Libro N°. 3120. Primeros Pasos De Poirot. Christie, Agatha.
© Libro N°. 3120. Primeros Pasos De Poirot. Christie, Agatha. Colección
E.O. Septiembre 17 de 2016.
Título original: © Poirot’s Early Cases
Versión Original: © Primeros Pasos De Poirot. Agatha Christie
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PRIMEROS PASOS DE POIROT
Agatha Christie
Título de la edición original: Poirot’s Early Cases
Copyright © Agatha Christie Limited, 1974
INDICE
El caso del baile de la victoria
La aventura de la cocinera
El misterio de Cornwall
La aventura de Johnnie Waverly
Doble pista
El rey de bastos
La herencia de los Lemesurier
La mina perdida
El expreso de Plymouth
La caja de bombones
El robo de los planos del submarino
El tercer piso
Doble culpabilidad
El misterio de Market Basing
Nido de avispas
Problema en el mar
¿Cómo crece tu jardín?
El caso del baile de la Victoria
Una pura casualidad impulsó a mi amigo Hércules Poirot, antiguo
jefe de la Force belga, a ocuparse del caso Styles. Su éxito le granjeó
notoriedad y decidió dedicarse a solucionar los problemas que muchos crímenes
plantean. Después de que me hirieran en el Somme y de quedar inútil para la
carrera militar, me fui a vivir con él a su casa de Londres. Y precisamente
porque conozco al dedillo todos los asuntos que se trae entre manos, es lo que
me ha sugerido el escoger unos cuantos, los de interés, y darlos a conocer. De
momento me parece oportuno comenzar por el más enmarañado, por el que más
intrigó en su época al gran público. Me refiero al llamado “Caso del baile de
la Victoria”.
Porque si bien no es el que demuestra mejor los méritos
peculiares de Poirot, sus características sensacionales, las personas famosas
que figuraron en él y la tremenda publicidad que le dio la Prensa, le prestan
el relieve de una causa célebre y además hace tiempo que estoy convencido de
que debo dar a conocer al mundo la parte que tomó Poirot en su solución.
Una hermosa mañana de primavera me hallaba yo sentado en las
habitaciones del detective. Mi amigo, tan pulcro y atildado como de usual, se
aplicaba delicadamente un nuevo cosmético en su poblado bigote. Es
característica de su manera de ser una vanidad inofensiva, que casa muy bien
con su amor por el orden y por el método en general. Yo había estado leyendo el
Daily Newzusmonger, pero se había caído al suelo y me encontraba sumido en
sombrías reflexiones, cuando la voz de mi amigo me llamó a la realidad.
- ¿En qué piensa, mon ami? - interrogó.
- En el asunto ese del baile - respondí -. ¡Es espantoso! Todos
los periódicos hablan de él - agregué dando un golpecito en la hoja que me
quedaba en la mano.
- ¿Sí?
Yo continué, acalorado:
- ¡Cuánto más se lee, más misterioso parece! ¿Quién mató a lord
Cronshaw? La muerte de Cocó Courtenay, aquella misma noche, ¿fue pura
coincidencia? ¿Fue accidental? ¿Tomó deliberadamente una doble dosis de
cocaína? ¿Cómo averiguarlo?
Me interrumpí para añadir, tras de una pausa dramática:
- He aquí las preguntas que me planteo.
Pero con gran contrariedad mía, Poirot no demostró el menor
interés, no me hizo caso y se miró al espejo, murmurando:
- ¡Decididamente esta nueva pomada es una maravilla!
Al sorprender entonces una mirada mía se apresuró a decir:
- Bien, ¿y qué responde usted?
Pero antes de que pudiese contestar se abrió la puerta y la
patrona anunció al inspector Japp.
Ése era un antiguo amigo y se le acogió con gran entusiasmo.
- ¡Ah! ¡Pero si es el buen Japp! - exclamó Poirot -. ¿Qué buen
viento le trae por aquí?
- Monsieur Poirot - repuso Japp tomando asiento y dirigiéndome
una inclinación de cabeza -. Me han encargado de la solución de un caso digno
de usted y vengo a ver si le conviene echarme una mano.
Poirot tenía buena opinión de las cualidades del inspector,
aunque deploraba su lamentable falta de método. Yo, por mi parte, consideraba
que el talento de dicho señor consistía, sobre todo, en el arte sutil de
solicitar favores bajo pretexto de prodigarlos.
- Se trata de lo sucedido durante el baile de la Victoria -
explicó con acento persuasivo -. Vamos, no me diga que no está intrigado, y
desea contribuir a su solución.
Poirot me miró sonriendo.
- Eso le interesa al amigo Hastings - contestó -. Precisamente
me estaba hablando del caso. ¿Verdad, mon ami?
- Bueno, que nos ayude - concedió benévolo el inspector -. Y si
llega usted a desentrañar el misterio que lo rodea podrá adjudicarse un tanto.
Pero vamos a lo que importa. Supongo que conocerá ya los pormenores
principales, ¿no es eso?
- Conozco únicamente lo que cuentan los periódicos... y ya
sabemos que la imaginación de los periodistas nos extravía muchas veces. Haga
el favor de referirme la historia.
Japp cruzó cómodamente las piernas y habló así:
- El martes pasado fue cuando se dio el baile de la Victoria en
esta ciudad, como todo el mundo sabe. Hoy se denomina “gran baile” a cualquiera
de ellos, siempre que cueste unos chelines, pero éste a que me refiero se
celebró en el Colossus Hall, y todo Londres, incluyendo a lord Cronshaw y sus
amigos, tomó parte en...
- ¿Su dossier? - dijo interrumpiéndole Poirot -. Quiero decir su
bio... ¡No, no! ¿Cómo le llaman ustedes? Su biografía.
- El vizconde Cronshaw, quinto de este nombre, era rico,
soltero, tenía veinticinco años y demostraba gran afición por el mundo del
teatro. Se comenta y dice que estaba prometido a una actriz, miss Courtenay,
del teatro Albany, que era una dama fascinadora a la que sus amistades conocían
con el nombre de “Cocó”.
- Bien. Continúe.
- Seis personas eran las que componían el grupo capitaneado por
lord Cronshaw: él mismo; su tío, el Honorable Eustaquio Beltane; una linda
viuda americana, mistress Mallaby; Cristóbal Davidson, joven actor; su mujer, y
finalmente, miss Cocó Courtenay. El baile era de trajes, como ya sabe, y el
grupo Cronshaw representaba los viejos personajes de la antigua Comedia
Italiana.
- Eso es. La commedia dell’Arte - murmuró Poirot -. Ya sé.
- Estos vestidos se copiaron de los de un juego de figuras
chinescas que forman parte de la colección de Eustaquio Beltane. Lord Cronshaw
personificaba a Arlequín; Beltane a Polichinela; los Davidson eran
respectivamente Pierrot y Pierrette; miss Courtenay era, como es de suponer,
Colombine. A primera hora de la noche sucedió algo que lo echó todo a perder.
Lord Cronshaw se puso de un humor sombrío, extraño, y cuando el grupo se reunió
más adelante para cenar en un pequeño reservado, todos repararon en que él y
miss Courtenay habían reñido y no se hablaban. Ella había llorado, era
evidente, y estaba al borde de un ataque de nervios. De modo que la cena fue de
lo más enojosa y cuando todos se levantaron de la mesa, Cocó se volvió a
Cristóbal Davidson y le rogó que la acompañara a casa porque ya estaba harta de
baile. El joven actor titubeó, miró a lord Cronshaw y finalmente se la llevó al
reservado otra vez.
“Pero fueron vanos todos sus esfuerzos para asegurar una
reconciliación, por lo que tomó un taxi y acompañó a la ahora llorosa miss
Courtenay a su domicilio. La muchacha estaba trastornadísima; sin embargo, no
se confió a su acompañante.
Únicamente dijo repetidas veces: “Cronshaw se acordará de mí”.
Esta frase es la única prueba que poseemos de que pudiera no haber sido su
muerte accidental. Sin embargo, es bien poca cosa, como ve, para que nos
basemos en ella. Cuando Davidson consiguió que se tranquilizase un poco era
tarde para volver al Colossus Hall y marchó directamente a su casa, donde, poco
después, llegó su mujer y le enteró de la espantosa tragedia acaecida después
de su marcha.
“Parece ser que a medida que adelantaba la fiesta iba poniéndose
lord Cronshaw cada vez más sombrío. Se mantuvo separado del grupo y apenas se
le vio en toda la noche. A la una y treinta, antes del gran cotillón en que
todo el mundo debía quitarse la careta, el capitán Digby, compañero de armas
del lord, que conocía su disfraz, le vio de pie en un palco contemplando la
platea.
- ¡Hola, Cronsh! - le gritó -. Baja de ahí y sé más sociable.
Pareces un mochuelo en la rama. Ven conmigo y nos divertiremos.
- Está bien. Espérame, de lo contrario nos separará la gente.
Lord Cronshaw le volvió la espalda y salió del palco. El capitán
Digby, a quien acompañaba la señorita Davidson, aguardó. Pero el tiempo pasaba
y lord Cronshaw no aparecía.
Finalmente, Digby se impacientó.
- ¿Se creerá ese chiflado que vamos a estarle aguardando toda la
noche?
En ese instante se incorporó a ellos mistress Mallaby.
- Está hecho un hurón - comentó la preciosa viuda.
La búsqueda comenzó sin gran éxito hasta que a mistress Mallaby
se le ocurrió que podía hallarse en el reservado donde habían cenado una hora
antes. Se dirigieron allá ¡y qué espectáculo se ofreció a sus ojos!
Arlequín estaba en el reservado, cierto es, pero tendido en
tierra y con un cuchillo de mesa clavado en medio del corazón.
Japp guardó silencio. Poirot, intrigado, dijo con aire
suficiente:
- ¡Une belle affaire! ¿Y se tiene algún indicio de la identidad
del autor de la hazaña?
No, es imposible, desde luego.
- Bien - continuó el inspector -, ya conoce el resto. La
tragedia fue doble. Al día siguiente, los periódicos la anunciaron con grandes
titulares. Brevemente, se decía en ellos que se había descubierto muerta en su
cama a miss Courtenay, la popular actriz, y que su muerte se debía, según
dictamen facultativo, a una doble dosis de cocaína.
¿Fue un accidente o un suicidio? Al tomar declaración a la
doncella, manifestó que, en efecto, miss Courtenay era muy aficionada a aquella
droga, de manera que su muerte pudo ser casual, pero nosotros tenemos que
admitir también la posibilidad de un suicidio. Lo sensible es que la
desaparición de la actriz nos deja sin saber el motivo de la querella que
sostuvieron los dos novios la noche del baile. A propósito: en los bolsillos de
lord Cronshaw se ha encontrado una cajita de esmalte que ostenta la palabra
“Cocó” en letras de diamantes. Está casi llena de cocaína. Ha sido identificada
por la doncella de miss Courtenay como perteneciente a su señora. Dice que la
llevaba siempre consigo, porque encerraba la dosis de cocaína a que rápidamente
se estaba habituando.
- ¿Era lord Cronshaw aficionado también a los estupefacientes?
- No, por cierto. Tenía sobre este punto ideas muy sólidas.
Poirot se quedó pensativo.
- Pero puesto que tenía en su poder la cajita debía saber que
miss Courtenay los tomaba. Qué sugestivo es esto, ¿verdad, mi buen Japp?
- Sí, claro - dijo titubeando el inspector.
Yo sonreí.
- Bien, ya conoce los pormenores del caso.
- ¿Y han conseguido hacerse o no con alguna prueba?
- Tengo una, una sola. Hela aquí.
Japp se sacó del bolsillo un pequeño objeto que entregó a
Poirot. Era un pequeño pompón de seda, color esmeralda, del que pendían varias
hebras como si lo hubieran arrancado con violencia de su sitio.
- Lo encontramos en la mano cerrada del muerto - explicó.
Poirot se lo devolvió sin comentarios. A continuación preguntó:
- ¿Tenía lord Cronshaw algún enemigo?
- Ninguno conocido. Era un joven muy popular y apreciado.
- ¿Quién se beneficia de la muerte?
- Su tío, el honorable Eustaquio Beltane, que hereda su título y
propiedades. Tiene en contra uno o dos hechos sospechosos. Varias personas han
declarado que oyeron un altercado violento en el reservado y que Eustaquio
Beltane era uno de los que disputaban. El cuchillo con que se cometió el crimen
se cogió de la mesa y el hecho sugiere de que se llevase a cabo por efecto del
calor de la disputa.
- ¿Qué responde a esto mister Beltane?
- Declara que uno de los camareros estaba borracho y que él le
propinó una reprimenda, y que esto sucedía a la una y no a la una y media de la
madrugada. La declaración del capitán Digby determina la hora exacta, ya que
sólo transcurrieron diez minutos entre el momento en que habló con Cronshaw y
el momento en que descubrió su cadáver.
- Supongo que Beltane, que vestía un traje de Polichinela, debía
llevar joroba y un cuello de volantes...
- Ignoro los detalles exactos de los trajes de máscara - repuso
Japp, dirigiendo una mirada de curiosidad -. De todos modos no veo que tengan
nada que ver con el crimen.
- ¿No? - Poirot sonrió con ironía. No se había movido del
asiento, pero sus ojos despedían una luz verde, que yo comenzaba a conocer bien
-, ¿verdad que había una cortina en el reservado?
- Sí, pero...
- ¿Queda detrás espacio suficiente para ocultar a un hombre?
- Sí, en efecto, puede servir de escondite, pero ¿cómo lo sabe,
Monsieur Poirot, si no ha estado allí?
- No he estado, en efecto, mi buen Japp, pero mi imaginación ha
proporcionado a la escena esa cortina. Sin ella el drama no tenía fundamento. Y
hay que ser razonable.
Pero, dígame: ¿enviaron los amigos de Cronshaw a por un médico o
no?
- Enseguida, claro está. Sin embargo, no había nada que hacer.
La muerte debió ser instantánea.
Poirot hizo un movimiento de impaciencia.
- Sí, sí, comprendo. Y ese médico, ¿ha prestado ya declaración
en la investigación iniciada?
- Sí.
- ¿Dijo algo acerca de algún síntoma poco corriente?
Japp fijó una mirada penetrante en el hombrecillo.
- Ignoro adónde quiere ir a parar, pero el doctor explicó que
había una tensión, una rigidez en los miembros del cadáver que no podía ni
acertaba a explicarse.
- ¡Ajá! ¡Ajá! ¡Mon Dieu! - exclamó Poirot -. Esto da que pensar,
¿no le parece?
Yo vi que a Japp no le preocupaba lo más mínimo.
- ¿Piensa tal vez en el veneno, Monsieur? ¿Para qué ha de
envenenarse primero a un hombre al que se asesta después una puñalada?
- Realmente sería ridículo - manifestó Poirot.
- Bueno, ¿desea ver algo, Monsieur? ¿Le gustaría examinar la
habitación donde se halló el cadáver de lord Cronshaw?
Poirot agitó la mano.
- No, nada de eso. Usted me ha referido ya lo único que puede
interesarme: el punto de vista de lord Cronshaw respecto de los
estupefacientes.
- ¿De manera que no desea ver nada?
- Una sola cosa.
- Usted dirá...
- El juego de las figuras de porcelana china que sirvieron para
sacar copia de los trajes de máscara.
Japp le miró sorprendido.
- ¡La verdad es que tiene usted gracia! - exclamó después.
- ¿Puede hacerme ese favor?
- Desde luego. Acompáñeme ahora mismo a Berkeley Square, si
gusta. No creo que mister Beltane ponga reparos.
Partimos en el acto en un taxi. El nuevo lord Cronshaw no estaba
en casa, pero a petición de Japp nos introdujeron en la “habitación china”,
donde se guardaban las gemas de la colección. Japp miró unos instantes a su
alrededor, titubeando.
- No se me alcanza cómo va usted a encontrar lo que busca,
Monsieur - dijo.
Pero Poirot había tirado ya de una silla, colocada junto a la
chimenea, y se subía a ella de un salto, más propio de un pájaro que de una
persona. En un pequeño estante, colocadas encima del espejo, había seis figuras
de porcelana china. Poirot las examinó atentamente, haciendo poquísimos
comentarios mientras verificaba la operación.
- ¡Les Voilà... ! La antigua Comedia italiana. ¡Tres parejas!
Arlequín y Colombina; Pierrot y Pierrette, exquisitos con sus trajes verde y
blanco. Polichinela y su compañera vestidos de malva y amarillo. El traje de
Polichinela es complicado. Lleva frunces, volantes, joroba, sombrero alto...
Sí, de veras es muy complicado.
Volvió a colocar en su sitio las figuritas y se bajó de un
salto.
Japp no quedó satisfecho, pero al parecer Poirot no tenía
intención de explicarnos nada y el detective tuvo que conformarse. Cuando nos
disponíamos a salir de la sala entró en ella el dueño de la casa y Japp hizo
las debidas presentaciones.
El sexto vizconde Cronshaw era un hombre de unos cincuenta años,
de maneras suaves, con un rostro bello pero disoluto. Era un roué que adoptaba
la lánguida actitud de un poseur. A mí me inspiró antipatía. Sin embargo, nos
acogió de una manera amable y dijo que había oído alabar la habilidad de
Poirot. Al mismo tiempo se puso por entero a nuestra disposición.
- Sé que la policía hace todo lo que puede - declaró, pero temo
que no llegue nunca a solucionarse el misterio que encierra la muerte de mi
sobrino. Le rodean también circunstancias muy misteriosas.
Poirot le miraba con atención.
- ¿Sabe si tenía enemigos?
- Ninguno. Estoy bien seguro. - Tras de una pausa, Beltane
interrogó: ¿Desea dirigirme alguna otra pregunta?
- Una sola. - Poirot se había puesto serio -. ¿Se reprodujeron
exactamente los trajes de máscara de estos figurines?
- Hasta el menor detalle.
- Gracias, milord. No necesito saber más. Muy buenos días.
- ¿Y ahora qué? - preguntó Japp en cuanto salimos a la calle -.
Porque debo notificar algo al Yard, como ya sabe usted.
- ¡Bien! No le detengo. También yo tengo un poco de quehacer y
después...
- ¿Después?
- Quedará el caso completo.
- ¡Qué! ¿Se da cuenta de lo que dice? ¿Sabe ya quién mató a lord
Cronshaw?
- Parfaitement.
- ¿Quién fue? ¿Eustaquio Beltane?
- ¡Ah, mon ami! Ya conoce mis debilidades. Deseo siempre tener
todos los cabos sueltos en la mano hasta el último momento. Pero no tema. Lo
revelaré todo a su debido tiempo. No deseo honores. El caso será suyo a
condición de que me permita llegar al denouement a mi modo.
- Si es que el denouement llega - observó Japp -. Entretanto, ya
se sabe, usted piensa mostrarse tan hermético como una ostra, ¿no es eso? -
Poirot sonrió -. Bien, hasta la vista. Me voy al Yard.
Bajó la calle a paso largo y Poirot llamó a un taxi.
- ¿Adónde vamos ahora? - le pregunté, presa de viva curiosidad.
- A Chelsea para ver a los Davidson.
- ¿Qué opina del nuevo lord Cronshaw? – pregunté mientras le
daba las señas al taxista.
- ¿Qué dice mi buen amigo Hastings?
- Que me inspira instintiva desconfianza.
- ¿Cree que es el “hombre malo” de los libros de cuentos,
verdad?
- ¿Y usted no?
- Yo creo que ha estado muy amable con nosotros - repuso Poirot
sin comprometerse.
- ¡Porque tiene sus razones!
Poirot me miró, meneó la cabeza con tristeza y murmuró algo que
sonaba como si dijera:
“¡Qué falta de método!” .
Los Davidson habitaban en el tercer piso de una manzana de casas
- mansión. Se nos dijo que mister Davidson había salido pero que mistress
Davidson estaba en casa, y se nos introdujo en una habitación larga, de techo
bajo, ornada de cortinajes, de alegres colores, estilo oriental. El aire,
opresivo, estaba saturado del olor fuerte de los nardos. Mistress Davidson no
nos hizo esperar. Era una mujercita menuda, rubia, cuya fragilidad hubiera
parecido poética, de no ser por el brillo penetrante, calculador, de los ojos
azules.
Poirot le explicó su relación con el caso y ella movió
tristemente la cabeza.
- ¡Pobre Cronsh... y pobre Cocó también! - exclamó al mismo
tiempo -. Nosotros, mi marido y yo, la queríamos mucho y su muerte nos parece
lamentable y espantosa. ¿Qué es lo que desea saber? ¿Debo volver a recordar
aquella triste noche?
- Crea, madame, que no abusaré de sus sentimientos. Sobre todo
porque ya el inspector Japp me ha contado lo más imprescindible. Deseo ver,
solamente, el vestido de máscara que llevó usted al baile.
Mistress Davidson pareció sorprenderse de la singular petición y
Poirot continuó diciendo con acento tranquilizador:
- Comprenda, madame, que trabajo de acuerdo con el sistema de mi
país. Nosotros tratamos siempre de “reconstruir” el crimen. Y como es probable
que desee hacer una representación, esos vestidos tienen su importancia.
Pero mistress Davidson parecía dudar todavía de la palabra de
Poirot.
- Ya he oído decir eso, naturalmente - dijo -, pero ignoraba que
usted fuera tan amante del detalle. Voy a por el vestido en seguida.
Salió de la habitación para regresar casi en el acto con un
exquisito vestido de raso verde y blanco. Poirot lo tomó de sus manos, lo
examinó y se lo devolvió con un atento saludo.
- ¡Merci, madame! Ya veo que ha tenido la desgracia de perder un
pompón, aquí en el hombro.
- Sí, me lo arrancaron bailando. Lo recogí y se lo di al pobre
lord Cronshaw para que me lo guardase.
- ¿Sucedió eso después de la cena?
- Sí.
- Entonces, ¿muy poco antes de desarrollarse la tragedia, quizá?
Los pálidos ojos de mistress Davidson expresaron leve alarma y
replicó vivamente:
- Oh, no, mucho antes. Justo después de cenar.
- Entiendo. Bien, eso es todo. No queremos molestarla más.
Bonjour, madame.
- Bueno - dije cuando salíamos del edificio -. Ya está explicado
el misterio del pompón verde.
- Hum...
- ¡Oiga! ¿Qué quiere decir con eso?
- Se ha fijado, Hastings, en que he examinado el traje, ¿verdad?
- Sí.
- Eh, bien, el pompón que faltaba no fue arrancado, como dijo
esa señora, sino... cortado por unas tijeras porque todas las hebras son
iguales.
- ¡Caramba! La cosa se complica...
- Por el contrario - repuso con aire plácido Poirot -, se
simplifica cada vez más.
- ¡Poirot! ¡Se me está terminando la paciencia! - exclamé -. Su
costumbre de encontrar todo tan sencillo es un agravante.
- Pero cuando me explico, diga, mon ami, ¿no es cierto que
resulta muy simple?
- Sí, señor, y eso es lo que más me irrita: que entonces se me
figura que también yo hubiera podido adivinar fácilmente.
- Y lo adivinaría, Hastings, si se tomase el trabajo de poner en
orden sus ideas. Sin un método...
- Sí, sí - me apresuré a decir, interrumpiéndole, porque conocía
demasiado bien la elocuencia que desplegaba, cuando trataba de su tema favorito
-. Dígame: ¿qué piensa hacer ahora? ¿Está dispuesto, de veras, a reconstruir el
crimen?
- Nada de eso. El drama ha concluido. Únicamente me propongo
añadirle... ¡una arlequinada!
Poirot señaló el martes siguiente como día a propósito para la
misteriosa representación y he de confesar que sus preparativos me intrigaron
de modo extraordinario. En un lado de la habitación se colocó una pantalla; al
otro un pesado cortinaje. Luego vino un obrero con un aparato para la luz y
finalmente un grupo de actores que desaparecieron en el dormitorio de Poirot,
destinado provisionalmente a cuarto tocador. Japp se presentó poco después de
las ocho. Venía de visible mal humor.
- La representación es tan melodramática como sus ideas -
manifestó -. Pero, en fin, no tiene nada de malo y, como el mismo Poirot dice,
nos ahorrará infinitas molestias y cavilaciones. Yo mismo sigo el rastro, he
prometido dejarle hacer las cosas a su manera. ¡Ah! Ya están aquí esos señores.
Llegó primero Su Señoría acompañando a mistress Mallaby, a la
que yo no conocía aún. Era una linda morena y parecía estar nerviosa. Les
siguieron los Davidson.
También vi a Chris Davidson por vez primera. Era un guapo mozo,
esbelto y moreno, que poseía los modales graciosos y desenvueltos del verdadero
actor.
Poirot dispuso que tomasen todos asiento delante de la pantalla,
que estaba iluminada por una luz brillante. Luego apagó las luces y la
habitación quedó, a excepción de la pantalla, totalmente sumida en tinieblas.
- Señoras, caballeros, permítanme unas palabras de explicación.
Por la pantalla van a pasar por turno seis figuras que les son familiares:
Pierrot y su Pierrette; Polichinela, el bufón, y la elegante Polichinela; la
bella Colombina, coqueta y seductora, y Arlequín, el invisible para los
hombres.
Y tras estas palabras de introducción comenzó la comedia. Cada
una de las figuras mencionadas por Poirot surgieron en la pantalla,
permanecieron en ella un momento en pose y desaparecieron. Cuando se
encendieron las luces sonó un suspiro general de alivio. Todos los presentes
estaban nerviosos, temerosos, sabe Dios de qué. Si el criminal estaba en medio
de nosotros y Poirot esperaba que confesase a la sola presencia de una figura
familiar, la estratagema había ya fracasado evidentemente, puesto que no se produjo.
Sin embargo, no se descompuso, sino que avanzó un paso, con el rostro animado.
- Ahora, señoras y señores - dijo -, díganme, uno por uno, qué
es lo que han visto.
¿Quiere empezar, milord?
Este caballero quedó perplejo.
- Perdón, no le comprendo - dijo.
- Dígame nada más qué es lo que ha visto.
- Ah, pues... he visto pasar por la pantalla a seis personas
vestidas como los personajes de la vieja Comedia italiana, o sea, como la otra
noche.
- No pensemos en la otra noche, milord - le advirtió Poirot -.
Sólo quiero saber lo que ha visto. Madame, está de acuerdo con lord Cronshaw?
Se dirigía a mistress Mallaby.
- Sí, naturalmente.
- ¿Cree haber visto seis figuras que representan a los
personajes de la Comedia italiana?
- Sí, señor.
- ¿Y usted, Monsieur Davidson?
- Sí.
- ¿Y madame?
- Sí.
- ¿Hastings? ¿Japp? ¿Sí? ¿Están ustedes completamente de
acuerdo?
Poirot nos miró uno a uno; tenía el rostro pálido y los ojos
verdes tan claros como los de un gato.
- ¡Pues debo decir que se equivocan todos ustedes! - exclamó -.
Sus ojos mienten... como mintieron la otra noche en el baile de la Victoria.
Ver las cosas con los propios ojos, como vulgarmente se dice, no es ver la
verdad. Hay que ver con los ojos del entendimiento; hay que servirse de las
pequeñas células grises. ¡Sepan, pues, que lo mismo esta noche que la noche del
baile vieron sólo cinco figuras, no seis! ¡Miren ustedes!
Volvieron a apagarse las luces. Y una figura se dibujó en la
pantalla: ¡Pierrot!
- ¿Quién es? ¿Pierrot, no es eso? - preguntó Poirot con acento
severo.
- Sí - gritamos todos a la vez.
- ¡Miren otra vez!
Con un rápido movimiento el actor se despojó del vestido suelto
de Pierrot y en su lugar apareció, resplandeciente, ¡Arlequín!
- ¡Maldito sea! ¡Maldito sea! - exclamó la voz de Davidson -.
¿Cómo lo ha adivinado?
A continuación sonó el ¡clic! de las esposas y la voz serena,
oficial, de Japp, que decía:
- Le detengo, Cristóbal Davidson, por el asesinato del vizconde
Cronshaw. Todo lo que pueda decir se utilizará como acusación en contra.
Un cuarto de hora después cenábamos. Poirot, con el rostro
resplandeciente, se multiplicaba, hospitalario, respondía de buena gana a
nuestras múltiples y continuas preguntas.
- Todo ha sido muy simple. Las circunstancias en que se halló el
pompón verde sugería, al punto, que había sido arrancado del vestido de máscara
del asesino. Yo alejé a Pierrette del pensamiento, ya que se necesita de una
fuerza considerable para clavar un cuchillo de mesa en el pecho de un hombre, y
me fijé en Pierrot. Pero éste había salido del baile dos horas antes de
verificarse el crimen. De manera que si no regresó al baile para matar a lord
Cronshaw pudo matarle antes de marchar. ¿Era esto posible? ¿Quién había visto a
lord Cronshaw después de la hora de la cena? Sólo mistress Beltane cuyo
testimonio, lo sospecho, fue falso; una mentira deliberada para explicar la
desaparición del pompón, que, naturalmente, quitó de su traje de máscara para
reemplazar el que su marido perdió. A Arlequín se le vio a la una y media en un
palco. También ésta fue una representación. Yo pensé primero en mister Davidson
como presunto culpable. Pero era imposible, dado lo complicado de su traje, que
hubiera doblado los papeles de Arlequín y de Polichinela. Por otra parte,
siendo mister Davidson un joven de la misma edad y estatura que la víctima, así
como un actor profesional, la cosa no podía ser más simple.
“No obstante me preocupaba el médico. Porque ningún médico
profesional puede dejar de darse cuenta de que existe una diferencia entre una
persona que sólo hace diez minutos que ha muerto y la que lleva difunta dos
horas. ¡Eh bien! ¡El doctor se había dado cuenta! Sólo que como al colocarle
delante del cadáver no se le preguntó “¿Cuánto hace que ha muerto?”, sino que,
por el contrario, se le comunicó que estaba con vida diez minutos antes, guardó
silencio. Pero en la investigación habló de la rigidez anormal de los miembros
del cadáver, ¡que no se explicaba!
“Todo concordaba, pues, con mi teoría. Hela aquí: Davidson mató
a Cronshaw inmediatamente después de la cena, o sea, después de volver con él,
como recordarán ustedes, al comedor. A continuación acompañó a miss Courtenay a
casa, dejándola a la puerta del piso en vez de entrar para tratar de calmarla
como declaró, y volviendo a escape al Colossus, pero no ya vestido de Pierrot,
sino de Arlequín, simple transformación que efectuó en menos de lo que se tarda
en contarlo.
El actual lord Cronshaw miró perplejo al detective.
- Si fue así - dijo -, Davidson debió ir al baile dispuesto a
matar a mi sobrino. ¿Por qué? Nos falta descubrir el motivo y yo no acierto a
adivinarlo.
- ¡Ah! Aquí tenemos la segunda tragedia, la de miss Courtenay.
Existe un punto sencillo de referencia que hemos pasado por alto. Miss
Courtenay murió después de tomar una doble dosis de cocaína... pero la habitual
estaba en la cajita que se encontró sobre el cuerpo de lord Cronshaw. ¿De dónde
sacó entonces la droga que la mató?
Únicamente una persona pudo proporcionársela: Davidson. Y el
hecho lo explica todo.
Su amistad con los Davidson, su petición a Cristóbal de que la
acompañase a casa.
Lord Cronshaw era enemigo acérrimo, casi fanático, de los
estupefacientes. Por ello al descubrir que su novia tomaba cocaína sospechó que
era Davidson quien se la proporcionaba. El actor lo negó, pero lord Cronshaw
sonsacó a miss Courtenay en el baile y le arrancó la verdad. Podía perdonar a
la desventurada muchacha, pero no duden ustedes que no hubiera tenido piedad
del hombre que tenía como medio de vida el tráfico de los estupefacientes. Si
llegaba a descubrirse esto era inminente su ruina y por ello acudió al Colossus
dispuesto a procurarse, a cualquier precio, el silencio de lord Cronshaw.
- Entonces ¿fue casual la muerte de Cocó?
- Sospecho que fue un accidente que provocó hábilmente el mismo
Davidson. Ella estaba furiosa con el lord, ante todo por sus reproches, después
por haberle quitado la cajita de cocaína. Davidson le proporcionó más y
probablemente le sugeriría que tomase una dosis mayor como desafío “al viejo
Cronsh”.
- ¿Cómo descubrió usted que había en el comedor una cortina? -
pregunté yo.
- ¡Toma! ¡Mon ami! Si no puede ser más fácil... Recuerde que los
camareros entraron y salieron de él sin ver nada sospechoso. De esto se deducía
que el cadáver no estaba entonces tendido en el suelo. Tenía forzosamente que
estar oculto en cualquier parte y por ello se me ocurrió que debía ser detrás
de una cortina. Davidson arrastró el cadáver hasta allí y más adelante, después
de llamar la atención en el palco, lo sacó y abandonó definitivamente el baile.
Este paso fue uno de los más hábiles que dio. ¡Es muy listo!
Pero en los ojos verdes de Poirot leí lo que no osaba expresar:
¡No tan listo, sin embargo, como Hércules Poirot!
******
La aventura de la cocinera
En la época en que compartía mi habitación con Hércules Poirot
contraje el hábito de leerle, en voz alta, los epígrafes del Daily Blare,
diario de la mañana.
Este periódico sabía sacar siempre un gran partido de los
sucesos del día para crear sensación. A sus páginas asomaban a la luz pública,
robos y asesinatos. Y los grandes caracteres de sus títulos herían la vista ya
desde la primera página.
He aquí varios ejemplos:
“Empleado de una casa de Banca que huye con unas acciones
negociables cuyo valor es de cincuenta mil libras.”“Marido que mete la cabeza
en un horno de gas para escapar a la mísera vida de familia.” “Mecanógrafa
desaparecida. Era una hermosa muchacha de veinte años.” “¿Dónde se halla Edna
Field?”.
- Vea, Poirot. Aquí tiene dónde escoger. ¿Qué prefiere: un
huidizo empleado de Banca, un suicidio misterioso o una muchacha desaparecida?
Pero mi amigo, que estaba de buen humor, movió la cabeza.
- No me atrae ninguno de esos casos, mon ami - dijo -. Hoy me
inclino por una existencia sosegada. Sólo la solución de un problema
interesante me movería a levantarme de este sillón. Tengo que atender a asuntos
particulares más importantes.
- ¿Como, por ejemplo... ?
- Mi guardarropa. Me ha caído una mancha, una sola, Hastings, en
el traje nuevo y me preocupa. Luego tengo que dejar en poder de Keatings el
abrigo de invierno. Y me parece que voy a recortarme el bigote antes de
aplicarle la pomada.
- Bueno, ahí tiene un cliente - dije después de asomarme a mirar
por la ventana -. Creo que no va a poder poner en obra tan fantástico programa.
Ya suena el timbre.
- Pues si no se trata de un caso excepcional - repuso Poirot con
visible dignidad - que no piense ni por asomo que voy a encargarme de él.
Poco después irrumpió en nuestro santa sanctórum una señora
robusta, de rostro colorado, que jadeaba a causa de su rápida ascensión por la
escalera.
- ¿Es usted Hércules Poirot? - preguntó dejándose caer en una
silla.
- Sí, madame. Soy Hércules Poirot.
- ¡Hum! Qué poco se parece usted al retrato que me habían
hecho... - repuso la recién llegada mirándole con cierto desdén -. ¿Ha pagado
el artículo encomiástico en que se habla de su talento, o lo escribió el
periodista por su cuenta y riesgo?
- ¡Madame! - dijo incorporándose a medias mi amigo.
- Usted perdone, pero ya sabe lo que son los periódicos de hoy
en día. Comienza usted a leer un bello artículo titulado: “Lo que dice la novia
a la amiga fea”, y al final descubre que se trata del anuncio de una perfumería
que desea despachar determinada marca de champú. Todo es bluf. Pero no se
ofenda, ¿eh?, que voy al grano.
Deseo que busque a mi cocinera, que ha desaparecido.
Poirot tenía la lengua expedita, mas en esta ocasión no acertó a
hacer uso de ella y miraba a la visitante, desconcertado. Yo me volví para
disimular una sonrisa.
- No sé por qué se entretiene hoy la gente en meter ideas
extravagantes en la cabeza de los sirvientes - siguió diciendo la señora -. Les
ilusionan con el señuelo de la mecanografía y qué sé yo más. Pero como digo:
basta de estratagemas. Me gustaría saber de qué pueden quejarse mis criados que
no sólo tienen permiso para salir entre semana, sino también los domingos
alternos y festivos, que no tienen que lavar ni tomar margarina porque no la
hay en casa. Yo uso siempre mantequilla superior.
- Temo que comete una equivocación, madame. Yo no dirijo ninguna
investigación encaminada a averiguar las condiciones actuales del servicio
doméstico. Soy detective particular.
- Ya lo sé - repuso nuestra visitante -. Ya he dicho que deseo
que busque a mi cocinera, que salió de casa el miércoles pasado, sin decir una
palabra, y que no ha regresado.
- Lo siento, madame, pero yo no trato de esta clase de asuntos.
Le deseo muy buenos días.
La visitante lanzó un resoplido de indignación.
- ¿Sí, buen amigo? ¿Conque es usted orgulloso, verdad? ¿Conque
sólo trata de secretos de Estado y de las joyas de las condesas? Pues permítame
que le diga que una sirvienta tiene tanta importancia como una tiara para una
mujer de mi posición. No todas podemos ser señoras elegantes, de coche,
cargadas de brillantes y perlas. Una buena cocinera es una buena cocinera, pero
cuando se la pierde representa tanto para una como las perlas para cualquier
dama de la aristocracia.
La dignidad de Poirot libró batalla con su sentido del humor;
finalmente volvió a sentarse y se echó a reír.
- Tiene razón, madame; era yo el equivocado: sus observaciones
son justas e inteligentes. Este caso constituirá para mí una novedad, porque
aún no había andado a la caza de una doméstica desaparecida. Éste es,
precisamente, el problema de importancia nacional que yo le pedía a la suerte
cuando llegó usted. ¡En avant! Dice usted que la cocinera salió el miércoles de
su casa y que todavía no ha vuelto a ella. Y el miércoles fue anteayer...
- Sí, era su día de salida.
- Pues, probablemente, madame, habrá sufrido un accidente. ¿Ha
preguntado ya en los hospitales?
- Pensaba hacerlo ayer, pero esta mañana me ha mandado a pedir
el baúl, ¡sin ponerme cuatro líneas siquiera! Si hubiera estado yo en la casa
le aseguro que no la hubiera dejado marchar así. Pero había ido a la
carnicería.
- ¿Quiere darme sus señas?
- Se llama Elisa Dunn y es de edad madura, gruesa, de cabello
negro canoso y de aspecto respetable.
- ¿Habían reñido ustedes antes?
- No, señor. Y esto es lo raro del caso.
- ¿Cuántos criados tiene, madame?
- Dos. Annie, la doncella, es una buena muchacha. Es olvidadiza
y tiene la cabeza algo a pájaros, pero es buena sirvienta siempre que se esté
encima de ella.
- ¿Se avenían ella y la cocinera?
- En general sí, aunque tenían sus altercados de vez en cuando.
- ¿Y la doncella no puede arrojar alguna luz sobre el misterio?
- Dice que no, pero ya conoce usted a los sirvientes, se tapan
unos a otros.
- Bien, bien, ya veremos esto. ¿Dónde reside, madame?
- En Clapham; Albert Road, número 88.
- Bien, madame, le deseo muy buenos días y cuente con verme en
su residencia en el curso del día.
Luego mistress Todd, que así se llamaba la nueva clienta, se
despidió de nosotros.
Poirot me miró con cierta rudeza.
- Bien, bien. Hastings, éste es un caso nuevo. ¡La desaparición
de una cocinera!
¡Seguramente que el inspector Japp no habrá oído jamás cosa
parecida!
A continuación calentó una plancha y con ella quitó, con ayuda
de un trozo de papel de estraza, la mancha de grasa del nuevo traje gris.
Dejando con sentimiento para otro día el arreglo de los bigotes marchamos en
dirección a Clapham.
Prince Albert Road demostró ser una calle de pocas casas, todas
exactamente iguales, con ventanas ornadas de cortinas de encajes y llamadores
de brillante latón en las puertas.
Al pulsar el timbre del número 88 nos abrió la puerta una bonita
doncella, vestida pulcramente. Mistress Todd salió al vestíbulo para
saludarnos.
- No se vaya, Annie - exclamó -. Este caballero es detective y
desea dirigirle a usted algunas preguntas.
El rostro de Annie reveló la alarma y una excitación agradable.
- Gracias, madame - dijo Poirot haciendo una pequeña reverencia
-. Me gustaría interrogar a su doncella ahora y sin testigos.
Nos introdujeron en un saloncito, y cuando se fue mistress Todd,
a disgusto, comenzó Poirot el interrogatorio.
- Voyons, mademoiselle Annie, todo cuanto nos explique revestirá
la mayor importancia. Sólo usted puede arrojar alguna luz sobre nuestro caso y
sin su ayuda no haremos nada.
La alarma se desvaneció del semblante de la doncella y la
agradable excitación se hizo más patente.
- Esté seguro, señor, de que diré todo lo que sé.
- Muy bien - dijo Poirot con el rostro resplandeciente -. Ante
todo, ¿qué opina usted? Porque posee una inteligencia notable. ¡Se ve en
seguida! ¿Cuál es su explicación de la desaparición de Elisa?
Animada de esta manera, Annie se dejó llevar de una verbosidad
abundante.
- Se trata de los esclavistas blancos, señor. Lo he dicho
siempre. La cocinera me ponía siempre en guardia contra ellos. “Por caballeros
que te parezcan - me decía -, no olfatees ningún perfume ni comas ningún dulce
de los que te ofrezcan”. Estas fueron sus palabras. Y ahora se han apoderado de
ella, estoy segura. Han debido llevársela a Turquía o a uno de esos lejanos
lugares de Oriente donde, según se dice, gustan de las mujeres entradas en
carnes.
- Pero en tal caso, y es admirable su idea, ¿hubiera mandado a
buscar el baúl?
- Bien, no lo sé, señor. Pero supongo que aun en aquellos
lugares exóticos, necesitará ropa.
- ¿Quién vino a buscar el baúl? ¿Un hombre?
- Carter Peterson, señor.
- ¿Lo cerró usted?
- No, señor. Ya estaba cerrado y atado.
- ¡Ah! Es interesante. Eso demuestra que cuando salió el
miércoles de casa estaba ya decidida a no volver a ella. Se da cuenta de esto,
¿no?
- Sí, señor - Annie pareció sorprenderse -. No había caído en
ello. Pero aun así puede tratarse de los esclavistas, ¿no cree? - agregó con
tristeza.
- ¡Claro! - dijo gravemente Poirot -. ¿Duermen ustedes en una
misma habitación?
- No, señor. En distintas habitaciones.
- ¿Le había dicho Elisa si estaba descontenta de su puesto
actual? ¿Se sentían felices las dos aquí?
- La casa es buena - replicó Annie titubeando -. Ella nunca
habló de que pensara dejarla.
- Hable con franqueza. No se lo diré a la señora - dijo Poirot
con acento afectuoso.
- Bien, la señora es algo difícil, naturalmente. Pero la comida
es buena. Y abundante. Se come caliente a la hora de la cena, hay buenos
entremeses y se nos da mucha carne de cerdo. Yo estoy segura de que aunque
hubiera querido cambiar de casa, Elisa no se hubiera marchado así. Hubiera dado
un mes de tiempo a la señora; sobre todo porque de lo contrario no hubiera
cobrado el salario.
- ¿Y el trabajo es muy duro?
- Bueno, la señora es muy meticulosa y anda buscando siempre
polvo por todos los rincones. Además hay que cuidar del alojado, del huésped,
como a sí mismo se llama.
Pero únicamente desayuna y cena en casa, como el amo. Los dos
pasan el día en la City.
- ¿Le es simpático el amo?
- Sí, es bueno, muy callado y algo picajoso.
- ¿Recuerda, por casualidad, lo último que dijo Elisa antes de
salir de casa?
- Sí, lo recuerdo. Dijo: “Esta noche cenaremos una loncha de
jamón con patatas fritas. Y luego, melocotón en conserva”. Se moría por los
melocotones.
- ¿Salía regularmente los miércoles?
- Sí, ella los miércoles y yo los jueves.
Poirot dirigió todavía a Annie varias preguntas y luego se dio
por satisfecho. Annie se marchó y entró mistress Todd con el rostro iluminado
por la curiosidad. Estaba algo resentida, estoy seguro, de que la hubiéramos
hecho salir de la habitación durante nuestra conversación con Annie. Poirot se
cuidó, no obstante, de aplacarla con tacto.
- Es difícil - explicó - que una mujer de inteligencia tan
excepcional como la suya, madame, soporte con paciencia el procedimiento que
nosotros, pobres detectives, tenemos que emplear. Porque tener la paciencia con
la estupidez es difícil para las personas de entendimiento vivo.
Habiendo sido disipado el resentimiento que mistress Todd
pudiera albergar, hizo recaer la conversación sobre el marido y obtuvo la
información de que trabajaba para una firma de la City y de que no llegaría
hasta las seis a casa.
- Este asunto debe traerle preocupado e inquieto, ¿no es así?
- Oh, él no se preocupa por nada - declaró mistress Todd -.
“Bien, bien, toma otra, querida.” Esto es todo lo que dijo. Es tan tranquilo
que en ocasiones me saca de quicio: “Es una ingrata. Vale más que nos
desembaracemos de ella”.
- ¿Hay otras personas en la casa, mistress Todd?
- ¿Se refiere a mister Simpson, el realquilado? Pues tampoco se
preocupa de nada mientras se le dé de desayunar y de cenar.
- ¿Cuál es su profesión, madame?
- Trabaja en un Banco.
Mistress Todd mencionó el nombre y yo me sobresalté recordando
la lectura del Daily Blare.
- ¿Es joven?
- Tiene veintiocho años. Es muy simpático.
- Me gustaría poder hablar con él y también con su marido, si no
tienen inconveniente. Volveré por la tarde. Entretanto, le aconsejo que
descanse, madame. Parece fatigada.
Poirot murmuró unas palabras de simpatía y nos despedimos de la
buena señora.
- Es una coincidencia curiosa - observé -, pero Davis, el
empleado fugitivo, trabajaba en la misma casa de Banca que Simpson. ¿Qué le
parece, existir alguna relación entre las dos personas?
Poirot sonrió.
- Coloquemos en un extremo al empleado poco escrupuloso y en el
otro a la cocinera desaparecida. Es difícil hallar relación entre ambas
personas a menos que si Davis visitaba a Simpson se hubiera enamorado de la
cocinera y la convenciera de que le acompañase en su huida.
Yo reí, pero Poirot conservó la seriedad.
- Pudo escoger peor. Recuerde, Hastings, que cuando se va camino
del destierro, una buena cocinera puede proporcionar más consuelo que una cara
bonita. - Hizo una pausa momentánea y luego continuó: - Éste es un caso de los
más curiosos, lleno de hechos contradictorios. Me interesa, sí, me interesa
extraordinariamente.
Por la tarde volvimos a la calle Prince Albert, número 88, y
entrevistamos a Todd y a Simpson. Era el primero un melancólico caballero, de
unos cuarenta años.
- ¡Ah, sí, sí, Elisa! Era una buena cocinera, mujer muy
económica. A mí me gusta la economía.
- ¿Alcanza a comprender por qué les dejó a ustedes de manera tan
repentina?
- Verá: los criados son así - repuso con un aire vago -. Mi
mujer se disgusta por todo.
Le agota la preocupación constante. Y el problema es muy
sencillo en realidad. Yo le digo: “Busca otra, querida. Busca otra cocinera.
¿De qué sirve llorar por la leche derramada?
Mister Simpson se mostró igualmente vago. Era un joven
taciturno, poco llamativo, que usaba gafas.
- Era una mujer madura. Sí, la conocía. La otra es Annie,
muchacha simpática y servicial.
- ¿Sabe si se llevaban bien?
Mister Simpson lo suponía. No podía asegurarlo.
- Bueno, no hemos obtenido ninguna noticia interesante, mon ami
- me dijo Poirot cuando salimos de la casa después de volver a escuchar de
labios de mistress Todd la explicación, ampliada, de lo ocurrido, que
conocíamos desde por la mañana.
- ¿Está decepcionado porque esperaba saber algo nuevo? - dije.
- Hombre, siempre existe una posibilidad, naturalmente - repuso
Poirot -. Pero tampoco lo creí probable.
Al día siguiente recibió una carta que leyó, rojo de
indignación, y me entregó después.
“Mistress Todd - decía - lamenta tener que prescindir de los
servicios de Monsieur Poirot, ya que después de hablar con su marido se da
cuenta de lo innecesario que es llamar a un detective para la solución de un
problema de índole doméstica. Mistress Todd le incluye una guinea como
retribución a su consulta...
- ¡Ajá! - exclamó mi amigo lleno de cólera -. ¿Será posible que
crean que van a desembarazarse de mí, Hércules Poirot, con tanta facilidad?
Como favor, un gran favor, consentí en investigar ese asunto tan miserable y
mezquino y me despiden, comme ça? Aquí anda, o mucho me engaño, la mano de
mister Todd. Pero ¿no y mil veces no! Gastaré veinte, treinta guineas, si fuere
preciso, hasta llegar al fondo de la cuestión.
- Sí. Pero, ¿cómo?
Poirot se calmó un poco.
- D’acord - contestó -; pondremos un anuncio en los periódicos.
Un anuncio que diga, sobre poco más o menos... sí, eso es: “Si Elisa Dunn
quiere molestarse en darnos su dirección le comunicaremos algo que le interesa
mucho”. Insértelo en los periódicos de mayor circulación, Hastings. Entretanto,
verificaré algunas pesquisas. Vaya, vaya, ¡no hay tiempo que perder!
No volví a verle hasta la tarde, en que se dignó referirme en un
corto espacio de tiempo lo que había estado haciendo.
- He hecho averiguaciones en la casa donde trabaja mister Todd.
Tiene buen carácter y no faltó al trabajo el miércoles por la tarde. Tanto
mejor para él. El martes, Simpson cayó enfermo y no fue al Banco, pero sí
estuvo también el miércoles por la tarde. Era amigo de Davis, pero no muy
amigo. De modo que no hay novedades por ese lado. Confiemos en el anuncio.
Éste apareció en los principales periódicos de la ciudad. Las
órdenes de Poirot eran que siguiera apareciendo por espacio de una semana. Su
ansiedad en este caso, tan poco interesante, de la desaparición de una
cocinera, era extraordinaria, pero me di cuenta de que consideraba cuestión de
honor perseverar hasta obtener el éxito. En esta época se le ofreció la
solución de otros casos, más atrayentes, pero se negó a encargarse de ellos.
Todas las mañanas abría precipitadamente la correspondencia y luego dejaba las
cartas con un suspiro. Pero nuestra paciencia obtuvo su recompensa al fin. El
miércoles que sucedió a la visita de mistress Todd la patrona nos anunció a una
visitante que decía llamarse Elisa Dunn.
- ¡En fin! - exclamó Poirot -. Dígale que suba. En seguida.
Inmediatamente.
Al verse así incitada, la patrona salió a escape y poco después
reapareció seguida de miss Dunn. Nuestra mujer era tal y como nos la habían
descrito: alta, vigorosa, enteramente respetable.
- He leído su anuncio, y por si existe alguna dificultad vengo a
decirles lo que ignoran; que ya he cobrado la herencia.
Poirot, que la observaba con atención, tiró de una silla y se la
ofreció con un saludo.
- Su ama, mistress Todd - explicó -, se sentía inquieta. Temía
que hubiera sido víctima de un accidente realmente serio.
Elisa Dunn pareció sorprenderse mucho.
- Entonces, ¿no ha recibido mi carta? - interrogó.
- No. - Poirot hizo una pausa y luego dijo con acento
persuasivo: - Ea, cuéntenos lo ocurrido.
Y Elisa, que no necesitaba que se la incitase a ello, inició al
punto una larga explicación.
- Al volver el miércoles por la tarde a casa, y cuando casi me
hallaba delante de la puerta, me salió al paso un caballero. “¿Miss Elisa Dunn,
¿estoy en lo cierto?“, preguntó. “Sí, señor”, respondí. “Acabo de preguntar por
usted en el número 88 y me han dicho que no tardaría en llegar. Miss Dunn, he
venido de Australia, dispuesto a dar con su paradero. ¿Cuál era el apellido de
soltera de su madre?”“Jane Ermott”.
“Precisamente. Bien, pues, aun cuando usted lo ignore, miss
Dunn, su abuela tenía una amiga muy querida que se llamaba Elisa Leech. Esta
muchacha se expatrió, se fue a Australia, y allí contrajo matrimonio con un
hombre acaudalado. Sus dos hijos murieron en la infancia y ella heredó la
propiedad de su marido. Ha muerto hace unos meses y le deja a usted en herencia
una casa y una considerable cantidad de dinero”.
“La noticia me impresionó tanto que hubieran podido derribarme
con una pluma - prosiguió miss Dunn -. Además, de momento, aquel hombre me
inspiró recelos, de lo que se dio cuenta, porque dijo sonriendo: Veo que es
prudente, y hace bien en ponerse en guardia, pero mire mis credenciales”. Me
entregó una carta y una tarjeta de los señores Hurts y Crotchet, notarios de
Melbourne. Él era mister Crotchet. “La difunta le impone dos condiciones para
que pueda percibir la herencia (era algo excéntrica, ¿comprende?). Primero debe
tomar posesión de su casa de Cumberland mañana a mediodía; luego, cláusula
menos importante, no debe prestar servicios domésticos.” Yo quedé consternada.
“Pero, mister Crotchet, soy cocinera”, dije. “¿No se lo han dicho en casa?”
“¡Caramba, caramba! No tenía la menor idea de semejante cosa. Creí que era aya
o señorita de compañía. Es muy sensible, muy sensible, desde luego.”
“¿Quiere decir que deberé renunciar a esta fortuna?”, pregunté
con la ansiedad que pueden ustedes suponer.
Mister Crotchet se paró a reflexionarlo un instante. “Miss Dunn
- dijo después -, siempre existe un medio de burlar la Ley, y nosotros, los
hombres de leyes, lo sabemos. Lo mejor es que haya usted salido a primera hora
de la tarde de la casa en que sirve.” “Pero ¿y mi mes?”, interrogué. “Mi
querida miss Dunn - repuso el abogado con una sonrisa -. Usted puede libremente
dejar a su ama si renuncia al pago de sus servicios. Ella comprenderá en vista
de las circunstancias.
Aquí lo esencial es el tiempo. Es imperativo que tome usted el
tren de las once y cinco en King’s Cross para dirigirse al norte. Yo le
adelantaré diez libras para que pueda tomar el billete y para que pueda enviar
unas líneas desde la estación a su señora. Se las llevaré yo mismo y le
explicaré el caso.”
Naturalmente me avine a ello y una hora después me hallaba en el
tren tan aturdida que no sabía dónde tenía la cabeza. Cuando llegué a Carlisle
empecé a pensar que había sido víctima de una de esas jugarretas de que nos
hablan los periódicos.
Pero las señas que se me habían dado eran, en efecto, de unos
abogados que me pusieron en posesión de la herencia, es decir, de una casita
preciosa y de una renta de trescientas libras anuales. Como dichos abogados
sabían poquísimos detalles, se limitaron a darme a leer la carta de un
caballero de Londres en que se les ordenaba que me pusieran en posesión de la
casa y de ciento cincuenta libras para los primeros seis meses. Mister Crotchet
me envió la ropa, pero no recibí la respuesta de mistress Todd. Yo supuse que
debía estar enojada y que envidiaba mi racha de buena suerte. Se quedó con mi
baúl y me envió la ropa en paquetes. Pero si no le entregaron mi carta es muy
natural que esté resentida.
Poirot había escuchado con atención tan larga historia y movió
la cabeza, como si estuviese satisfecho.
- Gracias, mademoiselle. En este asunto ha habido, como dice muy
bien, una pequeña confusión. Permítame que le recompense la molestia. - Poirot
le puso un sobre cerrado en la mano -. ¿Piensa volver a Cumberland en seguida?
Una palabrita al oído: No se olvide de guisar. Siempre es útil tener algo con
qué contar cuando van mal las cosas.
- Esa mujer es crédula - murmuró Poirot cuando partió la
visitante -, pero no más crédula que las personas de su clase. - Su rostro
adoptó una expresión grave -. Vamos, Hastings, no hay tiempo que perder. Llame
un taxi mientras estribo unas líneas a Japp.
Cuando volví con el taxi encontré a Poirot esperándome.
- ¿Adónde vamos? - pregunté con viva curiosidad.
- Primero a despachar esta carta por medio de un mensajero.
Una vez hecho esto, Poirot dio unas señas al taxista.
- Calle Prince Albert, número 88, Clapham.
- Conque, ¿nos dirigimos allí?
- Mais oui. Aunque si he de serle franco temo que lleguemos
tarde. Nuestro pájaro habrá volado, Hastings.
- ¿Quién es nuestro pájaro?
- El desvaído mister Simpson - replicó Poirot, sonriendo.
- ¡Qué! - exclamé.
- Vamos, Hastings, no diga que no lo ve claro ahora.
- Supongo que se ha tratado de alejar a la cocinera - observé,
algo picado -. Pero ¿por qué? ¿Por qué deseaba Simpson alejarla de la casa? ¿Es
que sabía algo?
- Nada.
- ¿Entonces... ?
- Deseaba algo que tenía ella.
- ¿Dinero? ¿El legado de Australia?
- No, amigo mío. Algo totalmente distinto. - Poirot hizo una
pausa y dijo gravemente: - Un baulito deteriorado.
Yo le miré de soslayo. La respuesta me pareció tan absurda que
sospeché por un momento que trataba de burlarse de mí. Pero estaba
perfectamente grave y serio.
- Pero digo yo - exclamé - que, de querer uno, podía adquirirlo.
- No necesitaba uno nuevo. Deseaba uno usado.
- Poirot, esto pasa de la raya - exclamé -. ¡No me tome el pelo!
El detective me miró.
- Hastings, usted carece de la inteligencia y de la habilidad de
mister Simpson - repuso -. Vea cómo se desarrollaron los acontecimientos: el
miércoles por la tarde, sirviéndose de una estratagema, Simpson aleja de casa a
la cocinera. Lo mismo una postal impresa que el papel timbrado son fáciles de
adquirir y además se desprende con gusto de ciento cincuenta libras, así como
de un año de alquiler de la finca de Cumberland, para asegurar el éxito de sus
planes. Miss Dunn no le reconoce: el sombrero, la barba, el leve acento
extranjero, la confunden y desorientan por completo.
Y así se da fin al miércoles... si pasamos por alto el hecho trivial,
en apariencia: el de haberse apoderado Simpson de cincuenta mil libras en
acciones.
- ¡Simpson! ¡Pero si fue Davis!
- Déjeme proseguir, Hastings. Simpson sabe que el robo se
descubriría el jueves por la tarde y no va el jueves al Banco, se queda en la
calle a esperar a Davis, que debe salir a la hora de comer. Es posible que se
hable del robo que ha cometido y que prometa a Davis la devolución de las
acciones. Sea como sea, logra que el muchacho le acompañe a Clapham. La casa
está vacía porque la doncella ha salido, ya que es su día libre, y mistress
Todd está en la subasta. De modo que cuando, más adelante, se descubra el robo
y se eche a Davis de menos, ¡se le acusará de haber sustraído las acciones!
Mister Simpson se sentirá para entonces seguro y podrá volver al trabajo a la
mañana siguiente como empleado fiel a quien todos conocen.
- Pero ¿y Davis?
Poirot hizo un gesto expresivo y meneó la cabeza.
- Así, a sangre fría, parece increíble. Sin embargo, no le
encuentro al hecho otra explicación, mon ami. La única dificultad con que
tropieza siempre el animal es la de desembarazarse de su víctima. Pero Simpson
lo ha planeado de antemano. A mí me llamó la atención el hecho siguiente: ya
recordará que cuando Elisa salió de casa, pensaba volver a ella por la noche,
de aquí su observación acerca de los melocotones en conserva. Sin embargo, su
baúl estaba cerrado y atado cuando fueron a buscarlo.
