paz recién hallada.
Después
de una hora de marcha y al pasar por un bosque de árboles delgados con corteza
roja de aspecto gomoso, Gundersen se topó con tres sulidores, los primeros que
veía desde que esa mañana se despidiera de Yi-gartigok y Se-holomir. El
encuentro inquietó a Gundersen. ¿Le permitirían entrar libremente en esa zona?
Era evidente que los tres formaban una partida de caza que regresaba a una
aldea cercana. Dos de ellos portaban, amarrado a un largo palo que apoyaban en
los hombros, el cadáver empaquetado de un voluminoso cuadrúpedo apacentador de
piel negra aterciopelada y cuernos largos encorvados hacia abajo. Sintió un
fugaz e instintivo temor al ver a los tres seres gigantescos que avanzaban
hacia él entre los árboles; para sorpresa de Gundersen, el temor desapareció
casi tan pronto como surgió. A pesar de su semblante feroz, los sulidores no
suponían una amenaza. Es verdad que podían matarlo de un golpe, pero ¿para qué?
No tenían motivos para atacarle del mismo modo que él no los tenía para
quemarles con su antorcha. Y allí, en su hábitat natural, ni siquiera parecían
bestiales o salvajes. Grandes sí, por supuesto. Y poderosos. Potentes con sus
colmillos y garras. Pero naturales, adecuados, correctos y no tan aterradores.
—¿Viaja
cómodo el caminante? —preguntó el sulidor más adelantado, el único que no
soportaba parte de la carga de la matanza. Habló con tono suave y cortés,
utilizando el idioma de los nildores.
—El
caminante viaja cómodo —respondió Gundersen. Improvisó otro saludo—: ¿Es el
bosque benévolo con los cazadores?
—Como
ves, a los cazadores les ha ido bien. Si tu sendero toca nuestra aldea, te
invitamos a compartir esta noche nuestra caza.
—Voy
a la montaña del renacimiento.
—Nuestra
aldea se encuentra en esa dirección. ¿Vendrás?
Aceptó
la invitación porque caía la noche y un viento áspero se colaba a través de la
fronda. La aldea de los sulidores era pequeña y se encontraba al pie de un
escarpado acantilado a media hora de caminata hacia el noreste. Gundersen pasó
una noche agradable allí. Los aldeanos se mostraron atentos si bien algo
distantes, pero en modo alguno hostiles; le proporcionaron el rincón de una
choza, alimento y bebida y le dejaron en paz. No tuvo la sensación de ser
miembro de una despreciada raza de conquistadores expulsados, una raza ajena e
indeseada. Al parecer, sólo le consideraban un caminante necesitado de refugio
y no se mostraron interesados por su especie. Ello fue alentador. Obviamente,
los sulidores no tenían los mismos motivos de resentimiento que los nildores,
ya que la Compañía nunca había convertido realmente en esclavos a esos
pobladores del bosque. De todos modos, siempre imaginó una furia hirviente y
siseante en el interior de los sulidores y ahora su serena amabilidad fue una
agradable superación de aquella imagen que, supuso Gundersen, quizá sólo fuera
una proyección de sus propias culpas. Por la mañana le llevaron frutas y
pescado y después se despidió.
El
segundo día de viaje en solitario no fue tan gratificante como el primero. El
clima era hostil, frío, húmedo y frecuentemente cargado de nieve mientras la
densa bruma colgaba a poca altura casi en todo momento.
Perdió
gran parte de la mañana atrapado en un camino sin salida, con una larga
serranía a la derecha, otra a la izquierda e, inesperadamente, un extenso lago
que intuyó imposible de atravesar. Cruzar a nado era impensable: tendría que
permanecer varias horas en las aguas heladas y no sobreviviría. En
consecuencia, tuvo que realizar un fatigante desvío hacia el este a través de
la serranía más baja, la cual bordeaba el lago, por lo que, después de varias
horas, estaba casi en el mismo punto que el día anterior. La visión de la
montaña del renacimiento cubierta de nieve le animó a proseguir el camino y
durante dos horas de la tarde tuvo la ilusión de que compensaba la demora de la
mañana hasta que descubrió que un río rápido y ancho que corría de oeste a este
— evidentemente el río que alimentaba el lago que antes le había cortado el
paso— le impedía pasar. Tampoco se atrevió a cruzar a nado pues la corriente le
arrastraría hasta las lejanas profundidades antes de que llegara a la otra
orilla. Dedicó más de una hora a seguir río arriba hasta llegar a un sitio en
el que quizá podría vadearlo. Allí era más ancho que aguas abajo, pero el lecho
parecía mucho menos profundo y algún cataclismo geológico había desparramado de
orilla a orilla una fila de piedras, formando una especie de gargantilla.
Sobresalían algunas piedras y el agua blanca se arremolinaba a su alrededor;
aunque sumergidas, las demás piedras se divisaban debajo del agua.
Gundersen
inició el cruce. Logró saltar de la punta de un pedrejón a la del siguiente,
manteniéndose seco hasta cubrir la tercera parte del camino. Luego se vio
obligado a vadear con el agua hasta casi las rodillas, resbalando a cada
momento. La bruma le rodeaba. Parecía estar solo en aquel planeta: nada hacia
adelante salvo ondas de blancura, nada hacia atrás sino lo mismo. No veía los
árboles ni la orilla, ni siquiera los pedrejones. Se concentró firmemente para
no perder pie, pero pisó mal, resbaló y cayó de bruces, siendo abofeteado por
la corriente y quedando tan mareado que durante unos instantes no logró
levantarse. Consagró todas sus energías a aferrarse a la angulosa masa de
piedra que tenía debajo. Pocos minutos después encontró fuerzas para levantarse
y se tambaleó jadeante hasta un pedrejón cuya cara superior sobresalía medio
metro del agua; se arrodilló en la piedra, congelado, empapado, aterido,
tratando de secarse. Transcurrieron, tal vez, cinco minutos. Como la bruma
estaba tan cerca no logró secarse, pero al menos había recuperado la
respiración y siguió cruzando. Estiró la punta de la bota a modo de prueba y
encontró otra piedra con la cara superior seca. Avanzó hacia ella. Después
había otra. A continuación apareció otro pedrejón. Ahora era fácil: llegaría a
la otra orilla sin un nuevo remojón. Aceleró el paso y saltó otros dos
pedrejones. En ese momento, a través de una grieta de la bruma, logró divisar
la orilla.
Algo
parecía estar mal.
La
bruma volvió a caer, pero Gundersen vaciló antes de continuar sin la certeza de
que todo estaba bien. Se agachó cautelosamente y hundió la mano izquierda en el
agua. Sintió que el empuje de la corriente venía de la derecha y golpeaba su
palma abierta. Mientras se preguntaba si el frío y la fatiga habían afectado su
mente, estudió varias veces la topografía y siempre llegó a la misma conclusión
aterradora: si cruzo hacia el norte un río que corre de oeste a este, debería
notar que la corriente procede de mi izquierda. Comprendió que de algún modo
había dado la vuelta mientras luchaba por sujetarse en el agua y desde entonces
se había dirigido con gran diligencia hacia la orilla sur del río.
