Libro N°. 3112. Poderes Extraordinarios. Finder, Joseph.
© Libro N°. 3112. Poderes Extraordinarios. Finder, Joseph. Colección E.O. Septiembre 17 de 2016.
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PODERES EXTRAORDINARIOS
Joseph Finder
A Michele y a nuestra hija que vendrá.
Titulo original
Extraordinary Powers
Traducción Margara Averbach
Diseño de la cubierta
Eduardo Ruiz
Copyright © Joseph Finder
1994
Copyright © EmecéEditores
1998
Publicado mediante convenio
con Henry Morrison, Inc ,
BedfordHills New York USA
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608 1998
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08014 Barcelona
RECONOCIMIENTOS
Agradezco la amable ayuda de Richard Davies y Samuel Etris del
Gold Institute; Gerald H. Kiel y Bill Sapone de McAulay Fisher Nissen Goldberg
& Kiel; Ed Gates de Wolf Greenfield & Sacks; el doctor Leonard Atkins y
el doctor Jonathan Finder, y, en París, de Jean Rosenthal y mis amigos del
sistema de Metro de París.
Además, quisiera agradecer a Peter Dowd y Jay Gemma de Peter G.
Dowd Firearms (armas de fuego), a Elisabeth Sinnott, Paul Joyal, Jack Stein y
mi gran amigo Joe Teig. Jack McGeorge del Public Safety Group (Grupo de
Seguridad Pública), brillante como siempre, fue tanto una fuente inapreciable
de ayuda como un amigo muy generoso con su tiempo.
Vaya también mi agradecimiento a Peter Gethers, Clare Ferraro y
Linda Grey de Ballantine, y al maravilloso Danny Baror de Henry Morrison, Inc.
Gracias, también, a mis amigos y fuentes de la comunidad de inteligencia, que
han aprendido el sentido de esa maldición china: "Que tu vida transcurra
en una época interesante".
Como siempre, Henry Morrison fue no sólo un agente maravilloso y
gran lector sino un editor valioso y también una fuente inagotable de ideas y
ocurrencias. Sigo sintiendo asombro y una enorme gratitud hacia mi hermano
Henry Finder, editor brillante y consejero indispensable. Y para mi esposa,
Michele Souda —editora, consejera y crítica literaria, que estuvo allí desde el
principio— mi agradecimiento y amor eternos.
Las armas de lo secreto no tienen espacio en un mundo ideal.
Pero vivimos en un mundo de hostilidades no declaradas en el que tales armas se
usan siempre contra nosotros y, a menos que las combatamos, podrían dejarnos
otra vez inermes, esta vez frente a una masacre de magnitudes que la mente
humana no puede siquiera imaginar. Y aunque tal vez parezca innecesario volver
a decir algo tan obvio, las armas de lo secreto dejan de ser efectivas si
eliminamos el secreto.
—Sir William Stephenson, en
Un hombre llamado intrépido.
Ex agente de la KCB busca empleo en campo similar. Teléfono:
París, 1-42.50.66.76.
—Aviso clasificado en el
International Herald Tribune, enero, 1992.
Poderes extraordinarios:
Término de la jerga del espionaje utilizado en algunos servicios
de inteligencia del antiguo Pacto de Varsovia. Se refiere al permiso que se le
da a un oficial clandestino de mucha confianza para que en circunstancias
extremadamente raras viole las órdenes de su empleador si es absolutamente
necesario para terminar una misión de importancia vital.
NOTA AL LECTOR
Los hechos de septiembre y octubre pasados que tanto conmovieron
al mundo nunca se olvidarán. Eso es evidente. Pero el público ha conocido pocos
o ninguno de los detalles de lo que pasó en esas semanas extraordinarias.
Hasta hoy.
Hace varios meses, el 8 de noviembre, recibí en mi casa de
Manhattan un paquete que me habían enviado por Federal Express. Pesaba cuatro
kilos setecientos gramos y contenía un manuscrito, parte a máquina, parte a
mano. Mi investigación posterior no logró determinar quién lo había enviado. La
compañía Federal Express afirmó que sólo podía asegurar que el nombre de quien
lo había enviado era falso (el punto de origen era Boulder, Colorado), y que lo
habían pagado en efectivo.
Tres grafólogos independientes me confirmaron algo que yo ya
sabía: la letra era de Benjamín Ellison, ex funcionario de la CIA, Agencia
Central de Inteligencia, y luego abogado de una importante firma de Boston,
Massachusetts. Aparentemente, Ellison había hecho arreglos para que el
manuscrito llegara a mis manos en caso de su muerte.
Aunque no fui lo que se dice muy amigo de Ben Ellison, fuimos
compañeros de habitación durante un semestre cuando los dos estudiábamos en
Harvard. Era un tipo buen mozo, de altura media y cuerpo bien formado, cabello
oscuro y espeso, y ojos castaños. Me acuerdo de que era fácil llevarse bien con
él, era un hombre agradable y tenía una risa contagiosa. Había visto a su
esposa, Molly, algunas veces y me había caído muy bien. Cuando el padre de
Molly, el difunto Harrison Sinclair, era director de la CIA, lo entrevisté
varias veces, pero hasta allí llegó mi relación con él.
Como documentó recientemente una excelente serie de artículos de
investigación de The New York Times, hay poca duda de que la desaparición de
Ben y Molly en las aguas de Cape Cod, Massachusetts, una semana después de los
hechos del otoño de 1994, fuera por lo menos sospechosa. Un número de fuentes
confiables de inteligencia me confirmaron en entrevistas no oficiales lo que
imaginan los artículos del Times: que Ben y Molly muy probablemente murieron
asesinados, seguramente por agentes relacionados con la CIA, y que la causa fue
el conocimiento que tenían de los hechos. Hasta que se localicen sus cuerpos,
sin embargo, no podremos saber la verdad.
Pero, ¿por qué yo? ¿Por qué me habrá elegido Ben Ellison para
enviarme su manuscrito? Tal vez por mi reputación como periodista y escritor
razonablemente justo (eso quiero creer) sobre temas de inteligencia y
relaciones exteriores. Tal vez por el éxito de mi último libro, La defunción de
la CIA, cuyo origen fue una investigación que hice para The New Yorker.
Pero, sobre todo, creo yo, fue porque Ben me conocía y confiaba
en mí: sabía que nunca entregaría el manuscrito a la CIA ni a ninguna otra
agencia del gobierno. (Dudo de que hubiera anticipado las numerosas amenazas de
muerte que recibí por teléfono y por correo en los últimos meses, la campaña
sutil y no tan sutil de intimidación que me hicieron mis contactos de la
comunidad de inteligencia, y el contundente esfuerzo legal de la CIA para
impedir la publicación de este libro.)
Para decirlo en palabras suaves, el relato de Ben me pareció
impresionante al principio, extraño, hasta increíble. Pero cuando los editores
de este libro me pidieron que verificara la autenticidad del relato, entrevisté
profunda y cuidadosamente a los que habían conocido a Ellison en los medios
legales y de inteligencia e investigué intensamente los hechos en varias de las
capitales de Europa.
Y ahora puedo decir con absoluta seguridad que la versión de Ben
sobre estos alarmantes sucesos, aunque pueda parecer asombrosa, es exacta. El
manuscrito que recibí fue redactado con mucho apuro, eso es evidente, y me he
tomado la libertad de corregirlo para su publicación, sobre todo en cuanto a
algunos errores de coherencia. Donde me pareció necesario, inserté recortes
periodísticos y documentos para sustentar la narración.
Aunque el documento es controvertido, es la primera historia
completa que tenemos sobre lo que pasó realmente en esa época terrible, y me
alegro de haber sido uno de los responsables del hecho de que saliera a la luz.
JAMES JAY MORRIS.
Muere el director de la CIA en accidente automovilístico
Harrison Sinclair, 67 años, ayudó a la CIA
a sobrevivir en un mundo posguerra Fría.
Sucesor: aún sin nombrar.
SHELDON ROSS
ESPECIAL PARA THE NEW YORK TIMES
WASHINGTON, 2 de mayo. —El director de la CIA, Harrison H.
Sinclair, murió ayer cuando su automóvil cayó en una quebrada del estado de
Virginia, a cuarenta kilómetros de los cuarteles de la CIA en Langley,
Virginia. Murió instantáneamente, según dijeron voceros de la agencia
gubernamental. No hubo otras víctimas.
El señor Sinclair, jefe de la CIA desde hace menos de un año,
fue uno de sus fundadores en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial.
Deja una hija, Martha Hale Sinclair...
PRÓLOGO
La historia empieza en un funeral. Me parece apropiado.
El ataúd de un hombre mayor baja hacia la tierra. Los deudos que
rodean la tumba están tan sombríos como en cualquier funeral, pero en este
caso, todos están notoriamente bien vestidos, irradian poder y dinero. Es una
escena extraña: en esta mañana gris, fría y lluviosa de marzo, en un pequeño
cementerio rural del condado de Columbia, Nueva York, hay senadores de los
Estados Unidos, jueces de la Corte Suprema, herederos de los establecimientos
del poder en Nueva York y Washington, y todos levantan puñados húmedos de
tierra y los arrojan sobre el ataúd. Están rodeados de limusinas negras, BMWS,
Mercedes, Jaguars y los otros autos de los ricos, los poderosos, los selectos.
La mayoría ha recorrido un largo camino para venir a presentar sus respetos: el
cementerio queda a kilómetros de cualquier otro lugar.
Yo estaba ahí, por supuesto, pero no porque fuera famoso,
poderoso ni selecto. En esa época era sólo un abogado de Boston, de Putnam
& Stearns, una muy buena firma, y ganaba un salario respetable. Me sentía
totalmente fuera de lugar en medio de tantas luminarias.
Y sin embargo, era el yerno del muerto.
Mi esposa, Molly —más formalmente: Martha Hale Sinclair— era la
única hija de Harrison Sinclair, una leyenda de la CIA, un enigma, un maestro
espía. Hal Sinclair había sido uno de los fundadores de la CIA, luego un
guerrero renombrado en la Guerra Fría (trabajo sucio si los hay, pero alguien
tenía que hacerlo) y finalmente, director de la Central de Inteligencia,
colocado allí para rescatar a la temblequeante Agencia durante su crisis de
identidad posterior a la Guerra Fría.
Como su amigo William Casey antes que él, Sinclair había muerto
cuando todavía estaba en su puesto. Todos nos sentimos fascinados por el
espectro de un director de la CIA muerto en funciones: ¿qué secretos, se
pregunta uno, se llevó el viejo maestro espía a la tumba? Y en realidad, Hal
Sinclair se había llevado un secreto extraordinario. Pero en la mañana fría y
lluviosa de su funeral, ni yo ni Molly ni ninguno de los destacados personajes
que se habían reunido allí lo sabían
No hay duda de que la muerte de mi suegro parecía sospechosa
Había encontrado su fin hacia una semana en un accidente automovilístico en la
zona rural de Virginia. Era tarde, de noche ya. Él iba camino a una reunión de
emergencia en los cuarteles de la CIA en Langley y el auto se había salido de
la ruta, tratando de evitar a otro auto que se le cruzó. Abajo, en el fondo,
había estallado en una bola de fuego
Un día antes del "accidente", su asistente ejecutiva,
Sheila McAdams, había sido encontrada asesinada en un callejón de Georgetown La
policía de Washington llegó a la conclusión de que había sido víctima de un
robo en la calle no se encontraron ni su cartera ni sus joyas Molly y yo, para
ser honestos, sospechábamos que no había habido robo ni "accidente",
y no éramos los únicos The Washington Post, The New York Times y todos los
noticieros de televisión lo insinuaban constantemente en su cobertura de los hechos
Pero, ¿quién podría haber hecho semejante cosa? En los viejos días, las malas
épocas, por supuesto, habríamos acusado rápidamente a la KGB o a algún otro
brazo oscuro y misterioso del Imperio del Mal, pero la Unión Soviética ya no
existía La inteligencia estadounidense tenía sus enemigos, sin duda, pero
¿quién querría asesinar, si es que ésa era la palabra correcta, al director de
la CIA? Molly también creía que su padre y Sheila eran amantes, y eso no era
tan escandaloso como se puede creer, ya que Sheila era soltera y la madre de
Molly había muerto policía unos seis años
Aunque Hal Sinclair era una figura remota, hasta críptica, yo
siempre me había sentido cerca de él, desde la primera vez en que Molly me lo
había presentado Molly y yo habíamos sido amigos en la universidad —ella había
entrado después—, y había una chispa de atracción entre nosotros, pero cada uno
estaba involucrado con otra persona en ese momento Yo salía con Laura, con
quien me case apenas termine la carrera Molly tenía como pareja a un tonto del
que se cansó después de un año o dos Pero Hal Sinclair me miraba con aprecio y
me reclutó para la Agencia después de mi graduación en Harvard, y me llevó
hacia el servicio clandestino Aparentemente pensaba que yo sería mejor espía de
lo que terminé siendo. Tal como pasaron las cosas, esta linea de trabajo tocó un
lado oscuro y violento en mí, un rasgo interno que me transformó en un espía
terriblemente arriesgado y soberbio, muy temido por todos, incluyéndome a mi
mismo
Así que durante dos años muy tensos antes de entrar en la
carrera de posgrado de leyes, trabajé en la clandestinidad para la CIA. Lo hice
bastante bien, si, hasta la tragedia de París
Después de eso, me fui de la Agencia y me dediqué a la ley, y no
lamenté mi decisión ni un segundo
La relación entre Molly y yo no empezó hasta que volví de París,
viudo, después del incidente que todavía se me traba en la garganta cuando
trato de hablar de él. Molly, la hija del hombre que pronto sería director de
la CIA, aplaudió mi decisión Era mejor que me alejara del espionaje para
siempre Ella había visto de primera mano lo que podía hacerle a una familia una
relación con ese negocio, había visto las tensiones que había producido en su
propia familia, y no quería tener nada que ver con eso
Incluso cuando se transformó en mi suegro, Hal Sinclair siguió
siendo un enigma y lo vi muy pocas veces Nos encontrábamos de vez en cuando en
alguna reunión de familia (era el adicto al trabajo más ferviente que yo haya
conocido, un hombre de la Compañía en todo momento), y en esas reuniones
parecía mirarme con cierto cariño .
