Libro N°. 3119. Preludio Al Espacio. Clarke, Arthur C.
© Libro N°. 3119. Preludio Al Espacio. Clarke, Arthur C. Colección
E.O. Septiembre 17 de 2016.
Título original: © Prelude to Space
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PRELUDIO AL ESPACIO
Arthur C. Clarke
PRIMERA
PARTE
En
una longitud de cinco millas, recta como una flecha, la reluciente pista de
metal se extendía sobre la faz del desierto en dirección al noroeste, a través
del muerto corazón del continente y el océano que se extendía más allá. Sobre
esta tierra, un día hogar de los aborígenes, se habían elevado muchas extrañas
y rugientes formas durante la última generación. El mayor y más extraño de
estos artefactos yacía ahora en el extremo de la pista de despegue, desde lo
largo de la cual tenía que remontarse hacia el cielo.
En
el desierto de aquel valle, formado por dos bajas colinas, había crecido una
pequeña ciudad. Era una ciudad construida con un propósito, un propósito que
estaba centralizado en los grandes tanques de reserva de combustible y la
central de energía, situados al extremo de la larga pista. Allí se habían
reunido ingenieros y científicos de todos los países del mundo. Y allí, el
«Prometheus», primera de todas las naves del espacio, había sido montada
durante los tres últimos años.
El
Prometeo de la leyenda había traído a la Tierra el fuego del cielo. El
«Prometheus» del siglo XX tenía que devolver el fuego atómico al hogar de los
dioses y probar que el hombre, por su propio esfuerzo, se había liberado por
fin de las cadenas que lo había sujetado a este mundo durante un millón de
años.
Nadie,
al parecer, sabía quién había dado su nombre a la nave del espacio. En
realidad, no se trataba de una sencilla nave, sino que consistía en dos
máquinas separadas. Con una notable falta de imaginación, los constructores
habían bautizado los dos componentes con los nombres de «Alfa» y «Beta». Sólo
el componente superior, «Alfa», era el verdadero cohete. «Beta», para darle su
verdadero nombre, era un «athodyd hipersónico». La mayoría de la gente lo
llamaban un expulsor atómico, lo cual era a la vez más sencillo y más
expresivo.
Había
un gran trecho entre las bombas volantes de la Segunda Guerra Mundial y «Beta»
con sus doscientas toneladas, recorriendo el techo de la atmósfera a miles de
millas por hora. Y, sin embargo, ambas operaban bajo el mismo principio: el
empleo de la velocidad de avance para procurar la compresión del chorro. La
principal diferencia residía en el combustible. V-1 había quemado gasolina;
«Beta» quemaba plutonio y su radio de acción era prácticamente ilimitado.
Mientras sus inyectores de aire podían captar y comprimir el tenue gas de la
atmósfera superior, el horno al rojo blanco de la pila atómica lanzaría sus
chorros. Sólo cuando, finalmente, él aire era demasiado tenue para crear
energía o sostenimiento, la nave necesitaba inyectar en la pila el metano
procedente de los tanques de combustible, convirtiéndose de esta forma en un
verdadero cohete.
«Beta»
podía salir de la atmósfera, pero no podía escapar nunca totalmente a la
Tierra. Su tarea era doble. Primero tenía que transportar tanques de
combustible a la órbita alrededor de la Tierra, e instalarlos girando alrededor
de ella como diminutas lunas hasta que fuesen necesitados. Sólo una vez
conseguido esto, la nave elevaría a «Alfa» en el espacio. La nave más pequeña
se surtiría entonces del combustible de los tanques en la órbita libre, y
pondría en marcha sus motores para romper contacto con Tierra y emprender su
viaje a Luna.
Girando
pacientemente, «Beta» esperaría el regreso de la nave del espacio. Al final de
su viaje de medio millón de millas, «Alfa» tendría escasamente suficiente
combustible para maniobrar dentro de una órbita paralela. La tripulación y su
equipo serían entonces transbordados a «Beta», que estaba esperando, la cual
llevaría todavía suficiente combustible para devolverlos sanos a Tierra.
Era
un plan complicado, pero incluso con la energía atómica era la única forma
practicable de realizar un viaje circular alrededor de Luna con un cohete de un
peso no inferior a muchos miles de toneladas, aún, tenía otras diversas
ventajas. «Alfa» y «Beta» podían ser destinadas separadamente a llevar a cabo
sus diferentes misiones con una eficiencia que ninguna simple nave, destinada a
todos los propósitos, podría jamás esperar realizar. Era imposible combinar en
una sola nave la facultad de volar a través de la atmósfera de Tierra y
aterrizar en Luna carente de aire.
Cuando
llegase el momento de realizar el próximo viaje, «Alfa» estaría todavía girando
en torno a Tierra, para ser avituallada en el espacio y usada de nuevo. Ningún
viaje posterior sería tan difícil como el primero. Con el tiempo habrían
motores más eficientes, y más tarde aun, una vez hubiese sido fundada la
colonia lunar, habría estaciones de servicio en Luna. Después de esto, la cosa
sería fácil y el vuelo a través del espacio se convertiría en una empresa
comercial, si bien todo esto no ocurriría antes de un siglo, si no más.
Entretanto,
la nave «Prometheus», alias «Alfa» y «Beta», seguía reluciendo bajo el sol
australiano mientras los técnicos trabajaban todavía en ellas. Los últimos
dispositivos estaban siendo instalados y probados; el momento de iniciar su
destino se estaba aproximando. Dentro de pocas semanas, si todo iba bien,
transportaría las esperanzas y temores de la Humanidad a las solitarias
profundidades que yacen más allá del cielo.
1
Dirk
Alexson dejó su libro y subió el corto tramo de escalera hasta la cubierta de
observación. Era todavía demasiado pronto para ver tierra, pero la proximidad
del final del viaje lo había puesto inquieto e incapaz de concentrarse. Se
acercó a las angostas ventanas circulares abiertas en el borde principal de la
gran ala y se asomó sobre el informe océano que tenía bajo él.
Era
totalmente imposible ver nada; desde aquellas alturas la más imponente tormenta
del formidable Atlántico hubiera sido invisible. Estuvo algún tiempo
contemplando la masa gris que tenía a sus pies y se dirigió a la instalación de
radar de los pasajeros.
La
ondulante línea de luz de la pantalla había comenzado a trazar los primeros
tenues ecos en los límites de su alcance. La tierra estaba delante de ellos, a
diez millas a sus pies y doscientas de distancia, la tierra que Dirk no había
visto nunca, pese a que era para él más real que el terreno donde había nacido.
De aquellas ocultas playas, más de cuatro siglos antes, habían salido hacia el
Nuevo Mundo sus antepasados en busca de fortuna y libertad. Ahora, él
regresaba, atravesando en menos de tres horas las vastas extensiones que ellos
habían surcado durante tantas semanas de hastío. Y venía con una misión en la
cual, en su más fantasiosa imaginación, jamás hubiera podido soñar.
La
imagen luminosa de Land's End había curado ya la mitad de la pantalla de radar
antes de que Dirk hubiese dirigido la primera mirada a la costa que se
acercaba, mancha negra casi perdida en las brumas del horizonte. A pesar de que
no había sentido ningún cambio de dirección, sabía que la nave debía estar
ahora deslizándose por la pendiente que llevaba al aeropuerto de Londres, a
cuatrocientas millas de allí. Dentro de poco minutos volvería a oír, débil,
pero infinitamente tranquilizador, el ronco zumbido de los grandes chorros a
medida que el aire se espesaba a su alrededor y llevaba una vez más la música a
sus oídos.
Cornualles
era una gran mancha gris que se hundía a popa a demasiada velocidad, para que
pudiese verse ningún detalle. Por lo que era capaz de juzgar, el rey Marke
podría estar todavía esperando sobre aquellas crueles rocas la nave que tenía
que traerle a Isolda, mientras en las colinas Merlín podía estar todavía
hablando con los vientos y pensando en su sino. Desde aquellas alturas, la
tierra debía ofrecer el mismo aspecto cuando los constructores pusieron la
última piedra de las murallas de Tintagel.
Ahora
la nave se deslizaba hacia una masa de nubes tan blancas y deslumbrantes que herían
los ojos. Al principio parecían sólo rotas aquí y allá por algunas leves
ondulaciones, pero ahora, a medida que se elevaban hacia él, Dirk se dio cuenta
de que las montañas de nubes sobre las que volaba tenían unas proporciones
dignas del Himalaya. Un momento después, los altos picos se elevaban por encima
de él y la nave se dirigía hacia un ancho paso abierto entre dos altas paredes
de nieve. Tuvo un estremecimiento involuntario al ver las dos grandes paredes
blancas precipitarse hacia él, después relajó sus músculos cuando la blanca
niebla los envolvió y no pudo ver nada más.
La
capa de nubes debía ser muy espesa, porque tuvo apenas una cortísima visión de
Londres y fue sorprendido por el suave choque del aterrizaje. Entonces los
ruidos del mundo exterior llegaron precipitadamente a sus oídos; las voces
metálicas de los altavoces, los cierres sonoros de las escotillas, y, por
encima de todos ellos, la muriente caída de las grandes turbinas a medida que
iban parándose para descansar.
El
húmedo suelo de asfalto, los camiones que esperaban y las nubes grises que se
cernían sobre ellos, desvanecieron las últimas impresiones de novela o
aventura. Nevaba ligeramente, y cuando el diminuto y ridículo tractor remolcó
la gran nave, sus relucientes flancos le dieron el aspecto de un monstruo de
las profundidades del mar, más que del cielo que tenían encima. Sobre los
alvéolos de los chorros flotaban pequeñas nubéculas de vapor que se convertían
en agua sobre las alas.
Con
gran alivio por su parte, Dirk se encontró en la barrera de la Aduana. Cuando
su nombre fue comprobado en la lista de pasajeros, un hombre corpulento, de
mediana edad, se acercó a él con la mano tendida:
―¿Doctor
Alexson? Encantado de conocerlo. Mi nombre es Matthews. Tengo que llevarlo a la
Central del Southbank y ocuparme de usted durante toda su estancia en Londres.
―Encantado
de saberlo―dijo Dirk sonriendo―. ¿Supongo que esto se lo debo a McAndrews?
―Exacto.
Soy su ayudante en Relaciones Públicas. Déme su maleta... Vamos a tomar el
metro-exprés; es el medio más rápido, y el mejor, porque se entra en la ciudad
sin tener que soportar los suburbios. No hay más que un hueso, sin embargo.
―¿Y
cuál es?
―Quedaría
usted sorprendido―dijo Matthews con un suspiro― al saber el número de
visitantes que cruzan el Atlántico sin incidentes y desaparecen en el
metropolitano sin ser vistos nunca más.
Matthews
no esbozó la menor sonrisa mientras daba estas inverosímiles noticias. Como
Dirk tenía que observar más tarde, su curioso sentido del humor parecía ir
unido a una total incapacidad de sonreír. Era una combinación de lo más
desconcertante.
―Hay
una cosa de la cual no estoy claramente enterado―comenzó Matthews en el momento
en que el largo convoy rojo arrancaba de la estación del aeropuerto―. Hemos
tenido muchos científicos americanos que han venido a vernos, pero tengo
entendido que la ciencia no es la especialidad de usted.
―No,
yo soy historiador.
Las
cejas de Matthews formularon una pregunta inaudible.
―Comprendo
que le parezca un poco extraño―prosiguió Dirk―, pero es muy lógico. Durante el
pasado, cuando se formó la historia, no había casi nadie capaz de escribirla
debidamente. Hoy, desde luego, tenemos periódicos y películas, pero es
sorprendente ver cuántos acontecimientos fueron omitidos simplemente porque en
su tiempo todo el mundo los consideró naturales. Pues bien, el proyecto que
están ustedes estudiando es uno de los más grandes de la historia y si sale
adelante cambiará el futuro, como quizá ningún otro acontecimiento lo ha
cambiado jamás. De manera que mi universidad ha decidido que tiene que haber un
historiador profesional presente para llenar las omisiones que pudieran
producirse.
Matthews
asintió.
―Sí,
es razonable. Será un agradable cambio para nosotros, los que no somos científicos
tampoco. Estamos verdaderamente cansados de conversaciones en las cuales tres
palabras de cada cuatro son símbolos matemáticos. Sin embargo, ¿supongo que
debe usted tener un fondo de conocimientos técnicos considerable...?
Dirk
lanzó un suspiro de perplejidad.
―Si
tengo que decirle la verdad―confesó―, hace cerca de quince años que no me he
dedicado a la ciencia; y además no la había tomado nunca muy en serio tampoco.
Tendré que ir aprendiendo lo que tenga que saber a medida que lo vaya
necesitando.
―No
se preocupe; tenemos un curso a alta presión para hombres de negocios fatigados
y políticos perplejos, que le dará todos los conocimientos necesarios quedará
usted sorprendido de ver todo lo que puede aprender con sólo escuchar las
peroraciones de los Boffins.
―¿Boffins?
―¡Dios
mío! ¿No conoce usted esta palabra? Viene de la guerra y significa estos tipos
de científico de pelo largo con una regla de cálculo en el bolsillo. Creo mi
deber avisarle de antemano que aquí tenemos un vocabulario que tendrá que
aprender. Hay tantas ideas nuevas y conceptos en nuestro trabajo, que tenemos
que inventar nuevas palabras. ¡Hubiera usted debido traer un filólogo también!
Dirk
permanecía silencioso. Había momentos en que la enorme intensidad de su tarea
casi lo avasallaba. En el transcurso de los seis próximos meses, el trabajo de
miles de hombres durante medio siglo alcanzaría su culminación. Era su deber, y
su privilegio, hallarse presente mientras se iba formando la historia en aquel
desierto australiano en otro lado del mundo. Tenía que observar aquellos
acontecimientos a través de los ojos del futuro, y consignarlos de forma tal
que durante los siglos futuros otros hombres pudieran captar nuevamente el
espíritu de aquella edad y tiempo.
Salieron
a la superficie en la estación de New Waterloo y recorrieron a pie los pocos
metros que los separaban del Támesis. Matthews había tenido razón al decir que
aquella era la mejor manera de llegar a Londres por primera vez. La espaciosa
extensión del nuevo muelle, que sólo tenía veinte años, llevó la mirada de Dirk
río abajo hasta que fue detenida por la cúpula de San Pablo, reluciendo húmeda
bajo un inesperado rayo de sol. Su mirada siguió el río corriente arriba,
pasando por delante del gran edificio blanco antes de Charing Cross, pero los
edificios del Parlamento eran invisibles detrás de la curva que describía el
Támesis.
―¿Bonita
vista, verdad?―preguntó Matthews―. Ahora estamos sumamente orgullosos de ella,
pero hace treinta años todo esto era una horrible amalgama de muelles y orillas
de barro. A propósito..., ¿ve usted aquel barco, allí?
―¿Quiere
usted decir el que está amarrado en la otra orilla?
―Sí,
¿sabe usted qué es?
―No
tengo la menor idea.
―Es
el Discovery, que llevó al capitán Scott al Antártico a principio de siglo. Con
frecuencia me lo miro cuando voy a trabajar, y me pregunto qué debería pensar
del viajecito que estamos proyectando.
Dirk
miraba intensamente el gracioso casco de madera, los esbeltos mástiles y la
maltrecha chimenea. Su mente evocó imágenes del pasado y le parecía ver aquella
embarcación deslizándose por entre altas montañas de hielo en un país
desconocido. Comprendía los sentimientos de Matthews, y la sensación de
continuidad histórica fue súbitamente muy fuerte. La línea que se extendía a
través de Scott hasta Drake y Raielgh, y aun a viajeros anteriores, seguía
intacta; sólo la escala de las cosas había cambiado.
―Aquí
lo tiene―dijo Matthews en un tono de orgullosa excusa―. No es tan impresionante
como hubiera podido ser, pero no teníamos mucho dinero en aquellos tiempos. Lo
cual no quiere decir que lo tengamos ahora...
El
alto edificio blanco de tres pisos, que se hallaba frente al río, era de una
arquitectura sin pretensiones y había sido visiblemente construido hacía sólo
algunos años. Estaba circundado por grandes espacios abiertos, escasamente
cubiertos por una mezquina hierba. Dirk supuso que habían sido ya destinados a
futuras edificaciones. La hierba parecía haberse dado cuenta de ello también.
Sin
embargo, pese a aquellos edificios administrativos, la Central no carecía de
atractivos y la vista sobre el río era indiscutiblemente muy bella. A lo largo
del segundo piso había una línea de letras, tan claras y prácticas como todo el
resto del edificio. Formaban una sola palabra, pero al verla Dirk sintió una
curiosa palpitación en sus venas. Parecía, en cierto modo, fuera de lugar,
allí, en el corazón de aquella urbe, en la que millones de hombres estaban
constantemente absorbidos por los problemas de la vida cotidiana. Estaba tan
fuera de lugar como el Discovery, amarrado al lejano muelle, al final de su
largo viaje; y hablaba de un viaje más largo que el que él o barco alguno
hubiese realizado jamás:
INTERPLANETARIO
2
El
despacho era pequeño, y tenía que compartirlo con dos dibujantes jóvenes; pero
dominaba el Támesis, y cuando estaba cansado de sus anotaciones y ficheros,
Dirk podía descansar sus ojos sobre la gran cúpula que flotaba por encima de
Ludgate Hill. De cuando en cuando aparecían Matthews o su jefe para hacer un
poco de conversación, pero, en general, lo dejaban tranquilo, sabiendo que éste
era su deseo. Anhelaba ser dejado en paz hasta haber estudiado y profundizado
los centenares de memorias y libros que Matthews le había procurado.
Había
un largo espacio de tiempo desde el Renacimiento italiano hasta el Londres del
siglo veinte, pero la técnica que había adquirido cuando escribió su tesis
sobre Lorenzo el Magnífico le era ahora de gran utilidad. Era capaz de decir,
casi con una sola mirada, lo que carecía de importancia y lo que tenía que ser
estudiado cuidadosamente. Al cabo de pocos días la línea general de la historia
estaba completa y pudo comenzar a llenarla en detalle.
El
sueño era más antiguo de lo que él había supuesto. Dos mil años antes los
griegos habían imaginado que la Luna era un mundo no muy diferente de la
Tierra, y durante el siglo dos d.C. el satírico Luciano escribió la primera de
todas las novelas interplanetarias. Habían sido necesarios más de diecisiete
siglos para salvar el abismo entre la ficción y la realidad, y la mayor parte
del progreso sabía sido realizado durante aquellos últimos cincuenta años.
La
era moderna había empezado en 1923, cuando un oscuro profesor, natural de
Transilvanía, llamado Hermano Oberth, publicó un libelo llamado El Cohete en el
Espacio Interplanetario. En él desarrollaba por primera vez las matemáticas del
vuelo por el espacio. Hojeando uno de los raros ejemplares existentes, a Dirk
le parecía difícil creer que una superestructura tan enorme hubiese brotado de
tan frágil principio. Oberth, ahora un anciano de 84 años, había iniciado la
reacción en cadena, que tenía que llevar, todavía en Vida de él, a la travesía
del espacio.
Durante
el decenio que precedió la Segunda Guerra Mundial, los discípulos alemanes de
Oberth habían perfeccionado el cohete de combustible líquido. Al principio
también ellos habían soñado en la conquista del espacio, pero el sueño había
sido olvidado con la subida de Hitler. La ciudad sobre la cual Dirk con tanta
frecuencia se asomaba, llevaba todavía las cicatrices de los tiempos, hacía
treinta años, en que los grandes cohetes habían caído procedentes de la
estratosfera en el torbellino de un aire contaminado.
Menos
de un año después se había producido aquel horrendo amanecer en el desierto de
Nuevo México, cuando pareció que el Río del Tiempo se hubiese detenido por un
momento, para convertirse en espuma y lluvia formando un nuevo cauce hacia un
futuro cambiado y desconocido. Con Hiroshima había venido el final de la guerra
y el final de una era; la energía y la máquina se habían juntado por fin, y la
ruta del espacio aparecía abierta ante los hombres.
Había
sido una ruta muy abrupta y se requirieron treinta años para treparla, treinta
años de triunfos y desalentadoras decepciones. Mientras iba conociendo a los
hombres que lo rodeaban, mientras escuchaba sus relatos y sus conversaciones,
Dirk iba llenando lentamente su memoria con detalles personales que ni los
archivos ni los sumarios podían jamás aportar.
«El
cuadro de televisión no era muy bueno, pero cada pocos segundos iba mejorando y
conseguimos una buena imagen. Aquella fue la mayor emoción de mi vida, pues
había sido el primer hombre en ver el otro lado de la Luna. Ir allá será un
poco difícil.
»...la
explosión más terrible jamás vista. Cuando nos levantamos oí a Goering que
decía: «Si es esto lo mejor que sabéis hacer, le diré al Führer que todo esto
es malgastar dinero.» Hubiera usted tenido que ver la cara de von Braun...
»El
KX 14 sigue allá arriba; describe una órbita cada tres horas, lo cual es
exactamente lo que nos proponíamos; pero el maldito transmisor de radio falló
al lanzamiento de manera que no hemos conseguido las indicaciones de los
instrumentos.
»Yo
estaba observando a través del reflector de doce pulgadas cuando la carga de
polvo de magnesio alcanzó la Luna a unos cincuenta kilómetros de Aristarchus.
Puede ver el cráter que produjo si dirige una mirada sobre la puesta de sol.»
Algunas
veces Dirk envidiaba a aquellos hombres. Tenían un propósito en la vida, aunque
fuese uno que él no podía plenamente comprender. Expedir sus grandes máquinas a
centenares de miles de millas en el espacio tenía que procurarles una sensación
de potencia. Pero la energía era peligrosa y con frecuencia se descomponía.
¿Podía confiarse en ellos con todas las fuerzas que aportaban al mundo? ¿Podía
el mismo mundo ser digno de confianza estando ellos en él?
Pese
a su fondo científico, Dirk no era completamente ajeno al temor de la ciencia
que había sido el factor común desde los grandes descubrimientos de la era
Victoriana. En aquel nuevo ambiente se sentía no solamente aislado sino a veces
un poco nervioso. La escasa gente con quien hablaba era invariablemente cortés
y deferente, pero una cierta timidez y su ansia de dominar el fondo de su
misión en el tiempo más breve posible lo mantenía alejado de toda relación
social. La atmósfera de la organización le gustaba, ya que era casi
agresivamente democrática, y más tarde le sería muy fácil conocer a todos los
que quisiera.
De
momento, el contacto de Dirk con todos los que no perteneciesen al Departamento
de Relaciones Públicas, se reducía a la hora de las comidas. La pequeña cantina
del Interplanetario era frecuentada, por turnos, por todo el personal, desde el
Director-General hacia abajo. Era dirigida por un comité muy osado con fuerte
tendencia a la experimentación, y si bien accidentalmente se producían
catástrofes culinarias, la comida era en general muy buena. Por lo que Dirk
podía decir la jactancia del «Interplanetario» de ser la mejor cocina de
Southbank estaba plenamente justificada.
Como
la hora de la comida de Dirk, como la Pascua de Resurrección, era movible, veía
generalmente una nueva serie de rostros cada vez y no tardó en conocer de vista
a la mayoría de los más importantes miembros de la organización. Nadie prestaba
atención a él; el edificio estaba lleno de aves de paso de las universidades y
firmas comerciales de todo el mundo y era evidente que era tomado por un
científico más de visita.
Su
colegio, a través de las ramificaciones de la Embajada de los Estados Unidos,
había conseguido encontrarle un modesto piso a unos cuantos centenares de
metros de Grosvenor Square. Cada mañana se dirigía a la estación del metro de
Bond Street y se trasladaba a Waterloo. Poco tardó en aprender a eludir las
aglomeraciones de la mañana y al poco tiempo era el último en llegar al centro
Interplanetario. Las horas descentradas eran frecuentes en Southbank; si bien
Dirk algunas veces permanecía en el edificio hasta medianoche y constantemente
sentía a su alrededor sonidos de actividades, generalmente procedentes de las
secciones de investigación. Algunas veces, a fin de aclararse la cabeza y hacer
un poco de ejercicio, salía a dar un paseo por los desiertos corredores,
tomando mentalmente nota de los departamentos interesantes que un día podría
visitar oficialmente. Aprendió mucho más sobre aquella casa de esta forma que a
través de los complicados y tan corregidos documentos de la organización que
Matthews le había procurado, y volvía siempre a reclamarle.
Con
frecuencia Dirk pasaba por delante de puertas entreabiertas que dejaban ver
laboratorios descuidados y talleres mecánicos en los cuales taciturnos técnicos
observaban equipos e instrumentos que sin duda alguna se negaban a funcionar.
Si la hora era ya avanzada, el espectáculo quedaba suavizado por el humo del
tabaco, e invariablemente por una tetera eléctrica que ocupaba el sitio de
honor en el fondo de la habitación. Accidentalmente, Dirk llegaba en el momento
de un triunfo técnico y si no tomaba sus precauciones era probable que se viese
invitado a compartir el ambiguo líquido que los ingenieros estaban
continuamente elaborando. De esta forma llegó a cambiar su saludo con mucha
gente, pero conocía escasamente una docena de personas a quienes pudiese dirigirse
por su nombre.
A
los treinta y tres años, Dirk Alexson se sentía todavía un poco nervioso entre
la gente que lo rodeaba durante su trabajo cotidiano. Había sido más feliz en
el pasado, entre sus libros y aun cuando había viajado mucho a través de los
Estados Unidos, había pasado casi toda su vida en círculos académicos. Sus
colegas reconocían en él al trabajador constante y capacitado, con un olfato
casi intuitivo para la solución de situaciones complicadas. Nadie sabía si
llegaría a ser un gran historiador, pero su estudio sobre los Medicis había
sido aceptado y reconocido en su justo valor. Sus amigos no fueron jamás
capaces de comprender como un hombre de la plácida disposición y temperamento
de Dirk pudo analizar tan minuciosamente los motivos y conducta de la incendiaria
familia.
Una
mera casualidad, al parecer, lo había llevado de Chicago a Londres y se daba
todavía perfecta cuenta del hecho. Hacía algunos meses que la influencia de
Walter Poter había empezado a desvanecerse; el exiguo y atestado escenario del
Renacimiento Italiano iba perdiendo sus encantos... si una palabra tan plácida
podía ser aplicada a aquel microscomos de intrigas y asesinatos. Aquel no había
sido su primer cambio de interés puesto en un tema y temía que no sería tampoco
el último, porque Dirk Alexson estaba todavía buscando un tema al que pudiese
consagrar su vida. En un momento de depresión había confiado al Dean de la
Universidad que probablemente sólo el futuro podía ser un tema que tuviese un
verdadero atractivo para él. Esta casual y medio seria queja, había coincidido
con una carta de la Fundación Rockefeller y antes de que se diese cuenta de
ello Dirk estaba en camino hacia Londres.
Durante
los primeros días se encontró obsesionado por el fantasma de su incapacidad,
pero pronto se dio cuenta de que aquello ocurría cada vez que uno iniciaba una
nueva actividad y no tardó en dejar de ser una preocupación. Al cabo de una
semana se dio cuenta de que tenía una clara visión del ambiente y organización
en medio de la cual tan inesperadamente se había encontrado. Su confianza
comenzó a renacer y con ella su tranquilidad.
Desde
los tiempos de sus primeros estudios, Dirk había llevado un diario, con
frecuencia descuidado, salvo en determinadas crisis, y ahora empezó de nuevo a
consignar sus impresiones sobre los acontecimientos cotidianos de su vida.
Estas notas, escritas para su propia satisfacción, le permitían controlar sus
pensamientos y podían servirle más tarde como base de la historia oficial que
tenía un día que escribir.
«Hoy,
3 mayo 1978. Llevo en Londres exactamente una semana y no he visto de la ciudad
más que las zonas que circundan Bond Street y Waterloo. Cuando hace buen
tiempo, Matthews y yo solemos ir a dar un paseo por los bordes del río después
de almorzar. Cruzamos por el puente a Nuevo (que hace sólo cuarenta años fue
construido) y seguimos hacia abajo de la corriente según nuestra fantasía,
volviéndolo a cruzar por Charing Cross o Blackfriars. Hay una serie de
variaciones, de acuerdo con el reloj o contra el reloj.
»Alfred
Matthews tiene unos cuarenta años, y lo he encontrado muy servicial. Tiene un
sentido del humor extraordinario, pero no lo he visto jamás sonreír; es más
serio que una sartén. Al parecer conoce perfectamente su oficio, mucho mejor,
diría yo, que McAndrews quien, no obstante, pasa por su jefe. Mac tiene diez
años más que él; se graduó, como Alfred, a través del periodismo, en relaciones
públicas. Es un hombre delgado con cara de hambre y generalmente habla con un
ligero acento escocés, que se desvanece completamente cuando se excita. Esto
seguramente debe probar algo, pero no sé qué. No es un mal compañero, pero no
sé si es muy inteligente. Alfred hace todo el trabajo y me parece que no hay
mucho cariño entre los dos. Algunas veces es un poco difícil mantenerse en
buenas relaciones con ambos a la vez.
»La
semana próxima tengo intención de comenzar a conocer más gente y salir un poco
más. Tengo especial interés en conocer las tripulaciones, pero me mantengo
apartado del camino de los científicos hasta que entienda un poco más en
caminos atómicos y órbitas interplanetarias. Alfred va a ponerme al corriente
de todo esto la próxima semana; por lo menos así lo dice. Lo que también espero
averiguar es, en primer lugar, como pudo formarse una entidad tan
extraordinariamente híbrida como este Interplanetario. Parece un convenio
típicamente británico y no hay casi nada consignado sobre papel acerca de su
formación y orígenes. Toda esta institución es una amalgama de paradojas.
Existe en una nación de bancarrota crónica y no obstante es responsable de un
gasto de unos diez millones al año (libras, no dólares). El Gobierno tiene muy
poco que decir en su administración y bajo muchos conceptos parece tan
autócrata como la B.B.C. Pero cuando es atacado en el Parlamento (lo cual
ocurre un mes por otro), siempre se levanta algún ministro para defenderlo.
Quizá, después de todo, Mac es mejor organizador de lo que yo imagino.
»He
dicho «británico», pero desde luego no lo es. Más de una quinta parte de su
personal es americano, y en la cantina he oído todos los acentos imaginables.
Es tan internacional como el Secretariado de las Naciones Unidas si bien los
ingleses aportan la mayor parte de las fuerzas motrices del personal
administrativo.
La
razón de esto, la ignoro; quizá Matthews podría explicármelo.
Otra
cosa extraña; aparte de sus acentos, es sumamente difícil ver diferencia alguna
entre las diferentes nacionalidades que se reúnen aquí. ¿Es ello debido a la...
digámoslo así... la naturaleza supranacional de su trabajo? Y si sigo aquí el
tiempo suficiente, supongo que me sentiré desarraigado también.»
3
Me
estaba preguntando―dijo McAndrews― cuándo me haría usted esta pregunta. La
respuesta es bastante difícil.
―Me
sorprendería mucho―respondió secamente Dirk― que fuese tan complicada como las
maquinaciones de la familia Medicis.
―Quizá
no; hasta ahora no hemos echado mano del asesinato, a pesar de que hemos
sentido con frecuencia el deseo. Mis Reynolds, ¿quiere usted tomar nota de las
llamadas mientras hablo con el doctor Alexson? Gracias.
»Bien,
como usted sabe los fundamentos de la astronáutica, la ciencia del viaje por el
espacio, quedaron bastante bien establecidos a finales de la segunda Guerra
Mundial. La V-2 y la energía atómica convencieron a la mayoría de que el
espacio podía ser cruzado, si alguien quería intentarlo. Hubo varias
sociedades, en Inglaterra y en los Estados Unidos que propalaron la idea de que
teníamos que ir a la Luna y a los planetas. Se hicieron lentos pero progresivos
avances hasta 1950, que fue cuando las cosas comenzaron realmente a progresar.
»En
1959, como puede usted... quizá recordar, el Ejército Americano mandó el
proyectil dirigido «Orphan Annie», a la Luna con una carga de veinticinco
libras de pólvora explosiva a bordo. A partir de aquel momento el público
comenzó a darse cuenta de que el viaje a través del espacio no era cosa de un
remoto futuro, sino que podía realizarse en el curso de esta generación. La
Astronomía comenzó a situar la Física Atómica como la Ciencia Número Uno, y las
listas de los socios de las sociedades de cohetes comenzaron a llenarse
gradualmente. Pero una cosa era mandar un proyectil no ocupado por el hombre a
la Luna y otra, muy diferente, aterrizar en ella con una nave del espacio de
gran tamaño y regresar a la Tierra. Algunos pesimistas creyeron que la tarea podía
tardar todavía unos cien años más.
»Había
en este país un gran número de personas que no tenían intención de esperar
tanto tiempo. Creían que la travesía del espacio era tan esencial para el
progreso como lo había sido el descubrimiento de América cuatrocientos años
antes. Aquello abriría nuevas fronteras y daría a la raza humana una meta tan
retadora que anularía las diferencias nacionales y situaría los conflictos
raciales del anterior siglo XIX en su verdadera perspectiva. Las energías que
se hubieran podido desplegar para las guerras serían totalmente aplicadas a la
colonización de los planetas..., lo cual podía dar ocupación para varios
siglos. Esta era, en todo caso, la teoría.»
McAndrews
sonrió ligeramente.
―Había,
desde luego, muchos otros motivos. Ya sabe usted lo inquieto que fue el primer
período de los años 50. El cínico argumento en pro del vuelo del espacio fue
resumido en la famosa frase: «La energía atómica hace el viaje interplanetario,
no sólo posible, sino imperativo». Mientras quedase reducida a la Tierra, la
humanidad tenía demasiados huevos, en una cesta demasiado frágil.
»Todo
esto fue comprendido por un curioso grupo de científicos, escritores,
astrónomos, editores y hombres de negocios de la vieja Sociedad
Interplanetaria. Con un capital muy limitado se empezó la publicación del
Spacewards, que se inspiró en el éxito de la revista de la «American National
Geographic Society». Lo que esta entidad había hecho para la Tierra, podía, se
afirmaba, ser hecho para el sistema solar. Spacewards era una tentativa de
hacer al público accionista, por decirlo así, de la conquista del espacio.
Aquello creó un nuevo interés en la astronomía, y los que se suscribieron
tuvieron la sensación de que estaban ayudando a financiar el primer vuelo al
espacio.
»El
proyecto no hubiera tenido éxito unos años antes, pero lo época estaba ya
madura para él. En pocos años hubo cerca de un cuarto de millón de suscriptores
en todo el mundo y en 1962 fue fundado el «Interplanetary» para consagrar todo
su tiempo a las investigaciones y estudio de los problemas del vuelo a través
del espacio. Al principio la entidad no podía ofrecer los salarios de los
grandes establecimientos de cohetes patrocinados por el Estado, pero lentamente
fue atrayendo a los grandes científicos del ramo. Preferían trabajar en un
proyecto constructivo, incluso a un salario inferior, a fabricar proyectiles
para transportar bombas atómicas. En los primeros tiempos la organización fue
ayudada también por una o dos de las tormentas financieras. Cuando el último
millonario inglés murió en 1965, privó al Tesorero de casi toda su fortuna
convirtiéndola en un Trust para nuestro uso.
»Desde
el principio, el Interplanetario fue una organización mundial, y es debido en
gran parte a un accidente histórico que su Cuartel General se halle hoy en
Londres. Hubiera podido perfectamente situarse en América y son muchos sus
compatriotas que están todavía contrariados de que no sea así. Pero por una u
otra razón, ustedes, los americanos, han sido siempre un poco escépticos
respecto al vuelo espacial y no lo tomaron en serio hasta bastantes años más
tarde que nosotros. Sin embargo, los alemanes nos batieron a los dos.
»Debe
recordar usted también, que los Estados Unidos son un país demasiado pequeño
para la investigación astronómica. Sí, ya sé que esto puede parecer extraño,
pero si mira usted un mapa de la población comprenderá lo que quiero decir. Hay
sólo dos sitios en el mundo realmente apropiados para la investigación del
cohete de largo alcance. Uno es el desierto de Sahara, y aún éste está
demasiado cerca de las grandes ciudades de Europa. El otro es el gran desierto
de Australia Occidental, donde el Gobierno británico comenzó a construir su
cohete de gran alcance en 1947. Tiene más de mil mullas de longitud, y detrás
de él hay dos mil millas más de océano, dando un total de más de tres mil
millas de extensión. En todos los Estados Unidos no encontrará usted un solo
lugar donde se pueda lanzar con seguridad un cohete ni tan sólo a quinientas
millas. De manera que es en parte un accidente geográfico la causa de que las
cosas hayan sucedido de esta forma.
»¿Dónde
estaba? ¡Ah, si...! hacia 1960 o cosa así. Fue a partir de entonces cuando
empezamos a ser verdaderamente importantes, y esto por dos razones generalmente
ignoradas. Por aquel tiempo, toda una sección de la Física Nuclear se había
parado en seco. Los científicos del Departamento Atómico creyeron que podían
iniciar la reacción helio-hidrógeno―y no me refiero a la reacción «tritium» de
la vieja bomba H―, pero el experimento crucial había sido muy cuerdamente
desterrado. ¡Hay verdaderamente demasiado hidrógeno en el mar! De manera que
los físicos nucleares permanecían sentados mordiéndose las uñas hasta que
nosotros pudiésemos construirles laboratorios en el espacio. En estas
condiciones, no tenía importancia que algo ocurriese. El sistema solar adquiriría
meramente un segundo y sumamente efímero sol. El D.D.A. quería también que
suprimiésemos los productos peligrosos de fusión de las pilas, que son
demasiado radiactivos para ser conservados en Tierra, pero que pueden ser
útiles algún día.
»La
segunda razón no era tan espectacular, pero era quizá de una importancia más
inmediata. Las grandes compañías de radio y telégrafo tenían que ir al espacio;
era la única manera de que pudiesen transmitir la televisión sobre el mundo
entero y procurar un servicio universal de comunicaciones. Como usted sabe, las
ondas muy cortas de radar y televisión no se inclinan alrededor de la Tierra,
recorren líneas prácticamente rectas, de manera que cada estación sólo puede
mandar señales hasta el horizonte. Se habían construido enlaces aéreos para
solventar esta dificultad, pero pronto se vio que la solución definitiva sólo
se encontraría cuando se pudiesen construir estaciones de repetición a miles de
millas encima de la Tierra; lunas artificiales describiendo probablemente
órbitas de veinticuatro horas, de forma que pareciesen estacionarias en el
cielo. No me cabe la menor duda de que ha leído usted ya mucho sobre este
proyecto de manera que no entraré en detalles sobre él.
»Así,
pues, sobre 1970 teníamos el apoyo de algunas de las mayores organizaciones
técnicas del mundo, con unos fondos prácticamente ilimitados. Tenían, pues, que
acudir a nosotros, puesto que disponíamos de todos los técnicos. En los
primeros tiempos, temo que hubo su poquitín de rencillas y los Departamentos de
servicio no nos han perdonado nunca el haberles robado sus mejores científicos.
Pero en conjunto, seguimos en bastante buenas relaciones con el D.D.A.
Westinghouse, General Electric, Rolls-Royce, Lockhead, de Havilland y todos los
demás. Todos tienen oficinas aquí, como habrá usted ya probablemente observado.
Pese a que nos hacen concesiones realmente substanciales, los servicios
técnicos que nos prestan no tienen relativamente precio. Sin su ayuda no
hubiéramos alcanzado esté nivel por lo menos antes de veinte años.»
Hubo
una breve pausa y Dirk salió de aquel torrente de palabras como un galgo que
trepa al galope por una montaña. McAndrews hablaba demasiado aprisa, repitiendo
frases y párrafos enteros que llevaban años siendo usados. Dirk tuvo la
impresión de que casi todo lo que le había dicho procedía probablemente de
otras fuentes y no tenía nada de original.
―No
tenía idea―respondí― de lo extenso que eran sus ramificaciones.
―Créame,
esto no es nada―exclamó McAndrews―. No creo que existan muchas grandes firmas
industriales que no estén convencidas de que de una u otra forma podemos
ayudarlos. Las compañías del cable economizarán centenares de millones el día
en que puedan reemplazar sus estaciones terrestres y sus líneas de conducción
por algunos repetidores en el espacio; las industrias químicas...
―¡Oh,
sí, sí, lo creo bajo palabra! Me preguntaba de dónde salía tanto dinero, pero
ahora me hago cargo de lo grande que es la empresa.
―No
olvide―intercaló Matthews, que hasta entonces había guardado un resignado
silencio― nuestra más importante contribución a la industria.
―¿Cuál
es?
―La
importación del vacío a alto grado para el relleno de bombillas eléctricas y
tubos electrónicos.
―Haciendo
caso omiso de las habituales payasadas de Alfred―dijo McAndrews severamente―,
es perfectamente cierto que la física en general avanzará a pasos gigantescos
cuando podamos montar laboratorios en el espacio. Y puede usted imaginar cómo
los astrónomos suspiran por observatorios que no estarán nunca obstruidos por
las nubes.
―Ahora
sé―dijo Dirk marcando los puntos con los dedos―, como se produjo el movimiento
interplanetario y también las esperanzas que se pueden poner en él. Pero sigo
encontrando difícil definir exactamente qué es.
―Legalmente
es una organización sin beneficios («¡Y tanto!» intercaló Matthews sotto voce)
destinada, como dicen sus estatutos, «a la investigación del problema del vuelo
por el espacio». Originalmente obtuvo sus fondos del Spacewards, pero éste no
tiene ahora ninguna relación oficial con nosotros desde que estamos conectados
con el National Geographic, si bien tiene muchas oficiosas. Hoy la mayor parte
de nuestros fondos proceden de concesiones del gobierno y de entidades
industriales. Cuando el viaje interplanetario esté plenamente establecido sobre
una base comercial, como lo está hoy la aviación, evolucionaremos probablemente
hacia algo distinto. En todo esto hay una serie de ángulos políticos y nadie es
capaz de prever qué ocurrirá cuando los planetas empiecen a ser colonizados.
McAndrews
soltó una risita ahogada, medio de excusas, medio defensiva.
―Hay
muchos sueños fantasiosos que flotan por esta atmósfera, como probablemente se
dará usted cuenta. Hay quien tiene la idea de poner en marcha utopías
científicas en mundos asequibles y todo esto. Pero la meta inmediata es
puramente técnica, tenemos que averiguar cómo son los planetas antes de decidir
en qué forma utilizarlos.
En
el despacho reinó la calma; durante un momento nadie demostró querer hablar.
