Libro N°. 3114. Poirot En Egipto. Christie, Agatha.
© Libro N°. 3114. Poirot En Egipto. Christie, Agatha. Colección
E.O. Septiembre 17 de 2016.
Título original: © Poirot En Egipto. Agatha Christie
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
POIROT EN EGIPTO
Agatha Christie
GUIA
DEL LECTOR
En un orden alfabético convencional relacionamos a continuación
los principales personajes que intervienen en esta obra:
ALLERTON (Mistress): Distinguida dama, tía de Juana Southwood y
madre de
ALLERTON (Tim): Muchacho sin voluntad, atacado de tuberculosis.
BELLEFORT (Jacqueline): Esbelta y elegante amiga y compañera de
colegio de Linnet.
BESSNER (Carlos): Médico eminente, alemán.
BLONDIN (Gastón): Propietario del restaurante de moda Chez ma
Tante.
BOURGET (Luisa): Doncella de Linnet.
BOWERS: Señorita de compañía de la otoñal Van Schuyler.
BURNABY: Propietario de «Las tres coronas».
CARMICHAEL (Guillermo): Abogado y apoderado en Londres de Linnet
Ridgeway.
DOYLE (Simon): Novio de Jacqueline Bellefort y más tarde esposo
de Linnet.
FANTHORP (Jaime): Abogado y sobrino de Carmichael.
FERGUSON: Joven sociólogo de ideas comunistas.
FLEETWOOD: Maquinista del vapor Karnak.
MARÍA: Camarera de Linnet Ridgeway.
OTTERBOURNE (Rosalía): Agraciada muchacha, hija de
OTTERBOURNE (Salomé): Reputada novelista.
PENNINGTON (Andrés): Abogado en los Estados Unidos de los
asuntos e intereses de Linnet.
POIROT (Hércules): Afamado detective belga protagonista de esta
novela.
RICHETTI (Guido): Arqueólogo italiano.
RACE: Antiguo e íntimo amigo de Poirot.
RIDGEWAY (Linnet): Joven hermosa y acaudalada, la mujer más rica
de Inglaterra.
ROBSON (Cornelia): Pariente pobre que acompaña a su tía
millonaria durante su viaje a Egipto.
ROCKFORD (Sterndale): Socio de Pennington.
SOUTHWOOD (Juana): Inteligente joven, muy amiga de Linnet.
SCHUYLER (María Van): Anciana aristócrata, tía de Cornelia.
WINDLESHAW (Lord Carlos): Pretendiente de Linnet, antes del
matrimonio de ésta.
CAPITULO I
—¡Linnet Ridgeway!
—¡Es ella misma! —dijo el señor Burnaby, propietario de «Las
Tres Coronas», dirigiéndose a su compañero.
Ambos se quedaron mirando fijamente, con los ojos formando un
círculo y la boca ligeramente entreabierta.
Un «Rolls Royce», rojo y sinuoso, acababa de detenerse frente a
la oficina de Correos local.
Una muchacha se apeó del automóvil, una muchacha tocada con
sombrero y luciendo un vestido que parecía —sólo parecía— sencillísimo. Una
muchacha de cabello dorado y rasgos autoritarios. Una muchacha de formas
encantadoras. Una muchacha como se veían pocas en Malton-Under-Wode.
Con paso imperioso penetró en la oficina de Correos.
—¡Es ella! —repitió de nuevo el señor Burnaby. Y continuó en voz
baja, en tono confidencial—: ¡Posee millones...! Se gastará aquí miles y miles
de dólares. Hará construir piscinas, jardines italianos y una sala de baile.
Hará derribar la mitad de la casa y la volverá a edificar.
—Traerá dinero a la ciudad —dijo su compañero.
Éste era un individuo flaco. Hablaba con tono gruñón en que se
advertía algo de envidia.
El señor Burnaby parecía estar complacidísimo.
—Sí, es una suerte para Malton-Under-Wode. Una gran suerte.
El señor Burnaby asintió, moviendo la cabeza.
—¡Qué diferencia con sir Jorge! —exclamó el otro.
—Los caballos tuvieron la culpa —aseguró su compañero, con
indulgencia—. Nunca tuvo suerte.
—¿Cuánto se gastó él en esto?
—Apenas unos sesenta mil dólares, según dicen.
El hombre delgado dejó escapar un silbido.
—Y se asegura que ella se habrá gastado sesenta mil antes de
acabar.
—¡Maldita sea! —dijo el hombre delgado—. ¿De dónde ha sacado
tanto dinero?
—De América, por lo que yo he oído. Su madre era hija única de
uno de esos groseros millonarios. Como en las películas, ¿sabe?
La muchacha salió de la oficina de Correos y subió al coche.
El hombre delgado la devoró con la mirada mientras ella
emprendía la marcha, y murmuró entre dientes:
—No me parece justo que sea tan guapa. Dinero y belleza... es
demasiado. Cuando una joven es tan rica como ésa, no tiene derecho a ser bella
al mismo tiempo... Y ella es bella al mismo tiempo... ¡Y ella es bella de
verdad...! Tiene todo lo que puede apetecer una mujer... ¡No es justo!
Extracto de la página de sociedad del Daily Blague:
«Entre los asistentes a la cena en «Chez Ma Tante» tuve ocasión
de admirar la belleza de Linnet Ridgeway. A su lado estaban la distinguida
señorita Juana Southwood, lord Windleshaw y el señor Tobías Bryce. La señorita
Ridgeway, como nadie ignora, es hija de Melhuish Ridgeway y de Ana Hartz.
Hereda de su abuelo, Leopoldo Hartz, una inmensa fortuna. La encantadora Linnet
es la sensación del momento; se rumorea que en breve se hará público un
noviazgo. ¡Lord Windleshaw parecía, en efecto, muy entusiasmado!»
La distinguida señorita Juana Southwood dijo:
—Querida, creo que todo esto va a ser sencillamente maravilloso.
Estaba sentada en el dormitorio de Linnet Ridgeway, en Wode
Hall. Desde la ventana contemplaba los jardines a sus pies y, más allá, veíase
el campo abierto enmarcado por las sombras azules de los bosques.
—Es estupendo esto, ¿verdad? —dijo Linnet.
Apoyó los brazos sobre el antepecho de la ventana. Tenía una
expresión ardiente, vivaracha, dinámica. A su lado, Juana Southwood parecía, en
cierto modo, algo oscurecida. Era una dama joven, de veintisiete años, con un
rostro largo e inteligente y cejas depiladas caprichosamente.
—¿Y has hecho todo esto en tan poco tiempo? Habrás empleado un
gran número de arquitectos y además...
—Tres.
—¿Cómo son los arquitectos? No creo haber visto ninguno.
—Estaban bien. A veces los encontraba poco prácticos.
—Querida. ¡Eres encantadora! ¡Tú sí que eres práctica!
Juana cogió una sarta de perlas del tocador.
—Supongo que serán auténticas, ¿verdad, Linnet?
—Naturalmente.
—Esto te parecerá natural a ti, querida, pero no a todo el
mundo. Por mucha cultura que posean o aunque se llamasen Woolworth. Amiga mía,
parece increíble que estén unidas tan artísticamente. Deben valer una fortuna
fabulosa.
—Unas cincuenta mil libras esterlinas a lo más.
—Es una cantidad bastante importante. ¿No tienes miedo de que te
las roben?
—No. Las llevo siempre encima... Además están aseguradas.
—Déjame que las luzca en la comida. ¿Quieres, querida?
Linnet esbozó una sonrisa.
—Naturalmente. Si esto te agrada...
—¿Sabes, Linnet? Te envidio, realmente. Tú tienes todo cuanto se
te antoja. Hete aquí a los veinte años dueña absoluta de tus propias acciones,
con todo el dinero que deseas, belleza y una salud soberbia. ¡Tienes hasta
talento! ¿Cuándo cumples los veintiuno?
—En junio próximo. Daré una fiesta de cumpleaños en Londres.
Sonó el teléfono y Linnet acudió presurosa.
—¡Diga...! ¡Diga!
—La señorita de Bellefort desea hablar con usted. ¿Le paso la
comunicación?
—¿Bellefort...? ¡Oh, claro que sí!
Oyóse un chasquido e inmediatamente después una voz de ardiente
tono, dulce y apresurada, se dejó oír.
—¡Oiga...! ¿Es la señorita Ridgeway? ¿Linnet?
—¡Jacqueline, querida...! Ya hacía un siglo que no sabía nada de
ti.
—En efecto, querida amiga... ¡Es terrible lo que me ocurre...!
¡Tengo que verte inmediatamente!
—¿No puedes venir aquí? Quiero enseñarte un juguete nuevo.
—Me gustaría mucho.
—Bueno, pues cuando quieras, en tren... en coche.
—Iré en seguida. Tengo un dos asientos bastante usado. Lo compré
por quince libras y hay días en que marcha estupendamente. Pero tiene sus
rarezas. Si no he llegado a la hora del té, es que mi coche ha tenido una de
sus rarezas. ¡Hasta luego, querida!
Linnet colgó el receptor. Regresó junto a Juana.
—Es mi antigua amiga Jacqueline de Bellefort. Estuvimos juntas
en un colegio, en París. Ha tenido siempre una mala suerte terrible. Su padre
es un conde francés, su madre americana... del Sur. Luego su progenitor se fugó
con otra mujer y su pobre madre perdió hasta el último céntimo en la quiebra de
Wall Street. Jacqueline quedó completamente arruinada. No sé cómo se las habrá
arreglado para pasar estos dos años.
Juana estaba ocupada en pulir sus uñas de un color rojo
sangriento con el polissoir de su amiga. Se hizo hacia atrás en la silla, con
la mano extendida, para contemplar el efecto de su obra.
—Querida —dijo arrastrando las palabras—, ¿no crees que eso es
demasiado aburrido? Si alguna de mis amigas tuviese una desgracia, yo la
abandonaría inmediatamente. A primera vista parece inhumano, pero nos evita un
gran número de molestias futuras. Luego te pedirían dinero prestado o te harían
acompañarlas a una tienda de modas donde no tendrías más remedio que pagar los
trajes que eligiesen. O pintarían pantallas horribles que tú te verías obligada
a adquirir. O te harían corbatas de punto.
—Entonces, si yo perdiese mi dinero..., ¿me abandonarías mañana
mismo?
—Sí, querida, lo haría. ¡No podrás decir que no soy franca! Sólo
me gusta la gente que triunfa. Y lo mismo le pasa a todo el mundo, con la
diferencia de que ellos son más hipócritas y no quieren confesarlo. Dicen, por
ejemplo, que no pueden aguantar más a María, a Emilia o a Pamela. Sus
sufrimientos la hacen tan amargada y tan peculiar... ¡Pobre chica!
—¡Qué cruel eres, Juana!
—Soy positiva, como todo el mundo.
—Yo no soy positiva.
—Tú tienes tus razones. No hay motivo para ser mezquina cuando
se tienen apoderados jóvenes y bien parecidos que te envían tus enormes rentas
cada cuatro meses.
—Y tú te equivocas respecto a Jacqueline —dijo Linnet—. Ella no
es ninguna pedigüeña. Por el contrario, he querido ayudarla varias veces y no
me lo ha permitido. Es tan orgullosa como el diablo.
—¡Pero ahora tenía tanta prisa en hablarte! ¡Apostaría que
piensa pedirte algo! Ya lo verás.
—Parecía excitada por algo —admitió Linnet—. Jacqueline ha sido
siempre excesivamente impulsiva. Una vez le clavó un cortaplumas a alguien.
—¡Querida, eso es estupendo!
—Fue a un chico que martirizaba a un pobre perro. Jacqueline
intentó convencerle para que dejase en paz al desgraciado animal. Él no le hizo
caso. Entonces ella le empujó con todas sus fuerzas, pero él la aventajaba en
vigor y no cedió. Entonces Jacqueline sacó un cortaplumas y se lo clavó hasta
la empuñadura. Fue una escena horrorosa.
—Eso iba yo a decirte. ¡Parece peligrosa la chica!
La doncella de Linnet entró en la habitación. Murmurando unas
palabras de excusa, tomó un vestido del armario y volvió a salir.
—¿Qué le pasa a María? —preguntó Juana—. Parece que ha estado
llorando.
—Pobrecita. ¿No te dije que quería casarse con un individuo que
tenía un empleo en Egipto? Ella no sabía gran cosa de él y yo pensé que sería
conveniente cerciorarme de sus buenas intenciones. Pues bien, hice practicar
averiguaciones y resulta que el angelito estaba ya casado y tenía tres hijos.
—¡Cuántos enemigos debes tener, Linnet!
—¿Enemigos? —Linnet parecía sorprendida.
Juana insistió con un movimiento de cabeza y cogió un
cigarrillo.
—¡Enemigos querida! ¡Eres tan devastadoramente inteligente!
Además eres excesivamente bondadosa y haces todas las buenas acciones que
puedes.
Linnet rió de todo corazón.
—¡No tengo un solo enemigo en todo el mundo!
Lord Windleshaw estaba sentado bajo el cedro del jardín. Sus
ojos acariciaban las graciosas proporciones de Wode Hall. No había nada que
contrastase desagradablemente en sus líneas de antiguo estilo. Los edificios
nuevos y los ensanches estaban fuera de la vista por alzarse al otro lado de la
esquina. Constituía una visión apacible y bella bañada por la luz de un sol de
otoño. Sin embargo, al contemplarlo, no le parecía ver Wode Hall. Lo que
admiraba Carlos Windleshaw era una mansión magnífica de puro estilo isabelino,
con un parque de gran extensión y un fondo muy sombrío... La residencia
habitual de su familia, Charltonbury, y en primer plano se destacaba la figura
de una muchacha de cabello brillante color de oro y una expresión ardiente y
confiada... ¡Linnet sería la dueña de Charltonbury!
Estaba muy esperanzado... Su negativa no había sido
definitiva... Fue tan sólo una petición de plazo... Bien, podía esperar algo
más.
¡Cuan conveniente era todo para él! Indudablemente se casaba por
dinero, pero no le era tan necesario que tuviese que posponer a todo aquello
sus propios sentimientos. Además, amaba a Linnet. Habría deseado hacerla su
esposa, aunque se hubiese tratado de una mendiga en vez de ser la mujer más
rica de Inglaterra. Pero afortunadamente era la mujer más rica del Reino
Unido... Su cerebro elaboraba sin cesar planes para lo futuro. Tal vez llegaría
a poseer el condado de Rozdale, restauraría todo el ala derecha del edificio,
no tendría necesidad de alquilar sus cotos de caza de Escocia...
Carlos Windleshaw soñaba al sol...
Eran las cuatro en punto cuando el desvencijado dos asientos se
detuvo con un ruido de arena aplastada. Una muchacha saltó del coche, una
criatura esbelta, elegante, con una gran cabellera oscura. Subió
apresuradamente los escalones y llamó al timbre.
Pocos minutos más tarde fue conducida al suntuoso gabinete y un
mayordomo de aspecto eclesiástico anunció con grave entonación:
—¡La señorita de Bellefort!
—¡Linnet!
—¡Jacqueline!
Windleshaw se apartó a un lado, observando con simpatía aquella
figurita orgullosa que se lanzó con los brazos abiertos sobre Linnet.
—Lord Windleshaw... La señorita de Bellefort... Mi mejor amiga.
Una criatura monísima, pensó él... No guapa, en realidad, pero
decididamente atractiva con aquella mata de pelo oscuro y rizado y aquellos
ojos enormes. Murmuró unas cuantas naderías corteses y se marchó, para dejarlas
solas. Jacqueline hizo sonar una castañeta... un gesto que según Linnet lo
recordaba, le era característico.
—¡Windleshaw! ¡Windleshaw! Ése es el hombre con quien vas a
casarte, según afirman los periódicos. ¿Es verdad?
Linnet murmuró:
—Tal vez.
—¡Ah, querida, cuánto me alegro! Parece excelente.
—¡Oh, no des ya las cosas por hechas! Todavía no me he decidido.
—Claro que no. La reina debe proceder siempre con gran cautela y
escrupulosidad a la elección de consorte.
—¡No seas ridícula, Jacqueline!
—Pero si es verdad. Tú eres una reina, Linnet. Lo fuiste
siempre. Sa Majesté la reine Linnet. Y yo soy la favorita de la reina. La dama
de honor de su confianza.
—¡Cuántas tonterías dices! Dime, Jacqueline, ¿dónde has estado
todo este tiempo? Desapareciste y no me has escrito ni una sola vez.
—Odio a muerte la escritura. ¿Dónde he estado? Ahogada casi.
Sumergida hasta el cuello. He estado trabajando en empleos sumamente groseros,
con mujeres más groseras aún.
—Oh, querida, querida...
—¿Que aceptase los favores de mi reina? Pues bien, con franqueza
ése es el motivo que me ha hecho venir. No, no para pedirte dinero. ¡No he
llegado a esa situación todavía! Pero he venido a solicitar de ti algo mucho
más importante aún.
—Adelante.
—Si, en efecto, piensas casarte con ese Windleshaw, tal vez me
comprenderás.
Linnet pareció sorprendida durante un minuto. Luego su rostro se
aclaró.
—¿Quieres decir, Jacqueline, que...?
—Sí, querida; estoy algo comprometida con un hombre...
—Vaya, vaya. Ya me parecía que estabas en cierto modo demasiado
alegre. Siempre lo has estado, desde luego, pero ahora bastante más que de
ordinario.
—Esos son mis sentimientos. En efecto.
—Hablame de él.
—Se llama Simon Doyle. Es alto, ancho de hombros, increíblemente
simplón y pueril y extraordinariamente adorable. Es pobre... no tiene ni un
penique. Es lo que vosotros llamáis un provinciano empobrecido. Es el menor de
sus hermanos, con las consecuencias de rigor. Su familia procede de Devonshire.
Le gusta el campo y las cosas rústicas. Y estos cinco años últimos los ha
pasado en la ciudad, en un despacho de drogas. Ahora han cerrado el
establecimiento y me lo han dejado en la calle. ¡Me moriré, de eso estoy
segura, si no me caso con él, Linnet...! ¡Me moriré! ¡Me moriré!
—¡No seas ridícula, Jacqueline!
—Me moriré de pesar, te lo aseguro. Estoy loca por él y él pinta
en las paredes por mí. No podemos vivir el uno sin el otro.
—¡Ay, querida! ¡Buena la has cogido!
—No sé... Es terrible, ¿verdad? Cuando el amor se apodera de
una, la entontece y la deja incapaz de pensar en otra cosa que no sea el
objetivo amado.
Hizo una pausa. Los ojos oscuros se dilataron adquiriendo una
expresión trágica. El cuerpo de la joven se estremeció ligeramente.
—A veces me asusto... Simon y yo fuimos hechos el uno para el
otro. Jamás me interesará nadie más. Y tú tienes que ayudarme. Me he enterado
que has comprado todo esto y la noticia me ha inspirado una gran idea. Verás,
tú necesitarás un administrador... tal vez dos... Pues bien, quiero que des
este empleo a Simon.
—¡Oh! —Linnet estaba alarmada.
Jacqueline continuó:
—Conoce todo esto como sus propios dedos. Fue educado en fincas
rústicas y tiene una gran práctica. Además, posee grandes conocimientos en
negocios. ¡Oh, Linnet, tú le darás ese empleo! ¿Verdad que se lo darás por
cariño hacia mí? Si no se porta bien, si demuestra ser poco eficiente, lo
echas. Pero sé que no. Desempeñará su cargo a las mil maravillas. Y viviremos
en una casita y yo te veré todos los días. El jardín me parecerá entonces cien
veces más hermoso.
Se levantó.
—Di que sí, Linnet. Di que sí. Preciosa Linnet. Linnet querida.
Di que sí.
—Jacqueline...
—¿Sí?
Linnet estalló en carcajadas.
—¡Jacqueline ridícula! Tráeme al príncipe de tus sueños que yo
le vea, y luego hablaremos.
Jacqueline se lanzó sobre su amiga, besándola con frenesí.
—Linnet querida... Eres una verdadera amiga. Ya sabía que lo
eres, y que no permitirías que me muriese. Eres lo más encantador de este
mundo. ¡Adiós!
—Pero, Jacqueline, tú te quedarás aquí.
—¿Yo? De ninguna manera. Regreso a Londres y mañana volveré con
Simon y lo arreglaremos todo. Te encantará. Es una verdadera preciosidad.
—¿No puedes esperar hasta que tomemos el té?
—No, no puedo esperar, Linnet. Estoy demasiado excitada. He de
regresar y decírselo a Simon. Sé que estoy loca, querida, pero no puedo
evitarlo. El matrimonio me curará; yo así lo espero. Siempre se ha dicho que
ejerce saludables efectos sobre temperamentos como el mío. Me equilibraré
pronto.
Volvióse hacia la puerta, se detuvo un momento, luego retrocedió
para besarla.
—Querida Linnet... ¡No hay nadie como tú!
El señor Gaston Blondin, propietario del restaurante de moda
«Chez Ma Tante», no era un hombre a quien le gustara honrar con su presencia a
todos los clientes. La riqueza, la belleza, la notoriedad y la aristocracia
esperarían en vano ser distinguidas por aquel personaje o siquiera atraer su
atención. Sólo en casos excepcionales condescendía el señor Blondin,
graciosamente, a saludar a un huésped dándole la bienvenida, a acompañarle a
una mesa privilegiada o a cambiar con él las frases de rigor en tales casos.
En esta noche particular, el señor Blondin había ejercido sus
prerrogativas reales tres veces: una para una duquesa, otra para un par de la
nobleza y la última para un hombrecillo de apariencia cómica con bigotes negros
exuberantes y que cualquier observador casual habría creído que hacía muy poco
favor a «Chez Ma Tante» con su presencia.
El señor Blondin, sin embargo, le colmaba materialmente de
atenciones.
Aunque hacía sólo media hora que varios clientes se marcharon
desesperados por no hallar ni una sola mesa vacía, ahora apareció una
misteriosamente y para colmo de milagro situada en posición inmejorable. El
señor Blondin condujo a este cliente hacia ella con toda la apariencia de
empressement.
—Pero, naturalmente, para usted hay siempre una mesa, señor
Poirot Lo que quisiera es que nos honrase más a menudo con su presencia.
Hércules Poirot sonrió recordando aquel incidente, ya pasado, en
que un cadáver, un camarero, el propio señor Blondin y una señorita encantadora
habían desempeñado un papel importante.
—Es usted muy amable, señor Blondin —dijo.
—¿Está usted solo, señor Poirot?
—Sí, estoy solo.
—¡Oh, bien! Jules confeccionará para usted una minuta que será
un poema... positivamente, un poema. Las mujeres, sobre todo las hermosas,
tienen una desventaja: distraen la mente impidiendo que se saboreen bien los
manjares. Pero usted paladeará nuestra comida, señor Poirot, se lo prometo. En
cuanto al vino... ¡para qué hablar!
Siguió una conversación de técnica gastronómica. El señor
Blondin se inclinó un momento bajando el tono de su voz y dijo
confidencialmente:
—¿Tiene usted algún asunto entre manos?
—¡Ay, no! Estoy de vacaciones —dijo tristemente—. Hice mis
economías cuando podía y ahora poseo medios suficientes para llevar una vida
reposada.
—Le envidio.
—No, no; sería poco juicioso envidiarme. Puedo asegurarle que no
es todo tan agradable como parece —suspiró—. ¡Cuan verdadero es el adagio que
dice que el hombre inventó el trabajo para no tener que pensar!
El señor Blondin levantó las manos.
—¡Hay muchas cosas, señor Poirot! Los viajes, por ejemplo
—Sí, en efecto, se puede viajar. Ya lo he hecho en muchas
ocasiones y me ha sentado bastante bien. Este invierno pienso ir a Egipto. El
clima, según dicen, es soberbio. ¡Así escaparé a la tediosa monotonía de las
nieblas perpetuas de los tonos grisáceos, de la lluvia que cae incesantemente!
—¡Ah, Egipto! —suspiró el señor Blondin.
—Ahora se puede ir allí evitando el mar, excepto en el obligado
paso del canal.
—¡Ah! ¿No le gusta el mar?
Hércules Poirot movió la cabeza y se estremeció
imperceptiblemente.
—A mi tampoco —declaró el señor Blondin con simpatía—. ¡Es
curioso el efecto que ejerce sobre el estómago!
—Pero sólo sobre ciertos estómagos. Hay personas a quienes el
movimiento no les causa la menor impresión. Incluso les gusta
—Una incoherencia del Señor —corroboró el señor Blondin.
Movió tristemente la cabeza y tras expresar un impío pensamiento
desapareció.
Camareros de pies ágiles y manos expertas servían las mesas.
Mantequilla, Melba tostada y una cubetita de hielo demostraban que se ofrecía
comida de calidad.
La orquesta negra rompió en un éxtasis de notas discordantes.
Londres bailaba.
Hércules Poirot observaba, registrando sus impresiones en su
cerebro como en un archivo.
¡Cuan aburridos y cansados eran los rostros que veía! Algunos de
aquellos hombres se divertían, indudablemente... mientras que una resignación
paciente era el sentimiento general exhibido por los rostros de sus
acompañantes. Aquella mujer gorda vestida de escarlata parecía radiante de
felicidad... Indudablemente, la grasa le proporcionaba un deleite, una
satisfacción, que estaban vedados a los que poseían líneas más armónicas.
¡Todo, en esta vida, tiene sus compensaciones!
Una pequeña cantidad de jóvenes, algunos carentes de expresión,
otros aburridos, los más definitivamente infelices. ¡Qué absurdo llamar a la
juventud el tiempo de la felicidad! ¡La juventud es la edad de mayor vulnerabilidad!
Su mirada se humanizó cuando vino a detenerse sobre cierta
pareja en particular. Un par de representantes de los dos sexos decididamente
armoniosos. El hombre, alto y de anchos hombros. La mujer, esbelta y delicada.
Eran dos cuerpos que se movían en un ritmo perfecto de felicidad por el lugar
en que estaban, por la hora y porque salía la dicha a borbotones del interior
de ambos.
El baile cesó bruscamente. Las manos palmotearon ruidosamente y
los giros continuaron. A los pocos segundos la pareja feliz volvió a la mesa
que ocupaban junto a la de Poirot.
La muchacha, roja de placer, reía. Cuando ella se sentó.
Hércules pudo contemplar a placer su rostro, que tenía vuelto hacia su
compañero.
Había algo, además de la risa, en su rostro.
Hércules Poirot movió la cabeza con aire dubitativo.
«Se interesa demasiado esa pequeña —dijo para sí—. Está en
peligro Sí, la amenaza un peligro.»
Luego llegó una palabra a su oído: Egipto.
Ahora percibía sus voces claramente: la juvenil de la muchacha,
fresca, arrogante, con un acento nuevo y ligeramente extranjero en la
pronunciación de las erres, y el timbre agradable, de tonos bajos, de su
compañero, en que se advertía a un inglés bien educado.
—No estoy vendiendo la piel del oso antes de matarlo, Simon. Te
aseguro que Linnet no quiere que nos hundamos.
—¡Que se hunda ella!
—No seas tonto... Es un empleo ideal para ti.
—Hasta cierto punto, yo lo creo también... No tengo la menor
duda sobre mi capacidad para desempeñarlo. Y haré todo lo posible por quedar
bien... por ti.
La muchacha rió, una risa de pura felicidad.
—Esperemos tres meses para asegurarnos de que no te da el
puntapié. Y entonces...
—Y entonces te dotaré con todos los bienes terrenales... Ése
será el epílogo.
—Y como ya te dije: iremos a pasar nuestra luna de miel a
Egipto. ¡Cueste lo que cueste! Toda mi vida he suspirado por ir a Egipto. El
Nilo... las pirámides... la arena...
Dijo él con voz ligeramente indistinta:
—Todo aquello lo veremos juntos, Jacqueline..., juntos. ¿No será
maravilloso?
—Eso me estaba preguntando ¿Será tan maravilloso para ti como
para mi? ¿Te intereso yo tanto como tú a mí?
La voz de la muchacha tenía un matiz duro, cortante; en sus ojos
había algo semejante al miedo.
En la respuesta del hombre se observó la misma dureza:
—No seas absurda, Jacqueline.
Pero la muchacha repitió:
—Yo me pregunto...
Él se encogió de hombros.
Hércules Poirot murmuró para sí:
«Un qui aime et une que se laisse aimer. Sí, yo también me lo
pregunto.»
Juana Southwood dijo:
—Supongamos que él es terriblemente rústico.
Linnet movió la cabeza.
—No lo será. Puedo confiar en el gusto de Jacqueline.
—¡Ah, Linnet! La verdad se oculta siempre cuando se trata de
asuntos amorosos.
Linnet agitó su rubia cabellera con impaciencia. Cambió de tema.
—Tengo que ir a ver al señor Pierce para hablar sobre estos
planos.
—¿Planos?
—Sí, hay unas cuantas casas de labor en malas condiciones de
salubridad. Voy a hacer que las derriben y trasladaré a sus habitantes a otro
sitio más sano.
—¡Qué sanitaria y compasiva eres!
—Tendrían que marcharse de todas maneras. Aquellas chozas
habrían estropeado mi nueva piscina...
—¿Y le agradará marcharse a la gente que vive actualmente allí?
—La mayoría de ellos están complacidísimos. Uno o dos se
muestran bastante estúpidos, realmente fastidiosos, en suma. Parecen no darse
cuenta de la enorme mejoría de la situación que les espera.
—Pero supongo que tú tampoco perderás con eso.
—Mi querida Juana, lo hago en su propio beneficio.
—Naturalmente. Estoy segura de ello. Ganancias comunes...
Linnet frunció el ceño. Juana rió.
—Vamos, muchacha. Confiésalo. Eres una tirana. Una tirana
benéfica, si gustas, pero una tirana, al fin y al cabo.
—No tengo nada de tirana.
—Pero te gusta conseguir tus caprichos.
—No es eso precisamente.
—Linnet Ridgeway, ¿puedes mirarme a la cara y decirme
honradamente si se ha dado alguna vez el caso de que no hayas podido conseguir
tus deseos?
—Muchísimas veces.
—¡Oh, sí! Muchísimas veces... Está bien, pero cita casos
concretos. No puedes hacerlo, aunque lo intentes. ¡No hay quien detenga la
carrera triunfal de Linnet Ridgeway en su carro de oro!
Linnet dijo secamente:
—¿Crees que soy egoísta?
—No, pero eres irresistible. Tienes el efecto combinado del
dinero y la belleza. Todo se inclina a tu paso. Lo que no puedes comprar con
dinero, lo obtienes con una sonrisa. Resultado: Linnet Ridgeway, la muchacha
que lo tiene todo.
—No seas ridícula. Juana.
—Dime, ¿no lo tienes todo?
—Supongo que sí... Pero me resulta desagradable oírtelo decir.
—En efecto, es desagradable, querida. Debes de estar
terriblemente cansada y blasée de todo y por todo. Es decir, todavía no lo
estás, pero lo estarás. Entretanto, goza de tu avance triunfal en tu carrera de
oro. Pero me pregunto, en realidad me lo pregunto sin cesar, ¿qué ocurrirá el
día que llegues a una calle donde te encuentres un cartel que diga: «Prohibido
el paso»?
—No digas estupideces, Juana. —Cuando lord Windleshaw se acercó
a ellas, Linnet dijo, volviéndose hacia él—: Juana me está diciendo verdaderas
obscenidades.
—Despecho, sólo despecho —dijo Juana vagamente, al mismo tiempo
que se levantaba del asiento que ocupaba.
No dio excusa alguna para ausentarse. Había leído la advertencia
en la mirada de Windleshaw. Éste permaneció silencioso un par de minutos. Luego
se lanzó a fondo.
—¿Te has decidido ya, Linnet?
Linnet dijo lentamente:
—¿Me crees tonta? Tal vez, no estando segura, debiera decir:
«NO».
Él la interrumpió con un gesto.
—No lo digas. Tendrás tiempo, todo el tiempo que necesites. Pero
tengo la seguridad de que seríamos muy felices los dos.
—Mira —el tono de Linnet parecía de excusa casi infantil—. Me
estoy divirtiendo mucho, especialmente con esto —Hizo un movimiento con la
mano—. Quiero convertir Wode Hall en una residencia campestre local; para mí,
claro está, y según mis propias iniciativas. Me parece que hasta ahora lo voy
consiguiendo, ¿no te parece?
—¡Oh, sí! Es precioso. Maravillosamente proyectado. Es perfecto.
Tú eres muy inteligente, Linnet.
Hizo una pausa y continuó:
—Pero te gusta Charltonbury, ¿verdad? Claro es que necesita que
se modernice y todas esas cosas, pero tú te encargarías de eso. Te deleitará.
—¡Oh, sí! Charltonbury es magnífico.
Hablaba con espontáneo entusiasmo, pero interiormente
experimentó una sensación de súbita frialdad. Algo extraño acababa de herir un
sentimiento recóndito, turbando su completa satisfacción por la vida. No
analizó este sentimiento inmediatamente, pero cuando Windleshaw entró en la
casa escrutó en todos los repliegues de su cerebro.
Charltonbury, sí, aquello era, se había resentido a la mención
de Charltonbury. Pero ¿por qué? Charltonbury era modestamente famoso. Ser la
dueña del magnífico Charltonbury era una posición envidiable y Windleshaw era
un partido muy solicitado.
Naturalmente, él no podía tomar Wode en serio. No podía
compararse con Charltonbury. ¡Ah. pero Wode no era suyo! Ella lo vio, lo
compró, volvió a reconstruirlo sin preocuparse del dinero que le costaba.
Aquello era su propia posesión, su reino.
Pero en cierto modo aquello no existiría si se decidiese a
casarse con Windleshaw. ¿Para qué iban a tener dos residencias campestres? Y de
las dos. Wode Hall sería la condenada a desaparecer.
Ella misma, Linnet Ridgeway. dejaría también de existir. Se
convertiría en la condesa de Windleshaw, llevando a Charltonbury y a su dueño
actual una dote apreciable. Sería reina consorte, pero no en propiedad.
«Me estoy volviendo ridícula», se dijo Linnet.
¡Pero era extraño cómo odiaba la idea de abandonar Wode! ¿No
había algo más que le hiciese sentir así?
La voz de Jacqueline, con aquella nota monótona y ardiente: «Si
no me caso con él, me moriré. Me moriré... Me moriré...»
Y lo decía con convicción, formalmente. ¿Experimentaba ella,
Linnet, un sentimiento idéntico hacia Windleshaw? Con seguridad, no. Tal vez no
llegaría nunca a ese extremo por nadie. ¡Debía ser maravilloso sentir aquella
grandiosidad!
Oyóse el ruido de un coche que se aproximaba, a través de la
ventana abierta.
Linnet se lanzó impaciente en su dirección. Debían ser
Jacqueline y su novio. Saldría a recibirlos.
Se encontraba en la puerta de la verja cuando Jacqueline y Simon
descendieron del automóvil.
—¡Linnet! —Jacqueline corrió hacia ella—; éste es Simon, aquí
está Linnet. Es la criatura más maravillosa del mundo...
Linnet vio a un joven alto, de hombros anchísimos, ojos azul
oscuro, cabello castaño rizado y una sonrisa atractiva de chiquillo.
Una ardiente sensación de embriaguez se extendió por todas sus
venas.
—¿No es todo esto encantador? —dijo—. ¡Venga, Simon, entre y
permítame que dé la bienvenida a mi administrador comme il faut!
Cuando se volvía para señalar el camino, pensaba: «¡Me siento
extraordinariamente feliz! ¡Me gusta el novio de Jacqueline! ¡Me gusta
enormemente!» Y luego, con pesar, exclamó como dolida: «¡Qué suerte tiene
Jacqueline!»
Tim Allerton se reclinó perezosamente en su chaiselongue y
bostezó mirando al mar. Luego lanzó una rápida mirada de soslayo a su madre.
La señora Allerton era una mujer todavía guapa, de cincuenta
años de edad y cabellos nevados. Adoptando una expresión de severidad en su
boca cuando miraba a su hijo creía poder disimular la extraña afección que
sentía hacia él. Los observadores que no la conocían, raramente se dejaban
engañar por este gesto, y el mismo Tim veía perfectamente el corazón de su
madre a través de este velo de severidad.
Hablaba el joven:
—¿Te gusta Mallorca, de verdad, mamá?
—Pues bien... —la señora Allerton hizo una pausa para
reflexionar—. Es barata la vida aquí...
—Y fría —dijo Tim, estremeciéndose levemente.
Era un joven alto, delgado, de cabellos oscuros y pecho
estrecho. La boca tenía una expresión de dulzura, ojos tristes y mandíbula
indecisa Poseía manos delicadas.
Amenazado de tuberculosis algunos años antes, nunca pudo
desarrollarse físicamente. Públicamente, se suponía que se dedicaba a las
letras, pero sus íntimos sabían que aquello no pasaba de ser una fantasía y que
sus trabajos literarios no fueron jamás aceptados por nadie.
—¿En qué piensas, Tim?
La señora Allerton aguardó expectante la respuesta. Sus ojos
negros y brillantes escrutaban suspicaces a su hijo. Tim Allerton hizo una
mueca.
—Pensaba en Egipto.
—¿Egipto?
En el tono de la señora Allerton se advertía un asomo de duda.
—Aquello es tibio de verdad, mamita. Con arenas de oro. El
Nilo... Me gustaría remontar el curso de aquel río poético. ¿A ti no?
—Claro que me gustaría —dijo la interpelada con sequedad—. Pero
Egipto es terriblemente caro, hijo mío. No es para los que tienen que dar
muchas vueltas a su dinero antes de gastarlo.
Tim lanzó una carcajada. Se levantó y se desperezó. Parecía
haberse llenado de vida nueva en un segundo. Dijo con voz excitada:
—Los gastos correrán de mi cuenta. Sí, mamita. He tenido la
suerte de dar un golpecito en la Bolsa con resultados satisfactorios. Me he
enterado esta mañana.
—¿Esta mañana? —dijo la señora Allerton con voz cortante—. ¡No
tuviste más que una carta y era...!
Se interrumpió, mordiéndose los labios.
Su hijo pareció quedar indeciso sobre si debía tomarlo a broma o
enfadarse; eligió lo primero.
—Era de Juana —terminó con frialdad—. Está bien, mamá. Eres la
reina de los detectives. El famoso Hércules Poirot tendría que esforzarse para
conservar sus laureles si tú decides hacerle la competencia.
La señora Allerton parecía confundida.
—Vi la escritura del sobre por casualidad y...
—¿Y te diste cuenta de que no era de un agente de Bolsa?
Estupendo. En honor a la verdad he de decirte que fue ayer cuando lo supe. La
escritura de la pobre Juana es bien fácil de reconocer... parece que se quiere
salir del sobre, como una araña enloquecida.
—¿Qué dice Juana...? ¿Algo nuevo?
La señora Allerton se esforzó para que su voz sonara de modo
casual y ordinario. La amistad entre su hijo y su prima segunda, Juana
Southwood, le había irritado siempre. No porque hubiese algo entre ellos, como
se repetía incesantemente la buena señora. Ella sabía perfectamente que no lo
había. Nada.
Tim nunca había mostrado ningún interés sentimental hacia su
prima Juana, ni ésta hacia él. Su atracción mutua parecía estar cimentada en la
afinidad y posesión de amigos conocidos comunes. A los dos les gustaba la gente
y criticar a la gente. Juana tenía una lengua cáustica y divertida.
La rigidez de expresión de la señora Allerton cuando Juana
estaba presente o cuando recibía una carta suya, no se debía al temor de que su
hijo pudiera enamorarse de su prima.
Era otro sentimiento indefinible, tal vez de celos, por el
placer indudable que Tim experimentaba cuando se encontraba en compañía de
Juana. Él y su madre eran tan excelentes amigos que la sola vista de una mujer
que acaparase la atención de Tim le producía una desazón violenta. Creía que su
presencia constituía entonces un estorbo para los dos representantes de la
nueva generación. Muchas veces los había sorprendido en animada conversación
que, al acercarse ella, interrumpían o variaban el tópico. Pero, decididamente,
la señora Allerton experimentaba pocas simpatías por su sobrina. La consideraba
hipócrita, afectada y esencialmente superficial. Le costaba un esfuerzo
extraordinario tener que reprimir los deseos que le acometían de decirle todo
esto gritando a pleno pulmón y delante de todo el mundo.
En respuesta a su pregunta, Tim extrajo la carta de uno de sus
bolsillos y la ojeó.
—Es una carta bastante larga —observó la madre.
—No dice gran cosa —declaró—. Los Devonish han solicitado el
divorcio. El viejo Monty ha sido encarcelado por haber conducido un coche yendo
embriagado. Windleshaw se ha marchado a Canadá. Parece que le ha sentado
bastante mal que Linnet le diese calabazas. Ella va a contraer matrimonio
definitivamente con el administrador de marras.
—¡Es extraordinario! ¿Tan irresistible es el joven?
—No, no. Nada de eso. Es uno de los Doyle, de Devonshire. No
tiene ni un céntimo, desde luego, y hasta hace poco estaba prometido a una de
las mejores amigas de Linnet. ¡Una cosa bastante fea!
—Yo tampoco creo que se haya portado como debía —declaró la
señora Allerton enrojeciendo.
En los ojos de su hijo apareció un relámpago de cariño hacia su
madre.
—Ya sé, mamita. Tú no puedes ver con buenos ojos que le soplen a
nadie su marido y todas esas cosas indecentes.
—En mis tiempos, respetábamos la propiedad ajena —dijo la señora
Allerton—. Sin embargo, ahora la gente cree justo poder tomar lo que tiene al
alcance de la mano, sea de quien sea.
Tim sonrió.
—No solamente lo cree, sino que lo hacen. Vide Linnet Ridgeway.
—Bueno, pero yo opino que eso es horrible.
Tim guiñó un ojo.
—¡Animo, mamita, tal vez me adhiera a tu opinión! Hasta ahora no
se me ha ocurrido jamás seducir a la mujer ni a la novia de un amigo.
—Estoy segura de que jamás harás tal cosa —dijo la señora
Allerton. Ingeniosamente, añadió—: Te he educado demasiado bien.
—Así, pues, el mérito es tuyo; no mío.
Sonrió con aburrimiento mientras doblaba la carta y la volvía a
meter en el bolsillo.
La señora Allerton pensó:
«La mayoría de las cartas me las ha enseñado siempre. De ésta de
Juana, sólo me ha leído párrafos sueltos.»
Expulsó aquel vano pensamiento de su cerebro y decidió, como
siempre, conducirse como una señora de su rango.
—¿Se divierte Juana? —preguntó.
—Así, así. Ahora tiene la intención de abrir una tienda de modas
en Mayfair.
—Siempre se queja de su situación —dijo la señora Allerton con
un timbre de despecho—. Pero lo cierto es que ella alterna con la mejor
sociedad y sus vestidos deben costarle un dineral. Siempre va vestida
irreprochablemente.
—Sí. En efecto. Probablemente, no los paga. No, mamá, no quiero
decir lo que en este momento te está sugiriendo tu cerebro isabelino. Quiero
decir literalmente que no paga las facturas.
La señora Allerton suspiró.
—Nunca he comprendido cómo se puede hacer una cosa así.
—Es un don genial —repuso el hijo—. Cuando se tienen gustos
suficientemente extravagantes y se carece de la menor noción del valor del
dinero, se conceden a estas personas toda clase de créditos.
—Sí, pero esa persona no tardará en visitar al Tribunal de
Quiebras o al de Morosos, como le ocurrió al pobre sir George Wode.
—Parece que sientes compasión por ese viejo palafrenero sólo
porque en un baile celebrado en el año 1879 te llamó capullo de rosa.
—Yo no había nacido aún en 1879 —repuso la señora Allerton con
gracejo—. Sir George posee unas maneras encantadoras y no te permito que le
llames palafrenero.
—He oído algunas historietas divertidísimas sobre él, referidas
por personas que le conocen bien.
—A ti y a Juana os importa bien poco la reputación del prójimo.
Cualquier cosa os parece divertida aunque se arranque la piel a tiras a seres
desgraciados.
Tim enarcó las cejas.
—Mamita, te estás sulfurando. No sabía que Wode era tu favorito.
—Tú no puedes imaginarte lo doloroso que ha sido para él tener
que desprenderse de Wode Hall. Experimentaba una profunda pasión por aquel
lugar.
Tim reprimió el impulso de responder acerbamente. ¿Quién era él
para juzgar, después de todo?
Tras una pausa, dijo pensativo:
—En eso parece que tienes razón. Linnet le invitó a que fuese a
ver las modificaciones que se habían efectuado en su antigua residencia y él se
negó rotundamente a ir.
—Sí. Ella no le habría invitado si le hubiese conocido mejor.
—Ahora creo que él siente odio invencible contra Linnet...
Murmura entre dientes cosas incomprensibles cuando la ve. No puede perdonarle
que le haya dado una cantidad tan fabulosa por su propiedad familiar roída por
la polilla.
—¿Y tú no eres capaz de comprender eso? —inquirió la señora
Allerton con sequedad.
—Francamente —dijo Tim con calma—. No puedo comprenderlo. ¿Por
qué vivir en lo pasado? ¿Por qué ese apego idiota hacia las cosas que se
fueron?
—¿Qué colocarías tú en el puesto de esas cosas?
Tim se encogió de hombros.
—Sensaciones, tal vez. Novedades. La alegría de no saber jamás
lo que ocurrirá al día siguiente. En vez de heredar un trozo de tierra inútil,
prefiero el placer de hacer dinero por mí mismo, empleando mi cerebro y mis
aptitudes.
—Un golpecito afortunado en la Bolsa, por ejemplo.
Tim profirió una carcajada.
—¿Por qué no?
—¿Y qué sucedería si tuvieses en la Bolsa una pérdida semejante?
—Eso, mamita, es poco probable. Es inapropiado para hoy... ¿Qué
te parece mi plan sobre un viajecito a Egipto?
—Bien.
El la interrumpió sonriente:
—Entonces de acuerdo. Los dos hemos ansiado siempre visitar
Egipto.
—¿Cuándo sugieres que vayamos?
—¡Oh...! El mes próximo. Enero es la época del mejor tiempo
allí. Gozaremos de la deliciosa sociedad de este hotel sólo un par de semanas
más.
—¡Tim! —exclamó la señora Allerton en tono de reproche. Luego
añadió, sonrojándose—: Lamento tener que decirte que prometí a la señora Leech
que tú la acompañarías a la comisaría de policía. Ella no comprende una palabra
de español.
Tim hizo una mueca.
—¿A causa de su anillo? ¿El rubí rojo sangriento de la hija del
veterinario? ¿Persiste en la creencia de que se lo han robado? Iré si tú
quieres, pero es ganas de malgastar el tiempo. No conseguirá nada más que
originar molestias sin cuento a cualquier desgraciada sirvienta del hotel. Se
lo vi perfectamente en el dedo cuando fue a bañarse aquel día. Salió del agua y
desde entonces lo echó de menos.
—Ella dice que está segura de que se lo quitó y lo dejó en su
tocador.
—Pues no es verdad. Yo lo vi con mis propios ojos. Esa mujer
está loca. Si no lo estuviera, no se habría bañado en pleno mes de diciembre,
basándose en que el agua estaba bastante caliente porque el sol brillaba en
aquel momento. Y es que le gusta exhibirse en traje de baño.
La señora Allerton murmuró:
—Realmente, creo que renunciaré a bañarme en lo sucesivo.
Tim rió alegremente.
—Tú puedes hacerlo. Das ciento y raya en belleza escultural a
las jóvenes de hoy.
La señora Allerton suspiró y dijo:
—Desearía que tuvieses aquí unos cuantos jóvenes más de tu edad
que te ayudaran a distraerte.
Tim Allerton movió la cabeza con decisión.
—Pues yo no. Los dos solitos nos hemos arreglado divinamente
para ir de un lado a otro divirtiéndonos, sin necesitar a nadie más.
—Pero a ti te hubiese gustado que Juana estuviese aquí.
—Nada de eso —su tono expresaba inesperada resolución—. Te
equivocas. Juana me divierte, pero no me gusta. Cuando la tengo demasiado
tiempo a mi lado me ataca los nervios. Doy gracias a Dios de que no esté aquí.
Me resignaría si pensara no volver a ver a Juana en toda mi vida —añadió casi
sin aliento—: No hay más que una mujer en el mundo por quien tengo respeto y
admiración a la vez. Creo que tú no ignoras quién es esa persona.
Su madre se ruborizó y pareció confusa. Tim continuó gravemente:
—Hay muy pocas mujeres realmente agradables en este mundo, pero
tú eres una de ellas.
En un piso que daba al Central Park, en Nueva York, la señora
Robson exclamó mirando a su hija:
—¿No es maravilloso? Eres, en verdad, una mujer de suerte,
Cornelia.
Cornelia Robson enrojeció. Era una muchacha grande y tosca, con
los ojos oscuros y perrunos.
—¡Oh, será espléndido! —dijo entre dientes.
La solterona señorita Van Schuyler inclinó la cabeza, expresando
su satisfacción por esta actitud correcta por parte de sus parientes pobres.
—Siempre había soñado con un viaje a Europa —suspiró Cornelia—.
Sin embargo, jamás creía que mi sueño llegase a convertirse en realidad.
—La señora Bowers vendrá conmigo, como de costumbre —dijo la
señorita Van Schuyler—. Pero como dama de compañía la encuentro muy limitada...
muy limitada. Hay una infinidad de cosas en que, Cornelia, me serás de gran
utilidad.
—Será un placer poder servirle en algo, prima María —dijo
Cornelia, en tono ardiente.
—Bien, bien. Entonces estamos de acuerdo —dijo la señorita Van
Schuyler—. ¿Quieres buscar a la señorita Bowers, querida? Es la hora de tomar
los huevos.
Cornelia salió precipitadamente. Su madre dijo:
—Querida María. ¡No sé cómo agradecértelo! Como tú sabes, yo
creo que Cornelia sufre indeciblemente por no tener éxito en sociedad. Esto le
hace considerarse mortificada. ¡Si yo hubiese podido llevarla de un sitio a
otro! ¡Pero tú sabes cómo quedamos al morir el pobre Eduardo!
—¡Será para mí un verdadero placer llevarla conmigo! —declaró la
señorita Van Schuyler—. Cornelia ha sido siempre una muchacha dócil y
agradable, amante de las aventuras y no tan egoísta como la mayoría de las
jóvenes de hoy.
La señora Robson se levantó y besó cariñosamente el rostro
apergaminado y amarillento de su rica parienta.
—Te estoy muy agradecida —declaró.
En la escalera se encontró con una mujer muy bien parecida que
llevaba un vaso conteniendo un líquido amarillento y jabonoso.
—¡Vaya, señorita Bowers, se va usted a Europa!
—¡Ah...! Sí, señora Robson.
—Será un viaje encantador.
—Sí. Desde luego. Creo que debe de ser muy divertido.
—¿Ha estado usted antes de ahora en el extranjero?
—¡Ah, sí! El año pasado estuve con la señorita Van Schuyler en
París. Pero nunca he estado en Egipto.
La señora Robson hizo una pausa.
—¿Supongo que no habrá peligro alguno? —preguntó, bajando la
voz.
La señorita Bowers dijo con su timbre usual:
—¡Oh, no, señora Robson! Yo me encargaré de eso. Iré siempre
observando lo que pasa a mi alrededor.
A pesar de esta seguridad, una sombra cruzó el rostro de la
señora Robson cuando, lentamente, continuó bajando la escalera.
En su despacho de la ciudad, Andrés Pennington se dedicaba a
abrir su correo particular.
De pronto su puño se cerró convulsivamente y cayó con ruido
sordo sobre la mesa de despacho. Su rostro adquirió un color escarlata y dos
abultadas venas se destacaron en su ancha frente.
Oprimió un timbre. Un atildado taquígrafo hizo su aparición con
su recomendable rapidez.
—Diga al señor Rockford que suba.
—Sí, señor Pennington.
Pocos momentos más tarde, Sterndale Rockford, el socio de
Pennington, entró en el despacho. Ambos hombres tenían algo de parecido. Los
dos eran altos, enjutos, con cabellos grises y rostros muy afeitados e
inteligentes.
—¿Qué ocurre, Pennington?
Éste levantó la cabeza de la carta que había empezado a leer de
nuevo.
—Linnet se ha casado —dijo sin preámbulos.
—¿Qué?
—Has oído bien. Linnet se ha casado.
—¿Cómo...? ¿Cómo...? ¿Por qué no nos lo han dicho hasta ahora?
Pennington lanzó una ojeada al calendario que había sobre la
mesa.
—No había contraído matrimonio cuando escribió esta carta. Lo
hizo el día 4 por la mañana, es decir, hoy.
Rockford se desplomó en su sillón.
—¡Caramba! ¡Sin avisar! ¿Quién es él?
—Doyle. Simon Doyle.
—¿Qué clase de individuo es ése? ¿Conoces algo de él?
—No. Ella tampoco habla gran cosa de él... —palmoteo sobre las
líneas escritas con caracteres claros e iguales—. Me parece que hay algo raro
detrás de todo este asunto. Pero eso no tiene gran importancia. Lo principal es
que ella se ha casado.
Las miradas de los dos hombres se encontraron. Rockford hizo un
movimiento afirmativo de cabeza.
—Esto es cosa de pensarlo mucho —dijo reposadamente.
—¿Y qué vamos a hacer?
—Eso te iba a preguntar.
Los dos hombres se miraron en silencio. Tras una pausa, dijo
Rockford:
—¿Tienes algún plan?
Pennington respondió arrastrando las sílabas:
—El «Normandía» sale hoy de Europa. Uno de nosotros dos tomará
pasaje en él.
—¿Estás loco? ¿Qué idea es la tuya?
Pennington dijo con los dientes apretados:
—¡Esos abogados ingleses...! —y se detuvo.
—¿Qué quieres con ellos? ¿Supongo que no irás allí a buscarles
camorra?
—¿He dicho, acaso, que quienquiera que sea de nosotros el que
vaya, tenga Inglaterra como punto de destino?
—¡Pues no me hagas sufrir más y suelta esa idea tan grande!
Pennington extendió la carta sobre la mesa.
—Linnet se dirige ahora a Egipto a pasar la luna de miel.
Permanecerá allí un mes, tal vez más.
—Egipto, ¿eh?
Rockford clavó la mirada en la de su socio.
—¡Egipto! —exclamó—. ¿Ésa es tu idea?
—Sí. Un encuentro casual. Dando una vueltecita Linnet y su
marido... atmósfera nupcial. Creo que se puede hacer...
—Ella es muy lista, pero... —Rockford se interrumpió.
Pennington dijo suavemente:
—Ya encontraremos el medio de justificarlo.
Otra vez se encontraron los ojos.
Rockford asintió.
—¡Estupendo, chico!
Pennington miró el reloj.
—El que vaya, ha de darse prisa.
—¡Irás tú! —dijo Rockford súbitamente—. Siempre te has llevado
bien con Linnet, tío Andrés. Te cedo la papeleta.
El rostro de Pennington se ensombreció.
—Confío en salirme con la mía.
—Tendrás que hacerlo a cualquier precio. La situación es crítica
—repuso malhumorado su socio.
Guillermo Carmichael dijo al joven delgado y peludo que abrió la
puerta en respuesta a su llamada:
—Diga al señor Jim que deseo verle.
Jaime Fanthorp penetró en la habitación y lanzó una mirada
interrogadora a su tío. El anciano fijó sus ojos en el joven, al mismo tiempo
que movía la cabeza gruñendo:
—¡Ah! ¿Eres tú?
—¿No querías hablar conmigo?
—¡Lee esto!
El joven tomó asiento y desplegó la hoja de papel que le entregó
su tío.
El anciano le observaba atentamente.
—¿Y bien?
La respuesta fue rápida.
—Me parece muy oscuro, tío.
Otra vez el socio de la firma Carmichael, Grant y Carmichael,
emitió un gruñido característico.
Jaime Fanthorp releyó la carta que acababa de llegar de Egipto
por avión.
«...parece improcedente escribir cartas de negocios en un día como
hoy. Hemos pasado una semana en la Casa Mona, luego hemos hecho una expedición
al Fayun. Pasado mañana remontaremos el Nilo hasta Luxor y Assuán en un barco
de vapor y tal vez lleguemos hasta Kartum. Cuando fuimos a la agencia Cook esta
mañana a recoger los billetes, ¿qué cree usted que fue lo primero que vi...? A
mi apoderado americano Andrés Pennington. Me parece recordar que lo conoció
usted hace dos años. Yo no tenía la menor idea de que él estuviese en Egipto y
él tampoco podía presumir que me encontraría aquí... ni que estuviese casada.
La carta en que yo le contaba mi proyecto de contraer matrimonio no llegó a sus
manos Ahora se dispone a remontar el Nilo siguiendo la misma ruta que nosotros.