Perdió
la fe en su capacidad de juicio. Sintió la tentación de esperar agazapado en la
roca a que la bruma se despejara antes de continuar, pero luego comprendió que
quizá tendría que pasar la noche o más tiempo allí. También recordó tardíamente
que llevaba equipo adecuado para resolver esos problemas. Revisó la mochila,
sacó la brújula y apuntó hacia el horizonte, girando el brazo en un arco que
concluía donde la brújula emitía su zumbido indicador del norte. Este acto
confirmó sus conclusiones respecto de la corriente e inició nuevamente el cruce
del río, llegando poco después a los escalones sumergidos en los que había
caído. Esta vez no tuvo dificultades.
Una
vez que llegó a la otra orilla, se desnudó y secó sus ropas y su cuerpo con el
rayo de menor potencia de la antorcha de fusión. La noche había caído. No
habría desestimado otra invitación a una aldea de sulidores, pero ese día no
apareció ningún sulidor hospitalario. Pasó incómodo la noche, acurrucado bajo
un arbusto.
El
día siguiente fue más cálido y menos brumoso. Gundersen avanzó cautelosamente,
temeroso de que sus horas de ardua caminata pudieran desperdiciarse si se
topaba con un nuevo obstáculo, pero todo salió bien y logró atravesar las
corrientes de agua o los arroyos ocasionales que se cruzaron en su camino. Allí
el terreno estaba acanalado y plegado como si manos gigantescas, una por el
norte y otra por el sur, hubiesen unido el planeta. A medida que Gundersen
bajaba una ladera y subía la siguiente, también ganaba altura constantemente ya
que todo el continente se elevaba hacia la imponente meseta sobre la cual se
erguía la montaña del renacimiento.
A
primeras horas de la tarde dejaron de destacarse los pliegues este-oeste; ahora
el terreno era tan sesgado que caminaba en paralelo a una serie de suaves
surcos norte-sur que desembocaban en un amplio prado circular sin árboles. Los
grandes animales del norte —cuyos nombres Gundersen ignoraba— pastaban allí en
grandes manadas, frotando la nariz contra el terreno ligeramente cubierto de
nieve. Parecían pertenecer sólo a cuatro o cinco especies —algunos de patas
gruesas y joroba, cual una vaca chapuda, otros semejantes a gacelas demasiado
grandes, y otras variedades—, pero había quizá millares de cada una. Hacía el
este, al borde mismo de la pradera, Gundersen vio lo que le pareció una
reducida partida de caza de sulidores que cercaban a algunos animales.
Volvió
a oír el zumbido del motor. El coleóptero que había visto el otro día apareció
en ese momento, sobrevolando a poca altura. Gundersen se echó al suelo
instintivamente con la esperanza de pasar desapercibido. Los animales se
arremolinaron inquietos a su alrededor, perplejos por el ruido, pero no se
desbocaron. El coleóptero aterrizó aproximadamente a mil metros al norte. Llegó
a la conclusión de que Seena debió salir a buscarlo, con la esperanza de
interceptarlo antes de que pudiera entregarse a los sulidores de la montaña del
renacimiento. Pero se equivocaba. La escotilla del coleóptero se abrió y
salieron Van Beneker y sus turistas.
Gundersen
se arrastró hasta quedar oculto por un alto matorral de una planta parecida a
los cardos, encima de un montecillo. No soportaba la idea de volver a reunirse
con aquel grupo, al menos en esa etapa de su peregrinación, en la que ya se
había purgado de tantos vestigios del Gundersen que había sido.
Los
observó.
Caminaban
hacia los animales, los fotografiaban e incluso se atrevían a tocar a algunas
de las bestias más pesadas. Gundersen oyó sus voces y sus risas, que quebraban
el congelado silencio; palabras aisladas llegaron hasta él, tan carentes de
sentido como el galimatías de Kurtz. También oyó la voz de Van Beneker en medio
de la cháchara, la voz que describía, explicaba y exponía. Para Gundersen, los
nueve seres humanos que tenía ante él, en el prado, eran tan extraños como los
sulidores. Quizá más. Tuvo conciencia de que los últimos días de bruma y frío,
la odisea solitaria por un mundo de blancura y silencio, habían producido un
cambio en él que apenas comprendía. Se sentía ligero de alma, libre del exceso
de equipaje del espíritu, un hombre más sencillo en todos los sentidos pero, a
la vez, más complejo.
Aguardó
más de una hora oculto mientras el grupo de turistas recorría el prado. Todos
regresaron al coleóptero. ¿Adónde irían ahora? ¿Los llevaría Van Beneker al
norte para atisbar la montaña del renacimiento? No. No. Era imposible. Como
terráqueo que era, Van Beneker temía al renacimiento y no se atrevería a
invadir una zona tan misteriosa.
De
todos modos, cuando despegó, el coleóptero tomó rumbo norte.
Acongojado,
Gundersen le gritó que regresara. Como si lo hubiera oído, el pequeño y
brillante vehículo viró a medida que ganaba altura. Van Beneker debió tratar de
coger, simplemente, viento de cola. El coleóptero se dirigió hacia el sur. El
paseo había concluido. Gundersen lo vio pasar en lo alto y perderse en un
elevado banco de niebla. Atragantado de alivio, corrió y ahuyentó a los
sorprendidos animales con gritos desenfrenados.
Ahora
todos los obstáculos parecían quedar atrás. Gundersen cruzó el valle, atravesó
sin esfuerzo una loma nevada, vadeó un riachuelo poco profundo y se abrió paso
por un tupido bosque cuyos árboles eran bajos y gruesos rematados en forma
cónica. Siguió un ritmo sereno de viaje y ya no hacía caso del frío, la bruma,
la humedad, la altura o el cansancio. Estaba en armonía con su empresa. Cuando
durmió, lo hizo a pierna suelta; cuando buscó alimento para complementar sus
concentrados, encontró aquello que era bueno; cuando se propuso cubrir
distancias, las cubrió. La paz del bosque brumoso le llevó a hacer prodigios.
Se puso a prueba a sí mismo, buscó los límites de su resistencia, los encontró
y los superó en cada oportunidad.
Durante
esa etapa del viaje estuvo totalmente solo. A veces veía huellas de sulidores
en la delgada costra de nieve que cubría gran parte del terreno, pero no se
encontró con ninguno. El coleóptero no regresó. Hasta sus sueños estaban vados:
el fantasma de Kurtz que le había acosado ahora no aparecía y sólo tenía
confusas ensoñaciones que olvidaba en el momento de despertar.
Ignoraba
cuántos días habían pasado desde la muerte de Cedric Cullen. El tiempo había
fluido y se había fundido en sí mismo. No sentía fatiga ni estaba impaciente:
no deseaba que todo hubiese concluido. Apenas se sorprendió cuando al trepar
por un saliente inclinado y uniforme, de unos treinta metros de ancho —rodeado
por un muro de carámbanos y salpicado de espesas matas de hierba y árboles
delgados—, levantó la mirada y comprendió que había iniciado la escalada de la
montaña del renacimiento.
