Libro N°. 3122. Problema En Pollensa. Christie, Agatha.
© Libro N°. 3122. Problema En Pollensa. Christie, Agatha. Colección
E.O. Septiembre 17 de 2016.
Título original: © Problema En Pollensa. Agatha Christie
Versión Original: © Problema En Pollensa. Agatha Christie
Traducción: Stella de Cal
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PROBLEMA EN POLLENSA
Agatha Christie
INDICE
●
PROBLEMA EN POLLENSA
●
MISTERIO EN LAS REGATAS
● EL
MISTERIO DEL COFRE DE BAGDAD
●
¿CÓMO CRECE TU JARDÍN?
●
IRIS AMARILLO
●
MISS MARPLE CUENTA UNA HISTORIA
● EL
SUEÑO
● EN
UN ESPEJO
●
PROBLEMA EN EL MAR
PROBLEMA
EN POLLENSA
El
vapor de la línea Barcelona—Palma de Mallorca dejó a Parker Pyne en esta última
capital en las primeras horas de la mañana. Inmediatamente Parker Pyne sufrió
una desilusión. Los hoteles estaban llenos. Lo único que pudieron ofrecerle fue
un cuchitril sin ventilación, con vistas a un patio interior, en un hotel en el
centro de la ciudad..., y míster Parker Pyne no estaba dispuesto a conformarse
con eso. El dueño del hotel permaneció indiferente ante su desilusión.
—¿Qué
quiere usted? —observó, encogiéndose de hombros filosóficamente.
Palma
se había puesto de moda. El cambio era favorable. Todos, ingleses, americanos,
iban a Mallorca en invierno. Todo estaba abarrotado. Dudaba mucho de que el
caballero inglés pudiera encontrar sitio en ninguna parte..., a no ser, quizás,
en Formentor, donde los precios eran tan elevados que incluso los extranjeros
vacilaban ante ellos.
Parker
Pyne tomó un poco de café y un panecillo y salió a ver la catedral, pero no se
encontraba de humor para apreciar bellezas arquitectónicas.
Luego
celebró una conferencia con un servicial taxista, en mal francés mezclado con español,
y discutieron los méritos y posibilidades de Sóller, Alcudia, Pollensa y
Formentor, donde había buenos hoteles, pero muy caros.
Parker
Pyne quiso saber el precio.
Cobraban,
dijo el taxista, unos precios que sería absurdo y ridículo pagar... ¿No sabía
todo el mundo que los ingleses iban a Mallorca porque los precios eran muy
razonables?
Parker
Pyne dijo que así era, en efecto; pero, de todos modos, ¿cuánto cobraban en
Formentor?
—¡Un
precio increíble!
—Muy
bien; pero ¿qué precio exactamente?
El
taxista se decidió por fin a contestar en cifras.
Como
acababa de llegar de Jerusalén y Egipto y estaba acostumbrado a los precios de
sus hoteles, la cifra no impresionó demasiado a Parker Pyne.
Se
pusieron de acuerdo. Las maletas de Parker Pyne fueron cargadas en el taxi un
poco descuidadamente y partieron a dar la vuelta a la isla, probando suerte en
los hoteles más económicos que encontraron en ruta, pero con el objetivo final
de Formentor.
Pero
nunca llegaron a aquel centro de la plutocracia, porque después de pasar por
las estrechas calles de Pollensa, siguiendo la sinuosa línea de la costa,
llegaron al hotel Pin d'Or, un hotelito situado a la orilla del mar, con una
vista que, en la neblina de aquella hermosa mañana, tenía la exquisita vaguedad
de una lámina japonesa. Parker Pyne comprendió en seguida que aquél, y sólo
aquél, era el sitio que buscaba. Hizo parar el taxi y cruzó la pintada verja
con la esperanza de encontrar acomodo.
Los
propietarios del hotel, un matrimonio de mediana edad, no sabían inglés ni
francés. Sin embargo, el asunto fue resuelto a satisfacción. A Parker Pyne le
fue adjudicado un cuarto con vistas al mar, las maletas fueron bajadas del
taxi, y el taxista, después de felicitar a su cliente por haberse librado de
las monstruosas exigencias de «esos hoteles modernos», recibió su dinero y se
marchó, despidiéndose con un alegre saludo en español.
Parker
Pyne echó una ojeada a su reloj, viendo que, a pesar de todo, sólo eran las
diez menos cuarto; salió a una pequeña terraza, bañada por la deslumbrante luz
de la mañana, y pidió, por segunda vez aquel día, café y panecillos.
En
la terraza había cuatro mesas: la suya, una de la que estaban retirando las
cosas del desayuno y dos ocupadas. En la mesa más próxima a la suya se sentaba
una familia, compuesta de padre, madre y dos hijas ya mayores, alemanes. Más
allá, en el rincón de la terraza, se sentaban una madre y un hijo, ingleses,
sin duda alguna. La mujer tendría unos cincuenta y cinco años. Tenía el cabello
gris, de una bonita tonalidad; llevaba un traje de chaqueta de tweed, más
práctico que elegante, y poseía ese aire de confianza en sí misma que distingue
a la mujer inglesa acostumbrada a viajar mucho por el extranjero.
El
joven sentado frente a ella podría tener unos veinticinco años y era también un
ejemplar típico de su clase y edad. No era ni guapo ni feo, ni alto ni bajo.
Era evidente que se llevaba muy bien con su madre (bromeaban alegremente uno
con el otro), y estaba pendiente de ella.
En
una ocasión, la mirada de ella se cruzó con la de Parker Pyne. La desvió, con
la indiferencia propia de una persona bien educada, pero él comprendió que
había sido visto y clasificado.
Le
habían reconocido como inglés y estaba seguro de que, a su debido tiempo, se
dirigirían a él con alguna observación agradable y vacía.
Parker
Pyne no tenía nada que objetar. Sus compatriotas en el extranjero solían
resultarle bastante pesados, pero estaba dispuesto a dar los buenos días
amablemente. En un hotel pequeño resultaba embarazoso no hacerlo. Estaba seguro
de que aquélla era una mujer con excelente «cortesía de hotel», como decía él.
El
chico inglés se levantó de su asiento, hizo un comentario divertido y entró en
el hotel. La mujer cogió sus cartas y su bolso y se acomodó en una silla,
frente al mar, desdoblando un ejemplar del Continental Daily Mail. Tenía la
espalda vuelta hacia Parker Pyne.
Tomando
el último sorbo de su café, Parker Pyne miró en su dirección e inmediatamente
se puso rígido. Estaba alarmado..., temía ver turbada la paz de sus vacaciones.
Aquella espalda era terriblemente expresiva. En su vida había clasificado
muchas espaldas como aquélla. La rigidez, lo forzado de su equilibrio..., sin
ver su cara, estaba seguro de que los ojos de aquella mujer estaban llenos de
lágrimas, de que sólo gracias a un gran esfuerzo podía dominarse.
Moviéndose
con cautela, como animal acorralado, Parker Pyne se retiró al hotel. No hacía
ni media hora había sido invitado a poner su nombre en el libro de registro de
huéspedes. Allí estaba ahora su firma: «C. Parker Pyne, Londres.»
Unas
líneas más arriba, Parker Pyne leyó: «Mrs. R. Chester, Mr. Basil Chester, Holm
Park, Devon.»
Cogiendo
una pluma, Parker Pyne escribió rápidamente sobre su firma. Ahora decía (con
dificultad) Christopher Pyne.
Si
mistress R. Chester se sentía desgraciada en la bahía de Pollensa, no le iba a
ser fácil consultar a Parker Pyne.
Muchas
veces se había maravillado Parker Pyne de haber tropezado en el extranjero con
tantísimos compatriotas que conocían su nombre y habían leído sus anuncios. En
Inglaterra, muchos miles de personas leían diariamente The Times y podían
decir, sin faltar a la verdad, que nunca habían oído tal nombre en su vida. En
el extranjero, reflexionó, leían los periódicos más a fondo. No se les escapaba
nada, ni siquiera los anuncios.
En
varias ocasiones sus vacaciones habían sido interrumpidas. Había tenido que
habérselas con problemas diversos, desde el asesinato al intento de chantaje.
Estaba decidido a tener paz en Mallorca. Su instinto le advertía que una madre
acongojada podía turbar considerablemente esa paz.
Parker
Pyne se instaló en el Pin d'Or y se sintió muy a gusto. No lejos de allí había
un hotel más grande, el Mariposa, donde se alojaban muchos ingleses. Había
también por toda aquella parte una numerosa colonia de artistas. Se podía ir
andando por la orilla del mar hasta el pueblecito de pescadores, donde había un
bar en el que se reunía la gente y algunas tiendas. Todo muy tranquilo y
agradable. Las chicas se paseaban en pantalones, el busto cubierto con pañuelos
de vivos colores. En el Mac's Bar, jóvenes con boina y de cabellos bastante
largos peroraban sobre temas tales como valores plásticos o arte abstracto.
Al
día siguiente de la llegada de Parker Pyne, mistress Chester le dirigió algunas
frases convencionales sobre la belleza de la vista y la probabilidad de que el
tiempo continuara bueno. Luego charló un rato sobre labores de punto con la
señora alemana y cambió unas palabras corteses sobre la gravedad de la
situación política con dos señores daneses que se levantaban al alba y andaban
once horas diarias.
A
Parker Pyne le pareció Basil Chester un muchacho muy agradable. Llamaba a
Parker Pyne «míster Pyne» y escuchaba muy cortésmente todo lo que decía. Varias
veces, los tres ingleses tomaron café juntos después de cenar. A partir del
tercer día, Basil se marchaba después de unos diez minutos, dejando a Parker
Pyne a solas con mistress Chester.
Hablaban
de flores y de su cultivo, de la lamentable situación de la libra esterlina, de
lo cara que estaba Francia y de lo difícil que era conseguir una buena taza de
té.
Todas
las noches, al marcharse su hijo, Parker Pyne observaba que los labios de
mistress Chester temblaban, pero inmediatamente se recobraba y disertaba en
tono amable sobre los temas mencionados.
Poco
a poco empezó a hablar de Basil, de sus éxitos en el colegio, de cómo todo el
mundo le quería, de lo orgulloso que hubiera estado de él su padre si viviera y
de las gracias que tenía que dar al cielo porque Basil no había sido nunca de
esos jóvenes «turbulentos».
—Naturalmente,
yo insisto siempre para que vaya con la gente joven, pero él parece que
prefiere realmente estar conmigo.
Dijo
esto con una especie de satisfacción modesta.
Pero
Parker Pyne no respondió con una frase diplomática, lo que solía hacer sin el
menor esfuerzo, sino que dijo:
—¡Ah,
bueno! Parece que esto está lleno de gente joven..., no en el hotel, pero todo
por ahí.
Al
decir esto observó que mistress Chester se ponía rígida. Dijo que, desde luego,
había muchos artistas. Puede que ella estuviera chapada a la antigua... El arte
auténtico, desde luego, era otra cosa, pero muchos jóvenes se escudaban en el
arte para gandulear y no hacer nada..., y las chicas bebían demasiado.
Al
día siguiente, Basil dijo a Parker Pyne:
—Me
alegro muchísimo de que apareciera usted por aquí, señor, en particular por mi
madre. Le gusta hablar con usted por las noches.
—¿Qué
solían hacer ustedes cuando llegaron aquí?
—Solíamos
jugar al piquet.
—Ya.
—Claro
que uno acaba cansándose del piquet. La verdad es que tengo aquí unos amigos,
una panda estupenda, muy animada. No creo que a mi madre le parezcan muy
recomendables... —se rió, como si la idea le pareciera divertida—. Mi madre
está muy chapada a la antigua... ¡Hasta se escandaliza cuando ve una chica en
pantalones!
—Comprendo
—dijo Parker Pyne.
—Lo
que yo le digo es que uno tiene que evolucionar con los tiempos... Allá por
donde vivimos nosotros, las chicas son aburridísimas...
—Ya
—dijo Parker Pyne.
Todo
aquello le interesaba mucho. Era espectador de un drama en miniatura, pero no
le hacían intervenir en él.
Y
entonces vino lo malo, desde el punto de vista de Parker Pyne. Una señora muy
alborotadora, conocida suya, se instaló en el Mariposa. Se encontraron en el
salón de té, en presencia de mistress Chester.
La
recién llegada gritó:
—Vaya,
¿pues no estoy viendo a Parker Pyne, al mismísimo Parker Pyne? ¡Y Adela
Chester! ¿Se conocen ustedes? ¿Ah, sí? ¿Están ustedes en el mismo hotel? Adela,
es único, un verdadero mago, la maravilla del siglo. Todos los problemas
resueltos en cinco minutos. Pero ¿lo sabías? ¡Tienes que haber oído hablar de
él! ¿No has leído los anuncios? «¿Tiene usted algún problema? Consulte a míster
Parker Pyne.» Para él no hay nada imposible. Maridos y mujeres que se tiran de
los pelos y él los reconcilia... Si has perdido el interés por la vida, te
proporcionará las aventuras más emocionantes. Como te digo, es un mago.
Continuó
por un gran rato, interrumpida de cuando en cuando por las modestas protestas
de Parker Pyne. A éste no le gustó la mirada que le dirigió mistress Chester. Y
aún le gustó menos verla volver, a lo largo de la playa, en confabulación con
la cantora de sus glorias.
El
clímax llegó antes de lo que esperaba. Aquella noche, después de tomar el café,
mistress Chester dijo de pronto:
—¿Quiere
usted venir al saloncito, míster Pyne? Quiero hablar con usted de un asunto.
Parker
Pyne no pudo hacer otra cosa sino inclinarse y obedecer.
El
autodominio de mistress Chester se había ido debilitando, y al cerrar la puerta
del saloncito se desplomó y se deshizo en lágrimas.
—Mi
hijo, míster Parker Pyne. Tiene usted que salvarlo. Tenemos que salvarlo. ¡Este
asunto me está destrozando!
—Querida
señora, como simple extraño...
—Nina
Wycherley dice que usted lo puede todo. Dijo que debo poner en usted toda mi
confianza. Me aconsejó que se lo contara todo..., y dice que usted lo
arreglará.
Interiormente,
Parker maldijo a la entremetida mistress Wycherley. Resignándose, dijo:
—Bueno,
vamos a discutir el caso a fondo. ¿Una chica, supongo?
—¿Le
ha hablado a usted de ella?
—Indirectamente
nada más.
De
mistress Chester salió un chorro de palabras. La chica era horrible. Bebía,
decía malas palabras, apenas llevaba ropa encima... Su hermana vivía por allí
cerca, estaba casada con un artista, un holandés. Todos ellos eran
completamente indeseables. Muchos vivían juntos sin estar casados. Basil había
cambiado completamente. Siempre había sido tan tranquilo, se había interesado
siempre tanto en las cosas serias... Incluso había pensado en dedicarse a la
arqueología...
—Bueno,
bueno —dijo Parker Pyne—. La Naturaleza tiene que tornarse su revancha.
—¿Qué
quiere usted decir?
—No
es saludable para un muchacho interesarse en cosas serias. Debería estar
haciendo el idiota con una chica detrás de otra.
—Por
favor, hable usted en serio, míster Pyne.
—Estoy
hablando completamente en serio. ¿Es esa señorita, por casualidad, la que tomó
el té ayer con ustedes?
Se
había fijado en ella (pantalones de franela gris, un pañuelo escarlata atado un
poco flojo alrededor del busto, la boca muy pintada) y en el hecho de que había
pedido un combinado en lugar de té.
—¿La
vio usted ? ¡Horrible! No es de la clase de chicas que siempre le han gustado a
Basil.
—No
le ha dado usted muchas oportunidades de que le gustara ninguna chica, ¿verdad?
—¿Yo?
—Ha
estado siempre demasiado pegado a usted. ¡Mala cosa! Sin embargo, es probable
que esto se le pase..., si usted no precipita las cosas.
—No
ha comprendido usted. Quiere casarse con esta chica. Betty Gregg se llama; se
han hecho novios formales.
—¿Ha
llegado la cosa tan lejos?
—Sí.
Míster Parker Pyne, tiene usted que hacer algo. ¡Tiene usted que librar a mi
chico de este desastroso matrimonio! Destrozaría su vida.
—Nadie
destroza la vida de nadie, salvo uno mismo.
—Este
matrimonio destrozará la de Basil —dijo mistress Chester categóricamente.
—No
me preocupa Basil.
—¿No
será la chica la que le preocupa?
—No,
me preocupa usted. Ha estado usted malgastando su vida.
Mistress
Chester le miró un poco sorprendida.
—De
los veinte a los cuarenta vive uno encadenado por relaciones emocionales. Así
debe ser. Eso es la vida. Pero más tarde se llega a una nueva etapa. Puede uno
pensar, observar la vida, descubrir algo sobre nuestros semejantes y la verdad
sobre nosotros mismos. La vida se hace más real, adquiere mayor importancia. La
ve uno como un todo. No sólo como una escena, la escena que uno, como actor,
está interpretando. Ningún hombre, ni ninguna mujer, es realmente el mismo
hasta pasados los cuarenta y cinco. Entonces la individualidad tiene su
oportunidad.
Mistress
Chester dijo:
—Me
he dedicado siempre a él. Lo ha sido todo para mí; todo.
—Pues
no debía haberlo sido. Ahora está usted sufriendo las consecuencias. Quiéralo
usted todo lo que le parezca, pero no olvide que es usted Adela Chester, una
persona, no únicamente la madre de Basil.
—Sería
horrible para mí ver a Basil con la vida destrozada —dijo la madre de Basil.
Parker
Pyne contempló los delicados rasgos de su cara, la boca anhelante. Era una
mujer encantadora. No le gustaría verla sufrir.
—Veré
lo que puedo hacer —dijo.
Basil
Chester tenía muchas ganas de hablar, deseoso de presentar su punto de vista.
—Esto
es un infierno. Mi madre es imposible..., está llena de prejuicios y tiene una
mente muy estrecha. Si no estuviera tan obstinada, vería lo que vale Betty.
—¿Y
Betty?
Basil
suspiró.
—¡Betty
está de lo más difícil! Si transigiera un poco..., quiero decir, sino se
pintara tanto, podría cambiar todo. Parece como si quisiera hacer lo posible
por..., bueno, por resultar moderna cuando está mi madre delante.
Parker
Pyne sonrió.
—Betty
y mi madre son las dos personas que más quiero en el mundo; parecería lógico
que las dos fueran uña y carne.
—Tiene
usted mucho que aprender, joven —dijo Parker Pyne.
—Me
gustaría que fuera usted conmigo a ver a Betty y hablara con ella de todo esto.
Parker
Pyne aceptó de buen grado la invitación.
Betty,
su hermana y su cuñado vivían en un hotelito destartalado, un poco retirado del
mar. Su vida era de una sencillez vigorizante. Sus muebles consistían en tres
sillas, una mesa y las camas. Había una alacena en la pared, que contenía los
platos y tazas indispensables. Hans era un joven excitable, de cabello rubio
todo revuelto y erizado. Hablaba un inglés muy raro a una velocidad increíble,
paseándose de un lado al otro de la habitación. Stella, su mujer, era rubia y
de baja estatura. Betty Gregg era pelirroja y tenía pecas y unos ojos
traviesos. Parker Pyne observó que estaba mucho menos maquillada que el día
anterior en el Pin d'Or.
Le
ofreció un combinado y dijo, chispeándole los ojos:
—¿Está
usted dentro del cotarro?
Parker
Pyne asintió.
—¿Y
en qué bando está usted, señor mío? ¿En el de los jóvenes amantes o en el de la
dama intransigente?
—¿Me
permite que le haga una pregunta?
—Desde
luego.
—¿Ha
llevado usted este asunto con tacto?
—En
absoluto —dijo miss Gregg con franqueza—. Pero es que esa bruja me pone negra
—echó una ojeada a su alrededor, para asegurarse de que Basil no podía oírla—.
Me saca de quicio por completo. Ha tenido a Basil atado a sus faldas durante
todos estos años... Ese sistema hace que luego los hombres parezcan tontos.
Basil no es tonto en realidad. Además, es tan sumamente respetable...
—Eso
no es una cosa tan mala. Lo que pasa es que resulta «anticuado» por el momento.
A
Betty Gregg le chispearon los ojos.
—¿Quiere
usted decir que es como subir al desván en la época victoriana unas sillas
Chippendale? Luego las vuelve uno a bajar y dice: ¿Verdad que son maravillosas?
—Algo
así.
Betty
Gregg consideró la cuestión.
—Puede
que tenga usted razón. Voy a ser sincera. Fue Basil el que me puso negra...
¡Estaba tan preocupado con la impresión que pudiera causarle a su madre! Eso me
hizo exagerar las cosas. Creo que incluso ahora sería capaz de alejarme... si
su madre se lo propusiera.
—Puede
que lo hiciera —dijo Parker Pyne— si su madre supiera cómo llevar el asunto.
—¿Va
usted a decirle cómo llevarlo? Porque ella por sí sola no sabría. Lo único que
hará será seguir censurando, y eso no servirá de nada. Pero si usted le
aconseja...
Se
mordió los labios y alzó hacia él sus ojos azules y francos.
—He
oído hablar de usted, míster Parker Pyne. Se dice que conoce usted la
naturaleza humana. ¿Cree usted que Basil y yo podríamos llevarnos bien..., o
no?
—Me
gustaría que contestara usted a tres preguntas.
—¿Un
test de compatibilidad? Muy bien, adelante.
—¿Duerme
usted con la ventana abierta o cerrada?
—Abierta.
Me gusta que entre mucho aire.
—
¿Tienen Basil y usted los mismos gustos sobre comida?
—Sí.
—¿Le
gusta acostarse tarde o temprano?
—Le
diré en confianza que temprano. A las diez y media me pongo a bostezar y por la
mañana me siento llena de vida...; claro que nunca lo admitiría.
—Creo
que podrían llevarse ustedes muy bien —dijo Parker Pyne.
—Un
test un poco superficial.
—Nada
de eso. He conocido por lo menos siete matrimonios que fracasaron por completo
porque al marido le gustaba estar levantado hasta las doce y la mujer se
quedaba dormida a las nueve y media, y viceversa.
—Es
una lástima que no pueda ser feliz todo el mundo —dijo Betty—. Basil y yo
juntos y su madre dándonos su bendición...
Parker
Pyne soltó una tosecita.
—Creo
—dijo— que eso podría arreglarse.
Ella
le miró, recelosa.
—¿No
me estará usted engañando? —preguntó.
El
rostro de Parker Pyne permaneció inescrutable.
A
mistress Chester la animó con unas cuantas vaguedades. Un noviazgo no quería
decir boda precisamente. Él se marchaba una semana a Sóller. Le aconsejó que
adoptara una actitud diplomática, que fingiera aceptar los hechos.
En
Sóller pasó una semana muy agradable.
A su
regreso se encontró con que había ocurrido algo completamente inesperado.
Al
entrar en el Pin d'Or, lo primero que vio fue a mistress Chester y a Betty
Gregg tomando el té juntas. Basil no estaba. Mistress Chester tenía aspecto
demacrado. Betty también tenía mala cara. Apenas iba maquillada y parecía como
si hubiera llorado.
Le
saludaron amablemente, pero ninguna de las dos mencionó a Basil.
De
pronto, Parker Pyne vio a Betty retener la respiración, como si algo le hubiera
hecho daño. Parker Pyne volvió la cabeza.
Basil
Chester estaba subiendo los peldaños que llevaban al mar. Con él iba una chica
tan sumamente hermosa y exótica que le dejaba a uno sin habla. Era morena y
tenía una figura maravillosa. Nadie podía dejar de notarlo, porque llevaba un
traje de baño azul muy reducido. Iba muy maquillada, con polvos color ocre y
labios de un tono entre naranja y escarlata, pero los afeites no hacían sino
acentuar su notable belleza. En cuanto a Basil, parecía incapaz de apartar de
ella la vista.
—Vienes
muy tarde, Basil —dijo su madre—. Tenías que llevar a Betty a Mac's.
—Fue
culpa mía —dijo la hermosa desconocida, arrastrando las palabras—. Se nos pasó
el tiempo sin darnos cuenta —se volvió hacia Basil—. Encanto, tráeme algo de
beber que sea fuertecito.
Se
quitó los zapatos y estiró los pies, cuyas uñas llevaba pintadas de verde esmeralda,
haciendo juego con las uñas de las manos.
No
hizo el menor caso de las dos mujeres, pero se inclinó un poco hacia Parker
Pyne.
—¡Qué
isla más horrible! —dijo—. Me moría de aburrimiento antes de conocer a Basil.
Es un ángel.
—Míster
Parker Pyne, la señorita Ramona —dijo mistress Chester.
La
chica respondió a la presentación con una sonrisa lánguida.
—Creo
que en seguida le llamaré Parker —murmuró—. Yo me llamo Dolores.
Basil
volvió con las bebidas. La señorita Ramona repartió su conversación
(conversación de pocas palabras: casi todo se reducía a miradas) entre Basil y
Parker Pyne. De las dos mujeres no hizo el menor caso. Betty trató una o dos
veces de mezclarse en la conversación, pero la otra chica se limitó a mirarla y
a bostezar.
De
pronto, Dolores se levantó.
—
Creo que me voy. Estoy en el otro hotel. ¿Me acompaña alguien a casa?
Basil
se puso en pie de un salto.
—Voy
yo contigo.
Mistress
Chester dijo:
—Basil,
hijo...
—Vuelvo
pronto, mamá.
—Miren
al niño de su mamá —dijo la señorita Ramona, sin dirigirse a nadie en
particular—. Siempre pegadito a sus faldas.
Basil
enrojeció y se quedó confuso. La señorita Ramona hizo una seña con la cabeza en
dirección a mistress Chester, sonrió a Parker Pyne de un modo deslumbrante y se
marchó con Basil.
Tras
su marcha se produjo un silencio embarazoso. Parker Pyne no quería ser el
primero en hablar. Betty Gregg se retorcía los dedos y miraba hacia el mar.
Mistress Chester parecía confusa e indignada ante aquel proceder.
Betty
dijo, con voz algo insegura:
—Bueno,
¿qué le parece nuestra última adquisición en la bahía de Pollensa?
Parker
Pyne dijo con cautela:
—Un
poquito..., ¡ejem!.., exótica.
—¿Exótica?
Betty
soltó una sonrisita amarga.
Mistress
Chester dijo:
—Es
espantosa, espantosa. Basil debe de estar loco.
Betty
dijo, cortante:
—Está
bien cuerdo.
—¡Qué
uñas! —dijo mistress Chester, estremeciéndose de repugnancia.
Betty
se levantó bruscamente.
—Creo,
mistress Chester, que es mejor que me vaya a casa y no me quede a cenar.
—Pero,
querida..., Basil lo va a sentir mucho.
—¿Sí?
—preguntó Betty, soltando una risita—. De todos modos, me voy. Me duele la
cabeza.
Les
dirigió una sonrisa y se marchó. Mistress Chester se volvió hacia Parker Pyne.
—¡Ojalá
no hubiéramos venido nunca a este lugar! ¡Nunca!
Parker
Pyne movió tristemente la cabeza.
—No
debía haberse usted marchado —dijo mistress Chester—. Si usted hubiera estado
aquí, esto no hubiera ocurrido.
Parker
Pyne no pudo menos de contestar:
—Señora
mía, le aseguro a usted que tratándose de una chica guapa no tendría influencia
alguna sobre su hijo. Parece, ¡ejem!..., de un temperamento un poco
impresionable.
—Nunca
lo había sido —dijo mistress Chester, compungida.
—Bueno
—dijo Parker Pyne, tratando de animarla—, parece que esta nueva atracción ha
dado al traste con su pasión por miss Gregg. Supongo que esto le producirá
satisfacción.
—No
sé lo que quiere decir —dijo mistress Chester—. Betty es una chiquilla
encantadora y quiere mucho a Basil. Se está portando muy bien en estas
circunstancias. Mi hijo debe de estar loco.
Parker
Pyne recibió este sorprendente cambio de postura sin pestañear. Conocía por
experiencia la inconstancia femenina.
—Loco,
no —dijo suavemente—; sólo embrujado.
—¡Esa
criatura es horrible!
—Pero
guapísima.
Mistress
Chester dio un respingo.
Basil
subió los peldaños que conducían al mar.
—Hola,
mamá. Aquí estoy. ¿Dónde está Betty?
—Betty
se ha marchado a su casa. Le dolía la cabeza, y no me extraña.
—Quieres
decir que estaba enfadada...
—Me parece,
Basil, que estás portándote sumamente mal con Betty.
—Por
Dios, mamá, no me sermonees. Si Betty se va a poner así cada vez que hable con
otra chica, bonita vida me espera.
—Es
tu prometida.
—¡Claro
que lo es! Pero eso no quiere decir que cada uno no pueda tener sus amigos
propios. En estos tiempos, la gente tiene que vivir su vida y tratar de acabar
con los celos.
Se
calló un momento.
—Mira,
si Betty no va a cenar con nosotros..., voy a volver al Mariposa. Habían
insistido en que me quedara a cenar...
—Pero,
Basil...
El
chico le dirigió una mirada exasperada y bajó corriendo los peldaños.
Mistress
Chester dirigió a Parker Pyne una mirada llena de elocuencia.
—Ya
ve usted —dijo.
Sí,
ya veía.
La
crisis sobrevino dos días más tarde. Betty y Basil habían planeado dar un largo
paseo y llevarse la merienda. Betty llegó al Pin d'Or y se encontró con que
Basil había olvidado el plan y había ido a pasar el día a Formentor con la
panda de Dolores Ramona.
Como
única demostración, Betty se limitó a apretar los labios. Sin embargo, poco
después se levantó y se quedó de pie, delante de mistress Chester (estaban las
dos solas en la terraza).
—Muy
bien —dijo—. No importa. Pero de todos modos..., creo que lo mejor es que demos
el asunto por terminado.
Se
sacó del dedo el anillo que Basil le había dado, en espera de comprar el
verdadero anillo de compromiso.
—¿Quiere
usted devolverle esto, mistress Chester? Y dígale que está bien, que no se
preocupe...
—¡Betty,
querida, por favor! ¡Él te quiere, de verdad!
—Eso
parece —dijo la chica con una risita—. No..., yo tengo mi orgullo. Dígale que
no se preocupe y que... le deseo suerte.
Cuando
Basil volvió, al atardecer, le esperaba una tormenta. Enrojeció un poco al ver
el anillo.
—Conque
eso es lo que quiere, ¿verdad? Bueno, puede que sea lo mejor.
—¡Basil!
—La
verdad, mamá, no parece que nos hayamos llevado muy bien últimamente.
—¿Y
de quién es la culpa?
—No
creo que haya sido mía precisamente. Los celos son una cosa horrible y, además,
no sé por qué has de disgustarte tanto. Tú misma me has pedido que no me casara
con Betty...
—Eso
fue antes de conocerla bien. Basil, querido..., ¿no pensarás casarte con esa
otra?
Basil
Chester dijo tranquilamente:
—Me
casaría con ella sin dudarlo si me quisiera..., pero me temo que no me querrá.
Mistress
Chester sintió que un escalofrío le corría por la espina dorsal. Fue en busca
de Parker Pyne y lo encontró en un rincón tranquilo, leyendo plácidamente un
libro.
—¡Tiene
usted que hacer algo! ¡Tiene usted que hacer algo! ¡La vida de mi hijo va a ser
destrozada de un momento a otro!
Parker
Pyne se estaba cansando un poco de la vida de Basil Chester.
—Vaya
a ver a esa horrible criatura. Si es necesario, cómprela.
—Puede
que resulte muy caro.
—No
me importa.
—Sería
una lástima. Pero puede que haya otros medios.
Ella
le interrogó con la mirada, pero Parker Pyne movió la cabeza en sentido
negativo.
—No
prometo nada, pero veré lo que puedo hacer. Conozco el tipo. Por cierto, ni una
palabra a Basil...; sería fatal.
—Claro
que no.
Parker
Pyne volvió del Mariposa a medianoche. Mistress Chester le esperaba levantada.
—¿Qué
hay? —preguntó, impaciente, reteniendo la respiración.
Los
ojos de Parker Pyne chispearon.
—Miss
Dolores Ramona saldrá de Pollensa mañana por la mañana, y de la isla mañana
mismo por la noche.
—¡Oh,
míster Parker Pyne! ¿Cómo lo consiguió?
—No
costará ni un céntimo —dijo Parker Pyne, chispeándole de nuevo los ojos—. Pensé
que a lo mejor podía influir en ella..., y no me equivoqué.
—Es
usted maravilloso. Nina Wycherley tenía razón. Tiene usted que decirme
cuánto..., sus honorarios..., pues... deseo... Parker Pyne levantó su mano
cuidada.
—Ni
un penique. Ha sido un placer. Espero que todo salga bien. Claro
que
al principio el chico estará muy disgustado cuando se entere de que ha
desaparecido sin dejar su dirección. Tenga usted cuidado con él durante una
semana o dos.
—Si
Betty le perdonara...
—Claro
que le perdonará. Son una pareja simpática. Por cierto, yo también me marcho
mañana; necesito estar en Londres.
—Le
vamos a echar de menos, míster Pyne.
—Puede
que sea mejor que me vaya, antes que su hijo se encapriche de una tercera
chica.
Parker
Pyne se inclinó sobre la barandilla del barco y miró las luces de Palma. A su
lado estaba Dolores Ramona. Él estaba diciendo:
—Buen
trabajo, Madeleine. Me alegro de haberle telegrafiado que viniera. Es extraño,
siendo usted, realmente, una chica tan casera y tranquila.
Madeleine
de Sara, alias Dolores Ramona, alias Maggie Sayers, dijo modosita:
—Me
alegro de que esté contento, míster Parker Pyne. Ha sido un modo agradable de
romper la monotonía. Bueno, me voy abajo a acostarme, antes que salga el barco.
Me mareo un tanto...
Unos
minutos más tarde, una mano se posó en el hombro de Parker Pyne. Al volverse
éste se encontró con Basil Chester.
—He
querido venir a despedirle, míster Parker Pyne, a transmitirle el afecto de
Betty y a darle las gracias en su nombre y en el mío propio. Ha sido muy buena
su estratagema. Ahora Betty y mamá son uña y carne. Ha sido una pena tener que
engañarla a la pobrecita..., pero se estaba poniendo muy difícil. Bueno, ahora
todo va bien. Sólo tengo que tener cuidado con seguir de mal humor unos días
más. Nunca podremos agradecérselo bastante Betty y yo.
—Les
deseo que sean muy felices —dijo Parker Pyne.
—Gracias.
Se
produjo un silencio. Luego Basil dijo, con indiferencia un tanto exagerada:
—¿Está
miss..., miss de Sara por ahí? Me gustaría darle las gracias también a ella.
Parker
Pyne le dirigió una mirada penetrante.
—Lo
siento —dijo—. Miss de Sara se ha acostado.
—Bueno,
mala suerte... Puede que algún día la vea en Londres.
—A
decir verdad, se marcha a América casi en seguida, a hacerme un trabajo.
—¡Ah!
—dijo Basil con voz inexpresiva—. Bueno, me marcho...
Parker
Pyne sonrió. De paso para su camarote dio unos golpecitos en la puerta del de
Madeleine.
—¿Cómo
se encuentra, querida? ¿Bien? Ha estado aquí nuestro joven amigo. Padece el
ligero ataque de Madeleinitis de costumbre. Se le pasará en un par de días,
pero es usted perturbadora.
MISTERIO
EN LAS REGATAS
Míster
Isaac Pointz se quitó el cigarro de la boca y dijo en tono de aprobación:
—Bonito
lugar.
Demostrada
con esta frase la aprobación que le merecía el puerto de Darmouth, puso de
nuevo el cigarro entre los labios y miró a su alrededor con la expresión del
hombre satisfecho de sí mismo, de su aspecto, de todo lo que le rodea y de la
vida en general.
En
cuanto a su aspecto, míster Isaac Pointz era un hombre de cincuenta y ocho
años, saludable, quizá con cierta tendencia a padecer del hígado. No es que
fuera grueso precisamente; pero sí estaba de buen año, y el traje marinero que
llevaba en aquel momento no era el atuendo más adecuado para un hombre de
mediana edad, con tendencia a la redondez. Pointz iba muy bien vestido
—impecables la raya del pantalón, cada botón de su traje— y su rostro moreno,
de rasgos un poco orientales, mostraba una amplia sonrisa bajo su gorra
marinera. En cuanto a lo que le rodeaba, podía por ello entenderse sus
acompañantes: su socio, míster Leo Stein, sir George y lady Marroway, míster
Samuel Leathern, americano con el que tenía negocios, su hija, la colegiala
Eve, mistress Rustington y Evan Llewellyn.
