Libro N°. 3121. Principe Y Mendigo. Twain, Mark.
© Libro N°. 3121. Principe Y Mendigo. Twain, Mark. Colección
E.O. Septiembre 17 de 2016.
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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PRINCIPE Y MENDIGO
Mark Twain
Voy
a contaros un cuento, tal como me fue relatado por cierta persona que lo sabía
por su padre, el cual, a su vez, se lo había oído igualmente explicar a su
progenitor... y así sucesivamente, de generación en generación, durante más de
trescientos años, los padres lo transmitían a los hijos, y éstos lo conservaban
en la memoria. Tal vez se trata de una historia, quizá únicamente de una
leyenda o de una tradición, pero pudo haber ocurrido. Es posible que los sabios
y los perspicaces lo creyeran cierto, pero también puede ser que únicamente los
ignorantes y los ingenuos lo encontraran agradable y lo creyeran real.
1. Nacimiento del príncipe y del Mendigo
En la antigua ciudad de Londres, cierto día de otoño del segundo
cuarto del siglo m, nació un niño en el hogar de una familia pobre, apellidada
Canty, que no lo deseaba. El mismo día nació otro niño inglés en una familia
acaudalada conocida por el nombre de Tudor, que sí lo deseaba. Y no lo esperaba
con menos anhelo todo Inglaterra. Gran Bretaña lo había ansiado y lo había
pedido a Dios durante tanto tiempo, que el pueblo, al ver su ilusión realizada,
se volvió medio loco de alegría. Durante varios días y varias noches, personas
que apenas se conocían, se abrazaban y se besaban llorando, todo el mundo se
tomó un día de jubilosa holganza, aristócratas y vasallos, ricos y pobres lo
celebraron con festines, con danzas, canciones y borracheras. De día, Londres
ofrecía un espectáculo digno de verse: alegres ondeaban las banderas en
balcones y azoteas, y espléndidos desfiles recorrían las calles. Por la noche,
había otro espectáculo no menos digno de admiración: grandes hogueras en todas
las esquinas, rodeadas de gentío que armaba gran algazara. No se hablaba en
toda Inglaterra más que del recién nacido Eduardo Tudor, príncipe de Gales, que
se hallaba tendido entre sedas y rasos, ignorante de todo aquel bullicio y de
las atenciones y cuidados que le prodigaban grandes lores y distinguidas damas,
ajenos por esta razón a la diversión general. Pero no se hablaba en absoluto
del otro pequeño, Tom Canty, envuelto en miserables andrajos, excepto entre sus
familiares mendigos, a quienes venía a perturbar con su presencia.
2. La infancia de Tom
Pasemos por alto unos cuantos años.
Londres contaba ya mil quinientos de existencia y era una gran
ciudad, al menos para aquella época. Tenía cien mil habitantes, y según
algunos, el doble de esta cifra. Las calles eran muy angostas, sinuosas y
sucias, particularmente en el barrio donde vivía Tom Canty, no lejos del Puente
de Londres. Las casas eran de madera, con el segundo piso más saliente que el
primero, y el tercero asomando los codos por encima del segundo. Cuanto más
altas, más anchas eran las casas. Eran esqueletos de gruesas vigas entrecruzadas,
con sólido material intermedio, revestido de yeso. Dichas vigas estaban
pintadas de rojo, de azul o de negro, según el gusto del dueño, y esto daba a
aquellas casas un aspecto muy pintoresco. Las ventanas, pequeñas y con
vidrieras formadas por cristalitos en forma de rombo, se abrían hacia el
exterior, sobre goznes, como las puertas.
La casa en que vivía el padre de Tom estaba situada en un
inmundo callejón sin salida, llamado Offal Court, cercano a Pudding Lane. Era
pequeña, vetusta y destartalada, pero albergaba numerosas familias indigentes
que vivían en ella lamentablemente hacinadas. La tribu de Canty ocupaba una
habitación en el tercer piso. La madre y el padre tenían una especie de
camastro en un rincón, pero Tom, la abuela de éste y sus dos hermanas, Bet y
Nan, no sufrían tal restricción, pues disponían de todo el cuarto y podían
dormir donde mejor les parecía. Había allí los restos de una o dos, mantas y
algunos haces de paja vieja y sucia, pero a aquello no podía llamársele
propiamente camas, porque no estaban dispuestas debidamente; eran montones de
paja, acumulada por la mañana a puntapiés y repartida por la noche en pilas
para que sirviera de lecho.
Bet y Nan eran gemelas y tenían quince años. Dos muchachitas de
buen corazón, desaseadas, harapientas y muy ignorantes. Su madre se parecía a
ellas, pero el padre y la abuela eran un par de demonios que se embriagaban
siempre que tenían ocasión de hacerlo, y entonces se pegaban o dirigían sus
golpes al primero que se interponía entre ellos; borrachos o serenos
blasfemaban y echaban maldiciones sin parar. Juan Canty era ladrón y su madre
pordiosera. Convirtieron en mendigos a sus hijos, pero no lograron que fueran
ladrones. Entre la horrible chusma que vegetaba en aquella morada se hallaba un
bondadoso sacerdote anciano, a quien el rey había dejado sin casa ni hogar, con
sólo una pensión de unos cuantos peniques; éste solía preocuparse de los niños
y les enseñaba en secreto a encaminarse por la senda del bien. El padre Andrés
enseñó también a Tom algo de latín y a leer y escribir; y lo mismo hubiera
hecho con las niñas si éstas no hubieran temido la burla de sus jóvenes amigas,
que no habrían podido sufrir un beneficio moral tan peligroso para ellas.
Todo Offal Court era una colmena en todo igual a la casa de
Canty. Las borracheras, las peleas y los altercados estaban, no a la orden del
día, sino de toda la noche. Las cabezas rotas eran, en aquel lugar, cosa tan
corriente como el hambre. Sin embargo, el pequeño Tom no era desdichado. Lo
pasaba muy mal, pero no se daba cuenta de su situación. Todos los muchachos de
Offal Court se hallaban en idénticas circunstancias y, por lo tanto, suponía
que aquella vida era normal y agradable. Cuando por la noche volvía a su casa
con las manos vacías, sabía que su padre le maldeciría y le propinaría una
paliza en concepto de bienvenida, y cuando él se hubiese cansado de azotarle,
su repulsiva abuela repetiría el vapuleo corregido y aumentado; no ignoraba
tampoco que en el silencio de la noche, su madre hambrienta se acercaría
cautelosamente a él para darle a escondidas algún miserable mendrugo que
hubiera podido guardarle, aunque hambre no le faltaba para comérselo ella misma
y a pesar de que era con frecuencia descubierta al llevar a cabo aquella
especie de traición y brutalmente golpeada por su marido.
No, la vida de Tom transcurría bastante bien, particularmente en
verano. Mendigaba únicamente lo necesario para comer, pues las leyes contra la
mendicidad eran muy severas y las penas muy graves, y pasaba largas horas
escuchando las encantadoras leyendas y los viejos cuentos y fábulas que le
relataba el buen padre Andrés, pobladas de gigantes, hadas, enanos, genios,
castillos encantados, y fastuosos reyes y príncipes. Su cabeza se fue llenando
de visiones fantásticas, y más de una noche, tendido en su yacija inmunda, en
plena oscuridad, fatigado, hambriento y dolorido por la acostumbrada paliza,
daba rienda suelta a su imaginación infantil y, olvidando su sufrimiento y sus
pesares, pronto se representaba deliciosas escenas de la vida regalada de un
príncipe mimado. Entonces comenzó a sentirse dominado, noche y día, por el
deseo de ver por sus propios ojos un príncipe de carne y hueso. Comunicó una
vez su ardiente anhelo a uno de sus compañeros de Offal Court, pero éstas le
hicieron objeto de tal rechifla, que desde entonces Tom decidió guardar para sí
el secreto de sus sueños.
Leía con frecuencia los viejos libros del sacerdote, y conseguía
que éste se los explicara detalladamente. Poco a poco, los sueños y las
lecturas produjeron un cambio en su temperamento. Los personajes que veía en
sueños eran tan elegantes que empezó a lamentar su propio modo de vestir tan
harapiento y desaseado, y al compararse con ellos sintió el deseo de verse
limpio y mejor trajeado. Pero siguió jugando y divirtiéndose en el lodo. Sin
embargo, en vez de echarse al Támesis únicamente para solazarse braceando, como
solía hacerlo, empezó ahora a considerar el baño como un medio de aseo muy
apreciable.
Tom podía, pues, ir ahora a las ferias y fiestas de mayo de
Cheapside y de otros distritos, y de cuando en cuando, entre los habitantes de
Londres, tenía ocasión de ver alguna parada militar, cuando algún personaje
caído en desgracia era llevado a la Torre, prisionero, por tierra o en bote.
Cierto día de verano vio quemar a la pobre Ana Askew y a tres hombres en una
hoguera en Smithfield. Y oyó el sermón de un antiguo obispo, que no le interesó
en absoluto. Sí, en conjunto, la vida de Tom era variada y bastante agradable.
Poco a poco, las lecturas y los sueñas de Tom sobre la vida
principesco produjeron a éste un efecto tan profundo que comenzó,
inconscientemente, a actuar como un príncipe. Su manera de hablar y sus modales
se volvieron curiosamente corteses y ceremoniosos, lo cual produjo sorpresa e
hilaridad entre sus familiares. Pero la influencia de Tom entre aquellos
jovenzuelos iba en aumento de día en día, y con el tiempo acabaron por mirarle
con cierto temor respetuoso, como a un ser superior. ¡Parecía tan instruido! ¡Y
hablaba y obraba tan admirablemente! Y, además, ¡era tan reflexivo y sabio! Los
consejos, advertencias y actos de Tom eran comunicados por los niños a sus
padres, y éstos comenzaron a contar todo lo que se refería al muchacho,
considerando a Tom Canty como una criatura extraordinaria y prodigiosa. Las
personas mayores sometían sus dificultades al juicioso criterio de Tom, y
quedaban con frecuencia asombradas ante el acierto de sus sabias decisiones.
Por ello se convirtió en un héroe para todos los que le conocían, excepto para
su propia familia, porque ésta no sabía descubrir en él nada extraordinario.
Por su cuenta, al cabo de algún tiempo, Tom organizó una corte
figurada, en la que él era el príncipe, y sus compañeros más apreciados
actuaban de guardias de palacio, de escuderos, de cortesanos y de familia real.
Diariamente el supuesto príncipe era recibido con muy estudiada ceremonia, que
Tom había copiado de sus lecturas novelescas. También eran debatidos, cada día,
los problemas de aquel reino de pantomima en real consejo, y cotidianamente Su
Alteza fingida, dictaba decretos a sus ejércitos, a su marina y a sus virreyes
imaginarios. Después de todo lo cual se escabullía con sus andrajos para ir a
pedir limosna, para lograr algunos peniques y comer su acostumbrado mendrugo,
seguido de las consabidas maldiciones y de la paliza, para echarse, finalmente,
encima del montón de paja nauseabunda donde, en sueños, volvía a repetirse su
delirio de grandezas.
Y día tras día, fue aumentando su deseo ansioso de ver un
príncipe verdadero, de carne y hueso, hasta que llegó a absorber todos sus
demás anhelos y se convirtió en la única aspiración de su vida.
Cierto día de enero, en su habitual recorrido de pordiosero,
vagabundeando melancólicamente por el distrito de Mincing Lane y de Little East
Cheap, descalzo y aterido, contemplaba los escaparates de un fonducho y se
extasiaba ante las empanadas de cerdo y otros manjares torturadores, puesto que
todas aquellas cosas exquisitas estaban, indudablemente, destinadas a los
ángeles, a juzgar por su delicioso aroma, y él nunca había tenido la suerte de
poder comer ninguna. Caía una lluvia helada, la atmósfera era sombría y el día
en extremo desapacible; Tom, por la noche, llegó a su casa tan empapado,
abatido y hambriento, que su padre y su, abuela no pudieron contemplar su
deplorable estado sin sentirse conmovidos, aunque a su manera, y se apresuraron
a propinarle una gran paliza y le mandaron a la cama. Durante largo rato, el
hambre, el dolor que le producían los golpes recibidos y las blasfemias que oía
resonar en el edificio, le impidieron conciliar el sueño. Pero, por fin, sus
pensamientos se elevaron, muy lejos, hacia países imaginarios y se durmió en
compañía de jóvenes príncipes y soñó que vivían en vastos palacios, atendidos
por criados que les halagaban constantemente o iban volando a ejecutar sus
órdenes; y entonces, como de costumbre, soñó que él era también príncipe, y
durante toda la noche se meció en el deleite esplendoroso de su condición
regia; se hallaba rodeado de encopetados caballeros y de distinguidas damas, en
un ambiente de luz, de perfumes y de música religiosa, y correspondiendo con
sonrisas y ligeras reverencias principescas a las respetuosas cortesías de que
le hacía objeto aquella multitud de cortesanos que se apartaba ceremoniosamente
para permitirle el paso.
Y cuando se despertó por la mañana y se dio cuenta de la miseria
que le rodeaba, su sueño principesco produjo el efecto habitual: intensificó
mil veces la sordidez de todo lo que le rodeaba. Y entonces vino la amargura,
el tormento del corazón y las lágrimas.
3. El encuentro de Tom con el príncipe
Tom se levantó hambriento, y hambriento abandonó también su
pocilga, pero con el pensamiento acariciado por los esplendores de sus dulces
sueños nocturnos. Vagabundeó de un lado a otro de la ciudad, sin fijarse apenas
hacia dónde se dirigía o en lo que ocurría a su alrededor. La gente le daba
empujones y le prodigaba insultos, pero todo pasaba desapercibido para aquel
muchacho meditabundo. Poco a poco se fue alejando hasta llegar a Temple Bar, el
distrito más apartado de su casa, que alcanzaba la primera vez en aquella
dirección. Se detuvo y reflexionó un momento, y sumido de nuevo en sus
fantasías franqueó las murallas de Londres. Strand, en aquella época, había
dejado de ser una carretera y se consideraba como una calle, pero de
construcción muy irregular, pues aunque tenía una hilera bastante compacta de
casas en uno de sus lados, en el otro sólo había unos cuantos grandes edificios
muy distanciados, palacios de nobles acaudalados, con hermosos parques
anchurosos que se extendían hasta el río, parques que actualmente se hallan
cubiertos de vulgares casuchas de piedra y ladrillo.
Allí divisó Tom el villorio de Charing, y se quedó contemplando
la espléndida cruz que hizo instalar en aquel lugar un amargado soberano de
tiempos antiguos. Luego siguió lentamente por una agradable carretera que,
dejando atrás el majestuoso palacio del gran cardenal, llevaba a otro palacio
todavía mayor y más imponente, que se alzaba más allá de Westminster. Tom quedó
asombrado ante aquella mole gigantesca de mampostería, con sus extensas alas,
los amenazadores bastiones y torrecillas, la gran entrada de piedra con sus
rejas doradas, magníficamente ornamentada con colosales leones de granito y
otros símbolos y emblemas de la realeza inglesa. ¿Iba por fin a ver realizado
el anhelo que atormentaba su alma? Aquello era, en efecto, el palacio de un
rey. ¿ No le cabía ahora la esperanza de ver a un príncipe de carne y hueso, si
tenía a bien concedérselo la Providencia?
A cada lado de aquella verja dorada había una estatua viviente,
es decir, un hombre en armas, tieso, erguido, majestuoso e inmóvil, cubierto dé
pies a cabeza por una armadura de bruñido acero. A respetuosa distancia se
hallaban numerosos campesinos y gente de la ciudad, esperando la ocasión de ver
Fugazmente a algún personaje regio. Espléndidos carruajes con personas de
calidad en el interior y elegantes lacayos llegaban y salían por otras varias
puertas suntuosas que daban paso al real recinto.
El pobre Tom, con su aspecto harapiento, se acercó allí y, con
el corazón palpitante, se deslizaba poco a poco, tímidamente y con esperanza
creciente, por delante de los centinelas, cuando de pronto vio a través de las
doradas rejas un espectáculo que casi le hizo prorrumpir en gritos de júbilo.
Dentro del real recinto había un muchacho esbelto, de tez morena, curtida por
los ejercicios deportivos y los juegos al aire libre cuyo traje de seda y raso
resplandecía cubierto de joyas. Llevaba espada y daga al cinto, calzaba lindas
zapatillas con tacones rojos y ostentaba en la cabeza un elegante sombrerito
carmesí con graciosas plumas colgantes sujetadas por relucientes gemas. Junto a
él había varios caballeros que lucían vistosos trajes... y que, indudablemente,
eran sus criados. ¡Oh! ¡Era un príncipe, un príncipe de veras, vivo, real...,
no cabía duda! ¡Por fin había escuchado la Providencia la plegarla de un
desdichado niño mendigo!
Tom no podía apenas respirar a causa de su extrema excitación y
en sus ojos brillaban destellos de admiración y de delicia. En su espíritu sólo
quedó lugar para un único deseo, el de acercarse al príncipe y contemplarlo con
mirada devoradora. Antes de darse cuenta de lo que hacía, tenía ya la cara
pegada a los barrotes de la reja, pero inmediatamente uno de los centinelas le
apartó de allí con violencia y, de un empujón, lo mandó dando tumbos contra la
multitud de aldeanos babiecas y de ociosos ciudadanos londinenses.
¡Ten cuidado con lo que haces, mocoso pordiosero!
La muchedumbre hizo muecas y prorrumpió en carcajadas, pero el
joven príncipe se precipitó hacia la verja con el rostro encendido y los ojos
echando chispas de indignación y exclamó:
¡Cómo te atreves a tratar de esta manera a un pobre muchacho!
¡Cómo te atreves, aunque fuese el más insignificante de los vasallos de mi
padre! ¡Abre la verja y déjale entrar!
Entonces habríais visto cómo aquella multitud voluble se
descubrió respetuosamente y comenzó a aplaudir con gritos Tic: «¡Viva el
príncipe de Gales!»
Los soldados presentaron armas con sus al bardas, abrieron la
verja y volvieron a presentar armas cuando el pequeño príncipe de la pobreza,
cubierto de harapos, entró y estrechó la mano al príncipe de la abundancia
ilimitada.
Eduardo Tudor dijo:
Me parece que estás fatigado y hambriento y que sufres malos
tratos. Ven conmigo.
Media docena de criados se abalanzaron para... ignoro para qué;
indudablemente para interponerse, pero el príncipe los hizo a un lado con un
gesto verdaderamente regio que les dejó clavados en el sitio donde se hallaban,
como si de otras estatuas se tratara. Eduardo acompañó a Tom a una rica
estancia de palacio, que dijo era su gabinete, y, por orden suya trajeron
manjares como Tom no había saboreado ni visto jamás, a no ser en los libros que
leía. El príncipe, con delicadeza y educación principescas, mandó a los criados
que se retiraran con objeto de que su humilde huésped no se sintiera
avergonzado por sus miradas de reprobación; luego se sentó a su lado y empezó a
hacer preguntas a Tom mientras éste comía:
¿Cómo te llamas, muchacho?
Tom Canty, para serviros, señor.
Tienes un nombre extraño. ¿Dónde vives?
En la ciudad, con vuestra venia, señor. En Offal Court, cerca
de Pudding Lane.
¿Offal Court? Este nombre también es raro. ¿Tienes padres?
Tengo padre y madre, señor, y, además, una abuela que no me
merece el menor aprecio, y Dios me perdone si cometo pecado al decir tal
cosa... Tengo también dos hermanas gemelas, Nan y Bet.
Entonces, por lo que veo, tu abuela no se muestra muy bondadosa
para contigo...
Ni para con nadie, y perdone Vuestra Alteza. Tiene un corazón
perverso y no pasa un momento sin planear alguna fechoría.
¿Te maltrata?
A veces no, porque está ebria o dormida, pero cuando recobra el
juicio me lo compensa con tremendas palizas.
Los ojos del príncipe brillaron de indignación, al mismo tiempo
que exclamaba:
¡Cómo! ¿Palizas?
En efecto, señor.
¡Propinarte palizas a ti, que eres tan pequeño y tan débil! Te
aseguro que antes de anochecer esa vieja estará encerrada en la Torre. Mi
padre, el rey...
Perdonad, señor, pero olvidáis su baja condición. La Torre es
sólo para los grandes.
Es verdad. No he caído en eso. Meditaré otro castigo. ¿Y tu
padre te trata con cariño?
Ni más ni menos que mi abuela, señor.
Por lo visto, todos los padres se parecen. El mío, por ejemplo,
tampoco se queda manco. Corrige con mano dura, pero a mí no me castiga, aunque,
a decir verdad, a veces me dedica epítetos atroces. ¿Y tu madre, cómo te trata?
Es muy buena, señor, y no me da disgustos ni me causa penas de
ninguna clase. Y en esto Nan y Bet son como ella.
¿Qué edad tienen?
Quince arios, señor.
La princesa Isabel, mi hermana, tiene catorce años, y mi prima
Juana Grey tiene la misma edad que yo. Es muy bonita y graciosa. En cambio, mi
hermana María, con su aspecto taciturno y... Escucha. ¿Prohíben tus hermanas a
sus criados que sonrían para que el pecado no corrompa sus almas?
¿Mis hermanas? ¡Oh, señor! Pero ¿creéis que mis hermanas tienen
criados?
El príncipe se quedó contemplando al pequeño mendigo y luego le
dijo:
¿Y por qué no he de creerlo? ¿Quién las desnuda al acostarse y
quién las viste cuando se levantan?
Nadie señor. ¿Os parece que tendrían que quitarse su vestido y
dormir desnudas como las bestias?
¿Su vestido? Pero ¿es que no tienen más que uno?
¡Oh, Alteza! ¿Qué harían con más de uno? La verdad es que cada
una de ellas no tiene más que un cuerpo.
¡Vaya idea curiosa y sorprendente! Dispensa, chico, no lo he
dicho en tono de mofa. Pero tu buena Nan y tu Bet tendrán en breve excelentes
trajes y lacayos; yo haré que mi mayordomo se cuide de ello. Y no me des las
gracias, porque no vale la pena. Té expresas con corrección y con gracia.
¿Estás bien instruido?
Ignoro si lo estoy o no lo estoy, señor. Un buen sacerdote, a
quien llaman el padre Andrés, tuvo la bondad de enseñarme lo que explican sus
libros.
¿Sabes latín?
Sí, pero muy poco, señor.
Apréndelo, muchacho. Es difícil solamente al principio. El
griego es más complicado, pero ni éste ni ningún otro idioma son difíciles,
creo yo, para la princesa Isabel y para mi prima. ¡Ya oirás cómo hablan! Pero
explícame lo de Offal Court. ¿Llevas allí una vida agradable?
Sí, en verdad, señor, excepto cuando paso hambre. Se dan
representaciones de títeres y de monos... ¡Qué animalitos estrafalarios pero
qué bien vestidos van! Además, hay comedias en las que los actores vociferan y
se pelean hasta matarse todos... Es un espectáculo muy bonito y no cuesta más
que un cuarto de penique, aunque muchas veces uno no puede disponer de esta
moneda.
Cuéntame más cosas.
De vez en cuando los chicos de Offal Court nos liamos a palos
con una estaca, a la manera de principiantes, señor.
Los ojos del príncipe centellearon.
¡Caramba! Pues eso no me desagradaría –contestó. Continúa,
continúa.
Nos desafiamos a correr, señor, para ver cuál de nosotros es el
más veloz.
Eso también me gustaría mucho. Ve diciendo.
En verano, señor, vadeamos y nadamos en los canales y en el
río, y nos chapuzamos y nos remojamos los unos a los otros a manotazos,
sumergiéndonos entre gritos y piruetas, y...
Daría yo todo el reino de mi padre para poder disfrutar ahora
mismo de todo eso. Continúa, continúa.
Bailamos y cantamos en torno de la alegoría de mayo en
Cheapside; jugamos en la arena, cubriendo cada cual con ella a su vecino, y a
veces hacemos tortas de barro. ¡Oh, qué barro delicioso, no hay otro igual en
el mundo para divertirse jugando! Nos revolcamos casi en él, y perdone Vuestra
Alteza.
¡Cállate, por favor! ¡Qué delicioso! Si yo pudiera vestirme con
unos harapos como los tuyos, descalzarme y chapotear en el barro, aunque no
fuera más que una sola vez, una sola, sin que nadie me regañase, creo que sería
capaz de renunciar a la corona.
Y si yo pudiera vestirme como vos, señor, únicamente una vez...
¡Ah! ¿Te gustaría? Pues lo lograrás. Quítate tus andrajos y
ponte mi ropa esplendoroso. Será una felicidad muy pasajera, pero no por ello
dejaremos de disfrutarla menos. Nos divertiremos los dos tanto como nos sea
posible durante unas horas, y volveremos a cambiarnos los trajes antes de que
venga alguien a molestarnos.
Pocos minutos más tarde, el joven príncipe de Gales se había
ataviado con los lamentables harapos de Tom y el pequeño príncipe de la pobreza
vestía el lujoso traje y ostentaba las plumas de la realeza. Los dos fueron a
contemplarse ante un espejo y, ¡oh, milagro!, no parecía haber cambio ni
diferencia alguna entre ambas. Se miraron uno a otro, dirigieron luego la vista
al cristal, y se miraron de nuevo. Por fin, el príncipe, asombrado, dijo:
¿Qué te parece?
¡Ah, generoso señor, no me pidáis que conteste! Un muchacho de
mi condición no debe ni puede decir lo que piensa.
Pues ya te lo diré yo. Tienes el mismo cabello, los mismos
ojos, la misma voz, idénticas maneras e igual perfil, estatura y rostro que yo.
Si saliésemos por ahí desnudos, nadie sería capaz de reconocer cuál de los dos
es el príncipe de Gales. Y ahora que llevo puesta tu ropa me parece que mis
sentimientos concuerdan más con los tuyos cuando aquel soldado bruto... Pero
¿qué es eso? Tienes una contusión en la mano...
Sí, pero no tiene importancia, y Vuestra Alteza ya sabe que el
pobre soldado...
¡Nada, nada! ¡Ha sido un gesto vergonzoso y cruel! exclamó el
joven príncipe, golpeando el suelo con el pie descalzo. Si el rey... Bueno, no
des un paso hasta que yo vuelva. ¡Es una orden!
En un abrir y cerrar de ojos cogió un pliego de importancia
nacional que había encima de la mesa, lo guardó, cruzó el umbral, y echando a
correr por los jardines, salió de palacio cubierto con sus guiñapos, con el
rostro encendido y los ojos brillantes. Al llegar a la verja, asió los barrotes
de la misma y, pretendiendo moverlos violentamente, gritó:
¡Abrid, abrid la verja!
El soldado que había maltratado a Tom obedeció inmediatamente, y
al cruzar el príncipe la puerta, muy sofocado de indignación, el soldado le dio
un pescozón contundente, que le hizo rodar dando tumbos hasta la carretera, al
mismo tiempo que le decía:
Toma eso, demonio de mendigo, por lo que por tu culpa me ha
reprochado Su Alteza.
La multitud prorrumpió en una estrepitosa risotada. Entonces el
príncipe se levantó del barro donde había ido a caer y abalanzándose furioso
contra el centinela, gritó:
¡Soy el príncipe de Gales, mi persona es sagrada, y te van a
ahorcar por haberte atrevido a ponerme la mano encima!
El soldado presentó armas con la alabarda y con tono de mofa
exclamó:
Saludo a Vuestra Alteza. Y en seguida añadió, irritado:
¡Largo de ahí, rufián inmundo!
En aquel momento la multitud se congregó con bulliciosa
hilaridad en torno del príncipe y comenzó a darle empellones, carretera abajo,
al mismo tiempo que gritaba burlonamente: «¡Paso a Su Alteza! ¡Paso al príncipe
de Gales!»
4. Las primeras tribulaciones del príncipe
Después de varias horas de persecución y hostigamiento, el joven
príncipe se vio por fin libre de la turba y quedó solo. Mientras pudo aplacar
su cólera contra el populacho dirigiéndole amenazas de soberano y órdenes que
provocaban la hilaridad general, el príncipe refociló extraordinariamente a la
multitud, pero cuando al fin la fatiga le obligó a guardar silencio, ya no
sirvió de diversión a sus atormentadores, que fueron en busca de recreo a otra
parte. El príncipe, entonces, miró a su alrededor, pero no consiguió reconocer
el distrito en que se encontraba; únicamente sabía que estaba en Londres.
Continuó andando sin rumbo, y al cabo de un rato, las casas y los transeúntes
empezaron a escasear. Bañó sus pies ensangrentados en el arroyo que había en
aquella época en el lugar que ocupa hoy la calle de Farringdon, descansó luego
unos momentos, volvió después a andar y no tardó en llegar a una gran explanada
donde sólo había unas cuantas casas diseminadas aquí y allí y una iglesia que
era un verdadero prodigio. El jovencito reconoció aquel templo. Estaba ahora
rodeado de andamios, por los que pululaban una multitud de obreros que estaban
procediendo a reparar el edificio cuidadosa y minuciosamente. El príncipe se
animó en seguida, pensando que se habían acabado sus contratiempos, y dijo para
sus adentros: «Esta es la antigua iglesia de los monjes franciscanos, que el
rey, mi padre, tomó a los referidos frailes para destinarla a asilo de niños
pobres y abandonados, y que ahora es conocida por Hospicio de Cristo. Supongo
que acogerán muy gustosamente al hijo del rey que tan generosamente se portó
con ellos..., tanto más cuanto q e ese hijo se ve tan pobre y abandonado como
cualquiera de los que alberga hoy este asilo, o de os que pueda albergar en lo
sucesivo. »
No tardó en hallarse en medio de una multitud de muchachos que
corrían y brincaban jugando a la pelota y a saltacabrillas, y se entregaban a
otras diversiones en extremo ruidosas. Todos iban vestidos de la misma manera y
según la moda de aquellos tiempos entre los criados y aprendices: se cubrían
con gorra plana, del tamaño de un plato salsero, que no servía para taparse,
dadas sus escasas dimensiones, ni tampoco; de adorno; por debajo de ella les
pendía el cabello hasta mitad de la frente, sin raya, y cortado alrededor;
llevaban una cinta monacal a manera de cuello, una falda corta azul, muy ceñida
que llegaba sólo hasta las rodillas, mangas completas, un ancho cinturón rojo,
medias de color chillón, sujetadas por encima de las rodillas, y zapatos bajos
con grandes hebillas de metal. Era un uniforme de bastante mal gusto.
Los muchachos interrumpieron sus juegos y se agruparon en torno
del príncipe que, con su innata dignidad, dijo:
Escuchad, buenos chicos, decid al director que Eduardo,
príncipe de Gales, desea hablarle.
Hubo una risotada general estentóreo, y uno de aquellos
mozalbetes, de aspecto rudo, exclamó:
¿Vas a ser tú, quizá, pobre mendigo, mensajero de Su Alteza?
El rostro del príncipe se puso encendido de indignación, y su
mano hizo el gesto de empuñar la espada que, naturalmente, no llevaba. Se
produjo de nuevo una tempestad de risas y otro de aquellos muchachos dijo:
¿No os habéis fijado? Se figuraba que ceñía espada... Tal vez
sea verdaderamente el príncipe.
Estas palabras provocaron nuevas risotadas. Entonces el pobre
Eduardo se irguió muy altanero y dijo:
Soy el príncipe, y hacéis muy mal en tratarme de esta
vergonzosa manera, precisamente vosotros que vivís de la bondadosa compasión de
mi padre.
Lo dicho por el príncipe provocó nueva hilaridad demostrada por
repetidas carcajadas. El muchacho que había hablado primeramente vociferó a sus
compañeros:
¡Vamos a ver, cerdos esclavos, pensionistas del padre de Su
Alteza! ¿Qué hicisteis de vuestros modales? ¡Postraos todos de rodillas y haced
completa reverencia a su aspecto regio y a sus reales andrajos!
Con gran bullicio burlesco cayeron a un tiempo todos de rodillas
y rindieron a su víctima burlona pleitesía. El príncipe dio un puntapié al
muchacho más próximo y gritó, iracundo:
Toma eso de momento, mientras llega el día de mañana en que te
haré preparar la horca.
¡Ah! Aquello no era, pues, ya una chanza... e iba perdiendo el
carácter de diversión. La risa cesó instantáneamente para dar paso a la furia.
Una docena de muchachos gritaron: «¡Cogedle! ¡Al abrevadero de
los caballos! ¿Dónde están los perros? ¡Búscalo, "León"! ¡Búscalo,
"Colmillos"! »
Y a estos gritos siguió un espectáculo nunca visto hasta
entonces en Inglaterra: la sagrada persona del heredero del trono maltratada
por manos plebeyas y atacada y mordida por los perros.
Cuando fue negra noche, el príncipe se encontró muy en el
interior de la parte populosa de la capital. Tenía el cuerpo magullado, las
manos ensangrentadas y sus andrajos con múltiples salpicaduras de lodo. Siguió
vagabundeando, cada vez más desorientado y rendido por la fatiga, tan débil que
apenas podía dar un paso. Había cesado de hacer preguntas a los transeúntes,
pues con ellas no conseguía más que insultos en lugar de información. No cesaba
de repetir, muy quedo: «¡Offal Court! Este es el nombre. Si puedo llegar allí
antes de que mis fuerzas estén completamente agotadas y me desplome al suelo,
estaré salvado, porque la familia de Tom me llevará a palacio y demostrará que
no soy de los suyos, sino el verdadero príncipe, y recobraré lo que me
pertenecen Y de vez en cuando volvía a pensar en los malos tratos de que le
habían hecho objeto los muchachos salvajes del Hospicio de Cristo, y se decía:
«Cuando yo sea rey, no solamente se les dará pan y albergue, sino también
enseñanza, porque de poco sirve tener la tripa llena cuando el cerebro y el
corazón están hambrientos. No se borrará nunca de mi memoria lo que me ha
ocurrido hoy; será una lección que jamás olvidaré. Mi pueblo sufre las
consecuencias de su ignorancia, y la instrucción enternece el corazón e induce
al hombre a ser noble y caritativo. »
Las luces de la ciudad comenzaron a parpadear, se puso a llover,
sopló el viento y la noche se volvió cruda y tormentosa. El príncipe sin hogar,
el desamparado heredero del trono de Inglaterra continuaba andando, hundiéndose
más y más en el laberinto de destartalados callejones en que se apiñaba un
hormiguero de pobreza y de miseria.
De repente, un rufián robusto, borracho, le asió por el cuello y
le dijo:
¡Otra vez por la calle a estas horas y sin traer ni un céntimo
a casa! ¡Ya me lo figuro! ¡Si es así, y no te rompo todos los huesos de tu
cuerpo mezquino, es que no soy Juan Canty!
El príncipe se desprendió de sus garras de un tirón, y
frotándose instintivamente su hombro profanado, exclamó con angustiosa
impaciencia:
¡Ah! ¿Sois verdaderamente su padre? ¡Dios quiera que sea así,
pues entonces iréis por él y me restituiréis a mi palacio!
¿Su padre? ¿Qué quieres decir con eso? Lo que sí sé es que so
tu padre, como vas en seguida a comprobar...
¡Oh, no os burléis, no hagáis chanzas, ni os entretengáis!
Estoy muy cansado y herido. No puedo resistir más. ¡Conducidme ante el rey, mi
padre, y él os recompensará enriqueciéndoos como nunca pudisteis soñar!
¡Creedme, no miento, digo la verdad! ¡Ayudadme y salvadme! Soy el príncipe de
Gales.
El hombre le miró asombrado, movió la cabeza y masculló:
Se ha vuelto loco.
Y cogiéndole otra vez por el cuello, con una carcajada
sarcástica y una blasfemia, añadió:
¡Pero loco o cuerdo, yo y tu abuela Canty encontraremos los
sitios más blandos donde tienes los huesos, o no soy un hombre!
Dicho esto arrastró al príncipe, que no dejaba de resistirse
frenéticamente, y desapareció en un patio, seguido por una caterva de
sabandijas humanas que expresaba su regocijo bulliciosamente.
5. Tom en palacio
Tom Canty, al quedar solo en el gabinete del príncipe, supo
aprovechar la ocasión. Comenzó a contemplarse por un lado y por otro delante de
un gran espejo, admirando su esbeltez y su elegancia. Luego anduvo de un lado
para otro imitando al distinguido porte innato del príncipe y sin dejar de
observar el efecto que producía en el cristal. Desenvainó después la preciosa
espada, hizo una reverencia, besó la hoja de acero y se la puso sobre el pecho,
como había visto hacer a un caballero noble, que saludó al lugarteniente de la
Torre, hacía unas cinco o seis semanas, cuando puso en sus manos a los grandes
lores de Norfolk y Surrey en calidad de prisioneros. Tom se puso a juguetear
con la daga adornada con piedras preciosas que pendía de su cinto, examinó los
fastuosos adornos de la estancia, probó uno por uno todos los lujosos sillones,
y pensó cuán orgulloso se sentiría si la grey de Offal Court pudiera asomarse y
verle rodeado de todas aquellas grandezas. Se preguntaba si al volver a su casa
creerían el relato de aquella maravillosa circunstancia, o si moverían la
cabeza dudando, y dirían quizá que su imaginación exaltada había al final
turbado su razón.
Al cabo de media hora se dio cuenta súbitamente de que hacía ya
mucho rato que el príncipe estaba ausente, y en el mismo instante empezó a
sentirse solo. No tardó en ponerse a escuchar ansioso y dejó de jugar con las
bonitas cosas que le rodeaban. Se iba sintiendo cada vez más inquieto, más a
disgusto y más desesperado. Si alguien se presentara en aquel momento pensaba
y lo encontrara allí ataviado con los trajes del príncipe, sin que éste se
hallara presente para explicar lo ocurrido, ¿no le ahorcarían inmediatamente,
sin contemplaciones, para averiguar después lo sucedido? Había oído decir que
los grandes tenían procedimientos muy expeditivos en los asuntos de poca
importancia. Sus temores fueron en aumento, y, tembloroso, abrió cautelosamente
la puerta de la antecámara, decidido a huir para ir en busca del príncipe y
hallar con él protección y libertad. Seis criados distinguidos y lujosamente
trajeados y dos pajes de alto rango, vestidos como mariposas, se pusieron
instantáneamente de pie y le hicieron grandes reverencias. Entonces el muchacho
retrocedió precipitadamente y cerró la puerta, diciéndose:
«¡Oh! Se están burlando de mí. Ahora irán a contarlo todo. ¿Por
qué vine aquí a perder la vida?»
Se puso a andar por el aposento, dominado por indecibles
temores, escuchando y sobresaltándose al más ligero rumor. De pronto se abrió
la puerta y un paje vestido de seda anunció:
La princesa Juana Grey.
Se cerró de nuevo la puerta al mismo tiempo que una linda joven,
ricamente vestida, se dirigió hacia Tom saltando alegremente, pero se detuvo de
pronto, con acento compungido, preguntó:
¡Oh! ¿Qué es lo que os entristece, mi señor?
A Tom le faltó casi el aliento, pero hizo un esfuerzo para
balbucear:
¡Oh! ¡Tenedme compasión! No soy señor, sino únicamente el pobre
Tom Canty del barrio de Offal Court. Os suplico que me permitáis ver al
príncipe, que tendrá a bien devolverme mis andrajos y me dejará salir de aquí
indemne. ¡Tened piedad y salvadme!
Y en esta imploración fervorosa, el muchacho se postró de
rodillas ante la joven, con los ojos y las manos levantadas a tono con la
vehemencia de sus palabras, La joven pareció horrorizada y exclamó:
¡Oh, mi señor! ¡De rodillas... y a mis pies!
Dicho esto, huyó, asustada. Y Tom, anonadado por la
desesperación, se desplomó al suelo, murmurando:
Nadie me ayuda, estoy perdido. Ahora vendrán y se me llevarán
preso.
Mientras yacía allí, paralizado por el terror, corrían por el
palacio muy alarmantes noticias. El susurro (porque era siempre susurro) volaba
de criado en criado, de dama a caballero, por los largos corredores, de piso en
piso y de salón en salón. «¡El príncipe se ha vuelto loco!. » Pronto, en cada
salón, en cada vestíbulo de mármol formaron grupos los caballeros y las señoras
encopetados y también las personas de menor rango, igualmente elegantes,
conversando afanosamente, pero muy quedo, con aire de desaliento.
En aquel momento apareció por entre los grupos un pomposo
oficial que pronunció la solemne proclama:
¡En nombre del Rey! ¡Que nadie dé crédito y divulgue o hable de
esa torpe suposición, bajo pena de muerte! ¡En nombre del rey!
Los cuchicheos cesaron instantáneamente como si los murmuradores
hubieran quedado mudos.
Poco después hubo un murmullo general a lo largo de los
corredores:
¡El príncipe! ¡Mirad, viene el príncipe!
El pobre Tom avanzó lentamente por entre los grupos de
palaciegos que le saludaban con respetuosas reverencias, mientras él trataba de
corresponder a la atención contemplando con humildad aquella extraña escena con
ojos lánguidos y llenos de asombro. A ambos lados de él iban grandes caballeros
nobles que le ofrecían el brazo para sostener sus pasos. Tras del muchacho
venían los médicos de la corte y algunos criados.
Luego Tom entró en una suntuosa sala del palacio, cuya puerta se
cerró así que hubo atravesado el umbral con sus acompañantes. A poca distancia,
delante de él, había un hombre recostado muy alto y obeso, con cara ancha y
abotargada y expresión severa. El pelo de su voluminosa cabeza era
completamente gris, y la barba, que le ceñía el rostro como un marco, era
también canosa. Vestía traje de rica tela, pero vieja y algo deshilachado en
alguno de sus pliegues. Una de sus piernas hinchadas descansaba apoyada sobre
un almohadón y estaba envuelta con vendas. Reinaba el silencio y no hubo cabeza
que no se inclinara con reverencia, excepto la de aquel hombre. Aquel inválido
de rostro sereno era el temido Enrique VIII. Tomó, al empezar a hablar, una
expresión afable y dijo:
¿Cómo va mi señor, mi príncipe Eduardo? ¿Te has propuesto
engañarme, burlar a tu padre, el buen rey, que tanto te quiere y tan bien te
trata, con una lamentable chunga?
El pobre Tom prestó al comienzo de aquella peroración toda la
atención que le permitió la turbación de sus sentidos, pero al oír las palabras
de «el buen rey», palideció y cayó instantáneamente de rodillas, como alcanza o
por un disparo. Entonces, alzando las manos, exclamó:
¿Sois vos el rey? ¡Así pues, estoy perdido!
Estas palabras parecieron desconcertar al monarca. Sus ojos
comenzaron a vagar de rostro en rostro, extraviados, y luego, atontado, se
quedó mirando fijamente al muchacho, y dijo por fin, con tono de profunda
decepción:
¡Ay! Me figuraba que el rumor no tenía visos de verosimilitud,
pero temo que no es así.
Y con un profundo suspiro y voz afable, prosiguió:
Acércate a tu padre, muchacho, no te encuentras bien.
Sostenido por algunos de los presentes, Tom pudo levantarse y se
acercó, humilde y tembloroso, a Su Majestad de Inglaterra. El rey cogió entre
sus manos la cabeza de rostro asustado del muchacho, la contempló un momento
con fijeza y cariño, como si buscara en ella alguna señal de que recobraba la
razón, y estrechándola después tiernamente contra su pecho, dijo:
¿No conoces a tu padre, hijo mío? No destroces el corazón de
este anciano; di que me conoces, ¿no es verdad?
Sí, vos sois mi temido señor rey, que Dios guarde.
Es cierto, es cierto..., está muy bien..., cálmate, no tiembles
de esta manera. No hay nadie aquí que pretenda hacerte daño. Todos te
queremos... ¿Te encuentras mejor? Ha pasado ya la pesadilla, ¿verdad? Y sabes
también quién eres tú, ¿no es eso? ¿No volverás a olvidar quién eres como dicen
que te ha ocurrido hace poco rato?
Suplico a Vuestra Majestad que me crea. He dicho la pura
verdad, mi muy temido señor, pues soy el más insignificante de tus súbditos.
Nací mendigo y me hallo aquí por casualidad y por una muy sensible desgracia en
la que nada hay que reprocharme. Soy demasiado joven para morir, y vos, señor,
podéis salvarme con una sola palabra. ¡Pronunciadla, señor!
¿Morir? Pero no digas eso, mi querido príncipe... ¡Cálmate,
tranquiliza tu corazón trastornado, no morirás!
Tom volvió a caer de rodillas con un grito de alegría.
¡Dios os premie vuestra bondad, oh, rey mío, y os salve para
bien de vuestro reino!
Entonces se puso de pie de un brinco, miró con cara, jubilosa a
los dos palaciegos que le acompañaban y exclamó:
¿Lo habéis oído? No me matarán. Lo ha dicho el rey.
Nadie hizo más movimiento que el de una respetuosa reverencia,
ni fue pronunciada una sola palabra. El muchacho vaciló, algo turbado, y
volviéndose tímidamente hacia el monarca, le preguntó:
¿Me puedo marchar ahora?
¿Marcharte? Naturalmente, si éste es tu deseo... Pero ¿por qué
no te quedas aquí un momento? ¿Adónde quieres ir?
Tom, entornando los párpados, contestó humildemente
Quizá no he comprendido bien, pero me creía libre y me disponía
a ir en busca de la pocilga donde nací y fui criado en la más completa miseria,
pero alberga a mi madre y a mis hermanas, y por eso es mi hogar, mientras que
toda esta fastuosidad a la que no estoy acostumbrado... ¡Oh, señor, dejadme
marchar!
El rey guardó silencio y estuvo largo rato taciturno. Sus
facciones dejaban traslucir la inquietud creciente. Por fin dijo con tono
esperanzado:
Quizá su locura se reduce a este punto, y en todo lo demás
razona cuerdamente. ¡Dios lo haga! Tendremos que hacer la prueba.
Seguidamente hizo una pregunta a Tom en latín y el muchacho le
contestó débilmente en la misma lengua. El rey expresó su satisfacción y lo
mismo hicieron los lores y los médicos. El monarca dijo:
No lo ha hecho con la perfección que exigen su instrucción y su
talento, pero la respuesta demuestra que su cerebro está enfermo, pero no
completamente desquiciado. ¿Qué os parece a vos, doctor?
El médico a quien el soberano consultaba hizo una gran
reverencia y contestó:
Estoy plenamente convencido, señor, de que habéis adivinado la
verdad.
Esta declaración alentadora pareció dejar al monarca muy
complacido, oída de boca de autoridad tan competente, y prosiguió, muy animado:
Ahora fijaos bien todos; vamos a hacer otra prueba.
Dirigió a Tom una pregunta en francés. El muchacho guardó
silencio un momento, turbado al ver todos los ojos que le tenían fija la
mirada, y luego dijo con timidez:
No tengo la menor noción de este idioma, Majestad.
El monarca se dejó caer de espalda en el sofá.
Los criados corrieron en su auxilio, pero apartándolos, dijo:
No me molestéis. No es más que un desfallecimiento sin
importancia. Levantadme y nada más. Acércate, pequeño. Apoya tu pobre cabeza
perturbada sobre el corazón de tu padre y cálmate. Pronto te repondrás. Esto no
es más que un ligero desvarío. No tengas miedo. Pronto recobrarás la salud.
Y volviéndose hacia los presentes, cambié su bondadosa actitud,
y con ojos que lanzaban chispas de mal presagio, exclamó:
¡Oídme todos! Mi hijo está loco, pero su demencia no es
permanente. Es el resultado de un exceso de estudio y también, tal vez, de su
vida de confinamiento. ¡Basta, pues, de libros y de profesores! Que cada cual
cuide de lo que ordeno. Solazadle con juegos deportivos y entretenedle con toda
clase de distracciones amenas, para que pueda recobrar la salud.
Luego, irguiéndose aún con más arrogancia, prosiguió, enérgico:
Está loco, pero es mi hijo y el heredero del trono de
Inglaterra. ¡Loco o cuerdo, reinará! Es más, y oíd bien mis palabras y
proclamadlas por doquier: ¡todo el que comente su enfermedad labora contra la
paz y el orden de mis dominios y será condenado a las galeras! Dadme de
beber..., que me estoy abrasando. Esta pena agota mis fuerzas. Retirad la
copa..., aguantadme. Así está bien. ¿Conque está loco? Pues aunque lo estuviera
de remate, mil veces, no dejaría de ser el príncipe de Gales, y yo el rey lo confirmaré.
Mañana mismo será consagrado en su dignidad de príncipe con el ceremonial
tradicional. Dad las órdenes oportunas inmediatamente, caballero Hertford.
Uno de los nobles palaciegos hincó la rodilla ante el regio
diván, y dijo:
Vuestra Majestad sabe que el gran heraldo hereditario de
Inglaterra se halla encarcelado en la Torre, y no conviene que un prisionero...
¡Silencio! ¡No ofendáis mis oídos con ese nombre odioso! ¿Por
ventura ese hombre ha de vivir eternamente? ¿Se han de poner obstáculos a mi
voluntad? ¿Y tiene que verse el príncipe privado de su dignidad porque,
¡maldita sea!, no hay en el reino un heraldo sin la mácula de la traición para
investirle de sus honores? ¡No, por la gloria de Dios! Ordenad a los miembros
de mi Parlamento que antes de la nueva aurora me traigan la sentencia de muerte
de Norfolk, pues de lo contrario recaerá sobre ellos la sentencia.
La voluntad del rey es ley declaró lord Hertford, y,
levantándose, volvió a ocupar su puesto.
Gradualmente, la expresión de ira del viejo monarca se fue
disipando y dijo:
Dame un beso, querido príncipe. Vamos, ¿qué temes? ¿No soy tu
padre cariñoso?
Sois demasiado bueno para conmigo y no soy digno de vuestra
generosidad. ¡Oh, poderoso y magnánimo señor! Conozco vuestra benevolencia,
pero... pero... me horroriza pensar en el que va a morir, y...
¡Ah! Esos son tus sentimientos, que dicen mucho en tu favor. Sé
que tu corazón continúa siendo el mismo, aunque tu espíritu se haya perturbado,
porque siempre tuviste un temperamento muy bondadoso, pero ese duque se
interpone entre tú y los honores que te corresponden. Pondré en su lugar otro
que no deshonre su elevado cargo. Consuélate, príncipe mío, no tortures más tu
cerebro con este asunto.
Pero ¿no soy yo el que precipita su muerte, señor? A no ser por
mí, ¿cuánto tiempo hubiera vivido?
No te preocupes por él, príncipe mío, que no lo merece. Bésame
otra vez, y ve a jugar y a divertirle, porque mi enfermedad me hace padecer. Ve
con tu tío Hertford y tu séquito, y vuelve a mi lado cuando mi cuerpo sienta
algún alivio.
Llevaron a Tom fuera de la presencia del monarca con el corazón
oprimido, porque la última frase fue un golpe mortal para la esperanza de verse
libre que tenía momentos antes. Nuevamente oyó murmurar: «¡Viene el príncipe,
viene el príncipe! »
Y su ánimo fue decayendo a medida que iba avanzando entre las
dos flamantes hileras de respetuosos cortesanos que le hacían reverencia, pues
se dio cuenta de que ahora era verdaderamente un cautivo, y de que podía quedar
para siempre encerrado en su dorada jaula, como un príncipe abandonado y sin
amigos, a no ser que Dios, siempre bondadoso, se apiadara de él y le dejara en
libertad.
Y hacia dondequiera que se volviese le parecía ver flotando en
el aire el rostro conocido del gran duque de Norfolk en la cabeza cortada del
tronco, con los ojos mirándole fijamente con expresión de profundo reproche.
¡Sus antiguos sueños habían sido muy agradables, pero la
realidad era tan lúgubre!
6. Tom recibe instrucciones
Tom fue conducido al aposento principal de una serie de
estancias fastuosas, donde le hicieron sentar, lo cual le repugnaba en gran
manera, puesto que se hallaban en presencia de caballeros ancianos y de
personas de alto rango. El muchacho les suplicó que se sentaran también, pero
todo el mundo permaneció de pie, limitándose a expresar las gracias muy quedo y
con repetidas reverencias. Se disponía a insistir, pero su «tío» el conde de
Hertford susurró a su oído:
No insistáis, señor, la etiqueta cortesana no admite que se
sienten en vuestra presencia.
Anunciaron a lord Saint John, quien, después de rendir pleitesía
a Tom, dijo:
Vengo por mandato del rey para un asunto privado. ¿Quiere Su
Alteza real dignarse despedir a los presentes, excepto mi señor el conde de
Hertford?
