Libro N°. 3113. Podkayne De Marte. Heinlein, Robert A.
© Libro N°. 3113. Podkayne De Marte. Heinlein, Robert A. Colección
E.O. Septiembre 17 de 2016.
Título original: © Podkayne De Marte. Robert A. Heinlein 1968
Versión Original: © Podkayne De Marte. Robert A. Heinlein
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PODKAYNE DE MARTE
Robert A. Heinlein
A
Gale y Astrid
1
Toda
mi vida he deseado ir a la Tierra. No para vivir en ella, por supuesto; sólo
para verla. Como todo el mundo sabe, Tierra es un lugar maravilloso para ser
visitado, pero no para vivir en él. En realidad no resulta muy adecuada a la
vida humana.
Personalmente,
no estoy convencida de que la raza humana originara en la Tierra. ¿Hasta qué
punto puede confiarse en evidencia de unos cuantos kilos de huesos antiguos y
en las opiniones de los antropólogos ―que de todas formas siempre están
contradiciéndose unos a otros ―cuando nos piden que veamos algo que desafía de
modo tan patente el sentido común?
Piensen
en esto: la aceleración de la superficie de la Tierra es indudablemente
exagerada para la estructura humana. Sabido es que de ello resultan los pies
planos, las hernias y los problemas cardiacos. El modo en que los rayos del sol
inciden en la Tierra podría matar en un tiempo sorprendentemente breve a
cualquier humano que no estuviera protegido. ¿Acaso conocen ustedes algún otro
organismo que haya de protegerse artificialmente de lo que se supone que es su
ambiente natural con objeto de permanecer vivo? En cuanto a la ecología
terrestre...
Pero
no importa. Es imposible que nosotros los humanos seamos originarios de la
Tierra. Ni tampoco, si hemos de ser sinceros, de Marte, aunque Marte es el
lugar que más se aproxima ideal dentro de lo que en la actualidad puede
encontrarse en el sistema planetario. Probablemente, el Planeta Perdido fue
nuestro primer hogar. Sin embargo, siempre pienso en Marte como «mi hogar» y
siempre desearé volver a él por mucho que viaje en años futuros. Y me propongo
viajar hasta muy, muy lejos.
En
primer lugar deseo visitar la Tierra no sólo para ver cómo diablos consiguen
vivir ocho mil millones de personas casi amontonadas las unas sobre las otras
―ya que poco más de la mitad del área terrestre es apenas habitable ―, sino
sobre todo para ver los océanos... a buena distancia, claro. Los océanos no
sólo me resultan fantásticamente imposibles, sino que su misma idea me aterra.
Esa enorme cantidad de agua que ni siquiera puedo concebir... y sin confines.
Aguas tan profundas que, si me cayera en ellas, me cubrirían la cabeza.
¡Increíble!
¡Y
ahora nos vamos allí!
Tal
vez debería comenzar por presentarnos. Presentar a la familia Fries, quiero
decir. Yo soy Podkayne Fríes ―Poddy para mis amigos, y desde este momento ya
podemos considerarnos amigos ―, hembra y adolescente. Tengo ocho años y unos
meses. Descalza, mido un metro cincuenta y siete y peso cuarenta y nueve kilos.
En cuanto a mi desarrollo, el tío Tom lo describe así: «Apetitosa y casi a
punto de lograr marido». Descripción bastante justa, ya que una ciudadana de
Marte puede contraer matrimonio sin repudia de su tutor al cumplir los nueve
años. Sin embargo, no soy romántica y ni tan siquiera se me ocurriría la idea
de un matrimonio limitado en mi noveno cumpleaños. No es que me oponga al
matrimonio a su debido tiempo, ni creo tener problemas para hacerme con el
varón de mi gusto. Pero tengo otros planes.
En
estas memorias voy a ser más franca que modesta, porque no se publicarán hasta
que ya sea vieja y famosa y, por supuesto, las corregiré antes de ese día.
Mientras tanto, he tomado la precaución de redactarlas en inglés según la
antigua escritura marciana. Estoy segura de que un padre podría resolver esta
combinación, mi clave secreta, pero él nunca lo haría a menos que yo le
invitara. Papá es un encanto y no anda espiándome. Mi hermano Clark sí querría
hacerlo, pero él considera el inglés una lengua muerta y, por otra parte, jamás
se molestaría en tratar de descifrar la antigua escritura marciana.
Tal
vez hayan visto un libro titulado: Once años de edad. La crisis de adaptación
del varón preadolescente. Yo lo leí confiando en que me ayudaría a entenderme
con mi hermano. (Clark tiene sólo seis años, pero esos «once años» a que título
son años terrestres, ya que el libro se escribió en la Tierra. Si aplicamos el
factor de conversión 1,8808 para los años verdaderos ―es decir, años marcianos
―, se comprobará que mi hermano tiene exactamente once según esos años
inferiores a lo normal que utilizan en la Tierra.)
Ese
libro no me ayudó mucho. Se habla en él de «suavizar la transición al grupo
social», pero no existen todavía indicaciones de que Clark se proponga unirse
alguna vez a la raza humana. Lo más probable es que invente el modo de hacer
explotar el universo sólo para darse el gustazo de oír el estallido. Como él
está a mi cargo la mayor parte del tiempo, y como tiene coeficiente intelectual
de ciento sesenta, mientras que el mío sólo es de ciento cuarenta y cinco,
comprenderán claramente que necesito todas las ventajas que puedan darme la
edad y madurez. En la actualidad mi lema habitual es: Manténte guardia y nunca
aceptes el chantaje.
Pero
volvamos a mí. Por mis antepasados soy toda una mezcla de razas. La parte sueca
domina en mi aspecto, con algunos matices polinesios y asiáticos que añaden
cierto aire exótico. Tengo las piernas muy largas para mi estatura, mido
cuarenta y ocho centímetros de cintura y noventa de pecho. No todo costillas,
se lo aseguro; aunque nosotros, las antiguas familias coloniales, tendemos
todas a un desarrollo pulmonar hipertrofiado, parte de esos centímetros
corresponde al normal desarrollo sexual secundario. Aparte de eso tengo el pelo
de un rubio muy claro, ondulado, y soy bonita. No hermosa ―Praxíteles no me
habría mirado dos veces ―, pero la belleza auténtica con frecuencia asusta a
los hombres o bien les convierte en seres difícilmente manejables. Si una es
bonita y sabe administrarse cuenta con una buena baza a su favor.
Hace
un par de años solía lamentarme de no haber nacido chico, teniendo en cuenta
mis ambiciones; pero al fin comprendí que eso era una bobada, como lamentarse
por no tener alas. Según dice mi madre, «hay que trabajar con los materiales de
que se dispone» y he descubierto que los materiales de que dispongo son
adecuados. En realidad he llegado a descubrir que me gusta ser hembra. Mi
equilibrio hormonal es perfecto y estoy muy bien ajustada al mundo que me
rodea, y viceversa Soy lo bastante lista para no tener que andar demostrándolo
sin necesidad. Tengo el labio superior pronunciado, y la nariz corta, y cuando
arrugo la nariz y adopto una expresión de desconcierto, los hombres se sienten
generalmente muy satisfechos de ayudarme, en especial si me doblan la edad. Hay
muchos modos de hacer un cálculo balístico, aparte de contar con los dedos.
Ésa
soy yo: Poddy Fries, ciudadana libre de Marte, futuro piloto y algún día
comandante de un grupo de exploración espacial. Ya lo verán en las noticias.
Mi
madre es el doble de guapa que yo y mucho más alta de lo que seré jamás; parece
una valquiria a punto de salir galopando por el cielo. Tiene el título,
valedero en todo el sistema planetario, de Ingeniero Maestro en la Construcción
y Superficie de Caída Libre, y tiene derecho a llevar no sólo la Medalla
Hoover, sino la Orden de los Cristianos, de la que es comendador por haber
dirigido la reconstrucción de Deimos y Fobos. Pero mi madre es algo más que el
tradicional ingeniero sabihondo; tiene un empaque social que le permite
mostrarse a voluntad agradablemente encantadora o terriblemente intimidadora;
posee numerosos títulos honorarios y publica importantes opúsculos como el
titulado Criterio de diseños con respecto a los efectos de la radiación en la unión
de las estructuras Sandwich cargadas de presión.
Como
mamá casi siempre está fuera de casa por razones profesionales, me veo
obligada, muy a mi pesar, a ocuparme de mi hermano menor. Sin embargo, supongo
que es una buena práctica. ¿Cómo espero dirigir mi propia nave si no soy capaz
de dominar a un salvaje de seis años? Mi madre dice que el jefe que se ve
forzado a hacerle la raya del pelo a un subordinado con una llave inglesa ha
fallado en algún punto, así que trato de controlar a nuestro pequeño nihilista
sin recurrir a la violencia. Además, utilizar la violencia con Clark es muy
arriesgado; tiene mi talla y encima juega sucio.
De
hecho, Clark y yo nacimos a raíz del trabajo que mi madre llevó a cabo en
Deimos. Mamá estaba decidida a cumplir sus compromisos de construcción y mi
padre, que había acudido a la universidad de Ares con permiso y con una
subvención Guggenheim, estaba resuelto con igual fervor, por mucho que ello
retrasara la construcción, a salvar todos los restos de los antiguos artefactos
marcianos. De tal modo chocaron, con tal aspereza e intimidad, que se casaron
y, poco después, mi madre tuvo hijos.
Mis
padres son Jack Spratt y su esposa. A él le interesa todo lo que ya ha
sucedido; a ella únicamente lo que está por suceder especialmente si depende de
ella que tal cosa ocurra. El de mi padre es profesor Van Loon de historia
terrestre, su verdadera pasión es la historia de Marte, sobre todo lo sucediera
hace cincuenta millones de años. Pero no crean mi padre es un hombre
enclaustrado y entregado únicamente a la meditación y el estudio. Cuando tenía
mi edad ―más incluso, perdió un brazo en una noche helada durante asalto al
Cuartel de Oficiales en tiempos de la Revolución, y puede disparar con la misma
firmeza y rapidez con la mano que le queda.
―El
resto de nuestra familia es el tío abuelo Tom, hermano del padre de papá. El
tío Tom es un parásito. Al menos eso dice él. Cierto que no se le ve trabajar
demasiado, pero es que ya era viejo antes de nacer yo. Es un veterano de la
Revolución, lo mismo que mi padre, comandante de la Legión marciana y senador a
perpetuidad de la República. Sin embargo, no parece dedicar mucho tiempo ni a
la política, ni a la Legión, ni al pueblo. En cambio siempre está metido en el
Club Elks jugando a naipes con otras reliquias del pasado. Tío Tom es realmente
mi pariente más próximo y como no trabaja tanto como mis padres, ni está tan
intensamente ocupado, siempre tiene tiempo de charlar conmigo. Además, posee
cierta veta remanente del pecado original que le permite comprender muy bien
mis problemas. Él dice que también yo tengo esa veta, y mucho más ancha que la
suya. En lo que a eso se refiere, me reservo mi opinión.
Ésta
es nuestra familia, y todos nos vamos a la Tierra. ¡Caray!, he olvidado a tres:
los bebés. Pero éstos apenas cuentan todavía y es fácil pasarlos por alto.
Cuando mis padres se casaron, la Junta de P.E.G. ―Población, Ecología y
Genética ― los calificó como aptos para tener cinco hijos. En caso de
solicitarlo les hubiera permitido siete, pues, como ya habrán adivinado
ustedes, mis padres ocupan un lugar preeminente entre los colonos planetarios,
los cuales descienden de estirpes elegidas y drásticamente seleccionadas o lo
son ya por sí mismos. Pero mi madre dijo a la Junta que apenas si tendría
tiempo para criar a cinco y entonces nos tuvo con la mayor rapidez posible
mientras trabajaba a regañadientes en un puesto administrativo en el
Departamento de Ingeniería Planetaria. Excepto a mí, que fui la primera, fue
metiendo a sus bebés en la congeladora según éstos iban naciendo. Clark pasó
dos años en estado de entropía constante, de otro modo sería casi tan viejo
como yo.
Por
supuesto, el tiempo de congelación no cuenta, y su fecha de nacimiento oficial
es él día en que fue sacado de su recipiente. Recuerdo que me sentí celosísima;
mi madre acababa de regresar de acondicionar Juno y no me parecía justo que
empezara inmediatamente a criar un bebé.
Tío
Tom me convenció de lo contrario sentándome en su regazo y hablándome largo y
tendido. Ya no estoy celosa de Clark, sólo actúo con cautela en mi trato con
él.
De
modo que ahora tenemos a Gamma, Delta y Épsilon en el sótano de la casa cuna de
Marsópolis y descorcharemos y bautizaremos al menos a uno de ellos en cuanto
volvamos de la Tierra. Mamá está pensando en revivir a Gamma y Épsilon a la vez
para educarlas como gemelas ―son niñas ― y, en cuanto estén ya un poco
crecidas, sacar también a Delta, que es un chico.
Papá
dice que eso no es justo, ya que Delta tiene derecho a ser mayor que Épsilon
por la prioridad natural de su fecha de nacimiento, pero mi madre observa que
eso no es más que una adoración exagerada del precedente, y que ojalá papá
olvidara en la universidad tanto respeto por el pasado cuando vuelve a casa por
la tarde. Mi padre dice que mamá no tiene el menor sentimentalismo. Por
supuesto qué no, responde ella, y así lo espera, al menos ante un problema que
requiere un análisis lógico. Papá contraataca arguyendo que en buena lógica
cabe esperar que más tarde dos gemelas destrocen el espíritu de un muchacho o
contribuyan a hacer de él un pillastre. Mamá califica este argumento de
infundado y anticientífico, ante lo cual mi padre insiste en que lo único que
ella desea es librarse de dos tareas molestas de una sola vez. Y ella dice que
sí, que claro, que por qué no se han de aplicar a la economía doméstica los
principios demostrados de la ingeniería de la producción.
A
eso no contesta papá. Se limita a murmurar pensativamente que ha de admitir que
dos niñitas vestidas igual serían muy monas y que las bautizaría Margret y
Marguerité para luego llamarlas Peg y Meg.
Clark
me susurró entonces: «Y ¿para qué molestarse en descorcharlas siquiera? ¿Por
qué no nos acercamos sigilosamente una noche, abrimos las válvulas y decimos
que ha sido un accidente?»
Le
respondí que se lavara la boca con ácido prúsico y que papá no le oyera hablar
así. Porque le daría una buena zurra. Aunque sea historiador, es un firme
seguidor de las teorías más modernas y avanzadas de la psicología infantil, y
las aplica canalizando los conocimientos por asociación con el dolor cuando
quiere asegurarse realmente de que no se olvidará una lección. Según dice él,
con bastante crudeza: «El que escatima las zurras estropea al hijo».
Yo
he sabido canalizar conocimientos a la perfección. En realidad aprendí muy
pronto a predecir y a evitar los incidentes que pudieran acabar en la
aplicación de las teorías... y de la mano de papá. Pero en el caso de Clark
casi siempre es necesario utilizar el palo, aunque sólo sea para retener su
atención tan difusa.
Por
tanto, ya es prácticamente seguro que vamos a tener hermanitas gemelas. Celebro
decir que esto no me supondrá el menor problema, pues Clark ya es un trauma lo
bastante grande para madurar la adolescencia de una niña. Para cuando las
gemelas constituyan un serio problema, espero haberme ido ya de casa y estar
muy lejos.
Interludio
Hola,
Pod.
Así
que me crees incapaz de leer tus gusanitos...
¡Pues
sí que me conoces, Poddy! ¡Oh, perdona! Quise decir capitán Podkayne Fríes,
famosa exploradora del espacio». Capitán Poddy, querida, probablemente nunca
leerás esto porque jamás se te ocurrirá que no sólo he sido capaz de descubrir
tu clave secreta, sino que también he escrito mis comentarios en los amplios
márgenes que dejas.
Sólo
para que conste, mi querida hermana, has de saber que leo el inglés antiguo con
la misma facilidad con que leo el sistema Orto. El inglés no es tan difícil, ni
mucho menos, y lo aprendí en cuanto descubrí que un gran número de libros que
deseaba leer no habían sido traducidos. Pero de nada sirve andar por ahí
presumiendo de lo que uno sabe o enseguida viene alguien y te ordena dejar lo
que estás haciendo. Probablemente tu hermana mayor.
Pero,
¡mira que llamar «clave secreta» a una simple sustitución! Poddy, si hubieras
sido realmente capaz de escribir en marciano antiguo, me habría resultado mucho
más difícil descifrarlo. Pero no sabes. ¡Vaya, si ni siquiera papá puede
escribirlo sin una gran concentración, y probablemente es quien más marciano
sabe en todo el sistema!
Pero
tú no descubrirás mi clave... porque no tengo ninguna. Intenta mirar este papel
bajo una luz ultravioleta: una lámpara solar, por ejemplo.
2
¡Inconcebible!
¡Una
jugada sucia! ¡Una mala faena! ¡Qué asco! ¡Qué rabia!
¡No
nos vamos!
Al
principio creí que mi hermano Clark se las había ingeniado para salir con una
de sus aborrecibles maquinaciones, un juego de manos de lo más infame.
Afortunadamente ―lo único afortunado en este asqueroso lío ―, pronto comprendí
que tal cosa era imposible. Sus ideas son muy subversivas, pero él no podía ser
el culpable a menos que hubiera conseguido inventar y construir en secreto una
máquina del tiempo. Dudo que lo hiciera... si bien no estoy dispuesta a apostar
a que no es capaz de realizar una cosa así. No lo estoy desde el día en que,
sin alterar para ello ―al menos nadie pudo demostrarlo ― el sello de la
Compañía en la caja de control, compuso el robot de servicio para que le
sirviera un refresco a medianoche y lo cargara en mi número de código.
Nunca
sabremos cómo lo hizo. La Compañía se ofreció a olvidarlo todo e incluso a
pagar en efectivo para aprovechar el hecho en sus investigaciones. Le pidieron
―¡por favor!― que confesara cómo se las había ingeniado para inutilizar aquel
sello supuestamente invencible. Pero Clark se limitó a mirarles con aire
desconcertado y no quiso hablar. Sólo hubo, pues, pruebas circunstanciales.
Resultaba evidente para todos los que nos conocían ―sobre todo para papá y mamá
― que yo jamás habría pedido un helado bañado en salsa mayonesa, y con... ¡no,
no puedo seguir!, me da asco. En cambio, ya se sabe que Clark es muy capaz de
comerse cualquier cosa que primero no se lo coma a él. Pero ni siquiera esta
prueba psicológica tan evidente habría convencido al ajustador de la Compañía
de no haber demostrado sus propios informes que dos de esos banquetes obscenos
habían tenido lugar mientras yo estaba ausente, a mil kilómetros de distancia,
pasando unos días en casa de unos amigos en Sirtis Mayor. No importa, lo único
que me propongo aconsejar a todas las chicas que no tengan por hermano a un
genio chiflado como el mío. Elijan en cambio a un idiota, ligeramente
subnormal, que se siente muy calladito delante de la tele contemplando con la
boca abierta los clásicos del oeste, sin preguntarse nunca cómo es posible que
aparezcan aquellas imágenes tan bonitas.
Pero
me he alejado mucho de mi trágica historia. Ya no vamos a tener gemelas. Ahora
tenemos trillizos.
Gamma,
Delta y Épsilon, que hasta ahora sólo habían sido temas de conversación, son ya
Gracia, Duncan y Elspeth, en carne sólida, a menos que papá cambie de opinión
de nuevo antes de registrarlos definitivamente, pues ha elegido ya tres nombres
distintos para cada uno de ellos. Pero ¿qué importa el nombre? La cuestión es
que ya están aquí, en nuestra casa, con el cuarto de los niños dispuesto para
recibirlos. Tres humanos sin terminar, inútiles, sonrosados como gusanitos, y
sin rasgos que merezca la pena mencionar. Sus miembros se agitan sin propósito,
aún no fijan la vista, y un débil y nauseabundo olor a leche agria invade todas
las habitaciones. Sonidos horribles salen de un extremo de sus cuerpecitos ―por
donde se les colocara el generador heterodino ― y aún son más horribles las
condiciones en el otro extremo: todavía no he encontrado a los tres secos al
mismo tiempo.
Si
embargo hay algo en esos pequeños que resulta decididamente atractivo. De no
ser porque suponen la causa inmediata de mi tragedia, nada me costaría llegar a
quererles. Estoy segura de que Duncan empieza ya a reconocerme.
Pero,
si bien confieso que ya he comenzado a aceptar su presencia, el estado de mamá
sólo puede describirse como atávicamente maternal. Sus informes profesionales
se amontonan sin que les dedique la menor atención, en sus ojos hay una suave
expresión de Madonna e incluso parece más baja y más gruesa que hace una
semana.
Primera
consecuencia: no quiere ni oír hablar de ir a la Tierra, con o sin los
trillizos.
Segunda
consecuencia: papá no va si no va ella. ¡Vaya bronca le echó a Clark por
sugerirlo siquiera!
Tercera
consecuencia: como ellos no quieren, nosotros ―Clark y yo, quiero decir ― no
podemos ir. Tal vez fuera posible que a mí se me permitiera viajar sola, ya que
papá está de acuerdo, por mi madurez y buen juicio, en que ya soy «un adulto
joven», aun cuando todavía me faltan unos meses para cumplir los nueve años.
Pero esto de nada serviría, pues no se me considera lo bastante mayor para
cargar con toda la responsabilidad y el control de mi hermano estando nuestros
padres a varios millones de kilómetros. Tampoco estoy muy segura de que me
gustara, a menos de saberme armada con algo al menos tan convincente como la
estrella de la mañana. Por otra parte, mi padre es tan terriblemente equitativo
con nosotros que ni siquiera se le ocurriría permitir que fuera uno y no los
dos cuando a los dos se nos había prometido el viaje.
La
justicia es una virtud inapreciable en un padre, pero precisamente en este
momento no me importaría ser una niña mimada y favorecida.
Por
todo lo que he dicho es por lo que estoy segura de que Clark no tiene una
máquina del tiempo oculta en su armario. Esta serie de fatalidades, estos
contratiempos estúpidos, resultan tan desastrosos para él como para mí.
¿Cómo
sucedió? Recapacitemos... Hace más de un mes, cuando hacíamos en casa nuestros
planes para un viaje familiar a la Tierra, poco sospechábamos que este desastre
era ya un hecho y que sólo aguardaba el momento más odioso e inoportuno para
presentarse. He aquí lo sucedido: La casa cuna de Marsópolis tiene capacidad
para conservar en total seguridad a miles de recién nacidos, congelados casi al
cero absoluto, hasta que sus respectivos padres estén dispuestos a aceptarlos.
Se dice, y así lo creo, que ni el estallido de una bomba nuclear dañaría a los
niños allí depositados. Mil años más tarde acudiría una escuadra de rescate y
descubriría que la maquinaria automática de auto―mantenimiento no había
permitido que la temperatura de los tanques variara ni una centésima de grado.
En consecuencia, nosotros, los ciudadanos de Marte ―marcianos, no, por favor,
los marcianos fueron una raza no humana ahora casi extinguida ―, los ciudadanos
de Marte, repito, tendemos a casarnos muy pronto, a tener rápidamente la cuota
de hijos que se nos permite, y a criarlos más tarde, cuando el tiempo y la
situación económica resultan más favorables. Así se reconcilia la discrepancia,
mucho más evidente desde la revolución industrial en la Tierra, entre la mejor
edad biológica para tener hijos y la mejor edad social para criarlos y
educarlos.
Esto
es exactamente lo que hizo un matrimonio llamado Breeze hace unos diez años. Se
casaron cuando ella tenía nueve y él acababa de cumplir los diez; cuando él era
aún un cadete de aviación y ella asistía a la universidad de Ares. Solicitaron
tres hijos, les fue concedido el permiso, los tuvieron y se los quitaron de
encima mientras terminaban sus estudios. Muy sensatos.
Pasaron
los años, él se hizo piloto y luego jefe de una nave; ella trabajó primero como
empleada de finanzas en la nave de su marido y luego como sobrecargo; una vida
estupenda. A las líneas espaciales les encanta ese tipo de empleados: un
matrimonio que viaja unido significa una nave feliz.
El
capitán Breeze y su esposa cumplieron sus diez años y medio de trabajo ―veinte
terrestres ― y solicitaron la jubilación con media paga. Se les concedió e
inmediatamente telegrafiaron a la casa cuna para que les descorcharan a sus
tres hijos.
Recibida
la orden por radio se retransmite para su confirmación; la casa cuna la acepta.
Cinco semanas más tarde la feliz pareja recogió tres bebés, firmó en el
registro e inició la segunda mitad de una vida perfecta.
O
eso creían ellos, porque resulta que lo que habían depositado allí eran dos
chicos y una chica, y lo que recibieron fueron dos chicas y un chico. Los
nuestros.
Y
créanme, por favor, les llevó casi toda una semana descubrirlo. Desde luego, he
de admitir que la diferencia entre un niño nuevecito y una niña nuevecita es,
en esa época, prácticamente nula. Sin embargo, existe una ligera diferencia. Al
parecer, todo el problema fue porque los bebés pasaban por demasiadas manos: la
madre, la suegra, una niñera temporal y una vecina servicial. Con tanta gente
entrando y saliendo, no es probable que nadie bañara a los tres en sucesión
durante la primera semana. Desde luego, la señora Breeze no lo había hecho.
Cuando lo hizo se dio cuenta, se desmayó y dejó caer a uno de nuestros bebés en
la bañera donde se habría ahogado de no haber acudido, atraídos por los gritos
de ella, el marido y la vecina.
De
modo que, repentinamente, nos vimos con unos trillizos de un mes.
El
abogado de la casa cuna se mostró muy vago en sus explicaciones. Claro, no
quería admitir que su sistema de identificación a toda prueba había hecho
posible una confusión de tales proporciones. A mi entender, aunque no lo sé con
certeza, lo más lógico es suponer que en la cadena de seguridades ―números de
serie, huellas dactilares de los bebés, maquinaria de informes, etc.―, se
produjo un lapsus: cuando un empleado leyó en voz alta «Breeze» en la orden
enviada por radio, y otro empleado, el que comprobó el archivo, entendió
«Fries», e introdujo este nombre en una computadora. La máquina hizo el resto.
Pero
el encargado de la casa cuna no lo dijo. Sólo estaba terriblemente ansioso
porque mis padres salieran pronto del tribunal, aceptaran un cheque y firmaran
un documento mediante el cual se comprometían a no dar publicidad al error.
Mis
padres aceptaron un cheque por el sueldo que mi madre habría percibido durante
tres años de servicio en su profesión, y el encargado tragó saliva al fin y se
mostró aliviado.
Pero
nadie se ofreció a pagarme a mí por haberme estropeado toda mi vida, mis
esperanzas y mis ambiciones.
Clark
lanzó una sugerencia que, para ser suya, casi era sensata. Propuso que
hiciéramos el cambio con los Breeze, que les dejáramos conservar los niños ya
vivos, mientras nosotros nos quedábamos con los aún congelados. Todo el mundo
feliz y podríamos ir a la Tierra.
Mi
hermano está demasiado pendiente de sí mismo para comprenderlo, pero el ángel
de la muerte le rozó con sus alas en aquel instante. Papá es un ser
verdaderamente noble, pero ya había aguantado casi más de lo que podía
soportar.
Y yo
también. Confiaba en estar hoy rumbo a la Tierra: mi primer viaje espacial más
allá de Fobos, una simple excursión escolar, el clásico viaje de fin de curso.
Una nonada.
Y,
en cambio, ¿qué creen que estoy haciendo?
¿Tienen
idea de cuántas veces al día hay que cambiar a tres bebés?
3
¡Alto!
¡Paren las máquinas! ¡Borren las cintas! ¡Cancelen todos los boletines!
¡Después de todo, nos vamos a la Tierra!
Bueno,
no todos nosotros. Papá y mamá no van, y, naturalmente, los trillizos tampoco.
Pero... Bueno, creo que será mejor lo cuente todo sin olvidar nada.
Ayer
la situación llegó realmente al límite. Había estado cambiando a los niños por
riguroso turno sólo para descubrir que cuando el número tres estaba seco y
limpio, el número uno necesitaba de nuevo mis atenciones. Mientras lo hacía,
pensaba con amargura que en ese momento exacto yo debía de haber entrado en el
comedor del «S.S. Wanderlust» a los acordes de una suave música. Quizá del
brazo de uno de los oficiales... quizás incluso del brazo del mismo capitán si
hubiera tenido la oportunidad de disponer un feliz encuentro accidental,
haciendo muy buen uso de mi expresión de gatita desconcertada.
Y
mientras así soñaba despierta, hundida en la melancolía, descubrí de pronto que
otra vez había de comenzar mi tarea. Pensé en los establos de Augias y de
pronto me pareció que aquello era demasiado y mis ojos se llenaron de lágrimas.
Mamá
entró en aquel mismo instante. Le pregunté sí, por favor, podía disponer de un
par de horas de descanso. «No faltaba más, querida», me contestó, y ni siquiera
me miró. Estoy segura de que tampoco advirtió que yo estaba llorando, pues, sin
ninguna necesidad, se había lanzado a cambiar los pañales del bebé que yo
acababa de arreglar. Había estado mucho rato al teléfono diciéndole a alguien
con voz muy firme que, aunque era cierto que no nos íbamos de Marte, no estaba
dispuesta a aceptar otra comisión, ni siquiera como consejera. Sin duda, esos
diez minutos que pasara lejos de los niños la habían puesto nerviosísima, por
lo que se lanzó de inmediato a su cuidado.
La
conducta de mi madre resulta totalmente increíble. Todos los circuitos de su
cerebro parecen haberse paralizado y los instintos primarios la dominan por
completo. Ahora me recuerda a una gata que teníamos cuando yo era niña,
Topitos, y su primera carnada de gatitos. Topitos nos quería y confiaba en
todos nosotros excepto en lo que concernía a sus pequeños. Sólo conque
tocáramos a uno se mostraba muy inquieta. Pero si sacábamos a un gatito de la
cesta y lo poníamos en el suelo para admirarlo, se llegaba a él de un salto, lo
cogía con los dientes e inmediatamente lo devolvía a la cesta. El inquieto
movimiento de su trasero parecía querer decirnos con toda claridad lo que
pensaba de las personas irresponsables que no saben manejar a unos bebés. Mamá
se comporta ahora de la misma manera. Acepta mi ayuda sencillamente porque hay
demasiadas cosas que hacer para una sola persona. Pero está convencida de que
ni siquiera soy capaz de coger un niño en brazos sin la más estricta
supervisión.
Así
que me fui y, siguiendo ciegamente mi instinto, acudí en busca del tío Tom.
Le
encontré en el Club Elks, el punto más probable a esa hora del día, pero tuve
que esperar en el saloncito de señoras a que él saliera de la sala de juego. Lo
hizo a los diez minutos, y además contando un montón de billetes.
―Siento
haberte hecho esperar ―dijo ―, pero estaba enseñándole a un amigo la
inseguridad del cálculo de probabilidades y hube de esperar lo suficiente para
cobrar la clase. ¿Cómo te va, Podkayne?
Intenté
contárselo todo, me armé un lío terrible y me eché a llorar. Me llevó hasta el
parque que rodea el ayuntamiento, me sentó en un banco y compró paquetes de
chocolatinas. Me comí el mío y la mayor parte del suyo mientras observaba las
estrellas; luego volví a contárselo todo y me sentí mejor.
Me
dio unos golpecitos cariñosos en la mano.
―Anímate,
Flicka. Recuerda que, cuando las cosas parecen ir mal, aún suelen ponerse peor.
Sacó
el teléfono del bolsillo e hizo una llamada. De pronto estalló:
―¡No
importa la rutina del protocolo, señorita! Soy el senador Fries. Quiero hablar
con el director. ―Un instante después, ya con voz más suave, prosiguió: ¿Hymie?
Soy Tom Fries. ¿Cómo está Judith? Estupendo, estupendo... Hymie, sólo te he
llamado para decirte que voy para allá para ahogarte en uno de tus propios
tanques de helio líquido. ¡Oh!, digamos en unos catorce o quince minutos. Eso
te dará tiempo para salir de la ciudad. Corto. ―Se metió el teléfono en el
bolsillo. Vamos a almorzar ―concluyó, dirigiéndose a mí ―; nunca te suicides
con el estómago vacío, querida mía, que es muy malo para la digestión.
Tío
Tom me llevó al Club de los Pioneros. Yo sólo había estado una vez allí y quedé
nuevamente impresionada. Tiene camareros auténticos, hombres tan viejos que
podrían ser los mismos pioneros, o los que acudieron a recibir a la primera
nave. Todos se peleaban por saludar a tío Tom; éste tuteaba a todo el mundo y
aunque ellos le llamaban «Tom» sonaba más bien como «Su Majestad». El director
del hotel se acercó y preparó personalmente mi postre, rodeado por media docena
de ayudantes, que le alcanzaban todo lo necesario: parecía un famoso cirujano
que operara a vida o muerte.
De
pronto tío Tom soltó un eructo tras la servilleta; yo les di las gracias a
todos y salimos de allí. Ojalá hubiera tenido la previsión de ponerme ese
vestido que compré y que mi madre casi me obligó a devolver por juzgarlo
inadecuado a mis ocho años... una no va al Club de los Pioneros todos los días.
Cogimos
el túnel expreso en James Joyce Fogarty. Tío Tom viajó sentado todo el
trayecto, con lo que tuve también que sentarme aunque eso me ponga nerviosa.
Personalmente, prefiero caminar en la dirección en que se mueve el túnel y
llegar a su término un poco antes. Pero tío Tom dice que ya supone bastante
ejercicio el observar cómo los demás se agotan trabajando hasta morir.
Andaba
tan preocupada con mis propias emociones que no comprendí realmente que nos
dirigíamos a la casa cuna de Marsópolis hasta que estuvimos allí. Cuando
llegamos ante un aviso que decía: OFICINA DEL DIRECTOR ― POR FAVOR, UTILICEN
OTRA PUERTA, tío Tom dijo: «Vete por ahí, ya te buscaré más tarde», y se metió
en el despacho.
La
sala de espera estaba abarrotada y las únicas revistas que se ofrecían a la
vista eran «Juegos infantiles» y «Labores caseras modernas», así que me fui a
dar una vuelta y pronto encontré un corredor que me llevó a la sala de los
niños.
Encontré
una puerta cerrada con un rótulo que señalaba las horas de visita: de las 16 a
las 18.30. Seguí adelante y encontré otra puerta que parecía más prometedora.
Claro que había un letrero: TERMINANTEMENTE PROHIBIDA LA ENTRADA, pero no
decía: «Eso se refiere a usted», ni estaba cerrada. Entré.
¡Jamás
había visto tantos bebés en toda mi vida!
Fila
tras fila, cada uno descansaba en su propio cubículo transparente. En realidad
sólo distinguía bien la fila más próxima. Todos parecían de la misma edad y
mucho más terminados que los tres que teníamos en casa. Eran unas cositas
oscuras, arrugaditas, tan lindas como cachorritos. La mayoría estaban dormidos;
sólo algunos, despiertos, pateaban babeando y agarrando los juguetes que tenían
a su alcance. Si un cristal no me hubiera separado de ellos, los hubiera cogido
en brazos. Todo un puñado de bebés.
Había
muchas chicas en la habitación. Cada una de ellas estaba ocupada atendiendo a
un pequeñín y no advirtieron mi presencia. De pronto, uno de los bebés que
estaba más cerca rompió a llorar; una luz se encendió sobre su cubículo y una
de las enfermeras se acercó corriendo. Retiró la tapa, tomó al bebé en brazos y
empezó a darle palmaditas en el culito, hasta que dejó de llorar.
―¿Está
mojado? ―le pregunté.
Levantó
la vista y se fijó en mí.
―¡Oh,
no!, las máquinas se cuidan de eso. Simplemente se siente solo y hay que darle
un poquito de cariño. ―La voz me llegaba con toda claridad a pesar del cristal;
sin duda habría un circuito de intercomunicación aunque no se veían los
micrófonos. Ella seguía arrullando dulcemente al bebé; luego añadió ―: ¿Eres
una empleada nueva? Pareces algo despistada.
―¡Oh,
no! ―me apresuré a decir ―. No estoy empleada aquí. Sólo que...
―Entonces
no tienes por qué estar en esta sala, sobre todo a esta hora. A menos que...
―Me miró con bastante escepticismo ―. ¿Andas buscando tal vez la clase de
instrucción para las madres jóvenes?
―¡Oh,
no! ―repetí, también a toda prisa ―. Todavía no.
―Luego
añadí más apresuradamente aún ―: Soy una invitada del director.
Bueno,
no era mentira. No del todo. Yo era la invitada de un invitado del director que
estaba celebrando una entrevista con él. Aunque no equivalente, la relación era
ciertamente concatenada.
Esto
pareció tranquilizarla. Preguntó:
―¿Y
qué deseas exactamente? ¿Puedo ayudarte en algo?
―Bueno,
sólo deseo información. Estoy haciendo una especie de inspección. ¿Qué ocurre
en esta sala?
―Estos
son los contratos de seis meses de edad cuya salida está ya aprobada ―me dijo
―. Todos estos bebés se irán a sus casas dentro de pocos días.
Depositó
de nuevo al pequeño, callado ahora, en su cubículo privado, le ajustó la tetina
del biberón, procedió a realizar otros ajustes en el exterior del cubículo de
modo que el colchoncito interior se alzara un poco y sujetara la botella de
leche contra el nene y luego cerró la tapa. Avanzó unos cuantos metros y cogió
a otro niño.
―Personalmente
―añadió ―, creo que el contrato de seis meses es el mejor. Un niño de doce
meses es ya lo bastante mayor para advertir la transición. Pero éstos no. No
les importa quién se acerca y los acaricia cuando lloran... y seis meses bastan
para iniciar la crianza de un niño y evitarle a la madre la época más pesada.
Nosotras sabemos hacerlo bien, estamos acostumbradas haber tenido que estar
levantadas toda la noche por culpa niño. En consecuencia, no estamos de mal
humor y nunca gritamos... pues no vayas a caer en el error de creer que los
bebes no captan el tono de voz enojado simplemente porque aún no pueden hablar.
Se dan cuenta. Y eso puede trastornarlos tanto que tal vez se venguen en otra
persona años y años más tarde. Ea, ea, cariñito ―continuó, aunque ya no se
dirigía a mí ―, ¿te sientes mejor ahora? Tienes sueñecito, ¿verdad? Ahora te
quedes quietecito y Marta te cogerá la manita hasta que te duermas del todo.
Observó
al pequeñín un momento más, luego retiró la mano, cerro la tapa y se acercó
corriendo al lugar en que brillaba otra luz.
―Un
niño no tiene sentido del tiempo ―añadió, al levantar de la cuna a un
rabiosillo ―. Cuando necesita cariño, lo necesita de inmediato. Él no puede
saber si... ―Una mujer más vieja se acercado a ella ―. ¿Diga, enfermera?
―¿Con
quién está hablando? Ya conoce las reglas.
―Pero...
es una invitada del director.
La
mujer mayor me miró con expresión firme, con un gesto «nada de tonterías».
―¿La
envió aquí el director?
―Estaba
yo eligiendo a toda prisa entre tres respuestas que nada me comprometieran
cuando me salvó el destino. Una voz suave que parecía llegar de todas partes
anunció de pronto. «Se suplica a la señorita Podkayne Fries que acuda a la
oficina del director. Por favor, la señorita Podkayne Fries debe acudir a la
oficina del director».
Alcé
la nariz en el aire y dije con gran dignidad:
―Exacto,
enfermera. Ahora, ¿será tan amable de telefonear al director y decirle que la
señorita Fries va para allá? ―Y me largué afectando tener mucha prisa.
El
despacho de aquel director era cuatro veces más grande y dieciséis veces más
impresionante que el del director de mi colegio. Era el director un hombre
bajo; tenía la piel oscura, una barbita gris y un aire de enojo. Aparte de él
y, naturalmente del tío Tom, estaban presentes el abogadillo que tan mal lo
pasara hacía una semana con mi padre... y mi hermano Clark. No podía imaginar
cómo había llegado él hasta aquí, sólo que Clark tiene un instinto infalible
para meterse en líos.
Me
miró inexpresivamente. Yo incliné la cabeza. El director y su sabueso legal se
pusieron en pie. Tío Tom no, pero dijo:
―Doctor
Hyman Schoenstein, señor Poon Kwai Yau: mi sobrina Podkayne Fries. Siéntate,
cariño, nadie va a morderte. El director tiene que hacerte una proposición.
El
abogado interrumpió:
―No
pienso...
―Estoy
de acuerdo ―le cortó el tío Tom ―. Usted no piensa o ya se le habría ocurrido
que, si arroja una piedra a un estanque, la superficie del agua se agitará y
los círculos se irán ensanchando.
―Pero...
doctor Schoenstein, el documento que me firmó el profesor Fries le obliga
explícitamente a guardar silencio, no sólo por el bien y la consideración de
todos, sino por la indemnización que se le prometió y que ya se le ha pagado.
Esto equivale realmente a un chantaje. Yo... ―
Entonces
tío Tom se puso en pie. Su estatura parecía haberse duplicado y su sonrisa era
como una máscara del terror:
―¿Cuál
fue esa última palabra que utilizó?
―Yo...
―El abogado parecía asustado ―. Tal vez hablara con demasiada precipitación.
Quise decir simplemente que...
―Ya
le oí ―gruñó tío Tom ― y estos tres testigos también. Da la casualidad que ésa
es una de las palabras por las que puede desafiarse a cualquiera en este
planeta todavía libre. Pero, puesto que ya soy viejo y estoy gordo, me limitaré
a demandarle hasta que pierda su último céntimo. Vamos, muchachos.
El
director habló a toda prisa:
―Tom,
siéntate, por favor. Señor Poon, hágame el favor de callarse hasta que le pida
consejo. Ahora bien, Tom, sabes perfectamente que no puedes desafiar ni
demandar a nadie por una comunicación de privilegios aconsejada a un cliente.
―Puedo
hacer ambas cosas, o una al menos. La cuestión es: ¿me apoyará el tribunal?
Claro que siempre puedo averiguarlo.
―¿Y
sacar a relucir precisamente esa cuestión que sabes perfectamente que no puedo
permitirme el lujo de que se sepa? ¿Sencillamente porque mi abogado habló con
celo excesivo? A ver, señor Poon...
―Ya
traté de retirar mis palabras. Las retiro de nuevo.
―¿Senador?
Tío
Tom inclinó la cabeza rígidamente hacia el señor Poon, que le devolvió la
reverencia.
―Aceptado,
señor. Usted no quiso ofenderme y yo no me siento ofendido. Entonces sonrió
alegremente, dejó de hinchar pecho (con lo que volvió a salirle la barriga) y
dijo con voz normal ―: De acuerdo, Hymie, adelante con la cuestión. Tú hablas.
El
doctor Schoenstein dijo cautelosamente:
―Jovencita,
acabo de saber que el reciente y desafortunado cambio de planes en su familia,
que todos lamentamos profundamente, ha supuesto una profunda desilusión más
para usted y su hermano.
―Por
supuesto que sí contesté, ―y me temo que con una voz demasiado aguda.
Sí.
Tal como lo expresó su tío, se ha agitado la superficie del estanque. Otro de
esos círculos acabaría con este establecimiento, arruinándolo como negocio. Y
es éste un negocio muy extraño, señorita Fries. Aparentemente realizamos una
función rutinaria de ingeniería, aparte los cuidados normales de los niños.
Pero en realidad lo que hacemos está relacionado con la más primitiva de todas
las emociones humanas. Si las gentes pierden la confianza en nuestra integridad
o en la perfección con que llevamos a cabo el servicio que se nos ha confiado
extendió las manos en gesto de impotencia ―, no duraríamos ni un año. Yo podría
revelarle exactamente cómo ocurrió el error que ha afectado a su familia,
demostrarle lo muy improbable que es según los métodos que utilizamos y darle
cuantas pruebas necesite de que en el futuro jamás podrá repetirse tal error de
acuerdo con nuestros nuevos procedimientos. Sin embargo ―su rostro adoptó de
nuevo un aire de importancia ― si usted hablara, si usted dijera simplemente la
sencilla verdad de lo que en realidad sucedió una vez, podría arruinarnos.
Me
sentía tan apenada por él que estaba a punto de estallar diciendo que ni
siquiera me había pasado por la cabeza la idea de hablar aunque ellos sí habían
arruinado mi vida ― cuando Clark me susurró: «¡Calla, Pod! Esto se está
poniendo bueno».
Así
que me limité a mirar al director con mi expresión de esfinge y no dije nada.
El egoísmo instintivo de Clark es de respetar.
El
doctor Schoenstein hizo una seña al señor Poon para que siguiera callado.
―Pero,
mi querida señorita, yo no le pido que no hable. Como dice su tío, el senador,
no ha venido aquí para hacernos chantaje y yo no tengo por qué hacer un trato.
La Fundación Casa Cuna de Marsópolis siempre cumple con sus obligaciones aun
cuando éstas no consten en un contrato oficial. Le pedí que viniera aquí con
objeto de proponerle algo que reparará el daño que indudablemente, aunque
involuntariamente también, les hemos causado a usted y a su hermano. Su tío me
ha dicho que se proponía ir a la Tierra con usted y su familia y que ahora se
propone hacerlo solo en la próxima salida de las Líneas Triángulo. El
«Tricornio», según creo, parte dentro de unos diez días. ¿Se sentiría usted
compensada si le pagáramos los billetes de primera clase de usted y de su
hermano, ida y vuelta desde luego, en las Líneas Triángulo?
¡Caray!
La única cosa buena que tiene el «Wanderlust» es que se trata de un navío
espacial que hace el viaje a la Tierra. Por lo demás, es lo que podría llamarse
una vieja y lenta nave de carga. Frente a esto las naves de las Líneas
Triángulo son, como todo el mundo sabe, auténticos palacios. Sólo pude asentir.
―Bien.
Es privilegio nuestro, y así lo esperamos, que tengan un viaje maravilloso.
Pero... eh... señorita... ¿cree posible darnos alguna seguridad, sin
obligación, por supuesto, sólo por amabilidad, de que no hablará de cierto
error lamentable?
―¿Cómo?
Pensé que eso era parte del trato.
―Es
que no es un trato. Según indicó su tío, nosotros le debemos el viaje sin
importar la razón que exista para ello.
―Vaya...
pues verá, doctor, voy a estar tan ocupada, voy a verme tan apremiada para
disponer las cosas a toda prisa, que no tendré ni tiempo de hablar con nadie
sobre un error que, probablemente, tampoco fue culpa suya.
―Gracias.
