Libro N°. 3141. Relatos De Poder. Castaneda, Carlos.
© Libro N°. 3141. Relatos De Poder. Castaneda, Carlos. Colección
E.O. Septiembre 24 de 2016.
Título original: © Relatos De Poder. Carlos Castaneda
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Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
RELATOS DE PODER
Carlos Castaneda
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN 2
PRIMERA PARTE
UN TESTIGO DE ACTOS DE PODER
CITA CON EL CONOCIMIENTO 4
EL SOÑADOR Y EL SOÑADO 19
EL SECRETO DE LOS SERES LUMINOSOS 29
SEGUNDA PARTE
EL TONAL Y EL NAGUAL
TENER QUE CREER 36
LA ISLA DEL TONAL 41
EL DÍA DEL TONAL 46
REDUCIR EL TONAL 52
LA HORA DEL NAGUAL 58
EL SUSURRO DEL NAGUAL 64
LAS ALAS DE LA PERCEPCIÓN 69
TERCERA PARTE
LA EXPLICACIÓN DE LOS BRUJOS
TRES TESTIGOS DEL NAGUAL 74
LA ESTRATEGIA DE UN BRUJO 79
LA BURBUJA DE LA PERCEPCIÓN 90
LA PREDILECCIÓN DE LOS GUERREROS 96
Las condiciones del pájaro solitario son cinco. La primera, que
se va a lo más alto; la segunda, que no sufre compañía aunque sea de su
naturaleza; la tercera, que pone el pico al aire; la cuarta, que no tiene
determinado color; la quinta, que canta suavemente.
SAN JUAN DE LA CRUZ, Dichos de luz y amor
PRIMERA PARTE
UN TESTIGO DE ACTOS DE PODER
CITA CON EL CONOCIMIENTO
Llevaba yo varios meses sin ver a don Juan. Era el otoño de
1971. Tuve la certeza de que se encontraba en casa de don Genaro, en el México
central, y realicé los preparativos necesarios para un viaje de seis o siete
días. Al segundo día, obedeciendo a un impulso, me detuve al mediar la tarde en
la casa de don Juan en Sonora. Estacioné el coche y caminé una corta distancia
hasta la casa misma. Para mi sorpresa, lo encontré allí.
¡Don Juan! No esperaba hallarlo aquí dije.
Echó a reír, deleitado por mi asombro. Estaba sentado en un
cajón de leche vacío, junto a la puerta delantera. Al parecer me aguardaba.
Había un aire de hazaña cumplida en la desenvoltura con que me saludó.
Quitándose el sombrero, lo agitó cómicamente en florido gesto. Se lo puso de
nuevo y me hizo un saludo militar. Se hallaba reclinado en la pared, a
horcajadas en el cajón como sobre una silla de montar.
Siéntate, siéntate dijo en tono jovial . Qué gusto me da que
estés otra vez por aquí.
Ya me estaba yendo hasta Oaxaca a buscarlo, don Juan dije . Y
luego habría tenido que regresar a Los ángeles. El hallarlo aquí me ahorra días
y días de manejar.
De todos modos me habrías encontrado dijo él en tono misterioso
, pero digamos que me debes los seis días que hubieras tardado en llegar allá,
días que deberías emplear en algo más interesante que andar correteando en tu
carro.
Había algo cautivante en la sonrisa de don Juan. Su calidez era
contagiosa.
¿Y dónde están los instrumentos? preguntó, haciendo un gesto de
escribir a mano.
Le dije que los había dejado en el coche; él respondió que sin
ellos me veía extraño y me hizo ir a traerlos.
Acabo de escribir un libro dije.
Fijó en mí una mirada larga y peculiar que me dio comezón en la
boca del estómago. Era como si empujase mi parte media con un objeta suave.
Sentí que me iba a poner mal, pero entonces don Juan miró para otro lado y
recobré mi primera sensación de bienestar.
Quise hablar de mi libro, pero él indicó con un gesto que no
quería oír nada sobre el tema. Sonrió. Desbordaba ligereza y encanto, e
inmediatamente me envolvió en una larga conversación acerca de personas y de
sucesos actuales. Al cabo de un buen rato logré por fin desviar la conversación
hacia el tópico de mi interés. Empecé mencionando que, al revisar mis antiguas
notas, me di cuenta de que él me había estado dando, desde el principio de
nuestra asociación, una descripción detallada del mundo de los brujos. A la luz
de lo que me dijo en aquellas etapas, comencé a poner en tela de juicio el
papel de las plantas alucinógenas.
¿Por qué me hizo usted tomar tantas veces esas plantas de poder?
pregunté.
Rió y musitó, en voz muy suave:
Porque eres un idiota.
Lo oí perfectamente, pero quise cerciorarme y fingí no haber
entendido.
¿Cómo dijo? inquirí.
Tú sabes lo que dije replicó, y se puso en pie.
Al pasar junto a mí me golpeó la cabeza con un dedo.
Eres un poco lento dijo . Y no había otra forma de sacudirte.
¿De modo que nada de eso era absolutamente necesario? pregunté.
Lo era, en tu caso. Pero hay otros tipos de gente que no parecen
necesitarlas.
Se quedó parado junto a mí, la vista fija en la copa de los
matorrales al lado izquierdo de su casa; luego volvió a sentarse y habló de
Eligio, su otro aprendiz. Dijo que Eligio había tomado plantas psicotrópicas
una sola vez desde el inicio del aprendizaje, pero no obstante se hallaba,
quizás, incluso más adelantado que yo.
-Tener sensibilidad es una condición natural de cierta gente
dijo . Tú no la tienes. Pero tampoco yo. A fin de cuentas, la sensibilidad
importa muy poco.
¿Qué es entonces lo que importa? pregunté.
Pareció buscar una respuesta adecuada.
Lo que importa es que un guerrero sea impecable dijo al fin .
Pero eso es sólo una manera de decir las cosas, un modo de andarse por las
ramas. Tú ya has terminado algunas tareas de brujería y creo que ya es hora de
mencionar la fuente de todo lo que importa. Así pues, diré que lo importante
para un guerrero es llegar a la totalidad de uno mismo.
¿Qué es la totalidad de uno mismo, don Juan?
Dije que nada más iba a mencionarla. Todavía quedan en tu vida
muchos cabos sueltos que debes atar antes de que podamos hablar de la totalidad
de uno mismo.
Con eso puso fin a la conversación. Hizo un ademán para
callarme. Al parecer, había algo o alguien en la cercanía. Ladeó la cabeza
hacia un lado, como para escuchar. Pude ver el blanco de sus ojos mientras
enfocaban los arbustos más allá de la casa, hacia la izquierda. Escuchó
atentamente unos momentos y luego se puso en pie, se acercó y me susurró al
oído que debíamos dejar la casa y salir a un paseo.
¿Algo anda mal? pregunté, también en un susurro.
No. Nada anda mal dijo . Todo anda bastante bien.
Me guió al chaparral desértico. Caminamos cosa de media hora y
llegamos a una pequeña área circular libre de vegetación, un sitio de unos
cuatro metros de diámetro donde el suelo rojizo estaba apisonado y
perfectamente plano. No había, sin embargo, señas de que el espacio hubiera
sido desmontado y aplanado con maquinaria. Don Juan se sentó en el centro,
mirando al sureste. Señaló un sitio como a metro y medio de distancia y me
pidió sentarme allí, dándole la cara.
¿Qué vamos a hacer aquí? pregunté.
Tenemos una cita aquí esta noche respondió.
Escudriñó los alrededores con rápida mirada, girando sobre su
eje hasta hallarse de nuevo mirando al sureste.
Sus movimientos me alarmaron. Le pregunté con quién teníamos
cita.
Con el conocimiento repuso . Digamos que el conocimiento anda
merodeando por aquí.
No me dio oportunidad de pensar en su críptica respuesta.
Rápidamente cambió el tema y en tono jovial me instó a portarme con
naturalidad, es decir, a tomar notas y hablar como hubiéramos hecho en su casa.
Lo que más presionaba mi mente en esos instantes era la vívida
sensación que, seis meses antes, tuve de "hablar" con un coyote. Ese
evento significaba que por vez primera fui capaz de visualizar o aprisionar,
con mis cinco sentidos y en total sobriedad, la des-cripción mágica del mundo:
una descripción en que la comunicación a través de palabras con los animales
era asunto rutinario.
No vamos a ponernos a revivir ninguna experiencia de tal
naturaleza dijo don Juan al oír mi pregunta . No es dable que le des tal
atención a los hechos pasados. Podemos tocarlos, pero sólo como referencia.
¿Por qué motivo, don Juan?
Todavía no tienes suficiente poder personal para buscar la
explicación de los brujos.
¡Entonces hay una explicación de brujos!
Claro. Los brujos son hombres. Somos criaturas del pensamiento.
Buscamos aclaraciones.
Yo tenía la impresión de que mi gran falla era buscar
explicaciones.
No. Tu falla es buscar explicaciones convenientes, explicaciones
que se ajustan a ti y a tu mundo. Lo que no me gusta es que seas tan razonable.
Un brujo también explica las cosas en su mundo, pero no es tan terco como tú.
¿Cómo puedo llegar a la explicación de los brujos?
Acumulando poder personal. El poder personal te hará deslizarte
con gran facilidad y entrar en la explicación de los brujos. La explicación no
es lo que, tú llamarías una explicación; sin embargo, aunque no aclara el mundo
ni sus misterios, los hace menos pavorosos. Ésa debería ser la esencia de una
explicación, pero no es eso lo que tú buscas. Tú andas detrás del reflejo de ti
y tus ideas.
Perdí el impulso de hacer preguntas. Pero su sonrisa me invitaba
a seguir hablando. Otro asunto de gran importancia para mí era su amigo don
Genaro y el extraordinario efecto que sus acciones habían surtido en mi. Cada
vez que entraba en contacto con él, experimentaba distorsiones sensoriales de
lo más, extrañas.
Don Juan rió cuando planteé mi pregunta.
-Genaro es estupendo -dijo . Pero no tiene sentido por ahora
hablar de él ni de lo que te hace. Tampoco tienes suficiente poder personal
para desenvolver ese tema. Espera a tenerlo, y entonces hablaremos.
¿Y si nunca lo tengo?
-Si nunca lo tienes, nunca hablaremos.
Al paso que voy, ¿tendré alguna vez el suficiente? pregunté.
De ti depende respondió . Yo te he dado toda la información
necesaria. Ahora es responsabilidad tuya ganar suficiente poder personal para
inclinar la balanza.
Habla usted en metáforas -dije . Hábleme claro. Dígame
exactamente qué debo hacer. Si ya me lo dijo, digamos que lo olvidé.
Don Juan chasqueó la lengua y se acostó, con los brazos detrás
de la cabeza.
-Tú sabes exactamente lo que necesitas dijo.
Respondí que a veces creía saberlo, pero que la mayor parte del
tiempo carecía de confianza en mi mismo.
Me temo que confundes las cosas dijo . La confianza de un
guerrero no es la confianza del hombre común. El hombre común busca la certeza
en los ojos del espectador y llama a eso confianza en sí mismo. El guerrero
busca la impecabilidad en sus propios ojos y llama a eso humildad. El hombre
común está enganchado a sus prójimos, mientras que el guerrero sólo depende de
sí mismo. Andas en pos de lo imposible. Buscas la confianza del hombre común,
cuando deberías buscar la humildad del guerrero. Hay una gran diferencia entre
las dos. La confianza implica saber algo con certeza; la humildad implica ser
impe-cable en los propias actos y sentimientos.
He tratado de vivir de acuerdo con sus consejos dije . Tal vez
no sea yo lo mejor, pero soy lo mejor de mí mismo. ¿Es eso impecabilidad?
No. Debes ser aún mejor. Debes empujarte siempre más allá de tus
límites.
Pero eso sería una locura, don Juan. Nadie puede hacer eso.
Muchas cosas que haces ahora te habrían parecido una locura hace
diez años. Las cosas esas nunca cambiaron, pero sí cambió tu idea de ti mismo;
lo que antes era imposible es ahora perfectamente posible, y a lo mejor el que
logres cambiarte por completo es sólo cuestión de tiempo. En este asunto, el
único camino posible para un guerrero es actuar directamente y sin reservas. Ya
conoces el camino del guerrero lo suficiente para desenvolverte bastante bien;
pero te salen al encuentro tus malas costumbres.
Comprendí a qué se refería.
¿Cree usted que escribir es una de esas malas costumbres que
debo cambiar? pregunté . ¿Debo destruir mi nuevo manuscrito?
No contestó. Se puso en pie y se volvió a mirar el borde del
matorral.
Le conté que había recibido una cantidad de cartas en las que
diversas personas me señalaban el error de escribir acerca de mi aprendizaje.
Citaban como precedente el hecho de qué los maestros de las doctrinas
esotéricas orientales exigían discreción absoluta con respecto a sus
enseñanzas.
Capaz si esos maestros tienen el vicio de ser maestros dijo don
Juan sin mirarme . Yo no soy maestro. Yo soy solamente un guerrero. No sé en
realidad qué es lo que uno siente como maestro.
Pero quizás estoy revelando cosas que no debería, don Juan.
No importa lo que uno revela ni lo que uno se guarda dijo . Todo
cuanto hacemos, todo cuanto somos, descansa en nuestro poder personal. Si
tenemos suficiente, una palabra que se nos diga podría ser suficiente para
cambiar el curso de nuestra vida. Pero si no tenemos suficiente poder personal,
se nos puede revelar la sabiduría más grande y esa revelación nos importaría un
ajo.
Luego bajó la voz como si me estuviera revelando un asunto
confidencial.
Voy a decirte algo que a lo mejor es la mayor sabiduría a la que
uno puede dar voz dijo . A ver qué haces can ella.
"¿Sabes que en este mismo instante estás rodeado por la
eternidad? ¿Y sabes que puedes usar esa eternidad, si así lo deseas?"
Tras una larga pausa, durante la cual un sutil movimiento de sus
ojos me instaba a rendir alguna formulación, dije no entender de qué hablaba.
¡Allí! ¡La eternidad está allí! dijo, señalando el horizonte.
Luego apuntó hacia el cenit.
O allí, o quizá podamos decir que la eternidad es así.
Extendió los brazos para señalar al este y al oeste.
Nos miramos. Sus ojos contenían una pregunta.
¿Y qué me dices de esto? inquirió, animándome a meditar sus
palabras.
No supe qué responder.
¿Sabes que puedes extenderte hasta el infinito en cualquiera de
las direcciones que he señalado? prosiguió . ¿Sabes que un momento puede ser la
eternidad? Esto no es una adivinanza; es un hecho, pero sólo si te montas en
ese momento y lo usas para llevar la totalidad de ti mismo hasta el infinito,
en cualquier dirección.
Se me quedó mirando.
Antes no tenías este conocimiento dijo, sonriendo . Ahora es
tuyo. Te lo he dado, y sin embargo no importa nada, porque no tienes suficiente
poder personal para utilizar mi revelación. Pero si lo tuvieras, sólo mis
palabras serían el medio para que acorralaras toda tu totalidad, y sacaras la
parte que manda, de estos límites que la contienen.
Vino a mi lado y me tocó el pecho con los dedos; fue un golpe
muy ligero.
Estos son los límites de los que hablo dije Uno puede salir de
ellos. Somos un sentimiento, un darse cuenta encajonado aquí.
Me palmeó los hombros con las manos. Mi cuaderno y mi lápiz
cayeron por tierra. Don Juan puso el pie sobre el cuaderno y me miró con
fijeza; luego rió.
Le pregunté si lo molestaba tomando notas. Dijo que no, en tono
confortante, y apartó el pie.
Somos seres luminosos -dijo, meneando rítmicamente la cabeza . Y
para un ser luminoso lo único que importa es el poder personal. Pero si me
preguntas qué cosa es el poder personal, debo decirte que mi explicación no lo
explicará.
Don Juan miró el horizonte occidental y dijo que todavía
quedaban unas horas de luz diurna.
Tenemos que estarnos aquí mucho rato explicó . Así pues; o nos
sentarnos en silencio o hablamos. Para ti no es natural estar callado, de modo
que sigamos hablando. Este lugar es un sitio de poder y debe acostumbrarse a
nosotros antes de que caiga la noche. Debes quedarte sentado, lo más natural
que puedas, sin miedo y sin impaciencia. Parece que es más fácil para ti estar
tranquilo cuando escribes, así que escribe cuanto se te dé la gana.
"Y ahora, a ver si me cuentas de tu soñar."
La súbita transición me tomó desprevenido. Don Juan repitió su
petición. Había mucho que decir al respecto. "Soñar" implicaba el
cultivo de un poder peculiar sobre los propios sueños, hasta el punto en que
las experiencias habidas en ellos y las vividas en las horas de vigilia
adquirían la misma valencia pragmática. Los brujos alegaban que, bajo el
impacto del "soñar", los criterios ordinarios para diferenciar entre
sueño y realidad se hacían inoperantes.
La praxis del "solar" era, para don Juan, un ejercicio
que consistía en hallar las propias manos durante un sueño. En otras palabras,
uno debía soñar deliberadamente que buscaba y hallaba sus manos en un sueño que
consistía en soñar que uno alzaba las manos al nivel de los ojos.
Después de años de intentos infructuosos, yo había logrado
finalmente la tarea. Considerando retrospectivamente, se me evidenció que sólo
pude alcanzar el éxito tras haber obtenido cierto grado de dominio sobre el
mundo de mi vida cotidiana.
Don Juan quiso saber los puntos salientes. Empecé a contarle que
la dificultad de estructurar la orden de mirarme las manos parecía ser, muy a
menudo, insuperable. Él me había advertido que la primera etapa de la faceta preparatoria,
lo que él llamaba "armar los sueños", consistía en un juego mortal
que la mente jugaba consigo misma, y que cierta parte de mi ser iba a hacer
todo lo posible por impedir el cumplimiento de mi tarea. Eso podía incluir,
dijo don Juan, el arrojarme a una pérdida de significado, a la melancolía, o
incluso a una depresión suicida. Sin embargo, no llegué tan lejos. Mi
experiencia se quedó más bien en el lado ligero, cómico; no obstante, la
frustración era igual. Cada vez que, en un sueño, estaba a punto de mirarme las
manos, algo extraordinario sucedía; echaba yo a volar, o el sueño se volvía
pesadilla, o simplemente se transformaba en una placentera experiencia de
excitación corporal; todo lo contenido en el sueño se extendía mucho más allá
de lo "normal" en lo referente a vividez y, por ello, resultaba
absorbente en extremo. La intención original de observar mis manos siempre se
olvidaba a la luz de la nueva situación.
Una noche, inesperadamente, hallé mis manos en sueños. Soñaba
recorrer una calle desconocida en una ciudad extranjera y de pronto alcé las
manos y las puse frente a mi rostro. Fue como si algo en mí cediera para
permitirme observar el dorso de mis manos.
Las instrucciones de don Juan estipulaban que, apenas la
percepción de mis manos empezara a disolverse o transformarse, yo debía
trasladar la mirada a cualquier otro elemento en el ámbito del sueño. En
aquella ocasión particular, la trasladé a un edificio en el extremo de la
calle. Cuando la apariencia del edificio empezó a disiparse, presté atención a
otros elementos ambientales. El resultado final fue la imagen increíblemente
clara, de una calle desierta en alguna ciudad extranjera.
Don Juan me hizo contar otras experiencias en el
"soñar". Hablamos largo rato.
Al acabar mi reporte, él se levantó y fue al matorral. Me
incorporé también. Estaba nervioso. Era una sensación injustificada, pues nada
había que invocara miedo o cuidado. Don Juan no tardó en volver. Advirtió mi
agitación.
Sosiégate dijo, mientras asía con suavidad mi brazo.
Me hizo tomar asiento y me puso el cuaderno en el regazo. Me
animó a escribir. Argumentaba que yo no debía inquietar el sitio de poder con
innecesarios sentimientos de miedo o vacilación.
¿Por qué me pongo tan nervioso? pregunté.
Es natural dijo . Algo en ti se ve amenazado por tus quehaceres
en el soñar. Mientras no pensabas en ellos, anduviste bien. Pero ahora que me
revelaste tus acciones estás a punto de desmayarte:
"Cada guerrero tiene su propio modo de soñar. Todos son
distintos. Lo único que tenemos en común es que algo en nosotros tiende trampas
para obligarnos a abandonar la empresa. El remedio es persistir a pesar de
todas las barreras y desilusiones."
Luego me preguntó si era yo capaz de elegir temas para
"soñar". Dije no tener la menor idea de cómo hacerlo.
La explicación de los brujos acerca de cómo escoger un tema para
soñar dijo él es que el guerrero escoge el tema manteniendo a fuerza una imagen
en la mente mientras para su diálogo interior. En otras palabras, si es capaz
de no hablar consigo mismo por un momento, y luego evoca la imagen o el
pensamiento de lo que quiere soñar, aunque sólo sea por un instante, lo deseado
vendrá a él. Estoy seguro de que esto es lo que has hecho, aunque sin darte
cuenta.
Hubo una larga pausa y después don Juan empezó a husmear el
aire. Parecía limpiarse la nariz; exhaló por ella tres o cuatro veces, con gran
fuerza. Los músculos de su abdomen se contraían en espasmos que él controlaba
aspirando breves bocanadas de aire.
Ya no vamos a hablar más de soñar dijo . Podrías obsesionarte.
Para lograr éxito en cualquier empresa se debe ir muy despacio, con mucho
esfuerzo pero sin tensión ni obsesiones.
Se puso en pie y caminó hasta el borde del matorral.
Agachándose, escrutó el follaje. Parecía examinar algo en las hojas, sin
acercarse a ellas demasiado.
¿Qué hace usted? -pregunté, incapaz de contener la curiosidad.
Me encaró, sonriendo y alzando las cejas.
-Los matorrales están llenos de cosas extrañas dijo al sentarse
de nuevo.
De tan casual, su tono me asustó más que si hubiera lanzado un
alarido súbito. Lápiz y cuaderno cayeron de mis manos. Me remedó entre risas y
dijo que mis reacciones exageradas eran uno de los cabos sueltos que aún
existían en mi vida.
Quise hacer una observación, pero no me dejó hablar.
Todavía queda un poco de luz del día dijo . Hay otras cosas que
deberíamos tocar antes de que caiga el crepúsculo.
Añadió entonces que, juzgando por los resultados de mi
"soñar" yo debía de haber aprendido a interrumpir voluntariamente mi
diálogo interno. Le dije que así era.
En el principio de nuestra relación, don Juan había delineado
otro procedimiento: caminar largos trechos sin enfocar los ojos en nada. Su
recomendación había sido no mirar nada directamente sino, cruzando levemente
los ojos, mantener una visión periférica de cuanto se presentaba a la vista.
Recalcó, aunque entonces no entendí, que conservando los ojos sin enfocar en un
punto justamente arriba del horizonte, era posible percibir, en forma
simultánea, cada elemento en el panorama total de casi 180 grados frente a los
ojos. Me aseguró que ese ejercicio era la única manera de suspender el diálogo
interno. Solía pedir reportes sobre mi progreso, pero luego dejó de preguntar
por él.
Dije a don Juan que practiqué la técnica años enteros sin
advertir cambio alguno, pero de todos modos no lo esperaba. Cierto día, sin
embargo, me di cuenta, súbitamente, de que acababa de caminar durante unos diez
minutos sin haberme dicho una sola palabra.
Mencioné también que en esa ocasión cobré conciencia de que
suspender el diálogo interno implicaba algo más que sólo reprimir las palabras
que me decía a mí mismo. Todos mis procesos intelectuales se detuvieron, y me
sentí como suspendido, flotando. Una sensación de pánico surgió de esa
vivencia, y tuve que reanudar mi diálogo interno como antídoto.
Te he dicho que el diálogo interno es lo que nos hace arrastrar
dijo don Juan . El mundo es así como es sólo porque hablamos con nosotros
mismos acerca de que es así como es.
Don Juan explicó que el pasaje al mundo de los brujos se
franquea después que el guerrero aprende a suspender el diálogo interno.
Cambiar nuestra idea del mundo es la clave de la brujería dijo .
Y la única manera de lograrlo es parar el diálogo interno. Lo demás sólo es
arreglo. Ahora estás en la posición de saber que nada de lo que has visto o
hecho, con la excepción de parar el diálogo interno, habría podido de por sí
cambiar nada en ti, o en tu idea del mundo. El asunto, por supuesto, es que ese
cambio no sea un trastorno. Ahora entenderás por qué un maestro no presiona a
su aprendiz. Eso nada más fomentaría obsesión y morbidez.
Pidió detalles de otras experiencias que yo hubiera tenido al
suspender el diálogo interno. Hice un recuento de cuanto pude recordar.
Hablamos hasta que oscureció y ya no pude tomar notas
cómodamente; debía atender a la escritura y eso alteraba mi concentración. Don
Juan se dio cuenta y se echó a reír. Señaló que yo había propiamente logrado
otra tarea de brujo: escribir sin concentrarme. Apenas lo dijo, advertí que yo,
en verdad, no prestaba atención al acto de tomar notas. Parecía ser una
actividad separada con la cual yo no tenía que ver.. Me sentí raro. Don Juan
me, pidió sentarme junto a él en el centro del círculo. Dijo que había demasiada
oscuridad y que ya no me hallaba seguro sentado tan al filo del matorral. Un
escalofrío ascendió por mi espalda; salté a su lado.
Me hizo mirar al sureste y me pidió que interrumpiera mi diálogo
interno y estuviera callado y sin pensamientos. Al principio fui incapaz y tuve
un momento de impaciencia. Don Juan me dio la espalda y dijo que me apoyara en
su hombro, y que una vez que aquietara mis pensamientos, debía mantener los
ojos abiertos, mirando el matorral al sureste. En tono misterioso, agregó que
me estaba planteando un problema, y que, de resolverlo, me hallaría preparado
para otra faceta del mundo de los brujos.
Planteé una débil pregunta acerca de la naturaleza del problema.
Él rió suavemente. Esperé su respuesta, y de pronto algo en mí se desconectó.
Me sentí suspendido. Como si mis orejas se hubieran destapado, miríadas de
ruidos en el chaparral se hicieron audibles. Había tantos que no me era posible
distinguirlos individualmente. Sentí que me quedaba dormido y entonces, de
pronto, algo captó mi atención. No era algo que involucrara mis procesos
mentales; no era una visión, ni un aspecto del ámbito, pero de algún modo mi
percepción participaba. Estaba completamente despierto. Tenía los ojos
enfocados en un sitio al borde del matorral, pero no miraba, ni pensaba, ni
hablaba conmigo mismo. Mis sentimientos eran claras sensaciones corpóreas; no
requerían palabras. Sentía que me precipitaba hacia algo indefinido. Acaso se
precipitaba lo que de ordinario habrían sido mis pensamientos; fuera como
fuese, tuve la sensación de haber sido atrapado en un derrumbe y de que algo se
desplomaba en avalancha, conmigo en la cima. Sentía la caída en el estómago.
Algo me jalaba al chaparral. Discernía la masa oscura de las matas frente a mí.
No era, sin embargo, una tiniebla indiferenciada como lo sería ordinariamente.
Veía cada arbusto individual como si los mirara en un crepúsculo oscuro.
Parecían moverse; la masa de su follaje semejaba faldas negras ondeando en mi
dirección como si las agitara el viento, pero no había viento. Quedé absorto en
sus hipnóticos movimientos; era un escarceo pulsante que parecía acercármelas
más y más. Y entonces noté una silueta más clara, como superpuesta en las
formas oscuras de las matas. Enfoqué los ojos en un sitio al lado de la silueta
y pude percibir en ella un resplandor verdoso pálido. Luego la miré sin enfocar
y tuve la certeza de que se trataba de un hombre oculto entre las matas.
Me hallaba, en ese momento, en un estado muy peculiar de
conciencia. Tenía conocimiento del entorno y de los procesos mentales que el
entorno engendraba en mí, pero no pensaba como pienso de ordinario. Por
ejemplo, al darme cuenta de que la silueta superpuesta en las matas era un
hombre, rememora otra ocasión en el desierto; en aquel entonces, mientras don
Genaro y yo caminábamos, de noche, por el chaparral, noté que un hombre se
ocultaba entre los arbustos, detrás de nosotros, pero lo perdí de vista apenas
traté de explicar racionalmente el fenómeno. Esta vez, sin embargo, sentí
llevar la ventaja y me rehusé a explicar o pensar en absoluto. Durante un
momento tuve la impresión de que podía retener al hombre y forzarlo a
permanecer donde se hallaba. Entonces experimenté un extraño dolor en la boca
del estómago. Algo pareció desgarrarse dentro de mí y ya no pude conservar en
tensión los músculos de mi abdomen. En el preciso instante en que cedí, la
forma oscura de un enorme pájaro, o alguna clase de animal volador, brotó del
matorral y se me echó encima. Fue como si la figura del hombre se hubiese
transformado, en la de un ave. Tuve la clara percepción consciente del miedo.
Di una boqueada, y luego un fuerte grito, y caí de espaldas.
Don Juan me ayudó a incorporarme. Su rostro estaba muy cerca del
mío. Reía.
¿Qué fue eso? vociferé.
Me silenció, cubriéndome la boca con la mano. Acercó los labios
a mi oírlo y susurró que debíamos abandonar el sitio en forma tranquila y
sosegada, como si nada hubiera ocurrido.
Laminamos lado a lado. Su paso era sereno y parejo. Un par de
veces volvió rápidamente la cabeza. Lo imité, y en las dos ocasiones pude ver
una masa oscura que parecía seguirnos. Oí a mis espaldas un chillido
escalofriante. Experimenté un momento de terror puro; un movimiento ondulatorio
recorrió en espasmos los músculos de mi estómago, creciendo en intensidad hasta
que, sencillamente, forzó a mi cuerpo a correr.
Para hablar de mi reacción, es Imprescindible usar la
terminología de don Juan; así puedo decir que mi cuerpo, a causa del susto
experimentado, fue capaz de ejecutar lo que él llamaba "la marcha de
poder", una técnica que me había enseñado años antes para correr en la
oscuridad sin tropezar ni lastimarse en forma alguna.
No tuve conciencia clara de qué había hecho ni de cómo lo hice.
De pronto me hallé nuevamente en la casa de don Juan. Al parecer él había
corrido también y llegamos al mismo tiempo. Encendió su lámpara de kerosén, la
colgó de una viga en el techo v, con toda naturalidad, me invitó a tomar
asiento y relajarme.
Troté marcando el paso durante un rato, hasta que mi nerviosismo
se redujo a proporciones manejables. Luego me senté. Enfáticamente, me ordenó
actuar como si nada hubiera pasado y me entregó mi cuaderno. Yo no había
advertido que, en mi prisa por salir del matorral, lo dejé caer.
¿Qué es lo que pasó, don Juan? pregunté por fin.
Tenías una cita con el conocimiento repuso, señalando con un
movimiento de barbilla el borde oscuro del chaparral desértico . Te llevé allá
porque encontré al conocimiento ahí dando vueltas alrededor de la casa, cuando
llegaste. Podrías decir que el conocimiento sabía de tu venida y te esperaba.
En lugar de enfrentarlo aquí, me pareció propio enfrentarlo en un sitio de
poder. Entonces preparé una prueba para ver si tenías suficiente poder personal
para separarlo del resto de las cosas en torno nuestro. Lo hiciste muy bien.
¡No se vaya tan de prisa! protesté . Vi la silueta de un hombre
escondido detrás de una mata, y luego vi un enorme pájaro.
¡No viste un hombre! dijo con énfasis . Tampoco viste un pájaro.
La silueta en las matas, y lo que voló hacia nosotros, era una polilla. Si
quieres ser exacto en términos de brujo, pero muy ridículo en tus propios
términos, puedes decir que esta noche tenías cita con una polilla. El
conocimiento es una polilla.
Me dirigió una mirada penetrante. La luz de la linterna creaba
sombras extrañas en su cara. Aparté los ojos.
A lo mejor tendrás bastante poder personal para deshilvanar hoy
ese misterio dijo . Si no es hoy, será mañana; recuerda, todavía me debes seis
días.
Don Juan se puso en pie y fue a la cocina en la parte trasera de
la casa. Tomó la linterna y la puso contra la pared, sobre el tocón bajo y
redondo que usaba como banco. Nos sentamos en el suelo, uno frente al otro, y
nos servimos frijoles y carne de una olla que él había colocado frente a
nosotros. Comimos en silencio.
De vez en cuando me echaba vistazos furtivos, y parecía a punto
de reír. Sus ojos semejaban dos ranuras. Al mirarme los abría un poco y la
humedad de la córnea reflejaba la luz de la linterna. Parecía estar usando la
luz para crear un reflejo. Jugaba con el reflejo, sacudiendo la cabeza en forma
casi imperceptible, cada vez que enfocaba en mí los ojos. El efecto era un
fascinante estremecimiento luminoso. Tomé conciencia de sus maniobras después
de que las hubo ejecutado un par de veces. Me sentí convencido de que actuaba
con un propósito definido. No pude menos que preguntarle al respecto.
-Tengo un motivo ulterior dijo empleando una voz tranquilizadora
. Te estoy calmando con mis ojos. No parece que te estés poniendo más nervioso,
¿verdad?
Tuve que admitir que me sentía bastante a mis anchas. El
cintilar constante de sus ojos no era ominoso, ni me había asustado o molestado
en forma alguna.
¿Cómo hace usted para calmarme con los ojos? pregunté.
Repitió el imperceptible oscilar de cabeza. Las córneas de sus
ojos reflejaban en verdad la luz de la linterna de kerosén.
Haz tú la prueba dijo en tono casual, mientras se servía otro
plato de comida . Puedes calmarte solo.
Intenté menear la cabeza; mis movimientos eran torpes.
Si sacudes así la cabeza, no vas a calmarte dijo, riendo . Nada
más te va a doler. El secreto no está en el meneo dé cabeza sino en la
sensación que viene a los ojos desde la parte abajo del estómago. Esto es lo
que mueve la cabeza.
Se frotó la región umbilical.
Habiendo terminado de comer, me recliné en una pila de leña
donde había algunos costales. Traté de imitar su movimiento de cabeza. Don Juan
parecía divertirse inmensamente. Lanzaba risitas y se golpeaba los muslos.
Un ruido súbito interrumpió su regocijo. Oí un extraño sonido
grave, como golpeteó sobre madera, procedente del chaparral. Don Juan echó la
mandíbula hacia adelante, haciéndome seña de permanecer alerta.
Esa es la polilla que te llama dijo en un tono carente de
emoción.
Me levanté de un salto. El sonido cesó instantáneamente. Miré a
don Juan en busca de una explicación. Él hizo un gesto cómico de impotencia,
alzando los hombros.
Todavía no has cumplido con tu cita añadió.
Le dije que me sentía indigno, y que tal vez debiera irme a casa
y regresar cuando tuviera más fuerza.
-Esas son idioteces repuso, cortante . Un guerrero toma su
suerte, sea la que sea, y la acepta con la máxima humildad. Se acepta con
humildad así como es, no como base para lamentarse, sino como base para su
lucha y su desafío.
"Nos demoramos mucho para comprender eso y vivirlo por
entero. Yo, por ejemplo, odiaba mencionar la palabra humildad. Soy un indio, y
los indios siempre hemos sido humildes y no hemos hecho nada más que agachar la
cabeza. Yo pensaba que la humildad no tenía nada que ver con el camino del
guerrero. ¡Me equivocaba! Ahora sé que la humildad del guerrero no es la
humildad del pordiosero. El guerrero no agacha la cabeza ante nadie, pero, al
mismo tiempo, tampoco permite que nadie agache la cabeza ante él. En cambio, el
pordiosero a la menor provocación pide piedad de rodillas y se echa al suelo a
que lo Pise cualquiera a quien considera más encumbrado; pero al mismo tiempo,
exige que alguien más bajo que él le haga lo mismo.
"Por eso te dije hace rato que no entiendo lo que debe
sentir un maestro. Yo sólo conozco la humildad del guerrero, y eso jamás me
permitirá ser el amo de nadie."
Guardamos silencio unos momentos. Sus palabras me habían causado
una profunda agitación. Me conmovían, y al mismo tiempo me preocupaba lo
presenciado en el matorral. Mi evaluación consciente era que don Juan me
ocultaba cosas y que debía saber lo que realmente estaba ocurriendo.
Me hallaba envuelto en tales deliberaciones cuando el mismo
extraño golpeteo dispersó mis pensamientos con una sacudida. Don Juan sonrió y
luego empezó a reír por lo bajo.
-Te gusta la humildad del pordiosero dijo suavemente . Agachas
la cabeza ante la razón.
Siempre pienso que me están engañando dije . Ése es el punto de
mi problema.
Tienes razón. Te están engañando repuso con una sonrisa
encantadora . Eso no puede ser tu problema. El verdadero punto del asunto es
que sientes que soy yo el que te está mintiendo, ¿no es así?
Sí. Algo en mi no me permite creer que lo que está ocurriendo
sea real.
Otra vez tienes razón. Nada de lo que está ocurriendo es real.
¿Qué quiere usted decir, don Juan?
Las cosas son reales sólo cuando uno ha aprendido a estar de
acuerdo de que son reales. Lo que sucedió esta noche, por ejemplo, no puede de
ninguna manera ser real para ti, porque nadie podría este, de acuerdo contigo
en ese respecto.
¿Quiere decir que usted no vio lo que ocurría?
Claro que sí. Pero yo no cuento. Yo soy el que te está
mintiendo, ¿recuerdas?
Don Juan rió hasta toser y atragantarse. Su risa era amistosa
aunque se burlaba de mí.
No le des tanta importancia a mis palabras -dijo, confortante .
Sólo trato de que descanses, y sé que te sientes a tus anchas sólo cuando estás
confundido.
Su expresión era tan deliberadamente cómica que ambos reímos. Le
dije que lo que acababa de decir me hacía sentir más atemorizado que nunca.
¿Me tienes miedo? preguntó.
No a usted, sino a lo que usted representa.
Represento la libertad del guerrero. ¿Tienes miedo de eso?
No. Pero tengo miedo de su conocimiento. Yo no tengo descanso,
ni puedo refugiarme en nada.
Otra vez confundes las cosas. Descanso, refugio, miedo:
cavilaciones que has aprendido sin poner jamás en duda su valor. Como podrás
ver, los brujos malignos ya se han aliado contigo.
¿Quiénes son los brujos malignos, don Juan?
Todos nuestros prójimos son los brujos malignos. Y como andas
revuelto con ellos, también tú eres un brujo maligno. Piensa un momento.
¿Puedes desviarte de la senda que te han trazado? No. Tus ideas y tus acciones
están fijadas para siempre en sus términos. Eso es esclavitud. Yo, en cambio,
te traje libertad. La libertad es muy cara, pero el precio no es imposible.
Ten miedo a tus carceleros, a tus amos. No desperdicies tu
tiempo y tu poder en temerme a mí.
Supe que tenía razón, y sin embargo, pese a mi genuina
concordancia con él, supe también que los hábitos de toda mi vida me harían,
inevitablemente, ceñirme a mi vieja senda. Me sentí en verdad un esclavo.
Tras un largo silencio, don Juan me preguntó si tenía fuerza
suficiente para otro encuentro con el conocimiento.
¿O sea, con la polilla? pregunté, medio en broma.
Su cuerpo se contorsionó de risa. Fue como si yo le hubiera
contado el chiste más gracioso del mundo.
¿Qué quiere usted decir realmente con eso de que el conocimiento
es una polilla? pregunté.
Eso es lo único que quiero decir replicó . Una polilla es una
polilla. Pensé que a estas alturas, con todo lo que has aprendido y logrado,
tendrías poder suficiente para ver. Pero en lugar de ver, tu mirada se fijó en
un hombre, y eso no fue ver de verdad.
Desde el principio de mi aprendizaje, don Juan había descrito el
concepto de "ver" como una capacidad especial que podía cultivarse y
que permitía percibir la naturaleza "última" de las cosas.
A través de los años de nuestra relación, yo había desarrollado
la idea de que con "ver" él se refería a una percepción intuitiva de
las cosas, o a la capacidad de comprender algo de una sola vez, o quizás al don
de penetrar las interacciones humanas y descubrir signi-ficados y motivos
encubiertos.
Yo diría que esta noche, cuando enfrentaste a la polilla, medio
mirabas y medio veías –prosiguió don Juan . En ese estado, aunque no eras del
todo lo que eres de costumbre, fuiste capaz de darte cuenta de lo que estaba
pasando, a fin de hacer operar tu conocimiento del mundo.
Don Juan hizo una pausa y me miró. Al principió no supe qué
decir.
¿Cómo estaba yo operando mi conocimiento del mundo? pregunté.
Tu conocimiento del mundo te decía que en los matorrales uno
solamente puede hallar animales rondando u hombres escondidos detrás del
follaje. Te aferrabas á ese pensamiento y, naturalmente, tuviste que hallar
modos de hacer que el mundo se ajustara a tu pensamiento.
Pero yo, no pensaba en absoluto, don Juan.
Entonces no digamos que pensabas. Es más bien el hábito de hacer
que el mundo se ajuste siempre a nuestros pensamientos. Cuando no se ajusta,
simplemente lo forzamos a hacerlo. Las polillas del tamaño de un hombre no
pueden ser ni siquiera un pensamiento, por lo tanto, para ti, lo que había en
el matorral tenía que ser un hombre.
"Lo mismo pasó con el coyote. Tus viejos hábitos decidieron
también la naturaleza de aquel encuentro. Algo tuvo lugar entre el coyote y tú,
pero no fue conversación. Yo mismo he estado en ese jaleo. Ya te conté que una
vez hablé con un venado; tú hablaste con un coyote, pero ni tú ni yo sabremos
jamás qué fue lo que realmente ocurrió en esas ocasiones."
¿Qué me está usted diciendo, don Juan?
Cuando la explicación de los brujos se me hizo clara, ya era
demasiado tarde para saber qué me hizo el venado. Dije que hablamos, pero no
fue así. Decir que tuvimos una conversación es sólo una forma de arreglar lo
que pasó para así poder hablar de ello. El venado y yo hicimos algo, pero en el
momento en que eso ocurría yo también necesitaba ajustar el mundo a mis ideas,
igual que tú. Yo he hablado toda mi vida, igual que tú, por lo tanto mis
hábitos se impusieron y se extendieron aún al venado. Cuando el venado se me
acercó e hizo lo que hizo, me vi forzado a entenderlo como conversación.
¿Es ésta la explicación de los brujos?
No. Es la explicación que yo te doy. Pero no se opone a la
explicación de los brujos.
Sus aseveraciones me produjeron un estado de gran agitación
intelectual. Durante un rato olvidé la mariposa nocturna que rondaba, e incluso
tomar notas. Intenté reformular sus postulados y entramos en una larga
discusión acerca de la naturaleza reflexiva de nuestro mundo. El mundo, según
don Juan, debía ajustarse a su descripción; es decir, la descripción se
reflejaba a sí misma.
Otro punto en su elucidación era que habíamos aprendido a
relacionarnos con nuestra descripción del mundo en términos de lo que él
llamaba hábitos . Introduje un término que me parecía más totalizador:
intencionalidad, la propiedad de la conciencia humana por medio de la cual un
objeto se alude o se propone.
Nuestra conversación engendró una especulación sumamente
interesante. Examinada a la luz de la explicación de don Juan, mi
"conversación" con el coyote adquiría un nuevo carácter. Yo había; en
verdad, no solamente "propuesto" el diálogo, pues nunca he conocido
otra avenida de comunicación intencional, sino que también había logrado
ajustarme a la descripción de que la comunicación tiene lugar a través del
diálogo, y en tal forma hice que la descripción se reflejara a sí misma.
Tuve un momento de gran alborozo. Don Juan rió y dijo que
conmoverme a tal grado con las palabras era otro aspecto de mi tontería. Hizo
una cómica pantomima de hablar sin sonidos.
Todos pasamos por los mismos jalones dijo tras una larga pausa .
La única manera de vencerlos es persistir en actuar como guerrero. El resto
viene de sí mismo y por sí mismo.
¿Qué es el resto, don Juan?
El conocimiento y el poder. Los hombres de conocimiento tienen
los dos. Y sin embargo, ninguno de ellos podría decir cómo llegó a tenerlos;
simplemente que siguieron actuando como guerreros y, en un momento dado, todo
cambió.
Me miró. Parecía indeciso, luego se puso en pie y dijo que yo no
tenía más recurso que cumplir mi cita con el conocimiento.
Sentí un escalofrío; mi corazón empezó a golpear con rapidez. Me
incorporé. Don Juan caminó en torno mío como si examinase mi cuerpo desde todos
los ángulos posibles. Me hizo seña de tomar asiento y seguir escribiendo.
-Si te asustas demasiado, no podrás cumplir con tu cita. dijo .
Un guerrero debe tener serenidad y aplomo, y no debe perder nunca los estribos.
Estoy verdaderamente asustado dije . Polilla o lo que sea, hay
algo que ronda allí afuera entre las matas.
¡Claro que sí! exclamó . Lo que me fastidia de ti es que
insistes en pensar que es un hombre, igual que insistes en pensar que hablaste
con un coyote.
Cierta parte mía comprendía totalmente su argumento; había, sin
embargo, otro aspecto de mi persona que no cedía, y que a pesar de la evidencia
se aferraba con firmeza a la "razón".
Dije a don Juan que su explicación no satisfacía mis sentidos,
aunque mi acuerdo intelectual con ella era completo.
Eso es lo malo de las palabras dijo con gran certidumbre .
Siempre nos fuerzan a sentirnos iluminados, pero cuando damos la vuelta para
encarar al mundo siempre nos fallan y terminamos encarando al mundo como lo
hemos hecho siempre, sin iluminación. Por este motivo, a un brujo le precisa
actuar más que hablar, y para efectuar eso obtiene una nueva descripción del
mundo: una nueva descripción en la cual el hablar no es tan importante y en la
cual los actos nuevos tienen nuevas reflexiones.
Tomó asiento junto a mí, me miró a los ojos y me pidió decir en
voz alta lo que realmente había "visto" en el matorral.
Me enfrentaba en ese momento a una inconsistencia absorbente. Yo
había visto la silueta oscura de un hombre, pero también había visto que dicha
silueta se convertía en un pájaro. Había, por tanto, presenciado más de lo que
mi razón me permitía considerar posible. Pero en lugar de descartar por entero
mi razón, algo en mí había seleccionado partes de mi ex-periencia, como el
tamaño y el contorno general de la silueta oscura, y las enarbolaba como
posibilidades razonables, mientras descartaba otras partes, como la
transformación de la figura en un pájaro. Y así había llegado a convencerme a
mí mismo de haber visto un hombre.
Don Juan rió a carcajadas cuando expuse mi dilema. Dijo que
tarde o temprano la explicación de los brujos llegaría a mí rescate y todo
estaría entonces perfectamente claro, sin tener que ser razonable 0
irrazonable.
Mientras tanto, lo único que puedo hacer por ti es garantizarte
que eso no era un hombre añadió.
La mirada de don Juan se hizo decididamente enervante. Mi cuerpo
se estremeció en forma involuntaria. Me hacía sentir apenado y nervios.
Busco marcas en tu cuerpo -explicó-. Tal vez no lo sepas, pero
esta noche tuviste todo un combate allá afuera.
¿Qué clase de marcas busca usted?
No son propiamente marcas físicas en tu cuerpo, sino señales,
indicios en tus fibras luminosas, zonas de mucho brillo. Somos seres luminosos
y todo cuanto somos o sentimos se nota en nuestras fibras. Los seres humanos
tienen un brillo que les es peculiar. Ésa es la única manera de distinguirlos
de otros seres vivientes luminosos.
"Si hubieras viste esta noche, habrías notado que la figura
en las matas no era un ser viviente luminoso."
Quise seguir preguntando, pero él me cubrió la boca con la mano
y siseó para acallarme. Luego acercó la boca a mi oído y susurró que escuchara
y tratase de oír un crujido suave, los leves pasos apagados de una mariposa
nocturna sobre las hojas y ramas secas en el suelo.
No pude oír nada. Den Juan se levantó abruptamente, recogió la
linterna y dijo que íbamos a sentarnos bajo la ramada junto a la puerta del
frente. Me guió por la salida trasera y rodeamos la casa, al borde del
chaparral, en vez de atravesar el cuarto y salir por enfrente. Explicó que era
esencial hacer obvia nuestra presencia. Describimos un semicírculo en torno al
costado izquierdo de la casa. El paso de don Juan era extremadamente lento. Sus
pisadas eran débiles y vacilantes. Su brazo temblaba al sostener la linterna.
Le pregunté si algo le pasaba. Con un guiño, me susurró que la
enorme mariposa que andaba rondando tenía cita con un hombre joven, y que el
lento andar de un anciano decrépito era una forma obvia de indicar quién era el
interesado.
Cuando finalmente llegamos a la fachada de la casa, don Juan
colgó la linterna de una viga y me hizo tomar asiento con la espalda contra la
pared. Se sentó a mi derecha.
Vamos a estarnos aquí dijo y tú vas a escribir y a hablar
conmigo en forma muy normal. La polilla que hoy se te echó encima anda por
aquí, en las matas. Dentro de un rato se acercará a mirarte. Por eso puse la
linterna exactamente encima de ti. La luz guiará a la polilla para que te
encuentre. Cuando llegue al filo del matorral, te llamará. Es un sonido muy
especial. El sonido por si solo pude ayudarte.
¿Qué clase de sonido es, don Juan?
Es una canción. Un grito hipnotizante que las polillas producen.
Por lo común no puede oírse, pero la polilla que anda por las matas es una
polilla rara; oirás claramente su llamado y, siempre y cuando seas impecable,
lo conservarás el resto de tu vida.
¿En qué me va a ayudar?
-Esta noche, vas a tratar de acabar lo que empezaste antes. El
ver sólo ocurre cuando el guerrero es capaz de parar el diálogo interno.
"Hoy paraste tu diálogo a pura fuerza, allá en las matas. Y
viste. Lo que viste no fue claro. Pensaste que era un hombre. Yo digo que era
una polilla. Ninguno de los dos está en lo cierto, pero eso se debe a que
tenemos que hablar. Yo te sigo llevando ventaja porque veo mejor que tú y
porque estoy familiarizado con la explicación de los brujos; de modo que yo sé,
aunque esto no sea exacto par entero, que la figura que viste hoy era una
polilla.
"Y ahora vas a quedarte callado y sin pensamientos para
dejar que la polillita venga otra vez a ti."
Apenas me era posible tomar notas. Don Juan, riendo, me instó a
proseguir mi escritura como si nada me molestara. Me tocó el brazo y me dijo
que escribir era el mejor escudo de protección con que yo podría contar.
Nunca hemos hablado de las polillas -continuó . No había llegado
la hora hasta hoy. Como ya sabes, tu espíritu estaba sin balance. Para
contrarrestar eso, te enseñé la vida del guerrero. Pues bien, un guerrero
empieza la faena con la certeza de que su espíritu está fuera de balance; pero
a medida que va adquiriendo, sin pena ni apuro, control y conocimiento, también
va haciendo lo mejor que puede por ganar ese balance.
"En tu caso, como en el de todos los hombres, tu falta de
balance se debía a la suma total de todas tus acciones. Pero ahora tu espíritu
parece estar en una claridad propicia para hablar de las polillas."
-¿Cómo supo usted que ésta era la hora correcta para hablar de
las polillas?
-Cuando llegaste, miré a una rondando alrededor de la casa. Esa
era la primera vez que se mostraba amistosa y abierta. Ya la había visto antes
en las montañas, junto a la casa de Genaro, pero solamente como una figura
espeluznante que reflejaba tu falta de orden.
En ese momento oí un extraño sonido. Era como el crujido apagado
de una rama que raspase contra otra, o como el petardeo de un motor pequeño
oído a distancia. Cambiaba de escalas, como un tono musical, creando un ritmo
sobrecogedor. Luego cesó.
-Esa fue la polilla dijo don Juan . A lo mejor ya notaste que,
aunque la luz de la linterna es lo bastante viva para atraer polillas, no hay
ni siquiera una sola volando en torno de ella.
Yo no había prestado atención al hecho, pero una vez que don
Juan me lo hizo notar, advertí también un silencio increíble en el desierto que
circundaba la casa.
No te sobresaltes dijo calmadamente . No hay nada en este mundo
de lo cual un guerrero no pueda dar razón. Verás, un guerrero se considera ya
muerto, y así no tiene ya nada que perder. Ya le pasó lo peor, y por lo tanto
se siente tranquilo y sus pensamientos son claros; a juzgar por sus actos o sus
palabras, uno jamás sospecharía que un guerrero lo ha presenciado todo.
Las palabras de don Juan, y sobre todo su ánimo, me resultaban
muy confortantes. Le dije que en mi vida cotidiana había definitivamente dejado
de experimentar mi antiguo miedo obsesivo, pero que mi cuerpo se convulsionaba
de temor al pensar en lo que había allí en las tinieblas.
Allá afuera sólo hay conocimiento dijo en tono objetivo-. El
conocimiento es pavoroso, cierto; pero si un guerrero acepta la naturaleza
aterradora del conocimiento, cancela lo temible.
El extraño sonido barbotante se oyó de nuevo. Parecía más
cercano y más fuerte. Escuché con cuidado. Mientras más atención le prestaba,
más difícil era determinar su naturaleza. No parecía ser el canto de un pájaro
ni el gruñir de un animal terrestre. El tono de cada barbotar era rico y
profundo; algunos se producían en una escala baja, otros en una alta. Tenían
ritmo y duración específica; algunos eran largos, yo los oía como una sola
unidad sonora; otros eran cortos y venían en conglomerado, como el sonido en
staccato de una ametralladora.
Las polillas son los heraldos o, mejor dicho, los guardianes de
la eternidad dijo don Juan cuando el sonido hubo cesado . Por alguna razón, o a
lo mejor por ninguna, son los depositarios del polvo de oro de la eternidad.
La metáfora me era ajena. Le pedí explicarla.
Las polillas llevan polvo en sus alas -dijo . Un polvo de oro.
Ese polvo es el polvo del conocimiento.
Su explicación había oscurecido más Aún la metáfora. Vacilé un
momento, queriendo hallar la mejor manera de formular mi pregunta. Pero él
empezó a hablar de nuevo.
El conocimiento es un asunto de lo más peculiar dijo ,
especialmente para un guerrero. El conocimiento, para un guerrero es algo que
llega de pronto, lo envuelve, y pasa.
¿Qué tiene que ver el conocimiento con el polvo en las alas de
las polillas? pregunté tras una larga pausa.
El conocimiento llega flotando como centellas de polvo de oro,
el mismo polvo que cubre las alas de las polillas. Y así pues, para un
guerrero, el conocimiento es como si le cayera el agua de una regadera, o como
si le llovieran centellas de polvo de oro.
En la forma más cortés que me fue posible, mencioné que sus
explicaciones me hablan confundido más aún. Riendo, me aseguró que cuanto decía
tenía perfecto sentido, sólo que mi razón no me dejaba en paz.
Las polillas han sido amigas intimas y ayudantes de los brujos
desde tiempos inmemoriales –dijo-. No le di antes a este tema a causa de tu
falta de preparación.
¿Pero cómo puede el polvo en sus alas ser conocimiento?
Ya verás.
Puso la mano sobre mi cuaderno y me indicó cerrar los ojos y
quedarme callado y sin pensar. Dijo que el canto de la polilla en el chaparral
me asistiría. Si le prestaba atención, me hablaría de sucesos inminentes.
Recalcó que no sabía cómo iba a establecerse la comunicación entre la polilla y
yo, ni cuáles serían los términos de la comunicación. Me instó asentirme
tranquilo y seguro y a confiar en mi poder personal.
Tras un periodo inicial de impaciencia y nerviosismo, logré
quedar en silencio. Mis pensamientos disminuyeron en número hasta que mi mente
se vació por completo. Los ruidos del chaparral desértica parecieron surgir al
parejo de mi calma.
El extraño sonido que don Juan atribuía a una polilla se dejó
escuchar nuevamente. Se registraba como una sensación en mi cuerpo, no como un
pensamiento en mi mente. Se me ocurrió que no era para nada ominoso ni
malévolo. Era dulce y sencillo. Era como el llamado de un niño. Trajo la
memoria de un niñito que yo conocí. Los sonidos largos me recordaban su redonda
cabeza rubia; los sonidos cortos, en staccato, su risa. Me oprimió un
sentimiento de angustia suprema, y sin embargo no había ideas en mi mente; sentía
la angustia en el cuerpo. Incapaz de permanecer sentado, me deslicé hasta
quedar de lado sobre el suelo. Mi tristeza era tan intensa que empecé a pensar.
Evalué mi dolor y mi pena y de pronto me hallé inmerso en un debate interno
acerca del niño. El sonido barbotante había cesado. Mis ojos estaban cerrados.
Oía don Juan incorporarse y luego sentí cómo me ayudaba asentarme. Yo no quería
hablar. Él no dijo una palabra. Lo oí moverse junto a mí. Abrí los ojos; se
había arrodillado frente a mí y examinaba mi rostro, acercándome la linterna.
Me ordenó poner las manos en el estómago. Se levantó, fue a la cocina y trajo
agua. Salpicó parte de ella en mi cara y me dio a beber el resto.
Tomó asiento a mi lado y me entregó mis notas. Le dije que el
sonido me había envuelto en una ensoñación sumamente dolorosa.
Te estás entregando a tu vicio dijo con sequedad.
Pareció sumergirse en sus pensamientos, como si buscara una
proposición adecuada que hacer.
El problema de esta noche es ver gente dijo por fin . Primero
debes parar tu diálogo interno, y luego traer la imagen de la persona que
quieres ver; cualquier pensamiento que uno lleva en mente en un estado de
silencio es propiamente una orden, pues no hay otros pensamientos que compitan
con él. Esta noche, la polilla en las matas quiere ayudarte, y cantará para ti.
Su canción traerá las centellas doradas, y entonces verás a la persona que has
elegido.
Quise más detalles, pero él hizo un gesto brusco y me indicó
proceder.
Tras luchar unos cuantos minutos por suspender mi diálogo
interno, me hallé en silencio total. Y entonces, con deliberación, pensé
brevemente en un amigo mío. Mantuve los ojos cerrados durante un lapso que creí
instantáneo, y entonces me di cuenta de que alguien me sacudía por los hombros.
Fue una lenta toma de conciencia. Abrí los ojos y me descubrí yaciendo sobre el
costado izquierdo. Al parecer me había dormido tan profundamente que no
recordaba haberme dejado caer por tierra. Don Juan me ayudó a sentarme de
nuevo. Reía. Imitó mis ronquidos y dijo que, de no haberlo visto con sus
propios ojos, no creería que alguien pudiera dormirse tan rápido. Afirmó que
para él era un regocijo estar cerca de mí cada vez que yo debía hacer algo que
mi razón no comprendía. Hizo a un lado mi cuaderno de notas y dijo que debíamos
empezar otra vez desde el principio.
Seguí los pasos necesarios. El extraño barbotar vino de nuevo.
En esta ocasión, sin embargo, no procedía del chaparral; más bien parecía
ocurrir dentro de mí, como si mis labios, o piernas, o brazos lo produjeran. El
sonido no tardó en recubrirme. Sentí como un chisporroteo de bolas suaves que
salían desde mi interior o venían contra mí; era un sentimiento apaciguador,
exquisito, de ser bombardeado con pesadas borlas de algodón. De pronto oí que
una racha de viento abría una puerta y me hallé pensando de nueva. Pensé haber
arruinado otra oportunidad. Abrí los ojos y estaba en mi cuarto. Los objetos
sobre mi escritorio seguían como los dejé. La puerta estaba abierta; afuera
soplaba un fuerte viento. Por mi mente cruzó la idea de que debía revisar el
calentador de agua. Entonces oí un traqueteo en las contraventanas que yo mismo
había puesto y que no encajaban bien en el marco. Era un ruido furioso, como si
alguien quisiera entrar. Experimenté una sacudida de temor. Me levanté de la
silla. Sentí que algo me jalaba. Grité.
Don Juan me sacudía por los hombros. Excitadamente, le hice un
recuento de mi visión. Había sido tan vívida que me hallaba temblando. Sentía
que acababa de estar sentado a mi escritorio, en mi completa forma corporal.
Don Juan meneó la cabeza con incredulidad y dijo que yo era un
genio para hacerme tonto. No parecía impresionado por lo que yo había hecho. Lo
descartó de plano y me ordenó volver a empezar.
Oí entonces, nuevamente, el misterioso sonido. Me llegó, como
don Juan había sugerido, bajo la guisa de una lluvia de centellas doradas. No
sentí que fueran motas o copos pianos, como los había descrito, sino más bien
burbujas esféricas. Flotaron hacia mí. Una de ellas se abrió revelándome una
escena. Fue como si se hubiera detenido enfrente de mis ojos para mostrarme un
objeto extraño. Parecía un hongo. Yo lo miraba, sin duda alguna, y lo que
experimentaba no era un sueño. El objeto micoforme permaneció inalterable
dentro de mi campo de "visión" y luego desapareció, como si hubieran
apagado la luz que brillaba sobre él. Siguió una oscuridad interminable. Sentí
un temblor, un sobresalto desquiciante, y abruptamente advertí que me sacudían.
De inmediato mis sentidos empezaron a funcionar. Don Juan me agitaba
vigorosamente, y yo lo miraba. Debo haber abierto los ojos en ese momento.
Me roció agua en la cara. La frialdad del liquido era muy
agradable. Tras una breve pausa, quiso saber qué había ocurrido.
Expuse cada detalle de mi visión.
¿Pero qué vi? pregunté.
A tu amigo replicó.
Reí y expliqué pacientemente que había "visto" una
figura en forma de hongo. Aun careciendo de criterio para juzgar dimensiones,
había tenido la sensación de que media unos treinta centímetros.
Don Juan recalcó que el sentir era todo lo que contaba. Dijo que
mis sensaciones eran la medida que evaluaba el estado de ser del sujeto que yo
"veía".
Por tu descripción y tus sensaciones, debo concluir que tu amigo
ha de ser una magnífica persona dijo.
Sus palabras me desconcertaron.
Dijo que la configuración micoforme era la forma esencial de los
seres humanos cuando un brujo los "veía" desde lejos, pero cuando el
brujo encaraba directamente a la persona a quien estaba "viendo", la
característica humana se mostraba como un conglomerado oviforme de fibras
luminosas.
No estabas viendo cara a cara a tu amigo dijo . Por eso apareció
como un hongo.
¿Por qué es así, don Juan?
Nadie sabe. Ésa, sencillamente, es la forma en que los hombres
aparecen en este tipo específico de ver.
Añadió que cada rasgo de la configuración micoforme tenía un
significado especial, pero que era imposible para un principiante interpretar
con exactitud dicho significado.
Tuve entonces un recuerdo de gran interés. Algunos años antes,
en un estado de realidad no ordinaria producido por la ingestión de plantas
psicotrópicas, había experimentado o percibido, mientras miraba una corriente
acuática, que un racimo de burbujas flotaba hacia mí, envolviéndome. Las
burbujas doradas que acababa de contemplar flotaban y me envol-vían de la misma
manera exacta. De hecho, yo podía decir que ambos conglomerados habían tenido
la misma estructura y la misma pauta.
Don Juan escuchó con indiferencia mis comentarios.
No gastes tu poder en babosadas dijo . Estás tratando con esa
inmensidad que está allá afuera.
Señaló hacia el chaparral con un movimiento de la mano.
Convertir en razonable esa cosa magnifica que está allá afuera
no te sirve de nada. Aquí, alrededor de nosotros, está la eternidad misma.
Esforzarse a reducirla a una tontería manejable es un acto despreciable y
definitivamente desastroso.
Luego insistió en que yo tratara de "ver" a otra
persona de mi gama de conocidos. Añadió que, una vez terminada la visión, debía
procurar abrir los ojos por mí mismo y resurgir a la conciencia plena de mi
entorno inmediato.
Logré fijar la visión de otra figura micoforme, pero mientras la
primera había sido amarillenta y pequeña, la segunda fue blancuzca, de mayor
tamaño y contrahecha.
Cuando hubimos terminado de hablar sobre las dos formas que yo
había "visto", me había olvidado de la "polilla en el
matorral", tan abrumadora un rato antes. Dije a don Juan que me asombraba
tener tal facilidad para descartar algo tan verdaderamente ultraterreno.
Parecía que yo no fuese la misma persona que solfa ser.
No veo por qué haces tanta alharaca dijo don Juan . Cada vez que
el diálogo cesa, el mundo se desploma y salen a la superficie facetas
extraordinarias de nosotros mismos, como si nuestras palabras las hubieran
tenido bajo guardia. Eres como eres porque te dices a ti mismo que eres así.
Tras un corto descanso, don Juan me instó a seguir
"llamando" amigos. Dijo que el ejercicio consistía en tratar de
"ver" todas las veces posibles, con el fin de establecer una gula o
una pauta de diversos sentimientos.
Llamé treinta y dos personas en sucesión. Después de cada
intento, don Juan exigía una versión cuidadosa y detallada de todo lo percibido
en mi visión. Sin embargo, cambió de procedimientos conforme adquirí mayor
proficiencia en mi desempeño; proficiencia juzgada por el hecho de que detenía
el diálogo interno en cuestión de segundos, de que podía abrir los ojos por mí
mismo al finalizar cada experiencia, y de que reanudaba sin transición alguna
actividades ordinarias. Noté ese cambio de procedimiento mientras discutíamos
la coloración de las configuraciones
micoformes. Ya él había señalado que lo que yo llamaba
coloración no era un tinte sino un brillo de diferentes intensidades. Me
hallaba a punto de referirme a un resplandor amarillento recién percibido
cuando él me interrumpió para dar una descripción exacta de lo que yo había
"visto". A partir de entonces, discutió el contenido de cada visión,
no sólo como si comprendiese lo que yo decía, sino como si lo hubiera
"visto" él mismo. Al pedirle yo un comentario al respecto, rehusó de
plano hablar de ello.
Cuando terminé de llamar a las treinta y dos personas, había
"visto" una variedad de figuras micoformes, y resplandores, y había
experimentado hacia ellas una variedad de sentimientos, desde el suave deleite
hasta la repugnancia pura.
Don Juan explicó que la gente estaba llena de configuraciones
que podían ser deseos, problemas, pesares, preocupaciones, o cosas por el
estilo. Aseveró que sólo un brujo profundamente poderoso podía devanar el
sentido de dichas configuraciones, y que yo debía contentarme con observar tan
sólo la forma general de las personas.
Me hallaba muy cansado. Había algo sumamente fatigoso en
aquellas figuras extrañas. La sensación que predominaba en mi era un amago de
náusea. No me habían gustado. Me habían hecho sentir atrapado y sin esperanza.
Don Juan me ordenó escribir para dispersar de ese modo el
sentimiento sombrío. Y tras un largo intervalo silencioso, durante el cual no
pude escribir nada, me pidió llamar gente que él mismo escogería.
Emergió una nueva serie de figuras. No eran micoformes; más bien
parecían tazas japonesas para sake, volteadas boca abajo. Algunas tenían, a
manera de cabeza, una formación como el pie de las tazas; otras eran más
redondas. Sus formas eran atractivas y apacibles. Sentí que en ellas había
alguna propiedad inherente de felicidad. Rebotaban, en oposición a la pesadez
lastrada que el grupo anterior había exhibido. De algún modo, el mero hecho de
que estuviesen allí frente a mí aliviaba mi fatiga.
Entre las personas elegidas por don Juan estaba su aprendiz
Eligio. Al evocar la imagen de Eligio, recibí una sacudida que me sacó de mi
estado visionario. Eligio tenía una forma blanca y larga que respingó y pareció
saltarme encima. Don Juan explicó que Eligio era un aprendiz muy talentoso y
que, sin duda, había notado que alguien lo estaba "viendo".
Otra de las elecciones fue Pablito, aprendiz de don Genaro. El
sobresalto que la visión de Pablito me produjo fue incluso mayor que en el caso
de Eligio.
Don Juan rió tan fuerte que las lágrimas corrían por sus
mejillas.
¿Por qué tiene esa gente formas distintas? pregunté.
Tienen más poder personal repuso . Como habrás notado, no están
pegados al suelo.
¿Qué les ha dado esa ligereza? ¿Nacieron así?
-Todos nacemos así de ligeros y livianos, pero nos volvemos
pesados y fijos. Eso es lo que nos hacemos a nosotros mismos. Así pues,
podríamos decir que esas personas tienen distinta forma porque viven como
guerreros. Pero eso no es importante. Lo que tiene valor es que ahora estás en
el borde. Has llamado cuarenta y siete personas, y sólo falta una más para
completar las cuarenta y ocho originales.
Recordé en ese momento que años antes me había dicho, al
discutir la brujería del maíz y la adivinación, que el número de maíces que un
guerrero poseía era cuarenta y ocho. Nunca había explicado el motivo.
¿Por qué cuarenta y ocho? le pregunté de nuevo.
Cuarenta y ocho es nuestro número dijo . Eso es lo que nos hace
hombres. No sé por qué. No malgastes tu poder en preguntas tontas.
Se puso en pie y estiró brazos y piernas. Me indicó, hacer lo
mismo. Advertí que había un toque de luz en el cielo, hacia el oriente.
Volvimos a sentarnos. Se inclinó acercando la boca a mi oído.
La última persona que vas a llamar es Genaro, el verdadero
chingón -susurró.
Sentí un empellón de curiosidad excitada. Realicé con rapidez
los pasos requeridos. El extraño sonido desde el borde del chaparral se hizo
vivido y adquirió nueva fuerza. Yo casi lo había olvidado. Las burbujas doradas
me cubrieron y, en una de ellas, vi a don Genaro. Estaba parado ante mí,
sombrero en mano. Sonreía. Abrí apresuradamente los ojos y estaba a punto de
hablarle a don Juan, pero antes de que pudiera pronunciar palabra mi cuerpo se
puso rígido como una tabla; mi cabello se irguió y durante un largo momento no
supe qué hacer ni qué decir. Don Genaro estaba allí parado frente a mi. ¡En
persona!
Me volví hacia don Juan; sonreía. Luego, ambos estallaron en una
gran carcajada. Traté de reír también. No podía. Me puse en pie.
Don Juan me dio una taza de agua. La bebí automáticamente. Pensé
que me iba a rociar la cara. En vez de ello, volvió a llenar mi taza.
Don Genaro se rascó la cabeza y ocultó una sonrisa.
¿No vas a saludar a Genaro? preguntó don Juan.
Requerí un enorme esfuerzo para organizar mis ideas y mis
sensaciones. Finalmente mascullé algún saludo. Don Genaro hizo una reverencia.
Me llamaste, ¿verdad? preguntó, sonriendo.
Murmurando, expresé mi asombro por haberlo hallado allí.
Sí te llamó interpuso don Juan.
Bueno, pues aquí estoy -me dijo don Genaro ¿En qué te puedo
servir?
Poco a poco, mi mente pareció organizarse y finalmente tuve una
comprensión súbita. Mis ideas se hicieron claras como el cristal y
"supe" lo que en verdad había ocurrido. Deduje que don Genaro estaba
de visita con don Juan, y que, al oír acercarse mi coche, se metió en el
matorral y permaneció escondido hasta caer la noche. La evidénciate me parecía
convincente. Don Juan, que sin duda había planeado todo el asunto, me dio
pistas de tiempo en tiempo, guiando así su desarrollo. En el momento adecuado,
don Genaro me hizo notar su presencia, y cuando don Juan y yo volvíamos a la
casa, nos siguió de la manera más obvia con el fin de despertar mi temor. Luego
esperó en el chaparral, produciendo el extraño sonido cada vez que don Juan se
lo indicaba. La seña final de abandonar el refugio de las matas debió darse
cuando mis ojos estaban cerrados, después de que don Juan me pidió
"llamar" a don Genaro. Entonces don Genaro debió llegarse hasta la
ramada para esperar que yo abriera los ojos y darme un susto final.