Simpson fue quien pidió a Carter Peterson que pasara el viernes,
de modo que fue Simpson quien ató el baúl el jueves por la tarde. ¿Quién iba a
sospechar de un hecho tan natural y corriente? Una sirvienta que se despide de
la casa en que sirve manda a por su baúl, que ya está cerrado, y con una
etiqueta que lleva probablemente las señas de una estación cercana. El sábado
por la tarde, Simpson, con su disfraz de colono australiano, reclama el baúl,
le pone un nuevo rótulo y lo manda a un sitio “donde permanecerá hasta que
manden por él”. Así cuando las autoridades, recelosas, ordenen que sea abierto,
¿a quién se culpará del crimen cometido? A un colonial barbudo que lo facturó
desde una estación vecina a la de Londres y por consiguiente que no tendrá la
menor relación con el número 88 de la calle Prince Albert de Clapham.
Los pronósticos de Poirot resultaron ciertos. Simpson había
salido de la casa de los Todd dos días antes, pero no escaparía a las
consecuencias de su crimen. Con la ayuda de la telegrafía sin hilos fue
descubierto, camino de América, en el Olimpia.
Un baúl de metal que ostentaba el nombre de mister Henry
Wintergreen atrajo la atención de los empleados de la estación de Glasgow y al
ser abierto se halló en su interior el cadáver del infortunado Davis.
El talón de una guinea que mistress Todd regaló a Poirot no se
cobró jamás. Poirot le puso un marco y lo colgó de la pared de nuestro salón.
- Me servirá de recuerdo, Hastings - dijo -. No desprecie nunca
lo trivial, lo menos digno. Repare que en un extremo está una doméstica
desaparecida... y en el otro un criminal de sangre fría. ¡Para mí, éste ha sido
el más interesante de los casos en que he intervenido!
******
El misterio de Cornwall
- Mistress Pengelley - anunció nuestra patrona. Y se retiró
discretamente.
Por regla general personas de toda índole acuden a visitar a
Poirot, pero, en mi opinión, la mujer que se detuvo, nerviosa, junto a la
puerta manoseando la boa de plumas, era de las más vulgares. Representaba unos
cincuenta años, era delgada, de rostro marchito, vestía un traje sastre y sobre
los cabellos grises se había puesto un sombrero que no la favorecía. En una
capital de provincia pasamos todos los días por delante de muchas mistress
Pengelley.
Poirot, que se dio cuenta de su visible confusión, la acogió con
agrado, avanzando unos pasos.
- Madame, siéntese, por favor. Mi colega, el capitán Hastings.
La señora tomó asiento murmurando:
- ¿Es usted Monsieur Poirot, el detective?
- Sí, señora. A su disposición.
La visitante suspiró, se retorció las manos, se puso colorada.
- ¿Puedo servirle en algo, madame?
- Sí, señor... Creo... Me pareció que...
- Continúe, madame, por favor.
Mistress Pengelley se dominó mediante un esfuerzo de voluntad al
verse animada por mi amigo.
- El caso es, Monsieur Poirot... que no quisiera tener nada que
ver con la policía. ¡No, no pienso acudir a ella por nada del mundo! Pero al
mismo tiempo... me tiene preocupada. Sin embargo, no sé si debo...
Mistress Pengelley calló bruscamente.
- Yo no tengo nada que ver con la policía - le aseguró Poirot -.
Mis investigaciones son estrictamente particulares.
Mistress Pengelley se aferró a la palabra.
- Particularmente, eso es. Es lo que deseo. No quiero
habladurías, ni comentarios, ni sueltos en los periódicos. Porque cuando la
Prensa desbarra, las pobres familias ya no vuelven a levantar la cabeza. Además
de que no estoy segura... Se trata de una idea, una idea terrible que se me ha
ocurrido y que no me deja en paz. - Hizo una pausa para cobrar aliento y luego
siguió diciendo: - No quisiera juzgar mal al pobre Edward... mas suceden cosas
tan terribles hoy día.
- Permítame... ¿Edward es su marido?
- Sí.
- ¿Qué es lo que sospecha?
- No quisiera tener que decirlo, Monsieur Poirot, pero como
todos los días suceden cosas parecidas y los desgraciados ni siquiera
sospechan...
Yo comenzaba a desesperar de que la pobre señora se decidiera a
hablar claro, pero la paciencia de Poirot era inagotable.
- Explíquese sin temor, madame. Verá cómo se alegra cuando le
demostremos que sus recelos carecen de fundamento.
- Es muy cierto. Además de que cualquier cosa será mejor que
esta espantosa incertidumbre. Monsieur Poirot, temo que... ¡me están
envenenando!
- ¿Qué le induce a creerlo?
Una vez superada la reticencia de mistress Pengelley se metió en
una intrincada serie de explicaciones más propias para los oídos de un médico,
que para los nuestros de índole policíaca.
- Conque dolor y malestar después de las comidas, ¿no es eso? -
dijo Poirot pensativo -. ¿La ha visitado un médico, madame? ¿Qué dice?
- Dice que tengo una gastritis aguda. Pero he reparado en su
inquietud, en su perplejidad. Cambia continuamente de medicamentos, pero
ninguno me sienta bien.
- ¿Le ha hablado de... sus temores?
- No, Monsieur Poirot. No quiero que se divulgue la noticia.
Quizá sea realmente una gastritis lo que padezco. De todas maneras es raro que
en cuanto se va Edward de casa todos los fines de semana, vuelva a sentirme
bien. Incluso Freda, mi sobrina, se ha fijado en ello. Luego hay lo de la
botella del veneno para las malas hierbas, casi vacía, a pesar de que asegura
el jardinero que no se utiliza.
Mistress Pengelley miró con expresión suplicante a Poirot que
sonrió para tranquilizarla, mientras tomaba papel y lápiz.
- Vamos a ser prácticos, madame - dijo -. ¿Dónde residen
ustedes?
- En Polgarwith, pequeña ciudad de Cornwall.
- ¿Hace tiempo que habitan en esa ciudad?
- Catorce años.
- Usted y su marido ¿son los únicos habitantes de la casa?
¿Tienen ustedes hijos?
- No.
- Pero, ¿sí una sobrina?
- Sí, Freda Stanton, hija de la única hermana de Edward. Ha
vivido con nosotros por espacio de ocho años, o sea hasta la semana pasada.
- ¡Oh! ¿Qué pasó en esa semana?
- Pues la verdad es que no sé qué le pasó a Freda. Se mostraba
ruda, impertinente, cambiaba con frecuencia de humor hasta que un día, después
de uno de sus desahogos, salió de casa y alquiló habitaciones en otra calle de
la población. Desde entonces no he vuelto a verla. Vale más esperar a que
recupere el sentido común, como dice mister Radnor.
- ¿Quién es mister Radnor?
Parte del embarazo inicial de mistress Pengelley reapareció.
- Oh, pues, es un amigo. Un muchacho muy agradable.
- ¿Existe alguna clase de relación entre él y su sobrina?
- En absoluto - dijo mistress Pengelley con marcado énfasis.
Poirot pasó a un terreno más positivo.
- ¿Están usted y su marido en buena posición?
- Sí, gozamos de una posición bastante buena.
- ¿El capital es suyo o de él?
- Es todo de Edward. Yo no poseo nada mío.
- Para ser prácticos, madame, compréndalo, tenemos que ser
brutales. ¡Tenemos que buscar un motivo, porque no creo que su marido la esté
envenenando solo pour passer le temps! ¿Sabe si tiene alguna razón para desear
quitarla a usted de en medio?
- ¡Oh, una arpía de cabellos rubios! - dijo mistress Pengelley
dejándose llevar de un arrebato de cólera -. Mi marido es dentista, Monsieur
Poirot, y como ayudanta dice que no hay nada como una muchacha despierta, de
cabello rizado y delantal blanco para atraer a la clientela. Y a pesar de que
jura lo contrario, yo sé que la acompaña muchas veces.
- ¿Quién pidió la botella del veneno, madame?
- Mi marido... hará cosa de un año.
- ¿Tiene su sobrina dinero propio?
- Una renta de unas cincuenta libras al año sobre poco más o
menos. Si yo se lo permitiera, volvería con gusto a gobernarle la casa a
Edward.
- Entonces, ¿usted ha pensado en dejarle?
- Yo no pretendo dejarle para que se salga con la suya. Las
mujeres ya no somos esclavas ni toleramos que se nos ponga el pie encima,
Monsieur Poirot.
- La felicito por ese espíritu independiente, madame; pero
seamos prácticos. ¿Piensa volver hoy a Polgarwith?
- Sí, vine aquí de excursión. El tren salió de allá a las seis
de la mañana y volverá a las cinco de la tarde.
- ¡Bien! De momento no tengo mayor cosa que hacer. Puedo
dedicarme a este pequeño affaire. Mañana llegaremos a Polgarwith. Diremos que
aquí, el amigo Hastings, es un pariente lejano, el hijo de un primo segundo,
¿le parece bien? Y que yo soy un amigo algo excéntrico. Entretanto coma
únicamente lo que preparen sus manos o se haga bajo su dirección. ¿Tiene una
doncella de confianza?
- Sí. Jessie es buena chica, estoy segura.
- Entonces, hasta mañana, madame. Valor.
Poirot acompañó a la señora hasta la puerta y volvió pensativo a
instalarse en su sillón. Sin embargo, su absorción no era tan profunda que no
reparara en dos plumitas arrancadas de la boa de plumas de mistress Pengelley
por la agitada señora. Las cogió con cuidado y las echó a la papelera.
- Bueno, Hastings - me preguntó -. ¿Qué deduce de lo que acaba
de escuchar?
- ¡Hum! Nada bueno - respondí.
- Sí, si lo que sospecha la señora es cierto. Pero, ¿lo es? Hoy
en día ningún marido puede pedir así como así una botella de matahierbas. Si su
mujer padece de gastritis y además posee un temperamento histérico, la carne
estará en el asador.
- ¿Así cree usted que sólo se trata de eso?
- Ah, Voilà... No lo sé, Hastings. Pero el caso me interesa
enormemente aunque en verdad no es nuevo. De aquí que haya hablado del
histerismo aun cuando mistress Pengelley no me parece muy histérica. Sí, o
mucho me engaño o tenemos aquí un drama intenso y muy humano. Dígame, Hastings,
¿cuáles son a su manera de ver los sentimientos que su marido inspira a la
buena señora?
- La fidelidad en lucha con el miedo - sugerí.
- Sí, de ordinario una mujer acusará a todo el mundo... menos...
a su marido. Se aferrará a su fe en él contra viento y marea.
- Pero “la otra” vendrá a complicar las cosas...
- Sí, bajo el acicate de los celos, el amor puede transformarse
en odio. Pero el odio la movería a acudir a la policía, no a mí. Querría armar
un escándalo y que todo el mundo se enterara. No, no, utilicemos las células
grises. ¿Por qué ha venido a buscarme? ¿Para que le demuestre que sus sospechas
son infundadas o para que las confirme? Ah, tenemos aquí el factor desconocido,
algo que no comprendo. ¿Es nuestra mistress Pengelley una actriz estupenda? No,
era sincera, juraría que era sincera y por ello me interesa. Haga el favor de
mirar en la Guía de Ferrocarriles el horario de los tres.
El que más nos convenía era el de la 1:50 que llegaba a
Polgarwith poco después de las 2. El viaje se verificó sin obstáculos y salí de
una agradable siestecilla para bajar al andén de una pequeña y oscura estación.
Nos dirigimos con nuestras maletas al Duchy Hotel y, después de tomar una cena
ligera, mi amigo sugirió que fuéramos a hacer una visita a mi supuesta prima.
La casa de los Pengelley se hallaba algo distante de la
carretera y tenía delante un jardín de un estilo pasado de moda. La brisa nos
trajo el perfume de diversas flores.
Parecía imposible asociar ideas de violencia a aquel encanto tan
propio de pasadas épocas. Poirot llamó al timbre y luego con los nudillos, pero
nadie contestó a su llamada. Entonces volvió a pulsar el timbre. Después de una
corta pausa, nos abrió una doncella desmelenada, con los ojos colorados, que
resollaba con fuerza.
- Deseamos ver a mistress Pengelley - explicó Poirot -. ¿Podemos
pasar?
La doncella se nos quedó mirando fijamente. Con una franqueza
poco usual replicó luego:
- Entonces, ¿no saben la novedad? Mistress Pengelley ha
fallecido. Hace media hora, poco más o menos, que ha dejado de existir.
Nosotros la miramos, aturdidos.
- ¿De qué ha muerto? - pregunté después.
- No lo sé. Pero les aseguro que si no fuera porque no quiero
dejar a mi pobre señora sola, haría la maleta y saldría de aquí esta misma
noche. Claro que no puedo dejarla, porque no tiene a nadie que la vele. No soy
la que debe hablar, pero todo el mundo lo sabe. La noticia corre por toda la
ciudad. Si mister Radnor no escribe al secretario del Home Office, otro lo
hará. El médico dirá lo que quiera. Yo he visto con estos ojos que se ha de
comer la tierra, cómo cogía el señor de su estante la botella matahierbas. Al
ver que yo le miraba dio un salto, pero la señora tenía la sopa, ya hecha,
encima de la mesa. Le aseguro que mientras permanezca en esta casa no probaré
bocado ni bebida de ninguna clase aunque me muera de hambre.
- ¿Dónde vive el médico que visitó a la señora?
- Es el doctor Adams. Vive ahí, a la vuelta de la esquina, en la
High Street. Es la segunda casa.
Poirot le volvió bruscamente la espalda. Estaba muy pálido.
- La muchacha no quería abrir la boca, pero ha hablado de más -
observé secamente.
- He sido un imbécil, Hastings, un criminal. Me alabo de mi
inteligencia y he dejado perder una vida humana, una vida que vino a mí para
que la salvara. Pero, la verdad, no se me ocurrió pensar que sucedería esto tan
pronto. ¡Que el buen Dios me perdone!
Pero la historia de mistress Pengelley me pareció falsa...
Bueno, ahí está la casa del doctor. Veremos lo que nos dice.
El doctor Adams era el típico médico de aldea, de mejillas
sonrosadas. Nos recibió cortésmente, pero a la sola insinuación de lo que allí
nos llevaba se puso muy colorado.
- ¡Es una tontería! ¡Es una tontería! - exclamó -. Yo he llevado
el caso y sé muy bien que mistress Pengelley padecía una gastritis, una
gastritis, pura y sencillamente. En esta ciudad se murmuraba mucho, existe un
grupo de viejas que, cuando se reúnen, inventan sólo Dios sabe qué infundios.
Claro, leen periódicos o revistas truculentas y luego suponen que en Polgarwith
se envenena también a la gente. En cuanto ven una botella de matahierbas se les
dispara la imaginación. Conozco a fondo a Edward Pengelley y sé que es incapaz
de matar a una rata. ¿Quieren ustedes decirme para qué iba a envenenar a su
mujer? Realmente no veo el motivo.
- Lo ignoramos. Pero existen hechos que usted desconoce -
manifestó Poirot.
Muy brevemente le explicó a continuación los hechos más
relevantes de la visita de mistress Pengelley. El doctor Adams se quedó
atónito. Los ojos se le saltaban de las órbitas.
- ¡Dios nos asista! - exclamó -. Esa pobre mujer estaba loca.
¿Por qué no se confió a mí? ¿No era lo más natural?
- Quizá temió que se riera usted de sus temores.
- Nada de eso. Yo tengo unas ideas amplias.
Poirot sonrió. El médico estaba más trastornado de lo que quería
confesar. Cuando salimos de su casa, Poirot se echó a reír.
- Es tan testarudo como una mula - observó -. Ha dicho gastritis
y gastritis tiene que ser. Sin embargo, no está tranquilo.
- ¿Qué vamos a hacer ahora?
- Volver al hotel y pasar una mala noche en sus lechos
provincianos, mon ami. ¡No hay nada tan temible como una habitación económica
en Inglaterra!
- ¿Y mañana... ?
- Rien a faire. Volvamos en el primer tren a la ciudad y
esperemos.
- Eso es muy cómodo. ¿Y si no pasase nada?
- Pasará, se lo prometo. Nuestro buen doctor hará su
certificado, pero las malas lenguas no callarán. Y digo a usted que no hablarán
sin motivo.
Nuestro tren salía a las once de la mañana siguiente. Antes de
dirigirnos a la estación, sin embargo, Poirot expresó el deseo de ver a miss
Freda Stanton, la sobrina de la que nos había hablado la difunta. No nos costó
trabajo dar con la casa. La hallamos en compañía de un joven alto, moreno, a
quien con cierta confusión nos presentó bajo el nombre de mister Jacob Radnor.
Miss Freda Stanton era una muchacha muy bonita y tenía el tipo
propio de Cornwall, de ojos y cabellos oscuros y rosadas mejillas. Aquellas
negras pupilas brillaban a veces con un fuego que hubiera sido temerario
provocar.
- ¡Pobre tía! - dijo cuando después de presentarnos Poirot le
explicó el motivo de nuestra presencia allí -. ¡Es muy lamentable lo ocurrido!
Toda la mañana me digo que ojalá hubiera sido más amable y más paciente con
ella.
- Bastante paciencia tuviste, Freda - interrumpió mister Radnor.
- Sí, Jacob, pero tengo el genio vivo, lo sé. Después de todo la
tía se ponía un poco tonta solamente. Yo debí reírme de su tontería y no darle
importancia. Figúrese que se le metió en la cabeza que el tío la estaba
envenenando porque se ponía peor cada vez que él le daba la comida. Claro, se
ponía peor a fuerza de pensar en aquello.
- ¿Cuál fue la causa de su desavenencia con usted, mademoiselle?
Miss Stanton titubeó y miró a Radnor. El caballero fue rápido en
coger al vuelo la insinuación.
- Freda, me marcho - dijo -. Ya te veré por la tarde. ¡Adiós,
caballeros! ¿Se dirigían ustedes seguramente a la estación?
Poirot replicó que así era, en efecto, y Radnor se marchó.
- Están ustedes prometidos, ¿verdad? - preguntó Poirot con
sonrisa taimada.
Freda Stanton se ruborizó.
- Esto era lo que en realidad disgustaba a la tía - confesó.
- ¿No aprobaba su elección?
- Oh, no es que no la aprobara. Es que... - la muchacha calló de
pronto.
- Diga - dijo animándola Poirot.
- Ha muerto y no quisiera empañar su memoria, pero, como si no
se lo digo no se hará cargo de lo ocurrido... La tía estaba prendada de Jacob.
- ¿De veras?
- Sí; ¿no es absurdo? Pasaba de los cincuenta y él no ha
cumplido los treinta, pero así es. Por ello cuando dije que venía por mí se
portó muy mal. En un principio se negó a creerlo y estuvo tan ruda y tan
insultante que no tiene nada de extraño que me dejara llevar de un arrebato.
Hablé con Jacob y convinimos que lo mejor era que yo me marchara hasta que se
le pasara la tontería. ¡Pobre tía! Su estado era muy particular.
- Así parece. Gracias, mademoiselle, por su bondad al aclarar
las cosas.
Me sorprendió ver a Radnor que nos esperaba pacientemente en la
calle.
- Adivino lo que Freda les ha contado - dijo -; fue un hecho muy
embarazoso para mí, como ya comprenderán, y no necesito decir que yo no tuve la
culpa de todo lo ocurrido. Primero imaginé que la pobre señora se mostraba
amable para ayudar a Freda, pero... su actitud era absurda y
extraordinariamente desagradable.
- ¿Cuándo piensan contraer matrimonio usted y miss Stanton?
- Pronto, confío en ello. Ahora, Monsieur Poirot, voy a serle
franco. Sé algo más de lo que sabe mi prometida. Ella cree que su tío es
inocente. Yo no estoy tan seguro. Pero le diré una cosa: que pienso mantener la
boca cerrada. Los perros duermen, ¡que sigan durmiendo! No deseo ver juzgado y
condenado al tío de mi mujer.
- Aunque nadie lo confiesa somos egoístas, mister Radnor. Haga
lo que usted guste, pero también yo voy a serle franco: creo que no servirá de
nada.
- ¿Por qué no?
Poirot levantó un dedo. Era día de mercado y cuando pasamos por
delante de él oímos dentro un murmullo continuo.
- La voz del pueblo, mister Radnor... Ah, corramos, no sea que
perdamos el tren.
- Muy interesante, ¿verdad, Hastings? - dijo Poirot al salir el
tren, silbando, de la estación.
Había sacado un peine de bolsillo, luego un espejo microscópico,
y se peinaba con cuidado el bigote, cuya simetría había alterado nuestra
carrera.
- Veo que a usted se lo parece - respondí -. Para mí es sórdido
y desagradable y ni siquiera encierra ningún misterio.
- Convengo en que el caso no tiene nada de misterio.
- ¿Cree usted en lo que esa muchacha nos ha contado del
enamoramiento extraordinario de su tía? ¿No será un cuento? Porque mistress
Pengelley me pareció una mujer muy simpática y respetable.
- No veo en ello nada de extraordinario, al contrario, es muy
vulgar. Si lee los periódicos con atención se dará cuenta de que no es
infrecuente que una mujer decente que ha vivido al lado de su marido por
espacio de veinte años y que tiene también una familia, los abandona para unir
su vida a la de un hombre muchísimo más joven.
Usted admira a les femmes, Hastings; se postra de hinojos ante
las que son hermosas y tiene el buen gusto de mirarlas con la sonrisa en los
labios; pero psicológicamente las desconoce por completo. En el otoño de la
vida de una mujer es justamente cuando llega siempre para ella el mal momento,
un momento de locura, en que anhela vivir una novela, una aventura, antes de
que sea demasiado tarde. Y lo mismo sucede a la respetable esposa de un
dentista de provincia.
- Así, ¿usted opina... ?
- Que todo hombre hábil puede aprovecharse de dicho momento.
- Yo no me atrevería a llamar hábil a Pengelley - murmuré -.
Toda la población murmura de él. Sin embargo, creo que tiene usted razón.
Radnor y el doctor, las dos únicas personas que saben algo, desean acallar esos
rumores. Él ha conseguido esto, desde luego. Me hubiera gustado conocerle.
- Pues puede salirse con la suya. Vuelva en el próximo tren y
dígale que le duele una muela.
Yo le dirigí una mirada penetrante.
- Quisiera saber por qué juzga tan interesante el caso.
- Despertó mi interés una observación suya, Hastings. Después de
entrevistar a la doncella dijo usted que había hablado demasiado a pesar de no
querer abrir la boca.
- Lo que me extraña es que no haya usted querido ver a mister
Pengelley.
- Mon ami, le concedo tres meses de tiempo. Luego le veremos
todo lo que guste... en el juicio.
Yo creí esta vez que Poirot iba desencaminado porque transcurrió
el tiempo sin que supiéramos nada de nuestra casa de Cornwall. Otros asuntos
requirieron entretanto nuestra atención y comenzaba a olvidar la tragedia
Pengelley cuando me la recordó un párrafo del periódico en el que se comunicaba
al público que el secretario de Home Office había dado orden de que se inhumase
el cadáver de mistress Pengelley.
Poco después el “misterio de Cornwall”, como se le denominaba,
era el tópico de todos los periódicos. Por lo visto la murmuración no cesó
nunca del todo en Polgarwith y cuando el viudo Pengelley anunció su compromiso
oficial con miss Marks, su ayudante, las lenguas se movieron con inaudita
vivacidad. Finalmente, se envió una petición al secretario del Home Office y se
exhumó el cadáver; se descubrieron en sus vísceras grandes cantidades de
arsénico; se detuvo y acusó a mister Pengelley de la muerte de su mujer.
Poirot y yo asistimos a la investigación preliminar. Las
declaraciones fueron muy numerosas. El doctor Adams admitió que los síntomas
del envenenamiento por arsénico pueden confundirse fácilmente con los síntomas
de una gastritis; el perito del Home prestó declaración; Jossie, la doncella,
dejó escapar por su boca una avalancha de informes incoherentes, muchos de los
cuales se rechazaron, pero algunos otros confirmaron la culpabilidad del preso.
Jacob Radnor declaró que el día de la muerte de mistress Pengelley, al llegar
él inesperadamente a la casa sorprendió a mister Pengelley en el acto de
colocar la botella de veneno en un estante y que el plato de sopa de mistress
Pengelley se hallaba sobre una mesa vecina. Luego se llamó a miss Marks, la
rubia ayudante, que llorando, presa de un ataque de histerismo, manifestó que
mister Pengelley había prometido que se casaría con ella en el caso de que le
sucediera algo a su mujer. Pengelley se reservó la defensa y quedó pendiente de
la llamada a juicio.
Jacob Radnor volvió con nosotros a nuestro departamento.
- Ya ve, señor mío, cómo tenía yo razón - dijo Poirot -. La voz
del pueblo ha sonado... con firmeza. No le ha servido en absoluto de nada
pretender ocultar lo ocurrido.
- Sí, tiene razón - suspiró Radnor -. ¿Qué opina? ¿Cómo saldrá
de ésta mister Pengelley?
- Como se ha reservado la defensa, es muy posible también que se
haya reservado algún triunfo en la manga, como dicen ustedes, los ingleses.
¿Quiere subir un momento con nosotros?
Radnor aceptó la invitación. Yo pedí a la patrona dos vasos de
whisky con soda y una taza de chocolate.
- Naturalmente - seguía diciendo Poirot - que tengo ya
experiencia en esta clase de asuntos. Por ello sólo veo una salida para nuestro
hombre.
- ¿Cuál?
- La de que firme usted este papel.
Y con la agilidad de un conspirador, mi amigo se sacó del
bolsillo una hoja de papel cubierta de caracteres de escritura.
- ¿Qué es eso?
- La confesión escrita de que fue usted el que asesinó a
mistress Pengelley.
Hubo un momento de silencio y después Radnor rió.
- ¡Usted está loco!
- No, no, amigo mío, no lo estoy. Usted vino aquí; usted inició
un pequeño negocio; usted estaba falto de dinero. Mister Pengelley es hombre
acaudalado; usted conoció a su sobrina y le cayó en gracia. Por ello pensó
desembarazarse del tío y de la tía; luego miss Stanton heredaría, puesto que
era su única pariente. ¡Qué hábilmente lo planeó todo! Usted hizo el amor a la
pobre mujer, entrada en años, fea, vulgar, hasta que la convirtió en una
esclava. Usted implantó en su espíritu dudas relativas a su marido.
Primero descubrió que la engañaba, luego bajo su inspiración,
que trataba de envenenarla. Usted hacía frecuentes visitas a la casa y por ello
tuvo ocasión de poner veneno en sus alimentos. Pero cuidó de no hacer esto
nunca cuando el marido estaba ausente. Como era mujer, mistress Pengelley no
supo reservarse sus sospechas, sino que habló de ellas a su sobrina; y ésta, no
cabe dudarlo, a algunos amigos. La sola dificultad que se le ofrecía a usted
era mantener relaciones por separado con las dos mujeres y aun esto no era tan
fácil como a primera vista parecía. Usted explicó a la tía que, para no
despertar las sospechas del marido tenía que hacerle el amor a la sobrina.
Y la señorita no tardó en convencerse de que no podía considerar
en serio a su tía como una rival.
“Pero, sin decir nada, mistress Pengelley decidió entonces venir
a consultarme. Si podía asegurarme, sin lugar a duda, de que su marido
pretendía envenenarla, estaría muy justificado que le abandonara y que uniera
su vida a la de usted... que es lo que imaginaba que usted quería. Pero a usted
no le convenía eso. Tampoco quería que un detective le vigilara. Estaba usted
en casa de los Pengelley cuando el marido le llevó un plato de sopa a su mujer
e introdujo en él la dosis fatal. El resto es bien simple.
Usted deseaba, aparentemente, acallar toda sospecha, pero las
fomentaba en secreto.
¡No contaba con Hércules Poirot, mi inteligente y joven amigo!
Radnor estaba mortalmente pálido. Sin embargo, trató todavía de
aparentar serenidad para imponerse a la situación.
- Es usted muy ingenioso e interesante - comentó -. ¿Por qué me
cuenta todo eso?
- Porque represento a mistress Pengelley, no a la Ley. Y en bien
de ella voy a darle una ocasión de escapar. Firme este papel y le concederé
veinticuatro horas de tiempo antes de ponerlo en manos de la policía.
Radnor titubeaba.
- Usted no puede demostrar nada.
- ¿Lo cree así? Recuerde que soy Hércules Poirot. Mire,
Monsieur, por la ventana.
¿Ve en la calle dos hombres aposentados? Pues tienen orden de no
perderle de vista.
Radnor se acercó a la ventana y descorrió un visillo. Enseguida
retrocedió, profiriendo un juramento.
- ¿Lo ve, Monsieur? Firme, aproveche la ocasión.
- Pero, ¿qué garantía puede darme de que... ?
- ¿Mantendré mi promesa? La palabra de Hércules Poirot. ¿Firma?
Bueno.
Hastings, descorra a medias ese visillo. Es la señal de que debe
dejarse marchar a mister Radnor sin molestarle.
Radnor se apresuró a salir, mascullando juramentos, con el
rostro blanco. Poirot inclinó la cabeza.
- ¡Es un cobarde! Lo sabía.
- Se me figura - dije furioso -, que su actuación ha sido
criminal. Usted predica siempre que no hay que dejarse llevar de los
sentimientos. Sin embargo, deja huir a un criminal peligroso por puro
sentimentalismo.
- No, por pura necesidad - repuso Poirot -. ¿No ve, amigo mío,
que no poseo ninguna prueba de su culpabilidad? ¿Quiere que me coloque ante
doce obtusos naturales de Cornwall para contarles lo que he averiguado? Se
reirían de mí. No he podido hacer más de lo que acaba de ver: atemorizar a ese
hombre y arrancarle una confesión. Esos desocupados de la calle me han sido muy
útiles. Vuelva a correr el visillo, ¿quiere, Hastings? Ya no necesitamos
tenerlo descorrido. Formaba parte de la mise en scene.
“Bien, bien, hagamos ahora honor a nuestra palabra. ¿Dije
veinticuatro horas, no es eso? Tanto peor para mister Pengelley. No merece otra
cosa, porque la verdad es que engañaba a su mujer. Y yo soy paladín de la vida
de familia, como ya sabe. Bien, veinticuatro, ¿y después? Tengo gran fe en
Scotland Yard. ¡Le cogerán, mon ami, le cogerán!
******
Las aventuras de Johnnie Waverly
- Tiene que comprender los sentimientos de una madre - repitió
la señora Waverly, quizá por sexta vez y mirando suplicante a Poirot.
Nuestro pequeño amigo, siempre comprensivo ante una madre
apurada, trató de tranquilizarla con un gesto.
- Pues claro, claro; la comprendo perfectamente. Confíe en Papá
Poirot.
- La policía... - comenzó a decir el señor Waverly.
Su esposa despreció la interrupción.
- Yo no quiero saber nada más de la policía. ¡Confiamos en
ellos, y mira lo que ha ocurrido! Pero he oído hablar tanto del señor Poirot y
de las cosas tan maravillosas que ha realizado, que presiento que él tal vez
pueda ayudarnos. Los sentimientos de una madre...
Poirot, con un gesto elocuente, se apresuró a evitar otra
repetición. La emoción de la señora Waverly era auténtica, y contrastaba con su
carácter duro y áspero. Cuando supo que era la hija de un importante fabricante
de aceros de Birmingham que se había abierto camino en la actual posición,
comprendió que había heredado muchas de las cualidades paternas.
El señor Waverly era un hombre grandote y jovial. De pie y con
las piernas muy separadas tenía todo el aspecto de un campesino hacendado.
- Supongo que está enterado de todo, ¿verdad, señor Poirot?
La pregunta era casi superflua. Durante varios días los
periódicos publicaron amplias informaciones acerca del sensacional rapto del
pequeño Johnnie Waverly, de tres años de edad y heredero de Marcus Waverly,
Waverly Court, Surrey, una de las familias más antiguas de Inglaterra.
- Desde luego, conozco los detalles más importantes, pero le
ruego que vuelva a contarme toda la historia, Monsieur, y sin olvidarse de
nada, por favor.
- Bien. Creo que el principio de todo esto fue la carta anónima
que recibí hace diez días... (¡qué desagradables son los anónimos!) y que no
tenía ni pies ni cabeza. El que escribía me exigía la entrega de veinticinco
mil libras, veinticinco mil libras señor Poirot. Me amenazaba con raptar a
Johnnie en caso contrario. Naturalmente, arrojé el anónimo al cesto de los
papeles. Cinco días después recibí otra carta por el estilo: “Si no paga, su
hijo será secuestrado el veintinueve”. Eso fue el veintisiete. Ada estaba muy
alarmada, pero yo no quise tomar en serio el asunto. ¡Maldita sea!, estamos en
Inglaterra. Nadie va por ahí raptando niños para conseguir un rescate.
- Desde luego, no es muy corriente - repuso Poirot -. Continúe,
Monsieur.
- Bien. Ada no me dejaba en paz... de modo que, aunque
considerándolo una tontería, puse el caso en manos de Scotland Yard. No
parecieron tomarlo muy en serio, inclinándose a pensar como yo, que debía
tratarse de una broma. El día veintiocho recibí la tercera carta. “No ha
pagado. Su hijo será raptado mañana a las doce del mediodía. Y su rescate le
costará cincuenta mil libras.” Volví a Scotland Yard. Esta vez parecieron algo
más impresionados. Se inclinaban a pensar que aquellas cartas fueron escritas por
un lunático, y que era probable que a la hora señalada hubiera algún intento de
secuestro. Me aseguraron que tomarían todas las precauciones para evitarlo. El
inspector McNeil con las fuerzas convenientes irían a Waverly a la mañana
siguiente para cuidar de ello.
“Volví a casa mucho más tranquilo. No obstante, di orden de que
no dejaran entrar a ningún extraño, y de que nadie saliera sin mi
consentimiento. Transcurrió la tarde sin novedad, más a la mañana siguiente mi
esposa se encontraba seriamente enferma.
Asustado, envié a buscar al doctor Darkens. Al parecer, los
síntomas que apreció le sumieron en un mar de confusiones y pude comprender lo
que pasaba por su mente.
Me aseguró que la enferma no corría peligro, pero que tardaría
uno o dos días en restablecerse. Al volver a mi habitación tuve la sorpresa de
encontrar una nota prendida en mi almohada escrita con la misma letra que las
otras y conteniendo sólo tres palabras: “A las doce”.
“Confieso, señor Poirot, que en aquellos momentos lo vi todo
rojo. Alguien que vivía en mi propia casa tenía que ver en ello. Reuní a todos
los criados y les puse de vuelta y media. Nunca se acusan unos a otros; fue la
señora Collins, dama de compañía de mi esposa, quien me informó de que había
visto a la niñera de Johnnie salir de casa a primeras horas de la mañana. La
atosigué a preguntas y confesó. Había dejado al niño con otra de las doncellas
para ir a ver a... un hombre. ¡Así van las cosas! Negó haber prendido la nota
en mi almohada... Es posible que dijera la verdad; no lo sé. Me di cuenta de
que no podía correr el riesgo de que la propia niñera formara parte del
complot. Uno de los criados estaba complicado en él. Al fin, perdido el dominio
de mis nervios, los despedí a todos, incluyendo a la nurse. Les di una hora
para recoger sus cosas y salir de la casa.
El rostro, ya de por sí encarnado del señor Waverly, se puso dos
veces más rojo al recordar su pasado arrebato.
- ¿No fue algo imprudente, Monsieur? - sugirió Poirot -. Porque
de ese modo pudo usted ayudar a sus enemigos con toda efectividad.
- No se me ocurrió - dijo el señor Waverly mirando con fijeza al
detective -. Mi intención era que se fueran todos. Telegrafié a Londres para
que enviaran nuevo servicio aquella misma tarde. Entretanto, sólo había dos
personas en la casa en quienes poder confiar: la secretaria de mi esposa, miss
Collins, y Tredwell, el mayordomo, que ha estado conmigo desde que yo era niño.
- Y esa señorita Collins, ¿cuánto tiempo lleva con ustedes?
- Sólo un año - repuso la señora Waverly -. Es una secretaria
incomparable y también ha resultado un ama de llaves muy eficiente.
- ¿Y la niñera?
- La tenemos desde hace seis meses. Presentó inmejorable referencia.
De todas formas, nunca me agradó a pesar de que Johnnie la adoraba.
- Sin embargo, creo que cuando ocurrió la catástrofe ya se había
marchado. Señor Waverly, ¿quiere tener la bondad de continuar?
El señor Waverly se apresuró a obedecer.
- El inspector McNeil llegó a eso de las diez y media. Entonces
los criados ya se habían marchado, y se declaró muy satisfecho con los arreglos
hechos. Había dejado varios hombres apostados en el parque, guardando todas las
entradas que pudieran llevar hasta la casa y me aseguró que si todo aquello era
una burla cogería al misterioso corresponsal.
“Fui a buscar a Johnnie y con el inspector nos refugiamos en una
habitación que llamamos la Cámara del Consejo. El inspector cerró la puerta con
llave. Hay un gran reloj y las manecillas señalaban casi las doce. No puedo
negar que estaba más nervioso que un gato. De pronto el reloj comenzó a sonar y
yo estreché a Johnnie contra mi pecho. Tenía la sensación de que el
secuestrador iba a caer del techo. Al dar la última campanada se oyó una gran
conmoción fuera... gritos y carreras. El inspector abrió la ventana y el
sargento se acercó corriendo.
“- Ya lo tenemos, señor - jadeó -. Estaba oculto entre los
arbustos.
“Salimos corriendo a la terraza, donde dos agentes sujetaban a
un individuo mal vestido que se debatía en un vano afán de escapar. Uno de los
policías estaba abriendo un paquete que acababa de quitar al prisionero.
Contenía un poco de algodón hidrófilo y una botella de cloroformo. Aquello me
hizo arder la sangre. Había además una nota dirigida a mí. La abrí: decía lo
siguiente: “Debió haber pagado. Ahora el rescatar a su hijo le costará
cincuenta mil libras. A pesar de todas sus precauciones, ha sido secuestrado a
las doce del veintinueve, como yo le dije”.
Solté una risotada de alivio, pero al mismo tiempo oí el ruido
de un motor de automóvil y un grito. Volví la cabeza. Por la avenida y en
dirección a South Lodge corría un coche gris chato y largo a toda velocidad. El
conductor fue quien gritó, pero no era eso lo que me hizo estremecer de horror,
sino la vista de los rizos rubios de Johnnie, que estaba sentado a su lado.
“El inspector lanzó una maldición.
“- El niño estaba aquí hace sólo un minuto - exclamó
repasándonos con la vista -.
Todos nosotros estábamos aquí, yo, Tredwell, la señorita
Collins.
“- ¿Cuándo le vio usted por última vez, señor Waverly? - me
preguntó.
“Traté de recordar. Cuando el sargento nos llamó, salí corriendo
con el inspector, olvidando a Johnnie. Y entonces oímos un sonido que nos
sobresaltó, el de las campanas del reloj del pueblo. El inspector extrajo de su
bolsillo el suyo con una exclamación. Eran exactamente las doce. Como
impulsados por un resorte, corrimos a la Cámara del Consejo; el reloj marcaba
la hora y diez minutos. Alguien lo había adelantado deliberadamente, porque
nunca se adelanta o atrasa. Es un reloj perfecto.
El señor Waverly hizo una pausa. Poirot, sonriente, enderezó con
el pie una alfombrita que aquel padre nervioso había ladeado.
- Un problema muy grave, oscuro y encantador - murmuró el
detective -. Lo investigaré con sumo placer. La verdad es que fue planeado...
merveille.
La señora Waverly le miró con reproche.
- Pero, ¿y mi hijo... ? - gimoteó.
Poirot se apresuró a modificar la expresión de su rostro y darle
de nuevo expresión de simpatía.
- Está a salvo, señora, y no ha sufrido el menor daño. Le
aseguro que esos malandrines le cuidarán muy bien. ¿No ve que para ellos es el
plato... no, la gallina de los huevos de oro?
- Señor Poirot, le aseguro que sólo cabe hacer una cosa...
pagar. Al principio opinaba lo contrario... ¡pero ahora... ! Los sentimientos
de una madre...
- Pero hemos interrumpido la historia de Monsieur - se apresuró
a explicar el detective.
- Supongo que el resto debe conocerlo perfectamente ya gracias a
los periódicos - repuso el señor Waverly -. Claro que el inspector McNeil avisó
inmediatamente por teléfono dando la descripción del automóvil y del hombre, y
al principio pareció que todo iba a terminar bien, ya que un coche de las
mismas características, con un hombre y un niño, fue visto en varios pueblos,
marchando, al parecer, con rumbo a Londres. Se detuvieron en cierto lugar y
pudieron observar que el niño lloraba y estaba muy asustado y temeroso de su
acompañante. Cuando el inspector McNeil me anunció que habían detenido aquel
automóvil y a sus ocupantes, casi me pongo enfermo de la alegría. Ya sabe lo
que ocurrió luego. El niño no era Johnnie y el hombre era un automovilista
empedernido, muy aficionado a los niños, que había recogido a un pequeñuelo en
las calles de Edenswell, un pueblo situado a quince millas de nosotros, y le
estaba dando un paseo. Gracias a la estúpida seguridad de la policía, todos los
demás rastros habían desaparecido. De no haber perseguido con tanta insistencia
a aquel coche equivocadamente, hubiera podido encontrar al niño.
- Cálmese, Monsieur. La policía es un Cuerpo de hombres
inteligentes y arriesgados. Su error fue muy natural, ya que el ardid estaba
muy bien tramado. Y en cuanto al hombre que capturaron en el parque, tengo
entendido que su declaración ha consistido en una negativa constante. Insiste
en que la nota y el paquete le fueron entregados para ser llevados a Waverly
Court. El hombre que se lo dio, le pagó con un billete de diez chelines,
prometiéndole otros diez si lo entregaba exactamente a las doce menos diez. Tenía
que acercarse a la casa por el parque y llamar a la puerta lateral.
- No creo ni una sola palabra - declaró la señora Waverly con
valor -. Es una sarta de mentiras.
- En verité es una historia bastante floja - dijo Poirot,
pensativo -. Pero por ahora no han conseguido sacarle nada más. Tengo entendido
que también hizo cierta acusación.
Miró interrogadoramente al señor Waverly, que volvió a
enrojecer.
- Ese individuo tiene la pretensión de que Tredwell es el hombre
que le dio el paquete. “Sólo que ahora se ha afeitado el bigote.” ¡Tredwell,
que ha nacido en mi hacienda... !
Poirot sonrió ligeramente ante la indignación del hidalgo
campesino.
- No obstante, usted mismo sospecha que alguien íntimamente
ligado a su casa tiene que ser cómplice del rapto.
- Sí, pero no Tredwell.
- ¿Y usted, señora? - preguntó Poirot volviéndose de improviso
hacia la dama.
- No pudo ser Tredwell quien le diera el paquete... si es que
alguien lo hizo, cosa que no creo... Ese hombre dice que se lo dieron a las
diez, y a las diez Tredwell se hallaba con mi esposo en el salón de fumar.
- ¿Pudo distinguir el rostro del hombre que conducía el
automóvil, Monsieur?
- Estaba demasiado lejos para poder verle la cara.
- ¿Sabe si Tredwell tiene algún hermano?
- Tuvo varios, pero han muerto todos. Al último lo mataron en la
guerra.
- Todavía no estoy muy familiarizado con los parques de Waverly
Court. Dice usted que el automóvil iba en dirección a South Lodge. ¿Hay alguna
otra entrada?
- Sí; la que llamamos East Lodge.
- Es extraño que nadie viera entrar el coche en el parque.
- Existe un derecho de paso por un camino que da acceso a la
capilla. Muchos vehículos pasan por ahí. Ese hombre debió detener el coche en
un lugar conveniente y correr hasta la casa precisamente cuando se acababa de
dar la alarma y toda la atención estaba concentrada en otra parte.
- A menos que ya estuviera dentro de la casa - susurró Poirot -.
¿Hay algún sitio donde pudo esconderse con seguridad?
- Bueno, cierto es que no registramos de antemano la casa. No lo
consideré necesario. Supongo que pudo haberse escondido en cualquier parte,
pero, ¿quién pudo dejarle entrar en la casa?
- Ya llegaremos a eso más tarde. Cada cosa a su tiempo... y
seamos metódicos.
¿Existe algún escondite especial en la casa? Waverly Court es
una mansión antigua, y algunas veces estos lugares tienen “agujeros secretos”,
como se les llama.
- ¡Cielos, existe un agujero secreto! Se entra por uno de los
paneles del vestíbulo.
- ¿Cerca de la Cámara del Consejo?
- Precisamente al lado de la puerta.
- ¡Voilà... !
- Pero nadie lo conoce, excepto mi esposa y yo.
- ¿Y Tredwell?
- Bueno... es posible que haya oído hablar de él.
- ¿La señorita Collins?
- Nunca lo he mencionado en su presencia.
- Bien, Monsieur, ahora lo que debo hacer es ir a Waverly Court.
¿Le parece bien que vaya esta tarde?
- ¡Oh! Tan pronto como le sea posible, por favor, Monsieur
Poirot - exclamó la señora Waverly -. Lea esto una vez más.
Y puso en sus manos la última misiva que había recibido del
enemigo, la cual había llegado a Waverly aquella mañana y que se apresuraron a
remitir a Poirot. En ella se daban indicaciones explícitas para efectuar la
entrega del dinero y finalizaba con la amenaza de que el niño pagaría con su
vida cualquier traición. Era evidente: la señora Waverly luchaba entre el amor
al dinero y sus instintos maternales y, naturalmente, estaban ganando estos
últimos.
Poirot detuvo unos momentos a la señora Waverly a espaldas de su
esposo.
- Madame, dígame la verdad, por favor. ¿Comparte la confianza
que su esposo tiene en el mayordomo Tredwell?
- No tengo nada contra él, señor Poirot. No comprendo de qué
modo puede estar mezclado en este asunto, pero... bueno, nunca me ha gustado...
nunca.
- Otra cosa, madame, ¿puede darme la dirección de la niñera del
pequeño?
- Netherall Road 14, Hammersmith. No supondrá usted...
- Yo nunca supongo. Sólo... empleo mis células grises. Y algunas
veces... sólo muy de vez en cuando... se me ocurre alguna idea.
Poirot se acercó a mí una vez hubo cerrado la puerta.
- De modo que a madame nunca le ha gustado el mayordomo. Eso es
interesante, ¿verdad, Hastings?
Decidí no preguntarle nada. Poirot me ha engañado tantas veces
que ahora me ando con cuidado. Siempre me tiende alguna trampa.
Después de una toilette bastante complicada salimos en dirección
a Netherall Road.
Tuvimos la suerte de encontrar en casa a la señorita Jessie
Whiters; una agradable joven de unos treinta y cinco años, muy eficiente. No
pude imaginármela mezclada en aquel asunto. Estaba resentida por el modo en que
había sido despedida, aunque admitía que había obrado mal. Estaba prometida a
un pintor decorador que casualmente se hallaba en la vecindad de Waverly y
corrió a verle en cuanto se le ofreció la ocasión, lo cual resultaba bastante
natural. Yo no acababa de comprender a Poirot. Todas sus preguntas me
parecieron desacertadas. Se referían principalmente a la vida cotidiana en
Waverly Court. Yo me sentía molesto y me alegré cuando al fin se decidió a
marchar.
- Mon ami, secuestrar es un trabajo fácil - observó mientras
paraba un taxi en Hammersmith Road para que nos llevara a Waterloo -. Ese niño
pudo ser raptado con la mayor tranquilidad cualquier día transcurrido en los
últimos tres años.
- No veo que eso nos ayude mucho - observé con frialdad.
- Au contraire, con eso adelantamos muchísimo... Hastings, ya
que se empeña en usar alfiler de corbata, por lo menos póngaselo en el centro
exacto. En estos momentos lo lleva una dieciseisava parte de una pulgada
torcido hacia la derecha.
Waverly Court era una bonita mansión antigua recientemente
restaurada con gusto y cuidado. El señor Waverly nos mostró la Cámara del
Consejo, la terraza y todos los lugares relacionados con el caso. Al fin, a
requerimiento de Poirot, presionó un resorte en la pared, cosa que hizo correr
un panel, y por un estrecho pasillo entramos en el agujero secreto.
- Ya ve usted - dijo Waverly -. Aquí no hay nada.
La reducida habitación estaba completamente vacía, y el suelo
aparecía escrupulosamente barrido. Me reuní con Poirot, que contemplaba
atentamente unas huellas en un rincón.
- ¿Qué le parece esto, amigo mío?
Se veían cuatro marcas muy juntas.
- Las pisadas de un perro - exclamé.
- De un perro muy pequeño, Hastings.
- Un pomeranian.
- Más pequeño.
- ¿Un grifón? - insinué.
- Más pequeño todavía que un grifón. Una especie desconocida en
el Kennel Club.
Le miré. Su rostro resplandecía de entusiasmo y satisfacción.
- Tenía razón - murmuró -. Sabía que estaba en lo cierto. Vamos,
Hastings.
Al regresar al vestíbulo el panel se cerró a nuestra espalda y
una joven salió de una puerta del pasillo. El señor Waverly nos presentó.
- La señorita Collins.
La señorita Collins tendría unos treinta años de edad, y sus
ademanes eran rápidos y despiertos. Tenía los cabellos rubios y usaba gafas sin
montura.
A una indicación de Poirot entramos en una alegre habitación en
donde la interrogó acerca de los criados y especialmente de Tredwell. Admitió
que no le agradaba el mayordomo.
- ¡Se da tanta importancia... ! - explicó.
Luego pasaron a tratar de la comida que tomara la señora Waverly
la noche del día veinticinco. La señorita Collins declaró que ella había comido
lo mismo en su salita de arriba y que no se sintió mal.
Cuando ya marchaba le dije a Poirot:
- El perro.
- ¡Ah!, sí, el perro. - Sonrió abiertamente -. ¿Tiene algún
perro, por casualidad, señorita?
- Hay dos perdigueros en las perreras.
- No; me refiero a un perro pequeño, de juguete.
- No, no hay ninguno.
Poirot la dejó marchar. Luego, presionando el timbre, me hizo
observar:
- Esa mademoiselle Collins miente. Es probable que en su caso yo
hiciera lo mismo.
Ahora veamos al mayordomo.
Tredwell era un individuo muy digno. Contó su historia con
perfecto aplomo, que era exactamente la misma que la del señor Waverly. Confesó
conocer el agujero secreto.
Cuando se hubo retirado tropecé con la mirada inquisitiva de
Poirot.
- ¿Qué le parece todo esto, Hastings?
- ¿Y a usted? - pregunté a mi vez.
- ¡Qué precavido se ha vuelto! Nunca le funcionarán las células
grises, a menos que las estimule. ¡Ah!, pero no le voy a meter prisa. Saquemos
juntos nuestras deducciones. ¿Qué punto nos parece más difícil?
- Hay una cosa que me choca - dije -. ¿Por qué el hombre que
raptó al niño tuvo que huir por South Lodge en vez de ir por East Lodge, donde
nadie le hubiera visto? No lo veo muy claro.
- Es un buen punto, Hastings, excelente. Y hace juego con otro.
¿Por qué avisar a los Waverly de antemano? ¿Por qué no raptar al niño
sencillamente y luego exigir el rescate?
- Porque esperaba obtener el dinero sin verse obligado a entrar
en acción.
- ¿Y no resultaba bastante difícil que entregasen el dinero por
una simple amenaza?
- Y también quiso concentrar la atención en las doce del
mediodía, de modo que cuando el hombre gancho fuese cogido, él pudiera salir de
su escondite y largarse con el niño sin que nadie se diera cuenta.
- Lo cual no altera el hecho de que tratara de complicar algo
que era bien sencillo. De no haber especificado el día ni la hora, nada hubiera
sido más fácil que aguardar su oportunidad y llevarse al niño en un automóvil
cualquier día de los que éste salía con su niñera.
- Sí... sí - admití poco convencido.
- En resumen. ¡Se ha representado esta farsa deliberadamente!
Ahora enfoquemos la cuestión desde otro ángulo. Todo tiende a señalar la
existencia de un cómplice en la misma casa.
Punto número uno: el misterioso envenenamiento en la señora
Waverly.
Punto número dos: la nota prendida en la almohada.
Punto número tres: el adelantar el reloj diez minutos... todo
dentro de la casa. Hay un detalle adicional en el que tal vez no haya usted
reparado. No había polvo en el agujero secreto. Había sido barrido con una
escoba.
“Tenemos cuatro personas en la casa. (Podemos excluir a la
niñera, puesto que no pudo haber barrido el agujero secreto, aunque sí realizar
los otros tres puntos.) Cuatro personas: el señor y la señora Waverly,
Tredwell, el mayordomo, y la señorita Collins.
Empezaremos por esta última. No tenemos gran cosa en contra,
excepto que sabemos muy poco de ella, que es una mujer muy inteligente y que
lleva sólo un año en la casa.
- Usted dijo que mintió en lo del perro - le recordé.
- ¡Ah, sí, el perro! - Poirot sonrió de un modo peculiar -.
Ahora pasemos a Tredwell.
Hay varios factores sospechosos contra él. En primer lugar, el
detenido dice que fue Tredwell quien le entregó el paquete en el pueblo y lo
dice seguro.
- Pero Tredwell puede probar su coartada para este punto.
- Incluso así, pudo haber envenenado a la señora Waverly y
prendido la nota en la almohada, adelantar el reloj y barrer el agujero
secreto. Por otra parte, nació y ha sido educado al servicio de los Waverly.
Parece imposible que a última hora tuviera parte en el rapto del hijo de la
casa. ¡Esto no es una película!
- Bien... ¿entonces?
- Debemos proceder lógicamente, por absurdo que parezca. Primero
hay que considerar brevemente a la señora Waverly. Pero ella es rica, el dinero
suyo. Fue su dinero el que volvió a levantar la hacienda. No habría razón para
que hiciese raptar a su hijo y cobrar su propio dinero. En cambio su esposo
está en una posición muy distinta. Su mujer es rica. No es lo mismo que si lo
fuera él... En resumen, tengo la ligera impresión de que la dama no es muy
aficionada a repartir su dinero, a no ser por una causa justificada. Pero puede
verse en el acto que el señor Waverly es un bon viveur.
- ¡Imposible! - exclamé.
- No tanto. ¿Quién despidió a los criados? El señor Waverly. Él
pudo escribir los anónimos, envenenar a su esposa, adelantar las manecillas del
reloj y establecer una magnífica coartada para su fiel ayudante Tredwell. El
mayordomo nunca tuvo simpatía por la señora Waverly. Es fiel a su amo y está
deseoso de obedecer ciegamente todas sus órdenes. Fueron tres personas:
Waverly, Tredwell y algún amigo de Waverly. Ése es el error que cometió la
policía; no investigar más a fondo acerca del hombre que conducía el automóvil
gris con un niño que no era el que buscaba. Ése era el tercer hombre. Recoge a
un chiquillo al pasear por el pueblo, un niño de rizos rubios.
Entra en Waverly por East Lodge y sale por South Lodge en el
momento preciso, saludando con la mano y gritando. No puede distinguir su
rostro ni el número de la matrícula del coche ni, por lo tanto, ver tampoco al
niño. Entonces deja un rastro falso hasta Londres. Entretanto, Tredwell ha
realizado su parte preparando el paquete y haciendo que lo llevara un sujeto de
aspecto sospechoso. Su amo puede presentar una buena coartada en el caso de que
el hombre lo reconociera, a pesar del bigote postizo que utilizó. Y en cuanto
al señor Waverly, tan pronto como oye el alboroto que se armaba en el exterior
y el inspector sale corriendo, rápidamente esconde al niño en el agujero
secreto y sigue al policía al jardín. Más tarde, cuando el inspector se ha
marchado, y la señorita Collins no puede verle, le es fácil sacar al niño y
llevarlo en su automóvil a un lugar seguro.
- Pero, ¿y el perro? - pregunté -. ¿Y la mentira de la señorita
Collins?
- Eso ha sido una broma mía. Le pregunté si había algún perro de
juguete en la casa y dijo que no... pero sin duda hay algunos... en el cuarto
del niño. El señor Waverly puso algunos juguetes en el agujero secreto para
hacer que Johnnie se entretuviera y no gritara.
- Señor Poirot. - el señor Waverly penetró en la estancia -. ¿Ha
descubierto algo?
¿Tiene alguna idea de dónde han llevado al niño?
Poirot le alargó un pedazo de papel.
- Aquí está la dirección.
- ¡Pero si está en blanco!
- Porque espero que usted la escriba.
- ¿Qué diablos... ? - el rostro de Waverly se tornó escarlata.
- Lo sé todo, Monsieur. Le doy veinticuatro horas para devolver
al niño. Su ingenuidad correrá parejas con la tarea de explicar su reaparición.
De otro modo la señora Waverly será informada del exacto desarrollo de los
acontecimientos.
El señor Waverly, dejándose caer sobre una silla, escondió el
rostro entre las manos.
- Está con mi vieja nodriza, a unas diez millas de aquí. Se
halla contento y bien cuidado.
- No tengo la menor duda. De no considerarle a usted un padre de
corazón, no le ofrecería esta oportunidad.
- El escándalo.
- Exacto. Su nombre es antiguo y honorable. No vuelva a
mancharlo. Buenas noches, señor Waverly. ¡Ah! A propósito, un consejo. ¡No se
olvide nunca de barrer en los rincones!
******
Doble pista
Por encima de todo que no haya publicidad - dijo el señor Marcus
Hardman por decimocuarta vez.
La palabra “publicidad” salió durante su conversación con la
regularidad de un leimotif. El señor Hardman era un hombre bajo, regordete, con
manos exquisitamente manicuradas y quejumbrosa voz de tenor. El hombre gozaba
de cierta celebridad, y la vida ociosa de la sociedad opulenta, constituía su
profesión. Rico, aunque no en exceso, gastaba celosamente su dinero en los
placeres que proporcionan las reuniones sociales.
Tenía alma de coleccionista y su pasión eran los encajes,
abanicos y joyas, cuanto más antiguos mejor. Para el señor Marcus lo moderno
carecía de valor.
Poirot y yo acudimos a su cita y lo encontramos debatiéndose en
una agonía de indecisión. Debido a las circunstancias, llamar a la policía le
resultaba incómodo. Por otra parte, no llamarla era aceptar la pérdida de unas
gemas de su colección. Poirot fue la solución.
- Mis rubíes, Monsieur Poirot, y el collar de esmeraldas, que
pertenecieron a Catalina de Médicis. ¡Sobre todo el collar de esmeraldas!
- ¿Y si me explicase las circunstancias de su desaparición? -
sugirió Poirot.
- Intento hacerlo. Ayer por la tarde di un pequeño té íntimo a
media docena de personas. Era el segundo de la temporada y, si bien no debería
decirlo, constituyó todo un éxito. Buena música... Nacoa, el pianista, y
Katherine Bird, contralto australiana.
“Bueno, a primeras horas de la tarde, enseñé a mis invitados la
colección de joyas medievales, que guardo en una pequeña caja de caudales,
dispuesta a modo de estuche forrado de terciopelo de color. Así las piedras
lucen más. Después contemplamos los abanicos ordenados en una vitrina. Y, a
continuación, pasamos al estudio para oír música.
“Cuando todos se hubieron marchado, descubrí la caja vacía. Debí
cerrarla mal y alguien aprovechó la oportunidad para llevarse su contenido.
¡Los rubíes, Monsieur Poirot, el collar de esmeraldas... la colección de toda
una vida! ¡Haría cualquier cosa para recuperarla! Sin embargo, ha de ser sin
publicidad. ¿Me ha entendido bien, Monsieur Poirot? Son mis invitados, mis
propios amigos. ¡Sería un escándalo!
- ¿Quién fue el último en salir de esta habitación para ir al
estudio?