Por primera vez Dirk comprendió la verdadera importancia del objeto por el cual
aquellos hombres estaban trabajando. Se sintió avasallado y más de un poco
atemorizado. ¿Estaba la humanidad dispuesta a ser lanzada al espacio, capaz de
aceptar el reto de desnudos e inhóspitos mundos jamás destinados al hombre? No
estaba seguro de ello, y en el fondo de su mente se sentía profundamente
turbado.
4
Desde
la calle Rochdale Avenue, 53, S.W.5, parecía una de aquellas residencias
neogeorgianas que los banqueros más prósperos de principios del siglo veinte
erigieron para descanso de sus años de vejez. Estaba situada apartada de la
calle, precedida de bien diseñados céspedes y parterres de flores, si bien algo
abandonados. Cuando hacía buen tiempo, lo cual ocurrió con cierta frecuencia
durante la primavera de 1978, podían verse algunas veces a cinco hombres
jóvenes consagrados a labores de jardinería con herramientas inadecuadas. Se
veía claramente que lo hacían meramente como ejercicio y que sus pensamientos
estaban muy lejos de allí. ¿A qué distancia? Al transeúnte le hubiera sido
bastante difícil calcularlo.
Había
sido un secreto extraordinario bien guardado, debido en gran parte a que los
que tenían que preservarlo eran a su vez antiguos periodistas. Por lo que sabía
el mundo, la tripulación del «Prometheus» no había sido todavía seleccionada,
mientras, en cambio, su entrenamiento había comenzada hacía ya más de un año. Y
había continuado con progresiva eficiencia, a menos de cinco millas de Fleet
Street, y sin embargo completamente libre de las candilejas del público
interés.
En
un momento dado, no era probable que existen en el mundo más allá de un puñado
de hombres capaces de pilotar una nave del espacio. Jamás un trabajo había
exigido una tal combinación de características físicas y mentales. El piloto
perfecto tenía no solamente que ser un astrónomo de primera clase, un ingeniero
experimentado y un especialista en electrónica; tenía que ser también capaz de
operar con eficiencia, tanto cuando era «ingrávido», como cuando la aceleración
del cohete le hacía pesar un cuarto de tonelada.
No
había ningún individuo capaz de reunir todas estas condiciones y desde hacía ya
muchos años se había tomado el acuerdo de que la tripulación de una nave del
espacio tenía que estar formada por no menos de tres hombres, cada dos de los
cuales tenían que ser capaces de asumir las funciones del tercero en un caso de
urgencia. El Interplanetario estaba entrenando cinco; dos eran reservas para un
caso de enfermedad de última hora. Hasta entonces, ninguno de ellos sabía
quienes serían los reservas.
Pocos
dudaban de que Victor Hassell sería destinado a ser el capitán. A los
veintiocho años, era el único hombre del mundo que había aguantado cien horas
en caída libre. El «record» había sido puramente accidental. Dos años antes,
Hassell había llevado un cohete de pruebas a una órbita, girando alrededor de
la Tierra treinta veces antes de poder reparar una avería producida en los
circuitos de encendido y poder así reducir su velocidad para caer de nuevo en
Tierra. Su más próximo rival, Pierre Leduc, no tenía más que veinte horas de
vuelo de órbita a su crédito.
Los
tres restantes no eran pilotos profesionales. Arnold Clinton, el australiano,
era ingeniero electrónico y especialista en computadores y controles
automáticos. La Astronomía estaba representada por el brillante joven americano
Lewis Taine, cuya prolongada ausencia del Observatorio de Monte Palomar exigía
ahora complicadas explicaciones.
El
Departamento de Desarrollo Atómico había contribuido con la aportación de James
Richard, técnico en propulsión nuclear. Siendo un hombre ya maduro de treinta y
cinco años, era llamado el «abuelo» por sus colegas.
La
vida en la «Nursery», como era generalmente llamada por aquellos que detentaban
el secreto, era una combinación de las características de colegio, monasterio y
estación de operaciones de bombardeo. Estaba animada por las personalidades de
los cinco «discípulos» y de los inacabables grupos de científicos que venían a
visitarlos para comunicar sus conocimientos o, algunas veces compartir, a
cambio, los de los demás. Era una vida de intensa ocupación pero muy feliz,
porque tenía un objeto y un fin.
Sólo
había en todo esto una sombra, y esta sombra era inevitable. Cuando llegase el
momento de la decisión, nadie sabía quién tendría que ser abandonado en las
arenas del desierto, viendo el «Prometheus» desaparecer en el cielo hasta que
el rugido de sus chorros de propulsión no se oyese ya.
La
conferencia sobre astronáutica estaba en todo su esplendor cuando Dirk y
Matthews entraron de puntillas por la parte trasera de la sala. El
conferenciante les dirigió una mirada de reproche, pero los cinco hombres
sentados a su alrededor no se dignaron siquiera levantar la vista hacia los
intrusos. Lo más disimuladamente posible, Dirk estudió a los cinco hombres
mientras su guía le daba sus nombres en voz baja.
A
Hassell lo reconoció por las fotografías de los periódicos, pero los otros
cuatro le eran totalmente desconocidos. Dirk se dio cuenta con sorpresa de que
no respondían a ningún tipo determinado. Sus únicos puntos comunes eran la
edad, la inteligencia y la viveza. De vez en cuando dirigían preguntas al
conferenciante y Dirk sacó la consecuencia de que estaban discutiendo las
maniobras de aterrizaje en la Luna. Toda la conversación estaba tan por encima
de él que no tardó en cansarse de escuchar y se alegró al ver que Matthews le
hacía una señal interrogadora señalando la puerta.
Una
vez en el corredor, encendieron sus cigarrillos.
―Bien―dijo
Matthews―, ahora que ha visto usted a nuestros cobayos, ¿qué piensa usted de
ellos?
―Me
es difícil juzgar. Lo que me gustaría es conocerlos sin formalismo y poder
hablar con ellos libremente.
Matthews
lanzó al aire una bocanada de humo azul y la miró mientras iba desvaneciéndose.
―La
cosa no sería fácil. Como puede usted suponer, no tienen mucho tiempo libre. En
cuanto han terminado aquí, suelen desaparecer en medio de una nube de polvo
para volver con sus familias.
―¿Cuántos
de ellos están casados?
―Leduc
tiene dos hijos; lo mismo que Richards, Vic Hassell se casó hace un año. Los
demás son todavía solteros.
Dirk
se preguntó qué debían pensar sus esposas de todo aquel asunto. En cierto modo
no le parecía muy leal con ellas. Se preguntó también si aquellos hombres
consideraban su tarea como un trabajo cualquiera o si sentían el entusiasmo―no
había otra palabra para calificarlo― que había sin género de duda inspirado a
los fundadores del Interplanetario.
Los
dos amigos acababan de llegar a una puerta con un cartel: PROHIBIDA LA ENTRADA.
SOLO PERSONAL TÉCNICO. Matthews hizo una tentativa de empujar la puerta y ésta
se abrió.
―¡Descuidados!―dijo―.
No parece que haya nadie por aquí, sin embargo. Vamos a entrar; me parece que
es uno de los lugares más interesantes que conozco, pese a que no soy
científico.
Esta
era una de las frases favoritas de Matthews que ocultaba probablemente un muy
hondo complejo de inferioridad. En realidad tanto él como McAndrews sabían
bastante más ciencia de la que ellos pretendían.
Dirk
lo siguió a través de la semioscuridad e hizo una fuerte aspiración al ver a
Matthews buscar el interruptor e inundar la habitación de luz. Se encontró en
una sala de controles, rodeado de hileras de interruptores y esferas. Los
únicos muebles consistían en tres lujosos asientos suspendidos en un complicado
sistema cardan. Tendió la mano para tocar ligeramente uno de ellos y comenzó a
balancearse suavemente en todos sentidos.
―No
toque nada―le advirtió Matthews rápidamente―. Por si no se había enterado le
diré que no tenemos derecho a estar aquí.
Dirk
examinó aquella ostentación de controles y llaves desde una respetuosa
distancia. Podía juzgar del propósito de algunas de ellas por el letrero que
ostentaban, pero otras le eran totalmente incomprensibles. Las palabras
«Manual» y «Auto» aparecían una y otra vez. Casi tan común era «Combustible»,
«Temperatura», «Presión» y «Distancia Terrestre». Otros, como «Corte de
Urgencia», «Previsión de Aire» y «Pila Jettison», tenían un sabor francamente
amenazador. Un tercer y todavía más enigmático grupo ofrecía materia para
interminables cogitaciones. «Alt. Trig. Sync.», «Net. Count» y «Video Mix»,
eran quizá la mejor selección dentro de esta categoría.
―Cualquiera
creería, no cree usted―dijo Matthews― que la casa está a punto de remontar el
vuelo de un momento a otro. Es desde luego, una copia idéntica del cuarto de
controles de «Alfa». Los he visto practicar en él y es fascinador observarlos
aunque uno no sepa lo qué es todo esto.
Dirk
soltó una risa ligeramente forzada.
―Es
una sensación un poco extraña, encontrarse en el cuarto de controles de una
nave del espacio en un tranquilo suburbio de Londres.
―No
estará tan tranquilo la semana próxima. Vamos a dar la noticia a la Prensa y
probablemente nos lincharán por haber guardado el secreto durante tanto tiempo.
―¿La
semana próxima?
―Sí,
si todo sale conforme al plan. «Beta» habrá pasado ya sus pruebas finales de
plena velocidad y estaremos todos haciendo nuestras maletas hacia Australia. A
propósito, ¿ha visto usted aquellas películas de los primeros lanzamientos?
―No.
―Recuérdeme
que se las haga ver. Son de lo más impresionante.
―¿Qué
velocidad ha alcanzado, hasta ahora?
―Cuatro
millas y media por segundo a plena carga. Es un poco corto como velocidad
orbital, pero todo funcionaba perfectamente. Es una lástima, sin embargo, que
no podamos probar «Alfa» antes del vuelo definitivo.
―¿Cuándo
será esto?
―No
está fijado todavía, pero sabemos que el despegue será cuando la Luna esté en
su primer cuadrante. La nave aterrizará en la región de Mare Imbrium, mientras
sean todavía las primeras horas de la mañana. El regreso está previsto para
finales de la tarde, de manera que tendrán unos diez días terrestres allí.
―¿Por
qué Mare Imbrium en particular?
―Porque
es llano, muy bien estudiado y tiene uno de los más bellos paisajes de la Luna.
Además, las naves del espacio han aterrizado siempre allí desde los tiempos de
Julio Verne. Supongo que ya sabe usted que este nombre quiere decir «Mar de
Lluvias...»
―Estudié
el latín bastante a fondo en otros tiempos―dijo Dirk secamente.
Matthews
se aproximó más que nunca en su vida a la sonrisa.
―Ya
lo supongo. Pero salgamos de aquí antes de que nos pesquen. ¿Ha visto usted
bastante?
―Sí,
gracias. Es bastante impresionante pero no mucho más que un pozo de lanzamiento
a chorro transcontinental.
―Lo
es más cuando uno sabe lo que ocurre detrás de estas paredes―dijo Matthews con
una mueca―. Arnold Clinton, que es el rey de los electrónicos, me dijo un día
que sólo en los circuitos de control y cómputo hay tres mil tubos. Y debe haber
algunos centenares en la sección de comunicaciones.
Dirk
casi no lo oía. Por primera vez se daba cuenta de lo aprisa que caía la arena
del reloj. Cuando llegó, hacía quince días, el despegue parecía todavía
acontecimiento remoto del futuro indefinido. Esta era la impresión general del
mundo exterior; ahora parecía completamente falsa. Se volvió hacia Matthews
sinceramente asombrado.
―Su
Departamento de Relaciones Públicas parece por lo visto haber desorientado
completamente a todo el mundo―dijo―. ¿Con qué fin?
―Es
cosa de mera política―respondió el otro―. En tiempos pasados teníamos que
hablar mucho y hacer promesas espectaculares para atraer la atención. Ahora
preferimos decir lo menos posible hasta que todo esté cocido y arreglado. Es la
única manera de evitar fantásticos rumores y crear el resultante anti-climax.
¿Recuerda usted el KY 15? Fue la primera nave tripulada que alcanzó las mil
millas de altura, pero meses antes de que estuviese a punto todo el mundo creía
que la íbamos a mandar a la Luna. Cuando hizo exactamente aquello a que estaba
destinada, la decepción fue general. De manera que ahora algunas veces a mi
oficina la llamo «Departamento de Publicidad Negativa». Será un gran alivio el
día en que todo haya terminado y podamos seguir adelante con nuestros trabajos.
Esto,
pensó Dirk, era un punto de vista muy centralista. Le parecía que los cinco
hombres que había estado observando tenían mejores razones para desear que
«todo hubiese terminado».
5
«Hasta
ahora», escribió Dirk en su Diario aquella noche, «no he hecho más que rondar
por los bordes del Interplanetario. Matthews me ha tenido describiendo órbitas
a su alrededor como un planeta menor, tengo que alcanzar una velocidad
parabólica y escapar, como sea empiezo a aprender el lenguaje, como me había
prometido.
»La
gente que quiero conocer ahora son científicos e ingenieros que constituyen la
verdadera fuerza motriz detrás de la organización. ¿Qué les hace «picar», para
decirlo crudamente? ¿Son una banda de Frankensteins meramente interesados por
el proyecto técnico sin la menor consideración por las consecuencias? ¿O ven,
quizá más claramente que McAndrews y Matthews, donde va a llevar todo esto? M.
y M. algunas veces me recuerdan un par de corredores de fincas tratando de
vender la Luna. Hacen su oficio, y lo hacen bien, pero al principio alguien
debió inspirarlos. En todo caso, están un grado o dos por encima de la
jerarquía.
»El
Director-General me pareció una personalidad muy interesante cuando lo conocí
durante algunos minutos el día de mi llegada, pero me es difícil ir a él y
catequizarlo. El Delegado del D.G. debe ser una buena pareja para él, puesto
que los dos son californianos, pero no ha regresado todavía de los Estados
Unidos.
»Mañana
tengo el curso de «Astronáutica sin lágrimas» que Matthews me prometió a mi
llegada. Al parecer es un film instructivo de seis rollos, pero no me ha sido
posible verlo antes porque en este bendito antro de genios nadie fue capaz de
reparar un proyector de treinta y tres milímetros. Una vez lo haya visto,
Alfred me jura que estaré en condiciones de alternar con los astrónomos.
»Como
buen historiador supongo que no debo tener prejuicios de ninguna clase y ser
capaz de observar las actividades del Interplanetario con ojo desapasionado.
Empiezo a estar preocupado por las consecuencias finales de todo esto y las
solicitudes que Alfred y Mac siguen demostrando no me satisfacen en absoluto.
Supongo que es por esto que ahora tengo ansia de llegar a los científicos de
arriba y oír sus puntos de vista. Entonces, quizá, estaré en condiciones de
formular juicio..., si es de mi incumbencia formularlo. Más tarde. ¡Claro que
es de mi incumbencia! Fíjense en Gibbon, fíjense en Toynbee. A menos que un
historiador saque conclusiones (justas o erróneas) no es más que un vulgar
escribiente.
»Todavía
más tarde. ¿Cómo puedo haberlo olvidada? Esta noche he subido a Oxford Circus
en uno de los nuevos autobuses de turbina. Es muy silencioso pero si se escucha
atentamente se oye un zumbido muy agudo de soprano. Los londinenses están
extraordinariamente orgullosos de ellos porque son los primeros del mundo. No
comprendo como una cosa tan sencilla como un autobús puede haber necesitado
para perfeccionarse casi el mismo tiempo que una nave del espacio, pero así me
lo han dicho. Tiene algo que ver con la parte económica de la ingeniería, creo.
»Decidí
ir a pie hasta mi casa y al salir del Bond Street vi un magnifico carruaje
dorado tirado por caballos que parecía salir directamente del Pickwick. Iba a
repartir género de un sastre, creo, y llevaba un letrero ornamental que decía:
«Est. 1768».
»Todas
estas cosas hacen que el británico sea muy desconcertante para el extranjero.
Desde luego, McAndrews diría que es el inglés, no el británico, el que está
loco... pero yo me resisto a admitir esta sutil distinción.»
6
Me
perdonará que lo deje―se excusó Matthews―, pero aunque es un muy buen film,
levantaría la casa a gritos si tuviese que verlo otra vez. Haciendo un cálculo,
debo haberlo visto unas cincuenta veces por lo menos.
―No
importa, no importa―dijo riéndose Dirk desde el fondo de su sillón en el
pequeño auditorio―. Es la primera vez que soy el único cliente de un cine, de
manera que para mí será una cosa nueva.
―Muy
bien, volveré cuando haya terminado. Si quiere usted que le pasen otra vez
algún rollo dígaselo al operador.
Dirk
volvió a hundirse en su asiento. Se le ocurrió pensar que no era
suficientemente cómodo para invitar a nadie a descansar y a tomar la vida con
ligereza. Lo cual demostraba un buen sentido por parte del fabricante, ya que
el cine era un establecimiento estrictamente funcional.
El
título con algunos detalles de los pormenores apareció en la pantalla:
EL
CAMINO AL ESPACIO
Consejos
técnicos y efectos especiales
por
Interplanetario
Producción
Águila-León
La
pantalla estaba obscura; después, en el centro, apareció una estrecha franja de
luz estelar. Fue ensanchándose gradualmente y Dirk se dio cuenta de que se
encontraba bajo los hemisferios de la cúpula de algún gran observatorio que se
iban abriendo. El campo estelar comenzó a extenderse; avanzaba hacia él.
«Por
espacio de dos mil años―dijo una voz pausada― los hombres han soñado en viajes
a otros mundos. Las historias de los vuelos interplanetarios forman legión,
pero hasta nuestra era no se había perfeccionado una máquina que pudiese
convertir estos sueños en realidad.»
La
silueta de algo oscuro se destacaba sobre el campo estelar; algo delgado,
puntiagudo y ansioso de escapar. La escena se iluminó y las estrellas se
desvanecieron. Sólo quedó el gran cohete, con su brillante casco de plata
descansando bajo el sol sobre el desierto.
Las
arenas parecían hervir a medida que las explosiones las devoraban. Después, el
gigantesco proyectil fue ascendiendo lentamente como si tirase de él un
invisible alambre. La cámara se inclinó hacia arriba; el cohete disminuyó de
tamaño y se perdió en el espacio. Menos de un minuto después, sólo era visible
el tenue rastro del vapor.
«En
1941―prosiguió el narrador―, el primero de los grandes cohetes modernos fue
lanzado en secreto desde las playas del Báltico. Este era el V-2 destinado a la
destrucción de Londres. Siendo como era el prototipo de todos los artefactos
posteriores, vamos a examinarlo en detalle.»
Seguían
una serie de dibujos parciales de la V-2 mostrando todos sus componentes
esenciales; los tanques de combustible, sistema de inyectado y motor.
Por
medio de dibujos animados la operación del mecanismo fue demostrada tan
claramente que nadie podía dejar de entenderla.
«V-2―continuó
la voz― podía alcanzar alturas de cien millas y después de la guerra fue
activamente empleado para la experimentación de la ionoesfera.
»A
finales de 1940 se produjeron algunas explosiones espectaculares en Nuevo
México, y algunas más espectaculares todavía de falsos lanzamientos y otras
formas de fracasos.
»Como
pueden ver, no siempre era una cosa segura y pronto fue superado y substituido
por artefactos más potentes y fáciles de controlar, como éstos...»
La
alisada forma de torpedo iba siendo sustituida por largas y delgadas agujas que
se elevaban silbando por el cielo y volvían a caer bajo hinchados paracaídas.
Uno tras otro los récords de altura y velocidad quedaron anulados. Y en 1959...
«Fue
cuando el «Orphan Annie» fue acoplado. Consistía en cuatro fases diferentes, o
«pasos», volviendo cada uno de ellos a caer cuando su provisión de combustible
estaba agotada. Su peso inicial era de cien toneladas..., su carga
suplementaria sólo de veinticinco libras. Pero la carga suplementaria de polvo
de magnesio fue el primer objeto de la Tierra que alcanzó otro mundo.»
La
Luna llenó la pantalla; sus cráteres brillaban blancos y sus largas sombras se
extendían, agudas y negras, a través de las desoladas llanuras. Estaba bastante
menos que medio llena y la accidentada línea terminal encerraba un gran óvalo
de oscuridad. Súbitamente, en el corazón de esta tierra oculta, brilló durante
un instante el tenue destello de una chispa y desapareció. El «Orphan Annie»
había alcanzado su objetivo.
«Pero
todos estos cohetes eran meros proyectiles; ningún ser humano había salido
hasta entonces de la atmósfera para regresar sano y salvo a la Tierra. La
primera máquina tripulada llevando un solo hombre a una altura de doscientas
millas, fue la «Aurora Australis», que fue lanzada en 1962. Por aquel tiempo
todos los estudios referentes a los cohetes de largo alcance estaban basados en
los grandes campos experimentales construidos en el desierto australiano.
»Después
de la «Aurora» vinieron otras naves más poderosas y en 1970 Lonsdale y
McKinley, con un artefacto americano, hicieron el primer vuelo orbital
alrededor de la Tierra, circundándola tres veces antes de aterrizar.»
Después
vino una impresionante secuencia, pasada sin duda a mayor velocidad, que
mostraba casi toda la Tierra girando en enormes proporciones. Aquello dejó a
Dirk casi deslumbrado por algunos momentos y, cuando se serenó, el locutor
estaba hablando de la fuerza de gravedad. Explicaba en qué forma sostenía todo
lo de la Tierra y cómo disminuía con la distancia, pero sin desvanecerse
completamente jamás. Unos diagramas más animados demostraban en qué forma se
podía dar a un cuerpo una tal velocidad que circulase alrededor de la Tierra
eternamente, compensando la gravedad con la fuerza centrífuga, de la misma
forma que la Luna lo hace en su órbita. Esto era ilustrado con la imagen de un
hombre haciendo girar una piedra atada con un trozo de cordel alrededor de su
cabeza. Iba alargando lentamente el cordel, pero manteniendo siempre la piedra
girando cada vez más lentamente.
«Cerca
de Tierra―explicaba la voz―, los cuerpos tienen que moverse a cinco millas por
segundo para mantenerse en órbitas estables, pero la Luna, situada a un cuarto
de millón de millas en un campo de gravitación mucho más débil, necesita
moverse sólo a una décima parte de esta velocidad.
»¿Pero
qué ocurre si un cuerpo, como por ejemplo un cohete, abandona la Tierra a más
de cinco millas por segundo? Fíjense...»
Apareció
una maqueta de la Tierra flotando en el espacio. Por encima del Ecuador se
movía un diminuto punto trazando un sendero circular.
«Aquí
tenemos un cohete avanzando a cinco millas por segundo en el borde mismo de la
atmósfera. Verán ustedes que su recorrido forma un círculo perfecto. Si ahora
aumentamos su velocidad hasta seis millas por segundo, el cohete sigue
corriendo alrededor de la Tierra en una órbita más cerrada, pero su recorrido
se ha convertido en una elipse. Al seguir aumentando su velocidad, la elipse va
alargándose y alargándose y el cohete se aleja en el espacio. Pero regresa
siempre. «Sin embargo, si aumentamos la velocidad inicial del cohete hasta
siete millas por segundo, la elipse se convierte en parábola... y el cohete se
ha escapado para siempre y la gravedad de la Tierra no podrá volverlo a
capturar; ahora recorre para siempre el espacio como un minúsculo cometa salido
de la mano del hombre. Si la Luna se encontrase en la posición debida, nuestro
cometa se aplastaría contra ella como el «Orphan Annie».»
Esto,
desde luego, es la última suerte que se desea a una nave del espacio. A esto
seguía una larga explicación demostrando todas las fases de un hipotético viaje
a la Luna. El comentarista demostraba la cantidad de combustible que tendría
que llevar para conseguir un aterrizaje seguro y la cantidad que se necesitaría
para un regreso más seguro todavía. Rozó levemente el problema de la navegación
por el espacio y explicó en qué forma podían tomarse precauciones para la
seguridad de la tripulación. Finalmente terminó:
«Con
cohetes de propulsión química hemos obtenido grandes resultados, pero para
conquistar el espacio y no hacer meros raids de limitada duración, tenemos que
haber dominado las ilimitadas fuerzas de la energía atómica. En la actualidad,
los cohetes atómicamente impulsados están todavía en la infancia; son
peligrosos e inseguros. Pero dentro de pocos años los habremos perfeccionado y
la humanidad habrá dado el primer gran paso por el Camino del Espacio.»
La
voz se hizo más fuerte y se oyó un tembloroso fondo de música. Entonces a Dirk
le pareció quedar suspendido, inmóvil, en el espacio, a unos centenares de pies
del suelo. Sólo tuvo tiempo de percibir algunos edificios diseminados y darse
cuenta de que se encontraba en un cohete que acababa de ser lanzado. Después la
noción del tiempo volvió a él; el desierto comenzó a alejarse con velocidad
acelerada. Una cordillera de bajas colinas apareció a la vista y quedó
rápidamente convertida en una llanura. El cuadro iba girando con lentitud y
súbitamente la línea de una costa cortó el campo de visión. La escala visual se
contrajo considerablemente y se dio cuenta de que estaba contemplando toda la
costa de Australia Meridional.
El
cohete no aceleraba ya, sino que giraba alejándose de la Tierra a una velocidad
no lejana de la de escape. Las dos islas gemelas de Nueva Zelanda aparecieron a
la vista, y entonces, en el borde mismo de la imagen, apareció una línea blanca
que al primer momento creyó nubes.
Algo
pareció agarrarse a la garganta de Dirk cuando se dio cuenta de que estaba
viendo los eternos muros de hielo de la Antártida. Recordó el Discovery,
amarrado allá, a menos de media milla de él. Sus ojos abarcaron en un momento
la totalidad de las tierras en las que Scott y sus compañeros, hacía menos de
una vida, habían luchado y sucumbido.
Y
entonces el borde del mundo retrocedió ante sus ojos. La maravillosa y
eficiente giroestabilización comenzaba a faltar y la cámara vagaba por el
espacio. Durante largo rato, aparentemente, todo fue noche y tinieblas;
después, sin transición, la cámara quedó inundada de sol y la pantalla se hizo
deslumbradora. Cuando reapareció la Tierra pudo ver el hemisferio entero
reflejado en la pantalla. La imagen se hizo nuevamente borrosa mientras la
música cesaba, de manera que tuvo tiempo de percibir los continentes y océanos
de aquel remoto y desconocido mundo que tenemos debajo.
Durante
largos minutos el lejano globo quedó suspendido delante de sus ojos; después,
lentamente, se fue disolviendo. La lección había terminado, pero no la
olvidaría fácilmente.
7
De
una manera general, las relaciones de Dirk con los dos dibujantes que
compartían su despacho eran cordiales. No estaban muy seguros de su posición
oficial (con lo cual, pensaba algunas veces, con él, eran tres) y, por lo
tanto, lo trataban con una curiosa mezcla de deferencia y familiaridad. Había
un aspecto, sin embargo, bajo el cual lo molestaban intensamente.
A
Dirk le parecía que referente al vuelo interplanetario sólo había dos actitudes
a adoptar. O se estaba en pro o en contra. Lo que no podía comprender era una
actitud de absoluta indiferencia. Aquellos jóvenes (él tenía, desde luego, sus
buenos cinco años más), que se ganaban la vida en las entrañas mismas del
Interplanetario, no parecían demostrar el menor interés por el proyecto.
Trazaban sus planos y hacían sus cálculos con el mismo entusiasmo que si
estuviesen dibujando proyectos de máquinas de lavar ropa en lugar de naves del
espacio. Estaban, sin embargo, dispuestos a dar muestras de rasgos de vivacidad
cuando se trataba de defender su actitud.
―El
mal en usted, doctor―dijo el mayor, Sam, una tarde―, es que se toma usted la
vida demasiado en serio. No vale la pena. Es malo para las arterias y todos
estos chismes...
―Mientras
no haya gente que se preocupen por ciertos problemas―les había contestado
Dirk―, la gente como Bert y ustedes no tendrán trabajo.
―¿Y
qué mal hay en ello?―dijo Bert―. Deberían estar agradecidos. Si no fuese por
tipos como Sam y yo no tendrían nada de qué preocuparse y se morirían de
aburrimiento. A la mayoría de ellos es lo que les ocurre, por otra parte.
Sam
cambió su cigarrillo de lugar. (¿Usaba acaso liga para mantenerlo colgando de
su labio inferior en aquel ángulo absurdo?)
―Se
pasa usted la vida preocupándose del pasado, que está muerto, o del futuro, que
no tendremos ocasión de ver. ¿Por qué no olvida todo esto y se divierte un
poco, para cambiar?
―Es
que ya me divierto―dijo Dirk―. Me parece que no se da usted cuenta de que hay
gente a quien gusta el trabajo.
―Se
engaña creyéndolo así―explicó Bert―. Todo es cuestión de ambientarse. Nosotros
hemos sido suficientemente inteligentes para eludirlo.
―Me
parece―dijo Dirk con admiración― que si siguen ustedes consagrando tantas
energías a buscar excusas para eludir el trabajo, crearán una nueva filosofía.
La filosofía del Futilitarismo.
―¿Ha
inventado usted esto bajo el impulso del momento?
―No―confesó
Dirk.
―Lo
imaginaba. Me ha parecido que llevaba ya usted tiempo reservándonoslo.
―Dígame―preguntó
Dirk.―, ¿no sienten ustedes curiosidad intelectual alguna por nada?
―No
de una manera particular, con tal de que sepa de dónde me llegará el cheque de
mi próxima paga.
Se
estaban burlando de él, desde luego, y sabían que él lo sabía. Dirk se echó a
reír y prosiguió:
―Tengo
la impresión de que en Relaciones Públicas han pasado por alto un pequeño oasis
de inercia en sus mismas puertas. Me parece que les importa a ustedes un comino
que el «Prometheus» alcance la Luna o no.
―Yo
no diría tanto―dijo Sam―, me he jugado cinco libras a que sí.
Antes
de que Dirk pudiese encontrar una respuesta tan cáustica como aquella salida,
se abrió súbitamente la puerta y apareció Matthews. Sam y Bert, con dos rápidos
movimientos coordinados que evitaban la mirada se absorbieron en sus dibujos
instantáneamente.
Matthews
llevaba visiblemente prisa.
―¿Una
taza de té gratis?―dijo.
―Depende.
¿Dónde?
―En
la Cámara de los Comunes. Me decía usted el otro día que no había estado nunca.
―Parece
interesante. ¿De qué se trata?
―Coja
sus cosas y se lo diré por el camino.
En
el taxi, Matthews se calmó y pasó a explicarle:
―Con
frecuencia tenemos ocupaciones como ésta. Mac tenía que venir, pero ha tenido
que salir para Nueva York y no estará de regreso antes de un par de días. De
manera que he pensado que podía usted querer venir. Como memoria, puede usted
ser uno de nuestros consejeros legales.
―Ha
sido por su parte una gran idea―dijo Dirk agradecido―. ¿Ya quién vamos a ver?
―A un
viejo camarada llamado sir Michael Flannigan. Es un Tory irlandés acérrimo.
Algunos de sus correligionarios no están de acuerdo con estas modernísimas
naves del espacio, de manera que vamos a tener que explicar de qué se trata.
―No
me cabe la menor duda de que conseguirá usted desvanecer sus dudas―dijo Dirk
mientras pasaban por delante de County Hall y doblaban hacia Westminster
Bridge.
―Así
lo espero; he trazado un plan que me parece pondrá muy claramente las cosas en
su sitio.
Pasaron
bajo la sombra del Big Ben y siguieron durante cien metros la fachada del gran
edificio gótico. La entrada ante la cual se detuvieron era una arcada
insignificante que llevaba a una larga sala que parecía sumamente alejada del
ruidoso tránsito del exterior. Reinaba el fresco y el silencio, y para Dirk
aquella sensación del pasado y de las tradiciones de siglos pretéritos era
avasalladora.
Después
de haber subido un corto tramo de escaleras se encontraron en un vasto
vestíbulo del cual irradiaban corredores en todas direcciones. Un pequeño grupo
de gente estaba arremolinada en el centro y en los bancos de madera podían
verse varias personas en actitud de expectativa. A la derecha había la mesa de
recepción, a cuyo lado se mantenía erguido un robusto policía de uniforme de
gala, casco y todo.
Matthews
se acercó a la mesa, recogió una hoja, la llenó y la tendió al policía. Durante
algún tiempo no ocurrió nada. Después apareció un oficial de uniforme, gritó
una retahíla de incomprensibles palabras y recogió las hojas del policía.
Después se desvaneció en uno de los corredores.
―¿Qué
diablos ha dicho?―preguntó Dirk en medio del profundo silencio que
repentinamente se hizo.
―Ha
dicho que Mr. Jones, lady Carruthers y alguien más cuyo nombre no he podido
captar no están en la Cámara en este momento.
El
mensaje debió ser generalmente entendido, porque grupos de descontentos
constituyentes empezaron a salir de la habitación, privados de su presa.
―Ahora
tendremos que esperar―dijo Matthews―, pero no creo que sea largo, ya que somos
esperados.
Durante
los diez minutos que siguieron diferentes nombres fueron llamados de vez en
cuando y algunos miembros aparecían a recoger a sus invitados. Algunas veces
Matthews le señalaba alguna personalidad de la cual Dirk no había oído nunca
hablar, si bien hacía cuanto podía por disimularlo.
Al
poco rato se dio cuenta de que el policía les señalaba a un hombre joven y alto
cuyo aspecto difería totalmente del concepto que se había formado de un anciano
«baronet» irlandés.
El
hombre joven se acercó a ellos.
―¿Cómo
están ustedes?―dijo―. Me llamo Fox. Sir Michael está ocupado en estos momentos
y me ha encargado que los atienda. ¿Quizá les interesaría a ustedes oír el
debate hasta que sir Michael esté libre?
―Con
toda seguridad―respondió Matthews con excesiva solicitud. Dirk comprendió que
el caso no era nuevo para él, pero estaba encantado de asistir al Parlamento en
acción.
Siguieron
a su guía a lo largo de interminables corredores y pasaron bajo innumerables
arcadas. Finalmente los dejó en manos de un viejo servidor que hubiera podido
perfectamente asistir a la firma de la Carta Magna.
―El
les encontrará un buen sitio―les prometió Mr. Fox―. Sir Michael los mandará a
buscar dentro de algunos minutos.
Le
dieron las gracias y siguieron al servidor que los llevó hacia arriba por una
escalera de caracol.
―¿Quién
era éste?―preguntó Dirk.
―Robert
Fox, diputado laborista por Taunton―le explicó Matthews―. Esta es una
particularidad de esta casa, todo el mundo ayuda siempre a los demás. Los
partidos no tienen tanta importancia como los extraños pueden creer.
Se
volvió hacia el servidor.
―¿Qué
se está debatiendo ahora?
―La
Sección Segunda del Acta de Control de las Bebidas No-Alcohólicas.
―¡Ay,
Dios mío, esperemos que sea por unos minutos!―dijo Matthews.
Los
bancos de la parte alta de la galería les ofrecieron una buena vista sobre toda
la Cámara. Las fotografías habían familiarizado mucho a Dirk con el ambiente,
pero siempre se había imaginado una escena de animación con miembros
levantándose y gritando: «¡Es una vergüenza!» «¡Fuera!» «¡Retiradlo!» y demás
ruidos parlamentarios. En lugar de esto vio unos treinta lánguidos caballeros
sentados en los bancos mientras un ministro joven leía un estado no muy
apasionante de precios y beneficios. Mientras estaba mirando, dos miembros
decidieron que tenían bastante ya y con una ligera reverencia al «speaker» se
retiraron precipitadamente, en busca sin duda, pensó Dirk, de bebidas que no
correspondiesen al debate.
Su
atención pasó de la escena que se desarrollaba abajo, al ambiente que lo
rodeaba. Le pareció muy bien conservado por su edad, y era maravilloso evocar
las escenas históricas de que había sido testigo durante el transcurso de los
siglos, desde...
―¿Ha
quedado bonito, verdad?―le susurró Matthews―. Sólo fue terminado en 1950.
Dirk
volvió a la Tierra con un fuerte porrazo.
―¡Válgame
Dios! ¡Yo creía que tenía siglos!
―¡Oh,
no! Hitler arrasó la antigua cámara durante el Blitz.
Dirk
se sintió vivamente contrariado contra sí mismo por no haberlo recordado y fijó
nuevamente su atención en el debate. Había quince miembros presentes en el
banco de gobierno, mientras los conservadores y laboristas de los bancos de la
oposición no ascenderían a más de una docena de panadero.
La
ornamentada puerta que tenían detrás de donde estaban sentados se abrió
abruptamente y apareció un rostro sonriente y colorado. Matthews se puso
inmediatamente de pie mientras el recién llegado los saludaba con mil excusas.
Ya fuera en el corredor, donde las voces podían elevarse, fueron hecha las
presentaciones y siguieron a sir Michael por nuevos corredores hasta el
restaurante. Dirk pensó que no había visto en su vida más metros de paredes
forradas de madera.
El
anciano «baronet» debía tener más de setenta años, pero caminaba con paso
flexible y tenía un aspecto casi de querube. Su afeitado rostro le daba una
semejanza con algún prócer medieval tan impresionante que a Dirk le pareció
haber entrado en los ambientes de Glastonbury o Wells antes de la disolución de
los monasterios. Y no obstante si cerraba los ojos, el acento de sir Michael lo
transportaba inmediatamente al metropolitano Nueva York. La última vez que se
había encontrado ante un mapa de aquella especie, su propietario le estaba
tendiendo un papelito por haber pasado una luz roja.
Se
sentaron para tomar el té y Dirk rehusó diplomáticamente el café que le
ofrecían. Durante el té discutieron trivialidades evitando el objeto de la
reunión. Este sólo fue abordado cuando hubieron salido a una larga terraza que
dominaba el Támesis, donde Dirk no pudo menos de observar que se desarrollaba
una escena de muchísima más actividad que en la propia cámara. Había pequeños
grupos de gente de pie o sentados, hablando animadamente en medio del constante
ir y venir de los mensajeros. Algunas veces los miembros se liberaban en masa,
excusándose con sus invitados y se dirigían a registrar sus votos. Durante uno
de estos intervalos, Matthews hizo cuanto pudo para aclarar a Dirk el
procedimiento parlamentario.
―Verá
usted―le dijo― que la mayor parte del trabajo se realiza en las salas de
comité. Salvo durante los debates importantes, sólo los especialistas, o los
miembros que están particularmente interesados, permanecen en la Cámara. Los
demás trabajan en la redacción de memorias o visitando constituyentes en sus
cubículos, diseminados por todo el edificio.
―¡Bueno,
muchachos!―estalló sir Michael regresando después de haber recogido una bandeja
de bebidas de paso―. Hábleme de este proyecto que tienen de ir a la Luna.
Matthews
se aclaró la voz y Dirk se vio in mente sorteando a una velocidad vertiginoso
toda clase de posibles peligros.
―Pues
verá usted, sir Michael―comenzó―, no es más que la lógica continuación de lo
que la humanidad ha estado haciendo desde que la historia comenzó. Durante
miles de años la raza humana ha ido extendiéndose por todo el mundo hasta que
todos los países del globo han sido explorados y colonizados. Ahora ha llegado
el momento de dar el siguiente paso y cruzar el espacio hacia los otros
planetas. La humanidad tiene que tener siempre nuevas fronteras, nuevos
horizontes. De lo contrario tendría que caer tarde o temprano en la decadencia.
El viaje interplanetario es la próxima fase de nuestro desarrollo y es cuerdo
realizarla antes de que nos veamos obligados a ello por escasez de materia
prima o espacio. Y hay también razones psicológicas para intentar el vuelo al
espacio. Hace muchos años alguien comparó nuestra Tierra a una bola de cristal
para peces de colores dentro de la cual la mente humana no puede girar
indefinidamente sin agotarse. El mundo era suficientemente grande en los días
de las diligencias y los barcos de vela, pero es demasiado pequeño ahora, que
podemos darle la vuelta en un par de horas.
Matthews
se echó atrás para ver el efecto de su táctica de choque. De momento, sin
Michael pareció quedar un poco deslumbrado; después reaccionó rápidamente y
liquidó el resto de su bebida.
―Todo
esto es un poco impresionante―dijo lentamente―. Pero, ¿qué van ustedes a hacer
una vez hayan llegado a la Luna?
―Debe
usted comprender―insistió Matthews sin el menor remordimiento― que la Luna no
es más que el principio. Quince millones de millas cuadradas ya es un buen
principio, desde luego, pero sólo la consideramos como la piedra de apoyo para
el paso a los planetas. Como sabe usted, no hay en ella ni aire ni agua, de
manera que las primeras colonias tendrán que ser herméticamente cerradas. Pero
la baja gravedad facilitará la construcción de grandes estructuras y se han
hecho planes de grandes ciudades bajo inmensas cúpulas transparentes.
―Me
parece―dijo sir Michael agudamente― que se van ustedes a llevar también las
bolas de cristal de los peces de colores.
Matthews
casi sonrió.
―Un
buen punto para usted―accedió―, pero probablemente la Luna será principalmente
utilizada por los astrónomos y científicos para sus investigaciones
científicas. Para ellos tiene una importancia enorme y, una vez se hayan podido
construir laboratorios y observatorios, se abrirán ante ellos nuevos campos de
conocimientos.
―¿Y
esto va a hacer del mundo un lugar mejor o más feliz?
―Esto,
como siempre, depende de la humanidad. El conocimiento es neutral, pero es
necesario poseerlo para hacer el bien o el mal.
Matthews
hizo un amplio gesto con el brazo abarcando las sucias aguas del río que se
deslizaban por entre sus atestadas riberas.
―Todo
lo que vemos, todo lo que existe en nuestro mundo moderno ha sido posible
gracias a los conocimientos adquiridos por el hombre en los tiempos antiguos. Y
la civilización no es estática; si permanece inmóvil, muere.
Hubo
unos instantes de silencio. Casi a pesar suyo, Dirk se sentía profundamente
impresionado. Se preguntaba si no se habría equivocado al juzgar a Matthews un
mero vendedor eficiente propagando los ideales de los demás. ¿No era más que un
instrumentista de talento ejecutando una pieza de música con una habilidad
técnica perfecta, pero sin una verdadera convicción? No estaba muy seguro de
ello. Matthews, por locuaz que fuese, encerraba profundidades de reserva que
Dirk era incapaz de sondear. En esto, si no bajo ningún otro aspecto, llenaba
las especificaciones de aquella fabulosa criatura que se llama el típico
inglés.
―He
recibido una cantidad considerable de cartas―prosiguió sir Michael―, de amigos
míos de Irlanda a quien no gusta en absoluto la idea y creen que no debemos
nunca abandonar la Tierra, ¿qué debo decirles?