Acababan
de bajar a tierra desde el yate de Pointz, el Merrimaid. Por la mañana habían
presenciado la regata de yates y ahora habían bajado a tierra a disfrutar
durante un rato de la alegría de la verbena —Tiro al Coco, Mujeres Gordas, la
Araña Humana, el Tiovivo... — . Ni que decir tiene que estas delicias fueron
saboreadas principalmente por Eve Leathern. Cuando por último Pointz indicó que
era hora de dirigirse al hotel Royal George para cenar, la suya fue la única
voz que expresó disconformidad.
—Pero,
míster Pointz, me gustaría tanto que me dijera el porvenir la Reina Gitana...
Pointz
tenía sus dudas respecto a la realeza de la gitana, pero dio su indulgente
autorización.
—Eve
lo está pasando en grande en la verbena —dijo su padre en son de disculpa—.
Pero no le hagan caso; si quieren, vayan andando hacia allá.
—Hay
tiempo —dijo Pointz, benigno—. Deje que la señorita se divierta —se volvió
hacia donde estaba su socio—. Te juego una partida a las flechas, Leo.
—Veinticinco
puntos o más de veinticinco puntos gana premio —cantó con voz aguda y nasal el
hombre encargado del puesto de las flechas.
—Te
apuesto cinco libras a que el total de mis tantos supera al tuyo —dijo Pointz.
—Vale
—dijo Stein con presteza.
Poco
después los dos hombres estaban enfrascados animosamente en la batalla.
Marroway
dijo en voz baja a Evan Llewellyn:
—Eve
no es la única niña del grupo.
Llewellyn
asintió sonriendo, pero algo distraído. Todo el día había estado distraído. En
algunas ocasiones, sus respuestas habían estado fuera de lugar.
Pamela
Marroway se apartó de él y dijo a su marido:
—A
ese chico le preocupa algo.
—¿Algo
o alguien? —murmuró sir George, dirigiendo una mirada rápida a Janet
Rustington.
Lady
Marroway frunció ligeramente el ceño. Era una mujer alta, vestida con un gusto
exquisito. El rojo de sus uñas entonaba con los pendientes de coral que llevaba
en las orejas. Tenía los ojos oscuros y alertas. Sir George adoptaba la pose
del caballero inglés cordial y campechano; pero sus ojos, de un azul claro,
tenían la misma expresión vigilante que los de su esposa.
Isaac
Pointz y Leo Stein eran traficantes de diamantes de Hatton Garden. Sir George y
lady Marroway procedían de un mundo distinto, el mundo de Antibes y Juan les
Pins, del golf en San Juan de Luz y los baños en Madeira en invierno.
Aparentemente, era como los lirios, que no se afanaban ni hilaban. Pero puede
que eso no fuera cierto. Hay distintos modos de afanarse y de hilar.
—Aquí
viene la niña —dijo Evan Llewellyn a mistress Rustington.
Era
un joven moreno, con cierto aire de lobo hambriento que algunas mujeres encontraban
atractivo.
Era
difícil saber si mistress Rustington lo encontraba atractivo o no. No llevaba
el corazón en la mano. Se había casado joven y el matrimonio había terminado en
desastre en menos de un año. Desde entonces era difícil saber lo que Janet
Rustington pensaba de las personas o de las cosas; su actitud era siempre la
misma: encantadora, pero completamente distante.
Eve
Leathern se acercó a ellas bailando, su cabellera rubia y lisa saltando de
excitación. Tenía quince años y era una chiquilla difícil, pero llena de
vitalidad.
—Me
voy a casar cuando tenga diecisiete años —exclamó jadeante—. Con un hombre muy
rico, y vamos a tener seis niños, y los martes y los jueves son mis días de
suerte, y debo ir siempre vestida de verde o de azul, y la esmeralda es la
piedra que me trae suerte, y...
—Bueno,
rica; creo que debemos ir andando —dijo su padre.
Leathern
era un hombre alto, rubio, de aspecto dispéptico y con expresión un tanto
triste.
Pointz
y Stein regresaban en aquél momento del puesto de flechas. Pointz reía entre
dientes y Stein parecía algo alicaído.
—Todo
ha sido cuestión de suerte —decía este último.
Pointz
se dio unas alegres palmaditas en el bolsillo.
—Te
saqué cinco libras limpiamente. Habilidad, hijo mío, habilidad. Mi
padre
era un tirador de flechas de primera. Bueno, amigos, vámonos. ¿Te han dicho el
porvenir, Eve? ¿Te han dicho que te cuides de un hombre moreno?
—De
una mujer morena — corrigió Eve—. Es bizca, y si no tengo cuidado me hará mucho
daño. Y me voy a casar a los diecisiete años...
Siguió
corriendo alegremente, mientras el grupo se encaminaba al Royal George.
Pointz
había tenido la precaución de encargar con anticipación la cena. Un camarero,
todo inclinaciones, los condujo escalera arriba a un comedor reservado del
primer piso. En el comedor, una mesa redonda estaba dispuesta para la cena. La
gran ventana saliente que daba sobre el puerto estaba abierta. Llegó hasta
ellos el ruido de la verbena, del que sobresalían las agudas notas de tres
tiovivos, cada uno lanzando estrepitosamente al aire una melodía distinta.
—Será
mejor cerrar si queremos oírnos —observó Pointz brevemente, acompañando la
acción a la palabra.
Se
sentaron alrededor de la mesa y Pointz sonrió con afecto a sus invitados. Le
parecía que estaba obsequiándolos por todo lo alto y a él le gustaba obsequiar
así a la gente. Su mirada fue pasando de uno a otro. Lady Marroway..., una
mujer refinada; no de lo mejor, claro; se daba cuenta perfecta de que lo que él
había llamado toda su vida «créme de la créme» no se trataba con los Marroway,
pero, después de todo, la «créme de la créme» no tenía la menor idea de su
propia existencia. De todos modos, lady Marroway era una mujer elegantísima y
no le importaba que le hiciera trampas jugando al bridge. Cuando sir George lo
hacía, ya no le gustaba tanto. Tenía una mirada sospechosa. Se veía a las
claras que le poseía el afán de lucro. Pero no iba a lucrarse mucho a costa de
Isaac Pointz. Ya tendría él buen cuidado de evitarlo.
El
viejo Leathern no era mala persona; un pesado, desde luego, como la mayoría de
los americanos, que se ponen a contarle a uno historias interminables. Y tenía
la desconcertante costumbre de solicitar datos exactos. ¿Cuántos habitantes
tenía Darmouth? ¿En qué año se había construido el Colegio Naval? Y así
sucesivamente. Creía que su anfitrión tenía que ser algo así como un Baedeker
viviente. Eve era una chiquilla alegre y agradable. Disfrutaba metiéndose con
ella. Tenía la voz muy ronca, pero de tonta no tenía un pelo. Muy despabilada.
El
joven Llewellyn... parecía un poco silencioso. Como si algo le preocupara. Sin
una perra, probablemente. Aquellos escritores casi nunca tenían una perra.
Parecía como si le gustara Janet Rustington. Una mujer agradable, atractiva e
inteligente, además. Pero no estaba hablándole a uno todo el día de sus libros.
Escribía obras muy intelectuales, pero oyéndola hablar nadie lo hubiera creído.
¡Y el bueno de Leo! Estaba poniéndose viejo y gordo. Inconsciente,
afortunadamente, de que su socio estaba pensando lo mismo de él en aquel
instante, Pointz hizo notar a Leathern que las sardinas tenían relación con
Devon, no con Cornwall, y se dispuso a saborear su comida.
—Míster
Pointz —dijo Eve una vez que los camareros hubieron salido del comedor, tras
haber servido los platos de caballa caliente.
—Diga
usted, señorita.
—¿Tiene
usted aquí aquel diamante tan grande?... ¿Aquel que nos enseñó usted y dijo que
siempre llevaba encima?
Pointz
se rió entre dientes.
—Así
es. Lo considero como mi mascota. Sí; claro que lo tengo aquí.
—Lo
encuentro peligrosísimo. Pudo habérselo quitado alguien en la verbena entre
tanta gente.
—No
lo creas —dijo Pointz—. Ya me ocupo yo de eso.
—Pero
podían habérselo robado —insistió Eve—. En Inglaterra tendrán ustedes
gangsters, como nosotros en América, ¿verdad?
—No
podrán llevarse la Estrella Matutina —dijo Pointz—. Primero, está en un
bolsillo interior especial. Y además..., el viejo Pointz sabe lo que se trae
entre manos. Nadie es capaz de robar la Estrella Matutina.
Eve
se rió.
—¡Ja,
ja! ¡Le apuesto algo a que yo puedo robarla!
—Te
apuesto algo a que no —saltó Pointz, divertido.
—Bueno;
yo apuesto a que sí. Estuve pensando en eso anoche en la cama, después que
usted la pasara alrededor de la mesa para que la viéramos todos. Se me ocurrió
un medio de robarla verdaderamente estupendo.
—¿Y
en qué consistía?
Eve
inclinó la cabeza y su melena rubia se agitó con la excitación.
—No
se lo digo..., por ahora. ¿Qué se apuesta usted?
A
Pointz le vinieron a la mente recuerdos de su juventud.
—Media
docena de pares de guantes —dijo.
—¡Guantes!
—exclamó Eve con desagrado—. ¿Quién se pone guantes?
—Bueno...
¿usas medias de nylon?
—
¡Claro que sí! Y mi mejor par se me ha roto esta mañana.
—Muy
bien, entonces. Media docena de pares de medias de nylon de las mejores.
—¡Uy!
—gritó Eve, llena de contento—. ¿Y usted qué?
—Pues
yo necesito una tabaquera nueva.
—Bien.
De acuerdo. No es que vaya usted a conseguir su tabaquera, ¿eh? Ahora voy a
decirle lo que tiene que hacer. Tiene usted que pasarnos la piedra, igual que
hizo ayer.
Se
calló de pronto, al tiempo que dos camareros entraban en el comedor a recoger
los platos. Cuando empezaban a comer el pollo, Pointz dijo:
—Recuerda,
jovencita, que si vamos a representar un robo auténtico haré llamar a la
Policía para que te registren.
—Muy
bien. Pero no es necesario que lo haga todo tan a lo vivo, metiendo a la
Policía en el asunto. Lady Marroway y mistress Rustington pueden registrarme
todo lo que usted quiera.
—Bien;
entendido —dijo Pointz—. ¿Es que piensas dedicarte a ladrona de joyas?
—A
lo mejor escogía esa carrera... si valiera la pena.
—Si
robaras la Estrella Matutina valdría la pena. Aun después de fraccionada, esa
piedra valdría más de treinta mil libras.
—¡Jesús!
—dijo Eve, impresionada—. ¿Cuánto es eso en dólares?
Lady
Marroway lanzó una exclamación.
—¿Y
lleva usted encima una piedra de ese valor? —dijo en tono reprobatorio—.
Treinta mil libras...
Sus
pestañas, oscurecidas con rimmel, se estremecieron perceptiblemente.
Mistress
Rustington dijo suavemente:
—Es
mucho dinero... Y, además, la fascinación de la piedra en sí... Es hermosa.
—No
es más que un trozo de carbón —dijo Evan Llewellyn.
—Siempre
he oído decir que «colocar» las prendas es la mayor dificultad en los robos de
joyas —dijo sir George—. El perista se lleva la parte del león... es la
costumbre.
—Vamos
—dijo Eve, excitada—. Vamos a empezar. Saque el diamante y diga lo que dijo
anoche.
Leathern
dijo con voz profunda y melancólica:
—Tengo
que pedirles que disculpen a mi retoño. Está muy excitada...
—Bueno
ya, papi —dijo Eve—. A ver, míster Pointz...
Sonriendo,
Pointz rebuscó en un bolsillo interior. Cogió algo y lo dejó en la palma de la
mano, lanzando destellos. Un brillante...
Con
cierta torpeza, Pointz repitió con toda la exactitud que su memoria le permitió
su discurso de la noche anterior en el Merrimaid.
—Quizá,
señoras y caballeros, les gustaría echar un vistazo a esto. Es una piedra de
una belleza extraordinaria. La llamo la Estrella Matutina y la llevo conmigo a
todas partes; es como si fuera mi mascota. ¿Quieren verla?
Se
la tendió a lady Marroway. Ésta la cogió, lanzó una exclamación sobre su
belleza y se la pasó a Leathern, quien dijo: «Muy bonita... sí, muy bonita», de
un modo un poco artificial, pasándosela luego a su vez a Llewellyn.
Los
camareros entraron en aquel momento y la sesión fue interrumpida por unos
instantes. Una vez se hubieron marchado, dijo Evan: «Buena piedra», y se la
pasó a Leo Stein, quien no se molestó en hacer ningún comentario, sino que se
la entregó rápidamente a Eve.
—¡Es
una verdadera maravilla! —exclamó con voz aguda y afectada.
—¡Oh!
—lanzó un grito de espanto al caérsele de la mano—. Se me ha caído.
Echó
hacia atrás su silla y se agachó, palpando con la mano bajo la mesa. Sir
George, sentado a su derecha, se agachó también. En la confusión, un vaso se
cayó de la mesa. Stein, Llewellyn y mistress Rustington ayudaron en la
búsqueda. Por último, lady Marroway se unió a los demás. Pointz fue el único
que no tomó parte en la acción. Permaneció en su asiento, bebiendo su vino a
pequeños sorbos y sonriendo con expresión sardónica.
—¡Ay,
Dios mío! —dijo Eve, continuando con su actitud artificial—. ¡Qué horrible!
¿Adonde puede haber ido a parar? No la encuentro por ninguna parte.
Uno
a uno, todos los que habían ayudado en la búsqueda se pusieron en pie.
—Ha
desaparecido de verdad, Pointz —dijo sir George sonriendo.
—Muy
bien hecho —aprobó Pointz—. Harías una actriz estupenda, Eve. Ahora vamos a
ver: ¿la has escondido en algún sitio o la tienes encima?
—Que
me registren —dijo Eve en tono dramático.
La
mirada de Pointz descubrió un gran biombo colocado en un rincón de la
habitación. Lo señaló con un gesto, mirando luego a lady Marroway y a mistress
Rustington.
—Si
hacen ustedes el favor, señoras...
—Naturalmente
—dijo lady Marroway sonriendo.
Las
dos mujeres se levantaron. Lady Marroway dijo:
—No
tenga miedo, míster Pointz. La examinaremos a fondo.
Las
tres se ocultaron en el biombo.
Hacía
calor en la habitación. Evan Llewellyn abrió la ventana. Un vendedor de
periódicos pasaba en aquel momento. Evan echó una moneda y el hombre lanzó un
periódico. Llewellyn lo desdobló.
—La
situación de Hungría no es muy buena que digamos —dijo.
—¿Es
el periodicucho local? —preguntó sir George —. Un caballo que me interesa tenía
que correr hoy en Haldon... Natty Boy.
—Leo
—dijo Pointz—, cierra la puerta. No interesa que esos dichosos camareros estén
entrando y saliendo hasta que terminemos este asunto.
—Natty
Boy pagó tres a uno —dijo Evan.
—Poca
cosa —dijo sir George.
—Casi
todo lo que trae son noticias de las regatas —dijo Evan echando una ojeada al
periódico.
Las
tres jóvenes salieron de detrás del biombo.
—Ni
rastro del brillante —dijo Janet Rustington.
—Le
aseguro que encima no lo tiene —dijo lady Marroway.
Pointz
la creyó sin dificultad. En la voz de lady Marroway había una nota inflexible y
no le cupo la menor duda de que el registro había sido concienzudo.
—Oye,
Eve: no te lo habrás tragado, ¿verdad? —preguntó ansioso Leathern—. Podría
hacerte daño.
—La
hubiera visto yo —dijo Leo Stein sencillamente—. La estuve observando y no se
metió nada en la boca.
—No
podía tragarme una cosa tan grande como esa y toda llena de puntas —dijo Eve.
Se puso las manos en las caderas y miró a Pointz— Bueno, ¿qué hay, señor mío?
—preguntó.
—Quédate
donde estás y no te muevas —dijo Pointz.
Los
hombres quitaron el mantel de la mesa y la pusieron del revés. Pointz la
examinó centímetro a centímetro. Después dedicó su atención a la silla en que
Eve había estado sentada y a las sillas inmediatas a la de la chica.
No
podía pedirse un registro más concienzudo. Los otros cuatro hombres se unieron
a Pointz y lo mismo hicieron las mujeres. Eve Leathern, de pie junto a la
pared, cerca del biombo, se reía, divertidísima.
Cinco
minutos más tarde, Pointz se enderezó, lanzando un gruñido, y se limpió el
polvo de los pantalones con expresión melancólica. Su anterior lozanía parecía
un poco malparada.
—Eve
—dijo—. Me descubro ante ti. Eres lo mejor que he conocido en mi vida en
materia de ladrones de joyas. No comprendo qué has hecho de la piedra. Tiene
que estar en la habitación, puesto que no la tienes encima. Me declaro vencido.
—¿Son
mías las medias? —preguntó Eve.
—Tuyas
son, señorita.
—Eve,
hijita, ¿dónde puedes haberlo escondido? —preguntó con curiosidad mistress
Rustington.
Eve
hizo una cabriola.
—Ahora
lo va usted a ver. Se van a tirar de los pelos.
Se
dirigió a la mesa auxiliar, donde habían sido amontonadas de cualquier modo las
cosas de la comida. Cogió su pequeño bolso negro de noche...
—Delante
de las narices. Delante...
Su
voz, alegre y triunfante, se quebró de pronto.
—¡Oh!
—dijo—. ¡Oh!
—¿Qué
te ocurre, hijita? —dijo su padre.
Eve
dijo en un susurro:
—Ha
desaparecido..., ha desaparecido...
—¿Qué
ocurre? —preguntó Pointz, acercándose.
Eve
se volvió hacia él impetuosamente.
—La
cosa era así. Este bolso mío tiene una piedra grande, artificial, en medio del
cierre. Ayer se cayó y cuando estaba usted enseñándonos el diamante me di
cuenta de que era de un tamaño muy parecido al de mi piedra. Y entonces, por la
noche, se me ocurrió que para robar el brillante sería una idea estupenda
colocarlo en el hueco de mi bolso pegándolo con un poco de plastilina. Estaba
segura de que nadie lo encontraría. Eso es lo que hice esta noche. Primero dejé
caer el brillante, luego me agaché a cogerlo, con el bolso en la mano, puse el
brillante en el hueco, pegándolo con un poco de plastilina que tenía preparada,
puse mi bolso en la mesa y seguí haciendo como que buscaba el brillante. Pensé
que iba a ser como en las novelas, tenerlo ahí a la vista, delante de las
narices de todos, como si fuera una piedra artificial. Y era un buen plan...,
ninguno de ustedes lo notó.
—¡Quién
sabe! —dijo Stein.
—¿Qué
dice?
Pointz
cogió el bolso, contempló el hueco, que todavía tenía adherido un poco de
plastilina, y dijo lentamente:
—Puede
que se haya caído. Será mejor que miremos otra vez.
El
registro se repitió, pero esta vez todos estaban muy silenciosos. En la
habitación se respiraba una atmósfera de tirantez.
Uno
a uno, todos fueron abandonando la tarea. Se quedaron mirándose unos a otros.
—No
está en la habitación —dijo Stein.
—Y
nadie salió de la habitación —dijo sir George de un modo muy significativo.
Se
produjo un silencio momentáneo. Eve se echó a llorar. Su padre le dio unas
palmaditas en el hombro.
—Vaya,
vaya —dijo torpemente.
Sir
George se volvió a Leo Stein.
—Stein
—dijo—. Hace un momento murmuró usted algo entre dientes. Cuando le pedí que lo
repitiera, dijo usted que no era nada. Pero lo cierto es que he oído lo que
dijo. Eve acababa de decir que nadie se había dado cuenta del lugar donde había
puesto el brillante. Las palabras que usted pronunció fueron éstas: «Quién
sabe.» Tenemos que enfrentarnos con la probabilidad de que una persona se dio
cuenta, y de que esa persona está en esta habitación en este momento. Opino que
lo único justo y digno que puede hacerse es que todos los presentes nos
sometamos a un registro personal. El brillante no puede haber salido de la
habitación.
Cuando
sir George interpretaba el papel del viejo caballero inglés, nadie podía
superarle. Había hablado con voz llena de sinceridad e indignación.
—Es
muy desagradable todo esto —dijo Pointz, descontento.
—Todo
ha sido por mi culpa —sollozó Eve — . Yo no quería...
—Anímate,
pequeña —dijo Stein bondadosamente—. Nadie te echa a ti la culpa.
Leathern
dijo con su voz lenta y pedante:
—Creo
que la propuesta de sir George será aceptada sin reservas por todos nosotros.
Yo, desde luego, la acepto.
—Estoy
de acuerdo —dijo Evan Llewellyn.
Mistress
Rustington miró a Lady Marroway y ésta asintió con un gesto. Las dos se
retiraron detrás del biombo, acompañadas de la llorosa Eve.
Un
camarero llamó a la puerta con los nudillos y le dijeron que se fuera.
Cinco
minutos después se miraban todos unos a otros con expresión de incredulidad.
La
Estrella Matutina se había esfumado...
Parker
Pyne miró con expresión pensativa el rostro moreno y agitado del joven que se
sentaba frente a él.
—Claro,
míster Llewellyn —dijo—. Es usted de Gales, ¿verdad?
—¿Qué
tiene que ver eso?
Parker
Pyne agitó su mano larga y cuidada.
—Nada,
lo reconozco. Me interesa la clasificación de las reacciones emocionales, tal
como se manifiestan en determinados tipos raciales. Eso es todo. Volvamos a
considerar su problema personal.
—La verdad
es que no sé bien por qué he acudido a usted —dijo Evan Llewellyn.
Le
temblaban las manos y su rostro moreno tenía un tinte macilento. Apartaba la
mirada de Parker Pyne y el escrutinio de este caballero parecía resultarle
molesto.
—No
sé por qué he acudido a usted — repitió—. Pero ¿adonde diablos voy a acudir? ¿Y
qué diablos puedo hacer? No poder hacer nada en absoluto es lo que me
desespera... He visto su anuncio en el periódico y recordé que un chico me
había hablado de usted en una ocasión y había dicho que tenía éxito... Y...,
bueno, he venido. Me figuro que ha sido una tontería de mi parte. En la
situación en que me encuentro, nadie puede hacer nada por mí.
—Nada
de eso —dijo Parker Pyne—. Yo soy la persona indicada. Soy especialista en
desgracias ajenas. Es evidente que este asunto le ha proporcionado a usted
muchos sufrimientos. ¿Está usted seguro de que los hechos son exactamente como
usted me los ha contado?
—No
creo haber olvidado nada. Pointz sacó el brillante y lo fue pasando. La maldita
chica americana lo pegó en su ridículo bolso, y cuando fuimos a mirar al bolso
el brillante había desaparecido. No lo tenía nadie encima; incluso el propio
Pointz fue registrado..., él mismo lo propuso. ¡Y yo juraría que en la
habitación no estaba! Y nadie salió de la habitación...
—¿Y
los camareros, por ejemplo? —sugirió Parker Pyne.
Llewellyn
negó con un movimiento de cabeza.
—Salieron
antes que la chica empezara con el jaleo del brillante, y después Pointz cerró
la puerta para que no pudieran entrar. No; tiene que haber sido uno de
nosotros.
—Eso
parece —dijo Parker Pyne pensativo.
—Aquel
maldito periódico —dijo Evan Llewellyn con amargura—. Comprendí que todos
estaban pensando en lo mismo: que aquél era el único medio...
—Repítame
exactamente lo que ocurrió.
—Fue
muy sencillo. Yo abrí la ventana, silbé al hombre, le tiré una moneda y él me
tiró el periódico. Y así estamos..., ése fue el único camino por el que el
brillante pudo salir de la habitación..., tirándoselo yo a un cómplice que
esperara en la calle.
—No
fue el único camino —dijo Parker Pyne.
—¿Qué
otro camino se le ocurre a usted?
—Si
usted no lo tiró, tiene que haber habido otro medio.
—¡Ah,
ya! Creí que se refería usted a algo más concreto. Bueno, yo lo único que puedo
decir es que no lo he tirado por la ventana. No espero que usted me crea..., ni
que nadie me crea.
—Sí,
sí; yo le creo —dijo Parker Pyne.
—¿Me
cree usted? ¿Por qué?
—No
encaja en el tipo criminal —dijo Parker Pyne—. Es decir, no encaja en el tipo
de ladrón de joyas. Naturalmente, hay crímenes que sería usted capaz de
cometer, pero no vamos a meternos ahora en ese tema. En cualquier caso, no
puedo imaginármelo a usted como el ladrón de la Estrella Matutina.
—Sin
embargo, todo el mundo cree que lo robé —dijo Llewellyn con amargura.
—Comprendo
—dijo Parker Pyne.
—En
aquella ocasión me miraban de un modo extraño. Marroway cogió el periódico y se
limitó a mirar hacia la ventana. No dijo nada. Pero Pointz comprendió en
seguida. Comprendí lo que estaba pensando. No ha habido ninguna acusación
directa; eso es lo malo.
Parker
Pyne asintió, comprensivo.
—Peor
que una acusación directa —dijo.
—Sí.
Sospechas nada más. Ha venido a verme un tipo y me ha hecho muchas preguntas...
investigación rutinaria le llamó. Supongo que sería uno de esos policías
elegantes de la nueva escuela. Obró con mucho tacto, sin hacer insinuaciones.
Sólo mostró interés en el hecho de que antes andaba muy mal de dinero y de
pronto se me veía nadando en la abundancia.
—¿Y
era cierto eso?
—Sí...;
tuve suerte con unos caballos. Por desgracia, hice las apuestas en el hipódromo
y nada puede demostrar que fue de ese modo como conseguí el dinero. No pueden
demostrar que miento, claro; pero ésa sería la clase de mentira que diría el
hombre que no quisiera decir de dónde provenía su dinero.
—Es
cierto. Sin embargo, necesitarán tener mucho más en qué fundarse.
—No;
si yo no tengo miedo de que me detengan y me acusen de robo. En cierto modo,
eso sería más llevadero, por lo menos sabría el terreno que pisaba. Es pensar
que toda esa gente cree que lo he cogido yo.
—¿Alguien
en particular?
—¿Qué
quiere decir?
—Una
simple ocurrencia nada más —Parker Pyne volvió a agitar su mano cuidada—. Había
una persona en particular, ¿no es cierto? ¿Mistress Rustington, por ejemplo?
El
rostro moreno de Llewellyn enrojeció.
—¿Por
qué precisamente ella?
—Señor
mío, está clarísimo que hay alguien cuya opinión le importa a usted mucho,
probablemente una señora. ¿Qué señoras había allí? ¿La chica americana? ¿Lady
Marroway? Pero probablemente no hubiera perdido usted la estimación de Lady
Marroway por dar ese golpe. Conozco un poquito a esa señora. Entonces, está
claro que tiene que ser mistress Rustington.
Llewellyn
dijo con cierta dificultad:
—Ha...,
ha pasado por una desagradable experiencia. Su marido era una bala perdida.
Ahora le cuesta trabajo confiar en nadie. Si ella creyera que...
No
encontró palabras para continuar.
—Comprendo
—dijo Parker Pyne—. Ya veo que el asunto es importante. Hay que ponerlo en
claro.
Evan
soltó una risita.
—Eso
es fácil de decir.
—Y
muy fácil de hacer —dijo Parker Pyne.
—¿Lo
cree usted así?
—Desde
luego. El problema es tan sencillo... Han sido descartadas tantas posibilidades
que la respuesta tiene que ser la más sencilla. Incluso parece que vislumbro
algo...
Llewellyn
se le quedó mirando con expresión incrédula...
Parker
Pyne cogió un block y una pluma.
—Por
favor, ¿quiere usted describirme brevemente los componentes del grupo?
—Pero
¿no lo he hecho ya?
—Una
descripción de su aspecto externo, color de pelo, etcétera.
—Pero,
míster Pyne, ¿qué tiene eso que ver con el asunto?
—Mucho,
joven, mucho. Para la clasificación y todo eso..., importa.
Aunque
sin ocultar su escepticismo, Evan describió el aspecto externo de los reunidos
en el yate.
Parker
Pyne tomó unas notas, apartó el block y dijo:
—Estupendo.
A propósito: ¿dijo usted que se rompió una copa de vino?
Evan
se le quedó mirando de nuevo.
—Sí;
se le cayó de la mesa a alguien y luego la pisaron.
—Son
peligrosos los trocitos de vidrio —dijo Parker Pyne—. ¿De quién era la copa?
—Creo
que era de la chica, la de Eve.
—¡Ah!
¿Y quién estaba sentado junto a ella de ese lado?
—Sir
George Marroway.
—¿No
vio usted a cuál de los dos se le cayó la copa de la mesa?
—No;
lo siento. ¿Tiene importancia?
—No
mucha, no. Era una pregunta superflua. Bueno —se puso en pie—; buenos días,
míster Llewellyn. ¿Quiere usted pasarse por aquí dentro de tres días? Creo que
para entonces todo el asunto estará solucionado de modo satisfactorio.
—¿Bromea
usted, míster Parker Pyne?
—Nunca
bromeo con los asuntos profesionales, señor mío. Perdería la confianza de mis
clientes. ¿Quedamos entonces en el viernes a las once y media? Gracias.
Evan
entró el viernes por la mañana en el despacho de Parker Pyne con la mente
confusa. La esperanza y el escepticismo pugnaban por adueñarse de su ánimo.
Parker
Pyne se levantó para recibirle, sonriendo abiertamente.
—Buenos
días, míster Llewellyn. Siéntese. ¿Un cigarrillo?
Llewellyn
rechazó con un gesto la caja que le ofrecían.
—¿Bien?
—dijo.
—Muy
bien —dijo Parker Pyne—. La Policía detuvo anoche a la banda.
—¿A
la banda? ¿Qué banda?
— La
banda Amalfi. Pensé en seguida en ellos cuando me contó usted su historia.
Reconocí sus métodos, y cuando me describió usted a los invitados no me quedó
la menor duda.
—¿Quiénes
forman la banda Amalfi?
—El
padre, el hijo, la nuera..., es decir, suponiendo que Pietro y María estén
casados, cosa que algunos ponen en duda.
—No
comprendo.
—Es
muy sencillo. El nombre es italiano y su origen es italiano, sin duda; pero el
viejo Amalfi nació en América. Sus métodos suelen ser siempre los mismos.
Adopta la personalidad de un hombre de negocios real, se presenta a alguien de
importancia en el negocio de joyas de algún país de Europa y entonces pone en
práctica su truquito. En este caso, iba concretamente tras la Estrella
Matutina. La personalidad de Pointz era muy conocida en el ramo. María Amalfi
interpretó el papel de la hija. ¡Qué mujer más extraordinaria! Tiene por lo
menos veintisiete años y casi siempre hace papeles de chica de dieciséis...
—No
se referirá usted a Eve... —dijo Llewellyn entrecortadamente.
—A
ella precisamente. El tercer miembro de la banda consiguió que lo admitieran en
el Royal George como camarero eventual... era en verano, recuerde, y
necesitaban gente extra. Puede que incluso haya sobornado a un camarero fijo
para que le dejara el sitio. La escena está dispuesta. Eve desafía a Pointz y
éste acepta la apuesta. Pointz enseña el brillante como la noche anterior. Los
camareros entran en el comedor y Leathern retiene la piedra hasta que vuelven a
salir. Cuando salen, el brillante sale también, pegado con un trozo de chicle a
la parte de abajo del plato que Pietro llevaba en la mano. ¡Sencillísimo!
—Pero
¡si yo lo vi después de eso!
—No,
no; usted vio una imitación lo bastante buena para engañar al que mira
distraídamente. Según me dijo usted, Stein apenas la miró. Eve la deja caer,
tira también una copa y pisa con firmeza en la piedra y la copa conjuntamente.
El brillante desaparece milagrosamente. Tanto Eve como Leathern pueden ser
registrados todo lo que se quiera.
—Bueno...,
estoy... —Evan movió la cabeza, incapaz de encontrar palabras—. Dijo usted que
reconoció a la banda por la descripción que yo le hice. ¿Han empleado más veces
el mismo truco?
—No
era el mismo exactamente, pero era su estilo. Naturalmente, la niña Eve me
llamó la atención en seguida.
—¿Por
qué? Yo no sospeché de ella..., nadie sospechó de ella. Parecía tan..., tan
niña...
—Ahí
está precisamente el genio de María Amalfi. Parece más niña que cualquier niña
auténtica. ¡Y lo de la plastilina! Se suponía que la apuesta había surgido
espontáneamente, pero la señorita tenía la plastilina a mano. Eso indicaba
premeditación. Mis sospechas se fijaron en ella inmediatamente.
Llewellyn
se puso en pie.
—Bien,
míster Parker Pyne; mi reconocimiento no tiene límites.
—Clasificación
— murmuró Parker Pyne—. Me interesa la clasificación de los tipos criminales.
—Ya
me dirá usted cuánto..., ejem...
—Mis
honorarios serán muy moderados —dijo Parker Pyne—. No producirán gran merma en
las..., ejem..., ganancias de las carreras de caballos. De todos modos, joven,
creo que sería mejor dejar los caballos en el futuro. El caballo es un animal
muy variable.
—De
acuerdo —dijo Evan.
Apretó
la mano de Parker Pyne y salió de su despacho.
Llamó
un taxi y le dio la dirección del piso de Janet Rustington.
Se
sentía con ánimos para vencer todas las dificultades.
EL
MISTERIO DEL COFRE DE BAGDAD
Aquellas
palabras constituían un titular atractivo y así se lo dije a mi amigo Hércules
Poirot. No conocía a ninguno de los protagonistas, y mi interés por el caso era
el de simple espectador. Poirot estuvo de acuerdo conmigo.
—Sí;
tiene un sabor oriental, misterioso. Podría muy bien ocurrir que el cofre sea
una imitación jacobina comprada en Londres; pero, de todos modos, el periodista
que tuvo la idea de llamarle el Cofre de Bagdad estuvo felizmente inspirado. La
palabra «misterio» ha sido añadida también con mucho acierto, aunque tengo
entendido que hay muy poco misterio en el caso.
—Exacto.
Es horrible y macabro, pero no tiene nada de misterioso.
—Horrible
y macabro —repitió Poirot pensativo.
—Todo
el asunto es repugnante —dije, levantándome y paseándome de arriba abajo por la
habitación—. El asesino mata a ese hombre, que era su amigo, lo mete en el
cofre y media hora después está bailando en la misma habitación con la esposa
de la víctima. Imagínese si ella hubiera podido suponer por un momento...
—Cierto
—dijo Poirot pensativo—. Esa cualidad tan alabada, la intuición femenina, no
parece haber actuado.
—Parece
que fue una reunión muy divertida —dije, sintiendo un ligero escalofrío—. Y
durante todo el tiempo, mientras bailaban y jugaban al póquer, había un muerto
en la misma habitación. Se podría escribir una obra de teatro con esa idea.
—Ya
se ha escrito —dijo Poirot—. Pero consuélese, Hastings —añadió en tono
benevolente—. Porque un tema haya sido utilizado una vez, no hay razón que
impida que vuelva a ser utilizado. Escriba usted su drama.
Había
cogido el periódico y examinaba la reproducción, bastante borrosa, de una
fotografía.
—Debe
de ser una mujer muy guapa —dije lentamente—. Incluso por una foto como ésa
puede uno hacerse una idea.
Al
pie de la roto se leía lo siguiente: Fotografía de mistress Clayton, la esposa
de la víctima.
Poirot
me cogió el periódico.
—Sí
—dijo—. Es muy guapa. Sin duda es una de esas mujeres nacidas para hacer sufrir
los corazones de los hombres.
Me
devolvió el periódico, lanzando un suspiro.
—Dieu
merci, no soy de temperamento apasionado. Eso me ha evitado muchos sinsabores.
Doy gracias al cielo por ello.
No
recuerdo haber hablado más del asunto. Poirot no demostró por entonces un
interés especial. Eran tan claros los hechos, dejaban tan poco lugar a dudas,
que parecía inútil discutir el caso.