Pero como dije, la historia empieza en el funeral de Hal
Sinclair Fue allí, cuando la reunión ya empezaba a dispersarse y todos se daban
la mano bajo los paraguas negros y caminaban en silencio hacia los autos, que
un hombre alto, delgaducho, de unos sesenta años y cabello blanco y enrulado se
deslizó hacia mí y se presentó
Tenia el traje arrugado, la corbata mal puesta, pero debajo de
toda esa desprohjidad, la ropa era cara un traje de lana color carbón, cruzado,
de factura impecable, y una camisa rayada que parecía especialmente hecha para
él en Savile Row. Aunque nunca me lo habían presentado, lo reconocí
inmediatamente: era Alexander Truslow, un antiguo hombre de la CIA, de renombre
considerable Como Hal Sinclair, era un pilar del establecimiento con una gran
reputación de rectitud moral Durante algunas semanas, en los tiempos del
escándalo de Watergate en 1973 y 1974, había sido director. A Nixon no le
gustaba mucho —sobre todo porque, según se decía, Truslow se negaba a cooperar
con la Casa Blanca de Nixon y a involucrar a la CIA en el encubrimiento—, y se
movió con rapidez para reemplazarlo por un hombre político más cercano al
poder.
De voz suave y modales elegantes aunque algo desprolijos, Alex
Truslow era uno de esos tipos yanquis, blancos, anglosajones y protestantes
como Cyrus Vanee o Eliot Richardson, que irradian una decencia fundamental. Se
había retirado de la Agencia cuando Nixon lo dejó de lado. Naturalmente nunca
le guardó rencor al Presidente, eso hubiera sido poco caballeroso ¡Mierda! Yo
hubiera llamado a una conferencia de prensa, hubiera hecho ruido, pero ése no
era el estilo de Alex.
Después de dar vueltas por ahí un poco, dando conferencias,
había formado su propia consultora, con base en Boston, a la que se conocía
informalmente como la "Corporación". La Corporación asesoraba a
compañías y firmas legales del mundo entero sobre cómo manejar un mercado
global siempre cambiante, siempre impredecible. No era sorprendente, dada la
reputación de Truslow en la comunidad de inteligencia, que la Corporación
también trabajara con la CIA.
Alexander Truslow era uno de los hombres más respetados y
eminentes de la comunidad de agentes secretos. Después de la muerte de Hal
Sinclair, era uno de los que estaban en lista de espera para reemplazarlo. Por
razones relacionadas con la moral de la tropa de la Agencia, era el hombre más
indicado: su popularidad entre los jóvenes y los viejos era igualmente alta.
Era cierto que había algunas quejas por su trabajo en el "sector
privado". Y también algunos que tenían buenas razones para temer a un
"nuevo heredero". Pero cuando se presentó, yo pensé que estaba
estrechándole la mano al próximo director de la CIA.
—Lo lamento muchísimo —le dijo a Molly. Tenía los ojos húmedos.
—Tu padre fue un hombre maravilloso. Lo vamos a extrañar muchísimo.
Molly asintió. ¿Lo conocía? Yo no estaba seguro.
—Ben Ellison, ¿cierto? —dijo, estrechándome la mano.
—Me alegro de verlo, señor Truslow —dije.
—Alex. Me llama la atención que no nos hayamos visto antes en
Boston —me contestó él—. Tal vez sepa usted que soy amigo de Bill Stearns.
—William Caslin Stearns III era el socio mayor de Putnam & Stearns y
también antiguo hombre de la CIA. Y además, mi jefe. Así eran los círculos en
los que me movía en ese entonces.
—Alguna vez lo mencionó a usted, sí —dije.
Después de eso, hubo unos minutos de silencio incómodo mientras
caminábamos hacia los autos y después, Truslow llegó finalmente al tema
principal.
—Ya le dije a Bill que me interesaría muchísimo tenerlo a usted
conmigo para ciertos trabajos legales. Para mi firma.
Yo sonreí, sin preocuparme.
—Lo lamento, pero no tengo nada que ver con la CIA ni con
inteligencia desde que dejé la Agencia. No creo ser el hombre que usted
necesita.
—Ah, su pasado no tiene nada que ver con esto —insistió él—. Son
negocios, pura y simplemente y me dicen que usted es el mejor abogado para
asuntos de propiedad intelectual en Boston.
—Le informaron mal —dije con una risita amable—. Hay muchos
mejores que yo.
—Es usted muy modesto —contestó él, con amabilidad—. Almorcemos
juntos, ¿sí? —Sonrió, casi una mueca. —¿De acuerdo, Ben?
—Lo lamento, Alex. Me siento muy halagado..., pero me temo que
no me interesa. Realmente lo lamento.
Truslow me miró directamente, fijo, con ojos tristes y castaños.
Me recordaban los de un perro basset. Se encogió de hombros y volvió a darme la
mano.
—Entonces, el que lo lamenta soy yo, Ben —dijo, sonrió como
desesperado, y desapareció en la parte posterior de una limusina Lincoln.
Supongo que no debería haberme sorprendido de que la cosa no
terminara allí. Pero no pude dejar de pensar que era extraño que me quisiera a
mí, especialmente, y para cuando entendí por qué, era demasiado tarde.
PARTE I
LA CORPORACIÓN
THE INDEPENDENT
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¿Alemania al borde del colapso?
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POR NIGEL CLEMONS DESDE BONN
En los meses negros desde la caída del mercado de valores que
hundió a Alemania en su peor crisis económica y política desde la década del
20, muchos creen que este país, que una vez fue el más poderoso de Europa, está
al borde del colapso. En una manifestación violenta, ayer, en Leipzig, unas mil
personas protestaron contra las privaciones económicas, el aumento brutal del
costo de vida y la pérdida de miles de puestos de trabajo en la nación. Hasta
se proclamó la necesidad de llamar a un dictador para que restaurara la antigua
grandeza alemana.
En los últimos días hubo sublevaciones en Berlín, ataques
terroristas de los neonazis de ultraderecha y un aumento enorme en la tasa de
delitos callejeros dentro del territorio de lo que antes fue Alemania
Occidental. La nación está llegando al final de un proceso eleccionario muy
discutido y duro para elegir el próximo canciller y hace diez días asesinaron
al jefe del Partido Demócrata Cristiano.
Fuentes del gobierno siguen culpando de la caída de la bolsa a
la recesión global en el país y también a la fragilidad de la Deutsche Börse,
el mercado de valores creado después de la integración.
Algunos observadores recuerdan cada tanto que la última crisis
económica de magnitud semejante, durante la era de Weimar, provocó la llegada
de Adolf Hitler al poder.
1
Las oficinas legales de Putnam & Stearns están ubicadas en
las estrechas calles del distrito financiero de Boston, entre enormes edificios
bancarios con frente de granito: la versión bostoniana de Wall Street, con
menos Bancos que en Nueva York. Nuestras oficinas ocupan dos pisos de un viejo
edificio elegante sobre la calle Federal, en cuya planta baja hay un respetable
Banco Brahmin, famoso por sus lavados de dinero para la Mafia.
Putnam & Stearns, debería explicar en este punto, es una de
las firmas legales "externas" de la CIA. ES totalmente legítima, no
viola la carta de fundación de la Agencia (que prohibe jugarretas legales
domésticas; aparentemente esos asuntos en el extranjero están aceptados).
Muchas veces, la CIA necesita consejo legal en asuntos que involucran, digamos,
inmigraciones y naturalizaciones (si están tratando de meter a un espía
desertor en el país) o propiedades (si necesitan adquirir algo para refugio, u
oficinas o alguna otra cosa que no quieran que se rastree hasta Langley). O, y
ése es el campo preferido de Bill Stearns, el movimiento de fondos de cuentas
numeradas hacia Luxemburgo o Zúrich o Gran Caimán, o desde allí hacia algún
otro lugar.
Por otra parte, Putnam & Stearns hace mucho más que el
trabajo sucio de la CIA. ES una firma de abogados de práctica general, una
firma de abogados legales con unos treinta profesionales, doce socios, que
abarca un espectro legal amplio, desde litigios entre corporaciones hasta
propiedades y divorcios, pasando por impuestos y derechos de propiedad
intelectual.
Ese último ítem, los derechos de propiedad intelectual, es mi
especialidad: patentes y copyrights, quién inventó qué, quién robó la invención
de quién. Seguramente usted recuerda que hace unos años un famoso fabricante de
zapatillas salió al mercado con un aparato que permitía que el comprador
inflara su zapatilla con aire, a menos de ciento cincuenta dólares el par. Yo
me ocupé. Quiero decir, del trabajo legal. Diseñé una patente de hierro; o por
lo menos, lo más segura que puede llegar a ser una patente.
En esos meses, yo tenía unas veinticuatro muñecas grandes en mi
oficina, lo que sin duda desconcertaba a mis clientes. Estaba ayudando a un
fabricante de Western Massachusetts a defender su línea de productos Muñecas
Big Baby. Seguramente usted no sabe nada de Muñecas Big Baby. Evidentemente, no
saben nada porque el juicio terminó con una sentencia contra mi cliente. No
estoy muy orgulloso de eso. Me fue mucho mejor en el intento de impedir que una
compañía de galletitas usara una criatura animada que se parecía
sospechosamente al nene de las rosquillas Pillsbury, en sus avisos para
televisión.
Yo era uno de los dos abogados especializados en propiedad
intelectual en Putnam & Stearns, lo cual nos convierte oficialmente en un
"departamento", si contamos las secretarias legales y paralegales y
todo lo demás. Eso quiere decir que la firma anuncia que somos una corporación
legal completa, lista para manejar todas sus necesidades, incluso los derechos
de propiedad intelectual y las patentes. Todos los servicios legales bajo un
mismo techo. Un sólo gran shopping center.
Se me consideraba un buen abogado pero no porque amara lo que
hacia o me interesara mucho en ello. Después de todo, como dice el dicho, los
abogados son las únicas personas en quienes no se castiga la ignorancia de la
ley.
En cambio, tengo la bendición de un raro regalo neurólogico,
presente en menos del uno por ciento de la población: una memoria eidética (o
fotográfica, como se la llama generalmente). Eso no significa que yo sea más
inteligente que los que me rodean, pero no hay duda de que ese talento me
facilitó la vida en la universidad cuando había que memorizar un pasaje o un
caso. Soy capaz de ver la página de nuevo en la mente, completa, como si fuera
un cuadro. Esta capacidad no es algo que suela publicitar. La gente no lo sabe
porque no es la clase de cosas que puede hacernos populares entre los
conocidos. Y sin embargo, es una parte esencial de lo que soy y siempre lo ha
sido; a tal punto que tengo que recordarme cada tanto que no debo permitir que
me separe de los demás.
Hay que reconocer el mérito de los socios fundadores de la
firma, Bill Stearns y James Putnam, ya fallecido: gastaron todas sus ganancias
de los primeros años en decoración. La oficina, toda alfombras persas y
antigüedades frágiles del período de la Regencia, exuda una elegancia callada,
casi asfixiante. Hasta el sonido del teléfono es suave. La recepcionista que,
naturalmente, es inglesa está instalada frente a una mesa antigua cuya
superficie parece de cristal por el brillo. He visto clientes, propietarios de
muchas mansiones, gente que en su propia casa se lo pasa girando sobre sus
talones y aullando órdenes a los sirvientes, entrar aquí tan desconfiados e
inseguros como chicos de escuela.
Más o menos un mes después del funeral de Hal Sinclair, camino a
una reunión en mi oficina, me crucé con Ken McElvoy, un socio joven enredado
desde hacía ya seis meses en un litigio inconmensurablemente aburrido entre
corporaciones. Llevaba una gran pila de carpetas y parecía muy desdichado, uno
de los muertos vivos o algo así. Le sonreí porque me parecía casi un personaje
de Dickens en ese momento y me fui para mi oficina.
Mi secretaria, Darlene, me hizo un gesto rápido con la mano y
dijo:
—Todo el mundo está adentro.
Darlene es la persona más rara de la firma, algo que no es
difícil de lograr. Suele vestirse toda de negro. El cabello teñido del color de
un ala de cuervo; las sombras de los ojos, azul oscuro. Pero es inmensamente
eficiente así que no me importa lo demás.
Yo había llamado a una reunión para resolver una disputa que
llevaba por correo desde hacía ya seis meses. El asunto tenía que ver con una
máquina para hacer ejercicios llamada Alpine Ski, un aparato magníficamente
diseñado que simula la bajada por una ladera alta en esquís, y le da al usuario
no sólo los beneficios de un buen ejercicio aeróbico, semejante al que se
lograría bajando por una montaña, sino también un buen trabajo muscular.
El inventor del Alpine Ski, Herb Schell, era mi cliente. Ex
entrenador en Hollywood, había dedicado todo a su invento.
Y luego, hacía ya un año, habían empezado a aparecer en la
televisión nocturna avisos baratos de algo llamado Scandinavian Skier,
evidentemente una copia de la invención de Herb.