―Recuérdeles
usted la historia―respondió Matthews―. Dígales que somos exploradores, y
ruégueles que no olviden que en un tiempo alguien descubrió Irlanda.―Dirigió
una mirada de soslayo a Dirk como para decirle: ¡Ahora verá usted lo bueno!
»Imagine,
sir Michael, que estamos cinco siglos atrás, y que me llamo Cristóbal Colón.
Quiere usted saber por qué quiero hacerme a la vela hacia el oeste a través del
Atlántico y yo le he dado mis razones. No sé si le habrán convencido a usted o
no; puede usted no tener un interés particular en abrir una nueva ruta hacia
las Indias. Pero, este es el punto importante, ninguno de nosotros es capaz de
imaginar qué podrá significar para el mundo este viaje. Dígales a sus amigos,
sir Michael, que piensen en la diferencia que representaría para Irlanda que
América no hubiese sido jamás descubierta. Luna es mucho mayor que América del
Norte y del Sur reunidas, y es sólo el primero y el más pequeño de los mundos
que vamos a alcanzar.»
El
gran salón de recepción estaba casi desierto cuando se despidieron de sir
Michael. Parecía todavía un poco perplejo cuando se estrecharon las manos y se
separaron.
―Espero
que esto fije la cuestión de Irlanda por algún tiempo―dijo Matthews mientras
salían del edificio para entrar en la sombra de Victoria Tower―. ¿Qué le parece
a usted este hombre?
―Me
parece un gran personaje. Daría mucho por oírle explicar las ideas que usted le
ha expuesto a sus constituyentes.
―Sí―respondió
Matthews―, sería verdaderamente interesante.
Siguieron
andando algunos metros y se dirigieron hacia el puente. Entonces Matthews dijo
súbitamente:
―De
todos modos, ¿qué piensa usted de todo esto?
Dirk
eludió la respuesta.
―Pues
que no estoy de acuerdo... lógicamente; pero, en cierto modo, me es difícil ver
la cosa de la misma manera que usted la ve al parecer. Más tarde, quizá... es
posible; no puedo decirlo.
Dirigió
una mirada a la gran ciudad que lo circundaba latiendo de vida y de actividad.
Parecía tan antigua y sin edad como las colinas; cualquier cosa que le
reservase el futuro, no podía jamás desaparecer. Y, no obstante, Matthews tenía
razón y él más que nadie tenía que reconocerlo. La civilización no puede
permanecer nunca estática. Aquel mismo suelo que estaba ahora pisando había
sido hollado por los mamuts que llegaban en manadas de las orillas del río.
Ellos, y no el hombre-mono que acechaba desde sus cavernas, habían sido los
dueños de estas tierras. Pero el día del mono había amanecido también; las
selvas y los pantanos habían cedido el paso ante la potencia de sus máquinas.
Dirk se daba cuenta ahora de que la historia no hacía más que comenzar. En
aquel mismo momento, en lejanos mundos, bajo extraños soles, el tiempo y los
dioses estaban preparando para el hombre las ciudades y los sitios del
porvenir.
8
Sir
Robert Derwent, M.A., F.R.S., Director-General del Interplanetario, era un
hombre robusto y corpulento que recordaba invariablemente a todo el mundo el
difunto Winston Churchill. La semejanza quedaba en cierto modo desvirtuada por
su extremada afición a la pipa, de las cuales poseía dos variedades; «Normal» y
«Urgencia». El modelo «Urgencia» estaba constantemente preparada de forma que
pudiese entrar inmediatamente en funciones a la llegada de algún visitante
inoportuno. La mezcla secreta empleada para este objeto consistía,
principalmente, según el rumor, en hojas de té impregnadas de sulfuro.
Sir
Robert era un personaje tan prominente que a su alrededor habían nacido una
serie de leyendas. Muchas de ellas habían sido elaboradas por su secretario,
que hubiera sido capaz de bajar a los infiernos por su jefe, y con frecuencia
hubiera debido hacerlo, pues la forma de lenguaje del noble prócer no era la
que hubiera podido esperarse normalmente de un ex astrónomo real. No tenía el
menor respeto a las personas o rangos, y algunas de sus respuestas a famosos
pero no excesivamente inteligentes interrogadores habían llegado a ser
históricas. Incluso Royalty estuvo una vez contento de escapar a su fuego en
una célebre ocasión. Y, sin embargo, a pesar de esta fachada, era en el fondo
un hombre sensible y de gran corazón.
Muchos
eran los que tal sospechaban, pero pocos los que habían tenido ocasión de
adquirir la prueba a su plena satisfacción.
A
los sesenta años, y tres veces abuelo, sir Robert tenía el aspecto de un hombre
de cuarenta y bien conservado. Como su histórico doble, atribuía esta cualidad
al meticuloso desprecio de las más elementales reglas sanitarias y a una
metódica absorción de nicotina. Un brillante reportero lo había llamado una vez
«un Francis Drake científico, uno de los exploradores astronómicos de la
segunda era elisabetiana».
No
había, en realidad, nada de muy elisabetiano en el Director-General mientras
estaba sentado leyendo el correo del día, envuelto en un nimbo de humo de
tabaco. Despachaba su correo a una velocidad sorprendente, formando montoncitos
con las cartas a medida que las iba leyendo. De vez en cuando tiraba una misiva
directamente a la cesta de papeles, de la cual su personal la extraería
cuidadosamente para incluirla en una voluminosa carpeta que ostentaba el
epígrafe de «CHIFLADOS». Sobre un uno por ciento de la correspondencia que
llegaba al Interplanetario estaba incluida en esta categoría.
Acababa
de terminar cuando se abrió la puerta del despacho, y el Dr. Groves, consejero
psicólogo del Interplanetario, entró con una carpeta de papeles. Sir Robert lo
miró melancólicamente.
―Bueno,
pájaro de mal agüero, ¿qué lío es éste del joven Hassell? Creía que todo estaba
arreglado...
Groves
puso una expresión preocupada mientras dejaba los expedientes sobre la mesa.
―Yo
también, hasta hace algunas semanas. Hasta entonces los cinco muchachos se
mantenían en forma sin dar muestras de cansancio. Entonces nos dimos cuenta de
que Vic parecía preocupado por algo, y, finalmente, ayer conseguí sacárselo.
―¿Es
su mujer, supongo?
―Sí,
el caso, en conjunto, es muy lamentable. Vic es el tipo de padre que suele dar
trabajo en el momento más inoportuno, y Maude Hassell no sabe que probablemente
su marido estará en camino hacia Luna cuando llegue el hijo.
El
D.G. arqueó las cejas.
―¿Cómo
sabe usted que es un hijo?
―El
tratamiento Weismann-Mathers es noventa y cinco por ciento infalible, Vic
quería un hijo... para el caso de que no regresase.
―Ya
veo. ¿Cómo cree usted que reaccionará Mrs. Hassell cuando lo sepa? Desde luego,
no es todavía seguro que Vic forme parte de la tripulación.
―Me
parece que lo tomará bien. Pero Vic es el que se preocupa. ¿Qué sensación tuvo
usted cuando tuvo su primer hijo?
Sir
Robert hizo una mueca.
―Esto
es sondear el pasado. Por casualidad estaba yo fuera también, en una expedición
de eclipse. Estuve a punto de destrozar un coronógrafo, de manera que comprendo
el punto de vista de Vic. Pero es una gran contrariedad, tendrá usted que
hacerle algunas reflexiones. Dígale que hable de ello con su mujer, pero dígale
a ella que no diga nada. ¿Es probable que se susciten nuevas complicaciones?
―Que
yo prevea, no. Pero no se puede decir nunca...
―No,
no se puede..., ¿verdad?
Los
ojos del Director-General se fijaron en una divisa enmarcada que tenía colgada
detrás de su mesa de trabajo. Desde donde estaba sentado, el Dr. Groves no
podía verla, pero sabía el texto de memoria y con frecuencia le había
intrigado.
«Hay
siempre una cosa olvidada
aunque
el mundo vaya bien.»
Un
día tenía que preguntar de dónde era esta frase.
SEGUNDA
PARTE
A
doscientas setenta y cinco millas sobre la superficie de la Tierra, «Beta» estaba
describiendo su tercer circuito alrededor del globo. Recorriendo la atmósfera
como un diminuto planeta, completaba una revolución cada noventa minutos. A
menos que el piloto pusiese nuevamente en marcha los motores, permanecería allí
para siempre, en las fronteras del espacio.
Y,
sin embargo, «Beta» era una criatura de la atmósfera superior más que de las
profundidades del espacio. Como aquellos peces que algunas veces trepan por la
tierra, la nave se aventuraba fuera de su verdadero elemento y sus grandes alas
eran ahora inútiles placas de metal ardiendo bajo la ferocidad del sol. Sólo
cuando regresase al aire que tenía debajo, volverían a entrar en servicio.
Fijado
sobre el dorso de «Beta» había un torpedo alargado que podía, a la primera
mirada, ser tomado por otro cohete. Pero no tenía portillas de observación, ni
zumbido de motor, ni aparato de aterrizaje. La afilada forma metálica carecía
casi de características, era como una bomba gigantesca que esperase el momento
de ser lanzada. Era el primero de los depósitos de combustible para «Alfa»,
conteniendo toneladas de metano líquido que sería inyectado a los tanques de la
nave del espacio cuando estuviese a punto de realizar su viaje.
«Beta»
parecía estar suspendida inmóvil del cielo de ébano mientras la Tierra giraba
debajo de ella. Los técnicos que llevaba a bordo, que controlaban sus
instrumentos y comunicaban sus datos a las estaciones de control del planeta no
parecían tener gran prisa. Para ellos no había la menor diferencia entre
circundar la Tierra una vez o una docena de veces. Permanecerían en su órbita
hasta que estuviesen convencidos de su tesis, a menos, cómo había hecho
observar el ingeniero-jefe que se viesen obligados a regresar antes por falta
de cigarrillos.
Diminutas
explosiones de gas se producían a lo largo de la línea de contacto entre «Beta»
y el tanque de combustible que llevaba en su dorso. Las tuercas que los unían
habían sido aflojadas; muy lentamente, a una velocidad de pocos pies por
minutos, el gran tanque comenzaba a alejarse de la nave.
En
el casco de «Beta» se abrió una compuerta de aire y dos hombres saltaron en el
espacio revestidos de sus trajes espaciales. Por medio de cortas explosiones de
gas de unos diminutos cilindros se dirigieron hacia el tanque que avanzaba y lo
inspeccionaron minuciosamente. Uno de ellos abrió una escotilla y comenzó a
tomar datos de los instrumentos, mientras el otro inspeccionaba el casco con un
aparato portátil detector de fisuras.
Nada
nuevo ocurrió durante casi una hora, aparte de los eventuales escapes de vapor
de los motores a chorro auxiliares de «Beta». El piloto la iba orientando de
forma que señalara su avance orbital y se veía claramente que no se daba prisa
en realizar la maniobra. Una distancia de unos cien pies separaba ahora «Beta»
del tanque de combustible que había transportado de Tierra. Era difícil darse
cuenta de que durante su lenta separación los dos cuerpos habían dado casi la
vuelta a la Tierra.
Los
dos ingenieros vestidos con sus trajes del espacio habían terminado su misión.
Lentamente fueron dirigiéndose hacia la nave que los esperaba y de nuevo la
compuerta de aire se cerró tras ellos. Se produjo otra larga pausa mientras el
piloto esperaba el momento exacto de poner los frenos en acción.
Súbitamente,
un chorro de insoportable incandescencia brotó de la popa de «Beta». Los gases
al rojo blanco parecían formar una sólida barra de luz. En el momento en que
los motores comenzaron a funcionar, los hombres de la nave recuperaron su peso
normal. Cada cinco segundos «Beta» iba perdiendo cien millas por hora de su
velocidad. Rompía la órbita y no tardaría en caer de nuevo sobre la Tierra.
La
intolerable llama del cohete atómico disminuyó y finalmente cesó. Una vez más
los tenues chorros de control arrojaron vapor; el piloto sentía ahora prisa
mientras iba haciendo virar la nave nuevamente sobre su eje. Fuera, en el
espacio, una orientación es tan buena como otra, pero dentro de pocos minutos
la nave entraría de nuevo en la atmósfera y tenía que ir orientando la
dirección de su avance.
La
espera de este primer contacto sería siempre un momento de tensión. Para los
hombres de la nave se produjo en forma de suave pero irresistible tensión de
los tirantes de los asientos. Aumentó lentamente minuto tras minuto hasta que
se produjo un tenue zumbido a través del aislamiento de los muros. Iban
cambiando altura por velocidad, velocidad que sólo podía perderse a través de
la resistencia del aire. Si el tipo de cambio era demasiado alto, las recias
alas podrían romperse, el casco se convertiría en metal fundido y la nave se
aplastaría convertida en meteórica ruina a través de miles de millas de cielo.
Las
alas mordían nuevamente el tenue aire a una velocidad de dieciocho mil millas
por hora. Pese a que las superficies de control eran todavía inútiles, la nave
no tardaría en responder lentamente a sus mandos. Incluso sin el uso de sus
motores, el piloto podía elegir un punto de aterrizaje casi en cualquier lugar
de la Tierra. Volaba con un deslizamiento hipersónico cuya velocidad le había
dado un alcance mundial.
La
nave iba descendiendo muy lentamente por la estratosfera perdiendo velocidad
minuto por minuto. A un poco más de mil millas por hora las válvulas de aire de
los tubos de chorro fueron abiertas y los hornos atómicos comenzaron a brillar
con una vida mortífera. Chorros de aire abrasador brotaban de las válvulas y la
nave fue abandonando su tono habitual pardo-rojizo de los óxidos nítricos.
Cruzaba nuevamente la atmósfera, segura bajo su energía, y una vez más podía
dirigirse a su punto de partida.
La
prueba final estaba terminada. A casi trescientas millas de elevación, pasando
de la noche al día cada cuarenta minutos, el primer tanque de combustible iba
girando en su eterna órbita. Dentro de pocos días su compañero sería lanzado al
mismo sendero por los mismos medios. Ambos serían conectados esperando el
momento en que verterían su contenido en los vacíos tanques de «Alfa», lanzando
la nave del espacio en dirección a la Luna...
1
Como
Matthews había dicho, el «Departamento de Publicidad Negativa» había puesto en
marcha sus motores, y una vez en marcha adquirieron rápidamente su máximo de
velocidad. El éxito del primer lanzamiento del depósito de combustible y el
triunfal regreso de «Beta» demostraban que todo lo que era controlable
funcionaba perfectamente. La ya bien experimentada tripulación saldría para
Australia dentro de breves días y la necesidad de guardar el secreto había
pasado.
La
mañana en que salió en la prensa el primer reportaje de la visita a la
«Nursery», fue una mañana de hilaridad en Southbank. Los redactores científicos
de los grandes cotidianos habían dado, como de costumbre, gacetillas
razonablemente detalladas, pero algunos de los periódicos de menor cuantía, que
habían mandado reporteros deportivos, críticos dramáticos y cualquier otro que
tuviesen a mano, habían redactado historias verdaderamente maravillosas.
Matthews pasó la mayor parte del día entre la jovialidad y la mortificación, y
estableciendo una barricada telefónica en la dirección general de Fleet Street.
Dirk le aconsejó que guardase una buena dosis de su indignación para la llegada
de los reporteros de prensa trasatlánticos.
Hassell,
Leduc, Clinton, Richards y Taine no tardaron en ser los blancos de una casi
jamás igualada curiosidad. Sus vividas historias (minuciosamente mimeografiadas
por adelantado, por Relaciones Públicas) no tardaron en convertirse en los
seriales de los periódicos de todo el mundo. Ofertas de matrimonio cayeron de
todas partes, abarcando los solteros y los casados sin distinción. Cartas de
petición llegaron también a montones, y como Richards hizo agudamente observar:
«Todos, menos los agentes de seguros de vida, quieren ofrecemos algo».
Los
asuntos del Interplanetario iban ahora avanzando hacia su a climax, con la
meticulosidad de una operación militar. En el plazo de una semana, la
tripulación y todo el alto mando saldría rumbo a Australia. Con ellos saldría
todo aquel que hubiese sido capaz de encontrar una excusa verosímil. Durante
los días que iban a seguir, por el edificio podrían con seguridad verse muchas
expresiones preocupadas. Empleados jóvenes contrajeron el hábito de descubrirse
súbitamente tías enfermas en Sydney o paupérrimos primos en Camberra, que
requerían su inmediata presencia.
La
idea de la fiesta de despedida había nacido, al parecer, en la mente del
Director-General, siendo entusiásticamente aceptada por Matthews, que lamentaba
no haber pensado en ello él mismo. Todo el personal del Cuartel General tenía
que ser invitado, así como gran número de personas pertenecientes a la
industria, la prensa, las universidades y las innumerables organizaciones con
las cuales el Interplanetario mantenía relaciones. Después de la redacción de
numerosas listas y su consiguiente revisión y discusión, se lanzaron un poco
más de setecientas invitaciones. Incluso el Jefe de Contabilidad, que todavía
temblaba ante la idea de las dos mil libras del capítulo «Hospitalidad», fue
puesto en razón ante la amenaza de ser excluido.
No
faltaba quien consideraba que todos estos festejos eran prematuros y que
hubiera sido mejor esperar el regreso del «Prometheus». A estos eternos
criticones se les contestaba que muchos de los colaboradores en el proyecto no
regresarían a Londres después del lanzamiento, sino que se volverían cada cual
a su tierra. Aquella era la última oportunidad de poderlo celebrar todos
juntos. Pierre Leduc resumió la actitud de la tripulación cuando dijo: «Si
regresamos, tendremos fiestas suficientes para el resto de nuestras vidas. Si
no, tenéis que hacernos una buena despedida».
El
hotel elegido para la «bacanalia» fue uno de los mejores de Londres, pero no lo
suficientemente bueno para que sólo algunos de los ejecutivos y prácticamente
ninguno de los científicos se encontrase bien en él. Se había hecho la promesa
de que los discursos serían reducidos a su mínima expresión, a fin de dejar más
tiempo para otros propósitos. Esto convenía perfectamente a Dirk, que tenía una
profunda aversión a la oratoria y una fuerte inclinación a banquetes y
«buffets».
Llegó
diez minutos antes de la hora oficial y encontró a Matthews andando arriba y
abajo por el foyer, acompañado de un par de musculados camareros. Se los indicó
sin un esbozo de sonrisa.
―Son
mis guardias de corps―dijo―. Mire atentamente y podrá ver los bultos de sus
bolsillos. Esperamos cantidad de aguafiestas, especialmente por parte de la
sección de Fleet Street, que no hemos invitado. Temo que esta noche tendrá
usted que arreglarse solo, pero si quiere usted saber quién es quién, los tipos
que vea usted con la palabra «camarero» en la solapa podrán informarle.
―Perfectamente―dijo
Dirk, quitándose sombrero y gabán―. Espero que debe poderse echar un trago de
cuando en cuando mientras defiende uno la posición.
―Mis
reservas de urgencia están bien organizadas. Las bebidas, a propósito, se las
proporcionarán los amigos que llevan en la solapa la etiqueta «técnicos de
combustible». Hemos tenido que dar a cada bebida el nombre de un combustible de
cohete u otro, de manera que nadie sabe lo que obtendrá hasta que lo ha
conseguido. Pero voy a decirle a usted un secreto.
―¿Cuál
es?
―¡Apártese
del hidrato de hidracina!
―Gracias
por el aviso―se rió Dirk. Sintió cierto alivio al descubrir, pocos minutos
después, que no se había echado mano de tales mixtificaciones y que Matthews se
había estado burlando de él.
Durante
la siguiente media hora, el local se llenó rápidamente. Dirk no conocía más de
una persona de cada veinte y se sentía un poco aislado. Como consecuencia, se
mantuvo más cerca del bar de lo que en realidad hubiera convenido. De vez en
cuando saludaba a alguien con un movimiento de cabeza, pero todo el mundo
estaba demasiado ocupado para que nadie se ocupase de él. Estaba verdaderamente
contento de ello cuando otro compañero solitario, se unió a él en busca de
compañía.
Iniciaron
la conversación de una manera indiferente hasta que ésta recayó,
inevitablemente, en la cercana aventura.
―A
propósito―dijo el desconocido―. No le había visto a usted nunca por el
Interplanetario. ¿Lleva usted mucho tiempo en él?
―Sólo
cosa de tres semanas―dijo Dirk―. Tengo una misión especial para la Universidad
de Chicago.
―¿De
veras?
Dirk
se sintió locuaz y el otro pareció sentir un especial interés por sus asuntos.
―Tengo
que escribir la historia oficial del primer viaje y los acontecimientos que
llevaron a él. Este viaje va a ser una de las cosas más importantes que habrán
ocurrido jamás en la Tierra, y es necesario dejar constancia de ello para el
futuro.
―¿Pero
seguramente habrá miles de relatos técnicos y periodísticos?
―Perfectamente,
verdad; pero olvida usted que serán escritos para los contemporáneos y asumirán
un fondo ambiental que podría ser sólo familiar para los lectores del día. Yo
tengo que intentar situarme fuera del tiempo y dejar una memoria que pueda ser
enteramente leída y comprendida dentro de mil años.
―¡Cáspita!
¡Vaya trabajo!
―Sí;
sólo ha llegado a ser posible recientemente gracias al nuevo desarrollo en el
estudio del lenguaje y su significación, y el perfeccionamiento de los
vocabularios simbólicos. Pero temo que lo estoy aburriendo...
Con
gran contrariedad, por su parte, el otro no lo contradijo.
―Supongo―dijo
el desconocido― que debe tener usted que conocer a la gente de aquí muy bien.
Quiero decir, que ocupa usted una posición verdaderamente privilegiada.
―Es
verdad; me han tratado de una forma excelente y me han ayudado en todo lo que
han podido.
―Ahí
va el joven Hassell―dijo su compañero―. Parece un poco preocupado, pero también
lo estaría yo si estuviese en su pellejo. ¿Debe usted conocer a toda la
tripulación, verdad?
―Todavía
no, pero espero hacerlo pronto. He hablado con Hassell y Leduc un par de veces,
pero esto es todo.
―¿Quién
cree usted que va a ser elegido para la expedición?
Dirk
se disponía a darle su no muy bien informado punto de vista sobre la materia,
cuando vio que Matthews le hacía frenéticas señas desde el extremo de la
habitación. Durante un instante, alarmantes posibilidades de un desastre
vestimentario cruzaron por su mente. Después, una lenta sospecha fue alboreando
en su cerebro, y murmurando una excusa se separó de su compañero.
Un
momento después, Matthews confirmaba sus temores.
―Mike
Wilkins es uno de los mejores en su clase; trabajábamos juntos en el News.
Pero, por lo que más quiera, tenga cuidado con lo que le dice. Si hubiese usted
asesinado a su esposa, sería capaz de hacérselo confesar haciéndole preguntas
sobre el tiempo.
―Sin
embargo, no creo que hubiese mucho que pudiese decirle que él no supiese ya.
―No
lo crea usted. Antes de que se dé usted cuenta, se verá usted mencionado en el
periódico como «importante funcionario del Interplanetario» y yo tendré que
publicar la habitual e ineficaz rectificación.
―Ya
comprendo. ¿Cuántos periodistas más tenemos entre nuestros huéspedes?
―Han
sido invitados sobre unos doce―dijo Matthews en tono sombrío―. Yo en su lugar
evitaría hablar demasiado francamente con gente que no conozco. Y ahora
perdóneme..., tengo que volver a mi puesto de guardia.
En
cuanto a él hacía referencia, pensaba Dirk, la fiesta distaba mucho de ofrecer
gran animación. El Departamento de Relaciones Públicas parecía tener la
obsesión de la seguridad, que Dirk consideraba esta vez había llevado al
extremo. Sin embargo, comprendía perfectamente el horror de Matthews hacia las
entrevistas oficiosas; había visto ya algunos de sus lamentables resultados.
Durante
largo rato, la atención de Dirk estuvo después totalmente absorbida por la
presencia de una muchacha extraordinariamente linda que acababa de llegar,
hecho sorprendente de por sí, sin ninguna compañía. Había decidido, después de
no pocas vacilaciones, lanzarse a la brecha cuando vio con excesiva claridad
que la escolta había sido demorada por los deberes del convoy en alguna otra
parte. Dirk no había perdido la oportunidad; no la había tenido nunca. Volvió,
por lo tanto, a sus filosóficas reflexiones.
Su
ánimo, sin embargo, cobró considerable brillantez durante la cena. La comida en
sí fue excelente, e incluso el discurso del Director General (el cual marcó un
límite a todos los demás) sólo duró diez minutos. Fue, por lo que Dirk podía
recordar, una peroración sumamente amena, llena de ironías y bromas, que
produjeron carcajadas en algunos sitios y amargas sonrisas en otros. El
Interplanetario había sido siempre aficionado a reírse de sí mismo en privado,
pero sólo desde hacía poco tiempo podía permitirse el lujo de hacerlo en
público.
Los
siguientes discursos fueron incluso más cortos. Algunos oradores hubieran
deseado, evidentemente, disponer de más tiempo, pero no se atrevieron a
tomárselo. Finalmente, McAndrews, que había actuado durante toda la fiesta de
eficiente maestro de ceremonias, pidió un «toast» por el éxito del «Prometheus»
y su tripulación.
Después
se bailó durante mucho tiempo al ritmo nostálgico y gentil de los aire
populares de los años 70.
Dirk,
que en el mejor de los casos era muy mal bailarín, tuvo que realizar unos
cuantos circuitos más o menos erróneos en compañía de Mrs. Matthews y otras
esposas de funcionarios antes de que una total carencia de coordinación
muscular le obligase a abandonar al campo. Se sentó, pues, contemplando el
desarrollo de los acontecimientos, pensando en cuan amables eran todos sus
amigos y haciendo leves ruiditos con la lengua cuando veía algún bailarín que
había embarcado visiblemente una cantidad excesiva de «combustible».
Podía
ser alrededor de medianoche cuando repentinamente se dio cuenta de que alguien
estaba hablando con él. (No se había dormido, desde luego, pero descansaba
mucho cerrar los ojos de cuando en cuando.) Se volvió lentamente y vio a un
hombre alto, de mediana edad, que lo estaba mirando con curiosidad desde la
silla de al lado. Con gran sorpresa de Dirk, no iba vestido de etiqueta ni
parecía dar al hecho la menor importancia.
―He
visto su placa de fraternidad―dijo el desconocido a modo de presentación―. Yo
soy Sigma X también. He llegado de California hoy mismo, demasiado tarde para
asistir a la cena.
Esto
explicaba, pues, lo del traje, pensó Dirk, contento de sí mismo ante esta obra
maestra de la deducción. Se estrecharon las manos, encantado de conocer un
compatriota californiano, si bien no pudo entender su nombre. Parecía ser algo
como Mason, pero en realidad no tenía importancia.
Durante
algún tiempo estuvieron hablando de los asuntos de América y discutiendo las
probabilidades de los demócratas de volver al poder. Dirk pretendía que los
liberales tendrían nuevamente la balanza en sus manos e hizo algunos brillantes
comentarios sobre las ventajas e inconvenientes del sistema tripartito. Por
raro que pareciese, su compañero no pareció quedar en lo más mínimo
impresionado por su ingenio y volvió a llevar la conversación al
Interplanetario.
―¿No
lleva usted aquí mucho tiempo, verdad?―preguntó―. ¿Cómo van las cosas?
Dirk
se lo dijo, extensamente. Le explicó su misión, extendiéndose pródigamente
sobre su objeto e importancia. Una vez hubiese terminado su trabajo, todas las
eras subsiguientes y todos los planetas posibles se darían exactamente cuenta
de lo que la conquista del espacio había significado para la edad que la había
conseguido.
Su
amigo parecía sumamente interesado, si bien había en su voz un tenue rastro de
ironía por el cual Dirk hubiera podido darle una gentil, pero firme,
reprimenda.
―¿Cómo
está usted en sus relaciones con la parte técnica?―le preguntó.
―A
decir verdad―dijo Dirk tristemente―, llevo toda la semana pasada tratando de
hacer algo a este respecto. Pero tengo un verdadero pánico a los científicos,
sabe usted. Además, ahí está Matthews. Me ha sido muy útil, pero tiene sus
ideas propias respecto a lo que debo hacer y no quiero herir sus sentimientos.
Era
una confesión lamentablemente débil, pero había una dosis considerable de
verdad en ella. Matthews lo había organizado todo, quizá con un exceso de
asiduidad.
Pensar
en Alfred trajo a su memoria ciertos recuerdos y Dirk sintió súbitamente una
grave sospecha. Miró fijamente a su compañero decidido a no volverse a dejar
coger.
El
correcto perfil y la despejada frente eran tranquilizadores, pero Dirk era ya
demasiado ducho en el juego para dejarse engañar. Alfred, pensó, estaría
orgulloso de la manera como eludía respuestas categóricas a las preguntas de su
compañero. Era, realmente, una lástima, porque el otro era un compatriota
americano y había hecho un largo viaje en busca de un «hallazgo»; sin embargo,
la lealtad más esencial tenía que observarla ante todo con sus huéspedes.
El
otro debía darse cuenta de que no llegaría a ninguna parte, porque se puso de
pie y dirigió a Dirk una sonrisa de perspicacia.
―Me
parece―dijo antes de marcharse―, que podría ponerle a usted en contacto con las
personas que le interesan de la sección técnica. Llámeme mañana a Extensión
3..., no lo olvide, 3.
Y se
marchó, dejando a Dirk en un profundo estado de turbación mental. Sus temores
habían sido, por lo visto, infundados; su amigo pertenecía sin duda al
Interplanetario. En fin, no había manera de evitarlo.
Su
siguiente claro recuerdo era estar dando las buenas noches a Matthews en el
foyer. Alfred estaba todavía animado y contento por el éxito de la fiesta, si
bien, al parecer, había tenido de vez en cuando algunos vahídos.
―Durante
el concierto de gaita―dijo―, me ha parecido que el suelo se hundía bajo mis
pies. ¿Se da usted cuenta de que esto hubiera retrasado la conquista del
espacio lo menos durante medio siglo?
Dirk
no se sentía particularmente interesado por estas lucubraciones metafísicas,
pero mientras le daba las buenas noches bostezando recordó repentinamente a su
desconocido californiano.
―A
propósito―dijo―. He estado hablando con otro americano; creía que era un
periodista, al principio. Acaba de llegar, debe usted haberlo visto; no iba
vestido de noche. Me ha dicho que lo llamase mañana a «Extensión...» no sé
cuántos. ¿Sabe usted quién era?
Matthews
entornó los ojos.
―¿Lo
tomó usted por otro periodista, verdad? Espero que ha recordado usted mis
advertencias...
―Sí―dijo
Dirk con orgullo―, no le he dicho nada. Por más que ¿no hubiera tenido
importancia, verdad?
Matthews
lo metió en el coche y cerró la puerta con un golpe. Se inclinó por la
ventanilla para decirle las últimas palabras.
―No;
ciertamente, no hubiera tenido importancia. No era más que el profesor Maxton,
Representante del Director-General. ¡Váyase a casa y duerma pensando en ello!
2
Dirk
consiguió llegar a la oficina a tiempo para almorzar, comida que, por lo que
pudo ver, no gozaba de gran popularidad. No había visto nunca a tan pocos
clientes en la cantina.
Cuando
llamó a Extensión 3 y se presentó tímidamente al profesor Maxton, éste pareció
estar contento de oírlo y lo invitó a ir a verlo en seguida. Lo encontró en el
despacho contiguo al de sir Robert Derwent, casi rodeado de cajas de embalaje
que contenían, según explicó, instrumentos especiales de control que tenían que
ser expedidos inmediatamente a Australia. Su conversación fue frecuentemente
interrumpida por las órdenes y contraórdenes del profesor a sus sudorosos
ayudantes mientras iba ocupándose de todo aquel equipo.
―Siento
haberle parecido quizá un poco ausente anoche―se excusó Dirk―. El hecho es que
no era bien yo mismo.
―Lo
comprendí―respondió secamente Maxton―. Después de todo llevaba varias horas...
¡Eh, idiota, no ponga esta caja cabeza abajo! Perdone, Alexson, no me refería a
usted...
Hizo
una pausa para respirar.
―Esto
es infernal; no sabe uno nunca lo que va a necesitar, y puede usted estar
seguro de que al final lo más importante se habrá quedado en tierra.
―¿Para
qué es todo esto?―preguntó Dirk, asombrado del número de relucientes
instrumentos y la mayor cantidad de tubos de radio que había visto en toda su
vida.
―Instrumental
de autopsia―dijo Maxton suficientemente―. Los datos de los instrumentos
principales de «Alfa» son telemetrados a la Tierra. Si algo ocurre, por lo
menos sabremos lo que ha pasado.
―Esto
no es una conversación muy alegre después de la animación de anoche.
―No,
pero es práctica y puede economizar millones de dólares, y salvar muchas vidas.
He oído hablar de su proyecto en los Estados Unidos, y me pareció una idea muy
interesante. ¿Quién la inició?
―La
Fundación Rockefeller. División de Historia y Registros.
―Celebro
que, por fin, los historiadores se hayan dado cuenta de que la ciencia juega un
papel muy importante en la forma del mundo. Cuando yo era chiquillo, sus libros
no eran más que hazañas militares. Entonces los deterministas económicos
ocupaban el campo hasta que los neo-freudianos los echaron con una gran
carnicería. Acabamos solamente ahora de obtener su control, de manera que
esperemos que finalmente tendremos un punto de vista equilibrado.
―Esto
es exactamente a lo que tiendo yo―dijo Dirk―. Comprendo que toda clase de
motivos tiene que haber inspirado a los hombres que fundaron el
Interplanetario. Quiero analizarlos y estudiarlos hasta donde sea posible.
Respecto a los hechos, Matthews ha puesto a mi disposición cuanto deseo.
―¿Matthews?
¡Ah, el de Relaciones Públicas! Se imaginan dirigir la casa; no se crea todo lo
que le digan, especialmente acerca de nosotros.
Dirk
se echó a reír.
―¡Yo
creía que el Interplanetario era una gran familia, unida y feliz!
―En
conjunto, nos llevamos bastante bien, en particular en las altas esferas. Por
lo menos, ofrecemos un frente unido al mundo exterior. Como clase, creo que los
científicos son los que mejor trabajan, especialmente cuando tienen una meta
común. Pero siempre se producen choques personales y parece haber una
inevitable rivalidad entre los grados técnicos y no técnicos. Algunas veces
todo ocurre dentro de una cierta cordialidad, pero con frecuencia se mezcla una
cierta dosis de amargura.
Mientras
Maxton hablaba, Dirk había estado estudiándolo cuidadosamente. Su primera
impresión se había confirmado. El R. del D.G. no era solamente un hombre de
gran brillantez, sino de vasta cultura y simpatía. Dirk se preguntaba cómo
podía entenderse con su igualmente brillante, pero ferozmente estricto colega,
sir Robert. Sus personalidades de tan relevante contraste tenían que entenderse
perfectamente o no trabajar juntas jamás.
A la
edad de cincuenta años, el profesor Maxton era generalmente considerado como el
ingeniero que ocupaba la cabeza del mundo atómico. Había desempeñado un papel
importantísimo en el desarrollo de los sistemas de propulsión nuclear de la
aviación, y los dispositivos de propulsión de la nave «Prometheus» estaban
basados casi enteramente en sus proyectos. El hecho de que un hombre como él,
que hubiera podido pedir el precio que hubiese querido a la industria,
trabajase allá a un salario casi nominal, le parecía a Dirk un detalle muy
significativo.
Maxton
llamó a un muchacho muy rubio, de unos veinte años, que pasaba por allí.
―Venga
un minuto, Ray, tengo otro trabajo para usted.
El
muchacho se acercó con una sonrisa preocupada.
―Espero
que no sea nada pesado. Tengo un poco de dolor de cabeza esta mañana.
Maxton
hizo una seña a Dirk, pero se abstuvo, después de una visible lucha interior,
de hacer ningún comentario.
Los
presentó en pocas palabras.
―El
doctor Alexson... Ray Collins, mi secretario particular. El fuerte de Ray es la
hiperdinámica; en una palabra, pero justa, en aerodinámica hipertónica, por si
no lo sabía usted. Ray, el doctor Alexson es especialista en historia, de
manera que supongo que adivina usted lo que está haciendo aquí. Espera ser el
Gibbon de la astronáutica.
―¡No
la «Decadencia y Caída del Interplanetario», espero!... Encantado de conocerlo.
―Quisiera
que ayudase usted al doctor Alexson con sus conocimientos técnicos. Acabo de
rescatarlo de las feroces garras de la banda McAndrews, de manera que
probablemente tiene algunas ideas fantásticas sobre estas cosas.
Se
volvió para contemplar el caos que lo rodeaba, vio que sus secretarios estaban
mirando el precario asiento que había ocupado y se trasladó a otra caja de
embalaje.
―Será
mejor que le explique―continuó―, si bien es probable que lo sepa usted ya, que
nuestro pequeño imperio técnico tiene tres principales divisiones. Ray; aquí
presente, es uno de nuestros técnicos del aire; se preocupa de llevar la nave
en seguridad a través del espacio en ambas direcciones, con un mínimo de daño.
Su sección suele ser mirada con desprecio por los sabuesos del espacio que
consideran la atmósfera únicamente como una molestia. Ahora que les hemos
enseñado cómo utilizar el aire como abastecimiento gratis de combustible, para
la primera parte del viaje por lo menos, han cambiado de tonada.
Este
era uno de los cien puntos que Dirk no había entendido nunca debidamente y tomó
mentalmente nota de ponerlo a la cabeza de su lista de preguntas.
―Después
hay los astrónomos y los matemáticos, que forman una especie de sindicato muy
estricto por sí solos, pese a que han sufrido alguna pesada infiltración por
parte de los ingenieros electrónicos con sus máquinas de calcular. Ellos son
quienes, desde luego, tienen que hacer el cómputo de las órbitas y nuestro
trabajo matemático grueso, que es en realidad muy extenso. Sir Robert se ocupa
personalmente de ellos.
»Finalmente,
tenemos a los ingenieros de cohetes, benditos sean. Encontrará usted muy pocos
aquí, porque están casi todos en Australia.
»De
manera que ya lo tiene usted, si bien he pasado por alto varios grupos, como el
de comunicaciones y control, y los facultativos médicos. Ahora lo pondré a
usted en manos de Ray y él se ocupará de usted.
Dirk
hizo una leve mueca al oír la frase; le parecía que había demasiada gente que
había estado «ocupándose de él». Collins lo llevó a un pequeño despacho no
lejos de allí donde se sentaron y cambiaron un cigarrillo. Después de estar
echando humo durante. algún rato, el aerodinamista señaló la puerta con el
pulgar, y dijo:
―¿Qué
le parece a usted el jefe?
―Estoy
un poco influenciado, comprende usted... Somos del mismo Estado. Parece un
hombre notable, culto, así como técnicamente brillante. No es una combinación
muy corriente. Y es sumamente servicial.
Collins
comenzó a dejar translucir su entusiasmo.
―¡Es
perfectamente cierto! Es el hombre mejor con quien puede uno trabajar y no creo
que tenga un solo enemigo. Hay un gran contraste con sir Robert, que los tiene
a docenas entre la gente que lo conoce sólo superficialmente.
―He
hablado con el Director-General sólo una vez. No acabo de sacar nada en limpio.
Collins
se echó a reír.
―Se
necesita tiempo para acostumbrarse a él; no tiene, indudablemente, la simpatía
fácil del profesor Maxton. Si uno hace una cosa mal, el D.G. le tira a uno de
las orejas, mientras que el profesor le dirige una mirada dolorida que le hace
a uno sentirse como un envenenador profesional de niños. Ambas técnicas son
perfectas, y todo el mundo quiere a sir Robert una vez se ha acostumbrado a él.
Dirk
examinaba la habitación con peculiar interés. Era la típica sala de dibujo con
la iluminación moderna sobre la mesa de los planos situada en una esquina. Las
paredes estaban cubiertas de gráficos y dibujos sobre papel oscuro, alternados
con fotografías, de cohetes dirigiéndose espectacularmente a lejanos puntos. El
sitio de honor estaba dedicado a una vista ampliada de la Tierra tomada a una
altura de, por lo menos, mil millas. Dirk supuso que pertenecía también a la
película que Matthews le había facilitado ver. Sobre la mesa de Collins había
una fotografía de una especie muy diferente; la fotografía de una muchacha muy
linda a quien Dirk creía haber visto un par de veces durante el almuerzo.
Collins debía haber observado su interés, pero en vista de que no daba
explicación alguna, Dirk supuso que no estaba todavía casado y era, como él
mismo, un soltero lleno de optimismo.
―¿Supongo
que ha visto usted nuestro film «La Ruta del Espacio»?―dijo finalmente el
aerodinamista.
―Sí,
me ha parecido muy bueno.
―Ahorra
muchas palabras y expone las ideas básicas con mucha claridad. Pero, desde
luego, está ya un poco pasado de moda, y supongo que está usted todavía un poco
en la oscuridad respecto los últimos adelantos; particularmente la propulsión
atómica del «Prometheus».
―Es
verdad―dijo Dirk―. Para mí es un misterio completo.
Collins
esbozó una leve sonrisa de extrañeza.
―Me
asombra usted―se lamentó―. Bajo un punto de vista técnico es mucho más sencillo
que el motor de combustión interna que todo el mundo conoce perfectamente.
Pero, por una razón u otra, la gente imagina que la propulsión atómica tiene
que ser incomprensible, de manera que no hacen siquiera el esfuerzo para
entenderla.
―Yo
haré el esfuerzo―dijo Dirk riéndose―. A usted le toca hacer lo demás. Pero le
ruego recuerde... que sólo quiero entender lo suficiente para seguir lo que se
está haciendo. No tengo la intención de dedicarme a hacer planos de una nave
del espacio.
3
Creo
poder suponer―dijo Collins con cierta vacilación― que conoce usted los cohetes
de tipo común y que entiende cómo funcionan en el vacío...
―Comprendo―respondió
Dirk― que si se expulsa una gran cantidad de materia desde un artefacto a gran
velocidad tiene forzosamente que producirse una reacción de impulso.
―Bien.
Es sorprendente la cantidad de gente que parece creer que un cohete tiene que
tener «algo contra qué empujarse», como suele invariablemente decir.
Comprenderá usted, por lo tanto, que el inventor de un cohete trata siempre de
alcanzar el máximo posible de velocidad, y un poco más, del chorro que impulsa
la máquina hacia delante. Es obvio que la velocidad del vaciado determina la
velocidad que el cohete conseguirá alcanzar.