Observando que Tom parecía no saber cómo salir del paso,
Hertford le dijo en voz baja que hiciera una seña con la mano y no se molestase
en hablar a menos que le pareciera bien hacerlo. Cuando se hubieron retirado
los allí presentes, lord Saint John dijo:
Su Majestad ordena que, por poderosas razones de Estado,
Vuestra Alteza tiene que ocultar su enfermedad por todos los medios que se
hallen a su alcance, hasta que recobre la salud y Vuestra Alteza vuelva a ser
el mismo de antes. Por lo tanto, Vuestra Alteza no negará a nadie que es el
verdadero príncipe y heredero de la grandeza de Inglaterra, mantendrá alta su
dignidad principesco, y acogerá sin palabra ni ademán de protesta, la
reverencia y pleitesía que se le deben por derecho y por antigua costumbre; no
habrá de hacer mención a nadie de ese origen y de esa vida miserables que su
dolencia ha creado falsamente en su imaginación sobrecargada; tendrá, además,
que procurar urgentemente recordar los rostros conocidos, y cuando no lo
consiga, guardará silencio, sin descubrir con expresión de sorpresa o en
cualquiera otra forma que los ha olvidado; y en las ceremonias de Estado,
siempre que ignore lo que tiene que hacer o decir, no demostrará la menor
inquietud a los espectadores curiosos, sino que habrá de pedir consejo sobre el
particular a lord Hertford o a mí mismo, vuestro humilde servidor, que tenemos
mandato del rey para tal servicio y que habremos de estar siempre al lado de
Vuestra Alteza hasta que quede anulada la presente orden. Así lo dispone Su Majestad
el rey, que envía sus saludos a Vuestra Alteza Real y ruega a Dios que le
conceda la gracia de devolver la salud prontamente a Vuestra Alteza y de
teneros ahora y siempre bajo su santa protección.
Lord Saint John hizo una reverencia y se apartó a un lado. Tom
contestó resignadamente:
El rey lo ha ordenado. Nadie puede desobedecer los mandatos del
soberano, ni ajustarlos a su propia conveniencia, como tampoco puede burlarlos
con pícaras evasivas cuando éstos le resultan enojosos. El rey será obedecido.
Entonces lord Hertford dijo:
Respecto a lo que acaba de ordenar Su Majestad el rey sobre los
libros y otras cosas serias, ¿le sería W vez grato a Vuestra Alteza pasar el
tiempo con tranquilas diversiones, con objeto de que al asistir al banquete no
se sienta fatigado?
Las facciones de Tom expresaron extrañeza y cierto rubor al ver
que los ojos de lord Saint John se fijaban en él, apesadumbrados. Su Excelencia
dijo:
La memoria os es todavía infiel, pues habéis demostrado
sorpresa, pero no os preocupéis, porque es un defecto que quedará corregido tan
pronto como hayáis mejorado vuestra dolencia. Milord de Hertford se refiere al
banquete de la ciudad, al cual Su Majestad el rey prometió que asistiría
Vuestra Alteza, hará cosa de dos meses... ¿No os acordáis ahora?
Lamento tener que confesar que lo he olvidado contestó el
muchacho, vacilando y poniéndose colorado.
En aquel preciso momento fue anunciada la presencia de la
princesa Isabel y de la princesa Juana Grey. Los dos lores cambiaron una mirada
significativa y Hertford avanzó rápidamente hacia la puerta. Cuando las jóvenes
pasaron por delante de él, les dijo muy quedo:
Os ruego, altezas, que no hagáis caso de su estado de ánimo y
de sus extravagancias, pues os dolerá notar que tropieza con toda clase de
futilezas.
Mientras tanto, lord Saint John susurraba al oído a Tom:
Os suplico, señor, que no olvidéis el deseo de Su Majestad.
Haced lo posible para recordarlo todo... y fingid recordar lo que no os venga a
la memoria. Procurad que no se den cuenta de cuán cambiado estáis comparado con
vuestro modo de ser de antes, pues ya sabéis cuán tiernamente os tienen en su
corazón vuestros antiguos compañeros de juegos y cuál sería la pesadumbre que
les causaríais. ¿Queréis, señor, que me quede a vuestro lado... y vuestro tío
también?
Tom expresó su asentimiento con un ademán y una palabra
murmurada muy quedo, pues iba aprendiendo ya lo que tenía que hacer, y su
corazón ingenuo estaba decidido a salir lo más airosamente posible en lo que el
rey le había ordenado.
A pesar de todas las precauciones, la conversación entre los
jóvenes fue en algunos momentos bastante embarazoso. En efecto, en más de una
ocasión, Tom estuvo a punto de confesar su incapacidad para representar aquel
papel terrible, pero le salvó el tacto de la princesa Isabel o una simple
palabra de uno u otro de los dos lores vigilantes, pronunciada, aparentemente,
como por casualidad. Una de las veces, la princesita Juana se volvió de cara a
Tom y le aturrulló con esta pregunta:
¿Habéis presentado ya hoy vuestros respetos a Su Majestad la
reina, señor?
Tom vaciló, se mostró apurado, y estaba a punto de decir
cualquier cosa, fuere o no acertada, cuando lord Saint John tomó la palabra
para contestar por él, con la soltura del cortesano acostumbrado a afrontar
situaciones delicadas y a saber salir del paso.
Sí, en efecto, señora, y Su Majestad la reina le ha animado
mucho respecto al estado de salud de Su Majestad el rey. ¿Verdad, señor?
Tom barboteó unas palabras muy confusas que fueron interpretadas
como una aquiescencia a lo dicho por el cortesano, pero comprendió que iba por
un terreno peligroso. Poco después se habló de que Tom abandonaría
interinamente sus estudios, y la princesita exclamó:
¡Qué lástima! ¡Qué lástima! ¡Tantos progresos que hacíais! Pero
tened paciencia, porque esto no durará mucho tiempo. No tardaréis en tener
tantos conocimientos como vuestro padre y en dominar tantos idiomas como él, mi
buen príncipe.
¡Mi padre! exclamó Tom, que estaba en aquel instante
distraído. Estoy seguro que no sabe hablar ni su propia lengua más que para
que le entiendan únicamente los cerdos que hay en el cuchitril. Y en lo tocante
a otra clase de instrucción...
Alzó los ojos y vio una solemne advertencia en la mirada de
milord Saint John.
Guardó silencio, se sonrojó, y luego prosiguió lenta y
tristemente:
¡Ah, vuelve a perseguirme mi dolencia y mi espíritu desvaría!
No he pretendido manifestar irreverencia para con Su Majestad el rey.
Ya lo sabemos, señor repuso la princesa Isabel, cogiendo entre
las suyas la mano de su «hermano», respetuosamente, pero con cariño. No os
turbéis por eso. La culpa no es vuestra, sino de la enfermedad que sufrís.
Sois muy amable al consolarme de esta manera, encantadora joven
contestó Tom, agradecido, y mi corazón me induce a daros las gracias, si es
que puedo ser tan atrevido.
Una vez la atolondrada princesita Juana dijo a Tom una sencilla
frase en griego. La perspicacia de la princesa Isabel comprendió en seguida por
la serena impasibilidad de la frente de Tom que la flecha no había dado en el
blanco, y soltó tranquilamente una verdadera andanada de griego a favor de Tom
y en seguida desvió la conversación hacia otro tema.
En general, el tiempo transcurrió agradablemente y sin
dificultades. Los escollos y los arrecifes fueron cada vez menos frecuentes, y
Tom se sintió poco a poco más a sus anchas al ver que todos estaban tan
cariñosamente dispuestos a auxiliarle y a pasar por alto sus equivocaciones.
Cuando se traslució que las damitas le acompañarían por la noche al banquete
ofrecido al alcalde de la ciudad, el corazón le dio un salto de consuelo y de
alegría, pues pensó que ahora, entre toda aquella multitud de extranjeros, no
se hallaría falto de amigos, mientras que una hora antes, la sola idea de que
las dos princesas iban a acompañarle le hubiera causado un terror insoportable.
Los ángeles guardianes de Tom, los dos lores, habían estado
menos tranquilos durante la entrevista que los demás personajes que a ella
asistieron. Les parecía que estaban gobernando el timón de una gran embarcación
por un canal muy peligroso. Estaban ojo avizor constantemente y se daban cuenta
de que su misión no era un juego de niños. Por consiguiente, cuando la visita
de las jóvenes tocaba ya a su fin, y fue anunciada la presencia de lord
Guilford Dudley, no sólo pensaron que habían llevado a cabo su cometido
suficientemente, sino que, además, no se hallaban en la mejor de las
disposiciones para poner su barco rumbo al punto de partida y emprender de
nuevo una angustiosa travesía. Por lo tanto, aconsejaron respetuosamente a Tom
que se excusara, lo que éste hizo de muy buena gana, aunque habría podido
observarse una leve sombra de decepción en el semblante de la princesa Juana,
cuando oyó que le era negada la admisión al elegante joven.
Hubo una pausa, un silencio expectante, que Tom no acertó a
comprender. Miró a lord Hertford, y éste le hizo una seña, pero tampoco logró
entenderla. Isabel acudió en su auxilio con su despejada donosura habitual.
Hizo una reverencia y dijo:
¿Tenemos permiso de Su Alteza, mi hermano, para marcharnos?
Tom contestó:
Vuestras señorías pueden obtener de mí todo cuanto gusten con
sólo pedirlo, pero preferiría concederos cualquier otra cosa que estuviera en
mis pobres atribuciones antes que autorizaros para privarme de la luz y el
deleite bienhechor de vuestra presencia. ¡Dios os guíe y esté siempre con
vosotras!
Dicho esto, sonrió, pensando:
«No en vano viví únicamente entre príncipes en mis lecturas y
aprendí en ellas el florido léxico de la realeza. »
Cuando las ilustres damitas se hubieron retirado, Tom se volvió
con aire fatigado a sus guardianes, y dijo:
¿Tendrán vuestras señorías la amabilidad de permitirme que me
vaya a descansar en cualquier rincón?
A Vuestra Alteza le corresponde mandarnos a nosotros obedecer.
En efecto, es necesario que descanséis, puesto que muy en breve tenéis que
emprender el viaje a la ciudad.
Tocó una campanilla y se presentó un paje, a quien se dio orden
de llamar a sir William Herbert. Este caballero apareció inmediatamente y
condujo a Tom a un aposento interior. El primer gesto de Tom fue alcanzar un
vaso de agua, pero antes que él, lo cogió un criado vestido de seda y
terciopelo que, hincando la rodilla, se lo ofreció en una bandeja de oro.
Luego, el fatigado cautivo se dispuso a quitarse las zapatillas,
después de pedir permiso con una mirada tímida, pero otro criado, igualmente
vestido de seda y terciopelo, se arrodilló también ante él y le ahorró aquella
molestia. El muchacho intentó dos o tres veces más servirse a sí mismo, pero
como siempre se le anticipaban con presteza, acabó por ceder con un suspiro de
resignación y murmuró:
¡Me asombra que no se empeñen también en respirar por mi
cuenta!
En babuchas y envuelto en lujosa bata, se tendió por fin para
descansar, pero no pudo dormir, porque su cabeza bullía de pensamientos y la
habitación estaba demasiado llena de gente. Como no podía librarse de los
primeros, éstos continuaron en su cerebro, y no teniendo bastante tacto para
despedir a los segundos, también éstos se quedaron allí con gran contrariedad
del príncipe... y de ellos mismos.
Al retirarse Tom habían quedado solos sus dos guardianes, que
estuvieron durante un momento meditabundos, paseando por la estancia, moviendo
repetidamente sus respectivas cabezas, y, de pronto, lord Saint John dijo:
Francamente, ¿qué estáis pensando?
Pues francamente estoy pensando que el rey se halla en el
umbral de la muerte. Mi sobrino está loco..., loco subirá al trono, y
continuará demente. ¡Dios proteja a Inglaterra, que mucho lo necesitará!
Así parece, en verdad, pero... ¿no os asaltan las dudas sobre
si..., no presentís que... ?
El personaje vacilaba y acabó por guardar silencio.
Evidentemente, se daba cuenta de que pisaba un terreno resbaladizo. Lord
Hertford se quedó parado delante de él, le miró el rostro fijamente, con ojos
de franqueza, y dijo:
Proseguid..., nadie puede oírnos..., ¿dudáis respecto a qué?
Me repugna manifestar lo que estoy pensando, mucho más, puesto
que vos sois de su misma sangre, milord... pero después de pediros disculpa, si
es que os ofendo, me permitiré preguntamos: ¿no os parece extraño que la
demencia pueda haber cambiado hasta tal punto su porte y sus modales? No es que
su actitud y sus palabras no corresponden a las de un príncipe, pero difieren
siempre en una u otra cosa insignificante de las que le eran peculiares al
príncipe anteriormente. ¿No os parece inexplicable, por ejemplo, que la locura
haya borrado de su memoria las inconfundibles facciones de su padre, las
costumbres y las observancias que a éste le deben todos los que le rodean, y
que, dejándole el latín, le haya hecho olvidar el griego y el francés? No os
ofendáis, milord, pero calmad mi inquietud y recibid ya por ello mis más
expresivas gracias. No puedo olvidar su insistente afirmación de que no es el
príncipe y, naturalmente...
Callad, milord, porque vuestras palabras indican traición.
¿Olvidasteis el mandato del rey? Recordad que al escuchaos me hago cómplice de
vuestro crimen.
Saint John palideció y se apresuró a añadir:
He faltado, lo confieso. Pero que vuestra cortesía me conceda
la gracia de no delatarme. No volveré a hablar de eso, ni siquiera a pensarlo.
No os mostréis inclemente para conmigo, milord, pues de lo contrario estoy
perdido.
Estoy satisfecho, milord, y si no faltáis de nuevo, aquí o en
presencia de otras personas, será como si no hubierais dicho ni una palabra.
Pero no debéis sentir recelos; es hijo de mi hermana. ¿No me son familiares
desde que nació, su voz, sus facciones y toda su figura? La locura puede
producir esos extraños fenómenos que notáis en él y muchos más todavía. ¿Por
ventura habéis olvidado que el viejo barón Marley, al volverse loco, olvidó su
propio modo de ser, al que estaba acostumbrado desde hacía sesenta años, hasta
el extremo de creer que sus maneras eran las de otra persona? Como sabéis,
afirmaba que era el hijo de María Magdalena, y que su cabeza era de vidrio
español. Por cierto que no podía sufrir que nadie le tocara, por temor de que
una mano atolondrada pudiera romperle la cabeza por inadvertencia. Dejaos de
presunciones y de sospechas, mi buen milord. Este es el príncipe auténtico...
le conozco perfectamente, y no tardará en ser vuestro rey. Os conviene pensar
más en esto que en lo otro...
Después de un rato más de conversación, durante la cual lord
Saint John enmendó su yerro lo mejor, que pudo con repetidas protestas de que
su fe quedaba desde aquel momento completamente arraigada y que, por lo tanto,
no podría sentir nuevos recelos, lord Hertford relevó a su compañero de
custodia, y continuó la vigilancia solo. No tardó en quedar sumido en una
profunda meditación, y era evidente que, cuanto más reflexionaba, más
aturrullado se sentía. De pronto, comenzó a pasear por la estancia y a murmurar
para sí:
¡Ah, sí, debe ser el príncipe! ¿Puede haber en el reino alguien
capaz de sostener la posibilidad de que existan dos seres tan maravillosamente
iguales sin haber nacido en la misma cuna ni ser le la misma sangre? Y aunque
fuera así, resultaría aún milagro más extraño que la casualidad hubiese puesto
el uno en el lugar del otro. No, ¡es locura, locura, locura!
Y luego siguió diciendo para sus adentros:
Porque si fuese un impostor y se llamara príncipe, sería cosa
muy natural, muy lógica, pero ¿hubo por ventura alguna vez en que alguien, al
ser llamado príncipe por el rey, por toda la corte y por todo el mundo, negara
su dignidad y suplicase que prescindieran de su exaltación? ¡No! ¡Ni pensarlo!
Decididamente, éste es el verdadero príncipe que se ha vuelto loco.
7. La primera comida regia de Tom
Poco después de la una de la tarde, Tom sufrió resignadamente la
tradicional costumbre palaciega de que le vistieran para comer. Se vio cubierto
de ropas tan ricas como las que llevaba momentos antes, pero todas distintas,
todas cambiadas, desde la golilla hasta las medias. Luego fue conducido
pomposamente a una sala espaciosa decorada con gran fastuosidad, en la que
había ya una mesa preparada para una sola persona. El servicio era de oro
macizo, embellecido con dibujos que le daban un valor incalculable, puesto que
eran obra del famoso Benvenuto Cellini. La estancia estaba medio llena de
nobles servidores. Un capellán bendijo la mesa, y Tom se disponía a caer sobre
ella con avidez, impulsado por el hambre, que era crónica en él desde hacía
mucho tiempo, cuando fue retenido por milord el conde de Berkeley, que le
sujetó una servilleta alrededor del cuello, porque el elevado cargo de
Mantelero de Su Alteza el Príncipe de Gales era hereditario en la familia de
aquel noble. Se hallaba allí presente el copero del príncipe que se anticipaba
solícito a todas las tentativas de Tom de servirse vino. También estaba allí el
catador de Su Alteza el Príncipe de Gales, dispuesto a probar, si así se lo
ordenaban, cualquier manjar que pareciera sospechoso, corriendo el riesgo de
envenenarse. En la referida época no era más que un apéndice decorativo, y eran
muy raras las veces que tenía que cumplir el cometido que le imponía su
profesión; pero había habido épocas, y no precisamente muy remotas, en que el
oficio de catador tenía sus peligros y no era un alto cargo muy envidiable.
Parece extraño que no echaran mano de un perro o de un plebeyo cualquiera, pero
todas las costumbres de la realeza son singulares. Milord d'Argy, primer paje
de cámara, también se hallaba en la sala, Dios sabrá el porqué de su presencia,
pero allí estaba, y esto basta. El lord jefe despensero estaba igualmente allí,
de pie detrás de la silla que ocupaba Tom, vigilando el servicio, bajo las
órdenes del lord primer mayordomo y del lord cocinero-jefe, también de pie a
poca distancia. Además de éstos, Tom tenla a su servicio trescientos ochenta y
cuatro criados, que no estaban, naturalmente, todos presentes en la sala, ni
siquiera la cuarta parte, de los mismos y cuya existencia Tom ignoraba.
Todos los que se hallaban allí presentes habían sido severamente
advertidos de que no tenían que olvidar que el príncipe sufría demencia
temporal y no debían demostrar sorpresa ante sus antojos extravagantes. Estos
antojos no tardaron en ponerse de manifiesto a los criados, en quienes no
despertaron hilaridad, sino compasión y pesadumbre. Se sintieron profundamente
afligidos al ver a su amado príncipe en tan lamentable estado.
El pobre Tom comía casi siempre con los dedos, pero sus modales
vulgares no hacían sonreír a nadie y todos fingían no verlos. Se quedó
observando con interés y curiosidad su servilleta, porque era una pieza de
tejido muy hermoso y fino y dijo con ingenuidad:
Lleváosla, os lo ruego, porque tengo miedo de mancharla
distraídamente.
El mantelero hereditario retiró la servilleta con actitud
respetuosa sin pronunciar palabra u objeción de ninguna clase.
El muchacho examinó con mucho interés los nabos y la lechuga y
preguntó qué era aquello y si era comestible; y su ignorancia no era de
extrañar, porque hacía poco tiempo que se había comenzado a cultivar aquella
especie de vegetales en Inglaterra, en vez de importarlos de Holanda como
artículo de lujo. La pregunta de Tom fue contestada con profundo respeto y sin
demostrar sorpresa. Cuando hubo terminado los postres, el muchacho llenó sus
bolsillos de nueces, pero nadie pareció prestar atención a lo que estaba
haciendo. Pero unos momentos después, fue él quien se mostró contrariado,
porque se dio cuenta de que aquél había sido el único servicio que durante la
comida le hablan permitido llevar a cabo por sus propias manos, y no le cabía
duda de que acababa de cometer una incorrección impropia de un príncipe. En
aquel preciso instante, su nariz tuvo un temblor nervioso, y en esta situación
Tom comenzó a dar señales de hallarse muy apurado. Miró con aire suplicante
primero a uno y después a otro de los lores que se hallaban a su lado, y
asomaron lágrimas en sus ojos. Los lores, acercándose más a él con la ansiedad
pintada en el rostro, le rogaron que les indicara cuál era el motivo de su
disgusto. Tom dijo con verdadera angustia:
Pido vuestra indulgencia, pero la nariz me pica a rabiar...
¿Cuáles son los usos y costumbres en este caso? ¡Contestad pronto, porque no
voy a poder aguantarlo mucho rato!
Nadie sonrió. Todos se quedaron perplejos y se miraron unos a
otros pidiéndose consejo, atribulados. No hay que olvidar que aquella
circunstancia era algo así como un muro enorme y la historia inglesa no
explicaba la manera de franquearlo. No se hallaba presente el maestro de
ceremonias y no había nadie que se aventurara a meterse en aquel mar
inexplorado o se atreviera a correr el riesgo de intentar solucionar un
problema de tal trascendencia. ¡Ay, no había rascador hereditario! Entretanto,
las lágrimas habían desbordado su dique y empezaban a deslizarse por las
mejillas de Tom. La nariz contraída de éste estaba pidiendo auxilio con más
urgencia que nunca. Por fin, la Naturaleza derribé las barreras de la etiqueta.
Tom elevó mentalmente una plegaria de perdón por si estaba obrando mal, y
tranquilizó los angustiosos corazones de sus cortesanos decidiéndose a rascarse
la nariz por sí mismo.
Al terminar la comida, se presentó un lord con una ancha jofaina
de oro que contenía fragante agua de rosas, para que el príncipe se enjuagara
la boca y se lavara los dedos, y milord el mantelero hereditario se acercó y le
ofreció una servilleta para secarse. Tom miró intrigado la jofaina durante unos
dos segundos, y luego la cogió, y, acercándola a sus labios, bebió gravemente
un sorbo. Pero se la devolvió en seguida al lord y le dijo:
No me gusta, milord. Tiene un aroma agradable, pero le falta
fuerza.
Esta nueva extravagancia de la mente perturbada del príncipe
dejó muy apesadumbrados los corazones de todos los presentes, y el triste
espectáculo, a la vez grotesco, no despertó la hilaridad de nadie.
La siguiente torpeza inconsciente de Tom fue levantarse y
abandonar la mesa en el preciso momento en que el capellán se situaba detrás de
la silla del príncipe, y con las manos levantadas y los ojos en alto, pero con
los párpados medio entornados, se disponía a comenzar la acción de gracias. Sin
embargo, nadie pareció darse cuenta de que el príncipe acababa de cometer un
acto indebido.
A petición suya, nuestro amigo fue conducido a su gabinete
particular, donde le dejaron solo y a sus anchas. De unos garfios que había en
el friso de madera pendían varias piezas de una bruñida armadura de acero, toda
cubierta de hermosos dibujos exquisitamente incrustados de oro. Aquella
panoplia marcial pertenecía al verdadero príncipe, y era un regalo reciente de
madame Parr, la reina. Tom se puso las grebas, los guanteletes, el yelmo
empenachado y todas las demás piezas de que pudo revestirse sin valerse de
nadie y hubo un momento en que sintió la tentación de llamar para que le
ayudaran a completar su singular atavío. Pero de pronto se acordó de las nueces
que se había reservado durante la comida, y pensó con alegría que iba a poder
comérselas sin que nadie le estuviera contemplando y sin grandes hereditarios
que le importunaran con sus atenciones oficiosas que él no requería. Volvió,
pues, a colocar las flamantes piezas en su lugar respectivo, y en seguida se
puso a cascar nueces, sintiéndose, naturalmente, feliz por primera vez desde
que Dios le había convertido en príncipe como castigo por sus pecados. Cuando
hubo terminado de comerse las nueces, se fijó en unos libros llamativos que
había en una estantería, y entre los cuales figuraba uno relativo a la etiqueta
en la corte de Inglaterra. Aquello era un hallazgo afortunado. El muchacho
cogió el volumen, se tendió en un suntuoso diván y comenzó a hojearlo para
instruirse con honrada intención y muy fervoroso celo. Dejémosle, pues, ahí por
ahora.
8. La cuestión del sello
A eso de las cinco, Enrique VIII despertó después de una siesta
agitada, y murmuró para sí:
«¡Pesadillas, pesadillas! Mi fin se acerca. Así lo anuncian esas
advertencias de mal presagio y mi pulso débil lo confirma. »
Y con ojos que lanzaban chispas de perversidad, añadió:
«Sin embargo, no moriré antes de que él me preceda. »
Al observar sus servidores que el monarca estaba despierto, uno
de ellos le preguntó qué se debía hacer con el lord canciller que estaba
esperando.
¡Que pase, que pase! exclamó el rey, con vehemencia.
El lord canciller entró y fue a arrodillarse ante el lecho del
soberano, diciendo:
He dado las órdenes oportunas y, cumpliendo los mandatos de Su
Majestad, los pares del reino, en traje de ceremonia, se hallan en estos
momentos en los estrados de la Cámara, donde después de confirmar la sentencia
contra el duque de Norfolk, esperan humildemente lo que se digne disponer Su
Majestad.
En las facciones del monarca se reflejó una alegría feroz. Este
dijo:
¡Levantadme! Quiero ir al Parlamento para sellar allí con mi
propia mano la orden que ha de librarme de
Su voz se fue apagando y una palidez cenicienta borró el color
de sus mejillas. Sus servidores se apresuraron a recostarle cómodamente sobre
sus almohadas y le administraron diversos reconstituyentes.
Al cabo de un rato, el monarca, apesadumbrado, dijo:
¡Ay! ¡Con qué impaciencia he estado esperando este momento
delicioso! Y ahora llega demasiado tarde y me veo privado de aprovechar una
ocasión tan anhelada. ¡Pero no tengo tiempo que perder! ¡Que cumplan otros el
feliz cometido que yo no puedo realizar! Voy a entregar mi gran sello a la
comisión, y a elegir los lores que han de formarla para que actúen
inmediatamente. ¡Pronto, pronto! Antes de que el sol salga y se ponga de nuevo,
que me traigan su cabeza para que yo pueda verla.
Todo se hará de conformidad con lo que Su Majestad ordena dijo
el lord canciller. Pero ¿os dignaréis ordenar que me sea devuelto el sello
para que yo pueda resolver el asunto?
¡El sello! ¿Quién guarda el sello sino vos?
Recuerde Vuestra Majestad que me lo quitó hace dos días y me
dijo que no haría falta para nada hasta que la propia mano de Vuestra Majestad
lo empleara para sellar la sentencia contra el duque de Norfolk.
Sí, en efecto, así lo hice, lo recuerdo. Pero ¿dónde guardé el
sello? Estoy muy débil... Estos últimos días la memoria me falla muy a menudo.
Es extraño, muy extraño...
El rey se puso a balbucear vocablos inarticulados, moviendo de
vez en cuando ligeramente su cabeza canosa, esforzándose en recordar qué había
hecho del sello. Por fin milord Hertford se aventuró a arrodillarse y a ofrecer
detalles informativos.
Perdonad mi atrevimiento, señor, pero varios de los presentes
recordarán, sin duda, como yo mismo, que pusisteis el gran sello en manos de Su
Alteza el príncipe de Gales para que lo guardase hasta el día en que...
¡Es verdad, muy cierto! interrumpió el rey. ¡Id por él,
corred, que el tiempo pasa volando!
Lord Hertford salió aceleradamente en busca de Tom, pero no
tardó en volver a presentarse ante el rey, turbado y con las manos vacías, y
explicó lo siguiente:
Lamento profundamente, señor mío y rey, traeros tan malas
noticias, pero la voluntad de Dios es que la dolencia del príncipe subsista
todavía, y Su Alteza no puede recordar que le fue entregado el sello. Por eso
he venido inmediatamente a comunicároslo, pues creí que sería perder un tiempo
precioso intentar registrar la larga serie de gabinetes, dormitorios y salones
que pertenecen a Su Alteza...
Un quejido del rey vino a interrumpir al lord en este punto, y
al cabo de un rato Su Majestad dijo, con tono de profunda melancolía:
¡No le molestéis más, pobre muchacho! La mano de Dios pesa con
fuerza sobre él, mi corazón se deshace en cariñosa compasión y sufro
horriblemente al pensar que no me es posible librarle de esa carga poniéndola
sobre mis viejos hombros agobiados para devolverle la paz.
Cerró los ojos, se puso a murmurar y acabó guardando silencio.
Al cabo de un rato volvió a abrirlos, miré vagamente a su alrededor, y al vean
que el lord canciller estaba todavía allí arrodillado, su rostro se encendió de
cólera y gritó:
¿Aún estáis aquí? Por la gloria de Dios, que si no vais a
escape a solventar el asunto de ese traidor, vuestra mitra holgará mañana por
no tener cabeza que ceñir.
El canciller contestó temblando:
Imploro el perdón de Vuestra Majestad, pero estaba esperando el
sello.
¿Habéis perdido el juicio? El sello pequeño que yo acostumbraba
antes a llevar conmigo cuando me ausentaba, está en mi tesoro, y puesto que el
gran sello se ha perdido, ¿no bastará el pequeño? ¿Habéis perdido el juicio?
Idos y no olvidéis... que no tenéis que volver aquí hasta que me traigáis su
cabeza.
El pobre canciller no tardó en alejarse de aquella peligrosa
vecindad. Tampoco perdió tiempo la comisión en dar el beneplácito real a la
obra del Parlamento esclavizado y en fijar la fecha del día siguiente para la
decapitación del primer par de Inglaterra, el infortunado duque de Norfolk.
9. El festival en el río
A las nueve de la noche, toda la extensa ribera del Támesis
frente al palacio resplandecía con vivos fulgores de iluminación fastuosa. El
mismo río, en toda la distancia que podía alcanzar la vista en dirección a la
ciudad, estaba tan lleno de botes y barcas de recreo, adornados con farolillos
de colores y movido suavemente por las olas, que parecía un inmenso jardín de
flores mecidas por el aire estival. La gran terraza, cuya escalinata de
peldaños de piedra servía de embarcadero, era lo bastante espaciosa para dar
cabida a todo el ejército de un principado alemán, era un espectáculo digno de
verse, con sus filas de alabarderos que ostentaban sus bruñidas armaduras y
toda una pléyade de servidores lujosamente trajeados, que iban de un lado a
otro con la presteza de los preparativos urgentes.
De pronto se dio una orden e inmediatamente no quedó ni un alma
en los peldaños de la escalinata. Había gran expectación. Hasta donde alcanzaba
la vista, se observaba que los ocupantes de los botes se levantaban, y,
protegiendo sus ojos contra el excesivo resplandor de faroles y antorchas,
dirigían la mirada hacia palacio.
Una hilera de unas cuarenta a cincuenta barcas vino a atracar en
el embarcadero de la terraza. Iban ricamente adornadas y sus proas y popas
encasilladas lucían primorosas esculturas. Algunas iban empavesadas con
banderas y gallardetes, otras lucían brocados y tapices con escudos de armas, y
en muchas flotaban banderolas de seda con innumerables campanillas de plata,
formando una cascada de sones armoniosos, y otras, en fin, de mayores
pretensiones, pues pertenecían a nobles al servicio inmediato del príncipe,
tenían sus costados pintorescamente protegidos por flamantes escudos
fastuosamente blasonados de armas e insignias. Cada una de estas suntuosas
barcas iba remolcada por un bote. Además de los remeros, iban en el bote cuatro
hombres con cascos, corazas y armas relucientes y también una banda de música.
Apareció luego un grupo de alabarderos, vanguardia del esperado
desfile, que se situó en el amplio portal de la terraza. Formaban dos largas
hileras que llegaban hasta el borde del agua. Luego fue extendida una grueso
alfombra de rayas entre las dos referidas hileras de alabarderos, colocada allí
cuidadosamente por criados que iban ataviados con libreas escarlata y oro,
colores distintivos del príncipe. Una vez hecho esto, resonó un toque armonioso
de trompetas y siguió en seguida un alegre preludio ejecutado por los músicos
de las barcas. Dos ujieres con sendas varas blancas salieron del anchuroso
portal con paso lento y solemne. Iban seguidos por un oficial que llevaba la
maza cívica, detrás del cual iba otro con la espada de la ciudad. Luego varios
sargentos de la guardia de la villa y el rey de armas, seguidos de varios
caballeros de la Orden del Baño, que ostentaban un lazo blanco en la manga, y
tras de ellos sus escuderos, después los jueces con sus togas escarlata y sus
pelucas, el lord gran canciller de Inglaterra, una comisión de regidores y,
finalmente, los jefes de las distintas compañías cívicas en traje de ceremonia.
Bajaron después por la escalinata doce caballeros franceses que vestían ricos
jubones de damasco blanco listado de oro y capas cortas de terciopelo carmesí,
forradas de tafetán violeta. Constituían el séquito del embajador de Francia e
iban seguidos por doce caballeros del sé quito del embajador de España, con
traje de terciopelo negro sin el menor adorno. Detrás de éstos venían varios
grandes nobles ingleses con toda su servidumbre.
Se dejó oír nuevamente el toque de las trompetas, y el tío del
príncipe, el futuro gran duque de Somerset, salió de la verja ataviado con un
jubón negro bordado de oro y una capa de raso carmesí con flores también de
oro, ribeteada de redecilla de plata y, quitándose su sombrero de plumas, se
volvió, hizo una muy parsimonioso reverencia, y empezó a bajar de espaldas;
saludando a cada paso. Siguió un prolongado y muy sonoro toque de trompetas, y
una voz gritó, « ¡Paso a Su Alteza Real, el lord Eduardo, príncipe de Gales! »
En lo alto de los muros de palacio se vio en seguida una larga hilera de rojas
lenguas de fuego y, simultáneamente, se dejó oír un estruendo atronador; la
multitud apiñada en el río prorrumpió en un griterío de bienvenida entusiasta Y
ensordecedora; y Tom Canty, el admirado personaje objeto de todo aquel júbilo
ruidoso, apareció a la vista de todos e hizo con su cabeza principesco una
ligera reverencia.
Iba magníficamente ataviado, con un justillo de raso blanco,
pechera de púrpura y oro con diamantes y ribetes de armiño. Sobre el justillo
llevaba una capa de blanco brocado de oro, cubierto con un sombrero rematado
por un penacho de tres plumas, forrado de raso azul y adornado con perlas y
piedras preciosas, y sujetado con un broche de brillantes. De su cuello pendía
la insignia de la Orden de la Jarretera y ostentaba también varias
condecoraciones extranjeras, y cada vez que le daba la luz, las joyas
resplandecían con deslumbrantes destellos. ¡Oh, Tom Canty, nacido en una
pocilga, criado en el arroyo de Londres y familiarizado con los andrajos, la
inmundicia y la miseria! ¿Qué espectáculo es ése?
10. Los apuros del príncipe
Dejamos a Juan Canty arrastrando al verdadero príncipe a Offal
Court, seguido por la plebe entregada al bullicio y a la hilaridad. No hubo
entre la turba más que una persona que elevara la voz en favor del cautivo,
pero no fue escuchada, ni apenas pudo oírse en medio de aquel enorme barullo.
Continuó el príncipe luchando por su libertad y protestando por el brutal trato
de que se le hacía objeto, hasta que Juan Canty perdió la poca paciencia que le
quedaba y con repentino furor levantó su estaca de roble sobre la cabeza del
príncipe, disponiéndose a asestarle un golpe. El único defensor del muchacho
dio un salto para detener el brazo de aquel bruto y recibió el golpe en su
propia muñeca. Canty refunfuñó:
¿Pretendes entrometerte? ¡Pues ahí tienes tu recompensa!
La estaca cayó sobre la cabeza del mediador. Se oyó un gemido, y
un cuerpo se desplomó al suelo entre los pies de la multitud, y pocos momentos
después yacía allí solo en la oscuridad. La turba siguió dándose empellones sin
que su algazara fuese interrumpida por aquel incidente.
Poco después, el príncipe se hallaba en la morada de Juan Canty,
con la puerta cerrada para alejar a los curiosos. A la tenue luz de una bujía
de sebo ajustada en una botella, contempló los detalles del inmundo cubinche y
sus moradores. Dos muchachas desgreñadas y una mujer de edad madura estaban
acurrucados en un rincón, apoyadas en la pared, con el aspecto de animales
acostumbrados a los malos tratos, que están siempre esperando con temor. En
otro rincón había una bruja cubierta de harajos, con cabello enmarañado y
mirada maligna.
Juan Candy, dirigiéndose a ésta, dijo:
¡Espera! Vamos a divertirnos de lo lindo. No lo vayas a echar a
perder antes de empezar; después deja caer tu mano pesada tanto como te plazca.
Ven aquí, pilluelo; repite tus majaderías, si no las has olvidado. Dime cómo te
llamas. ¿Quién eres?
El insulto a su dignidad hizo subir la sangre a las mejillas del
príncipe, que miró con fijeza e indignación el semblante de aquel rufián y
dijo:
La mala crianza propia de los individuos de tu calaña se
demuestra aquí en que me mandes a mí que hable. Te repito ahora, como ya te
dije antes, que soy Eduardo, príncipe de Gales, y basta.
El asombro que causó a la bruja esta contestación le dejó los
pies clavados en el suelo y el pecho casi sin aliento. Se quedó contemplando al
príncipe con tal estupefacción, que el bergante de su hijo prorrumpió en una
risotada estrepitosa. Pero el efecto fue distinto en la madre y en las hermanas
de Tom Canty. Su temor a los daños corporales dio paso a una angustiosa
preocupación de distinta índole. Se abalanzaron sobre el príncipe con semblante
compungido y exclamaron, lastimeras:
¡Oh, Pobre Tom! ¡Pobre muchacho!
La madre cayó de rodillas ante el príncipe, le puso las manos
sobre los hombros y le miré la cara con fijeza, con los ojos llenos de
lágrimas.
¡Oh, pobre hijo mío! –exclamó. ¡Tus descabelladas lecturas te
han llevado al final a esta desgracia! ¡Te han perturbado la razón! ¿Por qué no
escuchaste mis advertencias? ¡Has destrozado el corazón de tu madre!
El príncipe la miró a la cara y le dijo cariñosamente:
Tu hijo goza de perfecta salud, no ha perdido el juicio, buena
mujer. Tranquilízate. Llévame a palacio, donde se halla ahora, y el rey mi
padre te lo devolverá inmediatamente.
¡El rey tu padre! ¡Oh, hijo mío! No repitas estas palabras, que
pueden acarrear tu muerte y la de todos los que te rodean. Aparta de tu mente
esa pesadilla horrible y, recobra tu perdida memoria. Mírame. ¿No soy yo tu
madre, la que te dio la vida y que tanto te quiere?
El príncipe movió ligeramente la cabeza y dijo, apesadumbrado:
Dios sabe cuánto lamento afligir tu corazón, pero la verdad es
que nunca había visto tus facciones.
La mujer se desplomó sobre el suelo, sentada, y ocultando los
ojos entre sus manos, prorrumpió en llanto desgarrador.
¡Siga la comedia! exclamó Canty. ¡A ver, Nan! ¡A ver, Bet!
¡Tías groseras! ¿Os atrevéis a permanecer de pie en presencia del príncipe? ¡De
rodillas, miserables pordioseras! ¡Hacedle reverencia!
Dicho esto, Canty soltó una carcajada. Las muchachas comenzaron
tímidamente a intervenir en favor de su «hermano».
Como quieras, padre dijo Nan, pero déjale que se acueste, que
descanse, y el sueño curará su locura. Te lo suplico, déjale dormir.
¡Oh, sí, padre! intervino Bet. Está más fatigado que de
costumbre. Mañana volverá a ser el mismo, mendigará con diligencia y no volverá
a casa con las manos vacías.
Esta observación detuvo la hilaridad del padre y le indujo a
meditar sobre lo positivo. Entonces, volviéndose, indignado, de cara al
príncipe, le dijo:
Mañana tendremos que pagar dos peniques al dueño de este
cubinche, óyelo bien, ¡dos peniques! Y todo ese dinero únicamente para el
alquiler de medio año, de lo contrario nos echarán de aquí. ¡A ver, enséñame lo
que has logrado reunir con tu manera perezosa de mendigar!
El príncipe contestó:
No me ofendáis con vuestras sórdidas elucubraciones. Os vuelvo
a repetir que soy el hijo del rey.
Un manotazo brutal dado por Canty al hombro del príncipe hizo
caer a éste, tambaleando, en brazos de la bondadosa mujer del bárbaro
atropellador, que lo estrechó contra su pecho y lo defendió cuanto pudo de una
verdadera lluvia de puñetazos y pescozones interponiendo su propia persona. Las
muchachas, asustadas, fueron a acurrucarse en su acostumbrado rincón, pero la
abuela se apresuró, rabiosa, a ir a ayudar a su hijo en el vapuleo. Entonces el
príncipe se separó de la madre de Tom y dijo:
No habéis de sufrir por mi culpa, señora. Dejadme solo que esos
cochinos hagan conmigo lo que se les antoje.
Estas palabras irritaron de tal manera a los aludidos cochinos,
que, enfurecidos, pusieron manos a la obra sin pérdida de tiempo. Entre ambos
zarandearon y golpearon a más y mejor al pobre muchacho, luego dieron también
una tunda a las dos chicas y a su madre por haber demostrado simpatía por la
víctima.
Ahora dijo Canty ¡todo el mundo a la cama! La diversión me ha
cansado.
Apagaron la luz y todos se acostaron. Tan pronto como los
ronquidos del cabeza de familia y de la abuela demostraron que los dos estaban
durmiendo, las muchachas se deslizaron sigilosamente hacia el rincón donde
yacía el príncipe y le resguardaron tiernamente del frío con paja y pingajos.
También la madre llegó furtivamente hasta él, le acarició el cabello y vertió
lágrimas sobre su cuerpo, al mismo tiempo que le susurraba al oído palabras
entrecortadas de compasión y de consuelo. Le había guardado, además, un bocado
para que se lo comiera, pero los dolores que sentía el muchacho habían dejado a
éste sin apetito..., por lo menos para comer mendrugos negros y sosos. Se
sintió conmovido por la valiente y sufrida actitud de aquella buena mujer al
defenderle y por la conmiseración que le demostraba, y le testimonió su
gratitud con palabras nobles y principescas, rogándole luego que se fuera a
dormir y olvidara sus sinsabores. Añadió que el rey su padre no dejaría sin
recompensa su bondadosa abnegación y su lealtad. Esta vuelta a su «demencia»
desgarró de nuevo el corazón de la buena mujer, que estrechó repetidamente al
muchacho contra su pecho y, por fin, volvió a su yacija sumida en lágrimas.
Mientras se hallaba tendida meditando con tristeza, empezó a
sentir su espíritu atormentado por la idea de que aquel muchacho tenía algo
indefinible que no era por cierto lo que distinguía a Tom Canty, loco o cuerdo.
No le era posible determinar de qué se trataba y, sin embargo, su inteligente
instinto maternal lo observaba y parecía descubrirlo. ¿Y si el muchacho no
fuese realmente su hijo?. Pero no, ese pensamiento era absurdo. Y esta idea
casi le hizo sonreír, a pesar de su aflicción y de sus penas. Pero aquel
pensamiento no se desvanecía y persistía en atormentarla. La perseguía
continuamente, la acosaba, se pegaba a ella, la dominaba y se negaba a alejarse
de su cerebro y a ser olvidado. Al fin comprendió que su espíritu no podría
calmarse hasta que pudiera hacer una prueba con la cual le fuese dable
comprobar de una manera que no dejase lugar a dudas si aquel muchacho era o no
su hijo. Ah, sí, éste era el mejor modo de salir del atolladero. Se puso, pues,
a reflexionar cuál sería la mejor manera de llevar a cabo la prueba. Pero
resultaba más difícil el proyecto que la realización. Iba meditando distintas
formas, pero se veía obligada a desecharlas todas, pues ninguna ofrecía una
seguridad completa, y una prueba imperfecta no podía satisfacerle. Evidentemente
estaba atormentando en vano su cabeza y parecía indudable que iba a tener que
desistir de su propósito. Pero mientras se sentía desanimada por esta
preocupación, llegó hasta sus oídos la acompasado respiración del muchacho, que
venía a anunciarle que éste se había dormido. Luego, al escuchar su regular
resoplido, el niño exhaló un grito tenue de espanto, como el suspiro que
interrumpe, a veces, la pesadilla de un sueño agitado. Este hecho casual
sugirió a la buena mujer una idea luminosa, mil veces mejor que todos los
planes que hasta entonces habíase forjado. Se puso, pues, en seguida febril y
silenciosamente manos a la obra: encendió de nuevo la vela y dijo para sí: «Si
entonces le hubiese visto, le habría reconocido. Desde aquel día, cuando era tan
pequeño, en que se inflamó la pólvora en su cara, no se sobresaltó, tanto en
sueños como despierto, sin taparse los ojos con las manos, como lo hizo aquel
día, y no precisamente como lo harían otros chiquillos, con las palmas de la
mano hacia dentro, sino siempre con las palmas de la mano hacia fuera. Lo
observé centenares de veces y nunca dejó de hacerlo de la misma manera. Sí,
ahora podré comprobarlo. »
Y con este pensamiento se deslizó hasta llegar junto al muchacho
dormido, ocultando con la mano la llama de la bujía que llevaba en la otra. Se
inclinó sobre él muy cautelosamente, conteniendo la respiración y la angustiosa
excitación que lo dominaba y, súbitamente, acercó la luz a la cara del
muchacho, al mismo tiempo que daba un golpe suave en el suelo con los nudillos
de sus dedos. Los ojos del príncipe se abrieron completamente y dirigieron la
mirada a su, alrededor, pero no hizo ningún gesto singular con sus manos.
La pobre mujer se quedó anonadada de sorpresa y de dolor, pero
logró disimular sus emociones y tranquilizar al muchacho hasta hacerle
nuevamente conciliar el sueño. Luego se apartó y se puso a meditar muy afligida
sobre el desastroso resultado de su experimento. Procuraba convencerse de que
la locura de Tom había disipado en éste su gesto habitual, pero no conseguía
admitir esta posibilidad.
«No decía para sus adentros, sus manos no están locas y no
pueden haberse desacostumbrado en tan poco tiempo a un gesto que le era
habitual desde hacía tantos años. ¡Oh, qué día aciago para mí!» Pero la
esperanza era tan persistente en la pobre mujer como lo había sido antes la
duda. No podía resignarse a admitir el veredicto de aquella prueba. Tendría que
hacer otro ensayo porque tal vez el fracaso era debido a un accidente.
Despertó, pues, al muchacho segunda y por tercera vez, a intervalos, con idéntico
resultado, y al fin se arrastró hasta su yacija y, profundamente afligida,
acabó por dormirse, diciendo:
¡No puedo renunciar a él! ¡Tiene que ser mi hijo!
Habiendo cesado las interrupciones de la pobre madre y también,
gradualmente, el dolor de su cuerpo vapuleado, el príncipe, con extrema
facilidad, quedó sumido en un profundo sueño tranquilo. Transcurrió una hora
tras otra y el muchacho seguía tan inmóvil como si estuviera muerto.
Pasaron así cuatro o cinco horas y, al fin, su estupor comenzó a
aligerarse. De pronto, medio dormido y medio despierto, murmuró:
¡Sir William!
Y al cabo de un rato, añadió:
¡Hola, sir William Herbert! ¿Estáis ahí?. Venid y escuchad el
sueño más raro que... ¿Me oís, sir William?. He soñado que me convertía en
mendigo y que... ¡Hola, guardias! ¡Sir William! ¿Cómo? ¿No hay aquí ningún
caballero de servicio? ¡Ay! ¡Qué fastidio!
¿Qué te pasa? susurró una voz junto a su lecho. ¿A quién
estás llamando?
A sir William Herbert. ¿Quién eres tú?
¿Quién voy a ser sino tu hermana Nan? ¡Oh, Tom ¡Se me había
olvidado! ¡Todavía estás loco! ¡Pobre chico! ¡Ojalá no hubiera despertado nunca
más para no verte en este estado! Pero te suplico que domines tu lengua para
que no nos azoten a todos hasta matamos.
El príncipe, estupefacto, se incorporó de un salto, pero el vivo
dolor de sus contusiones le hizo darse cuenta de la realidad, y entonces,
hundiéndose en el montón de paja inmunda en que descansaba, exclamó con un
gemido:
¡Ay! ¡Entonces no era un sueño!
Inmediatamente todo el pesar y la miseria que el sueño había
disipado volvieron a anonadarle, y comprendió que no era ya un príncipe mimado
en su palacio, con los ojos adoradores de todo un pueblo fijos en él, sino un
simple pordiosero, un paria cubierto de pingajos, prisionero en una guarida
propia sólo para bestias y en compañía de mendigos y de ladrones.
En medio de su aflicción empezó a notar gran barullo y voces de
hilaridad que resonaban, al parecer, a una o dos travesías de distancia. En
aquel preciso momento se oyeron varios golpes dados a la puerta, y Juan Canty,
cesando de roncar, preguntó:
¿Quién llama? ¿Qué quieres?
Una voz contestó:
¿Sabes quién es la persona contra la cual descargaste el golpe
con tu estaca?
No lo sé ni me importa saberlo.
Es posible que pronto cambies de parecer. Y sólo con la fuga
podrás salvar tu gañote. En este momento el agredido está entregando el alma a
Dios. ¡Es el cura, el padre Andrés!
¡Válgame Dios! exclamó Canty.
Despertó en seguida a su familia y ordenó, bruscamente:
¡Levantaos todos y huyamos! ¡A no ser que queráis quedaros aquí
para que nos maten a todos!
Apenas habían transcurrido cinco minutos que ya toda la familia
Canty se hallaba en la calle huyendo para salvar su vida. Juan llevaba al
príncipe de la mano y, haciéndole correr por los callejones sombríos, le iba
diciendo, muy quedo:
¡Cuidado con tu lengua, maldito loco, y no pronuncies tu
nombre! Yo tomaré otro nombre para despistar a los sabuesos de la ley. ¡Cuidado
con tu lengua! ¡Y que, no tenga que repetírtelo!
Y dirigiéndose a los demás de su familia, añadió, refunfuñando:
Si por casualidad llegamos a separarnos, que cada cual vaya al
puente de Londres, y el que se encuentre primero frente a la última tienda de
lencería que se ve desde el puente, que espere allí hasta que aparezcan los
demás, para podernos escapar todos juntos hacia Southwark.
En aquel momento, la atolondrada familia salió de la oscuridad a
la luz, y no sólo a la luz, sino en medio de una multitud que, en la orilla del
río, cantaba, bailaba y vociferaba jubilosamente. Una línea interminable de
hogueras se extendía a uno y otro lado del Támesis hasta perderse de vista. El
puente de Londres y el de Southwark estaban iluminados. Todo el río
resplandecía con el fulgor continuamente variable de los farolillos de colores
y de los fuegos artificiales que esparcían por el firmamento su complicada
luminosidad multicolor entre una copiosa lluvia de chispas deslumbrantes. Una
inmensa muchedumbre invadía las calles.
Juan Canty lanzó una furiosa maldición y ordenó retirada, pero
era demasiado tarde. El y su tribu fueron engullidos por aquel inmenso océano
humano y separados irremediablemente en un abrir y cerrar de ojos.
No incluimos, naturalmente, al príncipe al hablar de «tribu»,
pues Canty no lo soltaba ni un momento. En aquellos instantes, el corazón del
muchacho latía vivamente con la esperanza de poder escapar. Un barquero robusto
que a la sazón se hallaba muy exaltado por el exceso de licor, se vio rudamente
empujado por Canty, que se esforzaba en abrirse paso entre la multitud, y
poniendo su manaza sobre el hombro de éste, dijo:
¿Adónde vamos con tanta prisa, amigo? ¿Está quizá tu alma
gangrenándose por sórdidas preocupaciones mientras los hombres leales expresan
su sincera alegría?
Mis preocupaciones son cosa mía y nada te importan a ti
contestó Canty, con aspereza. Quita tu mano de mi hombro y déjame pasar.
Pues ya que demuestras tan mal humor, no pasarás hasta que
hayas bebido y brindado a la salud del príncipe de Gales replicó el barquero,
cerrándole el paso resueltamente.
¡Venga, pues, la copa, pero deprisa, de prisa!
Esta escena había llamado la atención de varios curiosos, que
exclamaron:
¡La copa de los brindis! ¡La copa de los brindis! ¡Que beba ese
rufián con la copa de dos asas, si no quiere que le echemos al río para que sea
pasto de los peces!