―Se volvió hacia Clark ―: ¿Y tú, hijo mío?
A
Clark no le gusta en absoluto que le llamen «hijo». Pero no creo que esto
afectara a su respuesta. Ignoró el vocativo y dijo fríamente:
―¿Y
qué hay de nuestros gastos?
El
doctor Schoenstein parpadeó. El tío Tom soltó una carcajada y dijo:
―¡Este
es mi chico! Ya te dije, Doc, que tenía la rapacidad elemental de una
comadreja. Llegará muy lejos... si alguien no le envenena antes.
―¿Alguna
sugerencia?
―No
hay problema, Clark. Mírame a los ojos O bien te quedas aquí y te metemos en un
barril y te alimentamos por la espita para que no puedas hablar mientras tu
hermana se va de todos modos, o aceptas estos términos: digamos mil a cada uno,
no, quinientos, para gastos de viaje y cierras esa bocaza tuya sobre el lío de
los bebés. Si no aceptas, yo mismo, con ayuda de cómplices de negro corazón, te
cortaré la lengua y se la daré a los gatos. ¿De acuerdo?
―Debería
recibir una comisión de los quinientos de mi hermana. Ella no tuvo el
suficiente sentido común para pedir nada.
―No
me vengas con ésas. También yo debería cargarte una comisión por toda la
transacción. ¿De acuerdo?
―De
acuerdo ―asintió Clark. Tom se puso en pie.
―Todo
resuelto, doctor. A su propio y repelente estilo, Clark es tan digno de
confianza como ella. Así que, tranquilo. Y tú también Kwai Yau, puedes respirar
a gusto de nuevo. Doc, envíame el cheque por la mañana. Vamos, chicos.
―Gracias,
Tom. Si eso es lo que quieres, recibirás el cheque antes de que llegues a casa.
Ah, una cosa más.
―¿Qué
hay, Hymie?
―Senador,
tú estabas aquí mucho antes de que yo naciera, así que no conozco demasiado
bien la historia de tu juventud, solo esos informes tradicionales que aparecen
en el Quién es en Marte. Exactamente, ¿por qué fuiste transportado? Porque tú
fuiste transportado, ¿no es así?
El
señor Poon parecía anonadado de horror y yo también. Pero el tío Tom no se
mostraba ofendido. Rió calurosamente y contestó:
―Se
me acusó de congelar niños en beneficio mío. Pero fue trampa. Jamás hice
semejante cosa. Vamos, muchachos. Salgamos de este nido de vampiros antes de
que se nos lleven al sótano.
Aquella
misma noche, ya en la cama, empecé a soñar con el viaje. No había habido ni la
menor discusión con mis padres; tío Tom lo había arreglado todo por teléfono
antes de que llegáramos a casa. Oí un ruidito en el cuarto de los niños, me
levanté y fui allí de puntillas. Era Duncan, el chiquitín; ni siquiera estaba
mojado, pero se sentía solo. Le tomé en brazos y le arrullé; se hizo pis y tuve
que cambiarle.
Decidí
que era tan bonito e incluso más que todos aquellos nenes, aunque tuviera cinco
meses menos que ellos y sus ojos no se fijaran todavía. Cuando le dejé otra vez
en su cunita estaba profundamente dormido. Me volví de nuevo a la cama.
Pero
me detuve de pronto... Las líneas Triángulo reciben este nombre porque sirven a
los tres principales planetas, por supuesto, pero la dirección que sigue una
nave Marte―Venus ―Tierra depende del lugar en que nos hallemos en nuestras
órbitas.
Y
¿dónde estábamos ahora exactamente?
Entré
corriendo en la sala y busqué el «Daily War Whoop». Gracias al cielo lo
encontré y lo puse en el visor. Pasé a la sección de embarques y leí los avisos
de llegadas y salidas.
¡Sí,
sí, sí! ¡No sólo voy a la Tierra sino a Venus también!
¡Venus!
¿Creen que mamá me dejaría? No, es mejor no decir nada ahora. El tío Tom será
más tratable cuando lleguemos allí.
Voy
a echar de menos a Duncan. Es un muñequito tan delicioso.
4
No
he tenido tiempo para escribir en este diario desde hace días... Casi me
resultó imposible disponerlo todo para el viaje. Habría sido totalmente
imposible a no ser porque la mayoría de los preparativos ―todas las
inoculaciones terrestres especiales y las fotografías, pasaportes, etc.―
estaban hechos desde antes que nos atacara la «gran tragedia». Mamá salió de su
limbo atávico y me ayudó muchísimo. Incluso permitió que uno de los trillizos
llorara unos minutos antes que dejar a medio terminar mi equipaje.
No
sé cómo Clark se preparó ni si tenía alguna disposición que tomar. Seguía
deslizándose sigilosamente de un lado a otro y, si se molestaba en hacerlo,
contestaba con un gruñido. Tampoco el tío Tom parecía encontrarlo difícil. Sólo
le vi un par de veces en aquellos diez días tan frenéticos ―una de ellas para
que me prestara parte de su concesión de peso de equipaje, cosa que hizo, ¡qué
encanto de tío!― y en ambas ocasiones tuve que sacarle a rastras de la sala de
juego de Club Elks. Le pregunté cómo se las arreglaba para disponerse a un
viaje tan importante y tener tiempo todavía para jugar a las cartas.
―No
hay problema ―contesto ―. Ya me he comprado un cepillo de dientes nuevo. ¿Es
que hay que hacer algo más?
Le
di un abrazo muy fuerte y le dije que era un cielo, y él y me acarició el
cabello. Pregunta: ¿Llegaré a sentir alguna vez la misma indiferencia con
respecto a los viajes espaciales? Supongo que sí, si he de ser astronauta. Pero
papá dice que prepararse para un viaje supone ya la mitad de la diversión...
así tal vez no desee convertirme en un ser tan sofisticado.
E1
caso es que mamá me entregó sana y salva, con todo mi equipaje y demás montones
de documentos ―billetes, informes médicos, pasaporte, complejo de
identificación universal, asignación y garantía de los tutores, tres clases
distintas de moneda, cheques de viaje, certificado de nacimiento y certificado
de policertificado de seguridad y no recuerdo qué más, todo ello comprobado ―
en el aeropuerto de lanzamiento de la ciudad. Yo llevaba en la mano un paquete
con todas aquellas cosas que ya era imposible incluir en el equipaje y un
sombrero en la cabeza y otro en la mano. Aparte de esto, todo iba bien.
(No
sé qué se hizo de ese segundo sombrero. No comprendo por qué, pero jamás llegó
a bordo. Sin embargo, no lo he echado de menos.)
La
despedida en el aeropuerto fue de lo más lacrimoso y apasionante. No sólo por
papá y mamá, cosa que era de esperar ―cuando papá me abrazó fuertemente lo
rodeé con ambos brazos y, por un terrible segundo, deseé no separarme de ellos
―, sino también porque aparecieron allí unos treinta compañeros de clase (y eso
era algo totalmente inesperado) sosteniendo en alto una pancarta que decía: BON
VOYAGE, PODKAYNE.
Me
dieron tantísimos besos que hubiésemos podido iniciar una epidemia de grandes
proporciones si alguno de ellos llega a tener una enfermedad. Me besaron
incluso muchachos que jamás lo habían intentado en el pasado ―y les aseguro que
no es completamente imposible besarme, si se enfoca el asunto con confianza y
elegancia, ya que opino que conviene permitir el desarrollo normal de los
instintos, aparte del de la inteligencia.
El
corpiño que papá me había obsequiado para el viaje se arrugó todo y ni siquiera
lo advertí hasta que estuvimos a bordo del transbordador. Supongo que fue en
ese momento cuando perdí aquel sombrero, pero nunca lo sabré, y habría perdido
también la bolsa de mano si tío Tom no la hubiera rescatado. Había fotógrafos a
nuestro alrededor, pero no por mí, sino por tío Tom. De pronto todos tuvimos
que subir al transbordador sin perder momento, porque una nave no puede
esperar: ha de salir disparada en el microsegundo exacto aun cuando Deimos se
mueve mucho más lentamente que Fobos, Un reportero del «War Whoop» seguía
intentando conseguir una declaración del tío Tom acerca de la inminente
conferencia de los Tres Planetas, pero él se señaló la garganta y susurró:
«Laringitis». Y entonces nos vimos a bordo, justo antes de que cerraran la
compuerta.
Debe
de haber sido el caso de laringitis más corto de la historia. La voz del tío
Tom había estado perfectamente hasta que llegáramos al aeropuerto y estuvo
perfectamente de nuevo en cuanto subimos a la nave.
Un
viaje espacial es exactamente igual a otro, tanto si es a Fobos como a Deimos.
Sin embargo, aquel primer ¡uuuuh! tremendo de la aceleración resulta
emocionante y uno se hunde en el asiento con tal presión que no puede ni
respirar, mucho menos moverse... y la caída libre, o pérdida de gravedad,
resulta siempre extraña y desconcertante y altera bastante el estómago aunque
uno no sea susceptible a las náuseas, como, afortunadamente, es mi caso.
Estar
en Deimos equivale a estar en caída libre, ya que ni Deimos ni Fobos tienen la
suficiente gravitación de superficie como para que se advierta. Nos pusieron
sandalias a presión antes de sacarnos de la nave, a ― fin de que pudiéramos
caminar, como hacen en Fobos. Sin embargo Deimos es distinto de Fobos por
razones que no tienen nada que ver con los fenómenos naturales. Fobos es parte
de Marte; no existen formalidades de ninguna clase para poder visitarlo. Lo
único que se requiere es el billete, un día libre, y el deseo de ir de picnic
por el espacio.
Pero
Deimos es un puerto franco, consignado a perpetuidad a la autoridad del Tratado
de los Tres Planetas. Un criminal famoso cuya cabeza esté puesta a precio en
Marsópolis podría cambiar allí de nave incluso ante los propios ojos de nuestra
policía y ésta no tendría derecho a ponerle las manos encima. En cambio nos
veríamos obligados a iniciar una actuación complicadísima ante el Tribunal
Supremo Interplanetario en Luna, ganar prácticamente el caso contrarreloj y,
aparte de eso, demostrar que su crimen lo era en verdad según las reglas de los
tres planetas, y no de acuerdo únicamente con nuestras propias leyes. Aun así
todo lo que podríamos hacer sería pedir a los procuradores que arrestaran al
hombre, si es que aún andaba por allí, cosa que no parece posible.
En
teoría yo ya sabía todo esto porque figuraba en media página de nuestro libro
escolar: Elementos esenciales del gobierno de Marte, en la sección denominada
«Extraterritorialidad».
Pero
ahora tuve mucho tiempo para pensar en ello porque, en cuanto salimos del
transbordador, nos vimos encerrados en una habitación falsamente llamada la
«Sala de la Hospitalidad», esperamos hasta que estuvieron dispuestos a
«procesarnos». Todo un muro de la habitación era de cristal y podían verse
muchísimas personas corriendo arriba y abajo en el gran del otro lado haciendo
toda suerte de cosas misteriosas e interesantes. Pero todo lo que estaba en
nuestras manos era esperar junto a nuestro equipaje y aburrirnos.
Descubrí
que me iba sintiendo más y más furiosa por minutos, desaparecido mi modo de ser
tan habitualmente dulce y encantador. Vaya, este lugar había sido construido
por mi madre y aquí estaba yo encerrada como un ratoncito en un laboratorio de
biología!
(Bueno,
admito que no es absolutamente cierto que mi madre, construyera Deimos; eso lo
hicieron los marcianos a partir un asteroide perdido con el que tropezaron por
casualidad. Pero hace muchos millones de años que se cansaron de los viajes
espaciales y dedicaron todo su tiempo a tratar de averiguar el porqué y el cómo
de lo inescrutable, de modo que, cuando mi madre se hizo cargo del trabajo,
Deimos estaba casi perdido, tuvo que empezar desde la misma base y
reconstruirlo por completo.)
En
cualquier caso, lo cierto era que todo cuanto yo podía ver a través de aquel
muro transparente era producto de la capacidad creativa e imaginativa y de la
labor de ingeniería constructiva de mi madre. Me fui encolerizando más y más.
Clark estaba en un rincón hablando en secreto con algún desconocido, al menos
desconocido para mí. Prescindiendo de su disposición antisocial, vayamos donde
vayamos Clark siempre parece conocer a todo el mundo, o saber de alguien que
conoce a alguien. A veces me pregunto si formará parte de alguna vasta sociedad
secreta y clandestina; tiene amigos muy poco recomendables y los trae a casa.
Sin
embargo, Clark resulta ser una persona muy satisfactoria quien compartir esos
sentimientos de rabia, ya que, si no esta ocupado, siempre se halla dispuesto a
ayudarte a odiar todo ello que es odioso, e incluso saca a relucir las razones
de qué una situación es todavía mucho más injusta y vil de lo tú creías. Pero
estaba ocupado, lo que sólo me dejaba a tío De modo que le expliqué con gran
amargura lo muy ultrajante que resultaba vernos enjaulados allí como animales
siendo ciudadanos libres de Marte y en una de sus propias lunas, sencillamente
porque había un aviso que decía: POR ORDEN DE LA AUTORIDAD DEL TRATADO DE LOS
TRES PLANETAS, LOS PASAJEROS DEBEN ESPERAR HASTA OUE SE LES LLAME.
―¡Política!
―exclamé amargamente ― Creo que yo podría hacerlo mucho mejor.
―Seguro
que sí ―asintió con gravedad ―; pero, Flicka, es que tú no lo entiendes.
―¡Lo
entiendo demasiado bien!
―No,
cariño. Lo único que entiendes es que no existen razones justas para que no
puedas cruzar directamente esa puerta y divertirte haciendo compras hasta que
sea la hora de subir al «Tricornio». Y tienes razón en eso, ya que no hay
ninguna necesidad de que estés encerrada aquí cuando podrías estar adquiriendo
objetos libres de impuestos, Sintiéndote feliz de pagarlos más caros aunque los
creyeras más baratos. Por eso dices «¡Política!» como si fuera una palabrota y
crees que con eso se arregla todo. ―Suspiré ― Pero es que no entiendes. La
política no es mala; la política es la consecución más espléndida de la raza
humana. Cuando la política es buena, es maravillosa; y cuando la política es
mala... bien, todavía Sigue siendo algo estupendo.
―Creo
que no lo entiendo ―dije lentamente.
―Piensa
en ello. Política no es más que un nombre para el modo en que nosotros hacemos
las cosas... sin luchar. Los políticos hacemos cambalaches y aceptamos
compromisos y todo el mundo piensa que hemos sido injustos; pero en cierto
modo, y tras un sinnúmero de conversaciones aburridas, descubrimos algún medio
justo de hacer las cosas sin que nadie resulte con la cabeza rota. Eso es
política. De otra manera, el único sistema de zanjar una discusión consiste en
destrozar unas cuantas cabezas. Eso es lo que sucede cuando una o ambas partes
se niegan a aceptar el compromiso. Por eso digo que la política es buena aun
cuando sea mala. Porque la única alternativa es la fuerza, y entonces siempre
resulta alguien herido.
―Bueno,
me parece gracioso que hable así un veterano de la Revolución. Por lo que he
oído decir, fuiste uno de los sanguinarios que iniciaron el tiroteo. Al menos
eso dice papá.
Tío
Tom sonrió.
―Lo
que hice fue escurrir el bulto. Si los intentos de arreglo no resultan,
entonces hay que luchar. A veces tal vez haga falta que un hombre sea herido
para que aprecie en toda su extensión la conveniencia de llegar a un compromiso
político antes de volar la tapa de los sesos. ―Frunció el ceño y de pronto
pareció muy viejo ―. Cuándo hablar y cuándo pelear... De todas las decisiones
de esta vida, ésta es la más difícil de tomar con prudencia. ―Luego sonrió y
los años desaparecieron ―. La humanidad no inventó la lucha. Ésta ya existía
antes de que llegáramos nosotros. Pero sí inventamos la política. Piensa en
esto, El homo sapiens es el más cruel, el más malvado, el más depredador y,
desde luego, el más letal de todos los animales del sistema solar. ¡Y sin embargo
inventó la política! Descubrió el modo de salir adelante con el bienestar
suficiente para que no nos viéramos obligados a matarnos de continuo. Por eso
no quiero volver a oírte pronunciar la palabra «política» como si fuera una
obscenidad.
―Lo
lamento, tío Tom ―dije humildemente.
―Eres
muy graciosa. Pero si dejaras que esa idea se apoderase de ti durante veinte o
treinta años tal vez llegaras a... ¡Oh, oh! Ahí tienes a tu villano, niña, el
burócrata designado por la política y que te ha retenido tan injustamente todo
este tiempo. Sácale los ojos, demuéstrale lo que opinas de sus estúpidas
reglas.
Contesté
a sus palabras con un silencio digno. Es difícil saber cuándo tío Tom habla en
serio, porque le gusta tomarme el pelo y hace de mí lo que quiere. El
procurador de los Tres Planetas que él mencionara había abierto la puerta de
nuestra prisión y nos miraba exactamente como lo haría el guardián del zoo que
inspecciona la limpieza de una jaula.
―¡Pasaportes!
―grito ―. Pasaportes diplomáticos primero.
―Cuando
se fijó en el tío Tom preguntó ―: ¿Senador? Este agitó la cabeza.
―Soy
un turista, gracias.
―Como
diga, señor. En fila, por favor; en orden alfabético inverso.
Esta
disposición nos dejó casi al final de la cola. A esto siguió una escalofriante
demora de dos horas: pasaportes, certificado de salud, inspección del
equipaje... La República de Marte no cobra derechos sobre lo que se exporta;
sin embargo, hay toda una larga lista de objetos que no se pueden sacar sin
permiso, como antiguos artefactos marcianos ―los primeros exploradores hicieron
todo lo posible por saquear este lugar y algunos de los tesoros más
inapreciables se encuentran en el Museo Británico o en el Kremlin. He oído los
rabiosos comentarios de mi padre ―, productos que no pueden exportarse bajo
ninguna circunstancia, tales como ciertos narcóticos y artefactos como pistolas
y otras armas, que sólo pueden llevarse a bordo de una nave si se entregaban a
la custodia del sobrecargo.
Clark
fue sometido a inspección por su conducta extraña, algo típico en él. Nos
habían entregado a todos unos ejemplares de la larga lista de cosas que no
debíamos llevar en el equipaje, una lista fascinante. Nunca hubiera imaginado
que existieran tantas cosas ilegales, inmorales o letales. Cuando la cansada
familia Fries llegó al mostrador, el inspector pronunció esta frase como si
toda ella fuera una sola palabra: «¿Algo que declarar?» Era un ciudadano de
Marte y cuando alzó la vista reconoció a tío Tom.
―¡Oh!
¿Qué tal está, senador? Muy honrados de tenerle entre nosotros. Bien, supongo
que no necesito perder el tiempo con su equipaje. ¿Estos dos jovencitos van con
usted?
―Mejor
será que registre mi maleta ―le aconsejó tío Tom ―. Estoy pasando armas de
contrabando a un planeta ajeno a la Legión. En cuanto a los niños, son mis
sobrinos. Pero no respondo por ellos, los dos son elementos subversivos.
Especialmente la niña. Se sentía ardientemente revolucionaria mientras
esperábamos.
El
inspector sonrió y dijo:
―Supongo
que podemos permitirle unas cuantas armas, senador..., al fin y al cabo sabe
cómo utilizarlas. Bien, ¿y vosotros, chicos? ¿Algo que declarar?
Cuando
me aprestaba a denegar con frialdad calculada, Clark exclamó:
―¡Claro!
Dos kilos de polvo de la felicidad. ¿Y a quién le importa? Ya lo pagué. Y no
voy a dejar que me lo robe un puñado de burócratas.
Hablaba
con el tono más insolente de que es capaz, y la expresión de su rostro pedía a
voces una buena bofetada.
Eso
fue lo que lo estropeó todo. El inspector se hallaba a punto de echar una
ojeada a una de mis maletas, una inspección puramente formal, creo, cuando el
estúpido de mi hermano vino a trastornar las cosas deliberadamente. A la simple
mención del polvo de la felicidad, cuatro inspectores más se acercaron a
nosotros. A juzgar por su acento, dos eran venusianos, y los otros dos podían
haber sido terrestres.
Naturalmente,
el polvo de la felicidad no tiene importancia para los ciudadanos de Marte.
Éstos lo utilizan, siempre lo han utilizado, y para ellos supone lo mismo que
el tabaco para los humanos, al parecer sin efectos dañinos. Qué obtienen de
ello, sé. Algunos criminales de otras razas que ahora viven entre nosotros han
cogido el hábito de los ciudadanos de Marte, en clase de botánica
experimentamos con el polvo, lo probamos bajo la supervisión de nuestro
profesor y nadie sintió nada especial por ello. Todo lo que conseguimos fue una
especie sinusitis que desapareció antes de terminar el día. Vamos, que nada de
nada.
Pero
con los nativos de Venus era radicalmente distinto... pueden conseguirlo. Los
transforma en maníacos asesinos y serían capaces de hacer cualquier cosa por
obtenerlo. El precio en el mercado negro es elevadísimo, y quien lo posea y
distribuya en Venus se arriesga por lo menos a una sentencia de cadena perpetua
en las lunas de Saturno.
―Todos
rodearon a Clark como abejas enfurecidas.
Pero
no encontraron lo que buscaban. Poco después, tío Tom hablo en voz alta:
―Inspector,
¿puedo hacerle una sugerencia?
―Por
supuesto, senador.
―Lamento
ver que mi sobrino ha causado un problema. ¿Por lo aparta a un lado,
encadenándole, por supuesto, y permite que pasen adelante todas estas buenas
gentes?
El
inspector parpadeó.
―Creo
que es una idea excelente.
―Y
le agradecería que nos registrara ahora a mi sobrina y a mí para que no sigamos
reteniendo a los demás.
―¡Oh,
eso no es necesario! ―El inspector selló todas las de mi tío, cerró la mía que
había empezado a abrir, y dijo ―: No tengo por qué andar revolviendo las
delicadas cosas de esta señorita. Pero creo que vamos a coger a este chico
avispado, a registrarle de pies a cabeza y a pasarle por los rayos equis.
―Hágalo.
Tom
y yo avanzamos y cumplimos con las formalidades cuatro o cinco mostradores más:
control fiscal, de emigración y reservas, y otras bobadas. Al final llegamos
con nuestro equipaje hasta la centrifugadora para comprobar el peso. No hubo
oportunidad de comprar nada.
Con
gran dolor por mi parte, cuando bajé de aquel tiovivo las cifras demostraron
que mi equipaje y yo pesábamos tres kilos más de lo permitido, cosa que me
pareció imposible. No había desayunado más de lo habitual ―menos en realidad no
había bebido ni agua siquiera, porque aunque no me mareo cuando viajo en caída
libre, beber en esas circunstancias es muy peligroso. El agua puede salirse por
la nariz e iniciar una embarazosa reacción en cadena.
Estuve
a punto de protestar afirmando que el pesador había hecho girar la
centrifugadora a demasiada velocidad, produciendo una errónea lectura de masa,
pero se me ocurrió que tal vez no estuvieran del todo correcto los pesos que
habíamos utilizado mamá y yo. Me callé.
Tío
Tom se limitó a sacar la cartera y preguntó:
―¿Cuánto?
El
encargado del peso dijo:
―Mmm...
Le pesaremos primero a usted, senador.
El
tío Tom dio como resultado dos kilos menos de lo permitido. El pesador se
encogió de hombros y dijo:
―Dejémoslo
estar, senador. Ha habido otro par de pasajeros que no han dado siquiera el
peso permitido. Creo que podemos pasarlo por alto. Si no, le entregaré una nota
al sobrecargo. Pero estoy casi seguro que no excedemos el límite.
―Gracias.
¿Cómo dijo que se llamaba usted?
―Milo.
Miles M. Milo, Aasvogel Lodge, número setenta y cuatro. Tal vez viera nuestro
magnífico equipo en la convención de la Legión hace dos años; yo era el guía
del ala izquierda.
―¡Por
supuesto que sí, por supuesto que sí! ― Se estrecharon las manos de ese modo
secreto que creen que los demás no conocen, y tío Tom añadió ―: Bien, gracias,
Miles. Ya nos veremos.
―De
nada... Tom. No, no se preocupe por su equipaje. ―El señor Milo tocó un botón y
llamó ―: ¡Tricornio! ¡Que venga alguien a toda prisa a recoger el equipaje del
senador!
Se
me ocurrió, cuando nos detuvimos en el tubo de pasajeros unido a la estación de
transferencia para quitarnos las sandalias de presión y colocarnos unos
pequeños tacos magnéticos en los zapatos, que no hubiéramos tenido que hacer
cola en ningún momento sólo conque tío Tom hubiera estado dispuesto a utilizar
los privilegios que, por lo visto, podía exigir sencillamente.
Pero
incluso así resulta estupendo viajar con una persona tan importante, aunque
sólo sea el tío Tom sobre cuyo estómago solía yo saltar cuando era lo bastante
pequeña para esas cosas. Nuestros billetes decían simplemente «primera clase»
(estoy segura porque vi los tres), pero nos instalaron en lo que llaman
«camarote del propietario», que es en realidad una suite de dormitorios y una
sala de estar. Me quedé atónita.
De
momento no tuve tiempo de admirarla. Nada más llegar ataron nuestras maletas
con correas y luego nos sujetaron también a nosotros a unos asientos fijos
contra un muro de la sala. Esa pared debía ser en realidad el suelo pero, en
relación al peso que nosotros teníamos en ese instante, se alzaba casi
verticalmente. Las sirenas de aviso sonaban ya cuando alguien trajo a Clark y
le sujetó también con correas a uno de los divanes. Mi hermano parecía algo
confuso, pero aún era capaz de presumir.
―Hola,
contrabandista ―le saludó tío Tom amablemente ―. ¿Te encontraron algo?
―No
había nada que encontrar.
―Eso
es lo que me figuraba. Confío en que te hayan hecho pasar un mal rato.
―¡Qué
va!
Por
supuesto no creí esa respuesta de Clark. Me han dicho que el registro personal
y a fondo puede ser algo muy desagradable ―aun sin hacer nada ilegal ― si los
inspectores se sienten poco amistosos. Un «mal rato» resultaría beneficioso
para el espíritu de Clark, ¡ya lo creo! Pero desde luego él no revelaba en
absoluto que la experiencia le hubiera causado la menor incomodidad. Le dije:
―Clark,
fue una observación muy estúpida esa que le lanzaste al inspector. Y una
mentira también, una mentira idiota inútil.
―Cállate
―dijo secamente ―. Si yo paso algo de contrabando su obligación es descubrirlo,
que para eso les pagan. ¿Algo que declarar? ―remedó burlonamente ―. ¡Vaya
idiotez! Como si alguien fuera a declarar lo que se propone pasar de matute.
―De
todas formas continué ―, si papá te hubiera oído decir...
―Podkayne...
―Dime,
tío Tom.
―Cállate.
Estamos a punto de salir. Disfrutemos de ello.
―Pero...
Está bien, tío.
Hubo
una ligera disminución de la presión; luego un impulso repentino, no tan fuerte
como aquel impresionante ¡uuuuh! con que arrancáramos de la superficie de
Marte, pero que nos habría hecho saltar de los asientos de no haber estado
sujetos con correas. No duró mucho. Luego nos sentimos realmente en caída libre
por unos momentos y se inició un suave impulso en la misma dirección, impulso
que continuó... Al fin, sin que apenas nos percatáramos de ello a no ser por el
ligerísimo mareo que producía, la habitación empezó a dar vueltas lentamente.
Durante
unos veinte minutos, nuestro peso fue aumentando gradualmente hasta que al fin
recuperamos el habitual, en cuyo instante el suelo, que había estado invertido
cuando entramos, se situó, casi nivelado, donde debía estar, bajo nuestros
pies.
He
aquí lo sucedido. El primer impulso de breve duración fue producido por los
cohetes de lanzamiento del aeropuerto de Deimos que elevaron el «Tricornio», lo
arrojaron al espacio y lo pusieron en órbita. Eso no tenía demasiada
importancia porque la atracción entre una nave tan grande como el «Tricornio» y
un satélite pequeño como Deimos apenas es lo bastante fuerte para que se
advierta. Lo único que importa es conseguir que la masa considerable de la nave
quede en libertad.
El
segundo impulso suave, el que nos puso en movimiento y ya no desapareció, fue
producido por la potencia de la misma nave, una décima de la unidad estándar.
El «Tricornio» es una nave de propulsión constante; no tiene por qué perder el
tiempo en órbitas económicas y semanas y meses de caída libre. Y va realmente a
una gran velocidad porque incluso una décima parte de la unidad supone una
fuerza considerable.
Pero
una décima de la unidad estándar no es suficiente para que los pasajeros que
están habituados a más se sientan cómodos. En cuanto el capitán hubo fijado el
curso de la nave empezó a hacerla girar hasta que la fuerza centrífuga y el
impulso ―en adición vectorial, por supuesto ― sumaron exactamente la
gravitación de la superficie de Marte, o sea el 37 por 100 de una unidad
estándar, en los compartimentos de primera clase.
Pero
el suelo no estará del todo nivelado hasta que nos aproximemos a la Tierra,
porque el interior de la nave se ha construido de forma que el suelo quede a
nivel perfecto cuando el giro y el impulso sumados alcancen la gravedad normal
de la Tierra.
Tal
vez la explicación no haya quedado demasiado clara. Bueno, tampoco yo lo
entendía demasiado bien en el colegio. No podía comprender cómo funcionaba
exactamente hasta que tuve la oportunidad de ver los controles utilizados para
hacer girar la nave y comprobar cómo se calculaba la fuerza centrífuga.
Recuerden tan sólo que el «Tricornio» y las demás naves gemelas, «Triada»,
«Triángulo» y «Tricolor», son unos cilindros enormes. La impulsión va
directamente a lo largo del eje principal; eso es imprescindible. La fuerza
centrífuga sale proyectada del eje principal, ¿cómo si no?, y ambas fuerzas se
suman para crear la gravedad artificial de la nave en los compartimentos de los
pasajeros; pero como una fuerza ―la impulsión ― se mantiene constante y la otra
el giro de la nave ― puede variarse, sólo existe un índice de giro que, sumado
al impulso, deje el suelo perfectamente nivelado.
En
lo que respecta al «Tricornio», el giro que produce el nivel del suelo y la
exacta gravedad terrestre en la parte de los pasajeros es de 5,42 revoluciones
por minuto; lo sé porque el capitán me lo dijo... y porque comprobé sus
operaciones de aritmética y tenía razón. El suelo de nuestro camarote está a
más de treinta metros del eje principal de la nave, por eso queda nivelado.
En
cuanto el suelo estuvo bajo nuestros pies y anunciaron el final de la maniobra
me solté las correas y me apresuré a salir. Quería echar una rápida ojeada a la
nave. Ni siquiera me detuve a deshacer el equipaje.
Desde
luego. el que invente un buen desodorante para las naves espaciales se hará
rico. El mal olor imperante en ellas es algo que nadie deja de advertir.
Ciertamente los responsables tratan de evitarlo, lo admito. El aire atraviesa
unos precipitantes cada vez que realiza un ciclo. Es lavado, perfumado, se le
añade la fracción exacta de ozono, y el nuevo oxígeno que se le inyecta después
de destilado el dióxido de carbono es tan puro como la mente de un bebé; no
puede ser otra cosa, ya que está recién liberado como un producto secundario de
la fotosíntesis de las plantas vivas. El aire es tan puro que ganaría la
medalla de la Sociedad para la Supresión de los Malos Pensamientos.
Aparte
de esto, buena parte del trabajo de la tripulación está ―dedicada a limpiar,
pulir, lavar, esterilizar... Oh, ya lo creo que lo intentan con todas sus
fuerzas!
A
pesar de todo, e incluso en una nave de lujo tan nueva y tan cara como el
«Tricornio», huele sencillamente a sudor humano y a piel vieja, más lo que
podría vagamente definirse como restos orgánicos y residuos desagradables que
es mejor olvidar. En una ocasión acompañé a papá el día en que abrieron una
tumba marciana y entonces comprendí por qué los xenoarqueologos siempre tienen
a mano máscaras de gas. Pero es que una nave espacial huele incluso peor que
esa tumba. Y de nada sirve quejarse al sobrecargo. El hombre se limita a
escuchar con aire comprensivo, muy profesional, y envía a un tripulante que
rocíe la estancia con un spray que, en mi opinión, no consigue más que atontar
la nariz un ratito. Ahora bien, ese aire comprensivo del sobrecargo no es auténtico,
puesto que el pobre, sencillamente, ya no nota el mal olor. Ha vivido en esas
naves durante años y le es literalmente imposible advertir su tufo
inconfundible. Además, él sabe que el aire es puro; los instrumentos de la nave
lo demuestran. Ninguno de los profesionales de los viajes por el espacio capta
el mal olor, pero tanto el sobrecargo como la tripulación están acostumbrados a
que los pasajeros se quejen de esta peste insoportable y con toda amabilidad y
simpatía inician todas las maniobras encaminadas a corregir el problema.
De
modo que no fui a quejarme. Lo que yo quería es que la nave entera «viniera a
comer en mi mano»; y eso no se consigue si desde el primer momento te tachan de
quejicosa. Otros novatos sí lo hicieron y desde luego que les comprendí. En
realidad empecé a tener ciertas dudas acerca de mis ambiciones de llegar a ser
comandante de una nave de exploración.
Con
todo, en un par de días me pareció que se las habían arreglado para limpiar un
poco la nave y poco después dejé de pensar en ello. Creí comprender por qué la
tripulación es incapaz de percibir el mal olor del que se quejan los pasajeros.
Simplemente, su sistema nervioso cancela los viejos olores familiares, como un
observador espacial cibernético cancela e ignora cualquier objeto cuya órbita
prevista ya ha sido previamente programada en la máquina.
Pero
el olor sigue allí. Sospecho que se incrusta en el metal y que ya no es posible
eliminarlo a menos que se rascara o se fundiera toda la nave. Gracias al cielo,
el sistema nervioso humano es infinitamente adaptable.
Sin
embargo, mi propio sistema nervioso no parecía demasiado adaptable durante
aquel primer recorrido apresurado por el «Tricornio». Menos mal que sólo había
tomado un desayuno muy ligero y que había evitado beber nada. El estómago me
dio un par de malos ratos, pero me dije con firmeza que ahora estaba ocupada,
que tenía demasiadas ganas de examinar la nave y que, desde luego, no iba a
ceder a las debilidades propias de la carne.
Bien,
el «Tricornio» es precioso, desde luego ―exactamente como anuncian los folletos
de las agencias de viajes ―, a no ser por la peste horrorosa. La sala de baile
es magnífica y tan grande que se puede ver cómo se curva el suelo para
adaptarse a la nave... sólo que no está curvado cuando se camina por él. Está
nivelado también; es la única sala de la nave en la que solivian el suelo para
que se adapte perfectamente a cualquier giro de la nave. Hay un bar con un
techo que simula el espacio exterior y que se enciende para mostrar un cielo
azul y unas nubes blancas en movimiento. Algunos pasajeros viejos estaban ya
allí charlando.
El
comedor es también fastuoso pero no me pareció muy grande, lo que me recordó
los avisos del folleto de viaje acerca del primer y segundo turno. Volví
corriendo a nuestro camarote para recordar a tío Tom que debía encargarse de
reservar nuestros puestos inmediatamente, antes de que se llenaran las mejores
mesas.
No
estaba allí. Recorrí todas las habitaciones sin dar con él, pero ¡sí encontré a
Clark en la mía y precisamente cerrando una de mis maletas!
―¿Qué
estás haciendo? ―le pregunté.
Pegó
un salto y luego me miró con aire inocente.
―Sólo
trataba de ver si tenias pastillas para el mareo ―dijo secamente.
―Bien,
pero no registres mis cosas. Sabes cuánto me molesta. ―Me acerqué y le toqué la
mejilla; no estaba febril ―. No tengo ninguna. Pero he visto dónde está el
despacho del médico. Si te encuentras mal, te acompañaré allí y él te dará una
dosis.
Se
apartó a toda prisa:
―No,
no. Ya me encuentro mejor.
―Clark
Fries, escúchame. Si tu... ―Pero no me hizo caso. Se deslizó junto a mí, se
metió en su habitación y cerró la puerta. Le oí pasar el cerrojo.
Cerré
la maleta que Clark había abierto y al hacerlo observé que se trataba de la
maleta que el inspector había estado a punto de registrar cuando mi hermano
lanzara aquella estupidez sobre el polvo de la felicidad.
Mi
hermanito jamás hace nada sin alguna razón... nada. Sus razones tal vez
resulten incomprensibles para los demás ―así es, con frecuencia ―, pero si uno
profundiza lo suficiente siempre descubre que su mente no es una máquina que
funcione al azar y que haga las cosas porque sí. Es tan lógica y tan fría como
una calculadora.
Ahora
comprendí por qué había provocado con sus palabras una revisión a fondo que
sólo podía acarrearle molestias innecesarias. Comprendí por qué la
centrifugadora me había atribuido inesperadamente tres kilos más de lo
permitido. Lo único que no sabía aún era qué había pasado de contrabando a
bordo en mi maleta, y por qué lo había hecho.
Interludio
Bien,
Pod, me alegra ver que has vuelto a escribir en tu diario. No solo encuentro
divertidísimas tus opiniones femeninas, sino que en ocasiones me facilitas
informes muy útiles.
Si
puedo hacer algo por ti a cambio, dímelo. ¿Te gustaría que te ayudara un
poquito a mejorar tu gramática? Esas frases sin terminar a las que eres tan
aficionada indican una mente incompleta. Lo sabes, ¿verdad?
Por
ejemplo, consideremos un caso puramente hipotético: un robot de servicio con un
sello a toda prueba. Puesto que el sello es realmente invencible, dedicarse a
pensar en él sólo puede conducir a la frustración. Pero el análisis completo de
la situación te lleva al hecho indudable de que cualquier objeto cúbico o
paralelepipédico tiene seis lados y que el sello sólo se aplica a uno de esos
seis lados.
Continuando
con esta línea de pensamiento se advierte asimismo que, aunque el cubo no pueda
moverse sin cortar sus conexiones, el suelo en el que se apoya puede rebajarse
hasta cuarenta y ocho centímetros si uno tiene toda la tarde para trabajar a
solas.
Si
esto no fuera un caso hipotético te sugeriría el uso de un espejo, una luz de
hilo extensible, algunas herramientas comunes y una gran cantidad de paciencia.
Esto
es lo que a ti te falta, Pod: paciencia.
Espero
que esto te dé alguna luz sobre el asunto del polvo de la felicidad, otro caso
hipotético, y que tengas la suficiente confianza para venir a mí con tus
pequeños problemas.
5
Clark
mantuvo constantemente cerrada la puerta de su dormitorio durante los tres
primeros días que viajamos en el «Tricornio». Lo sé porque intentaba abrir cada
vez que él salía de la suite.
Al
cuarto día olvidó sus precauciones. Había salido a hacer un recorrido turístico
por la nave con un grupo que visitaría las secciones a las que no suele
permitirse la entrada de pasajeros. Presumiblemente ello le ocuparía una hora.
A mí no me importó demasiado, porque para entonces ya disponía de mi «servicio
de escolta» especial. Tampoco tenía por qué preocuparme por el tío Tom. Claro
que él no se había unido al recorrido, eso habría violado sus reglas en contra
del ejercicio físico, pero ya se había hecho con algunos compañeros de pinacle
y estaría con toda seguridad en la sala de fumadores.
Las
cerraduras de las habitaciones no son imposibles de forzar, sobre todo para una
chica equipada con una lima de uñas y esto y lo otro, cositas tomadas de la
oficina del sobrecargo. Estoy hablando de mi, claro. Pero descubrí que no tenía
que forzar la cerradura: por lo visto la llave no había girado del todo. Lancé
el convencional suspiro de alivio y calculé que ese feliz accidente me daba por
lo menos una ventaja de veinte minutos sobre el horario previsto.
No
contaré el registro con todo detalle. Pero si puedo presumir de que ni el
departamento de investigación criminal lo habría hecho de un modo más lógico o
más rápido estando limitado, como yo, a usar las manos desnudas por carecer de
todo equipo. Tenía que ser algo prohibido según la lista que nos entregaran en
Deimos y yo había conservado y estudiado cuidadosamente mi copia. Tenía que
tener una masa ligeramente superior a los tres kilos. Debía ser grande y con
una forma y dimensiones tan reveladoras que Clark se había visto forzado a
ocultarlo en el equipaje; de otro modo estoy segura que habría intentado
pasarlo de contrabando en su propia persona, confiando serenamente en su edad,
en su aire de inocencia y en la compañía del tío Tom. De lo contrario jamás
habría corrido el riesgo calculado de ocultarlo en mi maleta, pues no podía
estar seguro de recuperarlo sin mi conocimiento.
¿Cómo
podía predecir con exactitud que yo me iría inmediatamente a dar una vuelta por
la nave sin detenerme siquiera a deshacer las maletas? Bueno, el caso es que
acertó, aunque a mí se me ocurriera de repente. Hube de admitir, aun a pesar
mío, que Clark es capaz de adivinar lo que voy a hacer casi con toda seguridad.
No hay que subestimarlo como enemigo. Sin embargo, por seguro que estuviera de
sí mismo, aquello seguía siendo para él un «riesgo calculado».
Resumiendo:
grande, bastante pesado, prohibido... Pero aún ignoraba que aspecto tendría y
había de dar por sentado que cualquier cosa que cumpliera los dos primeros
requisitos estaría disimulado hasta parecer algo inocente.
Así
pues, a trabajar.
Diez
minutos más tarde comprendí que debía estar en una de sus tres maletas, lugar
que yo había dejado a propósito para el final por parecerme el más improbable.
El camarote de una nave espacial tiene muchos sitios aptos para esconder cosas:
cajones, piezas desmontables, etc., pero yo había practicado con sumo cuidado
en mi propia habitación y sabía qué lugares valía la pena abrir, cuáles no
podían abrirse sin las herramientas adecuadas y cuáles era mejor no tocar so
pena de dejar señales indudables de haberlos manipulado. Comprobé, pues,
aquéllos a toda velocidad, felicitando en mi interior a Clark por su sentido
común al no utilizar unos escondites tan obvios.
Registré
después todo aquello a lo que tenía fácil acceso ―los objetos a la vista, el
armario abierto, etc.―, utilizando la técnica clásica de La carta robada, es
decir, sin suponer nunca que un libro es sólo un libro porque así lo parece, ni
que una chaqueta en la percha es sólo eso y nada más.
Cero,
negativo, nada. Así que me dispuse al fin a meterme con las maletas, observando
primero cuidadosamente cómo estaban colocadas y en qué orden.
La
primera estaba vacía. ¡Oh!, podría haber manipulado el desde luego, pero la
maleta no resultaba más pesada de lo normal y ningún doble fondo habría podido
contener nada lo bastante grande para ajustarse a las especificaciones.
La
segunda, lo mismo; y también, al parecer, la tercera, hasta que encontré un
sobre en un bolsillo lateral. ¡Oh!, nada pesado, ni lo bastante grande; sólo un
sobre corriente de cartas... Sin embargo, lo examiné. ¡E inmediatamente me puse
furiosa!
En
el sobre estaba escrito:
SEÑORITA
PODKAYNE FRIES
Pasajera
en el S.S. Tricornio
Para
su entrega a bordo
¡Vaya,
el muy fresco! ¡Había estado interceptando mi correo! Cuando con dedos
temblorosos de rabia me precipité a rasgar el sobre, descubrí que había sido ya
abierto, lo que me enfureció más si cabe. Pero al menos la nota todavía seguía
dentro. Temblando de ira la saqué y la leí.
Sólo
siete palabras: « Hola, Pod, espiándome otra vez, ya veo», escritas de mano de
Clark.
Me
quedé helada largo rato mientras me iba poniendo roja como la grana, tragándome
el amargo convencimiento de que me habían tomado el pelo a la perfección otra
vez.
Sólo
tres personas en el mundo son capaces de hacer que me sienta idiota, y Clark es
dos de ellas.
Oí
que alguien carraspeaba a mi espalda y giré en redondo. Apoyado en el quicio de
la puerta estaba mi hermano. Me sonrió y dijo:
―Hola,
hermanita. ¿Buscas algo? ¿Necesitas ayuda?
No perdí
el tiempo disimulando:
―Clark
Fríes, ¿qué introdujiste de contrabando en esta nave, y en mi equipaje?
Su
expresión era inocente, esa expresión bobalicona y malévola que ha enviado a
más de un profesor bien equilibrado al psiquiatra.
―¿De
qué diablos hablas, Pod?
―Sabes
muy bien de qué estoy hablando. ¡De contrabando! ¡Oh! ―Su rostro se ensanchó en
una deliciosa sonrisa ―.
―¿Te
refieres a aquellos dos kilos de polvo de la felicidad? Vamos, hermanita, ¿aún
te preocupa eso? ¡Pero si no existieron nunca! No hice más que divertirme un
poco tomándole el pelo a aquel inspector tan envarado. Supuse que te lo
imaginarías.
―No
me refiero a dos kilos de polvo de la felicidad. Hablo de tres kilos al menos
de algo más que escondiste en mi maleta.
Parecía
preocupado.
―Pod,
¿te encuentras bien?
―¡Oh...,
cáscaras! Clark Fries, ¡no me vengas con ésas! ¡Sabes muy bien lo que quiero
decir! Cuando me centrifugaron, mis maletas y yo sobrepasábamos la tasa en tres
kilos. ¿Bien?
Me
miró pensativamente, comprensivamente.
―Ya
me había parecido que estabas engordando un poco, pero no quería mencionarlo.
Supongo que se debe a esta comida tan rica de la nave, de la que siempre estás
atiborrándote. La verdad, Pod, deberías vigilarte un poquito. Después de todo,
si una chica deja que se le estropee la figura no le queda mucho más. Eso me
han dicho.
Si
el sobre hubiera sido un instrumento cortante, le degüello. Escuché un gruñido
ronco y comprendí que salía de mis labios. Respiré hondo.
―Bien,
¿dónde está la carta que venía en este sobre?
Pareció
sorprendido:
―¿Cómo?
Si la tienes ahí, en la mano.
―¿Esto?
¿Es esto lo que había? ¿No había una carta?
―No,
sólo esa nota que yo escribí, hermanita. ¿No te gustó? Pensé que era lo más
adecuado para la ocasión. Sabía que la encontrarías a la primera oportunidad.