»Los
viejos cohetes químicos, como la V-2, tienen velocidades de chorro de una a dos
millas por segundo. Con estos resultados, transportar una carga de una tonelada
a la Luna y regreso hubiera requerido varios miles de toneladas de combustible,
lo cual era impracticable. Lo que todo el mundo buscaba era un suministro de
combustible sin peso. Las reacciones atómicas, que son un millón o más de veces
más poderosas que las químicas, virtualmente nos lo dan. La energía soltada por
las pocas libras de materia de las primeras bombas atómicas hubieron podido
llevar mil toneladas a la Luna..., y regreso.
»Pero
si bien la energía había sido creada, nadie sabía exactamente cómo utilizarla
para la propulsión. Este pequeño problema acaba sólo de ser solucionado ahora,
y han sido necesarios treinta años para producir los ineficientes cohetes
atómicos de que disponemos hoy.
»Mire
el problema desde este punto de vista. En el cohete químico, conseguimos
nuestro vacío propulsor quemando un combustible y dejando a los gases calientes
adquirir velocidad expansionándose a través de una válvula. En otras palabras,
cambiamos calor por velocidad, cuanto más caliente está la cámara de
combustión, más rápidamente saldrá el chorro de ella. Obtendríamos el mismo
resultado si hoy en lugar de quemar combustible calentásemos la cámara de
combustión con alguna fuente exterior. En otras palabras, podemos hacer un
cohete inyectando en él el gas que queramos, incluso aire, a un dispositivo
calentador, y después dejándolo escapar por la válvula. ¿O. K.?
―Sí,
hasta ahora está bastante claro.
―Muy
bien. Ahora bien, como usted sabe, se puede obtener tanto calor como quiera de
una pila atómica haciéndola de materias más y más ricas. Si se pasa usted,
desde luego, la pila se fundirá quedando reducida a un charco de uranio líquido
con carbono formando pompas en la superficie. Mucho antes de que tal cosa
ocurra, todo hombre sensible hubiera salido disparado por encima del horizonte.
―¿Quiere
usted decir que puede estallar como una bomba atómica?
―No,
no podría hacer esto. Pero un horno radiactivo inacercable puede ser tan nocivo
a su manera. De todos modos, no se alarme usted, esto no podría ocurrir si se
tomaban las precauciones más elementales.
»Teníamos,
por consiguiente, que planear una especie de reactor atómico que calentase una
corriente de gas a una temperatura sumamente alta, no de menos de 4.000 grados
centígrados. En vista de que todos los metales conocidos se funden muy por
debajo de esto, el problema nos dio serios dolores de cabeza.
»La
respuesta que dimos es llamada «reactor de foco lineal». Es una larga y delgada
pila de plutonio y el gas es inyectado por uno de los extremos intensamente
caliente en el cual podemos concentrar o enfocar el calor de los elementos
circundantes. En el centro, la temperatura del chorro es de 6.000 grados, más
caliente que el sol, pero donde toca las paredes es sólo de una cuarta parte de
esto.
»Hasta
ahora no le he dicho qué gas vamos a emplear. Supongo que comprende usted que
cuanto más ligero es, estrictamente hablando, cuanto más bajo es su peso
molecular, con mayor rapidez avanzará cuando salga por el chorro. Siendo el
hidrógeno el más ligero de los elementos, sería el combustible ideal, con el
helio como buen sustituto. Tengo que explicarle, al pasar, que seguimos usando
todavía la palabra «combustible», pese a que actualmente no lo quemamos, sino
que lo usamos simplemente como fluido accionador.
―Esta
es una de las cosas que me habían intrigado―dijo Dirk―. Los viejos cohetes
químicos llevaban sus propios tanques de oxígeno, y es un poco desconcertante
ver que los actuales artefactos no llevan nada parecido.
Collins
se rió.
―Podemos
incluso usar helio como «combustible»―dijo―, pese a que no lo quememos, ni
incluso tome parte alguna en ninguna reacción química.
»Ahora
bien, pese a que el hidrógeno es el «fluido accionador», como lo he llamado, es
un elemento imposible de tratar. En estado líquido hierve a una temperatura
fantásticamente baja y es tan ligero que una nave del espacio tendría que
llevar tanques del tamaño de un gasógeno. De manera que lo llevamos combinado
con carbono en forma de metano líquido (CH4) que no es difícil de manejar y
tiene una densidad razonable. En el reactor se transforma en carbono e
hidrógeno. El carbono es un poco molesto y tiende a entorpecer la acción, pero
esto es inevitable. De vez en cuando nos desembarazamos de él cerrando el
chorro principal y regando el motor con un chorro de oxígeno. Se forma un lindo
castillo de fuegos artificiales.
»Este
es pues el principio de los motores de las naves del espacio. Dan velocidades
de expulsión tres veces superiores a las de los cohetes químicos, pero aun así
tenemos que trasportar una enorme cantidad de combustible. Y hay además toda
una serie de problemas de los que no le he hablado; preservar la tripulación de
las radiaciones de la pila era el peor.
»Alfa,
el componente superior del «Prometheus» pesa unas trescientas toneladas de las
cuales doscientas cuarenta son combustible. Si parte de una órbita alrededor de
la Tierra, puede hacer el aterrizaje en la Luna y regreso con una pequeña
reserva.
»Tiene,
como usted sabe, que ser llevada hasta esta órbita, por «Beta». «Beta» es una
máquina voladora de velocidad superalta dotada también de chorros atómicos.
Arranca como un cohete de chorro usando aire como o combustible, y solo conecta
con los tanques de metano cuando sale del plafón de la atmósfera. Como se dará
usted cuenta, el no tener que transportar combustible para la primera parte de
su viaje, ayuda considerablemente.
»Al
despegue, el «Prometheus» pesa quinientas toneladas y es no solamente la más
rápida, sino la más pesada de todas las máquinas voladoras. Para lanzarla al
aire, Westinghouse nos ha construido una pista de lanzamiento eléctrica de
cinco millas de longitud en el desierto. Cuesta casi tanto como la nave misma,
pero desde luego será utilizada una y otra vez.
»Para
resumir, por consiguiente; lanzamos los dos componentes a la vez y suben hasta
que el aire es demasiado tenue para accionar los chorros. Entonces «Beta»
conecta con ella los tanques de combustible y alcanza una velocidad circular de
trescientas millas. «Alfa», desde luego no ha usado todavía combustible, en
realidad, sus tanques están casi vacíos cuando «Beta» lo lleva hacia arriba.
»Una
vez la «Prometheus» ha embarcado el combustible de los dos continentes que
hemos hecho girar alrededor, las dos naves se separan, «Alfa» se acopla a los
tanques por medio de tuberías e inyecta el combustible a bordo. Esto lo hemos
practicado ya y sabemos que es factible. Es llamado aprovisionamiento orbital y
es en realidad la clave de todo el problema porque nos permite realizar el
trabajo en diferentes fases. Sería absolutamente imposible construir un enorme
nave del espacio que pudiese hacer el viaje a la Luna y regreso con una sola
carga de combustible.
»Una
vez «Alfa» está aprovisionada, hace funcionar sus motores hasta conseguir dos
millas suplementarias por segundo a fin de salir de la órbita y alcanzar la
Luna. Llega a la Luna al cabo de cuatro días, permanece en ella una semana y
entonces regresa, entrando en la misma órbita que antes. La tripulación se
traslada a «Beta», que sigue girando pacientemente con su aburrido piloto (que
no tendrá la menor publicidad) y la trae nuevamente a la Tierra. Y eso es todo
lo que hay. ¿Puede ser más sencillo?»
―Me
hace usted extrañarme―dijo Dirk riéndose― de que no se haya hecho hace ya años.
―Esta
es la reacción habitual―dijo Collins contrariado e irónico―. Al forastero no le
es fácil darse cuenta de las terribles dificultades que había que resolver en
casi cada una de las fases del problema. Aquí es donde el tiempo y el dinero
intervienen. Hubiera sido posible, incluso ahora, sin las investigaciones
mundiales que se han estado llevando a cabo durante los últimos treinta años.
La mayor parte de nuestro trabajo era recoger los resultados del trabajo de
otros y adaptarlos a nuestro uso.
―¿Cuánto
diría usted que ha podido costar la «Prometheus»?―preguntó Dirk pensativo.
―Es
casi imposible decirlo. Todas las investigaciones de los laboratorios del mundo
durante dos generaciones, a partir de 1920, han sido consagradas a esta
máquina. A esto hay que añadir los dos billones de dólares que cuesta el
proyecto de la bomba atómica, los centenares de millones de marcos que los
alemanes gastaron en Peenemünde y la serie de millones de libras que el
gobierno británico ha gastado en el desierto australiano.
―De
acuerdo, ¿pero debe usted tener una idea del dinero que en conjunto se gastó en
la «Prometheus» misma?
―Pues,
incluso en esto obtuvimos apoyo técnico impagable... y equipo, por nada. Sin
embargo, el profesor Maxton una vez calculó que la nave costó unos diez
millones de libras en investigaciones y cinco millones en su construcción. Esto
significa, hizo observar alguien, que estamos comprando la Luna a una libra la
milla cuadrada. No parece mucho y, desde luego, las futuras naves costarán
mucho menos. Incidentalmente, me parece que estamos ya casi recuperando los
gastos, con el film y los derechos de la radio. ¡Pero quién se preocupa del
dinero, además!
Sus
ojos se fijaron en la fotografía de la distante Tierra y su voz adquirió
repentinamente un acento pensativo.
«Estamos
conquistando la libertad de todo el Universo, y todo lo que esto implica no
creo que pueda ser valorado en términos de libras y dólares. A la larga, el
conocimiento paga siempre en buena moneda, pero sigue estando todavía fuera de
todo precio.»
4
Las
entrevistas de Dirk con el profesor Maxton y Raymond Collins marcaron un punto
inconscientemente crucial en su manera de pensar y en general, en toda su vida.
Le parecía, quizá erróneamente, que había encontrado la fuente de las ideas que
McAndrews y Matthews le habían comunicado de segunda mano.
Nadie
hubiera podido estar más alejado del tipo del científico de la ficción
fríamente apasionado, que el Secretario del Director-General. Era no solamente
un ingeniero de primera clase, sino que se daba cuenta de una manera obvia de
la importancia de su trabajo. Hubiera sido apasionante descubrir los motivos
que lo habían llevado, a él y a sus colegas, a aquel campo de actividades. La
codicia del poder personal no parecía una explicación verosímil en los casos
que Dirk había conocido. Tenía que ser cauteloso con ciertas ilusiones, pero
aquellos hombres parecían tener unos desinteresados proyectos que eran muy
reconfortantes. El Interplanetario estaba inspirado por un celo misionero que
la competencia técnica y un sentido del humor habían librado del fanatismo.
Dirk
se daba sólo parcialmente cuenta de los efectos que su nuevo ambiente estaba
produciendo en su carácter. Iba perdiendo mucha de su desconfianza; la idea de
conocer gente extraña, que no hacía mucho tiempo le producía una cierta
aprensión, no lo preocupaba ya. Por primera vez en su vida se encontraba entre
hombres que estaban dando forma al futuro y no meramente interpretando el
caduco pasado. Aunque no era más que un espectador, empezaba a compartir sus
emociones y sentir sus triunfos y fracasos.
«Estoy
muy impresionado», escribió en su diario aquella noche, «por el Profesor Maxton
y su personal. Parecen tener un punto de vista de las aspiraciones del
Interplanetario mucho más claro y vasto que el personal no-técnico que hasta
ahora he conocido. Matthews, por ejemplo, está siempre hablando del avance
científico que alcanzaremos una vez hayamos llegado a la Luna. Quizá porque dan
esta clase de cosas por descontadas, los científicos parecen a su vez más
interesados por las repercusiones culturales y filosóficas, pero no tengo que
generalizar a causa de algunos casos que pueden no ser típicos.»
«Me
parece que tengo ya una visión muy clara del conjunto de la organización. Ahora
se trata solamente de ir añadiendo detalles, y me será posible hacerlo gracias
a mis notas y a la cantidad de fotostatos que he recogido. No tengo ya la
impresión de ser un forastero contemplando el trabajó de una máquina
incomprensible. En realidad, ahora me siento como si formase ya parte de la
organización..., si bien no tengo que dejarme absorber demasiado por ella. Es
imposible ser neutral, pero un poco de independencia es necesaria.»
«Hasta
ahora he conservado ciertas dudas y vacilaciones acerca del vuelo por el
espacio. Sentía, de una manera subconsciente, que era algo demasiado grande
para el hombre. Como Pascal, me sentía aterrado por el silencio y el vacío del
infinito espacio. Ahora veo que estaba equivocado.» sí «El error que cometía
era la eterna obsesión de aferrarse al pasado. Hoy conozco hombres que piensan
en millones de millas con la misma naturalidad que yo pensaba en centenares de
ellas. En otros tiempos mil millas era una distancia que escapaba a toda
comprensión y no obstante hoy es una distancia que se recorre entre las dos
comidas. La escala de velocidad tiene que cambiar nuevamente en breve y con una
rapidez sin precedentes.»
«Los
planetas, ahora lo comprendo, no están más lejos de lo que nuestra imaginación
los sitúa. La nave «Prometheus» no necesitará más allá de cien horas para
alcanzar la Luna, sin dejar un instante de hablar con Tierra; los ojos del
mundo estarán fijos sobre ella. ¡Cuan insignificante parece hoy un viaje
interplanetario si lo comparamos con las semanas y los meses y los años de los
grandes viajes del pasado!»
«Todo
es relativo, y el tiempo llegará a serlo también cuando nuestras mentes
abarquen todo el Sistema Solar como hoy abarcan la Tierra. Entonces, supongo,
cuando los científicos miren pensativamente hacia los estrellas, muchos
gritarán: "¡No queremos el vuelo interestelar! ¡Los nueve planetas les
bastaban a nuestros abuelos y por lo tanto tienen que bastarnos a
nosotros!"»
Dirk
dejó su pluma con una sonrisa y dejó que su imaginación vagase por el reino de
la fantasía. ¿Se enfrentaría jamás el hombre con este maravilloso reto mandando
sus naves a los insondables golfos que separan las estrellas? Recordaba una
frase que un día había leído: «Las distancias interplanetarias son un millón de
veces mayores que las que estamos acostumbrados en la vida cotidiana, pero las
distancias interestelares son un millón de veces más grandes todavía.» Su mente
se tambaleaba ante el misterio, pero seguía aferrándose a la frase: «Todo es
relativo». En unos cuantos miles de años, el hombre ha pasado del remo a la
nave del espacio. ¿Qué será capaz de hacer todavía en el seno de los eones que
se extiende delante de él?
5
Sería
falso afirmar que los cinco hombres sobre los cuales estaban fijas las miradas
de todo el mundo en aquellos momentos se consideraban como unos osados
aventureros dispuestos a arriesgar sus vidas en un maravilloso juego
científico. Eran unos técnicos prácticos y obstinados sin la menor intención de
jugar juego alguno, en todo caso, en cuanto a sus vidas hacía referencia. Había
un riesgo, desde luego, pero un riesgo se corre cuando uno toma el tren de las
8.10 para la City.
Cada
cual había reaccionado a su manera ante la publicidad de la última semana. La
habían esperado, y se encontraban preparados. Hassell y Leduc habían atraído ya
las miradas del público en otras ocasiones y sabían cómo aguantarlas evitando
la parte más enojosa. Los otros tres miembros de la tripulación, al ver caer
sobre ellos la fama, mostraron una tendencia a agruparse buscando una mutua
protección. Este gesto les fue fatal, porque los hacía fácil pasto para los
periodistas.
Clinton
y Taine estaban todavía poco acostumbrados a ser interviuados para gozar con
ello, pero su colega canadiense Jimmy Richards lo odiaba. Sus respuestas, no
excesivamente corteses al principio, se fueron haciendo progresivamente más y
más bruscas a medida que pasaba el tiempo y se iba cansando de contestar las
mismas preguntas ad nauseam. En una famosa ocasión, al verse acorralado por una
dama reportero, particularmente indiscreta, su actitud fue bastante menos que
galante. Según la descripción más tarde propalada por Leduc, la interviú se
desarrolló más o menos de esta forma:
―Buenos
días, mister Richards. ¿Espero que no tendrá usted inconveniente en contestarme
algunas preguntas para el West Kensington Clarion...?
Richards
(enojado, pero todavía bastante amable):
―Desde
luego, pero tengo que reunirme con mi mujer dentro de unos minutos.
―¿Lleva
usted mucho tiempo casado?
―Unos
doce años.
―¡Oh!...
¿Hijos?
―Dos.
Las dos niñas, si mal no recuerdo.
―¿Aprueba
su esposa que vuele usted fuera de la Tierra de esta forma?
―Ella
sabrá lo que hace.
(Pausa,
durante la cual la periodista se dio cuenta de que su ignorancia de la
taquigrafía no le representaba un handicap.)
―¿Supongo
que siempre ha sentido usted el ansia de ir hacia las estrellas y... eh...
plantar el pabellón de la humanidad en otros mundos?
―Ni
hablar. Jamás pensé en ello hasta hace un par de años.
―¿Entonces
cómo ha sido usted elegido para este vuelo?
―Porque
soy el segundo ingeniero atómico de este mundo.
―¿Siendo
el primero...?
―El
Profesor Maxton, que tiene demasiado valor para arriesgarse.
―¿Se
siente usted algo nervioso?
―¡Oh,
sí! Tengo mucho miedo a las arañas, a los charcos de plutonio de más de un pie
de ancho y a todo lo que mete ruido por la noche.
―Me
refiero..., ¿siente usted algún nerviosismo por este viaje?
―Tengo
un miedo cerval. Ya ve usted que estoy temblando. (Hace una demostración con
avería menor en los muebles.)
―¿Qué
espera usted encontrar en la Luna?
―Mucha
lava y poca cosa más.
(La
periodista adoptando una actitud inquieta y visiblemente dispuesta a dar por
terminada la interviu.)
―¿Espera
usted encontrar alguna vida en la Luna?
―Es
muy probable. En cuanto aterricemos espero oír un golpe en la puerta y una voz
que diga: «¿Tendría usted inconveniente en contestar algunas preguntas para el
Selenites Weekly?»
No
todas las intervius, desde luego, se desarrollaron siguiendo estas normas y hay
que decir en honor a Richards que éste siempre juró que todo había sido
inventado por Leduc. La mayoría de los periodistas que actuaban en el
Interplanetario eran graduados en ciencias que habían emigrado al periodismo.
Su tarea era en cierto modo ingrata y desagradecida, porque el mundo
periodístico los consideraba unos desertores, mientras el mundo científico los
tenía por unos apóstatas y marrulleros.
Quizá
ningún punto había atraído tanto la atención del mundo como el hecho de que dos
de los cinco miembros de la tripulación eran meros reservas destinados a
permanecer en la Tierra. Durante algún tiempo el número de combinaciones
posible llegó a ser tan popular que los «bookmakers» comenzaron a interesarse
por el asunto. Era creencia general que siendo Hassell y Leduc ambos pilotos de
cohete, uno de ellos, pero no los dos, sería elegido. Pudiendo este género de
discusión tener efectos nocivos sobre los hombres, el Director General
manifestó claramente que este argumento carecía totalmente de valor. Debido a
su entrenamiento, cualquier combinación de tres hombres formaría una
tripulación apta y eficiente. Insinuó, sin hacer una declaración formal, que la
elección final podía en todo caso hacerse a la suerte. Nadie, y menos aún
ninguno de los cinco hombres afectados, era de esta creencia.
La
preocupación de Hassell por su futuro hijo había llegado a ser del dominio
público, lo cual no arreglaba las cosas. Al principio sólo había sido un vago
recelo mental que había estado en condiciones de ocultar, pero a medida que
pasaban las semanas había ido preocupándolo más y más hasta que su eficiencia
llegó a fallar. Cuando se dio cuenta de ello, su preocupación aumentó y el
proceso alcanzó su apogeo.
No
siendo su temor una cosa personal, sino que afectaba a una persona amada, y
teniendo además un fundamento lógico, poco era lo que podían hacerle los
psicólogos. No podían proponerle, por ejemplo, tratándose de un hombre de su
carácter y temperamento, que pidiese su retiro de la expedición. No podían
hacer más que observar y esperar; y Hassell sabía perfectamente lo que estaban
esperando.
6
Dirk
pasó poco tiempo en Southbank durante los días que precedieron el éxodo. Allí
era imposible trabajar; los que se iban a Australia estaban demasiado ocupados
haciendo sus equipajes y poniendo en orden sus asuntos, mientras los que se
quedaban no parecían muy dispuestos a colaborar. El irreprensible Matthews
había sido uno de los sacrificados; McAndrews lo dejaba en representación suya.
Era una decisión muy razonable, pero los dos hombres no se dirigían ya la
palabra. Dirk estaba muy contento de mantenerse alejado de su camino,
especialmente habiéndose mostrado un poco vejados por su deserción al mundo de
los científicos.
Veía
también muy poco a Maxton y Collins porque el departamento técnico estaba en un
estado de tumulto organizado. Por lo visto se había llegado a la decisión de
que en Australia se necesitaría todo. Sólo Sir Robert Derwent parecía
completamente feliz en medio del desorden y Dirk quedó bastante sorprendido al
recibir su llamada una mañana. Ocurrió casualmente uno de los raros días en que
se encontraba en el Cuartel General. Era su primera entrevista con el
Director-General desde su breve visita del día de su llegada.
Entró
con cierta timidez pensando en todas las historias que había oído referir sobre
él. El D.G. se dio probablemente cuenta y comprendió su desconfianza porque
hubo en sus ojos una franca sonrisa de afabilidad mientras le estrechaba la
mano y le ofrecía asiento.
La
habitación no era mayor que la mayoría de las otras que había visto en
Southbank, pero su situación en la esquina del edificio le daba una vista sin
rival. Desde allí se dominaba toda la orilla del río desde Charing Cross hasta
el Puente de Londres.
Sir
Robert no perdió tiempo y fue derecho al grano.
―El
Profesor Maxton me ha hablado de su misión―dijo―. ¿Supongo que nos tiene usted
a todos medidos y pesados, a punto de ser archivados para ser examinados por la
posteridad...?
―Espero,
Sir Robert―dijo Dirk sonriendo―, que el resultado final no será tan extático
como esto. No estoy aquí principalmente para registrar los hechos, sino las
influencias y motivos.
El
Director-General golpeó ligeramente la mesa y tranquilamente dijo:
―¿Y
cuáles son los motivos, a su juicio, que alientan nuestro trabajo?
La
pregunta, por su claridad e intención, dejó a Dirk algo perplejo.
―Son
muy complejos―comenzó diciendo, a la defensiva―. Provisionalmente, yo diría que
pueden dividirse en dos clases, material y espiritual.
―Consideraría
bastante difícil imaginar otra categoría―dijo el D.G. sonriendo.
Dirk
esbozó una sonrisa ligeramente embarazada.
―Quizá
haya generalizado demasiado―dijo―. Lo que quiero decir es esto: los primeros
hombres que adelantaron la idea de un viaje interplanetario eran unos
visionarios enamorados de un sueño. El hecho de que fuesen a la vez técnicos no
tiene importancia: eran, esencialmente, artistas que usaban su ciencia para
crear algo nuevo. Si el vuelo por el espacio hubiese sido una cosa sin uso
práctico concebible, hubiesen sentido exactamente el mismo deseo de realizarlo.
»Este
es el motivo espiritual, como lo he llamado. Quizá «intelectual» sería la
expresión más apropiada. Es imposible analizarlo más allá, porque representa un
impulso básico humano, el de la curiosidad. Por el lado material, tienen
ustedes ahora la visión de grandes y nuevas industrias y procesos de ingeniería
y el deseo de crear compañías de comunicación de un billón de dólares, para
reemplazar los millares de transmisoras de superficie por dos o tres estaciones
en el espacio. Este es el aspecto Wall Street de la imagen, que, desde luego,
tiene que venir mucho después.
―¿Y
cuál de estos motivos?―dijo Sir Robert, apremiando implacablemente―
consideraría usted el predominante aquí?
Dirk
empezaba ya a sentirse completamente a sus anchas.
―Antes
de venir a Southbank―dijo― imaginaba el Interplanetario, cuando pensaba en él,
como un grupo de técnicos en busca de dividendos científicos. Esto es lo que
pretenden ustedes ser y engañan a mucha gente. La descripción puede ser
aplicable a algunos de los grados intermedios de su organización, pero no es
verdad en su alto grado.
Dirk
tendió su arco y lanzó una larga flecha al invisible blanco que se hallaba en
la oscuridad.
―Creo
que el Interplanetario es dirigido, y ha sido dirigido siempre, por
visionarios, poetas, si usted quiere, que son casualmente también científicos.
Algunas veces el disfraz no es muy bueno.
Hubo
un momento de silencio. Después Sir Robert, en una voz en cierto modo retenida,
si bien había en ella un cierto rasgo de ironía, dijo:
―Es
una acusación que nos ha sido dirigida ya otras veces. No lo hemos negado
nunca. Alguien dijo que toda forma de actividad humana es una especie de juego.
No nos damos vergüenza de querer jugar con naves del espacio.
―Y
durante el curso de su juego―dijo Dirk― cambiarán ustedes el mundo y quizá el
Universo.
Miró
a Sir Robert con una nueva comprensión. No veía ya en él aquella cabeza
decidida de bulldog, con su ancha frente, porque súbitamente había recordado la
descripción que Newton hizo de sí mismo, comparándose a un chiquillo recogiendo
brillantes guijarros de colores en las orillas del océano del saber.
Sir
Robert Derwent, como todos los grandes científicos, era este chiquillo. Dirk lo
creía así; en un análisis final, hubiera sido capaz de cruzar el espacio sin
más objeto que ver la Tierra girar día y noche sobre los brillantes picos de la
Luna, o los anillos de Saturno, en todo su inimaginable esplendor, franqueando
el espacio hasta su más próxima luna.
7
El
hecho de saber que aquel era su último día en Londres llenaba a Dirk de un
culpable pesar. Pesar, porque no había visto prácticamente nada de la ciudad;
culpable porque no podía dejar de reconocer que esto era en parte culpa suya.
Verdad era que había estado terriblemente ocupado pero mirando atrás, hacia las
semanas transcurridas, era difícil creer que sólo había estado dos veces en el
British Museum y en la catedral de San Pablo sólo una. No sabía cuándo volvería
a ver Londres, porque tenía que regresar directamente a América.
Hacía
un día más bien frío y era probable que más tarde lloviese. No tenía en su casa
nada que hacer porque todos sus papeles habían sido enviados ya y le precedían
estando ya a medio viaje alrededor del mundo. Había dicho adiós a la mayoría de
los miembros del Interplanetario, a quienes no volvería a ver más y a los otros
tendría que verlos todavía en el aeropuerto de Londres la mañana siguiente a
primera hora. Matthews, que le había cobrado al parecer un gran afecto, lo
había despedido casi con lágrimas en los ojos e incluso sus compañeros de
lucha, Sam y Bert, habían insistido en dar una pequeña fiesta de despedida en
la oficina. Cuando se alejó de Southbank por última vez, Dirk se dio cuenta con
el corazón encogido, de que estaba diciendo adiós también a una de las épocas
más felices de su vida. Había sido feliz porque había estado ocupado, porque
había puesto en juego todas sus posibilidades hasta el máximo y, por encima de
todo, porque había vivido entre hombres cuyas vidas tenían un propósito que ellos
sabían mayor que ellos mismos.
Entre
tanto, tenía un día libre delante de él y no sabía en qué ocuparlo.
Teóricamente, esta situación podía ser considerada imposible; y, no obstante,
era así.
Entró
en una apacible plazuela preguntándose si había sido prudente salir sin
impermeable. Estaba sólo a algunos metros de la Embajada donde tenía un pequeño
asunto que solventar, y tuvo la osadía de tomar un camino que creyó más corto.
Como resultado de ello se encontró perdido al poco tiempo en el dédalo de
callejuelas y «culs-de-sac» que hacen de Londres una continua fuente de
exasperantes deleites. Sólo el afortunado encuentro del monumento a Roosevelt
le permitió orientarse de nuevo.
Un
almuerzo en compañía de uno de sus amigos de la Embajada en su club favorito
ocupó la primera parte de la tarde y por fin quedó abandonado a sus propios
recursos. Podía ir donde quisiera, podía visitar lugares que de otra manera
siempre más lamentaría haber omitido. Y, sin embargo, una especie de inquieto
letargo le imposibilitaba de hacer otra cosa que vagar sin rumbo por las
calles. El sol había finalmente afirmado sus derechos y la tarde era tibia y
agradable. Era agradable recorrer las callejuelas alejadas y tropezar con algún
edificio más antiguo que los Estados Unidos... ostentando, sin embargo,
letreros como «Grosvenor Radio & Electronic Corporation» o «Provincial
Airways Ltd.».
A
última hora de la tarde Dirk salió a un sitio que juzgó tenía que ser Hyde
Park. Durante una hora anduvo rondando por las avenidas manteniéndose siempre a
la vista de las calles adyacentes. El Albert Memorial lo dejó paralizado de
incredulidad durante algunos minutos, pero finalmente huyó de su hipnótico
hechizo y decidió cortar a través del parque hasta Marble Arch.
Había
olvidado la apasionada oratoria por la cual el lugar era famoso, y era
ciertamente muy divertido ir de un grupo a otro escuchando los oradores y sus
críticos. ¿Qué podía haber dado a la gente la extravagante idea de que el
inglés era reservado y poco comunicativo?, se preguntaba...
Durante
algún tiempo permaneció subyugado por un dúo entre un orador y su contrincante
durante el cual ambos sostenían con igual pasión que Karl Marx había... o no
había... hecho una cierta observación. A Dirk le fue imposible averiguar de qué
observación se trataba y empezaba a sospechar que los mismos contrincantes lo
habían olvidado hacía ya tiempo también. De cuando en cuando, oportunas
intervenciones eran procuradas por el subyugado auditorio, que no tenía con
toda seguridad una opinión muy arraigada sobre la materia, pero quería mantener
hirviente la marmita.
El
siguiente orador estaba consagrándose a demostrar, al parecer con la ayuda de
los textos de la Biblia, que el Día del Juicio estaba próximo. Aquello recordó
a Dirk los apocalípticos profetas del angustioso año 999 d.J.; ¿estarían sus
sucesores diez siglos después haciendo la predicción del año 1999, ya próximo a
sonar, como fecha del Juicio Final? Le era difícil dudarlo. Bajo muchos
conceptos, la naturaleza humana cambia muy poco; los profetas seguían
seguramente allí, y siempre habría alguien dispuesto a creérselos.
Pasó
a un nuevo grupo. Un público escaso pero sumamente atento estaba reunido
alrededor de un hombre de edad, con cabello blanco, que estaba dando una
conferencia, una conferencia extraordinariamente bien documentada, sobre
filosofía. No todos los oradores, pensó Dirk, eran unos charlatanes. Aquel
conferenciante podía muy bien ser un maestro de escuela retirado con tan
arraigadas opiniones sobre la educación de los adultos que se sentía impelido a
predicar en el mercado ante todo el que le quisiera escuchar.
Su
discurso giraba sobre la vida, su origen y su destino. Sus ideas, como las de
su auditorio, estaban sin duda influenciadas por aquel monstruo alado que yacía
en el desierto, en la otra parte del mundo, porque en aquel momento empezaba a
hablar de la astronómica escena en la cual el extraño drama de la vida se
estaba representando.
Hizo
una viva descripción del sol y sus circulantes planetas, llevándose con él los
pensamientos de sus adeptos de mundo en mundo. Tenía el don de las frases
pintorescas, y si bien Dirk no estaba muy seguro de que se ciñese a los
conocimientos científicos aceptados, la impresión general que daba era bastante
justa.
Al
diminuto Mercurio, brillando bajo su enorme sol, lo describió como «un mundo de
ardientes rocas, bañado por horrendos océanos de metal fundido». Venus, la
hermana de Tierra, estaba para siempre oculta a nuestros ojos por aquellas
eternas nubes que no se apartaron jamás durante todos los siglos que los
hombres han estado buscándola. Bajo esta manta nebulosa podían haber océanos y
selvas y el murmullo de una extraña vida. O podía no haber nada más que un
desnudo desierto azotado por vientos abrasadores.
Habló
de Marte; y pudo verse un murmullo de redoblada atención entre el público. A
cuarenta millones de millas más allá del Sol, la naturaleza ha marcado su
segundo punto. Allí había vida también; era fácil ver el cambio de colores que
en nuestro mundo corresponden al cambio de estaciones. Aunque en Marte había
poca agua y su atmósfera era estratosféricamente tenue, la vegetación y acaso
la vida animal podían existir. De la inteligencia, no había prueba alguna
concluyente.
Más
allá de Marte, los gigantescos mundos exteriores yacían en la helada penumbra
que iba haciéndose tenue y fría a medida que el sol se iba convirtiendo en una
lejana estrella. Júpiter y Saturno estaban sumidos en atmósferas de centenares
de millas de profundidad, atmósferas de metano y amoníaco, azotadas por
huracanes que podíamos observar a través de medio billón o más de millas de
espacio. Si en aquellos extraños planetas exteriores, y aun en los mundos más
alejados y más fríos, había vida tenía que ser la cosa más fantástica que nadie
fuese capaz de imaginar. Sólo en la zona temperada del Sistema Solar, en
estrecho cinturón, en el que flotaban Venus, Marte y la Tierra, podía haber
vida tal como nosotros la conocemos.
¡Vida
tal como nosotros la conocemos! ¡Y cuan poco sabemos! ¿Qué derecho tenemos
nosotros, en nuestro minúsculo mundo, de pretender dar la pauta de todo el
Universo? ¿Puede acaso la vanidad ir más lejos?
El
Universo no era hostil a la vida sino meramente indiferente. Su misma rareza
era una oportunidad y un reto, un reto que la inteligencia aceptaría. Shaw
había dicho la verdad, hace cincuenta años, cuando puso estas palabras en boca
de Lilith, que compareció delante de Adán y Eva:
«Sólo
la Vida no tiene fin; y si bien de sus millones de estrelladas mansiones muchas
están vacías y muchas todavía no construidas, y pese a que sus vastos dominios
son hasta ahora un insoportable desierto, mi semilla puede un día llenarlos y
dominarlos hasta sus más extremos confines.»
La
clara y culta voz se desvaneció y Dirk se pudo dar mejor cuenta de cuanto le
rodeaba. Había sido un curioso experimento; hubiera querido saber algo más del
orador que estaba ahora desmontando su pequeño estrado y disponiéndose a
llevárselo en una desmantelada carretilla. La muchedumbre iba dispersándose por
los alrededores buscando nueva distracción. De vez en cuando frases más o menos
perceptibles le decían a Dirk que otros oradores seguían operando a pleno
rendimiento.
Dirk
dio media vuelta para marcharse y en aquel momento vio un rostro conocido. Por
un momento fue cogido vivamente por la sorpresa; la coincidencia parecía
demasiado improbable para que fuese verdad.
En
medio de la muchedumbre, a pocos pasos de él, estaba Victor Hassell.
8
Maude
Hassell no había necesitado complicadas explicaciones cuando su marido le dijo
que se iba a «dar una vuelta por el Parque». Comprendió perfectamente y sólo
expresó su esperanza de que no fuese reconocido y de que estuviese de vuelta
para el té. Ambos anhelos estaban destinados a causar un desengaño, tal como
estaba segura de que ocurriría.
Victor
Hassell había vivido en Londres casi toda su vida, pero sus primeras
impresiones de la ciudad eran todavía vivas y seguían ocupando el primer lugar
en sus afectos. Siendo estudiante de ingeniero vivió en el barrio de Paddington
y cada día iba al colegio atravesando Hyde Park y Kensigton Gardens. Cuando
pensaba en Londres no imaginaba calles populosas ni edificios famosos en el
mundo, sino apacibles avenidas de árboles y vastos jardines, y las anchas
arenas de Rotten Row en las cuales los matinales jinetes domingueros seguirían
todavía galopando en sus hermosos caballos cuando las primeras naves de la
humanidad regresasen de las estrellas. Y no tenía ninguna necesidad de recordar
a Maude su primer encuentro en las orillas del Serpentino, hacía sólo dos años,
pero ya alejado de toda una vida. A todos estos sitios tenía ahora que decirles
adiós.
Pasó
algún tiempo en South Kensington, paseando por delante de los viejos colegios
que ocupaban en sus recuerdos una parte tan importante. No habían cambiado; los
estudiantes eran los mismos que en sus tiempos, con sus reglas de cálculo en el
bolsillo, como él. Parecía un poco extraño pensar que hacía casi un siglo H.G.
Wells había sido uno de los más estudiosos y aplicados discípulos.
Dejándose
llevar por el impulso, Hassell entró en el Museo de Ciencia y se detuvo, como
había hecho tantas veces de chiquillo, delante de la copia del biplano de
Wright. Hacía treinta años la máquina original había estado colgada en aquella
vasta galería, pero hacía ya muchos que había sido devuelta a los Estados
Unidos y pocos recordaban ya la encarnizada lucha de Orville Wright con la
Smithsonian Institution que fue causa de su destierro.
Setenta
y cinco años, una larga vida, no más, se extendían entre el frágil armazón de
madera que había volado algunos metros sobre el suelo de Kitty Hawk y el enorme
proyectil que en breve sería mandado a la Luna. Y no dudaba de que en el
trascurso de otra vida, el «Prometheus» parecería tan extraño y primitivo como
ahora aquel insignificante biplano suspendido sobre su cabeza.
Al
salir a Exhibition Road, Hassell encontró un sol radiante. Hubiera podido estar
algún tiempo más en el museo pero vio demasiada gente que lo estaba mirando con
excesivo interés. Sus probabilidades de pasar desapercibido eran, imaginó,
probablemente, muchas menos en el interior de aquel museo que en cualquier otra
parte del mundo.
Cruzó
lentamente el parque por aquellos senderos que tan bien conocía, deteniéndose
algunas veces para contemplar panoramas que quizá no volvería a ver nunca más.
No había nada morboso en el hecho de que se diese cuenta de ello; podía incluso
apreciar con cierta indiferencia la creciente intensidad que daba a sus
emociones. Como la mayoría de los hombres, Victor Hassell tenía miedo a la
muerte; pero había ocasiones en que un cierto riesgo estaba justificado. Esto,
en todo caso, había sido verdad cuando sólo tenía que pensar en sí mismo. Su
único deseo era poder demostrar que seguía siendo verdad ahora, pero hasta
entonces había fracasado en su intento.
No
lejos de Marble Arch había un banco dónde Maude y él se habían sentado muchas
veces antes de su matrimonio. Allí se había declarado muchas veces, y ella lo
había rechazado casi, pero no del todo, otras tantas. Se alegró de ver que en
aquel momento estaba desocupado y se dejó caer en él con un suspiro de
satisfacción.
Su
satisfacción tuvo, sin embargo, corta vida, pues pocos minutos después se sentó
también un anciano caballero con una pipa y el Manchester Guardian. (Que
alguien se propusiese guardar Manchester era una cosa que siempre había
asombrado en extremo a Hassell.) Decidió marcharse, después de un intervalo,
pero antes de que pudiese hacerlo sin parecer descortés hubo una nueva
interrupción. Dos muchachos que habían estado jugando en la calle iniciaron
súbitamente un viraje a estribor y se dirigieron al banco. Lo miraron fijamente
con aquella inexpresión que tienen algunos chiquillos y el mayor de ellos le
dijo en tono de acusación: «¡Oiga, mister, no es usted Vic Hassell?»
Hassell
les dirigió una mirada escrutadora. Se veía claramente que eran hermanos y
formaban una pareja francamente desagradable. Se estremeció ligeramente al
darse cuenta de hasta qué punto el parentesco depende del azar.
En
circunstancias normales, Hassell hubiera contestado afirmativamente a la
acusación, pues no había olvidado muchos de sus entusiasmos escolares. Hubiera
incluso contestado en este mismo sentido si se hubiesen dirigido a él de una
forma más cortés, pero aquellos dos rapaces parecían estar haciendo oposiciones
a la Academia del Dr. Fagin para Jóvenes Delincuentes.
Los
miró fijamente, y en su mejor acento de Mayfair circa 1920, dijo:
―Son
las tres y media y no tengo cambio de seis peniques.
Ante
este magistral non sequitur, el más joven de los dos se volvió hacia su hermano
y le dijo con calor:
―¡Hey,
George, ya te he dicho yo que no lo era!
El
otro lo estranguló lentamente tirando de su corbata y prosiguió como si nada
hubiese ocurrido.
―Usted
es Vic Hassell, el tío del cohete.
―¿Es
que me parezco a Mr. Hassell?―dijo Hassell en tono de indignada sorpresa.
―Sí.
―Es
curioso, no me lo habían dicho nunca.
Esta
declaración podía ser tendenciosa, pero era la pura verdad. Los dos muchachos
lo miraron pensativos; el más joven se permitía ya el lujo de volver a
respirar. Súbitamente George apeló al lector del Manchester Guardian, si bien
había un cierto tono de duda en su voz.
―¿Eh,
nos está engañando, mister, no es verdad?
Por
encima del periódico un par de lentes asomaron y lo miraron con expresión de
búho. Después se fijaron en Hassell que empezaba a sentirse incomodado. Hubo un
silencio largo, reflexivo. Después el desconocido golpeó su periódico y dijo
severamente.
―Aquí
hay una foto de mister Hassell. La nariz es completamente diferente. Y ahora
largaos, por favor.
La
barricada de papel volvió a elevarse. Hassell miró a lo lejos, ignorando a sus
inquisidores que siguieron mirándolo incrédulos durante otro minuto.
Finalmente, con gran alivio por su parte, empezaron a alejarse, sin dejar de
discutir.
Hassell
se estaba preguntando si tenía que dar las gracias a su desconocido defensor,
cuando éste dobló el periódico y se quitó las gafas.
―¿Sabe
usted―dijo con una ligera tosecilla― que hay una sorprendente semejanza?
Hassell
se estremeció. Pensó si tenía que confesar la verdad, pero decidió no hacerlo.
―Si
tengo que decir la verdad―confesó―, me ha causado ya algunas molestias.
El
desconocido lo miró fijamente, si bien en sus ojos había una mirada nebulosa,
lejana.
―¿Se
van a Australia mañana, verdad?―dijo retóricamente―. ¿Supongo que no tienen más
de un cincuenta por ciento de probabilidades de volver de la Luna, verdad?
―Yo
diría que tienen muchas más.
―De
todos modos, hay una probabilidad, y me parece que el joven Hassell debe estar
en estos momentos preguntándose si volverá a ver Londres alguna vez... Sería
interesante saber qué debe estar haciendo; se podrían aprender muchas cosas,
con él.