- El señor Johnston. ¿Lo conoce? El millonario sudafricano. Vive
en Abbotbury, en Park Lane. Se rezagó unos minutos, lo recuerdo. Pero, ¡seguro
que no es él!
- ¿Alguno de sus invitados regresó más tarde con algún pretexto?
- Esperaba esta pregunta, Monsieur Poirot. Sí, tres de ellos: la
condesa Vera Rossakoff, el señor Bernard Parker y lady Runcorn.
- Bien, cuente algo sobre ellos.
- La condesa Rossakoff es una rusa encantadora, miembro del
antiguo régimen.
Hace poco que vive en este país. Se había despedido de mí y, por
lo tanto, me sorprendió encontrarla en esta habitación, aparentemente mirando
hechizada mi vitrina de abanicos. ¿Sabe una cosa, señor Poirot? Cuanto más
pienso en ello, más sospechoso me parece. ¿Usted qué dice a eso?
- Sí, es muy sospechosa; pero hábleme de los otros.
- Parker vino a recoger una caja de miniaturas que yo deseaba
mostrar a lady Runcorn.
- ¿Y lady Runcorn?
- Lady Runcorn es una señora de mediana edad que invierte la
mayor parte de su tiempo en asuntos de caridad. Ella regresó a recoger su bolso
que se había dejado en alguna parte.
- Bien, Monsieur. Así, pues, tenemos cuatro posibles
sospechosos. La condesa rusa, la gran dame inglesa, el millonario sudafricano y
el señor Bernard Parker. ¿Qué es el señor Parker?
La pregunta pareció aturdir al señor Hardman.
- Es... un joven... bueno, un joven que conozco.
- Eso ya me lo imagino - replicó Poirot -. ¿A qué se dedica?
- Verá... frecuenta los casinos... claro que no navega muy bien,
¿me comprende?
- ¿Puedo preguntar cómo se hizo amigo suyo?
- Pues... en una o dos ocasiones ha realizado pequeños encargos
míos.
- Continúe, Monsieur .
Hardman lo miró lastimeramente. Desde luego, lo último que
deseaba era continuar. No obstante, el inexorable silencio de Poirot le hizo
hablar.
- Verá... Monsieur; usted ya conoce mi interés por las joyas
antiguas. A veces surgen herencias familiares... en fin, son joyas que nunca se
venderían en el mercado o a través de un profesional. Ahora bien, esas familias
se avienen cuando saben que son para mí. Parker arregla los detalles, sirve de
puente y evita situaciones embarazosas.
Por ejemplo, la condesa Rossakoff ha traído algunas joyas de
Rusia y quiere venderlas.
Parker es el encargado de tramitar los detalles de la operación.
- Comprendo - dijo Poirot pensativo -. ¿Y usted confía
plenamente en él?
- No tengo motivos para otra cosa.
- Señor Hardman, de estas cuatro personas, ¿de cuál sospecha
usted?
- ¡Monsieur Poirot, qué pregunta! Son mis amigos. En realidad no
sospecho de ninguno en particular, y, a la vez, sospecho de todos.
- No estoy de acuerdo. Usted piensa en uno de los cuatro. No en
la condesa Rossakoff, ni en el señor Parker. Luego ha de ser lady Runcorn o el
señor Johnston.
- Me acorrala, Monsieur Poirot. Quiero que, sobre todo, se evite
el escándalo. Lady Runcorn pertenece a una de las más antiguas familias de
Inglaterra, pero, desgraciadamente, una tía suya, lady Carolina, padecía de...
de una grave afección de cleptomanía. Claro que todos sus amigos lo sabían y
nadie la censuró jamás. Su doncella devolvía las cucharillas, o lo que fuera,
lo antes posible. ¿Me comprende?
- Sí. La tía de lady Runcorn era cleptómana. Muy interesante.
Bien, ¿me permite que examine la caja de caudales?
Poco después Poirot abría la caja para examinar su interior. Los
estantes forrados de terciopelo nos miraron con sus vacías cuencas.
- la puerta no cierra bien - murmuró Poirot, moviéndola de un
lado a otro -. ¿Por qué? ¡Caramba! ¿Qué tenemos aquí? ¡Un guante cogido del
gozne! Un guante de hombre.
Lo tendió al señor Hardman.
- No es mío.
- ¡Ajá! ¡Algo más! - Poirot extrajo un pequeño objeto del fondo
de la caja. Era una cigarrera plana, hecha de moaré negro.
- ¡Mi cigarrera! - gritó el señor Hardman.
- ¿Suya? No, señor. Éstas no son sus iniciales.
Le enseñó dos letras de platino entrelazadas.
Hardman la cogió.
- Tiene usted razón. Es muy parecida a la mía, pero las
iniciales son distintas. Una “P” y una “B”. ¡Cielos! ¡Es de Parker!
- Un joven muy descuidado, especialmente si el guante es suyo
también - dijo Poirot -. Una doble pista. ¿No le parece?
- ¡Bernard Parker! - murmuró Hardman -. ¡Qué alivio! Bien,
Monsieur Poirot, espero que recupere las joyas. Recurra a la policía si lo
considera necesario. Claro, siempre que esté seguro de su culpabilidad.
- ¿Ve, amigo mío? - me dijo Poirot mientras salíamos de la casa
-. Hardman mide con una vara a los nobles y con otra a los plebeyos. Yo aún no
he sido agraciado con un título, por lo tanto estoy en el bando de los últimos.
Eso hace que me sienta inclinado favorablemente hacia el joven Parker. Cuando
Hardman sospecha de lady Runcorn, de la condesa y de Johnston, resulta que hay
pruebas contrarias a nuestro hombre.
- Y usted, ¿por qué sospecha de los otros dos?
- ¡Parbleu! Es muy fácil ser condesa rusa exiliada y millonario
sudafricano.
Cualquier mujer puede llamarse a sí misma condesa y nada prohíbe
que un hombre adquiera una casa en Park Lane y se diga millonario sudafricano.
¿Quién va a contradecirles?
“Estamos en la calle Bury. Nuestro descuidado joven vive aquí.
Como se suele decir, golpeemos el hierro caliente.
Parker estaba en casa. Lo encontramos reclinado sobre
almohadones, con un llamativo batín púrpura y naranja. Raras veces he sentido
tan desagradable impresión como la experimentada al ver a este joven de rostro
blanco, afeminado y de lenguaje pomposo.
- Buenos días, Monsieur - dijo Poirot -. Vengo de casa del señor
Hardman. Ayer, durante la fiesta, alguien robó todas sus joyas. Dígame, ¿este
guante es suyo?
Los reflejos del joven parecían embotados. Necesitó demasiado
tiempo para estudiarlo, como si tratase de ganar minutos para así ordenar sus
ideas. Al fin preguntó:
- ¿Dónde lo encontró?
- ¿Es suyo, Monsieur?
El señor Parker se decidió:
- No, no lo es.
- ¿Y esta cigarrera es suya?
- Tampoco. Siempre llevo una de plata.
- Muy bien, Monsieur. Pondré el asunto en manos de la policía.
- ¡Yo no haría eso si fuese usted! - gritó Parker -. ¡Recurrir a
una gente tan antipática! Espere un poco. Iré a ver al viejo Hardman.
Seguí a Poirot, que se marchó sin hacerle caso.
- Le hemos dado algo en qué pensar - se rió -. Mañana sabremos
lo ocurrido.
Sin embargo, el destino se empeñó en recordar el asunto Hardman
aquella tarde.
Sin previa advertencia, la puerta se abrió para dar paso a un
torbellino de forma de mujer que vino a romper nuestra intimidad. La condesa
Vera Rossakoff tenía una personalidad turbadora.
- ¿Es usted Monsieur Poirot? ¿Cómo se atreve a culpar a ese
pobre muchacho? ¡Es una infamia! Ese joven es un polluelo, un cordero. ¡Jamás
robaría! No pienso permitir que sea martirizado.
- Dígame, madame, ¿esta cigarrera es de él? - Poirot le enseñó
la cigarrera de moaré negro.
La condesa empleó un momento en inspeccionarla.
- Sí, es suya. La conozco muy bien. ¿Y qué? ¿La encontró en casa
del señor Hardman? Debió de perderla allí. Ustedes, los policías, son peores
que la guardia roja.
- ¿Es suyo este guante?
- ¿Cómo voy a saberlo? Un guante se parece mucho a otro. Eso no
justifica que se le prive de libertad. Tienen que aclarar su inocencia. ¿Lo
hará usted? Venderé mis joyas y le pagaré bien por ello.
- Madame...
- ¿De acuerdo, pues? No, no discuta. ¡Pobre muchacho! Vino a mí
con lágrimas en los ojos. “Yo le salvaré - le dije -. ¡Iré a ver a ese hombre,
a ese ogro, a ese monstruo!”
Ahora ya está resuelto. Me voy.
Con la misma ceremonia que había entrado, desapareció de la
estancia, dejando un intenso perfume de naturaleza exótica tras sí.
- ¡Vaya mujer! - exclamé -. ¡Y qué pieles lleva!
- Sí, son auténticas. Una condesa falsificada no llevaría pieles
auténticas. Hastings, realmente es rusa. Bien, bien, ahora resulta que nuestro
joven fue gimoteando a ella.
- La cigarrera es de él. Me gustaría saber si también lo es el
guante.
Con una sonrisa Poirot se sacó del bolsillo un segundo guante y
lo colocó junto al primero. Obviamente, se trataba del mismo par de guantes.
- ¿Dónde lo consiguió, Poirot?
- Estaba con un bastón sobre la mesa del vestíbulo en la calle
Bury. De veras, Monsieur Parker es un joven muy descuidado. Bien, bien, mon
ami. Sólo para cubrir el expediente haremos una visita a Park Lane.
Acompañé a mi amigo. Johnston no estaba, pero sí su secretario
particular. Este nos dijo que Johnston hacía poco que había regresado de
Sudáfrica. En realidad nunca estuvo antes en Inglaterra.
- ¿Le interesan las piedras preciosas? - preguntó Poirot.
- Las minas de oro, en todo caso, señores - se rió el
secretario.
Poirot salió de la entrevista pensativo. Aquella noche lo
encontré estudiando una gramática rusa.
- ¡Cielos, Poirot! ¿Aprende ruso para conversar con la condesa
en su propio idioma?
- Ciertamente no escucharía mi inglés, amigo mío.
- Los rusos de buena cuna hablan francés - dije yo.
- Es usted una mina de información, Hastings. Bien, renunciaré a
los laberintos del alfabeto ruso.
Tiró el libro con gesto dramático. A mí no me satisfizo su modo
de obrar, si bien advertí su peculiar parpadeo, signo inequívoco de que se
hallaba satisfecho consigo mismo.
- ¿Duda de que realmente sea rusa? ¿Piensa comprobarlo? -
pregunté.
- Sé que es rusa.
- ¿Cómo lo sabe?
- Si quiere distinguirlo personalmente, Hastings, le recomiendo
Los primeros pasos de ruso; es una ayuda valiosísima.
Luego se rió y ya no dijo nada más. Recogí el libro del suelo y
me puse a curiosearlo, pero fui incapaz de sacar algo en claro.
En la siguiente mañana no hubieron noticias nuevas.
Esto no pareció preocupar a mi amigo. A la hora del desayuno me
anunció su propósito de que visitaríamos al señor Hardman. Lo encontramos en su
casa con aspecto más tranquilo que el día anterior.
- Bien, Monsieur Poirot, ¿hay noticias? - preguntó ansioso.
Poirot le tendió una hoja de papel.
- Aquí tiene escrito el nombre de la persona que robó las joyas.
¿Pongo el asunto en manos de la policía? ¿O prefiere usted que recupere las
joyas sin que intervengan los estamentos oficiales?
El señor Hardman miraba el papel. Al fin dijo:
- ¡Sorprendente! Prefiero soslayar un posible escándalo. Le
concedo carta blanca, Monsieur Poirot. Estoy seguro de que será discreto.
Un taxi nos condujo al hotel Carlton, donde Poirot se hizo
anunciar a la condesa Rossakoff. Minutos después nos hallábamos en sus
dependencias. La condesa salió a nuestro encuentro con las manos extendidas,
envuelta en un bello conjunto de dibujos primitivos.
- ¡Monsieur Poirot! - exclamó -. ¿Lo ha conseguido? ¿Está ya
libre de acusación el pobre infante?
- Madame la comtesse, su amigo el señor Parker es inocente.
- ¡Es usted un hombrecillo inteligente! ¡Soberbio! Y además, muy
rápido.
- También he prometido al señor Hardman que las joyas le serán
devueltas hoy.
- ¿Ah, sí?
- Madame, le agradecería muchísimo que me las entregase sin
demora. Lamento tener que presionarla, pero me espera un taxi por si es
necesario ir a Scotland Yard.
Nosotros, los belgas, madame, practicamos ese deporte que se
llama economía.
La condesa había encendido un cigarrillo. Durante unos segundos
quedó inmóvil, soplando anillas de humo, con los ojos fijos en Poirot. Luego
estalló en carcajadas, se puso en pie, se encaminó hasta su secreter, abrió un
cajón y sacó un bolso de seda negro, que echó a Poirot.
El tono de su voz fue suave, y con cierto dejo de indiferencia.
- Nosotros, los rusos, por el contrario, practicamos la
prodigalidad. Y para esto, desgraciadamente, se necesita dinero. No es preciso
que mire su interior. Están todas.
Poirot se levantó.
- Le felicito, madame, por su inteligencia y prontitud.
- Puesto que le aguarda un taxi, ¿puedo ayudarle... ?
- Es usted muy amable, madame. ¿Se queda mucho tiempo en
Londres?
- Temo que no, debido a usted.
- Acepte mis excusas.
- ¿Nos veremos en otra ocasión?
- Así lo espero.
- Yo no lo deseo - exclamó la condesa riéndose -. El mío es un
gran cumplido; hay muy pocos hombres en el mundo a quienes yo tema. Adiós,
Monsieur Poirot.
- Adiós, madame la comtesse. Ah, disculpe, me olvidaba;
permítame que le devuelva su cigarrera.
Y con una inclinación, le entregó la pequeña cigarrera negra de
moaré que habíamos hallado en la caja. La aceptó sin ningún cambio de
expresión, salvo una ceja levantada al murmurar:
- Comprendo.
- ¡Vaya mujer! - gritó Poirot entusiasmado mientras descendíamos
las escaleras -. ¡Mon Dieu, quelle femme! ¡Ni una palabra de protesta, ni una
exclamación de protesta! Una mirada, y ya ha sabido cuál era su situación.
Hastings, una mujer que encaja la derrota con una sonrisa, llega muy lejos. Es
peligrosa; tiene los nervios de acero.
Su entusiasmo no le permitió ver dónde pisaba y su tropezón fue
más que aparatoso.
- Será mejor que modere sus ánimos y mire dónde pisa - sugerí -.
¿Cuándo sospechó de la condesa?
- Mon ami, el guante y la cigarrera constituían una doble pista
demasiado clara.
Bernard Parker podía extraviar una de las dos cosas, pero no
ambas. Por otra parte, si alguien hubiese intentado que las sospechas recayesen
sobre Parker, con una sola tenía suficiente. Eso me llevó a la conclusión de
que uno de los dos objetos no era de él.
“Al principio le supuse dueño de la cigarrera. Ahora bien, tan
pronto supe que el guante era suyo, intuí a quién pertenecía la otra pieza. ¿De
quién, pues, era la cigarrera? Lady Runcorn quedó descartada en el caso, ya que
las iniciales no coincidían. ¿El señor Johnston? Sólo si utilizaba un nombre
falso. Sin embargo, la entrevista que sostuvimos con su secretario me
proporcionó la evidencia de su situación legal. Luego, el señor Johnston nada
tenía que ver con el asunto.
“¿La condesa, pues? Ella había traído joyas de Rusia, y le
bastaba con sacar las piedras de sus monturas. Realmente hubiera sido muy
difícil reconocerlas luego.
“Nada más fácil para la condesa que apropiarse de uno de los
guantes de Parker, dejados en el vestíbulo aquel día, y olvidárselo en la caja.
Está claro que no tuvo el propósito de abandonar también su propia cigarrera.
- Pero si la cigarrera es suya, ¿por qué tiene las iniciales “B.
P.”? Las suyas son “V.R.”
Poirot se sonrió.
- Exacto, mon ami. Sólo que en el alfabeto ruso, B es V y P es
R.
- ¡Oh! ¿No esperaría que yo adivinase eso? No sé ruso.
- Ni yo, Hastings. Por esto compré aquel librito... y le sugerí
que lo repasase.
Suspiré, vencido una vez más.
Después de un breve silencio, Poirot continuó:
- ¡Una mujer extraordinaria! Tengo un presentimiento, amigo mío.
Sí, presiento que volveré a encontrármela en algún sitio. ¿Dónde? ¡No lo sé!
******
El rey de bastos
- La verdad - observé dejando el Daily Newmonger a un lado -
tiene más fuerza que la ficción.
La observación no era original, pero pareció gustar a mi amigo,
que, ladeando su cabeza de huevo, se quitó una mota imaginaria de polvo de los
bien planchados pantalones y observó:
- ¡Qué idea tan profunda! ¡Mi amigo Hastings es un pensador!
Sin enojarme por la evidente ironía, di un golpecito sobre el
periódico que acababa de soltar de la mano.
- ¿Lo ha leído ya? - pregunté.
- Sí. Y después de leerlo lo he vuelto a doblar simétricamente.
No lo he tirado al suelo como acaba usted de hacer, con una lamentable falta de
orden y de método. (Esto es lo peor de Poirot. El Orden y el Método son sus
dioses. Y les atribuye todos sus éxitos).
- ¿Entonces ha leído la relación del asesinato de Henry
Reedburn, el empresario? Él ha originado mi reciente observación. Porque es
cierto que no sólo la verdad es más fuerte que la ficción, sino, asimismo,
mucho más dramática. Vea por ejemplo esa sólida familia de la clase media, los
Oglander. El padre, la madre, el hijo, la hija son típicos, como tantos cientos
de familias de este país. Los hombres van a la City todos los días; las mujeres
se cuidan de la casa. Sus vidas son pacíficas, monótonas, incluso. Anoche
estuvieron sentados en el salón de su casa de Daisymead, en Streatham, jugando
al bridge. De pronto, se abre una puerta de cristales y entra tambaleándose una
mujer en la habitación. Lleva manchado de sangre el vestido de seda gris. Antes
de caer desmayada al suelo dice una sola palabra: “Asesinado”. La familia la
reconoce al punto. Es Valerie Sinclair, famosa bailarina, de quien habla todo
Londres.
- ¿Habla usted por sí mismo o está refiriendo lo que dice el
Daily Newmonger? - interrogó Poirot con ánimo de puntualizar.
- El periódico entró a escape en prensa y se contentó con narrar
hechos escuetos. A mí me han impresionado en seguida las posibilidades
dramáticas del suceso.
Poirot aprobó pensativo mis palabras.
- Dondequiera que exista la humana naturaleza existe el drama.
Sólo que no siempre es como uno se lo imagina. Recuérdelo. Sin embargo, me
interesa ese caso porque es posible que me vea relacionado con él.
- ¿De verdad?
- Sí. Esta mañana me llamó por teléfono un caballero para
solicitar una entrevista en nombre del príncipe Paul de Mauritania.
- Pero ¿qué tiene eso que ver con lo ocurrido?
- Usted no lee todos nuestros periódicos. Me refiero a esos que
relatan acontecimientos escandalosos y que principian por: “Nos cuenta un
ratoncito...” o “A un pajarito le gustaría saber...” Vea esto.
Yo seguí el párrafo que me señalaba con el grueso índice.
... Desearíamos saber si el príncipe extranjero y la famosa
bailarina poseen en realidad afinidades y ¡si a la dama le gustaba la nueva
sortija de diamantes!
- Bueno, continúe su historia. Quedamos en que mademoiselle
Sinclair se desmayó en Daisymead sobre la alfombra del salón, ¿lo recuerda?
Yo me encogí de hombros.
- Como resultado de sus palabras, los Oglander salieron; uno en
busca de un médico que asistiera a la dama, que sufría una terrible conmoción
nerviosa, y el otro a la Jefatura de Policía, desde donde tras contar lo
ocurrido, la acompañó a Mon Desir, la magnífica villa de mister Reedburn, que
se hallaba a corta distancia de Daisymead.
Allí encontraron al gran hombre, que, dicho sea de paso, goza de
mala fama, tendido en la mitad de la biblioteca con la cabeza abierta.
- Yo he criticado su estilo - dijo Poirot con afecto. -
Perdóneme, se lo ruego. ¡Oh, aquí tenemos al príncipe!
Nos anunciaron al distinguido visitante con el nombre de conde
Feodor. Era un joven alto, extraño, de barbilla débil, con la famosa boca de
los Mauranberg y los ojos ardientes y oscuros de un fanático.
- ¿Monsieur Poirot?
Mi amigo se inclinó.
- Monsieur, me encuentro en un apuro tan grande que no puede
expresarse con palabras...
Poirot hizo un ademán de inteligencia.
- Comprendo su ansiedad. Mademoiselle Sinclair es una amiga
querida, ¿no es cierto?
El príncipe repuso sencillamente:
- Confío en que será mi mujer.
Poirot se incorporó con los ojos muy abiertos.
El príncipe continuó:
- No seré el primero de la familia que contraiga matrimonio
morganático. Mi hermano Alejandro ha desafiado también las iras del Emperador.
Hoy vivimos en otros tiempos, más adelantados, libres de prejuicios de casta.
Además, mademoiselle Sinclair es igual a mí, posee rango. Supongo que conocerá
su historia, o por lo menos una parte de ella.
- Corren por ahí, en efecto, muchas románticas versiones de su
origen. Dicen unos que es hija de una irlandesa gitana; otros, que su madre es
una aristócrata, una gran duquesa rusa.
- La primera versión es una tontería, desde luego - repuso el
príncipe -. Pero la segunda es verdadera. Aunque está obligada a guardar el
secreto. Valerie me ha dado a entender eso. Además, lo demuestra, sin darse
cuenta, y yo creo en la ley de herencia, Monsieur Poirot.
- También yo creo en ella - repuso Poirot, pensativo -. Yo, moi
qui vous parle, he presenciado cosas muy raras... Pero vamos a lo que importa,
Monsieur le Prince. ¿Qué quiere de mí? ¿Qué es lo que teme? Puedo hablar con
franqueza, ¿verdad? ¿Se hallaba relacionada mademoiselle de algún modo con ese
crimen? Porque conocía a mister Reedburn, naturalmente...
- Sí. Él confesaba su amor por ella.
- ¿Y ella?
- Ella no tenía nada que decirle.
Poirot le dirigió una mirada penetrante.
- Pero ¿le temía? ¿Tenía motivos?
El joven titubeó.
- Le diré... ¿Conoce a Zara, la clarividente?
- No.
- Es maravillosa. Consúltela cuando tenga tiempo. Valerie y yo
fuimos a verla la semana pasada. Y nos echó las cartas. Habló a Valerie de unas
nubes que asomaban por el horizonte y le predijo males inminentes; luego volvió
la última carta. Era el rey de bastos. Dijo a Valerie: “Tenga mucho cuidado.
Existe un hombre que la tiene en su poder. Usted le teme, se expone a un gran
peligro. ¿Sabe de quién le hablo?”. Valerie estaba blanca hasta los labios.
Hizo un gesto afirmativo y contestó: “Sí, sí, lo sé”. Las últimas palabras de
Zara a Valerie fueron: “Cuidado con el rey de bastos. ¡Le amenaza un peligro!.
Entonces la interrogué. Me aseguró que todo iba bien y no quiso confiarme nada.
Pero ahora, después de lo ocurrido la noche pasada, estoy seguro de que Valerie
vio a Reedburn en el rey de bastos y de que él era el hombre a quien temía.
El príncipe guardó brusco silencio.
- Ahora comprenderá mi agitación cuando abrí el periódico esta
mañana.
Suponiendo que en un ataque de locura, Valerie... pero no, ¡es
imposible!, ¡no puedo concebirlo, ni en sueños!
Poirot se levantó del sillón y dio unas palmaditas afectuosas en
el hombro del joven.
- No se aflija, se lo ruego. Déjelo todo en mis manos.
- ¿Irá a Streatham? Sé que está en Daisymead, postrada por la
conmoción sufrida.
- Iré enseguida.
- Ya lo he arreglado todo por medio de la Embajada. Tendrá usted
acceso a todas partes.
- Marchemos entonces. Hastings, ¿quiere acompañarme? ¡Au revoir,
Monsieur le Prince!
Mon Desir era una preciosa villa, moderna y cómoda. Una calzada
de coches conducía a ella y detrás de la casa tenía un terreno de varios acres
de magníficos jardines. En cuanto mencionamos al príncipe Paul, el mayordomo
que nos abrió la puerta nos llevó al instante al lugar de la tragedia. La
biblioteca era un habitación magnífica que ocupaba toda la fachada del edificio
con una ventana a cada extremo, de las cuales una recaía sobre la calzada y
otra a los jardines. El cadáver yacía junto a esta última. No hacía mucho que
se lo habían llevado después de concluir su examen la policía.
- ¡Qué lástima! - murmuré al oído de Poirot -. Con la de pruebas
que habrán destruido.
Mi amigo sonrió.
- ¡Eh, eh! ¿Cuántas veces habré de decirle que las pruebas
vienen de dentro? En las pequeñas células grises del cerebro es donde se halla
la solución de cada misterio.
Se volvió al mayordomo y preguntó:
- Supongo que a excepción del levantamiento del cadáver no se
habrá tocado la habitación.
- No, señor. Se halla en el mismo estado que cuando llegó la
policía anoche.
- Veamos. Veo que esas cortinas pueden correrse y que ocultan el
alféizar de la ventana. Lo mismo sucede con las cortinas de la ventana opuesta.
¿Estaban corridas anoche también?
- Sí, señor. Yo verifico la operación todas las noches.
- Entonces, ¿debió descorrerlas el propio Reedburn?
- Así parece, señor.
- ¿Sabía usted que esperaba visita?
- No me lo dijo, señor. Pero dio la orden de que no se le
molestase después de la cena. Vea, señor. Por esa puerta se sale de la
biblioteca a una terraza lateral. Quizá dio entrada a alguien por ella.
- ¿Tenía por costumbre hacerlo así?
El mayordomo tosió discretamente.
- Creo que sí, señor.
Poirot se dirigió a aquella puerta. No estaba cerrada con llave.
En vista de ello subió a la terraza que iba a parar a la calzada sita a su
derecha; a la izquierda se levantaba una pared de rojo ladrillo.
- Al otro lado está el huerto, señor. Más allá hay otra puerta
que conduce a él, pero permanece cerrada desde las seis de la tarde.
Poirot entró en la biblioteca seguido del mayordomo.
- ¿Oyó algo de los acontecimientos de anoche? - preguntó Poirot.
- Oímos, señor, voces, una de ellas de mujer, en la biblioteca
poco antes de dar las nueve. Pero no era un hecho extraordinario. Luego, cuando
nos retiramos al vestíbulo de servicio que está a la derecha del edificio, ya
no oímos nada, naturalmente. Y la policía llegó a las once en punto.
- ¿Cuántas voces oyeron?
- No sabría decírselo, señor. Sólo reparé en la voz de mujer.
- ¡Ah!
- Perdón, señor. Si desea ver al doctor Ryan está aquí todavía.
La idea nos pareció de perlas y poco después se reunió con
nosotros el doctor, hombre de edad madura, muy jovial, que proporcionó a Poirot
los informes que solicitaba. Se encontró a Reedburn tendido cerca de la ventana
con la cabeza apoyada en el poyo de mármol adosado a aquélla. Tenía dos
heridas: una entre ambos ojos; otra, la fatal, en la nuca.
- ¿Yacía de espaldas?
- Sí. Ahí está la prueba.
El doctor nos indicó una pequeña mancha negra que había en el
suelo.
- ¿Y no pudo ocasionarle la caída el golpe que recibió en la
cabeza?
- Imposible. Porque el arma, sea cual sea, penetró en el cráneo.
Poirot miró pensativo al vacío. En el vano de cada ventana había
un asiento, esculpido, de mármol, cuyas armas representaban la cabeza de un
león. Los ojos de Poirot se iluminaron.
- Suponiendo que cayera de espaldas sobre esta cabeza saliente
de león y que de ella resbalase hasta el suelo, ¿podría haberse abierto una
herida como la que usted describe?
- Sí, es posible. Pero el ángulo en que yacía nos obliga a
considerar esa teoría imposible. Además, hubiera dejado huellas de sangre en el
asiento de mármol.
- Sí, contando con que no se hayan borrado.
El doctor se encogió de hombros.
- Es improbable. Sobre todo porque no veo qué ventaja puede
aportar convertir un accidente en un crimen.
- No, claro está. ¿Qué le parece? ¿Pudo asestar una mujer uno de
los dos golpes?
- Oh, no, señor. Supongo que está pensando en mademoiselle
Sinclair.
- No pienso en ninguna persona determinada - repuso con acento
suave Poirot.
Concentró su atención en la abierta ventana mientras decía el
doctor:
- Mademoiselle Sinclair huyó por ahí. Vean cómo se divisa
Daisymead por entre los árboles. Naturalmente, que hay muchas otras casas en la
carretera, frente a ésta, pero Daisymead es la única visible por este lado.
- Gracias por sus informes, doctor - dijo Poirot -. Venga,
Hastings. Vamos a seguir los pasos de mademoiselle.
Echó a andar delante de mí y en este orden pasamos por el
jardín, dejando atrás la verja de hierro y llegamos, también por la puerta del
jardín, a Daisymead, finca poco ostentosa, que poseía medio acre de terreno. Un
pequeño tramo de escalera conducía a la puerta de cristales a la francesa.
Poirot me la indicó con el gesto.
- Por ahí entró anoche mademoiselle Sinclair. Nosotros no
tenemos ninguna prisa y lo haremos por la puerta principal.
La doncella que nos abrió la puerta nos llevó al salón, donde
nos dejó para ir en busca de mistress Oglander.
Era evidente que no se había limpiado la habitación desde el día
anterior, porque el hogar estaba todavía lleno de cenizas y la mesa de bridge
colocada en el centro con una sota boca arriba y varias manos de naipes puestas
aún sobre el tablero. Vimos a nuestro alrededor objetos innumerables de adornos
y unos cuantos retratos de familia de una fealdad sorprendente, pendientes de
las paredes. Poirot los examinó con más indulgencia de lo que mostré yo,
enderezando uno o dos que se habían ladeado.
- ¡Qué lazo tan fuerte el de la famille! El sentimiento ocupa en
ella el lugar de la estética.
Yo asentí a estas palabras sin separar la vista de un grupo
fotográfico compuesto de un caballero con patillas, de una señora de moño alto,
de un muchacho fornido y de dos muchachas adornadas de una multitud de lazos
innecesarios. Suponiendo que era la familia Oglander de los tiempos pasados, la
contemplé con gran interés.
En este momento se abrió la puerta del salón y entró en él una
mujer joven. Llevaba bien peinado el oscuro cabello y llevaba un jersey y una
falda a cuadros.
Poirot avanzó unos pasos como respuesta a una mirada de
interrogación de la recién llegada.
- ¿Miss Oglander? - dijo -. Lamento tener que molestarla...
sobre todo después de lo ocurrido. ¡Ha sido espantoso!
- Sí, y nos tiene a todos muy trastornados - confesó la muchacha
sin demostrar emoción.
Yo empezaba a creer que los elementos del drama pasaban
inadvertidos para miss Oglander, que su falta de imaginación era superior a
cualquier tragedia y me confirmó en esta creencia su actitud, cuando continuó
diciendo:
- Disculpen el desorden de la habitación. Los sirvientes están
muy excitados.
- ¿Es aquí donde pasaron ustedes la velada anoche, n’est ce pas?
- Sí, jugábamos al bridge después de cenar cuando...
- Perdón. ¿Cuánto tiempo hacía que jugaban ustedes?
- Pues... - miss Oglander reflexionó - la verdad es que no lo
recuerdo. Supongo que comenzamos a las diez.
- Dónde estaba usted sentada?
- Frente a la puerta de cristales. Jugaba con mi madre y acababa
de echar una carta. De súbito, sin previo aviso, se abrió la puerta y entró
miss Sinclair tambaleándose en el salón.
- ¿La reconoció?
- Me di vaga cuenta de que su rostro me era familiar.
- Sigue aquí, ¿verdad?
- Sí, pero está postrada y no quiere ver a nadie.
- Creo que me recibirá. Dígale que vengo a petición del príncipe
Paul de Mauritania.
Me pareció que el nombre del príncipe alteraba la calma
imperturbable de miss Oglander. Pero salió sin hacer comentarios del salón y
volvió casi enseguida para comunicarnos que mademoiselle nos esperaba en su
dormitorio.
La seguimos y por la escalera llegamos a una bonita habitación,
bien iluminada, empapelada de color claro. Sobre un diván, junto a la ventana,
vimos a una señorita que volvió la cabeza al hacer nuestra entrada. El
contraste que ella y miss Oglander ofrecían me llamó en seguida la atención,
pues si bien en las facciones y en el color del cabello se parecían, ¡qué
diferencia tan noble existía entre las dos! La palabra, el gesto de Valerie
Sinclair constituían un poema. De ella se desprendía un aura romántica.
Vestía una prenda muy casera, una bata de franela encarnada que
le llegaba a los pies, pero el encanto de su personalidad le daba un sabor
exótico y semejaba una vestidura oriental del encendido color.
En cuanto entró Poirot, fijó sus grandes ojos en él.
- ¿Viene de parte de Paul? - Su voz armonizaba con su aspecto,
era lánguida y llena.
- Sí, mademoiselle. Estoy aquí para servir a él... y a usted.
- ¿Qué es lo que desea saber?
- Todo lo que sucedió anoche, ¿absolutamente todo?
La bailarina sonrió con visible expresión de cansancio.
- ¿Supone que voy a mentir? No soy una estúpida. Veo con
claridad que no debo ocultarle nada. Ese hombre, me refiero al que ha muerto,
poseía un secreto mío y me amenazaba con él. En bien de Paul traté de llegar a
un acuerdo con él. No podía arriesgarme a perder al príncipe. Ahora que ha
muerto me siento segura, pero no lo maté.
Poirot meneó la cabeza, sonriendo.
- No es necesario que lo afirme, mademoiselle - dijo -. Cuénteme
lo que sucedió la noche pasada.
- Parecía dispuesto a hacer un trato conmigo y le ofrecí dinero.
Me citó en su casa a las nueve en punto. Yo conocía ya Mon Desir; había estado
en ella. Debía entrar en la biblioteca por la puerta excusada para que no me
vieran los criados.
- Perdón, mademoiselle, pero ¿no tuvo miedo de ir allí sola y
por la noche?
¿Lo imaginé o Valerie hizo una pausa antes de contestar?
- Sí, es posible. Pero no podía pedir a nadie que me acompañara
y estaba desesperada. Reedburn me recibió en la biblioteca. ¡Celebro que haya
muerto! Oh, qué hombre! Jugó conmigo como el gato y el ratón. Me puso los
nervios en tensión. Yo le rogué, le supliqué de rodillas, le ofrecí todas mis
joyas. ¡Todo en vano! Luego me dictó sus condiciones. Me negué a complacerle.
Le dije lo que pensaba de él, rabié, me encolericé. Él sonreía sin perder la
calma. Y de pronto, en un momento de silencio, sonó algo en la ventana, tras de
la cortina cerrada. Reedburn lo oyó también. Se acercó a ella y la descorrió
rápidamente. Detrás había un hombre escondido, era un vagabundo de feo aspecto.
Atacó a mister Reedburn, al que dio primero un golpe... luego otro. Reedburn
cayó al suelo. El vagabundo me asió entonces con la mano cubierta de sangre,
pero yo me desasí, me deslicé al exterior por la ventana y corrí para salvar la
vida. En aquel momento distinguí las luces de esta casa y hacia ella me
encaminé. Los visillos estaban descorridos y vi que los habitantes de la casa
jugaban al bridge. Yo entré, tropezando, en el salón. Recuerdo solamente que
pude gritar: “asesinado”, y luego caí al suelo y ya no vi nada...
- Gracias, mademoiselle. El espectáculo debió constituir un gran
choque para su sistema nervioso. ¿Podría describirme al vagabundo? ¿Recuerda lo
que llevaba puesto? ¿Cómo iba vestido?
- No. Fue todo tan rápido... Pero su rostro está grabado en mi
pensamiento y estoy segura de conocerle en cuanto le vea.
- Una pregunta todavía, mademoiselle. ¿Estaban corridas las
cortinas de la otra ventana, de la que mira a la calzada?
En el rostro de la bailarina se pintó por vez primera una
expresión de perplejidad.
Pero trató de recordar con precisión.
- ¿Eh, bien, mademoiselle?
- Creo... casi estoy segura... ¡sí, segurísima!, de que no
estaban corridas.
- Es curioso, sobre todo estando corridas las primeras. No
importa, la cosa tiene poca importancia. ¿Permanecerá todavía aquí mucho
tiempo, mademoiselle?
- El doctor cree que mañana podré volver a la ciudad.
Valerie miró a su alrededor. Miss Oglander había salido.
- Estas gentes son muy amables, pero... no pertenecen a mi
esfera. Yo las escandalizo y ellas... bien, no simpatizo con la bourgeoise.
Sus palabras tenían un matiz de amargura.
Poirot repuso:
- Comprendo y confío en que no la habré fatigado con mis
preguntas.
- Nada de eso, Monsieur. No deseo más sino que Paul sepa todo lo
antes posible.
- Entonces, ¡muy buenos días, mademoiselle!
Antes de salir Poirot de la habitación se paró y preguntó
señalando un par de zapatos de piel.
- ¿Son suyos, mademoiselle?
- Sí. Ya están limpios. Me los acaban de traer.
- ¡Ah! - exclamó Poirot mientras bajábamos la escalera -. Los
criados estaban muy excitados, pero por lo visto no lo están para limpiar un
par de zapatos. Bien, mon ami, el caso me pareció interesante, de momento, pero
creo que está concluyendo.
- Pero ¿y el asesino?
- ¿Cree que Hércules Poirot se dedica a la caza de vagabundos? -
replicó con acento grandilocuente el detective.
Al llegar al vestíbulo nos tropezamos con miss Oglander que
salía a nuestro encuentro.
- Háganme el favor de esperar en el salón. Mamá quiere hablar
con ustedes – nos dijo.
La habitación seguía sin arreglar y Poirot tomó la baraja y
comenzó a barajar los naipes al azar con sus manos pequeñas y bien cuidadas.
- ¿Sabe lo que pienso, amigo mío?
- No - repuse ansiosamente.
- Pues que miss Oglander hizo mal en no echar triunfo. Debió
poner sobre la mesa el tres de espadas.
- ¡Poirot! Es usted el colmo.
- ¡Mon Dieu! No voy a estar siempre hablando de rayos y de
sangre.
De repente, olfateó el aire y dijo:
- Hastings, Hastings, mire. Falta el rey de bastos de la baraja.
- ¡Zara! - exclamé.
- ¿Cómo?
De momento Poirot no comprendió mi alusión. Maquinalmente guardó
las barajas, ordenadas, en sus cajas.
Su rostro tenía una expresión grave.
- Hastings - dijo por fin -. Yo, Hércules Poirot, he estado a
punto de cometer un error, un gran error.
Le miré impresionado, pero sin comprender.
Le interrumpió la entrada en el salón de una hermosa señora de
mediana edad que llevaba un libro de cuentas en la mano. Poirot le dedicó un
galante saludo.
La dama le preguntó:
- ¿Según tengo entendido, es usted amigo de miss Sinclair?
- Precisamente su amigo, no, señora. He venido de parte de un
amigo.
- Ah, comprendo. Me pareció que...
Poirot señaló bruscamente la ventana y dijo, interrumpiéndola:
- Anoche había luna llena. ¿Vio usted a miss Sinclair, sentada
como estaba delante de la ventana?
- No, porque me abstraía el juego. Además porque, naturalmente,
nunca nos ha sucedido nada parecido como ahora.
- Lo creo, madame. Mademoiselle Sinclair proyecta marcharse
mañana.
- ¡Oh! - el rostro de la dama se iluminó.
- Le deseo muy buenos días, madame.
Una sirvienta limpiaba la escalera cuando salimos por la puerta
principal de la casa.
Poirot dijo:
- ¿Fue usted la que limpió los zapatos de la señora forastera?
La doncella meneó la cabeza.
- No, señor. Ni creo que haya que limpiarlos.
- ¿Quién los limpió entonces? - pregunté a Poirot mientras
bajábamos por la calzada.
- Nadie. No estaban sucios.
- Concedo que por bajar por el camino o por un sendero, en una
noche de luna no se ensucien, pero después de hollar con ello la hierba del
jardín se manchan y ensucian.
- Sí, estoy de acuerdo - repuso Poirot con una sonrisa singular.
- Entonces...
- Tenga paciencia, amigo mío. Vamos a volver a Mon Desir.
El mayordomo nos vio llegar con visible sorpresa, pero no se
opuso a que volviéramos a entrar en la biblioteca.
- Oiga, Poirot, se equivoca de ventana - exclamé al ver que se
aproximaba a la que daba sobre la calzada de coches.
- Me parece que no. Vea - repuso indicándome la cabeza marmórea
del león en la que vi una mancha oscura.
Poirot levantó un dedo y me mostró otra parecida en el suelo.
- Alguien asestó a Reedburn un golpe, con el puño cerrado, entre
los dos ojos. Cayó hacia atrás sobre la protuberante cabeza de mármol y a
continuación resbaló hasta el suelo. Luego le arrastraron hasta la otra ventana
y allí le dejaron, pero no en el mismo ángulo como observó el doctor.
- Pero ¿por qué? No parece que fuera necesario.
- Por el contrario, era esencial. Asimismo es la clave de la
identidad del asesino aunque sepa usted que no tuvo intención de matar a
Reedburn y que por ello no podemos tacharle de criminal. ¡Debe poseer mucha
fuerza!
- ¿Porque pudo arrastrar a Reedburn por el suelo?
- No. Éste es un caso muy interesante. Pero me he portado como
un imbécil.
- ¿De manera que se ha terminado, que ya sabe usted todo lo
sucedido?
- Sí.
- ¡No! - exclamé recordando algo de repente -. Todavía hay algo
que ignora.
- ¿Qué es ello?
- Ignora dónde se halla el rey de bastos.
- ¡Bah! Pero qué tontería. ¡Qué tontería, mon ami!
- ¿Por qué?
- Porque lo tengo en el bolsillo.
Y, en efecto, Poirot lo sacó y me lo mostró.
- ¡Oh! - dije alicaído -. ¿Dónde lo ha encontrado? ¿Acaso aquí?
- No tiene nada de sensacional. Estaba dentro de la caja de la
baraja. No lo utilizaron.
- ¡Hum! De todas maneras sirvió para darle alguna idea, ¿no es
verdad?
- Sí, amigo mío. Y ofrezco mis respetos a Su Majestad.
- Y ¡a madame Zara!
- Ah, sí, también a esa señora.
- Bueno, ¿qué piensa hacer ahora?
- Volver a Londres. Pero antes de ausentarme deseo decir dos
palabras a una persona que vive en Daisymead.
La misma doncella nos abrió la puerta.
- Están en el comedor, señor. Si desea ver a miss Sinclair se
halla descansando.
- Deseo ver a mistress Oglander. Haga el favor de llamarla. Es
cuestión de un instante.
Nos condujeron al salón y allí esperamos. Al pasar por delante
del comedor distinguí a la familia Oglander, acrecentada ahora por la presencia
de dos fornidos caballeros, uno afeitado, otro con barba y bigote.
Poco después entró mistress Oglander en el salón mirando con
aire de interrogación a Poirot, que se inclinó ante ella.
- Madame, en mi país sentimos suma ternura, un gran respeto por
la madre. La mére de famille es todo para nosotros - dijo.
Mistress Oglander le miró con asombro.
- Y esta única razón es la que me trae aquí, en estos momentos,
pues deseo disipar su ansiedad. No tema, el asesino de mister Reedburn no será
descubierto. Yo, Hércules Poirot, se lo aseguro a usted. ¿Digo bien o es la
ansiedad de una esposa la que debo calmar?
Hubo un momento de silencio en el que mistress Oglander dirigió
a Poirot una mirada penetrante. Por fin repuso en voz baja:
- No sé lo que quiere decir pero, sí, dice usted bien sin duda.
Poirot hizo un gesto con el rostro grave.
- Eso es, madame. No se inquiete. La policía inglesa no posee
los ojos de Hércules Poirot.
Así diciendo dio un golpecito sobre el retrato de la familia que
pendía de la pared e interrogó:
- ¿Usted tuvo dos hijas, madame? ¿Ha muerto una de ellas?
Hubo una pausa durante la cual mistress Oglander volvió a
dirigir una mirada profunda a mi amigo. Luego respondió:
- Sí, ha muerto.
- ¡Ah! - exclamó Poirot vivamente -. Bien, vamos a volver a la
ciudad. Permítame que le devuelva el rey de bastos y que lo coloque en la caja.
Constituye su único resbalón. Comprenda que no se puede jugar al bridge, por
espacio de una hora, con únicamente cincuenta y una cartas para cuatro
personas. Nadie que sepa jugar creerá en su palabra. ¡Bon jour!
- Y ahora, amigo mío, ¿se da cuenta de lo ocurrido? - me dijo
cuando emprendimos el camino de la estación.
- ¡En absoluto! - contesté -. ¿Quién mató a Reedburn?
- John Oglander, hijo. Yo no estaba seguro si había sido él o su
padre, pero me pareció que debía ser el hijo el culpable por ser el más joven y
el más fuerte de los dos.
Asimismo tuvo que ser culpable uno de ellos a causa de las
ventanas.
- ¿Por qué?
- Mire, la biblioteca tiene cuatro salidas: dos puertas, dos
ventanas; y de éstas eligió una sola. La tragedia se desarrolló delante de una
ventana que lo mismo que las dos puertas da, directa o indirectamente, a la
parte de delante de la casa. Pero se simuló que se había desarrollado ante la
ventana que cae sobre la parte de atrás para que pareciera pura casualidad que
Valerie eligiera Daisymead como refugio. En realidad, lo que sucedió fue que se
desmayó y que John se la echó sobre los hombros. Por eso dije y ahora afirmo
que posee mucha fuerza.
- ¿De modo que los hermanos se dirigieron juntos a Mon Desir?
- Sí. Ya recordará la vacilación de Valerie cuando le pregunté
si no tuvo miedo de ir sola a casa de Reedburn. John Oglander la acompañó,
suscitando la cólera de Reedburn, si no me engaño. EI tercero disputó y
probablemente un insulto dirigido por el dueño de la casa a Valerie motivó que
Oglander le pegase un puñetazo. Ya conoce el resto.
- Pero, ¿por qué le llamó la atención la partida de bridge?
- Porque para jugar a él se requiere cuatro jugadores y
únicamente tres personas ocuparon, durante la velada, el salón.
Yo seguía perplejo.
- Pero ¿qué tienen que ver los Oglander con la bailarina
Sinclair? - pregunté -. No acabo de comprenderlo.
- Amigo, me maravilla que no se haya dado cuenta, a pesar de que
miró con más atención que yo la fotografía de la familia que adorna la pared
del salón. No dudo de que para dicha familia haya muerto la hija segunda de
mistress Oglander, pero el mundo la conoce ¡con el nombre de Valerie Sinclair!
- ¿Qué?
- ¿De veras no se ha dado cuenta del parecido de las dos
hermanas?
- No - confesé -. Por el contrario, me dije que no podían ser
más distintas.
- Es porque, querido Hastings, su imaginación se halla abierta a
las románticas impresiones exteriores. Las facciones de las dos son idénticas,
lo mismo que el color de sus ojos y cabellos. Pero lo más gracioso es que
Valerie se avergüenza de los suyos y que los suyos se avergüenzan de ella. Sin
embargo, en un momento de peligro pidió ayuda a su hermano y cuando las cosas
adoptaron un giro desagradable y amenazador todos se unieron de manera notable.
¡No hay ni existe nada tan maravilloso como el amor de la familia! Y ésta sabe
representar. De ella ha sacado Valerie su talento. ¡Yo, lo mismo que el
príncipe Paul creo en la ley de herencia! Ellos me engañaron. Pero por una
feliz casualidad y una pregunta dirigida a mistress Oglander que contradecía la
explicación acerca de cómo estaban sentados alrededor de la mesa de bridge, que
nos hizo su hija, no salió Hércules Poirot chasqueado.
- ¿Qué dirá usted al príncipe?
- Que Valerie no ha cometido ese crimen y que dudo mucho de que
pueda llegar a darse con el asesino vagabundo. Asimismo que transmita mis
cumplidos a Zara. ¡Qué curiosa coincidencia! Me parece que voy a ponerle a este
pequeño caso un título: La aventura del rey de bastos. ¿Le gusta, amigo mío?
******
La herencia de los Lemesurier
He investigado muchos casos extraños en compañía de Hércules
Poirot, pero no creo que ninguno de ellos pueda compararse a la serie
extraordinaria de acontecimientos que mantuvieron despierto nuestro interés por
espacio de muchos años, hasta culminar en el último problema que le tocó a mi
amigo resolver. Nuestra atención se concentró por vez primera en la historia de
la familia de los Lemesurier una tarde, durante la guerra. Poirot y yo
volvíamos a vernos y renovábamos los viejos días de nuestra amistad iniciada en
Bélgica. Mi amigo había llevado a cabo una comisión para el War Office a su
entera satisfacción y cenamos en el Carlton con Brass Hat, que le dedicó
grandes cumplidos. Brass tuvo luego que salir a escape para acudir a su cita
con un conocido, y nosotros terminamos nuestro café tranquilamente, sin prisas,
antes de imitar su ejemplo.
En el momento en que nos disponíamos a dejar el comedor, me
llamó una voz familiar, me volví y vi al capitán Vicente Lemesurier, un joven a
quien había conocido en Francia. Le acompañaba un caballero cuyo parecido
revelaba pertenecer a la misma familia. Así resultó, en efecto, y Vicente nos
lo presentó con el nombre de Hugo Lemesurier, su tío. Yo no conocía íntimamente
al capitán Lemesurier, pero era un muchacho muy agradable, algo soñador y
recordé haber oído decir que pertenecía a una antigua y aristocrática familia
que databa de los tiempos de la Restauración y que poseía una propiedad en
Northcumberland. Como ni Poirot ni yo teníamos prisa, aceptamos la invitación
del joven, y volvimos a sentarnos a la mesa con los recién llegados, charlando
satisfechos de diversos temas sin importancia. El Lemesurier de más edad era un
hombre de unos cuarenta años, de hombros inclinados y que recordaba mucho al
hombre ilustrado; en aquel momento se ocupaba en una investigación química por
cuenta del Gobierno, según dedujimos de la conversación.
Interrumpió nuestra charla un joven moreno, de buena estatura,
que se acercó a la mesa presa de visible agitación.
- ¡Gracias a Dios que los encuentro! - Exclamó.
- ¿Qué sucede, Roger?
- Se trata de su padre, Vicente. Ha sufrido una mala caída. El
caballo era joven y difícil de dominar.
Dicho esto les llevó aparte y ya no oímos lo que decía. A
continuación los dos nuevos amigos se despidieron de nosotros precipitadamente.
El padre de Vicente acababa de ser víctima de un grave accidente mientras
domaba un caballo joven y le restaban unas horas de vida.
El muchacho se puso mortalmente pálido, como si le afectara
mucho la noticia. A mí me sorprendió su actitud, porque unas palabras que le oí
proferir una vez en Francia me habían hecho creer que padre e hijo no estaban
en muy buenas relaciones. Debo confesar, pues, que su emoción filial me dejó
atónito.
El joven moreno que Vicente nos presentó como su primo, Roger
Lemesurier, se quedó con nosotros y los tres salimos juntos a la calle.
- Este caso es sumamente curioso - comentó Roger - e interesará
quizás a Monsieur Poirot, un as en materia de psicología, según he oído decir.
- Estudio esa materia, en efecto - repuso con prudencia mi
amigo.
- ¿Han reparado en la cara de mi primo? ¿Verdad que parecía
trastornado? ¿Conocen el motivo? Pues por la maldición que pesa de antiguo
sobre la familia. ¿Desean conocerla?
- Sí, cuéntela y le quedaremos muy reconocidos.
Roger Lemesurier consultó un momento la hora en el reloj de
pulsera.
- Bueno, me sobra tiempo. Me reuniré con ellos en King’s Cross.
Bien, Monsieur Poirot: los Lemesurier somos una familia muy antigua. Allá en el
medioevo un Lemesurier sintió celos de su mujer a la que descubrió en situación
comprometida.
Ella juraba que era inocente, pero el barón Hugo se negó a
escucharla. Hugo juraba que el hijo que su mujer le había dado no era suyo y
que no percibiría ni un solo penique de su fortuna. No recuerdo bien lo que
hizo, creo que emparedó vivos al hijo y a la madre. Lo cierto es que los mató y
que ella murió protestando de su inocencia y maldiciendo solemnemente a él y a
todos sus descendientes. Según esta maldición, ningún primogénito de los
Lemesurier recogería jamás su herencia. Bien, andando el tiempo se demostró,
sin que cupiera lugar a dudas, la inocencia de la baronesa. Tengo entendido que
Hugo llevó siempre cilicio y que murió en la celda de un convento. Pero lo
curioso del caso es que a partir de aquel día ningún primogénito de los
Lemesurier ha heredado. Los bienes paternos han pasado siempre de sus manos a
las de un hermano, de un sobrino, de un segundón, pero jamás al primogénito. El
padre de Vicente es segundón de los cinco hijos de su padre. El mayor murió en
la infancia. Y Vicente se ha convencido durante la guerra de que es ahora él el
predestinado. Pero, por imposible que parezca, sus dos hermanos menores han
muerto en ella.
- Es una historia muy interesante - dijo Poirot pensativo -.
Pero ahora que el padre se está muriendo, ¿será el primogénito el heredero de
su fortuna?
- Precisamente. La maldición se ha desvirtuado. No puede
subsistir en medio del bullicio de la vida moderna.
Poirot meneó la cabeza como si reprobase el tono ligero del
otro. Roger Lemesurier volvió a mirar el reloj y se apresuró a despedirse de
nosotros.
Pero la historia no había concluido al parecer, ya que al día
siguiente supimos la trágica muerte de Vicente. Había tomado el tren correo de
Escocia y durante la noche se abrió la portezuela de su departamento y cayó a
la vía. La emoción que le produjo el estado de su padre, sumada a la enfermedad
nerviosa que como resultado de su estancia en el frente padecía, debió de
producirle un ataque de locura temporal. Y la curiosa superstición que
prevalecía entre la familia superviviente volvió a salir a la luz al hablar del
nuevo heredero, Ronald Lemesurier, cuyo único hijo había muerto en la batalla
de Somme.
Supongo que nuestro encuentro accidental con Vicente Lemesurier
el último día de su vida, despertó nuestro interés por todo lo que con su
familia se relacionaba y por ello dos años después nos enteramos del
fallecimiento de Ronald, inválido en la época de su herencia de las propiedades
de los Lemesurier. Le sucedió su hermano John, hombre simpático, cordial, que
tenía un hijo en la Universidad de Eton.
Los Lemesurier eran víctimas, en efecto, de un destino
implacable, ya que durante las vacaciones el joven estudiante se disparó un
tiro sin querer. La muerte de su padre, acaecida casi inmediatamente después de
picarle una avispa, puso la propiedad en manos de Hugo, el más joven de los
cinco hermanos, al que conocimos la noche fatal en el Carlton.
Aparte de comentar la extraordinaria serie de desgracias que
caían sobre los Lemesurier, no nos habíamos tomado ningún interés personal por
tales acontecimientos, pero se acercaba el momento en que debíamos tomar parte
más activa en ellos.
Una mañana nos anunciaron a mistress Lemesurier. Era una mujer
activa, de buena estatura, de unos treinta años de edad y que a juzgar por su
aspecto poseía resolución y una dosis respetable de sentido común. Hablaba con
leve acento extranjero.
- Monsieur Poirot, creo que recordará usted dónde nos vimos.
Hugo Lemesurier le vio hace años, pero no lo ha olvidado.
- Recuerdo perfectamente el hecho, madame. Nos vimos en el
Carlton.
- Eso es. Bien, Monsieur Poirot, pues estoy muy preocupada.
- ¿Respecto de qué, madame?
- Pues respecto de mi hijo mayor. Porque tengo dos hijos:
Ronald, de ocho años, y Gerald, de seis.
- Continúe, señora. ¿Por qué le preocupa su hijo Ronald?
- Monsieur Poirot, en el espacio de los seis últimos meses
pasados ha logrado escapar a la muerte por tres veces seguidas: la primera vez
estuvo a punto de ahogarse en Cornwall, este verano; la segunda vez se cayó por
la ventana de la nursery; la tercera vez estuvo a punto de ser envenenado.
El rostro de Poirot expresaba de manera demasiado elocuente, tal
vez, lo que estaba pensando, porque mistress Lemesurier dijo apresuradamente:
- Naturalmente, comprendo que usted me toma por una boba que
convierte en montañas un granito de arena...
- No, señora. Cualquier madre se sentiría tan trastornada como
usted por tales acontecimientos, pero lo que no veo es en qué puedo servirla.
No soy le bon Dieu para mandar a las olas; ponga barrotes de hierro en la
nursery y en cuanto a la comida, ¿qué podría compararse al cuidado de una
madre?
- Pero, ¿por qué le suceden tales cosas a Ronald y no a Gerald?
- ¡Se trata de una pura casualidad, madame... le hasard!
- ¿De verdad cree usted eso?
- ¿Qué cree usted, madame, qué cree su marido?
Una sombra nubló el rostro de mistress Lemesurier.
- Hugo no quiere escucharme. Supongo que habrá usted oído hablar
de la maldición que pesa sobre nuestra familia. Según ella, el primogénito no
puede heredar. Hugo cree en esa leyenda. Conoce al dedillo la historia de los
Lemesurier y es supersticioso en grado superlativo. Cuando le comunico mis
temores me habla de la maldición y asegura que no podemos escapar de ella. Pero
yo he nacido en los Estados Unidos, Monsieur Poirot. Allí no creemos en
maldiciones, aunque nos gusten porque tienen cachet, porque dan tono,
¿comprende? Hugo me conoció cuando tomaba yo parte en una comedia musical y me
dije que eso de una maldición es un encanto, algo indescriptible para
expresarlo con palabras, a propósito para narrarlo junto al fuego en una cruda
noche de invierno, pero cuando se trata de un hijo... es otra cosa, porque yo
adoro a mis hijos, Monsieur Poirot, y haría cualquier sacrificio por ellos.
- ¿De manera que se niega a creer en la leyenda de la familia?
- ¿Puede una leyenda cortar un tallo de hiedra?
- ¿Qué es lo que dice, madame? - exclamó mi amigo con expresión
de profundo asombro reflejado en el semblante.
- Digo, ¿puede una leyenda, una fantasía si prefiere denominarlo
así, cortar un tallo de hiedra? No me refiero a lo sucedido en Cornwall, porque
aunque Ronald sabe nadar desde los cuatro años, cualquier chico puede
encontrarse en apurada situación en un momento dado. Los dos hijos míos son muy
traviesos y por ello un día descubrieron que podían encaramarse por la pared
sirviéndose de la hiedra como de una escalera.
Un día en que Gerald no estaba en casa, la hiedra cedió y Ronald
cayó a tierra. Por fortuna no se hizo nada serio. Pero yo salí y examiné la
hiedra. Estaba cortada, Monsieur, cortada deliberadamente.
- ¿Se da cuenta de la gravedad de lo que insinúa, madame? ¿Dice
que el hijo menor estaba en aquel momento fuera de casa?
- Sí.
- Lo estaba también cuando el envenenamiento de Ronald?
- No, los dos estaban en ella.
- Es curioso - murmuró Poirot -. Dígame, ¿qué servidores tiene
usted?
- Miss Saunders, el aya de los niños y John Gardiner, el
secretario de mi marido.