Las únicas incongruencias en mi esquema de explicación lógica
eran que yo había visto, sin lugar a dudas, que el hombre oculto entre las
matas se convertía en pájaro, y que al visualizar a don Genaro por vez primera,
lo vi como una imagen en una burbuja dorada. En mi visión llevaba exactamente
las mismas ropas que en persona. Como yo no tenía ninguna manera lógica de
explicar dichas incongruencias, asumí, como siempre he hecho en circunstancias
similares, que la tensión emocional debía haber jugado un papel importante en
determinar lo que yo "creí ver".
Eché a reír, en forma totalmente involuntaria, ante la idea de
la absurda treta. Les hablé de mis deducciones. Ellos rieron a mandíbula
batiente. Pensé con toda sinceridad que su risa los delataba.
Estaba usted escondido en las matas, ¿verdad? pregunté a don
Genaro.
Don Juan tomó asiento y puso la cabeza entre las manos.
No, no estaba escondido dijo don Genaro con paciencia . Estaba
lejos de aquí y entonces me llamaste, así que vine a verte.
¿Dónde estaba usted, don Genaro?
Lejos.
¿Qué tan lejos?
Don Juan me interrumpió y dijo que don Genaro había venido como
un acto de deferencia hacia mí, y que yo no podía preguntarle dónde había
estado, porque no había estado en parte alguna.
Don Genaro salió en mi defensa y dijo que estaba bien
preguntarle cualquier cosa.
Si no andaba escondido cerca de la casa, ¿dónde estaba usted,
don Genaro? pregunté.
Estaba en mi casa repuso con gran candor.
¿En Oaxaca?
-¡Sí! Es la única casa que tengo.
Se miraron y nuevamente soltaron la risa. Yo sabia que me
embromaban, pero decidí no llevar más lejos mis averiguaciones. Pensé que ambos
debían haber tenido una razón para ponerse a montar un espectáculo tan
complicado. Tomé asiento.
Me sentía verdaderamente cortado en dos; cierta parte de mi ser
no se sobresaltaba en absoluto y podía aceptar en su valor aparente cualquier
reto de don Juan o don Genaro. Pero había otra parte que se negaba de plano;
era mi parte más fuerte. Mi evaluación consciente era que yo había aceptado la
descripción mágica del mundo, dada por don Juan, sólo en términos
intelectuales, mientras mi cuerpo como entidad completa la rechazaba; de ahí mi
dilema. Sin embargo, en el curso de los años que tenía de tratar a don Juan y a
don Genaro, yo había experimentado fenómenos extraordinarios, y todos habían
sido experiencias corporales, no intelectuales. Esa misma noche yo había
ejecutado "la marcha de poder", lo cual, desde la perspectiva de mi
intelecto, era una hazaña inconcebible; y más aún, había tenido visiones
increíbles sin usar otro medio que mi propia volición.
Les expliqué la naturaleza de mi desconcierto, doloroso y al
mismo tiempo sincero.
Este muchacho es un genio dijo don Juan a don Genaro, meneando
la cabeza con incredulidad.
Eres un geniete, Carlitos dijo don Genaro como transmitiendo un
mensaje.
Tomaron asiento junto a mí, don Juan a la. derecha y don Genaro
a la izquierda. Don Juan observó que pronto sería de mañana. En ese instante oí
de nuevo el llamado de la polilla. Se había movido. El sonido venía de la
dirección contraria. Miré a uno y a, otro, sosteniendo su mirada. Mi esquema
lógico empezó a desintegrarse. El sonido tenía una riqueza y una profundidad
hipnotizantes. Luego percibí pasos ahogados, patas suaves que aplastaban los
yerbajos secos. El sonido barbotante se acercó y me acurruqué contra don Juan.
Secamente, me ordenó "ver” aquello. Hice un esfuerzo supremo, no tanto
para complacerlo como para complacerme a mí mismo. Había estado seguro de que
don Genaro era la polilla. Pero don Genaro estaba sentado junto a mí; ¿qué
había entonces entre las matas? ¿Una polilla?
El barbotar resonaba en mis oídos. Yo no podía parar por entero
mi diálogo interno. Oía el sonido, pero no podía sentirlo en el cuerpo, como
antes. Percibí pasos definidos. Algo se deslizaba en la oscuridad. Hubo un
fuerte crujido, como si una rama se partiera en dos, y de pronto me aferró un
recuerdo aterrorizante. Años atrás, había pasado una noche tremenda en el
yermo, y algo me hostigó: algo muy ligero y suave que pisó mi cuello repetidas
veces mientras yo yacía agazapado. Don Juan había explicado el evento como un
encuentro con "el aliado", una fuerza misteriosa que el brujo
aprendía a percibir como entidad.
Me incliné hacia don Juan y susurré mi recuerdo. Don Genaro se
nos acercó caminando a gatas.
¿Qué dijo? pregunté a don Juan en un susurro.
Dijo que allí anda un aliado repuso don Juan en voz baja.
Don Genaro regresó gateando a su sitio y se sentó. Luego se
volvió hacia mí y susurró en voz baja:
-Eres un genio.
Rieron calladamente. Don Genaro señaló el matorral con un
movimiento de barbilla.
Anda allá afuera y agárralo dijo . Desnúdate y métele un buen
susto a ese aliado.
Se sacudieron de risa. Mientras tanto, el sonido había cesado.
Don Juan me ordenó detener mis pensamientos pero conservar los ojos abiertos,
enfocados en el borde del chaparral frente a mí. Dijo que la polilla había
cambiado de posición porque don Genaro estaba allí, y que, si se me iba a
manifestar, elegiría llegar por tal punto.
Tras luchar un momento por aquietar mis ideas, percibí otra vez
el sonido. Su textura era más rica que nunca. Primero oí los pasos apagados
sobre ramas secas y luego los sentí en mi cuerpo. En ese instante discerní una
masa oscura directamente frente a ml, al filo de las matas.
Sentí que me sacudían. Abrí los ojos. Don Juan y don Genaro se
erguían a mi lado y yo estaba de rodillas, como si me hubiera dormido
agazapado. Don Juan me dio agua y volví a sentarme con la espalda contra la
pared.
Poco rato después vino la aurora. El chaparral pareció
despertar. El frío matinal era terso y vigorizante.
La polilla no había sido don Genaro. Mi estructura racional se
cata a pedazos. No quería hacer más preguntas, ni quería tampoco permanecer en
silencio. Finalmente tuve que hablar.
Pero si estaba usted en las sierras de Oaxaca, don Genaro, ¿cómo
llegó aquí? pregunté.
Don Genaro hizo con la boca gestos absurdos e hilarantes.
Lo siento dijo , mi boca no quiere hablar. Luego se volvió hacia
don Juan y dijo, sonriendo:
¿Por qué no le dices tú?
Don Juan titubeó. Luego dijo que don Genaro, como consumado
artista de la brujería, era capaz de hechos prodigiosos.
El pecho de don Genaro se hinchó como si las palabras de don
Juan lo inflaran. Parecía haber inhalado tanto aire que su pecho se miraba el
doble del tamaño normal. Daba la impresión de hallarse a punto de flotar. Saltó
por los aires. Me pareció como si el aire dentro de sus pulmones lo hubiera
forzado a saltar. Caminó de un lado a otro sobre el piso de tierra hasta que,
aparentemente, logró adquirir control sobre su pecho; le dio de palmadas y, con
gran fuerza, pasó las palmas de las manos desde los músculos pectorales hasta
el estómago, como si desinflara la cámara de una llanta. Finalmente tomó
asiento.
Don Juan sonreía. Un gran deleite brillaba en sus ojos.
Escribe tus notas -me ordenó suavemente . !Escribe, escribe, o
te mueres¡
Luego comentó que ya ni siquiera don Genaro sentía que mi hábito
de tomar notas fuera tan extravagante.
¡Cierto! -replicó don Genaro-. He estado pensando en ponerme a
escribir yo también.
Genaro es un hombre de conocimiento dijo don Juan con sequedad .
Y siendo un hombre de conocimiento, es perfectamente capaz de trasladarse a.
grandes distancias.
Me recordó que una vez, años antes, los tres estábamos en las
montañas y don Genaro, en un esfuerzo por ayudarme a superar mi estúpida razón,
dio un calco prodigioso hasta la cumbre de la Sierra, a quince kilómetros de
distancia. El incidente figuraba en mi memoria, pero también el hecho de que yo
ni siquiera pude concebir que don Genaro hubiera saltado.
Don Juan añadió que don Genaro era en ocasiones capaz de
realizar hazañas extraordinarias.
-A veces Genaro no es Genaro sino su doble dijo.
Lo repitió tres o cuatro veces. Luego ambos me observaron, como
esperando mi reacción inminente.
Yo no había entendido lo de "su doble". Don Juan nunca
había mencionado eso antes. Pedí una aclaración.
Hay otro Genaro explicó.
Los tres nos miramos. Me puse muy aprensivo. Con un movimiento
de los ojos, don Juan me instó a seguir hablando.
¿Tiene usted un hermano gemelo? pregunté, volviéndome a don
Genaro.
Claro que sí dijo . Tengo un cuate.
No pude determinar si me estaban jugando una broma o no. Ambos
rieron con el abandono de niños traviesos.
Puedes decir prosiguió don Juan que en este momento Genaro es su
cuate.
Esa aseveración hizo que ambos se tiraran al suelo entre risas.
Pero yo no podía disfrutar su regocijo. Mi cuerpo se estremeció
involuntariamente.
Don Juan dijo, en tono severo, que yo estaba demasiado pesado y
engreído.
¡Déjate ir! me ordenó con sequedad . Ya sabes que Genaro es un
brujo y un guerrero impecable. Por eso es capaz de realizar hechos que serían
inconcebibles para el hombre común. Su doble, el otro Genaro, es uno de esos
hechos.
Quedé sin habla. No podía concebir que simplemente estuvieran
burlándose de mí.
Para un guerrero como Genaro continuó , producir al otro no es
una cosa tan asombrosa.
Tras meditar largo rato qué decir, pregunté:
¿Es el otro como uno mismo?
El otro es uno mismo replicó don Juan.
Su explicación había tomado un giro increíble, y sin embargo no
era, en realidad, más increíble que todos los demás hechos de ambos.
¿De qué está hecho el otro? pregunté a don Juan tras algunos
minutos de indecisión.
No hay forma de saberlo dijo.
¿Es real, o sólo una ilusión?
-Claro que es real.
¿Sería entonces posible decir que está hecho de carne y hueso?
pregunté.
No. No sería posible respondió don Genaro.
Pero si es tan real como yo...
¿Tan real como tú? interrumpieron al unísono don Juan y don
Genaro.
Se miraron entre sí y rieron hasta que pensé que se enfermarían.
Don Genaro tiró al piso su sombrero y bailó alrededor. La danza era ágil y
graciosa y, por algún motivo inexplicable, chistosa de principio a fin. Acaso
el humor estaba en los movimientos exquisitamente "profesionales" que
don Genaro ejecutaba. La incongruencia era tan sutil, y a la vez tan no-table,
que me doblé de risa.
Lo malo contigo, Carlitos -dijo al sentarse de nuevo es que eres
un genio.
Tengo que averiguar eso del doble dije.
No hay manera de saber si es de carne y hueso -dijo don Juan .
Porque no es tan real como tú. El doble de Genaro es tan real como Genaro. ¿Ves
lo que quiero decir?
Pero tiene usted que admitir, don Juan, que debe haber algún
modo de saber.
El doble es uno mismo; esa explicación debería bastar. Pero si
vieras, sabrías que hay una gran diferencia entre Genaro y su doble. Para un
brujo que ve, el doble brilla más.
Me sentía demasiado débil para hacer nuevas preguntas. Dejé mi
cuaderno y por un instante creí que iba a desmayarme. Tenía visión de un túnel;
todo a mi alrededor estaba oscuro, con excepción de un sector redondo de
paisaje claro, frente a mis ojos.
Don Juan dijo que yo necesitaba comer algo. Yo no tenía hambre.
Don Genaro anunció que él también desfallecía, se puso en pie y fue a la parte
trasera de la casa. Don Juan se levantó y me hizo seña de seguirlo. En la
cocina, don Genaro se sirvió comida y luego inició una comiquísima pantomima
imitando a alguien que quiere comer pero no puede tragar. Pensé que don Juan
iba a morirse; rugía, pataleaba, lloraba, tosía y se atragantaba de risa. Yo
también me sentía a punto de estallar. Las gracias de don Genaro eran
incomparables.
Por fin desistió y nos miró por turno a don Juan y a mí; tenía
los ojos relucientes y una sonrisa espléndida.
Ni modo -dijo alzando los hombros.
Yo devoré una gran cantidad de comida, y lo mismo hizo don Juan;
luego todos volvimos al frente de la casa. El sol resplandecía, el cielo estaba
despejado y la brisa matinal refrescaba el aire. Me sentía dichoso y fuerte.
Nos sentamos en triángulo, dándonos la cara. Tras un silencio
cortés, decidí pedirles clarificar mi dilema. Una vez más me hallaba en
perfectas condiciones, y quería explotar mi fuerza.
Hábleme más acerca del doble, don Juan dije.
Don Juan señaló a don Genaro y don Genaro inclinó la cabeza.
Allí está dijo don Juan . No hay nada que decir. Aquí está para
que lo atestigües.
Pero es don Genaro dije, en un débil intento por guiar la
conversación.
Claro que soy Genaro -dijo él, enderezando los hombros.
¿Qué es entonces un doble, don Genaro? pregunté.
Pregúntale a él repuso con brusquedad mientras señalaba a don
Juan . Él es el que habla. Yo soy mudo.
Un doble es el brujo mismo, desarrollado a través de su soñar
explicó don Juan . Un doble es un acto de poder para un brujo, pero sólo un
cuento de poder para ti. En el caso de Genaro, su doble no se puede distinguir
del original. Eso se debe a que su impecabilidad como guerrero es suprema; así,
tú mismo nunca has notado la diferencia. Pero en los años que llevas de
conocerlo, sólo dos veces has estado con el Genaro original; todas las otras
veces has estado con su doble.
¡Pero esto es absurdo! exclamé.
Sentí la angustia crecer en mi pecho. Me agité tanto que dejé
caer mi cuaderno, y el lápiz rodó perdiéndose de vista, Don Juan y don Genaro
se lanzaron al piso, casi como clavadistas, e iniciaron una búsqueda de farsa
loca. Yo jamás había visto una re-presentación más asombrosa de magia teatral y
prestidigitación. Sólo que no había escenario, ni tramoya, ni artefactos de
ninguna clase, y lo más probable era que los actores no usasen
prestidigitación.
Don Genaro, ti malo principal, y su asistente don Juan,
produjeron en cuestión de minutos la mas sorprendente, grotesca y extravagante
colección de objetos, hallados debajo, detrás, o encima de paila cosa dentro de
la periferia de la ramada.
Siguiendo el estilo de la magia teatral, el asistente disponía
los elementos de tramoya, que en este raso eran los escasos objetos sobre el
piso de tierra piedras, costales, trozos de madera, un cajón de leche, una
linterna y mi chaqueta , y luego el mago, don Genaro, procedía a encontrar
algo, que arrojaba a un lado inmediatamente después de constatar que no era mi
lápiz. La colección de hallazgos incluía prendas de vestir, pelucas, anteojos,
juguetes, utensilios, piezas de maquinaria, ropa interior femenina, dientes
humanos, un sandwich de pollo, y objetos religiosos. Uno de ellos era
francamente repugnante. Fue un compacto trozo de excremento humano que don
Genaro sacó de debajo de mi chaqueta. Por fin, don Genaro halló mi lápiz y me
lo entregó después de quitarle el polvo con el faldón de su camisa.
Celebraron sus payasadas con gritos y risas chasqueantes. Yo me
descubrí observándolos, pero incapaz de unírmeles.
-No tomes las cosas tan en serio, Carlitos –dijo don Genaro con
tono preocupado . Se te va a reventar la...
Hizo un gesto risible que podía significar cualquier cosa.
Cuando la risa amainó, pregunté a don Genaro qué hacía un doble,
o qué hacía un brujo con el doble.
Don Juan respondió. Dijo que el doble tenía poder, y que usaba
para realizar hazañas que serían inimaginables en términos ordinarios.
Ya re he dicho una y otra vez que el mundo no tiene fondo me
dijo . Y tampoco lo tenemos nosotros los hombres, o los otros seres que existen
en este mundo. Por eso, es imposible razonar al doble. Sin embargo se te ha
permitido a ti atestiguarlo, y eso debería ser más que suficiente.
Pero debe haber un modo de hablar de él dije . Usted mismo me ha
dicho que explicó su conversación con el venado para poder hablar de ella. ¿No
puede Hacer lo mismo con el doble?
Guardó silencio un momento. Le rogué. La ansiedad que
experimentaba iba más allá de todo cuanto jamás había atravesado.
Bueno, un brujo puede desdoblarse dijo don Juan Eso es todo lo
que se puede decir.
¿Pero se da cuenta de que está desdoblado?
-Claro que se da cuenta.
¿Sabe que está en dos sitios al mismo tiempo?
Ambos me miraron y luego se miraron entre sí.
-¿Dónde está el otro don Genaro? pregunté.
Don Genaro se inclinó en mi dirección y fijó la vista en mis
ojos.
No sé dijo suavemente . Ningún brujo sabe dónde está su otro.
-Genaro tiene razón dijo don Juan-. Un brujo no tiene ni la
menor idea de que está en dos sitios al mismo tiempo. Tener conocimiento de eso
equivaldría a encarar a su doble, y el brujo que se encuentra cara a cara
consigo mismo es un brujo muerto. Ésa es la regla. Ése es el modo en que el
poder ha armado las cosas. Nadie sabe por qué.
Don Juan explicó que, para cuando un guerrero ha conquistado el
"soñar" y el "ver" y ha desarrollado un doble, debe haber
logrado asimismo borrar la historia personal, el darse importancia a sí misino,
y las rutinas. Dijo que todas las técnicas que me había enseñado y que yo había
considerado conversación vana eran, en esencia, medios de dar fluidez a la
personalidad y al mundo y colocándolos fuera de los límites de la predicción,
para de ese modo eliminar la impracticabilidad de tener un doble en el mundo ordinario.
Un guerrero fluido ya no puede ponerle fechas cronológicas al
mundo explicó don Juan . Y para él, el mundo y él mismo ya no son objetos. Él
es un ser luminoso que existe en un mundo luminoso. El doble es cosa sencilla
para un brujo porque él sabe lo que hace. Tomar notas es para ti cosa sencilla,
pero todavía asustas a Genaro con tu lápiz.
¿Puede una persona ajena, mirando a un brujo, ver que está en
dos lugares a la vez? pregunté a don Juan.
Seguro. Ésa sería la única manera de saberlo.
-¿Pero no puede asumirse lógicamente que el brujo también
notaría que ha estado en dos lugares?
-¡Ajá! exclamó don Juan . Por esta vez acertaste. Un brujo puede
sin duda notar, después, que ha estado en dos sitios al mismo tiempo. Pero esto
sólo sirve para llevar la cuenta y no afecta en nada el hecho de que, mientras
actúa, no tiene idea de que es doble.
Mi mente se tambaleaba. Sentí que, de no seguir escribiendo,
estallaría.
Piensa en esto prosiguió . El mundo no se nos viene encima
directamente; la descripción del mundo siempre está en el medio. Así pues,
hablando con propiedad, siempre estamos a un paso de distancia y nuestra
vivencia del mundo es siempre un re-cuerdo de la experiencia. Estamos
eternamente recordando el instante que acaba de suceder, acaba de pasar.
Recordamos, recordamos, recordamos.
Volteó la mano una y otra vez para darme el sentimiento de lo
que quería decir.
Si toda nuestra vivencia del mundo es recuerdo, entonces no
resulta tan absurdo decir que un brujo puede estar en dos sitios al mismo
tiempo. Pero ese no es el caso desde el punto de vista de lo que él siente,
porque para vivir el mundo un brujo, como cualquier otro hombre, tiene que
recordar el acto que acaba de realizar, la experiencia que acaba de vivir. En
el conocimiento del brujo hay un solo recuerdo. Sin embargo, para alguien que
estuviera mirando al brujo, el brujo aparecería como si estuviera actuando a la
vez en dos episodios diferentes. El brujo, no obstante, recuerda dos instantes
aislados, distintos, porque para él la goma de la descripción del tiempo ya no
pega más.
Cuando don Juan terminó de hablar, me sentí seguro de tener
fiebre.
Don Genaro me examinó con ojos curiosos.
Tiene razón dijo . Siempre andamos un salto atrás.
Movió la mano como don Juan había hecho; su cuerpo empezó a
moverse en tirones y saltó hacía atrás sobre su asiento. Era como si tuviese
hipo y el hipo forzara a su cuerpo a saltar. Empezó a desplazarse de espaldas,
saltando sentado, y fue hasta el final de la ramada y regresó.
La visión de don Genaro saltando hacia atrás sobre sus nalgas,
en vez de ser chistosa como debería haber sido, me produjo un ataque de miedo
tan intenso que don Juan tuvo que golpear repetidamente, con los nudillos, la
parte superior de mi cabeza.
Sencillamente no puedo comprender todo esto, don Juan -dije.
Yo tampoco repuso don Juan, alzando los hombros.
Y yo menos, querido Carlitos añadió don Genaro.
Mi fatiga, el total de mi experiencia sensorial, el ambiente de
ligereza y humor que prevalecía, y las payasadas de don Genaro eran demasiado
para mis nervios. No podía detener la agitación en los músculos de mi estómago.
Don Juan me hizo rodar en el piso hasta que recobré la calma;
luego volví a sentarme encarándolos.
¿Es sólido el doble? pregunté a don Juan tras un largo silencio.
Me miraron.
¿Tiene cuerpo el doble? pregunté.
-Seguro dijo don Juan . La solidez, el cuerpo son recuerdos; al
igual que todo lo demás que sentimos del mundo, son recuerdos que acumulamos.
Tú tienen el recuerdo de mi solidez, igual que tienes el recuerdo de
comunicarte con palabras. Por eso crees que hablaste con un coyote y sientes
que soy sólido.
Don Juan puso su hombro junto al mío y me dio un leve codazo.
Tócame dijo.
Le di palmadas y luego lo abracé. Me hallaba al borde del
llanto.
Don Genaro se puso de pie y se me acercó. Daba la impresión de
un niño con brillantes ojos traviesos. Hizo un mohín frunciendo los labios y me
miró un largo momento.
¿Y yo? preguntó, tratando de esconder una sonrisa . ¿No vas a
darme mi abrazo?
Me levanté y extendí los brazos para tocarlo; mi cuerpo pareció
congelarse en esa postura. No tenía poder para moverme. Traté de forzar mis
brazos a alcanzarlo, pero la pugna fue en vano.
Don Juan y don Genaro se pararon, observándome. Sentí mi cuerpo
contraerse bajo una presión desconocida.
Don Genaro tomó asiento y fingió ponerse de mal humor porque yo
no lo había abrazado; frunció la boca y golpeó el suelo con los talones, luego
los dos volvieron a estallar en carcajadas.
Los músculos de mi estómago temblaban, sacudiendo todo mi
cuerpo. Don Juan señaló que estaba moviendo la cabeza como él había recomendado
antes, y que ésa era la oportunidad de tranquilizarme reflejando un rayo de luz
en la córnea de mis ojos. Me jaló a la fuerza a campo abierto, fuera del techo
de la ramada, y manipuló mi cuerpo para que mis ojos captaran el sol oriental;
pero cuando acabó de ponerme en la posición adecuada, yo había dejado de
temblar. Noté que yo aferraba mi cuaderno solamente después de que don Genaro
dijo que el peso de las hojas era lo queme hacía estremecer.
Aseguré a don Juan que mi cuerpo me jalaba para irme. Agité la
mano en dirección de don Genaro. No quería darles tiempo de hacerme cambiar de
idea.
Adiós, don Genaro grité . Ya tengo que irme.
Devolvió el ademán.
Don Juan caminó conmigo unos metros, hacia mi coche.
¿Usted también tiene un doble, don Juan? pregunté.
¡Claro! exclamó.
Tuve en ese momento una idea enloquecedora. Quise descartarla y
marcharme a toda prisa, pero algo en mi interior seguía aguijándome. A lo largo
de los años de nuestra relación, se había hecho costumbre que, cada vez que yo
deseaba ver a don Juan, iba a Sonora o a México central y siempre lo hallaba
esperándome. Había aprendido a dar eso por sentado y nunca hasta entonces se me
había ocurrido pensar nada al respecto.
Dígame una cosa, don Juan dije, medio en broma . ¿Usted es
usted, o usted es su doble?
Se inclinó hacia mí. Sonreía.
Mi doble susurró.
Mi cuerpo saltó en el aire como si me impeliera una fuerza
formidable. Corrí a mi coche.
-Lo dije en broma dijo don Juan en voz alta .
Todavía no te puedes ir. Me sigues debiendo cinco días.
Ambos corrieron hacia el auto mientras yo lo echaba en reversa.
Reían y brincoteaban.
¡Carlitos, llámame cuando quieras! gritó don Genaro.
EL SOÑADOR Y EL SOÑADO
Llegué a casa de don Juan temprano por la mañana. Había pasado
la noche en un motel en el camino, para estar allí antes del mediodía.
Don Juan estaba en la parte trasera y vino al frente cuando lo
llamé. Me dio un saludo caluroso y la impresión de que se alegraba de verme.
Hizo un comentario que creí destinado a sosegarme, pero que produjo el efecto
contrario.
Te oí venir dijo con una sonrisa . Y me corrí para atrás de la
casa. Tuve miedo de que si me quedaba aquí fueras a asustarte.
Señaló, en tono casual, que me hallaba sombrío y pesado. Dijo
que le recordaba a Eligio, quien era lo bastante mórbido para ser un buen
brujo, pero demasiado para hacerse hombre de conocimiento. Añadió que el único
modo de contrarrestar el devastador efecto del mundo de los brujos era reírse
de él.
Había evaluado correctamente mi estado de ánimo. Yo estaba, en
verdad, preocupado y asustado. Salimos a una larga caminata. Mis sentimientos
tardaron horas en aligerarse. Caminar con él me hacía sentir mejor que si
hubiera intentado disipar mis sombras hablando.
Regresamos a su casa al atardecer. Me moría de hambre. Después
de comer nos sentamos bajo la ramada. El cielo estaba despejado. La luz de la
tarde me producía complacencia. Quise conversar.
Llevo meses de sentirme inquieto -dije-. Hubo algo
verdaderamente pavoroso en lo que usted y don Genaro dijeron e hicieron la
última vez que estuve, aquí.
Don Juan no respondió. Se puso en pie y caminó por la ramada.
Tengo que hablar de esto dije . Me obsesiona y no puedo dejar de
darle vueltas.
¿Tienes miedo? preguntó.
Yo no tenía miedo sino desconcierto; me avasallaba lo que había
visto y oído. Los huecos en mi razón eran tan enormes que, de no repararlos, yo
debería prescindir de ella por entero.
Mis comentarios le dieron risa.
Todavía no tires tu razón dijo . Todavía no es hora de hacer
eso. Eso sucederá, por cierto, pero no creo que ahora sea el momento.
Entonces, ¿debo tratar de hallar una explicación para lo que
ocurrió? pregunté.
¡Seguro! -replicó-. Tienes el deber de apaciguar tu mente. Los
guerreros no ganan victorias golpeándose la cabeza contra los muros. Los
guerreros saltan los muros, no los derriban.
¿Cómo puedo saltar éste? pregunté.
En primer lugar, me parece un error fatal que tomes las cosas
tan en serio dijo al tomar asiento junto a mí . Hay tres clases de malos
hábitos que usamos una y otra vez al enfrentarnos con situaciones fuera de lo
común en esta vida. Primero: podemos no hacer caso de lo que está ocurriendo o
ha ocurrido, y sentir como si nunca hubiera pasado. Ése es el camino del
santurrón. Segundo: podemos aceptar todo tal como se presenta y sentir como si
supiéramos qué es lo que está pasando. Ése es el camino de los devotos.
Tercero: podemos obsesionarnos con un suceso porque no podemos descartarlo o
porque no podemos aceptarlo de todo corazón. Ése es el camino del tonto. ¿Tu
camino? Hay un cuarto camino, el correcto, el camino del guerrero. Un guerrero
actúa como si nunca hubiera pasado nada, porque no cree en nada, pero acepta
todo tal como se presenta. Acepta sin aceptar y descarta sin descartar. Nunca
siente como si supiera, ni tampoco siente como si nada hubiera pasado. Actúa
como si tuviera el control, aunque esté temblando de miedo. Actuar en esa forma
disipa la obsesión.
Quedamos largo rato en silencio. Las palabras de don Juan eran
como un bálsamo para mí.
-¿Puedo hablar de don Genaro y su doble? pregunté.
Depende de lo que quieras decir de él repuso-. ¿Vas a entregarte
a la obsesión?
Quiero entregarme a las explicaciones dije . Estoy obsesionado
porque no me he atrevido a venir a verlo ni he podido hablar con nadie de mis
escrúpulos y mis dudas.
¿No hablas con tus amigos?
Sí, pero ¿cómo podrían ayudarme?
-Nunca pensé que necesitaras ayuda. Debes cultivar el
sentimiento de que un guerrero no necesita nada. Dices que necesitas ayuda.
¿Ayuda para qué? Tienes todo lo necesario para el viaje extravagante que es tu
vida. He tratado de enseñarte que la verdadera experiencia es ser un hombre, y
que lo que cuenta es estar vivo; la vida es la vueltita que ahora estamos
tomando. La vida en sí misma es suficiente y se explica sola, y es completa.
"Un guerrero entiende eso y vive de acuerdo a eso; por lo
tanto, uno puede decir sin ser presumido, que la experiencia de experiencias es
el ser un guerrero."
Pareció esperar respuesta. Titubeé un momento. Quería elegir
cuidadosamente mis palabras.
Si un guerrero necesita alivio Prosiguió , simplemente elige a
cualquiera y le expresa a esa persona cada detalle de su tumulto. Después de
todo, el guerrero no busca que le entiendan o le ayuden; con hablar simplemente
busca aliviar su presión. Eso es, siempre y cuándo el guerrero sea dado a
hablar; si no lo es, no le dice nada a nadie. Pero tú no vives totalmente como
guerrero. No todavía. Y los obstáculos que te salen al encuentro han de ser
verdaderamente monumentales. Te entiendo perfectamente.
No se hacia el gracioso. A juzgar por la preocupación en su
mirada, parecía ser alguien que hubiera andado por esos rumbos. Se puso en pie
y me dio palmaditas en la cabeza. Se paseó de un lado a otro a lo largo de la
ramada y miró casualmente hacia el chaparral en torno de la casa. Sus
movimientos evocaron en mí una sensación de inquietud.
Con el fin de relajarme, empecé a hablar de mi dilema. Sentía
que inherentemente era demasiado tarde para fingirme un espectador inocente.
Bajo su guía, me había entrenado hasta lograr percepciones extrañas, como
"parar el diálogo interno" y controlar los sueños. Ésas eran
instancias que no podían falsificarse. Yo había seguido sus sugerencias, aunque
nunca al pie de la letra, y había logrado parcialmente romper rutinas
cotidianas, asumir responsabilidades por mis actos, borrar la historia personal,
y llegado finalmente a un punto que años antes me producía pánico, era capaz de
estar solo sin violentar mi bienestar físico ni emotivo. Ése era quizá mi
triunfo aislado más sorprendente. Desde la perspectiva de mis anteriores
expectaciones y estados de ánimo, hallarme solo y no "salirme de mis
casillas" era un estado inconcebible. Tenía aguda conciencia de todos los
cambios acontecidos en mi vida y en mi visión del mundo, y también de que en
alguna forma era superfluo resentir tan profundamente la revelación de don Juan
y don Genaro acerca del "doble".
¿Qué anda mal conmigo, don Juan? pregunté.
Te entregas a tu vicio respondió, brusco-. Sientes que
entregarte a las dudas y a las tribulaciones es la marca de un hombre
sensitivo. Bueno, la verdad del asunto es que está, muy lejos de ser eso. ¿Por
qué fingir, pues? Ya te dije el otro día: un guerrero se acepta con humildad
así como es.
De la manera como usted lo dice, me hace aparecer como si yo me
confundiera a propósito dije.
-Pues eso es lo que hacemos, nos confundimos a propósito
–repuso-. Todos nosotros nos damos cuenta de lo que hacemos y nuestra razón se
convierte, a propósito, en el monstruo que se imagina ser. Pero ese molde le
queda demasiado grande.
Le expliqué que mi dilema era quizá más complejo que como él lo
presentaba. Dije que mientras él y don Genaro fuesen hombres como yo mismo, su
dominio superior los convertía en modelos para mi propia conducta. Pero si eran
en esencia hombres drás-ticamente distintos a mí, no me era ya posible
concebirlos como modelos, sino como rarezas que yo no podía aspirar a emular.
-Genaro es un hombre dijo don Juan en tono confortante . Ya no
es un hombre como tú, cierto. Pero ésa es su hazaña, y no debería darte miedo.
Si es distinto, mayor razón para admirarlo.
Pero su diferencia no es una diferencia humana dije.
¿Y qué cosa crees que es? ¿La diferencia entre un hombre y un
caballo?
No sé. Pero no es como yo.
No obstante, lo fue una vez.
¿Pero puedo yo entender su cambio?
Claro. Tú mismo estás cambiando.
¿Quiere usted decir que me saldrá un doble?
A nadie le sale un doble. Ése es sólo un modo de hablar de eso.
Pese a lo mucho que hablas, las palabras te enredan. Te quedas atrapado en sus
significados. Y ahora seguramente has de creer que el doble le sale a uno por
medios malignos. Todos nosotros los seres luminosos tenemos un doble. ¡Todos!
Un guerrero aprende a darse cuenta de ello, eso es todo. Hay barreras que
parecen infranqueables, que protegen ese conocimiento. Pero eso es de
esperarse; de no ser por esas barreras, llegar a darse cuenta del doble no
sería el desafío único que es.
¿Por qué le temo yo tanto al doble, don Juan?
Porque estás pensando que el doble es lo que dice la palabra, un
doble, otro tú. Yo escogí esas palabras con el propósito de describirlo. El
doble es uno mismo y no se puede encararlo de otro modo.
¿Y si yo no quiero un doble?
El doble no es asunto de gusto personal. Tampoco es asunto de
gusto personal quien resulta seleccionado para aprender el conocimiento de los
brujos que nos llevan a darnos cuenta del doble. ¿Te has preguntado alguna vez
por qué tú en particular?
Todo el tiempo. Cientos de veces le he hecho esa pregunta, pero
usted nunca ha respondido.
No quise decir que lo hicieras una pregunta que busca respuesta,
sino en el sentido de un guerrero que se asombra en su gran fortuna, la fortuna
de haber hallado un propósito.
Convertirlo en pregunta común es el recurso de un hombre
ordinario y engreído que quiere que lo admiren o lo compadezcan por lo que
hace. Yo no tengo ningún interés en esa clase de pregunta, porque no hay modo
de responderla. La decisión de escogerte a ti en particular fue un designio del
poder; nadie puede penetrar los designios del poder. Ahora que has sido
seleccionado, no hay nada que puedas hacer para que ese designio no se cumpla.
Pero usted mismo dice, don Juan, que uno siempre puede fracasar.
Cierto. Uno siempre puede fracasar. Pero yo creo que te refieres
a otra cosa. Quieres hallar una salida. Quieres tener la libertad de fracasar y
salir corriendo cuando se te dé la gana. Es demasiado tarde para eso. Un
guerrero está en las manos del poder y su única libertad es elegir una vida
impecable. No hay manera de fingir el triunfo o la derrota. Tu razón podrá
querer que fracases por completo, para así aniquilar la totalidad de tu ser.
Pero hay una contramedida que no te permitirá declarar una falsa victoria o
derrota. Si crees que puedes retirarte al refugio del fracaso, estás loco. Tu
cuerpo montará guardia y no te dejará ir a ninguno de los dos lados.
Empezó a reír para sí, suavemente.
¿Por qué ríe usted? pregunté.
Estás metido en un pantano espantoso -dijo . Es demasiado tarde
para retirarte, pero demasiado pronto para actuar. Lo único que puedes hacer es
atestiguar. Estás en la miserable posición de una criatura que no puede
regresar al vientre de la madre, pero tampoco puede corretear y actuar. Lo
único que una criatura puede hacer es atestiguar, y escuchar los estupendos
cuentos de acción que le cuentan. Tú estás ahora en ese punto preciso. No
puedes regresar al vientre de tu viejo mundo, pero tampoco puedes actuar con
poder. Para ti no hay más que atestiguar actos de poder y escuchar cuentos,
cuentos de poder.
"El doble es uno de esos cuentos. Lo sabes, y por eso
cautiva tanto tu razón. Te estás golpeando la cabeza contra un muro si
pretendes entender. Todo lo que puedo decirte, a manera de explicación, es que
el doble, aunque se llega a él soñando, es de lo más real que hay."
Según lo que usted me ha contado, don Juan, el doble puede
realizar actos. ¿Puede entonces. . .?
No me dejó proseguir mi línea de razonamiento. Me recordó que
era inadecuado decir que él me había contado del doble, cuando podía decir que
yo mismo lo había presenciado.
Por lo visto, el doble puede realizar actos dije.
¡Por lo visto! repuso.
-¿Pero puede el doble actuar como uno mismo?
Es uno mismo, ¡carajo!
Me resultaba muy difícil darme a entender. Tenía en mente que,
sí un brujo podía ejecutar dos acciones a la vez su capacidad para la
producción utilitaria necesariamente se duplicaba. Podía trabajar en dos
empleos, estar en dos sitios, ver a dos personas, y así sucesivamente, al mismo
tiempo.
Don Juan escuchó con paciencia.
Permítame poner un ejemplo dije . Como pura teoría, ¿puede don
Genaro matar a alguien a cientos de kilómetros de distancia, dejando que su
doble lo haga?
Don Juan me miró. Meneó la cabeza y apartó los ojos.
Estás repleto de cuentos de violencia dijo . Genaro no puede
matar a nadie, sencillamente porque ya no tiene ningún interés en sus
semejantes. A la hora en que un guerrero es capaz de conquistar el ver y el
soñar y de darse cuenta de su propia lumino-sidad, ya no le queda nada de ese
interés.
Señalé que, al principio de mi aprendizaje, él había afirmado
que un brujo, con la guía de su "aliado", podía transportarse a
cientos de kilómetros para descargar un golpe mortal a sus enemigos.
Yo soy el responsable de esa confusión dijo . Pero debes
recordar que en otra ocasión te dije que, contigo, yo no estaba siguiendo los
pasos que mi propio maestro me trazó. El era brujo, y propiamente yo debería
haberte echado a ese mundo. No lo hice, porque ya no me conciernen los
quehaceres de mis semejantes. Pero de todos modos, las palabras de mi maestro
se me quedaron pegadas. Muchas veces hablé contigo en la forma en que él mismo
hubiera hablado.
"Genaro es un hombre de conocimiento. El más puro de todos.
Sus acciones son impecables. Está más allá de los hombres comunes, y más allá
de los brujos. Su doble es una expresión de su alegría y su buen humor. Por
eso, no puede de ningún modo usarlo para crear o resolver situaciones
ordinarias. Hasta donde yo sé, el doble es el darse cuenta de nuestro estado
como seres luminosos. Puede hacer cualquier cosa, pero escoge ser gentil y no
llamar la atención.
"Mi error fue extraviarte con palabras prestadas. Mi
maestro no era capaz de producir los efectos que Genaro produce. Para mi
maestro, desdichadamente, ciertas cosas eran, como son para ti, sólo cuentos de
poder.”
Me vi compelido a defender mi premisa. Dije que hablaba en un
sentido de posibilidades hipotéticas.
No hay tal sentido cuando hablas del mundo de los hombres de
conocimiento dijo . Un hombre de conocimiento no puede de ninguna manera actuar
hacia sus semejantes en términos perjudiciales, hipotéticamente o no.
Pero ¿y si sus semejantes traman algo contra su seguridad y su
bienestar? ¿Puede entonces usar su doble para protegerse?
Chasqueó la lengua con reprobación.
Qué violencia increíble en tus pensamientos dijo . Nadie puede
tramar nada contra la seguridad y el bienestar de un hombre de conocimiento. Él
ve, de modo que tomaría medidas para evitar cualquier cosa por el estilo.
Genaro, por ejemplo, corre un riesgo calculado al juntarse contigo. Pero no hay
nada que podrías hacer tú para poner en peligro su seguridad. Si algo hubiera,
su ver se lo haría saber. Ahora bien, si hay en ti algo que sea desde el fondo
perjudicial para él, y su ver no lo alcanza, entonces es su destino, y ni
Genaro ni nadie puede evitar eso. Conque, ya ves, un hombre de conocimiento
tiene el control sin controlar nada.
Guardamos silencio. El sol estaba a punto de alcanzar la copa de
las densas matas altas al lado oeste de la casa. Quedaban unas dos horas de luz
diurna.
¿Por qué no llamas a Genaro? dijo don Juan en tono casual.
Mi cuerpo dio un salto. Mi reacción inicial fue abandonar todo y
correr a mi coche. Don Juan estalló en una carcajada. Le dije que yo no tenía
nada que probarme a mí mismo, y que me hallaba perfectamente satisfecho
hablando con él. Don Juan no podía parar de reír. Finalmente dijo que era una
vergüenza que Genaro no estuviera allí para disfrutar la escena.
Mira, si a ti no te interesa llamar a Genaro, a mí sí dijo en
tono resuelto . Me gusta su compañía.
Había un terrible amargor en mi paladar. El sudor goteaba de mis
cejas y mi labio superior. Quise decir algo pero en realidad no había qué
decir.
Don Juan me escudriñó con una larga mirada.
Ándale -dijo-. Un guerrero siempre está listo. Ser guerrero no
es el simple asunto de nomás querer serlo. Es más bien una lucha interminable
que seguirá hasta el último instante de nuestras vidas. Nadie nace guerrero,
exactamente igual que nadie nace siendo un ser razonable. Nosotros nos hacemos
lo uno o lo otro.
"Siéntate bien. No quiero que Genaro te vea
temblando."
Se puso en pie y recorrió de un lado a otro el piso limpio de la
ramada. No pude permanecer impasible. Mi nerviosismo era tan intenso que,
incapaz de escribir una línea más, me levanté de un salto.
Don Juan me hizo trotar marcando el paso, cara al oeste. Me
había puesto a realizar los mismos movimientos en varias ocasiones anteriores.
La idea era sacar "poder" del crepúsculo inminente alzando los brazos
al cielo con los dedos extendidos en abanico, y cerrando los puños con fuerza
cuando los brazos estuvieran en el punto medio entre horizonte y cenit.
El ejercicio surtió efecto y, casi de inmediato, me llené de
calma y sosiego. No pude, sin embargo, dejar de pensar qué habría ocurrido con
el antiguo "yo" que nunca se habría relajado tan completamente
ejecutando esos movimientos sencillos e idiotas.
Quería enfocar toda mi atención en el procedimiento que don Juan
seguiría para llamar a don Genaro. Anticipaba actos portentosos. Don Juan se
paró en el borde de la ramada, mirando al sureste, formó una bocina con las
manos, y gritó:
¡Genaro! ¡Ven aquí!
Un momento después, don Genaro surgió del chaparral. Ambos
resplandecían de contento. Prácticamente bailaron frente a mí.
Don Genaro me saludó con abundantes efusiones y tomó asiento en
el cajón de leche.
Algo espantoso me ocurría. Estaba calmado, impávido. Un
increíble estado de indiferencia y distanciamiento dominaba todo mi ser. Casi
me parecía estarme observando desde un escondrijo. Con gran despreocupación, le
platiqué a don Genaro que durante mi última visita casi me había matado a
sustos, y que ni siquiera durante mis experiencias con plantas psicotrópicas me
había visto en un caos mayor. Ambos celebraron mis frases como si tuvieran
propósito de chiste. Reí con ellos.
Obviamente estaban al tanto de mi estado de insensibilidad
emotiva. Me vigilaban y me seguían la corriente como a un borracho.
Dentro de mí, algo luchaba desesperadamente por convertir la
situación en cosa familiar. Quería sentirme preocupado y temeroso.
Al cabo de un rato, don Juan me salpicó agua en la cara y me
instó a sentarme y tomar notas. Dijo, como lo había hecho antes, que de no
tomar notas me moriría. El mero acto de poner por escrito algunas palabras hizo
regresar mi ánimo habitual. Fue como si algo se volviera de nuevo claro y
cristalino, algo que unos momentos antes era opaco e inerte.
El advenimiento de mi personalidad acostumbrada significó a la
vez el de mis miedos habituales. Curiosamente, yo tenía menos miedo de tener
miedo que de no tenerlo. La familiaridad de mis viejos hábitos, por
desagradables que fuesen, era un respiro deleitoso.
Entonces me di plena cuenta de que don Genaro acababa de surgir
del chaparral. Mis procesos usuales empezaban a funcionar. Comenzó rehusando a
pensar o especular acerca del hecho. Hice la decisión de no preguntarle nada.
Esta vez, sería un testigo si-lencioso.
Genaro ha venido de nuevo, exclusivamente por u dijo don Juan.
Don Genaro estaba reclinado en la pared de la casa, y reposaba
la espalda, sentado en un cajón de leche puesto en declive. Parecía un jinete.
Tenía las manos enfrente, y daban la impresión de que sostenía las riendas de
un caballo.
Eso es cierto, Carlitos dijo bajando el cajón a la horizontal
del piso.
Desmontó, pasando la pierna derecha sobre el imaginario cuello
equino, y saltó a tierra. La destreza de sus movimientos me hizo sentir sin
lugar a dudas que había llegado cabalgando. Vino y se sentó a mi izquierda.
Genaro vino porque quiere hablarte del otro dijo don Juan.
Hizo ademán de ceder la palabra. Don Genaro saludó al auditorio.
Se volvió ligeramente para darme la cara.
¿Qué es lo que te gustaría saber, Carlitos? preguntó en voz
aguda.
Bueno, si va usted a hablarme del otro, cuéntemelo todo dije,
fingiendo despreocupación.
Ambos menearon la cabeza y se miraron.
Genaro te va a hablar acerca del soñador y el soñado anunció don
Juan.
Como ya sabes, Carlitos dijo don Genaro con el aire de un orador
que entra en materia , el doble empieza en sueños.
Me lanzó una larga mirada y sonrió. Sus ojos se deslizaron de mi
cara a mi cuaderno y mi lápiz.
El doble es un sueño dijo, rascándose los brazos, y luego se
paró.
Dejó la ramada y se metió en el chaparral. Se detuvo frente a
una mata, mostrándonos tres cuartos de perfil; al parecer orinaba. Tras un
momento vi que algo le ocurría. Parecía tratar desesperadamente de orinar sin
conseguirlo. La risa de don Juan me indicó que don Genaro había vuelto a las
andadas.
Don Genaro contorsionaba su cuerpo en tan cómica manera, que nos
puso prácticamente histéricos.
Don Genaro regresó a la ramada y tomó asiento. Su sonrisa
irradiaba una insólita calidez.
Si no se puede, pues no se puede dijo alzando los hombros.
Luego, tras una pausa momentánea, añadió, suspirando:
Sí, Carlitos, el doble es un sueño.
¿Quiere usted decir que no es real? pregunté.
No. Quiero decir que es un sueño repuso.
Don Juan intervino para explicar que don Genaro se refería a la
primera manifestación del hecho de darnos cuenta de ser seres luminosos.
-Cada uno de nosotros es distinto, y por eso los detalles de
nuestras luchas son distintos dijo don Juan . Pero los pasos que seguimos para
llegar al doble son los mismos. Sobre todo los primeros pasos, que son confusos
e inciertos.
Don Genaro estuvo de acuerdo, y comentó la incertidumbre del
brujo en esa etapa.
Cuando me pasó por primera vez, no supe lo que había pasado
relató . Un día había estado recogiendo plantas en los cerros y me había metido
en un sitio que les tocaba a otros yerberos. Junté dos costalotes y ya estaba
listo para irme a mi casa, cuando me dieron ganas de descansar un rato. Me
acosté junto al camino, a la sombra de un árbol, y me que-dé dormido. Después
oí gente que bajaba del monte y desperté. Al momento me escurrí y me escondí
detrás de unas matas, al otro lado del camino muy cerca del sitio donde me
había echado a dormir. Estando allí se me dio por pensar que me había olvidado
algo. Miré a ver si tenía mis dos costales de plantas. No los tenía conmigo.
Miré para el otro lado del camino, al lugar donde había estado durmiendo y casi
me lleva la chingada. ¡Yo seguía allí dormido! ¡Era yo mismo! Toqué mi cuerpo.
¡Yo era yo mismo! Ya para entonces, las gentes que bajaban del monte iban
llegando a mí que estaba dormido, mientras yo que estaba bien despierto miraba
desde mi escondite sin poder hacer nada. ¡Me lleva la chingada! Me van a
encontrar allí, pensé, y me van a quitar mis costales. Pero las gentes pasaron
junto a mí que dormía como si yo no estuviera allí.
"La visión fue tan vivida que me puse como loco. Grité y
entonces volví a despertar. ¡Carajo! ¡Había sido un sueño!"
Don Genaro cesó su recuento y me miró como esperando una
pregunta o un comentario.
Dile dónde despertaste la segunda vez dijo don Juan.
Desperté junto al camino dijo don Genaro-, donde me quedé
dormido. Pero por un momento no supe bien dónde me encontraba en realidad. Casi
puedo decir que me estaba viendo a mí mismo despertar cuando algo me jaló al
otro lado del camino cuando ya estaba a punto de abrir los ojos.
Hubo una larga pausa. Yo no sabía qué decir.
¿Y qué hiciste después? preguntó don Juan.
Me di cuenta, cuando ambos echaron a reír, de que me hacía burla
imitando mis preguntas.
Don Genaro siguió hablando. Dijo que se quedó atónito un momento
v luego fue a verificar todo.
El sitio donde me escondí era tal como lo había visto dijo . Y
las gentes que pasaron se encontraban a corta distancia, bajando el cerro. Lo
sé porque corrí cuestabajo siguiéndolos. Eran los mismos que había visto. Los
seguí hasta que llegaron al pueblo. Han de haber creído que estaba yo loco. Les
pregunté si habían visto a mi amigo durmiendo junto al ca-mino. Todos dijeron
que no.
Ya ves -dijo don Juan , todos pasamos por las mismas dudas. Nos
da miedo volvernos locos, pero la desgracia es que, de a tiro, ya todos
nosotros estamos locos.
Pero tú eres un poquito más loco que nosotros dos me dijo don
Genaro, e hizo un guiño . Y eres, como buen loco, más sospechoso.
Hicieron bromas sobre mi suspicacia. Luego, don Genaro volvió a
hablar.
Todos somos seres densos dijo . No eres el único, Carlitos. A mí
el sueño me tuvo espantado unos días, pero entonces tenía que ganarme la vida y
me ocupaba de muchas cosas y no me alcanzaba el tiempo para ponerme a pensar en
el misterio de mis sueños. Y se me olvidó la cosa. Yo era muy parecido a ti.
"Pero un día, meses más tarde, después de una mañana de
mucho trabajo me quedé dormido como una piedra en la media tarde. Acababa de
empezar a llover y me despertó una gotera. Salté de la cama y trepé al techo
para arreglarla antes de que se hiciera un chorro. Me sentía tan bien y con
tanta fuerza, que acabé en un minuto y ni siquiera me mojé mucho. Pensé que el
sueñito que había echado me hizo bien. Cuando terminé, volví a la casa para
comer algo, y me di cuenta de que no podía tragar. Pensé que estaba enfermo.
Junté unas hojas y raíces, las machuqué y me hice un emplasto en la garganta y
fui a acostarme. Y otra vez, al llegar a mi cama, casi se me caen los calzones.
¡Yo estaba allí en la cama dormido! Quise sacudirme y despertarme, pero yo
sabía que no era eso lo que uno debía hacer. Así que salí corriendo de la casa,
despavorido. Anduve sin rumbo por el monte. No tenía ni la menor idea a dónde
iba, y aunque había vivido allí toda mi vida, me perdí. Andaba en la lluvia y
ni la sentía. Parecía coipo si no pudiera pensar. Entonces el rayo y el trueno
se hicieron tan fuertes que desperté otra vez".
Hizo una pausa.
¿Quieres saber dónde desperté? me preguntó.
Claro contestó don Juan.
Desperté en el monte, en la lluvia dijo él.
¿Pero cómo supo usted que había despertado? pregunté.
Mi cuerpo lo supo respondió.
Esa pregunta fue idiota terció don Juan . Tú mismo sabes que
algo en el guerrero se da cuenta siempre de cada cambio. La meta del camino del
guerrero es precisamente cultivar y mantener ese sentido de darse cuenta. El
guerrero lo limpia, lo pule y lo tiene siempre funcionando.
Tenía razón. Hube de admitir hallarme al tanto de ese algo que
en mí registraba y conocía todas mis acciones. No tenía nada que ver con la
habitual conciencia de mí mismo. Era otra cosa que yo no podía precisar. Les
dije que tal vez don Genaro pudiera describirlo mejor.
Tú lo haces muy bien dijo don Genaro . Es la voz de adentro que
te dice qué es lo qué es. Y aquella vez me dijo que yo había despertado por
segunda vez. Claro, apenas desperté quedé convencido de que había estado
soñando. Por lo visto este no había sido un sueño ordinario, pero tampoco había
sido propiamente soñar. Me conformé con otra explicación: me dije que había
andado dormido o medio despierto, supongo. No había para mí ningún otro modo de
entenderlo.
Don Genaro dijo que su benefactor le explicó que no era un sueño
lo experimentado, y que tampoco debía insistir en creerlo sonambulismo.
¿Qué cosa le dijo que era? pregunté.
Cambiaron miradas.
Me dijo que era el coco repuso don Genaro, adoptando el tono de
un niño pequeño.
Les aclaré que deseaba saber si el benefactor de don Genaro
explicaba las cosas del mismo modo que ellos.
Claro que sí dijo don Juan.
Mi benefactor me explicó que el sueño en el que uno se veía
durmiendo prosiguió don Genaro era la hora del doble. Me aconsejó que, en vez
de malgastar mi poder en dudas y preguntas, usara esa oportunidad para actuar,
y que estuviera preparado para cuando llegara otra ocasión.
"La siguiente me tocó en la casa de mi benefactor. Yo lo
estaba ayudando con el trabajo de casa. Me había acostado a descansar y, como
de costumbre, me dormí profundamente. Su casa era definitivamente un sitio de
poder para mí, y me ayudó. Un gran ruido me sacudió de pronto y me despertó. La
casa de mi benefactor era grande. Era un hombre muy rico y mucha gente
trabajaba para él. El ruido parecía ser el de una pala cavando grava. Me senté
a escuchar y luego me levanté. El ruido me inquietaba mucho, pero yo no sabía
la causa. Pensaba si salir a ver cuando me di cuenta de que estaba dormido en
el piso. Esta vez sabía qué esperar y qué hacer, y seguí el ruido. Caminé por
toda la casa hasta llegar a la parte de atrás. Allí no había nadie. El ruido
parecía venir de más lejos. Yo lo fui siguiendo. Mientras más lo seguía, más
rápido podía moverme. Fui a dar muy lejos y vi cosas increíbles."
Explicó que en la época de esos eventos se hallaba aún en las
etapas iniciales de su aprendizaje y había incursionado muy poco en
"soñar", pero tenía una facilidad extraña para soñar que se miraba a
sí mismo.
¿A dónde fue usted a dar, don Genaro? pregunté.
Esa era realmente la primera vez que me movía al soñar dijo .
Pero ya sabía lo suficiente para portarme correctamente. No fijé la vista
directamente en nada y fui a parar a una cañada muy honda donde mi benefactor
tenía sus plantas de poder.
¿Cree usted que es mejor si uno casi no sabe nada de soñar?
pregunté.
¡No! intervino don Juan . Cada uno de nosotros tiene facilidad
para algo en particular. La facilidad de Genaro es para soñar.
¿Qué vio usted en las cañada, don Genaro? pregunté.
Vi a mi benefactor haciendo maniobras peligrosas con unas
gentes. Pensé que yo estaba allí para ayudarlo y me escondí detrás de unos
árboles. Pero así como yo andaba en ese entonces no habría podido ayudar a
nadie. De todos modos, yo no era tonto, y me di cuenta de que la escena esa era
para mirarla de lejos y no para actuar en ella.
-¿Cuándo y cómo y dónde despertó usted?
No sé cuándo desperté. Han de haber pasado horas enteras. Lo
único que sé es que seguí a mi benefactor y los otros hombres, y cuando iban
llegando a la casa de mi benefactor el ruido que hacían, porque andaban
peleándose casi a puños, me despertó. Estaba en el sitio donde me vi dormido.
"Al despertar, me di cuenta de que todo eso que había visto
y hecho no era un sueño. En verdad me había ido bastante lejos, guiado por el
sonido."
¿Estaba su benefactor al tanto de lo que usted hacía?
Seguro. Él fue el que estuvo haciendo ruido con la pala para
ayudarme a cumplir mi tarea. Cuando entró en la casa me regañó de mentira por
haberme dormido y por eso supe que me había visto. Después, cuando se fueron
sus amigos, me dijo que había notado mi brillo oculto entre los árboles.
Don Genaro dijo que esos tres casos lo pusieron en el camino de
"soñar", y que tardó quince años en recibir la oportunidad siguiente.
La cuarta vez fue una visión más rara y más completa dijo . Me
hallé dormido enmedio de un sembrado. Me vi echado de costado, profundamente
dormido. Supe de inmediato que eso era soñar, porque me había propuesto hacerlo
cada noche que me iba a dormir. Por lo general, todas las veces que yo me había
visto a mí mismo dormido, estaba en el sitio donde me había echado a dormir.
Esta vez no estaba en mi cama, y sabia que me había acostado en mi cama esa
noche. En este soñar era de día. Así que me puse a explorar. Me alejé del sitio
donde estaba yo echado y me orienté. Supe dónde me encontraba. Andaba en
realidad no muy lejos de mi casa, capaz a unos tres kilómetros. Caminé por
allí, mirando cada detalle del sitio. Me paré a la sombra de un gran árbol, a
poca distancia; con la vista, crucé una franja de llano y miré una milpa en la
ladera del cerro. En ese momento noté algo muy raro: los detalles del paisaje
no cambiaban ni desaparecían por más que les clavara la vista. Me asusté y
volví corriendo al sitio donde dormía. Yo seguía allí, exactamente como había
estado antes. Empecé a observarme. Sentía una horrible indiferencia hacia el
cuerpo que miraba.
"Entonces oí el sonido de risas de gente que se acercaba.
La gente siempre me anda encima. Subí corriendo una lomita y observé
cuidadosamente desde allí. Diez personas venían al campo donde yo estaba. Todos
eran muchachos jóvenes. Corrí al sitio donde es-taba dormido y pasé los
momentos más angustiosos de mi vida, mirándome allí tirado, roncando como
cerdo. Sabía que tenía que despertarme, pero no tenía idea de cómo hacerlo.
Sabía también que era cosa de muerte despertarme yo mismo. Pero si aquellos
muchachos me encontraban allí, se iba a armar un gran pleito. Todas esas
deliberaciones que pasaban por mi mente no eran en realidad pensamientos. Más
bien eran escenas frente a mis ojos. Mi preocupación, por ejemplo, era una
escena en la cual yo me miraba a mí mismo mientras tenía la sensación de estar
encajonado. Llamo a eso preocuparse. Me ha pasado eso muchas veces desde
aquella primera vez.
"Bueno, como no sabía qué hacer me quedé mirándome a mí
mismo, dormido, esperando lo peor. Un montón de imágenes fugaces pasaron frente
a mis ojos. Me agarré a una en particular, la imagen de mi casa y mi cama. La
imagen se hizo muy clara. ¡Caramba, cómo quería yo estar de vuelta en mi cama!
Algo me dio un sacudón entonces; sentí como si al-guien me golpeara y desperté.
¡Estaba en mi cama! Por lo visto esto había sido soñar. Me levanté de un salto
y corrí al sitio de mi soñar. Era tal como lo había visto. Los muchachos
estaban allí trabajando. Los observé por un largo rato. Eran los mismos que
había visto antes.
"Regresé al mismo lugar al fin del día, cuando ya todos se
habían ido, y me paré en el sitio exacto donde me vi dormido. Alguien se había
echado allí. Las yerbas estaban aplastadas."
Don Juan y don Genaro me observaban. Parecían dos extraños
animales. Sentí un escalofrío en la espalda. Estaba a punto de entregarme al
muy racional miedo de que no eran en realidad hombres como yo, pero don Genaro
echó a reír.
En aquellos días dijo yo era igual que tú, Carlitos. Quería
confirmarlo todo. Era tan desconfiado como tú.
Hizo una pausa, alzó el dedo y lo sacudió en mi dirección. Luego
encaró a don Juan.
¿A poco no eras tú tan desconfiado como este sujeto? preguntó.
Ni modo dijo don Juan . Éste es el campeón.
Don Genaro se volvió hacia mí e hizo un gesto de disculpa.
Creo que me equivocaba dijo . Yo tampoco era tan desconfiado
como tú.
Rieron suavemente, como si no quisieran hacer ruido. El cuerpo
de don Juan se convulsionaba de risa contenida.
Éste es un sitio de poder para ti dijo don Genaro en un susurro
. Te has roto los dedos escribiendo ahí donde estás sentado. ¿Has hecho alguna
vez la prueba de echarte a soñar a toda máquina aquí?
-No, nunca lo ha hecho -dijo don Juan en voz baja . Aquí él
nomás ha escrito a toda máquina.
Se doblaron de risa. Parecía que no quisieran reír abiertamente.
Sus cuerpos se sacudían. La risa suave era como un cacareo rítmico.
Don Genaro enderezó la espalda y se deslizó sentado acercándose
a mí. Me dio repetidas palmadas en el hombro, llamándome bribón, luego, con
gran fuerza, jaló hacia sí mi brazo izquierdo. Perdí el equilibrio y caí de
bruces. Casi me golpeo la cabeza en el piso. Automáticamente adelanté el brazo
derecho y amortigüé la caída. Uno de ellos presionó mi cuello para impedir que
me levantara. No supe a ciencia cierta quién. La mano que me detenía parecía la
de don Genaro. Tuve un momento de pánico devastador Sentía desmayarme; quizá me
desmayé. La presión en mi estómago era tan intensa que vomité. Mi siguiente
percepción clara fue la de que alguien me ayudaba a enderezarme. Don Genaro
estaba en cuclillas frente a mí. Volví la cara en busca de don Juan. No se veía
en ninguna parte. Don Genaro lucía una sonrisa resplandeciente. Sus ojos
brillaban. Miraban fijamente los míos. Le pregunté qué me había hecho y
respondió que yo estaba en pedazos. Su tono era de reproche, y parecía molesto
o insatisfecho conmigo. Repitió varias veces que me hallaba hecho pedazos y
tenía que juntarme de nuevo. Trataba de asumir un tono severo, pero rió a mitad
de su arenga. Me decía cuán terrible era verme desparramado por todo el suelo,
y que él necesitaría una escoba para reunir mis pedazos. Añadió que tal vez los
trozos iban a quedar fuera de lugar y yo terminaría con el dedo gordo del pie
en lugar del pene. La risa le ganó en ese punto. Quise reír también y
experimenté una sensación insólita. ¡Mi cuerpo se deshizo! Fue como si yo hubiera
sido un juguete mecánico que se desarmara así como así. No tenía sensaciones
físicas, ni tampoco miedo o cuidado. Desmoronarme era una escena que yo
presenciaba desde la perspectiva del perceptor, y sin embargo no percibía nada
desde un punto sensorial de referencia.
La siguiente cosa de que me apercibí fue que don Genaro
manipulaba mi cuerpo. Tuve entonces una sensación física, una vibración tan
intensa que me hizo perder de vista todo cuanto me rodeaba.
Una vez más sentí que alguien me ayudaba a enderezarme. Vi de
nuevo a don Genaro acuclillado frente a mí. Me empujó de los sobacos y me ayudó
a caminar. Yo no podía determinar dónde estaba. Tenía la sensación de estar en
un sueño, pero asimismo tenía un sentido completo de secuencia temporal. Me
hallaba agudamente consciente de que acababa de estar con don Genaro y don Juan
en la ramada de la casa del segundo.
Don Genaro caminaba conmigo; me apoyaba sosteniendo mi sobaco
izquierdo. El paisaje que yo contemplaba cambiaba de continuo. Yo no podía, sin
embargo, determinar la naturaleza de lo que observaba. Lo que había frente¡ a
mis ojos era más bien un sentimiento o un estado de ánimo, y el centro de donde
irradiaban todos esos cambios estaba definitivamente en mi estómago. Establecí
esa relación no como una idea o un darme cuenta, sino como una sensación
corpórea que de pronto se hizo fija y predominante. Las fluctuaciones en torno
mío salían de mi estómago. Yo creaba un mundo, una corriente interminable de
sentimientos e imágenes. Todo cuanto conocía estaba allí. Eso mismo era una
sensación, no un pensamiento ni una evaluación consciente.
Traté de llevar la cuenta durante un momento, a causa de mi
hábito casi invencible de evaluarlo todo, pero en determinado instante mis
procesos de contaduría cesaron y un algo sin nombre me envolvió, sentimientos e
imágenes de todo tipo.
En cierto punto, algo en mí inició de nuevo la tabulación y noté
que una imagen se repetía constantemente: don Juan y don Genaro que trataban de
alcanzarme. La imagen era fugaz; pasaba rápida frente a mí. Era algo comparable
a verlos desde la ventana de un vehículo en marcha veloz. Parecían tratar de
agarrarme a la pasada. A fuerza de recurrir, la imagen se hizo más clara y
perdurable. En algún momento tuve conciencia de estarla aislando
deliberadamente de toda una miríada de imágenes. Pasaba las otras por alto para
llegar a esa escena particular. Finalmente pude sostenerla pensando en ella.
Una vez que empecé a pensar, mis procesos ordinarios tomaron las riendas. No
eran tan definidos como en mis actividades ordinarias, pero sí lo bastante
claros para saber que había aislado la escena o sentimiento de que don Juan y
don Genaro estaban en la ramada de la casa del segundo y me detenían por los
sobacos. Quise seguir huyendo a través de otras imágenes y sensaciones, pero
ellos no me dejaron. Me debatí un instante. Me sentía ágil y contento. Sabía
que ambos me caían muy bien, y también que no les tenía miedo. Quería bromear
con ellos; no sabía cómo, y reía y les daba palmadas en los hombros. Tuve otra
peculiar toma de conciencia, la certidumbre de que estaba "soñando".
Cuando enfocaba los ojos en alguna cosa, inmediatamente se deshacía.
Don Juan y don Genaro me hablaban. Yo no podía seguir el hilo de
sus palabras ni distinguir quién de ellos las decía. Entonces don Juan dio
vuelta a mi cuerpo y señaló un bulto en el piso. Don Genaro me acercó al objeto
y me hizo circundarlo. Era un hombre y yacía bocabajo, el rostro vuelto a la
derecha. Al hablarme, señalaban al hombre. Me jalaban y me torean en torno a
él. Yo no podía enfocarlo con los ojos, pero finalmente tuve una sensación de
quietud y sobriedad y miré al hombre. Desperté con lentitud en la conciencia de
que el hombre tirado en el suelo era yo. El reconocimiento no produjo terror ni
sufri-miento. Simplemente lo acepté sin emoción. En ese instante no me hallaba
totalmente dormido, pero tampoco totalmente despierto y sereno. También empecé
a sentir más a don Juan y don Genaro, y podía distinguirlos cuando me hablaban.
Don Juan dijo que íbamos a ir al sitio redondo de poder en el chaparral. Apenas
pronunció las palabras, la imagen del sitio brotó en mi mente. Vi las masas
oscuras de los arbustos en torno. Me volví a la derecha; don Juan y don Genaro
estaban también allí. Experimenté una sacudida y la sensación de tenerles
miedo. Acaso porque parecían dos sombras amenazantes. Se acercaron. Al mirar
sus facciones, mis temores desaparecieron.
Mi efecto retornó. Era como si me hallase borracho y no tuviera
asidero firme en ninguna parte. Me agarraron por los hombros y me sacudieron al
unísono. Me ordenaban despertar. Yo oía sus voces clara y separadamente. Tuve
entonces un momento único. Mi mente contenía dos imágenes, dos sueños. Sentí
que algo de mi ser estaba profundamente dormido y empezaba a despertar y me
hallé en el piso de la ramada, con don Juan y don Genaro que me sacudían. Pero
también me encontraba en el sitio de poder y don Juan y don Genaro seguían
sacudiéndome. Durante un instante crucial, no estuve en un lugar ni en el otro,
sino más bien en ambos, como un observador que ve dos escenas al mismo tiempo.
Tuve la increíble sensación de que en dicho instante habría podido tomar cualquier
derrotero. Todo cuanto tenía que hacer en ese momento era cambiar de
perspectiva y, más que observar cualquiera de ambas escenas desde el exterior,
sentirla desde el punto de vista del sujeto.
Había algo muy cálido en la casa de don Juan. De modo que
preferí esa escena.
Tuve entonces un ataque aterrador, tan brusco que recobré de
golpe toda mi conciencia ordinaria. Don Juan y don Genaro me vertían encima
baldes de agua. Estábamos en la ramada de la casa de don Juan.
Horas más tarde, tomamos asiento en la cocina. Don Juan insistía
en que yo procediera como si nada hubiese ocurrido. Me dio comida y dijo que
debía comer mucho para compensar mi gasto de energía.
Pasaban de las nueve de la noche cuando miré mi reloj después de
que nos sentamos a comer. Mi experiencia había durado varias horas. Sin
embargo, desde mi perspectiva de recuerdo, parecía que sólo me había dormido un
corto rato.
Aunque ya era totalmente el de siempre, seguía atontado. No
recobré mi conciencia habitual hasta que empecé a escribir en mi cuaderno. Me
sorprendió que el tomar notas pudiera producir sobriedad instantánea. Apenas me
recobré, un torrente de pensamientos razonables se desató en mi mente; me
proponía explicar el fenómeno que había experimentado. "Supe" en el
acto que don Genaro me había hipnotizado en el momento en que me detuvo contra
el piso, pero no intenté figurarme cómo lo había hecho.
Ambos rieron histéricamente cuando expresé mis ideas. Don Genaro
examinó mi lápiz y dijo que ésa era la llave que me daba cuerda. Me puse
belicoso. Estaba cansado e irritable. Me descubrí prácticamente gritándoles,
mientras sus cuerpos se sacudían de risa.
Don Juan dijo que estaba bien el caerse al dar un salto, pero
que no estaba bien el saltar de cara contra la pared, y que don Genaro había
venido exclusivamente para ayudarme y enseñarme el misterio del Soñador y el
soñado.
Mi irritabilidad culminó. Don Juan hizo a don Genaro una seña
con la cabeza. Ambos se levantaron y me llevaron a un lado de la casa. Allí don
Genaro demostró su gran repertorio de gruñidos y gritos animales. Me sugirió
que eligiera el rebuzno de un burro y luego me enseñó a reproducirlo.