―Así
lo creo―dijo Hassell, agitándose nervioso en su asiento y preguntándose cómo
podría hacerlo para marcharse.
El
desconocido, sin embargo, estaba de humor locuaz.
―Aquí
hay un artículo―dijo, agitando su arrugado periódico― sobre las implicaciones
del vuelo al espacio y los efectos que puede producir en la vida cotidiana;
todas estas cosas están muy bien, pero ¿cuándo nos van a dejar tranquilos?
―No
acabo de entenderlo―dijo Hassell, sin una completa sinceridad.
―En
este mundo hay sitio para todos y si lo gobernamos debidamente no encontraremos
ninguno mejor, aunque andemos rondando por el Universo.
―Quizá
apreciemos verdaderamente la Tierra una vez hayamos hecho esto que usted
dice―dijo Hassell.
―¡Sí,
más locos todavía! ¿Es que no vamos a estar nunca tranquilos y vivir en paz?
Hassell,
que había oído ya este argumento otras veces esbozó una sonrisa.
―El
sueño de los Comedores de Loto―dijo― es una agradable fantasía para el individuo,
pero sería la muerte para la raza.
Sir
Robert Derwent había hecho una vez esta observación y había llegado a ser la
cita favorita de Hassell.
―¿Los
«Comedores de Loto»? Veamos... ¿qué dice Tennyson sobre ellos? Nadie lo lee
hoy...
«¿Puede
hallarse acaso la Paz
trepando
siempre por la ascendente ola?...»
―Bien,
joven, ¿qué le parece?
―Para
alguna gente, sí―dijo Hassell―. Y quizá cuando el vuelo por el espacio sea un
hecho se precipite todo el mundo hacia los planetas y dejen los «Comedores de
Loto» a sus sueños. Esto contentaría a todo el mundo.
―¿Y
los humildes heredarán la Tierra, verdad?―dijo su compañero, que por lo visto
tenía una mentalidad literaria.
―Puede
decirlo así―dijo Hassell mirando automáticamente su reloj decidido a no
enzarzarse en una discusión que sólo podía dar un resultado―. ¡Dios mío, tengo
que marcharme! Gracias por la conversación.
Se
levantó para marcharse, convencido de haber guardado su anonimato bastante
bien. El desconocido le dirigió una curiosa sonrisa y tranquilamente, dijo:
―Adiós...―Esperó
a que Hassell se hubiese alejado veinte pies y levantando la voz le gritó―: ¡Y
buena suerte... Ulises!
Hassell
se detuvo en seco; después dio media vuelta y volvió sobre sus pasos, pero el
otro estaba ya dirigiéndose a buen paso en dirección de High Park Corner. Vio
la alta y demacrada silueta perderse entre la muchedumbre y sólo entonces se
dijo, con voz explosiva:
―¡Vaya
por Dios...!
Y
encogiéndose de hombros se dirigió hacia Marble Arch pensando escuchar una vez
más los espontáneos oradores que tanto lo habían divertido durante su juventud.
Dirk
no necesitó mucho tiempo para comprender que, bien pensado, la coincidencia no
era tan sorprendente como parecía. Hassell, recordó, vivía en el West London.
¿Qué más natural que también él estuviese dirigiendo las últimas miradas a la
ciudad? Podía incluso ser su última mirada, en un sentido más estricto que en
el caso de Dirk.
Sus
ojos se encontraron a través de la muchedumbre. Hassell le dirigió una señal de
reconocimiento, pero Dirk no creía que pudiese recordar su nombre. Se abrió
paso a través de la muchedumbre y fue a presentarse al joven piloto. Hassell
hubiera probablemente preferido que lo dejasen en paz, pero le fue difícil dar
media vuelta sin decir nada. Más aún, siempre había sentido deseos de conocer
al inglés y aquella oportunidad era demasiado buena para dejarla escapar.
―¿Ha
oído usted el último discurso?―pregunto a modo de inicio de conversación.
―Sí―respondió
Hassell―. Pasaba por aquí casualmente y he oído lo que estaba diciendo el tipo
éste. Lo he visto ya muchas veces por aquí. Es uno de los ejemplares más
sensatos. ¿Todo esto es un galimatías, no cree usted?―Se echó a reír y señaló
hacia el grupo de gente con el brazo.
―Mucho―respondió
Dirk―. Pero me alegro de haber visto la máquina en acción: Es verdaderamente
curioso.
Mientras
hablaba iba estudiando a Hassell atentamente. No era cosa fácil juzgar de su
edad, que podía oscilar entre los veinticinco y los treinta y cinco años. Era
de corpulencia ligera, con las facciones duras y el cabello castaño y lacio.
Una cicatriz, producto de su primer accidente de aviación, cruzaba
diagonalmente su mejilla izquierda, pero sólo era visible cuando la piel se
ponía tirante.
―Después
de oír este sermón―dijo Dirk―, hay que confesar que el Universo no parece ser
un lugar muy lleno de atractivos. No es de extrañar que muchos prefieran
quedarse en casa.
Hassell
se echó a reír.
―Es
curioso que diga usted esto. Acabo de hablar con un anciano caballero que decía
lo mismo. Me ha conocido, pero fingió ignorarlo. El argumento que esgrimí fue
que hay dos clases de mentalidades; la aventurera, el tipo inquisitivo, y el
hogareño, que está encantado de quedarse sentado en su jardín. Yo creo que los
dos son necesarios; me parece una tontería pretender que uno tiene razón y el
otro no.
―Yo
creo que soy un híbrido de los dos―dijo Dirk―. Me gusta estar sentado en mi
jardín, pero me gusta también de vez en cuando encontrar alguno de estos
trotamundos que me cuenta las cosas que ha visto.
Se
interrumpió repentinamente, y añadió:
―¿Qué
le parecería a usted ir a tomar una copa a alguna parte?
Se
sentía cansado y sediento, y lo mismo le ocurría a Hassell.
―Sólo
un momento, entonces―dijo Hassell―. Quiero estar de vuelta antes de las cinco.
Dirk
se hacía cargo, si bien en este caso no sabía palabra de las preocupaciones
domésticas de Hassell. Dejó que éste lo remolcase hacia el gran salón del
Cumberland, donde se instalaron confortablemente delante de dos grandes vasos
de cerveza.
―No
sé si está usted enterado de mi misión―dijo Dirk con una leve tosecilla como
para excusarse.
―Pues
en realidad, sí―respondió Hassell, con una sonrisa alentadora―. Nos
preguntábamos precisamente cuándo se dedicaría usted a nosotros. ¿Es usted
experto en motivos e influencias, verdad?
Dirk
quedó un poco sorprendido, así como embarazado, de ver hasta dónde se había
extendido su fama.
―Pues...
sí...―confesó―. Desde luego―añadió inmediatamente―, no me intereso en principio
por los casos individuales, pero para mí es muy útil saber cómo cada individuo
empezó a interesarse por la astronáutica.
Se
preguntó si Hassell mordería el anzuelo. Al cabo de un momento comenzó a
titubear y Dirk sintió toda la emoción del pescador de caña que ve el flotador
moverse finalmente sobre la superficie de un plácido lago.
―Hemos
discutido este punto con frecuencia en la «Nursery»―dijo Hassell―. La respuesta
no es sencilla. Depende de cada individuo.
Dirk
guardó un alentador silencio.
―Considere
a Taine, por ejemplo. Es el científico puro, buscando el conocimiento e
interesándose poco por las consecuencias. Por esto, a pesar de su talento, será
siempre un hombre inferior al Director General. No es que critique, fíjese
usted... Un Sir Robert es probablemente bastante para una generación.
»Clinton
y Richards son ingenieros y aman la maquinaria por ella misma, sí bien son
mucho más humanos que Taine. Supongo que ya sabe usted cómo recibe Jimmy a los
periodistas que no le gustan... Clinton es un hombre muy especial y no se sabe
nunca exactamente lo que pasa por su cerebro. En ambos casos, sin embargo,
fueron elegidos para su misión, no anduvieron detrás de ella.
»Pierre
es tan diferente de los demás como es posible serlo. Es el tipo que le gusta la
aventura por sí misma, por esto se hizo piloto. Este fue su gran error, si bien
entonces no se dio cuenta. No hay nada aventurero en el vuelo del cohete; o
todo sale conforme al plan, o... Bang»
Hizo
el gesto de descargar su puño sobre la mesa, pero se detuvo en el último
instante, de forma que los vasos no vibraron apenas. La instintiva precisión
del gesto llenó a Dirk de admiración. No podía, sin embargo, dejar que las
observaciones de Hassell quedasen sin respuesta.
―Creo
recordar―dijo Dirk―, un pequeño contratiempo que debió procurarle a usted unas
ciertas... emociones.
Hassell
sonrió con escepticismo.
―Estas
cosas ocurren una vez de cada mil. Las restantes novecientas noventa y nueve,
el piloto está allí únicamente porque pesa menos que la maquinaria que puede reemplazarlo.
Hizo
una pausa, mirando por encima del hombro de Dirk y una lenta sonrisa apareció
en su rostro.
―La
fama tiene sus compensaciones―dijo lentamente―. Una de ellas se está
aproximando ya.
Un
dignatario del hotel se dirigía hacia ellos empujando una mesita de ruedas con
la seriedad de un sumo sacerdote llevando un sacrificio hacia el altar. Se
detuvo delante de ellos y sacó una botella que, a juzgar por la telaraña que la
recubría, Dirk consideró tenía más años que él.
―Con
todos los respetos de la Dirección―dijo el empleado inclinándose delante de
Hassell, que hizo unos ruiditos de apreciación con la lengua, pero mostraba
cierta inquietud ante la atención que estaba ya despertando por todas partes.
Dirk
no entendía nada en vinos, pero no creía que aquel complicado arte pudiese
encontrar la manera de fabricar un vino que se deslizase más voluptuosamente
por la garganta. Era un líquido tan discreto, tan bien «criado», que no
tuvieron la menor vacilación en brindar por ellos mismos, después por el
Interplanetario y finalmente por la nave «Prometheus». Su estimación del
obsequio deleitó de tal forma a la Dirección que en el acto hubiera hecho
aparición otra botella, de no haberla Hassell rechazado graciosamente,
explicando que era ya demasiado tarde, lo cual era exactamente la verdad.
Se
separaron de buen humor en las escaleras del metro, con la sensación de que la
tarde había tenido un brillante finale. Sólo, una vez Hassell se hubo marchado,
Dirk se dio cuenta de que el joven piloto no le había dicho nada, absolutamente
nada, acerca de sí mismo. ¿Era modestia... o mera falta dé tiempo? Se había
prestado con una sorprendente facilidad a hablar de sus colegas; parecía
incluso que su vehemente deseo fuese alejar su atención de sí mismo.
Dirk
permaneció algún tiempo reflexionando; después, silboteando una canción
emprendió el camino de regreso, siguiendo Oxford Street. A su espalda, el sol
iba declinando, cerrando su última tarde de Londres.
TERCERA
PARTE
Durante
treinta años el mundo se había ido lentamente acostumbrando a la idea de que,
algún día, el hombre llegaría a alcanzar los planetas. Las profecías de los
primeros pioneros de la astronáutica habían resultado ciertas tantas veces
desde que los primeros cohetes surcaron la estratosfera que pocos eran los que
no compartían esta creencia ya. Aquel diminuto cráter cerca de Aristarchus y
los films de televisión de la otra cara de la Luna eran realidades que nadie
podía negar.
Y
sin embargo no faltaba quien había deplorado e incluso denunciado estos hechos.
Para el hombre de la calle, el vuelo interplanetario era todavía una vasta, y
en cierto modo aterradora, posibilidad alejada del horizonte de la vida
cotidiana. El público en general, hasta entonces, no tenía acerca del vuelo del
espacio más idea que la vaga comprensión de que la «ciencia» iba a convertirlo
en realidad en un futuro indefinido.
Dos
diferentes tipos de mentalidad habían, sin embargo, tomado la astronáutica muy
seriamente, si bien por diferentes razones. El impacto prácticamente simultáneo
del cohete de largo alcance y de la bomba atómica sobre la mentalidad militar,
había producido, en 1950, una cosecha de profecías capaces de helar la sangre,
por parte de los técnicos en asesinato mecanizado. Durante muchos años había
habido grandes hipótesis sobre bases en la Luna o incluso, más apropiadamente,
en Marte. El retrasado descubrimiento, por parte del ejército de los Estados
Unidos, a finales de la Segunda Guerra Mundial, de los planos de Oberth sobre
las «estaciones del espacio», ya viejos de veinte años, había despertado ideas
que, quizá permitiéndonos una vaga denominación, podríamos llamar «Wellsianas».
En
su clásico libro Wege zur Raumschiffahrt, Oberth había explicado la
construcción de grandes «espejos del espacio» capaces de enfocar la luz del Sol
sobre la Tierra, ya para propósitos de paz, ya para la incineración de ciudades
enemigas. El mismo Oberth no tomó nunca esta idea excesivamente en serio, y
debía quedar muy sorprendido al verla aceptada veinte años después.
El
hecho de que sería muy fácil bombardear la Tierra desde la Luna y muy difícil
atacar la Luna desde la Tierra, indujo a muchos expertos militares inhibidos a
declarar que, en interés de la paz, su país tenía que apoderarse de nuestro
satélite antes de que los fomentadores de guerras rivales pudiesen llegar a
ella. Tales argumentos eran frecuentes durante el decenio que siguió al empleo
de la energía atómica y eran el subproducto típico de aquella era de política
paranoica. Se desvanecieron, sin ser llorados por nadie, a medida que el mundo
fue volviendo paulatinamente al orden y a la cordura.
Un
segundo grupo de opinión, acaso más importante, aun admitiendo que el viaje
interplanetario era posible, se oponía a él por razones místicas o religiosas.
La «oposición teológica», como era comúnmente llamada, creía que el hombre
desobedecería un edicto divino si se aventuraba lejos de este mundo. Según la
frase de uno de los primeros y más brillantes críticos del Interplanetario, el
licenciado de Oxford C.S. Lewis, «las distancias astronómicas eran los
reglamentos de cuarentena de Dios». Si el hombre las sobrepasaba, sería
culpable de algo no muy lejano de la blasfemia.
No
estando estos argumentos fundados en la lógica, eran absolutamente
irrebatibles. De vez en cuando, el Interplanetario se lanzaba al contraataque,
arguyendo que las mismas objeciones hubieran podido hacerse a todos los
exploradores que jamás han existido. Las distancias astronómicas que el hombre
del siglo veinte puede franquear en algunos minutos con sus ondas de radio,
constituían una barrera menos infranqueable que los grandes océanos debieron
parecer a sus antepasados de la Edad de Piedra. No cabe la menor duda de que en
los tiempos prehistóricos no faltaron quienes movían la cabeza y profetizaban
grandes desastres cuando los jóvenes de la tribu iban en busca de nuevas
tierras por el aterrador y desconocido mundo que los rodeaba. Y, no obstante,
estas exploraciones se habían realizado antes de que los glaciares bajasen
crujiendo del polo.
Un
día los glaciares volverían a formarse; y este era el menor de los desastres
que podía caer sobre la Tierra antes de que hubiese terminado su carrera.
Algunos de ellos sólo podían ser conjeturados, pero uno por lo menos tenía
fatalmente que ocurrir durante los siglos venideros.
Hay
un momento en la vida de una estrella en que el delicado equilibrio de sus
focos atómicos tiene que inclinarse hacia uno u otro lado. En un remoto futuro
los descendientes del Hombre podrán dirigir, desde la seguridad de los planetas
exteriores, la última mirada a lo que había sido su patria mientras verán
hundirse entre los fuegos del sol abrasador.
Una
de las objeciones al vuelo por el espacio que estas críticas ponían de
manifiesto era, en realidad, más convincente. En vista de la cantidad de
sufrimientos que el hombre había desparramado sobre su mundo, argüían, ¿podía
confiársele que ejerciese su acción sobre otros? Por encima de todo, ¿tenía la
miserable historia de la conquista y esclavitud de una raza por otra, que ser
repetida de nuevo, interminablemente y para siempre, a medida que la cultura
humana se extendiese de un mundo al de su vecino?
Contra
esto no podía haber una respuesta convincente; no era más que un nuevo choque
de dos fes rivales, el antiguo conflicto entre el psicoanalismo y el optimismo,
entre los que creían en el Hombre y los que no creían en él. Pero los
astrónomos habían aportado su contribución al debate haciendo ver la falsedad
de la analogía histórica. El hombre, que había sido civilizado sólo durante una
millonésima parte de la vida de su planeta, no era probable que encontrase en
otros mundos razas suficientemente primitivas para ser explotadas o
esclavizadas. Toda nave de la Tierra que se lanzase al espacio con ansias de
imperios interplanetarios tenía que encontrarse, al final de su viaje, con
esperanzas de conquista no mayores que las de unas canoas de guerra salvajes
entrando lentamente en el puerto de Nueva York.
El
anuncio de que la nave «Prometheus» iba a ser lanzada dentro de pocas semanas,
había dado nueva vida a estas especulaciones y muchas más. La Prensa y la radio
no hablaban casi de nada más, y durante algún tiempo los astrónomos sacaron
grandes provechos escribiendo reservados y optimistas artículos acerca del
Sistema Solar. Una estadística Gallup, llevada a cabo en la Gran Bretaña
durante aquel período, demostró que un 41% del público consideraba el viaje
interplanetario una buena cosa, un 26% estaba contra él y un 33% no tenía
opinión. Estas cifras, especialmente este 33%, causaron cierta decepción en
Southbank y dieron origen a muchas conferencias en el Departamento de
Relaciones Públicas, donde reinaba una actividad que no había conocido nunca.
La
habitual afluencia de visitantes del Interplanetario se había convertido ahora
en un verdadero alud, en cuyo seno había algunos exóticos personajes. Matthews
había creado un procedimiento «standard» para tratar con la mayoría de ellos. A
los que querían tomar parte en el primer viaje, se les ofrecía una visita al
gigantesco centrífugo de la Sección Médica que podía producir aceleraciones de
diez gravedades. Pocos eran los que aceptaban la oferta, y los que la
aceptaban, una vez restablecidos, eran pasados al Departamento de Dinámica,
donde los matemáticos les asestaban el coup de grace haciéndoles preguntas
incontestables.
Nadie,
sin embargo, había encontrado un medio efectivo de desalentar a los auténticos
chiflados, si bien algunas veces podían ser neutralizados por una especie de
mutua reacción. Una de las insaciadas ambiciones de Matthews era ser visitado
simultáneamente por uno de los que creían que la Tierra era plana y otro de los
más excéntricos todavía que están convencidos de que el mundo es por dentro una
esfera vacía. Aquello daría, estaba seguro de ello, un debate sumamente
interesante.
Poco
podía hacerse con los exploradores psíquicos (generalmente solteronas de media
edad) que estaban ya perfectamente familiarizados con el Sistema Solar y tenían
gran interés en dar a conocer sus conocimientos. Matthews había sido lo
suficientemente optimista para creer que, ahora que la travesía del espacio
estaba tan próxima, su ansia no sería suficientemente grande para ver sus ideas
puestas a prueba por la realidad.
Quedó
desengañado, y uno de los infortunados miembros de su personal estaba
exclusivamente destinado a escuchar a estas damas y dar sus coloreadas y
mutualmente incompatibles versiones de los asuntos lunares.
Más
serias y significativas eran las cartas y comentarios de los grandes rotativos,
muchos de los cuales pedían respuestas oficiales. Un canónigo de la Iglesia de
Inglaterra escribió una vigorosa y muy difundida carta al The London Times,
denunciando el Interplanetario y toda su obra. Sir Robert Derwent no tardó en
entrar en acción entre bastidores y, como dijo él, «le arreó al buen hombre con
un arzobispo». Corrieron rumores de que tenía un cardenal y un rabino en
reserva por si los ataques venían por otro lado.
Nadie
quedó profundamente sorprendido cuando un general de brigada retirado, que
había pasado al parecer sus últimos treinta años en los alrededores de
Aldershot, quiso saber qué medidas se habían tomado para incorporar la Luna al
Commonwealth Británico. Simultáneamente, otro general de división despertó
súbitamente en Atlanta y pidió al Congreso que hiciese de la Luna el
cincuentavo Estado. Peticiones similares acudieron de casi todos los países del
mundo, quizá con la única excepción de Suiza y de Luxemburgo, mientras los
abogados internacionales veían que la crisis, que hacía ya tiempo estaban
advirtiendo, estaba ahora a punto de estallar.
En
aquel momento, sir Robert Derwent publicó el famoso manifiesto que hacía tantos
años había preparado para este día trascendental.
«Dentro
de pocas semanas», decía el mensaje, «esperamos poder lanzar la primera nave
del espacio desde la Tierra. No sabemos si saldremos triunfantes, pero la
facultad de llegar a los planetas está ahora casi a nuestro alcance. Esta
generación se encuentra ahora en la orilla del océano del espacio preparándose
para la más grande aventura de la historia.
»Hay
algunos cuyas mentes están todavía tan arraigadas al pasado que creen que las
creencias políticas de nuestros antepasados pueden ser todavía puestas en
práctica cuando alcancemos otros mundos. Hablan incluso de anexionar la Luna a
tal o cual nación, olvidando que la travesía del espacio ha requerido los
esfuerzos unidos de científicos de todos los países del mundo.
»Más
allá de la estratosfera no hay nacionalidades; cualquier mundo que podamos
alcanzar será la herencia común de todos los hombres; a menos que otras formas
de vida hayan implantado ya la suya propia.
»Nosotros,
los que hemos luchado por poner a la humanidad en el camino de las estrellas,
hacemos esta solemne declaración, ahora y para el futuro.
»No
pondremos fronteras al espacio.»
1
Me
parece que debe ser muy duro para Alfred―dijo Dirk― tenerse que quedar en
tierra, ahora que empieza el baile.
McAndrews
lanzó un gruñido poco comprometedor.
―No
podíamos ir los dos―respondió―. El Cuartel General ya queda bastante diezmado
así. Sois ya demasiados los que creen que esto es una excusa para pasar unas
vacaciones.
Dirk
resistió difícilmente la tentación de dar una respuesta. En todo caso, su
presencia no podía ser considerada como estrictamente necesaria. Evocó una
compasiva imagen del pobre Matthews contemplando tristemente el sucio Támesis y
orientó sus pensamientos hacia otras cosas más felices.
La
costa de Kent era todavía visible a popa porque la nave no había alcanzado aún
su máxima velocidad y altura. No tenía apenas sensación de movimiento, pero
súbitamente Dirk tuvo un indefinible sentido de cambio. Otros debieron notarlo
también, porque Leduc, que estaba sentado frente a él, le hizo una señal de
satisfacción.
―Los
chorros empiezan a funcionar―dijo―. Ahora van a parar las turbinas.
―Lo
cual quiere decir―intervino Hassell―: que vamos a más de mil millas.
―¿Nudos,
millas o kilómetros por hora, o varas, brazas o leguas por
microsegundo?―preguntó alguien.
―¡Por
el cielo―gruñó uno de los técnicos―, no empecemos esta discusión otra vez!
―¿Cuándo
llegamos?―preguntó Dirk, que sabía muy bien la respuesta, pero quería cambiar
de conversación.
―Tocaremos
Karachi dentro de unas seis horas, tendremos seis horas de sueño y estaremos en
Australia dentro de veinticuatro. Desde luego, tenemos que añadir, o restar,
aproximadamente medio día de diferencia horaria, pero esto puede hacerlo otro.
―Eso
es trabajo suyo, Vic―dijo Richards riendo, dirigiéndose a Hassell―. La última
vez que dio usted la vuelta al mundo necesitó noventa minutos.
―No
hay que exagerar―dijo Hassell―. Iba retrasado y requirió sus buenos cien.
Además, transcurrió un día y medio antes de que pudiese bajar de nuevo.
―La
velocidad está muy bien―dijo filosóficamente―, pero le da a uno una falsa
impresión del mundo. Lo mandan a uno de un sitio a otro en pocas horas y olvida
que hay algo entremedio.
―Completamente
de acuerdo―intervino Richards inesperadamente―. Viajemos aprisa cuando es
necesario, pero en otro caso nada puede ganar al viejo buen yate de vela.
Cuando era chiquillo pasé la mayor parte de mi tiempo libre navegando por los
Grandes Lagos. A mí que me den cinco millas por hora..., o veinticinco mil. No
me gustan los ferrocarriles ni los aviones ni nada intermedio.
La
conversación adquirió entonces un carácter técnico y degeneró en una discusión
sobre los méritos relativos de los chorros y cohetes. Alguien hizo observar que
los aviones de hélice podían verse todavía haciendo un trabajo eficaz en los
más obscuros rincones de China, pero sus afirmaciones fueron rechazadas. Unos
minutos después, Dirk tuvo una satisfacción cuando McAndrews le brindó hacer
una partida de ajedrez en un tablero miniatura.
Perdió
la primera partida mientras volaban sobre la Europa del Sudeste y se quedó
dormido antes de terminar la segunda, probablemente bajo la acción de algún
instinto defensivo, porque McAndrews era mucho mejor jugador que él. Se
despertó en Irán, a tiempo de apearse y volver a dormir. No era, por lo tanto,
sorprendente que cuando Dirk llegó al mar de Timor y reajustó su reloj a la
hora australiana, no estuviese muy seguro de si estaba despierto o no.
Sus
compañeros, que habían sincronizado su sueño de una manera más eficiente,
estaban en mejor forma y comenzaron a reunirse alrededor de las portillas de
observación al acercarse el final de su viaje. Habían cruzado un árido desierto
con alguna que otra zona fértil durante más de dos horas, cuando Leduc, que
había estado observando el mapa, súbitamente gritó:
―¡Allí
está, allí, a la izquierda!
Dirk
siguió la dirección del dedo. De momento no vio nada; después vio, a muchas
millas de allá, los edificios de una pequeña población compacta. En un lado de
ella había una pista de despegue, y más allá, una línea negra casi invisible
que se extendía a través del desierto. Parecía una carretera inusitadamente
recta; después Dirk se dio cuenta de que iba de ninguna parte a ninguna parte.
Eran las primeras cinco millas de la carretera que llevaría a sus amigos a la
Luna.
Pocos
minutos después tenían debajo la gran pista de lanzamiento, y con cierta
emoción Dirk vio el proyectil alado, que era el «Prometheus», brillando en el
campo de aviación. Reinó un silencio absoluto y todos contemplaban aquel
diminuto dardo plateado que sólo pocos de ellos habían visto hasta entonces en
planos o fotografías. Después, a medida que fueron bajando, quedó oculto por un
bloque de bajos edificios, y por fin tomaron tierra.
―¡Conque
esto es Luna City!―dijo alguien sin entusiasmo―. Parece una población del
desierto de los buscadores de oro.
―Quizá
lo es―dijo Leduc―. ¿Por aquí solía haber minas de oro, no?
―¿Supongo
que sabe usted que Luna City fue construida por el Gobierno británico en 1950,
como base de investigaciones de los cohetes?―dijo McAndrews en tono ampuloso―.
Originalmente tenía un nombre indígena; algo que tenía que ver con arcos y
flechas, me parece...
―Me
pregunto qué deben pensar los aborígenes de todas estas andanzas. ¿Quedan
todavía algunos en las montañas, verdad?
―Sí,
hay una reserva indígena a algunas millas de aquí, fuera de la línea de fuego.
Probablemente deben pensar que estamos locos, y seguramente están en lo cierto.
El
autobús que había recogido a los tripulantes del avión de línea se detuvo
delante de un gran edificio ocupado por las oficinas.
―Dejen
sus equipajes aquí―les advirtió el conductor―. Aquí es donde tienen ustedes
habitaciones reservadas.
Nadie
quedó muy encantado del alojamiento. Los alojamientos de Luna City consistían
principalmente en tiendas militares, algunas de las cuales tenían, por lo
tanto, treinta años. Los edificios más modernos serían seguramente ocupados por
los residentes en permanencia y los visitantes estaban llenos de melancólico
porvenir.
Luna
City, como era llamada desde hacía cinco años, no había perdido nunca su
antiguo sabor militar. Estaba dispuesta como un campamento, y aun cuando
algunos enérgicos jardineros aficionados habían hecho lo posible por darle
cierta alegría, sus esfuerzos sólo habían servido para poner más en relieve su
general sordidez y uniformidad.
La
población normal del lugar era alrededor de tres mil almas, de las cuales la
mayoría eran técnicos y científicos. Durante los siguientes días se produciría
un reflujo limitado sólo por el alojamiento..., y quizá ni por esto. Una
compañía había mandado ya una consignación de tiendas de campaña y su personal
estaba haciendo indagaciones acerca del tiempo que hacía en Luna City.
Dirk
vio con cierto alivio que el alojamiento que se le había destinado era, aunque
pequeño, limpio y confortable. Una media docena de miembros del personal
administrativo ocupaban también el edificio, mientras en el otro lado, Collins
y los demás científicos de Southbank formaban una segunda colonia. Los
«Cockneys», como ellos mismos se habían bautizado, habían dado animación al
lugar poniendo carteles como «Metro» o «Autobús 25».
El
primer día en Australia fue, en su mayor parte, consagrado por los mecánicos a
instalarse y aprender la geografía de la «ciudad». La pequeña población tenía
una cosa en su favor; era compacta y la alta torre del centro meteorológico
formaba un buen jalón. La pista de aterrizaje estaba a unas dos millas y el
extremo de la de despegue una milla más allá. A pesar de que todo el mundo
tenía ansia de ver la nave del espacio, la visita tuvo que aplazarse hasta el
día siguiente. En todo caso, Dirk estuvo demasiado ocupado durante las primeras
doce horas tratando de localizar sus notas y observaciones que parecían haberse
extraviado entre Calcuta y Port Darwin. Finalmente, las encontró en los
Almacenes Técnicos, que estaban a punto de reexpedir el paquete a Inglaterra en
vista de que no conseguían encontrar su nombre en la lista establecida por el
Interplanetario.
Al
final de aquel primer día agotador, Dirk tuvo todavía fuerzas suficientes para
consignar en su diario sus impresiones.
«Medianoche:
Luna City, como la llamó Ray Collins, parece poder ser un lugar «divertido», si
bien me parece que la «diversión» debe desaparecer al cabo de un mes o dos. El
alojamiento es bastante razonable, pese a que el amoblamiento es más bien
escaso y no hay agua corriente en el edificio. Tendré que recorrer media milla
para poder tomar una ducha, pero no sé si vale realmente la pena.
»McA.
y alguna de su gente viven en este mismo edificio. Hubiera preferido estar
alojado con Collins y los suyos, pero me es difícil pedir el traslado.
»Luna
City me recuerda las bases de la «Air Force» que he visto en las películas de
guerra. Tiene la misma apariencia triste y eficiente y la misma atmósfera de
incesante energía. Y como las bases aéreas, sólo existe por una máquina; la
nave del espacio en lugar del bombardero.
»Desde
mi ventana puedo ver a una extensión de un cuarto de milla la sombría forma de
algunos edificios de oficinas que parecen completamente inadecuados en este
desierto bajo las brillantes estrellas. Algunas ventanas están todavía
iluminadas, y yo me imagino a los científicos trabajando febrilmente
contrarreloj para solventar las últimas dificultades. Pero, en realidad, lo que
sé es que los científicos están metiendo un ruido del infierno en el edificio
de al lado dando una fiesta a sus amigos. Probablemente el consumidor de
bencina a medianoche debe ser algún infortunado, contable o comerciante
tratando de poner en orden su contabilidad.
»Bastante
lejos, a la izquierda, por una brecha entre los edificios, puedo ver una
estrecha franja de luz que se extiende hasta el horizonte. El «Prometheus» yace
allá, bañado por los chorros de luz. Es extraño pensar que la nave, o mejor
dicho «Beta», ha estado ya en el espacio una docena de veces o más, en las
expediciones de suministro de combustible. Y, sin embargo, «Beta» pertenece a
nuestro planeta, mientras «Alfa», que está todavía ligada a Tierra, pronto
figurará entre las estrellas para no volver a tocar jamás la superficie de este
mundo. Todos tenemos gran ansia por ver la nave, y mañana no perderemos tiempo
al trasladarnos al lugar del lanzamiento.
»Más
tarde: Ray ha venido a buscarme para reunirme con sus amigos. Me he sentido
halagado, porque he observado que McA. & Co. no estaban invitados. No puedo
recordar los nombres de nadie de los que me han presentado, pero fue muy
divertido. Y ahora, a la cama.»
2
Incluso
a primera vista y al nivel del suelo, a una distancia de una milla, la nave
«Prometheus» ofrecía un impresionante aspecto. Yacía sobre un múltiple chasis
en el borde del gran espolón de cemento que rodea el dispositivo de
lanzamiento, con los agujeros de admisión de aire mostrando sus hambrientas
fauces. La pequeña y más ligera auxiliar «Alfa» yacía en su cuna especial a
pocos metros de allá, dispuesta a ser elevada en posición. Ambas máquinas
estaban rodeadas de cestas, tractores y varios tipos de equipo motorizado.
Una
barrera de cuerda estaba tendida alrededor del lugar, y el camión se detuvo a
un paso de la cuerda, junto a un gran letrero que decía:
PRECAUCIÓN
- ÁREA RADIACTIVA
Prohibido
el paso a personas no autorizadas.
Los
visitantes deseosos de examinar la nave,
llamen
a Ext. 47 (Rel. Publ. II)
¡ESTO
ES PARA SU PROTECCIÓN!
Dirk
miró un poco nervioso a Collins mientras declaraban sus identidades y se les
indicaba con un gesto que podían pasar.
―No
sé si acaba de gustarme todo esto―dijo.
―¡Oh!―respondió
alegremente Collins―, no hay nada que temer mientras se mantenga usted a mi
lado. No entraremos en ninguna zona peligrosa. Llevo siempre uno de estos
chismes.
Sacó
una pequeña caja rectangular del bolsillo de su chaqueta. Tenía el aspecto de
ser de plástico y llevaba un diminuto altavoz en un lado.
―¿Qué
es esto?
―Un
timbre de alarma Geiger. Se dispara como una sirena si hay alguna actividad
peligrosa cerca del mismo.
Dirk
tendió la mano en dirección del gran artefacto que yacía delante de ellos.
―¿Es
esto una nave del espacio o una bomba atómica?―preguntó en tono lastimero.
Collins
se echó a reír.
―Si
se pone usted delante del chorro no se enterará nunca de la diferencia.
Se
detuvieron delante de la aguda y delgada punta de «Beta», y sus grandes alas,
extendiéndose a lo lejos por ambos lados, le daban el aspecto de una polilla en
reposo. Las obscuras cavernas de las tomas de aire parecían amenazadoras y
siniestras, y Dirk quedó sorprendido al ver los extraños y acanalados objetos
que brotaban de ellas en diferentes lugares. Collins se dio cuenta de su
curiosidad.
―Difusores
de choque―le explicó―. Es totalmente imposible conseguir un admisor de aire que
opere en toda la extensión de las velocidades, desde las quinientas millas por
hora al nivel del mar hasta las dieciocho mil millas por hora en el límite de
la estratosfera. Estos dispositivos son ajustables y pueden ser entrados y
salidos. Incluso así el resultado no es satisfactorio y sólo el hecho de que
disponemos de una cantidad de energía ilimitada los hace posibles. Vamos a ver
si podemos subir a bordo.
Su
macizo chasis les permitió acceder a la nave por la compuerta de aire lateral.
Dirk se dio cuenta de que la parte posterior de la nave había sido
rigurosamente vallada con grandes barreras móviles a fin de que nadie pudiese
acercarse a ella. Le hizo el comentario a Collins.
―Esta
parte de «Beta»―dijo el aerodinamista con una mueca― estará estrictamente
«fuera de límite» hasta el año 2000 o cosa por el estilo.
Dirk
lo miró sin comprender.
―¿Qué
quiere usted decir?
―Solo
esto. Una vez el impulsor atómico puesto en funcionamiento y las pilas
radiactivadas nada puede acercarse ya a ellas de nuevo. Durante años enteros
sería peligroso tocarlas.
Incluso
Dirk, que no era ingeniero, comenzó a darse cuenta de las dificultades
prácticas que esto debía comportar.
―¿Entonces
cómo diablos revisan ustedes los motores y reparan una avería si la hubiere? No
me diga usted que sus planos son tan perfectos que no puede ocurrir nunca
nada...
Collins
sonrió.
―Este
es el gran dolor de cabeza de la ingeniería atómica. Tendrá usted ocasión de
ver cómo va más tarde.
Era
sorprendente lo poco que había que ver a bordo de «Beta», puesto que la mayor
parte de la nave estaba ocupada por tanques de combustible y motores,
invisibles e inaproximables detrás de sus barreras aislantes. La larga y
estrecha cabina de la proa hubiera podido ser la sala de controles de cualquier
avión de línea, pero estaba más cuidadosamente surtida, ya que el piloto y la
tripulación de máquinas tenían que vivir a bordo cerca de tres semanas. El
tiempo tenía forzosamente que hacérseles largo, y a Dirk no le sorprendió ver
que la nave contenía una biblioteca de microfilms y un proyector. Sería
lamentable, por no decir nada más, que los dos hombres tuviesen personalidades
incompatibles; pero sin duda los psicólogos habían comprobado este punto con meticulosa
precisión.
En
parte, porque entendía tan poco de todo lo que veía y, en parte, por los
grandes deseos que tenía de ir a visitar «Alfa», Dirk no tardó en cansarse de
examinar el cuarto de controles. Se acercó a las diminutas y gruesas portillas
y miró el espectáculo que ofrecía el exterior.
«Beta»
señalaba a través del desierto, casi paralela a la pista de lanzamiento que
recorrería dentro de pocos días. Era fácil imaginar que en aquel mismo momento
estaba esperando pegar el salto al cielo y trepar por la estratosfera con su
preciosa carga...
El
suelo tembló de repente como si la nave comenzase a avanzar. Dirk sintió que
una mano fría le estrujaba el corazón y perdió casi el equilibrio, salvándose
sólo de caer gracias a una barandilla que tenía delante. Sólo entonces vio el
pequeño tractor que rondaba alrededor de la nave y se dio cuenta de que se
había asustado inútilmente. Esperó que Hay no se hubiese dado cuenta de nada,
porque, de lo contrario, se hubiera sonrojado.
―O.K.―dijo
Collins finalmente, habiendo terminado su meticulosa inspección―. Ahora vamos a
ver «Alfa».
Subieron
a la máquina que había sido llevada al fondo de las barreras que la protegían.
―Me
parece que están haciendo algo en los motores―dijo Collins―. Han hecho ya...,
veamos, quince recorridos sin el menor incidente. Lo cual es un nuevo galón en
la gorra del profesor Maxton.
«Alfa»
era un masa de motores y tanques de combustible más compacta todavía que la
otra nave. No tenía, desde luego, aletas o aspiradores de ninguna especie, pero
había indicios de dispositivos de extrañas formas montados en el interior del
casco. Dirk interrogó a su amigo respecto a ellos.
―Esto
serán antenas de radio, periscopios y propulsores exteriores para los chorros
de propulsión―le explicó Collins―. En la parte posterior verá usted dónde los
grandes amortiguadores de choque para el aterrizaje en la Luna han sido
retirados. Cuando «Alfa» está en el espacio pueden ser extendidos y la
tripulación puede probarlos para estar seguros de su perfecto funcionamiento.
Entonces pueden dejarlos fuera ya definitivamente, puesto que durante el resto
del viaje no hay resistencia de aire.
Alrededor
de los dispositivos de cohete de «Alfa» había una pantalla protectora contra la
radiación, de manera que era imposible tener una visión completa de la nave.
Aquello recordó a Dirk el fuselaje de un antiguo avión de línea que hubiese
perdido sus alas o no se las hubiesen puesto todavía. «Alfa» recordaba, bajo
varios aspectos, un gigantesco proyectil de artillería, con un insólito círculo
de portillas alrededor de su proa. La cabina de la tripulación ocupaba menos de
una quinta parte de la longitud del cohete. Debajo de ella estaban las
innumerables máquinas y controles necesarios para un viaje de medio millón de
millas.
Collins
le indicó sumariamente las diferentes secciones del artefacto.
―Detrás
de la cabina―dijo―, hemos situado la compuerta de aire y los principales
controles que pueden tener que ser ajustados en vuelo. Después vienen los
tanques de combustible, en número de seis, y la instalación refrigeradora para
mantener el metano en estado líquido. Después tenemos las bombas y turbinas, y
después el motor, que se extiende en toda la longitud de la nave. Alrededor hay
una gran capa protectora, y toda la cabina está al margen de la radiación, de
manera que la tripulación está protegida hasta el máximo. Pero el resto de la
nave es «caliente», pese a que el mismo combustible contribuye en gran parte a
la protección.
La
diminuta compuerta de aire tenía sólo cabida para dos personas, y Collins fue a
examinarla. Advirtió a Dirk por adelantado que la cabina estaría seguramente
demasiado llena de visitantes, pero un momento después volvió a salir y le hizo
señal de que entrase.
―Todos,
a excepción de Jimmy Richards y Digger Clinton, se han ido a los
talleres―dijo―. Estamos de suerte; hay sitio.
Dirk
no tardó en darse cuenta de que ello era una exageración. La cabina había sido
destinada a albergar tres personas viviendo bajo gravedad cero, pudiendo sus
muros y suelo ser libremente intercambiables y todo su volumen destinado a
cualquier otro propósito. Ahora que la maquina yacía horizontalmente sobre la
Tierra, las condiciones estaban considerablemente afectadas.
Clinton,
el especialista electrónico australiano, estaba medio sumergido en el vasto
diagrama de alambres que se había visto obligado a arrollarse alrededor del
cuerpo a fin de meterlo en la cabina. Recordaba, pensó Dirk, una oruga tejiendo
su cantillo. Richards parecía estar poniendo a prueba una serie de controles.
―No
se asuste―dijo al ver que Dirk lo observaba inquieto―. No vamos a salir, en los
tanques de combustible no hay nada.
―Empiezo
a sentir un complejo respecto a esto―confesó Dirk―. La próxima vez que venga a
bordo me cercioraré primero de que estamos amarrados a una sólida ancla.
―En
cuanto a anclas hace referencia―dijo Richards riéndose―, no haría falta que
fuese muy grande, «Alfa» no tiene gran impulso; unas cien toneladas como
máximo. ¡Pero las puede transportar durante mucho tiempo!
―¿Cien
toneladas solamente? ¡Pero si pesa tres veces más!
―Sí.
pero cuando arranca está en el espacio libre y cuando despegue de la Luna su
peso efectivo será sólo de treinta y cinco toneladas. De manera que todo está
controlado.