¿Verdad que es una agradable coincidencia? Muchas gracias por todo lo que ha
trabajado en estos tiempos...»
Cuando el joven se disponía a volver la página, el señor
Carmichael le recogió la carta.
—Eso es todo —dijo—. El resto no importa. Bien, ¿qué piensas de
esto?
Su sobrino reflexionó un instante. Luego dijo:
—Pues... me parece que ese encuentro no tiene nada de casual.
El anciano manifestó su aprobación con un movimiento de cabeza.
—¿Te gustaría dar una vueltecita por Egipto? —preguntó de
pronto.
—Si lo crees necesario...
—No hay tiempo que perder.
—Pero, ¿por qué he de ser yo precisamente?
—Piensa un poco y lo acertarás. Linnet Ridgeway no se ha
tropezado contigo en su vida. Pennington tampoco te conoce. Si vas en
aeroplano, llegarás a tiempo todavía.
—No me gusta nada esta idea, tío. ¿Qué voy a hacer yo allí?
—Emplea tus ojos. Utiliza tus oídos. Usa el cerebro... si es que
lo tienes. Y si es necesario... obra.
—No me gusta nada.
—Lo creo, pero no tienes más remedio que hacerlo.
—¿Es, pues, necesario?
—A mi juicio es de importancia vital —dijo el señor Carmichael.
La señora Otterbourne, reajustándose el turbante de tejido
indígena que le rodeaba la cabeza, dijo airada:
—No sé por qué no nos hemos marchado ya a Egipto. Estoy más que
cansada de Jerusalén.
Como su hija permaneciese silenciosa, añadió:
—Lo menos que podías hacer es responder cuando te preguntan.
Rosalía Otterbourne estaba enfrascada en la contemplación de un
periódico ilustrado en que aparecía la reproducción de una fotografía. Al pie
de aquélla se leía:
«La señora Doyle, que antes de su matrimonio era la bien
conocida belleza señorita Linnet Ridgeway. Los señores Doyle pasan la luna de
miel en Egipto.»
Rosalía dijo:
—¿Te gustaría ir a Egipto, mamá?
—¡Claro que si! —exclamó la señora Otterbourne—. Reconozco que
no se nos ha tratado aquí muy caballerosamente; mi estancia en este país ha
sido una advertencia para el futuro. Pero ya he dicho a todos lo que pienso de
ellos. La gente de aquí es impertinente... demasiado impertinente.
La muchacha, suspirando, dijo:
—Este sitio es igual que cualquier otro. Tengo verdaderos deseos
de salir de aquí.
—Y esta mañana —continuó la señora Otterbourne— el administrador
del hotel ha llevado su impertinencia al extremo de decirme que había
comprometido todas las habitaciones por anticipado y que me daba cuarenta y
ocho horas de plazo para abandonar las que ocupamos.
—Eso quiere decir que hemos de buscar otro alojamiento.
—Nada de eso. Estoy dispuesta a defender mis derechos.
Rosalía murmuró:
—Creo que debíamos irnos a Egipto. No creo que haya gran
diferencia.
—No creo que sea cuestión de vida o muerte —dijo la señora
Otterbourne.
Pero en esto se equivocaba, porque se trataba precisamente de
una cuestión de vida o muerte.
CAPITULO II
—Ese es Hércules Poirot, el detective —dijo la señora Allerton.
Ella y su hijo se encontraban sentados en sendos sillones de
mimbre, brillantemente pintados de escarlata, en el exterior del hotel de las
Cataratas de Assuán.
Observaban a las figuras, que se alejaban, de dos personas. Una
de ellas, bajita, vestida con un traje de seda cruda, correspondía a un hombre;
la otra, alta y delgada, era una mujer.
Tim Allerton se levantó repentinamente.
—¿Qué diablos busca ese hombre aquí?
Su madre rió.
—Querido, pareces muy excitado. ¿Por qué les gustarán a los
hombres tanto los crímenes? Yo odio las historias de detectives y no las leo
nunca. Pero no creo que el señor Poirot esté aquí por ningún motivo especial.
Ha ahorrado una respetable cantidad de dinero y se dedica a vivir. Eso es todo.
—Parece mostrar cierto interés por la muchacha más guapa de la
localidad.
La señora Allerton reclinó la cabeza sobre un hombro, mientras
observaba las espaldas del señor Poirot y de su compañera.
La muchacha que acompañaba al detective era cuatro dedos más
alta que él. Andaba magníficamente, ni demasiado erguida, ni con paso perezoso.
La señora Allerton lanzó una mirada de soslayo a Tim, al tiempo
que decía:
—Ella es preciosa, ¿no te parece?
—Es más que preciosa. Lástima que sea tan irascible y huraña.
—Ésa me parece la expresión justa, querido.
—Es un diablillo desagradable, me parece. Pero es bastante
agraciada.
El objeto de estas críticas marchaba lentamente al lado de
Poirot. Rosalía Otterbourne hacía girar su sombrilla cerrada y en su expresión
se leía todo lo que Tim acababa de decir. Parecía a un tiempo huraña y
colérica.
Volvieron a la izquierda al llegar a la puerta de la verja del
hotel y se adentraron en la fría sombra de los jardines públicos.
Hércules Poirot hablaba alegremente; su expresión era de
beatífico buen humor. Llevaba un traje de seda cruda, un sombrero panamá y un
espantamoscas cubierto de adornos con mango de ámbar.
—...me encanta —decía—. Y también las rocas negras de Elefantina
y el sol y los barquitos que cruzan el río. Sí, es maravilloso estar vivo y
gozar de todo esto.
Rosalía respondió con sequedad:
—Debe de ser estupendo todo esto, pero a mí, Assuán sobre todo,
me aburre. El hotelucho éste está medio vacío y casi todos sus ocupantes están
muy cerca del siglo.
Se interrumpió, mordiéndose los labios.
Hércules Poirot guiñó los ojos.
—Eso es verdad, hija mía. Yo, por ejemplo, tengo ya un pie en la
tumba.
—No pensaba en usted —dijo la muchacha—. Lo siento. He sido
grosera.
—Nada de eso. Es natural que desee compañeros jóvenes de su
misma edad. ¡Ah, aquí hay un joven, por lo menos!
—¿Ése que está siempre sentado con su madre? Me gusta ella; pero
él parece sencillamente insoportable, ¡tan presumido!
Poirot sonrió.
—¿A mí me cree presumido, también?
—¡Oh, no!
A ella parecía interesarle poco todo aquello; pero Hércules
Poirot lo consideraba bastante divertido. Observó el detective con plácida
satisfacción:
—Mis amigos opinan que soy terriblemente presuntuoso.
—¿Ah. sí? —murmuro Rosalía vagamente—. Supongo que usted tiene
motivos para serlo. Desgraciadamente, el crimen no me interesa en absoluto.
—Me complace mucho saber que no tiene usted ningún secreto
culpable que ocultar.
Por el momento, la máscara burlona de su rostro se transformó,
cuando ella lanzó a su interlocutor una rápida mirada interrogadora.
Poirot fingió no advertirlo y continuó:
—Su señora madre no estuvo presente en el almuerzo. Supongo que
no estará indispuesta...
—Este sitio no le sienta muy bien —explicó Rosalía—. Me
agradaría salir de aquí.
—Seremos buenos compañeros de viaje, ¿verdad? Vamos juntos a la
excursión de Wadi Halfa y a la segunda catarata.
—Sí.
Salieron de la sombra del jardín y siguieron una senda estrecha
y polvorienta que bordeaba el río. Cinco vendedores de collares de vidrio, dos
de tarjetas postales, tres de escarabajos de yeso, un par de alquiladores de
asnos y una cuadrilla de golfillos esperanzados se dirigieron hacia ellos,
pregonando sus mercancías.
Hércules Poirot intentó vanamente deshacerse de aquella colmena
humana. Rosalía se abrió paso entre ellos andando como si fuese una sonámbula.
—Lo mejor es hacerles creer que somos sordos y mudos —observó.
Entraron en la quinta tienda y Rosalía entregó varios rollos de
películas... el único objeto del paseo. Luego salieron de aquel establecimiento
y se encaminaron hacia la margen del río.
Uno de los vaporcitos que surcan el Nilo acababa de atracar.
Poirot y Rosalía contemplaron con interés a los pasajeros.
—Hay bastantes... ¿eh?
Volvió la cabeza cuando Tim Allerton se unió a ellos. Respiraba
fatigosamente, como si hubiese venido corriendo.
Permanecieron silenciosos por un minuto o dos. Luego, Tim dijo:
—Una muchedumbre horrible, como siempre.
—Oh, sí, siempre igual... —comentó Rosalía.
Los tres tenían el aire de superioridad de gente que asiste a la
llegada de un tren o de un vapor.
—¡Caramba! —la voz de Tim sonó excitada—. ¡Que me cuelguen si
aquélla no es Linnet Ridgeway!
Si aquella información dejó a Poirot insensible, despertó gran
interés en Rosalía.
—¿Dónde está? ¿Es aquélla de blanco?
—Sí. La que va acompañada de aquel hombre alto. Ahora
desembarcan. Él es su flamante marido supongo. No me acuerdo de su nombre en
este momento.
—Doyle —dijo Rosalía—. Simon Doyle. Lo dicen todos los
periódicos. Se meten con ella casi diariamente.
—Sólo porque es la mujer más rica de Inglaterra —observó Tim.
Los tres espectadores observaban silenciosamente la llegada de
los pasajeros. Poirot contempló interesado a la objeto de las críticas de sus
compañeros. Murmuró:
—Es hermosa.
—Hay personas que lo tienen todo —dijo Rosalía amargamente.
Observábase una expresión de disgusto en la joven cuando Linnet
descendía la escala.
Linnet Ridgeway se conducía como si fuese la vedette de una
revista en escena. Volvióse con leve sonrisa a su acompañante. Éste le
respondió y el sonido de su voz pareció interesar a Hércules Poirot. Una
lucecita apareció en sus ojos y las cejas formaron dos arcos casi angulares. La
pareja pasó a pocos pasos de él. Oyó a Simon Doyle que decía:
—Lo intentaremos y le daremos tiempo. Podemos quedarnos aquí una
semana o dos si te parece bien, querida.
La cara del joven tenía una expresión ardiente de adoración casi
humilde. La mirada de Poirot escrutó minuciosamente su cuerpo, los hombros
cuadrados, el rostro bronceado, los ojos de un azul oscuro, la simplicidad
infantil de su sonrisa.
—¡Feliz diablo! —dijo Tim después que hubieron pasado—. Ha
tenido la suerte de encontrar una heredera que no tiene adenitis ni pies
planos.
—Parecen terriblemente felices —dijo Rosalía con una nota de
envidia en la voz. Luego añadió, pero en voz tan baja que Tim no pudo oírlo—:
¡Esto no es justo!
Poirot lo percibió, sin embargo. Frunció el ceño, perplejo.
Lanzó una mirada de comprensión a la muchacha.
—Voy a comprar algunas baratijas para mi madre —dijo Tim.
Se quitó el sombrero y se marchó. Poirot y Rosalía emprendieron
el camino de regreso al hotel, apartando a su paso nuevos pregoneros de asnos y
collares.
—¿Así, pues, no es justo? —dijo Poirot cortésmente,
La muchacha enrojeció de cólera.
—Ignoro lo que quiere decir.
—No he hecho más que repetir lo que usted ha dicho en voz baja.
Rosalía se encogió de hombros.
—Pues bien, realmente me parece demasiado para una persona.
Dinero, belleza, una figura maravillosa y...
Se interrumpió y Poirot terminó por ella:
—¡Y amor! ¿Verdad? Pero tal vez se ha casado sólo por su dinero.
—¿Acaso no vio usted cómo se la comía con los ojos?
—Oh, sí, señorita. Vi todo lo que se podía ver... Pero observé
algo que a usted le pasó por alto.
—¿Qué cosa fue?
—Vi, mademoiselle, líneas oscuras bajo los ojos de una mujer. Vi
una mano que oprimía el puño de una sombrilla hasta que los nudillos perdieron
el color...
Rosalía quedó mirándole con la boca abierta.
—¿Qué quiere usted decir?
—Quiero decir que no es oro todo lo que reluce... Quiero decir
que aunque esta joven señora es rica, bella y amada hay al mismo tiempo algo
que obstaculiza su felicidad. Y sé algo más.
—¿Sí?
—Sí. Sé que en otro sitio y en otro tiempo he oído esa voz... la
voz del señor Doyle, y quisiera acordarme de dónde fue.
Pero Rosalía no escuchaba ya. Se había detenido pálida como una
muerta. Con el extremo de su sombrilla trazaba líneas sobre la blanca arena.
Repentinamente estalló en un arranque de cólera.
—Soy odiosa. Realmente odiosa. Soy mala. Me gustaría quitarle a
trozos sus vestidos elegantes y patalearle esa cara encantadora. Estoy como una
gata en celo... Pero no lo puedo evitar. Parece tan terriblemente triunfante y
segura de sí misma...
Hércules Poirot pareció algo extrañado por la repentina
explosión. La asió del brazo y la sacudió ligera y amigablemente.
—Tenez!... Después de haber dicho eso se sentirá usted mejor.
—¡La odio! ¡Jamás he odiado tanto a primera vista!
—¡Magnífico!
Rosalía le miró preocupada. Luego desarrugó el ceño y sonrió.
—Bien —dijo Hércules Poirot; y rió también.
Continuaron su camino hacia el hotel como dos buenos amigos.
—Voy a buscar a mamá —anunció Rosalía cuando llegaron al frío
vestíbulo.
Poirot se aproximó a la balaustrada de la terraza y se dispuso a
contemplar el Nilo. Permaneció unos minutos mirando al río; luego se dirigió a
los jardines.
Sentada en un banco, contemplando las aguas del río vio a la
muchacha de «Chez Ma Tante». La reconoció en seguida. Su rostro, tal como lo
vio aquella noche, permanecía indeleblemente grabado en su memoria. Su
expresión era ahora muy distinta. Estaba más pálida, más delgada y había líneas
en su rostro que denotaban cansancio físico y abatimiento.
El detective retrocedió un paso. Ella no le había visto y quiso
observarla sin que ella descubriese su presencia.
Un rostro y una voz. Poirot recordaba ambas cosas. El rostro de
la joven y la voz que acababa de oír pocos momentos antes, la voz de un recién
casado...
Y mientras Hércules permanecía silencioso observando a la
muchacha, se desarrolló la escena siguiente del drama.
Sonaron varias voces. La muchacha se puso en pie. Linnet Doyle y
su marido llegaban por el estrecho sendero. La voz de Linnet era feliz y
confiada. La expresión de tensión muscular había desaparecido. Linnet era
feliz.
La muchacha del banco dio un par de pasos hacia delante.
La feliz pareja se detuvo. Ambos pálidos como la cera.
—¡Hola, Linnet! —dijo Jacqueline de Bellefort—. ¡También estás
tú aquí! Parece que nos citamos. ¡Hola, Simon! ¿Cómo te va?
Linnet Ridgeway se apoyó sobre la roca, lanzando un grito
ahogado. La agraciada faz de Simon Doyle sufrió una convulsión tremenda,
provocada por la rabia. Se lanzó hacia delante como si tuviese el propósito de
destrozar entre sus fuertes brazos el cuerpo frágil de la muchacha.
La causante de la escena indicó entonces con un movimiento de
cabeza a Hércules Poirot. Simon miró en su dirección y advirtió su presencia.
Dijo torpemente:
—Hola, Jacqueline. No esperaba verte aquí.
Sus palabras carecían de convicción.
La muchacha sonrió, mostrando sus dientes blanquísimos.
—Es una sorpresa, ¿no es cierto? —preguntó.
Luego, con un ligero movimiento de cabeza, se separó de ellos y
se adentró en la espesura.
Poirot emprendió delicadamente su marcha en dirección opuesta.
Cuando se iba oyó a Linnet Ridgeway que decía:
—Simon, por Dios... ¿No podemos hacer nada?
CAPITULO III
Había terminado la comida. En la terraza del hotel de las
Cataratas reinaba una suave penumbra. La mayoría de los huéspedes se sentaban
ante las mesitas. Simon y Linnet Doyle hicieron su aparición. Entre ellos venía
un hombre alto, de cabellos grises y rostro bien afeitado.
El grupo permaneció un momento en la puerta, dudando de la
dirección que debían seguir.
Tim Allerton se levantó de la silla en que estaba sentado y se
adelantó.
—Seguramente no se acuerda de mí —dijo humorísticamente a
Linnet—. Soy primo de Juana Southwood.
—¡Claro que sí! ¡Qué estúpida soy! Usted es Tim Allerton. Éste
es mi esposo —Percibíase cierto temblor en la voz... ¿Orgullo...?
¿Vergüenza...? ¿Quién podría decirlo...?—. Y éste es mi apoderado americano, el
señor Pennington.
—Debería venir a ver a mi madre.
Pocos minutos después sentábanse juntos. Linnet, en un rincón.
Tim y Pennington, a ambos lados de ella, queriendo acaparar su atención. La
señora Allerton hablaba a Simon Doyle.
Las hojas de la puerta volvieron a abrirse. Súbita tensión
apareció en los rasgos de la hermosa mujer que se sentaba en el rincón, entre
los dos hombres. Luego su rostro adquirió una expresión normal cuando vio salir
a un hombre de pequeña estatura que atravesó la terraza.
La señora Allerton dijo:
—No es usted la única celebridad de aquí, querida. Ese
hombrecillo es Hércules Poirot, el detective...
Había dicho esto con un tono convencional, como si hubiese
hablado de un jugador de bridge o algo por el estilo, pero Linnet se
sobresaltó. En sus ojos apareció un brillo de curiosidad.
—¿Hércules Poirot? He oído ya hablar de él, en efecto.
Se hundió en el abismo de sus pensamientos. Los dos hombres a su
lado permanecieron silenciosos.
Poirot se dirigió a la balaustrada, pero alguien solicitó su
atención.
—¡Siéntese aquí, señor Poirot! Hace una noche encantadora.
—Mais oui, es verdaderamente maravillosa —contestó él,
obedeciendo.
Sonrió cortésmente a la señora Otterbourne. ¡Qué cantidad de
cintajos blancos y qué turbante más ridículo llevaba la buena señora! La señora
Otterbourne continuó, con su voz de contralto:
—¡Qué colección de notabilidades tenemos ahora! Espero que no
tardaremos en ver los nombres de todos en los periódicos. Célebres bellezas...
Novelistas famosos...
Poirot adivinó, mejor que vio, a la huraña muchacha sentada al
otro lado con los labios apretados en un gesto de cólera más pronunciado que de
ordinario.
—¿Tiene usted ahora alguna novela en proyecto, señora?
—preguntó.
La señora Otterbourne volvió a soltar su risita de suficiencia.
—Me estoy volviendo terriblemente perezosa. Pero he de decidirme.
Mi público se impacienta y mi editor... pobre hombre... me suplica en cada
correo. ¡Hasta cablegramas me dirige! Tiene mucho interés.
Otra vez tuvo él la sensación de un gesto de la muchacha en la
oscuridad.
—No me importa anunciarle, señor Poirot, que estoy aquí en busca
de ambiente y color local para mi nueva novela, que titularé: «Nieve en la
superficie del desierto». Poderoso, sugestivo. Nieve en el desierto... fundida
por el primer soplo ardoroso de la pasión.
Rosalía se levantó, murmurando algo entre dientes y se dirigió
hacia las sombras del jardín.
—Hay que ser decidida —continuó la señora Otterbourne, agitando
el turbante frenéticamente—. Platos fuertes... Éstos son mis libros. Las
librerías los anatemizan... Pero no importa... Digo siempre la verdad. ¡El
sexo...! ¡Oh, dígame, señor Poirot! ¿Por qué tiene todo el mundo tanto miedo al
sexo? ¡El eje del universo! ¿Ha leído usted mis libros?
—¡Pobre de mí, señora...! Ya debe usted suponer que mi trabajo
no me permite... hum... leer novelas.
La señora Otterbourne dijo con confianza:
—Tengo que regalarle un ejemplar de «Bajo la higuera». Espero
que lo encontrará significativo. Es muy extenso, pero real...
—Me abruma usted con su amabilidad, señora. Lo leeré con placer.
La señora Otterbourne quedó silenciosa durante un par de
minutos. Jugueteó pensativa con un gran collar de cuentas que llevaba rodeando
su cuello. Miró rápidamente a su alrededor.
—Voy a traérselo ahora mismo.
—¡Oh, madame! ¡No se moleste, por favor! Luego, más tarde...
—No, no. No es molestia. —Se levantó—. Quiero mostrar a usted...
—¿Qué buscas, mamá?
Rosalía acababa de surgir a su lado.
—Nada, querida. Voy a traer un libro mío a monsieur Poirot.
—¿«La higuera...»? Yo lo traeré.
—Tú no sabes dónde está, querida. Yo iré.
—Sí, lo sé. No te muevas de aquí.
La muchacha cruzó la terraza y penetró en. el hotel.
—Permítame que la felicite, madame, por tener una hija tan
amable y encantadora —dijo Hércules Poirot, inclinándose.
—¿Rosalía? Sí, sí, no es fea; pero es muy dura, monsieur. No
simpatiza con los enfermos. Siempre cree que tiene razón. Se imagina que sabe
más acerca de mi enfermedad que yo misma...
Poirot, indicando a un camarero que pasaba, preguntó:
—¿Tomará usted algo, madame? ¿Chartreuse, crema de menta?
La señora Otterbourne movió la cabeza vigorosamente.
—No, no. Soy prácticamente abstemia. Ya habrá tenido ocasión de
observar que no bebo más que limonada. No puedo soportar el sabor de los
licores espirituosos. Me perjudican.
—Entonces pediré para usted un refresco de limonada.
Dio la orden al camarero que esperaba: un refresco de limón y un
benedictine.
Abrióse la puerta del hotel. Rosalía apareció y vino hacia ellos
con un libro en la mano.
—¿Qué haces, mamá? —dijo. Su voz carecía de expresión... cosa
notable.
—Monsieur Poirot ha pedido esta limonada para mí —explicó su
madre.
—Y usted, señorita... ¿No quiere beber alguna cosa fresca?
—¡Nada! —Consciente de su sequedad, añadió inmediatamente—:
Nada, gracias.
Poirot tomó la novela que le regalaba la señora Otterbourne.
Llevaba aún la sobrecubierta original y representaba a una mujer con cabellos
sueltos en el tradicional traje de Eva, con las uñas pintadas de rojo escarlata
y extendida sobre una piel de tigre. Junto a ella se alzaba un árbol de hojas
semejantes a las de la encina, del que colgaban manzanas de diversos colores.
Se titulaba «Bajo la higuera», por Salomé Otterbourne. En
primera página aparecía un panegírico de la escritora, confeccionado por el
editor. Hablaba entusiásticamente del soberbio atrevimiento y del realismo de
un estudio sobre la vida amorosa de una mujer moderna. Osado, original,
realista, eran los adjetivos empleados con más profusión.
Poirot se inclinó rendidamente y murmuró:
—Me honra usted, madame.
Al alzar la cabeza sus ojos se encontraron con los de la hija de
la autora. Involuntariamente se estremeció. Contempló extrañado y dolorido la
intensa pena que se reflejaba en ellos.
Poirot alzó entonces el vaso para ocultar sus sentimientos y
dijo versallescamente:
—A votre santé, madame... mademoiselle.
La señora Otterbourne, bebiendo su limonada a pequeños sorbitos,
murmuró:
—¡Qué refrescante! ¡Es deliciosa!
Cayó el silencio sobre ellos. Quedaron mirando las brillantes
rocas negras que emergían en el Nilo. Había algo fantástico en ellas a la luz
de la luna. Parecían tremendos monstruos prehistóricos con el cuerpo fuera del
agua. Llegó una brisa suave, repentina, que murió casi tan súbitamente como
llegara.
En el aire había una atmósfera de expectación.
Hércules Poirot posó una mirada sobre la terraza y sus
ocupantes. ¿Se equivocaba, o experimentaba allí la misma sensación? Parecía el
momento en que en el teatro se esperaba la salida a escena de la artista
predilecta. En aquel instante precisamente la puerta giratoria empezó a dar
vueltas con cierto aire de importancia. Todo el mundo cesó de hablar y dirigió
su mirada hacia la entrada.
Una muchacha morena, esbelta, en traje de noche color burdeos,
apareció. Se detuvo unos segundos y luego atravesó con decisión la terraza y se
sentó ante una mesa vacía. No había nada de extraño, nada fuera de lugar en su
continente y su conducta, y, sin embargo, tenía algo del estudiado efecto de
una entrada en escena.
—¡Bien! —dijo la señora Otterbourne. Dio un movimiento de vaivén
a su turbante—. Esa muchacha se cree que es alguien.
Poirot no respondió. Observaba. La muchacha había tomado asiento
en un lugar desde donde podía observar de soslayo a Linnet Doyle. Entonces
Poirot se dio cuenta de que Linnet, tras inclinarse un momento hacia delante y
decir algo a sus acompañantes, se levantó y cambió de sitio. Ahora daba la
espalda a la recién llegada.
Poirot movió afirmativamente la cabeza, respondiendo a sus
propios pensamientos.
Cinco minutos después, la muchacha del traje de noche de color
burdeos se levantó y se trasladó al otro extremo de la terraza. Sentóse allí,
fumando y sonriendo en silencio... Era la personificación de la satisfacción en
reposo. Pero en todo momento, como si fuese inconscientemente, su mirada estaba
fija en la esposa de Simon Doyle.
Transcurrido un cuarto de hora, Linnet Doyle se levantó
impetuosamente y penetró en el hotel. Su esposo la siguió.
Jacqueline de Bellefort sonrió y dio media vuelta a la silla en
que estaba sentada. Encendió otro cigarrillo y quedó mirando al Nilo con
fijeza. Continuaba sonriéndose a sí misma.
CAPITULO IV
—Monsieur Poirot.
El aludido se alzó repentinamente. Permanecía en la terraza
después de marcharse todos. Abismado en sus propios pensamientos, contemplaba,
sin verlas, las grandes rocas negras del Nilo, cuando el sonido de su nombre le
volvió a la realidad.
Era una voz de timbre exquisito, firme, encantadora, pero un
poco arrogante.
Hércules Poirot se encontró ante los ojos autoritarios de Linnet
Doyle. Llevaba una capa de rico terciopelo púrpura sobre su traje de raso
blanco y parecía más encantadora, más esplendorosa de lo que Poirot hubiese
imaginado nunca.
—¿Es usted monsieur Poirot?
No era una respuesta difícil.
—A sus órdenes, madame.
—¿Sabe usted quién soy yo?
—Sí, madame. He oído su nombre. Sé exactamente quién es usted.
Linnet hizo un movimiento afirmativo con la cabeza. No era más
que lo que ella había esperado. Continuó con sus maneras encantadoramente
aristocráticas.
—¿Quiere tener la bondad de acompañarme al salón de juego,
monsieur? Tengo verdadera ansiedad de hablarle a solas.
—Ciertamente, madame.
Emprendió la marcha hacia el hotel. Él la siguió. Fue conducido
al desierto salón de juego y, ya dentro, Linnet le hizo un gesto para que
cerrase la puerta. Entonces se desplomó en una silla y se sentó frente a él.
Linnet se dirigió al detective sin usar preámbulos de ninguna
clase. Con gran fluidez dijo:
—He oído hablar de usted, monsieur. Sé que es usted un hombre
inteligentísimo y tengo la necesidad apremiante de un hombre como usted en
estos momentos. Tengo la seguridad de que usted me ayudará.
Poirot inclinó la cabeza.
—Me confunde con sus elogios y con su confianza, madame. Pero
vea usted, estoy de vacaciones, lo cual quiere decir que no atenderé ningún
caso profesional.
—Podríamos llegar a un acuerdo.
No lo dijo en tono ofensivo. Estas palabras expresaban solamente
la callada confianza de una joven que jamás había encontrado nada que no
pudiese arreglar a su entera satisfacción.
Linnet Doyle continuó:
—Estoy siendo objeto, monsieur Poirot, de una intolerable
persecución. ¡Esta persecución estúpida tiene que cesar! Mi opinión era haber
puesto en antecedentes a la policía para que ella se encargara del caso, pero,
mi... mi marido cree que la policía será ineficaz en este asunto...
—Tal vez si usted me diese más detalles, madame...
—Oh, sí, lo haré. Pero la cosa es bien simple.
Ni una duda, ni un balbuceo. Linnet Doyle tenía un cerebro
financiero. Solamente se detuvo un instante para exponer los hechos
concisamente.
—Antes de que yo conociese a mi marido, él estaba prometido a la
señorita Bellefort. Era también muy amiga mía. Mi marido rompió su proyectado
enlace con ella. No congeniaban. Ella, lamento decirlo, lo tomó por lo trágico.
Yo lo siento mucho, en verdad, pero estas cosas no pueden evitarse. La señorita
Bellefort nos hizo objeto a mí y a mi marido de ciertas... amenazas a las
cuales no hicimos el menor caso y que, justo es decir, no ha intentado llevar a
cabo. Pero en vez de eso, ha adoptado la extraña idea de seguirnos por
dondequiera que vamos.
Poirot enarcó las cejas.
—Es una venganza inaudita.
—Inaudita y ridícula. Pero, al mismo tiempo, es también
fastidiosa.
Se mordió los labios.
Poirot sonrió en silencio.
—Sí —dijo tras una pausa—. Me lo imagino. ¿Usted está, según
tengo entendido, en viaje de luna de miel?
—Sí, pero como le iba diciendo, se nos presentó por primera vez
en Venecia, en casa de Danielli. Creía que se trataba de una mera coincidencia.
Algo embarazoso, pero eso fue todo. Luego volvimos a encontrárnosla a bordo del
mismo barco que nos condujo a Brindisi. Presumimos que iba a Palestina. La
dejamos en el barco, según creíamos, pero cuando llegamos al hotel «Mena»
estaba ya allí, esperándonos.
Poirot hizo un gesto de comprensión.
—¿Y ahora?
—Remontamos el Nilo en barco. Casi esperaba encontrarla a bordo.
Al ver que no estaba allí, supuse que había cejado en su... chiquillada. Pero
cuando desembarcamos aquí, ya estaba esperándonos.
—¿Teme usted entonces que continúe indefinidamente este estado
de cosas?
—Sí —hizo una pausa—. Naturalmente, ello ya es bastante idiota.
Jacqueline se está poniendo muchas veces en ridículo. Me sorprende que no posea
más amor propio... más dignidad.
—Hay veces, madame, en que el orgullo y la dignidad... se dejan
a un lado. Existen emociones mucho más... fuertes.
—Sí, es posible —dijo Linnet, impaciente—. Pero... ¿qué ventaja
le puede proporcionar esta conducta?
—No siempre se obra en espera de una ventaja.
Algo imperceptible en el tono del detective impresionó a Linnet
desagradablemente. Enrojeció y dijo con voz atropellada:
—Tiene usted mucha razón. Pero una discusión de motivos está
fuera de lugar. Lo esencial es que eso tiene que terminar.
—¿Y cómo cree usted poder conseguirlo, madame? —preguntó Poirot.
—Bien, naturalmente; mi marido y yo no podemos continuar
soportando durante mucho tiempo todo este... fastidio. Debe haber alguna
disposición legal en que podamos apoyarnos para impedirlo.
Hablaba impacientemente. Poirot la miró, pensativo, y preguntó:
—¿Le ha hecho objeto de amenazas en público? ¿Ha usado un
lenguaje insultante al dirigirse a usted? ¿Ha intentado inflingirle algún daño
corporal?
—No.
—Entonces, francamente, madame, no creo que pueda hacer nada
contra ella. Si la señorita de Bellefort se complace en visitar ciertos lugares
y da la casualidad de que esos lugares son los mismos que usted y su marido
visitan...
—¿Luego no puedo hacer nada, absolutamente nada?
La voz de Linnet contenía una nota de incredulidad.
—Nada que yo sepa. Mademoiselle de Bellefort está en su perfecto
derecho de obrar como lo hace.
—Pero... esto es enloquecedor. No puedo tolerar tener que
transigir con esto.
—La compadezco, madame. Sobre todo porque me imagino que no se
ha encontrado muchas veces en la situación de tener que transigir.
Linnet exclamó con el ceño fruncido:
—¡Debe de haber algún modo de evitarlo!
Poirot se encogió de hombros.
—Puede marcharse... irse a otro sitio cualquiera —sugirió
Poirot.
—Nos seguiría.
—Posiblemente sí...
—¿Y por qué he de marcharme? ¿Por qué continuar esta vida como
si...?
Se interrumpió.
—Exactamente, madame. Como si... Tiene usted razón en lo que
piensa.
Poirot cambió de tono. Se inclinó hacia delante. Su voz era
confidencial. Dijo suavemente:
—¿Qué quiere usted decir?
—¿Por qué se preocupa tanto, madame?
—¿Por qué...? Porque esto me enloquece. Porque es irritante
hasta el último grado. ¡Le he dicho por qué!
Poirot movió la cabeza negativamente.
—Nada de eso.
—¿Qué quiere usted decir?
Poirot se acomodó en su sillón, cruzó los brazos y empezó a
hablar con tono impersonal, conciso.
—Escuche, madame, voy a contarle una historia. Un día, hace un
mes o dos, estaba comiendo en un restaurante de Londres. En una mesa junto a la
mía sentábanse dos personas: un hombre y una muchacha. Eran felices o lo
aparentaban; estaban enamoradísimos el uno del otro. Hablaban de lo futuro con
gran confianza. No es que yo escuchase lo que no me interesaba; pero ellos
hablaban en voz alta y no les importaba que les oyesen o no. El hombre me daba
la espalda, pero veía perfectamente la cara de la muchacha. Su emoción era
intensa. Estaba enamorada, había entregado al hombre su corazón, su alma, y no
parecía de esas que aman superficialmente y a menudo. Su amor parecía eterno
como la vida y la muerte. Se habían comprometido para casarse y discutían dónde
pasarían la luna de miel. Planearon venir a Egipto —Hizo una pausa.
Linnet dijo con sequedad:
—¿Y bien?
Poirot continuó:
—Ha transcurrido un mes o dos, pero no puedo olvidar el rostro
de la muchacha. Sé que la recordaré si la veo otra vez. Y reconoceré también la
voz del hombre. Creo, madame, que usted adivinará dónde oiré esta voz y veré
aquel rostro... aquí, en Egipto. El hombre está en su luna de miel... pero con
otra mujer.
Linnet habló con voz cortante:
—Bien, ¿y qué? Ya había mencionado yo todo eso.
—Los hechos, sí.
—¿Qué omití entonces?
—La muchacha del restaurante mencionó el nombre de una amiga,
una amiga que ella tenía la seguridad de que no la abandonaría. Y esa amiga,
creo que era usted misma, madame.
Linnet enrojeció.
—Sí. Ya le dije que hablamos sido amigas.
—Y ella tenía una confianza ciega en usted.
—En efecto.
Hizo una pausa. Luego, como Poirot no parecía dispuesto a
continuar hablando, prosiguió:
—Claro que todo esto es muy lamentable, pero no tiene nada de
particular. Ha sucedido en todos los tiempos y en todas las ocasiones.
—Sí, desde luego, ha sucedido en todos los tiempos... Usted es
protestante, ¿no es verdad?
—Sí —respondió Linnet asombrada por esta pregunta.
—Entonces habrá oído leer los pasajes de la Biblia en la
iglesia. Oiría hablar del rey David y del rico que tenía enormes rebaños y del
pobre que no tenía más que una ovejita blanca... y cómo el rico arrebató al
pobre su única oveja. En efecto... son cosas que han sucedido en todos los
tiempos, madame.
Linnet se levantó. Los ojos le llameaban de cólera.
—Comprendo perfectamente lo que quiere dar a entender. Que yo le
robé el novio a mi amiga. Considerando el asunto sentimentalmente..., que es
como las personas de su vieja generación miran estas cosas..., posiblemente es
verdad. Pero la realidad estricta es muy distinta. No niego que Jacqueline
estuviese locamente enamorada de Simon, pero no puede usted afirmar bajo
juramento que Simon lo estuviese de ella. A él le gustaba mucho Jacqueline,
pero creo que antes de conocerme ya se había dado cuenta de su error.
Considérelo imparcialmente, monsieur. Simon recapacitó y vio que era a mí a
quien amaba. ¿Y qué hizo? ¿Debía ser heroicamente noble y desposarse con la
mujer a quien ya no amaba en absoluto, y arruinar de esta forma la existencia
de tres personas, ya que es dudoso que hubiera podido hacer feliz a Jacqueline
en estas circunstancias? Si él hubiese estado casado con ella cuando me
conoció, accedo a reconocer que su deber podía haber sido permanecer a su lado,
aunque no estoy muy segura de que lo hiciese. Cuando una persona es
desgraciada, la otra sufre también. Pero una promesa de matrimonio no es un
compromiso real; así, pues, fue necesario hacer frente al conflicto antes de
que fuese demasiado tarde... Admito que fue terriblemente doloroso para
Jacqueline... pero sucedió así. Era inevitable.
—Ya quisiera saber...
—¿Qué iba a decir?
—Eso es muy razonable, muy lógico, pero no explica una cosa.
—¿Qué cosa?
—Su propia actitud, madame. Mire, esta persecución puede
considerarla bajo dos aspectos; puede causarle molestias o puede despertar la
piedad al ver cuan terriblemente ha sufrido su amiga ante el cambio súbito de
los sentimientos de su novio. Sufrimiento que le ha hecho despreciar todas las
conveniencias sociales. Pero no es así como usted considera su conducta; su
relación, madame, le hace mirarla como intolerable, y, ¿por qué...? Sólo por
una razón... porque usted experimenta una sensación de culpabilidad.
Linnet se estremeció de ira.
—¿Cómo se atreve, señor Poirot? Realmente se excede demasiado...
—Es que yo soy muy atrevido, madame. Permítame que le hable con
franqueza. Tengo la convicción de que aunque usted quiere disfrazarse los
hechos a usted misma, reconoce interiormente que arrebató con toda deliberación
el futuro marido a su amiga. Admite usted que se sintió irrefrenablemente
atraída hacia él, que vacilo cuando se dio cuenta de que tenía que elegir entre
ocultar sus sentimientos o confesarlos. Y la iniciativa partió de usted,
madame, no del señor Doyle. Es usted rica, inteligente, encantadora. Pudo haber
velado sus encantos, pero por el contrario, los desplegó con toda su
enloquecedora magnitud. Usted tenía todo cuanto la vida puede ofrecer. La
existencia de su amiga estaba limitada a una sola persona. Usted lo sabía; pero
aunque vaciló, no retiró la mano. Por el contrario, la extendió, y, como el
rico de la Biblia, se apoderó de la única oveja del pobre.
Hubo un silencio profundo. Linnet se reprimió con un esfuerzo de
voluntad y dijo con frialdad:
—Todo esto está fuera de la cuestión.
—No, no, nada de eso. Estoy explicando a usted por qué las
apariciones inesperadas de la señorita Bellefort la afligen tanto. Es porque
aunque usted diga que sus acciones la ridiculizan, usted, en lo más íntimo de
su conciencia, reconoce que ella tiene toda la razón.
—¡Eso no es verdad!
Poirot se encogió de hombros.
—Rehúsa ser sincera consigo misma.
—Nada de eso.
—Quisiera decir también que usted ha tenido una vida feliz, que
ha sido generosa y bondadosa en sus acciones con otras personas.
—He intentado serlo.
La cólera y la impaciencia murieron en su rostro. Hablaba ahora
con gran simplicidad, sin rencor.
—Es precisamente por esta razón, por lo que el sentimiento de
que ha causado usted un daño a una persona deliberadamente, la mortifica tanto
y por lo que le cuesta tanto trabajo admitir el hecho. Perdóneme si he sido
impertinente, pero la psicología es el factor más importante en este caso.
Linnet dijo lentamente:
—Aun suponiendo que lo que dice usted sea verdad, cosa que yo no
admito..., ¿qué podemos hacer ahora? No se puede modificar lo pasado; hay que
aceptar las cosas tal como son.
—Tiene usted un sentido común muy sutil, madame. En efecto, no
se puede volver a lo pasado. Hay que aceptar las cosas tal como son. Pero,
madame, de esto se deduce también algo... Hay que resignarse a sufrir las
consecuencias de las acciones pasadas.
—¿Quiere usted decir, pues, que no podemos hacer nada? —dijo
Linnet incrédulamente.
—Debe armarse de valor para afrontarlo, madame. Ésa es mi
opinión.
Linnet dijo arrastrando las sílabas:
—¿No podría usted hablar a Jacqueline... a la señorita Bellefort
y hacerla entrar en razón?
—Podría hablar con ella, en efecto. Lo haré si usted me lo
suplica, pero no confíe en el resultado. Mademoiselle de Bellefort se encuentra
bajo la impresión de una idea fija y nadie podrá apartarla de la línea de
conducta que se ha trazado.
—Pero usted podrá hacer algo para alejarla de nosotros.
—Tal vez fuese mejor que se marchasen ustedes a Inglaterra
cuanto antes y se establecieran en su propia residencia.
—Aun así, creo que Jacqueline sería capaz de seguirnos y
seguirme el paso cada vez que yo saliera de casa.
—Es verdad.
—Además —añadió Linnet—, no creo que Simon accediese a huir.
—¿Cuál es la actitud de su esposo?
—Está furioso... simplemente furioso.
Poirot movió la cabeza, algo pensativo.
—¿Le hablará usted?
—Sí, le hablaré. Pero tengo la convicción de que no conseguiré
nada.
Linnet dijo con violencia:
—Jacqueline es extraordinaria. Nadie es capaz de adivinar lo que
hará.
—Hace un momento me habló usted de ciertas amenazas de que le
hizo objeto. ¿Puede decirme en qué consistieron esas amenazas?
Linnet se encogió de hombros.
—Me amenazó... con matarnos a los dos. Jacqueline tiene algo de
oriental a veces.
—Ya lo veo —la voz de Poirot era grave.
Linnet se volvió hacia él, intentando persuadirle.
—¿Lo hará usted por mí?
—No, madame —el tono del detective era duro—. No acepto ninguna
comisión de usted. Lo haré por interés de la humanidad. Eso es. Estamos en una
situación llena de dificultades y de peligros. Haré lo que pueda por
esclarecerla... pero no tengo gran confianza en mis probabilidades de éxito.
Linnet Doyle murmuró lentamente:
—¿Y no lo hará por mí?
—No, madame —replicó Hércules Poirot.
CAPITULO V
Hércules Poirot encontró a Jacqueline sentada sobre las rocas
frente al Nilo. Estaba convencido de que la muchacha no se habría retirado a
dormir y que la encontraría en algún sitio de los alrededores del hotel.
Estaba sentada con la barbilla apoyada en las manos. No se
molestó en volver la cabeza al oír los pasos de Poirot, que se aproximaba.
—Mademoiselle de Bellefort —dijo Poirot—. ¿quiere permitirle que
le diga unas palabras?
Jacqueline volvió la cabeza ligeramente. Una débil sonrisa
entreabrió sus labios.
—Ciertamente —dijo—. ¿Es usted monsieur Hércules Poirot, verdad?
¿Me permite, a mi vez, que adivine algo? Obra usted a instancias de la señora
Doyle, que le ha prometido una recompensa crecida si logra llevar a cabo su
misión.
Poirot tomó asiento junto a la muchacha, en un banco.
—Su suposición, mademoiselle, es correcta en parte —dijo
cortésmente—. Acabo de dejar a la señora Doyle. Pero no he aceptado ninguna
recompensa, y estrictamente hablando no actúo bajo su influencia, se lo
aseguro.
—¡Oh!
Jacqueline lo midió atentamente con la mirada.
—Entonces..., ¿por qué ha venido?
La respuesta de Poirot fue otra pregunta.
—¿Me ha visto usted antes, mademoiselle, alguna vez?
Ella movió la cabeza.
—No, no lo creo.
—Sin embargo, yo sí la he visto a usted. Estuve sentado muy
próximo a usted en «Chez Ma Tante». Acompañaba a usted el señor Simon Doyle.
Una nube ensombreció el rostro de la muchacha.
—Recuerdo aquella noche...
—Desde entonces —interrumpió Poirot— han ocurrido muchas cosas.
—En efecto, caballero, han ocurrido muchas cosas.
En su tono se advertía dureza, mezclada con amargura
desesperada.
—Mademoiselle, le hablo como amigo. ¡Entierre a sus muertos!
Ella mostró sorpresa.
—¿Qué quiere usted decir?
—¡Olvide lo pasado! ¡Vuelva sus ojos a lo futuro! ¡Lo que se ha
hecho, hecho está! Su tristeza, su amargura, no podrán remediarlo.
—Estoy segura de que si siguiera su consejo, Linnet se alegraría
mucho.
—No pienso en ella en este momento. ¡Estoy pensando en usted!
Usted ha sufrido mucho, indudablemente, pero con lo que está haciendo no
conseguirá más que prolongar sus sufrimientos.
La joven movió la cabeza.
—Se equivoca usted. Hay veces... que casi me divierto.
—Pues eso, mademoiselle, es lo peor de todo.
Ella alzó la cabeza, rápida.
—No es usted estúpido —dijo—. Empiezo a creer que intenta usted
ser amable.
—Vuelva a casa, mademoiselle. Es usted joven, inteligente...
Tiene el mundo frente a usted.
Jacqueline movió la cabeza muy despacio.
—O no me comprende o no quiere comprenderme. Simon es mi mundo.
—El amor no lo es todo, mademoiselle. Sólo cuando somos jóvenes
lo creemos así.
—No lo comprende —le lanzó una mirada rápida—. Lo sabe todo,
¿verdad? ¿Ha hablado con Linnet...? Estuvo en el restaurante aquella noche.
Simon y yo nos amábamos.
—Sé que usted le amaba.
Jacqueline cogió al vuelo lo que se ocultaba tras las palabras
del detective. Repitió con énfasis:
—Nos amábamos. Y yo quería a Linnet... confiaba en ella... Era
mi mejor amiga. Durante toda su vida, Linnet pudo comprar todo lo que le
apetecía. Cuando vio a Simon, lo deseó y lo conquistó.
—Y él..., ¿se dejó comprar?
Jacqueline movió lentamente la cabeza.
—No, no es eso precisamente. Si hubiese sido así, yo no estaría
aquí ahora... Usted intenta sugerirme que Simon no merece que me preocupe por
él. Si hubiese aceptado casarse con Linnet por su dinero, tendría usted razón.
Pero no se casó por su dinero.. Es más complicado que eso. Hay el embrujo, la
atracción física, y el dinero ayuda mucho. Linnet tiene una atmósfera propia...
Era la reina de un país inexistente, lujuriosa hasta las puntas de los dedos...
Tenía el mundo a sus pies. Uno de los más ricos y más envidiados pares de
Inglaterra quiso casarse con ella... Y ella se decidió por el oscuro y pobre
Simon Doyle... ¿Extraña usted que esto trastornara el seso al desgraciado
Simon? —hizo un gesto repentino—. Mire la luna, allí arriba. La ve
perfectamente, ¿verdad? Existe en realidad. Pero si apareciese ahora el sol, la
luna dejaría de brillar, y usted no lograría verla aunque lo intentase. Así
ocurrió... Yo era la luna... Cuando el sol salió, Simon no pudo verme más..
Quedó encandilado. No podía ver más que el sol... Linnet.
Hizo una pausa y prosiguió:
—Así, pues, fue el embrujo, el brillo de Linnet lo que se le
subió a la cabeza. Además, intervino también su confianza en sí misma, que
difunde confianza a los demás. Simon era... débil tal vez, pero muy simple, muy
inocente. Me habría amado a mí si Linnet no hubiese aparecido para subirle en
su carro de oro. Y tengo la seguridad de que él no la hubiese amado jamás si
ella no se hubiese propuesto que lo hiciera.
—Sí, eso es lo que usted piensa.
—Lo sé. Él me amaba a mí..., me amará siempre.
—¿Ahora también?
Una respuesta rápida pareció alzarse hasta sus labios, pero al
llegar a ellos murió. Miró a Poirot y su rostro se tino de rojo subido,
ardiente. Desvió la mirada, reclinó la cabeza y dijo con voz imperceptible:
—Sí, ya sé. Ahora me odia. Me odia... Pero que tenga cuidado.
Con un gesto rápido hurgó en un saquito de seda que tenía a su
lado. Luego sacó la mano. En su palma apareció una pistolita con puño de
nácar... Parecía de juguete.
—Es una cosita preciosa, ¿verdad? —dijo—. Parece demasiado
pequeña para ser un arma mortal..., pero lo es. Una de esas balas tan
minúsculas puede tronchar la vida de un hombre... o de una mujer. Yo tiro muy
bien. Compré este juguetito cuando sucedió aquello. Tenía el propósito de matar
a una o a otro, pero no llegué a decidirme por cuál de ellos. Los dos a la vez
no me habrían proporcionado satisfacción alguna. Si hubiese creído poder
asustar a Linnet… Pero ella posee gran valor físico. Es capaz de resistir a
cualquier atentado violento. Y entonces... decidí esperar. Esto me seducía cada
vez más. Después de todo, podía ejecutar mi primitiva idea a la primera
ocasión... Sería preferible esperar y... pensarlo bien. Doquiera que fuesen,
por lejos que estuviese el lugar por ellos elegido, me encontrarían; allí donde
se considerasen solos para gozar plenamente su felicidad... me verían cuando
menos lo esperasen. ¡Y esto hace efecto! Ella no puede hacer nada por
evitarlo... Yo me comporto siempre con perfecta urbanidad, con cortesía
exquisita... Ni una palabra de reproche, ni una súplica, ni una amenaza... Les
estoy envenenando la existencia... Estoy destrozando poco a poco sus nervios.
Poirot asió a la muchacha por el brazo.
—¡Cállese...! ¡Cállese, le digo!
Jacqueline le miró.
—¡Y bien!
Su sonrisa era francamente provocativa.
—¡Señorita: le ruego encarecidamente, le suplico con toda
humildad que no continúe en sus propósitos!
—¿Quiere decir que deje a Linnet tranquila?
—Algo más que eso. ¡No abra su corazón al mal!
Una expresión de asombro apareció en los ojos de la muchacha.
Poirot continuó gravemente:
—Porque si lo hace, el mal vendrá... Sí; con toda seguridad:
vendrá. Entrará en su corazón, formará en él su morada y a los pocos instantes
no habrá fuerza humana que lo desaloje...
—Usted no puede impedírmelo.
—No —asintió Poirot—, no puedo impedírselo.
—Aun en el caso de que intentase matarla, no podría evitarlo
usted.
—No. desde luego; pero usted pagaría el precio...
Jacqueline Bellefort soltó una risita.
—No me asusta la muerte. ¿Para qué quiero vivir después de esto?
Supongo que usted cree equivocado el matar a una persona que le ha herido de
muerte, que le ha robado lo que más quería en este mundo.
—Sí, mademoiselle, creo que matar es un delito imperdonable.
Jacqueline rió de nuevo.
—Entonces no tiene usted más remedio que aprobar mi astuto
sistema de venganza. Porque vea usted... mientras produzca su efecto, no usaré
la pistola... Pero me da miedo... Hay veces que lo veo todo rojo... En esos
momentos desearía con toda mi alma poder hacerla sufrir, enterrando un cuchillo
en su corazón... o acercar mi diminuta pistola a su sien y entonces oprimir el
gatillo lentamente, suavemente... ¡Oh!... —gritó de súbito.
La exclamación sobresaltó al detective.
—¿Qué es eso, mademoiselle?
Ella había vuelto la cabeza y escudriñaba en la oscuridad.
—Alguien está ahí. Ahora se ha marchado.
Hércules Poirot ojeó minuciosamente los alrededores. El lugar
aparecía desierto.
—Aquí, yo diría que no hay nadie más que nosotros, mademoiselle.
Se levantó.
—De todas formas, ya le he dicho todo lo que tenía que decirle.
¡Buenas noches!
—Buenas noches, monsieur.
Él movió la cabeza tristemente y la siguió hacia el hotel.
CAPITULO VI
A la mañana siguiente, Simon Doyle se acercó a Hércules Poirot
cuando éste abandonaba el hotel para dirigirse a la ciudad.
—Buenos días, señor Poirot.
—Buenos días, señor Doyle.
—¿Va usted a la ciudad? ¿Me permite que vaya con usted?
—Ciertamente. Me encantará.
Los dos hombres, andando al mismo paso, atravesaron la verja y
penetraron en la fresca sombra de los jardines. Entonces, Simon se quitó la
pipa de la boca y habló:
—Tengo entendido que mi mujer celebró anoche una larga
conferencia con usted.
—En efecto...
Simon Doyle arrugó el entrecejo. Pertenecía a esa especie de
hombres de acción a quienes les resulta difícil traducir sus pensamientos en
palabras y les cuesta ímprobos esfuerzos expresarse con claridad.
—Me complace una cosa —dijo—. Le ha hecho comprender que no
podemos hacer nada en este asunto.
—No hay ningún medio legal para impedirlo —repuso Poirot.
—Exactamente. Linnet ha sido educada en la creencia de que
cualquier dificultad puede referirse automáticamente a la policía.
Poirot inclinó la cabeza gravemente, pero no dijo nada.
—Habló usted con... Jacqueline, con la señorita Bellefort.
¿Verdad?
—Sí, hablé con ella.
—¿Consiguió hacerla entrar en razón?
—Me temo que no.
Simon estalló, iracundo:
—¿No se da ella cuenta de lo que está haciendo? ¿No ve que
ninguna mujer decente se habría comportado así...? ¿Carece de amor propio?
Poirot se encogió de hombros.
—No tiene más idea que el sentimiento de su ofensa —replicó.
—Sí, pero maldita sea, las muchachas decentes no obran así.
Admito que se me culpe a mí. La traté muy mal. Comprendería que me odiase y que
no quisiese volver a verme. Pero esta persecución de que nos hace objeto es...
indecente. ¡Qué espectáculo continuo el suyo! ¿Qué diablos espera conseguir con
todo eso?
—Vengarse, tal vez.
—Absurdo. Realmente, comprendería mejor que ella hubiese
intentado algo melodramático... como disparar sobre mí o algo por el estilo.
—Usted quiere decir que eso habría sido más propio de ella.
Tiene razón.
—Eso es precisamente. Ella tiene la sangre ardiente y un
temperamento ingobernable. No me hubiese sorprendido nada de ella en un momento
de rabia. Pero este procedimiento como de espionaje... —movió la cabeza.
—Es más sutil. ¡Es inteligente!
Doyle le miró con fijeza.
—No lo comprende, señor. Está destrozando los nervios de Linnet.
—¿Y los de usted?
Simon se le quedó mirando sorprendido.
—¿Los míos? ¡Me gustaría romperle el cuello!
—¿No queda entonces nada en usted de aquel sentimiento de
antaño?
—Mi querido señor Poirot, ¿cómo podría explicárselo? Es como la
luna cuando sale el sol. Queda uno deslumbrado. Cuando yo vi a Linnet,
Jacqueline dejó de existir.
—Tiens! C’est dróle ça —murmuró Poirot.
—¿Decía usted?
—Su símil me ha interesado. Eso es todo.
Simon dijo, ruborizándose de nuevo:
—Supongo que Jacqueline le habrá dicho que yo me casé con Linnet
por su dinero. Pues bien, ¡eso es una mentira abominable! No me habría casado
con nadie por su dinero. Lo que Jacqueline parece incapaz de comprender es lo
insoportable que resulta para un hombre verse incesantemente rodeado de mimos,
halagos, caricias empalagosas, como a mí me ocurría con ella.
—Un qui aime et une que se laisse aimer —murmuró Poirot.
—¿Eh...? ¿Qué dice usted? ¿Usted no comprende tampoco que
aborrezca a una mujer que se interesa por un hombre más que él por ella? —su
voz se hacía más ardiente a medida que hablaba—. Un hombre no quiere sentirse
dominado en cuerpo y alma. ¡Esa condenada actitud de posesión! «¡Este hombre es
mío, me pertenece!» ¡Eso no lo podía soportar, no hay ningún hombre que hubiese
podido sufrirlo! Se habría fugado. Habría querido poseer a su mujer... no que
ella le hubiese poseído a él.
Se interrumpió y, con dedos que temblaban ligeramente, encendió
un cigarrillo.
—¿Y fueron esos sus sentimientos hacia la señorita Jacqueline?
—¿Eh? —Simon quedó mirando al detective y luego añadió—. Pues...
sí. Así fue. Ella no se da cuenta de eso. Y yo tampoco se lo habría dicho. Pero
ya me estaba cansando y entonces... encontré a Linnet... Ella me allanó el
camino. Jamás había visto nada tan encantador. Fue inexplicable. Todo el mundo
agasajándola y ella me eligió a mí, pobre diablo.