Míster
y mistress Clayton y el comandante Rich eran amigos desde hacía bastante
tiempo. El día en cuestión, diez de marzo, los Clayton habían aceptado la
invitación del comandante Rich de asistir a una reunión en su casa aquella
noche. Sin embargo, a eso de las siete y media, Clayton le explicó a otro
amigo, el comandante Curtiss, con quien estaba tomando una copa, que acababan
de llamarle inesperadamente a Escocia y que se marchaba en el tren de las ocho.
—Tengo
el tiempo justo para pasar por casa de Jack y explicárselo —continuó Clayton—.
Margaret va, naturalmente. Lo siento mucho, pero Jack se hará cargo.
Clayton
era hombre de palabra. Llegó al piso del comandante Rich a eso de las ocho
menos veinte. El comandante no estaba en casa en aquel momento, pero su criado,
que conocía mucho a Clayton, le propuso que pasara y le esperase. Clayton dijo
que no tenía tiempo, pero que pasaría y le escribiría una nota. Añadió que iba
de paso para la estación, a coger el tren.
El
criado, en consecuencia, le hizo pasar al salón.
Unos
cinco minutos más tarde, el comandante Rich, que debía de haber entrado sin que
el criado le oyera, abrió la puerta del salón, le llamó y le dijo que saliera a
buscarle cigarrillos. Al volver, el hombre entregó los cigarrillos a su amo,
que estaba solo en el salón. El hombre, como es lógico, dio por sentado que
míster Clayton se había marchado.
Los
invitados llegaron poco después. Eran éstos mistress Clayton, el comandante
Curtiss y el matrimonio Spence. Pasaron la noche bailando al son de un
gramófono y jugando al póquer. Los invitados se marcharon poco después de
medianoche.
A la
mañana siguiente, al limpiar el salón, el criado se sorprendió al ver una
mancha oscura, debajo y delante de un mueble que el comandante Rich había
traído de Oriente años atrás y al que llamaban el Cofre de Bagdad.
Instintivamente,
el criado levantó la tapa del cofre y, horrorizado, vio que dentro se hallaba
el cadáver encogido de un hombre, con un puñal clavado hasta el corazón.
Aterrorizado,
el hombre salió corriendo del piso y llamó al primer policía que encontró. El
muerto resultó ser míster Clayton. Poco después fue arrestado el comandante
Rich. La defensa del comandante, al parecer, había consistido en negarlo todo
enérgicamente. No había visto a míster Clayton la noche anterior y no había
sabido nada de que se marchaba a Escocia hasta que mistress Clayton se lo dijo.
Ésos
eran los hechos escuetos del caso. Naturalmente, habían abundado las indirectas
y las insinuaciones. Se había hecho tanto hincapié en la estrecha amistad e
intimidad existentes entre el comandante Rich y mistress Clayton, que habría
que ser tonto para no leer entre líneas. El motivo del crimen había sido
insinuado muy claramente.
Mi
larga experiencia me había enseñado a dar siempre un margen a la calumnia
infundada. Podía ser que el motivo indicado no existiera en absoluto, a pesar
de todas las apariencias. Pero una cosa seguía en pie: Rich era el asesino.
Como
iba diciendo, el asunto podía haber terminado ahí de no haber sido invitados
Poirot y yo aquella noche a una reunión que daba lady Chatterton.
A
Poirot, aunque se lamentaba de tener que cumplir sus compromisos sociales y se
declaraba amante de la soledad, le gustaban muchísimo todas estas cosas. El que
le bailaran el agua y le trataran como el centro de reunión le venía de
perilla.
En
algunas ocasiones llegaba a ronronear como un gato. Le he visto recibir
tranquilamente los cumplidos más desorbitados como si se tratara de un homenaje
merecido y proferir con el peor gusto frases tan engreídas que me resisto a
ponerlas por escrito.
Algunas
veces discutía conmigo sobre este tema.
—Pero,
amigo mío, yo no soy anglosajón. ¿Por qué motivo he de hacerme el hipócrita?
Sí, sí, eso es lo que hacen todos ustedes. El aviador que ha realizado un vuelo
difícil, el campeón de tenis, bajan los ojos y farfullan de un modo
ininteligible que «no tiene importancia». ¿Lo creen ellos así? En absoluto.
Admirarían la hazaña si la hubiera realizado otro. Por tanto, lógicamente
tienen que admirarla habiéndola realizado ellos. Pero su educación les impide
reconocerlo. Yo no soy así. Las cualidades que yo poseo las respetaría en otro.
Se da la circunstancia de que en mi terreno no hay nadie que me iguale. C'est
dommage! Por tanto, reconozco abiertamente y sin hipocresía que soy un gran
hombre. Poseo las virtudes del orden, el método y la psicología en un grado
extraordinario. Soy, en una palabra, Hércules Poirot. ¿Por qué motivo tengo que
ponerme colorado y tartamudear y farfullar entre dientes que verdaderamente soy
muy tonto? No sería cierto.
—Realmente,
sólo hay un Hércules Poirot —concedí, no sin cierta malicia, que
afortunadamente Poirot no advirtió.
Lady
Chatterton era de las más fervientes admiradoras de Poirot. Partiendo de la
misteriosa conducta de un perro pequinés, había desenmarañado una madeja que le
condujo hasta un famoso ladrón. Lady Chatterton no había dejado de alabarle
desde entonces.
Poirot
en una fiesta constituía un espectáculo digno de verse. Su impecable traje de
etiqueta, la colocación exquisita de su corbata blanca, de su cabello, el
brillo del fijador y el retorcido esplendor de sus famosos bigotes se
conjugaban para lograr la imagen más acabada del inveterado dandy. En esos
momentos era difícil tomarle en serio.
Alrededor
de las once y media, lady Chatterton se acercó vivamente a nosotros, y sacando
a Poirot de un grupo de admiradores, se lo llevó..., ni que decir tiene que
conmigo a remolque.
—Quiero
que vaya usted arriba a mi saloncito —dijo lady Chatterton jadeando cuando se
halló fuera del alcance del oído de los demás invitados—. Ya sabe usted dónde
está, monsieur Poirot. Encontrará usted allí a una persona que necesita mucho
de su ayuda... y sé muy b¡en que usted la ayudará. Es una de mis amigas más
queridas, conque no diga que no.
Mientras
hablaba, lady Chatterton iba mostrándonos el camino, andando a paso rápido. Por
último, abrió una puerta y exclamó:
—Ya
lo tengo, querida Margaret. Y hará todo lo que tú quieras. Va usted a ayudar a
mistress Clayton, ¿verdad, monsieur Poirot?
Y
dando por sentada su aceptación, se retiró con la misma energía que
caracterizaba todos sus movimientos.
Mistress
Clayton estaba sentada en una silla junto a la ventana. Se levantó al llegar
nosotros y se nos acercó. Iba vestida de luto riguroso y el negro hacía
resaltar su cabello rubio y su tez blanca. Era una mujer de un encanto
extraordinario y tenía un aire de candor que la hacía irresistible.
—¡Alice
Chatterton es tan buena! —dijo—. Organizó este encuentro. Dijo que usted me
ayudaría, monsieur Poirot. Claro que no sé si me ayudará usted o no, pero
espero que sí.
Alargó
la mano y Poirot la estrechó, reteniéndola un momento, mientras estudiaba su
cara con atención. La actitud de Poirot no era nada descortés. La miraba más
bien con la expresión bondadosa, pero inquisitiva, con que un famoso médico
miraría a una paciente nueva, al serle presentada.
—¿Está
usted segura, señora —dijo por último—, de que puedo ayudarla ?
—Alice
dice que sí.
—Sí,
pero yo se lo pregunto a usted, señora.
Sus
mejillas se colorearon ligeramente.
—No
sé qué quiere usted decir.
—¿Qué
quiere usted que haga?
—¿Usted...,
usted... sabe quién soy yo? —preguntó.
—Desde
luego.
—Entonces
puede usted suponer lo que quiero que haga, monsieur Poirot... Capitán Hastings
—le agradecí que me reconociera—. El comandante Rich no mató a mi marido.
—¿Por
qué no?
—¿Cómo
dice?
Poirot
sonrió al observar su ligero desconcierto.
—He
dicho: «¿Por qué no?» —repitió.
—Me
parece que no entiendo.
—Sin
embargo, es muy sencillo. La Policía, los abogados, todos preguntan lo mismo:
¿por qué mató el comandante Rich a míster Clayton? Yo pregunto lo contrario:
¿por qué el comandante Rich no mató a míster Clayton?
—¿Quiere
usted decir... que por qué estoy tan segura? Pues porque lo sé. Conozco tan
bien al comandante Rich...
—Conoce
usted tan bien al comandante Rich... —repitió Poirot sin la menor entonación.
Un
vivo rubor encendió las mejillas de mistress Clayton.
—¡Sí,
eso es lo que dicen, lo que creen! ¡Ya lo sé, ya!
—C'est
vrai. Eso es lo que le preguntarán a usted..., el grado de su amistad con el
comandante Rich. Puede que diga usted la verdad o puede que mienta. Algunas
veces la mujer tiene que mentir. Las mujeres tienen que defenderse y la mentira
es una buena arma. Pero hay tres personas, señora, a las que una mujer siempre
debe decir la verdad: a su confesor, a su peluquero y a su detective
particular... si confía en él. ¿Confía usted en mí, señora?
Margaret
Clayton exhaló un profundo suspiro.
—Sí
—dijo—. Confío. Debo confiar —añadió de un modo infantil.
—Bien,
entonces dígame: ¿hasta dónde llega su amistad con el comandante Rich?
Ella
le miró un momento en silencio. Luego alzó la barbilla en ademán de desafío.
—Contestaré
a su pregunta. Me enamoré de Jack en el mismo momento en que le conocí... hace
dos años. Recientemente me pareció..., creo, que él se enamoró de mí también.
Pero nunca me lo ha dicho.
—Epatant!
—dijo Poirot—. Me ha ahorrado usted un cuarto de hora largo con ir derecho al
asunto y sin andar por las ramas. Es usted sensata. ¿Y su marido sospechaba
cuáles eran sus sentimientos?
—No
lo sé —dijo Margaret lentamente—. Me pareció que... últimamente puede que
sospechara. Su actitud había cambiado... Pero puede que eso fueran sólo
imaginaciones mías.
—¿Nadie
más lo sabía?
—Creo
que no.
—Y...
perdone, señora, pero ¿no quería usted a su esposo?
Creo
que muy pocas mujeres hubieran contestado a esa pregunta con la sencillez con
que lo hizo aquella mujer. Hubieran tratado de explicar sus sentimientos.
Margaret
Clayton dijo sencillamente:
—No.
—Bien.
Ahora ya sabemos por dónde andamos. Según usted, señora, el comandante Rich no
mató a su esposo, pero se dará usted cuenta de que todas las pruebas indican
que lo ha hecho. ¿Conoce usted, particularmente, algún fallo en esas pruebas?
—No.
No sé nada.
—¿Cuándo
le comunicó su marido que se marchaba a Escocia?
—Inmediatamente
después de comer. Dijo que era una pesadez, pero que tenía que ir. Dijo que era
algo relacionado con valores de tierras.
—¿Y
después?
—Salió...,
fue al club, creo. No..., no lo volví a ver.
—Y
en cuanto al comandante Rich, ¿cuál fue su actitud aquella noche? ¿La de
costumbre?
—Sí,
creo que sí.
—¿No
está usted segura?
Margaret
frunció el ceño.
—Estaba...
un poco forzado. Conmigo, no con los demás. Pero creí adivinar el motivo de esa
actitud, ¿comprende? Estoy segura de que aquella actitud forzada o...
distracción, puede que la describa mejor, no tenía nada que ver con Edward. Le
sorprendió el saber que Edward se había ido a Escocia, pero no fue una sorpresa
exagerada.
—¿Y
no recuerda usted que haya ocurrido aquella noche nada fuera de lo normal?
Margaret
consideró la cuestión.
—No,
nada en absoluto.
—¿Se...,
se fijó usted en el cofre?
Estremeciéndose
ligeramente, ella negó con la cabeza.
—Ni
siquiera lo recuerdo, ni sé cómo era. Estuvimos jugando al póquer la mayor
parte del tiempo.
—¿Quién
ganó?
—El
comandante Rich. Yo tuve muy mala suerte, lo mismo que el comandante Curtiss.
Los Spence ganaron un poco, pero el comandante Rich fue el que más ganó.
—¿A
qué hora se disolvió la reunión?
—A
eso de las doce y media, creo. Nos marchamos todos juntos.
—¡Ah!
Poirot
permaneció silencioso, sumido en sus pensamientos.
—Me
gustaría poder ser de más ayuda para usted —dijo mistress Clayton—. No parece
que pueda decirle a usted gran cosa...
—Del
presente no; pero ¿y del pasado?
—¿Del
pasado?
—Sí.
¿No ha habido algunos incidentes?
Ella
enrojeció.
—Se
refiere usted a aquel hombrecillo horrible que se pegó un tiro, ¿verdad? No fue
culpa mía, monsieur Poirot. De verdad, no fue culpa mía.
—No
estaba pensando precisamente en ese incidente.
—¿Aquel
duelo ridículo? Es que los italianos se siguen batiendo en duelo... Me alegré
tanto de que aquel hombre no resultara muerto...
—Debe
de haber sido para usted un gran alivio —concedió Poirot con expresión grave.
Ella
le miraba desconcertada. Poirot se puso en pie y cogió entre las suyas una de
sus manos.
—Yo
no me batiré en duelo por usted, señora — dijo—. Pero voy a hacer lo que me ha
pedido. Descubriré la verdad. Y esperemos que su instinto no la engañe y que la
verdad no la haga sufrir, sino que la conforte.
Nuestra
primera visita fue al comandante Curtiss. Era un hombre de unos cuarenta años,
de porte militar, de cabello muy oscuro y rostro bronceado. Hacía algunos años
que conocía a los Clayton, así como al comandante Rich. Curtiss confirmó tan
sólo lo publicado en la Prensa. Clayton y él habían tomado juntos una copa en
el club un poco antes de las siete y media y Clayton había anunciado su
intención de pasar por casa del comandante Rich, de camino para la estación de
Euston.
—¿Cuál
era la actitud de míster Clayton? ¿Estaba deprimido o alegre?
El
comandante se quedó pensando. Era un hombre lento en hablar.
—Parecía
bastante alegre —dijo por último.
—¿No
dijo nada de que estuviera en malas relaciones con el comandante Rich?
—¡Nada
de eso! ¡Si eran muy buenos amigos!
—¿No
ponía reparos a..., a la amistad de su esposa con el comandante Rich?
El
comandante se puso muy encarnado.
—Ha
estado usted leyendo esos malditos periódicos, llenos de insinuaciones y
calumnias. ¡Claro que no ponía reparos! ¡Si incluso me dijo: «Margaret va a la
reunión, por supuesto»!
—Comprendo.
Y ahora bien: ¿fue completamente normal la actitud del comandante Rich aquella
noche?
—No
noté ninguna diferencia.
—¿Y
la señora? ¿También se comportó como de costumbre?
—Pues
—reflexionó—, ahora que pienso en ello, me parece que estaba un poco callada.
Así como pensativa y distante.
—¿Quién
llegó primero?
—El
matrimonio Spence. Estaban ya allí cuando yo llegué. Yo pasé a recoger a
mistress Clayton, pero ya había salido. De modo que llegué allí un poco tarde.
—¿Y
con qué se entretuvieron ustedes? ¿Bailaron? ¿Jugaron a las cartas?
—Un
poco de cada cosa. Primero bailamos.
—¿Eran
ustedes cinco?
—Sí,
pero no importó, porque yo no bailo. Yo ponía los discos y los demás bailaban.
—¿Con
quién bailó más cada uno de ellos?
—El
caso es que a los Spence les gusta bailar juntos. Les encanta hacer pasos de
fantasía y todo eso.
—¿De
modo que mistress Clayton bailó la mayor parte del tiempo con el comandante
Rich?
—Algo
así.
—¿Y
luego jugaron ustedes al póquer?
—Sí.
—¿Ya
qué hora se marcharon ustedes?
—Ah,
bastante temprano. Poco después de las doce.
—¿Se
marcharon todos juntos?
—Sí.
Nos fuimos todos en un taxi, dejamos primero a mistress Clayton, luego me bajé
yo y los Spence siguieron en el taxi hasta Kensington.
A
continuación visitamos a los Spence. Sólo estaba en casa la señora, pero su
relación de los hechos ocurridos aquella noche coincidió exactamente con la del
comandante Curtiss, salvo en que mostró cierta acritud con relación a la suerte
del comandante Rich en el juego.
Aquella
mañana temprano, Poirot había hablado por teléfono con el inspector Japp, de
Scotland Yard. Como consecuencia de aquella conversación, nos dirigimos a la
casa del comandante Rich y encontramos a su criado, Burgoyne, esperándonos.
La
declaración del criado fue muy clara y precisa.
Míster
Clayton había llegado a las ocho menos veinte. Desgraciadamente, el comandante
Rich acababa de salir en aquel instante. Míster Clayton había dicho que no
podía esperar, porque tenía que coger un tren, pero que le escribiría una nota.
Entonces pasó al salón a escribir la nota. Burgoyne no había oído entrar a su
señor, porque estaba llenando la bañera, y el comandante Rich, por supuesto,
había entrado con su llave. Calculaba que habrían pasado diez minutos cuando el
comándame Rich le llamó para mandarle a buscar cigarrillos. No, no había
entrado en el salón. El comandante Rich estaba en la puerta. Cinco minutos más
tarde había vuelto con los cigarrillos y entonces sí había entrado en el salón,
en donde estaba su señor solo, en pie junto a la ventana, fumando. Su señor le
había preguntado si estaba preparado el baño, y al decirle él que sí, se fue a
bañar. Él, Burgoyne, no había mencionado a míster Clayton, porque supuso que su
señor lo había encontrado allí y le había acompañado él mismo a la puerta. La actitud
de su señor había sido la de costumbre. Se había bañado, se había cambiado de
ropa y poco después habían llegado míster y mistress Spence, seguidos del
comandante Curtiss y de mistress Clayton.
No
se le había ocurrido, explicó Burgoyne, que míster Clayton se hubiera marchado
antes de regresar su señor. Al salir, míster Clayton hubiera tenido que golpear
la puerta y el criado estaba seguro de que lo hubiera oído caso de hacerlo.
Continuando
con el mismo estilo impersonal, Burgoyne pasó a relatar el hallazgo del
cadáver. Entonces fijé mi atención por vez primera en el cofre fatal. Era un
mueble bastante grande, apoyado contra la pared, junto a la gramola. Era de
madera oscura y estaba profusamente tachonado de clavos de metal. La tapa se
abrió con facilidad. Miré dentro y me estremecí. Aunque bien fregado, quedaban
algunas manchas siniestras.
De
pronto, Poirot lanzó una exclamación.
—Esos
agujeros... son muy extraños. Se diría que han sido hechos recientemente.
Los
agujeros en cuestión se hallaban en el fondo del cofre, contra la pared. Había
unos tres o cuatro. Tenían pocos milímetros de diámetro y parecía, en efecto,
como si hubieran sido hechos muy recientemente.
Poirot
se inclinó para examinarlos, mirando luego al criado con expresión
interrogante.
—Sí
que es raro, señor. No recuerdo haber visto nunca esos agujeros, aunque puede
ser que no me haya fijado en ellos.
—No
importa —dijo Poirot.
Cerrando
la tapa del cofre, empezó a andar hacia atrás, hasta colocarse de espalda
contra la ventana. De pronto, hizo una pregunta.
—Dígame
—dijo—, cuando le trajo usted los cigarrillos a su señor aquella noche, ¿no
había nada fuera de su sitio en la habitación?
Burgoyne
titubeó un momento, contestando luego de mala gana:
—Es
extraño que diga usted eso, señor. Ahora que lo menciona usted, recuerdo que
aquel biombo que impide que pase al salón la corriente de aire que viene del
dormitorio estaba un poco corrido hacia la izquierda.
—¿Así?
Poirot
se precipitó ágilmente hacia el biombo y lo cambió de posición. Era un biombo
muy bonito de cuero pintado. En su primitiva posición tapaba un poco la vista
del cofre, y tal como Poirot lo colocó lo tapaba por completo.
—Eso
es, señor —dijo el criado—. Así estaba.
—¿Y
a la mañana siguiente?
—Seguía
en el mismo sitio. Recuerdo que lo corrí y fue entonces cuando vi la mancha.
Hemos mandado limpiar la alfombra, señor. Por eso el suelo está desnudo.
Poirot
asintió con un gesto.
—Comprendo
—dijo—. Gracias.
Colocó
un billete en la mano del criado.
—Gracias,
señor.
—Poirot
—dije al llegar a la calle—, ¿aquello del biombo es un punto a favor de Rich?
—Es
un nuevo punto en contra suya —dijo Poirot con tristeza—. El biombo ocultaba el
cofre a la vista de las personas que estaban en la habitación. Ocultaba también
la mancha de la alfombra. Más tarde o más temprano, la sangre tenía que calar
la madera y manchar la alfombra. El biombo impediría que se descubriera de
momento. Sí..., pero hay algo allí que no comprendo. El criado, Hastings, el
criado.
—¿Qué
pasa con el criado? Parece un tipo muy inteligente.
—Exacto,
muy inteligente. ¿Es verosímil, entonces, que el comandante Rich no se diera
cuenta de que el criado tenía que descubrir el cadáver a la mañana siguiente?
Inmediatamente después de cometido el crimen no tuvo tiempo para nada, de
acuerdo. Mete el cadáver en el arca, corre el biombo de modo que la oculte, y
pasa la velada confiando que no ocurra nada. Pero ¿y después de marcharse los
invitados? Entonces tuvo tiempo sobrado para deshacerse del cadáver.
—Puede
que confiara en que el criado no vería la mancha.
—Eso,
mon ami, es absurdo. Una mancha en la alfombra es lo primero que vería un buen
criado. Y el comandante Rich se va a la cama, se pone a roncar confortablemente
y no se ocupa del asunto para nada. Es muy curioso e interesante todo eso.
—Curtiss
podía haber visto la mancha cuando estaba poniendo los discos la noche
anterior, ¿verdad? —apunté.
—Es
improbable. El biombo proyectaba una sombra allí precisamente. No, pero ya
empiezo a ver. Sí, todavía no muy claro, pero empiezo a ver.
—¿A
ver qué? —pregunté con avidez.
—Digamos,
las posibilidades de otra solución. Puede que nuestra próxima visita arroje
alguna luz sobre el caso.
Nuestra
próxima visita fue al médico que había examinado el cadáver. Su declaración fue
un simple resumen de lo que había dicho en la indagación. Al finado le habían
clavado hasta el corazón un cuchillo largo y delgado, semejante a un estilete.
El cuchillo lo dejaron en la herida. La muerte había sido instantánea. El
cuchillo era propiedad del comandante Rich y solía estar en su mesa de
escribir. Al parecer, no había huellas dactilares. O bien habían sido borradas
o habían cogido el cuchillo con un pañuelo. En cuanto a la hora de la muerte,
parecía indicado que había ocurrido entre las siete y las nueve.
—¿No
podía haber sido asesinado, por ejemplo, después de medianoche? —preguntó
Poirot.
—No.
Eso puedo asegurarlo. A las diez como máximo, pero la hora más probable parece
ser entre las siete y media y las ocho.
—Existe
una segunda posibilidad —dijo Poirot cuando llegamos a casa—. No sé si usted la
ve, Hastings. Para mí es muy sencillo y sólo me falta un detalle para
solucionar el asunto de una vez para siempre.
—Nada,
no caigo —dije.
—Haga
un esfuerzo, Hastings. Haga un esfuerzo.
—Muy
bien —dije—. A las siete y cuarenta, Clayton está vivo. La última persona que
le ve vivo es Rich...
—Eso
es una suposición.
—Pero
¿no es cierto?
—Olvida
usted, mon ami, que el comandante Rich lo niega. Afirma categóricamente que
Clayton se había marchado cuando él entró.
—Pero
el criado dice que hubiera oído salir a Clayton, por el golpe de la puerta. Y
además, si Clayton se había marchado, ¿cuándo volvió? No pudo volver después de
las doce, porque el médico afirma rotundamente que murió por lo menos dos horas
antes. Con esto sólo queda una posibilidad.
—Siga,
mon ami —dijo Poirot.
—Que
en los cinco minutos en que Clayton estuvo solo en el salón, entró otra persona
y lo mató. Pero tropezamos con el mismo inconveniente. Sólo una persona que
tuviera llave del piso pudo haber entrado sin que el criado lo supiera y, de
igual modo, el asesino hubiera tenido que cerrar la puerta de golpe y el criado
lo hubiera oído sin duda alguna.
—Exactamente
—dijo Poirot—. Por consiguiente...
—Por
consiguiente..., nada —dije—. No veo otra solución.
—Es
una lástima —murmuró Poirot—. En realidad, está tan claro..., tan claro como
los ojos azules de mistress Clayton.
—¿Cree
usted en serio que...?
—No
creo nada hasta que tenga pruebas. Una pequeña prueba me convencerá.
Cogió
el teléfono y llamó a Japp a Scotland Yard.
Veinte
minutos más tarde nos encontrábamos ante un pequeño montón de objetos diversos,
extendidos en una mesa. Era lo que el muerto llevaba en los bolsillos.
Había
un pañuelo, un puñado de dinero suelto, un portamonedas con tres libras y diez
chelines, un par de cuentas y una vieja foto de Margaret Clayton. Había así
mismo un cortaplumas, un lapicero de oro y una herramienta de madera, muy
pesada.
Poirot
se inclinó sobre esta herramienta. La desatornilló y cayeron varias cuchillas
pequeñas.
—¿Ve
usted, Hastings? Un taladrador y todo el equipo. Con esto sería cuestión de muy
pocos minutos hacer agujeros en el cofre.
—¿Los
agujeros que hemos visto?
—Exacto.
—¿Quiere
usted decir que fue el propio Clayton el que hizo los agujeros?
—Mais
oui, mais oui! ¿Qué le sugieren a usted esos agujeros? No habían sido hechos
para mirar por ellos, porque estaban al fondo del cofre. Entonces, ¿para qué
eran? Para respirar, naturalmente. Pero un cadáver no necesita respirar; por
tanto, no fueron hechos por el asesino. Esos agujeros sólo pueden indicar una
cosa..., que un hombre iba a esconderse en aquel cofre. E inmediatamente,
partiendo de ese supuesto, las cosas resultan inteligibles. Míster Clayton está
celoso de su mujer y de Rich. Emplea la vieja argucia de pretender que se
marcha fuera. Vigila a Rich, le ve salir, entra en la casa, se queda solo para
escribir la nota, hace rápidamente los agujeros y se esconde dentro del cofre.
Su mujer va a ir allí aquella noche. Puede que Rich cancele su invitación a los
demás , puede que ella se quede después de marcharse los otros, o que finja
marcharse, para volver después. Sea lo que fuere, Clayton quiere saber.
Cualquier cosa es preferible al tormento espantoso que está sufriendo con sus
sospechas.
—¿Quiere
usted decir que Rich le mató después de marcharse los demás? Pero ¡si el médico
dijo que era imposible!
—Exacto.
Por tanto, Hastings, Clayton tuvo que ser asesinado durante la velada.
—Pero
¡si estaban todos en la habitación!
—Precisamente
—dijo Poirot con expresión grave—. ¿No ve usted qué maravilla? «Todos en la
habitación.» ¡Qué coartada! ¡Qué sangre fría, qué valor, qué audacia!
—Sigo
sin entender.
—¿Quién
estuvo detrás del biombo, dando cuerda al gramófono y poniendo los discos? No
olvide que el gramófono y el cofre estaban uno junto al otro. Suena el
gramófono, todos están bailando... Y el hombre que no baila levanta la tapa del
cofre y clava en el cuerpo de la persona allí escondida el cuchillo que acababa
de meterse disimuladamente en la manga.
—¡Imposible!
Hubiera gritado el hombre.
—No,
si antes había sido narcotizado.
—¿Narcotizado?
—Sí.
¿Con quién tomó Clayton una copa a las siete y media? ¡Ah! Ya lo comprende.
¡Con Curtiss! Curtiss había llenado la mente de Clayton de sospechas contra su
mujer y Rich. Curtiss propone el plan, la visita a Escocia, el esconderse en el
cofre, el detalle final de correr el biombo... No para que Clayton pueda
levantar un poco la tapa y respirar mejor, sino para que él, Curtiss, pudiera
levantar la tapa sin ser visto. El plan es de Curtiss, y fíjese, Hastings, en
lo ingenioso que era. Si Rich hubiera observado que el biombo estaba fuera de
su sitio y lo hubiera corrido hacia atrás.., bueno, no pasaba nada. Podía idear
otro plan. Clayton se esconde en el arca, el suave narcótico que Curtiss le
había dado empieza a surgir efecto y Clayton se sumerge en la inconsciencia.
Curtiss alza la tapa, clava el cuchillo y el gramófono sigue tocando Al llevar
a casa a mi niña.
Por
fin recobré el uso de la palabra.
—Pero,
¿por qué? ¿Por qué? Poirot se encogió de hombros.
—¿Por
qué se pegó un tiro un hombre? ¿Por qué se batieron en duelo dos italianos?
Curtís es de temperamento apasionado y sombrío. Deseaba a Margaret Clayton.
Quitando de en medio al marido y a Rich, Margaret se volvería hacia él... o al
menos eso creía Curtiss.
Y
añadió, pensativo:
—¡Estas
mujeres de aspecto infantil! ¡Son muy peligrosas! Pero, mon Dieu, ¡qué obra
maestra! Me duele en el alma tener que mandar a la horca a un hombre como ése.
Aunque yo sea un genio, soy capaz de reconocer el genio en los demás. Un crimen
perfecto, mon ami; yo, Hércules Poirot, se lo digo a usted. Un crimen
perfecto... Epatant!
¿CÓMO
CRECE TU JARDÍN?
Hércules
Poirot hizo con sus cartas un ordenado montón, colocándolo ante sí. Cogió la
primera de las cartas, examinó un momento la dirección, despegando luego
cuidadosamente el dorso del sobre con una pequeña plegadera que tenía siempre
en la mesa del desayuno para ese fin, y extrajo el contenido. Dentro había otro
sobre, sellado con lacre morado, y en el que se leían las palabras «privado y
confidencial».
Hércules
Poirot alzó ligeramente las cejas, murmuró Patience! Nous allons arriver!, y de
nuevo puso en juego la pequeña plegadera. Del sobre salió entonces una carta,
escrita con letra temblona y picuda. Algunas palabras estaban subrayadas de un
modo muy notorio.
Hércules
Poirot desdobló la carta y leyó. En la parte superior, de nuevo se leían las
palabras «privado y confidencial». A la derecha iba escrita la dirección,
Rosebank, Charman's Green, Bucks, y la fecha, veintiuno de marzo.
«Monsieur
Poirot:
Me
ha recomendado a usted una antigua y buena amiga mía, que sabe lo preocupada y
disgustada que he estado en estos últimos tiempos. Claro que mi amiga no conoce
los hechos: por tratarse de un asunto estrictamente confidencial, no se los he
confiado a nadie. Mi amiga me ha dicho que es usted la discreción personificada
y que no tema verme envuelta con la Policía, cosa que, si mis sospechas
resultan fundadas, me desagradaría muchísimo. Pero, por supuesto, es posible
que esté equivocada por completo. No me considero ya con la cabeza lo bastante
despierta —padeciendo como padezco de insomnio y habiendo sufrido el pasado
invierno una grave enfermedad— para investigar las cosas por mí misma. No tengo
ni medios ni capacidad para hacerlo. Por otra parte, debo insistir una vez más
en que se trata de un asunto de familia en extremo delicado y que por muchas
razones puede que desee echar tierra sobre el mismo. Teniendo seguridad de los
hechos, podré ocuparme yo misma del asunto y así lo prefiero. Espero que este
punto haya quedado bien claro. Caso de aceptar usted esta investigación, le
agradecería me lo comunicara a la dirección que figura al principio de la
carta.
Atentamente,
Amelia
Barrowby.»
Poirot
leyó la carta dos veces, del principio al fin. De nuevo alzó ligeramente las
cejas. Luego la dejó a un lado y cogió el segundo sobre del montón.
A
las diez en punto entró en la habitación donde miss Lemon, su secretaria
particular, esperaba recibir instrucciones para la jornada. Miss Lemon tenía
cuarenta y ocho años y un aspecto poco atractivo. La impresión general que
producía era la de un montón de huesos colocados de cualquier modo. Su pasión
por el orden casi igualaba la de Poirot, y, aunque muy capaz de pensar por sí
misma, nunca lo hacía a no ser que se lo ordenaran.
Poirot
le entregó el correo de la mañana.
—Tenga
la bondad, señorita, de contestar todas estas cartas diciendo que no con buenas
palabras.
Miss
Lemon echó una ojeada a las distintas cartas, garabateando un jeroglífico en
cada una de ellas. Eran signos que sólo ella podía leer, de un código suyo
particular: «jabón suave», «bofetada», «ronroneo», «seco», etcétera. Hecho
esto, levantó la vista hacia Poirot, solicitando más instrucciones.
Poirot
le tendió la carta de Amelia Barrowby. Ella la sacó de su doble envoltura, la
leyó y miró a Poirot con expresión interrogante.
—¿Bueno,
monsieur Poirot?
Tenía
el lapicero en alto, a punto, sobre el cuaderno de taquigrafía.
—¿Qué
opina usted francamente de esta carta, miss Lemon?
Frunciendo
ligeramente el ceño, miss Lemon dejó el lapicero y leyó de nuevo la carta.
El
contenido de las cartas nunca tenía ningún significado para miss Lemon, salvo
desde el punto de vista de redactar una respuesta adecuada. Muy de tarde en
tarde solicitaba su jefe sus facultades humanas, dejando a un lado su
personalidad profesional. Cuando esto ocurría, miss Lemon sentía cierta
irritación. Ella era una máquina casi perfecta, total y gloriosamente
desinteresada por los problemas humanos. La verdadera pasión de su vida era dar
con un sistema de archivo perfecto, al lado del cual todos los demás sistemas
serían olvidados. Por la noche soñaba con ese archivo. Sin embargo, como Poirot
sabía muy bien, miss Lemon era muy capaz de tratar con inteligencia los asuntos
puramente humanos.
—¿Qué
le parece? —preguntó.
—Una
señora de edad —dijo miss Lemon—. Está muerta de miedo.
Y
añadió, echando una ojeada a los dos sobres:
—Todo
muy misterioso, y no le dice nada en absoluto.
—Sí
—dijo Hércules Poirot—. Ya lo he notado.
Miss
Lemon posó una vez más su mano esperanzada sobre el cuaderno de taquigrafía.
Por fin, Poirot respondió:
—Dígale
que será para mí un honor visitarla en el día y la hora que me indique, a no
ser que prefiera venir a consultarme aquí. No escriba la carta a máquina,
escríbala a mano.
—Muy
bien, monsieur Poirot.
Poirot
mostró el resto del correo.
—Éstas
son facturas.
Las
manos eficientes de miss Lemon establecieron una rápida selección entre ellas.
—Las
pagaré todas menos esas dos.
—¿Por
qué no esas dos? No hay error en ellas.
—Son
unas firmas con las que tiene usted relaciones desde hace muy poco tiempo. No
hace buen efecto pagar demasiado pronto, cuando se acaba de abrir una cuenta...
parece como si estuviera usted trabajando el terreno para conseguir un crédito
más tarde.
—¡Ah!
—murmuró Poirot—. Me inclino ante su superior conocimiento del comerciante
británico.
—Poco
habrá que yo no sepa con respecto a ellos —dijo miss Lemon con expresión torva.
La
carta para miss Amelia Barrowby fue escrita y echada al correo, pero no llegaba
respuesta alguna. Quizá, pensaba Hércules Poirot, la anciana señora había
descubierto el misterio por sí misma. Sin embargo, le sorprendía un poco que,
de ser así, no hubiera escrito unas líneas corteses, diciendo que ya no
necesitaba sus servicios.
Cinco
días más tarde, después de recibir las instrucciones de la mañana, dijo miss
Lemon:
—Esa
miss Barrowby a quien escribimos... no es extraño que no haya contestado. Ha
muerto.
Hércules
Poirot dijo en voz muy baja:
—¡Ah!
¿Muerta?
Sus
palabras, más que una pregunta, parecían una respuesta.
Miss
Lemon abrió su bolso y extrajo de él un recorte de periódico.
—Lo
vi en el Metro y lo arranqué.