Y costaba mucho menos: el verdadero Alpine Ski valía más de
seiscientos dólares (el Alpine Ski Gold, más de mil), y el Scandinavian Skier
sólo 129,99 dólares.
Herb Schell ya estaba sentado en mi oficina junto con Arthur
Sommer, el ejecutivo en jefe de E-Z Fit, la compañía que fabricaba el
Scandinavian Skier, y su abogado, un hombre muy poderoso llamado Stephen Lyons,
de quién yo había oído hablar pero no conocía personalmente.
En algún punto, me parecía irónico que tanto Herb Schell como
Arthur Sommer fueran gorditos y estuvieran en muy mal estado físico. Arthur me
había confesado en un almuerzo, poco después de que nos conociéramos, que desde
que no era entrenador profesional, se había cansado de hacer ejercicio todo el
tiempo y prefería la lipoaspiración.
—Caballeros —dije. Nos dimos la mano. —Tratemos de resolver
esto.
—Amén —dijo Steve Lyons. Sus enemigos (que son legión) lo llaman
"León Litigón" porque hace cualquier cosa por un litigio, y su firma,
pequeña y muy agresiva, recibe el mote popular de "la guarida del
león".
—De acuerdo —dije—. Su cliente infringió sin lugar a dudas el
secreto de diseño del mío, hasta el último detalle. Ya revisamos esto docenas
de veces. Es una copia como las de los japoneses, por Dios, y a menos que
resolvamos el asunto hoy mismo, estamos decididos a ir a las cortes federales y
buscar reparación allí. También vamos a demandar por daños y perjuicios y, como
ya saben, los daños se multiplican por tres en casos de infracciones obvias
como esta.
La ley de patentes tiende a ser muy poco severa, y es un modo
muy aburrido de ganarse la vida. Lo blando tiende a lo blando, digo yo, así que
me gustaban mucho las pocas oportunidades que tenía de confrontarme francamente
con alguien. Arthur Sommer enrojeció, tal vez de furia, pero no dijo nada. Los
labios estrechos se le curvaron en una sonrisa tensa, pequeña. Su abogado se
reclinó otra vez en la silla: un lenguaje corporal decididamente amenazador.
—Mire, Ben —dijo Lyons—. Ya que no hay causa real de acción
aquí, mi cliente está dispuesto a ofrecer un arreglo muy pero muy generoso, una
cortesía de quinientos mil. Yo no se lo aconsejo, pero esta charada le está
costando a él y a nosotros...
—¿Quinientos mil? Pruebe multiplicarlo por diez.
—Lo lamento, Ben —dijo Lyons—. Esta patente no vale ni el papel
en que está escrita. —Unió la manos. —Aquí tenemos un asunto de venta previa.
—¿De qué diablos está hablando usted?
—Tengo pruebas de que Alpine Ski salió a la venta como un año
antes de la patente —replicó Lyons con suavidad—. Dieciséis meses antes, para
ser exactos. Así que la patente no es válida. Es venta previa.
Ese enfoque del problema era nuevo y, por el momento, me hizo
perder el equilibrio y la seguridad. Hasta ese día, habíamos estado discutiendo
letra por letra si el Scandinavian Skier era materialmente parecido al Alpine
Ski, para decirlo legalmente, si infringía la patente. Ahora Lyons citaba algo
llamado la "doctrina de la venta previa", bajo la cual un invento no
puede patentarse cuando ha estado "a disposición del público o en
venta" durante más de un año antes de la fecha en que se pidió la patente.
Pero no dejé que se notara mi sorpresa. Un buen abogado tiene
que ser buen actor.
—Buen intento —le dije—. Pero no tiene validez, Steve, y usted
lo sabe. —Sonaba bien, significara lo que significase.
—Ben... —interrumpió Herb.
Lyons me dio una carpeta, un archivo legal.
—Mire —dijo—. Aquí hay una copia de una carta al Big Apple
Health Club, ese club de salud de Manhattan, que muestra la última adquisición
de su departamento de máquinas, el Alpine Ski, casi un año y medio antes de que
el señor Schell lo patentara. Y una factura.
Tomé la carpeta, le eché una mirada desinteresada y la devolví.
—Ben —dijo Herb de nuevo—, ¿podemos hablar un minuto?
Dejé a Lyons y a Sommer en mi oficina mientras Herb y yo
hablábamos en una sala vacía.
—¿Qué quiere decir esto, carajo? —le pregunté.
—Es verdad. Tienen razón.
—¿Vendió esa cosa más de año antes de patentarla?
—Dos años antes. A doce entrenadores personales de clubes de
salud en todo el país.
Lo miré con los ojos muy abiertos, en calma.
—¿Por qué?
—Por Dios, Ben, yo no sé nada de leyes. ¿Cómo mierda voy a
probarlas sin sacarlas de la fábrica? No tiene idea de la cantidad de máquinas
malas que entran en clubes y gimnasios.
—¿Así que le hizo mejoras?
—Claro.
—Ah. ¿Y cuánto tiempo puede tardar en conseguirme un documento
de sus oficinas centrales en Chicago?
Steve Lyons sonreía de oreja a oreja cuando volvimos. Estaba
disfrutando de un pleno triunfo.
—Supongo que el señor Schell ya le informó —dijo con lo que le
debe de haber parecido un tono comprensivo.
—Claro que sí —contesté.
—Preparación, Ben —dijo—. Debería intentarlo alguna vez.
El momento era perfecto. En ese mismo instante, la máquina de
fax chilló y empezó a imprimir un documento. Yo fui hasta ella, miré cómo se
imprimía y mientras lo hacía, dije:
—Ah, Steve, cómo quisiera que usted nos hubiera ahorrado tiempo
y dinero leyendo algunos casos legales antes de esta entrevista...
Él me miró, sorprendido, la sonrisa un poco menos brillante.
—Veamos —dije—, sería la 917, ley Federal Segunda 544, circuito
1990.
—¿De qué habla? —susurró Sommer. Lyons, que no quería encogerse
de hombros en mi presencia, me miraba, incómodo, sin entender —6Es cierto lo
que dice? —insistió Sommer
La expresión de la cara de Lyons no cambió
—Tendría que revisarlo —respondió el abogado
La máquina de fax cortó el papel, una línea de puntos
entrecortada Se lo entregué a Lyons
—Esta es una carta del Big Apple Health Club a Herb Schell, con
todas sus opiniones sobre el Alpine Ski, notas sobre el funcionamiento y lo que
podía agregársele Y sugerencias para supuestas modificaciones
En ese punto, entró Darlene, me entregó un libro en silencio
—Federal Reporter 917, segunda serie—, y luego se fue. Se lo tendí a Lyons sin
siquiera mirarlo
—¿Qué significa esto¿Algún jueguito suyo? —consiguió tartamudear
Lyons
—No, no, claro que no —contesté— Mi cliente vendió prototipos
durante un período de prueba y reunió datos de funcionamiento a partir de la
versión que había vendido. Por lo tanto, la doctrina de venta previa no se
aplica, Steve
—Ni siquiera sé de dónde está sacando eso
—Manville Sales Corp versus Paramount Systems Inc , Segunda
Federal 544
—Vamos —replicó Lyons—, vamos , nunca oí hablar
—Página 1314 —dije mientras volvía a mi silla, me reclinaba y
cruzaba las piernas— Veamos —Y en una voz monótona, recité —"Las políticas
que definen la venta y uso público no implican invalidación de la patente
aunque más de un año antes de llenar el formulario de patentes el patentador
ínstale un dispositivo en una estación de servicio de una autopista en
construcción Se considera necesario un período de prueba externa del invento
para determinar si "
Lyons se había quedado sentado con el libro sobre el regazo,
siguiendo las palabras y formándolas en la boca Terminó la frase por mí.
—" tendría utilidad para su propósito "
Levantó la vista hacia mí, la boca un poco abierta
—Nos vemos en la corte —dije
Esa mañana, Herb Schell se fue de mi oficina mucho más contento
y casi diez millones de dólares más rico. Y yo tuve el placer de despedirme de
Steve Lyons a mi manera.
—Se sabía ese maldito caso palabra por palabra —me dijo— Palabra
por palabra ¿Cómo lo hizo?
—Preparación —dije y le di la mano— Debería intentarlo alguna
vez.
2
Muy temprano a la mañana siguiente, tomé el desayuno con mi
jefe, Bill Stearns, en el Harvard Club de Boston
Y ahí fue cuando supe que estaba en problemas, en serios
problemas
Stearns tomaba el desayuno allí todas las mañanas la señora
Stearns, una pálida ama de casa de Wellesley, no parecía tener otra tarea en la
vida que trabajar de voluntaria para el Museo de Bellas Artes Yo me la
imaginaba durmiendo hasta muy tarde con una venda en los ojos Y en cuanto a su
esposo, no había tomado ni un solo desayuno en su casa desde el momento en que
los dos hijos del matrimonio abandonaron el nido para empezar el plan
preordenado de sus vidas en la preparatoria de Boston Brahmins (Deerfield,
Harvard, inversiones bancarias, alcoholismo)
Su mesa en el Harvard Club era siempre la misma, contra la
ventana de vidrios color esfumado que daba sobre la ciudad Y pedía
invariablemente los huevos revueltos especiales del club (pensaba que la
aversión al colesterol era una moda evanescente de fines de siglo, como los
hippies en la década del sesenta) A veces comía solo con The Wall Street
Journal y The Boston Globe, a veces con uno o dos de los socios importantes,
mientras hablaban sobre negocios y golf
Muy de vez cuando, me invitaba. En caso de que usted nos imagine
sumergidos en conversaciones conspiratorias de viejos compañeros de la CÍA,
creo que debería dejar bien en claro que Bill Stearns y yo hablábamos
generalmente de deportes (tema del que yo sabía apenas como para mantener la
charla) o propiedades De vez en cuando —esa mañana era uno de esos casos—,
había algo grave que él quería discutir conmigo
Stearns es el tipo de persona que suele parecer intrascendente a
los que no lo conocen De casi sesenta años, cabello gris, piel rojiza, cuerpo
regordete, usa siempre corbatín Sus trajes de dos mil dólares, comprados en
Louis, le caen como si los hubiera comprado en el negocio más barato de la
ciudad y como si además le hubieran dado el talle equivocado Lo cierto es que
después de esos dos años violentos, de pesadilla, al servicio de la CIA, la
segundad de mi carrera legal en Putnam & Stearns me parecía maravillosa.
Pero la verdad era que había conseguido trabajo allí sólo por mi pasado en la
CÍA. Bill Stearns había sido inspector general de la CÍA bajo el mandato del
legendario Allen Dulles, director entre 1953 y 1961
Cuando entré en Putnam & Stearns hace nueve años, dejé bien
en claro que a pesar de mi pasado, me negaría a tener nada que ver con los
asuntos de la CÍA MI breve carrera en la Agencia había quedado definitivamente
atrás, le dije a Bill Stearns Stearns, hay que reconocerlo, se encogió de
hombros dramáticamente y me dijo
—¿Quién dijo algo de la CIA?
Estoy convencido de que hubo un brillo en sus ojos Creo que
pensaba que con el tiempo me vería ceder, aceptar los casos relacionados,
sabiendo que serían fáciles de manejar para mí El sabe que la Agencia prefiere
tratar con los suyos, y en ese momento sabía que me presionarían de todas
formas para que hiciera el trabajo legal para la CÍA. Y pensaba que yo
terminaría por aceptarlo ¿Por qué otra razón buscaría un ex oficial de campo,
como yo. un trabajo en una firma de viejos compañeros de armas como Putnam
& Stearns? Pero mi respuesta a esa pregunta era otra esencialmente el
dinero, mucho más que el que me hubiera ofrecido cualquier otra firma
Yo no sabía el motivo por el que Bill Stearns me había invitado
a desayunar con él esa mañana, pero sospechaba que algo estaba pasando. Me
ocupé cuidadosamente de mi panecillo de frambuesas Había tomado demasiado cafe
y supuse que algo sólido en el estómago me daría una buena mano Siempre odié
los desayunos de trabajo Creo que Oscar Wilde tenía mucha razón cuando dijo que
sólo los aburridos pueden ser brillantes en el desayuno
Cuando llegó la comida, Stearns sacó un ejemplar de The Boston
Globe de su maletín
—Ya leíste lo de First Commonwealth, supongo —dijo
Su tono me alarmó inmediatamente
—No vi el Globe esta mañana —dije
Me pasó el diario por sobre la mesa
Yo busque en la primera pagina Ahí mismo, bajo el título
central, estaban las letras que me aflojaron las piernas inmediatamente
INVERSORA CERRADA POR EL GOBIERNO FEDERAL, decía. Y en letras
pequeñas: CUENTAS DE FIRST COMMONWEALTH CONGELADAS POR LA CSI
First Commonwealth era una pequeña firma de inversionescon base
en Boston Yo había puesto en ella todo mi dinero A pesar de la grandilocuencia
de su nombre, es un lugar chiquito, casi una boutique, manejada por un conocido
mío con menos de doce clientes Era la firma que pagaba mi hipoteca todos los
meses, el lugar donde yo guardaba virtualmente todo lo que tenía,
Hasta esa mañana
A diferencia de Stearns, no soy rico El padre de Molly dejó una
cantidad insignificante de dinero en efectivo, algunos certificados de acciones
y bonos, y el título de su casa en Alexandría, hipotecada hasta el techo
También dejó un documento firmado y autorizado por un escribano, otorgándole a
Molly todos los derechos de beneficiaria a las cuentas a nombre de Harrison
Sinclair que hubiera en el país y en el exterior bajo las leyes de……. Los
detalles pueden confundir a cualquiera, como casi todos los detalles que tienen
que ver con la ley de propiedades y cuentas Me parecía curioso que hubiera
firmado ese papel como única heredera de Harnson Sinclair, ella tenia ese
derecho automáticamente No hacía falta el papel De acuerdo, de acuerdo, tal vez
Sinclair fuera del tipo de los que sienten que las precauciones nunca son
suficientes
En cuanto a mí, me dejó una sola cosa una copia autografiada de
El Oficio de la Inteligencia, las memorias del director de la CIA, Allen
Dulles. Era la primera edición y estaba firmada y dedicada "A Hal, con la
mayor de las admiraciones, Allen". Un lindo regalo, si, pero sin duda, no
una fortuna.