El decorado
de la cabina parecía el resultado de una encarnizada batalla entre la ciencia y
el surrealismo. Todo había sido establecido sobre la base de que durante ocho
días los ocupantes no tendrían gravedad alguna y no existiría «arriba» ni
«abajo»; mientras durante un período bastante más largo, mientras la nave
reposase sobre la Luna, a lo largo de su eje habría un campo de gravitación muy
bajo. Como en aquel momento la línea del centro era horizontal, Dirk tenía la
neta sensación de que estaba caminando por el techo o las paredes.
Sin
embargo, aquella primera visita a una nave del espacio era para él un momento
que recordaría toda su vida. Las pequeñas ventanillas a las que ahora se
asomaba, dentro de pocos días darían a las solitarias llanuras lunares; el
cielo que tendrían encima no sería azul, sino negro, claveteado de estrellas.
Cerrando los ojos, le parecía imaginar que estaba ya en la Luna y que si miraba
a través de las portillas superiores podía ver la Tierra flotando en el
espacio. Pese a que hizo repetidas visitas a la nave, Dirk no fue nunca capaz
de volver a experimentar las mismas sensaciones que el día de su primera
visita.
En
la compuerta de aire se produjo un súbito ruido de pisadas y Collins
apresuradamente, dijo:
―Será
mejor que nos marchemos antes de que llegue el alud y muramos pisoteados. Ahí
vienen esos.
Consiguió
detener el grupo que llegaba el tiempo suficiente para escapar. Dirk vio que
Hassell, Leduc, Taine y tres hombres más se disponían a entrar en la nave,
algunos de ellos bastante cargados, y su mente se turbó al tratar de imaginar
las condiciones de instalación interior. Esperaba que nada ni nadie se
quebrase.
Ya
en el espolón de cemento se desperezó y pudo estirarse de nuevo. Miró en
dirección a una de las portillas para ver qué ocurría en el interior de la
nave, pero no le extrañó encontrarla obstruida. Alguien se había sentado
delante de ella.
―Bien―dijo
Collins ofreciéndole un cigarrillo, que él aceptó con gusto―, ¿qué le parecen a
usted nuestros juguetes?
―Ahora
veo dónde va a parar el dinero―respondió Dirk―. Me parece una cantidad enorme
de maquinaria para llevar sólo tres hombres a mitad camino, como dice usted.
―Hay
algo más que ver todavía. Vamos a la pista de despegue.
La
pista de despegue era impresionante por su misma simplicidad. Dos pares de
raíles empezaban en el espolón de cemento y avanzaban rectos hasta desaparecer
en el horizonte. Era la perspectiva más perfecta que Dirk había visto jamás.
La
catapulta de lanzamiento era un enorme artefacto metálico con unos brazos que
empujarían el «Prometheus» hasta que hubiese cobrado la velocidad de vuelo
suficiente. Sería lamentable, pensó Dirk, que no lo soltasen en el momento
preciso.
―Lanzar
quinientas toneladas a tantas millas por hora debe necesitar un generador
considerable―le dijo a Collins―. ¿Por qué no despega el «Prometheus» por su
propio esfuerzo?
―Porque
con esta carga inicial la nave pierde velocidad a cuatro cincuenta y los
propulsores a chorro no funcionan hasta alcanzar una velocidad superior. La
energía de lanzamiento proviene de la central principal, allá abajo; aquel
pequeño edificio que hay a su lado alberga una batería de ruedas que son
puestas a la velocidad requerida antes del lanzamiento. Entonces son acopladas
directamente a los generadores.
―Comprendo―dijo
Dirk―. Ponen en tensión el muelle y..., ¡allá va!
―Esta
es la idea―respondió Collins―. Cuando «Alfa» está lanzada, «Beta» no está
sobrecargada ya, y puede ser devuelta al suelo a una velocidad razonable; menos
de doscientas cincuenta millas por hora; lo cual es fácil para quien tiene el
capricho de volar con planeadores de doscientas toneladas.
3
La
aullante muchedumbre del pequeño hangar guardó súbitamente silencio al ver al
Director-General subir al estrado. Se habían instalado amplificadores y su voz
resonó sonora entre las paredes de metal. Mientras hablaba, centenares de
estilográficas corrían sobre centenares de cuartillas.
―Sería
mi deseo―comenzó sir Robert― dirigirles unas palabras ahora que están todos
reunidos aquí. Tenemos especial interés en ayudarles en su misión y darles
todas las oportunidades de poder relatar el despegue, que tendrá lugar, como
ustedes saben, dentro de cinco días.
»Ante
todo, comprenderán que es materialmente imposible permitir que todo el mundo
pueda visitar la nave. Durante la semana pasada hemos admitido a tantos como ha
sido posible, pero a partir de mañana no podemos admitir más visitantes a
bordo. Los ingenieros estarán ya haciendo los últimos ajustes y nos hemos
encontrado ya ante uno o dos casos de... cazadores de recuerdos.
»Todos
ustedes han tenido la oportunidad de elegir un sitio a lo largo de la pista de
despegue. Durante los cuatro primeros kilómetros habrá sitio para mucha gente.
Pero, recuérdenlo bien, nadie debe pasar de la barrera roja del quinto
kilómetro. Allí es donde los propulsores a chorro comienzan a funcionar y está
todavía ligeramente radiactivado de los anteriores ensayos. Cuando las
explosiones comienzan a producirse, despiden productos de escisión sobre una
vasta área. Daremos la voz de campo libre en cuanto puedan ustedes recoger en
plena seguridad las cámaras automáticas que hayan instalado allá.
»Un
cierto número de personas nos han preguntado cuándo van a ser retiradas las
pantallas de radiación a fin de que la nave pueda ser visitada debidamente.
Esto será hecho mañana por la tarde y pueden ustedes venir a verlo. Traigan
gemelos o telescopios si quieren ver los aparatos de chorro, pues no se les
permitirá acercarse a más de cien metros. Y si alguno de ustedes considera que
estas precauciones son una tontería, en el hospital tienen ustedes a dos que se
metieron donde no debían y ahora se arrepienten.
»Si
por alguna razón a última hora surgiese un obstáculo, el lanzamiento sería
demorado doce horas, veinticuatro horas o, el máximo, treinta y seis horas. Más
allá tendríamos que esperar una nueva luna, o sea cuatro semanas. Para nosotros
no tiene importancia cuándo vayamos a la Luna, pero querremos aterrizar de día
en la región que mejor conocemos.
»Los
dos componentes se separarán cosa de una hora después del despegue. Será
posible ver la explosión de «Alfa» si el cohete se encuentra por encima del
horizonte cuando inicie su poderosa órbita. Vamos a conectar todo mensaje
radiado con el sistema de altavoces del campo en nuestra longitud de onda
normal.
»«Alfa»
tiene que estar en camino hacia la Luna en caída libre unos noventa minutos
después del despegue. Esperamos el primer mensaje radiado para entonces.
Después de esto, durante tres días se producirán muy pocas cosas hasta que la
maniobra de frenaje empiece a unas treinta mil millas de la Luna. Si por alguna
razón el consumo de combustible ha sido demasiado grande, no habrá aterrizaje.
La nave describirá una órbita alrededor de la Luna a una altura de algunos
centenares de kilómetros hasta el momento del vuelo de regreso calculado.
»¿Alguna
otra pregunta?»
―¿Cuándo
sabremos quién forma parte de la tripulación.
El
Director-General esbozó una sonrisa de contrariedad.
―Probablemente
mañana. Pero les ruego que recuerden... que este asunto es demasiado grande
para hacer de él una cuestión personal. No tiene la menor importancia quién
tome parte en el primer vuelo. Lo que importa es el viaje.
―¿Podremos
hablar con la tripulación cuando la nave esté en el espacio?
―Sí,
habrá algunas oportunidades limitadas. Esperamos establecer una emisión general
una vez al día. Y, desde luego, cambiaremos continuamente informaciones fijas y
técnicas, de manera que la nave estará siempre en contacto con alguna estación
de la Tierra.
―¿En
qué forma será radiado el aterrizaje en la Luna?
―La
tripulación estará demasiado ocupada para hacer un exceso de comentarios en
honor nuestro. Pero los micrófonos estarán funcionando, de manera que tendremos
una perfecta idea de lo que estará ocurriendo. Los observatorios podrán también
ver el chorro cuando esté en acción. Es probable que cree perturbaciones cuando
alcance la Luna.
―¿Qué
programa hay para después del aterrizaje?
―La
tripulación lo decidirá de acuerdo con las circunstancias. Antes de salir de la
nave radiarán una descripción de todo lo que vean, y la cámara de televisión
estará funcionando. De manera que tendremos algunas imágenes perfectas. En
color, desde luego.
»Esto
requerirá una hora y dará tiempo de dispersarse el polvo y los productos de
radiación. Después dos miembros de la tripulación se pondrán trajes del espacio
y saldrán a explorar. Radiarán sus impresiones a la nave y éstas serán
transmitidas directamente a la Tierra.
»Esperamos
que será posible explorar minuciosamente una región de diez kilómetros de
anchura, pero no debemos correr el menor riesgo. Gracias al enlace de la
televisión, todo lo que se descubra podrá ser retransmitido inmediatamente a la
Tierra. Lo que más interés tenemos en encontrar son, naturalmente, depósitos de
minerales con los cuales pudiésemos fabricar combustible en la Luna.
Buscaremos, naturalmente, signos de vida también, pero nadie quedaría más
sorprendido que nosotros si los encontrásemos.
―Si
pescan ustedes un selenita―dijo alguien burlonamente―, ¿lo traerán para la
colección zoológica?
―¡De
ninguna manera!―dijo sir Robert con firmeza, pero guiñando un ojo―. Si
empezamos a hacer cosas de estas es probable que seamos nosotros quienes
acabemos en el zoológico.
―¿Cuándo
estará la nave de regreso?
―Aterrizará
a primera hora de la mañana y volverá a despegar a última hora de la tarde,
hora lunar. Lo cual equivale aproximadamente a unos ocho de nuestros días. El
viaje de regreso dura cuatro días y medio, de manera que la ausencia total será
de dieciséis a diecisiete días.
¿Ninguna
pregunta más? Bien, en este caso dejémoslo así. Pero hay otro punto. Para estar
seguros de que todo el mundo tiene una clara idea del fondo técnico de la
cuestión, hemos organizado tres charlas para los próximos días. Serán dadas por
Taine, Richards y Clinton, y cada uno de ellos cubrirá su línea especial de
territorio, pero no en lenguaje técnico. Les aconsejo encarecidamente que no
las pierdan. Gracias.
El
final de la peroración no hubiera podido ser más exactamente calculado. En el
momento en que el Director-General bajaba del estrado, un terrible estallido
llegó rugiendo del desierto, haciendo resonar el hangar de acero como un
tambor.
A
tres millas de allá, «Alfa» estaba probando sus motores, quizá a una décima
parte de su potencia. Era un ruido que desgarraba los tímpanos y aguzaba los
dientes; lo que podría ser a pleno rendimiento escapaba a toda imaginación.
A
toda imaginación y a todo conocimiento, porque jamás nadie lo oiría. Cuando los
cohetes de «Alfa» funcionasen de nuevo, la nave estaría en el eterno silencio
que reina entre los mundos, donde la explosión de una bomba atómica es tan
silenciosa como la caída de los copos de nieve bajo una luna de invierno.
4
El
profesor Maxton tenía el aspecto muy cansado mientras arreglaba cuidadosamente
las hojas de servicio sobre su mesa de trabajo formando un alto montón. Todo
había sido cuidadosamente comprobado; todo funcionaba perfectamente, casi
demasiado perfectamente, parecía. Los motores pasarían su inspección final
mañana; entretanto las dos naves habían sido abastecidas. Era una lástima,
reflexionaba, que fuese necesaria dejar una tripulación permanente a bordo de
«Beta» mientras circundaba la Tierra. Pero era inevitable, porque los
instrumentos y las instalaciones de refrigeración del combustible tenían que
ser vigiladas, y ambas máquinas tenían que ser fácilmente manejables a fin de
poder establecer nuevo contacto. Una escuela del pensamiento consideraba que
«Beta» tendría que aterrizar y despegar nuevamente quince días después a fin de
reunirse con «Alfa» a su regreso. Sobre este punto había habido muchas
discusiones, pero, finalmente, se adoptó el punto de vista orbital. Se
añadirían algunos detalles suplementarios a fin de dejar a «Beta» donde estaba,
ya en posición, en los límites de la atmósfera.
Las
máquinas estaban a punto; pero ¿y los hombres?, pensaba Maxton. Se preguntaba
si el Director-General había tomado su decisión y súbitamente decidió ir a
verlo.
No
le sorprendió encontrar al psicólogo-jefe con sir Robert. El doctor Graves le
dirigió un cordial saludo al verlo entrar.
―¡Hola,
Rupert! ¿Supongo que teme usted que haya cancelado todo esto, verdad?
―Si
es así―dijo Maxton sonriendo―, me parece que voy a nombrar una tripulación
entre mi personal y voy yo también. Supongo que saldríamos perfectamente del
paso, además. Pero en serio, ¿cómo están los muchachos?
―Muy
bien. No va a ser cosa fácil elegir a sus tres hombres, pero es necesario
hacerlo pronto, porque la espera los pone nerviosos. ¿No hay motivo ya de
demora, no?
―No;
han sido todos sometidos a prueba de reacción en los controles y están
plenamente familiarizados con la nave. Estamos todos a punto de salir.
―En
este caso―dijo el Director-General―, será lo primero que haremos mañana.
―¿En
qué forma?
―A
la suerte, como prometí. Es la única manera de evitar rencillas.
―Lo
celebro―dijo Maxton. Se volvió hacia el psicólogo y añadió―: ¿Está usted
completamente seguro de Hassell?
―De
él iba a hablar. Irá, desde luego, y está deseando ir. En estos últimos
momentos en que la excitación se ha apoderado de él no se preocupa ya tanto.
Pero hay todavía una pega.
―¿Cuál?
―Lo
considero muy improbable, pero ¿supongamos que ocurre algo aquí mientras él
está en la Luna...? El niño es esperado hacia mitad del viaje, ya lo sabe
usted...
―Ya...
¿Si su mujer moría, para poner el peor de los casos, qué efecto produciría la
cosa en él?
―No
es fácil responder, desde luego, ya que se encontrará en condiciones que jamás
han sido experimentadas por un ser humano. Puede tornárselo con calma, pero
puede ser todo lo contrario. Lo considero un riesgo sumamente remoto, pero
existente.
―Siempre
podríamos mentirle, desde luego―dijo sir Robert pensativo―, pero siempre he
sido muy estricto en estas cosas. No me gustaría tener un pecado como éste
sobre mi conciencia.
Hubo
unos minutos de silencio. Después el Director-General continuó:
―Bien,
muchas gracias, doctor. Rupert y yo hablaremos de esto. Si lo consideramos estrictamente
necesario siempre podemos pedir a Hassell que se quede.
―Puede,
pedírselo―dijo―; pero odiaría tenerlo que hacer yo.
La
noche estaba cuajada de estrellas cuando el profesor Maxton salió del despacho
del Director-General y se dirigió lentamente hacia las habitaciones. Saber que
ignoraba el nombre de más de la mitad de las constelaciones que veía le daba
una especie de sensación de culpabilidad. Una noche tenía que pedir a Taine que
se las identificase. Pero tenía que darse prisa; Taine podía no pasar ya más de
tres noches en la Tierra.
A su
derecha veía el alojamiento de la tripulación lleno de luz. Vaciló un momento y
se dirigió a paso ligero hacia el bajo edificio.
La
primera habitación, la de Leduc, estaba vacía, pese a que la luz estaba
encendida y acababa de quedarse vacía. Su ocupante había impreso ya su
personalidad en la estancia y montones de libros yacían por todas partes, en
cantidad superior a la que parecía útil traer para una tan corta estancia.
Maxton miró los títulos, la mayoría franceses, y un par de veces sus cejas se
arquearon levemente. Se apuntó una o dos palabras esperando la próxima vez que
se pusiese en contacto con un diccionario francés verdaderamente extenso.
Una
encantadora fotografía de los dos hijos de Pierre sentados en un cohete moderno
ocupaba el lugar de honor sobre su mesa. Al lado había otra fotografía de una
bellísima mujer, pero el efecto doméstico quedaba en cierto modo profanado por
media docena de otras bellísimas mujeres clavadas en las paredes.
Maxton
entró en la habitación contigua que resultó ser la de Taine. Allí encontró a
Leduc y al joven astrónomo profundamente absortos en una partida de ajedrez.
Estuvo viéndolos jugar durante algún tiempo, con el inevitable resultado de ser
acusado de estropearles el juego, ante lo cual retó al vencedor; Leduc ganó, y
Maxton lo despachó en unas treinta jugadas.
―Esto―le
dijo mientras retiraban el tablero― le enseñará a no tener demasiada confianza
en sí mismo. El doctor Groves dice que es un defecto general de usted.
―¿Ha
dicho algo más el doctor Groves?―preguntó Leduc con fingida indiferencia.
―Pues,
no creo divulgar ninguna confidencia facultativa si digo que todos ustedes han
pasado ya sus pruebas y pueden pasar a un curso superior. De manera que mañana
por la mañana la primera cosa que haremos será echar a suertes y ver quiénes
son los tres cobayos elegidos.
Una
expresión de alivio apareció en los rostros de sus interlocutores. Cierto era
que se les había casi prometido que la elección final sería confiada a la
suerte, pero hasta entonces no se les había dado la seguridad, y la sensación
de ser rivales en potencia había afectado algunas veces sus buenas relaciones.
―¿Están
aquí todos los demás?―preguntó Maxton―. Me parece que voy a decírselo.
―Jimmy
probablemente debe dormir―dijo Taine―, pero Arnold y Vic están todavía
despiertos.
―Bien,
entonces nos veremos por la mañana.
Extraños
ruidos que emanaban de la habitación de Richards demostraban que el canadiense
estaba profundamente dormido. Maxton siguió avanzando por el corredor y llamó a
la puerta de Clinton.
La
escena ante la cual se encontró lo dejó casi sin aliento; hubiera podido ser
una escena de film que transcurriese en el laboratorio de un científico loco.
Echado en el suelo en medio de un maremágnum de tubos e hilos de radio, Clinton
parecía hipnotizado por un osciloscopio de rayos catódicos, cuya esfera estaba
llena de fantásticas figuras geométricas que cambiaban y oscilaban
continuamente; en el fondo, un aparato de radio estaba tocando suavemente el
justamente poco conocido Cuarto Concierto de Piano, de Rachmaninov, y Maxton se
dio cuenta de que las cifras de la pantalla estaban sincronizadas a la música.
Subió
a la cama, que era al parecer el lugar más seguro y vio a Clinton levantarse
finalmente del suelo.
―Suponiendo
que usted mismo lo sepa―le dijo finalmente―, ¿puede usted decirme qué diablos
está haciendo?
Clinton
avanzó como pudo por aquel mar de confusión y se sentó a su lado.
―Es
una idea en la que estoy trabajando hace ya mucho tiempo―explicó excusándose.
―Bien,
pero espero que recuerda usted lo que le ocurrió al difunto Dr. Frankenstein.
Clinton,
que era un hombre serio, no contestó.
―Lo
llamo un kaleidofono―dijo―. La idea es que convierta todo sonido rítmico, como
la música, en formas visuales agradables y simétricas, pero siempre variables.
―Será
un juguete muy agradable. Pero ¿cabrán en una «nursery» normal esta cantidad de
tubos y alambres?
―No
es un juguete―dijo Clinton ligeramente ofendido―. La televisión y la industria
de films de dibujos lo encontrarán muy útil. Será el instrumento ideal para
procurar interludios durante las largas radiaciones musicales que resultan
siempre aburridas. Tenía incluso la esperanza de sacarle un poco de dinero.
―Mi
querido amigo―dijo Maxton sonriendo―, si es usted uno de los primeros hombres
en llegar a la Luna, no creo que se encuentre usted jamás en peligro de morirse
de hambre en el arroyo durante su vejez.
―No,
eso supongo...
―La
verdadera razón por la cual he caído aquí es que quería decirle que lo primero
que haremos mañana será tirar a la suerte los hombres de la tripulación. No se
electrocute usted antes, por lo tanto. Voy a ver a Hassell, ahora, de manera
que..., buenas noches.
Hassell
estaba tendido en la cama, leyendo, cuando Maxton llamó y entró.
―¡Hola,
profesor!―dijo―. ¿Qué hace usted por aquí a esta hora inusitada?
Maxton
fue directo al grano.
―Mañana
por la mañana tiramos la tripulación a la suerte. He creído que le gastaría a
usted saberlo.
Hassell
permaneció un momento silencioso.
―Lo
cual quiere decir―dijo con voz ligeramente ronca―, que todos hemos sido
admitidos...
―¡Válgame
el cielo, Vic!―protestó Maxton con calor―. ¿No habrá tenido usted nunca la
menor duda?
Los
ojos de Hassell parecían querer evitarlo. Evitaban también, Maxton se dio
cuenta, la fotografía de su esposa, sobre la mesa.
―Como
ya sabe usted―dijo Hassell― he estado muy preocupado por Maude...
―La
cosa es muy natural, pero tengo entendido que todo está arreglado. A propósito,
¿cómo va usted a llamar al chiquillo?
―Victor
William.
―Bien,
pues supongo que cuando llegue, Vic «Junior» será el chiquillo más famoso del
mundo. Lástima que la televisión tenga un sentido único. Tendrá usted que
esperar hasta su regreso para verlo.
―Hasta...,
y si...
―Oiga,
Vic―dijo Maxton con firmeza―. ¿Usted quiere ir, verdad?
Hassell
levantó la vista con una medio avergonzada desconfianza.
―¡Claro
que quiero ir!―exclamó.
―Entonces,
muy bien. Tiene usted tres probabilidades sobre cinco de ser elegido, como los
demás. Pero, si no sale usted elegido esta vez, formará parte de la segunda,
que será todavía más importante, puesto que por aquel entonces estaremos ya
haciendo la tentativa de establecer una base. ¿Está bien, no cree?
Hassell
permaneció un momento silencioso. Después, algo desabrido, dijo:
―El
primer viaje será el que la Historia recordará siempre. Después, ira ya todo el
mundo.
Aquel
era el momento, decidió el profesor Maxton, de perder la calma. Sabía hacerlo
con habilidad y esmero cuando la ocasión lo exigía.
―Escúcheme,
Vic―chilló―. ¿Y qué me dice usted de los que construyeron esta nave? ¿Es que
cree usted que nos gusta tener que esperar el décimo, o vigésimo, o centésimo
viaje para tomar parte en él también? Y si es usted lo suficientemente loco
para ansiar la fama..., ¡pardiez, hombre!..., ¿es que olvida usted que alguien
tendrá que pilotar la primera nave hacia Marte?
La
explosión cesó. Entonces Hassell le dirigió una sonrisa y soltó una leve
risita.
―¿Puedo
considerar esto como una promesa, profesor?
―No
soy yo el encargado de hacerlas, caramba...
―No,
ya lo supongo. Pero comprendo su argumento; si esta vez fallo el viaje, no me
sentiré demasiado decepcionado. Y ahora me parece que voy a dormir.
5
El
espectáculo del Director-General entrando cuidadosamente con una cesta de
papeles en el despacho del profesor Maxton hubiera podido causar normalmente
cierta hilaridad, pero todo el mundo lo miró solemne al verlo entrar. No
habiendo ningún sombrero hongo en todo Luna City, la cesta de papeles tenía que
hacer con menos dignidad sus funciones.
Aparte
los cinco miembros de la tripulación, que estaban tratando de disimular su
impaciencia, los únicos presentes en la habitación eran Maxton, McAndrews, dos
miembros del personal administrativo y Alexson. Dirk no tenía ningún motivo
especial para estar allí, pero McAndrews lo había invitado. El Director de
Relaciones públicas tenía con él constantemente atenciones como ésta, pero Dirk
sospechaba que quería asegurarse de dejar su huella en la historia oficial.
El
profesor Maxton cogió una docena de tiritas de panel de sobre su mesa y las
agitó entre sus dedos.
―Bien...,
¿están ustedes a punto?―dijo―. Aquí tenemos una tira de papel, cada uno de
ustedes escriba su nombre en ella. Si alguno de ustedes está demasiado
nervioso, puede poner una cruz y nosotros la avalaremos.
El
acudido contribuyó en gran manera a aliviar la tensión nerviosa y hubo algunas
pullas y risas mientras todos ellos firmaban en las tiras de papel y las
entregaban debidamente dobladas.
―Bien:
ahora vamos a mezclarlos con las otras tiritas en blanco..., así. ¿Quién quiere
sacarlas?
Hubo
un momento de vacilación. Entonces, como obrando bajo un unánime impulso,
cuatro de los miembros de la tripulación empujaron a Hassell hacia delante. Vic
adoptó una actitud de timidez mientras Maxton le tendía la cesta.
―Sin
hacer trampas, Vic―le dijo―. Y sólo una cada vez. Cierre los ojos y adelante.
Hassell
metió la mano en la cesta y sacó un papel. Lo tendió a sir Robert, que lo
desdobló.
―En
blanco―dijo.
Hubo
un ligero suspiro de contrariedad..., ¿o de alivio?
Otra
tira. De nuevo:
―En
blanco.
―¿Eh,
es que han usado todos ustedes tinta invisible?―preguntó Maxton―. Pruebe otra
vez, Vic.
Esta
vez tuvo suerte.
―P.
Leduc.
Leduc
dijo algo muy rápidamente en francés y pareció quedar muy contento de sí mismo.
Todos lo felicitaron cordialmente y se volvieron de nuevo hacia Hassell.
Este
sacó inmediatamente un segundo papel.
―J.
Richards.
La
tensión había alcanzado ya su colmo. Mirándolo con atención, Dirk vio que la
mano de Hassell temblaba mientras sacaba el quinto papel.
―Blanco.
Y
una tercera vez.
―Blanco.
Alguien
que hacía rato que había olvidado respirar lanzó un profundo suspiro.
Hassell
tendió el octavo papel al Director-General.
―Lewis
Taine.
La
tensión nerviosa cesó. Todos se arremolinaron en torno a los tres elegidos. Por
un momento Hassell permaneció absolutamente inmóvil; después se volvió hacia
los demás. Su rostro no delataba en absoluto emoción de ninguna clase. Entonces
el Profesor Maxton le agarró el hombro con una mano y dijo algo que Dirk no
pudo entender. El rostro de Hassell dejó de contraerse y contestó con una
sonrisa. Dirk oyó muy distintamente la palabra «Marte»; después, aparentemente
muy alegre, Hassell se juntó a los demás, para felicitar a sus amigos.
―¡Bien,
ya basta!―gritó el Director-General con una sonrisa que abarcaba todo su
rostro―. Vengan a mi despacho. Allí hay unas cuantas botellas que nos esperan.
Todo
el grupo pasó a la habitación contigua a excepción de McAndrews que se excusó
diciendo que tenía que ocuparse de la Prensa. Durante el cuarto de hora que
siguió varios sedientos gaznates fueron regados con deliciosos vinos
australianos que el Director-General había adquirido para aquella ocasión.
Después el grupo se disolvió con un aire general de plena satisfacción. Leduc,
Richards y Taine fueron llevados delante de las cámaras fotográficas, mientras
Hassell y Clinton permanecían un rato conferenciando con el Director-General.
Nadie supo exactamente lo que les dijo, pero cuando salieron tenían un aspecto
muy satisfecho.
Una
vez la ceremonia hubo terminado, Dirk se juntó al Profesor Maxton, que carecía
muy satisfecho de sí mismo y silboteaba jovialmente.
―Estoy
seguro de que se alegra que haya terminado―dijo Dirk.
―No
lo dude. Ahora todos sabemos como está la cosa.
Siguieron
caminando juntos un buen trecho sin decir nada. Entonces Dirk hizo observar,
muy inocentemente.
―¿No
le he hablado nunca de mi verdadera afición?
El Profesor
Maxton pareció quedar muy sorprendido.
―No,
¿cuál es?
Dirk
tosió como para excusarse.
―Pues
paso por ser un prestidigitador «amateur» bastante bueno.
El
Profesor Maxton paró instantáneamente su silbido. Hubo un profundo silencio.
Después Dirk dijo, tranquilizándolo:
―No
se preocupe. Estoy seguro de que nadie se ha dado cuenta de nada...
Particularmente, Hassell.
―Es
usted una verdadera calamidad―dijo Maxton con firmeza―. ¿Supongo que querrá
hablar de él en su maldita historia?
Dirk
se echó a reír.
―Quizá,
si bien no soy un escritor de chismes. He observado que usted sólo ha
escamoteado el papelito de Hassell, de manera que los otros es de presumir que
han sido elegidos al azar. ¿O había ya preparado usted los nombres que el D-G
tenía que llamar? ¿Eran todos aquellos papeles en blanco, por ejemplo?
―Es
usted un malvado suspicaz. No, los otros han sido realmente elegidos al azar.
―¿Qué
cree usted que va a hacer Hassell ahora?
―Estará
aquí hasta el despegue y llegará a su casa con tiempo suficiente.
―¿Y
Clinton, cómo lo va a tomar?
―Es
un hombre flemático, no le importará. Tendremos a los dos haciendo planes para
el próximo viaje. Estos los salvará de refunfuñar y quejarse.
Se
volvió inquieto hacia Dirk.
―¿Me
promete no decir nunca una palabra de esto?
Dirk
hizo una mueca.
―Nunca,
me parece un tiempo exagerado. ¿Vamos a fijarlo en el año 2000?
―¿Siempre
pensando en la posteridad, verdad? Muy bien... vamos a dejarlo en el año 2000.
¡Pero con una condición!
―¿Cuál
es?
―Que
me regale usted un ejemplar de luxe, dedicado, de su Memoria, para leer durante
mi vejez.
6
Dirk
estaba redactando el borrador de su prefacio cuando sonó imperativamente el
teléfono. El hecho de que dispusiese de un teléfono particular era un hecho ya
de por sí sorprendente porque otras personas importantes carecían de él y
venían constantemente a pedirle autorización para usarlo. Pero le había
correspondido así durante la atribución de despachos y si bien esperaba que de
un momento a otro se lo quitasen, nadie había venido hasta entonces a llevarse
el aparato.
―¿Es
usted, Dirk? Ray Collins al habla. Hemos quitado todas las pantallas aislantes
del «Prometheus», de manera que por fin puede visitar la nave si quiere.
¿Recuerda que me preguntó cómo funcionan los motores?
―Sí.
―Venga
usted y lo verá. Vale la pena de verlo.
Dirk
suspiró y apartó sus notas. Un día empezaría a escribir en serio y entonces la
historia se materializaría a una velocidad sorprendente. No se preocupaba en
absoluto, porque ahora era dueño de su método de trabajo. Hubiera sido inútil
empezar antes de estar en posesión de todos los datos, y hasta ahora no había
hecho más que hacer índices de sus notas y referencias.
Hacía
un día muy frío y se envolvió cuidadosamente mientras se dirigía hacia «Oxford
Circus». La mayor parte del tránsito de Luna City convergía en aquel sitio y en
él encontraría probablemente quien lo llevase hasta el lugar del lanzamiento.
Los medios de transporte eran precarios en la base y había una continua batalla
entre los varios departamentos por la posesión de los escasos autos y camiones
disponibles.
Anduvo
bajo el frío durante diez minutos antes de que un jeep lleno de periodistas
encargados de la misma misión llegase metiendo ruido. Parecía en cierto modo
una tienda de óptica ambulante porque venía cardado de cámaras fotográficas,
catalejos y gemelos. Sin embargo, Dirk consiguió encontrar un sitio entre
aquella exhibición de mercancías.
El
jeep entró en la zona de aparcamiento y cada cual se apeó con su equipo. Dirk ayudó
a bajar a un periodista muy pequeño cargado con un enorme telescopio, en parte
por bondad natural y en parte con la esperanza de poder mirar un poco a través
de él.
Las
dos grandes naves yacían ahora desprovistas de sus coberturas y pantallas; por
primera vez se podían apreciar plenamente su tamaño y proporciones. «Beta»,
bajo una mirada profana, hubiera podido ser tomado por una nave de línea de
tipo normal. Dirk, que no entendía gran cosa en aviación, no le hubiera
dirigido una segunda mirada si la hubiese visto despegar del aeródromo de su
país.
«Alfa»
no parecía ya tanto una especie de concha gigantesca. La radio del espacio y el
equipo de navegación habían sido ya extendidos y sus líneas exteriores quedaban
quebradas por una pequeña selva de mástiles y dispositivos de diferentes
especies. Alguien debía estar operando desde dentro, porque de cuando en cuando
algún mástil reaccionaba o se extendía más lejos.
Dirk
siguió a la gente hacia la popa de la nave. Una cuerda cercaba un área
vagamente triangular de manera que el «Prometheus» ocupaba un vértice y ellos
se encontraban en la base. La distancia mínima a que podían acercarse de los
dispositivos de propulsión era de unos cien metros. Mirando hacia aquellos
agujeros que parecían bostezar Dirk no sintió ningún deseo de verlos de más
cerca.
Las
cámaras y los binoculares entraron en acción y Dirk pudo por fin mirar a través
del telescopio. Los motores del cohete parecían estar a pocos metros, pero sólo
pudo ver un agujero metálico lleno de oscuridad y misterio. Por aquel agujero
saldrían en breve centenares de toneladas de gas radiactivo a quince mil millas
por hora. Detrás de él, oculto en las sombras, estaban los elementos de la pila
a la que jamás un ser humano podría volverse a acercar.
Alguien
avanzaba hacia ellos por el área prohibida, pero caminando muy cerca de la
barrera de las cuerdas. Al acercarse, Dirk vio que era el Dr. Collins. El
ingeniero lo saludó con una sonrisa y dijo:
―Ya
supuse que lo encontraría aquí. Estamos esperando que llegue el personal de
servicio. Tiene usted un bonito telescopio..., ¿puedo dar una mirada?
―No
es mío―dijo Dirk―, es de ese caballero..., aquí.
El
pequeño periodista dijo que estaría encantado de que el Profesor mirase a
través del instrumento, y más todavía si se dignaba explicarles lo que era
digno de ser visto allí.
Collins
estuvo mirando intensamente algunos instantes. Después volvió a enderezarse y
dijo:
―Temo
que de momento no hay gran cosa que ver, pero dentro de pocos minutos se
alegrarán ustedes de tener este telescopio.
Y
sonrió ligeramente.
―Produce
una curiosa sensación, sabe usted―dijo dirigiéndose a Dirk― estar mirando el
artefacto que uno ha ayudado a construir y al que no podrá acercarse nunca sin
que represente un suicidio.
Mientras
hablaba, un extraordinario vehículo iba aproximándose por el asfalto. Era un
enorme camión parecido a los que usan las compañías de televisión para las
retransmisiones exteriores y remolcaba una máquina que dejó a Dirk asombrado.
Al pasar por delante de él le dejó una vaga impresión de palancas articuladas,
pequeños motores eléctricos, cadenas y ruedas de oruga, y otros adminículos que
no fue capaz de identificar.
Los
dos vehículos se detuvieron en el interior de la zona de peligro. Se abrió una
puerta del gran camión y por ella salieron media docena de hombres,
desengancharon el arrastre y comenzaron a conectarlo a tres gruesos cables
blindados que habían desarrollado de dos tambores, en la parte delantera del
camión.
La
extraña máquina entró súbitamente en acción. Avanzó sobre sus pequeños
neumáticos balloon como si quisiera probar su movilidad. Las palancas
articuladas comenzaron a flexionar, dando una extraña sensación de vida
mecánica. Un momento después el artefacto empezó a encaminarse decididamente
hacia el «Prometheus», seguido de la máquina más grande a la misma velocidad.
Collins
sonreía al ver el profundo asombro de Dirk y de los demás periodistas allí
reunidos.
―Es
«Tin Lizzie»―dijo a modo de presentación―. No es en realidad un verdadero robot
porque cada movimiento que hace es controlado directamente por los hombres del
camión. Se necesita un equipo de tres para moverlo y es uno de los artefactos
más ingeniosamente construidos de este mundo.
«Lizzie»
estaba ahora a pocos metros de los chorros de «Alfa» y después de algunos
precisos movimientos de su base giratoria se detuvo nuevamente. Un largo y
delgado brazo sujetando varias extrañas piezas de maquinaria desapareció en
aquel túnel amenazador.
―El
transporte e instalación de la maquinaria ha sido siempre uno de los más
importantes problemas de la ingeniería atómica―explicó Collins a su interesado
público―. Fue desarrollado por primera vez en alta escala en el proyecto de
Manhattan durante la guerra. Desde entonces se ha convertido en una gran
industria autónoma. «Lizzie» es uno de sus productos más espectaculares. Es
capaz de arreglar un reloj..., o por lo menos un despertador.
―¿En
qué forma lo controla la tripulación?―preguntó Dirk.
―En
este brazo hay una cámara de televisión de manera que pueden ver el trabajo
como si lo estuviesen estudiando directamente. Todos los movimientos son
ejecutados por medio de su servomotores controlados por medio de estos cables.
Nadie
veía ahora qué estaba haciendo a «Lizzie» y transcurrió mucho tiempo antes de
que se apartase del cohete. Dirk vio que llevaba una barra de unos tres pies de
longitud de curiosa forma fuertemente sujeta en sus garras de metal. Los dos
vehículos se apartaron a unas tres cuartas partes de la distancia hasta la
barrera y al aproximarse a los periodistas éstos se retirararon apresuradamente
del amenazador objeto gris que el robot llevaba en sus garras. Collins, sin
embargo no se movió, en vista de lo cual Dirk dedujo que no era peligroso
quedarse.
Se
produjo un súbito zumbido ronco en el bolsillo de la chaqueta del ingeniero y
Dirk pegó un salto de un pie en el aire. Collins levantó una mano y el robot se
detuvo a unos cuarenta pies de ellos. Sus controladores, supuso Dirk, debían
estar observándolos a través de los ojos de la televisión.
Collins
agitó sus brazos y la barra giró lentamente en las garras del robot. El zumbido
del timbre de alarma de la radiación cesó súbitamente y Dirk volvió a respirar.
―Usualmente,
de un objeto irregular como este suele producirse algún efecto de
radiación―explicó Collins―. Seguimos estando todavía en su campo de radiación,
desde luego, pero es demasiado débil para ser peligroso.
Se
volvió hacia el telescopio que había sido momentáneamente abandonado por su
dueño.
―Esto
es verdaderamente práctico―dijo―. No había tenido intención de inspeccionarlo
personalmente, pero la ocasión es demasiado buena para desperdiciarla; es
decir, si podemos enfocar a esta distancia.
―¿Qué
trata usted exactamente de hacer?―preguntó Dirk al ver que su amigo daba a la
lente toda su extensión.
―Este
es uno de los elementos reactores de la pila―dijo Collins distraídamente―.
Tenemos que comprobar su actividad. ¡Hem...! Parece que funciona perfectamente.
¿Quiere dar una mirada?
Dirk
miró por el telescopio. Pudo ver algunas pulgadas cuadradas que a primera vista
parecían metal pero después vio que era una especie de capa de cerámica. Lo
veía tan de cerca que podía distinguir la contextura de la superficie.
―¿Qué
ocurriría si lo tocaba?―preguntó.
―Se
produciría usted seguramente graves quemaduras; gamma y neutrones. Si estuviese
usted cerca el tiempo suficiente, moriría.
Dirk
miró con fascinado horror aquella superficie gris de apariencia inofensiva que
le parecía tener sólo a algunos pulgadas.
―Supongo
que los fragmentos de una bomba atómica deben ser muy parecidos a esto―dijo.
―Igualmente
inofensivos, en todo caso―asintió Collins―. Pero aquí no hay peligro de
explosión. Todo el material fusible que empleamos ha sido desnaturalizado. Si
se produjesen serias complicaciones, podría ocurrir una explosión, pero muy
pequeña.
―¿Qué
entiende usted, por «serias complicaciones»?―preguntó Dirk con suspicacia.
―¡Oh,
un fuerte golpe por ejemplo!―dijo Collins alegremente―. No le puedo dar las
cifras por adelantado, pero no se requerirían menos de algunos centenares de
toneladas de dinamita. ¡Nada de que preocuparse!
7
El
salón donde se reunía el personal veterano le daba siempre a Dirk la impresión
de encontrarse en un club cerrado de Londres. El hecho de no haber puesto nunca
los pies en un club de Londres, cerrado o de otra especie, no interfería en su
firme convicción.
No
obstante, el contingente británico del salón era probable que en un momento
dado fuese minoría y durante el transcurso del día se podía oír en el salón
todo los acentos del mundo, lo cual no afectaba en nada la atmósfera del lugar
que parecía brotar del enteramente británico barman y dos ayudantes. A pesar de
todas las protestas habían conservado la Unión Jack ondeando allí, centro
social de Luna City. Sólo una vez habían cedido un poco de territorio e incluso
entonces el enemigo había sido rápidamente rechazado. Hacía seis meses los
americanos habían importado un nuevo tipo de distribuidor de Coca-Cola que
durante algún tiempo relució de una manera ostentosa sobre los austeros
plafones de madera. Pero no por mucho tiempo; después de rápidas consultas y la
nocturna intervención de los carpinteros, una mañana, cuando llegaron los
sedientos clientes, encontraron que el cromado artefacto había desaparecido y
que podían obtener de nuevo sus bebidas de lo que hubiera podido ser una de las
obras maestras del difunto mister Chippendale. El Statu quo había sido
restablecido, pero acerca de lo que había ocurrido, el barman confesaba su
completa ignorancia.
Dirk
venía por lo menos una vez al día a recoger su correo y leer los periódicos.
Por las tardes el local solía estar atestado y prefería quedarse en su casa;
pero aquella noche Maxton y Collins lo habían arrastrado fuera de su retiro. La
conversación, como de costumbre, no se apartaba de la empresa en curso.
―Me
parece que voy a ir a la conferencia de Taine, mañana―dijo Dirk―. Habla de la
Luna, ¿verdad?
―Sí,
supongo que va a andarse con mucha cautela, ahora que sabe que va a ir a ella.
Puede tener que comerse sus palabras, si no se anda con cuidado.
―Le
hemos dado libertad absoluta―contestó Maxton―. Probablemente hablará de
proyectos a largo plazo y del empleo de la Luna como base de abastecimiento
para alcanzar los planetas.
―Puede
ser interesante. Richard y Clinton hablarán los dos de ingeniería, supongo, y
de esto tengo ya bastante.
―Gracias―dijo
Collins riéndose―. ¡Es agradable saber que nuestros esfuerzos son apreciados!
―¿Saben
ustedes―dijo Dirk súbitamente―, que ni siquiera he visto jamás la Luna a través
de un potente telescopio?