Su tono era pueril y expresaba un verdadero éxtasis.
—Sí, ya veo —dijo Poirot.
—¿Por qué no toma Jacqueline las cosas como un hombre? —preguntó
Simon con resentimiento.
Una sonrisa leve entreabrió los labios de Poirot.
—Tal vez porque ella es una mujer.
—No, no; quiero decir que debiera haber aceptado su derrota como
una verdadera deportista. Después de todo, hay que tragar las medicinas por
amargas que sean. La falta es sólo mía, lo confieso. Pero así es. Si usted se
da cuenta de que ya no le interesa una mujer sería idiota casarse con ella. Y
ahora me estoy dando cuenta de que he escapado de una buena al ver la tenacidad
y el carácter de Jacqueline.
—¿Usted conoce los proyectos de la señorita Bellefort?
—No... por lo menos... ¿Qué quiere usted decir?
—Usted no ignora que lleva siempre una pistola consigo.
Simon frunció el entrecejo; luego movió la cabeza negativamente.
—No creo que la use... por ahora. Lo habría hecho antes. Diríase
que ya ha pasado el momento psicológico. Se limita a esperar... no sé qué...
pero espera...
Poirot se encogió de hombros.
—Tal vez tenga razón —dijo con un marcado acento de duda.
—No temo que Jacqueline se comporte melodramáticamente
disparando sobre uno de nosotros, pero este continuo espionaje y esta
persecución enloquecerán a Linnet. Le diré el plan que hemos proyectado y tal
vez pueda sugerirnos algunos cambios. Para empezar, le diré que he anunciado
públicamente que pensamos permanecer aquí diez días. Pero mañana el vapor
Karnak saldrá de Shellal con destino a Wadi Halfa. Nos proponemos sacar
nuestros pasajes con nombres supuestos. Mañana iremos de excursión a Philas. La
doncella de Linnet llevará el equipaje. Tomaremos el Karnak en Shellal. Cuando
Jacqueline se dé cuenta de que no volvemos, será ya demasiado tarde...
—Está bien ideado. Pero supongamos que ella espera aquí hasta
que ustedes regresen.
—Tal vez no volvamos. Iremos a Kartum y luego, por vía aérea, a
Kenya. Ella no podrá seguirnos por todo el Globo.
—Desde luego, ha de llegar un momento en que lo impidan razones
financieras. Ella tiene poco dinero, según tengo entendido.
Simon le miró con admiración.
—¡Es usted endiabladamente inteligente, señor Poirot! Yo no
había pensado en eso. En efecto, Jacqueline es pobre.
—Así, pues, no tardará en quedarse exhausta, sin recursos.
—Sí...
Simon parpadeó intranquilo. Aquel pensamiento parecía alarmarle.
Poirot le vigilaba.
—No —observó—; no es una idea muy risueña.
Simon barbotó colérico:
—Pero yo no puedo evitarlo —añadió—: ¿Qué le parece mi plan?
—Creo que puede dar resultado. Pero es, indudablemente, una
retirada.
Simon enrojeció:
—¿Quiere decir que... huimos? Sí, es verdad. Pero Linnet...
Poirot le miró fijamente. Hizo un gesto de asentimiento.
—Es posible que, como usted dice, sea lo mejor. Pero no olvide
que mademoiselle Bellefort no es tonta.
Simon dijo sombríamente:
—Algún día nos plantaremos y le haremos frente. Su actitud no
tiene nada de razonable.
—¡Razonable, mon Dieu! —exclamó Poirot.
—No hay ninguna razón para que las mujeres no se conduzcan como
verdaderos seres racionales —dijo Simon, con aire estólido.
Poirot repuso secamente:
—Con frecuencia es así. Es algo extraordinario. Yo también viajaré
en el Karnak. Forma parte de mi itinerario.
—¡Oh! —Simon dudó, pero tras un momento de reflexión dijo
escogiendo las palabras con cierto embarazo—: ¡Esa decisión no... se deberá...
a nuestra causa! Quiero decir... quiero decir... que no quisiera...
Poirot lo desengañó en pocas palabras.
—No, nada de eso. Lo tenía proyectado desde que abandoné
Londres. Siempre acostumbro forjar mis planes por anticipado.
—¿No se traslada entonces de un lugar a otro según se le va
ocurriendo? ¿No serían así más agradables los viajes?
—Tal vez. Pero para tener éxito en esta vida, hay que cuidar
minuciosamente todos los detalles antes de emprender algo.
—Así obran los asesinos más hábiles, supongo —dijo Simon riendo.
—Sí, aunque he de confesar que el crimen más brillante que yo
recuerdo y uno de los más difíciles de resolver fue cometido a impulsos del
momento psicológico.
Simon rogó, con ingenuidad de chiquillo:
—Espero que nos contará algunos de sus casos a bordo del Karnak.
—No, eso sería tentar al diablo.
—Pero vale la pena. La señora Allerton dice que sus aventuras
son maravillosas. Está deseando asir la ocasión para interrogarle.
—¿La señora Allerton? ¿Es esa señora de cabellos grises, tan
atractiva, que tiene un hijo tan cariñoso para ella?
—Sí, ella también vendrá en el Karnak.
—¿Sabe ella que usted...?
—Claro que no. Nadie lo sabe. He decidido en un principio no
confiar en nadie.
—Ése es un sentimiento admirable. Yo lo he adoptado siempre. Y
respecto al tercer miembro de su banda, ese señor del cabello gris...
—¿Pennington?
—Sí. ¿Viajará con ustedes?
Simon dijo ceñudo:
—No es muy usual en una luna de miel..., ¿no es eso lo que usted
piensa? Pennington es el apoderado americano de Linnet. Nos encontramos con él
en El Cairo por casualidad.
—Ah vraiment! ¿Me permite una pregunta? ¿Es mayor de edad madame
votre femme?
—Aún no tiene los veintiuno, pero no tuvo que pedir el
consentimiento a nadie para casarse conmigo. Fue la gran sorpresa para
Pennington. Partió de Nueva York en el Germanic dos días antes de que llegase
allí la carta en la que Linnet le notificaba nuestro enlace. Por consiguiente,
no sabía una palabra de ello.
—El Germanic... —murmuró Poirot.
—Fue la mayor sorpresa de su vida, cuando nos tropezamos con él
en El Cairo.
—¡Debió de ser una auténtica coincidencia!
—Sí, y nos enteramos de que él también venía a dar una vuelta
por el Nilo... Así, pues, vamos todos juntos. ¿Qué remedio nos quedaba?
Además... ha sido un consuelo en ciertos momentos —pareció algo confundido de
nuevo—. Vea usted. Linnet estaba siempre intranquila, pensando en que
Jacqueline se presentaría cuando menos lo esperásemos. Mientras estábamos
solos, esto constituía nuestro único tema de conversación. Andrés Pennington
nos es de gran ayuda en este aspecto, porque con él tenemos que hablar de otras
cosas.
—¿Su señora no se ha confiado a monsieur Pennington?
—No —la mandíbula de Simon se irguió agresiva—. Esto no le
importa a nadie... Además, cuando emprendimos el viaje al Nilo, creíamos que ya
habría acabado todo.
Poirot movió la cabeza.
—Todavía no ha terminado. No, el fin no ha llegado aún. Estoy
seguro.
—He de decirle, señor Poirot, que no es usted de los que dan
ánimos.
Poirot lo midió con la mirada, con un leve sentimiento de
irritación. Pensó en su interior: «Los anglosajones no toman en serio más que
los juegos. No tienen remedio.»
Linnet Doyle... o Jacqueline de Bellefort... cualquiera de las
dos daban al asunto la importancia que tenía. Pero en la actitud de Simon no se
veía más que la impaciencia y la cólera del macho.
Dijo tras una pausa:
—Permítame una pregunta impertinente. ¿Partió de usted la idea
de venir a Egipto a pasar la luna de miel?
Simon enrojeció.
—No, naturalmente que no. Puede usted dar por descontado que yo
habría elegido cualquier otro sitio. Pero Linnet se empeñó. Y, claro... yo...
—se interrumpió, confundido.
—Sí, sí, lo comprendo —dijo Poirot gravemente.
Se daba cuenta de que si Linnet se decidía a hacer algo no había
quien se lo impidiera.
Se dijo a sí mismo: «Ya he oído el caso relatado por tres partes
interesadas. Linnet Doyle... Jacqueline de Bellefort... y Simon Doyle. ¿Cuál
dice la verdad?»
CAPITULO VII
Simon Doyle y Linnet Ridgeway salieron para su expedición a
Philas alrededor de las once de la mañana siguiente. Jacqueline de Bellefort,
sentada en el balcón del hotel, les observaba cuando partieron en el pintoresco
barco de vela. Lo que ella no vio fue un automóvil cargado con el equipaje y en
el cual iba una doncella de lánguida mirada, que atravesó la puerta delantera
del hotel y volvió a la derecha en dirección a Shellal.
Hércules Poirot decidió pasar las dos horas que faltaban para el
almuerzo en la isla Elefantina, situada frente al hotel.
Descendió hasta el embarcadero. Había dos hombres que subían en
aquel momento a uno de los botes del hotel, y Poirot se unió a ellos. Los
hombres eran indudablemente desconocidos entre sí. El más joven, de elevada
estatura y cabello oscuro, rostro delgado y mandíbula prominente. Llevaba unos
pantalones de franela gris, extremadamente sucios, y un jersey de polo, de alto
cuello, singularmente inadecuado para aquel clima. El otro era un individuo de
mediana edad, ligeramente grueso, que no perdió el tiempo para iniciar una
conversación con Poirot en un inglés idiomático, pero un tanto chapurreado.
Lejos de tomar parte en la conversación, el más joven de los dos hombres lanzó
un gruñido y volviéndoles la espalda se dispuso a admirar la agilidad con que
el botero nubio conducía el timón con los pies mientras empleaba las manos en
manipular las velas.
El agua estaba como una balsa de aceite. La superficie lisa
brillante de las rocas negras reflejaba los rayos del sol y una suave brisa
acariciaba sus rostros. Alcanzaron Elefantina en pocos segundos, y en cuanto
pusieron los pies sobre la playa, Poirot y su locuaz amigo se dirigieron
derechamente al Museo. El último sacó una tarjeta de visita del bolsillo y la
alargó a Poirot, inclinándose levemente. Llevaba la inscripción:
GUIDO RICHETTI
Archeologo
Para no ser menos, Poirot devolvió la reverencia y le entregó su
tarjeta. Cumplidas estas formalidades, los dos nombres entraron juntos al
Museo, el italiano prorrumpiendo en un torrente de informaciones eruditas.
Hablaban ahora en francés.
El joven de los pantalones de franela atravesó distraídamente el
Museo, bostezando de vez en cuando y, finalmente, se fue a gozar del aire
libre.
Poirot y el signor Richetti le siguieron poco después. El
italiano examinaba las ruinas sin dejar de hablar, pero Poirot, observando una
sombrilla listada de verde, que reconoció sobre las rocas junto al río, escapó
en aquella dirección.
La señora Allerton estaba sentada sobre una gran roca con un
cuaderno de notas a un lado y un libro sobre el regazo.
Poirot alzó su sombrero cortésmente y al mismo tiempo la señora
Allerton inició la conversación.
—Buenos días —dijo—. Veo que es imposible deshacerse de estos
repugnantes niños.
Un grupo de figuras negras la rodeaban, sonriendo todos a la
vez, haciéndole muecas y extendiendo las manos implorantes al tiempo que
gritaban esperanzados su Bakshish a intervalos casi regulares.
Poirot intentó, galante, dispersar el grupo, pero no lo
consiguió. Se desparramaron para volver inmediatamente.
—Si yo pudiera estar tranquila en Egipto, me agradaría mucho más
—declaró la señora Allerton—. Pero aquí no se puede estar sola... siempre hay
alguien molestándome, ofreciéndome burros, collares o expediciones a los
pueblos nativos, o a cazar patos o pidiéndome dinero sin rodeos.
—Es su mayor desventaja, es verdad —asintió Poirot.
Extendió el pañuelo y se sentó sobre él sin precaución.
—¿No está su hijo con usted esta mañana? —prosiguió el
detective.
—No. Tim tenía que escribir algunas cartas antes de marcharse.
Vamos a llegar hasta la segunda catarata, ¿sabe usted? Será maravilloso el
verla.
—Yo también voy.
—Y yo me alegro mucho. Le confieso que estoy encantada de
haberle conocido. Cuando estábamos en Mallorca había allí una señora llamada
Leech y nos contaba las historias más maravillosas. Perdió un anillo cuando se
bañaba, y se lamentaba de que no estuviese usted allí. Tenía la seguridad de
que usted lo habría recuperado.
—¡Ah! ¡Parbleu, yo jamás he sido buzo!
Ambos rieron cordialmente.
La señora Allerton continuó:
—Le vi a usted desde mi ventana paseando a lo largo de la
carretera con Simon Doyle esta mañana. ¿Qué le parece a usted ese joven? Todos
estamos excitadísimos por causa suya.
—¡Ah! ¿De veras?
—Si. Ya sabe usted que su enlace con Linnet fue la mayor de las
sorpresas. Se suponía que ella iba a contraer matrimonio con lord Windleshaw y
de pronto nos enteramos de su unión con ese hombre a quien nadie conocía.
—¿La conoce usted bien, madame?
—No, pero tengo una prima, Juana de Southwood, que es una de sus
mejores amigas.
—¡Ah, sí! He leído su nombre en la prensa —quedó silencioso un
momento, al cabo del cual prosiguió—: Es una señorita de la buena sociedad que
aparece con frecuencia en las informaciones gráficas de la prensa.
—¡Oh, sí! Es muy hábil para hacerse su publicidad.
—¿A usted no le es simpática, madame?
—Ha sido una observación inconveniente por mi parte —la señora
Allerton parecía arrepentida—. Mire: yo estoy chapada a la antigua. No me es
muy simpática, desde luego. Ella y mi hijo son buenos amigos, sin embargo.
—Ya veo —dijo Poirot.
Su interlocutora le dirigió una mirada rápida. Luego cambió de
tópico.
—¡Qué reducido es el número de los jóvenes aquí! Esa preciosa
muchacha de cabellos castaños y la atractiva madre del turbante es la única
joven del lugar. Usted ha hablado con ella un buen rato, según he observado. Me
interesa bastante esa chica.
—¿Y por qué, madame?
—Porque la compadezco. Creo que sufre... Se experimentan
sensaciones extrañas cuando se es joven y sensitiva como esa muchacha.
—Sí. Esa pobre pequeña no es feliz.
—Tim y yo lo llamamos «la joven huraña». He intentado hablar con
ella una o dos veces, pero siempre me ha eludido. Sin embargo, creo que va a
hacer también la excursión al Nilo y espero que entremos en conversación como
compañeros de viaje.
—Sí, es una contingencia posible.
—Yo soy muy comunicativa. La gente me interesa una enormidad.
Todos los tipos humanos —hizo una pausa y añadió—: Tim me dijo que esa muchacha
morena... la señorita de Bellefort... estaba prometida a Simon Doyle. Debe
haber sido embarazoso para ellos este encuentro.
—En efecto, ha sido bastante desagradable.
La señora Allerton le lanzó una mirada chispeante.
—¿Sabe usted...? Podrá parecer una tontería, pero esa muchacha
me asusta. Parece... tan intensa; tan ardiente.
Poirot movió la cabeza asintiendo.
—No está usted equivocada, madame. Una gran fuerza emotiva es
siempre aterradora.
—¿Le interesa también a usted la gente, señor Poirot? ¿O reserva
su interés para los criminales en potencia?
—Madame, esa categoría no excluye a gran número de personas.
La señora Allerton parecía sorprendida.
—¿Cree usted eso realmente?
—Sí, cualquiera puede convertirse en un criminal en un momento
dado.
—¿Y es eso lo que los diferencia de los criminales natos?
—Naturalmente.
La señora Allerton dudó, antes de preguntar, con una sonrisa en
los labios:
—¿También me incluye a mí en esa clasificación?
—Las madres, madame, lo olvidan todo cuando ven a sus hijos en
peligro.
Ella dijo gravemente:
—Eso es verdad... Creo que tiene usted razón.
Quedó silenciosa durante un par de minutos. Luego dijo
sonriente:
—Estoy intentando imaginar motivos para un crimen imputable a
cualquiera de los que se hospedan en este hotel. Es distraidísimo. Simon Doyle,
por ejemplo.
—Un crimen simple... Iría directo a su objetivo. No hay sutileza
alguna en esto.
—Y por consiguiente sería muy fácil de descubrir toda la trama.
—Sí; no sería ingenioso.
—¿Y la peligrosa muchacha, Jacqueline de Bellefort, podría
cometer un asesinato?
—Sí, desde luego, podría.
—Pero usted no está seguro de que lo hiciese.
—No. Esa muchacha me da mucho que pensar.
—No creo que el señor Pennington pudiera cometer uno. ¿Y usted?
Parece tan atildado, tan dispéptico... No debe de tener la sangre roja.
—Pero, posiblemente tiene muy desarrollado el instinto de
conservación.
—Sí. Así lo supongo yo también. ¿Y la pobre señora Otterbourne
con su turbante?
—Siempre ha existido la vanidad.
—¿Como motivo de un asesinato? —preguntó la señora Allerton con
duda.
—Las causas de los asesinatos son casi siempre triviales,
madame.
—¿Cuáles son las más usuales?
—Muy frecuentemente... el dinero. Es decir, el beneficio en sus
varias ramificaciones. Luego están la venganza y... el amor... el odio y otras
muchas.
—¡Señor Poirot!
—¡Oh, sí! Yo he conocido, madame, casos en que... llamémosle A,
ha sido asesinado por B para beneficiar a C. Los asesinatos políticos siguen
esa trayectoria. Cuando alguno es considerado dañino para la civilización, lo
quitan limpiamente de en medio. Olvidan que la vida y la muerte son atributos
de Dios.
Hablaba gravemente.
La señora Allerton dijo en voz baja:
—Me complace oírle eso. De todas formas, Dios escoge sus
instrumentos.
—Hay peligro en pensar así, madame.
Ella adoptó un aire más ligero.
—Después de esta conversación, señor Poirot, extraño es que
estemos vivos todavía.
Se levantó.
—Tenemos que regresar. Saldremos para la excursión
inmediatamente después del almuerzo.
Cuando llegaron al embarcadero, se encontraron al joven del
jersey ocupando ya su sitio en el bote. El italiano también estaba esperando.
Cuando el botero nubio soltó la vela y el barco se puso en movimiento, Poirot
se dirigió cortésmente al extranjero:
—¡Hay cosas maravillosas en Egipto...! ¿No lo cree usted así?
—A mí me dan náuseas.
La señora Allerton se colocó los lentes sobre las narices y lo
miró con interés. Poirot dijo:
—¿De veras...? ¿Y por qué?
—Empecemos por las pirámides. Bloques gigantescos de albañilería
inútil. Construidos únicamente para demostrar el egoísmo de un rey déspota y
megalomaníaco. Piensen en las manos sudorosas que obligaron a trabajar en ellas
y que murieron en su tarea. Me siento enfermo cuando pienso en los sufrimientos
y torturas que ellas representan.
La señora Allerton dijo animosamente:
—Entonces a usted no le satisface la contemplación de las
Pirámides, ni del Partenón, ni las tumbas maravillosas, ni los templos... Sólo
le deleitará el saber que la gente puede hacer sus tres comidas diarias y que
muere tranquilamente en sus lechos.
El joven lanzó un gruñido en dirección a la señora Allerton.
—Creo que los seres humanos son más importantes que las piedras.
—Pero no duran tanto —observó Hércules Poirot.
—Prefiero ver un trabajador bien alimentado que lo que llaman
ustedes obras de arte. Lo que importa es lo futuro, no lo pasado.
Esto fue demasiado para el signor Richetti, que rompió en un
torrente de palabras apasionadas, no muy fácil de seguir.
El joven respondió, diciendo lo que pensaba del sistema
capitalista. Habló con virulencia superlativa. Cuando terminó su filípica
habían llegado al embarcadero del hotel.
En el vestíbulo del hotel, Poirot encontró a Jacqueline de
Bellefort. Iba vestida de amazona. Le hizo una reverencia irónica.
—Voy a montar un burro ¿Me recomienda usted las chozas de los
nativos, monsieur?
—¿Es ésa su excursión de hoy, mademoiselle? Eh bien! Son
pintorescas, pero no invierta todo su dinero en objetos indígenas.
—¡Que son importados de Europa! No, no soy tan tonta para que me
engañen.
Con un movimiento de cabeza, la joven salió a la cegadora luz
del sol.
Poirot completó su equipaje, cosa muy simple, puesto que todo lo
de su pertenencia estaba siempre en el orden más meticuloso. Luego se trasladó
al comedor y se enfrentó con el almuerzo. Después del refrigerio los pasajeros
tomaron el autobús del hotel, que los llevó a la estación donde habían de
alcanzar el expreso diario de El Cairo a Shellal, un trayecto de diez minutos a
través del bello país.
Los dos Allerton, Poirot y el joven de los sucios pantalones de
franela y el italiano, iban con los pasajeros. La señora Otterbourne y su hija
habían salido en la expedición al dique de Philas y se reunirían con ellos en
Shellal.
El tren de El Cairo y Luxor llevaba cerca de veinte minutos de
retraso. Sin embargo, llegó al fin y siguieron las escenas de precipitada
actividad. Porteadores nativos de equipajes que sacaban paquetes del tren,
tropezaban a cada momento con otros porteadores que entraban en los coches.
Finalmente, ya casi sin aliento, Poirot se encontró con los
equipajes de los Allerton, los suyos y otros que le eran totalmente
desconocidos. Tim y su madre se hallaban en algún sitio con el resto de los objetos
de su pertenencia.
El coche en que se encontraba Poirot estaba ya ocupado por una
señora entrada en años, de cara arrugada, que llevaba un bastón con puño
blanco, gran cantidad de diamantes y una expresión de desprecio olímpico para
la mayoría del género humano.
Dirigió una mirada aristocrática a Poirot, e inmediatamente
después escondió los ojos tras las páginas de una revista americana. Una joven
de gran estatura y facciones toscas, de unos treinta años de edad, se sentaba
frente a ella. Tenía ojos anhelantes como los de un perro, cabellos descuidados
y un aire de querer agradar a todo trance. A intervalos, la señora anciana
miraba por encima del periódico y le daba una orden severa.
—Cornelia, recoge las cosas. Cuando lleguemos cuida de la caja
en que van mis vestidos. No dejes por ningún motivo que nadie la coja. No
olvides mi cortapapeles.
El trayecto en el tren fue brevísimo. A los diez minutos se
detuvo frente al muelle en que esperaba el Karnak. Las Otterbourne ya estaban a
bordo.
El Karnak era un barco de vapor más pesado que el Papyrus y el
Lotus, los cuales llegan hasta la primera catarata, pero que son demasiado
grandes para pasar las barras de la ensenada de Assuán. Los pasajeros subieron
a bordo, siendo conducidos a sus camarotes Al no estar el barco lleno
completamente, a la mayoría de los expedicionarios les dieron cabinas en
cubierta. La parte delantera de esta cubierta estaba ocupada en su totalidad
por una especie de salón observatorio completamente cubierto de cristales, desde
el cual los pasajeros podían observar el panorama que se extendía ante ellos.
En la cubierta inferior había un salón de fumar y en la que había debajo de
ésta estaba situado el comedor.
Después de ver los objetos de su posesión dispuestos en su
cabina, Poirot volvió a cubierta para observar la salida. Se reunió a Rosalía
Otterbourne, que miraba a su lado.
—Ahora vamos a Nubia. ¿Está usted contenta, mademoiselle?
La muchacha exhaló un suspiro profundo.
—Sí. Tengo la sensación de que al fin me alejo de ciertas cosas.
—Excepto de las nuestras, mademoiselle.
Ella se encogió de hombros.
—Hay algo en este país que me hace sentirme... salvaje. Algo que
trae a la superficie cosas que hierven en nuestro interior. Todo es tan
desproporcionado, tan injusto.
—Usted no debiera juzgar por las apariencias.
Rosalía murmuró:
—Mire... las madres de algunas personas y mire la mía. No hay
Dios, sino Sexo, y Salomé Otterbourne es su profeta —se interrumpió—. No
debería decir estas cosas, ¿verdad?
Poirot hizo un gesto con la mano.
—¿A mí? ¿Por qué no? Soy de esos que pueden oírlo todo.
Rosalía dijo:
—¡Qué hombre tan extraordinario es usted! —la boca huraña se
rizó en una sonrisa. Pero de pronto recobró su gesto habitual y dijo—:
¡Caramba, aquí está la señora Doyle con su marido! No tenía la menor idea de
que viniesen en este barco.
Linnet acababa de emerger de un camarote situado casi en el
centro de la cubierta. Simon venía detrás. Poirot estaba casi estupefacto ante
su aparición tan radiante, tan confiada.
Simon Doyle también había experimentado un gran cambio. Sonreía
abriendo la boca de oreja a oreja y parecía un colegial en vacaciones.
—Esto es magnífico —dijo inclinándose sobre la barandilla—.
Empieza a agradarme este viaje; ¿y a ti, Linnet? Cuanto más nos acercamos al
corazón de Egipto, menos turista me siento.
Su esposa respondió rápidamente:
—Ya sé. Esto es mucho más salvaje...
Deslizó su mano entre las de su marido. Él las apretó
cariñosamente.
—Ya hemos salido, Lin... —murmuró.
El barco abandonaba lentamente el muelle. Iniciaban su viaje de
siete días a la segunda catarata y regreso.
Tras ellos sonó una cristalina carcajada. Linnet se volvió.
Jacqueline de Bellefort estaba allí también. Parecía divertida.
—¡Hola, Linnet! No pensaba encontrarte aquí. Creí haberte oído
decir que permanecerías en Assuán otros diez días. ¡Es una verdadera sorpresa!
—Tú, tú, no... —la lengua de Linnet se trababa. Se esforzó en
aparecer en sus labios la mueca de una sonrisa—. Yo tampoco esperaba
encontrarte aquí.
—¿No?
Jacqueline se dirigió al otro lado del buque. La presión de la
mano de Linnet sobre la de su marido se acentuó.
—Simon... Simon.
Toda la expresión de complacencia y buen humor habían
desaparecido de Doyle. Sus manos se crisparon a pesar de sus esfuerzos por
conservar a toda costa la serenidad.
Ambos dieron unos pasos hacia sus camarotes. Sin volver la
cabeza, Poirot oyó varias palabras sueltas.
—...imposible volver... lo único... podíamos —y luego la voz de
tono más alto de Doyle que decía con obstinación—: No es posible continuar así
toda la vida, Linnet. Tenemos que decidirnos a hacerle frente ahora.
Algunas horas más tarde empezaba a oscurecer. Poirot estaba en
el salón de las vidrieras mirando a proa. El Karnak atravesaba una estrecha
garganta. Las rocas parecían abalanzarse ferozmente hacia el barco, flotando
ingrávidas en el río. Estaban en Nubia.
Oyó un movimiento de roce y al volverse vio a Linnet a su lado.
Los dedos de la joven se enlazaban nerviosamente. Jamás la había visto tan
agitada. Tenía el aspecto de un niño asustado. Dijo:
—Monsieur Poirot. Tengo miedo... miedo de todo. Nunca me he
sentido así. Estas rocas solitarias... este lugar desértico y salvaje... ¿Dónde
vamos? ¿Qué va a suceder? Tengo miedo, le digo. Todos me odian. Nunca me había
dado cuenta de esto hasta ahora. Siempre he sido buena para la gente... He
hecho todo lo que he podido por ellos, y... ahora me odian... todos me odian...
Exceptuando a Simon, estoy rodeada de enemigos... Es horrible pensar que todo
el mundo me aborrezca...
—Pero, ¿por qué cree usted eso, madame?
Ella movió la cabeza.
—Tal vez sean los nervios. Sufro la sensación de que se cierne
un peligro sobre mi cabeza.
Lanzó una mirada a su alrededor. Luego dijo bruscamente :
—¿Cómo terminará todo esto? Nos han cercado, estamos atrapados.
No hay salida posible. Tenemos que continuar hasta el fin... No sé ni dónde
estoy.
Se desplomó sobre una silla. Poirot la miró gravemente. En sus
ojos se leía la mayor compasión.
Linnet continuó:
—¿Cómo se enteró de que veníamos en este barco? ¿Cómo ha podido
saberlo?
Poirot movió la cabeza al responder:
—Ella es inteligente, ya lo sabe usted.
—Veo que no nos podremos librar de ella jamás.
Poirot dijo:
—Hay un plan que podían haber aceptado ustedes. Me sorprende que
no se les haya ocurrido. Después de todo, madame, el dinero no constituye
ningún obstáculo para usted. ¿Por qué no alquilan un dahabayah particular?
Linnet movió la cabeza con desesperanza:
—¡Si yo hubiese sabido todo esto...! Pero no lo hicimos. Era
difícil... Usted no comprendería la mitad de mis dificultades. He de usar un
tacto sumo con Simon —su mirada relampagueaba de impaciencia—. Él es
absurdamente sensitivo sobre el dinero... Le molesta que yo tenga tanto...
Quería que pasáramos la luna de miel en algún pueblecito de España y pagar él
todos los gastos... ¡Como si el dinero importase algo! Los hombres son
estúpidos. Hay que acostumbrarlos a vivir cómodamente. La mera idea de un dahabayah...
le habría encolerizado... Era un dispendio innecesario. Tengo que ir educándole
gradualmente.
Alzó la mirada mordiéndose los labios como si se hubiese
arrepentido de confiar sus secretos a un extraño.
Se levantó.
—Tengo que cambiarme de traje. Lo siento, monsieur. Me parece
que he estado diciendo una sarta de tonterías.
CAPITULO VIII
La señora Allerton, sobriamente distinguida en su traje de noche
desprovisto de adornos, descendió la escalera de las dos cubiertas para
dirigirse al comedor. A la puerta del salón fue alcanzada por su hijo.
—Lo siento, mamita. Creía que llegaba tarde.
—Quisiera saber dónde nos vamos a sentar.
En el comedor había gran cantidad de mesitas. La señora Allerton
permaneció en pie hasta que el camarero que estaba atareado aposentando a los
expedicionarios pudo atenderla.
—A propósito, invité al señor Poirot a que se sentase a nuestra
mesa.
—¿Por qué? —en la voz de Tim se retrataba un profundo disgusto.
—Querido. ¿Te molesta? —preguntó su madre, sorprendida.
—Sí. Es un entrometido y un antipático.
—Oh, no. No pienso como tú.
—De todas formas no me agrada mezclarme con extraños.
Encajonados en este cascarón de nuez, este acto de confianza nos proporcionará
una infinidad de molestias insoportables. Estará junto a nosotros día y noche.
—Lo siento, querido —dijo la señora Allerton apesadumbrada—. Yo
creí que eso te distraería. Ha vivido mucho y sé que te gustan las aventuras
detectivescas.
Tim gruñó:
—Quisiera que no te asaltaran más ideas brillantes como ésta.
Supongo que ya no podemos evitarlo.
—Realmente, Tim, no sé cómo podríamos...
—Bien. ¡Qué le vamos a hacer! Nos resignaremos.
El camarero llegó en este momento y los condujo a una mesa. En
el rostro de la señora Allerton se veía una expresión de sorpresa al seguirle.
Tim acostumbraba a ser paciente y muy tranquilo. Este exabrupto era impropio de
él. No existía en él el disgusto tan común de los británicos por los
extranjeros y por los forasteros y la confianza invencible que les dominaba
ante su presencia.
Cuando ocuparon sus sitios, Hércules Poirot entró rápida y
silenciosamente en el salón. Llegó hasta ellos y se detuvo apoyando la mano en
el respaldo de la silla que tenía preparada.
—¿Me permite, madame, que me aproveche de su amable invitación?
—¡Naturalmente! ¡Siéntese, señor Poirot!
—Es usted encantadoramente amable, madame.
Inconscientemente observó ella que Poirot lanzó una rápida
mirada a su hijo antes de sentarse y que éste no consiguió disfrazar su
disgusto. La señora Allerton se dispuso a crear una atmósfera agradable. Cuando
hubieron terminado la sopa, recogió la lista de pasajeros que habían colocado
al lado del plato.
—Intentemos identificar a los que nos acompañan —dijo
animadamente—. Siempre me ha divertido esto.
Empezó a leer.
—La señora Allerton, el señor T. Allerton. ¡Esto es bien fácil!
La señorita de Bellefort. La han colocado en la misma mesa que los Otterbourne.
¿Qué hablarán ella y Rosalía? ¿Quién viene después? El doctor Bessner. ¿Quién
es capaz de identificar al doctor Bessner?
Su mirada se detuvo sobre una mesa a la que se sentaban cuatro
hombres.
—Debe ser aquel grueso de cabeza afeitada y bigote. Supongo que
es alemán. ¡Miren con que delectación se toma la sopa!
Aromas delicados de platos suculentos flotaban en el ambiente.
La señora Allerton dijo en voz baja:
—La señorita Bowers. ¿Podríamos adivinar quién es la señorita
Bowers? Hay tres o cuatro mujeres. No, dejémoslo por el momento. El señor y la
señora Doyle. Sí, los personajes más conspicuos de la expedición. Ella es
realmente encantadora y lleva un traje de noche perfecto.
Tim giró en su asiento. Linnet, su esposo y Andrés Pennington
ocupaban una mesa del rincón. Linnet llevaba un traje blanco ornado de perlas.
—No puedo comprender por qué las mujeres pagan precios tan
exorbitados por sus vestidos. Me parece absurdo.
Su madre, sin responder, procedió al estudio de sus compañeros
de viaje.
—El señor Ferguson —leyó la señora Allerton—. Creo adivinar que
este señor Ferguson es nuestro amigo anticapitalista... La señora Otterbourne,
la señorita Otterbourne... Ya las conocemos. El señor Pennington, alias «el tío
Andrés». Es un hombre bien parecido, me parece...
—¡Caramba, mamá!
—Creo que es bien parecido en un sentido desinteresado —dijo la
señora Allerton—. Tiene la mandíbula cruel. Probablemente es de la clase de
hombres que leemos en los periódicos que trabajan en Wall Street. Debe de ser
enormemente rico. Ahora viene el señor Poirot, cuya inteligencia estamos
malgastando inútilmente. ¿No podrías proporcionar un crimen a monsieur Poirot,
Tim?
Esta pequeña broma no produjo más efecto que irritar todavía más
a su hijo. Éste lanzó un gruñido y su madre se apresuró a leer:
—El señor Richetti. Nuestro amigo el arqueólogo italiano.
Después tenemos a la señorita Robson, y finalmente a la señorita Van Schuyler.
La última bien fácil de determinar. Esa americana vieja y fea que se cree la
reina del barco y por lo visto se propone no dirigir la palabra más que a los
que considere dignos de merecer su atención. ¿Es maravillosa, verdad? Es una
especie de reliquia viviente de los tiempos pretéritos. Las dos mujeres que la
acompañan deben ser la señorita Bowers y la señorita Robson. La primera una
especie de secretaria... aquella delgada con los lentes... Y la otra es
indudablemente una pariente pobre. La joven patética... que está disfrutando de
las delicias de un viaje trasatlántico a expensas de ser tratada como una
esclava negra. Creo que la Robson es la secretaria y la Bowers la pariente
pobre.
—Te equivocas, mamá —dijo Tim, sonriendo. Había recobrado bien
repentinamente su buen humor.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque estuve en el corredor antes de comer y oí a la momia
americana que decía a su compañera: «¿Dónde estará la señorita Bowers? Tráemela
en seguida, Cornelia.» Y Cornelia salió trotando como un perrito obediente.
—Tengo que hablar con la señorita Van Schuyler —murmuró la
señora Allerton.
—Te gruñirá —sonrió Tim.
Los acontecimientos posteriores a la comida carecieron de
atractivo para los estudiantes de la naturaleza humana.
El joven sociólogo —que como había adivinado la señora era
Ferguson— se retiró al salón de fumar, despreciando la compañía de los pasajeros
que se habían trasladado al observatorio de la cubierta superior. La señora Van
Schuyler se aseguró el mejor puesto de la sala, sin otro medio que dirigirse
firmemente a la mesa en que estaba sentada la señora Otterbourne y decir:
—Tengo la seguridad de que me perdonará, pero me dejé aquí mis
labores de ganchillo.
Sometida a la voluntad de aquella mirada hipnótica, el turbante
se levantó y dejó el espacio libre. La señorita Van Schuyler tomó
inmediatamente posesión de él acompañada de su escolta. La señora Otterbourne
se sentó muy cerca de ellas e intentó hacer varias observaciones que fueron
acogidas con tan helada cortesía que no tuvo más remedio que desistir. La
señorita Van Schuyler se encontró, pues, en su aislamiento de gloria. Los Doyle
se sentaron junto a los Allerton. El doctor Bessner retuvo como compañero al
silencioso Fanthorp. Y Jacqueline de Bellefort, sola, con un libro. Rosalía
Otterbourne estaba inquieta. La señora Allerton le habló un par de veces
invitándola a unirse a su grupo, pero la joven respondió desapaciblemente.
Monsieur Hércules Poirot empleó la velada en oír un relato de la
misión educativa de la señora Otterbourne.
Cuando se dirigía, ya tarde, a su camarote, se encontró con
Jacqueline de Bellefort. Estaba inclinada sobre la barandilla, y cuando volvió
la cabeza, el detective observó, sorprendido, las huellas de terrible
desesperación que se pintaban en su rostro. Ya no había altanería en su mirada,
ni maliciosa provocación, y había perdido el brillo del triunfo.
—Buenas noches, mademoiselle.
—Buenas noches, monsieur Poirot —se detuvo un momento y luego
dijo—: ¿Le sorprende encontrarme aquí?
—Mi tristeza es muy superior a mi sorpresa. Ha escogido,
mademoiselle, la senda peligrosa. Así como nos hemos embarcado en este bote,
usted se ha embarcado para una travesía particularísima... una travesía sobre
un río de corriente rapidísima, entre rocas peligrosas y enfilando otras aguas
de desastre fatal.
—¿Por qué dice usted todo eso?
—Porque es verdad. Ha cortado usted los lazos que la unían con
la salvación. Ahora dudo que pudiera retroceder aunque lo intentase.
Ella respondió muy lentamente:
—Es verdad.
Luego echó atrás la cabeza.
—Bueno... ¿Y qué? ¡Debemos seguir a nuestra estrella sin
preguntarnos adonde nos lleva!
—¡Cuidado, mademoiselle, puede ser una fatal!
Ella rió imitando los gritos de los niños conductores de asnos.
—¡Aquella estrella mala, señor! Aquella estrella cae...
Poco después, en su camarote, el detective se disponía a
dormirse cuando un sonido le despertó.
Era la misma voz que Doyle la que oía, que repetía las palabras
que había pronunciado aquella misma mañana.
—Tenemos que enfrentarnos ahora...
—«Sí —pensó Poirot—. Tenemos que enfrentarnos ahora...»
Se sentía infinitamente desgraciado.
CAPITULO IX
El vapor llegó al día siguiente, de madrugada, a Es-Sebua.
Cornelia Robson, con el rostro radiante y un sombrero de anchas alas en la
cabeza, fue la primera en saltar a la playa. Cornelia no era simpática a la
gente gruñona. Poseía una disposición amable y ansiaba agradar a todas las
personas que encontraba a su paso. La visión de Hércules Poirot, vestido de
punta en blanco, con un traje de seda cruda, camisa rosada, corbata negra y
albo sombrero, no le hizo lanzar un respingo como le habría ocurrido a la señorita
Van Schuyler.
Mientras paseaban juntos por una avenida de esfinges, ella
respondía complacida a las preguntas convencionales que le dirigía su
acompañante.
—¿No vienen sus compañeras a la playa para visitar el templo?
—No. Verá usted. Mi prima María..., es decir, la señorita Van
Schuyler..., no acostumbra a madrugar. Tiene que cuidar mucho su salud... Y,
como es natural, necesita que la señorita Bowers la acompañe, pues ella es su
enfermera. Me dijo que éste no era uno de los mejores templos, pero fue lo
suficientemente bondadosa para permitirme venir.
—Ha sido muy benévola con usted —dijo Poirot secamente.
La ingenua Cornelia asintió sin sospechar la intención.
—¡Oh, sí! Ella es muy buena. Ha sido maravilloso que me traiga
en este viaje.
—Y a usted le gusta mucho, ¿eh?
—Es encantador, señor. He visto Italia: Venecia, Padua y Pisa.
Luego El Cairo. Desgraciadamente la prima María no se encontraba muy bien allí,
y no pude salir mucho… y ahora esta excursión maravillosa de Wadi Halfa y
regreso.
Poirot dijo sonriendo;
—Usted es feliz por naturaleza, mademoiselle.
Desvió la vista de la joven y miró pensativamente a Rosalía que,
silenciosa y ceñuda, paseaba delante de ellos.
—Es muy guapa, ¿verdad? —dijo Cornelia, que observó su gesto—.
Sólo que parece siempre disgustada. Eso es muy inglés, naturalmente. Ella no es
tan hermosa como la señora Doyle. Creo que la señora Doyle es la mujer más
encantadora y más elegante que he conocido en mi vida. Y su esposo atrae hasta
la tierra que pisa... ¿Ve aquella señora de cabello gris? Es muy distinguida,
prima de un duque, según creo. Hablaba junto a nosotros la otra noche y se lo
oí decir. Pero actualmente no posee ningún título.
Continuó charlando sin cesar hasta que el intérprete ordenó un
alto y empezó su recitado.
El doctor Bessner, Baedecker en mano, leía para sí en alemán.
Prefería la palabra escrita.
Tim Allerton no era de la partida. Su madre acababa de romper el
hielo del reservado Fanthorp. Andrés Pennington, con el brazo enlazado con el
de Linnet, escuchaba atentamente y parecía muy interesado en la relación que
daba el guía en aquel momento.
Chismorreando, la pequeña partida volvió al barco. Otra vez el
Karnak empezó a deslizarse río arriba. El escenario se iba haciendo menos
tétrico. Había palmeras, cultivos.
Este cambio de panorama pareció ejercer bienhechora influencia
psíquica sobre cada uno de los pasajeros... Tim Allerton recobró sus buenas
maneras. Rosalía perdió gran parte de su hosquedad. Linnet parecía
despreocupada y alegre.
Pennington le dijo:
—Es una falta de tacto hablar de negocios a una recién casada en
su luna de miel, pero hay un par de cosas...
—¡Caramba, tío Andrés! —Linnet volvía a ser una financiera—. ¿Es
que mi matrimonio acaso me ha transformado?
—No sé. Pero quisiera que me firmases varios documentos uno de
estos días.
—¿Y por qué no ahora?
Andrés Pennington miró a su alrededor. El rincón del salón
observatorio aparecía desierto. La mayoría de los pasajeros estaban en el
exterior, en el espacio de la cubierta que se extendía entre el salón de
observación y los camarotes. Los únicos ocupantes del salón eran el señor
Ferguson, que bebía cerveza sentado a una pequeña mesa situada en el centro,
con las piernas embutidas en mugrientos pantalones de franela, mientras silbaba
entre dientes a cada trago; el señor Hércules Poirot, que estaba sentado frente
a la ventana de proa admirando el panorama que se extendía ante él, y la
señorita Van Schuyler, que leía en un rincón un libro sobre Egipto.
—Estupendo —dijo Andrés Pennington.
Abandonó el salón.
Linnet y Simon se sonrieron... una sonrisa lenta que tardó pocos
minutos en trocarse en frases de cariño. Él dijo:
—¿Todo va bien, encanto?
—Sí, por ahora todo va bien... Es extraño lo bien que me
encuentro.
Simon dijo con profunda convicción:
—Eres maravillosa.
Pennington regresó. Traía una pila de documentos escritos con
letra apretada y menuda.
—¡Dios mío! —exclamó Linnet—. ¿Tengo que firmar todo eso?
—Reconozco que es demasiado. Pero opino que debes llevar tus
asuntos al día. Lo primero de todo va a ser el alquilar la propiedad de la
Quinta Avenida... luego las concesiones de terrenos en el Oeste.
Continuó hablando, hojeando los papeles y sacando alguno de
ellos. Simon bostezó.
La puerta que daba a cubierta se abrió y el señor Fanthorp
entró. Miró desorientado a su alrededor y se colocó al lado de Poirot, que
miraba las aguas de color azul pálido y las arenas amarillentas que les
rodeaban.
—...firma aquí —concluyó Pennington, extendiendo un papel ante
Linnet indicándole un espacio.
Linnet cogió el documento y lo ojeó. No pasó de la primera
página. Luego, tomando la estilográfica de Pennington, inscribió su nombre:
Linnet Doyle. Pennington retiró el papel y colocó otro.
Fanthorp se aproximó a ellos. Escrutó a través de la ventana
lateral, pareciendo interesarse mucho por algo que sucedía en el banco de arena
que pasaban en aquel momento.
—Ésta es la transferencia —dijo Pennington—. No necesitas
leerla.
Pero Linnet la leyó a grandes rasgos. Pennington puso ante ella
un tercer papel. De nuevo Linnet se dispuso a enterarse de su contenido.
—Todo está en orden —dijo Pennington—. No es nada de interés.
Sólo fraseología de leguleyo.
Simon bostezó de nuevo.
—Querida, supongo que no te leerás todo ese fajo de documentos,
¿verdad? No estarías lista para la hora del almuerzo.
—Papá me enseñó a leerlo todo —explicó Linnet—. Me decía que era
muy fácil que en algunos momentos se cometieran errores de redacción.
—No tengo disposición para los negocios —repuso Simon,
animosamente— ni nunca la he tenido. Si un individuo me dice que firme, pues
firmo. Es el camino más sencillo.
Andrés Pennington le miró pensativamente. De pronto, dijo con
sequedad:
—Eso es muy arriesgado a veces, señor Doyle.
—¡Por favor! —replicó Simon—. No soy de los que creen que todo
el mundo se ha confabulado contra nosotros para arruinarnos. Si tengo confianza
en un individuo, ¿para qué leer lo que me pide que firme? Jamás me han
engañado.
Súbitamente, con gran sorpresa por parte de todos los presentes,
el silencioso señor Fanthorp giró sobre sí mismo y se dirigió a Linnet.
—Espero que no la molestaré si digo que admiro
extraordinariamente su capacidad para los negocios, señora. En mi profesión...
soy abogado... encuentro a menudo mujeres desprovistas en absoluto de la menor
disposición mercantil. No firmar jamás un documento antes de leerlo, es
admirable... admirable... —se inclinó perceptiblemente. Luego, con el rostro
rojo como una amapola, se volvió para continuar en su contemplación de las
orillas del Nilo. Linnet repuso completamente desconcertada:
—Gracias, muchas gracias —se mordió los labios para reprimir una
carcajada. El joven parecía tan extraordinariamente solemne...
Pennington parecía seriamente disgustado. Simon Doyle dudó entre
disgustarse o tomarlo a broma. Las orejas del señor Fanthorp habían adquirido
un color purpúreo.
—Otro, por favor —dijo Linnet, sonriendo a Pennington.
Pero Pennington estaba decididamente colérico.
—Creo que debemos dejarlo para otro día —dijo enfurruñado—. Si
como dice Simon piensas leer todo esto, no acabarás para la hora del almuerzo.
No debemos perdernos la contemplación del panorama que se desarrolla ante
nuestros ojos. De todas formas, esos documentos que acabas de firmar eran los
más importantes y urgentes. Dejaremos los negocios para otra ocasión más
propicia.
—¡Hace un calor terrible aquí! —exclamo Linnet—. Vámonos fuera.
Salieron los tres. Hércules Poirot volvió la cabeza. Su mirada
se detuvo sobre la espalda del señor Fanthorp, que había lanzado su cabeza
hacia atrás y continuaba silbando entre dientes.
Finalmente Poirot observó la enhiesta figura de la señorita Van
Schuyler, majestuosamente sentada en su rincón. La señorita Van Schuyler miraba
sin pestañear al señor Ferguson.
La puerta del salón se abrió de par en par y Cornelia Robson
entró precipitadamente.
—Has estado por ahí demasiado tiempo —gruñó la anciana—. ¿Dónde
has estado?
—Lo siento, prima María. La lana no estaba donde usted me dijo.
La encontré en otra caja distinta.
—Hijita mía, no sirves para buscar nada. Sé que tienes buena
voluntad, pero no basta. Tienes que procurar ser un poco más inteligente y
hacer las cosas con más rapidez. Para esto sólo se necesita concentración.
—Lo siento, prima María. Temo que soy demasiado estúpida.
—Nadie es estúpida si se propone firmemente no serlo. Te he
traído conmigo y espero un poco de atención a cambio de mi generosidad.
Cornelia se ruborizó:
—Lo siento mucho, prima María.
—¿Y dónde está la señorita Bowers? Hace diez minutos que debí
tomar mis gotas. El doctor dijo que la puntualidad era importantísima.
En este momento entró la señorita Bowers, llevando un vasito con
medicina.
—Sus gotas, señorita Van Schuyler.
—Debía haberlas tomado a las once en punto. Si hay algo que
detesto en este mundo es la falta de puntualidad.
—Son exactamente las once menos medio minuto —dijo la señorita
Bowers mirando su reloj de pulsera.
—En mi reloj son las once y diez.
—Tengo la seguridad de que mi reloj va perfectamente. Es un
cronómetro de precisión. Jamás se adelanta ni se atrasa.
La señorita Bowers se mostraba imperturbable.
La señorita Van Schuyler ingirió el contenido del vaso
medicinal.
—Me encuentro mucho peor —gruñó.
—Lamento enormemente oírle decir eso —dijo la señorita Bowers.
Pero no parecía sentirlo en absoluto. Dio mecánicamente la respuesta correcta.
—Hace demasiado calor aquí —dijo la señorita Van Schuyler—.
Prepáreme una silla en cubierta, señorita Bowers. Cornelia, tráeme mis labores.
No seas descuidada y procura que no se te caiga nada. Luego quiero que me
ayudes a desmadejar la lana.
La procesión salió.
El señor Ferguson suspiró, estiró las piernas y apostrofó al
espacio:
—¡Dios mío, cómo me gustaría estrangular a esa vieja!
Poirot le preguntó con interés:
—Le disgusta esa dama, ¿verdad?
—¿Que si me disgusta...? Eso es poco... No hace más que molestar
al prójimo. Es un parásito... un parásito desagradable, por cierto. Hay un gran
número de personas en este barco sin las cuales podía pasar el mundo
perfectamente.
—¿De veras?
—Sí, por ejemplo: esa muchacha que estuvo aquí hace poco
firmando transferencias de acciones. Cientos y miles de desgraciados
trabajadores matándose por una asquerosa pitanza, sólo para que ella lleve
medias de seda y despliegue un lujo inútil. Una de las mujeres más ricas de
Inglaterra, según me han dicho... y jamás se habrá ensuciado las manos en toda
su vida.
—¿Quién le dijo a usted que era la muchacha más rica de
Inglaterra?
El señor Ferguson le dirigió una mirada amenazadora.
—Un hombre a quien usted no ha visto nunca. Un hombre que
trabaja con sus propias manos y no se avergüenza de confesarlo. No uno de esos
dandies que acompañan a usted y que no sirven, ni han servido, ni servirán en
su vida para nada.
Su mirada se detuvo desfavorablemente sobre la corbata arqueada
y la camisa color rosa de su interlocutor.
—Yo trabajo con mi cerebro y no me avergüenzo de decirlo
—replicó Poirot.
El señor Ferguson chascó la lengua.
—Debían fusilarlos a todos —dijo.
—Mi joven amigo —repuso Poirot—, ¡qué pasión tiene usted por la
violencia!
—¿Puede usted decirme algo que se pueda hacer sin ella? Debíamos
romperlo todo, destruirlo todo, antes de que pudieran comenzar de nuevo.
—Sí, eso es mucho más fácil, mucho más ruidoso y mucho más
espectacular.
—¿Qué hace usted para ganar su sustento? Nada. Apostaría
cualquier cosa. Sin embargo, tengo la seguridad de que se considerará usted un
hombre de la clase media.
—No soy de la clase media. Pertenezco a la clase superior
—repuso el detective con leve arrogancia.
—¿Qué es usted?
—Soy detective —dijo Hércules Poirot con el aire de inmodestia
del que asegura: soy el rey.
—¡Dios mío! —exclamó el joven completamente desconcertado—.
¿Quiere decir que esa joven cuida su preciosa piel hasta ese extremo?
—No me une relación alguna a los señores Doyle —declaró Poirot
orgullosamente—. Soy libre como el aire.
—¿Disfrutando de vacaciones?
—¿Y usted ..? ¿No está de vacaciones también?
—¡Vacaciones! —el señor Ferguson emitió un gruñido. Añadió
ambiguamente—: Me dedico al estudio de ciertas condiciones.
—Muy interesante —repuso Poirot y se fue a cubierta.
La señorita Van Schuyler se había establecido en el mejor rincón
Cornelia estaba arrodillada ante ella con una madeja de lana entre las manos
extendidas. La señorita Bowers, erguida en su silla, leía el Saturday Evening
Post.
Poirot se dirigió lentamente a la cubierta inferior. Al dar la
vuelta por la cabina del timonel, casi tropezó con una mujer que volvió su
rostro en el que se pintaba la sorpresa del encuentro... Un rostro moreno, de
latina. Iba elegantemente vestida de negro y acababa de hablar con un hombre de
elevada estatura y anchos hombros... Uno de los maquinistas, según todas las
apariencias. Observó una expresión extraña en la cara de ambos... culpabilidad
y alarma... Poirot se preguntó qué habrían estado hablando. Dio la vuelta
alrededor del timón y continuó su paseo hacia la popa. Abrióse la puerta de un
camarote y la señora Otterbourne emergió de él y casi cayó en sus brazos.
Llevaba un traje de raso color escarlata.
—Lo siento —se excusó—. Mi querido señor Poirot..., lo siento
mucho. Las oscilaciones del barco. Nunca he tenido buenas piernas para
sobreponerme a este movimiento continuo. Si el barco estuviese quieto alguna
vez... —se agarró con todas sus fuerzas al brazo del detective—. No puedo
soportar esto... No puedo disfrutar de los viajes por mar como hacen muchos...
Y siempre estoy sola... Esta hija mía no me quiere mucho; no comprende lo que
su pobre madre está haciendo por ella... —la señora Otterbourne empezó a
llorar—. Por ella me he esclavizado... Podría haber sido una grande amoureuse
.. y lo he sacrificado todo... todo... ya sin embargo, nadie se interesa por
mí... Pero se lo diré a todo el mundo... Publicaré a los cuatro vientos el
olvido en que me tiene... la dureza con que me trata... haciéndome venir en
este barco... Se lo diré a todos.
Quiso desprenderse del brazo de Poirot para correr hacia el
resto de los pasajeros. El detective se lo impidió.
—Ya le dije a su hija que venga con usted, madame. Vuelva a su
camarote. Por allí llegará mejor.
—No, quiero decírselo a todo el mundo... a todos los que hay en
el barco...
—Es peligroso, madame. El mar está picado. Las olas podrían
arrastrarla.
La señora Otterbourne le miró con aire de duda.
—¿Lo cree usted así? ¿De veras?
—Desde luego.
La señora Otterbourne dio un suspiro prolongado, se tambaleó y
volvió a entrar en su camarote.
Las narices de Poirot se dilataron de satisfacción. Hizo un
movimiento de cabeza y se dirigió al punto en que Rosalía Otterbourne se
sentaba entre la señora Allerton y Tim. Les escudriñó con la mirada y
dirigiéndose a la joven, dijo:
—Su mamá la necesita, mademoiselle.
Estaba riendo casi felizmente en aquel momento. Al oír a Poirot,
su rostro se veló con una sombra. Lanzó una mirada suspicaz al detective y se
apresuró a unirse a su madre.
—No puedo comprender a esa chica —dijo la señora Allerton—. Es
así de voluble. Un día se siente comunicativa, amigable; al día siguiente se
muestra casi grosera.
—La han mimado demasiado y además tiene mal genio —dijo Tim.
La señora Allerton denegó con un gesto.
—No, yo no creo eso. A mí me parece que es desgraciada.
Tim se encogió de hombros.
—Bueno, supongo que todos tenemos nuestros disgustos familiares.
Su voz sonó dura y cortante.
Oyóse el ruido de pasos apresurados.
—El almuerzo —gritó la señora Allerton alegremente—. Me estoy
muriendo de hambre.
Aquella tarde, Poirot observó que la señora Allerton había
entablado animada conversación con la señorita Van Schuyler. Cuando pasó frente
a ellas, la señora Allerton le guiñó un ojo.
Decía en aquel momento:
—Naturalmente, en el castillo de Calfries, mi amado sobrino, el
duque de...