Aprobando
mentalmente el hecho de que miss Lemon, a pesar de haber empleado la palabra
arranqué, había cortado la noticia cuidadosamente con unas tijeras, Poirot leyó
el suelto, extraído de la sección de «Nacimientos, Defunciones y Enlaces», del
Morning Post: «El 26 de marzo falleció de repente, en Rosebank, Charman's
Green, Amelia Jane Barrowby, a los setenta y tres años de edad. Se ruega no
envíen flores.»
Poirot
lo leyó y murmuró entre dientes: «De repente.» Luego dijo vivamente:
—Miss
Lemon, ¿tiene usted la bondad de escribir una carta?
Miss
Lemon cogió el lápiz y, meditando en las complejidades del archivo, tomó la
carta en rápida y correcta taquigrafía.
«Distinguida
miss Barrowby:
No
he recibido contestación de usted; pero como estaré por las inmediaciones de
Charman's Green el viernes, la visitaré dicho día para tratar con mayor
amplitud del asunto mencionado por usted en su carta.
Atentamente,
etc.»
—Escriba
en seguida esta carta, por favor, y si la echa inmediatamente llegará a
Charman's Green de seguro esta noche.
A la
mañana siguiente, el segundo correo trajo una carta en un sobre de luto.
«Muy
señor mío:
En
contestación a su carta, he de manifestarle que mi tía, miss Barrowby, falleció
el día 26. En consecuencia, el asunto de que habla ya no tiene importancia.
Atentamente,
Mary
Delafontaine.»
Poirot
sonrió para sí.
—Ya
no tiene importancia... ¡Ah! Eso ya lo veremos. En avant..., vamos a Charman's
Green.
Rosebank
era una casa que parecía hacer honor a su nombre, lo cual no puede decirse de
muchas casas de su estilo y carácter.
Hércules
Poirot se detuvo en el sendero que conducía a la puerta principal y dirigió una
mirada aprobatoria a los bien trazados macizos que se extendían a ambos lados.
Había rosales que prometían una buena cosecha para cuando llegara la estación
y, ya en flor, narcisos, tulipanes tempraneros, jacintos azules... El último
macizo estaba bordeado parcialmente por conchas.
Poirot
murmuró para sí:
—¿Cómo
es esa cancioncita que cantan los niños ingleses?
Di,
María, la obstinada:
¿cómo
crece tu jardín?
Tiene
conchas, campanitas,
de
doncellas un sinfín.
«Puede
que no haya un sinfín —pensó—; pero por lo menos aquí viene una doncella, para
que se cumpla la cancioncita infantil.»
La
puerta principal se había abierto y una pulcra doncellita, con gorro y
delantal, contemplaba indecisa el espectáculo que ofrecía un señor extranjero
de grandes bigotes, hablando solo en voz alta en medio del jardín. Era, según
observó Poirot, una doncellita muy mona, de redondos ojos azules y mejillas
sonrosadas.
Poirot
se quitó el sombrero cortésmente y se dirigió a ella:
—
Perdone, ¿vive aquí miss Amelia Barrowby?
La
doncellita lanzó un sonido entrecortado y sus ojos se redondearon aún más.
—¡Ay,
señor! ¿No lo sabía? Se ha muerto. ¡Tan de repente! El martes por la noche.
Titubeó,
luchando entre dos instintos encontrados: primero, la desconfianza hacia el
extranjero, y segundo, la fruición natural de su clase en explayarse en el tema
de enfermedades y muertes.
—Me
sorprende usted —dijo Hércules Poirot, faltando a la verdad—. Tenía una cita
para hoy con la señora. Sin embargo, quizá pueda ver a la otra señora que vive
en la casa.
La
doncellita pareció titubear un poco.
—¿La
señora? Sí, a lo mejor podría usted verla, pero no sé si querrá recibir a
nadie.
—A
mí me recibirá —dijo Poirot, entregándole una tarjeta.
La
autoridad con que habló surtió el efecto deseado. La doncella de mejillas
rosadas se hizo a un lado y condujo a Poirot hasta un salón, situado a la
derecha del vestíbulo. Luego, con la tarjeta en la mano, se fue a avisar a su
señora.
Hércules
Poirot miró a su alrededor. El salón era completamente convencional: en las
paredes, papel color de harina de avena, con friso en el borde; cretonas de
color indefinido; cojines y cortinas color rosa y profusión de chucherías y
adornos. No había nada en la habitación que se destacara, que indicara la
presencia de una personalidad definida.
De
pronto Poirot, que era muy sensible para estas cosas, sintió que unos ojos le
observaban. Giró sobre sus talones. Una chica estaba en pie en el umbral de la
puerta—ventana, una chica de baja estatura, cetrina, de pelo muy negro y mirada
llena de desconfianza.
Entró
en la habitación y, al tiempo que Poirot se inclinaba ligeramente ante ella,
saltó bruscamente:
—¿Por
qué ha venido?
Poirot
no respondió. Se limitó a alzar las cejas.
—Usted
no es abogado, ¿verdad?
Hablaba
bien el inglés, pero nadie, ni por un momento, la hubiera tomado por inglesa.
—¿Por
qué había de ser yo abogado, mademoiselle?
La
chica se le quedó mirando con expresión sombría.
—Pensé
que a lo mejor lo era. Pensé que a lo mejor había venido a decir que ella no
sabía lo que hacía. He oído hablar de esas cosas; la influencia indebida le
llaman, ¿verdad? Pero no es cierto. Ella quiso que el dinero fuera mío y lo
será. Si es necesario, tendré un abogado propio. El dinero es mío. Ella lo dejó
escrito así, y así será.
Estaba
muy fea, con la barbilla hacia adelante y los ojos lanzando chispas.
La
puerta se abrió y entró una mujer alta.
—Katrina
—dijo.
La
chica retrocedió, enrojeció, y, farfullando algo ininteligible, salió por la
puerta—ventana.
Poirot
se volvió hacia la recién llegada, que de modo tan eficaz había zanjado la
cuestión, pronunciando una sola palabra. En su voz había habido autoridad,
desprecio y una nota de ironía refinada. Poirot se dio cuenta en seguida de que
aquella era la dueña de la casa, Mary Delafontaine.
—¿Monsieur
Poirot? Le he escrito a usted. No habrá recibido mi carta.
—He
estado fuera de Londres.
—Ah,
comprendo; eso lo explica. Permita que me presente. Me llamo Delafontaine. Mi
marido. Miss Barrowby era tía mía.
Míster
Delafontaine había entrado tan silenciosamente que su llegada
había
pasado inadvertida. Era un hombre alto, de cabellos grises y aspecto indeciso.
Se acariciaba la barbilla con movimientos nerviosos. Con frecuencia miraba a su
mujer y era evidente que dejaba que ella llevara la voz cantante en las
conversaciones.
—Siento
mucho molestarles en medio de su aflicción —dijo Hércules Poirot.
—Ya
comprendo que no ha sido culpa suya —dijo mistress Delafontaine—. Mi tía murió
la tarde del martes. Fue de lo más inesperado.
—De
lo más inesperado —dijo míster Delafontaine—. Un gran golpe.
Sus
ojos estaban fijos en la puerta—ventana, por donde había desaparecido la chica
extranjera.
—Les
pido perdón —dijo Hércules Poirot—, y me retiro.
Dio
un paso en dirección a la puerta.
—Un
momento —dijo míster Delafontaine—. ¿Dice usted que tenía..., ejem..., una cita
con tía Amelia?
—Parfaitement.
—Si
nos dijera usted de qué se trataba —dijo su esposa—, quizá pudiéramos ayudarle.
—Se
trataba de un asunto reservado —dijo Poirot—. Soy detective —añadió
sencillamente.
Míster
Delafontaine tiró una figurita de porcelana que tenía en la mano. Su esposa
parecía perpleja.
—¿Un
detective? ¿Y tenía usted una cita con la tía? ¡Qué cosa más extraordinaria!
—se quedó mirando fijamente a Poirot—. ¿No puede usted decirnos nada más,
monsieur Poirot? Todo esto es... fantástico.
Poirot
guardó silencio durante algunos segundos. Cuando habló, lo hizo escogiendo
cuidadosamente las palabras.
—Es
difícil para mí, señora, saber lo que debo hacer.
—Diga
—dijo míster Delafontaine—. No mencionó a los rusos, ¿verdad?
—¿A
los rusos?
—Sí,
ya me entiende..., bolcheviques, rojos, etcétera.
—No
seas absurdo, Henry —dijo su mujer.
Delafontaine
se disculpó muy turbado:
—Perdón...,
perdón... Tenía curiosidad.
Mary
Delafontaine miró abiertamente a Poirot. Sus ojos eran muy azules, del color de
las miosotis.
—Si
puede usted decirnos algo, monsieur Poirot, le agradecería mucho que lo
hiciera. Le aseguro que tengo..., tengo motivos para pedírselo.
Míster
Delafontaine se mostró alarmado.
—Ten
cuidado..., ya sabes que a lo mejor no hay nada cierto en todo ello.
De
nuevo la esposa le detuvo con una mirada.
—¿Qué
dice usted, monsieur Poirot?
Lentamente,
con gravedad, Hércules Poirot movió la cabeza en sentido negativo. Lo hizo con
gran pesar, pero lo hizo.
—Por
el momento, señora —dijo—, lamento no poder decir nada.
Se
inclinó, cogió su sombrero y se dirigió a la puerta. Mary Delafontaine le
acompañó al vestíbulo. En el peldaño, Poirot se detuvo y la miró.
—Parece
que tiene usted gran afición a su jardín, ¿no es así, señora?
—¿Al
jardín? Sí, le dedico mucho tiempo.
—Je
vous fait mes compliments.
Se
inclinó de nuevo y se dirigió a la verja a grandes pasos. Al cruzar la verja y
torcer hacia la derecha, miró hacia atrás y su mente anotó dos impresiones: un
rostro cetrino que le observaba desde una ventana del primer piso y un hombre
erguido, de porte militar, que se paseaba de arriba abajo por el otro lado de
la calle.
Hércules
Poirot se dijo para sus adentros:
«Decididamente,
aquí hay gato encerrado. ¿Qué haremos para cogerlo?»
Después
de considerar la cuestión, se dirigió a la oficina de Correos más próxima.
Desde allí hizo dos llamadas telefónicas, cuyo resultado pareció satisfacerle.
Dirigió sus pasos al cuartelillo de Policía de Charman's Green, donde preguntó
por el inspector Sims.
El
inspector Sims era un hombre cordial, alto y corpulento.
—¿Monsieur
Poirot? —preguntó—. Me lo pareció. Me acaba de llamar el jefe hace un momento
para hablarme de usted. Dijo que se pasaría usted por aquí. Venga a mi
despacho.
Una
vez cerrada la puerta, el inspector señaló una butaca a Poirot, se acomodó en
otra y volvió hacia su visitante una mirada llena de curiosidad.
—¡No
pierde usted el tiempo, monsieur Poirot! Viene usted a vernos acerca del caso
de Rosebank casi antes de que sepamos que existe semejante caso. ¿Qué fue lo
que le metió a usted en esto?
Poirot
sacó la carta que había recibido y se la entregó al inspector. Este último la
leyó con cierto interés.
—Interesante
—dijo—. Lo malo es que puede significar tantas cosas... Es una pena que no haya
sido un poco más explícita. Nos hubiera ayudado ahora.
—O
quizá no hubiera habido necesidad de su ayuda.
—¿Quiere
usted decir...?
—Puede
que hubiera estado viva.
—Va
usted tan lejos como todo eso, ¿eh? ¡Hum! No digo que no tenga usted razón.
—Le
ruego, inspector, que me haga usted una relación de los hechos. No sé nada en
absoluto.
—Muy
fácil. La vieja señora se puso mala el martes por la noche, después de cenar.
Muy alarmante: convulsiones, espasmos y todas esas cosas. Llamaron al médico.
Cuando llegó, estaba muerta. Parecía que había muerto de un ataque. Bueno, al
médico no le gustó mucho el aspecto que presentaban las cosas. Tartamudeó un
poco y doró la píldora lo que pudo, pero dio a entender muy claramente que no
podía extender un certificado de defunción. Y en cuanto respecta a la familia,
esto es todo lo que hay. Están esperando el resultado de la autopsia. Nosotros
hemos llegado un poco más lejos. El médico nos informó confidencialmente en
seguida (él y el cirujano de la Policía hicieron juntos la autopsia) y el
resultado no deja lugar a dudas. La señora murió a consecuencia de una fuerte
dosis de estricnina.
—¡Ah!
—Eso
es. Un asunto muy feo. El caso es saber quién le dio la estricnina. Deben de
habérsela dado muy poco antes de su muerte. Al principio creímos que se la
habían suministrado con la cena, pero, francamente, parece que hay que desechar
esa idea. Comieron sopa de alcachofas, servida de una sopera, pastelón de
pescado y tarta de manzana. Una cena frugal.
—¿Quiénes
eran los comensales?
—Miss
Barrowby y míster y mistress Delafontaine. Miss Barrowby tenía una especie de
enfermera y señorita de compañía, una chica medio rusa, pero no comía con la
familia. Después de retirar la comida de la mesa, la chica comió de lo mismo.
Tienen una muchacha, pero era su noche libre. Dejó en el horno la sopa y el
pastelón de pescado. La tarta de manzana era fría. Los tres comieron lo mismo
y, aparte de eso, no creo que sea posible hacer tragar estricnina a nadie de
ese modo. La estricnina es amarga como la hiel. Me dijo el médico que puede
notarse su sabor en una solución de uno por mil, o algo por el estilo.
—¿Y
con café?
—Con
café es más fácil, pero la señora no tomaba nunca café.
—Ya
comprendo. Sí, parece un punto muy difícil de aclarar. ¿Qué bebió con la
comida?
—Agua.
—Vamos
de mal en peor.
—Sí,
es un verdadero lío.
—¿Tenía
dinero la señora?
—Creo
que estaba muy bien. Claro que todavía no conocemos los detalles concretos.
Tengo entendido que los Delafontaine están bastante mal de dinero. La señora
ayudaba a sostener la casa.
Poirot
sonrió.
—¿De
modo que sospecha usted de los Delafontaine? —preguntó—. ¿De cuál de ellos?
—No
quiero decir precisamente que sospeche de ninguno de los dos en particular.
Pero ahí tiene usted, son sus únicos parientes cercanos y su muerte les
proporciona una bonita cantidad de dinero, estoy seguro. ¡Ya sabe cómo es la
naturaleza humana!
—Algunas
veces, inhumana; sí, muy cierto. ¿Y no tomó ni bebió nada más la anciana?
—Bueno,
a decir verdad...
—¡Ah,
voilá! Me parecía que tenía usted algo dentro de la manga, como dicen ustedes
los ingleses..., la sopa, el pastel de pescado, la tarta de manzana... a
betise! Ahora llegamos al centro de la cuestión.
—No
lo sé. Pero lo cierto es que la anciana tomaba unos sellos antes de las
comidas. Ya me entiende, no eran píldoras, ni tabletas, sino unas de esas
cajitas de papel de arroz con unos polvos dentro. Era una medicina
completamente inofensiva, para la digestión.
—Admirable.
Nada más fácil que llenar uno de los sellos con estricnina y sustituirlo por
uno de los otros. Pasa por la garganta con un poco de agua y no se nota el
sabor.
—Eso
es. Lo malo es que fue la chica la que se lo dio.
—¿La
chica rusa?
—Sí.
Katrina Rieger. Era una especie de criada, enfermera y señorita de compañía de
miss Barrowby. Creo que no la dejaba en paz: tráeme esto, tráeme lo otro,
tráeme lo de más allá; frótame la espalda, sírveme la medicina, vete corriendo
a la farmacia..., ese plan. Ya sabe usted lo que son esas señoras mayores,
tienen buenas intenciones, pero lo que necesitan en realidad es una esclava
negra.
Poirot
sonrió.
—Y
así estamos —continuó el inspector Sims—. No encaja muy bien que digamos. ¿Por
qué iba a envenenarla la chica? Muerta miss Barrowby, se queda sin trabajo, y
no es tan fácil encontrar empleo; no tiene preparación especial, ni nada de
eso.
—Sin
embargo —sugirió Poirot—, si la caja de los sellos no estaba guardada,
cualquiera de la casa pudo tener oportunidad de realizar la sustitución.
—Naturalmente,
estamos en eso, monsieur Poirot. No tengo reparo en confesarle que estamos
haciendo averiguaciones... discretamente, claro. Cuándo fue preparada la
medicina, dónde la guardaban de costumbre... Con paciencia y mucho trabajo
pesado y oscuro conseguiremos lo que buscamos. Luego está también el abogado de
miss Barrowby. Mañana tengo una entrevista con él. Y el director del Banco.
Todavía hay mucho que hacer.
Poirot
se levantó.
—Voy
a pedirle un favor, inspector Sims: que me tenga al corriente de cómo marcha el
asunto. Lo consideraré como un gran favor. Éste es mi teléfono.
—¡No
faltaba más, monsieur Poirot! Cuatro ojos ven más que dos; además, habiendo
recibido la carta, tenía usted que estar en el asunto.
—Me
abruma usted, inspector.
Cortésmente,
Poirot estrechó la mano del inspector y se marchó.
Al
día siguiente por la tarde le llamaron por teléfono.
—¿Es
usted, monsieur Poirot? Le habla el inspector Sims. Parece que aquel asuntillo
que sabemos usted y yo se va animando.
—¿De
verdad? Cuénteme, se lo ruego...
—Bueno,
ahí va el artículo número uno..., y bastante importante, por cierto. Miss B
dejó un pequeño legado a su sobrina y todo lo demás a K. En consideración a su
gran bondad y atenciones para con ella..., así es como se expresa. Eso cambia
el aspecto de las cosas totalmente, a mi juicio.
Ante
la mente de Poirot se presentó una escena: un rostro sombrío y una voz
apasionada que decía:
«El
dinero es mío. Ella lo ha escrito así, y así será.»
El
legado no iba a constituir una sorpresa para Katrina; tenía conocimiento de él
con anticipación.
—Artículo
número dos —continuó la voz del inspector Sims—. Nadie más que K anduvo con el
sello.
—¿Está
usted seguro de eso?
—La
propia chica no lo niega. ¿Qué opina usted de eso?...
—Es
sumamente interesante.
—Sólo
necesitamos una cosa más..., pruebas de cómo llegó a sus manos la estricnina.
No creo que sea difícil.
—Pero
¿hasta ahora no ha tenido éxito?
—Acabo
de empezar, como quien dice. La encuesta tuvo lugar esta mañana.
—¿Qué
ocurrió en ella?
—Se
aplazó por una semana.
—¿Y
la señorita... K?
—Voy
a detenerla por sospechosa. No quiero correr riesgos. Puede que tenga amigos en
el país que traten de sacarla de esto.
—No
—dijo Poirot—. No creo que tenga ningún amigo.
—¿De
verdad? ¿Qué le hace decir a usted eso, monsieur Poirot?
—Es
sólo una idea mía. ¿No hay más «artículos», como usted los llama?
—Nada
que tenga mucha relación con el caso. Parece que miss B había hecho algunas
tonterías últimamente con sus valores..., debe de haber perdido una suma
bastante elevada. Es un asunto un poco raro, pero no veo que tenga mucho que
ver con el problema principal..., por el momento, al menos.
—No,
puede que esté usted en lo cierto. Bueno, muchas gracias. Ha sido usted muy
amable en telefonearme.
—Nada
de eso. Soy un hombre de palabra y comprendí que estaba usted interesado. Quién
sabe, puede que me eche usted una mano antes de terminar este asunto.
—Eso
sería para mí un gran placer. Por ejemplo, podría ayudarle a usted si
consiguiera dar con un amigo de Katrina.
—¿No
había dicho usted que no tenía amigos? —preguntó el inspector Sims,
sorprendido.
—Estaba
equivocado —dijo Hércules Poirot—. Tiene un amigo.
Antes
que el inspector pudiera hacer más preguntas, Poirot colgó.
Con
expresión grave se encaminó a la habitación donde miss Lemon escribía a
máquina. Al acercarse su jefe, miss Lemon levantó las manos del teclado y le
miró interrogante.
—Quiero
que se imagine usted una pequeña historia —dijo Poirot.
Miss
Lemon dejó caer las manos en su regazo, en actitud resignada. Le gustaba
escribir a máquina, pagar cuentas, archivar y anotar los compromisos de su
jefe. Que le pidieran que se imaginase en situaciones hipotéticas le aburría
mucho, pero lo aceptaba como parte desagradable de su trabajo.
—Es
usted una muchacha rusa —empezó Poirot.
—Sí
—dijo miss Lemon con aire sumamente británico.
—Está
usted sola y sin amigos en este país. Tiene usted razones para no desear volver
a Rusia. Está usted empleada como una especie de esclava enfermera y señorita
de compañía de una señora de edad. Es usted humilde y paciente.
—Sí
—dijo miss Lemon, obediente, pero completamente incapaz de imaginarse a sí
misma en actitud humilde ante ninguna señora.
—La
anciana le coge cariño a usted. Decide dejarle su dinero y así se lo comunica.
Poirot
hizo una pausa.
Miss
Lemon dijo «sí» una vez más.
—Y
entonces, la anciana descubre algo. Puede que sea un asunto de dinero; que se
haya dado cuenta de que usted no ha sido honrada con ella. O puede que sea más
grave todavía: una medicina que tenía un gusto raro, una comida que sienta
mal... Bueno, el caso es que empieza a sospechar de usted y escribe a un
detective muy famoso..., en fin, el más famoso de todos los detectives, ¡a mí!
Tengo que ir a visitarla poco después. Y entonces, como dicen ustedes los
ingleses, la grasa está en el fuego, el peligro es inminente. Hay que obrar con
rapidez. Y así, cuando el gran detective llega la anciana está muerta. Y el
dinero va a parar a usted... Dígame ¿le parece razonable?
—Muy
razonable —dijo miss Lemon—. Quiero decir, muy razonable para una rusa. Yo,
personalmente, nunca me emplearía de señorita de compañía. Me gusta que mis
obligaciones estén bien definidas. Y, naturalmente, nunca se me ocurriría
asesinar a nadie.
Poirot
suspiró.
—¡Cómo
echo de menos a mi amigo Hastings! ¡Tenía tanta imaginación y una mentalidad
tan romántica! Bien es verdad que siempre se equivocaba, pero eso en sí mismo
era una guía.
Miss
Lemon permaneció en silencio. Ya había oído hablar otras veces del capitán
Hastings y no le interesaba el tema. Dirigió una mirada melancólica a la hoja
mecanografiada que tenía ante ella.
—¡De
modo que le parece a usted razonable! —murmuró Poirot.
—¿A
usted no?
—Me
temo que sí —suspiró Poirot.
Sonó
el teléfono y miss Lemon salió de la habitación para contestarlo. Cuando
volvió, dijo:
—Otra
vez el inspector Sims.
Poirot
corrió al aparato. Escuchó lo que decía el inspector y exclamó:
—¿Cómo?
¿Qué dice?
Sims
repitió su declaración.
—Hemos
encontrado un paquete de estricnina en la habitación de la chica, escondido
debajo del colchón. Acaba de llegar el sargento con la noticia. Podemos decir
que esto liquida la cuestión.
—Sí
—dijo Poirot—. Creo que el asunto está liquidado.
Su
voz había cambiado; parecía de pronto llena de confianza.
—Había
algo que estaba mal —murmuró para sí—. Lo sentí... no, no lo sentí. Debe de
haber sido algo que vi. En avant, pequeñas células grises. Meditad,
reflexionad. ¿Era todo lógico, estaba todo en orden? La chica, su ansiedad
respecto al dinero; mistress Delafontaine; su marido..., su referencia a los
rusos..., una imbecilidad, pero bueno, él es un imbécil; la habitación, el
jardín... ¡Ah! Sí, el jardín.
Se
enderezó, muy rígido. En sus ojos apareció la luz verde. Se puso en pie de un
salto y se dirigió a la habitación contigua.
—Miss
Lemon, ¿tiene usted la bondad de dejar lo que está haciendo y hacer una
investigación?
—¿Una
investigación, monsieur Poirot? No creo que valga...
Poirot
la interrumpió.
—Dijo
usted un día que conocía muy bien a los comerciantes.
—Desde
luego que sí —dijo miss Lemon con seguridad en sí misma.
—Entonces
el asunto es sencillo. Tiene usted que ir a Charman's Green y encontrar a un
pescadero.
—¿A
un pescadero? —preguntó miss Lemon, sorprendida.
—Exacto.
El pescadero que servía el pescado a Rosebank. Cuando lo encuentre usted, le
preguntará una cosa.
Poirot
le entregó un papel. Miss Lemon lo cogió, leyó lo que había escrito en él sin
mostrar interés, hizo una señal de asentimiento y cubrió la máquina con su
funda.
—Iremos
juntos a Charman's Green —dijo Poirot—. Usted al pescadero, y yo al cuartelillo
de Policía. Tardaremos una media hora desde Baker Street.
Al
llegar a su destino fue recibido por el sorprendido inspector Sims.
—Vaya,
trabaja usted deprisa, monsieur Poirot. No hace más de una hora que le hablé
por teléfono.
—Tengo
que pedirle una cosa: que me deje ver a esa chica, Katrina... ¿Cómo dice que se
llama?
—Katrina
Rieger. Bueno; no creo que haya nada que lo impida. Katrina parecía más cetrina
y sombría que nunca. Poirot le habló muy amablemente.
—Mademoiselle,
quiero que se convenza de que no soy enemigo suyo. Quiero que me diga usted la
verdad y toda la verdad.
Los
ojos de Katrina chispearon, retadores.
— He
dicho la verdad. ¡He dicho la verdad a todo el mundo! ¡Si a la señora la
envenenaron, yo no he sido. Todo esto es una equivocación. Usted quiere
quitarme el dinero.
Hablaba
con voz ronca. Parecía, pensó Poirot, una pobre ratita acorralada.
—Hábleme
del sello, mademoiselle —continuó Poirot—. ¿Nadie salvo usted anduvo con él?
—Ya
lo he dicho, ¿no? Los habían preparado aquella tarde en la farmacia. Los llevé
a casa en mi bolso..., muy poco antes de la cena. Abrí la caja y le di uno a
mistress Barrowby, con un vaso de agua.
—¿Nadie
los tocó salvo usted?
—Nadie.
¿Una
rata acorralada..., pero valiente quizá?
—Y
miss Barrowby cenó únicamente lo que nos han dicho: la sopa, el pastel de
pescado y la tarta, ¿verdad?
—Sí.
Fue
un «sí» desesperado. Sus ojos oscuros no veían luz en ninguna parte.
Poirot
le dio unas palmaditas en el hombro.
—Tenga
valor, mademoiselle. Todavía puede usted ser libre..., sí, y rica..., una vida
cómoda.
Ella
le miró con desconfianza. Al salir, Sims le dijo:
—No
entendí bien lo que me dijo por teléfono..., algo sobre un amigo que tenía la
chica.
—Tiene
uno. ¡Yo! —dijo Hércules Poirot, y antes que el inspector pudiera recobrarse,
había salido del cuartelillo de Policía.
En
el salón de té del Gato Verde, miss Lemon no hizo esperar a su jefe, sino que
fue directamente al asunto.
—El
hombre se llama Rudge y tiene la pescadería en Hing Street. Tenía usted razón:
exactamente docena y media. He tomado nota de lo que dijo.
Y le
entregó la nota.
Poirot
lanzó un sonido profundo, semejante al ronroneo de un gato.
Hércules
Poirot se encaminó a Rosebank. Estaba parado en el jardín, con el sol
poniéndose a su espalda, cuando Mary Delafontaine se le acercó.
—¿Monsieur
Poirot? —su voz denotaba sorpresa—. ¿Ha vuelto usted?
—Sí;
he vuelto —Poirot hizo una pausa y luego dijo—: Cuando vine aquí por primera
vez, señora, me vino a la mente la rima infantil:
Di,
María, la obstinada:
¿cómo
crece tu jardín?
Tiene
conchas, campanitas,
de
doncellas un sinfín.
—Sí;
tiene conchas, conchas de ostras, ¿verdad, madame?
Señaló
con la mano en determinada dirección.
Ella
contuvo la respiración, quedándose luego muy quieta. Sus ojos miraron a Poirot
con expresión interrogante. Él asintió.
—Mais
oui! ¡Lo sé todo! La muchacha dejó la comida preparada. Ella, lo mismo que
Katrina, jurará que no comieron ustedes otra cosa. Sólo usted y su esposo saben
que le trajeron una docena y media de ostras, un regalito pour la bonne tante.
¡Es tan fácil poner estricnina en una ostra! Se traga, comme ça! Pero quedan
las conchas. No deben echarse al cubo. La criada las hubiera visto. Y entonces
pensó usted en bordear con ellas uno de los macizos. Pero no había las
suficientes; el borde no está completo. Hace mal efecto, estropea la simetría
del jardín, encantador, a no ser por ese detalle. Esas pocas conchas de ostras
producen una nota discordante... Me desagradaron cuando vine aquí por vez
primera.
Mary
Delafontaine dijo:
—Supongo
que lo habrá adivinado usted por la carta. Sabía que había escrito, pero no
sabía cuánto había dicho.
Poirot
contestó evasivo:
—Sabía
por lo menos que se trataba de un asunto de familia. Si se hubiera tratado de
Katrina, no habría motivo para echar tierra al asunto. Me figuro que usted o su
esposo negociaron los valores de miss Barrowby en provecho propio y que ella lo
descubrió...
Mary
Delafontaine asintió.
—Hacía
años que lo veníamos haciendo..., un poco de aquí y otro poco de allá. Nunca me
di cuenta de que fuera lo bastante lista para enterarse. Y entonces me enteré
de que había mandado llamar a un detective y de que le dejaba el dinero a
Katrina..., ¡esa miserable!
—Y
entonces puso la estricnina en el cuarto de Katrina. Comprendo. Se salvaba
usted y salvaba a su marido de lo que yo pudiera descubrir y cargaba a una
chiquilla inocente con la culpa de un asesinato. ¿No tiene usted piedad,
señora?
Mary
Delafontaine se encogió de hombros... Sus ojos color miosotis miraban a Poirot.
Él recordó su primera visita, la perfecta actuación de Mary Delafontaine y las
torpes intervenciones de su marido. Una mujer superior..., pero inhumana.
—¿Piedad?
¿Por esa miserable intrigante? —dijo ella, dando rienda suelta a su odio.
Hércules
Poirot dijo lentamente:
—Creo,
señora que sólo ha tenido usted dos afectos en su vida. Uno es su marido.
Los
labios de Mary Delafontaine temblaron.
—Y
el otro..., su jardín.
Poirot
miró en torno suyo. Su mirada parecía pedir perdón a las flores por lo que
había hecho y por lo que iba a hacer.
IRIS
AMARILLO
Hércules
Poirot extendió los pies hacia el radiador eléctrico empotrado en la pared. La
correcta disposición de sus barras al rojo vivo complacía a su mente ordenada.
«Los
fuegos de carbón —murmuró para sí— eran irregulares y desordenados. No había en
ellos la menor simetría.»
Sonó
el timbre del teléfono. Poirot se levantó, echando al hacerlo una ojeada al
reloj. Eran casi las once y media. Se preguntó quién podría llamarle a aquellas
horas. Podía ser una equivocación, desde luego.
«Y
también —murmuró para sí, sonriendo de modo extraño— podría tratarse de un
millonario, propietario de un periódico, que ha sido encontrado muerto en la
biblioteca de su casa de campo, agarrando con la mano izquierda una orquídea
morada y con una página de un libro de cocina prendida en el pecho.»
Sonriendo
ante la agradable idea, descolgó el auricular.
Por
el hilo llegó una voz de mujer, áspera y contenida, que hablaba con urgencia
desesperada.
—¿Es
usted monsieur Poirot? ¿Es usted monsieur Hércules Poirot?
—Hércules
Poirot al habla.
—Monsieur
Poirot, ¿puede usted venir en seguida, en seguida? Estoy en peligro, en un gran
peligro..., lo sé...
Poirot
dijo vivamente:
—¿Quién
es usted? ¿Desde dónde habla?
La
voz se oyó aún más débil, pero con mayor urgencia.
—En
seguida..., es cuestión de vida o muerte... El Jardín des Cygnes..., en
seguida..., la mesa de los iris amarillos.
Luego
una pausa, una especie de sonido entrecortado, y la línea se cortó. Hércules
Poirot colgó. Estaba desconcertado.
—Aquí
hay algo muy extraño —murmuró entre dientes.
En
el umbral del Jardín des Cygnes, el obeso Luigi se le acercó apresuradamente.
—Buona
sera, monsieur Poirot. ¿Quiere usted una mesa? ¿Sí?
—No,
no, amigo Luigi. Estoy buscando a unos amigos. Echaré un vistazo. Puede que no
hayan llegado todavía. Ah, espere, aquella mesa del rincón, la de los iris
amarillos... Entre paréntesis, una pregunta, si no es indiscreción. En todas
las demás mesas hay tulipanes, tulipanes rosas; ¿por qué tiene usted iris
amarillos en aquella mesa?
—¡Una
orden, monsieur!¡Una orden especial! Sin duda alguna, serán las flores
favoritas de alguna de las señoras. Aquella mesa es la de míster Barton
Russell, un norteamericano inmensamente rico.
——¡Aja!
Hay que tener en cuenta los caprichos de las damas, ¿no es así, Luigi?
—Monsieur
lo ha dicho —dijo Luigi.
—Veo
en aquella mesa un conocido mío. Tengo que ir a saludarle.
Poirot
bordeó con cuidado la pista, en la que giraban las parejas. La mesa en cuestión
estaba dispuesta para seis, pero en aquel momento la ocupaba una sola persona,
un joven pensativo, y al parecer deprimido, que estaba bebiendo champaña.
Poirot
nunca hubiera pensado en encontrar allí a esa persona. Parecía imposible
asociar la idea de peligro y melodrama con ninguna reunión en la que Tony
Chapell se hallara presente.
Poirot
se detuvo discretamente junto a la mesa.
—¡Vaya!
¿No es mi amigo Anthony Chapell?
—Pero
¡qué sorpresa más estupenda! ¡Poirot, el sabueso! —exclamó el joven—. ¡Anthony
no, querido Poirot; Tony para los amigos! Le acercó una silla.
—Venga,
siéntese conmigo. Disertemos sobre el crimen. Vayamos aún más lejos, y bebamos
en honor del crimen —llenó de champaña una copa vacía—. Pero ¿qué hace usted en
este nido de cante, baile y esparcimiento, mi querido Poirot? No tenemos
cadáveres aquí; decididamente, no podemos ofrecerle ni un solo cadáver.
Poirot
bebía el champaña a pequeños sorbos.
—Parece
usted muy alegre, mon cher.
—¿Alegre?
Estoy hundido en la desgracia, sumido en la melancolía. Dígame, ¿reconoce esa
canción que están tocando?
Poirot
aventuró con cautela:
—¿Algo
relacionado con que su chica le ha dejado?
—No
está mal —dijo el joven — . Pero se ha equivocado por esta vez. «No hay nada
como el amor para hacerle a uno desgraciado.» Así se llama.
—¡Ah!
—Mi
canción preferida —dijo Tony Chapell en tono lastimero—. Y mi restaurante
preferido, y mi orquesta preferida... Y mi chica preferida está aquí bailando
con otro.
—¿Y
de ahí proviene la melancolía? —preguntó Hércules Poirot.
—Exacto.
Pauline y yo hemos tenido lo que el vulgo llama «unas palabras». Es decir, de
cada cien palabras, ella ha dicho noventa y cinco y yo cinco. Las cinco mías
eran: «Pero, ¡querida, yo te explicaré!» Luego empezaba ella con sus noventa y
cinco y no adelantamos nada. Creo —añadió Tony tristemente— que me voy a
envenenar.
—¿Pauline?
—preguntó Poirot.
—Pauline
Weatherby, la cuñada de Barton Russell. Es joven, encantadora y repugnantemente
rica. Esta noche nos ha invitado a cenar Barton Russell. ¿Le conoce usted? Un
gran hombre de negocios, un norteamericano muy pulido, muy activo y con mucha
personalidad. Su mujer era hermana de Pauline.
—¿Y
quiénes más están invitados?
—Los
conocerá usted dentro de un momento, cuando pare la música. Está Lola
Valdez..., ya sabe, la bailarina sudamericana del nuevo espectáculo del
Metropole, y Stephen Carter. ¿Conoce a Carter? Pertenece al grupo diplomático.