―Esto
lo podemos fijar para cualquier noche de esta semana..., digamos pasado mañana.
La Luna no tiene más que un día, en este momento. Aquí hay varios telescopios
que le darán una visión perfecta.
―Siempre
me pregunto―dijo Dirk pensativo― si vamos a encontrar vida, vida inteligente,
quiero decir, en algún sitio del sistema solar...
Hubo
una larga pausa. Después Maxton dijo, secamente.
―No
lo creo.
―¿Por
qué no?
―Mírelo
de esta forma. El hombre ha necesitado sólo diez mil años para pasar de la Edad
de Piedra a la nave del espacio. Esto quiere decir que el viaje interplanetario
tiene que aparecer muy al principio de todo desarrollo de cultura, siempre y
cuando éste se produzca siguiendo una línea tecnológica.
―No
obstante―dijo Dirk―, si retrocede usted hasta la prehistoria verá usted que han
sido necesarios un millón de años para llegar a la nave del espacio.
―Pero
esto sigue siendo únicamente una milésima parte, o quizá menos, de la edad del
sistema solar. Si existía alguna civilización en Marte, probablemente murió
antes de que la humanidad emergiese de la selva. Si estuviera floreciente
todavía, hace ya tiempo que nos hubiera visitado.
―La
cosa es tan plausible―respondió Dirk― que estoy seguro de que no es verdad. Es
más, se pueden encontrar gran cantidad de incidentes que hacen parecer como si
hubiésemos sido visitados en el pasado por naves o cosas a quienes no gustamos
y se volvieron a marchar.
―Sí,
he leído algunos de estos relatos y son interesantes. Pero soy escéptico; si
algo una vez ha visitado la Tierra, cosa que dudo, me extrañaría mucho que
viniese de otro planeta. El espacio y el tiempo son tan grandes que no parece
probable que sólo tengamos vecinos en nuestro camino.
―Es
lástima―dijo Dirk―. Yo creo que lo más apasionante de la astronáutica es la
posibilidad que ofrece de encontrar otras mentalidades. La humanidad no tendría
esta sensación de soledad.
―Esto
es perfectamente cierto; pero quizá sería igualmente conveniente que pasásemos
algunos de los siglos venideros explorando el sistema solar por nuestra cuenta.
Al final de este período habríamos adquirido muchos más conocimientos, mejor
dicho, sabiduría, no sólo conocimientos, y estaríamos quizá en condiciones de
establecer contacto con otras razas. De momento..., en fin, no han transcurrido
más que cuarenta años desde Hitler.
―¿Entonces,
cuánto tiempo cree usted que tendremos que esperar―preguntó Dirk un poco
desalentado―, antes de establecer contacto con una nueva civilización?
―¿Quién
puede decirlo? Puede estar tan próximo en el tiempo como los hermanos Wright o
tan remoto como la construcción de las pirámides. Puede incluso, desde luego,
ocurrir dentro de una semana a partir de mañana, cuando el «Prometheus»
aterrice en la Luna. Pero estoy muy seguro de que no.
―¿Cree
usted sinceramente que algún día iremos a las estrellas?―preguntó Dirk.
El
profesor Maxton permaneció sentado en silencio por algún tiempo echando
bocanadas de humo azul hacia el techo.
―Así
lo creo. Algún día.
―¿Cómo?―insistió
Dirk.
―En
nuestro universo, dos puntos pueden estar separados por años de luz. Pero
pueden sin embargo estar casi tocándose en el alto espacio.
(¿Dónde
está el Times? No, asno, no, no el New Yorker)
―Yo
hago punto final en la cuarta dimensión―dijo Collins sonriendo―. Esto es
demasiado fantástico para mí. ¡Yo no soy más que un ingeniero práctico...,
espero!
(En
la habitación contigua donde se jugaba al tenis de mesa pareció que el
victorioso campeón hubiese saltado la red para ir a estrechar la mano de su
adversario.)
―A
principios de siglo―respondió el profesor Maxton―, los ingenieros prácticos
pensaban de la misma manera acerca de la teoría de la relatividad. Pero una
generación después fue generalmente admitida.
Permaneció
algún tiempo inmóvil con los codos sobre la mesa, mirando a distancia.
―¿Qué
cree usted que nos aportarán los próximos cien años?―preguntó lentamente.
8
La
gran tienda de Nissen tenía fama de estar conectada al sistema de calefacción
del campo, pero nadie lo hubiera dicho. Dirk, que se había familiarizado con la
vida de Luna City, había muy prudentemente traído su gabán. Sentía piedad por
los ateridos miembros de la concurrencia que habían descuidado tan elemental
medida de precaución. Al final de la conferencia tendrían una viva imagen de
las condiciones de vida de los planetas exteriores.
Unas
doscientas personas estaban ya sentadas en los bancos y otras iban llegando
continuamente, porque sólo pasaban cinco minutos de la hora en que la
conferencia hubiera debido comenzar. En el centro de la habitación unos
electricistas estaban acabando de ajustar un episcopio. Media docena de
sillones habían sido colocados frente al estrado del conferenciante y eran
blanco de codiciosas miradas. Tan claramente como si hubiesen ostentado una
etiqueta proclamaban ante la faz del mundo: «Reservados para el Director-General».
La
puerta del fondo de la tienda se abrió y dio paso a Sir Robert Derwent seguido
de Taine, profesor Maxton y varias otras personas a quien Dirk no conocía.
Todos menos Sir Robert se sentaron en la primera fila, dejando el sillón del
centro vacío.
El
murmullo de voces cesó en el momento en que el Director-General subió al
estrado. Parecía, pensó Dirk, un gran empresario en el momento de mandar
levantar el telón. Y era esto, en cierto modo.
―Mister
Taine―dijo― ha accedido amablemente a dirigirnos unas palabras sobre el objeto
de esta primera expedición. Siendo, como es, uno de los primeros que la
planearon y tomando personalmente parte en ella, estoy seguro de que lo
escucharemos con gran interés. Una vez nos haya hablado de la Luna, espero que
mister Taine va a dejar..., eh, todo ceremonial y expondrá los planes que
tenemos para el resto del sistema solar. Creo que tiene ya muy bien organizada
la próxima expedición a Plutón. Mister Taine...
(Aplausos.)
Dirk
estudió cuidadosamente al astrónomo mientras éste subía a la tribuna. Hasta
entonces había prestado muy poca atención a él. En realidad, aparte su casual
encuentro con Hassell, había tenido muy pocas ocasiones de estudiar a nadie de
la tripulación.
Taine
era un muchacho rollizo que parecía estar en los medios veintes, pese a que
pasaba ya de los treinta. La astronáutica, pensó Dirk, los pesca jóvenes. No
era de extrañar que Richards, con sus treinta y cinco, fuese considerado como
un veterano por sus colegas.
Mientras
hablaba, la voz de Taine era seca y precisa y sus palabras se extendían
claramente por la tienda. Era un buen orador, pero tenía la enojosa costumbre
de hacer juegos malabares con trozos de yeso... que con frecuencia fallaba.
―No
creo tenerles que decir gran cosa acerca de la Luna en conjunto―dijo―, puesto
que ya han oído y leído suficiente acerca de ella durante estas últimas
semanas. Pero les hablaré del lugar donde pensamos aterrizar y de lo que
esperamos hacer una vez hayamos llegado a ella.
»Ante
todo, aquí tenemos una vista de toda la Luna. (Primera vista, por favor.)
Siendo llena y el sol cayendo vertical sobre el centro del disco, todo parece
llano y falto de interés. La zona obscura del extremo derecho bajo es el Mare
Imbrium, en el cual aterrizaremos.
»Ahora
aquí tienen la Luna cuando tiene nueve días, que es como la verán ustedes desde
la Tierra cuando nosotros lleguemos a ella. Lanzando el sol sus rayos
oblicuamente verán ustedes que las montañas cercanas al centro se destacan muy
claramente...; fíjense en estas sombras alargadas que forman.
»Acerquémonos
más a examinar el Mare Imbrium en detalle. El nombre, dicho sea de paso,
significa «Mar de Lluvias», pero ni es un mar ni llueve en él, como en ninguna
otra parte de la Luna. Los antiguos astrónomos le dieron este nombre en los
días anteriores a la invención del telescopio.
»Aquí
verán por este primer plano que el Mar es una llanura limitada por la parte de
arriba (o sea por el sur), por esta realmente bellísima cordillera, los
Apeninos lunares. Al norte tenemos esta otra pequeña cordillera, los Alpes. La
escala nos da aquí una idea de las distancias; el cráter, por ejemplo, tiene
unas cincuenta millas de diámetro.
»Esta
zona es una de las más interesantes de la Luna y tiene con certeza los más
bellos paisajes, pero durante nuestra primera visita sólo podremos explorar una
pequeña región. Aterrizamos por aquí (la próxima vista, por favor), y esto es
un dibujo de la zona en la mayor ampliación que podemos hacer. Está tomada tal
como la ve usted ahora a simple vista, desde una distancia de doscientas millas
en el especio.
»El
punto exacto del aterrizaje será decidido durante la aproximación. Caeremos
lentamente durante las últimas cien millas y tendremos tiempo de elegir un
lugar conveniente. Como bajamos verticalmente sobre parachoques sosteniéndonos
sobre los cohetes hasta el último momento, sólo necesitamos unas cuantas yardas
cuadradas de una superficie razonablemente horizontal. Algunos pesimistas han
insinuado que podríamos caer sobre una superficie de arenas movedizas, pero no
parece probable.
»Saldremos
de la nave por parejas, atados con una cuerda, dejando al tercero en la nave
para conservar el contacto con la Tierra. Nuestros trajes del espacio llevan
aire para doce horas y nos aislarán de todas las temperaturas que pueden
encontrarse en la Luna, es decir, desde el punto de ebullición hasta un par de
centenares de grados bajo cero Fahrenheit. Como estaremos allá durante el día,
no sufriremos las bajas temperaturas a menos que estuviésemos en la sombra
durante largo tiempo.
»Me
es imposible decir a ustedes todo el trabajo que tenemos intención de hacer
durante la semana de nuestra estancia en la Luna, de manera que sólo mencionaré
algunos de los más importantes.
»En
primer lugar, nos llevaremos pequeños pero muy potentes telescopios a fin de
obtener una visión de los planetas, mejor que las conseguidas hasta ahora. Este
equipo, como una gran parte de todo lo que llevemos, lo dejaremos allá para
futuras expediciones.
»Traeremos
aquí miles de muestras geológicas, debería decir «selenológicas», para ser
analizadas. Buscaremos minerales que contengan hidrógeno, ya que en cuanto
pudiésemos establecer un yacimiento de extracción de combustible en la Luna, el
coste de los viajes quedaría reducido a una décima parte o quizá a menos. Más
importante todavía, podríamos empezar a pensar en viajes a otros planetas.
»Nos
llevamos también gran cantidad de material de radio. Como ustedes saben la Luna
tiene enormes posibilidades como estación de enlace y esperamos investigar
algunas de ellas. Haremos adicionalmente toda serie de mediciones físicas que
serán del más alto interés científico. Una de las más importantes es la
determinación del campo magnético de la Luna a fin de comprobar la teoría de
Blackett. Y, desde luego, contamos conseguir una espléndida colección de
fotografías y films.
»Sir
Robert les ha prometido que «abandonaría todo formalismo». Bien, me es difícil
decirles gran cosa, pero acaso pueda interesarles saber lo que yo,
personalmente, pienso sobre lo que podrá ser el desarrollo durante el próximo
decenio o cosa así.
»Primero
de todo, tenemos que establecer una base semipermanente en la Luna. Si estamos
de suerte en nuestra primera elección, podremos construirla donde hayamos hecho
nuestro primer aterrizaje. De lo contrario habrá que intentarlo de nuevo.
»Para
la fundación de esta base se han trazado planos muy extensos. Dentro de lo
posible será autónoma y se cultivarán los alimentos bajo cristal. La Luna, con
sus catorce días continuos de luz de sol, tiene que ser un paraíso de la
horticultura.
»A
medida que sepamos más respecto a los recursos naturales de la Luna, la base
podrá irse extendiendo y desarrollando. Esperamos explotaciones mineras en una
fecha no remota, pero tendrá que ser para procurarnos materiales utilizables en
la Luna. Sería demasiado caro importar a la Tierra todo lo que no sea un
material muy raro.
»En
la actualidad, los viajes a la Luna son sumamente costosos y difíciles, porque
tenemos que llevarnos combustibles para el regreso. Una vez podamos
abastecernos en la Luna estaremos en condiciones de utilizar naves mucho más
pequeñas y económicas. Y, como acabo de decir, podremos ir a otros planetas.
»Puede
parecer paradójico, pero es más fácil hacer el viaje de cuarenta millones de
millas desde la base lunar a Marte, que cruzar el cuarto de millón de millas de
la Tierra a la Luna. Requiere más tiempo, desde luego, unos doscientos
cincuenta días, pero no requiere más combustible.
»La
Luna, gracias a su bajo campo de gravitación, es el punto de parada hacia los
planetas, la base para la exploración del sistema solar. Si todo se desliza
normalmente, podremos empezar a hacer planes para alcanzar Marte y Venus dentro
de unos diez años a partir de ahora.
»No
es mi propósito especular acerca de Venus, salvo para decir, casi con absoluta
certeza, que haremos una exploración radar del planeta antes de intentar un
aterrizaje. Puede ser posible levantar mapas radar detallados de la superficie
oculta, a menos que su atmósfera sea verdaderamente rara.
»La
exploración de Marte sería bajo muchos conceptos similar a la exploración de la
Luna. Podemos no necesitar trajes del espacio para circular por él, pero con
toda seguridad necesitaremos equipo de oxígeno. La base marciana ofrecerá las
mismas dificultades que la Luna, si bien en forma mucho menos aguda. Pero
tendrá una desventaja, estará a una gran distancia de nosotros y tendrá que
contar en gran parte con sus propios recursos. La casi cierta presencia de
alguna especie de vida afectará también nuestro establecimiento en forma que no
podemos prever. Si hay alguna «inteligencia» en Marte, cosa que dudo, nuestros
planes pueden verse obligados a cambiar completamente; podemos incluso vernos
absolutamente imposibilitados de establecernos allá. Las posibilidades en
cuanto a Marte hacen referencia, son casi ilimitadas; por esto es un lugar tan
interesante.
»Más
allá de Marte, la escala del sistema solar aumenta considerablemente y no
podemos hacer grandes exploraciones mientras no dispongamos de naves más
rápidas. «Prometheus» podría alcanzar los planetas exteriores, pero no podría
regresar y el viaje duraría años. Sin embargo, espero que a finales de siglo
estemos en condiciones de ir a Júpiter y quizá a Saturno. Muy probablemente
estas expediciones partirían de Marte.
»No
podemos, desde luego, esperar «aterrizar» en estos dos planetas; si es que
tienen superficies sólidas, lo cual es dudoso; están situados debajo de miles
de millas de una atmósfera en la que no nos atreveríamos a penetrar. Si hay
alguna especie de vida en el corazón de estos infiernos subárticos, no veo cómo
podríamos establecer contacto con ellos ni cómo ellos podrían jamás saber algo
de nosotros.
»El
interés capital de Júpiter y Saturno parte de su sistema de lunas. Saturno
tiene por lo menos doce, Júpiter no menos de quince. Lo que es más, muchas de
ellas tienen un tamaño considerable, mucho mayores que nuestra Luna. Titán, el
satélite mayor de Saturno, es la mitad más grande que la Tierra, y se sabe que
tiene atmósfera, si bien irrespirable. Son muy fríos, desde luego, pero no hay
de momento ninguna objeción a que podamos conseguir ilimitadas cantidades de
calor por medio de reacciones atómicas.
»Los
tres planetas más lejanos no nos interesarán durante bastante tiempo del
futuro... quizá cincuenta años o más. En todo caso, de momento sabemos muy poco
acerca de ellos.
»Esto
es todo lo que puedo decir por ahora. Espero que he puesto bien en claro que el
viaje que vamos a emprender la próxima semana, aun cuando parece tremendo dados
los standards de nuestros días, no es en realidad más que el primer paso. Es
interesante y emocionante, pero tenemos que situarlo en su verdadera
perspectiva. El pequeño mundo de la Luna es, bajo muchos conceptos, poco
prometedor, pero puede un día llevarnos a otros planetas más lejanos, algunos
mayores que la Tierra, y con más de treinta lunas de diferentes tamaños. El
área total que se abre delante de nosotros para su exploración durante algunos
decenios es por lo menos diez veces como la superficie de este planeta. En ella
habrá sitio para todo el mundo.
»Muchas
gracias.»
Terminó
abruptamente, sin la menor fioritura retórica, como un locutor de radio cortado
por las exigencias del reloj del estudio. Durante cosa de medio minuto reinó en
la tienda un silencio absoluto, mientras el auditorio iba regresando
paulatinamente a la Tierra. Después hubo una cortés iniciación de un aplauso,
que fue creciendo gradualmente a medida que los espectadores iban dándose
cuenta de que pisaban suelo firme.
Los
periodistas, golpeando el suelo con los pies y tratando de restablecer su
circulación, empezaron a salir al exterior. Dirk se preguntaba cuántos de ellos
se habían dado cuenta por primera vez de que la Luna no era una meta sino un
principio, el primer paso por una ruta infinita. Era una ruta, creía ahora, que
todas las razas tenían que recorrer con el mismo fin, si no querían marchitarse
y morir en su pequeño y abandonado mundo.
Por
primera vez podía ahora verse el «Prometheus» en todo su conjunto. «Alfa» había
sido por fin izada sobre los anchos hombros de «Beta», ofreciendo la fea imagen
de formarle una joroba. Incluso Dirk, para quien todas las máquinas voladoras
eran iguales, hubiera sido incapaz de confundirla con ninguno de los artefactos
que hasta ahora habían surcado los cielos.
Siguió
a Collins por la escalerilla de la grúa movible para su última visita al
interior de la nave del espacio. Era por la tarde y había muy poca gente.
Detrás de las cuerdas protectoras, algunos fotógrafos trataban de sacar
fotografías de la máquina con el sol poniente detrás de ella. El «Prometheus»
formaría una silueta impresionante destacándose sobre la desvaneciente belleza
de un sol occidental.
La
cabina de «Alfa» estaba tan iluminada y limpia como un teatro en plena
representación. Y no obstante había detalles personales; aquí y allá podían
verse artículos que indudablemente pertenecían a la tripulación y habían sido
metidos en huecos donde estaban firmemente sujetos por medio de bandas
elásticas. Varios retratos y fotografías habían sido pegados a las paredes y
sobre el asiento del piloto podía verse un marco de plástico encerrando una
fotografía de (así lo supuso Dirk) la esposa de Leduc. Mapas y tablas
matemáticas habían sido fijadas en puntos estratégicos donde podían ser
rápidamente consultadas. Súbitamente Dirk recordó, por primera vez desde hacía
días, su visita a la réplica de aquel laboratorio en Inglaterra donde se había
encontrado ante toda aquella colección de instrumentos en un tranquilo suburbio
de Londres. Le parecía que había transcurrido toda una vida y a más de medio
mundo de allí.
Collins
se dirigió a una alta compuerta y la abrió.
―¿No
ha visto usted nunca uno de estos chismes, verdad?―preguntó.
Los
tres fláccidos trajes del espacio colgando de su percha parecían seres de las
profundidades del mar, sacados de sus tinieblas a la luz del día. El grueso y
flexible material cedía fácilmente al tacto de Dirk y notó la presencia de
varillas metálicas de refuerzo. Cascos transparente como bolas de cristal para
peces de colores estaban guardados en el rincón de la compuerta que formaba
armario.
―¿Son
como escafandras, verdad?―dijo Collins. En realidad, «Alfa» es más un submarino
que otra cosa, si bien nuestros cálculos son mucho más fáciles, pues no tenemos
que tener en cuenta la presión.
―Me
gustaría sentarme en la posición del piloto―dijo Dirk de repente―. ¿Hay
inconveniente?
―Ninguno,
con tal de que no toque usted nada.
Collins
lo observaba con una leve sonrisa mientras Dirk se sentaba en el asiento.
Conocía su impulso, pues lo había experimentado también más de una vez,
habiendo cedido a él.
Cuando
la nave estuviese bajo la fuerza o manteniéndose vertical sobre la Luna, el
asiento se doblaría hacia delante formando un ángulo recto con su actual
posición. Lo que ahora era el suelo bajo los pies de Dirk, sería la pared de
enfrente y la lente del periscopio que ahora sus pies tenían que evitar se
encontraría convenientemente colocada para su uso. Debido a esta rotación, tan
poco familiarizada con la mente humana, era difícil captar las sensaciones que
el piloto de la nave experimentaría cuando ocupase su sitio.
Dirk
se levantó y se dispuso a salir. Siguió a Collins en silencio a la compuerta,
pero se detuvo un momento delante de la gruesa puerta ovalada para dirigir una
última mirada a la diminuta y tranquila cabina:
―¡Adiós,
pequeña nave!―dijo mentalmente―. ¡Adiós y buena suerte!
Había
obscurecido ya cuando salieron a la grúa, y los focos de luz formaban charcos
brillantes sobre el suelo de cemento. Soplaba un aire frío y el cielo estaba
cuajado de estrellas cuyos nombres no sabría nunca. Súbitamente Collins, que
estaba de pie a su lado en la oscuridad, lo agarró por el brazo y señaló
silenciosamente hacia el horizonte.
Casi
perdida en el tenue resplandor de la puesta de sol, la pálida hoz de la Luna
Nueva de dos días declinaba suavemente hacia el oeste. Sujeto en sus brazos
podía verse el disco débilmente luminoso que esperaba todavía la venida del
día. Dirk trató de imaginar las altas montañas y las accidentadas llanuras
esperando que el sol se elevase sobre ellas y, no obstante, iluminadas ya por
la fría luz de la casi llena Tierra.
Millones
y millones de veces la Tierra se había elevado y desvanecido sobre aquella
tierra silenciosa y sobre su superficie sólo se habían movido sombras. Desde la
aurora de la vida terrenal, quizá se habían abierto y vuelto a morir docenas de
cráteres, pero no había conocido más cambio que aquél. Y ahora, finalmente,
después de todas estas eras, su soledad había llegado a su fin.
9
Dos
días antes del despegue, Luna City era probablemente uno de los más tranquilos
y menos agitados rincones de la Tierra. Todos los preparativos estaban hechos a
excepción del embarque de combustible final y alguna de las pruebas de última
hora. No había otra cosa que hacer sino esperar que la Luna ocupase el sitio de
la cita.
En
todas las redacciones de los grandes periódicos del planeta los redactores
jefes estaban ocupados redactando sus titulares, y escribiendo posibles
versiones alternativas susceptibles de ser adaptadas a los incidentes más
inesperados. Gente totalmente desconocida entre ellos, estaba dispuesta en
trenes y autobuses a hacer alarde de sus conocimientos astronómicos a la más
ligera provocación. Sólo un asesinato sensacional hubiera sido capaz de llamar
la atención que generalmente despierta.
En
cada continente los aparatos de radar de largo alcance se disponían a seguir a
«Alfa» en su viaje a través del espacio. El pequeño dispositivo de radar de a
bordo de la nave permitiría que su posición fuese captada en cualquier momento
del viaje.
A
cincuenta pies bajo el suelo, en la Universidad de Princetown, uno de los
computadores electrónicos mayores del mundo estaba preparado. Si por alguna
razón imprevista la nave se veía obligada a cambiar su órbita o a demorar su
regreso, la nueva trayectoria podía ser calculada a través de los cambiantes
campos de gravitación de la Tierra y la Luna. Un ejército de matemáticos
necesitaría meses para hacer este trabajo; el calculador de Princetown podía
dar la respuesta, ya impresa, en algunas horas.
Todos
los aficionados a la radio del mundo que podían operar con la frecuencia de la
nave del espacio estaban dando a sus aparatos el último toque. No serían muchos
los que podrían recibir e interpretar las señales moduladas de hiperfrecuencia
de la nave, pero habría algunos. Los perros de guarda del éter, los Comisarios
de Comunicaciones, estaban dispuestos a entendérselas con los transmisores no
autorizados que pudiesen tratar de interferir el circuito.
En
las cumbres de las montañas, los astrónomos estaban preparándose para su
competición, la de ver quién obtenía mejores fotografías del aterrizaje. «Alfa»
era de mucho demasiado pequeña para que pudiese ser vista cuando alcanzase la
Luna, pero las llamaradas de los chorros cuando chocasen contra las rocas
lunares serían visibles lo menos a un millón de millas de distancia.
Entre
tanto, los tres hombres en quienes estaba fijo el centro de la atención
mundial, concedían intervius cuando así les parecía bien, dormían largas horas
en sus alojamientos o se entregaban al violento ejercicio del tenis de mesa,
que era el único deporte de que se podía disponer en Luna City. Leduc, que
tenía un sentido del humor macabro, se divertía diciendo a sus amigos las cosas
inútiles u ofensivas que les dejaba por testamento. Richards se comportaba como
si no hubiese ocurrido nada de la más mínima importancia e insistía en adquirir
compromisos sociales para dentro de tres semanas. A Taine apenas se le veía;
más tarde se supo que estaba ocupado escribiendo un tratado matemático que
tenía muy poco que ver con la astronáutica. Era, en realidad, el cálculo del
número posible de jugadas de bridge y el tiempo que se requería para jugarlas
todas.
Poca
gente sabía, en realidad, que el meticuloso Taine hubiera podido, si tal
hubiese sido su deseo, ganar con las cincuenta y dos cartas de la baraja, más
dinero del que probablemente ganaría nunca con la astronomía. Pero no era que
tuviese que practicarla más ahora, si regresaba con vida de la Luna...
Sir
Robert Derwent yacía completamente estirado en su sillón, casi en la absoluta
oscuridad, salvo la zona de luz iluminada por la lámpara de sobremesa. Casi
lamentaba que los dos o tres postreros días que se necesitaban para los últimos
detalles no hubiesen transcurrido ya. Quedaba una noche y un día, y otra noche
aún, antes del despegue, y no había otra cosa que hacer más que esperar.
Al
Director-General no le gustaba esperar. Le daba tiempo para pensar y el
pensamiento era el enemigo del bienestar. Ahora, durante aquellas apacibles
horas de la noche, a medida que el gran momento de su vida se acercaba, estaba
revisando el pasado en busca de su juventud.
Los
cuarenta años de lucha, de éxitos y de decepciones se prolongaban todavía en el
futuro. De nuevo era un chiquillo, en los comienzos de su vida universitaria, y
la segunda Guerra Mundial que le había robado seis años de vida, no era todavía
más que una amenazadora nube en el horizonte. Yacía en una selva del Shropshire
durante una de aquellas mañanas de primavera que no habían vuelto nunca más y
el libro que leía era el mismo que tenía en aquellos momentos todavía en sus
manos. Con una tinta descolorida, en la página de guarda, escrita con una letra
todavía medio formada, podía leerse: «Robert A. Derwent. 22 junio 1935».
El
libro era el mismo... pero ¿dónde estaba ahora la música de aquellas palabras
armoniosas que una vez prendieron fuego a su corazón? Era ya demasiado sensato
y demasiado viejo; los trucos de aliteración y repetición no podían engañarlo
ya, y el vacío del pensamiento era demasiado claro. Y, sin embargo, una y otra
vez le parecía oír el tenue eco del pasado y durante un momento la sangre
acudía a sus mejillas como había hecho cuarenta años antes. Algunas veces una
simple frase bastaba:
«¡Oh
laúd del Amor oído por las tierras de la Muerte!»
Otras
veces dos versos:
«Hasta
que Dios suelte sobre la tierra y el mar
el
trueno de las trompetas de la noche...»
El
Director-General miraba hacia el espacio. También él estaba liberando un trueno
como jamás el mundo lo había conocido. Sobre el océano Indico los marinos
levantarían la vista desde las cubiertas de sus barcos buscando aquellos
rugientes motores que cruzaban el cielo; los plantadores de té de Ceilán los
oirían, ya tenues y confusos, dirigiéndose al oeste, hacia África. Los campos
petroleros de Arabia captarían las últimas reverberaciones mientras se
filtraban a través de los límites del espacio.
Sir
Robert iba volviendo las páginas distraídamente, deteniéndose donde las
huyentes palabras captaban su vista.
«No
es mucho lo que un hombre puede salvar.
En
las arenas de la vida, en los estrechos del tiempo,
Quien
nada a la vista de la gran tercera ola.
Que
jamás un nadador salvará o trepará.»
¿Qué
había salvado, él, del tiempo? Mucho más, lo sabía, que la mayoría de los
hombres. Y, no obstante, había llegado casi a los cuarenta años antes de
encontrar un verdadero objetivo a su vida. Su amor a las matemáticas no lo
habían abandonado nunca, pero durante mucho tiempo había sido una pasión sin
propósito. Incluso ahora, le parecía que sólo la suerte había hecho de él lo
que era.
«Vivía
en Francia un cantor de otros tiempos.
Junto
al doloroso mar sin mareas.
En
una tierra de arena, de ruinas y de oro.
Brillaba
una mujer, y nadie más que ella.»
La
magia se desvanecía paulatinamente. Su mente voló hacia los años de la guerra,
cuando luchó en aquella silenciosa batalla de los laboratorios. Mientras los
hombres morían en la tierra, en el aire y en el mar, él había estado trazando
los senderos de los electrones a través de los entrelazados campos magnéticos.
No obstante, del trabajo que él había compartido salió la mayor arma táctica de
la guerra.
Había
sido un pequeño paso del radar a la mecánica celestial, de las órbitas de
electrones a los senderos de los planetas alrededor del Sol. La técnica que
había aplicado en el pequeño mundo de los magnetrones podía ser usada
nuevamente en la escala cósmica. Quizás había tenido suerte; al cabo de sólo
diez años de trabajo había conseguido su reputación, gracias a su manera de
abordar el problema de los tres cuerpos. Diez años después, con gran sorpresa
de muchos, empezando de la suya, había sido nombrado Astrónomo Real.
«El
pulso de la guerra y la pasión y el asombro.
Los
cielos que murmuran, los sonidos que vibran.
Las
estrellas que cantan y los amores que rugen.
La
música que abrasa el corazón, como el vino...»
Hubiera
podido seguir ocupando su puesto con eficiencia y éxito para el resto de su
vida, pero el Zeitgeist de la astronáutica fue demasiado fuerte para él. Su
mente le había dicho que el día de franquear el espacio se acercaba, pero cuan
cercano estaba, al principio no lo había reconocido. Cuando finalmente este
conocimiento alboreó, supo por lo menos el objeto de su vida, y los largos años
de labor habían madurado sus cosechas.
«¡Ah,
si no hubiese desperdiciado mi vida y dado
todo
lo que da la vida y dejan los años pasar.
El
vino y la miel, el bálsamo y el fermento...
Los
sueños volar altos y las esperanzas caer...»
Volvió
las amarillentas páginas de doce en doce, hasta que sus ojos se posaron sobre
la estrecha columna que estaba buscando. Aquí, por lo menos, la magia
subsistía; aquí nada se había alterado y las palabras latían todavía en su
cerebro con el viejo e insistente ritmo. Hubo un tiempo que en los versos, del
principio hasta el fin, en interminable cadena, se habían abierto camino a
través de su mente hora tras hora hasta que incluso las palabras habían perdido
su significado.
«Entonces
ni estrellas ni sol despertarán.
No
habrá cambio de luz.
Ni
el sonido de las aguas se oirá.
Ni
ningún sonido ni visión.
Ni
hojas venteadas invernales.
Ni
días ni cosas diurnas.
Sólo
el sueño eterno.
En
una eterna noche.»
La
noche eterna vendría, y demasiado pronto, para el gusto del hombre. Pero, por
lo menos, antes de desecarse y morir habría conocido las estrellas; antes de
desvanecerse como un sueño, el Universo habría confiado sus secretos a su
mente. Y si no a la suya, a las mentes que vendrían después y acabarían lo que
él había empezado.
Sir
Robert cerró el delgado volumen y lo devolvió a la estantería. Su viaje al
pasado había terminado en el futuro, y era ya tiempo de regresar.
Al
lado de su cama, el teléfono comenzó a llamar con furiosas e insistentes
llamadas.
10
Jamás
nadie supo gran cosa acerca de Jefferson Wilkes, sencillamente porque había muy
poco que saber. Fue un joven contable en una factoría de Pittsburgh durante
casi treinta años, durante los cuales sólo había ascendido una vez. Hacía su
trabajo con una laboriosa minuciosidad que era la desesperación de sus
superiores. Como millones de sus contemporáneos no tenía la menor comprensión
de la civilización en medio de la cual se encontraba. Hacía veinticinco años
que se había casado y nadie se sorprendió al enterarse de que su esposa lo
había abandonado a los pocos meses.
Ni
sus mejores amigos, si bien no había pruebas de que jamás hubiese tenido
ninguno, hubieran sostenido que Jefferson Wilkes fuese un profundo pensador. Y,
sin embargo, había una cosa a la cual, a su manera, había dedicado profundas
reflexiones.
El
mundo ignoraría siempre qué había vuelto la patética y rudimentaria mente de
Jefferson Wilkes hacia las estrellas. Era más que probable que la causa hubiese
sido el deseo de escapar de la prosaica realidad de la vida cotidiana.
Cualquiera que fuese la razón estudió los escritos de los que predecían la
conquista del espacio. Y decidió que, costase lo que costase, era necesario
detener aquello.
Por
lo que podía deducirse, Jefferson Wilkes creía que el intento de penetrar en el
espacio tenía que traer sobre la Humanidad un fatal sino metafísico. Había
incluso pruebas de que consideraba la Luna como el Infierno o, por lo menos,
como el Purgatorio. Toda llegada prematura de la Humanidad a aquellas regiones
infernales, tenía forzosamente que traer incalculables y, para decir lo menos,
infortunadas consecuencias.
A
fin de encontrar apoyo para sus ideas, Jefferson Wilkes hizo lo que millares
antes que él habían hecho. Trató de convertir a los demás a sus creencias
formando una organización a la cual dio el ampuloso lema de: «Los Cohetes No
Deben Elevarse». En vista de que toda doctrina, por fantástica que sea,
encuentra siempre adeptos, Wilkes reclutó algunos partidarios entre las
obscuras sectas religiosas que florecen exóticamente en el oeste de los Estados
Unidos. Muy rápidamente, sin embargo, el microscópico movimiento fue disputado
por el cisma y contracisma. Al final de todo el fundador se encontró con los
nervios destrozados y las finanzas por el suelo. Si queremos establecer
claramente una sutil distinción, diremos que se volvió loco.
Una
vez el «Prometheus» estuvo construido, Wilkes decidió que su marcha sólo podía
ser evitada por su propio esfuerzo. Pocas semanas antes del lanzamiento de la
nave, liquidó sus módicos haberes y retiró del banco el saldo de su cuenta.
Entonces se dio cuenta de que necesitaba todavía ciento cincuenta dólares más
para llegar a Australia.
La
desaparición de Jefferson Wilkes sorprendió y apenó a sus jefes, pero después
de una rápida inspección de sus libros no hicieron ningún esfuerzo por
localizarlo. No se acude a la policía cuando, después de treinta años de leales
servicios un contable dispone de ciento cincuenta dólares, de una caja que
contiene miles.
Wilkes
no tuvo dificultad ninguna en llegar a Luna City y una vez estuvo en ella nadie
paró mientes en él. El personal interplanetario creyó probablemente que era uno
de los periodistas que rondaban por allá, mientras los periodistas creían que
pertenecía al personal interplanetario. Era, en todo caso, el hombre que
hubiera podido entrar tranquilamente en Buckingham Palace sin llamar la
atención de nadie y los centinelas hubieran jurado que no había entrado nadie.
Qué
pensamientos penetraron por la estrecha puerta de la mente de Jefferson Wilkes
cuando vio el «Prometheus» yaciendo sobre su cuna, es una cosa que jamás sabrá
nadie. Quizás hasta aquel momento no había comprendido la magnitud de la tarea
que se había asignado. Hubiera podido causar grandes desperfectos con una
bomba, pero si bien las bombas son cosa usual en Pittsburgh, como en todas las
grandes ciudades, la forma de adquirirlas no suele ser comúnmente conocida,
particularmente entre los contables que se respetan.
Desde
la barrera de cuerdas, cuya finalidad no acababa de entender, había observado
cómo se cargaba la nave y los ingenieros hacían las pruebas finales. Había
observado también que al venir la noche la nave quedaba abandonada bajo los
chorros de luz y que incluso éstos eran apagados al aparecer el día.
¿No
sería mucho mejor, pensaba, dejar que la nave saliese de la Tierra, pero
asegurándose de que no regresaría jamás a ella? Una nave averiada puede ser
reparada, una que se desvanece en el espacio sería una lección mucho más
elocuente, una advertencia de mucho mayor eficacia.
La
mente de Jefferson Wilkes ignoraba la ciencia, pero sabía que una nave del
espacio tenía que llevar su provisión de aire y que este aire se transporta en
cilindros. ¿Había acaso nada más sencillo que vaciarlos de forma que su pérdida
no fuese descubierta hasta más tarde? No quería ningún mal a la tripulación, y
lamentaba sinceramente que tuviesen que tener aquel fin, pero no veía otra
alternativa.
Sería
enojoso enumerar todos los defectos del brillante plan de Jefferson Wilkes. La
reserva de aire del «Prometheus» no era transportada en cilindros, y si Wilkes
hubiese conseguido vaciar los tanques de oxígeno líquido se hubiera encontrado
con algunas desagradables y frígidas sorpresas, pero los instrumentos
automáticos de control hubieran dicho a la tripulación lo ocurrido antes de
despegar e incluso sin la reserva de oxígeno la instalación de aire
acondicionado hubiera podido mantener la atmósfera respirable durante varias
horas. Hubieran tenido tiempo de entrar en una de las órbitas de regreso de
urgencia que podían ser rápidamente calculadas, para evitar una catástrofe.
Finalmente,
y no lo menos importante, Wilkes hubiera tenido que entrar en la nave. A él no
le cabía la menor duda de que esto era posible, porque la plataforma móvil de
acceso era dejada en posición cada noche y la había estudiado tan
minuciosamente que hubiera sido capaz de subir por ella incluso a oscuras.
Cuando la muchedumbre se arremolinó alrededor de la proa de la nave se había
mezclado a ella y no vio el menor indicio de cerradura en aquella curiosa
puerta que se abría hacia dentro.
Esperó
en un hangar vacío hasta que la delgada luna se hubo puesto. Hacía mucho frío y
no había venido preparado, puesto que en Pensylvania era verano. Pero la
importancia de su misión le daba energías y cuando, finalmente, los grandes
focos se apagaron, atravesó el desierto mar de hormigón hacia la negra ala que
se extendía bajo las estrellas.
La
barrera de cuerda lo detuvo y pasó bajo ella. Pocos minutos después sus manos
encontraron a tientas un marco metálico en la oscuridad y se dirigió hacia la
base de la plataforma. Se detuvo al pie de los escalones de metal, sondeando la
noche. El mundo estaba sumido en un absoluto silencio; en el horizonte veía aún
el resplandor de las luces que ardían todavía en Luna City. A algunos
centenares de metros podía distinguir las vagas siluetas de edificios y
hangares, pero estaban obscuros y desiertos. Empezó a subir los escalones.
De
nuevo se detuvo, escuchando, en la primera plataforma, a veinte pies del suelo,
y de nuevo se tranquilizó. Su lámpara eléctrica y las herramientas que creía
poder necesitar pesaban en sus bolsillos; se sentía orgulloso de su previsión y
de la minuciosidad con que había llevado a cabo su plan.
Aquel
era el último peldaño; estaba en la plataforma superior. Agarró su lámpara con
una mano y un momento después sus dedos tocaban la lisa y fría superficie de
las paredes de la nave.
En
la construcción del «Prometheus» se habían invertido millones de libras y más
millones todavía de dólares. Los científicos que habían conseguido estas sumas
de sus gobiernos y empresas industriales, no eran exactamente unos locos. A la mayoría
de los hombres, pero no a Jefferson Wilkes, les hubiera parecido imposible que
el fruto de todos sus esfuerzos pudiese ser dejado sin vigilancia ni protección
durante la noche.
Muchos
años antes, el personal que trabajaba en el proyecto había previsto la
posibilidad de un sabotaje por parte de los religiosos fanáticos y uno de los
archivos más apreciado del Interplanetario contenía las cartas de amenazas que
la gente había tenido el poco sentido común de escribir. Entonces se tomaron
toda clase de precauciones razonables por parte de los técnicos, algunos de los
cuales habían a su vez pasado años durante la guerra saboteando material aliado
o del Eje.
Aquella
noche el vigilante que estaba de guardia en el extremo de la franja de hormigón
era un estudiante de derecho, llamado Achmet Singh, que se ganaba una modesta
suma durante sus vacaciones con un trabajo que le sentaba perfectamente. Le
bastaba estar ocho horas de servicio y le sobraba amplio tiempo para estudiar.
Cuando Jefferson Wilkes llegó a la primera barrera de cuerdas, Achmet Singh
estaba profundamente dormido como, cosa por otra parte sorprendente, era de
esperar que estuviese. Pero cinco segundos después estaba completamente
despierto.
Singh
apretó en el acto el timbre de alarma y se dirigió rápidamente hacia el plafón
de control lanzando maldiciones en tres lenguas y cuatro religiones. Era la
segunda vez que aquello ocurría durante su guardia; la anterior había sido el
perro extraviado de un funcionario el que había sembrado la alarma.
Probablemente habría ocurrido lo mismo.
Conectó
el reflector de imágenes esperando con impaciencia los pocos segundos que los
tubos necesitaban para calentarse. Después agarró los controles de proyección y
comenzó a inspeccionar la nave.
Achmet
Singh tuvo la impresión de que un reflector purpúreo brillaba a través del
hormigón hacia la plataforma de lanzamiento. Bajo el chorro de luz del
reflector, totalmente ignorante de su existencia, un hombre iba avanzando
lentamente en dirección al «Prometheus». Era imposible no reírse de sus
movimientos al verlo avanzar a tientas como un ciego, mientras todo su
alrededor estaba inundado de luz. Achmet Singh lo siguió con el rayo infrarrojo
de su proyector hasta que llegó a la plataforma móvil. Los timbres de alarma
secundarios se pusieron en funcionamiento, pero Singh los paró. No quería hacer
nada, decidió, hasta saber los motivos que traían aquí a aquel paseante
nocturno.
Cuando
Jefferson Wilkes se detuvo satisfecho en la primera plataforma, Achmet Singh le
hizo una excelente fotografía, que sería una prueba irrefutable ante cualquier
tribunal de justicia. Esperó a que Wilkes hubiese llegado a la compuerta de
aire; entonces decidió obrar.