Tras horas de práctica, llegué al punto de poderlo imitar
bastante bien. El resultado final fue que ellos habían disfrutado mis torpes
intentos y reído hasta lloras, y yo había liberado mi tensión reproduciendo ese
clamor. Les dije que había algo aterrador en mi imitación. El relajamiento de
mi cuerpo era incomparable. Don Juan dijo que, si perfeccionaba yo el rebuzno,
podía convertirlo en cosa de poder, o simplemente usarlo para aliviar mi
tensión cuando fuera necesario. Me sugirió dormir. Pero yo temía dormirme. Me
senté con ellos un largo rato, ante el fuego de la cocina, y después, sin
querer, caí en un hondo sueño.
Desperté al amanecer. Don Genaro dormía junto a la puerta.
Pareció despertar al mismo tiempo que yo. Me habían tapado y pusieron mi
chaqueta doblada a modo de almohada. Me sentía muy tranquilo y descansado. Le
comenté a don Genaro que había estado exhausto la noche anterior. Dijo que él
también. Susurró, como si me hiciera una confidencia, que don Juan estaba
todavía más cansado por ser más viejo.
Tú y yo somos jóvenes dijo con un brillo en los ojos . Pero él
ya está muy viejo. Ya debe andar por los trescientos.
Me senté apresuradamente. Don Genaro se tapó la cara con su
cobija y soltó una carcajada. Don Juan entró en ese momento.
Tuve un sentimiento de plenitud y paz. Por una vez, nada
importaba realmente. Estaba tan a gusto que quería llorar.
Don Juan dijo que la noche anterior yo había empezado a tener
presente mi luminosidad. Me advirtió no entregarme a la sensación de bienestar
que atravesaba, porque se convertiría en complacencia.
En este momento dije , no quiero explicar nada. No importa lo
que don Genaro me haya hecho anoche.
Yo no te hice nada repuso don Genaro . Mira, soy yo, Genaro. ¡Tu
Genaro! ¡Tócame!
Abracé a don Genaro y ambos reímos como niños.
Preguntó si me parecía extraño poder abrazarlo entonces, cuando
la última vez que nos vimos allí me resultó imposible tocarlo. Le aseguré que
esas cuestiones ya no tenían pertinencia para mí.
El comentario de don Juan fue que yo me estaba entregando a ser
tolerante y bueno.
¡Cuidado! dijo . Un guerrero jamás baja la guardia. Si sigues
así de feliz, vas a agotar el poco poder que te queda.
¿Qué debo hacer? pregunté.
Ponte de nuevo como eres dijo . Duda de todo. Desconfía.
Pero no me gusta ser así, don Juan.
No es cosa de que te guste o no. Lo importante es ¿qué puedes
usar ahora a manera de escudo? Un guerrero debe usar todo lo que está a su
alcance para cerrar su abertura mortal una vez que ésta se abre. Por eso no
importa que en realidad no te guste ser desconfiado o hacer preguntas. Eso es
ahora tu único escudo.
"Escribe, escribe. O te mueres. Morir de contento es muerte
de imbécil."
¿Cómo debe entonces morir un guerrero? preguntó don Genaro
exactamente en mi tono de voz.
Un guerrero muere a la mala dijo don Juan-. Su muerte debe
luchar para llevárselo. El guerrero no se entrega ni aún a la muerte.
Don Genaro abrió desmesuradamente los ojos y luego parpadeó.
Lo que Genaro te enseñó ayer es de suma importancia prosiguió
don Juan . No te lo puedes sacudir haciéndote el piadoso. Ayer me dijiste que
la idea del doble te volvía loco. Pero mírate ahora. Ya no te importa. Eso es
lo malo de la gente que se vuelve loca; se vuelve loca para uno y otro lado.
Ayer eras todo preguntas, hoy eres todo resignación.
Señalé que él siempre encontraba una falta en lo que yo hacía,
sin importar cómo lo hiciera.
¡Eso no es verdad! -exclamó . No hay falla en el camino del
guerrero. Síguelo y nadie podrá criticar tus actos. Toma como ejemplo lo que
pasó ayer, el camino del guerrero habría sido, primero, hacer preguntas sin
miedo y sin sospechas, y luego dejar que Genaro te enseñara el misterio del
soñador, sin oponerle resistencia y sin agotarte. Hoy, el camino del guerrero
sería juntar lo que aprendiste, sin presumir nada y sin hacerte el piadoso.
Hazlo así y nadie podrá encontrar fallas en lo que haces.
Pensé, por el tono, que don Juan estaba muy disgustado con mis
errores. Pero me sonrió y luego soltó una risita que parecía motivada por sus
propias palabras.
Le dije que simplemente me estaba conteniendo, pues no deseaba
agobiarlos con mis inquisiciones. A mí me abrumaba en verdad lo que don Genaro
había hecho. Yo estuve convencido aunque eso ya no importaba de que don Genaro
esperó entre las matas que don Juan lo llamase. Más tarde, aprovechó mi susto
para atontarme. Tenido a la fuerza en el suelo, debo haberme desmayado, y
entonces don Genaro me hipnotizó.
Don Juan arguyó que yo era demasiado fuerte para que me
dominaran con tal facilidad.
-¿Qué ocurrió entonces? le pregunté.
Genaro vino a verte para decirte una cosa muy exclusiva dijo .
Cuando salió de las matas, era Genaro el doble. Hay otro modo de hablar de todo
esto que lo explicaría mejor, pero no puedo usarlo ahora.
¿Por qué no, don Juan?
Porque todavía no estás listo para hablar de la totalidad de uno
mismo. Por lo pronto, sólo puedo decirte que este Genaro que está aquí no es el
doble.
Señaló a don Genaro con un movimiento de cabeza. Don Genaro
parpadeó repetidas veces.
El Genaro de anoche era el doble. Y cono ya te lo he dicho, el
doble tiene un poder inconcebible. Te enseñó un asunto de lo más importante.
Para hacerlo, tenía que tocarte. El doble simplemente te tocó en el pescuezo,
en el mismo sitio que el aliado te pisó hace años. Naturalmente, te apagaste
como vela. Y, naturalmente también, te entregaste como hijo de puta. Nos costó
horas acorralarte de nuevo. Así disipaste tu poder y, cuando te tocó la hora de
cumplir una hazaña de guerrero, te faltó el jugo.
¿Cuál era esa hazaña de guerrero, don Juan?
Ya dije que Genaro sólo vino a enseñarte una cosa: el misterio
de los seres luminosos soñadores. Tú querías saber del doble. Empieza en los
sueños. Pero luego preguntaste. "¿Qué es el doble?" Y yo te dije que
el doble es uno mismo. Uno mismo sueña el doble. Eso debería ser sencillo, pero
no tenemos nada de sencillos. Quizá los sueños comunes que uno tiene sean
sencillos, pero eso no significa que uno sea sencillo. Una vez que uno aprende
a soñar el doble, se llega a esta encrucijada extraña, y en un momento dado uno
se da cuenta de que el doble es quien lo sueña a uno mismo.
Yo había anotado todas sus palabras. También les había prestado
atención, pero no las comprendía.
Don Juan repitió sus aseveraciones.
La lección de anoche, como te dije, trataba del soñador y el
soñado, o quién sueña a quién.
Perdone usted dije.
Ambos echaron a reír.
-Anoche prosiguió don Juan casi, casi escoges despertar en el
sitio de poder.
¿Qué quiere usted decir, don Juan?
-Ésa habría sido la hazaña. Si no te hubieras entregado a tus
hábitos de imbécil, habrías tenido poder suficiente para inclinar la balanza y,
sin duda alguna, eso te habría matado de miedo. Por fortuna o por desgracia,
como sea el caso, no tuviste poder suficiente. De hecho, malgastaste tu poder
en confusiones hasta el punto que casi no te quedó lo bastante para salvar tu
vida.
"Así pues, como puedes entender muy bien, entregarte a tus
caprichitos no es sólo estúpido y un desperdicio total, sino que también es
perjudicial. Un guerrero que se agota no puede vivir. El cuerpo no es cosa
indestructible. Habrías podido enfermarte de gravedad. No sucedió así,
simplemente porque Genaro y yo desviamos parte de tu imbecilidad."
El pleno impacto de sus palabras empezaba a hacerse sentir en
mí.
Anoche, Genaro te guió por los laberintos del doble prosiguió
don Juan . Sólo él es capaz de hacer eso por ti. Y no fue visión ni alucinación
cuando te viste tirado en el piso. Podrías haberte dado cuenta de ello con
infinita claridad si no te hubieras perdido en tu vicio de hacerte el niñito, y
podrías haber sabido entonces que tú mismo eres un sueño, que tu doble te está
soñando, de la misma manera en que tú lo soñaste anoche.
¿Pero cómo puede ser eso posible, don Juan?
Nadie sabe cómo sucede. Sólo sabemos que sí sucede. Ése es
nuestro misterio como seres luminosos. Anoche tenías dos sueños y pudiste
despertar en cualquiera, pero tú no tenías ni siquiera suficiente poder para
entender eso.
Me miraron fijamente unos momentos.
Yo creo que sí entiende dijo don Genaro.
EL SECRETO DE LOS SERES LUMINOSOS
Don Genaro me deleitó durante horas con algunas instrucciones
absurdas para manejar mi mundo cotidiano. Don Juan dijo que yo debía tener
mucho cuidado y seriedad con las recomendaciones de don Genaro, pues aunque
eran chistosas no eran un chiste.
A eso del mediodía, don Genaro se puso en pie y sin decir
palabra se metió al matorral. Yo iba también a levantarme, pero don Juan me
retuvo gentilmente y, en tono solemne, anunció que don Genaro iba a hacer otra
prueba conmigo.
¿Qué se trae? pregunté . ¿Qué me va a hacer?
Don Juan me aseguró que no necesitaba preocuparme.
Te acercas a una encrucijada dijo . Cierta encrucijada a la que
todo guerrero llega.
Tuve la idea de que hablaba de mi muerte. Pareció anticipar mi
pregunta y me hizo seña de callar.
No vamos a discutir este asunto dijo . Basta decir que la
encrucijada a la cual me refiero es la explicación de los brujos. Genaro cree
que ya estás listo para recibirla.
¿Cuándo me la va usted a dar?
No sé cuándo. Tú eres el que la va a recibir; por lo tanto,
depende de ti. Tú decidirás cuándo.
¿Qué tal ahora mismo?
Decidir no significa escoger un momento arbitrario dijo .
Decidir significa que has puesto tu espíritu en orden impecable, y que has
hecho todo lo posible por ser digno del conocimiento y el poder.
"Pero hoy debes resolverle a Genaro una adivinanza que te
va a altar Se nos ha adelantado y nos va a esperar por ahí en el matorral.
Nadie sabe el sitio donde estará, ni la hora específica de ir a verlo. Si eres
capaz de determinar la hora correcta para salir de la casa, también podrás
llegar al sitio donde está."
Dije a don Juan que no imaginaba a nadie capaz de resolver tal
acertijo.
¿Cómo puede el hecho de salir de la casa a fina hora especifica,
guiarme a donde está don Genaro? pregunté.
Don Juan sonrió y se puso a tararear una melodía. Parecía
disfrutar mi agitación.
Ése es et problema que Genaro te ha puesto dijo . Si tienes
bastante poder personal, decidirás con certeza absoluta la hora justa para
salir de la casa. Cómo te guiará el salir a la hora precisa es algo que nadie
sabe. Y sin embargo, si tienes poder suficiente, tú mismo atestiguarás que, es
así.
¿Pero cómo voy a ser guiado, don Juan?
Nadie sabe eso tampoco.
Yo creo que don Genaro me está tomando el pelo.
Entonces ten cuidado dijo . Si Genaro te toma el pelo, lo más
probable es que te lo arranque.
Don Juan rió de su propio chiste. No pude secundarlo. Mi temor
al peligro inherente en las manipulaciones de don Genaro era demasiado real.
¿Puede usted darme alguna pista? pregunté.
¡No hay pistas! dijo, cortante.
¿Por qué quiere hacer esto don Genaro?
Quiere probarte repuso . Digamos que le importa mucho saber si
ya estás listo para recibir la explicación de los brujos. Si resuelves la
adivinanza, querrá decir que has juntado suficiente poder personal y estás
listo. Pero si lo echas a perder, será porque no tienes poder suficiente, y en
ese caso la explicación de los brujos no tendría sentido para ti. Yo pienso que
deberíamos darte la explicación sin cuidarnos de que la entiendas o no; ésa es
mi idea. Genaro es un guerrero más conservador; quiere las cosas en el orden
debido y no cederá hasta pensar que estás listo.
¿Por qué usted no me habla por su cuenta de la explicación de
los brujos?
Porque Genaro debe ser quien te ayude.
¿Por qué es así, don Juan?
Genaro no quiere que te diga por qué dijo-. Todavía no.
¿Me perjudicaría conocer la explicación de los brujos? pregunté.
Yo creo que no.
Entonces, don Juan, dígamela, por favor.
¡No le hagas! Genaro tiene ideas precisas sobre este asunto, y
debemos observarlas y respetarlas.
Hizo un gesto imperativo para callarme.
Tras una pausa larga y desesperante, aventuré una pregunta:
¿Pero cómo puedo resolver esta adivinanza, don Juan?
De veras no lo sé, por eso no puedo aconsejarte dijo . Genaro es
muy eficaz. Planeó la adivinanza nada más para ti. Puesto que lo está haciendo
para beneficiarte, él está entonado sólo contigo; por lo tanto, sólo tú puedes
escoger la hora justa para salir de la casa. Él mismo te llamará y te guiará
por me dio de su llamada.
¿Cómo será su llamada?
Eso yo no lo sé. Su llamada es para ti, no para mí. Te topará
directamente en tu voluntad. En otras palabras, debes usar tu voluntad para
saber cuál es su llamada.
"Genaro siente la necesidad de asegurarse de que el poder
personal que has juntado hasta hoy en día es lo suficiente para convertir tu
voluntad en una unidad que funcione."
"Voluntad" era otro concepto que don Juan había
delineado con gran cuidado, pero sin aclararlo. Yo había entendido a través de
sus explicaciones que la "voluntad" era una fuerza emanada de la
región umbilical a través de una abertura invisible debajo del ombligo,
abertura a la cual llamaba "boquete". Se alegaba que sólo los brujos
cultivaban la "voluntad". Les llegaba envuelta en el misterio y les
daba la capacidad de realizar prodigios extraordinarios.
Comenté a don Juan que no había posibilidad de que algo tan vago
pudiera ser una unidad funcional en mi vida.
Allí es donde te equivocas dijo . La voluntad se desarrolla en
un guerrero pese a toda la oposición de la razón.
¿No puede acaso don Genaro, siendo brujo, saber, sin ponerme a
prueba, si estoy listo o no? pregunté.
Por supuesto que puede dijo . Pero ese conocimiento no te será
de valor ni consecuencia alguna, porque nada tiene que ver contigo. Tú, y no
Genaro, eres el que está aprendiendo; y por lo tanto, tú mismo debes reclamar
el conocimiento como poder. A Genaro no le interesa un comino saber que él
sabe, pero sí le interesa saber que tú sabes. Tú debes descubrir si tu voluntad
trabaja o no. Éste es un asunto muy difícil de aclarar. Pese a lo que Genaro o
yo sepamos de ti, tú debes comprobar por ti mismo que estás en la posición de
reclamar el conocimiento como poder. En otras palabras, tú mismo debes
convencerte de que puedes ejercer tu voluntad. Si no estás convencido, hoy te
convencerás. Pero si no puedes llevar a cabo esta tarea, Genaro sabrá que a
pesar de todo lo que él ve en ti, tú no estás listo todavía.
Experimenté una aprensión abrumadora.
¿Es necesario todo esto? pregunté.
Esto es lo que Genaro pide, y esto es lo que se debe obedecer
dijo en tono firme pero amistoso.
¿Pero qué tiene don Genaro que ver conmigo?
Puede que a lo mejor hoy lo sepas dijo sonriendo.
Imploré a don Juan sacarme de esa situación intolerable y
explicar toda la misteriosa conversación. Riendo, me dio palmadas en el pecho e
hizo un chiste sobre un levantador de pesas mexicano que tenía enormes músculos
pectorales pero no podía hacer trabajos físicos pesados porque tenía la espalda
débil.
Cuida esos músculos dijo . No deben ser nada más para lucir.
Mis músculos no tienen nada que ver con lo que estaba usted
diciendo respondí, belicoso.
Cómo no dijo . El cuerpo tiene que estar perfecto antes de que
la voluntad funcione como una unidad.
Don Juan había desviado una vez más la dirección de mis
averiguaciones. Me sentí inquieto y frustrado.
Me levanté y fui a la cocina a beber agua. Don Juan me siguió y
sugirió que practicase el rebuzno que don Genaro me había enseñado. Fuimos a un
lado de la casa; me senté en una pila de leña y me di a reproducirlo. Don Juan
hizo algunas correcciones y me dio instrucciones sobre mi respiración: el
resultado fue una relajación física completa.
Regresamos a la ramada y tomamos asiento nuevamente. Le dije que
a veces me irritaba conmigo mismo por ser tan indefenso.
No hay nada malo en sentirse indefenso dijo . Todos nosotros nos
sentimos así. Acuérdate que hemos pasado una eternidad como niños indefensos.
Como ya te lo he dicho, en estos momentos eres como un niño que no puede
salirse solo de la cuna, y mu-cho menos actuar por su cuenta. Genaro te saca de
tu cuna, pues digamos, levantándote de los sobacos. Un niño quiere actuar y,
como no puede, se queja. No hay nada malo en eso; pero darse por entero a
lamentos y protestas es otro asunto.
Me exigió conservar la calma; sugirió que le hiciera preguntas
un rato, mientras pasaba a un mejor estado mental.
Durante un momento perdí el hilo y no supe qué preguntar.
Don Juan desenrolló un petate y me indicó sentarme en él. Luego
llenó de agua un guaje grande y lo puso en una red portadora. Parecía
prepararse para un viaje. Volvió a sentarse y, con un movimiento de cejas, me
instó a iniciar el interrogatorio.
Le pedí que me hablara más de la polilla.
Me escudriñó con una larga mirada y chasqueó la lengua.
Eso era un aliado dijo . Tú lo sabes.
¿Pero qué es en realidad un aliado, don Juan?
No hay manera de saber lo que es exactamente un aliado, así como
no hay tampoco manera de saber lo que es exactamente un árbol.
Un árbol es un organismo viviente dije.
Eso no me dice mucho respondió . Yo también puedo decir que un
aliado es una fuerza, una tensión. Eso ya te lo he dicho, pero eso no dice
mucho sobre un aliado.
"Igual que en el caso de un árbol, el único modo de saber
lo que es un aliado es experimentándolo. Por años enteros he luchado por
prepararte para el interesantísimo encuentro con un aliado. A lo mejor no te
has dado ni cuenta, pero te demoraste años pre-parándote para presentarte con
el árbol. Presentarte con el aliado no es distinto. Un maestro debe
familiarizar a su discípulo poco a poco con el aliado, pedazo por pedazo. En el
curso de los años, has guardado una gran cantidad de conocimiento al respecto y
ahora eres capaz de armar todo ese conocimiento para vivir al aliado del mismo
modo en que vives al árbol."
No tengo idea de estar haciendo eso, don Juan.
Tu razón no se da cuenta, porque para empezar no acepta la
posibilidad del aliado. Por fortuna, no es la razón lo que arma al aliado. Es
el cuerpo. Tú has percibido al aliado en muchos estados y en muchas ocasiones.
Cada una de esas percepciones fue guardada en tu cuerpo. La suma de todos esos
pedazos es el aliado. Yo no conozco otra manera de describirlo.
Dije no concebir que mi cuerpo actuara por sí solo, como una
entidad separada de la razón.
No hay separación, pero hemos hecho una dijo . Nuestra razón es
mezquina y siempre anda luchando al cuerpo. Esto, desde luego, es sólo un
decir, pero el triunfo de un hombre de conocimiento es que ha rejuntado a los
dos. Como tú no eres hombre de conocimiento, tu cuerpo hace ahora cosas que tu
razón no puede comprender. El aliado es una de esas cosas. No estabas loco, ni
tampoco soñabas cuando percibiste al aliado aquella noche, aquí mismo.
Le pedí que me explicara más acerca de la pava rosa idea, que él
y don Genaro me implantaron, de que el aliado era una entidad que me estaba
esperando al filo de un pequeño valle encajonado en las montañas del norte de
México. Me hablan dicho que tarde o temprano yo tenía que cumplir esa cita con
el aliado y luchar con él.
esas son maneras de hablar de misterios para los cuales no hay
palabras dijo don Juan . Genaro y yo dijimos que al borde de esa planicie te
esperaba el aliado. Eso era cierto, pero no tiene el sentido que tú quieres
darle. El aliado te espera, seguro, pero no al borde de ninguna planicie. Está
aquí mismo, o allí, o en cualquier otro sitio. El aliado te espera, igual que
la muerte te espera, en todas partes y en ninguna en particular.
¿Por qué me espera el aliado a mí?
-Por la misma razón que la muerte te espera dijo , porque
naciste. No hay posibilidad de explicar en este momento lo que eso significa.
Primero debes vivir al aliado. Debes percibirlo en toda su fuerza, y acaso
entonces la explicación de los brujos pueda darte luz. Por ahora has tenido
poder suficiente para aclarar por lo menos un punto: que el aliado es una
polilla.
"Hace unos años, tú y yo fuimos a las montañas y tú te
encontraste con algo. Yo no tenía manera de aclararte lo que estaba ocurriendo:
viste una sombra extraña volando de un lado a otro frente al fuego. Tú mismo
dijiste que parecía una polilla; y aunque ni sabias lo que estabas diciendo,
estabas absolutamente en lo cierto: la sombra era una polilla. Luego, en otra
ocasión, y de nuevo frente a un fuego, algo casi te mata del susto después de
que te dormiste frente a una hoguera. Te había advertido que no te durmieras,
pero no me hiciste caso; eso te dejó a merced del aliado y la polilla te pisó
la nuca. Por qué sobreviviste será siempre un misterio para mí. Tú lo supiste
entonces, y yo tampoco te lo dije, pero va te había dado por muerto. Esa noche
anduviste a ciegas.
"De allí en adelante, cada vez que hemos andado en las
montañas o en el desierto, aunque no lo hayas notado, la polilla siempre nos ha
seguido. Si tomamos todo esto en cuenta, podemos decir que para ti el aliado es
una polilla. Pero no puedo decir que sea realmente una polilla como son todas
las polillas que conocemos. Llamar polilla al aliado es, nuevamente, sólo una
manera de decir las cosas, una manera de hacer entender esa inmensidad que está
allí afuera."
¿Para usted también es una polilla el aliado? pregunté.
No. La manera que uno entiende al aliado es asunto personal
dijo.
Mencioné que habíamos vuelto al punto de partida; no me había
dicho lo que en realidad era un aliado.
No hay necesidad de confundirse dijo . La confusión es un
sentimiento en el que uno se mete, pero también uno puede salirse de él. En
este momento no hay modo de dar aclaraciones. A lo mejor hoy, más tarde,
podremos considerar en detalle estos asuntos: depende de ti. O más bien,
depende de tu poder personal.
Rehusó decir una palabra más. Me preocupé mucho con el temor dé
fallar en la prueba. Don Juan me llevó atrás de su casa y me hizo sentarme en
un petate al borde de una zanja de riego. El agua se movía tan despacio que
casi parecía estancada. Me ordenó estarme quieto, cesar mi diálogo interno y
mirar el agua. Dijo haber descubierto, años antes, que yo tenía cierta afinidad
con las masas de agua, un sentimiento de lo más conveniente para las empresas
en que me hallaba envuelto. Argüí que yo no tenía particular afición a las
masas acuáticas, pero tampoco me disgustaban. Dije que precisamente por eso el
agua era benéfica para mí: me es indiferente. En situaciones tensas que
requerían esfuerzo máximo, el agua no podía atraparme, pero tampoco rechazarme.
Se sentó un poco atrás de mí, a mi derecha, y me aconsejó
dejarme ir sin miedo, porque él estaba allí para ayudarme si había necesidad.
Tuve un momento de temor. Lo miré, esperando otras
instrucciones. Tomó mi cabeza y la volvió hacia el agua, ordenándome proceder.
Yo no tenía idea de qué debía hacer, de modo que simplemente me relajé. Al
mirar el agua, percibí los juncos en la otra orilla. Inconscientemente, posé en
ellos mis ojos sin enfocar. La corriente despaciosa los hacía vibrar. El agua
tenía el color de la tierra del desierto. Las ondulaciones en torno a los
juncos me parecieron surcos o grietas sobre una superficie lisa. En cierto instante
los juncos se agigantaron, el agua era una planicie ocre pulida, y luego, en
cuestión de segundos, me quedé profundamente dormido, o acaso entré en un
estado perceptual que carecía de paralelo. Lo que más se acercaría a
describirlo sería decir que me dormí y tuve un sueño portentoso.
Sentí que podía seguir en él indefinidamente si así lo deseaba,
pero deliberadamente le puse fin entrando en un diálogo interno consciente.
Abrí los ojos. Yacía en el petate. Don Juan estaba a unos metros. Mi sueño
había sido de tal magnificencia que empecé a contárselo. Me hizo seña de
callar. Con una larga vara, señaló dos sombras que unas ramas secas de matorral
proyectaban sobre el suelo. La punta de su vara siguió el perímetro de una de
las sombras como si la estuviera dibujando; luego saltó a la otra e hizo lo
mismo con ella. Las sombras tenían unos treinta centímetros de largo y unos
tres de an-cho; distaban entre sí doce o quince. El movimiento de la vara me
hizo desenfocar los ojos y me hallé mirando, a lo bizco, cuatro sombras largas;
de repente las dos de enmedio se juntaron en una y crearon una extraordinaria
percepción de profundidad. Había cierta inexplicable redondez y volumen en la
sombra así formada. Era casi un tubo transparente, una barra redonda de alguna
sustancia desconocida. Sabía que tenía los ojos cruzados, y sin embargo parecía
enfocar un solo sitio; la imagen era allí clara como el cristal. Pude mover los
ojos sin disiparla.
Continué observando, pero sin bajar la guardia. Experimentaba
una curiosa compulsión de soltarme y sumergirme en la escena. Algo en lo que
observaba parecía jalarme; pero algo dentro de mí salió a la superficie e
inicié un diálogo semiconsciente; casi en el acto tomé conciencia de mi entorno
en el mundo de la vida cotidiana.
Don Juan me observaba. Parecía intrigado. Le pregunté si pasaba
algo. No respondió. Me ayudó a sentarme. Sólo entonces advertí que yo había
estado de espaldas, mirando el cielo, y que, don Juan había estado inclinado
casi sobre mi rostro.
Mi primer impulso fue decirle que había visto las sombras en el
piso mientras miraba el cielo, pero me puso la mano en la boca. Estuvimos un
rato en silencio. Yo no tenía pensamientos. Experimentaba una exquisita
sensación de paz, y luego, abruptamente, tuve un impulso irrefrenable de
pararme e ir al chaparral en busca de don Genaro.
Hice un intento de hablar a don Juan: él sacó la barbilla y
torció los labios en un mandato mudo de callar. Traté de evaluar mi
predicamento en forma racional; sin embargo, disfrutaba tanto mi silencio que
no quería molestarme con consideraciones lógicas.
Tras una pausa momentánea, sentí de nuevo el deseo imperioso de
adentrarme en el matorral. Seguí una vereda. Don Juan iba a la zaga, como si yo
fuera el guía.
Caminamos cosa de una hora. Logré permanecer sin pensamientos.
Luego llegamos a un cerro. Don Genaro estaba allí, sentado cerca de la cima de
un farallón. Me saludó efusivamente, a gritos, pues se hallaba a unos quince
metros del suelo. Don Juan me hizo tomar asiento y se sentó junto a mí.
Don Genaro explicó que yo había hallado el sitio donde me
esperaba porque él me guió con un sonido que hizo. Apenas pronunció esas
palabras, me di cuenta de que en verdad había estado oyendo un sonido peculiar
que creí ser zumbido en mis oídos; había parecido más bien un asunto interno,
una condición corporal, un sentimiento de sonido que por indeterminado escapaba
a la evaluación y la interpretación conscientes.
Creí que don Genaro tenía un pequeño instrumento en la mano
izquierda. Desde el lugar donde me hallaba, no lo distinguía claramente.
Parecía un birimbao; con él producía un sonido suave y extraño que era
prácticamente indiscernible. Siguió tocándolo un momento, como dándome tiempo
para enterarme por completo de lo que me había dicho. Luego me mostró la mano
izquierda. Estaba vacía; no tenía en ella ningún instrumento. Yo había tenido
la impresión de que tocaba algo por la forma en que se llevó la mano a la boca;
de hecho, producía el sonido con los labios y con el borde de la mano
izquierda, entre el pulgar y el índice.
Me volví hacia don Juan para explicarle que me habían engañado
los movimientos de don Genaro. Él hizo un ademán rápido y me dijo que no
hablara y que prestase mucha atención a lo que don Genaro hacía. Me volvía
mirar a don Genaro, pero ya no estaba allí. Pensé que había descendido. Esperé
unos momentos a que emergiera entre las matas. La roca donde había estado era
una formación peculiar, algo así como un gran reborde en la cara del farallón.
No le quité la vista de encima más que algunos segundos. Si hubiera ascendido,
lo habría visto antes de que llegara a la cima del farallón, y si hubiera
bajado también hubiera sido visible desde donde me hallaba.
Pregunté a don Juan dónde estaba don Genaro. Repuso que seguía
de pie en el reborde. Hasta donde yo podía juzgar, no había nadie allí, pero
don Juan insistió una y otra vez en que don Genaro seguía en la roca.
No parecía bromear. Sus ojos eran fijos y fieros. Dijo en tono
cortante que mis sentidos no eran la avenida correcta para apreciar lo que don
Genaro hacía. Me ordenó parar mi diálogo interno. Pugné un momento y empecé a
cerrar los ojos: Don Juan se lanzó hacia mí y me sacudió por los hombros.
Susurró que yo debía mantener la vista en el reborde.
Me sentía soñoliento y oía las palabras de don Juan como si
llegasen de muy lejos. Automáticamente miré el reborde. Don Genaro estaba allí
de nuevo. Eso no me interesaba. Noté, a media conciencia, que me resultaba muy
difícil respirar, pero antes de que pudiese pensar algo al respecto, don Genaro
saltó a tierra. Eso tampoco captó mi interés. Se acercó y me ayudó a
levantarme, sosteniéndome el brazo; don Juan me asió el otro. Entre los dos me
levantaron. Luego, sólo don Genaro me ayudaba a caminar. Me susurró al oído
algo que no entendí, y de pronto sentí que había jalado mi cuerpo de alguna
manera extraña; me agarró, por así decirlo, de la piel del estómago, y me subió
al reborde, o quizás a otra roca. Yo podría haber jurado que era el reborde;
sin embargo, la fugacidad de la imagen me impidió evaluarla en detalle. Luego
sentí que algo en mí desfallecía y caí hacia atrás. Tuve una leve sensación de
angustia, o acaso incomodidad física. Lo siguiente que supe fue que don Juan me
hablaba. No le entendía. Concentré mi atención en sus labios. Tenía la
sensación de que experimentaba un sueño; yo trataba de romper desde adentro una
tela membranosa que me envolvía, mientras don Juan hacía por rasgarla desde
afuera. Por fin se reventó; las palabras de don Juan se hicieron audibles, y su
significado nítido. Me ordenaba salir por mí mismo a la superficie. Luché
desesperadamente por cobrar sobriedad; no tuve éxito. Me pregunté, en un plano
bien consciente, por qué pasaba tantos apuros. Pugné por hablar conmigo mismo.
Don Juan parecía al tanto de mi dificultad. Me instó a un mayor
esfuerzo. Algo allá afuera me impedía establecer mi diálogo interno habitual.
Era como si una fuerza extraña me volviera soñoliento e indiferente.
Le opuse resistencia hasta quedarme sin aliento. Oí a don Juan
hablarme. Mi cuerpo se contrajo involuntariamente por la tensión. Me sentía
trabado en mortal combate con algo que me impedía respirar. No temía; antes
bien, una furia incontrolable me dominaba. Mi ira llegaba a tal extremo que
gruñía y gritaba como una bestia. Luego, una convulsión se apoderó de mi
cuerpo; recibí una sacudida que me paró de inmediato. Nuevamente pude respirar
en forma normal, y entonces me di cuenta de que don Juan había vaciado un guaje
de agua en mi estómago y mi cuello, empapándome.
Me ayudó a sentarme. Don Genaro estaba en el reborde. Me llamó
por mi nombre y saltó a tierra. Lo vi desplomarse desde una altura de quince
metros o algo así, y experimenté una sensación insoportable en torno a la
región umbilical; he sentido lo mismo en sueños de caída.
Don Genaro se acercó y me preguntó, sonriendo, si me había
gustado su salto. Traté sin éxito de responder. Don Genaro volvió a gritar mi
nombre.
¡Carlitos! ¡Fíjate! dijo.
Agitó los brazos a los lados cuatro o cinco veces, como para
ganar impulso, y luego desapareció de un salto, o eso creí. Tal vez hizo otra
cosa para la cual yo carecía de descripción. Estaba a menos de dos metros de
distancia, y de pronto se desvaneció como chupado por una fuerza incontrolable.
Me sentía ajeno, fatigado. Tenía un sentimiento de indiferencia
y no quería pensar ni hablar conmigo mismo. No sentía miedo, sino una tristeza
inexplicable. Tenía ganas de llorar. Don Juan me dio varios coscorrones y rió
como si todo lo ocurrido fuera un chiste. Me exigió hablar conmigo mismo porque
en esa hora se necesitaba desesperadamente el diálogo interno. Oí que me
ordenaba:
¡Habla! ¡Habla!
Tuve un espasmo involuntario en los músculos labiales. Mi boca
se movió sin sonido. Recordé a don Genaro moviendo la boca en forma similar
cuando estaba payaseando, y quise haber podido decir, como él: "Mi boca no
quiere hablar." Traté de pronunciar las palabras y mis labios se
contrajeron dolorosamente. Don Juan parecía a punto de desmembrarse de risa. Su
regocijo era contagioso y reí a mi vez. Finalmente, me ayudó a ponerme en pie.
Le pregunté si don Genaro iba a regresar. Dijo que Genaro ya se había hartado
de mí por ese día.
Casi te sale bien dijo don Juan.
Estábamos sentados cerca de la estufa de tierra, donde ardía un
fuego. Él había insistido en que yo comiera. Yo no tenía hambre ni cansancio.
Una melancolía insólita me saturaba; me sentía distante de todos los eventos
del día. Don Juan me dio mi cuaderno. Hice un intento supremo por recapturar mi
estado habitual. Anoté algunos comentarios. Poco a poco, entré de nuevo en mis
viejos patrones. Fue como si un velo se alzara; de pronto me vi de nuevo
envuelto en mi actitud familiar de interés y desconcierto.
¡Qué bueno! dijo don Juan, dándome palmaditas en la cabeza . Te
he dicho que el verdadero arte de un guerrero consiste en equilibrar el terror
y la maravilla.
Don Juan estaba de un humor insólito. Se veía casi nervioso,
angustiado. Parecía dispuesto a hablar por iniciativa propia. Creí que me
preparaba para la explicación de los brujos, y yo mismo me llené de ansiedad.
Sus ojos tenían un brillo extraño que yo sólo había visto unas cuantas veces
antes. Al decirle lo que pensaba de su extraña actitud, él respondió que se
sentía dichoso en mi nombre; que, como guerrero podía regocijarme en los
triunfos de sus semejantes, si eran triunfos del espíritu. Desdichadamente,
agregó, yo no me hallaba todavía listo para la explicación de los brujos, pese
a haber resuelto la adivinanza de don Genaro. Su argumento era que, cuando me
vació encima el guaje de agua, yo había estado al borde de la muerte, y que
toda mi hazaña se vio cancelada por mi incapacidad de rechazar la última
embestida de don Genaro.
El poder de Genaro era como la marea y así te cubrió dijo.
-¿Quería hacerme daño don Genaro? pregunté.
No repuso . Genaro quiere ayudarte. Pero al poder sólo se lo
puede enfrentar con poder. Te estaba probando y fallaste.
Pero resolví su adivinanza, ¿o no?
Lo hiciste muy bien dijo . Tan bien que Genaro te creyó capaz de
una hazaña completa de guerrero. Y eso también casi te sale. Pero lo que te
tiró al suelo esta vez no fue tu vicio de hacerte el chamaquito.
¿Qué fue entonces?
Eres demasiado impaciente y violento; en vez de dejarte ir y
seguir a Genaro te pusiste a pelear con él. No puedes ganarle; es más fuerte
que tú.
A continuación, don Juan cambió el tema y me ofreció consejo y
sugerencias acerca de mis relaciones personales con la gente. Sus observaciones
eran la contraparte seria de lo que don Genaro me había dicho antes en broma.
Estaba locuaz, y sin ruegos por mi parte comenzó a explicar lo que había
ocurrido en las dos últimas ocasiones que estuve allí.
Como sabes dijo , la clave de la brujería es el diálogo interno;
ésa es la llave que abre todo. Cuando un guerrero aprende a pararlo, todo se
hace posible; se logran los planes más descabellados. La entrada a todas las
experiencias extrañas y pavorosas que has tenido últimamente fue el hecho de
que pudiste dejar de hablar contigo mismo. Has atestiguado, en sobriedad
completa, al aliado, al doble de Genaro, al soñador y al soñado, y hoy
estuviste a punto de toparte con la totalidad de ti mismo; ésa era la hazaña de
guerrero que Genaro esperaba de ti. Todo esto ha sido posible por la cantidad
de poder personal que has juntado. Empezó la vez pasada que estuviste aquí; yo
vislumbré entonces una señal muy propicia. Cuando llegaste, oí al aliado
merodeando; primero oí sus pasos y luego vi que la polilla te miraba bajar de
tu coche. El aliado estaba inmóvil, observándote. Eso fue para mí la mejor de
las señales. Si el aliado se hubiera movido o si se hubiera agitado como si tu
presencia lo disgustara, como siempre lo ha hecho, el curso de los eventos
habría sido distinto. Muchas veces he visto al aliado en un estado de enojo
contigo, pero esta vez la señal era buena y supe que el aliado te aguardaba
para darte algún conocimiento. Ésa fue la razón por la que yo dije que tenías
una cita con el conocimiento, una cita con una polilla, concertada hace mucho
tiempo. Por razones inconcebibles para nosotros, el aliado escogió la forma de
una polilla para manifestarse ante ti.
Pero usted me ha dicho muchas veces que el aliado carecía de
forma, y que uno sólo podía juzgar sus efectos dije.
-Cierto dijo él . Pero el aliado es una polilla para los
espectadores relacionados contigo: Genaro y yo. Para ti, el aliado es sólo un
efecto, una sensación en tu cuerpo, o un sonido, o el polvo dorado del
conocimiento. Sigue, sin embargo, siendo un hecho que, al escoger la forma de
una polilla, el aliado nos dice, a Genaro y a mí, algo de gran importancia. Las
polillas son las portadoras del conocimiento, y las ayudantes y amigas de los
brujos. Debido a que el aliado escogió ser eso contigo, es que Genaro te da
tanta importancia.
"La noche esa que te encontraste con la polilla, como yo
anticipaba, fue para ti una verdadera cita con el conocimiento. Aprendiste su
llamado, sentiste el polvo de oro de sus alas, pero, sobre todo, esa noche, por
primera vez, te diste cuenta de que veías y tu cuerpo aprendió que somos seres
luminosos. Todavía no has tasado correctamente ese evento monumental en tu
vida. Genaro te demostró, con tremenda fuerza y claridad, que somos un sentir;
lo que llamamos nuestro cuerpo es un manojo de fibras luminosas que se dan
cuenta.
"Anoche estabas de nuevo bajo el buen amparo del aliado.
Vino a mirarte cuando llegaste y así supe que debería llamar a Genaro para que
te explicara el misterio del soñador y el soñado. Tú creíste entonces, como
siempre lo haces, que yo te engañaba, pero Genaro no estaba escondido entre las
matas, como pensaste. Vino por ti, aunque tu razón se niegue a creerlo."
Esa parte de las elucidaciones de don Juan fue, en verdad, la
más difícil de aceptar en su valor evidente. Yo no podía admitirla. Dije que
don Genaro había sido real y de este mundo.
Todo cuanto has atestiguado hasta ahora ha sido real y de este
mundo dijo don Juan . No hay otro mundo. Lo que te hace tropezar es una
peculiar insistencia por parte tuya, y esa peculiaridad no se te va a curar con
explicaciones. De manera que, hoy, Genaro se dirigió directamente a tu cuerpo.
Un examen cuidadoso de lo que hiciste hoy te revelará que tu cuerpo supo juntar
las cosas en una forma digna de alabanza. De algún modo, te moderaste y no te
diste a tus visiones junto a la zanja. Mantuviste un control muy raro y un
dominio de ti mismo como debe ser para un guerrero; no creías nada, y sin
embargo actuaste con eficacia y pudiste así seguir el llamado de Genaro. Lo
encontraste sin más ni más y sin que yo te ayudara en nada.
"Cuando llegamos a la roca, estabas llenito de poder y
viste a Genaro parado donde otros brujos han estado parados, por razones
similares. Se acercó a ti después de que saltó al suelo. Él era todo poder. De
haber procedido como antes, junto a la zanja, lo habrías visto como es en
realidad, un ser luminoso. En vez de eso te asustaste, sobre todo cuando Genaro
te hizo saltar. Ese salto debería haber bastado para transportarte más allá de
tus limites. Pero no tuviste fuerza y volviste a caer en el mundo de tu razón.
Entonces, claro, te trabaste en combate mortal contigo mismo. Algo en ti, tu
voluntad, quería ir con Genaro, mientras tu razón se le oponía. De no ser por
mi ayuda, estarías muerto y sepultado en ese sitio de poder. Pero, aún con mi
ayuda, el resultado estuvo en duda por un momento."
Quedamos callados algunos minutos. Esperé que él hablara. Por
fin pregunté:
¿Me hizo don Genaro saltar hasta la cima de la roca?
No tomes ese salto en el sentido en que entiendes un salto -dijo
. Una vez más, ésta es sólo una manera de decir las cosas. Mientras pienses que
eres un cuerpo sólido, no podrás concebir de qué cosa hablo.
Derramó entonces cenizas en el piso, junto a la linterna,
cubriendo una zona cuadrangular de medio metro por fiado, y trazó con los dedos
un diagrama que tenía ocho puntos interconectados por medio de líneas. Era una
figura geométrica.
Había dibujado una semejante años atrás, al tratar de explicarme
que no era ilusión el observar la misma hoja cayendo cuatro veces del mismo
árbol.
El diagrama en las cenizas tenía dos epicentros; don Juan llamó
a uno "la razón", y al otro "la voluntad". "Razón se
conectaba directamente con un punto que él llamó "el habla". A través
de "el habla", "la razón" se relacionaba indirectamente con
otros tres puntos, "el sentir", "el soñar" y "el
ver". El otro epicentro, "la voluntad", se conectaba
directamente con "el sentir" "el soñar" y "el
ver", pero sólo en forma indirecta con "la razón" y "el
habla".
Comenté que el diagrama era distinto del que copié años antes.
La forma de afuera no tiene importancia dijo . Estos puntos
representan a un ser humano y puedes dibujarlos como se te dé la gana.
¿Representan el cuerpo de un ser humano? pregunté.
No lo llames el cuerpo -dijo-. Ésos son ocho puntos en las
fibras de un ser luminoso. Un brujo dice, como puedes ver en este dibujo, que
el ser humano es, primero que nada, voluntad, porque la voluntad se relaciona
con tres puntos: el sentir, el soñar y el ver: después, el ser humano es razón.
Este es propiamente un centro más pequeño que la voluntad; sólo está conectado
con el habla.
¿Qué son los otros dos puntos, don Juan?
Se me quedó mirando y sonrió.
Ahora eres ya mucho más fuerte que la primera vez que hablamos
de este diagrama dijo . Pero todavía no eres lo bastante fuerte para conocer
todos los ocho puntos. Genaro te hablará algún día de los otros dos.
¿Tiene todo el mundo esos ocho puntos, o sólo los brujos?
Podríamos decir que cada uno de nosotros trae al mundo ocho
puntos. Dos de ellos, la razón y el habla, los conocen todos. El sentir es
siempre vago, pero de algún modo familiar. Pero sólo en el mundo de los brujos
llega uno a conocer por completo el soñar, el ver y la voluntad. Y finalmente,
en el último borde de ese mundo, encuentra uno los otros dos. Los ocho puntos
componen la totalidad de uno mismo.
Me mostró sobre el diagrama que, en esencia, todos los puntos
podían conectarse indirectamente.
Volví a preguntar acerca de los dos misteriosos puntos
restantes. Me enseñó que solo estaban conectados a "la voluntad": se
hallaban aparte de "el sentir", "el soñar" y "el
ver", y mucho más lejos de "el habla" y "la razón”. Señaló
con el dedo cómo estaban aislados de los demás, y el uno del otro.
Estos dos puntos jamás se someten al habla ni a la razón dijo .
Sólo la voluntad puede con ellos. La razón está tan lejos de ellos que es
completamente inútil tratar de figurárselos. Ésta es una de las cosas más
difíciles de aceptar; después de todo, el fuerte de la razón es razonarlo todo.
Pregunté si los ocho puntos correspondían a zonas, o a ciertos
órganos, del ser humano.
Pues sí repuso con sequedad y borró el diagrama.
Me tocó la cabeza y dijo que ése era el centro de "la
razón” y "el habla". La punta de mi esternón era él centro de
"el sentir". La zona debajo del ombligo era "la voluntad".
"El soñar" estaba en el lado derecho, contra las costillas. "El
ver" en el izquierdo. Dijo que a veces, en algunos guerreros, "el
ver" y "el sonar" estaban del lado derecho.
¿Dónde están los otros dos puntos? pregunté.
Me dio una respuesta sumamente obscena y lanzó la carcajada.
Qué vivo eres dijo . Crees que soy un viejo cabrón que anda
medio dormido, ¿verdad?
Le expliqué que mis preguntas creaban su propio impulso.
No andes tan de prisa dijo . Ya lo sabrás a su debido tiempo, y
después que lo sepas estarás por tu cuenta, tú solo.
¿Quiere usted decir que ya no volveré a verlo, don Juan?
Nunca jamás dijo . Genaro y yo seremos entonces lo que siempre
hemos sido, polvo en el camino.
Sentí una sacudida en la boca del estómago.
¿Qué dice usted, don Juan?
Digo que todos somos seres sin principio ni fin, luminosos y sin
límites. Tú, Genaro y yo estamos pegados, unidos por un propósito que no es
decisión nuestra.
¿De qué propósito habla usted?
El de aprender el camino del guerrero. No puedes salirte de él,
pero nosotros tampoco. Mientras nuestra misión esté pendiente, nos encontrarás
a mí o a Genaro, pero una vez cumplida, volarás libremente y nadie sabe a dónde
te llevará la fuerza de tu vida.
¿Que hace en esto don Genaro?
Ese tema no está aún en tu esfera dijo . Hoy debo clavar el
clavo que Genaro puso, el hecho, de que somos seres luminosos. Somos
perceptores. Nos damos cuenta; no somos objetos; no tenemos solidez. No tenemos
límites. El mundo de los objetos y la solidez es una manera de hacer nuestro
paso por la tierra más conveniente. Es sólo una descripción creada para
ayudarnos. Nosotros, o mejor dicho nuestra razón, olvida que la descripción es
solamente una descripción y así atrapamos la totalidad de nosotros mismos en un
círculo vicioso del que rara vez salimos en vida.
"En este momento, por ejemplo, estás enredado en liberarte
de los ganchos de la razón. Para ti es una cosa absurda que ni siquiera se
puede imaginar el que Genaro apareciera así nomás al borde del matorral, y sin
embargo no puedes negar que tú mismo lo atestiguaste. Tú percibiste que así
fue."
Dos Juan chasqueó la lengua. Dibujó cuidadosamente otro diagrama
en las cenizas y lo cubrió con su sombrero sin darme tiempo a copiarlo.
-Somos perceptores prosiguió . Pero el mundo que percibimos es
una ilusión. Fue creado por una descripción que nos dijeron desde el momento en
que nacimos.
"Nosotros, los seres luminosos, nacemos con dos anillos de
poder, pero sólo usamos uno para crear el mundo. Ese anillo, que se engancha al
muy poco tiempo que nacemos, es la razón, y su compañera es el habla. Entre las
dos urden y mantienen el mundo.
"Así pues, en esencia, el mundo que tu razón quiere
sostener es el mundo creado por una descripción y sus reglas dogmáticas e
inviolables, que la razón aprende a aceptar y defender,
"El secreto de los seres luminosos es que tienen otro
anillo de poder que nunca se usa, la voluntad. El truco del brujo es el mismo
truco del hombre común. Ambos tienen una descripción: uno, el hombre común, la
sostiene con su razón; el otro, el brujo, la sostiene con su voluntad. Ambas
descripciones tienen sus regias y las reglas se perciben, pero la ventaja del
brujo es que la voluntad abarca más que la razón.
"Lo que quiero sugerirte a estas alturas es que, de ahora
en adelante, te esfuerces por percibir si lo que sostiene la descripción es tu
razón o tu voluntad. Yo siento, por cierto, que esa es la única manera de usar
tu mundo diario como un desafío y como un vehículo para acumular suficiente
poder personal, a fin de llegar a la totalidad de ti mismo.
"A lo mejor la próxima vez que vengas tendrás lo bastante.
De todos modos, espera hasta que sientas, como sentiste hoy junto a la zanja,
que una voz interna te dice que lo hagas. Si vienes con cualquier otro
espíritu, será una pérdida de tiempo y un peligro para ti."
Observé que, de esperar aquella voz interna, nunca volvería a
verlos.
Vieras lo bien que puede uno actuar cuando tiene la espalda
contra el paredón -dijo.
Se puso en pie y recogió un atado de leña. Puso algunas varas
secas en la estufa de tierra. Las llamas lanzaban un resplandor amarillento
sobre el piso. Apagó la linterna y se acuclilló frente a su sombrero, que
cubría el dibujo en las cenizas.
Me ordenó estar en calma, cesar mi diálogo interno, y mantener
los ojos en el sombrero. Me esforcé unos momentos y luego tuve la sensación de
flotar, de caer desde un acantilado. Era como si nada me soportase, como si no
me hallara sentado ni tuviese cuerpo.
Don Juan levantó el sombrero. Debajo había espirales de ceniza.
Las observé sin pensar. Sentí moverse las espirales. Las sentí en el estómago.
Las cenizas parecieron apilarse. Luego, algo las agitó y esponjó, y de pronto
don Genaro estaba sentado frente a mí.
La imagen me forzó instantáneamente a reanudar el diálogo
interno. Pensé que me había dormido. Empecé a respirar en boqueadas cortas y
quise abrir los ojos, pero estaban abiertos.
Oí a don Juan decirme que me parara y me moviera. Me levanté de
un salto y corrí a la ramada. Don Juan y don Genaro me siguieron. Don Juan
trajo la linterna. Yo no podía recuperar el aliento. Traté de calmarme como
antes, trotando sin avanzar mientras miraba al oeste. Alcé los brazos y comencé
a respirar. Don Juan vino a mi lado y dijo que esos movimientos sólo se hacían
en el crepúsculo.
Don Genaro gritó que para mí era el crepúsculo y ambos soltaron
la risa. Don Genaro corrió al borde del matorral y luego regresó de un rebote a
la ramada, como si una liga gigantesca lo hubiera hecho volver. Repitió los
mismos movimientos tres o cuatro veces, y luego se me acercó. Don Juan me
miraba con fijeza, riendo risitas de niño.
Cruzaron una mirada furtiva. Don Juan dijo a don Genaro, en voz
alta, que mi razón era peligrosa, y que podía matarme si no le daban la razón.
¡Por Dios santo! exclamó don Genaro con voz rugiente . ¡Dale la
razón a su razón!
Dieron de saltos riendo, como dos niños.
Don Juan me hizo sentar bajo la linterna y me dio mi cuaderno.
Hoy si que te estábamos tomando el pelo dijo en tono conciliador
. No tengas miedo. Genaro estaba escondido ahí debajo de mi sombrero.
SEGUNDA PARTE
EL TONAL Y EL NAGUAL
TENER QUE CREER
Caminé hacia el centro sobre el Paseo de la Reforma. Estaba
cansado; sin duda, la altitud de la ciudad de México tenía algo que ver en
ello. Podría haber tomado un autobús o un taxi pero, no obstante mi fatiga,
deseaba caminar. Transcurría una tarde de domingo. Aunque el tránsito era
mínimo, los escapes de los autobuses y camiones con motores de diesel daban a
las estrechas calles del centro el aspecto de cañadas de smog.
Llegué al Zócalo y noté que la Catedral parecía haber aumentado
su inclinación desde la última vez que la vi. Me adentré unas cuantos metros en
los enormes recintos. Una idea cínica atravesó mi mente.
Después me dirigí al mercado de la Lagunilla. Carecía de
propósito definido. Caminé al azar, pero a buen paso, sin mirar nada en
particular. Fui a dar a los puestos de monedas antiguas y libros de segunda
mano.
¡Vaya, vaya! ¡Miren quién está aquí! dijo alguien, tocando
levemente mi hombro.
La voz y el contacto me hicieron saltar. Rápidamente giré hacia
la derecha. La sorpresa me hizo abrir la boca. La persona que me hablaba era
don Juan.
¡Don Juan! exclamé, y un escalofrío sacudió mi cuerpo de la
cabeza a los pies . ¿Qué hace usted aquí?
¿Tú qué haces aquí? replicó como un eco.
Le dije que me había detenido unos días en la ciudad antes de
adentrarme a buscarlo en las montañas de México central.
Bueno, digamos entonces que yo bajé de las montañas para
encontrarte dijo, sonriente.
Me palmeó el hombro repetidas veces. Parecía contento de verme.
Puso las manos en las caderas, infló el pecho y preguntó si me agradaba su
apariencia. Sólo entonces advertí que don Juan vestía de traje. El impacto de
tal incongruencia me golpeó de lleno. Quedé atónito.
¿Te gusta mi tacuche? preguntó, regocijado-. Hoy ando de traje
añadió como si tuviera que explicar, y luego, señalando mi boca abierta :
¡Ciérrala! ¡Ciérrala!
Reí, distraído. Él notó mi confusión. Sacudiéndose de risa, dio
la vuelta para que yo pudiera verlo desde todos los ángulos. Su atuendo era
increíble. Vestía un traje café claro con rayas delgadas, zapatos café, camisa
blanca. ¡Y corbata! Y eso me hizo preguntarme: ¿llevaría calcetines, o se
habría puesto los zapatos "a raíz"?
A mi desconcierto se sumaba la sensación enloquecedora de que,
cuando don Juan me tocó el hombro y volví la cara, lo vi con su pantalón y su
camisa de caqui, con sus huaraches y su sombrero de paja, y luego, cuando llamó
mi atención sobre su atuendo y lo enfoqué en detalle, la unidad completa de su
atavío se fijó, como si yo la creara con mi pensamiento. La boca parecía ser la
parte de mi cuerpo más afectada por el asombro. Se abría involuntariamente. Don
Juan me tocó levemente la barbilla, como ayudándome a cerrarla.
-De veras te está creciendo la papada dijo, y rió en explosiones
cortas.
Tomé nota, entonces, de que no llevaba sombrero; su cabello
blanco y corto estaba peinado de raya. Se vela como un viejo caballero
mexicano, un habitante urbano impecablemente vestido.
Le dije que Hallarlo allí me tenía tan estremecido que
necesitaba sentarme. Se mostró muy comprensivo y sugirió ir a un parque
cercano.
Anduvimos unas calles en completo silencio y llegamos a la Plaza
Garibaldi, un sitio donde los mariachis ofrecen sus servicios: especie de
centro de empleo para músicos.
Don Juan y yo nos mezclamos con veintenas de espectadores y
turistas y circunvalamos el parque. Tras un rato se detuvo, se reclinó en una
pared y alzó levemente sus pantalones, en las rodillas; llevaba calcetines café
claro. Le pedí decirme el significado de su misteriosa atavío. Su vaga réplica
fue que, sencillamente, debía andar de traje ese día por razones que se me
aclararían después.
El hallar trajeado a don Juan había sido tan extraño que mi
agitación resultaba casi incontrolable. Yo llevaba varios meses sin verlo y más
que nada en el mundo quería hablar con él, pero de algún modo la escena no
encajaba y mi atención se perdía en vericuetos. Notando, sin duda, mi ansiedad,
don Juan sugirió que fuéramos a la Alameda, un parque más calmado, a algunas
cuadras de distancia.
No había demasiada gente en el parque, ni tuvimos dificultad
para hallar una banca vacía. Tomamos asiento. Mi nerviosismo había cedido el
paso a un sentimiento de incomodidad. No me atrevía a mirar a don Juan.
Hubo una larga pausa enervante; aún sin verlo, dije que
finalmente la voz interna me había lanzado en busca suya, que los tremendos
sucesos presenciados en su casa habían afectado muy hondamente mi vida, y que
me era necesario hablar de ellos.
Hizo un ademán de impaciencia y dijo que su política era no
ocuparse nunca de sucesos pasados.
Lo importante es que has seguido mi consejo -dijo . Has tomado
tu mundo cotidiano como un desafío, y la prueba de que has reunido suficiente
poder personal es el hecho indiscutible de que me has encontrado sin ninguna
dificultad, en el sitio exacto en que debías.
Dudo mucho poder aceptar crédito por eso dije.
Yo te estaba esperando y llegaste -dijo . Eso es lo único que
sé; eso es lo único que a cualquier guerrero le importaría saber.
¿Qué va a pasar ahora que lo he encontrado? pregunté.
Por principio de cuentas dijo , no vamos a discutir los dilemas
de tu razón; esas experiencias pertenecen a otro tiempo y a otro ánimo. Son,
hablando con propiedad, meros escalones de una escalera sin fin; darles
importancia significaría quitársela a lo que está ocurriendo ahora. Un guerrero
no puede de ningún modo permitirse eso.
Tuve un deseo casi invencible de quejarme. No era que resintiese
nada que me hubiera ocurrido, pero anhelaba solaz y simpatía. Don Juan parecía
estar al tanto de mi estado y habló como si yo hubiese dado voz a mis
pensamientos.
Sólo como guerrero puede uno soportar el camino del conocimiento
-dijo . Un guerrero no puede quejarse ni lamentar nada. Su vida es un desafío
interminable, y no hay modo de que los desafíos sean buenos o malos. Los
desafíos son simplemente desafíos.
Su tono era seco y severo; su sonrisa, cálida y apaciguadora.
Ahora que estás aquí, lo que haremos será esperar una señal
dijo.
¿Qué clase de señal? pregunté.
Necesitamos averiguar si tu poder puede valerse por sí solo dijo
. La última vez se apagó en forma miserable; esta vez las circunstancias de tu
vida personal parecen haberte dado, al menos en la superficie, todo lo
necesario para tratar con la explicación de los brujos.
¿Hay alguna probabilidad de que usted me hable de ella?
pregunté.
Depende de tu poder personal -dijo-. Como pasa siempre en el
hacer y el no hacer de los guerreros, el poder personal es lo único que
importa. Hasta ahora, yo diría que vas muy bien.
Tras un momento de silencio, como si quisiera cambiar de tema,
se puso en pie y señaló su traje.
Me puse mi traje para ti dijo en tono misterioso . Este traje es
mi desafío. ¡Mira qué bien me queda! ¡Qué fácil! ¿Eh? ¡Como si no fuera nada¡
En verdad, don Juan se veía extraordinariamente bien de traje.
Todo lo que se me ocurría como rasero de comparación era el aspecto que mi
abuelo solía tener en su pesado traje de franela inglesa. Siempre me daba la
impresión de que se sentía desnaturalizado, fuera de lugar en un traje. Don
Juan, al contrario, estaba a sus anchas.
¿Piensas que es fácil para mí verme natural de traje? preguntó
don Juan.
No supe qué decir. Sin embargo, concluí para mis adentros que, a
juzgar por su apariencia y su porte, era para él lo más fácil del mundo.
Andar de traje es un desafío para mí dijo-. Un desafío tan
difícil como andar de huaraches y poncho sería para ti. Pero tú nunca has
tenido la necesidad de tomar eso como desafío. Mi caso es diferente; soy indio.
Nos miramos. Alzó las cejas en muda interrogación, como
pidiéndome comentarios.
La diferencia básica entre un hombre común y un guerrero es que
un guerrero toma todo como un desafío prosiguió , mientras un hombre ordinario
toma todo como bendición o maldición. El hecho de que estés hoy aquí indica que
has inclinado la balanza en favor del camino del guerrero.
Su mirada fija me ponía nervioso. Traté de levantarme y caminar,
pero me hizo volver a mi sitio.
Vas a estarte aquí sentado y tranquilo hasta que acabemos dijo,
imperioso . Estamos esperando una señal; no podemos proceder sin ella, porque
no basta que me hayas encontrado, como no bastó que encontraras a Genaro aquel
día en el desierto. Tu poder debe acorralarse y dar una indicación.
No puedo figurarme lo que usted quiere -dije.
Vi algo rondando por este parque -dijo.
¿Era el aliado? pregunté.
No. No lo era. Conque debemos sentamos aquí y averiguar qué
clase de señal está acorralando tu poder.
Luego me pidió razón detallada de cómo había yo llevado a cabo
las recomendaciones que don Genaro y él mismo hicieron acerca de mi mundo
cotidiano y mis relaciones con la gente. Me sentí un poco apenado. Don Juan me
tranquilizó con el argumento de que mis asuntos personales no eran privados,
pues incluían una tarea de brujería que él y don Genaro estaban cultivando en
mí. Observé, en broma, que mi vida se había arruinado a causa de esa tarea, e
hice recuento de las dificultades para mantener mi mundo de día con día.
Hablé largo rato. Don Juan rió de mi relato hasta derramar
lágrimas en abundancia. Se palmeaba repetidas veces los muslos; ese gesto, que
yo le había visto cientos de veces, estaba definitivamente fuera de lugar
cuando se hacia sobre los pantalones de un traje. Me llené de una aprensión que
me vi compelido a expresar.
-Su traje me asusta más que todo lo que usted me ha hecho dije.
Ya te acostumbrarás repuso . Un guerrero debe ser fluido y debe
variar en armonía con el mundo que lo rodea, ya sea el mundo de la razón o el
mundo de la voluntad.
"El aspecto más peligroso de esa variación surge cada vez
que el guerrero descubre que el mundo no es ni lo uno ni lo otro. A mí me
dijeron que el único modo de salir a flote en medio de esas variaciones era
proseguir con nuestras acciones como si uno creyera. En otras palabras, el
secreto de un guerrero es que él cree sin creer. Pero, por lo visto, un
guerrero no puede nada más decir que cree y dejar allí las cosas. Eso sería
demasiado fácil. Creer no más que por creer lo libraría de examinar su situación.
Cuan do un guerrero tiene por fuerza que creer, lo hace porque así lo escoge,
como expresión de su predilección más íntima.. Un guerrero no cree; un guerrero
tiene que creer."
Se me quedó mirando unos segundos mientras yo escribía en mi
cuaderno. Permanecí callado. No podía decir que comprendía la diferencia, pero
tampoco quería discutir ni hacer preguntas. Quise pensar en lo que don Juan
había dicho, pero mi mente se dispersó al mirar en torno. En la calle, a
nuestras espaldas, había una larga fila de automóviles y autobuses, tocando sus
bocinas. En el extremo del parque, a unos veinte metros de distancia,
directamente en la línea de la banca donde estábamos sentados, un grupo de unas
siete personas, incluyendo tres policías de uniforme gris claro, estaba
congregado junto a un hombre que yacía inmóvil en el pasto. Parecía estar
borracho, o acaso seriamente enfermo.
Miré a don Juan. También él había estado observando al hombre.
Le dije que, por algún motivo, me resultaba imposible esclarecer
por mí mismo lo que acababa de decirme.
Ya no quiero hacer preguntas dije . Pero sino le pido
explicaciones, me quedo sin entender. No hacer preguntas es muy anormal para
mí.
Por favor, sé normal, con toda confianza repuso con seriedad
fingida.
Dije no comprender la diferencia entre creer y tener que creer.
Para mí, ambas cosas eran la misma.
Discernir entre las dos formulaciones era bizantinismo.
¿Recuerdas la historia que una vez me contaste de tu amiga y los
gatos? preguntó don Juan con tono casual.
Alzó lo ojos al cielo y se reclinó en la banca, estirando las
piernas. Unió las manos detrás de la cabeza y contrajo los músculos de todo el
cuerpo. Como siempre ocurre, sus huesos produjeron un fuerte crujido.
Se refería a la historia de una amiga mía que halló dos gatitos,
casi muertos, dentro de una secadora de lavandería automática. Los revivió y,
con excelente nutrición y cuidado, hizo de ellos dos gatos gigantescos, uno
negro y otro rojizo.
Dos años después, vendió su casa. Como no podía llevar a los
gatos consigo, ni les encontraba otro hogar, sólo le quedó llevarlos a un
hospital de animales para que dispusieran de ellos.
Yo la acompañé. Los gatos nunca habían estado en un coche; ella
trataba de calmarlos. La arañaron y la mordieron, sobre todo el gato rojizo, al
que llamaba Max. Cuando finalmente llegamos al hospital, ella se llevó primero
al gato negro; con él entre los brazos, y sin pronunciar palabra, bajó del
coche. El gato jugaba con ella: la tocaba suavemente con la pata mientras ella
abría, empujándola, la puerta de cristal de la clínica.
Miré a Max; estaba sentado en la parte trasera. El movimiento de
mi cabeza debe haberlo asustado, pues se escurrió bajo el asiento del
conductor. Deslicé el asiento hacia atrás. No quería meter la mano debajo por
miedo de que el gato me mordiera o rasguñara. Max yacía en una concavidad en el
piso del coche. Parecía muy agitado; su aliento se aceleraba. Me miró; nuestros
ojos se encontraron y una sensación avasalladora me poseyó. Algo se hizo cargo
de mi cuerpo: una forma de aprensión, desesperanza, o acaso vergüenza por ser
parte de lo que ocurría.
Sentí la necesidad de explicar a Max que la decisión era de mi
amiga, y que yo sólo la ayudaba. El gato seguía mirándome, como si entendiera
mis palabras.
Miré por ver si ella venía. La vi a través de la puerta de
cristal. Hablaba con la recepcionista. Mi cuerpo sintió una extraña sacudida, y
automáticamente abrí la puerta del coche.
¡Corre, Max, corre! dije al gato.
Bajó de un salto; cruzó velozmente la calle con el cuerpo cerca
de tierra, como un verdadero felino. El otro lado de la calle estaba vacío; no
había coches estacionados y pude ver a Max correr a lo largo de la cloaca.
Llegó a la esquina de un gran bulevar y descendió por la compuerta de desagüe.
Mi amiga regresó. Le dije que Max se había ido. Ella subió al
auto y nos fuimos sin decir palabra.
A lo largo de los meses, el incidente se convirtió en un símbolo
para mí. Imaginé, o acaso vi, un raro destello en los ojos de Max cuando me
miró al saltar del coche. Y creí que por un instante ese animal doméstico,
castrado, gordo e inútil, se hizo gato.
Expresé a don Juan mi convicción de que, cuando Max corría calle
abajo y se sumergía en el drenaje, su "espíritu de gato" era
impecable, y quizás en, ningún otro momento de su vida fue tan evidente su
"gatunidad". El incidente me dejó una impresión imborrable.
Conté la historia a todos mis amigos; tras repetirla una y otra
vez, mi identificación con el gato llegó a ser muy placentera.
Me pensaba yo mismo como Max: dejado, domesticado en muchos
sentidos, pero no podía pasar por alto, sin embargo, que siempre había la
posibilidad de un momento en que el espíritu del hombre se posesionara de todo
mi ser, igual que el espíritu "gatuno" llenó el cuerpo hinchado e
inútil de Max.
A don Juan le había gustado la historia; hizo algunos
comentarios casuales acerca de ella. Dijo que no era tan difícil dejar que el
espíritu del hombre fluyera a tomar las riendas; sostener el paso, sin embargo,
era algo que sólo un guerrero podía hacer.
¿Qué pasa con la historia de los gatos? pregunté. Me dijiste que
crees estar corriendo el riesgo, como Max dijo él.
Así creo.
Lo que he estado queriendo decirte es que, como guerrero, no
puedes nada más creer eso y dejar las cosas así. Con Max, tener que creer
significa que aceptas el hecho de que su fuga pudo ser un arranque inútil. A lo
mejor se metió por el desagüe y se murió en el acto. A lo mejor se ahogó, o se
murió de hambre, o se lo comieron las ratas. Un guerrero toma en consideración
todas esas posibilidades y luego elige creer de acuerdo con su predilección
intima.
"Como guerrero, tienes que creer que a Max le salió todo
bien; que no sólo escapó, sino que mantuvo su poder. Tienes que creerlo.
Digamos que sin esa creencia no tienes nada."
La diferencia se hizo muy clara. Pensé que yo, en realidad,
había elegido creer en la supervivencia de Max, sabiendo que tenía en su contra
toda una vida regalada y llena de engreimientos.
Creer es lo de menos -siguió don Juan . Tener que creer es otra
cosa. En este caso, por ejemplo, el poder te dio una lección espléndida, pero
elegiste usarla sólo en parte. Sin embargo, si tienes que creer, debes usar
todo el suceso.
Ya me voy dando cuenta a qué se refiere usted dije.
Mi mente se hallaba en un estado de lucidez, y parecía
aprehender los conceptos sin el menor esfuerzo.
Temo que todavía no entiendes dijo don Juan, casi en un susurro.
Me miró con fijeza. Sostuve su mirada un momento.
¿Y el otro gato? preguntó.
¿Uh? ¿El otro gato? repetí involuntariamente.
Lo había olvidado. Mi símbolo había girado en torno a Max. El
otro gato no tenía importancia para mí.
¡Por supuesto que la tiene! exclamó don Juan cuando di voz a mis
pensamientos . Tener que creer significa que también tienes que tomar en cuenta
al otro gato. Al que jugaba y lamía las manos que lo llevaban a su fin. Ese fue
el gato que marchó confiado hacia su muerte, repleto de sus juicios de gato.
"Tú piensas que eres como Max; por eso te olvidas del otro
gato. Ni siquiera sabes su nombre. Tener que creer significa que debes tomar
todo en consideración, y antes de decidir que eres como Max debes considerar
que a lo mejor eres como el otro gato; en vez de luchar por tu vida y correr el
riesgo, a lo mejor te vas feliz a tu muerte, repleto de tus juicios."
Había en sus palabras una tristeza inquietante, o acaso, la
tristeza era mía. Permanecimos largo rato en silencio. Jamás se me había
ocurrido que yo podía ser como el otro gato. La idea me conturbaba grandemente.
Una leve conmoción y el sonido de voces apagadas me sacaron
bruscamente de mis deliberaciones. Unos policías dispersaban a la gente reunida
en torno al hombre tirado en el pasto. Alguien había colocado, bajo la cabeza
del yacente, un saco enrollado a manera de almohada. El hombre yacía paralelo a
la calle. Miraba al este. Desde mi sitio, casi podía saber que tenía los ojos
abiertos.
Don Juan suspiró.