Cuando murió mi padre hace ya unos años, heredé un poco más de
un millón de dólares que después de pagar los impuestos a la propiedad, se
convirtieron en menos de medio millón Lo transferí todo a First Commonwealth
porque la entidad tenía una reputación excelente Conocía al jefe de la firma,
Frederick "Doc" Osborne, y me había parecido muy inteligente ¿No fue
Nelson Algren el que dijo "Nunca comas en un restaurante llamado Mamá y
nunca juegues a las cartas con un tipo llamado Doc? Y eso, antes de los tiempos
de los administradores de dinero.
Seguramente, usted está preguntándose por qué tenía todo mi
dinero en un sólo lugar, si de veras soy tan astuto Para ser franco, yo también
me lo pregunto con frecuencia. La respuesta, supongo, tiene dos caras.Una, Doc Osborne
era un amigo y tenía una excelente reputación, y por lo tanto me pareció que
diversificar era una tontería Y dos, siempre había tratado a mi herencia como
una canasta de huevos, una porción de dinero que no quería tocar porque mi
salario era decente y no la necesitaba por el momento Y supongo que también se
aplica ese viejo dicho sobre los cuchillos de palo en casa de herrero: los que
trabajan con dinero generalmente no son muy cuidadosos con el propio.
Dejé caer el tenedor. Tenía el estómago revuelto. Calculé con
rapidez y llegué a la conclusión de que a menos que pudiera conseguir que me
devolvieran mi dinero, terminaría en la bancarrota: mi salario era generoso
pero no podría cubrir la hipoteca con él. En el estado en que se encontraba el
mercado de propiedades de Boston, ni siquiera podría vender la casa sin sufrir
enormes pérdidas.
Me latían las sienes. Levanté la vista hacia Stearns.
—Ayúdame —dije.
—Ben, lo lamento... —dijo Stearns con la boca llena de huevo.
—¿Qué significa esto? No entiendo mucho de dinero.
Él tomó un trago de café y apoyó la taza con ruido, sobre el
plato.
—Lo que quiere decir es esto: tu dinero está congelado, junto
con el de todos los clientes de First Commonwealth —dijo con un suspiro.
—¿Pero quién lo congeló? ¿Quién tiene autoridad para hacerlo? ¿Y
para qué? —Pasé los ojos por el artículo del Globe, tratando de encontrarle
algo de sentido. No estaba controlándome muy bien.
—Es la Comisión de Seguridad e Intercambio. La CSI y la oficina
del Fiscal de los Estados Unidos en Boston.
—Congelado —repetí, la voz monótona. No podía creerlo.
—La oficina del Fiscal no dice mucho por ahora, sólo que está a
disposición mientras investigan.
—¿Investigan qué?
—Lo único que dijeron fue algo sobre violaciones a la ley de
seguridad y a los estatutos RICO. Dicen que tal vez lleve más o menos un año
liberar el dinero, según la investigación.
—Congelado —dije de nuevo—. ¡Dios! —exclamé y me pasé la mano
por la cara—. De acuerdo. ¿Y qué se puede hacer al respecto?
—Nada —dijo Stearns—. Nada. Esperar. Puedo hacer que Todd
Richlin hable con un amigo que trabaja en la CSI. —Richlin era uno de los
genios financieros de Putnam & Stearns. —Pero yo que tú esperaría
sentado...
Miré por la ventana las calles diminutas de Boston unos treinta
y tantos pisos abajo, el verde de los jardines públicos que parecía una tela
extendida para simular una pradera junto a un tren de juguete; la magnífica
avenida Commonwealth, flanqueada por árboles, y junto a ella, la calle
Malborough, donde yo vivía. Si hubiera sido del tipo suicida, lo habría
considerado un buen lugar para saltar al vacío.
—Sigue —dije.
—Tanto la CSI como el Departamento de Justicia, a través del
Fiscal de los Estados Unidos en Boston, cerraron First Commonwealth porque hay
acusaciones de conexiones con la droga.
—¿Droga?
—Bueno, se dice que Doc Osborne está involucrado en algún tipo
de lavado de dinero.
—Pero el asunto es que yo no tengo nada que ver con lo que haga
Doc, carajo...
—No es así como funcionan las cosas —contestó él—. ¿Te acuerdas
de esa vez cuando cerraron esa casa de cambio enorme en Nueva York, Drexel
Burnham? Entraron y le pusieron esposas a la gente y una banda de papel en la
puerta. Literalmente. Quiero decir, uno podía ir a darse una vuelta un año
después y ahí estaban los cigarrillos en los ceniceros, las tazas de café por
la mitad, todo tal cual.
—Pero los clientes de Drexel no perdieron su dinero...
—Bueno, mira lo que pasa con Marcos, el de las Filipinas, y el
Sha de Persia, a veces se limitan a guardar el dinero y dejarlo para que gane
intereses... para el tío Sam, claro.
—Guardar el dinero —repetí como un eco.
—First Commonwealth tiene un candado en la puerta. Esto es
literal, Ben —siguió diciendo Stearns—. Los federales se llevaron el equipo de
computación, los archivos y la documentación, secuestraron...
—¿Y cuándo van a devolverme mi dinero?
—En un año y medio, con suerte. Tal vez mucho más.
—¿Y qué mierda se supone que haga?
Stearns dejó escapar un suspiro.
—Ayer tomé un trago con Alex Truslow —dijo. Después, mientras se
secaba la boca con una servilleta de lino, agregó, casi como por casualidad:
—Ben, quiero que trabajes para Truslow y Asociados.
—Mi tiempo está un poco escaso, Bill —dije—. Lo lamento.
—Alex podría significar más de doscientos mil dólares en horas,
Ben.
—Tenemos docenas de abogados tan calificados como yo. Mejor
calificados.
Stearns se aclaró la garganta.
—No en todos los sentidos.
Lo que quería decirme era muy claro.
—Y si eso es una calificación... —dije.
—Yo diría que él está convencido de eso.
—¿Qué quiere?La camarera, una mujer de pechos grandes y de más
de cincuenta años, volvió a servirnos café y le guiñó un ojo a Stearns
—Rutina, estoy seguro —dijo él, mientras se sacudía las migas de
las solapas
—¿Entonces por qué yo? ¿Y Donovan y Leisure? —Esa era otra firma
legal de abogados, con base en Nueva York, fundada por "el salvaje
Bill" Donovan, jefe de la OSE Oficina de Servicios Estratégicos y figura
central de la historia de la inteligencia estadounidense Donovan y Leisure
también tenia conexiones con la CIA, según decían las malas lenguas. Para ser
los asuntos de inteligencia algo tan secreto, es sorprendente lo mucho que se
"dice" y se "rumorea" al respecto
—No hay duda de que Truslow hace negocios con Donovan y Leisure.
Pero quiere un consejero local, y de todas las firmas de Boston, no hay muchas
con las que se sienta tan cómodo
Yo no pude reprimir una sonrisa
—Cómodo —repetí, saboreando la delicadeza de Stearns— Es decir
que necesita algo de trabajo de espionaje y quiere que quede en familia
—Escucha, Ben Es una gran oportunidad para ti Creo que puede ser
tu salvación No sé lo que quiere Truslow, pero sea lo que sea estoy seguro de
que no va a pedirte que vuelvas al trabajo clandestino
—¿Y qué saco yo de esto?
—Creo que se puede arreglar algo Un préstamo de emergencia,
digamos Un adelanto, lo sacamos de tu participación de las ganancias de fin de
año
—Un soborno
Stearns se encogió de hombros, respiró hondo
—¿Crees que tu suegro murió en un accidente?
Me puso nervioso oírlo decir en voz alta mis sospechas privadas
—No tengo razones para no creer en la versión que me dieron ¿Qué
tiene que ver esto con ………...
—Tu lenguaje te vende, Ben —dijo el, furioso— Suenas como un
burócrata de mierda Como un vocero de la Agencia Alex Truslow cree que Hal
Sinclair murió asesinado No tengo idea de tus sentimientos con respecto a la
CIA, pero se lo debes a Hal, a Molly, y a ti mismo Tienes que ayudar a Alex
Después de un silencio incomodo, dije
—¿Qué tiene que ver mi habilidad como abogado con las teorías de
Truslow en cuanto a la muerte de Hal Sinclair?
—Acéptale un almuerzo, es todo lo que te pido Te va a gustar
—Ya lo conozco —dije— No tengo duda de que es todo un caballero,
un principe Le prometí a Molly....................
—Los ingresos no nos vendrían mal —dijo Stearns, examinando el
mantel, señal de que estaba por alcanzar el limite de su paciencia Si hubiera
sido un perro, habría gruñido —Y a ti no te vendría mal el dinero.
—Lo lamento, Bill —dije— Prefiero no hacerlo Tú entiendes
—Entiendo —dijo Stearns con suavidad y empezó a hacer gestos
para que le trajeran la cuenta No sonreía
—No, Ben, no —dijo Molly cuando volví esa noche
En general es efervescente, hasta juguetona, pero desde la
muerte de su padre era una persona distinta cosa que entiendo, claro esta No
solo triste, furiosa, agresiva, dolida —el espectro de emociones que
experimentamos todos cuando muere uno de nuestros padres—, sino inquieta,
dudosa, introspectiva Molly estaba muy diferente en esas semanas y a mi me
dolía mucho verla de ese modo
—¿Como es posible?
No sabia como contestarle asi que sacudí la cabeza
—Pero si tu eres inocente —dijo casi al borde de la histeria— Y
eres abogado ¿No hay nada que puedas hacer?
—Si hubiera sido inteligente, no tendría todo el dinero en un
solo lugar y esto no habría pasado Una miopía terrible
Ella estaba preparando la comida, algo que hace solo cuando
necesita los beneficios terapéuticos de la cocina Tenia puesta una de sus
camisetas de universitaria y pantalones vaqueros demasiado grandes, y estaba
revolviendo algo que olía a tomates y aceitunas y mucho ajo
No creo que se pueda decir que Molly Sinclair es hermosa, no la
primera vez que uno la ve Pero su aspecto va metiéndose en uno de modo que
después de un tiempo de conocerla, uno se sorprende si la gente no dice que es
directamente una belleza
Es un poco mas alta que yo, un metro setenta por lo menos con
una cabellera indomable de rulos negros, ojos entre azules y grises y pestañas
negras Tiene ademas una piel rozagante saludable, que para mi es una de sus
mejores cualidades Siempre me pareció misteriosa, algo distante, no menos ahora
que cuando nos conocimos en la preparatoria Tiene la gracia de un temperamento
sereno
Molly era residente de primer año en pediatría en el Hospital
General de Massachusetts, y a los treinta y seis era la mayor de su clase
porque había empezado tarde Eso es muy de Molly siempre postergando las cosas,
especialmente cuando tiene mejores planes En su caso, eso significó dedicarse a
caminar por el Nepal durante más de un año después de la preparatoria Y en
Harvard, aunque sabia que terminaría en medicina tarde o temprano, empezó por
hacer una maestría en literatura italiana, y escribió una tesis sobre Dante, lo
cual significa que su italiano es muy fluido a costa de la fluidez de su
química orgánica
Molly siempre citaba esa frase de Chejov, en el sentido de que
los médicos son iguales a los abogados con una sola diferencia los abogados te
roban, los médicos te roban y te matan Sin embargo, amaba la medicina, mucho
más que las posesiones materiales Ella y yo habíamos hablado muchas veces sobre
dejar nuestros puestos de trabajo, vender esa enorme casa inútil y mudarnos a
algún lugar rural, donde abriríamos una clínica para niños con pocos recursos
Las conversaciones eran serias sólo a medias La llamaríamos Clínica
Ellison-Sinclair, decíamos El nombre sonaba a hospital siquiátnco
Molly disminuyó el fuego de la hornalla y nos fuimos juntos al
comedor que, como todas las demás habitaciones de la casa, era un desorden de
yeso, cemento, baldes de material, caños de cobre, todo cubierto por una buena
capa de polvo blanco Nos sentamos sobre los sillones, protegidos
temporariamente por telas de plástico
Hacía ya cinco años, habíamos comprado una hermosa casa vieja en
la bahía de Boston, sobre la calle Malborough La casa era hermosa en el
exterior El interior era hermoso en potencia La compramos en el momento del
pico del mercado, antes de que cayera otra vez Se hubiera podido esperar que yo
fuera más astuto en estas cuestiones, pero como todos los demás pensé que los
precios de las propiedades seguirían subiendo hasta el infinito, y la casa era
lo que algunos avisos de propiedades llaman el "sueño del hombre
industrioso" "Arremangúese", proclaman los avisos, "y eche
a volar su imaginación" El que nos la vendió no dijo nada acerca del sueño
de hombre industrioso, pero tampoco nos dijo que tenia los caños artríticos,
termitas en las vigas y humedad de cimientos En la década del 80, la gente
decía que la cocaína era la forma que tenía Dios de decirnos "Tienes
demasiado dinero" En los noventa, son las hipotecas
Y yo conseguí lo que me merecía: la renovación era un proyecto
siempre en marcha, algo bastante semejante a la construcción de las pirámides
de Giza Una cosa lleva a la otra Si uno quiere que alguien arregle la escalera,
hay que poner una pared nueva, lo cual a su vez requiere Bueno,......... ya me
entiende.