Trajeron la copa tradicional de dos asas, con la cual en la
antigüedad se obligaba al bebedor a emplear sus dos manos, impidiendo así a
éste que pudiera llevar a cabo alguna añagaza con una mano mientras bebía con
la otra. El barquero, cogiendo la enorme copa por una de sus asas y fingiendo
sostener con la otra mano el extremo de una servilleta imaginaria, se la
ofreció a Canty en la forma empleada en otros tiempos. Este tuvo que coger la
otra asa y quitar la tapa, como se hacía en la antigüedad, lo cual dejó libre
al príncipe durante un segundo, y éste, sin perder tiempo, se sumergió en el
mar de piernas que le rodeaba y desapareció. Un momento después no habría
resultado más difícil encontrar una moneda de seis peniques perdida en el fondo
del Atlántico que hallar al muchacho en medio de aquel enorme torbellino
humano.
El príncipe se dio pronto cuenta de esta circunstancia, y
olvidando en seguida a Juan Canty, se puso a reflexionar sobre su propia
situación. Inmediatamente pensó en otra cosa: que en toda la ciudad, y en su
lugar, se estaba festejando a un falso príncipe de Gales, y dedujo de ello que,
sin duda, el golfillo pordiosero Tom Canty había aprovechado deliberadamente
aquella preciosa ocasión para convertirse en usurpador. Por lo tanto, no había
más que un camino a seguir, y éste era el que conducía al Ayuntamiento, donde
él podría darse a conocer y denunciaría al impostor. También resolvió que
concedería a Tom un tiempo prudencial para que pudiera pedir perdón a Dios y
arrepentirse, y luego sería ahorcado, arrastrado y descuartizado, como era
costumbre para los casos de alta traición en aquella época.
11. En el Ayuntamiento
La gran barcaza real, remolcada y custodiada por su fastuosa
flotilla se encaminó por el Támesis hacia abajo entre la espesura de botes
iluminados. Resonaba en el aire la música, y toda la orilla del río
resplandecía con el reflejo de alegres llamaradas. La ciudad se veía a la lejos
envuelta en una nube suavemente luminosa producida por sus innumerables fogatas
invisibles. Por encima de ella se elevaban hasta el cielo finas espirales
incrustadas de brillantes lucecitas, que, a lo lejos, producían el efecto de
enhiestas lanzas cubiertas de joyas. La suntuosa flotilla era continuamente
saludada con vítores entusiásticos y salvas de artillería.
Para Tom Canty, medio enterrado en almohadones de seda, aquellos
sonidos y aquel espectáculo eran una sorprendente maravilla sublime e
indecible, pero para las dos amiguitas que tenía a su lado, la princesa Isabel
y Juana Grey, todo aquello no tenía nada de particular.
Al llegar a Dowgate, la flotilla subió por el límpido Walbrook
(cuyo canal, durante dos siglos, ha ido quedando invisible entre una larga
extensión de compactos edificios) hasta Bucklers-bury, dejando atrás una casa
tras otra y pasando por debajo de puentes repletos de público bullicioso y
espléndidamente iluminados. Por fin se detuvo en una ensenada, conocida hoy por
Barge Yard (recinto de gabarras), que se halla en el centro de la antigua
ciudad de Londres. Allí desembarcó Tom, y seguido de su fastuosa comitiva
atravesó Cheapside y anduvo poco trecho a través de la Old Jewry (Vieja
Judería) y la Basinghall Street hasta el Guilhall.
Tom y las jóvenes damas que le acompañaban fueron recibidos con
la debida ceremonia por el alcalde y los patricios de la villa, que lucían sus
cadenas de oro y sus lujosas vestiduras escarlata. Fueron conducidos hasta un
dosel instalado en lo alto del gran salón, precedidos por heraldos que iban
dando voces para abrir paso, y por el portador de la maza y de la espada de la
ciudad.
Los lores y las damas que hablan de atender a Tom y a sus dos
amiguitas se situaron detrás de sus señores. Ante una mesa más baja tomaron
asiento los grandes de la Corte y otros huéspedes de alto rango y los magnates
de la ciudad. Los parlamentarios ocuparon una porción de mesas en el piso
principal del vestíbulo. Desde su elevado puesto, los gigantes Gog y Magog,
antiguos guardianes de la villa, contemplaban aquel espectáculo al cual estaban
ya acostumbrados los ojos de muchas generaciones. Hubo un toque de clarín, y
después de anunciarlo el heraldo, apareció el despensero, seguido de sus
ayudantes transportando solemnemente un regio solomillo de buey, humeante y
preparado para el cuchillo.
Después de la oración de acción de gracias, Tom, que había sido
ya oportunamente instruido, se levantó, y toda la concurrencia se puso también
en pie. Bebió con la princesa Isabel en una espléndida copa de oro de dos asas.
Luego la copa pasó de ellos a Juana Grey y después fue pasando por todas las
manos de los allí reunidos. Así comenzó el banquete.
A medianoche el festín alcanzó su punto álgido. Entonces tuvo
lugar uno de aquellos pintorescos espectáculos tan admirados antiguamente. Así
lo describe en singulares palabras, el cronista que lo presenció:
«Se despejó el centro de la sala, e hicieron su entrada un barón
y un conde ataviados a la turca, con largas túnicas bordadas en oro, turbantes
de terciopelo carmesí con rodetes de oro, y que ceñían dos cimitarras. Detrás
de ellos venían otro barón y otro conde, vestidos con trajes de satén amarillo
cruzados por franjas de satén blanco, al estilo ruso. Se tocaban con gorros de
piel gris, llevaban un hacha y calzaban botas con una larga punta vuelta hacia
arriba. Les seguía un caballero, y el lord almirante acompañado de cinco nobles
con escotados jubones de terciopelo carmesí abrochados en el pecho con cadenas
de plata; sobre ellos llevaban cortas capas del mismo color, y en la cabeza,
sombreros adornados con plumas de pavo real, como los danzarines. Estos iban
ataviados al estilo de Prusia. Los portadores de antorchas, que serían unos
cien, iban vestidos de satén rojo y verde, como los moros, y sus rostros
estaban ennegrecidos.
Después apareció una mommarye y luego los juglares, también
disfrazados, ejecutaron una danza. Las damas y caballeros se pusieron asimismo
a bailar con tal frenesí, que era un placer contemplarlos. »
Y mientras Tom presenciaba desde su elevado sitial aquellas
danzas «salvajes», admirando el destello deslumbrador de los colores
calidoscópicos de aquel impetuoso torbellino de figuras llamativas y vistosas,
el harapiento, pero verdadero príncipe de Gales estaba exponiendo sus derechos
y sus agravios en el umbral del Ayuntamiento, denunciando al impostor y rogando
a gritos qué se le dejara franquear la verja de Guildhall. La multitud,
extraordinariamente divertida con este episodio, se apretujaba afanosamente y
estiraba el cuello hasta desnudarse para ver al pequeño alborotador. Los
curiosos empezaron en seguida a dirigirle improperios y a burlarse de él con
objeto de exasperarle todavía más, lo cual aumentaba la hilaridad de aquella
gente. Lágrimas de mortificación asomaron a los ojos del muchacho, pero se
mantuvo firme y adoptó ante la plebe una actitud regia muy retadora. Pero
continuaron las mofas, y el príncipe, cada vez, más ofendido, exclamó:
¡Os repito, manada de perros de mala ralea, que soy el príncipe
de Gales! Y a pesar de verme desamparado y sin amigos, sin ni siquiera alguien
que pronuncie una sola palabra de compasión o de auxilio hacia mí, nadie me
hará abandonar mi puesto, que conservaré a toda costa.
Tanto si eres príncipe como si no lo eres, pues lo mismo me da,
me resultas un muchacho valiente y no te han de faltar amigos. Aquí estoy yo a
tu lado para demostrarlo. Y he de decirte que por más que anduvieras buscando
llegarías a cansar tus piernas sin encontrar mejor amigo que Miles Hendon. No
te esfuerces en convencerles con tu palabrería, hijo mío. Yo sé hablar
perfectamente el lenguaje de esa repugnante jauría.
El que se expresaba en estos términos era una especie de hidalgo
castellano, tanto por su traje corno por su porte y todo su aspecto. Era alto,
esbelto y musculoso. Su jubón y sus calzones eran de tela rica, pero pelada y
descolorida, y sus adornos de encaje de oro estaban lastimosamente desastrados,
Su golilla estaba estropeada, y la pluma de su chambergo estaba rota y tenia un
aspecto lamentable de suciedad y de abandono. Llevaba al costado un largo
estoque en una vaina de hierro oxidada, y tenía en conjunto la apariencia
inmediata e inconfundible de un espadachín pendenciero.
Las palabras de aquel individuo estrafalario fueron acogidas por
un estallado de exclamaciones burlescas y carcajadas. Hubo alguien que gritó:
«¡Es otro príncipe disfrazados «¡Domina tu lengua, amigo! ¡Parece ser
peligroso!... ¡Mira qué ojos tiene!» «¡Apartad al muchacho!» «¡Llevemos al
zopenco al abrevadero!. »
Al instante, inducida por esta luminosa idea, una mano cayó
sobre el príncipe, pero al propio tiempo el forastero desenvainó la espada y el
mal intencionado instigador cayó al suelo a consecuencia de un fuerte golpe de
plano con la hoja de acero. Inmediatamente se oyeron muchas voces que gritaban
a coro: «¡Matad a ese perro! ¡Matadlo, matadlo!» Y la turba se abalanzó sobre
el valiente que, poniéndose de espaldas a una tapia, comenzó a blandir la
espada como un loco. Sus víctimas caían aquí y allí, pero la turba se
precipitaba contra el campeón con furia incesante. Los momentos de vida de éste
eran contados, su muerte cierta, cuando, inesperadamente, sonó un toque de
clarín y una voz gritó: «¡Paso al mensajero del rey!», y dicho esto se presentó
en seguida un grupo de jinetes que realizando una carga contra la muchedumbre,
la dispersó en un instante, pues todo el mundo corría a más y mejor para
ponerse a salvo. El intrépido desconocido tomó al príncipe en sus brazos y
pronto se halló lejos del peligro y de la multitud.
Volvamos al interior del Ayuntamiento. De repente, dominando la
estrepitosa alegría popular y el bullicio atronador del festival, se dejó oír
la nota aguda del clarín. Hubo un momento de silencio, un prolongado siseo, y
luego una sola voz, la del mensajero de palacio, comenzó a pronunciar una
proclama que fue escuchada de pie por toda la muchedumbre.
El mensajero anuncié solemnemente:
¡El rey ha muerto!
Todo aquel gentío inclinó la cabeza sobre su pecho y así
permaneció unos momentos en silencio, hasta que todo el mundo cayó
simultáneamente de rodillas, y tendiendo las manos hacia Tom resoné un grito
estruendoso que pareció hacer estremecer al edificio:
¡Viva el rey!
Los ojos asombrados del pobre Tom vagaron de una a otra parte
ante el sorprendente espectáculo y, finalmente, se fijaron, soñadores, en las
dos princesas que tenia junto a él, arrodilladas, y luego en el conde de
Hertford. Sus facciones revelaron una intención repentina. Y acercándose al
oído del conde le susurró muy quedo:
Contéstame lealmente, por tu fe y por tu honor. Si yo diera
ahora aquí una orden que sólo un rey pudiera tener el privilegio de dictar,
¿sería obedecido mi mandato sin que nadie opusiera objeciones?
Nadie en todo este reino las opondría, señor. En vuestra
persona reside la Majestad de Inglaterra. Sois el rey y vuestra palabra es ley.
Tom contestó en voz alta, con energía y vivacidad:
Entonces, en lo sucesivo, la ley del rey será ley de perdón y
nunca más ley de sangre. ¡Levantaos! Id a la Torre y anunciad que el rey ha
decretado que el duque de Norfolk no sea ejecutado.
Estás palabras pasaron rápidamente de boca en boca de un extremo
a otro del salón, y cuando Hertford salió a toda prisa para cumplir la orden,
estalló otro grito unánime de entusiasmo:
¡El reinado sangriento ha terminado! ¡Viva el rey Eduardo de
Inglaterra!
12. El príncipe y su libertador
Tan pronto como Miles Hendon y el joven príncipe se vieron
libres de la turba se dirigieron hacia el río por callejones angostos. No
hallaron obstáculos en el camino hasta que estuvieron cerca del puente de
Londres, y entonces volvieron a meterse entre la multitud, pero Hendon no soltó
todavía al príncipe, es decir, al rey, que llevaba cogido de la mano. La gran
noticia se había divulgado ya por doquier, y Eduardo se enteré de ella por
millares de voces que exclamaban al unísono «¡El rey ha muerto!» El anuncio de
este importante suceso hizo estremecer el corazón, del pobre muchacho
desamparado, que comenzó a temblar por efecto de la intensa emoción. Dándose
cuenta de su pérdida incalculable, se sintió dominado por un muy profundo
pesar, porque el tirano cruel que había aterrorizado a todo su pueblo le había
demostrado siempre a él generosidad y cariño. Asomaron las lágrimas a sus ojos
y le turbaron la vista. Durante unos instantes se juzgó la más abandonada e
infeliz de las criaturas de Dios. Poco después resonó en la noche hasta muchas
millas a la redonda otro grito atronador de «¡Viva el rey Eduardo! » y esto
hizo centellear los ojos del muchacho y le estremeció de orgullo hasta las
yemas de los dedos.
¡Ah! pensó. ¡Cuán extraordinario e inexplicable parece! ¡ Soy
rey! »
Nuestros héroes se abrieron paso lentamente por entre la
multitud que ocupaba por completo el puente. Aquella construcción, que contaba
seiscientos años de existencia y había sido durante todo ese tiempo un lugar
muy frecuentado y ruidoso, era curioso, porque había en él toda una hilera de
tiendas y de almacenes, con habitaciones para las familias en su piso superior,
que se extendía a ambas orillas del río. Aquel puente constituía, por sí solo
una especie de ciudad, con sus hosterías, sus mercados, sus cervecerías y
panaderías, sus manufacturas e incluso su iglesia. Se hallaba entre los dos
distritos vecinos que ponía en comunicación, Londres y Southwark, a los que
parecía considerar sus propios suburbios, sin concederles, desde luego,
particular importancia. Era una especie de sociedad cerrada, por así decirlo;
era una ciudad estrecha, de una sola calle de una quinta parte de milla de
largo; su población no era más que la de un simple villorrio, y todo el mundo
en ella conocía íntimamente a sus conciudadanos, y había tratado con igual
intimidad a sus padres antes que a ellos, perfectamente enterado de los más
ínfimos asuntos familiares del prójimo. Tenía, naturalmente, también su
aristocracia, sus distinguidas y viejas familias de carniceros, panaderos y otros
comerciantes por el estilo que venían ocupando aquellos mismos locales desde
hacía quinientos o seiscientos años, y conocían de cabo a rabo la gran historia
del puente, con todas sus extrañas leyendas. Aquella gente había acabado por
hablar un lenguaje particular creado en el puente, y hasta sus pensamientos y
su afición peculiar a mentir eran también propias del puente. Era una especie
de población que por fuerza tenía que ser tan jactancioso como ignorante. Los
niños nacían en el puente, se criaban en él Y allí llegaban a viejos sin haber
puesto los pies en ninguna parte del mundo que no fuera el Puente de Londres.
La vecindad en cuestión se imaginaba, naturalmente, que la interminable
procesión bulliciosa que circulaba por su calle noche y día, con su confuso
barullo de voces, gritos, relinchos y pateos, era la cosa más grande del mundo,
y que ella, en cierto modo, era la dueña de aquel lugar. Y así lo era, en
efecto... o por lo menos como tales podían considerarse sus moradores desde sus
ventanas, particularmente cuando un rey o un héroe que regresaban daban motivo
a algunos festejos, pues no había mejor sitio que aquél para poder presenciar
perfectamente el desfile de las largas y pomposas comitivas.
Los que habían nacido en el puente, cuando se alejaban de él,
encontraban la vida aburrida e insoportable. La historia nos habla de uno de
esos habitantes del puente que lo abandonó a la edad de setenta y un años para
ir a vivir retirado en el campo, pero el silencio de la campiña le puso
nervioso, y como por la noche le impedía conciliar el sueño, desesperado y casi
enfermo, decidió por fin volver a su antiguo hogar. Su carácter se había vuelto
intratable y se había convertido en un espectro macilento. Cuando se halló de
nuevo en Londres, se entregó al descanso reparador y a los sueños deliciosos,
mecido por el agradable rumor de las aguas y por el bullicio atronador del
Puente de Londres.
Por aquel entonces, el puente suministraba «lecciones prácticas»
de historia de Inglaterra a los niños, al permitirles contemplar las lívidas y
putrefactas cabezas de los hombres famosos, hincadas en las afiladas puntas de
sus portalones de hierro. Pero me estoy apartando de mi narración.
Hendon se hospedaba en la pequeña posada del puente. Al
acercarse, pues, al umbral de ésta, acompañado de su amiguito, se oyó una voz
bronca que decía:
¡Ah! ¡Por fin has vuelto! ¡Ahora ya no vas a escaparte más! ¡Te
lo aseguro! Y ten por cierto también que voy a machacarle los huesos hasta
hacerlos papilla para que aprendas a no hacerme esperar en otra ocasión
cualquiera.
Y dicho esto, Juan Canty alargó la mano con intención de agarrar
al muchacho, pero Miles Hendon se interpuso, diciendo:
No tan de prisa, amigo. Me parece que no tienes necesidad de
ser tan brusco. ¿Qué te importa a ti este muchacho?
Si tu ocupación es meterte en los asuntos de los demás, te diré
que este chico es mi hijo.
¡Es mentira! exclamó, indignado, el reyecito.
Muy bien dicho y te creo, hijo mío, tanto si tu cabecita está
sana como si la tienes trastornada. Pero poco importa que ese rufián sea o no
sea tu padre, pues no te entregaré a él para que te pegue y te maltrate como
amenaza, si es que prefieres quedarte conmigo.
¡Sí quiero quedarme con vos! ¡No conozco a ese hombre, me
repugna, y antes que ir con él prefiero morir!
Entonces, asunto concluido. No hay más que hablar.
¡Eso ya lo veremos! vociferó Juan Canty, acercándose a Hendon
con intención de coger al muchacho. De buen grado o por la fuerza.
Si te atreves a tocarlo, desperdicio viviente, te ensartaré
como a un pato repuso Hendon, cerrándole el paso y empuñando la espada.
Canty retrocedió y Hendon continuó diciendo
Te advierto que he tomado a este muchacho bajo mi protección
cuando una turba de individuos de tu calaña pretendía maltratarlo y quizá lo
habría matado. ¿Te figuras, pues, que ahora voy a entregarlo a un destino peor?
Porque tanto si eres su padre como no... y me permito decir y creer que eso es
una mentira, una muerte decorosa e instantánea sería mucho mejor para él que la
vida en manos tan brutales como las tuyas. Sigue, pues, tu camino y pronto,
porque no me gusta hablar en vano ni me sobra la paciencia.
Juan Canty optó por alejarse refunfuñando maldiciones y amenazas
hasta que desapareció entre la muchedumbre. Hendon subió tres tramos de
escalera hasta llegar a su habitación acompañado del chiquillo, después de
ordenar que les sirvieran de comer. Era un cuarto pobre con una cama
destartalada y alguna que otra pieza suelta de mobiliario viejo. Estaba muy
tenuemente iluminado por dos cabos de vela. El reyecito se arrastró hasta la
cama y se tendió en ella, casi exhausto de hambre y de fatiga. Había estado de
pie una gran parte del día y de la noche, pues eran entonces las dos o las tres
de la madrugada y además, no habla probado bocado. Soñoliento, murmuró:
Os ruego que me llaméis cuando esté puesta la mesa. Y dicho
esto se quedó profundamente dormido.
Hendon, con una sonrisa en los labios, murmuró para sí:
¡Vaya con el pordioserillo ese! Se mete en el aposento del
prójimo y le usurpa la cama con una graciosa desenvoltura tan natural como si
fuese el dueño, sin ni siquiera decir «con permiso», «dispensadme» o algo por
el estilo. En el desvarío de su demencia, ha afirmado que era el príncipe de
Gales, y lo cierto es que sostiene gallardamente su rango. ¡Pobre ratoncillo
sin amigos! Sin duda los malos tratos han perturbado su cerebro. Pues bien, yo
seré su amigo. Le he salvado y hay en él algo que me atrae irresistiblemente.
Siento cariño por ese golfillo procaz. ¡Con qué actitud marcial ha hecho frente
a la chusma y le ha lanzado su reto arrogante! ¡Y qué cara tan bonita, tan
dulce y fina tiene ahora que el sueño ha disipado sus contratiempos y sus
pesares! Yo le educaré, curaré su enfermedad... Sí, seré su hermano mayor, le
cuidaré y velaré por él constantemente. ¡Y quien pretenda avergonzarse o
hacerle algún daño, ya puede encargar su propia mortaja, porque la necesitará,
aunque por ello me condenen a ser quemado vivo!
Se inclinó sobre el chiquillo, le contempló con interés
bondadoso y compasivo, le dio unos suaves golpecitos en la mejilla, y le
desenmarañó cuidadosamente los rizos con su manaza de piel morena. Un ligero
escalofrío recorrió el cuerpo del joven, y Hendon dijo para sus adentros:
«¡Vaya torpeza la mía! ¡Dejarlo yacer aquí sin taparlo, para que el reuma se
apodere de su cuerpo! ¿Qué voy a hacer ahora? Si lo cojo y lo meto dentro de la
cama, se despertará; y necesita, indudablemente, descansar. » Miró a su alrededor
en busca de ropa para cubrirlo, y no encontrando nada, se quitó el jubón y
envolvió con él al muchacho, diciendo para sí: «Como estoy acostumbrado a las
punzadas del viento y a la falta de abrigo, no sufriré mucho por el frío. » Y
se puso a andar por el cuarto con objeto de mantener su sangre en continua
moción, mientras seguía su monólogo.
«Su mente perturbada le hace creer que es el príncipe de Gales.
Será algo muy original continuar teniendo aquí a un príncipe de Gales ahora que
el que era príncipe ha dejado de serio, para convertirse en rey. Porque su
pobre cerebro tiene sólo una idea fija, y en su desvarío no razonará que ahora
tiene que dejar de llamarse príncipe y considerarse rey. Si mi padre vive
todavía, después de estos siete años en que no he sabido nada de mi casa en mi
mazmorra extranjera, acogerá bien al infeliz muchacho, y en atención a mí,
consentirá en albergarlo en casa. Lo mismo hará mi buen hermano mayor, Arturo.
Mi otro hermano, Hugo..., pero si se interpone le voy a romper la crisma, por
zorro y mal intencionado. Sí, hacia allí nos iremos, y más que de prisa. »
Entró un criado con comida humeante; la colocó encima de una
mesita, arrimó a ésta las sillas y se retiró, dejando que los modestos
huéspedes se sirvieran ellos mismos. Cerré la puerta tras de él con tal
estrépito, que el muchacho se sentó en la cama y miró alegremente a su
alrededor. Pero en seguida sus facciones expresaron una profunda aflicción y
sus labios murmuraron:
¡Ay! ¡No era más que un sueño! ¡Qué desgraciado soy!
Se fijó luego en el jubón de Miles Hendon que le cubría, y
mirando al dueño de la prenda, comprendió e sacrificio que éste había hecho por
él, y le dijo, cariñosamente
Sois muy bueno para conmigo, sí, muy bueno. Tomad esto y
ponéoslo, yo ya no lo necesito.
Entonces se levantó, y dirigiéndose a un rincón donde había un
palanganero, se quedó allí esperando. Hendon, muy animado, le dijo:
Bien, ahí tenemos una sopa sabrosa y un buen bocado, todo
humeante y oloroso. Eso y tu sueño reparador volverán a hacer de ti un
hombrecito intrépido.
El muchacho no contestó y sólo dirigió una mirada de sorpresa y
de cierta impaciencia al alto caballero de la espada. Hendon preguntó
extrañado:
¿Qué te pasa?
Buen señor, quisiera lavarme.
¡Ah! ¿Nada más que eso? No pidas permiso a Miles Hendon para
nada que te apetezca. Bienvenido a esta casa. Puedes hacer lo que te convenga
con entera libertad.
Pero el muchacho seguía inmóvil, es más: una o dos veces pateó
ligeramente con impaciencia. Hendon, perplejo, preguntó:
Pero ¿qué esperas?
Os ruego que echéis el agua en el palanganero y no gastéis
tantas palabras.
Hendon contuvo una risotada y dijo para sus adentros: «¡Por
todos los santos del cielo, eso es admirable!» Se adelantó presuroso y cumplió
la orden del pequeño insolente. Luego se quedó como atontado por una especie de
estupefacción, hasta que una nueva orden le despertó de su azoramiento.
¡La toalla... pronto!
Cogió la toalla bajo las mismas narices del muchacho y se la
entregó sin chistar. Después procedió a lavarse, a su vez, la cara, y mientras
lo estaba haciendo, su hijo adoptivo se sentó a la mesa y se dispuso a comer.
Hendon terminó su aseo con presteza y luego, cogiendo otra silla, se disponía a
sentarse también cuando el muchacho, indignado, le advirtió:
¿Qué es eso? ¿Te atreves a sentarte en presencia del rey?
Este golpe llegó hasta lo más hondo del alma de Hendon, pero
pensó: «La locura de este pobre chiquillo está a la altura de las
circunstancias actuales. Ha variado con el gran cambio habido en el reino, y
ahora se le antoja que es el monarca... Pero le seguiremos la corriente, puesto
que no hay más remedio... ¡no vaya a ser que me mande a la Torre!»
Y encontrando esta broma agradable, apartó la silla de la mesa,
se situó detrás del rey y se dispuso a servirle con los modales más cortesanos
de que se viera capaz.
Mientras el rey comía, el rigor de su real dignidad disminuyó un
poco, y con una satisfacción que iba en aumento, sintió el deseo de hablar y
dijo.
Si no me equivoco, tengo entendido que os llamáis Miles Hendon.
Sí, señor repuso Miles mientras iba pensando: «Para seguirle
la corriente a este muchacho loco tendré que llamarle "señor" y
"majestad". No conviene hacer las cosas a medias y no he de detenerme
ante nada de lo que se refiere al papel que estoy representando, pues, de lo
contrario, cumpliré mal mi cometido y no serviré bien esta causa bondadosa y
caritativas
El rey se reanimó con un nuevo vaso de vino, y dijo:
Me gustaría saber quién eres. Cuéntame tu historia. Tienes un
carácter generoso e hidalgo. ¿Naciste noble?
Nos hallamos en la cola de la nobleza, Majestad. Mi padre es
barón, uno de los lores de menor importancia que obtuvo el título por servicios
caballerescos. Se llamaba Ricardo Hendon, de Hendon Hall, junto a Monk's Holm,
en el condado de Kent.
No recuerdo tal nombre. Continúa. Cuéntame tu historia.
No es muy larga, Majestad, pero tal vez os pueda distraer, a
falta de otra. Mi padre, sir Ricardo era muy rico, y de carácter en extremo
generoso. Mi padre falleció cuando yo era todavía un niño. Tengo dos hermanos:
Arturo, el mayor, con un alma igual a la del padre, y Hugo, menor que yo, que
es un espíritu mezquino, codicioso, traidor, vicioso, astuto... un verdadero
reptil. Así nació en su cuna, y tal vez era hace diez años, cuando le vi por
última vez: un rufián de diecinueve años. En aquel entonces yo tenía veinte y
Arturo veintidós. No tengo más familia, exceptuando a mi prima lady Edith, que
a la sazón era una joven de dieciséis abriles, hermosa y muy buena muchacha. Es
hija de un conde, la última de su estirpe, heredera de una gran fortuna y de un
título prescrito. Mi padre era su tutor. Yo le amaba y ella también me quería,
pero quedó prometida a Arturo desde la cuna; y sir Ricardo no consintió que se
deshiciera el contrato. Arturo estaba enamorado de otra joven, y nos alentaba
con dulces esperanzas, prediciendo que con el tiempo la suerte favorecería
nuestros propósitos. Hugo codiciaba la fortuna de lady Edith, pero fingía amar
a mi prima. Siempre tuvo la costumbre de decir lo contrario de lo que pensaba.
Pero su picardía no consiguió burlar a la doncella. Pudo engañar a mi padre,
pero a nadie más. Mi padre le quería más a él que a los demás, y le tenía una
confianza ciega, porque era el hijo menor y los demás le odiaban,
circunstancias éstas que en todas las épocas fueron siempre suficientes para
granjearse el amor de un padre. Hugo tenía una manera de hablar muy afable y
persuasiva y una disposición extraordinaria para la mentira, cualidades que
constituyen una buena ayuda para conseguir el más acendrado de los afectos. Yo
estaba furioso..., podría decir más que furioso, furiosísimo, aunque era un
furor salvaje, pero ingenuo, puesto que a nadie perjudicaba como no fuera a mí
mismo, ni trajo baldón ni pérdida, ni germen alguno de crimen o de bajeza que
no alcanzara a mi noble condición.
»Sin embargo, mi hermano Hugo supo sacar partido de estos
defectos y de mi indignación, al ver que la salud de nuestro hermano Arturo
dejaba mucho que desear, pues esperaba que su muerte podría beneficiarle si yo
le dejaba el camino expedito, de manera que..., pero éste sería un relato
demasiado largo que no vale la pena explicar. Diré, pues, brevemente, que mi
hermano procuró exagerar mis defectos hasta convertirlos en crímenes y terminó
su labor miserable y calumniosa fingiendo haber hallado en mi habitación una
escalera de seda, que él mismo puso en mi dormitorio, y convenció a mi padre
con ella y con la falsa declaración de algunos criados sobornados y otros
villanos, de que yo proyectaba raptar a Edith para casarme con ella, en
manifiesto desacato a la voluntad paterna.
»Como consecuencia de todo eso, mi padre dijo que tres años de
destierro lejos de mi hogar y de Inglaterra podrían convertirme en un soldado,
en un hombre entero y al mismo tiempo prudente. Sufrí duras pruebas en las
guerras continentales, durante las cuales aprendí lo que eran los rudos golpes,
las terribles privaciones y las arriesgadas aventuras, pero en la última
batalla fui hecho prisionero, y durante los siete años que han transcurrido
desde entonces, he vivido en tierra extraña encerrado en una mazmorra. Con
ingenio e intrepidez logré evadirme y vine directamente aquí, donde acabo de
llegar falto de recursos, y de ropa, y más falto todavía de noticias relativas
a Hendon Hall, de cuyos moradores no he sabido nada durante esos siete años
sombríos. Y con esto, señor, queda explicada mi insignificante historia.
Os hicieron víctima de un vergonzoso ultraje exclamó el
pequeño monarca, con ojos centelleantes. Pero yo os vengaré... ¡Os lo juro por
la cruz! ¡Lo ha dicho el rey!
Entonces, enardecido por el relato de los agravios de Miles, dio
rienda suelta a su lengua y se vertió la historia de sus recientes desgracias
en los oídos de su atónito interlocutor. Cuando hubo acabado, Miles se dijo
para sus adentros:
«¡Caramba, qué imaginación tiene el muchacho! Decididamente no
es un espíritu vulgar, pues si lo fuera, loco o cuerdo, no le sería posible
pintar un cuadro tan real y pintoresco, ni representar una escena tan original.
¡Pobre cabecita enferma! ¡No te faltará un amigo y un amparo mientras yo figure
entre los vivos! Te tendré siempre a mi lado. Serás mi niño mimado, mi pequeño
compañero... Y recobrarás la salud. Entonces se hará un nombre y yo podré
decir: Sí, este muchacho es mío, yo lo recogí cuando era un miserable golfillo
sin hogar, pero comprendí que anidaban en su alma ideas muy elevadas y que
llegaría un día en que seria famoso... Miradle, observadle... ¿Tuve o no tuve
razón?»
El rey habló con voz mesurada y semblante pensativo:
Me habéis librado de la injuria y de la vergüenza y, tal vez,
me habéis salvado también la vida, y con ello mi corona. Un favor como éste
merece muy espléndida recompensa. Dime qué deseas, y tu pretensión está al
alcance de mis atribuciones reales, será complacida.
Esta proposición fantástica sacó a Hendon de sus meditaciones.
Estaba ya a punto de dar gracias al rey y dejar la cuestión de lado,
manifestando que no había hecho más que cumplir con su deber y que no anhelaba
recompensa, cuando, de pronto, acudió a su mente una idea más sensata, y pidió
permiso para guardar silencio durante unos momentos y reflexionar la generosa
oferta, a lo cual accedió gravemente el monarca, considerando que era mejor no
precipitarse en un asunto de tanta importancia.
Miles meditó durante breves instantes y dijo para sus adentros:
«Sí, ese es. Por cualquier otro medio me sería imposible lograrlo... y por
cierto que la experiencia de estas últimas horas pasadas me ha demostrado que
sería penosísimo e inconveniente seguir como ahora. Sí, lo propondré... Fue una
casualidad afortunada que no dejara perder la ocasión. »
Después de pensado esto, Miles hincó la rodilla y dijo:
Mi pobre servicio no ha llegado a más que al simple deber de un
vasallo y, por lo tanto, no tiene ningún mérito; pero puesto que Vuestra
Majestad considera que merece una recompensa, voy a permitirme hacer una
petición a tal efecto: Hará cosa de unos cuatrocientos años, como Vuestra
Majestad no ignora, estando enemistados Juan, rey de Inglaterra, y el rey de
Francia, se decretó que dos campeones; tendrían que combatir en el palenque con
objeto de poner fin a la disputa con lo que se dio en llamar juicio de Dios.
Reunidos, pues, los dos mencionados monarcas y el rey de España para ser
testigos del combate y juzgarlo, apareció el campeón francés, tan temible, que
nuestros caballeros ingleses se negaron a medir sus armas con él. Por ello,
aquella cuestión, por cierto muy grave, estuvo a punto de ser fallada en contra
del soberano inglés por falta de contrincante en la lucha decisiva. Lord de
Courcy, el más potente brazo de Inglaterra, se hallaba a la sazón en la Torre,
despojado de sus honores y de sus posesiones y consumiéndose en largo
cautiverio. Se recurrió, pues, a el, que accedió y se presentó armado de punta
en blanco para el combate, y apenas contempló el francés su cuerpo hercúleo y
oyó su famoso nombre, huyó más que de prisa, y el rey de Francia perdió su
causa. Entonces el rey Juan restituyó a De Courcy sus títulos y sus posesiones
y le dijo: «Dime lo que deseas y te lo concederé, aunque haya de costarme la
mitad de mi reino. » A lo cual De Courcy, hincando la rodilla como ahora yo
estoy haciendo, contestó a su soberano: «Pido una sola cosa, señor, y es que yo
y mis sucesores tengamos y conservemos el privilegio de permanecer cubiertos
delante del rey de Inglaterra mientras perdure el trono. », Como Vuestra
Majestad no ignora, la merced fue concedida, y como en estos cuatrocientos años
a la familia nunca le ha faltado hasta el día de hoy el jefe de la antigua casa
lleva ante la majestad del rey la cabeza cubierta con el sombrero o el yelmo,
sin la menor dificultad y sin que nadie más pueda hacerlo. Invocando, pues,
este precedente, en apoyo de mi petición, suplico a Vuestra Majestad que me
otorgue esta gracia y privilegio... como más que suficiente recompensa para
mí... y ninguna otra cosa más, sino sólo que yo y mis herederos tengamos para
siempre autorización para sentarnos en presencia del rey de Inglaterra.
Levantaos, sir Afiles Hendon, caballero dijo gravemente el
rey, dando a aquél el espaldarazo con su propia espada. Levantaos y sentaos.
Vuestra petición queda concedida. Mientras Inglaterra exista y continúe su
corona, vuestro privilegio no desaparecerá.
Su Majestad se apartó y comenzó a andar por la habitación,
cavilando, y Hendon, dejándose caer en una silla, se quedó contemplándole,
pensando: «Ha sido una idea acertada que me ha procurado un gran consuelo,
porque mis piernas están fatigadísimas. De no habérseme ocurrido,
indudablemente habría tenido que estar de pie durante semanas enteras, hasta
que el cerebro del pobre muchacho hubiera recobrado la salud... ¡Y heme aquí
convertido en un caballero del reino de los sueños y de las sombras! Para un hombre
tan realista como yo, esta situación es, en verdad, muy particular y extraña.
No quiero reírme, ¡Dios me libre!, porque esto que para mí es tan inverosímil,
tan insustancial, para el muchacho es real. Y para mí, de cierto modo, tampoco
es una falsedad, porque refleja fielmente el espíritu dulce y generoso de este
jovencito.
Y después de una pausa, reflexionó finalmente: ¡Ah, si me
llamara con mi elevado título delante de la gente! ¡Vaya contraste entre mi
gloria y mis pobres prendas de vestir! Pero no importa, llámeme como quiera, si
éste es su gusto, estaré muy contento. »
13. La desaparición del príncipe
Una profunda modorra adormecía ahora a los dos compañeros.
Quitadme esos harapos dijo el reyecito, refiriéndose a su
lamentable atavío.
Hendon desnudó al muchacho sin objetar nada, sin pronunciar
palabra, le tendió en la cama, lo arropó y, mirando en torno de la habitación,
dijo para sus adentros, tristemente:
«¡Otra vez me vuelve a quitar mi cama! ¿Y qué hago yo ahora?»
El reyecito se dio cuenta, de su perplejidad y la disipó con la
siguiente indicación que pronunció soñoliento:
Tú dormirás atravesado en la puerta y la guardarás celosamente.
Poco después se hallaba ya libre de sus desazones, sumido en un
profundo sueño.
«¡Caramba con el muchacho! ¡Decididamente habría tenido que
nacer rey se dijo Hendon, admirado, pues representa su papel a las mil
maravillas! »
Y se tendió en el suelo de parte a parte de la puerta, pensando
con alegre resignación: «Peor cama tuve durante siete años. Encontrar esto
insoportable sería una ingratitud hacia el Altísimo. »
No concilió el sueño hasta el amanecer. Hacia el mediodía se
levantó, destapó muy cautelosa mente a su protegido y tomó la medida de su
cuerpo con un cordel. Pero no había terminado todavía la operación cuando el
rey se despertó, se quejó de frío y le preguntó qué estaba haciendo.
Ya he terminado, señor, repuso Hendon. Y ahora tengo que ir a
hacer alguna diligencia, pero vuelvo en seguida. Dormid de nuevo, que bien lo
necesitáis. Permitidme que os tape también la cabeza y así entraréis más pronto
en calor.
No había Hendon terminado de hablar que el rey vagaba ya por la
región de los sueños. Entonces aquél salió silenciosamente y volvió, a entrar
con gran sigilo al cabo de unos treinta o cuarenta minutos, con un traje
completo de niño adquirido en una tienda de saldos: era de tela de baja calidad
y mostraba señales patentes de haber sido usado, pero limpio y apropiado a la
estación del año. Se sentó y se puso a examinar su compra, al mismo tiempo que
se decía:
Una bolsa más repleta habría comprado cosa mejor, pero cuando
uno no dispone de buen caudal se ha de contentar con lo que le permiten obtener
sus medios...
»Había una mujer en nuestra ciudad
En nuestra ciudad habitaba...
Parece que se ha movido. Tendré que cantar más quedo. No
conviene turbar el sueño cuando le espera un viaje tan pesado y, además, el
pobre chico está excesivamente cansado… Esta prenda está bastante bien; con un
remiendo aquí y otro allí, quedará magnífica. Esta otra es mejor, pero no
estará de más un pequeño repaso. Estos zapatos están en buen estado, y con
ellos tendrá sus pies secos y calientes. Serán algo nuevo para él, porque,
indudablemente, está acostumbrado a ir descalzo en verano y en invierno... ¡Ah,
si el hilo fuese pan! ¡Con qué poco dinero se compra lo que se necesita para un
año! Y, además, regalan una aguja tan linda como ésta. Pero ahora me va a
costar una eternidad enhebrarla.
Y, en efecto, así fue. Como les ha ocurrido siempre a los
hombres y probablemente les seguirá ocurriendo por los siglos y los siglos.
Pero al cabo de muchas pruebas logró enhebrarla y cogiendo la prenda se la puso
encima de las rodillas y comenzó a coser.
La posada está pagada, incluido el desayuno que nos han de
traer y, aún me queda bastante dinero para comprar un par de borricos y
sufragar los pequeños gastos de viaje durante los dos o tres días de camino que
nos separan de la abundancia que nos está esperando en Hendon Hall.
»Amaba a su es..
»¡Uy! Me he clavado la aguja en la uña..., pero no importa; no
me viene de nuevo, aunque no por eso me hace mucha gracia... ¡Allí seremos muy
felices! No te quepa duda, pequeño... Tus desazones se habrán acabado y tu
malhumor también.
»Amaba a su esposo con pasión,
pero otro hombre...
»¡Eso sí que son puntadas magníficas! exclamó, admirando la
prenda que remendaba.
Tiene una grandeza majestuosa a cuyo lado esos puntos mezquinos
del sastre tienen un aspecto desdeñable y plebeyo...
»Amaba a su esposo con pasión,
pero otro hombre la amaba a ella…
»¡Vamos, ya está! No puede negarse que ha sido un remiendo
rápido y perfecto. Ahora voy a despertar al pequeño, le vestiré, le refrescaré,
le daré de comer y nos dirigiremos al mercado que hay cerca de la posada del
Tabardo, en Southwark y... Dignaos levantaros, señor... ¡No contesta! ¿Qué es
eso? Tendré forzosamente que profanar su sagrada persona con mi tacto, puesto
que su sueño le ha vuelto sordo... ¡Cómo!
Apartó la ropa... ¡El muchacho había desaparecido!
Hendon miró a su alrededor, anonadado y durante unos momentos no
pudo expresar en palabras su estupefacción. Notó también entonces que faltaban
las ropas harapientas de su protegido y entonces comenzó a echar maldiciones y
a llamar furioso al posadero. En aquel preciso momento se presentó un criado
con el desayuno.
¡Habla, aborto de Satanás! ¡Habla o ha llegado tu hora! -rugió
Hendon, al mismo tiempo que daba tan salvaje salto hacia el camarero, que éste
quedó mudo de sorpresa y de espanto durante unos momentos ¿Dónde está el
muchacho?
Balbuceando sílabas confusas y entrecortadas, el criado dio con
voz temblorosa la información que se le exigía.
Apenas habíais salido de aquí, señor, cuando se presentó un
muchacho corriendo y dijo que vuestra voluntad era que el pequeño que dormía
aquí fuese a reunirse con vos en el extremo del puente, por el lado de
Southwark. Yo lo traje aquí, y cuando, el pequeño se despertó y le di el
recado, se mostró algo contrariado por haber sido despertado «tan temprano»,
según dijo, pero se puso precipitadamente sus andrajos y se marchó con el
muchacho desconocido, murmurando que mejor hubiera sido que vos hubierais venido
en persona en lugar de enviar a un extraño..., de modo que...
¡De modo que eres un necio, un insensato, un bobo que se deja
engañar fácilmente! ¡Maldita sea toda tu casta! Pero quizá no le han hecho
daño... Voy en su busca. Mientras tanto, prepara la mesa. Pero, espera... La
ropa de la cama estaba puesta en forma que pareciera tapar a alguien. ¿Fue
casualidad o está hecho adrede?
Lo ignoro, señor. Yo he visto que el muchacho desconocido
revolvía la ropa de la cama.
¡Rayos y truenos! Lo hicieron sin duda para engañarme, y
procuraron ganar tiempo. Oye, ¿iba solo el rapaz en cuestión?
Completamente solo, señor.
¿Estás seguro?
Segurísimo.
Reflexiónalo bien, procura recordar..., tómalo con calma.
Después de meditar un momento, el criado declaró:
Cuando ha llegado no iba nadie con él, pero ahora recuerdo que
al salir los dos, antes de confundirse entre la multitud que había en el
puente, un hombre con aspecto de rufián ha salido de un sitio próximo y en el
preciso momento en que se reunía con ellos...
¿Y qué ha ocurrido entonces? ¡Acaba de una vez! gritó Hendon,
interrumpiéndole, con voz de trueno.
Pues que en aquel momento la multitud les ha rodeado y no me ha
sido posible ver nada más, porque me ha llamado mi amo, furioso al darse cuenta
de que había olvidado un cuarto de pollo encargado por el escribano, aunque yo
tomo a todos los santos por testigos de que regañarme por tal distracción es
como llevar a juicio a un niño antes de nacer por sus futuros pecados...
¡Quítate de mi vista, idiota! ¡Tu charla estúpida me vuelve
loco! Pero espera... ¿Adónde vas tan de prisa? ¿No puedes aguardar un instante?
¿Se fueron hacia Southwark?
En efecto, señor..., pues como iba diciendo, respecto a aquel
maldito cuarto de pollo, el niño que no ha nacido no tiene ni más ni menos
culpa que. ..
¿Aún estás aquí? ¡Y todavía charlando! ¡Procura desaparecer si
no quieres que te estrangule!
El criado se retiró. Y tras de él salió Hendon, que pasó por su
lado y le adelantó bajando los escalones de dos en dos, al mismo tiempo que
refunfuñaba:
¡Ha sido ese villano ruin que lo reclamaba cómo hijo suyo! ¡Te
he perdido, mi pequeño señor demente... y ése es un pensamiento muy amargo!
¡Con lo que me había encariñado ya contigo! Pero, ¡no! ¡Por los clavos de
Cristo! ¡No te he perdido! No te he perdido porque voy a registrar cada rincón
de Inglaterra hasta encontrarte... ¡Pobre muchacho! Allí ha quedado su
almuerzo... y el mío, pero ya no tengo apetito... que se lo coman los
ratones... ¡De prisa, de prisa! ¡Esta es la palabra!
Mientras se abría paso hacia el puente entre la multitud
tumultuosa, dijo varias veces para sí, aferrándose a este pensamiento como si
le resultara agradable:
«Regañó, se quejó, pero si se ha marchado es porque ha creído
que Miles Hendon le llamaba... ¡Simpático muchacho! Estoy seguro que no hubiera
obedecido la indicación de nadie más... »
14. «¡El rey ha muerto! ¡Viva el rey! »
Aquella misma mañana, al amanecer, Tom Canty despertó
pesadamente de un profundo sueño y abrió los ojos en las tinieblas. Permaneció
en silencio unos momentos, tratando de analizar sus ideas confusas y sus
impresiones y de encontrarles relación. De pronto, exclamó, con voz de
exaltación feliz, pero contenida:
¡Ahora lo veo todo claro! ¡Lo veo todo claro! ¡Por fin
desperté, gracias a Dios! ¡Ven, alegría! ¡Márchate, pesadumbre! ¡Oh, Nan, Bet!
Abandonad vuestra yacija y venid a mi lado para que pueda hacer llegar a
vuestros oídos incrédulos el sueño más fantástico que forjaron jamás los
espíritus de la noche para dejar asombrada la mente humana. ¡Nan, Bet!
Una forma confusa apareció a su lado, y una voz dijo:
¿Os dignáis darme vuestras órdenes?
¿Mis órdenes? ¡Oh, desdichado de mí! Conozco vuestra voz.
¡Hablad! ¿Quién soy yo?
¿Vos, señor? En verdad que ayer erais el príncipe de Gales,
pero hoy sois mi magnánimo y muy venerado rey Eduardo de Inglaterra.
Tom hundió su cabeza en la almohada y exclamó con voz lastimera:
¡Ay! ¡No era un sueño! Id a descansar y dejadme con mis penas.
Tom se durmió nuevamente, y al cabo de un rato tuvo el siguiente
sueño agradable: Su fantasía le transportó a la hermosa pradera llamada
Goodman's Fields donde se le antojó estar jugando en pleno verano. De pronto
vio aparecer un enano de sólo unos dos palmos de estatura, con larga barba y
muy jorobado.
Cava junto a este tronco le dijo.
Así lo hizo Tom y encontró doce peniques nuevos y relucientes.
¡Una gran fortuna! Pero no fue esto lo mejor, pues el gnomo prosiguió:
Te conozco. Eres un buen muchacho y mereces ser dichoso. Tu
existencia desgraciada ha terminado. Ha llegado el día de la recompensa. Ven a
cavar aquí cada siete días, y siempre encontrarás el mismo tesoro: doce
peniques nuevos, y brillantes. No lo digas a nadie... guarda el secreto.
Cuando hubo desaparecido el enano, Tom fue volando a Offal Court
con su premio, diciendo para sus adentros: «Daré cada noche un penique a mi
padre. Se figurará que lo he ganado pidiendo limosna, estará contento y no
recibiré más palizas. Cada semana daré un penique al buen sacerdote que se
dedicó a instruirme, y los otros cuatro peniques serán para mi madre, Bet y
Nan, ¡Basta ya de sufrir hambre y de llevar andrajos! ¡Se acabaron los temores,
los apuros y las brutalidades!
Llegó en sueños a su sórdido hogar, jadeante, pero con los ojos
centelleantes de entusiasmo y de gratitud. Echó cuatro de sus peniques en el
halda de su madre y dijo:
Todos son para ti y para Nan y Bet... obtenidos honradamente,
sin pedir limosna ni robarlos.
La madre, feliz y asombrada, le estrechó contra su pecho y
exclamó:
Se está haciendo tarde. ¿Quiere levantarse Vuestra Majestad?
¡Ah, no era ésta la contestación que Tom esperaba! El sueño se
había disipado, estaba despierto... estaba despierto.
Abrió los ojos y vio al primer lord de cámara arrodillado junto
a su lecho, y ricamente vestido. El encanto del delicioso sueño se desvaneció y
el pobre muchacho se dio cuenta de que todavía era cautivo y monarca. La
estancia estaba llena de cortesanos que lucían capas de púrpura, el color del
luto en la corte, y de nobles servidores del soberano. Tom se sentó en la cama,
y por entre las gruesas cortinas de seda, observó el lujo de las personas allí
reunidas.
Comenzó la complicada operación de vestir al rey, y mientras
tanto uno tras otro, los cortesanos fueron hincando la rodilla para rendir
homenaje y testimoniar al joven monarca el pésame por la irreparable pérdida
sufrida. Al principio, el primer escudero del servicio tomó una camisa, que
pasó al primer lord de las jaurías, éste la entregó al segundo caballero de
cámara, quien, a su vez, la pasó al guarda mayor del bosque de Windsor, y éste
al canciller real del ducado de Lancaster, quien la entregó al jefe del
guardarropa, quien la pasó a uno de los heraldos jefes, y éste, al condestable
de la Torre, quien la pasó al mayordomo jefe de servicio, que, a su vez, la
entregó al gran mantelero hereditario, quien la pasó al lord gran almirante de
Inglaterra, y éste al arzobispo de Canterbury, el cual la pasó al primer lord
de cámara, que tomó lo que quedaba de la prenda y se la puso a Tom. Al pobre
muchacho esta escena le hizo pensar en el caso del cubo que pasa de mano en
mano cuando se pretende apagar un incendio.
Cada prenda tuvo que sufrir este solemne proceso lento,
inacabable, y Tom se aburrió de lo lindo con aquella fastidiosa ceremonia. Tal
era su tedio, que llegó a experimentar casi un sentimiento de gratitud cuando
al fin vio que aparecían las largas medias de seda y supuso que tocaba ya a su
fin toda aquella mojiganga. Pero se alegró demasiado pronto, pues el primer
lord de cámara recibió las medias y se disponía ya a ponerlas en las piernas de
Tom, cuando súbitamente su semblante se puso colorado, y devolviéndolas,
avergonzado, al arzobispo de Canterbury, murmuró: «Mirad, señor. » Este
palideció y pasó las medias al lord gran almirante, cuchicheando: «Fijaos,
milord. » A su vez, el gran almirante las entregó al gran mantelero hereditario
que, lleno de asombro, apenas le quedó aliento para decir: «¡Mirad, milord!», y
de este modo, las medias, como había ocurrido con la camisa, comenzaron a
desfilar por las manos de todos aquellos personajes, hasta que llegaron a manos
del primer escudero del servicio, quien, contemplándolas, anonadado, balbució:
«¡Cielo santo! ¡Se ha escapado un punto! ¡A la Torre con el custodio mayor de
las medias del rey!» Y dicho esto, se apoyó en el hombro del primer lord de las
jaurías, mientras recobraba fuerzas y traían otras medias sin ningún defecto.