Cornelia, gozando de un corto permiso, había salido a cubierta.
Escuchaba al doctor Bessner que la estaba instruyendo, algo pomposamente, sobre
Egiptología, leyéndole páginas de Baedecker. Cornelia escuchaba con atención
profunda.
Inclinado sobre la barandilla, Tim Allerton decía:
—De todas formas, éste es un mundo infame...
Rosalía Otterbourne respondió:
—Es injusto... Hay personas que lo tienen todo.
Poirot suspiró. Se alegró de no ser joven ya.
CAPÍTULO X
El lunes por la mañana, expresiones variadas de alegría y
apreciaciones de toda índole, se oyeron sobre la cubierta del Karnak. El barco
estaba anclado junto a la orilla y a cincuenta metros de distancia, iluminado
por los ardientes rayos del sol, se alzaba un gran templo que sobresalía de la
superficie de una roca enorme.
Cornelia Robson habló en tono incoherente:
—¡Oh, señor Poirot...! ¡Eso es maravilloso!
El señor Fanthorp, que se hallaba a su lado, murmuró:
—Muy impresionante... en verdad.
—Es grandioso, ¿eh? —dijo Simon Doyle, desembarcando. Se dirigió
confidencialmente a Poirot—: ¿Sabe usted? Yo no entiendo gran cosa de templos y
panoramas, pero un sitio como éste debe fascinar a todos los que lo comprenden.
Esos viejos faraones deben de haber sido individuos maravillosos.
Los otros se habían alejado. Simon bajó la voz.
—Cada día me alegro más de haber venido a esta excursión. Esto
está... bien... está aclarando las cosas. Es extraordinario... pero así es.
Linnet ha recobrado el dominio sobre sus nervios. Dice que esto es debido a que
al fin se ha dedicado a afrontar la situación.
—Es muy probable —dijo Poirot.
—Dice que cuando vio a Jacqueline a bordo, experimentó primero
una sensación de miedo; pero al poco tiempo y casi repentinamente, había cesado
esa impresión. Ya no le importa su presencia. Hemos acordado no huir de ella
más en lo sucesivo. La encontraremos en su propio terreno y demostraremos que
esta persecución no nos molesta ni pizca. Hasta ahora nos ha tenido con el alma
en un hilo. Pero en adelante, ya se dará cuenta de que no conseguirá más que se
rían de ella.
—Sí, sí... —dijo Poirot, pensativo.
Linnet avanzó sobre cubierta Iba vestida con un traje de color
albaricoque oscuro. Sonreía. Saludó a Poirot sin gran entusiasmo. Le hizo una
fría inclinación de cabeza y condujo a su marido a otra parte.
La señora Allerton se acercó a Poirot, diciéndole:
—¡Que cambio se ha operado en esa chica! Parecía disgustada,
casi desgraciada en Assuán. Hoy parece tan feliz que me nace temer que está
«fey».
Antes de que Poirot pudiese responder lo que pensaba, todos los
pasajeros fueron llamados al orden. El intérprete oficial se encargó de ellos y
la asamblea se dirigió a la playa para visitar Abu Simbel.
Poirot se encontró junto a Andrés Pennington.
—Ésta es su primera visita a Egipto, ¿verdad? —preguntó.
—¿Por qué? No. Estuve aquí en el año 1923. Es decir, estuve en
El Cairo. Nunca había remontado el curso del Nilo hasta ahora.
—¿Vino usted a bordo del Germanic, según creo? Por lo menos así
me lo dijo la señora Doyle.
—En efecto, así es.
—Entonces supongo que habrá conocido a unos amigos míos que
venían en el mismo barco... los Fushington Smit.
—No me acuerdo de nadie de ese nombre. La nave venía atestada y
tuvimos un tiempo detestable. La mayoría de los pasajeros ni siquiera
aparecieron sobre cubierta y la travesía es tan corta, que es difícil saber
quién se encontraba a bordo.
—Sí, es verdad. ¡Qué sorpresa tan agradable para usted
encontrarse cuando menos se lo esperaba a Linnet y su esposo! Usted no tenía la
menor idea de que estaban casados, ¿verdad?
—No. La señora Doyle me había escrito a este respecto, pero la
carta llegó a Nueva York después de mi salida y la recibí unos días más tarde
de nuestro inesperado encuentro.
—Conoce a Linnet desde hace muchos años, ¿verdad?
—En efecto, monsieur. La conozco desde que era así... —hizo un
ademán demostrativo—. Su padre y yo fuimos amigos toda la vida. Melhuish
Ridgeway era un hombre notable... y afortunado.
—Su hija entrará en posesión de una fortuna considerable, tengo
entendido... ¡Ah, perdón! Tal vez no es muy delicado hablar con usted de estas
cuestiones...
Andrés Pennington sonrió.
—Ah, esto lo sabe todo el mundo. Sí, Linnet es una mujer
riquísima.
—Supongo que el descenso de los valores de ciertas compañías ha
perjudicado también a Linnet en cierto modo, ¿verdad?
Pennington tardó algunos segundos en responder. Dijo finalmente:
—Desde luego. Tiene usted razón en parte. Se atraviesa una
situación algo difícil en estos días.
Poirot murmuró:
—Sin embargo, tengo entendido que la señora Doyle está dotada de
una gran capacidad para los negocios de toda índole.
—En efecto. Linnet es una muchacha inteligente y práctica.
Se detuvieron. El guía comenzó su disertación sobre el templo
construido por el gran Ramsés.
El señor Richetti, desdeñando las observaciones del guía, estaba
atareadísimo contemplando atentamente los relieves de los cautivos negros y
asirios sobre las bases de los colosos y a ambos lados de la entrada.
Entraron en el templo, donde la partida se dividió en varios
grupos.
El doctor Bessner leía con voz profunda en su Baedecker,
interrumpiéndose de vez en cuando para traducir lo leído a Cornelia, que
trotaba dócilmente a su lado. Esto no duró mucho tiempo. La señora Van Schuyler,
entrando asida al brazo de la flemática señorita Bowers, gruñó una orden:
—¡Cornelia, ven aquí!
Y el curso de egiptología bilingüe cesó bajo el peso de las
circunstancias.
El doctor Bessner miró a través de sus gruesas gafas a la
muchacha que se alejaba.
—Es una muchacha simpatiquísima —observó dirigiéndose a Poirot—.
No parece una muerta de hambre como las otras, no... ésta tiene curvas
delicadas... Además, le gusta escuchar más que hablar... Es muy inteligente...
Da gusto instruirla.
Poirot pensó que el destino de Cornelia era o ser instruida a la
fuerza o recibir gruñidos de la anciana prima.
La señorita Bowers, momentáneamente liberada por la llegada de
Cornelia, estaba de pie en el centro del templo mirando a su alrededor
despectivamente con sus ojos fríos y mortecinos.
—El guía dice que el nombre de uno de estos dioses era Mut. ¿Qué
le parece?
Había un santuario interior en el que cuatro figuras sentadas lo
presidían eternamente. Ante ellos hallábanse Linnet y su esposo. Simon dijo
repentinamente:
—¡Vámonos de aquí! No me gustan estos cuatro individuos!
Linnet rió, pero cedió.
Salieron del templo y penetraron en la claridad ardiente del
exterior.
No tenían el menor deseo de volver al barco y estaban cansados
de mirar relieves. Tumbáronse de espaldas en la roca y dejaron que el sol
ardiente les acariciara los rostros.
«¡Qué encantador es el sol! —pensó Linnet—. ¡Qué tibio, qué
sano! ¡Qué hermoso es sentirse feliz!»
Sus ojos se cerraron. Estaba semidormida por el torbellino de
sus pensamientos, que eran como el remolino de las arenas en el desierto. Los
de Simon estaban bien abiertos. En su expresión se advertía su contento.
Oyóse un grito... Alguien corría hacia él con los brazos
extendidos... gritando algo incomprensible.
Simon permaneció un segundo mirándolo intensamente. Luego, con
un repentino impulso, se puso en pie y arrastró a Linnet consigo.
Se salvaron por un milagro. Un trozo de roca enorme se estrelló
con hórrido estampido sobre la que ellos ocuparon dos segundos antes. Si Linnet
se hubiese quedado donde estaba, habría sido reducida a átomos.
Con los rostros blancos por la emoción, los dos esposos se
abrazaron. Hércules Poirot y Tim Allerton corrieron hacia ellos.
—Ma foi, madame. Le ha pasado bien cerca.
Los cuatro miraron instintivamente hacia la ingente mole. No se
veía a nadie. Pero una especie de senda conducía a la cúspide. Poirot recordó
haber visto allí algunos nativos cuando desembarcaron por vez primera. Miró
atentamente al marido y a la mujer. Linnet parecía paralizada de estupor. Simon
emitió gritos inarticulados de rabia.
—¡Maldita sea...! ¡Que Dios la condene!
Lanzó una mirada rápida a Tim Allerton, que decía:
—¡Caramba, han escapado por bien poco! Lo que hay que averiguar
es si esa masa de roca fue impulsada por algún loco o si se desprendió por sí
misma.
Linnet, muy pálida, dijo con dificultad:
—Yo creo que ha sido obra de un loco.
—Pudo haberla aplastado como si usted hubiese sido un cascarón.
¿Está segura de no tener enemigos, Linnet?
Linnet intentó dos veces responder a la broma sin conseguirlo.
Tenía la lengua adherida al paladar.
Poirot intervino rápidamente:
—Vamos al barco, madame. Debe tomar un antiespasmódico.
Emprendieron la marcha en silencio. Simon apretaba los puños de
rabia. Tim intentó decir algunas tonterías para distraer la mente de Linnet del
peligro que acababa de correr. Poirot les acompañaba con grave expresión. Y en
el preciso instante en que alcanzaba la lancha para subir a bordo, Simon se
detuvo paralizado por el asombro. Jacqueline de Bellefort se dirigía a la playa
en aquel momento. Vestida de guinda azul, parecía una niña.
—¡Gracias, Dios mío! —murmuró Simon—. ¡Fue un accidente, después
de todo!
La cólera huyó de su rostro. Lanzó un suspiro de alivio tan
ruidoso que Jacqueline se dio cuenta de que le ocurría algo anormal.
—Buenos días —dijo—. Me temo que voy a llegar demasiado tarde.
Les hizo una inclinación de cabeza y se marchó en dirección al
templo.
Simon asió nerviosamente el brazo de Poirot. Los otros dos se
habían marchado.
—¡Dios mío! ¡Qué peso me ha quitado de encima! Yo creí que...
que...
Poirot movió la cabeza afirmativamente.
—Sé perfectamente lo que usted pensaba.
Pero el detective mismo parecía estar preocupado. Volvió la
cabeza y observó atentamente el resto de los pasajeros del barco. La señorita
Van Schuyler regresaba con andar cansado y apoyada en el brazo de la señorita
Bowers. Algo más allá, la señora Allerton reía con la señora Otterbourne. No se
veía a ninguno de los otros.
Poirot movió la cabeza, mientras seguía lentamente a Simon hacia
el barco.
CAPITULO XI
—¿Quiere explicarme el significado de la palabra «fey», madame?
—preguntó Poirot bruscamente.
La señora Allerton se mostró ligeramente sorprendida. Ella y el
detective trepaban lentamente por la roca frente a la segunda catarata. Muchos
de los otros habían subido en camellos, pero Poirot rehusó seguir su ejemplo,
basándose en el movimiento de los contrahechos animales, que le recordaban el
movimiento del barco. La señora Allerton lo había considerado desde el punto de
vista de su dignidad personal.
Habían llegado a Wadi Halfa la noche anterior. Durante la
mañana, dos lanchas transportaban a toda la partida a la segunda catarata, con
excepción del señor Richetti, que insistió en hacer una excursión a un lugar
remoto llamado Somma.
—«Fey»... —la señora Allerton inclinó la cabeza hacia un lado,
mientras consideraba su respuesta—. Pues bien, es una palabra escocesa, en
realidad. Significa una especie de felicidad exaltada, que precede al desastre.
Como usted puede imaginar, es demasiado hermoso para ser verdad.
—Agradecidísimo, madame. Ahora lo comprendo. Es raro que dijese
usted eso ayer precisamente... y pocos momentos después la señora Doyle
escapaba por milagro a la muerte.
—Sí que estuvo cerca...
Poirot cambió el tópico y empezó a hablar de Mallorca, haciendo
varias preguntas prácticas con vistas a una posible visita.
En aquel preciso instante, Tim y Rosalía Otterbourne estaban
conversando. Tim había estado bromeando sobre su mala suerte. Decía que su condenada
salud no era lo suficientemente mala para ser realmente interesante ni lo
bastante buena para permitirle hacer la vida que hubiera deseado. Poco
dinero... una ocupación por la cual no sentía vocación alguna...
—Una existencia oscura de gusano —terminó con profundo
descontento.
Rosalía dijo bruscamente:
—Tiene usted algo que causa la envidia de muchísima gente.
—¿Y qué cosa es?
—Su madre.
A Tim le sorprendió agradablemente.
—¡Mi madre! Sí, en efecto, es única. Me complace que se haya
dado cuenta de lo mucho que vale.
—La creo maravillosa. Parece tan amable..., con esa
compostura..., esa calma, como si nada pudiera llegar hasta ella. Sin embargo,
está siempre dispuesta a tomarlo a broma...
Tim experimentó una deliciosa sensación de calurosa atracción
hacia la joven. Deseó poder devolverle el cumplimiento, mas, desgraciadamente,
la señora Otterbourne constituía, en su opinión, una seria amenaza para el
mundo. La imposibilidad de responder algo agradable le hizo confundirse.
La señorita Van Schuyler se quedó en la lancha. No se atrevió a
arriesgarse a hacer la ascensión ni a pie ni en camello. Dijo con sequedad:
—Siento tener que rogarle que se quede conmigo, señorita Bowers.
Tenía el propósito de hacer permanecer a la señorita Cornelia para que usted
pudiera marcharse, pero ¡los jóvenes son tan egoístas...! Se escapó sin decirme
una palabra. Y hace un momento la he visto hablando con ese grosero y mal
educado de Ferguson.
La señorita Bowers dijo en tono confidencial:
—Perfectamente, señorita Van Schuyler.
Miró hacia la partida que ascendía la montaña y dijo:
—La señorita Robson no está ya con ese joven de que usted me
habla. La acompaña el doctor Bessner.
La señorita Van Schuyler refunfuñó. Desde que descubriera que el
doctor Bessner poseía una gran clínica en Checoslovaquia y reputación europea
como médico de moda, estaba dispuesta a mostrarse condescendiente con él.
Además, podía necesitar su asistencia profesional antes de terminar el viaje.
Cuando los pasajeros regresaron al Karnak, Linnet dio un grito
de sorpresa.
—Un telegrama para mí —dijo.
Lo extendió sobre una mesa después de romper su envoltura.
—¡Caramba! —exclamó—. No comprendo una palabra de esto...
Patatas... Acelgas. ¿Qué significa esto, Simon?
Su marido se aproximaba para descifrar el enigma, cuando una voz
furiosa se dejó oír.
—Perdóneme, pero ese telegrama es para mí.
Y el señor Richetti se lo arrebató con dureza de la mano,
mientras le lanzaba una mirada colérica.
Linnet se quedó sin habla un momento, a consecuencia de la
sorpresa. Luego dio la vuelta al sobre.
—¡Oh, Simon, que tonta he sido! Aquí dice Richetti, no
Ridgeway... Y ahora recuerdo que mi nombre no es ya Ridgeway tampoco.. Tengo
que excusarme.
Siguió al arqueólogo hasta la cabina del timonel.
—Lo siento muy de veras, señor Richetti... Vea usted, mi nombre
era Ridgeway antes de casarme y no hace mucho que lo hice... Por esta razón...
Se interrumpió. Una sonrisa acudió a sus labios invitando a
sonreír al italiano por el faux pas de una recién casada. Pero Richetti no
estaba para bromas.
Linnet volvió a donde estaba Simon y marcharon juntos a la
playa. Poirot, que los observaba, oyó a su lado un profundo suspiro. Volvióse y
se encontró con Jacqueline de Bellefort. Tenía las manos engarfiadas en la
cuerda de la barandilla. La expresión del rostro de la muchacha le sobresaltó.
Ya no era alegre ni maliciosa. Parecía devorada por algún fuego interior.
—Ya ni se recatan... —las palabras salían de sus labios tenues y
rápidas—. Ya no puedo alcanzarlos... Ya no les importa si estoy aquí o no. Ya
no puedo hacerles daño.
Las manos sobre la barandilla temblaron.
—Mademoiselle.
Ella le interrumpió.
—¡Oh, no, es demasiado tarde para los consejos! Tenía usted
razón. No debí venir... Por lo menos en este viaje. ¿Cómo le llamaba usted? ¿Un
viaje del espíritu? No puedo retroceder... He de seguir adelante... Y seguiré.
No serán felices. Prefiero matarlo...
Se marchó bruscamente. Poirot miró con aire triste cuando se
alelaba. De pronto, sintió apoyarse una mano sobre su hombro.
—Su amiga parece estar algo enfurruñada, monsieur Poirot.
El detective se volvió sorprendido al reconocer a un antiguo
amigo.
—¡Coronel Race!
El hombre alto, bronceado, sonrió.
—No esperaba verme por aquí, ¿eh?
Hércules Poirot había conocido al coronel Race un año atrás en
Londres. Ambos fueron comensales en un extraño banquete, que terminó con el
asesinato de su anfitrión. Poirot sabía que Race era un hombre que jamás
permanecía inactivo. Siempre podía encontrársele en cualquiera de los confines
del imperio en que existiese el menor conato de sublevación contra Gran
Bretaña.
—Así pues, está en Wadi Halfa...
—Estoy aquí, en este barco.
—¿Qué quiere usted decir...?
—Que pienso hacer con usted el viaje de regreso a Shellal.
—Eso es muy interesante. ¿Y si bebiéramos algo?
Penetraron en el salón observatorio, ahora casi desierto. Poirot
ordenó un whisky para el coronel y una naranjada con mucho azúcar para él.
—De modo que hará usted el viaje de retorno con nosotros
—replicó Poirot, mientras sorbía su bebida—. Iría usted mucho más rápido si
tomase el correo del gobierno que hace el trayecto sin detenerse de noche.
—Tiene usted razón, como siempre, monsieur Poirot —dijo
humorísticamente el coronel.
—¿Le interesan los pasajeros?
—Uno solo de los pasajeros.
—¿Cuál de ellos?
—Desgraciadamente, yo mismo no lo sé.
Poirot parecía estar interesado. Race prosiguió:
—No es posible guardar secretos con usted. Hemos tenido muchas
molestias aquí en estos últimos tiempos, tanto en un sentido como en otro. Pero
no es a los que capitanean a los insurrectos a los que nos interesa capturar,
sino a los que han encendido la mecha de la revolución con su manejos y
propagandas. Había tres: uno ha muerto, el otro está encerrado, pero nos falta
el tercero. Un individuo con cinco o seis asesinatos cometidos a sangre fría
sobre sus espaldas. Es uno de los agentes a sueldo más inteligentes que han
existido jamás. Está en este barco. Lo sé por un párrafo de una carta que ha
caído en nuestras manos... Después de descifrarla, decía: «X se encontrará a
bordo del Karnak desde el 7 al 13 de febrero.» Pero no dice abajo con qué
nombre se inscribió al tomar el pasaje.
—¿Posee alguna descripción de su hombre?
—No. Desciende de americanos, islandeses y franceses, es un
conglomerado de razas. Lo cual no nos ayuda en nada... ¿Tiene usted alguna
idea?
—¿Una idea? No..., todavía no.
La comprensión entre ellos era tan grande, que Race no insistió.
Sabía que Poirot no hablaría una palabra a menos que estuviera seguro.
Poirot se frotó la nariz y habló con voz doliente:
—Ocurre algo a bordo de este barco que me inquieta más de lo que
quisiera.
Race le miró, inquiriendo detalles.
—Figúrese —dijo Poirot— una persona a quien llamaremos A, que ha
ofendido gravemente a otra, B. La persona B ansia vengarse y hace objeto a la
otra de sus amenazas.
—¿Están A y B a bordo?
—Precisamente.
—Supongo que B es mujer.
—Exacto.
Race encendió un cigarrillo.
—Yo no me preocuparía. Las personas que dicen a todo el mundo lo
que van a hacer, no lo hacen generalmente.
—Y en particular, éste es el caso con las mujeres.
—¿Algo más? —inquirió Race.
—Sí, algo más. Ayer la persona a quien designamos por A escapó
de milagro a la muerte. Una muerte que presentaba todos los caracteres de un
accidente casual.
—¿Maquinado por B?
—No; ése es el caso. B, probablemente, no ha intervenido para
nada.
—Entonces fue un accidente.
—Así lo supongo yo también, pero no me gustan estos accidentes.
—¿Está seguro de que B no se ha mezclado para nada en eso?
—En absoluto.
—Bien. A veces hay coincidencias. ¿Quién es A? Una persona
indeseable, sin duda, ¿verdad?
—Por el contrario, es una señora joven, encantadora y rica.
—Parece cosa de novela.
—Peut-etre. Pero le digo a usted que no estoy tranquilo, amigo
mío. Si no me equivoco, y sería la primera vez que me sucediese...
Race sonrió ante la inmodestia típica del detective.
—...Entonces hay motivo para inquietarse. Y ahora, viene usted a
añadir otra complicación. Por lo que dice, hay un hombre a bordo del Karnak que
mata.
—Generalmente no mata a las señoras encantadoras.
Poirot movió la cabeza insatisfecho.
—Tengo miedo, amigo mío —declaró—. Tengo miedo... Hoy he avisado
a la señora Doyle, que es la amenazada, que vaya con su marido a Kartum y que
no regrese a este barco. Pero no han querido hacerlo. Ruego al Cielo que
podamos llegar a Shellal sin que suceda una catástrofe.
—¿No es usted excesivamente pesimista?
Poirot movió la cabeza.
—Tengo miedo —dijo simplemente—. Yo, Hércules Poirot, tengo
miedo...
CAPITULO XII
Cornelia Robson se hallaba en el interior del templo de Abu
Simbel. Era el atardecer del día siguiente... una tarde tranquila y sofocante.
El Karnak había anclado una vez más en Abu Simbel para permitir otra visita al
templo con luz artificial. La diferencia de iluminación era considerable.
Cornelia comentaba este hecho, maravillada, con el señor Ferguson, que se
encontraba a su lado.
—¡Caramba, se ve mucho mejor ahora! —exclamó la muchacha—.
Quisiera que estuviese aquí el doctor Bessner. Él me habría explicado todo.
—Extraño que pueda usted soportar a ese viejo loco —dijo
Ferguson ceñudo.
—¿Por qué? Es uno de los hombres más amables que he conocido en
mi vida.
—Es un viejo antipático y presuntuoso.
—No debía usted hablar de esa forma.
El joven la asió repentinamente por un brazo. Salían en aquel
momento del templo la luna brillaba en el cielo con todo su resplandor.
—¿Por qué soporta usted los fastidios de un gordo repugnante y
se deja manejar como si fuese una esclava por una arpía sin entrañas?
—¡Caramba, señor Ferguson!
—¿Es usted tonta acaso? ¿No se da cuenta de que usted es tanto
como ella?
—No, no lo soy —repuso la muchacha con sincera convicción.
—No es usted tan rica eso es lo que quiere decir.
—No, no es eso. La prima María posee una buena educación.
—¡Educación! —el joven soltó el brazo de Cornelia tan
repentinamente como lo había cogido—. Esa palabra da náuseas.
Cornelia le miró asustada.
—A ella no le satisface que usted hable conmigo, ¿verdad?
Cornelia se ruborizó sin saber qué responder.
—¿Por qué? Porque cree que yo no pertenezco a su clase. ¡Puf!
¿No le da asco eso?
—Me agradaría que no tomase esas cosas tan a pecho, señor
Ferguson.
—¿No se da cuenta, usted que es una americana, de que todos
hemos nacido iguales y libres?
—De ninguna manera —dijo Cornelia.
—¡Ah, jovencita! Esto forma parte de su naturaleza.
—La prima María dice que los políticos no son caballeros
—aseguró Cornelia—; y como es natural, las personas no son todas iguales. Me
gustaría haber nacido elegante como la señora Doyle, por ejemplo. Pero no lo
soy y creo que no vale la pena pensar en ello.
—¡La señora Doyle! —exclamó Ferguson, con profundo desprecio—.
Ésa es una de las mujeres a quienes se debía matar a tiros para que sirviese de
escarmiento a las demás.
Volvió la espalda y se marchó. Cornelia se dirigió al barco.
Cuando había alcanzado la lancha, Ferguson volvió a asir su
brazo de nuevo.
—Es usted la persona más atractiva del barco. Le ruego que no lo
olvide.
Roja de placer, Cornelia llegó al salón observatorio.
La señora Van Schuyler conversaba con el doctor Bessner.
Cornelia preguntó con cierta sensación de culpabilidad:
—No he llegado tarde, ¿verdad?
Mirando su reloj la anciana respondió:
—No se puede decir que te hayas apresurado demasiado. ¿Qué has
hecho con mi estola de terciopelo?
Cornelia miró a su alrededor.
—¿Voy al camarote a ver si está allí?
—No está. La dejé por aquí después de comer y no me he movido
desde entonces.
Cornelia se dedicó a una búsqueda infructuosa.
—No la veo por ninguna parte, prima María.
—¡Eres tonta! —exclamó la señorita Van Schuyler—. Busca por
otros sitios —era una orden, tal como puede dársele a un perro, y Cornelia, con
sumisión canina, obedeció.
El silencioso señor Fanthorp, que estaba sentado a una mesa
próxima, se levantó y la ayudó. No encontraron la estola.
El día había sido tan insoportablemente caluroso y desagradable,
que la mayoría de los excursionistas se retiraron tan pronto como regresaron de
la playa de ver el templo. Los Doyle jugaban al bridge con Pennington y Race en
una mesa en un rincón. El otro ocupante del salón era Hércules Poirot, que
bostezaba sin cesar, con la cabeza echada hacia atrás, sentado a una mesa junto
a la puerta. La señorita Van Schuyler, haciendo una salida majestuosa, con
Cornelia y la señorita Bowers asistiéndola, se detuvo un instante frente a la
mesa de Poirot y éste se incorporó cortésmente, reprimiendo un bostezo. La
señorita Van Schuyler dijo:
—Acabo de recordar quién es usted, señor Poirot. Mi antiguo
amigo Rufus Van Aldin me ha hablado mucho de usted. Ya me contará usted algunos
de sus casos.
Con un movimiento de cabeza amable y condescendiente, prosiguió
su camino. Poirot, con los ojos parpadeando de sueño, le hizo una reverencia
exagerada. Luego bostezó una vez más. Se sentía pesado y estúpido a causa del
sueño. Apenas podía conservar los ojos abiertos. Posó la mirada en su juego.
Luego dirigió su vista hacia el joven Fanthorp, que leía un libro. No había
nadie más que ellos en el salón.
Abrió la puerta y se dirigió a cubierta. Jacqueline de
Bellefort, que entraba en el salón, casi tropezó con él.
—Pardon, mademoiselle.
—Tiene usted cara de sueño, monsieur.
—Estoy muerto de sueño —declaró con franqueza—. Casi no puedo
abrir los ojos. Ha sido un día extraordinariamente sofocante.
—Sí —parecía pensativa—. Ha sido un día en que las cosas pueden
llegar a su desenlace. En que ya no puede uno detenerse.
Hablaba en voz baja y saturada de pasión. No miraba hacia él,
sino hacia la playa arenosa. Tenía las manos crispadas, rígidas... De pronto la
fuerte tensión se rompió. Dijo:
—Buenas noches, monsieur.
—Buenas noches, mademoiselle.
Sus ojos se encontraron un instante brevísimo. Pensando en ello
al día siguiente, Poirot llegó a la conclusión de que había una súplica muda en
aquella mirada. Más tarde, volvió a recordarlo...
Él se dirigió a su camarote y ella penetró en el salón.
Cornelia, después de conversar con su prima sobre ciertas fantasías, recogió
sus labores y regresó al salón. No sentía la menor necesidad de acostarse. Por
el contrario, se sentía completamente despierta y excitada.
El cuarteto de bridge estaba completamente silencioso. En otra
silla, el callado Fanthorp leía su libro. Cornelia se sentó y empezó a coser.
Súbitamente la puerta se abrió y Jacqueline de Bellefort hizo su
aparición. Permaneció un momento en el umbral. Alzó la cabeza y después de
llamar a un timbre, pasó frente a Cornelia y tomó asiento.
—¿Estuvo en la playa? —preguntó.
—Sí. Pensé que debía de ser fascinador a la luz de la luna.
—Sí, es una noche encantadora —asintió Jacqueline—. Una
verdadera noche de luna de miel.
Sus ojos se dirigieron a la mesa de bridge. Detuviéronse un
momento sobre Linnet y Doyle.
El camarero llegó en respuesta a la llamada de Jacqueline. Ésta
ordenó un doble de ginebra. Cuando daba esta orden, Simon Doyle le lanzó una
mirada rápida. Una arruga de ansiedad apareció sobre su entrecejo. Su mujer le
dijo:
—Simon, estamos esperando que sirvas las cartas.
Jacqueline empezó a cantar algo entre dientes. Cuando llegó la
bebida, cogió la copa diciendo:
—Bien ya está el crimen.
La bebió y pidió otra.
Otra vez Simon apartó la mirada de la mesa de bridge. Sus
jugadas revelaban su falta de atención. Su compañero, Pennington, le llamó al
orden.
Jacqueline empezó a canturrear otra vez. Primero lo hizo en voz
baja, luego las palabras se hicieron inteligibles.
—Tenía a su hombre y él la engañó...
—Lo siento —dijo Simon a Pennington—. He sido estúpido por mi
parte no seguirle. Eso les da el triunfo.
Linnet se levantó.
—Me estoy durmiendo. Creo que lo mejor es irse a la cama.
—Sí, ya es hora de terminar —dijo el coronel Race.
—Yo creo lo mismo —opinó Pennington.
—¿Vienes, Simon? —preguntó Linnet.
—Ahora mismo no. Voy a beber algo antes —respondió el aludido
lentamente.
Linnet movió la cabeza y se ausentó. Race la siguió. Pennington
acabó de beber su copa y se marchó asimismo.
—Las jóvenes debemos trasnochar juntas —aseguró Jacqueline a
Cornelia.
Luego lanzó atrás la cabeza y profirió una sonora carcajada.
Llegó el segundo vaso.
—Beba algo —invitó Jacqueline.
—No, muchas gracias —respondió Cornelia.
Jacqueline echó su silla hacia atrás. Empezó a cantar en voz
alta:
—Tenia a su hombre y él la engañó...
El señor Fanthorp volvió una página de Europa por dentro.
Simon Doyle recogió una revista.
—Me voy —anunció Cornelia—. Creo que ya es muy tarde.
—Usted no puede irse así. Se lo prohíbo —declaró Jacqueline—.
Cuénteme algo sobre usted misma, vamos.
—Bien... no sé... No hay mucho que contar... —la pobre muchacha
tartamudeaba—. He vivido siempre en mi casa y no he viajado mucho. Ésta es mi
primera escapada.
Jacqueline rió.
—Es usted una persona feliz, ¿verdad? ¡Dios, cómo la envidio!
—¡Oh, de veras...! Pero yo creo... estoy segura...
Indudablemente la señorita Bellefort había bebido demasiado. No
era exactamente una novedad para Cornelia. Había visto bastantes borracheras
durante la vigencia de la Ley Seca. Pero allí había algo más... Jacqueline de
Bellefort hablaba con ella... La miraba a ella. Sin embargo, Cornelia tenía la
sensación de que Jacqueline se dirigía a Otra persona... Pero no había más que
dos personas en el salón: el señor Fanthorp y el señor Doyle. El primero estaba
absorto en la lectura de su libro. Simon Doyle, con extraña expresión, tenía
una mirada vigilante.
Jacqueline repitió:
—Dígame algo sobre usted misma.
Siempre obediente, Cornelia intentó completar su biografía.
Hablaba, hablaba incesantemente, entrando en detalles nimios e innecesarios de
su vida diaria. Estaba poco acostumbrada a llevar la voz cantante. Ella había
sido siempre la que le tocaba escuchar.
Sin embargo, la señorita Bellefort parecía interesarse por su
narración, pues cuando, agotados sus recursos, se detuvo, la otra muchacha le
instó:
—Continúe. Cuénteme más...
Y Cornelia prosiguió.
¿Qué hora sería? Con toda seguridad muy tarde. Había estado
hablando sin cesar. Si por lo menos sucediese algo definitivo... E
inmediatamente, como respuesta a sus deseos, algo sucedió. Sólo que en aquel
momento parecía natural...
Jacqueline volvió la cabeza y dijo a Simon Doyle:
—Toca el timbre, Simon. Quiero beber más.
Simon Doyle levantó sus ojos de la revista que leía y respondió
secamente:
—Los camareros se han acostado. Es más de la medianoche.
—Te digo que quiero beber más.
—Ya has bebido bastante, Jacqueline —repuso Simon.
Ella se levantó furiosa y le apostrofó:
—¿Qué te importa a ti lo mío?
—Nada —dijo él, encogiéndose de hombros.
Ella quedó observándole unos instantes. Luego habló:
—¿Qué te pasa, Simon? ¿Tienes miedo?
Simon no respondió. Volvió a coger la revista.
Cornelia murmuró:
—¡Oh, querida, es demasiado tarde...! Debo...
Jacqueline le dijo:
—No se vaya a acostar. Quiero que quede una mujer conmigo...
para ayudarme —Rompió a reír de nuevo—. ¿Sabe usted por qué me teme Simon? Cree
que voy a contarle la historia de mi vida.
—¡Oh... pues...! —Cornelia vaciló.
—Vea usted, él y yo íbamos a casarnos.
—¿De... ve... ras?
Cornelia era presa de diversas emociones. Estaba tremendamente
nerviosa, pero al mismo tiempo sentíase con gusto asombrada. ¡Cuan culpable le
parecía Simon por aquella renuncia!
—Sí. Es una historia muy triste —prosiguió Jacqueline. Su voz
suave sonaba débil y burlona—. Me trató con bastante desconsideración. ¿Verdad,
Simon?
Simon dijo burlonamente:
—Vete a acostar, Jacqueline. Estás borracha.
—Si estás nervioso, querido Simon, más vale que te vayas de
aquí.
Simon Doyle la miró. La mano que asía la revista le temblaba un
poco. Pero dijo secamente:
—Me quedo.
Cornelia murmuró por tercera vez:
—Me voy... es demasiado tarde...
—No se irá —aseguró Jacqueline—; usted se quedará aquí para oír
lo que voy a decir —La asió por el hombro y la obligó a sentarse en la silla.
—Jacqueline —ordenó Simon con voz cortante—, basta de hacer
locuras y acuéstate.
Jacqueline se sentó bruscamente en su asiento. Las palabras
fluían de su boca en un torrente suave y susurrante.
—Tienes miedo de que arme un escándalo, ¿eh? Eres tan inglés...
tan reticente. Quieres que me comporte decentemente, ¿verdad? Pero a mí no me
importa si mi conducta es decente o no. Vale más que te vayas de aquí, porque
pienso hablar mucho.
Jim Fanthorp cerró con sumo tiento su libro, bostezó, miró a su
reloj, se levantó y salió. Con ello dio pruebas de ser un sajón perfecto.
Jacqueline hizo dar la vuelta a su silla y se enfrentó con
Simon.
—¡Condenado idiota! —dijo con voz pastosa—. ¿Crees que puedes
tratarme como me has tratado y salirte con la tuya?
Simon Doyle abrió los labios. Lo pensó y los volvió a cerrar. Se
sentó y quedó silencioso como si esperase que la explosión de la joven la
dejaría exhausta si él no decía nada para provocarla.
La voz de Jacqueline fascinaba a Cornelia, que jamás había
tenido ocasión de descubrir emociones de ninguna clase.
—Te dije —dialogaba Jacqueline— que te mataría antes de verte
con otra mujer. ¿Crees que no pienso hacer lo que digo? Estás en un error. He
estado esperando hasta ahora... ¡Tú eres mi hombre...! ¿Lo oyes? Me
perteneces...
Simon no pronunció una palabra. La mano de Jacqueline hurgó un
momento en su falda. La joven se inclinó hacia delante.
—Te dije que te mataría y pensaba hacerlo tal como te lo
decía... —su mano se alzó de pronto con algo que brillaba—. Te mataré como a un
perro... como a un perro sarnoso que eres...
Ahora quiso actuar Simon. Dio un salto, pero en aquel momento
Jacqueline apretó el gatillo.
Simon se retorció, cayó sobre una silla. Cornelia dio un grito y
salió corriendo del salón. Jim Fanthorp estaba en cubierta, inclinado sobre la
barandilla. Lo llamó.
—¡Señor Fanthorp! ¡Señor Fanthorp!
Éste corrió hacia la joven. Ella le asió su brazo y dijo
incoherentemente:
—¡Le ha herido! ¡Le ha herido!
Simon Doyle yacía aún como había caído. Jacqueline lo miraba
como paralizada. Temblaba violentamente y sus ojos dilatados y horrorizados
contemplaban fascinados la mancha carmesí que se extendía por el pantalón de
Simon, precisamente por debajo de la rodilla, en donde él apretaba con fuerza
un pañuelo contra la herida. Ella balbució:
—No tenía la intención... Yo no quería... ¡Oh, Dios mío! De
verdad que no...
La pistola se desprendió de sus dedos temblorosos y cayó con
ruido sordo sobre la madera del suelo. Ella le dio un puntapié con gran furia.
Fue a parar debajo de una otomana.
Simon, con voz débil, exclamó:
—Fanthorp, por todos los santos... alguien viene... Diga que no
ha sido nada.. Sólo un accidente... No quiero que se promueva un escándalo por
esto...
Fanthorp asintió con rápida comprensión. Se dirigió rápidamente
hacia la puerta, en donde acababa de aparecer el asustado rostro de un nubio.
—No es nada, nada en absoluto. Fue una broma.
La negra faz parecía dudosa. Luego se tranquilizó. Mostró los
dientes en un esbozo de sonrisa. El muchacho desapareció.
Fanthorp volvió.
—Todo va bien. No creo que lo oyese nadie. Sonó como un
taponazo... Ahora, lo que hay que hacer...
Se interrumpió. Jacqueline había empezado a llorar
histéricamente.
—¡Ay, Dios mío, quisiera estar muerta... Me mataré... Estaré
mejor muerta. ¿Qué he hecho, Dios mío? ¿Qué he hecho?
Cornelia se aproximó a la joven.
—¡Cállese, querida! ¡Cállese!
Simon, con la frente húmeda y el rostro contraído por el dolor,
dijo apresuradamente:
—¡Llévensela! ¡Por Dios, sáquenla de aquí! ¡Condúzcala a su
camarote, Fanthorp! ¡Usted, señorita Robson, tenga la bondad de traer a su
enfermera! —Miró suplicante a ambos—. No la dejen. Cuando hayan llamado a la
enfermera, traigan al doctor Bessner. Pero, por Dios vivo, no permitan que esto
llegue a oídos de mi mujer.
Jim Fanthorp hizo un gesto de asentimiento comprensivo. Aquel
hombre silencioso probaba su sangre fría y su competencia en un caso de
emergencia.
Entre él y Cornelia condujeron a la muchacha, que lloraba y
forcejeaba, a su camarote. Allí continuó dándoles quehacer.
—Me ahogaré... Me ahogaré... No merezco vivir. ¡Oh, Simon,
Simon!
Fanthorp dijo a Cornelia:
—Vaya usted y traiga a la señorita Bowers. Yo me quedaré con
ella hasta que usted vuelva.
Tan pronto como se hubo marchado Cornelia, Jacqueline se aferró
a Fanthorp.
—Su pierna sangra... está rota... la hemorragia puede matarle.
¡Debo ir a su lado...! ¡Oh, Simon, Simon! ¿Cómo he podido...?
Había alzado la voz. Fanthorp le dijo con seriedad:
—¡No grite! ¡No será nada!
—¡Déjeme! ¡Déjeme que me tire al agua! ¡Quiero matarme!
Fanthorp, asiéndola por los hombros, la obligó a acostarse sobre
el lecho.
—No se mueva. No haga tonterías. Serénese. No ha pasado nada, le
digo. Cálmese y no diga tonterías.
La muchacha intentó seguir sus consejos, cosa que le
tranquilizó; pero dio un suspiro de alivio cuando se entreabrieron las cortinas
y la eficiente señorita Bowers, cubierta con un horrible quimono, entró
acompañada por Cornelia.
—Bien, ya estamos —dijo la señorita Bowers bruscamente—. ¿Qué
pasa?
Empezó la tarea, sin ningún signo de sorpresa o alarma.
Fanthorp, agradecidísimo, dejó a la muchacha en las competentes
manos de la señorita Bowers y se dirigió apresuradamente al camarote ocupado
por el doctor Bessner.
Llamó y entró seguidamente.
—¿El doctor Bessner?
Un ronquido terrible terminó y una voz sobresaltada dijo:
—¿Eh? ¿Qué hay?
Fanthorp había encendido ya la luz.
—Es Doyle. Está herido de un tiro. La señorita Bellefort ha
disparado contra él. Está en el salón. ¿Puede usted venir?
El grueso doctor reaccionó prontamente. Formuló unas cuantas
preguntas lacónicas, se puso las zapatillas y una bata, recogió una cajita
provista de artículos de cura y acompañó a Fanthorp al vestíbulo.
Simon había conseguido abrir la ventana que tenía a su lado.
Apoyaba la cabeza en ella, inhalando el aire. Su rostro tenía un aspecto
cadavérico.
El doctor Bessner se le aproximó.
—¿Ja? ¡Ah! ¿Qué tenemos aquí?
Un pañuelo empapado de sangre yacía en la alfombra y en la
alfombra misma aparecía una mancha negra.
El examen del doctor estaba puntuado con exclamaciones y
gruñidos teutónicos.
—Sí, esto presenta un cariz feo. El hueso está fracturado. Y una
gran pérdida de sangre. Herr Fanthorp, usted y yo debemos trasladarlo a mi
camarote. Sí, así. No puede caminar. Tenemos que llevarle así.
Cuando lo alzaban, Cornelia apareció en el umbral.
Al verla, el doctor emitió un gruñido de satisfacción.
—¡Ah! ¿Es usted? Bien. Venga con nosotros. Necesito ayuda. Usted
colaborará mejor que mi amigo. Él está algo pálido ya.
Fanthorp lanzó una mirada débil.
—¿Llamó a la señorita Bowers? —preguntó.
El doctor Bessner dirigió una mirada calculadora a Cornelia.
—Usted podrá ayudarnos perfectamente, señorita —anunció—. No se
desmayará ni hará ninguna tontería, ¿verdad?
—Puedo hacer lo que usted me diga —respondió Cornelia vivamente
La procesión desfiló por la cubierta. Los diez minutos
siguientes fueron puramente quirúrgicos y el señor Fanthorp pasó un mal rato.
Estaba avergonzado de la superior fortaleza exhibida a la sazón, por Cornelia.
—Ya está. Es lo mejor que podemos hacer —anunció el doctor
Bessner, finalmente—. Se ha portado usted como un héroe, amigo mío —Palmoteó
con un gesto de aprobación el hombro de Simon Doyle. Luego sacó una
jeringuilla.
—Ahora le daré algo para que duerma. Su esposa, ¿qué me dice de
ella?
Simon contestó débilmente:
—No es necesario que ella sepa nada hasta por la mañana. Yo...
no hay que culpar a Jacqueline... Ha sido culpa mía. La traté
ignominiosamente... pobre chiquilla... No sabía lo que hacía...
Bessner movió la cabeza en señal de comprensión.
—Sí. sí, comprendo...
—Fue culpa mía —insistió Simon. Sus ojos se posaron sobre
Cornelia—. Alguien... alguien debe quedarse con ella... Podría hacerse daño...
la pobre.
El doctor Bessner inyectó la aguja hipodérmica. Cornelia dijo en
tono competente:
—Muy bien, señor Doyle. No se preocupe. La señorita Bowers le
hará compañía toda la noche...
Una expresión de agradecimiento cruzó el rostro de Simon. Sus
ojos se cerraron. De repente los abrió.
—Fanthorp.
—Sí, Doyle.
—La pistola... No debe dejarla en el suelo... Los muchachos la
encontrarán por la mañana.
—Muy bien. Iré a recogerla ahora mismo.
Salió del camarote y cruzó la cubierta. La señorita Bowers
apareció en la puerta del camarote de Jacqueline.
—Ella está bien ahora —anunció—. Le he dado una inyección de
morfina.
—Pero ¿se quedará usted con ella?
—¡Oh, sí! La morfina excita a algunas personas. Le haré compañía
toda la noche.
Fanthorp fue al vestíbulo.
Unos tres minutos después sonó un golpecito en la puerta del
camarote del doctor Bessner.
—¿Doctor Bessner?
—¿Sí?
Fanthorp le indicó con una seña que saliera a la cubierta.
—Escuche, no encuentro esa pistola.
—¿Qué dice?
—La pistola. Cayó de la mano de la muchacha. Ella le dio un
puntapié y el arma fue a parar debajo de una otomana. ¡La pistola no está ahora
debajo de esa otomana!
Se contemplaron mutuamente.
—Pero ¿quién puede haberla cogido?
Fanthorp se encogió de hombros. Bessner dijo:
—Es extraño. Pero no veo lo que podemos hacer.
Perplejos y vagamente alarmados, los dos hombres se separaron.
CAPÍTULO XIII
Hércules Poirot se estaba quitando el jabón de su rostro recién
afeitado cuando se oyó un golpecito rápido en la puerta. Seguidamente, el
coronel Race entró sin más ceremonias. Cerró la puerta tras sí. Dijo:
—Su instinto acertó. Ha ocurrido.
Poirot se enderezó y preguntó vivamente:
—¿Qué ha ocurrido?
—Linnet Doyle está muerta. De un tiro en la cabeza. Sucedió
anoche.
Poirot guardó silencio durante un minuto. En su mente surgieron
vivamente la imagen de una muchacha, en un jardín de Assuán, que decía con voz
dura, sin tomar aliento: «Me gustaría arrimar mi pistola a su cabeza y
simplemente apretar el gatillo», y más reciente, la misma voz que decía: «Tiene
una la impresión de que no se puede continuar... la clase de día cuando acaece
algo»; y aquella extraña y momentánea llamada en sus ojos. ¿Qué le había
sucedido que no respondió a aquella llamada? Había estado ciego, sordo,
estúpido, con su falta de sueño... Race prosiguió:
—Tengo cierta categoría oficial; me llamaron. Lo dejaron todo en
mi mano. El barco debe partir dentro de media hora, pero será retrasado hasta
que usted me avise. Existe la posibilidad, desde luego, de que el asesino haya
venido de tierra.
Poirot movió negativamente la cabeza. Race asintió con un gesto.
—Conforme. Puede descartarse. Bien, es cosa de usted.
Poirot se había estado vistiendo con destreza y celeridad. Dijo:
—Estoy a su disposición.
Los dos hombres salieron a la cubierta.
Race dijo:
—Bessner debe estar allí ya. Un camarero fue a buscarle.
Había cuatro camarotes de lujo dotados de cuarto de baño en el barco.
De los dos de babor, uno estaba ocupado por el doctor Bessner; el otro, por
Andrés Pennington. En la parte de estribor, el primero lo ocupaba la señorita
Van Schuyler; el otro, al lado, Linnet Doyle. El camarote o cuarto de vestir de
su esposo era el de la parte de al lado.
Un camarero de rostro blanco como la cera estaba de pie delante
de la puerta del camarote de Linnet Doyle. Abrió para que los dos hombres
entrasen.
El doctor Bessner estaba inclinado sobre la cama. Alzó la vista
y gruñó al ver entrar a los otros.
—¿Qué puede decirnos, doctor? —preguntó Race amablemente.
Bessner se acarició pensativamente la mandíbula.
—¡Ah! Un tiro a bocajarro. Mire, encima mismo de la oreja. Por
ahí penetró la bala. Yo diría que es del calibre 22. La pistola fue arrimada a
la cabeza Mire esta manchita negra. La piel está chamuscada. Estaba dormida. No
hubo lucha. El asesino se aproximó con sigilo en la oscuridad. Y la mató cuando
ella yacía en la cama dormida.
—Ah, non! —gritó Poirot—. Jacqueline Bellefort avanzando con
sigilo en la oscuridad, pistola en mano... No, no, no encaja en este cuadro.
—Pero eso fue lo que ocurrió.
—Sí, sí. No quería decir lo que usted imagina. No le contradecía
a usted.
Bessner emitió un gruñido de satisfacción. Poirot se aproximó.
Linnet yacía de costado. Su actitud era natural, tranquila. Pero encima de la
oreja había un agujerito.
Su mirada se posó sobre la pared pintada de blanco, y contuvo el
aliento bruscamente.
La nítida blancura aparecía manchada por una letra grande, una
J, garabateada con ingrediente rojizo oscuro.
Poirot lo miró con fijeza, asombrado; luego se inclinó sobre la
muchacha muerta y muy suavemente le asió la mano derecha. Un dedo aparecía
manchado de rojo oscuro.
Race dijo:
—¿Qué opina usted. Poirot?
—Me pregunta qué opino. Eh bien, es muy sencillo, ¿no es verdad?
La señora Doyle está agonizando, quiere indicar el nombre del asesino y escribe
con el dedo mojado en su propia sangre la letra inicial del nombre de su
asesino. ¡Oh, sí! ¡Es muy sencillo!
El doctor fue a hablar, pero un gesto perentorio de Race le
detuvo.
—¿De modo que eso le parece a usted? —preguntó lentamente.
Poirot movió afirmativamente la cabeza.
—Sí, sí. Es, como he dicho, de una simplicidad asombrosa. Tan
familiar, ¿no es verdad? ¡Se ha ejecutado tan a menudo en las páginas del
crimen! Pero en efecto, ahora eso resulta un poco vieux jeu. Nos induce a
sospechar que nuestro asesino es algo anticuado.
Race dijo:
—Comprendo. Creía al principio... —Calló.
Poirot dijo con una sonrisa levísima:
—¿Que yo creía en los viejos trucos del melodrama? Pero
dispense, doctor, ¿estaba usted a punto de decir...?
Bessner prorrumpió guturalmente:
—¿Qué digo yo? ¡Bah! ¡Digo que es absurdo, una tontería! La
pobre señora murió instantáneamente. Eso de meter el dedo en la sangre, y como
usted ve, apenas hay sangre, y escribir una J en la pared... ¡Bah! ¡Tontería!
¡La tontería melodramática!
—C'est infantillage! —asintió Poirot.
—Pero fue ejecutado con un propósito determinado —sugirió Race.
—Naturalmente.
—¿Qué significa la J?
—La J significa Jacqueline de Bellefort, una señorita que hace
menos de una semana me declaró que no desearía nada mejor que... —Hizo una
pausa y deliberadamente citó—: «arrimar mi pistola a su cabeza y luego
simplemente apretar el dedo...»
Hubo un silencio momentáneo.
—Que es lo mismo que sucedió aquí —observó Race.
Bessner asintió con la cabeza.
—Era una pistola de calibre muy pequeño, como he dicho,
probablemente del 22. Desde luego, habrá que extraer el proyectil antes de
establecerlo definitivamente.
—¿Cuánto tiempo lleva muerta?
—No me atrevería a precisar demasiado. Ahora son las ocho.
Teniendo en cuenta la temperatura de anoche, diré que ha estado muerta
ciertamente desde hace seis horas y probablemente no hace más de ocho.
—Es decir, entre las doce de la noche y las dos de la madrugada.
—Exacto.
Race miró su reloj.
—¿Y su esposo? Supongo que duerme en el camarote de al lado.
—En este momento —declaró Bessner— está dormido en mi camarote.
Los dos hombres le miraron sorprendidos.
Bessner movió varias veces la cabeza.
—¡Ah, sí! Veo que no se lo han dicho. Al señor Doyle le
dispararon un tiro anoche en el salón.
—¿Que le dispararon un tiro? ¿Quién?
—La señorita Jacqueline de Bellefort.
Race preguntó vivamente:
—¿Está malherido?
—Sí; tiene el hueso fracturado. He hecho todo lo posible por el
momento. Pero es necesario, lo comprenderán ustedes, sacar una radiografía de
la fractura lo antes posible y someterle a un tratamiento adecuado, lo cual es
imposible a bordo de este barco.
Poirot murmuró:
—Jacqueline de Bellefort.
Sus ojos se dirigieron de nuevo a la J escrita en la pared.
—Si no se puede hacer nada más aquí, por el momento, vayamos
abajo. La dirección ha puesto el salón de fumar a nuestra disposición. Tenemos
que recoger todos los detalles de lo ocurrido anoche —dijo Race.
Salieron del camarote. Race cerró la puerta con llave.
—Podemos volver después —dijo—. Lo primero que hay que hacer es
esclarecer los hechos.
Bajaron a la cubierta inferior, donde encontraron al
administrador del Karnak.
El pobre hombre estaba terriblemente trastornado por lo acaecido
y ansioso por dejar el asunto en manos del coronel Race.
—Creo, señor, que no puedo hacer nada mejor que dejar este
asunto en sus manos. He recibido órdenes de ponerme a su disposición en el...
el... otro asunto. Si usted se encarga de todo, ordenaré que todo el mundo se
ponga a su disposición.
—Muy bien. Para empezar, desearía que esta habitación estuviese
reservada para mí y para el señor Poirot durante el curso de las
investigaciones.
—Ciertamente, señor.
—Eso es todo, por el momento. Puede usted continuar su trabajo.
Caso de necesitarle, sé dónde encontrarle.
Con expresión de alivio, el administrador salió del cuarto.
—Siéntese, Bessner —dijo Race—, y cuéntenos la historia de lo
que ocurrió anoche.
Escucharon en silencio.
—Está claro —comentó Race, cuando el otro ya hubo terminado—. La
muchacha se preparó para la operación ayudada por una copa a dos. Y finalmente
disparó contra el hombre con una pistola del 22. Luego fue al camarote de
Linnet Doyle y disparó contra ella también.
El doctor Bessner negó.
—No, no. No lo creo. No creo que eso fuese posible. No
escribiría su propia inicial en la pared..., sería ridículo, nich wahr?
—Es posible —declaró Race—, si estaba ciegamente loca y celosa
como lo parece, quizá querría... añadir su nombre al crimen, por decirlo así.
—No, no. No creo que ella fuese tan... tosca —objetó Poirot.
—En este caso, esa J no tiene más que una explicación. La
escribió alguien para hacer recaer las sospechas sobre Jacqueline.
El doctor dijo:
—Sí, y el criminal no tuvo suerte, porque, verá usted, no es
sólo improbable que la joven cometiese el asesinato... creo también que es
imposible.
—¿Cómo es eso?
Bessner explicó la historia de Jacqueline y luego las
circunstancias que indujeron a la señorita Bowers a cuidar de ella.
—Y yo creo, estoy seguro, que la señorita Bowers estuvo en su
compañía toda la noche.
—Si eso es así —dijo Race—, simplificaría el caso muchísimo.
Poirot preguntó:
—¿Quién descubrió el crimen?
—La criada de la señora Doyle, Luisa Bourget. Fue a llamar como
de costumbre a su ama, la encontró muerta, salió y cayó desmayada en los brazos
de un camarero. Éste fue a avisar al administrador, quien vino a verme. Busqué
a Bessner y luego fui a verle a usted.
—Hay que comunicárselo a Doyle —dijo Race—. ¿Dice usted que
duerme aún.
—Sí, duerme aún en mi camarote. Le di un narcótico anoche.
Race se volvió hacia Poirot.
—Bien —dijo—. No creo que haya necesidad de retener al doctor
más tiempo, ¿eh? Muchas gracias, doctor.
Bessner salió. Los dos hombres se miraron.
—Bien, ¿qué opina, Poirot? —preguntó Race—. Usted cuida del
caso. Recibiré sus órdenes. Usted dirá lo que debe hacerse.
—Eh bien —dijo—. Debemos celebrar la encuesta. En primer lugar
creo que debemos verificar la historia de lo acaecido anoche. Es decir, hemos
de interrogar a Fanthorp y a la señorita Robson, que fueron los testigos de lo
ocurrido. La desaparición de la pistola es muy significativa.
Race envió el recado por el camarero.
—¿Tiene alguna idea? —preguntó Race.
Poirot movió afirmativamente la cabeza.
—Mis ideas resultan contradictorias. No están muy coordinadas
todavía. Hay el hecho importante de que esta muchacha odiaba a Linnet Doyle y
quería matarla.
—¿La cree capaz de ello?
—Creo que... sí. —La voz de Poirot sonó dudosa.