Qué tarde más espléndida dijo, mirando el cielo.
No me gusta la ciudad de México dije.
¿Por qué?
Odio el smog.
Meneó rítmicamente la cabeza, como asintiendo a mis palabras.
Preferiría estar con usted en el desierto, o en las montañas
dije.
Si yo fuera tú, nunca diría eso replicó. No quise decir nada
malo, don Juan.
Eso ya lo sabemos. Pero eso no es lo que importa. Un guerrero, o
cualquier hombre si a ésas vamos, no puede de ningún modo lamentarse por no
estar en otra parte; un guerrero porque vive del desafío, un hombre común
porque no sabe dónde lo va a encontrar su muerte.
"Mira a ese hombre ahí al lado, tirado en el pasto: ¿Qué
crees que le pasa?"
Está borracho o enfermo -dije.
¡Se está muriendo! dijo don Juan con definitiva convicción .
Cuando nos sentamos aquí, vislumbré a su muerte haciéndole la rueda. Por eso te
dije que no te levantaras; llueva o truene, no puedes pararte de esta banca
hasta el final. Ésta es la indicación que esperábamos. Atardece. En estos
momentos, el sol se va a poner. Es tu hora de poder. ¡Mira! La escena con ese
hombre es sólo para nosotros.
Señaló que, desde donde nos hallábamos, teníamos campo abierto
para ver al hombre. Un grupo de curiosos formaba semicírculo a su otro costado,
frente a nosotros.
La presencia del hombre tirado en la grama me inquietaba cada
vez más. Era delgado y moreno, todavía joven. Su cabello negro era corto y
rizado. Tenía la camisa desabotonada y el pecho al descubierto. Llevaba un
suéter anaranjado, de punto, con hoyos en los codos, y astrosos pantalones
grises. Sus zapatos, de algún color borrado, indefinible, estaban desatados. Se
veta rígido. Yo no podía decir si respiraba o no. Me pregunté si estaba
muriendo, como decía don Juan. ¿O quizá don Juan usaba simplemente el evento
para recalcar algo? Mis anteriores experiencias con él me daban la certeza de
que, en alguna forma, estaba haciendo todo encajar en algún misterioso plan
propio.
Tras un largo silencio me volví hacia él. Tenía los ojos
cerrados. Empezó a hablar sin abrirlos.
Ese hombre está a punto de morir dijo . Pero tú no lo crees,
¿verdad?
Abrió los ojos y me miró un segundo. La mirada, de tan
penetrante, me aturdió.
No, no lo creo dije.
Sentía en realidad que todo el asunto era demasiado sencillo.
Vinimos a sentarnos en el parque y allí mismo, como si todo fuera una
representación teatral, había un moribundo.
"El mundo se ajusta a sí mismo dijo don Juan después de
escuchar mis dudas . Esto no es una farsa. Esto es un augurio, un acto de
poder.
"El mundo sostenido por razón hace de todo esto un asunto
que podemos observar por un momento en camino hacia otras cosas más
importantes. Todo lo que podemos decir de esto es que un hombre está tirado en
el pasto, en el parque, a lo mejor borracho.
"El mundo sostenido por voluntad lo hace un acto de poder,
un acto que podemos ver. Podemos ver que la muerte está girando velozmente
sobre el hombre, que le hunde las garras más y más en sus fibras luminosas.
Podemos ver que las cuerdas luminosas pier-den tensión y se desvanecen una a
una.
"Ésas son las dos posibilidades que se abren a nosotros,
los seres luminosos. Tú andas por ahí en el medio; todavía quieres tenerlo todo
bajo la firma de la razón. Y sin embargo, ¿cómo puedes descartar el hecho de
que tu poder personal te trajo esta señal? Vinimos a este parque, después de
que me encontraste donde yo te esperaba me encontraste así de sopetón, sin
pensar, ni planear, ni usar deliberadamente tu razón , y después de que nos
sentamos aquí a esperar una señal, nos dimos cuenta de ese hombre; cada uno de
nosotros lo notó a su manera: tú con tu razón, yo con mi voluntad.
"Ese moribundo es uno de los centímetros cúbicos de suerte
que el poder pone siempre a disposición del guerrero. El arte del guerrero es
ser perennemente fluido para poderlo coger de un tirón. Yo lo he cogido de un
tirón, y ¿tú?"
No pude responder. Tomé conciencia de un abismo inmenso dentro
de mí, y por un momento tuve, en alguna forma, conocimiento de los dos mundos a
los cuales se refería.
¡Qué señal más exquisita es ésta! prosiguió-. Y todo esto para
ti. El poder te enseña que la muerte es el ingrediente indispensable del tener
que creer. Si no se tiene en cuenta a la muerte, todo es ordinario, trivial.
Sólo porque la muerte nos anda al acecho es el mundo un misterio sin principio
ni fin. El poder te ha mostrado eso. Todo lo que yo he hecho es reunir los
detalles de esta señal, a fin de que la dirección fuera clara; pero al reunir
así los detalles, también yo te he mostrado que todo cuanto te he dicho hoy es
lo que yo mismo tengo que creer, porque esa es la predilección de mi espíritu.
Nos miramos a los ojos un momento.
Esto me recuerda la poesía esa que me leías dijo, haciendo a un
lado la mirada . Acerca de ese hombre que juró morir en París. ¿Te acuerdas
cómo era?
El poema era "Piedra negra sobre una piedra blanca",
de César Vallejo. A petición de don Juan, yo le había leído y recitado
incontables veces las dos primeras estrofas.
Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.
Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.
El poema resumía para mí una melancolía indescriptible.
Don Juan susurró que él tenía que creer que el moribundo había
tenido bastante poder personal para permitirle escoger las calles de la ciudad
de México como el sitio de su muerte.
Volvemos otra vez a la historia de los dos gatos dijo . Tenemos
que creer que Max se dio cuenta de lo que le andaba al acecho y, cómo ese
hombre que está ahí, tuvo al menos poder suficiente para escoger el sitio de su
fin. Pero hubo el otro gato, como hay otros hombres cuya muerte los envolverá
mientras están solos, desprevenidos, mirando las paredes y el techo de un
cuarto desolado y feo.
"En cambio, aquel hombre se está muriendo donde siempre ha
vivido: en las calles. Tres policías son sus guardias de honor. Y, a medida que
se desvanece, se acentuarán en sus ojos los últimos resplandores de las luces
de los aparadores de las tiendas que están en-frente; de los coches, de los
árboles, de las oleadas de gente que se arremolina en la calle; y sus oídos se
inundarán por última vez con los sonidos del tránsito y las voces de los
hombres y las mujeres que pasan.
"Así que, si no fuera porque nos damos cuenta de la
presencia de nuestra muerte no hubiera poder, ni misterio."
Miré largo rato al hombre. Estaba inmóvil. Acaso había muerto.
Pero mi incredulidad ya no importaba. Don Juan estaba en lo cierto. Tener que
creer que el mundo es misterioso e insondable era la expresión de la
predilección intima de un guerrero. Sin ella, el guerrero no tenía nada.
LA ISLA DEL TONAL
Don Juan y yo volvimos a vernos a eso del mediodía siguiente, en
el mismo parque. Él lucía aún su traje café. Tomamos asiento en una banca; se
quitó el saco, lo dobló con gran cuidado, pero a la vez con un aire de suprema
indiferencia, y lo puso en la banca. Su despreocupación era muy estudiada y,
sin embargo, completamente natural. Me sorprendí mirándolo con fijeza. Él
parecía al tanto de la paradoja que me presentaba, y sonrió. Enderezó su
corbata. Llevaba una camisa beige de manga larga. Le quedaba muy bien.
Traigo todavía mi traje porque quiero decirte algo de gran
importancia -dijo, dando palmadas en mi hombro . Ayer te salieron las cosas muy
bien; así que ya es hora de llegar a ciertos arreglos finales.
Hizo una larga pausa. Parecía estar preparando una declaración.
Tuve una sensación extraña en el estómago. Mi suposición inmediata fue que don
Juan iba a darme allí mismo la explicación de los brujos. Se puso en pie un par
de veces y se paseó de un lado a otro frente a mí, como si le resultara difícil
dar voz a lo que tenía en mente.
Vamos al restaurante de enfrente a comer algo dijo finalmente.
Desdobló el saco, y antes de ponérselo me mostró que tenla forro
completo.
Hecho a la medida -dijo, y sonrió como si eso lo enorgulleciera,
como si le importara.
Tengo que llamarte la atención sobre estas cosas, porque si no,
no lo notarías, y es importante que tengas en cuenta que mi forro es completo.
Tú te das cuenta de todo sólo cuando piensas que así debes hacerlo; pero la
condición de un guerrero, es darse cuenta de todo en todo momento.
"Mi traje y todos estos adornos son importantes porque
representan mi condición en la vida. O mejor dicho, la condición de una de las
dos partes de mi totalidad. Esta discusión ha estado pendiente, por muchos
años. Yo sé que esta es la hora de tenerla. Todos los puntos de esta discusión
tienen que estar, sin embargo, perfectamente cortados, de lo contrario no
tendrá sentido. Quise que mi traje te diera la primera pista. Creo que ha
cumplido su misión. Ahora es tiempo de hablar, porque en los asuntos de este
tema, no hay comprensión completa sin palabras."
¿Cuál es el tema, don Juan?
La totalidad de uno mismo.
Se puso en pie abruptamente y me guió a un restaurante en un
gran hotel al otro lado de la calle. Una recepcionista con cara de pocos amigos
nos dio una mesa dentro, en un rincón ciego. Obviamente, los lugares
preferentes estaban cerca de las ventanas.
Dije a don Juan que la mujer me recordaba a otra encargada, en
un restaurante de Arizona donde él y yo comimos una vez, la cual nos preguntó,
antes de darnos el menú, si teníamos dinero suficiente para pagar.
Es muy natural lo que le pasa a esta pobre mujer dijo don Juan,
como simpatizando con ella-. Los chicanos no le caen bien, así como a la otra.
Rió suavemente. Dos o tres personas, en las mesas adyacentes,
volvieron la cabeza y nos miraron.
Don Juan dijo que sin saberlo, o quizás incluso contra sus
propias intenciones, la recepcionista nos había dado la mejor mesa en todo el
local: una mesa donde podíamos hablar, y yo podía escribir hasta hartarme.
Acababa de sacar del bolsillo mi bloc de notas, y de ponerlo en
la mesa, cuando de pronto el mesero se cirnió sobre nosotros. También parecía
de mal humor. Nos miraba con aire de reto.
Don Juan procedió a ordenar una comida muy complicada. Pedía sin
ver el menú, como si lo conociese de memoria. Yo me hallaba desconcertado: la
aparición del mesero fue inesperada y no me dio tiempo de leer el menú, de modo
que le dije que me trajera lo mismo.
Te apuesto a que no tienen lo que ordené me susurró don Juan al
oído.
Estiró brazos y piernas y me indicó relajarme y ponerme cómodo,
porque la comida tardaría eternidades.
Estás en cierto trecho del camino, muy agudo y peligroso. Quizás
ésta sea la última encrucijada, y también, quizá, la más difícil de entender.
Algunas de las cosas que te voy a señalar hoy, probablemente nunca serán
claras. De todos modos, no se supone que sean claras. Con que no te preocupes
ni te desalientes. Todos nosotros somos una bola de idiotas cuando entramos en
el mundo de la brujería, y entrar en ese mundo no nos garantiza, en ningún
sentido, que cambiaremos. Algunos seguimos idiotas hasta el fin.
Me gustó que se incluyera entre los idiotas. Supe que no lo
hacía por bondad, sino como recurso pedagógico.
No te agites si no comprendes lo que voy a decirte continuó .
Teniendo en cuenta tu temperamento, temo que te rompas la crisma tratando de
entender. ¡No lo hagas! Lo que voy a decirte sirve sólo para señalar una
dirección.
Tuve un súbito sentimiento aprensivo. Las admoniciones de don
Juan me refundieron en una especulación interminable. Otras veces me había
lanzado advertencias por el estilo, e invariablemente, aquello sobre lo cual me
advertía había resultado devastador.
Me pongo muy nervioso cuando usted habla así dije.
-Ya sé repuso calmadamente . Trato, a propósito, de tenerte
alerta. Necesito tu atención, toda tu atención.
Hizo una pausa y me miró. Reí nerviosa, involuntariamente. Supe
que don Juan quería estirar al máximo las posibilidades dramáticas de la
situación.
No te digo todo esto por crear un efecto -dijo como si leyera
mis pensamientos . Simplemente te estoy dando tiempo de hacer los ajustes del
caso.
En ese instante, el mesero se detuvo a nuestro lado para
anunciar que no tenían lo que habíamos ordenado. Don Juan rió en alta voz y
pidió tortillas y frijoles. El mesero torció despectivamente la boca y dijo que
no servían eso; sugirió filete o pollo. Optamos por una sopa.
Comimos en silencio. No me gustó la sopa, ni pude terminarla,
pero don Juan vació su propio plato.
Me he puesto mi traje dijo de repente para hablarte de algo,
algo que ya conoces pero que necesita aclararse si va a ser efectivo. He
esperado hasta ahora, porque Genaro siente que no sólo debes estar dispuesto a
emprender el camino del conocimiento, sino que tus esfuerzos, por sí mismos,
deben ser lo bastante impecables para hacerte digno de tal cono-cimiento. Te
has portado muy bien. Ahora te diré cuál es la explicación de los brujos.
Hizo una nueva pausa, se frotó las mejillas y jugó con su lengua
dentro de la boca, como si se palpara los dientes.
Voy a hablarte del tonal y del nagual dijo, y me dirigió una
mirada penetrante.
Ésta era la primera vez que usaba esos dos términos en mi
presencia. Yo tenía una vaga familiaridad con ellos, gracias a la literatura
antropológica sobre las culturas de México central. Sabia que el
"tonal" era, según la creencia, una especie de espíritu guardián,
generalmente un animal, que el niño obtenía al nacer y con el cual tenía lazos
íntimos por el resto de su vida. "Nagual" era el nombre dado al
animal en que los brujos, supuestamente, podían transformarse, o al brujo que efectuaba
tal transformación.
Éste es mi tonal dijo don Juan, frotándose las manos en el
pecho.
¿Su traje?
-No. Mi persona.
Se golpeó el pecho y los muslos y los flancos del costillar.
-Mi tonal es todo esto.
Explicó que cada ser humano tenía dos facetas, dos entidades
distintas, dos contrapartes que entraban en funciones en el instante del
nacimiento; una se llamaba "tonal" y la otra "nagual".
Le dije lo que los antropólogos sabían acerca de ambos
conceptos. Me dejó hablar sin interrumpirme.
-Bueno, lo que fuera que sepas del tonal y el nagual es pura
tontería dijo . Yo me baso para decir esto en el hecho de que habría sido
imposible que alguien te hablara antes de lo que yo te estoy diciendo acerca
del tonal y del nagual. Cualquier idiota se podría dar cuenta de que no sabes
nada, porque para conocer al tonal y al nagual tendrías que ser brujo y no lo
eres. O habrías tenido que hablar de ellos con un brujo, y no lo has hecho.
Conque olvídate o tira de lado todo cuanto has oído antes, porque nada de eso
se puede aplicar.
Era sólo un comentario dije.
Alzó las cejas en un gesto cómico.
Tus comentarios no tienen cabida hoy dijo-. Esta vez necesito tu
atención completa, puesto que te voy a presentar al tonal y al nagual. Los
brujos tienen un interés único y especial en ese conocimiento. Yo diría que el
tonal y el nagual están en el reino exclusivo de los hombres de conocimiento.
En tu caso, ésta es la tapa que cierra todo cuanto te he enseñado. De allí que
he esperado hasta ahora para hablarte de esto.
"El tonal no es el animal que custodia a una persona. Yo
más bien diría que es un guardián que puede representarse como animal. Pero eso
no es lo importante."
Sonrió y me guiñó un ojo.
Ahora estoy usando tus palabras dijo . El tonal es la persona
social.
Rió, supongo que al ver mi desconcierto.
El tonal es, y con derecho, un protector, un guardián: un
guardián que la mayoría de las veces se transforma en guardia.
Jugueteé con mi cuaderno. Trataba de prestar atención a lo que
don Juan decía. Él rió y remedó mis movimientos nerviosos.
El tonal es el organizador del mundo prosiguió . Quizá la mejor
forma de describir su obra monumental, es decir que en sus hombros descansa la
tarea de poner en orden el caos del mundo. No es un absurdo sostener, como lo
hacen los brujos, que todo cuanto sabemos y hacemos como hombres, es obra del
tonal.
"En este momento, por ejemplo, lo que se ocupa de dar
sentido a nuestra conversación es tu tonal; sin él sólo habría sonidos raros y
muecas y no comprenderías nada de lo que te digo.
"Yo diría, pues, que el tonal es un guardián que protege
algo muy, pero muy valioso: nuestro mismo ser. Por lo tanto, una cualidad nata
del tonal es la de ser astuto, y celoso con su obra. Y como lo que hace es
efectivamente la parte más importante de nuestras vidas, no es del nada extraño
que al fin y al cabo se convierta, en cada uno de nosotros, de guar-dián en
guardia."
Se detuvo y me preguntó si comprendía. Maquinalmente asentí con
la cabeza, y él sonrió con aire de incredulidad.
Un guardián es magnánimo y comprensivo explicó-. Un guardia, en
cambio, es un vigilante intolerante y, por lo siempre, un déspota. Yo diría que
en todos nosotros el tonal se ha hecho un guardia insoportable y déspota,
cuando debería ser un guardián magnánimo.
Yo definitivamente no seguía el hilo de su explicación. Oía y
escribía cada palabra, y sin embargo parecía hallarme atorado en algún diálogo
interno por mi propia cuenta.
Me resulta muy difícil captar su idea dije.
Si no te enredaras en hablar contigo mismo, no tendrías líos
dijo él en tono cortante.
Su observación me lanzó a un largo parlamento explicativo.
Finalmente recapacité, y ofrecí disculpas por mi insistencia en defenderme.
Sonrió e hizo un gesto que parecía indicar que mi actitud no lo
había molestado en realidad.
El tonal es completamente todo lo que somos prosiguió . ¡Nombra
cualquier cosa! El tonal es todo eso para lo cual tenemos palabras. Y como el
tonal está hecho de sus propios hechos, todas las cosas, por lo visto, tienen
que caer bajo su dominio.
Le recordé su definición del tonal como la persona social, un
término que yo mismo había usado ante él para significar un ser humano como
producto final de los procesos de socialización. Señalé que, si el tonal era
ese producto, no podía serlo todo, como él decía, porque el mundo en torno
nuestro no era el producto de la socialización.
Don Juan me recordó, a su vez, que mi argumento no tenía base
para él, y que, mucho tiempo antes, ya él me había explicado el tema de que el
mundo no existe de por sí, y que aquello que atestiguamos es sólo una
descripción del mundo, la cual aprendemos a visualizar y a dar por sentada.
El tonal es todo cuanto conocemos -dijo . Yo creo que esto, por
sí solo, es razón suficiente para que el tonal sea un asunto tan imponente.
Calló por un momento. Parecía, a las claras, esperar comentarios
o preguntas, pero yo no tenía ninguna. Sin embargo, me sentía obligado a
pronunciar una pregunta, y luché por formular alguna que fuese apropiada.
Fracasé. Sentí que las admoniciones con que él inició nuestra conversación
habían servido, tal vez, como antídoto contra cualquier inquisición por parte
mía. Experimentaba una curiosa insensibilidad. No podía concentrarme ni ordenar
mis ideas. De hecho, me sentía y me sabía, sin el menor lugar a dudas, incapaz
de pensar, y de esto mismo tomaba conocimiento sin ayuda del raciocinio, si tal
cosa era posible.
Miré a don Juan. Tenía los ojos fijos en la parte media de mi
cuerpo. Alzó la mirada y mi claridad mental retornó en el acto.
El tonal es todo cuanto conocemos repitió lentamente . Y eso no
sólo nos incluye a nosotros, como personas, sino a todo lo que hay en nuestro
mundo. Puede decirse que el tonal es todo cuanto salta a la vista.
"Lo empezamos a cuidar desde el momento de nacer. En el
momento en que tomamos la primera bocanada de aire, también ese mismo aire es
poder para el tonal. Así que, es muy apropiado decir que el tonal de un ser
humano está ligado íntimamente a su nacimiento.
"Debes recordar este punto. Es de gran importancia para
entender todo esto. El tonal empieza en el nacimiento y acaba en la
muerte."
Quise recapitular todas las ideas expresadas. Llegué incluso a
abrir la boca para pedirle repetir los puntos clave de nuestra conversación,
pero, para mi asombro, no pude vocalizar mis palabras. Sufría una incapacidad
en extremo curiosa; mis palabras pesaban y yo no tenía ningún control sobre esa
sensación.
Miré a don Juan para indicarle que no podía hablar. Él tenía
nuevamente la vista clavada en el área alrededor de mi estómago.
Alzó los ojos y preguntó cómo me sentía. Las palabras fluyeron
de mi boca como si algo me hubiera destapado. Le dije que había tenido la
peculiar sensación de no poder hablar ni pensar, pese a que mis ideas eran
claras como el cristal.
¿Tus ideas eran claras como el cristal? preguntó.
Me di cuenta entonces de que la claridad no había correspondido
a mis ideas, sino a mi percepción del mundo.
¿Me está usted haciendo algo, don Juan? pregunté.
Estoy tratando de convencerte de que tus comentarios no son
necesarios dijo, y rió.
¿O sea, que usted no quiere que yo haga preguntas?
No, no. Pregunta lo que quieras, pero no dejes que tu atención
vacile.
Hube de admitir que la inmensidad del tema me había distraído.
Todavía no puedo entender, don Juan, lo que quiso usted decir
con la frase de que el tonal es todo dije tras una pausa momentánea,
El tonal es lo que construye el mundo.
¿Es el tonal el creador del mundo?
Don Juan se rascó las sienes.
El tonal construye el mundo sólo en un sentido figurado. No
puede crear ni cambiar nada, y sin embargo construye el mundo porque su función
es juzgar, y evaluar, y atestiguar. Digo que el tonal construye el mundo porque
atestigua y evalúa al mundo de acuerdo con las reglas del tonal. En una manera
extrañísima, el tonal es un creador que no crea nada. O sea que, el tonal
inventa las reglas por medio de las cuales capta el mundo. Así que, en un
sentido figurado, el tonal construye el mundo.
Tarareó una melodía popular, golpeando con los dedos un lado de
su silla, para llevar el ritmo. Sus ojos brillaban; parecían centellear.
Chasqueó la lengua, meneando la cabeza.
No entiendes ni jota dijo con una sonrisa.
Sí le entiendo. No hay problema dije, pero no sonó muy
convincente.
El tonal es una isla explicó . La mejor manera de describirlo es
decir que el tonal es esto.
Pasó la mano sobre la superficie de la mesa.
Podemos decir que el tonal es como la superficie de esta mesa.
Una isla. Y en la isla tenemos todo. Esta isla es, de hecho, el mundo.
"Hay un tonal que es personalmente para cada uno de
nosotros, y hay otro que es colectivo para todos nosotros en cualquier momento
dado, al cual llamamos el tonal de los tiempos."
Señaló las hileras de mesas en el restaurante.
¡Mira! Cada mesa tiene la misma configuración. Hay ciertos
objetos presentes en todas. Sin embargo, son individualmente distintas entre
sí: algunas mesas están más llenas que otras; tienen diferente comida,
diferentes platos, diferente atmósfera, pero tenemos que admitir que todas las
mesas en este restaurante son muy semejantes. Lo mismo pasa con el tonal.
Podemos decir que el tonal de los tiempos es lo que nos hace semejantes, en la
misma forma en que hace semejantes todas las mesas en este restaurante. No
obstante, cada mesa por separado es un caso individual, lo mismo que el tono
personal de cada uno de nosotros. Pero el factor importante que hay que tener
en cuenta, es que todo cuanto conocemos de nosotros mismos y dé nuestro mundo
está en la isla del tonal. ¿Ves lo que quiero decir?
-Si el tonal es todo cuanto conocemos de nosotros mismos y de
nuestro mundo, ¿qué es entonces el nagual?
El nagual es la parte de nosotros mismos con la cual nunca
tratamos.
¿Cómo dijo usted?
El nagual es la parte de nosotros para la cual no hay
descripción: ni palabras, ni nombres, ni sensaciones, ni conocimiento.
Ésa es una contradicción, don Juan. En mi opinión, si no puede
sentirse ni describirse ni nombrarse, no puede existir.
Es una contradicción nada más en tu opinión. Ya te lo advertí:
no te rompas la crisma tratando de entender esto.
¿Diría usted que el nagual es la mente?
No. La mente es un objeto encima de la mesa. La mente es parte
del tonal. Digamos que la mente es la salsa picante.
Tomó una botella de salsa y la puso frente a mí.
¿Es el nagual el alma?
No. El alma también está en la mesa. Digamos que el alma es el
cenicero.
¿Es el nagual los pensamientos?
No. Los pensamientos también están en la mesa. Los pensamientos
son como los cubiertos.
Cogió un tenedor y lo puso junto a la salsa y el cenicero.
¿Es un estado de gracia? ¿El cielo?
Tampoco es eso. Eso, sea lo que fuera, también es parte del
tonal. Es, digamos, la servilleta.
Seguí proponiendo formas de describir aquello a lo que él
aludía: intelecto puro, psique, energía, fuerza vital, inmortalidad, principio
vital. Por cada cosa que yo nombraba, él hallaba en la mesa un objeto que
servía de contraparte y lo ponía frente a mí, hasta que todo cuanto había en la
mesa quedó apilado en un montón.
Don Juan parecía disfrutar enormidades. Soltaba risitas y se
frotaba las manos cada vez que yo nombraba otra posibilidad.
¿Es el nagual el Ser Supremo, el Omnipotente, Dios? pregunté.
No. Dios también está en la mesa. Digamos que Dios es el mantel.
Hizo, en broma, el gesto de jalar el mantel para amontonarlo con
los otros objetos que había puesto frente a mí.
-Pero, ¿dice usted que Dios no existe?
No. No dije eso. Sólo dije que el nagual no era Dios, porque
Dios es un objeto de nuestro tonal personal y del tonal de los tiempos. El
tonal es, como ya dije, todo lo que creemos que es parte del mundo, incluyendo
a Dios, por supuesto. Dios no tiene otra importancia que la de ser parte del
tonal de nuestro tiempo.
Según yo lo entiendo, don Juan, Dios es todo ¿No estamos
hablando de lo mismo?
No. Dios es solamente todo aquello en lo que puedes pensar; por
eso, propiamente hablando, Dios no es sino otro objeto en la isla. Dios no
puede ser visto cuando uno quiere; sólo podemos hablar de Él. En cambio, el
nagual está al servicio del guerrero. Puede ser visto, pero no se puede hablar
de él.
-Si el nagual no es ninguna de las cosas que he mencionado dije
, quizá pueda usted decirme el sitio donde se encuentra. ¿Dónde está?
Don Juan hizo un amplio ademán y señaló el área más allá de los
confines de la mesa. Movió la mano como si, con el dorso, limpiara una
superficie imaginaria que rebasara los bordes de la mesa.
El nagual está allí dijo . Allí, alrededor de la isla. El nagual
está, allí, donde el poder se cierne.
"Desde el momento de nacer sentimos que hay dos partes en
nosotros. A la hora de nacer, y luego por algún tiempo después, uno es todo
nagual. En ese entonces, nosotros sentimos que para funcionar necesitamos una
contraparte a lo que tenemos. Nos falta el tonal y eso nos da, desde el
principio, el sentimiento de no estar completos. A esas alturas el tonal
empieza a desarrollarse y llega a tener una importancia tan absoluta para
nuestro funcionamiento que opaca el brillo del nagual, lo avasalla; y así nos
volvemos todo tonal. Desde el momento en que uno se vuelve todo tonal, no
hacemos otra cosa sino aumentar esa vieja sensación de estar incompletos; esa
sensación que nos acompaña desde el momento de nacer y que nos dice
constantemente que hay otra parte de nosotros que nos haría íntegros.
"A partir del momento en que somos todo tonal, empezamos a
hacer pares. Sentimos nuestros dos lados, pero siempre los representamos con
objetos del tonal. Decimos que nuestras dos partes son el alma y el cuerpo. O
la mente y la materia. O el bien y el mal. Dios y Satanás. Nunca nos damos
cuenta, sin embargo, de que sólo estamos haciendo parejas con las cosas de la
isla, algo muy semejante a hacer parejas con café y té, o pan y tortillas, o
chile y mostaza. Somos de verdad animales raros. Nos creemos tanto y, en
nuestra locura, creemos tener perfecto sentido."
Don Juan se puso en pie y me apostrofó como un orador. Me señaló
con el índice e hizo temblar su cabeza.
El hombre no se mueve entre el bien y el mal dijo en un tono
hilarantemente retórico, tomando el salero y el pimentero en ambas manos . Su
verdadero movimiento es entre lo negativo y lo positivo
Dejó la sal y la pimienta y cogió un tenedor y un cuchillo.
¡Lo dicho es un error! No hay movimiento ninguno -continuó como
si se respondiera a sí mismo-. ¡El hombre es sólo mente!
Cogió la botella de salsa y la puso en alto. Luego la dejó.
Como puedes ver dijo suavemente , podríamos muy fácilmente
reemplazar mente por salsa de chile y acabar diciendo: “¡El hombre es sólo
salsa de chile!” El hacer eso no nos volvería más dementes de lo que ya
estamos.
Mucho me temo no haber hecho la pregunta correcta dije . Quizá
podríamos llegar a una mejor comprensión si preguntara qué puede uno hallar,
específicamente, en el área más allá de la isla.
No hay manera de responder eso. Si yo te dijera: nada, sólo
haría al nagual parte del tonal. Todo cuanto puedo decir es que allí, más allá
de la isla, uno encuentra al nagual.
Pero, cuando usted, lo llama nagual, ¿no lo coloca también en la
isla?
No. Lo llamé nagual solamente para que te dieras cuenta de él.
¡Muy bien! Pero al darme cuenta de él también he dado el primer
paso para convertirlo en un nuevo objeto de mi tonal.
Creo que no me comprendes. Yo he nombrado al tonal y al nagual
como un par verdadero. Eso es todo lo que he hecho.
Me recordó que en una ocasión, al tratar de explicarle mi
insistencia en el significado, discutí la idea de que acaso los niños no fueran
capaces de concebir la diferencia entre "padre" y "madre"
hasta que no se desarrollaran lo suficiente en el manejo del significado, y que
tal vez creerían que la diferencia estaba radicada en que "padre" usa
pantalones y "madre" usa faldas, o en otras diferencias relativas al
corte de pelo, o al tamaño del cuerpo, o a la ropa.
Por cierto que hacemos lo mismo con las dos partes de nosotros
dijo . Sentimos que en nosotros hay otro lado. Pero cuando tratamos de precisar
cuál es ese otro lado, el tonal se apodera de la batuta y, como director, es un
fracaso. Es tan mezquino y celoso que nos deslumbra con su astucia y nos fuerza
a destruir el menor indicio de la otra parte del par verdadero: el nagual.
EL DÍA DEL TONAL
Al salir del restaurante, dije a don Juan que había tenido razón
en advertirme acerca de la dificultad del tema, y que mi destreza intelectual
no servía para captar sus conceptos y explicaciones. Sugerí que tal vez, si
fuera yo a mi hotel a leer mis notas, mejoraría mi comprensión del asunto.
Trató de tranquilizarme; dijo que me estaba preocupando por palabras. Mientras
hablaba, experimenté un escalofrío, y por un instante sentí que, en verdad,
había otra zona dentro de mí.
Mencioné a. don Juan mis inexplicables sensaciones. Su
curiosidad pareció despertarse. Le dije que había tenido antes dichas
sensaciones, y que parecían ser lapsos momentáneos, interrupciones en mi flujo
de conciencia. Siempre se manifestaban como una sacudida en mi cuerpo, seguida
por la impresión de hallarme suspendido en algo.
Nos dirigimos al centro, caminando pausadamente. Don Juan me
pidió relatar todos los detalles de mis lapsos. Me resultaba muy difícil
describirlos, más allá de llamarlos momentos de olvido, o distracción, o de no
fijarme en lo que hacía.
Con toda paciencia me contradijo. Señaló que yo era una persona
exigente, tenía una buena memoria y era muy cuidadoso en mis acciones. En un
principio se me había ocurrido que aquellos lapsos peculiares se asociaban con
la cesación del diálogo interno, pero también los experimentaba cuando había
hablado extensamente conmigo mismo. Parecían brotar de una zona independiente
de todo cuanto yo conocía.
Don Juan me dio palmadas en la espalda. Sonrió con deleite
visible.
Por fin empiezas a establecer relaciones reales dijo.
Le pedí explicar la críptica frase, pero él detuvo abruptamente
nuestra conversación y me hizo seña de seguirlo al atrio de una iglesia.
,Este es el final de nuestro viaje al centro dijo, y tomó
asiento en una banca . Aquí tenemos un sitio ideal para observar a la gente.
Unos pasan por la calle y otros vienen a la iglesia. Desde aquí podemos verlos
a todos.
Señaló una ancha calle de comercios y el sendero de grava que
llevaba a los escalones de la iglesia. Nuestra banca estaba a medio camino
entre el templo y la calle.
Vista es mi banca favorita dijo, acariciando la madera.
Me guiñó el ojo y añadió, sonriendo:
Le caigo bien. Por eso no había nadie sentado aquí. Sabía que yo
venía.
¿La banca sabia eso?
¡No! La banca no. Mi nagual.
¿Es el nagual algo consciente? ¿Se da cuenta de las cosas?
Por supuesto que se da cuenta de todo. Por eso me interesa tu
relato. Lo que tú llamas lapsos y sensaciones, es el nagual. Para hablar de él,
debemos tomar prestado de la isla del tonal, así que es más conveniente no
explicarlo, sino sencillamente contar sus efectos.
Quise decir alguna otra cosa sobre aquellas sensaciones
peculiares, pero él me silenció.
Esto es todo por hoy. Hoy no es el día del nagual, hoy es el día
del tonal dijo . Me puse mi traje porque hoy soy todo tonal.
Se me quedó mirando. Yo iba a decirle que el tema estaba
resultando más difícil que cualquier cosa que jamás me hubiera explicado; él
pareció anticipar mis palabras.
Es difícil dijo . Lo sé. Pero si se piensa que ésta es la etapa
final, la última etapa de lo que te he estado enseñando, no estamos diciendo
demasiado al decir que envuelve todo cuanto mencioné desde el primer día en que
nos encontramos.
Guardamos silencio un largo rato. Yo sentía que debía esperar la
reanudación de las explicaciones, pero tuve un repentino ataque de aprensión y
pregunté apresuradamente:
¿Están dentro de nosotros el nagual y el tonal?
Me dirigió una mirada penetrante.
Esa es una pregunta muy difícil dijo . Tú mismo dirías que están
dentro de nosotros. Yo mismo diría que no lo están, pero ninguno de nosotros
estaría en lo cierto. El tonal de tu tiempo te empuja a mantener que todo lo
que se trata de tus sensaciones y pensamientos tiene lugar dentro de ti. El
tonal de los brujos dice lo contrario: todo está afuera. ¿Quién tiene razón?
Ninguno. Adentro, afuera: eso realmente no importa.
Hice una observación. Dije que, cuando hablábamos del tonal y
del nagual, parecía que aún hubiera una tercera parte. Él había dicho que el
tonal "nos fuerza" a ejecutar acciones, y si era imposible tomar en
cuenta al nagual, ¿quién era entonces el ser forzado?
No me respondió directamente.
Explicar todo esto no es tan sencillo dijo . Por muy astutas que
sean las aduanas del tonal, el asunto es que el nagual salta a la superficie.
Pero su salida a la superficie siempre es inadvertida. El gran arte del tonal
es reprimir toda manifestación del nagual, de tal modo que, aunque su presencia
sea lo más obvio del mundo, pasa por alto.
¿Para quién pasa por alto?
Chasqueó la lengua, sacudiendo la cabeza de arriba a abajo. Lo
presioné a responder.
Para el tonal dijo . Estoy hablando exclusivamente del tonal.
Por supuesto que ando con rodeos, pero eso no debería sorprenderte ni
molestarte. Te advertí la dificultad de comprender lo que tengo que decirte. Me
tuve que salir con todas estas bolas porque mi tonal se da cuenta de que está hablando
de sí mismo. En otras palabras, mi tonal se usa a sí mismo a fin de entender la
información que yo quiero que tu tonal tenga en claro. Digamos que el tonal,
puesto que se da tremenda cuenta del esfuerzo que cuesta hablar de sí mismo, ha
creado los términos “yo", "yo mismo" y otros así por el estilo,
como balance, y gracias a ellos puede hablar con otros tonales, o consigo
mismo, acerca de sí mismo.
"Ahora, cuando digo que el tonal nos fuerza a hacer algo,
no quiero decir que haya ahí una tercera parte. Por lo visto, el tonal se
fuerza a sí mismo a seguir sus propios juicios.
"En ciertas ocasiones, o bajo determinadas circunstancias
especiales, algo en el mismo tonal se da cuenta de que hay más en nosotros. Es
como una voz que surge de las profundidades: la voz del nagual. Como se ve, la
totalidad de nosotros mismos es una condición natural que el tonal no puede
aniquilar por entero, y hay momentos, sobre todo en la vida de un guerrero, en
que la totalidad se hace aparente. Durante esos momentos, uno puede adivinar y
avalorar lo que realmente somos.
"Esas sacudidas que has tenido te resultan muy bien, porque
ésa es la forma en que surge el nagual. En esos momentos, el tonal se da cuenta
de la totalidad de uno mismo. Siempre es una sacudida porque darse cuenta de
esto desbarata el sosiego. Yo llamo a ese sentimiento: darse cuenta de la
totalidad del ser que va a morir. La idea es que en el momento de la muerte el
otro miembro del par verdadero; el nagual, empieza a operar por completo y el
sentir y los recuerdos y las percepciones guardados en nuestras pantorrillas y
muslos, en nuestra espalda y hombros y cuello, empiezan a expandirse y a
desintegrarse. Como las cuentas de un interminable collar roto, se desparraman
sin la fuerza unificadora de la vida."
Me miró. Sus ojos eran apacibles. Me sentí incómodo, estúpido.
La totalidad de nosotros mismos es un asunto muy peliagudo dijo
. Necesitamos solamente una porción muy pequeña de esa totalidad para llevar a
cabo las tareas más complejas de la vida. Pero, al morir, morimos con la
totalidad de nosotros mismos. Un brujo hace la pregunta: "Si vamos a morir
con la totalidad de nosotros mismos, ¿por qué no, entonces, vivir con esa
totalidad?"
Movió la cabeza para indicarme mirar a las numerosas personas
que pasaban.
Son todos tonal dijo . Voy a señalarte algunos para que tu tonal
los evalúe, y al evaluarlos se evaluará a sí mismo.
Dirigió mi atención hacia dos ancianas que acababan de salir de
la iglesia. Se detuvieron un momento en la cima de los escalones de piedra
caliza, y luego empezaron a descender con infinitos cuidados, descansando en
cada peldaño.
Observa con mucho cuidado a esas dos viejas -dijo . Pero no las
veas como personas, ni como rostros que tienen cosas en común con nosotros;
velas como tonales.
Las dos mujeres llegaron al pie de los escalones. Se movían como
si la áspera grava estuviera hecha de canicas y ellas se viesen a punto de
resbalar y perder el equilibrio. Caminaban del brazo, apuntalándose entre sí
con el peso de sus cuerpos.
¡Míralas! dijo don Juan en voz baja . Esas viejas son el mejor
ejemplo del peor tonal que puede hallarse.
Noté que las mujeres eran de huesos pequeños, pero gordas.
Tendrían poco más de cincuenta años. Sus rostros mostraban una expresión
dolorosa, como si descender los peldaños de la iglesia hubiera sido una empresa
superior a sus fuerzas.
Estaban frente a nosotros; vacilaron un momento y después se
detuvieron. Había otro peldaño más en la senda de grava.
Tengan cuidado, señoras gritó don Juan al incorporarse
dramáticamente.
Las mujeres lo miraron, al parecer confundidas por su repentina
exclamación.
El otro día, mi mami se rompió la cadera aquí mismo añadió él
mientras acudía a prestarles ayuda.
Le dieron profusamente las gracias, y él les aconsejó que, si
alguna vez perdían el equilibrio y caían, permanecieran inmóviles en el sitio
hasta que llegara la ambulancia. Las mujeres se santiguaron.
Don Juan volvió a sentarse. Sus ojos resplandecían. Habló con
suavidad.
Esas mujeres no son tan viejas, ni sus cuerpos tan débiles, y
sin embargo están decrépitas. Todo en ellas es sombrío y triste: su ropa, su
olor, su actitud. ¿Por qué crees tú que son así?
Quizá nacieron así dije.
Nadie nace así. Nos hacemos así. El tonal de esas viejas es
débil y tímido.
"Te dije que éste iba a ser el día del tonal; con eso quise
decir que hoy quiero tratar exclusivamente con el tonal. También te dije que me
había puesto mi traje para ese mismo propósito. Quise mostrarte con mi traje
que un guerrero trata a su tonal en forma muy especial. Te hice ver que mi
traje fue hecho a la medida, y que todo lo que hoy traigo puesto me queda a la
perfección. No es mi vanidad lo que quería mostrar, sino mi espíritu de
guerrero, mi tonal de guerrero.
"Esas dos viejas te dieron hoy tu primera visión del tonal.
La vida puede ser tan despiadada contigo como es con ellas, si eres descuidado
con tu tonal. Yo me pongo de contraparte. Si comprendes correctamente, no será
necesario recalcar este punto."
Tuve un repentino ataque de incertidumbre y le pedí descifrarme
lo que yo debía de haber entendido. Sin duda, mi voz sonó desesperada. Don Juan
rió con fuerza.
Mira a ese muchacho de pantalones verdes y camisa rosada
susurró, indicando a un joven flaco y muy moreno, de facciones afiladas, parado
casi frente a nosotros. Parecía indeciso entre ir hacia la iglesia o hacia la
calle. Dos veces alzó la mano en dirección del templo, como si hablara consigo
mismo y estuviera a punto de encaminarse a la puerta. Luego me miró con
expresión vacía.
-Mira cómo está vestido dijo don Juan en un susurro ¡Fíjate en
esos zapatos!
La ropa del muchacho se veía andrajosa y arrugada, y sus zapatos
estaban cayéndose a pedazos.
Se ve que es muy pobre dije.
¿Es eso todo lo que puedes decir? preguntó don Juan.
Enumeré una serie de razones que podrían haber explicado la
astrosa apariencia del joven: mala salud, un revés de la suerte, indolencia,
indiferencia hacia su apariencia personal, o la posibilidad de que acabara de
salir de la cárcel.
Don Juan dijo que yo no hacía sino especular, y que no le
interesaba justificar nada sugiriendo que el joven era víctima de fuerzas
inconquistables.
A lo mejor es un agente secreto que se ha disfrazado de vago
dije en son de broma.
El muchacho se alejó hacia la calle con paso incoherente.
-No se ha disfrazado de vago; es un vago dijo don Juan . Mira
qué débil está su cuerpo. Tiene los brazos y las piernas como, alambres. Apenas
puede caminar. Nadie es capaz de fingir esa apariencia. Algo anda muy mal con
él, pero sin lugar a duda, no sus circunstancias. Debo insistir de nuevo que
quiero que veas a ese hombre como a un tonal.
¿Qué implica el ver a alguien como a un tonal?
Implica dejar de juzgarlo en un sentido moral, o disculparlo con
la idea de que es como una hoja a merced del viento. En otras palabras, implica
ver a un hombre sin pensar que no tiene ni esperanza ni remedio.
"Tú sabes exactamente lo que yo estoy diciendo. Puedes
valorar a ese muchacho sin condenarlo ni perdonarlo."
Bebe demasiado dije.
No fue una frase volitiva. Simplemente la enuncié sin saber en
realidad por qué. Por un instante, incluso sentí que alguien parado a mis
espaldas había dicho las palabras. Me vi impulsado a explicar que la afirmación
era, otra de mis especulaciones.
Ése no fue el caso dijo don Juan . El tono de tu voz tenía una
certeza que no tenía antes. No dijiste: "A lo mejor es borracho."
Me sentí apenado, aunque sin poder determinar con exactitud el
motivo. Don Juan rió.
Viste a través de ese hombre dijo . Eso fue ver. Ver es así. Uno
hace afirmaciones con gran certeza, y sin saber cómo.
"Tú sabes que el tonal de ese joven está fundido, pero no
sabes cómo lo sabes."
Hube de admitir que de algún modo había tenido esa impresión
Es muy cierto dijo don Juan . No importa realmente que sea
joven; está tan decrépito como esas dos viejas. La juventud no le pone de
ningún modo barrera al deterioro del tonal.
"Tú pensaste que podría haber muchísimas razones para la
condición de aquel hombre. Yo encuentro que sólo hay una: su tonal. No es que
su tonal sea débil por la bebida; es al contrario: bebe porque su tonal es
débil. Esa debilidad lo fuerza a ser lo que es. Pero lo mismo nos pasa a todos
nosotros en una forma o en otra."
¿Pero no está usted también justificando la conducta de ese
muchacho al decir que es cosa de su tonal?
-Te estoy dando una explicación que jamás has encontrado antes.
No es una justificación ni una condena. El tonal de ese muchacho es débil y
timorato. Y sin embargo él no es único en esto. Todos nosotros pasamos más o
menos por las mismas.
En ese momento, un hombre de gran corpulencia pasó frente a
nosotros, en dirección a la iglesia. Vestía un fino traje de negocios gris
oscuro, y llevaba un portafolios. El cuello de su camisa estaba desabotonado, y
la corbata floja. Sudaba profusamente. Su piel era muy blanca, lo cual hacia
aún más obvia la transpiración.
¡Fíjate en él! me ordenó don Juan.
Los pasos del hombre eran cortos pero pesados. Su andar tenía
cierto bamboleo. No subió hacia la iglesia; la rodeó y desapareció tras ella.
No hay necesidad de tratar el cuerpo de una manera tan atroz
dijo don Juan con un toque de sarcasmo . Pero la triste verdad es que todos
nosotros hemos aprendido a la perfección cómo debilitar a nuestro tonal. Yo
llamo a eso entregarse al vicio.
Puso la mano sobre mi cuaderno y no me dejó escribir más.
Razonaba que, mientras yo siguiera tomando notas, sería incapaz de
concentrarme. Me sugirió relajarme, cortar el diálogo interno y dejarme ir,
para así fundirme con la persona observada.
Le pedí explicar a qué se refería con fundirse. Repuso que no
había manera de explicarlo; era algo que el cuerpo sentía o hacía al ponerse en
contacto de observación con otros cuerpos. Luego clarificó el tema diciendo que
en el pasado había llamado "ver" a ese proceso, el cual consistía en
un lapso de verdadero silencio interno, seguido por una elongación externa de
algo en el sí mismo: una elongación que encontraba y se fundía con el otro
cuerpo, o con cualquier cosa dentro del campo de percepción.
En ese momento quise volver a mi cuaderno, pero don Juan me
detuvo y empezó a señalar distintas personas entre la multitud que pasaba.
Indicó docenas de individuos, cubriendo una amplia gama de tipos
entre hombres, mujeres y niños de diversas edades. Don Juan dijo que elegía
personas cuyo débil tonal encajara en un esquema de categorización; así, me
había mostrado una preconcebida variedad de tonales que se entregaban al vicio
de darse a sí mismos.
No me era posible recordar a toda la gente que él había señalado
y discutido. Quejoso, dije que, de haber tomado notas, habría al menos
bosquejado su intrincado esquema de tonales que se entregaban a dicho vicio. El
caso era que él no quería repetirlo, o quizá tampoco lo recordaba.
Riendo, dijo que no lo recordaba, porque en la vida de un brujo,
el responsable de la creatividad era el nagual.
Miró el cielo y dijo que se hacia tarde, y que desde ese momento
en adelante cambiaríamos de rumbo. En vez de tonales débiles, aguardaríamos la
aparición de un "tonal hecho y derecho". Añadió que sólo un guerrero
poseía tal tonal, y que el hombre común, cuando mucho, podía tener un
"tonal en buen estado".
Cuando hubimos esperado unos minutos, se dio una palmada en el
muslo y chasqueó la lengua.
Mira quiénes vienen dijo, señalando la calle con un movimiento
de barbilla . Como si los hubiéramos encargado.
Vi a tres indios que se acercaban. Vestían cotones pardos de
lana, pantalones blancos que les llegaban a media pantorrilla, camisas blancas
de manga larga, huaraches sucios y gastados y viejos sombreros de paja. Cada
uno llevaba un bulto atado a la espalda.
Don Juan se levantó y fue a encontrarlos. Les habló. Ellos,
sorprendidos al parecer, lo rodearon. Le sonrieron. Aparentemente les decía
algo acerca de mí; los tres se volvieron a sonreírme. Estaban a tres o cuatro
metros de distancia; escuché con atención, pero no pude oír lo que decían.
Don Juan metió la mano en el bolsillo y les dio unos billetes.
Parecieron alegrarse; movían los pies con nerviosismo. Me simpatizaron mucho.
Daban las impresión de ser unos niños. Todos tenían dientes pequeños y blancos,
y facciones apacibles, muy agra-dables. Uno de ellos, el mayor según todas las
apariencias, tenía bigotes. Sus ojos se vetan cansados, pero bondadosos. Se
quitó el sombrero y se acercó a la banca. Los otros lo siguieron. Los tres me
saludaron al unísono. Nos dimos la mano. Don Juan me dijo que les diera algo de
dinero. Lo agradecieron y, tras un silencio cortés, dijeron adiós. Don Juan
volvió a sentarse en la banca y los miramos desaparecer en la multitud.
Dije a don Juan que, por algún motivo extraño, me habían
simpatizado en extremo.
No es tan extraño -dijo él . Has de haber sentido que tienen un
buen tonal. Un tonal bueno, sí, pero no para nuestro tiempo.
"Probablemente sentiste que eran como niños. Lo son. Y eso
es muy duro. Yo los entiendo mejor que tú; por eso no pude menos que sentir un
poquitín de tristeza. Los indios son como perros: no tienen nada. Pero ésa es
la naturaleza de su fortuna, y no debería entristecerme. Mi tristeza, desde
luego, es mi propia manera de entregarme a mi vicio.
¿De dónde son, don Juan?
De las sierras. Han venido aquí a buscar fortuna. Quieren
hacerse comerciantes. Son hermanos. Les dije que yo también vine de las sierras
y que soy comerciante. Dije que eras mi socio. El dinero que les dimos fue un
rasgo que tuvimos con ellos; un guerrero debe tener rasgos todo el tiempo. Sin
duda necesitan el dinero, pero la necesidad no debe ser una consideración
esencial cuando se tiene un rasgo. Lo que hay que buscar es el sentimiento. A
mí en lo personal me conmovieron esos tres.
"Los indios son los desafortunados de nuestro tiempo. Su
caída empezó con los españoles y ahora, bajo el reino de sus descendientes, los
indios lo han perdido todo. No es una exageración decir que los indios han
perdido su tonal."
¿Es eso una metáfora, don Juan?
No. Es un hecho. El tonal es muy vulnerable. No soporta el
maltrato. El hombre de razón, el blanco, desde el día en que puso el pie en
esta tierra, ha destruido sistemáticamente no sólo el tonal del tiempo, sino
también el tonal personal de cada indio. Uno puede fácilmente darse cuenta de
que para el pobre indio común, el reino del blanco ha sido un verdadero
infierno. Y sin embargo, la ironía es que, para otra clase de indio, ha sido
una verdadera bendición.
¿De quién habla usted? ¿Cuáles es esa otra clase de indio?
El brujo. Para el brujo, la Conquista fue un desafío a muerte.
Esos fueron los únicos a los que la Conquista no destruyó; se adaptaron a ella
y le sacaron el último jugo.
¿Cómo pudo ser eso, don Juan? Yo tenía la impresión de que los
españoles arrasaron con todo.
Digamos que arrasaron con todo lo que estaba dentro de los
limites de su propio tonal. Pero en la vida que vivían los indios había cosas
incomprensibles para el blanco; esas cosas ni siquiera las notaron. Capaz fue
la pura suerte de los brujos, o capaz fue su conocimiento lo que los salvó.
Después que el tonal del tiempo, y el tonal personal de cada indio, fueron
aniquilados, los brujos se encontraron agarrados de lo único que seguía en pie:
el nagual. En otras palabras, el tonal del brujo buscó refugio en su nagual.
Esto no habría podido pasar de no ser por las penurias del pueblo vencido. Los
hombres de conocimiento de hoy, son el producto de esas condiciones y los
únicos catadores del nagual, puesto que los dejaron allí, totalmente solos. En
esos matorrales, el blanco nunca se ha aventurado. Es más aún, ni siquiera
tiene la idea de que existen.
Me sentí impelido en ese punto a presentar un argumento. Argüí
con toda sinceridad que el pensamiento europeo había tomado nota de lo que él
llamaba nagual, Traje a colación el concepto del Ego Trascendente, o el
observador inobservado presente en todas nuestras ideas, percepciones y
sentimientos. Expliqué a don Juan que el individuo podía percibirse o intuirse
a sí mismo, como una entidad en sí, a través del Ego Trascendente, porque sólo
éste era capaz de juicio, capaz de revelar la realidad dentro del terreno de su
conciencia.
Don Juan no se inmutó. Echó a reír.
Revelar la realidad dijo, remedándome . Eso es lo que hace el
tonal.
Aduje que el tonal podía llamarse el Ego Empírico localizado en
la corriente pasajera de la propia conciencia o experiencia, mientras que el
Ego Trascendente se hallaba detrás de esa corriente.
Observando, supongo dijo él con sorna.
Cierto. Observándose a sí mismo dije.
Oigo lo que dices repuso . Pero no dices nada. El nagual no es
ni la experiencia ni la intuición ni el consciente. Esos términos, y todos los
demás que se te dé la gana decir, son sólo objetos en la isla del tonal. El
nagual, en cambio, solo es efecto. El tonal empieza al nacer y termina al
morir, pero el nagual nunca termina. El nagual no tiene límites. He dicho que
el nagual es donde se cierne el poder; ésa era sólo una forma de aludirlo.
Quizá, por razones del efecto que causa, el nagual pueda entenderse mejor en
términos de poder. Por ejemplo, cuando hace rato te sentiste entumido y sin
poder hablar, yo te estaba en verdad tranquilizando; esto es, mi nagual actuaba
sobre ti.
¿Cómo le fue posible hacer eso, don Juan?
No vas a creerlo, pero nadie sabe cómo. Yo nada más sé que
quería tu atención completa, y entonces mi nagual se encargó de hacerte el
resto. Esto yo lo sé porque soy el testigo de sus efectos, pero no sé cómo
funciona.
Calló un momento. Yo quería seguir sobre el tema. Intenté hacer
una pregunta: me silenció.
Uno puede decir que el nagual es el responsable de la
creatividad dijo al fin, y me miró con ojos penetrantes . El nagual es la única
parte de nosotros capaz de crear.
Permaneció callado, mirándome. Sentí que estaba encaminando la
discusión a un tópico que yo había deseado que él elucidara más ampliamente. Me
había dicho que el tonal no creaba nada, sino sólo atestiguaba y evaluaba. Le
pregunté cómo explicaba el hecho de que construimos magníficas estructuras y
máquinas.
Eso no es creatividad dijo . Eso es solamente moldear cualquier
cosa con nuestras manos, ya sea personalmente o en conjunto con las manos de
otros tonales. Un grupo de tonales puede moldear lo que sea: estructuras
magníficas, como dices.
¿Pero entonces qué es la creatividad, don Juan?
Se me quedó mirando, los ojos entrecerrados. Chasqueó suavemente
la boca, alzó la mano derecha por encima de la cabeza y, con un brusco tirón,
torció la muñeca como si hiciera girar una perilla de puerta.
La creatividad es esto dijo al poner la mano, con la palma
ahuecada, al nivel de mis ojos.
Tardé un tiempo increíblemente largo en enfocar los ojos en su
mano. Sentí que una membrana transparente sujetaba todo mi cuerpo en una
posición fija, y que tenía que romperla para posar la vista en aquella mano.
Me esforcé hasta que gotas de sudor fluyeron a mis ojos. Por
fin, oí o sentí un chasquido, y mis ojos y mi cabeza se libraron de golpe.
En la diestra de don Juan había el roedor más curioso que yo
hubiese visto. Parecía una ardilla de cola esponjosa. La cola, sin embargo, era
más bien la de un puercoespín. Tenía púas tiesas.
¡Tócalo! dijo don Juan con suavidad.
Maquinalmente lo obedecí y pasé un dedo sobre el lomo suave. Don
Juan acercó más su mano a mis ojos, y entonces noté algo que me produjo
espasmos nerviosos. La ardilla tenía anteojos y dientes muy grandes.
-Parece un japonés dije, y me eché a reír histéricamente.
El roedor empezó a crecer en la palma de don Juan. Y mientras
mis ojos seguían llenos de lágrimas de risa, se hizo tan enorme que
desapareció. Literalmente, salió de mi campo de visión. Ocurrió con tal rapidez
que me quedé a la mitad de un espasmo de risa. Citando miré de nuevo, o cuando
enjugué mis ojos y los enfoqué debidamente, me hallé mirando a don Juan. Estaba
sentado en la banca y yo de pie frente a él, aunque no recordaba haberme
parado.
Por un momento mi nerviosismo fue incontrolable. Con toda calma,
don Juan se levantó, me forzó a tomar asiento, apoyó mi barbilla entre el
bíceps y el antebrazo de su brazo izquierdo y me golpeó en la cima de la cabeza
con los nudillos de su diestra. El efecto fue como la sacudida de una corriente
eléctrica. Me tranquilizó de inmediato.
Yo deseaba preguntar tantas cosas. Pero mis palabras no lograban
vadear todos esos pensamientos. Tuve entonces aguda conciencia de que había
perdido el control sobre mis cuerdas vocales. Pero no quise esforzarme por
hablar, y me recliné contra el respaldo de la banca. Don Juan dijo con energía
que yo debía integrarme y dejarme de tonterías. Me sen-tía un poco mareado.
Imperioso, me ordenó escribir mis notas, y me alargó mi bloque y mi lápiz tras
recogerlos de bajo la banca.
Hice un esfuerzo supremo por decir algo, y de nuevo tuve la
clara sensación de que una membrana me envolvía. Resoplé y gruñí durante un
momento, mientras don Juan reía, hasta que oí o sentí otro chasquido.
Inmediatamente me puse a escribir. Don Juan habló como si me
dictara.
Uno de los actos de un guerrero es no dejar que nunca lo afecte
nada dijo . De este modo, un guerrero puede estar viendo al mismo diablo, pero
jamás dejará que nadie lo sepa. El control del guerrero tiene que ser
impecable.
Esperó a que yo terminara de escribir y luego preguntó, riendo:
¿Anotaste todo eso?
Sugerí que friéramos a un restaurante a cenar. Me sentía
desfallecer. Él dijo que debíamos quedarnos hasta que apareciera el "tonal
hecho y derecho". Añadió con seriedad que, si no venía aquel día,
tendríamos que quedarnos en la banca hasta que le diera la gana aparecer.
¿Qué es un tonal hecho y derecho? pregunté.
Un tonal en su punto justo, equilibrado y armonioso. Se supone
que hoy encontrarás uno, o mejor dicho, que tu poder nos lo traerá.
¿Pero cómo puedo distinguirlo de otros tonales?
No te apures por eso. Yo te lo señalaré.
¿Cómo es el tonal ese, don Juan?
Eso es muy difícil de saber. Depende de ti. La función es para
ti; por lo tanto, tú mismo pondrás esas condiciones.
¿Cómo?
Eso yo no lo sé. Lo hará tu poder, tu nagual.
"Hablando en general, hay dos lados en cada tonal. Uno es
la parte externa, el margen, la superficie de la isla. Ésa es la parte
relacionada con la acción y la actuación, el lado áspero. La otra parte es la
decisión y el juicio, el tonal interno, más suave, más delicado y más complejo.
"El tonal hecho y derecho es un tonal donde los dos niveles
se encuentran en perfecta armonía y equilibrio."
Don Juan calló. Ya había oscurecido bastante, y me era difícil
tomar notas. Me indicó estirarme y descansar. Dijo que el día había sido
agotador, pero muy prolífico, y que sin duda el tonal hecho y derecho
aparecería.
Pasaron docenas de personas. Estuvimos sentados, en calma y
silencio, unos diez o quince minutos. Entonces don Juan se incorporó
abruptamente.
¡No le hagas, hombre! Mira lo que viene allí. ¡Una vieja!
Señaló con una inclinación de cabeza a una joven que cruzaba el
parque y se aproximaba a la vecindad de nuestra banca. Don Juan dijo que la
joven era el tonal hecho y. derecho, y que si se detenía a hablar con
cualquiera de nosotros, sería una indicación extraordinaria, y tendríamos que
hacer lo que ella quisiese.
No me era posible distinguir con claridad las facciones de la
mujer, aunque aún había luz suficiente. Se acercó a menos de un metro, pero
pasó sin mirarnos. Don Juan me ordenó, en un susurro, alcanzarla y hablarle.
Corrí tras ella; pretendí estar perdido y le pedí orientación.
Me acerqué mucho a ella. Era joven, de unos veinticinco años, de estatura
mediana, muy atractiva y bien arreglada. Sus ojos eran claros y apacibles.
Sonreía al escucharme. Había en ella algo que conquistaba. Me simpatizó tanto
como los tres indios.
Regresé a la banca y tomé asiento.
¿Es esa chica un guerrero? pregunté.
No tanto dijo don Juan . Tu poder todavía no tiene la agudeza
necesaria para traer un guerrero. Pero ese es un tonal en muy buen estado, que
podría convertirse en tonal hecho y derecho. Los guerreros están hechos de esa
madera.
Sus frases avivaron mi curiosidad. Le pregunté si las mujeres
podían ser guerreros. Me miró, aparentemente desconcertado por la pregunta.
Claro que pueden dijo , y están aún mejor equipadas que los
hombres para el camino del conocimiento. Sólo que los hombres son un poco más
resistentes. Pero yo diría que, a fin de cuentas, las mujeres llevan una ligera
ventaja.
Me declaré intrigado por el hecho de que jamás habíamos hablado
de mujeres en relación con su conocimiento.
Tú eres hombre dijo él-; por ello uso el género masculino al
hablar contigo. Eso es todo. Lo demás es igual.
Quise proseguir el interrogatorio, pero él hizo un gesto para
cerrar el tema. Alzó la vista. El cielo estaba casi negro. Los conglomerados de
nubes se veían extremadamente oscuros. Había aún, sin embargo, algunas áreas en
que las nubes tenían un leve tinte anaranjado.
-El final del día es tu mejor hora dijo don Juan . La aparición
de esa muchacha en el filo mismo del día, es una indicación. Hablábamos del
tonal; por tanto, es una indicación acerca de tu tonal.
¿Qué significa la indicación, don Juan?
Significa que te queda muy poco tiempo para organizar tus
arreglos. Cualquier arreglo que puedas haber construido tiene que ser en un
arreglo vivo, porque no tienes tiempo para hacer otros nuevos. Tus arreglos
deben funcionar ahora, o no tienen nada de arreglos.
"Te recomiendo que cuando vuelvas a tu casa, revises tus
líneas y te asegures de que son fuertes. Las vas a necesitar."
¿Qué va a pasar conmigo, don Juan?
-Hace años hiciste oferta al poder. Has seguido fielmente las
penalidades del aprendizaje, sin inquietarte ni apurarte. Ahora estás al filo
del día.
¿Qué significa eso?
Para un tonal hecho y derecho, todo cuanto hay en la isla del
tonal es un desafío. Otra forma de decirlo es que, para un guerrero, todo en
este mundo es un desafío. El mayor de todos es, desde luego, su oferta al
poder. Pero el poder viene del nagual, y cuando un guerrero se encuentra al
filo del día, eso significa que se aproxima la hora del nagual, la hora en que
el poder acepta la oferta del guerrero.
-Sigo sin comprender el sentido de todo esto, don Juan.
¿Significa que voy a morir pronto?
-Si eres estúpido, pues ni modo repuso él, cortante . Pero,
vamos a ponerlo en términos más amenos; todo esto que he dicho significa que se
te van a caer los calzones. Una vez hiciste oferta al poder, y esa oferta no se
puede retirar. No diré que estás a punto de cumplir tu destino, porque no hay
destino. Lo único que uno puede decir es que estás a punto de cumplir tu
oferta. La señal fue clara. La muchacha esa vino a ti al filo del día. Te queda
muy poco tiempo, y ninguno para idioteces. Espléndido estado. Yo diría que lo
mejor de nosotros siempre sale a flote cuando estamos de espaldas contra la
pared, cuando sentimos que la espada se cierne sobre nuestra cabeza. En lo
personal, yo prefiero ese estado y no viviría de ningún otro modo.
REDUCIR EL TONAL
La mañana del miércoles dejé mi hotel a eso de las nueve
cuarenta y, cinco. Caminé despacio, permitiéndome quince minutos para llegar al
sitio en el que don Juan y yo habíamos quedado de vernos. Él había elegido una
esquina del Paseo de la Reforma, a cinco o seis cuadras de distancia, frente a
la oficina de boletos de una aerolínea.
Yo acababa de desayunarme con un amigo. Quiso acompañarme, pero
le insinué que iba a ver a una muchacha. Deliberadamente, caminé por la acera
opuesta al lado de la calle donde estaba la oficina. Tenía la persistente
sospecha de que mi amigo, que siempre me pedía presentarle a don Juan, sabía
que yo iba a verlo y acaso me siguiera. Temía que, de volverme, lo hallaría
detrás de mí.
Vi a don Juan en un puesto de revistas, al otro lado de la
calle. Empecé a cruzar, pero tuve que detenerme en el camellón y esperar hasta
que fuera seguro atravesar el resto de la ancha avenida. Me volví, con aire
casual, para ver si mi amigo me seguía. Estaba parado en la esquina detrás de
mí. Sonrió avergonzado y saludó con la mano, como diciéndome que había sido
incapaz de dominarse. Eché a correr hacia la otra acera sin darle tiempo de
alcanzarme.
Don Juan parecía al tanto de mi predicamento. Cuando llegué con
él, lanzó una mirada furtiva por encima de mi hombro.
Ahí viene dijo . Mejor nos metemos por la calle lateral.
Señaló una calle que desembocaba diagonalmente en el Paseo de la
Reforma en el punto donde nos hallábamos. Rápidamente me orienté. Nunca estuve
en esa calle, pero dos días antes había ido a la oficina de la aerolínea.
Conocía su peculiar distribución. La oficina estaba en la cuchilla formada por
las dos calles. Una puerta daba a cada una; la distancia entre ambas sería de
tres o cuatro metros. Un pasillo cruzaba la oficina de puerta a puerta, y era
fácil pasar de una calle a otra. Había escritorios a un lado del pasadizo y,
del otro, un gran mostrador redondo con dependientes y cajeras. El día en que
estuve allí, el sitio se hallaba repleto de gente.
Quería apresurarme, incluso correr, pero el paso de don Juan era
calmado. Cuando llegábamos a la puerta de la oficina, en la calle diagonal,
supe, sin tener que volverme, que mi amigo había, atravesado corriendo la
avenida y estaba a punto de tomar la calle por donde íbamos. Miré a don Juan,
en la esperanza dé que tuviera una solución. Alzó los hombros. Me sentí
molesto; tampoco a mí se me ocurría nada, excepto propinar una trompada a mi
amigo. Debo de haber suspirado o exhalado en ese momento preciso, pues de
buenas a primeras sentí una súbita pérdida de aire debida a un formidable
empujón que don Juan me había dado, y que me lanzó, girando, por la puerta de
la oficina. Impelido por el tremendo empellón, prácticamente entré volando. Don
Juan me tomó tan desprevenido que mi cuerpo no ofreció resistencia alguna; el
susto se mezcló con la sacudida concreta del empuje. Automáticamente extendí
los brazos para proteger mi rostro. La fuerza del empujón fue tan grande que la
saliva brotó de mi boca y experimenté un vértigo leve al trastabillar dentro
del recinto. Casi perdí el equilibrio y tuve que hacer un esfuerzo supremo por
no caer. Giré un par de veces; pareció que la velocidad de mis movimientos
embo-rronara la escena. Vagamente advertí una multitud de clientes que
realizaban sus negocios. Me sentí muy apenado. Supe que todo el mundo me miraba
cruzar tambaleante la oficina. La idea de que estaba haciendo el ridículo era
más que incómoda. Una serie de pensamientos cruzó en destellos mi mente. Tuve
la certeza de que caería de cara. O chocaría con un cliente, acaso una anciana
que sería lastimada por el impacto. O peor aun, la puerta de cristal en el otro
lado estaría cerrada, y me estrellaría contra ella.
En un estado de ofuscación, alcancé la puerta al Paseo de la
Reforma. Estaba abierta y salí. Mi preocupación del momento era conservar la
calma, dar vuelta a la derecha y caminar hacia el centro como si nada hubiera
ocurrido. Estaba seguro de que don Juan se me uniría, y tal vez mi amigo había
seguido caminando por la calle diagonal.
Abrí los ojos, o mejor dicho los enfoqué en el área frente a mí.
Tuve un largo momento de insensibilidad antes de tomar plena conciencia de lo
que había pasado. No me hallaba en el Paseo de la Reforma, como debería haber
sido, sino en el mercado de La Lagunilla, a dos kilómetros y medio de
distancia.
Lo que experimenté en el instante de ese reconocimiento, fue un
azoro tan intenso que sólo pude mirar, estupefacto.
Observé en torno para orientarme. Advertí que me hallaba muy
cerca de donde había encontrado a don Juan durante mi primer día en la ciudad
de México, Acaso estuviera incluso en el mismo sitio. Los puestos de monedas
antiguas estaban a metro y medio. Hice un esfuerzo supremo por cobrar dominio
de mí. Obviamente, experimentaba una alucinación. No podía ser de ningún otro
modo. Rápidamente me volví para trasponer de nuevo la puerta de la oficina,
pero a mis espaldas no hallé más que una hilera de puestos con libros y
revistas de segunda mano. Don Juan estaba junto a mí, a mi derecha. Lucía una
enorme sonrisa.
Había una presión en mi cabeza, una sensación cosquilleante,
como si por mi nariz pasara soda carbonatada. Me hallaba mudo. Traté, sin
éxito, de decir algo.
Oí con claridad la voz de don Juan: me decía que no tratara de
hablar ni de pensar, pero yo quería decir algo, cualquier cosa. Una angustia
espantosa crecía dentro de mi pecho. Sentí lágrimas rodar por mis mejillas.
Don Juan no me sacudió, como suele hacer cuando caigo presa de
un miedo incontrolable. En vez de ello, me dio suaves palmaditas en la cabeza.
Ya, ya, Carlitos dijo . No te me deschavetes.
Sostuvo mi rostro entre sus manos por un instante.
No trates de hablar dijo.
Soltándome, señaló lo que tenía lugar en torno nuestro.
Esto no es para hablar dijo . Esto es nada más para observar.
¡Observa! ¡Observa todo!
Yo estaba en verdad llorando. Pero mi reacción al llanto era muy
extraña; lo dejaba fluir sin ninguna preocupación. No me importaba, en ese
momento, si hacía o no el ridículo.