Pero todas las cosas tienen su fin, y por ello Tom, Canty,
después de tan engorrosa circunstancia, pudo abandonar el lecho. Entonces, el
funcionario encargado del servicio echó agua al palanganero, otro funcionario
de igual categoría presentó la toalla, después de lo cual, Tom se halló
preparado para recibir los servicios del peluquero real. Cuando por fin el
muchacho salió de las manos de aquel maestro del tocado, presentaba una bella
figura, tan fina que parecía una niña, con su capa y su pantaloncito corto de
raso púrpura y su sombrero con plumas del mismo color. Se dirigió fastuosamente
al comedor del desayuno, entre dos hileras de cortesanos que, a su paso,
hincaban la rodilla. Después del desayuno fue conducido con toda pompa al salón
del trono, donde comenzó a despachar los asuntos de Estado. Su «tío», lord
Hertford, se situó junto al trono para ayudar a la mente real con prudentes
consejos.
Se presentaron los ilustres magnates nombrados albaceas por el
difunto rey, para solicitar, por pura fórmula, la aprobación de Tom sobre
determinados actos. El arzobispo de Canterbury se refirió al decreto del
consejo de albaceas relativo a las exequias de Su difunta Majestad, y acabó por
dar lectura a las firmas de los albaceas que eran: el arzobispo de Canterbury;
el lord Canciller de Inglaterra; lord William Saint John; lord John Rusell;
conde Eduardo de Hertford; vizconde John Lisle y el obispo de Durham, Cuthbert.
Tom no prestaba atención, porque estaba absorto reflexionando
una de las primeras cláusulas del documento que le indujo a preguntar, muy
intrigado y en voz baja a lord Hertford:
¿Qué día han dicho que ha quedado fijado para el entierro?
El 16 del mes próximo, señor.
¡Qué desatino! Pero ¿va a conservarse el cadáver?
El pobre muchacho desconocía las costumbres de la realeza. Sólo
sabía que en Offal Court los muertos eran sacados de allí en forma sencilla y
extraordinariamente expedita. Sin embargo, lord Hertford le hizo comprender las
cosas con dos palabras. Un secretario de Estado presentó una orden del Consejo
señalando el día siguiente, a las once de la mañana, para la recepción de los
embajadores extranjeros, y solicitó la conformidad del rey.
Tom dirigió una mirada interrogadora a Hertford, v éste le
susurró al oído:
Vuestra Majestad tiene que dar su consentimiento. Vienen a
testimoniar el dolor de sus respectivos monarcas por el gran infortunio que
aflige a Vuestra Majestad y a Inglaterra.
Así lo hizo Tom.
Otro secretario de Estado expuso los gastos de la casa del
difunto monarca, que durante los seis meses anteriores, ascendieron a
veintiocho mil libras esterlinas, cantidad fabulosa que dejó a Tom con la boca
abierta, y más asombrado quedó todavía cuando oyó declarar que veinte mil
libras esterlinas estaban aún pendientes de pago, pero su pasmo aumentó, si
cabe, al enterarse de que las arcas estaban vacías y de que los mil doscientos
criados de la familia real se hallaban en grave apuro por falta de pago de sus
salarios.
Tom, muy preocupado dijo:
No cabe duda que iremos a parar a la más absoluta miseria.
Conviene, pues, alquilar una casa más pequeña y despedir a la servidumbre,
porque los criados no sirven más que para demorarlo todo y para fastidiarle a
uno con servicios aparatosos e interminables, como si uno fuese un muñeco con
cabeza y manos, pero que no pudiera servirse de ellas. Ahora recuerdo una
casita en Billingsgate, situada frente al mercado de pescado...
Una fuerte presión en el brazo de Tom obligó a éste a
interrumpir sus palabras y le hizo sentirse avergonzado, pero ninguno de los
presentes pareció haberse dado cuenta de las extrañas consideraciones del joven
soberano.
Un secretario dio cuenta de que, en atención a que el difunto
rey había dispuesto en su testamento que fuese conferido el título de duque al
conde de Hertford y se elevara a su hermano sir Thomas Seymour a la dignidad de
par, y al hijo de Hertford a la de conde, junto con similares concesiones a
otros grandes servidores de la corona, el Consejo había decidido celebrar,
sesión el 16 de febrero para la confirmación y entrega de dichos honores, y
que, por lo tanto, no habiendo fijado el difunto rey, por escrito, cláusulas
convenientes para el sostenimiento de las referidas dignidades, el Consejo, que
sabía cuáles eran los deseos del monarca fallecido sobre este particular, había
resuelto conceder a Seymour terrenos por valor de quinientas libras esterlinas,
y al hijo de Hertford terrenos por valor de ochocientas libras, y trescientas
libras del terreno del primer obispado que quedaría vacante..., si Su Majestad
se dignaba dar su real conformidad.
Tom se disponía a decir algo relativo a la conveniencia de
empezar por el pago de las deudas del difunto rey antes de malgastar todo aquel
dinero, pero un suave golpecito oportuno dado al brazo del muchacho por el
previsor Hertford evitó esta indiscreción; por consiguiente, Tom dio el
asentimiento real sin comentarios, aunque muy contrariado. Mientras se hallaba
sentado meditando sobre la facilidad con que estaba realizando extraños
milagros sorprendentes, cruzó por su cerebro una idea luminosa. ¿Por qué no
nombrar a su madre duquesa de Offal Court y darle la correspondiente hacienda?
Pero instantáneamente un pensamiento triste borró esta idea. El no era rey más
que de nombre, y aquellos sesudos ancianos y nobles encopetados eran sus amos.
Como para ellos su madre no era más que la criatura imaginaria de una mente
perturbada, escucharían simplemente su proposición con incredulidad y mandarían
llamar al médico inmediatamente.
La aburrida labor prosiguió con tedio exasperante. Se dio
lectura a peticiones, proclamas, patentes y a toda clase de fastidioso
papelamen relativo a asuntos públicos, y por fin Tom suspiró patéticamente
diciendo para sus adentros: «¿Qué pecado habré cometido para que Dios haya
decidido privarme de los campos, del aire libre y de la luz del sol,
encerrándome aquí para convertirme en rey y desesperarme de esta manera?»
Su pobre cabeza trastornada se movió un momento y acabó por
inclinarse dormida sobre un hombro. Y los asuntos del reino quedaron en
suspenso por falta del augusto factor: el poder que tenía que ratificarlos. Se
hizo el silencio en torno del jovencito dormido, y los sabios del reino
interrumpieron sus deliberaciones.
Antes del mediodía, Tom pasó una hora deliciosa, con el
consentimiento de sus guardianes Hertford y Saint John, en compañía de la
princesa Isabel y la princesa Juana Grey, aunque el ánimo de las dos muchachas
estaba bastante decaído por el gran infortunio que acababa de caer sobre la
casa real. Al final de la visita, su «hermana mayor», que fue posteriormente
«María la sanguinaria», de la cual nos habla la historia, le dejó perplejo con
una solemne entrevista que, a sus ojos, no tenía más que un mérito: la brevedad.
Tom permaneció unos instantes solo y luego fue admitido a su presencia un niño
de unos doce años, cuyo traje, excepto la nívea golilla y los encajes de las
mangas, era negro; con su jubón, sus medias v demás. No ostentaba más señal de
luto que un lazo de cinta morada en el hombro. Avanzó, vacilando, con la cabeza
descubierta e inclinada en reverencia. Hincó la rodilla delante de Tom. Este le
contempló un momento y le dijo:
Levántate, muchacho. ¿Quién eres y qué deseas?
El niño se levantó con graciosa desenvoltura, pero con semblante
temeroso, y contestó:
Por fuerza debéis acordaros de mí, señor. Soy vuestro «niño de
azotes».
¿Mi «niño de azotes»?
El mismo, señor. Soy Humphrey... Humphrey Marlow.
Tom pensó que aquel muchacho era alguien respecto al cual sus
guardianes habrían tenido que darle instrucciones. La situación era, pues,
delicada. ¿Qué hacer? ¿Fingir que le conocía para luego demostrar ya con las
primeras palabras que no le había visto jamás? No, no resultaba conveniente.
Pero una idea vino a ayudarle. Trances como aquél le ocurrirían probablemente
muy a menudo, cuando asuntos perentorios apartaran de su lado a Hertford y a
Saint John, que eran miembros del Consejo de albaceas. Por lo tanto, lo mejor
sería quizá que preparara él mismo un plan para salir airoso de tales apuros.
Iba a probarlo ya con aquel muchacho. Se pasó, pues, la mano por la frente con
aire de perplejidad y al cabo de un momento dijo:
Ahora creo acordarme algo de ti..., pero el sufrimiento anubla
mi memoria.
¡Ah, mi pobre señor! exclamó el «niño de azotes» con
sentimiento compasivo. Y añadió para sus adentros: «Entonces es verdad lo que
dicen... ¡Se ha vuelto loco! Pero ¡desgraciado de mí! ¡Olvidaba que me han
indicado que está absolutamente prohibido demostrar que uno se ha dado cuenta
de su demencia!»
Es extraño cómo me falla la memoria estos días dijo Tom. Pero
no hagas caso..., ya voy corrigiéndome..., y a veces, con un pequeño indicio
cualquiera consigo recordar de nuevo las cosas y los nombres que había
olvidado. (Y no sólo ésos pensó Tom, sino hasta los que nunca oí... como
podrá ver este muchacho.) Dime qué motivo te trae aquí.
Es asunto de poca importancia, señor, pero lo expondré a
Vuestra Majestad si os dignáis escucharme. Hace dos días, cuando Vuestra
Majestad se equivocó tres veces en sus lecciones matinales de griego... ¿Se
acuerda Vuestra Majestad?
Sí..., me pa...rece que sí. (Y no miento mucho, porque si me
llego a meter con el griego, no me habría equivocado sólo tres veces, sino
cuarenta.) Sí, sí, ahora me acuerdo... Continúa.
El profesor, indignado por lo que él llamaba vuestra desidia
estúpida, dijo que me azotaría de lo lindo, y...
¿Azotarte a ti? exclamó Tom, asombrado hasta perder su
presencia de ánimo. ¿Por qué te han de azotar a ti por faltas mías?
¡Ah! Vuestra Majestad olvida nuevamente... Cuando no sabéis la
lección me propinan una gran paliza
Cierto, cierto..., lo había olvidado. Tú me das lecciones
particulares y, claro, si luego me equivoco, deducen que no tienes aptitud para
instruirme, y...
¡Oh, Majestad! ¿Qué palabras son ésas? ¿Yo, el más humilde de
vuestros criados, iba a atreverme a educaros a vos?
Entonces, ¿qué te pueden reprochar? ¿Qué enigma es éste? ¿Me he
vuelto loco de veras o eres tú el que ha perdido la razón? Explícate...,
explícate.
Pero, Majestad, huelga toda explicación... Nadie puede poner la
mano en la sagrada persona del príncipe de Gales; por lo tanto, cuando él
comete una falta, los golpes impuestos como castigo los recibo yo, y así ha de
ser y me conviene a mí que así sea, porque éste es mi oficio y mi medio de vida
.
Tom se quedó contemplando al muchacho, pensando:
«Este es un caso extraordinario, una profesión singular y muy
curiosa; me extraña que no hayan contratado también un muchacho para que se
peine y se vista por mí... ¡Ojalá lo hagan! Si así fuese, sería capaz de
aceptar los azotes en mi cuerpo y daría gracias a Dios por el cambio. »
Y prosiguió, en voz alta:
¿Y te han pegado, pobre amigo mío, de conformidad con la
promesa?
No, señor. Mi castigo fue fijado para hoy, y tal vez será
anulado en atención a los días de luto que atravesamos. Lo ignoro, y por esto
me he permitido venir para recordar a Vuestra Majestad su generosa promesa de
interceder en mi favor...
¿Con el maestro, para librarte de los azotes?
¡Ah, Vuestra Majestad lo recuerda!
Como puedes ver, mi memoria se enmienda
Puedes estar tranquilo... Ya me preocuparé de que tu espalda
quede sana y salva.
¡Oh, gracias, mi buen señor! exclamó el chiquillo, hincando
nuevamente la rodilla. Tal vez me he excedido en mi atrevimiento y, sin
embargo...
Tom, al ver que Humphrey vacilaba, le animó para que continuara
hablando, diciéndole que se sentía «inclinado a las concesiones».
Entonces voy a hablar sinceramente porque se trata de algo que
me interesa en gran manera. Puesto que no sois ya príncipe de Gales, sino rey,
podéis ahora ordenarlo todo a vuestro capricho y voluntad, sin que nadie se
pueda oponer a vuestros deseos... Por lo tanto, no hay motivo para que, en lo
sucesivo, os toméis la molestia de estudiar fastidiosamente... Quemad, pues,
los libros y dejad que vuestro cerebro piense cosas más divertidas. Pero
entonces, naturalmente, yo quedaré en la miseria, y mis pobres hermanas,
huérfanas igualmente, en la indigencia conmigo.
¿En la miseria? ¿Por qué?
Porque mi espalda es mi pan. ¡Oh, generosa Majestad! Si quedo
sin empleo voy a morir de hambre. Si vos dejáis de estudiar, perderé mi
ocupación, puesto que no necesitaréis «niño de azotes». ¡No me despidáis!
Tom se sintió conmovido por esta súplica patética, y con un
arranque de regia generosidad, dijo:
No te preocupes por eso, muchacho. Tu oficio será permanente y
seguirá siendo siempre tu especialidad.
Dicho esto, dio al muchacho el espaldarazo con la parte plana de
su espada y exclamó:
¡Levántate, Humphrey Marlow, gran «niño de azotes» hereditario
de la casa real de Inglaterra! Cierra el paso a tus penas.. . Yo volveré a
hojear mis libros, pero estudiaré tan mal, que tendrán, muy merecidamente, que
triplicar tu salario, pues procuraré que tengas mucho trabajo.
El agradecido Humphrey contestó fervorosamente:
¡Gracias, oh, nobilísimo señor! Vuestra magnanimidad de
príncipe viene a cumplir sobradamente mis anhelos y ensueños de fortuna. Ahora
voy a ser dichoso durante toda mi vida y también, después de mí, la casa de
Marlow.
Como Tom tenía suficiente perspicacia para comprender que aquel
muchacho podía serle útil, incitó a Humphrey a que siguiera hablando, a lo
cual, el pobre chico no tenía el menor reparo que oponer, pues sentía una gran
satisfacción al figurarse que contribuía a que el rey recobrara la salud, pues
siempre al acabar de relatar a éste los diversos detalles de su experiencia y
aventuras en la regia sala de clase o en cualquier otro lugar de palacio,
observaba que Su Majestad, a pesar de su mente perturbada, recordaba todas las
circunstancias con perfecta clarividencia. Al cabo de una hora, Tom se halló
perfectamente informado respecto a los personajes y a los asuntos de la Corte
y, por consiguiente, decidió enterarse cada día por medio de la misma fuente. Y
con este objeto dio orden de que Humphrey fuera admitido a la regia presencia
siempre que lo deseara, excepto en las ocasiones en que Su Majestad de
Inglaterra se encontrara, ocupada con otras personas. Pero apenas había
despedido a Humphrey, cuando entró lord Hertford con nuevas molestias para Tom.
Venía a comunicarle que los lores del Consejo, temiendo que
algún informe exagerado sobre la mente perturbada del rey hubiera trascendido
al exterior y se hubiera divulgado, estimaban conveniente que Su Majestad
empezara a comer en público uno e dos días después... ya que su aspecto sano y
su paso firme, añadido a un talante sereno, a unos modales estudiados y a una
actitud gentil, tranquilizarían seguramente la opinión general, en caso de que
hubiesen circulado graves rumores, mucho mejor que de cualquier otra manera que
pudiera imaginarse.
Luego, el conde, muy discreta y delicadamente, procedió a
instruir a Tom sobre el modo de comportarse en esta clase de ceremonias regias,
con el pretexto bastante vulgar de «recordarle» cosas que él de sobra sabía.
Pero, con gran satisfacción, se dio cuenta de que Tom, sobre este punto,
necesitaba muy pocas instrucciones... Se había valido de Humphrey, que le
comunicó que dentro de pocos días iba a tener que comenzar a comer en público,
pues lo había oído murmurar por la Corte. Y Tom conservó estos datos para su
gobierno.
Al ver la memoria del rey tan mejorada, el conde se aventuró a
hacer algunas pruebas, fingiendo no hacerlo adrede, con objeto de observar
hasta qué grado alcanzaba su mejoría. Los ensayos tuvieron un resultado feliz
en los puntos en que subsistían las huellas de Humphrey, y en conjunto el conde
se sintió muy satisfecho y animado, hasta el extremo de exclamar, con acento de
completa confianza:
Ahora estoy persuadido de que si Vuestra Majestad se digna
poner un poco más a prueba su memoria conseguirá descubrir el enigma del gran
sello, una pérdida de gran importancia en días pasados, aunque no la tenga
ahora porque sus servicios terminaron al fallecer nuestro hoy difunto rey.
¿Quiere Vuestra Majestad dignarse hacer la prueba?
Tom se encontraba entre la espada y la pared, porque el gran
sello era para él un objeto completamente desconocido. Después de estar un
momento vacilando, levantó inocentemente la vista, y preguntó:
¿Cómo era, milord?
El conde se estremeció casi imperceptiblemente y dijo para su
adentros:
¡Ay! ¡Su juicio ha vuelto a abandonarle! Ha sido un desatino
ponerlo a prueba.
Y hábilmente encauzó la conversación hacia otros asuntos, con el
propósito de borrar el desdichado sello de los pensamientos de Tom..., lo cual
consiguió fácilmente.
15. Tom actúa como rey
Al día siguiente se presentaron los embajadores extranjeros con
sus fastuosas comitivas, y Tom, despavorido, les recibió sentado en su trono.
Sin embargo, el esplendor de la escena deleitó sus ojos y exaltó su
imaginación, pero como la audiencia fue larga y fastidiosa, con sus
interminables discursos y demás, lo que al principio resultaba agradable acabó
poco a poco por trocarse en extremo aburrimiento y profunda nostalgia. Tom, de
vez en cuando, repetía las palabras que le dictaba Hertford, y procuraba salir
del aprieto lo más airosamente posible; pero en tales cuestiones era un
verdadero novato, y estaba, además, demasiado desconcertado para conseguir
siquiera un éxito regular. Su aspecto era bastante regio, pero en su fuero
interior no lograba sentirse rey. Su corazón experimentó un gran alivio cuando
hubo terminado la engorrosa ceremonia.
El tercer día del reinado de Tom transcurrió muy parecidamente a
los demás, pero en cierto modo se disipó algo la nube que envolvía al muchacho,
y éste se sintió menos molesto y apurado que al principio, pues, poco a poco,
iba acostumbrándose a las circunstancias y al ambiente que le rodeaba. Le
dolían aún las posaderas, pero no continuamente, y encontraba que la presencia
y el homenaje de los grandes le contrariaba y apuraba menos a cada hora que
pasaba.
A no ser por cierto acto que temía, habría podido ver acercarse
el cuarto día de su reinado sin gran sobresalto... : la comida en público
fijada para dicho día. Figuraban en el programa graves asuntos: iba a tener que
presidir un consejo para exponer su parecer respecto a la política a seguir con
las naciones extranjeras. Luego, Hertford tendría que ser elegido oficialmente
para el importante cargo de lord protector. Pero todo lo que había de llevarse
a cabo aquel día no tenía gran importancia comparado con el engorro de tener
que comer solo, ante una multitud de curiosos que tendrían los ojos fijos en él
mientras andarían cuchicheando comentarios respecto a sus actos y a sus
errores, si por desgracia llegaba a cometerlos.
Y como nada podía detener el cuarto día, éste, naturalmente,
llegó y encontró al pobre Tom cabizbajo y abstraído, y sin poder dominar su
malhumor. Los deberes ordinarios de la mañana le aburrieron
extraordinariamente, y volvió a sentir la pesadumbre de su cautiverio.
Unas horas más tarde estuvo en la sala de la audiencia
conversando con el conde Hertford y esperando que sonara la hora señalada para
una visita de ceremonia de gran número de cortesanos y de altos funcionarios de
palacio.
Al cabo de un rato, Tom, que se había asomado a una ventana y
contemplaba con interés la vida v el movimiento de la carretera real que pasaba
junto a las puertas de palacio (y no con interés ocioso, sino con ferviente
anhelo de tomar parte en aquel bullicio en plena libertad), observó la
vanguardia de una turba alborotada de hombres, mujeres y chiquillos de la más
pobre y baja ralea, que iba aproximándose por la carretera.
Quisiera saber qué ocurre exclamó con la curiosidad de un niño
ante tal suceso.
Sois el rey repuso solemnemente el conde con una reverencia.
¿Puedo contar con vuestra venia para actuar?
¡Oh, si, encantado! exclamó Tom con exaltación, añadiendo para
sí con viva satisfacción: «Verdaderamente, ser rey no significa siempre
aburrimiento, pues tiene sus compensaciones y sus ventajas. »
El conde llamó a un paje y le encargó que llevara al capitán de
la guardia la siguiente orden:
Que se cierre el paso a la muchedumbre y se pregunte el motivo
de ese barullo. ¡De orden del rey!
Unos segundos más tarde, una larga procesión de guardias reales,
cubiertos de bruñido acero, salió al exterior de las verjas, y quedaron
formados a través de la carretera frente a la multitud. Volvió un mensajero
para anunciar que aquel gentío venía siguiendo a un hombre, a una mujer y a una
niña que iban a ser ejecutados por delitos cometidos contra la paz y la
dignidad del reino.
¡La muerte... y una muerte violenta... para aquellos
desgraciados! Esta idea conmovió las fibras del corazón de Tom Se sintió
dominado por un sentimiento de piedad, con exclusión de toda otra clase de
consideraciones. No pensó en la ley quebrantada, ni en el daño que aquellos
tres criminales habían causado a sus víctimas. No le era posible pensar en nada
más que en la horca y en el horrendo destino que pendía sobre las cabezas de
los condenados. Su interés le hizo olvidar durante unos momentos que no era más
que la falsa sombra de un rey, no su esencia, y sin darse cuenta de lo que
hacía dio la orden vociferando:
¡TraedIos aquí!
Luego se sonrojó. Iba a brotar de sus labios cierta excusa, pero
al observar que su orden no había sorprendido al conde ni al paje que estiba
esperando, contuvo las palabras que se disponía a pronunciar. El paje, de la
manera más natural, hizo una profunda reverencia y salió de la sala para dar la
orden. Tom experimenté entonces un sentimiento emocionado de orgullo, y
meditando sobre las ventajas compensadoras que ofrecía la profesión de monarca,
se dijo:
«Realmente es lo que yo acostumbraba a figurarme cuando leía los
cuentos del viejo sacerdote y se me antojaba que era príncipe y que dictaba
leves y daba órdenes a todo el mundo, diciendo: Hágase esto, hágase lo otro,
sin que nadie opusiera objeciones a mi voluntad. »
Se abrieron las puertas de par en par, y, uno tras otro, fueron,
anunciándose varios títulos altisonantes, a medida que iban entrando los
personajes que los ostentaban. El aposento quedó pronto lleno de gente noble y
distinguida. Pero Tom apenas se dio cuenta de la presencia de aquellas personas
encopetadas; tan abstraído estaba en aquel otro asunto más interesante. Tomó
asiento en su regio sillón, con aire distraído, y dirigió la mirada a la puerta
con muestras de expectación e impaciencia, en vista de lo cual los allí
presentes no se atrevieron a molestarle, y optaron por iniciar una charla entre
si, que era una mezcla de chismes y de consideraciones sobre los asuntos
públicos.
Al cabo de poco rato se dejaron oír unos pasos mesurados de
hombres de armas que iban acercándose, y los reos entraron a presencia del rey,
custodiados por un alguacil y un piquete de la guardia real. El funcionario
civil hincó la rodilla ante el monarca y se apartó a un lado. Los tres
delincuentes se arrodillaron también y así permanecieron mientras la guardia se
situaba detrás del sillón de Tom. Este contempló con mirada escudriñadora a los
prisioneros. En el traje y en la apariencia del condenado había algo que
despertó en él algún recuerdo, «Me parece haber visto a ese hombre en otra
ocasión, pero no viene a mi memoria cómo ni cuándo», pensaba Tom.
En aquel preciso momento el reo levantó la vista y volvió a
bajar los ojos rápidamente, avergonzado de hallarse en presencia del monarca,
pero aquel vistazo fugaz a su rostro fue suficiente para que Tom le
reconociera. Este dijo para sus adentros: «¡Ahora me acuerdo! ¡Es el
desconocido que en aquel día crudo y ventoso de Año Nuevo se echó al Támesis y
salvó la vida a Giles Witt! Fue un acto humanitario y valeroso. ¡Lástima que
haya ahora cometido alguna acción tan baja que le ha conducido a esta triste situación!
No he olvidado nunca ni el día ni la hora en que llevó a cabo aquel acto
heroico, porque, un poco más tarde, al dar las once, la abuela Canty me propinó
una paliza de tal magnitud, que todas las que me había dado antes y las, que me
dio después, comparadas con aquélla, resultaban tiernos mimos y caricias. »
Tom ordenó, pues, que la mujer y la niña se retiraran un momento
y, dirigiéndose al alguacil, dijo:
¿Qué delito ha cometido este hombre?
El alguacil hincó la rodilla y contestó:
Señor, ha envenenado a un súbdito de Vuestra Majestad.
La compasión de Tom por el preso y la admiración que le
inspiraba éste por el abnegado arrojo que demostró al salvar al muchacho que se
ahogaba experimentaron los lamentables efectos de la decepción.
¿Se ha comprobado su culpabilidad? preguntó.
Con la mayor evidencia, señor. Tom suspiró y dijo:
Llévatelo, porque se ha hecho merecedor de la pena capital. Es
una lástima, porque tenía un corazón valeroso... bueno..., quiero decir que
parece ser intrépido.
El preso juntó repentinamente las manos con energía y,
retorciéndolas con desesperación extrema, imploró al rey con frases de espanto,
entrecortadas:
¡Oh, señor, mi rey! ¡Si podéis apiadaros de los perdidos, tened
compasión de mí! ¡Soy inocente! Se me acusa de un crimen del que no existe la
menor prueba. Pero no me refiero a eso. Se ha dictado sentencia contra mí, y
ésta no puede ser alterada. Pero en los últimos momentos de mi destino aciago,
os suplico una gracia, porque esto excede de lo que puede soportarse. ¡Uña
gracia, una gracia, oh, mi señor y rey! ¡Que vuestra piedad regia acceda a mi
ruego! ¡Dad orden de que me ahorquen!
Tom quedó perplejo. No era esto ni mucho menos lo que esperaba.
Por mi vida que es bien extraña la gracia que pides. ¿No era,
pues, ésta la muerte que te estaba reservada?
¡Oh, mi señor! ¡No era ésta! Se ha ordenado que me hiervan
vivo.
La sorpresa, que le causó esta declaración horrible casi hizo
saltar a Tom de su asiento. Tan pronto como pudo serenarse, exclamó:
¡Se cumplirá tu deseo, pobre desdichado! Aunque hubieras
envenenado a cien hombres, no tendrías que sufrir una muerte tan espantosa.
El prisionero se inclinó hasta dar con el rostro en tierra, y
prorrumpió en apasionadas exclamaciones de gratitud, que terminaron con estas
palabras: ,
Si alguna vez, ¡Dios no lo quiera!, llegarais s a sufrir una
desdicha, ¡ojalá el Todopoderoso recuerde vuestra buena acción para conmigo en
el día de hoy y os recompense vuestra bondad!
Tom, dirigiéndose al conde Hertford, le dijo:
Milord, ¿puede creerse que se haya dictado una sentencia tan
cruel contra ese hombre?.
Así lo ordena la ley contra los envenenadores, señor. En
Alemania los falsificadores de moneda son hervidos en aceite hasta que mueren,
pero no echándolos de repente dentro de la caldera, sino sumergiéndolos poco a
poco con una cuerda. Primeramente los pies, luego las piernas, luego.
¡Basta, milord! ¡Os ruego que no prosigáis! No puedo seguir
escuchándoos exclamó Tom, tapándose los ojos con las manos, como para borrar
la visión de aquella horrible escena. Os ruego que deis orden de que se cambie
esta ley... ¡Que no haya más infelices criaturas que puedan sufrir semejante
tortura!
Las facciones del conde expresaron una profunda satisfacción,
porque era hombre de instintos generosos y compasivos, cualidad poco corriente
en su clase social en aquella época de costumbres feroces.
Vuestras nobles palabras, señor dijo Hertford, han sellado la
derogación de esta ley. La historia lo recordará en honor de vuestra real casa.
El alguacil se disponía a llevarse al preso, pero Tom le hizo
una señal de que esperara, y le dijo:
Quiero cerciorarme mejor sobre los detalles de este asunto. El
acusado afirma que no existen pruebas del crimen que se le imputa. Cuéntame lo
que sepas sobre el particular.
Con la venia de Vuestra Majestad: En el juicio quedó demostrado
que ese hombre penetró en una casa de la aldea de Islington, en la que había un
enfermo. Hay tres testigos que declaran que entró allí a las diez de la mañana,
y otros dos afirman que fue unos minutos más tarde. El paciente se hallaba a la
sazón solo y durmiendo. El acusado no tardó en salir de la casa y en proseguir
su camino. Al cabo de una hora, el enfermo falleció entre horribles espasmos y
violentas convulsiones.
¿Vio alguien el líquido ponzoñoso? ¿Se encontró el veneno?
No, señor.
Entonces ¿cómo se sabe que murió intoxicado?
Porque los doctores certificaron que nadie muere con esos
síntomas si no es por el veneno.
En aquella época de credulidad esto equivalía a la evidencia.
Tom comprendió el carácter extraordinario de la declaración, y dijo:
Los doctores saben su oficio y, por consiguiente, deben tener
razón. El asunto se presenta mal para este hombre.
Pero no fue eso todo, señor. Hay algo más y peor. Muchas
personas declararon que una bruja, que después desapareció de la aldea y cuyo
paradero se ignora, predijo que el enfermo moriría envenenado, es más: indicó
que el envenenador sería un desconocido de pelo castaño que vestiría ropa
vulgar muy usada, y no cabe duda que esas señas coinciden exactamente con las
del preso. Dígnese Vuestra Majestad reconocer el valor que tiene esta
circunstancia, puesto que fue predicha por la bruja.
Era éste un argumento de gran consistencia en aquellos tiempos
de superstición. Tom consideró que el asunto estaba resuelto y que si para algo
servían las pruebas, la culpabilidad de aquel hombre quedaba bien demostrada.
Sin embargo, ofreció al prisionero una esperanza de salvación, diciéndole:
Si puedes alegar algo en defensa propia, habla.
Es inútil, mi rey y señor. Soy inocente, pero no puedo
demostrarlo. No tengo amigos; si los tuviera podría probar que no estuve el día
del crimen en Islington. También podría probar que a la hora citada me hallaba
a más de una legua de distancia: estaba en la Antigua Escalera de Wapping. Es
más señor: me sería dable probar que cuando dicen que estaba quitando una vida,
estaba, al contrario, salvándola a un, muchacho que se ahogaba...
¡Calla! Alguacil, decidme en qué día se cometió el delito.
El día primero de año, señor. A las diez de la mañana o unos
minutos más tarde...
Sí es así, el preso queda libre. ¡Lo manda el rey!
Un nuevo sonrojo de Tom siguió a estas palabras tan impropias de
un monarca, pero el muchacho disimuló su indiscreción lo mejor que pudo,
añadiendo:
¡Me indigna que se pueda ahorcar a un hombre con pruebas de su
culpa tan poco convincentes!
Un murmullo de admiración corrió por el auditorio. No era
precisamente admiración por el decreto dictado por el «soberano», pues la
necesidad o la inconveniencia de perdonar a un preso convicto y confeso era
cosa que ninguno de los presentes se habría creído con derecho a discutir o a
admirar, no. La admiración de los allí presentes era debida a que se daban
cuenta de la inteligencia y el ánimo que Tom acababa de demostrar. Algunos de
los comentaristas decían muy quedo:
Este rey no está loco; está en su perfecto juicio
¡Con qué acierto ha hecho las preguntas!
¡Y qué propia de su peculiar modo de ser ha sido esta manera
brusca e imperiosa de solventar el asunto!
¡Alabado sea Dios! ¡Su enfermedad se ha curado! Este no es un
ser débil, sino un rey enérgico. Ha obrado a semejanza de su difunto padre.
Como reinaba en el ambiente una absoluta aprobación,
forzosamente tuvieron que llegar algunas de las ponderaciones a oídos de Tom,
lo cual le tranquilizó y le causó una satisfacción inmensa. Sin embargo, su
curiosidad infantil dominó pronto su satisfacción y sus agradables
pensamientos, y le indujo a enterarse de qué clase de delito podían haber
cometido la mujer y la niña, también presas, y, por orden suya, trajeron a las
dos desventuradas criaturas aterrorizadas y llorosas.
Y estás, ¿qué has hecho? – preguntó al alguacil.
Se les acusa, señor, de un crimen tenebroso y bien probado, por
lo cual los jueces, con arreglo a la ley, las han condenado a la horca. Se han
vendido al diablo. Este es su crimen.
Tom se estremeció. Le habían enseñado a aborrecer a todos
aquellos que cometían acción tan depravada. Pero como no quería privarse del
gusto de satisfacer su curiosidad, preguntó:
¿Dónde fue eso... y cuándo?
En una noche de diciembre, señor, y en una iglesia en ruinas.
Tom se estremeció nuevamente.
¿Quién estaba presente? preguntó.
Unicamente esas dos, señor..., y el otro.
¿Se han confesado culpables?
No, señor. Lo niegan.
Entonces ¿cómo se sabe?
Porque varios testigos las vieron encaminarse hacia allá,
señor. Esto despertó sospechas, y los hechos las han confirmado y justificado.
En particular, es evidente que, con el maligno poder que de este modo
obtuvieron, invocaron y consiguieron provocar una tormenta que devastó toda la
comarca. Más de cuarenta testigos han declarado que hubo, en efecto, tempestad,
y se hubieran podido encontrar fácilmente, mil, porque todos tuvieron motivo
para recordarla, puesto que fueron víctimas de la misma.
Verdaderamente es un caso muy grave.
Tom estuvo meditando durante unos momentos aquel caso de
truhanería y luego preguntó:
¿Y no fue también esa mujer víctima de la tormenta?
Varias cabezas de personas ancianas allí presentes se movieron
indicando que aprobaban aquella pregunta juiciosa, pero el alguacil, que no
acertó a comprender la importancia que tenía, contestó sin vacilar:
Sí, ciertamente, Majestad, y más que nadie. Su casa fue barrida
por el agua y el viento, de modo que tanto ella como la niña quedaron sin
albergue.
A mi modo de ver las cosas, considero que le costó muy cara la
facultad de poder provocar la tormenta. Por poco que pagara para tener dicha
facultad, le engañaron, y si pagó nada menos que con su alma y la de su hija,
esto demuestra que está loca, y estando loca no sabe lo que hace, y por lo
tanto no comete crimen ni pecado.
Los ancianos aprobaron de nuevo con la cabeza la sensatez de
Tom, y uno de ellos dijo:
Si el rey está loco, como dicen, su demencia me resulta de tal
especie que la considero más apreciable que la cordura de algunos que, si Dios
lo permitiera, podrían mejorar su cerebro cambiándolo con el de Su Majestad.
¿Qué edad tiene la niña? preguntó Tom.
Nueve años, señor.
Según las leyes de Inglaterra, ¿puede una niña realizar pactos
y venderse a sí misma, milord? preguntó Tom a un juez competente. .
La ley no permite que una niña establezca ningún convenio
importante ni intervenga en el mismo, señor, pues considera que su juicio no
está capacitado para tratar con un cerebro maduro ni puede ser capaz de
entender las intenciones perversas de los mayores. El diablo puede comprar una
niña, si así se le antoja, y ella accede, pero no un inglés, pues en este
último caso el trato no tendría ningún valor, sería nulo.
Parece una cosa impía y desatinada replicó Tom, con exaltación
honesta que la ley de Inglaterra niegue a los ingleses privilegios que concede
al diablo.
Esta nueva apreciación acertada del asunto hizo sonreír a muchos
de los presentes y quedó grabada en su memoria para ser repetida después en la
corte como prueba de la originalidad de Tom y de los progresos de su mente, que
iba recobrando la razón.
La mujer culpable había dejado de llorar y estaba ahora
pendiente de, la palabra de Tom con excitado interés y esperanza creciente. El
muchacho lo notó en seguida y sintió una irresistible simpatía hacia aquella
mujer indefensa y en situación muy peligrosa. De pronto, preguntó:
¿Cómo consiguieron provocar la tormenta? Quitándose las
medias, señor.
Esto dejó intrigado a Tom y aumentó su curiosidad febril.
¡Esto es prodigioso! exclamó con vehemencia. ¿Y produce
siempre tan terribles efectos?
Siempre, señor. Por lo menos, si la mujer lo desea y pronuncia
las imprescindibles palabras con la lengua o sólo con el pensamiento.
Tom se volvió de cara a la mujer y le ordenó con tono de
imposición absoluta:
¡Ejerce tu poder!... ¡Quisiera ver una tempestad!
Las mejillas de los supersticiosos circunstantes palidecieron
súbitamente, y hubo entre éstos un deseo general muy vivo, aunque inexpresado,
de huir de allí más que de prisa. Pero a Tom todo esto le pasó desapercibido,
porque sólo pensaba en él cataclismo que acababa de proponer. Al ver el asombro
de la pobre mujer, añadió, excitado:
No temas..., nadie te va a regañar. Además, quedarás libre y
nadie te tocará... No sufrirás ningún daño. ¡Demuestra tu poder!
¡Oh, señor, mi rey! ¡No tengo tal poder, se me ha acusado
falsamente!
Tienes miedo. Anímate. Te repito que no sufrirás ningún daño.
Haz estallar la tormenta..., por pequeña que sea..., ¡no importa! No deseo una
tempestad devastadora, más bien prefiero lo contrario. Hazlo y salvarás tu
vida; quedaréis en libertad tú y tu hija, con el perdón, del rey y a salvo de
toda violencia o malignidad de quienquiera que sea del reino.
La mujer se prosternó ante Tom y protestó, sollozando, de que no
tenía poder para producir el milagro, pues de no ser así, salvaría
anhelosamente la vida de su hija, resignándose a perder la suya, si por su
obediencia al mandato del rey, pudiera alcanzar tan preciada gracia.
Tom insistió con impaciencia, pero la mujer repitió de nuevo su
declaración de impotencia. Al fin el muchacho dijo:
Me parece que esta mujer ha dicho la verdad. Si mi madre
estuviera en su lugar y asumiera funciones del diablo, no habría vacilado ni un
momento en desencadenar la tempestad y en dejar todo el país desolado, con tal
de lograr la salvación de mi vida. Nadie ignora que todas las madres fueron
hechas con el mismo molde. Quedas libre, buena mujer..., y también tu hija,
porque te creo inocente... Ahora ya no tienes nada que temer, una vez
perdonada. ¡Quítate las medias, y si puedes provocar una tormenta, serás rica!
La perdonada expresó su gratitud con voz de exaltación jubilosa
y se dispuso a obedecer, mientras Tom la contemplaba con expectación ansiosa y
cierto temor. Al mismo tiempo, los cortesanos demostraban una intranquilidad
perfectamente visible. La mujer desnudó sus pies y los de la niña e hizo cuanto
pudo con fervor para recompensar la generosidad del rey con un terremoto, pero
todo resultó un fracaso y una decepción completa. Entonces, Tom suspiró y dijo:
No te molestes más, buena mujer. Está visto que tu poder te ha
abandonado. Vete en paz, y si alguna vez vuelvo a verte, no me olvides y
provócame una tempestad.
16. La comida regia
La hora de la comida se aproximaba, y aunque parezca extraño,
esta circunstancia no hacía sentir a Tom más que una ligera contrariedad, pero
no le asustaba apenas. Lo que le había sucedido por la mañana había aumentado
prodigiosamente su confianza. El pobre novato estaba ya más acostumbrado a
aquel singular ambiente, después de cuatro días de entrenamiento, que lo
hubiera estado una persona madura después de un mes de prueba. Jamás se vio un
ejemplo más extraordinario de la facilidad de un niño para acomodarse a las
circunstancias.
Aprovechando nuestro privilegio, apresurémonos a pasar a la gran
sala del banquete, para dar un vistazo mientras preparan a Tom para una ocasión
tan solemne. Es un aposento espacioso, con columnas y pilastras doradas y
paredes y techos con pinturas. En el umbral, unos guardias, gallardos
mocetones, custodian la entrada, rígidos como estatuas, ataviados con ricos y
pintorescos trajes, y provistos de sus flamantes alabardas. En una galería
alta, que circunda toda la sala, hay una orquesta y mucho público elegante. En
el centro de la sala, encima de una plataforma, está instalada la mesa de Tom.
Dejemos ahora que hable el viejo cronista:
«Un caballero entra en la estancia con una vara, y tras de él va
otro con un mantel. Después de haber hincado ambos la rodilla tres veces con la
mayor veneración, cubren la mesa con el mantel y se retiran luego después de
arrodillarse otra vez con profundo respeto. Entran seguidamente otros dos, uno
también ostentando la vara, y el otro con un salero, un plato y pan. Después dé
la consabida genuflexión y de colocar lo que llevan encima de la mesa, se
retiran con la misma ceremonia que los anteriores. Por fin se presentan dos
nobles ricamente vestidos, uno de los cuales lleva un trinchante, y después de
haberse postrado tres veces con elegante y muy respetuosa reverencia, se
acercan a la mesa y la frotan con pan y sal con tan humilde cautela como si en
ella estuviera ya presente el rey. »
Así terminan los solemnes preliminares. Luego, en el fondo de
los corredores resonantes, repercute el toque del clarín y el grito confuso de:
«¡Paso al rey! ¡Paso a Su Augusta Majestad!» Estos sonidos se van oyendo cada
vez más cerca y en seguida, casi junto a nosotros, retruena el toque marcial
del clarín y se repite el grito «¡Paso al rey!». Al momento, aparece la
brillante comitiva y entra desfilando con medido paso. Dejemos que prosiga el
cronista: «Primero vienen los caballeros, barones, condes y miembros de la
Orden de la Jarretera, todos ricamente vestidos y descubiertos; les sigue el
Canciller, entre dos hombres, uno de los cuales lleva el cetro real y el otro
la espada del Estado en su vaina roja con flores de lis en oro. Luego se
presenta el propio rey, que es saludado con el toque de doce trompetas y el
redoble de numerosos tambores entre un gran clamor de bienvenida. ¡Dios salve
al rey! Tras él vienen los nobles más ligados a su persona, y a izquierda y
derecha marcha su guardia de honor, sus cincuenta caballeros becados, con
doradas hachas de combate. »
Era un espectáculo hermoso y agradable. El corazón de Tom latía
con fuerza, y una mirada de júbilo iluminaba sus ojos. Su porte era esbelto y
sus ademanes tenían una graciosa desenvoltura, tanto más puesto que no se daba
cuenta de sus gestos, porque su pensamiento estaba absorto y embelesado con
todo el esplendor y los sonidos armoniosos que le rodeaban. Recordando las
instrucciones recibidas, correspondió a los saludos con una leve inclinación de
cabeza y un cortés: «Gracias, mi buen pueblo. »
Se sentó a la mesa sin quitarse el sombrero ni mostrarse
cohibido por ello, pues comer con la cabeza cubierta era la única costumbre
regia en que los reyes y los Canty tenían en común, ya que ninguno de ellos
aventajaba a los otros en cuanto a la antigua familiaridad con la gorra y el
sombrero. La comitiva se dispersó y vino a agruparse pintorescamente, con la
cabeza descubierta.
Al son de alegre música entró luego la guardia de palacio,
formada por los alabarderos, «los hombres más altos y más fornidos de
Inglaterra, seleccionados por su apariencia»..., pero devolveremos la palabra
al cronista para que nos hable de, ello:
«Los alabarderos entraron descubiertos, vestidos de escarlata,
con rosas doradas a la espalda; comenzaron a ir y venir trayendo cada uno de
ellos un manjar distinto servido en vajilla de plata. El catador, entonces,
daba a comer a cada alabardero un bocado del plato que había traído, por temor
al veneno. »
Tom comió magníficamente, a pesar de que se daba cuenta de que
centenares de ojos estaban observando cada bocado que llegaba a sus labios, con
un interés que no hubiera podido ser mayor si se hubiese tratado de un
explosivo mortífero v hubiera estado esperando que el rey saltara hecho añicos
esparcidos por el regio aposento. Tuvo buen cuidado en no precipitarse ni hacer
nada por su propia iniciativa, sino esperar que el funcionario competente
hincara la rodilla y lo hiciera en su lugar. Salió, pues, del paso sin cometer
el menor yerro... ¡impecable e importantísimo triunfo!
Cuando por fin la comida hubo terminado y salió de la estancia
en medio de una brillante comitiva, ensordecido por el clamor feliz de las
aclamaciones, de los tambores y de los clarines, Tom se dijo que si ya había
pasado lo peor de la comida en público, era aquélla una prueba que no tendría
el menor inconveniente en sufrir varias veces al día, con tal que con ella
pudiera librarse de alguna de las más formidables exigencias de su profesión
real.
17. Fufú I
Miles Hendon se dirigió apresuradamente hacia el extremo del
puente por la parte de Southwark, con los ojos muy abiertos en busca de las
personas que perseguía y que confiaba no tardaría en alcanzar. Sin embargo, sus
esperanzas quedaron defraudadas, pues aunque a fuerza de preguntar logró seguir
sus huellas hasta un buen trecho del camino a través de Southwark, perdió allí
la pista y se quedó perplejo, sin saber qué hacer. Pero, a pesar de todo,
continuó sus pesquisas lo mejor que pudo durante el resto del día. Al anochecer
se encontró con las piernas rendidas, medio muerto de hambre y con su deseo más
lejos que nunca de verse realizado. En tal situación, cenó en la posada del
Tabardo y se fue a acostar, decidido a salir muy temprano a la mañana siguiente
para registrar la ciudad hasta sus últimos rincones. Entretanto, tendido en la
cama, razonaba de esta manera:
«Si le es posible, el muchacho se escapará de manos de aquel
rufián que pretende ser su padre, y tal vez volverá a Londres en busca de su
antiguo albergue. Pero no, no lo hará, para evitar que le capturen nuevamente.
Entonces ¿qué va a hacer? No habiendo tenido nunca amigos ni protector alguno
en el mundo hasta que me encontró a mí, procurará, naturalmente, volverme a
hallar con tal que su tentativa no le obligue a acercarse a Londres, es decir,
al peligro. Se dirigirá a Hendon Hall, sí, esto es lo que seguramente hará,
porque sabe que yo me propongo regresar a mi hogar y allí puede esperar
encontrarme. »
Sí, para Hendon el caso era sencillo: No tenía que perder más
tiempo en Southwark, sino atravesar inmediatamente Kent, en dirección a Monk's
Holm, registrando el bosque por todas partes y sin dejar de preguntar a
quienquiera que encontrara en su camino.
Volvamos ahora al desaparecido reyecito.
El rufián a quien el mozo de la posada del puente había visto «a
punto de alcanzar» al rapaz desconocido y al rey, no se unió precisamente a
ellos, sino que se quedó detrás y fue siguiendo sus pasos sin pronunciar
palabra. Llevaba su brazo izquierdo en cabestrillo y el ojo también izquierdo
tapado con un gran parche verde. Iba cojeando un poco y se apoyaba en un bastón
de roble. El rapaz condujo al rey por un camino sinuoso a través de Southwark
hasta más allá de la carretera real. El joven monarca, indignado, dijo que iba
a detenerse allí, porque era a Hendon a quien tocaba ir tras de él y no él tras
de Hendon. No toleraría semejante insolencia y se quedaría allí mismo. Entonces
el mozalbete dijo:
¿Quieres quedarte aquí, mientras tu amigo yace herido en aquel
bosque de allá abajo? Está bien, como tú quieras...
El rey cambió de actitud instantáneamente y exclamó:
¡Herido! ¿Y quién se ha atrevido a hacerle daño? Pero ésta es
otra cuestión. ¡Sigamos! ¡Sigamos! ¡Más de prisa! ¿Llevas zapatos de plomo?
¿Has dicho que está herido? ¡Aunque su agresor resulte ser el hijo de un duque,
se arrepentirá de lo que ha hecho!
Quedaba todavía alguna distancia hasta el bosque, pero la
recorrieron rápidamente. El rapaz miró a su alrededor, vio una rama que pendía
casi tocando al suelo y que tenía un harapo atado y siguió avanzando por el
interior del bosque buscando ramas en aquella misma forma para guiarse en el
camino. Las iba hallando de trecho en trecho. Indudablemente eran señales para
encontrar el lugar hacia donde se dirigían. Llegaron luego a un espacio
despejado, desde donde se distinguían las viejas paredes ruinosas de una granja
y cerca de ésta un granero que empezaba a desmoronarse. Por ninguna parte se
notaban señales de vida y reinaba por doquier un profundo silencio. El rapaz
penetró en el granero, seguido muy de cerca por el rey lleno de angustia. No
había nadie allí. El monarca dirigió al mozalbete una mirada punzante de
sorpresa y de sospecha y preguntó:
¿Dónde está?
La contestación fue una estrepitosa carcajada burlona. El rey,
súbitamente enfurecido, cogió un tronco y se disponía a atacar al golfo cuando
llegó a sus oídos otra risotada de mofa lanzada por el rufián que les venía
siguiendo, cojeando, a cierta distancia. El rey se volvió, irritado, y
preguntó:
¿Quién eres tú? ¿Qué vienes a hacer por aquí?
No te hagas más el loco dijo aquel individuo y cálmate. Mi
disfraz no es tan perfecto como para que me puedas hacer creer que no reconoces
a tu padre.
Tú no eres mi padre, no te conozco, soy el rey. Si has
secuestrado a mi criado, tráelo aquí en seguida o va a costarte muy caro lo que
has hecho,
Juan Canty replicó con voz mesurada y enérgica:
Es evidente que estás loco, y me duele castigarte, pero si me
provocas te castigaré. Tu charla aquí no puede perjudicarnos, porque no hay
quien pueda oír tus necedades..., pero más te valdrá que tu lengua se
acostumbre a hablar con cautela, para que no pueda perdernos cuando vayamos a
vivir a otra parte. He matado a un hombre y no puedo permanecer en casa, ni tú
tampoco, porque necesito tus servicios. Como medida de prudencia he cambiado de
nombre. Ahora me llamo Hobbs, Juan Hobbs, y tú vas a llamarte Jack... Procura
no olvidarlo. Dime dónde está tu madre y tus hermanas. No se presentaron en el
lugar de la cita. ¿Sabes adónde fueron?
El rey contestó malhumorado:
No me fastidies con esos acertijos. Mi madre falleció, y mis
hermanas están en palacio.
El mozalbete soltó una carcajada burlona y el rey le hubiera
agredido, a no ser por Canty... o Hobbs, como se llamaba ahora, que lo impidió,
diciendo:
Déjalo. Hugo, no le importunes. Su mente está perturbada y tus
cosas le exaltan. Siéntate, Jack, y cálmate, que pronto vas a comer un bocado.
Hobbs y Hugo se pusieron a hablar en voz baja, y el rey se
separó tanto como pudo de su desagradable compañía. Se retiró a la
semioscuridad del rincón más apartado del granero donde encontró que el
pavimento de tierra estaba cubierto con un montón de paja de un palmo y medio
de altura. Allí se tendió y cubrió su cuerpo con la paja a manera de manta. No
tardó en quedar abstraído con sus cavilaciones. Sufría muchas penas, pero las
más leves quedaban casi olvidadas ante la más grande de todas ellas: la pérdida
de su padre. El nombre de Enrique VIII producía escalofríos a todo el mundo,
pues todos veían en él a un ogro, cuyas fauces respiraban destrucción y cuyas
manos repartían azotes y causaban la muerte, pero para aquel niño el nombre de
su progenitor traía a su memoria sensaciones de placer. La figura cuyo recuerdo
evocaba tenía una expresión de afecto y de bondad. Recordó una larga serie de
escenas de cariño entre su padre y él, y se deleitó pensando en ellas, mientras
asomaban las lágrimas a sus ojos, atestiguando cuán profundo y sinceró era el
dolor que torturaba su corazón. A medida que fue transcurriendo la tarde, el
muchacho, agobiado por sus pesares, se fue quedando sumido en un sueño
tranquilo y reparador.