—Pero ¿no de ese modo? Es lo que le preocupa, ¿no es cierto? No
introduciéndose con sigilo en su camarote en la oscuridad para matarla de un
tiro mientras dormía. ¿Es la sangre fría con que se cometió el crimen lo que le
hace dudar?
—En cierto sentido, sí.
—Usted cree que esa muchacha, Jacqueline de Bellefort, es
incapaz de cometer un asesinato premeditado, a sangre fría.
—No estoy muy seguro. Que ella posee suficiente inteligencia
para hacerlo, lo creo. Pero dudo que, físicamente, pudiera decidirse a cometer
el acto —dijo Poirot.
—Sí, comprendo. Bien, según la historia de Bessner, también
habría sido imposible físicamente.
—Si eso es verdad, aclara la cuestión considerablemente.
Abriguemos la esperanza de que es verdad.
La puerta se abrió y Fanthorp y Cornelia entraron. Bessner los
seguía. Cornelia exclamó:
—¿No es verdaderamente terrible? ¡Pobre señor Doyle!
—Queremos saber exactamente lo que aconteció anoche, señorita
Robson —dijo Race.
Cornelia empezó algo confusamente, pero una pregunta o dos de
Poirot la ayudaron.
—Ah, sí, ya comprendo. Después del bridge, la señora Doyle fue a
su camarote. Y yo me pregunto: ¿fue realmente a su camarote o pudo ir a otro
sitio?
—Sí que fue —declaró Race—. Yo la vi. Le di las buenas noches en
la puerta.
—¿Y la hora?
—Cielos, no podría decirlo —contestó Cornelia.
—Eran las once y veinte —indicó Race.
—Bien. Entonces a las once y veinte la señora Doyle estaba viva
y sana. En aquel momento había en el salón... ¿quién?
Fanthorp respondió:
—Doyle estaba allí. Y la señorita Bellefort. La señorita Robson
y yo.
—Así es —confirmó Cornelia—. El señor Pennington tomó una copa y
luego fue a acostarse.
—Eso fue, ¿cuándo?
—Unos tres o cuatro minutos después.
—¿Antes de las once y media, entonces?
—Oh, sí.
—De modo que quedaron en el salón: usted, la señorita Robson, la
señorita Bellefort, el señor Doyle y el señor Fanthorp ¿Qué hacían ustedes?
—El señor Fanthorp leía un libro. Yo me entretenía con unos
bordados. La señorita Bellefort estaba... estaba...
Fanthorp acudió en su ayuda.
—Bebiendo más de la cuenta.
—Sí —confirmó Cornelia—. Me hablaba a mí mayormente,
preguntándome cosas de nuestro país. Y ella seguía diciendo cosas. Pero creo
que iban dirigidas al señor Doyle. Él se estaba poniendo furioso, pero no dijo
nada. Creo que pensó que si callaba tal vez se apaciguaría.
—¿Y ella no se calmó?
Cornelia movió ligeramente la cabeza.
—Intenté marcharme una o dos veces, pero me hizo quedar y yo
estaba poniéndome nerviosa. Luego el señor Fanthorp se incorporó y salió...
—La situación era algo violenta —explicó Fanthorp—. Creí que
sería mejor salir disimuladamente. La señorita de Bellefort estaba
disponiéndose a armar un escándalo.
—Y luego sacó la pistola —continuó Cornelia—. El señor Doyle dio
un salto para arrebatársela. La pistola se disparó y le hirió en una pierna.
Luego ella empezó a sollozar y a llorar. Yo estaba espantada y salí corriendo
tras el señor Fanthorp. Él volvió conmigo y el señor Doyle dijo que no
armásemos ningún escándalo. Uno de los camareros, al oír la detonación, subió
corriendo. Pero el señor Fanthorp le dijo que no ocurría nada. Luego llevamos a
Jacqueline a su camarote y el señor Fanthorp se quedó con ella mientras yo
salía a buscar a la señorita Bowers.
—¿A qué hora fue eso?
—¡Cielos, no lo sé!
Fanthorp respondió prontamente:
—Serían las doce y media cuando llegué a mi camarote.
—Quiero estar seguro sobre uno o dos puntos —declaró Poirot—.
Después que la señora Doyle salió del salón, ¿alguno de ustedes cuatro salió
también?
—No.
—¿Está usted completamente seguro de que la señorita de
Bellefort no abandonó el salón?
—Completamente seguro. Ni Doyle, ni la señorita de Bellefort, ni
la señorita Robson, ni yo, salimos del salón.
—Bien. Esto establece el hecho de que la señorita de Bellefort
no pudo posiblemente haber matado a la señora Doyle antes, digamos, antes de
las doce y veinte. Ahora bien, señorita Robson, usted fue a buscar a la
señorita Bowers. ¿Estuvo la señorita de Bellefort sola en su camarote durante
ese período?
—No, el señor Fanthorp permaneció en su compañía.
—Bien. Hasta ahora la señorita de Bellefort puede presentar una
coartada perfecta. La señorita Bowers es la siguiente persona que hay que
interrogar. Pero antes de llamarla, desearía conocer su opinión sobre uno o dos
puntos. El señor Doyle, dice usted, estaba ansioso porque la señorita de
Bellefort no quedase sola. ¿Temía él, cree usted, que ella premeditara entonces
algún acto imprudente?
—Ésa es mi opinión —declaró Fanthorp.
—¿Temía él que ella atacase a la señora Doyle?
—No —respondió Fanthorp meneando la cabeza—. No creo que fuese
ésa su idea. Creo que temía que ella pudiese... hacerse daño a sí misma.
—¿Un suicidio?
—Sí. Usted verá. Ella estaba serena, pero acongojada por lo que
había hecho. Se reprochaba a sí misma. No hacía más que decir que sería mejor
que estuviese muerta.
Cornelia dijo tímidamente:
—Creo que él estaba angustiado por ella. Le habló...
bondadosamente. Le dijo que era culpa suya, que él la había tratado mal.
—Ahora pasemos a la pistola —continuó Poirot—. ¿Qué se hizo del
arma?
—Ella la soltó —declaró Cornelia.
—¿Y después?
Fanthorp explicó que él volvió para buscarla, pero el arma había
desaparecido.
—¡Aja! —dijo Poirot—. Ahora llegamos a lo interesante. Hablemos,
se lo ruego, con precisión. Descríbame exactamente lo que ocurrió.
—La señorita de Bellefort la dejó caer. Luego la apartó de un
puntapié.
—Y fue a parar debajo de una otomana, dice usted. Ahora tenga
mucho cuidado. ¿La señorita de Bellefort no recuperó aquella pistola antes de
abandonar el salón?
Fanthorp y Cornelia estaban muy seguros sobre este punto.
—Precisamente. Yo procuro ser muy exacto. Cuando la señorita de
Bellefort sale del salón, la pistola está debajo de la otomana. Y puesto que la
señorita de Bellefort no ha quedado sola, estando en compañía del señor
Fanthorp, no tiene ocasión de recuperar el arma después de salir ella del
salón. ¿Qué hora era, señor Fanthorp, cuando volvió a buscarla?
—Poco antes de las doce y media.
—¿Y cuánto tiempo había transcurrido desde que usted y el doctor
Bessner sacaron al señor Doyle del salón basta que usted volvió a buscar la
pistola.
—Unos cinco minutos, quizás algo más.
—Entonces en esos cinco minutos, alguien saca la pistola del
lugar donde estaba, fuera del alcance de la vista, debajo de la otomana. Ese
alguien no fue la señorita de Bellefort. ¿Quién fue? Parece probable que la persona
que la cogió fue el asesino de la señora Doyle. Podemos suponer también que esa
persona oyó o vio algo de lo ocurrido poco antes.
—No veo cómo saca esa conclusión —objetó Fanthorp.
—Porque —explicó Hércules Poirot— usted acaba de decirme que la
pistola estaba fuera del alcance de la vista, debajo de la otomana. Por lo
tanto, es difícilmente creíble que fuera descubierta por casualidad. La cogió
alguien que sabia que estaba allí. Por consiguiente, ese alguien debe haber
presenciado la escena.
Fanthorp sacudió la cabeza.
—No vi a nadie cuando salí a la cubierta, poco antes de
dispararse el tiro.
—Ah, pero usted salió por la puerta del lado de estribor.
—Sí. Por el lado donde está mi camarote.
—En tal caso, si hubiese habido alguien en la puerta del lado de
babor, mirando por los cristales, ¿usted no le habría visto?
—No —admitió Fanthorp.
—¿Oyó alguien el tiro excepto el muchacho nubio?
—Que yo sepa, no. Verá, las ventanas estaban cerradas. La
señorita Van Schuyler notó una corriente de aire a primeras horas de la noche.
Las puertas estaban cerradas. Dudo que el disparo fuese oído. Sonaría como el
taponazo de un corcho.
Race dijo:
—Que yo sepa, nadie parece haber oído el otro disparo, el tiro
que mató a la señora Doyle.
—Eso lo investigaremos dentro de poco —indicó Poirot—. Por el
momento, nos ocupamos de mademoiselle de Bellefort. Hemos de hablar con la
señorita Bowers. Primero, antes de que se marchen, me darán ustedes una pequeña
información referente a ustedes mismos —agregó dirigiéndose a Cornelia y a
Fanthorp—. Así no será necesario volver a llamarles después. Usted primero,
monsieur, su nombre entero.
—Jaime Lechdale Fanthorp.
—¿Dirección?
—Glanmore House, Market Dennington, Northamptonshire.
—¿Profesión?
—Soy abogado.
—¿Sus razones para visitar este país?
Hubo una pausa. Por primera vez, el impasible señor Fanthorp
apareció desconcertado. Al fin dijo:
—Por... placer.
—¡Aja! —dijo Poirot—. Toma ustedes vacaciones, ¿eh?
—Sí...
—Muy bien, señor Fanthorp. ¿Quiere darme una breve descripción
de sus movimientos de anoche, después de los sucesos que acabamos de relatar?
—Me marché directamente a la cama.
—Eso fue, ¿a...?
—Poco después de las doce y media.
—¿Su camarote es el número veintidós, que está al lado de
estribor, el más cercano al salón?
—Sí.
—Le haré una pregunta más. ¿Oyó algo... algo, después de irse a
su camarote?
Fanthorp reflexionó.
—Me acosté seguidamente. Me pareció haber oído una especie de
chapoteo cuando me quedaba dormido. Nada más.
—¿Oyó una especie de chapoteo? ¿Cerca?
—Realmente no podría decir. Estaba medio dormido ya.
—¿A qué hora fue eso?
—Podría haber sido cerca de la una.
—Gracias, señor Fanthorp. Eso es todo.
Poirot se dirigió a Cornelia.
—Ahora, señorita Robson. ¿Su nombre?
—Cornelia Ruth. Mis señas. The Red House. Bellfield,
Connecticut.
—¿Qué le trajo a usted a Egipto?
—Mi prima María, la señorita Van Schuyler, me trajo con ella de
viaje.
—¿Conocía usted al señor Doyle, con anterioridad a ese viaje?
—No.
—¿Qué hizo usted anoche?
—Me fui seguidamente a la cama, después de ayudar al doctor
Bessner en la curación de la pierna del señor Doyle.
—¿Su camarote es...?
—El cuarenta y uno, situado en el lado de babor, al lado mismo
del de la señorita Bellefort.
—¿Oyó algo?
Cornelia movió negativamente la cabeza.
—No oí nada.
—¿Ningún chapoteo?
—No. Pero no podría oírlo, porque el barco está arrimado a la
orilla por mi lado.
—Gracias, señorita Robson. Ahora quizá tendrá la amabilidad de
rogar a la señorita Bowers que venga aquí un momento.
Fanthorp y Cornelia salieron.
—Esto parece estar bastante claro —comentó Race—. A menos que
tres testigos independientes estén mintiendo, Jacqueline de Bellefort no pudo
haber cogido la pistola. Pero alguien lo hizo. Y alguien oyó la escena. Y
alguien escribió una J en la pared.
Sonó un golpecito en la puerta. La señorita Bowers entró.
En respuesta a Poirot, dio su nombre, domicilio, etc.,
añadiendo:
—He estado cuidando a la señorita Van Schuyler desde hace más de
dos meses.
—¿La salud de la señorita Van Schuyler está muy delicada?
—Ella no es muy joven, está pensando siempre en su salud y le
gusta tener una enfermera a su lado. No tiene nada de particular. Simplemente
le gusta que la cuiden y se ocupen de ella. Está dispuesta a pagar estos
servicios.
Poirot movió comprensivamente la cabeza. A continuación dijo:
—Tengo entendido que la señorita Robson la fue a buscar a usted
anoche.
—Sí, así es.
—¿Quiere decirme exactamente lo que sucedió?
—La señorita me explicó lo ocurrido y la acompañé. Encontré a la
señorita de Bellefort en un estado de excitación nerviosa próximo al
histerismo.
—¿Pronunció ella algunas amenazas contra la señora Doyle?
—No. Se reprochaba a sí misma. Yo diría que había ingerido una
buena cantidad de bebidas espirituosas. Me pareció que no debía dejársela sola.
Le di una inyección de morfina y le hice compañía.
—¿La señorita de Bellefort salió de su camarote?
—No, no salió.
—¿Y usted?
—Estuve con ella hasta las primeras horas de esta mañana.
—¿Está segura?
—Completamente segura.
—Gracias, señorita Bowers.
La enfermera salió. Los dos hombres se miraron.
Jacqueline quedaba definitivamente descartada del crimen. ¿Quién
mató entonces a Linnet Doyle?
CAPÍTULO XIV
Alguien robó la pistola. ¡No fue Jacqueline de Bellefort!
Alguien sabía lo suficiente para tener el convencimiento de que el crimen sería
atribuido a ella. Pero ese alguien no sabía que una enfermera iba a darle una
inyección de morfina y pasaría toda la noche con ella. Añadiré otra cosa más.
Alguien ya había intentado matar a Linnet Doyle, lanzando una roca por el
acantilado. Ese alguien no fue Jacqueline de Bellefort. ¿Quién fue?
El que hablaba era Race. Poirot contestó:
—Sería más sencillo decir quién no pudo haber sido. Ni el señor
Doyle, ni la señora Allerton, ni el señor Allerton, ni la señorita Van
Schuyler, ni la señorita Bowers. Ninguno de ellos estaban al alcance de la
vista.
—¡Hum! —murmuró Race—. Eso deja un campo muy vasto. ¿Y el móvil?
—Ahí es donde espero que el señor Doyle pueda ayudarnos. Han
ocurrido varios incidentes.
La puerta se abrió y Jacqueline de Bellefort entró. Estaba
palidísima y tropezó al andar.
—Yo no lo hice —declaró. Su voz semejaba a la de una criatura
asustada—. Yo no lo hice. Oh, por favor, créame. Todo el mundo pensará que yo
lo hice... pero yo no lo hice.. Es terrible. Ojalá no hubiese ocurrido. Pude
haber matado a Simon anoche... creo que yo estaba loca. Pero yo no hice lo
otro.
Se sentó y comenzó a llorar. Poirot le dio unas palmaditas en el
hombro.
—Tranquilícese, tranquilícese. Sabemos que usted no mató a la
señora Doyle. Está probado, sí, probado, mon enfant. No fue usted.
—Pero, ¿quién lo hizo?
—Esa —declaró Poirot— es la pregunta que nosotros nos hacemos.
¿Puede ayudarnos en eso, hija mía?
—No sé... no puedo imaginarme... No, no tengo la más remota idea
—frunció el ceño—. No —dijo al fin—. No puedo imaginarme a nadie que quisiera
verla muerta —su voz titubeo—, excepto yo.
—Dispense un momento —dijo Race—. Se me ocurre una cosa.
Salió precipitadamente de la habitación.
Jacqueline de Bellefort permaneció sentada con la cabeza baja,
retorciendo nerviosamente los dedos. Prorrumpió de pronto:
—La muerte es horrible... horrible. Detesto el pensar en ella.
Poirot dijo:
—Sí. No es agradable pensar que ahora, en este mismo momento,
alguien se está regocijando por la afortunada ejecución de su plan.
—¡No! ¡Por favor! —exclamó Jacqueline—. Suena horrible del modo
como lo expone usted.
—Es verdad.
—Yo... yo quería verla muerta y ella está muerta. Y lo que es
peor... murió tal como yo lo dije.
—Sí, mademoiselle. Murió de un tiro en la cabeza.
La joven gritó:
—¡Entonces yo tenía razón, en el hotel de las Cataratas!
¡Alguien escuchaba!
—¡Ah! —Poirot asintió con un movimiento de cabeza—. Me
preguntaba si usted recordaba esa coincidencia. Sí, es demasiada
coincidencia... que la señora Doyle haya muerto del modo que usted describió.
Jacqueline se estremeció.
—El hombre de aquella noche, ¿quién podría ser?
—¿Está completamente segura de que fue un hombre, mademoiselle?
Jacqueline le miró con sorpresa.
—Sí, desde luego. A lo menos...
—¿Sí, mademoiselle?
Ella enarcó las cejas, entornando los ojos, en un esfuerzo para
recordar. Dijo lentamente:
—Me pareció que era un hombre...
—¿Pero ahora no está segura de ello?
—No, no puedo estar segura. Simplemente supuse que era un
hombre. Pero realmente no era más que una figura... una sombra.
Hizo una pausa, y como Poirot no dijo nada, preguntó:
—¿Cree que debió de ser una mujer? Pero, ¿es seguro que ninguna
de las mujeres de este barco puede haber querido matar a Linnet? ¿Puede usted
creerlo?
Poirot movió la cabeza de un lado a otro.
La puerta se abrió y Bessner entró.
—¿Quiere venir a hablar con el señor Doyle, monsieur Poirot?
Quiere verle.
Jacqueline se puso en pie de un salto.
—¿Cómo está? ¿Está... bien?
—Naturalmente que no está bien —reprochó el doctor—. Tiene un
hueso fracturado.
—¿Pero no morirá? —gritó Jacqueline.
—Ah, ¿quién habla de morirse Cuando lleguemos a la civilización
se le sacará una radiografía y se le someterá a un tratamiento apropiado.
—¡Oh! —las manos de la muchacha se estremecieron
convulsivamente. Se hundió de nuevo en su asiento.
Poirot salió acompañando al doctor, y en aquel momento Race se
aproximó. Subieron a la cubierta de paseo y fueron al camarote de Bessner.
Simon Doyle yacía sostenido por unos cojines, con una jaula
improvisada sobre su pierna.
—Hagan el favor de entrar. El doctor me ha hablado... me ha
hablado de Linnet. No puedo creerlo.... Simplemente no puedo creerlo... no
puedo creer que sea verdad.
—Lo sé. Es un golpe fuerte —dijo Race.
Simon tartamudeó:
—Ustedes saben... Jacqueline no lo hizo. ¡Tengo el
convencimiento de que Jacqueline no lo hizo! La situación es grave para ella,
pero ella no lo hizo. Ella... estaba algo embriagada anoche, excitada, y por
eso me agredió. Pero ella... ella no cometería un asesinato... un asesinato a
sangre fría.
Poirot dijo dulcemente:
—No se acongoje, señor Doyle. La señorita de Bellefort no mató a
su esposa.
—¿No me engaña?
—Pero puesto que no fue la señorita de Bellefort —continuó el
detective—, ¿puede usted darnos alguna idea de quién pudo haber sido?
Simon meneó negativamente la cabeza.
—Parece fantástico. Está Windleshaw, desde luego. Linnet le
despreció, más o menos, para casarse conmigo... pero no puedo imaginarme a un
individuo tan cortés como Windleshaw cometiendo un asesinato; además, está a
muchas millas de aquí. Lo mismo puede decirse del viejo sir Jorge Wode, no
puede ver a Linnet por el asunto de la casa, le desagradó el modo como ella la
iba echando abajo; pero él se encuentra a miles de millas de aquí, en Londres.
—Escuche, señor Doyle —Poirot habló con tono muy serio—. El
primer día que yo vine a bordo del Karnak, me impresionó una conversación que
tuve con su esposa. Estaba muy nerviosa, trastornada, parecía una loca. Me
dijo, escuche bien, que todo el mundo la odiaba. Declaró que tenía miedo, que
no se encontraba segura, como si todas las personas que la rodeaban fuesen sus
enemigos.
—Estaba trastornada por haber encontrado a Jacqueline a bordo
También lo estaba yo —declaró Simon.
—Es verdad... pero no explica del todo aquellas palabras. Cuando
manifestó que estaba rodeada de enemigos, es casi seguro que exageraba, pero
ella significaba más de una persona.
—Quizá tenga usted razón —reconoció Doyle—. Creo poder explicar
eso. Fue un nombre de la lista de los pasajeros lo que la trastornó.
—¿Un nombre que figura en la lista de pasajeros? ¿Qué nombre?
—Verá usted. Ella realmente no me lo dijo. En verdad, yo ni
siquiera escuchaba muy atentamente. Yo pensaba en Jacqueline entonces. Según
recuerdo, Linnet dijo algo referente a jugar una mala pasada a alguien en
asuntos de negocios, y que la ponía nerviosa encontrar a alguien que tuviese
inquina a su familia. Verá usted, aunque yo realmente desconozco la historia de
su familia muy bien, tengo entendido que la madre de Linnet era hija de un
millonario. Su padre era un hombre rico, pero después de su casamiento empezó a
especular en la Bolsa. Resultado de esto, naturalmente, algunas personas
salieron perjudicadas. Comprenda usted; la opulencia de un día, al arroyo al
día siguiente. Bien, entendí que había alguien a bordo cuyo padre se había
enfrentado con el padre de Linnet y había recibido un descalabro financiero.
Recuerdo que Linnet decía: «Es horrible cuando la gente odia a una sin
conocerla siquiera.»
—Sí —murmuró Poirot pensativamente—. Eso explica lo que ella me
dijo. Por primera vez sentíase el peso de su herencia y no sus ventajas. ¿Está
usted seguro, señor Doyle, de que ella no mencionó, en aquella ocasión, el
nombre de esa persona?
—Realmente no presté mucha atención.
Bessner dijo secamente:
—Ah, pero yo puedo adivinarlo. Hay ciertamente un joven con un
agravio a bordo.
—¿Se refiere a Ferguson? —inquirió Poirot.
—Sí. Habló contra la señora Doyle una o dos veces. Yo mismo le
he oído.
—¿Qué podemos hacer para averiguarlo? —dijo Simon.
—El coronel Race y yo tenemos que interrogar a todos los
pasajeros. Hasta que no hayamos recogido sus declaraciones es imprudente
formular una hipótesis. Luego hay la doncella. Tenemos que interrogarla antes
que a nadie. Tal vez sería conveniente que lo hiciéramos aquí. La presencia del
señor Doyle puede servirnos de ayuda.
—Sí, es una buena idea —aprobó Simon.
—¿Ha estado mucho tiempo al servicio de la señora Doyle?
—Sólo un par de meses.
—¿Tenía madame algunas joyas valiosas?
—Sus perlas. Una vez me dijo que valían unas cuarenta o
cincuenta mil libras —se estremeció—. ¡Dios mío! ¿Cree usted que esas malditas
perlas...?
—El robo es un posible móvil —declaró Poirot—. De todos modos no
parece creíble... Bien, veremos... Llamemos a la criada.
Luisa Bourget era esa misma trigueña, vivaracha, latina, que
Poirot vio un día. No parecía nada vivaracha ahora. Había estado llorando y
parecía estar asustada. Sin embargo, tenía su rostro una expresión de astucia
que no predispuso en su favor a los hombres.
—¿Es usted Luisa Bourget?
—Sí, monsieur.
—¿Cuándo vio usted por última vez a madame Doyle viva?
—Anoche, monsieur. La esperaba en el camarote para desnudarla.
—¿A qué hora era eso?
—Poco después de las diez, monsieur. No puedo decir exactamente
qué hora era. Yo desvisto a madame, la pongo en la cama y me marcho.
—Y cuando salió, ¿qué hizo usted?
—Me fui a mi camarote, monsieur, a la cubierta de abajo.
—¡Y no oyó ni vio nada más que pudiera ayudarnos?
—¿Cómo es posible, monsieur?
—Eso, mademoiselle, es usted quien ha de decirlo, no nosotros
—replicó Poirot.
—Pero, monsieur, yo no me encontraba cerca... ¿Qué podía yo
haber visto u oído? Yo estaba en la cubierta de abajo. Mi camarote está al otro
lado del barco. Es imposible que yo haya oído alguna cosa. Naturalmente si yo
no hubiese podido dormir, si yo hubiese subido la escalera, entonces quizá
podría haber visto al asesino, entrar o salir del camarote de madame, pero tal
como es...
Se dirigió apelando a Simon.
—Monsieur, yo le imploro a usted... ¿usted ve cómo es? ¿Qué
puedo decir yo?
—Mi buena muchacha —dijo Simon ásperamente—. No sea estúpida.
Nadie piensa que usted vio y oyó algo. No tema nada. Yo me cuidaré de usted.
Nadie la acusa de nada.
Luisa murmuró:
—Monsieur es muy bueno —y bajó los párpados modestamente.
—¿Hemos de entender, pues, que usted no oyó ni vio nada?
—intervino Race afirmando.
—Eso es lo que he dicho, monsieur.
—¿Y no conoce a nadie que tuviera ojeriza a su ama?
Ante la sorpresa de sus oyentes, Luisa movió vigorosamente la
cabeza.
—Oh, sí. Eso sí que lo sé.
Poirot interrogó:
—¿Se refiere a mademoiselle de Bellefort?
—A ella ciertamente. Pero no me refiero a ella. Había alguien
más a bordo que detestaba a madame, que estaba muy furioso por el modo como ella
le había agraviado.
—¡Cielos! —exclamó Simon—. ¿Qué es todo esto?
—¡Sí, sí, sí, es como digo! Me refiero a la anterior criada de
madame, a mi antecesora. Había un hombre, uno de los maquinistas de este barco,
que quería casarse con ella. Y mi antecesora, que se llamaba María, lo habría
hecho. Pero madame Doyle efectuó indagaciones y averiguó que este maquinista,
llamado Fleetwood, tenía ya mujer, una mujer de este país. Ella había vuelto a
su familia, pero él estaba aún casado con ella. Y así madame dijo todo esto a
María y María tuvo un disgusto de muerte, pero no quiso ver más a Fleetwood. Y
este Fleetwood se puso furioso, y cuando averiguó que madame Doyle había sido
la señorita Linnet Ridgeway me dijo que querría matarla.
—Esto es interesante —comentó Race.
Poirot se dirigió a Simon.
—¿Sabía usted algo de esto?
—Nada en absoluto —respondió Simon, con evidente sinceridad—.
Dudo de que Linnet supiese siquiera que el hombre ése estaba en el barco.
Probablemente había olvidado el incidente.
Volvióse bruscamente hacia la criada.
—¿Dijo usted algo de esto a la señora Doyle?
—No, monsieur, desde luego que no.
—¿Sabe usted algo de las perlas de su señora? —interrogó Poirot.
—¿Sus perlas? —los ojos de Luisa se dilataron—. Las llevaba
anoche.
—¿Las vio usted cuando ella se acostó?
—Sí, monsieur.
—¿Dónde las puso ella?
—Sobre la mesa, como siempre.
—¿Es allí donde las vio usted por última vez?
—Sí, señor.
—¿Las vio usted allí esta mañana?
Una expresión de sobresalto apareció en el rostro de la
muchacha.
—Mon Dieu, ni siquiera miré. Me aproximé a la cama, vi... vi a
madame, y luego grité, salí corriendo por la puerta y luego me desmayé.
Hércules movió la cabeza en señal de asentimiento.
—Usted no miró; pero yo, yo tengo dos ojos que observan, y no
había ninguna perla sobre la mesa, junto a la cama, esta mañana.
CAPITULO XV
La observación de Hércules Poirot era exacta. Se ordenó a Luisa
Bourget que buscase entre los efectos personales de Linnet. Según ella, todo
estaba en orden. Únicamente las perlas habían desaparecido.
Cuando salían del camarote, un camarero estaba esperando para
anunciarles que el desayuno había sido servido en el salón de fumar.
Cuando pasaba por la cubierta, Poirot hizo una pausa para mirar
por encima del barandal.
—¡Aja! Veo que ha tenido usted una idea.
—Sí. Se me ocurrió de repente, cuando Fanthorp me mencionó que
le parecía haber oído un chapoteo, que a mí también me despertó anoche un
chapoteo. Es muy posible que, después del asesinato, el asesino arrojase la
pistola por la borda.
Poirot murmuró lentamente:
—¿Realmente cree que eso es posible?
—Es una sugerencia. Después de todo, la pistola no estaba ya en
el camarote. Es lo primero que busqué.
—De todos modos —dijo Poirot— es increíble que la hayan tirado
por la borda.
—¿Dónde está entonces? —preguntó Race.
—Si no está en el camarote de la señora Doyle, hay, lógicamente,
tan sólo un sitio donde pudiera estar.
—¿Dónde es eso?
—En el camarote de Jacqueline.
—Sí. Comprendo... —se detuvo de repente—. Ella ha salido del
camarote. ¿Vamos a dar un vistazo?
—No, amigo mío, esto sería precipitado. Quizá no la han puesto
aún allí...
—¿Qué le parece si iniciamos inmediatamente un registro de todo
el barco?
—Esto revelaría nuestros propósitos. Debemos actuar con suma
cautela. Nuestra posición es muy delicada, por el momento. Discutamos el caso
mientras nos desayunamos.
Race asintió. Entraron en el salón.
—¿Bien? —dijo Race, mientras se servía una taza de café—.
Tenemos dos pistas. La desaparición de las perlas. Y el maquinista Fleetwood.
En cuanto a las perlas, el robo parece ser el móvil más indicado, pero...
ignoro si usted convendrá conmigo...
Poirot dijo rápidamente:
—¿Escogieron un momento extraño?
—Exacto. Robar las perlas en un viaje como éste, invita a un
registro minucioso de todas las personas que hay a bordo. ¿Cómo, pues, podría
el ladrón abrigar la esperanza de largarse con el botín?
—¿Podría haber saltado a tierra para esconderlo?
—La compañía tiene siempre un vigilante en la orilla.
—Entonces no es factible. ¿Se cometió el crimen para desviar la
atención del robo? No, esto no tiene sentido común; es profundamente
insatisfactorio. Pero, ¿y si suponemos que la señora Doyle despertó y
sorprendió al ladrón in fraganti?
—En este caso eso también parece ilógico... Sabe usted, tengo
una idea referente a esas perlas... y sin embargo... no... imposible. Porque si
mi idea es acertada, las perlas no habrían desaparecido. Dígame, ¿qué opina
usted de la criada?
—Me pregunté —contestó Race, lentamente— si ella sabía algo más
de lo que declaró...
—Ah, ¿usted también tuvo esa impresión?
—Francamente, no es una muchacha simpática.
Hércules Poirot asintió.
—Sí, no me fiaría de ella.
—¿Cree que está complicada en el asesinato?
—No, no diría eso.
—¿En el robo de las perlas entonces?
—Eso es más probable. Hace muy poco tiempo que sirve a la señora
Doyle. Pudo ser un miembro de una banda que se especializara en robos de joyas.
En tal caso hay a menudo una sirvienta con excelentes referencias. Por
desgracia no estamos en situación de obtener información sobre estos puntos. Y
sin embargo, esa explicación no me satisface del todo... Esas perlas, ah
sacre!, mi idea debe ser acertada. No obstante, nadie sería tan imbécil... —se
interrumpió.
—¿Qué opina usted de ese maquinista?
—Tenemos que interrogarle. Es posible que tengamos ahí la
solución. Si la historia de Luisa Bourget es verdad, ese individuo tenía un
motivo definido para vengarse. Pudo haber oído la escena que se desarrolló
entre Jacqueline y el señor Doyle, y cuando ellos salieron del salón, pudo
entrar y apoderarse de la pistola. Sí, todo es posible. Y esa letra J escrita
con sangre. Eso también concordaría exactamente con una naturaleza simple y
algo grosera.
—En realidad, ¿es la persona que buscamos?
—Sí... solamente... Reconozco mis debilidades. Se ha dicho de mí
que me gusta complicar, hacer difícil un caso. Esta solución que usted me
ofrece es demasiado sencilla... demasiado fácil. No puedo avenirme a que
realmente sucediera así. Y sin embargo, puede ser puro prejuicio por mi
parte...
—Bueno; sería mejor que convoquemos al sujeto aquí.
Race pulsó el timbre y dio una orden.
—¿Alguna otra posibilidad? —dijo luego.
—Muchas, amigo mío. Hay, por ejemplo, el síndico norteamericano.
—¿Pennington?
—Sí, Pennington. Hubo una escena algo extraña el otro día aquí.
Narró lo sucedido.
—Como usted ve es significativo. Madame quería leer todos los
documentos antes de firmar. En consecuencia, él se excusó y lo aplazó para otro
día. Luego, el marido hace una observación muy significativa.
—¿Qué fue ello?
—Dijo: «Yo nunca leo nada. Firmo donde me dicen que firme.»
¿Percibe usted el significado de esto? Pennington lo percibió. Lo vi en sus
ojos. Miró a Doyle como si le hubiera asaltado una nueva idea. Imagínese usted
que ha sido nombrado depositario administrador de la fortuna de la hija de un
hombre inmensamente rico. Emplea usted tal vez ese dinero para especular. Sé
que es así en todas las novelas detectivescas, pero también se leen esas cosas
en la Prensa. Sucede, amigo mío, sucede y con frecuencia.
—No lo discuto —observó Race.
—Aún hay, quizá, tiempo para cubrirse especulando
desesperadamente. Su pupila no es todavía mayor de edad. Y luego... ¡ella se
casa! ¡El dominio pasa de sus manos a las de ella en un momento! ¡Un desastre!
Pero todavía hay una posibilidad. Ella parte en viaje de luna de miel. Quizás
obrará descuidadamente respecto a los negocios, al dinero. Un documento casual
deslizado entre otros, firmado sin leer. Pero Linnet Doyle no era esa clase de
mujer. Luna de miel o no, era una mujer de negocios. Luego su esposo formula
una observación y una nueva idea asalta la mente de ese hombre desesperado que
busca una salida a su ruina. Si Linnet Doyle muriese, su fortuna pasaría a su
marido... y él sería una presa fácil, un niño en las manos de un hombre astuto
como Andrés Pennington. Coronel, le digo a usted, que vi el pensamiento cruzar
por la cabeza de Pennington: «Si no tuviera que entendérmelas más que con
Doyle...» Esto es lo que pensaba.
—Es posible —dijo Race secamente—. Pero usted no posee pruebas.
—¡Ay, no!
—Luego está el joven Ferguson —indicó Race—. Habla muy
amargamente. No es que dé importancia a las palabras; no es que me guíe por lo
que hablan. No obstante, él podría ser el sujeto cuyo padre arruinó el viejo
Ridgeway. Esto parece algo complicado, algo así como traído por los cabellos,
pero es posible. Hay gente que cavila algunas veces sobre agravios pasados.
Hizo una pausa y añadió:
—Y está mi sujeto.
—Sí, está su «sujeto», como usted le llama.
—Es un individuo capaz de asesinar —dijo Race—. Lo sabemos. Por
otra parte, no veo cómo puede haberse topado con Linnet Doyle. Sus esferas no
se tocan.
Poirot dijo lentamente:
—A menos que, casualmente, ella haya conseguido pruebas que
demuestren su identidad.
—Es posible, pero parece ser muy improbable —sonó un golpe en la
puerta—. Ah, ahí tenemos a nuestro aspirante a bígamo.
Fleetwood era un hombretón de aspecto truculento.
Miró recelosamente del uno al otro al entrar en la habitación.
Poirot reconoció que era el hombre que estuvo hablando con Luisa Bourget.
Fleetwood dijo receloso:
—¿Querían verme?
—Sí —respondió Race—. ¿Probablemente conoce que se cometió un
asesinato a bordo de este barco anoche?
Fleetwood asintió con la cabeza.
—Y creo que es cierto que usted tenía motivos para estar furioso
contra la mujer asesinada.
Una expresión de alarma surgió en los ojos del maquinista.
—¿Quién le dijo eso?
—Usted consideraba que la señora Doyle intervino entre usted y
una joven.
—Sé quién lo ha dicho: esa tunante y embustera de francesa. Esa
mujer es una solemne embustera.
—Pero esa historia da la casualidad de que es toda ella verdad.
—¡Es todo una mentira!
—Dice usted eso aunque todavía ignora de qué se trata.
El hombre se sonrojo y resopló.
—¿Es verdad? ¿No es cierto que usted iba a casarse con esa muchacha,
María, y que ella rompió las relaciones cuando descubrió que usted era un
hombre casado ya? ¿Es cierto eso?
—¿Qué le importa a ella?
—Usted quiere decir que qué le importa a la señora Doyle. Bien,
usted sabe que la bigamia es la bigamia.
—No se trata de eso. Me casé con una de las indígenas. No
resultó bien. Ella volvió al lado de su familia. Ni la he visto desde hace doce
años.
—Sin embargo, estaba casado con ella.
El individuo permaneció mudo.
—¿La señora Doyle, o la señorita Ridgeway, como entonces se
llamaba, descubrió esto? —preguntó Race.
—¡Sí, maldita sea! Metió la nariz donde nadie la llamaba. Sí, es
verdad que le tenía inquina. ¡Pero si usted piensa que soy un asesino, si cree
que yo la maté de un tiro, se equivoca!
—¿Dónde estuvo usted anoche entre las doce y las dos?
—En mi litera, dormido; y mi compañero se lo dirá también.
—Veremos —dijo Race. Despidió al individuo con un gesto breve—.
Eso es todo.
—Eh bien? —dijo Poirot cuando la puerta se cerró tras Fleetwood.
—Cuenta una historia verídica. Está nervioso desde luego, pero
no indebidamente. Tendremos que investigar su coartada, aunque supongo que no
será decisiva. Su compañero estaba probablemente dormido y este individuo pudo
haber entrado y salido si le hubiese antojado. Depende de si alguien le vio
—dijo Race.
—Sí, hay que investigar eso.
—A continuación —observó Race— hemos de comprobar si alguien oyó
alguna cosa que pudiera darnos una pista de la hora del crimen. Bessner declara
que debió ocurrir entre las doce y las dos. Parece razonable esperar que
alguien de entre los pasajeros haya oído el disparo, aunque no reconociera lo
que fue. ¿Y usted?
—Yo dormí como un tronco. No oí nada, absolutamente nada.
—Es una lástima —comentó Race—. Ahora les toca a los Allerton.
Ordenaré al camarero que los llame.
La señora Allerton entró vivamente.
—Es horrible —dijo, al aceptar la silla que Poirot le ofreció—.
Apenas puedo creerlo. Esa preciosa criatura joven, bella y rica, está muerta.
Casi no puedo creerlo todavía.
—Comprendo sus sentimientos, madame —dijo Poirot, con simpatía.
—Me alegro de que usted se encuentre a bordo —declaró la señora
Allerton, simplemente—. Usted será capaz de descubrir quién la mató. Me alegro
mucho de que no haya sido esa pobre y trágica muchacha.
—¿Se refiere usted a la señorita Bellefort? ¿Quién le ha dicho
que no fue ella?
—Cornelia Robson —dijo la señora Allerton con una leve sonrisa—.
¿Usted sabe? Ella está emocionada por lo acaecido. Es la única cosa emocionante
que le ocurrirá. Pero es tan simpática que le da vergüenza regocijarse por
ello. Cree que es horrible por su parte. Pero no debo ser indiscreta. Usted
quiere hacerme preguntas.
—Si hace el favor... ¿A qué hora se acostó usted, madame?
—Poco después de las diez y media.
—¿Y se durmió en seguida?
—Sí.
—¿Y oyó algo durante la noche?
—Sí, me pareció oír un chapoteo y alguien que corría... o fue al
revés. No estoy muy segura. Tuve la idea vaga de que alguien había caído al
mar.
—¿Sabe usted a qué hora fue eso?
—No; temo que no. Pero no creo que fuera mucho después de
quedarme dormida. Quiero decir, que fue dentro de la primera hora, más o menos.
—¡Ay, madame! Eso no es muy concreto.
—No, ya lo sé que no lo es. Pero es inútil que yo trate de
adivinar. Más aún, cuando no tengo ni la más vaga idea.
—¿Y eso es todo cuanto usted puede decirnos, madame?
—Temo que sí.
—¿Conocía usted a la señora Doyle de antes?
—No. Timoteo la conocía. Y había oído hablar mucho de ella, por
medio de una prima nuestra, Juana Southwood, pero nunca le había hablado hasta
que nos encontramos en Assuán.
—Debo hacerle otra pregunta, madame.
La señora Allerton murmuró con una leve sonrisa:
—Me encantaría que me hiciese alguna pregunta indiscreta...
—Es ésta: ¿Usted o su familia sufrieron alguna vez alguna
pérdida económica a causa de las operaciones del padre de la señora Doyle,
Melhuish Ridgeway?
—¡Oh, no! Los intereses de la familia no sufrieron nunca,
excepto por una mengua...
—Muchas gracias, madame. ¿Tendría usted la bondad de rogarle a
su hijo que venga?
Tim dijo frívolamente cuando su madre se le aproximó:
—¿Ya está terminado el tormento? ¡Ahora me toca a mí! ¿Qué te
preguntaron?
—Solamente si oí alguna cosa anoche —respondió la señora
Allerton—; pero desgraciadamente no oí nada. No acierto a comprender por qué no
oí nada. Después de todo, el camarote de Linnet está muy cerca del mío; no hay
más que otro, entre el de ella y el mío. Yo diría que debiera haber oído el
disparo. Anda, Tim, te esperan.
Poirot le repitió la pregunta a Tim. Este respondió:
—Me acosté temprano, a eso de las diez y media, y leí un poco.
Apagué la luz poco después de las once.
—¿Oyó algo después de eso?
—Oí la voz de un hombre dando las buenas noches, no muy lejos.
—Ése era yo, haciéndolo a la señora Doyle —dijo Race.
—Sí. Después de eso me quedé dormido. Luego, más tarde oí una
especie de tumulto y alguien llamando a Fanthorp.
—Era la señorita Robson, cuando salió corriendo del salón de
observación.
—Sí, supongo que fue eso. Y luego muchas voces distintas y
después alguien corriendo por la cubierta. Y acto seguido oí al viejo Bessner
gritando «¡Cuidado!» y «No vaya demasiado aprisa.»
—¿Oyó un chapoteo?
—Algo por el estilo.
—¿Está seguro de que no fue un disparo lo que oyó usted?
—Sí. Supongo que pudo haber sido... Oí el estampido de un
corcho. Quizás eso fue el disparo. Tal vez imaginé el chapoteo al relacionar la
idea del corcho con un líquido vertiéndose en un vaso... Sé que tuve la vaga
impresión de que se celebraba alguna reunión o fiesta.
—¿Algo más después de eso?
—Oí a Fanthorp moviéndose en su camarote de al lado.
—¿Y después de eso?
—Después de eso me quedé dormido.
—¿No oyó nada más?
—Nada, en absoluto.
—Gracias, señor Allerton.
Tim se levantó y salió del camarote.
CAPITULO XVI
RACE examinó pensativamente un plano de la cubierta de paseo del
Karnak. Fanthorp, el joven Allerton, la señora Allerton. Luego un camarote
vacío: el de Simon Doyle.
¿Quién estaba al otro lado de la señora Doyle? La vieja señora
americana. Si alguien oyó algo debería haber sido ella.
La señora Van Schuyler entró en el camarote.
Race se incorporó e hizo una reverencia.
—Sentimos molestar, señorita Van Schuyler. Es usted muy amable.
Haga el favor de tomar asiento.
La señorita Van Schuyler dijo:
—Me desagrada que se me mezcle en esto. Me incomoda.
—Muy bien, muy bien. Estaba diciendo el señor Poirot que cuanto
antes tomásemos su declaración, tanto mejor sería, y así no será usted
molestada más.
—Me alegro de que ustedes comprendan mis sentimientos. No estoy
habituada a nada de esta clase de cosas.
Poirot dijo con tono dulce:
—Precisamente, mademoiselle. Por eso deseamos librarla de toda
esta molestia lo antes posible. Ahora, usted se acostó anoche..., ¿a qué hora?
—Las diez de la noche es mi hora acostumbrada. Anoche, algo más
tarde, pues Cornelia Robson, muy desconsideradamente, me hizo esperar.
—Tres bien, mademoiselle. ¿Qué oyó después de recogerse?
La señorita Van Schuyler respondió:
—Tengo un sueño muy ligero.
—A merveille! Es muy afortunado para nosotros.
—Me despertó esa joven tan llamativa, la criada de la señora
Doyle, que dijo: «Bonne nuit, madame.»
—¿Y después?
—Me dormí de nuevo. Desperté pensando que alguien estaba en mi
camarote, pero me percaté que era en el camarote de al lado.
—¿En el camarote de la señora Doyle?
—Sí. Luego oí a alguien en la cubierta y después un chapoteo.
—¿No tiene idea de la hora que era?
—Puedo decirle la hora exacta. Era la una y diez.
—¿Está segura?
—Sí. Consulté mi relojito, que está junto a mi cama.
—¿No oyó un tiro?
—No, nada de eso.
—Pero, ¿sería posible que fuese un disparo lo que la despertó?
—Es posible —admitió de mala gana.
—¿Y no tiene idea de lo que causó el ruido del chapoteo que
usted oyó?
—Lo sé perfectamente.
El coronel se irguió en su asiento, alerta.
—¿Usted lo sabe?
—Ciertamente. No me gustó ese ruido de alguien merodeando cerca
de mi camarote. Me levanté y fui a la puerta. La señorita Otterbourne estaba
inclinada sobre el barandal. Acababa de tirar algo al agua.
—¿La señorita Otterbourne?
Race estaba realmente sorprendido.
—Sí.
—¿Está segura que era ella?
—Le vi la cara claramente.
—¿Ella no la vio a usted?
—Creo que no.
Poirot se inclinó hacia delante.
—¿Y qué aspecto tenía su cara, mademoiselle?
—Parecía muy trastornada.
Race y Poirot cambiaron una mirada rápida.
—¿Y luego? —apuntó Race.
—La señorita Otterbourne se dirigió hacia la popa y yo volví a
la cama.
Se oyó un golpe en la puerta y el administrador entró. Llevaba
en la mano un bulto chorreando agua.
—Lo hemos encontrado, coronel.
Race cogió el paquete. Desenvolvió pliegue tras pliegue el
terciopelo mojado. De él cayó un pañuelo basto, con manchas de color rosa,
envuelto en torno de una pistolita de puño de nácar.
Race lanzó a Poirot una mirada maliciosa de triunfo.
—¿Usted ve? Mi idea era acertada. Yo tenía razón. Fue tirada por
la borda.
Mostró la pistola sobre la palma de la mano.
—¿Qué dice usted, monsieur Poirot? ¿Es ésta la pistola que usted
vio en el hotel de Las Cataratas aquella noche?
El detective la examinó con sumo cuidado; luego dijo con voz
reposada:
—Sí, ésa es. Tiene el trabajo de ornamento y las iniciales J.
B., un article de luxe, una producción muy femenina, pero no por ello deja de
ser una arma mortífera.
—Del 22 —murmuró Race. Sacó el cargador—. Dos balas disparadas.
Sí, no cabe duda.
La señorita Van Schuyler tosió significativamente.
—¿Y mi estola de terciopelo? —preguntó.
—¿Su estola, mademoiselle?
—Sí, ésa es mi estola de terciopelo; la que tiene usted ahí.
Race recogió los pliegues de tejido chorreando.
—¿Esto es asunto suyo, señorita Van Schuyler?
—¡Ciertamente, es mío! —exclamó la anciana señora—. La eché de
menos anoche. Pregunté a todo el mundo si la habían visto.
—¿Dónde la vio usted la última vez, señorita Van Schuyler?
—preguntó Race.
—La tuve en el salón anoche. Cuando me fui a la cama, no pude
encontrarla por ninguna parte.
—¿Se da cuenta usted para qué se ha usado?
La extendió, indicando con un dedo el chamuscado y varios
agujeritos.
—El asesino envolvió con ella la pistola para amortiguar el
ruido del disparo.
—¡Qué impertinencia! —dijo la señora Van Schuyler.
Race dijo:
—Le agradeceré que me diga, señorita Van Schuyler, el tiempo que
hace que conoce a la señora Doyle y si eran íntimas las relaciones que tenía
con ella.
—No tenía ninguna clase de relaciones anteriormente.
—Pero ¿usted la conoce?
—Desde luego; conocía quién era ella.
—Pero sus familias no se conocían.
—Como familia siempre nos hemos enorgullecido de ser selectos,
coronel Race. Mi querida madre no habría pensado ni por asomo en visitar a
nadie de la familia Hartz, quienes, aparte de su dinero, no eran nadie.
—¿Eso es todo lo que tiene que decir, señorita Van Schuyler?
—No tengo nada que añadir a lo que he dicho.
Se puso en pie y salió.
—Esa es su historia —observó Race— y no saldrá de ella. Puede
ser verdad. No sé. Pero... ¿Rosalía Otterbourne? No esperaba semejante cosa.
Poirot movió la cabeza con aire de perplejidad. Luego asestó de
pronto un puñetazo sobre la mesa.
—Pero esto no tiene ni pies ni cabeza —exclamó.
Race le miró.
—¿Qué quiere usted decir?
—Quiero decir que hasta un punto todo parece claro. Alguien
quería matar a Linnet Doyle. Alguien oyó la escena del salón anoche. Alguien se
introdujo sigilosamente allí y se apoderó de la pistola de Jacqueline de
Bellefort, recuérdelo bien. Alguien mató a la señora Doyle con esa pistola y
escribió la letra J en la pared. Todo está claro, ¿no es verdad? Todo apuntaba
a Jacqueline de Bellefort, señalándola como la asesina. ¿Y luego qué hace el
asesino? ¿Dejar la pistola de Jacqueline de Bellefort, para que la encuentre
cualquiera? No, él o ella, tira la pistola, esa prueba comprometedora
particular, por la borda, al agua. ¿Por qué, amigo mío, por qué?
—Es extraño —murmuró Race.
—Es más que extraño... ¡es imposible!
—¡No es imposible, puesto que ocurrió!
—No quiero decir eso. Quiero decir que la concatenación de los
acontecimientos es imposible. Hay algo que está equivocado.
CAPITULO XVII
El coronel Race miró con curiosidad a su compañero. Respetaba,
tenía motivos para ello, el cerebro de Hércules Poirot. Sin embargo, por el
momento, no comprendía el proceso mental del otro.
No obstante, no formuló ninguna protesta. Continuó discutiendo
el asunto.
—¿Qué hay que hacer a continuación?
—Interrogar a la señorita Otterbourne.
Rosalía Otterbourne entró de mala gana. No aparecía nerviosa ni
asustada; simplemente, mal dispuesta y huraña.
—Bien —dijo—, ¿qué desean?
—Estamos investigando la muerte de la señora Doyle —replicó
Race.
Rosalía asintió con la cabeza.
—¿Quiere decirnos lo que hizo usted anoche?
—Mamá y yo nos acostamos temprano, antes de la once. No oímos
nada de particular, excepto algo de ruido en la parte exterior del camarote del
doctor Bessner. Oí la voz del alemán. Desde luego no supe de qué se trataba
hasta esta misma mañana.
—¿No oyó usted un disparo?
—No.
—¿Está segura?
Rosalía le miró con fijeza.
—¿Qué quiere usted decir? Desde luego que estoy segura de ello.
—¿Y usted, por ejemplo, no fue al lado de estribor del barco y
tiró algo al agua?
El rostro de la muchacha se coloreó.
—¿Hay algo que prohíba tirar cosas por la borda?
—No, desde luego que no. ¿Entonces usted lo hizo?
—No, no. No salí del camarote.
—Entonces si alguien dice que la vio a usted...
—¿Quién dice que me vio?
—La señorita Van Schuyler.
—¿La señorita Van Schuyler?
—Sí. La señorita Van Schuyler declara que se asomó a la puerta
de su camarote y vio a usted arrojar alguna cosa al agua.
Rosalía dijo claramente:
—Eso es mentira —Luego, como si le asaltara repentinamente una
luminosa idea, preguntó—: ¿A qué hora fue eso?
Fue Poirot quien contestó.
—Eran la una y diez, mademoiselle.
Ella movió pensativamente la cabeza. Preguntó:
—¿Vio algo más?
Poirot la miró con curiosidad.
—Ver, no. Pero oyó algo.
—¿Qué oyó?
—Alguien que andaba dentro del camarote de la señora Doyle.
—Comprendo —murmuró Rosalía.
Estaba pálida como un muerto.
—¿E insiste en decir que usted no tiró nada por la borda,
mademoiselle?
—¿Por qué diablos había yo de correr de un lado a otro tirando
cosas por la borda?
—Podría haber una razón... una razón ingenua.
—¿Ingenua? —dijo la muchacha vivamente.
—Eso es lo que he dicho. Sabe usted, mademoiselle, alguna cosa
fue tirada por la borda anoche, por alguien que no era inocente.
Race mostró el bulto de terciopelo manchado, abriéndolo para
exhibir su contenido.
Rosalía Otterbourne se echó hacia atrás.
—¿Fue con eso... con lo que la mataron?
—Sí, mademoiselle.
—¿Y usted cree que yo... yo lo hice? ¡Qué tontería! ¿A santo de
qué habría de querer matar a Linnet Doyle? ¡Ni siquiera la conocía! —se echó a
reír y se irguió desdeñosamente—. Todo esto es demasiado ridículo.
—Recuerde, señorita Otterbourne —dijo Race—, que la señorita Van
Schuyler está dispuesta a jurar que vio su rostro claramente a la luz de la
luna.
Rosalía volvió a reír.
—Esa vieja gata. Probablemente está medio ciega. No fue a mí a
quien vio —hizo una pausa—. ¿Puedo marcharme ahora?
Race asintió con la cabeza y Rosalía Otterbourne salió de la
habitación. Los ojos de los dos hombres se encontraron. Race encendió un
pitillo.
—Eso tenemos: una contradicción rotunda. ¿A cuál de ellas hemos
de creer?
Poirot meneó la cabeza.
—Tengo la idea de que ninguna habla con franqueza.
—Eso es lo peor de nuestra labor —dijo Race, desalentado—.
Tantas personas callan la verdad por motivos francamente fútiles... ¿Qué
hacemos ahora? ¿Continuar el interrogatorio de los pasajeros?
—Creo que sí.
La señora Otterbourne sucedió a su hija. Corroboró la
declaración de Rosalía de que ambas se acostaron antes de las once. Ella misma
no oyó nada de interés durante la noche. No podía decir si Rosalía salió del
camarote o no. Sobre el tema del crimen estaba inclinada a extenderse.
—Sus sugerencias han sido muy útiles, señora Otterbourne
—exclamó Race al terminar ella su declaración—. Tenemos que continuar nuestra
labor ahora. Un millón de gracias.
La escoltó galantemente hasta la puerta y volvió enjugándose la
frente.
—¡Qué mujer más venenosa! ¡Uf! ¿Por qué no la ha matado alguien?
—Puede suceder todavía —le consoló Poirot.
—Tal vez eso sería razonable. ¿Quién nos queda? Pennington lo
reservaremos para el final. Richetti y Ferguson.
El señor Richetti estaba muy voluble, muy agitado.
—¡Pero, qué horror, qué infamia, una mujer tan joven y tan
hermosa... en verdad, un crimen inhumano!
Sus respuestas fueron rápidas. Se había acostado temprano, muy
temprano. En realidad, inmediatamente después de cenar. Había leído durante un
rato un folleto, habiendo apagado la luz poco antes de las once. No oyó ningún
disparo. Ningún sonido como el estampido de un corcho. Lo único que oyó, pero
eso fue más tarde, en medio de la noche, fue un chapoteo, un chapoteo grande,
cerca de la puerta de su camarote.
—Su camarote está en la cubierta inferior, en la parte de
estribor, ¿no es así?
—Sí, sí, así es. Y yo oí el fuerte chapoteo.
—¿Puede usted decirnos a qué hora fue eso?
—Fue una hora después de dormirme... Quizá dos horas.
—¿A eso de la una y diez, por ejemplo?
—Podría ser muy bien, sí.
Salió el señor Richetti, gesticulando ampliamente.
Pasaron a interrogar al señor Ferguson.
—¡Cuanto jaleo por este asunto! —se mofó—. ¿Y qué importa
realmente? Hay una cantidad enorme de mujeres de más en el mundo.
Race dijo fríamente:
—¿Puede darnos una referencia de sus movimientos de anoche,
señor Ferguson?
—No veo por qué he de dársela. Pero no tengo ningún
inconveniente. Estuve dando vueltas. Fui a tierra con la señorita Robson.
Cuando ella volvió al barco yo di unas vueltas por mi cuenta durante un rato.