Miré alrededor. Precisamente frente a mí había un hombre de edad
madura, con camisa rosa de manga corta y pantalones gris oscuro. Parecía
norteamericano. Una mujer regordeta, sin duda su esposa, lo tomaba del brazo.
El hombre manipulaba algunas monedas, mientras un muchacho de trece o catorce
años, acaso el hijo del propietario, lo vigilaba. El muchacho seguía cada
movimiento del hombre. Finalmente, éste puso de nuevo las monedas sobre la
mesa, y el muchacho se relajó de inmediato.
¡Observa todo! volvió a ordenar don Juan.
No había nada insólito que observar. La gente pasaba en todas
direcciones. Me volví. Un hombre, que parecía atender el puesto de revistas, me
miraba con fijeza. Parpadeó repetidas veces, como a punto de quedarse dormido.
Se veía cansado o enfermo, amén de andrajoso.
Sentí que no había nada que observar, al menos nada de verdadera
importancia. Contemplé la escena. Descubrí que era imposible concentrar mi
atención en cualquier cosa. Don Juan caminó en círculo a mi derredor. Actuaba
como si evaluase algo en mí. Meneó la cabeza y frunció los labios.
Vamos, vamos dijo, tomándome gentilmente del brazo . Es hora de
andar.
Apenas empezamos a movernos, advertí que mi cuerpo era muy
ligero. De hecho, sentía esponjosas las plantas de los pies. Tenían una
elasticidad peculiar, como si fueran de hule.
Don Juan estaba sin duda al tanto de mis sensaciones: me
sostenía con fuerza, como para impedirme escapar; me lastraba, como temiendo
que yo fuera a ascender más allá de su alcance, a semejanza de un globo.
Caminando me sentí mejor. El nerviosismo cedió el paso a una
tranquilidad amable.
Nuevamente, don Juan insistió en que yo debía observarlo todo.
Le dije que no había nada que yo quisiera observar, que no me concernía lo que
la gente estuviera haciendo en el mercado, y que no deseaba sentirme como un
idiota, obsecrando cumplidamente la trivial actividad de alguien que compraba
mondas o libros viejos, mientras lo importante se me escapaba entre los dedos.
¿Y cuál es lo importante? preguntó.
Me detuve y le dije con vehemencia que lo importante era lo que
él hubiese hecho para hacerme percibir que en cuestión de segundos había
cubierto la distancia entre la oficina de boletos y el mercado.
En ese punto me eché a temblar y sentí que iba a enfermar. Don
Juan me hizo poner las manos contra el estómago.
Señaló en torno y declaró una vez más, en tono sereno, que la
actividad mundana en nuestro derredor era lo único importante.
Me enojé con él. Tuve una sensación física de girar. Aspiré
hondo.
¿Qué hizo usted, don Juan? pregunté con forzada naturalidad.
En tono confortante, repuso que de eso podía hablarme en
cualquier momento, pero que los acontecimientos en torno mío no se repetirían
jamás. Yo estaba en completo acuerdo con ello. La actividad que yo presenciaba
no podía, obviamente, repetirse en toda su complejidad. Mi argumento fue que en
cualquier momento me era posible observar una ac-tividad muy semejante. En
cambio, la implicación de haber sido transportado a través de la distancia,
fuera en la forma que fuere, era inconmensurablemente significativa.
Cuando expuse este parecer, don Juan hizo temblar su cabeza como
si lo que oía le resultara doloroso.
Anduvimos un trecho en silencio. Mi cuerpo estaba enfebrecido.
Noté que las palmas de mis manos y las plantas de mis pies ardían. El mismo
calor insólito parecía también localizarse en mis fosas nasales y mis párpados.
¿Qué hizo usted, don Juan? pregunté, implorante.
En vez de responder, me palmeó el pecho y rió. Dijo que los
hombres eran criaturas muy frágiles, y se hacían aún más frágiles a través de
su vicio de entregarse a todo. En un tono sumamente serio, me exhortó a no
sentirme a punto de perecer; a empujarme más allá de mis límites y,
simplemente, centrar la atención en el mundo en torno mío.
Seguimos caminando, a un paso muy lento. Mi preocupación era
suprema. No me permitía prestar atención a nada. Don Juan se detuvo y pareció
deliberar si hablaba o no. Abrió la boca para decir algo, pero aparentemente
cambió de idea y echamos a andar de nuevo.
Lo que pasó es que viniste aquí -dijo de repente, mientras se
volvía a mirarme con fijeza.
-¿Cómo ocurrió eso?
Dijo que lo ignoraba; lo único que sabía era que yo mismo había
elegido ese lugar.
El nudo ciego se complicaba aún más conforme hablábamos. Yo
quería conocer los pasos que él había seguido, y él insistía en que la elección
del sitio era la única cosa que podíamos discutir, y como yo no sabía por qué
lo elegí, no había esencialmente nada de qué hablar. Criticó, sin enfado, mi
obsesión por razonarlo todo, y la llamó una entrega innecesaria. Dijo que
actuar sin buscar explicaciones era más sencillo y efectivo, y que yo disipaba
mi experiencia hablando y pensando acerca de ella.
Tras unos momentos, declaró que debíamos dejar ese sitio, pues
yo lo había echado a perder y me sería cada vez más dañino.
Dejamos el mercado y caminamos hasta la Alameda. Me hallaba
exhausto. Me desplomé en una banca. Sólo entonces se me ocurrió mirar mi reloj.
Eran las 10:20 AM. Tuve que realizar un gran esfuerzo para enfocar mi atención.
No recordaba la hora exacta en que don Juan y yo nos encontramos. Calculé que
habría sido alrededor de las diez. Y no podíamos haber tardado más de diez
minutos en caminar del mercado al parque, lo cual dejaba sólo otros diez
minutos fuera de cuenta.
Hablé a don Juan de mis cálculos. Sonrió. Tuve la certeza de que
la sonrisa ocultaba desprecio, aunque nada había en su rostro que traicionara
tal sentimiento.
Usted piensa que soy un idiota sin remedio, ¿no es cierto, don
Juan?
¡Ajá! exclamó, incorporándose de un salto.
Su reacción fue tan inesperada que yo también salté al mismo
tiempo.
Dime exactamente que es lo que estoy sintiendo dijo con énfasis.
Yo sentía conocer sus sentimientos. Era como si yo mismo los
sintiera. Pero cuando traté de decir lo que sentía, me di cuenta de que no
podía hablar de ello. Hablar requería un esfuerzo tremendo.
Don Juan dijo que yo todavía no tenía poder suficiente para
"verlo" a él. Pero ciertamente podía "ver" lo bastante para
encontrar por mí mismo explicaciones adecuadas de lo que estaba ocurriendo.
No tengas pena dijo . Dime exactamente lo que ves.
Tuve un pensamiento súbito y extraño, muy similar a los que
suelen acudir a mi mente antes de quedarme dormido. Era más que una idea;
podría llamársele, con más exactitud, una imagen completa. Vi un cuadro que
contenta diversos personajes. El que estaba justo enfrente de mí era un hombre
sentado tras un marco de ventana. El área más allá del mar-co era difusa, pero
el marco y el hombre resaltaban con la claridad del cristal. El hombre me
miraba; tenía la cabeza vuelta ligeramente hacia la izquierda, de manera que la
mirada era de reojo. Pude ver que sus ojos se movían para conservarme en foco.
Apoyaba en el pretil el codo derecho. Tenía empuñada la mano y contraídos los
músculos.
A la izquierda del hombre, había otra imagen en el cuadro. Era
un león volador. Es decir, la cabeza y la melena eran de león, pero la parte
inferior del cuerpo pertenecía a un perro de aguas de pelambre blanca y rizada.
Iba yo a enfocar en él mi atención, cuando el hombre produjo con
los labios un ruido chasqueante y sacó por la ventana la cabeza y el tronco.
Todo su cuerpo emergió como si algo lo empujara. Quedó suspendido un momento,
agarrando el pretil con las puntas de los dedos mientras oscilaba como péndulo.
Después se soltó.
Experimenté en mi propio cuerpo la sensación de caída. No era un
desplome, sino un descenso suave, y luego un flotar acojinado. El hombre
carecía de peso. Permaneció estacionario un instante y luego se perdió de vista
como si una fuerza incontrolable lo hubiera absorbido a través de una grieta en
el cuadro. Un segundo después se hallaba de nuevo en la ventana, mirándome de
reojo. Su antebrazo derecho descansaba en el pretil, sólo que esta vez su mano
se agitaba diciéndome adiós.
El comentario de don Juan fue que mi "ver" era
demasiado elaborado.
Eso no es lo mejor que tienes dijo . ¿Quieres que te explique lo
que sucedió? Bueno, pues yo quiero que uses tu ver para explicarlo. Ahorita
viste, pero viste porquerías. Esa clase de información es inútil para un
guerrero. Llevaría demasiado tiempo descifrar qué es qué. El ver debe ser
directo, porque un guerrero no puede malgastar su tiempo en deshilar lo que él
mismo está viendo. Ver es ver porque acaba con todas esas idioteces.
Le pregunté si consideraba que mi visión había sido sólo una
alucinación, y no "ver" en realidad. Él estaba convencido, a causa de
lo intrincado del detalle, de que había sido "ver", pero que no se
ajustaba a la ocasión.
¿Piensa usted que mis visiones explican algo? pregunté.
Seguro que sí. Pero si yo estuviera en tu lugar no me pondría a
deshilvanarlas. Al principio, ver es confuso y es muy fácil perderse allí.
Pero, a medida que el guerrero se pone más fuerte, su ver se convierte en lo
que debería ser: un conocimiento directo.
Mientras don Juan hablaba, tuve uno de aquellos peculiares
lapsos de sentimiento, y claramente percibí que estaba a punto de quitar el
velo a algo que ya conocía, una cosa que me eludía convirtiéndose en algo
borroso. Tomé conciencia de hallarme enmedio de una pugna. Mientras más
intentaba definir o alcanzar aquel esquivo conocimiento, más hondo se hundía.
Ese ver fue demasiado... demasiado visionario dijo don Juan.
El sonido de su voz me estremeció.
Un guerrero hace una pregunta, y a través dé su ver obtiene una
respuesta, pero la respuesta es sencilla, nunca es adornada hasta el punto de
que hay perros de aguas voladores.
Reímos de la imagen. Y, medio en broma, le dije que él era
demasiado estricto; cualquiera que atravesara lo que yo había atravesado esa
mañana, merecía un poco de tolerancia.
Eso es irse por lo fácil dijo . Es el camino de la entrega. Tú
haces girar el mundo sobre el sentimiento de que todo es demasiado para ti. Tú
no estás viviendo como guerrero.
Le dije que, habiendo tantas facetas en lo que él llamaba el
camino del guerrero, resultaba imposible cumplirlas todas, y que el sentido del
concepto sólo se aclaraba cuando yo encontraba nuevas instancias en las que
debía aplicarlo.
Una regla básica para un guerrero -repuso- es hacer sus
decisiones con tanto cuidado que nada de lo que pueda ocurrir como resultado de
ellas sea capaz de sorprenderlo, mucho menos de menguar su poder.
"Ser un guerrero significa ser humilde y alerta. Hoy día,
lo que tenías que haber hecho era observar la escena que se desarrollaba frente
a tus ojos, no romperte el seso tratando de razonar cómo era eso posible.
Enfocaste tu atención en el sitio que no debías. Si yo quisiera ser bueno
contigo, me sería fácil decir que, siendo ésta la primera vez que te ocurrió,
no estabas preparado. Pero eso no se puede permitir, porque viniste aquí como
un guerrero, dispuesto a morir; por lo tanto, lo que te ocurrió hoy no debía
haberte agarrado con los pantalones en la mano."
Concedí que mi tendencia era la de entregarme al miedo y al
desconcierto.
Digamos que una regla básica para ti debe ser que, cuando vengas
a verme, vengas preparado a morir dijo él . Si vienes dispuesto a morir, no
habrá caídas, ni sorpresas desagradables, ni acciones innecesarias. Todo caerá
suavemente en su sitio, porque tú no estás esperando nada.
Eso es fácil de decir, don Juan. Pero yo estoy en la línea de
fuego. Yo soy el que tiene que vivir con todo esto.
El caso no es el que tengas que vivir con todo esto. Tú eres
todo esto. No estás solamente tolerándolo por lo pronto. Tu decisión de unir
fuerzas con este maligno mundo de la brujería, debería haber quemado todos esos
pesados sentimientos de confusión y debería haberte dado la ligereza necesaria
para reclamar todo esto como tu mundo.
Me sentí apenado y triste. Las acciones de don Juan, por más
preparado que me hallara, me abrumaban en tal forma que cada vez que entraba en
contacto con el no me quedaba otro recurso sino el de actuar y sentirme como
una persona regañona, semirracional. Experimenté un brote de ira y no quise
seguir escribiendo. En ese momento, deseaba des-garrar mis notas y tirarlas en
el bote de la basura. Y lo hubiera hecho de no ser por don Juan, quien rió y
detuvo mi brazo.
En tono burlón dijo que mi "tonal" estaba a punto de
caer en sus tonterías habituales. Me recomendó ir a la fuente y echarme agua en
el cuello y las orejas.
El agua me tranquilizó. Permanecimos callados largo tiempo.
Escribe, escribe me instó don Juan en tono amistoso . Digamos
que tu cuaderno es la única brujería que tienes. Romperlo es otro modo de
abrirte a tu muerte. Sería otro de tus berrinches, un berrinche vistoso cuando
mucho, pero no un cambio. Un guerrero jamás deja la isla del tonal. La utiliza.
Señaló en torno con un rápido ademán, y luego tocó mi cuaderno.
Éste es tu mundo. No puedes renunciar a él. Es inútil enojarse y
desilusionarse con uno mismo. Eso simple y llanamente prueba que el tonal de
uno está envuelto en una batalla interna; una batalla dentro del propio tonal
es una de las luchas más imbéciles que pueden ocurrir. La vida ajustada de un
guerrero está diseñada para acabar con esa lucha. Desde el principio te he
enseñado a evitar la fatiga y el desgaste. Ahora ya no hay la guerra esa que
había dentro de ti, porque el camino del guerrero es armonía: la armonía entre
las acciones y las decisiones, al principio, y luego la armonía entre tonal y
nagual.
"Durante todo este tiempo que llevo de conocerte, he
hablado tanto a tu tonal como a tu nagual. Ésa es la forma de conducir la
instrucción.
"Al comienzo, uno tiene que hablarle al tonal. El tonal es
el que debe ceder el control. Pero hay que hacerlo que lo ceda con alegría. Por
ejemplo, tu tonal ha cedido algunos controles sin mucho forcejeo, porque se le
hizo claro que, de seguir como estaba, la totalidad de ti estaría muerta hoy en
día. En otras palabras, se hace que el tonal abandone cosas innecesarias como
el sentirse importante y el entregarse al vicio, las cuales sólo lo hunden en
el aburrimiento. Todo el problema es que el tonal se aferra a esas cosas cuando
debería dar las gracias por librarse de esa porquería. La tarea es entonces
convencer al tonal de que se haga libre y fluido. Eso es lo que un brujo
necesita antes que cualquier otra cosa: un tonal fuerte, y libre. Mientras más
se fortalece, menos se aferra a sus hechos, y más fácil resulta encogerlo. Así,
lo que ocurrió esta mañana fue que vi la oportunidad de encoger tu tonal. Por
un instante, estabas distraído, apurado, sin pensar, y agarré ese momento para
empujarte.
"El tonal se encoge en determinados momentos, sobre todo
cuando se apena. De hecho, una característica del tonal es su timidez. Su
timidez no viene realmente al caso. Pero hay ciertas ocasiones en que el tonal
es tomado por sorpresa, y su timidez, inevitablemente, lo encoge.
"Esta mañana atrapé mi centímetro cúbico de suerte. Noté la
puerta abierta de esa oficina y te di un empujón. Un empujón es entonces la
técnica para encoger el tonal. Uno tiene que empujar en el instante preciso;
para ello, por supuesto, uno debe saber cómo ver.
"Una vez que el hombre ha sido empujado y su tonal se
encoge, su nagual, si es que ya está en movimiento, por más pequeño que sea
este movimiento, toma las riendas y realiza hazañas extraordinarias. Tu nagual
tomó las riendas esta mañana y acabaste en el mercado."
Permaneció en silencio unos instantes. Parecía aguardar
preguntas. Nos miramos.
De veras no sé cómo dijo como si leyera mi mente . Sólo sé que
el nagual es capaz de hazañas inconcebibles.
"Esta mañana te pedí observar. Esa escena frente a ti,
fuera lo que fuese, tenía un valor incalculable para ti. Pero en vez de seguir
mi consejo, te entregaste a lamentar tu suerte y la confusión y no observaste.
"Durante un rato fuiste todo nagual y no podías hablar. Ése
era el momento de observar. Luego, poco a poco, tu tonal recuperó las riendas;
y antes que tirarte a una batalla mortal entre tu tonal y tu nagual, te hice
caminar hasta aquí."
¿Qué había en esa escena, don Juan? ¿Qué era tan importante?
No lo sé. Eso no me estaba pasando a mí.
¿Qué quiere usted decir:
Fue experiencia tuya, no mía.
Pero usted estaba conmigo. ¿O no?
No. Yo no estaba. Tú estabas solo. Te dije repetidas veces que
observaras todo, porque esa escena era sólo para ti.
Pero usted estaba parado junto a mí, don Juan.
No. No estaba. Pero es inútil hablar de eso. Lo que yo pudiera
decir carece de sentido, porque durante esos momentos estábamos en la hora del
nagual. Los asuntos del nagual sólo pueden atestiguarse con el cuerpo, no con
la razón.
Si usted no estaba conmigo, don Juan, ¿quién o qué era la
persona que yo atestigüé como usted?
Era yo, y sin embargo yo no estaba allí.
-¿Dónde estaba usted, entonces?
Estaba contigo, pero no allí. Digamos que andaba contigo, pero
no en el sitio particular donde tu nagual te había llevado.
¿O sea que usted no sabía que estábamos en el mercado?
No, no lo sabía. Nada más te fui siguiendo para no perderte.
Esto es verdaderamente espantoso, don Juan.
-Estábamos en la hora del nagual, y eso nada tiene de espantoso.
Somos capaces de hacer mucho más que todo eso. Tal es nuestra naturaleza como
seres luminosos. Nuestro error es que insistimos en permanecer en nuestra isla,
monótona y fastidiosa, pero conveniente. El tonal es el villano y no debería
serlo.
Describí lo poco que recordaba. Él quiso saber si me había
fijado en algunas características del cielo, como la luz, las nubes, el sol. O
si había oído ruidos de cualquier especie. O si había visto personas o sucesos
fuera de lo común. Quiso saber si alguien peleaba. O si la gente gritaba, y en
ese caso, lo que había dicho.
No pude responder a ninguna de sus preguntas. La verdad era que
yo simplemente acepté el hecho según su apariencia, admitiendo como axioma el
haber "volado" una distancia considerable en uno o dos segundos para,
gracias al conocimiento de don Juan, fuera el que fuese, aterrizar en toda mi
corporeidad material dentro del mercado.
Mis reacciones fueron un corolario directo de tal
interpretación. Quise saber los procedimientos, lo que sabía cada uno, de
"cómo se hace". Por tanto, no me importaba observar lo que, según mi
convicción, eran los sucesos cotidianos de un hecho mundano.
¿Piensa usted que la gente me vio en el mercado? pregunté.
Don Juan no respondió. Riendo, me golpeó levemente con el puño.
Traté de recordar si había tenido algún contacto físico con la
gente. La memoria me falló.
¿Qué cree usted que vio la gente cuando entré en la oficina de
la aerolínea?
Probablemente vieron a un hombre que cruzaba como borracho de
una puerta a la otra.
Pero ¿me vieron desaparecer en el aire?
De eso se ocupa el nagual. Yo no sé cómo. Todo lo que puedo
decirte es que somos seres luminosos y fluidos, hechos de fibras. El acuerdo de
que somos objetos sólidos es cosa del tonal. Cuando el tonal se encoge, son
posibles cosas extraordinarias. Pero sólo son extraordinarias para el tonal.
"Para el nagual, no es nada moverse como tú hiciste esta
mañana. Sobre todo para tu nagual, que ya es capaz de tretas difíciles. Da por
hecho que ya está hundido en algo terriblemente extraño. ¿Puedes sentir lo que
es?"
Un millón de preguntas y sensaciones me invadieron de pronto.
Fue como si una racha de viento hubiera desprendido mi capa de compostura. Me
estremecí. Mi cuerpo se sentía al borde de un abismo. Luchaba yo con algún
conocimiento misterioso pero concreto. Era como hallarme a punto de que me
mostraran algo, y sin embargo alguna terca parte de mí insistía en cubrirlo con
una nube. La pugna me adormecía gradualmente, hasta que ya no sentía mi propio
cuerpo. Tenía la boca abierta y los ojos entrecerrados. Tuve la sensación de
que podía ver mi rostro endurecerse más y más, hasta ser el rostro de un
cadáver reseco, con la piel amarillenta adherida al cráneo.
Lo siguiente que sentí fue una sacudida. Don Juan estaba de pie
a mi lado, con una cubeta vacía en las manos. Me había empapado. Tosí y me
enjugué el agua de la cara, y sentí otro escalofrío en la espalda. De un salto
abandoné la banca. Don Juan me había echado agua por el cuello.
Un grupo de niños me miraba y reía. Don Juan me sonrió. Recogió
mi cuaderno y dijo que sería bueno ir a mi hotel para que yo pudiera cambiarme.
Me sacó del parque. Estuvimos un momento parados en la acera antes de que
pasara un coche de alquiler.
Horas después, tras almorzar y descansar, don Juan y yo tomamos
asiento en su banca favorita del parque junto a la iglesia. En forma oblicua,
llegamos al tema de mi extraña reacción. Él parecía muy cauteloso. No me
enfrentó directamente con ella.
Esas cosas pasan dijo . El nagual, una vez que aprende a salir a
la superficie puede causar un gran daño al tonal si sale sin ningún control.
Pero tu caso es especial. Te entregas de un modo tan exagerado que podrías
morir sin que te importara, o peor aun, sin darte siquiera cuenta de que te
estás muriendo.
Le dije que mi reacción empezó al preguntarme él si podía sentir
lo que mi nagual había hecho. Creía saber exactamente a qué cosa aludía, pero
al tratar de describir qué era, me descubrí incapaz de pensar con lucidez.
Experimentaba una sensación de ligereza, casi una indiferencia, como si nada me
importara en realidad. Luego, tal sensación se convirtió en una concentración
mesmerizante. Era como si todo cuanto había en ml fuera extraído por lenta
succión. Lo que atraía y atrapaba mi atención era la clara sensación de que un
secreto portentoso estaba a punto de revelárseme, y yo no quería que nada
interfiriera con tal revelación.
Lo que se te iba a revelar era tu muerte -dijo don Juan . Ese es
el riesgo de entregarse. Sobre todo para ti, que de natural eres tan exagerado.
Tu tonal es tan dado a darse de por sí a todo que amenaza tu totalidad. Ésa es
una terrible forma de ser.
¿Qué puedo hacer?
Tu tonal debe convencerse con razones, tu nagual con acciones,
hasta que cada uno apuntale al otro. Como te he dicho, el tonal gobierna, pero
así y todo es muy vulnerable. El nagual, en cambio, nunca, o casi nunca, actúa;
pero cuando lo hace, aterra al tonal.
"Esta mañana tu tonal se asustó y empezó a encogerse por sí
mismo, y entonces tu nagual empezó a imponerse.
"Tuve que pedirle su cubeta a uno de los fotógrafos del
parque, para azotar al nagual como a un perro rabioso y volverlo a su sitio.
Hay que proteger al tonal a cualquier costo. Hay que quitarle la corona, pero
debe permanecer como el supervisor protegido.
"Cualquier amenaza para el tonal resulta siempre en su
muerte. Y si el tonal muere, muere también el hombre. A causa de su debilidad
nata, el tonal se destruye con facilidad, y así una de las artes del equilibrio
del guerrero es hacer que el nagual emerja para apuntalar al tonal. Digo que es
un arte, porque los brujos saben que sólo tirando al tonal para arriba puede
emerger el nagual. ¿Ves a qué me refiero? Ese tirón se llama poder
personal."
Don Juan se puso en pie, estiró los brazos y arqueó la espalda.
Empecé a levantarme yo también, pero lo impidió empujándome con suavidad.
Tú debes quedarte en esta banca hasta el crepúsculo dijo . Yo
tengo que irme ahora mismo. Genaro me espera en las montañas. Ven a su casa
dentro de tres días y allí nos encontraremos.
¿Qué va a hacer usted en casa de don Genaro? pregunté.
Depende de que tengas suficiente poder -dijo , a lo mejor Genaro
te enseña el nagual.
Había otra cosa que yo necesitaba expresar en ese momento. Tenía
que saber si su traje era un recurso de choque reservado para mí, o. parte
normal de su vida. Ninguno de sus actos había causado nunca en mí tal
desconcierto como el que se vistiera de traje No era sólo el acto mismo el que
me impresionaba tanto, sino el hecho de que don Juan era elegante. Sus piernas
poseían una agilidad juvenil. Parecería que el usar zapatos hubiera alterado su
punto de equilibrio; sus pasos eran más largos y firmes que de costumbre.
¿Usa usted traje todo el tiempo? pregunté.
-Sí repuso con una sonrisa encantadora . Tengo otros, pero no
quise ponerme hoy un traje distinto, porque eso te habría asustado más todavía.
No supe qué pensar. Sentí haber llegado al final de mi camino.
Si don Juan usaba traje y se veía elegante, todo era posible.
Él rió; parecía disfrutar mi confusión.
Soy un accionista dijo en tono misterioso, pero sin afectación
alguna, y se alejó.
A la mañana siguiente, jueves, pedí a un amigo acompañarme a
caminar desde la puerta de la oficina donde don Juan me empujó, hasta el
mercado de la Lagunilla. Tomamos la ruta más directa. Tardamos treinta y cinco
minutos. Una vez que llegamos, traté de orientarme. Fracasé. Entré en una
tienda de ropa, en la esquina de la ancha avenida donde nos hallábamos.
Disculpe usted dije a una joven que limpiaba gentilmente un
sombrero con un sacudidor . ¿Dónde están los puestos de monedas y libros
usados?
No tenemos de eso repuso con mal humor.
Pero yo los vi ayer, por aquí en este mercado.
No me diga contestó yendo tras el mostrador.
Corrí tras ella y le supliqué decirme dónde estaban los puestos.
Me miró de arriba a abajo.
No pudo usted haberlos visto ayer dijo . Esos puestos se arman
nada más los domingos, aquí mismo junto a esta pared. No los tenemos entre
semana.
¿Nada más los domingos? repetí maquinalmente.
Sí. Nada más los domingos. Así es la cosa. Entre semana,
estorbarían el tránsito.
Señaló la ancha avenida llena de coches.
LA HORA DEL NAGUAL
Subí corriendo una pendiente frente a la casa de don Genaro y vi
a don Juan y don Genaro sentados en un espacio despejado junto a la puerta. Me
sonrieron. Había en sus sonrisas tal calor e inocencia, que mi cuerpo
experimentó un estado de alarma inmediata. Automáticamente aminoré el paso. Los
saludé.
¿Pero, cómo estás? me preguntó Genaro, con tal afectación que
todos reímos.
Está más que bien intervino don Juan antes de que yo pudiera
responder.
Eso veo repuso don Genaro . ¡Mira esa papada! ¡Y mira ese
chicharrón en los cachetes!
Don Juan se echó a reír agarrándose el estómago.
Tienes la cara redonda prosiguió don Genaro . ¿A qué te has
dedicado? ¿A comer?
Don Juan le aseguró, en son de broma, que mi estilo de vida me
imponía comer en abundancia. De la manera más amistosa, hicieron bromas acerca
de mi vida, y luego don Juan me pidió sentarme entre ellos. El sol ya se había
puesto detrás de la enorme cordillera del oeste.
¿Dónde está tu famoso cuaderno? me preguntó don Genaro, y cuando
lo saqué del bolsillo gritó como los charros y me lo quitó de las manos.
Obviamente, me había observado con gran cuidado y conocía a la
perfección mis manerismos. Sostuvo el Cuaderno en ambas manos y jugó
nerviosamente con él, como si no supiera en qué ocuparlo. Dos veces pareció a
punto de arrojarlo a un lado, pero se contuvo. Luego lo reclinó contra sus
rodillas y fingió escribir febrilmente, como yo hago.
Don Juan rió tanto que casi se ahoga.
¿Qué hiciste después de que me fui? preguntó cuando ambos se
hubieron calmado.
El jueves fui al mercado -dije.
¿Qué hacías allí? ¿Desandando tus pasos? -repuso.
Don Genaro cayó hacia atrás y produjo con los labios el ruido
seco de una cabeza al golpear contra el suelo. Me miró de reojo e hizo un
guiño.
Tuve que hacerlo dije . Y descubrí que entre semana no hay
puestos de monedas ni de libros usados.
Los dos rieron. Luego don Juan dijo que hacer preguntas no
revelaría nada nuevo.
¿Qué es lo que realmente pasó, don Juan? pregunté.
Créeme, no hay manera de saberlo dijo con sequedad . En esos
asuntos, tú y yo estamos en las mismas. Mi ventaja sobre ti en este momento es
que yo sé cómo llegar al nagual, y tú no. Pero una vez que llego allí, no tengo
más ventaja ni más conocimiento que tú.
¿Aterricé realmente en el mercado, don Juan? pregunté.
Claro que sí. Ya te lo dije: el nagual está a las órdenes del
guerrero. ¿No es cierto, Genaro?
¡Cierto! exclamó don Genaro con voz atronadora y se incorporó en
un solo movimiento. Fue como si su voz lo hubiera alzado, desde una postura
yacente, hasta una perfectamente vertical.
Don Juan casi rodaba por el suelo de tanto reír. Don Genaro, con
aire de indiferencia, hizo una cómica reverencia y dijo adiós.
Genaro te verá mañana en la mañana dijo don Juan-. Ahora debes
quedarte aquí sentado en silencio completo.
No dijimos otra palabra. Tras horas de silencio, me quedé
dormido.
Miré mi reloj. Eran casi las seis de la mañana. Don Juan examinó
la sólida masa de nubes, blancas y densas, sobre el horizonte oriental, y
concluyó que sería un día nublado. Don Genaro olfateó el aire y añadió que
también sería caluroso y sin viento.
¿Hasta dónde vamos? pregunté.
Hasta esos eucaliptos de allá replicó don Genaro, señalando lo
que parecía ser una arboleda, a menos de dos kilómetros de distancia.
Cuando llegamos allí, pude ver que no era una arboleda; los
eucaliptos habían sido plantados en líneas rectas para marcar los limites de
campos donde se hacían diferentes cultivos. Caminamos por el borde de un
maizal, bajo una fila de árboles enormes, delgados y derechos, de más de
treinta metros de altura, y llegamos a un campo baldío. Supuse que la cosecha
acababa de recogerse. Quedaban sólo hojas y tallos secos de unas plantas que no
reconocí. Me agaché a recoger una hoja, pero don Genaro me detuvo. Asió mi
brazo con gran fuerza. Me retraje dolorido, y entonces noté que sólo me tocaba
suavemente con los dedos.
Evidentemente sabía lo que había hecho y lo que yo
experimentaba. Con un veloz movimiento, quitó los dedos de mi brazo y luego los
puso de nuevo, gentilmente. Lo repitió una vez más y rió de mi mueca de dolor,
como un niño deleitado. Luego me mostró el perfil. Su nariz aguileña le daba
aspecto de pájaro: de un pájaro con extraños y largos dientes blancos.
En voz suave, don Juan me dijo que no tocara nada. Le pregunté
si sabía qué clase de cosecha se había levantado allí. Parecía a punto de
responder, pero don Genaro terció diciendo que era un campo de gusanos.
Don Juan me miró con fijeza, sin asomo de sonrisa. La respuesta
absurda de don Genaro tenía visos de chiste. Aguardé el pie para empezar a
reír, pero ellos sólo me miraron.
Un campo de gusanos muy lindos dijo don Genaro . Sí, lo que aquí
crecía eran los gusanos más bonitos que yo he visto.
Se volvió hacia don Juan. Ambos se miraron un instante.
¿No es cierto? preguntó.
Absolutamente cierto dijo don Juan, y volviéndose a mí añadió en
voz baja : Genaro tiene hoy la batuta; sólo él puede decir qué es qué, conque
haz exactamente lo que diga.
La idea de que don Genaro tenía las riendas me llenó de terror.
Miré a don Juan para decírselo; pero antes de que pudiera pronunciar una sola
palabra, don Genaro soltó un largo y formidable grito: un clamor tan fuerte y
temible que sentí cómo mi nuca se hinchaba y el cabello flotaba como si un
viento lo moviera. Tuve un instante de disociación completa y habría
permanecido inmóvil en mi sitio de no haber sido por don Juan, quien con
increíble velocidad y dominio hizo girar mi cuerpo para que mis ojos atestiguaran
una hazaña inconcebible. Don Genaro estaba parado horizontalmente, a unos
treinta metros del suelo, sobre el tronco de un eucalipto que se hallaba acaso
a cincuenta metros de distancia. Es decir, estaba parado con las piernas
abiertas, perpendicular al tronco. Era como si tuviese ganchos en el calzado y
con ellos pudiera desafiar la gravedad. Tenía los brazos cruzados sobre el
pecho y me daba la espalda.
Lo miré fijamente. No quería parpadear por miedo a perderlo de
vista. Realicé un rápido juicio y concluí que, de conservarlo dentro de mi
campo de visión, tal vez podría detectar un indicio, un movimiento, un gesto, o
cualquier cosa que me ayudara a comprender qué ocurría.
Sentí la cabeza de don Juan junto a mi oído derecho; en un
susurro me dijo que cualquier intento de explicar era inútil e idiota. Lo oí
repetir:
Empuja la barriga para abajo, para abajo.
Era una técnica que me había enseñado, años antes, para momentos
de gran peligro, miedo o tensión. Consistía en empujar hacia abajo el diafragma
mientras se tomaban cuatro marcadas bocanadas de aire, seguidas por cuatro
hondas inhalaciones y exha-laciones por la nariz. Había explicado que las
bocanadas tenían que sentirse como sacudidas en la parte media del cuerpo, y
que el mantener las manos apretadamente enlazadas, cubriendo el ombligo, daba
fuerza a la sección abdominal y ayudaba a controlar las bocanadas y las inhalaciones
profundas, que debían retenerse hasta la cuenta de ocho mientras el diafragma
se presionaba hacia abajo. Las exhalaciones se hacían dos veces a través de la
nariz y dos a través de la boca, en forma lenta o acelerada, según la propia
preferencia.
Maquinalmente obedecí a don Juan. No me atrevía, sin embargo, a
apartar los ojos de don Genaro. Conforme seguía respirando, mi cuerpo se relajó
y me di cuenta de que don Juan torcía mis piernas. Al parecer, cuando me hizo
girar mi pie derecho se atoró en un montón de tierra y mi pierna izquierda
quedó forzadamente doblada. Cuando me enderezó, cobré conciencia de que el
choque de ver a don Genaro parado en el tronco de un árbol me había hecho
ignorar mi incomodidad.
Don Juan me susurró al oído que no fijara la vista en don
Genaro.
¡Parpadea! ¡Parpadea! lo oí decir.
Durante un momento sentí renuencia. Don Juan volvió a ordenarme.
Yo estaba convencido de que todo el fenómeno se ligaba de algún modo a mí como
el observador, y que si yo, único testigo de la hazaña de don Genaro, dejaba de
mirarlo, caería por tierra, o acaso la escena entera desaparecería.
Tras una inmovilidad torturantemente larga, don Genaro giró
sobre sus talones, cuarenta y cinco grados a la derecha, y empezó a caminar
tronco arriba. Su cuerpo temblaba: Lo vi dar un pequeño paso tras otro, hasta
que hubo avanzado ocho. Incluso rodeó una rama. Luego, con los brazos cruzados
todavía sobre el pecho, tomó asiento en el tronco, dándome la espalda. Sus
piernas pendían como si se hallara sentado en una silla, como si la gravedad no
tuviera efecto sobre él. Luego pareció andar sentado, hacia abajo. Alcanzó una
rama paralela a su cuerpo y por unos segundos se reclinó en ella con el brazo
izquier-do y la cabeza; parecía apoyarse para lograr un efecto dramático más
que para sostener su cuerpo. Luego reanudó su camino pasando, centímetro a
centímetro, del tronco a la rama, hasta que hubo cambiado de postura y se halló
sentado como cualquiera podría sentarse normalmente en una rama.
Don Juan rió por lo bajo. Yo tenía un horrible sabor en la boca.
Quise volverme hacia don Juan, que se hallaba un poco detrás de mí, a la
derecha, pero no me atrevía a perderme ninguna de las acciones de don Genaro.
Tras unos minutos, cruzó los pies y los meció suavemente;
finalmente, volvió a deslizarse hacia arriba sobre el tronco.
Don Juan me tomó la cabeza entre las manos y la inclinó hacia la
izquierda a modo que mi línea de visión fuera paralela al árbol, más que
perpendicular. Mirando a don Genaro desde ese ángulo, no parecía estar
desafiando la gravedad. Simplemente se hallaba sentado en el tronco de un
árbol. Noté entonces que, si lo miraba sin pestañear, el trasfondo se hacía
vago y difuso, y la claridad del cuerpo de don Genaro se intensificaba; su
forma se hacía predominante, como si nada más existiera.
Velozmente, don Genaro volvió a deslizarse a la rama. Quedó
sentado meciendo los pies, como en un trapecio. El mirarlo desde una
perspectiva sesgada hacía que ambas posiciones, especialmente aquélla sobre el
tronco, parecieran factibles.
Don Juan volvió mi cabeza a la derecha hasta llevarla a
descansar sobre mi hombro. La posición de don Genaro en la rama se miraba
perfectamente normal, pero cuando pasó de nuevo al tronco, no pude efectuar el
ajuste de percepción necesario y lo vi como si estuviese al revés, con la
cabeza hacia el suelo.
Don Genaro se desplazó varias veces de un lado a otro, y don
Juan, a la par, movía mi cabeza de lado a lado. El resultado de sus
manipulaciones fue que perdí por entero la pista de mi perspectiva normal, y
sin ella las acciones de don Genaro no eran tan espeluznantes.
Don Genaro permaneció un largo rato en la rama. Don Juan me
enderezó el cuello y susurró que don Genaro estaba a punto de descender. Lo oí
decir en tono imperioso:
Empuja para abajo, para abajo.
Me hallaba a mitad de una exhalación rápida cuando el cuerpo de
don Genaro pareció transfigurarse por alguna especie de tensión; resplandeció,
se hizo laxo, osciló hacia atrás y colgó un momento de las rodillas. Sus
piernas parecían fláccidas, incapaces de seguir dobladas, y cayó al suelo.
En el instante que empezó a caer, yo mismo experimenté una
sensación de caída a través de espacio interminable. Mi cuerpo entero sentía
una angustia dolorosa y. al mismo tiempo altamente placentera; una angustia de
tal intensidad y duración que mis piernas no pudieron ya soportar el peso de mi
cuerpo y caí sobre la tierra suave. Apenas pude mover los brazos para aminorar
la caída. Respiraba tan agitadamente que la tierra se metió en mi nariz y me
daba comezón. Traté de levantarme; mis músculos parecían haber perdido la
fuerza.
Don Juan y don Genaro vinieron a mi lado. oía sus voces como si
estuvieran lejos, pero los sentía jalarme. Deben de haberme levantado,
asiéndome cada uno por un brazo y una pierna, Para llevarme en vilo. Yo tenía
plena conciencia de la incómoda posición de mi cuello y mi cabeza. Mis ojos
estaban abiertos. Veía el suelo y trozos de hierba pasar debajo de mí.
Finalmente, tuve un ataque de frío. El agua entraba en mi boca y mi nariz y me
hacía toser. Mis brazos y mis piernas se movieron frenéticamente. Empecé a
nadar, pero el agua no era lo bastante profunda, y me hallé de pie en el río de
poco fondo al que me habían arrojado.
Don Juan y don Genaro rieron hasta la tontería. Don Juan se
enrolló los pantalones y se acercó a mí; me miró a los ojos, dijo que aún no
estaba completo, y suavemente volvió a empujarme al agua. Mi cuerpo no ofreció
resistencia. Yo no deseaba sumergirme de nuevo, pero no había manera de
conectar mi volición a mis músculos, v me desplomé hacia atrás. El frío fue
todavía más intenso. Me levanté de un salto y, por error, salí corriendo a la
ribera opuesta. Don Juan y don Genaro se pusieron a gritar y a silbar y
arro-jaban piedras a los arbustos delante de mí, como si acorralaran a un
novillo fugitivo. Regresé cruzando el río y tomé asiento en una roca junto a
ellos. Don Genaro me dio mi ropa y entonces advertí que me hallaba desnudo,
aunque no recordaba cuándo ni cómo me quité la ropa. Estaba empapado, y no
quise ponérmela de inmediato. Don Juan se volvió a don Genaro y dijo con voz
resonante:
¡Por amor de Dios, dénle una toalla a este hombre!
Tardé un par de segundos en advertir el absurdo. Me sentía muy
bien. De hecho, era tan feliz que no deseaba hablar. Tuve, empero, la certeza
de que, si mostraba mi euforia, volverían a echarme al agua.
Don Genaro me vigilaba. Sus ojos brillaban como los de un animal
salvaje. Me atravesaban.
Ya estás mejor me dijo don Juan de repente , Ya estás
controlándote ahora, pero allá junto a los eucaliptos te diste a tus vicios
como hijo de puta.
Quise reír histéricamente. Las palabras de don Juan parecían tan
por entero graciosas que costó un esfuerzo supremo dominarme. Una comezón
incontrolable en la parte media de mi cuerpo me hizo quitarme la ropa y echarme
de nuevo al agua. Permanecí en el río unos cinco minutos. La frialdad restauró
mi sentido de lo propio. Cuando salí, era yo mismo otra vez.
Bien hecho dijo don Juan, tocándome el hombro.
Me guiaron de regreso a los eucaliptos. Conforme íbamos, don
Juan explicó que mi tonal había resultado peligrosamente vulnerable, y al
parecer tuvo demasiado con la incongruencia de los actos de don Genaro. Dijo
que decidieron ya no meterse con él y regresar a la casa de don Genaro, pero el
hecho de que supe que debía lanzarme al río cambiaba todo. No dijo, sin
embargo, lo que se proponían.
Nos detuvimos a mitad de un campo, en el sitio donde estuvimos
antes. Don Juan estaba a mi derecha y don Genaro a mi izquierda. Ambos tensaban
los músculos, en estado de alerta. Mantuvieron la tensión unos diez minutos. Yo
movía los ojos del uno al otro. Pensé que don Juan me indicaría qué hacer.
Tenía razón. En determinado momento relajó el cuerpo y pateó unos terrones. Sin
mirarme, dijo:
Creo que mejor nos vamos.
Automáticamente razoné que don Genaro debía de haber tenido la
intención de darme otra demostración del nagual, pero decidió no hacerlo. Me
sentí aliviado. Esperé otro momento por una confirmación definitiva. Don Genaro
también se destensó y entonces ambos dieron un paso. Supe que habíamos
terminado allí. Pero en el instante mismo en que me aflojé, don Genaro volvió a
lanzar un grito increíble.
Empecé a respirar frenéticamente. Miré en torno. Don Genaro
había desaparecido. Don Juan estaba frente a mí. Su cuerpo se estremecía de
risa. Me dio la cara.
Lo siento dijo en un susurro . No hay otro modo.
Quise preguntar por don Genaro, pero sentía que, de no seguir
respirando y presionando mí diafragma, moriría. Don Juan señaló con su barbilla
un sitio a mis espaldas. Sin mover los pies, empecé a volverme a mirar sobre el
hombro izquierdo. Pero antes de que pudiese ver lo que señalaba, don Juan saltó
y me detuvo. La fuerza de su salto y la celeridad con que me aferró hicieron
que perdiese mi equilibrio. Al caer de espaldas tuve la sensación de que mi
reacción sobresaltada había sido agarrarme a don Juan, y que en consecuencia lo
arrastraba en mi caída. Pero cuando alcé la vista, hubo total discordancia
entre las impresiones de mis sentidos táctil y visual. Vi a don Juan de pie
junto a mí, riendo, mientras mi cuerpo sentía sin lugar a dudas el peso y la
presión de otro cuerpo encima de mí, casi inmovilizándome.
Don Juan extendió la mano y me ayudó a levantarme. Mi sensación
corporal fue la de que él alzaba dos cuerpos. Sonrió como quien sabe y susurró
que nunca había que volverse a la izquierda para enfrentar al nagual. Dijo que
el nagual era fatídico y que no había necesidad de acrecentar todavía más el
riesgo. Luego me dio vuelta con gentileza y me hizo encarar un enorme
eucalipto. Era acaso el árbol más viejo de las inmediaciones. Su tronco era
casi dos veces más grueso que el de cualquier otro. Don Juan señaló hacia
arriba con los ojos. Don Genaro se hallaba encaramado en una rama. Me daba el
rostro. Vi sus ojos como dos espejos enormes que reflejaban luz. No quería
mirar pero don Juan insistió en que no apartara la vista. En un susurro muy
enérgico me ordenó que no parpadeara ni sucumbiera al susto o a la entrega.
Advertí que si pestañeaba de continuo, los ojos de don Genaro no
eran tan imponentes. Sólo al fijar la vista el resplandor enloquecía.
Estuvo largo tiempo acuclillado en la rama. Luego, sin mover el
cuerpo para nada, saltó y aterrizó, en la misma postura, a un par de metros de
donde me encontraba. Presencié la secuencia completa de su salto, y supe haber
percibido más de lo que mis ojos me permitieron aprehender. Don Genaro no había
saltado en verdad. Algo lo había empujado desde atrás haciéndolo deslizar en
curso parabólico. La rama donde estuvo trepado se hallaba a unos treinta metros
de altura, y el árbol crecía como a cuarenta y cinco de distancia; así, su
cuerpo tuvo que trazar una parábola para caer donde cayó. Pero la fuerza
necesaria para, cubrir el trecho no era producto de los músculos de don Genaro;
un "soplo" impulsó su cuerpo desde la rama hasta el suelo. En cierto punto
vi las suelas de sus zapatos, y su posterior, conforme su cuerpo describía la
parábola. Después aterrizó con suavidad, aunque su peso deshizo los terrones
duros y secos e incluso levantó algo de polvo.
Don Juan rió por lo bajo a mis espaldas. Don Genaro se puso en
pie como si nada hubiese ocurrido y me jaló de la manga para indicar que nos
íbamos.
Nadie habló en el camino a la casa. Me sentía lúcido y
compuesto. Un par de veces, don Juan se detuvo y examinó mis ojos mirándolos
detenidamente. Pareció satisfecho. Apenas llegamos, don Genaro fue atrás de la
casa. Todavía era temprano. Don Juan tomó asiento en el suelo junto a la puerta
y. me señaló un sitio donde sentarme. Yo estaba exhausto. Me acosté y me apagué
como una vela.
Desperté porque don Juan me sacudía. Quise ver la hora. No tenía
reloj. Don Juan lo sacó del bolsillo de su camisa y me lo devolvió. Era la una
de la tarde. Alcé los ojos y encontré los suyos.
No. No hay explicación dijo, volviéndose . El nagual es sólo
para atestiguarse.
Di la vuelta a la casa buscando a don Genaro; no lo hallé.
Regresé a la parte frontal. Don Juan me había hecho algo de comer. Cuando lo
hube comido empezó a hablar.
Cuando uno está tratando con el nagual, nunca hay que mirarlo de
frente dijo . Tú te le quedaste mirando fijamente esta mañana, y por eso te
vaciaste. La única manera de mirar al nagual es como si fuera cosa común. Uno
tiene que pestañear para romper la fijación. Nuestros ojos son los ojos del
tonal, o quizá sería más exacto decir que nuestros ojos han sido entrenados por
el tonal, por eso el tonal los reclama. Una de tus fuentes de confusión y
desconcierto es que tu tonal no te suelta los ojos. El día que lo haga, tu
nagual habrá ganado una gran batalla. Tu obsesión, o mejor dicho la obsesión de
todos nosotros, es arreglar el mundo según reglas de tonal; así, cada vez que
nos enfrenta el nagual, hacemos lo imposible por volver nuestros ojos tiesos e
intransigentes, Debo apelar a la parte de tu tonal que entiende este dilema, y
debes hacer un esfuerzo por liberar tus ojos. La cosa es convencer al tonal de
que hay otros mundos que pueden pasar frente a las mismas ventanas. El nagual
te lo enseñó esta mañana. Conque deja que tus ojos sean libres; déjalos ser
verdaderas ventanas. Los ojos pueden ser ventanas para contemplar el
aburrimiento o para atisbar aquella infinitud.
Don Juan trazó con el brazo izquierdo un amplio arco para
señalar el entorno. Había un brillo en sus ojos, y su sonrisa era a la vez
temible e irresistible.
¿Cómo puedo hacer eso? pregunté.
Yo digo que es un asunto muy fácil. Quizá lo llamo fácil porque
llevo tanto tiempo haciéndolo. Todo lo que tienes que hacer es instalar tu
intención como aduana. Cuando estés en el mundo del tonal, deberías de ser un
tonal impecable; ahí no hay tiempo para porquerías irracionales. Pero cuando
estés en el mundo del nagual, también deberías ser impecable; ahí no hay tiempo
para porquerías racionales. Para el guerrero, la intención es la puerta de
enmedio. Se cierra por completo detrás de él cuando va o cuando viene.
"Otra cosa que uno debe hacer cuando se enfrenta al nagual
es cambiar la línea de los ojos de tiempo en tiempo, para así romper el
encantamiento. Cambiar la posición de los ojos siempre alivia la carga del
tonal. Esta mañana noté que estabas muy vulnerable y te cambié la posición de
tu cabeza. Si estás en un aprieto de ésos, deberías ser capaz de cambiar tú
solo. Pero el cambio ese sólo es para alivio, y no es otra manera de
parapetarse para proteger el orden del tonal. Yo apostaría que tú vas a procurar
usar esta técnica para esconder la racionalidad de tu tonal, y creer que así la
estás salvando de la extinción. La falla de tu razonamiento es que nadie quiere
ni busca la extinción de la racionalidad del tonal. Ese miedo es infundado.
"Nada más puedo decirte, excepto que sigas todos los
movimientos de Genaro, sin agotarte. Ahora estás probando si tu tonal está o no
repleto de banalidades. Si hay en tu isla demasiados objetos innecesarios, no
podrás sostener el encuentro con el nagual."
¿Qué me pasaría?
Podrías morirte. Nadie es capaz de sobrevivir un encuentro
voluntario con el nagual, sin una larga preparación. Lleva años preparar al
tonal para tal encuentro. Por regla general, si un hombre común y corriente se
encuentra un día cara a cara con el nagual, la impresión es tan grande que lo
mata. La meta de la preparación del guerrero no es entonces enseñarle conjuros
ni embrujos, sino preparar a su tonal para que no se caiga de narices. Una
empresa de lo más difícil. Al guerrero se le debe enseñar a ser impecable y a
estar totalmente vacío antes de que Pueda aún siquiera concebir el ser testigo
del nagual.
"En tu caso, por ejemplo, tienes que dejar de calcular. Lo
que hacías esta mañana era absurdo. Tú lo llamas explicar. Yo lo llamo una
insistencia estéril y tediosa del tonal por tener todo bajo su control. Cada
vez que no le salen bien las cosas, hay un instante de confusión y entonces el
tonal se abre a la muerte. ¡Qué hijo de la chingada! Primero se mata antes que
ceder el control. Y sin embargo muy poco podemos hacer por cambiar esa
condición."
¿Cómo la cambió usted, don Juan?
Hay que barrer la isla del tonal y mantenerla limpia. Es la
única alternativa que tiene el guerrero. Una isla limpia no ofrece resistencia;
es como si allí no hubiera nada.
Rodeó la casa y tomó asiento en una gran roca lisa. Desde allí
se miraba hacia una hondonada. Me hizo seña de sentarme junto a él.
¿Puede decirme, don Juan, qué más vamos a hacer hoy? pregunté.
No vamos a hacer nada. Es decir, tú y yo seremos sólo testigos.
Tu benefactor es Genaro.
Pensé haber malentendido en mi afán de tomar notas. En las
primeras etapas de mi aprendizaje, el mismo don Juan había introducido el
término "benefactor". Mi impresión había sido siempre la de que él
mismo era mi benefactor.
Don Juan había callado y me miraba. Hice una rápida evaluación y
concluí que sin duda se refería a que don Genaro era algo así como el actor
estelar de aquella ocasión. Don Juan rió como si leyera mi mente.
Genaro es tu benefactor repitió.
Usted lo es, ¿o no? pregunté en tono frenético.
Yo soy el que te ayudó a barrer la isla del tonal dijo . Genaro
tiene dos aprendices, Pablito y Néstor. Los está ayudando a barrer la isla;
pero soy yo el que les enseñará el nagual. Yo seré su benefactor. Genaro es
sólo su maestro. En estos andares, uno habla o actúa; uno no puede hacer las
dos cosas con la misma persona. Uno toma la isla del tonal, o toma el nagual.
En tu caso, mi deber ha sido trabajar con tu tonal.
Mientras don Juan hablaba, tuve un ataque de terror tan intenso
que estuve a punto de enfermarme. Sentí que iba a dejarme con don Genaro, y la
idea me espantaba.
Don Juan rió y rió al escuchar mis miedos.
Lo mismo le pasa a Pablito dijo . Nomás me ve y se enferma. El
otro día entró en la casa cuando Genaro no estaba. Yo estaba solo aquí y había
dejado mi sombrero junto a la puerta. Pablito lo vio y su tonal se asustó tanto
que de verdad se cagó en los calzones.
Yo podía entender fácilmente los sentimientos de Pablito y
proyectarme en ellos. Considerando con cuidado, había que admitir que don Juan
era aterrador. Yo, sin embargo, había aprendido a sentirme a gusto con él.
Experimentaba una familiaridad nacida de nuestra larga asociación.
No voy a dejarte con Genaro -dijo, riendo aún . Yo soy quien
cuida tu tonal. Sin él estás muerto.
¿Tiene todo aprendiz un maestro y un benefactor? pregunté para
calmar mi turbación.
No, no todo aprendiz. Pero algunos sí.
¿Por qué tienen algunos maestro y benefactor?
Cuando un hombre común y corriente está listo, el poder le
consigue un maestro, y se hace aprendiz. Cuando el aprendiz está listo, el
poder le consigue un benefactor, y se hace brujo.
¿Qué es lo que hace que un hombre esté listo, para que el poder
le consiga un maestro?
Nadie lo sabe. Sólo somos hombres. Algunos somos hombres que han
aprendido a ver y a usar al nagual, pero nada de lo que hayamos podido ganar en
el curso de nuestras vidas puede revelarnos los designios del poder. Así pues,
no todo aprendiz tiene un benefactor. El poder decide eso.
Le pregunté si él mismo había tenido un maestro y un benefactor,
y por primera vez en trece años habló libremente de ellos. Dijo que tanto su
maestro como su benefactor eran de Oaxaca. Yo siempre había considerado que ese
tipo de información era valioso para mi investigación antropológica, pero por
algún motivo, en el momento de la revelación, no me importó.
Don Juan me lanzó un vistazo. Pensé que era una mirada de
preocupación. Luego cambió abruptamente de tema y me pidió relatar cada detalle
de lo que experimenté en la mañana.
Un susto repentino siempre encoge al tonal dijo al comentar la
descripción de mi reacción al grito de don Genaro . El problema es aquí no
dejar que el tonal se encoja más de la cuenta. Un grave asunto para un guerrero
es el saber precisamente cuándo dejar que su tonal se encoja y cuándo
detenerlo. Eso sí que es un arte. El guerrero debe luchar como demonio para
encoger su tonal; pero en el mismo momento en que el tonal se encoge, el
guerrero debe voltear al revés la lucha inmediatamente para no dejarlo encogerse
más.
Pero al hacer eso, ¿no regresa a lo que ya era? pregunté.
No. Después que el tonal se encoge, el guerrero cierra la puerta
desde el otro lado. Mientras nada desafíe a su tonal y sus ojos estén encajados
sólo para el mundo del tonal, el guerrero anda en el lado seguro de la cerca.
Está en terreno familiar y conoce todas las reglas. Pero cuando su tonal se
encoge, está en el lado de los ventarrones, y esa abertura debe sellarse en el
acto, o el viento lo barrerá como a una hoja. Y esto no es sólo una manera de
decir las cosas. Más allá de la puerta de los ojos del tonal, el viento es
furibundo. Y ese es un viento real. Esto no es una metáfora. Un viento que le
puede volar a uno la vida. De hecho, ése es el viento que se vuela a todas las
cosas vivas que están sobre la tierra. Hace años te presenté a ese viento. Pero
tú lo tomaste en broma.
Se refería a una vez que me llevó a las montañas para enseñarme
ciertas propiedades del viento. A mí, sin embargo, nunca me pareció cosa de
broma.
No es importante si lo tomaste en serio o no -dijo tras escuchar
mis protestas . Por regla, el tonal debe defenderse, a cualquier costo, siempre
que se ve amenazado; así que no tiene importancia alguna la forma en que el
tonal reacciona para lograr su defensa. Lo único importante es que el tonal de
un guerrero debe entrar en relaciones con otras alterna-tivas. Lo que un
maestro trata de alcanzar, en este caso, es el peso total de esas
posibilidades. El peso de esas nuevas posibilidades es lo que ayuda a encoger
el tonal. Del mismo modo, ese mismo peso ayuda a impedir que el tonal se encoja
más de la cuenta.
Me indicó proseguir el relato de los sucesos matinales, y me
interrumpió en la parte en que don Genaro se deslizaba de un lado a otro entre
el tronco y la rama.
El nagual puede ejecutar cosas extraordinarias dijo . Cosas que
no parecen posibles, cosas impensables para el tonal. Pero lo extraordinario es
que el que actúa no tiene manera de saber cómo ocurren esas cosas. En otras
palabras, Genaro no sabe cómo hace esas cosas; él sólo sabe que las hace. El
secreto de un brujo es que sabe cómo llegar al nagual, pero una vez que llega
allí, su opinión no vale más que la tuya, acerca de lo que ahí pasa.
¿Pero qué siente uno al hacer esas cosas?
Uno siente que uno está haciendo algo.
¿Sentiría don Genaro que estaba caminando por el tronco de un
árbol?
Don Juan me miró un momento; luego apartó la cara.
No dijo en un susurro enérgico . No del modo que tú quieres
decir.
No dijo nada más. Yo casi contenía el aliento, esperando su
explicación. Al fin tuve que preguntar:
¿Pero qué siente?
No puedo decirlo, no porque sea asunto personal, sino porque no
hay manera de describirlo.
Ándele lo animé . No hay nada que uno no pueda explicar o
elucidar con palabras. Creo que, aunque no sea posible describir algo
directamente, uno puede aludir, andarse por las ramas.
Don Juan rió. Su risa era amistosa y amable. Y sin embargo,
había en ella un toque de burla y de travesura.
Tengo que cambiar el tema -dijo . Baste decir que el nagual
estaba apuntándote a ti esta mañana. Lo que hizo Genaro fue una mezcla entre tú
y él. Su nagual se templaba con tu tonal.
Insistí en sondearlo y pregunté:
Guando usted le enseña el nagual a Pablito, ¿qué cosa siente?
No puedo explicarlo dijo con voz suave . Y no porque no quiera;
sencillamente, no puedo. Mi tonal se para allí.
No quise presionarlo más. Permanecimos un rato en silencio;
luego, él empezó a hablar de nuevo.
Digamos que un guerrero aprende a entonar su voluntad, a
dirigirla a un punto directo, a enfocarla donde quiere. Es como si su voluntad,
que sale de la parte media de su cuerpo, fuera una sola fibra luminosa, una
fibra que él puede dirigir a cualquier sitio concebible. Esa fibra es el camino
al nagual. O también yo podría decir que el guerrero se hunde en el nagual a
través de esa sola fibra.
"Una vez que se ha hundido, la expresión del nagual es
asunto de su temperamento personal. Si el guerrero es chistoso, el nagual es
chistoso. Si el guerrero es espantoso, el nagual es espantoso. Si el guerrero
es perverso, el nagual es perverso.
"Genaro siempre me hace reír porque es uno de los seres más
divertidos que hay. Nunca sé con qué va a salir. Eso, para mí, es la esencia
última de la brujería. Genaro es un guerrero tan fluido que el más leve enfoque
de su voluntad hace que su nagual actúe en formas increíbles."
¿Observó usted mismo lo qué don Genaro hacia en los árboles?
pregunté.
No. Nada más supe, porque vi, que el nagual estaba en los
árboles. El resto del espectáculo era para ti solo.
¿O sea, don Juan, que, como la vez que usted me empujó y fui a
dar al mercado, usted no estaba conmigo?
Fue algo así. Cuando uno se encuentra cara a cara con el nagual,
uno siempre tiene que estar solo, Yo nada más andaba por ahí para proteger a tu
tonal. Ése es mi cargo.
Don Juan dijo que mi tonal casi estalló en pedazos cuando don
Genaro descendió del árbol; no tanto por alguna cualidad de riesgo inherente al
nagual, sino porque mi tonal se entregó al desconcierto. Dijo que uno de los
propósitos de la preparación del guerrero era cortar el desconcierto del tonal,
hasta que el guerrero fuese lo bastante fluido para admitirlo todo sin admitir
nada.
Cuando describí los saltos de don Genaro al subir al árbol y al
bajar de él, don Juan dijo que el grito del guerrero era uno de los asuntos más
importantes de la brujería, y que don Genaro era capaz de enfocarse en su
grito, usándolo como vehículo.
Tienes razón dijo . A Genaro lo jalaron en parte su grito y en
parte el árbol. En eso sí viste bien. Esa fue una verdadera vista del nagual.
La voluntad de Genaro estaba enfocada en su grito, y su carácter personal hizo
que el árbol jalara al nagual. Las líneas iban en ambos sentidos, de Genaro al
árbol y del árbol a Genaro.
"Lo que debiste ver cuando Genaro saltó del árbol era que
estaba enfocando un sitio enfrente de ti y luego el árbol lo empujó. Pero sólo
parecía un empujón; en esencia era más bien como si el árbol lo soltara. El
árbol soltó al nagual y el nagual regresó al mundo del tonal en el sitio que
Genaro enfocaba.
"La segunda vez que Genaro bajó del árbol, tu tonal no
estaba tan desconcertado; no te entregabas tan duro y por eso no te agotaste
tanto como la primera vez."
A eso de las cuatro de la tarde, don Juan detuvo la
conversación.
Vamos a volver a los eucaliptos dijo . El nagual nos espera
allí.
¿No corremos el riesgo de que nos vea la gente? pregunté.
No. El nagual mantendrá todo suspendido respondió.
EL SUSURRO DEL NAGUAL
Cuando nos acercamos a los eucaliptos vi a don Genaro sentado en
un tronco. Sonriente, agitó la mano. Fuimos hasta él.
Había en los árboles una bandada de cuervos. Graznaban como
asustados. Don Genaro dijo que permaneciéramos quietos y en silencio hasta que
los cuervos se calmaran.
Don Juan reclinó la espalda contra un árbol y me indicó otro que
estaba cerca, a su izquierda. Ambos dábamos la cara a don Genaro, que estaba a
tres o cuatro metros de nosotros.
Con un sutil movimiento de los ojos, don Juan me indicó
reacomodar mis pies. Se erguía de pie, con firmeza, los pies ligeramente
separados, y sólo la parte superior de sus omoplatos, y el centro de su nuca,
tocaban el tronco. Los brazos le pendían a los lados.
Estuvimos así tal vez una hora. Yo los vigilaba detenidamente,
sobre todo a don Juan. En determinado momento se dejó resbalar suavemente por
el tronco y tomó asiento, manteniendo aún las mismas áreas de su cuerpo en
contacto con el árbol.. Sus rodillas quedaron alzadas, y descansó en ellas los
brazos. Imité sus movimientos. Tenía las piernas sumamente fatigadas, y el
cambio de postura me confortó.
Los cuervos cesaron poco a poco de graznar, hasta que no hubo un
sonido en el campo. El silencio me turbaba más que el ruido de los cuervos.
Don Juan me habló en voz baja. Dijo que el crepúsculo era mi
mejor hora. Miró el cielo. Pasarían de las seis. El día fue nublado y yo no
había tenido manera de comprobar la posición del sol. Oí a lo lejos alboroto de
gansos y quizá pavos. Pero en el campo de los eucaliptos no había rumor alguno.
Desde un largo rato atrás, no se escuchaban pájaros ni insectos grandes.
Los cuerpos de don Juan y don Genaro habían guardado una
inmovilidad perfecta, hasta donde yo podía juzgar, excepto en los instantes en
que, para descansar, desplazaban su centro de gravedad.
Cuando don Juan y yo estábamos sentados en el suelo, don Genaro
hizo un movimiento súbito. Alzó los pies y se puso en cuclillas sobre el
tronco. Luego giró cuarenta y cinco grados, y me hallé mirando su perfil
izquierdo: Busqué en don Juan una indicación. Él echó hacia adelante la
barbilla; era una orden de mirar a don Genaro.
Una agitación monstruosa me invadió. Era incapaz de contenerme.
Mis intestinos se soltaban. Pude sentir en lo absoluto lo que Pablito debe de
haber sentido al ver el sombrero de don Juan. Experimentaba tal tumulto
intestinal que me fue necesario correr a los arbustos. Oí a los viejos aullar
de risa.
No me atreví a regresar con ellos. Titubeé un rato; pensé que mi
repentina explosión habría roto el hechizo. No tuve que meditar mucho tiempo;
don Juan y don Genaro vinieron a donde me hallaba. Me flanquearon y fuimos a
otro campo. Nos detuvimos en su centro mismo, y recordé que estuvimos allí en
la mañana.
Don Juan me habló. Me dijo que fuera fluido y silencioso y
detuviera mi diálogo interno. Yo escuché con atención. Don Genaro debe haber
advertido que toda mi concentración se enfocaba en las admoniciones de don
Juan, y aprovechó ese momento para repetir lo que hizo en la mañana; de nuevo
soltó su grito enloquecedor. Me pescó de sorpresa, pero no desprevenido. Casi
inmediatamente recuperé mi equilibrio por medio de la respiración. El choque
fue aterrador, pero no tuvo un efecto prolongado, y pude seguir con la vista
los movimientos de don Genaro. Lo miré saltar a una rama baja. Al seguir su
curso en una distancia de más o menos veinticinco metros, mis ojos
experimentaron una extravagante distorsión. No era que saltara por medio de la
acción elástica de sus músculos; más bien se deslizaba por el aire, catapultado
en parte por su formidable alarido, y jalado por unas vagas líneas emanadas del
árbol. Era como si el árbol lo chupara a través de esas líneas.
Don Genaro quedó un momento encaramado en la rama. Yo veía su
perfil izquierdo. Empezó a ejecutar una serie de movimientos extraños. Su
cabeza oscilaba, su cuerpo se estremecía. Varias veces ocultó la cabeza entre
las rodillas. Mientras más se movía y se agitaba, mayor era mi dificultad para
enfocar los ojos en su cuerpo. Parecía disolverse. Parpadeé como desesperado y
luego alteré mi línea de visión torciendo la cabeza a diestro y siniestro, como
don Juan me había enseñado. Desde mi perspectiva izquierda vi el cuerpo de don
Genaro como nunca antes lo había visto. Parecía haberse puesto un disfraz.
Lucía un traje peludo, del color de un gato siamés: ante claro, con toques de
chocolate oscuro en las piernas y la espalda; tenía una cola gruesa y larga. El
atavío de don Genaro lo hacía verse como un cocodrilo peludo y café, de patas
largas, sentado en una rama. No se discernían su cabeza ni sus facciones.
Enderecé la cabeza hasta una postura normal. La visión de don
Genaro disfrazado se mantuvo sin alteración.
Sus brazos se estremecieron. Se paró en la rama, pareció
agacharse, y saltó hacia el suelo. La rama estaba a cinco o seis metros de
altura. Hasta donde yo podía juzgar, fue el salto ordinario de un hombre
ataviado con un disfraz. Vi el cuerpo de don Genaro a punto de tocar el suelo,
y entonces la gruesa cola de su disfraz vibró y, en vez de aterrizar, despegó
como impelido por un silencioso motor de turbina. Ascendió por encima de los
árboles y luego planeó casi hasta el suelo. Repitió una y otra vez la maniobra.
En ocasiones asía una rama y se mecía dando la vuelta al árbol, o se escondía
como una anguila entre las ramas. Y luego planeaba y describía círculos en
torno nuestro, o aleteaba con los brazos al tocar su estómago la punta de los
árboles.
Los juegos de don Genaro me llenaban de asombro. Mis ojos lo
seguían, y dos o tres veces percibí con toda claridad que usaba unas líneas
brillantes, como si fueran poleas, para deslizarse de un sitio a otro. Luego
pasó, hacia el sur, por encima de los árboles, y desapareció tras ellos. Traté
de anticipar el sitio donde reaparecería, pero ya no se mostró.
Advertí que yacía bocarriba, aunque no había tenido conciencia
de ningún cambio en la perspectiva. Todo el tiempo creí estar de pie mirando a
don Genaro.
Don Juan me ayudó a sentarme, y entonces vi que don Genaro se
acercaba. Caminaba con un aire de descuido. Sonrió con recato y preguntó si me había
gustado su vuelo. Traté de decir algo, pero me hallaba mudo.
Don Genaro cruzó con don Juan una extraña mirada y volvió a
acuclillarse. Inclinándose, susurró en mi oído izquierdo. Lo oí decir:
¿Por qué no vienes a volar conmigo?
Repitió la frase cinco o seis veces. Don Juan se acercó y me
susurró en el oído derecho:
No hables. Tú nomás sigue a Genaro.
Don Genaro me hizo poner en cuclillas y susurró de nuevo. Yo lo
oía con precisión cristalina. Repitió unas diez veces:
Confía en el nagual. El nagual te va a llevar.
Entonces don Juan susurró otra frase en mi oído derecho. Dijo:
Cambia tus sentimientos.
Yo los oía hablarme a la vez, pero también percibía sus voces
por separado. Cada una de las indicaciones de don Genaro tenía que ver con el
contexto general de deslizarse por el aire. Las que repetía docenas de veces
parecían ser aquellas que se grababan en mi memoria. En cambio, las palabras de
don Juan se referían a órdenes específicas que repitió incontables veces. El
efecto del susurro doble fue por demás extraordinario. Parecía que el sonido de
sus palabras individuales me partiera por la mitad. Finalmente, el abismo entre
mis oídos fue tan ancho que perdí todo sentido de unidad. Había algo que sin
duda era yo, pero carecía de solidez. Semejaba una niebla resplandeciente, una
neblina amarillo oscuro dotada de sentimientos.
Don Juan dijo que iba a moldearme para el vuelo. Tuve entonces
la sensación de que las palabras eran como unas pinzas que torcían y moldeaban
mis "sentimientos".
Las palabras de don Genaro eran una invitación a seguirlo. Sentí
que deseaba hacerlo, pero no podía. La disociación era tan grande que me
incapacitaba. Oí entonces las mismas frases cortas interminablemente repetidas
por ambos; cosas como:
-Mira qué bonita figura para volar.
falta, salta.
Tus piernas te subirán a la copa de los árboles.
Los eucaliptos son puntos verdes.
Los gusanos son luces.