Al cabo de largo rato (no hubiera podido decir cuánto) sus
sentidos pugnaron por volver a la realidad, y mientras, con los ojos cerrados,
se preguntaba a sí mismo vagamente dónde estaba y qué le había sucedido, notó
un rumor confuso, el ruido de la lluvia que azotaba ininterrumpidamente el
techo. Experimenté en aquel momento una agradable sensación de bienestar,
inmediatamente interrumpida por un coro de chillidos burlescos y de bruscas
risotadas. Esto le sobresaltó desagradablemente y le hizo asomar la cabeza para
ver de dónde procedía la interrupción. Sus ojos contemplaron un espectáculo
sombrío y repulsivo. Al otro extremo del granero, en el suelo, ardía con
grandes llamas una fogata y en torno de ella, fantásticamente iluminados por
sus rojizos resplandores, chillaban, sacaban la lengua y se hacían caer uno a
otro interponiendo las piernas, una porción de rufianes de ambos sexos que
formaban grupos abigarrados, gente harapienta y soez, de la más baja calaña que
el reyecito hubiera podido soñar o ver descritos en sus lecturas. Había hombres
fornidos, de piel curtida por la intemperie, con largas greñas y cubiertos de
andrajos; mozos de estatura regular y semblante truculento; mendigos ciegos;
lisiados con piernas de palo o muletas; enfermos y heridos cubiertos de vendas;
un buhonero, un afilador, un barbero, y entre las mujeres, jovencitas, casi
niñas; otras viejas, verdaderas brujas arrugadas, y tanto unas como otras,
todas morenas, sucias, chillonas y deslenguadas. Además, tres niños enfermizos
y un par de perros con cuerda al cuello, que servían para guiar a los ciegos.
Había llegado la noche; la pandilla acababa de cenar y comenzaba
una orgía. El jarro de aguardiente pasaba de boca en boca. Se dejó oír un grito
general: «¡Venga, una canción! ¡Que canten Dick y el Murciélago y luego los
demás!»
Uno de los ciegos se levantó y quitándose los parches que
ocultaban sus excelentes ojos y la tablilla que indicaba su fingida triste
condición, se dispuso a cantar. A su vez, el Murciélago se quitó la pata de
palo, y ostentando sus dos piernas sólidas, se acercó a su compañero y se
preparó también para el «concierto». Su canción fue coreada por todos los
presentes en estado de semiembriaguez, con tal clamor disonante que aquel
estruendo de voces hizo temblar las vigas del granero.
Después comenzó con gran barullo una plática en la que quedaba
demostrado que el pretendido «Juan Hobbs» no era ni mucho menos un advenedizo,
pues en otro tiempo se había adiestrado en la cuadrilla. Este les relató su
última hazaña, y cuando manifestó que «por accidente» había matado a un hombre,
todos demostraron gran alborozo, y al añadir que su víctima era un sacerdote,
hubo grandes aplausos y la consiguiente invitación general a la bebida.
Los viejos amigos le saludaron jubilosamente y los que no le
conocían se sentían orgullosos de poder estrecharle la mano. Le preguntaron la
razón de su prolongada ausencia, y él contestó:
Londres es mejor que el campo, y, desde hace algunos años, se
está allí más seguro. ¡Las leyes son tan duras y se aplican con tanto rigor! A
no ser por el referido accidente no me hubiera movido de la capital.
Preguntó cuántos eran los miembros de la pandilla y el jefe de
ésta contestó:
Veinticinco pillastres redomados. La mayoría de ellos está
aquí, pero los demás se han puesto en camino hacia el este. Nosotros
emprenderemos la marcha, para seguirles, al amanecer.
No veo a Wen entre toda esta gente honrada que me rodea. ¿Dónde
está?
¡Pobre chico! ¡Estiró la pata! Lo mataron en una reyerta a
mediados del verano último.
¡Qué mal me sabe! Era un hombre inteligente y valeroso.
Lo era, ciertamente. Black Bess, su fulana, es todavía de los
nuestros, pero ahora está también de camino hacia el este; una linda muchacha,
de impecable comportamiento y conducta ordenada, nadie la ha visto nunca bebida
más de cuatro días por semana.
Era muy estricta, lo recuerdo bien, muy trabajadora y digna de
todo encomio. Su madre era más liberal y menos escrupulosa; una vieja bruja
enojosa y endiablada, pero de un ingenio fuera de lo común.
Por eso la perdimos. Su afición a la quiromancia y otras clases
de adivinación acabaron por crearle fama de bruja. Un tribunal la condenó a
morir asada a fuego lento. Me enterneció ver la gallardía con la que fue al
encuentro de su fin..., maldecía e insultaba a la muchedumbre que la rodeaba en
boquiabierta contemplación, mientras las llamas lamían su rostro y crujían
alrededor de su vieja y gris cabeza... ¿Maldecía, he dicho?..., ¡les
maldecía!.... podríais vivir mil años y no oirías maldiciones tan impresionantes
como aquéllas. Desgraciadamente su arte murió con ella. Pueden encontrarse
burdas imitaciones, pero no verdaderas blasfemias.
El jefe de la chusma suspiró, y una tristeza general tuvo un
momento en silencio a los concurrentes, pero pronto un buen trago hizo recobrar
el ánimo a los plañideros.
¿Hay algún otro amigo más en desgracia? preguntó Hobbs.
Sí, alguno. Particularmente los recién llegados, hambrientos y
sin hogar. Vagaban por el mundo porque les quitaron las tierras para
convertirlas en campos de pasto para las ovejas. Pedían limosna y fueron
azotados, atados en la parte posterior de una carreta, desnudos de cintura para
arriba, hasta hacerles manar sangre. Luego, a pesar de esto, volvieron a
mendigar, y esta vez sufrieron nuevos azotes y les fue cortada una oreja. Como
reincidieron por tercera vez (¿qué otra cosa podían hacer los pobres diablos?),
fueron señalados en las mejillas con hierro candente y luego vendidos como
esclavos. Se evadieron, los pillaron de nuevo y murieron en la horca. Es una
historia breve que pronto está contada. Otros lograron escapar... Aquí los
tenemos: Yokel, Burns, Hodge, venid y enseñad vuestros adornos.
Estos avanzaron, se acabaron de rasgar sus harapos y dejaron al
descubierto su espalda flagelada por el látigo, otro se levantó el cabello y
dejó ver el lugar donde antes había tenido una oreja, luego otro mostró el
estigma en forma de V, marcado con hierro candente en su hombro y también una
oreja mutilada. El tercero dijo:
Yo soy Yokel, antiguo granjero que en otro tiempo supo lo que
era la prosperidad y la dicha. Tenía una esposa que me amaba y varios hijos.
Ahora mi situación es muy distinta. Mi mujer y mis hijos fallecieron. Tal vez
estén en el cielo, o quizá... en otro sitio..., pero gracias pueden ser dadas a
Dios porque no viven ya en Inglaterra. Mi buena madre, que era una mujer de
conducta intachable, procuró ganarse el pan cuidando enfermos, pero uno de
ellos murió sin que los, médicos supieran la causa y mi pobre madre fue
condenada a morir quemada por bruja en presencia de mis hijos que lloraban
amargamente al ver el horrible suplicio. ¡Las leyes inglesas! ¡Brindemos,
amigos, por las leyes misericordiosas que libraron a mi madre del infierno de
Inglaterra! ¡Gracias, camaradas, gracias a todos! Yo fui pidiendo limosna de
casa en casa, con mi mujer y mis hijos hambrientos, pero como en Inglaterra
tener hambre es un delito, nos desnudaron y nos llevaron por tres ciudades
dándonos azotes. ¡Bebamos todos por las piadosas leyes inglesas, pues su látigo
absorbió la sangre de mi María, así vino pronto su bendita libertad! Ahora ella
y mis hijos, que murieron de hambre, duermen en la tierra acogedora a salvo de
todo daño. Como más tarde volví a mendigar, aquí, en la mejilla, me marcaron
con hierro candente una E que es el estigma del esclavo, y que podríais ver
claramente si me lavara esta mancha que la cubre para disimularla.. ¡Esclavo!
¿Comprendéis esta palabra? ¡Me he escapado de mi amo y si me encuentran me
ahorcarán!
De pronto, en aquel ambiente lóbrego se dejó oír una voz
vibrante:
¡No serás ahorcado! ¡Y desde hoy esta ley quedará abolida!
Todos se volvieron y se quedaron contemplando la fantástica
figura del reyecito que se acercaba presuroso. Cuando salió a la luz y se le
pudo ver con claridad, hubo una explosión general de preguntas.
¿Quién es?
¿Qué está diciendo ése?
¿Quién eres tú, muñeco?
El muchacho se plantó serenamente en medio de todos aquellos
ojos que le miraban con sorpresa y curiosidad, y con dignidad regia, contestó:
Soy Eduardo, rey de Inglaterra. Estas palabras provocaron un
barullo ensordecedor de carcajadas, en parte de mofa y en parte de satisfacción
alegre por lo graciosa que resultaba la chanza. El joven monarca se sintió
espoleado y replicó severamente:
¿Es así como agradecéis la merced real que acabo de prometeros,
vagabundos groseros?
Dijo mucho más, con voz indignada y ademanes violentos, pero
todo se perdió en el torbellino de risotadas y de exclamaciones burlonas. Juan
Hobbs, intentó varias veces hacerse oír en medio de aquella algarabía, y por
fin lo logró, diciendo:
¡Compañeros! ¡Es mi hijo, un soñador, un desequilibrado, un
loco de remate! No le hagáis caso. Se le antoja que es rey.
Lo soy, en efecto replicó Eduardo, volviéndose de cara a él,
como vas a saberlo oportunamente y a tu pesar. ¡Has confesado un ases¡ nato y
por, este crimen vas a ser ahorcado!
¿Tú me harás traición? ¿Tú? Si llego a ponerte la mano
encima...
¡Basta! ¡Basta! gritó el fornido jefe de la pandilla,
interponiéndose a tiempo para salvar al joven monarca y acentuando este
servicio con un tremendo puñetazo que derribó a Hobbs. ¿No tienes respeto ni a
reyes ni a jefes? Si vuelves a ofenderme te estrangularé con mis propias manos.
Luego, dirigiéndose a Su Majestad, añadió:
Haces mal en dirigir amenazas a tus compañeros, muchacho. Ten
la lengua y guárdate de decir mal de ellos sea donde fuere. Sé rey, si eso
satisface tu locura, pero no te conviertas en un demente peligroso. No vuelvas
a atribuirte el supremo título que acabas de mencionar, porque es traición.
Nosotros podemos ser malos en algunas cosas de poca importancia, pero no
llegamos al extremo de cometer la villanía de traicionar al rey. Sobre este
punto somos perfectamente leales. Fíjate si digo la verdad. Ahora... gritemos
todos juntos: ¡Viva Eduardo, rey de Inglaterra!
¡Viva Eduardo, rey de Inglaterra!
El grito estentóreo de la abigarrada cuadrilla fue tan
estridente que el desvencijado recinto repitió el eco. Las facciones del
reyecito expresaron una viva satisfacción, y con una ligera inclinación de
cabeza, dijo con grave sencillez:
Gracias, mi buen pueblo.
Esta respuesta inesperada provocó nuevamente la hilaridad
bulliciosa de los allí reunidos. Cuando de nuevo reinó algo parecido al
silencio, el jefe dijo con firmeza, pero con cierta afabilidad tosca:
No me vuelvas a salir con ésas, chico, que esto no es prudente
ni está bien. Si quieres salirte con la tuya, escoge al menos otro título.
Un calderero dio a gritos una idea singular:
¡Fufú, rey de los bobos!
El título tuvo éxito instantáneo y todos vociferaron con un
bramido atronador:
¡Viva Fufú I, rey de los bobos!
A lo cual siguió una gritería mezclada con carcajadas, maullidos
e interjecciones de toda especie:
¡Traedle aquí y coronadle!
¡Ponedle el manto real!
¡Dadle el cetro!
¡Sentadle en el trono!
Estos y veinte gritos más resonaron a un tiempo, y casi antes de
que la pobre víctima pudiera tomar aliento, se vio coronado por una jofaina de
hoja de lata, envuelto en una manta hecha jirones, entronizado encima de un
tonel, y provisto, a guisa de cetro, de la barra de hierro que utilizaba el
calderero para las soldaduras.
Luego cayeron todos de rodillas ante él y prorrumpieron en un
coro de irónicas lamentaciones y súplicas burlonas, mientras se enjugaban los
ojos con sus mangas y delantales sucios y andrajosos.
Sé benigno para con nosotros, ¡oh, bondadoso rey!
¡No pisotees a estos gusanos que te imploran! ¡Oh, noble
Majestad!
¡Ten piedad de tus esclavos y consuélalos con un real puntapié!
¡Alégranos caliéntanos con tus rayos bienhechores, oh sol
refulgente de soberanía!
¡Santifica el suelo con el contacto de tu pie, para que podamos
comer la mugre y ennoblecernos!
¡Dígnate escucharnos, señor, para que los hijos de nuestros
hijos puedan hablar de tu real condescendencia y se sientan orgullosos y
felices á través de los siglos!
Y el calderero humorista dio prueba aquella noche de su mejor
rasga de ingenio llevándose los correspondientes honores. Arrodillándose,
pretendió besar el pie del rey, y fue rechazado con una patada de indignación.
Entonces fue pidiendo a todos un harapo para ponérselo en la cara, en el sitio
tocado por el pie del monarca, declarando que tendría que preservar aquella
señal del contacto del aire vulgar y que iba a hacer fortuna enseñándola, por
la carretera real, a todos los transeúntes, al precio de cien chelines por
exhibición. Y se mostró tan divertidamente burlesco y chistoso que provocó la
envidia y la admiración de aquella gentuza sarnosa.
Los ojos del monarca se inundaron de lágrimas de vergüenza y de
indignación, mientras iba pensando: «Si les hubiera causado un tremendo
agravio, no podrían mostrarse más crueles... Y sin embargo, no he hecho más que
testimoniarles mi bondad... ¡Y es así como demuestran su gratitud!. »
18. El príncipe de los vagabundos
La pandilla de vagabundos se despertó al amanecer y se puso en
camino. El cielo estaba encapotado, el suelo cubierto de cieno y el aire
invernal era punzante. La alegría de aquella chusma se había desvanecido.
Alguno de aquellos sujetos se mostraba silencioso y huraño, otros enojados y
quisquillosos y ninguno de ellos estaba de buen humor. Todos tenían sed.
El jefe dio breves instrucciones a Hugo para que se encargara de
«Jack» y ordenó a Juan Canty que se mantuviera alejado del muchacho y le dejara
en paz. También advirtió a Hugo que no tenía que tratar al jovencito con
demasiada rudeza.
Al cabo de un rato mejoró el tiempo y las nubes desaparecieron
en parte, La cuadrilla dejó de sentir escalofríos y su mal humor mejoró en
seguida. Todos se fueron alegrando poco a poco y, al final, comenzaron a
gastarse bromas los unos a los otros y a insultar a los transeúntes que
circulaban por la carretera. Esto demostraba que despertaban de nuevo a la
exacta apreciación de la vida y sus alegrías. El temor que inspiraban a todo el
mundo se descubría claramente en el hecho de que todo transeúnte les cedía el
paso y toleraba sus impúdicas insolencias sin aventurarse a replicar. Una de
sus hazañas consistía en arrancar la ropa blanca tendida en los setos, la mayor
parte de las veces, con toda desfachatez, en presencia de su dueña, que nunca
protestaba y parecía agradecer a aquellos malhechores que no se llevaran
también los setos.
Luego invadieron una pequeña masía, se instalaron en ella como
Pedro por su casa, y mientras el modesto granjero tembloroso y su familia se
apresuraban a preparar cuanto tenían en la despensa para dar de comer a los
intrusos, éstos se entretenían en acariciar la cara de la mujer y de sus hijas
mientras recibían el alimento de sus manos, con ademanes y dicharachos
insolentes respecto a ellas, acompañados de epítetos injuriosos y de burdas
carcajadas. Mientras iban comiendo tiraban huesos y vegetales al granjero y a
sus hijos y les dedicaban continuamente indirectas mortificantes, y aplaudían
estrepitosamente cuando la burla se consideraba muy graciosa. Acabaron por dar
un pescozón a una de las hijas, que se indignó por sus insolencias. Al
despedirse amenazaron con volver y prender fuego a la casa, con la familia
dentro de ella, si llegaba a oídos de las autoridades la menor noticia relativa
a sus fechorías.
A eso de las doce del mediodía, después de una larga caminata
aburridísima, la pandilla hizo un alto detrás de un seto en las afueras de una
población importante. Se dio una hora de permiso para descansar, y todos se
diseminaron para penetrar en el pueblo por distintos puntos, con objeto de
dedicarse allí a sus respectivas profesiones. «Jack» fue enviado con Hugo, y
ambos vagaron largo rato en busca de una ocasión propicia para hacer algún
«negocio», pero como la oportunidad no se presentaba, acabó por declarar:
No veo nada para robar. Este es un lugar mezquino y desdeñable.
Tendremos, pues, que pedir limosna.
¿Pedir limosna? Sigue tú un oficio, que bien te cuadra, pero yo
no haré de pordiosero.
¿Que no vas a hacer de pordiosero? exclamó Hugo contemplando
al rey, asombrado. Pero, dime, ¿desde cuándo has cambiado de modo de ser?
¿Qué quieres decir?
¿No fuiste durante toda tu vida pidiendo limosna por las calles
de Londres?
¿Pedir limosna yo, idiota?
Déjate de cumplidos; resérvalos para otra ocasión. Tu padre
afirma que mendigaste toda tu vida. ¿Por ventura mintió? ¿Vas a atreverte a
decir que lo que dijo es falso? refunfuñó Hugo.
Ese a quien tú llamas mi padre, sí, ha mentido.
Bueno, amigo, deja al menos por un rato de representar tu
gracioso papel de loco. Procura emplearlo para divertirte, pero no para
perjudicarte a ti mismo. Si le cuento lo que acabas de decirme, te va a tostar
la piel de mala manera.
No te molestes. Se lo diré yo mismo.
Aprecio tu valor, de veras, pero no admiro tu juicio. Bastantes
palizas y trasiegos sufre uno en esta vida sin apartarse de su camino para ir a
su encuentro. Pero dejemos correr este asunto. Yo creo lo que dice tu padre. No
me cabe duda que es capaz, de mentir cuando lo cree conveniente, como lo
hacemos todos cuando nos interesa, pero, ¿qué iba a sacar de mentir en esta
ocasión? Un hombre inteligente no gasta en vano un recurso tan apreciable como
lo es la mentira. Pero marchémonos de aquí, y puesto que no estás de humor para
pedir limosna, ¿en qué nos ocuparemos? ¿En robar cocinas?
El rey contestó con impaciencia:
¡Basta ya de insensateces! ¡Me estás fastidiando!
Entonces Hugo replicó con aspereza:
Oye, compañero: No pedirás limosna, no robarás puesto que te
niegas a hacerlo, pero me servirás de añagaza mientras yo vaya «actuando».
¡Niégate también a eso si te atreves!
El rey se disponía a replicar despectivamente, cuando Hugo le
interrumpió, diciendo:
¡Calla! Por ahí viene un hombre de semblante bonachón. Ahora
voy a dejarme caer al suelo como si me hubiera dado un ataque. Cuando ese
hombre se haya acercado a nosotros, tú empezarás a gemir y caerás de rodillas
junto a mí, fingiendo que lloras desesperadamente. Luego prorrumpirás en gritos
estentóreos como si tuvieras todos los diablos metidos en el cuerpo, y dirás
con voz plañidera: «¡Oh, señor, es mi pobre hermano que está enfermo y estamos
completamente desamparados! ¡Por el amor de Dios! ¡Tened compasión de este
pobre enfermo que están contemplando vuestros ojos abandonado aquí en su
horrible desgracia! ¡Dad un miserable penique a un ser desamparado de Dios, que
se halla a punto de perecer! ... » Y no olvides que no has de cesar de gemir
hasta que nos haya dado el penique, pues, de lo contrario, te arrepentirás.
Inmediatamente Hugo comenzó a gemir, a gruñir, a poner los ojos
en blanco y a tambalearse, y cuando el desconocido se hubo acercado, se dejó
caer al suelo delante de él, al mismo tiempo que lanzaba un chillido y se
retorcía en el polvo, como si estuviera en los estertores de la agonía.
¡Oh, pobrecito, pobrecito! exclamó el compasivo forastero
bondadoso, ¡Cómo debe estar sufriendo! ¡Espera..., déjame auxiliarte, infeliz
muchacho!
¡Oh, noble caballero! ¡Dios os bendiga por ser de tan elevado
linaje y tan generoso! Pero cuando me da el ataque sufro horribles dolores si
alguien me toca. Mi hermano podrá explicar a vuestra excelencia cuál es mi
angustia cuando me hallo en este estado. ¡Un penique, señor, un penique para
comprar algo que comer y dejadme con mi amargura!
¿Un penique? Te voy, a dar tres, pobre chico dijo el
desconocido metiéndose la mano en el bolsillo con apresuramiento nervioso.
Tómalos, pobrecillo, y que te sirvan de alivio. Ahora tú, ven acá, muchacho, y
ayúdame a llevar a tu hermano a aquella casa, donde...
Yo no soy su hermano repuso el rey, interrumpiéndole.
¡Cómo! ¿Que no eres su hermano?
¡Oh! ¡Hay que oírle! Reniega de su hermano gruñó Hugo, sin
dejar de rechinar los dientes cuando éste está con un pie en el sepulcro...
Verdaderamente, muchacho, has de tener el corazón muy duro si
éste es tu hermano. ¿No te da vergüenza? ¿No ves que apenas puede mover la mano
o el pie? Si no es tu hermano, entonces, ¿quién es?
¡Un mendigo y un ladrón! Se ha quedado con las monedas que le
habéis dado y al mismo tiempo os ha robado lo que llevabais en el bolsillo.
Haríais un verdadero milagro de curación si golpearais con vuestro bastón sus
espaldas y confiarais lo demás a la Providencia.
Pero Hugo no esperó el milagro. En un abrir y cerrar de ojos se
levantó y huyó rápido como el viento perseguido por el caballero y sin dejar de
dar gritos mientras corría. El rey, dando gracias al cielo por haber conseguido
la libertad, huyó en dirección opuesta, y no aflojó la carrera hasta que se
consideró fuera de peligro. Tomó el primer camino que se le ofrecía y pronto se
halló muy lejos de aquella pequeña población. Siguió andando a paso ligero, tan
de prisa como podía, durante varias horas, mirando a cada momento ansiosamente
hacia atrás para convencerse de que no le perseguían, pero por fin sus temores
dieron paso a una sensación de seguridad que le tranquilizó. Entonces notó que
tenía hambre y que estaba muy fatigado. Se detuvo en una masía, pero cuando se
disponía a hablar fue interrumpido y despedido bruscamente. Su ropa le
desfavorecía. Comenzó a vagar de una parte a otra indignado y decidido a no
volver a sufrir un trato tan despectivo. Pero el hambre domina al orgullo, y
por eso, al anochecer hizo una nueva tentativa en otra granja, pero esta vez le
dio todavía peor resultado, pues fue insultado y le amenazaron con hacerle
prender como merodeador si no se alejaba de aquellos parajes inmediatamente.
Vino la noche nublada y fría, y el pobre monarca seguía andando
despacio con los pies doloridos. Se veía obligado a estar continuamente en
movimiento, porque cada vez que se sentaba para descansar el frío le penetraba
hasta los huesos. Todas sus sensaciones y lo que le iba ocurriendo a través de
la melancólica oscuridad y de la extensa vacuidad de la noche, era para él
nuevo y extraño. Oía a intervalos palabras y voces que se iban acercando y
luego se disipaban en el silencio, y como no distinguía de los cuerpos de las
personas que las pronunciaban más que una sombra informe y móvil, todo aquello
tenía algo de espectral y pavoroso que le hacía estremecer. De vez en cuando
divisaba a lo lejos una lucecita oscilante, siempre muy lejana, como si
estuviera en otro mundo. Cuando oía el sonido del cencerro de una oveja, era
también vago, distante, confuso. De cuando en cuando se dejaban oír los
ladridos quejumbrosos de un perro a través de una gran extensión invisible de
campos y de bosques. Aquellos sonidos lánguidos y lejanos hacían pensar al
reyecito que toda la actividad de la vida se hallaba muy lejos de él y que se
encontraba ahora extraviado y sin amigos en una soledad inconmensurable.
Siguió avanzando con la espeluznante fascinación de aquella
nueva aventura, con frecuentes sobresaltos causados por el suave murmullo de la
hojarasca, que producía el efecto de cuchicheos humanos. De pronto se encontró
ante la luz de un farol que se hallaba al alcance de su mano. Retrocedió hasta
la penumbra y se quedó esperando. El farol alumbraba la puerta abierta de un
granero. El rey dejó pasar unos momentos. No se oía el menor ruido ni se notaba
el menor movimiento. El estar allí quieto le hizo sentir un frío tan intenso, y
aquel granero hospitalario era tan tentador, que el muchacho, al fin, decidió
arriesgarlo todo y entrar. Penetró en él ligero y de puntillas y oyó voces a su
espalda. Se acurrucó detrás de un tonel dentro del granero y vio entrar a dos
labradores que llevaban el farol y que comenzaron a trabajar mientras iban
hablando. El rey, mientras los dos hombres iban y venían con el farol, observó
detenidamente lo que parecía ser un establo bastante anchuroso en el extremo
del granero, y se prometió ir hasta allí a tientas tan pronto como estuviera
solo. Se fijó también en un montón de mantas para caballo a mitad del trecho
que tendría que recorrer para llegar al establo, y pensó cogerlas para el
servicio de la corona de Inglaterra por una noche.
Por fin, los dos hombres terminaron su labor y se retiraron,
llevándose el farol y cerrando la puerta. El rey, tiritando, se dirigió hacia
el lugar donde se hallaban las mantas, con toda la presteza que le permitía la
penumbra. Las cogió y, sin tropezar, llegó a tientas al pesebre. Con dos de
ellas se preparó una cama y se tapó con las otras dos. En aquel momento se
consideraba un monarca feliz, a pesar de que dichas mantas eran viejas y
delgadas y, por consiguiente, de escaso abrigo y, además, exhalaban un
sofocante hedor de caballo.
Aunque el rey estaba hambriento y muerto de frío, se sentía al
mismo tiempo tan cansado y soñoliento que estas dos últimas influencias
empezaron pronto a aventajar a las primeras, y el pequeño monarca quedó en
seguida en un estado de semiinconsciencia. Y luego, cuando estaba a punto de
quedar completamente dormido, notó que le tocaban. Aquella impresión le desveló
instantáneamente por completo y dio unas boqueadas para tomar aliento. El
horror frío de aquel misterioso contacto en la oscuridad detuvo los latidos de
su corazón. Se quedó inmóvil y escuchó, sin respirar apenas, pero no oyó el
menor ruido; todo estaba quieto. Siguió escuchando y esperó ansioso durante
unos momentos, que le parecieron interminables, pero nada se movía tampoco, y
continuaba reinando el silencio más absoluto. Volvió, pues, al fin, a quedar
sumido en el sopor, pero, súbitamente, sintió de nuevo el misterioso contacto.
Resultaba espantoso aquel ligero contacto de una presencia silenciosa e
invisible que llenó al muchacho de terror a los espectros. ¿Qué iba a hacer? He
aquí una pregunta a la que no acertaba a hallar contestación. ¿Abandonaría
aquel refugio confortable para huir del insondable horror que le rodeaba? Pero,
¿adónde iría? No podría salir del granero, y la idea de ir andando a ciegas de
un lado para otro en la penumbra, dentro de aquel cautiverio de cuatro paredes,
perseguido continuamente por aquel fantasma, que a cada momento le amedrentaría
con su espeluznante contacto en las mejillas o en los hombros, le resultaba
intolerable. ¿Sería verdaderamente mejor quedarse allí y soportar la tortura de
pasar una noche de muerte en vida? No. Pero, ¿qué podía hacer? ¡Ah, no había
más que una solución, y era alargar oportunamente la mano para agarrar aquel
cuerpo invisible! ¡No había otro remedio, lo sabía perfectamente!
La idea resultaba muy sencilla, pero lo difícil era tener valor
para llevarla a cabo. Tres veces extendió un poco la mano muy tímidamente en la
oscuridad, pero la retiró en seguida con un espasmo de terror, no porque
hubiera tocado algo, sino porque estaba seguro de que iba a hacerlo. Pero la
cuarta vez estiró algo más el brazo y su mano tropezó con algo suave y
caliente. Esto le dejó casi petrificado de espanto. Tal era su estado de ánimo
que le era imposible suponer que aquello podía ser otra cosa más que un cadáver
todavía caliente... Pensó que preferiría morir antes que atreverse a tocarlo
otra vez, pero discurría de esta manera porque ignoraba la fuerza irresistible
de la curiosidad humana. Al cabo de poco rato, su mano temblorosa volvía a
palpar instintivamente y con persistencia. Entonces encontró un mechón de pelo
largo. Se estremeció, pero continuó palpando y encontró algo que parecía una
cuerda caliente. Siguió tanteando cuerda arriba y descubrió que ¡se trataba de
una inocente ternura!... porque la supuesta cuerda no era tal cuerda, sino la
cola del animal.
Entonces el rey se sintió muy avergonzado por haber
experimentado terror a causa de algo tan natural y desdeñable como lo es una
ternera dormida. Sin embargo, se alegró de aquella inesperada compañía, que le
daba calor y consuelo en su soledad, pues se había sentido tan abandonado que
agradeció la presencia de tan humilde animal. Había sido tan maltratado y
mortificado por sus semejantes, que era un consuelo la compañía de aquel ser de
buen natural y temperamento apacible, por más que careciera de atributos más
elevados. Así pues, decidió olvidar su rango y hacerse amigo del animal.
Mientras acariciaba el lomo cálido y lustroso (pues la ternera
yacía junto a él al alcance de la mano), se le ocurrió que podría serle útil en
muchos sentidos. Trasladó su camastro junto a la bestia, y se tapó con la
frazada extendiéndola asimismo sobre su nueva amiga, con lo cual se halló al
cabo de un momento tan caliente y confortable como en los blandos canapés del
palacio real de Westminster.
En seguida acudieron a su mente pensamientos agradables que
venían a alegrar su existencia. Se veía libre de las repugnantes ligaduras de
la servidumbre y del crimen, lejos de brutales y villanos malhechores, cobijado
bajo un techo y con calor, en una palabra, era dichoso. Comenzó a soplar
impetuosamente la borrasca nocturna que hacía temblar el viejo granero
destartalado. Luego la fuerza del huracán disminuía a intervalos, pero el
viento seguía silbando y gimiendo por las rendijas y las esquinas. Pero todo
aquello era para el rey pura música, ahora que estaba cómodo y bien abrigado.
Se arrimó más a la ternera y quedó dormido como un bendito, sumido en un sueño
profundo y sin pesadillas, sereno y tranquilo. Se oía a lo lejos el aullido de
los perros, el mugido melancólico de las vacas, el lúgubre silbido del vendaval
y la furia del chubasco que azotaba el tejado, pero la Majestad de Inglaterra
siguió durmiendo imperturbable, y otro tanto hizo la ternera, un animal manso
que no se dejaba turbar por la tormenta ni sentía reparo en dormir con un rey.
19. El príncipe de los campesinos
Cuando el rey se despertó a la mañana siguiente, muy temprano,
se encontró con que una rata mojada, pero comodona, se había refugiado en el
granero durante la noche, y junto a su pecho se había procurado una confortable
cama, pero al ver su reposo turbado por el despertar del monarca, huyó veloz,
mientras el rey sonreía, diciendo para sus adentros. «¡Pobre tonta! ¿Por qué
tanto miedo? Yo estoy tan desamparado como tú. Sería vergonzoso que causara
daño a un ser desvalido hallándome en la misma situación que él. Además, he de
agradecerte el buen presagio de tu presencia, porque cuando un rey ha ido a
caer tan bajo que hasta las ratas aprovechan su cuerpo para formar con él su
cama, eso significa que su suerte tiene que cambiar forzosamente, pues no cabe
duda que no le es posible ir a parar a una situación más miserable. »
Se levantó y salió del establo en el momento en que oía voces
infantiles. La puerta del granero se abrió y entraron dos niñas, que al verle
dejaron de hablar y reír, se detuvieron y se quedaron inmóviles, contemplándole
con verdadera curiosidad. Luego se susurraron unas palabras al oído, se
acercaron más al monarca, volvieron a detenerse, le miraron de nuevo con ojos
escudriñadores y siguieron con sus cuchicheos. Poco después se mostraron más
atrevidas y comenzaron a hablar en voz alta.
Tiene una cara muy bonita dijo una de ellas
Y el cabello precioso repuso la otra.
Pero va bastante mal vestido.
¡Y qué aspecto tan hambriento tiene!
Se le acercaron todavía más, rodeándole tímidamente y
examinándole de pies a cabeza, como si se tratara de una nueva especie extraña
de animalito, y por si llegaba el caso, pudiera morder, le observaban con
cautela. Finalmente se detuvieron delante de él, y dándose la mano para
protegerse mutuamente le estuvieron mirando largo rato con ojos inocentes.
Entonces una de ellas, armándose de valor, se decidió a preguntarle con honesta
franqueza:
¿Quién eres, muchacho?
Soy el rey contestó éste, con gravedad. Las niñas
experimentaron un pequeño sobresalto, abrieron desmesuradamente los ojos y
permanecieron medio minuto sin pronunciar palabra. Pero la curiosidad rompió el
silencio.
¿El rey? ¿Qué rey?
El rey de Inglaterra.
Las niñas se miraron la una a la otra, después le miraron a él y
volvieron a mirarse entre sí con admiración y asombró.
Una de ellas exclamó:
¿Lo has oído, Margarita? Dice que es el rey. ¿Será cierto?
¿Por qué no va a ser verdad, Prissy? ¿Por qué tendría que
mentir? Porque, oye, Prissy, si no fuese cierto, sería falso... Claro que lo
sería.
Piénsalo bien. Pues todas las cosas que no son verdad, son
mentira... Y no puedes figurarte que no sea así.
Era éste un argumento que no admitía réplica, y las dudas de
Prissy no tenían base donde apoyarse. Reflexionó un momento y luego hizo al rey
todo el honor con estas simples palabras:
Si eres verdaderamente el rey, te creo.
Sí, en efecto, soy el rey.
El asunto quedó, pues, resuelto. La realeza de, Su Majestad fue
admitida sin más preguntas ni objeciones, y las dos chiquillas comenzaron en
seguida a preguntarle cómo había ido a parar a su casa, por qué iba tan mal
trajeado, adónde se dirigía y otras muchas cuestiones sobre el particular. Fue
un gran consuelo para el monarca poder confiar sus sinsabores a alguien que le
escuchara sin dudar de sus palabras y sin burlas. Relató, pues, su historia con
todo detalle y ardor, hasta el extremo de olvidar por un momento que tenía
hambre. Las dos pequeñas le escuchaban con profunda y tierna simpatía. Pero
cuando les explicó la última etapa de sus aventuras, y se enteraron de las
largas horas que había pasado sin comer, le interrumpieron para salir corriendo
del granero en busca de alimento.
El rey se sentía ahora alegre y feliz y pensaba:
«Cuando vuelva a ocupar mi puesto en palacio, honraré siempre a
los niños, porque recordaré que estas dos muchachas me han tenido confianza y
me han socorrido, mientras que las personas de más edad, y que se creen más
inteligentes se han burlado de mí y han creído que yo era un impostor. »
La madre de las niñas recibió al rey con afabilidad y se mostró
muy compasiva, porque su desamparo y su inteligencia, al parecer perturbada,
conmovieron su corazón de mujer. Era viuda y bastante pobre, circunstancia que
le había hecho conocer el dolor de la penuria demasiado de cerca, para no tener
piedad de los desgraciados. Se figuró que el niño loco se había extraviado y
procuró averiguar su procedencia para devolverlo a su familia. Pero todas sus
diligencias con este objeto resultaron infructuosas. La expresión del muchacho
y sus contestaciones demostraban que todo aquello a que la buena mujer aludía
le era completamente desconocido. El monarca hablaba con gravedad y sencillez
de los asuntos de la corte, y más de una vez el llanto entrecortó sus palabras
al hacer referencia al difunto rey su padre. Y siempre que la conversación
versaba sobre otros temas menos elevados, el muchacho no sentía interés por la
plática y guardaba silencio.
La buena mujer estaba en extremo intrigada; pero no desistía en
su empeño, y mientras cocinaba empezó a meditar sobre cuál sería la mejor
manera de inducir al jovencito a que revelara su verdadero secreto. Le habló de
las vacas, de las ovejas, de los distintos rebaños, pero el muchacho le escuchó
con indiferencia. Por lo tanto, su suposición que pudiera ser un pastor era
equivocada. Le mencionó los molinos, los tejedores, los caldereros, los
herreros y toda clase de oficios y profesiones, pero el resultado fue también
negativo; hizo referencia a Bedlam, a las cárceles y a los asilos, pero con
todo fracasaba. Sin embargo, no se daba por vencida, pensando que no le había
hablado todavía del servicio doméstico. Sí, ahora estaba segura de que se
hallaba sobre una buena pista. Probablemente el muchacho era un criado. La
buena mujer encauzó la conversación sobre este punto, pero quedó igualmente
decepcionada. El tema de encender fuego y del aseo de la casa pareció
fastidiarle, y, finalmente, la buena mujer, perdida ya casi toda esperanza, le
habló de la cocina. Con gran sorpresa y no menor satisfacción vio que las
facciones del, rey se animaban instantáneamente.
«¡Ah! pensó. ¡Por fin le he cazado», y se sintió orgullosa de
su perspicacia y del tacto con que había conseguido su objetivo.
Ahora, su lengua, cansada de tanto charlar, aprovechó la ocasión
para descansar un momento, porque el rey, inducido por el hambre y por el aroma
que esparcían las sartenes y las ollas, tomó entusiasmado la palabra y detalló
con tal exactitud elocuente ciertos platos exquisitos, que al cabo de tres
minutos la buena mujer dijo para sus adentros: «Esta vez estoy segura que he
acertado... ¡Ha sido pinche de cocina!»
Entonces se extendió sobre los manjares con tal exaltación y
tanto acierto, que la buena mujer pensó: «¡Dios mío! Pero ¿cómo puede estar
enterado de tantos y tan exquisitos platos? Porque los que él cita sólo se
comen en la mesa de los potentados y de la gente de alto rango. ¡Ah! ¡Ya
comprendo! A pesar de lo harapiento, tiene que haber servido en palacio antes
de perder la razón. No cabe duda que habrá sido pinche en la cocina del propio
rey... Voy a ponerlo a prueba. »
Ansiosa de convencerse de su astucia, dijo al rey que podría
cuidarse durante un rato de la cocina y añadir, si le parecía bien, uno o dos
platos a su elección y antojo. Luego, haciendo una seña a sus hijas para que le
siguieran, salió de la estancia. Entonces el monarca murmuró:
Hubo en la antigüedad otro rey de Inglaterra que tuvo también
que encargarse de un trabajo como el que yo voy a hacer ahora. No rebaja, pues,
mi dignidad una ocupación que el gran Alfredo se vio obligado a desempeñar.
Pero voy a procurar cumplir mí cometido mejor que lo hizo él, puesto que dejó
que se quemaran los pasteles. »
La intención era buena, pero el resultado no respondió a sus
esperanzas, pues este monarca, como el de antaño, no tardó en quedar abstraído
con sus importantes preocupaciones y le ocurrió el mismo contratiempo: sus
viandas se quemaron. La buena mujer llegó a tiempo para salvar el almuerzo de
su pérdida más completa, y pronto sacó de su ensimismamiento al rey con una
viva reprimenda. Pero al ver lo turbado que estaba el pobre muchacho por haber
cumplido tan mal el encargo, trocó en seguida sus frases de censura por
palabras de cariño y de bondad.
Comió luego el niño espléndida y satisfactoriamente, y se sintió
con ello reconfortado y alegre. Fue una comida que se distinguió por un detalle
curioso, y es que ambas partes prescindieron de todo cumplido, pero sin que
ninguna de ellas se diera cuenta de dicha omisión.
La bondadosa mujer tenía intención de nutrir a aquel «vagabundo»
con restos de comida, como se hace con un perro, pero se arrepentía tanto de
haberle regañado, que hizo cuanto pudo para compensar su violencia, y con este
objeto permitió que el muchacho se sentara a la mesa con la familia y comiera
con sus «superiores» en términos de igualdad muy ostensibles, y el rey por su
parte lamentaba tanto haber cumplido mal su cometido, después de haberse
mostrado tan bondadosa para con él la familia, que se propuso hacerse dispensar
su poco cuidado humillándose ahora hasta el nivel de ésta, en lugar de exigir a
la mujer y a las niñas que permanecieran de pie y le sirvieran mientras él
ocupaba su mesa en solitario, como correspondía a su nacimiento y dignidad. A
todos nos favorece prescindir de cuando en cuando de la altanería. La buena
mujer se sintió satisfecha de su propia condescendencia generosa para con un
vagabundo, y el rey, por su parte, se sintió también muy complacido por su
propia humildad benigna ante una modesta campesina.
Cuando el almuerzo hubo terminado, la hacendosa mujer dijo al
rey que lavara los platos. Esta orden hizo vacilar al soberano, que estuvo a
punto de rebelarse, pero pensó: «Alfredo el Grande se encargó de los pasteles,
y seguramente habría también lavado los platos..., por lo tanto, probaré de
hacerlo. »
Y lo hizo bastante mal, con gran sorpresa suya, porque el lavado
de cucharas de madera y de cuchillos le había parecido a primera vista cosa muy
fácil. Era una faena fastidiosa, pero al fin la terminó. Comenzaba a
impacientarse por continuar su viaje; sin embargo, no tenía que abandonar tan
precipitada y desdeñosamente la compañía de aquella amable mujer. Esta le
encargó cosas de poca importancia que él llevó a cabo con bastante lentitud y
con éxito regular. Después le puso en compañía de las niñas a mondar manzanas
de invierno, pero el monarca demostró tan poca traza en aquella ocasión, que la
mujer le retiró de aquella faena y le dio un cuchillo de carnicero para que lo
afilara. Luego le tuvo cardando lana tanto rato que el muchacho empezó a darse
cuenta que había hecho extraordinariamente la competencia al rey Alfredo... Y
decidió «dimitir» de su cargo. En efecto, cuando después de la comida, la mujer
le presentó un cesto con unos gatitos para que los ahogara, consideró que
aquélla era la ocasión oportuna para negarse a cumplir el encargo..., pero
sobrevino una inesperada interrupción: Juan Canty, con una caja de baratillero
a cuestas y en compañía de Hugo.
. El rey descubrió a aquellos perillanes cuando se acercaban por
la verja de la fachada, antes de que ellos pudieran darse cuenta de su
presencia. Por consiguiente, dejó correr lo de la dimisión, cogió el cesto con
los gatitos y salió por la puerta posterior sin decir palabra. Dejó los
animalitos en un cobertizo contiguo a la casa y salió a escape por una angosta
callejuela.
20. El príncipe y el ermitaño
El alto seto le ocultaba ahora a la vista de quienes estaban en
la casa y, bajo el impulso de un terror implacable, el muchacho echó a correr
con todas sus fuerzas en dirección a un bosque lejano. No miró hacia atrás
hasta que hubo alcanzado el refugio de la floresta. Entonces, al observar la
lejanía, divisó a gran distancia dos figuras, que no se entretuvo en examinar
detalladamente, pues su aparición fue suficiente para que el monarca
reemprendiera la carrera sin aflojar su velocidad hasta que estuvo muy adentrado
entre la arboleda y en la semioscuridad del crepúsculo. Entonces se detuvo,
convencido de que estaba bastante a salvo. Escuchó atentamente y pudo comprobar
un silencio profundo y solemne..., que incluso causaba pavor. Agudizando
continuamente el oído, percibía, con largos intervalos, algún sonido, pero tan
remoto, hueco y misterioso, que no parecía ser un rumor real, sino el gemido de
algún espectro que venía a aumentar el horror de aquella quietud imponente.
Al principio, la intención del monarca era quedarse allí hasta
el amanecer, pero pronto un escalofrío recorrió su cuerpo sudoroso, y para
recobrar el calor se vio obligado a seguir andando. Avanzó por el bosque en
línea recta, esperando encontrar un camino, pero su confianza quedó defraudada.
Continuó avanzando, y cuanto más andaba, la espesura del bosque parecía ser más
densa. Aumentaba la penumbra y el rey comprendió que llegaba la noche oscura, y
se estremeció al pensar que tendría que pasarla en un lugar tan sombrío y
solitario. Procuró, pues, acelerar el paso, pero avanzaba menos aún, porque
como no veía lo bastante para saber dónde ponía los pies, tropezaba
continuamente con multitud de raíces y se enredaba en un sinfín de matorrales.
¡Cuál no fue su júbilo al divisar, por fin, el destello de una
luz! Se acercó a ella cautelosamente, deteniéndose una y otra vez para mirar a
su alrededor y escuchar. La luz procedía de una ventana sin cristales de una
pequeña cabaña destartalada. El muchacho oyó una voz y se disponía a echar de
nuevo a correr y a ocultarse, pero se tranquilizó y no lo hizo, al darse cuenta
de que aquella voz estaba rezando. El monarca se deslizó silenciosamente hasta
la ventana, se puso de puntillas y miró al interior de la choza. La estancia
era pequeña y el pavimento de tierra endurecido a fuerza de ser pisado. En un
rincón se veía un camastro de junco con una o dos mantas hechas jirones, y
junto a él un cubo, un cazo, una jofaina y varias ollas, cacerolas y sartenes.
También había en aquel cuarto un banco estrecho y un taburete de tres patas, en
el hogar quedaba el rescoldo de una fogata de leña. Ante una capillita,
iluminada por una sola vela, un anciano, arrodillado, estaba orando. Tenía a su
lado, encima de una caja de madera vieja, un libro abierto y una calavera. Era
un hombre alto y huesudo, de cabello y barba blancos como la nieve. Vestía una
túnica de pieles de cordero que le cubría el cuerpo desde la garganta hasta los
pies.
«¡Un santo ermitaño! dijo el rey para sí. Esta vez he estado
verdaderamente de suerte. »
El ermitaño se levantó y el monarca llamó a la puerta. Una voz
grave contestó:
Entrad, pero dejad fuera el pecado, porque la tierra donde vais
a poner el pie es santa.
El monarca entró y se detuvo. El ermitaño le dirigió una mirada
inquieta y centelleante y le preguntó:
¿Quién eres?
Soy el rey repuso el muchacho con plácida sencillez.
¡Bien venido, rey! exclamó el ermitaño, con entusiasmo. Y con
actividad solícita, y sin dejar de repetir: «¡bien venido!, ¡bien venido!»,
preparó el banco, hizo sentar al rey junto al fuego, echó al rescoldo algunos
troncos, y finalmente se puso a pasear de uno a otro lado de la estancia.
¡Bien venido! ¡Bien venido! añadió. Fueron muchos los que se presentaron aquí
en busca de santo asilo, pero como no eran dignos de hospitalidad, no fueron
admitidos... Pero un rey que desdeña su corona y los vanos esplendores de su
alta dignidad y se viste de andrajos para dedicar su vida a la santidad y a la
mortificación de la carne, un monarca de este carácter sí que es digno de
penetrar en este santuario para permanecer en él hasta la hora de su muerte.
¡Bien venido!
El rey se apresuró a interrumpirle con intención de explicarle
el caso, pero el ermitaño no le escuchaba, ni parecía oírle, y prosiguió su
plática con energía creciente:
Aquí podrás estar tranquilo. Nadie encontrará tu refugio y, por
lo tanto, no te molestarán con súplicas para que vuelvas a esa vida
insustancial y necia que Dios te ha inducido a abandonar. Te dedicarás a la
oración y leerás la Biblia; meditarás sobre las locuras y las decepciones de
este mundo y sobre la existencia sublime del venidero; te alimentarás de
mendrugos y de hierbas y te martirizarás cada día dándote azotes para purificar
tu alma. Llevarás una camisa de esparto que te toque a la piel, beberás únicamente
agua y podrás vivir en paz. Sí, podrás estar completamente tranquilo, porque el
que venga en tu buscase marchará chasqueado. No le será posible hallarte y no
te podrá molestar. El viejo ermitaño, sin dejar de pasear de un lado a otro,
cesó de hablar en voz alta y comenzó a murmurar muy quedo, El monarca aprovechó
la ocasión para relatar sus aventuras, con una elocuencia inspirada por la
inquietud y el temor, pero el anciano siguió musitando entre dientes sin
escucharle. De pronto, acercándose al rey, le dijo gravemente:
¡Chist! Voy a revelarte un secreto.
Se inclinó para comunicárselo, pero se contuvo y se puso en
actitud de estar escuchando. Al cabo de un rato se aproximó de puntillas al
marco de la ventana, asomó la cabeza y miró en la oscuridad. Luego volvió otra
vez de puntillas, acercó su cara a la del rey y le susurró al oído:
¡Soy un arcángel!
El rey experimentó un violento sobresalto y dijo para sus
adentros:
«¡Dios quiera que me vuelva a hallar con los malhechores porque
ahora esto es peor, me veo prisionero de un loco!»
Sus temores se acentuaron y se traslucieron en sus facciones. El
ermitaño siguió diciendo en voz baja, muy excitado:
Veo que percibes mi halo. Tu semblante revela temor. Nadie
puede permanecer en este ambiente sin, sentirse afectado de este modo, porque
es el mismo éter del cielo. Yo voy al paraíso y vuelvo en un abrir y cerrar de
ojos. Hace cinco años que en este mismo lugar fui convertido en arcángel por
unos ángeles enviados del cielo para conferirme esta excelsa dignidad. Su
presencia inundó este sitio de irresistible luz.. ¡Y se arrodillaron ante mí,
rey! ¡Sí, se arrodillaron ante mí porque yo era más grande que ellos! Yo he
andado por las regiones celestiales y he hablado con los patriarcas. Toca mi
mano; no temas... ¡Acabas de tocar una mano que fue estrechada por Abraham,
Isaac y Jacob! ¡Anduve por los ámbitos celestes y vi la divinidad cara a cara!
Hizo una pausa como para dar mayor solemnidad a sus palabras, y
cambiando de expresión, exclamó, indignado:
Sí, soy un arcángel, ¡un simple arcángel!... ¡Yo que hubiera
podido ser papa! Es cierto. Me lo dijeron en sueños desde el cielo, hace veinte
años... ¡Tenía que ser papa! ¡Pero el rey disolvió mi institución religiosa, y
yo, pobre anciano, ignorado y sin amigos, me vi desamparado y sin hogar en el
mundo, privado de mis elevados destinos!
Dicho esto volvió otra vez a murmurar muy quedo, y comenzó a
golpearse la frente con el puño, con una furiosa exaltación tan sincera como
inútil, profiriendo de vez en cuando alguna maldición rabiosa y repitiendo
patéticamente:
¡Y no soy más que un arcángel, yo que hubiera podido ser papa!
Y así continuó durante una hora, mientras el pobre reyecito
estaba sentado sufriendo. De repente, cesó el frenesí del anciano, y se mostró
de nuevo muy afable. Su voz bajó de tono, y como cayendo de las nubes, comenzó
a charlar con tanta sencillez y tal humanidad que pronto cautivó el corazón del
rey. El viejo devoto hizo acercar más el muchacho al fuego para que estuviera
más confortable, le curó los rasguños y contusiones con mano experta y
cariñosa, y se puso a preparar la cena, todo ello sin cesar de charlar
agradablemente, y acariciando de vez en cuando las mejillas o la cabeza del
muchacho con tanta ternura, que poco después todo el temor y la antipatía que
el monarca había sentido al principio para con el arcángel se trocaron en
respeto y afecto hacia el anciano.
Este estado de felicidad siguió sin interrupción mientras los
dos estuvieron cenando. Luego, después de una oración ante la capilla, el
ermitaño acostó al muchacho en un cuartito contiguo, y lo arropó con tanto celo
como una madre; y así, con una caricia de adiós, le dejó, fue a sentarse junto
al fuego y comenzó a atizar las brasas con aire abstraído. De pronto se quedó
quieto y, reflexionando un instante, se golpeó varias veces la frente con la
mano como si tratara de recordar algún pensamiento que había huido de su
memoria. Al parecer, no pudo lograrlo y, levantándose vivamente, entró en el
cuarto de su huésped y preguntó:
¿Eres el rey?
Sí contestó el jovencito soñoliento.
¿Qué rey?
El de Inglaterra.
¡De Inglaterra! Entonces, ¿Enrique ha muerto?
¡Ay! Así es, en efecto. Yo soy su hijo.