Por lo menos, no había ratas. Siempre tuve una fobia especial a
las ratas, un terror inexplicable, irracional, frente a esas bestezuelas
castañas algo mucho mayor que el asco que les profesa todo el mundo Había
descartado varias casas anteriores, casas que a Molly le encantaban, porque
estaba convencido de que había visto la silueta de una rata en la oscuridad Y
ni siquiera quiero hablar de los exterminadores: yo creo que las ratas, como
las cucarachas, son imposibles de exterminar, y que ésa es su característica
fundamental Nos van a sobrevivir a todos De vez en cuando, mientras elegíamos
películas en el video club, Molly se divertía a mis expensas sacando un vídeo
de esa película de horror con ratas que se llamaba Willard y sugiriendo que lo
alquiláramos para esa noche No me hacía gracia
Y como si nos hicieran falta más motivos de inquietud, hacía
meses que discutíamos la idea de tener un bebé A diferencia de lo que suele
suceder —la mujer quiere y el hombre no— yo quería un hijo, o varios hijos, y
Molly no, y era un "no" vehemente A mí me parecía extraño que una
pediatra como ella insistiera en que el secreto de la buena crianza es no criar
al hijo del cual uno es padre Así era como lo veía ella: su carrera estaba
empezando por fin, y éste era un muy mal momento Eso siempre desembocaba en alguna
de nuestras peores peleas Yo le decía que estaba dispuesto a dividir por igual
las responsabilidades y ella me contestaba que ningún hombre de la historia de
la civilización había compartido verdaderamente las obligaciones de crianza con
su mujer La verdad era que yo estaba preparado para tener una familia completa
—cuando mi primera esposa, Laura, murió, estaba embarazada— y Molly no Así que
las discusiones seguían y seguían
—Podríamos vender la casa de papá en Alexandría —empezó a decir
ella
—Con este mercado, no nos darían casi nada Y tu padre no te dejó
nada Nunca le importó el dinero
—¿Y un préstamo?
—¿Con qué respaldo?
—Puedo salir a trabajar.......ya sabes.........guardias.......
—No sirve, no basta Y te cansarías demasiado
—¿Pero qué quiere Alex Truslow?
¿Qué quería, sí, cuando el mundo estaba lleno de abogados mucho
mejores que yo? Yo no quería repetir frente a Molly la sospecha de Stearns
sobre la muerte de su padre De todos modos, eso no hubiera explicado la razón
por la que Truslow me quería a mí especialmente Y no tenía sentido ponerla peor
de lo que ya estaba—No me gusta pensar en eso —contesté, con voz de cansancio
Los dos sabíamos que fuera lo que fuera, tenía que ver con mi pasado en la CIA,
probablemente con mi temible reputación, pero eso seguía sin explicar por qué,
al menos, no con precisión
—¿Cómo te fue en la UCIN —le pregunté, refiriéndome a la Unidad
de Cuidados Intensivos Neonatales del hospital, donde había estado haciendo su
rotación desde la muerte de su padre
Ella sacudió la cabeza Se negaba a que yo cambiara de tema con
tanta facilidad
—Quiero hablar de esto, de Truslow —dijo Toqueteó uno de sus
rulos, nerviosa —Mi padre y Truslow eran amigos Colegas que se tenían
confianza, quiero decir, no necesariamente amigos íntimos Pero a papá siempre
le gustó Alex
—De acuerdo —dije— Será una buena persona Pero si fuiste espía
una vez, siempre lo serás
—Se podría decir lo mismo de ti
—Te hice una promesa, Molly
—¿Crees que Truslow quiere que hagas un trabajo clandestino para
él?
—Lo dudo No al precio que cobro por hora
—Pero sí tiene que ver con la CIA.
—Eso, sin duda La CIA es el cliente más importante de la
Corporación
—No quiero que lo hagas —dijo Molly— Ya hablamos de eso es tu
pasado No tu presente Cortaste con eso para siempre No vuelvas
Sabía lo importante que era para mí separarme del trabajo
clandestino que me había llevado a la brutalidad helada de un autómata
—Eso me dice mi instinto —dije— Pero Stearns va a tratar por
todos los medios de que no me rehuse Me va a presionar todo lo que pueda
Molly se levantó, se arrodilló en el suelo mirándome, me apoyó
las manos sobre las rodillas
—No quiero que vuelvas a trabajar para ellos Me lo prometiste
—Me pasaba las manos por los muslos mientras hablaba, seduciéndome y llamándome
con una mirada intrigante, más misteriosa que siempre —¿Hay alguien con quien
puedas hablar de todo esto? —preguntó
Lo pensé durante un momento
—Ed Moore —le contesté
Edmund Moore, jubilado de la Agencia después de más de treinta
años de trabajo, sabía más sobre el funcionamiento interno de la CIA que casi
cualquier otra persona en el mundo Había sido mi mentor durante mi breve
carrera en inteligencia,mi "rabino", en la jerga interna, y seguía
teniendo mucho instinto Vivía en Georgetown, en una hermosísima casona antigua
y parecía más ocupado ahora que antes de jubilarse leía aparentemente todas las
biografías que podía encontrar, iba a reuniones de jubilados de la CIA, a
almuerzos con viejos compañeros, testificaba en comités de investigación del
Senado, y hacía otros millones de cosas que yo no podía siquiera imaginar
—Llámalo —dijo ella
—Me parece que voy a hacer algo mejor Si puedo hacerme un rato
mañana o pasado mañana, vuelo a Washington a verlo
—Si es que él tiene un rato para tí —dijo Molly Yo había
empezado a excitarme eso era lo que ella había querido desde el principio, y
cuando me incliné para besarle el cuello, exclamó de pronto —Mierda Esa maldita
salsa está quemándose
La seguí a la cocina y apenas apagó el fuego —la salsa era una
causa perdida—, la rodeé con mis brazos desde atrás Las cosas estaban tan
tensas entre los dos que con apenas una palabra de más, a veces nos enredábamos
en una discusión interminable o al contrario
Le besé la oreja derecha, y luego bajé lentamente, y empezamos a
hacer el amor sobre el piso del comedor, con o sin polvo, no tenía importancia,
sin detenernos excepto para que Molly se pusiera el diafragma
Esa noche llamé a Edmund Moore, que me invitó a cenar con él y
su esposa en su casa la noche siguiente Parecía encantado
Al día siguiente, después de posponer tres reuniones pasibles de
retraso, tomé el taxi aéreo al Aeropuerto Nacional de Washington y cuando el
atardecer caía sobre Georgetown, mi taxi cruzó el puente Key, crujió y se
sacudió sobre los adoquines de la calle M y se detuvo frente a una enorme
puerta de hierro forjado, en la casa de Edmund Moore.
3
La biblioteca de Edmund Moore, donde nos sentamos después de
comer, era un sitio maravilloso de dos pisos con las paredes cubiertas de
estantes de roble con aplicaciones en madera de cerezo El segundo piso estaba
rodeado por un balcón de madera por el que se podía caminar Varias escaleras
móviles descansaban contra los estantes Con la luz tenue, la habitación parecía
tener un brillo color ámbar Moore tenía una de las mejores bibliotecas
personales que yo haya visto, incluyendo una impresionante colección de libros
sobre espionaje e inteligencia Algunos eran testimonios de desertores
soviéticos y del bloque oriental, que Ed había llevado a editores de los
Estados Unidos y de Gran Bretaña en los años en que la CIA hacía ese tipo de
cosas (por lo menos, abiertamente) Había estantes enteros dedicados a las obras
de Trollope, Carlyle, Dickens, Ruskin Parecían esos libros que uno compra por
metro para tener una decoración interior que simule una antigua biblioteca de
la nobleza, pero yo sabía que Ed los había escogido personalmente, con
dedicación y cuidado, en remates y librerías de París y Londres, y en puestos
de antigüedades y en hasta graneros de los Estados Unidos Además no tenía duda
de que los había leído a todos por lo menos una vez
Un fuego crujía en el hogar, iluminando la habitación con una
luz tibia y acogedora Estábamos sentados en sillones frente a las llamas Ed
tomaba un oporto de 1963 del cual estaba especialmente orgulloso, yo, una
cerveza de malta
Me daba perfecta cuenta del valor de la atmósfera que había
creado Moore a su alrededor En esa casa ya no estábamos en Georgetown ni en la
década del 90, atestados de video clubes, Benettons y McDonalds, sino en la
Inglaterra de principios de siglo Edmund Moore era del Medio Oeste, en realidad
de Oklahoma, pero a lo largo de sus años en la CIA se había transformado en un
hombre de tweed de la liga de grandes universidades, y parecía tan señorial
como alguien de Yale o Princeton No era una pose era lo que pasaba después de
tanto tiempo de estar en una organización como la CIA En realidad,la Agencia
había cambiado a su alrededor En la década del sesenta, cuando los campus
universitarios de Yale y Princeton se desgarraban entre huelgas y drogas, la
Agencia empezó a reclutar a su gente en casas de estudios más seguras del Medio
Oeste, donde seguían en pie los valores fundamentales Por ese entonces, como
decía un amigo de la Compañía, había llegado la "plastificación" de
la CIA Y aquí estaba ese hombre de Oklahoma, que habría podido entrar en una
conferencia del Linsley-Chittenden Hall en Yale en los cuarenta sin que nadie
se escandalizara "Los modales", me había dicho una vez, "son lo
que queda de los antepasados ricos cuando el dinero ya no está" Pero en
realidad, Moore se había casado con una mujer de dinero, de mucho dinero el
abuelo de Elena había inventado algo esencial que tenía que ver con el teléfono
—No lo extrañas, ¿verdad9 —me preguntó con una sonrisa traviesa
Era un hombrecito bajo, casi enano, de cerca de ochenta años, con una cabeza
pelada, casi una cúpula de iglesia, y grandes anteojos de marco negro que le
agrandaban mucho los ojos El traje de tweed marrón le colgaba del cuerpo y lo
hacía todavía más diminuto —El glamour, los viajes, los hoteles de primera
— las mujeres hermosas —agregué— y los restaurantes de tres
estrellas que aparecen en la guía Michehn
—Ah, sí
Moore, que había sido jefe de la División de Operaciones de
Europa mientras yo estaba en París —es decir, mi jefe— sabía perfectamente bien
que la vida de un hombre de la clandestinidad tenía otro tono redacción
constante de tediosos informes, cables, restaurantes de pésima calidad, y
estacionamientos fríos, inundados y lluviosos Después de la muerte de Laura,
Moore me había empujado a la fuerza para sacarme por la puerta de los cuarteles
de Langley y había arreglado una entrevista con Bill Stearns en Boston Sentía
que si me quedaba dentro de la Agencia después de lo que había pasado,
cometería un gran error Durante un tiempo, me resentí por eso, pero pronto me
di cuenta de que realmente lo había hecho por mi bien
Moore era un hombre tímido, dedicado a los libros, no muy fácil
de relacionar con los de operaciones, generalmente agresivos, astutos,
expansivos Sin conocerlo, yo también lo hubiera tomado por un analista de la
Agencia No por un maestro de espías Enseñaba Historia en la Universidad de
Oklahoma en Norman antes de que lo reclutaran para inteligencia del ejército en
la Segunda Guerra Mundial, y en el fondo de su corazón todavía era un académico
Afuera aullaba el viento y torrentes de lluvia se aplastaban
contra las ventanas amplias de un costado de la biblioteca, haciendo sonar el
vidrio. Las puertas daban a un jardín muy bien cuidado en cuyo centro había un
estanque donde a veces nadaban los patos.
La tormenta había empezado durante la cena, compuesta por un
guiso de carne un poco pasado servido por Elena, la diminuta esposa de Ed.
Hablamos sobre política, el Medio Oriente, las elecciones en Alemania; nos
pasamos chismes sobre la gente que conocíamos, y comentamos la noticia
dolorosa, la muerte de Hal Sinclair. Tanto Elena como Ed expresaron sus
sinceras condolencias. Después de comer, Elena se disculpó y se retiró,
dejándonos solos.
Toda su vida de casada, suponía yo, había sido una eterna
disculpa y una retirada al piso superior o a dar un paseo, para dejar que su
esposo hablara de negocios con quien fuera que hubiera llegado a la casa. Pero
no era una mujer sin color: tenía opiniones fuertes y las sostenía contra
todos, se reía mucho y me recordaba a Ruth Gordon porque era al mismo tiempo
juguetona y activa.
—Así que supongo que la vida sedentaria te sienta bien...
—Me gusta lo que hay de tranquilo en mi vida con Molly. Quiero
tener una familia. Pero la verdad es que ser abogado en Boston no es la forma
más excitante de ganarse la vida.
Ed sonrió, tomó un trago de oporto y dijo:
—La excitación que tuviste basta para tres o cuatro vidas.
—Moore conocía mi pasado, conocía lo que el comité de disciplina de la Agencia
llamaba mi "temeridad" en el campo.
—Esa es una forma de plantearlo, sí.
—De acuerdo. La verdad es que a veces fuiste algo así como un
loco. Pero eras joven. Y buen agente, que es lo principal. Dios, no tenías
miedo de nada. Temíamos tener que ponerte bozal. ¿Es verdad que hiciste sacar
de funciones a un instructor del Campo?