A la
distancia, la montaña parecía elevarse dramáticamente desde la llanura brumosa
en una sola tirada. Ahora que se encontraba realmente en sus laderas
inferiores, Gundersen comprobó, de cerca, que la montaña se fragmentaba en una
serie de plataformas superpuestas de piedra de color rosa. La totalidad de la
montaña era la suma de esas plataformas, pero desde allí no tenía la sensación
de una mole unificada. Ni siquiera podía divisar los elevados picos, las
torrecillas y las cúpulas que, sabía, debían alzarse a miles de metros por
encima de él. Una capa de bruma persistente ocultaba la montaña desde un poco
más abajo de la mitad, quedando visible sólo su ancha base. Lo demás, lo que le
había guiado durante cientos de kilómetros, podría no haber existido nunca.
La
escalada fue sencilla. A derecha e izquierda, Gundersen vio paredes escarpadas,
cimas impracticables, frágiles puentes de piedra que enlazaban un saliente con
otro; también existía un sendero en zigzag, indudablemente de origen natural,
que proporcionaba al escalador paciente acceso a alturas superiores. Los
excrementos de incontables nildores cubrían esa larga plataforma de piedra y le
demostraba que debía estar en el camino correcto. No podía imaginar que los
enormes seres subieran a la montaña por otra ruta. Hasta un sulidor se sentiría
abrumado por esos precipicios y hondonadas.
Los
munzores parloteantes saltaban de saliente en saliente o atravesaban
arrastrando los pies aterradores abismos recorridos por hilos de enredaderas.
Bestias parecidas a chivos, blancas y con marcas negras en forma de estrella,
corveteaban en los fosos arenosos de laderas inalcanzables y lanzaban
resonantes saludos que retumbaban en el silencio. Gundersen ascendió
constantemente. El aire era fresco pero vigorizante; a ese nivel sólo había
manojos de bruma, lo que le daba una clara panorámica hacia adelante y hacia
atrás. Miró hacia atrás y vio que súbitamente las tierras bajas envueltas en
niebla quedaban muy abajo. Creyó ser capaz de ver hasta el prado donde había
aterrizado el coleóptero.
Se
preguntó cuándo le interceptaría algún sulidor.
Al
fin y al cabo, aquél era el lugar más sagrado del planeta. ¿No había
guardianes? ¿No había nadie que le detuviera, que le interrogara, que le
obligase a regresar?
Después
de dos horas de ascensión llegó a un sitio donde la pendiente disminuía y la
plataforma se convertía en un prolongado paseo horizontal que se curvaba a la
derecha y desaparecía más allá de la mole de la montaña. A medida que Gundersen
avanzaba, en esa curva aparecieron tres sulidores. Apenas le miraron y
siguieron su camino, sin hacer caso de él, como si fuera corriente que un
terráqueo subiera a la montaña del renacimiento.
O,
pensó Gundersen asombrado, como si le esperaran.
Poco
después lía plataforma volvía a ascender. Un saliente de piedra formaba un
techo a un lado del camino, pero no constituía un refugio pues los pequeños y
cacareantes munzores de cara marchita anidaban en lo alto y arrojaban guijarros
y desperdicios. ¿Monos? ¿Roedores? Fueran lo que fuesen, introducían una nota
sacrílega en la solemnidad de la gran cumbre, burlándose de los que emprendían
el ascenso. Colgaban de sus colas prensiles, sacudían sus orejas largas y
copetudas, escupían y reían. ¿Qué decían? «¡Vete, terráqueo, este santuario no
te pertenece!» ¿Eso decían? O, tal vez: «¡Abandonad la esperanza, vosotros los
que entráis aquí!».
Pasó
la noche bajo el saliente. En varias ocasiones los munzores rozaron su cara. Le
despertó lo que parecía el llanto de una mujer. Los sollozos, graves e
intensos, provenían del abismo inferior. Se asomó al saliente y presenció una
estrepitosa tormenta de nieve. Bajo la tormenta volaban delgados animales de
las cumbres superiores parecidos a murciélagos, que subían y bajaban con sus
cuerpos tubulares negros y sus grandes alas amarillas y correosas; descendían
hasta que Gundersen los perdía de vista y volvían a subir hacia sus crías,
acarreando trozos de carne cruda en sus picos rojos y puntiagudos. No volvió a
oír los sollozos. Volvió a dormirse y descansó como drogado hasta que un
brillante amanecer chocó como el rayo contra la ladera de la montaña.
Se
bañó en una corriente de agua rodeada de hielo que bajaba por un barranco
uniforme y se cruzaba en el camino. Luego siguió ascendiendo y durante la
tercera hora de caminata matinal encontró a un grupo de nildores que se
dirigían al rehacimiento. No eran verdes sino de color gris rosado, lo que les
caracterizaba como miembros de la rara afín: los nildores del hemisferio
oriental. Gundersen jamás había sabido si esos nildores contaban con
instalaciones para el renacimiento en su propio continente o sí se sometían al
proceso aquí. Ahora esa incertidumbre estaba resuelta. Eran cinco nildores que
avanzaban lentamente y con gran esfuerzo. Sus pellejos estaban resquebrajados y
acanalados y sus trompas —más gruesas y largas que las de los nildores
occidentales— colgaban débilmente. El simple hecho de mirarlos le fatigó. De
todos modos, ellos tenían buenos motivos para estar cansados; como los nildores
carecían de medios para atravesar el océano debieron de tomar el camino
terrestre, el terrible viaje hacia el noreste a través del lecho seco del Mar
de Polvo. En el desempeño de su trabajo, Gundersen ocasionalmente había visto a
los nildores orientales arrastrándose por ese yermo cristalino y al fin
comprendió cuál era su destino.
—¡Gozad
de la alegría de vuestro renacimiento! —Les saludó al pasar, empleando la
concisa inflexión oriental.
—¡La
paz te acompañe en tu viaje! —respondió serenamente uno de los nildores.
Ellos
tampoco veían nada raro en el hecho de que estuviese allí. Pero él sí. No podía
dejar de pensar en sí mismo como en un intruso, un entrometido. Se escondía y
acechaba instintivamente, manteniéndose en la parte interior del sendero, como
si así fuese menos visible. Suponía que en cualquier momento algún guardián de
la montaña le rechazaría, se asomaría súbitamente para impedirle el ascenso.
Por
encima de su cabeza, dos o tres curvas más arriba, vio algunos movimientos.
Dos
nildores y alrededor de una docena de sulidores se encontraban allí, de pie
junto a la entrada de una oscura grieta de la ladera. Sólo podía verlos si se
asomaba peligrosamente desde el borde del sendero. Un tercer nildor salió de la
caverna y entraron varios salidores. ¿Se trataba de una estación intermedia en
el camino hacia el renacimiento? Estiró el cuello para ver mejor pero al seguir
adelante llegó a un punto del camino desde el cual ese nivel superior no era
visible.
Tardó
más de lo que calculaba en llegar a ese lugar. El sendero en zigzag se extendía
hacia un costado para rodear una delgada y puntiaguda torre de piedra
quebradiza. Gundersen trazó un giro hasta la cara nororiental. Cuando logró
volver a ver el nivel de la grieta, caía un hosco crepúsculo y el lugar que
buscaba seguía por encima de su cabeza.