Mistress Lemesurier hizo una pausa levemente confusa.
- ¿Y quién más, madame?
- El comandante Roger Lemesurier, a quien conoció usted también
aquella noche del Carlton, viene a vernos con frecuencia.
- ¡Ah, sí! ¿Es pariente de ustedes?
- Un primo lejano. No pertenece a esta rama de la familia. Sin
embargo, creo que es el pariente más próximo de mi marido. Es muy afectuoso y
le queremos todos. Los chicos le adoran.
- ¿Fue él, quizá, quien les enseñó a trepar por la hiedra?
- Bien pudiera ser, porque les incita a hacer travesuras.
- Madame, le pido mil perdones por lo que dije antes. El peligro
es real y creo poder servirla. Le propongo que nos invite a pasar unos días con
ustedes. ¿Tendría inconveniente en ello su marido?
- Oh, no. Pero dudará de su eficacia. Me irrita ver que se
sienta tranquilamente a esperar a que fallezca su hijo.
- ¡Cálmese, madame! Nosotros todo lo hacemos metódicamente.
Después de hacer el equipaje a toda prisa, tomamos al día
siguiente el camino del norte. Poirot se sumió en sus reflexiones. Salió de su
ensimismamiento para preguntar bruscamente:
- ¿Se cayó Vicente Lemesurier de uno de estos trenes?
Y acentuó levemente el verbo.
- ¿Qué es lo que sospecha? - interrogué sinceramente
sorprendido.
- ¿No le han llamado la atención, Hastings, esas muertes
casuales de los Lemesurier? ¿No le parece que todas ellas han podido ser
preparadas de antemano?
Por ejemplo, la de Vicente; luego la del estudiante de Eton. Un
accidente es casi siempre algo ambiguo. Suponiendo que este mismo niño, hijo de
Hugo, hubiera fallecido como resultado de su caída por la ventana, ¿qué cosa
tan natural y tan poco sospechosa? Porque, ¿quién sale beneficiado de su
muerte? Su hermanito, un niño de siete años. ¡Es absurdo!
- Quizá pretenden, más adelante, desembarazarse de él también -
sugerí yo alimentando una idea vaga de quién o quiénes lo pretendían.
Poirot movió la cabeza. La sugerencia no le satisfacía, era
evidente.
- Envenenamiento por ptomaína - murmuró -. La atropina presenta
casi los mismos síntomas. Sí, nuestra presencia allí es indispensable. Hay que
descubrir... o bien... evitar o...
Mistress Lemesurier nos recibió con entusiasmo. Enseguida nos
llevó al estudio de su marido y nos dejó en él.
Hugo había cambiado mucho desde la primera guerra. Sus hombros
se inclinaban todavía más hacia adelante y su rostro tenía un curioso tinte
gris pálido. Poirot le explicó el motivo de nuestra visita y le escuchó con
atención.
- ¡Es muy propio del sentido común de Sadie! - dijo al final-.
De todos modos, Monsieur Poirot, le agradezco que haya venido; pero lo escrito,
escrito está. La vida del trasgresor es dura. Nosotros, los Lemesurier, lo
sabemos, ninguno de nosotros escapará a su destino.
Poirot le habló de la hiedra cortada, pero el hecho causó poca
impresión a Hugo.
- No cabe duda que fue obra de un jardinero poco cuidadoso...
Sí, sí, tiene que haber un instrumento, pero el fin es simple; y no se demorará
mucho, sépalo, Monsieur Poirot.
Éste le miró con atención.
- ¿Por qué dice eso?
- Porque yo mismo estoy sentenciado. El año pasado fui a ver a
un médico y padezco una enfermedad incurable. El fin está próximo, pero antes
de que yo fallezca se llevarán a Ronald. Gerald heredará.
- ¿Y si le sucediera algo también a su segundo hijo?
- No le sucederá nada; nada le amenaza.
- Pero, ¿y si le sucediera? - insistió Poirot.
- Mi primo Roger sería su heredero.
Alguien vino a interrumpir nuestra conversación. Era un
caballero alto, de arrogante figura, de cabello rizado, color de cobre, que
entró llevando unos papeles en la mano.
- Bien, deje eso, Gardiner y no se preocupe - dijo Hugo
Lemesurier -. Mi secretario, mister Gardiner.
El secretario saludó, nos dedicó unas palabras agradables de
bienvenida y desapareció. A pesar de su gallardía había algo en él que repelía
y cuando me confié a Poirot, más adelante, mientras paseábamos por los hermosos
jardines, convino en ello con no poca sorpresa por mi parte.
- Sí, sí, Hastings, tiene usted razón. No me gusta. Es demasiado
guapo. Ah, ya están aquí los pequeños.
Mistress Lemesurier avanzaba hacia nosotros con los dos niños al
lado. Eran dos guapos muchachos, moreno el menor como la madre, de cabello
rubio y rizoso el mayor.
Los dos nos estrecharon la mano, como dos hombrecitos, y en
seguida se dedicaron a Poirot. Luego fuimos presentados a miss Saunders, mujer
indescriptible, que formaba parte del grupo familiar.
Por espacio de varios días llevamos una existencia cómoda y
agradable, siempre vigilante aunque sin resultado. Los chicos vivían de manera
normal sin carecer de nada.
Al cuarto día de estancia en la finca vimos aparecer al
comandante Roger Lemesurier. Vivaracho y despreocupado, había variado muy poco,
tratando todo con la misma ligereza. Era, evidentemente, un gran favorito de
los chicos, porque le acogieron con exclamaciones de alegría y le arrastraron
en seguida al jardín para jugar a los indios bravos. Me di cuenta de que Poirot
le seguía sin llamar la atención.
Al día siguiente, lady Claygate, cuya propiedad lindaba con la
de los Lemesurier, invitó a todo el mundo, chicos inclusive, a tomar el té.
Mistress Lemesurier quería que les acompañásemos, pero sin embargo pareció
aliviarla de gran peso la negativa de Poirot que, según dijo, prefería quedarse
en casa.
En cuanto partieron todos, puso manos a la obra. Su actitud me
recordó la de un terrier inteligente. Creo que no quedó sin registrar un solo
rincón de la propiedad; sin embargo, se hizo tan serena y metódicamente que a
nadie llamaron la atención sus idas y venidas. Mas era evidente, al final, que
no se sentía satisfecho. Tomamos el té en la terraza con miss Saunders, que no
había querido tampoco formar parte de la reunión.
- Los chicos deben estar disfrutando - murmuró -. Confío en que
se portarán como es debido, en que no pisotearán los parterres de flores ni se
acercarán a las abejas...
Poirot se quedó con el vaso que iba a llevarse a la boca en la
mano. Era como si acabara de ver un fantasma.
- ¿Las abejas? - repitió con voz de trueno.
- Sí, Monsieur Poirot, las abejas. Tres colmenas. Lady Claygate
está orgullosa de ellas.
- ¡Abejas! - exclamó Poirot.
Luego se levantó de un salto y empezó a pasear por la terraza
con las manos en la cabeza. Por más esfuerzos que hice no pude imaginar por qué
se agitaba tanto a la sola mención de aquellos insectos.
En este momento oímos rodar un coche. Cuando el grupo se apeó ya
estaba Poirot en el umbral de la puerta.
- Han picado a Ronald - exclamó excitado Gerald.
- No ha sido nada - dijo mistress Lemesurier -. Ni siquiera se
ha hinchado. Le pondremos en la picadura un poco de amoníaco.
- A ver, hombrecillo. ¿Dónde te han picado? - preguntó Poirot.
- Aquí, en este lado del cuello - repuso dándose importancia
Ronald -. Pero no me duele. Papá dijo: “Estate quieto. Se te ha posado encima
una abeja”. Me estuve quieto y papá me la quitó de encima, pero sentí un
alfilerazo. Ya me había picado y no lloré porque ya soy mayor e iré a la
escuela el año que viene.
Poirot examinó el cuello del niño y luego se retiró.
Cogiéndome por el brazo murmuró a mi oído:
- ¡Esta noche, mon ami, será esta noche! No diga nada... a
nadie.
Como se negó a mostrarse más comunicativo, confieso que pasé el
resto del día devorado por la curiosidad. Se retiró temprano y seguí su
ejemplo. Mientras subíamos la escalera me cogió por un brazo y me dio
instrucciones.
- No se desvista. Aguarde algún tiempo, apague luego la luz y
venga a reunirse conmigo.
Obedecí y le encontré esperándome cuando llegó la hora. Me
encargó con un gesto que guardara silencio y nos dirigimos, de puntillas, al
ala de la casa donde se hallaba la habitación de los niños. Ronald ocupaba una
habitación propia. Entramos en ella y me situé en un rincón oscuro. El niño
respiraba con normalidad y dormía tranquilo.
- ¿Duerme profundamente, verdad? - susurré.
Poirot hizo seña de que sí.
- Le han narcotizado - murmuró.
- ¿Para qué?
- Para que no llore cuando...
- ¿Cuando? - repetí al ver que hacía una pausa.
- ¡Sienta el pinchazo de la aguja hipodérmica, mon ami!
¡Silencio! No hablemos más, aunque no espero ningún acontecimiento próximo.
Pero Poirot se engañaba. Diez minutos después se abrió la puerta
sin ruido y alguien entró en la habitación. Oí una respiración anhelosa, unos
pasos que se aproximaron a la cama, luego un súbito ¡clic! La luz de una
pequeña lámpara de bolsillo cayó sobre el rostro del pequeño durmiente. La
persona que la asía seguía invisible en la sombra. Dejó la lámpara en tierra;
con la mano derecha sacó la jeringuilla y con la izquierda tocó al niño en el
cuello.
Poirot y yo dimos un salto al propio tiempo. La lámpara rodó por
el suelo y luchamos con el intruso en la oscuridad. Su fuerza era
extraordinaria. Por fin le vencimos.
- La luz, Hastings. Tengo que verle la cara... a pesar de que
temo saber demasiado bien a quien pertenece.
“Lo mismo me sucede a mí”, me dije mientras buscaba la luz a
tientas. Había sospechado un momento del secretario acuciado por la antipatía
que me inspiraba, pero ahora estaba seguro de que el hombre que se beneficiaría
de la muerte de los dos niños era el monstruo cuyos pasos habíamos estado
siguiendo.
Uno de mis pies tocó la lámpara. La cogí y la encendí.
Su luz brilló de lleno en el rostro de... Hugo Lemesurier, ¡el
propio padre del pequeño!
Estuvo en un tris que se me cayera la lámpara de la mano.
- ¡lmposible! - dije con la voz velada -. ¡Imposible!
Lemesurier había perdido el conocimiento. Entre Poirot y yo le
trasladamos a su habitación y le dejamos sobre la cama. Poirot se inclinó y le
quitó con suavidad un objeto de la mano. Luego me lo enseñó. Me estremecí.
Era la jeringuilla.
- ¿Qué hay en ella? ¿Veneno?
- Ácido fórmico si no me engaño.
- ¿Ácido fórmico?
- Sí. Obtenido, probablemente, de la destilación de hormigas. Ya
recordará que es químico. Luego se hubiera atribuido la muerte del niño a la
picadura de la abeja.
- ¡Dios mío! - exclamó -. ¡A su propio hijo! ¿Y usted lo
sospechaba?
Poirot por toda respuesta, hizo gravemente un gesto afirmativo.
- Sí. Está loco, naturalmente. Imagino que la historia de su
familia se convirtió para él en verdadera manía. Su deseo intenso de heredar la
fortuna de los Lemesurier le condujo a cometer una serie de crímenes.
Posiblemente se le ocurriría la idea al viajar por primera vez con Vicente. No
podía permitir que la predicción resultase vana. El hijo de Ronald había muerto
ya y el mismo Ronald era un moribundo. La familia está compuesta de individuos
débiles. Él preparó el accidente de la pistola y, lo que hasta ahora no había
sospechado, la muerte de su hermano John mediante este mismo procedimiento de
inyectarle en la yugular ácido fórmico. Entonces se realizó su ambición y se
convirtió en dueño de las propiedades agrarias de la familia. Pero su triunfo
fue de breve duración porque sufría una enfermedad incurable. Además alimentaba
una idea fija, una idea de loco; la de que su hijo no podría heredar.
Sospecho que el accidente del baño se debió a él. Seguramente
animaría al pequeño a que llegase cada vez más lejos. Al fracasar esta
tentativa cortó la hiedra y después envenenó el alimento de Ronald.
- ¡Es diabólico! - murmuré con un escalofrío -. ¡Y qué
hábilmente planeado!
- Sí, mon ami, no existe nada tan sorprendente como la
extraordinaria inteligencia de los locos. No hay nada que pueda compararse a
ella, sólo la excentricidad de los cuerdos.
- Y pensar que sospeché hasta de Roger, este buen amigo...
- Era natural, mon ami. Nosotros sabíamos que acompañó a Vicente
en su viaje al norte. Sabíamos también que después de Hugo y de los hijos de
Hugo era el legítimo heredero. Pero los hechos dieron al traste con estas
suposiciones. No se cortó la hiedra más que cuando el pequeño Ronald estaba en
casa... el interés de Roger hubiera exigido que los dos hermanitos perecieran.
De la misma manera que fue sólo Ronald el envenenado. Y hoy, cuando volvieron a
casa y me di cuenta de que solamente bajo palabra de su padre había que creer
que Ronald fue picado por una abeja, recordé la otra muerte y supe quién era el
asesino.
Hugo Lemesurier murió varios meses después en una casa de salud
a la que fue trasladado. Su viuda volvió a casarse con mister Gardiner, el
secretario de los cabellos color de cobre. Ronald heredó los acres de su padre
y continúa floreciendo.
- Bien, bien - observé dirigiéndome a Poirot -. Otra ilusión que
se desvanece. Usted ha concluido con la maldición que pesaba sobre los
Lemesurier.
- ¿Quién sabe? - repuso pensativo el detective -. Quién sabe...
- ¿Qué quiere decir?
- Voy a contestar, mon ami, con una sola y significativa
palabra: ¡rojo!
- ¿Sangre? - interrogué aterrado, bajando la voz
instintivamente.
- ¡Qué imaginación tan melodramática tiene, Hastings! Me refería
a algo más prosaico: al color de los cabellos del pequeño Ronald.
******
La mina perdida
Puse mi libreta bancaria sobre la mesa con un suspiro.
- Es curioso - dije -, pero el saldo negativo de mi crédito
nunca parece disminuir.
- ¿Y no le preocupa? Si yo tuviera un saldo negativo no pegaría
un ojo en toda la noche - declaró Poirot.
- ¡Supongo que usted cuenta siempre con un saldo satisfactorio!
- repliqué mordaz.
- Cuatrocientas cuarenta y cuatro libras, con cuatro chelines y
cuatro peniques – dijo Poirot con cierta complacencia -. Un bonito número,
¿verdad?
- Esto debe de ser una muestra de tacto por parte del director
del banco.
Evidentemente está al tanto de su pasión por la simetría. A
propósito, ¿qué le parece invertir, digamos que unas trescientas libras de este
capital, en los campos petrolíferos Porcupine? Hoy anuncian en los periódicos
que el año próximo pagarán unos dividendos del cien por cien.
- Eso no es para mí - dijo Poirot, meneando la cabeza -. No me
agrada lo sensacional. Prefiero la inversión prudente, segura... les rentes,
las firmes, las... ¿cómo lo llaman ustedes... ?, las convertibles.
- ¿Nunca ha hecho una inversión de carácter especulativo?
- No, mon ami - replicó Poirot gravemente -. No la hice. Y los
únicos valores que poseo, y que no son de la clase que ustedes denominan de
toda confianza, se reducen a catorce mil acciones de las Minas de Birmania
Sociedad Limitada.
Poirot hizo una pausa, con el aire de quien espera que le animen
a proseguir.
- ¿Sí... ? - le incité.
- Y por ellas no desembolsé un céntimo... fueron la recompensa
por haber ejercitado mis pequeñas células grises. ¿Le gustaría oír la historia?
¿Sí?
- ¡Claro!
- Esas minas se hallan situadas en el interior de Birmania, a
unas doscientas millas de Rangún. Las descubrieron los chinos en el siglo XV, y
las explotaron hasta la rebelión musulmana, abandonándolas por último en 1868.
Los chinos extrajeron la rica galena argentífera de los estratos superiores de
la mena, fundiéndola para separar la plata y dejaron una gran cantidad de
escoria rica en plomo. Naturalmente, esto se descubrió en cuanto se iniciaron
los trabajos de prospección en Birmania; pero debido a que las antiguas minas
estaban inundadas y cegadas por corrimientos de tierra y por rellenos, todos
los intentos que se llevaron a cabo para dar con el origen de la vena no dieron
resultado. Las compañías mineras enviaron numerosos equipos que procedieron a excavar
extensas zonas, pero fracasaron. Sin embargo, un representante de una de dichas
compañías descubrió la pista de una familia china, la cual se suponía que
todavía guardaba la documentación relacionada con el emplazamiento de la mina.
El entonces jefe de la familia era un tal Wu Ling.
- ¡Qué página tan fascinante de novela romántica comercial! -
exclamé.
- ¿Verdad? Ah, mon ami, se puede dar una historia novelesca sin
necesidad de que intervengan muchachas rubias como el oro y de belleza sin
par... No, me equivoco; son las pelirrojas las que siempre le excitan tanto.
Recuerda...
- Siga con su historia - le atajé, presuroso.
- Eh bien, amigo mío, se estableció contacto con ese Wu Ling. Se
trataba de un estimable comerciante, muy respetado en la provincia donde vivía.
Admitió enseguida que poseía los documentos en cuestión, y que se hallaba
totalmente dispuesto a entablar negociaciones para la venta. Pero se opuso
rotundamente a tratar con otras personas que no fueran los principales
interesados. Finalmente se convino en que se trasladara a Inglaterra para
entrevistarse con los directores de una importante compañía. Wu Ling hizo el
viaje hasta Inglaterra en el SS Assunta, y una fría y brumosa mañana de
noviembre el buque atracaba en Southampton. Uno de los directores, el señor
Pearson, se trasladó a esta ciudad para recibirle, pero a causa de la niebla,
el tren en que viajaba sufrió un lamentable retraso, de modo que cuando llegó,
Wu Lin había desembarcado, y partido hacia Londres en un tren especial. El
señor Pearson regresó a la ciudad un tanto enojado, pues no tenía idea de dónde
pensaba alojarse Wu Ling. Sin embargo, aquel mismo día se recibió en las
oficinas de la compañía una llamada telefónica. Wu Ling se hospedaba en el
Hotel Plaza Russell. No se encontraba muy bien debido al viaje, pero aseguró
que estaba en condiciones de poder asistir a la entrevista con el consejo directivo
fijada para el día siguiente. El consejo se reunió a las once en punto. Cuando
dieron las once y media y Wu Ling no había hecho aún acto de presencia, el
secretario llamó por teléfono al Hotel Plaza Russell. Le respondieron que Wu
Ling había salido del hotel con un amigo hacia las diez y media. Parecía claro
que lo hizo con la intención de acudir a la cita, pero transcurrió la mañana y
el hombre no apareció. Desde luego cabía la posibilidad de que se hubiera
extraviado, puesto que no conocía la ciudad, pero a avanzada hora de la noche
aún no había regresado al hotel. Muy preocupado, el señor Pearson puso el
asunto en manos de la policía. Al cabo de dos días, al anochecer, rescataron un
cadáver en el Támesis, que resultó ser el del infortunado chino. Ni en su
cadáver ni en su equipaje se encontró rastro alguno de los documentos de la
mina.
Llegados a este punto, mon ami, me metieron en el asunto. Recibí
la visita del señor Pearson. Aunque estaba muy afectado por la muerte de Wu
Ling, su principal afán era recuperar los documentos, objeto de la visita del
chino a Londres. El interés principal de la policía, claro está, sería
descubrir al asesino... dejando en segundo término la recuperación de los
papeles. Lo que él deseaba de mí era que colaborase con la policía y que al
mismo tiempo actuase en interés de la compañía.
Acepté sin ningún inconveniente. Era evidente que ante mí tenía
dos caminos abiertos para la investigación. Por un lado podía indagar entre los
empleados de la compañía que conocían la visita del oriental; por otro, hacer
lo mismo entre los pasajeros del barco que podían estar enterados de su misión.
Empecé por estos últimos, pues era un campo de pesquisa más reducido. En esto
coincidí con el inspector Miller, encargado del caso... hombre muy distinto de
nuestro amigo Japp: presuntuoso, mal educado e insoportable. Juntos
interrogamos a los oficiales del Assunta. Poco pudieron decirnos. Durante el
viaje Wu Ling se había mostrado muy reservado. Sólo hizo amistad con dos
pasajeros: uno de ellos era un europeo llamado Dyer, un hombre desmoralizado
que, al parecer, gozaba de bastante mala fama; el otro era un empleado de
banco, llamado Charles Lester, que regresaba de Hong Kong. Tuvimos la suerte de
poder hacernos con una fotografía de ambos. En ese momento, si las sospechas
debieran recaer sobre uno de los dos, no podía ser otro que Dyer. Se le sabía
mezclado con una banda de granujas chinos, y en principio era el que ofrecía
más motivos de sospecha.
La siguiente diligencia que llevamos a cabo fue ir al Hotel
Plaza Russell. Al mostrarle una fotografía de Wu Ling la reconocieron al
instante. Entonces les ensañamos también la de Dyer, pero para decepción
nuestra, el portero afirmó que no era el hombre que había ido al hotel aquella
fatal mañana. Casi sin ninguna esperanza le dejé ver la fotografía de Lester, y
ante mi sorpresa el hombre lo reconoció sin vacilar.
- Sí, señor - dijo -, éste es el caballero que vino a las diez y
media y preguntó por el señor Wu Ling, y luego salió con él.
El asunto progresaba. El siguiente paso fue entrevistarnos con
el señor Charles Lester. Nos atendió con extrema franqueza: estaba desolado por
la prematura muerte de Wu Ling y se puso por entero a nuestra disposición. Su
relato fue el siguiente:
Según lo convenido con Wu Ling, pasó a buscarle al hotel a las
diez treinta. Sin embargo, Wu Ling no apareció. En su lugar vino su criado, le
dijo que su señor había tenido que salir, y se ofreció para conducir al joven
adonde se encontraba su señor. Sin sospechar nada, Lester aceptó la
explicación, y el chino llamó a un taxi. Durante algún tiempo siguieron en
dirección a los muelles. De repente, Lester, sintiéndose receloso, hizo detener
el taxi y se apeó, desoyendo las protestas del criado. Eso, nos aseguró él, era
todo cuanto sabía del asunto.
Aparentando quedar satisfechos, le dimos las gracias y nos
despedimos. Muy pronto se comprobó que su versión distaba de ser exacta. Para
empezar, Wu Ling no llevaba consigo ningún criado, ni en el barco ni en el
hotel. En segundo lugar, se presentó el conductor del taxi que había conducido
a los dos hombres aquella mañana. Lester no había abandonado el taxi durante el
trayecto, sino que por el contrario, junto con el caballero chino se habían
dirigido a un lugar de mala fama de Limehouse, situado en el corazón del barrio
chino. Dicho lugar era más o menos conocido como un antro de fumadores de opio.
Entraron los dos... y aproximadamente una hora más tarde el caballero inglés,
que el chofer identificó por la fotografía, salió solo. Estaba muy pálido y
parecía enfermo, y le ordenó conducirle a la estación de metro más próxima.
Se practicaron algunas investigaciones respecto a la reputación
de Charles Lester, descubriendo, que si bien sus referencias eran excelentes,
tenía numerosas deudas, contraídas en el juego, su secreta pasión. Desde luego
no perdimos de vista a Dyer.
Existía una ligera posibilidad de que hubiera podido suplantar
al otro hombre, pero la sospecha resultó totalmente infundada. Su coartada para
el día de marras era indiscutible. Claro que el propietario del fumadero de
opio lo negó todo con oriental imperturbabilidad. No conocía a Wu Ling; no
conocía a Charles Lester. Ninguno de los dos caballeros había estado en su casa
aquella mañana. Sin duda, la policía estaba en un error: jamás se había fumado
opio en su casa. Sus negativas, por bien intencionadas que fueran, sirvieron de
bien poco a Charles Lester, ya que fue detenido por el asesinato de Wu Ling. Se
llevó a cabo un registro de sus efectos personales, pero no se encontró
documento alguno relacionado con la mina. El propietario del antro fue a su vez
detenido, pero un rápido registro del local dio un resultado infructuoso. Ni
siquiera se encontró un palito de opio para recompensar el celo de la policía.
Mientras tanto, mi amigo, el señor Pearson, se hallaba en un
estado de gran agitación. Paseaba de un lado a otro de mi estancia, profiriendo
grandes lamentaciones.
- Pero ¿usted debe de tener alguna idea, Monsieur Poirot? - no
cesaba de repetir -. ¡Sin duda alguna debe de tener varias ideas!
- Claro que tengo alguna idea - le repliqué cautamente -. Esto
es lo malo... que uno tiene demasiadas ideas; y por tanto todas apuntan en
direcciones diferentes.
- ¿Por ejemplo? - insinuó.
- Pues por ejemplo... el taxista. Sólo contamos con su palabra
de que condujo a los dos hombres a ese antro. Ésta es una de las ideas. Luego,
¿fue realmente a esa casa adonde se dirigieron ambos? Supongamos que dejaran el
taxi allí, entraran en el edificio, salieran por atrás y fuesen a otra parte.
El señor Pearson pareció anonadado por esta suposición.
- Pero ¿usted no hace nada que no sea estar sentado y pensar?
¿No podemos hacer algo?
Aquel hombre era impaciente por naturaleza, se entiende.
- Monsieur - le dije con dignidad -, no es para Hércules Poirot
el correr arriba y abajo por las malolientes calles de Limehouse como un chucho
callejero. Cálmese. Mis agentes trabajan.
Al día siguiente tenía noticias para él. Los dos hombres habían
pasado por la mencionada casa, pero su verdadero objetivo era una pequeña
taberna junto al río. Se les había visto entrar allí, pero Lester salió solo. Y
entonces, ¡figúrese, Hastings, al señor Pearson se le ocurrió una idea de lo
más descabellado! Nada le convencía excepto que debíamos ir personalmente a esa
taberna y hacer averiguaciones. Le razoné y le rogué lo indecible, pero no
quiso escucharme. Habló de disfrazarse, incluso sugirió que yo, yo, no me
atrevo ni a decirlo, ¡debiera afeitarme el bigote! Sí, ríen que rían. Le
indiqué que eso era absurdo y ridículo. Uno no destruye una cosa bella por
capricho.
Además, ¿acaso un caballero belga con bigote no puede desear
conocer la vida y fumar opio con las mismas ganas que uno sin bigote?
Eh bien, cedió en esto, pero todavía insistió en su proyecto.
Volvió aquella tarde.
¡Mon Dieu, qué facha! Llevaba lo que él llamaba su “tabardo de
marinero”, la cara sucia y sin afeitar, y un tapabocas asqueroso que ofendía el
sentido del olfato. Y figúrese, ¡todo eso le divertía! Los ingleses están locos
¡de veras! Se empeñó también en efectuar algunos cambios en mi indumentaria. Se
lo permití. ¿Acaso se puede razonar con un maniático? Salimos... después de
todo ¿podía dejarle ir solo, a un niño disfrazado como para un carnaval?
- No, desde luego - contesté yo.
- Prosigo. Llegamos a la taberna. El señor Pearson conversaba en
un inglés de lo más extraño. Se imaginaba ser un hombre de mar. Hablaba de
“boca de lobo” y “castillos de proa” y qué sé yo. El lugar era una sala
pequeña, repleta de chinos.
Comimos platos muy peculiares. ¡Ah, Dieu, mon estomac! - Poirot
acarició esta parte de su anatomía antes de continuar -. Entonces se acercó a
nosotros el propietario, un chino de sonrisa malévola.
- Ustedes, caballelos no gustal comida aquí - dijo -. Ustedes
venil pol algo gustal más. Pipa leposo, ¿eh?
El señor Pearson me propinó un fuerte puntapié por debajo de la
mesa (¡llevaba también botas de marinero!), y dijo:
- Por mí no tengo inconveniente, John. Guíenos.
El chino sonrió y nos condujo a una bodega, en ella abrió una
trampilla y nos hizo bajar unos peldaños y subir otros hasta una estancia llena
de divanes y almohadones muy cómodos. Nos tumbamos y un muchacho chino nos
quitó las botas. Fue el momento más agradable de la noche. Entonces nos
trajeron las pipas y calentaron las bolitas de opio; nosotros simulamos fumar y
luego dormir y soñar. Pero en cuanto estuvimos solos, el señor Pearson me llamó
quedamente, y acto seguido empezó a arrastrarse por el suelo. Entramos en otro
cuarto donde dormía más gente, y así proseguimos hasta que oímos a dos
individuos que charlaban. Ocultos detrás de una cortina, escuchamos. Estaban
hablando de Wu Ling.
- ¿Qué pasa con los papeles? - dijo uno de ellos.
- Señor Lestel tomal papeles - contestó el otro, un chino -. Él
decil, ponel papeles en lugal segulo... donde policía no encontlal.
- Ah, pero está en chirona - repuso el otro.
- Él lible. La policía no estal segula que él hacel.
Siguieron charlando un rato más sobre lo mismo, hasta que nos
pareció que los dos individuos se dirigían hacia donde nos hallábamos, y nos
apresuramos a volver a los divanes.
- Sería mejor que nos largáramos de aquí - dijo Pearson, al cabo
de unos minutos -. Este lugar es peligroso.
- ¡Dice usted bien, Monsieur! - convine -. Es hora de acabar con
esta comedia.
Logramos salir con bien del lugar tras pagar generosamente por
nuestras pipas.
Una vez lejos de Limehouse, Pearson respiró profundamente.
- Me alegro de haberme salido de ello - dijo mi acompañante -.
Pero es importante saberlo seguro.
- Vaya si lo es - dije yo -. Y me figuro que ya no habrá
dificultad en encontrar lo que queremos... después de la mascarada de esta
noche. Y en efecto no la hubo en absoluto - concluyó Poirot de repente.
Este final inesperado parecía tan extraordinario que le miré con
asombro.
- ¿Pero... dónde estaban los documentos? - le pregunté.
- En su bolsillo... tout simplement.
- Pero, ¿en el bolsillo de quién?
- ¡Del señor Pearson, Parbleu!
Luego, dándose cuenta de mi expresión desconcertada, continuó
con suavidad:
- ¿No lo ve aún? El señor Pearson, lo mismo que Charles Lester,
tenía deudas. El señor Pearson, lo mismo que Charles Lester, era muy aficionado
al juego. Y concibió la idea de robarle los documentos al chino. Por supuesto,
se encontró con él en Southampton, le acompañó a Londres y le condujo
directamente a Limehouse. Era un día neblinoso; Wu Ling no podía darse cuenta
hacia donde se dirigían. Me imagino que el señor Pearson fumaba opio con
bastante frecuencia en aquel lugar y en consecuencia tenía algunos amigos poco
recomendables. No creo que pensaran en asesinarle. Su plan consistía en que uno
de los chinos se hiciera pasar por Wu Ling y recibiera el dinero de la venta de
los documentos. ¡Hasta aquí, perfecto! Pero, para la mentalidad oriental era
muchísimo más sencillo matar a Wu Ling y arrojar su cuerpo al río, y los
cómplices chinos de Pearson emplearon sus propios procedimientos sin
consultarle.
Imagínese, entonces, “el canguelo”, como usted diría, del señor
Pearson. Quizás alguien le había visto en el tren con Wu Ling... un asesinato
es una cosa muy distinta a un simple secuestro. Su salvación depende del chino
que está representando el papel de Wu Ling en el Hotel Plaza Russell. ¡Si al
menos se tardara en descubrir el cadáver!
Probablemente Wu Ling le había mencionado lo convenido con
Charles Lester, es decir, que este último pasaría a recogerlo al hotel. Pearson
ve en ello el modo de desviar las sospechas que pudiera despertar su persona.
Charles Lester será el último en ser visto en compañía de Wu Ling. El chino que
debe hacerse pasar por Wu Ling recibe órdenes de presentarse a Lester como el
criado de aquél, y conducirle, sin pérdida de tiempo, a Limehouse. Una vez
allí, con toda probabilidad, le ofrecieron una bebida que contenía una droga y,
cuando Lester se recobró una hora más tarde, sólo tenía una vaga impresión de
lo ocurrido. Tanto es así que tan pronto como Lester se entera de la muerte de
Wu Ling, tiene miedo y niega que haya llegado hasta Limehouse. Con su actitud, claro
está, le hace el juego a Pearson. Pero ¿se queda Pearson satisfecho? No. Mi
manera de actuar le intranquiliza y decide aportar nuevas pruebas que
demuestren aún más la culpabilidad de Lester. De modo que organiza una
artificiosa mascarada. A mí me ha de engatusar totalmente. ¿No acabo de decirle
ahora mismo que era un niño disfrazado como para un carnaval? Eh bien, yo
desempeñé mi papel. Regresa a su casa lleno de alegría. Pero a la mañana
siguiente el inspector Miller llama a su puerta. Le encuentra los documentos;
su plan se ha malogrado. ¡Amargamente deplora haber querido representar una
comedia con Hércules Poirot! El caso sólo presentaba una auténtica dificultad.
- ¿Cuál era esa dificultad?
- ¡Convencer al inspector Miller! ¡Qué bestia de hombre! Imbécil
y obstinado a la vez. ¡Y al final se llevó todos los honores!
- ¡Qué lástima! - exclamé.
- Ah, bueno, tuve mis compensaciones. Los otros directivos de
las Minas de Birmania Sociedad Limitada me adjudicaron catorce mil acciones
como una pequeña recompensa por mis servicios. No está nada mal, ¿eh? Pero
cuando se trate de invertir dinero, Hastings, se lo ruego, sea estrictamente
conservador. Las cosas que lee usted en el periódico pueden no ser ciertas. Los
directores de Porcupine... ¡quizá son otros tantos señores Pearson!
******
El expreso de Plymouth
Alec Simpson, R. N. subió en la estación de Newton Abbot y se
instaló en un departamento de primera clase del expreso de Plymouth. Le seguía
un mozo con la pesada maleta. Al ir a colocarla en la red se lo impidió el
joven marino.
- No, déjela encima del asiento. Yo mismo la colocaré en la red.
Tome usted.
- Gracias, señor.
El mozo se retiró satisfecho de la generosa propina.
Las portezuelas se cerraron de golpe: una voz estentórea gritó:
“Cambio de tren de Torquay. Próxima parada Plymouth.” Sonó luego
un silbido y el tren salió lentamente de la estación.
El teniente Simpson tenía todo el coche para él solo.
El aire de diciembre era frío y subió la ventanilla. Luego
olfateó expresivamente y frunció el entrecejo. ¡Qué olor más particular! Le
recordaba el hospital y la operación de la pierna. Eso es. Olía a cloroformo.
Volviendo a bajar la ventanilla varió de asiento ocupando el que
daba la espalda a la locomotora. Hecho esto sacó la pipa del bolsillo y la
encendió. Luego permaneció pensativo un instante, fumando, mirando la
oscuridad. Cuando salió de su ensimismamiento abrió la maleta, sacó de su
interior libros y revistas, la volvió a cerrar y trató sin éxito de colocarla
debajo del asiento. Un obstáculo invisible se lo impedía. Impaciente la empujó
con más fuerza. Pero continuó sin meterse.
“¿Por qué no entrar del todo?”, se preguntó.
Maquinalmente tiró de ella y se agachó para ver lo que había
detrás. Enseguida sonó un grito en la noche y el gran tren hizo alto
obedeciendo a un imperioso tirón de la alarma.
- Ya sé, mon ami, que le interesa el caso misterioso del expreso
de Plymouth – me dijo Poirot -. Lea esto detenidamente.
Extendí el brazo y tomé la carta que me alargaba desde el otro
lado de la mesa.
Era muy breve y decía así:
Muy señor mío:
Le quedaré muy agradecido si se sirve venir a verme cuándo y
cómo le acomode.
Su afectísimo servidor,
Ebenezer Halliday
Como no me parecía muy clara la relación que guardaba esta carta
con el acontecimiento que acabo de narrar miré a Poirot con aire perplejo.
Por toda respuesta cogió un periódico y leyó en voz alta:
“Anoche se verificó un descubrimiento sensacional en una de las
líneas férreas de la capital. Un joven oficial de Marina que volvía a Plymouth
encontró debajo del asiento del coche el cadáver de una mujer que tenía un
puñal clavado en el corazón. El oficial dio la señal de alarma y el tren se
detuvo inmediatamente. La mujer, de unos treinta años, aproximadamente, no ha
sido identificada todavía.”
- Vea lo que el mismo periódico dice más adelante:
“Ha sido identificado el cadáver de la mujer asesinada en el
expreso de Plymouth. Se trata de la Honorable mistress Rupert Carrington”.
¿Comprende, amigo mío? Si no lo comprende, sepa usted que mistress Rupert
Carrington se llamaba, antes de su matrimonio, Flossie Halliday, hija del viejo
Halliday, rey del acero, que reside en América.
- ¿Y este señor... se llama? ¡Magnífico!
- En cierta ocasión tuve la satisfacción de prestarle un pequeño
servicio. Se trataba de unos bonos al portador. Y una vez cuando fui a París,
para presenciar la llegada de una persona real hice que me señalasen a
mademoiselle Flossie. La denominaban la jolie petite pensionnaire y tenía
también una jolie dot. Causó sensación. Pero estuvo en un tris que no hiciera
un mal negocio.
- ¿De veras?
- Sí, con un llamado conde de la Rochefour. ¡Un bien mauvais
sujet! Una mala cabeza, como dirían ustedes. Era un aventurero que sabía cómo
se conquistaba a una muchacha romántica. Por suerte el padre lo advirtió a
tiempo y se la llevó a América.
Dos años después supe que había contraído matrimonio, pero no
conozco al marido.
- ¡Hum! - exclamé -. El honorable Rupert Carrington no es lo que
se dice un Adonis.
Además todos sabemos que se arruinó en las carreras de caballos
e imagino que los dólares del viejo Holliday fueron a parar muy oportunamente a
sus manos. Es un mozo bien parecido, tiene buenos modales, pero en materia de
pocos escrúpulos, ¡no tiene rival!
- ¡Ah, pobre señora! ¡Elle n’espas bien tombée!
- Supongo, no obstante, que debió ver en seguida que no era ella
sino su fortuna la que seducía a su marido, porque no tardó en separarse de él.
Últimamente oí decir que habían pedido la separación legal y definitiva.
- El viejo Halliday no es tonto y debe tener bien amarrado el
dinero.
- Probablemente. Además todos sabemos que el Honorable
Carrington ha contraído deudas.
- ¡Ah, ah! Yo me pregunto...
- ¿Qué?
- Mi buen amigo, no se precipite. Ya veo que el caso despierta
su interés.
Acompáñeme, si gusta, a ver a Halliday. Hay una parada de taxis
en la esquina.
Pocos minutos después estábamos delante de la soberbia finca de
Park Lane alquilada por el magnate americano. En cuanto llegamos se nos condujo
a la biblioteca donde, casi al instante, se nos incorporó un caballero de
aventajada estatura, corpulento, de mentón agresivo y ojos penetrantes.
- ¿Mister Poirot? - preguntó, dirigiéndose al detective -.
Supongo que no hay necesidad alguna de que le explique por qué le he llamado.
Usted lee el periódico y yo no estoy dispuesto a perder el tiempo. Supe que
estaba aquí, en Londres, y recordé el buen trabajo que para mí llevó a cabo en
cierta ocasión, porque jamás olvido a las personas que me sirven a mi entera
satisfacción. No me falta el dinero. Todo lo que he ganado era para mi pobre
hija y ahora que ha muerto estoy resuelto a gastar hasta el último penique en
la búsqueda del malvado que me la arrebató. ¿Comprende? A usted le encargo ese
cometido.
Poirot saludó.
- Y yo acepto, Monsieur, con tanto más gusto cuanto que la vi
varias veces en París.
Ahora le ruego que me explique con todo detalle las
circunstancias de su viaje a Plymouth, así como todo lo que crea conveniente.
- Bien, para empezar diré a usted - repuso Halliday - que mi
hija no se dirigía a esa localidad. Pensaba asistir a una fiesta en Avonmead
Court, finca que pertenece a la duquesa de Paddington, en el tren de las doce y
cuarto, llegando a Bristol donde tenía que efectuar un trasbordo a las dos
cincuenta minutos. Los expresos que van a Plymouth corren vía Westbury, como ya
es sabido, y por ello no pasan por Bristol.
Además, tampoco el tren de las doce y cuarto se para en dicha
localidad después de detenerse en Weston, Taunton, Exeter y Newton Abbot. Mi
hija viajaba sola en su coche, un reservado para señoras, y su doncella iba en
un coche de tercera.
Poirot hizo seña de que había entendido y Halliday prosiguió:
- En las fiestas de Avonmead se incluían varios bailes y mi hija
se llevó casi todas sus joyas, cuyo valor asciende en total a unos cien mil
dólares.
- ¡Un momento! - interrumpió Poirot -. ¿Quién se hizo cargo de
éstas, ella o la doncella?
- Mi hija. Siempre las llevaba consigo en un estuche azul de
tafilete.
- Bien. Continúe, Monsieur...
- En Bristol, la doncella, Jane Mason, tomó la maleta y el
abrigo de su señora y se dirigió el departamento de Flossie. Mi hija le
notificó que no pensaba apearse del tren sino que iba a continuar el viaje.
Ordenó a Mason que sacara del furgón de cola el equipaje y que lo depositara en
la estación. Mason podía tomar el té en el restaurante, pero sin moverse de la
estación hasta que volviera a Bristol su señora, en el último tren de la tarde.
La muchacha se sorprendió, pero hizo lo que se le ordenaba. Dejó en consigna el
equipaje y se fue a tomar una taza de té. Pero aun cuando los trenes fueron
llegando, uno tras otro, durante toda la tarde, su señora no apareció.
Finalmente dejó donde estaba el equipaje y se fue a un hotel vecino donde pasó
la noche. Por la mañana supo la tragedia y volvió a casa sin perder momento.
- ¿Conoce algo que pueda explicarnos el súbito cambio de plan de
su hija?
- Bien; según Jane, en Bristol, Flossie ya no iba sola en el
coche. La acompañaba un hombre que se asomó a la ventanilla opuesta para que
ella no le viera la cara.
- El tren tendría corredor, ¿no es eso?
- Sí.
- ¿En qué lado se hallaba?
- En el del andén. Mi hija estaba de pie en él cuando habló con
Mason.
- ¿Y usted no duda de... ?, ¡Pardon! - Poirot se levantó
colocando en correcta posición el tintero que se había movido -. Je vous
demande pardon - dijo volviendo a sentarse -, pero me atacan los nervios las
cosas torcidas. Es extraño, ¿no? Bien. Decía, Monsieur , ¿no duda que ese
encuentro inesperado ocasionara el súbito cambio de plan de su hija?
- No lo dudo. Me parece la única suposición razonable.
- ¿Tiene alguna idea de la identidad del caballero?
- No, no, en absoluto.
- ¿Quién encontró el cadáver?
- Un joven oficial de Marina que se apresuró a dar la voz de
alarma. Había un médico en el tren, y examinó el cuerpo de mi pobre hija.
Primero la cloroformizaron y después la apuñalaron. Flossie llevaba muerta unas
cuatro horas, de manera que debió cometerse el crimen a la salida de Bristol,
probablemente entre éste y Weston o entre Weston y Tauton seguramente.
- ¿Y el estuche de las joyas?
- Ha desaparecido, mister Poirot.
- Todavía otra pregunta, Monsieur, ¿a quién debe ir a parar la
fortuna de su malograda hija a su fallecimiento?
- Flossie hizo testamento después de su boda. Lo deja todo a su
marido – el millonario titubeó aquí un momento y enseguida agregó: Debo
confesar, mister Poirot, que considero un perfecto bribón a mi hijo político, y
que de acuerdo conmigo, mi pobre hija iba a verse libre de él por vía legal, lo
que no es cosa difícil de conseguir.
Él no puede tocar un solo céntimo en vida de ella, pero hace
unos años, aunque viven separados, Flossie accedía a satisfacer sus peticiones
de dinero para no dar lugar a un escándalo. Por ello estaba yo resuelto a poner
término a tal estado de las cosas. Por fin Flossie se avino a complacerme y mis
abogados tenían órdenes de iniciar las gestiones preliminares del divorcio.
- ¿Dónde habita el Honorable Carrington?
- En esta ciudad. Tengo entendido que ayer estuvo ausente, pero
que volvió por la noche.
Poirot reflexionó un momento. Luego dijo:
- Creo que esto es todo, Monsieur.
- ¿Desea ver a la doncella, Jane Mason?
- Sí, por favor.
Halliday tocó un timbre y dio una breve orden al criado que
acudió a la llamada.
Minutos después entró Jane en la habitación. Era una mujer
respetable, de facciones duras y parecía emocionarle tan poco la tragedia como
a todos los servidores.
- ¿Me permite unas preguntas? - dijo Poirot -. ¿Reparó en si su
señora estaba como de costumbre ayer por la mañana? ¿No estaba excitada ni
nerviosa?
- ¡Oh, no, señor!
- ¿Y en Bristol?
- En Bristol, sí, señor. Me pareció que se sentía trastornada y
tan nerviosa que no sabía lo que hablaba.
- ¿Qué fue lo que dijo exactamente?
- Bien, señor, si mal no recuerdo dijo: “Mason, debo alterar mis
planes. Ha sucedido algo que... No. Quiero decir que no pienso apearme del
tren, esto es todo. Debo continuar viaje. Saque mi equipaje del furgón y
llévelo a consigna; tome luego una taza de té y espéreme en la estación”.
- ¿Que la espere, madame? - pregunté.
- Sí, sí. No salga de ella. Yo volveré en el último tren. Ignoro
a qué hora. Pero será tarde.
- Está bien, madame - repuse yo. No estaba bien que le hiciera
ninguna pregunta, pero pensé que lo que sucedía era muy extraño.
- ¿No entraba eso en las costumbres de su señora?
- No, señor.
- ¿Y qué pensó usted?
- Pues pensé, señor, que lo que sucedía guardaba relación con el
caballero que iba en el coche.
La señora no le habló, pero una o dos veces se volvió a mirarle.
- ¿Le vio el rostro?
- No, señor, porque me daba la espalda.
- ¿Podría describírmelo?
- Llevaba puesto un abrigo castaño claro y una gorra de viaje.
Era alto y esbelto y tenía el cabello negro.
- ¿Le conocía usted?
- Oh, no. No lo creo, señor.
- ¿No sería por casualidad su antiguo amo, mister Carrington?
- ¡Oh, no lo creo, señor!
- ¿Pero, no está segura?
- Tenía la misma estatura del señor. Pero lo he visto tan pocas
veces que no afirmo que fuera él. ¡No, señor!
Había un alfiler sobre la alfombra. Poirot lo cogió y me miró
con rostro severo, frunciendo el ceño. Luego continuó:
- ¿Le parece posible que el desconocido subiera al tren en
Bristol antes de que llegara usted al reservado?
Mason se detuvo a pensarlo.
- Sí, señor. Es posible. Mi departamento iba atestado y pasaron
varios minutos antes de poder salir del vagón. Luego la gente que llenaba el
andén hizo que me retrasase. Pero supongo que de ser así, el desconocido
hubiera dispuesto únicamente de un minuto o dos para hablar con mi señora, por
lo que me parece más probable que llegase por el corredor.
- Sí, ciertamente. Es más probable.
Poirot hizo una pausa, siempre con el ceño fruncido.
- ¿Sabe el señor cómo iba vestida la señora?
- Los periódicos dan poquísimos detalles, pero puede ampliarlos,
si gusta.
- Llevaba, señor, una toca de piel blanca, velo blanco de
lunares y un vestido azul eléctrico.
- ¡Hum! ¡Qué llamativo!
- Sí - observó mister Halliday -. El inspector Japp confía en
que ese atavío nos ayudará a determinar el lugar en que se cometió el crimen ya
que toda persona que ha visto a mi hija, conservará su recuerdo.
- ¡Precisamente! Gracias, mademoiselle.
La doncella salió de la biblioteca.
- Bien - Poirot se levantó de un salto -. Ya no tenemos nada que
hacer aquí. Es decir, si Monsieur no nos explica todo, ¡todo!
- Ya lo hice.
- ¿Está bien seguro?
- Segurísimo.
- Bueno, pues no hay nada de lo dicho. Me niego a ocuparme del
caso.
- ¿Por qué?
- Porque no es usted franco conmigo.
- Le aseguro...
- No, me oculta usted algo.
Hubo una pausa. Luego Halliday se sacó un papel del bolsillo y
lo entregó a su amigo.
- Adivino qué es lo que anda buscando, mister Poirot... ¡aunque
ignoro cómo ha llegado a saberlo!
Poirot sonrió y desdobló el papel. Era una carta escrita en
pequeños caracteres.
Poirot la leyó en voz alta.
Chère madame:
Con infinito placer contemplo la felicidad de volver a verla.
Después de su amable contestación a mi carta, apenas puedo
contener la impaciencia. Nunca he olvidado los días pasados en París. Es cruel
que tenga que salir de Londres mañana. Sin embargo, antes de que transcurra
largo tiempo, es decir, antes de lo que cree, tendré la dicha de volver a ver a
la dama cuya imagen reina, suprema, en mi corazón.
Crea, madame, en la firmeza de mis devotos e inalterables
sentimientos.
Armand de la Rochefour
Poirot devolvió la carta a Halliday con una inclinación de
cabeza.
- ¿Supongo, Monsieur, que ignoraba usted que su hija pensaba
renovar sus relaciones con el conde de la Rochefour?
- ¡La noticia me ha causado la misma sensación que si un rayo
hubiera caído a mis pies! Encontré esta carta en el bolso de Flossie. Pero,
como usted probablemente ya sabe, el llamado conde es un aventurero de la peor
especie.
Poirot afirmó con el gesto.
- ¿Cómo conocía usted la existencia de esta carta?
Mi amigo sonrió.
- No la conocía en realidad - explicó -. Pero tomar huellas
dactilares e identificar la ceniza de un cigarrillo no son suficientes para
hacer un buen detective. ¡Debe ser también buen psicólogo! Yo sé que su yerno
le es antipático y que desconfía de él. ¿A quién beneficia la muerte de su
hija? ¡A él! Por otra parte, la descripción que del individuo misterioso hace
la doncella se parece a la de él. Sin embargo, usted no se apresura a seguirle
la pista, ¿por qué? Seguramente porque sus sospechas toman otra dirección. Por
ello deduje que me ocultaba algo.
- Tiene razón, Monsieur Poirot. Estaba seguro de la culpabilidad
de Rupert hasta que encontré esta carta, que me ha trastornado muchísimo.
- Sí. El conde dice: “Antes de que transcurra largo tiempo,
antes de lo que se figura”.
No cabe duda de que no quiso esperar a que usted supiera su
reaparición. Ahora bien: ¿fue él quien bajó de Londres en el tren de las doce y
cuarto? ¿Quién se llegó por el pasillo hasta el departamento que ocupaba
mistress Carrington? Porque si mal no recuerdo, ¡también el conde de Rochefour
es esbelto y moreno!
El millonario aprobó con el gesto estas palabras.
- Bien, Monsieur, le deseo muy buenos días. En Scotland Yard
deben de tener la lista de las joyas desaparecidas, ¿no es verdad?
- Sí, señor. Si desea ver al inspector Japp, allí está.
Japp era un antiguo amigo y recibió a Poirot con un desdén
afectuoso.
- ¿Cómo está, Monsieur? Celebro volver a verle a pesar de
nuestra manera distinta de ver las cosas. ¿Qué tal las células grises? ¿Se
fortifican?
Poirot le miró con rostro resplandeciente.
- Funcionan, mi buen Japp, funcionan, se lo aseguro - respondió.
- En tal caso todo va bien. ¿Quién cree que cometió el crimen?
¿Rupert o un criminal vulgar? He mandado vigilar los sitios acostumbrados,
naturalmente. Así conoceremos si se han vendido las joyas, porque quienquiera
que las posea no se quedara con ellas, digo yo, para admirar su brillo. ¡Nada
de eso! Ahora trato de averiguar dónde estuvo ayer Rupert Carrington. Por lo
visto es un misterio. Le vigila uno de mis hombres con todo celo.
- Precaución un poco retrasada, ¿no le parece? - dijo Poirot.
- Usted dice siempre la última palabra, Poirot. Bien, me voy a
Paddington, Bristol, Weston y Tauton. ¡Hasta la vista!
- ¿Tendría inconveniente en venir a verme por la tarde para que
yo sepa el resultado de sus averiguaciones?
- Cuente con ello... si vuelvo.
- Ese buen inspector es partidario del movimiento - murmuró
Poirot cuando salió nuestro amigo -. Viaja; mide las huellas de los pies; reúne
cenizas de cigarrillo. ¡Es extraordinariamente activo! ¡Celoso hasta el límite
de sus deberes! Si le hablara de psicología, ¿qué le parece que haría, amigo
mío? Sonreiría. Se diría: “Ese pobre Poirot envejece. Llega a la edad senil”.
Japp pertenece a la nueva generación. ¡Y ma foi! ¡Esta generación moderna llama
con tal prisa a las puertas de la vida, que no se da cuenta de que están
abiertas!
- ¿Qué piensa hacer ahora?
- Pues en vista de que se nos da carte blanche voy a gastarme
tres peniques en llamar al Ritz desde un teléfono público, porque es donde se
hospeda nuestro conde.
Después, como tengo húmedos los pies, volveré a mis habitaciones
y me haré una tisana en el hornillo de bencina.
No volví a ver a Poirot hasta la mañana siguiente, en que lo
hallé tomando pacíficamente el desayuno.
- ¿Bien? - interrogué lleno de interés -. ¿Qué ha sucedido?
- Nada.
- Pero ¿y Japp?
- No le he visto todavía.
- ¿Y el conde?
- Se marchó del Ritz anteayer.
- ¿El día del crimen?
- Sí.
- ¿Para qué decir más? ¡Rupert Carrington es inocente!
- ¿Porque ha salido del Ritz el conde de la Rochefour? Va usted
muy deprisa, amigo mío.
- De todos modos, deben ustedes seguirle, arrestarle. Pero, ¿qué
razones le habrán impulsado a cometer ese asesinato?
- Podría responder: unas joyas que valen cien mil dólares. Mas
no, no es esa la cuestión y yo me pregunto: ¿para qué matar a mistress
Carrington cuando ella no hubiera declarado jamás en contra del ladrón?
- ¿Por qué no?
- Porque era una mujer, mon ami. Y porque en otro tiempo amó a
ese hombre. Por consiguiente soportaría su pérdida en silencio. Y el conde, que
tratándose de mujeres es un psicólogo excelente, lo sabe muy bien. Por otra
parte, si la mató Rupert Carrington, ¿por qué motivo se apoderó de las joyas?
¿Para qué demostrar su culpabilidad de la manera más patente?
- Quizá pensara en utilizarlas como tapadera.
- No le falta razón, amigo mío. ¡Ah, ya tenemos aquí a Japp!
Reconozco su llamada.
El inspector parecía estar de un humor excelente y entró
sonriendo.
- Buenos días, Poirot. Acabo de llegar. ¡He llevado a cabo un
buen trabajo! ¿Y usted?
- Yo he puesto en orden mis ideas - repuso Poirot plácidamente.
Japp rió la ocurrencia de buena gana.
- El hombre envejece - me dijo a media voz. Y agregó en voz
alta: - A los jóvenes no nos convence su actitud.
- ¡Quelle dommage! - exclamó Poirot.
- Bueno. ¿Quiere que le explique lo que he hecho?
- Permítame antes que lo adivine. Ha encontrado el cuchillo con
que se cometió el asesinato junto a la vía del ferrocarril entre Weston y
Tauton y ha entrevistado al vendedor de periódicos que habló, en Weston, con
mistress Carrington.
Japp abrió, atónito, la boca.
- ¿Cómo demonios lo sabe? ¡No me diga que gracias a esas
“pequeñas células grises”!
- Celebro que, siquiera esta vez, admita que me sirven de algo.
Dígame, ¿mistress Carrington regaló o no al vendedor un chelín para caramelos?
- No, media corona - Japp se había recobrado de la sorpresa del
primer momento y sonreía -. ¡Son muy extravagantes los millonarios americanos!
- ¡Y naturalmente, el chico no la ha olvidado!
- No, señor. No caen del cielo medias coronas todos los días.
Parece que ella le llamó para comprarle dos revistas. En la cubierta de una
había una muchacha vestida de azul. “Como yo”, observó mistress Carrington. Sí,
el chico la recuerda muy bien. Pero eso no basta, compréndalo. Según la
declaración del doctor debió de cometerse el crimen antes de la llegada del
tren a Tauton. Supuse que el asesino debió arrojar enseguida el cuchillo por la
ventanilla y por ello me dediqué a recorrer la vía; en efecto, allí estaba. En
Tauton hice averiguaciones. Deseaba saber si alguien había visto nuestro hombre,
pero la estación es muy grande y nadie reparó en él. Probablemente regresaría a
Londres, utilizando para su desplazamiento el último tren.
Poirot hizo un gesto.
- Es muy probable - concedió.
- Pero a mi regreso me comunicaron que alguien intentaba pasar
las joyas. Anoche empeñaron una hermosa esmeralda de muchísimo valor. ¿Y a que
no acierta quién empeñó esa joya?
- Lo ignoro. Lo único que sé es que era un hombre de poca
estatura.
Japp se quedó mirando al detective.
- Bien, tiene razón. El hombre es bastante bajo. Fue Red Narky.
- ¿Quién es Red Narky? - pregunté yo.
- Un ladrón de joyas, señor, que no tendría reparo en cometer un
asesinato. Por regla general trabajaba con una mujer llamada Gracie Kidd. Pero
en esta ocasión actuó solo por lo visto. Quizá Gracie haya huido a Holanda con
el resto de la banda.
- ¿Ha ordenado la detención de Narky?
- Naturalmente. Pero nosotros queremos apoderarnos del hombre
que habló con mistress Carrington en el tren. Supongo que sería él quien planeó
el robo, pero Narky no es capaz de delatar a un compañero.
Yo me di cuenta de que los ojos de Poirot asumían un precioso
color verde.
- Creo - dijo con una voz suave - que ya sé quién es el
compañero de Narky.
Japp le dirigió una mirada penetrante.
- Acaba de asaltarle una de sus ideas particulares ¿no es
cierto? Es maravilloso cómo a pesar de sus años consigue adivinar en ocasiones
toda la verdad. Claro que es cuestión de suerte.
- Quizá, quizá - murmuró mi amigo -. Hastings, el sombrero. Y el
cepillo. ¡Muy bien! Ahora las botas, si continúa lloviendo. No estropeemos la
labor operada por la tisana.
¡Au revoir, Japp!
- Buena suerte, Poirot.
El detective paró el primer taxi que nos echamos a la cara y
ordenó al chofer que se dirigiera a Park Lane. Cuando se paró el taxi delante
de la casa de Halliday, Poirot se apeó con la agilidad acostumbrada, pagó al
taxista y tocó el timbre. Cuando el criado nos abrió la puerta, le dijo unas
palabras en voz baja y el hombre nos condujo escaleras arriba. Al llegar al
último piso, nos introdujeron en una habitación reducida, pero limpia y
ordenada y muy elegante.
Poirot se detuvo y dirigió una ojeada a su alrededor. Sus ojos
se posaron en un baúl pequeño negro. Después de arrodillarse ante él y de
examinar los rótulos que exhibía, se sacó del bolsillo un trocito de alambre
retorcido.
- Ruegue a mister Halliday que tenga la bondad de subir - dijo
por encima del hombro del criado.
Al desaparecer éste, forzó con mano hábil la cerradura del baúl
y, una vez abierta la tapa comenzó a revolver apresuradamente el interior y a
sacar la ropa que contenía dejándola en el suelo.
Un ruido de pasos pesados precedió a la aparición de Halliday.