Yo me encogí de hombros. Era verdad: en los tiempos del
entrenamiento en el Campo Peary de la CIA, un instructor de artes marciales me
aplicó una toma de tijera frente a todos mis compañeros y empezó a burlarse de
mí, a provocarme. Y de pronto, sentí que me dominaba una ola de rabia fría,
lenta. Era como si un líquido corrosivo se hubiera metido en mi abdomen,
inundado luego el resto de mi cuerpo, dándome una compostura, una calma
glacial. Una parte antigua de mi cerebro estaba en los controles: yo era un animal
feroz, un animal primitivo. Me solté la mano y le golpeé la cara con la muñeca.
Le quebré la mandíbula. El incidente pasó a formar parte del folclore del Campo
y se repitió una y otra vez, adornado y arreglado, en boca de cientos de
agentes que tomaban un trago al atardecer. Desde entonces, todos me miraban de
reojo, con cuidado, como se mira una granada sin espoleta. La reputación que me
dio me sirvió mucho en el trabajo, hizo que me seleccionaran para misiones que
suponían demasiado arriesgadas para los demás. Pero al mismo tiempo era un
rasgo que me asqueaba; estaba en guerra con la parte tranquila, analítica, que
había en mí. Simplemente, yo no podía ser así, no era así.
Moore cruzó las piernas y se reclinó.
—Bueno... dime por qué estás aquí. Supongo que no es algo que se
pueda discutir por teléfono.
"No en un teléfono cualquiera, por cierto", pensé. La
Agencia quita el privilegio de un teléfono seguro a los jubilados, incluso a
los que se jubilan con honores, como Edmund Moore.
—Cuéntame lo que sepas de Alexander Truslow.
—Ah —dijo Ed, y levantó las cejas—. Estás trabajando para él,
supongo.
—Lo estoy pensando. La verdad, Ed, es que estoy con graves
problemas financieros.
—Ah.
—Tal vez sabes algo de lo que pasó con una firma de Boston,
First Commonwealth.
—Eso creo. ¿Dinero de las drogas o algo así?
—La cerraron. Con todo mi efectivo adentro.
—Lo lamento mucho, Ben.
—Así que ahora, de pronto, Truslow y Asociados me parece un poco
más apetecible. A Molly y a mí no nos vendría mal el dinero.
—Pero, ¿tu especialidad no eran las patentes y la propiedad
intelectual, o algo así?
—Seguro.
—Yo hubiera pensado que Alex preferiría los servicios de...
Se detuvo un momento para tomar un trago de oporto, y yo
aproveché para interrumpirlo.
—¿Alguien más experto en esconder dinero en bóvedas
internacionales?
Moore sonrió, una sonrisa leve, y asintió.
—Sin embargo, tal vez tú eres lo que necesita. Tenías reputación
de ser uno de los operativos con mayor capacidad y habilidades en el campo...
—Una bala perdida, Ed, y tú lo sabes.
Una "bala perdida" era, supongo, una de las tantas
etiquetas que me habían puesto mis colegas y superiores de la Agencia. Me
miraban con miedo, con asombro, con mucha curiosidad. Lo que hacía surgir mi
lado oscuro era el trabajo de campo, laexposición al peligro y la amenaza de
violencia Algunos pensaban que yo no tenía miedo de nada, lo cual no era verdad
Otros, que era un temerario, lo cual se acercaba un poco más
La verdad era que en ciertos momentos, un Ben sin escrúpulos, un
Ben aterrorizante, tomaba el control dentro de mi mente Apenas lo descubrí, se
convirtió en motivo de inquietud para mí, y finalmente me llevó a dejar la
Agencia
Antes de París, me mandaron a Leipzig para que me fogueara un
poco Se suponía que era un funcionario de comercio Una de mis primeras misiones
era proteger a un informante un tanto nervioso, un soldado del Ejército Rojo Me
habían elegido porque sabía ruso Lo había estudiado en Harvard y lo hablaba
casi con fluidez Llevé a cabo la misión sin una sola falla y por lo tanto me
recompensaron —me ascendieron—, es decir, me dieron una misión mucho más
peligrosa
Me ordenaron que escoltara a un agente desertor de Alemania del
Este, un físico, desde Leipzig a un cruce fronterizo en Herleshausen, bastante
lejos por cierto El Mercedes que yo manejaba tenía un compartimiento secreto
detrás del asiento donde estaba escondido el físico En el control, pasamos las
inspecciones de rutina y metieron el gran espejo de cuatro ruedas bajo el auto
para controlar si no había alemanes tratando de escaparse de ese miserable
país, todo eso. Habían enviado a un hombre de apoyo desde los cuarteles de
Pullach para que nos esperara del otro lado Mientras yo pasaba por la aduana y
por Inmigraciones con el pasaporte, felicitándome por un trabajo bien hecho, el
hombre cometió un error y se mostró Alguien de la frontera lo reconoció e inmediatamente
se levantaron sospechas sobre mí
De pronto, salieron tres y luego siete Volkspolizei del edificio
y rodearon el auto Uno se paró frente a mí y me indicó que me detuviera
Según los procedimientos de la Agencia, yo debería haberme hecho
el inocente y el sorprendido. Debería haberme detenido como para ver de qué se
trataba Bajo ninguna circunstancia se debía arriesgar una vida humana Así no
era como funcionaba el juego
Y mientras yo me quedaba sentado ahí, pensé en el físico, un
hombrecito sudoroso enroscado en el compartimiento sin aire entre el asiento
trasero y el baúl. Mi preciosa carga. El hombre era valiente. Estaba
arriesgando su vida, cuando le hubiera sido tanto más fácil no hacer nada
Sonreí, miré a izquierda y a derecha y luego adelante El Vopo
que me bloqueaba el camino —un Kommandant Stasi, supe después— me sonrió otra
vez, con ironía.
Me tenían atrapado Era una clásica técnica de encajonamiento y
la habíamos aprendido en Campo Peary Lo único que se podía hacer era rendirse
No se arriesgan vidas humanas. Las consecuencias son demasiado graves
Y entonces, algo me invadió, la misma furia glacial que me había
dominado cuando rompí la mandíbula del instructor de artes marciales Era como
si estuviera en otro mundo Mi corazón no se aceleró, mi cara no cambió de color
Estaba en calma, pero me recorría un súbito deseo de matar
Rompe el cerco, me dije a mí mismo Rompe el cerco
Pisé el acelerador a fondo.
Nunca podré sacar de mi memoria la cara del Kommandant cuando se
elevó hasta quedar a la altura del parabrisas Un rictus de terror, incredulidad
en los ojos
Tranquilo, flotando en una calma reptil, miré directo hacia
adelante. Todo me parecía en cámara lenta Los ojos del Kommandant se hundieron
en los míos, lagunas de miedo abyecto Vio en los míos una indiferencia suprema
Ni furia ni desesperación Una calma gélida
Con un golpe horrible, el cuerpo del hombre fue lanzado hacia el
aire Hubo un ruido de metralla y en un segundo, yo estaba del otro lado, con mi
carga a salvo
Más tarde, por supuesto, me retaron en Langley por "medidas
innecesarias y temerarias". Pero extraoficialmente, mis superiores me
dijeron sutilmente que estaban conformes. Después de todo, el físico había
cruzado, ¿no?
Lo que me quedó, sin embargo, no fue la satisfacción de una
misión bien cumplida, ni orgullo por el acto de bravura y heroísmo, sino
inquietud, malestar Durante un minuto o dos, en la frontera, me había
convertido en algo semejante a un autómata Habría manejado el auto a cien por
hora directo hacia un muro de ladrillos Nada me asustaba
Y eso me asustaba
—No, Ben —siguió diciendo Moore— No eras una bala perdida Tenías
una rara combinación de intelecto prodigioso y pelotas de acero, digamos. Lo
que le pasó a Laura no fue culpa tuya. Fuiste uno de los mejores. Eso, más tu
memoria fotográfica, o como quiera que se llame, te hace todo un baluarte.
—Mi memoria...... eidética, como la llaman los neurólogos, tal
vez fue de gran ayuda en la universidad, pero ahora, con las bases de datos
electrónicas en todo el mundo, ya no vale mucho.
—¿Conoces a Truslow?
—Se presentó en el funeral de Hal Hablamos unos cinco minutos
Eso fue todo Ni siquiera sé para qué me quiere.
Moore se puso de pie y cruzó la habitación hacia las ventanas
Una de ellas crujía y se sacudía más que las otras La ajustó y la trabó, para
parar el ruido Cuando volvió, dijo.
—¿Te acuerdas de ese famoso caso de derechos civiles contra la
CIA a principios de los 70? Un negro se presentó para un puesto de analista y
lo rechazaron sin razón
—Claro
—Bueno, el que resolvió el caso fue Alex Truslow. Y se aseguró
de que el personal de la Agencia no volviera a sufrir discriminación sexual o
racial. Fue extraordinario El tenía una visión de la CIA en la que la
institución era realmente una mentocracia, un lugar que no permitiría a la
vieja guardia pisotear los derechos de las minorías Muchos de los antiguos
todavía lo odian por eso Él fue el que dejó entrar a todas esas minorías en el
club de blancos puros Y probablemente será el que reemplace a tu suegro, eso ya
lo sabes
Asentí
—¿Cuánto sabes de lo que está haciendo? —preguntó Moore después
de un momento
—Nada, diría yo "Trabajo de seguridad" para la
Agencia, me dicen. Procedimientos que Langley no puede o no quiere hacer
—Voy a mostrarte algo —dijo Moore, levantándose otra vez, e
indicándome con un gesto que lo siguiera. Subió la escalera de madera hasta el
otro piso con un gruñido —Uno de estos días ya no podré subir estos escalones,
eso lo sé —Se había quedado sin aliento —Y ese día, voy a mudar todo Ruskin
aquí arriba, donde nunca volveré a verlo Mierda con eso, nunca me gustó ese
viejo hijo de perra Ese es el resultado de un matrimonio entre dos primos
Bueno, aquí vamos. Mi botín.
Habíamos caminado unos tres metros por el balcón, frente a
varios volúmenes en cubierta de cuero, cuando Moore se detuvo frente a un
pedazo de pared desnuda entre los estantes Tocó ligeramente uno de los paneles
hasta que se abrió y dejó ver un cajón de archivo de color gris institucional
—Lindo —dije— ¿Te lo hiciste hacer con los chicos de Servicio
Técnico?—En realidad, no era un buen escondite estaba en el primer lugar que
hubiera mirado cualquiera que supiera algo de robo y cajas fuertes Pero yo no
pensaba decírselo
Él abrió el cajón Hizo un ruido sordo, mohoso
—No, en realidad estaba ahí cuando compré la casa en 1952 Una
simpleza tipo novela de Edith Wharton, diría yo, compartimientos secretos y
todo eso Hay un panel secreto sobre la chimenea y yo no lo uso Claro que la
persona que construyó esta casa no podía imaginar que un día iría a parar a
manos de un espía de pura raza
El cajón parecía contener archivos de inteligencia, por lo menos
por lo que yo veía en los índices
—No sabía que te dejaban llevarte archivos cuando te retirabas
—dije
Él se volvió hacia mí y se ajustó los anteojos sobre la nariz.
—Es que no te dejan —Sonrió —Confío en tu discreción
—Siempre
—De acuerdo Y en realidad, no estoy violando ninguna ley de
segundad nacional
—¿Te los dio alguien?
—¿Te acuerdas de Kent Atkins, de París?
—Era un amigo
—Bueno, ahora está en Munich Jefe de estación Y se arriesgó
mucho para conseguírmelos Lo menos que podía hacer era tomar la precaución de
esconderlos de ladronzuelos y de otros que pudieran estar interesados
—Entonces, tengo que suponer que la Compañía no lo sabe
—Dudo de que lo hayan notado —dijo él y sacó una carpeta color
marrón— Esto es de lo que está ocupándose Alex Truslow ¿Sabes algo de lo que
estaba haciendo tu suegro antes de morir?
La lluvia estaba empezando a disminuir Moore había desplegado un
grupo de archivos sobre una vieja mesa de roble cerca de las ventanas Tenían
que ver con la desaparición de la KGB y de los servicios de inteligencia del
bloque oriental el flujo permanente de secretos y de personal desde Moscú y
Berlín y desde todas las ciudades de lo que una vez se llamó la Cortina de
Hierro Había extractos de informes de oficiales de la KGB que intentaban vender
secretos a cambio de protección en Occidente u ofrecían archivos a la venta, ya
fuera a la CIA O a otras corporaciones del oeste Había cables decodificados que
informaban sobre fragmentos de noticias en las oficinas de la KGB en todo el
mundo y todo eso (me di cuenta con sólo darle una mirada) tenía un gran potencial
explosivo
—Ya ves —dijo Moore con amabilidad—, hay bastante información Y
te diré que no sé si parte de ella no debería haberse quedado enterrada en
Lubyanka
—¿Qué quieres decir con eso?
Él suspiró
—¿Sabes qué es el Club de los Miércoles, verdad?
Yo asentí El Club de los Miércoles era un encuentro
socialregular de hombres y mujeres que habían pasado por las filas de la CIA
directores y directores de estación y demás que disfrutaban la compañía de
otros como ellos y almorzaban juntos en un restaurante francés de Washington
todos los miércoles Los más jóvenes en la Agencia lo llamaban el Club de los
Fósiles
—Bueno, se habla mucho sobre lo que está saliendo de lo que era
la Unión Soviética
—¿Algo útil?
—¿Útil? —Me miró con firmeza, como un buho, por sobre el marco
de los anteojos. —¿Te parecería útil recibir pruebas documentales irrefutables
de que la Unión Soviética arregló el asesinato de John F Kennedy?
Yo me quedé mirándolo por un momento y después sacudí la cabeza
—No creo que Oliver Stone se sintiera feliz con eso
Él dejó escapar una carcajada
—Pero por un segundo te lo creíste, ¿,eh?