Muy misterioso. Le llaman Stephen el Silencioso. Uno de esos hombres que dicen:
«No estoy autorizado a declarar, etcétera.» Vaya, aquí vienen.
Poirot
se puso en pie. Le presentaron a Barton Russell, a Stephen Carter, a Lola
Valdez, una mujer morena y melosa, y a Pauline Weatherby, muy joven, muy rubia
y con ojos muy azules.
Barton
Russell dijo:
—Vaya;
pero ¿es usted el gran Hércules Poirot? Me siento verdaderamente satisfecho de
conocerle, señor. ¿ No se quiere sentar con nosotros ? Es decir, a menos que...
Tony
Chapell interrumpió:
—
Creo que tiene una cita con un cadáver, ¿o se trata del financiero fugitivo o
del gran rubí del raja de Borrioboolagah?
—Pero,
amigo mío, ¿cree usted que siempre estoy de servicio? ¿No puedo tratar de
divertirme por una vez en mi vida?
—Quizá
tenga usted una cita con Carter. Últimas noticias de las Naciones Unidas. La
situación internacional es muy crítica. ¡Hay que encontrar los planos robados,
o mañana será declarada la guerra!
Pauline
Weatherby dijo cortante:
—¿Es
necesario que hagas el idiota de ese modo, Tony?
—Lo
siento, Pauline.
Tony
Chapell, cabizbajo, se hundió de nuevo en el silencio.
—Qué
severa es usted, mademoiselle.
—Me
revienta la gente que se pasa la vida haciendo el tonto.
—Tengo
que tener cuidado, ya lo veo. Debo conversar únicamente sobre asuntos serios.
—¡Oh,
no, monsieur Poirot! No me refería a usted.
Volvió
hacia él su rostro sonriente y preguntó:
—¿Es
usted en realidad una especie de Sherlock Holmes que hace deducciones
maravillosas?
—¡Ah,
las deducciones! No es tan fácil hacerlas en la vida real. Pero lo intentaré.
Vamos a ver, deduzco... que los iris amarillos son sus flores favoritas.
—Se
ha equivocado, monsieur Poirot. Mis flores favoritas son los lirios del valle y
las rosas.
Poirot
suspiró.
—Fracasé.
Lo intentaré otra vez. Esta noche, no hace mucho tiempo, telefoneó usted a
alguien.
Pauline
aplaudió, riéndose.
—Cierto.
—No
fue mucho después de haber llegado aquí, ¿verdad, mademoiselle?
—Cierto
también. Telefoneé nada más llegar al restaurante.
—¡Ah,
eso ya no está tan bien! ¿Telefoneó usted antes de venir a la mesa?
—Sí.
—Muy
mal, decididamente.
—No,
no; ha sido muy hábil por su parte. ¿Cómo supo usted que había telefoneado?
—Eso,
mademoiselle, es el gran secreto del detective. Y el nombre de la persona a
quien telefoneó, ¿empieza con P... o quizá con H?
Pauline
se rió.
—Completamente
falso. Telefoneé a mi doncella para que echara al correo unas cartas
particularmente importantes que me había olvidado de echar yo. Se llama Louise.
—Estoy
abochornado, completamente abochornado.
La
música empezó a sonar de nuevo.
—¿Vamos,
Pauline? —preguntó Tony.
—No
quiero volver a bailar tan pronto, Tony.
—¿No
es una lástima? —dijo Tony amargamente, sin dirigirse a nadie en particular.
Poirot
murmuró a la joven sudamericana sentada a su otro lado:
—Señora,
no me atrevo a pedirle que baile conmigo. Soy una antigualla.
Lola
Valdez dijo, con notorio acento extranjero:
—¡No
diga usted tonterías! Es usted joven todavía. No tiene usted canas.
Poirot
hizo una mueca de escepticismo.
—Pauline,
como cuñado tuyo y tu tutor —dijo Barton Russell lentamente—, te voy a obligar
a salir a la pista. Están tocando un vals, y el vals es lo único que sé bailar.
—Claro,
Barton; vamos en seguida.
—Así
me gusta, Pauline; eres una chica estupenda.
Se
marcharon juntos. Tony echó hacia atrás su silla y miró a Stephen Carter.
—¡Cómo
te gusta hablar, amiguito! —observó—. Eres un buen elemento para animar una
fiesta con tu alegre charloteo, ¿eh?
—La
verdad, Chapell, no sé qué quieres decir.
—Ah,
¿conque no lo sabes? —Tony se puso a remedarlo.
—Bueno,
amigo...
—Bebe,
hombre, bebe, ya que no hablas.
—No;
gracias.
—Entonces
beberé yo.
Stephen
Carter se encogió de hombros.
—Perdonen,
voy a hablar con un conocido que veo allí. Uno que estaba conmigo en Eton.
Stephen
Carter se levantó, dirigiéndose a una mesa un poco más lejos. Tony dijo,
sombrío:
—Debían
ahogar al nacer a todos los exetonianos.
Hércules
Poirot seguía galanteando a la belleza morena que tenía a su lado.
—¿Puedo
preguntar —murmuró— cuáles son las flores preferidas de mademoiselle?
Lola,
traviesa, preguntó con su inconfundible acento extranjero:
—Vaya,
¿para qué quiere saberlo?
—Mademoiselle,
cuando envío flores a una dama tengo mucho interés en que le gusten.
—Es
usted encantador, monsieur Poirot. Se lo diré: me encantan los claveles
grandes, color rojo oscuro, o las rosas del mismo color.
—¡Soberbio,
sí, soberbio! ¿De modo que no le gustan los iris amarillos?
—¿Flores
amarillas?... No; no están de acuerdo con mi temperamento.
—Muy
inteligente... Dígame, mademoiselle, ¿telefoneó usted a algún amigo esta noche
después de llegar aquí?
—¿Yo?
¿Que si telefoneé a un amigo? No. ¡Qué pregunta más curiosa!
—¡Ah,
es que yo soy un hombre muy curioso!
—Estoy
segura de que lo es —giró hacia él sus ojos oscuros — . Y muy peligroso.
—No,
no; peligroso, no. Digamos mejor un hombre que puede ser útil... en el peligro.
¿Entiende?
—No,
no —dijo sin dejar de reír—. Es usted peligroso.
Hércules
Poirot suspiró.
—Ya
veo que no comprende usted. Todo esto es muy extraño.
Tony
salió de su abstracción, y dijo de pronto:
—Lola,
¿qué te parece un poco de balanceo? Vamos.
—Sí,
vamos. Ya que a monsieur Poirot le falta valor.
Tony
pasó un brazo alrededor de Lola y, alejándose, dijo a Poirot por encima del
hombro:
—Puede
usted meditar en un crimen que todavía no ha sido cometido.
Poirot
dijo:
—Muy
profundo lo que acaba de decir. Sí, muy profundo...
Permaneció
pensativo un minuto o dos; luego hizo una seña con la mano. Luigi se acercó
presuroso, su ancho rostro italiano todo sonrisas.
—Mon
vieux —dijo Poirot—. Necesito cierta información.
—Siempre
a su disposición, monsieur.
—Deseo
saber cuántas personas, de las que ocupan esta mesa, utilizaron el teléfono
esta noche.
—Se
lo voy a decir, monsieur. La señorita, la de blanco, telefoneó en seguida que
llegó. Luego fue a dejar su abrigo, y mientras tanto la otra señora salió del
guardarropa y fue a la cabina del teléfono.
—¿De
modo que la señora telefoneó? ¿Antes de entrar en el restaurante?
—Sí,
monsieur.
—¿Alguien
más telefoneó?
—No,
monsieur.
—Todo
esto, Luigi, me da muchísimo que pensar.
—¿De
verdad, monsieur?
—Sí.
Creo, Luigi, que esta noche precisamente tengo que estar muy alerta. Algo va a
ocurrir, Luigi, y no sé bien lo que es.
—Si
puedo hacer algo, monsieur...
Poirot
hizo una seña y Luigi se marchó discretamente. Stephen Carter regresaba a la
mesa.
—Seguimos
abandonados, míster Carter —dijo Poirot.
—¡Ah...,
sí, bien! —dijo el otro.
—¿Conoce
usted mucho a míster Barton Russell?
—Sí;
lo conozco mucho.
—Su
cuñada, la pequeña miss Weatherby, es encantadora.
—Sí;
muy bonita.
—¿También
la conoce bien?
—Muy
bien.
—Bien,
bien —dijo Poirot.
Carter
se le quedó mirando.
La
orquesta dejó de tocar y los demás volvieron a la mesa.
Barton
Russell pidió al camarero:
—Otra
botella de champaña, pronto.
Luego
alzó su copa.
—Escuchen
todos. Voy a pedirles que brinden conmigo. A decir verdad, tenía un motivo para
reunirles a ustedes esta noche. Como saben, pedí mesa para seis. Sólo éramos
cinco. Quedaba un sitio vacío. Entonces, por una coincidencia muy extraña,
monsieur Hércules Poirot acertó a pasar por aquí y le pedí que se sentara con
nosotros. No saben ustedes todavía lo afortunada que ha sido esta coincidencia.
Este asiento vacío representa esta noche a una señora, la señora en cuya
memoria se celebra esta reunión. Esta reunión, señoras y caballeros, se celebra
en memoria de mi querida esposa, Iris, muerta tal día como hoy, hace
exactamente cuatro años.
Alrededor
de la mesa hubo un movimiento de sorpresa. Barton Russell, con el rostro
impasible, alzó su copa.
—Les
ruego que beban en memoria de ella. ¡Por Iris!
—¿Iris?
—dijo Poirot vivamente.
Miró
a las flores. Barton Russell sorprendió su mirada y asintió con un movimiento
de cabeza.
Se
oyeron varios murmullos.
—¡Por
Iris! ¡Por Iris!
Todos
parecían sorprendidos y molestos.
Barton
Russell continuó hablando con su entonación americana, lenta y monótona, en la
que cada palabra adquiría gran importancia.
—Puede
que les parezca extraño a todos ustedes que celebre el aniversario de una
muerte de este modo, cenando en un restaurante elegante. Pero tengo una razón
para hacerlo... Sí; tengo una razón. En atención a monsieur Poirot, me
explicaré.
Se
volvió hacia Poirot.
—Hace
cuatro años, monsieur Poirot, celebramos una cena en Nueva York. Nos habíamos
reunido mi mujer, yo, Stephen Carter, que era agregado de la Embajada inglesa
en Washington; Anthony Chapell, que llevaba en casa, con nosotros, varias
semanas, y la señora Valdez, que por entonces entusiasmaba a Nueva York con su
baile. La pequeña Pauline —le dio unas palmaditas en el hombro— sólo tenía
dieciséis años, pero se le permitió asistir a la cena como un favor especial.
¿Te acuerdas, Pauline?
—Me
acuerdo, sí.
Su
voz tembló un poco.
—Monsieur
Poirot, aquella noche ocurrió una tragedia. Sonaron unos tambores y empezó el
espectáculo. Se apagaron las luces..., todas menos un foco en el centro de la
pista. Cuando se encendieron de nuevo las luces, vimos que mi esposa se había
caído hacia adelante, sobre la mesa. Estaba muerta. Los posos de su copa de
vino contenían cianuro potásico y en su bolso apareció el resto.
—¿Se
había suicidado? —dijo Poirot.
—Ese
fue el veredicto aceptado...Fue para mí un golpe terrible, monsieur Poirot.
Había, quizá, un posible motivo para tal acción..., la Policía lo creyó así. Yo
acepté su decisión.
De
pronto, dio un puñetazo en la mesa.
—Pero
no me quedé satisfecho... No; durante cuatro años he estado pensando, dándole
vueltas al asunto, y no estoy satisfecho. No creo que Iris se haya suicidado.
Creo, monsieur Poirot, que fue asesinada... por una de las personas que se
sentaban en la mesa.
—Un
momento, señor...
—Calle,
Tony —dijo Russell—. No he terminado. Uno de ellos la mató... ahora estoy
seguro. Alguien que, al amparo de la oscuridad, deslizó en su bolso el paquete
de cianuro. Creo saber quién fue. Me propongo descubrir la verdad...
La
voz de Lola se alzó, aguda:
—¡Está
usted loco..., loco! ¿Quién iba a querer hacerle daño? No; desde luego, está
usted loco. Y yo me voy...
Se
calló de pronto. En la sala se oyó un redoblar de tambores. Barton Russell
dijo:
—El
espectáculo. Después continuaremos con esto. Quédense todos ustedes donde
están. Tengo que ir a hablar con los músicos. Tengo con ellos un pequeño trato.
Se
levantó, alejándose.
—Extraordinario
—comentó Carter—. Está loco.
—Está
loco, sí —dijo Lola.
La
iluminación fue amortiguada.
—Estoy
tentado de marcharme —dijo Tony.
—¡No!
—dijo Pauline con voz aguda. Luego murmuró—: ¡Dios mío! ¡Dios mío!
—¿Qué
ocurre, mademoiselle? —preguntó Poirot.
Ella
respondió con voz que apenas era un susurro:
—¡Es
horrible! ¡Es igual que aquella noche...!
—¡Ssss!
¡Ssss! —dijeron varias personas.
Poirot
bajó la voz.
—Una
palabrita al oído.
Susurró
algo, dándole unas palmaditas en el hombro.
—Todo
irá bien —le aseguró.
—¡Dios
mío! ¡Escuchen! —exclamó Lola.
—
¿Qué ocurre, señora?
—Es
la misma melodía, la misma canción que tocaron aquella noche en Nueva York.
Barton debe de haberlo organizado. No me gusta esto.
—Valor...,
valor...
Los
siseos se repitieron.
Una
muchacha salió al centro de la pista, una muchacha negra como el carbón. En su
rostro oscuro resaltaban el blanco de sus ojos y los relucientes dientes. Se
puso a cantar con voz profunda y áspera, una voz que resultaba extremadamente
conmovedora:
Me
olvidé de ti,
ya
no pienso en ti,
en
cómo andabas,
en
cómo hablabas,
en
lo que decías.
Me
olvidé de ti,
ya
no pienso en ti.
No
sé de seguro
si
tus ojos son claros u oscuros.
Me
olvidé de ti,
ya
no pienso en ti.
Todo
ha terminado,
ya
no pienso en ti.
En
ti..., en ti..., en ti...
La
melancolía de la canción, la profunda voz de la joven negra, produjo en los
oyentes una intensa impresión. Los hipnotizó, los embrujó. Incluso los
camareros sintieron el hechizo. Todos tenían la vista fija en ella,
hipnotizados por la emoción que su voz llena producía.
Un
camarero pasó sin hacer ruido junto a la mesa, llenando las copas y diciendo
«¿champaña?» en voz baja, pero todos concentraban su atención en el
deslumbrante foco de luz, en la mujer negra cuyos antepasados procedían de
África, que cantaba con su voz profunda:
Me
olvidé de ti,
ya
no pienso en ti.
¡Ay,
qué mentira!
Pensaré
en ti, en ti,
en
ti, toda la vida.
Sonaron
frenéticos aplausos. Las luces se encendieron. Barton Russell volvió a la mesa
y se deslizó en su asiento.
—Es
imponente esa chica —exclamó Tony.
Pero
un grito de Lola le interrumpió.
—Miren...
Miren...
Todos
miraron y vieron a Pauline Weatherby caída hacia adelante sobre la mesa.
Lola
exclamó:
—Está
muerta... Igual que Iris, igual que Iris en Nueva York.
Poirot
se puso en pie de un salto, haciendo señas a los demás de que se apartaran. Se
inclinó sobre el cuerpo encogido, cogió una de las manos, fláccida, y buscó el
pulso.
Su
rostro, muy pálido, tenía una expresión severa. Los demás le observaban
paralizados.
Lentamente,
Poirot movió la cabeza.
—Sí;
está muerta, la pauvre petite. ¡Y yo sentado aquí a su lado! ¡Ah, pero esta vez
el asesino no se escapará!
Barton
Russell, con el rostro demudado, murmuró:
—Igual
que Iris... Había visto algo... Pauline había visto algo aquella noche... Pero
no estaba segura, me dijo que no estaba segura... Tenemos que llamar a la
Policía... ¡Dios mío, la pequeña Pauline!...
Poirot
dijo:
—¿Dónde
está su copa? —se la acercó a la nariz—. Sí; noto el olor del cianuro, un olor
a almendras amargas...; el mismo método, el mismo veneno...
Cogió
el bolso de Pauline.
—Vamos
a mirar en su bolso.
Barton
Russell gritó:
—¿No
creerá que se ha suicidado también? Sería absurdo.
—Espere
—ordenó Poirot—. No, aquí no hay nada. Las luces se encendieron demasiado
repentinamente y el asesino no tuvo tiempo. Por consiguiente, tiene todavía el
veneno encima.
—El
asesino o la asesina —dijo Carter.
Estaba
mirando a Lola Valdez. Ella saltó:
—¿Qué
quiere decir? ¿Qué está usted diciendo? ¿Que yo la maté? ¡No es cierto, no es
cierto! ¿Por qué iba yo a hacer semejante cosa?
—En
Nueva York se encaprichó usted de Barton Russell. Lo he oído comentar. Las
bellezas argentinas tienen fama de celosas.
—Eso
es una sarta de mentiras. Y no soy argentina, sino peruana. Le escupiría, le...
—y continuó en español.
—Les
ruego guarden silencio —exclamó Poirot—. Soy yo el que tiene que hablar.
Barton
Russell dijo en tono grandilocuente:
—Hay
que registrar a todo el mundo.
Poirot
dijo con calma:
—Non,
non; no es necesario.
—¿Qué
quiere usted decir con eso de que no es necesario?
—Yo,
Hércules Poirot, lo sé todo. Veo con los ojos de la inteligencia. ¡Y voy a
hablar! Señor Carter, ¿tiene la bondad de mostrarnos el paquete que tiene en el
bolsillo superior de la chaqueta?
—No
tengo nada en el bolsillo. ¿Qué diablos...?
—Tony,
amigo mío, si hace usted el favor...
Carter
gritó:
—¡Maldito...!
Tony
obró tan rápidamente, que antes que Carter pudiera defenderse le había sacado
el paquete del bolsillo.
—¡Ahí
tiene, monsieur Poirot; tal como usted dijo!
—¡Todo
esto es una maldita calumnia! —gritó Carter desesperado.
Poirot
cogió el paquete y leyó la etiqueta.
—Cianuro
potásico. El caso está liquidado.
Barton
Russell habló con voz ronca:
—¡Carter!
Siempre lo sospeché. Iris estaba enamorada de usted. Usted no quería que un
escándalo perjudicara su preciosa carrera y la envenenó. Le ahorcarán por eso,
¡perro cochino!
—¡Silencio!
—la voz de Poirot se elevó firme y autoritaria—. Todavía no ha terminado esto.
Yo, Hércules Poirot, tengo algo que decir. Mi amigo Tony Chapell, aquí
presente, me dijo cuando llegué a este lugar que había venido buscando un
crimen. Eso, en parte, era cierto. Estaba pensando en un crimen..., pero había
venido a evitarlo. Y lo he evitado. El asesino lo tenía todo muy bien planeado,
pero Hércules Poirot le tomó la delantera. Tuvo que pensar muy deprisa y
murmurar algo rápidamente al oído de mademoiselle cuando las luces se apagaron.
Es muy lista e inteligente mademoiselle Pauline; interpretó muy bien su papel.
Mademoiselle, ¿quiere tener la bondad de demostrarnos que no está muerta, al
fin y al cabo?
Pauline
se enderezó.
—La
resurrección de Pauline —dijo con risa un poco insegura.
—¡Pauline,
mi vida!
—¡Tony!
—¡Cielo!
Barton
Russell balbució:
—No...,
no comprendo.
—Yo
le ayudaré a comprender, míster Barton Russell. Su plan ha fracasado.
—¿Mi
plan?
—Sí;
su plan. De todos los presentes, ¿quién era el único que tenía una coartada
mientras las luces permanecieron apagadas? El hombre que se alejó de la mesa...
usted, míster Barton Russell. Pero volvió usted a la mesa, al amparo de la
oscuridad, y dio una vuelta alrededor de ella, con una botella de champaña,
llenando las copas, echando el cianuro en la copa de Pauline y dejando caer el
paquete con el resto del veneno en el bolsillo de Carter al inclinarse hacia él
para retirar una copa. Sí, sí; es muy fácil interpretar el papel de camarero en
la oscuridad, cuando todo el mundo fija su atención en otra parte. Ése fue el
verdadero motivo de esta cena. El lugar más seguro para cometer un asesinato es
en medio de una multitud.
—¿Qué...?
¿Por qué diablos iba yo a querer matar a Pauline?
—Puede
que sea cuestión de dinero. Su esposa le nombró a usted tutor de su hermana.
Mencionó usted el hecho esta noche. Pauline tiene veinte años. A los veintiuno,
o en caso de contraer matrimonio, tendría usted que rendir cuentas de su
administración. Creo que no le sería a usted posible hacerlo. Ha especulado
usted con el dinero. Yo no sé, míster Barton Russell, si mató usted a su mujer
del mismo modo o si su suicidio le dio la idea de este crimen; pero sí sé que
es usted culpable de intento de asesinato. A mademoiselle Pauline le toca
decidir si ha de ser procesado o no por ello.
—No
—dijo Pauline—. Que se marche a donde yo no lo vea y que salga del país. No
quiero escándalo.
Barton
Russell se levantó, con el rostro agitado.
—Que
el diablo le lleve, entremetido mequetrefe...
Se
marchó, furioso, dando grandes zancadas. Pauline suspiró.
—Monsieur
Poirot, ha estado usted maravilloso...
—Usted,
mademoiselle, usted sí que ha estado maravillosa. Tirar el champaña, hacerse
tan bien la muerta...
—¡Huy!
—se estremeció Pauline—. Me pone piel de gallina.
Poirot
dijo suavemente.
—Fue
usted quien me telefoneó, ¿verdad?
—Sí.
—¿Por
qué?
—No
sé. Estaba preocupada y... asustada, sin saber exactamente por qué. Barton me
dijo que iba a dar esta cena para conmemorar la muerte de Iris. Comprendí que
tenía algún plan, pero no me dijo en qué consistía. Estaba tan... tan raro y
tan nervioso, que me pareció que podía ocurrir algo horrible, sólo que nunca
hubiera sospechado que quisiera... deshacerse de mí.
—Continúe,
mademoiselle.
—Yo
había oído hablar de usted. Pensé que si pudiera traerle aquí quizá evitara que
ocurriera lo que temía. Me pareció que siendo... extranjero, si le llamaba por
teléfono, fingiendo estar en peligro, y... le daba un aire de misterio...
—¿Creyó
usted que el melodrama me atraería? Eso fue lo que me desconcertó. El mensaje
en sí era decididamente lo que ustedes llaman «camelo», sonaba a falso. Pero el
miedo de la voz..., ése sí era real. Entonces vine..., y usted negó
categóricamente que me hubiera llamado.
—Tuve
que hacerlo. Además, no quería que usted supiera que había sido yo.
—¡Ah,
pero yo suponía que había sido usted! No al principio. Pero pronto caí en la
cuenta de que las dos únicas personas que podían saber de antemano que en la
mesa iba a haber iris amarillos eran usted y míster Barton Russell.
Pauline
asintió con un gesto.
—Le
oí cuando encargaba que los pusieran en la mesa —explicó—. Eso y que pidiera
mesa para seis, cuando sabía que sólo seríamos cinco, me hizo sospechar.
Se
calló de pronto, mordiéndose los labios.
—¿Qué
sospechó usted, mademoiselle?
Ella
dijo lentamente:
—Tenía
miedo... de que algo le ocurriera... a Carter.
Stephen
Carter se aclaró la garganta. Sin prisas, pero con decisión, se puso en pie.
—Ejem...,
tengo que... darle las gracias, monsieur Poirot. He contraído una gran deuda
con usted. Me perdonarán que les deje, los acontecimientos de esta noche han
sido bastante... desagradables.
Viéndole
alejarse, Pauline dijo con violencia:
—Le
odio. Siempre creí que fue... por su culpa por lo que Iris se mató. O puede
que..., que Barton la haya matado. ¡Ay, es horrible...!
Poirot
dijo suavemente:
—Olvide,
mademoiselle..., olvide... No piense en el pasado... Piense sólo en el
presente...
Pauline
murmuró:
—Sí;
tiene usted razón.
Poirot
se volvió hacia Lola Valdez.
—Señora,
según va avanzando la noche, mi valor aumenta. Si quisiera bailar ahora
conmigo...
—¡Claro
que sí! Es usted..., es usted la vedette de la reunión. Insisto en bailar con
usted.
—Es
usted muy amable, señora.
Tony
y Pauline quedaron solos. A través de la mesa se acercaron uno al otro.
—¡Pauline,
mi vida!
—¡Ay,
Tony, he estado tan odiosa todo el día, metiéndome contigo constantemente!...
¿Me perdonas?
—¡Corazón!
Otra vez nuestra canción. Vamos a bailar.
Se
alejaron bailando y canturreando en voz baja:
Nada
como el amor puede ponerte melancólico.
Nada
como el amor puede nacerte desgraciado.
Nada
como el amor puede ponerte triste,
deprimido,
poseído,
sentimental,
temperamental.
Nada
como el amor puede ponerte melancólico.
Nada
como el amor puede volverte loco.
Nada
como el amor para sentirte furioso,
ofensivo,
insolente
suicida,
homicida.
Nada
como el amor.
Nada
como el amor...
MISS
MARPLE CUENTA UNA HISTORIA
No
creo, querido Raymond, querida Joan, que os haya contado nunca un suceso algo
extraño que tuvo lugar hace ya algunos años. No quiero parecer presuntuosa; sé
muy bien que, comparada con vosotros, los jóvenes, no soy nada inteligente; tú,
Raymond, escribes esos libros tan modernos sobre desagradables jóvenes de uno y
otro sexo, y tú, Joan, pintas esos cuadros tan notables, de personas cuadradas,
llenas de bultos extraños... Valéis mucho los dos, queridos; pero según Raymond
no se cansa de decir (claro que muy amablemente, porque es el mejor de los
sobrinos), soy una victoriana empedernida. Siento admiración por míster
Alma—Tadema y míster Frederic Leighton, y seguro que a vosotros os parecen
terriblemente vieux jeu. Pero, vamos a ver, ¿qué estaba diciendo? ¡Ah!, sí, que
no quiero parecer presuntuosa; pero no pude menos de sentirme una miajita
satisfecha conmigo misma porque tan sólo con emplear un poquito de sentido
común, creo que resolví un problema que había desconcertado a cabezas más
inteligentes que la mía. Claro que en realidad debí comprender desde el
principio que la solución era obvia...
Bueno,
os contaré mi pequeña historia, y si os parece que estoy un poco engreída con
ella, tened en cuenta que, por lo menos, ayudé a una persona que estaba muy
acongojada.
Oí
hablar por primera vez de este asunto una noche a eso de las nueve. Esa noche,
Gwen (¿os acordáis de Gwen? Aquella criadita que tuve, la pelirroja); bueno,
pues Gwen vino a decirme que míster Petherick y un caballero querían verme.
Gwen los había pasado al salón, muy acertadamente. Yo estaba sentada en el
comedor, porque cuando empieza la primavera me parece un derroche tener dos
fuegos encendidos.
Di
instrucciones a Gwen de que nos pasara el cherry brandy y unas copas, y me
dirigí apresuradamente al salón. No sé si os acordáis de míster Petherick.
Murió hace dos años, pero había sido muy buen amigo mío durante muchos años,
además de ocuparse de todos mis asuntos legales. Un hombre muy agudo y un
abogado inteligente de verdad. Su hijo me lleva ahora los asuntos, un muchacho
muy agradable y muy moderno; pero, no sé por qué, no tengo tanta confianza en
él como tenía en míster Petherick.
Le
expliqué a míster Petherick lo de los fuegos y dijo en seguida que él y su
amigo pasarían al comedor..., y entonces me presentó a su amigo, un tal míster
Rhodes. Era un hombre bastante joven, no pasaría mucho de los cuarenta, y en
seguida comprendí que algo grave le pasaba. Su actitud era muy extraña. Hubiera
parecido descortés, si no comprendiera uno que el pobre hombre estaba en
tensión.
Una
vez instalados en el comedor, y después que Gwen hubo traído el cherry brandy,
míster Petherick explicó el motivo de su visita.
—Miss
Marple —dijo—, perdone usted a este viejo amigo que se haya tomado la libertad
de venir a consultarle un asunto.
No
comprendí lo que quería decir, y él continuó:
—Cuando
está uno enfermo, le gusta conocer dos puntos de vista: el de un especialista y
el del médico de cabecera. Está de moda considerar más valioso el parecer del
especialista, pero yo no creo que esté de acuerdo con ello. El especialista
sólo tiene experiencia en su campo; el médico de familia puede que tenga menos
ciencia, pero su experiencia es más amplia.
Comprendí
perfectamente lo que quería decir, porque una sobrina mía no hacía mucho había
llevado corriendo a su niño a un famoso especialista de enfermedades de la piel
sin consultar a su médico, al que consideraba un viejo inútil, y el
especialista había recetado un tratamiento muy caro, para luego resultar que lo
que tenía el niño no era ni más ni menos que un sarampión que presentaba
síntomas un poco raros.
Os
digo esto, aunque odio las divagaciones, para demostrar que comprendí la idea
de míster Petherick, aunque seguía sin tener la menor noción de adonde iría a
parar.
—Si
míster Rhodes está enfermo... —dije, y me callé, porque el pobre hombre soltó
una carcajada espantosa.
—Espero
morir dentro de unos meses con el cuello roto —dijo.
Y
entonces salió todo a relucir. Había habido recientemente un caso de asesinato
en Barnchester, una ciudad a unos treinta y cinco kilómetros de aquí. Yo no
había prestado mucha atención al caso, porque en el pueblo habíamos estado
todos muy excitados por motivo de la enfermera del distrito, y los
acontecimientos del exterior, como un terremoto en la India o un asesinato en
Barnchester, aunque mucho más importantes, naturalmente, habían cedido el
terreno a nuestras pequeñas perturbaciones locales. Ya se sabe cómo son los
pueblos. Sin embargo, recordaba haber leído algo sobre una mujer apuñalada en
un hotel, aunque no recordaba su nombre. Esa mujer, al parecer, había sido la
esposa de míster Rhodes, y como si ello no fuera ya bastante triste, se
sospechaba que él la había asesinado.
Míster
Petherick me explicó todo esto muy claramente y dijo que, aunque el veredicto
emitido por el Jurado había sido «asesinato cometido por persona o personas
desconocidas», míster Rhodes tenía motivos para creer que, probablemente, lo
detendrían dentro de unos días y había ido a ver a míster Petherick, poniéndose
en sus manos. Míster Petherick continuó diciendo que aquella tarde había
consultado a sir Malcolm Olde y que, si el caso llegaba a los tribunales, sir
Malcolm se haría cargo de la defensa de míster Rhodes.
Sir
Malcolm era un hombre joven, dijo míster Petherick, muy moderno en sus métodos,
y había indicado un curso a seguir en la defensa. Pero míster Petherick no
estaba del todo satisfecho con esa línea general de defensa.
—Es
que mire usted, mi querida señorita —dijo—, está viciado por lo que yo llamo el
punto de vista del especialista. A sir Malcolm se le entrega un caso y él sólo
lo ve desde un ángulo: desde el ángulo de la mejor defensa posible. Pero
incluso la mejor defensa puede ignorar por completo lo que, a mi modo de ver,
es lo fundamental: no tiene en cuenta lo que realmente ocurrió en el caso que
tratamos.
Luego
continuó con frases muy amables y halagüeñas sobre mi sagacidad, mi buen juicio
y mi conocimiento de la naturaleza humana y me pidió permiso para contarme la
historia, en la esperanza de que quizá podría sugerir alguna explicación.
Comprendí
que míster Rhodes no creía que yo pudiera ser útil en absoluto y que le
molestaba haber venido aquí. Pero míster Petherick hizo de ello caso omiso y
pasó a relatarme los hechos ocurridos en la noche del ocho de marzo.
Míster
y mistress Rhodes se alojaban en el Crown Hotel, en Barnchester. Mistress
Rhodes, que, según pude colegir de las medias palabras de míster Petherick,
debía de ser un poco hipocondríaca, se había ido a la cama inmediatamente
después de cenar. Ella y su esposo ocupaban habitaciones contiguas, con una
puerta de comunicación. Míster Rhodes, que estaba escribiendo un libro sobre
pedernales prehistóricos, se puso a trabajar en el cuarto contiguo. A las once,
ordenó sus papeles y se dispuso a ir a la cama. Antes de acostarse, pasó un
momento al cuarto de su esposa, para asegurarse de que no necesitaba nada. La
luz estaba encendida y su esposa yacía en la cama, con un puñal clavado en el
corazón. Llevaba muerta una hora por lo menos, probablemente más. Los detalles
más importantes fueron los siguientes: Había otra puerta en el cuarto de
mistress Rhodes, que conducía al pasillo. Esta puerta estaba cerrada con llave
por dentro. La única ventana de la habitación estaba cerrada y tenía el cerrojo
corrido. Según míster Rhodes, nadie había pasado por la habitación en la que
estaba trabajando, salvo la camarera, que había llevado las bolsas de agua
caliente. El arma encontrada en la herida era un estilete que solía estar en el
tocador de mistress Rhodes. Tenía costumbre de utilizarlo como plegadora. No
había huellas en el arma.
Me
interesé por la camarera.
—Por
ahí fueron nuestras primeras pesquisas —dijo míster Petherick—. Mary Hill es
una mujer de la localidad. Lleva diez años de camarera en el Crown Hotel. No
parece que exista el menor motivo que la indujera a atacar de pronto a una
huésped. Además, es bastante tonta, casi deficiente mental. Su relación de los
hechos ha permanecido inalterable. Le llevó a mistress Rhodes su bolsa de agua
caliente y dijo que la señora estaba adormilada, a punto de conciliar el sueño.
Francamente, no puedo creer, y estoy seguro de que ningún Jurado lo creería,
que ella haya cometido el asesinato.
Míster
Petherick mencionó luego algunos detalles complementarios. En lo alto de la
escalera del Crown Hotel hay una especie de salón en miniatura, donde suelen
sentarse algunas personas a tomar café. De él arranca un pasillo hacia la
derecha. La última puerta de ese pasillo es la de la habitación ocupada por
míster Rhodes. Luego, el pasillo tuerce bruscamente hacia la derecha, y la
primera puerta, después de dar la vuelta a la esquina, es la del cuarto de
mistress Rhodes. Se dio la circunstancia de que ambas puertas podían ser vistas
por testigos. La primera puerta, la del cuarto de míster Rhodes, a la que
llamaré A, podía ser vista por cuatro personas: dos viajantes de comercio y un
matrimonio de cierta edad, que estaban tomando café. Según ellos, nadie entró
ni salió por la puerta A, a excepción de míster Rhodes y de la camarera. En
cuanto a la otra puerta, la del pasillo B, un electricista estaba trabajando
allí y jura que nadie entró ni salió por la puerta B, salvo la camarera.
El
caso era verdaderamente curioso e interesante. Según todas las apariencias,
míster Rhodes tenía que haber asesinado a su esposa. Pero comprendí que míster
Petherick estaba totalmente convencido de la inocencia de su cliente, y míster
Petherick era un hombre muy agudo.
En
la pesquisa judicial, míster Rhodes había dicho, de modo vacilante y confuso,
que una mujer había estado escribiendo cartas amenazadoras a su esposa. Pude
colegir que su historia no había sido nada convincente. A requerimiento de
Petherick, Rhodes explicó:
—Francamente,
yo nunca creí en tal historia. Creí que Amy la habría inventado en su mayor
parte.
Saqué
la conclusión de que mistress Rhodes era una de esas mentirosas románticas que
se pasan la vida fantaseando sobre todo lo que les ocurre. La cantidad de
aventuras que, según ella, le ocurrían en un año era completamente increíble.
Si resbalaba en una cáscara de plátano, había faltado muy poco para que se
matara. Si se incendiaba la pantalla de una lámpara, la sacaban de una casa en
llamas, con riesgo de su vida. Su marido se había acostumbrado a no hacer mucho
caso de sus declaraciones. Cuando le contó la historia de una mujer a cuyo hijo
había herido con el coche y que juró vengarse..., bueno, Rhodes no le prestó la
menor atención. El incidente había ocurrido antes de casarse con ella, y aunque
Rhodes leyó cartas llenas de insensateces, sospechó que ella misma las había
redactado. Ya había hecho algo parecido otras veces. Era una mujer con
tendencia al histerismo, con un ansia de emociones constantes.