Volví y me acosté a eso de medianoche.
—Su camarote está en la cubierta inferior, en el lado de
estribor...
—Sí. No estoy arriba como los potentados.
—¿Oyó un disparo? Podía haber sonado como el estampido de un
corcho.
—Sí, creo que oí algo parecido. No recuerdo cuándo... antes de
quedarme dormido. Pero había mucha gente de pie entonces, corriendo por la
cubierta superior.
—Eso fue, probablemente, el tiro disparado por la señorita de
Bellefort. ¿No oyó otro?
Ferguson negó con la cabeza.
—¿Ni un chapoteo?
—¿Un chapoteo? Sí, creo haber oído un chapoteo. Pero había tanto
ruido que no puedo estar seguro de que lo fuera.
—¿Salió usted de su camarote durante la noche?
—No, no salí. Y no tomé parte en la buena obra; mala suerte.
—Vamos, vamos, señor Ferguson, no se comporte como un chiquillo.
El joven reaccionó con furia:
—¿Por qué no he de decir lo que pienso? Creo en la violencia.
—Pero usted no practica lo que predica —murmuro Poirot—. Me
pregunto... —se inclinó hacia delante—. Fue ese hombre, Fleetwood, ¿no es
cierto, quien dijo a usted que Linnet Doyle era una de las mujeres más ricas de
Inglaterra?
—¿Qué tiene que ver Fleetwood con esto?
—Fleetwood, amigo mío, tenía un motivo excelente para matar a
Linnet Doyle. Le tenía una inquina particular.
El señor Ferguson saltó de su asiento como el muñeco en una caja
de resorte.
—De modo que ése es su propósito, ¿no es así? —interpeló
iracundo—, achacárselo a un pobre diablo como Fleetwood, que no puede
defenderse, que no tiene dinero para conseguir un abogado. Pero le digo esto:
si intenta culpar a Fleetwood, tendrá que vérselas conmigo, se lo aseguro.
—¿Y quién es usted, exactamente? —preguntó Poirot, con voz
dulce.
El señor Ferguson enrojeció.
—Puedo ponerme al lado de mis amigos, de todos modos —dijo
ásperamente.
—Bien, señor Ferguson, creo que eso es todo lo que necesitamos
ahora —dijo Race.
Cuando la puerta se cerró detrás de Ferguson, observó
inesperadamente:
—Es un cachorro simpático, ¿eh?
—¿No cree usted que es el individuo que buscamos? —preguntó
Poirot.
—Difícilmente. Abordaremos a Pennington.
CAPITULO XVIII
Andrés Pennington exhibió todas las reacciones convencionales de
pena y conmoción. Race preguntó:
—Para empezar, señor Pennington, ¿oyó usted algo anoche?
—No, señor; no puedo decir que oí algo. Mi camarote está a la
derecha del ocupado por el doctor Bessner, números 38 y 39, y oí cierta
conmoción por allí cerca a eso de medianoche.
—¿No oyó nada más? ¿Ningún disparo?
—Nada en absoluto.
—¿Y se acostó?
—Debe de haber sido después de las once —inclinóse hacia
delante—. No creo que sea una noticia para ustedes saber que corren muchos
rumores a bordo. Esa muchacha medio francesa... Jacqueline de Bellefort. Hay
algo sospechoso ahí.
Poirot dijo:
—¿Cree usted que, en su opinión, Jacqueline de Bellefort mató a
la señora Doyle?
—Eso es lo que me parece. Desde luego, yo no sé nada...
—¡Desgraciadamente, nosotros sabemos algo!
—¿Eh? —Pennigton se sobresaltó.
—Sabemos que es completamente imposible que la señorita de
Bellefort haya matado a la señora Doyle.
Explicó con toda minuciosidad las circunstancias. Pennington
parecía reacio a aceptarlas.
—Convengo en que las circunstancias la favorecen, pero esta
enfermera... apuesto a que no estuvo despierta toda la noche... Se quedó
dormida y la muchacha entró y salió sin ser vista.
—Difícilmente, señor Pennington. Ella le administró un opiado
fuerte. De todos modos, una enfermera acostumbra dormir ligeramente y despertar
cuando su paciente despierta.
—Todo eso me parece sospechoso, increíble —declaró Pennington.
Race dijo de un modo autoritario:
—Ha de creerme, señor Pennington, cuando le digo que hemos
examinado todas las posibilidades muy cuidadosamente. Ahora abrigamos la
esperanza de que usted pueda ayudarnos.
—¿Yo?
—Sí. Usted era un íntimo amigo de la muerta. Usted conoce las
circunstancias de su vida. Con toda probabilidad, mucho mejor que su esposo,
puesto que él la conoció tan sólo hace unos meses. Usted debiera saber, por
ejemplo, de alguien que tuviese algún resentimiento contra ella; usted debería
saber, además, si había alguien que tuviese un motivo para desear su muerte.
Andrés Pennington se pasó la lengua por sus labios, secos.
—Le aseguro a usted que no tengo la menor idea. Linnet fue
educada en Inglaterra y conozco muy poco del ambiente que la rodeaba.
—Sin embargo —musitó Poirot—, había alguien a bordo interesado
en la muerte de la señora Doyle. Ella escapó milagrosamente antes, como
recordará, en este mismo lugar, cuando aquella roca cayó... ¡ah!, pero ¿quizá
usted no se encontraba allí?
—No. Yo estaba en el templo en ese momento.
—La señora Doyle mencionó a alguien de a bordo que estaba
resentido, no contra ella personalmente, sino contra su familia. ¿Sabe usted
quién puede ser? —continuó Race.
—No. No tengo la menor idea.
—¿Ella no se lo mencionó a usted?
—No.
—Era usted un amigo íntimo de su padre. ¿No recuerda alguna
operación comercial suya que pudo haber arruinado a su adversario?
—No; ningún caso sobresaliente. Tales operaciones eran
frecuentes, desde luego, pero no recuerdo a nadie que profiriera amenazas...
nada por el estilo.
—En resumen, señor Pennington, ¿no puede usted ayudarnos?
—Así lo parece. Deploro mi imposibilidad.
Race cambió una mirada con Poirot; luego dijo:
—Lo siento. Habíamos abrigado alguna esperanza.
Se levantó en señal de que la entrevista había terminado.
Andrés Pennington dijo:
—Como Doyle está imposibilitado, espero que él querrá que yo me
encargue de lo que sea necesario hacer. Perdone, coronel, ¿pero qué piensa
hacer?
—Cuando salgamos de aquí, iremos directamente a Shellal, para
llegar allí mañana por la mañana.
—¿Y el cadáver?
—Será trasladado a una de las cámaras frigoríficas.
Andrés Pennington inclinó la cabeza. Luego abandonó la
habitación.
—El señor Pennington —observó Race— no estaba muy tranquilo.
Poirot asintió con la cabeza.
—Y —dijo— el señor Pennington estaba lo bastante trastornado
para decirnos una mentira estúpida. Él no estaba en el templo de Abú Simbel
cuando aquella roca cayó. Puedo jurarlo. Yo acababa de llegar de allí.
—Una mentira muy estúpida —asintió Race— y muy reveladora.
—Mas por el momento —sonrió Poirot—, podemos tratarle con guante
blanco.
—Exacto —corroboró Race.
Sonó un leve chirrido bajo sus pies. El Karnak partía rumbo a
Shellal.
—Las perlas —dijo Race—, es lo que hay que aclarar a
continuación.
—¿Tiene un plan?
—Sí. Servirán el almuerzo dentro de media hora. Después de la
comida, propongo anunciar, simplemente mencionar el hecho, que las perlas han
sido robadas y que ruego que todo el mundo permanezca en el comedor mientras se
efectúa un registro.
—Está bien pensado. Quien cogió las perlas todavía las tiene. No
avisando de antemano, no habría posibilidad de que, poseídos de pánico, las
tiren por la borda.
Race empujó algunas hojas de papel hacia él. Murmuró con tono de
excusa:
—Me gusta hacer un breve resumen de los hechos a medida que voy
tratando. Evita la confusión que se sigue.
—Hace usted bien —replicó Poirot.
—¿Hay algo que no esté de acuerdo?
Poirot cogió las hojas. Estaban encabezadas:
ASESINATO DE LA SEÑORA DOYLE
«La señora Doyle fue vista viva por su criada Luisa Bourget.
Hora: 11.30 aproximadamente.
«Desde las 11.30 a las 12.30, los siguientes, tienen coartadas:
Cornelia Robson, Jaime Fanthorp, Simon Doyle, Jacqueline de Bellefort, nadie
más, pero el crimen fue ciertamente cometido después de esa hora, dado que es
prácticamente seguro que la pistola usada fue la de Jacqueline de Bellefort, la
cual estaba entonces en su bolso. Que no se empleó su pistola no parece
absolutamente seguro hasta después de efectuarse el examen post mortem y frente
a la bala, pero puede tomarse como probable.
«Probable curso de los acontecimientos: X, asesino, fue testigo
de la escena entre Jacqueline y Simon Doyle en el salón de observación y notó
que la pistola fue a parar debajo de la otomana. Después que el salón quedó
desierto, X se posesionó de la pistola siendo la idea de él, o de ella, que se
creyera que Jacqueline era la autora del crimen. A base de esta hipótesis,
ciertas personas han quedado automáticamente libres de sospechas.
»Cornelia Robson, puesto que no tuvo ocasión de apoderarse de la
pistola antes de que Jaime Fanthorp volviera para buscarla.
»La señora Bowers, igualmente.
»El doctor Bessner, igualmente.
»Pero Fanthorp no queda definitivamente excluido de sospechas,
puesto que pudo meterse en el bolsillo la pistola mientras declaraba que no
pudo encontrarla.
»Cualquiera otra persona pudo coger la pistola durante ese
intervalo de diez minutos.
»Posibles móviles del asesinato:
»Andrés Pennington. Esto se basa en lo suposición de que es
culpable de prácticas fraudulentas. Existen pocas pruebas en favor de esta
suposición, pero bastantes para justificar el formular una acusación contra él.
»Objeciones a la hipótesis de la culpabilidad de Pennington:
¿Por qué tiró la pistola por la borda, dado que constituía una pista valiosa
contra J. B.?
»Fleetwood. Móvil: Venganza. Fleetwood se consideraba
perjudicado por Linnet Doyle. Pudo oír la escena y observar la posición de la
pistola. Puede haber cogido la pistola porque era un arma útil, más bien que
por el deseo de hacer recaer la culpabilidad sobre Jacqueline. Pero si tal fue
el caso, ¿por qué escribió J con sangre en la pared?
»Pañuelo barato encontrado con pistola, es más probable que haya
pertenecido a un hombre como Fleetwood que a uno de los pasajeros de buena
posición.
»Rosalía Otterbourne. ¿Hemos de aceptar la declaración de la
Schuyler o la negativa de Rosalía? Algo fue tirado por la borda a aquella hora
y ese algo fue presumiblemente la pistola envuelta en la estola de terciopelo.
»Puntos que observar. ¿Tenía algún móvil Rosalía? Puede no haber
sentido simpatía por Linnet Doyle y hasta puede haber estado envidiosa de ella,
mas como móvil del asesinato parece muy inadecuado. La prueba contra ella puede
ser convincente sólo si descubrimos un móvil adecuado. Que sepamos, no existía
ninguna amistad o lazo anterior entre Rosalía y Linnet.
»La señorita Van Schuyler. La estola de terciopelo en que la
pistola estaba envuelta pertenece a la señorita Van Schuyler. Según su
declaración, la vio la última vez en el salón de observación. Llamó la atención
sobre su pérdida durante la noche y se efectuó una búsqueda sin éxito. ¿Cómo
llegó esa estola a manos de X? ¿Hurtó X la estola a primera hora de la noche?
De ser así, ¿por qué? Nadie podría decir de antemano que iba a ocurrir una
escena entre Jacqueline y Simon Doyle. ¿Encontró X la estola en el salón cuando
fue a recoger la pistola de debajo de la otomana? De ser así, ¿por qué no se
encontró cuando se efectuó la búsqueda? ¿No salió nunca de manos de la señorita
Van Schuyler? Es decir:
»¿Mató la señorita Van Schuyler a Linnet Doyle? ¿Su acusación
contra Rosalía Otterbourne fue una mentira deliberada? ¿Si ella la mató, cuál
fue su móvil?
»Otras posibilidades:
»Robo como móvil. Posible, dado que las perlas desaparecieron y
Linnet las llevaba anoche.
»Alguien tenía inquina a la familia Ridgeway. Posible; de nuevo
faltan las pruebas.
»Sabemos que hay un hombre peligroso a bordo, un asesino. Hemos
de relacionar a un hombre capaz de matar, con una muerte. ¿Acaso no están
relacionados los dos? Pero tendríamos que demostrar que Linnet Doyle poseía un
conocimiento peligroso concerniente a este hombre.
»Conclusiones. Podemos agrupar a las personas que hay a bordo en
dos clases: las que tenían motivo posible o contra las cuales no hay pruebas
concretas y las que, por lo que sabemos, están libres de sospechas.
«GRUPO I:
«Andrés Pennington
«Fleetwood
«Rosalía Otterbourne
«La señorita Van Schuyler
«Luisa Bourget (¿Robo?)
«Ferguson (¿Político?)»
«GRUPO II
«La señora Allerton
«Timoteo Allerton
«Cornelia Robson
«La señorita Bowers
«El doctor Bessner
«El señor Richetti
«La señora Otterbourne
«Jaime Fanthorp.»
Poirot empujó el papel hacia atrás.
—Es muy exacto, muy justo, lo que usted ha escrito ahí.
—¿Está usted conforme con ello?
—Sí.
—Y ahora, ¿cuál es su aportación?
—¿Por qué tiraron la pistola por la borda?
—¿Eso es todo?
—Por el momento, sí. Hasta que encontremos una respuesta
satisfactoria a esa pregunta, no se ve nada que tenga sentido. Ése es, debe
ser, el punto de partida. Observará usted, amigo mío, que en su sumario no ha
intentado contestar a ese punto.
—Pánico —murmuró Race.
Poirot meneó la cabeza en señal de perplejidad. Cogió la estola
de terciopelo empapada y la alisó sobre la mesa. Su dedo indicó las señales de
chamuscamiento y los agujeros quemados.
—Dígame, amigo mío —dijo de repente—; usted conoce mejor que yo
las armas. ¿Este material, envuelto alrededor de una pistola, produciría alguna
diferencia en el amortiguamiento del sonido?
—No, no produciría ninguna diferencia. No como un silenciador,
por ejemplo.
Poirot asintió con la cabeza. Continuó:
—Un hombre, ciertamente un hombre muy conocedor de las armas de
fuego sabría eso. Pero una mujer, una mujer no lo sabría.
—Esa pistola no haría mucho ruido —dijo Race—. Simplemente un
chasquido, un ruido seco, eso es todo. Habiendo otro ruido alrededor, hay diez
probabilidades contra una de que no se notaría.
—Sí, he pensado en eso.
Recogió el pañuelo y lo examinó.
—Un pañuelo de hombre, pero no el de un caballero. Treinta
centavos, todo lo más.
—La clase de pañuelo que usaría un hombre como Fleetwood.
—Si. Andrés Pennington, he observado, usa un pañuelo de seda muy
hermoso.
—¿Ferguson? —sugirió Race.
—Posiblemente. Pero entonces sería un pañuelo de colores
brillantes.
—Lo usó en vez de un guante, supongo, para sujetar la pistola y
evitar las huellas dactilares —añadió Race en tono de broma—: La Pista del
Pañuelo Ruborizante.
—¡Ah, sí! El color de una jeune fille, ¿no es verdad? —lo
depositó sobre la mesa y volvió a la estola, examinando de nuevo las señales de
la pólvora—. De todos modos —murmuró—, es muy extraño...
—¿El qué?
—Cette pauvre madame Doyle, tendida ahí tan pacíficamente... Con
el agujerito en la cabeza. ¿Recuerda qué aspecto tenía?
Race le miró con curiosidad.
—Tengo una idea que trata de decirme algo —observó—, pero no
tengo la menor sospecha de lo que puede ser.
CAPITULO XIX
Sonó un golpe en la puerta.
—Adelante —invitó Race.
Un camarero entró.
—Dispense, señor —dijo a Poirot—. pero el señor Doyle pregunta
por usted.
—Voy —se dirigió al camarote de Bessner.
Simon, con el rostro enrojecido y febril, estaba apoyado en dos
cojines.
—Es usted muy amable al venir, señor Poirot. Escuche, deseo pedirle
algo.
—¿Sí?
—Se trata... Se trata de Jacqueline. Quiero verla. ¿Cree
usted... tendrá inconveniente... cree usted... si usted le rogase que viniese a
verme? Usted sabe, he estado pensando. Esa desgraciada chiquilla, es tan sólo
una chiquilla, después de todo, y la traté muy mal... y... —calló
tartamudeando.
—¿Desea ver a mademoiselle Jacqueline? Se la traeré.
—Muchas gracias. Es usted muy amable.
Poirot fue en busca de la muchacha. Encontró a Jacqueline de
Bellefort sentada en un rincón del salón de observación.
—¿Quiere usted venir conmigo, mademoiselle? El señor Doyle
quiere verla.
—¿Simon? ¿Quiere verme... a mí? —se movió incrédula.
—¿Quiere usted venir, mademoiselle?
—Yo... sí, desde luego.
Le acompañó dócil como una criatura.
Poirot entró en el camarote.
—Aquí esta mademoiselle.
Ella entró detrás, vaciló y se quedó inmóvil, muda, con los ojos
clavados en el rostro de Simon.
—Hola, Jacqueline.
Él también estaba embarazado. Continuó:
—Has sido muy amable al venir. Quería decir... quiero decir...
—Simon... yo no maté a Linnet. Tú sabes que yo no hice eso...
Yo... yo... estaba loca anoche. ¡Oh! ¿Podrás perdonarme?
—Desde luego. No sufras. No temas nada. Eso es lo que yo quería
decir. Me figuré que estarías preocupada, ¿sabes...?
—¿Preocupada? ¡Oh, Simon!
—Para eso quería verte. No temas, chiquilla. Te enojaste un poco
anoche. Habías bebido un poquitín de mas... Todo eso es muy natural.
—¡Oh, Simon! Podría haberte matado...
—Tú no. No con un juguete como aquél...
—¡Y tu pierna! Quizá no podrás caminar nunca más...
—Escucha, Jacqueline, no seas tontina. Tan pronto como lleguemos
a Assuán me sacarán una radiografía y extraerán esa bala de hojalata y todo
quedará bien.
Jacqueline se arrodilló junto a la cama de Simon, ocultando el
rostro entre las manos y sollozando.
Simon le acarició la cabeza. El detective salió del camarote.
Oyó algunos murmullos entrecortados cuando salía...
—¿Cómo podía yo ser tan mala...? ¡Oh, Simon! ¡Cuánto lo
siento...!
Fuera, Cornelia Robson se apoyaba en la baranda. Volvió la
cabeza.
—¡Oh! ¿Es usted, señor Poirot? Es terrible que haga un día tan
hermoso.
Poirot contempló el cielo.
—Cuando el sol brilla, no se puede ver la luna —observó—. Pero
cuando el sol se pone... ¡ah!, cuando el sol se pone...
—¿Qué dice?
—Que cuando el sol se ponga, veremos la luna. Es así, ¿no es
cierto?
—Sí, sí, ciertamente.
Ella le miró dudosa. Poirot rió suavemente.
—Digo imbecilidades —explicó—. No haga caso.
Dirigióse pausadamente hacia la popa del barco. Al pasar delante
del camarote siguiente, se detuvo un instante. Percibió fragmentos de frases
pronunciadas dentro.
—Eres una desgraciada; después de todo lo que he hecho por ti,
no tienes ninguna consideración por tu desgraciada madre... No tienes idea de
lo que sufro...
Los labios de Poirot se pusieron rígidos. Alzó una mano y llamó.
Hubo un silencio impresionante, y luego la voz de la señora
Otterbourne preguntó:
—¿Qué hay?
—¿Está la señorita Rosalía aquí?
Rosalía apareció en el umbral. Poirot se impresionó al ver su
aspecto. Tenía ojeras y líneas trazadas en torno de la boca.
—¿Qué quiere? —preguntó ásperamente.
—El placer de unos minutos de conversación con usted,
mademoiselle. ¿Quiere hacer el favor de venir?
—¿Por qué he de ir yo con usted?
—Se lo suplico, mademoiselle.
—¡Oh! Supongo que... —salió a cubierta, cerrando la puerta
detrás de ella—. ¿Bien?
Poirot la asió suavemente del brazo y la llevó a lo largo de la
cubierta en dirección de la popa. Pasaron delante de los cuartos de baño y
doblaron el ángulo. Tenían la parte de la popa libre para ellos.
Poirot puso los codos sobre la baranda. Rosalía permaneció
derecha y tiesa.
—Podría formularle a usted algunas preguntas, mademoiselle, mas
no creo que, por el momento, usted accediera a responderlas.
—Me parece una pérdida de tiempo que me traiga aquí entonces.
—Usted está habituada, mademoiselle, a soportar su propia
carga... Pero no puede hacer eso demasiado tiempo. La tensión resulta muy
fuerte. Para usted, mademoiselle, la tensión está haciéndose demasiado grande.
—No sé de qué está hablando.
—Estoy hablando de hechos, mademoiselle, de hechos sencillos y
feos. Llamemos al pan pan y al vino vino, y digámoslo en una frase breve. Su
madre bebe, mademoiselle.
Rosalía no contestó. Abrió la boca y volvió a cerrarla. Por una
vez, estaba desconcertada.
—No hay necesidad de que me hable, mademoiselle. Yo estaba
interesado, en Assuán, en las relaciones existentes entre ustedes. Vi al
instante que, a pesar de sus observaciones poco filiales, cuidadosamente
estudiadas, usted estaba, en realidad, protegiéndola apasionadamente de algo.
Pronto averigüé qué era ese algo. Lo descubrí mucho antes de encontrar a su
madre, una mañana, en un inconfundible estado de embriaguez. Además, su caso,
según pude ver, era de secretos ataques de borrachera. Estaba usted contendiendo
con él valerosamente. No obstante, ella tenía la astucia del borracho secreto.
Ella adquirió un suministro secreto de bebidas alcohólicas y logró esconderlo.
No me sorprendería que usted hubiese descubierto el escondrijo ayer. En
consecuencia, anoche, tan pronto como su madre se quedó dormida, usted salió
con el contenido del escondrijo, fue a la otra parte del barco, dado que su
lado estaba junto a la orilla, y lo tiró por la borda al Nilo. No me equivoco,
¿verdad?
—No se equivoca usted —Rosalía habló con súbita pailón—.
¡Supongo que fui una necia al no decirlo! Pero no quería que se enterase todo
el mundo. Lo tiraría todo al río. Y parecía tan estúpido... quiero decir... que
yo...
—¿Tan estúpido que sospechasen que usted había cometido un
asesinato?
Rosalía asintió con la cabeza. Luego estalló de nuevo:
—He procurado tanto... que nadie se enterase... Realmente no es
culpa de ella. Se desanimó. Sus libros ya no se vendían. La afectó muchísimo. Y
en consecuencia, empezó a beber. Durante mucho tiempo no supe por qué estaba
tan extraña. Luego, cuando lo descubrí, intenté impedirlo. Dejaba de beber
durante un tiempo y luego, de repente, comenzaba de nuevo y se producían
escenas y riñas con la gente. Era terrible. Tenia que vigilarla siempre,
apartarla... Y entonces empezó a enojarse por ello conmigo. Se ha vuelto en
contra mía. Creo que a veces hasta me odia...
—Pauvre petite! —dijo Poirot.
Rosalía dijo lentamente:
—Es un alivio hablar de ello. Usted... usted siempre ha sido
bondadoso conmigo, señor Poirot. Temo haber sido grosera con usted muy a
menudo.
—La politesse no es necesaria entre amigos.
En el rostro de ella reapareció de repente una expresión de
recelo.
—¿Va... va usted a contárselo a todo el mundo? Presumo que
tendrá que hacerlo por culpa de esas malditas botellas que tiré por la borda.
—No, no, no es necesario. Simplemente, dígame lo que yo quiero
saber. ¿A qué hora fue esto? ¿A la una y diez?
—Aproximadamente a esa hora. No recuerdo exactamente.
—Y ahora dígame, mademoiselle. La señorita Van Schuyler la vio a
usted. ¿Usted la vio a ella?
—No, no la vi.
—Ella dice que se asomó a la puerta de su camarote.
—No creo que pudiera haberla visto. Yo, simplemente, miré a lo
largo de la cubierta y luego al río.
—¿Vio usted a alguien cuando escrutó la cubierta?
Hubo una pausa, una pausa larga. Rosalía fruncía el ceño.
Parecía estar pensando seriamente. Finalmente meneó decididamente la cabeza.
—No —declaró—. No vi a nadie.
Hércules Poirot movió lentamente la cabeza. Pero sus ojos tenían
una expresión grave.
CAPITULO XX
Los pasajeros entraron en el comedor de uno en uno y de manera
sumisa. Tim Allerton llegó unos minutos después que su madre se hubo sentado en
su puesto. Estaba malhumorado.
—¡Ojalá no se me hubiese ocurrido jamás hacer este viaje!
—gruñó.
Poirot se sentó a la mesa, haciendo una reverencia a la señora
Allerton.
—Llego un poco tarde —dijo.
—Supongo que habrá estado ocupado —indicó la señora Allerton.
—Sí. He estado muy ocupado.
Ordenó una botella de vino.
—Somos católicos en nuestros gustos —declaró la señora
Allerton—. Usted siempre bebe vino; Tim, whisky y sifón, y yo pruebo las
diferentes clases de aguas minerales, alternadamente.
—Tiens! —murmuró Poirot. La contempló un momento. Murmuró para
sí: «Es una idea...»
Luego, con un impaciente encogimiento de hombros, apartó la
repentina preocupación que le habla atormentado y empezó a charlar frívolamente
sobre los temas.
—¿Está gravemente herido el señor Doyle? —inquirió la señora
Allerton.
—Sí, la herida es bastante grave. El doctor Bessner está ansioso
por llegar a Assuán para sacarle una radiografía de la pierna y extraerle la
bala. Pero abriga la esperanza de que no quedará cojo permanentemente.
—¡Pobre Simon! —murmuró la señora Allerton—. Espero que él no
esté demasiado enojado con esa pobre niña.
—¿Con mademoiselle Jacqueline? Por el contrario. Está lleno de
ansiedad por ella. —Se volvió hacia Timoteo—: ¿Sabe usted? Se trata de un
pequeño problema de psicología lo que ha sucedido con ellos. Cuando
mademoiselle los seguía de lugar en lugar, él estaba furioso, pero ahora que
ella le ha disparado un tiro y herido peligrosamente, quizá dejándolo cojo para
el resto de su vida, toda su furia se ha evaporado. ¿Comprende usted eso?
—Sí —respondió Tim, pensativamente—. Creo que sí. Lo primero lo
ponía a él en ridículo...
—Dígame, la prima de madame Doyle, la señorita Juana Southwood,
¿se parecía a madame Doyle?
—Se equivoca usted, señor Poirot. Era prima nuestra y amiga de
Linnet.
—¡Ah! Dispense, estaba confundido. Es una joven muy conocida.
Hace tiempo estoy interesado en ello.
—¿Por qué? —inquirió Tim ásperamente.
Poirot se incorporó para hacer una reverencia a Jacqueline de
Bellefort, que acababa de entrar y pasó delante de la mesa para dirigirse hacia
la suya. Sus mejillas estaban rojas y sus ojos brillantes. Respiraba
entrecortadamente. Al volver a sentarse, Poirot pareció haber olvidado la
pregunta de Tim. Murmuró vagamente:
—Me pregunto si todas las señoritas que poseen joyas valiosas en
gran número, son tan descuidadas como lo era madame Doyle.
—¿Es cierto, pues, que las robaron? —preguntó la señora
Allerton.
—¿Quién se lo ha dicho, madame?
—Ferguson lo dijo —respondió Tim.
—Es verdad.
—Supongo —dijo la señora Allerton nerviosamente— que esto
significa una serie de molestias y cosas desagradables para todos nosotros. Tim
lo afirma.
Su hijo frunció el ceño. Pero Poirot se había vuelto hacia él.
—¡Ah! ¿Tal vez usted ha tenido alguna experiencia anterior? ¿Ha
estado en una casa donde se ha perpetrado un robo?
—Nunca —repuso Tim.
—¡Oh, sí, querido! Estabas en casa de los Pennington aquella vez
cuando robaron los diamantes de aquella horrible mujer.
—Siempre enredas las cosas, mamá. ¡Me encontraba allí cuando se
descubrió que los diamantes que ella lucía alrededor de su cuello de toro eran
de pasta, falsos! ¡La sustitución fue hecha probablemente unos cuantos meses
antes! En realidad, mucha gente decía que ella misma lo había hecho.
Poirot cambió precipitadamente el tema. Tenía el propósito de
efectuar una compra importante en una de las tiendas de Assuán. Algunas telas
atractivas, de oro y púrpura, en uno de los establecimientos indios. Desde
luego, habría que pagar derechos de Aduana...
—Me han dicho que pueden, ¿cómo se dice?, expedírmelas. Y que el
coste no será muy elevado. ¿Cree usted que llegarán bien?
La señora Allerton dijo que mucha gente, así lo había oído
decir, se hacía mandar los géneros a Inglaterra y que todo llegaba
perfectamente.
—Bien. Entonces haré eso. ¡Pero las molestias que uno sufre si
le llega un paquete de Inglaterra! ¿Ha tenido alguna experiencia de esto? ¿Le
han llegado algunos paquetes durante su viaje?
—Creo que no. ¿Hemos recibido algunos, Tim? Recibimos libros de
vez en cuando, pero desde luego, no producen ninguna molestia.
—¡Ah, no! Los libros es diferente.
Se habla servido el postre. Ahora, sin previo aviso, el coronel
Race se puso en pie y pronunció su discurso.
Refirió las circunstancias del crimen y anunció el robo de las
perlas. Iba a efectuarse un registro del barco y agradecería a todos los
pasajeros que permaneciesen en el salón hasta que todo esto hubiese acabado.
Luego, si los pasajeros consentían, como él estaba seguro de que así sería,
ellos mismos tendrían la bondad de someterse a un registro.
Poirot llegó al lado de Race y murmuró algo a su oído cuando
éste se disponía a salir del comedor. Race escuchó. Asintió con la cabeza e
hizo una señal al camarero.
Le dijo unas palabras. Luego, junto con Poirot, salió a
cubierta, cerrando la puerta detrás de él.
—No es mala su idea —declaró Race—. Pronto veremos el resultado.
La puerta del comedor se abrió y el mismo camarero a quien
hablaron un poco antes salió. Saludó a Race y dijo:
—Hay una señora que dice que es urgente que ella le hable a
usted inmediatamente, sin tardanza. No puede esperar más.
—¡Ah! —El rostro de Race se llenó de satisfacción—. ¿Quién es?
—La señorita Bowers, señor.
Una ligera sombra de sorpresa apareció en el rostro de Race.
Dijo:
—Llévela al salón de fumar. Que no salga nadie más.
—Muy bien, señor.
Volvió al comedor. Poirot y Race fueron al salón de fumar.
—Bowers, ¿eh? —murmuró Race.
Apenas habían entrado en el salón cuando el camarero reapareció
seguido de la señorita Bowers. La introdujo y salió.
—¿Bien, señorita Bowers? —El coronel Race la miró interrogante—.
¿Qué hay?
La señorita Bowers tenía el mismo aire tranquilo y sereno de
siempre.
—Me perdonará usted, coronel Race —dijo—. Pero dadas las
circunstancias, he pensado que lo mejor sería hablarle a usted inmediatamente
—abrió su bolso negro— y devolverle esto.
Sacó un collar y lo depositó sobre la mesa.
CAPITULO XXI
Si la señorita Bowers hubiera sido de la clase de mujeres que
disfrutan creando una sensación, habría sido recompensada ampliamente por el
resultado de su acción.
Un gesto de asombro cruzó por el rostro del coronel Race cuando
recogió las perlas de la mesa.
—Esto es sumamente extraordinario —declaró—. ¿Quiere tener la
bondad de explicarse, señorita Bowers?
—Naturalmente. A eso he venido. Me fue difícil decidir lo que me
convendría hacer. La familia quiere, naturalmente, evitar el escándalo y confía
en mi discreción, pero las circunstancias son tan extraordinarias que no me
dejan ninguna opción. Por supuesto, al no encontrar nada en los camarotes
sometería a un registro a los pasajeros, y si encontrasen las perlas en mi
poder la situación sería delicada, y, de todos modos, se averiguaría la verdad.
—¿Y cuál es la verdad? ¿Tomó usted estas perlas del camarote de
la señora Doyle?
—¡Oh, no, coronel Race! Desde luego que no. La señorita Van
Schuyler las cogió.
—¿La señorita Van Schuyler?
—Sí. Ella no puede remediarlo, ¿sabe usted?, pero ella... coge
cosas. Especialmente, joyas. Realmente, por esto estoy siempre alerta y
afortunadamente no ha habido ningún incidente desde que he estado con ella. Hay
que estar siempre alerta. Y ella ocultaba las cosas siempre en el mismo sitio,
envueltas en un par de medias, y por tanto no es muy difícil descubrirla. Todas
las mañanas las miro. Desde luego, tengo el sueño ligero y siempre duermo a su
lado y con la puerta contigua abierta, si es en un hotel, de modo que
usualmente siempre la oigo... Luego la sigo y la persuado a que vuelva a la
cama. Por supuesto, ha sido algo más difícil a bordo de un barco. Pero
habitualmente no lo hace de noche. Se trata más bien de coger cosas que ella ve
abandonadas. Naturalmente, las perlas ejercen una gran atracción sobre ella.
La señorita Bowers dejó de hablar.
—¿Cómo descubrió que habían sido sustraídas?
—Estaban en sus medias esta mañana. Naturalmente sabía de quién
eran. Las he visto a menudo. Fui a restituirlas a su sitio, esperando que la
señora Doyle no se habría levantado todavía y no habría descubierto su pérdida.
Pero había un camarero de pie allí y me dijo lo del asesinato y que no podía
entrar nadie. Puedo asegurarle que he pasado una mañana muy desagradable
cavilando lo que podía hacer. Usted comprende, la familia Van Schuyler es tan
distinguida... Sería un horror que esto apareciese en los periódicos. Pero no
será necesario, ¿verdad?
—Depende de las circunstancias —respondió el coronel Race
cautelosamente—. Pero desde luego haremos cuanto sea posible por usted. ¿Qué
dice a esto la señorita Van Schuyler?
—¡Oh!, lo negará. Como siempre. Dice que algunas personas
malvadas lo han puesto allí. No confiesa nunca que ha cogido algo. Por eso si
se la coge a tiempo, vuelve a la cama como un corderito. Dice que salió a
contemplar la luna o algo por el estilo.
—¿La señorita Robson conoce esta... flaqueza?
—No. Su madre lo sabe, pero ella es una muchacha de pocas luces
y su madre pensó que sería mejor que no supiese nada.
—Tenemos que darle las gracias, mademoiselle, por venir a
nosotros tan pronto —dijo Poirot.
—Espero que he hecho bien.
—Puede estar segura de que así es.
—Verá usted, habiendo ocurrido un asesinato también...
El coronel Race la interrumpió. Su voz sonó grave.
—Señorita Bowers. Voy a hacerle una pregunta y deseo hacerle
comprender que es necesario que la responda usted verazmente. La señorita Van
Schuyler sufre un trastorno mental hasta el punto de ser cleptómana. ¿Tiene
también tendencias homicidas?
—¡Oh, no! Nada de eso. Puede usted creerme. La vieja señorita
sería incapaz de hacer daño a una mosca.
La respuesta fue pronunciada con tanta seguridad que, al
parecer, no había que preguntar más. Sin embargo, Poirot intercaló una pregunta
suave:
—¿Sufre la señorita de sordera?
—En realidad sí, señor Poirot. Aunque no es cosa que se nota, si
usted habla con ella. Pero con frecuencia no oye cuando una persona entra en
una habitación. Cosas por el estilo.
—¿Cree usted que oyó a alguien moviéndose por el camarote de la
señora Doyle, que está situado al lado del suyo?
—No lo creo. Verá usted, la litera está al otro lado del
camarote, no arrimada a la pared divisoria. No, no creo que oyese nada.
Race preguntó:
—¿Quizá volverá usted al comedor a esperar en compañía de los
demás?
Le abrió la puerta y la siguió con la mirada mientras ella
descendía y entraba en el comedor. Luego cerró la puerta y volvió a la mesa.
Poirot había cogido las perlas.
—Bien —dijo Race, ceñudo—. Esa reacción se produjo muy pronto.
Es una joven muy astuta y calculadora, muy capaz de tenernos pendientes de
alguna otra cosa, si lo cree conveniente. ¿Qué opina de la señorita Van
Schuyler ahora? No creo que podamos eliminarla de los posibles sospechosos Ella
podría muy bien haber cometido el asesinato para apoderarse de esas perlas. No
podemos aceptar la palabra de la enfermera. Ella está dispuesta a favorecer a
la familia
—Podemos creer, a mi entender, que esa parte de la historia de
la vieja dama es cierta. Ella, en efecto, se asomó a la puerta de su camarote y
vio a Rosalía Otterbourne. Pero no creo que oyese nada ni a nadie en el
camarote de Linnet Doyle. Creo que, sencillamente, se asomaba preparándose para
ir a sustraer las perlas.
—¿La muchacha Otterbourne estaba allí entonces?
—Sí. Tirando las bebidas de la madre al río.
—¡De modo que era eso! Ha de ser un tormento para la joven.
—Sí, su vida no ha sido muy alegre, cette pauvre petite Rosalie.
—Bien, me alegro de que esto esté aclarado. ¿Ella no vio ni oyó
nada?
—Se lo pregunté. Respondió, al cabo de unos veinte segundos, que
no vio a nadie.
—¿Eh? —Race frunció el ceño.
—Sí, es muy sugestivo.
—Si Linnet fue muerta a eso de la una y diez, después de cesar
los ruidos del barco, me asombra que nadie oyera el tiro. Concedo que una
pistola como esa no haría gran ruido, pero de todos modos, hasta un simple
taponazo de un corcho debiera haberse oído. Pero ahora comienzo a comprenderlo
mejor. El camarote del lado de delante de ella estaba desocupado, dado que su
marido se encontraba en el camarote del doctor Bessner. El de la parte de popa
estaba ocupado por la Van Schuyler, que es sorda. Esto deja solamente...
Hizo una pausa y miró a Poirot, que movió afirmativamente la
cabeza.
—El camarote contiguo al de ella, al otro lado del barco. En
otras palabras: Pennington. Al parecer siempre volvemos a él.
—¡Volveremos a él pronto, sin guante blanco! ¡Ah, sí! Quiero
tener ese gusto.
—Entretanto, será mejor que continuemos el registro del barco.
Las perlas constituyen aún una excusa conveniente aunque las hayan restituido.
No es probable que la señorita Bowers anuncie el hecho.
—¡Ah, las perlas!
Poirot las puso contra la luz una vez más. Luego, con un
suspiro, las arrojó sobre la mesa.
—Surgen más complicaciones, amigo mío —declaró—. No soy un
experto en piedras preciosas, pero he visto muchas en mis tiempos y estoy
bastante seguro de lo que digo. Estas perlas son tan sólo una hábil imitación.
CAPITULO XXII
El coronel Race juró enérgicamente.
—Este maldito caso se embrolla cada vez más. —Cogió las perlas—.
¿No habrá sufrido un error? A mí me parecen buenas.
—Son una bonísima imitación...
—¿Adonde nos conduce eso? Supongo que Linnet Doyle no se mandó
hacer un collar de imitación para viajar con él para seguridad. Muchas mujeres
lo hacen.
—No, no creo. Yo estuve admirando las perlas de la señora Doyle
la primera noche, en el barco, y por su maravilloso lustre tengo el
convencimiento de que usaba las legítimas entonces.
—Esto presenta dos posibilidades. Primera, que la señorita Van
Schuyler sustrajo tan sólo el collar falso después de que las perlas legítimas
las robó alguna otra persona. Segunda, que la historia de la cleptómana es pura
invención. O la señorita Bowers es una ladrona e inventó rápidamente la
historia y aplacó las sospechas entregando las perlas falsas, o bien todos
ellos están complicados. Es decir, son una banda de hábiles ladrones de joyas
que pasan bajo el disfraz de una familia norteamericana muy distinguida.
—Sí —murmuró Poirot—. Es difícil decirlo. Pero apuntaré una
cosa: hacer una copia perfecta y exacta de las perlas, con broche y todo, lo
suficientemente bien para poder engañar a la señora Doyle, es una realización
técnica muy hábil. No era posible ejecutarlo apresuradamente. Quien copió esas
perlas debe haber tenido una buena ocasión para estudiar el original.
Race se puso en pie.
—Es inútil hablar de eso ahora. Continuaremos la operación.
Hemos de encontrar las perlas legítimas. Al mismo tiempo hemos de tener los
ojos abiertos.
Registraron primeramente los camarotes de la cubierta inferior.
El del señor Richetti contenía varias obras arqueológicas en
diferentes lenguas, un surtido variado de ropa, lociones para el cabello de
perfume muy fuerte y dos cartas personales: una de su hermana residente en
Roma. Sus pañuelos eran todos de seda de colores.
Pasaron al camarote de Ferguson.
Había un surtido de literatura comunista, muchas instantáneas,
Erewhom, de Samuel Butlet, y una edición económica del Diario de Pepy. Sus
efectos personales no eran muchos, la mayor parte de las ropas que había
estaban rotas y sucias; la ropa interior, por el contrario, era de muy buena
calidad. Los pañuelos eran de lienzo muy caro.
—Algunas discrepancias interesantes —murmuró Poirot.
Race asintió.
—Parece extraño que no haya ninguna carta personal, papeles,
etcétera.
—Sí, esto da que pensar. Ferguson es un joven muy extraño.
Contempló pensativo un anillo de sello que tenía en la mano,
antes de ponerlo en el cajón donde lo encontraron.
Fueron al camarote ocupado por Luisa Bourget. La doncella comía
después que los otros pasajeros, pero Race había ordenado que la buscasen y la
llevasen al comedor a reunirse con los otros. Un camarero les salió al
encuentro.
—Lo siento, señor —se excusó—. Pero no he podido encontrar a la
joven por ninguna parte. No sé adonde puede haber ido.
Race miró en el camarote. Estaba desierto. Subieron a la
cubierta de paseo y empezaron por el lado de estribor. El primer camarote era
el ocupado por Jaime Fanthorp. Allí estaba todo cuanto había en orden
meticuloso. Él viajaba con pocas cosas, pero todo cuanto tenía era de buena
calidad.
—No hay ninguna carta —musitó Poirot pensativamente—. Nuestro
señor Fanthorp tiene mucho cuidado en destruir su correspondencia.
Pasaron al camarote de Timoteo Allerton, que estaba contiguo.
Había allí pruebas de un espíritu anglocatólico, un exquisito
tríptico y un gran rosario de madera tallada. Además de las ropas personales,
había un manuscrito incompleto, con muchas anotaciones, y una buena colección
de libros, la mayoría de ellos publicados recientemente. Había también una
cantidad numerosa de cartas tiradas de cualquier manera en un cajón. Poirot,
que nunca tenía el menor escrúpulo en leer correspondencia ajena, las examinó.
Observó que entre ellas no había ninguna de Juana Southwood. Cogió un tubo de
secotina, lo retuvo distraídamente entre los dedos un minuto o dos y luego
dijo:
—Prosigamos.
—No hay pañuelos baratos —dijo Race, reponiendo rápidamente el
contenido del cajón.
A continuación visitaron el camarote de la señora Allerton.
Estaba exquisitamente aseado y un olor suave y anticuado a lavanda saturaba el
lugar. El registro terminó pronto. Race observó cuando salían:
—Es una mujer simpática.
El siguiente camarote había sido usado a modo de tocador por
Simon Doyle. Sus efectos personales más necesarios, pijamas, artículos de
tocador, etc., habían sido trasladados al camarote de Bessner, pero el resto
estaba aún allí: dos maletas de cuero grandes y un saco de viaje. Había algunas
ropas en el armario.
—Miraremos cuidadosamente aquí, amigo mío —dijo Poirot—, pues es
muy posible que el ladrón haya escondido las perlas aquí.
—¿Lo cree usted probable?
—Sí. ¡Fíjese! El ladrón, ella o él, quienquiera que sea, debe
saber que tarde o temprano se efectuará un registro y en consecuencia un
escondrijo en su camarote, de él o de ella, sería sobremanera imprudente. Los
salones públicos presentan otras dificultades. Pero aquí hay un camarote
perteneciente a un hombre que no puede visitarlo personalmente. En
consecuencia, si se encuentran aquí las perlas, no nos dicen nada en absoluto.
Pero el registro más meticuloso no logró revelar el menor rastro
del collar desaparecido.
El camarote de Linnet Doyle había sido cerrado después de
trasladar el cadáver, pero Race tenía la llave. Abrió la puerta y los dos
hombres entraron.
A excepción del traslado del cuerpo de la muchacha, el camarote
estaba exactamente igual como lo estaba por la mañana.
—Poirot —dijo Race—, si se puede encontrar alguna cosa, por
Dios, empiece. Si hay alguien que pueda encontrar algo, ése es usted. Lo sé.
—¿Esta vez no se refiere a las perlas?
—No... El asesinato es lo principal. Es posible que hubiéramos
olvidado alguna cosa esta mañana.
Rápidamente, con habilidad, Poirot inició el registro. Se
arrodilló y escrutó el suelo palmo a palmo. Examinó la cama. Inspeccionó
rápidamente el armario y la cómoda. Escudriñó el baúl y las dos maletas. Dio un
vistazo al tocador. Finalmente enfocó la atención en el lavabo; había varias
cremas, polvos y lociones para la cara. Pero lo único que parecía interesar a
Poirot fue una de dos botellitas de Nailex Rosa que estaba vacía, excepción de
una o dos gotas de líquido rosa oscuro, en el fondo. La otra, del mismo tamaño
pero con la etiqueta Nailex Púrpura, estaba casi llena. Poirot sacó el corcho
de la botella vacía y luego de la llena y olisqueó las dos delicadamente.
—Amigo mío, no hemos tenido suerte. El asesino no ha sido muy
servicial. No ha dejado caer, para que nosotros lo encontremos, el gemelo de
los puños, la colilla de un pitillo, la ceniza de un puro o, en el caso de una
mujer, el pañuelo de pintura para los labios o alguna peineta.
—¿Tan sólo la botellita de esmalte para las uñas?
Poirot se encogió de hombros.
—He de preguntar a la doncella. Hay algo... sí... extraño ahí.
—¿Adonde diablos habrá ido esa muchacha? —murmuró Race.
Salieron del camarote cerrando con llave tras de ellos y pasaron
al de la señorita Van Schuyler.
Allí también había toda clase de objetos lujosos; costosos
artículos de tocador, equipaje muy bueno, cierto número de cartas y documentos
particulares bien ordenados.
El camarote de al lado era el doble del ocupado por Poirot, y al
otro lado de éste, el de Race.
—No es muy fácil esconderlas en alguno de ellos —dijo el
coronel.
—Es posible. Una vez, en el Expreso de Oriente, investigué un
asesinato. Se trataba de un kimono. Había desaparecido y, sin embargo, debía
estar en el tren. Lo encontré. ¿Dónde cree usted? En mi propia maleta cerrada
con llave. ¡Ah! ¡Fue una verdadera impertinencia!
—Bien, veamos si alguien ha sido impertinente con nosotros en
esta ocasión.
Pero el ladrón de las perlas no había sido impertinente con
Hércules Poirot ni con el coronel Race. Cerca de la popa inspeccionaron
minuciosamente el camarote de la señorita Bowers, pero no encontraron nada de
naturaleza sospechosa. Sus pañuelos eran de lienzo corriente y tenían una
inicial.
A continuación fueron al camarote de los Otterbourne. Allí
también Poirot practicó un registro muy minucioso, sin resultado.
El camarote siguiente fue el del doctor Bessner. Simon Doyle
yacía con una bandeja de alimentos a su lado, sin tocar.
Tenía un aspecto febril y mucho peor que durante la mañana.
Poirot comprendió la ansiedad del doctor Bessner por llevar a su paciente lo
antes posible al hospital para tratarlo debidamente
El pequeño belga explicó lo que él y Race estaban haciendo y
Simon movió la cabeza en señal de aprobación. Al saber que la señorita Bowers
había devuelto las perlas y que éstas habían resultado falsas, expresó el mayor
asombro.
—¿Está usted seguro, señor Doyle, de que su esposa no poseía un
collar falso que se trajo de viaje, en lugar del legítimo?
Simon movió decisivamente la cabeza.
—Oh, no. Estoy completamente seguro de eso. Linnet adoraba sus
perlas y las llevaba a todas partes. Estaban aseguradas contra todo posible
riesgo y en consecuencia era un poco descuidada.
—Entonces debemos proseguir nuestra búsqueda.
Comenzó a abrir cajones. Race atacó una maleta. Simon miró con
asombro.
—Escuche, ¿seguramente que no sospechan que el viejo Bessner las
robó?
Poirot se encogió de hombros.
—Podría ser. Después de todo, ¿qué sabemos del doctor Bessner?
Únicamente lo que él manifiesta.
—Pero él no podía haberlas escondido aquí sin que yo lo viera.
—Él no podía haber escondido nada, hoy, sin que usted lo viese.
Pero ignoramos cuándo se verificó la sustitución. Puede haber efectuado el
cambio hace días.
—No se me había ocurrido.
El camarote siguiente fue el de Pennington. Los dos hombres
emplearon algún tiempo en la búsqueda. En particular, Poirot y Race examinaron
minuciosamente un cajón lleno de documentos legales y comerciales, requiriendo
muchos de ellos la firma de Linnet.
Race movió lúgubremente la cabeza.
—Al parecer todo esto está en orden.
—Sin embargo, el individuo ese no es idiota de nacimiento. Si
hubiese aquí algún documento comprometedor, poderes o algo por el estilo, los
habría destruido.
—Así es.
Poirot levantó un pesado revólver marca «Colt» del cajón
superior de la cómoda, lo miró y lo volvió a su sitio.
—Al parecer, hay aún alguna gente que viaja con revólveres
—murmuró.
Cuando salían del camarote de Pennington, Poirot sugirió que
Race registrase los camarotes restantes, ocupados por Jacqueline y Cornelia, y
dos desocupados situados en el extremo, mientras él hablaba unas palabras con
Simon Doyle.
En consecuencia volvió sobre sus pasos y entró de nuevo en el
camarote del doctor Bessner.
Simon dijo:
—Escuche, he estado pensando. Estoy completamente seguro de que
esas perlas no eran falsas ayer.
—¿Por qué eso, señor Doyle?
—Porque... Linnet —se estremeció al pronunciar el nombre de su
esposa— las estuvo acariciando poco antes de comer y habló de ellas. Tengo el
convencimiento de que ella habría sabido si eran una imitación.
—Sin embargo, era una buena imitación. Dígame, ¿la señora Doyle
tenía la costumbre de dejarlas a alguien? ¿Se las prestó, por ejemplo, a alguna
amiga en alguna ocasión?
—Verá usted, señor Poirot, me resultaría difícil decir... Yo...
pues no hace mucho tiempo que conozco a Linnet.
—¿Ella nunca, nunca —la voz de Poirot se tornó muy suave—,
nunca, por ejemplo, se las prestó a mademoiselle de Bellefort?
—¿Qué quiere usted decir? —el rostro de Simon enrojeció—. ¿Qué
pretende usted? ¿Que Jacqueline robó las perlas? Ella no hizo tal cosa. Estoy
dispuesto a jurarlo. Jacqueline es muy recta. La mera idea de que ella pueda
ser una ladrona es ridícula.
—Oh, la, la, la! —dijo Poirot inesperadamente—. Mi sugerencia ha
removido el nido de avispas adormecidas al parecer.
La puerta se abrió y entró Race.
—Nada —dijo bruscamente—. Bien, tampoco lo esperábamos. Ahí
vienen los camareros con el informe del resultado del registro de los
pasajeros.
Un camarero y una camarera aparecieron en el umbral. El primero
dijo:
—Nada, señor.
—¿Alguno de los señores objetó?
—Tan sólo el señor italiano. Protestó bastante. Manifestó que
era un deshonor, algo por el estilo. Tenía una pistola encima.
—¿Qué clase de pistola?
—Una automática, marca «Mauser», del calibre 25.
—Los italianos son muy vehementes —dijo Simon—. Richetti se
indignó en Wadi Halfa con una equivocación que hubo con un telegrama. Estuvo
grosero con Linnet.
Race se dirigió a la camarera. Era una mujer guapa y corpulenta.
—Nada en ninguna de las señoras, señor. Protestaron bastante,
excepto la señora Allerton. A propósito, la señorita Rosalía Otterbourne tenía
una pistolita en su bolso.
—¿De qué clase?
—Muy diminuta, señor, con un puño de nácar. Una especie de
juguete.
Race abrió los ojos asombrado.
—Qué caso más diabólico —murmuró—. Creí que habíamos descartado
las sospechas de su parte y ahora..., ¿acaso todas las muchachas de este
condenado barco llevan pistolas con puño de nácar?
Hizo una pregunta a la camarera.
—¿Objetó algo o mostró sentimiento cuando usted halló esa
pistola?
—-No creo que ella lo notase. Yo estaba vuelta de espaldas
cuando registraba los bolsos.
—Sin embargo, ella debe haber sabido que usted la encontraría.
No lo entiendo. ¿Y la doncella?
—Hemos buscado por todo el barco. No podemos encontrarla por
ninguna parte.
Race dijo pensativo:
—Ella podría haber robado las perlas. Es la única persona que
tenía amplias facilidades para mandar hacer una imitación.
Se dirigió a la camarera una vez más.
—¿Cuándo la vieron por última vez?
—Una media hora antes de tocar la campana para el almuerzo,
señor.
—Daremos un vistazo a su camarote —dijo Race—. Esto puede
decirnos algo.
Abrió la marcha en dirección a la cubierta de abajo. Poirot le
siguió. Abrieron la puerta del camarote y entraron.
Luisa Bourget, cuyo oficio era tener en orden los efectos
personales ajenos, se había marchado de vacaciones. Diversos artículos
aparecían esparcidos sobre la cómoda, una maleta estaba abierta con algunas
ropas colgando por un costado de ella, impidiendo que se cerrase; varias
prendas interiores pendían de los respaldos de las sillas.
Mientras Poirot abría los cajones del tocador, Race examinaba la
maleta.
Los zapatos de Luisa estaban alineados a lo largo de la cama.
Uno de ellos, de charol, parecía descansar de una manera extraordinaria, casi
sin soporte. Era tan extraño que atrajo la atención de Race. Éste cerró la
maleta y se inclinó sobre la hilera de zapatos. Luego emitió una exclamación.
Poirot giró sobre sus talones.
—Qu'est ce qu'il y a?
Race respondió ceñudo:
—No ha desaparecido. Ella está aquí... debajo de la cama...
CAPITULO XXIII
El cuerpo de la muerta que en vida fuera Luisa Bourget yacía en
el suelo del camarote. Los dos hombres se inclinaron sobre ella. Race se
enderezó primero.
—Ha sido muerta hace cosa de una hora, en mi opinión. Llamaremos
a Bessner. Apuñalada en la espalda. La muerte fue casi instantánea. No tiene
muy bonito aspecto, ¿no es verdad?
El rostro oscuro y felino aparecía convulsionado al parecer de
sorpresa y furia, los labios retorcidos mostraban los dientes.
Poirot se inclinó y suavemente alzó la mano derecha. La mano
tenía algo entre los dedos. Desprendió la cosa y se la ofreció a Race.
—¿Ve lo que es?
—Dinero —dijo Race.
—El ángulo de un billete de mil francos, me imagino.
—Está claro lo que ha sucedido —declaró Race—. Ella sabía algo y
estaba haciendo víctima de un chantaje al asesino. Esta mañana creímos que esta
muchacha había hablado con toda franqueza.
Poirot exclamó.
—¡Hemos sido unos idiotas, unos necios! Deberíamos haber sabido.
¿Qué dijo? «¿Qué podía haber visto y oído yo? Yo estaba en la cubierta de
abajo. Naturalmente, si no hubiese podido dormir, si hubiese subido la
escalera, entonces quizá podría haber visto a ese asesino, a ese monstruo,
entrar o salir del camarote de madame, pero tal como es...» ¡Desde luego esto
es lo que sucedió! ¡Ella subió! Vio a alguien entrar en el camarote de Linnet
Doyle... o salir. Y por su codicia, su insensata codicia, yace aquí...