—Conozco tu sentido del humor
Él rió unos momentos más y luego levantó los anteojos sobre la
nariz
—Ya tuvimos generales de la Stasi y la KGB que trataron de
vendernos información sobre agentes rusos en todo el mundo Nombres de personas
que trabajaban para ellos
—Eso me parece importante
—Tal vez, en sentido histórico —dijo Moore, y se sacó los
anteojos Se masajeó la nariz con un dedo —Pero, ¿a quién puede importarle saber
quién era un viejo Rojo que cooperó» hace treinta años con un gobierno que ya
no existe?
—Estoy seguro de que hay gente a la que le importa
—Sin duda A mí no me interesa Hace unos meses en uno de nuestros
almuerzos de los miércoles oí una historia sobra, Vladimir Orlov. —El ex jefe
de la KGB
—Más precisamente el último jefe de la KGB, antes de qua, la
gente de Yeltsin la destruyera ¿Adónde te imaginas que puede ir un tipo así
cuando le mueven el suelo que pisa?
—¿A Paraguay, a Brasil?
Moore se rió
—El señor Orlov era inteligente No hizo nada semejante a
quedarse cerca de su dacha en Moscú hasta que el gobierno ruso lo enviara a
juicio por hacer su trabajo lo mejor posible Se fue al exilio
—¿Pero dónde?
—Ese es el problema —Ed sacó un grupo de papeles abrochados, de
la mesa y me lo entregó Era una fotocopia de un cable de un funcionario de la
CIA en la estación de Zurich informando de la aparición de un tal Vladimir I
Orlov, antiguo jefe de la KGB soviética, en un cafe de Sihlstrasse
El hombre estaba acompañado por Sheila McAdams, asístente
ejecutiva del director de la CIA, Harrison Sinclair El cable tenía menos de un
mes
—No estoy seguro de entender —dije
—Tres días antes de la muerte de Hal Sinclair, su asistente
ejecutiva y bueno, espero no estar revelándote nada nuevo amante, Sheila
McAdams, se encontró en Zúrich con el ex jefe de la KGB
—La cita parece haber sido cosa de Sinclair
—Seguramente estaban negociando algo
—Por supuesto —dijo Moore, impaciente— Al día siguiente, el
nombre de Vladimir Orlov desapareció de todos los bancos de datos de la CIA,
por lo menos de los accesibles a todos, excepto los que seguían a disposición
de los cinco o seis funcionarios superiores Y luego, Orlov desapareció de
Zurich No sabemos adonde fue Fue como si Orlov hubiera ayudado en algo a Hal a
cambio de que él lo sacara de nuestros sonares, de nuestra vista Pero nunca
sabremos lo que pasó Dos días después, Sheila murió asesinada en ese callejón
de Georgetown Y al día siguiente, Hal murió en ese horrendo
"accidente"
—¿Y quién pudo haberlos matado?
—Eso, querido Ben, es exactamente lo que le gustaría saber a
Alex Truslow —El fuego se estaba apagando, y Moore lo sacudió, distraído —Hay
confusión en la Agencia Una confusión terrible Una terrible lucha por el poder
—¿ Entre.........
—Escúchame Europa está hecha un lío Inglaterra y Francia están
muy mal, y Alemania está en medio de una depresión o algo así El fantasma de
los elementos nacionalistas y sus guerras es........
—Sí, pero ¿qué tiene que ver eso con....
—Se dice —no es más que charla, eso es cierto, pero es charla
entre jubilados de la Agencia de conexiones impecables— que ciertos elementos
de la Agencia encontraron una forma de insinuarse en el caos de Europa
—Eso es demasiado vago, Ed
—Sí —dijo él, con una voz tan severa que me asustó— Ciertos
elementos..... insinuarse...... y esas frasesitas que usamos cuando sabemos que
todo es parte de un rumor Pero el punto es que los viejos, que deberían estar
jugando al golf y disfrutando de sus martims secos, están muy asustados. Amigos
míos que alguna vez dirigieron la organización hablan deenormes sumas de dinero
que cambiaron de mano en Zúrich...
—¿En pago a lo de Vladimir Orlov, quieres decir? —interrumpí—.
¿O es que él nos pagó a nosotros por la protección?
—¡El dinero no es el punto! —Los dientes demasiado parejos de Ed
eran de un color amarillo, demasiado amarillo.
—¿Y cuál es el punto entonces? —le pregunté con amabilidad.
—Digamos que no empezamos a desenterrar lo que causa el olor a
podrido, no todavía. Cuando lo hagamos, tal vez la CIA se una a la KGB en las
cenizas de la historia.
Nos quedamos sentados un rato en silencio. Yo estaba a punto de
preguntar: ¿Sería tan malo eso? cuando vi la expresión en la cara de Moore. Su
rostro estaba pálido como la tiza.
—¿Qué piensa Kent Atkins?
Se quedó callado medio minuto por lo menos.
—No lo sé, Ben. Kent está aterrorizado. Me preguntó a mí qué
estaba sucediendo.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no importa lo que estén tratando de hacer los renegados de
la Agencia en Europa, no va a ser sólo contra los europeos. Nosotros también
estamos involucrados. El mundo entero está involucrado. Y tiemblo al pensar en
el tipo de conflagración que puede producirse.
—¿Qué quieres decir, específicamente?
Él no me prestó atención, sonrió una vez, una sonrisa pequeña y
triste, y sacudió la cabeza.
—Mi padre murió a los noventa y uno, y mi madre a los ochenta y
nueve. La longevidad es un rasgo típico en mi familia. Pero ninguno luchó en la
Guerra Fría.
—No entiendo. ¿De qué tipo de conflagración estás hablando?
—En los últimos meses de su mandato, Ben, tu suegro estaba
obsesionado con la idea de salvar a Rusia. Estaba convencido de que a menos que
la CIA se lo tomara en serio y actuara pronto, las fuerzas de la reacción
volverían a tomar Moscú. Y entonces, la Guerra Fría sería un dulce recuerdo.
Tal vez estaba muy metido en algo cuando murió. —Apretó el puño pequeño y
manchado, y lo apoyó un momento contra sus labios tensos. —Corremos riesgos los
que trabajamos para la CIA. La tasa de suicidios es muy alta, como bien sabes.
Asentí.
—Y aunque es raro que alguien muera en la línea de fuego, a
veces pasa. —Su voz se suavizó un tanto. —Eso también lo sabes.—¿Tienes miedo
de que te maten?
Otra sonrisa, un movimiento de cabeza.
—Ya estoy cerca de los ochenta. No pienso vivir el resto de mis
años con un guardia armado junto a la cama. Eso, suponiendo que me dieran uno.
No veo ninguna razón para vivir enjaulado.
—¿Te amenazaron?
—No, para nada. Son los esquemas que veo los que me preocupan.
—¿Esquemas...?
—Dime, ¿quién sabía que venías a verme?
—Molly.
—¿Nadie más?
—Nadie.
—Pero, claro, está el teléfono.
Lo miré con cuidado, preguntándome si la paranoia lo estaría
dominando como a James Angleton en sus últimos años. Moore me miró y al parecer
leyó mis pensamientos.
—No te preocupes por mí, Ben. Tengo todos los tornillos puestos.
Y tal vez me equivoque en mis sospechas. Si algo me pasa, es porque tenía que
pasarme. Pero creo que tengo derecho a estar asustado.
Yo nunca lo había visto verdaderamente asustado y ese miedo
tranquilo me ponía muy nervioso.
—Creo que estás exagerando —fue lo único que conseguí decir.
Él sonrió despacio, con tristeza.
—Tal vez. Tal vez no. —Buscó un gran sobre de papel marrón y me
lo pasó por encima de la mesa. —Un amigo... o, mejor dicho, el amigo de un
amigo... me mandó esto.
Abrí el sobre y saqué una fotografía en colores sobre papel
brillante.
Me llevó unos segundos reconocer la cara, pero apenas lo hice,
me dieron ganas de vomitar.
—Dios mío —dije. Estaba horrorizado.
—Lo lamento, Ben. Pero tenías que saberlo. Esta fotografía
aclara todas las dudas sobre cómo murió Hal Sinclair.
Yo lo miré confundido, mareado.
—Tal vez Alex Truslow —me dijo— sea la última oportunidad que
tiene nuestra Compañía. Es valiente y está tratando de limpiar a la CIA de todo
esto, de este... cáncer, digamos, que la aflige.
—¿Te parece que las cosas son así realmente?
Moore miró el reflejo de la habitación en los paneles oscuros de
las ventanas. Tenía los ojos fijos en alguna parte, muy lejos.
—Hace muchos años, Alex y yo éramos analistas jóvenes en Langley
y teníamos un supervisor que sabíamos que estaba manipulando una misión,
exagerando mucho el peligro que representaba un grupo de extrema izquierda
italiano, para poder conseguir el doble de presupuesto para sus operaciones.
Alex lo llamó, y se lo dijo. El tipo tenía pelotas. Alex tenía una clase de
integridad que parecía fuera de lugar, casi extraña, en un lugar tan cínico
como la Agencia. Me acuerdo de que su abuelo era un ministro presbiteriano de
Connecticut de quien él debe de haber heredado ese tipo de empecinamiento
ético. Y... ¿sabes algo? La gente lo respeta por eso.
Moore se sacó los anteojos, cerró los ojos, y se los masajeó.
—El problema es que no sé si queda alguien más como él hoy en
día. Y si lo matan como a Hal Sinclair... bueno, ¿quién sabe lo que puede
pasar?
4
No me fui a la cama hasta después de medianoche. Era demasiado
tarde para tomar el último avión de vuelta a Logan, y Moore no quería saber
nada de que me quedara en un hotel, sobre todo con las muchas habitaciones
vacías que había en su casa ahora que sus hijos se habían ido. Así que pasé la
noche en su habitación de huéspedes en el segundo piso, y puse el reloj
despertador para las seis de la mañana para llegar a la oficina lo
suficientemente temprano.
Una hora después, me senté de pronto en la cama, con el corazón
en la boca y encendí la lámpara de la mesa de noche. La fotografía todavía
estaba allí. Me dije que Molly no debería verla nunca. Me levanté de la cama y
bajo la luz amarilla y brillante de la lámpara, la coloqué dentro del sobre y
la metí en un compartimiento lateral del maletín.
Apagué la luz, di vueltas y vueltas en la cama hasta que
finalmente me rendí y volví a encender la luz. No podía dormir. En general,
evito los sedantes, en parte por mi entrenamiento en la Agencia (uno siempre
tiene que estar dispuesto a saltar de la cama en un instante) y en parte
porque, como abogado especialista en propiedad intelectual, lo peor que puede
pasarme durante el día es tener el dolor de cabeza y el sopor que vienen
después del sueño inducido por drogas.
Así que encendí el televisor y busqué algo lo suficientemente
soporífero, C-SPAN generalmente sirve para dormirme. En la CNN había un
programa de noticias con el nombre de Alemania en crisis. Tres periodistas
discutían la situación alemana, la caída del mercado de valores alemán, y las
manifestaciones neonazis. Todos parecían estar de acuerdo en que Alemania
estaba en peligro inminente de sucumbir ante otra dictadura, lo cual sería muy
peligroso para el mundo. Y, como eran periodistas, parecían seguros de lo que
decían.
A uno de ellos lo reconocí inmediatamente.
Era Miles Preston, corresponsal británico. De mejillas
enrojecidas, inteligencia brillante y (a diferencia de muchos ingleses que
conozco) fanático de la buena salud y el cuerpo bien mantenido Lo había
conocido en mis primeros días en la Agencia Era excelente en lo suyo, estaba
maravillosamente bien informado y sus conexiones eran impresionantes Yo siempre
escuchaba con mucho cuidado todo lo que tenía que decir
—Creo que hay que llamar a las cosas por su nombre —estaba
diciendo desde el estudio de la CNN en Washington— Los así llamados neonazis,
los que están detrás de toda esta violencia, son viejos nazis y sólo eso Creo
que hace mucho que esperan este momento histórico Finalmente, después de todos
estos años, hay un mercado de valores unido, la Deutsche Borse, y miren lo que
pasa se desploma completamente, ¿no es cierto''
Lo había conocido durante mi misión en Leipzig, cuando acababa
de graduarme en la Granja Estaba solo Laura había vuelto a casa en Reston,
Virginia, a tratar de vender nuestra casa para unírseme en Europa Estaba
sentado a solas en el Thüringer Hof de la Burgstrasse, una cervecería pequeña y
agradable en Altstadt, y seguramente tenia aspecto de desdichado con mi gran
balón de cerveza entre las manos
Noté a alguien de pie junto a mi mesa, obviamente un occidental
—Parece aburrido —dijo el hombre con acento británico
—No, para nada —dije— Con suficiente cerveza en el cuerpo, todo
el mundo resulta interesante
—En ese caso —dijo Miles Preston—, ¿le molesta si me siento con
usted?
Yo me encogí de hombros Él se sentó a mi mesa y dijo
—¿Estadounidense? ¿Diplomático o algo así?
—Del Departamento de Estado —contesté Me hacía pasar por
agregado comercial
—Yo soy del Economist ¿Hace mucho que está aquí?
—Un mes, más o menos —dije
—Y no ve la hora de irse, supongo
—Estoy empezando a cansarme de los alemanes
—Por más cerveza que tome —agregó Preston— ¿Cuánto tiempo le
falta para volver a casa?