Todo
esto me pareció muy verosímil; nosotros tenemos en el pueblo una joven que hace
cosas muy por el estilo. Lo que ocurre con estas personas es que, cuando les
pasa de verdad algo extraordinario, nadie cree lo que dicen. Me pareció que eso
era lo que había ocurrido en este caso. Saqué la conclusión de que la Policía
había creído que Rhodes había inventado aquella historia tan poco convincente
con objeto de alejar de sí las sospechas.
Pregunté
si en el hotel se alojaba por entonces alguna mujer sola. Al parecer, había
dos, una tal mistress Granby, viuda angloindia, y miss Carruthers, una señorita
con el aire inconfundible que da el trato asiduo con caballos y que no
pronunciaba las ges finales. Petherick añadió que las minuciosas
investigaciones llevadas a cabo habían sido infructuosas: nadie había visto a
ninguna de ellas cerca del lugar del crimen, y no había nada que las
relacionara con el mismo, en ningún sentido. Le pedí que me describiera su
aspecto personal. Dijo que mistress Granby tenía el pelo rojo, que solía llevar
bastante despeinado; rostro macilento y unos cincuenta años de edad.
Sus
vestidos eran bastante pintorescos, confeccionados casi todos ellos con sedas
indias, etcétera. Miss Carruthers tendría unos cuarenta años, usaba quevedos,
tenía el pelo cortado como un hombre y vestía trajes hechura sastre de estilo
masculino.
—¡Dios
mío —dije—, eso lo hace muy difícil!
Petherick
me dirigió una mirada interrogante, pero no quise decir nada más por entonces;
de modo que le pregunté qué había dicho sir Malcolm Olde.
Sir
Malcolm Olde, al parecer, estaba decidido por la teoría del suicidio. Petherick
dijo que el informe médico lo había negado de un modo tajante, y que, además,
no había huellas dactilares, pero sir Malcolm confiaba en poder presentar
informes médicos contradictorios y salvar de algún modo el escollo de las
huellas. Le pregunté a Rhodes su opinión y dijo que los médicos eran todos unos
estúpidos, pero que él no podía creer que su mujer se hubiese suicidado.
—No
era una mujer de ese tipo —dijo sencillamente.
Y le
creí. Las personas histéricas no suelen suicidarse.
Me
quedé pensando un momento y luego pregunté si la puerta de la habitación de
mistress Rhodes daba directamente al pasillo. Rhodes dijo que no, que había una
especie de vestíbulo, con un cuarto de baño y un servicio. Era la puerta que
comunicaba el dormitorio con el vestíbulo la que estaba cerrada con llave por
dentro.
—Entonces
—dije— todo el asunto está clarísimo.
Y es
verdad que lo estaba... La cosa más sencilla del mundo. Y, sin embargo, nadie
parecía haberla visto así.
Rhodes
y Petherick tenían la mirada fija en mí, y me sentí un poco violenta.
—Puede
que miss Marple no haya comprendido del todo las dificultades... —dijo Rhodes.
—Sí
—dije—, creo que sí. Existen cuatro posibilidades. Mistress Rhodes fue
asesinada por su esposo, o por la camarera, o se suicidó o la mató un extraño a
quien nadie vio entrar ni salir.
—Y
eso es imposible —interrumpió Rhodes—. Nadie pudo entrar o salir por mi cuarto
sin que yo lo viera, y aun en el caso de que alguien se las arreglara para
entrar en la habitación de mi esposa sin que el electricista le viera, ¿cómo
diablos iba a volver a salir, dejando la puerta cerrada por dentro con llave?
Petherick
me miró y dijo, animándome:
—Diga,
miss Marple.
—Me
gustaría —dije— hacer una pregunta. Míster Rhodes, ¿qué aspecto tenía la
camarera?
Dijo
que no estaba seguro, que le parecía que era más bien alta..., no recordaba si
era rubia o morena. Me volví hacia Petherick y le hice la misma pregunta.
Dijo
que era de estatura mediana, tenía el cabello más bien rubio, ojos azules y
color de cara bastante subido.
Rhodes
dijo:
—Es
usted mejor observador que yo, Petherick.
Me
permití contradecirle. Luego le pregunté a Rhodes si podía describir a la
muchacha de mi casa. Ni él ni Petherick pudieron hacerlo.
—¿No
se dan cuenta de lo que esto significa? —dije—. Vinieron ustedes aquí
preocupados con sus problemas particulares, y la persona que les abrió la
puerta era sólo una doncella. Lo mismo le ocurrió a míster Rhodes en el hotel.
Sólo vio a la camarera. Vio su uniforme y su delantal. Estaba enfrascado en su
trabajo. Pero Petherick se ha entrevistado con la misma mujer en otro aspecto.
La consideró como una persona. Con eso, precisamente, contaba la asesina.
Como
seguían sin comprender, tuve que explicar con más claridad:
—Creo
que esto fue lo que ocurrió —dije—. La camarera entró por la puerta A, llevando
la bolsa de agua caliente, pasó por el cuarto de míster Rhodes al de mistress
Rhodes y salió por el vestíbulo al pasillo B. X, como llamaremos a nuestra
asesina, entró por la puerta B en el pequeño vestíbulo, se escondió en...,
bueno, en cierto lugar, ¡ejem!, y esperó a que la camarera pasara. Entonces
entró en la habitación de mistress Rhodes, cogió el estilete del tocador (no
cabe duda de que había examinado antes el cuarto), se dirigió a la cama,
apuñaló a mistress Rhodes, que estaba adormilada, borró las huellas del
estilete, echó el cerrojo y la llave de la puerta por donde había entrado y
pasó luego por el cuarto donde míster Rhodes estaba trabajando.
Rhodes
gritó:
—Pero
la hubiera visto. El electricista tuvo que haberla visto entrar.
—No
—dije—; en eso es en lo que se equivoca usted. Usted no la vería... si iba
vestida de camarera.
Les
dejé asimilar esto y continué:
—Estaba
usted enfrascado en su trabajo, con el rabillo del ojo vio entrar a una
camarera, pasar al cuarto de su esposa, volver sobre sus pasos y salir. Era el
mismo traje..., pero no era la misma mujer. Esto es lo que vieron las personas
que estaban tomando café: una camarera que entraba y una camarera que salía. El
electricista, igual. Me figuro que si la camarera fuera muy bonita, un
caballero se hubiera fijado en su cara..., siendo como es la naturaleza humana,
pero tratándose de una mujer vulgar, de mediana edad..., lo único que vería
usted sería el traje de la camarera, no la mujer.
Rhodes
exclamó:
—¿Quién
fue?
—Bueno,
eso va a ser un poquito difícil —dije—. Puede haber sido mistress Granby o miss
Carruthers. Por la descripción que me han hecho, parece como si mistress Granby
llevara peluca; por tanto, como camarera podía llevar su propio pelo. Por otra
parte, miss Carruthers, con su pelo tan corto, podía muy bien ponerse una
peluca para interpretar el papel de camarera. Me figuro que no les será difícil
saber cuál de las dos fue. Yo, personalmente, me inclino por miss Carruthers.
Y
así, queridos, termina la historia. La asesina era miss Carruthers, aunque éste
era un nombre falso. Había en su familia casos de locura. Mistress Rhodes, que
conducía de un modo muy temerario, había atropellado a su hijita y la pobre
mujer había perdido la razón. Disimuló la locura con mucha astucia, salvo en
las cartas que escribía a su futura víctima, cartas características de una
demente. Hacía cierto tiempo que la andaba siguiendo y trazó sus planes con
mucha habilidad. Lo primero que hizo a la mañana siguiente fue echar al correo
en un paquete la peluca y el uniforme de camarera. Cuando la acusaron, perdió
el control y confesó en seguida. La pobre mujer está ahora en Broadmoor. Estaba
completamente desequilibrada, por supuesto; pero fue un asesinato muy bien
planeado.
Petherick
vino a verme más tarde y me trajo una carta muy agradable de Rhodes..., me sacó
los colores de verdad. Luego, mi amigo me dijo:
—Una
cosa quiero preguntarle: ¿por qué creyó usted que era más probable que fuera
miss Carruthers que mistress Granby? No había visto usted a ninguna de las dos.
—Fue
por lo de las ges —dije—. Dijo usted que no pronunciaba las ges. Eso lo hacen
muchos cazadores en los libros, pero conozco muy poca gente que lo haga en
realidad, y, desde luego, nadie de menos de sesenta años. Dijo usted que esa
mujer tenía cuarenta. Eso de no pronunciar las ges finales me pareció propio de
una persona que estuviera interpretando un papel y se pasara un poco de la
raya.
No
voy a deciros lo que dijo Petherick cuando oyó esto, pero fue muy halagüeño, y
no pude evitar sentirme un poquitín satisfecha de mí misma.
¡Y
hay que ver cómo se arreglan las cosas en este mundo!... Rhodes se volvió a
casar —una chica tan agradable, tan inteligente... — y tienen un niñito muy
mono, y... ¿podéis creer que me han pedido que sea la madrina? ¿Verdad que es
de agradecer?
Bueno,
supongo que no me habré extendido demasiado...
EL
SUEÑO
Hércules
Poirot fijó en la casa una mirada apreciativa. Sus ojos vagaron un momento por
los edificios vecinos, las tiendas, la gran fábrica a la derecha, los bloques
de pisos baratos en la acera de enfrente. Luego volvió de nuevo sus ojos a
Northway House, reliquia de otros tiempos, de unos tiempos de espacios amplios
y de ociosidad, cuando verdes campos circundaban su señorial arrogancia. En la
actualidad, Northway House era un anacronismo, sumergida y olvidada en el
torbellino febril del Londres moderno, y ni un hombre de entre cien podría
decir dónde se encontraba.
Aún
es más, muy pocos sabrían a quién pertenecía, aunque su dueño figurara entre
los diez hombres más ricos del mundo. Pero el dinero, del mismo modo que puede
conseguir publicidad, puede hacerla callar. Benedict Farley, el excéntrico
millonario, había preferido no anunciar su residencia. A él mismo se le veía
pocas veces, ya que muy raramente aparecía en público. De cuando en cuando se
le veía en reuniones de Consejos de Administración, dominando fácilmente a los
demás consejeros con su figura enjuta, su nariz aguileña y su voz áspera.
Aparte de esto, no era sino una famosa figura de leyenda. Se hablaba de sus
extrañas mezquindades, de sus generosidades increíbles, así como de otros
detalles más íntimos, como su famosa bata de trozos de distintos colores, a la
que se le calculaban veintiocho años, su invariable régimen de sopa de col y
caviar, su odio a los gatos. Todas estas cosas las sabía el público.
Hércules
Poirot también las sabía. Era todo lo que sabía del hombre a quien iba a
visitar en aquel momento. La carta que llevaba en el bolsillo de su abrigo
decía poco más.
Después
de contemplar en silencio durante uno o dos minutos aquella melancólica
reliquia del pasado, subió los peldaños que conducían a la puerta principal y
pulsó el timbre, mirando la hora en su pulcro reloj de pulsera, que había
acabado por sustituir al voluminoso reloj de cadena, compañero suyo durante
tantos años. Sí, eran exactamente las nueve y media. Como siempre, Hércules
Poirot llegaba exactamente en punto.
La
puerta se abrió, después de un intervalo prudencial. Contra el iluminado
vestíbulo se recortaba la silueta de un ejemplar perfecto del género de los
concienzudos mayordomos.
—¿Míster
Benedict Farley? —preguntó Hércules Poirot.
La
mirada impersonal del mayordomo le miró de pies a cabeza, sin intención
ofensiva, pero de un modo eficaz.
«En
gros et en detail» aprobó Poirot para sus adentros.
—¿Ha
sido usted citado, señor? —preguntó la suave voz del mayordomo.
—Sí.
—¿Su
nombre, señor?
—Monsieur
Hércules Poirot.
El
mayordomo se inclinó, haciéndose a un lado. Hércules Poirot entró en la casa y
el mayordomo cerró la puerta tras sí.
Pero
todavía faltaba cumplir otra formalidad antes que las diestras manos del
mayordomo cogieran el sombrero y el bastón del visitante.
—Le
ruego me perdone, señor. Tengo que pedirle la carta.
Con
parsimonia, Poirot sacó de su bolsillo la carta doblada y se la tendió al
mayordomo. Éste se limitó a pasarle la vista por encima, devolviéndosela luego
con una inclinación. Hércules Poirot la guardó de nuevo en el bolsillo. Su
texto era muy sencillo:
«Northway
House, W. 8.
Monsieur
Hércules Poirot
Muy
señor mío: Míster Benedict Farley quisiera entrevistarse con usted para pedirle
su valioso consejo. Le agradecería que se sirviera pasar por la dirección
arriba indicada a las 9,30 de la noche, mañana (jueves), si ello no supone
molestia para usted.
Atentamente.
Hugo
Cornworthy
Secretario.
P.
S.: Tenga la bondad de traer consigo esta carta.»
Con
ademanes diestros, el mayordomo liberó a Poirot de su sombrero, bastón y
abrigo.
—¿Quiere
tener la bondad de subir al despacho de míster Cornworthy? —dijo.
Le
condujo por la ancha escalera. Poirot le siguió, dirigiendo miradas de
admiración a los objets d'art de estilo rico y recargado. Sus gustos en arte
siempre habían sido un poco burgueses.
En
el primer piso, el mayordomo llamó con los nudillos a una puerta.
Poirot
alzó las cejas muy ligeramente. Aquella era la primera nota discordante.
¡Porque los mejores mayordomos no llaman a las puertas con los nudillos y aquél
era, sin duda alguna, un mayordomo de primera!
Era,
por decirlo así, el primer contacto con las excentricidades de un millonario.
Una
voz gritó algo desde el interior. El mayordomo abrió la puerta y anunció (de
nuevo Poirot percibió una deliberada ausencia de protocolo):
—El
caballero que usted esperaba, señor.
Poirot
entró en la habitación. Era bastante grande, amueblada muy sencillamente en un
estilo funcional. Archivadores, libros de consulta, un par de butacones y una
gran mesa de aspecto imponente, llena de papeles convenientemente ordenados.
Los rincones de la habitación permanecían en la penumbra, porque la única luz
provenía de una gran lámpara de mesa con pantalla verde, colocada en una
mesita, junto al brazo de uno de los sillones. Estaba colocada de modo que la
luz daba de lleno en las personas que se acercaban desde la puerta. Hércules
Poirot pestañeó un poco, calculando que la bombilla debía de ser por lo menos
de ciento cincuenta vatios o más. En el sillón se sentaba una persona, vestida
con una bata hecha de trocitos de distintos colores... Benedict Farley. Tenía
la cabeza echada hacia adelante, en una postura característica, sobresaliéndole
su nariz ganchuda como si fuera el pico de un pájaro. Un penacho de pelo
blanco, semejante a la cresta de una cacatúa, le salía de la frente. Detrás de
los gruesos cristales de sus gafas le relucían los ojos, que escudriñaban con
desconfianza a su visitante.
—¡Je!
—dijo por último, con voz áspera y chillona—. Conque es usted Hércules Poirot,
el famoso detective, ¿verdad?
—A
su disposición —dijo Poirot cortésmente, inclinándose, con una mano en el
respaldo de la silla.
—Siéntese,
siéntese —dijo el anciano, irritado.
Hércules
Poirot se sentó, dándole de lleno el resplandor de la lámpara. Desde la
penumbra, el anciano parecía estudiarle atentamente.
—¿Cómo
sé yo que es usted Hércules Poirot? —preguntó malhumorado—. Contésteme.
De
nuevo extrajo Poirot la carta de su bolsillo y se la tendió a Farley.
—Sí
—concedió de mala gana el millonario—. Eso es. Eso es lo que le dije a
Cornworthy que escribiera —la dobló y se la tiró—. Conque es usted el hombre,
¿verdad?
Con
una ligera ondulación de la mano, Poirot dijo:
—Le
aseguro que no hay trampa.
De
pronto, Benedict Farley se rió entre dientes.
—¡Eso
es lo que dice el prestidigitador antes de sacar la paloma del sombrero!
Decirlo es parte del truco, ¿sabe?
Poirot
no contestó. Farley dijo de pronto:
—Está
pensando que soy un viejo desconfiado, ¿verdad? Sí, lo soy. ¡No confíes en
nadie! Ésa es mi divisa. No puede uno fiarse de nadie cuando se es rico. No,
no, no conviene.
—¿Quería
usted —insinuó Poirot suavemente— consultarme algo?
El
anciano asintió.
—Eso
es. Compra siempre lo mejor. Ésa es mi divisa. Vete al experto y no mires el
precio. Habrá notado usted, monsieur Poirot, que no le he preguntado cuáles son
sus honorarios. ¡Y no pienso preguntárselo! Luego me envía usted la cuenta...
Por eso no vamos a reñir. Los idiotas esos de la lechería se creían que podían
cobrarme los huevos a dos chelines con nueve peniques, cuando el precio del
mercado es de dos con siete, ¡pandilla de bandoleros! No consiento que me
engañen. Pero tratándose del hombre que está en la cumbre, es otra cosa. Ese
hombre vale el dinero que cuesta. Yo también estoy en la cumbre y lo sé.
Hércules
Poirot no respondió. Le escuchaba con atención, inclinando un poco la cabeza
hacia un lado.
A
pesar de su rostro impasible, en su interior se sentía desilusionado. No podía
decir exactamente por qué. Hasta aquel momento, Benedict Farley había parecido
muy auténtico, es decir, se había ajustado a la idea general que de él se
tenía, y, sin embargo..., Poirot estaba desilusionado.
«Este
hombre —dijo para sus adentros con profundo desagrado— es un charlatán... ¡nada
más que un charlatán!»
Había
conocido otros millonarios, también excéntricos, pero en casi todos ellos había
encontrado una especie de fuerza, una energía interior que había merecido su
respeto. Si hubieran llevado una bata de retazos de colores hubiera sido porque
les gustaba llevar una bata así. Pero la bata de Benedict Farley, o al menos
así se lo parecía a Poirot, era fundamentalmente un objeto de guardarropía. Así
como el hombre era fundamentalmente teatral. Poirot estaba seguro de que cada
palabra pronunciada por Farley era dicha para causar impresión.
—¿Quería
usted consultarme algo, míster Farley? —repitió con voz desprovista de
entonación.
La
actitud del millonario cambió bruscamente.
Se
inclinó hacia delante. Su voz se convirtió en un gruñido.
—Sí.
Sí... Quiero ver qué dice usted, saberlo que piensa... ¡Ir siempre a la cumbre!
¡Ése es mi sistema! El mejor médico..., el mejor detective..., entre los dos
está la cosa.
—Hasta
ahora, monsieur, no comprendo.
—Claro
que no —saltó Farley—. No he empezado todavía a contarle nada.
De
nuevo se inclinó hacia adelante y espetó bruscamente una pregunta:
—¿Qué
sabe usted, monsieur Poirot, de los sueños?
El
detective alzó las cejas. Esperaba cualquier cosa menos aquello.
—Para
eso, monsieur Farley, le recomiendo el «libro de los Sueños», de Napoleón..., o
la moderna psiquiatría.
Benedict
Farley dijo escuetamente:
—He
probado ambas cosas...
Se
produjo una pausa. Luego, el millonario empezó a hablar, primero con voz que
era casi un susurro y que fue subiendo gradualmente de tono.
—Siempre
es el mismo sueño, noche tras noche. Y tengo miedo, se lo aseguro; tengo
miedo... Siempre igual. Estoy sentado en mi despacho, al lado de éste. Sentado
ante mi mesa, escribiendo, hay allí un reloj, lo miro y veo la hora...,
exactamente las tres y veintiocho minutos. Siempre la misma hora, ¿entiende? Y
cuando veo la hora, monsieur Poirot, se que tengo que hacerlo. No quiero
hacerlo, odio hacerlo, pero tengo que hacerlo...
Su
voz se había convertido en un chillido.
Imperturbable,
Poirot dijo:
—¿Y
qué tiene usted que hacer?
—A
las tres y veintiocho minutos —dijo Benedict Farley con voz ronca— abro el
segundo cajón de la derecha de mi mesa, saco un revólver que guardo allí, lo
cargo y me dirijo a la ventana. Y entonces... y entonces...
—¿Sí?
Benedict
Farley dijo en un susurro:
—Entonces
me pego un tiro...
Se
produjo un silencio. Luego Poirot dijo:
—¿Ése
es su sueño?
—Sí.
—¿El
mismo todas las noches?
—Sí.
—¿Qué
ocurre después de pegarse usted el tiro?
—Me
despierto.
Poirot
movió lentamente la cabeza, pensativo.
—Por
simple curiosidad, ¿tiene usted un revólver en ese determinado cajón?
—Sí.
—¿Por
qué?
—Siempre
lo he tenido. Es mejor estar preparado.
—¿Preparado
para qué?
Farley
dijo, irritado:
—Un
hombre de mi posición tiene que estar en guardia. Todos los ricos tienen
enemigos.
Poirot
no continuó con el tema. Permaneció en silencio durante un momento y luego
dijo:
—¿Cuál
es el verdadero motivo que le hizo llamarme?
—Se
lo voy a decir. Primeramente consulté a un médico..., a tres médicos, para ser
exacto.
—Siga
usted.
—El
primero me dijo que todo era culpa de mi régimen alimenticio. Era un hombre
mayor. El segundo era un joven de la moderna escuela. Aseguró que todo dependía
de cierto hecho que había tenido lugar en mi infancia a aquella hora, a las
tres y veintiocho. Dijo que estoy tan decidido a no recordar aquel hecho, que
lo simbolizo matándome. Ésa fue su explicación.
—¿Y
el tercer médico? —preguntó Poirot.
Benedict
Farley, furioso, alzó la voz, que se convirtió en un chillido.
—Es
un hombre joven también. ¡Tiene una teoría ridícula! ¡Sostiene que estoy
cansado de la vida, que mi vida me resulta tan insufrible que quiero terminar
con ella! Pero como reconocer este hecho sería reconocer que soy un fracasado,
cuando estoy despierto me niego a aceptar la verdad. Pero estando dormido,
todas las inhibiciones son eliminadas y hago lo que realmente deseo hacer:
matarme.
—Su
punto de vista es que usted, aunque sin saberlo, desea suicidarse, ¿no? —dijo
Poirot.
Benedict
Farley chilló:
—Y
eso es imposible, ¡imposible! ¡Soy completamente feliz! ¡Tengo todo lo que
quiero, todo lo que el dinero puede comprar! ¡Es fantástico, es increíble que a
alguien se le ocurra mencionar siquiera semejante cosa!
Poirot
le miró con interés. El temblor de las manos, la estridencia vacilante de la
voz, parecían indicar que quizá la negativa fuera demasiado vehemente, que la
misma insistencia en negar era sospechosa. Pero se limitó a decir:
—¿Y
cuándo intervengo yo, monsieur?
Benedict
Farley se calmó de pronto y se puso a dar golpecitos enérgicos en la mesa que
tenía al lado.
—Existe
otra posibilidad. Y, si es cierta, usted es el hombre indicado. ¡Es usted
famoso, ha tenido usted cientos de casos fantásticos, inverosímiles! Si alguien
puede saberlo, ese alguien es usted.
—¿Saber
el qué?
Farley
bajó la voz, hasta convertirla en un susurro.
—Supongamos
que alguien quisiera matarme... ¿Podría hacerlo de esta manera? ¿Podría hacerme
soñar ese sueño, noche tras noche?
—¿Quiere
usted decir por hipnotismo?
—Sí.
Hércules
Poirot estudió la cuestión.
—Me
figuro que sería posible —dijo por fin—. Es más bien asunto para un médico.
—¿No
ha encontrado usted ningún caso así en su vida profesional?
—De
ese tipo precisamente, no.
—¿Comprende
usted adonde quiero ir a parar? Me obligan a que sueñe siempre lo mismo, noche
tras noche, noche tras noche..., hasta que un día la sugestión sea demasiado
fuerte... y la siga. Haga lo que tantas veces he soñado: matarme.
Hércules
Poirot movió la cabeza lentamente.
—¿No
lo cree usted posible? —preguntó Farley.
—¿Posible?
—Poirot movió de nuevo la cabeza—. Ésa es una palabra que no me gusta.
—Pero
¿lo cree usted improbable?
—Sumamente
improbable.
Benedict
Farley murmuró:
—El
médico dijo lo mismo...
Luego,
alzando de nuevo la voz, chilló:
—Pero
¿por qué tengo ese sueño? ¿Por qué? ¿Por qué?
Hércules
Poirot movió la cabeza, pensativo. Benedict Farley dijo bruscamente:
—¿Está
usted seguro de que nunca ha tropezado con un caso como éste?
—Nunca.
—Eso
es lo que quería saber.
Con
delicadeza, Poirot se aclaró la garganta.
—¿Me
permite que le haga una pregunta? —dijo.
—
¿Qué pregunta? ¿Qué pregunta? Diga lo que quiera.
—¿De
quién sospecha usted que quiere matarle?
Farley
saltó:
—De
nadie. De nadie en absoluto.
—Pero
¿se le pasó la idea por la imaginación? —insistió Poirot.
—Quería
saber... si existía la posibilidad.
—Hablando
según mi experiencia personal, yo diría no. Por cierto, ¿le han hipnotizado
alguna vez?
—Por
supuesto que no. ¿Cree usted que me prestaría a semejante payasada?
—Entonces
creo que podemos decir que su teoría es decididamente improbable.
—Pero
¿y el sueño, hombre, y el sueño?
—El
sueño es muy extraño, ciertamente —dijo Poirot pensativo. Permaneció en
silencio un instante y luego dijo—: Me gustaría ver la escena de este drama, la
mesa, el reloj y el revólver.
—Naturalmente;
vamos a la habitación de al lado.
Recogiendo
los pliegues de su bata, el anciano se enderezó a medias en su sillón. Luego,
de súbito, como si una idea le hubiera asaltado de pronto, volvió a sentarse.
—No
— dijo —. No hay nada que ver allí. Le he contado todo lo que hay que contar.
—Pero
me gustaría verlo por mí mismo...
—No
hace falta —saltó Farley—. Me ha dado usted su opinión. Eso es todo.
Poirot
se encogió de hombros.
—Como
guste —dijo levantándose—. Siento, míster Farley, no haberle podido ayudar.
Benedict
Farley tenía la vista fija enfrente de él.
—No
quiero rollos ni tonterías —gruñó — . Le he dicho a usted los hechos, usted no
puede sacar nada en limpio de ellos..., asunto liquidado. Puede usted enviarme
la cuenta por la consulta.
—No
dejaré de hacerlo —dijo el detective secamente, encaminándose luego hacia la
puerta.
—Espere
un momento —llamó el millonario—. La carta..., démela.
—¿La
carta de su secretario?
—Sí.
Poirot
alzó las cejas. Metió la mano en el bolsillo, sacó una hoja doblada y se la
tendió al anciano. Éste la examinó detenidamente, poniéndola luego en la
mesita, con un gesto de asentimiento.
Hércules
Poirot se dirigió de nuevo a la puerta. Estaba desconcertado. En su imaginación
le daba vueltas y más vueltas a la historia que le acababan de contar. Sin
embargo, en medio de su preocupación mental, le molestaba la sensación de algo
mal hecho, y no por Benedict Farley, sino por él.
Con
la mano en el tirador de la puerta, se hizo la luz en su mente. ¡Él, Hércules
Poirot, había cometido un error! Entró de nuevo en la habitación.
—¡Mil
perdones! ¡Interesado por su problema, he cometido una tontería! La carta que
le di..., por error, metí la mano en el bolsillo de la derecha, en vez de
hacerlo en el de la izquierda...
—¿Qué
es eso? ¿Qué es eso?
—La
carta que acabo de darle..., una disculpa de mi lavandera con respecto al trato
que da a mis cuellos...
Sonriendo
en son de disculpa, Poirot hundió la mano en el bolsillo izquierdo.
—Ésta
es su carta —dijo.
Benedict
Farley se la arrebató gruñendo.
—¿Por
qué diablos no se fija en lo que hace?
Poirot
recobró la comunicación de su lavandera, se disculpó cortésmente una vez más y
salió de la habitación.
Durante
un momento se detuvo en el descansillo de la escalera. Era de buen tamaño.
Directamente enfrente de él había un gran banco de roble, de respaldo alto, y
una mesa larga. En la mesa había revistas. Había también dos butacas y una mesa
con flores. Le recordó un poco la sala de espera de un dentista.
El
mayordomo estaba abajo, en el vestíbulo, esperando para abrirle la puerta.
—¿Le
busco un taxi, señor?
—No;
gracias. Hace buena noche. Iré andando.
Hércules
Poirot se detuvo en la acera, esperando un momento en que el tráfico fuera
menos intenso para cruzar la calle.
Una
arruga surcaba su frente.
«No
—dijo para sí—. No entiendo nada. Nada tiene sentido. Es lamentable tener que
reconocerlo; pero yo, Hércules Poirot, estoy completamente desconcertado.»
Eso
fue lo que podríamos llamar el primer acto de drama. El segundo acto tuvo lugar
una semana después. Empezó con una llamada telefónica de un tal doctor John
Stillingfleet.
El
doctor dijo, con notable falta de decoro profesional:
—¿Es
usted, Poirot, viejo zorro? Le habla Stillingfleet.
—Sí,
amigo mío. ¿De qué se trata?
—Le
hablo desde Northway House, la casa de Benedict Farley.
—¡Ah!,
¿sí? —la voz de Poirot se animó—. ¿Y qué tal está... míster Farley?
—Farley
ha muerto. Se pegó un tiro esta tarde.
Permanecieron
un momento en silencio. Luego Poirot dijo:
—Siga.
—Ya
veo que no le ha sorprendido mucho. Sabe usted algo del asunto, ¿eh, viejo
zorro?
—
¿Qué le hace a usted pensarlo así?
—Bueno;
no se trata de ninguna deducción brillante de telepatía, ni de nada por el
estilo. Encontramos una nota de Farley dirigida a usted, citándole para hace
cosa de una semana.
—Comprendo.
—Tenemos
aquí un inspector de Policía inofensivo; hay que andarse con cuidado cuando uno
de estos millonarios se quita de en medio. Pensé que a lo mejor nos aclararía
usted algo. ¿Podría dejarse caer por aquí?
—Voy
inmediatamente.
—Así
se habla, viejo. Un trabajito sucio, ¿verdad?
Poirot
se limitó a repetir que iba inmediatamente para allá.
—¿No
quiere usted levantar la liebre en el teléfono? Muy bien. Hasta ahora.
Un
cuarto de hora más tarde Poirot estaba sentado en la biblioteca, en una
habitación larga, baja de techo, situada en la parte de atrás del piso bajo del
Northway House. En la habitación había otras cinco personas: el inspector
Barnett, el doctor Stillingfleet, mistress Farley, viuda del millonario; Joanna
Farley, su única hija, y Hugo Cornworthy, su secretario particular.
El
inspector Barnett era un hombre discreto, de aspecto militar. El doctor
Stillingfleet, cuyos modales profesionales eran completamente distintos de su
estilo telefónico, era un joven de treinta años, alto y de rostro alargado.
Mistress
Farley, evidentemente mucho más joven que su marido, era una mujer hermosa y
morena. Ni su boca dura ni sus ojos negros dejaban traslucir la menor emoción.
Parecía completamente dueña de sí. Joanna Farley era rubia y pecosa. Había
heredado de su padre la nariz ganchuda y la barbilla saliente. Tenía una mirada
inteligente y aguda. Hugo Cornworthy era un hombre un poco anodino, vestido muy
correctamente. Parecía inteligente y eficiente.
Tras
los saludos y las presentaciones de rigor Poirot relató sencilla y claramente
los incidentes de su visita a Northway House y la historia que le había contado
Benedict Farley. No pudo quejarse de falta de interés por parte de sus oyentes.
—¡La
historia más extraordinaria que he oído en mi vida! —dijo el inspector—. Un
sueño, ¿verdad? ¿Sabía usted algo de esto, mistress Farley?
Ella
hizo un ademán de afirmación.
—Mi
marido me habló de ello. Le tenía muy disgustado. Yo..., yo le dije que era
mala digestión..., su régimen alimenticio, ¿sabe? Era muy raro, y le propuse
que llamara al doctor Stillingfleet.
El
joven negó con la cabeza.
—No
me consultó a mí —dijo—. Según lo que cuenta monsieur Poirot, presumo que fue a
Harley Street.
—Me
gustaría conocer su opinión al respecto, doctor —dijo Poirot—. Míster Farley me
dijo que había consultado a tres especialistas. ¿Qué opina usted de las teorías
que expusieron?
Stillingfleet
frunció el ceño.
—Es
difícil decirlo. Tiene usted que tener en cuenta que lo que él le dijo a usted
no fue exactamente lo que le dijeron a él. Era la interpretación de un profano.
—¿Quiere
usted decir que cambió la terminología?
—No
precisamente eso. Quiero decir que le habrán dado su parecer en términos
técnicos, él habrá tergiversado un poco el sentido y luego lo refunde con sus
propias palabras.
—¿De
modo que lo que me dijo a mí no fue exactamente lo que los médicos le
dijeron?...
—Sí;
eso viene a ser. Lo interpretó todo un poco mal, no sé si me entiende.
Poirot
asintió pensativo.
—¿Se
sabe a quién ha consultado? —preguntó.
Mistress
Farley negó con la cabeza, y Joanna Farley observó:
—Ninguno
de nosotros tenía la menor idea de que hubiera consultado a nadie.
—¿Le
habló a usted de su sueño? —preguntó Poirot.
La
chica negó con la cabeza.
—¿Y
a usted, míster Cornworthy?
—No;
no me dijo ni una palabra. Yo tomé una carta que me dictó para usted, pero no
tenía la menor idea de por qué quería consultarle. Creí que podría tener
relación con alguna irregularidad de algún negocio.
Poirot
preguntó:
—¿Y
ahora puedo saber los detalles de la muerte de míster Farley?
El
inspector Barnett interrogó con la mirada a mistress Farley y al doctor
Stillingfleet, tomando luego la palabra.
—Míster
Farley tenía costumbre de trabajar en su despacho del primer piso todas las
tardes. Tengo entendido que se proyectaba una fusión de negocios muy
importante.
Miró
a Hugo Cornworthy, quien dijo:
—Autobuses
de Línea Unidos.
—En
relación con ese acuerdo —continuó el inspector—, míster Farley había accedido
a conceder una entrevista a dos periodistas. Muy pocas veces concedía
entrevistas; aproximadamente una vez cada cinco años, según tengo entendido. En
consecuencia, dos periodistas, uno de Asociación de la Prensa y otro de
Periódicos Unidos, llegaron aquí a las tres y cuarto, hora para la que habían
sido citados. Esperaron en el primer piso, a la puerta del despacho de míster
Farley, que era donde solían esperar las personas citadas por él. A las tres y
veinte llegó un mensajero de las oficinas de Autobuses de Línea Unidos con unos
papeles urgentes. Fue introducido en el despacho de míster Farley, donde
entregó los documentos. Míster Farley le acompañó a la puerta y desde allí dijo
a los dos periodistas: «Siento hacerles esperar, señores, pero tengo que
ocuparme de un asunto urgente. Haré lo posible por terminar pronto.» Los dos
periodistas, míster Adams y míster Stoddart, manifestaron que esperarían lo que
hiciera falta. El volvió a su despacho, cerró la puerta... y nadie volvió a
verle vivo.
—Continúe
—dijo Poirot.
—Un
poco después de las cuatro —prosiguió el inspector—, míster Cornworthy salió de
su despacho, contiguo al de míster Farley, y se sorprendió al ver que los dos
periodistas aún seguían allí. Quería que míster Farley firmara algunas cartas y
le pareció conveniente recordarle también que aquellos dos señores estaban
esperando. Por consiguiente, entró en el despacho de míster Farley. Con gran
sorpresa por su parte, al principio no pudo ver a míster Farley y creyó que la
habitación estaba vacía. Entonces vio una bota que salía de debajo de la mesa
(la mesa está colocada frente a la ventana). Se dirigió rápidamente a la mesa y
encontró a míster Farley en el suelo, muerto, con un revólver al lado. Míster
Cornworthy salió corriendo de la habitación y dio instrucciones al mayordomo
para que telefoneara al doctor Stillingfleet. Aconsejado por éste, míster
Cornworthy informó también a la Policía.