- ¿Qué hacen ustedes aquí? - interrogó sorprendido.
- Buscaba esto, Monsieur.
Poirot le enseñó una falda y un abrigo de color azul y una toca
de piel blanca.
- ¿Qué significa esto? ¿Por qué andan ustedes removiendo en mi
baúl?
Me volví. Jane Mason, la doncella, estaba en el umbral de la
habitación.
- Cierre esa puerta, Hastings - dijo Poirot -. Bien. Apoye la
espalda en ella. Así.
Permítame, mister Halliday, que le presente ahora a Gracie Kidd,
alias Jane Mason, que va a reunirse en breve con su cómplice Red Narky bajo la
amable escolta del inspector Japp.
Poirot alzó una mano suplicante.
- ¡Bah! Pero si no hay nada tan sencillo - exclamó, tomando más
caviar -. La insistencia de la doncella en hablarme de la ropa que llevaba
puesta su señora fue lo que primero me llamó la atención. ¿Por qué parecía tan
ansiosa de que reparásemos en ese detalle? Y me dije al punto que después de
todo teníamos que fiarnos exclusivamente de su palabra ya que era la única
persona que había visto al hombre misterioso que hablaba en Bristol con su
señora. De la declaración del doctor se desprende que lo mismo pudieron
asesinarla antes que después de la llegada del tren a dicha localidad y si
fuese así la doncella tenía por fuerza que ser cómplice del asesinato. Mistress
Carrington iba vestida de un modo llamativo. Las doncellas suelen elegir, en
ocasiones, los vestidos que debe ponerse el ama. Y por ello si después de pasar
de la estación de Bristol viera cualquiera a una señora vestida de azul con
sombrero blanco, juraría sin hacerse rogar que era mistress Carrington a quien
sin duda había visto.
“A continuación comencé a reconstruir mentalmente la escena. La
doncella se proveyó de ropas por duplicado. Ella y su cómplice cloroformizaron
y mataron a mistress Carrington entre Londres y Bristol, aprovechando
seguramente el paso del tren por un túnel. Hecho esto metieron el cadáver
debajo del asiento y la doncella ocupó su puesto. En Weston procuró que se
fijasen en ella. ¿Cómo? Llamando probablemente a un vendedor de periódicos y
atrayendo su atención sobre el color del vestido mediante una observación
natural. Después de salir de Weston arrojó el cuchillo por la ventanilla sin
duda para hacer creer que el crimen se había cometido allí y o bien se cambió
de ropa, o bien se puso encima un abrigo. En Tauton se apeó del tren y regresó
a escape a Bristol, donde su cómplice dejó como estaba convenido, el equipaje
en consigna. El hombre le entregó el billete y regresó a Londres. Ella aguardó
como lo exigía su papel, en el andén, pasó luego la noche en un hotel y volvió
a la ciudad a la mañana siguiente, según dijo.
“Japp confirmó todas esas deducciones al volver de su
expedición. Me refiero... también que un bribón famoso había tratado de vender
las joyas robadas. Enseguida me di cuenta de que había de tener un tipo
diametralmente opuesto al que Jane nos había descrito. Y al enterarme de que
Red Narky trabaja siempre con Gracie Kidd... ¡bueno! Supe adónde tenía que ir a
buscarla.
- ¿Y el conde?
- Cuanto más reflexionaba en esto más convencido estaba de que
no tenía nada que ver con el crimen. Ese caballero ama mucho la piel para
arriesgarse a cometer un asesinato. Un hecho así no está en armonía con su
manera de ser.
- Bien, Monsieur Poirot - dijo Halliday -, acabo de contraer una
deuda enorme con usted. Y el cheque que voy a escribir después de la comida no
lo zanjará más que en parte.
Poirot sonrió modestamente y murmuró a mi oído:
- El buen Japp se dispone a gozar oficialmente de mayor
prestigio, pero como dicen los americanos ¡fui yo quien llevó la cabra al
matadero!
******
La caja de bombones
Era una noche de tormenta. En el exterior, el viento silbaba y
ráfagas de lluvia azotaban las ventanas. Poirot y yo nos hallábamos sentados
ante la chimenea, las piernas extendidas al amor del alegre fuego. Entre
nosotros había una mesita; en mi lado descansaba un vaso de ponche caliente
cuidadosamente dosificado; junto a Poirot se veía una taza de chocolate espeso,
que yo no hubiera bebido ni por cien libras. Poirot tomó un sorbo de aquella
masa marrón contenida en la taza de porcelana rosada y exhaló un suspiro de
satisfacción.
- ¡Quelle belle vie!- murmuró.
- Sí, este viejo mundo es magnífico - asentí -. Yo, con un buen
empleo, ¡y qué empleo! Y usted es famoso...
- ¡Oh, mon ami! - protestó Poirot.
- Lo es. ¡Y con razón! Cuando pienso en su larga serie de
éxitos, me quedo de veras maravillado. ¡No creo que sepa usted lo que es un
fracaso!
- ¡El que pudiera decir esto sería un bromista o un ejemplar
fuera de serie!
- No, hablo en serio. ¿Ha fracasado alguna vez?
- Innumerables veces, amigo mío. ¿Qué se imaginaba? No se puede
tener siempre la bonne chance. A veces he sido llamado demasiado tarde. Muy a
menudo alguien, empeñado en alcanzar la misma meta, ha dado primero con la
solución. Por dos veces caí enfermo cuando estaba a punto de alcanzar el éxito.
Se tiene que apechugar con los malos momentos, amigo mío.
- No quería decir esto exactamente - repuse -. Me refería a si
alguna vez ha fracasado por culpa suya.
- ¡Ah, comprendo! ¿Me pregunta si alguna vez me he comportado
como el “rey de los asnos ¿cómo dicen ustedes por estas tierras? Una vez, amigo
mío... - Una sonrisa lenta y meditativa se reflejó en su rostro -. Sí, una vez
hice el ridículo.
Se irguió súbitamente en su butaca.
- Mire, amigo mío, sé que guarda un archivo de mis modestos
éxitos. Podrá añadir una historia más a la colección: ¡la historia de un
fracaso!
Se inclinó y echó un leño al fuego. Luego, tras haberse frotado
las manos con el paño que colgaba de un clavo junto a la chimenea, se acomodó
de nuevo y empezó su relato.
- Lo que le cuento - dijo Monsieur Poirot - ocurrió en Bélgica
hace muchos años. Fue en la época de la terrible lucha entre la Iglesia y el
Gobierno francés. El señor Paul Déroulard era un brillante diputado francés. Se
daba por descontado que le nombrarían ministro. Era el más acérrimo militante
del partido anticatólico, y cuando subiera al poder tendría que enfrentarse a
enemigos poderosos. En muchos aspectos era un hombre peculiar. Aunque no bebía
ni fumaba, no siempre se mostraba tan escrupuloso en otros sentidos. Me
entiende, Hastings, c’était des femmes, toujours des femmes!
Algunos años antes se había casado con una damita de Bruselas
que aportó una dote sustanciosa. Indudablemente el dinero le fue útil en su
carrera, pues su familia no era rica, aunque, por otra parte, podía usar el
título de Monsieur le Barón si le daba la gana. El matrimonio no tenía hijos, y
su mujer falleció al cabo de dos años... a consecuencia de una caída en la
escalera. Entre las propiedades que le legó su esposa figuraba una casa en la
Avenida Louise, de Bruselas.
Fue en esta casa donde él murió repentinamente, coincidiendo el
luctuoso suceso con la dimisión del ministro cuya cartera tenía que heredar. Su
muerte repentina, ocurrida por la noche, después de la cena, fue atribuida a un
fallo cardíaco.
Por aquel entonces, mon ami, como usted sabe, yo formaba parte
de la Brigada de Investigación belga. La muerte del señor Paul Déroulard no
ofrecía ningún interés particular para mí. Soy, como sabe muy bien, bon
catholique, y su óbito me pareció oportuno.
Fue tres días después, recién comenzadas mis vacaciones, cuando
recibí la visita... de una dama; su rostro estaba cubierto por un tupido velo,
pero evidentemente era muy joven; y enseguida percibí que se trataba de une
jeune fille tout... fait comme il faut.
- ¿Es usted Monsieur Hércules Poirot? - me preguntó en voz baja
y armoniosa.
Me incliné en una leve reverencia.
- ¿De la Brigada de Investigación?
Me incliné nuevamente.
- Tome asiento, mademoiselle, por favor - le dije, acercándole
una silla.
Aceptó y se levantó el velo. Su rostro era encantador, aunque
desfigurado por las lágrimas y por una expresión de continua angustia.
- Monsieur - dijo ella -. Tengo entendido que está de
vacaciones. Por tanto estará libre para poder hacerse cargo de un caso de
índole particular. Comprenda que no deseo que intervenga la policía.
Meneé la cabeza.
- Me temo que lo que me pide sea imposible, mademoiselle. Aunque
esté de vacaciones sigo perteneciendo a la policía.
Ella se inclinó hacia adelante.
- Écoutez, Monsieur. Todo cuanto le pido es que investigue.
Queda usted en absoluta libertad de comunicar el resultado de sus
investigaciones a la policía. Si lo que me imagino resulta ser cierto,
necesitaremos de toda la maquinaria de la ley.
Esto cambiaba en cierta manera el cariz del asunto y me puse sin
más a su disposición.
Un suave color rosado coloreó sus mejillas.
- Gracias, Monsieur. Lo que pretendo que usted investigue es la
muerte del señor Paul Déroulard.
- ¿Comment? - exclamé, sorprendido.
- Monsieur, no tengo nada en que apoyarme... nada, salvo mi
instinto femenino, pero estoy convencida, le repito, convencida, ¡de que el
señor Déroulard no falleció de muerte natural!
- Sin embargo, seguramente los médicos...
- Los médicos pueden estar equivocados. Era tan robusto, tan
fuerte. Ah, Monsieur Poirot, le suplico que me ayude...
La pobre niña estaba casi fuera de sí. Se habría hincado de
rodillas ante mí. La calmé lo mejor que supe.
- Le ayudaré, mademoiselle. Casi le aseguraría que sus temores
son infundados, pero ya veremos. Primero, le ruego que me describa a los
residentes de la casa.
- Están, claro, las sirvientas: Jeannette, Félicie y la cocinera
Denise. Ésta hace muchos años que sirve en la casa; las otras son muchachas
venidas del campo.
También contamos con François, pero también él es un antiguo
criado. Luego la madre de Monsieur Déroulard, que vivía con él, y yo misma. Me
llamo Virginie Mesnard. Soy prima, pobre, de la difunta madame Déroulard, la
esposa del señor Paul, y he convivido con ellos durante más de tres años.
Además, en la casa teníamos a dos invitados.
- ¿Quiénes eran?
- El señor de Saint Alard, un vecino del señor Déroulard en
Francia. Y un amigo inglés, el señor John Wilson.
- ¿Siguen todavía con ustedes?
- El señor Wilson sí, pero el señor Saint Alard partió ayer.
- ¿Y cuál es su plan, mademoiselle Mesnard?
- Si quiere puede presentarse en casa dentro de media hora;
habré preparado una excusa para justificar su presencia. Creo que lo mejor es
hacerle pasar por una persona más o menos relacionada con el periodismo. Diré
que ha venido de París, con una tarjeta de presentación de parte del señor de
Saint Alard. Madame Déroulard está muy delicada de salud y apenas prestará
atención a los detalles.
Gracias al ingenioso pretexto de mademoiselle fui admitido en la
casa, y tras una breve entrevista con la madre del diputado fallecido, una
señora de magnífica presencia y porte aristocrático, aunque era evidente su
precaria salud, se puso la casa a mi disposición. Me pregunto, amigo mío -
prosiguió Poirot -, si puede hacerse una idea de las dificultades de mi tarea.
Se trataba de un hombre cuya muerte había ocurrido hacía tres días. Si hubo en
ella juego sucio, sólo cabía una posibilidad: ¡veneno! Y yo no había tenido
ocasión de ver el cadáver, ni existía posibilidad de examinar, o analizar,
ningún objeto con el cual se hubiera podido administrar el veneno. No se tenían
indicios, falsos o no, que considerar. ¿Le habían envenenado? ¿Había fallecido
de muerte natural? Yo, Hércules Poirot, sin nada en que basarme, tenía que
decidir.
Primero, me entrevisté con los sirvientes, y con su ayuda
recapitulé los sucesos de aquella noche. Presté especial atención a la comida
servida en la cena, y el modo en se sirvió. La sopa la había distribuido el
mismo señor Déroulard de una sopera. Luego una fuente de chuletas y después un
pollo. Por último una compota de frutas. Y todo dispuesto encima de la mesa, y
servido por el propio señor Déroulard. Trajeron el café a la misma mesa donde
cenaron, en una cafetera. Por tanto, mon ami... ¡imposible envenenar a uno sin
envenenarlos a todos!
Después de la cena madame Déroulard se retiró a sus aposentos en
compañía de mademoiselle Virginie. Los tres hombres, tras pasar al estudio del
señor Déroulard, estuvieron charlando amigablemente durante un rato. De
repente, sin más, el diputado cayó pesadamente al suelo. El señor de Saint
Alard salió precipitadamente de la estancia para ordenar a François que
corriera en busca de un médico. Dijo que sin duda se trataba de una apoplejía,
explicó el criado. Pero cuando el doctor llegó, el señor Déroulard había
fallecido.
El señor John Wilson, a quien fui presentado por mademoiselle
Virginie, era lo que en aquella época se tenía como el prototipo del inglés
corriente, un John Bull de edad madura y corpulento. Su versión, expuesta en un
francés con marcado acento británico, fue sustancialmente la misma: “Déroulard
enrojeció repentinamente y cayó al suelo”.
Por ese lado no se podía encontrar nada más. A continuación me
dirigí al escenario de la tragedia, el estudio, y a petición mía me dejaron
solo. Hasta aquí no había nada que sustentara la teoría de mademoiselle
Mesnard. Lo único que cabía pensar es que se trataba de una idea sin fundamento
de la joven. Evidentemente había profesado una romántica pasión por el difunto,
lo cual le impedía considerar el caso desde un punto de vista normal.
A pesar de ello, registré el estudio con gran minuciosidad.
Entraba dentro de lo posible que hubieran introducido en el sillón del muerto
una aguja hipodérmica dispuesta de forma que la víctima recibiera un pinchazo
fatal. La diminuta marca dejada, probablemente pasaría inadvertida. Pero no
pude descubrir ningún indicio que apoyara esta teoría. Me dejé caer en la
butaca con un gesto de desesperación.
- En fin, ¡abandono! - exclamé en voz alta -. ¡No hay ningún
indicio! Todo es perfectamente normal.
Mientras pronunciaba estas palabras mi vista se detuvo en una
caja de bombones situada en una mesa contigua, y el corazón me dio un salto.
Podía no ser un indicio relacionado con la muerte del señor Déroulard, pero por
lo menos allí existía algo que no era normal. Levanté la tapa. La caja estaba
llena, sin tocar; no faltaba ni un bombón... pero eso hacía aún más notable la
peculiaridad que habían captado mis ojos.
Pues, sepa usted, Hastings, que la caja era de color rosa, pero
la tapa era azul. Ahora bien, a veces se puede ver una caja rosa adornada con
un lazo azul, o al revés, pero la caja de un color y la tapa de otro... no,
decididamente no... ne se voi jamais!
Todavía no percibía si aquel pequeño incidente podía serme de
alguna utilidad, sin embargo resolví investigarlo por el mero hecho de que se
salía de lo corriente. Pulsé el timbre para que acudiera François, y le
pregunté si a su difunto señor le gustaban los bombones. Una leve sonrisa
melancólica afloró a sus labios.
- Le apasionaban, Monsieur. Siempre tenía una caja de bombones
en casa. No tomaba vino de ninguna clase, sabe usted?
- No obstante, esta caja está intacta. - levanté la tapa para
que lo viera.
- Perdone, Monsieur, pero esta caja es nueva, adquirida el día
de su muerte, pues la otra estaba casi acabada.
- Así la otra caja se terminó el día de su muerte - dije
lentamente.
- Sí, Monsieur, la encontré vacía por la mañana y la tiré.
- ¿El señor Déroulard comía bombones a cualquier hora del día?
- Habitualmente después de cenar, Monsieur.
Empecé a ver claro.
- François - dije -, ¿sabe ser discreto?
- Si es necesario, sí, Monsieur.
- ¡Bon! Sepa, entonces, que soy de la policía. ¿Puede
encontrarme la otra caja?
- Sin duda, Monsieur. Estará en el cubo de la basura.
Salió, y al cabo de pocos momentos regresaba con un objeto
cubierto de polvo. Era el duplicado de la caja que yo sostenía excepto por el
hecho de que ahora la caja era azul y la tapa rosa. Di las gracias a François,
encareciéndole una vez más que se mostrara discreto, y abandoné la casa de la
Avenue Louise precipitadamente.
Acto seguido fui a visitar al doctor que asistió al señor
Déroulard. Mi entrevista con él no fue nada fácil. Se parapetó tras un muro de
docta fraseología, pero tuve la impresión de que no estaba tan seguro del caso
como pretendía.
- Han ocurrido infinidad de incidentes de este tipo - dijo, tras
haber logrado que se confiara un poco. Un repentino acceso de furor, una
emoción violenta, tras una copiosa cena, c’est entendu, entonces, con el
berrinche, la sangre fluye a la cabeza, quizás... ¡ya está!
- Pero el señor Déroulard no fue presa de ninguna emoción
violenta.
- ¿No? Me cercioré de que había sostenido un tremendo altercado
con el señor de Saint Alard.
- ¿A qué se debió?
- C’est évident! - el doctor se encogió de hombros -. ¿Acaso el
señor de Saint Alard no era un católico fanático? La amistad que existía entre
ambos se resentía por causa de esa cuestión entre Iglesia y Estado. No pasaba
un día sin que surgieran discusiones. Para el señor de Saint Alard, su amigo
Déroulard casi le parecía el Anticristo.
Esto era inesperado y me dio materia para reflexionar.
- Una pregunta más, doctor: ¿sería posible introducir una dosis
fatal de veneno en un bombón?
- Es posible, supongo - dijo el doctor lentamente -. Ácido
prúsico puro sería lo adecuado, siempre que no hubiera posibilidad de
evaporación, y una diminuta píldora de cualquier cosa podría ser tragada sin
notarla... pero no me parece plausible. Un bombón lleno de morfina o de
estricnina... - Hizo una mueca -. Comprenda, señor Poirot, ¡bastaría un
mordisco! La persona engañada no podría permitirse hacer cumplidos.
- Gracias, Monsieur le docteur.
Salí. Luego hice averiguaciones en varias farmacias, sobre todo
en aquellas que se hallaban cerca de la Avenue Louise. Es estupendo pertenecer
a la policía. Obtuve la información que deseaba sin ninguna dificultad. Sólo en
un caso me respondieron haber despachado un veneno destinado a la casa en
cuestión. Se trataba de unas gotas para los ojos, compuestas de sulfato de
atropina, para la señora Déroulard. La atropina es un veneno poderoso, y por un
instante me sentí optimista, pero los síntomas de un envenenamiento por
atropina son muy semejantes a los causados por ptomaína, y no se asemejan en
nada a los que estaba estudiando. Además, la receta databa de mucho tiempo
atrás. Madame Déroulard sufría de cataratas en ambos ojos desde hacía muchos
años.
Descorazonado, ya me iba cuando la voz del farmacéutico me hizo
retroceder.
- Un momento, Monsieur Poirot. Ahora recuerdo que la chica que
trajo esa receta comentó algo acerca de que tenía que acercarse a la farmacia
inglesa. Puede intentar allí.
Así lo hice. Imponiendo una vez más mi jerarquía oficial, obtuve
la información que quería. La víspera de la muerte del señor Déroulard habían
despachado una receta para el señor John Wilson. El medicamento no necesitaba
ser preparado. Simplemente consistía en unos comprimidos de trinitrina.
Pregunté si podía ver algunos. El farmacéutico me los mostró y sentí que el
corazón me latía más aprisa... pues los comprimidos eran como de chocolate.
- ¿Es un veneno? - inquirí.
- No, Monsieur.
- ¿Puede usted describirme sus efectos?
- Baja la tensión arterial. Son adecuados para algunos tipos de
dolencias cardíacas, angina de pecho por ejemplo. Son vasodilatadores. En la
arteriosclerosis...
Le interrumpí.
- ¡Ma foi! Todo ese galimatías no me aclara nada. ¿Hace que la
cara se ponga colorada?
- Ciertamente.
- Y suponiendo que yo tomara diez o veinte de esos pequeños
comprimidos, ¿qué pasaría?
- No le aconsejaría que lo hiciese - replicó secamente.
- Y sin embargo, ¿dice que no es un veneno?
- Existen muchísimas cosas a las que no llamamos veneno y sin
embargo pueden matar a un hombre – replicó en el mismo tono seco de antes.
Salí de la farmacia alborozado. ¡Por fin las cosas empezaban a
marchar!
A hora sabía que John Wilson dispuso del medio adecuado para
cometer el crimen, pero ¿y respecto al móvil?
Se había trasladado a Bélgica por negocios, y pidió al señor
Déroulard, al que no conocía mucho, que le hospedara. Aparentemente no existía
ninguna razón para que la muerte de Déroulard le beneficiara. Por otra parte,
por unas investigaciones que hice en Inglaterra, descubrí que desde años atrás
padecía de esa dolorosa enfermedad cardiaca llamada angina de pecho. Por tanto,
era lógico que poseyera esos comprimidos. Sin embargo, yo estaba convencido de
que alguien había tocado la caja de bombones, tras abrir primero, por error, la
caja llena. Luego de haber vaciado el último bombón lo llenó con los
comprimidos de trinitrina. Los bombones eran de gran tamaño. Estaba seguro de
que habían puesto de veinte a treinta comprimidos. Pero ¿quién lo hizo?
En la casa había dos invitados. John Wilson tuvo el medio. Saint
Alard el móvil. Recuerde, era un fanático, y no hay peor fanático que el
religioso. ¿Pudo él, por algún medio, hacerse con la trinitrina de John Wilson?
Entonces se me ocurrió otra pequeña idea. ¡Ah! ¡Se sonríe usted
de mis pequeñas ideas! ¿Por qué Wilson se había quedado sin trinitrina?
Seguramente trajo consigo de Inglaterra una adecuada cantidad. Una vez más
visité la casa de la Avenue Louise.
Wilson se hallaba ausente, pero hablé con Félicie, la chica
encargada de hacerle la habitación. Le pregunté de improviso si era cierto que
al señor Wilson se le había extraviado en los últimos días un frasco en su
lavabo. La chica contestó con vehemencia. Era totalmente cierto. Incluso le
echaron la culpa a ella. Por lo visto, el caballero inglés creía que ella lo
había roto y no quería confesarlo, pero la verdad era que ni siquiera lo tocó.
Sin duda la culpable era Jeannette... siempre metiendo las narices donde no le
llamaban...
Tras conseguir que callara me despedí. Sabía todo cuanto quería
conocer. Me tocaba a mí patentizar la evidencia del caso. Tenía la corazonada
de que no resultaría fácil. Yo podía estar seguro de que Saint Alard había
hecho desaparecer el frasco de trinitrina del lavabo de John Wilson, pero para
convencer a los demás necesitaría aportar pruebas. ¡Y no tenía ninguna!
¡No importa! Sabía... eso era lo importante. ¿Recuerda nuestros
problemas en el caso Styles, Hastings? También en aquel caso sabía... pero me
llevó mucho tiempo encontrar el último eslabón que completara mi cadena de
pruebas contra el asesino.
Solicité una entrevista con la señorita Mesnard. Acudió
enseguida. Le pedí la dirección del señor de Saint Alard.
Una mirada de inquietud ensombreció el rostro de la joven.
- ¿Para qué la quiere, Monsieur?
- Mademoiselle, me es necesaria.
Parecía vacilante... turbada.
- No puede decirle nada. Es un hombre cuyos pensamientos no son
de este mundo.
Apenas se da cuenta de lo que ocurre a su alrededor.
- Posiblemente, mademoiselle. No obstante, era un viejo amigo
del señor Déroulard. Quizá pueda informarme de algunas cosas... cosas del
pasado... acerca de viejos rencores... de antiguas intrigas amorosas.
La muchacha se ruborizó y se mordió el labio.
- Como quiera... pero... pero... Ahora tengo el convencimiento
de que estaba equivocada. Fue muy amable por su parte acceder a mi petición,
pero entonces estaba trastornada... casi enloquecida. Ahora me doy cuenta de
que no existe ningún misterio que esclarecer. Déjelo, se lo ruego, Monsieur.
La miré fijamente.
- Mademoiselle - dije -, a veces a un perro le resulta difícil
encontrar un rastro, pero cuando lo ha encontrado, ¡nada en este mundo se lo
hará dejar! Es decir, ¡si es un buen perro! Y yo, mademoiselle, yo, Hércules
Poirot, lo soy.
Sin proferir palabra salió de la estancia. Unos minutos más
tarde regresó con la dirección anotada en una hoja de papel. Abandoné la casa.
François me esperaba en la calle. Me miró con ansiedad.
- ¿Hay noticias, Monsieur?
- Ninguna todavía, amigo mío.
- ¡Ah! ¡Pauvre Monsieur Déroulard! - suspiró -. Yo también
compartía sus ideas. No me gustan los curas. Pero no diría algo así en la casa.
Todas las mujeres son muy devotas... y quizá sea mejor. Madame est tris
pieuse... et mademoiselle Virginie Aussi.
¿Mademoiselle Virginie? ¿Ella tras pieuse? Al recordar aquel
rostro apasionado bañado en lágrimas de nuestra primera entrevista me extrañó.
Tras haber obtenido la dirección del señor de Saint Alard no
perdí el tiempo.
Llegué a las inmediaciones de su castillo en las Árdenas, pero
tuve que aguardar varios días hasta dar con el pretexto que me permitiese la
entrada en la casa. Al final lo conseguí. ¿Se imagina cómo? ¡Pues nada menos
que como fontanero, mon ami! Fue cuestión de un momento provocar un pequeño
escape de gas en su dormitorio. Salí en busca de mis herramientas y tuve buen
cuidado de volver con ellas a una hora en que me constaba que tendría el campo
libre. Casi ni yo mismo sabía lo que buscaba. No creía en la posibilidad de
encontrar algo comprometedor. Él jamás habría corrido el riesgo de guardarlo.
Con todo, cuando vi un armario, cerrado, encima del lavabo no
pude resistir la tentación de saber lo que contenía. Fue un juego de niños
abrirlo con una ganzúa. Al abrir la puerta descubrí que estaba repleto de
viejos frascos. Los inspeccioné uno a uno con mano temblorosa. De repente
proferí un grito. Imagínese, amigo mío, tenía en la mano un frasquito con la
etiqueta de una farmacia inglesa, en la que figuraba escrito:
COMPRIMIDOS DE TRINITRINA. TOMAR UNO EN CASO NECESARIO. MR. JOHN
WILSON.
Dominando mi emoción, cerré el armarito, guardé el frasco en mi
bolsillo ¡y me puse a reparar el escape de gas! Se ha de ser metódico. Luego
abandoné el castillo y tomé el primer tren que salía para mi país. Llegué a
Bruselas muy avanzada la noche.
A la mañana siguiente estaba redactando un informe para el
préfet cuando me pasaron una nota. Provenía de la anciana madame Déroulard,
requiriéndome a que me personara sin demora en la casa de la Avenue Louise.
Me abrió la puerta François.
- Madame la baronne le espera.
Me condujo a sus aposentos. Se hallaba sentada majestuosamente
en una amplia butaca. Ni rastro de mademoiselle Virginie.
- Monsieur Poirot - dijo la anciana señora -. Acabo de enterarme
de que usted no es lo que pretende aparentar. Es un funcionario de la policía.
- Eso es, madame.
- ¿Vino a mi casa para investigar las circunstancias de la
muerte de mi hijo?
Repliqué nuevamente:
- Eso es, madame.
- Me complacería saber si ha hecho algún progreso.
Titubeé.
- Primero me gustaría saber cómo se ha enterado de todo ello,
madame.
- Por alguien que ya no es de este mundo.
Sus palabras, y el modo ensimismado en que fueron proferidas, me
heló el corazón.
Fui incapaz de articular una respuesta.
- Por tanto, Monsieur, le ruego encarecidamente que me informe
con la máxima exactitud de los progresos que ha hecho en su investigación.
- Madame, mi investigación ha terminado.
- ¿Mi hijo?
- Le mataron deliberadamente.
- ¿Sabe usted quién lo hizo?
- Sí, madame.
- ¿Quién, entonces?
- El señor de Saint Alard.
La anciana señora negó con la cabeza.
- Está en un error. El señor de Saint Alard es incapaz de un
crimen semejante.
- Tengo en mis manos las pruebas.
- Le encarezco una vez más que me lo cuente todo.
En esta ocasión obedecí, examinando paso a paso el camino que me
condujo hasta el descubrimiento de la verdad. Ella me escuchaba atentamente. Al
final movió la cabeza asintiendo.
- Sí, sí, todo es como usted dice, excepto en una cosa. No fue
el señor de Saint Alard quien mató a mi hijo. Fui yo, su madre.
La miré con asombro. Ella continuó asintiendo con la cabeza.
- He hecho bien en mandarle llamar. Es la Providencia del buen
Dios el que Virginie me haya contado lo que hizo antes de partir al convento.
¡Escuche, Monsieur Poirot! Mi hijo era un mal hombre. Perseguía a la Iglesia.
Llevaba una vida pecaminosa. Y con él arrastraba a otras almas. Pero aún había
cosas peores. Una mañana, al salir de mi cuarto, en esta misma casa, percibí a
mi nuera de pie en lo alto de la escalera. Estaba leyendo una carta. Vi como mi
hijo se deslizaba hasta situarse a sus espaldas. Un rápido empujón, y ella, su
mujer, rodó escaleras abajo; su cabeza chocó contra los peldaños de mármol.
Cuando la recogieron, estaba muerta. Mi hijo era un asesino, y sólo yo, su
madre, lo sabía.
Cerró los ojos por un instante.
- No puede imaginarse, Monsieur, mi agonía, mi desesperación.
¿Qué hacer? ¿Denunciarlo a la policía? No me atrevía a hacerlo. Era mi deber,
pero mi carne era débil. Además, ¿me creerían ellos? La vista me fallaba desde
hacía algún tiempo... argumentarían que me había equivocado. Guardé silencio.
Pero mi conciencia me remordía. Callándome, yo también era una asesina. Mi hijo
heredó la fortuna de su esposa. Prosperó, subió como la espuma. Y ahora le iban
a nombrar ministro.
Perseguiría aún con más fuerza a la Iglesia. Y además estaba
Virginie. La pobrecita niña, piadosa por naturaleza, se sentía fascinada por
él. Mi hijo poseía un extraño y terrible poder sobre las mujeres. Vi lo que iba
a ocurrir. Me sentía impotente para impedirlo. Él no abrigaba ninguna intención
de casarse con Virginie. Llegó el momento en que la pobre se hallaba dispuesta
a entregarse totalmente a su capricho.
Entonces vi claramente mi camino. Era mi hijo. Yo le había dado
la vida. Yo era responsable de sus actos. ¡Antes había destruido el cuerpo de
una mujer, ahora iba a destruir el alma de otra! Entré en la habitación del
señor Wilson y me apoderé del frasco de comprimidos. Una vez, bromeando,
comentó que contenía suficientes comprimidos para matar a un hombre. Fui al
estudio y abrí la gran caja de bombones que siempre tenía sobre la mesa. Por
error abrí la caja sin empezar. La otra se hallaba también encima de la mesa.
Sólo quedaba en ella un bombón. Eso simplificaba las cosas. Nadie comía
bombones salvo mi hijo y Virginie. Aquella noche retendría a la joven a mi
lado. Todo sucedió tal como lo había planeado...
Hizo una breve pausa, cerrando los ojos un momento. Volvió a
abrirlos lentamente.
- Monsieur Poirot, estoy en sus manos. Me dicen que no me quedan
muchos días de vida. Estoy dispuesta a rendir cuentas por mi acto ante el buen
Dios. ¿Debo también rendirlas aquí, en la tierra?
Vacilé.
- Pero el frasco vacío, madame - dije a fin de ganar tiempo -,
¿cómo se explica que estuviera en posesión del señor de Saint Alard?
- Cuando vino a despedirse de mí, Monsieur, se lo puse dentro
del bolsillo. No sabía cómo deshacerme del frasquito. Estoy tan enferma que no
puedo moverme mucho sin ayuda, y de encontrarlo vacío en mis aposentos podía
levantar sospechas. Comprenda, Monsieur... - se irguió majestuosamente - ¡que
no fue con la intención de involucrar al señor de Saint Alard! Ni me pasó por
la imaginación. Me figuré que su criado, al encontrar un frasco vacío, lo
tiraría sin darle mayor importancia.
Incliné la cabeza.
- Lo comprendo, madame - dije.
- ¿Y cuál es su decisión, Monsieur?
Su voz era firme y segura, la cabeza erguida, como siempre. Me
puse en pie.
- Madame - dije -, tengo el honor de desearle buenos días. He
llevado a cabo mis investigaciones... ¡y he fracasado! El asunto está cerrado.
Durante un momento Poirot guardó silencio, luego dijo
quedamente:
- Ella murió justo una semana después. Mademoiselle Virginie
pasó su noviciado y a su debido tiempo tomó las órdenes. Ésa, amigo mío, es la
historia. Debo admitir que hice un triste papel.
- ¡Pero si no fue un fracaso! - objeté -. ¿Qué podía pensar
dadas las circunstancias?
- Ah, sacré, mon ami - exclamó Poirot, recobrando de pronto su
vivacidad -. ¿Es que no lo ve usted? ¡Fui treinta y seis veces imbécil! Mis
células grises no funcionaron.
Durante todo el tiempo tuve en mis manos la verdadera pista.
- ¿Qué pista?
- ¡La caja de bombones! ¿No lo ve? ¿Habría cometido semejante
error una persona que viera perfectamente? Sabía que madame Déroulard tenía
cataratas... lo supe por las gotas de atropina. Sólo había una persona en la
casa cuya visión defectuosa le impidiera ver qué tapa tenía que colocar. Fue la
caja de bombones lo que me puso sobre la pista, y sin embargo, durante toda la
investigación, no supe darme cuenta de su verdadero significado. Y también
fallaron mis dotes de psicólogo. De haber sido el señor de Saint Alard el
criminal jamás hubiera conservado en su poder un frasco comprometedor.
Encontrarlo era una prueba de su inocencia. Sabía ya por mademoiselle Virginie
que era un hombre muy abstraído. ¡En conjunto fue un caso desdichado el que
acabo de referirle! Esta historia sólo se la he contado a usted.
Compréndame, ¡no hago un buen papel en ella! Una anciana comete
un crimen tan sencilla y hábilmente que yo, Hércules Poirot, me equivoco por
completo. ¡Sapristi! ¡Es irritante pensar en ello! Olvídelo. O no...
recuérdelo; y si en cualquier momento cree que me estoy volviendo
presuntuoso... no es probable, pero podría darse el caso.
Disimulé una sonrisa.
- Eh, bien, usted me dirá “caja de bombones”. ¿De acuerdo?
- ¡Trato hecho!
- Después de todo - dijo Poirot - ¡fue una experiencia! ¡Yo, que
indudablemente poseo en la actualidad el mejor cerebro de Europa, puedo
permitirme ser magnánimo!
- Caja de bombones - murmuré suavemente.
- ¿Pardon, mon ami?
Mientras Poirot se inclinaba hacia mí con una expresión
interrogante miré su rostro inocente y mi corazón se conmovió. A menudo me
había hecho sufrir, pero yo, aunque no poseyera el mejor cerebro de Europa,
¡también podía permitirme ser magnánimo!
- Nada - mentí, y encendí otra pipa, sonriéndome para mis
adentros.
******
El robo de los planos del submarino
Un muchacho mensajero trajo una carta que Poirot leyó en
silencio, y mientras leía asomaba a sus ojos el brillo del interés y de la
emoción. Después de despedir al mensajero con breves frases, se volvió a
mirarme.
- Corra, amigo, haga la maleta. Nos vamos a Sharples.
Yo di un salto al oírle mencionar la famosa residencia campestre
de lord Alloway.
Presidente del recién formado Ministerio de Defensa, lord
Alloway era miembro distinguido del Gabinete.
Con el nombre de sir Ralp Curtis, director de una gran empresa
de ingeniería, había pasado por la Cámara de los Comunes y se decía ahora de él
que era un hombre de porvenir y que probablemente se le llamaría a formar
Ministerio en el caso de que resultasen fundados los rumores que corrían del
mal estado de salud de mister David Mac Adam.
Un hermoso Rolls Royce nos aguardaba a la puerta y mientras
corríamos en la oscuridad, abrumé con mis preguntas a Poirot.
- Son más de las once - le dije -. ¿Para qué nos llaman a esta
hora avanzada de la noche?
Poirot meneó la cabeza.
- Debe tratarse de algo muy urgente, sin ninguna duda - repuso.
- Recuerdo - expliqué - que la conducta seguida por Ralp Curtis
con relación a determinadas acciones dio lugar a un escándalo formidable. Al
final se le declaró inocente de la acusación que se le dirigía, pero es
improbable que vuelva a repetirse ahora el hecho, o que haya sucedido algo por
el estilo.
- No creo que me llamasen, aunque así fuera, a hora tan
intempestiva - repuso mi amigo.
Callé porque tenía razón y continuamos el viaje en medio del
mayor silencio. Una vez fuera de la ciudad, el coche redobló la velocidad y en
menos de lo que se cuenta llegamos a Sharples.
Un mayordomo, vestido de pontifical, nos condujo al punto al
pequeño estudio donde nos aguardaba lord Alloway. Al vernos, el digno caballero
se puso en pie de un salto, lleno de vigor y de vitalidad.
- Encantado de volver a verle, Monsieur Poirot - dijo a mi amigo
-. Ésta es la segunda vez que necesita el Gobierno de sus servicios. Recuerdo
muy bien lo que hizo por nosotros durante la guerra y cómo logró liberar al
Primer Ministro de su secuestro, verificado de manera tan hábil. Sus magníficas
deducciones y su descripción, permítame que lo diga así, despejaron la
situación.
Poirot parpadeó un poco.
- ¿Puedo deducir de esto, milord, que va a ofrecerme la solución
de un caso parecido?
- Sí, señor. Sir Harry y yo... oh, permítame que les presente.
Sir Harry Weardale, Primer Lord del Almirantazgo... Monsieur Poirot... y el
capitán...
- Hastings - dije yo.
- He oído hablar de usted con elogio, Monsieur Poirot - dijo sir
Harry estrechándonos la mano -. Nos encontramos frente a un problema insoluble
al parecer, y si acierta usted a resolverlo le quedaremos por siempre
extraordinariamente agradecidos.
El Primer Lord del mar era un marino, cuadrado de hombros, de la
antigua escuela, que se granjeó al punto toda mi simpatía.
Poirot les dirigió una mirada de interrogación y Alloway se
encargó de darles las explicaciones necesarias.
- Ante todo, Monsieur Poirot, dése cuenta de que todo lo que voy
a decirle es confidencial. Acabamos de sufrir una pérdida muy grave. Nos han
robado los planos del nuevo submarino tipo Z.
- ¿Cuándo?
- Esta misma noche, hará cosa de unas tres horas. Supongo que se
dará cuenta de la magnitud del desastre, porque es esencial que no se divulgue
la noticia de esta pérdida. Mis huéspedes, en estos momentos, son aquí, el
almirante, su mujer y su hija y mistress Conrad, una dama muy conocida de la
alta sociedad. Las señoras se retiraron temprano a descansar... sobre las diez
si mal no recuerdo, lo mismo que mister Leonard Meardale. Sir Harry estaba aquí
porque quería hablar conmigo de la construcción de este nuevo tipo de
submarino. De acuerdo con esto rogué a mister Fitzroy, mi secretario, que
sacara los planos de la caja que ve ahí, en el rincón, y que los ordenara junto
con varios documentos diversos que tratan del asunto que traemos entre manos.
“Mientras obedecía mis instrucciones, el almirante y yo nos
paseábamos por la terraza, fumando y disfrutando del aire tibio de junio.
Cuando concluimos de fumar y de charlar decidimos tratar de negocios. Cuando
dimos media vuelta, en el extremo opuesto de la terraza, yo creí ver una sombra
salir de aquí por la puerta... ventana, cruzar la terraza y desaparecer. Sin
embargo, no presté gran atención al hecho. Sabía que Fitzroy estaba aquí, en
esta misma habitación, y no me pasó por las mientes que pudiera haber ocurrido
nada desagradable. Creí mal, naturalmente. Bien, volviendo sobre nuestros
pasos, como ya he dicho, entramos en el estudio por la puerta de la terraza en
el mismo momento en que entraba Fitzroy por el vestíbulo.
“- ¿Tiene ya preparado todo lo que necesitamos, Fitzroy? -
pregunté.
“- Sí, lord Alloway - me contestó -. He dejado los papeles
encima de la mesa.
“Dicho esto nos dio las buenas noches. Se dispuso a retirarse a
su habitación.
“- ¡Un momento! - exclamé acercándome a la mesa -. Voy a ver si
está todo lo que he pensado.
“E hice un rápido examen de los papeles.
“- ¿Ve, Fitzroy? Se ha olvidado de lo más importante. ¡De los
planos del submarino!
“- Están encima de todo, lord Alloway.
“- Nada de eso, no están.
“Fitzroy avanzó unos pasos, aturdido. La cosa parecía increíble.
Examinamos todos los documentos que había sobre la mesa; buscamos dentro de la
caja de caudales; pero al fin tuvimos que convencernos de que los planos habían
desaparecido en el corto espacio de tres minutos en que Fitzroy se ausentó de
la habitación.
- ¿Por qué salió de ella? - interrogó vivamente intrigado
Poirot.
- Eso mismo le pregunté yo - exclamó sir Harry.
- Según parece - explicó lady Alloway - le sobresaltó un gemido
de mujer que oyó cuando acababa de poner en orden los papeles. Salió corriendo
al vestíbulo y encontró allí a la doncella francesa de mistress Conrad. La
muchacha estaba pálida y trastornada y dijo que acababa de ver a un fantasma, a
una alta figura de blanco que avanzaba sin hacer ruido. Fitzroy se rió de sus
temores y le recomendó, en lenguaje más o menos cortés, que no fuera necia.
Luego volvió a esta habitación en el momento mismo en que entrábamos por la
terraza.
- Todo está muy claro - dijo Poirot pensativo -. Únicamente cabe
preguntar: ¿Ha sido la doncella cómplice del robo? ¿Gimió de acuerdo con su
aliado que acechaba en la sombra o aguardaba en el exterior la ocasión de poder
llegar hasta aquí? Digo aliado, porque supongo que sería un hombre y ¿hombre
fue, verdad, no mujer lo que usted vio?
- No puedo decirlo, Monsieur Poirot. Era... una sombra.
Aquí el almirante emitió un resoplido tan significativo que no
dejó de llamar nuestra atención.
- Creo que el señor tiene algo que decir - manifestó con leve
sonrisa Poirot -. ¿Vio usted también a la sombra, sir Harry?
- No, no la vi... ni tampoco Alloway. Supongo que debió ver la
rama de un árbol agitada por el viento y luego, cuando descubrimos el robo,
dedujo que había visto pasar una sombra por la terraza. Su imaginación le gastó
una broma; eso es todo...
- Nadie ha dicho nunca que yo posea imaginación - dijo lord
Alloway con ligera sonrisa.
- ¡Bah! Todos la tenemos y todos somos capaces de convencernos
de que hemos visto más de lo que en realidad vimos. Yo me paso la vida en el
mar y tengo experiencia de estas cosas. Miraba, lo mismo que usted, delante de
mí y no vi nada en la terraza.
Parecía tan excitado, que Poirot se puso de pie y se acercó
vivamente a la puerta de cristales, dispuesto a centrar la cuestión.
- ¿Me permiten? - dijo -. Vamos a dejar sentado este punto si
nos es posible.
Salió a la terraza y todos le seguimos. Había sacado una lámpara
de bolsillo y paseaba la luz por el borde del césped que ornaba la terraza.
- ¿Por dónde cruzó la sombra, milord? - preguntó.
- Por delante de la puerta de cristales.
Poirot siguió manejando la luz unos minutos más, yendo y
viniendo de aquí para allá hasta que, finalmente, la apagó y enderezó el
cuerpo.
- Sir Harry tiene razón, usted se equivoca, milord - dijo
tranquilamente -. Ha llovido mucho durante toda la tarde y cualquiera que
hubiera hollado el césped hubiera dejado huella. Pero no he visto ninguna
pisada, absolutamente ninguna.
Sus ojos fueron del rostro de uno al del otro. Lord Alloway
parecía aturdido y poco convencido; el almirante expresó ruidosamente su
satisfacción.
- Sabía que no me equivocaba - declaró -. Siempre he tenido
buena vista.
Tenía un aspecto tan típico del honrado lobo de mar que sonreí
sin querer.
- Bien, esto concentra nuestra atención en los demás habitantes
de la casa – dijo Poirot sin alzar la voz-. Volvamos dentro. Veamos, milord:
mientras mister Fitzroy hablaba con la doncella en la escalera, ¿pudo alguien
aprovechar la ocasión para entrar en el estudio por el vestíbulo?
Lord Alloway meneó la cabeza.
- Es absolutamente imposible. Para hacerlo así hubiera tenido
que pasar por delante del secretario.
- ¿Está usted seguro de mister Fitzroy?
Lord Alloway se puso encarnado.
- En absoluto, Monsieur Poirot. Tengo en él completa confianza.
Es imposible que tenga nada que ver con este asunto.
- Todo parece tan imposible - le aseguró con acento seco mi
amigo - que lo más probable es que los planos desplegaran unas alas minúsculas
y que espontáneamente echasen a volar...
Poirot frunció los labios y sus carrillos asumieron la forma de
un cómico querubín.
- En efecto, todo parece imposible - declaró lord Alloway con
impaciencia -, pero le ruego, Monsieur Poirot, que no sueñe en sospechar de
mister Fitzroy. Suponiendo por un momento que hubiera deseado coger esos
planos, ¿no le hubiera sido más fácil sacar copia de ellos que tomarse el
trabajo de robarlos?
- Su observación es bien justa, milord - repuso Poirot con aire
de aprobación -, y ya veo que posee una inteligencia metódica y ordenada.
L’Anglaterre puede sentirse orgullosa de poseerle.
Esta súbita alabanza originó visible embarazo en lord Alloway y
Poirot volvió a nuestro asunto.
- Ustedes estuvieron sentados durante toda la noche en...
- ¿En el salón? Así es.
- Esa pieza tiene también puerta de cristales que da a la
terraza y recuerdo que ha dicho usted que salieron de ella por dicha puerta.
¿Sería posible que alguien les hubiera imitado y que volviera a entrar mientras
mister Fitzroy estaba fuera del estudio?
- No, porque en ese caso le hubiéramos visto - repuso el
almirante.
- No, si al dirigirse al otro extremo de la terraza volvían la
espalda.
- Fitzroy sólo estuvo fuera del estudio unos minutos, o sea lo
que nosotros tardamos en llegar al extremo de la terraza y volver.
- No importa... es una posibilidad... la única de que podemos
echar mano de momento.
- Pero cuando nosotros salimos del salón no quedó nadie más en
él - dijo el almirante.
- Pudo entrar después.
- ¿Quiere decir - manifestó lentamente lord Alloway - que cuando
Fitzroy oyó gritar a la doncella alguien que estaba escondido en el salón se
apresuró a salir tras él y luego entrar por la puerta de cristales y que sólo
dejó el salón cuando hubo vuelto al estudio Fitzroy?
- Mente metódica otra vez - dijo Poirot saludando -. Expresa
usted lo ocurrido perfectamente.
- ¿Quizá fue un criado?
- O un huésped. La que chilló fue la doncella de mistress
Conrad. ¿Qué sabe usted de esa señora?
Lord Alloway reflexionó un instante.
- Como ya he dicho, es muy conocida en la alta sociedad. Da
grandes fiestas y reuniones y va a todas partes. Pero en realidad nadie sabe de
dónde sale, ni conoce su vida pasada. Es una señora que frecuenta el domicilio
de los diplomáticos, así como los círculos del Ministerio de Asuntos Exteriores
lo más posible. El Servicio Secreto se pregunta: “¿Por qué?”.
- Comprendo - dijo Poirot -. ¿Y la han invitado a pasar con
ustedes el fin de semana?
- Sí, al objeto de... ¿cómo diría yo... ?, de poder observarla
más de cerca.
- ¡Parfaitement! Es posible, no obstante, que se le vuelva la
tortilla, como suele decirse.
En el rostro de lord Alloway se pintó la consternación y Poirot
continuó:
- Dígame, milord, ¿usted o el almirante han hecho alusión,
delante de ella, de lo que pensaban hacer?
- Sí - confesó Alloway -. Sir Harry dijo: “¡Y ahora a trabajar
en nuestro submarino!” o algo parecido. Los demás invitados estaban ya en el
salón, pero mistress Conrad había vuelto para buscar un libro.
- Comprendo - murmuró Poirot pensativo -. Milord, es muy tarde,
pero el caso urge.
Me gustaría interrogar cuanto antes a sus huéspedes.
- Nada más fácil. Sin embargo, le recomiendo que no hable sino
lo más preciso. Lady Julieta Weardale y el joven Leonardo son de toda
confianza, naturalmente, pero aun cuando no sea culpable, mistress Conrad es un
factor diferente. Diga que un documento de cierta importancia ha desaparecido
sin especificar qué es ni dar explicaciones de las circunstancias en que se
verificó su desaparición, ¿entiende?
- Sí. Es precisamente lo que iba a proponer a usted - repuso
Poirot con el rostro resplandeciente -. Que Monsieur l’Almiral me perdone, pero
aun la mejor de las esposas...
- No me ofende - dijo sir Harry -. Todas las mujeres hablan de
más. ¡Dios las bendiga! Claro que yo desearía que Julieta hablase más y jugase
menos al bridge, pero ninguna mujer moderna se siente por lo visto dichosa sin
bailes ni sin juegos. Voy a ver si levanto de la cama a Julieta y a Leonardo,
¿qué le parece, Alloway?
- Sí, gracias. Yo voy a llamar a la doncella francesa. Monsieur
Poirot desea verla y ella puede despertar a su señora. Voy a ocuparme de esto.
Entretanto, le enviaré a Fitzroy.
Mister Fitzroy era un joven pálido, usaba lentes y su expresión
era glacial. Su declaración fue, palabra por palabra, idéntica a la que nos
había hecho lord Alloway.
- ¿Cuál es su creencia, mister Fitzroy?
El joven se encogió de hombros.
- Creo que es indudable - dijo - que una persona enterada de lo
que sucede en esta casa aguardaba fuera una ocasión favorable. Vio lo que
sucedía por la abierta puerta de cristales y entró en el estudio en cuanto salí
yo de él. Es una lástima que lord Alloway no echara a correr tras él en cuanto
le echó la vista encima.
Poirot no quiso desengañarle. En lugar de ello interrogó:
- ¿Cree en el cuento de la doncella francesa?
- ¡No, Monsieur Poirot!
- ¿No le parece que pudo creer que veía un fantasma en realidad?
- Eso sí que no lo sé. Se llevó las manos a la cabeza y parecía
trastornada.
- ¡Ajá! - exclamó Poirot con el aire del que acaba de verificar
un descubrimiento -. ¿Y es bonita la muchacha?
- La verdad es que no reparé en ello - dijo Fitzroy con acento
reprimido.
- ¿Vio a su señora?
- Sí, señor, la vi. Estaba arriba, en la galería, y llamó a la
doncella: “¡Leonie!”. Al verme se retiró.
- ¿Sin bajar la escalera? - preguntó Poirot con el ceño
fruncido.
- Ya me doy cuenta de lo desagradable que es todo esto para
mí... O lo hubiera podido ser si lord Alloway no hubiera visto salir del
estudio al ladrón. De todos modos estoy dispuesto a consentir el registro de mi
habitación... y de mi persona.
- ¿De verdad lo desea?
- Sí, señor, ciertamente.
Ignoro lo que Poirot iba a contestar, porque en aquel mismo
momento reapareció lord Alloway para anunciar que las dos señoras y mister
Leonard aguardaban en el salón.
Las mujeres llevaban unos saltos de cama que les sentaban bien.
Mistress Conrad era una mujer muy bonita, de unos treinta y cinco años, de
cabellos dorados y una leve tendencia al embonpoint. Lady Julieta Weardale
representaba cuarenta años, era alta y morena, muy delgada, bella todavía con
manos y pies exquisitos y un aire inquieto y atormentado. Su hijo era un
muchacho algo afeminado, que ofrecía notable contraste con el cordial y varonil
autor de sus días.
Poirot dio a los tres la explicación convenida y luego manifestó
que sentía el deseo de saber si alguno de ellos había oído o visto algo por la
noche, que pudiera sernos de utilidad.
Volviéndose primero a mistress Conrad, le preguntó si sería tan
amable como para informarle, con exactitud, de cuáles habían sido sus
movimientos.
- ¿A ver... ? Subí la escalera, llamé a la doncella. Luego, como
no comparecía, salí de la habitación, llamándola, y la oí hablar en la
escalera. Después que me cepilló el cabello la despedí en un estado particular
de nervios y me puse a leer un rato antes de meterme en la cama.
- Y, ¿usted lady Julieta, entonces... ?
- Me fui directamente a la cama porque estaba muy fatigada.
- Así, pues, ¿para qué quería un libro, querida? - dijo mistress
Conrad con una suave sonrisa.
- ¿Un libro? - lady Julieta se ruborizó.
- Sí, recuerde que cuando yo despedí a Leonie usted subía la
escalera. Venía, según dijo, del salón adonde había entrado para coger un
libro.
- Es verdad. Se me había olvidado.
Lady Julieta unió inmediatamente las manos con visible
nerviosismo.
- ¿Oyó gritar entonces a la doncella de mistress Conrad, milady?
- No, no la oí.
- ¿Está segura?
- No oí nada - repuso lady Julieta con voz mucho más firme.
- Es curioso, porque en aquel momento usted debía hallarse en el
salón.
Poirot se volvió al joven Leonard.
- ¿Monsieur?
- Yo subí directamente la escalera y entré en mi habitación, de
la que ya no volví a salir.
Poirot se atusó el bigote.
- Bien, ya veo que de aquí no sacaremos nada. Señoras,
caballeros, lamento infinitamente haberles sacado de su sueño para tan escaso
resultado. Acepten mis excusas, por favor.
Gesticulando y excusándose, les hizo salir de la habitación.
Luego se encaró con la doncella francesa, una muchacha viva y de rostro
despierto. Alloway y Weardale habían ido a acompañar a las señoras.
- Ahora, mademoiselle, sepamos la verdad - dijo -. No me endose
ningún cuento, ¿entendido? ¿Por qué chilló en la escalera?
- Ah, Monsieur, porque vi una figura alta... toda vestida de
blanco...
Poirot la hizo callar mediante un ademán enérgico.
- Repito que no me cuente un cuento. Voy a adivinar lo ocurrido
y usted me dirá si tengo o no razón. Chilló usted porque él la besó. Me refiero
a mister Weardale.
- Eh bien, Monsieur, ¿qué es un beso después de todo?
- Una cosa muy natural en estas circunstancias - repuso Poirot
con galantería -. Ahora explíqueme usted todo lo ocurrido.
- Pues el señor Weardale llegó por detrás y me asió por la
cintura, yo me sobresalté y lancé un grito. No hubiera chillado si no hubiera
llegado así, sigiloso como un gato.
Entonces salió Monsieur le secretaire y Monsieur Leonard huyó
escaleras arriba.
Señores, pónganse en mi caso: ¿qué podía hacer yo, sobre todo,
tratándose de un jeune homme comme ça... tellement comme il faut? La foi,
inventé una aparición.
- Ahora todo se explica - exclamó gozoso Poirot -. Después subió
usted a la habitación de su señora, que se halla ¿en qué parte del pasillo del
primer piso?
- En un extremo. Por ahí, Monsieur.
- Es decir, encima del estudio. Bien, mademoiselle, no le
entretengo más. Y la prochaine fois no grite.
La acompañó hasta la puerta y luego volvió a mí con la sonrisa
en los labios.
- ¡Qué caso más interesante! ¿No le parece, Hastings? Comienzo a
tener varias ideas. ¿Y usted?
- ¿Qué hacía Leonard Weardale en la escalera? No me gusta ese
muchacho, Poirot. Es un inútil.
- Estoy de acuerdo, mon ami.
- En cambio Fitzroy parece hombre honrado.
- Es lo que opina lord Alloway.
- Pero tiene un aspecto...
- ... Demasiado bueno, ¿verdad? Yo opino lo mismo. Tampoco creo
que sea buena persona nuestra bella amiga mistress Conrad.
- Cuya habitación se halla encima del estudio, no olvidemos -
insinué dirigiendo a mi amigo una mirada penetrante.
Pero Poirot movió la cabeza y en sus labios se dibujó una leve
sonrisa.
- No, mon ami. No es posible creer en serio que esa inmaculada
señora haya bajado a ella por la chimenea o descolgándose por un balcón.
Aquí se abrió la puerta y apareció lady Julieta.
- Monsieur Poirot - dijo visiblemente agitada -. ¿Puedo decirle
a solas dos palabras?
- Milady, el capitán Hastings es como mi otro yo. Hable con la
misma libertad que si no le tuviera delante. Y ante todo, tome asiento.
Milady obedeció sin separar la vista de mi amigo.
- Bien. Lo que tengo que decir es fácil. A usted se le ha
encargado por lo visto la solución de este caso. ¿Qué le parece? ¿Se concluiría
si le devolviera yo esos planos? ¿Se abstendría después de dirigirme una sola
pregunta?
Poirot la miró fijamente.
- No sé si la comprendo bien, madame - respondió -. ¿Quiere
decir que se me pondrán los planos en mis manos siempre que al devolvérselos a
lord Alloway se abstenga de averiguar su procedencia?
Lady Julieta afirmó con un ademán.
- Eso es - dijo -. Lo que ante todo deseo es que no se dé
publicidad al hecho.
- La publicidad no le conviene a lord Alloway - replicó con aire
sombrío Poirot.
- Entonces, ¿acepta usted? - dijo con visible ansiedad lady
Julieta.
- ¡Un momento, milady! Mi aceptación dependerá de lo que tarde
en poner esos planos en mis manos.
- Los tendrá inmediatamente.
Poirot miró el reloj.
- ¿A qué hora exactamente? - preguntó.
- Digamos. . . dentro de diez minutos - murmuró la dama.
- Acepto, milady.
Lady Julieta salió rápidamente. Yo lancé un silbido.
- ¿Podría hacer un resumen de la situación, Hastings?
- Bridge - contesté brevemente.
- ¡Ah, veo que recuerda lo que dijo el almirante! ¡Qué memoria!
¡Le felicito, Hastings!
No dijimos más porque entró lord Alloway mirando a Poirot con
aire de interrogación.
- Temo que las respuestas recibidas constituyan una decepción -
dijo -. ¿Tiene alguna idea?
- Ninguna, milord. Esas respuestas son, por el contrario, tan
esclarecedoras que no necesito perder aquí más tiempo y con su permiso voy a
volver enseguida a Londres.
Lord Alloway se quedó asombrado.
- Pero... pero... ¿qué es lo que ha descubierto? ¿Sabe quién ha
cogido los planos?
- Sí, milord, lo sé. Dígame, suponiendo que le devolvieran esos
planos anónimamente, ¿dejaría en el acto de hacer averiguaciones?
Lord Alloway le miró sin comprender.
- ¿Querrá decir si me avengo a pagar una cantidad determinada?
- No, milord. Los planos serán devueltos inmediatamente sin
condiciones.
- Recobrarlos es, en sí misma, una gran cosa - repuso lentamente
el lord. Pero seguía perplejo.