Se
hizo noche cerrada antes de que llegara a ese nivel. Un pesado manto de niebla
lo ocultaba todo. Quizás estaba a mitad de camino de la cumbre. En ese lugar el
sendero se ensanchaba en la ladera de la montaña formando una amplia plaza
cubierta de fragmentos quebradizos de piedra clara, y sobre el muro abovedado
de aquélla Gundersen vio una abertura negra, una enorme V invertida, cuya
entrada debía conducir a una imponente caverna. Tres nildores dormían a la
izquierda de la entrada y, a la derecha, cinco sulidores parecían conferenciar.
Retrocedió,
se apostó tras un pedrejón y se puso a espiar cautelosamente la boca de la
caverna. Los sulidores entraron y durante más de una hora no ocurrió nada.
Después los vio salir, despertar a uno de los nildores y conducirlo hacía el
interior. Transcurrió otra hora hasta que salieron a buscar al segundo. Después
de un rato, se asomaron en busca del tercero. Era totalmente de noche. La
bruma, compañera constante, se acercaba y se adhería a todo. Los animales de
pico grande parecidos a murciélagos y semejantes a marionetas de cuerda,
descendían de las zonas más altas de la montaña, chillaban y desaparecían abajo
en medio de la niebla arremolinada, para regresar instantes después en un
ascenso igualmente veloz. Gundersen estaba solo. Era el momento de atisbar
hacia el interior de la caverna pero no se animó a llevar a cabo esa
inspección. Titubeó aterido, incapaz de avanzar. Respiraba dificultosamente a
causa de la bruma. No veía nada en ninguna dirección; hasta los bichos
semejantes a murciélagos eran invisibles, meras reverberaciones sonoras a
medida que ascendían y caían. Intentó recuperar parte del valor que había
sentido al día siguiente de la muerte de Cullen, cuando emprendió la marcha sin
compañía por aquellas regiones invernales. Mediante un esfuerzo consciente al
fin recuperó parte de esa energía.
Caminó
hasta la boca de la caverna.
En
el interior, sólo vio oscuridad. En la entrada no se distinguían sulidores ni
nildores. Dio un cauteloso paso hacia el interior. La caverna estaba fresca,
pero era un frescor seco, mucho más agradable que el frío empapado por la bruma
del exterior. Cogió su antorcha de fusión, emitió una rápida llamarada de luz y
descubrió que se encontraba en el centro de una enorme cámara cuyo elevado
techo se confundía en las sombras. Las paredes de la cámara eran una fantasía
barroca de repliegues, ondas, contrafuertes, aristas y torres de piedra pulida
y translúcida, que resplandecieron como cristal retorcido durante el fugaz
momento en que la luz las acarició. Delante, flanqueado por dos alas ondulantes
de piedra que se separaban como cortinas congeladas, se abría un pasadizo lo
bastante amplio para Gundersen pero probablemente difícil para los corpulentos
nildores que lo habían atravesado antes.
Se
dirigió hacia el pasadizo.
Otros
dos fugaces fogonazos de la antorcha y logró llegar al pasadizo, por el que
avanzó tanteando la pared, la cual torcía bruscamente a la izquierda y,
aproximadamente veinte pasos más adelante, trazaba un ángulo igualmente brusco
en dirección contraria. A medida que se acercaba al segundo recodo, Gundersen
percibió una débil luz. Un fungoide de color verde claro pegado al techo
producía una iluminación mínima. Gundersen se sintió aliviado y súbitamente
vulnerable porque, aunque ahora podía ver, también podían verle.
La
anchura del pasadizo era el doble que la de un nildor y tres veces su estatura,
pues se alzaba hasta la bóveda espigada en la que moraban los fungoides. Se
prolongaba a lo largo de lo que parecía una distancia infinita en las entrañas
de la montaña. Gundersen notó que a ambos lados se bifurcaban cámaras y
pasillos secundarios.
Avanzó
y miró dentro de la cámara más cercana.
Contenía
algo grande, extraño y aparentemente vivo. En el suelo de una pétrea celda
vacía yacía una masa de carne rosada, informe e inmóvil. Gundersen distinguió
miembros cortos y huesos y una cola firmemente enroscada en el ancho lomo; no
logró ver la cabeza ni ningún rasgo característico que le permitiese asociarla
con una especie conocida por él. Podía ser un nildor, aunque no parecía lo
bastante grande. Mientras Gundersen miraba, la masa se hinchó con la absorción
de aire y después se encogió lentamente. Transcurrieron muchos minutos hasta
que volvió a respirar. Gundersen siguió su camino.
En
la celda siguiente halló otra mole similar de carne inidentificable y dormida.
En la tercera celda yacía otro. La cuarta, situada del otro lado del pasadizo,
albergaba a un nildor de la especie occidental que también dormía
profundamente. La celda contigua estaba ocupada por un sulidor que yacía boca
arriba en una extraña posición y sus miembros se elevaban rígidamente. La
siguiente albergaba a un sulidor en la misma posición pero, por lo demás,
sorprendentemente distinto, pues se había desprendido de su espesa capa de
piel, mostrando unos músculos pavorosos a través de su lustrosa carne gris.
Gundersen continuó la marcha y llegó a una cámara que contenía algo aún más
estrafalario: una figura que poseía las púas, los colmillos y la trompa de un
nildor pero los brazos y las piernas poderosos y el esqueleto de un sulidor.
¿Qué montaje de pesadilla era aquél? Gundersen permaneció despavorido largo
rato ante la figura, intentando comprender cómo se habían podido unir la cabeza
de un nildor con el cuerpo de un sulidor. Comprendió que semejante unión no
pudo tener lugar; simplemente, el durmiente tenía algo de las características
de las dos razas en un solo cuerpo. ¿Un híbrido? ¿Una fusión genética?
Lo
ignoraba. Pero ahora supo que aquella no era una mera estación intermedia en el
camino hacia el renacimiento. Era el lugar del renacimiento.
Más
adelante, de uno de los pasillos secundarios salieron algunas figuras que
atravesaron la cámara principal: dos sulidores y un nildor. Gundersen se apretó
contra la pared y permaneció inmóvil hasta que desaparecieron en alguna
habitación lejana. Después siguió internándose por el pasadizo.
Sólo
vio milagros. Se encontraba en un jardín de maravillas en el que no existían
barreras naturales.
Aquí
había una masa redonda y esponjosa de carne rosa y suave de la que sólo
sobresalía una característica reconocible: la inmensa cola de un sulidor.
Allí
había un sulidor, despojado de su piel, cuyos brazos estaban escorzados y
parecían columnas, como los miembros de un nildor, y cuyo cuerpo se había
vuelto redondo, pesado y grueso.
Aquí
había un sulidor con toda la piel y la trompa y las orejas de un nildor.
Allí
había carne pura que no era nildor ni sulidor sino viva y pasiva, una mera cosa
que aguardaba la mano modeladora de un escultor.
Aquí
había otra cosa que semejaba un sulidor cuyos huesos se hubiesen derretido.
Allí
había otra cosa distinta que se parecía a un nildor que jamás hubiese tenido
huesos.
Aquí
había trompas, púas, colmillos, caninos, garras, colas, patas. Allí había piel
y aquí pellejo tierno. Allí había carne que fluía a voluntad y buscaba nuevas
formas. Aquí había cámaras oscuras, iluminadas únicamente por el parpadeante
resplandor de los fungoides, en las que no existía una clara división de las
especies.