El
chorro de luz que dejó a Wilkes clavado contra la pared de la nave, lo cegó con
la misma efectividad que la oscuridad a través de la cual había venido
avanzando. Durante un momento la impresión fue tan paralizadora que fue incapaz
de moverse. Después una fuerte voz rugió en sus oídos en medio de la noche.
―¿Qué
hace usted aquí? ¡Baje en seguida!
Wilkes
comenzó a bajar automáticamente las escaleras. Llegó a la plataforma inferior
antes de que su mente hubiese salido de su parálisis y buscó desesperadamente a
su alrededor la manera de escapar. Protegiéndose ojos, ahora podía ver un poco;
la fatal zona de luz que bañaba el «Prometheus» no tenía más allá de cien
metros de ancho y más allá se extendía la oscuridad y, quizá, la salvación.
La
voz resonó de nuevo de más allá de la zona de luz.
―¡Vamos,
aprisa! ¡Ven por aquí... te tenemos encañonado!
Este
plural era pura invención de Singh, si bien era verdad que los refuerzos en
forma de dos aburridos y soñolientos policías estaban ya en camino.
Jefferson
Wilkes acabó de bajar lentamente y se detuvo temblando sobre el hormigón,
apoyándose contra la plataforma. Permaneció casi inmóvil durante cosa de medio
minuto; después, como Achmet Singh había supuesto, dio rápidamente la vuelta
alrededor de la nave y desapareció. Iría rondando por el desierto y sería fácil
de encontrar, pero economizaría tiempo que pudiese hacerlo volver
atemorizándolo. Singh puso en marcha otro altavoz.
Cuando
la misma voz rugió nuevamente en sus oídos en la oscuridad donde había creído
encontrar su salvación el apocado ánimo de Jefferson Wilkes, finalmente
sucumbió. Con un miedo irrazonado, como un animal salvaje, regresó a la nave y
trató de ocultarse en su sombra. Y no obstante, incluso entonces, aquel impulso
que lo había traído alrededor del mundo seguía empujándolo ciegamente hacia
delante, pero apenas se daba cuenta de sus gestos y acciones. Fue avanzando
siguiendo la base de la nave, manteniéndose en las sombras.
La
gran abertura que aparecía a pocos pies sobre su cabeza parecía ofrecer un
nuevo camino para entrar en la máquina, o por lo menos, un sitio donde
ocultarse hasta que pudiese escapar. En momentos normales, jamás hubiera sido
capaz de hacer aquella escalada por una lisa superficie de metal, pero el miedo
y la decisión le dieron fuerzas. Achmet Singh, mirándolo por su pantalla de
televisión, a cien metros de allá adoptó súbitamente un tono suplicante.
Comenzó a hablar, rápida y precipitadamente, por el micrófono.
Jefferson
Wilkes no lo oía; no se daba siquiera cuenta de que aquella voz rugiente que
resonaba en la noche no era ya perentoria, sino plañidera. Aquello no tenía
significado alguno para él; sólo se daba cuenta del oscuro túnel que se abría
ante sus ojos. Sosteniendo su lámpara en una mano, empezó a arrastrarse por él.
Las
paredes eran de un material gris y rocoso, muy duro y no obstante ligeramente
caliente al tacto. A Wilkes le parecía estar entrando en una cueva de sección
absolutamente circular; a los pocos metros se ensanchaba y podía casi caminar
medio doblado. A su alrededor tenía ahora un mosaico de barras de metal sin
significado alguno y aquella extraña roca gris, la más refractaria de todas las
cerámicas, por la cual había estado arrastrándose.
No
pudo ir más lejos; la cueva acababa de dividirse en una serie de
ramificaciones, cada una de ellas demasiado estrecha para darle paso. Lanzando
la luz de su lámpara sobre ellas vio que las paredes estaban llenas de tubos y
válvulas. Allí hubiera podido causar algún destrozo, pero estaba todo fuera de
su alcance.
Jefferson
Wilkes volvió a dejarse caer sobre el duro suelo. La lámpara cayó de sus dedos
sin nervios y la oscuridad lo envolvió de nuevo. Estaba demasiado extenuado
para sentir decepción o arrepentimiento. No observó, ni hubiera podido
comprenderlo, el tenue resplandor que despedían los muros que lo circundaban.
Mucho
tiempo después, un ruido del mundo exterior llamó su atención hacia el sitio de
donde venía. Se sentó y miró a su alrededor, sin saber dónde estaba ni cómo
había venido. Muy lejos podía ver un vago círculo de luz, la boca de su
misteriosa caverna. Más allá del agujero se oían voces y ruidos de maquinaria
que iban de un lado a otro. Sabía que le eran hostiles y que tenía que
permanecer allá donde no podría ser encontrado.
No
tenía que serlo. Una luz brillante pasó como un sol saliente por la boca de su
caverna y volvió a brillar de pleno sobre él. Avanzaba bajando por el túnel y
detrás de la luz había algo extraño y enorme que su mente no lograba
comprender.
Lanzó
un grito de terror al ver aquellas garras de metal aparecer de lleno en la luz
y tenderse hacia él para agarrarlo. Después fue arrastrado indefenso al
exterior, donde sus desconocidos enemigos lo esperaban.
Había
una confusión de ruidos y luces a su alrededor. Una gran máquina que parecía
estar dotada de vida lo sujetaba en sus brazos de metal alejándolo de una
tremenda forma alada que hubiera debido despertar sus recuerdos, pero no los
despertó. Entonces fue depositado en el suelo en medio de un círculo de hombres
en expectación.
Se
preguntaba por qué no se acercaban más, por qué se mantenían tan alejados y por
qué lo miraban de aquella manera tan extraña. No hizo ninguna resistencia
cuando largas pértigas sosteniendo brillantes instrumentos eran paseadas por
encima de él como explorando su cuerpo. Nada importaba ya nada; sólo sentía un
extraño entorpecimiento y unas irresistibles ganas de dormir.
Súbitamente
una oleada de náuseas se apoderó de él y se retorció por el suelo.
Instintivamente, los hombres que formaban el círculo alrededor de él, avanzaron
un paso, pero en el acto volvieron a retroceder.
La
retorcida figura, infinitamente patética, yacía como una muñeca rota bajo las
relucientes luces. No había el menor ruido ni movimiento; en el fondo, las
grandes alas del «Prometheus» formaban sus grandes zonas de sombra. Entonces el
robot avanzó hacia delante arrastrando sus armados cables por el cemento. Muy
suavemente, los brazos de metal se inclinaron hacia el suelo y unas extrañas
manos se cerraron. Jefferson Wilkes había llegado al final de su viaje.
11
Dirk
tenía la esperanza de que los tripulantes hubiesen pasado mejor noche que él.
Estaba todavía medio dormido y aturdido pero tenía la neta impresión de haber
sido despertado más de una vez por el ir y venir incesante de los coches
durante la noche. Quizás había habido un incendio en alguna parte, pero no
había oído la alarma.
Se
estaba afeitando cuando McAndrews entró en su habitación visiblemente cargado
de noticias. El Director de Relaciones Públicas daba la impresión de no haberse
acostado en toda la noche, lo cual estaba muy cerca de la verdad.
―¿Se
ha enterado usted de la noticia?―dijo jadeante.
―¿Qué
noticia?―preguntó Dirk con cierta contrariedad, levantando su máquina de
afeitar.
―Ha
habido un intento de sabotear la nave.
―¿Qué?
―Ha
ocurrido hacia la una, esta madrugada. Los detectores señalaron un hombre
tratando de introducirse en «Alfa». Cuando el vigilante le ordenó que se
rindiera, el muy loco se escondió... ¡en el tubo de expulsión de «Beta»!
Transcurrieron
algunos segundos antes de que todo el significado de estas palabras apareciese
en su imaginación. Entonces Dirk recordó lo que Collins le había dicho cuando
miró por el telescopio hacia el mortal agujero.
―¿Qué
le ha ocurrido?―preguntó con voz ronca.
―Lo
llamamos por el altavoz pero no hizo caso. De manera que tuvimos que sacarlo
con el robot de servicio. Vivía todavía, pero estaba demasiado mal para
salvarse. Murió dos minutos más tarde. Los médicos han dicho que probablemente
no supo nunca lo que le había ocurrido... es lo que ocurre cuando toma uno una
dosis como ésta.
Dirk
se echó sobre la cama, como sintiéndose mal.
―¿Ha
estropeado algo?―preguntó al fin.
―No
lo creemos. No consiguió entrar en la nave y en el hueco aquel no podía hacer
nada. Temíamos que hubiese dejado una bomba, pero afortunadamente no es así.
―¡Tiene
que haber estado loco! ¿Alguna idea de quién era?
―Probablemente
un maniático religioso de alguna especie. Hay una serie que andan detrás de
nosotros. La policía está tratando de identificarlo por el contenido de sus
bolsillos.
Hubo
un silencio melancólico antes de que Dirk hablase de nuevo.
―No
me parece un augurio muy halagüeño para el «Prometheus», ¿no cree usted?
McAndrews
se encogió de hombros con displicencia.
―No
creo que por aquí haya nadie supersticioso. ¿Viene usted a ver cómo llenan el
combustible? Está fijado para las dos. Lo llevaré a usted en mi coche.
A
Dirk no le entusiasmaba la idea.
―De
todos modos, gracias―dijo―, pero tengo realmente mucho que hacer. Además, no
creo que haya gran cosa que ver, ¿no cree usted? Inyectar unas cuantas
toneladas de combustible no creo que sea muy apasionante... Quizá podría
serlo... pero en este caso preferiría no estar allí.
McAndrews
parecía ligeramente contrariado, pero Dirk no podía hacerle nada. En aquellos
momentos sentía una curiosa falta de interés de volverse a acercar al
«Prometheus». Era una sensación irrazonada, desde luego, pero ¿era acaso de
censurar que la nave se defendiese sola contra sus enemigos?
Durante
todo el día Dirk estuvo oyendo rugir los helicópteros que iban llegando de las
grandes ciudades australianas, mientras de vez en cuando un avión
transcontinental a chorro aterrizaba en el aeródromo. A Dirk le era imposible
imaginar dónde pensarían pasar la noche toda aquella gente. En las cabañas,
dotadas de calefacción central, el calor no era excesivo, y los periodistas que
habían tenido la mala suerte de dormir en tiendas de lona referían historias
aterradoras, muchas de las cuales eran casi verdad.
A
última hora de la tarde encontró a Maxton y Collins en el salón y se enteró de
que el embarque de combustible se había realizado sin incidente. Como había
dicho Collins...
―Ahora
sólo nos falta dar el último toque y retirarnos.
―A
propósito―intervino Maxton―, ¿no dijo usted la otra noche que no había visto
nunca la Luna con un telescopio? Dentro de un momento vamos a ir al
Observatorio; ¿por qué no viene usted con nosotros?
―Me
encantaría. Pero... ¿no me va usted a decir que tampoco la ha visto usted?
Maxton
hizo una mueca.
―Pues
no crea usted... Sé muy bien el camino hasta la Luna, pero dudo de que la mitad
del personal del Interplanetario haya usado jamás un telescopio. El
Director-General es el mejor ejemplo. Llevaba diez años de investigación
astronómica antes de ir por primera vez a un Observatorio.
»No
diga usted que se lo he dicho―dijo Collins con eran seriedad―, pero he
descubierto que los astrónomos se dividen en dos clases. La primera es el
astrónomo puramente nocturno, que se pasa las horas de trabajo tomando
fotografías de objetos tan lejanos que probablemente ya no existen. No se
interesan por el sistema solar, al que consideran un muy extraño y casi
inexcusable accidente. Durante el día puede encontrárseles durmiendo bajo
grandes piedras y en sitios secos y calientes.
»Los
miembros de la segunda trabajan a horas más normales y viven en oficinas llenas
de máquinas calculadoras y demás instrumentos. Esto les causa gran obstrucción,
a pesar de lo cual consiguen producir resmas de matemáticas sobre los objetos,
que probablemente no existen ya, fotografiados por sus colegas, con los cuales
comunican por medio de notas escritas dejadas al vigilante nocturno.
»Ambas
especies tienen una cosa en común. No se ha sabido jamás que, salvo en momentos
de extremada aberración mental, hayan mirado por un telescopio. Sin embargo,
sacan algunas bellas fotografías.
―Me
parece―dijo el profesor Maxton riéndose― que la especie nocturna va a aparecer
ahora de un momento a otro. Vámonos.
El
Observatorio de Luna City había sido erigido en gran parte para diversión del
personal técnico, que incluía más astrónomos aficionados que profesionales.
Consistía en un grupo de casitas de madera modificadas debidamente para
contener una docena de instrumentos de todos tamaños de tres a doce pulgadas de
objetivo. Un reflector de veinte pulgadas estaba ahora en construcción, pero no
estaría listo hasta dentro de algunas semanas.
Los
visitantes habían descubiertos ya, por lo visto, el Observatorio y hacían pleno
uso de él. Algunos grupos de personas, esperanzadas, se estacionaban delante de
los edificios, mientras los defraudados propietarios de telescopios permitían
observaciones de dos minutos acompañadas de conferencias improvisadas. No
habían conseguido nada en cuatro días cuando fueron a dar una mirada a la Luna,
y ahora habían abandonado ya toda esperanza de poder verla ellos.
―Es
un lástima que no puedan cobrar un libra por cabeza―dijo Collins pensativo,
contemplando la cola que esperaba.
―Quizá
la cobran―respondió el profesor Maxton―. Siempre podemos colocar una bandeja
para recoger fondos para los ingenieros atómicos pobres.
La
cúpula del reflector de doce pulgadas, único instrumento que no era de
propiedad particular y pertenecía al Interplanetario, estaba cerrada y la
puerta del edificio también. El profesor Maxton sacó de su bolsillo un manojo
de llaves y fue probándolas hasta que una de ellas la abrió. Los primeros de la
cola rompieron filas inmediatamente y se dirigieron hacia ellos.
―Lo
siento―les gritó el profesor, cerrándoles la puerta―. Está estropeado.
―Querrá
usted decir que lo estará―dijo Collins sombríamente―. ¿Sabe usted cómo funciona
uno de estos chismes?
―Supongo
que seremos capaces de averiguarlo―dijo Maxton con una nota de incertidumbre en
la voz.
La
alta opinión que Dirk tenía de los dos científicos comenzó a tambalearse
ligeramente.
―¿Pretende
usted decirme―dijo―, que va a arriesgarse a usar un instrumento tan complicado
y caro como éste sin saber cómo funciona? ¡Esto sería como meterse en un
automóvil y querer hacerlo funcionar sin saberlo poner en marcha!
―¡Válgame
Dios!―protestó Collins, pero con una leve sonrisa en los ojos―. ¿No va usted a
creer que esto es tan complicado, verdad? Compárelo con una bicicleta, si
quiere, pero no con un automóvil.
―Muy
bien―respondió Dirk―, pruebe usted de ir en bicicleta sin haber adquirido
práctica antes...
Collins
se limitó a reír y siguió examinando el funcionamiento. Durante algún tiempo el
profesor y él sostuvieron una conversación técnica que no impresionaba ya a
Dirk, porque se daba cuenta de que sabían tan poco acerca del telescopio como
él.
Después
de algunas tentativas, el instrumento fue enfocado hacia la Luna, que ahora se
encontraba muy baja por el sudoeste. Durante largo tiempo, estuvo esperando
pacientemente mientras los dos ingenieros se saciaban mirando. Finalmente, se
cansó.
―¿Me
habían invitado ustedes, no?―se quejó―. ¿O es que lo han olvidado?
―Perdone―se
excusó Collins abandonando su sitio visiblemente contrariado―. Mire; enfoque
con este tornillo.
Al
principio, Dirk sólo pudo ver una cegadora blancura con algunas manchas negras
aquí y allá. Fue haciendo girar lentamente el tornillo del foco y súbitamente
la imagen se hizo clara y perfilada, como un brillante grabado.
La
visión abarcaba una buena mitad del creciente, estando las puntas fuera del
campo visual. El borde exterior de la Luna era un arco de círculo perfecto sin
el menor desnivel. Pero la línea que separaba el día de la noche era
accidentada y quebrada en muchos puntos por montañas y mesetas, que lanzaban
sus sombras sobre las llanuras inferiores. Había pocos de los grandes cráteres
que esperaba ver y supuso que debían estar en la parte del disco sumido todavía
en la noche.
Fijó
su atención en una gran llanura ovalada bordeada por montañas, que le recordaba
de una manera irresistible un fondo de mar desecado. Debía ser, supuso, uno de
los llamados mares de la Luna, pero veía claramente que en toda la extensión de
aquel paisaje desierto que se extendía delante de él no había una gota de agua.
Cada detalle era neto y brillante, salvo cuando una ondulación, como una
neblina de calor, hacía temblar la imagen por un momento. La Luna iba
declinando hacía el horizonte y la imagen empezaba a ser turbada por las mil
millas de travesía de la atmósfera de la Tierra.
En
un lugar situado en el borde mismo de la zona obscura del disco, relucía un
grupo de brillantes puntos, como hogueras iluminando la noche lunar. Aquello
intrigó a Dirk durante un momento, hasta que se dio cuenta de que se trataba de
los picos de las altas montañas que captaban ya la luz del sol antes de que
éste alcanzase las llanuras que circundaban sus bases.
Ahora
comprendía por que los hombres habían pasado la vida viendo aquellas sombras
venir y desaparecer sobre el rostro de aquel extraño mundo que parecía tan
cercano y que, sin embargo, hasta la actual generación fue siempre el símbolo
de lo imposible el alcanzarlo. Se dio cuenta de que una vida humana no basta
para maravillarse; siempre había algo nuevo que ver a medida que el ojo iba
adquiriendo pericia en el arte de descubrir esta riqueza de detalles casi
infinita.
Algo
bloqueó su vista y levantó la mirada contrariado. La Luna iba ocultándose bajo
el nivel de la cúpula; no podía bajar más el telescopio. Alguien encendió de
nuevo las luces y vio a Maxton y Collins que lo miraban sonriendo.
―Espero
que habrá visto usted todo lo que deseaba―dijo el profesor―. Nosotros hemos
estado mirando diez minutos cada uno, usted se ha pasado veinticinco, y estoy
muy contento de que la Luna se haya puesto ya.
12
«Mañana
lanzamos el «Prometheus». Y digo «lanzamos» porque considero ya imposible
mantenerme apartado y hacer el papel de espectador desinteresado. Ningún
habitante de la Tierra puede hacer tal cosa; los acontecimientos de las
próximas horas orientarán las vidas de todos los hombres que en lo sucesivo
nazcan hasta los confines del tiempo.
»Alguien
describió un día a la humanidad como «una raza de isleños que no han aprendido
todavía el arte de construir naves». Por todo el océano podemos ver otras islas
sobre las cuales reflexionamos y especulamos desde los albores de la historia.
Ahora, al cabo de un millón de años, acabamos de construir nuestra primera
canoa; mañana la contemplaremos hacerse a la vela por entre aquel arrecife de
coral y desvanecerse detrás del horizonte.
»Esta
noche he visto, por primera vez en mi vida, las relucientes montañas de la Luna
y sus sombrías llanuras. La región por la cual Leduc y sus compañeros caminarán
dentro de una semana es todavía invisible esperando una salida de sol que no se
producirá hasta dentro de tres o cuatro días. Y, sin embargo, sus noches son de
una brillantez que sobrepasa toda imaginación, porque la Tierra estará más que
medio llena en su cielo.
»Me
pregunto cómo deben estar Leduc, Richards y Taine pasando su última noche en la
Tierra. Deben haber puesto, desde luego, sus asuntos en orden, y no deben tener
ya nada que hacer. ¿Estarán descansando, oyendo música, leyendo... o,
sencillamente, durmiendo?»
James
Richards no estaba haciendo ninguno de estas cosas. Estaba sentado en el salón
con sus amigos, bebiendo lenta y cuidadosamente, mientras los divertía con
entretenidas historias de las pruebas a que había sido sometido por locos
psicólogos para decidir si era normal, y en este caso qué podía hacerse por él.
Los psicólogos que así calumniaba formaban la mayor, y más apreciativa, parte
de su auditorio. Lo dejaron hablar así hasta medianoche; después lo metieron en
cama. Necesitaron seis horas para conseguirlo.
Pierre
Leduc había pasado la noche fuera de la nave observando algunas pruebas de
evaporación de combustible que se llevaban a cabo en «Alfa». Su presencia no
era en absoluto necesaria, pero, como de cuando en cuando se habían dejado
correr algunas insinuaciones, nadie pudo desembarazarse de él. Poco antes de
medianoche llegó el Director-General, estalló con su natural bondad y lo mandó
a su coche con la orden estricta de dormir un poco. Ante lo cual Leduc pasó las
dos horas siguientes leyendo La Comedie Humaine.
Sólo
Lewis Taine, el preciso, el impasible Taine, había empleado su última noche en
la Tierra en la forma que hubiera podido esperarse. Estuvo horas sentado
delante de su mesa redactando borradores y destruyéndolos uno tras otro. Al
final de la noche había terminado; con una cuidadosa escritura transcribió la
carta que tanto trabajo le había costado. Después la selló y pegó a ella una
pequeña nota:
«Querido
profesor Maxton:
Si
no regresase, le agradecería se encargase de que esta carta llegue a su
destino.
Sinceramente
suyo
L.
Taine»
La carta
y la nota fue encerrada en un gran sobre dirigido al profesor Maxton. Después
cogió la voluminosa carpeta de las órbitas alternativas de vuelo y comenzó a
poner en ellas con lápiz notas marginales.
Era
él mismo de nuevo.
13
El
mensaje que sir Robert había estado esperando llegó poco después de amanecer en
uno de los rápidos aviones, que más tarde se llevaría a Europa los films del
lanzamiento. Era una breve nota oficial firmada con dos iniciales que todo el
mundo hubiera reconocido, incluso sin la ayuda de las palabras «10 Downing
Street», que figuraban como membrete del papel. Y, sin embargo, no era una nota
exclusivamente oficial, pues al pie de las iniciales la misma mano había
escrito: «¡Buena suerte!»
Cuando
el profesor Maxton llegó pocos minutos después, sir Robert le tendió la misiva
sin una palabra. El americano la leyó atentamente y lanzó un suspiro de
satisfacción.
―Bien,
Bob―dijo―, hemos cumplido con nuestro deber. Ahora les toca a los políticos,
pero seguiremos empujándolos desde detrás.
―No
ha sido tan difícil como temía; los hombres de estado han aprendido a hacernos
caso, después de lo de Hiroshima.
―¿Y
cuándo se presentará el plan ante la Asamblea General?
―Dentro
de cosa de un mes. Cuando los Gobiernos británico y americano propongan
formalmente que «todos los planetas y cuerpos celestes, inocupados o no,
reclamados por formas no humanas de vida, etc, serán declarados zonas libres,
accesibles a todos los pueblos, y no se permitirá que ningún Estado soberano
reclame estos cuerpos astronómicos para su exclusiva ocupación o cultivo..., y
así sucesivamente».
―¿Y
qué hay de la propuesta Comisión Interplanetaria?
―Esto
tendrá que ser discutido después. De momento, lo importante es el asentimiento
a las primeras fases. Ahora que nuestro Gobierno ha adoptado formalmente el
plan―esta tarde lo comunicará la radio―, podemos empezar a chillar como
demonios. En esto usted es el mejor de todos. ¿Puede usted empezar a redactar
un pequeño discurso dentro de las normas de nuestro primer manifiesto, que
Leduc podría radiar desde la Luna? Dé énfasis al punto de vista astronómico y a
la estupidez de siquiera intentar llevar el nacionalismo al espacio. ¿Puede
usted hacerlo antes del despegue? Si no puede no tiene importancia, pero podría
filtrarse demasiado pronto si tenemos que radiar el texto a la nave.
―O.K.
Haré que los técnicos políticos revisen el borrador y le dejaré que ponga usted
los adjetivos como de costumbre. Pero esta vez me parece que no habrá necesidad
de frases incendiarias. Como primer mensaje radiado de la Luna tendrá ya
suficiente fuerza psicológica por sí solo.
Jamás
aquella parte del desierto australiano había conocido una densidad de población
semejante. Trenes especiales de Adelaida y Perth fueron llegando durante toda
la noche, y miles de coches y aviones particulares aparcaban a ambos lados de
la pista de lanzamiento. Los jeeps patrullaban incesantemente arriba y abajo de
las zonas de seguridad, en un kilómetro de anchura, echando de allí a los
visitantes demasiado inquisitivos. Nadie estaba autorizado a pasar de la marca
del kilómetro cinco, y en aquel punto terminaba también el contingente de las
patrullas del aire.
El
«Prometheus» yacía reluciente a la luz del sol, todavía bajo, proyectando sobre
el desierto su fantástica sombra alargada. Hasta entonces había parecido
únicamente un objeto de metal, pero por fin cobraba vida y esperaba satisfacer
las esperanzas de sus creadores. La tripulación estaba ya a bordo cuando
llegaron Dirk y sus compañeros. Se había celebrado una pequeña ceremonia en
honor de las cámaras de cine, de los noticiarios y de la televisión, pero sin
discursos formales. Estos podrían pronunciarse, si había lugar, dentro de tres
semanas.
En
tono apacible y sosegado los altavoces que formaban el borde de la pista iban
diciendo: «Pruebas instrumentales terminadas; generadores de despegue
funcionando a media potencia; despegue dentro de una hora».
Las
palabras se extendían por el desierto, apagadas por la distancia, dichas por
los siguientes locutores: «Una hora para el despegue..., una hora..., una
hora..., despegue...», hasta que morían a lo lejos por el noroeste.
―Me
parece que haremos bien en colocarnos en posición―dijo el profesor Maxton―.
Vamos a necesitar tiempo para abrirnos paso por entre esta muchedumbre. Dirija
una buena mirada a «Alfa», es la última oportunidad que tiene usted.
El
locutor estaba hablando de nuevo, pero esta vez sus palabras no iban dirigidas
a ellos. Dirk se dio cuenta de que estaba oyendo una parte de las instrucciones
radiadas a todo el mundo.
«Todas
las estaciones a la escucha dispuestas a disparar. Sumatra, India, Irán...,
hágannos conocer sus datos dentro de los quince minutos siguientes.»
A
muchas millas en el desierto, algo se elevó chillando por el cielo, dejando
detrás un rastro de vapor blanco que hubiera podido ser trazado con una regla.
Mientras Dirk observaba la alargada columna láctea, ésta comenzó a retorcerse y
a girar, a medida que los vientos de la estratosfera la dispersaban.
―Cohete
de ruta―dijo Collins contestando su no formulada pregunta―. Tenemos una cadena
de ellos a lo largo de su línea de vuelo, de manera que sabremos presiones y
temperaturas hasta el límite de la atmósfera. Un momento antes del lanzamiento
el piloto de «Beta» será avisado si hay algo anormal delante de él. Esta es una
preocupación que Leduc no tendrá. ¡En el espacio no hay «tiempo»!
A
través de Asia, los delgados cohetes, con sus cincuenta kilos de instrumentos,
iban subiendo por la estratosfera en su ruta hacia el espacio. Su combustible
había quedado agotado a los primeros segundos de vuelo, pero su velocidad era
suficiente para llevarlos a cien kilómetros de la Tierra. Mientras se elevaban,
alguno bajo la luz del sol, otros en la oscuridad, mandaban a la tierra un
chorro continuo de impulsos de radio que serían captados, transformados y
retransmitidos a Australia. Más tarde volverían a caer a la Tierra, sus
paracaídas florecerían y la mayoría serían recogidos y vueltos a usar. Otros,
menos afortunados, caerían en el mar, o, quizá, acabarían sus días como dioses
de alguna tribu de las selvas de Borneo.
El
recorrido de las tres millas, siguiendo la atestada y primitiva carretera,
requirió cerca de veinte minutos, y más de una vez el profesor Maxton se vio
obligado a dar una vuelta por la «tierra de nadie», que él mismo había
declarado fuera de límites. La aglomeración de coches y espectadores se hizo
más densa todavía cuando llegaron a la marca del kilómetro cinco, que terminaba
bruscamente en una barrera de barrotes de madera pintados de rojo.
Allí
se había erigido una improvisada tribuna hecha con viejas cajas de embalaje,
que estaba ya ocupada por sir Robert Derwent y varios de sus subordinados. Dirk
observó con interés que se hallaban presentes también Hassell y Clinton. Se
preguntó qué pensamientos debían pasar por sus mentes.
De
cuando en cuando el Director-General hacía comentarios ante un micrófono y a su
alrededor había un par de transmisores portátiles. Dirk, que había esperado ver
baterías de instrumentos, quedó ligeramente decepcionado. Comprendió que todas
las operaciones técnicas se desarrollaban en otra parte y que aquello era
meramente un puesto de observación.
―Faltan
veinticinco minutos―dijo el altavoz―. Los generadores de lanzamiento van a
funcionar ahora a pleno rendimiento. Todas las estaciones detectoras de radar y
los observatorios de la red general deben estar a la expectativa.
Desde
la plataforma inferior podía verse casi toda la pista. A la derecha había la
muchedumbre apiñada y detrás de ella los bajos edificios del aeropuerto. El
«Prometheus» era claramente visible en el horizonte y de vez en cuando los
rayos del sol se reflejaban en sus flancos que relucían como espejos.
―Quince
minutos para el despegue...
Leduc
y sus compañeros debían estar sentados en sus curiosos asientos esperando
sentir el empuje del primer chorro de aceleración. Y, no obstante, era curioso
pensar que no tendrían nada que hacer durante una hora, tiempo en que la
separación de las dos naves tendría lugar encima de la Tierra. Toda la
responsabilidad inicial residía en el piloto de «Beta», que se llevaría muy
poca fama por su participación en la maniobra, si bien, de todos modos, no
hacía más que repetir lo que había hecho ya una docena de veces.
―Diez
minutos para el despegue... Se recuerda a todos los aparatos las instrucciones
de seguridad...
Los
minutos iban transcurriendo lentamente; una era terminaba y otra iba a
comenzar. Y de repente la voz impersonal de los altavoces recordó a Dirk
aquella manaba de hacía treinta y tres años en que otro grupo de científicos
habían estado esperando también en otro desierto, disponiéndose a poner en
libertad las energías que animan los soles.
―Cinco
minutos... Todas las cargas eléctricas pesadas deben ser cerradas. Córtense
inmediatamente los circuitos domésticos...
Un
gran silencio se había hecho súbitamente sobre la muchedumbre; todas las
miradas fijas en las relucientes alas que se destacaban sobre el cielo. Por
algún lugar cercano un chiquillo, asustado por el silencio, se echó a llorar.
―Un
minuto para... Cohetes de precaución alejados...
A la
izquierda del gran desierto vacío se oyó un o ¡Swoosh!»..., y una quebrada
línea de llamas rojas comenzó a seguir lentamente la línea del cielo. Algunos
helicópteros que habían estado rondando por allí minuto tras minuto,
retrocedieron.
―Control
automático de lanzamiento en acción... Señal de tiempo sincronizada... ¡Ya!
Se
oyó un «clik» en el momento de cambiar el circuito y por los altavoces se oyó
el tenue zumbido de los estáticos alejados. Después resonó por el desierto un
rugido que, pese a ser muy conocido, no podía ser más inesperado.
En
Westminster, a media Tierra de allá, el Big Ben se disponía a dar la hora.
Dirk
miró al profesor Maxton y vio que también él estaba profundamente sorprendido.
Pero en los labios del Director-General había una leve sonrisa y Dirk recordó
que durante medio siglo los ingleses de todo el mundo habían esperado delante
de sus aparatos de radio que aquel ruido brotase de la tierra que quizá no
volverían a ver. Tuvo la súbita visión de otros desterrados, en un próximo o un
lejano futuro, escuchando desde otros extraños planetas que aquellas campanas
resonasen a través de las profundidades del espacio.
Un
sordo silencio pareció llenar el desierto en el momento en que las campanas del
último cuarto se desvanecieron lanzando su eco en la distancia de un altavoz a
otro. Después la campanada de la hora primera resonó en el desierto y sobre el
mundo expectante. El circuito del locutor quedó súbitamente cerrado.
Y,
sin embargo, nada había cambiado; el «Prometheus» seguía yaciendo en el
horizonte como una gran polilla de metal. Entonces, Dirk vio que el espacio
entre sus alas y la línea del cielo era un poco menor de lo que había sido, y
un momento después pudo ver claramente que la nave aumentaba de tamaño a medida
que se acercaba a ellos. Más y más rápidamente, en medio de un absoluto e
impresionante silencio, el «Prometheus» avanzaba rápidamente por la pista. Le
pareció que había transcurrido sólo un instante cuando lo tuvo delante de él, y
por última vez pudo ver la lisa y reluciente superficie de «Alfa» fija en su
espalda. Al avanzar la nave por la izquierda hacia el vacío desierto, sólo pudo
oír el silbido del aire rasgado. Incluso este silbido fue muy tenue y la
catapulta eléctrica no produjo ruido alguno. Y entonces el «Prometheus» fue
perdiéndose paulatinamente en la distancia.
Segundos
después aquel silencio fue roto por el ruido de mil cataratas precipitándose
por un acantilado de mil metros de altura. El cielo pareció temblar. El
«Prometheus» se había desvanecido de la vista en una nube de polvo. En el
corazón de aquella nube algo ardía con una intolerable brillantez, que el ojo
no hubiera podido resistir sin el tamiz del halo.
La
nube de polvo fue haciéndose más tenue y el rugido de los chorros quedó
atenuado por la distancia. Entonces Dirk pudo ver que el fragmento de sol que
había estado observando con los ojos medio cerrados no seguía ya la superficie
de la Tierra, sino que se elevaba lenta y paulatinamente sobre el horizonte. El
«Prometheus» estaba libre de su chasis de lanzamiento y trepaba por el vasto
circuito como el mundo que lo llevaría al espacio.
La
ardiente llama blanca vaciló y se redujo a la nada contra el cielo desierto.
Durante algún tiempo, el ruido de los chorros que se alejaban resonó en el
cielo hasta que también éstos se perdieron ahogados por el ruido de los
aviones.
Ilimitado
lo era, infinito podía serlo; pero no era ya virginal. Habiendo franqueado el
arrecife de coral, la primera frágil nave navegaba por entre los desconocidos
peligros y maravillas del mar libre.
EPILOGO
Dirk
Alexson, en otros tiempos profesor de Historia Social de la Universidad de
Chicago, abrió el voluminoso paquete con dedos temblorosos. Durante algún
tiempo luchó con el complicado envoltorio; finalmente, el libro apareció ante
él, limpio e impecable, tal como había salido de la imprenta tres días antes.
Permaneció
contemplándolo durante algún tiempo, acariciando la encuadernación con la punta
de los dedos. Sus ojos se fijaron en la estantería donde estaban sus otros
cinco campaneros. La mayoría de ellos habían esperado cinco años a que se les
reuniese aquel último volumen.
El
profesor Alexson se levantó y se dirigió a la estantería con el libro entre las
manos. Un observador atento hubiera podido notar algo extraño en su forma de
andar; tenía una flexibilidad que no hubiera sido de esperar en un hombre de
casi sesenta años. Colocó el libro al lado de sus cinco compañeros y permaneció
largo rato contemplando la hilera de volúmenes.
La
encuadernación y los títulos habían sido cuidadosamente elegidos; había puesto
gran minuciosidad en ello y el conjunto era agradable a la vista. Aquellos
libros contenían la mayor parte de su vida de trabajo y ahora, que su tarea
había terminado se declaraba satisfecho. Y, sin embargo, le producía como un
vacío en su espíritu pensar que su obra había terminado.
Cogió
el sexto volumen y volvió a su mesa de trabajo. No tenía valor para buscar las
erratas, la infelicidad que sabía tenía que existir. En todo caso, bastante
temprano se las harían saber.
La
encuadernación protestó con un crujido al abrir el volumen y mirar el índice,
frunciendo el ceño al ver: «FE DE ERRATAS. Vols. I-V.» Sin embargo, había
cometido pocos errores evitables y, por encima de todo, no se había creado
enemigos. Algunas veces, durante el último decenio, la cosa no había sido
fácil. Algunos de los centenares de hombres cuyos nombres figuraban en el
índice final no se habían sentido halagados por sus palabras, pero ninguno de
ellos lo había acusado de indebida parcialidad. No creía que nadie pudiese
adivinar cuál de los hombres de la larga e intrincada historia había sido amigo
particular suyo.
Volvió
al Prefacio, y su mente retrocedió a más de veinte años atrás. Allí yacía el
«Prometheus», esperando la hora de su destino. En medio de aquella muchedumbre
se encontraba mezclado él, joven todavía, con toda una vida de trabajo delante
de él. Y un joven, que si bien entonces no lo sabía, estaba bajo una sentencia
de muerte.
El
profesor Alexson se acercó a la ventana de su despacho y se asomó a la noche.
La vista, hasta entonces, estaba poco obstruccionada por los edificios y
esperaba que seguiría así, de forma que pudiese seguir contemplando la salida
del sol sobre las montañas a quince millas de la ciudad.
Era
medianoche, pero la blanca irradiación que se vertía de aquellas tremendas
pendientes daba a la escena una brillantez casi diurna. Sobre las montañas las
estrellas brillaban con una luz fija que le parecía todavía extraña. Y más
arriba aún...
El
profesor Alexson echó la cabeza atrás y contempló con los párpados entornados
el blanco mundo cegador sobre el cual no volvería a caminar nunca más. Aquella
noche era muy brillante porque casi todo el hemisferio norte estaba envuelto en
deslumbradoras nubes. Sólo África y las regiones mediterráneas no estaban
obscurecidas. Recordó que bajo aquellas nubes había un invierno; a pesar de que
pareciesen tan bellas y brillantes a través de una cuarto de millón de millas
de espacio, parecerían tristes y sombrías sobre las tierras sin sol que tenían
debajo.
Invierno,
primavera, verano, otoño, aquí no tenían significado. Se había despedido de
todo esto cuando hizo el trato. Era un trato duro, pero necesario. Se había
despedido de olas y nubes, de vientos y arcos iris, de cielos azules y de los
largos crepúsculos de las tardes de verano. A cambio había recibido una
indefinida promesa de subsistencia.
Recordaba,
a través de los años, aquellas interminables discusiones con Maxton, Collins y
los demás sobre el significado del vuelo por el espacio para la raza humana.
Algunas de sus predicciones se habían realizado, otras no; pero en su caso
habían resultado ciertas hasta el final. Matthews tuvo razón cuando dijo, hacía
mucho tiempo, que las mayores ventajas que reportaría el vuelo por el espacio
serían aquellas que no se habían previsto nunca.
Hacía
más de diez años que los especialistas del corazón le habían dado tres años de
vida; pero los grandes descubrimientos médicos realizados en la base de la Luna
habían llegado a tiempo para salvarlo. Bajo un sexto de gravedad, donde un
hombre pesaba menos de quince kilos, un corazón que en la Tierra hubiera
fallado podía seguir latiendo todavía durante años. Había incluso la
posibilidad, casi aterradora por sus implicaciones sociales, de que la
expansión de la raza humana llegase a ser mayor en la Luna que en la Tierra.
Mucho
antes de lo que nadie hubiera osado esperar, la astronáutica había dado los más
inesperados dividendos. En el interior de la curva que formaban los Apeninos,
en la primera de todas las ciudades que jamás fueron fundadas fuera de la
Tierra, vivían felices cinco mil desterrados, libres de la mortal gravedad de
su mundo. Con el tiempo reconstruirían todo lo que habían abandonado; ahora
mismo la avenida de cedros de Main Street era un símbolo prometedor de la
belleza que llegaría a producirse durante los años venideros. El profesor
Alexson esperaba vivir los años suficientes para ver la construcción del
parque, cuando estuviese terminada la segunda y mucho mayor cúpula que se
estaba construyendo a tres millas al norte.
Por
toda la Luna la vida vibraba de nuevo. Hacía un millón de años que vaciló y se
había extinguido; esta vez no se extinguiría, porque formaba parte de la
creciente marea que en pocos siglos habría surgido en los planetas más
alejados.
El
profesor Alexson acarició con la punta de los dedos la piedra caliza oriunda de
Marte, que Victor Hassell le había dado hacía ya muchos años. Un día, si
quería, podría ir a aquel extraño y pequeño mundo; pronto habría naves que
harían la travesía en tres semanas cuando el planeta estuviese en su punto más
cercano. Había cambiado de mundo una vez; podía hacerlo nuevamente, si llegaba
a estar tan obsesionado por la vista de la inalcanzable Tierra.
Bajo
su turbante de nubes, la Tierra se despedía del siglo veinte. En las iluminadas
ciudades, mientras la medianoche giraba alrededor del globo, la gente estaba
esperando la primera campanada de la hora que los separaría para siempre del
año viejo y el pasado siglo.
Cien
años como aquellos no habían transcurrido nunca y difícilmente volverían a
transcurrir. Uno tras otro, los diques se habían derrumbado; las últimas
fronteras del pensar habían sido barridas. Cuando el siglo alboreó, el hombre
comenzó a prepararse para la conquista del aire; cuando moría, estaba reparando
sus fuerzas en Marte para el salto a los otros planetas. Sólo Venus lo mantenía
todavía a raya, porque no se había construido todavía nave alguna capaz de
afrontar las horribles galernas, eternamente desencadenadas, entre el
hemisferio iluminado por el Sol y la oscuridad de la Cara Noche. A sólo
quinientas millas de distancia las pantallas de radar habían reflejado formas
de continentes y mares bajo aquellas nubes tempestuosas, y Venus, no Marte, se
había convertido en el enigma del sistema solar.
Mientras
se despedía del viejo siglo, el profesor Alexson no sentía ningún pesar; el
futuro estaba demasiado lleno de misterios y promesas. De nuevo las orgullosas
naves navegaban hacia tierras desconocidas, llevando las semillas de nuevas
civilizaciones que en los años venideros sobrepasarían las antiguas. El alud de
los nuevos mundos destruiría las sofocantes restricciones que habían envenenado
casi medio siglo. Las barreras habían sido rotas y los hombres podían volver
sus energías hacia las estrellas en lugar de luchar unos contra otros.
Saliendo
de los terrores y los sufrimientos de la Segunda Era Sombría, amaneciendo libre
¡Oh, que pueda ser para siempre! de las sombras de Belsen e Hiroshima, el mundo
avanzaba hacia un espléndido amanecer. Al cabo de quinientos años había vuelto
el Renacimiento. El alba, que aparecería por encima de los Apeninos al final de
la larga noche lunar, no sería más brillante que la era a la que acababa de dar
vida.
FIN