Algo ha de haber cesado en mí en un momento dado; quizá la
conciencia de que se me dirigía la palabra. Sentía que don Genaro se hallaba
aún conmigo, pero en lo tocante a percepción sólo discernía una masa enorme de
las más extraordinarias luces. A ratos el fulgor disminuía y a ratos se
intensificaba. Asimismo, yo experimentaba movimiento. El efecto era el de ser
jalado por un vacío que no me daba tregua. Cada vez que mi movimiento parecía
disminuir y me era posible enfocar la atención en las luces, el vacío me jalaba
de nuevo.
En cierto momento, entre el jalón hacia adelante Y hacia atrás,
experimenté la máxima confusión. El mundo en torno mío, fuera lo que fuese, iba
y venía al mismo tiempo; de allí el efecto de vacío. Yo veía dos mundos por
separado; uno que se alejaba de mí Y otro que se acercaba. No me di cuenta de
esto en forma ordinaria; es decir, no tomé conciencia de ello como de algo que
hasta entonces no se revelaba. Más bien tuve dos percepciones que no llegaron a
unificarse.
Después, mis percepciones se opacaron. O carecían de precisión,
o eran demasiadas y no había modo de diferenciarlas. El siguiente grupo de
percepciones discernibles fue una serie de sonidos en el extremo de una larga
configuración semejante a un tubo. El tubo era yo mismo y los sonidos eran don
Juan y don Genaro, que de nuevo me hablaban uno por cada oído. Conforme
hablaban, el tubo se iba acortando, hasta quedar los sonidos en una gama que yo
reconocía. Es decir: el sonido de las palabras de don Juan y don Genaro alcanzó
mi gama normal de percepción; los sonidos se hicieron reconocibles primero como
ruidos, luego como palabras gritadas, y finalmente como palabras susurradas en
mis orejas.
A continuación noté objetos del mundo familiar. Al parecer me
hallaba tendido bocabajo. Distinguía terrones, piedras, hojas secas. Y luego me
percaté del campo de eucaliptos.
Don Juan y don Genaro estaban de pie junto a mí. Aún había luz.
Sentí que debía meterme en el agua para consolidarme. Fui al río, me quité la
ropa y permanecí en el agua fría el tiempo suficiente para restaurar mi
equilibrio perceptual.
Don Genaro se marchó apenas llegamos a su casa. Al despedirse,
me dio una palmada en el hombro. Me aparté de un salto por acción refleja.
Pensaba que su contacto sería doloroso; para mi sorpresa, no fue más que un
suave golpecito en el hombro.
Don Juan y don Genaro rieron como dos niños celebrando una
travesura.
No seas tan nervioso dijo don Genaro . El nagual no anda tras de
ti todo el tiempo.
Chasqueó los labios como reprobando mi reacción excesiva, y con
aire de candor y camaradería abrió los brazos. Lo abracé. Me palmeó la espalda
en un gesto sumamente cálido y amistoso.
Debes preocuparte del nagual sólo en ciertos momentos dijo . El
resto del tiempo, tú y yo somos como cualquier otra gente de este mundo.
Se volvió a don Juan y le sonrió.
¿No es así, Juancho? preguntó.
Así es, Gerancho repuso don Juan.
Ambos tuvieron una explosión de risa.
Debo prevenirte me dijo don Juan : tienes que ejercer la
vigilancia más exigente para estar seguro de cuándo un hombre es un nagual y
cuándo es simplemente un hombre. Puedes morir si entras en contacto físico
directo con el nagual.
Don Juan se volvió a don Genaro y con ancha sonrisa preguntó:
¿No es así, Gerancho?
Pues así es, Juancho repuso don Genaro y ambos rieron.
Su alegría infantil me conmovió en alto grado. Los sucesos del
día habían sido agotadores y mi emotividad estaba a flor de piel. Una oleada de
autocompasión me envolvió. Casi lloraba al repetirme una y otra vez que lo que
ellos me habían hecho, fuera lo que fuese, poseía carácter de irreversible y
probablemente de perjudicial. Don Juan parecía leer mis pensamientos; meneó la
cabeza en un gesto de incredulidad.
Chasqueó la lengua. Hice un esfuerzo por detener mi diálogo
interno, y la autocompasión desapareció.
Genaro es muy cariñoso -comentó don Juan cuando don Genaro se
fue . El designio del poder fue que hallaras un benefactor gentil.
No supe qué decir. La idea de que don Genaro era mi benefactor
me intrigaba sobremanera. Quise que don Juan me dijera más al respecto. Él no
parecía tener ganas de hablar. Miró el cielo y la cima de la oscura silueta de
unos árboles al lado de la casa. Tomó asiento con la espalda contra un grueso
palo ahorquillado, plantado casi frente a la puerta, y me indicó sentarme junto
a él, a su izquierda.
Así lo hice. Tomándome del brazo me jaló más cerca, hasta que
nuestros cuerpos se tocaron. Dijo que esa hora de la noche era peligrosa para
mí, sobré todo en aquella ocasión. Con voz muy tranquila me dio una serie de
instrucciones: no nos moveríamos del sitio hasta que él lo creyera conveniente;
seguiríamos hablando, en tono sosegado, sin interrupciones largas; yo debía
respirar y parpadear como si me hallara frente al nagual.
¿Está por aquí el nagual? pregunté.
Desde luego dijo, y rió por lo bajo.
Prácticamente me acurruqué contra don Juan. Él empezó a hablar y
solicitó de mí cualquier tipo de preguntas. Incluso me dio mi libreta y mi
lápiz, como si yo pudiera escribir en la oscuridad. Afirmó que yo necesitaba
estar lo más tranquilo y normal que fuese posible, y no había mejor modo de
fortificar mi tonal que el de tomar notas. Planteó el asunto en un nivel
conminatorio; dijo que si anotar era mi predilección, debía ser capaz de
hacerlo aun entre tinieblas. Había en su voz un tono de reto cuando me dijo que
yo podía convertir la anotación en una tarea de guerrero, en cuyo caso la
oscuridad no sería ningún obstáculo.
De algún modo debe de haberme convencido, pues logré garrapatear
partes de nuestra conversación. El tema principal fue don Genaro como
benefactor mío. Yo tenía curiosidad de saber cuándo se había vuelto tal, y don
Juan me instó a recordar un supuesto suceso extraordinario que tuvo lugar el
día en que conocí a don Genaro, y que sirvió de señal propicia. No pude
recordar nada por el estilo. Empecé a recontar la experiencia; hasta donde
recordaba, fue un encuentro de lo más común y casual, ocurrido en la primavera
del año 1968. Don Juan me detuvo.
Si eres tan tonto que no te acuerdas dijo , más vale dejarlo
así. Un guerrero sigue los dictados del poder. Lo recordarás cuando se haga
necesario:
Don Juan dijo que tener benefactor era un asunto muy difícil.
Citó como ejemplo el caso de su aprendiz Eligio, que llevaba muchos años con
él. Dijo que Eligio no había podido encontrar benefactor. Le pregunté si a la
larga lo hallaría; repuso que no había modo de predecir los caprichos del
poder. Me recordó que una vez, años atrás, habíamos encontrado un grupo de
indios jóvenes explorando el desierto en el norte de México. Dijo que había
"visto" en aquella ocasión que ninguno de ellos tenía benefactor, y
que el entorno general y el ánimo del momento eran propicios para que él les
diera una ayuda mostrándoles el nagual. Hablaba de una noche en que cuatro
jóvenes presenciaron, sentados junto al fuego, lo que yo consideré un truco
espectacular, en el cual don Juan pareció manifestarse en diferente forma ante
cada uno de nosotros.
Esos muchachos ya sabían bastante dijo . Tú eras el único novato
entre ellos.
¿Qué les ocurrió después? pregunté.
Algunos hallaron benefactor fue la respuesta.
Don Juan dijo que el deber del benefactor era entregar a su
pupilo al poder, y que el benefactor impartía al neófito su toque personal,
tanto como el maestro o más todavía.
Durante una corta pausa en la plática, oí un extraño ruido
rasposo en la parte trasera de la casa. Don Juan me retuvo; yo casi me había
levantado como reacción. Antes del ruido, nuestra conversación había sido para
mí una cosa común y corriente. Pero cuando ocurrió la pausa, y hubo un momento
de silencio, el extraño ruido se metió por él. En ese instante tuve la certeza
de que nuestra conversación era un suceso extraordinario. Sentí que el sonido
de las palabras de don Juan y las mías, era como una capa quebradiza, y que el
ruido había estado al acecho, en espera de una oportunidad para irrumpir.
Don Juan me ordenó seguir sentado sin prestar atención al
entorno. El sonido rasposo evocaba a un topo cavando en suelo duro y seco. En
el momento en que pensé en el símil, tuve asimismo la imagen visual de un
roedor como el que don Juan me había enseñado en la palma de su mano. Era como
si me estuviese durmiendo y mis pensamientos se hicieran visiones o sueños.
Inicié el ejercicio de respiración y sostuve mi estómago con las
manos entrelazadas. Don Juan seguía hablando, pero yo no lo escuchaba. Mi
atención se hallaba en el suave crujir de una cosa serpentina al deslizarse
sobre pequeñas hojas secas. Tuve un momento de pánico y repulsión física ante
la idea de que una serpiente me pasara encima. Involuntaria-mente metí los pies
bajo las piernas de don Juan mientras respiraba y parpadeaba frenéticamente.
Oí el ruido tan cerca que parecía estar a menos de un metro. Mi
pánico aumentó. Don Juan dijo calmadamente que la única manera de repeler al
nagual era permanecer inalterable. Me ordenó estirar las piernas y no enfocar
la atención en el ruido. Imperioso, exigió que escribiera c preguntara, e
hiciera un esfuerzo por no sucumbir.
Tras una gran pugna le pregunté si era don Genaro quien hacía el
ruido. Dijo que era el nagual y que no los confundiese; Genaro era el nombre
del tonal. Añadió otra cosa, pero no pude entenderle. Algo describía círculos
en torno a la casa y yo no podía concentrarme en la conversación. Me ordenó
hacer un esfuerzo supremo. En determinado momento me hallé balbuciendo
inanidades. Tuve una sacudida de miedo y entré en un estado de gran lucidez.
Don Juan me dijo entonces que podía escuchar. Pero no había sonido alguno.
El nagual ya se fue dijo don Juan, y levantándose entró en la
casa.
Encendió una linterna de kerosén y preparó comida. La consumimos
en silencio. Le pregunté si el nagual volvería.
No dijo con expresión seria . Nada más te estaba probando. A
esta hora, justo después del crepúsculo, siempre deberías de ocuparte en algo.
Cualquier cosa es buena. Se trata sólo de un periodo corto, acaso una hora,
pero en tu caso, una hora mortal.
"Esta noche, el nagual quiso hacerte perder el paso, pero
fuiste lo bastante fuerte para rechazar su asalto. Una vez sucumbiste y tuve
que echarte agua en todo el cuerpo; ahora lo hiciste mejor."
Observé que la palabra "asalto" daba a lo ocurrido un
aire de peligro.
¿Un aire de peligro? Bonita manera de decirlo repuso . No estoy
tratando de asustarte. Las acciones del nagual son mortales. Ya te lo he dicho,
y no es que Genaro trate de hacerte daño; al contrario, su preocupación por ti
es impecable, pero si no tienes el poder suficiente para detener la embestida
del nagual, te mueres, pese a mi ayuda o a la preocupación de Genaro.
Cuando terminamos de comer, don Juan tomó asiento junto a mí y
por encima de mi hombro miró las notas. Comenté que probablemente tardaría años
en ordenar todo lo que me había pasado ese día. Me habían inundado percepciones
que ni siquiera tenía la esperanza de entender.
-Si no entiendes, estás pero muy bien dijo él . Cuando entiendes
es cuando te va mal. Eso es desde el punto de vista de un brujo, por supuesto.
Desde el punto de vista de un hombre común, si no entiendes te vas a pique. En
tu caso, yo diría que un hombre común creería que estás disociado, o que
empiezas a disociarte.
Reí ante su elección de términos. Supe que me devolvía el
concepto de disociación; yo se lo había mencionado alguna vez antes en conexión
con mis temores. Le aseguré que en esta ocasión no iba a preguntar nada acerca
de lo que había atravesado.
Nunca te he prohibido hablar dijo él . Podemos hablar del nagual
todo lo que se te dé la regalada gana, siempre y cuando no trates de
explicarlo. Si recuerdas correctamente, dije que el nagual es sólo para
presenciarse. Conque podemos hablar de lo que presenciamos y de cómo lo
presenciamos. Pero tú quieres abordar la explicación de cómo es todo aquello
posible, y eso es una abominación. Quieres explicar el nagual con el tonal. Eso
es una estupidez, especialmente en tu caso, puesto que tú ya no puedes esconderte
en tu ignorancia. Tú sabes muy bien que nosotros tenemos sentido al hablar sólo
porque permanecemos dentro de ciertas fronteras, y esas fronteras no se aplican
al nagual.
Intenté aclarar el asunto. No era solamente que yo quisiese
explicarlo todo desde un punto de vista racional; mi tendencia a explicar
brotaba de la necesidad de mantener el orden a través de los tremendos asaltos
de percepciones y estímulos caóticos que había sufrido.
El comentario de don Juan fue que yo trataba de defender un
argumento en el que no creía.
Sabes muy bien que te estás entregando -dijo-. Mantener el orden
significa ser un tonal perfecto, y ser un tonal perfecto significa darse cuenta
de todo cuanto ocurre en la isla del tonal. Pero tú no estás haciendo eso.
Conque tu argumento de mantener el orden carece de verdad. Lo usas sólo para
ganar una discusión.
No supe qué decir. Don Juan me consoló, más o menos, diciendo
que se requería una pugna titánica para limpiar la isla del tonal. Luego me
pidió relatar cuanto había percibido en mi segunda sesión con el nagual.
Después de escucharme, señaló que lo que v; como un cocodrilo peludo era el
epítome del sentido humorístico de don Genaro.
Qué lástima que todavía seas tan pesado dijo . Siempre te atoras
en el desconcierto y pierdes de vista el verdadero arte de Genaro.
-¿Advirtió usted su apariencia, don Juan?
No. La función era nada más para ti.
¿Qué vio usted?
Todo lo que pude ver hoy fue el movimiento del nagual,
deslizándose entre los árboles y girando en torno nuestro. Cualquiera que vea
puede presenciar eso.
¿Y alguien que no ve?
No presenciaría nada; sólo, quizá, los árboles agitados por un
ventarrón. Nosotros siempre interpretamos cualquier expresión desconocida del
nagual como algo que conocemos; en este caso el nagual podría interpretarse
como una brisa que sacude las ho-jas, o aún como una luz extraña, como una
luciérnaga de gran tamaño. Si un hombre que no ve se halla presionado, dirá que
creyó ver algo pero no pudo recordar qué. Esto es muy natural. Él estaría
diciendo la verdad. Después de todo, sus ojos no habrían juzgado nada
extraordinario; siendo los ojos del tonal, tienen que limitarse al mundo del
tonal, y en ese mundo no hay nada asombrosamente nuevo, nada que los ojos no
puedan captar y el tonal no pueda explicar.
La pregunté por las insólitas percepciones que me produjeron al
susurrar en mis oídos.
Ésa fue la mejor parte de todo lo ocurrido dijo . Podríamos
prescindir de los demás, pero ése fue el punto final del día. La regla pide que
el benefactor y el maestro hagan ese arreglo final. El más difícil de todos los
actos. Tanto el maestro como el benefactor deben ser guerreros impecables antes
de intentar siquiera la hazaña de partir a un hombre. Tú no sabes eso, porque
todavía está más allá de tu dominio, pero el poder ha sido otra vez benévolo
contigo. Genaro es el guerrero más impecable que existe.
-¿Por qué es el partir a un hombre tan grande hazaña?
Porque es peligrosa. Podrías haber muerto como un bicho. O, peor
todavía, podríamos no haber logrado juntarte de nuevo y te habrías perdido en
ese extraño plano de sentimientos.
¿Por qué era necesario que ustedes me hicieran eso, don Juan?
Hay un cierto momento en que el nagual debe susurrar en el oído
del aprendiz y partirlo.
¿Qué significa eso, don Juan?
Para ser un tonal común y corriente, un hombre debe tener
unidad. Todo su ser debe pertenecer a la isla del tonal. Sin esa unidad el
hombre se saldría de quicio; un brujo, sin embargo, debe romper esa unidad,
pero sin poner en peligro su ser. La meta de un brujo es durar; es decir, no
corre riegos innecesarios, por ello pasa años barriendo su isla hasta el
momento en que puede, por así decirlo, escaparse de ella. Partir a un hombre en
dos es la puerta para esa fugó.
"El partirte en dos, lo cual ha sido la cosa más peligrosa
que has atravesado, fue sencillo y fácil. El nagual te guió con maestría.
Créeme, sólo un guerrero impecable puede hacer eso. Me sentí muy bien por
ti."
Don Juan me puso una mano en el hombro y experimenté un enorme
impulso de llorar.
Ya estamos llegando al punto en que usted no volverá a verme,
¿verdad? pregunté.
Riendo, meneó la cabeza.
Te entregas a tu vicio como un hijo de la... dijo . Pero todos
lo hacemos. De diferentes modos, eso es todo. A veces yo también me entrego. Mi
modo es sentir que te he consentido y debilitado. Sé que Genaro siente lo mismo
con respecto a Pablito. Lo consiente como a un niño. Pero así lo dispuso el
poder. Genaro da a Pablito todo lo que es capaz de dar, y uno no puede desear
que hiciera otra cosa. Uno no puede criticar a un guerrero por hacer cuanto
impecablemente puede.
Calló un rato. Yo estaba demasiado nervioso pasa guardar
silencio.
¿Qué cree usted que me pasaba cuando me sentía chupado por un
vacío? pregunté.
Te deslizabas dijo como si tal cosa.
¿Por el aire?
-No. Para el nagual no hay tierra, ni aire, ni agua. En este
momento, tú mismo puedes estar de acuerdo con esto. Des veces estuviste en ese
limbo y sólo estabas a las puertas del nagual. Me has dicho que todo cuanto
encontraste era insólito. Así pues el nagual se desliza, o vuela, o hace lo que
haga, en la hora del nagual, que nada tiene que ver con la hora del tonal. Las
dos cosas no casan.
Mientras don Juan hablaba, sentí un temblor en el cuerpo. Mi
quijada descendió y mi boca se abrió involuntariamente. Mis oídos se destaparon
y pude escuchar un zumbido o vibración apenas perceptible. Al describir mis
sensaciones a don Juan, noté que mis palabras sonaban como si alguien más las
pronunciase. Era una sensación compleja, equivalente a oír lo que aún no decía.
Mi oído izquierdo era una fuente de percepciones extraordinaria.
Sentí que era más potente y exacto que mi oído derecho. Tenía algo que no había
tenido antes. Cuando me volví a encarar a don Juan, que estaba a mi derecha,
advertí, en torno a ese oído, un campo de clara percepción auditiva. Era un
espacio físico, un campo dentro del cual los sonidos adquirían una fidelidad
increíble. Volviendo la cabeza, yo podía barrer el entorno con mi oído.
El susurro del nagual te hizo eso dijo don Juan cuando describí
mi experiencia sensorial . Vendrá a ratos y luego se perderá. No le tengas
miedo a esto, ni tampoco a ninguna sensación desacostumbrada que tengas de aquí
en adelante. Pero sobre todo, no te des a tu vicio ni te obsesiones con esas
sensaciones. Sé que tendrás éxito. El momento que escogimos para partirte fue
correcto. El poder dispuso todo eso. Ahora lo demás depende de ti. Si tienes
poder suficiente, soportarás el gran choque de la partición. Pero si eres
incapaz de soportarlo, perecerás. Empezarás a marchitarte, a perder peso; te
volverás pálido, distraído, irritable, callado.
Quizá dije si usted me hubiera dicho hace años lo que usted y
don Genaro hacían, yo tendría bastante...
Alzó la mano y me impidió terminar.
-Lo que dices no tiene sentido dijo . Una vez me dijiste que, de
no ser por el hecho de que eres terco y dado a explicaciones racionales, ya
serías un brujo hoy en día. Pero ser brujo significa, en tu caso, que debes
superar la terquedad y la necesidad de explicaciones racionales, que obstruyen
tu camino. Más aún: esas limitaciones son tu camino al poder. No puedes decir
que el poder fluiría hacia ti si tu vida fuera diferente.
"Genaro y yo tenemos que actuar igual que tú; dentro de
ciertos límites. El poder dispone esos límites y un guerrero es, digamos, un
prisionero del poder; un prisionero que puede hacer una decisión: la decisión
de actuar como un guerrero impecable, o actuar como un asno. A fin de cuentas,
quizás el guerrero no sea un prisionero sino un esclavo del poder, porque la
decisión ya no es una decisión para él. Genaro no puede actuar en ninguna otra
forma más que impecablemente. Actuar como un asno lo agota ría y lo llevaría a
la tumba.
"La razón por la que tienes miedo de Genaro, es porque él
debe usar la avenida del susto para encoger tu tonal. Tu cuerpo sabe eso,
aunque tal vez tu razón lo ignore, y por esto tu cuerpo quiere salir corriendo
cada vez que Genaro anda cerca."
Mencioné que tenía curiosidad por saber si don Genaro se
proponía deliberadamente asustarme. Don Juan dijo que el nagual hacía cosas
extrañas, cosas que no podían preverse. Puso como ejemplo lo que había ocurrido
entre nosotros esa mañana, cuando él me impidió voltear a la izquierda para
mirar a don Genaro en el árbol. Dijo que se dio cuenta de lo que su nagual
había hecho, aunque no tenía manera de saberlo por adelantado. Su explicación
del asunto fue que mi súbito movimiento hacia la izquierda era un paso en
dirección de mi muerte, un acto suicida que mi tonal realizaba a propósito. Ese
movimiento agitó el nagual de don Juan, con el resultado de que una parte suya
cayó encima de mí.
Hice un gesto involuntario de perplejidad.
Tu razón te está diciendo otra vez que eres inmortal dijo.
¿Qué quiere usted decir con eso, don Juan?
Un ser inmortal tiene todo el tiempo del mundo para dudas y
desconciertos y temores. Un guerrero, en cambio, no puede aferrarse a los
significados que se hacen bajo las órdenes del tonal, porque el guerrero sabe
con certeza que la totalidad de sí mismo tiene sólo un poquito de tiempo sobre
esta tierra.
Quise presentar un argumento serio. Mis temores, mis dudas, mi
desconcierto, no se daban en un nivel consciente y, por mucho que intentara
controlarlos, me sentía desamparado cada vez que me enfrentaba con don Juan y
don Genaro.
Un guerrero no puede sentirse desamparado -dijo él . Ni
desconcertado ni asustado, bajo ninguna circunstancia. Para un guerrero, sólo
hay tiempo para su impecabilidad; todo lo demás agota su poder, la
impecabilidad lo renueva.
Volvamos a mi vieja pregunta, don Juan. ¿Qué es la
impecabilidad?
Sí, volvemos a tu vieja pregunta y por supuesto volvemos a mi
vieja respuesta: "La impecabilidad es hacer lo mejor que puedas en lo que
fuese."
Pero, don Juan, yo me refiero a que siempre tengo la impresión
de estar haciendo lo mejor que puedo, cuando por lo visto no lo hago.
No es tan complicado como lo haces parecer. La clave de todos
estos asuntos de impecabilidad es el sentido de tener o no tener tiempo. Por
regla general, cuando te sientes y actúas como un ser inmortal que tiene todo
el tiempo del mundo, no eres impecable; en esos momentos debes volverte, mirar
alrededor tuyo, y entonces te darás cuenta de que tu sentimiento de tener
tiempo es una idiotez. ¡No hay sobrevivientes en esta tierra!
LAS ALAS DE LA PERCEPCIÓN
Don Juan y yo pasamos todo el día en las montañas. Salimos al
amanecer. Me llevó a cuatro sitios de poder, y en cada uno de ellos me dio
instrucciones específicas sobre cómo proceder al cumplimiento de la tarea
particular que años antes me había bosquejado como situación de por vida.
Regresamos al atardecer. Después de comer, don Juan dejó la casa de don Genaro.
Me dijo que esperara a Pablito, el cual llevaría combustible para la lámpara, y
que hablara con él.
Me puse a trabajar en mis notas y, absorto, no oí llegar a
Pablito sino hasta tenerlo a mi lado. Él comentó que había estado practicando
el "paso de poder", y que debido a eso yo no hubiera podido oírlo de
ningún modo, á menos que fuera capaz de "ver".
Pablito siempre me había simpatizado. Sin embargo, aunque éramos
buenos amigos, las oportunidades de charlar a solas con él habían sido escasas.
Pablito me parecía una persona sumamente encantadora. Su nombre, por supuesto,
era Pablo, pero el diminutivo le sentaba mejor. Era pequeño de huesos, pero
duro. Como don Genaro, era magro de carnes, insospechadamente musculoso y
fuerte. Andaría quizá pisando los treinta años, pero parecía tener dieciocho.
Era moreno y de estatura media. Tenía ojos cafés, claros y brillantes, y de
nuevo como don Genaro una sonrisa cautivante, con cierto toque de malicia.
Le pregunté por su amigo Néstor, el otro aprendiz de don Genaro.
Anteriormente siempre los había visto juntos, y me daban la impresión de tener
una excelente relación mutua; sin embargo, eran opuestos en apariencia física y
en carácter. Mientras Pablito era jovial y franco, Néstor era sombrío y
reservado. También era más alto, más pesado, más moreno y mucho mayor.
Pablito dijo que Néstor se había involucrado finalmente en su
trabajo con don Genaro, y que se había vuelto una persona totalmente distinta
desde la última vez que lo vi. No quiso detallar el trabajo de Néstor ni su
cambio de personalidad, y cambió abruptamente el tema.
Entiendo que el nagual te anda pisando los talones dijo.
Me sorprendió que lo supiera y le pregunté cómo lo averiguó.
Genaro me cuenta todo repuso.
Noté que no hablaba de don Genaro con el formalismo que yo
usaba. Simplemente le decía Genaro, en tono familiar. Dijo que don Genaro era
como su hermano, y que entre ambos existía una confianza de verdaderos
parientes. Profesó abiertamente su gran cariño por don Genaro. Su sencillez y
su candor me conmovieron en lo profundo. Hablándome, me di cuenta de la gran
semejanza de temperamento entre don Juan y yo; debido a ella, nuestra relación
era formal y estricta en comparación con la de don Genaro y Pablito.
Pregunté a Pablito por qué tenía miedo de don Juan. Hubo un
titubeo en su mirada. Era como si la sola idea de don Juan lo hiciera
retraerse. No respondió. Parecía evaluarme en alguna forma misteriosa.
¿A poco tú no le tienes miedo? –preguntó.
Le dije que tenía miedo de don Genaro, y rió como si hubiera
esperado oír todo menos eso. Dijo que la diferencia entre don Juan y don Genaro
era como la diferencia entre el día y la noche. Don Genaro era el día; don Juan
era la noche y, como tal, el ser más atemorizante del mundo. De la descripción
de su temor hacia don Juan, Pablito pasó a comentar su propia condición como
aprendiz.
Estoy que me lleva la chingada dijo . Si vieras lo que hay en mi
casa, te darías cuenta de que sé demasiado para ser un hombre común, pero si me
vieras con el nagual, te darías cuenta de que no sé lo suficiente.
Rápidamente cambió el tema y rió de que yo tomara notas. Dijo
que don Genaro los había divertido horas enteras imitándome. Añadió que don
Genaro me quería mucho, con todo y mis rarezas, y que se declaraba encantado de
que yo fuera su "protegido".
Era la primera vez que yo escuchaba ese término. Guardaba
coherencia con otro que don Juan introdujo en el comienzo de nuestra
asociación. Me había dicho que yo era su "escogido".
Pregunté a Pablito por sus encuentros con el nagual y me contó
el primero de ellos. Dijo que cierta vez don Juan le dio una canasta, que él
consideró un regalo de buena voluntad. La puso en un gancho sobre la puerta de
su cuarto, y como en ese momento no podía hallarle ningún uso, la olvidó todo
el día. Pensaba, dijo, que la canasta era un regalo de poder y debía utilizarse
para algo muy especial.
Al anochecer ésa era, también para él, la hora mortífera ,
Pablito fue a su cuarto por su chamarra. Estaba solo en la casa y se disponía a
ir de visita. La habitación se hallaba a oscuras. Tomó la chamarra y, cuando
estaba por llegar a la puerta, la canasta cayó frente a él y rodó cerca de sus
pies. Pablito rió de su propio sobresalto al ver que sólo había sido la
canasta, caída del gancho. Se inclinó para recogerla y se llevó el susto de su
vida. La canasta saltó fuera de su alcance y empezó a sacudirse y a rechinar,
como si alguien la aplastara y la torciera. Pablito dijo que de la cocina
entraba luz suficiente para discernir con claridad cuanto había en el cuarto.
Por un momento se quedó mirando la canasta, aunque sentía que no debía Hacerlo.
La canasta empezó a convulsionarse en medio de una ardua respiración, pesada y
rasposa. Al narrar su experiencia, Pablito aseveró que vio y oyó respirar a la
canasta; que estaba viva y lo persiguió por el aposento, cortándole la salida.
Dijo que luego la canasta empezó a hincharse; las tiras de carrizo se
destramaron para formar una pelota gigantesca, como un amaranto seco que rodara
hacia él. Cayó de espal-das en el piso y la bola empezó a reptar por sus pies.
Pablito dijo que para entonces se hallaba fuera de quicio y gritaba como
histérico. La bola lo tenía atrapado y se movía sobre sus piernas como
alfileres que lo atravesaran. Trató de apartarla y entonces vio que la bola era
el rostro de don Juan, con la boca abierta para devorarlo. Incapaz de soportar
más tiem-po el terror, perdió el conocimiento.
En forma muy franca y abierta, Pablito me relató una serie de
encuentros aterradores que él y otros miembros de su familia habían tenido con
el nagual. Pasamos horas hablando. El brete en el cual se hallaba parecía ser
muy similar al mío, pero Pablito poseía sin duda mayor sensibilidad para
conducirse dentro del marco de referencia proporcionado por la brujería.
En determinado momento se levantó y dijo que sentía venir a don
Juan y no deseaba que lo hallara allí. Se marchó con rapidez increíble. Fue
como si algo lo jalara sacándolo del cuarto. Me dejó con el adiós en la boca.
Don Juan y don Genaro no tardaron en volver. Reían.
Pablito corría por el camino como alma que lleva el diablo dijo
don Juan . ¿Pero qué tendrá?
Yo creo que se asustó de ver a Carlitos gastarse los dedos hasta
el hueso dijo don Genaro, burlándose de mi escritura.
Se me acercó.
¡Oye! Tengo una idea dijo, casi en un susurro . Ya que tanto te
gusta escribir, ¿por qué no aprendes a escribir sin lápiz, con el puro dedo?
Eso sería lo mejor.
Don Juan y don Genaro tomaron asiento junto a mí y especularon,
entre risas, sobre la posibilidad de escribir con el dedo. Don Juan, en tono
serio, hizo un comentario extraño. Dijo:
No hay duda de que podría escribir con el dedo, ¿pero sería
capaz de leerlo?
Don Genaro se dobló de risa y repuso:
Estoy seguro de que puede leer cualquier cosa.
Luego empezó a narrar una historia muy desconcertante acerca de
un patán campesino que se convirtió en funcionario de importancia durante una
época de trastornos políticos. Don Genaro dijo que el héroe de su cuento fue
nombrado ministro, o gobernador, quizás incluso presidente, porque no había
modo de saber lo que la gente haría en su locura. A causa de este nombramiento,
llegó a creer que en verdad era importante y aprendió a actuar en consecuencia.
Don Genaro hizo una pausa y me examinó con el aire de un cómico
sobreactuado. Me guiñó los ojos y movió las cejas de arriba a abajo. Dijo que
el héroe de la historia era muy bueno en las apariciones públicas y podía
improvisar discursos sin la menor dificultad, pero su posición requería que
leyera sus discursos y el hombre era analfabeto. De modo que usó el ingenio
para salvar las apariencias. Tenía una hoja de papel con algo escrito, y la
blandía cada vez que pronunciaba un discurso. Así, su eficiencia y sus otras
cualidades eran innegables para todos los campesinos. Pero cierto día, un
fuereño con alguna preparación llegó por allí y advirtió que, al leer su
discurso, el héroe sostenía la hoja al revés. Se echó a reír y señaló el engaño
a todo el mundo.
Don Genaro hizo una nueva pausa; me miró, achicando los ojos, y
preguntó:
¿Crees que el héroe quedó atrapado? Ni modo. Miró a la gente con
toda calma y dijo: "¿Al revés? Eso no le hace al que sabe leer." Y
los campesinos estuvieron de acuerdo.
Don Juan y don Genaro estallaron en carcajadas. Don Genaro me
dio suaves palmadas en la espalda. Era como si yo fuese el héroe del cuento. Me
sentí apenado y reí con nerviosismo. Pensé que acaso la historia tenía algún
sentido oculto, pero no me atreví a preguntar.
Don Juan se acercó más a mí. Inclinándose, susurró en mi oído
derecho:
¿No te parece chistoso?
Don Genaro se inclinó también hacia mí y susurró en mi oído
izquierdo:
¿Qué cosa dijo?
Tuve una reacción automática a ambas preguntas y realicé una
síntesis involuntaria.
-Sí. Me parece que preguntó ¿es chistoso? dije.
Obviamente advertían el efecto de sus maniobras; ambos rieron
hasta derramar lágrimas. Como de costumbre, don Genaro exageraba más que don
Juan; se tiró de espaldas y se puso a rodar a unos metros de mí. Echado
bocabajo, extendió brazos y piernas y giró como un rehilete. Dio de vueltas
hasta que llegó junto a mí y su pie tocó el mío. Abruptamente se sentó y sonrió
con mansedumbre.
Don Juan se agarraba los costados. Reía muy duro y al parecer le
dolía el estómago.
Tras un rato, ambos volvieron a hablarme al oído. Traté de
memorizar la secuencia de sus frases, pero tras un esfuerzo fútil, desistí.
Eran demasiadas.
Me susurraron en los oídos hasta que nuevamente tuve la
sensación de haberme partido por la mitad. Como el día anterior, me convertí en
una niebla, en un resplandor amarillo que percibía todo en forma directa. Es
decir, yo "conocía" las cosas. No había pensamientos; sólo había
certezas. Y al entrar en contacto con una sensación suave, esponjosa, elástica,
exterior a mí y sin embargo parte mía, "supe" que era un árbol. Lo
percibí por su olor. No olía como ningún árbol específico que yo recordara,
pero algo en mí "sabía" que ese olor peculiar era la
"esencia" del árbol. Yo no tenía solamente la sensación de saber, ni
razonaba mi conocimiento, ni barajaba datos. Simplemente sabía que había algo
en contacto conmigo, en todo mi derredor; un aroma tibio, amable, apremiante,
emanado de algo que no era sólido ni líquido sino un indefinido algo más, que
yo "sabía" que era un árbol. Sentí que al "saber" en esa
forma calaba yo su esencia. No me repelía. Más bien me invitaba a fundirme con
él. Me abarcaba o yo lo abarcaba. Había entre nosotros un lazo que no era
exquisito ni desagradable.
La siguiente sensación que pude recordar con claridad fue una
oleada de maravilla y regocijo. Todo mi ser vibraba. Era como si me atravesaran
cargas de electricidad. No dolían. Eran agradables, pero en forma tan
indeterminada que no había modo de categorizarlas. Supe, sin embargo, que
aquello con lo que me hallaba en contacto era el suelo. Cierta parte de mi ser
reconocía con certeza y concisión que se trataba del suelo. Pero en el instante
en que traté de discernir la infinitud de percepciones directas que
experimentaba, perdí toda capacidad de diferenciarlas.
Luego, de pronto, era de nuevo yo mismo. Pensaba. La transición
fue tan abrupta que creí haber despertado. Pero algo había en el modo que me
sentía, que no era del todo mío. Supe que, en verdad, algo faltaba, antes de
abrir por entero los ojos. Miré en torno. Me hallaba aún en un sueño, o en
alguna visión. Sin embargo, mis procesos mentales no sólo funcionaban intactos,
sino con extraordinaria claridad. Realicé una rápida evaluación. No me cabía
duda de que don Juan y don Genaro habían inducido mi estado onírico para algún
propósito específico. Parecía hallarme a punto de entender cuál era ese
propósito, cuando algo ajeno a mí me forzó a prestar atención al entorno. Tardé
un largo momento en orientarme.
Yacía bocabajo, y aquello sobre lo cual yacía era un piso de lo
más espectacular. Examinándolo, no pude evitar un sentimiento de pavor y
maravilla. No concebía de qué pudiera estar hecho. Losas irregulares de alguna
sustancia desconocida habían sido colocadas en forma intrincada y, a la vez,
sencilla. Las habían puesto juntas, pero no estaban pegadas al suelo ni entre
sí. Eran elásticas y cedían cuando yo intentaba apartarlas con los dedos, pero
libres de presión volvían en el acto a su posición original.
Quise incorporarme y me vi poseído por una grotesca distorsión
sensorial. Carecía de control sobre mi cuerpo; de hecho, no parecía
pertenecerme. Se hallaba inerte; yo no tenía conexión con ninguna de sus partes
y cuando traté de levantarme no pude mover los brazos y, balanceándome inerme
sobre mi estómago, rodé hasta quedar de costado. El impulso del balanceo casi
me hizo dar la vuelta completa y quedar bocabajo de nuevo. Mis brazos y
piernas, extendidos, lo impidieron, y quedé tendido de espaldas. En esa posición
pude percibir dos piernas de forma extraña, y los pies más distorsionados que
jamás había visto. ¡Era mi cuerpo! Parecía estar envuelto en una túnica. La
idea que me vino a la mente fue que experimentaba una escena en la que yo era
un paralítico o un inválido de alguna índole. Intenté curvar la espalda y
mirarme las piernas pero sólo pude mover a tirones el cuerpo. Miraba
directamente un cielo amarillo, un cielo profundo y vívido, amarillo limón.
Tenía surcos o canales de un tono amarillo más oscuro, y un número interminable
de protuberancias que colgaban como gotas de agua. El efecto total de ese cielo
increíble era apabullante. No pude determinar si las protuberancias eran nubes.
También había áreas de sombras y áreas de diferentes tonos de amarillo, que
descubrí al mover la cabeza de lado a lado.
Entonces algo más atrajo mi atención: un sol en el cenit mismo
del cielo amarillo, directamente sobre mi cabeza, un sol tibio a juzgar por el
hecho de que podía mirarlo de frente que despedía una luz blancuzca, apacible y
uniforme.
Antes de que pudiese ponderar todas estas visiones
ultraterrenas, me vi sacudido con violencia; mi cabeza oscilaba hacia adelante
y hacia atrás. Sentí que me alzaban. Oí una voz aguda, riente, y enfrenté un
espectáculo asombroso: una gigantesca mujer descalza. Su rostro era redondo y
enorme. Su cabello negro estaba cortado al estilo paje. Sus brazos y piernas
eran descomunales. Me levantó y me llevó hasta sus hombros como si fuera yo un
muñeco. Mi cuerpo colgaba fláccido. Miré desde arriba su vigorosa espalda.
Tenía un fino vello en torno de los hombros y sobre la espina dorsal. Desde su
hombro, vi de nuevo el piso magnifico. Lo oía ceder elásticamente bajo el gran
peso de la mujer, y veía las huellas que la presión de sus pies dejaba en él.
Me colocó bocabajo frente a una estructura, una especie de
edificio. Noté entonces que algo fallaba en mi percepción de profundidad. No
podía, mirando el edificio, calcular su tamaño. Por momentos parecía
ridículamente pequeño, pero cuando, al parecer, ajusté mi percepción, sus
proporciones monumentales me maravillaron.
La muchacha gigante se sentó junto a mí haciendo rechinar el
piso. Yo tocaba su enorme rodilla. Olía a dulce o a fresas. Me habló y yo
entendí todo lo que dijo; señalando la estructura, decía que yo iba a vivir
allí.
Mi habilidad de observador parecía aumentar conforme yo superaba
el choque inicial de encontrarme allí. Noté que el edificio tenía cuatro
exquisitas columnas no funcionales. No soportaban nada; estaban encima del
edificio. Su forma era la sencillez misma; eran proyecciones largas y gráciles
que parecían tenderse hacia aquel impresionante cielo de increíble amarillo. El
efecto de esas columnas invertidas era para mí la belleza pura. Tuve un ataque
de éxtasis estético.
Las columnas parecían hechas de una pieza; yo no podía siquiera
concebir tal factura. Las dos de enfrente estaban unidas por una delgada viga,
una vara monumentalmente larga que, pensé, podía ser un barandal de algún tipo,
o un pórtico sobre la fachada.
La muchacha gigante me deslizó bocarriba al interior de la
estructura. El techo era negro y plano, lleno de agujeros simétricos que
dejaban pasar el resplandor amarillento del sol, creando intrincados diseños.
Me sobrecogió la absoluta y sencilla belleza lograda por esos puntos de cielo
amarillo que se mostraban a través de aquellos precisos agujeros en el techo, y
los dibujos de sombras creados sobre el piso intrincado y magnífico. La
estructura era cuadrada, Y más allá de su punzante belleza, incomprensible para
mí.
Mi exaltación era en ese momento tan intensa que quise llorar, o
quedarme allí para siempre. Pero alguna fuerza o tensión, o algo indefinible,
empezó a jalarme. De pronto me hallé fuera de la estructura; aún yacía
bocarriba. La muchacha gigante seguía allí, pero con ella había otro ser, una
mujer tan grande que casi llegaba al cielo y eclipsaba el sol. Comparada con
ella, la muchacha era sólo una niñita. La mujer estaba enojada; asió la
estructura por una de sus columnas, la alzó, la volteó al revés y la puso en el
suelo. ¡Era una silla!
Esa realización fue como un catalizador; dio rienda suelta a
percepciones avasalladoras. Atravesé una serie de imágenes que, pese a su
inconexión, podían ordenarse en una secuencia. En destellos sucesivos vi o supe
que el suelo magnífico e incomprensible era una estera de paja; el cielo
amarillo, era el techo estucado de una habitación; el gol, un foco eléctrico;
la estructura que tanto me extasió, una silla puesta de cabeza por una niña que
jugaba a la casita.
Tuve aún otra visión coherente y secuencial de una misteriosa
estructura arquitectónica de proporciones monumentales. Se erguía aislada. Casi
parecía la concha puntiaguda de un caracol parado de cabeza. Las paredes
constaban de placas cóncavas y convexas de algún extraño material violeta; cada
placa tenía surcos que parecían más funcionales que ornamentales.
Examiné la estructura meticulosa y detalladamente, y hallé que,
como la anterior, era incomprensible por completo. Esperaba ajustar de pronto
mi percepción para captar la "verdadera" naturaleza de la estructura.
Pero no ocurrió nada por el estilo. Experimenté luego un conglomerado de
"tomas de conciencia" o "hallazgos", ajenos e
inextricables, acerca del edificio y su función; no tenían sentido, pues yo
carecía de un marco de referencia donde colocarlos.
De un momento a otro recobré mi conciencia normal. Don Juan y
don Genaro estaban junto a mí. Me hallaba cansado. Buqué mi reloj; había
desaparecido. Don Juan y don Genaro soltaron risitas unísonas.
Don Juan dijo que no me preocupara por el tiempo y que me
concentrara en seguir ciertas recomendaciones que don Genaro me había hecho.
Miré a don Genaro y él hizo un chiste. La recomendación más
importante, dijo, era que aprendiese a escribir con el dedo, para ahorrar
lápices y para presumir.
Bromearon un rato más acerca de mis notas y luego me quedé
dormido.
Don Juan y don Genaro escucharon el detallado recuento de mi
experiencia, que a petición de don Juan hice al despertar al día siguiente.
Genaro cree que ya tuviste suficiente por el momento -dijo don
Juan cuando hube terminado.
Don Genaro asintió con la cabeza.
¿Qué significa lo que experimenté anoche? -inquirí.
Le echaste un vistazo al asunto más importante de la brujería
dijo don Juan . Anoche te asomaste a la totalidad de ti mismo. Pero éstas
palabras, desde luego, no tienen sentido para ti en este momento. Por lo que
queda dicho, ya sabes que llegar a la totalidad de uno mismo no es cosa de que
uno quiera aceptar, o de que uno esté dispuesto a aprender. Genaro piensa que
tu cuerpo necesita tiempo para que el susurro del nagual te penetre.
Don Genaro volvió a asentir.
Bastante tiempo dijo, meneando la cabeza de arriba a abajo .
Unos veinte o treinta años.
No supe cómo reaccionar. Miré a don Juan en busca de una guía.
Ambos tenían expresiones serias.
¿De veras me faltan veinte o treinta años? pregunté.
¡Claro que no! gritó don Genaro, y ambos soltaron la risa.
Don Juan me dijo que volviera cuando mi voz interna así lo
indicase, y que mientras tanto intentara ordenar todas las sugerencias que me
hicieron cuando estaba partido.
¿Cómo lo hago? pregunté.
Cerrando tu diálogo interno y dejando que algo en ti fluya y se
expanda repuso don Juan . Ese algo es tu percepción, pero no trates de razonar
de lo que te digo. Nada más déjate guiar por el susurro del nagual.
Luego dijo que la noche anterior yo había tenido dos
perspectivas intrínsecamente distintas. Una era inexplicable; la otra,
perfectamente natural, y el orden en que ocurrieron indicaba una condición
inmanente en todos nosotros.
Una vista era él nagual, la otra el tonal añadió don Genaro.
Le pedí explicar su frase. Me miró y me palmeó la espalda.
Don Juan terció para decir que las dos primeras visiones eran el
nagual, y que don Genaro había elegido un árbol y el suelo como puntos de
énfasis. Las otras dos eran visiones del tonal seleccionadas por él mismo; una
de ellas fue mi percepción del mundo cuando niño.
Te parecía un mundo extraño porque tu percepción todavía no
había sido cortada para ajustarla al molde deseado dijo.
¿Era así como yo veía realmente el mundo? pregunté.
Claro dijo . Eso fue tu memoria.
Pregunté a don Juan si el sentimiento de apreciación estética
que me había extasiado era también parte de mi recuerdo.
Entramos en esas vistas tal como somos hoy -dijo . Veías la
escena como la verías ahora. Pero el ejercicio era de percepción. Ésa era la
escena de la época en que el mundo se volvió para ti lo que es ahora. Una época
en que una silla se hizo una silla.
No quiso discutir la otra escena.
Eso no era un recuerdo de mi niñez dije.
Pues claro que no repuso . Eso era otra cosa.
¿Era algo que veré en el futuro? pregunté.
¡No hay futuro! exclamó, cortante . El futuro no es más que una
manera de hablar. Para un brujo sólo existe el aquí y el ahora.
Dijo que esencialmente no había nada que decir al respecto
porque el propósito del ejercicio fue abrir las alas de mi percepción, y que,
si bien no volé con esas alas, toqué sin embargo cuatro puntos inconcebibles de
alcanzar desde el punto de vista de mi percepción ordinaria.
Empecé a reunir mis cosas para marcharme. Don Genaro me ayudó a
empacar mi cuaderno; lo puso en el fondo de mi portafolios.
Allí estará calientito y tranquilo dijo, guiñando un ojo .
Puedes tener la seguridad de que no se resfriará.
En esos momentos don Juan pareció cambiar de idea con respecto a
mi partida y empezó a hablar de mi experiencia. Automáticamente quise tomar mi portafolios
de manos de don Genaro, pero él lo dejó caer antes de que yo lo tocara. Don
Juan hablaba de espaldas a mí. Recogí el portafolios y busqué presuroso mi
cuaderno. Dan Genaro lo había empacado tan apretadamente que sacarlo me costó
un trabajo infernal; finalmente lo tuve en mis manos y empecé a escribir. Don
Juan y don Genaro me observaban.
Pero que mal andas dijo don Juan, riendo-. Buscas tu cuaderno
como un borracho la botella.
Como una madre amorosa busca a su niño replicó don Genaro.
Como un cura busca su crucifijo añadió don Juan.
-Como una mujer busca sus calzones gritó don Genaro.
Siguieron acumulando símiles y aullando de risa mientras me
acompañaban hasta mi coche.
TERCERA PARTE
LA EXPLICACIÓN DE LOS BRUJOS
TRES TESTIGOS DEL NAGUAL
Al volver a casa me vi una vez más ante la tarea de organizar
mis notas de campo. Lo que don Juan y don Genaro me hicieron experimentar
ganaba aun más en poder de conmoción conforme yo recapitulaba los sucesos.
Noté, sin embargo, que mi acostum-brada reacción de entregarme meses enteros al
desconcierto o al pavor por lo que había atravesado, no era tan intensa como
antes. Varias veces intenté deliberadamente concentrar mis sentimientos, como
otrora, en especulaciones e incluso en autocompasión; pero algo faltaba. Tuve
asimismo la intención de anotar cierto número de preguntas que haría a don
Juan, a don Genaro y hasta a Pablito. El proyecto fracasó antes de iniciado.
Había en mí algo que me impedía entrar en un estado de inquisición o
perplejidad.
No me propuse volver con don Juan y don Genaro, pero tampoco
rehuía la posibilidad. Un buen día, sin premeditación alguna por mi parte,
sentí simplemente que era tiempo de verlos.
En el pasado, cada vez que me disponía a salir rumbo a México,
tenía la sensación de que había miles de Preguntas importantes y urgentes que
deseaba plantear a don Juan; esta vez mi mente se hallaba en blanco. Era como
si, después de trabajar en mis notas, me hubiera deshecho del pasado y
estuviese listo Para el aquí y el ahora del mundo de don Juan y don Genaro.
Sólo tuve que esperar unas cuantas horas antes de que don Juan
me "encontrara" en el mercado de un pequeño pueblo, en las montañas
de México central. Me saludó con gran afecto e hizo una sugerencia casual. Dijo
que antes de llegar a casa de don Genaro le gustaría visitar a los aprendices
de éste, Pablito y Néstor: Guando dejamos la carretera me dijo que vigilara con
atención por si había algo fuera de lo común al lado del camino o en el camino
mismo. Le pedí darme pistas más precisas al respecto.
No puedo respondió . El nagual no necesita pistas precisas.
Disminuí la velocidad en reacción automática a su réplica. Rió y
con un ademán me instó a seguir manejando.
Al acercarnos al pueblo donde Pablito y Néstor vivían, don Juan
me hizo detener el coche. Movió imperceptiblemente la barbilla, señalando un
grupo dé peñascos no muy grandes al lado izquierdo del camino.
Ahí está el nagual dijo en un susurro.
No había nadie en las cercanías. Yo había esperado ver a don
Genaro. Miré de nuevo los peñascos y luego escudriñé el área circundante. Nada
a la vista. Esforcé los ojos por discernir cualquier cosa: un animal pequeño,
un insecto, una sombra, una configuración extraña en las rocas, cualquier cosa
fuera de lo común. Tras un momento desistí y me volví a encarara a don Juan. Él
sostuvo sin sonreír mi mirada interrogante y luego empujó suavemente mi brazo
con el dorso de su mano para hacerme mirar de nuevo los peñascos. Obedecí;
luego don Juan bajó del coche y me dijo que lo siguiera para examinarlos.
Ascendimos lentamente una pendiente suave durante sesenta o
setenta metros, hasta llegar a la base de las rocas. Don Juan se detuvo allí un
momento y me susurró en el oído derecho que el nagual me esperaba en ese mismo
sitio. Le dije que, por más que me esforzaba, no podía discernir sino las rocas
y unos mechones de hierba y algunos cactos. Insistió, sin embargo, en que el
nagual se hallaba allí, esperándome.
Me ordenó tomar asiento, suspender mi diálogo interno y mantener
los ojos sin enfocar, en la cima de los peñascos. Sentado junto a mí, acercó la
boca a mi oído derecho y susurró que el nagual me había visto, que estaba allí
aunque yo no pudiera visualizarlo, y que mi problema era simplemente la
incapacidad de suspender por entero el diálogo interno. Oí cada una de sus
palabras en un estado de silencio interior. Entendía todo y sin embargo no
podía responder; el esfuerzo necesario para pensar y hablar excedía lo posible.
Mis reacciones a sus comentarios no fueron pensamientos propiamente dichos sino
más bien unidades completas de sentimiento, las cuales tenían todas las
implicaciones de significado que suelo asociar con el pensamiento.
Susurró que era muy difícil emprender por uno mismo el camino
hacia el nagual, y que yo había tenido en verdad una gran suerte al ser
iniciado por la polilla y su canción. Dijo que, manteniendo el recuerdo del
"llamado de la polilla", yo podía hacerlo volver en mi ayuda.
Tal vez sus palabras eran una sugerencia avasalladora, o bien
rememoré aquel fenómeno perceptual que él llamaba el "llamado de la
polilla", pues apenas hubo susurrado esas palabras, el extraordinario
borboteo se hizo audible. Su riqueza tonal me hizo sentir dentro de una cámara
de ecos. Al crecer el ruido en volumen o proximidad, detecté también, en un
estado de entresueño, que algo se movía encima de los peñascos. El movimiento
me produjo un susto tan intenso que de inmediato recobré mi claridad de conciencia.
Mis ojos se enfocaron en los peñascos. ¡Don Genaro estaba sentado en uno de
ellos! Sus pies pendían, y con los talones martillaba la roca, produciendo un
sonido rítmico que parecía sincronizado con el "llamado de la
polilla". Sonrió y agitó la mano saludándome. Quise pensar racionalmente,
Tuve la sensación, el deseo de averiguar cómo llegó él allí, o cómo lo vi en
ese sitio, pero no podía convocar a mi razón en modo alguno. Lo único posible,
bajo las circunstancias, era mirarlo ahí sentado, sonriente, agitando la mano.
Tras un instante pareció disponerse a bajar deslizándose por el
redondeado peñasco. Lo vi tensar las piernas, preparar los pies para aterrizar
en el duro suelo, y arquear la espalda, hasta casi tocar la superficie de la
roca, con el fin de ganar impulso de deslizamiento. Pero a medio descenso su
cuerpo se detuvo. Tuve la impresión de que se había atorado. Pataleó dos o tres
veces con ambas piernas como si flotara en el agua. Parecía querer soltarse de
algo que lo tenía asido por el asiento de sus pantalones. Frenéticamente se
frotó con ambas manos las caderas. Me daba la impresión de hallarse
dolorosamente atrapado. Quise correr a ayudarlo, pero don Juan me retuvo por el
brazo y lo oí decir, medio ahogado de risa:
¡Obsérvalo! ¡Obsérvalo!
Don Genaro pataleó, contrajo el cuerpo y se retorció de lado a
lado como si aflojara un clavo; luego oí un fuerte tronido y se deslizó, o fue
arrojado, hasta donde don Juan y yo nos hallábamos. Aterrizó de pie, a metro y
medio de mí. Se frotó las nalgas y saltó repetidas veces en una danza de dolor,
gritando obscenidades.
La piedra no quería dejarme ir y me agarró por el culo me dijo
en tono de mansedumbre.
Experimenté una sensación de alegría sin igual. Reí con fuerza.
Noté que mi regocijo era equiparable a mi claridad mental. Me hallaba sumergido
en un estado de gran perceptividad. Todo cuanto me rodeaba era claro y
cristalino. Antes había estado soñoliento o distraído a causa de mi silencio
interno. Pero luego, algo en la súbita aparición de don Genaro había creado un
estado de suma lucidez.
Don Genaro continuó frotándose las nalgas y saltando durante un
rato más; luego cojeó hasta mi coche, abrió la puerta y subió con dificultad al
asiento trasero.
Automáticamente me volví para hablar con don Juan. No lo vi en
ninguna parte. Empecé a llamarlo en voz alta. Don Genaro salió del coche y se
puso a correr en círculos, gritando también el nombre de don Juan en un tono
chillón y frenético. Sólo entonces, al observarlo, me di cuenta de que me
remedaba. Yo había tenido tal ataque de miedo al verme a solas con don Genaro,
que inconscientemente corrí tres o cuatro veces en torno al coche, gritando el
nombre de don Juan.
Don Genaro dijo que teníamos que recoger a Pablito y Néstor, y
que don Juan nos estaría esperando en algún punto del camino.
Habiendo superado mi susto inicial, le dije que me alegraba de
verlo. Hizo bromas sobre mi reacción. Dijo que don Juan no era como un padre
para mí, sino más bien como una madre. Hilvanó graciosas observaciones y juegos
de palabras sobre "madres". Yo reía tanto que no me había dado cuenta
de que habíamos llegado a casa de Pablito. Don Genaro me indicó parar y bajó
del coche. Pablito estaba parado junto a la puerta de su casa. Vino corriendo y
subió en el coche para sentarse a mi lado.
Vamos por Néstor dijo como si tuviera prisa.
Me volví en busca de don Genaro. No estaba. Pablito, en tono
suplicante, me instó a apresurarme.
Fuimos a casa de Néstor. También él esperaba junto a la puerta.
Bajamos del coche. Sentí que los dos sabían qué cosa pasaba.
¿A dónde vamos? pregunté.
¿No te dijo Genaro? preguntó a su vez Pablito, incrédulo.
Les aseguré que ni don Juan ni don Genaro me habían mencionado
nada.
Vamos a un sitio de poder dijo Pablito.
¿Qué vamos a hacer allí? pregunté.
Ambos dijeron al unísono que no sabían. Néstor añadió que don
Genaro le había dicho que me guiara al sitio.
¿Veniste de casa de Genaro? preguntó Pablito.
Repuse que había estado con don Juan y que hallamos a don Genaro
en el camino y don Juan me dejó con él.
¿A dónde fue don Genaro? pregunté a Pablito.
Pero Pablito no supo de qué hablaba yo. No había visto a don
Genaro en mi coche.
Fue conmigo a tu casa -dijo.
Creo que traías al nagual en tu coche dijo Néstor, asustado.
No quiso ir en la parte trasera y se hizo caber junto a Pablito
y a mí en el asiento de adelante.
Viajamos en silencio, a excepción de las breves órdenes que
Néstor daba para indicar el camino.
Quise pensar en los sucesos de esa mañana, pero de algún modo
sabía que cualquier intento de explicarlos era una infructuosa entrega de mi
parte. Traté de trabar conversación con Néstor y Pablito; dijeron que dentro
del coche iban demasiado nerviosos y no podían hablar. Disfruté su cándida
respuesta y no los presioné ya.
Más de una hora después, dejamos el coche en un ramal y
ascendimos la ladera de una abrupta montaña. Caminamos en silencio otra hora o
algo así, con Néstor a la cabeza, y nos detuvimos al pie de un enorme
acantilado, casi vertical, de unos sesenta metros de altura. Con ojos
entrecerrados, Néstor escudriñó el suelo, buscando un sitio adecuado donde
sentarnos. Tuve la penosa conciencia de que se conducía con torpeza. Pablito,
que se hallaba junto a mí, pareció varias veces a punto de adelantarse y
corregirlo, pero se contenía y se relajaba. Finalmente, tras un titubeo
momentáneo, Néstor eligió un sitio. Pablito suspiró aliviado. Supe que el sitio
elegido por Néstor era el correcto, pero ignoraba cómo lo supe. Me envolví en
el seudoproblema de imaginar qué sitio habría yo escogido de haber ido
guiándolos. Pablito, obviamente, se daba cuenta de lo que yo hacía.
No puedes hacer eso me susurró.
Reí apenado, como si me hubiera sorprendido en algún acto
ilícito. Riendo, Pablito dijo que don Genaro siempre caminaba con ellos dos por
las montañas y los turnaba en el papel de guía; así, él sabía que no había
manera de imaginar cuál habría sido la propia elección.
Genaro dice que la razón por la que uno no puede hacer eso, es
porque sólo hay decisiones bien hechas o decisiones mal hechas. Si es una
decisión mal hecha tu cuerpo lo sabe, y también el cuerpo de los demás; pero si
es una decisión bien hecha, el cuerpo lo sabe y descansa y se olvida rapidísimo
de que hubo una decisión. Vuelves a cargar tu cuerpo, ves, como una escopeta,
para la siguiente decisión. Si quieres usar otra vez tu cuerpo para hacer la
misma decisión, no funciona.
Néstor me miró; aparentemente le daba curiosidad el que yo
tomase notas. Asintió como para secundar a Pablito y luego sonrió por vez
primera. Dos de sus dientes superiores estaban chuecos. Pablito explicó que
Néstor no era malo ni sombrío; sus dientes lo apenaban y ésa era la razón de
que nunca sonriera. Néstor rió, tapándose la boca. Le dije que podía mandarlo
con un dentista para que le enderezara los dientes. Creyeron que mi sugerencia
era un chiste y rieron como niños.
Genaro dice que él solo tiene que vencer la vergüenza dijo
Pablito . Además, Genaro dice que tiene suerte; mientras que todo el mundo
muerde del mismo modo, Néstor puede partir un hueso a lo largo con sus
dientotes chuecos, y si te muerde un dedo te puede hacer un agujero, como un
clavo.
Néstor abrió la boca y me enseñó los dientes. El incisivo y el
canino izquierdos habían crecido de lado. Entrechocó los dientes, haciéndolos
sonar, y gruñó como un perro. Fingió dos o tres tarascadas en mi dirección.
Pablito rió.
Yo nunca había visto a Néstor tan contento. Las pocas veces que
estuve antes con él, me daba la impresión de ser un hombre de edad madura.
Mirándolo allí sentado, sonriendo con sus dientes chuecos, me maravilló su
apariencia juvenil. Parecía tener poco más de veinte años.
Pablito nuevamente leyó a la perfección mis pensamientos.
Está perdiendo la importancia dijo . Por eso se ve más joven.
Néstor asintió y, sin decir palabra, soltó un sonoro pedo.
Sobresaltado, dejé caer mi lápiz.
Pablito y Néstor casi se mueren de risa. Cuando se hubieron
calmado, Néstor vino a mi lado y me mostró un aparato hecho en casa, que
producía un sonido peculiar al ser aplastado con la mano. Explicó que don
Genaro le había enseñado a hacerlo. Tenía un fuelle diminuto, y el vibrador
podía ser cualquier clase de hoja que se colocara en una ranura entre las dos
piezas de madera que eran los compresores. Néstor dijo que el tipo de sonido
producido dependía de la hoja que se usara como vibrador. Quiso que lo probara
y me mostró cómo aplastar los compresores para producir cierto sonido, y cómo
abrirlos para producir otro.
¿Para qué te sirve? pregunté.
Ambos cruzaron una mirada.
Es su cazador de espíritus, pendejo dijo Pablito, cortante.
Su tono era malhumorado, pero sonreía amistosamente. Ambos eran
una mezcla extraña e inquietante de don Genaro y don Juan.
Me absorbió un horrible pensamiento. ¿Estaban don Juan y don
Genaro jugándome una treta? Tuve un momento de supremo terror. Pero algo cedió
dentro de mi estómago e inmediatamente me calmé de nuevo. Supe que Pablito y
Néstor usaban a don Genaro y don Juan como modelos de conducta. Yo mismo había
descubierto que cada vez me portaba más como ellos.
Pablito dijo que Néstor era afortunado por tener un cazador de
espíritus y que él mismo carecía de uno.
¿Qué vamos a hacer aquí? pregunté a Pablito.
Néstor respondió como si me hubiera dirigido a él.
Genaro me dijo que esperáramos aquí, y que mientras esperamos
debemos reírnos y divertirnos dijo.
¿Cuánto crees que tendremos que esperar? pregunté.
No respondió; meneó la cabeza y miró a Pablito como
preguntándole a él.
Yo tampoco sé dijo Pablito.
Iniciamos entonces una animada conversación sobre las hermanas
de Pablito, que duró hasta que Néstor, bromeando, dijo que la mayor tenía una
mirada tan maligna que mataba los piojos con sólo verlos. Pablito, añadió, le
tenía miedo porque era tan fuerte que una vez, en un arrebato de ira, le
arrancó un puñado de cabellos como quien despluma a un pollo.
Pablito concedió que su hermana mayor había sido una bestia,
pero que el nagual la había metido en cintura. Cuando me contó la historia, me
di cuenta de que Pablito y Néstor nunca mencionaban el nombre de don Juan, sino
que se referían a él como el nagual. Al parecer, don Juan había intervenido en
la vida de Pablito para obligar a todas sus hermanas a llevar una vida más
armoniosa. Pablito dijo que, cuando el nagual acabó con ellas, quedaron hechas
unas santas.
La conversación duró hasta después que se había puesto el sol.
Néstor la interrumpió súbitamente y quiso saber qué hacía yo con mis notas. Les
expliqué mi trabajo. Tuve la extraña sensación de que se interesaban
verdaderamente en lo que yo decía, y terminé hablando de antropología y
filosofía. Me sentí ridículo y quise parar, pero me hallaba inmerso en mi
explicación e incapaz de interrumpirla. Tuve la sensación inquietante de que
los dos, como equipo, me forzaban de alguna manera a ese largo discurso. Tenían
los ojos fijos en mí. No parecían aburridos ni, cansados.
Me encontraba a la mitad de un comentario cuando oí el leve
sonido del "llamado de la polilla". Mi cuerpo se tensó y mi frase
quedó inconclusa.
El nagual está aquí dije maquinalmente.
Néstor y Pablito cruzaron una mirada que me pareció de terror
puro y, saltando a mi lado, me flanquearon. Tenían la boca abierta. Parecían
niños asustados.
Tuve entonces una inconcebible experiencia sensorial. Mi oreja
izquierda empezó amoverse. Sentí como si se agitara por sí sola. Prácticamente
volteó mi cabeza en un semicírculo, hasta que me hallé encarando lo que creía
el oriente. Mi cabeza se inclinó levemente a la derecha; en esa posición me era
posible detectar el rico sonido barbotante del "llamado de la
polilla". Sonaba lejano, hacia el noreste. Una vez que establecí la
dirección, mi oído registró una increíble cantidad de sonidos. Sin embargo, yo
no tenía manera de saber si eran recuerdos de sonidos escuchados antes, o
sonidos reales que se producían en esos momentos.
El sitio en que nos hallábamos era la áspera ladera occidental
de una cordillera. Hacia el noreste había arboledas y conglomerados de arbustos
montañeses. Mi oído pareció captar el sonido de algo pesado que se movía sobre
las rocas, procedente de esa dirección.
Néstor y Pablito respondían a mis acciones, o bien escuchaban
los mismos sonidos. Me habría gustado preguntárselos, pero no me atrevía; o tal
vez me era imposible interrumpir mi concentración.
Cuando el sonido se hizo más fuerte y más próximo, Néstor y
Pablito se acurrucaron contra mis flancos. Néstor parecía el más afectado; su
cuerpo temblaba fuera de control. En determinado momento, mi brazo izquierdo
empezó a sacudirse; se alzó sin volición mía hasta que estuvo casi al nivel de
mi rostro, y luego señaló un área de arbustos. Oí un sonido vibratorio o un
rugido; era un sonido familiar para mí. Lo había oído años antes bajo la
influencia de una planta psicotrópica. Discerní en los arbustos una gigantesca
figura negra. Era como si los arbustos mismos se hubieran oscurecido
gradualmente hasta producir una ominosa negrura. No tenía forma definida pero
se movía. Parecía alentar. Oí un chillido escalofriante, que se mezcló a los
gritos aterrados de Néstor y Pablito; y los arbustos, o la masa negra en la que
se habían trocado, volaron hacia nosotros.
No pude mantener la ecuanimidad. De algún modo, algo en mí
cedió. La masa se cirnió sobre nosotros, y luego nos tragó. La luz en torno se
hizo opaca. Era como si el sol se hubiese ocultado. O como si de pronto llegara
el crepúsculo. Serio las cabezas de Néstor y Pablito bajo mis axilas; hice
bajar los brazos en un inconsciente movimiento protector y caí, girando hacia
atrás.
Pero no llegué a tocar el suelo rocoso, pues un instante después
me hallé de pie flanqueado por Pablito y Néstor. Ambos, aunque más altos que
yo, parecían haberse encogido; con las piernas y la espalda arqueadas,
disminuían su estatura al grado de caber bajo mis brazos.
Don Juan y don Genaro estaban de pie frente a nosotros. Los ojos
de don Genaro brillaban como los de un felino en la noche. Los ojos de don Juan
tenían el mismo brillo. Yo nunca había visto así n don Juan. Era en verdad
imponente. Más aun que don Genaro. Se veía más joven y más fuerte que de
costumbre. Mirando a los dos, tuve el sentimiento enloquecedor de que no eran
hombres como yo.
Pablito y Néstor gemían quedamente. Entonces don Genaro dijo que
éramos la imagen de la Trinidad. Yo era el Padre, Pablito el Hijo y Néstor el
Espíritu Santo. Don Juan y don Genaro rieron en tono resonante. Pablito y
Néstor sonrieron mansamente.
Don Genaro dijo que debíamos desenredarnos, porque los abrazos
sólo eran permisibles entre hombres Y mujeres, o entre un hombre y su burro.
Noté entonces que me hallaba en el mismo sitio que antes;
obviamente, no había girado hacia atrás, como me pareció. De hecho, Néstor y
Pablito estaban también en los mismos sitios.
Don Genaro hizo un seña con la cabeza a Pablito y Néstor. Don
Juan me indicó seguirlos. Néstor tomó la guía y me señaló un sitio donde
sentarme, y otro para Pablito. Formamos una línea recta, a unos cincuenta
metros del sitio donde don Juan y don Genaro se erguían inmóviles al pie del
acantilado. Mis ojos, fijos en ellos, se desenfocaron involuntariamente. Supe
que bizqueaba, pues veía cuatro personas. Luego la imagen de don Juan en el ojo
izquierdo se superpuso a la de don Genaro en el derecho; el resultado de la
fusión fue un ser iridiscente parado entre don Juan y don Genaro. N o era un
hombre como suelo verlos. Más bien era una bola de fuego blanco, cubierta por
algo como fibras de luz. Sacudí la cabeza; se disipó la doble imagen, y sin
embargo persistió la visión de don Juan y don Genaro como seres luminosos. Yo
veía dos extraños objetos alargados, hechos de luz. Parecían balones blancos,
iridiscentes, con fibras, y las fibras tenían luz propia.
Los dos seres luminosos se estremecieron; vi temblar sus fibras,
y luego desaparecieron como una exhalación. Los jaló un largo filamento, un
hilo de araña que parecía surgido de la cima del acantilado. La sensación que
tuve fue la de que un largo rayo de luz, o una línea luminosa, había bajado de
la roca para alzarlos. Percibí la secuencia con los ojos y con el cuerpo.
También podía advertir enormes disparidades en mi modo de
percepción, pero me resultaba imposible especular sobre ellas como
ordinariamente habría hecho. Así, tenía conciencia de estar mirando
directamente hacia la base del acantilado, y sin embargo veía a don Juan y don
Genaro en la cima, como si hubiese alzado la cara en un ángulo de cuarenta y
cinco grados.
Quise tener miedo, acaso cubrirme el rostro y llorar, o hacer
cualquier otra cosa dentro de mi gama normal de reacciones. Pero parecía
hallarme trabado. Mis deseos no eran pensamientos, tal como los conozco; por
tanto, no podían evocar la respuesta emocional que yo estaba acostumbrado a
despertar en mí mismo.
Don Juan y don Genaro se desplomaron al suelo. Sentí que lo
habían hecho a juzgar por la consumante sensación de caída que experimenté en
el estómago.