—¿Oyó
alguien el disparo? —preguntó Poirot.
—No.
El tránsito es muy ruidoso aquí y la ventana del descansillo de la escalera
estaba abierta. Con todos los camiones que pasan y con las bocinas hubiera sido
muy improbable que alguien lo hubiera oído.
Poirot
asintió pensativo.
—¿A
qué hora se supone que murió? —preguntó.
Stillingfleet
dijo:
—Examiné
el cadáver tan pronto llegué aquí, es decir, a las cuatro y treinta y dos
minutos. Míster Farley llevaba muerto por lo menos una hora.
Poirot
tenía una expresión muy grave.
—Entonces
parece posible que su muerte haya ocurrido a la hora que me dijo..., es decir,
a las tres y veintiocho minutos.
—Exacto
—dijo Stillingfleet.
—¿Había
huellas en el revólver?
—Sí;
las suyas.
—¿Y
el revólver?
El
inspector cogió la palabra.
—Era
el que guardaba en el segundo cajón de la derecha de su mesa, tal y como le
dijo a usted. Mistress Farley lo ha identificado. Además, la habitación sólo
tiene una puerta, la que da al descansillo. Los dos periodistas estaban
sentados exactamente enfrente de la puerta y juran que nadie entró en la
habitación desde que míster Farley les habló hasta que míster Cornworthy entró,
un poco después de las cuatro.
—¿De
modo que todo parece indicar que míster Farley se ha suicidado?
El
inspector Barnett sonrió.
—No
habría la menor duda, a no ser por un detalle.
—¿Que
es...?
—La
carta que le escribió a usted.
Poirot
sonrió a su vez.
—¡Comprendo!...
¡Donde interviene Hércules Poirot surge inmediatamente la idea de asesinato!
—Exacto
—dijo el inspector brevemente—. Sin embargo, después de haber aclarado usted la
situación...
Poirot
le interrumpió.
—Un
momentito —se volvió hacia mistress Farley—. ¿Había sido hipnotizado alguna vez
su marido?
—Nunca.
—¿Había
estudiado hipnotismo? ¿Estaba interesado en el asunto?
Ella
hizo un movimiento negativo con la cabeza.
—No
lo creo.
De
pronto su autodominio pareció venirse abajo.
—¡Aquel
sueño tan horrible! ¡Es tan extraño! ¡Eso de que haya soñado lo mismo noche
tras noche..., y luego..., es como si..., como si hubiera sido acosado,
empujado a la muerte!
Poirot
recordó lo que Benedict Farley le había dicho: «Hago lo que realmente deseo
hacer: matarme.»
—¿Se
le había ocurrido alguna vez —preguntó Poirot— que su marido tuviera deseos de
suicidarse?
—No...
bueno, algunas veces estaba un poco raro...
Intervino
airada Joanna Farley, con voz clara y despectiva:
—Papá
nunca se hubiera suicidado. Tenía demasiado cuidado de su persona.
El
doctor Stillingfleet dijo:
—La
gente que amenaza suicidarse, miss Farley, no suele ser la que realmente se
suicida. Por eso muchos suicidios parecen inexplicables.
Poirot
se puso en pie.
—¿Se
me autoriza ver la habitación donde ocurrió la tragedia? —preguntó.
—Por
supuesto. Doctor Stillingfleet...
El
doctor acompañó a Poirot escalera arriba.
El
despacho de Benedict Farley era mucho más grande que el de su secretario.
Estaba lujosamente amueblado con amplios butacones tapizados de cuero, una
gruesa alfombra de lana y una mesa espléndida, de tamaño extraordinario.
Pasando
detrás de la mesa, Poirot se dirigió al lugar, delante de la ventana, en que la
alfombra mostraba una mancha oscura. Recordó las palabras del millonario: «A
las tres y veintiocho minutos abro el segundo cajón de la derecha de mi mesa,
saco un revólver que guardo allí, lo cargo y me dirijo a la ventana... Y
entonces..., y entonces me pego un tiro.»
Movió
la cabeza pensativo. Luego dijo:
—¿Estaba
abierta la ventana como ahora?
—Sí;
pero nadie pudo entrar por ahí.
Poirot
asomó la cabeza. No había antepecho alguno, ni balaustrada ni cañería. Ni
siquiera un gato hubiera podido entrar por aquel lado. Enfrente se alzaba la
desnuda pared de la fábrica, una pared sin ventanas.
Stillingfleet
dijo:
—¡Vaya
habitación para despacho de un millonario, con esa vista! Es como mirar a la
pared de una cárcel.
—Sí
—dijo Poirot. Retiró la cabeza y se quedó mirando a la masa de sólido
ladrillo—. Creo que esa pared es importante.
Stillingfleet
le miró con curiosidad.
—¿Quiere
usted decir... psicológicamente?
Poirot
se había acercado a la mesa. Sin propósito definido, al parecer, cogió un par
de pinzas extensibles. Apretó las asas y las pinzas se extendieron en toda su
longitud. Con cuidado, Poirot cogió una cerilla usada que había junto a un
butacón, a cierta distancia, y la depositó en el cesto de los papeles.
—Cuando
haya terminado usted de jugar con eso... —dijo Stillingfleet irritado.
Hércules
Poirot murmuró:
—Un
invento ingenioso.
Y
colocó de nuevo las pinzas en la mesa. Luego preguntó:
—¿Dónde
estaban mistress y miss Farley a la hora de... la muerte?
—Mistress
Farley estaba descansando en su habitación, en el piso de encima de éste. Miss
Farley estaba pintando en su estudio, en el último piso de la casa.
Distraídamente,
Hércules Poirot tamborileó con los dos dedos en la mesa durante un minuto o
dos. Luego dijo:
—Me
gustaría ver a miss Farley. ¿Podría usted decirle que viniera aquí un momento?
—Si
usted quiere...
Stillingfleet
le miró con curiosidad, saliendo luego de la habitación. Transcurridos unos dos
minutos la puerta se abrió y entró Joanna Farley.
—¿Tiene
usted inconveniente, mademoiselle, en que le haga unas cuantas preguntas ?
Ella
le miró con serenidad.
—Pregunte
todo lo que guste.
—¿Sabía
usted que su padre tenía un revólver en su mesa escritorio?
—No.
—¿Dónde
estaban usted y su madre..., es decir, su madrastra, no es así?
—Sí;
Louise es la segunda mujer de mi padre. Sólo es ocho años mayor que yo. ¿Iba
usted a decir?
—¿Dónde
estaban ustedes el jueves de la semana pasada? El jueves por la noche, quiero
decir.
Ella
pensó un momento.
—¿El
jueves? Espere que piense. ¡Ah, sí! habíamos ido al teatro. A ver El perrito
que se rió.
—¿No
mostró su padre deseos de acompañarlas?
—Nunca
iba al teatro.
—¿Qué
solía hacer por las tardes?
—Se
sentaba aquí y leía.
—¿No
era hombre muy sociable?
La
chica le miró directamente a los ojos.
—Mi
padre —dijo— era una persona sumamente desagradable. Nadie que viviera en
estrecho contacto con él podría tenerle el menor cariño.
—Eso,
mademoiselle, es hablar con claridad.
—Le
estoy ahorrando tiempo, monsieur Poirot. Me doy perfecta cuenta de lo que busca
usted. Mi madrastra se casó con mi padre por el dinero. Yo vivo aquí porque no
tengo dinero para vivir en otro sitio. Hay un chico con el que me quiero casar,
un chico pobre; mi padre le hizo perder su empleo. Quería, ¿comprende?, que me
casara bien..., cosa muy fácil, porque voy a ser su heredera.
—¿Pasa
a usted la fortuna de su padre?
—Sí.
Es decir, dejó a Louise, mi madrastra, un cuarto de millón de libras, exentas
de impuestos, y hay algunos otros legados; pero el resto viene a parar a mí
—sonrió de pronto—. Conque ya ve usted, monsieur Poirot, que tenía muchos
motivos para desear la muerte de mi padre.
—Ya
veo, mademoiselle, que ha heredado usted su inteligencia.
Ella
dijo, pensativa:
—Mi
padre era inteligente... Sentía uno su poder, su fuerza conductora...; pero se
había vuelto amargo, áspero..., no le quedaba nada de humanidad...
Hércules
Poirot dijo en voz baja:
—Gran
Dieu, pero ¡qué imbécil soy!...
Joanna
Farley se volvió hacia la puerta.
—¿Algo
más?
—Dos
preguntitas. Estas pinzas —cogió las pinzas extensibles—, ¿estaban siempre en
la mesa?
—Sí.
Papá las usaba para coger cosas. No le gustaba agacharse.
—Otra
pregunta. ¿Tenía su padre buena vista?
Ella
se le quedó mirando.
—No...;
no podía ver nada, es decir, no podía ver sin las gafas. Había tenido mala
vista desde que era un chiquillo.
—Pero
¿veía bien con sus gafas?
—¡Ah!,
sí; con las gafas veía muy bien, naturalmente.
—¿Podía
leer periódicos y letra pequeña?
—Sí,
sí.
—Eso
es todo, señorita.
Joanna
Farley salió de la habitación.
Poirot
murmuró:
—He
sido un estúpido. He tenido la solución todo el tiempo delante de las narices.
Y, como estaba tan cerca, no pude verla.
Una
vez más se asomó a la ventana. Abajo, en el estrecho espacio que separaba la
casa de la fábrica, vio un pequeño objeto oscuro.
Hércules
Poirot movió la cabeza, satisfecho, y bajó de nuevo la escalera.
Los
demás seguían en la biblioteca. Poirot se dirigió al secretario.
—Míster
Cornworthy, quiero que me relate usted con detalle todas las circunstancias
relacionadas con la carta que me escribió míster Farley. Por ejemplo, ¿cuándo
la dictó?
—El
miércoles por la tarde, a las cinco y media, si no recuerdo mal.
—¿Le
dio instrucciones especiales para echarla al correo?
—Me
dijo que la llevara yo mismo.
—¿Y
lo hizo usted así?
—Sí.
—¿Le
dio instrucciones especiales al mayordomo respecto al modo de recibirme?
—Sí.
Me dijo que le dijera a Holmes (Holmes es el mayordomo) que iba a venir un
señor a las nueve y media. Tenía que preguntarle el nombre y pedirle que le
enseñara la carta.
—Unas
precauciones un poco extrañas, ¿no le parece?
Cornworthy
se encogió de hombros.
—Míster
Farley —dijo, escogiendo las palabras— era un hombre bastante raro.
—¿No
dio más instrucciones?
—Sí.
Me dijo que podía salir, que tenía el resto de la tarde libre.
—¿Y
lo hizo usted?
—Sí.
En seguida de cenar me fui al cine.
—¿Cuándo
regresó usted?
—Volví
a las once menos cuarto.
—¿Volvió
usted a ver a míster Farley aquella noche?
—No.
—¿Y
no mencionó el asunto a la mañana siguiente?
—No.
Poirot
hizo una pausa; luego prosiguió:
—Cuando
vine no me pasaron al despacho de míster Farley.
—No.
Me dijo que le dijera a Holmes que le pasara a usted a mi despacho.
—¿Por
qué? ¿Lo sabe usted?
Cornworthy
negó con un movimiento de cabeza.
—Nunca
discutía las órdenes de míster Farley —dijo fríamente—. Le hubiera molestado
que lo hiciera.
—¿Solía
recibir a sus visitas en su propio despacho?
—De
costumbre, sí; pero no siempre. Algunas veces las recibía en mi despacho.
—¿Había
alguna razón para ello?
Hugo
Cornworthy consideró la cuestión.
—No...,
no lo creo...; nunca me paré a pensar en ello.
Volviéndose
hacia mistress Farley, Poirot preguntó:
—¿Me
permite usted que llame a su mayordomo?
—Desde
luego, monsieur Poirot.
Muy
correcto, muy cortés, Holmes acudió a la llamada.
—¿Llamaba
la señora?
Mistress
Farley señaló a Poirot con un gesto. Holmes se volvió hacia él muy atento.
—Usted
dirá, señor.
—¿Qué
instrucciones recibió usted, Holmes, la noche del jueves en que vine yo aquí?
Holmes
se aclaró la garganta y luego dijo:
—Después
de cenar, míster Cornworthy me comunicó que míster Farley esperaba a monsieur
Hércules Poirot a las nueve y media. Yo tenía que averiguar el nombre del señor
y comprobarlo mirando una carta. Luego tenía que conducirlo al despacho del
secretario míster Cornworthy.
—¿También
le dijeron que llamara a la puerta con los nudillos?
Al
rostro del mayordomo asomó una expresión de desagrado.
—Ésa
era orden de míster Farley. Tenía que llamar a la puerta siempre que
introdujera alguna visita..., alguna visita de negocios, se entiende —añadió.
—¡Ah,
eso me tenía perplejo! ¿Recibió usted alguna otra instrucción con respecto a
mí?
—No,
señor. Cuando míster Cornworthy me dijo lo que acabo de repetirle a usted,
salió a la calle.
—¿Qué
hora era?
—Las
nueve menos diez, señor.
—¿Vio
usted a míster Farley después de eso?
—Sí,
señor. Le llevé un vaso de agua caliente a las nueve, como de costumbre.
—¿Estaba
entonces en su despacho o en el de míster Cornworthy?
—En
su despacho, señor.
—¿No
observó usted nada fuera de lo normal en la habitación?
—¿Fuera
de lo normal? No, señor.
—¿Dónde
estaban mistress y miss Farley?
—Habían
ido al teatro, señor.
—Gracias,
Holmes. Eso es todo.
Holmes
se inclinó y salió de la habitación. Poirot se volvió hacia la viuda del
millonario.
—Otra
pregunta, mistress Farley. ¿Veía bien su esposo?
—No.
Sin gafas, no.
—¿Era
muy corto de vista?
—
¡Oh!, sí; no podía valerse sin sus gafas.
—¿Tenía
varios pares de gafas?
—Sí.
—¡Ah!
—dijo Poirot. Y se echó hacia atrás—. Creo que con esto concluye el caso...
Se
hizo el silencio en la habitación. Todos miraban al hombrecillo, que se
acariciaba el bigote con expresión complacida. El rostro del inspector mostraba
perplejidad, el doctor Stillingfleet fruncía el ceño, Cornworthy se limitaba a
mirar sin comprender, mistress Farley parecía atónita y Joanna Farley
anhelante.
Mistress
Farley rompió el silencio.
—No
comprendo, monsieur Poirot —dijo irritada—. El sueño...
—Sí
—dijo Poirot—. El sueño era muy importante.
Mistress
Farley se estremeció.
—Nunca
creí en nada sobrenatural —dijo—; pero ahora... soñarlo noche tras noche...
—Es
extraordinario —dijo Stillingfleet—. ¡Extraordinario! Si no fuera usted quien
lo dice, Poirot, y si no lo supiera de buena tinta... —tosió turbado, volviendo
a adoptar su actitud profesional—. Perdón, mistress Farley; si el propio míster
Farley no le hubiera contado a usted la historia...
—Exacto
—dijo Poirot. Sus ojos, que había tenido entornados, se abrieron de pronto.
Parecían muy verdes—. Si Benedict Farley no me lo hubiera dicho...
Hizo
una pausa, dirigiendo una mirada al círculo de rostros atónitos que le rodeaba.
—Algunas
de las cosas que ocurrieron aquella noche me parecían completamente
inexplicables. Primero, ¿por qué insistir tanto en que trajera conmigo la carta
en que me citaron?
—Identificación
—sugirió Cornworthy.
—No,
no, querido joven. Esa idea es ridícula. Tiene que haber alguna otra razón de
mucho más peso. Porque míster Farley no se limitó a pedir que yo presentara la
carta, sino que de modo tajante me pidió que la dejara aquí. Y aún es más, ¡ni
siquiera la destruyó! La encontraron esta tarde entre sus papeles. ¿Por qué la
conservó?
La
voz de Joanna Farley interrumpió, diciendo:
—Quería
que, si le pasaba algo, se conocieran los detalles de su extraño sueño.
Poirot
hizo un ademán de aprobación.
—Es
usted sagaz, mademoiselle. Ése debe ser, no tiene más remedio que ser, el
motivo de haber guardado la carta. Cuando míster Farley muriera tenía que
conocerse la historia de aquel extraño sueño. Aquel sueño era muy importante.
Aquel sueño, mademoiselle, era vital. Voy a ocuparme ahora —continuó— del
segundo extremo. Después de escuchar su historia le pedí a míster Farley que me
mostrara la mesa y el revólver. Parecía a punto de levantarse para hacerlo, y
de pronto se niega. ¿Por qué se niega?
Esta
vez nadie anticipó la respuesta.
—Haré
la pregunta de otra manera. ¿Qué había en el cuarto contiguo que míster Farley
no quería que yo viera?
Todos
continuaron en silencio.
—Sí
—dijo Poirot—; es difícil contestar a esta pregunta. Y, sin embargo, había una
razón, una razón muy importante, para que míster Farley me recibiera en el
despacho de su secretario y se negara en redondo a llevarme a su propio
despacho. Algo había en aquel cuarto que no podía dejarme ver. Y ahora llego a
la tercera cosa inexplicable que ocurrió aquella noche. Míster Farley, en el
momento en que me marchaba, me pidió que le entregara la carta que me había
escrito. Inadvertidamente le di una comunicación de mi lavandera. La miró y la
puso en la mesa que tenía al lado. Ya en la puerta, me di cuenta de mi error y
lo rectifiqué. Después de hacerlo salí de la casa y, lo confieso, estaba
completamente desconcertado. Todo aquel asunto, y especialmente el último
incidente, me resultaba del todo inexplicable.
Pasó
la mirada de uno a otro.
—¿No
comprenden?
Stillingfleet
dijo:
—No
veo qué tiene que ver su lavandera con el asunto, Poirot.
—Mi
lavandera —dijo Poirot— tuvo mucha importancia. Esa desgraciada que estropea
los cuellos de mis camisas, por primera vez en su vida fue útil a alguien. Pero
tienen que verlo ustedes..., ¡es tan claro! Míster Farley echó una mirada a
aquella comunicación; una mirada debía haberle bastado para ver que aquélla no
era la carta que quería..., y no se enteró. ¿Por qué? ¡Porque no pudo verla
bien!
El
inspector Barnett dijo vivamente:
—¿No
tenía puestas las gafas?
Hércules
Poirot sonrió.
—Sí
—dijo—. Tenía puestas las gafas. Por eso precisamente es tan interesante este
punto.
Se
inclinó hacia adelante.
—El
sueño de míster Farley era muy importante. Soñó que se suicidaba, y poco después
se suicidó. Es decir, estaba solo en una habitación y fue encontrado allí con
un revólver a su lado, y nadie entró en la habitación ni salió de ella a la
hora en que se produjo el disparo. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que
tiene que tratarse de un suicidio, ¿verdad?
—Sí
—dijo Stillingfleet.
Hércules
Poirot movió la cabeza en sentido negativo.
—Por
el contrario —dijo—. Se trata de un asesinato. Un asesinato fuera de lo
corriente y planeado con gran habilidad.
De
nuevo se inclinó hacia adelante, dando golpecitos en la mesa y con los ojos muy
verdes y muy brillantes.
—¿Por
qué no me permitió míster Farley que pasara a su despacho aquella noche? ¿Qué
había allí que no debía dejárseme ver? Creo, amigos míos, que allí estaba...
¡Benedict Farley en persona!
Poirot
sonrió a los rostros atónitos que le circundaban.
—Sí,
sí; no digo ninguna tontería. ¿Por qué míster Farley, con el que yo había
estado hablando, no se dio cuenta de la diferencia entre dos cartas
completamente distintas? Porque, mes amis, era un hombre de vista normal, que
llevaba puestas unas gafas de cristales muy gruesos. Esas gafas dejarían
prácticamente ciego a un hombre de vista normal. ¿No es así, doctor?
Stillingfleet
murmuró:
—Así
es..., naturalmente.
—¿Por
qué tuve la impresión al hablar con míster Farley de estar hablando con un
charlatán, con un actor que estuviera representando un papel? ¡Porque estaba
representando un papel! Imaginen la escena. El cuarto en penumbra; la luz, bajo
la pantalla verde, vuelta en sentido contrario a la figura de la butaca. ¿Qué
vi yo? La famosa bata de retazos de colores, la nariz ganchuda (fabricada con
esa sustancia tan útil, la masilla), el mechón de cabellos blancos, los gruesos
cristales que ocultaban los ojos... ¿Qué pruebas tenemos de que míster Farley
tuviera aquel sueño? Sólo la historia que se me contó a mí y las palabras de
mistress Farley. ¿ Qué pruebas tenemos de que Benedict Farley guardara un
revólver en su mesa? Igual que antes, sólo lo que se me dijo a mí y la palabra
de mistress Farley. Dos personas llevaron a cabo esta superchería, mistress
Farley y Hugo Cornworthy. Cornworthy me escribió la carta, dio instrucciones al
mayordomo, salió aparentando ir al cine, pero volvió en seguida, entrando con
su llave; se fue a su cuarto, se caracterizó y representó el papel de Benedict
Farley. Y con esto llegamos a esta tarde. Llega por fin la oportunidad que
había estado esperando míster Cornworthy. En el descansillo hay dos testigos
que podrán jurar que nadie entró ni salió del despacho de Benedict Farley.
Cornworthy espera hasta que está a punto de pasar una gran cantidad de coches.
Entonces se asoma a su ventana, y con las pinzas extensibles que ha cogido de
la mesa del despacho contiguo sostiene un objeto contra la ventana de este
cuarto. Benedict Farley se acerca a la ventana. Cornworthy retira rápidamente
las pinzas, y mientras Farley se echa hacia fuera y por la calle pasan los
camiones y coches, dispara contra él el revólver que tiene dispuesto. No puede
haber testigos del crimen. Cornworthy espera más de media hora, luego coge unos
papeles, esconde entre ellos las pinzas extensibles y el revólver y sale al
descansillo, dirigiéndose a la habitación contigua. Coloca de nuevo las pinzas
en la mesa, deja el revólver en el suelo, después de apretar contra él los
dedos del muerto, y sale corriendo con la noticia del «suicidio» de míster
Farley. Dispone las cosas de modo que aparezca la carta dirigida a mí y que
llegue yo con mi historia, la historia oída de labios de míster Farley, sobre
su extraordinario «sueño» y la extraña fuerza que le arrastraba al suicidio.
Algunos crédulos discutirían la teoría del hipnotismo, pero la consecuencia
primordial de la historia sería probar sin lugar a dudas que la mano que había
disparado el revólver había sido la de Benedict Farley.
Hércules
Poirot dirigió sus ojos al rostro de la viuda, un rostro ceniciento, abatido,
aterrorizado...
—Y a
su debido tiempo —terminó suavemente— hubiera llegado el final feliz. Un cuarto
de millón de libras y dos corazones latiendo al unísono...
John
Stillingfleet y Hércules Poirot iban andando por el costado de Northway House.
A su derecha se alzaba la elevada pared de la fábrica. Sobre ellos, a su
izquierda, las ventanas de los despachos de Benedict Farley y Hugo Cornworthy.
Hércules Poirot se agachó y cogió un pequeño objeto, un gato negro de peluche.
—Voila!
—dijo—. Esto es lo que Cornworthy sostuvo con las pinzas
extensibles
contra la ventana de Farley. ¿Recuerda usted que odiaba los gatos?
Naturalmente, corrió a la ventana.
—¿Por
qué diablos no salió Cornworthy a recogerlo después de haberlo tirado?
—¿Cómo
iba a hacerlo? Hubiera sido muy sospechoso. Después de todo, si alguien
encontraba este objeto, ¿qué creería? Que algún niño había estado jugando por
aquí y se le había caído.
—Sí
—dijo Stillingfleet suspirando—. Eso es probablemente lo que hubiera pensado
una persona corriente. Pero el bueno de Poirot, no. ¿Sabe usted, viejo zorro,
que hasta el último minuto pensé que iba usted a ir a parar a alguna teoría muy
sutil sobre un asesinato «sugerido», psicológico y retumbante? Apuesto algo a
que esos dos pensaban lo mismo. ¡Buena pieza la Farley! ¡Qué barbaridad, cómo
estalló! Cornworthy pudo haberse salvado si ella no se hubiera puesto nerviosa,
abalanzándose sobre usted y tratando de estropear su bello físico con las uñas.
¡Le libré de ella en el momento justo!
Hizo
una pausa y luego dijo:
—Me
gusta la chica. Es valiente y tiene cabeza. Me figuro que me tomarían por un
cazadotes si hiciera alguna tentativa...
—Llega
usted tarde, amigo. Ya hay alguien sur le tapis. La muerte de su padre ha
allanado para ella el camino de la felicidad.
—Pensándolo
bien, tenía un buen motivo para quitar de en medio a su desagradable padre.
—El
motivo y la oportunidad no bastan —dijo Poirot—. ¡Hay que tener también
mentalidad criminal!
—Me
gustaría saber si sería usted capaz de cometer un crimen, Poirot —dijo
Stillingfleet—. Apuesto algo a que saldría muy bien parado. En realidad, sería
demasiado fácil para usted, quiero decir, sería completamente antideportivo.
—Esa
—dijo Poirot— es una idea típicamente inglesa.
EN
UN ESPEJO
No
puedo explicar esta historia. No tengo ninguna teoría respecto al cómo y al
porqué de ella. Sencillamente... sucedió.
De
todos modos, me pregunto algunas veces cómo se hubieran desarrollado las cosas
si hubiera notado entonces aquel detalle esencial que no observé hasta muchos
años más tarde. Si lo hubiera notado... bueno, creo que el rumbo de tres vidas
hubiera cambiado por completo. En cierto sentido, es ésta una idea
sobrecogedora.
Para
relatar el principio de la historia tengo que retroceder al verano de 1914,
inmediatamente antes de la guerra, cuando fui con Neil Carslake a Badgeworthy.
Creo que Neil era mi mejor amigo. Conocía también a su hermano Alan, pero no
tanto. A Sylvia, su hermana, no la conocía. Era dos años más joven que Alan y
tres más que Neil. En dos ocasiones, cuando estábamos juntos en el colegio,
debía haber ido a pasar parte de las vacaciones a Badgeworthy con Neil; pero en
las dos ocasiones algo lo había impedido. Y así se dio el caso de que hasta los
veintitrés años no llegué a ver la casa de Neil y de Alan.
Íbamos
a reunimos muchos. Sylvia, la hermana de Neil, acababa de formalizar su
compromiso con un individuo llamado Charles Crawley. Crawley era, según me
había dicho Neil, mucho mayor que ella, pero un hombre honrado a carta cabal y
bastante adinerado.
Recuerdo
que llegamos a eso de las siete de la tarde. Todos estaban en sus habitaciones,
vistiéndose para la cena. Neil me llevó a mi cuarto. Badgeworthy era una casa
antigua, atractiva y de construcción irregular. Durante los últimos tres siglos
la habían ido ampliando y estaba llena de peldaños que subían o bajaban y de
escaleras inesperadas. Era una de esas casas en las que no es muy fácil
orientarse. Recuerdo que Neil me prometió pasar a recogerme al bajar al
comedor. Me sentía un poco tímido ante la idea de conocer a su familia.
Recuerdo que dije, riendo, que aquella era una casa donde uno esperaba
encontrarse con fantasmas en los pasillos, y él contestó, sin darle
importancia, que se decía que los había, pero que ninguno de ellos los había
visto y que ni siquiera sabía qué forma se le atribuía a los fantasmas de
Badgeworthy.
Luego
salió y yo me puse a revolver en las maletas en busca de mi ropa de etiqueta.
Los Carslake no eran ricos; se aferraban a su vieja casa, pero no había criados
que sirvieran a los invitados y deshicieran sus equipajes.
Pues
bien: había llegado a la fase de hacerme la corbata. De pie, frente al espejo,
podía verme la cara y los hombros, y detrás de ellos la pared de la habitación
(un trozo liso de pared, interrumpido en el centro por una puerta), y en el
momento en que había logrado hacer el nudo observé que la puerta estaba
abriéndose.
No
sé por qué no giré en redondo; creo que eso hubiera sido lo natural; pero el
caso es que no lo hice. Me quedé mirando cómo la puerta se abría lentamente y,
al irse abriendo, pude ver el cuarto contiguo al que yo ocupaba.
Era
un dormitorio mayor que el mío, con dos camas, y, de pronto, contuve la
respiración.
Porque
al pie de una de las camas había una chica y alrededor de su cuello un par de
manos de hombre, y el hombre la iba echando hacia atrás, poco a poco,
apretándole la garganta al hacerlo, de modo que la chica estaba asfixiándose
lentamente.
No
había la menor posibilidad de error. Lo que veía era clarísimo. Se estaba
cometiendo un asesinato. Podía ver con claridad la cabeza de la chica; su
cabello, de un dorado intenso; el terror agonizante de su hermoso rostro, que
lentamente se iba inundando de sangre. Al hombre sólo podía verle la espalda,
las manos y una cicatriz que le bajaba por el lado izquierdo de la cara hacia
el cuello.
Se
tarda algo en contarlo, pero, en realidad, sólo pasé unos segundos contemplando
atónito la escena. Luego giré en redondo para salvarla...
Y en
la pared que había a mi espalda, en la pared reflejada en el espejo, no había
más que un gran armario antiguo de caoba. Ni puerta abierta, ni escena
violenta. Giré de nuevo hacia el espejo. El espejo reflejaba tan sólo el
armario...
Me
pasé las manos por los ojos. Luego crucé la habitación en dos zancadas y traté
de empujar el armario. Y en aquel momento entró Neil por la otra puerta, la del
pasillo, y me preguntó qué diablos intentaba hacer.
Debió
de creer que estaba un poco chiflado cuando me volví hacia él y le pregunté si
había una puerta detrás del armario. Dijo que sí, que había una puerta que
conducía al cuarto contiguo. Le pregunté quién ocupaba el cuarto, y dijo que un
matrimonio llamado Oldham, el comandante Oldham y su esposa. Le pregunté
entonces si mistress Oldham era muy rubia, y al contestarme él secamente que
era morena, empecé a darme cuenta de que debía de estar haciendo el ridículo.
Me rehice, di una explicación poco convincente y bajamos la escalera juntos. Me
dije que debía de haber sufrido una especie de alucinación y me sentí
avergonzado y un poco tonto.
Y
entonces..., entonces... Neil dijo: «Mi hermana Sylvia», y vi delante de mí el
rostro encantador de la chica a quien estaban asfixiando..., y me presentaron a
su novio, un hombre alto, moreno, con una cicatriz en el lado izquierdo de la
cara.
Bueno;
ahí lo tienen ustedes. Me gustaría que meditaran la cuestión y me dijeran qué
hubieran hecho en mi lugar. Allí estaba la chica, exactamente la misma chica, y
allí estaba el hombre a quien yo había visto estrangularla, y se iban a casar
dentro de un mes aproximadamente...
¿Sería
o no aquello una visión profética del futuro? ¿Volverían allí Sylvia y su
marido algún día, les darían aquella habitación (la mejor habitación de
invitados), y la escena que yo acababa de presenciar tendría lugar en la
realidad?
¿Qué
iba a hacer yo? ¿Podía hacer algo? ¿Podría alguien creer mi historia? ¿Me
creería Neil, la chica misma?
Durante
la semana que pasé allí le estuve dando vueltas al asunto una y otra vez.
¿Hablaría o no hablaría? Y casi en seguida surgió otra complicación. Porque me
enamoré de Sylvia Carslake en el mismo momento en que la vi por primera vez...
La quería más que nada en el mundo... Y eso, en cierto modo, ataba mis manos.
Y,
sin embargo, si no decía nada, Sylvia se casaría con Charles Crawley y Crawley
la mataría...
Por
fin, el día antes de marcharme se lo conté todo bruscamente. Le dije que
suponía que me iba a creer mal de la cabeza o algo por el estilo, pero le juré
solemnemente que había visto la escena tal y como se la había contado, y que
estando decidida a casarse con Crawley debía conocer mi extraña visión.
Me
escuchó en silencio. En sus ojos había una expresión que no comprendí. No se
enfadó en absoluto. Cuando terminé, se limitó a darme gravemente las gracias.
Yo repetía una y otra vez, como un idiota:
—Lo
he visto. De verdad, lo he visto.
Y
ella dijo:
—Estoy
segura de que lo has visto, si tú lo dices. Te creo.
Bien;
el resultado fue que me marché sin saber si había obrado bien o si había hecho
el tonto, y una semana después Sylvia rompía su compromiso con Charles Crawley.
Después
de eso vino la guerra y no hubo mucho tiempo para pensar en nada más. Una o dos
veces, estando de permiso, encontré casualmente a Sylvia, pero la evité en la
medida de lo posible.
La
quería y la necesitaba tanto como antes, pero me parecía que no sería jugar
limpio. Había sido por mí por lo que había roto su compromiso con Crawley y no
dejaba de repetirme a mí mismo que para justificar tal acción tenía que
mantener una actitud puramente desinteresada.
En
1916 murió Neil y me tocó a mí relatarle a Sylvia sus últimos momentos. Después
de eso no podíamos continuar tratándonos con cumplidos. Sylvia había querido
muchísimo a su hermano y Neil había sido mi mejor amigo. Estaba encantadora,
adorable en su dolor. Me costó gran esfuerzo callar y me marché, deseando que
una bala acabara con todo. La vida sin Sylvia no valía la pena de ser vivida.
Pero
ninguna bala llevaba mi nombre. Una me pasó rozando por debajo de la oreja
derecha y a otra la desvió una pitillera que tenía en el bolsillo, pero salí
incólume. Charles Crawley murió en acción a principios de 1915.
En
cierto modo, eso cambió algo las circunstancias. Volví a Inglaterra en el otoño
de 1918, cuando iba a firmarse el Armisticio; fui inmediatamente a ver a Sylvia
y le dije que la quería. No tenía muchas esperanzas de que me quisiera en
seguida, y cuando me preguntó por qué no se lo había dicho antes, me quedé que
si me pinchan no sangro. Farfullé algo sobre Crawley y ella dijo:
—Pero
¿por qué crees que terminé con él?
Y me
contó que, igual que me había pasado a mí con ella, se había enamorado de mí en
el momento de conocerme.
Le
dije que había creído que había roto su compromiso a causa de la historia que
le había contado, y ella se rió y dijo que si una mujer quería a un hombre no
iba a ser tan cobarde. Volvimos a hablar de aquella visión mía y estuvimos de
acuerdo en que era muy extraña y nada más.
No
hay mucho que contar de la temporada siguiente. Sylvia y yo nos casamos y
éramos felices. Pero no tardé en darme cuenta de que yo no estaba hecho para
ser un marido modelo. Quería muchísimo a Sylvia, pero tenía celos, unos celos
absurdos, de cualquiera a quien ella le sonriera simplemente. Al principio, eso
la divertía. Hasta creo que le gustaba. Demostraba, por lo menos, cuánto la
quería.
En
cuanto a mí, me daba perfecta cuenta de que no sólo estaba haciendo el
ridículo, sino poniendo en peligro la paz y la felicidad de nuestra vida en
común. Ya digo que lo comprendía, pero no podía cambiar. Siempre que Sylvia
recibía una carta y no me la mostraba, me preguntaba de quién sería. Si reía
hablando con un hombre, quienquiera que fuese, me ponía sombrío y en guardia
acto seguido.
Como
ya he dicho, al principio Sylvia se reía de mí. Le parecía una cosa muy
graciosa. Después ya no le hacía tanta gracia. Y, por último, no le hacía
gracia ninguna.
Y
lentamente empezó a alejarse de mí. Me cerró las puertas de su espíritu. Ya no
sabía cuáles eran sus pensamientos. Estaba cariñosa conmigo, pero triste, como
si se hallara muy lejos.
Poco
a poco comprendí que ya no me quería. Su amor por mí había muerto y yo lo había
matado...
Entonces
apareció Derek Wainwright. Él tenía todo lo que a mí me faltaba. Era
inteligente y hablaba con agudeza. Era apuesto, además, y, no tengo más remedio
que reconocerlo, un chico excelente. En seguida que lo vi, me dije:
«Este
nombre parece hecho para Sylvia...»
Ella
luchó. Sé que luchaba..., pero no la ayudé. No podía. Me había atrincherado en
mi sombría y melancólica reserva. Sufría lo indecible y no podía mover un dedo
para salvarme. No la ayudé. Incluso empeoré las cosas. Un día me desaté con
ella, le dije una serie de barbaridades injustificables. Estaba como loco de
celos y de dolor. Las cosas que dije eran crueles y falsas y las decía a
sabiendas de que lo eran. Experimentaba un placer feroz en decirlas...