- Entonces recomiendo a usted, muy en serio, que adopte esa
regla de conducta.
Únicamente usted, su secretario y el almirante conocen esa
pérdida. Únicamente ustedes sabrán que se han restituido los planos. Y puede
contar conmigo, que estoy dispuesto a ayudarle en todo... y a cargar con el
peso del misterio. Usted me pidió que le devolviera esos papeles... y lo hago.
No necesita saber más. - Levantándose, tendió su mano a lord Alloway -. Milord,
celebro haberle conocido. Tengo fe en usted... y en su amor por Inglaterra.
Estoy seguro de que presidirá su destino con mano firme.
- Juro a usted, Monsieur Poirot, que haré cuanto pueda por ella.
Ignoro si es defecto o virtud, pero la verdad es que creo en mí mismo.
- Todos los grandes hombres poseen esa fe - dijo Poirot -. Yo
también la tengo - agregó con voz majestuosa.
Poco después se detenía el coche delante de la puerta y lord
Alloway se despidió de nosotros con renovada cordialidad.
- Es un gran hombre, Hastings - dijo Poirot cuando arrancamos -.
Posee inteligencia, recursos, voluntad. Es el hombre fuerte que Inglaterra
necesita para atravesar estos tiempos difíciles de reconstrucción.
- Convengo en ello, Poirot, pero hábleme de lady Julieta. ¿De
verdad piensa devolver los documentos a Alloway? ¿Qué pensará cuando sepa que
se ha marchado usted sin decir una sola palabra?
- Hastings, voy a dirigirle una pregunta. ¿Por qué no me entregó
los planos cuando me habló?
- Porque no los tenía.
- Perfectamente. ¿Cuánto supone usted que le hubiera llevado ir
a buscarlos a su habitación o a cualquier lugar de la casa donde los tuviera
ocultos? No me contesta. Lo haré yo. ¡Probablemente dos minutos y medio! Sin
embargo dijo diez minutos. ¿Por qué? Está claro. Porque tenía que recibirlos de
manos de otra persona y razonar o discutir con ella para que dicha persona se
los entregase. Ahora bien: ¿quién era esa persona? Mistress Conrad, no; con
seguridad un miembro de su familia, su marido o su hijo. ¿Cuál de los dos
supone usted que sería? Leonard Weardale dijo que se fue directamente a la cama
después de cenar, aunque sabemos que no es cierto. Vamos a suponer que su madre
entró en su habitación y que la halló vacía; vamos a suponer que bajó presa de
temor inconfesable, porque conoce bien a su hijo, que no es una monada
precisamente. No le halló y más tarde él dijo que no había salido de su
habitación. De manera que ella dedujo que era un ladrón y por ello solicitó la
entrevista conmigo.
“Pero, mon ami, nosotros sabemos algo que ignora lady Julieta.
Sabemos que su hijo no estuvo en el estudio porque se hallaba en la escalera
haciendo el amor a la linda francesa. De modo que, aunque él no lo sabe,
Leonard Weardale tiene su coartada.
- ¿Quién robó entonces los documentos? Porque hemos estado
eliminando a todo el mundo: a lady Julieta, a su hijo, a mistress Conrad, a la
doncella francesa.
- Precisamente. Pero sírvase, se lo ruego, de las células
grises, mon ami. La solución salta a la vista.
Yo lo negué con un movimiento de cabeza.
- ¡Sí! Persevere usted. Vea. Fitzroy sale del estudio y deja los
planos sobre la mesa.
Poco después entra lord Alloway en la habitación y ve, al
acercarse a la mesa, que los planos han desaparecido. Sólo dos cosas son
posibles: que Fitzroy no dejó los planos encima de la mesa, sino que se los
guardó en el bolsillo, lo que pudo hacer mucho antes y no precisamente en
aquella ocasión, o continuaban sobre ella cuando entró el lord, en cuyo caso...
fue él quien se los metió en el bolsillo.
- ¡Lord Alloway el ladrón! - exclamé asustado -. Pero,
¿porqué?¿Porqué?
- Usted me habló de un escándalo relacionado con su vida pasada,
¿recuerda? Más adelante se reconoció públicamente su inocencia, pero ¿sería
cierto el hecho que se le achacaba? Porque todos sabemos que no puede haber
escándalo en la vida pública de una persona destacada en Inglaterra. Y si lo
hay y alguien lo saca a relucir, ¡adiós carrera política! Yo supongo que lord
Alloway ha sido víctima de un chantaje y que el precio exigido a cambio del
silencio del chantajista fueron los planos del submarino.
- Si así es, ¡ese hombre es un redomado traidor! - exclamé.
- Oh, no. No lo es. Por el contrario, es hábil y hombre de
recursos. Sabemos que es un buen ingeniero, por lo que creo que debió sacar una
copia de ellos que alteró levemente para que fueran impracticables. Hecho esto,
entregó al agente del enemigo, es decir, a mistress Conrad, los falsos planos y
para que no se concibieran sospechas acerca de su autenticidad simuló que se
los habían robado. Entretanto, declaró que había visto salir a un hombre del
estudio, para que las sospechas no recayeran sobre ningún habitante de la casa.
Pero aquí tropezó con la obstinación del almirante y por ello defendió con
ahínco a su secretario.
- Pero usted se limita a adivinar, Poirot. Es usted muy sagaz.
- Hago uso de psicología, mon ami. Un hombre que hubiera
entregado los verdaderos planos no se hubiera mostrado tan escrupuloso. Dígame:
¿por qué no quiso que se dieran explicaciones a mistress Conrad? Porque le
había entregado ya, por la tarde, los falsos planos y no quería que se enterase
del robo perpetrado más tarde.
- Comienzo a creer que tiene en absoluto toda la razón -
manifesté.
- Pues ¡claro que la tengo! Hablé a Alloway como lo hubiera
hecho un grande hombre a otro de su talla y me comprendió perfectamente. Ya lo
verá.
Pasó el tiempo. Un día nombraron a lord Alloway Primer Ministro.
Poco después recibió Poirot un cheque al que acompañaba una fotografía firmada
con esta dedicatoria:
“A mi discreto amigo Hércules Poirot. Alloway”.
Hoy el nuevo tipo Z de submarino causa tanta sensación en los
centros navales que está llamado a originar una transformación de la guerra
moderna. Sé que determinada potencia extranjera trató de conseguir uno
parecido, pero que fracasó rotundamente, mas sigo creyendo que Poirot tan sólo
se limitó a adivinar lo ocurrido.
******
El tercer piso
- ¡Pues no la encuentro! - dijo Pat.
Y con el ceño fruncido revolvió impaciente en el chisme de seda
que ella llamaba su bolso de noche. Los dos jóvenes y la otra muchacha la
observaron con ansiedad.
Se encontraban ante la puerta cerrada del piso de Patricia
Garnett.
- Es inútil - exclamó Pat -. Aquí no está. ¿Y ahora qué vamos a
hacer?
- ¿Qué es la vida sin una llave? - murmuró Jimmy Faulkener.
Era un joven de pequeña estatura y ancho de espaldas, de ojos
azules de alegre expresión.
- No bromees, Jimmy. Esto es serio.
- Vuelve a mirar, Pat - dijo Donovan Bayley -. Debe de estar
ahí.
Tenía una voz pastosa y agradable que hacía juego con su tipo
moreno y delgado.
- Si es que la llevabas - intervino la otra muchacha, Mildred
Hope.
- Pues claro que la llevaba - replicó Pat -. Creo que os la di a
uno de vosotros. - dijo a los jóvenes con ademán acusador -. Le dije a Donovan
que me la guardara.
Pero no iba a encontrar una escapatoria tan fácilmente. Donovan
lo negó rotundamente y Jimmy le respaldó.
- Yo mismo vi cómo la guardabas en tu bolso - dijo Jimmy.
- Bueno, entonces uno de vosotros la perdería al recoger mi
bolso. Se me ha caído un par de veces.
- ¡Un par de veces! - exclamó Donovan -. Lo has dejado caer lo
menos una docena, y además lo olvidaste en todas las ocasiones posibles.
- Lo que no comprendo es cómo diablos no se ha perdido todo lo
que llevas dentro - dijo Jimmy.
- El caso es... ¿cómo vamos a entrar? - quiso saber Mildred.
Era una muchacha muy sensible, aunque no tan atractiva como la
impulsiva e impertinente Pat.
Los cuatro permanecieron ante la puerta cerrada sin saber qué
partido tomar.
- ¿Y no podría ayudarnos el portero? - sugirió Jimmy -. ¿No
tiene una llave maestra o algo parecido?
Pat meneó la cabeza. Sólo había dos llaves. Una estaba en el
interior del piso colgada en la cocina y la otra estaba... o debiera de haber
estado... en el condenado bolso.
- Si por lo menos viviera en la planta baja, podríamos romper el
cristal de una ventana o algo así - se lamentó Pat -. Donovan, ¿no te gustaría
ser un ladrón escalador?
El aludido rechazó enérgicamente, aunque con educación,
semejante idea.
- Un cuarto piso... sería casi un entierro asegurado - dijo
Jimmy.
- ¿Y la escalera de incendios? - sugirió Donovan.
- No la hay.
- Pues debiera haberla - replicó Jimmy -. Un edificio de cinco
pisos debe tener escalera de incendios.
- Eso digo yo - repuso Pat -. Pero con eso no ganamos nada.
¿Cómo voy a entrar en mi piso?
- ¿Y no hay una especie de ascensor suplementario? - dijo
Donovan -. Esos chismes en los que el tendero hace subir las coles de Bruselas
y la carne picada.
- El ascensor del servicio - repuso Pat -. ¡Oh, sí!, pero sólo
es un montacargas en forma de cesta. ¡Oh, esperad... ya sé! ¿Y el ascensor del
carbón?
- Vaya - dijo Donovan -, es una idea.
Mildred hizo una observación descorazonadora.
- Estará cerrado - dijo -. Me refiero a que estará corrido el
pistillo por la parte interior de la cocina de Pat.
- No lo creas - replicó Donovan.
- Eso no ocurre en la cocina de Pat - exclamó Jimmy -. Pat nunca
cierra con llave ni corre cerrojos.
- No creo que esté cerrado - dijo Pat -. Esta mañana saqué el
cubo de la basura, y estoy segura de no haber cerrado después, puesto que no
volví a acercarme por allí.
- Bueno - intervino Donovan -, pues eso nos va a resultar muy
provechoso esta noche, pero de todas maneras, Pat, permíteme que te aconseje
abandones esta costumbre que te deja a merced de los ladrones no escaladores.
Pat hizo caso omiso de la reprimenda.
- Vamos - exclamó comenzando a bajar a toda prisa los cuatro
tramos de escalera.
Los demás la siguieron, y Pat les condujo a un sótano oscuro,
aparentemente lleno de cochecitos de niño, y luego, atravesando la puerta de la
escalera de los pisos, los guió hasta el ascensor derecho... que en aquel
momento estaba ocupado por un cubo de basura. Donovan lo quitó de allí y
subiéndose a la plataforma ocupó su lugar, arrugando la nariz.
- Es algo molesto - observó -. Pero, ¿qué importa? ¿Voy a
emprender solo esta aventura o hay alguien que quiera acompañarme?
- Yo iré contigo - dijo Jimmy.
Y se colocó al lado de Donovan.
- Espero que el montacargas pueda con mi peso - añadió sin gran
convencimiento.
- No puedes pesar mucho más que una tonelada de carbón - replicó
Pat, que nunca estuvo muy fuerte en pesos y medidas.
- De todas maneras pronto lo averiguaremos - contestó Donovan
alegremente tirando de la cuerda.
Y en medio de un ruido chirriante los dos muchachos
desaparecieron de la vista.
- Este trasto mete un ruido infernal - observó Jimmy mientras
subían en plena oscuridad -. ¿Qué pensará la gente de los otros pisos?
- Supongo que creerán que se trata de fantasmas o ladrones -
repuso Donovan -. Tirar de esta cuerda es un trabajo pesado. El portero trabaja
mucho más de lo que yo creía. Oye, Jimmy, viejo amigo, ¿vas contando los pisos?
- ¡Oh, no! Me he olvidado.
- Bueno, pues yo sí los he contado. Ahora pasamos el tercero. El
siguiente es el nuestro.
- Y ahora supongo que descubriremos que Pat cerró la puerta al
fin y al cabo – gruñó Jimmy.
Mas sus temores eran infundados. La puerta de madera retrocedió
ante una ligera presión y Donovan y Jimmy penetraron en la densa oscuridad de
la cocina de Pat.
- Debimos traer una linterna para realizar este trabajo nocturno
- dijo Donovan -. O yo no conozco a Pat, o todo estará por el suelo, y vamos a
tropezar con la mar de cacharros antes de conseguir llegar hasta el interruptor
de la luz. No te muevas, Jimmy, hasta que yo la encienda.
Prosiguió avanzando cautelosamente y lanzó una maldición cuando
una esquina de la mesa de la cocina se le incrustó en los riñones. Dio vuelta
al interruptor y volvió a maldecir en plena oscuridad.
- ¿Qué ocurre? - le preguntó Jimmy.
- Que la luz no se enciende. Me figuro que se habrá fundido la
bombilla. Aguarda un minuto. Iré a dar la luz de la salita.
La sala de estar se hallaba al otro extremo del pasillo.
Jimmy oyó cómo Donovan abría la puerta y fueron llegando hasta
él diversas exclamaciones de contrariedad.
Se decidió a avanzar también por la cocina.
- ¿Qué pasa?
- No lo sé. Por la noche parece que las habitaciones están
embrujadas. Todo está revuelto. Las sillas y mesas se encuentran donde menos lo
piensas. ¡Oh, diablos! ¡Aquí hay otra!
Pero en aquel preciso momento Jimmy encontró el interruptor y
encendió la luz. Un segundo después los dos hombres se miraron locos de horror.
Aquella habitación no era la salita de Pat. Se habían equivocado
de piso.
Para empezar, aquella estancia estaba casi como unas diez veces
más llena de muebles que la de Pat, lo cual explicaba el patético asombro de
Donovan al tropezar repetidamente con sillas y mesas. En el centro había una
gran mesa redonda cubierta con un tapete y sobre ella un montón de cartas.
- Señora Ernestina Grant - susurró Donovan, leyendo uno de los
numerosos sobres -. ¡Oh, Dios nos ayude! ¿Tú crees que nos habrá oído?
- Será un verdadero milagro que no te haya oído - repuso Jimmy
-. Con tus vociferaciones y el modo de tropezar con todo... Vamos, por amor de
Dios, salgamos de aquí cuanto antes.
Apagaron la luz y regresaron de puntillas hasta el ascensor.
Jimmy exhaló un suspiro de alivio al verse otra vez en la oscuridad del
montacargas sin más accidentes.
- Me gustan las mujeres que tienen el sueño profundo. Grant ha
ganado muchos puntos en mi consideración con su modo de vivir.
- Ahora comprendo - dijo Donovan - por qué nos hemos equivocado
de piso. Y es que no contamos que habíamos arrancado desde el sótano - tiró de
la cuerda y el montacargas fue subiendo -. Esta vez acertaremos.
- Lo deseo de todo corazón - exclamó Jimmy al penetrar en otra
cocina en tinieblas -. Mis nervios no soportan muchos golpes como éste.
Mas ya no experimentaron ningún otro sobresalto. A la primera
tentativa se encendió la luz de la cocina de Pat, y un minuto después abrían la
puerta principal del piso para dejar entrar a las jóvenes que aguardaban fuera.
- Habéis tardado mucho - refunfuñó Pat.
- Hemos tenido una aventura - dijo Donovan -. Podíamos habernos
visto en la comisaría de policía como dos malhechores peligrosos.
Pat había entrado en la salita, donde tras encender la luz dejó
caer el chal en el sofá, y escuchó con vivo interés el relato que hizo Donovan
de sus aventuras.
- Celebro que no os descubriera - comentó -. Estoy segura de que
es una vieja gruñona. Esta mañana recibí una nota suya... quería verme... para
hablarme de algo... supongo que de mi piano. La gente que no puede soportar el
piano, no debiera vivir en un piso. Oye, Donovan, te has herido en la mano. La
tienes cubierta de sangre. Ve a lavarte.
Donovan se miró la mano sorprendido y salió de la habitación. Al
cabo de unos instantes se le oyó llamar a Jimmy.
- Hola - dijo el otro -, ¿qué te ocurre? No te habrás herido de
cuidado, ¿verdad?
- No me he hecho el menor daño.
Había algo extraño en el tono de Donovan que hizo que Jimmy le
mirara sorprendido. Donovan le tendió la mano y pudo comprobar que en ella no
había el menor rasguño.
- Es extraño - dijo Jimmy con el entrecejo fruncido -. Tenías
mucha sangre. ¿De dónde ha salido?
Y pronto comprendió lo que su amigo había pensado ya.
- ¡Por Júpiter! Debe de ser del piso de abajo.
Se calló al pensar lo que aquello podía significar.
- ¿Estás seguro de que era sangre? - preguntó -. ¿No sería
pintura?
Donovan denegó con la cabeza.
- Era sangre - repuso con un estremecimiento.
Se miraron mientras se les ocurría la misma idea. Fue la voz de
Jimmy la que se oyó primero.
- Oye - dijo sin gran convencimiento -. ¿Tú crees que deberíamos
bajar... otra vez... y echar una... ojeada? Para ver si todo está en orden,
claro.
- ¿Y las chicas?
- No les diremos nada. Pat ha ido a ponerse un delantal para
prepararnos una tortilla. Estaremos de vuelta antes de que se percaten de
nuestra salida.
- Oh, bueno, vamos - repuso Donovan -. Supongo que debemos
hacerlo. Me atrevo a asegurar que no ha ocurrido nada de particular.
Mas sus palabras carecían de convicción. Penetraron en el
montacargas y bajaron al tercer piso. Esta vez se abrieron camino por la cocina
con mucha menos dificultad, y una vez más encendieron la luz de la salita.
- Debe de haber sido aquí - dijo Donovan - cuando... cuando me
manché. No toqué nada de la cocina.
Miró a su alrededor. Jimmy hizo lo propio y ambos fruncieron el
ceño. Todo aparecía limpio y ordenado.
De pronto Jimmy sobresaltándose violentamente, asió del brazo a
su compañero.
- ¡Mira!
Donovan siguió la dirección que le indicaba Jimmy y a su vez
lanzó una exclamación. Por debajo del borde de las pesadas cortinas de pana,
sobresalía el pie de una mujer calzado con un zapato de charol.
Jimmy se acercó a las cortinas y las apartó violentamente. Bajo
el repecho de la ventana yacía el cuerpo de una mujer, junto a un charco oscuro
y viscoso. Estaba muerta, sobre ello no cabía la menor duda. Jimmy estaba a
punto de intentar incorporarla, cuando Donovan le detuvo.
- Será mejor que no lo hagas. No debes tocar nada hasta que
llegue la policía.
- La policía. ¡Oh, tienes razón! ¡Qué asunto tan desagradable,
Donovan! ¿Quién crees que es? ¿La señora Ernestina Grant?
- Probablemente. De todas maneras, si hay alguien más en el piso
se está muy quietecito.
- ¿Y qué vamos a hacer ahora? - quiso saber Jimmy -. ¿Salir y
llamar a la policía o telefonear desde el piso de Pat?
- Creo que es mejor llamar primero. Veamos, podemos salir por la
puerta principal. No podemos pasarnos la noche subiendo y bajando en ese
montacargas maloliente.
Jimmy se avino a ello, pero al salir del piso vaciló.
- Escucha, ¿no crees que deberíamos quedarnos uno de nosotros...
sólo para vigilar... hasta que llegue la policía?
- Sí; me parece conveniente. Si tú te quedas, yo iré a
telefonear.
Y subió corriendo al piso de Pat. Ésta salió a abrirle con el
rostro arrebolado y un delantal coquetón. Estaba muy bonita y sus ojos se
agrandaron por la sorpresa.
- ¿Tú? Pero, cómo... Donovan, ¿qué es esto? ¿Ocurre algo?
Él le cogió ambas manos.
- Todo va bien, Pat... sólo que hemos hecho un descubrimiento
muy poco agradable en el piso de abajo. Una mujer... muerta.
- ¡Oh! - contuvo el aliento -. ¡Qué horrible! ¿Le ha dado un
ataque o algo así?
- No parece... bueno... parece que ha sido asesinada...
- ¡Oh, Donovan!
- Perdona que te lo haya dicho tan brutalmente.
Continuaba reteniendo entre sus manos las de la muchacha.
¡Querida Pat..., cómo la adoraba! ¿Le querría ella? Algunas veces creía que sí.
Otras temía que Jimmy Faulkener... el recuerdo de Jimmy esperando pacientemente
abajo, le hizo sobresaltarse con un sentimiento de culpabilidad.
- Pat, querida, debemos telefonear a la policía.
- Monsieur tiene razón - susurró una voz a sus espaldas -. Y
entretanto, mientras aguardamos su llegada, tal vez yo pueda prestarles una
ligera ayuda.
Los dos jóvenes, que habían permanecido hasta entonces en la
puerta del piso, salieron al rellano. Una figura bajaba la escalera y entró en
su campo visual.
Inmóviles contemplaron al hombrecillo de fieros bigotes y cabeza
en forma de huevo, que lucía un espléndido batín y zapatillas bordadas y que se
inclinaba galantemente ante Patricia.
- Mademoiselle - le dijo -. Yo soy, tal vez usted ya lo sepa, el
inquilino del piso de arriba. Me encanta vivir en lo alto... por el aire... y
poder ver todo Londres. Tomé este piso bajo el nombre de señor O’Connor, pero
no soy irlandés. Mi nombre es otro y por ello me atrevo a ponerme a su
servicio. Permítame.
Y con una nueva inclinación versallesca sacó una tarjeta
tendiéndosela a Pat.
- Hércules Poirot. ¡Oh! - contuvo el aliento -. ¿El señor
Poirot? ¿El gran detective?
¿Y de veras quiere ayudarnos?
- Ésa es mi intención, mademoiselle. He estado a punto de
ofrecerle mi ayuda hace ya un buen rato.
Pat le miró extrañada.
- Los oí discutir sobre cómo poder entrar en el piso, y yo, que
soy un experto en cerraduras, sin la menor duda hubiera podido abrirles la
puerta. Pero no quise hacerlo, temeroso de que luego sospechara usted de mí y
me tomase por un vulgar espadista.
Pat se echó a reír.
- Ahora, Monsieur - dijo Poirot a Donovan -, le ruego que vaya a
telefonear a la policía. Mientras tanto, yo iré al piso de abajo.
Pat le acompañó y encontraron a Jimmy montando la guardia. La
muchacha le explicó quién era Poirot, y Jimmy puso al corriente de sus
aventuras al detective, quien le escuchaba con toda atención.
- ¿Dice usted que la puerta del montacargas estaba abierta? -
entraron en la cocina, pero la luz no se encendió.
Y mientras hablaba se dirigió a la cocina y accionó el
interruptor.
- ¡Tien! Voilà... ce qui est curieux! - dijo al encenderse la
luz de la pieza -. Ahora funciona perfectamente. Me pregunto...
Se llevó un dedo a los labios y escuchó. Un ligero rumor rompía
el silencio... el ruido inconfundible de un sonoro ronquido.
- ¡Ah! - exclamó Poirot -. La chambre de domestique.
Y cruzaron la cocina de puntillas y la reducida despensa, abrió
la puerta de un cuartito y encendió la luz.
Aquella habitación era una especie de perrera destinada por el
constructor del piso, para acomodar a un ser humano. Estaba casi totalmente
ocupada por una cama en la que dormía, con la boca abierta y roncando
apaciblemente, una joven de mejillas sonrosadas.
Poirot apagó la luz antes de retirarse.
- No se ha despertado - dijo -. Dejémosla dormir hasta que
llegue la policía.
Volvieron a la salita, donde Donovan rápidamente se unió a
ellos.
- La policía llegará enseguida - les notificó -. No debemos
tocar nada.
Poirot asintió.
- No tocaremos nada, sólo miraremos.
Se dirigió a la otra habitación. Mildred había bajado con
Donovan y los cuatro jóvenes se quedaron en la puerta mirando a Poirot con gran
interés.
- Lo que no entiendo es esto - dijo Donovan -. Yo no me acerqué
a la ventana... de modo que, ¿cómo es posible que me manchara la mano de
sangre?
- Mi joven amigo, la respuesta salta a la vista. ¿De qué color
es el tapete de la mesa?
Rojo, ¿verdad?, y no hay duda de que usted apoyaría la mano
encima.
- Sí, es cierto. ¿Es eso... ? - se interrumpió.
Poirot asintió inclinándose sobre la mesa e indicando con su
mano una mancha oscura.
- Aquí fue donde se cometió el crimen - dijo -. Luego
trasladaron el cadáver.
Después irguiéndose miró lentamente a su alrededor.
No se movía ni tocaba nada, pero, sin embargo, los cuatro que lo
observaban sintieron como si cada objeto de aquel lugar comunicara su cerebro a
su mirada perspicaz.
Hércules Poirot asintió con la cabeza como si se sintiera
satisfecho, y dejó escapar un ligero suspiro.
- Ya comprendo - dijo.
- ¿Qué es lo que comprende usted? - preguntó sorprendido
Donovan.
- Comprendo lo que sin duda ya advirtieron... que esta
habitación está abarrotada de muebles.
Donovan sonrió tristemente.
- Tropecé lo mío - confesó -. Claro, todo estaba en distinto
sitio que en casa de Pat y no supe abrirme camino.
- No todo - dijo Poirot.
Donovan le dirigió una mirada interrogadora.
- Quiero decir - dijo Poirot, disculpándose - que ciertas cosas
están siempre en el mismo sitio. En un mismo edificio de pisos, la puerta, las
ventanas y la chimenea... están igualmente situadas en un piso que en otro.
- ¿No cree usted que analiza demasiado? - intervino Mildred
mirando a Poirot con ligera ironía.
- Hay que hablar siempre con toda exactitud. Es... ¿cómo diría
yo... ?, una manía en mí.
Se oyeron pasos en la escalera y entraron tres hombres. Eran un
inspector de policía, un sargento y el médico forense. El inspector,
reconociendo a Poirot le saludó con gran deferencia. Luego se volvió a los
demás.
- Quiero que todos ustedes presten declaración - comenzó -, pero
en primer lugar...
Poirot le interrumpió.
- Una pequeña proposición. Trasladémonos al piso de arriba y
mademoiselle nos hará lo que tenía planeado hacer... una tortilla. Yo siento
verdadera pasión por las tortillas. Luego, Monsieur l’inspecteur, cuando haya
terminado aquí, sube usted a reunirse con nosotros y nos interroga a todos a
placer.
Así quedó acordado y Poirot subió con los jóvenes.
- Señor Poirot - le dijo Pat -; es usted un hombre encantador, y
yo voy a hacerle una tortilla estupenda. La verdad es que me salen muy bien.
- Eso es bueno. Una vez anduve enamorado de una inglesa que se
parecía mucho a usted... pero que no sabía guisar. De modo que tal vez estuve
de suerte.
Había un ligero matiz de tristeza en su voz y Jimmy Faulkener le
miró con curiosidad.
No obstante y ya en el piso de Pat, se mostró satisfecho y
divertido y la triste tragedia ocurrida en el departamento inferior, fue casi
olvidada.
La tortilla había sido consumida y muy elogiada, cuando se
oyeron los pasos del inspector Rice, que entraba acompañado del doctor. El
sargento se quedó en el piso de abajo.
- Bien, Monsieur Poirot - le dijo -. Todo parece claro y
evidente, pero a pesar de ello es posible que nos cueste dar con el culpable.
Quisiera saber cómo fue descubierto el crimen.
Entre Donovan y Jimmy le pusieron al corriente de los
acontecimientos de aquella noche. El inspector se volvió hacia Pat para
reprenderla.
- No debiera dejar abierta la puerta del montacargas, señorita.
- No volveré a hacerlo - repuso Pat con un estremecimiento -.
Alguien podría entrar y asesinarme como a esa pobre mujer de abajo.
- ¡Ah!, pero no entraron por ahí - dijo el inspector.
- ¿Quiere explicarnos lo que ha descubierto? - pidió Hércules
Poirot.
- No sé si debiera hacerlo... pero tratándose de usted, señor
Poirot...
- Précisément - dijo Poirot -. Y esos jóvenes... serán
discretos.
- De todas maneras los periódicos lo divulgarán enseguida -
continuó el inspector -. Y en realidad, no es un secreto. Bien, la mujer que ha
sido encontrada muerta es la señora Grant. El portero la ha identificado. Una
mujer de unos treinta y cinco años.
Estaba sentada en la mesa y le dispararon con una pistola
automática de poco calibre, probablemente alguien que estaba sentado ante ella.
Cayó hacia delante y por eso manchó el tapete de sangre.
- ¿Y nadie oyó el disparo? - preguntó Mildred.
- Dispararon con silenciador. No, nadie pudo oírlo. A propósito,
¿oyeron ustedes el chillido que lanzó la doncella al saber que su ama estaba
muerta? No, eso demuestra la imposibilidad de que se oyera el tiro.
- ¿Y la doncella no tiene nada que decir? - preguntó Poirot.
- Era su noche libre, y tenía una llave. Regresó a eso de las
diez, todo estaba en silencio y pensó que su ama se había acostado.
- ¿No miró en la salita?
- Sí, entró las cartas que habían llegado en el correo de la
mañana, pero no viendo nada anormal... ni más, ni menos, lo mismo que los
señores Faulkener y Bayley. El asesino había escondido el cadáver detrás de las
cortinas.
- Todo ello resulta bastante curioso, ¿no le parece?
A pesar de que Poirot habló en tono amable, su observación hizo
que el inspector le mirara frunciendo el ceño.
- No querría que se descubriera el crimen hasta que tuviera
tiempo de emprender la huida.
- Tal vez... es posible... pero continúe con lo que estaba
diciendo.
- La doncella salió a las cinco. El doctor ha determinado que la
señora Grant llevaba muerta... unas cuatro o cinco horas, ¿no es así?
El forense, que era un hombre de pocas palabras, se contentó con
mover la cabeza afirmativamente.
- Y ahora son las doce menos cuarto. Yo creo que puede
calcularse la hora con bastante exactitud.
Sacó una arrugada hoja de papel.
- Encontramos esto en el bolsillo del vestido de la interfecta.
No teman tocarlo. No hay huellas digitales.
Poirot alisó el papel y pudo leer estas palabras escritas a
máquina y con letras mayúsculas:
IRÉ A VERLA ESTA TARDE A LAS SIETE Y MEDIA. J. F.
- Un documento muy comprometedor para dejarlo olvidado - dijo el
inspector -. Tal vez pensara que ella lo habría destruido, porque tenemos
pruebas de que el asesino es muy cuidadoso. Encontramos debajo del cadáver la
pistola con que cometió el crimen... y tampoco tenía huellas digitales: las
habían limpiado cuidadosamente con un pañuelo de seda.
- ¿Cómo sabe que fue con un pañuelo de seda? - preguntó Poirot.
- Porque lo encontramos - repuso el inspector triunfante -. A
última hora, cuando el asesino corrió las cortinas, debió de caérsele
inadvertidamente.
Y le tendió un gran pañuelo blanco de seda de muy buena calidad.
No fue preciso que le indicase el nombre bordado en el centro con seis letras
claras y muy legibles.
John Fraser
- Eso es - repuso el inspector -. John Fraser... J. F. Las
iniciales de la nota.
Conocemos el nombre de la persona que hemos de buscar, y me
atrevo a asegurar que si averiguamos algunas cosas sobre la difunta, y salen a
relucir algunas de sus amistades, no tardaremos en estar sobre la pista.
- Me pregunto... - dijo Poirot -. No, Mon cher, creo que no va a
ser tan fácil encontrar a su John Fraser. Es un hombre extraño... cuidadoso,
puesto que marca sus pañuelos y limpia la pistola con que ha cometido el
crimen... y al mismo tiempo descuidado, ya que pierde su pañuelo y no recoge
una comprometedora carta que puede acusarle.
- Se pondría nervioso con las prisas - dijo el inspector.
- Es posible - repuso Poirot -. Sí; es posible. Y, ¿no le vieron
entrar en el edificio?
- A esa hora entra y sale toda clase de gente. Estas casas son
muy grandes. Supongo que ninguno de ustedes - se dirigió a los cuatro jóvenes -
le verían salir del piso.
Pat negó con la cabeza.
- Salimos antes... a eso de las siete.
- Ya. - el inspector se puso en pie y Poirot le acompañó hasta
la puerta.
- Como un pequeño favor... ¿podría examinar el piso de abajo?
- Desde luego, señor Poirot. Conozco la opinión que tienen de
usted en jefatura. Le daré una llave. Tengo dos. No hay nadie. La doncella se
ha ido a casa de unos parientes, pues estaba demasiado asustada para quedarse
sola.
- Gracias.
Poirot regresó pensativo a la sala de Pat.
- ¿No está usted satisfecho, señor Poirot? - preguntó Jimmy.
- No lo estoy.
- ¿Qué es lo que... bueno, le preocupa? - dijo Donovan mirándole
con curiosidad.
Poirot no respondió, y guardó silencio durante un par de
minutos, como si meditara.
Luego se encogió de hombros.
- Voy a despedirme de usted, mademoiselle. Debe de estar
fatigada. Ha tenido que guisar mucho... ¿eh?
Pat rió.
- Sólo la tortilla. No hice la cena. Donovan y Jimmy vinieron a
buscarnos y fuimos a un pequeño restaurante del Soho.
- Y luego, sin duda, irían al teatro.
- Sí. A ver Los ojos castaños de Carolina.
- ¡Ah! - exclamó Poirot -. Debieran haber sido los ojos
azules... los ojos de mademoiselle.
Hizo una galante inclinación, y le dio una vez más las buenas
noches, lo mismo que a Mildred, que se quedaba allí a pasar la noche, ya que
Pat había confesado con toda franqueza que no era capaz de quedarse sola de
momento.
Los dos hombres acompañaron a Poirot. Cuando se disponían a
despedirse de él, una vez en el rellano, el detective les dijo:
- Mis jóvenes amigos, me oyeron decir que no estaba
satisfecho... Eh bien, es cierto... no lo estoy. Ahora voy a bajar a hacer unas
pequeñas averiguaciones por mi cuenta.
¿Les gustaría acompañarme?
Su propuesta fue aceptada en el acto y Poirot abrió la marcha
hacia el piso tercero.
Al entrar, no se dirigió a la salita, como los otros esperaban,
sino que fue derecho a la cocina. En un hueco, debajo del fregadero, había un
gran bidón metálico. Poirot lo destapó e inclinándose sobre él comenzó a
escarbar en su contenido con la energía de un feroz terrier.
Jimmy y Donovan le contemplaban un tanto sorprendidos.
De pronto con una exclamación de triunfo se levantó alzando en
su mano una botellita tapada con un corcho.
- ¡Voilà... ! Encontré lo que buscaba.
La olfateó detenidamente.
- Estoy enrhumé... tengo un constipado de cabeza...
Donovan cogió la botellita y olió a su vez, sin percibir nada.
De modo que le quitó el tapón y la acercó a su nariz antes de que el grito de
alarma de Poirot pudiera contenerle.
Inmediatamente cayó al suelo como un tronco. Poirot,
abalanzándose hacia él, consiguió aminorar el golpe.
- ¡Imbécil! - exclamó -. Vaya ocurrencia, quitar el tapón. ¿Es
que no se ha fijado con qué cuidado la he cogido yo? Monsieur ... Faulkener...
¿verdad? ¿Sería tan amable de traerme un poco de coñac? He visto una botella en
la salita.
Jimmy salió corriendo, pero cuando regresó, Donovan estaba
sentado y diciendo que se sentía bien, y tuvo que escuchar un pequeño discurso
del señor Poirot acerca de la necesidad de tener cuidado con el olor de
posibles sustancias venenosas.
- Creo que voy a irme a casa - dijo Donovan poniéndose en pie -.
Es decir, si no me necesita ya. Todavía me encuentro algo extraño.
- Desde luego - replicó Poirot -. Es lo mejor que puede usted
hacer. El señor Faulkener se quedará conmigo un rato.
Acompañó a Donovan hasta la puerta y saliendo al rellano estuvo
hablando en él durante unos minutos.
Cuando al fin volvió a entrar en el departamento se encontró a
Jimmy de pie en el saloncito y mirando a su alrededor con extrañeza:
- Bueno, señor Poirot - le dijo -, ¿qué hacemos ahora?
- Nada. Este caso está terminado.
- ¿Qué?
- Ahora... lo sé todo.
- ¿Por esta botellita que ha encontrado?
- Exacto. Por esa botellita.
- No consigo sacar nada en claro. Por alguna razón veo que no
está satisfecho con las pruebas contra John Fraser, quienquiera que sea ese
hombre.
- Quienquiera que sea - repitió Poirot despacio -, si es que es
alguien, cosa que me sorprendería.
- No le comprendo.
- Es sólo un nombre... eso es todo... un nombre cuidadosamente
bordado en un pañuelo.
- ¿Y la carta?
- ¿Se fijó usted en que estaba escrita a máquina? ¿Por qué? Se
lo diré. De haber sido manuscrita hubieran podido reconocer la escritura, y una
carta escrita a máquina es más fácil de identificar de lo que usted imagina...
pero si la hubiera escrito un auténtico John Fraser estas dos cosas no le
hubieran importado. No; fue escrita a propósito y puesta en el bolsillo de la
difunda para que nosotros la encontrásemos. No existe nadie llamado John
Fraser.
Jimmy le miraba interrogador.
- De modo - prosiguió Poirot - que volví al primer punto que me
chocó. Me oyó usted decir que ciertas cosas están situadas en el mismo lugar en
todos los pisos de un mismo edificio. Y di tres ejemplos. Pude haber nombrado
otro más... el interruptor de la luz, estimado amigo mío.
Jimmy seguía mirándole sin comprender. Poirot fue explicándose.
- Su amigo Donovan no se acercó a la ventana... fue al apoyar la
mano en esta mesa cuando se la manchó de sangre. Y yo me pregunté enseguida,
¿por qué la apoyó ahí?
¿Qué es lo que estaba haciendo rondando por esta habitación a
oscuras? Porque recuerde, amigo mío, que el interruptor de la luz eléctrica
está en todas partes en el mismo sitio... junto a la puerta. Entonces, cuando
entró en la habitación, ¿por qué no buscó enseguida el interruptor para dar la
luz? Eso era lo más normal y lógico. Según él, quiso encender la luz de la
cocina y estaba estropeada. No obstante, yo he comprobado que funciona
perfectamente. Por tanto, ¿es que entonces no le interesaba que se hubiera
encendido? En ese caso se hubieran dado cuenta enseguida de que se habían
equivocado de piso, y no hubiera habido motivo para entrar en la habitación.
- ¿Adónde quiere ir a parar, señor Poirot? No comprendo. ¿Qué
quiere decir?
Poirot le mostró un llavín Yale.
- Esto.
- ¿La llave de este piso?
- No, mon ami, la llave del piso de arriba. La llave de la
señorita Patricia, que el señor Donovan Bayley le quitó del bolso durante la
noche.
- Pero... ¿por qué... por qué?
- ¡Parbleu! Para poder hacer lo que deseaba... entrar en este
piso a primera hora de la tarde sin despertar sospechas para asegurarse de que
la puerta del montacargas no estaba cerrada.
- ¿De dónde ha sacado usted esa llave?
- Acabo de encontrarla... - Poirot sonrió abiertamente - en
donde la he buscado... en el bolsillo del señor Donovan. Esa botellita que
simulé encontrar fue una artimaña, y el señor Donovan cayó en la trampa. Hizo
lo que yo esperaba que hiciera... destaparla y oler su contenido... cloruro de
etilo, un anestésico instantáneo. Eso le dejó inconsciente durante unos
segundos, que era lo que yo necesitaba para sacar de su bolsillo un par de
cosas que yo sabía estaban allí precisamente. Esta llave es una de ellas... y
en cuanto a la otra...
Se detuvo un instante antes de continuar.
- A su debido tiempo interrogué al inspector para conocer el
motivo de que el cadáver estuviera escondido tras las cortinas. ¿Para ganar
tiempo? No, había algo más. Y por eso me acordé de una cosa... del correo,
amigo mío. El correo de la tarde que llega a las nueve y media aproximadamente.
Digamos que el asesino no encontró lo que esperaba, pero ese algo puede llegar
más tarde por correo. Entonces debía volver... pero el crimen no debía ser
descubierto por la doncella, pues en ese caso la policía tomaría posesión del
piso, y por eso escondió el cuerpo detrás de la cortina. Y la doncella, sin
sospechar nada, dejó las cartas sobre la mesa, como de costumbre.
- ¿Las cartas?
- Sí, las cartas. - Poirot sacó algo de su bolsillo -. Esto es
la otra cosa que saqué del bolsillo del señor Donovan mientras se hallaba
inconsciente. - Y mostró un sobre escrito a máquina y dirigido a la señorita
Ernestina Grant -. Pero quiero preguntarle una cosa, señor Faulkener, antes de
leer esta carta. ¿Está usted enamorado de mademoiselle Patricia?
- La quiero con locura... pero nunca confié en que me
correspondiera.
- ¿Pensó que estaba enamorada del señor Donovan? Es posible que
hubiera empezado a interesarse por él... pero sólo fue un principio, amigo mío.
Usted es el encargado de hacerla olvidar... y estar a su lado en los momentos
difíciles.
- ¿Difíciles?
- Sí, difíciles. Haremos todo lo posible por no mezclar su
nombre en esto, pero será imposible conseguirlo por completo. Ya sabe que ella
fue el motivo.
Y le alargó el sobre. De su interior cayó un papel. La carta era
breve y estaba escrita y firmada por un conocido abogado.
Decía así:
Querida señora:
El documento que me incluye está en regla, y el hecho de que el
matrimonio tuviera lugar en un país extranjero no lo invalida en ningún
sentido.
Suyo afectísimo, etcétera...
Poirot desplegó el documento. Era un certificado de matrimonio
de Donovan Bailey y Ernestina Grant, fechado ocho años atrás.
- ¡Oh, Dios mío! - exclamó Jimmy -. Pat dijo que había recibido
una carta de esa señora pidiéndole que fuera a verla, pero no imaginó siquiera
que fuera nada importante.
Poirot asintió.
- El señor Donovan lo sabía... vino a ver a su esposa aquella
tarde antes de subir al piso de arriba. (Extraña ironía dejar que esa
infortunada mujer viniera a vivir al mismo edificio de su rival...) Y la
asesinó a sangre fría... y luego fue a divertirse con ustedes. Su mujer debió
decirle que había enviado un certificado de matrimonio a su abogado y que
aguardaba su respuesta. Sin duda él quiso hacerle creer que su matrimonio no
era del todo válido.
- Donovan estuvo de muy buen humor durante toda la noche. Señor
Poirot, ¿no le habrá dejado escapar?
- No tiene escape - repuso el detective -. No tema.
- Es en Pat en quien pienso principalmente - replicó Jimmy -.
¿Cree usted... que no le afectará mucho?
- Mon ami, eso es cosa suya. Tiene que hacerla volver a usted y
olvidar. ¡No creo que le resulte muy difícil!
******
Doble culpabilidad
Aquel día hallé a mi amigo en sus habitaciones, sobrecargado de
trabajo. Su celebridad era la causa de que toda mujer rica que hubiera
extraviado un brazalete o su perro favorito recurriera a los servicios del gran
Hércules Poirot. Mi amigo era una mezcla de hombre de negocios y romántico
idealista. Lo segundo lo llevaba a la aceptación de muchos casos sin apenas
interés profesional. Otras veces eran trabajos sin compensación económica, pero
de indudable interés. Poirot, con cara de circunstancias, admitía como cierto
ese modo de obrar suyo. Afortunadamente mi visita no fue infructuosa, pues
logré persuadirle de que me acompañase a pasar unas cortas vacaciones en un
lugar de la costa sur: Ebermouth.
Después de cuatro agradables días, Poirot vino a mi encuentro
con una carta abierta en una de sus manos.
- Mon ami, ¿recuerda a mi amigo Joseph Aarons, el agente de
teatro?
Asentí, después de meditar un momento. Los amigos de Poirot son
tantos y tan diversos, que se les halla en todas las esferas sociales.
- Pues bien, Hastings, Joseph Aarons se encuentra en Charlock
Bay. Según parece se halla preocupado debido a un pequeño asunto. Me ruega que
vaya a verlo. Mon ami, debo acudir a su llamada. Es un amigo fiel que me ha
ayudado mucho.
- Conforme, si usted lo quiere - repuse -. Charlock Bay es un
lugar estupendo, y, además, nunca he estado allí.
- Magnífico. Así compaginaremos el negocio y el placer - dijo
Poirot -. ¿Se informa del horario de trenes?
- Temo que debamos hacer uno o dos trasbordos - mi sonrisa no
pasó de una mueca -. Ya sabe lo que sucede con estas líneas del interior. Ir de
la costa sur de Devon a la del norte, representa un día de viaje.
No obstante, el viaje podía realizarse con sólo un trasbordo en
Exeter, y los trenes eran buenos. Regresaba de la estación para informar a
Poirot, cuando vi un letrero en las oficinas de los coches Speedy; decía:
TODOS LOS DIAS EXCURSIONES A CHARLOCK BAY. PRIMERA SALIDA A LAS
8.30. VIAJE A TRAVÉS DEL MÁS BELLO PANORAMA DE DEVON.
Solicité algunos detalles y corrí al hotel. Sin embargo, Poirot
se resistió a compartir mi estado de ánimo.
- Amigo mío, ¿por qué esa pasión por el autocar? EI tren es más
seguro. Carece de neumáticos que se revienten, lo cual reduce las posibilidades
de accidente. Además, en el tren no molesta el aire, pues con cerrar las
ventanillas se evitan las corrientes.
Entonces argüí que el aire fresco era lo que, precisamente, me
hacía desear el viaje en autocar.
- ¿Y si llueve? Vuestro clima inglés es muy inseguro.
- Si llueve torrencialmente, la excursión no se realiza.
- ¡Ah! - dijo Poirot -. En ese caso roguemos que llueva.
- Bueno, si usted prefiere...
- No, no, mon ami - me interrumpió -. Ha puesto su corazón en el
viaje. Por fortuna dispongo de un grueso abrigo y dos bufandas - suspiró -.
¿Pararemos suficiente tiempo en Charlock Bay?
- Pasaremos la noche allí. El viaje comprende una excursión por
Dartmoor, comida en Monkhampton y llegada a Charlock Bay a eso de las cuatro.
El coche inicia el regreso a las cinco.
- ¡Vaya! - exclamó Poirot -. ¿Y hay gente que hace eso por
placer? Supongo que lograremos una reducción de tarifa, puesto que no haremos
el viaje de vuelta.
- Me temo que no podrá ser.
- Insista.
- Vamos, Poirot. No sea mezquino.
- Amigo mío, no soy mezquino. El negocio es el negocio. Si fuera
millonario nunca pagaría más de lo justo.
Como yo había previsto, el deseo de Poirot no pasó de un
intento. El empleado que despachaba los billetes en la oficina Speedy resultó
ser inconmovible. Según nos dijo, era obligatorio el retorno. Es más, incluso
nos insinuó que tendríamos que pagar un recargo por el privilegio de abandonar
el coche en Charlock Bay. Derrotado, Poirot abonó el importe del viaje completo
y salimos de la oficina.
- Los ingleses carecen del sentido de la economía - gruñó -.
¿Observó al joven que pagó la tarifa y el recargo porque piensa quedarse en
Monkhampton?
- Pues no... en realidad...
- Ya - me interrumpió -. Miraba a la señorita que reservó el
asiento número cuatro, junto a los nuestros. Sí, amigo mío; le vi. Y estuve a
punto de elegir los asientos trece y catorce, situados en el centro, que es el
sitio más resguardado. Pero se adelantó en pedir el tres y el cuatro.
- Hombre, verá, yo...
- ¡Pelo rojizo! ¡Siempre pelo rojizo!
- Está bien, Poirot; pero no me negará que es mejor mirar a una
señorita que a un joven estrambótico.
- Eso depende del punto de vista. Para mí, el joven estrambótico
resulta interesante.
Algo muy significativo en el tono de Poirot hizo que lo mirase
perplejo.
- ¿Por qué? ¿Qué quiere decir?
- Oh, no se excite. Nuestro mozo se empeña en lucir un poblado
bigote que, no obstante, aparece escuálido - Poirot se mesó su magnífico bigote
-. Su crecimiento y conservación requiere instinto de artista. En realidad, me
apenan quienes lo intentan y no lo consiguen.
Siempre es difícil saber cuándo habla en serio o, simplemente se
divierte a costa de uno.
Tuvimos un amanecer soleado. ¡Un día espléndido! Sin embargo,
Poirot no quiso arriesgarse y se puso un chaleco de lana, un grueso abrigo y
dos bufandas, pese a llevar su mejor traje de invierno. Tampoco se olvidó del
impermeable, ni de ingerir dos tabletas antigripales.
Ya en el vehículo, el conductor se hizo cargo del maletín de la
linda pelirroja, el del joven que despertara la simpatía de Poirot con su
bigote y los nuestros.
Poirot, no sin cierta malicia, me señaló el asiento exterior,
puesto que “me gustaba el aire fresco”, y él se acomodó en el inmediato a
nuestra vecina. Luego arregló la cosa.
El viajero del asiento seis era un tipo bullicioso, amigo de
contar chistes, y Poirot preguntó a la joven si prefería cambiar de sitio con
él. Ella, agradecida, estuvo conforme, y, muy pronto, la conversación se
generalizó entre nosotros tres.
Era evidente su juventud, pues no pasaría de los diecinueve
años, y su ingenuidad podía compararse a la de un niño. No tardó en confiarnos
el motivo de su desplazamiento; un viaje de negocios por cuenta de su tía, que
regentaba una tienda de antigüedades en Ebermouth. La tía, cuya situación
económica era muy precaria a la muerte de su padre, invirtió sus ahorros y las
bellas antigüedades que atesoraba en su hogar en establecer un negocio. El
éxito le sonrió y, muy pronto, su nombre gozó de merecida reputación comercial.
Mary Durrant se fue a vivir con su tía y aprendió la técnica de
esta clase de negocios, que prefirió al empleo de institutriz o dama de
compañía.
Poirot asentía interesado.
- Mademoiselle tendrá éxito - dijo galante -. Pero le aconsejo
que no se confíe. En todas partes del mundo hay bribones, e, incluso, puede
encontrarlos en este mismísimo autocar. ¡Siempre hay que estar en guardia!
La joven le miró boquiabierta, y él asintió con aire de
experimentado.
- Sí, como le digo. Incluso yo, que hablo con usted, puedo ser
un maleante de la peor ralea.
Nos detuvimos a comer en Monkhampton, y, después de unas cuantas
palabras con el camarero, Poirot consiguió una mesita para los tres, junto a
una ventana. Fuera, en un amplio patio, había unos veinte autocares aparcados
venidos de todo el condado. El comedor del hotel se hallaba rebosante de
público y el ruido era considerable.
- Con esto hay suficiente para impregnarse del espíritu de las
fiestas - comenté, por decir algo.
Mary estuvo de acuerdo.
- Ebermouth, ahora, cambia su fisonomía durante el verano. Mi
tía dice que antes era distinto. Ciertamente, en la actualidad se hace difícil
desenvolverse en sus calles, debido a la multitud.
- Eso es bueno para el negocio, mademoiselle.
- No para el nuestro. Sólo vendemos antigüedades muy valiosas,
no aptas para excursiones de fin de semana. Tenemos clientes en toda
Inglaterra. Si uno desea adquirir determinado tipo de silla o mesa antigua, o
una pieza de porcelana, nos escribe, y más pronto o más tarde le complacemos.
Nuestro indudable interés la animó a proseguir. Y así supimos
que cierto caballero norteamericano llamado J. Baker Wood, coleccionista de
miniaturas, había visto un juego de ellas muy valioso en una revista. La
señorita Elizabeth Penn, tía de Mary, logró adquirirlas y escribir al señor
Wood, comunicándole el precio. El norteamericano contestó en seguida que estaba
dispuesto a comprar si eran las mismas. También rogaba que se las llevasen a
Charlock Bay. Por eso la joven pelirroja viajaba en esta ocasión como
representante de su tía.
- Son admirables - acabó ella -. Sin embargo, me cuesta imaginar
a alguien dispuesto a pagar por ellas quinientas libras. Eso sí, llevan la
firma de Cosway. Claro que yo apenas sé quién es ese Cosway.
Poirot se sonrió.
- Eso se llama falta de experiencia, mademoiselle.
- Confieso que no estoy muy ducha en cosas de arte. En realidad,
carezco de la formación adecuada. Aún me queda mucho que aprender.
De pronto sus ojos se agrandaron como sorprendidos. Se hallaba
de cara a la ventana, y en aquel momento miraba al patio. Dijo algo
ininteligible, se levantó de un asiento y se fue precipitadamente. Regresó a
los pocos momentos, sin aliento y excusándose.
- Siento haberme ido de esa forma. Vi a un hombre que salía del
autobús con un maletín y me pareció el mío. Ha resultado que era el suyo; por
cierto, es idéntico al que traigo yo. Bueno, hice el ridículo, y él ha
reaccionado como si se le acusara de robo.
Mary se rió. Pero no Poirot.
- ¿Cómo es el hombre, mademoiselle? Descríbamelo.
- Viste traje castaño, es joven y luce bigote ralo.
- ¡Ajá! - exclamó Poirot -. Se trata de nuestro conocido de
ayer, Hastings. ¿Sabe usted quién es, mademoiselle? ¿No lo ha visto antes?
- No, nunca; ¿por qué?
- Por nada. Sólo que resulta bastante curioso.
Poirot se sumió en uno de sus peculiares silencios y ya no
intervino en la conversación hasta que oyó a Mary Durrant algo que captó su
atención.
- ¿Qué ha dicho? ¿Qué ha dicho, mademoiselle?
- Que en mi viaje de regreso deberé tener cuidado con los
maleantes. Según tengo entendido, el señor Wood acostumbra a pagar al contado,
y si llevo encima quinientas libras en billetes, puedo merecer la atención de
algún indeseable.
De nuevo su risa no fue coreada por Poirot. En vez de ello le
preguntó en qué hotel pensaba hospedarse en Charlock Bay.
- En el Hotel Anchor. Es pequeño y no muy caro; pero aceptable.
- ¡Caramba! - exclamó Poirot -. Mi amigo, el señor Hastings,
también ha elegido ese hotel. ¡Qué coincidencia!
Entonces se volvió hacia mí y me guiñó un ojo.
- Sólo esta noche. Hemos de resolver un asunto allí. ¿Adivina
usted, mademoiselle, cuál es mi profesión?
Mary pareció sopesar algunas posibilidades. Al fin se aventuró a
decir que, posiblemente, era prestidigitador.
Esto divirtió mucho a Poirot.
- Es una excelente ocurrencia - dijo mi amigo -. ¿Así usted me
cree capaz de sacar conejos de un sombrero? No, mademoiselle. Soy todo lo
contrario. Un prestidigitador hace que desaparezcan las cosas. Yo en cambio,
hago que aparezcan - con aire de melodrama se inclinó hacia adelante para dar
más efectividad a sus palabras -. ¡Es un secreto, mademoiselle! ¡Soy detective!
Luego se recostó sobre el respaldo de su silla complacido del
efecto logrado. Mary lo miró, perpleja y sorprendida. Y allí murió la
conversación, pues empezaron a oírse las bocinas de los monstruos de la
carretera, dispuestos a reanudar la marcha.
Mientras Poirot y yo salíamos juntos, aludí al encanto de la
señorita Durrant, y él estuvo de acuerdo.
- Sí, es encantadora. Pero, ¿no le parece algo tonta?
- ¿Tonta?
- No se disguste. Una muchacha puede ser bella, tener el pelo
rojizo y, no obstante, ser tonta. Es el colmo de la tontería confiarse a dos
desconocidos.
- Quizá le parecemos respetables caballeros.
- No sea ingenuo, Hastings. Cualquiera que conozca su trabajo...
Bien, de todos modos su aspecto es conforme. Claro que es infantil hablar de
precauciones al regreso, porque llevará encima quinientas libras, cuando ahora
también las lleva.
- ¿Se refiere a las miniaturas?
- Exacto. Y le supongo de acuerdo conmigo en que no hay
diferencia apreciable entre quinientas libras en moneda o en miniaturas, mon
ami.
- Pero nadie lo sabe, excepto nosotros.
- Y el camarero, y la gente de las mesas vecinas, y, sin duda
alguna, otras personas de Ebermouth. Desde luego mademoiselle Durrant es
encantadora, pero si yo fuera la señorita Elizabeth Penn, le daría lecciones de
sentido común - luego, tras leve cambio en el tono de su voz, dijo: - Amigo
mío, es la cosa más fácil del mundo llevarse un maletín guardado en un autocar
mientras sus ocupantes comen en un hotel.
- Poirot, no sea desconfiado. Seguro que alguien vigila los
vehículos aparcados.
- ¿Y qué vería ese vigilante? Que un pasajero recoge su
equipaje. La cosa se haría del modo más natural, sin levantar sospechas.
- ¿Qué insinúa, Poirot? ¿Acaso el sujeto del traje castaño no
cogió su propio maletín?
Poirot frunció el ceño.
- Eso parece. Aun así, no deja de ser curioso, Hastings. ¿Por
qué no se llevó su maletín antes, a la llegada? Si se ha fijado, tampoco ha
comido aquí.
- Desde luego, si la señorita Durrant no hubiera estado frente a
la ventana, no se hubiera enterado.
- Y puesto que era su propio maletín, eso carece de importancia
- dijo Poirot -. Bien, mon ami, desterremos ese asunto de nuestros
pensamientos.
Cuando estuvimos nuevamente acomodados en nuestros asientos y el
coche en marcha, dimos a Mary otra conferencia sobre los peligros de la
indiscreción. Ella nos escuchó con evidente humildad, si bien su aspecto,
jocoso, era de quien oye un chiste.
Llegamos a Charlock Bay a las cuatro, y, por fortuna, logramos
habitaciones en el Hotel Anchor, un vetusto edificio en una calle de segundo
orden.
Poirot acababa de sacar de su equipaje unas cuantas cosas
necesarias y se aplicaba un cosmético a su bigote, cuando oímos unos golpes en
la puerta.
- Adelante - invité.
Sorprendido, vi que era Mary Durrant, con el rostro blanco y
gruesas lágrimas en los ojos.
- ¿Qué sucede, mademoiselle? - preguntó Poirot.
- Las miniaturas se hallaban en una caja de piel de cocodrilo,
cerrada con llave, dentro de mi maletín - explicó -. ¡Miren!
Nos mostró un estuche de piel de cocodrilo, cuya tapa colgaba a
un lado. Poirot se la cogió de las manos. La caja había sido forzada. Las
señales eran evidentes.
Mi amigo Poirot la examinó y luego asintió.
- ¿Y las miniaturas? - preguntó, si bien ambos sabíamos la
respuesta.
- ¡Me las han robado!
- No se preocupe - la tranquilicé -. Mi amigo es Hércules
Poirot. ¿No ha oído hablar de él? Seguro que sí. Bien, pues él las recuperará.
- ¡Monsieur Poirot! ¡El gran Monsieur Poirot!
Mi amigo era lo suficiente vanidoso para sentirse halagado ante
esa exclamación.
- Sí, hijita. Yo soy el gran Poirot. Confíe su pequeño problema
a mis facultades.
Haré cuanto pueda. No obstante, le diré que, posiblemente, sea
un poco tarde. Dígame, ¿forzaron también la cerradura del maletín?
Mary sacudió negativamente la cabeza.
- Veámoslo, por favor.
Nos trasladamos a la habitación de la joven y mi amigo examinó
el maletín.
Obviamente, había sido abierto con una llave.
- Un trabajo sencillísimo - dijo Poirot -. Estos maletines están
hechos en serie y sus cerraduras apenas difieren. Bueno, telefoneemos a la
policía. Veré también al señor Baker Wood; me cuidaré de este asunto.