Aquí
las leyes biológicas parecían en suspenso. Gundersen comprendió que lo que veía
no era una insignificante manipulación genética. En la Tierra, cualquier
técnico experto en hélices podía rediseñar el plasma genético de un organismo
con algunos pinchazos de una aguja y pequeñas dosis de drogas; podía lograr que
un camello se transformara en hipopótamo, un gato en ardilla o, también, una
mujer en sulidor. Uno se limitaba a realzar las características deseadas dentro
de los espermatozoides y los óvulos y suprimía las demás hasta que lograba un
facsímil aparente del ser a reproducir. Los elementos genéticos básicos eran
los mismos para todas las formas de vida; al reacomodarlos, uno podía crear
cualquier tipo de progenie extraña y monstruosa. Pero no era eso lo que se
hacía allí.
Gundersen
sabía que en la Tierra también era posible persuadir a cualquier célula
viviente para que desempeñase el papel de un óvulo fertilizado, se dividiera,
se desarrollara y produjese un organismo completo. El veneno de Belzagor era
uno de los catalizadores de dicho proceso y había otros. En consecuencia, uno
podía inducir al muñón del brazo de un hombre a que volviese a desarrollar
dicho brazo; uno podía raspar un fragmento de piel de una rana y generar con él
un ejército de ranas; incluso era posible reconstruir un ser humano completo a
partir de los restos de su cuerpo devastado. Pero no era eso lo que se hacía
allí.
Gundersen
comprendió que lo que allí se hacía era una transmutación de las especies, un
cambio que no obraba sobre los óvulos sino sobre los organismos adultos. Ahora
comprendió el comentario de Na-sinisul cuando le preguntó si los sulidores
también se sometían al renacimiento: «Si el día no existiera, ¿podría existir
la noche?» Sí. Nildor en sulidor. Sulidor en nildor. Gundersen tembló
asombrado. Se tambaleó y se apoyó en la pared. Se había introducido en un
universo sin coordenadas definidas. ¿Qué era lo real? ¿Qué era perdurable?
Ahora
Gundersen comprendió lo que le había sucedido a Kurtz en esa montaña.
Entró
en una celda en la que yacía una criatura en la mitad de su metamorfosis. Más
pequeña que un nildor pero más grande que un sulidor; caninos pero no
colmillos; trompa en lugar de hocico; piel pero no pellejo; patas planas en
lugar de garras; configurado para caminar erguido.
—¿Quién
eres? —susurró Gundersen—. ¿Qué eres? ¿Qué fuiste? ¿Hacía dónde te diriges?
Renacimiento.
Ciclo tras ciclo tras ciclo. Nildores destinados a una peregrinación hacia el
norte, entrando en esas cavernas, convirtiéndose en... ¿sulidores? ¿Era
posible?
Si
esto es verdad, pensó Gundersen, realmente nunca hemos sabido nada sobre este
planeta. Y esto es verdad.
Corrió
desenfrenadamente de celda en celda, sin preocuparse de que pudieran
descubrirle. En todas confirmó su suposición. Vio nildores y sulidores en todas
las etapas de la metamorfosis, algunos casi totalmente nildores y otros
inequívocamente sulidores, pero la mayoría de ellos ocupaban posiciones
intermedias en ese viaje de un polo a otro; más de la mitad estaban tan
inmersos en la transformación que le resultó imposible descifrar adonde se
dirigían. Todos dormían. Ante sus ojos, la carne fluía pero nada se movía. En
esas cámaras frescas y umbrías, el cambio se producía como en un sueño.
Gundersen
llegó al final del pasadizo. Apretó las palmas de las manos contra la piedra
fría e inflexible. Jadeante y empapado en sudor, giró hacia la última cámara y
entró.
En
el interior se encontraba un sulidor que aún no dormía, de pie junto a tres de
las lentas serpientes de los trópicos, que se movían a su alrededor trazando
suaves espirales. El sulidor era enorme y estaba encanecido por la edad: un ser
de presencia y dignidad excepcionales.
—¿Na-sinisul?
—preguntó Gundersen.
—Sabíamos
que con el correr del tiempo vendrías aquí, Edmund Gundersen.
—Jamás
imaginé... no comprendí... —Gundersen se detuvo e intentó recuperar el dominio
de sí mismo. Agregó con más serenidad—: Discúlpame si me he entrometido. ¿He
interrumpido el comienzo de tu renacimiento?
—Aún
me quedan varios días —respondió el sulidor—. Ahora me limito a preparar la
cámara.
—Y
resurgirás como un nildor.
—Sí
—afirmó Na-sinisul.
—¿Entonces
la vida recorre un ciclo aquí? Sulidor en nildor en sulidor en nildor en...
—Sí,
una y otra vez, renacimiento tras renacimiento.
—¿Todos
los nildores pasan parte de sus vidas como sulidores? ¿Todos los sulidores
pasan parte de sus vidas como nildores?
—Sí,
todos.
¿Cómo
había comenzado?, se preguntó Gundersen. ¿Cómo se habían intrincado los
destinos de esas dos razas tan distintas? ¿De qué modo toda una especie había
consentido en someterse a semejante metamorfosis? Era incapaz de comprenderlo.
Pero ahora comprendió por qué nunca había visto a un nildor o un sulidor
jóvenes. Preguntó:
—¿En
este mundo, se producen alguna vez nacimientos por parte de cualquiera de las
dos razas? —Sólo cuando se necesita reemplazar a alguno que no puede renacer.
No ocurre a menudo. Nuestra población es estable.
—Estable
pero constantemente cambiante.
—Por
medio de un modelo de cambio previsible —dijo Na-sinisul—. Cuando surja, seré
Fi'gontor del noveno nacimiento. Mi pueblo ha esperado treinta giros para que
me reúna con él, pero las circunstancias me han obligado a permanecer todo ese
tiempo en el bosque de las brumas.
—¿Nueve
renacimientos es algo excepcional?
—Entre
nosotros se cuentan algunos que han estado aquí quince veces. Hay otros que no
aguardan cien giros para ser llamados una vez. La llamada llega cuando llega y
para aquellos que la merecen la vida no tendrá fin.
—No...
tendrá... fin...
—¿Por
qué habría de tenerlo? —preguntó Na-sinisul—. En esta montaña somos purgados de
los venenos de la edad y en otra parte nos purgamos de los venenos del pecado.
—Es
decir, en la meseta central.
—Veo
que has hablado con el hombre Cullen.
—Sí
—afirmó Gundersen—. Poco antes de su muerte.
—Yo
también sabía que su vida estaba acabada —comentó Na-sinisul—. Aquí nos
enteramos rápidamente de todo. —¿Dónde están Srin'gahar, Luu'khamin y los demás
con los que he viajado? —se interesó Gundersen.
—Están
aquí, en celdas cercanas.
—¿Ya
han iniciado el renacimiento?
—Hace
algunos días. Pronto serán sulidores y vivirán en el norte hasta que se les
llame para volver a adoptar la forma de nildor. Renovamos nuestras almas
emprendiendo nuevas vidas.
—¿Durante
la etapa de sulidor guardáis recuerdo de vuestra vida pasada como nildor?