―Sonrío. La próxima vez que quieras meter mano en mis cosas, dímelo y te
ayudaré. En ocasiones tengo algún experimento en marcha y podrías resultar
herida. Es lo que suele pasar a los que no son muy inteligentes y no miran
antes de cruzar. Y no me gustaría que te pasara nada a ti, hermanita.
Ya
no quise perder más el tiempo hablando con él. Le empujé a un lado, me fui a mi
propio cuarto, me eché en la cama y rompí a llorar.
Luego
me levanté y me arreglé la cara con sumo cuidado. Sé muy bien cuándo me han
vencido, no necesito que me lo deletreen. Tomé la resolución de no volver a
mencionar este asunto a Clark.
Pero
¿qué podía hacer? ¿Acudir al capitán? Ya le conocía bastante bien y su
imaginación sólo alcanza a la próxima predicción balística. ¿Decirle que mi
hermano había metido algo de contrabando y que más le valía registrar toda la
nave cuidadosamente porque, fuera lo que fuese, no estaba en la habitación de
Clark? «No seas tan rematadamente idiota, Poddy», pensé. «En primer lugar, se
reina de ti; en segundo lugar, no te gustaría que cogieran a Clark... ni a mamá
ni a papá tampoco. »
¿Decírselo
a tío Tom? Tal vez se mostrara también incrédulo o, de creerme, acudiera
personalmente al capitán con los mismos desastrosos resultados.
Decidí
no decirle nada, al menos todavía no. Pero sí mantener bien abiertos los ojos y
atentos los oídos y tratar de hallar la respuesta por mí misma.
En
cualquier caso no perdí mucho tiempo con las trastadas de Clark (si es que
había cometido alguna, me dije con toda honradez). Ahora estaba viajando en mi
primera nave realmente espacial ―ya en camino, por tanto, de realizar mis
ambiciones ― y tenía mucho que aprender.
Los
folletos de viaje son por lo general sinceros, supongo, pero no dan el cuadro
completo.
Por
ejemplo, consideremos esta frase del folleto de las Líneas Triángulo: Días
románticos en la antigua Marsópolis, la ciudad mas vieja que el tiempo; noches
exóticas bajo las hermosas lunas de Marte.
Digámoslo
ahora con palabras más normales y corrientes, ¿qué les parece? Marsópolis es mi
ciudad natal y la quiero mucho, pero es tan romántica como un bocadillo de pan
y mantequilla sin jamón. Los distritos residenciales son nuevos, diseñados en
plan funcional, no en plan romántico. En cuanto a las ruinas que quedan fuera
de la ciudad (que los marcianos jamás llamaron Marsópolis), muchos
intelectuales y eruditos, incluidos mi padre, se han ocupado de que estén
totalmente cerradas y vigiladas, de modo que ningún turista vaya a grabar sus
iniciales en algo que ya era viejo cuando las hachas de piedra constituían el
último grito en lo que a su superarmamento se refiere. Aparte de esto, las
ruinas marcianas no son hermosas, ni pintorescas, ni impresionantes a los ojos
humanos. El único medio para saber apreciarlas consiste en leer un libro
realmente bueno con ilustraciones, diagramas y explicaciones sencillas. Por
ejemplo: Otros caminos distintos del nuestro, escrito por mi padre. (Esto es
publicidad.)
Y
hablando de noches exóticas ―.. En Marte, el que no esté bien metidito en su
casa después de la puesta del sol ―a no ser por pura necesidad ― es que está
chiflado. Allí hace un frío mortal. Yo he visto Deimos y Fobos de noche
únicamente dos veces, en ambas ocasiones sin interés por mi parte, y estaba tan
ocupada tratando de no morir congelada que no podía pensar precisamente en las
«hermosas lunas».
En
lo referente a las naves, este folleto de propaganda es meticulosamente exacto
y, a la vez, completamente falso. ¡Oh, el «Tricornio» es un palacio!, eso lo
admito. Realmente es un milagro de la ingeniería que algo tan enorme, tan
lujoso, tan fantásticamente adaptado a la salud y confort de los seres humanos
sea capaz de verse arrojado ―perdón por la palabra ― al espacio.
Pero,
en cuanto a las fotos... Ya saben a las que me refiero: esas a todo color y en
relieve en las que aparecen grupos de hermosos jóvenes ―de ambos sexos
charlando o jugando en el salón de fumadores, bailando alegremente en el salón
o contemplando «el camarote típico».
Lo
del «camarote típico» no es que sea falso, no. Lo único que ocurre
sencillamente es que ha sido fotografiado desde cierto ángulo y con
determinadas lentes que le hacen parecer al menos dos veces más grande de lo
que es. En cuanto a esos jóvenes hermosos y divertidos, desde luego no van en
el mismo viaje que yo. Supongo que son modelos profesionales.
En
este viaje del «Tricornio» los pasajeros jóvenes y hermosos como los de las
fotografías pueden contarse con los pulgares de una mano. El pasajero típico
que llevamos es una bisabuela, ciudadana de la Tierra, viuda y rica, que hace
su primer viaje al espacio (y probablemente el último, pues no está muy segura
de que le guste).
Francamente,
no exagero; nuestros pasajeros parecen refugiados de una clínica geriátrica Y
no es que yo desdeñe a los viejos, ni a la vejez. Comprendo que es un estado
que también yo alcanzaré algún día si sigo inspirando y exhalando las veces
suficientes (digamos novecientos millones de veces más, sin contar el ejercicio
pesado). La vejez puede ser un estado encantador, y si no miren al tío Tom.
Pero no es ninguna consecución meritoria; es algo que le sucede a uno a pesar
de si mismo, como caerse por unas escaleras. Y debo añadir que ya me estoy
hartando de que se trate a la juventud como si fuera una ofensa digna de
castigo.
El
pasajero típico del sexo masculino en este viaje es del mismo tipo, sólo que no
necesariamente tan numeroso. Difiere de la mujer en que, en vez de mirarme de
arriba abajo, se siente inclinado en ocasiones a darme unos golpecitos con aire
paternal que yo no encuentro paternal ni me gusta, y que evito en todo lo
humanamente posible sin conseguir por ello que dejen de hablar y meterse
conmigo.
Supongo
que no debería sorprenderme al descubrir que el «Tricornio» es como un asilo de
ancianos de superlujo, pero no me importa admitirlo ―mi experiencia es aún
limitada y la verdad es que no conocía ciertos hechos económicos de la vida.
El
«Tricornio» es caro. Es muy caro. Clark y yo no podríamos haber viajado jamás
en él de no ser porque tío Tom le torció el brazo al doctor Schoenstein en
beneficio nuestro. supongo que tío Tom puede permitírselo, pues por la edad, no
por temperamento, encaja en la categoría antes definida.
Pero
papá y mamá se habían propuesto que viajáramos en el «Wanderlust», un barco de
carga más económico. Mis padres no son pobres, pero tampoco son ricos, y cuando
terminen de criar y educar a cinco niños no es probable que lleguen a serlo en
toda su vida.
¿Quién
puede permitirse viajar en las naves de lujo? Respuesta: las viudas viejas y
ricas, los matrimonios jubilados y ricos, los ejecutivos bien pagados cuyo
tiempo es tan valioso que sus corporaciones los envían con gusto por las naves
más rápidas, y alguna rara excepción de otro tipo.
Clark
y yo somos esa rara excepción. Y sólo hay otra más en la nave: la señorita...
bueno, la llamaré señorita Girdie Fitz Snugglie, porque si le diera su
verdadero nombre y, por pura casualidad, alguien leyera esto alguna vez, podría
reconocerla fácilmente. Yo creo que Girdie es una buena chica y no me importa
lo que digan los cotillas de la nave. No se muestra celosa de mí, aunque parece
ser que los oficiales jóvenes de la nave eran todos de su propiedad personal
hasta que subí a bordo. Yo he recortado un poquito su monopolio pero no es
rencorosa; me trata afectuosamente de mujer a mujer y he aprendido bastante de
la vida y de los hombres con ella; mucho más de lo que mi madre me enseñó
nunca.
(A
lo mejor mamá es algo ingenua en lo que se refiere a ciertos temas que Girdie
conoce mejor. Una mujer que trabaja como ingeniero y que se empeña en vencer a
los hombres en su propio terreno, tal vez haya tenido una vida social bastante
limitada, ¿no creen? Debo considerar esto muy en serio porque es posible que
tal vez llegue a ocurrirle lo mismo a una piloto espacial, y no es parte de mi
plan maestro acabar convertida en una solterona amargada.)
Girdie
me dobla la edad, poco más o menos, lo que la hace terriblemente joven con
respecto al resto de los viajeros, aunque, después de mirarme a mí, tal vez se
le vean unas arruguitas en torno a los ojos. Pero esto tiene su contrapartida:
tal vez mi aspecto tan infantil haga que ella, más madura, parezca a los
hombres una Helena de Troya. Sea como sea, lo cierto es que mi presencia ha
venido a aliviar su tensión, pues ahora ya son dos, y no uno solo, los blancos
para las murmuraciones.
Y
¡vaya si murmuran! Oí que uno decía de ella: «¡Ha estado en más regazos que una
servilleta! » Si es así, espero que se haya divertido.
¡Y
esos alegres bailes de la nave, en el inmenso salón! La verdad es ésta: se
celebran cada martes y sábado por la noche, cuando la nave está viajando. La
música empieza a las ocho y media y la Sociedad de Damas para la Rectitud Moral
se sienta alrededor de la pista, como si estuviera en un funeral. El tío Tom
siempre está allí como una concesión a mí, muy orgulloso y distinguido con su
traje de etiqueta. Yo llevo un vestido de fiesta que no es ya tan infantil como
cuando mamá me ayudó a elegirlo gracias a ciertos arreglos peculiares que le he
hecho a puerta cerrada. Incluso Clark asiste al baile porque no hay otro sitio
al que ir y tiene miedo de perderse algo. Está tan guapo que me siento
orgullosa de él, porque tiene que ponerse su «traje de mico», como él dice, o
no le dejarían entrar al salón.
Junto
al bar se hallan media docena de los oficiales vestidos con el uniforme de gala
y con aspecto de sentirse algo incómodos.
El
capitán, siguiendo ciertas reglas sólo de él conocidas, selecciona a una de las
viudas y la invita a bailar. Dos maridos bailan con sus esposas. El tío Tom me
ofrece el brazo y me lleva a la pista. Dos o tres oficiales jóvenes siguen el
ejemplo del capitán. Clark se aprovecha de la animación general para entrar a
saco en la ponchera.
Pero
nadie invita a bailar a Girdie.
Esto
no es accidental. El capitán ha dado la orden ―lo he comprendido perfectamente
merced a mi servicio de espionaje ― de que ningún oficial del barco ha de
bailar con la señorita Fitz―Snugglie hasta que haya bailado al menos dos piezas
con otras señoras. Tampoco yo soy otra de esas «señoras» porque, desde que
salimos de Marte, la prohibición se ha ampliado a mi.
Esto
debería bastar para que todos se convenzan de que el capitán de una nave es, en
realidad, el último de los monarcas absolutos.
Ahora
hay seis o siete parejas en la pista y la diversión está en todo su apogeo. Sin
embargo, nueve de cada diez sillas están aún ocupadas y se podría circular en
bicicleta por la pista sin poner en peligro a los bailarines. Los espectadores
parecen aquellas antiguas calceteras de la Revolución francesa. Lo único que
falta, y quedaría muy propio, es una guillotina en el espacio vacío del centro
de la pista.
Se
detiene la música. El tío Tom me devuelve a la silla y saca a bailar a Girdie.
Como él es cliente que paga al contado el capitán no ha tratado de obligarle a
obedecer las reglas. Pero como yo sigo estando prohibida me dirijo al bar, tomo
una copa de ponche de manos de Clark, la lleno y digo:
―Vamos,
Clark, te dejaré que practiques conmigo.
―¡Qué
va, si es un vals!
(Daría
lo mismo si se tratara de un fox o de un corrido o de que sea; siempre le es
imposible.)
―Obedéceme
o le diré a la señora Grew que quieres bailar con ella, sólo que eres demasiado
tímido para pedírselo.
―¡Si
lo haces, le pongo la zancadilla! Tropezaré y la haré al suelo.
Sin
embargo veo que empieza a ablandarse, así que le apremio:
―Mira,
encanto, o me llevas a la pista y me das de pisotones un ratito, o me cuidaré
mucho de que Girdie no vuelva a bailar contigo.
Eso
lo arregla todo. Clark está sufriendo las agonías de su primer amor de
adolescente y Girdie es tan amable que le trata de igual a igual y acepta sus
atenciones con cálida cortesía. De modo que Clark baila conmigo. En realidad es
buen bailarín y solo tengo que dirigirle un poquito. Le encanta bailar, pero
odiaría la idea de que alguien ―y yo menos que nadie ― creyera que le gusta
bailar con su hermana. Y no hacemos mala pareja en absoluto, ya que yo soy más
bien baja. Mientras tanto, Girdie lo está haciendo estupendamente con tío Tom,
lo cual es todo un éxito, dado que tío Tom baila con gran entusiasmo pero sin
ritmo. Sin embargo, Girdie es capaz de seguir a cualquiera; si su pareja de
baile se rompiera una pierna seguro que ella se rompía la suya en ese mismo
instante. Pero la pista se está vaciando ya. Los maridos que bailaron la
primera pieza están demasiado cansados para la segunda y nadie ha venido a
reemplazarlos.
¡Oh,
nos lo pasamos en grande en la nave de lujo «Tricornio»!
Sinceramente,
sí pasamos ratos estupendos. A partir del tercer baile, Girdie y yo podemos
elegir entre los oficiales de la nave, la mayoría de los cuales bailan muy
bien, o por lo menos tienen práctica. A las diez en punto el capitán se va a la
cama y poco después las cotillas sueltan la piedra de afilarse la lengua y
desaparecen una a una. Hacia la medianoche sólo quedamos Girdie y yo, media
docena de los oficiales jóvenes y el sobrecargo, que ya ha cumplido como bueno
bailando con todas las señoras y ahora está convencido de que se merece cierta
diversión. Y es muy buen bailarín para ser tan viejo.
Generalmente
la señora Grew se queda también, pero ella no es ninguna cotilla y siempre se
muestra amable con Girdie. Es vieja y gorda, llena de pellejos, arrugas y
risitas. No espera que nadie baile con ella pero le gusta mirar y los oficiales
que no tienen con quién bailar suelen sentarse a charlar con ella porque es
divertida.
Hacia
la una tío Tom envía a Clark a decirme que me acueste o que me encerrará. Sé
que no lo haría, pero de todas formas me voy a la cama... ¡tengo los pies
molidos!
¡Mi
bueno y querido «Tricornio»!
6
El
capitán aumenta poco a poco la velocidad de giro de la nave para que la falsa
gravedad se adapte a la gravitación de superficie de Venus, que es el 84 por
100 de la gravedad estándar, es decir, más del doble de la que ha presidido
toda mi vida. Por ello, cuando no estoy ocupada estudiando astronavegación o el
manejo de la nave, paso la mayor parte del tiempo en el gimnasio del
«Tricornio» preparándome intensamente para lo que se me viene encima, pues no
tengo la intención de sentirme en desventaja en Venus, ni en fuerzas ni en
agilidad.
Si
puedo ajustarme a la aceleración de 1,84 de la unidad estándar, la transición
posterior a la que es normal en la Tierra me resultará tan fácil como tomarme
un helado de chocolate. O así lo espero.
Generalmente
dispongo de todo el gimnasio para mí sola. La mayoría de los pasajeros son
terrestres o venusinos y no tienen necesidad de prepararse para la gravitación
tan pesada de Venus. De los doce ciudadanos de Marte yo soy, al parecer, la
única que se toma en serio el problema que se avecina, aparte del puñado de
seres extraños y no humanos que viajan en la nave y a los que nunca vemos; cada
uno permanece en su cuarto especialmente acondicionado. Los oficiales de la
nave si utilizan el gimnasio; algunos son auténticos fanáticos del ejercicio,
pero suelen acudir allí a las horas en que no es probable que encuentren
pasajeros.
Hoy,
trece de Ceres ―nueve de marzo según el calendario terrestre utilizado en el
«Tricornio» (no es que me importen estas fechas absurdas, pero el día terrestre
es más corto y eso me está costando media hora de sueño cada mañana, trece de
Ceres, repito, entré corriendo en el gimnasio. Acudía, furiosa como si
escupiera veneno, con el propósito de obtener un doble beneficio: desahogarme y
fortalecer mis músculos. Allí me encontré a Clark, vistiendo calzón corto y con
una barra de pesas.
Me
detuve en seco y estallé:
―¿Qué
demonios haces aquí?
―Reduciendo
el peso de mi mente ―contestó con un gruñido.
Bien,
me lo había buscado. No hay ninguna regla de la nave que prohiba a Clark el uso
del gimnasio. La respuesta encajaba con su lógica retorcida y yo debía ya estar
acostumbrada a ella. Cambié de tema, me quité la bata y empecé con ejercicios
de calentamiento.
―¿Qué
masa? ―pregunté.
―Sesenta
kilos.
Miré
la escala de pesos en la pared, una escala de muelle preparada de modo que
puedan leerse las fracciones de la unidad estándar. Señalaba 52 por 100.
Mentalmente hice un cálculo rápido: cincuenta y dos partido por treinta y siete
de sesenta, o unidad de suma, más novecientos sobre treinta y siete y añadir un
noveno de arriba abajo para mil sobre cuarenta, total veinticinco, es decir, lo
mismo que alzar ochenta y cinco kilos allá en Marte.
―Entonces,
¿por qué estás sudando?
―¡No
sudo! ―gritó soltando la barra ―. A ver si tú puedes levantarla.
―Muy
bien ―contesté.
En
cuanto se apartó me incliné para alzaría... y cambié de opinión.
Créanme,
en casa puedo levantar normalmente noventa kilos y a diario he comprobado la
escala de la pared, añadiendo progresivamente pesas a la barra para alcanzar el
peso que utilizo en Marte. Mi objetivo ―inútil, según comienzo a creer ―
consiste en llegar a levantar, en condiciones de Venus, la misma masa que era
capaz de alzar en mi planeta.
Así
que estaba segura de que podía levantar sesenta kilos a un 52 por 100 de la
unidad estándar.
Pero
es un error que una chica venza a un chico en cualquier prueba de fuerza
física... aunque sea su hermano. Sobre todo cuando éste tiene gran propensión a
las peleas y tal cosa puede poner en funcionamiento esa propensión. Como ya he
dicho, si alguien siente el deseo de odiar a algo o a alguien, Clark es lo más
idóneo.
Así
que gruñí, me tensé, hice mucho teatro, levanté la barra hasta el pecho, empecé
a elevarla... y chillé:
―¡Ayúdame!
Clark
dio un empujón con una mano en el centro de la barra y ésta subió. Entonces
dije: «Quítamela» con los dientes apretados, y él la bajó. Suspiré.
―Caray,
Clark, estás haciéndote muy fuerte.
―No
voy mal.
Esto
siempre da resultado. Clark estaba ahora todo lo dulcificado que su carácter le
permite. Le sugerí que nos ejercitáramos un poco en alzarnos en el aire, si a
él no le importaba estar abajo, ya que no estaba segura de poderle sostener a
él, no a una unidad de punto―cinco―dos. ¿Le importaba?
No
le importó en absoluto. Eso le daba también la oportunidad de mostrarse fuerte
y masculino y yo estaba bien segura de que podía hacerlo. Pesaba once kilos
menos que la barra que acababa de levantar. Años atrás solíamos hacer este
ejercicio a menudo; entonces era yo quien le alzaba, pues era un modo de
mantenerle quieto mientras estaba a mi cuidado. Ahora que es tan grande como yo
aún nos volteamos en ocasiones, pero echando a suertes el estar arriba o abajo.
Quiero decir en mi casa, claro.
Ahora,
como mi peso era la mitad de lo que debería ser, no quería correr el riesgo de
una cabriola desafortunada. De pronto, cuando me tenía alzada con una sola mano
sobre su cabeza, saqué a relucir aquello en lo que había venido pensando:
―Clark,
esa señora Royer, ¿es muy buena amiga tuya?
―¿Ésa?
―gruñó, y añadió con gesto despectivo ―: ¿Por qué?
―No
estaba segura. Ella... Mmm... tal vez no debería repetirlo.
―Mira,
Pod ―dijo ―, ¿deseas acaso estrellarte en el suelo?
―¡No
te atrevas a hacerlo!
―Entonces
no empieces a decir algo y lo dejes a la mitad.
―De
acuerdo. Pero no te muevas mientras pongo los pies en tus hombros.
Me
dejó hacerlo y luego salté al suelo. Lo peor con respecto a una aceleración
exagerada no es tanto lo que uno pesa (aunque eso ya es bastante malo), sino
más bien lo aprisa que uno cae, y yo sospechaba que Clark era muy capaz de
dejarme cabeza abajo en el aire si llegaba a enojarle.
―¿Qué
pasa con la señora Royer? ―preguntó.
―¡Oh,
nada en realidad! Sólo que, en su opinión, todos los ciudadanos de Marte son
basura.
―Conque
sí, ¿eh? Bueno yo pienso lo mismo de ella.
―Sí.
Opina que es una vergüenza que esta línea nos permita viajar en primera clase y
dice que el capitán debería prohibirnos compartir el comedor con las personas
decentes.
―¿Y
qué más?
―No
hay más. Que somos gentuza, eso es todo. Criminales, ya sabes.
―Interesante.
Muy, muy interesante.
―Su
amiga, la señora García, está de acuerdo con ella. Pero supongo que no debía de
habértelo contado. Después de todo tienen derecho a sus propias opiniones, ¿no?
Clark
no contestó, lo cual es muy mala señal. Poco después se marchó sin decir una
palabra. Repentinamente aterrada por si había desencadenado algo más grave de
lo que me proponía, le llamé a voces pero no me hizo caso. Clark no es duro de
oído pero cuando quiere no oye nada.
Ya
era demasiado tarde, así que procedí a ponerme un arnés y a cargarme hasta
alcanzar el peso que tendría en Venus. Empecé a trotar por la pista hasta que
estuve empapada de sudor, a punto de bañarme y ponerme ropa limpia.
En
realidad no me importaba en absoluto la desgracia que pudiera sobrevenir a
aquellas dos arpías; sólo confiaba en que la habilidad de Clark para el
disimulo estuviera a la altura habitual en él, a fin de que nadie pudiera
echarle las culpas, ni siquiera adivinarlo, pues no había dicho a mi hermano la
mitad de lo que se comentaba.
Créanme,
jamás habría adivinado, hasta que estuvimos en el «Tricornio», que las personas
pudieran despreciarse unas a otras sencillamente por sus antepasados o por el
lugar donde vivían. Si, claro, había encontrado turistas de la Tierra cuyos
modales dejaban bastante que desear, pero papá me había dicho que en todas
partes los turistas parecen horribles sencillamente porque son extraños que no
conocen las costumbres locales... y lo creí, porque papá no se equivoca nunca.
Desde luego el visitante ocasional que nos traía a cenar a casa era siempre un
profesor encantador, lo que demuestra que no todos los terrestres han de tener,
por fuerza, malos modales.
Cuando
subimos, ya había observado que los pasajeros del «Tricornio» parecían un poco
altivos, pero no había vuelto a pensar en ello. Después de todo, los
desconocidos no suelen venir corriendo a besarte, ni siquiera en Marte, y
nosotros, los ciudadanos de Marte, somos bastante informales, supongo. La
nuestra sigue siendo una sociedad fronteriza. Además, la mayoría de los
pasajeros había viajado en la nave desde la Tierra y había formado ya sus
amistades y grupos. Nosotros éramos como niños nuevos en una escuela nueva.
Yo
daba los buenos días a todos los que me encontraba por los pasillos y, si no me
contestaban, me limitaba a pensar que no me habían oído (indudablemente había
muchos duros de oído). De todas formas no tenía un interés exagerado por trabar
amistad con los pasajeros. Quería conocer a los oficiales de la nave,
especialmente a los pilotos, con el fin de obtener alguna experiencia práctica
que viniera a corroborar lo que había aprendido en los libros. No es fácil que
acepten a una chica para el adiestramiento como piloto; ha de ser cuatro veces
mejor que un candidato varón, y todo ayuda.
Desde
el primer momento tuve una suerte increíble. ¡Nos sentaron a la mesa del
capitán! Por el tío Tom, naturalmente. No soy tan engreída para pensar que
«señorita Podkayne Fries, Marsópolis» signifique algo en la lista de pasajeros
de una nave (¡pero esperen a que pasen diez años!) mientras que tío Tom, mi
pariente más próximo y jugador de pinacle, es senador a perpetuidad de la
República, hecho que, por supuesto, conoce el agente general de Marsópolis para
la Línea Triángulo y que, sin duda, se encargaría de transmitir al sobrecargo
del «Tricornio», si es que éste no estaba ya al corriente.
Sea
como sea, a mí no me gusta desdeñar una suerte así, proceda de donde proceda.
En nuestra primera comida empecé a trabajar al capitán Encanto. (La verdad es
que se llama así: Barrington Bobcock Encanto. ¿Cómo le llamará su esposa?
¿Dulce Encanto?)
Naturalmente,
en la nave, al capitán no se le llama por su nombre. Si los miembros de la
compañía de la nave no hablan en su augusta presencia, es tan sólo «el
capitán», «el amo», «el patrón», o incluso «el viejo». Nunca pronuncian su
nombre; es sencillamente una figura majestuosa de autoridad impersonal.
(Me
pregunto si algún día me llamarán «la vieja» cuando yo no les oiga. En cierto
modo, no suena exactamente lo mismo.)
Sin
embargo, el capitán Encanto no es conmigo demasiado majestuoso ni impersonal.
Desde el primer momento me propuse dejar bien claro que yo era terriblemente
encantadora, joven ―más aún de lo que soy ―, no muy inteligente, y que me
sentía impresionada por él, casi asustada. Especialmente en el primer
encuentro, de nada sirve que un hombre, sea cual sea su edad, advierta que una
tiene cerebro. La inteligencia en una mujer tiende a hacer que el hombre se
sienta suspicaz e inquieto, al estilo del temor que sentía Cesar ante el rostro
flaco y hambriento de Casio. Primero hay que conseguir que el hombre esté
plenamente de tu parte; entonces ya puedes dejarle que advierta, poquito a
poco, tu inteligencia. Incluso puede creer inconscientemente que se te ha
contagiado la suya.
Me
propuse convencerle de que era una lástima que yo no fuese su hija
(afortunadamente sólo tiene hijos). En el transcurso de nuestra primera comida
le confié mi anhelo de seguir el adiestramiento de piloto, reservándome, por
supuesto, otras ambiciones más elevadas.
Tanto
tío Tom como Clark comprendían muy bien lo que me proponía. Pero tío Tom jamás
me delataría y Clark se limitó a mostrarse aburrido y desdeñoso y no dijo nada.
Clark no se molestaría en interferir ni en el Armagedón a menos de asegurarse
un porcentaje del diez por ciento. Pero no me importa lo que piensen ellos de
mis tácticas porque dan resultado. El capitán Encanto se sintió indudablemente
divertido ante mi ambición grandiosa e «imposible», pero se ofreció a enseñarme
la sala de control.
Poddy
había ganado el primer asalto por puntos.
Ahora
soy la mascota extraoficial de la nave, con libre acceso a la sala de control y
casi con los mismos privilegios en el departamento de ingeniería. Por supuesto
el capitán no deseaba realmente pasarse horas enseñándome la parte práctica de
la astronavegación. Me mostró la sala de control y me dio una explicación de su
funcionamiento a nivel de jardín de infancia que yo seguí con los ojos abiertos
de par en par demostrándole mi admiración. Su interés por mi es puramente
social. Nuestras relaciones mejoran día a día. Yo escucho con mi mejor aire de
gatito asustado sus anécdotas, mientras él me invita a litros y litros de té.
Realmente soy muy buena oyente, porque nunca se sabe cuándo va a oírse algo
útil y todo lo que ha de hacer una mujer para que los hombres la juzguen
«deliciosa» es escucharles mientras ellos hablan.
Pero
el capitán Encanto no es el único piloto astronáutico de la nave. Él me
concedió libre acceso a la sala de control; yo hice el resto. El segundo
oficial, Savvonavong, juzga realmente asombrosa la rapidez con que cojo las
matemáticas. Verán, él cree que me ha enseñado las ecuaciones diferenciales.
Bien, eso es cierto en lo referente a las complicadas ecuaciones que se
utilizan para corregir el vector de una nave de propulsión constante, pero si
yo no hubiera trabajado intensamente durante un curso suplementario que me
permitieron seguir en el último semestre, no habría entendido ni de qué
hablaba. Ahora me está enseñando a programar una computadora balística
El
tercer oficial, Clancy, está estudiando todavía para su licencia sin
restricciones, de modo que tiene todas las cintas de estudio y todos los libros
de referencia que necesito. También él es muy generoso. Tiene la edad más
adecuada para hacer manitas conmigo, pero sólo un hombre muy estúpido lo
intentaría a menos que la chica se las arreglara para hacerle saber que sería
bien acogido. Clancy no es estúpido y yo tengo buen cuidado de no ofrecerle ni
la menor indicación ni oportunidades.
Tal
vez le bese dos minutos antes de abandonar la nave. Pero no antes.
Todos
me ayudan mucho y piensan que es un encanto por mi parte el mostrarme tan
seriecita e impresionada por sus conocimientos. Pero la verdad es que la
astronavegación es mucho más difícil de lo que yo había imaginado.
Había
supuesto que ese resentimiento que advertía en los pasajeros ―resentimiento que
no podía por menos de notar a pesar de mis alegres «buenos días»― se debía al
hecho de que nos sentaran a la mesa del capitán. Por supuesto, el folleto
Bienvenidos al «Tricornio» que hay en cada camarote declara lisa y llanamente
que los asientos en las mesas se reparten de nuevo en cada puerto y que es
costumbre en la nave el ir cambiando cada vez los invitados a la mesa del
capitán, haciendo la selección entre los recién llegados. Pero no creo que ese
aviso compense el disgusto de verse rechazado, porque supongo que tampoco me
gustará cuando, llegados a Venus, me echen de la mesa del capitán.
Pero
esto no es más que una parte...
Unicamente
tres pasajeros se mostraban realmente amistosos conmigo: la señora Grew, Girdie
y la señora Royer. Ésta fue la primera que conocí y, aunque es algo aburrida,
al principio pensé que iba a gustarme, ya que se mostraba muy amistosa y yo
tengo gran capacidad para soportar el aburrimiento si es útil a mis fines. La
conocí en el salón el primer día y ella me miró inmediatamente, me sonrió, me
invitó a sentarme a su lado y empezó a interrogarme acerca de mi misma.
Respondí
a casi todas sus preguntas. Le dije que papá era profesor, que mamá estaba
ahora criando a los niños y que mi hermano y yo viajábamos con nuestro tío. No
presumí de nuestra familia; la presunción no es cortés y con frecuencia nadie
cree lo que dices. Es mucho mejor dejar que la gente descubra por su cuenta las
cosas agradables y confiar en que no descubran las desagradables. Aunque esto
no quiere decir que haya nada desagradable en mis padres.
Le
dije que me llamaba Poddy Fries.
―¿Poddy?
―repitió ―. Creí haber visto otro nombre en la lista de pasajeros.
―Bueno,
realmente me llamo Podkayne ―le expliqué ―. Por el santo de Marte, ya sabe.
Pero
no lo sabía. Comentó:
―Parece
algo extraño que le pongan a una chica el nombre de un santo.
―Probablemente
―dije, mostrándome de acuerdo con ella, ya que mi nombre es extraño incluso
entre los míos, aunque no por esa razón ―, pero entre los ciudadanos de Marte
el género es más bien cuestión de opinión, ¿no le parece?
Parpadeó.
―Eso
será una broma.
Empecé
a explicárselo. Un ciudadano de Marte no elige a cuál de los tres sexos va a
pertenecer hasta poco antes de madurar e incluso entonces la decisión es
operatoria sólo durante un período de su vida relativamente corto.
Pero
desistí de la explicación, ya que me pareció que hablaba con una pared. La
señora Royer era simplemente incapaz de imaginar un esquema distinto del suyo,
así que pasé rápidamente a otra cosa.
―San
Podkayne vivió hace muchísimo tiempo. En realidad nadie sabe si fue un santo o
una santa; sólo son tradiciones.
Por
supuesto las tradiciones son bastante explícitas, y muchos marcianos afirman
que descienden de san Podkayne. Papá dice que conocemos la historia marciana de
hace millones de años con mucha mayor exactitud con que conocemos la historia
humana de sólo unos dos mil años. En cualquier caso, la mayoría de los
marcianos incluyen «Podkayne» en su larga lista de nombres (prácticamente
genealogías en sinopsis) debido a la tradición de que cualquiera que reciba el
nombre de san Podkayne puede acudir a él (o a «ella», o a «ello») en tiempo de
crisis.
Como
he dicho, papá es romántico y pensó que sería muy agradable darle a un hijo la
suerte (si es que tal suerte existe) que va unida al nombre del santo. Yo no
soy ni romántica ni supersticiosa, pero me satisface tener un nombre que me
pertenece a mí y a ningún humano más. Me gusta ser Podkayne, «Poddy» Fries, y
no una Elizabeth o una Dorothy cualquiera.
Pero
comprendí que aquello desconcertaba a la señora Royer y pasamos a otros
asuntos. Hablando con la experiencia de una «veterana del espacio» sólo porque
acababa de completar el viaje desde la Tierra, me contó muchas cosas sobre
naves y viajes espaciales. La mayoría de ellas eran falsas, pero las dejé
pasar. Me presentó a cierto número de personas y me contó gran cantidad de
chismes sobre los pasajeros y los oficiales de la nave. Mezclado con todo ello
me hablaba de sus dolores, sus síntomas, sus enfermedades, y qué ejecutivo tan
importante era su hijo, qué persona tan destacada había sido su difunto esposo
y cómo, al llegar a la Tierra, cuidaría de que yo conociera a las personas
adecuadas.
―Tal
vez estas cosas no importen en un puesto fronterizo como Marte, mi querida
niña, pero en Nueva York es terriblemente importante empezar bien.
La
taché de pedante, estúpida y bien intencionada.
Pronto
descubrí que no podía librarme de ella. Si pasaba por el salón ―cosa que había
de hacer para ir a la sala de control ― me agarraba y ya no podía escaparme a
menos de mostrarme deliberadamente grosera o decirle una mentira.
Pronto
empezó a utilizarme para sus recaditos. «Podkayne, querida, ¿te importaría
llegarte a mi camarote y traerme el chal malva? Hace un poquito de fresco. Está
sobre la cama, creo, o quizás en el armario. Anda, sé buena.» O bien: «Poddy,
nena, he llamado una y otra vez y la camarera no viene por nada del mundo.
¿Quieres traerme mi libro y mi labor de punto? Oh, y ya que estás en ello
podrías traerme también una taza de té del bar».
No
es que todo esto tenga demasiada importancia; probablemente ella sufre de reúma
y yo no. Con todo, sus demandas se hacían interminables y, además de su
camarera personal, pronto pretendió convertirme en su enfermera particular.
Una
noche me pidió que le leyera hasta que se durmiese:
«Tengo
una jaqueca tan espantosa y tu voz es tan serena, monina...» Estuve una hora
leyendo y luego tuve que frotarle las sienes durante casi otra hora más. Bien,
de vez en cuando todos hemos de ser amables aunque sólo sea por hacer práctica;
por otra parte, mamá sufre a veces horribles jaquecas cuando ha trabajado
demasiado y sé que un masaje alivia mucho.
Cuando
terminé trató de darme una propina. Yo la rehusé.
Insistió:
―Vamos,
vamos, nena, no discutas con tu tía Flossie.
―No,
de verdad, señora Royer ―le dije ―. Si quiere, entregue ese dinero a la
Fundación para los astronautas inválidos como muestra de gratitud. Pero yo no
puedo aceptarlo.
Dijo
que eran tonterías e intentó metérmelo en el bolsillo. Así que la dejé y me fui
a la cama.
No
la vi en el desayuno, porque siempre lo toma en su habitación. Pero hacia media
mañana una camarera me dijo que la señora Royer quería verme en su camarote.
Casi gruñí al oír eso, pues el oficial Savvonavong me había dicho que, si yo
aparecía justo antes de las diez, durante su guardia, podría observar todo el
proceso de una corrección balística y él me explica ―ría todos los pasos. Si la
señora Royer me hacía perder más de cinco minutos, llegaría tarde.
Aun
así acudí a verla. Se mostraba tan afectuosa como siempre.
―¡Oh,
aquí estás, cariño! ¡Hace tanto que te espero! Esa estúpida camarera... Poddy,
nena, anoche me dejaste la cabeza maravillosamente bien, y esta mañana he
descubierto que tengo la espalda auténticamente paralizada. ¡No puedes
imaginártelo, cariño, es horrible! Bueno, si fueras tan buena que me dieses
unos minutos, digamos media hora, de masaje, estoy segura de que me iría de
maravilla. Encontrarás la crema necesaria ahí, en el tocador. Y ahora, si me
ayudas a quitarme la bata...
―Señora
Royer...
―¿Sí,
querida? La crema está en ese gran tubo. Utiliza únic...
―Señora
Royer. No puedo hacerlo. Tengo una cita.
―¿Cómo,
encanto? ¡Oh, bueno, que esperen! Nadie es puntual en una nave. Quizá fuera
mejor que te calentaras las manos antes de...
―Señora
Royer, es que no voy a hacerlo. Si tiene algo en la espalda no debo ni tocarla;
podría hacerle daño. Pero si quiere le daré un recado al médico y le pediré que
venga a verla.
De
pronto dejó de mostrarse afectuosa:
―¿Pretendes
decirme que no quieres hacer...?
―Como
usted quiera. ¿Se lo digo al médico?
―¡Vaya!
¡La muy impertinente! ¡Fuera de aquí!
Me
fui.
Cuando
iba a almorzar, me crucé con ella en un pasillo. Sin decirme nada, miró
fijamente al frente, como a través de mí. Y yo tampoco le hablé. Pero caminaba
tan bien como yo; supongo que su espalda había sanado de pronto. La vi dos
veces más ese día y en ambas ocasiones me ignoró.
A la
mañana siguiente estaba utilizando el visor del salón para repasar una de las
cintas de estudio del oficial Clancy sobre la aproximación y contacto por
radar. El visor está en un ángulo, disimulado por una pantalla de palmeras
artificiales, y tal vez no me vieron. O quizá no les importó.
Paré
la cinta para dar un descanso a mis ojos y oídos, y entonces escuché la
conversación entre la señora García y la señora Royer.
Lo
que realmente no puedo aguantar de Marte es que esté tan comercializado. ¿Por
qué no podían haberlo dejado primitivo y hermoso? ―decía la señora García.
―Y
¿qué puede esperarse? ¡Esas gentes son horribles! ―respondió la señora Royer.
El
lenguaje oficial de la nave es el Orto, pero muchos pasajeros hablan entre
ellos en inglés, actuando a menudo como si nadie más pudiera comprenderles.
Esas dos no hablaban precisamente en voz baja. Seguí escuchando.
―Exactamente
lo que le decía a la señora Rimski. Al fin y al cabo todos son criminales
―prosiguió la señora García.
―O
peor. ¿Se ha fijado usted en esa pequeña muchacha marciana? ¿La sobrina, al
menos eso dicen, de ese gran salvaje negro? ―observó la señora Royer.
Conté
hasta diez en marciano antiguo y me recordé la pena por el delito de asesinato.
No me importó el que me llamaran «marciana». Ellas no tenían ni idea de la
diferencia y, de todas formas, no es un insulto; los marcianos ya eran
civilizados antes de que los humanos aprendieran a caminar. Pero ¡eso de «gran
salvaje negro»! Tío Tom es tan moreno como yo soy rubia; su sangre maorí y el
tostado del desierto le han dado un color de hermoso cuero viejo, y a mí me
encanta su aspecto. Aparte de eso es un hombre erudito, civilizado y amable y,
dondequiera que vaya, siempre es muy agasajado y honrado.
―La
he visto, querida señora Royer. Vulgar, diría yo. De una belleza llamativa pero
sin estilo. Un tipo que atrae a cierta clase de hombres.
―Querida
mía, no sabe aún ni la mitad. Yo he tratado de ayudarla; la verdad es que me
daba pena, y siempre he creído que se debe ser amable, en especial con los
socialmente inferiores..
―Por
supuesto, querida.
―Intenté
hacerle unas cuantas insinuaciones en cuanto a la conducta más adecuada entre
las personas de clase. ¡Vaya! Incluso le pagaba los recaditos que me hacía para
que no se sintiera violenta entre sus superiores. Pero es una cría totalmente
desagradecida. Por lo visto pensó que podía sacarme más dinero. Se mostró tan
grosera al respecto que llegué a temer por mi seguridad. En realidad tuve que
ordenarle que saliera de mi cuarto.
―Fue
usted muy prudente al cortar por lo sano, señora Royer. Todo se lleva siempre
en la sangre, y la sangre mezclada es lo peor. Criminales para empezar... y
luego esa' mezcla desvergonzada de razas. ¡Y vaya si se ve en esa familia! El
chico no se parece en absoluto a su hermana, y en cuanto al tío... Bien,
querida, usted ha insinuado algo. ¿Supone que ella no es su sobrina sino algo,
digamos, un poco más íntimo?
―¡No
me extrañaría de ninguno de ellos!
―¡Oh,
vamos, dígamelo! ¡Diga me lo que averiguó!
―No
dije una palabra. Pero tengo ojos... y usted también, ¿no es así?
―¡Y
delante de todo el mundo!
―Lo
que no puedo entender es cómo permite la línea que ésos se mezclen con
nosotros. Tal vez se vean obligados a venderles el pasaje, por tratados, o
alguna tontería semejante, pero no debería forzársenos a reunirnos con ellos.
Y, desde luego, ¡no a comer con ellos!
―Por
supuesto. Voy a escribir una carta muy fuerte al respecto en cuanto llegue a
casa. Hay un limite para todo, ¿sabe?
Yo
había pensado que el capitán Encanto era un caballero, pero cuando vi a esas
criaturas instaladas en la mesa del capitán... bien, ¡no daba crédito a mis
ojos! Creí que iba a desmayarme.
―Lo
sé. Pero, después de todo, el capitán es oriundo de Venus.
―Si,
pero Venus jamás fue una colonia prisión. Ese chico se sienta en la misma silla
que yo solía ocupar, justo frente al capitán.
(Mentalmente
tomé nota de pedir al maitre que trajera otra silla para Clark. No quería que
él se contaminara.)
Después
de eso abandonaron el tema de los «marcianos» y empezaron la disección de
Girdie. Luego se quejaron de la comida y del servicio, e incluso lanzaron sus
alfilerazos contra algunas de sus compinches que no se hallaban presentes. Pero
yo ya no escuchaba. Sencillamente me estaba calladita y pedía fuerzas al cielo
para seguir así porque, si hubiera dado a conocer mi presencia, estoy segura de
que habría asesinado a las dos con sus mismas agujas de hacer punto.
Al
fin se largaron a descansar un rato y reponerse para el almuerzo y yo me fui
corriendo al camarote, me cambié y marché al gimnasio para sudar a gusto en vez
de comprometerme en un crimen violento.
Entonces
fue cuando encontré a Clark y le dije lo suficiente... o tal vez demasiado.
7
El
oficial Savvonavong me dice que es muy probable que tengamos una tormenta
radiactiva en cualquier momento, así que hoy haremos un ejercicio de simulacro
de emergencia por si acaso. La estación meteorológica solar en Mercurio informa
que se está formando tiempo «fulgurante» y avisa a todas las naves que circulan
por el espacio y a todos los satélites tripulados para que estén preparados. Se
espera que ese tiempo «fulgurante» dure unos...
¡Caray!
La alarma de emergencia me pescó en medio de una frase. Hemos realizado nuestro
ejercicio de simulacro y creo que el capitán ha conseguido asustar a todos los
pasajeros. Hubo algunos que no hicieron caso de la alarma (o al menos lo
intentaron) hasta que fueron a buscarlos unos tripulantes con trajes blindados.
Por ejemplo, Clark. Fue el último que encontraron y el capitán Encanto le riñó
en público, una verdadera obra de arte. Terminó diciéndole en tono de amenaza
que si no era el primero en llegar al refugio la próxima vez que sonara la
alarma, lo tendría el resto del viaje metido en el refugio, sin poder circular
libremente por la sección de pasajeros.
Clark
lo aceptó con su habitual rostro impasible, pero creo que las palabras del
capitán surtieron efecto, en especial la amenaza de confinamiento. Estoy segura
de que el discurso impresionó también a los demás pasajeros; era de esa clase
que levanta ampollas a veinte pasos. El capitán lo hacía en beneficio nuestro.
Luego
cambió de tono y, como si fuese un profesor en extremo paciente, explicó con
palabras sencillas lo que podía sobrevenirnos, por qué era necesario bajar al
refugio inmediatamente aunque a uno le pescara tomando el baño, y por qué
estaríamos en perfecta seguridad si lo hacíamos.
Las
llamaradas solares causan la radiación, explicó, radiación corriente, muy
semejante a la de los rayos X («y de otra clase también», añadí yo
mentalmente). Este tipo de radiación se encuentra en el espacio en todo
momento, pero la intensidad puede a veces alcanzar niveles de mil a diez mil
veces superiores a la radiación «normal» del espacio y eso supone gravísimo
peligro pues, con la misma rapidez que si le dispararan en la frente, podría
matar a un hombre que no estuviera protegido.
A
continuación nos explicó por qué no necesitábamos una protección de mil a diez
mil veces superior a lo normal para estar seguros. Es lo que se denomina el
«principio de cascada». El casco exterior detiene el 90 por 100 de toda
radiación. Luego viene la ataguía ―los tanques de cargamento y de agua ―, que
absorben algo más. Y por supuesto el casco interior, que realmente es el suelo
del cilindro que constituye la sección de los pasajeros de primera clase.
Toda
esta defensa es más que suficiente para las condiciones normales. El nivel de
radiación en nuestros camarotes es inferior al que tenemos en Marte y mucho
menor que en la mayoría de los lugares de la Tierra, especialmente las
montañas. (Estoy suspirando por ver montañas auténticas. ¡Qué miedo!)
Pero
de pronto se organiza una tormenta de proporciones desmesuradas en el sol y el
nivel de radiación salta de pronto a diez mil veces por encima de lo normal, lo
que constituye una dosis mortal que podría acabar con cualquiera.
Pero
no hay problemas. El refugio de emergencia está en el Centro de la nave,
rodeado de cuatro cascos aislantes más, cada uno de los cuales detiene más del
90 por 100 de lo que cae sobre él. Así:
10,000
1,000.00
después
del primer casco interior, el techo de la sección de pasajeros;
100,
después del segundo casco interior;
10,
después del tercero;
1,
después del cuarto, con lo cual ya estamos dentro del refugio.