Recuerdo
cómo Sylvia enrojeció, retrocedió...
La
llevé al límite de su resistencia.
Recuerdo
que dijo:
—Esto
no puede continuar...
Cuando
volví a casa aquella noche, la casa estaba vacía..., vacía. Había dejado una
nota, al modo clásico.
En
ella me decía que me dejaba para siempre. Se marchaba a Badgeworthy, a pasar
allí uno o dos días. Después se iba junto a la persona que la quería y la
necesitaba. Tenía que considerar aquello como el fin.
Creo
que hasta entonces no había creído realmente mis propias sospechas. El ver por
escrito la confirmación de mis temores me volvió completamente loco. Salí
corriendo tras ella a la máxima velocidad que pude sacar al coche.
Recuerdo
que acababa de cambiarse para cenar cuando entré en su habitación como una
tromba. Todavía puedo ver su cara, sorprendida, asustada, hermosa..., sus ojos
brillantes.
—Nadie
te conseguirá —dije yo—. Nadie.
Y
cogí su garganta y apreté, echándola hacia atrás lentamente.
Y de
pronto vi reflejada nuestra imagen en el espejo. Yo estrangulando a Sylvia, que
se asfixiaba, y la cicatriz de mi mejilla, donde la bala la había rozado,
debajo de la oreja derecha.
No,
no la maté. Aquella revelación repentina me paralizó y mis manos aflojaron la
presión y la dejé caer al suelo...
Y
entonces me vine abajo y ella me consoló... Sí, me consoló...
Le
conté todo y ella me dijo que con la frase «la persona que me quiere y me
necesita», a quien se refería era a su hermano Alan... Aquella noche nos
comprendimos y desde aquel momento nunca volvimos a distanciarnos en
discusiones.
Es
muy aleccionador ir por la vida con el pensamiento de que, de no haber sido por
la gracia de Dios y por un espejo, uno podría ser un asesino...
Pero
una cosa murió aquella noche: el demonio de los celos, que me había poseído
cruelmente durante tanto tiempo...
Sin
embargo, algunas veces me paro a considerar en lo que hubiera ocurrido de no
haber cometido aquel error inicial: creer que la cicatriz estaba en la mejilla
izquierda, cuando en realidad estaba en la derecha, devolviéndola el espejo
invertida... ¿Hubiera estado tan seguro de que aquel hombre era Charles
Crawley? ¿Hubiera advertido a Sylvia? ¿Se hubiera casado ella conmigo, o con
él?
¿O
acaso el pasado y el futuro serán realmente uno mismo?
Soy
un hombre sencillo y no pretendo comprender estas cosas, pero lo que vi, lo vi,
y, a consecuencia de lo que vi, Sylvia y yo, para decirlo con la frase
tradicional, estamos juntos hasta que la muerte nos separe. Y puede que hasta
más allá...
PROBLEMA
EN EL MAR
¡Coronel
Clapperton! —dijo el general Forbes, en un tono que sonó como un ronquido o un
resoplido.
Miss
Ellie Henderson se inclinó hacia adelante, con un mechón de su suave cabello
gris meciéndosele por la cara. Sus ojos, oscuros y vivos, brillaban de
satisfacción maligna.
—¡Un
hombre con un aspecto tan militar! —dijo con malicia, y se echó hacia atrás el
mechón de pelo, esperando el resultado de su frase.
—¡Militar!
—estalló el general Forbes.
Se
tiró de su bigote guerrero, con el rostro de un rojo subido.
—Estaba
en la Guardia, ¿no? —murmuró miss Henderson, rematando su obra.
—¿En
la Guardia? ¿En la Guardia? ¡Qué sarta de estupideces! ¡Ese individuo era un
artista de variedades! ¡Palabra! Se alistó y estuvo en Francia contando latas
de ciruela y de manzana. A los teutones se les cayó una bomba perdida y le
mandaron a Inglaterra con una herida sin importancia en el brazo. No sé cómo
fue a parar al hospital de lady Carrington.
—¡Conque
fue así como se conocieron!
—¡Exacto!
El tipo interpretó el papel de héroe. Lady Carrington no tenía cabeza, pero sí
tenía montones de dinero. El viejo Carrington había negociado con municiones.
Llevaba sólo seis meses de viuda. Ese tipo se hizo con ella en un momento.
Luego ella le enchufó en el Ministerio de la Guerra. ¡Coronel Clapperton! ¡Bah!
—terminó con un bufido.
—Y
antes de la guerra era artista de variedades —murmuró miss Henderson, tratando
de imaginar al distinguido coronel Clapperton, con sus cabellos grises, como un
cómico de nariz colorada, entonando canciones bufas.
—¡Exacto!
—dijo el general Forbes—. Se lo oí decir al viejo Bassington—French. Y él se lo
oyó al viejo Badger Cotterill, que lo supo por Snooks Parker.
Miss
Henderson asintió vivamente.
—Bueno,
entonces no hay más que hablar —dijo.
Una
sonrisa fugaz asomó al rostro de un hombre bajito, sentado cerca de ellos. Miss
Henderson observó la sonrisa. Era muy observadora. La sonrisa mostraba que
aquel hombre había apreciado la ironía envuelta en su última observación...,
ironía que el general ni por un momento sospechó. El general tampoco veía las
sonrisas. Echó una ojeada a su reloj, se puso en pie y observó:
—Ejercicio.
Hay que mantenerse en forma cuando se está en un barco.
Y se
marchó a cubierta.
Miss
Henderson miró al hombre que se había sonreído. Era una mirada de persona
educada, con la que indicaba que estaba dispuesta a entablar conversación con
su compañero de viaje.
—Es
activo, ¿verdad? —preguntó el hombre bajito.
—Da
la vuelta a cubierta cuarenta y ocho veces exactamente —dijo miss Henderson—.
¡Qué cotilla es! ¡Y luego dicen que es a las mujeres a las que nos gusta el
escándalo!
—¡Qué
descortesía!
—Los
franceses son muy corteses —dijo miss Henderson con un matiz de interrogación
en la voz.
El
hombre bajito reaccionó prontamente a la insinuación.
—Belga,
mademoiselle —dijo.
—¡Ah!
Belga.
—Hércules
Poirot, a su disposición.
El
nombre despertó en ella algún recuerdo. ¿Dónde lo habría oído antes?
—¿Lo
pasa usted bien en el barco, monsieur Poirot?
—Francamente,
no. Ha sido una estupidez haberme dejado convencer para venir. Detesto la mer.
Nunca está tranquila, nunca, ni un minuto.
—Bueno,
reconocerá usted que ahora está tranquila. Monsieur Poirot lo admitió a
regañadientes.
—A
ce moment, sí. Por eso revivo. Por eso vuelvo a interesarme por lo que sucede a
mi alrededor... por ejemplo, ha despertado mi interés su habilidad en manejar
al general Forbes.
—¿Se
refiere usted a...?
Miss
Henderson se calló. Hércules Poirot inclinó la cabeza.
—A
su manera de sacarle aquel escándalo. ¡Admirable!
Miss
Henderson se rió, sin sentir el menor embarazo.
—¿Aquel
quite sobre la Guardia? Yo sabía que eso le haría quedarse sin habla —se echó
hacia adelante, en actitud confidencial—. Confieso que me gusta el escándalo...
¡cuanto peor intencionado sea, mejor!
Poirot
la miró pensativo. Era una mujer de cuarenta y cinco años, satisfecha de
representarlos, esbelta, de figura bien conservada, de agudos ojos oscuros y
cabello gris.
Ellie
dijo, de pronto:
—¡Ya
sé! ¿No es usted el gran detective?
Poirot
hizo una inclinación de cabeza.
—Es
usted muy amable, mademoiselle.
Pero
no rechazó el cumplido.
—¡Qué
emocionante! —dijo miss Henderson—. ¿Está usted tras una pista, como dicen en
los libros? ¿Tenemos entre nosotros un criminal de incógnito? ¿Soy indiscreta?
—Nada
de eso. Me duele desilusionarla, pero estoy aquí, con los demás, sencillamente
para divertirme.
Lo
dijo con voz tan lúgubre que miss Henderson se rió.
—Bueno,
mañana podrá bajar a tierra en Alejandría. ¿Ha estado usted antes en Egipto?
—Nunca,
mademoiselle.
Miss
Henderson se levantó un tanto bruscamente.
—Voy
a reunirme con el general en su paseíto —anunció con sequedad.
Poirot
se puso en pie cortésmente.
Ella
le hizo un saludo ligero y salió a cubierta.
A
los ojos de Poirot asomó por un momento una expresión un poco perpleja; luego
se levantó, los labios fruncidos por una sonrisita, asomó la cabeza por la
puerta y miró a cubierta. Miss Henderson se inclinaba contra la barandilla,
hablando con un hombre alto, de aspecto militar.
La
sonrisa de Poirot se acentuó. Volvió al salón de fumar con las mismas
precauciones con que la tortuga se mete en su concha. Por el momento, el salón
de fumar era sólo suyo, pero supuso certeramente que aquella situación no
duraría mucho.
Y no
duró. Mistress Clapperton entró por la puerta del bar con el aire resuelto de
la mujer que siempre ha podido pagar el precio más alto por todo lo que
necesitaba. Llevaba el cabello rubio platino cuidadosamente ondulado y
protegido por una redecilla, y la figura, sometida a masajes y dietas, cubierta
con un elegante conjunto deportivo.
—¡John!
—dijo—. ¡Ah, buenos días, monsieur Poirot! ¿Ha visto usted a John?
—Está
en la cubierta de estribor, madame ¿Voy...?
Ella
le detuvo con un gesto.
—Me
sentaré aquí un minuto.
Se
sentó con aire de reina en la butaca frente a la suya. Desde lejos podían
echársele veintiocho años. De cerca, a pesar del maquillaje perfecto, de las
cejas, muy bien depiladas, no representaba los cuarenta y nueve años que tenía,
sino posiblemente cincuenta y cinco. Sus ojos duros, de pupilas diminutas, eran
de una tonalidad azul pálido.
—Sentí
no verle anoche en el comedor —dijo—. Desde luego, el mar estaba un poco
picado.
—Précisément...
—dijo Poirot con calor.
—Afortunadamente,
yo no me mareo nunca —dijo mistress Clapperton—. Digo afortunadamente, porque,
como padezco del corazón, probablemente si me mareara, eso significaría la
muerte para mí.
—¿Padece
usted del corazón, madame!
—Sí;
tengo que tener muchísimo cuidado. No debo fatigarme. ¡Todos los médicos lo
dicen!
Mistress
Clapperton había cogido el tema, para ella fascinador, de su salud.
—John,
pobrecito mío —prosiguió—, se desvive por evitarme que haga demasiadas cosas.
¡Vivo tan intensamente, monsieur Poirot!
—Sí,
sí.
—Siempre
me dice: «Trata de vegetar un poco, Adeline.» Pero no puedo. Yo creo que la
vida ha sido hecha para vivirla. A decir verdad, me agoté siendo muy joven,
durante la guerra. Mi hospital..., ¿ha oído usted hablar de mi hospital? Claro
que tenía enfermeras y todo eso, pero era yo quien lo llevaba realmente.
Suspiró.
—Su
vitalidad es maravillosa, querida señora —dijo Poirot con el tono un poco
mecánico de la persona que dice lo que esperan que diga.
Mistress
Clapperton soltó una risita juvenil.
—¡Todo
el mundo elogia lo joven que estoy! ¡Es absurdo! Nunca niego que tenga cuarenta
y tres años —continuó con franqueza un tanto falsa—, pero a mucha gente le
cuesta trabajo creerlo. «¡Tienes tanta vitalidad, Adeline!», me dicen. Pero la
verdad, monsieur Poirot, ¿qué sería de uno si no tuviera vitalidad?
—Se
moriría —dijo Poirot.
Mistress
Clapperton frunció el ceño. No le gustó la respuesta. Aquel hombre, pensó,
quería hacerse el gracioso. Se levantó y dijo fríamente:
—Voy
a buscar a John.
Al
cruzar la puerta se le cayó el bolso. Éste se abrió y su contenido se
desparramó por el suelo. Poirot corrió galantemente a ayudarla. Tardó varios
minutos en recoger las barras de labios, las polveras, la pitillera, el
encendedor y otras cosas diversas. Mistress Clapperton le dio las gracias
cortésmente, salió luego a cubierta y llamó:
—¡John!
El
coronel Clapperton continuaba enfrascado en su conversación con miss Henderson.
Se volvió y se acercó apresuradamente a su esposa, inclinándose hacia ella en
actitud protectora. ¿Estaba su silla en el sitio apropiado? ¿No sería mejor...?
Su actitud era muy cortés y solícita. Evidentemente, una esposa mimada por su
amante esposo.
Miss
Henderson miró al horizonte, como si la escena le desagradara profundamente.
En
pie en la puerta del salón de fumar, Poirot observaba.
Una
voz áspera y temblona dijo a su espalda:
—Si
fuera yo su marido, le daría con un hacha.
El
viejo caballero, a quien la gente joven del barco, sin ningún respeto, conocía
por el Patriarca de los Plantadores de Té, acababa de entrar, arrastrando los
pies.
—¡Chico!
—llamó—. ¡Tráeme un whisky!
Poirot
se agachó para recoger un trozo de papel caído del bolso de mistress Clapperton
y que les había pasado inadvertido. Observó que era parte de una receta para un
preparado de digitalina. Lo guardó en el bolsillo, con la intención de
devolvérselo más tarde a mistress Clapperton.
—Sí
—continuó el anciano pasajero—. Es una mujer venenosa. En Poona conocí a una
como ella. En el año ochenta y siete.
—¿Y
le dio alguien con un hacha? —preguntó Poirot.
El
anciano movió tristemente la cabeza.
—Mató
a su marido a disgustos antes de un año. Clapperton debía ponerse en su puesto.
Consiente demasiado a su mujer.
—Ella
tiene la bolsa —dijo Poirot gravemente.
—¡Ja,
ja! —rió entre dientes el anciano—. Lo ha expresado muy bien en pocas palabras.
Ella tiene la bolsa. ¡Ja, ja!
Dos
chicas entraron atropelladamente en el salón de fumar. Una de ellas tenía la
cara redonda y pecosa, y su cabellera oscura flotaba en desorden; la otra tenía
pecas y el cabello rizado y castaño.
—¡Al
rescate, al rescate! —exclamó Kitty Mooney—. Pam y yo vamos a rescatar al pobre
coronel Clapperton.
—A
rescatarlo de su mujer —dijo Pamela Cregan, jadeante.
—Es
una monada de hombre...
—Y
ella es horrorosa, no le deja hacer nada —exclamaron las dos chicas.
—Y
cuando no está con ella, lo atrapa la Henderson...
—Que
es muy agradable. Pero viejísima...
Salieron
corriendo, diciendo entrecortadamente, entre risa y risa:
—¡Al
rescate, al rescate!
Que
el rescatar al coronel Clapperton no era un arranque pasajero, sino un proyecto
arraigado en ellas, quedó demostrado aquella misma noche, cuando Pam Cregan se
acercó a Hércules Poirot y murmuró:
—Obsérvenos,
monsieur Poirot. Vamos a raptarlo delante de las narices de su mujer y a
llevarlo a pasear a la luz de la luna en el puente superior.
En
aquel preciso instante, el coronel Clapperton estaba diciendo:
—Le
concedo que el Rolls Royce es caro. Pero se tiene un coche prácticamente para
toda la vida. Mi coche...
—Mi
coche, querrás decir, John —dijo mistress Clapperton con voz chillona.
Él
no demostró que su grosería le molestara. O ya estaba acostumbrado, o si no...
«O
si no...», pensó Poirot, y se puso a meditar.
—Claro,
querida, tu coche.
Clapperton
hizo una pequeña inclinación a su esposa y terminó lo que estaba diciendo,
imperturbable.
«Voila
ce qu'on appelle de pukka sahib —pensó Poirot—. Pero el general Forbes dice que
Clapperton no es un caballero. No sé qué pensar.»
Alguien
propuso una partida de bridge. Mistress Clapperton, el general Forbes y una
pareja de mirada aguda se sentaron a la mesa de juego. Miss Henderson se había
disculpado, saliendo a cubierta.
—¿Y
su marido no juega? —preguntó el general Forbes, indeciso.
—John
no jugará —dijo mistress Clapperton—. Es un fastidio.
Los
cuatro jugadores empezaron a barajar las cartas. Pam y Kitty avanzaron sobre el
coronel Clapperton, cogiéndole cada una por un brazo.
—¿Viene
usted con nosotras? —preguntó Pam—. Arriba, al puente. Hay luna.
—No
seas tonto, John —dijo mistress Clapperton—. Vas a enfriarte.
—Con
nosotras no, desde luego —dijo Kitty—. ¡Ya nos encargaremos de que no se
enfríe!
Clapperton
se marchó con ellas, riendo.
Poirot
salió a la cubierta de paseo. Miss Henderson estaba en pie junto a la
barandilla y volvió la cabeza, esperanzada. Al ver a Poirot que se acercaba a
ella, la desilusión asomó a sus ojos.
Charlaron
un rato. Luego, como él permaneciera silencioso, preguntó miss Henderson:
—¿En
qué piensa?
Poirot
respondió:
—Estoy
pensando en mis conocimientos del idioma inglés. Mistress Clapperton dijo:
«John no jugará al bridge»... ¿No se suele decir «no puede jugar al bridge»?
—Me
figuro que ella tomará como una ofensa personal que su marido no juegue al
bridge —dijo Ellie secamente—. Ese nombre ha sido un idiota casándose con ella.
Poirot
sonrió, amparado en la oscuridad.
—¿No
cree usted en la posibilidad de que sean felices? —preguntó Poirot tímidamente.
—¿Con
una mujer como ésa?
Poirot
se encogió de hombros.
—Muchas
mujeres odiosas son adoradas por sus maridos. Un enigma de la Naturaleza.
Reconocerá usted que no parece afectarle nada de lo que ella diga o haga.
Miss
Henderson estaba pensando su respuesta cuando, a través de la ventana del salón
de fumar, llegó hasta ellos la voz de mistress Clapperton.
—No,
creo que no voy a jugar otra partida. ¡Está tan viciado el aire! Voy a subir al
puente a tomar un poco el fresco.
—Buenas
noches —dijo miss Henderson—. Me voy a la cama.
Y
desapareció bruscamente.
Poirot
se encaminó al salón, desierto, salvo por la presencia del coronel Clapperton y
las dos chicas. Clapperton estaba haciendo juegos de manos con las cartas y, al
observar la destreza con que manejaba la baraja, Poirot recordó lo que el
general había contado sobre su profesión de artista de variedades.
—Ya
veo que le gustan las cartas, aunque no juegue al bridge —observó Poirot.
—Tengo
mis razones para no jugar al bridge —dijo Clapperton, mostrando su encantadora
sonrisa—. Se lo voy a demostrar. Vamos a jugar una mano.
Repartió
las cartas con rapidez.
—Cojan
sus cartas. Bueno, ¿qué hay?
Se
rió al ver la expresión de desconcierto de Kitty. Mostró sus cartas y todos
hicieron lo mismo. Kitty tenía todos los tréboles; monsieur Poirot, los
corazones; Pam, los diamantes, y el coronel Clapperton, los picos.
—¿Ve
usted? —dijo—. El hombre que puede dar a sus compañeros y a sus adversarios las
cartas que quiera, vale más que se mantenga alejado de una partida amistosa. Si
la suerte se vuelve de su lado, podrían decirle cosas desagradables.
—¡Oh!
—dijo Kitty sin aliento—. ¿Cómo pudo hacerlo?... Parecía que daba las cartas
como todo el mundo.
—La
rapidez de la mano engaña la vista —dijo Poirot en tono sentencioso, y observó
el repentino cambio de expresión del coronel.
Fue
como si se hubiera dado cuenta de que se había descuidado por un momento.
Poirot
sonrió. El ilusionista se había dejado ver tras la máscara del perfecto
caballero.
El
barco llegó a Alejandría al amanecer de la mañana siguiente. Cuando Poirot
subió a desayunarse, encontró a las dos chicas listas para bajar a tierra.
Estaban hablando con el coronel Clapperton.
—Tenemos
que bajar en seguida —insistió Kitty—. Los de los pasaportes se marcharán de un
momento a otro. Viene usted con nosotras, ¿verdad? ¡No nos va a dejar ir solas
a tierra! Nos podrían ocurrir cosas horribles.
—Desde
luego, no creo que debáis ir solas —dijo Clapperton sonriendo—. Pero no sé si
mi mujer se sentirá con ánimos de ir.
—¡Qué
lástima! —dijo Pam—. Pero puede quedarse descansando.
El
coronel Clapperton parecía un poco indeciso. Se veía claramente que la
tentación de hacer novillos era muy fuerte. En eso, advirtió la presencia de
Poirot.
—¿Qué
hay, monsieur Poirot? ¿Baja usted?
—No,
creo que no —contestó Poirot.
—Voy...,
voy a hablar con Adeline —decidió el coronel Clapperton.
—Vamos
con usted —dijo Pam. Le hizo un guiño a Poirot—. A lo mejor, podemos
convencerla para que venga también —añadió en tono grave.
Al
coronel Clapperton pareció agradarle la idea, como si le quitaran un peso de
encima.
—Venid
entonces las dos —dijo alegremente.
Se
marcharon los tres juntos por el pasillo de la cubierta B.
Poirot,
cuyo camarote estaba frente por frente del de los Clapperton, los siguió con
curiosidad.
El
coronel Clapperton, un poco nervioso, golpeó con los nudillos en la puerta del
camarote.
—Adeline,
querida, ¿estás levantada?
La
voz adormilada de mistress Clapperton contestó desde dentro:
—¿Quién
es?
—Soy
yo, John. ¿Quieres bajar a tierra?
—Desde
luego que no —habló con voz chillona y terminante—. He pasado muy mala noche y
me voy a quedar en cama casi todo el día.
Pam
intervino vivamente:
—¡Oh!,
mistress Clapperton, lo siento. ¡Nos gustaría tanto que viniera con nosotros!
¿Seguro que no quiere venir?
—Completamente
segura.
La
voz de mistress Clapperton sonó aún más aguda. El coronel intentaba, sin éxito,
hacer girar el picaporte.
—¿Qué
pasa, John? La puerta está cerrada. No quiero que me molesten los camareros.
—Lo
siento, querida, perdona. Sólo quería mi guía Baedeker.
—Bueno,
pues te quedarás sin ella —saltó mistress Clapperton—. No voy a salir de la
cama. Vete ya, John, y déjame un poco tranquila.
—Desde
luego, querida, desde luego.
El
coronel se retiró de la puerta. Pam y Kitty le rodearon.
—Vamos
en seguida. Menos mal que tiene el sombrero en la cabeza. ¡Ay, Dios mío! No se
habrá dejado el pasaporte en el camarote, ¿verdad?
—Lo
tengo en el bolsillo... —empezó el coronel.
Kitty
le apretó el brazo.
Inclinado
sobre la barandilla, Poirot les estuvo viendo salir del barco. Oyó que alguien
a su lado respiraba profundamente y, al volver la cabeza, vio a miss Henderson,
que tenía la vista fija en las tres figuras que se alejaban.
—Conque
se han ido a tierra —dijo, desanimada.
—Sí.
¿Va a bajar usted?
Poirot
observó que llevaba puesto un sombrero de ala y un bolso y unos zapatos muy
elegantes. Tenía el aspecto de haberse arreglado para desembarcar. Sin embargo,
tras una pausa brevísima, miss Henderson dijo:
—No.
Me voy a quedar a bordo. Tengo que escribir muchas cartas.
Se
volvió y dejó a Poirot.
Jadeando,
tras sus cuarenta y ocho vueltas a la cubierta de paseo, el general Forbes
ocupó el lugar de miss Henderson.
—¡Aja!
—exclamó al ver al coronel y a las dos chicas que se alejaban—. ¡Conque esas
tenemos! ¿Dónde está madame?
Poirot
explicó que mistress Clapperton se quedaba en cama, descansando.
—¡Increíble!
—exclamó el general—. Ella estará levantada para la comida, y si resulta que el
pobre desgraciado, sin tener permiso, no se presenta, habrá jaleo.
Pero
los pronósticos del general no se cumplieron, y cuando el coronel y las dos
damiselas que le acompañaban regresaron al barco, a las cuatro de la tarde,
mistress Clapperton no había hecho todavía acto de presencia.
Poirot
estaba en su camarote y oyó al marido llamando a la puerta del suyo, de un modo
un poco culpable. Oyó que la llamada se repetía, que el coronel trataba de
abrir la puerta y que, por último, llamaba a un camarero.
—Oiga,
no me contestan. ¿Tiene usted una llave?
Poirot
saltó de su litera y salió al pasillo.
La
noticia corrió por todo el barco como reguero de pólvora. Horrorizados, los
pasajeros se enteraron de que mistress Clapperton había sido hallada muerta en
su litera, con una daga egipcia hundida hasta el corazón. En el suelo de su
camarote apareció un collar de ámbar.
A un
rumor siguió otro, a cuál más contradictorio. ¡Se estaba reuniendo e
interrogando a todos los vendedores de collares que habían sido autorizados
para subir a bordo aquel día! ¡Una elevada suma de dinero había desaparecido de
un cajón del camarote! ¡ Se había seguido la pista a los billetes y habían sido
recuperados! ¡No habían sido recuperados! ¡Había desaparecido una fortuna en
joyas! ¡No había desaparecido ninguna joya! ¡Un camarero había sido arrestado,
confesándose culpable del asesinato!
—¿Qué
hay de verdad en todo ello? —preguntó miss Henderson, abordando a Poirot.
Estaba
pálida y turbada.
—Mi
querida señorita, ¿cómo puedo saberlo yo?
—Claro
que lo sabe —dijo miss Henderson.
Era
ya tarde. La mayoría de los pasajeros se habían retirado a sus camarotes. Miss
Henderson condujo a Poirot a un par de sillas, en el lado más protegido del
barco.
—Ahora,
dígame —ordenó. Poirot la observó, pensativo.
—Es
un caso interesante —dijo.
—¿Es
cierto que le han robado joyas de mucho valor?
Poirot
negó con la cabeza.
—No.
No han robado ninguna joya. Sin embargo, ha desaparecido una pequeña cantidad
de dinero suelto que había en un cajón.
—Nunca
volveré a sentirme segura en un barco —dijo miss Henderson, estremeciéndose—.
¿De cuál de esos brutos indígenas se sospecha? ¿Hay alguna pista?
—No
—dijo Hércules Poirot—. Todo es muy... extraño.
—¿Qué
quiere decir con eso? —preguntó Ellie vivamente.
Poirot
extendió las manos.
—Eh
bien, considere usted los hechos. Mistress Clapperton llevaba muerta por lo
menos cinco horas cuando la encontraron. Había desaparecido algún dinero. En el
suelo, junto a su cama, había un collar. La puerta estaba cerrada con llave y
la llave había desaparecido. La ventana..., ventana, no ojo de buey, da a la
cubierta y estaba abierta.
—Siga
—dijo la mujer, impaciente.
—¿No
le parece a usted extraño que se cometa un asesinato en esas circunstancias?
Tenga en cuenta que todos los nativos autorizados a subir a bordo, los que
cambian dinero y los vendedores de postales y collares, son conocidos de la
Policía.
—De
todos modos, los camareros cierran con llave los camarotes —indicó Ellie.
—Sí,
para evitar cualquier ratería sin importancia. Pero esto..., esto es un
asesinato.
—¿Qué
está usted pensando exactamente, monsieur Poirot? —habló con voz un poco
jadeante.
—Estoy
pensando en la puerta cerrada con llave.
Miss
Henderson consideró este extremo.
—No
veo dificultad en eso. El asesino salió por la puerta, la cerró y se llevó la
llave, para impedir que el asesinato fuera descubierto demasiado pronto. Fue
una idea muy inteligente, porque no fue descubierto hasta las cuatro de la
tarde.
—No,
no, mademoiselle, no ha comprendido usted lo que quiero decir. No me preocupa
cómo salió, sino cómo entró.
—Por
la ventana, naturalmente.
—C'est
possible. Pero le costaría trabajo poder pasar por ella y, además, no olvide
que todo el tiempo hay gente paseándose por cubierta.
—Entonces,
por la puerta —dijo miss Henderson, impaciente.
—Pero
olvida usted, mademoiselle, que mistress Clapperton había cerrado la puerta con
llave por dentro. La había cerrado antes que el coronel Clapperton bajara a
tierra esta mañana. El coronel intentó incluso abrirla..., de modo que sabemos
que estaba cerrada.
—Tonterías.
Seguramente se atrancó y no movería el picaporte como es debido.
—Pero
no se trata solamente de que lo diga él. Oímos a mistress Clapperton decir que
había cerrado la puerta.
—¿Quiénes
lo oyeron?
—Miss
Mooney, miss Cregan, el coronel Clapperton y yo.
Ellie
Henderson dio unas pataditas en el suelo con su bien calzado pie, permaneciendo
en silencio durante unos segundos. Luego dijo en tono un poco irritado:
—Bueno,
¿y qué deduce usted de eso? Si mistress Clapperton pudo cerrar la puerta,
supongo que también podría abrirla.
—Precisamente,
precisamente —Poirot volvió hacia ella su cara sonriente—. Y ya ve usted adonde
nos conduce este pensamiento. Mistress Clapperton abrió la puerta y dejó entrar
al asesino. Ahora bien: ¿es probable que abriera la puerta a un vendedor de collares
cualquiera?
Ellie
objetó:
—Puede
que no supiera quién era. Puede que el asesino llamara a la puerta, ella se
levantó y abrió; él, entonces, entró por la fuerza y la mató.
Poirot
negó con un gesto.
—Au
contraire. Estaba descansando tranquilamente en la cama cuando la apuñalaron.
Miss
Henderson clavó en él su mirada.
—¿Cuál
es su teoría? —preguntó bruscamente.
Poirot
sonrió.
—Bueno,
parece como si ella conociera a la persona a quien dejó entrar, ¿verdad?
—¿Quiere
usted decir —dijo mistress Henderson con voz un poco áspera— que el asesino es
uno de los pasajeros?
Poirot
asintió.
—Eso
parece.
—¿Y
el collar que apareció en el suelo era una pista falsa?
—Precisamente.
—¿Y
lo mismo el dinero robado?
—Exacto.
Permanecieron
un momento en silencio. Luego miss Henderson dijo lentamente:
—Mistress
Clapperton me resultaba de lo más desagradable, y no creo que nadie en el barco
le tuviera simpatía, pero nadie tenía un motivo real para matarla.
—Excepto,
tal vez, su marido— dijo Poirot.
—¿No
creerá usted...?
Se
detuvo.
—Todo
el mundo en este barco opina que el coronel estaría plenamente justificado si
«le diera con un hacha». Creo que ésa fue la expresión empleada.
Ellie
Henderson le miró... expectante.
—Pero
tengo que decir —continuó Poirot— que yo, por mi parte, no he visto ninguna
señal de exasperación en el bueno del coronel. Además, y esto es más
importante, tiene una coartada. Estuvo durante todo el día con esas dos chicas
y no volvió al barco hasta las cuatro. Entonces, mistress Clapperton llevaba
muerta ya bastantes horas.
Permanecieron
en silencio unos momentos. Ellie Henderson dijo en voz baja:
—Pero
¿sigue usted pensando que... un pasajero del barco?
Poirot
inclinó la cabeza afirmativamente.
Ellie
Henderson se rió de pronto, con una risa atolondrada y retadora.
—Le
va a costar trabajo probar su teoría, monsieur Poirot. Hay muchos pasajeros en
este barco.
Poirot
se inclinó ante ella.
—Emplearé
una frase de uno de los escritores de novelas policíacas: «Tengo mis métodos,
Watson».
Al
día siguiente, a la hora de la cena, cada pasajero encontró junto a su plato
una hojita mecanografiada en la que se solicitaba su presencia en el salón
principal a las ocho y media. Cuando todos se hallaron reunidos, el capitán
subió al estrado donde solía tocar la orquesta y les dirigió la palabra.
—Señoras
y caballeros: Todos ustedes conocen la tragedia que ocurrió ayer en este barco.
Estoy seguro de que todos desean colaborar para entregar a la Justicia al autor
de tan cobarde crimen —hizo una pausa y se aclaró la garganta—. Tenemos entre
nosotros a monsieur Hércules Poirot, probablemente conocido de todos ustedes
como persona con amplia experiencia en... en asuntos de esta índole. Espero que
escuchen con atención lo que tiene que decirles.
En
ese momento, el coronel Clapperton, que no se había presentado en el comedor,
entró en el salón y se sentó junto al general Forbes. Parecía aturdido por el
dolor y no daba en absoluto la sensación de sentirse liberado de un peso. O era
un gran actor o había querido sinceramente a su desagradable esposa.
—Monsieur
Hércules Poirot —dijo el capitán, bajando del estrado.
Poirot
ocupó su lugar. Tenía un aspecto muy cómico, dándose importancia y sonriendo
ampliamente a su auditorio.
—Messieurs,
mesdames —empezó—. Son ustedes muy amables al tener la benevolencia de
escucharme. Monsieur le capitaine les ha dicho que tengo cierta experiencia en
estos asuntos. Tengo, es cierto, una pequeña idea propia para llegar al fondo
de este caso concreto.
Hizo
una seña a un camarero y éste empujó, subiéndolo luego al estrado, un objeto
voluminoso, sin forma definida y envuelto en una sábana.
—Lo
que voy a hacer puede que les sorprenda un poco —les advirtió Poirot—. Puede
que piensen que soy un tipo raro o un loco. Sin embargo, les aseguro que tras
mi locura, como dicen ustedes los ingleses, hay método.
Su
mirada se cruzó por un instante con la de miss Henderson. Empezó a desenvolver
el voluminoso objeto.
—Tengo
aquí, messieurs y mesdames, un testigo importante que nos ayudará a saber quién
mató a mistress Clapperton.
Con
manos hábiles apartó el trozo final de la tela y apareció el objeto envuelto:
una muñeca de madera, casi del tamaño de una persona, vestida con un traje de
terciopelo y un cuello de encaje.
—Vamos,
Arthur —dijo Poirot con la voz ligeramente cambiada; ya no parecía extranjero,
sino que hablaba inglés con seguridad y con ligero acento de los barrios bajos
londinenses—. ¿Puedes decirme —repitió—, puedes decirme algo sobre la muerte de
mistress Clapperton?
El
cuello de la muñeca osciló un poquito, su mandíbula inferior descendió y empezó
a moverse, y una voz de mujer, muy aguda y chillona, dijo:
—¿Qué
pasa, John? La puerta está cerrada. No quiero que me molesten los camareros.
Se
oyó un grito, el ruido de una silla al caerse y un hombre se tambaleó, con la
mano en la garganta, tratando de hablar, tratando... De pronto, su cuerpo
pareció encogerse y se cayó de cabeza.
Era
el coronel Clapperton.
Poirot
y el médico del barco se levantaron, tras examinar la postrada figura.
—Me
temo que se acabó. Corazón —dijo el médico escuetamente.
Poirot
asintió.
—La
impresión de haber visto su truco descubierto —dijo.
Se
volvió hacia el general Forbes.
—Fue
usted, general, quien me dio una pista muy valiosa al mencionar el teatro de
variedades. Estoy desorientado, me pongo a pensar y por fin se me ocurre.
Supongamos que antes de la guerra Clapperton fuera ventrílocuo. En ese caso,
tres personas pudieron oír perfectamente la voz de mistress Clapperton hablando
desde el camarote cuando ya estaba muerta...
Ellie
Henderson estaba a su lado. Tenía una mirada sombría y triste.
—¿Sabía
usted que padecía del corazón? —preguntó.
—Lo
suponía... Mistress Clapperton hablaba de su padecimiento del corazón, pero me
parecía una de esas mujeres a quienes gusta que las crean enfermas. Entonces
recogí del suelo un trozo de una receta de un preparado con una fuerte dosis de
digitalina. La digitalina es una medicina para el corazón, pero no podía ser de
mistress Clapperton, porque la digitalina dilata la pupila. Yo no noté en ella
ese fenómeno... pero cuando vi los ojos de él, en seguida observé que
presentaban esa dilatación.
Ellie
murmuró:
—Entonces,
¿pensó usted que..., que su experimento podría... terminar así?
—Fue
el mejor método, ¿no le parece, mademoiselle? —dijo Poirot.
Fin