Don Genaro permaneció donde había aterrizado, pero don Juan vino
a nosotros y tomó asiento detrás de mí, a mi derecha. Néstor se agazapaba con
las piernas contra el estómago; reposaba la barbilla en las palmas dé las
manos; sus antebrazos, apoyados contra los muslos, servían de soportes. Pablito
estaba sentado con el cuerpo ligeramente hacia adelante y las manos contra el
estómago. Advertí entonces que yo había cruzado los antebrazos sobre la región
umbilical, y que asía la piel de mis flancos. Me había agarrado con tal fuerza
que tenía los flancos adoloridos.
Don Juan habló en un murmullo seco, dirigiéndose a todos
nosotros.
Deben fijar la vista en el nagual dijo . Todos los pensamientos
y las palabras deben borrarse.
Lo repitió cinco o seis veces. Su voz era extraña, desconocida
para mí; me daba la sensación concreta de las escamas en la piel de una
lagartija. Este símil era un sentimiento, no un pensamiento consciente. Cada
una de sus palabras se desprendía como una escama; tenían un ritmo extraño;
eran ahogadas, secas, como una tos suave; un murmullo rítmico hecho mando.
Don Genaro estaba inmóvil. Al mirarlo no pude mantener mi
conversión de imagen, y crucé los ojos involuntariamente. Entonces volví a
notar una extraña luminosidad en el cuerpo de don Genaro. Mis ojos empezaban a
cerrarse, o a rasgarse. Don Juan acudió a mi rescate. Lo oí dar la orden de no
cruzar los ojos. Sentí un golpe suave en la cabeza. Al parecer me había pegado
con una piedrecilla. Vi la piedra rebotar un par de veces sobre las rocas
cercanas. También debe haber golpeado a Néstor y a Pablito; oí el rebote de
otras piedras en las rocas.
Don Genaro adoptó una extraña postura de danza. Dobló las
rodillas, extendió los brazos a los lados, estiró los dedos. Parecía a punto de
girar; de hecho, dio una media vuelta y luego fue jalado hacia arriba. Tuve la
clara percepción de que el hilo de una oruga gigante había alzado su cuerpo
hasta la cima del acantilado. Mi percepción del movimiento ascendente fue una
extraña mezcla de sensaciones visuales y corpóreas. Medio vi, medio sentí su
vuelo vertical. Había algo que se veía o se sentía como una línea o un hilo
casi imperceptible de luz, y que lo jalaba. No presencié su vuelo en el sentido
en el que seguiría con los ojos a un ave. No hubo secuencia lineal en el
movimiento. No tuve que alzar la cabeza para mantenerlo dentro de mi campo
visual. Vi la línea jalarlo, luego sentí su movimiento en mi cuerpo, o con mi
cuerpo; y en el instante siguiente se hallaba encima del acantilado, a decenas
de metros de altura.
Tras unos minutos se desplomó. Sentí su Caída y gruñí
involuntariamente.
Don Genaro repitió su hazaña tres veces más. En cada ocasión, mi
percepción se entonó. Durante su último salto, pude claramente distinguir, una
serie de líneas que emanaban de su parte media, y supe cuándo estaba a punto de
ascender y descender, juzgando por la forma en que las líneas de su cuerpo se
movían. Cuando estaba a punto de saltar hacia arriba, las líneas se tendían en
esa dirección; al contrario, cuando se disponía a saltar hacia abajo, las
líneas se tendían hacia afuera y en descenso.
Después de su cuarto salto, don Genaro vino a nosotros y tomó
asiento detrás de Pablito y Néstor. Luego don Juan pasó al frente y se paró
donde don Genaro estuvo. Quedó inmóvil un rato. Don Genaro dio breves
instrucciones a Pablito y Néstor. No entendí lo que había dicho. Mirándolos, vi
que cada uno recogía una piedra y la colocaba contra su región umbilical. Me
preguntaba si yo también debía hacerlo, cuando don Genaro me dijo que la
precaución no se aplicaba en mi caso, pero que sin embargo tuviera una piedra a
la mano, por si me enfermaba. Echó hacia adelante la quijada para indicarme
mirar a don Juan Y luego dijo algo ininteligible; lo repitió y, aunque no
comprendí las palabras, supe qué era más o menos la misma fórmula que don Juan
había pronunciado. Las palabras no importaban en realidad; era, el ritmo, la
sequedad del tono, la cualidad de tosido. Tuve la certeza de que el lenguaje
empleado por don Genaro, fuera el que fuese, resultaba más adecuado que el
español para el ritmo en staccato. Don Juan hizo exactamente lo que don Genaro
había hecho en un principio, pero luego, en vez de saltar hacia arriba, giró
como un gimnasta sobre su propio eje. En mi semiconciencia, esperé que
aterrizara de nuevo sobre sus pies. Nunca lo hizo. Su cuerpo siguió dando vueltas
a poca distancia del suelo. Los círculos eran muy rápidos al principio, luego
se hicieron más lentos. Desde donde me hallaba, pude ver que el cuerpo de don
Juan colgaba, como el de don Genaro, de un hilo de luz. Giraba despacio como
para permitirnos verlo con detenimiento. Luego empezó a ascender; ganó altura
hasta alcanzar la cima del acantilado. Flotaba como carente de peso. Sus
vueltas despaciosas evocaban la imagen de un astronauta en el espacio, en
estado de ingravidez.
Me mareé de observarlo. Mi sensación de malestar pareció darle
impulso; empezó a girar con mayor rapidez. Se apartó del acantilado y, conforme
ganaba velocidad, me enfermé verdaderamente. Cogí la piedra y la puse sobre mi
estómago. La apreté contra mi cuerpo lo más que pude. Su contacto me calmó un
poco. La acción de tomar la piedra y apretarla me había permitido un descanso
momentáneo. Aunque no aparté los ojos de don Juan, mi concentración se
interrumpió. Antes de procurar la piedra sentía que la velocidad ganada por el
cuerpo flotante emborronaba su forma; parecía un disco giratorio y luego una
luz en rotación. Cuando tuve la roca contra el cuerpo, su velocidad menguó;
parecía un sombrero flotando en el aire, un volador que oscilaba hacia adelante
y hacia atrás.
El movimiento del volador fue todavía más perturbador. Mi
malestar se hizo incontrolable. Oí un aletear de pájaro, y tras un momento de
incertidumbre supe que el acontecimiento había concluido.
Me sentía tan enfermo y exhausto que me tendí a dormir. Debo
haber dormitado un rato. Abrí los ojos cuando alguien sacudió mi brazo. Era
Pablito. En tono frenético, me decía que no podía dormirme, pues si lo hacía
todos moriríamos. Insistió en que debíamos irnos en el acto, aunque fuera a
gatas. También él parecía físicamente exhausto. De hecho, tuve la idea de que
pasáramos allí la noche. El prospecto de caminara oscuras hasta el coche me
parecía espantable. Traté de convencer a Pablito, cuyo frenesí crecía. Néstor
se hallaba tan mal que la indiferencia lo dominaba.
Pablito se sentó, desesperado por entero. Hice un esfuerzo por
organizar mis ideas. Ya había oscurecido, aunque todavía había suficiente luz
para discernir las rocas en torno. La quietud era exquisita y confortante. Yo
disfrutaba sin reservas el momento, pero de pronto mi cuerpo saltó; oí el
sonido distante de una rama quebrada. Maquinalmente encaré a Pablito. Él
parecía saber lo que me ocurría. Tomamos a Néstor por los sobacos y lo
levantamos. Corrimos, arrastrándolo. Al parecer sólo él conocía el camino. Nos
daba breves órdenes de tiempo en tiempo.
Yo no me preocupaba por lo que hacíamos: Enfocaba mi atención en
mi oído izquierdo, que parecía ser una unidad independiente del resto de mi
persona. Algún sentimiento me forzaba a detenerme cada determinado tramo para
reconocer el entorno con mi oído. Sabia que algo iba siguiéndonos. Era algo
masivo; aplastaba las piedras al avanzar.
Néstor recobró en cierta medida la compostura y caminó por sí
mismo, asiendo ocasionalmente el brazo de Pablito.
Llegamos a una arboleda. La oscuridad era ya total. Oí un sonido
repentino y extremadamente fuerte. Era como el chasquido de un látigo
monstruoso que azotara la copa de los árboles. Sentí sobre nuestras cabezas el
escarceo de una ola de alguna especie.
Pablito y Néstor gritaron y salieron de allí a toda velocidad.
Quise detenerlos. No estaba seguro de poder correr en las tinieblas. Pero en
aquel instante oí y sentí una serie de pesadas exhalaciones justamente atrás de
mí. El susto fue indescriptible.
Los tres corrimos juntos hasta llegar al coche. Néstor nos guió
en alguna forma desconocida.
Pensé dejarlos en sus casas e irme a un hotel en el pueblo. No
habría ido a casa de don Genaro por nada del mundo. Pero Néstor no quería dejar
el coche, ni Pablito ni yo tampoco. Terminamos en casa de Pablito. Mandó a
Néstor a comprar cerveza y refrescos de cola mientras su madre y sus hermanas
nos preparaban de comer. Néstor, bromeando; preguntó si la hermana mayor no lo
acompañaría, por si acaso lo atacaran perros o borrachos. Pablito rió y me dijo
que le habían confiado a Néstor.
¿Quién te lo confió? pregunté.
¡El poder, por supuesto! repuso . En otro tiempo Néstor era
mayor que yo, pero Genaro le hizo algo y ahora es mucho más joven. Tú te diste
cuenta, ¿no?
¿Qué le hizo don Genaro? pregunté.
Ya sabes, lo volvió niño otra vez. Era demasiado importante y
pesado. Ya se habría muerto si no lo vuelven más joven.
Había en Pablito algo verdaderamente cándido y encantador. La
sencillez de su explicación me avasallaba. Néstor había en verdad rejuvenecido;
no sólo se veía más joven, sino que actuaba como un niño inocente. Supe sin la
menor duda que así se sentía.
Yo lo cuido prosiguió Pablito . Genaro dice que es un honor
cuidar a un guerrero. Néstor es un magnífico guerrero.
Sus ojos brillaban, como los de don Genaro. Me dio vigorosas
palmadas en la espalda y rió.
Deséale el bien, Carlitos dijo . Deséale el bien.
Me sentía muy fatigado. Tuve un extraño brote de tristeza
alegre. Le dije que venía de un sitio donde rara vez, si acaso, se deseaba el
bien.
Yo lo sé dijo . Lo mismo me pasaba a mí. Pero ahora soy un
guerrero y ya puedo desear el bien.
LA ESTRATEGIA DE UN BRUJO
Don Juan estaba en casa de don Genaro cuando llegué allí al
declinar la mañana. Lo saludé.
Oye, ¿qué te pasó? Genaro y yo te esperamos toda la noche dijo.
Supe que bromeaba. Me sentía ligero y contento. Me había
rehusado sistemáticamente a ponderar lo atestiguado el día anterior. En ese
momento, sin embargo, mi curiosidad era incontrolable y lo interrogué al
respecto.
Ah, esa fue nada más que una demostración de todas las cosas que
debes saber antes de recibir la explicación de los brujos dijo . Lo que hiciste
ayer le dio a Genaro la impresión de que has juntado poder suficiente para
entrarle a lo de verdad. Por lo que se ve, has seguido sus indicaciones. Ayer
dejaste que las alas de tu percepción se abrieran. Estabas tieso, pero aun así
percibiste todas las idas y venidas del nagual; en otras palabras, viste.
También confirmaste algo que en este momento es todavía más importante que ver,
y eso fue el hecho de que ya puedes poner tu atención entera en el nagual. Y
eso es lo que decidirá el resultado del último asunto, la explicación de los
brujos.
"Pablito y tú la recibirán al mismo tiempo. Es un obsequio
del poder el ser acompañado por un guerrero tan excelente."
Al parecer no quería decir nada más. Tras un rato, pregunté por
don Genaro.
Anda por ahí dijo . Fue al matorral a hacer temblar a las
montañas.
Oí en ese momento un rumor lejano, como trueno sofocado.
Don Juan me miró y se echó a reír.
Me hizo tomar asiento y preguntó si había comido. Al responderle
afirmativamente, me entregó mi cuaderno y me guió al sitio favorito de don
Genaro, una gran roca en el lado occidental de la casa, mirando a una honda
cañada.
Ahora es cuando necesito toda tu atención dijo don Juan .
Atención en el sentido en que los guerreros la entienden: una verdadera pausa,
para dejar que la explicación de los brujos te empape por entero. Estamos al
final de nuestra labor; toda la instrucción necesaria te ha sido dada y ahora
debes detenerte, volver la vista y reconsiderar tus pasos. Los brujos dicen que
éste es el único modo de consolidar lo ganado: Yo habría preferido decirte todo
esto en tu propio sitio de poder, pero Genaro es tu benefactor y tal vez su
sitio te resulte más benéfico en un caso como éste.
Lo que llamaba mi "sitio de poder" era la cumbre de un
cerro en el desierto norte de México; él me la había mostrado años antes y me
la había "dado" como propia.
¿Debo escucharlo nada más, sin tomar notas? -pregunté.
Ésta es de veras una maniobra peliaguda dijo . Por una parte,
necesito toda tu atención, y por otra, necesitas tener calma y confianza en tus
propias fuerzas. La única forma de que estés calmado es escribiendo, de modo
que éste es el momento de echar mano de todo tu poder personal y cumplir esta
imposible tarea de ser lo que eres sin ser lo que eres.
Se dio una palmada en el muslo y rió.
Ya te he dicho que estoy a cargo de tu tonal y que Genaro está a
cargo de tu nagual prosiguió . Mi deber ha sido ayudarte en todos los asuntos
concernientes a tu tonal y todo cuanto te he hecho o he hecho contigo ha sido a
fin de cumplir una sola tarea, la tarea de limpiar y reordenar tu isla del
tonal. Ése es mi trabajo como tú maestro. La tarea de Genaro como tu
benefactor, es darte demostraciones innegables del nagual y enseñarte cómo
llegar a él.
¿Qué quiere usted decir con limpiar y reordenar la isla del
tonal? pregunté.
Quiero decir el cambio total del que te he hablado desde el
primer día que nos vimos dijo . Te he dicho incontables veces que necesitabas
un cambio drástico si querías triunfar en el camino del conocimiento. Este
cambio no es un cambio de ánimo, o de actitud, o de lo que uno espera en la
vida; ese cambio implica la transformación de la isla del tonal. Tú has
cumplido con esa tarea.
¿Cree usted que he cambiado? pregunté.
Tras un titubeo, soltó la carcajada.
Eres el mismo idiota de siempre dijo . Y sin embargo no eres el
mismo. ¿Ves lo qué quiero decir?
Se burló de mis anotaciones y dijo que echaba de menos a don
Genaro, quien habría disfrutado el absurdo de que yo escribiera la explicación
de los brujos.
En este punto preciso del camino, un maestro le tiene que decir
a su discípulo que han llegado a una encrucijada final prosiguió . Pero decirlo
así no más es falso. En mi opinión no hay encrucijada final, ni paso final en
ninguna cosa. Y como no hay paso final en nada, no debe haber secreto acerca de
nada de lo que es nuestra suerte como seres luminosos. El poder personal decide
quién puede y quién no puede sacar provecho de una revelación; la experiencia
que tengo con mis semejantes me ha mostrado que pocos, poquísimos de ellos
estarían dispuestos a escuchar; y de los pocos que escuchan, menos aún estarían
dispuestos a actuar de acuerdo a lo que han escuchado; y de aquellos que están
dispuestos a actuar, menos aún tienen suficiente poder personal para sacar
provecho de sus actos. Conque el asunto del secreto con respecto a la
explicación de los brujos se reduce a una rutina, quizás una rutina tan vacía
como cualquier otra.
"En todo caso, ya sabes ahora del tonal y del nagual, lo
cual es el centro de la explicación de. los brujos. Saber de ellos parece ser
totalmente inofensivo. Estamos aquí sentados, hablando inocentemente del tonal
y del nagual como si esto sólo fuera un tema común de conversación. Tú escribes
tranquilamente como lo has hecho durante años. El paisaje que nos rodea es una
imagen de la quietud. Ha pasado el mediodía pero todavía no es tarde, el día es
hermoso, las montañas que nos rodean nos han envuelto en un capullo protector.
Uno no tiene que ser brujo para darse cuenta de que este sitio, que habla del
poder y la impecabilidad de Genaro, es el escenario más adecuado para abrir la
puerta; porque eso es lo que estoy haciendo este día: abrirte la puerta. Pero
antes de aventurarnos más allá de este punto, es de justicia hacer una
advertencia; el maestro debe hablar con fervor y advertir a su discípulo que la
inocencia y la placidez de este momento son un espejismo, que hay un abismo sin
fondo frente a él, y que una vez que la puerta se abre no hay manera de
volverla a cerrar."
Calló unos instantes.
Me sentía ligero y contento; desde el sitio predilecto de don
Genaro, tenía un panorama imponente. Don Juan estaba en lo cierto; el día y el
paisaje eran más que hermosos. Quise preocuparme por sus admoniciones y
advertencias, pero de algún modo la tranquilidad en torno impedía todos mis
intentos, y me sorprendí deseando y esperando que estuviera ha-blando sólo de
peligros metafóricos.
Súbitamente, don Juan habló de nuevo.
Los años de duro entrenamiento son sólo una preparación para el
devastador encuentro del guerrero con . . .
Hizo otra pausa, me miró achicando los ojos, y chasqueó la lengua.
. . .con lo que fuera que está ahí, más allá de este punto dijo.
Le pedí explicar sus frases ominosas.
La explicación de los brujos, que no parece en nada una
explicación, es mortal dijo . Parece inofensiva y encantadora, pero apenas el
guerrero se abre a ella, descarga un golpe que nadie puede parar.
Soltó una fuerte carcajada.
Conque prepárate para lo peor, pero no te apures ni te asustes
prosiguió . Ya no te queda más tiempo, y sin embargo te rodea la eternidad.
¡Qué paradoja para tu razón!
Don Juan se puso en pie. Limpió una depresión lisa, en forma de
cuenco, y allí se sentó cómodamente, con la espalda contra la roca, mirando al
noroeste. Me indicó otro sitio donde yo también podía sentarme con comodidad.
Me hallé a su izquierda, también con la cara hacia el noroeste. La roca estaba
tibia y me dio un sentimiento de serenidad, de pro-tección. Era un día
templado; un viento suave hacia agradable el calor, del sol vespertino. Me
quité el sombrero, pero don Juan insistió en que lo tuviera puesto.
Ahora estás mirando hacia tu propio sitio de poder dijo . Ése es
un apoyo que tal vez te proteja. Hoy necesitas todos los apoyos que puedas
usar. Tal vez tu sombrero sea otro de ellos.
¿Por qué me lo advierte usted, don Juan? ¿Qué va a ocurrir
realmente? pregunté.
Lo que ocurra aquí hoy dependerá de si tienes o no suficiente
poder personal para enfocar tu atención entera en las alas de tu percepción
dijo.
Sus ojos relumbraban. Parecía más excitado de lo que yo jamás lo
había visto. Me pareció que en su voz había algo insólito, acaso un nerviosismo
desacostumbrado.
Dijo que la ocasión requería que allí mismo, en el sitio de
predilección de mi benefactor, él recapitulara conmigo cada uno de los pasos
que había tomado en su lucha por ayudarme a limpiar y reordenar mi isla del
tonal. Su recapitulación fue minuciosa y le llevó unas cinco horas. En forma
brillante y clara, me dio un sucinto recuento de todo cuanto me había hecho
desde el día en que nos conocimos. Fue como si un dique se rompiera. Sus
revelaciones me tomaron por sorpresa. Yo me había acostumbrado a ser el tenaz
inquisidor; por lo tanto, el hecho de que don Juan quien siempre era la parte
renuente explicara de modo tan académico los puntos de su enseñanza, era tan
asombroso como el de que vistiera traje en la ciudad de México. Su dominio del
idioma, su exactitud dramática y su elección de palabras eran tan
extraordinarios que yo no tenía modo de explicarlos racionalmente. Dijo que en
momentos tales el maestro debía hablar en términos exclusivos a cada guerrero,
que la forma en que me hablaba y la claridad de su explicación eran parte de su
última treta, y que sólo al final tendría sentido para ml todo lo que él hacía.
Habló sin parar, hasta concluir su recapitulación. Y yo escribí cuanto dijo,
sin necesidad de ningún esfuerzo consciente.
Empezaré por decirte que un maestro nunca busca aprendices y
nadie puede solicitar las enseñanzas -dijo-. Lo que señala al aprendiz es
siempre un augurio. El guerrero que esté en la posición de volverse maestro
debe andar siempre despierto para así coger su centímetro cúbico de suerte. Yo
te vi justo antes de que nos presentaran; tenías un tonal en buen estado, como
aquella muchacha que encontramos en México: Después de verte aguardé, tal como
hicimos con la muchacha aquella noche en el parque. La muchacha pasó sin
prestarnos atención. Pero a ti te trajo hasta donde yo estaba, un hombre que
salió corriendo después de decir babosadas. Tú te quedaste allí frente a mí,
también diciendo babosadas. Supe que debía actuar con rapidez y engancharte; tú
mismo habrías tenido que hacer algo por el estilo si aquella muchacha te
hubiera hablado. Lo que hice fue agarrarte con mi voluntad.
Don Juan aludía al modo extraordinario en que me miró el día en
que nos conocimos. Fijó en mí su vista y tuve una inexplicable sensación de
vacuidad, o entorpecimiento. No pude hallar ninguna explicación lógica de mi
reacción, y siempre he creído que después de nuestro primer encuentro volví a
buscarlo sólo porque esa mirada me obsesionaba.
Ése era el modo más rápido de engancharte dijo . Fue un golpe
directo a tu tonal. Lo adormecí enfocando en él mi voluntad.
¿Cómo lo hizo usted? pregunté.
La mirada del guerrero se coloca en el ojo derecho de la otra
persona dijo . Y lo que hace es parar el diálogo interno; entonces el nagual se
hace cargo. De allí el peligro de esa maniobra. Cada vez que el nagual
prevalece, así sea nomás por un instante, no hay manera de describir la
sensación que el cuerpo experimenta. Sé que has pasado horas sin fin tratando
de aclarar lo que sentiste, y que hasta hoy no has podido. Pero yo logré lo que
quería. Te enganché.
Le dije que aún recordaba cómo había fijado su vista en mí.
La mirada en el ojo derecho no es fijar la vista dijo . Es más
bien un agarrón duro que uno da a través del ojo de la otra persona. Es decir,
uno agarra algo que hay detrás del ojo. Uno tiene la sensación física y real de
estar agarrando algo con la voluntad.
Se rascó la cabeza echando el sombrero hacia adelante, sobre su
rostro.
Esto, naturalmente, es sólo una manera de decir -continuó . Una
manera de explicar sensaciones físicas extrañas.
Me ordenó dejar de escribir y mirarlo. Dijo que iba a
"agarrar" gentilmente mi tonal con su "voluntad". La
sensación que experimenté fue una repetición de la que tuve aquel primer día
que nos vimos y en otras ocasiones en qué don Juan me había hecho sentir que
sus ojos me tocaban físicamente.
¿Pero cómo me hace usted sentir que me está tocando, don Juan?
¿Qué hace usted concretamente? pregunté.
No hay modo de describir con exactitud lo que uno hace dijo .
Algo sale de algún sitio abajo del estómago; ese algo posee dirección y puede
enfocarse en cualquier cosa.
Nuevamente sentí que algo como unas pinzas suaves asía alguna
parte indefinida de mi persona.
Sólo funciona cuando el guerrero aprende a enfocar su voluntad
explicó don Juan tras apartar los ojos-. No hay manera de practicarlo; por eso
no he recomendado ni animado su uso. En un momento dado en la vida del
guerrero, ocurre simplemente. Nadie sabe cómo.
Calló un rato. Me sentía extremadamente aprensivo. Don Juan, de
repente, habló de nuevo.
El secreto está en el ojo izquierdo dijo . Conforme un guerrero
progresa en el camino del conocimiento, su ojo izquierdo puede coger cualquier
cosa. Por lo general, el ojo izquierdo del guerrero tiene una apariencia
extraña; a veces se queda bizco, o se hace más pequeño que el otro, o más
grande, o diferente de algún modo.
Me miró y en son de broma fingió examinar mi ojo izquierdo.
Meneó la cabeza simulando desaprobación y rió para sí.
Una vez que el aprendiz ha sido enganchado empieza la
instrucción prosiguió . El primer acto del maestro es introducir la idea de que
el mundo que creemos ver es sólo una visión, una descripción del mundo. Cada
esfuerzo del maestro se dirige a demostrar este punto al aprendiz. Pero
aceptarlo parece ser una de las cosas más difíciles de hacer; estamos
complacientemente atrapados en nuestra particular visión del mundo, que nos
compele a sentirnos y a actuar como si supiéramos todo lo que hay que saber acerca
del mundo. Un maestro, desde el primer acto que efectúa, se propone parar esa
visión. Los brujos lo llaman parar el diálogo interno, y están convencidos de
que esa técnica es la más importante que el aprendiz puede aprender.
"Para detener esa visión del mundo que uno ha tenido desde
la cuna, no es suficiente el que uno simplemente tenga el deseo, o se haga la
resolución. Uno necesita una tarea práctica; esa tarea se llama la forma
correcta de andar. Parece una cosa inocente y sin sen-tido. Como todo lo que
tiene poder en sí o de por sí, la forma correcta de andar no llama la atención.
Tú la entendiste y la consideraste, al menos durante varios años, una manera
curiosa de comportarse. No se te hizo claro, hasta hace muy poco, que era el
modo más eficaz de parar tu diálogo interno."
¿Cómo detiene la forma correcta de andar el diálogo interno?
pregunté.
El andar en esa forma específica satura el tonal dijo . Lo
inunda. Verás: la atención del tonal tiene que colocarse en sus creaciones. De
hecho, esa atención es la que por principio de cuentas crea el orden del mundo;
el tonal debe prestar atención a los elementos de su mundo con el fin de
mantenerlo, y debe, sobre todo, sostener la visión del mundo como diálogo
interno.
Dijo que la forma correcta de andar era un subterfugio. El
guerrero, al curvar los dedos, llama la atención hacia sus brazos; luego,
mirando sin enfocar cualquier punto directamente frente a él en el arco que
empieza en las puntas de sus pies y termina sobre el horizonte, inunda
literalmente a su tonal con información. El tonal, sin su relación de uno a uno
con los elementos de su descripción, no podía hablar consigo mismo, y así uno
llegaba al silencio.
Don Juan explicó que la posición de los dedos no importaba en
absoluto, que la única consideración era llamar atención hacia los brazos
poniendo los dedos en diversas posiciones desacostumbradas, y que lo importante
era la forma en que los ojos, mantenidos fuera de foco, detectaban un enorme
número de detalles del mundo sin tener claridad con respecto a ellos. Añadió
que en tal estado los ojos podían captar detalles demasiado fugaces para la
visión normal.
Junto con la forma correcta de andar prosiguió don Juan , el
maestro debe enseñar al aprendiz otra posibilidad, todavía más sutil: la
posibilidad de actuar sin creer, sin esperar recompensa; de actuar sólo por
actuar. No exagero al decirte que el éxito de la empresa del maestro depende de
lo bien y lo armoniosamente que guíe a su aprendiz en este aspecto específico.
Dije a don Juan que yo no recordaba ninguna ocasión en la que él
hubiera discutido el "actuar sólo por actuar" como una técnica
particular; todo cuanto recordaba eran sus comentarios constantes, pero
divagados, al respecto.
Rió y dijo que su maniobra había sido tan hábil que se me había
escapado hasta ese día. Luego me trajo a la memoria todas las tareas sin
sentido que, bromeando, solía encomendarme cada vez que iba yo a su casa.
Labores absurdas como acomodar la leña según cierto diseño, circundar la casa
con una cadena continua de círculos concéntricos dibujados en el polvo con el
dedo, barrer la basura de un sitio a otro, y así por el estilo. Las tareas
incluían también actos que yo debía realizar por mí mismo en casa, tales como
ponerme una gorra negra, o atar primero mi zapato derecho, o abrocharme el
cinturón de derecha a izquierda.
La razón de que nunca las hubiera tomado más que en guasa era
que él siempre me decía que las olvidara después de haberlas establecido como
rutinas habituales.
Conforme él recapitulaba las tareas que me había dado, me di
cuenta de que, al hacerme realizar rutinas sin sentido, había implantado en mi
la idea de actuar sin esperar nada a cambio.
Parar el diálogo interno es, sin embargo, la llave del mundo de
los brujos -dijo-. El resto de las actividades son sólo apoyos; lo único que
hacen es acelerar el efecto de parar el diálogo interno.
Dijo que había dos actividades o técnicas principales usadas
para acelerar el cese del diálogo interno: borrar la historia personal y
"soñar". Me recordó que, durante las primeras etapas de mi
aprendizaje, me había dado cierto número de métodos específicos para cambiar mi
"personalidad". Yo los puse en mis notas y los olvidé durante años,
hasta advertir su importancia. Esos métodos parecían al principió recursos
altamente idiosincrásicos para coaccionarme a modificar mi conducta.
Explicó que el arte del maestro consistía en desviar la atención
del discípulo de los asuntos principales. Un agudo ejemplo de tal arte era el
hecho de que hasta ese día yo no me había percatado de su treta para hacerme
aprender ese punto de lo más crucial: actuar sin esperar recompensa.
Dijo que, en línea con aquella premisa, había centrado mi
interés en la idea de "ver", que bien entendido era el acto de tratar
directamente con el nagual, un acto que a su vez era el inevitable producto
final de sus enseñanzas, pero una tarea inalcanzable como tarea en sí.
¿Cuál fue el objeto de engañarme así? pregunté.
Los brujos están convencidos de que todos nosotros somos una
bola de idiotas dijo . Nunca podemos abandonar voluntariamente nuestro control;
por eso hay que engañarnos.
Su argumento era que al hacerme enfocar mi atención en una
seudotarea, aprender a "ver", había logrado dos cosas. Primero,
bosquejó el encuentro directo con el nagual, sin mencionarlo, y segundo, me
llevó a considerar los verdaderos puntales de sus enseñanzas como asuntos sin
consecuencia. El borrar la historia personal y el "soñar" nunca
fueron para mi tan importantes como "ver". Yo los consideraba
actividades muy divertidas. Incluso pensaba que eran las prácticas para las
cuales yo tenía la mayor facilidad.
La mayor facilidad dijo, burlón, al oír mis comentarios . Un
maestro no debe dejar nada al azar. Te he dicho que tenías razón al sentir que
te engañaban. El problema fue que estabas convencido de que el engaño se
dirigía a embaucar a tu razón. Para mí, la treta consistía en distraer tu
atención, o en atraparla según el caso.
Me miró achicando los ojos y señaló en torno con un amplio
ademán.
El secreto de todo esto está en la atención de uno dijo.
¿Qué quiere usted decir, don Juan?
Todo esto existe sólo a causa de nuestra atención. Este mismo
peñasco donde estamos sentados es un peñasco porque hemos sido forzados a
ponerle nuestra atención como peñasco.
Quise que explicara esa idea. Rió y me apuntó con un dedo
acusador.
Esto es una recapitulación dijo . Llegaremos a eso después.
Aseveró que gracias a su maniobra encubridora yo me interesé en
borrar la historia personal y en "soñar". Dijo que el efecto de esas
dos técnicas era ultimadamente devastador si se ejercitaban en su totalidad, y
que entonces su preocupación fue la de todo maestro: no dejar que su discípulo
hiciera nada que fuera a arrojarlo en la aberración y la morbidez.
Borrar la historia personal y soñar deberían ser sólo una ayuda
-dijo . Lo que un aprendiz necesita para apuntalarse es la sobriedad y la
fuerza. Por eso el maestro habla del camino del guerrero, o vivir como un
guerrero. Ésa es la goma que pega todas las partes en el mundo de un brujo. El
maestro debe forjarla y desarrollarla poco a poco. Sin la solidez y la
serenidad del camino del guerrero no hay posibilidad de resistir la senda del
conocimiento.
Don Juan dijo que aprender el camino del guerrero era una
instancia en la que la atención del aprendiz debía atraparse más que desviarse,
y que él atrapó mi atención sacándome de mis circunstancias ordinarias cada vez
que yo iba a verlo. Nuestros andares por el desierto y las montañas fueron el
medio de lograr eso.
La maniobra de alterar el contexto de mi mundo ordinario
llevándome a excursiones y a cazar, era otra instancia de su sistema que yo
había pasado por alto. El desarreglo del contexto significaba que yo no conocía
las claves y tenía que enfocar la atención en todo cuanto don Juan hiciera.
¡Qué truco! ¿Eh? dijo, riendo.
Reí a mi vez, impresionado. Nunca había supuesto tal
deliberación en él.
A continuación enumeró los pasos seguidos para guiar y atrapar
mi atención. Al finalizar su recuento, añadió que el maestro debía tomar en
cuenta la personalidad del aprendiz, y que en mi caso tuvo que actuar con
cuidado, pues yo era violento y me habría resultado fácil matarme en un
arranque de desesperación.
Usted es un tipo terrible, don Juan -dije en broma, y él estalló
en una enorme carcajada.
Explicó que, para ayudar a borrar la historia personal, se
enseñaban otras tres técnicas: perder la importancia, asumir la
responsabilidad, y usar a la muerte como consejera. La idea era que, sin el
efecto benéfico de esas técnicas, el borrar la historia personal haría del
aprendiz un individuo tornadizo, evasivo e innecesariamente dudoso de sí y de
sus acciones.
Don Juan me pidió decirle cuál había sido, antes de hacerme
aprendiz, mi reacción más natural en los momentos de tensión, frustración y
desencanto. Dijo que su propia reacción había sido la ira. Le dije que la mía
era la autocompasión.
Aunque no te das cuenta de ello, tuviste que trabajar como loco
para hacer de ése un sentimiento natural dijo . Para ahora, no hay manera de
que recuerdes el inmenso esfuerzo que necesitaste para establecer eso como un
detalle de tu isla. La compasión por ti mismo era el testigo de todo cuanto
hacías. La llevabas en la punta de los dedos, lista para aconsejarte. El
guerrero considera a la muerte un consejero más tratable, que también puede
llevarse a ser el testigo de todo cuanto uno hace, igual que la compasión por
ti mismo o la ira. Por lo visto, tras una lucha sin cuento aprendiste a tenerte
lástima. Pero también puedes aprender, en la misma forma, a sentir tu fin
inminente, y así puedes aprender a tener en la punta de los dedos la idea de tu
muerte. Como consejero, la compasión por ti mismo no es nada comparada con la
muerte.
Don Juan señaló entonces que había una aparente contradicción en
la idea del cambio; por una parte, el mundo de los brujos pedía una
transformación drástica, y por otra, la explicación de los brujos decía que la
isla del tonal estaba completa y que ni un solo elemento podía quitarse de
ella. El cambio, pues, no significaba eliminar nada, sino más bien alterar el
uso asignado a dichos elementos.
La compasión por ti mismo, por ejemplo dijo . No hay manera de
librarse de eso de una vez por todas; tiene un sitio y un carácter definidos en
tu isla, una fachada definida que se puede identificar. Así; cada vez que se
presenta la ocasión, la compasión por ti mismo se activa. Tiene historia. Si
cambias entonces su fachada, habrás cambiado su sitio de prominencia.
Le pedí explicar el significado de sus metáforas, especialmente
la idea de cambiar fachadas. Yo la entendía como, quizás, el acto teatral de
interpretar más de un papel al mismo tiempo.
La fachada se cambia alterando el uso de los elementos de la
isla replicó . Tomemos de nuevo el tenerte lástima a ti mismo. Te era útil
porque te sentías importante y digno de mejores condiciones, de mejor trato, o
bien porque no deseabas asumir responsabilidad por aquello que te despertaba la
compasión por ti mismo, o porque eras incapaz de hacer que la idea de tu muerte
atestiguara tus actos y te aconsejara.
"Borrar la historia personal, y sus tres técnicas
compañeras, son los medios que usa el brujo para cambiar la fachada de los
elementos de la isla. Por ejemplo, al borrar tu historia personal, le quitaste
el uso al tener lástima por ti mismo; para que la compasión por ti mismo
funcionara tenías que sentirte importante, irresponsable, inmortal. Cuando esos
sentimientos se alteraron en alguna forma, ya no te fue posible tenerte
lástima.
"Lo mismo vale para todos los otros elementos que has
cambiado en tu isla. Sin usar esas cuatro técnicas, jamás habrías logrado
cambiarlos. Pero cambiar fachadas significa sólo que uno ha asignado un sitio
secundario a un elemento antes importante. Tu compasión por ti mismo sigue
siendo un detalle de tu isla; seguirá allí, relegada al segundo plano, igual
que la idea de tu muerte, o tu humildad, o la responsabilidad de tus actos,
estaban allí, sin usarse nunca."
Don Juan dijo que, una vez presentadas todas esas técnicas, el
aprendiz llegaba a una encrucijada. Según su sensibilidad, hacía una de dos
cosas. Tomaba en lo que valían las recomendaciones y los consejos de su
maestro, actuando sin esperar recompensa, o bien tomaba todo como un chiste o
una aberración.
Observé que, en mi propio caso, la palabra "técnicas"
me había confundido. Siempre esperaba yo una serie de direcciones precisas,
pero él sólo me daba vagas sugerencias, y yo había sido incapaz de tomarlas en
serio o de actuar en concordancia con sus estipulaciones.
Ése fue tu error dijo . Entonces tuve que decidir si usar o no
las plantas de poder. Podrías haber empleado esas cuatro técnicas para limpiar
y reordenar tu isla del tonal. Te habrían llevado con el nagual. Pero no todos
somos capaces de reaccionar a simples recomendaciones. Tú, y yo si a ésas
vamos, necesitábamos otra cosa que nos sacudiera; necesitábamos esas plantas de
poder.
En verdad, yo había tardado años en advertir la importancia de
aquellas primeras sugerencias hechas por don Juan. El extraordinario efecto que
las plantas psicotrópicas tuvieron sobre mí fue lo que me dio la idea de que su
uso era el elemento clave en las enseñanzas. Me aferré a dicha convicción, y
sólo en los años posteriores de mi aprendizaje caí en la cuenta de que las
transformaciones y los descubrimientos significativos de los brujos siempre se
realizaban en estados de sobriedad consciente.
¿Qué habría pasado si yo hubiera tomado en serio sus
recomendaciones? pregunté.
Habrías llegado al nagual repuso.
Pero ¿habría llegado al nagual sin tener benefactor?
El poder da de acuerdo a tu impecabilidad -dijo . Si hubieras
empleado seriamente esas cuatro técnicas, habrías juntado suficiente poder
personal para hallar un benefactor. Habrías sido impecable y el poder habría
abierto las vías necesarias. Ésa es la regla.
¿Por qué no me dio usted más tiempo? pregunté.
Tuviste todo el tiempo que necesitabas dijo . El poder me mostró
el camino. Una noche te di un acertijo que resolver; tenías que hallar tu sitio
frente a la puerta de mi casa. Esa noche tú actuaste de maravilla, pero a la
mala, y en la mañana te dormiste sobre una piedra muy especial que yo había
puesto allí. El poder me mostró que había que empujarte sin misericordia para
que hicieras algo.
¿Me ayudaron las plantas de poder? pregunté.
Claro dijo . Te abrieron al detener tu visión del mundo. En este
aspecto, las plantas de poder tienen el mismo efecto sobre el tonal que la
forma correcta de andar. Ambas cosas lo inundan de información y fuerzan el
diálogo interno a detenerse. Las plantas son excelentes para eso, pero muy
costosas. Causan al cuerpo un daño incalculable. Ésa es su desventaja, sobre
todo con la yerba del diablo.
-Si sabia usted que eran tan peligrosas, ¿por qué me dio tantas,
y tantas veces? pregunté.
Me aseguró que los detalles del procedimiento eran decididos por
el poder mismo. Dijo que, si bien se suponía que las enseñanzas cubrieran los
mismos asuntos en el caso de todo aprendiz, el orden era diferente para cada
uno, y que él había recibido repetidas indicaciones de que yo necesitaba una
gran cantidad de coerción para que me molestara en hacer cualquier cosa.
Estaba yo tratando con un ser inmortal lleno de arrogancia que
no tenía respeto por su vida ni por su muerte dijo, riendo.
Mencioné el hecho de que él había descrito y discutido aquellas
plantas en términos de cualidades antropomórficas. Sus referencias a ellas
sugerían invariablemente que las plantas poseían personalidad. Replicó que ése
era un medio prescrito para desviar la atención del aprendiz del verdadero
propósito, que era detener el diálogo interno.
Si sólo se usan para detener el diálogo interno, ¿cuál es su
conexión con el aliado? pregunté.
Eso es un punto difícil de explicar dijo . Esas plantas llevan
al aprendiz directamente al nagual, y el aliado es un aspecto del nagual.
Funcionamos exclusivamente en el centro de la razón, sin importar quiénes somos
ni de dónde venimos. La razón puede naturalmente responder en una u otra forma
por todo lo que ocurre dentro de su visión del mundo. El aliado es algo que se
halla fuera de esa visión, fuera del terreno de la razón. El aliado se puede
atestiguar solamente en el centro de la voluntad en momentos en que nuestra
visión ordinaria se ha parado, por ello, el aliado es propiamente el nagual.
Los brujos, sin embargo, pueden aprender a percibir el aliado en una forma de
lo más intrincada, y al hacerlo así, se meten demasiado adentro en una nueva
visión. Así que, para protegerte de ese destino, yo no recalqué el aliado como
los brujos lo hacen. Tras generaciones de usar plantas de poder, los brujos han
aprendido a dar cuenta en sus visiones de todo lo que se pueden dar cuenta
acerca de ellas. Yo diría que los brujos, al usar su voluntad, han logrado
ampliar sus visiones del mundo. Mi maestro y mi benefactor eran claros ejemplos
de esto. Eran hombres de gran poder, pero no eran hombres de conocimiento.
Jamás rompieron las barreras de sus enormes visiones y por eso jamás llegaron a
la totalidad de sí mismos, aunque sabían que existía. No era que viviesen vidas
aberradas, tratando de agarrar cosas más allá de su alcance; sabían que habían
perdido la ocasión y que sólo a la hora de su muerte se les revelaría el misterio
total. La brujería les había permitido echar sólo un vistazo, pero nunca les
dio el verdadero medio de llegar a esa esquiva totalidad de uno mismo.
"Yo te di lo suficiente de la visión de los brujos sin
permitir que te enganchara. Te dije que si uno hace encarar a dos visiones, la
una contra la otra, puede escurrirse entre ambas para llegar al mundo real. Me
refería a que sólo puede llegarse a la totalidad de uno mismo cuando uno tiene
bien entendido que el mundo es simplemente una visión, sin importar que esa
visión pertenezca a un hombre común o a un brujo.
"Aquí es donde me he apartado de la tradición. Tras una
lucha de toda la vida, sé que lo importante no es aprender una nueva
descripción sino llegar a la totalidad de uno mismo. Hay que llegar al nagual
sin maltratar al tonal, y sobre todo, sin dañar el cuerpo. Tú tornaste esas
plantas siguiendo los pasos exactos que yo mismo seguí. La única diferencia fue
que, en vez de sumergirte en ellas, te detuve cuando creí que ya habías juntado
suficientes visiones del nagual. Ésa es la razón por la que nunca quise discutir
tus encuentros con plantas de poder, ni dejarte hablar como loco de ellas; no
venía al caso tratar de hablar de lo que no se puede hablar. Ésas fueron
verdaderas excursiones al nagual, a lo desconocido."
Mencioné que mi necesidad de hablar sobre mis percepciones bajo
la influencia de plantas psicotrópicas, se debía al interés por aclarar una
hipótesis mía. Me hallaba convencido de que, con ayuda de dichas plantas, don
Juan me había dado memorias de inconcebibles formas de percibir. Esas memorias,
que en el momento de experimentarlas pudieron parecerme idiosincrásicas y
desconectadas de todo lo significante, se ensamblaban después en unidades de
significado. Supe que don Juan me había guiado certeramente en cada ocasión, y
que cualquier ensamblaje de significado se realizaba bajo su guía.
No quiero recalcar esos hechos ni explicarlos dijo con sequedad
. El acto de meternos en explicaciones nos pondría de nuevo en donde no
queremos estar; es decir, seríamos arrojados dentro de una visión del mundo,
esta vez una visión mucho más amplia.
Don Juan dijo que, una vez detenido el diálogo interno del
discípulo por el efecto de las plantas de poder, surgía un obstáculo
invencible. El aprendiz empezaba a reconsiderar y a tener dudas de todo su
aprendizaje. En opinión de don Juan, hasta el discípulo más ferviente sufría en
ese punto una grave pérdida de interés.
Las plantas de poder sacuden al tonal y amenazan la solidez de
toda la isla dijo . A estas alturas el aprendiz se retira, lo cual es una cosa
muy sana; y quiere salir de todo el enredo. También a estas alturas es cuando
el maestro coloca su trampa más artera, al adversario que vale la pena. Esta
trampa tiene dos propósitos. Primero, hace que el maestro atrape a su aprendiz,
y segundo, hace que el aprendiz tenga un punto de referencia para su uso. La
trampa es una maniobra, que trae a la arena al adversario que vale la pena. Sin
la ayuda de un adversario así, que no es en realidad un enemigo sino un
adversario totalmente dedicado, el aprendiz no tiene posibilidad de continuar
en la senda del conocimiento. El mejor de los hombres se saldría volado a estas
alturas si de él dependiera la decisión. Yo te traje, como un adversario que
vale la pena, al mayor guerrero que pude encontrar, la Catalina.
Don Juan hablaba de una ocasión, años atrás, en que me había
llevado a una batalla de largo alcance con una bruja india.
Te puse en contacto corporal con ella prosiguió . Elegí una
mujer porque tú confías en las mujeres. Traicionar esa confianza fue muy
difícil para ella. Años después me confesó que le habría gustado renunciar el
encargo, porque tú le gustabas. Pero es una gran guerrera y, a pesar de sus
sentimientos, casi te borra del planeta. Desarregló tu tonal en forma tan
intensa que nunca volvió a ser el mismo. Efectivamente, la Catalina cambió tan
profundamente el panorama de tu isla, que sus actos te metieron en otro terreno.
Puede decirse que la Catalina habría podido ser tu benefactor, de no ser porque
no estabas cortado para ser un brujo como ella. Algo andaba mal entre ustedes
dos. Eras incapaz de tenerle miedo. Casi te vuelves loco una noche en que te
acosó, pero a pesar de eso ella te atraía. Era para ti una mujer deseable; por
más asustado que estuvieras. Ella lo sabía. Una vez te sorprendí en el pueblo
mirándola; temblabas de miedo y sin embargo se te caía la baba.
"Es debido, entonces, a los actos de un adversario que vale
la pena, que el aprendiz puede quedar hecho pedazos o cambiar radicalmente. Las
acciones de la Catalina contigo, como no te mataron no porque ella no se
esforzara lo bastante, sino porque eres resistente , tuvieron en ti un efecto
benéfico, y también trajeron a tu alcance una decisión.
"El maestro usa al adversario para forzar al aprendiz a
hacer la decisión de su vida. El aprendiz debe escoger entre el mundo del
guerrero y su mundo ordinario. Pero no hay decisión posible si el aprendiz no
entiende lo que tiene que decidir; por eso, el maestro debe tener una actitud
enteramente paciente y comprensiva y debe guiar al aprendiz, con mano firme, a
que elija el mundo y la vida del guerrero. Yo logré esto pidiéndote que me
ayudaras a vencer a la Catalina. Te dije que estaba a punto de matarme y que
necesitaba tu ayuda para librarme de ella. Te advertí las consecuencias de tu
decisión y te di tiempo suficiente para saber si la hacías o no."
Yo recordaba claramente que don Juan me dejó ir aquel día. Me
dijo que, si no quería ayudarlo, estaba en libertad de irme y nunca volver.
Sentí en ese momento que me hallaba en libertad de elegir mi propio curso y que
ya no tenía obligaciones hacia él.
Subí al coche y me alejé de su casa con una mezcla de tristeza y
contento. Me entristecía dejas a don Juan y a la vez me alegraba haber roto con
todas sus desconcertantes actividades. Pensé en Los Ángeles y en mis amigos y
en todas las rutinas cotidianas que me aguardaban, esas pequeñas rutinas que
siempre me habían dado tanto placer. Durante un rato me sentí eufórico. La
rareza de don Juan y de su vida quedaba tras de mí y yo era libre.
Pero mi felicidad no duró mucho. El deseo de abandonar el mundo
de don Juan era insostenible. Mis rutinas habían perdido su poder. Quise pensar
en algo que deseara hacer en Los Ángeles, pero no había nada. Una vez don Juan
me había dicho que yo tenía miedo a la gente y había aprendido a defenderme no
queriendo nada. Dijo que no querer nada era el mejor logro de un guerrero. Sin
embargo, en mi estupidez. yo había ampliado la sensación de no querer nada,
haciéndola caer en la de no disfrutar nada. Así, mi vida era tediosa y vacía.
Tenía razón y, al correr hacía el norte sobre la carretera, me
golpeó al fin el impacto pleno de mi propia locura insospechada. Empecé a
recapacitar en lo que mi elección implicaba. Yo dejaba un mundo mágico de
renovación continua por mi vida blanda y tediosa en Los Ángeles. Me puse a
recordar mis días vacíos. Rememoré un domingo en particular. Todo aquel día me
sentí inquieto, sin nada que hacer. Ningún amigo llegaba a visitarme. Nadie me
había invitado a una fiesta. La gente que deseaba ver no estaba en casa y, lo
peor de todo, yo había visto todas las películas que se exhibían en la ciudad.
Al caer la tarde, desesperado en extremo, hurgué de nuevo en la lista de
películas y hallé una que jamás había querido ver. La pasaban en un pueblo a
sesenta kilómetros de distancia. Fui a verla, y la detesté, pero hasta eso era
mejor que no tener nada que hacer.
Bajo el impacto del mundo de don Juan, yo había cambiado. Por
principio de cuentas, desde que lo conocí no había tenido tiempo de aburrirme.
Eso en sí era suficiente para mí; en verdad, don Juan se había asegurado de que
yo eligiera el mundo del guerrero. Di la vuelta y regresé a su casa.
¿Qué habría ocurrido si decido volver a Los Ángeles? –pregunté.
Eso habría sido una imposibilidad repuso-. Esa decisión no
existía. Todo cuanto se requería de ti era que dejaras que tu tonal se diera
cuenta de haber decidido unirse al mundo de los brujos. El tonal no sabe que
las decisiones están en el terreno del nagual. Cuando creemos decidir, no
hacemos más que reconocer que algo más allá de nuestra comprensión ha puesto el
marco de nuestra dizque decisión, y todo lo que nosotros hacemos es consentir.
"En la vida del guerrero sólo hay una cosa, un único asunto
que en realidad no está decidido: qué tan lejos puede uno avanzar en la senda
del conocimiento y el poder. Ése es un asunto abierto y nadie puede predecir el
resultado. Una vez te dije que la libertad que un guerrero tiene, es actuar
impecablemente, o bien actuar como un imbécil. La impecabilidad es de verdad el
único acto que es libre y, por ello, la verdadera medida del espíritu de un
guerrero."
Don Juan dijo que, una vez que el aprendiz hacía su decisión de
unirse al mundo de los brujos, el maestro le daba una labor pragmática, una
tarea que cumplir en su vida cotidiana. Explicó que la tarea, planeada de
acuerdo a la personalidad del aprendiz, suele ser una especie de situación
vital traída de los cabellos, en la cual el aprendiz debe meterse como medio de
afectar permanentemente su visión del mundo. En mi propio caso, yo había
entendido la tarea más como un divertido chiste que como una situación vital
seria. Con el paso del tiempo, sin embargo, llegué a comprender que debía
encararla con fervor.
Una vez que el aprendiz ha recibido su tarea de brujería, está
listo para otra clase de instrucción prosiguió . Es entonces un guerrero. En tu
caso, como ya no eras aprendiz, te enseñé las tres técnicas que ayudan a soñar:
romper las rutinas de la vida, la marcha de poder, y no hacer. Tú, como
siempre, eras persistente, tonto como aprendiz y tonto como guerrero. Escribías
muy meticulosamente lo que yo decía y todo lo que te pasaba, pero no hacías
exactamente lo que yo te decía que hicieras. De modo que todavía tuve que
reventarte con plantas de poder.
Don Juan detalló entonces, paso a paso, cómo había apartado mi
atención del "soñar", haciéndome creer que el problema importante era
una actividad muy difícil que él llamaba no hacer, juego perceptual que
consistía en enfocar la atención en partes del mundo comúnmente pasadas por
alto, como las sombras de las cosas. Don Juan dijo que su estrategia había sido
la de destacar el no hacer imponiendo un estricto secreto a ese respecto.
No hacer es, como todo lo demás, una técnica muy importante,
pero no era el asunto principal dijo . Te embaucó el secreto. ¡Tú, el hablador,
obligado a guardar un secreto!
Riendo, dijo que se imaginaba los problemas que yo habría
atravesado para mantener la boca cerrada.
Explicó que romper las rutinas, el paso de poder y no hacer eran
avenidas para aprender nuevas maneras de percibir, el mundo; maneras que daban
al guerrero un anticipo de posibilidades increíbles de acción. La opinión de
don Juan era que el tener conciencia de que el mundo del "soñar" era
independiente y pragmático, se hacía posible por el uso de aquellas tres
técnicas.
Soñar es una ayuda práctica que los brujos inventaron dijo . No
eran tontos; sabían lo que estaban haciendo y buscaron la utilidad del nagual
entrenando a su tonal para que se dejara ir por un momento, por así decirlo, y
luego volviera a agarrarse. Esta frase no tiene sentido para ti. Pero eso es lo
que has estado haciendo hasta ahora: entrenándote para dejarte ir sin perder la
chaveta. Soñar es, por supuesto, la corona del esfuerzo de los brujos, el uso
máximo del nagual.
Repasó todos los ejercicios de no hacer que me había puesto a
ejecutar, las rutinas de mi vida diaria que él había aislado para su
rompimiento, y todas las ocasiones en que me había forzado a adoptar el paso de
poder.
Vamos llegando al fin de mi recapitulación -dijo-. Ahora tenemos
que hablar de Genaro.
Don Juan dijo que hubo un augurio muy importante el día en que
conocí a don Genaro. Le dije que no recordaba nada fuera de lo común. Me
recordó que ese día estábamos sentados en una banca en un parque. Él había
mencionado que esperaba a un amigo que yo no conocía, y luego, cuando el amigo
apareció, lo señalé sin titubear entre una gran multitud. Ésa fue la indicación
que los hizo darse cuenta de que don Genaro era mi benefactor.
Me acordé, cuando él lo mencionó, que mientras charlábamos volví
la cara y vi a un hombre pequeño y delgado que irradiaba extraordinaria
vitalidad, o gracia, o simple alegría; acababa de dar la vuelta a una esquina y
entraba en el parque. En vena de guasa, dije a don Juan que su amigo se
acercaba, y que sin duda era un brujo a juzgar por su apariencia.
Desde ese día, Genaro recomendó lo que se tenía que hacer
contigo continuó don Juan . Como tu guía para entrar en el nagual, te dio
demostraciones impecables, y cada vez que ejecutaba un acto como nagual, te
dejaba un conocimiento que desafiaba y pasaba por alto a tu razón. Desarmó tu
visión del mundo, aunque todavía tú no te das cuenta de eso. Nuevamente, en,
este caso, te comportaste igual que en el caso de las plantas de poder:
necesitabas más de lo necesario. Unas cuantas embestidas del nagual debieran bastar
para desmantelar la visión de uno; pero hasta el día de hoy, después de todos
los ataques del nagual, tu visión parece invulnerable. Y aunque parezca
mentira, ése es tu mejor detalle.
"En general, entonces, el trabajo de Genaro ha sido guiarte
al nagual. Pero aquí tenemos una pregunta extraña. ¿Qué cosa era guiada hacia
el nagual?"
Con un movimiento de los ojos, me instó a responder.
¿Mi razón? pregunté.
No, la razón no tiene ningún sentido aquí repuso . La razón se
raja apenas sale de sus límites estrechos y seguros.
Entonces era mi tonal dije.
No, el tonal y el nagual son las dos partes natas de nosotros
mismos replicó con sequedad . No pueden llevarse el uno al otro.
¿Mi percepción? pregunté.
Exacto gritó como si yo fuera un niño dando la respuesta
correcta . Ahora llegamos a la explicación de los brujos. Ya te advertí que no
explicaría nada, y sin embargo...
Hizo una pausa y me miró con ojos brillantes.
-Ésta es otra de las tretas de los brujos dijo.
¿A qué se refiere usted? ¿Cuál es la treta? pregunté con un
matiz de alarma.
La explicación de los brujos, por supuesto repuso-. Ya lo verás
por ti mismo. Pero sigamos adelante. Los brujos dicen que estamos dentro de una
burbuja. En una burbuja en la que somos colocados en el instante de nuestro
nacimiento. Al principio está abierta, pero luego empieza a cerrarse hasta que
nos ha sellado en su interior. Esa burbuja es nuestra percepción. Vivimos
dentro de esa burbuja toda la vida. Y lo que presenciamos en sus paredes
redondas es nuestro propio reflejo.
Bajó la cabeza y me miró de, reojo. Soltó una risita.
No te me duermas dijo . Aquí es donde debes hacer una
observación.
Reí. De algún modo, sus advertencias acerca de la explicación de
los brujos, aunadas a la revelación de su impresionante gama de conciencia, se
hacían sentir finalmente en mí.
¿Cuál es la observación que yo debía hacer? pregunté.
Si lo que presenciamos en las paredes es nuestro propio reflejo,
entonces lo que se está reflejando debe ser la cosa real dijo, sonriendo.
Buena observación dije en tono de chanza.
Mi razón podía seguir con facilidad ese argumento.
La cosa reflejada es nuestra visión del mundo dijo . Esa visión
es primero una descripción, que se nos da desde el instante en que nacernos
hasta que toda nuestra atención queda atrapada en ella y la descripción se
convierte en visión.
"La tarea del maestro consiste en reacomodar la visión, a
fin de preparar al ser luminoso para el momento en que el benefactor abre la
burbuja desde afuera."
Hizo otra pausa deliberada y luego una nueva observación acerca
de mi falta de atención, juzgada por mi incapacidad de hacer un comentario o
una pregunta adecuados.
¿Cuál debería haber sido mi pregunta? inquirí.
¿Por qué se tiene que abrir la burbuja? repuso.
Buena pregunta dije, y él rió con fuerza y me palmeó la espalda.
¡Por supuesto! -exclamó . Tiene que ser una buena pregunta para
ti; es una de las tuyas.
"La burbuja se abre para permitir al ser luminoso una
visión de su totalidad -prosiguió-. Naturalmente, esto de llamarla burbuja es
sólo una manera de hablar, pero en este caso la manera es exacta.
"La delicada maniobra de llevar a un ser luminoso a la
totalidad de sí mismo requiere que el maestro trabaje desde adentro de la
burbuja y el benefactor desde afuera. El maestro reorganiza la visión del
mundo, yo le he llamado a esa visión la isla del tonal. He dicho que todo lo
que somos se encuentra en esa isla. La explicación de los brujos dice que la
isla del tonal está hecha por nuestra percepción, que ha sido entrenada a
enfocarse en ciertos elementos; cada uno de esos elementos y todos juntos
forman nuestra visión del mundo. El trabajo del maestro, en lo referente a la
percepción del aprendiz, consiste en reordenar todos los elementos de la isla
en una mitad de la burbuja. Para ahora ya te habrás dado cuenta de que limpiar
y reordenar la isla del tonal significa reagrupar todos sus elementos en el
lado de la razón. Mi tarea ha sido desarreglar tu visión ordinaria, no para
destruirla sino para forzarla a ponerse en el lado de la razón. Y tú has hecho
esto mejor que cualquiera que yo conozco."
Trazó en la roca un círculo imaginario y lo dividió en dos a lo
largo de un diámetro vertical. Dijo que el arte del maestro era forzar al
discípulo a agrupar su visión del mundo en la mitad derecha de la burbuja.
¿Por qué la mitad derecha? pregunté.
Ése es el lado del tonal dijo . El maestro siempre se dirige a
ese lado, y al presentar a su aprendiz, por una parte, el camino del guerrero,
lo obliga al raciocinio, a la sobriedad, a la fuerza de carácter y de cuerpo; y
al presentarle, por otra parte, situaciones inimaginables pero reales, que el
aprendiz no puede abarcar, lo obliga a reconocer que su razón, por más
maravillosa que sea, sólo puede cubrir una zona pequeña Una vez enfrentado con
su incapacidad de razonarlo todo, el guerrero hará hasta lo imposible por
reforzar y defender su razón derrotada, y para lograr tal efecto reunirá en
torno a ella todo cuanto tiene. El maestro se ocupa de ello, martillándolo sin
piedad hasta que toda su visión del mundo está en una mitad de la burbuja. La
otra mitad, la que ha quedado limpia, puede entonces ser reclamada por algo que
los brujos llaman la voluntad.
"Esto podemos explicarlo mejor diciendo que la tarea del
maestro es limpiar una mitad de la burbuja y reordenar todo lo que hay en la
otra mitad. Entonces, la tarea del benefactor es abrir la burbuja en el lado
despejado. Una vez roto el sello, el guerrero nunca vuelve a ser el mismo.
Tiene ya el dominio de su totalidad. La mitad de la burbuja es el centro máximo
de la razón, el tonal. La otra mitad es el centro máximo de la voluntad, el
nagual. Ése es el orden que debe prevalecer; cualquier otro acomodo es absurdo
y maligno, porque va en contra de nuestra naturaleza; nos roba nuestra herencia
mágica v nos reduce a nada."
Don Juan se incorporó y estiró los brazos y la espalda y caminó
para desentumir los músculos. Ya hacia un poco de frío.
Le pregunté si habíamos terminado.
¡Pero si la función todavía ni empieza! exclamó, riendo . Ése
fue sólo el principio.
Miró al cielo y señaló hacia el oeste con un ademán casual.
Más o menos dentro de una hora, el nagual estará aquí dijo y
sonrió.
Volvió a sentarse.
Nos queda un solo asunto por terminar continuó . Los brujos lo
llaman el secreto de los seres luminosos, y se trata del hecho de que somos
perceptores. Los hombres y todos los otros seres luminosos que hay sobre la
tierra somos perceptores. Ésa es nuestra burbuja, la burbuja de la percepción.
Nuestro error es creer que la única percepción digna de reconocerse es lo que
pasa por nuestra razón. Los brujos creen que la razón es sólo un centro y que
no debería dársele tanto vuelo.
"Genaro y yo te liemos enseñado que la totalidad de nuestra
burbuja de percepción se compone de ocho puntos. Conoces seis. Hoy, Genaro y yo
seguiremos despejando tu burbuja de percepción, y después de eso conocerás los
dos puntos restantes."
Cambiando abruptamente de tema, me pidió un recuento detallado
de mis percepciones del día anterior, a partir del punto en que vi a don Genaro
sentado en una roca junto al camino. No hizo ningún comentario ni me
interrumpió para nada. Al terminar, añadí una observación por cuenta propia. En
la mañana había hablado con Néstor y Pablito; me dijeron que sus percepciones
habían sido similares a las mías. Mi comentario era que don Juan me había dicho
que el nagual era una experiencia individual que sólo el observador puede
atestiguar. El día anterior, había tres observadores, y todos nosotros habíamos
presenciado más o menos la misma cosa. Las diferencias se expresaban sólo en
términos de cómo se sentía o reaccionaba cada uno con respecto a cualquier
instancia específica del fenómeno total.
Lo que ocurrió ayer fue una demostración del nagual para ti, y
para Néstor y Pablito. Yo soy su benefactor. Entre Genaro y yo, cancelamos el
centro de la razón en ustedes tres.. Genaro y yo tuvimos poder suficiente para
ponerlos a ustedes de acuerdo en lo que presenciaban. Hace varios años, tú y yo
estuvimos cierta noche con un grupo de aprendices, pero yo solo sin Genaro no
tenía suficiente poder para hacer que todos ustedes presenciaran lo mismo.
Dijo que, a juzgar por lo que yo debía haber presenciado el día
anterior y por lo que él había "visto" de mí, su conclusión era que
me hallaba listo para la explicación de los brujos. Añadió que Pablito también
lo estaba, pero tenía dudas acerca de Néstor.
-Estar preparado para la explicación de los brujos es algo muy
difícil de lograr dijo . No debería serlo, pero insistimos en entregarnos a la
visión del mundo que hemos tenido toda la vida. En este aspecto, tú y Néstor y
Pablito se parecen. Néstor se esconde detrás de su timidez y su mal humor,
Pablito detrás de su irresistible personalidad; y tú te escondes detrás de tu
engreimiento y tus palabras. Todas son visiones que parecen invencibles, y
mientras ustedes persistan en usarlas, sus burbujas de percepción no han sido
despejadas y la explicación de los brujos no tendrá sentido.
En son de broma dije que la famosa explicación de los brujos me
había obsesionado desde mucho tiempo atrás, pero mientras más me acercaba a
ella más lejos parecía hallarse. Iba a añadir un comentario jocoso cuando él me
quitó las palabras de la boca.
¿Qué tal si la explicación de los brujos resulta un fiasco?
preguntó entre risas sonoras.
Me palmeó la espalda y parecía deleitado, como un niño que
anticipa algo agradable:
Genaro siempre quiere atenerse a la regla -dijo en tono
confidencial . La condenada explicación no es nada del otro mundo. Si por mí
fuera, te la habría dado hace años. No esperes gran cosa de ella.
Alzó la vista para examinar el cielo.
Ahora estás listo dijo en tono dramático y solemne . Es hora de
ir. Pero antes de dejar este sitio, he de decirte una última cosa: El misterio,
o el secreto, de la explicación de los brujos es que tiene que ver con el acto
de abrir las alas de la percepción.
Puso la mano sobre mi libreta y me dijo que fuera al matorral a
ocuparme de mis funciones corporales, para después quitarme la ropa y dejarla
en un bulto precisamente donde nos hallábamos. Lo miré inquisitivamente y
explicó que yo debía estar desnudo, pero que podía dejarme los zapatos y el
sombrero.
Insistí en saber por qué debía estar desnudo. Don Juan rió y
dijo que la razón era más bien personal y tenía que ver con mi propia
comodidad, y que yo mismo le había dicho que así lo deseaba. Su explicación me
desconcertó. Sentí que me jugaba una broma o que, en conformidad con lo que me
había revelado, simplemente distraía mi atención. Quise enterarme de por qué lo
hacía.
Empezó a hablar de un incidente ocurrido años antes, una vez que
estuvimos con don Genaro en las montañas del norte de México. Ellos me
explicaban entonces que la "razón" no podía en modo alguno dar cuenta
de todo cuanto ocurría en el mundo. Para darme una demostración innegable de
ello, don Genaro ejecutó un magnífico salto de nagual, y se "alargó"
para alcanzar la cima de unos picos a quince o veinte kilómetros de distancia.
Don Juan dijo que la intención me pasó inadvertida, y que en lo referente a
convencer a mi "razón", la demostración de don Genaro fue un fracaso,
pero desde el punto de vista de mi reacción corporal resultó muy divertida.
La reacción corporal a la que don Juan se refería, conservaba
gran vividez en mi mente. Vi a don Genaro desaparecer frente a mis propios ojos
como si un viento se lo hubiera llevado. Su salto, o lo que fuese, tuvo en mí
un efecto tan profundo que sentí como si su movimiento hubiera desgarrado algo
en mis entrañas. Mis intestinos se soltaron y tuve que tirar mis pantalones y
camisa. Incómodo y apenado hasta lo indecible, caminé desnudo, tocado sólo con
un sombrero, por una carretera muy transitada, hasta llegar a mi coche. Don
Juan me recordó que fue entonces cuando le pedí no volver a permitirme arruinar
mi ropa.
Cuando me hube desvestido, caminamos unas decenas de metros
hasta una roca de gran tamaño que miraba a la misma cañada. Don Juan me hizo
asomar. Había un despeñadero de más de treinta metros. Luego me dijo que
interrumpiera mi diálogo interno y escuchara los sonidos en torno.
Tras unos momentos oí el sonido de un guijarro que rebotaba de
roca en roca, despeñadero abajo. Percibí con inconcebible claridad cada rebote
del guijarro. Luego oí caer otro, y otro más: Alcé la cabeza para alinear mi
oído izquierdo con la dirección del sonido y vi a don Genaro sentado encima de
la roca, a unos cuatro o cinco metros de donde estábamos. Con aire casual,
arrojaba piedras a la cañada.
Apenas lo vi, gritó y cacareó, y dijo que había estado allí
escondido en espera de que yo lo descubriese. Tuve un instante de desconcierto.
Don Juan me susurró al oído, repetidas veces, que mi "razón" no
estaba invitada a ese acontecimiento, y que yo debía abandonar la necedad de
querer controlarlo todo. Dijo que el nagual era una percepción sólo para mí, y
que por ese motivo Pablito no lo había visto en mi coche. Añadió, como si
leyera mi oculto sentir, que si bien el nagual era sólo para que yo lo presenciara,
seguía siendo don Genaro en persona.
Don Juan me tomó del brazo y en son de juego me llevó a donde se
hallaba don Genaro. Éste se puso de pie y se me acercó. Su cuerpo radiaba un
calor visible, un resplandor que me deslumbraba. Vino a mi lado y, sin tocarme,
puso la boca cerca de mi oído izquierdo y empezó a susurrar. Don Juan hizo lo
mismo en mi otro oído. Sus voces se sincronizaban. Ambos repetían las mismas
frases. Me decían que no tuviera miedo, y que poseía fibras lar-gas y
poderosas, las cuales no eran para protegerme, porque no había nada que
proteger ni de lo cual protegerse, sino para guiar mi percepción de nagual en
forma semejante a la manera en que mis ojos guiaban mi percepción normal de
tonal. Decían que las fibras estaban en todo mi derredor, que a través de ellas
yo podía percibir todas las cosas al mismo tiempo, y que una sola fibra bastaba
para saltar de la roca a la cañada, o del fondo de la cañada a la roca.
Yo escuchaba todo cuanto decían. Cada palabra parecía tener una
connotación única para mí; me era posible retener cada cosa pronunciada y
repetirla como una grabadora. Ambos me urgían a saltar a la cañada. Me decían
que sintiera mis fibras, aislara una que bajara hasta el fondo y la siguiera.
Conforme pronunciaban sus órdenes, surgían en mí sensaciones acordes a las
palabras. Percibí una comezón en todo mi ser, especialmente una peculiar
sensación indiscernible en sí misma, pero cercana a la de una "larga comezón".
Mi cuerpo sentía en verdad el fondo de la cañada, y yo percibía tal sentir en
alguna zona corporal indefinida.
Don Juan y don Genaro seguían instándome a resbalar por aquella
sensación, pero yo no sabia cómo. Entonces oí sólo la voz de don Genaro.
Dijo que iba a saltar conmigo; me agarró, o me empujó, o me
abrazó, y se precipitó conmigo en el abismo. Experimenté el apoteosis de la
angustia física. Era como si algo mascara y devorara mi estómago. Era una
mezcla de dolor y placer, de tal intensidad y duración que yo no podía más que
gritar y gritar a todo pulmón. Al amainar la sensación, vi un conglomerado
inextricable de chispas y masas oscuras, rayos de luz y formas como nubes. No
sabía si mis ojos se hallaban abiertos o cerrados, o dónde estaban, o dónde
estaba mi cuerpo. Luego sentí la misma angustia física, aunque no tan
pronunciada como la primera vez, y luego tuve la impresión de haber despertado
y me hallé de pie en la roca con don Juan y don Genaro.