El
sistema de defensa es inmejorable, y estar en el interior del refugio de una
nave durante una tormenta solar es más seguro que estar en Marsópolis
El
único problema ―y no es pequeño ― es que el espacio del refugio es el centro
geométrico de la nave, justo a popa de la sala de control, y no mucho mayor.
Los pasajeros y la tripulación están tan comprimidos en él como una camada de
cachorritos en un cesto. El billete que me han dado es para una especie de
litera o estante de medio metro de ancho, medio metro de profundidad y sólo un
poco más largo que mi estatura, con otras señoras codo a codo conmigo. No tengo
claustrofobia, pero en un ataúd habría más espacio.
Todas
las raciones de comida están enlatadas y se conservan en el refugio para las
emergencias. Las facilidades sanitarias sólo pueden describirse como
«horribles».
Espero
que esta tormenta no sea más que una racha de llamaradas y que venga seguida de
buen tiempo solar. Terminar el viaje a Venus en el refugio transformaría en una
pesadilla esta experiencia maravillosa.
El
capitán terminó por decir que probablemente dispondríamos de cinco a diez
minutos desde el aviso de la estación Hermes. Pero añadió:
―Que
no les cueste ni cinco minutos llegar aquí. En el instante en que suene la
alarma corran al refugio inmediatamente y a toda la velocidad posible. Si no
están vestidos, tengan siempre ropas dispuestas a mano y vístanse una vez hayan
llegado. Detenerse a buscar algo puede significar la muerte.
»La
tripulación registrará toda la sección de pasajeros en el momento en que suene
la alarma y todos sus miembros tienen la orden de utilizar la fuerza para
enviar al refugio a cualquier pasajero que no se mueva con la suficiente
rapidez. El tripulante no se parará a discutir con nadie; le pegará, le
atontará, le arrastrará y yo le daré la razón a él.
»Otra
cosa más. Algunos de ustedes todavía no llevan sus contadores personales de
radiación. La ley me da el derecho a multarles severamente por esta omisión. En
circunstancias normales suelo pasar por alto tales errores técnicos; al fin y
al cabo se trata de su salud, no de la mía. Pero durante esta emergencia están
obligados al cumplimiento de tal regla. Se les entregarán ahora nuevos
contadores de radiación a cada uno de ustedes; el médico se encargará de los
viejos, que examinará, y el resultado se escribirá en sus informes con vistas
al futuro.
Dio
la orden de «pasó el peligro» y nos volvimos a la sección de pasajeros, sucios
y sudorosos (al menos así me sentía yo). Estaba lavándome la cara cuando la
alarma sonó otra vez; atravesé las cuatro cubiertas corriendo como un gato
escaldado.
Pero
no conseguí llegar la primera. Clark me adelantó por el camino.
No
era más que otro simulacro. Esta vez todos los pasajeros se hallaban en el
refugio en cuatro minutos. El capitán parecía complacido.
Hasta
ahora he dormido desnuda, pero a partir de esta noche y hasta que acabe todo
este lío, voy a ponerme el pijama, dejándome además una bata muy a mano. El
capitán Encanto sí es un encanto, pero creo que se propone hacer exactamente lo
que dice y no voy a representar el papel de Lady Godiva; no hay un caballo en
toda la nave.
La
señora Royer y la señora García no aparecieron por la noche en el comedor,
aunque ambas habían sido extraordinariamente ágiles cada vez que sonó la
alarma. Tampoco estaban en el salón después de la cena, las puertas de sus
camarotes seguían cerradas y vi que el doctor salía del cuarto de la señora
García.
¿Qué
habrá ocurrido? No creo que Clark las haya envenenado... ¿O sí? No me atrevo a
preguntarle nada por la remota posibilidad de que pueda decirme la verdad.
Tampoco
quiero preguntárselo al médico porque eso atraería la atención sobre la familia
Fries, pero, si es que eso existe realmente, me gustaría tener percepción
extrasensorial por lo menos el tiempo suficiente para descubrir qué ocurre tras
esas dos puertas cerradas.
Espero
que Clark no se haya dejado llevar demasiado lejos por su talento. ¡Oh!, sigo
tan rabiosa como siempre con esas dos, porque en las cosas desagradables que
dijeron hay la suficiente pizca de verdad para que me duela. Sí, soy una
mestiza y sé que algunas personas lo consideran horrible aunque no existan
prejuicios al respecto en Marte. Sí, hay «convictos» entre mis antepasados,
pero nunca me he avergonzado de ellos. Por lo menos no mucho, aunque supongo
que me siento inclinada a recrearme en los más selectos. Pero un «convicto» no
siempre es un criminal: existió un período en la primitiva historia de Marte,
cuando los comisarios dirigían los asuntos de la Tierra, en que Marte fue
utilizada como colonia penal. Todo el mundo lo sabe y no tratamos de ocultarlo.
Pero la gran mayoría de los transportados allí fueron prisioneros políticos:
«contrarrevolucionarios», «enemigos del pueblo». ¿Es eso tan malo?
En
cualquier caso hubo después un periodo mucho más largo, unas cincuenta veces
más que la época colonial, en que cada nuevo ciudadano de Marte era
seleccionado con el mismísimo cuidado con que una novia elige su traje de boda
aunque de un modo mucho más científico. Y finalmente está el período actual,
desde nuestra revolución e independencia, en el que hemos anulado todas las
leyes en contra de la inmigración y acogemos gustosamente a cualquiera que sea
sano y tenga una inteligencia normal.
No,
no me avergüenzo de mis antepasados ni de mi pueblo, sean cuales sean los tonos
de su piel o su historia; me enorgullezco de ellos. Y me encolerizo
rabiosamente cuando oigo que alguien los desprecia. ¡Vaya, apuesto a que esas
dos no obtendrían las calificaciones necesarias para un visado permanente, ni
siquiera bajo nuestra política actual de puertas abiertas! Su inteligencia deja
muchísimo que desear.
Pero
espero que Clark no haya hecho nada demasiado drástico. No me gustaría que
tuviera que pasarse el resto de su vida preso en Titán. Amo a ese pequeño
monstruo.
Bueno,
si no exactamente amor, es algo muy parecido.
Hemos
tenido tormenta radiactiva. La verdad, prefiero una colmena llena de abejas
furiosas. Y no me refiero a la tormenta en si; no fue demasiado mala. La
radiación subió unas mil quinientas veces por encima de lo normal para el punto
en que nos hallamos ahora, a unas ocho décimas de una unidad astronómica del
Sol, digamos unos ciento veinte millones de kilómetros en unidades que ustedes
puedan comprender. El oficial Savvonavong dice que quizás habría bastado con
que los pasajeros de primera clase subieran una cubierta hasta la sección de
pasajeros de segunda clase, lo que, desde luego, habría sido mucho más cómodo
que permanecer todos, pasajeros y tripulación, apretujados en aquel mausoleo de
seguridad máxima del centro de la nave. Los departamentos de segunda clase son
estrechos y tristones, y en cuanto a los de tercera... mejor sería viajar como
carga. Pero todo esto habría sido una fiesta comparado con lo que supone pasar
dieciocho horas en el refugio de radiación.
Por
primera vez envidié a la media docena de seres no humanos que viajaban a bordo.
Ellos no acuden al refugio, simplemente permanecen encerrados como de costumbre
en sus camarotes especialmente acondicionados. No, no es que se les deje morir
por efectos de la radiación; estas habitaciones numeradas están casi en el
centro de la nave, en la sección de los oficiales y de la tripulación, y tienen
su propio casco aislante porque no puede esperarse que un marciano, por
ejemplo, abandone el ambiente de presión y humedad que requiere y se una a
nosotros, los humanos, en el refugio. Eso equivaldría a meterle en una bañera y
sostenerle la cabeza bajo el agua. Si tuviera cabeza, quiero decir.
Sin
embargo, supongo que valen más dieciocho horas de incomodidad que hacer todo el
viaje encerrado en una pequeña habitación. Durante este tiempo, un marciano se
contenta con meditar sobre la diferencia sutil que hay entre cero y nada y no
digamos de un venerio: ése se dedica sólo a reposar. Pero yo no. Yo necesito la
inquietud con tanta o más frecuencia que el descanso. En caso contrario mis
circuitos se funden y me sale el humo hasta por las orejas.
Pero
el capitán Encanto no podía saber por adelantado que la tormenta seria corta y
relativamente suave; tenía que suponer lo peor y proteger a sus pasajeros y
tripulación. Según demostraron más tarde los informes de los instrumentos,
habría bastado con que permaneciéramos once minutos en el refugio. Pero
adivinar esto significaría tener doble vista y un capitán no salva su nave y
las ―vidas que dependen de él fiándose de esa doble vista.
Estoy
empezando a comprender que ser capitán no supone en absoluto una gran aventura,
ni el hecho de ser saludado por llevar cuatro tiras doradas en los hombros. El
capitán Encanto es más joven que papá y sin embargo tiene tantas arrugas de
preocupación que parece mucho más viejo.
Pregunta:
Poddy, ¿estás segura de que tienes lo que se necesita para ser capitán de una
nave exploradora?
Respuesta:
¿Qué tenía Colón que tú no tengas? Aparte de Isabel, claro. ¡Semper toujours,
muchacha!
Antes
de la tormenta pasé mucho tiempo en la sala de control. En realidad, la
estación meteorológica solar Hermes no nos avisa cuando viene la tormenta; lo
que hace es dejar de avisarnos de que no hay tormenta. Esto suena idiota, pero
es así.
Los
meteorólogos de Hermes están perfectamente seguros, ya que viven bajo tierra en
el lado oscuro de Mercurio. Sus instrumentos emergen cautelosamente sobre el
horizonte en la zona de crepúsculo y recogen datos sobre el tiempo solar,
incluidas telefotos a varias longitudes de onda.
Pero
el Sol necesita unos veinticinco días para dar toda la vuelta sobre sí mismo,
así que la estación Hermes no puede vigilarlo de continuo. Peor aún, Mercurio,
que gira en torno al Sol en la misma dirección que éste, necesita ochenta y
ocho días para una revolución completa, de modo que, cuando el Sol se enfrenta
de nuevo al punto en que estaba Mercurio, éste se ha movido. Todo ello da por
resultado que la estación Hermes se enfrenta exactamente a la misma posición
del Sol cada siete semanas poco más o menos.
Indudablemente
esto no es suficiente para predecir tormentas que pueden formarse en un par de
días, estallar en pocos minutos y acabar con todo en cuestión de segundos.
Por
ello, la Luna de la Tierra, la estación satélite de Venus y algunos centros de
observación de Deimos colaboran en controlar el tiempo solar. Además, hay que
tener en cuenta el tiempo que tarda la estación meteorológica principal de
Mercurio en recibir la información desde estas estaciones más distantes. Tal
vez quince minutos para Luna y hasta mil segundos para Deimos... lo que no
sirve de nada cuando los segundos cuentan.
Ahora
bien, el período de tormentas sólo es una parte pequeña del ciclo del Sol como
estrella variable, digamos un año, poco más o menos, de cada seis. Años
auténticos, quiero decir; años marcianos. El ciclo del Sol es de unos once de
esos años terrestres que los astrónomos insisten en seguir utilizando.
Eso
hace las cosas mucho más fáciles. Cinco años de cada seis las naves tienen muy
pocas probabilidades de ser alcanzadas por una tormenta radiactiva.
Pero
durante la estación de las tormentas un capitán inteligente y cuidadoso (y ésos
son los únicos que llegan a cobrar la jubilación) planeará su órbita de modo
que se encuentre en la peor zona de peligro ―digamos dentro de la órbita de la
Tierra ― sólo mientras Mercurio se halle entre él y el Sol, a fin de que la
estación meteorológica Hermes pueda avisarle siempre de un problema inminente.
Eso es exactamente lo que ha hecho el capitán Encanto. El «Tricornio» esperó en
Deimos casi tres semanas más del tiempo garantizado en los folletos de
propaganda de la Línea Triángulo para las visitas turísticas a Marte, con
objeto de enfocar su acercamiento a Venus de modo que la estación Hermes
pudiera observar y avisar, ya que estamos precisamente en plena estación de las
tormentas.
Supongo
que a los altos mandos de la Línea les revientan estas demoras tan caras. Quizá
pierdan dinero durante la estación de las tormentas. Pero vale más un retraso
de tres semanas que perder la nave.
Cuando
se inicia la tormenta, las comunicaciones por radio se interrumpen de
inmediato: la estación Hermes no puede avisar a las naves que se hallan en el
espacio.
Entonces,
¿es imposible? No del todo. La estación Hermes sí ve cómo se forma una tormenta
y distingue las condiciones del Sol que, casi con plena certeza, darán lugar
muy pronto a una tormenta radiactiva. De modo que envían aviso de tormenta y el
«Tricornio» y las demás naves inician sus ejercicios de simulacro de
emergencia. Luego esperamos. Un día, dos días, una semana entera... y la
tormenta no llega a desarrollarse o bien empieza de pronto a lanzar materia
radiactiva en grandes cantidades.
Durante
todo este tiempo la estación de radio de guardia en el lado oscuro de Mercurio
envía aviso continuo de tormentas, sin descansar un instante, dando un informe
completo de la situación meteorológica en el Sol. De pronto se calla.
Puede
ser un fallo de potencia y entonces se echa mano del transmisor secundario.
Puede ser un «bajón» en la intensidad sin que por eso haya estallado la
tormenta y entonces se reanuda de inmediato la transmisión con unas palabras
tranquilizadoras.
Pero
es posible también que, sin previo aviso, la primera explosión de la tormenta
haya venido a caer sobre Mercurio con la velocidad de la luz y que los ojos y
la voz de la estación meteorológica hayan desaparecido devorados por una
radiación muy potente.
El
oficial de guardia que permanece en la sala de control no puede estar seguro y
no se atreve a correr el riesgo. En el instante en que pierde a la estación
Hermes aprieta un botón que pone en marcha un gran reloj que sólo tiene
segundero. Cuando han pasado cierto número de segundos sin que la estación
Hermes dé señales de vida, suena la alarma general. El número exacto de
segundos depende del punto en que se halle la nave, de su distancia del Sol y
del tiempo que necesite la explosión de la tormenta para llegar a la nave
después de haber dado ya en la estación Hermes.
Son
éstos los momentos en los que el capitán se muerde las uñas, le salen canas y
se gana el sueldo a conciencia... porque tiene que decidir el número de
segundos que debe contar en el reloj. En realidad, si la primera explosión, que
es la peor, viene a la velocidad de la luz, ya no tiene tiempo de avisar en
absoluto porque la interrupción de las señales de radio de Hermes y ese primer
estallido procedente del Sol son simultáneos. También puede haber ocurrido que
si el ángulo de vuelo no es favorable sólo se haya estropeado su aparato
receptor de radio y la estación meteorológica de Hermes siga tratando de
alcanzarle con los avisos de última hora. Pero él no lo sabe. Lo único cierto
es que, si hace sonar la alarma y envía a todo el mundo corriendo al refugio
cada vez que la radio deja de funcionar por unos segundos, los pasajeros y
tripulación acabarán por estar hartos y asqueados de sus continuos gritos de:
«¡El lobo! ¡Que viene el lobo!», que cuando se presente un verdadero problema
tal vez no se muevan con la velocidad suficiente. Y sabe también que el casco
exterior de la nave puede detener casi todo lo existente en el espectro
electromagnético. Entre los fotones ―y no hay otra cosa que viaje a la
velocidad de la luz ― sólo los rayos X más intensos podrán penetrar hasta la
sección de pasajeros, y no todos tampoco. Pero a continuación, retrasándose un
poco cada segundo, viene lo que es realmente peligroso: partículas grandes,
partículas pequeñas, partículas de tamaño medio, restos todas ellas de explosiones
nucleares. Este conjunto se mueve muy aprisa, aunque no exactamente a la
velocidad de la luz. Y ha de proteger a sus gentes antes de que todo caiga
sobre la nave.
El
capitán Encanto fijó una demora de veinticinco segundos de acuerdo con el punto
en que estábamos y lo que podía esperarse de los informes meteorológicos. Le
pregunté cómo se había decidido por este tiempo y él se limitó a sonreír con
cierta amargura y respondió: «Se lo pregunté al fantasma de mi abuelo».
Mientras
yo estaba en la sala de control el oficial de guardia conectó cinco veces el
reloj y cinco veces se reanudó el contacto con la estación Hermes antes de que
se consumiera el tiempo y sonara la alarma.
La
sexta vez siguieron pasando los segundos mientras todos reteníamos el aliento y
el contacto con Hermes no se reanudó: la alarma sonó como la trompeta del día
del Juicio.
El
capitán, con el rostro pétreo, dio media vuelta y empezó a bajar la escalerilla
que llevaba al refugio antirradiactivo. Yo no me moví porque confiaba en que me
dejaran permanecer en la sala de control. Estrictamente hablando la sala de
control es parte del refugio radiactivo, ya que se halla exactamente sobre él y
envuelta por los mismos cascos de defensa.
(Resulta
sorprendente el elevado número de personas que creen que un capitán controla su
nave mirando por una ventanilla como si estuviera conduciendo una locomotora
antigua. No es así, por supuesto. La sala de control está en el mismo centro de
la nave, donde él puede vigilarlo todo con mucha mayor exactitud y conveniencia
a través de los paneles de instrumentos. El único punto de mira al exterior que
existe en el «Tricornio» se halla en el extremo superior del eje principal a
fin de permitir a los pasajeros que miren las estrellas. Pero aún no hemos
llegado al punto de perfección de que la masa de la nave proteja este
observatorio de la radiación solar, de modo que ha estado cerrado durante todo
el viaje.)
Sabía
que estaba segura en el lugar en que me hallaba, por lo que fui rezagándome
procurando sacar ventaja del hecho de ser «la preferida del profesor». Desde
luego no quería pasarme horas o días tendida en un estante con mujeres
chillonas y tal vez histéricas apretujándome por ambos lados.
¡Qué
poco sabía yo! El capitán vaciló sólo un microsegundo antes de iniciar la
bajada y gruñó:
―Vamos,
señorita Fries.
Y le
obedecí. Siempre me llama Poddy y en su voz latía la amenaza.
Los
pasajeros de tercera clase ya estaban entrando en manada, puesto que son los
que tienen menos distancia que recorrer y los miembros de la tripulación los
llevaban a sus puestos. Estos tripulantes habían vivido en perpetua emergencia
desde que la estación Hermes nos avisara por primera vez. Habían reforzado las
guardias relevándose cada cuatro horas. Parte de los tripulantes había
permanecido concentrada en la sección de pasajeros, vestidos con trajes de
aislamiento antirradiactivo. Estos hombres no pueden quitarse ese traje tan
pesado bajo ningún pretexto hasta que aparecen los relevos vestidos también con
ropas aislantes. Se trata de los «cazadores», dispuestos a apostar su vida a
que son capaces de registrar a fondo toda la sección de pasajeros, sacar de su
escondite a los rezagados y llegar al refugio con la rapidez suficiente para
que la radiación letal no se acumule en ellos. Todos son voluntarios y los que
están de servicio cuando suena la alarma reciben una paga extra muy
considerable; la otra mitad ―que tiene la suerte de no estar de servicio en ese
momento ― recibe también una prima, aunque algo menor.
El
primer oficial está a cargo de la primera sección de cazadores y el sobrecargo
de la segunda, pero ellos no reciben ninguna paga extra, aunque, según la
tradición y la ley, el que está al frente del servicio cuando suena la alarma
es el último hombre que penetra en la seguridad del refugio. Esto no me parece
muy justo pero ellos, aparte de su obligación, lo consideran un honor.
Otros
tripulantes hacen turnos de guardia en el refugio antirradiactivo y están
preparados con las listas del pasaje y los diagramas de la distribución de los
pasajeros.
Naturalmente
el servicio ha sido bastante defectuoso últimamente, ya que muchos tripulantes
faltan de sus puestos habituales con objeto de atender con toda urgencia su
cometido en cuanto suene la alarma. La mayoría de esas guardias de emergencia
corren a cargo de los camareros y empleados, pues los ingenieros y los
responsables de las comunicaciones no pueden abandonar sus puestos. Por ello el
servicio de comedor se demoran el doble de lo habitual, el del salón es
prácticamente inexistente y los camarotes no se arreglan hasta última hora de
la tarde.
Naturalmente,
pensarán ustedes, los pasajeros se hacen carde lo absolutamente necesario de
tal austeridad temporal y muestran agradecidos, pues saben que todo se hace por
su seguridad.
¿De
veras? Queridos míos, si así lo creen es que pueden tragarse lo que sea. Les
aseguro que no sabrán lo que es la realidad hasta que hayan visto a un viejo y
rico terrícola privado de algo a lo que cree tener derecho porque lo ha pagado
y está incluido en el precio del billete. Yo he visto a un hombre, quizá tan
viejo como tío Tom y desde luego lo bastante mayor para ser más prudente, al
que casi le dio un ataque: se puso de color púrpura, realmente púrpura, y
empezó a gruñir sólo porque el camarero del bar no acudió al instante para
traerle un paquete nuevo de cartas.
El
camarero del bar llevaba en ese momento ropas aislantes y no podía abandonar el
área que tenía asignada y el camarero del salón trataba de estar en tres
lugares a la vez y de atender asimismo las llamadas de los camarotes. Pero eso
no tenía la menor importancia para nuestro simpático compañero de navegación;
cuando ya sus palabras eran incoherentes amenazó con demandar a la Línea y a
todos sus directores.
No
todo el mundo es así, por supuesto. La señora Grew, aunque muy gorda, se ha
estado haciendo la cama y jamás se ha mostrado impaciente. E incluso otros que
por lo general suelen exigir muchos servicios han tratado con optimismo de
sacar el mejor partido. posible de la situación.
Pero
algunos actúan como niños enfurruñados, lo que si no es bonito en un niño,
mucho menos lo será en los viejos.
En
el instante en que seguí al capitán hasta el refugio antirradiactivo descubrí
cuán eficientes pueden ser los servicios del «Tricornio» cuando realmente
importa. Me levantaron en el aire como si fuera una pelota y me fueron pasando
de mano en mano. Por supuesto, estando tan próxima al eje principal, no llego a
pesar mucho con una décima parte de la gravedad, pero eso la deja a una sin
aliento. Otras manos me depositaron sobre mi litera, previamente extendida, con
la misma indiferencia y serenidad con que el ama de casa va almacenando la ropa
limpia en los estantes. Una voz gritó: «¡Fríes, Podkayne!», a lo que otra
contestó: «¡Comprobado!»
A mi
alrededor, el espacio se llenaba a toda prisa. Los tripulantes trabajaban con
la misma eficiencia serena de una máquina automática que va distribuyendo el
correo. En algún lugar lloraba un niño y por encima de sus chillidos oí decir
al capitán:
―¿Entró
ya el último?
―El
último, capitán ―respondió el sobrecargo ―. ¿cómo ha ido el tiempo?
―Dos
minutos treinta y siete segundos. Los muchachos ya pueden empezar a calcular su
paga porque esto no es un simulacro.
―No
pensé que lo fuera, capitán, también yo he ganado la apuesta a mi compañero.
Entonces
el sobrecargo pasó ante mi litera llevando a alguien en brazos; traté de
incorporarme, me dio un porrazo en la cabeza y casi se me salieron los ojos.
La
pasajera que llevaba se había desmayado y su cabeza pendía inerte sobre el
hombro del sobrecargo. Al principio no distinguí quién era, ya que aquel rostro
era de un rojo brillante. Luego la reconocí y casi me desmayé. La señora Royer.
Naturalmente
el primer síntoma de cualquier exposición a la radiación es un eritema. Basta
una quemadura solar o un simple descuido con una lámpara ultravioleta y lo
primero que se ve es que la piel se enrojece o adopta incluso una coloración
rojo brillante.
Pero
¿era posible que la señora Royer se hubiera visto alcanzada en un tiempo mínimo
por una radiación tan extraordinaria, hasta el punto de que su piel estuviera
tan quemada, como la peor quemadura de sol que se puede imaginar? ¿Y sólo por
ser la última en entrar?
En
ese caso no se había desmayado; estaba muerta.
Y si
eso era cierto, lo seria igualmente que los últimos pasajeros en llegar al
refugio habían recibido una cantidad excesiva de radiaciones. Tal vez no se
sintieran enfermos de momento, o durante horas; quizá no murieran en algunos
días, pero ya podían considerarse tan muertos como si estuvieran tendidos,
rígidos y helados.
¿Cuántos?
No había modo de adivinarlo. Posiblemente ―probablemente, me corregí ― todos
los pasajeros de primera clase. Eran los que tenían más distancia que recorrer
hasta el refugio y, por consiguiente, los más expuestos.
Tío
Tom y Clark...
De
pronto sentí náuseas de terror y deseé no haber estado en la sala de control.
Si mi hermano y tío Tom morían yo no quería seguir viviendo.
No
creo que perdiera mucho tiempo compadeciendo a la señora Royer. Claro que sentí
una fuerte impresión al ver aquel rostro púrpura pero, sinceramente, aquella
mujer no me gustaba. juzgaba un parásito con opiniones despreciables y si
hubiera muerto de un fallo cardíaco no creo sinceramente que ello me hubiese
afectado el apetito. Ninguno de nosotros va por ahí lamentándose por los
millones y billones de personas que han muerto en el pasado, ni por los que aún
viven o están aún por nacer y cuya herencia más segura, incluida Podkayne
Fries, es la muerte. ¿Por qué pues derramar lágrimas estúpidas solamente porque
da la casualidad que te encuentras al lado de alguien que no te gusta, de
alguien que en realidad desprecias, cuando llega al fin de su camino?
En
cualquier caso, no tenía tiempo para lamentarme por la señora Royer. Mi corazón
estaba abrumado de dolor por mi hermano y mi tío. Lamentaba no haber sido más
dulce con tío Tom en vez de tratar de dominarle y querer siempre que él dejara
lo que tenía entre manos para ayudarme con mis problemitas tontos. Lamentaba
asimismo las muchas veces que me había peleado con mi hermano. Después de todo,
él era un niño y yo una mujer; debía de haberle disculpado.
Las
lágrimas corrían de mis ojos y casi me perdí las primeras palabras del capitán.
―Compañeros
de navegación ―empezó con voz firme y tranquilizadora ―, tripulantes y
pasajeros: esto no es un simulacro. Es en realidad una tormenta radiactiva.
»No
se alarmen; todos y cada uno de nosotros estamos en perfecta seguridad. El
médico ha examinado el contador de radiación personal del último pasajero en
llegar al refugio. Está dentro de los limites de seguridad. Incluso si se le
añadiera la exposición acumulada del tripulante más expuesto el total seguiría
estando dentro del máximo de conservación para la salud personal y la higiene
genética.
»Permítanme
repetirlo. Nadie ha resultado dañado. Nadie va a sufrir daño. Sencillamente
tendremos que soportar ligeros inconvenientes. Me gustaría poder decirles el
tiempo que habremos de permanecer en la seguridad de este refugio. Pero no lo
sé. Tal vez sean unas pocas horas; quizá varios días. La tormenta radiactiva de
mayor duración que consta en los informes fue inferior a una semana. Esperamos
que el viejo Sol no esté tan malhumorado esta vez. Pero, hasta que la estación
meteorológica Hermes nos avise que ha terminado la tormenta, habremos de
permanecer aquí. Una vez sepamos que ha terminado, no suele llevar mucho tiempo
la revisión de la nave a fin de comprobar que sus habitaciones ya no ofrecen el
menor peligro. Hasta entonces mantengan la calma y sopórtense con paciencia
unos a otros.
Empecé
a sentirme mejor en cuanto el capitán comenzó a hablar. Su voz era hipnótica y
producía ese efecto tranquilizador del «todo irá mejor ahora» con que una madre
calma a su pequeño. Me relajé, aunque todavía me sentía débil por efectos de la
alarma.
Pero
de pronto empecé a preocuparme. ¿No sería que el capitán Encanto nos decía que
todo iba bien cuando realmente todo iba mal, sencillamente porque era demasiado
tarde y no podía hacerse nada al respecto?
Pensé
en todo cuanto había aprendido acerca del envenenamiento por radiación, desde
la higiene más elemental que enseñan en los jardines de infancia hasta la cinta
propiedad del oficial Clancy que había estudiado aquella misma semana.
Y
decidí que el capitán nos había dicho la verdad.
¿Por
qué? Pues porque, aun cuando hubieran sido ciertos mis peores temores y nos
hubiésemos visto atacados por la tormenta tan inesperadamente y con la misma
violencia que si un arma nuclear hubiera explotado junto a nosotros, siempre
puede hacerse algo. Estaríamos divididos en tres grupos: los que no habían
recibido el menor daño y no iban a morir (desde luego todos los que estaban en
la sala de control, o en el refugio, cuando estalló la tormenta, más casi todos
o todos los pasajeros de tercera clase si habían llegado con rapidez); un
segundo grupo sometido a una exposición tan terrible que morirían con toda
seguridad por mucho que se hiciera por ellos (digamos los pasajeros en la sección
de primera clase); y un tercer grupo, cuyo número ignoraba, sometido a una
exposición peligrosa pero que se salvaría con un tratamiento rápido y drástico.
Los
cuidados médicos habrían ya empezado. Primero comprobarían nuestros contadores
de exposición y nos separarían en grupos: los que estaban en peligro y
requerían ese tratamiento rápido, los que iban a morir de todos modos (a
quienes se apartaría a un lado y se daría inyecciones de morfina) y los que
estábamos completamente a salvo, que seriamos retenidos para evitar que
estorbáramos o se nos pediría que acudiéramos a ayudar a los que aún podían
salvarse.
Todo
eso era seguro. Pero el caso es que no había nada en marcha, nada... sólo los
bebés que lloraban y un murmullo de voces. ¡Vaya, si ni siquiera habían
comprobado los contadores de exposición de la mayoría de nosotros! Lo más
probable era que el médico sólo hubiese comprobado los de los últimos en llegar
al refugio.
Por
tanto el capitán nos había dicho toda la verdad sencilla y consoladora.
Me
encontré tan bien de pronto que ni siquiera me pregunté por qué la señora Royer
tendría aquel aspecto de tomate maduro. Me relajé consolándome con el
pensamiento dichoso de que el querido tío Tom no iba a morir y de que mi
hermano pequeño seguiría viviendo para causarme todavía muchos quebraderos de
cabeza. Estaba así adormecida cuando, de pronto, me despertó repentinamente la
mujer que estaba a mi derecha con sus alaridos: «¡Déjenme salir de aquí!
¡Déjenme salir de aquí!»
¡Entonces
si que vi una acción de emergencia rápida y drástica!
Dos
miembros de la tripulación se acercaron a toda prisa a nuestro estante y la
cogieron. Una azafata venía pegada a ellos. Le dio un bofetón en la boca y le
clavó una aguja hipodérmica en el brazo. Luego la sostuvieron hasta que dejó de
chillar. Cuando quedó al fin quieta y callada, uno de los tripulantes la tomó
en brazos y se la llevó a otra parte.
Poco
después apareció una azafata que recogió los contadores de exposición y
repartió tabletas para dormir. La mayoría las tomó, pero yo me resistí; no me
gustan las píldoras por principio, y desde luego no iba a tomarme una que me
atontara, con lo que me perdería todo lo que iba a pasar. La azafata se mostró
insistente, pero también yo puedo ser espantosamente terca, así que se encogió
de hombros y se fue. A continuación hubo tres o cuatro casos más de
claustrofobia galopante, o tal vez sólo ganas de chillar y llamar la atención,
no lo se. Todos fueron atendidos rápida y discretamente y pronto reinó la paz
en el refugio a no ser por los ronquidos, algunos susurros y el sonido
constante y débil del llanto de los niños.
No
hay bebés en primera clase, ni muchos niños de cualquier edad. En segunda clase
viajan algunos niños, pero en tercera hay superabundancia de ellos: cada
familia parece que tenga al menos un pequeño. Por eso están allí, naturalmente.
Casi todos los pasajeros de tercera clase son gentes de la Tierra que emigran a
Venus. Estando la Tierra tan abarrotada, un hombre con familia numerosa alcanza
con facilidad el punto en que la emigración a Venus le parece la mejor salida
de una situación casi imposible, de modo que firma un contrato de trabajo y la
corporación de Venus le paga los billetes como adelanto contra su salario.
Supongo
que está bien. Ellos han de emigrar y Venus necesita tanta gente como pueda
conseguir. Pero me alegro de que la República de Marte no subvencione la
inmigración, o nos veríamos invadidos. Nosotros aceptamos inmigrantes, pero son
ellos quienes tienen que pagarse el viaje y han de depositar los billetes de
vuelta en la Cámara de P.E.G., billetes que no pueden canjear por dinero
efectivo en un plazo de dos años de los nuestros.
Eso
también está muy bien. Por lo menos la tercera parte de los inmigrantes que
llegan a Marte no saben ajustarse al nuevo ambiente. Sienten nostalgia y
desaliento, y utilizan esos billetes de vuelta para regresar a la Tierra. Me
resulta imposible comprender que haya alguien a quien no le guste Marte pero,
si no les gusta, es mejor que no se queden.
Seguí
tumbada en la litera pensando en esto, un poquito excitada y un poquito
aburrida, pero preguntándome sobre todo por qué no se hacía algo por aquellos
pobres niños.
Las
luces se habían amortiguado al mínimo y, cuando alguien se acercó a mi litera,
al principio no pude ver quién era.
―¿Poddy?
―La voz de Girdie llegaba hasta mí en un susurro pero clara ―. ¿Estás ahí?
―Claro.
¿Qué pasa, Girdie? ―Intentaba hablar también en susurros.
―¿Sabes
cambiar los pañales a un niño?
―¡Por
supuesto que sí! ―De pronto me pregunté qué tal estaría Duncan y me di cuenta
de que hacía días que no pensaba en él. ¿Me habría olvidado? ¿Conocería a su
mamita Poddy la próxima vez que me viera?
―Entonces
ven, cielo. Hay mucho trabajo que hacer.
¡Vaya
si lo había! La parte inferior del refugio, cuatro niveles por debajo de mi
litera, justo sobre el espacio de la maquinaria, estaba dividida en cuatro
secciones, tres de las cuales estaban ocupadas por dos enfermerías ―una para
hombres y otra para mujeres ― y por una pobre imitación de un departamento para
niños que no tenía más de dos metros de lado. En tres de sus muros estaban
colocados los niños, en cestas de lona colgadas de las paredes, y aún había
algunos más en la enfermería de las mujeres. La gran mayoría de los bebés
estaba llorando.
En
el estrechísimo espacio que quedaba en medio de aquel escándalo trabajaban dos
azafatas cambiando pañales a toda prisa sobre un mostrador apenas lo
suficientemente ancho adosado a la pared restante. Girdie se acercó a una de
ellas y le dio un golpecito en el hombro:
―Muy
bien, muchachas, han llegado los refuerzos. Así que id a descansar y a comer
algo.
La
mayor intentó una débil protesta, pero las dos se sintieron inmensamente
felices de tomarse un respiro, de modo que se marcharon y Girdie y yo nos
lanzamos a la tarea. Ignoro cuánto tiempo trabajamos, pues ni siquiera teníamos
tiempo para pensar en ello; siempre había más de lo que podíamos hacer y nunca
llegábamos a acabar con todo. Pero eso era mejor que estar tumbada en un
estante contemplando otra litera a pocos centímetros de la nariz. Lo peor de
todo era que no había, sencillamente, bastante sitio. Yo trabajaba con los
brazos pegados al cuerpo para no tropezar con Girdie por un lado y con una
cesta que me estaba torturando por el otro.
No
es que me queje. El ingeniero que diseñó el refugio del «Tricornio» se había
visto forzado a colocar el máximo de personas en el menor espacio posible. No
había modo de hacerlo de otra forma y que dispusiéramos de niveles suficientes
para refugiarnos en una tormenta. Dudo que se preocupara demasiado por si había
sitio para cambiarles los pañales a los niños y mantenerlos secos; tenía
bastante con preocuparse de mantenerlos vivos.
Pero
eso no se lo puedes explicar a un bebé.
Girdie
trabajaba sin pérdida de tiempo, con una eficacia y rapidez que me
sorprendieron; jamás habría adivinado que ella hubiese tenido alguna vez un
niño en brazos. Pero sabía lo que se hacía, incluso era más segura que yo.
―¿Dónde
están sus madres? ―pregunté con toda intención, queriendo decir: «¿Por qué no
están aquí esas gandulas ayudándonos en vez de dejárselo todo a las azafatas y
a algunas voluntarias?»
Girdie
me entendió:
―La
mayoría de ellas, todas quizá, tienen otros niños pequeños que cuidar, no
pueden atender a todo. Algunas se pusieron histéricas y ahora están durmiendo
―señalaba con un gesto hacia la enfermería.
Me
callé, pues aquello tenía lógica. En aquellos nichos estrechos en los que
estaban encajados los pasajeros era imposible atender con comodidad a un
chiquitín y, si cada madre trataba de traer aquí a su nene cada vez que
necesitara cambiarlo, el embotellamiento de tráfico sería indescriptible. No.
Este trabajo en cadena era imprescindible. Dije:
―Nos
estamos quedando sin pañales.
―Están
en un armario detrás de ti. ¿Viste lo que le sucedió al rostro de la señora
García?
―¿Cómo?
―me incliné a sacar más pañales ―. Querrás decir la señora Royer, ¿no?
―Quiero
decir las dos. Pero yo vi primero a la encopetada señora García y le pude echar
una buena ojeada mientras trataban de tranquilizarla. ¿No la viste tú?
―No.
―Pues
asómate un instante a la sala de mujeres en cuanto puedas. Su rostro tiene el
color amarillo cromo más impresionante que se haya podido ver en un bote de
pintura, y no digamos en un rostro humano.
Me
quedé atónita.
―Es
curioso. Yo vi a la señora Royer de un rojo brillante, no amarillo. Girdie,
¿qué diablos les sucedió?
―Estoy
bastante segura de saber lo que sucedió ―contestó Girdie lentamente ―, pero
nadie puede imaginarse el cómo.
―No
te entiendo.
―Los
colores lo revelan. Son los tonos exactos de dos de los tintes activados por
agua que se utilizan en fotografía. ¿Sabes algo de fotografía?
―No
mucho ―contesté. No iba a admitir lo poco que sabía porque Clark es un
fotógrafo amateur casi perfecto. Y tampoco iba a mencionar eso.
―Bueno,
pero sí habrás visto a alguien sacando fotos. Aprietas el botón y ya tienes la
foto.. ― sólo que la foto no existe todavía. Aquello está tan transparente como
el cristal. Así que lo metes en agua y lo dejas unos treinta segundos. La foto
sigue sin verse. Entonces lo ponen en cualquier lado a la luz, y la foto
empieza a aparecer... y cuando los colores son ya lo bastante brillantes para
tu gusto la cubres y la dejas que acabe de secarse en la oscuridad para que los
colores no sean demasiado fuertes. ―Reprimió una risita ―. Por los resultados,
yo diría que no se cubrieron el rostro a tiempo de detener el proceso.
Probablemente trataron de quitárselo frotando y eso lo empeoró más.
Dije
en tono desconcertado ―y lo estaba realmente, pues había algo que se me
escapaba ―:
―Todavía
no comprendo cómo pudo pasarles tal cosa.
―Ni
tú ni nadie. Pero el médico tiene una teoría. Alguien anduvo manipulando sus
toallas.
―¿Qué?
―Alguien
en la nave debe tener una provisión de esos tintes puros. Ese alguien empapó
dos toallas en los tintes inactivos, es decir, incoloros, y las secó
cuidadosamente en la oscuridad total. Luego, ese mismo alguien se introdujo con
las dos toallas preparadas en los dos camarotes y las cambió por las que
encontró allí en los toalleros. Esta última parte no debió resultar muy difícil
para alguien con los nervios bien templados. A veces cambian las toallas del
camarote, a veces no, y al fin y al cabo todas las toallas son del mismo
dibujo. ¿Quién iba a saberlo?
«¡Espero
que nadie!», dije para mi, y añadí en voz alta:
―Supongo
que nadie.
―No,
desde luego. Pudo ser una de las camareras o cualquiera de los pasajeros. Pero
el verdadero misterio es saber de dónde salieron los tintes. La tienda de la
nave no los tiene, sólo vende rollos de película preparada, y el médico dice
que él sabe lo bastante de química para estar dispuesto a jugarse la vida a que
sólo un químico especializado y utilizando un laboratorio idóneo sería capaz de
aislar los tintes puros de un rollo de película. Cree también que, puesto que
los tintes no se fabrican siquiera en Marte, ese alguien debe ser un pasajero
que abordara la nave en la Tierra. Girdie me miró y sonrió ―. Así que tú no
eres sospechosa, Poddy. Pero yo si.
―¿Por
qué eres sospechosa? ―pregunté ―. ¿Por qué habías de serlo? ¡Qué idiotez! ―En
mi interior pensaba que si yo no era sospechosa, Clark tampoco.
―Sí,
es una idiotez porque yo no habría sabido hacerlo ni aun disponiendo de los
tintes. Pero no lo es si pensamos que podría haberlos comprado antes de salir
de la Tierra. Tampoco tengo razones para apreciar a ninguna de esas dos.
―Nunca
te he oído decir una palabra contra ellas.
―No,
pero ellas sí han dicho miles contra mí y la gente tiene oídos. Así que soy
sospechosa, Poddy. Pero no te preocupes por ello. No fui yo, de modo que
resulta imposible demostrar que lo hiciera. ―Se rió ―. Y espero que no cojan
nunca al que lo hizo.
Ni
siquiera contesté: «¡Y yo también!», porque yo sí sabia de una persona capaz de
hallar el modo de aislar el tinte puro de un rollo de película sin un
laboratorio completo de química y estaba comprobando mentalmente a toda
velocidad las cosas que había descubierto al registrar la habitación de Clark.
No
había habido nada en su camarote que pudiera contener tintes fotográficos. No,
ni siquiera películas.
Lo
que no viene a demostrar nada, tratándose de Clark. Sólo espero que tuviera
cuidado con las huellas dactilares.
Pronto
llegaron otras dos azafatas y dimos el biberón a todos los bebés. Luego Girdie
y yo nos las arreglamos para lavarnos un poco y tomar algo de pie. Volví a mi
litera y, con gran sorpresa por mi parte, me quedé profundamente dormida.
Debí
dormir tres o cuatro horas, porque me perdí el gran acontecimiento: el
nacimiento del bebé de la señora Dickson. Esta figura entre los emigrantes de
la Tierra a Venus y no debía dar a luz hasta mucho después que llegáramos allí;
supongo que tanta excitación apresuró las cosas. De todos modos, cuando se
inició el parto la llevaron a la enfermería y el doctor Torland le echó una
mirada y ordenó que la trasladaran a la sala de control, el único lugar dentro
del espacio antirradiactivo con sitio suficiente para atenderla como es debido.
De
modo que allí nació la nena, en la sala de control, entre el estante de las
cartas hidrográficas y la computadora. El doctor Torland y el capitán Encanto
son los padrinos y la azafata más antigua la madrina. Le van a poner Radiante,
un retruécano algo soso pero bastante bonito.
Dispusieron
una incubadora para Radiante allí mismo, en la sala de control antes de
llevarse a la señora Dickson a la enfermería y darle algo para que durmiera. El
bebé todavía seguía allí cuando me desperté y oí hablar del caso.
Decidí
aprovechar que el capitán estaba de mejor humor para llegarme a la sala de
control y asomé la cabeza:
―Por
favor, ¿podría ver a la nena?
El capitán
pareció enojado, luego sonrió ligeramente y dijo:
―De
acuerdo, Poddy, echa una ojeada y vete.
Eso
hice. Radiante pesa como un kilo y, francamente, parece un gatito que nadie
querría quedarse. Pero el doctor Torland dice que va bien y que llegará a ser
una chica sana y fuerte, más bonita que yo. Supongo que sabe de lo que habla,
pero si va a ser alguna vez más bonita que yo le falta mucho camino por
recorrer. Tiene casi el mismo color que la señora Royer, no es más un puñadito
de arrugas.
Pero
indudablemente superará todo eso porque parece una de las últimas fotografías
de la serie de un libro escolar muy bueno que se llamaba El milagro de la vida
y las primeras fotografías de esa serie eran todavía más repugnantes.
Probablemente es mejor que no podamos ver a los bebés hasta que estén
dispuestos a hacer su debut, porque si no la raza humana perdería todo interés
en ellos y se extinguiría. Y pienso que aún sería mejor si pudiéramos poner
huevos. La maquinaria humana no es todo lo perfecta que podría ser, en especial
el género femenino.
Regresé
abajo, donde estaban los niños un poco mayores que Radiante, para ver si me
necesitaban. En ese momento no, ya que les habían dado de comer de nuevo y una
azafata y una joven a la que nunca había visto estaban allí de servicio y
juraron que sólo llevaban trabajando unos minutos. De todas formas preferí
quedarme un poco más por allí antes que volver a la litera. Pronto simulé que
servía para algo moviéndome junto a las que realmente trabajaban, comprobando
si los bebés estaban secos y pasándoles los que había que cambiar en cuanto
quedaba un poco de espacio disponible.
Eso
dio cierta velocidad al proceso. De pronto saqué a un pequeñín que pateaba
furioso en su cesto y estaba meciéndole cuando la azafata alzó la vista y dijo:
―Ya
estoy libre para cambiarle.
―¡Oh,
no está mojado! ―contesté ―. Lo único que le ocurre es que se siente solo y
necesita cariño.
―No
tenemos tiempo para eso.
―Yo
no estoy tan segura ―repliqué.
Lo
peor de aquel cuarto de niños en miniatura era el escándalo reinante. Los bebés
se despertaban unos a otros, se molestaban y el volumen seguía aumentando. Sin
duda todos se sentían abandonados y probablemente estaban asustados. Al menos
así me habría sentido yo.
―La
mayoría de ellos ―proseguí ― necesitaban cariño más que ninguna otra cosa.
―Todos
han tenido ya su biberón.
―Un
biberón no puede hacerles mimitos.
No
me contestó y se limitó a seguir comprobando si estaban secos. Pero, en mi
opinión, lo que yo había dicho no era ninguna tontería. Un bebé no entiende lo
que dices, ni sabe dónde está si le pones en un lugar extraño, ni lo que ha
sucedido. Así que llora y necesita que le tranquilicen.
Precisamente
entonces apareció Girdie.
―¿Puedo
ayudar? ―preguntó.