El ermitaño frunció el entrecejo y crispó sus manos huesudas con
energía vengativa. Permaneció unos momentos de pie, respirando afanosamente y
tragando saliva repetidas veces, y luego dijo con voz ronca:
¿No sabes que él nos dejó sin casa ni hogar en este mundo?
No obtuvo contestación. El anciano se inclinó y contempló con
mirada escudriñadora el semblante plácido del muchacho, y su respiración
acompasada.
«Duerme, duerme profundamente dijo para sí. Y dejando de
fruncir el ceño, su semblante dio paso a una expresión de satisfacción maligna.
Por las facciones del jovencito dormido vagaba una sonrisa. El ermitaño
murmuró: Así pues, su corazón se siente dichoso. »
Y se apartó de allí. Comenzó entonces, furtivamente, a dar
vueltas buscando algo, deteniéndose de vez en cuando para escuchar o para
dirigir una mirada rápida a la cama del muchacho, sin dejar de refunfuñar. Por
fin encontró lo que, al parecer, necesitaba: un cuchillo de carnicero viejo y
enmohecido y una piedra de afilar. Se agachó después junto al fuego y se puso a
afilar el cuchillo suavemente mientras iba gruñendo, mascullando, refunfuñando
sin cesar. El viento gemía en aquel lugar solitario, y las voces misteriosas de
la noche flotaban por el espacio hasta muy lejos. Los ojos brillantes de
algunas ratas y ratones atrevidos contemplaban al viejo a través de diversas
grietas y rendijas, pero el ermitaño continuaba su labor, completamente
abstraído y sin parar mientes en lo que le rodeaba.
A largos intervalos pasaba el dedo pulgar por el filo del
cuchillo y movía la cabeza con aire de satisfacción.
Se va afilando decía, sí, se va afilando...
No parecía darse cuenta del paso del tiempo y seguía trabajando
tranquilamente, absorto en sus pensamientos que, a veces se traducían en frases
coherentes.
¡Su padre nos causó mucho daño, nos destruyó y ha sido arrojado
al fuego eterno! ¡Sí, al fuego eterno! Se nos escapó..., pero fue la voluntad
de Dios y no tenemos que quejarnos. Pero no se ha librado del fuego eterno...,
del devorador, inconmovible y cruel juego... y allí sufrirán ellos eternamente.
Y así seguía afilando y afilando; murmuraba... de vez en cuándo
reía entre dientes o profería nuevas frases:
Su padre fue nuestra desgracia... Yo no soy más que arcángel;
si él no lo hubiera impedido, sería papa.
El rey se movió y el ermitaño se acercó sigilosamente a su lecho
y se arrodilló, inclinándose sobre el cuerpo del muchacho con el cuchillo
levantado. El muchacho volvió a moverse y sus ojos se abrieron un instante,
pero sin mirar, sin ver nada. Inmediatamente su respiración pausada demostró
que su sueño volvía a ser profundo.
El ermitaño observó y escuchó un instante sin cambiar de actitud
y sin respirar apenas. Luego bajó lentamente el brazo y se apartó, diciendo:
Ya es mucho más de medianoche... A lo mejor se le antoja
ponerse a gritar en el preciso momento en que pase alguien.
Se deslizó a otra habitación, recogiendo aquí un harapo, allá
una correa y más allá otro harapo, y luego volvió, y con mucho cuidado,
consiguió atarle los pies. Intentó después atarle también las manos, pero el
muchacho apartaba a cada momento una u otra mano cuando el viejo se disponía a
juntarle las muñecas para sujetarlas con la ligadura. Por fin, cuando el
arcángel comenzaba ya a desesperarse, el rey cruzó las manos por sí mismo y
poco después estaban ya atadas. Luego le pasó una venda por debajo de la barbilla
y por encima de la cabeza, donde la ató fuertemente y con tanto cuidado y
suavidad, despacio Y haciendo los nudos con tal mafia, que el muchacho siguió
durmiendo tranquilamente durante la operación, sin hacer el menor movimiento.
21. Hendon acude a rescatarlo
El viejo, agachado, se apartó deslizándose como un gato acercó
el banco. Luego se sentó en él, con medio cuerpo iluminado por la débil luz
oscilante y la otra mitad medio oculta en las sombras; y así, con los ávidos
ojos fijos en el jovencito dormido, siguió velando allí, sin preocuparse del
tiempo que pasaba y sin dejar de afilar suavemente el cuchillo, mientras seguía
murmurando y haciendo muecas. Por su aspecto y su actitud se hubiera dicho que
era una horrible araña monstruosa que se estaba ensañando contra un pobre
insecto indefenso aprisionado en su tela.
Después de largo rato, el anciano, que continuaba escudriñando
con la mirada, aunque no lograba ver nada, porque su espíritu había quedado
sumido en una ausencia soñolienta, notó de pronto que los ojos del muchacho
estaban abiertos y que contemplaban el cuchillo con indecible espanto. Una
sonrisa de satisfacción diabólica animó el semblante del viejo, que sin cambiar
de actitud ni de ocupación, exclamó:
Hijo de Enrique VIII, ¿has rezado?
El muchacho luchó inútilmente contra sus ligaduras y al mismo
tiempo pronunció unas palabras confusas entre dientes, pues tenía las
mandíbulas sujetas, que más bien eran sonidos incoherentes, pero que el
ermitaño interpretó como contestación afirmativa a su pregunta.
Entonces reza de nuevo, di la oración de los moribundos.
El muchacho se estremeció y su rostro se puso pálido, Renovó sus
esfuerzos para quedar libre, retorciéndose hacia un lado y hacia otro frenética
y desesperadamente para romper sus ligaduras, pero todo fue inútil. Entretanto,
el viejo ogro no dejaba de contemplarle sonriendo y moviendo la cabeza,
mientras iba afilando tranquilamente el cuchillo.
De vez en cuando murmuraba:
Los momentos que te quedan son contados; son pocos y preciosos.
¡Reza, reza la oración de la hora de la muerte!
El muchacho lanzó un gemido de desesperación y, jadeante, cesó
en sus esfuerzos. Asomaron las lágrimas a sus ojos y fueron deslizándose una
tras otra por sus mejillas, pero aquel cuadro lastimero no conmovió al anciano
salvaje.
Se acercaba ya la hora del amanecer. El ermitaño lo advirtió y
habló con dureza, pero también con cierto temor nervioso en la voz:
¡No puedo permitir este éxtasis por más tiempo! La noche ha
transcurrido ya. Parece que haya sido un momento..., sólo un instante. ¡Ojalá
hubiese durado un año! Semilla del expoliador de la Iglesia, cierra esos ojos
que van a perecer... Y si temes levantar la vista...
Lo demás que iba diciendo se perdió en un murmullo inarticulado.
El anciano cayó de rodillas, cuchillo en mano, y se inclinó, amenazador, sobre
el jovencito quejumbroso.
¡Cuidado! Se oía un murmullo de voces junto a la choza, y el
cuchillo cayó de manos del ermitaño. Este echó una piel de cordero sobre el
muchacho y se levantó tembloroso. El murmullo iba en aumento, y pronto las
voces se convirtieron en roncos gritos de indignación. Siguieron a éstos otros
gritos de socorro, ruido de golpes y de pasos rápidos que se alejaban.
Inmediatamente resonaron en la puerta de la cabaña unos tremendos aldabonazos
seguidos de una voz que exclamó:
¡Ea! ¡Abrid! ¡Y más que de prisa, en nombre de todos los
diablos!
¡Ah, bendita voz, mucho más agradable que toda la música que
había llegado hasta entonces a oídos del rey, porque era la voz de Miles
Hendon!
El ermitaño, rechinando los dientes con la rabia de la
impotencia, salió del cuarto precipitadamente, cerró la puerta tras de sí, e
inmediatamente el rey oyó el siguiente diálogo que tenía lugar delante de la
«capilla»:
Recibid mi homenaje y mi saludo, reverendo señor. ¿Dónde está
el muchacho? ¿Dónde está mi muchacho?
¿Qué muchacho, amigo?
¿Qué muchacho? No me vengáis con mentiras ni con engaños, señor
ermitaño, que no estoy de humor para aguantar gazmoñerías. Pillé por estos
alrededores a los truhanes que me lo robaron, y les he obligado a confesar que
el chico se les había escapado nuevamente y que le habían seguido hasta la
puerta de esta cabaña. Me han enseñado las huellas de los pies del muchacho. Y
no os entretengáis, porque si no me lo entregáis en seguida... ¿Dónde está?
¡Oh, buen señor! ¿Tal vez os referís al vagabundo harapiento
que vino aquí ayer noche? Puesto que una persona como vos se interesa por un
granujilla como ése, sabed, pues, que le he enviado a un recado y que no
tardará en volver.
¿Cuánto tardará? ¿Cuánto tardará? Vamos, no perdamos el tiempo.
¿No puedo alcanzarle? ¿Cuánto tardará en volver?
No hay necesidad de que os molestéis. Volverá en seguida.
Está bien. Procuraré esperar. Pero vamos a ver..., un momento.
¿Decís que le habéis enviado a un recado? Eso es mentira, porque estoy seguro
que él no habría ido. Si os hubieseis atrevido a tal insolencia, os habría
tirado de vuestras viejas barbas... Y no hubiera ido a recado de ninguna
especie, ni por vos ni por nadie. ¡Habéis mentido!
Por otro hombre no lo hubiera hecho, pero yo no soy un hombre.
¿Qué sois, pues, en nombre de Dios, qué sois?
Es un secreto... Tened cuidado en no divulgarlo. Soy un
arcángel.
Miles lanzó una exclamación exaltada, seguida de estas palabras:
Esto explica perfectamente su complacencia. De sobra sabía yo
que no iba a mover ni pie ni mano para servir a ningún mortal, pero incluso un
rey ha de obedecer cuando un arcángel le da una orden. Permitidme... ¡Silencio!
¿Qué ha sido este ruido?
Entretanto, el reyecito había estado en su cuarto temblando
alternativamente de terror y de esperanza, poniendo en sus gemidos de
desesperación toda la fuerza que podía dar a su voz, confiando en hacerla
llegar a oídos de Hendon, pero viendo siempre con amarga angustia que no daban
ningún resultado. Por eso esta última observación de su protector llegó a sus
oídos y le produjo el mismo efecto que el del hálito vivificante de la campiña
en flor a un moribundo. Hizo pues, un esfuerzo supremo, en el preciso instante
en que el ermitaño decía:
¿Ruido? No he oído más que el viento.
Quizá fue el viento. Sí, habrá sido el viento. Lo he estado
oyendo débilmente mientras... ¿Otra vez? Entonces no es el viento. ¡Qué sonido
tan extraño! ¡Vamos a ver qué es!
La alegría del rey era casi irresistible. Sus pulmones agotados
hicieron un terrible esfuerzo con la última esperanza, pero las quijadas
sujetas y la piel de cordero que le cubría ahogaron el grito. El corazón del
pobre chico quedó sumido en la desesperación al oír que el ermitaño decía:
¡Ah! Ha venido de fuera... Creo que de esos matorrales
cercanos. Venid, yo os guiaré.
El rey oyó que los dos salían hablando y que el rumor de sus
pasos se perdía muy pronto, y se quedó solo en un silencio lúgubre de mal,
presagio.
Le pareció un siglo entero el largo rato que transcurrió hasta
que se acercaron de nuevo los pasos y las voces, y esta vez oyó, además, el
choque de las herraduras de un caballo, y poco después a Hendon que decía:
No espero más, no puedo esperar más. Seguramente se habrá
extraviado por la espesura de ese bosque. ¿Qué dirección ha tomado? Decídmelo
en seguida.
Se ha dirigido..., pero esperad; iré con vos.
Bueno, bueno. La verdad es que sois más buen hombre de lo que
parecéis. Me figuro que no hay otro arcángel con mejor corazón que el vuestro.
¿Queréis montar? Podéis subir en el asno que he traído para mi muchacho o ceñir
con vuestras santas piernas el lomo de esta despreciable mula que me he
procurado. Y por cierto que me hubiera considerado engañado con ella, aunque me
hubiese costado menos de un penique.
No. Montad vuestra mula y conducid el asno. Yo voy más seguro a
pie.
Entonces hacedme el favor de cuidaros del animalito mientras yo
arriesgo mi vida con mi intento de cabalgar encima del animal mayor.
Siguió a este diálogo un fuerte barullo de coces, saltos y
maldiciones.
Luego, con dolor indecible, el rey preso y maniatado, notó que
las voces y los pasos se alejaban y se extinguían. Entonces perdió toda
esperanza y sintió su corazón terriblemente oprimido por una desesperación
profunda.
«Mi único amigo ha sido engañado pensó. Ahora volverá el
ermitaño y... »
Suspiró y se puso en seguida a forcejear con afán frenético para
deshacerse de sus ligaduras, hasta lograr apartar la piel de cordero que le
estaba asfixiando.
De pronto, oyó que se abría la puerta y se le heló la sangre de
espanto, pues le parecía sentir ya el cuchillo en su garganta. El pánico le
hizo cerrar los ojos, y el mismo terror se los hizo abrir de nuevo... ¡y vio
delante de él a Juan Canty y a Hugo!
De haber tenido libres las quijadas, habría exclamado: «¡Gracias
a Dios!»
Un momento después, sus miembros estaban desatados, y sus
capturadores, asiéndole cada cual de un brazo, se lo llevaron a toda prisa a
través del bosque.
22. Víctima de una traición
Nuevamente «el rey Fufú I» se halló entre los vagabundos y
malhechores, de cuyas burlas y bromas soeces volvió a ser blanco otra vez, y,
de cuando en cuando, víctima del despecho de Canty y de Hugo, tan pronto como
el jefe volvía la espalda. Sólo estos dos le odiaban, pues todos los demás
forajidos le admiraban por su valor y firmeza, e incluso había alguno que le
quería. Durante dos o tres días, Hugo, a cuyo cargo y custodia se hallaba el
rey, hizo ocultamente todo lo que pudo para fastidiar al muchacho, y por la
noche, durante las orgías habituales, divirtió a los reunidos, causándole
pequeñas molestias malignas, siempre fingidamente por casualidad.. Dos veces
pisó los pies del rey, como sin querer, y el monarca, como convenía a su
realeza, aparentó desdeñosamente no darse cuenta de los pisotones pero a la
tercera vez que Hugo repitió la mofa, el, rey le derribó al suelo de un
garrotazo, con gran alegría de la tribu. Hugo, enfurecido y avergonzado, dio un
salto, cogió a su vez una estaca y se lanzó furiosamente contra su pequeño
adversario. Se formó inmediatamente un corro en torno de los gladiadores y
comenzaron las apuestas y los vítores. Pero el pobre Hugo estaba de mala
suerte. Su esgrima vulgar e inhábil no podía servirle de nada al contender con
un brazo que había sido adiestrado por los primeros maestros de Europa en el
arte de las paradas, ataques a fondo y toda clase de bastonazos y estocadas. El
reyecito, alerta, desviaba y paraba la copiosa lluvia de golpes con tal
graciosa y ágil desenvoltura, y con una facilidad y precisión tales, que
causaron la admiración y el entusiasmo de los espectadores; y de vez en cuando,
tan pronto como sus ojos escudriñadores hallaban la ocasión, rápido como un
relámpago, descargaba un golpe sobre la cabeza de Hugo, con lo cual había que
oír la tempestad de aplausos y risas que se desencadenaba entre aquella turba
maravillada.
Al cabo de quince minutos, Hugo, apaleado, lleno de chichones,
magullado y convertido en el blanco de un inclemente bombardeo de befas y
escarnios, abandonó el campo, y el héroe indemne de la lucha fue cogido y
llevado en hombros alegre y tumultuosamente por aquella chusma hasta el puesto
de honor, al lado del jefe, donde con aparatosa ceremonia fue coronado rey de
los gallos de pelea .
Luego se anunció solemnemente que su título anterior de «Rey
Fufú» quedaba suprimido y que quien, en lo sucesivo, lo pronunciara incurriría
en la pena irremisible de ser expulsado de la cuadrilla. Sin embargo,
fracasaron todas las tentativas de aquellos perillanes para que el rey prestara
su colaboración en sus numerosas fechorías, pues éste se negaba a hacer nada, y
continuamente intentaba escapar. El primer día después de su regreso, fue
arrojado a la cocina y dejado allí sin ningún género de vigilancia, y no sólo
salió de ella con las manos vacías, sino que trató de soliviantar a sus
compañeros. Luego le mandaron a ayudar a un calderero, pero no quiso trabajar y
amenazó a éste con el hierro de soldar. Hugo y el artesano se pasaron el rato
forcejeando con él para impedir que huyera. No hacía sino lanzar amenazas, con
toda la fuerza de su real autoridad, a todo aquel que coartara sus derechos o
quisiera darle órdenes. Junto con Hugo, una mujer harapienta y un niño enfermo,
fue enviado a mendigar por las calles, con muy pobre resultado, pues rehusó
tomar parte en las actividades del grupito.
Transcurrieron algunos días, y todas las miserias, la
vulgaridad, el cansancio y la bajeza de aquella existencia errante llegaron a
hacerse tan insoportables para el cautivo, que éste comenzó a pensar que el
haberse librado del cuchillo del ermitaño, era todo lo más un breve
aplazamiento de la muerte.
Pero por la noche, en sueños, lo olvidaba todo y disfrutaba con
la ilusión de verse de nuevo gobernando, sentado en su trono. Esto,
naturalmente, aumentaba el desespero ante la dolorosa realidad al despertar, y
así la mortificación de cada nueva mañana, de las pocas que transcurrieron
entre su vuelta a la esclavitud y la pelea con Hugo, fue cada vez más amarga y
más insoportable.
A la mañana siguiente después de la referida contienda, Hugo se
levantó con el corazón henchido de deseos de venganza contra el rey. Entre sus
mal intencionados propósitos, tenía en particular dos planes: Uno de ellos
consistía en infligir a aquel muchacho una humillación singular a su espíritu
altanero y a su pretendida realeza «imaginaria»; y en caso de fracasar, su otro
plan era acusar al rey de haber cometido un crimen de cualquier índole y
entregarlo a las implacables garras de la justicia.
Para llevar a cabo su primer plan, se propuso poner un «clima»
en la pierna del rey, lo cual comprendió que le mortificaría
extraordinariamente, y tan pronto como el referido «clima» surtiera su efecto,
pensaba lograr la ayuda de Canty para obligar al rey a exponer la pierna a los
transeúntes de cualquier camino y pedir limosna. «Clima» era el término de la
jerigonza que hablaban los perillanes para designar una llaga artificial que
producían por medio de una pasta o cataplasma de cal viva, jabón y moho de hierro
viejo, extendida sobre un pedazo de cuero y atada después fuertemente en
contacto con la pierna. Esta aplicación hacía saltar pronto la piel dejando a
la vista la carne viva y muy irritada. Después frotaban sangre sobre la parte
llagada que, al secarse, quedaba con un color oscuro y repugnante, y por
último, aplicaban un vendaje de trapos manchados muy hábilmente, para que
asomara la asquerosa úlcera e inspirara compasión a los transeúntes.
Hugo consiguió la colaboración del calderero a quien el rey
había amenazado con el soldador. Lleváronse al muchacho a una fingida correría
en busca de trabajo, y tan pronto como consideraron que nadie podía verles
desde el campamento de la cuadrilla, le derribaron al suelo, y mientras el
calderero le sostenía fuertemente Hugo le aplicó la cataplasma en la pierna.
El rey, enfurecido y entre una tempestad de protestas y de
amenazas, prometió rabiosamente que les haría ahorcar a los dos tan pronto como
tuviera de nuevo el cetro en sus manos. Pero los dos rufianes le sujetaron
todavía con más fuerza y se divirtieron haciendo mofa de su impotente
indignación y de sus amenazas.
Así continuaron hasta que comenzó a producir sus efectos la
cataplasma, y poco rato después el resultado hubiera sido completo si no
hubiese habido interrupción... Pero la hubo, pues el esclavo que había
pronunciado el discurso censurando las leyes de Inglaterra apareció en escena y
puso término a la indigna operación, arrancando y rasgando las vendas y la
cataplasma.
Entonces el rey pretendió coger el palo que llevaba su
libertador para calentar inmediatamente la espalda de los dos rufianes, pero el
hombre aquel le aconsejó que no lo hiciera, porque su actitud podría causar
disgustos y mejor sería dejar el asunto para por la noche, puesto que entonces,
cuando toda la tribu estuviera reunida, la gente extraña no se arriesgaría a
venir a interrumpirles para intervenir en sus asuntos. Volvieron los cuatro al
campamento y el libertador del rey relató al jefe todo lo ocurrido.
Este escuchó, meditó, y finalmente decidió que no dedicaran al
jovencito a mendigar, pues, evidentemente, era digno de una ocupación mejor y
más elevada... Por consiguiente, le ascendió a la categoría de ladrón.
Hugo estaba más que satisfecho, pues había procurado que el rey
robara sin conseguirlo, pero ahora no podría negarse a hacerlo, pues era una
orden del jefe y no iba a atreverse a desobedecer. Planeó, pues, una correría
para aquella misma tarde, con el propósito de hacer caer al muchacho en manos
de la ley, en forma tan hábil que pareciese casualidad y no cosa hecha adrede,
porque el «rey de los gallos de pelea» era ya popular, y la cuadrilla
seguramente no trataría con mucha consideración a uno de los suyos que
cometiese la grave traición de entregar a un compañero al enemigo común, que
era la justicia.
Hugo salió, pues, oportunamente, con su víctima en dirección a
un pueblo vecino, y los dos fueron andando lentamente de calle en calle, uno de
ellos esperando la ocasión propicia que ofreciera la seguridad de consecución
de su miserable propósito, y el otro esperando con no menos interés ansioso el
momento favorable de poder huir y librarse para siempre de su infamante
cautiverio.
Ambos se dejaron perder algunas ocasiones bastante prometedoras,
porque en su fuero interior el uno y el otro estaban decididos a proceder
aquella vez con toda seguridad y a no dejarse llevar nunca más por febriles
impulsos de resultado dudoso.
Fue a Hugo a quien se le presentó primero la ocasión anhelada,
porque al fin apareció una mujer que llevaba un gran paquete en un cesto. Los
ojos de Hugo lanzaron destellos de júbilo perverso. Este dijo para sus
adentros:
«¡Magnífico! ¡Si puedo acusarte de este delito, estarás bien
fresco, "rey de los gallos de pelea!"»
Aguardó al acecho, al parecer con paciencia, pero en realidad
con gran excitación interior, hasta que hubo pasado la mujer y consideró que
había llegado ya el momento. Entonces dijo, muy quedo:
Espera aquí hasta que yo vuelva. Y fue, cautelosamente, al
encuentro de su víctima.
El corazón del rey se llenó de alegría, pues si el proyecto de
Hugo llevara a éste algo lejos, él podría escaparse. Pero no tuvo esta suerte.
Hugo se deslizó detrás de la mujer, le arrebató el paquete, y
volvió corriendo mientras lo envolvía en un pedazo de manta vieja que llevaba
en el brazo. La mujer, al notar la disminución de peso del contenido de su
cesto, se dio cuenta del hurto comenzó a dar gritos. Hugo, sin detenerse, puso
el paquete en manos del rey, diciéndole:
Ahora echa a correr tras de mí gritando: «¡Ladrones!
¡Ladrones!», pero procura despistarlos.
Un momento después, Hugo dio vuelta a una esquina, penetró en un
callejón, y volvió a aparecer en seguida ostensiblemente, con perfecta
indiferencia y aire inocente, y, situándose detrás de un poste, se quedó
observando el resultado de su añagaza.
El ofendido rey tiró el paquete al suelo y la manta lo dejó al
descubierto en el preciso momento en que llegaba la mujer robada, seguida de un
tropel de gente. La mujer asió con una mano la muñeca del rey, cogió con la
otra el fardo que recuperaba y comenzó a dirigir una serie de improperios al
jovencito que se esforzaba en vano para desasirse. Hugo acababa de presenciar
lo suficiente. Su enemigo había sido capturado y la ley se encargaría ahora del
resto. Se escurrió, pues, satisfechísimo y sonriente y se encaminó hacia el
campamento de la cuadrilla, mientras iba ideando una versión verosímil del
suceso para contársela al jefe.
Seguía el rey forcejeando para que la mujer le soltara, y muy
indignado, exclamaba:
¡Suéltame de una vez, estúpida! No he sido yo el que te ha
quitado esas mezquindades de tu pertenencia.
La multitud se agrupó en torno del rey y le dirigió un sinfín de
insultos y amenazas. Un herrero muy robusto, con delantal de cuero y
arremangado hasta los codos, pretendió abalanzarse sobre él, declarando que,
como lección, iba a darle una buena paliza, pero en aquel preciso momento
brilló en el aire el acero de una espada que cayó de plano, contundentemente,
sobre el brazo del mal intencionado herrero, al mismo tiempo que el fantástico
individuo que la blandía, exclamaba:
¡Vamos a ver, almas bondadosas! Obremos con nobleza y no con
mala sangre y palabras soeces. Este es un caso que tiene que ser resuelto por
la justicia y no como se le antoje a cualquiera. Soltad al muchacho, buena
mujer.
El herrero se quedó un momento observando a aquel soldado
fornido y se alejó refunfuñando y frotándose el brazo. La mujer soltó de mala
gana la muñeca del reyecito, y el gentío miró al desconocido con poca simpatía,
pero por prudencia, guardó silencio. El monarca saltó al lado de su libertador,
y con mejillas encendidas y ojos centelleantes, exclamó:
Es lamentable que hayáis tardado tanto en venir, pero al menos
os habéis presentado en un momento oportuno, sir Miles. ¡Despedazad a toda esa
chusma!
23. El príncipe prisionero
Hendon disimuló una sonrisa, mientras se inclinaba y susurraba
al oído del rey:
Poco a poco, poco a poco, príncipe. Mesurad vuestras palabras,
aunque mejor será que no digáis nada en absoluto. Confiad en mí... que todo
saldrá bien al final. Y prosiguió, diciendo para sus adentros: «¡Sir Miles!
¡Es verdad! ¡Ya había olvidado que yo era un caballero! ¡Es maravilloso ver
cómo quedan grabadas imborrablemente en la memoria de ese muchacho sus propias
locuras! Mi título es ficticio y risible, y, sin embargo, es algo de lo cual me
he hecho merecedor, porque a mi modo de ver es más alto honor que le consideren
a uno digno de ser el espectro de un caballero en el reino de los sueños y
sombras de ese muchacho, que ser lo bastante rastrero para figurar como conde
en algunos de los reinos reales de este bajo mundo. »
El gentío se apartó para dar paso a un alguacil que se disponía
a asir al rey por el hombro, cuando Hendon dijo:
Andad con tiento, amigo, y retirad la mano porque él irá
dócilmente. Yo respondo de ello. Andad delante y os seguiremos.
El alguacil emprendió la marcha al lado de la mujer y su
paquete, y Miles y el rey fueron tras de ellos, seguido; por la muchedumbre. Él
monarca sentía la tentación irresistible de rebelarse, pero Hendon le susurró
al oído:
Reflexionad, señor, que vuestras leyes son el hálito salutífero
de vuestra propia realeza. Si el que las dicta se rebela contra ellas, ¿cómo va
a poder obligar a los demás a respetarlas? Cuando el rey vuelva a ocupar su
trono, ¿podrá por ventura humillarle pensar que cuando era, aparentemente, un
particular se resignó lealmente a trocar el rey en, ciudadano y se sometió a la
autoridad de las leyes?
Tenéis razón; no digáis más. Vais a ver como sea cual fuere el
padecimiento que, con arreglo a la ley, pueda imponer el rey de Inglaterra a
uno de sus súbditos, lo sufrirá él mismo mientras se halle en el lugar de un
vasallo.
Cuando la mujer robada fue llamada a presencia del juez
municipal, juró y perjuró que el preso que se hallaba en el banquillo era la
persona que había cometido el hurto, y como no había nadie que pudiera
demostrar lo contrario, la culpabilidad del reo quedó probada. El paquete fue
desenvuelto, y cuando se vio que contenía un cerdito rollizo y condimentado, el
Juez se sintió turbado, y Hendon palideció, al mismo tiempo que experimentaba
algo así como una corriente eléctrica por todo su cuerpo y luego una sensación
de desmayo, pero el rey quedó impasible porque ignoraba el caso.
El juez reflexionó un momento y preguntó a la mujer:
¿A cuánto calculáis que asciende el valor de eso
La mujer hizo una reverencia y contestó:
Tres chelines y ocho peniques, señor. Sí he de decir
honradamente lo que vale, no puedo rebajar ni un penique. El juez dirigió una
mirada intranquila al público, y luego, haciendo una señal al alguacil, le
ordenó:
Despejad la sala y cerrad las puertas.
Así se hizo, y no quedó en la sala más que el juez, el alguacil,
el acusado, la acusadora y Miles Hendon. Este último estaba rígido y pálido, y
de su frente brotaban gotas de sudor frío que se deslizaban ininterrumpidamente
por su rostro.
El juez, dirigiéndose nuevamente a la mujer, dijo con voz
compasiva:
Ese chico es un pobre ignorante que obró tal vez inducido por
el hambre, porque atravesamos unos tiempos muy penosos para los que no tienen
fortuna. Fijaos en que no tiene cara de malvado..., pero cuando se está
hambriento... ¿Sabéis, buena mujer, que si se roba algo cuyo valor exceda de
trece peniques y medio, la ley condena al ladrón a la horca?
El monarca se estremeció y abrió desmesuradamente los ojos con
consternación, pero logró dominarse y guardó silencio. En cambio, la mujer se
puso en pie de un salto, y llena de espanto exclamó con voz temblorosa:
¡Oh, Dios mío! ¿Qué he hecho? ¡Por nada del mundo querría yo
que ahorcaran al infeliz muchacho! ¡Oh, salvadle, señor! ¿Qué tengo que hacer
yo para favorecerle? ¿Qué puedo hacer?
El juez mantuvo su actitud solemne y contestó sencillamente:
Indudablemente se puede revisar el valor de lo robado, puesto
que éste no está todavía escrito en los autos.
Entonces, en nombre de Dios repuso la mujer, haced constar
que el cerdito vale sólo ocho peniques, y ¡bendiga Dios el día en que me he
visto con la conciencia libre de tan grave remordimiento!
Miles Hendon, loco de alegría, olvidó todo decoro y
comedimiento, y sorprendió al rey e hirió su dignidad echándole los brazos al
cuello y estrechándolo contra su pecho. La mujer se despidió muy agradecida y
se marchó con su cerdo. El alguacil le abrió la puerta y la siguió hasta el
vestíbulo. El juez se puso a escribir en sus papeles, y Hendon, siempre ojo
avizor, creyó conveniente averiguar por qué el alguacil había seguido a la
mujer, y con este objeto salió de puntillas hasta el oscuro vestíbulo y se puso
a escuchar atentamente. Lo que logró oír fue poco más o menos lo siguiente:
Es un cerdo muy rollizo y ha de estar muy sabroso... Os lo voy
a comprar. Aquí tenéis los ocho peniques.
¡Ocho peniques! ¡Estáis de guasa! Me cuesta tres chelines y
ocho peniques, en buena moneda del último reinado. ¡Id a paseo con vuestros
ocho peniques!
Son éstas vuestras razones, ¿eh? Entonces habéis jurado en
falso al declarar que no valía más que ocho peniques. Venid en seguida conmigo
ante el juez a responder de vuestro delito... y el muchacho será ahorcado.
Está bien, está bien. Me conformo con todo. Dadme los ocho
peniques y no digáis ni una palabra.
La buena mujer se marchó corriendo y Hendon volvió a la sala del
tribunal, donde el alguacil no tardó en aparecer, después de haber escondido su
adquisición en un lugar conveniente. El juez estuvo escribiendo un momento más
y después leyó al rey una sentencia muy prudente y bondadosa, condenándole a un
corto encarcelamiento en un calabozo común, después del cual sería azotado
públicamente. El monarca, perplejo, abrió la boca y probablemente se disponía a
ordenar que el buen juez fuese decapitado en el acto, pero notó una seña que le
hizo Hendon y consiguió dominarse y cerrar la boca antes de que saliera de ella
una sola palabra. Hendon le cogió de la mano, hizo una reverencia al juez y
ambos se dirigieron hacia la cárcel, seguidos y vigilados por el alguacil. En
el momento en que llegaron a la calle, el rey, indignado, se detuvo, desprendió
su mano de la de Hendon, y exclamó:
¡Idiota! ¿Os figuráis que voy a entrar vivo en un calabozo
común?
Hendon se inclinó reverente y repuso con cierta dureza:
¿Queréis confiar en mí? ¡Silencio! No compliquéis nuestra
delicada situación con palabras peligrosas. Sucederá lo que Dios quiera... Pero
tened paciencia y esperad... que ya tendremos tiempo de sobra para rabiar o
para alegrarnos cuando lo que haya de suceder haya sucedido.
24. La evasión
El corto día invernal tocaba casi a su fin. Las calles estaban
desiertas. Sólo circulaban por ellas algunos transeúntes desperdigados, que
andaban presurosos con el aire del que lleva intención de cumplir su misión lo
más pronto posible para refugiarse en seguida en su casa protegido contra el
vendaval creciente y la oscuridad cada vez más densa. No miraban ni a derecha
ni a izquierda, ni se fijaban en nuestros personajes que, al parecer, les
pasaban completamente desapercibidos. Eduardo VI se preguntaba si el
espectáculo de un rey conducido a la cárcel podía haber sido contemplado alguna
vez por el público con tan asombrosa indiferencia. No tardaron en llegar a un
mercado desierto, que el alguacil se dispuso a cruzar, pero cuando éste llegó
al centro del mismo, Hendon le puso la mano en el hombro y le dijo en voz baja:
Esperad un momento, buen hombre. Ahora que nadie nos oye, he de
deciros unas palabras.
Mi deber me prohibe escucharos. No me entretengáis, que se
acerca la noche.
A pesar de todo, esperad un momento, porque el asunto os
interesa mucho. Volveos un momento de espalda y fingid que no veis. Dejad que
ese muchacho se escape.
¿A mí con ésas, señor? Os voy a prender en…
No, no os precipitéis... Tened cuidado y no cometáis una
insensatez. Y, tan quedo, al oído del alguacil, que su voz no era más que un
débil susurro, Hendon añadió: El cerdo que habéis comprado por ocho peniques
os puede costar la cabeza.
El pobre alguacil, pillado por sorpresa, se quedó mudo de
estupefacción, pero instantáneamente, reaccionando, comenzó a proferir
amenazas. Hendon, tranquilamente, esperó hasta que el infeliz hubo agotado
todas sus lamentaciones, y entonces dijo:
Me habéis caído simpático, amigo, y no quisiera que os
ocurriera nada desagradable. Lo oí todo... Os lo puedo demostrar.
Y dicho esto, le repitió al pie de la letra toda la conversación
que el alguacil sostuvo con la mujer en el vestíbulo, y terminó diciendo:
¿Os lo he contado bien? ¿No os parece que podría comunicárselo
al juez si las circunstancias lo exigieran?
El alguacil se quedó un momento callado, lleno de turbación y de
miedo, pero recobrando ánimo, dijo con forzada desenvoltura:
Dais mucha importancia a una broma. No hice más que sobornar a
una mujer para divertirme.
¿Y es también para divertiros que guardáis el cerdo?
Unicamente por eso, buen señor contestó el alguacil
sutilmente. Ya os he dicho que no fue más que una broma.
Empiezo a creeros repuso Hendon, con tono que expresaba media
mofa y media convicción. Pero esperad aquí un momento, mientras corro a
preguntar al señor juez, quien, indudablemente, por ser un hombre práctico en
leyes, en chungas y en...
Se dispuso a alejarse sin dejar de hablar, pero el alguacil
titubeó, lanzó una o dos maldiciones, y finalmente exclamó:
¡Aguardad, aguardad un momento, buen señor! ¡El juez tiene tan
poca simpatía a los bromistas como puede tenerla un cadáver! Venid y
continuaremos hablando. ¡Maldita sea! Sin duda me he metido en un lío... y todo
por una simple guasa inocente... Soy padre de familia; y mi mujer y mis
hijos... Atended a mis razones,, señor. ¿Qué queréis de mí?
Unicamente que seáis ciego, mudo Y paralítico, mientras cuento
hasta cien mil... Contaré despacio añadió Hendon, con la expresión de un
hombre que no pide más que un favor razonable y de muy escasa importancia.
¡Eso es mi perdición! exclamó el alguacil, desesperado. ¡Por
Dios, buen señor, sed razonable! Considerad el asunto en todos sus aspectos y
os convenceréis de que se trata de pura chacota, de una burla sencilla y
evidente. Y si alguien pretendiera demostrar que no se trata de una chanza, la
mayor sanción que me podría imponer sería una amonestación de labios del juez.
Hendon replicó con una solemnidad que dejó helado el aire que
respiraba el alguacil:
Vuestra chunga tiene un nombre en la ley. ¿Sabéis cuál es?
Lo ignoro... ¡Tal vez cometí una imprudencia! Jamás pude pensar
que tuviera un nombre... ¡Cielo santo! Me figuraba haber tenido una idea
original.
Sí, tiene un nombre. En la ley este delito se califica de la
siguiente manera: Non compos mentis lex talionis sic transit gloria mundi.
¡Oh, Dios mío!
¡Y se castiga con la pena de muerte
¡Dios se apiade de este pobre pecador!
Aprovechándoos de la situación de una persona considerada
culpable y en peligro, y que se hallaba en vuestras manos, os habéis apoderado
de algo cuyo valor excede de trece peniques y medio y por lo cual no habéis
pagado más que una miseria, y eso, a los ojos de la justicia, de conformidad
con la ley, es una fechoría que se califica: ad hominem expurgatis in statu
quo, y la pena es la muerte en manos del verdugo, sin rescate posible,
conmutación o beneficio eclesiástico.
¡Por favor, buen señor, sostenedme, que me flaquean las
piernas! ¡Tened compasión de mí! Libradme de esta sentencia, y me volveré de
espaldas y no veré nada de cuanto ocurra.
Está bien. Ahora veo que entráis en razón y sois prudente. ¿Y
devolveréis el cerdo?
Sí, lo devolveré, lo devolveré... y no tocaré nunca ninguno
más, aunque me lo envíe el Cielo por mediación de un arcángel. Marchaos, que
para vosotros soy ciego..., no veo nada en absoluto. Diré que me habéis atacado
y que me habéis arrancado al prisionero de las manos por la fuerza. Es una
puerta muy vieja... yo mismo la derribaré después de medianoche.
25. Hendon Hall
Tan pronto como Hendon y el rey se vieron libres del alguacil,
Su Majestad recibió instrucciones para que corriera hacia un lugar determinado,
en las afueras de la población y esperara allí mientras Hendon iba a la posada
con objeto de pagar la cuenta. Media hora más tarde, los dos amigos se
encaminaban alegremente y a trote corto hacia el este, montados en los tristes
solípedos de Hendon. El rey iba ya abrigado y cómodo, porque había abandonado
sus ropas harapientas para vestirse con el traje de lance que Hendon había
comprado en el puente de Londres.
Hendon quería evitar que el muchacho se cansara en exceso, pues
comprendía que las excursiones fatigosas,, las comidas irregulares y la falta
de reposo habían de perjudicar a su mente perturbada, mientras que el descanso,
la regularidad y el ejercicio moderado, favorecían, indudablemente, su rápida
curación. Sentía el deseo ferviente de ver bien sentada aquella inteligencia
hoy desquiciada, y disipadas para siempre las fantásticas visiones de aquella
cabecita trastornada. Por lo tanto, se dirigió, en etapas cortas, hacia el
hogar paterno de donde se había ausentado hacía tanto tiempo, en vez de
obedecer al impulso de su impaciencia y encaminarse hacia él aceleradamente,
sin interrumpir su viaje ni de día ni de noche.
Cuando hubieron recorrido unas diez millas, llegaron a una
población importante, donde se detuvieron para pernoctar en una buena posada.
Se reanudaron entonces las acostumbradas relaciones anteriores, y Hendon volvió
a situarse detrás de la silla del rey mientras éste comía, atendiéndole en
todo, desnudándole al ir a acostarse, y tendiéndose él en el suelo para dormir
envuelto en una manta y con el cuerpo atravesado en la puerta.
Al día siguiente y también al otro día continuaron su viaje
lentamente, hablando de las aventuras que habían vivido desde su separación, y
disfrutando extraordinariamente con los detalles respectivos que se relataban
él uno al otro. Hendon refirió todas sus andanzas en busca del monarca,
describió cómo el arcángel le condujo por todo el bosque, hasta llevarlo otra
vez a la cabaña cuando al fin se convenció de que no podría librarse de él.
Entonces prosiguió Hendon el anciano entró en el cuarto y
volvió a salir en seguida tambaleándose y en extremo decaído y me manifestó que
confiaba en que el chico habría vuelto y que estaría descansando, pero no era
así. Aguardé durante todo el día en la cabaña, y cuando perdí la esperanza de
vuestro regreso, fui de nuevo en vuestra busca. Y el viejo Sanctum sanctorum
estaba verdaderamente desesperado por la desaparición de Vuestra Majestad. Lo
comprendí por la cara que ponía.
Indudablemente repuso el rey.
Y seguidamente, relató sus aventuras. Hendon, al oírlas, se
arrepintió de no haber estrangulado al arcángel.
Durante el último día del viaje, Hendon, demostró estar muy
alegre. Su lengua no paraba. Mencionó su padre anciano, su hermano Arturo y
explicó cosas que ponían de manifiesto el carácter generoso de ambos. Tuvo
palabras de apasionamiento amoroso para su Edith y, en fin, estaba tan de buen
humor y tan optimista, que hasta llegó a decir algo muy afable y fraternal para
con Hugo. Se extendió en interminables consideraciones relativas a. su próxima
llegada a Hendon Hall. ¡Qué sorpresa para todos y qué explosión de gratitud y
de satisfacción feliz habría en la familia!
Era una región hermosa, llena de masías y de huertos, y la
carretera se alargaba infinitamente a través de vastas praderas, cuyos puntos
más alejados ofrecían la agradable perspectiva de suaves colinas y depresiones
que hacían pensar en las tranquilas ondulaciones del océano.
Por la tarde, el hijo pródigo, de regreso al hogar, se desviaba
continuamente de su camino con objeto de ver si subiendo a alguna loma, podría,
a lo lejos, descubrir su casa.
Por fin lo consiguió, y exclamó con excitación entusiástica:
¡Ahí tenemos al pueblo, príncipe, y allá se ve mi casa! Desde
aquí se pueden contemplar las torres... Y aquel bosque es el parque de mi
padre. ¡Ah! ¡Ahora vais a ver qué fastuosidad imponente! ¡Una mansión con
setenta habitaciones! ¡Figuraos! ¡Y con veintisiete criados! Una morada propia
para nosotros, ¿verdad? ¡Venid, apretemos el paso... mi impaciencia no admite
más demora!
Se apresuraron, pues, todo lo posible, pero a pesar de su
velocidad, ya habían dado las tres cuando llegaron al pueblo. Mientras cruzaban
su calle, Hendon no cesaba de hablar:
Esta es la iglesia..., cubierta por la misma hiedra de antes.
Allí está la posada El viejo león rojo, y más allá el mercado... y el llamado
«árbol de mayo»... Todo está igual, excepto la gente, pues en diez años, las
personas cambian. Creo reconocer a algunos, pero a mí no me reconoce nadie.
Llegaron al extremo del pueblo, tomaron por un camino angosto
metido entre elevados setos, y avanzaron por él, ligeros, cerca de media milla,
luego penetraron en un anchuroso jardín por una verja espléndida, cuyos sendos
pilares de piedra ostentaban blasones. Se hallaban en una mansión de la
nobleza.
¡Bien venido a Hendon Hall, mi rey! exclamó Miles. ¡Ah! Este
es un gran día. Mi padre, mi madre y Edith estarán tan locos de alegría que no
tendrán ojos y lengua más que para mí en los primeros momentos de emoción por
el encuentro. Por ello quizá os parecerá que sois recibido con frialdad...,
pero no hagáis caso, pronto os convenceréis de lo contrario, pues cuando les
manifieste que sois mi pupilo, y les explique el gran cariño que os profeso, ya
veréis como os estrecharán contra su pecho, por consideración a mí, y os
ofrecerán su casa y sus corazones para siempre.
Dicho esto, Hendon se apeó delante del amplio portal, ayudó al
rey, a poner también pie a tierra, y cogiendo a éste la mano, penetró con él en
la casa precipitadamente. A los pocos pasos se hallaron en una sala espaciosa.
Hendon hizo sentar al rey con más prisa que ceremonia, y corrió hacia un joven
que estaba sentado delante de una mesa-escritorio, junto a una buena fogata.
¡Dame un abrazo, Hugo, y dime que te alegras de volverme a ver!
Llama a nuestro padre, porque esta casa no será mi casa hasta que yo estreche
su mano, vea su rostro y vuelva a oír su voz...
Pero Hugo, después de demostrar una sorpresa momentánea, se echó
hacia atrás, y se quedó contemplando fijamente al intruso, con una mirada que,
al principio, reveló la dignidad algo ofendida, pero como respondiendo a un
pensamiento y a un propósito secreto, cambió de expresión, demostrando
curiosidad y asombro, mezclados con un aire de compasión, y dijo, con dulzura:
¡Tu mente parece perturbada, pobre forastero! Indudablemente
habrás sufrido privaciones y malos tratos en el mundo, a juzgar por tu
semblante y por tu ropa. ¿Por quién me tomas?
¿Por quién te tomo? ¿Quién puedo figurarme que eres sino quien
eres realmente? Te tomo por Hugo Hendon repuso Miles, indignado.
Entonces el otro prosiguió con el mismo tono suave:
¿Y quién te imaginas que eres?
No se trata ahora de imaginaciones. ¿Vas a pretender que no
conoces a tu hermano Miles Hendon?
Las facciones de Hugo expresaron una agradable sorpresa:
¿Es posible? ¿No te burlas? exclamó éste . ¿Pueden resucitar
los muertos? Si es así... ¡Alabado sea Dios! ¡Nuestro pobre muchacho perdido
vuelve a nuestros brazos después de todos esos años crueles! ¿Será verdad tanta
felicidad? ¡Te suplico que tengas piedad de mí y no me hagas víctima de tus
burlas! ¡Pronto!... Ven a la luz y deja que te mire bien.
Asió a Miles por el brazo, le arrastró hasta la ventana, y
comenzó a devorarlo con los ojos de pies a cabeza, volviéndole de uno y otro
lado, y haciéndole girar vivamente para examinarlo desde todos los puntos de
vista, mientras el hijo pródigo, lleno de gozo, sonreía, reía y no cesaba de
mover la cabeza, diciendo:
Continúa, hermano, continúa y no temas. No encontrarás miembro
ni facción que no pueda soportar la prueba. Obsérvame hasta el último detalle
tanto como te plazca, mi buen Hugo. Soy, en efecto, tu hermano Miles, el
hermano perdido... ¿No es eso? ¡Hoy es un gran día! ¡Dame la mano, acerca tu
cara! … ¡Dios mío, parece que vaya a morir de alegría!
Iba a echarse a los brazos de su hermano, pero Hugo levantó la
mano para detenerle, con aire de objeción, y dejó caer la cabeza sobre el
pecho, apenado, y dijo con emoción dramática:
¡Ah, Dios con su bondad me dará fuerzas para sobrellevar esta
terrible decepción!
Miles, perplejo, estuvo un momento sin poder hablar, pero
recobró luego el uso de la palabra y exclamó:
¿Qué decepción es ésa? ¿Por ventura no soy tu hermano?
Hugo movió la cabeza tristemente y replicó
Pido a Dios que lo que dices sea cierto, y que otros ojos
encuentren la semejanza que no descubren los míos. Pero ¡ay! Mucho me temo que
la carta dijo una verdad dolorosa...
¿Qué carta?
La que vino hace seis o siete años de ultramar. En ella se nos
comunicaba que mi hermano había muerto en el campo de batalla.
¡Era mentira! Llama a nuestro padre... él me reconocerá.
No se puede llamar a los muertos.
¿Muerto? preguntó Miles, con voz apagada y labios
temblorosos. ¡Mi padre muerto!... ¡Oh, ésta es una noticia terrible! Mi júbilo
se ha casi desvanecido. Te ruego que me permitas ver a mi hermano Arturo... Él
me reconocerá y sabrá consolarme.
También falleció Arturo.
¡Dios tenga piedad de mí! ¡Soy un hombre desgraciado! ¡Murieron
los dos dignos y quedé yo, que soy el indigno! ¡Oh, te lo imploro! No me digas
que Edith también murió...
No Edith vive.
Entonces, ¡alabado sea Dios!, renace mi alegría. Corre,
hermano, hazla venir aquí... Y si dice que yo no soy yo... Pero no lo dirá, no,
no... Me reconocerá. Sería un estúpido si lo pusiera en duda. Tráela, y haz
venir también a los antiguos criados, que seguramente también van a
reconocerme.
. Murieron todos menos cinco... Pedro, Halsey David, Bernardo y
Margarita.
Dicho esto, Hugo salió de la estancia y Miles se quedó un rato
pensativo y comenzó a ir de un lado para otro del aposento, murmurando para sí:
Los cinco archivillanos han sobrevivido a los veintidós leales
y honrados... Me parece cosa extraña.
Siguió dando pasos de una parte a otra y hablando para sus
adentros pues se había olvidado del rey, pero de pronto, Su Majestad dijo
gravemente y con tono de sincera compasión, aunque sus palabras podían
interpretarse como una ironía:
No os preocupéis por vuestro infortunio, buen hombre. Hay otros
en el mundo cuya identidad se niega y cuyos derechos se toman en broma. No
estáis solo en la desgracia.
¡Ay, rey mío! exclamó Hendon, sonrojándose ligeramente. No me
condenéis. Esperad y vais a ver. No soy un impostor. Ella lo dirá. Oiréis la
verdad de los más dulces labios de Inglaterra. ¿Yo un impostor? Conozco esta
vieja mansión, esos retratos de mis antepasados y todo lo que nos rodea, como
conoce un niño su propio cuarto. Aquí nací y aquí me criaron, señor. Digo la
verdad; a vos no os engañaría. Y aunque nadie me creyera, os ruego que vos no
dudéis de mí, porque no podría soportarlo.
No dudo de vos repuso el rey, con sincera sencillez infantil.
Os lo agradezco de todo corazón contestó Hendon, con un fervor
que revelaba que estaba emocionado.
Entonces el monarca añadió con la misma sencillez benévola:
¿Y vos dudáis de mí?
Hendon se sintió dominado por una turbación culpable, respiró
aliviado al ver que se abría la puerta para dar paso a Hugo, lo cual le libró
de la necesidad de contestar a la pregunta del muchacho.
Una hermosa dama ricamente ataviada seguía a Hugo Y detrás de
ella venían varios criados con flamante librea. La dama avanzó lentamente, con
la cabeza baja y la mirada fija en el suelo. Sus facciones revelaban una
profunda tristeza. Miles Hendon se precipitó hacia ella y exclamó:
¡Oh, Edith mía, mi adorada... !
Pero Hugo le apartó con gravedad, al mismo tiempo que decía a la
dama:
Miradle. ¿Le conocéis?
Al oír la voz de Miles aquella mujer tuvo un ligero sobresalto;
todo su cuerpo temblaba y sus mejillas se colorearon. Guardó silencio durante
una pausa impresionante de breves momentos y luego levantó despacio la cabeza y
fijó los ojos en Hendon, con una mirada fría y de espanto. La sangre fue
retirándose de su, rostro gota a gota, hasta que no quedó en él más que la
lividez gris de la muerte; y al fin dijo la dama, con voz tan apagada como su
semblante:
No le conozco...
Y dicho esto dio media vuelta y se retiró de la estancia,
temblorosa, ahogando un gemido y reprimiendo el llanto.
Miles Hendon se dejó caer en una silla y se cubrió la cara con
las manos, sumido en la desesperación.
Al cabo de un rato, su hermano preguntó a los criados:
Ya le habéis observado bien. ¿Le conocéis?
Todos movieron la cabeza negativamente, y entonces el amo dijo:
Los criados no os conocen, señor. Temo que en esto hay algún
error... Ya habéis visto que mi mujer tampoco os conoce.
¿Tu mujer?
Hugo se vio instantáneamente clavado en la pared, con una mano
de hierro en la garganta.
¡Ah, truhán abominable! ¡Ahora lo comprendo todo! ¡Escribiste
tú mismo la carta falsa, y mi novia y mis bienes robados han sido su fruto!