—Por
supuesto. ¿Cómo puede ser valiosa la experiencia si no se conserva? Acumulamos
sabiduría. Nuestra comprensión de la verdad se acrecienta viendo el universo
ora a través de los ojos de un nildor, ora a través de los de un sulidor. Las
dos formas no sólo son distintas corporalmente. Someterse al renacimiento no
consiste en entrar meramente en una nueva vida sino en un nuevo mundo.
Dubitativo,
Gundersen preguntó:
—Y
cuando alguien que no es de este planeta se somete al renacimiento, ¿qué
ocurre? ¿Qué tipos de cambios tienen lugar?
—¿Has
visto a Kurtz?
—He
visto a Kurtz —replicó Gundersen—. Pero no sé en qué se ha convertido Kurtz.
—Kurtz
se ha convertido en Kurtz —afirmó el sulidor—. Para vosotros, no puede haber
verdadera transformación pues no contáis con una especie complementaria. Es
verdad que cambiáis, pero sólo os convertís en aquello para lo que tenéis un
potencial. Liberáis las fuerzas que ya existen en vuestro interior. Mientras
dormía, el mismo Kurtz eligió su nueva forma. Nadie la concibió por él. Edmund
Gundersen, no es sencillo explicarlo con palabras.
—Si
me sometiera al renacimiento, ¿me convertiría necesariamente en algo semejante
a Kurtz?
—No,
a menos que tu alma sea como la de Kurtz, pero eso no es posible.
—¿En
qué me convertiría?
—Nadie
puede saber estas cuestiones antes de que se produzcan. Si deseas descubrir qué
hará en ti el renacimiento debes aceptarlo.
—Si
solicitara el renacimiento, ¿se me permitiría someterme a él?
—Cuando
nos vimos por primera vez te dije que nadie en este mundo te impedirá hacer
algo —le recordó Na-sinisul—. Nadie te detuvo a medida que ascendías la montaña
del renacimiento. Nadie te detuvo cuando exploraste estas cámaras. El
renacimiento no te será negado si sientes que necesitas experimentarlo.
Afable,
serena e inmediatamente Gundersen dijo:
—Entonces
solicito el renacimiento.
En
silencio y sin sorprenderse, Na-sinisul le conduce hasta una celda vacía y le
indica que se quite la ropa. Gundersen se desnuda. Sus dedos sólo luchan con
los cierres de resorte y los ganchos. Por indicación del sulidor, Gundersen se
acuesta en el suelo, como han hecho todos los demás candidatos al renacimiento.
La piedra está tan fría que silba cuando su piel desnuda la toca. Na-sinisul
sale. Gundersen observa los fungoides brillantes en el alto techo abovedado. La
cámara es lo bastante grande para contener cómodamente a un nildor; a
Gundersen, acostado como está en el suelo, le parece inmensa.
Na-sinisul
regresa con un cuenco hecho con un tronco hueco. Se lo ofrece a Gundersen. El
cuenco contiene un líquido de color azul claro.
—Bebe
—dice el sulidor suavemente.
Gundersen
bebe.
El
sabor es dulce, como el del agua azucarada. Se trata de algo que ha probado con
anterioridad y sabe cuándo fue: años atrás, en la estación de las serpientes.
Es el veneno prohibido. Vacía el cuenco y Na-sinisul se va.
Dos
sulidores a los que Gundersen no conoce entran en la celda. Se arrodillan a
ambos lados de él e inician un cántico bajo y murmurante, una especie de
ritual. No comprende nada. Amasan y acarician su cuerpo; sus manos, con las
temibles garras retraídas, son asombrosamente suaves, como las patas de un
gato. Gundersen está tenso, pero la tensión se diluye. Ahora siente que la
droga le hace efecto; un engrosamiento de la nuca, una tirantez en el pecho, un
opacamiento de la visión. Na-sinisul está de nuevo en la habitación, aunque
Gundersen no le vio entrar. Lleva un cuenco.
—Bebe
—dice.
Gundersen
obedece.
Se
trata del alma de Kurtz. Este se acerca a Gundersen, o al revés, y aquél no
está dormido.
Ahora
estás entre nosotros, dice Kurtz, y Gundersen responde: Sí, al fin estoy aquí.
El alma se abre al alma y Gundersen atisba la tiniebla en la que Kurtz se ha
convertido, más allá de la cortina de color gris perla que envuelve su
espíritu, en un lugar de terror donde figuras negras van y vienen con sus
múltiples piernas por tramas acanaladas. Las formas caóticas se enlazan, se
expanden y disuelven en el interior de Kurtz. Gundersen mira más allá de esa
zona lúgubre y oscura y encuentra una luz brillante, fría y dura que brilla
lechosa desde lo más profundo y entonces Kurtz pregunta: ¿Ves? ¿Ves? ¿Soy un
monstruo? Tengo bondad en mi interior.
No
eres un monstruo, replica Gundersen.
Pero
he sufrido, agrega Kurtz.
Por
tus pecados, dice Gundersen.
He
expiado los pecados con mi sufrimiento y ahora debería ser liberado.
Has
sufrido, coincide Gundersen.
¿Entonces
cuándo acabará mi sufrimiento?
Gundersen
responde que no lo sabe, que no es él quien pone los límites a esas cuestiones.
Kurtz
dice: Te conocí. Un tío agradable, algo lento. Seena dice maravillas de ti. A
veces desea que todo hubiese sido mejor para ella y para ti. Pero se casó
conmigo. Aquí yazgo. Aquí yacemos. ¿Por qué no me liberas?
¿Qué
puedo hacer?, inquiere Gundersen.
Déjame
regresar a la montaña. Déjame concluir mi renacimiento.
Gundersen
no sabe qué decir y busca por el circuito de g'rakh, consulta a Na-sinisul, a
Vol'himyor, a todos los nacidos muchas veces y ellos se unen, se aúnan, hablan
con una sola voz, le dicen a Gundersen con una voz atronadora que Kurtz está
liquidado, que su renacimiento está cumplido y que no puede retornar a la
montaña.
Gundersen
repite esas palabras a Kurtz, pero éste ya las ha oído. Kurtz se encoge. Kurtz
se hunde en la tiniebla. Queda entrampado en sus propias redes.
Compadécete
de mí, grita a Gundersen a través de un vasto abismo. Compadécete de mí porque
este es el infierno y estoy en él.
Gundersen
dice: Te compadezco, te compadezco, te compadezco, te compadezco.
El
eco de su propia voz se pierde en el infinito. Todo está en silencio.
Súbitamente, de la nada surge la respuesta sin palabras de Kurtz, un agudo y
ensordecedor crescendo de ira, odio y malevolencia, el chillido de un Prometeo
falible que lucha contra el pico que lo atraviesa. El chillido alcanza un
clímax de abrumadora intensidad. Se apaga. La temblorosa trama del universo
vuelve a quedar en paz. Aparece una suave luz violeta que absorbe las
persistentes incongruencias de ese grito terrible.
Gundersen
llora por Kurtz.
El
cosmos se inunda de lágrimas brillantes y Gundersen flota en ese río salobre,
viajando sin voluntad, visitando este mundo y aquel, pasando a la deriva entre
las nebulosas, encumbrándose por encima de soles extraños.