―Ya
lo creo que sí. Ea, coge a éste.
En
unos instantes conseguí hacerme con tres chicas de poco más o menos mi edad y
tropecé con Clark que iba por los corredores de los distintos niveles en vez de
estarse quieto en su litera asignada, así que le traje a él también. La verdad
es que no tenía demasiadas ganas de ofrecerse voluntario, pero hacer algo era
un poco mejor que no hacer nada, así que vino.
Era
imposible echar mano de más ayuda pues el lugar de que disponíamos para
movernos era prácticamente inexistente, pero conseguimos arreglarlo haciendo
que los de las que mecían a los niños se metieran en las enfermerías mientras
yo, la maestra de ceremonias, permanecía al pie de la escalera corriéndome de
un lado a otro para que todos pudieran entrar y salir del cuarto de baño y
subir la escalera. Girdie, que era la más alta, me alcanzaba los bebés más
chillones para que los atendieran y a los mojados para que los cambiaran y
viceversa: los ya secos de vuelta a sus cestitos, a menos que empezaran a
chillar; los otros, ya tranquilos por haber sido acunados, también a dormir en
paz.
Al
menos siete bebés podían recibir atención personal de inmediato y a veces hasta
diez u once porque, a una décima de la unidad estándar de gravedad, no se nota
el cansancio en los pies y un niñito, apenas pesa nada. Es muy fácil sostener
uno en cada brazo y eso es lo que hacíamos.
En
diez minutos habíamos acallado aquel escándalo, reduciéndolo a un susurro
ocasional que también cesaba pronto. Nunca imaginé que Clark perseverara en su
tarea, pero se quedó probablemente porque Girdie formaba parte del equipo. Con
aire de noble determinación en el rostro, algo que jamás había visto antes en
él, mecía a los bebés e incluso le oí decir: «Ea, ea, cariñito», y «Vamos,
vamos, cielito», como si lo hubiera estado haciendo toda la vida. Y lo que es
más, aquello parecía gustar a los bebés. Clark era capaz de tranquilizarlos y
dormirlos más aprisa que cualquiera de nosotras. ¿Hipnotismo quizá?
Así
seguimos durante varias horas: nuevas voluntarias iban llegando y las agotadas
se retiraban. Cuando me relevaron me tomé a toda prisa un tentempié y luego me
tendí en la litera por una hora antes de volver al servicio.
Estaba
de nuevo en el mostrador de los pañales cuando el capitán Encanto habló por el
altavoz:
―Atención,
por favor: dentro de pocos minutos se cortará la potencia y la nave quedará sin
gravedad mientras se hace una reparación en el casco exterior. Que todos los
pasajeros se sujeten con correas. Los miembros de la tripulación deben tomar
precauciones para la pérdida de gravedad.
Acabé
rápidamente de cambiar al bebé que tenía entre manos, no se puede soltar a un
niño así como así. Mientras tanto, los que estaban acunando a los nenes los
devolvieron a sus cestitos y todo el equipo de voluntarias corrió a sus literas
para atarse. La rotación de la nave cesó. Un giro cada doce segundos es algo
que sencillamente no se advierte en el centro de la nave, pero sí se advierte
cuando cesa. La azafata que estaba conmigo en el mostrador dijo:
―Poddy,
sube y átate. De prisa.
―No
seas boba, Bergitta ―respondí ―. Hay trabajo que hacer, ―Y metí al bebé que
acababa de cambiar en su cesto y corrí la cremallera.
―Eres
una pasajera. ¡Esto es una orden, por favor!
―¿Quién
va a cuidar de todos estos bebés? ¿Tú sola? ¿Y qué me dices de los cuatro que
están en la enfermería de las mujeres.
Bergitta
me miró aterrada y corrió a recogerlos. Las demás azafatas estaban muy ocupadas
comprobando las correas y nadie volvió a lanzarme de nuevo el «esto es una
orden». Bergitta sujetó a toda prisa el mostrador de los pañales al muro, así
como los cestos de los niños. Yo los iba revisando a toda prisa y comprobé que
casi todos estaban con la cremallera sin correr, situación lógica mientras
andábamos sacándolos y metiéndolos, pero no ahora, puesto que la cremallera es
para el niño como las correas para el adulto: le retiene cómoda y firmemente
dejando sólo la cabeza fuera.
Aún
no había terminado de cerrarlas todas cuando sonó la sirena y el capitán cortó
la potencia.
¡Caray!
¡Menudo escándalo! La sirena despertó a los bebés que ya dormían y asustó a los
que estaban despiertos. Todos aquellos gusanitos se pusieron a gritar a pleno
pulmón.
Un
bebé, cuya cremallera aún estaba por correr, se salió del cestito y quedó
flotando en medio de la sala. Conseguí agarrarle por una pierna pero, con la
pérdida de gravedad, el bebé y yo empezamos a ir de un lado a otro chocando
suavemente contra los muros. La caída libre resulta muy desagradable cuando uno
no está acostumbrado y yo admito que no lo estoy. O no lo estaba.
La
azafata consiguió agarrarnos a los dos, metió al chiquitín en su bolsa y corrió
la cremallera mientras yo me agarraba a una manilla. En aquel momento dos más
se salieron de sus cestos.
Esta
vez lo hice un poco mejor. Alargué el brazo libre sin soltarme y retuve a uno
mientras Bergitta se cuidaba del otro. Ella puede manejarse perfectamente en
gravedad cero, con movimientos graciosos y nada bruscos, como una bailarina en
una película de cámara lenta. Mentalmente tomé nota de que debía adquirir ese
arte.
Pensé
que había terminado la emergencia, pero me equivocaba. A los bebés no les gusta
la pérdida de la gravedad; les asusta. También les altera notablemente el
control de los esfínteres. Claro que esto último podíamos ignorarlo de momento,
pero los pañales no llegan a todo y por desgracia unos seis o siete niños
acababan de comer.
Ahora
comprendo por qué todas las azafatas han de tener el título de enfermeras. En
los cinco minutos siguientes evitamos que se ahogaran cinco niños. Es decir,
Bergitta le limpió la garganta al primero que estaba vomitando y tragándose el
vómito de nuevo con peligro de ahogarse y yo, después de ver cómo lo hacía, me
dediqué a otro que estaba en apuros mientras ella cogía al tercero, etcétera.
Luego
nos lanzamos con entusiasmo a limpiar el ambiente con pañales limpios porque...
Miren, amigas, si alguna de ustedes lo pasó mal porque su hermanito le vomitó
encima de su traje de fiesta, traten de pensar lo que puede ser esa pérdida
repentina de gravedad cuando aquello no se detiene en ningún sitio en
particular, sino que flota como humo hasta que o tú te apoderas de ello. o ello
se apodera de ti.
Y de
seis niños. Y en una habitación pequeña.
Para
cuando habíamos limpiado todo aquel follón, o al menos la mayor parte,
estábamos empapadas en leche agria desde la raya del pelo hasta los tobillos.
En eso el capitán nos avisó de que nos preparáramos para la aceleración que,
para alivio nuestro, vino casi en seguida. Apareció la jefe y se horrorizó al
descubrir que no me había sujetado con correas. Le respondí con gran altivez
que se fuera al diablo si bien utilizando otras palabras más corteses y
adecuadas a mi edad y sexo y le pregunte qué habría pensado el capitán Encanto
si un bebé moría ahogado por su propio vómito sólo porque yo, obedeciendo las
órdenes, me había atado. Bergitta me apoyó y le dijo que yo había limpiado la
garganta al menos a dos niños o quizá más... había estado demasiado ocupada
para contarlos.
La
señora Peal, la azafata jefe, cambió de tono a toda prisa, se disculpó, me dio
las gracias, suspiró, se secó la frente y tembló. Bien se veía que estaba medio
muerta de fatiga. Sin embargo. comprobó personalmente el estado de todos los
niños y se marchó corriendo. Pronto nos relevaron y Bergitta y yo entramos al
lavabo de señoras y tratamos de limpiarnos un poco. No sirvió de mucho, ya que
no teníamos ropa limpia para cambiarnos.
Cuando
escuché el «pasó el peligro», me pareció como si se abrieran las puertas del
cielo. El baño caliente que tomé era como estar en él, con todos los ángeles
cantando. La cubierta A ya había sido examinada a fin de comprobar el nivel de
radiación y declarada totalmente segura mientras se hacía la reparación en el
exterior de la nave. Según me dijeron, ésta había sido pura rutina. Algunas
antenas y receptores del casco exterior no pueden resistir una tormenta
radiactiva y, al terminar ésta, un equipo de reparación debe acudir a
sustituirlos. Esto es normal e inevitable, como reemplazar las bombillas
fundidas en casa. Pero los que lo hacen reciben la misma paga extra que los que
van recogiendo a los pasajeros rezagados. Porque el viejo Sol podría dejarlos
allí mismo sólo con que se le ocurriera hacerlo.
Me
sumergí en el agua caliente y limpia y pensé lo horribles que habían sido
aquellas dieciocho horas. Aunque, pensándolo bien, no lo habían sido tanto;
después de todo es mucho mejor pasarlo mal que morirse de aburrimiento.
8
Ahora
tengo veintisiete años.
Años
de Venus, naturalmente; pero suena mucho mejor. Todo es relativo.
No quiero
decir con esto que me gustara quedarme en Venus; no lo haría aunque me
garantizaran la edad ideal por mil años. Venusberg es como un ataque de nervios
bien organizado y toda la región que rodea la ciudad es aún peor. Lo poco que
he visto me ha quitado las ganas de conocer mucho más. El porqué bautizaron a
la diosa del amor y de la belleza con el nombre de este lugar horrible envuelto
en perpetua niebla, es algo que nunca comprenderé. Este planeta parece haber
sido hecho con toda la basura que quedó cuando estuvo concluido el resto del
Sistema Solar.
Por
mí no saldría ni una sola vez de Venusberg a no ser porque quiero ver hadas en
pleno vuelo. La única que he visto hasta ahora está disecada, en el vestíbulo
del hotel en el que nos hospedamos.
En
realidad me limito a esperar que venza el plazo de espera para partir hacia la
Tierra, porque Venus es un gran desengaño. No hago más que cruzar los dedos
para que la Tierra no me suponga la misma desilusión. Pero no, no creo que lo
sea; existe algo deliciosamente primitivo en la misma idea de un planeta en el
que se puede salir de casa sin ninguna preparación especial. ¡Vaya, si tío Tom
me ha dicho que incluso hay lugares junto al Mediterráneo (que es un océano de
La Belle France) donde los nativos se bañan sin ropas de ninguna clase y no
digamos trajes o máscaras aislantes!
Pero
no me gustaría. No es que me importe exhibir el cuerpo, como a todos los de
Marte me complace una buena sudada en la sauna. Pero me aterraría bañarme en un
océano. Estoy decidida a no remojarme en absoluto en nada mayor que una bañera.
En una ocasión, a principios de primavera, vi cómo sacaban a un hombre del Gran
Canal: tuvieron que deshelarle antes de poder incinerarle; y aunque digan que
en todas las costas del Mediterráneo, en primavera, el ambiente suele estar a
la misma temperatura de la sangre y el agua no mucho más fría, Podkayne Fries
no va a correr riesgos estúpidos.
Ahora
bien, me siento terriblemente ansiosa por ver la Tierra, tan fantásticamente
improbable. La verdad es que mis ideas más claras sobre este planeta tienen su
origen en las historias de Oz y, si uno se pone a pensarlo, no creo que ésa sea
una fuente de información muy digna de crédito. Quiero decir que la
conversación de Dorothy con el Mago es instructiva, sí, pero ¿sobre qué? Cuando
yo era una niña creía al pie de la letra todas las historias de Oz, pero ahora
ya no soy una niña y no puedo creer que un torbellino sea un buen medio de
transporte, ni que uno vaya a encontrarse con el Hombre de Hojalata en un
camino de ladrillo amarillo.
En
el Tic―Toc sí que creo, porque nosotros tenemos Tic―Tocs en Marsópolis para los
trabajos más simples y tediosos. No exactamente como el Tic―Toc de Oz,
naturalmente, y tampoco nadie le llama Tic―Toc, aparte de los niños; pero algo
muy parecido, lo suficiente para demostrar que las historias de Oz se basan en
hechos, aunque no precisamente históricos.
Y
también creo en el Tigre Hambriento, y de modo totalmente realista, porque
había uno en el museo municipal cuando yo era una niña, regalo del club Kiwania
de Calcuta a los kiwanianós de Marsópolis. Siempre me pareció que me miraba
como si yo fuera su aperitivo. Murió cuando yo tenía unos cinco años y no supe
si entristecerme o alegrarme. Era hermoso... y parecía tan hambriento...
Pero
aún nos faltan muchas semanas para llegar a la Tierra y, mientras tanto, Venus
tiene algunos puntos de interés para una recién llegada como yo.
Desde
luego les recomiendo que hagan todos sus viajes acompañados por mi tío Tom. Al
llegar aquí no tuvimos que aguardar tontamente en la Sala de la Hospitalidad.
Nada más llegar se nos concedió «cortesía del puerto», con gran dolor de la
señora Royer. «Cortesía del puerto» significa que nadie registra el equipaje ni
se molesta en repasar toda la documentación: pasaporte, informe de salubridad,
permiso de seguridad, prueba de solvencia, certificado de nacimiento y otros
diecinueve formularios. En lugar de entretenemos con estos trámites absurdos,
nos condujeron desde la estación de satélites al aeropuerto espacial en la nave
privada del presidente de la Corporación. ¡Allí fuimos recibidos por el
presidente en persona, nos acomodaron en su Rolls, y así entramos como miembros
de la realeza en el Hilton Tannhauser!
El
presidente nos invitó a que nos instaláramos en su residencia oficial ―su
«quinta», que es la palabra que utilizan en Venus cuando quieren decir un
palacio ――, pero creo que en realidad no esperaba que aceptáramos. Tío Tom se
limitó a arquear burlonamente las cejas y dijo:
―Señor
presidente, no creo que le gustara que alguien pudiera acusarle de haberme
sobornado, aunque usted lo hiciera.
El
presidente no pareció ofenderse en lo más mínimo. Se echó a reír hasta que su
vientre empezó a agitarse como el de san Nicolás, al que, por cierto, se parece
mucho con su barba y sus mejillas sonrosadas. Sus ojos, sin embargo, brillan
siempre con frialdad, incluso cuando ríe.
―Senador
―replico, creí que usted me conocía mejor. Mis intentos de sobornarle serían
mucho más sutiles. Quizás a través de esta jovencita. Señorita Podkayne, ¿le
gustan las joyas?
Le
dije sinceramente que no mucho, porque siempre las pierdo. Parpadeó y se volvió
a Clark.
―¿Y
tú, hijo?
―Yo
prefiero dinero en efectivo ―respondió Clark.
El
presidente parpadeó de nuevo y no dijo nada.
El
chófer, a quien no se comunicó ninguna instrucción, nos condujo directamente a
nuestro hotel. Ésta es la razón que me hace suponer que el presidente nunca
esperó que aceptáramos su hospitalidad.
Sin
embargo ahora empiezo a comprender que para tío Tom éste no es del todo un
viaje de placer. También empiezo a captar emocionalmente un hecho que sólo
conocí intelectualmente en el pasado: tío Tom no es tan sólo el mejor jugador
de pinacle de Marsópolis, sino que a veces toma parte en otros juegos en los
que se apuesta mucho más fuerte. Debo confesar que lo que se trae entre manos
está fuera de mi alcance, a no ser el hecho, que todo el mundo conoce, de que
la conferencia de los Tres Planetas va a celebrarse muy pronto.
Pregunta:
¿Resulta concebible que tío Tom esté de algún modo involucrado en este asunto,
como consejero tal vez? Espero que no, ya que eso podría demorarle semanas y
semanas en Luna y no deseo en absoluto perder el tiempo en una pesada bola de
escoria mientras las maravillas de la Tierra me aguardan... y tal vez tío Tom
se pusiera pesado y no me dejara bajar a la Tierra sin él.
Confieso
que hubiera deseado que Clark no contestara al presidente con tanta sinceridad.
Sin
embargo, Clark no vendería a su propio tío por simple dinero. Claro que Clark
no considera el dinero como algo «simple». Hay que pensar en eso...
Pero
me sirve de consuelo saber que quien alargara la mano para sobornar a Clark
descubriría que éste no sólo se quedaba con el soborno, sino con la mano
también.
Tal
vez nuestra suite en el Tannhauser sea también un soborno. ¿La pagamos o no?
Casi me da miedo preguntárselo a tío Tom. Lo único que sé de cierto es que los
criados que nos atienden en el hotel no aceptan propinas. Ni nadie. He
estudiado cuidadosamente el tema de las propinas, tanto en el caso de Venus
como en el de la Tierra, a fin de saber qué hacer exactamente cuando llegara el
momento, y tengo entendido que todo el mundo en Venus acepta siempre propinas,
incluso los que acomodan a la gente en la iglesia y los empleados de banco.
Pero no los criados que nos han asignado. Tengo a mi servicio dos pequeñas
muñequitas de color ámbar, gemelas idénticas, que me acompañan a todas partes y
que incluso me bañarían si se lo permitiera. Hablan portugués, pero no Orto, y
en la actualidad mi portugués se limita a «oli―gato», que significa «gracias».
Me cuesta bastante trabajo explicarles que puedo vestirme y desnudarme sola y
que tampoco estoy demasiado segura de cómo se llaman, ya que las dos atienden
por «María».
Al
menos no creo que hablen Orto. También debo reflexionar sobre eso.
Venus
es oficialmente bilingüe, Orto y portugués, pero apostaría algo a que oí por lo
menos veinte idiomas durante la primera hora de nuestra estancia aquí. El
alemán suena como un hombre al que están estrangulando, el francés como una
pelea de gatos, mientras que el español parece melaza cayendo suavemente de un
jarro. El cantonés... bueno, imaginen a alguien cantando algo de Bach cuando no
le gusta la música de Bach.
Afortunadamente
casi todo el mundo entiende también Orto. Menos María y María. Si es que eso es
cierto.
Podría
prescindir del lujo de tener doncellas personales, pero debo admitir que esta
suite del hotel es toda una orgía para una chica sencilla de Marte, es decir
para mí, especialmente considerando que me paso tantas horas en ella y en ella
seguiré durante algún tiempo. El médico de la nave, el doctor Torland, me dio
muchas inyecciones especiales para Venus cuando veníamos hacia aquí ―tema
desagradable que preferí no mencionar ―, pero aún necesito muchas más antes de
que mi salud no corra peligro si salgo de la ciudad o incluso si circulo por
ésta. En cuanto llegamos a nuestra suite apareció un médico y empezó a clavarme
agujas como si estuviera jugando al ajedrez ―jaque mate en cinco movimientos ―,
y tres horas más tarde tenía docenas de ronchas a las que hay que cuidar de
modo bastante repelente.
Clark
desapareció nada más llegar y no recibió sus vacunas hasta la mañana siguiente;
no dudo que podría morirse de picor púrpura o de lo que sea, a no ser porque su
karma lo reserva indudablemente para la horca. Tío Tom se negó a que le
hicieran los tests. Ya pasó por toda esta rutina hace más de veinte años y, de
todas formas, afirma que eso de la carne mortal no es más que producto de la
imaginación.
Así
que ahora, durante unos cuantos días, no tengo otro remedio que limitarme a
vivir lujosamente en el Tannhauser. Si salgo he de llevar guantes y máscara,
incluso por la ciudad. Pero todo un muro del salón de la suite se convierte en
una pantalla estereofónica sólo con dar una orden verbal, y puedo ver en
directo o en diferido cualquier teatro o club en Venusberg. Algunos de los
espectáculos han ampliado mi sofisticación de modo increíble, en especial
cuando tío Tom no está por aquí. Empiezo a comprender que la cultura de Marte
es esencialmente puritana. Naturalmente Venus no tiene leyes en realidad, sólo
las reglas de la Corporación, y por lo visto ninguna de ellas se preocupa por
la conducta personal. A mí se me había educado de tal modo que creía que la
República de Marte era una sociedad libre... y supongo que lo es. Sin embargo,
hay libertades y libertades.
La
Corporación de Venus es propietaria de todo lo que vale la pena poseer y
controla todo lo que reporta beneficios, de tal manera que, de saberlo, los
ciudadanos de Marte sufrirían un síncope. Pero supongo que los venusianos
también sufrirían un sincope al ver lo rígidos que somos nosotros. Al menos
esta chica de Marte que tienen aquí se sonrojó por primera vez en no sé cuánto
tiempo y apagó un espectáculo que le resultaba realmente increíble.
Pero
esa enorme pantalla está muy lejos de ser el único rasgo sorprendente de la
suite. Ésta es tan grande que habría que llevarse agua y comida para explorarla
por completo y el salón es tan inmenso que no me extrañaría que incluso se
organizara en él una tormenta. Mi baño privado es casi una suite en sí, con
tantos aparatos que habría que tener un titulo superior de ingeniería antes de
arriesgarse a lavarse las manos. Pero ya he aprendido a utilizarlos todos. ¡Y
me encantan! Jamás hubiera podido imaginar que he carecido toda la vida de las
«comodidades más elementales».
Hasta
ahora mi mayor ambición a ese respecto consistía en no tener que compartir un
lavabo con Clark, porque jamás me he sentido segura de ponerme mi colonia
―regalo de Navidad ―sin comprobarla antes, por si la había cambiado por ácido
nítrico o algo incluso peor. Clark cree que un cuarto de baño es un laboratorio
de química; no le interesa demasiado mantenerse limpio.
Pero
lo más notable de nuestra suite es el piano. No, no, queridos amigos, no quiero
decir un teclado incrustado en un sistema de sonido; quiero decir un piano
auténtico. De tres patas. De Enorme. Con esa forma extraña, graciosamente
curvada, que no encaja con nada más que no puede colocarse en un rincón. La
tapa se levanta y uno puede ver que realmente tiene en su interior y una
maquinaria muy compleja para funcionar.
En
todo Marte, creo, sólo hay cuatro pianos auténticos: el del museo, en el que
nadie toca y que probablemente no funciona; el de la Academia Lowell, que ya no
tiene un arpa en su interior, sólo conexiones metálicas que lo convierten en un
piano tan vulgar como todos; el de la Casa Rosa (¡como si un presidente tuviera
tiempo alguna vez para tocar el piano!); y el del Salón de Bellas Artes, en el
que sí tocan los artistas que vienen de visita, aunque yo nunca lo he oído. No
creo que haya otro o lo habrían anunciado a bombo y platillo en las noticias,
¿no creen?
Éste
fue fabricado por un hombre llamado Steinway, y sin duda le costó toda una
vida. Toqué en él Palillos chinos ―la mejor pieza de mi limitado repertorio
hasta que el tío me pidió que lo dejara. Entonces lo cerré, porque había visto
que Clark se estaba interesando por la maquinaria interior. Tuve el buen
cuidado de advertirle, con dulzura pero con toda firmeza, que si lo tocaba con
un solo dedo yo le rompería todos los demás mientras durmiera. Aparentó no
escucharme, pero sabe muy bien que hablo en serio. Ese piano es sagrado para
las musas y no va á ser destrozado por nuestro joven Arquímedes.
No
me importa lo que digan los ingenieros en electrónica; hay una enorme
diferencia entre un «piano» y un piano auténtico. No me importa que sus
estúpidos osciloscopios demuestren que el sonido es idéntico. Es la misma
diferencia que hay entre llevar ropas de abrigo y sentarte en el regazo de
papá, enroscarte y sentirte realmente calentita.
Claro
que no he estado presa todo el tiempo. He ido al casino con Girdie y con Dexter
Cunha, que es el hijo del presidente de la Corporación Kurt Cunha. Girdie nos
abandona aquí, pues va a quedarse en Venus, y eso hace que me sienta triste.
Estábamos
sentadas a solas en nuestro salón palaciego. Girdie se aloja en este mismo
hotel, en una habitación no muy distinta ni mucho mayor que su camarote en el
«Tricornio», y supongo que soy lo bastante mezquina por haber deseado que viera
el lujo que estábamos disfrutando. Di como excusa que la necesitaba para que me
ayudara a vestir. Porque ahora llevo, ¡qué horror!, soportes. Soportes en arco
en los zapatos y cosas que me aprietan por aquí y por allá con la intención de
evitar que me extienda como una ameba (y no diré cómo los llama Clark porque mi
hermano es un grosero, un bárbaro sin refinamiento).
Aborrezco
estos soportes. Pero al 84 por 100 de una ciudad estándar los necesito a pesar
de todo el ejercicio que hice en la nave. Sólo esto ya es razón suficiente para
no vivir en Venus ni en la Tierra, aunque fueran tan encantadoras como Marte.
Girdie
me ayudó a ponerme los soportes ―en primer lugar fue ella quien me los compró
―, pero también me obligó a cambiarme todo el maquillaje, que yo había copiado
cuidadosamente del último ejemplar de «Afrodita». Me miró y dijo:
―Ve
a lavarte la cara, Poddy. Entonces empezaremos de nuevo.
Fruncí
el ceño y repliqué:
―No
quiero.
Lo
primero que había advertido era que todas las mujeres de Venus llevaban tanta
pintura como el piel roja que le dispara al bueno en las películas del oeste
que vemos en la tele. (Incluso María y María llevan para trabajar el triple de
maquillaje que usa mi madre para una recepción oficial... y mi madre no lleva
nada cuando está trabajando.)
―Poddy,
Poddy, sé buena chica.
―Soy
buena chica. Lo más correcto es copiar las costumbres de la localidad. Eso lo
aprendí cuando no era más que una niña. Y ¡mírate tú en el espejo!
Girdie
llevaba un maquillaje facial por todo lo alto, como cualquier modelo de la
revista.
―Ya
me he visto. Pero yo te doblo la edad... y un poco más, y nadie espera de mí
que me muestre joven, dulce e inocente. Sé siempre como eres, Poddy. No trates
de simular nunca. Fíjate en la señora Grew. Es una mujer vieja y gruesa y que
se viste para ir cómoda. No es una chismosa y resulta muy agradable tenerla
cerca.
―¿Es
que quieres que parezca una turista?
―Quiero
que parezcas tú misma, Poddy. Vamos, querida, llegaremos a un buen término
medio. Te concedo que incluso las chicas de tu edad llevan aquí más maquillaje
que las mujeres maduras de Marte. Vamos a ceder las dos un poquito. En vez de
pintarte como una ramera de Venusberg, haremos que parezcas una jovencita de
buena familia y educación, que ha viajado mucho y está habituada a toda suerte
de costumbres y estilos, tan segura de sí misma que sabe lo que mejor le
conviene sin dejarse influir por las extravagancias de la localidad.
Debo
admitir que Girdie es una artista. Empezó como con un lienzo en blanco y me
trabajó durante más de una hora; cuando terminó, nadie habría podido adivinar
que iba maquillada.
Pero
he aquí lo que se veía: yo parecía por lo menos doce años mayor ―años
auténticos, años marcianos, o sea unos seis años de Venus ―, mi rostro era más
delgado, la nariz algo respingona, y toda yo tenía un aire ligeramente mundano,
de un modo dulce y tolerante. Mis ojos eran enormes.
―¿Satisfecha?
―preguntó.
―¡Soy
hermosa!
―Sí,
lo eres. Porque sigues siendo Poddy. Lo único que yo he hecho ha sido pintar la
Poddy que serás algún día. Y dentro de poco, además.
Mis
ojos se llenaron de lágrimas que ella tuvo que enjugar a toda prisa y reparar
el daño.
―Ahora
―dijo alegremente ― todo lo que necesitamos es un club. Y tu máscara.
―¿Para
qué el club? Y, por supuesto, no voy a ponerme una máscara encima de todo esto.
―El
club es para que puedas darte la satisfacción de rechazar a los ricos
accionistas que se arrojarán a tus pies. Y te pondrás la máscara o no iremos.
Quedamos
en un término medio. Me pondría la máscara hasta que llegáramos allí, y Girdie
repararía todos los desperfectos que hubiera sufrido mi rostro. Aparte, se
comprometía a darme todas las clases necesarias hasta que fuera capaz de
maquillarme de un modo tan encantador.
En
los casinos no hay peligro, al menos eso se supone. No sólo se filtra y
acondiciona el aire sino que se regenera constantemente, librándole de todo
resto de polen, virus, suspensión coloidal o lo que sea. Han de hacerlo, porque
a muchos turistas no les gusta verse obligados a cargar con toda esa larga
lista de inmunizadores realmente imprescindible para vivir en Venus, y la
Corporación no desea que los turistas se vayan sin haberlos exprimido bien. Por
ello en los hoteles y casinos se disfruta de plena seguridad y, además, los
turistas pueden adquirir de la Corporación una póliza de seguro de enfermedad
por un precio muy moderado; luego descubren que en cualquier momento pueden
canjear de nuevo esa póliza por dinero para jugar. Tengo entendido que la Corporación
no se ha visto obligada a pagar ni una de esas pólizas.
Venusberg
ataca la vista y el oído aunque circules por ella en el interior de un taxi. Yo
creo firmemente en la empresa libre, como cualquier ciudadano de Marte. Para
nosotros es artículo de fe y la razón principal de que no quisiéramos aliarnos
con la Tierra (venciendo en la votación por quinientos a uno). Pero la empresa
libre no es razón suficiente para que traten de dejarte sorda y ciega cada vez
que sales de casa. Las tiendas no se cierran nunca ―yo creo que no hay nada que
se cierre en Venusberg ― y los anuncios a todo color y sonido estereofónico se
te meten en el taxi, se te sientan encima, te ensordecen... No me pregunten
cómo llega a producirse este efecto horrible. El ingeniero que lo inventó debió
de largarse luego volando en su propia escoba.
Una
especie de diablo rojo de un metro de altura apareció, sin que yo viera el
menor indicio de un televisor, entre nosotras y la partición que nos separaba
del conductor y empezó a amenazarnos con el tenedor: «¡Acostúmbrese a beber
Hi―llo!», gritaba. «¡Todo el mundo bebe Hi―Ho! Es suave, crea hábito y es
¡delicioso! ¡Anímese con Hi―llo!»
Me eché
atrás contra los almohadones.
Girdie
habló por teléfono con el chófer:
―Por
favor, apague eso.
Lo
bajó hasta reducirlo a un fantasma de color rosa y sus gritos a un susurro,
mientras contestaba:
―No
puedo, señora. Son los que tienen la concesión. ―Y el diablo y el escándalo
retornaron en toda su potencia.
También
aprendí algo sobre las propinas. Girdie sacó dinero del bolso; enseñó un
billete. Como nada sucediera, añadió otro. Imagen y sonido se redujeron de
nuevo. Pasó los billetes al chófer por una ranura y ya no sufrimos más
molestias. Bueno, claro, el fantasma transparente del diablo rojo seguía
viéndose, y oyéndose el susurro de su voz, hasta que los reemplazó otro anuncio
también de imagen y sonido muy débiles... pero podíamos hablar. Los anuncios
gigantescos de las calles por las que circulábamos aún eran más escandalosos y
mareantes. Me resultaba difícil comprender que el chófer pudiera ver, oír o
conducir, sobre todo porque el tráfico era extraordinariamente denso y rápido
(como para darte un infarto) y el hombre seguía cortándolo y metiéndose por una
y otra calle, subiendo y bajando como si estuviéramos tratando de ganarle a la
muerte su camino hacia el hospital.
Para
cuando nos detuvimos en seco sobre el tejado del Casino Don Pedro me figuro que
la muerte no iba ni un paso atrás.
Mas
tarde supe por qué conducen así. El chófer es empleado de la corporación, como
casi todo el mundo, pero es un «empleado de empresa», es decir que no trabaja
por un sueldo fijo. Para cumplir con su cupo ha de hacer cada día una
determinada cantidad de viajes cuyo valor se lo lleva la Corporación. Cuando ha
cumplido ese determinado número de kilómetros que tiene fijado, se parte con la
Corporación los ingresos de los demás viajes de1 resto del día. Así que conduce
como un loco para cumplir el cupo lo antes posible y empezar a ganar dinero
para si mismo... y luego sigue conduciendo a toda prisa porque quiere aumentar
sus ganancias mientras el negocio marcha.
Tío
Tom dice que la mayor parte de las gentes de la Tierra trabajan según un
acuerdo muy semejante a éste, sólo que allí se hace por años y le llaman
impuestos.
En
Xanadú, Kubilay Kan
creó
una casa fastuosa para el placer...
―Así
es el Casino Don Pedro. Lujoso. Hermoso. Exótico. En el arco sobre la entrada
se lee en un anuncio: «Todas las diversiones del universo conocido» y, por lo
que he oído, puede que sea verdad. Sin embargo, lo único que Girdie y yo
visitamos fueron las salas de juego.
¡Nunca
había visto tanto dinero en toda mi vida!
Antes
de entrar en la sección del juego había otro anuncio:
¡HOLA,
AMIGO!
Todos
los juegos son honrados.
En
todos los juegos tiene un porcentaje la casa.
¡Usted
NO PUEDE ganar!
Así
que entre y diviértase...
mientras
nosotros nos aprovechamos.
Se
aceptan cheques. Se admiten todas las
tarjetas
de crédito. Desayuno y viaje gratuito
hasta
su hotel cuando se quede sin blanca.
su
anfitrión
DON
PEDRO
―Girdie,
¿existe realmente alguien que se llame don Pedro? ―pregunté.
Se
encogió de hombros.
―Es
un empleado y ése no es su auténtico nombre. Pero tiene el aspecto de un
emperador. Ya te lo indicaré. Puedes conocerle si quieres y te besará la mano,
si es que te gustan esas cosas. Vamos.
Me
dirigió hacia las mesas de ruleta mientras yo trataba de verlo todo a la vez.
Era como estar en el interior de un caleidoscopio. Personas maravillosamente
vestidas (empleados sobre todo), personas vestidas de modos muy diversos, desde
trajes de etiqueta hasta pantalones cortos (turistas sobre todo), luces
brillantes, música sincopada, golpeteos, tintineos, chasquidos, hermosos
tapices, guardias armados con uniforme de opereta, bandejas de comida y bebida,
emoción y dinero por todas partes...
Repentinamente
me detuve en seco y Girdie también. Mi hermano Clark estaba sentado ante una
mesa inclinada en la que una dama muy hermosa iba entregando cartas. Delante de
él se apilaban varios montones de fichas y una cantidad impresionante de
billetes.
No
debería de haberme sorprendido tanto. Si ustedes creen que a un niño de seis
años (o de dieciocho, si contamos como ellos) no van a permitirle jugar en
Venusberg, entonces es que no han estado en Venus. Nada importa lo que nosotros
hagamos en Marsópolis; aquí sólo hay dos requisitos para jugar: estar vivo y
tener dinero. Nadie tiene por qué hablar portugués, ni Orto, ni ningún idioma
conocido. Mientras sepa asentir, guiñar, gruñir o alzar una ceja, se aceptan
las apuestas. Y la camisa del jugador también.
No,
no debería de haberme sorprendido. Clark corre directamente hacia el dinero
como el hierro se precipita hacia un imán. Ahora comprendí dónde se había
metido la primera noche y dónde había pasado la mayor parte del tiempo desde
entonces.
Me
acerqué y le toqué en el hombro. Sin que él hiciera el menor gesto, un hombre
apareció de pronto a mi lado como el genio de la lámpara y me agarró del brazo.
Clark se volvió al fin y dijo:
―Hola,
hermanita. Está bien, Joe, es mi hermana.
―¿Qué
está bien? ―preguntó el hombre con aire suspicaz y sin soltarme.
―Claro,
claro. Es inocente. Poddy, éste es Josie Mendoza, guardia de la compañía que he
alquilado para esta noche. ¡Hola, Girdie! ―La voz de Clark se tomó de pronto
entusiasta. Pero aún tuvo serenidad para añadir ―: Joe, ocupa mi asiento y
vigila el dinero. Girdie, ¡esto es magnífico! ¿Vas a jugar al bacará? puedes
ocupar mi sitio.
(Debía
de ser el amor, queridos amigos. O bien estaba muy enfermo.)
Ella
le explicó que se proponía jugar a la ruleta.
―¿Quieres
que venga a ayudarte? ―preguntó Clark ansiosamente ―. También soy bastante
bueno en eso.
Girdie
le dijo amablemente que no necesitaba ayuda porque tenía un sistema y le
prometió verle más tarde esa misma noche. Girdie es absurdamente paciente con
Clark. Yo ya le habría... Pero, pensándolo bien, también es absurdamente
paciente conmigo.
Si
Girdie tiene un sistema para la ruleta, esa noche le falló. Encontramos dos
sillas juntas y ella intentó darme unas cuantas fichas. Yo no quería jugar y se
lo dije; entonces me explicó que debería quedarme de pie si no jugaba.
Considerando lo que supone para mis pobres pies el 84 por 100 de la unidad
estándar de masa, compré unas cuantas fichas e hice exactamente lo que hacía
ella, que era colocar apuestas mínimas en los colores, o en pares o nones. De
este modo ni se gana ni se pierde, excepto de vez en cuando, en el instante en
que la pequeña bolita aterriza en cero y se pierde sin remisión (es el
«porcentaje de la casa» que advertía el letrero de la entrada).
El
crupier veía perfectamente lo que hacíamos, pero en realidad estábamos jugando
y cumpliendo las reglas de la casa, así que no puso objeciones. Casi
inmediatamente descubrí que las bandejas de comida y bebida que se pasaban
entre los clientes eran absolutamente gratis... para cualquiera que estuviera
jugando. Girdie tomó un vaso de vino. Yo no toco jamás las bebidas alcohólicas,
ni siquiera en los cumpleaños, y desde luego no iba a probar el «Hi―Ho» después
de aquel anuncio tan odioso. Comí un par de emparedados y pedí, y me sirvieron
aunque tuvieron que ir a buscarlo, un vaso de leche. Para dar la propina me
fijé mucho y copié la que diera Girdie.
Llevábamos
allí más de una hora y tal vez habría ganado tres o cuatro fichas, cuando me
incorporé por casualidad en mi asiento y volqué el vaso que un hombre que
estaba en pie a mis espaldas tenía en la mano. Bueno, se lo derramé casi todo
por encima de él y parte sobre mi.
―¡Oh,
señor! ―dije saltando del asiento y tratando de secar las manchas con mi
pañuelo. ¡Cuantísimo lo siento!
Se
inclinó.
―No
tiene la menor importancia. No es más que soda. Pero me temo que mi torpeza
habrá estropeado el traje de la señora.
Hablando
casi sin mover los labios Girdie me susurró: «¡Cuidado, nena!», pero yo
contesté:
―¿Este
vestido? ¡Oh! Si no era más que agua, no habrá una arruga ni una mancha dentro
de diez minutos. Son ropas de viaje.
―¿Es
usted una turista que visita nuestra ciudad? Permítanme que me presente
oficialmente y no solo empapándola hasta los huesos.
Sacó
una tarjeta. Girdie ponía mala cara, pero a mí me gustaba su aspecto. Hubiera
dicho en realidad que no era mucho mayor que yo (le calculé doce años de Marte,
o sea treinta y seis de aquí, y resultó que sólo tenía treinta y dos). Iba
vestido con el traje de etiqueta de Venus, tan elegante, con la capa, el bastón
y la gorguera, y unos bigotes encerados de lo más encantador.
La
tarjeta decía: DEXTER KURT CUNHA, S. T. K. La leí, volví a leerla y dije:
―Dexter
Kurt Cunha... ¿Es usted pariente de...?
―Es
mi padre.
―¡Vaya,
si yo conozco a su padre! ―y extendí la mano.
¿Alguna
vez les han besado la mano? Un escalofrío emocionante sube por el brazo, por el
hombro, y baja por el otro brazo. Es algo que nadie hace jamás en Marte, una
omisión terrible en nuestro planeta que me propongo corregir, aunque tenga que
sobornar a Clark para que instituya la costumbre.
En
cuanto nos hubimos presentado Dexter me animó a que le acompañara a cenar y a
bailar en la terraza. Pero Girdie se mostró firme:
―Señor
Cunha ―dijo ―, su tarjeta de visita es preciosa. Pero soy responsable de
Podkayne ante su tío y preferiría ver su tarjeta de identidad.
Por
una milésima de segundo pareció enojado. Luego le sonrío cálidamente:
Puedo
hacer algo mejor ―dijo, y extendió la mano. El caballero más anciano e
impresionante que he visto en la vida acudió a toda prisa hacia nosotros. Por
las medallas que en el pecho yo diría que había ganado todas las competiciones
desde que iba a la escuela primaria. Su aspecto era regio, y su traje
increíble.
―¿Si,
señor accionista?
―Don
Pedro, ¿quiere identificarme ante estas señoras?
―Con
mucho gusto, señor.
De
modo que Dexter era realmente Dexter, y volvió a besarme. Don Pedro lo hizo
también con un gran floreo, pero no causó el mismo efecto ni mucho menos... No
creo que ponga el corazón en ello, como Dexter.
Girdie
insistió en que nos detuviéramos a recoger a Clark, y este sufrió un horrible
ataque de esquizofrenia espontánea, ya aún estaba ganando. Pero el amor venció
al fin y Girdie salió del brazo de Clark mientras Josie nos seguía con el
botín. Debo decir que admiro a mi hermano en cierto modo; tener que gastar
dinero para proteger sus ganancias debe haber supuesto un conflicto aún más
profundo para su espíritu, si es que lo tiene, que dejar la mesa de juego
mientras todavía seguía ganando.
El
restaurante se halla en la denominada Sala Brasilia, cuya terraza es todavía
más espléndida que el casino; su techo es como una noche estrellada incluso con
la Vía Láctea y la Cruz del Sur como nadie en la historia las ha visto jamás
desde ningún punto de Venus. Los turistas aguardaban su turno para entrar ante
una cinta de terciopelo. Nosotros no; todo se limitó a un: «Por aquí, si me
hace el favor señor accionista», y nos llevaron hasta una mesa elevada justo al
lado de la pista de baile y frente a la orquesta, con una vista perfecta del
espectáculo.
Bailamos
y tomamos muchas cosas de las que yo nunca había oído hablar. Dejé que me
sirvieran una copa de champagne pero no intenté beberla porque las burbujas se
me subían por la nariz... Estaba deseando tomar un vaso de leche, o al menos
agua, porque gran parte de la comida estaba muy cargada de especias, pero no lo
pedí.
Sin
embargo, Dexter se inclinó hacia mí y dijo:
―Poddy,
mis espías me dicen que te gusta la leche.
―¡Sí!
―Y a
mi también. Pero soy demasiado tímido para pedirla a menos que tenga a alguien
como excusa.
Alzó
un dedo e instantáneamente aparecieron dos vasos de leche.
Pero
observé que él apenas tocaba el suyo.
Sin
embargo, hasta más tarde no comprendí que me había dejado engañar. Una cantante
que tomaba parte en el espectáculo, una muchacha morena, alta y hermosa,
vestida como una gitana (si es que los gitanos se vistieron alguna vez de ese
modo, cosa que dudo, aunque a ella la anunciaban como «La Rosa de Rumania») fue
pasando junto a las mesas que bordeaban la pista de baile entonando una canción
popular en la que intercalaba algunas estrofas oportunas.
Se
detuvo ante nosotros; sonriendo, me miró a los ojos, tocó un par de acordes y
cantó:
Poddy
Fries vino a la ciudad
la
bonita y simpática Poddy,
con
zapatitos plateados y un traje azul cielo,
la
encantadora y querida Podkayne.
Ella
ha cruzado el espacio estrellado.
¡Brindemos
de nuevo!
Dexter
tiene suerte y nosotros también.
¡Brindemos
por Poddy!
Todo
el mundo prorrumpió en aplausos, Clark se puso a palmear en la mesa y La Rosa
de Rumania me hizo una reverencia. Yo me cubrí el rostro con las manos y empecé
a llorar, hasta que recordé que no debía hacerlo o se me correría el maquillaje
y me sequé los ojos con la servilleta confiando en no haberlo estropeado mucho.
De pronto aparecieron en la sala cubos de plata con botellas de champagne y
todo el mundo brindó por mí, poniéndome en pie cuando Dexter se levantó entre
un silencio repentino iniciado por un redoble de tambores y un crescendo final
de la orquesta.
Yo
me había quedado sin habla, y lo único que podía hacer era seguir sentada, y
tratar de sonreír cuando él me miraba.
Dexter
apuró su copa y la estrelló contra el suelo, lo mismo que en los cuentos; todos
le imitaron y durante unos momentos sólo se oyó e estallido de los cristales en
toda la sala y yo me sentí como Ozma en el instante en que deja de ser Tip para
volver a ser Ozma. ¡Y tuve que esforzarme por recordar mi maquillaje!
Más
tarde, cuando ya me sentí de nuevo con el estómago en su sitio y pude
levantarme sin temblar, bailé con Dexter otra vez. Es un bailarín maravilloso y
te lleva con toda firmeza sin convertir la danza en una lucha libre. Durante un
vals lento le dije.
―Dexter,
tiraste el vaso de soda a propósito, ¿no es así?
―Sí,
¿cómo lo sabes?
―Eso
no importa. Pero estoy cada vez más segura de que no fue un accidente.
Se
limitó a sonreír y no parecía en absoluto avergonzado.
―Sólo
en parte. La verdad es que fui a tu hotel y me llevó casi media hora descubrir
con quién habías salido y hacia dónde. Me puse furioso porque sé que papá iba a
enojarse muchísimo. Pero te encontré.
Medité
en sus palabras y no me gustó lo que implicaban:
―Entonces
lo has hecho todo porque tu papá te lo ordenó. Te dijo que estuvieras muy
amable conmigo porque soy la sobrina de tío Tom.
―No,
Poddy.
―¿Que
no? Será mejor que compruebes los circuitos de nuevo. Porque eso es lo que
dicen los números.
―No,
Poddy. Papá nunca me ordenaría que tratara de entretener a una señora, aparte
de una recepción oficial en nuestra quinta, ofrecerle el brazo para llevarla al
comedor, ya sabes, todas esas cosas. Se limitó a enseñarme una fotografía tuya
y a preguntarme si quería ocuparme de ti. Y yo decidí que sí quería. Pero la
fotografía no era demasiado buena, no te hacía justicia.
(Decidí
que debía hallar el modo de librarme de María y María. Una muchacha necesita
saberse segura de su aislamiento, aunque esta vez no había resultado demasiado
mal.)
Pero
él seguía hablando.
―Cuando
te encontré casi no te reconocí. Estabas mucho más hermosa que en la
fotografía. Casi no me atreví a presentarme. Entonces tuve la maravillosa idea
de convertirlo en un accidente. Me situé a tus espaldas con el vaso de soda
casi rozándote el codo esperando que al volverte lo vertieras. Hube de esperar
tanto tiempo que el agua no tenía ya ni burbujas y cuando te moviste fue con
tal suavidad que yo mismo hube de verterlo para que pareciera un accidente y
poder disculparme del modo adecuado.