¡Largo de ahí, pillastre! ¡Porque no quiero mancillar mi honorable condición de
soldado matando a un miserable muñeco tan despreciable!
Hugo, con el rostro encendido y casi sin aliento, fue
tambaleándose a apoyarse en la silla más próxima y ordenó a los criados que
asieran y maniataran al criminal forastero, pero éstos vacilaron y uno de ellos
dijo:
Va armado, señor, y nosotros no tenemos armas…
¡Armado! ¿Y qué tiene que ver siendo tantos como sois vosotros?
¡Sujetadle, os digo!
Pero Miles les advirtió que tuvieran cuidado con lo que hacían,
y añadió:
Todos me conocéis desde hace mucho tiempo... No he cambiado.
Acercaos, si os parece.
Esta evocación del pasado no consiguió dar ánimo a los criados,
que siguieron manteniéndose alejados.
Entonces id a armaros, cobardes, y guardad las puertas mientras
yo envío a uno a buscar a los guardias gritó Hugo.
Y dirigiéndose a Miles, desde el umbral, le dijo:
Mejor será que no intentéis escaparos.
¿Escaparme? No te molestes por eso, si es sólo esto, lo que te
preocupa, porque Miles Hendon es el dueño de Hendon Hall y de todo lo que
abarca esta hacienda. Se quedará, pues, aquí..., no lo dudes.
26. Repudiado
El rey estuvo sentado unos momentos, pensativo, y luego
levantando la vista, dijo:
Es extraño... verdaderamente extraño. No me lo explico.
No, no es extraño, señor. Conozco a mi hermano y considero que
su conducta es natural. Ha sido un truhán desde que nació.
¡Oh! No hablaba de él, sir Miles.
¿No hablabais de él? Pues ¿de quién? ¿Y qué es lo que no
acertáis a explicaros?
Que no echen de menos al rey.
¿Cómo? ¿Qué rey? No comprendo.
¿De veras? ¿No os causa asombro que el país no esté lleno de
emisarios, heraldos y proclamas describiendo los detalles de mi persona para
descubrir mi paradero? ¿Por ventura no es motivo de conmoción y de dolor que el
jefe del Estado haya desaparecido? ¿No tiene importancia que yo me haya
disipado, que mi pueblo me haya perdido?
Tenéis razón, mi rey, lo había olvidado repuso Hendon,
suspirando, al mismo tiempo que pensaba: «¡Pobre cerebro desquiciado! ¡Persiste
en su pesadilla patética!»
Pero tengo un plan que nos favorecerá a los dos. Escribiré un
mensaje en tres idiomas: en latín, en griego y en inglés... Y mañana por la
mañana lo llevarás con toda urgencia a Londres. No lo entregues a nadie más que
a mi tío, lord Hertford; cuando lo vea, sabrá que yo lo he escrito, y mandará
que vengan a buscarme.
¿No sería mejor, príncipe, que esperásemos aquí hasta que yo
demuestre quién soy y asegure mi derecho a mi hacienda? De esta manera me
hallaría en mejor situación para...
El rey le interrumpió imperiosamente, diciendo:
¡Callaos! ¿Qué representan vuestros pobres fines, vuestros
intereses triviales, comparados con un asunto en el que está comprometido el
bienestar de una nación y la integridad de un trono? Y con voz más dulce, como
si se arrepintiera de su severidad, añadió: Obedece y no temas, que yo me
ocuparé de que se te haga justicia y se te restituya todo lo que te pertenece,
todo... y más que todo. No olvidaré tu conducta y te demostraré mi gratitud.
Dicho esto, tomó la pluma y se puso a escribir. Hendon se quedó
contemplándole un momento cariñosamente y dijo para sus adentros:
«Si estuviéramos a oscuras me figuraría que, efectivamente, ha
sido un rey el que ha hablado. Es innegable que cuando se le antoja lanza rayos
y truenos como un verdadero monarca. ¿De dónde habrá sacado esta habilidad?
Miradle trazar pretensiosamente unos garabatos sin significado de ninguna
clase, figurándose que son párrafos en latín y en griego... Y como mi ingenio
no me inspire un recurso afortunado para disuadirle de su propósito
descabellado, mañana tendré forzosamente que fingir que salgo a cumplir el
fantástico encargo que ha reservado para mí. »
Al cabo de un momento, los pensamientos de sir Miles volvieron a
fijarse en el reciente episodio, y tan absorto estaba con sus cavilaciones, que
cuando el rey le entregó el papel que acababa de escribir, o cogió
maquinalmente y se lo metió sin darse cuenta en el bolsillo.
¡Qué actitud tan extraña ha sido la de Edith! dijo Hendon
entre dientes, Yo creo que me ha conocido, pero por otra parte me parece que no
me ha reconocido... Comprendo perfectamente que estas opiniones son
contradictorias, sin embargo, no me es posible reconciliarlas ni desechar
ninguna de las dos. El caso se presenta simplemente de esta manera: ha de haber
reconocido mis facciones y mi voz... ¿Cómo no iba a ser así? Y no obstante,
dijo que no me conocía, y esto es una prueba irrefutable, porque no puede mentir.
Pero, reflexionemos... Creo que empiezo a ver las cosas claras. Tal vez él
habrá influido en ella, y le habrá ordenado..., obligado a mentir. Es eso, no
cabe duda. El enigma está descifrado. Parecía muerta de terror... Sí, se
hallaba bajo la coacción de Hugo. La buscaré, la encontraré. Ahora que él está
fuera, podré hablar con ella y me confesará la verdad, pues siempre fue honrada
y leal.
Se dirigió hacia el umbral ansiosamente, y en aquel preciso
momento la puerta se abrió y apareció lady Edith. Estaba muy pálida, pero
andaba con paso firme, y aunque seguía con el mismo aire de profunda tristeza,
su continente ofrecía su gracia peculiar y su gentil dignidad.
Miles se precipitó hacia ella lleno de confianza, pero ella le
contuvo con un gesto casi imperceptible, y él se quedó como clavado en el
suelo. La joven tomó asiento e invitó a Hendon a que también se sentara. En
esta forma sencilla hizo perder a éste la sensación de compañerismo y le
convirtió en un desconocido y en un huésped.
Señor dijo lady Edith, he venido para haceros una
advertencia: los locos no pueden quizá ser disuadidos de sus ilusiones
maniáticas, pero no hay duda de que se les puede convencer de que eviten los
peligros. Supongo que vuestro sueño os parece sinceramente realidad y, por
consiguiente, no cometéis delito, pero no os empeñéis en quedaros aquí con
vuestra idea insensata, porque es peligroso... Y añadió con tono impresionante
y mirándole a Miles la cara con fijeza. Tanto más cuanto que os parecéis extraordinariamente
al que hubiera sido nuestro hermano, si hubiera vivido.
Pero ¡por Dios, señora, si soy precisamente el mismo!
Creo sinceramente que lo decís de buena fe, caballero. No pongo
en duda vuestra honradez, pero os aviso, y nada más... Mi esposo es el amo de
esta región; su poder es casi ilimitado; la gente, aquí, prospera o muere de
hambre según sea su voluntad. Si no os parecierais al hombre que pretendéis
ser, mi marido podría permitiros disfrutar de vuestro sueño fantástico, pero le
conozco bien y sé lo que hará: dirá a todo el mundo que no sois más que un
impostor demente, y todos, al unísono, irán por doquier repitiendo lo mismo.
Volvió a contemplar el rostro de Miles con la misma fijeza, y añadió: Si
fueseis Miles Hendon y él lo supiera, y estuviera también enterada de ello toda
la comarca... reflexionad bien lo que digo y aquilatad mis palabras; correríais
el mismo riesgo y vuestro castigo no sería menos cierto. Mi esposo renegarla de
vos y os denunciaría, y nadie se atrevería a salir en vuestra defensa.
Estoy convencido de ello repuso Miles amargamente. El que
puede ordenar a una mujer que traicione Y reniegue de un amigo de toda la vida,
y es obedecido por ella, bien puede esperar obediencia de aquellos que al
desaten derle se jugarían el pan y la vida, sin tener en cuenta vínculos de
lealtad y de honor, más frágiles que telarañas.
Un débil rubor coloreó un momento las mejillas de la dama, que
bajó la vista al suelo, pero su voz, al proseguir, no reveló la menor
conmoción:
Os he advertido, y tengo todavía que aconsejaros que os vayáis
de aquí, de lo contrario ese hombre será vuestra perdición. Es un tirano que
desconoce lo que es la piedad. Yo, que soy su esclava encadenada, lo sé
perfectamente. El pobre Miles, y Arturo, y mi querido tutor, sir Richard están
libres de su sujeción y descansan en paz. Más os valdría estar donde están
ellos que quedaros aquí, entre las garras de ese malandrín inclemente. Vuestras
pretensiones son una amenaza para su título y sus bienes. Además, le habéis
agredido en su propia casa... Si os quedáis aquí, estáis perdido. Marchaos, no
vaciléis. Si os hace falta dinero, tomad esta bolsa, y os suplico que sobornéis
a los criados para que os dejen salir... ¡No desoigáis mi consejo, pobre
desgraciado, y huid antes de que sea tarde!
Miles rechazó la bolsa con un ademán resuelto, y se levantó
diciendo:
Concededme una cosa. Fijad vuestros ojos en los míos, para que
yo pueda comprobar que están serenos. Así... Ahora contestadme: ¿Soy Miles
Hendon?
No, no os conozco.
¡Juradlo!
La contestación fue pronunciada muy quedo, pero muy claramente:
¡Lo juro!
¡Oh, esto es inconcebible!
¡Huid! ¿Por qué desperdiciáis un tiempo precioso? ¡Huid y
salvaos!
En aquel preciso momento entraron los alguaciles y se entabló
una lucha violenta, pero Hendon no tardó en ser dominado y preso. El rey fue
también detenido, y ambos, fuertemente maniatados, fueron conducidos a la
cárcel.
27. En la cárcel
Como las celdas de la cárcel estaban todas ocupadas, los dos
amigos fueron encadenados y pasaron a una sala espaciosa donde se tenía
encerradas a las personas acusadas de delitos leves. Tenían compañía, porque
había allí unos veinte reclusos de ambos sexos y distintas edades, con esposas
y grilletes, una chusma soez y tumultuosa. El rey se lamentaba amargamente de
la indignidad a que se veía sometida su realeza, pero Hendon estaba irritable y
taciturno. Se sentía completamente desconcertado. Había llegado a su hogar,
como un hijo pródigo feliz y jubiloso, con la esperanza de que todos le iban a
recibir locos de alegría al verle regresar, y en lugar de eso se veía acogido
con frialdad y conducido a la cárcel. Su ilusión y la realidad eran tan
distintas, que el contraste le dejaba aturdido; no hubiera podido decir si
resultaba trágico o grotesco. Su caso era algo así como el de un hombre que
hubiera estado bailando gozoso, en espera de ver aparecer el arco iris, y se
sintiera inesperadamente herido por un rayo.
Pero gradualmente sus pensamientos confusos y revueltos
comenzaron a adquirir cierta hilación, y entonces todo su espíritu se concentró
en Edith. Reflexionó sobre su actitud en todos sus aspectos, pero no consiguió
poner nada en claro. Sin embargo, finalmente, comprendió que la joven le había
reconocido, pero le repudiaba por razones interesadas. Hubiera querido maldecir
su nombre, pero éste había sido tanto tiempo sagrado para él, que su lengua se
negaba a profanarlo.
Envueltos en mantas de calabozo, sucias y hechas jirones, Hendon
y el rey pasaron una noche terrible. Un carcelero sobornado procuró licores a
algunos de los presos, naturalmente éstos empezaron cantando canciones obscenas
y acabaron peleándose y gritando con una algarabía ensordecedora. Por fin, poco
después de medianoche, un hombre agredió a una mujer, y la dejó medio muerta,
golpeándole la cabeza con las esposas, antes de que el carcelero tuviera tiempo
de acudir para salvarla. Este restableció el orden propinando al preso un
tremendo vapuleo, y entonces cesó el barullo y pudieron dormir todos los que no
hacían el menor caso de los lamentos de los dos heridos.
Durante la semana siguiente, los días y las noches fueron de una
igualdad monótona en lo que concierne a los acontecimientos. Individuos cuyas
facciones recordaba Hendon más o menos distintamente, se acercaban de día para
contemplar al «impostor» y para repudiarle e insultarle; y por la noche la gran
juerga con sus riñas consiguientes se repetía con regularidad matemática. Sin
embargo, por fin se produjo un hecho nuevo. El carcelero hizo entrar a un
anciano, y le dijo:
El villano está en esta sala. Mira a todo el grupo y a ver si
consigues dar con él.
Hendon levantó la vista y experimentó una sensación agradable
por primera vez desde que estaba en la cárcel. «Este es Black Andrews dijo
para sí que fue toda la vida criado de la familia de mí padre. Es un hombre
honrado, y tiene buen corazón; es decir, lo era antes, porque ahora todos se
han vuelto embusteros. Me reconocerá, pero negará mi personalidad como lo han
hecho todos los demás. »
El viejo dirigió una mirada escudriñadora por toda la sala,
observando uno a uno todos los rostros de los allí presentes, y al final dijo:
No veo aquí más que rufianes, la inmundicia de las calles...
¿Quién es él?
El carcelero se echó a reír y exclamó:
Fíjate bien en ese animalote y dime qué te parece.
El anciano se acercó a Hendon, le examinó de pies a cabeza
durante largo rato y dijo:
Este no es Hendon ni lo ha sido nunca...
Exacto. Tus ojos, aunque viejos, ven claramente todavía. Si yo
fuese sir Hugo, agarraría a ese perillán y...
El carcelero terminó su frase haciendo un ruido gutural que
imitaba la estrangulación, al mismo tiempo que se ponía de puntillas como sí le
levantara una cuerda imaginaria. El viejo exclamó con tono rencoroso:
Ya podrá dar gracias a Dios si no le cae en suerte algo peor...
Si yo fuese el encargado de darle su merecido, o no soy hombre o le haría morir
tostado.
El carcelero soltó una carcajada perversa y dijo:
Entiéndetelas con él, amigo..., como lo hacen todos, y te
divertirás de lo lindo.
Dicho esto, salió de la sala y desapareció. Entonces el anciano
cayó de rodillas y susurró al oído de Hendon:
¡Gracias a Dios que habéis vuelto, amo mío! ¡Durante siete años
os creí muerto, y ahora os veo vivo! Os he reconocido en cuanto os he visto, y
muy difícil me ha sido conservar el semblante impasible, fingiendo que
únicamente veía a truhanes y la hez de la calle. Soy viejo y pobre, sir Miles
pero dadme una orden y saldré a proclamar la verdad a los cuatro vientos,
aunque corra el peligro de que me ahorquen.
No replicó Hendon, no lo hagáis. Os perderíais y
favoreceríais muy poco mi causa. Pero os doy las gracias porque habéis hecho
que vuelva a tener un poco de fe en el género humano.
El viejo criado resultó ser muy útil a Hendon y al rey, pues se
presentaba varias veces para «insultar» al primero y siempre entraba de
contrabando algunos manjares exquisitos para mejorar la bazofia de la cárcel.
También le traía las noticias que circulaban por la población.
Hendon reservaba aquellos buenos bocados para el rey, pues, de
lo contrario, Su Majestad no habría sobrevivido, porque le era imposible comer
la mezquindad de odiosas vituallas que repartía el carcelero.
Con objeto de no despertar sospechas, Andrews tenía que
contentarse con visitas breves, pero en cada una de ellas se las compuso
astutamente para dar bastantes noticias; información que procuraba en voz muy
baja y que disimulaba intercalando entre ella epítetos insultantes que profería
a gritos para que los demás los oyeran.
De esta manera, poco a poco, Hendon fue enterándose de la
historia de su familia. Hacía unos seis años que Arturo había fallecido. Esta
pérdida, unida a la falta de noticias de Hendon, empeoró la frágil salud del
padre, el cual, al comprender que sus horas de vida eran contadas, quiso ver a
Hugo y a Edith unidos en lazo matrimonial antes de su muerte. La joven suplicó
fervorosamente un aplazamiento de la boda, confiando en el regreso de Miles...
Y fue entonces que se recibió la carta con la noticia del fallecimiento de
éste. El terrible disgusto dejó a sir Richard postrado en cama, y dándose
cuenta de que iba a expirar, insistió con Hugo sobre la conveniencia de
celebrar la boda inmediatamente. Entonces Edith rogó que esperaran un poco más,
y le fue concedido un mes de demora, luego otro, y finalmente otro, pero por
fin el matrimonio se celebró junto al lecho de muerte de sir Richard. No fue un
matrimonio feliz. Se decía por la comarca que poco después de las nupcias, la
recién casada encontró entre los papeles de su esposo un borrador incompleto de
la fatal misiva, y le acusó de haber precipitado la boda y también la muerte de
sir Richard con una miserable falsificación. Todo el mundo andaba dando
detalles sobre el modo cruel que Hugo trataba a Edith y a los criados, pues
desde el fallecimiento de su padre se había quitado la careta que le hacía
parecer amable, y se mostró tal como era en realidad: un amo inclemente para
con todos aquellos que de un modo u otro dependían de él o tenían que ganarse
la vida prestando servicio en sus dominios.
Hubo una parte de las revelaciones de Andrews que el rey escuchó
con vivo interés.
Corre el rumor de que el rey está loco, pero, ¡por Dios!,
guardaos de hablar de este asunto o de decir que yo os lo he comunicado, pues
la sola mención de este caso se castiga, según dicen, con la pena de muerte.
Su Majestad miró al anciano y dijo:
El rey no está loco, buen hombre, y más os valdrá hablar de
cosas que os conciernan más de cerca que esta charla sediciosa.
¿Qué quiere decir este muchacho? preguntó Andrews, sorprendido
ante aquel vivo ataque que surgía de un lugar insospechado.
Hendon le hizo una seña y el viejo no insistió en su pregunta y
siguió dando sus noticias.
El difunto rey será enterrado en Windsor dentro uno o dos
días... el 16 de este mes. .. y el heredero será coronado el día 20 en
Westminster.
Me parece que ante todo tendrán que encontrarlo dijo Su
Majestad entre dientes, y luego añadió confiado: Pero ya se preocuparán de
hallarle... y de eso también me preocuparé yo...
En nombre de...
Pero el anciano no terminó su frase al ver que Hendon volvía a
hacerle una seña para llamarle la atención, y continuó su serie de noticias.
Sir Hugo asistirá al acto de la coronación con grandes
esperanzas, pues confía en volver a su hacienda convertido en todo un Par ,
porque cuenta con el apoyo del lord protector.
¿Qué lord protector? preguntó Su Majestad.
Su gracia el duque de Somerset.
¿Qué duque de Somerset?
¡Toma, pues no hay más que uno! ... Seymour, conde de Hertford.
¿Desde cuándo es duque y lord protector? preguntó indignado el
rey.
Desde el último día de enero.
¿Y quién le confirió tal nombramiento?
El mismo y el Gran Consejo... con el beneplácito del rey.
¿Del rey? exclamó Su Majestad con violencia. ¿Qué rey, buen
hombre?
¡Cómo qué rey! (Pero, ¡Dios mío! ¿Qué le pasa a ese muchacho?)
Puesto que no tenemos más que uno, la contestación no es difícil. Su
sacratísima Majestad el rey Eduardo VI, que Dios guarde... Sí, y es un joven
muy gentil y simpático. Y tanto si está loco como si no lo está; además, dicen
que va mejorando de día en día, todo el mundo le dedica las mayores alabanzas,
le bendice y reza para que reine durante mucho tiempo en Inglaterra, porque ha
comenzado a gobernar humanamente, salvándole la vida al viejo duque de Norfolk,
y ahora se propone abolir las leyes más crueles que empobrecen y oprimen al
pueblo.
Esta noticia dejó a Su Majestad mudo de asombro y sumido en una
cavilación tan profunda y melancólica, que no ovó nada más de lo que iba
diciendo el anciano. Se preguntaba si el joven gentil y simpático sería el
pordiosero que dejó en palacio vestido con sus propias ropas. No lo creía
posible, porque pronto sus modales y su lenguaje le hubieran descubierto si
hubiese pretendido hacerse pasar por el príncipe de Gales, y en seguida le
hubieran echado fuera de palacio para ir en busca del verdadero príncipe. ¿Sería
posible que la corte hubiese puesto en su lugar a cualquier vástago de la
nobleza? No, porque su tío no lo habría consentido, mucho más puesto que era
omnipotente y querría y podría desbaratar semejante sedición. Las reflexiones
del muchacho no le sirvieron de nada, pues cuanto más procuraba descubrir el
misterio, mayor era su pasmo, más le dolía la cabeza y más intranquilo era su
sueño. Su impaciencia por llegar a Londres iba de hora en hora en aumento, y su
cautiverio se le hacía insoportable.
Todas las artes de Hendon fracasaron con el inconsolable rey.
Mejor consiguieron calmarle dos mujeres que se hallaban cerca de él
encadenadas, y en cuyas tiernas palabras y buenos consejos encontró sosiego y
cierto grado de paciencia. Les preguntó por qué estaban en la cárcel, y cuando
le manifestaron que eran anabaptistas, sonrió y exclamó:
¿Por ventura es eso un delito para que le encierren a uno en la
cárcel? Ahora me entristezco al pensar que voy a perder vuestra compañía,
porque no os tendrán mucho tiempo aquí por una culpa tan leve.
Ellas no contestaron, pero el rey se sobresaltó por algo que
notó en su semblante, y les preguntó con viveza:
No habláis... Sed buenas conmigo y decidme: ¿No habrá otro
castigo? No hay cuidado, ¿verdad?
Las dos mujeres trataron de cambiar de conversación, pero los
temores del rey se habían despertado y siguió diciendo:
¿Tal vez os azotarán? No, no serán tan crueles. Decid que no...
Las mujeres se mostraron confusas y apenadas, pero como no había
manera de esquivar la contestación ` una de ellas dijo:
¡Oh, nos estás destrozando el corazón, alma inocente!... Pero
Dios nos ayudará a soportar...
¡Con esto quieres decir que esos verdugos empedernidos van a
azotarte! dijo el monarca. Pero no llores, porque no puedo sufrirlo. Ten
valor... Volveré a ocupar mi puesto a tiempo para salvarte de esta amargura.
Cuando el rey se despertó a la mañana siguiente, las dos mujeres
habían desaparecido.
¡Se han salvado! exclamó lleno de júbilo, pero añadió en
seguida, melancólicamente Pero ¡ay de mí!, ellas eran mi consuelo.
Cada una de las reclusas había dejado un pedazo de cinta
prendido en las ropas del rey, como recuerdo. El joven monarca se dijo que
conservaría siempre aquellos dos testimonios de simpatía y que no tardaría en
poder buscar a aquellas dos buenas amigas para ponerlas bajo su protección.
En aquel preciso momento se presentó el carcelero con algunos de
sus ayudantes, y dispuso que los presos fueran conducidos al patio de la
cárcel. El rey se sintió alborozado porque era una cosa sublime y deliciosa
volver a ver el azul del firmamento y respirar de nuevo el aire fresco. Se
impacientó y, refunfuñó por la lentitud de los carceleros, pero por fin le tocó
el turno y se vio libre de sus cadenas, con orden de seguir con Hendon a los
demás reclusos.
El patio era cuadrado con pavimento de piedra y descubierto. Los
presos penetraron en el mismo por una maciza arcada de mampostería y fueron
colocados en fila, de pie y con la espalda contra la pared. Fue tendida una
cuerda delante de ellos, y quedaron custodiados por los carceleros. La mañana
era fría y desapacible, y una ligera nevada, que había caído durante la noche,
había dejado cubierto de blanco aquel gran espacio vacío, añadiendo una nota
triste al aspecto general de aquel recinto.
Soplaba de vez en cuando una ráfaga de viento invernal, que
esparcía la nieve en pequeños remolinos.
Había en el centro del patio dos mujeres atadas a dos postes.
Con una sola mirada comprendió el rey que se trataba de sus dos buenas amigas,
y pensó: «¡Ay! ¡No han sido liberadas como yo creía! ¡Es indigno que dos
mujeres como éstas sufran el castigo del látigo en Inglaterra, no en la
cafrería sino en la Inglaterra cristiana! Van a azotarlas, y yo, a quien ellas
han consolado y alentado bondadosamente, habré de presenciar esta vergüenza
exasperante. Es inexplicable, completamente inexplicable que yo, que soy la
misma fuente del poder en este extenso reino, me vea imposibilitado de
protegerlas. Pero dejemos ahora que se recreen esos rufianes perversos, que ya
llegará el día en que yo les pediré estrecha cuenta de su proceder inhumano.
Por cada golpe que den ahora recibirán después ellos cien azotes. »
Una gran verja se abrió para dar paso a una multitud de
ciudadanos que se agruparon en torno de las dos mujeres, ocultándolas a la
vista del rey. Entró un sacerdote que avanzó entre la muchedumbre y quedó
también oculto por ella. Luego el rey oyó hablar en frases que parecían ser
preguntas y respuestas, pero no pudo conseguir saber lo que se decía. Poco
después se produjo gran barullo con los preparativos y las idas y venidas de
los carceleros. Luego se produjo un fuerte siseo, se hizo el silencio y, atendiendo
una orden, el gentío se separó a ambos lados del anchuroso patio. Entonces el
rey presenció una escena que le heló la sangre en las venas. Fueron amontonados
unos haces de leña en torno de las dos mujeres, y unos individuos,
arrodillados, les prendían fuego.
Las desdichadas mujeres tenían la cabeza inclinada y se cubrían
el rostro con las manos. Las llamas empezaron a trepar por entre la leña que
chisporroteaba, y unas guirnaldas de humo azul se elevaron en el espacio y se
disiparon con el viento. En el preciso momento en que el sacerdote alzaba las
manos y comenzaba a rezar una oración, llegaron dos niñas que atravesaron
corriendo la gran verja, y lanzando gritos desgarradores, se abalanzaron hacia
las dos infelices que iban a ser quemadas. Inmediatamente los carceleros las
arrancaron de allí, y una de ellas fue sujetada fuertemente, pero la otra
consiguió desasirse, gritando que quería morir con su madre, y antes de que
pudieran detenerla quedó de nuevo abrazada al cuello de una de las víctimas.
Fue instantáneamente arrancada de allí con su ropa en llamas, pero la niña
pugnaba por liberarse y voceaba desesperadamente que quedaba sola en el mundo y
rogaba que la dejaran morir con su madre. Las dos pequeñas gritaban sin cesar y
se esforzaban en desasirse, pero de pronto aquel tumulto fue ahogado por unos
gritos desesperados de mortal agonía. El rey miró a las dos muchachitas
frenéticas y a los postes fatales, y luego, apartando la vista, ocultó su
rostro lívido contra la pared y no volvió a mirar.
«Lo que acabo de ver en este momento se dijo el rey no se
borrará jamás de mi memoria. Lo estaré viendo todos los días y lo soñaré todas
las noches hasta la hora de mi muerte. ¡Ojalá Dios me hubiese hecho ciego!»
Hendon, que no había dejado ni un momento de observar al
monarca, pensó con satisfacción feliz: «Su enfermedad mental mejora. Su
carácter ha cambiado, es más afable. Si su manía hubiese persistido,
seguramente habría colmado de improperios a esos sayones, proclamando que él
era el rey y que ordenaba que dejaran libres a las dos pobres mujeres. Pronto
su ilusión quedará olvidada y su lamentable cerebro sanará. ¡Dios quiera que
esto sea pronto!»
Aquel mismo día entraron varios presos que sólo tenían que pasar
la noche en la cárcel para luego ser trasladados quién sabe dónde. El rey habló
con varios de ellos y se sintió indignado por la injusticia de sus condenas
inhumanas. Como la de una pobre mujer medio idiota que había robado unos metros
de tela a un tejedor, e iba a ser ahorcada por ello; o la de un hombre, acusado
de robar un caballo, que había quedado en libertad por falta de pruebas, pero
en cuanto se creyó a salvo, fue arrestado de nuevo por matar un venado en el
parque real, y esta vez con testigos, por lo que era enviado al cadalso. El
caso de un aprendiz de mercader era aún más triste; éste le explicó al rey que,
habiendo encontrado un halcón, al parecer sin dueño, se lo había llevado a casa
creyendo poder apropiárselo con todo derecho, pero el tribunal le había hallado
culpable de robo y le había condenado a muerte. El monarca; furioso, quería
evadirse de la cárcel con Hendon para ir a Westminster a ocupar su trono y
blandir su cetro, movido de compasión hacia aquellos desventurados, a quienes
anhelaba salvar la vida.
«¡Pobre muchacho! suspiró Hendon. Las terribles historias que
le han contado esos nuevos reclusos, han hecho que se recrudezca su locura...
¡Ay! A no ser por esta desdichada circunstancia, habría recobrado la salud en
muy poco tiempo. » Entre aquellos presos había un abogado viejo, un hombre de
rostro enérgico. Hacía tres años que escribió un libelo contra el lord
canciller; fue acusado de prevaricación, y por ello se le castigó con la
pérdida de ambas orejas en la picota y degradación del foro y, además, con la
multa de tres mil libras. Algún tiempo después reincidió en el delito, y, por
consiguiente, se le había sentenciado ahora a perder lo que le quedaba de las
orejas, a pagar una multa de cinco mil libras, a ser marcado con el estigma en
ambas mejillas y a cadena perpetua.
Estas cicatrices me honran le dijo apartando el cabello canoso
y enseñándole los restos completamente mutilados de lo que habían sido sus
orejas.
Los ojos del rey centellearon de indignación.
Nadie cree en mí dijo, ni tú creerás tampoco, pero no me
importa. Dentro de un mes estarás libre. Las leyes que te han deshonrado y que
deshonraron también el nombre de Inglaterra serán abolidas. El mundo está mal
constituido. Los reyes tendrían que ir a la escuela a estudiar sus propias
leyes y, al mismo tiempo, a aprender un poco de caridad.
28. El sacrificio
Mientras tanto Miles se iba sintiendo cada vez más
irresistiblemente cansado del confinamiento y la inacción, pero por fin llegó
la vista de su causa, con gran satisfacción suya, y pensó que cualquier
sentencia le sería grata, con tal que no consistiera en un nuevo
encarcelamiento, pero en esto iba equivocado, y se enfureció cuando se vio
acusado de ser un vagabundo profesional y sentenciado a estar sentado durante
dos horas en la picota por esta razón y por haber agredido al dueño de Hendon
Hall. Lo que alegó respecto a que era hermano de su perseguidor y heredero
legítimo de los títulos y de la hacienda de Hendon fue objeto de una
desatención desdeñosa, pues ni siquiera fueron tomadas en consideración por el
tribunal.
De nada le valió ir rabiando y amenazando cuando le conducían al
castigo. Los alguaciles que le custodiaban le contenían rudamente, y de vez en
cuando le atizaban una bofetada por su conducta irreverente.
El rey no pudo atravesar por entre la chusma que se agrupaba
detrás de ellos, y se vio obligado a ir detrás de ella, separado de su amigo y
fiel servidor. El rey estuvo a punto de ser condenado también a la picota por
ir con tan mala compañía, pero en atención a su corta edad, quedó libre,
después de una severa reprimenda. Cuando al fin se detuvo la turba, el rey fue
febrilmente de un lado a otro en busca del modo y del lugar por donde poder
atravesarla y, por fin, después de muchas dificultades y demoras logró cruzar
la compacta multitud. Allí estaba su pobre servidor, sentado en la denigrante
picota, expuesto a la chunga y a las burlas de un gentío inmundo. ¡El, el
servidor del, rey de Inglaterra! Eduardo había oído pronunciar la sentencia,
pero no entendió ni la mitad de lo que verdaderamente significaba. Su ira iba
en aumento a medida que se percataba de la nueva indignidad de que le hacían
objeto, y llegó al paroxismo cuando vio que un huevo cruzaba el aire y venía a
estrellarse en la mejilla de Hendon, mientras la multitud rugía alborozada ante
aquel episodio. El rey cruzó el círculo abierto en torno del preso, y
poniéndose delante del alguacil que le custodiaba, le gritó:
¡Esto es vergonzoso! ¡Es mi criado! ¡Dejadle libre! Yo soy
el...
¡Callad, por Dios! exclamó Hendon aterrorizado. ¡Callad, que
vais a perderos! No le hagáis caso, alguacil. Está loco.
No os preocupéis por si le hago o no caso, buen hombre, porque
no me interesa. Por lo que sí siento interés es por darle una lección... Y
volviéndose a un subordinado, le dijo: Hazle probar el látigo a ese pequeño
idiota, una o dos veces, para que aprenda a comportarse mejor.
Más valdrá hacéroslo probar media docena de veces intervino
sir Hugo, que acaba de llegar a caballo para ver cómo imponían el castigo.
El rey fue sujetado sin oponer resistencia, pues quedó
paralizado por la perplejidad ante la mera idea del monstruoso ultraje que, se
pretendía infligir a su sagrada persona. La historia ya había sido mancillada
con el recuerdo de un rey inglés azotado con el látigo... Y resultaba
intolerable que él tuviera que ser la segunda edición de aquella vergonzosa
página. Lo tenían aprisionado, y no había quien le defendiera. No tenía, pues,
más remedio que resignarse a sufrir el castigo o suplicar que se le perdonara...
¡Terrible dilema! Recibiría los azotes, porque, un rey puede sufrirlos, pero
jamás debe implorar.
Pero, mientras tanto, Miles Hendon estaba resolviendo la
dificultad.
¡Dejad en libertad al pobre muchacho..., perros desalmados! ¿No
veis cuán joven y frágil es ese pobre niño? ¡Dejadle marchar y dame a mí los
azotes que pretendíais atizarle a él,
¡Bravo! ¡Excelente idea que hay que agradecer! exclamó sir
Hugo, con el rostro iluminado por una satisfacción sarcástica. Dejad a ese
golfillo en paz y propinadle a ese hombre una docena de azotes contundentes.
Se disponía el rey a formular una enérgica protesta, pero sir
Hugo le redujo al silencio con esta observación:
Sí, habla y desahógate, pero no olvides que por cada palabra
que pronuncies recibirá seis latigazos más.
Hendon fue sacado de la picota y le desnudaron la espalda, y
mientras le daban los tremendos azotes, el pobre reyecito volvió la cara y dejó
que unas lágrimas poco propias de un monarca rodaran por sus mejillas.
«¡Ah, corazón intrépido y generoso! se dijo. Este acto de
lealtad no se borrará jamás de mi memoria. Nunca lo olvidaré..., pero ellos
tampoco», añadió, iracundo.
Mientras meditaba, el proceder magnánimo de Hendon iba
adquiriendo en su mente un grado cada vez más alto de admiración y de gratitud.
Y de pronto, dijo para sus adentros: «El que salva a un príncipe de cualquier
herida o de la muerte probable..., y eso es precisamente lo que ha hecho él por
mí... lleva a cabo un gran servicio, pero eso no es nada, menos que nada,
comparado con una acción que salva al príncipe de la más bochornosa de las
vergüenzas. »
Hendon sufrió los azotes sin proferir ni un solo grito,
resistiendo los terribles latigazos con una entereza marcial. Esto, unido al
hecho de haber librado al pequeño del sufrimiento, sometiéndose voluntariamente
a aquel tormento, le valió el respeto de aquella gentuza abyecta y brutal,
reunida allí, y sus mofas e improperios cesaron hasta tal punto que se hizo el
silencio y sólo se oía el chasquido de los latigazos. La quietud que reinaba en
aquel lugar, cuando Hendon se encontró de nuevo en la picota, formaba
extraordinario contraste con el clamor insultante que poco antes había atronado
el espacio. El monarca se acercó cautelosamente a Hendon y le susurró al oído:
Los soberanos no pueden ennoblecerte, ¡oh, alma grande y
generosa!, porque un Ser que está más alto que los reyes lo ha hecho ya, pero
un rey puede confirmar tu nobleza ante los hombres.
Dicho esto, cogió el látigo del suelo, tocó ligeramente con él
la espalda ensangrentada de Hendon, y murmuró:
Eduardo, rey de Inglaterra, te confiere el título de conde.
Hendon se sintió conmovido y sus ojos se bañaron en lágrimas,
pero al propio tiempo, relativamente tragicómico de la situación y de las
circunstancias minó de tal manera su gravedad, que tuvo que hacer grandes
esfuerzos para que no se trasluciera al exterior ninguna señal de su júbilo
interno. Verse súbitamente desnudo y ensangrentado, elevado desde la picota de
los delincuentes hasta la altura alpina y el esplendor de un condado, se le
antojaba la cosa más descabellada entre todas las posibilidades de lo grotesco.
«¡Bonitamente adornado con inesperados oropeles me veo ahora! se dijo. El
caballero espectral del reino de los sueños y de las sombras se ha convertido
en un conde fantasmagórico... ¡Vaya vuelo vertiginoso para unas alas
entumecidas! Si esto continúa, no tardaré en ir más adornado que el árbol de
mayo , lleno de fantásticos colorines y colmado de honores ostentosos. Pero
sabré apreciarlos, a pesar de lo vanos que son, por amor al que me los concede.
Esas ilusorias dignidades mías que vienen sin pedirlas de unas manos puras y de
un espíritu equitativo, son más apreciables que las dignidades verdaderas,
generalmente compradas por servilismo a un poder perverso e interesado. »
El temido sir Hugo hizo dar vuelta a su caballo, y mientras se
iba alejando, la muralla humana se separó en silencio para darle paso, y con la
misma quietud volvió luego a unirse y así permaneció, callada, y aunque nadie
se aventuraba a hacer ni una sola advertencia en favor del preso, ni a
pronunciar una palabra de ponderación a su noble actitud, el hecho de que se
hubieran suprimido los insultos era ya un homenaje muy significativo y
suficiente. Un curioso rezagado que se presentó en aquel momento, ignorando las
circunstancias concurrentes, se permitió dirigir una frase de escarnio al
«impostor», arrojándole al mismo tiempo un gato muerto, y fue derribado al
suelo instantáneamente y despedido a. puntapiés en medio del más completo
mutismo. Y volvió a reinar la más profunda calma.
29. Hacia Londres
Cuando hubo terminado el tiempo fijado para el castigo de Hendon
en la picota, éste se vio libre y recibió la orden de salir de la comarca y no
volver más por aquellos parajes. Le fue devuelta su espada y también su mula y
su asno. Se puso, pues, en marcha seguido del rey, por entre la multitud que
les abrió paso con silencioso respeto. Esta se dispersó luego y cada cual se
fue por su lado.
Hendon quedó pronto absorto en sus pensamientos. Tenía que
contestarse a sí mismo preguntas de gran importancia: ¿Qué iba a hacer? ¿Adónde
podría dirigirse? Era necesario encontrar en alguna parte una ayuda poderosa o
renunciar a su herencia y resignarse a sufrir la acusación de impostor. ¿Dónde
podía esperar hallar aquella ayuda poderosa? Esta era la pregunta más difícil
de contestar. De pronto, se le ocurrió un pensamiento que parecía ofrecer una
posibilidad... la posibilidad más dudosa, en efecto; pero, a pesar de todo,
digna de tenerse en cuenta, a falta de otra más esperanzadora. Recordó lo que
Andrews había manifestado relativo a la bondad del joven rey y de la
generosidad que demostraba al convertirse en paladín de los desgraciados y de
los perseguidos injustamente. ¿Por qué no intentar verle para pedirle justicia?
¡Ah, sí! Pero ¿sería posible que un pobre estrafalario fuese admitido a la
augusta presencia del soberano? Mas ¿qué importa? Ya se vería luego lo que
resultaría de su tentativa... porque era un puente que no se hacía necesario
cruzarlo hasta que se llegaba al pie del mismo. Hendon estaba de antiguo
acostumbrado á las campañas y a idear toda clase de estratagemas, artimañas y
expedientes. No cabía duda que hallaría la manera de llevar a cabo su
propósito. Se dirigiría a la capital. Quizá le ayudaría sir Humphrey Marlow, el
antiguo amigo de su padre, el bondadoso sir Humphrey, lugarteniente jefe de la
cocina del difunto rey, o de las caballerizas, o de algo por el estilo, porque
Miles no podía recordar lo que era con toda exactitud.
Ahora que tenía algo en qué dedicar sus energías, un fin
concreto que cumplir, la niebla de humillación y de desánimo que envolvía su
espíritu se disipó... Levantó, pues, la cabeza y miró a su alrededor. Le
extrañó ver la gran distancia que habían recorrido, porque la aldea quedaba muy
atrás. El rey seguía a su lado, montado en el asno, cabizbajo, porque, como
Hendon, iba absorto en sus planes y cavilaciones. Una preocupación recelosa
vino a turbar la reciente jovialidad de Hendon. ¿Consentiría el muchacho en
regresar a la ciudad donde su breve vida no había sido más que una serie
ininterrumpida de malos tratos y de necesidades apremiantes? Pero tenía
forzosamente que preguntárselo; no era posible evitarlo.
Olvidé preguntaros adónde vamos, señor dijo Hendon. Estoy a
vuestras órdenes.
A Londres.
Reemprendió Hendon la marcha, muy satisfecho de la contestación
del jovencito, pero no menos extrañado de la misma.
Hicieron todo el viaje sin aventura digna de mención, pero al
final surgió una, inesperadamente: Serían alrededor de las diez de la noche del
19 de febrero cuando llegaron al puente de Londres, en medio de un gentío
imponente que no cesaba de vitorear, y cuyos semblantes, alegrados por la
bebida, se veían claramente iluminados por un sinfín de antorchas... y en aquel
momento la cabeza desmedrada de un ex duque o noble de otro título fue a caer
entre ellos, chocando contra el codo de Hendon y rebotando entre toda la
confusión de pies de aquella muchedumbre. ¡Tan pasajeras e inestables son las
obras humanas en este mundo! Sólo hacía tres semanas que el rey había fallecido
y únicamente tres días que estaba enterrado y ya caía la efigie de la gente
elevada que él con tanto celo había mandado colocar en su noble puente... Un
ciudadano tropezó con dicha cabeza y dio con la suya contra la espalda de
alguien que tenía delante, el cual se volvió y derribó de un puñetazo a la
primera persona que se puso a su alcance. Era la mejor ocasión para una lucha
al aire libre, porque las festividades del día siguiente, en que se celebraba
la coronación del «príncipe heredero», comenzaban ya. Todo el mundo se sentía
henchido de patriotismo y, sobre todo, de bebidas fuertes. A los cinco minutos
la batalla campal tenía lugar en un gran espacio de terreno, y a los diez o
doce minutos alcanzaba una considerable extensión y se había convertido en un
loco tumulto fragoroso. En tal momento desconcertante, Hendon y el rey se
vieron inevitablemente separados y perdidos en medio de aquel impetuoso
torbellino humano. Y en esta situación vamos a dejarles.
30. Los progresos de Tom
Mientras el verdadero rey vagaba por sus dominios,
miserablemente vestido y alimentado, unas veces con esposas, otras burlado por
truhanes o en compañía de ladrones y asesinos en una cárcel, y con frecuencia
calificado de idiota y de impostor por toda una multitud, Tom Canty, el falso
rey, era el héroe de aventuras muy distintas.
Cuando le vimos por última vez, la realeza comenzaba a tener
para él un aspecto favorable y brillante. Era una fase de esplendor que cada
día iba volviéndose más deslumbrante y deliciosa. El muchacho se veía ahora
libre de los temores que sentía al principio, y todos sus recelos se habían por
fin desvanecido. Su carácter cohibido y sus reparos dieron paso a una
desenvoltura v una confianza absolutas. Cada día aumentaba para él el beneficio
que le reportaba la mina representada por el «niño de los azotes. »
Mandaba llamar a su presencia a la princesa Isabel y a la
princesa Juana Grey, cuando deseaba jugar o pasar el rato conversando, v cuando
creía haber estado ya bastante con ellas las despedía en la forma peculiar del
que está familiarizado en tales relaciones. No le dejaba, pues, confundido como
antes ver que aquellas jóvenes encopetadas, al retirarse, le besaban la mano.
Empezó a sentirse muy complacido con que todas las noches le
acompañaran al lecho pomposamente y le vistieran por la mañana con diversas
ceremonias complicadas y fastuosas. Ir a comer acompañado de una brillante
comitiva de funcionarios del Estado y de gente armada le era tan sumamente
agradable, que llegó al extremo de doblar su escolta, que consistía ahora en un
centenar de caballeros marciales.
Le gustaba el son de las trompetas y clarines que resonaba por
los largos corredores y la voz de «¡Paso al rey!» que repercutía solemne. Llegó
incluso a aficionarse a sentarse en el trono para presidir el Consejo, durante
cuyas sesiones experimentaba ahora la satisfacción de ser algo más que el mero
portavoz del lord protector Hertford. Gozaba con las recepciones y con los
mensajes que le enviaban ilustres monarcas que le llamaban «hermano»;
disfrutaba, en fin, con toda la grandeza cortesana que le parecía color y
música de cielo. ¡Oh, feliz Tom Canty, ex vecino mísero de Offal Court!
Estaba encantado con sus espléndidas vestiduras, y mandó que le
hicieran más. Encontró que cuatrocientos servidores eran pocos para su
grandeza, y los triplicó. La adulación de los cortesanos era música celestial
para sus oídos.
Siguió siendo bondadoso para con todos los infelices honrados y
enemigo implacable de las leyes injustas, y al enojarse sabía volverse de cara
a un conde, o aunque fuera de un duque, para dirigirle una mirada de reproche
que le hacía temblar.
¿Tom Canty no se preocupaba ya por el pobre príncipe legítimo,
que tan bondadosamente le había tratado y que con tan fervoroso celo se lanzó a
vengarle contra el insolente centinela que le maltrató en las puertas de
palacio? Sí. Durante los primeros días y las primeras noches de su reinado
cruzaron por su cerebro mil penosos recuerdos del príncipe desaparecido, y
ansiosos deseos sinceros de que regresara a palacio para verle dichosamente
recobrar sus derechos y sus honores de cuna real, pero a medida que fue
transcurriendo el tiempo sin que se presentara el heredero del trono, el
espíritu de Tom fue viéndose cada vez más embargado por sus nuevas aventuras de
magnificencia fantástica, y poco a poco acabó por olvidar al pequeño monarca
perdido. Finalmente, cuando alguna vez volvía a pensar en él, se le antojaba
que era un espectro molesto porque le hacía sentirse culpable y avergonzado.
La pobre madre y las hermanas de Tom siguieron el mismo camino
para alejarse y desaparecer de su memoria. Al principio se consumía por ellas,
pero más tarde, la idea de que un día podrían presentarse con sus andrajos y su
suciedad y descubrirían su baja condición con sus besos, arrancándole de su
puesto elevado y arrastrándole a la miseria y a la vergüenza de su situación
primitiva, le hacía estremecer. Por fin dejaron casi por completo de turbar sus
pensamientos, y el muchacho se sintió contento y hasta satisfecho, porque cada
vez que sus semblantes tristes y acusadores se alzaban ante él le hacían
sentirse cada vez más despreciable que los gusanos.
El 19 de febrero, a medianoche, Tom Canty estaba dormido en su
rico lecho, custodiado por sus vasallos leales y rodeado de toda la pompa de la
realeza; un niño feliz, porque el día siguiente era el señalado para su solemne
coronación como rey de Inglaterra. A aquella misma hora, Eduardo, el verdadero
rey, hambriento y sediento, sucio y tiznado, rendido por el cansancio del largo
viaje y envuelto en ropas andrajosas, completamente hechas jirones a
consecuencia de la pelea general, se veía apretujado entre una turba y
observaba con vivo interés algunas cuadrillas de obreros presurosos que
entraban y salían de la abadía de Westminster, atareados como hormigas. Estaban
llevando a cabo los últimos preparativos para el acto de la coronación.
31. El desfile de la coronación
Cuando Tom Canty se despertó al día siguiente por la mañana,
resonaba por el espacio un bullicio atronador, que en todas direcciones
alcanzaba muy larga distancia. Aquello era para el muchacho una música muy
agradable, porque tal bullicio significaba que el pueblo inglés se había
lanzado a la calle para festejar el gran día con júbilo y lealtad.
No tardó Tom en verse de nuevo convertido en la primera figura
de un magnífico festival flotante sobre las aguas del Támesis, porque por
tradición el desfile de la ceremonia tenía que empezar en la Torre, a la que se
dirigía Tom para luego atravesar la capital.
Cuando llegó a ella, los muros de la venerable fortaleza
parecieron agrietarse de pronto en mil lugares y por cada hendedura asomó una
roja lengua de llamas y una nube blanca de humo. Se oyó luego una explosión
ensordecedora, que ahogó las aclamaciones de la multitud e hizo temblar la
tierra. Los fogonazos, las detonaciones y la humareda se repitieron una y otra
vez con celeridad asombrosa, hasta tal punto, que a los pocos momentos la
silueta de la vieja Torre desapareció en la bruma espesa de su propio humo,
excepto el pináculo de la llamada Torre Blanca. Esta, con sus banderas, se
erguía sobre la densa masa de vapor, como sobresale por encima de las nubes la
cúspide puntiaguda de una montaña.
Tom Canty, espléndidamente ataviado, montó en un fogoso corcel
de guerra, cuyos ricos arreos tocaban casi al suelo. Su «tío», el lord
protector Somerset, montado en idéntica forma, se situó detrás de él. La
guardia del rey formó en hileras a ambos lados, ostentando sus bruñidas
armaduras. Seguía al protector una procesión al parecer interminable de nobles
encopetados, acompañados de sus vasallos; luego venía el alcalde y el cuerpo de
regidores con sus túnicas de terciopelo carmesí y con la cadena de oro en el
pecho, y por fin los dignatarios y miembros de todos los gremios de Londres,
elegantísimos portadores de los lujosos estandartes de las diversas
corporaciones. Figuraba en el cortejo, como guardia de honor especial, la
antigua y honorable compañía de artilleros, cuerpo que contaba ya en aquella
fecha trescientos años de antigüedad, y era el único organismo militar de
Inglaterra que gozaba del privilegio (aún conservado en nuestros días) de ser
independiente de los mandatos del Parlamento. Era un espectáculo brillante, que
fue acogido con estruendosas aclamaciones entusiásticas durante todo el curso
de la procesión. Dice el cronista:
«Al entrar en la ciudad, el rey fue recibido por el pueblo con
oraciones, gritos de bienvenida, palabras cariñosas y con toda clase de
demostraciones que revelaban un amor ferviente de los súbditos para con su
soberano; y el rey, con su semblante de satisfacción para que lo vieran todos
los que se hallaban a distancia, y con palabras afables para los que estaban
cerca, se mostró muy complacido por aquel ardoroso testimonio popular de
simpatía al monarca.
«A los que exclamaban ¡Dios salve al rey!, contestaba ¡Dios os
salve a todos!, y daba a cada cual las gracias de todo corazón. El pueblo se
sentía verdaderamente entusiasmado por las cariñosas contestaciones y por los
ademanes de afecto que le dedicaba Su Majestad. »
En la calle Fenchurch habían construido un estrado, sobre el
cual un niño, «ricamente ataviado», dio la bienvenida al monarca. Los últimos
versos de su alocución fueron los siguientes:
Te damos la bienvenida, oh rey,
del fondo de nuestros corazones.
Te damos la bienvenida,
con nuestras mejores palabras.
Con frases alegres y animosos corazones,
rogamos a Dios que te proteja
y te dé felicidad.
El pueblo prorrumpió en un grito de entusiasmo, repitiendo al
unísono las palabras del niño.
Tom Canty contempló aquel agitado mar de rostros exaltados y
sonrientes y su corazón se llenó de orgullo. Pensó en aquel momento que lo
único por lo cual valía la pena de vivir en este mundo era ser rey y ser el
ídolo de una nación. Súbitamente descubrió a cierta distancia dos de sus
camaradas harapientos de Offal Court; uno de ellos era el que representaba el
papel de lord gran almirante en su corte fantástica de otros tiempos, y el
otro, el lord de la alcoba real en la misma pantomima. Al verlos, su orgullo
aumentó más que nunca. ¡Ah, si pudieran reconocerle ahora! ¡Qué gloria
indecible sería si vieran que el monarca fingido de los barrios miserables se
había convertido en un verdadero soberano! Pero tenía que cuidar de que no le
reconocieran si no quería perderlo todo, y por ello apartó la cabeza y dejó que
los dos golfos siguieran gritando con entusiasmo sin sospechar a quién
prodigaban sus aclamaciones.
A cada momento se dejaba oír la súplica de: «¡Una dádiva! ¡Una
dádiva!» y Tom correspondía lanzando un puñado de monedas relucientes para que
el populacho se las disputara frenéticamente.