Cuando le pregunté por qué temía que fuese un poco tarde, me
contestó:
- Mon cher, dije que soy lo contrario de un prestidigitador, y
que hago aparecer las cosas... perdidas. Pues bien, imagino que alguien me ha
tomado la delantera. ¿Me entiende?
Desapareció en el interior de una cabina telefónica, para salir
cinco minutos después con semblante grave.
- Lo que temí - dijo -. Una señora ha visitado al señor Wood con
las miniaturas hace media hora. Se presentó como enviada por la señorita
Elizabeth Penn. ¡Y él ha pagado en el acto!
- ¿Hace media hora? Así fue antes de que llegáramos aquí -
comenté.
Poirot sonrió, enigmático.
- Los coches Speedy son muy veloces, pero un vehículo con motor
más potente llegaría a Monkhampton con una hora de ventaja por lo menos.
- ¿Y qué hacemos?
- Mi buen Hastings es un hombre práctico. Informaremos a la
policía. Trataremos de ayudar a la señorita Durrant y, decididamente,
celebraremos una interesantísima entrevista con el señor J. Baker Wood.
La pobre Mary, terriblemente anonadada, temía que su tía la
culpase.
- Cosa muy probable - me dijo Poirot mientras nos encaminábamos
al Hotel Seaside, donde se hospedaba el señor Wood -. Y con toda justicia. ¡A
quién se le ocurre abandonar un maletín con efectos valorados en quinientas
libras! De todos modos, mon ami, hay uno o dos puntos raros en este asunto. La
caja, por ejemplo, ¿por qué la forzaron?
- ¡Hombre! - exclamé -. ¡Para sacar las miniaturas!
- ¿Y no le parece una torpeza? Supongamos que el ladrón, con el
pretexto de retirar el suyo, remueve el equipaje del autocar a la hora de
comer. ¿No cree más sencillo abrir el maletín, pasar la caja sin abrir el suyo
y marcharse sin pérdida de tiempo?
- Tal vez quiso asegurarse de que las miniaturas estaban dentro.
Mi argumento no convenció a Poirot. Poco después nos introducían
en la salita del señor Wood.
No sé por qué, me fue desagradable el señor Baker Wood; un
hombre recio y vulgar, pese a ir bien vestido y lucir una sortija con un enorme
solitario.
Resultó que no había sospechado nada anormal. ¿Por qué iba a
sospechar? La mujer le traía las miniaturas, unos ejemplares bellísimos. ¿La
numeración de los billetes?
Pues no, no lo sabía. Además, ¿quién era el señor Poirot para
formularle tantas preguntas?
Mi amigo se limitó a decirle:
- No le preguntaré nada más, señor. Sin embargo, le agradeceré
me haga una descripción de la mujer. ¿Era joven y bonita?
- No, desde luego que no. Era alta, de mediana edad, pelo gris,
tez pecosa e incipiente bigotillo - nos explicó -. Como pueden imaginar, no se
trata de una sirena.
- Poirot - dije mientras salíamos -. Un bigote, ¿lo oyó?
- Gracias, Hastings; no estoy sordo.
- El señor Wood es bastante desagradable - añadí.
- Desde luego, no pertenece al grupo de los simpáticos - repuso
él.
- Bien; será fácil coger el ladrón - aseguré -. Podemos
identificarlo.
- No sea cándido, Hastings. ¿Acaso ignora lo que es una
coartada?
- ¿Usted cree que la tendrá?
Poirot replicó muy serio:
- ¡Lo espero!
- ¡Me fastidia esa manía suya de hacer las cosas aún más
difíciles! – exclamé enfadado.
- Está bien, mon ami. Le diré que no me gusta... ¿cómo se dice
eso? ¡Ah, sí! El pájaro que se sienta.
Poirot tuvo razón. Nuestro compañero de viaje, el hombre del
traje castaño, resultó ser el señor Norton Kane, que se había alojado en el
hotel George. La única evidencia contra él estaba en que la señorita Durrant lo
había visto sacar su equipaje del coche.
- Y eso no es un acto sospechoso - dijo Poirot.
Después guardó silencio y rehusó discutir el asunto. Pese a
ello, supe que había pedido a Joseph Aarons con quien pasara la velada, que le
diera detalles relativos al señor Baker Wood. Ambos hombres se hospedaban en el
mismo hotel, y era factible que Aarons supiese algo del coleccionista. Pero si
Poirot obtuvo esa información, se la guardó para sí.
Mary Durrant, luego de varias entrevistas con la policía,
regresó a Ebermouth en tren, a la mañana siguiente. Aquel mediodía comimos con
Joseph Aarons, y después Poirot me dijo que había resuelto el problema del
agente teatral, y que ya podíamos regresar a Ebermouth.
- Pero no por carretera, mon ami; usaremos el ferrocarril - le
dijo.
- ¿Teme que le roben la cartera, o le seduce la idea de
encontrarse con otra damisela en apuros?
- Ambas cosas, Hastings, pueden ocurrirme en el tren.
Simplemente, no tengo prisa en llegar a Ebermouth. Antes quiero resolver
nuestro caso.
- ¿Nuestro caso?
- ¡Sí, hombre! Mademoiselle me suplicó que la ayudase. Que el
asunto esté en manos de la policía no supone que yo me lave las manos. Vine a
complacer a un viejo amigo, pero jamás dirá nadie que Hércules Poirot ha
desatendido a un desconocido en apuros.
Su gesto daba a entender que no hablaría más.
- Me parece que ya estaba interesado antes del robo - aventuré
-. Su interés nació en la agencia de viajes cuando vio por primera vez al
joven, si bien ignoro por qué se fijó en él.
- Sí, Hastings. Tiene razón. Pero eso forma parte de mi pequeño
secreto.
Poirot sostuvo una corta conversación con el inspector de
policía encargado del caso, que había entrevistado a Norton Kane. Según dijo
confidencialmente a mi amigo, el joven no le causó una impresión favorable,
pues se había exaltado y contradicho.
- Cómo se las arregló es un misterio para mí - confesó -. Quizá
dio el maletín a un cómplice que lo trasladaría rápidamente en coche hasta
aquí. Claro que eso no deja de ser una simple teoría. Tendremos que hallar el
coche y el cómplice y recomponer los hechos.
Poirot asintió.
- ¿Cree usted que fue realizado así? - le pregunté, ya sentados
en el tren.
- No, amigo mío, no estoy conforme. Su planteamiento fue mucho
más inteligente.
- ¿No quiere decírmelo?
- Aún no: Ya sabe cuál es mi debilidad: conservar mis pequeños
secretos hasta el fin.
- ¿Se vislumbra ese fin?
- Está próximo.
Llegamos a Ebermouth poco después de las seis y nos encaminamos
enseguida a la tienda de Elizabeth Penn, que estaba cerrada, pero mi amigo
pulsó el timbre y la misma Mary abrió la puerta, mostrándose agradablemente
sorprendida al vernos.
- Por favor, pasen y conozcan a mi tía.
Nos hizo pasar a una habitación trasera, donde una mujer de
avanzada edad nos saludó. Tenía el pelo blanco y parecía una miniatura de piel
rosada y ojos azules.
Alrededor de sus hombros inclinados lucía una toca de encaje
antiguo de gran valor.
- ¿Es usted el gran Hércules Poirot? - preguntó encantadoramente
-. Mary me ha dicho que usted nos ayudaría.
Poirot la miró un momento y luego dijo:
- Mademoiselle Penn, su aspecto es encantador; si bien debería
dejarse crecer un poco el bigote.
La señorita Penn dio un respingo y retrocedió.
- ¿Estuvo usted en la tienda ayer? - siguió Poirot.
- Por la mañana. Luego tuve jaqueca y me fui a casa.
- No, mademoiselle. A su dolor de cabeza le iba mejor un cambio
de aires. Charlock Bay es ideal para eso, ¿verdad?
Me cogió por un brazo y me llevó hacia la puerta. Se detuvo
allí, y habló por encima de su hombro:
- Me ha comprendido, ¿verdad? Esta pequeña frase debe bastar.
Había amenaza en su tono. La señorita Penn, con el rostro
espantosamente blanco, asintió. Poirot se volvió a la joven.
- Mademoiselle - dijo suavemente -, es usted joven y
encantadora. No obstante, permítame advertirle que estos pequeños asuntos harán
que su juventud y encanto se marchiten detrás de las rejas de una prisión. Y
yo, Hércules Poirot, pienso que sería una lástima.
Salimos a la calle, sintiéndome aturdido.
- Desde el principio, mon ami, me interesó este caso - dijo
Poirot -. Cuando aquel joven pidió billete para Monkhampton, la atención de la
muchacha se centró en él. ¿Por qué? No era un tipo capaz de atraer el interés
de una mujer. Luego, ya en el autocar, tuve la sensación de que algo iba a
suceder. ¿Quién vio al joven retirar su equipaje? Sólo mademoiselle. Antes
había elegido un asiento de cara a la ventana, cosa muy poco femenina.
“Ya le dije que la caja forzada no era convincente. ¿El
resultado de todo esto? Que el señor Baker Wood pagase buen dinero por un
género robado. La ley le obligaría a devolverlo a la señorita Penn, que
vendería luego las miniaturas, obteniendo así mil libras en vez de quinientas.
“Realicé algunas pesquisas y supe que su negocio va mal.
Entonces comprendí que tía y sobrina estaban de acuerdo.
- ¿Supone eso que nunca sospechó de Norton Kane?
- ¡Mon ami! ¿Con semejante bigote? Un criminal se rasura y luce
un bigote postizo.
Pero él sería la gran oportunidad de la inteligente señorita
Penn, la anciana de tez tostada que hemos visto. Ésta, muy bien erguida, se
calza grandes botas, se altera el físico con unas cuantas pecas y añade algunos
pelos en guerrilla a su labio superior y, ¿qué sucede? Simplemente que el señor
Wood la toma por una mujer hombruna y nosotros por un hombre disfrazado de
fémina.
- ¿Estuvo ella en Charlock?
- Seguro. El tren, como usted mismo me dijo, sale de aquí a las
once y llega a Charlock Bay a las dos. De regreso, incluso es más rápido. Sale
de Charlock a las cuatro y cinco y llega aquí a las seis quince.
“Las miniaturas jamás estuvieron en la caja. Ésta fue violentada
antes de ser puesta en el maletín. Así, el cometido de mademoiselle Mary
consistía en hallar un par de bobos sensibles a sus encantos y campeones de la
belleza en apuros. Por desgracia para ella, uno de los bobos era Hércules
Poirot.
- Cuando habló de ayudar a una desconocida me engañaba.
- Jamás le engañé, Hastings. Sólo permití que usted mismo se
engañase. Yo me refería al señor Baker Wood, un desconocido en estas playas -
su cara denotó mal humor -. ¡Ah! ¡Cómo me irrita el recuerdo de la sobretasa!
No hay derecho a cobrar la misma tarifa hasta Charlock que por un viaje de ida
y vuelta. Esos abusos me inducen a proteger a los turistas. Cierto que el señor
Wood no es hombre agradable, pero ¡es un turista! Y nosotros, los extranjeros,
tenemos el deber ineludible de ayudarnos mutuamente contra toda clase de
desafueros.
******
El misterio de Market Basing
- Pensándolo bien no hay nada como el campo, ¿no les parece? -
dijo el inspector Japp aspirando con fuerza el aire por la nariz y expeliéndolo
por la boca de manera correcta.
Poirot y yo asentimos cordialmente. Fue idea del inspector Japp
la de que pasáramos los tres el fin de semana en la pequeña población de Market
Basing, enclavada en pleno campo. Porque cuando no estaba de servicio, Japp se
mostraba botánico entusiasta y discurseaba acerca de diminutas florecillas que
tenían largos nombres en latín, que el buen Japp pronunciaba de un modo muy
enrevesado, ciertamente, con un ardor que no ponía en ninguno de sus casos
policíacos.
- Aquí nadie nos conoce, ni conocemos a nadie.
Esto era verdad, hasta cierto punto, porque el agente local
acababa de ser trasladado de un pueblo, distante quince millas de Market, donde
un caso de envenenamiento con arsénico le había puesto en relación con el
inspector de Scotland Yard. Sin embargo, como reconoció con evidente placer el
gran hombre, la circunstancia acrecentó el buen humor de Japp y cuando nos
sentamos los tres a desayunarnos en la salita de la fonda, nos sentimos
animales del mejor espíritu. El jamón, los huevos, eran excelentes; el café no
era tan bueno, pero podía pasar y estaba hirviendo.
- Esto es vida, señores - exclamó Japp -. Cuando me retire,
adquiriré una finca en el campo. Deseo perder al crimen de vista, ¡eso es!
- Le crime, il est partout - observó Poirot sirviéndose una
buena rebanada de pan y mirando con el ceño fruncido a un gorrión impertinente
que acababa de posarse en el alféizar de la ventana.
The rabbit has a pleasant face
His private life is a disgrace.
I really could not tell you
The awful things that rabbits do
- Pues, señor - dijo desperezándose Japp -. Creo que todavía me
queda sitio para otro huevo y para una o dos lonchas de jamón. ¿Y a usted,
capitán?
- Sí. ¿Y a usted, Poirot?
Éste movió la cabeza.
- No hay que llenar el estómago - repuso - porque el cerebro se
negará a funcionar.
- Pues yo pienso arriesgarme - repuso Japp riendo -. Lo tengo
muy grande. A propósito, está engordando, Monsieur Poirot. ¡Eh, miss, otra
ración de jamón con huevos!
En este momento un cuerpo macizo bloqueó la puerta de entrada.
Era el agente Pollard.
- Perdón si interrumpo, inspector - dijo -, pero deseo que me
aconseje usted.
- Estoy de vacaciones - dijo Japp apresuradamente -. No me dé
trabajo. ¿De qué se trata?
- De un caballero que habita en Leigh Hall. Se ha disparado un
tiro en la cabeza.
- Supongo que habrá sido por deudas... o por una mujer. Es lo
usual. Lamento no poder ayudarle, Pollard.
- El caso es que no ha podido ejecutar el hecho por sí solo. Así
lo cree el doctor Giles.
Japp dejó la taza sobre el platillo.
- ¿Que no ha podido suicidarse solo? ¿Qué quiere usted decir?
- Es lo que afirma el doctor - repuso Pollard -. Dice que es
totalmente imposible. Esa muerte le deja perplejo, porque tanto la puerta como
la ventana de la habitación están cerradas por dentro con llave y cerrojo, pero
se aferra a su opinión de que el caballero no se ha suicidado.
Esto zanjó la cuestión. Huevos y jamón se dejaron a un lado y
pocos minutos después avanzamos todos a buen paso en dirección a Leigh Hall,
mientras Japp dirigía ansiosas preguntas al agente.
El nombre del difunto era Walter Protheroe; era hombre de edad
madura y tenía algo de retraído. Llegó a Market Basing ocho años atrás y
alquiló la casa, vieja mansión, casi derruida, estropeada, viviendo en un ala,
atendido por el ama de llaves que había traído consigo. Ésta se llamaba miss
Clegg y era una mujer superior, a la que todo el pueblo consideraba. Mister
Protheroe tenía huéspedes llegados al pueblo hacía muy poco: mister y mistress
Park, de Londres. En aquella mañana miss Clegg había llamado en vano a la
puerta de la habitación de su amo y al reparar en que estaba cerrada se alarmó
y llamó a la policía y al médico. El agente Pollard y el doctor Giles llegaron
a un tiempo. Los esfuerzos unidos lograron echar abajo la puerta de roble del
dormitorio.
Mister Protheroe apareció tendido en el suelo. Presentaba un
tiro en la cabeza y tenía asida la pistola con la mano derecha. Era evidente
que se trataba en realidad de un suicidio.
Sin embargo, al examinar el cadáver, el doctor Giles quedó
visiblemente perplejo y finalmente se llevó al agente aparte y le comunicó el
motivo de su perplejidad; Pollard pensó al punto en Japp y dejando al doctor en
la casa corrió a la fonda para avisarnos de lo ocurrido.
Cuando concluía su relato llegamos a Leigh House, edificio
inmenso, desolado, rodeado de un jardín descuidado y lleno de cizaña. Como la
puerta estaba abierta pasamos al vestíbulo y de éste a una salita de recibo de
la que salía ruido de voces. En la salita encontramos reunidas a cuatro
personas: un hombre vestido ostentosamente, con un rostro movible y
desagradable, que me inspiró súbita antipatía, una mujer de tipo parecido,
aunque hermosa de una manera burda; otra mujer, vestida de negro y algo separada
del resto, a la que tomé por el ama de llaves; y un caballero alto, vestido con
traje de sport, de semblante despejado y franco, que parecía imponerse a la
situación.
- El doctor Giles - dijo el agente -. El detective inspector
Japp, de Scotland Yard, y dos amigos.
El doctor nos saludó y después hizo la presentación de mister y
mistress Parker.
Luego subimos tras él la escalera. En obediencia a una seña de
Japp, Pollard se quedó en la salita como para guardar la casa. El doctor, que
nos precedía, nos hizo recorrer un pasillo. Al final vimos abierta una puerta;
de sus goznes colgaban aún varias astillas y el resto estaba por el suelo.
Entramos en aquella habitación. El cadáver seguía tendido en el
suelo. Mister Protheroe era hombre de edad mediana, de cabello gris en las
sienes. Llevaba barba.
Japp se arrodilló junto a él.
- ¿Por qué no lo dejaron tal y como estaba? - gruñó.
El doctor se encogió de hombros.
- Porque creímos que se trataba de un caso sencillo de suicidio.
- ¡Hum! - exclamó Japp -. La bala ha entrado en la cabeza por
detrás de la oreja izquierda.
- Precisamente - repuso el doctor -. Es imposible que se
disparase él solo el tiro.
Para ello hubiera tenido, primero ante todo, que rodearse la
cabeza con el brazo.
- ¿Sin embargo, encontraron la pistola en su mano? A propósito,
¿dónde está?
El doctor le indicó con un gesto la mesa vecina.
- Tampoco la asía - manifestó -. La tenía en la palma, pero no
la empuñaba.
- Debieron de ponerla en ella después - dijo Japp, que examinaba
el arma -. Sólo hay un cartucho vacío. Sacaremos las huellas dactilares, pero
no espero encontrar más que las suyas, doctor. ¿Hace mucho que ha fallecido
mister Protheroe?
- No puedo precisar la hora con exactitud como esos médicos
maravillosos de las novelas de detectives, inspector, pero debe hacer unas doce
horas.
Poirot no se había movido. Se mantenía pegado a mí, viendo lo
que hacía Japp y escuchando sus preguntas.
De vez en cuando, sin embargo, olfateaba el aire delicadamente,
como si se sintiera perplejo. Yo le imité sin descubrir nada de interés. El
aire puro, no olía a nada. Con todo, Poirot lo olfateaba como si su nariz
sensible percibiera algo que se escapaba a su inteligencia.
Al separarse Japp del cadáver, Poirot se arrodilló junto a él.
La herida no pareció despertar su interés. Primero supuse que examinaba los
dedos de la mano con que el difunto había empuñado la pistola, mas enseguida vi
que era un pañuelo, metido en la manga de la chaqueta gris oscuro que le
llamaba la atención. Finalmente se puso de pie sin separar los ojos de aquella
prenda.
Japp le llamó para que les ayudase a levantar la puerta.
Yo aproveché la ocasión para arrodillarme y coger el pañuelo,
que examiné minuciosamente. Era de blanco Cambray, de los más corrientes, pero
no ostentaba manchas de sangre ni de ninguna especie, por lo que, decepcionado,
volví a dejarlo donde estaba.
Los demás levantaron la puerta y buscaron en vano la llave.
- Esto zanja la cuestión - manifestó Japp -. La ventana está
cerrada y atrancada. El asesino debió salir por la puerta que cerró con llave y
se llevó ésta para que creyéramos que mister Protheroe se ha suicidado.
Seguramente no creyó que la echaríamos en falta. ¿Está de acuerdo, Monsieur
Poirot?
- Sí, estoy de acuerdo; pero hubiera sido más sencillo y mejor,
deslizar la llave por debajo de la puerta. De este modo hubiera parecido que se
había caído de la cerradura.
- Ah, bien, no hay que confiar en que a todo el mundo se le
ocurran ideas tan geniales como ésta. Si se hubiera dedicado a criminal,
hubiera sido el terror de la sociedad. ¿Desea hacer alguna observación,
Monsieur Poirot?
Poirot parecía echar algo de menos, o si no era así me lo
pareció. Después de echar una ojeada a su alrededor dijo en voz baja:
- Parece ser que este caballero fumaba mucho, señores.
Era cierto. Lo mismo el hogar, como un cenicero colocado sobre
la mesa, estaban bastante repletos de colillas de cigarro.
- Debió fumar veinte cigarrillos lo menos anoche - dijo Japp.
Así diciendo, se inclinó para examinar el del cenicero -. Son todos de la misma
clase. Lo ha fumado la misma persona. El hecho no tiene nada de particular,
Monsieur Poirot.
- No he sugerido que lo tuviera - murmuró mi amigo.
- Ah, ¿qué es esto? Japp cogió un pequeño objeto reluciente que
estaba junto al cadáver -. Es un gemelo roto. ¿A quién pertenecerá? Doctor
Giles, haga el favor de ir en busca del ama de llaves.
- ¿Y qué hacemos de los Parker? Porque mister Parker tiene
trabajo en Londres...
- No sé. Tendremos que pasarnos sin él. Aunque en vista del
cariz que toman las cosas, le necesitamos aquí también. Envíeme al ama de
llaves y no permita que los Parker le den a usted y a Pollard esquinazo.
¿Entraron aquí por la mañana?
El doctor reflexionó un breve momento antes de contestar
categórico:
- No, se quedaron en el pasillo mientras entrábamos Pollard y
yo.
- ¿Está bien seguro?
- Segurísimo.
El doctor marchó a cumplir su misión.
- Es un buen hombre - dijo Japp con aire de aprobación -. Estos médicos
deportistas suelen ser personas excelentes. Bien, ¿quién le habrá pegado el
tiro a ese pobre señor?
Además de él, había tres personas más en esta casa. No sospecho
del ama de llaves, porque en el espacio de ocho años ha podido matarle, no una
sino cien veces. Pero, ¿qué clase de pájaros serán esos Parker? Resultan una
pareja poco simpática.
En este momento apareció miss Clegg. Era una mujer flaca,
escurrida, de cabellos grises que llevaba partidos en la frente. Tenía unos
modales muy naturales y tranquilos. De su persona emanaba, al propio tiempo, un
aire de eficiencia tal, que inspiraba respeto. En respuesta a las preguntas del
inspector, explicó que llevaba catorce años al servicio del difunto, que fue
amo generoso y considerado. No conocía a mister ni a mistress Parker, a quienes
había visto por primera vez tres días atrás. Era indudable, en su opinión, que
nadie les había invitado, porque su visita pareció desagradar al señor. El
gemelo roto que Japp le enseñó, no pertenecía a mister Protheroe, estaba
segurísima de ello. Al interrogarle acerca de la pistola repuso que sabía que
el señor poseía, en efecto, un arma de fuego que guardaba bajo llave. Ella la
vio una vez, pero no se atrevió a afirmar que fuera la misma que le mostraban.
No oyó el disparo la noche anterior. El hecho no tenía nada de extraordinario
porque la casa era grande y destartalada y porque lo mismo su habitación que la
reservada al matrimonio Parker se hallaba al otro lado de ella. Ignoraba a qué
hora se retiró mister Protheroe a descansar. Cuando lo hizo ella, a las nueve y
media, lo dejó levantado. No tenía por costumbre acostarse temprano. Por regla
general leía o fumaba hasta una hora avanzada. Era un gran fumador.
Poirot interpuso aquí una pregunta:
- ¿Dormía el señor con la venta abierta o cerrada?
Miss Clegg reflexionó un instante.
- Creo que con la ventana abierta, si no recuerdo mal - dijo
luego.
- Pues ahora está cerrada. ¿Cómo se explica usted el hecho?
- No sé. Quizá sintió alguna corriente de aire y la cerró por
eso.
Japp le dirigió todavía varias preguntas y a continuación le
despidió. Luego habló por separado con los Parker. Mistress Parker lloraba;
mister Parker optó por fanfarronear e insultarnos. Negó que fuera suyo el
gemelo roto, pero su mujer lo había reconocido y naturalmente el hecho empeoró
la situación; y como negó también haber entrado en la habitación de mister
Protheroe, Japp estimó que había pruebas suficientes para proceder a su
detención.
Dejando a Pollard en custodia de la propiedad, corrió al pueblo
y pidió comunicación con el cuartel general de la policía.
Poirot y yo volvimos a la fonda.
- Está muy callado - dije a mi amigo -. ¿No le interesa el caso?
- Au contraire. Me interesa extraordinariamente. Pero me deja
perplejo también.
- El motivo del crimen es poco claro - dije pensativo -, pero
estoy seguro de que esos Parker son malas personas. No obstante la falta de
motivo, que aparecerá más adelante, sin duda, todo está en contra suya de
manera manifiesta.
- Japp ha pasado por alto un detalle a pesar de ser muy
significativo.
Yo le miré lleno de curiosidad.
- Poirot, ¿qué se trae entre manos? - interrogué.
- ¿Qué tenía en la manga el difunto?
- ¡Un pañuelo!
- Precisamente, un pañuelo.
- Los marinos se lo colocan en la manga - observé pensativo.
- Excelente observación, Hastings, a pesar de que no es la que
esperaba.
- ¿Tiene algo más que decir?
- Sí, no dejo de pensar en el intenso olor a humo de cigarrillo.
- Pero yo no olí nada - respondí maravillado.
- Ni yo tampoco, cher ami.
Le miré con gravedad. Nunca sé si habla en broma o en serio,
pero esta vez me pareció que no bromeaba.
La investigación se verificó dos días después. Entretanto,
surgió a la luz una prueba más. Un vagabundo admitió que había saltado la tapia
del jardín de Leigh House, donde dormía con frecuencia en la casilla de las
herramientas que quedaba siempre abierta. Este hombre declaró que a las doce de
la noche oyó voces en una habitación del primer piso. Una pedía dinero, la otra
se lo negaba de manera airada. Oculto tras de un arbusto vio a dos hombres
pasar y repasar por delante de la iluminada ventana.
Uno, lo conocía bien, era mister Protheroe; el otro le era
desconocido, pero sus señas coincidían totalmente con las de mister Parker.
Estaba ahora claro que los Parker habían ido a Leigh House para
hacer víctima de un chantaje a Protheroe y cuando más adelante se descubrió que
su verdadero nombre era en realidad Wendover, ex teniente de la Armada y que
estuvo relacionado en 1910 con la explosión del crucero Merrythought, el caso
se aclaró rápidamente. Parker, que sabía el papel desempeñado por Wendover, le
siguió los pasos y le pidió dinero a cambio de mantener la boca cerrada. Pero
el otro se negó a dárselo. En el curso de la disputa, Wendover sacó el
revólver, Parker se lo arrancó de la mano e hizo fuego, tratando luego de dar
al crimen la apariencia de un suicidio.
Parker fue llevado a juicio reservándose la defensa.
Nosotros habíamos asistido a los procedimientos del tribunal. Al
salir, Poirot meneó la cabeza.
- Así debe ser - murmuró -. Sí, así debe ser, no es posible
demorarse.
Entró en Correos y escribió unas líneas que envió por mensajero
especial. Yo no vi a quién iba dirigida la nota. Después volvimos a la fonda,
donde nos hospedábamos desde aquel memorable fin de semana.
Poirot iba y venía sin cesar desde el fondo de la habitación a
la ventana.
- Espero visita - me explicó -. ¿Me habré equivocado? No, no es
posible. No, aquí está.
Y con no poca sorpresa por mi parte vi entrar a miss Clegg en la
habitación. Me pareció menos serena que de costumbre y llegaba jadeando como si
hubiera venido corriendo. Vi brillar el miedo en sus ojos cuando miró a Poirot.
- Siéntese, mademoiselle - le dijo amablemente mi amigo -. He
adivinado, ¿verdad?
Ella pareció indecisa y prorrumpió en llanto por toda respuesta.
- ¿Por qué hizo eso? ¿Por qué? - dijo suavemente Poirot.
- Porque le amaba mucho - repuso ella -. Yo le cuidé desde la
infancia. ¡Oh, tenga piedad de mí!
- Haré por usted cuanto sea posible. Pero no podía permitir,
compréndalo, que ahorcasen a un inocente por bribón y desagradable que pueda
ser.
Miss Clegg se irguió y dijo en voz baja:
- Quizá yo tampoco lo hubiera permitido al final. Haga lo que
juzgue conveniente.
Luego, poniéndose en pie, salió de la habitación.
- ¿Le mató ella? - pregunté aturdido.
Poirot sonrió y movió la cabeza.
- Se suicidó él - replicó -. ¿Recuerda que llevaba el pañuelo en
la manga derecha? Pues esto me reveló que era zurdo. Temiendo después de la
borrascosa entrevista con mister Parker que se hiciera público su delito, se
suicidó. Por la mañana, al ir a llamarle como de costumbre, miss Clegg le halló
muerto y como, según acaba de oír, le conocía desde niño, se llenó de cólera
contra los forasteros que le habían empujado a tan vergonzosa muerte. Los
consideraba como a sus asesinos y de pronto vio la posibilidad de hacerles
sufrir por lo que habían hecho. Únicamente ella sabía que Protheroe era zurdo.
Pasó, pues, la pistola a su mano derecha, cerró y echó la falleba de la
ventana, dejó caer al suelo el pedazo de gemelo que había encontrado en una de
las habitaciones de la planta baja y salió, cerrando la puerta y llevándose la
llave.
- Poirot - exclamé en una explosión de entusiasmo -. ¡Es usted
soberbio! ¡Y todo esto sólo por medio de un simple pañuelo!
- Y por el humo del cigarrillo. Si la ventana hubiera estado
cerrada y fumados todos aquellos cigarrillos la habitación hubiera estado
impregnada del olor a tabaco. En vez de esto el aire era puro y así deduje en
el acto que la ventana había estado abierta durante toda la noche y que
únicamente se cerró por la mañana, lo que me brindó una serie de interesantes
reflexiones. No acertaba a concebir, bajo ninguna clase de circunstancias, que
el criminal deseara cerrar la ventana. Por el contrario, ganaba dejándola
abierta para simular que el criminal se había escapado por ella, si la teoría
del vagabundo dejaba de tener éxito. La declaración del vagabundo vino a
confirmar mis sospechas, porque de estar la ventana cerrada, no hubiera oído la
discusión.
- ¡Espléndido! Y ahora, ¿quiere una taza de té?
- Ha hablado usted como buen inglés - repuso Poirot suspirando
-. Yo preferiría un refresco, pero no creo probable que lo haya.
******
Nido de avispas
John Harrison salió de la casa y se quedó un momento en la terraza
de cara al jardín. Era un hombre alto de rostro delgado y cadavérico. No
obstante, su aspecto lúgubre se suavizaba al sonreír, mostrando entonces un
algo muy atractivo.
Harrison amaba su jardín, cuya visión era inmejorable en aquel
atardecer de agosto, soleado y lánguido. Las rosas lucían toda su belleza y los
guisantes dulces perfumaban el aire.
Un familiar chirrido hizo que Harrison volviese la cabeza a un
lado. El asombro se reflejó en su semblante, pues la pulcra figura que avanzaba
por el sendero era la que menos esperaba.
- ¡Qué alegría! - exclamó Harrison -. ¡Si es Monsieur Poirot!
En efecto, allí estaba Hércules Poirot, el sagaz detective.
- Yo en persona. En cierta ocasión me dijo: “Si alguna vez se
pierde en aquella parte del mundo, venga a verme”. Acepté su invitación, ¿lo
recuerda?
- Me siento encantado - aseguró Harrison sinceramente -.
Siéntese y beba algo.
Su mano hospitalaria le señaló una mesa en el pórtico, donde
había diversas botellas.
- Gracias - repuso Poirot dejándose caer en un sillón de mimbre
-. ¿Por casualidad no tiene jarabe? No, ya veo que no. Bien sírvame un poco de
soda, por favor whisky no - su voz se hizo plañidera mientras le servían -.
¡Cáspita, mis bigotes están lacios!
Debe de ser el calor.
- ¿Qué le trae a este tranquilo lugar? - preguntó Harrison
mientras se acomodaba en otro sillón -. ¿Es un viaje de placer?
- No, mon ami; negocios.
- ¿Negocios? ¿En este apartado rincón?
Poirot asintió gravemente.
- Sí, amigo mío; no todos los delitos tienen por marco las
grandes aglomeraciones urbanas.
Harrison se rió.
- Imagino que fui algo simple. ¿Qué clase de delito investiga
usted por aquí? Bueno, si puedo preguntar.
- Claro que sí. No sólo me gusta, sino que también le agradezco
sus preguntas.
Los ojos de Harrison reflejaban curiosidad. La actitud de su
visitante denotaba que le traía allí un asunto de importancia.
- ¿Dice que se trata de un delito? ¿Un delito grave?
- Uno de los más graves delitos.
- Acaso un... ?
- Asesinato - completó Poirot.
Tanto énfasis puso en la palabra que Harrison se sintió
sobrecogido. Y por si esto fuera poco, las pupilas del detective permanecían
tan fijamente clavadas en él, que el aturdimiento le invadió. Al fin pudo
articular:
- No sé que haya ocurrido ningún asesinato aquí.
- No - dijo Poirot -. No es posible que lo sepa.
- ¿Quién es?
- De momento, nadie.
- ¿Qué?
- Ya le he dicho que no es posible que lo sepa. Investigo un
crimen aún no ejecutado.
- Veamos, eso suena a tontería.
- En absoluto. Investigar un asesinato antes de consumarse es
mucho mejor que después. Incluso, con un poco de imaginación, podría evitarse.
Harrison le miró incrédulo.
- ¿Habla usted en serio, Monsieur Poirot?
- Sí; hablo en serio.
- ¿Cree de verdad que va a cometerse un crimen? ¡Eso es absurdo!
Hércules Poirot, sin hacer caso de la observación, dijo:
- A menos que usted y yo podamos evitarlo. Sí, mon ami.
- ¿Usted y yo?
- Usted y yo. Necesitaré de su cooperación.
- ¿Es ésa la razón de su visita?
Los ojos de Poirot le transmitieron inquietud.
- Vine, Monsieur Harrison, porque... me agrada usted - y con voz
más despreocupada añadió: Veo que hay un nido de avispas en el jardín. ¿Por qué
no lo destruye?
El cambio de tema hizo que Harrison frunciera el ceño. Siguió la
mirada de Poirot y dijo:
- Pensaba hacerlo. Mejor dicho, lo hará el joven Langton.
¿Recuerda a Claude Langton? Asistió a la cena en que nos conocimos usted y yo.
Viene esta noche expresamente a destruir el nido.
- ¡Ah! - exclamó Poirot -. ¿Y cómo piensa hacerlo?
- Con petróleo rociado con un inyector de jardín. Traerá el suyo
que es más adecuado que el mío.
- Hay otro sistema, ¿no? - preguntó Poirot -. Por ejemplo,
cianuro de potasio.
Harrison alzó la vista sorprendido.
- ¡Es peligroso! Se corre el riesgo de su fijación en las
plantas.
Poirot asintió.
- Sí; es un veneno mortal - guardó silencio un minuto y repitió:
- Un veneno mortal.
- Útil para desembarazarse de la suegra, ¿verdad? - se rió
Harrison.
Hércules Poirot permaneció serio.
- ¿Está completamente seguro, Monsieur Harrison, de que Langton
destruirá el avispero con petróleo?
- Segurísimo. ¿Por qué?
- Simple curiosidad. Estuve en la farmacia de Bachester esta
tarde, y mi compra exigió que firmase en el libro de venenos. La última venta
era cianuro de potasio, adquirido por Claude Langton.
Harrison enarcó las cejas.
- ¡Qué raro! Langton se opuso el otro día a que empleemos esta
sustancia. Según su parecer, no debiera venderse para este fin.
Poirot miró por encima de las rosas. Su voz era muy queda al
preguntar:
- ¿Le gusta Langton?
La pregunta cogió por sorpresa a Harrison, que acusó su efecto.
- ¡Qué quiere que le diga! Pues sí, me gusta. ¿Por qué no ha de
gustarme?
- Mera divagación - repuso Poirot -. ¿Y usted, es de su gusto?
Ante el silencio de su anfitrión, repitió la pregunta.
- ¿Puede decirme si usted es de su gusto?
- ¿Qué se propone, Monsieur Poirot? No termino de comprender su
pensamiento.
- Le seré franco. Tiene usted relaciones y piensa casarse,
Monsieur Harrison.
Conozco a la señorita Molly Deane. Es una joven encantadora y
muy bonita. Antes estuvo prometida a Claude Langton, a quien dejó por usted.
Harrison asintió con la cabeza.
- Yo no pregunto cuáles fueron las razones; quizás estén
justificadas, pero, ¿no le parece justificada también cualquier duda en cuanto
a que Langton haya olvidado o perdonado?
- Se equivoca, Monsieur Poirot. Le aseguro que está equivocado.
Langton es un deportista y ha reaccionado como un caballero. Ha sido
sorprendentemente honrado conmigo, y, ni con mucho, no ha dejado de mostrarme
aprecio.
- ¿Y no le parece eso poco normal? Utiliza usted la palabra
“sorprendente” y, sin embargo, no demuestra hallarse sorprendido.
- No le comprendo, Monsieur Poirot.
La voz del detective acusó un nuevo matiz al responder:
- Quiero decir que un hombre puede ocultar su odio hasta que
llegue el momento adecuado.
- ¿Odio? - Harrison sacudió la cabeza y se rió.
- Los ingleses son muy estúpidos - dijo Poirot -. Se consideran
capaces de engañar a cualquiera y creen que nadie es capaz de engañarles a
ellos. El deportista, el caballero, es un quijote del que nadie piensa mal.
Pero, a veces, ese mismo deportista, cuyo valor le lleva al sacrificio piensa
lo mismo de sus semejantes y se equivoca.
- Me está usted advirtiendo en contra de Claude Langton -
exclamó Harrison -. Ahora comprendo esa intención suya que me tenía intrigado.
Poirot asintió, y Harrison, bruscamente, se puso en pie.
- ¿Está usted loco, Monsieur Poirot? ¡Esto es Inglaterra! Aquí
nadie reacciona así.
Los pretendientes rechazados no apuñalan por la espalda o
envenenan. ¡Se equivoca en cuanto a Langton! Ese muchacho no haría daño a una
mosca.
- La vida de una mosca no es asunto mío - repuso Poirot
plácidamente -. No obstante, usted dice que Monsieur Langton no es capaz de
matarlas, cuando en este momento debe de prepararse para exterminar a miles de
avispas.
Harrison no replicó, y el detective, puesto en pie a su vez
colocó una mano sobre el hombro de su amigo, y lo zarandeó como si quisiera
despertarlo de un mal sueño.
- ¡Espabílese, amigo, espabílese! Mire aquel hueco en el tronco
del árbol. Las avispas regresan confiadas a su nido después de haber volado
todo el día en busca de su alimento. Dentro de una hora habrán sido destruidas,
y ellas lo ignoran, porque nadie les advierte. De hecho carecen de un Hércules
Poirot. Monsieur Harrison, le repito que vine en plan de negocios. El crimen es
mi negocio, y me incumbe antes de cometerse y después. ¿A qué hora vendrá
Monsieur Langton a eliminar el nido de avispas?
- Langton jamás...
- ¿A qué hora? - le atajó.
- A las nueve. Repito que está equivocado. Langton jamás...
- ¡Estos ingleses! -volvió a interrumpirle Poirot.
Recogió su sombrero y su bastón y se encaminó al sendero,
deteniéndose para decir por encima del hombro:
- No me quedo para no discutir con usted; sólo me enfurecería.
Pero entérese bien: regresaré a las nueve.
Harrison abrió la boca y Poirot gritó antes de que dijese una
sola palabra:
- Sé lo que va a decirme: “Langton jamás...”, etcétera. ¡Me
aburre su “Langton jamás”! No lo olvide, regresaré a las nueve. Estoy seguro de
que me divertirá ver cómo destruye el nido de avispas. ¡Otro de los deportes
ingleses!
No esperó la reacción de Harrison y se fue presuroso por el
sendero hasta la verja.
Ya en el exterior, caminó pausadamente, y su rostro se volvió
grave y preocupado. Sacó el reloj del bolsillo y lo consultó. Las manecillas
marcaban las ocho y diez.
- Unos tres cuartos de hora - murmuró -. Quizás hubiera sido
mejor aguardar en la casa.
Sus pasos se hicieron más lentos, como si una fuerza irresistible
lo invitase a regresar. Era un extraño presentimiento, que, decidido, se
sacudió antes de seguir hacia el pueblo. No obstante, la preocupación se
reflejaba en su rostro y una o dos veces movió la cabeza, signo inequívoco de
la escasa satisfacción que le producía su acto.
Minutos antes de las nueve, se encontraba de nuevo frente a la
verja del jardín. Era una noche clara y la brisa apenas movía las ramas de los
árboles. La quietud imperante rezumaba un algo siniestro, parecido a la calma
que antecede a la tempestad.
Repentinamente alarmado, Poirot apresuró el paso, como si un
sexto sentido le pusiese sobre aviso.
De pronto, se abrió la puerta de la verja y Claude Langton,
presuroso, salió a la carretera. Su sobresalto fue grande al ver a Poirot.
- ¡Ah... ! ¡Oh... ! Buenas noches.
- Buenas noches, Monsieur Langton. ¿Ha terminado usted?
El joven lo miró inquisitivo.
- Ignoro a qué se refiere - dijo.
- ¿Ha destruido ya el nido de avispas?
- No.
- ¡Oh! - exclamó Poirot como si sufriera un desencanto -. ¿No lo
ha destruido? ¿Qué hizo usted, pues?
- He charlado con mi amigo Harrison. Tengo prisa, Monsieur
Poirot. Ignoraba que vendría a este solitario rincón del mundo.
- Me traen asuntos profesionales.
- Hallará Harrison en la terraza. Lamento no detenerme.
Langton se fue y Poirot lo siguió con la mirada. Era un joven
nervioso, de labios finos y bien parecido.
- Dice que encontraré a Harrison en la terraza - murmuró Poirot
-. ¡Veamos!
Penetró en el jardín y siguió por el sendero. Harrison se
hallaba sentado en una silla junto a la mesa. Permanecía inmóvil, y no volvió
la cabeza al oír a Poirot.
- ¡Ah, mon ami! - exclamó éste -. ¿Cómo se encuentra?
Después de una larga pausa, Harrison, con voz extrañamente fría,
inquirió:
- ¿Qué ha dicho?
- Le he preguntado cómo se encuentra.
- Bien. Sí; estoy bien. ¿Por qué no?
- ¿No siente ningún malestar? Eso es bueno.
- ¿Malestar? ¿Por qué?
- Por el carbonato sódico.
Harrison alzó la cabeza.
- ¿Carbonato sódico? ¿Qué significa eso?
Poirot se excusó.
- Siento mucho haber obrado sin su consentimiento, pero me vi
obligado a ponerle un poco en uno de sus bolsillos.
- ¿Que puso usted un poco en uno de mis bolsillos? ¿Por qué
diablos hizo eso?
Poirot se expresó con esa cadencia impersonal de los
conferenciantes que hablan a los niños.
- Una de las ventajas, o desventajas del detective, radica en su
conocimiento de los bajos fondos de la sociedad. Allí se aprenden cosas muy
interesantes y curiosas. Cierta vez me interesé por un simple ratero que no
había cometido el hurto que se le imputaba, y logré demostrar su inocencia. El
hombre, agradecido, me pagó enseñándome los viejos trucos de su profesión.
“Eso me permite ahora hurgar en el bolsillo de cualquiera con
sólo escoger el momento oportuno. Para ello basta poner una mano sobre su
hombro y simular un estado de excitación. Así logré sacar el contenido de su
bolsillo derecho y dejar a cambio un poco de carbonato sódico.
“Compréndalo. Si un hombre desea poner rápidamente un veneno en
su propio vaso, sin ser visto, es natural que lo lleve en el bolsillo derecho
de la americana.
Poirot se sacó de uno de sus bolsillos algunos cristales blancos
y aterronados.
- Es muy peligroso - murmuró - llevarlos sueltos.
Calmosamente y sin precipitarse, extrajo del otro bolsillo un
frasco de boca ancha.
Deslizó en su interior los cristales, se acercó a la mesa y
vertió agua en el frasco.
Una vez tapado lo agitó hasta disolver los cristales. Harrison
lo miraba fascinado.
Poirot se encaminó al avispero, destapó el frasco y roció con la
solución el nido.
Retrocedió un par de pasos y se quedó allí a la expectativa.
Algunas avispas se estremecieron un poco antes de quedarse
quietas. Otras treparon por el tronco del árbol hasta caer muertas. Poirot
sacudió la cabeza y regresó al pórtico.
- Una muerte muy rápida - dijo.
Harrison pareció encontrar su voz.
- ¿Qué sabe usted?
- Como le dije, vi el nombre de Claude Langton en el registro.
Pero no le conté lo que siguió inmediatamente después. Lo encontré al salir a
la calle y me explicó que había comprado cianuro potásico a petición de usted
para destruir el nido de avispas. Eso me pareció algo raro, amigo mío, pues
recuerdo que en aquella cena a que hice referencia antes, usted expuso su punto
de vista sobre el mayor mérito de la gasolina para estas cosas, y denunció el
empleo de cianuro como peligroso e innecesario.
- Siga.
- Sé algo más. Vi a Claude Langton y a Molly Deane cuando ellos
se creían libres de ojos indiscretos. Ignoro la causa de la riña de enamorados
que llegó a separarlos, poniendo a Molly en los brazos de usted, pero comprendí
que los malentendidos habían acabado entre la pareja y que la señorita Deane
volvía a su antiguo amor.
- Siga.
- Nada más. Salvo que me encontraba en Harley el otro día y le
vi salir a usted del consultorio de cierto doctor, amigo mío. La expresión de
su rostro me dijo la clase de enfermedad que padece y su gravedad. Es una
expresión muy peculiar, que sólo he observado un par de veces en mi vida, pero
es inconfundible. Refleja el conocimiento de la propia sentencia de muerte.
¿Tengo razón o no?
- Sí. Sólo dos meses de vida. Eso me dijo.
- Usted no me vio, amigo mío, pues tenía otras cosas en qué
pensar. Pero yo advertí algo más en su rostro; advertí esa cosa que los hombres
tratan de ocultar, y de la cual le hablé antes. Odio, amigo mío. No se moleste
en negarlo.
- Siga - apremió Harrison.
- No hay mucho más que decir. Por pura casualidad vi el nombre
de Langton en el libro de registro de venenos. Lo demás ya lo sabe. Usted me
negó que Langton fuera a emplear el cianuro, e incluso se mostró sorprendido de
que lo hubiera adquirido. Mi visita no le fue particularmente grata al
principio, si bien muy pronto la halló conveniente y alentó mis sospechas.
Langton me dijo que vendría a las ocho y media. Usted que a las nueve. Sin duda
pensó que a esa hora me encontraría con el hecho consumado.
- ¿Por qué vino? - gritó Harrison -. ¡Ojalá no hubiera venido!
- Se lo dije. El asesinato es asunto de mi incumbencia.
- ¿Asesinato? ¡Suicidio querrá decir!
- No - la voz de Poirot sonó claramente aguda -. Quiero decir
asesinato. Su muerte sería rápida y fácil, pero la que planeaba para Langton
era la peor muerte que un hombre puede sufrir. Él compra el veneno, viene a
verlo y los dos permanecen solos.
Usted muere de repente y se encuentra cianuro en su vaso. ¡A
Claude Langton lo cuelgan! Ése era su plan.
Harrison gimió al repetir:
- ¿Por qué vino? ¡Ojalá no hubiera venido!
- Ya se lo he dicho. No obstante, hay otro motivo. Le aprecio,
Monsieur Harrison.
Escuche, mon ami; usted es un moribundo y ha perdido la joven
que amaba; pero no es un asesino. Dígame la verdad: ¿Se alegra o lamenta ahora
de que yo viniese?
Tras una larga pausa, Harrison se animó.
Había dignidad en su rostro y la mirada del hombre que ha
logrado salvar su propia alma. Tendió la mano por encima de la mesa y dijo:
- Fue una suerte que usted viniera.
******
Problema en el mar
- ¡Coronel Clapperton! - dijo el general Forbes, en un tono que
sonó como un ronquido o un resoplido.
La señorita Ellie Henderson se inclinó hacia delante, con un
mechón de su suave cabello gris meciéndosele por la cara. Sus ojos oscuros y
vivos brillaban de satisfacción maligna.
- ¡Un hombre con un aspecto tan militar! - dijo, con malicia, y
se echó hacia atrás el mechón de pelo, esperando el resultado de su frase.
- ¡Militar! - estalló el general Forbes. Se tiró de su bigote
guerrero, con el rostro de un rojo subido.
- Estaba en la guardia, ¿no? - murmuró la señorita Henderson,
rematando su obra.
- ¿En la guardia? ¿En la guardia? ¡Qué sarta de estupideces!
¡Ese individuo era un artista de variedades! ¡Palabra! Se alistó y estuvo en
Francia, contando las latas de ciruelas y de manzana. A los teutones se les
cayó una bomba perdida y le mandaron a Inglaterra con una herida sin
importancia en el brazo. No sé cómo fue a parar al hospital de lady Carrington.
- ¡Conque fue así como se conocieron!
- ¡Exacto! El tipo interpretó el papel de héroe. Lady Carrington
no tenía cabeza, pero si tenía montones de dinero. El viejo Carrington había
negociado con municiones.
Llevaba sólo seis meses de viuda. Este tipo se hizo con ella en
un momento. Luego ella le enchufó en el Ministerio de la Guerra. ¡Coronel
Clapperton! ¡Bah! - terminó, con un bufido.
- Y antes de la guerra era artista de variedades - murmuró la
señorita Henderson, tratando de imaginar al distinguido coronel Clapperton como
un cómico de nariz colorada, entonando canciones bufas.
- ¡Exacto! - dijo el general Forbes -. Se lo oí decir al viejo
Bassington Krench. Y él se lo oyó al viejo Barger Corterill, que lo supo por
Snooks Parker.
La señorita Henderson asintió vivamente.
- Bueno, entonces no hay más que hablar - dijo.
Una sonrisa fugaz asomó al rostro de un hombre bajito, sentado
cerca de ellos. La señorita Henderson observó la sonrisa. Era muy observadora.
La sonrisa mostraba que aquel hombre había apreciado la ironía envuelta en su
última observación... ironía que el general ni por un momento sospechó.
El general tampoco veía las sonrisas. Echó una ojeada a su
reloj, se puso en pie y observó:
- Ejercicio. Hay que mantenerse en forma cuando se está en un
barco.
Y se marchó a cubierta.
La señorita Henderson miró al hombre que se había sonreído. Era
una mirada de persona educada, con la que indicaba que estaba dispuesta a
entablar conversación con su compañero de viaje.
- Es activo, ¿verdad? - dijo el hombre bajito.
- Da la vuelta a cubierta cuarenta y ocho veces exactamente -
dijo la señorita Henderson -. ¡Qué cotilla es! ¡Y luego dicen que es a las
mujeres a las que nos gusta el escándalo!
- ¡Qué descortesía!
- Los franceses son muy corteses - comentó la señorita
Henderson, con un matiz de interrogación en la voz.
El hombre bajito reaccionó prontamente a la insinuación.
- Belga, mademoiselle - dijo.
- ¡Ah! Belga.
- Hércules Poirot, a su disposición.
El nombre despertó en ella algún recuerdo. ¿Dónde lo habría oído
antes?
- ¿Lo pasa usted bien en el barco, Monsieur Poirot?
- Francamente, no. Ha sido una estupidez el haberme dejado
convencer para venir. Detesto la mar. Nunca está tranquila, nunca, ni un
minuto.
- Bueno, reconocerá usted que ahora está tranquila.
Monsieur Poirot lo admitió, a regañadientes.
- A ce moment, sí. Por eso revivo. Por eso vuelvo a interesarme
por lo que sucede a mi alrededor... por ejemplo, ha despertado mi interés su
tacto en manejar al general Forbes.
- ¿Se refiere usted a... ?
La señorita Henderson se calló.
Hércules Poirot inclinó la cabeza.
- A su manera de sacarle aquel escándalo. ¡Admirable!
La señorita Henderson se rió, sin dar muestras de sentir el
menor embarazo.
- ¿Aquel quite sobre la guardia? Yo sabía que eso le haría
quedarse sin habla. – Se echó hacia delante, en actitud confidencial -.
Confieso que me gusta el escándalo... ¡cuanto peor intencionado sea, mejor!
Poirot la miró, pensativo. Era una mujer de cuarenta y cinco
años, satisfecha de representarlos, esbelta, de figura muy bien conservada, de
agudos ojos oscuros y cabello gris.
Ellie dijo, de pronto:
- ¡Ya sé! ¿No es usted el famosísimo gran detective?
Poirot hizo una inclinación de cabeza.
- Es usted muy amable, mademoiselle.
Pero no rechazó el cumplido.
- ¡Qué emocionante! - dijo la señorita Henderson -. ¿Se halla
usted tras una pista, como dicen en los libros? ¿Tenemos entre nosotros un
criminal de incógnito? ¿Soy indiscreta?
- Nada de eso. Me duele desilusionarla, pero estoy aquí, como
los demás, sencillamente para divertirme.
Lo dijo con voz tan lúgubre que la señorita Henderson se rió.
- Bueno, mañana podrá bajar a tierra en Alejandría. ¿Ha estado
usted antes en Egipto?
- Nunca, mademoiselle.
La señorita Henderson se levantó un tanto bruscamente.
- Voy a reunirme con el general en su paseíto - anunció, con
sequedad.
Poirot se puso en pie, cortésmente.
Ella le hizo un saludo ligero y salió a cubierta.
A los ojos de Poirot asomó por un momento una expresión un poco
perpleja, luego se levantó, los labios fruncidos por una sonrisita, asomó la
cabeza por la puerta y miró a cubierta. La señorita Henderson se inclinaba
contra la barandilla, hablando con un hombre alto, de aspecto militar.
La sonrisa de Poirot se acentuó. Volvió al salón de fumar con
las mismas precauciones con que la tortuga se mete en su concha. Por el
momento, el salón de fumar era sólo suyo, pero supuso certeramente que aquella
situación no podía durar mucho.
Y no duró. La señora Clapperton entró por la puerta del bar con
el aire resuelto de la mujer que siempre ha podido pagar el precio más alto por
todo lo que necesitaba.
Llevaba el cabello rubio platino cuidadosamente ondulado y
protegido por una redecilla, y la figura, sometida a masajes y dietas, cubierta
con un elegante conjunto deportivo.
- ¡John! - dijo -. ¡Ah, buenos días, Monsieur Poirot! ¿Ha visto
usted a John?
- Está en la cubierta de estribor, madame. ¿Voy... ?
Ella le detuvo con un gesto.
- Me sentaré aquí un minuto.
Se sentó con aires de reina en la butaca frente a la suya.
Desde lejos podían echársele veintiocho años. De cerca, a pesar
del maquillaje perfecto, y de las cejas, muy bien depiladas, no representaba
los cuarenta y nueve que tenía, sino posiblemente cincuenta y cinco. Sus ojos
duros, de pupilas diminutas, eran de una tonalidad azul pálido.
- Sentí no verle anoche en el comedor - dijo -. Desde luego, el
mar estaba un poco picado.
- Précisément... - dijo Poirot con calor.
- Afortunadamente, yo no me mareo nunca - dijo la señora
Clapperton -. Digo afortunadamente porque, como padezco del corazón,
probablemente marearme significaría la muerte para mí.
- ¿Padece usted del corazón, madame?
- Sí, tengo que tener muchísimo cuidado. No debo fatigarme.
¡Todos los médicos lo dicen!
La señora Clapperton había iniciado el tema, para ella
fascinante, de su salud.
- John, pobrecito mío - prosiguió -, se desvive por evitarme que
haga demasiadas cosas. ¡Vivo tan intensamente, mi querido Monsieur Poirot!
- Sí, sí.
- Siempre me dice: “Trata de vegetar un poco, Adeline”. Pero no
puedo. Yo creo que la vida ha sido hecha para vivirla. A decir verdad, me agoté
siendo muy joven, durante la guerra. Mi hospital... ¿ha oído usted hablar de mi
hospital? Claro que tenía enfermeras y todo eso, pero era yo quien lo llevaba
realmente.
Suspiró.
- Su vitalidad es maravillosa, querida señora - dijo Poirot, con
el tono un poco mecánico de la persona que dice lo que esperan que diga.
La señora Clapperton soltó una risita juvenil.
- ¡Todo el mundo me dice lo joven que estoy! ¡Es absurdo! Nunca
niego que tenga cuarenta y tres años - continuó con franqueza un tanto falsa -,
pero a mucha gente le cuesta trabajo creerlo. “¡Tienes tanta vitalidad,
Adeline!”, me dicen. Pero la verdad, Monsieur Poirot, qué sería de uno si no
tuviera vitalidad?
- Se moriría - dijo Poirot.
La señora Clapperton frunció el ceño. No le gustó la respuesta.
Aquel hombre, pensó, quería hacerse el gracioso. Se levantó y dijo fríamente:
- Voy a buscar a John.
Al cruzar la puerta, se le cayó el bolso. Éste se abrió y su
contenido se desparramó por el suelo. Poirot corrió galantemente a ayudarla.
Tardó varios minutos en recoger las barras de labios, las polveras, las
pitilleras, el encendedor y otras cosas diversas.
La señora Clapperton le dio las gracias cortésmente, salió luego
a cubierta y dijo:
- ¡John!
El coronel Clapperton continuaba enfrascado en su conversación
con la señorita Henderson. Se volvió y se acercó apresuradamente a su esposa,
inclinándose hacia ella en actitud protectora. ¿Estaba su silla en el sitio
apropiado? ¿No era mejor... ? Su actitud era muy cortés y solícita.
Evidentemente, una esposa mimada por su amante esposo.
La señorita Henderson miró al horizonte, como si la escena le
desagradara profundamente.
De pie en la puerta del salón de fumar, Poirot observaba.
Una voz áspera y temblona dijo a su espalda:
- Si yo fuera su marido, le daría con un hacha.
El viejo caballero, a quien la gente joven del barco, sin ningún
respeto, conocía por el Patriarca de los Plantadores de Té, acababa de entrar,
arrastrando los pies.
- ¡Chico! - llamó -. ¡Tráeme un whisky!
Poirot se agachó para recoger un trozo de papel caído del bolso
de la señora Clapperton y que le había pasado inadvertido. Observó que era
parte de una receta para un preparado de digitalina. Lo guardó en el bolsillo,
con la intención de devolvérselo más tarde a la señora Clapperton.
- Sí - continuó el anciano pasajero -. Es una mujer venenosa. En
Poona conocí a una como ella. En el año 87.
- ¿Y le dio alguien con un hacha? - preguntó Poirot.
El anciano meneó tristemente la cabeza.
- Mató a su marido a disgustos antes de un año. Clapperton debía
ponerse en su puesto. Consiente demasiado a su mujer.
- Ella tiene la bolsa - dijo Poirot gravemente.
- ¡Ja, ja! - rió entre dientes el anciano -. Lo ha expresado muy
bien, en pocas palabras. Ella tiene la bolsa.
Dos chicas entraron atropelladamente en el salón de fumar. Una
de ellas tenía la cara redonda y pecosa, y su cabellera oscura flotaba en
desorden; la otra tenía pecas y el cabello rizado y castaño.
- ¡Al rescate, al rescate! - exclamó Kitty Mooney -. Pam y yo
vamos a rescatar al coronel, pobre Clapperton.
- A rescatarlo de su mujer - dijo Pamela Cregan, jadeante.
- Es una monada de hombre...
- Y ella es horrorosa, no le deja hacer nada - exclamaron las
dos chicas.
- Y cuando no está con ella, lo atrapa la Henderson...