Su
sonrisa era capaz de desarmar a cualquiera.
―Comprendo
―dije ―, pero mira, Dexter, probablemente la fotografía era muy buena. Éste no
es mi propio rostro.
Le
expliqué todo lo que había hecho Girdie. Se encogió de hombros.
―Entonces
lávatelo algún día en mi honor para que pueda ver a la auténtica Poddy. Estoy
seguro que la reconoceré. Mira, querida, la verdad es que el accidente fue sólo
un fraude a medias. Estamos empatados.
―¿Qué
quieres decir?
―Me
bautizaron Dexter, es decir, «diestro», por el nombre de mi abuelo materno.
Cuando descubrieron que yo era zurdo se les presentó un problema: o cambiaban
mi nombre por el de Sinister, lo cual no suena demasiado bien, o corregían mi
tendencia a hacerlo todo con la izquierda. Sin embargo tampoco esto resultó, e
hizo de mí el ser más torpe y desmañado de los tres planetas. ―¡Y eso me lo
decía mientras nos marcábamos un paso dificilísimo!―. Siempre estoy derramando
cosas y tropezando con todo. Se me puede seguir la pista por el ruido de las
cosas que rompo. Para mí, el problema no era forzar el accidente, sino evitar
que el vaso se volcara hasta el instante preciso. ―Sonrió con aquella sonrisa
tan descarada ―. Estoy muy orgulloso de haberlo conseguido. Ahora bien, el que
trataran de hacerme diestro consiguió otra cosa de mí. Me hizo un rebelde... y
creo que tú lo eres también.
―Quizá.
―Desde
luego yo sí lo soy. Todos esperan de mi que llegue a ser algún día presidente
de la Corporación como mi padre y mi abuelo. Pero no lo haré. ¡Voy a ir al
espacio!
―¡Oh,
yo también!
Dejamos
de bailar y empezamos a hablar de los vuelos espaciales. Dexter se propone ser
un capitán explorador, exactamente como yo. No llegué a admitir plenamente en
su presencia todo lo que incluían mis planes; al tratar con un hombre nunca da
buenos resultados el permitirle que sepa que tu crees poder hacer exactamente
lo mismo que él, o más aún, e incluso mejor. Pero Dexter se propone ir a
Cambridge a estudiar paramagnética y mecánica Davis, a fin de estar preparado
cuando se construyan las primeras naves realmente estelares. ¡Cielos!
―Poddy,
tal vez podamos hacerlo juntos. Hay muchos puestos para mujeres en las naves
estelares.
Le
dije que así era, sí.
―Pero
hablemos de ti, Poddy. En realidad lo que me atrajo no fue que estuvieras mucho
más guapa que en la fotografía.
―¿No?
―Me sentía ligeramente desilusionada.
―No.
Mira. Conozco toda tu historia. Sé que has vivido siempre en Marsópolis. En
cuanto a mí, he estado en todas partes. Me enviaron a la Tierra a estudiar;
hice el Gran Viaje mientras estaba allí; también he estado en Luna, por
supuesto; y conozco toda Venus.. ― y Marte. Estuve allí cuando tú eras una niña
muy pequeña, y ojalá te hubiera conocido entonces.
―Gracias.
―Empezaba a sentirme como un pariente pobre.
―Así
que sé exactamente hasta qué punto es espantosamente vulgar Venusberg y la
impresión que supone para los que la visitan por primera vez, especialmente
para alguien educado en lugar tan encantador y civilizado como Marsópolis.
¡Oh!, quiero mucho a mi ciudad natal, desde luego, pero sé lo que es. He estado
en otros lugares. Mírame, Poddy: lo que más me impresionó de ti fue tu aplomo.
―¿Mi
aplomo?
Ese
sorprendente y perfecto saber hacer en circunstancias necesariamente habían de
resultarte extrañas. Tu tío ha estado en todas partes y Girdie también, según
imagino. Pero muchos extraños aquí, y mujeres mayores que tú, pierden por
completo la cabeza al advertir la vida relajada de Venusberg y se comportan de
un modo horrible. Sin embargo, tú te conduces como una reina.
(Me
gustaba este hombre. Definitivamente. Después de años y años de «¡quítate de en
medio, idiota!», supone mucho para una mujer el que le digan que tiene saber
hacer. Ni siquiera me detuve a preguntarme si Dexter se lo diría a todas. ¡No
quería saberlo!)
No
nos quedamos mucho tiempo más. Girdie dejó bien claro que yo necesitaba mi
«sueño de belleza», de modo que Clark volvió a su mesa de juego y Dexter nos
llevó al Tannhauser en el Rolls de su papá o tal vez el suyo propio, no lo sé
―, nos besó ceremoniosamente la mano y nos dejó.
Yo
había estado preguntándome si intentaría despedirse de mí con un «besito de
buenas noches» y estaba decidida a cooperar; pero no lo intentó. Tal vez no sea
la costumbre en Venusberg. No lo sé.
Girdie
subió conmigo porque yo quería charlar. Me eché en un diván y exclamé:
―¡Oh,
Girdie, ha sido la noche más maravillosa de mi vida!
―Tampoco
ha sido mala para mí ―dijo serenamente ―. Desde luego no me supone
inconveniente alguno el haber conocido al hijo del presidente de la
Corporación. ―Y a continuación me anunció que se quedaba en Venus.
―Pero;
¿por qué, Girdie? ―pregunté realmente sorprendida.
―Porque
estoy arruinada, querida. Necesito un empleo.
―¿Tú?
Pero si eres rica. Todo el mundo lo sabe.
Sonrió:
―Era
rica, querida. Pero mi último marido acabó con todo. Un tipo optimista y, como
compañía, insuperable, pero que no era exactamente el hombre de negocios que él
imaginaba. De modo que Girdie tiene ahora que decidirse y ponerse a trabajar. Y
para eso Venusberg es mejor que la Tierra. Allá no sería más que la clásica
invitada crónica de mis viejos amigos, un parásito que soportarían hasta que se
hartaran de mí o hasta que alguno de ellos me diera un empleo por pura
misericordia, ya que no sé hacer nada. O bien caería en el fondo y tendría que
cambiarme de nombre. Aquí a nadie le importa y siempre hay un empleo para quien
quiere trabajar. Yo no bebo ni juego, así que Venusberg me sirve como anillo al
dedo.
―Pero
¿qué harás? ―Me resultaba difícil imaginarla como algo distinto de la muchacha
cuyas fiestas y diversiones eran conocidas incluso en Marte.
―Espero
trabajar como crupier. Son los que ganan los sueldos más elevados y me he
estado preparando para ello. He hecho prácticas en el bacará y en la ruleta,
aunque probablemente habré de empezar a trabajar como cambista.
―¿Cambista?
¡Girdie! ¿Te vestirías de ese modo?
Se
encogió de hombros.
―Mi
figura no está nada mal y soy muy rápida para contar el dinero. Es un trabajo
honrado, Poddy; tiene que serlo. Esas chicas que se encargan del cambio suelen
llevar enormes sumas en la bandeja.
Decidí
que había metido la pata y me callé. Supongo que es posible sacar a una chica
de Marsópolis, pero no se puede sacar del todo a Marsópolis de una chica. Esas
cambistas no llevan prácticamente nada encima más que las bandejas cargadas de
dinero, pero desde luego era un trabajo honrado y Girdie tiene una figura que
volvía locos a todos los oficiales del «Tricornio». Estoy segura de que habría
podido casarse con cualquiera de los solteros asegurándose así el porvenir sin
el menor esfuerzo.
¿No
es más honrado trabajar? Y si es así, ¿por qué no había de capitalizar sus
bazas?
Me
besó, se despidió de mi y me ordenó que me fuera enseguida a la cama y a
dormir. La obedecí pero de dormir, nada. Bueno no sería cambista mucho tiempo,
pronto trabajaría como crupier vestida con un hermoso traje de noche y
ahorrando el sueldo y las propinas algún día sería una accionista ―por lo menos
dueña de una acción ―, que es todo cuanto uno necesita apara asegurarse la
vejez en la Corporación de Venus. Y yo vendría visitarla cuando fuera famosa.
Me
pregunté si no podría pedirle a Dexter que hablara en su favor a don Pedro.
Y
entonces empecé a pensar en Dexter...
Sé
que esto no puede ser amor. Estuve enamorada una vez, y esto es completamente
distinto. Porque duele.
Por
eso mismo resulta maravilloso.
9
He
sabido que Clark ha estado negociando para venderme (en el mercado negro, por
supuesto) a uno de esos concesionarios que envían esposas a los coloniales con
contratos en la selva. O eso dicen. Ignoro la verdad, pero hay rumores.
¡Lo
que me enfurece es que me ofrezca a un precio absurdamente bajo!
La
verdad es que esto me convence de que no se trata más que de un rumor
cuidadosamente planeado por el mismo Clark con objeto de enfurecerme porque,
aunque no dudo que Clark sería capaz de venderme como esclava, de entregarme
por dinero a una vida vergonzosa, si con ello pudiera salir adelante, estoy
segura de que sacaría de ese trato infame más dinero que nadie. Eso es
irrefutable.
Lo
más probable es que esté sufriendo la reacción emocional normal y grave por
haberse franqueado y mostrado casi humano conmigo la otra noche, y ha creído
necesario contrarrestarlo con este rumor con objeto de volver a situar nuestras
relaciones a su estado normal de saludable guerra fría.
Realmente
no creo que pudiera llevar a cabo sus propósitos, ni siquiera en el mercado
negro, porque no tengo ningún contrato con la Corporación y, aun en el caso de
que él falsificara uno, siempre podría yo arreglármelas para enviar un recadito
a Dexter, y Clark lo sabe. Girdie me dice que ese mercado negro de las esposas
se abastece sobre todo con las chicas cambistas o las empleadas y camareras de
los hoteles que no han podido conseguir un marido en Venusberg, donde los
hombres escasean, y están dispuestas a cooperar en su venta y verse enviadas
allá donde escasean las mujeres con objeto de librarse de sus contratos. A
ellas no les importa y la Corporación no se da por enterada del asunto.
La
mayoría de las que aceptan ese trabajo son, naturalmente, las solteras
inmigrantes, y nada más desembarcar. Los concesionarios pagan su billete y
luego les sacan todo el dinero que pueden a las mismas mujeres y a los mineros
o rancheros, a quienes las asignan mediante contrato. Y todos contentos.
No
es que yo lo entienda. La verdad es que no entiendo nada acerca de este
planeta. No hay leyes, sólo reglas de la Corporación. ¿Que uno se quiere casar?
Pues busca a alguien que afirme ser sacerdote o predicador y hace que se
celebre una ceremonia a su gusto aunque eso no convierte la boda en una
situación legal porque no es un contrato con la Corporación. ¿Que quiere el
divorcio? Pues hace la maleta y se larga, dejando o no una nota. ¿La
ilegitimidad? Jamás han oído hablar de ella. Un bebé es un bebé y la
Corporación no dejará que pase necesidad porque ese niño crecerá y podrá
trabajar, y Venus ha andado siempre escasa de mano de obra. ¿Poligamia?
¿Poliandria? ¿A quién importa? No a la Corporación, desde luego.
¿Asalto
personal? No lo intenten en Venusberg; es la ciudad que cuenta con más policía
en todo el sistema. El crimen y la violencia son malos para los negocios. Yo no
me arriesgaré sola por ciertos distritos de Marsópolis, por mucho que quiera y defienda
a mi ciudad, porque algunos de los viejos criminales y renegados están medio
locos y no son del todo responsables. Pero sí puedo circular tranquilamente por
todas partes en Venusberg; el único asalto al que hay que temer es el de los
supervendedores.
(La
selva es otra cuestión. No tanto por la gente en sí sino porque su mismo
ambiente es letal, y siempre hay el peligro de encontrarse con un veneno ―uno
de esos seres extraños y no humanos ― que haya tomado un grano de polvo de la
felicidad. Hasta esas pequeñas hadas que vuelan por allí se convierten en
vampiros sedientos de sangre si aspiran el polvo de la felicidad.)
¿Asesinato?
Eso sí que es una gravísima violación de las reglas. A quien lo comete se le
retiene la paga durante años y para compensar el poder adquisitivo de la
víctima a lo largo de todo el tiempo que hubiera podido trabajar y su valor
putativo ante la Corporación, todo ello calculado por actuarios compañía que,
como es sabido, no tienen corazón, sólo bombas de helio líquido. De modo que si
ustedes están pensando matar a alguien en Venus, no lo hagan. Llévenselo con a
otro planeta donde el crimen sea una cuestión social lo que harán será
ahorcarles o algo así. No hay futuro para el crimen en Venus.
En
Venus no hay más que tres clases de personas: los accionistas, los empleados, y
todo el resto formado por: empleados de accionistas (la ambición de Girdie),
empleados de empresa, conductores de taxi, rancheros, prospectores, algunos
tenderos, y, naturalmente, futuros empleados: los niños que van a la escuela. Y
hay turistas, claro, pero los turistas no son personas, son más bien como los
novillos en un corral de ganado: una partida en el activo que hay que tratar
con gran consideración pero sin piedad.
Cualquiera
que venga aquí desde otro planeta puede ser turista durante una hora o durante
toda su vida... mientras le dure el dinero, claro. Sin visados, sin reglas de
ninguna clase, todo el mundo es bien acogido en Venus. Pero hay que tener el
billete de regreso que no puede canjear por dinero hasta después de haber
firmado un contrato con la Corporación. Y no sé sí ustedes lo harían, pero yo
no.
Sin
embargo aún sigo sin comprender cómo funciona el sistema. Tío Tom ha sido muy
paciente al explicármelo, pero él dice que tampoco lo entiende. Lo denomina
«fascismo corporativo», lo que tampoco me aclara nada, y añade que no acaba de
decidir si es la peor tiranía que la humanidad ha conocido o la democracia más
perfecta de la historia.
Dice
que nada aquí es tan malo ―en muchos aspectos ―como la situación que sufre el
90 por 100 de las personas que viven en la Tierra, y que ni siquiera es
inferior en comodidades y nivel de vida a los de muchos en Marte, especialmente
los renegados, aunque nosotros jamás dejamos a sabiendas que nadie muera de
hambre ni por falta de atención médica.
No
lo sé. Ahora comprendo que toda la vida me he limitado a dar por sentado el
modo que tenemos de hacer las cosas en Marte. Sí, claro que estudié acerca de
los otros sistemas en el colegio, pero no acabé de comprenderlos. Ahora estoy
empezando a entender emocionalmente que hay otros estilos muy distintos del
nuestro y que la gente puede ser feliz con ellos. Por ejemplo Girdie. Entiendo
que no quiera vivir en la Tierra, tal y como ha cambiado la situación para
ella. Pero podía haberse quedado en Marte; Girdie es precisamente la clase de
inmigrante de clase superior que nosotros acogemos con todo gusto. Sin embargo
no le tentó la idea en absoluto.
Esto
me ha molestado, porque (como ya habrán supuesto) yo considero que Marte es
prácticamente perfecto. Y creo que Girdie es prácticamente perfecta. No
obstante ha venido a elegir un lugar tan horrible como Venusberg. Dice que es
como un desafío para ella. Y, aparte de eso, tío Tom afirma que tiene muchísima
razón. Que Girdie tendrá a Venusberg comiendo de su mano en un tiempo mínimo y
que será una accionista en menos que canta un gallo.
Supongo
que él está en lo cierto. Me apené muchísimo por Girdie cuando descubrí que
estaba arruinada. «Lloraba porque no tenía zapatos hasta que encontré a un
hombre que no tenía pies.» Una cosa así, quiero decir. Yo nunca he estado
arruinada, jamás me ha faltado una comida, nunca me he preocupado por el futuro
y, sin embargo, solía sentir pena por mí misma cuando el dinero andaba un poco
escaso en casa y no podía tener un nuevo traje de fiesta. Luego descubrí que la
acaudalada y elegante señorita Fitz Snugglie ―sigo sin utilizar su nombre
auténtico, no sería justo ― sólo tenía el billete de vuelta a la Tierra y aun
para eso había pedido prestado el dinero. Me causó una impresión dolorosísima.
Pero
ahora empiezo a comprender que Girdie sí tiene «pies», y que, suceda lo que
suceda, siempre aterrizará sana y salva sobre ellos...
En
realidad ya ha estado trabajando de cambista dos noches seguidas. Me pidió por
favor que me cuidara de que Clark no fuera al casino de don Pedro esas noches.
No creo que le importara que él la viera, pero sabe qué caso tan horrible de
amor de adolescente siente Clark por ella y es tan dulce y tan buena que no
quiso correr el riesgo de empeorarlo o de herirle.
Pero
ahora que ya ha progresado un paso y está tomando lecciones para crupier, Clark
va allí todas las noches. Sin embargo Girdie no le permite que juegue en su
mesa. Le dijo claramente que podía tratarla de dos modos: socialmente o
profesionalmente, pero no ambos a la vez, y Clark jamás discute con lo
inevitable. Juega en otra mesa y la ronda siempre que le es posible.
¿Creen
ustedes que mi hermanito posee poderes psíquicos? Yo sé que no es telépata o me
habría cortado el cuello hace tiempo. Pero aún sigue ganando.
Dexter
me asegura que todos los juegos son absolutamente honrados y que nadie puede
ganar, por lo menos a la larga, porque la casa se lleva su porcentaje pase lo
que pase.
―Desde
luego que puedes ganar, Poddy ―me aseguro ―. Un turista vino aquí el año pasado
y se llevó con él más de medio millón. Lo pagamos alegremente, le dimos una
gran publicidad en toda la Tierra y aun conseguimos beneficios esa misma semana
en la que él se había enriquecido. No sospeches ni por un segundo que le
estamos dando gusto a tu hermano. Si insiste el tiempo suficiente, no sólo lo
recuperaremos todo, sino que nos llevaremos incluso las monedas con que empezó.
Si es tan listo como dices, se retirará mientras aún esté ganando. Pero la
mayoría de la gente no es tan lista y la Corporación de Venus jamás apuesta más
que sobre seguro.
Repito
que no lo sé. Pero ya fuera por Girdie o por sus ganancias, el caso es que
durante algún tiempo Clark se mostró casi humano conmigo.
Fue
la semana pasada, la noche en que conocí a Dexter y Girdie me dijo que me fuera
a la cama y la obedecí aun sin poder dormir. Dejé la puerta abierta para oír
entrar a Clark, o, si no le oía, llamar por teléfono a alguien y hacer que le
trajeran al hotel. (Aunque tío Tom es responsable de nosotros dos, yo debo
ocuparme de Clark. Quería que él estuviera en cama antes de que tío Tom se
levantara. La costumbre, supongo.)
Clark
entró sigilosamente en la suite unas dos horas después que yo. Le llamé y entró
en mi cuarto. ¡Jamás han visto ustedes un chico de seis años con tanto dinero!
Josie
le había acompañado hasta nuestra puerta, me dijo. No me pregunten por qué no
había metido el dinero en la caja fuerte del Tannhauser. O sí, pregúntenmelo:
creo que quería acariciarlo.
Desde
luego deseaba presumir. Fue poniendo su dinero en montoncitos sobre mi cama,
contándolo y asegurándose de que yo veía bien cuánto era. Incluso empujó un
montón de billetes hacia mí.
―¿Necesitas
algo, Poddy? Ni siquiera te cobraré intereses. Hay mucho más de donde ha salido
esto.
Me
quedé sin aliento. No por el dinero, no lo necesitaba, sino por la oferta. En
las ocasiones que Clark me ha prestado dinero contra mi asignación, me ha
cobrado exactamente el cien por cien de intereses. Hasta que papá lo supo y nos
dio una zurra a los dos.
Así
que le di las gracias con toda sinceridad y le abracé. Entonces me preguntó:
―Oye,
¿cuántos años crees que tiene Girdie?
Empecé
a comprender su conducta tortuosa.
―Realmente
no podría adivinarlo ―contesté cuidadosamente. (No necesitaba adivinarlo, lo
sabía). ¿Por qué no se lo preguntas?
―Ya
lo hice. Se limitó a sonreír y me dijo que las mujeres no celebran el
cumpleaños.
―Probablemente
es una costumbre de la Tierra ―le dije, y cambié de tema ―: Clark, ¿cómo
diablos ganaste tanto dinero?
―No
es problema ―contestó ―. En todos esos juegos unos ganan y otros pierden. Yo
sólo procuro estar entre los vencedores.
―Pero,
¿cómo?
Sonrió
con su peor sonrisa.
―¿Con
cuánto dinero empezaste?
De
pronto se puso en guardia. Pero aún se mostraba demasiado amable para ser
Clark, de modo que insistí.
―Mira,
te conozco bien y sé que no disfrutarás del todo a menos que se lo cuentes a
alguien. Es mucho más seguro que me lo digas a mí que a nadie más. Porque nunca
te he delatado, ¿verdad?
Admitió
que eso era cierto dando la callada por respuesta. Cuando era muy pequeño yo
solía pegarle de vez en cuando, pero jamás le delaté. Más tarde eso de pegarle
ha llegado a ser demasiado peligroso ―él puede devolverme los golpes mucho más
aprisa de lo que yo puedo darle a él ―, pero jamás le he delatado.
―Vamos,
habla ―le animé ―. Soy la única ante la que te atreverás a presumir. ¿Cuánto te
pagaron por meter de contrabando en el «Tricornio» aquellos tres kilos en mi
equipaje?
Parecía
muy satisfecho:
―Lo
suficiente.
―De
acuerdo, no insistiré. Pero ¿qué fue en realidad lo que pasaste de contrabando?
Porque yo no fui capaz de encontrarlo.
―Lo
habrías encontrado de no haber estado tan absurdamente ansiosa de explorar la
nave. Poddy, tú eres tonta. Ya lo sabes ¿verdad? Eres tan predecible como la
ley de la gravedad. Siempre puedo adivinar lo que vas a hacer.
No
me dejé llevar por la rabia. Si Clark te ha vencido, te ha vencido y en paz.
―Eso
supongo ―admití ―. ¿Vas a decirme lo que era? Polvo la felicidad no, supongo.
―¡Oh,
no! ―repuso, y parecía enojado ―. ¿Sabes cuál es aquí castigo por traer polvo
de la felicidad? Te entregan a los nativos que son unos salvajes, eso es lo que
hacen, y luego ni siquiera tienen que molestarse en enterrarte.
Temblé
y volví al tema.
―¿Vas
a decirme...? ―Vi cómo vacilaba e insistí ―: Juro san Podkayne que no lo diré.
Éste
es mi juramento particular, nadie más lo usaría.
―Es
mejor que no ―me amenazó ―, porque las consecuencias no iban a gustarte.
―¡Por
san Podkayne! ―repetí ―¡y ojalá me hubiera callado!
―De
acuerdo ―dijo ―, pero recuerda lo que juraste: era una bomba.
―¿Una
qué?
―¡Oh,
no una bomba muy grande! Sólo una cosita de aficionados. Destrucción total en
un radio de un kilómetro, nada más. No era una cosa de importancia.
Traté
de calmar los latidos de mi corazón.
―Pero
¿por qué una bomba? ¿Y qué hiciste con ella? Se encogió de hombros.
―Fueron
muy idiotas. Me pagaron esta cantidad, ¿ves?, sólo para que pasara de
contrabando un paquetito a bordo. Me contaron una sarta de embustes diciendo
que era una sorpresa para el capitán y que yo debía entregársela en la fiesta
que se celebra la última noche. Envuelto como un regalo y todo. «Hijito», me
dijo aquel estúpido, «has de tenerlo bien escondido para que sea una sorpresa
para él, ya que esa noche no sólo será la fiesta del capitán, sino también su
cumpleaños».
Ahora
bien, hermanita, puedes imaginarte que no iba a tragarme semejante bobada. Si
de verdad hubiera sido un regalo de cumpleaños se lo habrían dado al sobrecargo
para que lo guardara, no tenían por qué sobornarme. Así que me hice el tonto y
empecé a subir el precio. ¡Y los idiotas me pagaron! Se pusieron nerviosísimos
cuando vieron que se agotaba el tiempo y que habíamos de pasar por la
inspección de pasaportes, y pagaron todo lo que les pedí. De modo que lo metí
en tu maleta mientras hablabas con tío Tom y luego me cuidé de que no te la
registraran.
»Nada
más subir a bordo fui a recuperar el paquete, pero me sorprendió una azafata
que vino a rociar los camarotes con un spray. Tuve que actuar a toda prisa, y
aún hube de volver después a cerrar tu maleta porque también apareció tío Tom
buscando su pipa. Esa primera noche me dediqué a estudiar el «regalito» en la
oscuridad.. y a estudiarlo a fondo, pues ya tenía una idea de lo que podía ser.
―¿Por
qué?
―Vamos,
utiliza el cerebro. No te quedes ahí sentada hasta que se te embote de no
usarlo. Primero me ofrecen lo que probablemente creen que va a ser mucho dinero
para un niño. Cuando lo rechazo empiezan a sudar y suben la cantidad. Yo sigo
remoloneando y ellos venga de añadir ceros. Más aún. Ni siquiera se les ocurre
eso tan manido de que un tipo con una flor en el ojal subirá en Venus y me dará
la contraseña. Luego, lo único que les importa es que el paquete entre en la
nave. ¿Qué te dice todo eso? Es pura lógica. ―Añadió ―: Así que lo abrí y
analicé sus partes. Una bomba de tiempo fijada para tres días después de que
saliéramos al espacio. ¡Bum!
Temblé
pensando en ello.
―¡Qué
cosa tan horrible!
―Habría
podido ser muy desagradable, sí ―admitió ―, de haber sido yo tan tonto como
ellos creían.
―Pero
¿por qué iba a querer nadie hacer una cosa así?
―No
querrían que la nave llegara a Venus.
―Pero
¿por qué?
―Piénsalo
bien. Yo ya me lo he imaginado.
―Ya...
y ¿qué hiciste con la bomba?
―¡Oh!,
me la guardé. Las partes esenciales, claro. Nunca se sabe cuándo se puede
necesitar una bomba.
Eso
es todo lo que le saqué, y ahora me encuentro atrapada por mi juramento, aunque
un número elevadísimo de preguntas quedaron sin respuesta. ¿Hubo realmente una
bomba o me dejé engañar por el talento de mi hermano para improvisar
explicaciones que oculten la verdad más obvia? Y si la había habido, ¿dónde
está ahora? ¿Todavía en el «Tricornio»? ¿Aquí, en esta suite? ¿Como un paquete
de aspecto inocente en la caja fuerte del «Tannhauser»? ¿Se la ha entregado a
Josie, su guardaespaldas personal? Puede estar en mil sitios de esta gran
ciudad. O lo que es aún más probable, tal vez Clark estuviera curioseandólo por
el placer de hacerlo, cosa habitual en él a menos que esté ocupado en otra
cosa...
No
había modo de saberlo. Así que decidí aprovechar al máximo ese «momento de la
verdad», si es que en realidad lo era.
―Me
alegro muchísimo de que lo descubrieras ―dije ―. Pero lo mejor que hiciste en
la nave fue aquel trabajito de los tintes con la señora García y la señora
Royer. Girdie lo admiró mucho también.
―¿Es
cierto eso? preguntó ansiosamente.
―Claro
que sí. Ahora bien, yo nunca le dije que lo habías sido tú. Así que puedes
decírselo personalmente si quieres.
Sonrió
encantado.
―A
la vieja y encopetada señora Royer le hice algo más, para rematar la cosa. Le
metí un ratón en la cama.
―¡Clark!
¡Es maravilloso! Pero ¿de dónde sacaste un ratón?
―Llegué
a un trato con el gato de la nave.
Ojalá
tuviera una familia agradable, normal y ligeramente tonta. Sería mucho más
cómodo. Sin embargo, reconozco que Clark tiene sus ventajas.
Pero
no he tenido demasiado tiempo para preocuparme de los crímenes y fechorías de
mi hermano. Venusberg tiene demasiado que ofrecer a una adolescente con cierto
gusto, insospechado hasta ahora, por la buena vida. Especialmente Dexter.
Ya
no soy como una leprosa, ya puedo ir a cualquier parte, incluso salir de la
ciudad, sin tener que llevar esa máscara filtrante que me hace parecer un cerdo
con los ojos azules; y el querido Dexter se ha mostrado extraordinariamente
ansioso ―lo que es muy adulador para mí ― de escoltarme a todas partes. Incluso
de compras. Tirando el dinero a manos llenas, cualquier chica podría gastarse
aquí la deuda nacional sólo en ropas. Pero estoy siendo (casi) sensata y sólo
me he gastado la parte del dinero que se me asignó para Venus. Si no me
mostrara firme con él, Dexter me compraría cualquier cosa que yo admirara, con
sólo levantar un dedo. (Porque él nunca lleva dinero encima, ni siquiera
tarjetas de crédito, y hasta da las propinas mediante algún sistema secreto.)
Pero no le he permitido que me comprara nada más importante que un helado; no
tengo intenciones de poner en peligro mi situación por unos vestidos. Un helado
de vez en cuando no creo que me comprometa demasiado, y afortunadamente aún no
tengo que preocuparme por mi silueta: estoy hueca de pies a cabeza.
Así
que, después de un día pesadísimo de tiendas, discutiendo los últimos gustos de
la moda, permito que Dexter me lleve a una heladería (tan distinta de la
heladería de nuestra plaza, allá en casa, como el «Tricornio» de una nave de
juguete). El se sienta sin apenas tocar nada y me observa asombrado mientras yo
como. Primero una fruslería, como un helado de fresa, y luego algo más serio
como una copa, creada sin duda por un maestro de arquitectura, compuesta de
cremas, jarabes, frutas de importación, nueces, y quizás un par de docenas de
bolas de helado con diversos sabores.
(¡Pobre
Girdie! Ella ha de hacer dieta como un estilista todo, el año. Pregunta: ¿Seré
capaz de sacrificarme siempre para mantenerme esbelta y atractiva o engordaré
cómodamente como la señora Grew? El eco contestó no, y no me aterra
confesarlo.)
También
he de mostrarme firme con Dexter en otros aspectos, pero de un modo más sutil.
Dexter ha resultado ser un maestro de la lógica seductiva y siempre está
deseoso de contarme una historia de cama. Pero no me propongo acabar como una
doncella seducida, no a mi edad. La tragedia de Romeo y Julieta no es que
murieran tan jóvenes, sino que el reflejo «chico―encuentra―chica» fuera tan
poderoso como para anular todo sentido común.
Mis
reflejos son magníficos, gracias, y mi equilibrio hormonal perfecto. Los
avances infructuosos de Dexter me hacen sentir una cálida impresión en el
estómago y favorecen mi metabolismo. Tal vez debiera sentirme insultada por sus
intenciones con respecto a mí ―y probablemente me ofenderían allá en casa ―,
pero esto es Venusberg, donde la distinción entre una proposición indecente y
una petición honorable de matrimonio es puramente mental e incluso un técnico
en semántica necesitaría horas de trabajo para llegar a definirla. Por cuanto
yo se, Dexter ya tiene siete esposas en casa, una para cada día de d semana. No
se lo he preguntado, ya que por nada del mundo tengo la intención de
convertirme en la número ocho.
Hablé
de esto con Girdie y le pregunté por qué no me sentía «insultada». ¿Se habrían
omitido los circuitos morales en mi cibernética, como indudablemente hicieron
con mi hermano Clark?
Girdie
sonrió con esa sonrisa dulce y misteriosa que siempre significa que está
pensando en algo de lo que no se propone hablar con toda claridad y dijo:
―Poddy,
a las muchachas se les enseña a sentirse «insultadas» ante tales proposiciones
por su propia protección... Y es una buena idea, tan buena como la de tener
siempre a mano un extintor aunque no se espere un incendio. Pero tienes razón:
no es un insulto, jamás es un insulto. Es el tributo más honesto al encanto y
feminidad de una mujer que el hombre puede ofrecerle. La mayor parte de lo que
nos dicen son mentiras corteses, pero en este tema el hombre siempre es
sincero. No veo razón alguna para sentirse insultada si el hombre lo dice con
cortesía y galantería.
Tal
vez tengas razón, Girdie. Supongo que, en cierto modo, es un cumplido. Pero
¿por qué van siempre los chicos detrás de eso? Por lo menos nueve de cada diez
veces.
Debes
mirarlo a la inversa, Poddy. ¿Por qué habrían de perseguir otra cosa? Detrás de
cada proposición hay millones de años de lógica. Alégrate de que los pobrecitos
hayan aprendido a enfocar el asunto besándote la mano en vez de darte con un
palo. Por lo menos algunos de ellos. Eso nos da una mayor libertad de elección
a las mujeres de la que jamás tuvimos en la historia. El mundo es hoy de las
mujeres, querida... disfrútalo y siéntete agradecida por ello.
Nunca
lo había considerado de ese modo. Ahora, después de pensarlo a fondo, todavía
me ha enojado más el que a una chica le resulte tan difícil escalar una
profesión «masculina» como la de piloto.
He
estado pensando mucho sobre esto de hacerme piloto, y tengo mis dudas: ¿Deseo
realmente ser un «famoso capitán explorador»? ¿O seria igualmente feliz como
miembro de su tripulación?
¡Claro
que quiero ir al espacio! Sobre eso no tengo dudas. Mi pequeño viaje desde
Marte a Venus me ha convencido de el espacio es para mí. Preferiría ser azafata
de segunda en el «Tricornio» que presidente de la República. La vida es
divertida, uno viaja con la casa y los amigos a cuestas mientras visita lugares
desconocidos y románticos. Y tal como se están construyendo las naves estelares
Davis, esos lugares van a ser más desconocidos y románticos cada año. Y Poddy
va a ir sea como sea. He nacido para vagar por el espacio...
Pero
no nos engañemos. ¿Quién va a permitir que Poddy sea capitán de una de esas
naves multimegamasculinas?
Las
oportunidades de Dexter son cien veces superiores a las mías Es tan listo como
yo, o casi. Tendrá la mejor educación científica que el dinero pueda comprar
(aunque yo siga siendo leal a la Universidad de Ares, sé que es un sitio de
mala muerte comparado con el lugar al que él piensa asistir), y también es
posible que su papaíto le compre una nave Star Rover. Pero el argumento
decisivo es que Dexter me dobla la edad y es varón. Aun omitiendo de la
ecuación todo el dinero de su padre, ¿a cuál de los dos van a elegir?
Sin
embargo, no todo está perdido. Piensen en Teodora, piensen en Catalina la
Grande. Deja que el hombre mande en el trabajo y luego sé tú la que mandes en
el hombre. No me opongo al matrimonio. Pero si Dexter quiere casarse (o lo que
sea) conmigo, tendrá que seguirme a Marsópolis, donde somos lo bastante
anticuados acerca de tales cosas. ¡Nada de la relajación de Venusberg! El
matrimonio ha de ser el fin de toda mujer.. ―pero no su final. No considero el
matrimonio como una especie de muerte.
Girdie
siempre me dice «sé tal como eres». Muy bien. Mírate en un espejo, encanto, y
olvídate del «capitán Podkayne Fries», la famosa exploradora, de momento. ¿Qué
ves?
Tus
caderas están ensanchando un poquito, ¿no, guapa? Ya no hay posibilidad de que
te confundan con un muchacho en la penumbra. Podría decirse en verdad que
fuimos diseñadas para tener niños. Y tampoco esto te parece una idea demasiado
mala, ¿verdad? Especialmente si pudieras tener uno tan encantador como Duncan.
La realidad es que todos los niños son bastante encantadores, aunque no sean
bonitos.
Esas
dieciocho horas terribles durante la tormenta del «Tricornio», ¿no fueron las
mejores de toda tu vida? Un bebé es mucho más divertido que las ecuaciones
diferenciales.
Cada
nave espacial tiene un departamento para niños. De modo que: ¿qué te parece
mejor? ¿Estudiar ingeniería y pediatría... y ser jefe del departamento infantil
en una nave espacial? ¿O empeñarse en estudiar para piloto y conseguirlo para
acabar siendo una mujer piloto que nadie quiere contratar?
Bueno,
no es preciso decidirlo ahora.
Estoy
impaciente por salir hacia la Tierra. La verdad es que esos lugares de
diversión tan relajados de Venusberg llegan a hacerse monótonos para mis gustos
definidos (¿o debería decir limitados?). Ya no me queda dinero ― para hacer
compras, si he de hacer algunas en París. Tampoco creo que llegue a aficionarme
al juego (ni quiero, porque yo soy de los que pierden, de esos que contribuyen
a aumentar las ganancias de Clark), y el ruido y las luces incesantes van a
hacer que me salgan arrugas donde ahora tengo pecas. Además, creo que Dexter
está empezando a aburrirse un poquito con mi ingenuidad y mi incapacidad de
comprender qué es lo que se propone.
Si
hay algo que he aprendido sobre los hombres en mis ocho años y medio es que hay
que abandonar el asunto antes de aburrirse. Ahora sólo me ilusiona un último
encuentro con Dexter, una despedida lacrimosa justo antes de entrar en el tubo
de carga del «Tricornio», con un beso tan de persona adulta, tan totalmente
apasionado y con una entrega tan total, que le deje pensando todo el resto de
su vida que las cosas hubieran podido ser muy diferentes de haber jugado bien
sus cartas.
Sólo
he estado una vez fuera de la ciudad, en un autobús cerrado y para turistas. Y
una vez es más que suficiente. Esta bola de niebla y humedad bien podría
devolverse a los nativos, Sólo que ellos no la aceptarían. Dicen que en un
momento dado nos señalaron un hada volando, pero yo no vi nada. Sólo niebla.
Es
lo único que me interesa, ver un hada, en vuelo o incluso posada. Dexter dice
que él conoce toda una colonia que está algo lejos, y quiere mostrármela desde
su Rolls. Pero la idea no me apetece demasiado. Se propone conducir
personalmente y el coche tiene controles automáticos. Si consigo que Girdie ―o
incluso Clark ― nos acompañen a la excursión, quizá me decida a aceptar.
Pero
he aprendido mucho en Venus y no quisiera habérmelo perdido por nada del mundo.
Especialmente el arte de dar propinas, lo que hace que me sienta una viajera
experimentada. La propina puede ser una molestia, pero no es una cosa tan mala
como creemos en Marte; es el lubricante necesario para el servicio perfecto.
Admitámoslo:
en Marsópolis el servicio va de lo indiferente a lo terrible y yo,
sencillamente, aún no lo había comprendido. Los empleados sólo te atienden
cuando les apetece.
¡Todo
lo contrario en Venusberg! Sin embargo, no es sólo cuestión de dinero y aquí
viene ahora el gran secreto del viaje feliz No he aprendido mucho portugués y
no todos aquí hablan Orto Pero no es necesario ser políglota si se conoce bien
una sala palabra y en tantos idiomas como sea posible: «Gracias».
Lo
comprendí en primer lugar con María y María. Yo les decía «oli―gato» unas cien
veces al día (aunque la palabra es realmente «o―brigado», suena como «oli―gato»
si se dice muy aprisa).
Una
propina pequeña resulta más elegante y consigue mucho mejor servicio, si va
acompañada de un «gracias», que una propina sin decir nada.
Así
que he aprendido a dar las gracias en el mayor número posible de idiomas.
Siempre trato de decirlo en el de la persona con quien estoy hablando, si es
que puedo adivinar su origen, cosa que no resulta difícil. Tampoco importa
demasiado la pronunciación; los mozos, empleados y conductores de taxi suelen
saber estas palabras en seis o siete idiomas e incluso las adivinan aunque tu
acento sea desastroso.
Realmente,
aquellas larguisimas listas de sugerencias sobre «cómo triunfar en los viajes»
que estudié tan cuidadosamente antes de salir están resultando muy exactas.
El
tío Tom está terriblemente preocupado por algo. Parece distraído y, aunque me
sonríe si consigo retener su atención (cosa que no es fácil), la sonrisa se
borra muy pronto de su rostro y aparece de nuevo el rictus de la preocupación.
Tal vez sea por algo que ocurre aquí en Venus y todo se arreglará una vez nos
vayamos. ¡Ojalá estuviéramos ya de vuelta en el «Alegre Sombrero de Tres
Picos», con la próxima parada en Ciudad Luna!
10
Las
cosas andan realmente mal. Hace dos días que Clark no ha vuelto a casa y tío
Tom casi está loco de temor. Aparte de eso me he peleado con Dexter, lo que no
tiene importancia si se compara con la pérdida de un hermano, pero me gustaría
disponer de un hombro sobre el que llorar.
Tío
Tom ha tenido también una auténtica pelea con el presidente. De hecho ésta fue
la que me llevó a reñir con Dexter, porque yo estaba de parte de tío Tom aun
sin saber de qué se trataba y Dexter mantenía la misma lealtad a toda prueba
para con su padre. No presencié más que una parte del enfrentamiento del tío
Tom con el presidente, pero comprendí que se trataba de una de esas peleas
terribles, frías, amargas y tan corteses de los adultos, ese tipo de
discusiones que en otros tiempos concluían inevitablemente en un duelo a
pistola al amanecer.
Creo
que faltó poco para que acabara así. El presidente entró en nuestra suite, esta
vez no se parecía en nada a Santa Claus y mi tío le dijo con un tono muy
helado: «Preferiría que me hubieran visitado sus amigos, señor».
Pero
el presidente no hizo caso de sus palabras. Entonces fue cuando tío Tom observó
que yo estaba allí, con la espalda apoyada en el piano, muy calladita y
tratando de pasar desapercibida. Me ordenó que me fuera a mi habitación.
Obedecí.
Pero
algo sé del asunto. Yo había creído que tanto a Clark como a mí se nos permitía
circular libremente por Venusberg, aunque generalmente yo he ido acompañada de
Girdie o de Dexter. Pero no era así. Ambos hemos sido vigilados día y noche por
la policía de la Corporación. Jamás lo hubiera sospechado y estoy segura de que
Clark tampoco o no habría contratado a Josie para que le vigilara el botín.
Pero el tío si lo sabía y lo aceptaba como una cortesía del señor presidente,
pues esto le dejaba en libertad de hacer lo que quiera que haya venido a hacer
aquí ―y que le ha mantenido tan ocupado sin tener que cargar además con dos
críos, uno de ellos tan loco como una cabra (y no me refiero a mí).
Según
he deducido de cuanto sé, el tío culpa al señor presidente de la desaparición
de Clark; lo que no es muy justo, ya que Clark, de saber que le estaban
vigilando, sería capaz de despistar a dieciocho detectives, a todo el cuerpo
espacial y a una jauría de perros de presa.
Dexter
dice que no pueden ponerse de acuerdo sobre el mejor modo de localizar a Clark.
Yo creo que mi hermano se ha perdido porque quiere estar perdido, porque se
propone perder la nave y quedarse en Venus donde: uno, está Girdie, y dos, está
todo su precioso dinero. Aunque quizás este orden no sea el más correcto.
Quiero
convencerme de esto pero el señor presidente insiste en que se trata de un
secuestro, que no puede ser otra cosa, y que sólo hay un modo de resolver un
caso de secuestro en Venus si se quiere hallar viva a la persona secuestrada.
En
Venus el secuestro es casi lo único que asusta a los accionistas. En realidad
les aterra tanto que casi han convertido el asunto en un ritual. Si el
secuestrador cumple las reglas y no hace daño a su víctima, no sólo no se ve
perseguido, sino que la Corporación le garantiza que puede guardarse el rescate
que se acordó.
Pero
si no cumple las reglas y le cogen, bien... lo que sufre es horrible. Al menos
eso parecen indicar algunas cosas que Dexter se limitó a insinuar. Tengo
entendido que el castigo más suave es la llamada «muerte de cuatro horas».
Dexter no quiso entrar en detalles, aparte de explicarme que se utiliza una
droga de efectos contrarios a la anestesia, una droga que intensifica el dolor.
Dexter
dice que Clark está absolutamente seguro mientras el tío Tom no insista en
mezclarse con cosas que no entiende. «Ese viejo loco» es el término que utilizó
y entonces fue cuando le di una bofetada.
Adiós
a mi feliz infancia en Marsópolis donde era capaz de comprender cómo
funcionaban las cosas. Porque aquí no las entiendo. Lo único que sé a ciencia
cierta es que ya no puedo salir de la suite a no ser que vaya acompañada de tío
Tom, y que he de salir de ella y acompañarle cuando quiera que la deje y vaya
donde vaya.
Así
fue cómo pude ver por fin la quinta Cunha. Me habría interesado mucho más si
Clark no hubiera desaparecido. Una «casita modesta», apenas un poquitín más
pequeña que el Tannhauser, pero mucho más lujosa. La Casa Rosa de nuestro
presidente cabría en su salón de baile. Aquí es donde reñí con Dexter, mientras
el tío Tom y el señor presidente seguían enfrascados en una pelea que parecía
resonar en toda la casa.
De
pronto tío Tom me llevó de regreso al hotel. Jamás le había visto con un
aspecto tan avejentado...
Nos
trajeron la cena a la suite. Apenas probamos bocado. Cuando retiraron el
servicio, ambos nos sentamos en silencio. Yo contemplaba el paisaje que se nos
ofrecía a través de la ventana del salón. Tenía unas enormes ganas de llorar.
Tío Tom parecía Prometeo aguardando la embestida de los buitres. Puse mis manos
entre las suyas y dije:
―Tío
Tom, me gustaría que me dieras una zurra.
―¿Eh?
―agitó la cabeza como si me viera por primera vez―. ¡Flicka! ¿Por qué?
―Porque
es culpa mía.
―¿Qué
quieres decir, querida?
―Porque
yo soy responsable de Clark. Siempre lo he sido. Él no tiene sentido común.
¡Vaya, si cuando era un bebé tuve que impedirle lo menos mil veces que se
cayera al Canal!
Agitó
la cabeza, esta vez negativamente.
―No,
Poddy. La responsabilidad es mía, en absoluto tuya. Estoy in loco parentis con
vosotros dos, lo cual significa que vuestros padres debían estar locos al
confiaros a mí.
―Pero
yo me siento responsable. Clark forma parte de mis obligaciones.
De
nuevo agitó la cabeza.
―No.
En puridad nadie es responsable de otro ser humano. Cada uno de nosotros se
enfrenta solo al universo, y el universo es lo que es y no mitiga sus reglas
por ninguno de nosotros. Al fin y a la postre, el universo siempre se sale con
la suya, siempre vence. Pero eso no facilita las cosas cuando tratamos, como tú
o como yo, de responsabilizamos de alguien y luego, volviendo la vista atrás,
comprendemos que habríamos podido hacerlo mejor. ―Suspiró ―. No debería de
haber echado la culpa al señor Cunha. También él trató de cuidar a Clark. De
vosotros dos. Yo lo sabía. ―Hizo una pausa y añadió ―: Pero tuve una sospecha
estúpida e indigna: la de que se proponía utilizar a Clark para extorsionarme.