No
está solo. Le acompañan Na-sinisul, Srin'gahar, Vol'himyor y todos los demás.
Toma
conciencia de la armonía de todas las cosas g'rakh. Ve por primera vez los
lazos que unen la g'rakh con la g'rakh. Él, que yace en el renacimiento, está
en contacto con todos ellos, que también están en contacto entre sí en
cualquier momento, en todo momento: todas las almas del planeta unidas en una
comunicación sin palabras.
Ve
la unidad de todo lo g'rakh, que le aterra y le somete.
Percibe
la complejidad de ese pueblo doble, el ritmo de su existencia, el vaivén
incesante e infinito de ciclo tras ciclo de renacimiento y nueva creación y,
sobre todo, la unión, la unidad. Percibe su monstruoso aislamiento, los muros
que le aíslan de otros hombres, que aíslan al hombre del hombre, cada uno de
ellos prisionero de su propio cráneo. Ve cómo es la vida entre las personas que
han aprendido a liberar al prisionero del cráneo.
Ese
saber le consume y le abruma. Piensa: los esclavizamos, los llamamos bestias y
en todo momento estuvieron vinculados, hablaron en sus mentes sin palabras,
transmitieron la música del alma de uno en uno en uno. Nosotros estábamos solos
y ellos no y en lugar de arrodillarnos ante ellos y pedirles que compartieran
el milagro, les hicimos trabajar.
Gundersen
llora por Gundersen.
Na-sinisul
dice: No es el momento de la congoja. Srin'gahar dice: El pasado es el pasado,
y Vol'himyor dice: Quedas redimido a través de los remordimientos- Todos hablan
con una sola voz y simultáneamente y él comprende. Comprende.
Ahora
Gundersen comprende todo.
Sabe
que nildor y sulidor no son dos especies distintas sino meras formas del mismo
ser, no son más distintas que gusano y mariposa, aunque no puede saber cuál es
cuál. Repara en cómo eran las cosas para los nildores cuando aún se encontraban
en su estado primitivo, cuando nacían como nildores y morían irremediablemente
como nildores, pereciendo cuando la descomposición ineludible de sus almas se
apoderaba de ellos. Conoce el temor y el éxtasis de los escasos primeros
nildores que aceptaron la tentación de las serpientes, bebieron la droga de la
liberación y se convirtieron en cosas con piel y garras, deformes,
contrahechas, transmutadas. Y comprende su dolor cuando fueron arrojados a la
meseta a la que ningún ser poseedor de g'rakh se atrevería a ir.
Comprende
sus sufrimientos en la meseta.
Conoce
el triunfo de los primeros sulidores que, superando su aislamiento, retornaron
del yermo con su nuevo credo. ¡Ven y sé cambiado, ven y sé cambiado! ¡Renuncia
a esa carne a cambio de otra! ¡Deja de apacentar para cazar y comer carne!
¡Renace, vuelve a vivir y conquista el pesado cuerpo que arrastra al espíritu
hacia la destrucción!
Ve
que los nildores aceptan su destino y se entregan gozosamente al renacimiento,
primero unos pocos, luego más y más, más tarde campamentos y poblaciones
enteras que no iban a ocultarse en la meseta de la purificación sino a vivir de
un nuevo modo en la región en que rigen las brumas. No pueden resistir porque
con el cambio de su cuerpo se produce la bienaventurada liberación del alma, la
unidad, el vínculo de g'rakh con g'rakh.
Ahora
comprende cómo fueron las cosas para esas personas cuando llegaron los
terrícolas —los terrícolas impacientes, entrometidos, ignorantes, despreciables
y efímeros—, que eran seres de g'rakh pero no podían o no querían participar de
la unidad, los que coquetearon con la droga de la liberación pero no fueron
capaces de llegar hasta las últimas consecuencias, cuyas mentes estaban
cerradas con relación a las demás, cuyos caminos, edificios y empedrados se
extendieron como los hoyos de la viruela sobre la tierra tierna. Ve cuán poco
sabían los terráqueos, qué poco fueron capaces de aprender, cuánto se impidió
que supieran porque lo comprenderían erróneamente y por qué los sulidores
consideraron necesario ocultarse en las brumas durante todos los años de la
ocupación y no dar a los desconocidos ni siquiera indicios de que podían estar
emparentados con los nildores, de que eran los hijos y también los padres de
los nildores. Si los terráqueos hubiesen conocido aunque sólo fuera una parte
de la verdad, habrían retrocedido aterrorizados porque sus mentes están
cerradas con relación a las demás y no lo habrían aceptado de ningún otro modo,
salvo los pocos que se atrevieron a enterarse y la mayoría de ellos eran
individuos siniestros y poblados de demonios, como Kurtz. Siente un gran alivio
porque el tiempo de la simulación ha terminado en ese mundo y porque ya no es
necesario ocultar nada; los sulidores pueden bajar a las regiones de los
nildores y deambular libremente, sin temor a que el secreto y el misterio del renacimiento
sean revelados accidentalmente a aquellos que no podrían soportar tanta
sabiduría.
Conoce
la alegría de haber ido allí, sobrevivido a la prueba y soportado su
liberación. Ahora su mente está abierta y ha renacido.
Desciende
y se une a su cuerpo. Vuelve a tener conciencia de que yace sumergido en
gelatina congelada sobre el frío suelo de una celda oscura que linda con un
largo pasadizo del interior de una montaña rosa-roja cubierta de bruma blanca
en un mundo extraño. No se levanta. Aún no ha llegado su momento.
Se
entrega a los tonos, los colores, los olores y las texturas que inundan el
universo. Deja que éstos le lleven hacia atrás y flota fácilmente a lo largo de
la línea del tiempo, de modo que ahora es un niño que observa el velo de la
noche e intenta contar las estrellas, ahora bebe tímidamente veneno puro con
Kurtz y Salamone, ahora se alista en la Compañía y le dice a la computadora de
personal que su mayor deseo consiste en estimular la expansión del Imperio
Humano, ahora hace el amor con Seena en una playa del trópico bajo la luz de
varias lunas, ahora la ve por primera vez, ahora tamiza cristales en el Mar de
Polvo, ahora monta a un nildor, ahora baja corriendo por una calle de la
infancia, ahora dirige su antorcha hacia Cedric Cullen, ahora asciende a la
montaña del renacimiento, ahora tiembla mientras Kurtz entra en una habitación,
ahora recibe la hostia con su lengua, ahora observa la maravilla de un pecho
blanco que llena su mano ahuecada, ahora avanza bajo la luz moteada de un sol
extraño, ahora se inclina sobre el cuerpo entumecido de Henry Dykstra y ahora y
ahora y ahora y ahora... Oye el tañido de poderosas campanas. Siente que el
planeta se estremece y gira sobre su eje. Huele unas danzarinas lenguas de
fuego. Toca las entrañas de la montaña del renacimiento. Siente las almas de
los nildores y los sulidores a su alrededor. Reconoce las palabras del himno
que entonan los sulidores y canta con ellos. Crece. Se encoge. Arde. Se
estremece. Cambia. Despierta. —Sí —dice una voz apagada y baja—. Ahora sal de
ello. Ha llegado el momento. Siéntate, siéntate. Los ojos de Gundersen se
abren. Los colores ondean en su cerebro embotado. Transcurren unos minutos
hasta que logra ver. Un sulidor permanece de pie en la entrada de su celda.