—Y no estamos más cerca de conocer la verdad —terminó Race,
malhumorado.
—No, no. Sabemos mucho más ahora. Sabemos, lo sabemos todo. Sólo
que lo que sabemos parece increíble... Sin embargo, debe de ser así... ¡Bah!
Qué necio fui esta mañana. Los dos creíamos que ella ocultaba algo y, sin
embargo, no se nos ocurrió el motivo lógico: chantaje.
—Tiene que haber exigido dinero inmediatamente, para callarse
—dijo Race—. Con amenazas. El asesino viene a su camarote, le da el dinero y
luego...
—Y luego —agregó Poirot— ella lo cuenta. Oh, sí, conozco a esa
clase de gente. Ella contaría el dinero y mientras lo contaba estaba
desprevenida. El asesino atacó. Habiéndolo ejecutado con éxito, recogió el
dinero y huyó, sin observar que este ángulo de uno de los billetes estaba roto.
—Podemos atraparlo por este dato —murmuró Race, con esperanza.
—Lo dudo —manifestó Poirot—. Examinará esos billetes y
probablemente observará la rotura. Desde luego, si fuera de disposición
parsimoniosa, no destruiría un billete de mil, pero me temo mucho que su
temperamento sea el opuesto.
—¿Cómo saca usted esta conclusión?
—Este crimen y el asesinato de la señora Doyle exigían ciertas
cualidades..., valor, audacia, audaz ejecución, acción relampagueante..., y
esas cualidades no están de acuerdo con una disposición prudente y ahorrativa.
Race meneó tristemente la cabeza.
—Haré que Bessner venga —dijo.
El examen del grueso doctor no ocupó mucho tiempo.
—Ha estado muerta desde hace más de una hora —anunció—. La
muerte fue muy rápida, inmediata.
—¿Qué arma cree que se utilizó?
—Eso es muy interesante. Fue algo muy delgado, muy agudo, muy
delicado, como un bisturí de los que yo poseo.
—Supongo —dijo Race suavemente— que ninguno de sus cuchillos
ha... desaparecido, doctor.
—¿Qué dice usted? ¿Cree usted que yo, Carlos Bessner, tan bien
conocido en todo Austria, con mis clínicas, con tantos pacientes
aristocráticos, que yo he matado a una vulgar femme de chambre? ¡Ah, es
ridículo, absurdo lo que usted dice! Ninguna de mis herramientas ha
desaparecido, ni una sola. Todas están aquí, en sus sitios. Puede usted verlo
por sí mismo. No olvidaré este insulto a mi profesión.
El doctor Bessner cerró con violencia su caja de instrumentos,
la tiró y salió furioso del camarote.
—¡Uy! —dijo Simon—. Han sacado ustedes de sus casillas al viejo
doctor.
—Es lamentable.
—Andan ustedes despistados. El viejo Bessner es una excelente
persona.
—¿Quieren hacer el favor de salir de mi camarote ahora? Tengo
que cambiarle la venda a la pierna de mi paciente.
La señorita Bowers había entrado con él y esperaba, erguida, en
actitud profesional, que los otros saliesen.
Race y Poirot salieron sumisos. Race murmuró algo y se alejó.
Poirot dobló hacia la izquierda. Oyó unos trozos de conversación femenina, una
risa. Jacqueline y Rosalía estaban en el camarote de ésta.
La puerta estaba abierta y las dos muchachas estaban de pie
cerca de ella. Cuando su sombra cayó sobre ellas alzaron la vista. Vio la
sonrisa de Rosalía Otterbourne por primera vez —una sonrisa tímida y
acogedora—, algo insegura, como de alguien que hace una cosa nueva y poco
familiar.
—¿Hablaban ustedes del escándalo, mademoiselle? —le preguntó.
—No, señor —respondió Rosalía—. En realidad, comparábamos la
pintura para los labios.
—Les chiffons d'aujourd'hui —murmuró Poirot.
Pero había algo mecánico en su sonrisa, y Jacqueline de
Bellefort, más rápida y más observadora que Rosalía, lo vio. Ella dejó la
barrita de labios y salió a cubierta.
—¿Ha ocurrido algo?
—Como usted adivina, mademoiselle, ha ocurrido algo.
—¿Qué?
—Otra muerte —declaró Poirot.
Rosalía contuvo el aliento. Poirot observaba atentamente.
Observó en los ojos de la muchacha una expresión de alarma y consternación un
minuto o dos.
—La doncella de la señora Doyle ha sido asesinada —dijo
bruscamente.
—¿Asesinada? —gritó Jacqueline—. ¿Asesinada, dice usted?
—Sí, eso es lo que dije —aunque la respuesta iba dirigida a
ella, observaba a Rosalía. A ésta habló a continuación—: Verá usted, esta
doncella vio algo que no debía ver. Y así fue silenciada para el caso de que no
callara.
—¿Qué vio?
De nuevo fue Jacqueline quien preguntó y otra vez la respuesta
de Poirot fue dirigida a Rosalía. Era una extraña escena triangular.
—No cabe duda de lo que ella vio —declaró Poirot—. Vio a alguien
entrar y salir del camarote de Linnet Doyle aquella noche fatal.
—¿Dijo lo que vio? —inquirió Rosalía.
Suave, tristemente, Poirot meneó la cabeza.
Se oyeron unos pasos en la cubierta. Era Cornelia Robson,
desorbitados los ojos y sobresaltada.
—¡Oh, Jacqueline! —gritó—. Ha ocurrido una cosa terrible. Otra
cosa horrible.
Jacqueline se volvió hacia Cornelia. Las dos avanzaron unos
pasos. Casi inconscientemente Poirot y Rosalía avanzaron también en la otra
dirección. Rosalía preguntó desesperada:
—¿Por qué me mira? ¿Qué piensa usted?
—Me hace usted dos preguntas. Yo le formularé una, a mi vez:
¿Por qué no me dice usted toda la verdad, mademoiselle?
—No sé lo que usted quiere decir. Se lo dije todo... esta
mañana.
—No, hay cosas que no me dijo. No me dijo usted que lleva en su
bolso una pistolita con un puño de nácar. No me dijo todo lo que vio aquella
noche.
Ella enrojeció. Luego dijo con sequedad:
—No es verdad. Yo no tengo ningún revólver.
—No dije un revólver. Dije una pistolita que usted lleva en su
bolso.
Ella giró sobre sus talones, entró como una flecha en su
camarote y salió de nuevo; luego depositó el bolso gris en sus manos.
—Está usted diciendo tonterías. Mire usted mismo, si quiere.
Poirot abrió el bolso. No había ninguna pistola dentro. Devolvió
el bolso a la muchacha, viendo su mirada despectiva y triunfal.
—No —dijo en tono suave—. No está ahí.
—Ya lo ve. No siempre tiene razón, señor Poirot. Y también se
equivoca respecto a esas cosas ridículas que ha dicho.
—No, no lo creo.
—Es usted irritador —golpeó indignada con el pie en el suelo—.
Se le mete una idea en la cabeza y no hay quien se la quite.
—Porque quiero saber la verdad.
—¿Cuál es la verdad? Parece usted conocerla mejor que yo.
Poirot dijo:
—¿Quiere usted decirme lo que vio? Si no me equivoco, ¿quiere
confesar que tengo razón? Le diré lo que pienso. Creo que cuando dobló por la
popa del barco, se detuvo involuntariamente porque vio a un hombre salir de un
camarote situado en el centro de la cubierta, del camarote de Linnet Doyle,
como usted se percató al día siguiente, y le vio salir, cerrar la puerta detrás
de él y alejarse y luego quizás... entrar en uno de los camarotes del extremo.
Ella no respondió.
Poirot dijo:
—Quizá se figura que es mejor no hablar. Quizá tema que si
habla, la matarán a usted también.
Durante un momento el detective creyó que ella había picado en
el cebo, que la acusación contra su valor había triunfado donde unos argumentos
más sutiles fracasan.
Sus labios se abrieron, temblaron.
—No vi a nadie —contestó Rosalía Otterbourne.
CAPÍTULO XXIV
La señorita Bowers salió del camarote del doctor Bessner,
alisándose los puños de sus muñecas. Jacqueline dejó bruscamente a Cornelia y
se aproximó a la enfermera.
—¿Cómo está él? —preguntó.
La señorita Bowers aparecía consternada.
—He de confesar que sentiré un alivio cuando podamos sacarle una
radiografía y se le extraiga la bala. ¿Cuándo cree que llegaremos a Shellal,
señor Poirot?
—Mañana por la mañana.
Jacqueline asió el brazo de la señorita Bowers y lo sacudió:
—¿Va a morirse? ¿Va a morirse?
—Oh, no, señorita Jacqueline. Es decir, espero que no. La herida
en sí no es peligrosa. Pero no cabe duda de que es preciso hacerle una
radiografía cuanto antes.
Jacqueline se volvió a tientas, cegada por las lágrimas, hacia
su camarote. Una mano debajo del codo la sostenía y guiaba. Alzó la vista y a
través de las lágrimas vio a Poirot a su lado. Se apoyó en él un poco y él la
guió a través de la puerta del camarote. Ella se hundió en la cama y las
lágrimas manaron más abundantes.
Poirot se encogió de hombros. Meneó tristemente la cabeza.
—¡Yo lo habré matado! Y le amo tanto...
Poirot suspiró:
—Demasiado...
Fue lo que pensó hacía mucho tiempo en el restaurante del señor
Blondin. Eso pensó ahora. Titubeando dijo:
—De todos modos, no se guíe por lo que dice la señorita Bowers.
¡Las enfermeras son siempre tétricas! La enfermera de noche está siempre
asombrada de que su paciente esté vivo por la noche, la enfermera de día,
siempre se sorprende de que el paciente esté vivo por la mañana. Así son las
enfermeras del hospital. Saben demasiado.
Jacqueline, a través de sus lágrimas, dijo:
—¿Trata de consolarme, señor Poirot?
—¡Eh, bon Dieu, sabe lo que trato de hacer! Usted ni debería
haber emprendido este viaje.
—Ojalá no lo hubiese hecho. Ha sido horrible. Pero... pronto
terminará, ahora.
—Mais oui, mais oui.
—Y Simon irá al hospital y le someterán a un buen tratamiento y
todo saldrá bien.
—¡Habla usted como una criatura! ¡Y vivieron felizmente para
siempre jamás! Eso es, ¿no es verdad?
—Señor, no he querido decir...
—Es demasiado pronto para pensar en semejante cosa. Es la frase
hipócrita adecuada, ¿no es cierto? Pero usted tiene algo de latina,
mademoiselle Jacqueline. Usted debería admitir los hechos, aunque no parezcan
decorosos. Le roi est mort, vive le roi! El sol se ha puesto y la luna sale,
¿no es verdad?
—Usted no comprende. Él está apenado por mí, sufre porque sabe
que estoy atormentada de pensar que le he herido gravemente.
Poirot meneó la cabeza.
—Ah, bien —dijo Poirot—. La piedad es un sentimiento elevado.
Salió de nuevo a cubierta. El coronel Race pasaba y le abordó al
instante.
—Poirot. Buen muchacho. Le necesito. Tengo una idea —enlazando
su brazo por entre el de Poirot, se lo llevó por la cubierta—. Simplemente una
observación casual de Doyle. No me di cuenta entonces. Algo de un telegrama.
—Tiens, c'est vrai...!
—Nada de particular, quizá, pero no se puede dejar ningún
terreno inexplorado. Dos asesinatos y todavía estamos a oscuras
Poirot meneó la cabeza.
—No, no a oscuras. Al contrario.
Race le miró con curiosidad.
—¿Tiene alguna idea?
—Más que una idea. Estoy seguro.
—¿Desde cuándo?
—Desde la muerte de la doncella, Luisa Bourget.
—Pero, ¿usted cree saberlo? —Race le miró con curiosidad—. Usted
no lo diría si no estuviese seguro. Por mi parte, yo no puedo decir que lo veo
claro. Tengo mis sospechas, desde luego.
—Usted es un gran hombre, mi coronel. Usted no dice: «Dígame,
qué es lo que piensa.» Usted sabe que si pudiese hablar, lo haría. Pero antes
hay que establecer muchas cosas. Pero piense un instante en las líneas que voy
a indicar. Hay ciertos puntos... Hay una declaración de mademoiselle de
Bellefort de que alguien oyó nuestra conversación aquella noche en el jardín de
Assuán. Hay la declaración del señor Timoteo Allerton respecto a lo que oyó e
hizo en la noche del crimen. Hay las respuestas significativas de Luisa Bourget
a nuestras preguntas de esta mañana. Hay el hecho de que la señora Allerton
bebe agua, que su hijo bebe whisky y soda y que yo bebo vino. Añada botellitas
de esmalte para las uñas y el proverbio que yo cité. Y finalmente llegamos al
punto culminante del caso: que la pistola estaba envuelta en un pañuelo tosco y
una estola de terciopelo y había sido tirada por la borda...
Race permaneció silencioso y luego sacudió la cabeza.
—No —dijo—. No lo veo. Pero me parece adivinar adonde apunta.
Mas, por lo que veo, no creo que pueda dar resultado.
—Pero sí, pero sí, usted está viendo solamente la mitad de la
verdad. Y recuerde esto: hemos de empezar de nuevo, dado que nuestra primera
concepción de la historia era enteramente equivocada. Esto es lo que algunas
personas no quieren hacer. Conciben una hipótesis y quieren que todo encaje en
ella. Si algún dato o pormenor no encaja en la hipótesis, la rechazan. Pero
siempre los hechos que no encajan son los significativos. Desde un principio,
me di cuenta de la importancia de que la pistola desapareciese del escenario
del crimen. Sabía que debía significar algo, pero lo que ese algo era lo
comprendí tan sólo hace media hora.
—¡Yo todavía no lo veo!
—¡Pero lo verá! Solamente reflexione a lo largo de las líneas
que he indicado. Y ahora aclaremos este punto de un telegrama. Es decir, si el
Herr Doktor nos quiere recibir.
El doctor Bessner estaba aún de humor de perros. En respuesta a
la llamada apareció en el umbral con un rostro ceñudo.
—¿Qué hay? ¿Una vez más quieren ver a mi paciente? Ya les he
dicho que no es prudente. Tiene fiebre. Ya ha tenido demasiada excitación hoy.
—Solamente una pregunta —manifestó Race—. Nada más, se lo
aseguro.
Con un gruñido de descontento el doctor se apartó y los dos
hombres entraron en el camarote. El doctor, gruñendo para sí, pasó por su lado.
—Volveré dentro de tres minutos —dijo—. Y luego, decididamente,
se mancharán ustedes.
Simon Doyle miró de uno a otro de los dos interrogantes.
—Sí —dijo—. ¿Qué hay?
—Poca cosa. Una cosa de poca importancia —dijo Race—. Hace poco,
cuando los camareros me dieron el informe, mencionaron que el señor Richetti
había objetado escandalosamente. Manifestó usted que no le sorprendía, pues
usted conocía que era hombre de mal genio y que estuvo en una ocasión grosero
con su esposa acerca de un telegrama. ¿Puede contarnos eso?
—Fácilmente. Fue en Wadi Halfa. Acabábamos de regresar de la
Segunda Catarata. Linnet pensó que había visto un telegrama para ella en el
mostrador. Había olvidado que ya no se llamaba Ridgeway: y Richetti y Ridgeway
son algo parecidos cuando están escritos en una escritura atroz. Así ella lo
abrió, no lo entendió, y estaba descifrándolo cuando este Richetti llegó, se lo
arrancó de la mano y empezó a farfullar poseído de rabia. Ella fue a excusarse
y él estuvo horriblemente grosero con ella.
—¿Y sabe usted, señor Doyle, lo que decía aquel telegrama?
—Sí, Linnet leyó parte de él en voz alta. Decía...
Hizo una pausa. Hubo una conmoción fuera. Una voz estridente se
aproximaba rápidamente.
—¿Dónde están el señor Poirot y el coronel Race? ¡Tengo que
verles inmediatamente! Es muy importante Tengo una información de importancia
vital. Yo... ¿Están con el señor Doyle?
Bessner no había cerrado la puerta. Tan sólo la cortina colgaba
a través del umbral abierto. La señora Otterbourne la echó a un lado y entró
como un ciclón. Tenía la faz enrojecida, el andar vacilante y su palabra
insegura.
—Señor Doyle —dijo drásticamente—. ¡Sé quien mató a su esposa!
—¿Qué?
Simon la miró con asombro. También los otros dos la miraron.
La señora Otterbourne les lanzó una mirada de triunfo. Era
feliz, gloriosamente dichosa.
Race dijo ásperamente:
—¿He de entender que usted posee pruebas de quién asesinó a la
señora Doyle?
La señora Otterbourne se sentó en una silla y se inclinó hacia
delante moviendo vigorosamente la cabeza.
—Ciertamente, las poseo. ¿Convendrán conmigo, no es cierto, que
quien mató a Luisa Bourget mató también a Linnet Doyle? ¿Que los dos crímenes
fueron ejecutados por una misma mano?
—Sí, sí —dijo Simon con impaciencia—. Desde luego, es
comprensible. Continúe.
—Entonces mi información es válida. Sé quién mató a Luisa
Bourget, por tanto sé quién mató a Linnet Doyle.
—¿Quiere decir que tiene una hipótesis acerca de quién mató a
Luisa Bourget? —sugirió Race, escéptico.
—No; lo sé de cierto. Yo vi a esa persona con mis propios ojos.
Simon, enfurecido, gritó:
—Por amor de Dios, comience desde el principio. Dice usted que
conoce a la persona que mató a Luisa Bourget.
La señora Otterbourne asintió con la cabeza.
—Les diré exactamente lo que ocurrió. Fue cuando bajé a
almorzar. Apenas tenía ganas de comer. El horror de la reciente tragedia...
bien, no necesito entrar en eso. Cuando estaba a mitad de camino, recordé que
había dejado algo en el camarote. Dije a Rosalía que se adelantase, que
continuase sin mí. Así lo hizo.
La cortina de la puerta se movió ligeramente como si el viento
la levantara, pero ninguno de los tres lo observó.
—Yo... —la señora Otterbourne calló. La cuestión era delicada—.
Yo... tenía que ver a uno de la tripulación, del barco. Él tenía que darme algo
que yo necesitaba, pero no quería que mi hija lo supiese; ella suele ser muy
fastidiosa a veces...
La cortina de la puerta volvió a moverse. Entre ella y la puerta
algo relució. La señora Otterbourne continuó:
—Yo tenía que bajar a la cubierta de abajo y allí encontraría al
hombre esperándome. Cuando yo caminaba por la cubierta, la puerta de un
camarote se abrió y alguien se asomó. Era una muchacha, Luisa Bourget, o como
se llamara. Parecía esperar a alguien. Al verme, pareció tener una decepción y
entró de nuevo bruscamente en el camarote. No le di importancia en aquel
momento. Continué andando como he dicho y recibí... el paquete del hombre.
Luego volví sobre mis pasos. En el preciso momento en que doblaba el ángulo, vi
a alguien llamar a la puerta de la doncella y entrar en el camarote.
Race interrumpió:
—Y esa persona era...
¡Bang!
El ruido de la explosión llenó el camarote. Se sintió un olor
acre a humo. La señora Otterbourne se volvió lentamente de lado como en suprema
pregunta, luego su cuerpo se desplomó hacia delante y cayó al suelo con ruido
sordo. De detrás de su oreja, la sangre manaba de un agujerito redondo.
Hubo un momento de estupefacción.
Luego Race y Poirot se pusieron en pie de un salto. El cuerpo de
la mujer dificultó un poco sus movimientos. Race se inclinó sobre ella mientras
Poirot saltaba como un gato en dirección a la puerta y salía a cubierta. La
cubierta estaba desierta. En el suelo, delante del umbral, había un revólver
grande, marca «Colt».
Poirot miró en ambas direcciones. La cubierta aparecía desierta.
Echó a correr hacia la popa. Al doblar el ángulo, topó con Timoteo Allerton que
venía del lado opuesto.
—¿Qué diablos fue eso? —gritó Timoteo, jadeante.
Poirot gritó bruscamente:
—¿Encontró a alguien cuando usted venía aquí?
—¿Que si vi a alguien...? No.
—Entonces acompáñeme —asió al joven del brazo y volvió sobre sus
pasos.
Un grupo numeroso se había congregado ya. Rosalía, Jacqueline y
Cornelia habían salido corriendo de sus camarotes. Más gente llegaba al salón:
Ferguson, Jaime Fanthorp y la señora Allerton.
—¿Tiene usted guantes? —preguntó Poirot.
Timoteo rebuscó.
—Sí, los tengo.
Poirot se los arrebató, se los puso y se inclinó para examinar
el revólver. Race lo imitó. Los otros miraban, conteniendo el aliento.
Race dijo, señalando el revólver.
—Me parece haber visto esta arma no hace mucho tiempo. Sin
embargo, debo asegurarme.
Llamó a la puerta del camarote de Pennington. No hubo respuesta.
El camarote estaba desierto. Race fue al cajón de la derecha de la cómoda y lo
abrió. El revólver había desaparecido.
—Esto lo decide —murmuró el coronel—. ¿Dónde estará Pennington?
Salieron de nuevo a la cubierta. La señora Allerton se había
unido al grupo y Poirot se unió rápidamente a ella.
—Madame, llévese a la señorita Otterbourne y cuídela. Su madre
—consultó a Race con la mirada y éste asintió con la cabeza— ha sido asesinada.
El doctor Bessner llegó precipitadamente.
—Gott im Himmel! ¿Qué hay ahora?
Le abrieron paso. Race indicó el camarote. Bessner entró.
—Busque a Pennington —dijo el coronel—. ¿Hay alguna huella
dactilar en ese revólver?
—Ninguna —respondió el detective.
Encontraron a Pennington en la cubierta de abajo. Estaba sentado
en el saloncito, escribiendo cartas.
—¿Hay alguna novedad? —inquirió.
—¿No oyó un disparo?
—¡Cómo! Ahora que usted lo menciona creo haber oído una especie
de bang. Pero no se me ocurrió... ¿A quién han matado?
—A la señora Otterbourne.
—¿A la señora Otterbourne? —la voz de Pennington sonó
asombrada—. Me sorprende usted. La señora Otterbourne —meneó la cabeza—. No lo
entiendo —bajó la voz—. Me parece, señores, que tenemos a bordo un loco
homicida. Debernos organizar un sistema defensivo.
—Señor Pennington —dijo el coronel—, ¿cuánto tiempo ha estado
usted en este salón?
—Déjeme ver —Pennigton se acarició la barbilla—. Diría que unos
veinte minutos, más o menos.
—¿Y no ha salido durante este tiempo?
—¡Cómo! No, ciertamente que no.
—Verá usted, señor Pennington —dijo Race—. La señora Otterbourne
ha sido asesinada con el revólver de usted.
CAPÍTULO XXV
El señor Pennington se quedó estupefacto, muy impresionado. No
podía llegar a creerlo.
—¡Cómo, señores! —dijo—, éste es un asunto muy serio. Muy serio,
en verdad.
—Sumamente serio para usted, señor Pennington —aseguró fríamente
Race.
—¿Para mí? —Pennington enarcó las cejas, sobresaltado—. Pero,
señores, estaba sentado tranquilamente aquí cuando dispararon ese tiro.
—¿Tiene usted, quizás, un testigo para probar eso?
Pennington meneó la cabeza.
—No... no... no lo creo. Pero es claramente imposible que yo
haya subido a la cubierta de arriba, que haya asesinado a esa pobre mujer, ¿y
por qué había de matarla, yo después de todo?, y luego haya bajado sin que
nadie me viera. Siempre hay mucha gente paseando por la cubierta a esta hora
del día.
—¿Cómo explica que hayan usado su pistola?
—Temo que sea culpa mía. Poco después de embarcar hubo una
conversación en el salón de noche, lo recuerdo, acerca de armas de fuego. Y
mencioné que yo siempre llevaba un revólver cuando viajaba.
—¿Quién había allí?
—No lo recuerdo exactamente. La mayoría de los pasajeros, me
parece. Mucha gente, de todos modos —meneó tristemente la cabeza—. Sí,
ciertamente, es culpa mía.
Poirot dijo:
—Señor Pennington, desearía discutir ciertos aspectos del caso
con usted. ¿Quiere venir a mi camarote dentro de media hora?
—Encantado.
Pennington no parecía verdaderamente estar encantado. Su voz no
lo indicaba. Tampoco su rostro. Race y Poirot cambiaron una mirada y salieron
bruscamente del saloncito.
—Es un viejo muy astuto —dijo Race—. Pero está asustado, ¿eh?
—Sí, no está muy contento nuestro señor Pennington —asintió
Poirot.
Al llegar a la cubierta de paseo, la señora Allerton salió de su
camarote y al ver a Poirot hizo una seña imperiosa.
—Madame?
—¡Esa pobre criatura! Dígame, señor Poirot, ¿hay algún camarote
doble, que lo pueda compartir con ella? Ella no debe volver al que compartía
con su madre, y el mío es para una sola persona.
—Eso tiene arreglo, madame. Es usted muy buena.
—Es pura decencia. Además, la muchacha me es muy simpática.
Siempre me ha gustado.
—¿Está muy... muy afectada?
—Terriblemente. Parece que simplemente adoraba a esa detestable
mujer. Esto es lo más patético. Timoteo dice que cree que ella bebía. ¿Es
verdad?
Poirot asintió con la cabeza.
—Oh, bien, pobre mujer. No hay que juzgarla, supongo, pero esa
muchacha debe de haber llevado una vida terrible.
—Así es, madame. Es muy orgullosa y muy leal.
—Sí, eso me gusta: la lealtad, quiero decir. Está pasada de moda
hoy día. Esa muchacha tiene un carácter extraño: orgullosa, reservada, terca y
terriblemente cariñosa en el fondo.
—Veo que la he entregado a buenas manos, madame.
—Sí, no se preocupe. Me cuidaré de ella. Se inclinó a buscar mi
compañía de una manera patética.
La señora Allerton volvió a su camarote. Poirot volvió al lugar
de la tragedia. Cornelia estaba aún de pie en la cubierta, con los ojos
dilatados. Dijo:
—No lo entiendo, señor Poirot. ¿Cómo escapó la persona que la
mató sin que la viéramos?
—Sí, ¿cómo? —preguntó Jacqueline.
—¡Ah! —dijo Poirot—. No fue una desaparición tan misteriosa como
usted piensa, mademoiselle. El asesino pudo marcharse por tres caminos
distintos.
Jacqueline tenía una expresión intrigada.
—¿Tres? —preguntó.
—Pudo irse por la derecha o por la izquierda, pero no veo otro
modo —murmuró Cornelia.
Jacqueline frunció el ceño también. Luego, el ceño se despejó.
Dijo:
—El señor Poirot quiere decir, querida, que pudo descolgarse por
la baranda y bajar rápidamente a la otra cubierta.
—¡Cielos! —estalló Cornelia—. No se me había ocurrido. No
obstante, tendría que haberlo hecho muy ágilmente. Supongo que pudo hacerlo.
—Fácilmente —dijo Timoteo Allerton—. Recuerde que siempre hay un
minuto de estupefacción después de una cosa como ésta: se oye un disparo y
queda uno paralizado durante un segundo o dos.
Race salió del camarote de Bessner y dijo autoritariamente:
—¿Harían el favor de alejarse? Queremos sacar el cuerpo.
Todos se alejaron obedientemente. Poirot se fue con ellos.
Cornelia, tras los primeros pasos, le dijo en tono triste y serio:
—Jamás olvidaré mientras viva este viaje... Tres muertes... Es
como vivir una pesadilla.
Ferguson se encontraba cerca de ella y la oyó. Dijo en tono
agresivo:
—Eso es porque usted está demasiado civilizada. Debería ver la
muerte como lo hace el oriental. Es un mero incidente, que apenas se nota.
Cornelia dijo:
—Todo esto está muy bien; esas pobres criaturas no están
civilizadas.
—No, y buena cosa es. La educación ha desvitalizado a las razas
blancas. Mire a América: está embarcada en una orgía de cultura. Sencillamente
repugnante.
—Creo que está diciendo tonterías —replicó Cornelia,
enrojeciendo—. Yo asistía a las conferencias sobre Arte Griego y el
Renacimiento y fui a algunas sobre Mujeres Famosas de la Historia Universal.
El señor Ferguson gimió:
—¡Arte Griego! ¡El Renacimiento! ¡Mujeres Famosas de la
Historia! Me dan náuseas oyéndola. Es el futuro lo que tiene importancia,
mujer, no lo pasado. Tres mujeres están muertas en este barco... bien, ¿qué
importa? No constituyen ninguna pérdida. ¡Linnet Doyle y su dinero! La doncella
francesa: un parásito. La señora Otterbourne: una mujer tonta e inútil... ¿Cree
que a alguien realmente le importa que estén muertas o no? Yo no lo creo.
—¡Entonces usted se equivoca! —apostrofó Cornelia—. Y me da
nauseas oírle hablar, como si nada tuviese importancia más que usted.
El señor Ferguson retrocedió un paso. Se mesó los cabellos con
vehemencia.
—Renuncio —dijo—. Es usted increíble. No tiene usted ni la más
leve chispa de despecho femenino —volvióse hacia Poirot—. ¿Sabe usted, señor,
que el padre de Cornelia fue arruinado por el de Linnet Ridgeway? ¿Y acaso la
muchacha rechina los dientes cuando ve a la heredera exhibiendo perlas y modas
de París?
—Me resentí, sí, un instante. Papá murió de desaliento, porque
no había triunfado.
—¡Se resintió un momento!
Cornelia se volvió contra él.
—Bien, ¿no acaba de decir que lo futuro es lo que tiene
importancia, no lo pasado? Todo esto ocurrió en lo pasado, ¿no es verdad? Ha
terminado.
—Me pilló ahí —dijo Ferguson—. Cornelia Robson, es usted la
única mujer simpática que he conocido en mi vida. ¿Quiere casarse conmigo?
—Creo que está usted procediendo de una manera ridícula —dijo
Cornelia, enrojeciendo—. Debería ser un poco más serio.
—¿Quiere decir que no hablo en serio al proponerlo o quiere
decir que no tengo carácter serio?
—Las dos cosas, pero realmente me refiero al carácter. Usted se
burla de todas las cosas serias. De la educación, de la cultura y... y... de la
muerte.
Se interrumpió, enrojeció de nuevo y entró precipitadamente en
su camarote.
Ferguson la siguió estupefacto con la mirada.
—¡Maldita sea la muchacha! Creo que lo dijo en serio... Ella
quiere un hombre que inspire confianza. De confianza... ¡oh, dioses! —hizo una
pausa y luego dijo, en tono de curiosidad—: ¿Qué le pasa, señor Poirot? Está
usted muy absorto en sus pensamientos.
Poirot dio un respingo.
—Medito, eso es todo; medito.
—«Meditación sobre la Muerte. La Muerte, la guadaña diezmadora»,
por Hércules Poirot.
—Señor Ferguson —dijo Poirot—. es usted un joven muy
impertinente.
—Tiene que dispensarme. Me gusta atacar a las instituciones
establecidas.
—¿Y yo soy una institución establecida?
—Precisamente. ¿Qué opina usted de esa muchacha?
—Creo que es una joven de carácter sólido.
—Tiene usted razón. Tiene sangre. Parece sumisa, mansa, pero no
lo es. Tiene valor. Ella es... maldición... quiero a esa muchacha. Quizá no
haría mal en abordar a la vieja. Si pudiese ponerla en contra mía, tal vez
influiría en Cornelia.
Giró en redondo y entró en el salón de observación.
La señorita Van Schuyler estaba sentada en su rincón de
costumbre. Tenia un aspecto más arrogante que de ordinario. Estaba haciendo
ganchillo.
Ferguson se aproximó a ella. Hércules Poirot, entrando
disimuladamente, tomó asiento a distancia discreta y pareció quedar absorto en
una revista.
—Buenas tardes, señorita Van Schuyler.
La señorita Van Schuyler alzó la vista un segundo, tornó a
bajarla y murmuró glacialmente:
—¡Hum!, buenas tardes.
—Escuche, señorita Van Schuyler. Quiero hablarle a usted acerca
de una cosa bastante importante. Es esto: deseo casarme con su sobrina.
—Debe usted de estar loco, joven.
—De ningún modo. Estoy resuelto a casarme con ella. ¡Le he
pedido a ella que se case conmigo!
—¿Sí? Y supongo que ella le habrá mandado a paseo.
—Me rehusó.
—Naturalmente.
—De ningún modo es «naturalmente». Continuaré pidiéndoselo hasta
que acceda.
—Puedo asegurarle, señor, que yo tomaré medidas para que mi
joven sobrina no esté sometida a su persecución.
—¿Qué tiene usted en contra de mí?
Dijo la señorita Van Schuyler, en tono mordaz:
—Yo diría que eso es muy obvio, señor... hum... no conozco su
nombre.
—Ferguson.
—Señor Ferguson —la señorita Van Schuyler pronunció el nombre
con clara repugnancia—. Semejante idea está descartada.
—¿Quiere decir —dijo Ferguson— que yo no soy bastante bueno para
ella?
La señorita Van Schuyler no respondió.
—Tengo dos piernas, dos brazos, buena salud y un cerebro
bastante razonable. ¿Qué de mal me encuentra en eso?
—Hay lo que se llama posición social, señor Ferguson.
La puerta se abrió y Cornelia entró. Se detuvo en seco al ver a
su temible prima María conversando con su presunto pretendiente.
El atroz y ofensivo señor Ferguson volvió la cabeza sonrió
ampliamente y llamó:
—Venga, Cornelia Estoy pidiendo su mano del modo más
convencional.
—¡Cornelia! —tronó la señorita Van Schuyler y su voz era
verdaderamente terrible—, ¿has alentado, has incitado a este joven?
—Yo., no, desde luego... a lo menos... no exactamente... quiero
decir...
—Ella no me ha alentado —declaró Ferguson, ayudándola—; yo lo he
hecho todo. Ella realmente tiene un corazón muy bondadoso. Cornelia, su tía
dice que yo no soy bastante bueno para usted. Eso, desde luego, es verdad, pero
no del modo que ella quiere decir. Mi naturaleza moral ciertamente no iguala a
la suya, pero su argumento es que yo estoy socialmente por debajo de usted.
—Eso, creo yo, es igualmente obvio para Cornelia —dijo la
señorita Van Schuyler.
—¿Sí? —el señor Ferguson le dirigió una mirada escrutadora— ¿Por
eso no quiere casarse conmigo?
—No, no es eso —Cornelia se ruborizó—. Si usted me gustase, me
casaría, no importa quién fuese usted.
Las lágrimas amenazaron con abrumarla. Salió precipitadamente
del salón.
—En conjunto —dijo el señor Ferguson— no está demasiado mal como
principio —se reclinó en su silla, miró al techo, silbó, cruzó las rodillas y
observó—: Todavía la llamaré tía.
—Salga de este salón al instante, señor, o llamaré al camarero.
—He pagado mi billete —replicó el señor Ferguson— y no puede
echarme del salón público. Pero la complaceré —se dirigió pausadamente hacia la
puerta y salió.
Ahogándose de rabia, la señorita Van Schuyler se incorporó.
Poirot, emergiendo discretamente de detrás de la revista que tenía en las
manos, se puso en pie de un salto y la saludó reverente.
—Muchas gracias, señor Poirot. Si tuviera la bondad de decirle a
la señorita Bowers que venga... estoy indispuesta, ¡Ese insolente joven!
—Es algo excéntrico —dijo Poirot—. Como casi todos los de la
familia. Demasiado mimado, desde luego. Siempre inclinado a batirse con los
molinos de viento. —añadió en tono indiferente—: Usted le reconoció, ¿no es
cierto?
—¿Que le reconocí?
—Sí, es el joven lord Dawlish. Inmensamente rico, desde luego.
Pero se hizo comunista en Oxford.
La señorita Van Schuyler, mostrando en su rostro un campo de
batalla de emociones antagónicas, dijo:
—¿Cuánto tiempo hace que usted sabe esto, señor Poirot?
Poirot se encogió de hombros.
—Vi una fotografía en un periódico, y observé el parecido. Luego
encontré un anillo, un sello, con un escudo de armas grabado en él. Oh, no cabe
duda, se lo aseguro.
Tuvo un momento de júbilo leyendo las expresiones que se
sucedieron en la cara de la dama. Finalmente, con una graciosa inclinación de
cabeza, ella dijo:
—Le estoy muy agradecida, señor Poirot.
Poirot la siguió con la mirada cuando ella salió del salón y
sonrió. Luego se sentó y su rostro se tornó grave de nuevo. Estaba absorto en
sus pensamientos. De vez en cuando movía afirmativamente la cabeza.
—Mon ami —murmuró al fin—. Todo encaja.
CAPITULO XXVI
Race le encontró sentado todavía allí.
—Bien, Poirot, ¿qué hay? Pennington llegará dentro de diez
minutos. Dejo esto en sus manos.
—Primero haga buscar a Fanthorp.
—¿Fanthorp? —preguntó Race sorprendido.
—Sí. Llévelo a mi camarote.
Race asintió y salió. Poirot fue a su camarote. Race llegó con
el joven Fanthorp un minuto después. Poirot indicó unas sillas y ofreció
cigarrillos.
—Ahora, señor Fanthorp —dijo—, vamos a nuestro asunto. Observo
que usa la misma corbata que usa mi amigo Hastings.
—Exacto. Es la corbata de la Vieja Escuela.
—Debe usted comprender que aunque soy extranjero, conozco algo
el punto de vista inglés. Sé, por ejemplo, que hay «cosas que se hacen» y
«cosas que no se hacen».
—No decimos esa clase de cosas hoy día, señor.
—Tal vez no, pero queda la costumbre. ¡La Vieja Escuela! Es la
corbata de la Vieja Escuela y hay ciertas cosas, lo sé por experiencia, que la
corbata de la Vieja Escuela no hace. Una de esas cosas, señor Fanthorp, es
entrometerse en una conversación particular cuando no se conoce a las personas
que la sostienen.
»Pero el otro día, señor Fanthorp, eso es exactamente lo que
usted hizo. Ciertas personas estaban efectuando tranquilamente algunos negocios
particulares en el salón de observación. Usted se aproximo, evidentemente con
el propósito de oír de qué se hablaba, y poco después usted se volvió y
felicitó a la señora Doyle sobre la solidez de sus métodos comerciales.
Poirot continuó sin esperar comentario.
—¡Ahora bien, señor Fanthorp, esa no es la conducta de una
persona que lleva una corbata que usa mi amigo Hastings! ¡Hastings es todo
delicadeza, moriría de vergüenza antes de hacer semejante cosa! Por tanto,
teniendo en cuenta que usted es muy joven para permitirse el lujo de un viaje
como éste, que es usted miembro del despacho de un abogado de pueblo y, por lo
tanto, probablemente, no exageradamente rico, y que usted no muestra señales de
enfermedad reciente, yo me pregunto, y se lo estoy preguntando: ¿Cuál es el
motivo de su presencia en este barco?
—Me niego a darle ninguna clase de información, señor Poirot.
Realmente creo que debe usted estar loco.
—No estoy loco. Estoy en mi juicio. ¿Dónde está la casa donde
trabaja? En Northampton, no muy lejos de Wode Hall. ¿Qué conversación intentó
usted oír? Una conversación referente a documentos legales. ¿Cuál fue el objeto
de la observación que usted emitió con evidente embarazo y malestar? Su objeto
era impedir que la señora Doyle firmase un documento sin leerlo.
»En este barco ha habido un asesinato y consecutivamente a ese
asesinato han ocurrido otros dos crímenes en rápida sucesión. Si además le
facilito a usted la información de que el arma que mató a la señora Otterbourne
era un revólver propiedad del señor Andrés Pennington, entonces quizá
comprenderá usted que tiene el deber de decirnos todo cuanto sepa.
—Muy bien. ¿Qué desea saber?
—¿Por qué vino usted a este viaje?
—Mi tío, el coronel Carmichael, el abogado inglés de la señora
Doyle, me mandó. Él se cuida de muchísimos de los asuntos de ella. De este
modo, sostenía correspondencia con el señor Andrés Pennington, que era
depositario americano. Varios pequeños incidentes, no puedo enumerarlos todos,
hicieron que mi tío sospechase que las cosas no iban tal como debían ir.
—En lenguaje claro y llano —dijo Race—, su tío sospechaba que
Pennington era un bribón.
Jaime Fanthorp asintió con la cabeza, con una leve sonrisa en el
rostro.
—Usted lo pone más crudamente de lo que yo lo haría, pero la
idea es ésa. Varias excusas hechas por Pennington, ciertas explicaciones
plausibles de la disposición de fondos, despertaron el recelo de mi tío.
«Mientras estas sospechas eran nebulosas, la señorita Ridgeway
se casó inesperadamente y se marchó en viaje de luna de miel a Egipto. El
casamiento quitó un peso de encima a mi tío, pues sabía que a su regreso a
Inglaterra la herencia tendría que liquidarse y entregarse.
»No obstante, en una carta que ella le escribió a él desde El
Cairo, mencionó casualmente que se había encontrado inesperadamente con Andrés
Pennington. Las sospechas de mi tío se agudizaron. Tenía el convencimiento de
que Pennington, tal vez encontrándose en una posición desesperada, iba a tratar
de conseguir algunas firmas de ella, con lo cual podría encubrir sus desfalcos.
Dado que mi tío no podía presentarle a ella ninguna prueba, se encontraba en
una posición muy delicada. Lo único que pudo pensar fue mandarme allí en avión,
con instrucciones de descubrir lo que se tramaba. Yo tenía que estar alerta y
obrar sumariamente, si era necesario, o sea, una misión desagradable, se lo
aseguro. En realidad, en la ocasión que usted menciona tuve que comportarme más
o menos como un canalla. Fue embarazoso, pero en conjunto quedé satisfecho del
resultado.
—¿Quiere decir que puso en guardia a la señora Doyle? —inquirió
Race.
—No tanto como eso. Pero creo que alarmé a Pennington. Tuve el
convencimiento de que no intentaría ninguna bribonada durante algún tiempo, y
para entonces yo esperaba intimar lo bastante con la señora y el señor Doyle
para transmitirle alguna especie de aviso. En realidad me proponía hacerlo por
mediación de Doyle. La señora Doyle apreciaba tanto al señor Pennington que
habría sido embarazoso sugerirle a ella alguna cosa. Habría sido más fácil
abordar al marido.
—¿Quiere darme su opinión sobre un punto, señor Fanthorp? Si
usted se propusiera estafar a alguien, ¿escogería a la señora Doyle o a su
marido como víctima?
Fanthorp esbozó una sonrisa.
—Al señor Doyle, siempre; Linnet Doyle era muy sagaz en
cuestiones de negocios.
—De acuerdo —dijo Poirot. Miró a Race—. Hay el móvil.
—Pero todo esto es pura conjetura. No es ninguna prueba.
—¡Ah, bah! ¡Conseguiremos las pruebas!
—¿Cómo?
—Posiblemente del mismo Pennington.
—Lo dudo —murmuró Fanthorp.
Race consultó su reloj.
—Debe llegar de un momento a otro.
Jaime Fanthorp comprendió al instante. Se marchó.
Dos minutos después, Andrés Pennigton hizo su aparición.
—Bien, señores —dijo—; aquí estoy.
—Le rogamos que viniese aquí, señor Pennigton —empezó Poirot—,
porque es evidente que usted tiene un interés especial en el caso.
Pennington enarcó ligeramente las cejas.
—¿Sí?
—Así es. Usted ha conocido a Linnet Ridgeway, según tengo
entendido, desde niña.
—Oh, eso... —su rostro se alteró—; dispense, no lo oí bien. Sí.
como les dije esta mañana, he conocido a Linnet desde que era una criatura.
—Era usted tan íntimo de su padre que a su muerte le nombró
guardián de los negocios de su hija y depositario de la vasta fortuna que ella
heredó.
—Algo así —la cautela tornaba—. Yo no era el único depositario,
naturalmente; otras personas estaban asociadas conmigo.
—¿Que han muerto desde entonces?
—Dos de ellas, sí. La otra, el señor Sterndale Rockford, mi
socio, está vivo.
—La señorita Ridgeway, según tengo entendido, no era mayor de
edad todavía cuando se casó.
—Habría cumplido los veintiún años el próximo julio.
—Y en el curso normal de las cosas, ¿habría entrado en posesión
de su fortuna?
—Sí.
—¿Pero su casamiento precipitó las cosas?
—Ustedes me dispensarán, señores, pero, ¿hasta qué punto les
importa a ustedes todo esto?
—Si le desagrada responder a las preguntas...
—No se trata de que me desagrade. No importa lo que me
pregunten. Pero no veo por ningún lado la pertinencia de todo esto.
—Oh, pero desgraciadamente, señor Pennigton... —Poirot se
inclinó hacia delante—, existe la cuestión del móvil. Al considerar esto hay
que tener en cuenta las cuestiones financieras.
Pennington dijo malhumorado:
—Según el testamento de Ridgeway, Linnet tomaría posesión de su
fortuna cuando cumpliera los veintiún años o cuando se casara.
—¿Sin ninguna condición?
—Sin ninguna condición.
—Y se trata de un asunto, según me han asegurado, de millones.
—Millones son.
—Su responsabilidad, señor Pennington, y la de su socio, ha sido
muy grave.
—Estamos habituados a la responsabilidad. No nos preocupa lo más
mínimo.
—¡Quién sabe!
—¿Qué demonios quiere usted decir?
Poirot respondió con aire de franqueza encantadora:
—Me preguntaba, señor Pennington, si el súbito casamiento de
Linnet Ridgeway causó alguna consternación en su oficina.
—¿Consternación? ¿Qué quiere usted decir?
—Algo muy sencillo. ¿Los asuntos de Linnet Doyle están en el
orden perfecto que deben estar?
—Están en el perfecto orden.
—¿No se alarmó usted tanto cuando llegó la súbita noticia del
casamiento de Linnet Ridgeway que corrió usted precipitadamente hacia Europa en
el primer barco y simuló un encuentro fortuito en Egipto?
Pennington se volvió hacia ellos. Había recobrado la serenidad.
—¡Lo que usted dice es pura teoría! Ni siquiera sabía que Linnet
Ridgeway estaba casada hasta que me la encontré en El Cairo. Me quedé asombrado
Su carta no llegó a mis manos por cuestión de un día en Nueva York. Fue
reexpedida y la recibí una semana después. —Vino usted en el Germanic, creo que
dijo. —Así es.
—¿Y la carta llegó a Nueva York después de la partida del
Germanic?
—¿Cuántas veces he de repetirlo?
—Es extraño —dijo Poirot.
—¿Qué es extraño?
—Que en su equipaje no hay ninguna etiqueta del Germanic. Las
únicas etiquetas recientes del viaje transatlántico son las del Normandie. El
Normandie, según recuerdo, zarpó dos días después del Germanic.
Durante un momento el otro quedó desconcertado. Titubeó.
El coronel Race lo sospechó con efecto evidente:
—Vamos, señor Pennington —dijo—. Tenemos varias razones para
creer que usted viajó en el Normandie, y no en el Germanic, como ha dicho
usted. En este caso, usted recibió la carta de la señora Doyle antes de partir
de Nueva York. Es inútil negarlo, pues lo más fácil del mundo es comprobarlo en
las compañías de navegación.
—He de inclinarme ante ustedes, señores. Han sido demasiado
hábiles para mí. Pero yo tenía motivos para obrar como lo hice.
—Sin duda.
—Bien —Pennington suspiró—. Hablaré claro. Se realizaban algunas
operaciones sospechosas en Inglaterra. Me alarmaron. Yo no podía hacer gran
cosa por carta. Lo mejor era venir y verlo personalmente.
—¿Qué quiere decir con «operaciones sospechosas»?
—Tengo mis motivos para creer que estafaban a Linnet.
—¿Quién?
—Su abogado inglés. Ahora, eso no es la clase de acusación que
se puede formular fácilmente. Decidí venir y comprobarlo.
—Eso acredita su vigilancia. Pero, ¿por qué ese pequeño engaño
de no haber recibido la carta?
—Bien —Pennington extendió las manos—. No puede uno entrometerse
con una pareja en luna de miel sin dar una explicación. Pensé que sería mejor
fingir que el encuentro era casual.
—En realidad, todas sus emociones fueron motivadas por puro
desinterés —dijo el coronel Race.
—Usted lo ha dicho, coronel.
Hubo una pausa. Race miró a Poirot. El hombrecillo se inclinó
hacia delante.
—Señor Pennington, no creemos una palabra de su historia.
—¡Maldición! ¿Y qué demonios creen ustedes?
—Nosotros creemos que el inesperado casamiento de Linnet
Ridgeway le puso a usted en un apuro financiero, que usted vino
precipitadamente con el objeto de encontrar algún medio para salir del apuro en
que se encontraba, es decir, algún modo de ganar tiempo. Que con ese propósito
in mente, usted procuró obtener la firma de la señora Doyle para ciertos
documentos, y fracasó. Que en el viaje por el Nilo, cuando caminaba usted a lo
largo del acantilado de Abu Simbel, desprendió usted una roca que cayó y por un
pelo no tocó a su objetivo...
«Creemos que la misma clase de circunstancias ocurrió en el
viaje de vuelta, es decir, se presentó una ocasión de suprimir a la señora
Doyle en el momento en que su muerte, sin duda, sería atribuida a la acción de
otra persona. No sólo lo creemos sino que sabemos que fue su revólver el que
mató a una mujer que estaba a punto de revelarnos el nombre de la persona que
ella tenía motivos para creer que mató a Linnet Doyle y a Luisa Bourget...
—¡Maldición! —la exclamación interrumpió el chorro de elocuencia
de Poirot—. ¿Qué pretende usted? ¿Está usted loco? ¿Qué motivos tenía yo para
matar a Linnet? Yo no iba a recibir su dinero; éste iría a parar a manos de su
marido. ¿Por qué no se mete usted con él? Él ha de beneficiarse, no yo.
Race dijo en tono glacial:
—Doyle no salió nunca del salón la noche de la tragedia hasta
que fue herido en la pierna. La imposibilidad de que caminase un paso después
de eso, pueden atestiguarla un doctor y una enfermera, ambos testigos de
confianza e independientes. Simon Doyle no pudo haber matado a su esposa. Él no
pudo haber matado a Luisa Bourget. Ciertamente, no mató a la señora Otterbourne.
Usted lo sabe tan bien como nosotros.
—Yo sé que no la maté —la voz de Pennington sonaba más calmada—
Todo lo que digo es: ¿por qué razón me reprocha injustamente cuando yo no me
beneficio por su muerte?
—Pero, querido señor —la voz de Poirot era suave como el
runruneo de un gato— eso es materia de opinión. La señora Doyle era una mujer
de negocios muy hábil, conocedora de sus asuntos y muy hábil para descubrir
cualquier irregularidad. Tan pronto como ella tomara el gobierno de su
propiedad, lo que haría a su regreso a Inglaterra, sus sospechas tendrían que
despertarse. Pero ahora que ella está muerta y que su marido, como acaba de
apuntar, hereda, el asunto es diferente. Simon Doyle no sabe nada de los asuntos
de su esposa, excepto que ella era una mujer muy rica. Es una persona de
disposición confiada. Usted encontrará fácil poner unas relaciones complicadas
ante él, enredar el asunto en una red de cifras y retardar la liquidación con
el argumento de las formalidades legales y la reciente depresión. Creo que
significa una diferencia considerable para usted el trato con él o con su
esposa.
Pennington se encogió de hombros.
—Sus ideas son fantásticas.
—El tiempo lo demostrará.
—¿Qué ha dicho usted?
—He dicho: «El tiempo lo demostrará». Éste es un asunto de tres
muertes, tres asesinatos. La ley exigirá que se practique una investigación a
fondo del estado de la herencia de la señora Doyle. —observó el súbito
hundimiento de los hombros de Pennington y comprendió que había triunfado. Las
sospechas de Jaime Fanthorp estaban fundadas. Poirot continuó—: Usted ha jugado
y ha perdido. Es inútil seguir fingiendo.
—Usted no comprende —murmuró Pennington—. Ha sido esta baja de
valores. Wall Street ha estado loco. Pero yo había preparado una recuperación.
Con suerte, todo estaría arreglado para mediados de junio.
—Supongo —musitó Poirot— que la roca fue una súbita tentación.
Usted se imaginó que no le veía nadie.
—Fue un accidente. Juro que fue una pura casualidad —el hombre
se inclinó hacia delante, el rostro contraído y los ojos aterrorizados—.
Tropecé y caí contra ella. Juro que fue un accidente.
Los dos hombres no dijeron nada.
—No pueden ustedes achacarme eso, señores. Fue un accidente. ¡Y
no fui yo quien la mato! ¿Oyen ustedes? No pueden ustedes achacarme eso tampoco
y nunca lo harán.
CAPITULO XXVII
Cuando la puerta se cerró detrás del abogado, Race exhaló un
profundo suspiro.
—Logramos más de lo que suponíamos. Una confesión de fraude. Una
confesión de intento de asesinato. Es imposible ir más allá. Un hombre
confesará, más o menos, haber intentado un asesinato, pero no conseguirá usted
que confiese el hecho real.
—A veces puede hacerse —musitó Poirot.
—¿Tiene un plan?
El detective asintió con la cabeza. Luego dijo:
—El jardín de Assuán. Las declaraciones del señor Allerton. Las
dos botellas de esmalte para las uñas. Mi botella de vino. La estola de
terciopelo. El pañuelo manchado. La pistola que se dejó en el lugar del crimen.
La muerte de Luisa. La muerte de la señora Otterbourne... Sí, todo está ahí.
¡Pennington no lo hizo, Race!
—¿Qué? —Race se sobresaltó.
—Pennington no lo hizo. Tenía el motivo, sí. Tenía la voluntad
de hacerlo; de acuerdo. Llegó hasta intentarlo. Mais c'est tout. Hacía falta
algo para el crimen que Pennington no tenía. Éste es un crimen que requiere
audacia, una ejecución rápida e implacable, valor, indiferencia al peligro y un
cerebro calculador e ingenioso. Pennington no posee esos atributos. Él no podía
cometer un crimen a menos que supiese que estaba seguro. ¡Este crimen no era
seguro! Pendía del filo de una navaja de afeitar.
—Creo que tiene usted razón —declaró Race.
—Eso creo. Hay una o dos cosas... ese telegrama, por ejemplo,
que Linnet Doyle leyó. Me gustaría aclarar ese punto.
—¡Por Júpiter, olvidamos preguntárselo a Doyle! Nos estaba
hablando de ello cuando la pobre señora Otterbourne se presentó. Volveremos a
preguntárselo.
—Dentro de poco. Primeramente deseo hablar a alguien más.
—¿A quién?
—A Tim Allerton.
—¿Allerton? Bien, le traeremos —oprimió un botón y mandó al
camarero con un mensaje.
Tim Allerton entró con aire interrogante.
—El camarero me dijo que usted quería verme.
—Así es, señor Allerton. Siéntese.
—¿Puedo servirle en algo? —inquirió en tono cortés, pero no
entusiasta.
—En cierto sentido, quizá —respondió Poirot—. Lo que yo
realmente deseo es que escuche.
—Ciertamente. Yo no soy el mejor oyente del mundo. Puede esperar
de mí que diga: «¡U-a!» a tiempo oportuno.
—Eso es muy satisfactorio. «¡U-a!» será muy expresivo. Eh bien!;
comencemos. Cuando los conocí a usted y a su madre en Assuán, señor Allerton,
me atrajo su compañía muchísimo. Para empezar, declararé que su madre es una de
las personas más encantadoras que jamás he conocido...
El rostro cansado se contrajo un instante, una sombra de
expresión apareció en él.
—Ella es... única —dijo.
—Pero la segunda cosa que me interesó fue la mención de cierta
dama.
—¿Realmente?
—Sí, una señorita, Juana Southwood. Vea usted; yo había oído
mencionar recientemente ese nombre —hizo una pausa y continuó—: Durante los
tres últimos años se han cometido ciertos robos de joyas que han fastidiado
grandemente a Scotland Yard. Son lo que puede denominarse «robos de sociedad».