Estaba equivocado. A su modo, y según sus reglas, el señor Cunha es un hombre
de honor, y esas reglas no incluyen el utilizar a un niño con fines políticos.
―¿Fines
políticos?
El
tío se volvió a mirarme como sorprendido de que yo siguiera todavía en la
habitación.
Poddy,
debería haberte hablado con mucha mayor sinceridad Siempre se me olvida que
ahora ya eres una mujer. Sigo pensando en ti como la nena que solía subirse a
mis rodillas y pedirme que le contara su cuento. Inspiró profundamente ―. Pero
no deseo abrumarte con todo ello. Sin embargo, debo al señor Cunha una disculpa
sincera... porque he sido yo quien ha utilizado a Clark con fines políticos. Y
a ti también.
―¿Qué?
―Como
tapadera, hijita. El pobrecito tío abuelo que acompaña a sus amados sobrinitos
a un viaje de placer. Lo siento, Poddy, pero no es así; en absoluto. La verdad
es que soy embajador extraordinario y ministro plenipotenciario de la República
en la conferencia cumbre de los Tres Planetas. Sin embargo, parecía lo más
deseable mantenerlo en secreto hasta que yo presentara mis credenciales.
No
contesté porque tenía ciertas dificultades para tragarme todo aquello. Quiero
decir que yo sé bien que tío Tom es bastante especial y que ha hecho algunas
cosas importantes, pero toda mi vida le he mirado como alguien que siempre
tenía tiempo para sostenerme la madeja que yo había de ovillar y que se tomaba
un gran interés por ayudarme a bautizar a mis muñecas de papel.
Pero
él seguía hablando:
―De
modo que os utilicé, Flicka. A ti y a tu hermano. Porque... Poddy, ¿deseas
saber realmente todos los secretos y suciedades de la política que hay tras
esto?
Si
lo deseaba, y mucho. Pero traté de hablar como una persona adulta:
―Sólo
aquello que juzgues conveniente decirme, tío Tom.
―Muy
bien. Porque parte de ello es sórdido, y todo ello complejo, y me llevaría
horas el explicártelo. Incluso hay cosas que no me corresponde a mí desvelar
porque involucraría a Bozo, perdón, al presidente. Y porque están relacionadas
con promesas hechas por él. ¿Sabes quién es ahora nuestro embajador en Ciudad
Luna?
Intenté
recordarlo.
―¿Suslov?
―No,
éste lo fue durante el último gobierno. Artie Finnegan. Artie no es mal chico,
pero él cree que debía de haber sido nombrado presidente, y está convencido de
que sabe más de asuntos interplanetarios, y de lo que conviene a Marte, que el
mismo presidente. Con buena intención, sin duda.
No
hice comentarios porque había reconocido en seguida el nombre de Arthur
Finnegan. En una ocasión oí al tío Tom y a papá despotricando contra él cuando
se suponía que yo estaba en la cama y bien dormida. Las expresiones más suaves
que se utilizaron fueron: «una cabeza de asno» y «corazón de salteador de
caminos».
―Pero
aunque sus intenciones sean buenas ―continuó tío Tom ―, sus opiniones difieren
de las del presidente y de las mías con respecto a los asuntos que han de
presentarse en esa conferencia. Sin embargo, a menos que el presidente mande un
enviado especial (en este caso yo), el embajador residente es el que
automáticamente habla en nombre de Marte. Poddy, ¿qué sabes de Suiza?
―Pues
lo de Guillermo Tell, la manzana...
―Eso
es suficiente, supongo, aunque lo más probable es que nunca hubiera una
manzana. Pues bien, Poddy: o Marte se convierte en la Suiza del sistema solar o
no es nada en absoluto. Eso cree el presidente; y yo también. Un hombre
pequeño, y un país pequeño, como Marte o Suiza, sólo puede enfrentarse a sus
vecinos más grandes y poderosos si está preparado para la lucha. Nosotros nunca
hemos tenido una guerra y espero, para ello rezo, que nunca la tengamos, porque
probablemente la perderíamos. Pero si estamos lo bastante preparados puede que
nunca tengamos que luchar. ―Suspiro ―. Así es como yo lo entiendo. Pero
Finnegan cree que, puesto que Marte es pequeño debe unirse a la Federación
Terrestre. Tal vez tenga razón y esa sea realmente la tendencia en el futuro.
Pero yo no opino lo mismo. Estoy convencido de que sería el fin de Marte como
país independiente y sociedad libre. Más aún: juzgo lo lógico que si Marte
renuncia a su independencia sólo será cuestión de tiempo que Venus siga el
mismo camino. Desde que llegamos he dedicado todo mi tiempo a tratar de
convencer al señor Cunha de esto, de obligarle a que forzara a su comisionado
residente a hacer causa común con nosotros contra la Tierra. Esto tal vez
persuadiría a Luna a integrarse con nosotros también, ya que tanto Venus como
Marte pueden venderle cuanto necesita y más barato que la Tierra. Pero no fue
fácil, en absoluto, ya que la Corporación tiene desde hace siglos la tradición
de no intervenir jamás en política. «No pongas tu fe en los príncipes» significa
para ellos que deben limitarse a comprar, a vender y a no hacer preguntas.
»Pero
lo que yo he estado tratando de hacer comprender al Cunha es que si Luna, Marte
y la Tierra llegan a estar sometidas a las mismas reglas, la Corporación de
Venus quedaría muy pronto tan privada de libertad como la General Motors o la
Farberindustria. Estoy seguro de que él iba captando muy bien el asunto hasta
que yo salté a conclusiones con respecto a la desaparición de Clark y perdí el
control. ―Agitó la cabeza ―. no valgo nada como diplomático.
―No
eres el único que ha perdido la calma ―le dije, y le conté lo de mi bofetada a
Dexter.
Sonrió
por primera vez.
―¡Oh,
Poddy, Poddy! ¡Jamás podremos convertirte en una dama! Eres tan mala como yo.
También
yo le sonreí y empecé a hurgarme los dientes con una lima de uñas. Esto es un
gesto incluso más grosero de lo que ustedes puedan creer y algo totalmente
privado entre tío Tom y yo. Nosotros, los de ascendencia maorí, tenemos un
historial muy sanguinario y no voy a insinuar siquiera lo que se supone que
sacamos de nuestros dientes. Tío Tom solía utilizar esta pantomima grosera
conmigo cuando yo era una niña pequeña para indicarme bien a las claras que no
era muy refinada.
Cuando
me vio hacerlo ahora sonrió cálidamente y me acarició el cabello.
―Eres
la salvaje de ojos más azules y más rubia que he visto en la vida. Pero, desde
luego, una salvaje. Y yo también. Será mejor que te disculpes con él, encanto,
porque, aunque agradezco mucho que me defendieras con tanta galantería, Dexter
tenía toda la razón. He sido un «viejo loco». Me disculparé con su padre,
haciendo los últimos cien metros sobre mi estómago si así lo desea. Un hombre
debe admitir sin rebozo que se ha equivocado; y rectificar. Y tú bésale y
arregla ese asuntito con Dexter. Es un muchacho espléndido.
―Le
diré que lo siento y haré las paces, pero no creo que le bese. No le he besado
todavía.
Pareció
sorprendido.
―¿Cómo?
¿Es que no te gusta? ¿O es que hemos inyectado demasiada sangre nórdica en la
familia?
―Me
gusta mucho Dexter, y esta niebla te ha vuelto loco si crees que la sangre
nórdica es más fría que la polinesia. Podría ir demasiado lejos con Dexter, por
eso no le he besado todavía.
Reflexionó
unos instantes.
―Creo
que eres muy prudente, encanto. Vale más que practiques los besos con chicos
que no hagan que te suba la tensión hasta pasar la rayita roja. De todas
formas, y aunque es un chico estupendo, no es bastante bueno para la salvaje de
mi sobrina.
―Quizá
sí, quizá no. Tío... ¿qué harás con respecto a Clark? Aquel estado de ánimo un
poquito más feliz se desvaneció.
―Nada,
nada en absoluto.
―Pero
¡tenemos que hacer algo!
―¿Qué,
Podkayne?
Ahí
me tenía atrapada. Yo ya había registrado todos los segmentos superiores e
inferiores de mi cerebro. ¿Decírselo a la policía? El presidente es la policía,
todos trabajan para él. ¿Contratar a un detective privado? Si es que existen en
Venus, cosa que ignoro, estarán todos contratados por el señor Cunha, o más
bien por la Corporación de Venus. ¿Poner anuncios en los periódicos? ¿Preguntar
a todos los taxistas? ¿Enseñar la fotografía de Clark en la televisión y
ofrecer recompensas? Pensara lo que pensara, todo en Venus pertenece al
presidente. O más bien a la Corporación que él dirige. Lo cual viene a ser lo
mismo, aunque tío Tom diga que los Cunha sólo poseen realmente una parte.
―Poddy,
he estado repasando con el señor Cunha todas las medidas a adoptar y, o bien ya
lo ha hecho, o me ha convencido de que, en estas condiciones que él conoce
mucho mejor que yo, no debe hacerse.
―Entonces
¿qué podemos hacer?
―Esperar.
Pero si se te ocurre algo, lo que sea, que crees que podría servir de ayuda,
dímelo y, si no se está haciendo ya, llamaremos al señor Cunha y averiguaremos
si conviene llevarlo a cabo. Y, si estoy dormido, despiértame.
―Lo
haré. ―Dudaba que él pudiera dormir. Ni yo. Pero aún había otra cosa que me
preocupaba ―. Si llega el momento de que el «Tricornio» anuncie la salida para
la Tierra y no hemos hallado a Clark, ¿qué harás?
No
contestó, sólo se profundizaron las arrugas en su rostro. Yo sabia que aquélla
era una decisión espantosa y que él la había tomado ya.
―Pero
también yo tenía que tomar por mi cuenta una terrible decisión. Había hablado
de ello un ratito con san Podkayne y había decidido que Poddy tenía que
quebrantar su juramento al santo. Tal vez esto les parezca una bobada, pero no
lo era para mí. Jamás en la vida he faltado a un juramento y sabía que ya no
volvería a confiar en mi misma. De modo que le conté al tío Tom todo lo
referente a la bomba pasada de contrabando.
Con
algo de sorpresa por mi parte él se lo tomó en serio, cuando yo estaba casi
convencida de que Clark me había estado tomando el pelo por no perder la
costumbre. Pero el tío pretendía ahora que le describiera con todo detalle a la
persona a quien yo había visto hablando con Clark en Deimos.
―Tío,
no puedo. ¡Si apenas le miré! Un hombre. Ni bajo ni alto, ni exageradamente
grueso ni flaco, ni vestido de ningún modo que me permita recordarle... y ni
siquiera puedo estar segura de haberle mirado al rostro. Bueno, sí, le miré,
pero no puedo describírtelo.
―¿Crees
posible que fuera uno de los pasajeros?
Medité
intensamente en ello.
―No.
Creo que habría reconocido su cara más tarde, cuando aun estaba fresca en mi
mente. Estoy casi segura de que no se puso en cola con nosotros. Creo que se
dirigió a la salida, la que lleva de nuevo a la nave de transporte.
―Es
más que probable ―dijo ―, y podemos darlo por seguro si era una bomba y no sólo
producto de la descabellada imaginación de Clark.
―Pero,
tío Tom, ¿por qué había de ser una bomba?
No
me contestó y comprendí la razón. ¿Por qué desearía alguien hacer explotar al
«Tricornio» matando a todos los que iban en la nave, niños incluidos? No por el
seguro, como se ve en ocasiones en las historias de aventuras. Ni Lloyd's
aseguraría una nave por una cantidad lo bastante elevada como para que
resultara rentable esa especie de locura. Al menos así se nos explicó en la
clase de economía de la escuela superior.
Entonces
¿para qué?
Para
impedir que la nave llegara a Venus.
Pero
el «Tricornio» había estado en Venus docenas y docenas de veces.
Para
impedir que alguien de la nave llegara a Venus (o quizás a Luna) en este viaje.
¿Quién?
No Podkayne Fríes. Yo no tengo tanta importancia para nadie más que para mi.
Durante
las dos horas siguientes el tío y yo registramos la suite del hotel. No
encontramos nada, aunque tampoco esperábamos encontrarlo. Si había una bomba
―cosa que seguía sin creer del todo ― y si Clark la había sacado en realidad de
la nave para esconderla aquí ―lo que aún parecía más improbable, teniendo en
cuenta a los del «Tricornio» por un lado y a los oficiales de Venus por otro ―
había contado sin embargo con días y días para camuflarla y hacer que pareciera
cualquier cosa, desde un jarrón de flores a... ¡qué sé yo!
Dejamos
para el final el registro de la habitación de Clark porque pensamos que era el
lugar menos probable. Empezamos a registrarla juntos, pero el tío tuvo que
terminar de hacerlo solo. El estar removiendo todas las pertenencias de Clark
resultó demasiado para mí, así que tío Tom me obligó a volver al salón a
echarme un ratito.
Se
me habían acabado ya las lágrimas para cuando él renunció a la tarea. Incluso
le hice una sugerencia.
―¿Y
si enviáramos a buscar un contador Geiger?
Agitó
la cabeza y se sentó.
―No
buscamos una bomba, cariño.
―¿Que
no?
―No.
Si la encontráramos, eso confirmaría sencillamente que Clark te había dicho la
verdad y esa hipótesis es la que me parece menos segura. Porque... bien, porque
yo sé mucho más acerca de esto de lo que te dije en aquel breve resumen y sé el
gravísimo peligro que esto supone para algunos y hasta dónde serían capaces de
llegar. La política no es un juego, ni tampoco una broma de mal gusto, según
creen ciertos sectores. La guerra no es más que una consecuencia de la
política; por eso no encuentro nada sorprendente en que se mezcle una bomba con
política. Se han utilizado bombas en la política cientos, incluso miles de
veces, en el pasado. No. No buscamos una bomba; buscamos un hombre... un hombre
que sólo has visto una vez y por unos segundos. Probablemente ni siquiera ese
hombre, sino alguien a quien él pueda conducirnos. Tal vez una persona dentro
de la oficina del presidente; alguien en quien él confía.
―¡Caray,
ojalá le hubiera mirado bien!
―No
sufras por eso, cariño. Tú no lo sabías, y no había razón alguna para que te
fijaras. Pero puedes apostar a que Clark sí conoce su aspecto. Si Clark...
quiero decir, cuando Clark aparezca y dispongamos del tiempo necesario, haremos
que compruebe los archivos de identificación en Marsópolis y todas las
fotografías de visados durante los diez últimos años si es preciso.
Descubriremos a ese hombre. Y, a través de él, a la persona en quien confía el
presidente y que es indigna de confianza. ―El Tom pareció de repente muy maorí
y muy salvaje ―. Y, cuando lo hagamos, tal vez me ocupe personalmente del
asunto. Veremos. ―Luego sonrió y añadió ―: Pero lo que Poddy va a hacer ahora
mismo es irse a la cama. Hace mucho tiempo que deberías estar acostada, a pesar
de todos esos bailes y esas retiradas madrugada a que te has aficionado
últimamente.
―¡Oh!...
¿qué hora es en Marsópolis? Miró el reloj:
―Las
veinte y diecisiete. ¿No estarás pensando en telefonear tus padres, ¿verdad?
Espero que no.
―No,
claro No les diré una palabra a menos que... hasta Clark vuelva. Y tal vez ni
siquiera entonces. Pero si sólo son veinte y diecisiete, no es demasiado tarde
según nuestra hora, y no quiero acostarme. Por lo menos hasta que lo hagas tú.
―Tal
vez no me acueste.
―No
me importa. Quiero seguir sentada aquí contigo. Parpadeó y luego dijo
amablemente:
―Muy
bien, Poddy. Nadie madura nunca sin haber pasado menos una de esas noches
eternas.
Así
que seguimos sentados allí mucho rato sin nada que decirnos. Todo estaba dicho
ya y nos habría dolido mucho repetirlo.
Al
fin pedí:
―Tío
Tom, cuéntame mi cuento.
―¿A
tu edad?
―Por
favor ―trepé a sus rodillas ―, quiero sentarme una vez más en tu regazo para
escucharlo. Lo necesito.
―De
acuerdo ―dijo, y me rodeó con sus brazos ―. Una vez, hace muchísimo tiempo,
cuando el mundo era joven, y en una ciudad especialmente favorecida, vivía una
niña pequeña llamada Poddy. Todo el día estaba ocupadisima, como un relojito.
Tic―tic―tic, hacían sus zapatos; tic―tic―tic, hacían sus agujas de hacer punto
y, especialmente, tic―tic―tic, hacía su mente que no paraba de discurrir. Sus
cabellos tenían el color de los ranúnculos en primavera, cuando el hielo deja
los canales; sus ojos eran de ese azul cambiante bajo los rayos del sol que
juegan en el agua de los arroyos en primavera. La nariz todavía no había
decidido qué dirección seguir y la boca era como un signo de interrogación.
Saludaba al mundo como un regalo por descubrir y no había maldad en ella. Un
día, Poddy...
Le
interrumpí.
―Pero
yo ya no soy pequeña. ¡Y ya no creo que el mundo fuera joven alguna vez!
―Aquí
tienes mi pañuelo ―dijo ―. Suénate. Jamás te conté el final del cuento, siempre
te quedabas dormida. Termina con un milagro.
―¿Un
milagro auténtico?
―Sí.
Ése es el final. Poddy creció y tuvo otra Poddy. Y entonces el mundo fue joven
de nuevo.
―¿Y
eso es todo?
―Eso
es todo. Mejor dicho, ya es bastante.
11
Supongo
que tío Tom me metió en la cama, pues me desperté vestida y con el traje muy
arrugado. Tío Tom había salido del hotel, pero había dejado una nota diciendo
que podía ponerme en contacto con él, si le necesitaba, a través del
presidente. No tenía ninguna excusa para molestarle, ni deseaba ver a nadie,
así que ordené a María y María que me dejaran sola y me tomé el desayuno en la
cama. Comí mucho, he de confesarlo... el cuerpo exige sus derechos pase lo que
pase.
Luego
escribí en mi diario por primera vez desde que aterrizamos. No quiero decir con
esto que no haya llevado el diario, me limitaba a grabarlo en vez de
escribirlo. La biblioteca de nuestra suite tiene una grabadora incorporada a su
mesa y descubrí que resultaba más fácil llevar el diario de ese modo. Bueno, en
realidad ya lo había descubierto antes, porque el señor Clancy me dejaba
utilizar la grabadora que tienen ellos para llevar el diario de navegación.
El
único inconveniente de la grabadora de la biblioteca era que Clark podía entrar
allí y pescarme en cualquier momento. Pero el primer día que fui de compras
descubrí la más encantadora minigrabadora en «Venus Macy», y sólo por diez
cincuenta. Cabe en la palma de la mano y puedes hablar sin que nadie se de
cuenta si tú no quieres. No pude resistirme. La he llevado desde entonces.
Ahora
quería repasar un poco el principio de mi diario, sobre todo lo primero que
escribiera, para ver si había algo que pudiera recordarme el aspecto del hombre
del paquete o darme una pista de él.
Pero
no. No encontré ninguna pista. Sin embargo, ¡encontré una nota de Clark! Decía
así:
Pod:
Si
llegas a encontrar esto ya es hora de que lo leas, ya que estoy utilizando una
tinta de efecto temporal y luego desaparecerá y ya no lo encontrarás nunca.
Girdie
está en peligro y voy a rescatarla. No se lo he dicho a nadie porque es un
trabajo que me corresponde a mí, y no quiero que tú, ni nadie, se entrometa en
ello.
Sin
embargo, un jugador listo siempre cubre sus apuestas si puede. Si he estado
ausente el tiempo suficiente para que llegues a leer esto, ya es hora de que
cojas al tío Tom y se ponga en contacto con el presidente Cunha. Todo lo que
voy a decirte es que hay un quiosco de prensa justo en la Puerta Sur. Hay que
comprar un ejemplar del «Daily Merchandiser» y preguntar si lleva «Everlites».
Y entonces decir: «Será mejor que me dé dos porque allá donde voy está muy
oscuro».
Pero
no lo hagas tú personalmente. No quiero que armes un lío. Si esto resulta mal,
puedes quedarte con mi colección de rocas. Cuenta hasta diez. Es mejor que uses
los dedos.
CLARK
Todo
se me hizo negro. Esa penúltima línea... Reconocía en ella un testamento
ológrafo, aunque jamás hubiera visto uno. Entonces me enderecé y conté hasta
diez, incluido el taco que solté al final para librarme de la tensión nerviosa.
Éste no era el momento de cegarme y perder el control; había muchas cosas que
hacer.
Llamé
inmediatamente a tío Tom, pues en ese punto estaba perfectamente de acuerdo con
Clark; yo no iba a tratar de emular a Stalwart, el ranger del espacio, o al
Hombre de Acero, como sin duda había sido la intención de Clark. Intentaría
conseguir toda la ayuda que pudiera. Sabiendo que Clark y Girdie estaban en
apuros, con gusto habría dado la bienvenida a un regimiento de marines y a toda
la Legión marciana.
Llamé
al teléfono privado del presidente. Me respondió una grabación que se limitó a
facilitarme un número telefónico. Llamé de nuevo y esta vez la voz de tío Tom
llegó hasta mí. Sin embargo era otra grabación en la que se repetían las
instrucciones que me había escrito en la nota: él iba a estar ocupado todo el
día y yo no debía salir de la suite bajo ninguna circunstancia hasta que él
volviera. Además, añadía que no debía dejar entrar a nadie, ni siquiera a un
mecánico o a un sirviente, excepto a María y María.
Colgué
cuando la cinta empezó a repetirlo por tercera vez. Entonces intenté llamar al
presidente por la vía normal, a través de las oficinas de la Corporación. ¡Y
vaya si me costó! A pesar de repetir una y otra vez que yo era la señorita
Fries, sobrina del senador Fries, de la República de Marte, no conseguí pasar
de su secretaria, o tal vez de la secretaria de ésta.
―El
señor Cunha no puede atenderla en este momento. Lo siento mucho, señorita
Fries.
Solicité
que localizaran a tío Tom.
―No
tengo esa información. Lo siento mucho, señorita Fries.
Entonces
exigí que me pasaran a Dexter.
―El
señor Dexter está en un viaje de inspección por órdenes del señor Cunha. Lo
siento mucho.
No
podía, o no quería decirme cuándo esperaban que volviera Dexter; y no quería, o
no podía decirme cómo ponerme en contacto con él. Cosa que sinceramente no creí
porque, si yo fuera la propietaria de una corporación que abarcara todo el
planeta, establecería el modo de ponerme en todo momento en contacto telefónico
con cada mina, cada rancho, cada fábrica, nave que poseyera la compañía. No voy
a creer que el señor presidente sea menos inteligente que yo para poder
hacerlo.
Así
se lo dije a la secretaria, echando mano de la retórica pintoresca de los
criminales, renegados y obreros del Canal, lo significa que perdí el control
por completo y utilicé palabrotas que ni siquiera imaginaba conocer. Supongo
que el tío tiene razón: se rasca un poco la piel nórdica y debajo hay un
salvaje. Me hubiera gustado hurgarme los dientes ante la secretaria, sólo que
ella no habría comprendido el significado de mi gesto.
Pero
¿quieren creerlo? Lo mismo hubiera dado lanzar todas las maldiciones sobre un
lagarto. No hicieron el menor caso. Se limitaba a repetir: «Lo siento
muchísimo, señorita ., así que solté un último gruñido y colgué.
¿Suponen
ustedes que el presidente utiliza algún Tik―Tok androide como monitor
telefónico? No me extrañaría, porque cualquier mujer de carne y hueso habría
reaccionado de alguna forma ante las maldiciones tan absurdas que le lancé,
aunque no comprendiera la mayoría de mis palabras. (La verdad es que algunas
que ni siquiera yo comprendo. Pero no son cumplidos.)
Pensé
en telefonear a papá. Sabia que él aceptaría el cobro aunque tuviera que
hipotecar su sueldo, pero Marte estaba a once minutos de distancia (así lo leí
en el dial del teléfono) y las comunicaciones vía estación Hermes y Ciudad Luna
eran incluso peores. Con veintidós minutos entre cada contacto necesitaría la
mayor parte del día sólo para decirle que algo iba mal. Sin embargo, habría
llamado de no ser porque... bueno, ¿que podía hacer papá a trescientos millones
de kilómetros de distancia? Lo único que conseguiría es que todo el pelo se le
pusiera blanco.
Solo
cuando me hube tranquilizado lo suficiente me di cuenta de que había algo
extraño en aquella nota que Clark dejara diario con su letra infantil y
fanfarrona. Girdie...
Cierto
que yo no había visto a Girdie en un par de días; tenia un horario que no
coincidía en absoluto con el mío, pues los empleados recién contratados son los
que tienen menos ventajas. Pero estaba segura de haber hablado con ella después
de la desaparición de Clark. Y tío Tom había hablado también con ella justo
antes de salir el día anterior hacia la quinta de los Cunha. Le preguntó
específicamente si había visto a Clark y Girdie había contestado que no. Desde
luego no después de la última vez que le viéramos nosotros.
No
tuve ninguna dificultad para comunicar con don Pedro, no el don Pedro que me
presentaran la noche en que conocí a Dexter, sino el don Pedro de ese turno.
Sin embargo, para este momento ya todos los don Pedro saben quién es Poddy
Fries: la chica que sale con el señor Dexter. Me dijo en seguida que Girdie
había terminado su turno media hora antes, y que la encontraría en el hotel. A
menos que... Se detuvo e hizo algunas preguntas: por lo visto alguien le había
oído decir que se iba de compras.
Llamé
al pequeño hotel al que se había trasladado desde el elegantísimo y carísimo
Tannhauser, y dejé un mensaje grabado que me garantizaba su llamada a los pocos
segundos de volver... si es que volvía.
Esto
ponía fin al asunto. Ya no me quedaba nadie más a quien acudir ni nada más que
hacer, salvo esperar en la suite hasta que volviera el tío como él había
ordenado.
Por
tanto cogí el bolso y una chaqueta y me marché.
No
pude dar más de tres pasos fuera de la puerta. Un personaje alto, grande y
musculoso, se interpuso en mi camino. Cuando intenté sortearle, me dijo:
«Vamos, vamos, señorita Fries. Su tío dejó órdenes».
Corrí
hacia el otro lado pero descubrí que, para ser tan grandote, era
fantásticamente rápido. De modo que así estaban las cosas. ¡Arrestada!
¡Retenida en mis propias habitaciones y mantenida bajo vigilancia! ¿Saben?,
creo que el tío Tom no se fía mucho de mí.
Volví
a mi habitación, cerré la puerta y reflexioné. La habitación aún no estaba
arreglada y seguían allí los platos sucios del desayuno porque, a pesar de la
barrera del idioma, había conseguido que María y María comprendieran sin lugar
a dudas que la señorita Fries se enojaría muchísimo si alguien entraba en la
habitación sin que ella lo ordenara.
La
mesita de ruedas de dos pisos en la que me trajeron el desayuno estaba todavía
junto a la cama. Retiré todo lo del estante inferior, lo escondí en el cuarto
de baño y cubrí la mesita con el mantel. Entonces tomé el teléfono interior y
ordené que retiraran el desayuno inmediatamente.
No
soy muy grande. Quiero decir que una masa de cuarenta y nueve kilos con una
estatura de metro cincuenta y siete se de encajar perfectamente en un espacio
bastante pequeño solo con encogerse un poco. El estante inferior era duro, pero
suficiente.
Las
instrucciones de mi tío (o quizá del señor Cunha) se siguieron al pie de la
letra. Por lo general es un pinche de cocina el que viene a retirar el carrito
de la comida, pero esta vez las dos Marías lo sacaron por la puerta de servicio
y lo llevaron el ascensor. En este momento descubrí algo muy interesante pero
que no me sorprendió demasiado. Una María dijo en portugués y la otra le
contestó en un Orto tan perfecto el mío: «Probablemente estará remojándose en
la bañera, esa gandula».
Mentalmente
tomé nota de olvidarme de ella en sus cumpleaños y en Navidad.
Alguien
me sacó del ascensor, muchos pisos más abajo, y me dejó en un rincón. Esperé
unos segundos y salí. Un hombre, con delantal muy manchado, se me quedó mirando
atónito. Yo le dije: «¡Obligato!», le largué un billete y salí por la entrada
de servicio con la cabeza bien alta. Dos minutos después estaba en un taxi.
He
ido grabando todo este relato mientras el taxi corre hacia la puerta Sur, con
objeto de no comerme las uñas hasta el codo. Debo admitir que me encuentro
bien, aunque muy nerviosa. La acción es mejor que la espera. Los golpes no me
arredran, pero el no saber nada me vuelve loca.
Esta
cinta casi se ha terminado, así que creo que la cambiare por una nueva y
enviaré ésta por correo a mi tío desde la Puerta Sur. Debía de haberle dejado
una nota, lo sé... pero esto es mejor que una nota. Por lo menos eso espero.
12
Bien
no puedo quejarme de no haber visto hadas. Son tan encantadoras como me habían
dicho pero no me importará nada el no volver a verlas.
Lanzándome
a la brecha con toda valentía, y enfrentándome a un horrible destino con
audacia, pude vencer...
No,
no fue así. En absoluto. Lo que hice fue meter la pata. Hasta el fondo. Y ahora
estoy aquí, en algún punto de la selva, encerrada en una habitación sin
ventanas y que sólo tiene una puerta. Esa puerta no me sirve de mucho, ya que
hay un hada posada sobre ella. Es una cosita encantadora y el borde de tono
verdoso de su piel parece exactamente el tutú de una bailarina de ballet. Claro
que no se parece en lo más mínimo a un ser humano en miniatura y con alas...
pero dicen que, cuanto mas las miras, más humanas te parecen. Tiene los ojos
parecidos a los de un gato y una sonrisa estereotipada muy bonita.
Yo
la llamo Titania, porque soy incapaz de pronunciar su verdadero nombre. Habla
algunas palabras de Orto pero no mucho, porque el cerebro de un hada no tiene
más que el doble de volumen que el de un gato. En realidad es bastante idiota,
parece como si estuviera haciendo oposiciones para que la metieran en un
manicomio... y sin estudiar demasiado, además.
La
mayor parte del tiempo se limita a estar allí posada meciendo a su bebé, que es
del tamaño de un gatito recién nacido y mucho más mono. Yo le llamo Ariel,
aunque no estoy segura de su sexo. Tampoco estoy segura del sexo de Titania;
dicen que tanto los machos como las hembras se cuidan de alimentar a los bebés,
no de amamantarlos, claro, porque no son mamíferos, pero lo que les dan sirve
al mismo propósito. Ariel está aprendiendo a volar. Titania lo tira al aire y
él planea hasta el suelo, donde se queda mallando lastimeramente hasta que ella
se baja a cogerlo y vuela de nuevo a su percha.
Yo
dedico casi todo mi tiempo a pensar, poner al día este diario y tratar de
convencer a Titania para que me permita tener a Ariel en brazos. (Ya he hecho
algunos progresos: ahora me deja que lo recoja del suelo y se lo entregue. El
bebé no me tiene ningún miedo.)
Puedo
andar por toda la habitación y hacer cualquier cosa mientras permanezca un par
de metros alejada de la puerta. ¿Adivinan por qué? ¿Se dan por vencidos? Pues
porque las hadas tienen dientes y garras muy agudos; son carnívoras. Ya llevo
un buen mordisco y dos arañazos profundos en el brazo izquierdo ―muy rojos,
ensangrentados y sin aspecto de ir mejorando ―que lo demuestran.
Por
otra parte se muestra muy amistosa... Tampoco físicamente tengo razones para
quejarme. Un nativo entra con bastante frecuencia y trae una bandeja de comida
realmente buena. yo nunca le miro, ni cuando entra ni cuando sale, porque estos
venerios tienen, para empezar, un aspecto demasiado humano y, cuanto más les
miras, más se te revuelve el estómago. Sin duda habrán visto fotografías, pero
no es lo mismo; en las fotografías no se advierte el olor, ni esa boca abierta
y babeante, ni da tampoco la impresión de que esta cosa ha estado muerta mucho
tiempo y se la ha hecho vivir mediante artes obscenas o brujería.
Yo
le llamo Bobalicón, lo que para él es incluso un cumplido. No dudo que es un
macho. Sólo de pensarlo hace que una chica entre a toda prisa en un convento.
Tomo
esas comidas porque estoy segura de que no las ha preparado Bobalicón. Creo
saber muy bien quién las guisa. Seria una buena cocinera.
Voy
a retroceder un poco en mi historia. Le dije al vendedor quiosco: «Será mejor
que me dé dos porque allá donde voy está muy oscuro», y él me miró dudoso. Se
lo repetí.
De
pronto me vi sobrevolando la selva en un coche aéreo. ¿Han tratado de volar
alguna vez hundidos en la niebla? Eso me despistó. No tengo ni la más ligera
idea de dónde estoy, excepto que calculo que son unas dos horas de vuelo desde
Venusberg, y que hay una pequeña colonia de hadas cerca. Las vi volando poco
antes de aterrizar y estaba tan interesada en ellas que ni siquiera eché una
buena mirada a este lugar cuando se detuvo el coche y se abrió la puerta de la
casa. Aunque no me hubiera servido de mucho.
Bajé,
el coche se elevó en seguida abanicándome con sus aletas y me encontré ante una
casa con la puerta abierta desde la que una voz familiar me decía: «¡Poddy!
¡Entra, querida, entra!»
Experimenté
un alivio tan repentino que me lancé a sus brazos y la abracé y ella me abrazó
también. Era la señora Grew, tan gorda y amistosa como siempre.
Pero
de pronto miré a mi alrededor y vi a Clark, sentado en una silla. Me miró,
dijo: «¡Idiota!», y apartó la vista. Y luego vi al tío sentado en otra silla.
Estaba a punto de correr hacia él con grandes gritos de alegría, cuando los
brazos de la señora Grew se tornaron extraordinariamente fuertes y volví a oír
su voz que decía con ternura: «No, no, nena, no tan de prisa», sujetándome
hasta que alguien (que luego supe era Bobalicón) me inmovilizó no sé cómo,
clavándome algo en el cuello.
Así
me vi sentada yo también en otra silla muy cómoda (supongo, porque no tenía
sensibilidad del cuello para abajo). No me encontraba mal, aparte de un extraño
zumbido en los oídos, pero no podía moverme.
El
tío recordaba a Lincoln llorando por los muertos en Waterlo. Todavía no había
hablado.
La
señora Grew dijo alegremente:
―Bueno,
ya tenemos aquí reunidita a toda la familia. ¿Está un poco más dispuesto a
discutir los asuntos con sentido común, senador?
Tío
Tom agitó la cabeza unos milímetros.
Ella
insistió:
―¡Oh,
vamos! ¡Pero si nosotros queremos que asista a la Conferencia! Sólo deseamos
que asista a ella con la mentalidad adecuada. Si no llegamos a un acuerdo...
bien, no creo que sea posible permitir que les encuentren de nuevo, ¿verdad? Y
eso sería una pena, especialmente por los niños.
―¡Váyase
al cuerno! ―le espetó tío Tom.
―¡Oh,
estoy segura de que no habla en serio!
―¡Pues
claro que sí! ―gritó agudamente Clark―. ¡Es usted una obscenidad ilegal! ¡Y por
mí se puede ir a la mierda!
Comprendí
que estaba realmente furioso, porque Clark desprecia las palabras groseras, ya
que dice que denotan una mente inferior.
La
señora Grew miró plácidamente, incluso tiernamente, a Clark. Luego llamó de
nuevo a Bobalicón.
―Llévatelo
fuera y consérvalo consciente hasta que muera.
Bobalicón
levantó a Clark y se lo llevó. Pero mi hermano tuvo la última palabra:
―¡Y
además de todo eso ―gritó ―, usted hace trampas en los solitarios! ¡Yo lo vi!
Por
un segundo la señora Grew pareció realmente enojada. Luego su rostro retornó a
la amable expresión habitual y dijo a mi tío:
―Ahora
que ya tengo a los dos niños creo que puedo permitirme el lujo de matar a uno
de ellos. Especialmente ya que usted le tiene tanto cariño a Poddy. Demasiado
cariño, dirían algunos. Los psiquiatras, quiero decir.
Medité
en sus palabras y decidí que, si salía de ésta, haría una estera con su pellejo
y se la regalaría a mi tío.
Éste
no le hizo el menor caso. De pronto se escuchó un sonido horrísono, choque de
metal contra metal. La señora Grew sonrió.
―Es
un método bárbaro, pero funciona. Se trata de lo que utilizaban como calentador
de agua cuando esto era un rancho. Por desgracia, no es lo bastante grande para
que puedan sentarse en su interior... aunque un muchachito tan grosero no puede
esperar que se le trate con cortesía. Ese sonido que oyen lo produce un trozo
de cañería golpeando la parte exterior del recipiente. ―Se quedó pensativa unos
instantes ―. No sé si podremos hablar de lo que nos interesa con ese escándalo.
Creo que voy a ordenar que se lleven el tanque más lejos... aunque tal vez
nuestra conversación fuera mucho más rápida si lo tuviéramos más cerca y
ustedes pudieran oír también los gritos que da el niño en el interior. ¿Qué
opina, senador?
Le
interrumpí:
―¿Señora
Grew?
―¿Sí,
querida? Lo siento, Poddy, pero ahora estoy muy ocupada. Más tarde tomaremos
juntas una tacita de té. En cuanto a esto, senador...
―Señora
Grew, usted no conoce bien a mi tío. Jamás le sacará nada de este modo.
―Creo
que exageras, nena. Lo crees así porque quieres creerlo.
―No,
no, ¡no! Usted no tiene la menor oportunidad de conseguir que mi tío Tom haga
nada contra Marte. Pero si le hace daño a Clark, o a mí, todavía se mostrará
más terco. Sí, claro que me quiere a mí, y a Clark también. Pero si trata de
vencer su terquedad haciéndonos daño a uno de los dos, está perdiendo el
tiempo.
Hablaba
rápidamente y con toda la sinceridad que podía. Me parecía oír los gritos de
Clark. No era posible, supongo, con aquel ruido infernal. Pero en una ocasión,
cuando era un bebé, se cayó en una papelera y estuvo chillando horriblemente
hasta que yo le rescaté. Supongo que eso era lo que yo oía en mi mente.
La
señora Grew sonrió con amabilidad.
―Poddy,
querida, no eres más que una niña y te han llenado la cabeza de tonterías. El
senador va a hacer exactamente lo que yo quiera.
―¡No
si mata a Clark! ¡No lo hará!
―Cállate,
y déjame que te lo explique o habré de darte un par de bofetadas para que te
calles. Poddy, yo no voy a matar a tu hermano...
―¡Pero
usted dijo...!
―¡Que
te calles! Ese nativo que se llevó a tu hermano no entendió lo que dije; apenas
conoce el Orto más elemental, unas cuantas palabras, ni siquiera una frase
completa. Dije lo que dije en beneficio de tu hermano para que, cuando vuelvan
a traerlo, siga gimiendo y pidiéndole a tu tío que haga todo lo que yo le
mande... Sonrió calurosamente ―. Una de las estupideces que te han enseñado por
lo visto es que el patriotismo y otras majaderías semejantes anulan los propios
intereses de cualquier individuo. Créeme, no temo en absoluto que un viejo
zorro político como tu tío apoye esos conceptos abstractos y estúpidos. Lo que
sí le preocupa es su propia ruina política en el caso de que haga lo que yo
quiero. Cosa que hará, ¿eh, senador?
―Señora
―contestó el tío Tom con voz tensa ―, me parece totalmente inútil continuar
esta conversación.
―A
mí también. Por eso no hablaremos usted y yo. Pero sí puede escuchar mientras
se lo explico a Poddy. Querida, tu tío es un hombre muy terco y no quiere
contribuir con ligereza a su ruina en la política. Necesito una cuerda para
hacerle bailar y en ti tengo esa cuerda, estoy segura.
―¡Pues
yo no!
―¿Quieres
una bofetada? ¿O prefieres que te amordace? Me gustas, querida. No me obligues
a usar la fuerza. Dije que contaba contigo, no con tu hermano. ¡Oh, sin duda tu
tío representará muy bien ese solemne embuste de tratar igual a sus dos
sobrinos: regalos de Navidad, de cumpleaños y bobaditas de ésas. Pero es
indudable que nadie podría querer a tu hermano; me atrevo a decir que ni
siquiera su propia madre. Sin embargo, el senador sí te quiere a ti, y mucho
más de lo que le gustaría que nadie supiera. Por eso le estamos haciendo ahora
un poquito de daño a tu hermano. ¡Oh, casi nada! Todo lo más se quedará sordo,
para que tu tío comprenda lo que te pasará a ti. A menos que sea bueno y
pronuncie su discurso exactamente como yo se lo ordene. ―Miró pensativamente a
mi tío ―: Senador, no consigo decidir cuál de los dos métodos daría mejores
resultados con usted. Verá, yo quiero que usted recuerde, después que haya
accedido a cooperar, que me dio su palabra. Porque a veces los políticos
olvidan que se han vendido. Una vez le deje en libertad, ¿qué me conviene más?
¿Dejar ir a su sobrino con usted para que le ayude a recordar? ¿O retener al
chico aquí y trabajarle un poquito cada día ante los ojos de su hermana... para
que ella tenga una idea bien clara de lo que puede ocurrirle si usted me sale
con algún truco en Ciudad Luna? ¿Qué le parece, senador?
―Señora,
no hay lugar para esa disyuntiva.
―¿Por
qué no, senador?
―Porque
yo no estaré en Ciudad Luna a menos que los dos niños estén conmigo sanos y
salvos.
La
señora Grew se echó a reír.
―Esas
son las típicas promesas de campaña, senador. Ya razonaré con usted más tarde.
Pero ahora ―y miró un reloj muy antiguo que llevaba prendido como un broche
sobre su grueso seno ―, creo que será mejor poner fin a ese escándalo;
Me
da dolor de cabeza. Y dudo que su sobrino pueda ya oírlo, como no sea a través
de los huesos.
Se
puso en pie y se marchó, moviéndose con agilidad y gracia sorprendentes en una
mujer de su edad y de su peso.
De
pronto se detuvo el ruido.
Me
cogió tan de sorpresa que habría pegado un salto si hubiera podido mover algo
del cuello para abajo. Pero era imposible.
El
tío me miraba.
―Poddy,
Poddy... ―dijo suavemente. Yo le grité:
―¡Tío,
no cedas ni un milímetro ante esa mujer tan horrible!
―Poddy,
es que no puedo acceder a lo que quiere. En absoluto. ¿Lo entiendes? ¿Lo
entiendes?
―¡Por
supuesto que si! Pero, mira, podrías mentir, decirle cualquier cosa. Conseguir
que te soltara y llevarte a Clark, como ella sugirió. Luego podrías rescatarme.
Yo resistiré. ¡Ya lo veras!
Parecía
terriblemente viejo.
―Poddy...
Poddy, cariño... me temo mucho... que éste sea el fin. Sé valiente, querida.
―¡Bah!,
no he tenido mucha práctica en eso, pero lo intentare. ―Me examiné a fondo para
ver si estaba asustada, y no lo estaba; no del todo. En cierto modo no podía
sentir mucho miedo teniendo a mi tío allí, aun cuando él fuera tan impotente
entonces ―. Pero ¿qué es lo que ella quiere? ¿Es una especie de fanática?
No
contestó porque ambos oímos la risa ronca y alegre de señora Grew.
―¡Fanática!
―repitió acercándose a mí y acariciándome la mejilla ―. Poddy, querida, no soy
una especie de fanática, ni me importa la política más de lo que, en realidad,
le importa a tu tío. Pero aprendí hace muchos años, cuando sólo era una niña, y
te diré de paso que mucho más atractiva de lo que tú llegarás a ser, que el
mejor amigo de una chica es el dinero. No, guapa, yo soy una profesional a
sueldo, y muy buena, además. ―Continuó con gran animación ―; Senador, creo que
el chico se ha quedado sordo, pero no puedo estar segura. Acaba de desmayarse
en este instante. Lo discutiremos después, ahora me toca dormir la siesta.
Quizá sería mejor que descansáramos todos un poco.
Llamó
a Bobalicón y éste me metió en la habitación en que sigo ahora. Cuándo me
levantó en sus brazos ―¡algo que me dio un asco espantoso! descubrí que podía
mover un poquito manos y pies y traté de luchar. Pero no me sirvió de nada;
acabaron por encerrarme aquí.
Al
cabo de un rato se pasaron por completo los efectos de la droga y, aunque muy
débil, me sentí casi normal. Poco después descubrí que Titania es en realidad
un buen perro guardián, y ya no he vuelto a intentar llegarme a la puerta.
Tengo el brazo y el hombro muy doloridos, entumecidos.
En
cambio me dediqué a inspeccionar la habitación.. Apenas hay nada en ella. Una
cama con colchón pero sin sábanas (aunque no se necesitan en este clima). Una
especie de mesa fijada a la pared y una silla unida al suelo. Tubos de luz en
los ángulos superiores de la habitación. Lo comprobé todo en seguida después de
haber aprendido, y del modo más desagradable, que Titania no era una monadita
con alas etéreas. Estaba bien claro que la señora Grew, o quien hubiera
diseñado este cuarto, no se proponía dejar nada en él que pudiera utilizarse
como arma contra Titania o contra nadie. Y ni siquiera me habían dejado la
chaqueta y el bolso.
Lamentaba
en especial la pérdida del bolso, porque siempre llevo ciertas cosas útiles en
él: una lima de uñas, por ejemplo... Si hubiera tenido siquiera mi lima de uñas
habría tratado de atacar a aquel hada sedienta de sangre. Pero no perdí el
tiempo pensando en ello. Mi bolso seguiría donde lo dejé cuando me drogaron.
Lo
que si descubrí fue una cosa muy interesante: en este cuarto había estado encarcelado
Clark antes de que me encerraran a mí: una de sus dos maletas estaba allí.
Supongo que yo debería de haberla echado de menos en su habitación la noche
anterior, sólo que estaba demasiado deprimida y dejé que el tío terminara el
registro. En la maleta había toda una colección de cosas muy extrañas para un
caballero errante que se lanza al rescate de una damisela en apuros: algunas
ropas (tres camisas deportivas, dos pares de pantalones cortos, un par de
zapatos), una regla de cálculo y tres tebeos.