—Soy Ti-munilee —dice el sulidor—. Has vuelto a nacer. —Te conozco, pero no por
ese nombre —asegura Gundersen—. ¿Quién eres? —Estírate hacia mí y verás
—responde el sulidor. Gundersen se estira. —Te conocí como el nildor Srin'gahar
—asevera Gundersen.
Apoyado
en el brazo del sulidor, Gundersen salió con dificultad de la cámara del
renacimiento. En el oscuro pasadizo, preguntó: —¿He cambiado? —Sí, mucho
—replicó Ti-munilee. —¿Cómo? ¿En qué sentido? —¿No lo sabes? Gundersen sostuvo
una mano ante los ojos. Sí, cinco dedos como antes. Observó su cuerpo desnudo y
no percibió ninguna diferencia. Sintió una confusa decepción; quizás, en
realidad no había ocurrido nada en la cámara. Sus piernas, sus pies, sus
costillas, su estómago... todo estaba como antes.
—No
he cambiado nada —barbotó.
—Has
cambiado muchísimo —insistió el sulidor.
—Me
miro y veo el mismo cuerpo de antes.
—Vuelve
a mirar —aconsejó Ti-munilee.
En
el pasadizo principal, Gundersen se vio pálidamente reflejado en las paredes
brillantes gracias a la luz de los fungoides. Retrocedió azorado. Sí, había
cambiado, había superado a Kurtz en su renacimiento. Lo que le observaba desde
el resplandor ondeante de las paredes apenas era humano. Gundersen fijó la
mirada en el rostro semejante a una máscara con ranuras apenas abiertas en
lugar de ojos, en la nariz hendida, en las bolsas de agallas que caían hasta
sus hombros, en los brazos multiarticulados, en la hilera de sensores del
pecho, en los órganos de asir situados en las caderas, en la piel cubierta de
cráteres, en los órganos de brillo de las mejillas. Volvió a mirarse a sí mismo
y no vio nada de eso. ¿Cuál era la falsa imagen?
Salió
apresuradamente a la luz del día.
—¿He
cambiado o no? —preguntó al sulidor.
—Has
cambiado.
—¿De
qué manera?
—Los
cambios son interiores —repuso el anterior Srin'gahar.
—¿Y
la imagen?
—A
veces las imágenes engañan. Mírate a ti mismo a través de mis ojos y verás lo
que eres.
Gundersen
volvió a estirarse. Se miró a sí mismo y vio su viejo cuerpo; luego parpadeó,
se sometió a un cambio de fase, contempló al ser de sensores y ranuras y
después volvió a ser él mismo.
—¿Estás
satisfecho? —preguntó Ti-munilee.
—Sí
—contestó Gundersen.
Caminó
lentamente hacía el borde de la plaza que se extendía más allá de la boca de la
caverna. Las estaciones habían cambiado desde que entrara en la caverna: ahora
un férreo invierno cubría la región, las brumas se acumulaban en el valle y
donde se abrían divisaba voluminosos montículos de nieve y hielo. A pesar de
que sólo veía a Ti-munilee, sentía a su alrededor la presencia de nildores y
sulidores. Reparó en el alma del anciano Na-sinisul en el interior de la
montaña, mientras atravesaba las últimas etapas de un renacimiento. Rozó el
alma de Vol'himyor situada más al sur. Tocó suavemente el alma del torturado
Kurtz. Súbita y sorprendentemente sintió que cerca revoloteaban otras almas
nacidas en la Tierra, tan libres como la de él y abiertas.
—¿Quiénes
sois? —preguntó.
Ellos
respondieron:
—No
eres el primero de nuestra especie que supera intacto el renacimiento.
Sí.
Recordaba. Cullen había dicho que hubo otros hombres, que algunos se
transformaron en monstruos y que de otros no se volvió a tener noticia.
—¿Dónde
estáis? —les preguntó.
Le
respondieron pero no comprendió porque lo que decían era que habían dejado sus
cuerpos detrás.
—¿Yo
también he dejado mí cuerpo detrás? —preguntó.
Le
respondieron que no, que aún usaba su carne porque así lo había elegido y que
ellos habían escogido otra cosa. Después se apartaron de él.
—¿Percibes
los cambios? —preguntó Ti-munilee.
—Los
cambios son interiores —replicó Gundersen.
—Sí.
Ahora estás en paz.
Gozosamente
sorprendido, Gundersen comprendió que así era. Los temores, los conflictos y
las tensiones habían desaparecido. La culpa se había extinguido. El sufrimiento
se había disuelto. La soledad ya no existía.
Ti-munilee
preguntó:
—¿Sabes
quién era mientras fui Srin'gahar? Estírate hacia mí.
Gundersen
se estiró y unos instantes después dijo:
—Eras
uno de los siete nildores a los que, hace muchos años, impedí que se dirigieran
hacia el renacimiento.
—Sí.
—Y
tú me llevaste a la región de las brumas.
—Otra
vez me había llegado la hora —explicó Ti-munilee— y era feliz. Te perdoné.
¿Recuerdas que cuando entramos en la región de las brumas había un sulidor
enojado?
—Sí
—respondió Gundersen.
—Era
otro de los siete. Era aquél al que tocaste con la antorcha. Finalmente tuvo su
renacimiento pero todavía te odiaba. Ahora no es así. Cuando mañana estés
preparado, estírate hacia él y te perdonará. ¿Lo harás?
—Lo
haré —aseguró Gundersen—. Pero, ¿perdonará realmente?
—Has
renacido. ¿Por qué no habría de perdonar? —agregó Ti-munilee y a continuación
preguntó—: ¿Adónde irás ahora?
—Iré
al sur. Para ayudar a mi gente. En primer lugar, para ayudar a Kurtz, para
guiarlo a través de un nuevo renacimiento. Y después a los demás, a los que
están dispuestos a abrir su alma.
—¿Puedo
compartir tu viaje?
—Conoces
la respuesta.
En
la lejanía, el alma tenebrosa de Kurtz se agitaba y vibraba. Espera, le dijo
Gundersen. Espera. No sufrirás mucho más.
Una
ráfaga de aire frío chocó contra la ladera de la montaña. Los chispeantes copos
de nieve se arremolinaban junto al rostro de Gundersen. Sonrió. Nunca se había
sentido tan libre, tan etéreo, tan joven. La visión de la humanidad
transformada resplandecía en su interior. Soy el emisario, pensó. Soy el puente
por el cual ellos cruzarán. Soy la resurrección y la vida. Soy la luz del
mundo: el que me siga no caminará en la penumbra sino que tendrá la luz de la
vida. Os doy un nuevo mandamiento: amaos los unos a los otros.
Preguntó
a Ti-munilee: —¿Partimos ahora? —Estoy preparado para cuando tú lo estés.
—Ahora. —Ahora —repitió e sulidor e iniciaron juntos el descenso de la montaña
barrida por el viento.
FIN
Título original: Downward to the earth
Traduccion: Margarita González
© 1969 by Robert Silverberg
© 1981 Editorial Martinez Roca Gran vía 774 - Barcelona
ISBN: 84-270-0681-0