El cronista sigue relatando: «En el extremo superior de la calle
Gracechurch, frente al emblema del águila imperial, había sido erigido un
flamante arco de triunfo, bajo el cual podía verse una tarima que se extendía
de uno a otro lado de dicha calle. Había allí una representación histórica de
los inmediatos progenitores del joven monarca: Isabel de York y a su lado
Enrique VII. Ambos, con las manos entrelazadas, mostraban ostentosamente su
respectivo anillo de boda. Había también los retratos de Enrique VIII, de Juana
Seymour, madre del nuevo rey, y del mismo Eduardo VI, sentado en el trono con
imponente majestad. Toda la alegoría iba adornada con guirnaldas de rosas rojas
y blancas. »
Este insólito y colorido espectáculo entusiasmó de tal modo a la
jubilosa multitud, que sus aclamaciones cubrieron la voz del niño encargado de
describírselo al rey en elogiosas rimas. Pero a Tom Canty no le importó, pues
para él ese cordial alboroto era una música más dulce que la mejor de las
poesías.
Cada vez que en medio del júbilo de la muchedumbre Tom volvía la
cara a uno u otro lado, el pueblo reconocía la exactitud del parecido de su
efigie y estallaban nuevas salvas de aplausos inacabables.
«En todo Cheapside cada ventana estaba adornada con banderas y
gallardetes y los más ricos tapices, alfombras y brocados cubrían el pavimento
y las paredes de las calles, como demostración de la gran magnificencia de sus
tiendas, y aquel lujo de la vía pública era imitado y, a veces, superado en
otros barrios. »
«¡Y todo ese maravilloso boato me lo dedican a mí!», pensaba Tom
Canty.
Las mejillas del falso rey estaban coloreadas por la excitación,
sus ojos centelleaban y todos sus sentidos se abandonaban a un placer
delirante. En aquel punto se hallaban las cosas, cuando en el momento de
levantar la mano para echar un puñado de monedas, se fijó, de pronto, en un
rostro pálido y perplejo que asomaba en la segunda hilera de personas que
formaban aquella multitud inmensa, y que le miraba con fijeza. El muchacho se
sintió dominado por una terrible consternación. ¡Había reconocido a su madre! Y
ocultó sus ojos con las manos con un gesto involuntario que le era habitual en
su época de miseria. Poco después su madre salió de entre el gentío y avanzó
por donde había los guardias. Se echó a los pies del muchacho y abrazándole
apasionadamente las piernas, las cubrió de besos y exclamó:
¡Oh, hijo mío, amor mío!
Y volvió hacia él su cara transfigurada por el júbilo y el
entrañable cariño maternal. Inmediatamente un oficial de la guardia real la
arrancó de allí con una maldición y la envió de un empujón, tambaleándose, al
sitio de donde había salido. Los labios de Tom Canty estaban balbuceando las
palabras: «No te conozco, mujer...» cuando el guardia brutal tuvo el ademán
inclemente, pero se lo partió el corazón al ver aquellos malos tratos a su
madre, y cuando ésta le volvió a mirar por última vez, mientras iba desapareciendo
entre la muchedumbre, pareció tan herida, tan desconsolada, que el muchacho se
sintió dominado por una vergüenza que redujo instantáneamente su orgullo a
cenizas y deslució su usurpada realeza. Toda aquella fastuosidad quedaba sin
valor y parecía desprenderse de él como harapos inmundos.
La comitiva regia se puso de nuevo en movimiento entre
esplendores cada vez más deslumbrantes y aclamaciones más y más atronadoras,
pero Tom Canty no veía ya ni oía. La realeza había perdido su encanto y su
dulzura; su pompa se había convertido en un reproche. El remordimiento roía el
corazón del muchacho.
«¡Ojalá me viera libre de mi cautiverio!», decía Tom para sus
adentros.
Inconscientemente había vuelto a la fraseología y a los
sentimientos que le animaban en los primeros días de su grandeza obligada.
El brillante cortejo seguía su marcha, pero Tom, con los ojos
extraviados, no veía otra cosa más que la expresión afligida de su madre.
«¡Una dádiva, una dádiva!», repetía la gente. Pero ahora esta
súplica iba dirigida a unos oídos sordos.
«¡Viva Eduardo Rey de Inglaterra!»
La tierra parecía estremecerse con aquel estruendo, pero no se
obtenía respuesta alguna del monarca.
Este estaba absorto; en su conciencia acusadora no cesaban de
resonar aquellas vergonzosas palabras: «No te conozco, mujer...»
Esta frase martilleaba el alma del «rey» como el tañido fúnebre,
de una campana martillea el alma de un amigo infiel recordándole secretas
traiciones de que hizo víctima al difunto.
Nuevos esplendores se ofrecían a cada esquina... Retumbaban los
estampidos de las baterías y arreciaba el entusiasmo de la multitud impaciente,
pero el rey no daba señales de enterarse de nada y la voz acusadora que seguía
reprochando en su cerebro era el único son que llegaba a sus oídos.
Repentinamente, el júbilo que demostraba la plebe cambió y se
convirtió en algo así como una ansiedad angustiosa. Al mismo tiempo pudo
observarse que las ovaciones iban disminuyendo. El lord protector no tardó en
notarlo y en descubrir su causa. Por ello corrió al lado del «monarca», se
inclinó ante él con la cabeza descubierta, y dijo:
Señor, ésta no es ocasión propicia para soñar. El pueblo está
observando vuestra cabeza inclinada, vuestro semblante preocupado y lo
interpreta como un mal presagio. Sed prudente; descubrid el sol de la realeza y
dejad que brille sobre esos nubarrones sombríos y los disperse. Levantad la
cabeza y sonreíd a las gentes.
Y dicho esto, el duque esparció a derecha e izquierda un puñado
de monedas, después de lo cual volvió a ocupar su puesto. El falso rey hizo
maquinalmente lo que le habían aconsejado que hiciera, pero su sonrisa era
forzada, aunque pocos los ojos que estaban lo bastante cerca para observarlo o
que tenían la suficiente penetración para descubrirlo, Los movimientos de su
sombrero de plumas al saludar a sus súbditos estaban llenos de gracia y de
gentileza y las dádivas que su mano prodigaba eran verdaderamente espléndidas.
De esta manera se desvaneció la ansiedad del pueblo que volvió a prorrumpir en
aclamaciones tan entusiásticas como antes.
Nuevamente, cuando la procesión iba a terminar, el duque se vio
obligado a acercarse al rey para dirigirle un reproche.
¡Oh, poderoso y temido soberano! Apartad de vos vuestro fatal
mal humor, porque los ojos del mundo están clavados en vos, señor.
Y añadió con marcada energía: ¡Maldita sea esa pordiosera
loca! Ha sido ella la que ha venido a perturbar vuestro espíritu.
El falso rey miró al duque fijamente, pero con ojos sin brillo,
y dijo, con voz apagada:
¡Era mi madre!
¡Dios mío! suspiró el protector, tirando de las riendas de su
caballo para volver a su puesto. ¡La predicción resultó cierta! ¡Se ha vuelto
loco otra vez!
32. El día de la coronación
Retrocedamos algunas horas y situémonos en la abadía de
Westminster a las cuatro de la mañana de aquel memorable día de la coronación.
No nos faltará compañía, porque si bien todavía es de noche, encontraremos las
galerías iluminadas por medio de antorchas, llenas ya de gente que va
colocándose poco a poco y se dispone a quedarse allí siete u ocho horas
esperando precisar lo que no espera ver dos veces en su vida: la coronación de
un rey. Sí, Londres y Westminster han comenzado a agitarse desde que ha resonado
el estampido de los cañonazos de aviso a las tres de la mañana, y ya una gran
multitud de personas acaudaladas, pero sin título, que han adquirido el
privilegio de un lugar en las galerías, se agrupan ahora afanosas ante la
entrada reservada a su clase.
Las horas transcurren con bastante aburrimiento. Hace ya largo
rato que ha cesado toda actividad y movimiento, porque las galerías están ya
llenas de bote en bote. Ahora podemos sentarnos y mirar y pensar a nuestras
anchas. En el vago crepúsculo de la catedral, podemos divisar por doquier
porciones de numerosas galerías y balcones repletos de público, porque las
demás partes nos las impiden ver las columnas y salientes arquitectónicos que
se nos ponen por delante. Tenemos ante los ojos la totalidad del gran crucero
de la parte norte, vacío aún, y que ha de ser ocupado por los privilegiados de
Inglaterra. Vemos también la anchurosa plataforma cubierta de rica alfombra
sobre la cual se alza el trono. Este se halla en el centro de la referida
plataforma a la que dan acceso cuatro anchos escalones. En el asiento del trono
va ajustada una piedra plana, llamada «la piedra de Scone» en la que muchos
reyes de Escocia se sentaron para recibir la corona, por lo cual, con el
tiempo, se la ha considerado lo bastante sagrada para que los príncipes
herederos ingleses la hicieran servir con el mismo objeto.
Por fin amanece y comienzan a verse claramente todos los nobles
rasgos del gran edificio, pero de un modo suave y lento, como entre sueños,
porque el sol está ligeramente velado por las nubes. A las siete se produce la
primera interrupción en aquella monotonía soporífera, porque al dar la hora
entra la primera dama noble en el crucero, ataviada con tanto esplendor como
Salomón, y es conducida al lugar que le ha sido destinado por un dignatario
vestido de raso y terciopelo, mientras otro dignatario va sosteniendo la cola
del vestido de la dama. Luego, cuando ésta se ha sentado, coloca el escabel
conforme a sus deseos y pone su corona al alcance de su mano para cuando llegue
la ocasión de la coronación simultánea de los nobles
La escena es ya bastante animada. Las damas van desfilando en
brillante séquito y los oficiales van de un lado a otro, solícitamente,
sentándolas e instalándolas a su comodidad. Por todas partes hay movimiento,
vida y colorido. Al cabo de un rato, renace la calma: todas las damas se hallan
en su lugar. Forman como un parterre de flores variopintas en el cual
resplandece, aquí y allá, el fulgor de las piedras preciosas, brillantes como
estrellas. Se ven mujeres de todas las edades, incluso viudas arrugadas y
canosas que pueden retroceder en el camino del tiempo y recordar la coronación
de Ricardo III; hay hermosas señoras de edad madura y lindas doncellas
inexpertas que probablemente se pondrán sin gesto elegante su enjoyada corona
cuando llegue el momento solemne, porque aquella ceremonia será cosa nueva para
ellas y sus nervios constituirán un gran obstáculo. Sin embargo, es posible que
esto no suceda, porque el cabello de todas las damas ha sido peinado en forma
especial que permite la colocación rápida y garbosa de la corona cuando se dé
la señal convenida.
Los rayos del sol bañan ahora toda la hilera de damas llenas de
joyas, lo cual produce un maravilloso centelleo deslumbrante y, de pronto un
enviado de algún país del lejano Oriente, que llega con el cuerpo de
embajadores extranjeros, cruza aquella esplendorosa franja de luz solar y
nosotros quedamos anonadados ante el fulgor que irradia en torno de él, porque
va, de pies a cabeza, cubierto de gemas, y al menor movimiento produce un
bailoteo de mil colores refulgentes que deslumbran.
Cambiemos ahora el tiempo del verbo para mayor comodidad y mejor
efecto de nuestro relato. Transcurrió una hora, dos horas, dos y media, y,
súbitamente, el estampido del cañón anunció que por fin había llegado el rey y
su brillante comitiva. Entonces, la multitud que esperaba impaciente se entregó
al jolgorio. Todo el mundo sabía que aún había para rato, porque el monarca
tenía que prepararse para la solemne ceremonia, pero esta demora no iba a
resultar aburrida con la aparición de los pares del reino con sus magníficos
trajes de gala. Estos fueron conducidos solemnemente a sus asientos y se les
puso su respectiva corona al alcance de la mano. Mientras tanto, la muchedumbre
que ocupaba las galerías ardía de interés, porque muchos de los allí presentes
veían por vez primera todos aquellos encopetados personajes, cuyos nombres
ilustres figuraban ya en la historia desde hacía cinco siglos. Una vez todos se
hubieron aposentado, el espectáculo, visible desde las galerías y todos los
puntos elevados, quedó completo.
Luego los altos dignatarios de la iglesia, con sus ropajes y
mitras, desfilaron junto a sus acólitos y tomaron asiento en los lugares
reservados para ellos. Detrás iban el lord protector Hertford y otras
autoridades, seguidos de un destacamento de guardias acorazados.
Hubo una pausa de espera. Después, obedeciendo una señal, sonó
una música triunfal, y Tom Canty apareció en el umbral con largo manto de
brocado y subió a la plataforma del trono. Toda la multitud, de pie, presenció,
respetuosa, la ceremonia de la coronación. Una inspirada antífona llenó la
abadía con la soberbia armonía de sus notas solemnes, y así precedido y
saludado, Tom Canty fue conducido al trono. Tuvieron entonces efecto las
antiguas ceremonias con fastuosidad emocionante, y cuando iban a tocar a su
fin, Tom Canty se puso cada vez más pálido, y un profundo remordimiento invadió
su alma y su corazón y le hizo sentir un malestar y una desesperación
irresistibles.
Llegó por fin el acto final. El arzobispo de Canterbury levantó
la corona de Inglaterra del almohadón en que estaba colocada y la puso
aparatosamente sobre la cabeza temblorosa del falso rey. En aquel mismo momento
una radiación de arco iris recorrió el espacioso crucero, producida por todos
los nobles que levantaron su respectiva corona de título nobiliario y,
poniéndosela en la cabeza se quedaron en aquella postura. Un prolongado siseo
se dejó oír por toda la abadía. En aquellos instantes de emoción apareció
súbitamente en escena un inesperado personaje, cuya presencia no notó la
muchedumbre absorta hasta que, de pronto, se presentó en la gran nave central.
Era un muchacho con la cabeza descubierta, mal calzado y cubierto de prendas
plebeyas ordinarias y que pendían de su cuerpo hechas jirones. El muchacho
levantó la mano con una solemnidad que no concordaba con su lamentable aspecto,
y pronunció serenamente estas palabras:
Os prohibo poner la corona de Inglaterra a esa cabeza indigna.
Yo soy el rey.
Instantáneamente varias manos de personas airadas cayeron sobre
el jovencito, pero inmediatamente, Tom Canty, con sus regias vestiduras, dio un
paso hacia adelante con viveza y exclamó con voz vibrante:
¡Deteneos y soltadle! ¡Es el rey!
Una especie de pánico y de perplejidad se extendió por toda la
asamblea. Todos se levantaron de sus asientos, se miraron unos a otros
asombrados, aturdidos como preguntándose si estaban soñando. El lord protector
estaba turbado como los demás, pero se repuso en seguida y con voz imperiosa,
exclamó:
¡No hagáis caso a Su Majestad, pues su dolencia le ha vuelto a
atacar! ¡Prended a ese vagabundo!
Habría sido obedecido, pero el falso rey golpeó enérgicamente el
suelo con el pie y gritó:
¡Guardaos de hacerlo! ¡No le toquéis! ¡Repito que es el rey!
Todo el mundo quedó como paralizado, sin saber qué hacer ante
tan extraña situación. Mientras todos los presentes trataban de serenarse, el
muchacho siguió avanzando con firmeza, con aire arrogante y expresión llena de
confianza. No se había detenido ya desde un principio y mientras los cerebros
trastornados seguían vacilando sin saber qué hacer ni qué pensar, Eduardo subió
a la plataforma y el falso rey salió a su encuentro con semblante jubiloso, y,
postrándose de rodillas ante él, dijo:
¡Oh, mi señor y rey! Dejad que el pobre Tom Canty sea el
primero que os jure fidelidad y os diga: «Ceñid la corona y recobrad lo que os
pertenece. »
Los ojos del lord protector se clavaron con aguda severidad en
el rostro del recién llegado, pero instantáneamente la severidad se desvaneció
para dar paso a una, expresión de pasmo maravillado. Lo mismo les ocurrió a los
demás palaciegos. Miráronse unos a otros y retrocedieron un paso por un impulso
común e instintivo. Todos pensaban en aquel momento lo mismo:
¡Qué extraño parecido!
Con vuestra venia, señor, deseo haceros ciertas preguntas
que...
Yo las contestaré milord.
El duque le hizo entonces diversas preguntas relativas a la
corte del difunto rey, al príncipe y a las princesas, y Eduardo las contestó
con acierto y sin vacilar. Describió las habitaciones y salas de recepción de
palacio, y los aposentos de Enrique VIII y los del príncipe de Gales.
¡Qué caso extraño! ¡Qué cosa inexplicable se decían todos los
que acababan de oír lo que Eduardo había detallado! Y comenzaba de nuevo la
marea y a aumentar la esperanza de Tom Canty, cuando el lord protector movió la
cabeza y dijo:
No se puede negar que es maravilloso, pero no es ni más ni
menos que lo que puede hacer nuestro señor el rey.
Esta observación y esta referencia a Tom todavía como monarca
entristecieron al muchacho que vio con pesar que sus esperanzas se disipaban.
Esas no son pruebas suficientes añadió el lord protector.
La marea volvía aceleradamente, en extremo rápida, pero hacia
otra dirección, y dejaba al pobre Tom Canty atascado en el trono y al otro
nadando desesperadamente en pleno oleaje. El lord protector reflexionó un
momento e inducido por una idea que le preocupaba, movió la cabeza y dijo:
Resulta altamente peligroso para el Estado y para nosotros que
continúe sin descifrarse un enigma como éste, que podría dividir a la nación y
socavar el trono. Luego, volviéndose, añadió resueltamente: Sir Thomas,
prended a ese... Es decir, no, ¡esperad! acabó diciendo con voz animada. Y
dirigiéndose al candidato harapiento le preguntó: ¿Dónde está el Gran Sello?
Contestando exactamente a esta pregunta, el enigma quedará descifrado, porque
sólo puede responder sobre este punto el príncipe de Gales. De una cosa tan
fútil depende nada menos que un trono y una dinastía.
Fue una pregunta, afortunada, una idea luminosa. Que así lo
consideraban los altos dignatarios, lo demostró la mirada de absoluta
aprobación que dirigieron éstos al lord protector. Sí, nadie más que el
verdadero príncipe podía poner en claro el misterio del Gran Sello
desaparecido. Aquel pequeño impostor había aprendido muy bien su lección, pero
en este punto iba a fracasar porque ni su mismo maestro era capaz de contestar
a tal pregunta: «¡Ah, excelente idea! ¡Ahora vamos a vernos libres de este
engorroso asunto que ofrece tanto peligro!» Y pensando así, movieron todos la
cabeza de un modo casi imperceptible y sonriendo con satisfacción. Todas las
miradas quedaron fijas en el muchacho para ver si se manifestaba atacado por la
parálisis de la confusión culpable. Pero cuál no fue su sorpresa al observar
que no experimentaba ninguna turbación y que, por el contrario, contestaba con
voz serena y confiada:
La solución de esto que llamáis enigma no tiene nada de
difícil.
Y sin pedir autorización a nadie, se volvió y dio la siguiente,
orden, con la desenvoltura propia del que está acostumbrado a ser obedecido:
Milord Saint John, id a mi gabinete particular, pues nadie lo
conoce mejor que vos, y muy cerca del suelo, en el rincón del lado izquierdo
más distante de la puerta que da a la antecámara, encontraréis en la pared la
cabota de un clavo de bronce. Apretadlo y se abrirá un cofrecito de joyas que
ni siquiera vos conocéis ni conoce nadie en el mundo más que yo y el artesano
leal que lo construyó por orden mía. Lo primero que veréis, al abrirlo, será el
Gran Sello. TraedIo.
Todos los allí presentes quedaron perplejos al oír estas
palabras, y más aún al ver que el muchacho se dirigía a, aquel alto personaje
sin vacilación ni aparente temor de equivocarse, y le llamaba por su nombre,
con la plácida convicción de conocerle de toda la vida. El par se quedó tan
pasmado que se dispuso casi a obedecer, y llegó incluso a hacer un ademán como
para alejarse, pero no tardó en recobrar su tranquila actitud habitual y un
ligero sonrojo en sus mejillas vino a confesar su torpeza. Tom Canty se volvió
hacia él y le dijo con aspereza:
¿Por qué vaciláis? ¿No habéis oído el mandato del rey? ¡Id!
Entonces lord Saint John hizo una profunda reverencia, que se
notó hacía con significativa cautela, pues no la dirigía verdaderamente a
ninguno de los dos dudosos monarcas, sino al espacio neutral que quedaba entre
ellos, y se retiró discretamente.
Se produjo un movimiento lento y apenas perceptible entre aquel
grupo oficial ostentoso, pero tenaz y persistente; un movimiento como el que
produce un calidoscopio cuando se hace girar lentamente, y con el cual los
componentes de un grupo se disgregan y se unen uno a otro grupo, un movimiento
que, poco a poco, en el caso que nos ocupa, dispersó los grupos que había junto
a Tom Canty para reagruparlos en torno del recién llegado. Tom Canty se quedó,
pues, casi solo. Hubo luego una pausa, una breve espera impaciente, durante la
cual los pocos que todavía se hallaban al lado de Tom Canty fueron gradualmente
armándose de valor para atreverse a deslizarse uno por uno y unirse a la
mayoría. Tom, con su manto real y sus joyas, se quedó, pues, por fin, solo y
aislado del mundo, era una figura conspicua que ocupaba un vacío muy elocuente.
De pronto se vio aparecer de nuevo a lord Saint John, y cuando
éste avanzó por la nave central, el interés que todos sentían era tan intenso,
que el tenue murmullo de las conversaciones de la concurrencia se apagó por
completo y fue sustituido por un siseo, general y una quietud absoluta que
permitía oír el rumor de las pisadas del que todos esperaban ansiosamente.
Todas las miradas se clavaron en él mientras avanzaba.
Lord Saint John llegó a la plataforma, se detuvo, un momento y
dirigiéndose a Tom Canty, dijo con tono de profunda obediencia:
Señor, en el lugar indicado, no está el Sello.
No se aparta nunca un grupo de gente de un apestado con más
rapidez que el bando de pálidos y temerosos cortesanos se alejó del lado del
andrajoso pretendiente a la corona. En un abrir y cerrar de ojos se quedó éste
completamente solo sin un amigo ni paladín, y como blanco contra el cual era
lanzado ahora un fuego graneado de miradas de odio y de desprecio.
El lord protector exclamó, furioso:
¡Sacad de aquí a ese mendigo! ¡Echadle a la calle y azotadle
por toda la ciudad sin ninguna clase de consideración, pues no la merece!
Unos oficiales de la guardia se precipitaron hacia Eduardo,
obedeciendo la orden, pero Tom Canty los apartó con un gesto enérgico y dijo:
¡Atrás! ¡El que le toque, pone en peligro su propia vida!
El lord protector, asombrado en grado sumo, dijo a lord Saint
John:
¿Habéis mirado bien? Pero huelga preguntarlo... No obstante,
todo esto es muy extraño. Las cosas de poca importancia, las futilezas, se le
escapan a uno de la memoria, pero ¿cómo puede haber desaparecido una cosa tan
importante como el Sello de Inglaterra, sin que nadie logre saber dónde fue a
parar? Sobre todo tratándose de un objeto voluminoso... Un disco de oro macizo.
Tom Canty, con ojos centelleantes, avanzó y se puso a vociferar:
¡Callad! ¡Con esto ya basta! ¿Era redondo y grueso y tenía
grabados emblemas y letras? Entonces ya sé lo que es el Gran Sello de que tanto
se ha venido hablando. Si me lo hubierais descrito detalladamente, haría ya
tres semanas que obraría en vuestro poder. Ahora sé perfectamente dónde está.
Pero no fui yo quien lo puse allí por primera vez.
¿Quién lo puso, pues?
Ese jovencito que está ahí, el verdadero rey de Inglaterra. Y
él mismo podrá deciros dónde está el Sello, y os convenceréis de que lo sabe
porque fue él mismo quien lo colocó en aquel lugar. Recordad, rey mío, haced
memoria... Fue lo último, lo último que hicisteis aquel día antes de salir de
palacio vestido con mis andrajos para castigar al soldado que me había
maltratado.
Se hizo el silencio, que no interrumpió ni un movimiento ni un
cuchicheo, y todos los ojos fijaron sus miradas en Eduardo, que frunciendo el
ceño y cabizbajo, se esforzaba en hacer venir a su memoria, entre el tumulto de
desagradables recuerdos que absorbían su pensamiento, un hecho sencillo del que
no conseguía acordarse y del que dependía la recuperación del trono, pues
teniéndolo olvidado seguiría siendo un pordiosero, un miserable proscrito.
Transcurrían los minutos y el muchacho seguía cavilando, esforzándose en
silencio, sin dar señales de éxito.
Pero al fin movió lentamente la cabeza, y dijo con labios
temblorosos y voz afligida:
Recuerdo la escena. Hizo una pausa, y levantando los ojos,
añadió, con dignidad: Milores y caballeros, si queréis despojar a vuestro
verdadero soberano de lo que le pertenece por la falta de una prueba que no
puede presentaros, no me opondré a vuestras pretensiones porque me veo en la
imposibilidad de hacerlo, pero...
¡Oh, eso es un tremendo desatino, rey mío! exclamó Tom Canty,
dominado por el terror, ¡Esperad, pensad, no desmayéis, que vuestra causa no
está perdida! No lo está, no. Escuchad lo que os digo y fijaos bien en mis
palabras... Voy a recordaros aquella mañana y todo lo que ocurrió entonces: Os
hablé de mis hermanas Nan y Bet... ¡Ah, sí! Eso lo recordáis... Y de mi abuela
anciana y de los juegos de los chiquillos de Offal Court... Sí, también lo
recordáis... Seguid escuchando mi relato y acabaréis por acordaros de todo. Me
disteis de comer y de beber, y con regia cortesía despedisteis a vuestros
servidores para que no me avergonzara yo delante de ellos por mi mala crianza.
Sí, todo eso lo recordáis.
A medida que Tom Canty exponía estos detalles y Eduardo movía la
cabeza asintiendo, el elevado auditorio les miraba y oía con asombro. Aquello
parecía ser una historia verdadera, pero ¿cómo había tenido lugar el casi
imposible encuentro entre un príncipe y un muchacho pordiosero? Jamás se vio
gente reunida más aturrullada, más intrigada y estupefacta que aquélla.
Cambiarnos en broma nuestros vestidos, príncipe, y luego nos
pusimos delante de un espejo y éramos tan iguales que los dos nos dijimos que
parecía que no hubiéramos cambiado... Sí, indudablemente, recordáis todo eso.
Después os fijasteis en que el soldado me había herido en una mano. Mirad, aquí
está todavía la señal y ni siquiera puedo escribir, porque tengo los dedos
rígidos. Entonces disteis un salto, señor, y corristeis hacia la puerta...
Pasasteis junto a una mesa en la cual había eso que llamáis el Sello... Lo
cogisteis y mirasteis ansiosamente a vuestro alrededor, buscando un sitio donde
esconderlo... Entonces os fijasteis en...
¡Esto me basta! Este detalle es suficiente... ¡Alabado sea
Dios! exclamó el pretendiente harapiento, muy excitado. Id, mi buen Saint
John añadió, y en un brazo de la amadura milanesa que pende de la pared
encontraréis el Sello.
¡Eso es, rey mío, perfectamente! exclamó Tom. Ahora el cetro
de Inglaterra os pertenecerá. Id, mi buen lord Saint Jolin, poned alas en
vuestros pies.
Todos los presentes estaban de pie, con una expectación ansiosa
y un temor inquieto que les torturaba. Se produjo en seguida un barullo
ensordecedor de conversaciones frenéticas, y transcurrieron unos minutos sin
que nadie oyera, supiera o se interesara por nada, como no fuese por lo que su
vecino le decía a. grandes gritos al oído o lo que uno indicaba, voceando, al
vecino. Por fin se extendió por todo el recinto un prolongado susurro, y en el
mismo momento apareció en la plataforma lord Saint John, enarbolando el gran
Sello del Estado. De repente, todo el mundo dio el grito de:
¡Viva el verdadero rey!
Durante cinco minutos resonaron en el espacio ininterrumpidas
aclamaciones y los sonidos armónicos de numerosos instrumentos de música, al
mismo tiempo que se velan flotar en el aire millares de pañuelos, y en medio de
toda aquella exaltación entusiástica, un muchacho andrajoso, situado en el
centro de la anchurosa plataforma del trono, permanecía de pie, arrogante,
rodeado de los vasallos que ante él hincaban la rodilla. Luego todos se
levantaron, y Tom Canty declaró solemnemente:
Ahora, ¡oh, rey! ¡Recobrad estas prendas reales y devolved al
pobre Tom, vuestro humildísimo servidor, esos andrajos que le pertenecen.
Desnudad a ese rufián y metedIo en la Torre dijo el lord
protector, enojado.
Nada de eso replicó el verdadero monarca, a no ser por él yo
no hubiera recobrado la corona. Que nadie le ponga la mano encima para hacerle
el menor daño. Y en cuanto a vos, mi buen tío y lord protector, vuestro
proceder no demuestra gratitud para con ese pobre muchacho, porque según tengo
entendido, os confirió el título de duque (el lord protector se ruborizó), a
pesar de que no era todavía rey. Por lo tanto, ¿de qué vale ahora tu elevado
título? Mañana, por mediación de él, me pediréis que os lo confirme, de lo
contrario no seréis duque, sino sencillamente conde.
Ante tales reproches, Su Gracia el duque de Somerset se retiró
un momento de la primera línea.
El rey entonces se volvió a Tom y le dijo cariñosamente:
Querido muchacho, ¿cómo pudo ser que recordaras, dónde escondí
el Sello, si ni yo mismo lograba recordarlo?
¡Ah, rey mío! Me fue muy fácil, porque lo he estado utilizando
con frecuencia.
¿Lo utilizaste y no podías explicar dónde estaba?
Ignoraba lo que era. No me lo describieron, Majestad.
Entonces ¿para qué lo usabas?
Las mejillas de Tom se colorearon de rubor, bajó los ojos y
guardó silencio.
Habla, muchacho, y no temas prosiguió el soberano. ¿Para qué
utilizaste el Gran Sello de Inglaterra?
Tom Canty vaciló un momento, y por fin, con patética turbación,
declaró:
¡Para cascar nueces!
¡Pobre chico! La tempestad de risas que provocó esta confesión
ingenua y graciosa le dejó anonadado de vergüenza. Y si quedaba alguna duda en
la mente de alguno de los cortesanos respecto a que Tom Canty no era el
verdadero rey de Inglaterra, esta contestación chocante la disipó por completo.
Entretanto, el suntuoso manto real había sido retirado de los
hombros de Tom para pasar a los del rey, cuyos harapos quedaron cubiertos y
disimulados por el mismo. Se reanudaron las ceremonias de la coronación, y el
verdadero rey fue ungido. Le fue puesta la corona en la cabeza, mientras los
cañones atronaban el espacio con su estampido anunciador del magno
acontecimiento y toda la ciudad de Londres vibraba en medio de continuas
aclamaciones.
33. Eduardo, rey
Miles Hendon ya tenla un aspecto bastante pintoresco antes de
meterse en la bullanga habida en el puente de Londres, pero éste se acrecentó
mucho más cuando salió de ella. Poco dinero tenía al entrar en el alboroto,
pero ni un céntimo al salir del mismo, pues los rateros, en el río revuelto, le
habían robado hasta la última moneda. Pero poco importaba con tal que
consiguiera encontrar al muchacho. Como era soldado, no se dispuso a emprender
sus diligencias y su busca al azar, sino que preparó meditada y meticulosamente
todo su plan de campaña. ¿Qué era lo natural que hiciera el muchacho? ¿Y adónde
podía lógicamente haber ido? Lo natural se decía Miles es que se hubiese
dirigido a su antigua pocilga, porque tal es el instinto de los dementes cuando
se ven sin hogar ni amparo, como el de los cuerdos. ¿Dónde se hallaba situada
su primitiva covacha? Sus andrajos, unidos al recuerdo del rufián que parecía
conocerle y que incluso pretendía ser su padre, indicaban que el lugar debía
encontrarse en alguno de los barrios más miserables de Londres. ¿Iba a ser
larga y difícil la busca? No, al parecer resultaría fácil y breve. No se
lanzaría a la caza del chico, sino a la caza de la muchedumbre, Porque no cabía
duda que en el centro de una multitud, pequeña o grande, tendría, tarde o
temprano, que encontrar a su amiguito, pues el populacho sarnoso seguramente se
entretendría molestando e insultando al pequeño, que, como de costumbre, se le
antojaría proclamarse rey. Entonces Miles Hendon dejaría maltrechos a algunos de
los mal intencionados perillanes y se llevaría a su protegido, a quien, como
otras veces, consolaría y alegraría con palabras cariñosas y del cual ya no
volvería a separarse.
Emprendió, pues, Miles sus pesquisas, y hora tras hora, fue
recorriendo angostos callejones y calles inmundas, a la zaga de grupos y de
multitudes, y los encontró incontables, pero no descubrió en ninguna parte ni
una sola huella del muchacho. Esto le extrañó muchísimo, pero no logró
desanimarle, porque no influía en su plan de campaña. Lo único mal calculado
era que ésta iba a resultar bastante más larga de lo que se figuró al
principio.
Había recorrido en un día numerosas calles y observado muchos
grupos sin más resultado que un gran cansancio, bastante hambre y no menos
sueño. Necesitaba desayunar, pero no hallaba medio de conseguirlo. No se le
ocurrió pedirlo como limosna, y en cuanto a empeñar su espada, antes habría
consentido en despojarse de su honor. Podía prescindir de alguna de sus
ropas... sí, pero sería más fácil encontrar un cliente para una enfermedad que
para prendas como las que él usaba.
Al mediodía andaba aún por entre la multitud de curiosos que
seguía a la comitiva regia, convencido de que aquella fastuosidad de la realeza
tenía que llamar la atención y atraer al pobrecito muchacho demente. Siguió,
pues, al real cortejo por todo el camino hasta llegar a Westminster y a la
abadía. Iba de un lado a otro entre la muchedumbre que se apretujaba en
aquellas inmediaciones, y quedó siempre chasqueado y estupefacto hasta que
finalmente decidió alejarse de allí para modificar y mejorar sus pesquisas.
Cuando despertó de sus meditaciones observó que la ciudad quedaba muy atrás y
que se aproximaba el crepúsculo. Se encontraba cerca del río y en el campo, en
una comarca pintoresca, llena de hermosas fincas, y, por consiguiente, no era
un distrito adecuado al lamentable traje que él vestía.
Como no hacía frío, se tendió en el suelo junto a un seto, con
objeto de descansar y poder reflexionar tranquilamente. No tardó en sentirse
dominado por el sueño. Pero oyó unas salvas atronadoras y se dijo: «Están
coronando al nuevo rey... » e inmediatamente se quedó dormido. Hacía más de
treinta horas que no dormía ni descansaba. No volvió a despertarse hasta media
mañana del día siguiente.
Se levantó cojeando, entumecido y hambriento; se lavó en el río,
dio a su estómago el «consuelo» de unos sorbos de agua y se dirigió hacia
Westminster, regañándose a sí mismo por haber perdido tanto tiempo inútilmente.
El hambre le indujo a trazar un nuevo plan, que consistía en procurar ponerse
al habla con el viejo sir Humphrey Marlow v pedirle unas monedas con las
cuales... Pero de momento aquello ya era bastante, como primera parte de su
proyecto; luego ya vendría lo demás...
A eso de las once se acercó a palacio, y aunque se vio rodeado
por un grupo de personas encopetadas que seguía el mismo camino, no pasó,
naturalmente, desapercibido, pues su traje se encargó de llamar la atención.
Miles observó atentamente las facciones de toda aquella gente en la confianza
de hallar un alma caritativa que se prestara bondadosamente a comunicar al
viejo teniente su deseo de entrevistarse con él, porque era en vano penetrar
personalmente en palacio.
De pronto, pasó por su lado el «niño de los azotes» que dio
media vuelta, y quedándose mirándole con ojos escudriñadores, se dijo:
«Si éste no es el vagabundo que tanto preocupa a Su Majestad,
soy un asno..., aunque creo que también lo he sido antes. Responde a la
descripción exacta de un harapiento. Si encontrase una excusa para hablarle...»
Pero Miles Hendon le sacó del apuro, porque, como ocurre cuando
alguien se siente magnetizado por un hipnotizador que le mira insistentemente
por la espalda, se volvió de cara al muchacho, y al notar el interés con que le
miraba éste, se encaminó hacia él y le dijo:
Acabas de salir de palacio, ¿verdad? ¿Vives en él?
Sí, señor.
¿Conoces a sir Humphrey Marlow?
El chiquillo se sobresaltó y dijo para sus adentros:
¡Santo Dios! ¿Mi difunto padre? Y contestó en voz alta: Le
conozco mucho, señor.
¡Magnífico! ¿Está dentro?
Sí repuso el muchacho. Y añadió para sí: «¡Dentro de la
tumba!»
¿Puedo pedirte el favor de que vayas a decir e que deseo hablar
con él, y le digas mi nombre?
Voy inmediatamente, señor.
Entonces manifiéstale que Miles Hendon, hijo de sir Richard,
está esperando aquí fuera. Te lo agradeceré mucho.
«El rey no le ha citado por este nombre pensó el muchacho,
desilusionado. Pero no importa, porque éste ha de ser su hermano gemelo, y
apuesto a que puede dar noticias del otro a Su Majestad. »
Así pues, dijo a Miles:
Esperad aquí un momento, señor, hasta que yo vuelva para daros
una contestación.
Retiróse Hendon al lugar indicado, que formaba como un hueco el
muro de palacio, con un banco de piedra que servía de garita a los centinelas
cuando hacía mal tiempo. Apenas se había sentado cuando pasaron por allí unos
alabarderos al mando de un oficial. Este le vio, detuvo a sus hombres y ordenó
a Hendon que le siguiera. Obedeció éste y fue inmediatamente detenido como
sospechoso que merodeaba por los alrededores de palacio. Las cosas empezaban a
ponerse feas. El pobre Miles se disponía a explicarse, pero el oficial le
impuso silencio con brusquedad y mandó a sus hombres que le desarmaran y le
cachearan.
«¡Dios haga que encuentren algo en mis bolsillos! pensó el
infortunado Miles, pues yo por más que los registre no encuentro nada en
ellos, a pesar de que mi necesidad es mucho mayor que la de esos guardias.»
No le encontraron más que un documento. El oficial lo desplegó,
y Hendon reconoció los garabatos trazados por su amiguito desaparecido aquel
día desgraciado que estuvieron ambos en Hendon Hall. Las facciones del oficial
se ensombrecieron al leer los párrafos ingleses, y Miles palideció al oír las
palabras que aquél pronunciaba:
¿Un nuevo pretendiente a la corona? dijo el oficial. Parece
que éstos crecen hoy como conejos. Sujetad a ese perillán, muchachos, y
procurad que no se mueva de aquí mientras yo voy a entregar este precioso papel
a Su Majestad.
Y dicho esto entró precipitadamente en palacio, dejando al preso
en manos de los alabarderos.
«Ahora se habrá acabado, por fin, mi mala suerte se dijo
Hendon, porque seguramente voy a ser ahorcado a causa de ese maldito
papelucho. ¿Y qué será entonces de mi pobre amiguito? ¡Sólo Dios lo sabe!»
De pronto vio que el oficial volvía corriendo, y se armó de
valor para afrontar ja situación como corresponde a un hombre valiente y
sereno. El oficial ordenó a los alabarderos que soltaran al detenido y devolvió
a éste su espada. Luego, saludándole respetuosamente, él dijo:
Dignaos seguirme, señor.
Hendon le siguió mientras iba pensando:
«Si no me viera camino de la muerte y del Juicio Final, y por
consiguiente, ante la conveniencia de evitar los pecados, le apretaría el
gaznate a ese bellaco por su cortesía burlona. »
Atravesaron los dos un patio lleno de gente y llegaron a la
entrada principal de palacio, donde el oficial, con otro saludo, entregó a
Hendon en manos de un cortesano lujosamente ataviado, quien, después de
recibirle con profundo respeto, le condujo a través de un anchuroso vestíbulo a
cuyos lados se alineaban elegantes y rígidos lacayos (que a su paso, hicieron
una gran reverencia, pero se partieron de risa disimuladamente al ver aquel
estrafalario espantajo tan pronto como éste volvió la espalda) y le llevó por
una escalera en medio de un gentío ricamente trajeado, hasta que, finalmente,
le introdujo en un gran salón, donde le hizo pasar por entre los grandes nobles
de Inglaterra allí congregados; luego, con extrema afabilidad, le indicó que
tenía que descubrirse y le dejó de pie en medio de la espléndida sala, donde
fue el blanco de todos los ojos, que le dirigían miradas de indignación o de
mofa.
Miles Hendon estaba completamente azorado. Allí se hallaba el
joven monarca bajo un suntuoso dosel a cinco pasos de distancia, con la cabeza
inclinada hacia un lado y conversando con una especie de ave humana del
paraíso, quizá un duque.
Hendon pensaba que ya era bastante terrible verse sentenciado a
muerte en la flor de la vida, sin sufrir aquella humillación pública tan
bochornosa. Deseaba que el rey despachara pronto, pues alguno de los
encopetados personajes que le rodeaban se estaba poniendo ya inaguantable. En
aquel momento, al levantar el rey ligeramente la cabeza, Hendon pudo verle la
cara y experimentó tal impresión que se quedó sin poder apenas respirar. Se
quedó contemplando al monarca, como paralizado, y exclamó:
¡Caramba! ¡El gran señor de los sueños y de las sombras en su
trono!
Murmuró algunas frases entrecortadas, sin dejar de mirar y de
asombrase, y luego volvió los ojos a su alrededor para ver la brillante
concurrencia y el efecto deslumbrante de aquel salón fastuoso.
«Pero ésos son de veras se dijo, no cabe duda que son seres
reales. No es un sueño. » Y mirando de nuevo al soberano, pensó: «¿Es un sueño
o se trata, en efecto, del rey de Inglaterra y no del pobre vagabundo
desdichado que yo equivocadamente le creía? ¿Quién me va a resolver este
jeroglífico?»
Cruzó su cerebro una idea repentina que le indujo a dirigirse
hacia la pared, y allí, cogiendo una silla, la plantó con firmeza en el suelo y
tomó asiento.
Inmediatamente se oyó un murmullo de indignación, y una mano
asió con brusquedad un hombro de Hendon, al mismo tiempo que una voz exclamaba:
¡Levántate, payaso mal educado! ¿Te atreves a sentarte en
presencia del rey?
Este incidente llamó la atención de Su Majestad, que extendió al
mano y dijo:
¡No le toquéis! ¡Está en su perfecto derecho!
Los cortesanos apiñados retrocedieron estupefactos. El rey
prosiguió:
Sabed todos, damas, lores y caballeros, que éste es mi leal y
muy querido servidor, Miles Hendon que interpuso su excelente espada y salvó a
su príncipe de un daño corporal y tal vez de la muerte... Por esta razón es
caballero por nombramiento del rey. Sabed también todos que por un servicio más
elevado, con el cual salvó de los azotes y de la vergüenza pública a su monarca
haciéndose dar los latigazos que correspondían a éste, le ha sido conferido el
título de par de Inglaterra y de conde de Kent y tendrá el oro y las tierras a
que le da derecho su dignidad. Es más: el privilegio que acaba de ejercer le
corresponde también por concesión real, porque hemos ordenado que tanto él como
sus condescendientes y sucesores legítimos gocen y conserven el derecho de
sentarse en presencia de Su Majestad de Inglaterra, en lo sucesivo, de
generación en generación, mientras subsista la corona. No le molestéis.
Dos personas que por retraso no habían llegado del campo hasta
aquella mañana y no hacía más que cinco minutos que se hallaban en el gran
salón, se quedaron escuchando aquellas palabras y mirando alternativamente al
monarca y al espantajo estrafalario con extraordinario azoramiento. Eran sir
Hugo y Edith. Pero el nuevo conde no les vio porque estaba todavía contemplando
al soberano completamente atontado, y murmurando entre dientes:
«¡Torpe de mí! ¡Este es el mendigo, éste es el loco! ¡Este es
aquel a quien pretendía yo demostrar lo que era la grandeza, haciéndole ver las
setenta habitaciones de mi casa y sus veintisiete criados! ¡Este es el que yo
creía que nunca había tenido por traje más que andrajos, puntapiés por consuelo
y despojos por alimento! ¡Este es el que yo quería adoptar para hacerle
respetable! ¡Dios me dé un saco para poder ocultarme en él, avergonzado!»
De pronto, pensó en sus modales y se postró de rodillas ante el
trono, con las manos entre las del rey, y le juró fidelidad y le rindió
pleitesía y homenaje por sus tierras y sus títulos. Se levantó luego y se
retiró respetuosamente a un lado, pero continuó siendo el blanco de todos los
ojos, la mayor parte de los cuales le miraban con envidia
En aquel momento el rey se fijó en sir Hugo y exclamó con voz
solemne y ojos centelleantes:
Despojad a ese ladrón de sus falsas prendas e insignias
ostentosas, y metedle entre rejas hasta que yo tome la resolución conveniente.
Sir Hugo fue sacado de la sala del trono custodiado por
guardias.
De pronto se oyó barullo en el otro extremo del salón. Todos los
cortesanos se separaron para dar paso a Tom Canty que, ricamente ataviado,
aunque de una manera muy singular, avanzó entre dos muros vivientes, precedido
de un ujier. Hincó la rodilla ante el rey, y éste le dijo:
Me he enterado de todo lo ocurrido durante estas últimas
semanas y estoy muy satisfecho de ti. Has gobernado el reino con acierto y
benignidad. ¿Encontraste de nuevo a tu madre y a tus hermanas? En este caso se
les procurarán los medios para que puedan vivir holgadamente, y si tú lo deseas
y la ley lo permite, tu padre será ahorcado. Todos los que estáis oyendo habéis
de saber que, desde hoy, los que están asilados en el Hospicio de Cristo y
disfruten los beneficios de la bondad del rey, serán educados del mismo modo
que son alimentados, y este muchacho vivirá allí toda su vida y presidirá la
honorable junta de aquella institución benéfica. Y teniendo en, cuenta que ha
actuado de soberano, es justo que goce de ciertos privilegios, y por ello,
fijaos en que lleva traje de gala distinto de los demás para que con él sea
reconocido, traje que nadie podrá copiar y que recordará a las gentes que este
joven actuó de rey durante algunos días. Nadie podrá negarle el más reverente
respeto ni dejar de rendirle homenaje. Cuenta con la protección del trono y
ostentará el honroso título, de «pupilo del rey».
Tom Canty, orgulloso y feliz se levantó, besó la mano del
monarca y se retiró con humildad respetuosa.
No quiso desperdiciar ni un momento y fue volando a ver a su
madre para relatarle lo sucedido lo que contó también a Nan y a Bet, para que
compartieran con él la alegría de aquella circunstancia dichosa.
CONCLUSIÓN
Justicia y recompensa
Cuando quedaron aclarados todos los misterios, se supo, por
propia confesión de Hugo Hendon, que la esposa de éste había repudiado a Miles
por imposición suya y que, igualmente, obedeciendo bajo amenaza de muerte la
orden de su marido, Edith tuvo que fingir que no conocía a Miles cuando éste se
presentó últimamente en Hendon Hall. En los primeros momentos la joven se
rebeló contra aquella criminal exigencia, diciendo que prefería perder la vida,
que en nada apreciaba, antes que renegar de Miles. Pero entonces Hugo replicó
que no era a ella a quien mataría, sino a su hermano, al cual haría asesinar.
Esta última amenaza fue la que le decidió a dar palabra de consentimiento y a
cumplirla exactamente.
Hugo no fue perseguido por sus amenazas ni por la usurpación de
los bienes y títulos de su hermano, pues ni éste ni su esposa quisieron
acusarle, y al primero no le hubieran permitido declarar aunque ella lo hubiese
requerido. Hugo abandonó, pues, a su esposa y partió para el continente, donde
no tardó en morir, y poco tiempo después, el conde de Kent se casó con la
viuda.
Se celebraron en el pueblo de Hendon grandes fiestas cuando los
novios hicieron su primera visita a la casa solariega.
Del padre de Tom Canty no se volvió a saber nada en absoluto.
El rey hizo buscar al labriego que fue marcado y vendido como
esclavo, le separó de la cuadrilla, y apartándole de su camino de perdición, le
puso en situación de poderse ganar la vida honradamente.
También sacó de la cárcel al viejo abogado, a quien perdonó la
multa que le había sido impuesta. Mandó que se dispusieran hogares confortables
para las hijas de las dos desgraciadas mujeres anabaptistas que vio quemar
vivas y castigó severamente al alguacil que descargó los inmerecidos azotes
sobre la espalda de Miles Hendon. Salvó de las galeras al muchacho que capturó
al halcón perdido y testimonió su gratitud al juez que se compadeció de él
cuando fue acusado de haber robado un cerdo. Tuvo más tarde la satisfacción de
verle adquirir fama entre las gentes y convertirse en un hombre equitativo e
insigne.
El rey, durante toda su vida, gustó de relatar sus aventuras muy
detalladamente, desde el momento en que el centinela le apartó de un empujón de
las verjas de palacio hasta la noche final en que astutamente se mezcló con un
grupo de obreros atareados que trabajaban en la abadía, y así penetró allí y se
ocultó junto a la tumba del Rey Confesor, donde estuvo durmiendo tanto rato que
poco faltó para que llegara tarde a la ceremonia de la coronación. Declaraba
que el recuerdo de lo que ocurrió iba a servirle de provechosa lección, cuyas
enseñanzas veía claro que beneficiarían notablemente a su pueblo; y así,
mientras viviera, seguiría contando la historia con objeto de conservar su
significado en la memoria y la piedad en su corazón.
Miles Hendon y Tom Canty fueron los favoritos del rey durante el
breve reinado de éste, y cuando falleció, lo lloraron sinceramente. El
bondadoso conde de Kent tenía sobrado talento para abusar de sus privilegios
especiales, pero los ejerció en dos ocasiones, después del ejemplo que hemos
visto, antes de su muerte: una cuando el advenimiento al trono de la reina
María, y otra cuando la coronación de la reina Isabel. Uno de sus descendientes
lo ejerció también cuando fue coronado Jacobo I. Transcurrió casi un cuarto de
siglo antes que al hijo de este descendiente le fuera dable usar de su derecho,
por lo cual el «privilegio de los Kent» se había borrado de la memoria de la
mayor parte de la gente de aquella época. Así pues, cuando el Kent de aquellos
tiempos se presentó ante Carlos I y su corte y se sentó en presencia del
monarca, con objeto de afirmar y perpetuar el derecho de su noble familia, se
produjo gran revuelo, pero pronto fue explicado el caso y el derecho en
cuestión quedó confirmado. El último conde de aquella vieja estirpe cayó
luchando en defensa del rey en las guerras de la república, y con él tocó a su
fin el singular privilegio.
Tom Canty vivió hasta una edad muy avanzada que le daba un
aspecto grave y benigno de anciano simpático, con todo el cabello canoso.
Durante toda su vida, después de su infancia, se le tributaron los debidos
honores y reverencias porque su traje llamativo y peculiar recordaba a todo el
mundo que de joven actuó de rey; y por ello, dondequiera que se presentaba,
todos los que se hallaban en su presencia le abrían paso y se decían entre sí:
«Descubríos ante él... ¡Es el pupilo del rey!» Y le saludaban respetuosamente,
a lo cual él correspondía con una sonrisa amable que todos tenían en mucha
estima, dada la honrosa historia de aquel cuyos labios la perfilaban.
Sí, el rey Eduardo VI vivió pocos años, el pobre, pero los vivió
provechosa y dignamente. Más de una vez, cuando algún gran dignatario, algún
encumbrado vasallo de la corona, oponía alguna objeción a la lenidad del
soberano, alegando que alguna de las leyes que éste se proponía modificar era
ya lo bastante suave para su objeto, y no podía decirse que ocasionara
sufrimiento ni opresión dignas de consideración, el joven monarca le dirigía
una mirada elocuente y melancólica y con tono de emoción compasiva, le decía:
¿Y qué sabéis vos de los sufrimientos y de la opresión? De eso
sólo podemos dar razón yo y mi pueblo, pero vos no.
El reinado de Eduardo VI resultó ser muy clemente en aquellos
tiempos rigurosos. Y ahora que, terminada la historia, vamos a dejar de hablar
de él, procuremos conservar en nuestra memoria el recuerdo imperecedero de su
elevada figura.
FIN