Si
hubiera encontrado una pistola, o provisiones, o ciertos productos químicos, no
me habría sorprendido... Lo habría encontrado muy propio de mi hermano. Pero,
claro, si uno se para pensar en ello, y aunque sea inteligentisimo, Clark no es
más que un niño.
Empecé
a preocuparme entonces por la posibilidad de que estuviera sordo. Luego dejé de
pensar en ello. Si era cierto, no podía evitarlo y de todas formas él no
echaría mucho de menos el sentido del oído, ya que casi nunca escucha a nadie.
Así que me tendí en la cama y leí los tebeos. No soy aficionada esta lectura
pero me resultaron muy entretenidos, especialmente porque los héroes siempre
salían victoriosos de circunstancias mucho peores que las mías.
Al
cabo de un rato me quedé dormida y soñé con esos héroes.
Me
despertó el desayuno, que parecía más bien una cena, pero que estaba muy bueno.
Bobalicón se llevó la bandeja: los platos y la cuchara de plástico no parecían
buena solución como armas de ataque. Sin embargo me encantó descubrir que me
habían devuelto el bolso.
Pero
mi gozo sólo duró diez minutos, pues no estaban en él la lima, ni una navaja,
ni nada más puntiagudo o letal que el lápiz de labios y el pañuelo. La señora
Grew no había tocado mi dinero, ni la pequeña grabadora, pero se había quedado
con todo aquello que hubiera podido servirme de algo (algo malo, claro). Así
que apreté los dientes y me dediqué a comer y a poner al día este diario que
para nada va a servir. Eso es lo que he hecho desde entonces: dormir, comer y
hacerme amiga de Ariel. Me recuerda a Duncan. No, no es que se parezcan
realmente, pero todos los bebés tienen algo en común, ¿no creen?
Me
había echado a dormir por falta de otra cosa mejor que hacer, cuando me
despertaron.
―Poddy,
querida.
―¡Ah,
hola, señora Grew!
―Vamos,
vamos, nada de movimientos bruscos ―dijo fríante. (Conste que no iba a hacer
ninguno con aquella pistola apuntándome al estómago. Me gusta mucho mi
estómago, caramba; es el único que tengo.)―. Ahora sé buena chica, date la
vuelta y cruza las manos a tu espalda.
Obedecí,
y un momento después tenía las muñecas firmemente atadas. Luego anudó la cuerda
alrededor de mi cuello, de modo que, si ― trataba de soltarme, sólo conseguiría
estrangularme. No hice el menor movimiento, claro.
Desde
luego, hubo por lo menos un instante en que no me apuntaba con la pistola y
todavía no me había atado las manos. Cualquier héroe de los tebeos habría
aprovechado aquel feliz instante para dejarla inconsciente y atarla luego con
su propia cuerda. Por desgracia ninguno de esos héroes se llama «Poddy Fríes».
Mi educación sólo abarca la cocina, la costura, muchas matemáticas, historia y
ciencias, y bobadas tan útiles como el dibujo artístico, la fabricación de
velas y cómo hacer jabón. Pero todo lo que he aprendido de lucha libre ha sido
gracias a mis peleas con Clark. Sé que mamá opina que esto es un gran fallo.
Ella domina el karate y el judo, y puede disparar tan bien como papá, pero éste
no ha querido enviarme a estas clases. Tengo la impresión de que no desea en
realidad que su «neníta» aprenda tales cosas.
Estoy
de acuerdo con mi madre: ha sido un fallo. Porque debió de haber un
microsegundo en el que hubiera podido darle una patada a la señora Grew,
alcanzarla en el plexo solar, romperle el cuello mientras aún seguía
inconsciente y correr a izar la Unión Jack como en La isla del tesoro.
La
oportunidad sólo se presenta una vez y no estuve a la altura de las
circunstancias.
En
cambio la señora Grew se me llevó como un cachorrito al extremo de su correa.
Titania nos miró cuando cruzábamos la puerta, pero ella le lanzó algo así como
un cloqueo y el hada volvió a instalarse de nuevo en su percha abrazando a
Ariel.
La
señora Grew me obligó a recorrer un pasillo delante de ella y luego cruzamos la
sala donde yo viera por última vez a tío Tom y a Clark. Atravesando otra puerta
y otro pasillo, llegamos a una gran habitación.
¡Y
me quedé boquiabierta, reprimiendo un grito de horror!
La
señora Grew dijo alegremente:
―Echa
una ojeada, querida. Aquí tienes a tu nuevo compañero de cuarto.
La
habitación estaba dividida en dos por una gran reja de hierro de enormes
barrotes, como una jaula en el zoológico. Allí estaba encerrado Bobalicón,
aunque me llevó un largo momento de horror reconocerlo. Creo que ya habrán
adivinado que en ningún momento me pareció guapo. Bien, queridos míos, pues
antes era el Apolo de Belvedere comparado con aquella bestia demoníaca de ojos
ardientes en que se había convertido.
Desperté
tendida en el suelo mientras la señora Grew me aplicaba sales... Sí, amigos, el
«capitán Podkayne Fríes», «la famosa exploradora», se había desmayado como una
tonta. De acuerdo, adelante, ríanse, no me importa. Pero ninguno de ustedes se
ha visto en la perspectiva de compartir su alojamiento un monstruo así.
La
señora Grew se reía.
―¿Te
encuentras mejor, querida?
―¡No
irá usted a meterme ahí con él!
―¿Cómo?
¡Oh, no!, eso fue sólo una bromita. Estoy segura que tu tío no me obligará a
recurrir a tales extremos. ―Miró pensativamente a Bobalicón, que sacaba un
brazo por entre los barrotes tratando una y otra vez de cogernos ―. No ha
tomado mas que cinco miligramos y, para un adicto al polvo de la felicidad, eso
no sirve ni para ponerle nervioso. Si alguna vez he meteros con él, a ti o a tu
hermano, le he prometido quince lo menos. Necesito tu consejo, querida. Verás,
estoy a punto enviar a tu tío de regreso a Venusberg para que pueda coger nave.
Ahora bien, ¿qué crees tú que daría mejor resultado?
―¿Meter
ahora mismo, ante los ojos de tu tío, a tu hermano en esta jaula, o esperar a..
.?
―¿Mi
tío está observándonos?
―Sí,
claro. Ha visto cómo te desmayabas y...
―¡Tío
Tom!
―¡Oh,
cállate, Poddy! Puede verte, pero no oírte, y, desde luego, le es imposible
ayudarte. Hum... eres tan idiota que no necesito tus consejos. ¡Vamos, en pie!
Y me
llevó de regreso a mi celda.
Eso
fue hace horas y, sin embargo, parece que han pasado años.
Desde
luego, muchísimo tiempo, el suficiente para que Poddy pierda el valor. Miren,
no tengo por qué decirles esto; nadie lo sabe más que yo, pero he sido
completamente sincera en este diario y seguiré siéndolo ahora. He decidido que,
en cuanto tenga la oportunidad de hablar con mi tío, le rogaré, le suplicaré
que haga lo que sea, para evitar que me encierren con ese nativo drogado. No me
enorgullezco de ello. Ni estoy segura de volver a enorgullecerme de mí misma en
toda la vida. Pero ésa es la verdad y no me importa que me la echen en cara. He
tropezado con algo tan aterrador que me he venido abajo. Ahora, sólo por
haberlo confesado, me siento un poco mejor, y espero que, cuando llegue el
momento, no gemiré, ni suplicaré. Pero yo..., la verdad..., no lo sé.
De
pronto arrojaron a alguien al interior de mi habitación. ¡Era Clark!
Salté
del lecho, le eché los brazos al cuello, le levanté en el aíre y empecé a darle
besos.
―¡Oh,
Clarkie, Clarkie, hermano! ¿Estás herido? ¿Qué te han hecho? ¡Háblame! ¿Estás
sordo?
Escuché
un susurro junto a mi oreja.
―Déjate
de memeces, Pod.
Comprendí
que no estaba malherido, aquello sonaba muy típico de Clark. Repetí en voz más
baja:
―¿Estás
sordo?
Volvió
a susurrarme al oído:
―No,
pero ella cree que .sí, y de momento dejaremos que lo siga pensando.
Se
desembarazó de mí, echó una mirada a su maleta y recorrió pensativamente toda
la habitación manteniéndose alejado de Titania sólo lo justo para evitar que se
lanzara contra él. Luego volvió, acercó su rostro al mío y me preguntó:
―Poddy,
¿sabes leer en los labios?
―No,
¿por qué?
―¿Cómo
que no, si acabas de hacerlo?
Bueno,
no era del todo cierto. Un poquito sí había susurrado, pero descubrí que en
realidad le «oía» porque le miraba a los labios, no porque me llegara su voz.
Tiene gracia, pero Clark dice que casi todas las personas leen en los labios
más de lo que creen, y él ―que lo había observado ― se ha dedicado a practicar
hasta hacerlo muy bien, sólo que lo ha mantenido en secreto porque en ocasiones
resulta muy útil.
Me
obligó a hablar tan bajo que ni yo misma me oía la voz, y otro tanto hizo él.
Me dijo:
―Mira,
Pod, no sé si la vieja Grew ha llenado de micrófonos esta habitación. No he
advertido ningún cambio desde que estuve encerrado aquí. Pero por lo menos hay
cuatro puntos donde podría estar oculto un micro. De modo que callemos, porque
es lógico que si nos permite estar juntos, es para oír lo que tenemos que
decirnos. Así que habla en voz alta de todo lo que quieras, pero sólo para
hacer ruido. Di lo muy asustada que estas, qué horrible es que yo ya no oiga
nada, y cosas así.
Eso
hicimos. Grité, gemí y lloré por mi pobre hermanito, y se quejó de que no oía
ni una palabra de lo que le decía; pedía a gritos una y otra vez que buscara un
lápiz y escribiera lo que quería decirle... Y mientras tanto hablábamos muy en
serio de cosas importantes que Clark no quería que la señora Grew oyera.
Quise
saber cómo era que no se había quedado sordo. ¿Le habían metido de verdad en
aquel tanque?
―¡Claro
que sí! Repuso ―, pero no estaba tan desamparado como crees. Llevaba unos
papeles en el bolsillo y los mastiqué hasta convertirlos en pulpa. Me taponé
los oídos. ―Parecía apenado ―. ¡Eran billetes de veinte! Apuesto a que han sido
los tapones más caros que has visto en tu vida. Luego me envolví la cabeza con
la camisa y traté de ignorar el ruido. Pero deja ya eso y escucha.
Todavía
se mostró más parco cuando quise saber cómo le habían atrapado.
―De
acuerdo, si, me dejé engañar. Tampoco tú y el tío fuisteis muy listos... De
todas formas, tú eres responsable.
―¡Yo
no soy responsable! ―susurré indignada.
―Si
no eres responsable, es que eres irresponsable, lo cual es peor. Lógica. Pero
déjalo, ahora tenemos cosas más importantes que hacer. Mira, Pod, vamos a salir
de aquí.
―¿Cómo?
―Observé a Titania. Estaba acunando y alimentando a Ariel, pero no nos quitaba
ojo.
Clark
siguió mi mirada.
―Ya
me ocuparé de ese insecto cuando llegue el momento, no te preocupes. Ha de ser
pronto y ha de ser de noche.
―¿Por
qué de noche? ―No podía por menos que pensar que este «paraíso» cubierto de
niebla ya era bastante malo cuando se podía ver algo, pero oscuro como boca de
lobo...
―Pod,
a ver si te entra en la cabeza que estamos haciendo plan. Tiene que ser
mientras diaspar esté encerrado.
―¿diaspar?
―Ese
puñado de músculos que trabaja para ella, el nativo.
―¡Oh!,
quieres decir Bobalicón.
―Bobalicón,
diaspar, Albert Einstein. El drogado. Sirve la cena, luego lava los platos y a
continuación ella le encierra dándole su ración de polvo para la noche. Sigue
enjaulado hasta que se duerme, porque esa vieja gorda le tiene tanto miedo como
nosotros cuando él está drogado. Así que habremos de intentarlo mientras esté
enjaulado y ella duerma también. Si tenemos suerte no tropezaremos con el tipo
que conduce el coche aéreo, porque no siempre duerme aquí. Sin embargo, no
podemos contar con ello y ha de ser antes de que el «Tricornio» salga para
Luna. ¿Cuándo se va?
―Doce
diecisiete del día ocho.
―¿Y
eso es...?
―¿Tiempo
local? Nueve dieciséis del miércoles veinte.
―Vamos
a comprobar.
―¿Por
qué?
―Calla.
Había
sacado la regla de cálculo de la maleta y estaba fijándola. Para la conversión,
supuse, de modo que le pregunté:
―¿Quieres
saber el segundo de Venus para este año terrestre?
Estaba
orgullosa de tenerlo en la punta de la lengua, como un auténtico piloto. El
señor Clancy no había perdido del todo el tiempo con sus clases, aunque nunca
le había permitido que se pusiera tierno conmigo.
―No.
Ya lo sé. ―Acabó de calcular con la regla, leyó el resultado y anunció ―: Ambos
recordamos las cifras y sabemos también la conversión. Ahora comprobemos
nuestros relojes. ―Ambos nos miramos la muñeca ―: ¡Marca!
Ibamos
de perfecto acuerdo, apenas unos segundos de diferencia, pero no fue eso lo que
observé; yo miraba la fecha.
―¡Clark!
¡Hoy es diecinueve!
―¿Creías
acaso que era Navidad? ―dijo secamente ―. Y no grites tanto otra vez. Puedo
leer en tus labios aunque no emitas el menor sonido.
―¡Pero
eso es mañana! ―Ni siquiera susurraba.
―Peor.
Faltan menos de diecisiete horas y no podemos hacer un movimiento hasta que ese
bruto esté encerrado. Sólo tenemos una oportunidad. Una sola.
―Tío
Tom no llegará a la Conferencia.
Se
encogió de hombros.
―Tal
vez sí, tal vez no. Que decida irse o que se quede por aquí tratando de
encontrarnos es algo que nada me importa.
Estaba
muy hablador para ser mi hermano, pero suele comerse palabras; por lo menos yo
no le entendía.
―¿Qué
has querido decir con eso de «que se quede por aquí»?
Al
parecer Clark creía que ya me lo había dicho, o que yo ya lo sabía, pero no era
así. Tío Tom se había ido. De pronto me sentí perdida y abandonada.
―Clark,
¿estás seguro?
―Claro
que estoy seguro. Ella se cuidó muy bien de que yo le viera irse. diaspar le
cargó como un saco de maíz y vi cómo el coche se elevaba entre la niebla. Tío
Tom está en Venusberg.
De
pronto me sentí mucho mejor.
―¡Entonces
vendrá a rescatamos! Clark parecía aburrido.
―Pod,
no seas tan estúpida.
―Pero
lo hará. El tío Tom, y el presidente, y Dexter...
Me
interrumpió:
―¡Oh,
diablos, Poddy! Recapacita. Eres el tío Tom, estás en Venusberg y cuentas con
toda la ayuda posible. Muy bien: ¿cómo encuentras este lugar?
―¡Ah...!
―me detuve ―. Ah... ―dije de nuevo. Luego cerré la boca y la mantuve bien
cerrada.
―Ah...
―asentí ―. Exactamente: «ah». No lo encuentras. ¡Oh!, tal vez en unos ocho o
diez años y con unos miles de personas dedicadas a la búsqueda, podría hallarse
por eliminación. ¡Pero sí que iba a servirnos eso! Métetelo bien en la
cabezota, hermana: nadie va a rescatarnos, nadie puede ayudarnos. O salimos de
aquí esta noche o estamos perdidos.
―¿Por
qué esta noche? Bueno, no es que me parezca mal, pero si esta noche no tenemos
la oportunidad...
―Entonces
a las nueve dieciséis de mañana ―me interrumpió ― habremos muerto.
―¿Por
qué?
―Piénsalo
por ti misma, Pod. Ponte en el lugar de esa vieja gorda. Mañana sale el
«Tricornio». Imagina las dos posibilidades: o el tío Tom se va en él o no se
va. Bien, tú tienes a sus sobrinos. ¿Qué haces con ellos? Piensa con lógica.
Con su tipo de lógica.
Lo
intenté, de verdad que lo intenté. Pero tal vez no me hayan educado bien esta
clase de lógica. Era incapaz de imaginarme matando a alguien sólo porque
quienquiera que fuese se había convertido en una molestia para mí.
Sin
embargo, comprendía que Clark tenía toda la razón: mañana, después de la
partida de la nave, no seremos más que un engorro para la señora Grew. Si el
tío no se va, la estorbamos, y si se va y ella cuenta con que reteniéndonos
puede hacer que obedezca sus instrucciones en Ciudad Luna (él no lo haría, por
supuesto, pero de todos modos ella cuenta con eso) cada día que pase es mayor
el riesgo de que podamos escapar y ponernos en contado con él.
De
acuerdo, tal vez yo no sea capaz de imaginar un sencillo asesinato; está por
encima de mi experiencia. Pero supongamos que tanto Clark como yo cogemos la
viruela y nos morimos... eso resultaría muy conveniente para la señora Grew,
¿verdad?
―Lo
comprendo ―dije.
―Bien.
Aún tengo que enseñarte unas cuantas cositas, Pod. O lo hacemos esta noche o
nos mata a los dos mañana a las nueve. Y también a diaspar, claro, y encima
incendia la casa.
―Pero
¿por qué diaspar?
―Poddy,
no tiene otro remedio. El polvo de la felicidad. Esto es Venus y sin embargo ha
permitido que viéramos que estaba dando droga a un adicto. No dejará testigos.
―Tío
Tom es un testigo también.
―¿Y
qué, si lo es? Esta vieja gorda cuenta con que mantendrá la boca cerrada hasta
que acabe la Conferencia y para entonces ella ya estará de vuelta a la Tierra y
se habrá perdido entre ocho billones de personas. ¿Crees que va a quedarse aquí
y correr el riesgo de que la cojan? Pod, sólo va a esperar el tiempo suficiente
para averiguar si tío Tom ha cogido el «Tricornio» o no. Entonces llevará a
cabo el plan A o el plan B, lo que nos es indiferente porque en ambos casos
nosotros morimos. ¡A ver si lo entiendes de una vez, idiota!
―De
acuerdo, lo comprendo ―contesté temblorosa.
―Pero
nosotros no esperamos ―prosiguió con una sonrisa ―. Nosotros ejecutamos nuestro
propio plan, mi plan, primero.
―Se
mostraba insoportablemente engreído. Añadió ―: Metiste la pata y viniste aquí
sin hacer nada de lo que te dije; tío Tom lo hizo tan mal como tú, creyendo que
todo se arreglaba pagando un rescate. ¡Pero yo sí que vine preparado!
―¿De
verdad? ¿Con qué? ¿Con la regla de cálculo? ¿O tal vez con los tebeos?
Clark
dijo:
―Pod,
tú sabes que nunca leo tebeos. No eran más que el camuflaje perfecto.
(La
verdad es que eso es cierto... ¡Y yo que creía haber descubierto su vicio
secreto!)
―Entonces,
¿qué? ―exigí.
―Ármate
de paciencia, mi querida hermanita. Ya lo sabrás todo en el momento oportuno.
―Volvió a dejar la maleta en la cama, luego añadió ―: Vigila la puerta. Si se
acerca Lady Macbeth, estoy leyendo tebeos.
Hice
lo que me indicó, pero no pude evitar añadir una pregunta:
―Clark,
¿crees que la señora Grew es parte de la banda que te entregó aquella bomba?
―¿Qué
bomba? ―Parecía tonto.
―La
que subiste al «Tricornio», previo soborno, claro. ¡Vamos! ¡Salirme ahora con
esa pregunta!
―¡Oh,
eso! Diablos, Poddy, ¡te lo crees todo! Cuando llegues a la Tierra no dejes que
nadie te venda las Pirámides, no están en venta. ―Siguió trabajando y yo traté
de calmar mi enfado.
De
pronto dijo:
―No
es posible que ella supiera nada de la bomba o no habría viajado en el
«Tricornio» como pasajera.
Clark
tiene la habilidad de dejarme siempre en ridículo. Esto era tan obvio ―después
que él lo indicara ― que no hice el menor comentario.
―Entonces,
¿qué deduces tú?
―Bueno,
tal vez la contratara la misma gente, pero sin que ella supiera que la
utilizaban como reserva.
Mi
mente discurría a toda velocidad y aún se me ocurrió otro peligro:
―En
cuyo caso podría haber un tercer complot para acabar con tío Tom entre Venus y
Luna.
―Desde
luego hay mucha gente extraordinariamente interesada en él. Pero yo creo que
podemos dividirlos en dos grupos. Uno, casi con seguridad de Marte, no quiere
en absoluto que tío Tom asista a la Conferencia. Otro, probablemente de la
Tierra, al menos la vieja gorda si procede de la Tierra, quieren que esté allí,
pero que baile al son que ellos tocan. De otro modo no hubiera dejado en
libertad a tío Tom después de tenerle aquí; habría hecho que diaspar le
arrojara a un pantano y esperara a que terminaran las burbujitas. ―Clark sacó
algo y lo miró ―. Pod, repite esto: me encuentro exactamente a veintitrés
kilómetros de la Puerta Sur, orientación siete grados sudoeste.
Lo repetí.
―¿Cómo
lo sabes?
Me
mostró un pequeño objeto negro del tamaño de un par de paquetes de cigarrillos.
―Un
rastreador automático, modelo de infantería. Aquí puedes comprarlo en cualquier
tienda y todo aquel que se mete en la selva lo lleva consigo.
Me
lo entregó. Lo estudié con interés. Jamás había visto uno tan pequeño. Los
nativos o renegados que viven en la selva los usan, claro, aunque más grandes y
montados en sus carros. Conocía más o menos su funcionamiento porque la
astronavegación mediante piloto automático con integración vectorial de
aceleración y tiempo es algo muy corriente en las naves espaciales y los
misiles dirigidos. Pero mientras el rastreador automático del «Tricornio» se
supone que tiene una exactitud de un millón a uno, creo que este aparatito no
pasaría de mil a uno en su lectura. ¡Sin embargo eso mejoraba nuestras
oportunidades por lo menos en mil a uno!
―¡Clark!
¿Tenía tío Tom uno de ésos? Porque, si lo tenía... Negó con la cabeza.
―Aun
de haberlo tenido, no creo que pudiera leerlo. Me figuro que le atontaron con
gas en seguida; estaba desmayado cuando le sacaron del coche aéreo y nunca he
tenido la oportunidad de decirle dónde estamos porque ésta ha sido la primera
ocasión en que yo he podido leer el mío. Ahora métetelo en el bolso, ya que vas
a utilizarlo para regresar a Venusberg.
―No,
en el bolso hará mucho bulto y se notará. Es mejor que sigas guardándolo donde
lo tenias. No me perderás, no temas: voy a ir cogida de tu mano todo el camino.
―No.
―¿Por
qué no?
―En
primer lugar, porque no voy a llevarme la maleta y ahí es donde estaba
escondido: le hice un doble fondo. Y en segundo lugar porque no iremos juntos.
―¿Qué?
¿Por qué no? ¡Pues claro que sí! Clark, yo soy responsable de ti.
―Es
cuestión de opinión. Tu opinión. Mira, Poddy, voy a sacarte de este terrible
lío. Pero no intentes echar mano de tu cerebro, que hace aguas. Utiliza sólo la
memoria. Si escuchas lo que voy a decirte y lo haces con toda exactitud, todo
irá bien.
―Pero...
―¿Tienes
tú un plan para sacarnos de aquí?
―No.
―Entonces
cállate. Si pretendes seguir representando tu papel de hermana responsable,
sólo conseguirás que nos maten a los dos.
Me
callé. Y debo confesar que su plan me pareció muy lógico. Según Clark, no hay
nadie en esta casa más que nosotros, la señora Grew, Titania y Ariel, Bobalicón
y, a veces, el chófer del coche. Desde luego yo no he visto ni oído a nadie más
y supongo que la señora Grew ha tratado de tener el menor número posible de
testigos. Sé que yo así lo haría si, ¡Dios no lo quiera!, me viera alguna vez
metida en una empresa tan indudablemente criminal.
Nunca
le he visto la cara al chófer, ni Clark tampoco, pero mi hermano dice que a
veces se queda aquí a pasar la noche. Hemos de estar preparados a enfrentarnos
también con él.
De acuerdo,
supongamos que conseguimos salir. En cuanto estemos fuera de la casa nos
separamos; yo me voy hacia el este y Clark hacia el oeste durante un par de
kilómetros en línea recta, todo lo que nos permitan los pantanos y ciénagas que
sin duda nos obligarán a desviarnos algo.
Luego
ambos nos encaminamos hacia el norte. Clark dice que la vía de circunvalación
en torno a la ciudad está a tres kilómetros al norte de nosotros; me hizo un
dibujo de memoria de un mapa que había estudiado antes de partir para rescatar
a Girdie».
Al
llegar a esa vía yo sigo hacia la derecha y él hacia la izquierda, tratando de
utilizar el primer medio de transporte que encontremos, o el teléfono de un
rancho, o lo que sea, para ponernos en contacto con tío Tom y el presidente
Cunha y lograr refuerzos a toda prisa.
Esta
idea de separarnos es la táctica más elemental para asegurarnos de que al menos
uno de los dos llegue hasta el fin y consiga ayuda. Si la señora Grew está tan
gorda que no podría perseguir a nadie ni por una pista de carreras, mucho menos
podrá entre las ciénagas. Tenemos planeado hacerlo en un momento en que no se
atreva a soltar a Bobalicón por temor a que la asesine a ella. Si alguien nos
persigue será probablemente el chófer, y éste no puede correr en dos
direcciones a la vez. Tal vez haya otros nativos a los que la señora Grew
pidiera ayuda, pero incluso así el dividirnos duplica nuestras posibilidades.
Yo
me llevo el rastreador automático porque Clark no cree que pueda valerme en la
selva sin él aunque espere a que se haga de día. Probablemente tiene razón.
Pero él afirma que sí puede rastrear lo bastante bien para encontrar ese camino
utilizando tan sólo su reloj, un dedo mojado en saliva para saber la dirección
del aire y las gafas polarizadas que lleva.
No
debía haberme burlado de sus tebeos; en realidad sí vino preparado, y de muchos
modos. Si no le hubieran dormido con gas mientras iba encerrado en el
compartimento de pasajeros del coche aéreo de la señora Grew, creo que les
habría hecho pasar un mal rato. Una pistola en la maleta, una Remington oculta
en su propia persona, cuchillos, bombas de gas, incluso un segundo rastreador
automático bien a la vista en la maleta, junto con las ropas, los tebeos y la
regla de cálculo.
Le
pregunté por qué llevaba dos rastreadores y adoptó su aire de insufrible
superioridad:
―Si
algo iba mal y me cogían, todos esperarían que llevara uno. Así que lo dejé
bien a la vista sin tomarme la molestia de graduarlo. ¡Pobre pequeñín que no
sabe regular un rastreador cuando sale de su posición base! La vieja gorda se
rió mucho al verlo ―sonrió despectivamente ―; piensa que estoy medio chiflado y
he hecho todo lo posible para convencerla de que así es.
De
modo que con su maleta hicieron lo mismo que con mi bolso: sacaron de ella todo
cuanto sospecharon que podía resultar útil para un ataque y le permitieron
conservar el resto.
¡Y
lo más importante estaba oculto en un doble fondo tan bien hecho que ni el
fabricante lo habría advertido!
A
excepción, naturalmente, del peso. Se lo indiqué a Clark y se encogió de
hombros.
―Un
riesgo calculado ―dijo ―. Si no apuestas, no puedes ganar. diaspar la entró
aquí todavía llena, ella la registró sin moverla de la cama y luego no la
levantó. Tenía los brazos demasiado llenos con todas esas tonterías que no me
importaba que me confiscaran.
(¿Y
si ella la hubiese levantado y advertido el peso? Bueno, pues mi hermano aún
habría dispuesto de su cerebro y sus manos. Y creo que sería capaz de desmontar
una máquina de coser pieza a pieza y convertirla en un arma de artillería.
Clark me revienta en ocasiones, pero tengo una gran confianza en él.)
Ahora
voy a dormir un poco o a intentarlo al menos ―, ya que Bobalicón acaba de
llevarse nuestra cena y nos esperan unas horas de gran tensión. Pero primero
voy a correr atrás esta cinta y copiarla; me queda una vacía en el bolso. Le
entregaré la copia a Clark para que se la dé a tío Tom, por si acaso. Por si
acaso Poddy acaba bajo unas burbujitas en un pantano, quiero decir. Pero eso no
me preocupa. Es una perspectiva mucho más agradable que verme encerrada en una
jaula con Bobalicón. En realidad ya no me preocupa nada. Clark tiene bien
dominada la situación.
Pero
él insistió sobremanera en un punto:
―Diles
que lleguen aquí mucho antes de las nueve dieciséis... o que no se molesten en
venir en absoluto.
―¿Por
qué? ―quise saber.
―Tú
díselo.
―Clark,
sabes perfectamente que las personas mayores no me harán caso a menos que pueda
darles una buena razón.
―De
acuerdo. Hay una razón formidable. Una bomba de medio kilotón no es mucho, pero
no resultará saludable para quien esté cerca cuando estalle. A menos que
consigan llegar aquí y desconectarla antes.
La
tiene. La he visto. Perfectamente encajada en ese doble fondo. Los mismos tres
kilos de exceso de peso que yo no podía explicarme en Deimos. Clark me mostró
el mecanismo de tiempo y las cargas que lo rodeaban para producir la onda
explosiva.
Pero
no me enseñó a desconectaría. Ahí sí que tropecé con un muro invencible. El
confía en escapar, sí, y espera volver aquí con ayuda y con tiempo suficiente
para desconectaría. Pero está totalmente convencido también de que la señora
Grew se propone matarnos y por tanto, si algo va mal, si no salimos de aquí, si
morimos en el intento o lo que sea... bien, se propone llevársela por delante.
Le
dije que se equivocaba. Le dije que no debía tomarse la ley por sus propias
manos.
―¿Qué
ley? ―pregunto ―. Aquí no hay leyes. Y no eres lógica, Pod. Todo lo que está
bien que haga un grupo, está bien que lo haga una persona.
Este
razonamiento era demasiado intrincado para que se lo refutara, de modo que me
limité a seguir suplicándole hasta que se enfadó.
―¿Preferirías
quizá que te metieran en la jaula de diaspar?
―¡No!
―Pues
entonces cállate ya. Mira, Pod, yo planeé todo esto cuando me metió en aquel
tanque con el propósito de destrozarme los oídos y dejarme sordo. Y sólo
conseguí no volverme loco a fuerza de concentrarme en cómo y cuándo la haría
pedazos.
Me
pregunté si, en realidad, no se habría vuelto completamente loco, pero me
guardé mis dudas y me callé. Además, tampoco estoy segura de que se equivoque.
Tal vez sea demasiado remilgada ante la idea de un derramamiento de sangre.
«Todo lo que está bien que haga un grupo, está bien que lo haga una persona.»
Debe de haber algún fallo en esto, porque a mí me han enseñado siempre que es
inmoral tomarse la justicia por la propia mano. Pero no puedo encontrar el
fallo y la frase suena axiomática, evidente. Digámoslo al revés: si lo que hace
una persona no está bien, ¿podrá estar bien porque lo haga todo un grupo, un pueblo,
un gobierno, si se ponen de acuerdo para hacerlo juntos? ¿Aunque no haya
unanimidad?
Si
algo está mal, está mal... y la vox populi no puede alterarlo.
Pues
es lo mismo. Y no estoy segura de que pueda dormirme con una bomba atómica bajo
la cama.
Epílogo
Supongo
que lo mejor será que termine esto.
Mi
hermana se durmió en cuanto repasamos a fondo lo que teníamos que hacer. Yo me
tendí en el suelo, pero no dormí. Poddy no es de las que se preocupan, yo sí.
Repasé una vez más mis planes al segundo exacto. Luego me dormí.
Tengo
uno de esos despertadores internos y me desperté en el momento que deseaba: una
hora antes de amanecer. Más tarde habría habido demasiadas horas de oscuridad.
Las selvas de Venus son muy traicioneras incluso a plena luz del día; no quería
que Poddy cayera donde ya no pudiera salir, o tropezara con algo que se le
comiera una pierna. Ni a mí tampoco.
Pero
teníamos que arriesgarnos por la selva o quedarnos y dejar que la vieja gorda
nos matara cuando quisiera. Lo primero era una posibilidad; lo segundo una
certeza mortal, aunque me costó Muchísimos esfuerzos ―y tiempo convencer a
Poddy de que la señora Grew nos mataría. La principal debilidad de mi hermana
―el punto flaco de su cerebro, ya que por otra parte no es nada estúpida ― es
su incapacidad casi total para admitir que algunas personas sean tan malas como
lo son. La maldad... Poddy jamás ha comprendido lo que es el mal. Su
imaginación no llega más allá de una simple travesura. Pero yo sí comprendo la
maldad. Puedo meterme en el cerebro de una persona como la señora Grew y
comprender cómo piensa.
Tal
vez ustedes deduzcan de esto que soy malo... al menos en parte. De acuerdo, ¿y
qué? Seré lo que seré, pero yo sabía que la señora Grew era mala mucho antes de
que saliéramos del «Tricornio», cuando Poddy, ¡e incluso Girdie!, opinaban que
la pobre era un encanto, tan buena que resultaba incomprensible.
Yo
no confío en una persona que se ríe cuando no hay motivos para ello. O que
siempre está de buen humor, pase lo que pase. Si es tan perfecta, es que está
actuando, es un fraude. De modo que me dediqué a observarla... y lo de las
trampas en los solitarios no fue lo único que vi, ni mucho menos.
En
consecuencia, si hay que escoger entre la selva y la señora Grew, prefiero la
selva. Para mí y para mi hermana.
A
menos que estuviera allí el coche aéreo y pudiéramos cogerlo. Pero eso sería
una suerte a medias, ya que entonces habríamos de enfrentarnos a dos personas,
estando ellos armados y nosotros no (porque a la bomba no la cuento como un
arma; no puedes apuntar con una bomba a la cabeza de nadie).
Antes
de despertar a Poddy me ocupé de esta especie de simio que llaman «hada». Una
bestia asquerosa. No tenía pistola, pero para acabar con ella no la necesitaba.
Estos bichos conocen las armas y es muy difícil acertarles, ya que
inmediatamente se lanzan volando contra uno.
En
cambio llevaba plantillas metálicas en los zapatos, unos tirantes en la maleta
y algunas gomas más en los bolsillos, aparte de unas bolitas de acero de dos
centímetros que sacara de unos cojinetes.
Conseguí
convertir aquella horma metálica en una especie de horquilla. Si a eso se
añaden las tiras de goma, ya tenemos un tirador. Y no se rían de los tiragomas.
Me he cargado a más de un renegado de un solo disparo. Los tiragomas son armas
silenciosas y además tienen la ventaja de que recuperas las municiones.
Apunté
casi tres veces más alto de lo que hubiera hecho en Marte para compensar la
diferencia de gravedad y le di limpiamente en el esternón, la derribé de su
percha, le aplasté el cráneo con el tacón y aún le di una patada por aquel
mordisco tan horroroso que Poddy llevaba en el brazo. El pequeñín empezó a
gemir, así que empujé el cadáver a un rincón fuera de la vista y lo tapé con un
cubo. Se acabaron los lloros. Me cuidé de todo esto antes de despertar a Poddy
porque sé que es muy sentimental con respecto a estas hadas y no quería que
empezara a llorar y a retorcerme un brazo. El asunto estaba ya liquidado de
modo limpio y rápido.
Mi
hermana todavía seguía roncando, así que me quité los zapatos y salí a hacer un
reconocimiento.
Las
cosas no iban demasiado bien. Nuestra bruja particular ya estaba en pie y
buscando su escoba. En unos minutos soltaría a diaspar, si no lo había hecho
ya. No tuve la oportunidad de comprobar si el coche aéreo estaba ante la
puerta; bastante tuve con evitar que me atrapara. Retrocedí a toda prisa y
desperté a Poddy.
―Pod
―susurré ―, ¿estás despierta?
―Sí.
―¿Despierta
del todo? Porque ahora es cuando tienes que actuar, exactamente ahora. A gritar
bien fuerte y que parezca de verdad.
―Muy
bien.
―Ayúdame
a subir a esa percha. ¿Podrás hacerlo con el brazo herido?
Asintió,
se bajó rápidamente de la cama y tomó posiciones ante la puerta con las manos
dispuestas. Apoyé el pie en sus manos, salté sobre sus hombros, me afirmé. Ella
me cogió las pantorrillas cuando yo le solté las manos y ya estaba en la percha
sobre la puerta. Le hice un gesto.
Poddy
cruzó corriendo la puerta gritando: «¡Señora Grew! ¡Señora Grew! ¡Socorro!
¡Socorro! ¡Mi hermano!» Lo hizo estupendamente y regresó corriendo casi en
seguida, con la bruja Grew resoplando tras ella.
Aterricé
sobre sus hombros tirándola al suelo y haciendo que el arma le saltara de la
mano. Le había retorcido el cuello antes de que pudiera siquiera respirar.
Poddy
actuó de modo magnifico, he de admitirlo. Cogió la pistola antes de que ésta
llegara al suelo y se quedó con ella en la mano, con aire de desconcierto.
Se
la quité cuidadosamente. «Coge el bolso. ¡Nos vamos ya! Manténte bien pegada a
mí», le ordené.
diaspar
estaba suelto. Habíamos apurado demasiado el tiempo. Estaba en el salón,
tratando de averiguar, al parecer, de dónde venía tanto ruido. Le maté de un
tiro.
Luego
busqué el coche aéreo, con el arma preparada por si tropezábamos con el chófer.
Ni señales de ninguno de los dos. No supe si lamentarlo o alegrarme. Estaba
dispuesto a matarle, pero quizá me hubiera matado él primero. Claro que hubiera
preferido el coche a tener que meternos en la selva.
Casi
cambié de plan en aquel instante y ojalá lo hubiera hecho. Me refiero a lo de
continuar juntos y dirigirnos en línea recta hacia la vía de circunvalación.
La
pistola fue lo que me decidió. Poddy podía protegerse con ella y yo tendría
muchísimo cuidado de ver qué pisaba o dónde me metía. Se la entregué y le dije
que avanzara lenta y cuidadosamente hasta que hubiera más luz... ¡pero que
siguiera adelante!
Ella
daba vueltas al arma entre sus manos.
―Pero,
Clark, yo nunca he matado a nadie.
―Bien,
pero podrás si tienes que hacerlo.
―Supongo
que si.
―¡Si
no es nada! Sólo les apuntas y aprietas ese botón. Es mejor que uses las dos
manos. Y no dispares a menos que sea auténticamente necesario.
―Muy
bien.
Le
di una palmadita en el trasero.
―1Adelante!
Hasta luego.
Me
puse en marcha. Miré atrás una vez pero ella casi se había hundido ya en la
niebla. Primero me alejé un poco de la casa, por si acaso, y luego me concentré
en seguir la dirección hacia el oeste.
Y me
perdí. Eso es todo. Necesitaba aquel rastreador, aunque me figuraba que podía
pasarme sin él, y además Poddy era la que había de llevarlo. Me perdí sin
remedio. No había bastante brisa para que me orientara levantando un dedo
mojado en saliva, y ese truco de la luz polarizada para encontrar el sol es más
difícil de lo que se imaginan. Cuando ya hacía horas que debía de haber llegado
a la vía de circunvalación aún estaba sorteando pantanos y ciénagas y tratando
de evitar que algún animal me tomara por su desayuno.
Y de
pronto hubo un resplandor espantoso. Me tiré de bruces al suelo y me quedé allí
con la cabeza enterrada en los brazos y empecé a contar.
No
estaba herido, en absoluto. La onda explosiva me había cubierto de barro y el
ruido me había ensordecido, pero estaba muy lejos de su alcance mortal. Una
media hora más tarde me recogió un coche de la policía.
Desde
luego debía haber desarmado aquella bomba. Tenía el propósito de hacerlo si
todo nos salía bien. Porque yo sólo intentaba hacer de aquello una repetición
de la historia bíblica de Sansón para el caso de que no pudiéramos huir. Como
un último recurso.
Quizá
debí ponerme a desarmarla en cuanto le rompí el cuello a la señora Grew, pero
tal vez entonces nos hubiera sorprendido diaspar todavía bajo los efectos de la
resaca del polvo de la felicidad. De todas formas no lo hice, y luego estuve
muy ocupado deshaciéndome de diaspar, enseñándole a Poddy a usar el arma y
enviándola por delante. No pensé en la bomba hasta que estaba a varios cientos
de metros de la casa, y desde luego no tenía la intención de volver aun en el
caso de saber encontrar el camino, lo cual era muy dudoso.
Pero
por lo visto eso es lo que hizo Poddy. La encontraron más tarde ese mismo día,
poco más o menos a un kilómetro de la casa, fuera del círculo de destrucción
total... pero no de la onda explosiva.
Con
un hada pequeñita y viva en los brazos. El cuerpo de mi hermana la había
protegido; no parecía haber sufrido el menor daño.
Por
eso creo que volvió a la casa. No sé con seguridad si esta hadita es la que
ella llamaba Ariel. Tal vez sea otra que encontrara en la selva. Pero no me
parece probable. Una de esas criaturas en estado salvaje le habría clavado las
uñas y los padres la habrían destrozado. Yo creo que ella siempre tuvo la
intención de salvar al bebé del hada, pero que no quiso mencionármelo. Es la
clásica bobadita sentimental de Poddy. Ella sabía que yo tenía que matar al
hada adulta y jamás dijo una palabra en contra. Pod es muy sensata cuando es
preciso.
Luego,
con el nerviosismo de la huida, se olvidó de cogerla, lo mismo que a mí se me
olvidó desarmar la bomba cuando ya no la necesitábamos. Así que volvió a
buscarla.
Y
además perdió el rastreador automático, por lo menos no se lo encontraron
encima ni cerca de ella. Entre la pistola, el bolso y el bebé, el rastreador se
le debió de caer en alguna parte. No pudo ser de otra manera, porque tuvo mucho
tiempo para volver y alejarse otra vez de la casa. Tenía que haber estado a
unos diez kilómetros de distancia para entonces, de modo que sin duda perdió
muy pronto el rastreador y estuvo caminando en círculos.
Se
lo conté todo a tío Tom y estaba dispuesto a contárselo a los de la
Corporación, al señor Cunha y demás, y a aceptar mi castigo. Pero el tío me
mandó callar. Estuvo de acuerdo en que yo había metido la pata, ¡y de qué
manera!, pero él también... y todos. Se mostró muy amable conmigo. ¡Ojalá me
hubiera pegado!
¡Lo
siento tanto por Poddy! Más de una vez me harté de ella, con sus aires
dominantes y sus ideas tan ilógicas. Sin embargo, lo siento mucho.
Me
gustaría saber llorar.
Su
pequeña grabadora estaba aún en el bolso y se podía oír parte de la cinta.
Aunque no se entiende demasiado; no explica lo que hacía, más bien parecía
balbucear:
...
muy oscuro donde voy. Ningún hombre es una isla aislada en sí mismo. Recuerda
esto, Clarkie. ¡Oh! Siento haber metido la pata, pero recuerda esto, que es muy
importante. A todos hay que acunarlos algunas veces. Mi hombro... ¡San
Podkayne! San Podkayne, ¿me escuchas? Tío Tom, mamá, papá... ¿Me escucha
alguien? Escuchad, por favor, porque esto es importante. Yo amo a...
Y
aquí se corta. Así que no sabemos a quién amaba.
A
todo el mundo, quizá.
Estoy
solo. El señor Cunha obligó al «Tricornio» a demorar la salida hasta que
estuviéramos seguros de si Poddy se moría o no. Luego tío Tom se marchó y me
dejó aquí solo; es decir, a excepción de los doctores y enfermeros y de Dexter
Cunha, que no se mueve para nada del hospital, y de todo un pelotón de
guardias. No puedo ir a ninguna parte sin que me acompañe uno y tampoco me
dejan ir a los casinos... aunque no es que lo desee; no mucho.
Oí
parte de lo que tío Tom contó a papá al respecto. Aunque no se lo dijo todo, ya
que una conversación telefónica con una diferencia de tiempo de más de veinte
minutos es episódica. Yo no podía oír a papá, sólo el monólogo de mi tío.
―¡Tonterías!
No es que quiera sacudirme la parte de culpa que me toca porque no se me
olvidará nunca. Tampoco puedo esperar aquí hasta que llegues tú, y lo sabes, y
sabes por qué... Y los dos niños estarán más seguros en manos del señor Cunha
que conmigo... ¡y eso lo sabes también! Pero tengo que darte un consejo, y se
lo debes comunicar a tu esposa. Sólo esto: las personas que no se toman la
molestia de criar a sus hijos no deberían tenerlos. Tú con la nariz siempre
metida en los libros y tu esposa callejeando Dios sabe por dónde... Entre los
dos casi conseguisteis que la niña muriera. No tenéis mérito alguno en que
viva. Sólo es cuestión de suerte. Deberías decirle a tu esposa que construir
puentes y estaciones espaciales y cosas por el estilo está muy bien, pero que
una mujer tiene cosas más importantes que hacer. Intenté sugerírselo hace años
y me dijo que no me metiera en lo que no me importaba. Ahora se lo digo otra
vez. Vuestra hija se pondrá bien, aunque no gracias a ninguno de los dos. Pero
tengo mis dudas acerca de Clark. Con este chico tal vez sea demasiado tarde.
Puede que Dios os dé una segunda oportunidad si os dais prisa en remediar el
daño. ¡Terminada la transmisión!
Me
escondí a toda prisa y no me cogió escuchando. Pero, ¿qué se proponía tío Tom,
asustando a papá acerca de mi? No tuve ni un rasguño y él lo sabe. Sólo me cayó
un montón de barro encima, pero ni una quemadura... Mientras que Poddy todavía
parece una momia y la tienen llena de tubos y de alambres, como si estuviera en
una incubadora.
No
sé qué se proponía tío Tom, la verdad.
Ahora
me dedico a cuidar al hada pequeñita, porque Poddy querrá verla cuando mejore
lo suficiente para interesarse por lo que la rodea. ¡Siempre ha sido tan
sentimental! Y este bebé me exige mucha atención, porque se siente sola y he de
estar acunándola y meciéndola, o llora.
Así
que me paso de pie la mayor parte de la noche. Supongo que el hadita se cree
que soy su madre. En realidad no me importa. No tengo tantas cosas que hacer.
Y,
además, parece que me quiere...
FIN