- Que es muy agradable. Pero viejísima. . .
Salieron corriendo, diciendo entrecortadamente, entre risa y
risa:
- ¡Al rescate, al rescate!
Que el rescatar al coronel Clapperton no era un arranque
pasajero sino un proyecto arraigado en ellas, quedó demostrado aquella misma
noche, cuando Cregan se acercó a Hércules Poirot y murmuró:
- Obsérvenos, Monsieur Poirot. Vamos a raptarlo delante de las
narices de su mujer y a llevarlo a pasear a la luz de la luna en el puente
superior.
En aquel preciso instante, el coronel Clapperton estaba
diciendo:
- Le concedo que el Rolls Royce es caro. Pero tiene uno coche
para toda la vida. Mi coche...
- Mi coche, querrás decir, John - dijo la señora Clapperton con
voz chillona.
Él no demostró que su grosería le molestaba. O ya estaba
acostumbrado o si no... “O si no...”, pensó Poirot, y se puso a meditar.
- Claro, querida, tu coche.
Clapperton hizo una pequeña inclinación a su esposa y terminó lo
que estaba diciendo, imperturbable.
“Voilà... ce qu’on appelle de pukka sahib - pensó Poirot -. Pero
el general Forbes dice que Clapperton no es un caballero. No sé qué pensar.”
Alguien propuso una partida de bridge. La señora Clapperton, el
general Forbes y una pareja de mirada aguda se sentaron a la mesa de juego. La
señorita Henderson se había disculpado, saliendo a cubierta.
- ¿Y su marido no juega? - preguntó el general Forbes, indeciso.
- John no jugará - dijo la señora Clapperton -. Es un fastidio.
Los cuatro jugadores empezaron a barajar las cartas.
Pam y Kitty avanzaron sobre el coronel Clapperton, cogiéndole
cada una por un brazo.
- ¿Se viene usted con nosotras? - dijo Pam-. Arriba, al puente.
Hay luna.
- No seas tonto, John - dijo la señora Clapperton -. Vas a
enfriarte.
- Con nosotras no, desde luego - dijo Kitty -. ¡Ya nos
encargaremos de que no se enfríe!
Clapperton se marchó con ellas, riendo.
Poirot salió a la cubierta de paseo. La señorita Henderson
estaba de pie junto a la barandilla y volvió la cabeza, esperanzada. Al ver a
Poirot que se acercaba a ella, la desilusión asomó a sus ojos.
Charlaron un rato. Luego, como él permaneciera silencioso,
preguntó la señorita Henderson:
- ¿En qué piensa?
Poirot respondió:
- Estoy pensando en mis conocimientos del idioma inglés. La
señora Clapperton dijo: “John no jugará al bridge... “. ¿No se suele decir, “no
puede” jugar al bridge?.
- Creo que ella toma como una ofensa personal el que su marido
no juegue al bridge - dijo Ellie secamente -. Ese hombre ha sido un idiota
casándose con ella.
Poirot sonrió, amparado en la oscuridad.
- ¿No cree usted en la posibilidad de que sean felices? -
preguntó Poirot tímidamente.
- ¿Con una mujer como ésa?
Poirot se encogió de hombros.
- Muchas mujeres odiosas son adoradas por sus maridos. Un enigma
de la Naturaleza. Reconocerá usted que no parece afectarle nada de lo que ella
diga o haga.
La señorita Henderson estaba pensando su respuesta cuando, a
través de la ventana del salón de fumar, llegó hasta ellos la voz de la señora
Clapperton.
- No, creo que no voy a jugar otra partida. ¡Aquí se ha viciado
el aire! Voy a subir al puente a tomar el fresco.
- Buenas noches - dijo la señorita Henderson -. Me voy a la
cama.
Y desapareció bruscamente.
Poirot se encaminó al salón, desierto, salvo por la presencia
del coronel Clapperton y las dos chicas. Clapperton estaba haciendo trucos con
las cartas y, al observar la destreza con que manejaba la baraja, Poirot
recordó lo que el general había contado sobre su profesión de artista de
espectáculos de variedades.
- Ya veo que le gustan las cartas, aunque no juegue al bridge -
observó Poirot.
- Tengo mis razones para no jugar al bridge - le dijo
Clapperton, mostrando su encantadora sonrisa -. Se lo voy a demostrar. Vamos a
jugar una mano.
Repartió las cartas con rapidez.
- Cojan sus cartas. Bueno, ¿qué hay?
Se rió al ver la expresión de desconcierto de Kitty.
Mostró sus cartas y todos hicieron lo mismo. Kitty tenía todos
los tréboles, Monsieur Poirot los corazones, Pam los diamantes y el coronel
Clapperton las picas.
- ¿Ve usted? - dijo -. El hombre que puede dar a sus compañeros
y a sus adversarios las cartas que quiera, vale más que se mantenga alejado de
una partida amistosa. Si la suerte se vuelve de su lado, podrían decirle cosas
desagradables.
- ¡Oh! - dijo Kitty, sin aliento -. ¿Cómo ha podido hacerlo... ?
Parecía que repartía las cartas como todo el mundo.
- La rapidez de la mano engaña la vista - dijo Poirot en tono
sentencioso, y observó el repentino cambio de expresión del coronel.
Fue como si se hubiera dado cuenta de que se había descuidado
por un momento.
Poirot sonrió. El ilusionista se había dejado ver, tras la
máscara del perfecto caballero.
El barco llegó a Alejandría al amanecer de la mañana siguiente.
Cuando Poirot subió a desayunar, encontró a las dos chicas ya
listas para bajar a tierra. Estaban hablando con el coronel Clapperton.
- Tenemos que bajar enseguida - instó Kitty -. Los de los
pasaportes se marcharán de un momento a otro. Viene usted con nosotras,
¿verdad? ¡No nos va a dejar ir solas a tierra! Nos podrían ocurrir cosas
horribles.
- Desde luego, no creo que debáis ir solas - dijo Clapperton
sonriendo -. Pero no sé si mi mujer se sentirá con ánimos de ir.
- ¡Qué lástima! - dijo Pam-. Pero puede quedarse descansando.
El coronel Clapperton parecía un poco indeciso. Se veía
claramente que la tentación de hacer novillos era muy fuerte. En eso, advirtió
la presencia de Poirot.
- ¿Qué hay, Monsieur Poirot, baja usted?
- No, creo que no - contestó Poirot.
- Voy... voy a hablar con Adeline - decidió el coronel
Clapperton.
- Vamos con usted - dijo Pam. Le hizo un guiño a Poirot -. A lo
mejor podemos convencerla para que venga también - añadió en tono grave.
Al coronel Clapperton pareció agradarle la idea, como si le
quitaran un peso de encima.
- Venid entonces las dos - dijo alegremente.
Se marcharon los tres juntos por la cubierta B.
Poirot, cuyo camarote estaba frente por frente del de los
Clapperton, los siguió con curiosidad.
El coronel Clapperton, un poco nervioso, golpeó con los nudillos
en la puerta del camarote.
- ¿Adeline, querida, estás levantada?
La voz adormilada de la señora Clapperton contestó desde dentro:
- ¡Jesús! ¿Quién es?
- Soy yo, John. ¿Quieres bajar a tierra?
- Desde luego que no. - Habló con voz chillona y terminante -.
He pasado muy mala noche y me voy a quedar en cama casi todo el día.
Pam intervino, vivamente:
- Oh, señora Clapperton, lo siento. ¡Nos gustaría tanto que
viniera con nosotros!
¿Seguro que no quiere venir?
- Completamente segura. - la voz de la señora Clapperton sonó
aún más aguda.
El coronel Clapperton intentaba, sin éxito, hacer girar el
picaporte.
- ¿Qué pasa, John? La puerta está cerrada. No quiero que me
molesten los camareros.
- Lo siento, querida, perdona. Sólo quería mi guía Baedeker.
- Bueno, pues te quedarás sin ella - exclamó la señora
Clapperton -. No voy a salir de la cama. Vete ya, John, y déjame un poco
tranquila.
- Desde luego, querida, desde luego.
El coronel se retiró de la puerta. Pam y Kitty le rodearon.
- Vamos enseguida. Menos mal que tiene el sombrero en la cabeza.
¡Ay, Dios mío!
No se habrá dejado el pasaporte en el camarote, ¿verdad?
- Lo tengo en el bolsillo... - empezó el coronel.
Kitty le apretó el brazo.
Inclinado sobre la barandilla. Poirot les estuvo viendo salir
del barco. Oyó que alguien a su lado respiraba profundamente y, al volver la
cabeza, vio a la señorita Henderson, que tenía la vista fija en las tres
figuras que se alejaban.
- Conque se han ido a tierra - dijo, desanimada.
- Sí. ¿Va a bajar usted?
Poirot observó que llevaba puesto un sombrero de ala y un bolso
y unos zapatos muy elegantes. Tenía el aspecto de haberse arreglado para
desembarcar. Sin embargo, tras una pausa brevísima, la señorita Henderson
pareció que había desistido de hacerlo y dijo:
- No. Me voy a quedar a bordo. Tengo que escribir muchas cartas.
Se volvió y dejó a Poirot.
Jadeando, tras sus cuarenta y ocho vueltas a la cubierta de
paseo, el general Forbes ocupó el lugar de la señorita Henderson.
- ¡Ajá! - exclamó al ver al coronel y a las dos chicas que se
alejaban -. ¡Conque ésas tenemos! ¿Dónde está madame?
Poirot explicó que la señora Clapperton se quedaba en cama,
descansando.
- ¡Increíble! - exclamó el general-. Ella estará levantada para
la comida, y si resulta que el pobre desgraciado, sin tener permiso, no se
presenta, habrá jaleo.
Pero los pronósticos del general no se cumplieron, y cuando el
coronel y las dos damiselas que le acompañaban regresaron al barco, a las
cuatro de la tarde, no había hecho todavía acto de presencia.
Poirot estaba en su camarote y oyó al marido llamando a la
puerta del suyo, de un modo un poco culpable. Oyó que la llamada se repetía,
que el coronel trataba de abrir la puerta y que, por último, llamaba a un
camarero.
- Oiga, no me contestan. ¿Tiene usted una llave?
Poirot saltó de su litera y salió al pasillo.
La noticia corrió por todo el barco como reguero de pólvora.
Horrorizados, los pasajeros se enteraron de que la señora Clapperton había sido
hallada muerta en su litera, con una daga egipcia hundida hasta el corazón. En
el suelo de su camarote apareció un collar de ámbar.
A un rumor siguió otro, a cuál más contradictorio. ¡Se estaba
reuniendo e interrogando a todos los vendedores de collares que habían sido
autorizados para subir a bordo aquel día! ¡Una elevada suma de dinero había
desaparecido de un cajón del camarote! ¡Se había seguido la pista a los
billetes y habían sido recuperados! ¡No habían sido recuperados! ¡Había
desaparecido una fortuna en joyas! ¡No había desaparecido ninguna joya! ¡Un
camarero había sido arrestado, confesándose culpable del asesinato!
- ¿Qué hay de verdad en todo ello? - preguntó la señorita
Henderson.
Era ya tarde. La mayoría de los pasajeros se habían retirado. La
señorita Henderson condujo a Poirot a un par de sillas, en el lado más
protegido del barco.
- Ahora, dígame - ordenó.
Poirot la observó, pensativo.
- Es un caso interesante - dijo.
- ¿Es cierto que le han robado joyas de mucho valor?
Poirot negó con la cabeza.
- No. No han robado ninguna joya. Sin embargo, ha desaparecido
una pequeña cantidad de dinero suelto que había en un cajón.
- Nunca volveré a sentirme segura en un barco - dijo la señorita
Henderson, estremeciéndose -. ¿De cuál de esos brutos indígenas se sospecha?
¿Hay alguna pista?
- No - dijo Hércules Poirot -. Todo es muy... extraño.
- ¿Qué quiere decir con eso? - preguntó Ellie vivamente.
Poirot extendió las manos.
- Eh bien, considere usted los hechos. La señora Clapperton
llevaba muerta por lo menos cinco horas cuando la encontraron. Había
desaparecido algún dinero. En el suelo, junto a la cama, había un collar. La
puerta estaba cerrada con llave y la llave había desaparecido. La ventana,
ventana, no ojo de buey, da a la cubierta y estaba abierta.
- Siga - dijo la mujer, impaciente.
- ¿No le parece a usted extraño que se cometa un asesinato en
esas circunstancias?
Tenga en cuenta que todos los nativos autorizados a subir a
bordo, los que cambian dinero y los vendedores de postales y collares, son
conocidos de la policía.
- De todos modos, los camareros cierran con llave los camarotes
- indicó Ellie.
- Sí, para evitar cualquier ratería sin importancia. Pero
esto... esto es un asesinato.
- ¿Qué es lo que está usted pensando exactamente, Monsieur
Poirot? - Habló con voz un poco jadeante.
- Estoy pensando en la puerta cerrada con llave.
La señorita Henderson consideró este extremo.
- No veo ninguna dificultad en eso. El asesino salió por la
puerta, la cerró y se llevó la llave, para impedir que el asesinato fuera
descubierto demasiado pronto. Fue una idea muy inteligente, porque no fue
descubierto hasta las cuatro de la tarde.
- No, no, mademoiselle, no ha comprendido lo que quiero decir.
No me preocupa cómo salió, sino cómo entró.
- Por la ventana, naturalmente.
- C’est possible. Pero le costaría trabajo poder pasar por ella
y, además, no olvide que siempre hay gente paseándose por cubierta.
- Entonces, por la puerta - dijo la señorita Henderson,
impaciente.
- Pero olvida usted, mademoiselle, que la señora Clapperton
había cerrado la puerta con llave por dentro. La había cerrado antes de que el
coronel Clapperton bajara a tierra esta mañana. El coronel intentó incluso
abrirla... de modo que sabemos que estaba cerrada.
- Tonterías. Seguramente se atrancó y no movería el picaporte
como es debido.
- Pero no se trata solamente de que lo diga él. Oímos a la
señora Clapperton decir que había cerrado la puerta.
- ¿Quiénes la oyeron?
- La señorita Mooney, la señorita Cregan, el coronel Clapperton
y yo.
Ellie Henderson dio unas pataditas en el suelo con su bien
calzado pie, permaneciendo en silencio durante unos segundos. Luego dijo en
tono un poco irritado:
- Bueno, ¿y qué deduce usted de eso? Si la señora Clapperton
pudo cerrar la puerta, supongo que también podría abrirla.
- Precisamente, precisamente. - Poirot volvió hacia ella su cara
sonriente -. Y ya ve usted a dónde nos conduce este pensamiento. Fue la señora
Clapperton quien abrió la puerta y dejó entrar al asesino. Ahora bien, ¿es
probable que abriera la puerta a un vendedor de collares cualquiera?
Ellie objetó:
- Puede que no supiera quién era. Puede que el asesino llamara a
la puerta, ella se levantó y abrió; él, entonces, entró por la fuerza y la
mató.
Poirot negó con un gesto.
- Au contraire. Estaba descansando tranquilamente en la cama
cuando la apuñalaron.
La señorita Henderson clavó en él su mirada.
- ¿Cuál es su teoría? - preguntó bruscamente.
Poirot sonrió.
- Bueno, parece como si ella conociera a la persona a quien dejó
entrar, ¿verdad?
- ¿Quiere usted decir - dijo la señorita Henderson, con voz un poco
áspera - que el asesino es uno de los pasajeros?
Poirot asintió.
- Eso parece.
- ¿Y el collar que apareció en el suelo, era una pista falsa?
- Precisamente.
- ¿Y lo mismo el dinero robado?
- Exacto.
Permanecieron un momento en silencio. Luego, la señorita
Henderson dijo lentamente:
- La señora Clapperton me resultaba de lo más desagradable y no
creo que nadie en el barco le tuviera simpatía, pero nadie tenía un motivo real
para matarla.
- Excepto, tal vez, su marido - dijo Poirot.
- ¿No creerá usted... ? - Se detuvo.
- Todo el mundo en este barco opina que el coronel estaría
plenamente justificado si “le diera con un hacha”. Creo que esa expresión
emplearon.
Ellie Henderson le miró... expectante.
- Pero tengo que decir - continuó Poirot - que yo por mi parte,
no he visto ninguna señal de exasperación en el bueno del coronel. Además, y
esto es más importante, tiene una coartada. Estuvo durante todo el día con esas
dos chicas y no volvió al barco hasta las cuatro. Entonces, la señora
Clapperton llevaba muerta ya bastantes horas.
Ambos permanecieron en silencio unos momentos.
Ellie Henderson dijo en voz baja:
- ¿Pero sigue usted pensando que... un pasajero del barco... ?
Poirot inclinó la cabeza afirmativamente.
Ellie Henderson se rió de pronto, con una risa atolondrada y
retadora.
- Monsieur Poirot, le va a costar trabajo probar su teoría. Hay
muchos pasajeros en este barco.
Poirot se inclinó ante ella.
- Emplearé una frase de uno de los escritores de novelas
policíacas: “Tengo mis métodos, Watson”.
Al día siguiente, a la hora de la cena, cada pasajero encontró
junto a su plato una hoja mecanografiada, en la que se solicitaba su presencia
en el salón principal, a las ocho y media. Cuando todos se hallaron reunidos,
el capitán subió al estrado donde solía tocar la orquesta y les dirigió la
palabra.
- Señoras y caballeros, todos ustedes conocen la tragedia que
ocurrió ayer en este barco. Estoy seguro de que todos desean colaborar para
entregar a la justicia al autor de tan cobarde crimen. - Hizo una pausa y se
aclaró la garganta -. Tenemos entre nosotros a Monsieur Hércules Poirot,
probablemente conocido de todos ustedes como persona con amplia experiencia
en... en asuntos de esta índole. Espero que escuchen con atención lo que tiene
que decirles.
En ese momento, el coronel Clapperton, que no se había
presentado en el comedor, entró en el salón y se sentó junto al general Forbes.
Parecía aturdido por el dolor, no daba en absoluto la sensación de sentirse
liberado de un peso. O era un gran actor o había querido sinceramente a su
desagradable esposa.
- Monsieur Hércules Poirot - dijo el capitán, bajando del
estrado.
Poirot ocupó su lugar. Tenía un aspecto muy cómico, dándose
importancia y sonriendo ampliamente a su auditorio.
- Messieurs, mesdames - empezó -. Son ustedes muy amables al
tener la benevolencia de escucharme. Monsieur le capitaine les ha dicho que
tengo cierta experiencia en estos asuntos. Tengo, es cierto, una pequeña idea
propia para llegar al fondo de este caso concreto.
Hizo una seña a un camarero y éste empujó, subiéndole luego al
estrado, un objeto voluminoso, sin forma definida y envuelto en una sábana.
- Lo que voy a hacer puede que les sorprenda un poco - les
advirtió Poirot -. Puede que piensen que soy un tipo raro, o un loco. Sin
embargo, les aseguro que tras mi locura, como dicen ustedes los ingleses, hay
método.
Su mirada se cruzó con la de la señorita Henderson. Empezó a
desenvolver el voluminoso objeto.
- Tengo aquí, messieurs y mesdames, un testigo importante que
nos ayudara saber quién mató a la señora Clapperton.
Con manos hábiles, apartó el trozo final de la tela y apareció
el objeto envuelto: una muñeca de madera, casi del tamaño de una persona,
vestida con un traje de terciopelo y un cuello de encaje.
- Vamos, Arthur - dijo Poirot con la voz ligeramente cambiada;
ya no parecía extranjero, sino que hablaba inglés con seguridad y con ligero
acento de los barrios bajos londinenses -. ¿Puedes decirme - repitió -, puedes
decirme algo sobre la muerte de la señora Clapperton?
El cuello de la muñeca osciló un poquito, su mandíbula inferior
descendió y empezó a moverse, y una voz de mujer, muy aguda y chillona, dijo:
- ¿Qué pasa, John? La puerta está cerrada. No quiero que me
molesten los camareros.
Se oyó un grito, el ruido de una silla al caerse y un hombre se
tambaleó, con la mano en la garganta, tratando de hablar, tratando... De
pronto, su cuerpo pareció encogerse y cayó de cabeza.
Era el coronel Clapperton.
Poirot y el médico del barco se levantaron, tras examinar la
postrada figura.
- Me temo que se acabó. Corazón - dijo el médico escuetamente.
Poirot asintió.
- La impresión de haber visto su truco descubierto - dijo.
Se volvió hacia el general Forbes.
- Fue usted general, quien me dio una pista muy valiosa al
mencionar el teatro de variedades. Estoy desorientado, me pongo a pensar y por
fin se me ocurre.
Supongamos que antes de la guerra el coronel Clapperton fuera
ventrílocuo. En ese caso, tres personas pudieron oír perfectamente la voz de la
señora Clapperton hablando desde el camarote cuando ya estaba muerta...
Ellie Henderson estaba a su lado. Tenía una mirada sombría y
triste.
- ¿Sabía usted que padecía del corazón? - preguntó.
- Lo suponía... La señora Clapperton hablaba de su padecimiento
del corazón, pero me parecía una de esas mujeres a quienes gusta que las crean
enfermas. Entonces recogí del suelo un trozo de una receta de un preparado con
una fuerte dosis de digitalina. La digitalina es una medicina para el corazón,
pero no podía ser de la señora Clapperton, porque la digitalina dilata la
pupila. Yo no noté en ella ese fenómeno... pero cuando vi los ojos de él,
enseguida observé que presentaba esta dilatación.
Ellie murmuró:
- ¿Entonces pensó usted que... que su experimento podría...
terminar así?
- Fue el mejor medio, ¿no le parece, mademoiselle? - dijo Poirot
suavemente.
Vio que a sus ojos asomaban las lágrimas.
- Usted lo sabía - dijo Ellie -. Lo ha sabido... todo el
tiempo... Que le quería... Pero no lo hizo por mí... Fueron esas chicas, la
juventud... hizo que se sintiera atado. Quería ser libre, antes de que fuera
demasiado tarde... Sí, estoy segura de que fue por eso... ¿Cuándo sospechó
usted... que era él?
- Su dominio de sí mismo era demasiado perfecto - dijo Poirot
sencillamente -. Por irritante que fuera la conducta de su mujer, no parecía
afectarle. Eso significaba, o que ya se había acostumbrado y no le hacía mella,
o... Eh bien, me decidí por la segunda posibilidad. Y acerté. También me llamó
la atención su insistencia, la víspera del crimen, en mostrar su habilidad en
los juegos de manos. Fingía estar traicionándose a sí mismo, involuntariamente.
Pero un hombre como Clapperton no se traiciona. Tenía que haber una razón. Si
la gente le creía ilusionista, no era probable que creyeran que había sido
ventrílocuo.
- ¿Y la voz que oímos, la voz de la señora Clapperton?
- Una de las camareras tiene una voz no muy distinta de la suya.
La induje a que se escondiera tras el escenario y le enseñé las palabras que
tenía que decir.
- Fue una trampa... una trampa muy cruel - exclamó Ellie.
- Los asesinatos no merecen mi aprobación - dijo Hércules
Poirot.
******
¿Cómo crece tu jardín?
Hércules Poirot hizo con sus cartas un ordenado montón,
colocándolo ante sí. Cogió la primera de las cartas, examinó un momento la
dirección, despegando luego el dorso del sobre con una pequeña plegadera que
tenía siempre en la mesa del desayuno para ese fin y extrajo el contenido.
Dentro había otro sobre, sellado con lacre y en el que se leía: PRIVADO Y
CONFIDENCIAL.
Hércules Poirot alzó ligeramente las cejas, murmuró: ¡Patience!
¡Nous allons arriver!, y de nuevo puso en juego la pequeña plegadera. Del sobre
salió entonces una carta, escrita con letra temblona y picuda. Algunas palabras
estaban subrayadas de un modo muy notorio. Hércules Poirot desdobló la carta y
leyó. En la parte superior, de nuevo se leían las palabras “privado y
confidencial”. A la derecha estaba escrita la dirección, Rosebank, Charmans
Green, Bucks, y la fecha, veintiuno de marzo.
Señor Poirot:
Me ha recomendado a usted una antigua y buena amiga mía, que
sabe lo preocupada y disgustada que he estado en estos últimos tiempos. Claro
que mi amiga no conoce los hechos; por tratarse de un asunto estrictamente
confidencial no se los he confiado a nadie. Mi amiga me ha dicho que es usted
la discreción personificada y que no tema verme envuelta con la policía, cosa
que, si mis sospechas resultan fundadas, me desagradaría muchísimo. Pero por
supuesto, es posible que esté equivocada por completo. No me considero ya con
la cabeza lo bastante despierta - padeciendo como padezco de insomnio y
habiendo sufrido el pasado invierno una grave enfermedad - para investigar las
cosas por mí misma. No tengo ni medios ni capacidad para hacerlo.
Por otra parte, debo insistir una vez más en que se trata de un
asunto de familia en extremo delicado y que por muchas razones puede que desee
echar tierra sobre el mismo. Teniendo seguridad de los hechos, podré ocuparme
yo misma del asunto y así lo prefiero. Espero que este punto haya quedado bien
claro. Caso de aceptar usted esta investigación, le agradecería me lo
comunicara a la dirección que figura al principio de la carta.
Atentamente,
Amelia Barrowby
Poirot leyó la carta dos veces, del principio al fin. De nuevo
alzó ligeramente las cejas. Luego la dejó al lado y cogió el segundo sobre del
montón.
A las diez en punto entró en la habitación donde la señorita
Lemon, su secretaria particular, esperaba recibir instrucciones para la
jornada. La señorita Lemon tenía cuarenta y ocho años y un aspecto poco
atractivo. La impresión general que producía era la de un montón de huesos
colocados de cualquier modo. Su pasión por el orden casi igualaba la de Poirot,
y, aunque muy capaz de pensar por sí misma, nunca lo hacía a no ser que se lo
ordenaran.
Poirot le entregó el correo de la mañana.
- Tenga la bondad, señorita, de contestar todas estas cartas,
diciendo que no, con buenas palabras.
La señorita Lemon echó una ojeada a las distintas cartas,
garabateando un jeroglífico en cada una de ellas. Eran signos que solamente
ella podía leer, de un código suyo particular: “jabón suave”, “bofetada”,
“ronroneo”, “seco”, etc. Hecho esto, levantó la vista hacia Hércules Poirot,
solicitando más instrucciones.
Poirot le tendió la carta de Amelia Barrowby. Ella la sacó de su
doble envoltura, la leyó y miró a Poirot con expresión interrogante.
- ¿Bueno, Monsieur Poirot?
Tenía el lapicero en alto, a punto, sobre el cuaderno de
taquigrafía.
- ¿Qué opina usted francamente de esta carta, señorita Lemon?
Frunciendo ligeramente el ceño, la señorita Lemon dejó el
lapicero y leyó de nuevo la carta. El contenido de las cartas nunca tenía
ningún significado para la señorita Lemon, salvo desde el punto de vista de
redactar una respuesta adecuada. Muy de tarde en tarde solicitaba su jefe sus
facultades humanas, dejando a un lado su personalidad profesional. Cuando esto
ocurría, la señorita Lemon sentía cierta irritación. Ella era una máquina casi
perfecta, total y gloriosamente desinteresada por los problemas humanos. La
verdadera pasión de su vida era dar con un sistema de archivo perfecto, al lado
del cual todos los demás sistemas serían olvidados. Por las noches soñaba con
este archivo. Sin embargo, como Poirot sabía muy bien, la señorita Lemon era
muy capaz de tratar con inteligencia los asuntos puramente humanos.
- ¿Qué le parece? - preguntó.
- Una señora de edad - dijo la señorita Lemon -. Está muerta de
miedo.
Y añadió, echando una ojeada a los dos sobres:
- Todo muy misterioso, y no le dice nada en absoluto.
- Sí - dijo Hércules Poirot -. Ya lo he notado.
La señorita Lemon posó una vez más su mano esperanzada sobre el
cuaderno de taquigrafía. Por fin, Poirot, tras una pausa, respondió:
- Dígale que será para mí un honor visitarla en el día y a la
hora que me indique, a no ser que prefiera venir a consultarme aquí. No escriba
la carta a máquina, escríbala a mano.
- Muy bien, Monsieur Poirot.
Poirot mostró el resto del correo.
- Éstas son facturas.
Las manos eficientes de la señorita Lemon establecieron una
rápida selección entre ellas.
- Las pagaré todas menos estas dos.
- ¿Por qué no esas dos? No hay error en ellas.
- Son unas firmas con las que tiene usted relaciones desde hace
muy poco tiempo. No hace buen efecto pagar demasiado pronto, acabando de abrir
una cuenta... parece como si estuviera usted trabajando el terreno para
conseguir un crédito.
- ¡Ah! - murmuró Poirot -. Me inclino ante su superior
conocimiento del comerciante británico.
- Poco habrá que yo no sepa con respecto a ellos - dijo la
señorita Lemon con expresión torva.
La carta para la señorita Amelia Barrowby fue escrita y echada
al correo, pero no llegaba respuesta alguna. Quizá, pensaba Hércules Poirot, la
anciana señora había descubierto el misterio por sí misma. Sin embargo, le
sorprendía un poco el que, de ser así, no hubiera escrito unas líneas corteses,
diciendo que ya no necesitaba sus servicios.
Cinco días más tarde, después de recibir las instrucciones de la
correspondencia, dijo la señorita Lemon:
- Esa señorita Barrowby a quien escribimos... no es extraño que
no haya contestado. Ha muerto.
Hércules Poirot dijo en voz muy baja: “¿Ha muerto?”. Sus
palabras, más que una pregunta, parecían una respuesta.
La señorita Lemon abrió el bolso y extrajo de él un recorte de
periódico.
- Lo vi en el “metro” y lo arranqué.
Aprobando mentalmente el hecho de que la señorita Lemon, a pesar
de haber empleado la palabra “arranqué,” había recortado la noticia
cuidadosamente con unas tijeras, Poirot leyó el suelto, extraído de la sección
de “Nacimientos, Defunciones y Enlaces”, del Morning Post. “El 26 de marzo
falleció de repente, en Rosebank Charman’s Green, Amelia Jane Barrowby, a los
setenta y tres años de edad. Se ruega no envíen flores”.
Poirot le leyó y murmuró entre dientes: “De repente”. Luego
dijo, vivamente:
- Señorita Lemon, ¿tiene usted la bondad de escribir una carta?
La señorita Lemon cogió un lápiz y tomó la carta en rápida y
correcta taquigrafía.
Distinguida señorita Barrowby:
No he recibido contestación de usted, pero como estaré por las
inmediaciones de Charman’s Green el viernes, la visitaré dicho día para tratar
con mayor amplitud del asunto mencionado por usted en su carta.
Atentamente, etc.
- Escriba enseguida esta carta y si la echa pronto llegará a
Charman’s Green de seguro esta noche.
A la mañana siguiente, el segundo correo trajo una carta en un
sobre de luto.
Muy señor mío:
En contestación a su carta, he de manifestarle que mi tía, la
señorita Barrowby, falleció el día veintiséis. En consecuencia, el asunto de
que habla ya no tiene importancia.
Atentamente,
Mary Delafontaine
Poirot sonrió para sí.
- Ya no tiene importancia... ¡Ah! Eso ya lo veremos. En avant...
vamos a Charman’s Green.
Rosebank era una casa que parecía hacer honor a su nombre, lo
cual no puede decirse de muchas casas de su estilo y carácter.
Hércules Poirot se detuvo en el sendero que conducía a la puerta
principal y dirigió una mirada aprobatoria a los bien trazados macizos que se
extendían a ambos lados.
Había rosales, que prometían una buena cosecha para cuando
llegara la estación, y, ya en flor, narcisos, tulipanes tempraneros, jacintos
azules... El último macizo estaba bordeado parcialmente por conchas.
Poirot murmuró para sí:
- ¿Cómo es esa cancioncita que cantan los niños ingleses?
“Mistress Mary, quite contrary
How does your garden grow?
Whith cockle - sells and silver bells
And pretty maids all in a roze”.
“Puede que no haya un sinfín - pensó -, pero, por lo menos, aquí
viene una doncella, para que se cumpla en todas sus estrofas la cancioncita
infantil.”
La puerta principal se había abierto y una pulcra doncellita,
con gorro y delantal, contemplaba indecisa el espectáculo que ofrecía un señor
extranjero de grandes bigotes, hablando solo en voz alta en medio del jardín.
Era, según observó Poirot, una doncellita muy mona, de redondos ojos azules y
mejillas sonrosadas.
Poirot se quitó el sombrero y se dirigió a ella:
- Perdone, ¿vive aquí la señorita Amelia Barrowby?
La doncella lanzó un sonido entrecortado y sus ojos, a
consecuencia de la impresión, se redondearon aún más.
- ¡Ay, señor! ¿No lo sabía? Se ha muerto. ¡Tan de repente! El
martes por la noche.
Titubeó, luchando entre dos instintos encontrados: primero, la
desconfianza hacia el extranjero, y segundo la fruición natural de su clase en
explayarse en el interminable tema de enfermedades y muertes.
- Me sorprende usted - dijo Hércules Poirot, faltando a la
verdad -. Tenía una cita para hoy con la señora. Sin embargo, quizá pueda ver a
la otra señora que vive en la casa.
La doncellita, antes de responder, pareció titubear un poco.
- ¿La señora? Sí, a lo mejor podría usted verla, pero no sé si
querrá recibir a nadie.
- A mí me recibir- dijo Poirot, entregándole una tarjeta.
La autoridad con que habló, surtió el efecto deseado.
La doncella de mejillas rosadas se hizo a un lado y condujo a
Poirot hasta un salón, situado a la derecha del vestíbulo. Luego, con la
tarjeta en la mano, se fue a avisar a su señora.
Hércules Poirot miró a su alrededor. El salón era completamente
convencional: en las paredes, papel color de harina de avena, con un friso en
el borde; cretonas de color indefinido; cojines y cortinas de color rosa y
profusión de chucherías y adornos. No había nada en la habitación que se
destacara, que indicara la presencia de una personalidad definida.
De pronto Poirot, que era muy sensible para estas cosas, sintió
que unos ojos le observaban. Giró sobre sus talones. Una chica estaba de pie en
el umbral de la puerta ventana, una chica de baja estatura, cetrina, de pelo
muy negro y mirada llena de desconfianza. Entró en la habitación y, al tiempo
que Poirot se inclinaba ligeramente en ademán de respeto ante ella, saltó
bruscamente:
- ¿Por qué ha venido?
Poirot no respondió. Se limitó a alzar las cejas.
- Usted no es abogado, ¿verdad?
Hablaba bien el inglés, pero nadie, ni por un momento, la
hubiera tomado por inglesa.
- ¿Por qué había de ser yo abogado, mademoiselle?
La chica se le quedó mirando fijamente con una expresión
sombría.
- Pensé que a lo mejor lo era. Pensé que a lo mejor había venido
a decir que ella no sabía lo que hacía. He oído hablar de esas cosas; la
influencia indebida le llaman, ¿verdad? Pero no es cierto. Ella quiso que el
dinero fuera mío y lo será. Si es necesario tendré un abogado propio. El dinero
es mío. Ella lo dejó escrito así, y así será.
Estaba muy fea, con la barbilla hacia delante y los ojos
lanzando chispas.
La puerta se abrió y entró una mujer alta.
- Katrina - dijo.
La chica retrocedió, enrojeció, y, farfullando algo
ininteligible, salió por la puerta ventana.
Poirot se volvió hacia la recién llegada, que de modo tan eficaz
había zanjado la cuestión, pronunciando una sola palabra. En su voz había
habido autoridad, desprecio y una nota de ironía refinada. Poirot se dio cuenta
enseguida de que aquélla era la dueña de la casa, Mary Delafontaine.
- ¿Monsieur Poirot? Le he escrito a usted. No habrá recibido mi
carta.
- He estado fuera de Londres.
- Ah, comprendo; eso lo explica. Permita que me presente. Me
llamo Delafontaine.
Mi marido. La señorita Barrowby era tía mía.
El señor Delafontaine había entrado tan silenciosa mente que su
llegada había pasado inadvertida. Era un hombre alto, de cabellos grises y
aspecto indeciso. Se acariciaba la barbilla con movimientos nerviosos. Con
frecuencia miraba a su mujer y era evidente que dejaba que ella llevara la voz
cantante en las conversaciones.
- Siento mucho molestarles en medio de su aflicción - les dijo
Hércules Poirot.
- Ya comprendo que no ha sido culpa suya - dijo la señora
Delafontaine -. Mi tía murió la tarde del martes. Fue de lo más inesperado.
- De lo más inesperado - dijo el señor Delafontaine -. Un gran
golpe.
Sus ojos estaban fijos en la puerta ventana, por donde había
desaparecido la chica extranjera.
- Les pido a ustedes perdón - dijo Hércules Poirot -, y me
retiro.
Dio un paso en dirección a la puerta.
- Un momento - dijo el señor Delafontaine -. ¿Dice usted que
tenía... ejem... una cita con tía Amelia?
- Parfaitement.
- Si nos dijera usted de qué se trataba - dijo su esposa -,
quizá pudiéramos ayudarle.
- Se trata de un asunto reservado - dijo Poirot -. Soy detective
- añadió, sencillamente.
El señor Delafontaine tiró una figurita de porcelana que tenía
en la mano. Su esposa parecía perpleja.
- ¿Un detective? ¿Y tenía usted una cita con la tía? ¡Qué cosa
más extraordinaria! - Se quedó mirando fijamente a Poirot -. ¿No puede usted
decirnos nada más, Monsieur Poirot? Todo esto es... fantástico.
Poirot guardó silencio algunos segundos. Cuando habló, lo hizo
escogiendo cuidadosamente las palabras.
- Es difícil para mí, señora, saber lo que debo hacer.
- Diga - dijo el señor Delafontaine -. No mencionó a los rusos,
¿verdad?
- ¿Los rusos?
- Sí, ya me entiende... bolcheviques, rojos, etc.
- No seas absurdo, Henry - dijo su mujer.
Delafontaine se disculpó, muy turbado.
- Perdón... perdón... Tenía curiosidad.
Mary Delafontaine miró abiertamente a Poirot. Sus ojos eran muy
azules, del color de las miosotis.
- Si puede usted decirnos algo, señor Poirot, le agradecería
mucho que lo hiciera. Le aseguro que tengo... tengo motivos para pedírselo.
EI señor Delafontaine se mostró alarmado.
- Ten cuidado... ya sabes que a lo mejor no hay nada cierto en
todo ello.
De nuevo la esposa le detuvo con una mirada.
- ¿Qué dice usted, Monsieur Poirot?
Lentamente, con gravedad, Hércules Poirot movió la cabeza en
sentido negativo. Lo hizo con gran pesar, pero lo hizo.
- Por el momento, señora - dijo -, lamento no poder decir nada.
Se inclinó, cogió su sombrero y se dirigió a la puerta.
Mary Delafontaine le acompañó al vestíbulo. En el peldaño,
Poirot se detuvo y la miró.
- Parece que tiene usted gran afición a su jardín, ¿no es así,
señora?
- ¿Al jardín? Sí, le dedico mucho tiempo.
- Je vous fait mes compliments.
Se inclinó de nuevo y se dirigió a la verja a grandes pasos. Al
cruzar la verja y torcer hacia la derecha, miró hacia atrás y su mente anotó
dos impresiones: un rostro cetrino que le observaba desde una ventana del
primer piso y un hombre erguido, de porte militar, que se paseaba de arriba
abajo por el otro lado de la calle.
Hércules Poirot se dijo para sus adentros:
“Decididamente, aquí hay gato encerrado. ¿Qué haremos para
cogerlo?”
Después de considerar la cuestión, se dirigió a la oficina de
Correos más próxima. Desde allí hizo dos llamadas telefónicas, cuyo resultado
pareció satisfacerle. Luego dirigió sus pasos al cuartelillo de policía de
Charman’s Green, donde preguntó por el inspector Sims. El inspector Sims era un
hombre cordial, alto y corpulento.
- ¿Monsieur Poirot? - preguntó -. Me lo pareció. Me acaba de
llamar el jefe hace un momento para hablarme de usted. Dijo que se pasaría
usted por aquí. Venga usted a mi despacho.
Una vez cerrada la puerta, el inspector señaló una butaca a
Poirot, se acomodó en otra y volvió hacia su visitante una mirada llena de
curiosidad.
- ¡No pierde usted el tiempo, Monsieur Poirot! Viene usted a
vernos acerca del caso de Rosebank casi antes de que sepamos que existe
semejante caso. ¿Cuál fue el motivo de su interés por este caso?
Poirot sacó la carta que había recibido y se la entregó al
inspector. Este último la leyó con cierto interés.
- Interesante - dijo -. Lo malo es que puede significar tantas
cosas... Es una pena que no haya sido un poco más explícita. Nos hubiera
ayudado ahora.
- ¿Quiere usted decir... ?
- Puede que hubiera estado viva.
- ¿Es que su muerte es... dudosa?
- Va usted tan lejos como todo eso, ¿eh? ¡Hum! No digo que no
tenga usted razón.
- Le ruego, inspector, me haga usted una relación de los hechos.
No sé nada en absoluto.
- Muy fácil. La vieja señora se puso mala el martes por la
noche, después de cenar. Muy alarmante, convulsiones, espasmos y todas esas
cosas. Llamaron al médico. Cuando llegó, estaba muerta. Parecía que había
muerto de un ataque. Bueno, al médico no le gustó mucho el aspecto que
presentaban las cosas. Tartamudeó un poco y doró la píldora lo que pudo, pero
dio a entender claramente que no podía extender un certificado de defunción. Y
en cuanto a la familia respecta, esto es todo lo que hay.
Están esperando el resultado de la autopsia. Nosotros hemos
llegado un poco más lejos. El médico nos informó confidencialmente enseguida
(él y el cirujano de la policía hicieron juntos la autopsia) y el resultado no
deja lugar a dudas. La señora murió a consecuencia de una fuerte dosis de
estricnina.
- ¡Ah!
- Eso es. Un asunto muy feo. El caso es saber quién le dio la
estricnina. Deben habérsela dado muy poco antes de su muerte. Al principio
creíamos que se la habían dado con la cena, pero, francamente, parece que hay
que desechar esa idea. Comieron sopa de alcachofas, servida de una sopera,
pastelón de pescado y tarta de manzana.
Una cena como puede verse frugal.
- ¿Quiénes eran los comensales?
- La señorita Barrowby y el señor y la señora Delafontaine. La
señorita Barrowby tenía una especie de enfermera y señorita de compañía, una
chica medio rusa, pero no comía con la familia. Después de retirar la comida de
la mesa la chica comió de lo mismo. Tiene una muchacha, pero era su noche
libre. Dejó en el horno la sopa y el pastelón de pescado y la tarta de manzana
era fría. Los tres comieron lo mismo y, aparte de eso, no creo que sea posible
hacer tragar estricnina a nadie de ese modo. La estricnina es amarga como la
hiel. Me dijo el médico que puede notarse su sabor en una solución de uno por
mil, o algo por el estilo.
- ¿Y con café?
- Con café es más fácil, pero ella no tomaba nunca café.
- Ya comprendo. Sí, parece un punto muy difícil de aclarar. ¿Qué
bebió con la comida?
- Agua.
- Vamos de mal en peor.
- Sí, es un verdadero lío.
- ¿Tenía dinero la señora?
- Creo que estaba muy bien. Claro que todavía no conocemos los
detalles concretos.
Tengo entendido que los Delafontaine están bastante mal de
dinero. La señora ayudaba a sostener la casa.
Poirot sonrió.
- ¿De modo que sospecha usted de los Delafontaine? - dijo -. ¿De
cuál de ellos?
- No quiero decir precisamente que sospeche de ninguno de los
dos en particular. Pero ahí tiene usted, son sus únicos parientes cercanos y su
muerte les proporciona una bonita cantidad de dinero, estoy seguro. ¡Ya sabe
cómo es la naturaleza humana!
- Algunas veces, inhumana; sí, muy cierto. ¿Y no tomó ni bebió
nada más la anciana?
- Bueno, a decir verdad...
- ¡Ah, Voilà... ! Me parecía que tenía usted algo dentro de la
manga, como dicen ustedes los ingleses... la sopa, el pastel de pescado, la
tarta de manzana... ¡betise! Ahora llegamos al centro de la cuestión.
- No lo sé. Pero lo cierto es que la anciana tomaba unos sellos
antes de las comidas. Ya me entiende, no eran píldoras, ni tabletas, sino unas
de esas cajitas de papel de arroz con unos polvos dentro. Era una medicina
completamente inofensiva, para la digestión.
- Admirable. Nada más fácil que llenar uno de los sellos con
estricnina y sustituirlo por uno de los otros. Pasa por la garganta tragado con
un poco de agua y no se nota el sabor.
- Eso es. Lo malo es que fue la chica la que se lo dio.
- ¿La chica rusa?
- Sí. Katrina Rieger. Era una especie de criada, enfermera y
señorita de compañía de la señorita Barrowby. Creo que no la dejaba en paz:
tráeme esto, tráeme lo otro, tráeme lo de más allá, frótame la espalda, sírveme
la medicina, vete corriendo a la farmacia... ese plan. Ya sabe usted lo que son
esas señoras mayores, tienen buenas intenciones, pero lo que necesitan en
realidad es una esclava negra.
Poirot sonrió.
- Y así estamos - continuó el inspector Sims -. No encaja muy
bien que digamos.
¿Por qué iba a envenenarla la chica? Muerta la señorita
Barrowby, se queda sin trabajo y no es tan fácil encontrar empleo; no tiene
preparación especial, ni nada de eso.
- Sin embargo - sugirió Poirot -, si la caja de los sellos no
estaba guardada, cualquiera de la casa pudo tener oportunidad de realizar la
sustitución.
- Naturalmente, estamos en eso, Monsieur Poirot. No tengo reparo
en confesarle que estamos haciendo averiguaciones... discretamente, claro.
Cuándo fue preparada la medicina, dónde la guardaban de costumbre... Con
paciencia y mucho trabajo pesado y oscuro conseguiremos lo que buscamos. Luego
está también el abogado de la señorita Barrowby. Mañana tengo una entrevista
con él. Y el director del banco. Todavía hay mucho que hacer.
Poirot se levantó.
- Voy a pedirle un favor, inspector Sims: que me diga cómo
marcha el asunto. Lo consideraré como un gran favor. Éste es mi número de
teléfono.
- ¡No faltaría más, Monsieur Poirot! Cuatro ojos ven más que
dos; además, habiendo recibido la carta, tenía usted que estar en el asunto.
- Me abruma usted, inspector.
Cortésmente, Poirot estrechó la mano del inspector y se marchó.
Al día siguiente por la tarde le llamaron por teléfono.
- ¿Es usted, Monsieur Poirot? Le habla el inspector Sims. Parece
que aquel asuntito que sabemos usted y yo se va animando.
- ¿De verdad? Cuénteme, se lo ruego...
- Bueno, ahí va el artículo número 1... y bastante importante,
por cierto. La señorita B dejó un pequeño legado a su sobrina y todo lo demás a
K. En consideración a su gran bondad y atenciones para con ella... así es como
se expresa. Eso cambia el aspecto de las cosas totalmente, a mi juicio.
Ante la mente de Poirot se presentó una escena: un rostro
sombrío y una voz apasionada que decía: “El dinero es mío. Ella lo ha escrito
así y así será”. El legado no iba a constituir una sorpresa para Katrina; tenía
conocimiento de él con anticipación.
- Artículo número 2 - continuó la voz del inspector Sims -.
Nadie más que K anduvo con el sello.
- ¿Está usted seguro de eso?
- La propia chica al menos no lo niega. ¿Qué opina usted de
eso... ?
- Es sumamente interesante.
- Sólo necesitamos una cosa más... pruebas de cómo llegó a sus
manos la estricnina.
No creo que sea difícil.
- ¿Pero hasta ahora no ha tenido éxito?
- Acabo de empezar, como quien dice. La encuesta fue esta
mañana.
- ¿Qué ocurrió en ella?
- Se aplazó por una semana.
- ¿Y la señorita... K?
- Voy a detenerla por sospechosa. No quiero correr riesgos.
Puede que tenga amigos en el país que traten de sacarla de esto.
- No - dijo Poirot -. No creo que tenga ningún amigo.
- ¿De verdad? ¿Qué le hace decir a usted eso, Monsieur Poirot?
- Es sólo una idea más. ¿No hay más “artículos”, como usted los
llama?
- Nada que tenga mucha relación con el caso. Parece que la
señorita B había hecho algunas tonterías últimamente con sus valores... debe
haber perdido una suma bastante elevada. Es un asunto un poco raro, pero no veo
que tenga mucho que ver con el problema principal... por el momento, al menos.
- No, puede que esté usted en lo cierto. Bueno, muchas gracias.
Ha sido usted muy amable en telefonearme.
- Nada de eso. Soy un hombre de palabra y comprendí que estaba
muy interesado. Quién sabe, puede que me eche usted una mano antes de terminar
este asunto.
- Eso sería para mí un gran placer. Por ejemplo, podría ayudarle
a usted si consiguiera dar con un amigo de Katrina.
- ¿No había dicho usted que no tenía amigos? - dijo el inspector
Sims, sorprendido.
- Estaba equivocado - dijo Hércules Poirot -. Tiene un amigo.
Antes de que el inspector pudiera hacer más preguntas, Poirot
colgó.
Con expresión grave, se encaminó a la habitación donde la
señorita Lemon escribía a máquina. Al acercarse su jefe, la señorita Lemon
levantó las manos del teclado y le miró, interrogante.
- Quiero que se imagine usted una pequeña historia - le dijo
Poirot.
La señorita Lemon dejó caer las manos en su regazo, en actitud
resignada. Le gustaba escribir a máquina, pagar cuentas, archivas y anotar los
compromisos de su jefe. El que le pidiera que se imaginase en situaciones
hipotéticas le aburría mucho, pero lo aceptaba como una parte desagradable de
su trabajo.
- Es usted una muchacha rusa - empezó Poirot.
- Sí - dijo la señorita Lemon, con un aire sumamente británico.
- Está usted sola y sin amigos en este país. Tiene usted razones
para no desear volver a Rusia. Está usted empleada como una especie de esclava,
enfermera y señorita de compañía de una señora de edad. Es usted humilde y
paciente.
- Sí - dijo la señorita Lemon, obediente, pero incapaz de
imaginarse a sí misma en actitud humilde ante ninguna señora.
- La anciana le coge cariño a usted. Decide dejarle su dinero y
así se lo comunica.
Poirot hizo una pausa.
La señorita Lemon dijo “sí” una vez más.
- Y entonces, la anciana descubre algo. Puede que sea un asunto
de dinero, que se haya dado cuenta de que usted no ha sido honrada con ella. O
puede que sea más grave todavía: una medicina que tenía un gusto raro, una
comida que sienta mal... Bueno, el caso es que empieza a sospechar de usted y
escribe a un detective muy famoso... en fin, el más famoso de todos los
detectives, ¡a mí! Tengo que ir a visitarla poco después. Y entonces, como
dicen ustedes los ingleses, la grasa está en el fuego, el peligro es inminente.
Hay que obrar con rapidez. Y así, cuando el gran detective llega, la anciana
está muerta. Y el dinero va a parar a usted... Dígame, ¿le parece razonable?
- Muy razonable - dijo la señorita Lemon -. Quiero decir, muy
razonable para una rusa. Yo, personalmente, nunca me emplearía de señorita de
compañía. Me gusta que mis obligaciones estén bien definidas. Y, naturalmente,
nunca se me ocurriría asesinar a nadie.
Poirot suspiró.
- ¡Cómo echo de menos a mi amigo Hastings! ¡Tenía tanta
imaginación y una mentalidad tan romántica! Bien es verdad que siempre se
equivocaba, pero eso en sí mismo era una guía.
La señorita Lemon permaneció en silencio. Ya había oído hablar
otras veces del capitán Hastings y no le interesaba el tema. Dirigió una mirada
melancólica a la hoja mecanografiada que tenía ante ella.
- ¡De modo que le parece a usted razonable! - murmuró Poirot.
- ¿A usted no?
- Me temo que sí - suspiró Poirot.
Sonó el teléfono y la señorita Lemon salió de la habitación para
contestarlo. Cuando volvió dijo:
- Otra vez el inspector Sims.
Poirot corrió al aparato. Escuchó lo que le decía el inspector y
exclamó:
- ¿Cómo? ¿Qué dice?
Sims repitió su declaración:
- Hemos encontrado un paquete de estricnina en la habitación de
la chica escondido debajo del colchón. Acababa de llegar el sargento con la
noticia. Podemos decir que esto liquida la cuestión.
- Sí - dijo Poirot -. Creo que el asunto está liquidado. Su voz
había cambiado; parecía, de pronto, llena de confianza.
“Había algo que estaba mal - murmuró para sí -. Lo sentí... no,
no lo sentí. Debe haber sido algo que vi. En avant, pequeñas células grises.
Meditad, reflexionad. ¿Era todo lógico, estaba todo en orden? La chica, su
ansiedad respecto al dinero... la señora Delafontaine; su marido... su
referencia a los rusos... una imbecilidad, pero bueno, él es un imbécil; la
habitación... el jardín... ¡ah! Sí, el jardín.”
Se enderezó. En sus ojos apareció la luz verde. Se puso en pie
de un salto y se dirigió a la habitación contigua.
- Señorita Lemon, ¿tiene usted la bondad de dejar lo que está
haciendo y hacer una investigación?
- ¿Una investigación, Monsieur Poirot? No creo que valga la...
Poirot la interrumpió.
- Dijo usted un día que conocía muy bien a los comerciantes.
- Desde luego que sí - dijo la señorita Lemon con seguridad en
sí misma.
- Entonces el asunto es sencillo. Tiene usted que ir a Charman’s
Green y encontrar a un pescadero.
- ¿A un pescadero? - preguntó la señorita Lemon, sorprendida.
- Exacto. EI pescadero que servía el pescado a Rosebank. Cuando
lo encuentre usted, le preguntaré una cosa.
Poirot le entregó un papel. La señorita Lemon lo cogió, leyó lo
que había escrito en él sin mostrar interés, hizo una señal de asentimiento y
cubrió la máquina con su correspondiente funda.
- Iremos juntos a Charman’s Green - dijo Poirot -. Usted al
pescadero y yo al cuartelillo de la policía. Tardaremos una media hora desde
Baker Street.
Al llegar a su destino fue recibido por el sorprendido inspector
Sims.
- Vaya, trabaja usted deprisa, Monsieur Poirot. No hace más de
una hora que le hablé por teléfono.
- Tengo que pedirle una cosa: que me deje ver a esa chica,
Katrina... ¿cómo dice que se llama?
- Katrina Rieger. Bueno, no creo que haya nada que lo impida.
Katrina parecía más cetrina y sombría que nunca. Poirot le habló
muy amablemente.
- Mademoiselle, quiero que se convenza de que no soy enemigo
suyo. Quiero que me diga usted la verdad y toda la verdad.
Los ojos de Katrina chispearon, retadores.
- He dicho la verdad. ¡He dicho la verdad a todo el mundo! Si a
la señora la envenenaron, yo no he sido. Todo esto es una equivocación. Usted
quiere quitarme el dinero.
Hablaba con voz ronca. Parecía, pensó Poirot, una pobre ratita
acorralada.
- Hábleme del sello, mademoiselle - continuó Poirot -. ¿Nadie
salvo usted anduvo con él?
- Ya lo he dicho, ¿no? Los habían preparado aquella tarde en la
farmacia. Los llevé a casa en mi bolso... muy poco antes de la cena. Abrí la
caja y le di uno a la señora Barrowby, con un vaso de agua.
- ¿Nadie los tocó salvo usted?
- Nadie.
¿Una rata acorralada... pero valiente, quizá?
- Y la señorita Barrowby cenó únicamente lo que nos ha dicho: la
sopa, el pastel de pescado y la tarta, ¿verdad?
- Sí.
Fue un “sí” desesperado. Sus ojos oscuros no veían luz en
ninguna parte.
Poirot le dio unas palmaditas en el hombro.
- Tenga valor, mademoiselle. Todavía puede usted ser libre...
sí, y rica... una vida cómoda.
Ella le miró con desconfianza.
Al salir, Sims le dijo:
- No entendí bien lo que me dijo por teléfono... algo sobre un
amigo que tenía la chica.
- Tiene uno. ¡Yo! - dijo Hércules Poirot y, antes de que el
inspector pudiera recobrarse, había salido del cuartelillo de policía.
En el salón de té del Gato Verde, la señorita Lemon no hizo
esperar a su jefe, sino que fue directamente al asunto.
- El hombre se llama Rudge y tiene la pescadería en High Street.
Tenía usted razón: exactamente docena y media. He tomado nota de lo que me dijo
- y entregó la nota.
Poirot lanzó un sonido profundo, semejante al ronroneo de un
gato.
Hércules Poirot se encaminó a Rosebank. Estaba parado en el
jardín, con el sol poniéndose a sus espaldas, cuando Mary Delafontaine se le
acercó.
- ¿Monsieur Poirot? - su voz denotaba sorpresa -. ¿Ha vuelto
usted?
- Sí, he vuelto. - Poirot hizo una pausa y luego dijo: - Cuando
viene aquí por primera vez, me vino a la mente la rima infantil:
Di, María, la obstinada,
¿Cómo crece tu jardín?
Tiene conchas, campanitas,
de doncellas un sinfín.
Poirot terminó:
- Sí, tiene conchas, conchas de ostras, ¿verdad, madame?
Señaló con la mano en determinada dirección.
Ella contuvo la respiración, quedándose luego muy quieta. Sus
ojos miraron a Poirot con expresión interrogante.
Él asintió.
- ¡Mais oui! ¡Lo sé todo! La muchacha dejó la comida preparada.
Ella, lo mismo que Katrina, jurará que no comieron ustedes otra cosa. Sólo
usted y su esposo saben que le trajeron docena y media de ostras, un regalito
pour la bone tante. ¡Es tan fácil poner estricnina en una ostra! ¡Se traga,
comme ça! Pero quedan las conchas. No deben echarse al cubo. La criada las
hubiera visto. Y entonces pensó usted en bordear con ellas uno de los macizos.
Pero no había las suficientes; el borde no está completo. Hace mal efecto,
estropea la simetría del jardín, encantador, a no ser por ese detalle. Esas
pocas conchas de ostras producen una nota discordante... Me desagradaron cuando
viene aquí por vez primera.
Mary Delafontaine dijo:
- Supongo que lo habrá adivinado usted por la carta. Sabía que
había escrito, pero no sabía cuánto había dicho.
Poirot contestó evasivo:
- Sabía por lo menos que se trataba de un asunto de familia. Si
se hubiera tratado de Katrina, no habría motivo para echar tierra al asunto. Me
figuro que usted o su esposo negociaron los valores de la señorita Barrowby en
provecho propio y que ella lo descubrió...
Mary Delafontaine asintió.
- Hacía años que lo veníamos haciendo... un poco aquí y otro
poco allá. Nunca me di cuenta de que fuera lo bastante lista para enterarse. Y
entonces me enteré de que había mandado llamar a un detective y de que le
dejaba el dinero a Katrina... ¡esa miserable!
- Y entonces puso la estricnina en el cuarto de Katrina.
Comprendo. Se salvaba usted y salvaba a su marido de lo que yo pudiera
descubrir y cargaba a una chiquilla inocente con la culpa de un asesinato. ¿No
tiene usted piedad, señora?
Mary Delafontaine se encogió de hombros... sus ojos color
miosotis miraban a Poirot. Él recordó su primera visita, la perfecta actuación
de Mary Delafontaine y las torpes intervenciones de su marido. Una mujer
superior... pero inhumana.
- ¿Piedad? ¿Para esa miserable intrigante? - dijo ella dando
rienda suelta a su odio.
Hércules Poirot dijo lentamente:
- Creo, señora, que sólo ha tenido usted dos afectos en su vida.
Uno es su marido.
Los labios de Mary Delafontaine temblaron.
- Y el otro... su jardín.
Poirot miró en torno suyo. Su mirada parecía pedir perdón a las
flores por lo que había hecho y por lo que iba a hacer.