El método es usualmente el mismo: la sustitución de una imitación de una joya
por el original. Mi amigo el jefe inspector Japp, llegó a la conclusión de que
los robos no eran obra de una persona, sino de dos que trabajaban juntas muy
hábilmente. Estaba convencido, por el conocimiento íntimo que revelaban, de que
los robos eran obra de personas de buena posición. Y, finalmente, su atención
se enfocó sobre la señorita Juana Southwood. Todas las víctimas habían sido
amigas o conocidas de ella y en todos los casos había tenido en sus manos, o le
habían prestado, la joya en cuestión. También su tren de vida estaba muy por
encima de su renta. Por otra parte, estaba claro que el robo, es decir, la
sustitución, no había sido realizada por ella. En algunos casos ella había
estado ausente de Inglaterra durante el periodo en que la alhaja había sido
repuesta. Así gradualmente, una idea fue tomando cuerpo en la mente del
inspector Japp. La señorita Southwood estuvo en un tiempo asociada a una
Corporación de Joyería Moderna. Él sospechaba que ella manejaba las joyas en
cuestión, hacía unos dibujos de todas ellas, las hacía copiar por algún joyero
humilde, pero deshonesto, y que la tercera parte de la operación consistía en
la sustitución por otra persona, alguien que podía probarse que nunca tuvo en
sus manos las joyas y que jamás se mezcló en la operación de las copias o
imitaciones de piedras preciosas. Japp desconocía absolutamente a la otra
persona.
»Ciertas cosas que dijo usted en su conversación me interesaron.
Un anillo que desapareció cuando usted estuvo en Mallorca; el hecho de que
usted había estado en una fiesta particular, donde ocurrió una de esas
sustituciones falsas y su íntima asociación con la señorita Southwood. También
había el hecho de que usted, evidentemente, advirtió mi presencia e intentó que
su madre fuese menos cordial conmigo. Esto, desde luego, pudo haber sido una
antipatía personal, pero pensé que no era ése el caso. Usted estaba demasiado
ansioso para tratar de ocultar su antipatía bajo unos modales muy cordiales.
»Eh bien!; después del asesinato de Linnet Doyle, se descubrió
que sus perlas habían desaparecido. Comprenderá usted que al instante pensé en
usted. Pero no estoy satisfecho del todo. Pues si usted trabaja, como sospecho,
con la señorita Southwood, que era íntima amiga de la señora Doyle, entonces la
sustitución sería el método empleado, no un robo descarado. Pero entonces se
restituyen inesperadamente las perlas, y ¿qué descubro? Que las perlas no son
legítimas, sino que son falsas.
»Supe entonces quién es el verdadero ladrón. Era el collar falso
el que fue robado y devuelto, una imitación que usted había cambiado
previamente por el collar legítimo.
Miró al joven que tenía delante. Tim estaba blanco bajo su
rostro curtido. No era un luchador tan bueno como Pennington. Dijo con un
esfuerzo para sostener sus maneras burlonas:
—¿De veras? Y si es así, ¿qué hice con ellas?
—También lo sé.
El rostro del joven se alteró.
—No hay más que un lugar donde puedan estar —prosiguió Poirot
lentamente—. He reflexionado y mi juicio me dice que así es. Esas perlas, señor
Allerton, están escondidas en un rosario que cuelga de su camarote. Las cuentas
del rosario están talladas de una manera muy elaborada. Creo que usted lo mandó
hacer especialmente. Esas cuentas se desenroscan, aunque nadie pensaría en tal
cosa al mirarlas. Dentro de cada una de ellas hay una perla pegada con
secotina. La mayoría de los investigadores policíacos suelen respetar los
símbolos religiosos, a menos que haya eminentemente algo extraño en ellos.
Usted contaba con eso. Procuré averiguar cómo la señorita Southwood le mandó el
collar falso a usted. Debe de haberlo hecho, puesto que usted vino aquí desde
Mallorca al saber que la señora Doyle estaría aquí en su luna de miel. Tengo la
creencia de que fue mandado en un libro, habiéndose hecho un agujero cuadrado
recortando las páginas en el centro. Un libro se remite con los extremos
abiertos y prácticamente nunca lo abren en Correos.
Hubo una pausa, una larga pausa. Luego Tim dijo quedamente :
—¡Ha vencido usted! Ha sido una partida magnífica. Pero ha
terminado por fin. Ya no hay nada que hacer, supongo, más que aguantar y sufrir
las consecuencias.
Poirot asintió.
—¿Se da usted perfecta cuenta de que le vieron aquella noche?
—¿Que me vieron? —preguntó Tim, sobresaltado.
—Sí, la noche que Linnet Doyle murió, alguien le vio a usted
salir de su camarote después de la una de la madrugada.
—Escuche —dijo Tim—, usted no cree... ¡no fui yo quien la mató!
¡Lo juro! Haber escogido precisamente esa noche... ¡Cielos, es terrible!
—Sí —asintió Poirot—, debe usted de haber pasado unos momentos
angustiosos. Pero ahora que se ha descubierto la verdad, tal vez pueda
ayudarnos. ¿Estaba la señora Doyle viva o muerta cuando usted robó las perlas?
—No lo sé —respondió Tim roncamente—. ¡Pongo a Dios por testigo,
señor Poirot, no lo sé! Había averiguado dónde las dejaba de noche, sobre la
mesita, junto a la cama. Entré con sigilo, busqué a tientas y las cogí,
deposité las otras y salí. Suponía, desde luego, que ella estaba dormida.
—¿La oyó usted respirar? ¿Seguramente escucharía eso?
—Estaba muy silencioso, muy silencioso, en verdad. No, recuerdo
haberla oído respirar...
—¿Notó algún olor a humo en el aire, como debería haberlo si se
hubiese disparado un arma de fuego recientemente?
—No lo creo. No lo recuerdo.
—Entonces no hemos adelantado nada.
—¿Quién me vio? —preguntó Tim con curiosidad.
—Rosalía Otterbourne. Ella venía del otro lado del barco y le
vio salir del camarote de Linnet Doyle e ir al suyo.
—De modo que ella fue quien se lo dijo.
—Dispense, ella no me lo dijo.
—Entonces, ¿cómo lo sabe?
—¡Porque yo soy Hércules Poirot! ¡No necesito que me lo digan!
Cuando la interrogué, ¿sabe usted lo que me dijo? Esto: «No vi a nadie.» Y
mintió.
—Pero, ¿por qué?
—Quizá porque pensó que el hombre que ella vio era el asesino.
Así parecía.
—Esto me parece mayor motivo para decirlo.
—Al parecer, ella no lo creía así.
—Es una muchacha extraordinaria —dijo Tim con una nota extraña
en la voz—. Debe de haber sufrido mucho con esa madre suya.
—Sí, la vida no ha sido fácil para ella.
—¡Pobre criatura! —murmuró Tim. Se volvió hacia Race—. Bien,
señor, ¿a dónde vamos a parar de aquí? Confieso haber tomado las perlas del
camarote de Linnet y usted las encontrará precisamente donde ustedes dicen que
están. Soy culpable Pero en lo tocante a la señorita Southwood, no confieso
nada. No tiene usted ninguna prueba contra ella. Cómo llegó a mis manos el
collar falso, es asunto mío.
—Una actitud muy correcta —murmuró Poirot.
—¡Siempre el caballero! —dijo Tim en un rasgo humorístico—. ¡Tal
vez pueda usted imaginarse lo molesto que fue para mi encontrar a mi madre tan
amiga de usted! No soy un criminal lo bastante endurecido para departir
amigable y alegremente con un detective poco antes de dar un golpe bastante
arriesgado. Algunas personas pueden cobrar ánimos con ello. Yo no.
—Pero no le impidió intentarlo.
—No podía acobardarme hasta ese extremo. El cambio tendría que
realizarse alguna vez y se me presentó una ocasión única en este barco: un
camarote con dos puertas y Linnet tan preocupada con sus asuntos que no era
probable que descubriese el cambio.
—Me pregunto si esto fue tan...
—¿Qué quiere decir?
Poirot pulsó el timbre.
—Voy a preguntarle a la señorita Otterbourne si quiere venir un
momento.
Tim frunció el ceño, pero no dijo una sola palabra. Un camarero
llegó, recibió la orden y salió con el mensaje.
Rosalía llegó unos minutos después. Sus ojos, enrojecidos por el
reciente llanto, se dilataron al ver a Tim, pero su anterior actitud recelosa y
retadora había desaparecido. Tomó asiento y con docilidad miró a Race y a
Poirot.
—Sentimos molestarla, señorita Otterbourne —disculpóse Race con
voz dulce. Estaba algo enojado con Poirot.
—No importa —contestó la muchacha.
—Es necesario aclarar uno o dos puntos —dijo Poirot—. Cuando le
pregunté si vio a alguien en la cubierta de estribor a la una y diez de esta
madrugada, su respuesta fue que no vio a nadie. Afortunadamente he podido
descubrir la verdad sin su ayuda. El señor Allerton ha confesado que estuvo en
el camarote de Linnet Doyle, anoche.
Ella lanzó una rápida mirada a Tim. Éste, con el rostro ceñudo,
asintió con la cabeza.
—¿La hora exacta, señor Allerton?
—Exacta —respondió Tim.
Rosalía le miraba con asombro. Sus labios temblaron
visiblemente.
—Pero usted no... usted no...
—No, yo no la maté —dijo el joven rápidamente—. Soy un ladrón,
pero no un asesino.
—La historia del señor Allerton —dijo Poirot— es que entró en el
camarote anoche y cambió un collar de pellas falsas por las legítimas.
—¿Usted hizo eso? —preguntó Rosalía.
—Si —corroboró Tim.
Hubo una pausa. El coronel Race se movió, nervioso. Poirot dijo
en voz extraña:
—Esa, como digo, es la historia del señor Allerton, en parte,
confirmada por su declaración. Es decir, existe la prueba de que él visitó el
camarote de Linnet Doyle anoche, pero no hay pruebas que demuestren por qué lo
hizo.
Tim lo miró con asombro.
—¡Pero usted lo sabe!
—¿Qué sé yo?
—Pues... usted sabe que yo cogí las perlas.
—Mais oui, mais oui. Yo sé que tiene las perlas, pero no sé
cuándo las cogió. Puede haber sido antes de la noche pasada. Acaba usted de decir
que Linnet Doyle no habría notado la sustitución. No estoy seguro de eso.
Suponiendo que anoche amenazó con denunciar el hecho y que usted sabía que ella
tenía verdaderamente esa intención... Y suponiendo que usted oyó la escena del
salón entre Jacqueline de Bellefort y Simon Doyle, y tan pronto como el salón
quedó desierto usted entró y se apoderó de la pistola; y luego, una hora más
tarde, cuando en el barco reinaba la calma, usted penetró sigilosamente en el
camarote de Linnet Doyle y se aseguró de que no se efectuaría la denuncia...
—¡Dios mío! —exclamó Tim. Desde su rostro pálido, dos ojos
torturados miraron mudos, alucinados, a Poirot.
—Pero —continuó éste— alguien más le vio a usted, la muchacha
Luisa. Al día siguiente, ella fue a verle y quiso hacerle víctima de un
chantaje. Debía usted pagar generosamente, o bien ella denunciaría lo que
sabía. Usted comprendió que someterse a un chantaje sería el principio del fin.
Fingió usted asentir, acordaron una cita para que usted fuese al camarote de
ella, poco antes del desayuno, con el dinero. Entonces, cuando ella contaba los
billetes, usted la acuchilló.
»Pero de nuevo la suerte estuvo en contra de usted. Alguien le
vio ir al camarote de la muchacha... —se volvió hacia Rosalía—. Su madre. Tuve
usted que actuar otra vez con gran peligro, temerariamente, pero era la única
posibilidad. Oyó usted a Pennington hablar de su revólver. Entró usted en su
camarote, se apoderó del arma, escuchó fuera del camarote del doctor Bessner y
mató a la señora Otterbourne antes de que ella pudiese revelar su nombre...
—¡No! —gritó vivamente Rosalía—. ¡Él no lo hizo! ¡Él no lo hizo!
—Después de eso, usted hizo la única cosa que podía hacer:
corrió hacia la popa, y cuando yo corrí tras de usted, había usted doblado y
simuló venir en dirección opuesta. Usted había manejado el revólver con
guantes, esos guantes estaban en su bolsillo cuando yo se los pedí...
Tim interrumpió:
—¡Juro ante Dios que eso no es verdad, ni una sola palabra de
ello! —Pero su voz temblorosa no convenció.
Fue entonces cuando Rosalía Otterbourne les sorprendió.
—¡Desde luego que no es verdad! ¡Y el señor Poirot lo sabe! Lo
dice por algún motivo suyo.
—Mademoiselle es demasiado inteligente. Pero ¿usted convendrá en
que era un buen caso?
—¡Qué demonios...! —Tim empezó con creciente furia, pero Poirot
alzó una mano.
—Hay un caso muy bueno contra usted, señor Allerton. Quería que
usted se diese cuenta de ello. Ahora le diré alguna cosa más desagradable.
Todavía no he examinado aquel rosario en su camarote. Puede ser que cuando lo
haga, no encuentre nada allí. Las perlas fueron sustraídas por una cleptómana
que las ha restituido desde entonces. Están en una cajita sobre la mesa junto a
la puerta, si es que quiere examinarlas bien con mademoiselle.
—Gracias —dijo—. No tendrá que ofrecerme otra ocasión para vivir
rectamente.
Abrió la puerta para la muchacha. Ella pasó y, recogiendo la
cajita de cartón, él la siguió. Echaron a andar juntos, uno al lado del otro.
Tim abrió la caja, sacó el collar de perlas falsas y lo arrojó al Nilo.
—Ya está —dijo—. Eso ha desaparecido. Cuando devuelva la caja a
Poirot, contendrá el collar legítimo. ¡Qué necio he sido!
—En primer lugar —dijo Rosalía en voz baja—, ¿por qué hizo eso?
¿Cómo llegó a hacer eso?
—¿Cómo empecé, quiere decir? ¡Oh, no lo sé! Por aburrimiento,
por pereza, por diversión. Es un modo mucho más atractivo de ganarse la vida
que estar dándole vuelta a la noria de un empleo. Le debe parecer a usted muy
sórdido, pero esto tenía cierta atracción... el riesgo, supongo.
—Creo comprender.
—Sí, pero usted no lo haría jamás.
—No —declaró sencillamente—. Yo no lo haría.
—¡Oh, querida, es usted tan adorable! —dijo él—. ¿Por qué no
quiso decir que me vio anoche?
—Pensé que sospecharían de usted.
—¿Sospechó usted de mí?
—No. No podía creer que usted matara a una persona.
—No. Yo no estoy hecho de la madera que los asesinos están
hechos. No soy más que un miserable y vulgar ladronzuelo.
—No diga eso.
Él la cogió la mano.
—Rosalía, ¿sabría usted... sabría usted lo que quiero decir? ¿O
me despreciaría siempre y me lo echaría en cara?
—Hay cosas —contestó ella, sonriendo levemente— que usted podría
arrojarme en cara también...
—¡Rosalía, querida...!
Pero ella se contuvo un minuto más.
—Está... Juana...
Tim dio un grito.
—¿Juana? Es usted tan mala como mamá. No me importa un pito
Juana.
—No es necesario que su madre lo sepa nunca —dijo Rosalía
después de una pausa.
—No estoy seguro. Creo que se lo diré. Mamá es muy valiente.
Tiene mucho aguante. Sí, creo que voy a destrozar sus ilusiones maternales.
Sentirá tanto alivio al saber que mis relaciones con Juana eran puramente
comerciales, que me lo perdonará todo.
Habían llegado al camarote de la señora Allerton y Timoteo llamó
con firmeza en la puerta. Se abrió ésta y la señora Allerton apareció en el
umbral.
—Rosalía y yo... —anunció Tim. Hizo una pausa.
—¡Oh!, queridos —dijo la señora Allerton. Abrazó a Rosalía—. Mi
querida, mi pequeña niña... Siempre he abrigado la esperanza... pero Tim es tan
fastidioso... y fingía que no te quería. ¡Pero desde luego, yo lo veía todo!
—Ha sido usted tan buena conmigo... siempre. Yo deseaba... —Se
interrumpió y sollozó feliz en el hombro de la señora Allerton.
CAPITULO XXVIII
Cuando la puerta se cerró detrás de Tim y Rosalía, Poirot
dirigió una mirada tímida, de disculpa, al coronel Race. El coronel estaba algo
ceñudo.
—Consentirá usted mi arreglo, ¿eh? —suplicó Poirot—. Es
irregular. Sé que es irregular, en efecto; pero tengo en alta consideración la
felicidad humana.
—No tiene ninguna consideración por la mía —replicó Race.
—Esa jeune fille; siento ternura hacia ella, y ella ama al
joven. Será un casamiento excelente; ella posee la energía que él necesita; la
madre la quiere.
—En realidad, el casamiento se ha arreglado por el Cielo y
Hércules Poirot. Todo lo que yo he de hacer es transigir.
—Pero, mon ami, ya le dije que era todo conjetura de mi parte.
—Por mi parte, está bien —declaró—. ¡No soy un maldito policía,
gracias a Dios! Me atrevo a decir que el joven idiota irá recto ahora. La
muchacha es recta. ¡No; de lo que me quejaba es del tratamiento que me da a mí!
¡Soy un hombre paciente, pero mi paciencia tiene límites! ¿Sabe usted quién
cometió los tres asesinatos en este barco, o no?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué andar con tantos rodeos?
—¿Cree que yo simplemente me divierto con estas cosas, con los
resultados incompletos? ¿Y le molesta? Pero no es eso. Una vez fue
profesionalmente en una expedición arqueológica y aprendí algo. En el curso de
una excavación, alguna cosa sale a la superficie, se limpia todo, muy
cuidadosamente, a su alrededor. Se quita la tierra suelta, se rasca aquí y allí
con un cuchillo hasta que, finalmente, se encuentra el objeto allí solo,
dispuesto a ser extraído y fotografiado sin ninguna materia extraña que sirva
de confusión. Eso es lo que he tratado de hacer: quitar toda la materia extraña
con el objeto de que pudiéramos ver la verdad, la verdad desnuda y brillante.
—Bien —dijo Race—. Veamos la verdad desnuda y brillante. No fue
Pennington. No fue el joven Allerton. Supongo que no fue Fleetwood. Oigamos
quién fue.
—Voy a decírselo, mi amigo.
Llamaron a la puerta. Race profirió una maldición ahogada. Eran
el doctor Bessner y Cornelia. Esta última estaba acongojada.
—¡Oh, coronel Race! —exclamó—. La señorita Bowers acaba de
decirme lo de prima María. Ha sido un golpe terrible. Dijo que no podía
soportar la responsabilidad más tiempo y que sería mejor que yo lo supiese por
ser yo una de la familia. No podía dar crédito a mis oídos al principio, pero
el doctor Bessner se ha portado maravillosamente.
—No, no —protestó el doctor.
—Ha sido tan bondadoso, explicándomelo todo, y diciéndome que
realmente hay personas que no pueden remediarlo. Tiene algunos cleptómanos en
su clínica. Y me ha explicado que muy a menudo obedece a una neurosis
profundamente arraigada —Cornelia repitió las palabras con temor—. Está
arraigado profundamente en el subconsciente; a veces se trata de una cosita que
ocurrió en la niñez. Y ha curado a mucha gente haciendo recordar lo pasado y lo
que aquella cosita era —Cornelia hizo una pausa, cobró aliento y prosiguió—:
Pero me quita el sosiego pensar que todo eso puede divulgarse. Sería terrible
en Nueva York. Todos los periódicos hablarían del caso. Prima María y mamá y
todo el mundo, no podrían ya levantar la cabeza.
Race suspiro.
—No se atormente. Ésta es una Casa del Silencio.
—Perdón, coronel Race, ¿qué decía?
—Trataba de decir que todo, menos un asesinato, se calla aquí.
—¡Oh! —Cornelia entrelazó las manos—. ¡Qué alivio! He estado muy
preocupada.
—Tiene usted el corazón demasiado tierno —dijo el doctor
Bessner, dándole unas palmaditas en el hombro. Dijo a los otros—: Posee una
naturaleza muy sensitiva y bella.
—¡Oh! Realmente, no. Es usted demasiado bondadoso.
—¿Han visto al señor Ferguson? —murmuró Poirot.
Cornelia se ruborizó.
—No. Pero prima María ha estado hablando de él.
—Al parecer, el joven es un aristócrata —dijo el doctor
Bessner—. He de confesar que no lo parece. Sus ropas son horribles. Ni por un
momento parece ser un hombre bien criado.
—¿Y qué opina usted, mademoiselle?
—Creo que debe estar completamente loco —respondió Cornelia.
Poirot se dirigió al doctor.
—¿Cómo está su paciente?
—Ach, admirablemente. Acabo de tranquilizar a la pequeña
Fraulein de Bellefort.
—Puesto que Doyle se encuentra bien, no hay motivo para que no
vayamos a reanudar nuestra conversación de esta tarde. Nos hablaba de un
telegrama —dijo el coronel Race.
El corpachón de Bessner paseó de un lado a otro.
—¡Jo, jo, jo, fue muy cómico! Doyle me habló de ello. Era un
telegrama que hablaba de verduras, patatas, berenjenas, cebollas...
Con una exclamación ahogada, Race se irguió en su silla.
—¡Dios santo! —exclamó—. ¿De modo que es eso? ¡Richetti! —Giró
la vista mirando a tres rostros que no le comprendían—. Una nueva clave: fue
usada en la rebelión sudafricana. Patatas significan ametralladoras, berenjenas
son explosivos de alta potencia, etc. ¡Richetti es tan arqueólogo como yo! Es
un agitador peligrosísimo, un hombre que ha matado más de una vez; y aun
juraría que ha matado otra vez. La señora Doyle abrió el telegrama por error.
Si ella repitiese alguna vez lo que contenía, delante de mi, él sabría que le
descubriría —se volvió hacia Poirot—: ¿Tengo razón? —le preguntó—. ¿Es Richetti
el hombre?
—Él es su hombre —dijo Poirot—. Siempre he pensado que ese
individuo era sospechoso. Representaba su papel demasiado a la perfección; era
todo arqueología, apenas era ser humano. —Hizo una pausa y agregó—: Pero no fue
Richetti quien mató a Linnet Doyle. Durante algún tiempo he sabido lo que puedo
llamar la «primera parte» del crimen. Conozco la segunda parte también. El
cuadro está completo. Pero ha de comprender que aunque sé lo que debe de haber
sucedido, no poseo ninguna prueba de que sucedió. Intelectualmente, el caso es
satisfactorio. No hay más que una esperanza: una confesión del asesino.
El doctor Bessner alzó los hombros escépticamente.
—Ach! Pero eso... sería un milagro.
—No lo creo. No en estas circunstancias.
—Pero, ¿quién es? —gritó Cornelia—. ¿No va a decírnoslo?
La mirada de Poirot escrutó a los tres. Race, sonriendo
sardónicamente; Bessner, con aire escéptico aún; Cornelia con la boca abierta,
mirándole con ojos ávidos.
—Mais oui —declaró—. Me gusta tener auditorio, he de confesarlo.
Soy un hombre lleno de vanidad. Me gusta decir: «¡Vean que listo es Hércules
Poirot!»
Race se movió un poco en su silla.
—Bien —dijo suavemente—; díganos cuan listo es Hércules Poirot.
—Para empezar —dijo Poirot, moviendo tristemente la cabeza—, he
de confesar que fui un estúpido, increíblemente estúpido. Para mí el obstáculo
era la pistola, la pistola de Jacqueline Bellefort. ¿Por qué dejaron la pistola
en el lugar del crimen? La idea del asesino era evidentemente la de
comprometerla. Entonces, ¿por qué se la llevó el asesino? Fui un estúpido que
me imaginé toda clase de motivos fantásticos. El asesino se la llevó porque
tenía que llevársela, porque no tenía opción.
CAPITULO XXIX
—Usted y yo, amigo mío —Poirot se inclinó hacia el coronel—.
iniciamos nuestras investigaciones con una idea preconcebida. Esa idea era que
el crimen cometido fue perpetrado de repente, sin ningún plan preliminar.
Alguien deseaba suprimir a Linnet Doyle y aprovecho la oportunidad de hacerlo
en un momento en que el crimen casi seguramente sería atribuido a Jacqueline de
Bellefort. Por tanto se deducía que la persona en cuestión oyó la escena que
hubo entre Jacqueline y Simon Doyle y se apoderó de la pistola después que los
otros salieron del salón.
»Pero amigos míos, si esa idea preconcebida era equivocada, el
aspecto del caso cambiaba. ¡Y era equivocada! No era ése un crimen espontáneo,
cometido de repente. Fue, por el contrario, planeado muy cuidadosamente, con
todos los detalles elaborados punto por punto de antemano, hasta la misma
narcotización de la botella de vino de Hércules Poirot la noche en cuestión.
¡Sí, así es! Me narcotizaron para que no hubiese posibilidad de que yo
participase en los acontecimientos de la noche. Eso se me ocurrió como posibilidad.
Yo bebo vino, mis dos compañeros de mesa beben whisky y agua mineral
respectivamente. Nada más fácil que echar una dosis de un narcótico inofensivo
en mi botella de vino, las botellas están sobre las mesas todo el día. Pero
rechacé ese pensamiento, había hecho un día caluroso, yo estaba muy cansado, no
era en verdad extraordinario que me hubiese dormido por una vez con sueño
pesado en vez de un ligero duermevela habitual.
»Vean ustedes, todavía me dominaba esa idea preconcebida. Si yo
había sido narcotizado, indicaba una premeditación, significaría que antes de
las siete y media, la hora en que se sirve la cena, el crimen ya había quedado
decidido... Y eso, siempre desde el punto de vista de la idea preconcebida, era
absurdo.
»El primer golpe a la idea preconcebida fue cuando la pistola
fue recuperada del Nilo. Si no nos equivocamos en nuestras suposiciones, la
pistola no se debería haber tirado por la borda nunca. Y había de seguir algo
más —Poirot se dirigió al doctor Bessner—. Usted, doctor Bessner, examinó el
cadáver de Linnet Doyle. Recordará que la herida presentaba señales de
chamuscamiento, es decir, que la pistola fue arrimada a la cabeza antes de
disparar.
Bessner asintió.
—Sí, exacto.
—Pero cuando se encontró la pistola, estaba envuelta en una
estola de terciopelo y ese terciopelo presentaba señales de que dispararon a
través de sus pliegues, al parecer bajo la impresión de que eso amortiguaría el
sonido del disparo. Pero si la pistola fue disparada a través del terciopelo,
no habría habido ninguna señal de chamuscamiento en la piel de la víctima. Por
consiguiente, el disparo hecho a través de la estola no pudo ser el disparo que
mató a Linnet Doyle. ¿Pudo haber sido el otro tiro, que disparó Jacqueline de
Bellefort contra Simon? Tampoco, pues hubo dos testigos de aquel disparo y estamos
enterados de lo ocurrido. Parecía ser, por tanto, que se disparó un tercer
tiro, del cual no sabemos nada. Pero tan sólo dos tiros fueron disparados por
aquella pistola y no aparecía ninguna indicación o señal de disparo.
»Aquí nos encontramos frente a una circunstancia inexplicable,
muy extraña. El siguiente punto interesante fue que en el camarote de Linnet
Doyle encontré dos botellines de esmalte para uñas. Ahora bien, las damas
suelen cambiar con frecuencia el color de las uñas, pero hasta entonces las
uñas de Linnet Doyle habían exhibido siempre el color encarnado, un rojo oscuro
profundo. La otra botellita ostentaba una etiqueta que decía Rosa, que es un
tono rosado pálido, pero las pocas gotas restantes no eran de un color rosado
pálido sino de un rojo brillante. Tuve la curiosidad de destaparla y oler. ¡En
vez del habitual olor fuerte de las gotas de pera, la botellita olía a vinagre!
Es decir, sugería que la gota o dos de líquido que contenía eran de tinta roja.
Desde luego, no hay razón para que la señora Doyle no haya tenido un frasquito
de tinta roja, pero habría sido más natural que la tinta roja hubiese estado en
una botella de tinta roja que en una botellita de esmalte para uñas. Sugería
una relación con el pañuelo. La tinta roja se lava fácilmente, pero siempre
deja una mancha rosada pálida.
«Quizá yo habría llegado a descubrir la verdad con estas ligeras
indicaciones, pero ocurrió un incidente que hizo inútil toda duda. Luisa
Bourget fue muerta en circunstancias que señalaban inconfundiblemente el hecho
de que ella había estado haciendo víctima de un chantaje al asesino. No sólo
había un fragmento de un billete de mil francos en su mano crispada, sino que
recordé algunas palabras significativas que ella empleara esta mañana.
»Escuchen atentamente, pues aquí está el enigma del caso. Cuando
le pregunté si vio algo la noche anterior, me dio esta respuesta extraña:
"Naturalmente, si no hubiera podido dormir, si hubiese subido la escalera,
entonces quizá podría haber visto a este asesino, a ese monstruo, entrar o
salir del camarote de madame..." Ahora bien, ¿qué nos decía esto?
Bessner, arrugando la nariz en señal de interés intelectual,
replicó prontamente:
—Le decía que ella había subido la escalera.
—No, no; usted no ve el punto. ¿Por qué había de decirnos eso a
nosotros?
—Para transmitir una sugestión.
—Mas ¿por qué insinuarlo a nosotros? Si ella conoce quién es el
asesino, tiene dos caminos a elegir: decirnos la verdad o callarse y exigir
dinero de la persona en cuestión. Pero no hace ninguna de las dos cosas.
»No dice prontamente: "No vi a nadie. Estaba
dormida."; tampoco declara: "Sí, vi a alguien y era tal o cual
persona." ¿A santo de qué usar ese embrollo de palabras significativas e
indeterminadas? Parbleu!, ¡no hay más que una sola razón! Ella está aludiendo
al asesino; por tanto, el asesino debe haber estado en aquel momento. Pero
además de mí y el coronel Race, no había más que dos personas presentes, Simon
Doyle y el doctor Bessner.
El doctor se puso en pie de un salto rugiendo.
—¡Ah! ¿Qué dice usted? ¿Me acusa? ¿Otra vez? Pero es ridículo,
despreciable.
—Estése quieto —dijo Poirot bruscamente—. Le estoy diciendo lo
que pensé en aquel momento. No personalicemos.
—No quiere decir que él piensa que sea usted ahora —dijo
Cornelia en tono tranquilizador.
—En consecuencia —continuó Poirot rápidamente—, el caso se
presentaba entre elegir a Simon Doyle o al doctor Bessner. Pero ¿qué motivo
tenía el doctor para matar a Linnet Doyle? Ninguno, que yo sepa. ¿Y Simon
Doyle? ¡Pero eso era imposible! Había muchos testigos que podían jurar que
Doyle no salió del salón aquella noche hasta que ocurrió la riña. Después fue
herido y físicamente le habría sido del todo imposible haberlo hecho. ¿Poseía
ya testimonios excelentes entre esos puntos? Sí, tenía los testimonios de la
señorita Robson, de Jaime Fanthorp y de Jacqueline de Bellefort referente al
primero; y tenía los testimonios profesionales del doctor Bessner y de la
señorita Bowers, relativos al otro. No había duda posible.
»Por lo tanto, el doctor debía de ser el culpable. En favor de
esta hipótesis existía el hecho de que la doncella fue acuchillada con un
bisturí. Por otra parte, Bessner llamó deliberadamente la atención sobre la
importancia de este hecho.
»Y luego, amigos míos, descubrí un segundo hecho, indiscutible.
La suposición de Luisa Bourget no podía haberse referido al doctor Bessner,
porque ella podía perfectamente haberle hablado privadamente a cualquier hora
que hubiese querido. Había otra persona y una persona solamente que respondía a
su necesidad: ¡Simon Doyle! Simon Doyle estaba herido, le asistía
constantemente un médico, estaba en el camarote de ese médico. Para él por
tanto iban destinadas aquellas palabras ambiguas, caso de que no se le presentara
otra ocasión. Y recuerdo que continuó, volviéndose hacia él: "Monsieur, le
imploro, ¿usted ve cómo es? ¿Qué puedo decir yo?" Y su respuesta:
"Nadie cree que usted oyó o vio algo. No se preocupe. Yo me cuidaré de
usted. Nadie la acusa de nada." ¡Era eso la seguridad que ella buscaba y
la consiguió!
Bessner emitió un resoplido colosal.
—Ach! ¡Es tonto usted! ¿Cree usted que un hombre con un hueso
fracturado y la pierna entablillada puede andar por el barco acuchillando a la
gente? Le digo a usted que es imposible que Simon Doyle saliese de su camarote.
—Lo sé —dijo Poirot con tono suave—. Es muy verdad. La cosa era
imposible. ¡Era imposible... pero también verdad! No podía haber más que un
sólo significado lógico tras las palabras de Luisa Bourget.
»En consecuencia volví al principio y examiné el crimen a la luz
de estos nuevos datos. ¿Era posible que en el período anterior a la riña Simon
Doyle hubiese salido del salón y los otros lo hubiesen olvidado o no lo
hubiesen notado? No podía ver que esto fuese posible. ¿Podía pasarse por alto
el testimonio profesional del doctor Bessner y el de la señorita Bowers? Volví
a creer que no. Pero recordé que había una laguna entre las dos. Simon estuvo
solo en el salón durante un período de cinco minutos y el testimonio del doctor
Bessner era aplicable tan sólo al tiempo posterior a ese período. Durante ese
intervalo tuvimos al testimonio de apariencia visual y aunque era lógico, ya no
era seguro. ¿Qué se había visto, descontando las suposiciones?
»La señorita Robson había visto a la señorita Bellefort disparar
su pistola, había visto a Simon Doyle desplomarse sobre una silla, le había
visto aplicarse un pañuelo a la pierna y que ese pañuelo se iba empapando
gradualmente de rojo. ¿Qué vio y oyó el señor Fanthorp? Oyó un disparo,
encontró a Doyle con un pañuelo empapado de sangre aplicado a la pierna. ¿Qué
ocurrió entonces? Doyle había insistido en que se llevasen a la señorita de
Bellefort y en que no la dejasen a solas. Después, sugirió que Fanthorp buscase
al doctor.
»En consecuencia, la señorita Robson y el señor Fanthorp
salieron con la señorita de Bellefort y durante los cinco minutos siguientes
estuvieron ocupados en el lado de babor. Dos minutos es todo lo que Doyle
necesita. Coge la pistola de debajo de la otomana, sale con sigilo, descalzo,
penetra en el camarote de su esposa, se aproxima sigiloso mientras ella duerme,
le dispara un tiro en la cabeza, pone la botella que contenía la tinta
encarnada en el lavabo, no se le debe encontrar encima a él. Vuelve corriendo,
coge la estola de terciopelo de la señorita Van Schuyler, que él ha escondido
al lado de la silla, envuelve la pistola en ella y se dispara un tiro en la
pierna. La silla en que se desploma, de verdadero dolor esta vez, está junto a
una ventana. Alza el bastidor y arroja la pistola, envuelta con el pañuelo
delator y la estola de terciopelo, al Nilo.
—¡Imposible! —exclamó Race.
—No es imposible. Recuerde el testimonio de Tim Allerton. Él oyó
una especie de taponazo seguido de un chapoteo. Y oyó algo más: las pisadas de
un hombre que pasaba corriendo por delante de su puerta. Pero nadie debería
haber estado corriendo por el lado de estribor de la cubierta. Lo que oyó
fueron los pies, con calcetines, sin zapatos, de Simon Doyle corriendo por
delante de su camarote.
—Todavía digo que es imposible —dijo Race—. Nadie podía realizar
toda esa serie de operaciones de modo tan veloz, especialmente un individuo
como Doyle, que es sujeto de procesos mentales lentos.
—¡Pero muy rápido y diestro en sus movimientos físicos!
—Es cierto. Pero no sería capaz de planear todo eso.
—Pero él no lo proyectó, amigo mío. Ahí es donde nos
equivocamos. Parecía ser un crimen ejecutado de repente, pero no fue un acto
cometido de repente. Como digo, fue una operación planeada hábilmente. No podía
ser una casualidad que Simon Doyle tuviese una botella de tinta roja en el
bolsillo. No, fue adrede. No fue casual que tuviese un pañuelo sencillo, sin
marcar, encima. No fue una casualidad que el pie de la señorita Bellefort de un
puntapié metiese la pistola debajo de la otomana, donde no se la veía y sería
olvidada hasta más tarde.
—¿Jacqueline?
—Ciertamente. ¡Las dos mitades del asesinato! ¿Qué dio a Simon
una coartada? El tiro disparado por Jacqueline. ¿Qué dio a Jacqueline su
coartada? La insistencia de Simon que acabó con una enfermera que permaneció
con ella toda la noche. Allí, entre los dos, tiene usted las cualidades: el
cerebro frío e ingenioso de Jacqueline que planea la operación y el hombre de
acción que la ejecuta, sin omisión de ningún detalle, con increíble rapidez.
«Examínelo detenidamente y observará que responde a cada
pregunta. Simon Doyle y Jacqueline habían sido novios. Comprenda que todavía
son amantes y está claro: Simón suprime a su esposa rica, hereda su dinero y
pasado un tiempo se casará con su antiguo amor. Todo planeado. La persecución
de la señora Doyle por Jacqueline forma parte del plan. Como la fingida rabia
de Simon. Sin embargo, había momentos en que esa unión amenazaba romperse.
»Una vez me habló de mujeres dominadoras, con verdadera
amargura. Yo debería haber comprendido que se refería a su esposa, no a
Jacqueline. Luego sus maneras en público hacia su esposa. Un inglés corriente,
inarticulado, como Simon Doyle, se siente embarazado cuando tiene que mostrar
algún afecto. Simon no era en realidad un buen actor. Exageraba la nota del
marido devoto. La conversación que tuve con Jacqueline de Bellefort cuando ella
simuló que alguien nos había escuchado. Yo no vi a nadie. ¡Y no había nadie!
Pero esto resultaría útil más adelante. Luego, una noche, en este barco, me
pareció oír a Simon y a Linnet fuera de mi camarote. Él decía: "Tenemos
que llevarlo adelante ahora." Era Doyle, sin ningún género de duda. Pero
hablaba con Jacqueline.
»El drama final fue planeado y calculado perfectamente. Había
una dosis de un narcótico para mí en caso de que yo metiese la nariz en el
asunto; había la selección de la señorita Robson como testigo: el exagerado
remordimiento e histerismo de la señorita Bellefort. Hizo mucho ruido para el
caso de que se oyera el disparo. En verité, fue una idea extraordinariamente
hábil. Jacqueline dice que ha pegado un tiro a Doyle, la señorita Robson lo
confirma, Fanthorp igualmente; y cuando se examina la pierna de Doyle, se
encuentra que, en efecto, tiene un balazo. ¡Parece irrefutable! Para los dos,
existe una coartada perfecta; a costa, es cierto, de cierta cantidad de dolor y
riesgo que ha de sufrir Simon Doyle; pero es necesario que su herida le
imposibilite.
»Luego el plan falla. Luisa Bourget estaba desvelada. Subía la
escalera y vio a Simon Doyle correr hacia el camarote de su esposa y luego
regresar. Es fácil reconstruir lo sucedido, al día siguiente. En consecuencia,
ella exige dinero y firma su propia sentencia de muerte.
—Pero el señor Doyle no pudo matarla —objetó Cornelia.
—No, el otro socio ejecutó el asesinato. Tan pronto como puede.
Simon pide ver a Jacqueline. Hasta llega a rogarme que los deje solos. Él le
cuenta el nuevo problema. Han de obrar inmediatamente. Él sabe dónde guarda los
escalpelos el doctor Bessner. Después del crimen, limpia el escalpelo y lo
devuelve. Luego, muy tarde, Jacqueline de Bellefort entra precipitadamente en
el comedor a almorzar.
»Sin embargo, no todo marcha bien. Pues la señora Otterbourne ha
visto a Jacqueline entrar en el camarote de Luisa Bourget. Y va inmediatamente
a contárselo a Simon. Jacqueline es la asesina. Recuerden cómo gritó Simon a la
pobre mujer. Nervios, pensamos. Pero la puerta estaba abierta y él estaba
procurando comunicar a su cómplice la existencia del peligro. Ella oyó y actuó
como el relámpago. Recordó que Pennington había hablado de un revólver. Se
apoderó de él, se aproximó con sigilo a la puerta, escuchó, y en el momento
crítico, disparó. Se jactó una vez de que era una buena tiradora y su jactancia
no era vana.
»Observé después del tercer crimen que abríanse tres caminos por
donde el asesino pudo escapar. Quería decir que pudo marchar a la popa, en cuyo
caso Tim Allerton era el criminal, o pudo haber saltado por el costado, muy
improbable, o entrar en un camarote. El camarote de Jacqueline era el segundo
después del de Bessner. No tuvo más que tirar el revólver, meterse en el
camarote, arreglarse el cabello y echarse en la litera. Era arriesgado, pero
constituía la única posibilidad de salir con bien.
Hubo un silencio, luego Race preguntó:
—¿Qué sucedió a la primera bala disparada por la muchacha contra
Doyle?
—Creo que fue a aplastarse en la mesa. Hay allí un agujero hecho
recientemente. Creo que Doyle tuvo tiempo de extraerlo con un cortaplumas y
arrojarlo por la ventana. Tenía, desde luego, un cartucho de más, para que
pareciese que no se habían disparado más que dos tiros.
—Pensaban en todo —dijo Race—. Es horrible.
Poirot estaba silencioso. Pero no era un silencio modesto. Sus
ojos parecían decir:
«Se equivoca. No pensaron en Hércules Poirot.»
En voz alta dijo:
—Y ahora, doctor, iremos a charlar con su paciente...
CAPITULO XXX
Mucho más tarde, aquella noche, Hércules llamó a la puerta de un
camarote. Una voz dijo: «Adelante», y el detective entró. Jacqueline de
Bellefort estaba sentada en una silla. En otra silla, arrimada a la pared,
hallábase sentada la corpulenta camarera.
Los ojos de Jacqueline escrutaron, pensativos, a Poirot. Ella
hizo un gesto hacia la camarera.
—¿Puede marcharse?
Poirot hizo una seña con la cabeza a la mujer y ella salió.
Acto seguido el detective arrimó una silla y tomó asiento cerca
de Jacqueline. Ninguno de los dos habló. El rostro de Poirot estaba triste. Al
fin fue la muchacha quien habló primero.
—Bien —dijo—. ¡Todo ha terminado! Fue usted demasiado hábil para
nosotros, señor Poirot.
Poirot exhaló un suspiro. Extendió las manos. Estaba mudo.
—De todos modos —murmuró Jacqueline, pensativamente—, no veo que
posea usted muchas pruebas. Desde luego, tenía usted razón, pero si le
hubiésemos despistado, engañado...
—De ninguna otra manera, mademoiselle, podía haber sucedido.
—Eso es bastante prueba para un cerebro lógico, pero no creo que
hubiera convencido a un jurado. ¡Oh!, bueno, ya no hay remedio. Sorprendió
usted a Simon y él mismo se descubrió. Perdió la cabeza el pobre corderito y lo
confesó todo. No sabe perder.
—Pero usted, mademoiselle, sabe perder.
—Oh, sí, yo sé perder —le miró. Dijo impulsivamente—: ¡No se
moleste tanto, señor Poirot! En lo que me atañe, quiero decir. Usted se aturde,
¿no es cierto?
—Sí, mademoiselle.
—Pero, ¿no se le habría ocurrido dejarme escapar?
Hércules Poirot dijo quedamente:
—No.
Ella movió la cabeza en señal de asentimiento.
—No, es inútil ser sentimental. Podría volverlo a hacer... Ya no
soy una persona que ofrezca seguridad. Yo misma lo noto... —continuó
meditabunda—. Es horriblemente fácil matar a la gente... Y se comienza a pensar
que no importa... Que sólo uno mismo es lo que tiene importancia. Esto es
peligroso —hizo una pausa y agregó con una sonrisita—: Hizo usted cuanto pudo
por mí. Aquella noche en Assuán me dijo que no abriese mi corazón al mal...
¿Conocía entonces lo que yo me proponía realizar?
Él meneó la cabeza.
—Yo no sabía que lo que yo decía era verdad.
—Era verdad... Pude haberme detenido entonces. Ya lo intenté.
Pude haber dicho a Simon que no quería continuar... Pero entonces quizá...
Bien. ¿Le gustaría saber la historia? ¿Desde un principio?
—Si le place contármela, mademoiselle...
—Creo que quiero contársela. Todo era en verdad bien sencillo.
Simon y yo nos amábamos...
—Y para usted, el amor habría sido bastante, pero no para él.
—Tal vez pueda usted exponerlo de ese modo. Pero no comprende
del todo a Simon. Siempre ha querido tener dinero. Le gustan todas las cosas
que se pueden adquirir con dinero: los caballos y los yates, y el deporte,
cosas muy bonitas todas ellas.
»De todos modos no trató de casarse con una mujer rica y
horrible. No era de esa clase de hombres. Luego nos conocimos y esto, al
parecer, arregló las cosas. Solamente que no podíamos ver cuándo podríamos
casarnos. Tenía un buen empleo, pero lo perdió. En cierto modo, fue culpa suya.
Trató de hacer alguna cosa muy viva con dinero y le descubrieron. No creo que
realmente tuviese el propósito de ser deshonesto. Sencillamente pensó que era
una cosa que la gente de la City hacía.
Un temblor pasó por el rostro del oyente, pero guardó silencio.
—Entonces pensé en Linnet y su nueva casa de campo, y fui a
verla. Usted sabe, señor Poirot, yo adoraba a Linnet. Era mi mejor amiga y
jamás se me ocurrió ni en sueños que surgiera alguna cosa entre nosotras. Pensé
que tenía mucha suerte de ser tan rica. Podría variar nuestra situación, la de
Simon y la mía. si le diese un empleo. Y ella amablemente me dijo que llevase a
Simon. Fue entonces cuando usted nos vio aquella noche en «Chez Ma Tante».
Estábamos derrochando la mar de dinero, aunque no nos podíamos permitir ese
lujo.
La muchacha hizo una pausa y luego, en el mismo tono, prosiguió:
—Lo que voy a decir ahora es la auténtica verdad, señor Poirot.
Aunque Linnet esté muerta, no altera la verdad. Por eso no lo siento mucho por
ella. Ella se propuso arrebatarme a mi Simon. ¡Es la verdad! No creo que
vacilase ni un minuto. Yo era su amiga, pero eso a ella no le importaba.
Simplemente, se chifló por Simon.
»Y a Simon no le importaba ni un comino ella. Le hablé a usted
mucho sobre el hechizo, la fascinación, pero por supuesto, no era verdad. Él no
quería a Linnet. Pensaba que era muy hermosa, pero dominadora, y aborrecía a
las mujeres dominadoras. Todo esto le embarazaba mucho. Pero le gustaba la idea
de su dinero.
»Desde luego, yo vi eso... Y finalmente sugerí que sería una
buena idea si se desembarazaba de mí y se casaba con Linnet. Pero él rechazó la
idea. Dijo que, aunque con dinero, sería un infierno estar casado con ella.
Manifestó que su idea de tener dinero era tenerlo él, manejarlo él y no tener
una esposa rica que fuese la dueña. "Yo sería una especie de Príncipe
Consorte", me dijo. También declaró que no quería a nadie más que a mí...
»Me parece saber cuándo se le ocurrió la idea. Un día me dijo:
»—Si tuviese suerte me casaría con ella, y ella moriría al cabo
de un año y me dejaría la pasta.
»Entonces una expresión extraña apareció en sus ojos. Fue cuando
primeramente pensó en ello...
»Hablaba mucho: de lo conveniente que sería si Linnet muriese.
Dije que era una idea terrible y entonces se calló. Luego, un día, le encontré
leyendo un capítulo dedicado al arsénico. Le reproché y se echó a reír. Me
dijo: "El que nada arriesga, nada tiene. Es la única vez en mi vida que
estaré cerca de que llegue a mi poder una buena cantidad de dinero."
Al cabo de un rato comprendí que se había decidido, y me
espanté. ¡Porque me di cuenta de que jamás sería capaz de hacerlo con éxito! Él
es tan simple, tan infantil... Carece de imaginación, desconoce las
sutilidades. Probablemente le habría suministrado una dosis excesiva de
arsénico y habría dicho al doctor que murió de una gastritis. Siempre se
imaginaba que las cosas le saldrían bien.
»Así yo tuve que tomar parte en los hechos, para cuidarme de
él...
»Pensé sin cesar, con el objeto de elaborar un plan. Me pareció
que la base de la idea debía ser una especie de coartada doble. Oiga bien: si
Simon y yo pudiésemos dar muestras de alguna manera de que nos aborrecíamos,
esas muestras nos salvarían. Sería fácil para mí fingir que odiaba a Simon. Era
una cosa muy posible, dadas las circunstancias. Luego, si se mataba a Linnet,
probablemente sospecharían de mí; en consecuencia, sería preferible que
sospechasen seguidamente. Elaboramos los detalles poco a poco. Yo quería que en
el caso de que el plan fracasase, me culpasen a mí y no a Simon. Pero Simon
estaba preocupado por mí.
»Trazamos nuestro plan cuidadosamente. Aun así, Simon escribió
una J con sangre, lo cual fue melodramático. Pero salió bien.
Poirot asintió:
—Sí, no fue culpa suya que Luisa Bourget no pudiera dormir
aquella noche... ¿Y después, mademoiselle?
Ella sostuvo la mirada de Poirot.
—Sí —dijo—. Es horrible, ¿no es verdad? ¡No puedo creer que yo
lo hice! Ahora sé lo que usted quería decir con abrir el corazón al demonio...
Sabe usted perfectamente lo que acaeció. Luisa manifestó a Simon que ella
estaba enterada. Simon consiguió que usted me llevase a él. Tan pronto como
estuvimos solos, me contó lo sucedido. Me dijo lo que yo tenía que hacer. Ni
siquiera me horroricé. Me asusté tanto... Eso es lo que hace el crimen... Simon
y yo estábamos seguros, completamente seguros, de no ser por esa miserable
chantajista francesa. Cogí todo el dinero que pude. Fingí que me sometía. ¡Y
cuando ella contaba el dinero, lo hice! Fue muy fácil, tan horrorosamente
fácil...
»Aun entonces no estábamos seguros. La señora Otterbourne me
había visto. Salió a la cubierta con aire de triunfo, buscándoles a usted y al
coronel. No tuve tiempo para pensar. Obré como un relámpago. Era casi
emocionante. Sabía que era cuestión de vida o muerte aquella vez.
Hizo una pausa de nuevo.
—¿Recuerda cuando entró usted en mi camarote después? Dijo que
no sabía por qué había ido. Yo estaba aterrada. Pensé que Simon iba a morir...
—Y yo lo esperaba —dijo Poirot.
Jacqueline asintió.
—Sí, habría sido mejor para él.
—Ése no es mi pensamiento.
Jacqueline miró la severidad del rostro del detective. Dijo
suavemente:
—No se preocupe por mí, señor Poirot. Después de todo, he vivido
sufriendo siempre. Si hubiéramos triunfado, yo habría sido feliz y habría
disfrutado de la vida, y es probable que nunca me hubiera arrepentido. Tal como
es... Bien —añadió—, hay que enfrentarse con la horrible realidad.
»Supongo que la camarera está a mi servicio para cuidar de que
no me ahorque o ingiera alguna cápsula milagrosa de ácido prúsico, como siempre
hace la gente en los libros. No tenga miedo. No haré tal cosa. Será mas fácil
para Simon si yo continúo a su lado.
Poirot se incorporó. Jacqueline se alzó también. Dijo con una
súbita sonrisa:
—¿Recuerda cuando le dije que yo tenía que seguir mi estrella?
Dijo usted que podía ser una estrella falsa, y yo repliqué: «Esa estrella mala,
esa estrella caerá». Yo no lo dudaba.
Poirot salió a la cubierta con la risa de la muchacha retumbando
aún en sus oídos.
CAPÍTULO XXXI
Amanecía cuando entraban en Shellal. Las rocas descendían a la
orilla del agua. Poirot murmuró:
—Quel pays sauvage...!
—Bien —dijo Race—; hemos terminado nuestra labor. He dispuesto
que desembarquen primero. Me alegro de haberle atrapado. Es un sujeto
escurridizo. Se nos ha escabullido docenas de veces. —Continuó—: Hemos de
buscar una camilla para Doyle. Es extraordinario cómo se ha desmoralizado.
—No tan extraordinario —dijo Poirot—. Ese tipo infantil de
criminal es habitualmente muy vano. ¡Una vez que se le pincha la burbuja de su
presunción se desvanece!
—Merece la horca —dijo Race—. Es un bribón de sangre fría. Lo
siento por la muchacha, pero no se puede hacer nada.
Poirot meneó la cabeza.
—La gente dice que el amor lo justifica todo, pero eso no es
cierto...
Cornelia Robson se aproximó a Poirot.
—¡Oh! —dijo—. Ya estamos llegando. —Hizo una pausa y agregó—: He
estado con ella.
—¿Con la señorita de Bellefort?
—Me pareció que era terrible que estuviese encerrada con aquella
camarera. Prima María está muy enojada.
La señorita Van Schuyler descendía lentamente por la cubierta en
dirección a ellos. Sus ojos centelleaban de furia.
—¡Cornelia! —bufó—, te has portado de una manera atroz. Te
mandaré ahora mismo a casa.
Cornelia contuvo el aliento.
—Lo siento, prima María, pero yo no me voy a casa. Voy a
casarme.
Ferguson se aproximó viniendo del rincón de la cubierta y dijo:
—¿Qué es lo que oigo, Cornelia? ¡No es verdad!
—Es verdad —dijo Cornelia—. Voy a casarme con el doctor Bessner.
Él me lo pidió anoche.
—¿Y por qué se casa con él? —preguntó Ferguson, furioso—.
¿Simplemente porque es rico?
—¡No! —replicó Cornelia, indignada—. Me gusta. Es bondadoso y
muy sabio. Y siempre me he interesado por los enfermos y las clínicas. Y
llevaré una vida maravillosa con él.
Ella se alejó. Ferguson dijo a Poirot:
—¿Cree usted que habla en serio?
—Ciertamente.
—Esa muchacha está loca —dijo Ferguson.
Los ojos de Poirot chispearon.
—Es una mujer de espíritu original —dijo—. Probablemente es la
primera vez que usted ha conocido una mujer así.
El barco atracó. Un cordón se había formado en torno de los
pasajeros. Se les dijo que esperasen antes de desembarcar.
Richetti, moreno y ceñudo, fue conducido a tierra por dos
maquinistas. Luego, tras cierto retraso, trajeron una camilla. Simon Doyle fue
llevado por la cubierta a la pasarela.
Parecía otro hombre distinto, asustado, receloso, desaparecido
todo su aire de muchacho.
Jacqueline de Bellefort le siguió. Una camarera caminaba al lado
de ella. Estaba pálida, pero fuera de esto tenía el mismo aspecto que de
ordinario. Se aproximó a la camilla.
—Hola, Simon —dijo.
Él alzó la vista rápidamente. El viejo aire de muchacho volvió a
su rostro durante un momento.
—Lo estropeé todo —dijo—. ¡Perdí la cabeza y lo confesé todo! Lo
siento, Jacqueline. Te he vendido.
Ella sonrió.
—No importa, Simon —dijo—. Era un juego de necios y hemos
perdido. Eso es todo.
Se apartó a un lado. El camillero alzó los palos de la camilla.
Jacqueline se inclinó y se ató el cordón del zapato. Luego su
mano fue a la parte superior de su media y se enderezó con algo en la mano.
Hubo un estampido.
Simon Doyle se estremeció convulsivamente y luego se quedo
quieto.
Jacqueline de Bellefort asintió con la cabeza. Permaneció un
segundo pistola en mano. Dirigió a Poirot una sonrisa fugaz. Luego, cuando Race
saltó hacia delante, ella se volvió el reluciente juguete contra su corazón y
apretó el percutor.
Se desplomó hecha un ovillo.
Race gritó:
—¿De dónde diablos sacó esa pistola?
Poirot notó una mano en su brazo. La señora Allerton dijo
suavemente:
—¿Usted lo sabía?
Él asintió.
—Ella tenía un par de pistolas. Me di cuenta cuando oí que
habían encontrado una en el bolso de Rosalía Otterbourne el día del registro.
Jacqueline estaba sentada en la misma mesa que ella. Cuando se percató de que
iba a efectuarse un registro, la metió en el bolso de la otra muchacha. Después
fue al camarote de Rosalía y la recuperó luego de distraer su atención con una
comparación de barritas para los labios. Como ella y su camarote habían sido
registrados ayer, no se creyó necesario hacerlo de nuevo.
La señora Allerton dijo:
—¿Quería usted que ella hiciese lo que ha hecho?
—Sí. Pero no quiso suicidarse sola. Por eso Simon Doyle ha
tenido una muerte más dulce de lo que se merecía.
La señora Allerton se estremeció.
—El amor puede ser una cosa espantosa.
—Por eso la mayoría de las grandes historias de amor son
tragedias.
Los ojos de la señora Allerton se posaron sobre Tim y Rosalía,
que estaban de pie al sol, y dijo con voz súbita y apasionada:
—Pero gracias a Dios, hay felicidad en el mundo.
—Como usted dice, madame, demos gracias a Dios por ello.
FIN