Don Juan dijo que yo había fallado de nuevo, que era inútil
saltar si la percepción del salto iba a ser caótica. Ambos repitieron
incontables veces en mis oídos que el nagual por sí solo no servía, que el
tonal debía templarlo. Dijeron que yo tenía que saltar voluntariamente y tener
conciencia de mi acto.
Yo titubeaba, no tanto por miedo como por renuencia. Me sentía
vacilar como si mi cuerpo oscilara pendularmente de lado a lado. Entonces un
ánimo extraño se apoderó de mí, y salté con toda mi corporalidad. Quise pensar
al precipitarme, pero no podía. Veía como a través de la niebla los muros de la
estrecha cañada y las rocas que sobresalían en el fondo. No tuve una percepción
secuencial de mi descenso, sino la sensación de que me hallaba sobre el suelo
en el fondo mismo; discernía cada detalle de las rocas en un breve círculo en
tomo mío. Noté que mi visión no era unidireccional y estereoscópica desde el
nivel de mis ojos, sino plana y hacia todo el derredor. Tras un momento fui
presa del pánico, y algo me jaló hacia arriba como un yoyo.
Don Juan y don Genaro me hicieron repetir el salto una y otra
vez. Después de cada salto, don Juan me instaba a ser menos reticente y
desganado. Dijo, vez tras vez, que el secreto de los brujos al usar el nagual
radicaba en nuestra percepción, que saltar era simplemente un ejercicio de
percepción, y que terminaría sólo cuando yo hubiese logrado percibir, como
perfecto tonal, lo que había en el fondo de la cañada.
En cierto momento tuve una sensación inconcebible. Me hallaba
total y sobriamente consciente de estar parado en el borde de la roca, con don
Juan y don Genaro susurrando en mis oírlos, y en el instante siguiente miraba
el fondo de la cañada. Todo era perfectamente normal. Casi había oscurecido,
pero aún quedaba suficiente luz para reconocer cada cosa como en el mundo de mi
vida cotidiana. Miraba unos arbustos cuando oí un ruido súbito, una peña que
caía. Instantáneamente vi una roca de buen tamaño rodar por el despeñadero
hacia mí. En un destello, vi también a don Genaro arrojándola. Tuve un ataque
de pánico, y un segundo después había vuelto al sitio encuna de la roca. Miré
en torno; don Genaro ya no estaba allí. Don Juan se echó a reír y dijo que don
Genaro se había ido por no soportar mi hediondez. Avergonzado, me percaté de
que mi estado no era para menos. Don Juan había tenido razón al hacerme dejar
mis ropas. Me llevó a un arroyo y me lavó romo a un caballo, recogiendo agua en
mi sombrero y lanzándomela, mientras hacía hilarantes comentarios acerca de
haber salvado mis pantalones.
LA BURBUJA DE LA PERCEPCIÓN
Pasé el día solo, en casa de don Genaro. Dormí la mayor parte
del tiempo. Don Juan regresó al pardear la tarde y caminamos, en completo
silencio, hasta una cordillera cercana. Nos detuvimos a la hora del crepúsculo
y estuvimos sentados al filo de una fonda barranca hasta que casi estuvo
oscuro. Entonces don Juan me llevó a otro sitio cercano, un monumental risco
con un muro de roca liso y vertical. El risco no podía verse desde el sendero
que conducía a él; don Juan, sin embargo, me lo había enseñado varias veces
antes. Me había hecho asomar por el borde y decía que todo el risco era un
sitio de poder, especialmente su base, un desfiladero muy profundo. Siempre que
lo miraba, sentía un desazonante escalofrío; el desfiladero era siempre oscuro
y ominoso.
Antes de que llegáramos al sitio, don Juan dijo que yo debía
seguir solo y encontrarme con Pablito en el borde del risco. Me recomendó
relajarme y practicar el paso de poder con el fin de eliminar mi fatiga
nerviosa.
Don Juan se hizo a un lado, hacia la izquierda del camino, y la
oscuridad, literalmente, se lo tragó. Quise detenerme a averiguar dónde había
ido, pero mi cuerpo no obedeció. Empecé a marchar á paso veloz, aunque me
hallaba tan cansado que apenas me tenía en pie.
Al llegar al risco no vi a nadie y seguí marcando el paso de
carrera, respirando profundamente. Tras un rato me relajé un poco; quedé
inmóvil con la espalda contra una roca, y noté entonces la figura de un hombre
a unos cuantos pasos de mí. Estaba sentado, con la cabeza oculta entre los
brazos. Tuve un momento de susto intenso y me retraje, pero luego me expliqué
que el hombre debía de ser Pablito, y sin titubear fui hacia él. Dije en voz
alta el nombre de Pablito. Pensé que, incierto de quién era yo, se había
asustado tanto que cubrió su rostro para no mirar. Pero antes de llegar a donde
estaba, un miedo inexplicable me poseyó. Mi cuerpo se inmovilizó en el acto, el
brazo derecho ya extendido para tocar al otro. El hombre alzó la cabeza. ¡No
era Pablito! Sus ojos eran dos enormes espejos, como ojos de tigre. Mi cuerpo
saltó hacia atrás; mis músculos se tensaron y luego libraron la tensión sin la
menor influencia de mi voluntad, y ejecuté el salto con tanta rapidez y a tal
distancia que en circunstancias normales me habría envuelto en una grandiosa
especulación al respecto. En aquellos momentos, sin embargo, mi miedo
desproporcionado no me permitía ninguna inclinación a ponderar, y habría salido
corriendo de allí de no haber sido porque alguien aferró mi brazo con fuerza.
Ese contacto me produjo un pánico total; lancé un grito.. No fue el chillido
que yo habría esperado, sino un largo alarido escalofriante.
Me volví a encarar a mi asaltante. Era Pablito, aun más
tembloroso que yo. Mi nerviosismo estaba en su punto más alto. No me era
posible hablar; los dientes me castañeteaban y el escalofrío recorría mi
espalda, provocándome sacudidas involuntarias. Tenía que respirar a bocanadas.
Pablito dijo, entre castañeteos, que el nagual lo había estado
esperando, que él apenas se había zafado de sus garras cuando tropezó conmigo,
y que mi grito estuvo a punto de matarlo. Quise reír y produje los sonidos más
extraños que pueden imaginarse. Al recobrar la calma, dije a Pablito que
aparentemente me había ocurrido lo mismo. El resultado final, en mi caso, era
que mi fatiga se desvaneció; un incontenible empellón de fuerza y bienestar
ocupaba su sitio. Pablito parecía experimentar las mismas sensaciones;
empezamos a reír risitas tontas y nerviosas.
Oí en la distancia pasos suaves y cautelosos. Detecté el sonido
antes que Pablito. Él pareció reaccionar a mi tensión. Tuve la certeza de que
alguien se acercaba al sitio donde estábamos. Miramos en dirección del ruido;
un momento después, las siluetas de don Juan y don Genaro se hicieron visibles.
Caminaban despacio y se detuvieron a uno o dos pasos de nosotros; don Juan
estaba frente a mí y don Genaro encaraba a Pablito. Quise decir a don Juan que
algo había estado a punto de enloquecerme de miedo, pero Pablito me apretó el
brazo. Supe por qué lo hacia. Algo había de extraño en don Juan y don Genaro.
Al mirarlos, mis ojos empezaron a desenfocarse.
Don Genaro dio una orden seca. No entendí lo que dijo, pero
"supe" que nos prohibía cruzar los ojos.
Ya la oscuridad descendió al mundo dijo don Juan mirando el
cielo.
Don Genaro dibujó una media luna en el duro suelo. Por un
instante me pareció que usaba un gis iridiscente, pero luego advertí que no
tenía nada en la mano; yo percibía la media luna imaginaria que había dibujado
con el dedo. Hizo que Pablito y yo nos sentáramos en la curva interna del filo
convexo, mientras él y don Juan se instalaban, con las piernas cruzadas, en los
extremos de la media luna, a unos dos metros de nosotros.
Don Juan habló primero; dijo que nos iban a mostrar a sus
aliados. Dijo que si mirábamos sus costados izquierdos, entre la cadera y el
costillar, "veríamos" algo como un trapo o un pañuelo colgado de sus
cinturones. Don Genaro añadió que junto a esos trapos había dos objetos
redondos, como botones, y que debíamos mirar sus cintos hasta "ver"
los trapos y los botones.
Antes de que don Genaro hablase yo había notado ya un objeto
plano, como un trozo de tela, y un guijarro redondo que colgaban de sus
cinturones. Los aliados de don Juan eran más oscuros y ominosos que los de don
Genaro. Mi reacción fue una mezcla de curiosidad y miedo. Experimentaba las
reacciones en el estómago y no juzgaba nada de manera ra-cional.
Don Juan y don Genaro se llevaron la mano al cinturón y
parecieron desenganchar los trozos de tela oscura. Los tomaron con la mano
izquierda; don Juan lanzó el suyo al aire por encima de su cabeza, pero don
Genaro dejó caer suavemente el propio. Los trozos de tela se desplegaron en la
caída como pañuelos perfectamente lisos; descendieron despacio, oscilando como
voladores. El movimiento del aliado de don Juan era la réplica exacta de lo que
él había hecho al girar días antes. Conforme los trozos de tela se acercaban al
suelo, se hacían sólidos, redondos y masivos. Se contrajeron como sí hubiesen
caído sobre un tirador de puerta; luego se expandieron. El de don Juan creció
hasta ser una sombra voluminosa. Tomó la guía y avanzó hacia nosotros,
aplastando piedras y terrones. Llegó a uno o dos pasos de nosotros, hasta el
cuenco de la media luna, entre don Juan y don Genaro. En cierto momento pensé
que rodaría sobre nosotros, pulverizándonos. Mi terror en ese instante ardía
como una hoguera. La sombra frente a mí era gigantesca, de unos cuatro metros
de alto y dos de ancho. Se movía como si tentaleara a ciegas sintiendo su
camino. Se sacudía y oscilaba. Supe que estaba buscándome. En ese momento,
Pablito ocultó la cabeza contra mi pecho. La sensación que su movimiento me
produjo, disipó en parte la atención empavorecida que yo había enfocado en la
sombra. Ésta pareció disociarse, a juzgar por sus sacudidas erráticas, y luego
desapareció, fundiéndose con la oscuridad en torno.
Sacudí a Pablito. Él alzó la cara y dejó escapar un grito
sofocado. Miré hacia arriba. Un hombre extraño me contemplaba. Parecía haberse
hallado detrás de la sombra, acaso oculto por ella. Era alto y delgado, de
rostro largo, sin cabello, y una irritación o eczema cubría el lado izquierdo
de su cabeza. Sus ojos eran locos y brillantes; tenía la boca entreabierta.
Vestía una rara especie de pijama; los pantalones le quedaban cortos. No pude
discernir si usaba zapatos. Quedó mirándonos durante lo que pareció un largo
rato, como en espera de una coyuntura para lanzarse sobre nosotros y
despedazarnos. Así de intensos eran sus ojos. No había en ellos odio ni
violencia, sino alguna especie de desconfianza animal. Yo no podía soportar más
la tensión. Quise adoptar una posición de pelea que don Juan me había enseñado
años antes, y lo habría hecho si Pablito no me hubiera susurrado que el aliado
no podía pasar de la raya que don Genaro trazara en el suelo. Advertí entonces
que en verdad había una línea brillante que al parecer detenía lo que se
hallaba frente a nosotros.
Tras un momento el hombre se apartó hacia la izquierda, igual
que la sombra. Tuve la sensación de que don Juan y don Genaro habían llamado a
ambos.
Hubo un corto intervalo de quietud. Yo no veía a don Juan ni a
don Genaro; no estaban ya sentados en las puntas de la media luna. De pronto oí
el sonido de dos guijarros que golpeaban el sólido suelo de roca donde nos
hallábamos, y en un destello el área frente a nosotros se iluminó como si
alguien hubiera encendido una luz amarillenta. Vimos una bestia voraz, un
gigantesco lobo o coyote de aspecto repugnante. ,Cubría su cuerpo una secreción
blanca, como sudor o saliva. Su pelambre era áspera y húmeda. Gruñía con una
furia ciega que me produjo escalofríos. Su quijada temblaba, lanzando goterones
de baba. Rascaba el suelo como un perro rabioso que tratara de librarse de una
cadena. Luego se paró sobre las patas traseras y agitó con furia las delanteras
y las quijadas. Toda su ferocidad parecía concentrada en romper alguna barrera
frente a nosotros.
Me percaté de que el miedo hacia aquel animal enloquecido era
diferente del que me habían producido las dos apariciones anteriores. Mi temor
de la bestia era repulsión y horror físicos. Seguí mirando, en completa
impotencia, su rabia. De pronto pareció perder su salvajismo y se alejó
trotando.
Oí entonces que algo más venía hacia nosotros, o acaso lo sentí;
de un momento a otro apareció la forma de un felino colosal. Lo primero que vi
fueron sus ojos en la oscuridad; eran enormes y fijos como dos charcos dé agua
que reflejaran la luz. Resoplaba y gruñía suavemente. Exhalaba aire y se
paseaba frente a nosotros sin quitarnos la vista de encima. No tenía el mismo
brillo eléctrico que el coyote; yo no podía distinguir claramente sus
facciones, y sin embargo su presencia era infinitamente más ominosa que la de
la otra bestia. Parecía reunir fuerzas; sentí que, en su audacia, traspasaría
sus límites. Pablito debe de haber tenido un sentimiento similar, pues me
susurró que agachara la cabeza y me tendiera en el suelo. Un segundo después,
el felino atacó. Corrió en nuestra dirección y luego saltó con las garras
extendidas. Cerré los ojos y escondí la cabeza entre los brazos, contra el
suelo. Sentí que la bestia había rasgado la línea protectora que don Genaro
dibujara alrededor nuestro, y que se hallaba encima de nosotros. Su peso me
aplastaba; la piel de su vientre frotaba mi cuello. Parecía que sus patas
delanteras estaban atrapadas en algo; forcejeaba por liberarse. Sentí sus
sacudidas y oí su diabólico resoplar. Supe entonces que me hallaba perdido. Tuve
un vago sentido de elección racional y quise resignarme con calma a la suerte
de morir allí, pero temía el dolor físico de la muerte bajo tan atroces
circunstancias. Entonces, una fuerza extraña brotó de mi cuerpo; fue como si mi
cuerpo rehusara morir y reuniera toda su energía en un solo punto, mi brazo
izquierdo. Sentí que un empellón indomable lo atravesaba. Algo incontrolable
tomaba posesión de mi cuerpo, algo que me forzaba a empujar el peso maligno de
la bestia y quitárnoslo de encima. Pablito pareció haber reaccionado en la
misma forma, y ambos nos pusimos de pie al mismo tiempo; fue tanta la energía
creada por ambos, que la bestia salió disparada como un muñeco de trapo.
El esfuerzo había sido supremo. Me derrumbé en el suelo,
jadeante. Los músculos de mi estómago estaban tan tensos que me impedían
respirar. No prestaba atención a lo que Pablito hacía. Finalmente noté que don
Juan y don Genaro me ayudaban a sentarme. Vi a Pablito tirado bocabajo con los
brazos extendidos. Parecía desmayado. Después de haber hecho que me sentara,
don Juan y don Genaro ayudaron a Pablito. Ambos le frotaron el estómago y la
espalda. Lo hicieron poner de pie y tras un rato pudo sentarse por sí mismo.
Don Juan y don Genaro tomaron asiento en los extremos de la
media luna, y luego empezaron a moverse frente a nosotros como si entre los dos
puntos existiera un barandal, el cual usaban para cambiar sus posiciones de un
lado a otro. Sus movimientos me mareaban. Por fin se detuvieron junto a Pablito
y empezaron a susurrarle al oído. Tras un momento, los tres se incorporaron al
unísono y fueron hasta el filo del risco. Don Genaro alzó a Pablito como si
éste fuera un niño. El cuerpo de Pablito estaba tieso como una tabla; don Juan
lo asió por los tobillos. Le dio vueltas, al parecer para ganar fuerza e
impulso, y finalmente soltó sus piernas y arrojó el cuerpo sobre el abismo,
desde el borde del risco.
Vi el cuerpo de Pablito contra el oscuro cielo occidental.
Describía círculos, igual que el cuerpo de don Juan había hecho días antes; los
círculos eran lentos. Pablito parecía ganar altura en vez de caer. Luego el
giro se aceleró; el cuerpo de Pablito dio vueltas como un disco y en el momento
siguiente se desintegró. Percibí que se había desvanecido en el aire.
Don Juan y don Genaro vinieron a mi lado, se acuclillaron y
empezaron a susurrarme en los oídos. Cada uno decía algo diferente, pero yo no
tenía dificultad en seguir sus órdenes. Era como si me hubiese
"partido" en el instante en que pronunciaron las primeras palabras.
Sentí que me hacían lo que habían hecho con Pablito. Don Genaro me hizo girar y
luego tuve la sensación totalmente consciente de dar vueltas o flotar durante
un momento. Luego caía por los aires, me desplomaba hacia el suelo a una
velocidad tremenda. Sentí que mis ropas se desgarraban, que mi carne se
desprendía, y finalmente sólo quedaba mi cabeza. Tuve claramente la sensación
de que, al desmembrarse mi cuerpo, perdía el peso super-fluo, y así la caída
perdió impulso y mi velocidad amainó. El descenso ya no era un vértigo. Empecé
a oscilar en el aire como una hoja. Luego mi cabeza fue despojada de su peso y
todo cuanto quedaba de "mí" era un centímetro cúbico, una pepita, un
diminuto residuo como guijarro. Todo mi sentir se concentraba allí; luego la
pepita pareció reventar y fui un millar de trozos. Supe, o algo en alguna parte
supo, que yo tenía conciencia de los mil trozos a la vez. Yo era la conciencia
misma.
Luego, alguna parte de esa conciencia empezó a agitarse; se
alzó, creció. Adquiría localización, y poco a poco recobré el sentido de los
límites, el entendimiento o lo que fuera, y de pronto el "yo" que
conocía y me era familiar brotó a una espectacular visión de todas las
combinaciones imaginables de escenas "hermosas"; era como si mirara
miles de imá-genes del mundo, de la gente, de las cosas.
Después, las escenas se emborronaron. Tuve la sensación de que
pasaban frente a mis ojos a velocidad creciente, hasta que ya no me era posible
examinar ninguna por separado. Finalmente, fue como si presenciara la
organización del mundo rodando frente a mis ojos en una cadena continua sin
fin.
De repente me hallé parado en el risco con don Juan y don
Genaro. Susurraron que me habían traído de vuelta, y que yo había atestiguado
lo desconocido, sobre lo que nadie puede hablar. Dijeron que me lanzarían allí
una vez más, y que yo debía desplegar las alas de mi percepción y tocar al
tonal y al nagual al mismo tiempo, sin la conciencia de oscilar entre uno y
otro.
Experimenté nuevamente las sensaciones de ser arrojado, girar, y
caer á tremenda velocidad. Luego estallé. Me desintegré. Algo cedió en mí;
soltó algo que yo había retenido toda mi vida. Me di perfecta cuenta entonces
de que mi reserva secreta había sido perfo-rada y se vertía sin restricciones.
Ya no había la dulce unidad que llamo "yo". No había nada y sin
embargo esa nada estaba llena. No era luz ni oscuridad, calor ni frío,
agradable ni desagradable. Yo no me movía ni flotaba ni me hallaba
estacionario; tampoco era una unidad, un yo mismo, como estoy acostumbrado a
serlo. Yo era una miríada de yo mismo y todos eran "yo", una colonia
de unidades independientes que tenían una alianza especial entre sí e
inevitablemente se unirían para integrar una sola conciencia, mi conciencia
humana. No era que yo "supiese" sin duda alguna, porque no había nada
con lo que hubiera podido "saber", pero todos mis yo mismos
"sabían" que el "yo" de mi mundo familiar era una colonia,
un conglomerado de sentimientos separados e independientes que poseían una
inflexible solidaridad mutua. La solidaridad inflexible de mis incontables
conciencias, la alianza mutua de esas partes, era mi fuerza vital.
Una manera de describir aquella sensación unificada sería decir
que las pepitas de conciencia se hallaban dispersas; cada una poseía conciencia
de sí y ninguna predominaba más que otra. Entonces algo las agitaba, y se
reunían para emerger en una zona donde todas tenían que juntarse en un bloque,
el "yo" que conozco. Luego, "yo", como "yo mismo”,
presenciaba una escena coherente de actividad mundana, o una escena referente a
otros mundos y que me parecía pura imaginación, o una escena que pertenecía al
"pensamiento puro"; es decir, visiones de sistemas intelectuales, o
de ideas concatenadas como verbalizaciones. En algunas escenas, hablé conmigo
mismo hasta saciarme. Después de cada una de esas visiones coherentes, el
"yo" se desintegraba y volvía a no ser nada.
Durante una de las excursiones a la visión coherente, me hallé
en el risco con don Juan. Inmediatamente me percaté de ser entonces el
"yo" total que me es familiar. Sentí la realidad de mi parte física.
Estaba en el mundo, no sólo presenciándolo.
Don Juan me abrazó como a un niño. Me miró. Su rostro estaba muy
cerca. Yo veía sus ojos en la oscuridad. Eran bondadosos. Parecían contener una
pregunta. Supe cuál era. L o impronunciable era en verdad impronunciable.
¿Y bien? preguntó suavemente, como si necesitara mi
reafirmación.
Yo estaba mudo. Las palabras "insensible",
"desconcertado", "confuso" y otras por el estilo, no eran
en modo alguno descripciones apropiadas de mi sentir en aquel momento. No era
sólido. Supe que don Juan tenía que asirme y mantenerme a la fuerza sobre el
suelo; de otro modo habría flotado en el aire para desaparecer. No tenía miedo
de desvanecerme. Añoraba lo "desconocido" donde mi conciencia no
estaba unificada.
Don Juan me llevó despacio, haciendo presión sobre mis hombros,
hasta un área cercana a la casa de don Genaro; me hizo acostar y me cubrió con
tierra que al parecer había apilado previamente. Me cubrió hasta el cuello.
Hizo con hojas una especie de almohada para mi cabeza y me dijo que no me
moviera ni me quedara dormido. Dijo que iba a sen-tarse allí para hacerme
compañía hasta que la tierra hubiera vuelto a consolidar mi forma.
Me sentía muy cómodo y tenía un deseo casi invencible de dormir,
pero don Juan no lo permitió. Exigió que hablara dé cualquier cosa bajo el sol,
excepto de lo que acababa de experimentar. Yo al principio no sabía de qué
hablar; luego pregunté por don Genaro. Don Juan dijo que don Genaro había ido a
enterrar a Pablito cerca de allí, y que estaba haciendo con él lo que él mismo
hacía conmigo.
Pese a mi deseo de sostener la conversación, algo en mí se
hallaba incompleto; sentía una indiferencia inusitada, un cansancio que más
parecía fastidio. Don Juan parecía al tanto de mis sentimientos. Empezó a
hablar de Pablito y de cómo nuestros destinos se trenzaban. Dijo haberse
convertido en el benefactor de Pablito al mismo tiempo que don Genaro se hizo
su maestro, y que el poder nos había emparejado paso a paso a Pablito y a mí.
Señaló con énfasis que la única diferencia entre Pablito y yo era que, mientras
el mundo de Pablito como guerrero estaba gobernado por la coerción y el miedo,
el mío lo estaba por el afecto y la libertad. Don Juan explicó que tal
diferencia se debía a las personalidades intrínsecamente distintas de los
benefactores. Don Genaro era dulce y afectuoso y gracioso, mientras él mismo
era seco, autoritario y directo. Dijo que mi personalidad exigía un maestro
fuerte pero un benefactor tierno, y que Pablito era al contrario: necesitaba un
maestro bueno y un benefactor severo.
Hablamos un rato más y luego amaneció. Al aparecer el sol sobre
las montañas en el horizonte oriental, don Juan me ayudó a salir de la tierra.
Cuando desperté, al atardecer, don Juan y yo nos sentamos junto
a la puerta de la casa. Don Juan dijo que don Genaro seguía con Pablito,
preparándolo para el último encuentro.
Mañana, Pablito y tú entrarán a lo desconocido dijo . Debo
prepararte para eso ahora. Entrarán ustedes dos solos. Anoche ustedes eran como
dos yoyos que nosotros hacíamos ir y venir; mañana andarán solos y por su
cuenta.
Tuve un ataque de curiosidad, y las preguntas sobre mis
experiencias nocturnas brotaron en torrente. Don Juan no se inmutó.
Hoy tengo que lograr una maniobra crucial dijo . Tengo que
tenderte el último lazo. Y tú debes caer en él.
Rió y se palmeó los muslos.
Lo que Genaro quiso mostrarte la otra noche con el primer
ejercicio fue cómo usan los brujos al nagual prosiguió . No hay modo de llegar
a la explicación de los brujos a menos que uno haya usado voluntariamente el
nagual, o mejor dicho, a menos que uno haya usado voluntariamente el tonal para
dar sentido a las propias acciones que uno ejecuta en el nagual. Otra manera de
aclarar todo esto es decir que la visión del tonal debe prevalecer si uno
quiere usar el nagual como lo usan los brujos.
Le dije que encontraba una notoria incongruencia en lo que él
acababa de expresar. Por una parte me había dado, dos días antes, una increíble
recapitulación de sus actos deliberados durante un periodo de años, actos
planeados para afectar mi visión del mundo; y por otra parte, quería que esa
misma visión prevaleciese.
Uno no tiene nada que ver con lo otro dijo-. El orden en nuestra
percepción es el dominio exclusivo del tonal; sólo allí pueden nuestras
acciones tener continuidad; sólo allí son como escaleras en las que uno puede
contar los peldaños. No hay nada por el estilo en el nagual. Por ello, la
visión del tonal es una herramienta, y como tal no es sólo la mejor
herramienta, sino la única que tenemos.
"Anoche, tu burbuja de percepción se abrió y sus alas se
desplegaron. No hay otra cosa que decir al respecto. Es imposible explicar lo
que te sucedió, de modo que no voy a intentarlo y tú tampoco deberías. Baste
decir que las alas de tu percepción tocaron tu totalidad. Anoche fuiste y
viniste del nagual al tonal, una y otra vez. Fuiste lanzado en el abismo dos
veces para no dejar posibilidad de error. La segunda vez experimentaste el
impacto pleno del viaje a lo desconocido. Y tu percepción desplegó las alas
cuando algo en ti se dio cuenta de tu verdadera naturaleza. Eres un racimo.
"Ésta es la explicación de los brujos. El nagual es lo
impronunciable. Todos los sentimientos y todos los seres, y todos los uno
mismos que son posibles flotan en él para siempre, como barcas, apacibles y
constantes. Entonces la goma de la vida pega a algunos de ellos. Tú lo
descubriste eso anoche, y lo mismo hizo Pablito, y lo mismo hizo Genaro la vez
que se adentró en lo desconocido, y lo mismo hice yo. Cuando la goma de la vida
pega a esos sentimientos se crea un ser, un ser que pierde el sentido de su verdadera
naturaleza y se ciega con el brillo y el clamor del área dónde están los seres:
el tonal. El tonal es donde existe toda la organización unificada. Un ser entra
al tonal una vez que la fuerza de la vida ha unido los sentimientos que se
necesiten. Una vez te dije que el tonal empieza al nacer y termina al morir; lo
dije porque sé que, apenas la fuerza de la vida deja el cuerpo, todos esos
pedazos aislados o que forman el racimo se desintegran y regresan al sitio de
donde vinieron: el nagual. Lo que un guerrero hace al viajar a lo desconocido
se parece mucho a la muerte, excepto que su racimo de sentimientos aislados no
se desintegra, sino que se expande un poco sin perder la unión. En la muerte,
sin embargo, todos se hunden en lo profundo y se mueven por su propia cuenta,
como sí nunca hubieran sido una unidad."
Quise señalar la completa homogeneidad de sus descripciones con
mi experiencia. Pero no me permitió hablar.
No hay manera de referirse a lo desconocido dijo . Uno sólo
puede presenciarlo. La explicación de los brujos dice que cada uno de nosotros
tiene un centro desde el cual podemos presenciar el nagual: la voluntad. Así,
un guerrero puede aventurarse en el nagual y dejar que su racimo se organice y
se reorganice en todas las formas posibles. Te he dicho que la expresión del
nagual es un asunto personal. Con eso quise decir que depende del guerrero
mismo dirigir la organización y reorganización de ese racimo. La forma humana o
el sentimiento humano es el arreglo original; capaz, para nosotros, esa es la
más dulce de todas las formas; sin embargo, hay un número infinito de formas
alternas que el racimo puede adoptar. Te he dicho que un brujo puede adoptar la
forma que quiera. Eso es cierto. Un brujo que está en posesión de la totalidad
de sí mismo puede dirigir las partes de su racimo para que se unan en cualquier
forma concebible. La fuerza de la vida es lo que hace posible ese barajeo, pero
una vez que la fuerza de la vida se agota, no hay modo de reintegrar el racimo.
"He llamado a ese racimo la burbuja de la percepción.
También he dicho que está sellado, cerrado fuertemente, y que jamás se abre
hasta el momento en que morimos. Sin embargo, puede hacérsele abrir.
Evidentemente los brujos han aprendido el secreto, y aunque no todos llegan a
la totalidad de sí mismos, conocen la posibilidad de llegar a eso. Saben que la
burbuja sólo se abre cuando uno se sumerge en el nagual. Ayer te di una
recapitulación de todos los pasos que has seguido para llegar a ese punto."
Me escrutó como si esperara un comentario o una pregunta. Lo que
había dicho estaba más allá de lo comentable. Entendí entonces que no habría
tenido efecto alguno si me lo hubiera dicho catorce años antes, o en cualquier
punto durante mi aprendizaje. Lo importante era el hecho de que yo había
experimentado con mi cuerpo, o en él, las premisas de la explicación.
Estoy esperando tu pregunta de costumbre -dijo, pronunciando
despacio las palabras.
¿Qué pregunta?
La que tu razón se muere por hacer.
Hoy desisto de todas las preguntas. En verdad no tengo ninguna,
don Juan.
Eso no es justo dijo, riendo . Hay una pregunta en particular
que necesito que hagas.
Dijo que si cesaba mi diálogo interno tan sólo un instante,
podría discernir qué pregunta era. Tuve un pensamiento súbito, una comprensión
momentánea, y supe lo que él deseaba.
¿Dónde estaba mi cuerpo mientras me sucedía todo eso, don Juan?
pregunté, y estalló en una carcajada.
Ésta es la última treta de los brujos dijo . Digamos que lo que
voy a revelarte es el último pedacito de la explicación de los brujos. Hasta
ahora tu razón ha seguido mis hechos como mejor ha podido. Tu razón está
dispuesta a admitir que el mundo no es como la descripción lo pinta, que hay en
él mucho más de lo que se ve. Tu razón está casi preparada y dispuesta para
admitir que tu percepción subió y bajó ese peñasco, o que algo en ti, o incluso
todo tú, saltó al fondo del barranco y examinó con los ojos del tonal lo que
había allí, como si hubieras descendido corporalmente con una cuerda y una
escalera. El acto de examinar el fondo del barranco fue la cúspide de todos
estos años de entrenamiento. Lo hiciste bien. Genaro vio el centímetro cúbico
de suerte cuando le aventó una roca al tú que estaba en el fondo de la cañada.
Tú viste todo. Genaro y yo supimos entonces sin la menor duda que estabas listo
para lanzarte a lo desconocido. En aquel instante no sólo viste, sino que
supiste todo lo del doble, el otro.
Interrumpiendo, le dijo que me daba crédito inmerecido por algo
más allá de mi entendimiento. Su respuesta fue que yo necesitaba tiempo para
dejar que todas esas impresiones se asentaran, y que una vez que lo hicieran,
las respuestas manarían de mí como antes las preguntas.
-El secreto del doble radica en la burbuja de la percepción, que
en tu caso estaba, aquella noche, en lo alto del peñasco y en el fondo del
barranco al mismo tiempo dijo . El racimo de sentimientos puede agruparse al
instante en cualquier parte. En otras palabras, podemos percibir a la vez el
aquí y el allí
Me instó a hacer memoria y recordar una secuencia de acciones
que de tan ordinarias, dijo, casi se me habían olvidado.
No supe de qué hablaba. Me animó a un mayor esfuerzo.
Piensa en tu sombrero dijo . Y en lo que Genaro hizo con él.
Experimenté un brusco choque de reconocimiento. Había olvidado
que don Genaro quiso que me quitara el sombrero porque el viento me lo
arrancaba a cada momento. Pero yo no quería prescindir de él. Me sentía
estúpido en mi desnudez. Usar sombrero, lo cual por lo común nunca hago, me
proporcionaba un sentimiento de extrañeza; yo no era en verdad yo mismo, por lo
cual estar desnudo no me apenaba tanto. Don Genaro intentó luego cambiar
sombreros conmigo, pero el suyo era demasiado pequeño para mí. Hizo chistes sobre
el tamaño de mi cabeza y las proporciones de mi cuerpo, y finalmente me quitó
el sombrero y me envolvió la cabeza en un poncho viejo, a guisa de turbante.
Dije a don Juan que había olvidado esa secuencia, la cual sin
duda ocurrió entre mis supuestos saltos. Y sin embargo, el recuerdo de tales
"saltos" resaltaba como una unidad sin interrupción.
Por supuesto que fueron una unidad sin interrupción, y también
lo fueron los juegos de Genaro con tu sombrero dijo él . Esos dos recuerdos no
pueden acomodarse uno tras otro porque ocurrieron al mismo tiempo.
Movió los dedos de la mano izquierda como si no pudieran encajar
en los espacios entre los dedos de la derecha.
Esos saltos fueron sólo el principio continuó . Luego vino tu
verdadera excursión a lo desconocido; anoche experimentaste lo impronunciable,
el nagual.
Tu razón no puede luchar contra el conocimiento físico de que
eres un racimo de sentimientos sin nombre. Tu razón tal vez incluso admita, a
estas alturas, que hay otro centro de ensamble: la voluntad, a través de la
cual es posible juzgar, calcular y utilizar los extraordinarios efectos del
nagual. Por fin tu razón se ha enterado de que podemos reflejar al nagual a
través de la voluntad, aunque nunca podamos explicarlo.
"Pero entonces viene tu pregunta: ¿Dónde estaba yo mientras
ocurría todo eso? ¿Dónde estaba mi cuerpo? La convicción de que hay un tú real
es el resultado del hecho de que has reunido todo cuanto tienes en torno a tu
razón. En este momento, tu razón admite que el nagual es lo indescriptible, no
porque la evidencia lo haya convencido, sino porque es más seguro admitir esto.
Tu razón está en terreno seguro; todos los elementos del tonal están de su
lado."
Don Juan hizo una pausa y me examinó. Sonreía con bondad.
Vamos al sitio de predilección de Genaro dijo abruptamente.
Se puso de pie y caminamos hasta la roca donde habíamos hablado
dos días antes; nos sentamos cómodamente en los mismos sitios, con la espalda
contra la roca.
Hacer que la razón se sienta segura es siempre la tarea del
maestro dijo . Yo le jugué un truco a tu razón al hacerla creer que el tonal
era explicable y previsible. Genaro y yo hemos trabajado para darte la
impresión de que sólo el nagual estaba más allá de la explicación; la prueba de
que el truco tuvo éxito es que en este momento te parece que, pese a todo
cuanto has atravesado, hay todavía un núcleo que puedes reclamar como propio,
tu razón. Esto es un espejismo. Tu preciosa razón no es más que un centro de
ensamble, un espejo que refleja algo que está fuera de ella. Anoche atestiguaste
no sólo lo indescriptible que es el nagual sino también lo indescriptible que
es el tonal.
"El último trozo de la explicación de los brujos dice que
la razón no hace sino reflejar un orden externo, y que la razón no sabe nada de
ese orden; no puede explicarlo, como tampoco puede explicar el nagual. La razón
sólo puede atestiguar los efectos del tonal, pero jamás podría comprenderlo o
deshilvanarlo. El hecho mismo de que estemos pensando y hablando indica que hay
un orden que seguimos sin ni siquiera saber cómo lo hacemos, o qué es el orden
ese."
Saqué a colación la idea de las investigaciones realizadas por
el hombre occidental con respecto al funcionamiento del cerebro, como una
posibilidad de explicar qué era aquel orden. Él señaló que las investigaciones
no hacían más que atestiguar que algo estaba sucediendo.
Los brujos hacen lo mismo con su voluntad dijo . Dicen que por
medio de la voluntad pueden atestiguar los efectos del nagual. Ahora puedo
añadir que por medio de la razón, sin importar lo que hagamos con ella, o cómo
lo hagamos, estamos simplemente atestiguando los efectos del tonal. En ambos
casos no hay esperanza, nunca, de entender o de explicar qué es lo que estamos
atestiguando.
"Anoche fue la primera vez que volaste con las alas de tu
percepción. Eras aún muy tímido. Sólo te aventuraste en la banda de la
percepción humana. Un brujo puede usar esas alas, para tocar otras
sensibilidades: la de un cuervo, por ejemplo, la de un coyote, un grillo, o el
orden de otros mundos en ese espacio infinito."
¿Se refiere usted a otros planetas, don Juan?
Claro. Las alas de la percepción pueden llevarnos a los más
recónditos confines del nagual o a los mundos inconcebibles del tonal.
¿Puede un brujo, por ejemplo, ir a la Luna?
Desde luego que sí replicó . Sólo que no podría traer un costal
dé piedras.
Reímos y bromeamos al respecto, pero él había hablado con toda
seriedad.
Hemos llegado a la última parte de la explicación de los brujos
dijo . Anoche, Genaro y yo te mostramos los dos últimos puntos que integran la
totalidad del hombre: el nagual y el tonal. Una vez te dije que esos dos puntos
estaban fuera de uno mismo, y a la vez no lo estaban. Ésa es la paradoja de los
seres luminosos. El tonal de cada uno de nosotros es sólo un reflejo de ese
indescriptible desconocido lleno de orden: el gran tonal; el nagual de cada uno
de nosotros es sólo un reflejo de ese indescriptible vacío que lo contiene
todo: el gran nagual.
"Ahora debes quedarte en el sitio de predilección de Genaro
hasta que llegue el crepúsculo; para entonces ya habrás metido en su sitio la
explicación de los brujos. Ahora, aquí sentado, no tienes nada más que la
fuerza de tu vida, que une ese racimo de sen-timientos."
Se puso de pie.
-La tarea de mañana es lanzarte solo a lo desconocido, mientras
Genaro y yo te observamos sin intervenir dijo . Quédate aquí sentado y suspende
tu diálogo interno. Puede que reúnas el poder necesario para desplegar las alas
de tu percepción y volar hacia esa infinitud.
LA PREDILECCIÓN DE LOS GUERREROS
Don Juan me despertó al rayar el alba. Me dio un guaje lleno de
agua y una bolsa de carne seca. Caminamos en silencio unos tres kilómetros
hasta el sitio donde yo había dejado el coche dos días antes.
Este viaje es nuestro último viaje juntos dijo con voz tranquila
cuando llegamos al auto.
Sentí una brusca sacudida en el estómago. Supe a qué se refería.
Se reclinó contra el parachoques trasero mientras yo abría la
portezuela del lado derecho, y me miró con un sentimiento que nunca antes había
traslucido en sus ojos. Subimos en el coche, pero antes de que yo encendiera el
motor, don Juan hizo algunas oscuras observaciones que también entendí a la
perfección; dijo que teníamos unos cuantos minutos para estar sentados en el
coche y tocar algunos sentimientos muy personales y punzantes.
Permanecí sentado en calma, pero mi espíritu se hallaba
inquieto. Quise decirle algo a don Juan, algo que me apaciguara. Busqué en vano
las palabras adecuadas, la fórmula que habría expresado aquello que yo
"sabía" sin que me lo dijeran.
Don Juan habló de un niño que yo conocí una vez, y de cómo mis
sentimientos hacia él no cambiarían con los años ni con la distancia. Declaró
su certeza de que cada vez que yo pensaba en ese niño mi espíritu saltaba de
alegría y, sin rastro de egoísmo ni mezquindad, le deseaba lo mejor.
Me recordó una historia que otrora le narré acerca del niño, una
historia que le gustaba y en la que había encontrado un significado profundo.
Durante una de nuestras caminatas por las montañas cercanas a Los Ángeles, el
niño se cansó de caminar y yo lo llevé montado en mis hombros. Una oleada de
felicidad intensa nos envolvió entonces, y el niño gritó su agradecimiento al,
sol y a las montañas.
Ésa era su manera de decirte adiós dijo don Juan.
Sentí en la garganta el aguijón de la angustia.
Hay muchas maneras de decir adiós continuó . Acaso la mejor es
sostener un recuerdo especial de alegría. Por ejemplo, si vives como guerrero,
el calor que sentiste cuando llevabas en hombros al niño será fresco y cortante
durante todo el tiempo que vivas. Ésa es la manera en que un guerrero dice
adiós.
Encendí apresuradamente el motor, y manejé más rápido que de
costumbre sobre el duro terreno rocoso, hasta que llegamos a la carretera sin
pavimentar.
Seguimos en coche una corta distancia y recorrimos a pie el
resto del camino. Cosa de una hora después, llegamos a una arboleda. Don
Genaro, Pablito y Néstor nos aguardaban, allí. Los saludé. Todos se veían
felices y vigorosos. Al contemplarlos, a ellos y a don Juan, me inundó un
sentimiento de profunda empatía. Don Genaro me abrazó y me dio palmadas
afectuosas en la espalda. Dijo a Néstor y a Pablito que yo me había desempeñado
muy bien al saltar al fondo de una cañada. Con la mano todavía en mi hombro, se
dirigió a ellos en voz alta.
Sí, señor dijo mirándolos . Yo soy su benefactor y sé que eso
fue lo mejor que ha hecho hasta hoy. Le costó años de vivir como guerrero.
Se volvió hacia mí y puso su otra mano en mi hombro. Sus ojos
relucían apaciblemente.
No hay otro modo de decirlo, Carlitos dijo, pronunciando
despacio las palabras . Excepto que tenías cantidades de caca en las tripas.
Con lo cual, él y don Juan aullaron de risa hasta que parecían a
punto de desmayarse. Pablito y Néstor soltaron risitas nerviosas, sin saber
exactamente qué hacer.
Cuando don Juan y don Genaro se hubieron calmado, Pablito me
dijo que estaba inseguro de su capacidad para entrar solo en lo
"desconocido".
En realidad no tengo ni la menor idea de cómo hacerlo dijo .
Genaro dice que uno no necesita nada más que impecabilidad. ¿Qué piensas tú?
Le contesté que yo sabia incluso menos que él. Néstor suspiró;
parecía seriamente preocupado. Movía nerviosamente las manos y la boca como si
estuviera a punto de decir algo importante y no hallara el modo.
Genaro dice que a ustedes dos les va a ir bien -dijo por fin.
Don Genaro hizo un ademán para indicar que nos íbamos. Él y don
Juan caminaron juntos, unos metros por delante de nosotros. Casi todo el día
seguimos el mismo sendero montañés. Todos llevábamos una provisión de carne
seca y un guaje de agua, y se entendía que comeríamos sobre la marcha. En
cierto punto, el sendero se convirtió definitivamente en un camino. Se curvaba
para rodear una ladera; de pronto, el panorama de un valle se desplegó frente a
nosotros. Era un espectáculo que cortaba el aliento: un largo valle verde
resplandeciente de sol; había sobre él dos magníficos arcoíris, y retazos de
lluvia sobre las colinas circundantes.
Don Juan se detuvo y adelantó la barbilla para señalar a don
Genaro algo que había en el valle. Don Genaro meneó la cabeza. No era un gesto
afirmativo ni negativo; era más bien una especie de respingo. Ambos quedaron
inmóviles largo rato, escudriñando el valle.
Dejamos el camino y tomamos lo que parecía un atajo. Empezamos a
descender por una senda más estrecha y azarosa que llevaba a la parte norte del
valle.
Cuando llegamos al terreno llano, mediaba la tarde. Me vi allí
envuelto en el fuerte aroma de sauces acuáticos y tierra mojada. Durante un
momento la lluvia fue un suave rugido verde sobre los árboles cercanos a mi
izquierda; luego se convirtió en un temblor entre los juncos. Oí la carrera de
un arroyo. Miré hacia la copa de los árboles; los altos cirros en el horizonte
oeste parecían bolas de algodón desparramadas en el cielo. Me quedé observando
las nubes el tiempo suficiente para que todos se me adelantaran un buen trecho.
Corrí en pos de ellos.
Don Juan y don Genaro se detuvieron y voltearon al unísono; sus
ojos se movieron y me enfocaron con tan uniforme precisión que ambos parecían
una sola persona. Fue una breve mirada estupenda que me produjo escalofríos.
Luego don Genaro rió y dijo que yo corría a trastazos, como un mexicano de cien
kilos y pies planos.
¿Por qué mexicano? preguntó don Juan.
Un indio de cien kilos y pies planos no corre dijo don Genaro en
tono explicativo.
Ah dijo don Juan como si don Genaro hubiese en realidad
explicado algo.
Cruzamos el estrecho valle y trepamos a las montañas del lado
este. Al pardear la tarde nos detuvimos por fin en una meseta plana y yerma que
miraba a un valle alto hacia el sur. La vegetación había cambiado
drásticamente. En todo el derredor había montañas redondas y erosionadas. La
tierra del valle y las laderas estaba parcelada y cultivada, pero aun así toda
la escena me sugería esterilidad.
El sol ya declinaba sobre el horizonte del suroeste. Don Juan y
don Genaro nos llamaron al borde norte de la meseta. Desde este punto, el
panorama era sublime. Había interminables valles y montañas hacia el norte, y
una cordillera de altas sierras hacia el oeste. El sol reflejado en las
distantes montañas del norte las hacía aparecer anaranjadas, del color de los
bancos de nubes hacia occidente. Pese a su belleza, el paisaje era triste y
solitario.
Don Juan me dio mi libreta, pero yo no sentía deseos de tomar
notas. Nos sentamos en semicírculo, con don Juan y don Genaro en los extremos.
Escribiendo empezaste en la senda del conocimiento, y en la
misma forma terminarás dijo don Juan.
Todos me instaron a escribir, como si ello fuera esencial.
Estás en el mero borde, Carlitos dijo de pronto don Genaro .
Tanto tú como Pablito.
Su voz era suave. Sin su tono de chanza, sonaba bondadosa y
preocupada.
Otros guerreros que viajaban a lo desconocido se han parado en
este mismo sitio dijo . Todos ellos desean el bien a ustedes dos.
Sentí un escarceo en torno mío, como si el aire hubiera sido
menos sólido y algo hubiese creado una ola que lo recorría.
Todos nosotros, los que estamos aquí, les deseamos el bien a
ustedes dos dijo.
Néstor abrazó a Pablito y a mí y luego se sentó aparte.
Todavía nos queda algo de tiempo dijo don Genaro, mirando el
cielo. Y luego, volviéndose hacia Néstor, preguntó : ¿Qué debemos hacer
mientras tanto?
Reír y gozar repuso Néstor ágilmente.
Dije a don Juan que tenía pavor a lo que me aguardaba, y que
ciertamente me habían llevado a ello a fuerza de engaños; yo que ni siquiera
había imaginado que existieran situaciones como la que Pablito y yo vivíamos.
Dije que algo en verdad imponente se había apoderado de ml, y que me había
empujado poco a poco hasta llevarme a encarar algo tal vez peor que la muerte.
Ya te estás quejando otra vez dijo don Juan con sequedad . Te
vas a tener lástima hasta el último minuto.
Todos rieron. Don Juan tenía razón. ¡Qué impulso invencible! Y
yo que creía haberlo desarraigado de mi vida. Pedí a todos que perdonaran mi
idiotez.
No te disculpes me dijo don Juan . Las disculpas son una
idiotez. Lo que realmente importa es el ser un guerrero impecable en este
inigualable sitio de poder. Este lugar ha hospedado a los mejores guerreros. Sé
así como ellos de excelente.
Luego se dirigió tanto a Pablito como a mí.
Ya ustedes saben que ésta es la última tarea en la que estaremos
juntos dijo . Ustedes dos van a entraren el nagual y el tonal por la sola
fuerza de su poder personal. Genaro y yo estamos aquí sólo para decirles adiós.
El poder ha determinado que Néstor deberá ser el testigo. Así sea.
"Ésta será también la última encrucijada en que Genaro y yo
los asistiremos. Una vez que hayan entrado de por sí solos en lo desconocido,
no pueden depender de nosotros para que los traigamos de vuelta, de manera que
se impone una decisión; deben decidir si regresar o no. Nosotros confiamos en
que ustedes dos tienen fuerza para regresar si eligen hacerlo. La otra noche
ustedes fueron perfectamente capaces, unidos o por separado, de quitarse de
encima al aliado, que de otro modo los habría aplastado hasta matarlos. Ésa fue
una prueba de sus fuerzas.
"Debo añadir también que pocos guerreros sobreviven el
encuentro con lo desconocido que ustedes están a punto de tener; no tanto
porque sea difícil, sino porque el nagual es atrayente más allá de cuanto pueda
decirse, y los guerreros que se adentran en él encuentran que el regreso al
tonal, o al mundo del orden y el ruido y el dolor, es un asunto de lo más
disgustante.
"La decisión de quedarse o de volver la realiza algo en
nosotros que no es nuestra razón ni nuestro deseo, sino nuestra voluntad, de
manera que no hay forma de saber el resultado por anticipado.
"Si eligen no volver, desaparecerán como si la tierra los
hubiera tragado. Pero si eligen regresar a esta tierra, deben esperar como
verdaderos guerreros hasta que sus tareas particulares estén cumplidas. Una vez
que se cumplan, ya sea en el triunfo o en la derrota, tendrán dominio sobre la
totalidad de ustedes mismos."
Don Juan hizo una pausa. Don Genaro me miró y guiñó un ojo.
Carlitos quiere saber qué significa el tener dominio sobre la
totalidad de uno mismo dijo, y todos rieron.
Tenía razón. Bajo otras circunstancias, yo habría hecho la
pregunta; sin embargo, la situación era demasiado solemne para ello.
Significa que el guerrero ha encontrado finalmente el poder dijo
don Juan . Nadie puede decir qué hará con él cada guerrero; tal vez ustedes dos
vaguen en paz y sin nombre, en esta tierra, o quizá resulten ser dos hombres
odiosos, o notables, o bondadosos. Todo eso depende de la impecabilidad y la
libertad de sus espíritus.
"Lo importante es, sin embargo, su tarea. Eso es el regalo
que un maestro y un benefactor hacen a sus aprendices. Yo ruego porque ustedes
dos logren llevar sus tareas a la culminación."
La espera para cumplir esa tarea es una espera muy especial dijo
de pronto don Genaro . Les voy a contar a ustedes la historia de unos guerreros
que en otros tiempos vivían en las montañas, por ahí en esos rumbos.
Señaló con despreocupación hacia el oriente, pero luego, tras un
titubeo momentáneo, pareció cambiar de idea y, levantándose, indicó las
distantes montañas del norte.
No. Vivían ahí, en esa dirección -dijo, mirándome y sonriendo
con aire erudito . Exactamente ciento treinta y cinco kilómetros de aquí.
Tal vez don Genaro me remedaba. Contraía la boca y la frente,
apretaba las manos contra el pecho sosteniendo algún objeto imaginario que bien
podía ser una libreta. Su postura era totalmente ridícula. Yo había conocido
otrora a un erudito alemán, un sinólogo, que tenía ese aspecto preciso. La idea
de que yo hubiera podido estar imitando todo el tiempo los gestos de un
sinólogo alemán me resultó sumamente graciosa. Reí a solas. Parecía ser un
chiste nada más para mí.
Don Genaro volvió a sentarse y prosiguió su relato.
Cada vez que se encontraba que uno de esos guerreros había hecho
algo que iba en contra de las reglas, su destino era puesto en las manos de
todos los demás. El culpable tenía primero que explicar las razones que lo
llevaron a hacer lo que hizo. Sus camaradas tenían que escucharlo, y después,
hacían una de dos, o se desbandaban y cada quien se iba por su lado porque las
razones eran buenas, o se alineaban, con sus armas, en el mero filo de una
montaña muy parecida a esta montaña donde estamos sentados, listos para
ejecutar la sentencia de muerte porque encontraban que sus razones eran malas.
En ese caso, el guerrero sentenciado tenía que despedirse de sus viejos camaradas,
y empezaba su ejecución.
Don Genaro me miró, y miró a Pablito, como esperando una señal
nuestra. Luego se volvió hacia Néstor.
Tal vez el testigo aquí, pueda decirnos qué tiene que ver la
historia con estos dos le dijo.
Néstor sonrió con timidez y pareció hundirse en la meditación
durante un momento.
El testigo aquí no tiene ni la menor idea dijo y soltó una
risita nerviosa.
Don Genaro pidió a todos ponerse de pie y acompañarlo a mirar
por el borde occidental de la meseta.
Había una pendiente suave hasta el fondo de la formación
terrosa; luego, una tira estrecha de tierra llana terminaba en una hondonada
que parecía ser un canal natural para el desagüe de la lluvia.
Allí justo donde está esa zanja, había una hilera de árboles en
la montaña de la historia dijo . Y luego más allá de ahí había una arboleda muy
tupida.
"Después de decir adiós a sus camaradas, el guerrero
sentenciado debía echar a andar cuesta abajo, hacia los árboles. Sus camaradas
entonces preparaban sus armas y apuntaban. Si nadie disparaba, o si el guerrero
sobrevivía a sus heridas y llegaba a los ár-boles, quedaba libre."
Volvimos al sitio donde habíamos estado.
¿Y qué pasa ahora, testigo? preguntó a Néstor . ¿Ya puedes
decirnos?
Néstor era el epitome del nerviosismo. Se quitó el sombrero y se
rascó la cabeza. Luego ocultó el rostro entre las manos.
¿Qué puede decir el pobre testigo si no sabe nada? repuso
finalmente en tono de reto, y rió con todos los demás.
-Dicen que hubo hombres que salieron sin ningún daño prosiguió
don Genaro . Digamos que su poder personal afectó a sus camaradas. Una ola de
algo les pasó por encima mientras le apuntaban y nadie se atrevió a disparar. O
tal vez el temple del guerrero los impresionaba tanto que no podían hacerle
daño.
Don Genaro me miró y luego miró a Pablito.
Había una condición puesta para esa caminata hasta el borde de
la arboleda continuó . El guerrero tenía que andar con calma, indiferente. Sus
pasos tenían que ser seguros y firmes, sus ojos tenían que mirar al frente, sin
pena ni miedo. Tenía que bajar sin tropezar, sin volver la cara, y sobre todo
sin correr.
Don Genaro hizo una pausa; Pablito asintió con la cabeza.
Si ustedes dos deciden regresar a esta tierra dijo don Genaro ,
tendrán que esperar, como verdaderos guerreros, hasta haber cumplido sus
tareas. Esa espera es muy parecida a la caminata del guerrero en la historia.
Como se ve, a ese guerrero ya no le quedaba más tiempo humano, y a ustedes dos
tampoco. La única diferencia está en quién les apunta. Los que apuntaban al
guerrero eran sus propios camaradas. Pero los que a ustedes les apuntan son los
tiradores de lo desconocido. Y lo único que ustedes dos tienen es la
impecabilidad. Deben esperar sin mirar hacia atrás. Deben esperar sin pedir
nada. Y deben dirigir todo el poder personal que tengan a cumplir la tarea.
"Si ustedes no actúan impecablemente, si empiezan a
inquietarse, si se impacientan o se desesperan, serán cortados sin misericordia
por los tiradores de lo desconocido.
"Si, por el contrario, su impecabilidad y poder personal
son tales que les permiten cumplir sus tareas, lograrán entonces la promesa del
poder. ¿Y cuál es esa promesa?, podrían preguntar. Es una promesa que el poder
hace a los hombres como seres luminosos. Cada guerrero tiene un destino
diferente, así que no hay modo de decir cuál será esa promesa para cualquiera
de ustedes."
El sol estaba a punto de ocultarse. El anaranjado claro de las
distantes montañas del norte se había oscurecido. El paisaje me dio el
sentimiento de un mundo solitario barrido por el viento.
Ustedes ya han aprendido que el temple de un guerrero está en el
ser humilde y eficiente dijo don Genaro, y su voz me hizo saltar . Ya han
aprendido a actuar sin esperar ni pedir nada a cambio. Ahora les digo que, para
soportar lo que les aguarda más allá de este día, necesitarán ustedes
contenerse hasta lo último.
Experimenté un choque en el estómago. Pablito empezó a temblar
levemente.
Un guerrero debe estar siempre listo. El destino de todos
nosotros los que estamos aquí ha sido saber que somos prisioneros del poder.
Nadie sabe por qué nosotros en particular, pero ¡qué buena suerte!
Don Genaro calló y bajó la cabeza como exhausto. Yo nunca lo
había oído hablar en esos términos.
Aquí es obligatorio que el guerrero diga adiós a todos los
presentes y a todos los que deja atrás dijo de pronto don Juan . Debe hacerlo
en sus propias palabras y en voz alta, para que su voz se quede para siempre en
este sitio de poder.
La voz de don Juan añadió otra dimensión a mi estado de ser en
ese momento. Nuestra conversación en el coche se hizo doblemente conmovedora.
¡Cuánta razón tenía al decir que la serenidad del paisaje en torno había sido
sólo un espejismo, y que la explicación de los brujos descargaba un golpe que
nadie podría parar! Yo había oído la explicación de los brujos y había
experimentado sus premisas; y allí estaba, desarmado y desvalido como nunca lo
había estado antes en mi vida. Nada de cuanto había hecho, de cuanto había
imaginado, podía compararse con la angustia y la soledad de aquel momento. La
ex-plicación de los brujos me había despojado incluso de mi "razón".
Don Juan también estaba en lo cierto al decir que un guerrero no podía evitar
el dolor y el sufrimiento, sino únicamente la entrega a ellos. En ese momento
mi tristeza era incontenible. No soportaba decir adiós a quienes habían
compartido las vueltas de mi destino. Dije a don Juan y a don Genaro que había
hecho un pacto de morir con cierta persona, y que mi espíritu no se resignaba a
dejarla sola.
Todos estamos solos, Carlitos dijo don Genaro suavemente . ,Ésa
es nuestra condición.
Sentí en la garganta la angustia de mi pasión por la vida y por
los seres que eran queridos para mí; yo rehusaba decirles adiós.
Todos estamos solos -dijo don Juan . Pero morir solo es morir
desolado.
Su voz sonaba seca y apagada, como una tos.
Pablito lloraba en silencio. Luego se puso de pie y habló. No
fue una arenga ni un testimonio. En voz clara agradeció la bondad de don Genaro
y don Juan. Se volvió hacia Néstor y le agradeció el haberle dado la
oportunidad de cuidarlo. Secó sus ojos con la man-ga de su camisa.
¡Qué cosa más linda el haber estado en este hermoso mundo! ¡En
este maravilloso tiempo! exclamó con un suspiro.
Su ánimo era contagioso.
-Si no regreso, te suplico como último favor que ayudes a
quienes han compartido mi destino dijo a don Genaro.
Luego miró hacia el oeste, en dirección de su casa. Su delgado
cuerpo se convulsionó de llanto. Con los brazos extendidos corrió hacia el
borde de la meseta, como para abrazar a alguien. Sus labios se movían; parecía
hablar en voz baja.
Aparté la vista. No quería oír lo que Pablito decía.
Regresó a donde estábamos sentados, se dejó caer junto a mí y
bajó la cabeza.
Yo era incapaz de decir nada. Pero súbitamente una fuerza
exterior pareció tomar las riendas y me hizo levantarme, y también yo dije mi
gratitud y mi tristeza.
Guardamos silencio de nuevo. El viento del norte susurraba,
soplando contra mi rostro. Don Juan me miró. Nunca había visto tanta bondad en
sus ojos. Me dijo que un guerrero se despedía dando las gracias a todos los que
habían tenido para él un gesto de bondad o de preocupación, y que yo debía
expresar mi gratitud no sólo hacia ellos sino también hacia aquellos que me
habían cuidado y ayudado en mi camino.
Miré hacia el noroeste, hacia Los Ángeles, y todo el
sentimentalismo de mi espíritu se vertió. ¡Qué descarga purificadora fue esa
expresión de gracias!
Me senté de nuevo. Nadie me miró.
Un guerrero reconoce su dolor pero no se entrega a él dijo don
Juan . Por eso el sentimiento de un guerrero que entra en lo desconocido no es
de tristeza; al contrario, está alegre porque se siente humilde ante su gran
fortuna, confiado en la impecabilidad de su espíritu, y sobre todo,
completamente al tanto de su eficiencia. La alegría del guerrero le viene de
haber aceptado su destino, y de haber calculado de verdad lo que le espera.
Hubo una larga pausa. Mi tristeza era suprema. Quise hacer algo
por librarme de tal opresión.
A ver, ese testigo, aplasta tu cazador de espíritus dijo don
Genaro a Néstor.
Oí el fuerte y ridículo sonido del artefacto en cuestión.
Pablito rió casi hasta la histeria, y también don Juan y don
Genaro. Advertí un olor peculiar y me di cuenta de que Néstor había soltado un
pedo. Lo horrendamente chistoso era la gran expresión de seriedad en su rostro.
No se había pedorreado como guasa, sino porque no traía su cazador de
espíritus. Quería ayudar como mejor podía.
Todos rieron con abandono. Qué facilidad tenían para pasar de
las situaciones sublimes a las totalmente cómicas.
De pronto, Pablito se volvió hacia mí. Quiso saber si era yo
poeta, pero antes de que pudiera responderle, don Genaro hizo una rima.
Carlitos es un chingón; tiene un poco de poeta, de loco y de
cabrón dijo.
Todos sufrimos otro ataque de risa.
Éste es un mejor humor dijo don Juan . Y ahora, antes de que
Genaro y yo les digamos adiós, pueden decir lo que les venga en gana. Puede que
ésta sea la última vez que pronuncien una palabra.
Pablito negó con la cabeza, pero yo tenía algo que decir. Quería
expresar mi admiración, mi respeto por el exquisito temple del espíritu
guerrero de don Juan y don Genaro. Pero me enredé en mis palabras y finalmente
no dije nada; o peor aun, terminé hablando como si de nuevo me quejara.
Don Juan meneó la cabeza y chasqueó los labios en un remedo de
reprobación. Reí involuntariamente; no importaba, después de todo, que hubiese
arruinado la oportunidad de expresarles mi admiración. Un sentimiento muy
atrayente empezaba a poseer, me: cierto alborozo y alegría, una libertad
exquisita que me hacia reír. Dije a don Juan y a don Genaro que el resultado de
mi encuentro con lo "desconocido” me importaba un cacahuate; que me sentía
feliz y completo, y que el vivir o el morir carecían de valor para mí en esos
momentos.
Don Juan y don Genaro parecieron disfrutar mis aseveraciones
todavía más que yo. Don Juan se golpeó el muslo y se echó a reír. Don Genaro
arrojó su sombrero por tierra y gritó como si montara un caballo salvaje.
Hemos gozado y nos hemos reído mientras esperábamos, así como lo
recomendó el testigo dijo don Genaro de pronto . Pero es la condición natural
del orden el que siempre tenga que llegar a su fin.
Miró el cielo.
Ya es casi la hora de que nos desbandemos como los guerreros de
la historia dijo . Pero antes de que nos vayamos cada uno por su lado, debo
decirles una última cosa a ustedes dos. Voy a revelarles un secreto de
guerrero. Quizás podrían llamarlo la predilección de un guerrero.
Centrando en mi su atención particular, dijo que en una ocasión
yo había opinado que la vida de un guerrero era fría y solitaria y carente de
sentimientos. Añadió que incluso en aquel preciso instante yo me había
convencido de que así era.
La vida de un guerrero no puede en modo alguno ser fría y
solitaria y sin sentimientos dijo , porque se basa en su afecto, su devoción,
su dedicación a su ser amado. ¿Y quién, podrían ustedes preguntar, es ese ser
amado? Yo se los voy a mostrar ahora mismo.
Don Genaro se puso en pie y caminó despacio hasta un área
perfectamente llana, justamente frente a nosotros, a unos tres metros de
distancia. Allí hizo un curioso gesto. Movió las manos como si barriera el
polvo de su pecho y su estómago. Entonces ocurrió algo extraño. Un destello de
luz casi imperceptible lo atravesó; salió del suelo y pareció encender todo su
cuerpo. Don Genaro ejecutó una especie de pirueta hacia atrás; un clavado de
espaldas, dicho con mayor propiedad, y aterrizó sobre el pecho y los brazos. La
precisión y habilidad de su movimiento lo hicieron parecer un ser sin peso, una
criatura vermiforme que diera la vuelta sobre sí misma. Ya en el suelo, realizó
una serie de movimientos inconcebibles. Se deslizaba a unos cuantos centímetros
de la tierra, o rodaba sobre ella como si yaciera sobre balines, o nadaba
describiendo círculos y vueltas con la rapidez y la agilidad de una anguila en
el océano.
Empecé a bizquear, y en cierto momento, sin transición alguna,
me hallé observando una bola de luminosidad que se deslizaba de un lado a otro
sobre lo que parecía ser una pista de hielo con mil luces brillando sobre ella.
El espectáculo era sublime. Luego la bola de fuego se detuvo y
permaneció inmóvil. Una voz me sacudió disipando mi atención. Era don Juan que
hablaba. No entendí al principio lo que decía. Miré de nuevo la bola de fuego;
todo lo que pude discernir fue a don Genaro tirado en el suelo, con los brazos
y las piernas extendidos.
La voz de don Juan era muy clara. Pareció desatar algo en mi
interior, y me puse a escribir.
El amor de Genaro es el mundo decía . Ahora mismo estaba
abrazando esta enorme tierra, pero siendo tan pequeño, no puede sino nadar en
ella. Pero la tierra sabe que Genaro la ama y por eso lo cuida. Por eso la vida
de Genaro está llena hasta el borde y su estado, dondequiera que él se
encuentre, siempre será la abundancia. Genaro recorre las sendas de su ser
amado, y en cualquier sitio que esté, está completo.
Don Juan se acuclilló frente a nosotros. Acarició el suelo con
gentileza.
Ésta es la predilección de dos guerreros erijo . Esta tierra,
este mundo. Para un guerrero no puede haber un amor más grande.
Don Genaro se levantó y vino a acuclillarse junto a don Juan;
por un momento ambos nos escrutaron con fijeza, luego tomaron asiento al
unísono, cruzando las piernas.
Solamente si uno ama a esta tierra con pasión inflexible puede
uno librarse de la tristeza -dijo don Juan . Un guerrero siempre está alegre
porque su amor es inalterable y su ser amado, la tierra, lo abraza y le regala
cosas inconcebibles. La tristeza pertenece sólo a esos que odian al mismo ser
que les da asilo.
Don Juan volvió a acariciar el suelo con ternura.
Este ser hermoso, que está vivo hasta sus últimos resquicios y
comprende cada sentimiento, me dio cariño, me curó de mis dolores, y
finalmente, cuando entendí todo mi cariño por él, me enseñó lo que es la
libertad.
Hizo una pausa. El silencio en torno era atemorizante. El viento
silbaba suavemente, y luego oí el ladrido lejano de un perro solitario.
Escuchen ese ladrido prosiguió don Juan-. Ése es el modo en que
mi amada tierra me ayuda a darles esta última lección. Ese ladrido es la cosa
más triste que uno puede oír.
Guardamos silencio un rato. El ladrar de aquel perro solitario
era tan triste, y la quietud en torno tan intensa, que experimenté una angustia
adormecedora. Pensaba en mi propia vida, mi tristeza, el no saber dónde ir, qué
hacer.
El ladrido de ese perro es la voz nocturna de un hombre dijo don
Juan . Viene de una casa en ese valle hacia el sur. Un hombre grita a través de
su perro, pues ambos son esclavos compañeros de por vida, su tristeza, su
aburrimiento. Está rogando a su muerte que venga y lo libre de las torpes y
sombrías cadenas de su vida.
Las palabras de don Juan habían entroncado en forma inquietante
con mi línea de pensamiento. Sentí que me hablaba directamente.
Ese ladrido, y la soledad que crea, hablan de los sentimientos
de los hombres prosiguió . Hombres para los que toda una vida fue como una
tarde de domingo, una tarde que no fue del todo mala, pero sí calurosa, y
aburrida, y pesada. Sudaron y se fastidiaron más de la medida. No sabían a
dónde ir ni qué hacer. Esa tarde les dejó solamente el recuerdo del tedio y de
pequeñas molestias, y de pronto se acabó; de pronto ya era noche.
Volvió a narrar una historia que yo le conté alguna vez acerca
de un hombre de setenta y dos años, quejoso de que su vida había sido tan breve
que su niñez parecía haber ocurrido apenas el día anterior. Ese hombre me había
dicho: "Recuerdo los piyamas que solía ponerme a los diez años. Parece que
sólo ha pasado un día. ¿A dónde se fue el tiempo?"
El contraveneno de eso está aquí dijo don Juan, acariciando la
tierra . La explicación de los brujos no puede en modo alguno liberar el
espíritu. Ahí están ustedes dos. Han llegado a la explicación de los brujos,
pero no tiene ninguna importancia el que la sepan. Están más solos que nunca,
porque sin un cariño constante por el ser que les da asilo, la soledad es
desolación.
"Solamente amando a este ser espléndido se puede dar
libertad al espíritu del guerrero; y la libertad es alegría, eficiencia, y
abandono frente a cualquier embate del destino. Ésa es la última lección.
Siempre se deja para el último momento, para el momento de desolación suprema
en el que un hombre se enfrenta a su muerte y a su soledad. Sólo entonces tiene
sentido."
Don Juan y don Genaro se pusieron de pie; estiraron los brazos y
arquearon la espalda, como si el estar sentados hubiera entiesado sus cuerpos.
Mi corazón empezó a golpetear con rapidez. Los dos hicieron que Pablito y yo
nos levantáramos.
El crepúsculo es la raja entre los mundos -dijo don Juan . Es la
puerta a lo desconocido.
Indicó con un amplio ademán la meseta donde nos hallábamos.
Ésta es la planicie frente a esa puerta.
Señaló entonces el filo norte de la meseta.
Allí está la puerta. Más allá hay un abismo, y más allá de ese
abismo está lo desconocido.
Después don Juan y don Genaro se volvieron hacia Pablito y le
dijeron adiós. Los ojos de Pablito estaban dilatados y fijos; por sus mejillas
rodaban abundantes lágrimas.
Oí la voz de don Genaro diciéndome adiós, pero no oí la de don
Juan.
Don Juan y don Genaro se acercaron a Pablito y susurraron
brevemente en sus oídos. Luego vinieron hacia mí. Pero antes de que susurraran
nada, yo ya tenla la peculiar sensación de estar partido.
Ahora nosotros seremos otra vez polvo en el camino dijo don
Genaro . Tal vez algún día otra vez vuelva a entrar en tus ojos.
Don Juan y don Genaro retrocedieron y parecieron perderse en la
oscuridad. Pablito me tomó del antebrazo y nos dijimos adiós. Entonces un
extraño impulso, una fuerza, me hizo correr con él hacia el filo norte de la
meseta. Sentí que su brazo me sostenía cuando saltamos, y luego quedé solo.
FIN