—Un par de semanas Después, París Y tengo ganas de ir allí
Siempre me gustaron los franceses
—Ah —dijo él— Pero en realidad, los franceses son alemanes con
mejor comida
Nos entendimos, nos seguimos viendo para tomar un trago o cenar
hasta que me transfirieron a París El parecía creer en mi disfraz de
Departamento de Estado, por lo menos no lo cuestionaba Tal vez sospechaba que estaba
con la Agencia, pero no lo sé En una o dos oportunidades cuando estaba cenando
con los amigos de la CIA en el Auerbachs Keller, uno de los pocos restaurantes
decentes de la ciudad, muy popular entre los extranjeros, entró por la puerta y
me vio, pero no se me acercó Tal vez intuyó que yo no quena presentarlo Eso era
algo que me gustaba de él periodista o no, nunca trataba de forzar a la gente a
decirle cosas ni hacia preguntas impertinentes acerca de lo que yo estaba
realmente haciendo en Leipzig Era sincero hasta la brutalidad —lo cual era
fuente de mucho humor entre los dos—, pero al mismo tiempo era capaz de
demostrar un tacto extraordinario Los dos estábamos en el mismo tipo de
trabajo, razón por la cual me sentía bien con el los dos buscábamos y
recogíamos información La única diferencia era que yo lo hacia del lado más
sombrío y peligroso de la calle
Ahora, que lo miraba en la televisión de la casa de Ed, levante
el teléfono Eran más de la una y media de la mañana pero alguien contestó en la
oficina de la CNN en Washington, sin duda un residente joven que me dio la
información que yo estaba necesitando
Nos encontramos a la mañana siguiente, muy temprano, y
desayunamos juntos en el Mayflower. Miles Preston estaba alegre y encantador
como siempre
—¿Te volviste a casar? —me preguntó después de la segunda taza
de café— Lo que le pasó a Laura en París No sé como sobreviviste a eso
—Sí —lo interrumpí— Mi mujer se llama Martha Sinclair. Pediatra
—¿Doctora, en? Eso es problemático, Ben Una esposa debería tener
apenas la inteligencia suficiente como para entender la inteligencia de su
esposo, y la estupidez suficiente como para admirarla
—Tal vez Molly sea demasiado inteligente para mi ¿Y tú, Miles?
Creo recordar que siempre tenias toda una fila de mujeres detrás de ti
—Nunca me animé a dar el mal paso En fin, ojala se pudiera caer
en los brazos de una mujer sin caer en sus garras, ¿no? —Rio bajito e hizo un
gesto al camarero para que trajera la tercera taza —Sinclair —murmuró—,
Sinclair ¿te casaste con la hija del propietario del Negocio de la Compañía?
¿Es la hija de Harrison Sinclair? Espero que no
—Es ella
—Entonces, tienes mis condolencias ¿Lo lo mataron, Ben?
—Sutil como siempre. Miles ¿Por qué preguntas?
—Lo lamento Perdóname Pero en mi profesión, no puedo pasar por
alto ciertos rumores
—Bueno, yo esperaba que pudieras ayudarme tu a mi —le dije— No
sé si lo asesinaron o no Pero tú no eres el primero en sugerirlo Y para mí no
tiene sentido mi suegro no tenía enemigos personales Por lo menos, que yo sepa
—Pero no tienes que pensar en términos personales Piensa en
términos políticos
—¿En qué sentido?
—Harrison Sinclair era un conocido fanático de la idea de ayudar
a Rusia
—Mucha gente no quiere eso
—De acuerdo —dije— Muchos estadounidenses no quieren tirarle
dinero a los rusos, buen dinero y todo lo demás Especialmente en un momento de
dificultades financieras globales
—No hablaba de eso Hay gente no, digamos fuerzas, Ben, que
quieren el colapso total de Rusia
—¿Qué tipo de fuerzas?
—Piensa en esto Europa del Este es un desastre Está llena de
valiosos recursos naturales y de disidentes Muchos europeos del Este olvidaron
ya el estalinismo y quieren la dictadura otra vez. Así que la cosa está lista
para la cosecha ¿No fue Voltaire el que dijo "El mundo es un vasto templo
dedicado a la Discordia'"?
—No entiendo del todo
—Alemania, hombre, Alemania La ola del futuro Estamos a punto de
ver el nacimiento de una nueva dictadura alemana Y no va a ser accidental, Ben
Hace mucho tiempo que la planifican Y para esos planes, la idea de una Rusia
fuerte es la peor de las posibilidades Tienes que acordarte de la forma en que
la rivalidad Alemania-Rusia moldeó gran parte de la historia de Europa en este
siglo, sobre todo las dos guerras mundiales Una Rusia débil asegura una
Alemania fuerte Tal vez, no digo más que tal vez, tu suegro, que siempre apoyo
la idea de una Rusia fuerte y democrática, se les metió en el camino A
proposito, ¿quién está designado para reemplazarlo?
—Truslow
—Mmmm ¿Un duro, no es cierto, el tal Alex? No exactamente un
favorito de la vieja guardia No me sorprendería que se resbalara él también
Bueno, tengo que ir a jugar al squash Soy soltero ya me entiendes, tengo que
estar en forma Las damas de tu país están cada vez más exigentes
Una hora después en el Aeropuerto Nacional, mientras esperaba el
taxi aéreo a Boston, dejé un mensaje en la oficina de Alexander Truslow, en el
que aceptaba una reunión.
5
El taxi, un viejo taxi con una manija menos en la puerta
derecha, manejado por un hombre que casi parecía psicótico, se detuvo en el
edificio de mis oficinas a las nueve menos cuarto Yo había tomado un taxi a
casa desde el aeropuerto, me había cambiado de ropa —Molly no había vuelto del
trabajo—, y luego había ido directo a Putnam & Stearns Apenas quince
minutos tarde
Darlene me miró con furia y dijo
—Tenía una llamada en conferencia telefónica a las nueve, ¿se
acuerda?
—Me atrasé en Washington —le dije— Negocios ¿Podrías llamar y
pedir disculpas y conseguir otro horario?
—¿Y Sachs? Lo esperó casi media hora
—Mierda ¿Me consigues su número? Yo mismo lo llamo
—Además —agregó mientras me alcanzaba un papelito rosado—, llamó
Molly Dijo que es urgente
Me pregunte qué podía ser tan urgente Molly nunca me llamaba a
esa hora, a esa hora siempre estaba en el hospital
—Gracias —dije y entré en la oficina, pasé junto a las enormes
Muñecas Big Baby y me dejé caer en mi sillón de cuero Me quedé ahí un rato
pensando si debía pedirle a Darlene que arreglara lo de la conferencia
telefónica inmediatamente, pero en lugar de eso marqué el número de Molly Nada
Le dejé un mensaje
Tenía bastante trabajo que hacer, y mi retraso había empeorado
las cosas, pero no estaba en condiciones de concentrarme en leyes de patentes
Levanté el tubo para comunicarme con la oficina de Bill Stearns, pero luego
cambié de opinión, y colgué. Mi encuentro con Truslow había sido arreglado para
la mañana siguiente De todos modos, Stearns seguramente ya lo sabría
Tengo una de esas esculturas fabricadas con alfileres que son
imposibles de describir a menos que uno las haya visto antes Se las llama
"juguete de ejecutivos" Hice una impresión de mi puño con miles de
alfileres, luego admiré la escultura tridimensional durante un rato Mi otro
juguete de ejecutivo es un aro de basquet electrónico, montado en un elegante
tablero de acrílico, colgado en la pared del otro lado del escritorio. Arrojé
una pelota de cuero blanca y negra contra el aro y emboqué El aro chilló con una
voz febril y electrónica:
—¡Buen tiro! —Luego dejó escapar los hurras de una multitud
enfervorizada Muy fuera de lugar en una firma de lujo como Putnam & Stearns
—De nada —le respondí
Diez minutos más, y nada de Molly
Hubo un sonido suave en la puerta y entro Bill Stearns, con sus
anteojos de lectura a lo Benjamín Frankhn
—Voy a ver a Truslow —le dije
Me detuve, lo miré fijo y sentí que se me cortaba el aliento
—Alex se alegrará mucho, te lo aseguro
Yo dejé escapar el aire
—Eso está muy bien. Pero todavía no me decidí Lo único que hice
fue aceptar la reunión.
El arqueó las cejas, levemente y con gesto de intriga
—¿Cuánto dinero sería esto para la firma? —pregunté
Él me lo dijo
—Y yo no vería mi parte hasta fin de año, cuando se calculen los
beneficios, ¿verdad?
Ahora el ceño se le frunció todavía más
—¿Qué quieres decir con eso, Ben?
—Truslow quiere que lo represente y tú también Y da la
casualidad de que yo necesito un poco de dinero en efectivo.
—¿Entonces?
—Quiero que me pague a mí, directamente Desde el principio
Stearns se sacó los anteojos, los doblo con un movimiento de
muñeca y los puso en el bolsillo superior del chaleco
—Ben, eso es muy................
—Pero puede hacerse Yo voy a ver a Truslow, firmo con él, y él
transfiere el monto de seis cifras que me corresponde directamente a mi cuenta.
Si es así, hacemos trato
Stearns dudó un momento y después, me dio la mano
—Hijo de puta. A veces me olvido de lo duro que eres para estas
cosas De acuerdo, Ben. Trato hecho —Se dio vuelta como para irse, después
volvió —¿Qué te hizo cambiar de idea? —Él volvió a mi oficina, se sentó con
comodidad en uno de los sillones "de los clientes" y cruzó las
piernas
—Podría ganar unos puntos contigo y decirte que fueron tus
poderes de persuasión.
Él sonrió.
—¿O que?
—Creo que quiero los puntos así que eso es lo que voy a decirte
—contesté, sonriendo también Apreté la palma sobre la escultura de alfileres y
creé una réplica tridimensional de mi mano —Escucha —dije después de un
momento, cuando Stearns ya se iba—, hablé con alguien de la Agencia anoche.
Stearns asintió, mirando al espacio sin decir nada.
—Estuvo investigando la muerte de Harrison Sinclair.
Él parpadeó unas cuantas veces y preguntó
—Cree que tuvo algo que ver con la KGB
Se frotó los ojos con las dos manos y gimió
—Los viejos guerreros de la Guerra Fría no se olvidan con
facilidad de sus ilusiones, ¿no te parece? La KGB, el Imperio del Mal, fueron
grandes villanos, no hay duda De primera. Pero ya hace años que la KGB no
existe Y cuando existía, no mandaban asesinos a matar a directores de la CIA.
Yo pensé en mostrarle la foto que me había dado Ed Moore, pero
justo en ese momento sonó el teléfono
—Es Molly —dijo la voz de Darlene, metálica y chata
Yo apreté el botón y atendí inmediatamente
—Molly —empecé a decir.........
Estaba llorando, las palabras confusas, casi indescifrables.
—Ben..........algo terrible....
Corrí al corredor, mientras me ponía la chaqueta Pasé junto a
Bill Stearns, inmerso en una conversación con Jacobson, un nuevo socio
brillante. Stearns levantó la vista para mirarme y era una mirada rápida,
penetrante, una mirada informada.
Casi como si....., como si supiera.
6
Hace mil años, me parece, pasé seis meses de entrenamiento
básico para la CIA en la "Granja" —Campo Peary, Virginia— donde
aprendí de todo, desde cómo hacer un documento falso a cómo pilotear una
avioneta pasando por cómo apuntar desde un auto en movimiento Uno de mis
instructores dijo una vez, al pasar, que aprenderíamos tan bien las artes
negras del espía que con el tiempo se volverían automáticas, casi instintivas
para nosotros. No importa lo que pudiera pasarnos ni la sorpresa de tal o cual
momento, años más tarde nuestros cuerpos sabrían cómo reaccionar una fracción
de segundo antes que nuestras mentes. Yo no le creí después de mis años de
abogado, mis instintos tenían que haber desaparecido, estaba seguro.
Estacioné el Acura, no en nuestro lugar detrás del edificio sino
a una cuadra y media, en la avenida Commonwealth.
¿Por qué? Instinto, supongo, las costumbres profundas de mis
tiempos de trabajo de campo
Molly había descubierto algo que la había perturbado mucho, algo
que no podía decirme por teléfono Eso era todo, pero.....
Corrí por el callejón que pasaba por detrás de nuestra cuadra de
casas unidas, me acerqué a la entrada postenor de nuestra casa y me detuve en
la puerta para buscar la llave Después, más tranquilo, entré y me deslicé sin
ruido por las escaleras de servicio
Los ruidos normales de la casa, nada más El tictac de la
calefacción en los caños, la heladera encendiéndose y apagándose, el zumbido de
miles de objetos mecánicos
Ansioso, el cuerpo en tensión, entré en la habitación estrecha y
larga que alguna vez sería nuestra biblioteca pero que por ahora estaba vacía
Los estantes que cubrían las paredes estaban vacíos, la pintura, no del todo
seca un día después del trabajo de Frank, el pintor encargado.
Estaba a punto de cruzar hacia la escalera para subir al
dormitorio cuando noté algo por el rabillo del ojo.
Molly y yo habíamos apilado los libros por temas en esa
habitación, los queríamos así, listos para subir a los estantesapenas los
hubieran terminado Estaban en pilas ordenadas contra una pared, cubiertos por
una tela plástica Junto a ellos, cubiertos también por la tela, estaban los
cajones de roble que yo había terminado hacía unos años, con nuestros archivos
personales.
Alguien había estado revisándolos
Habían buscado algo allí Eran expertos, pero el movimiento se
notaba Quien quiera que fuese había levantado las telas de plástico y las había
vuelto a poner en su lugar, pero mal Ahora tenían la parte manchada de pintura
hacia adentro y no hacia fuera.
Me acerqué.
Los libros, que seguían en pilas, no estaban en el mismo orden
Pero no parecía que se hubieran llevado nada la copia firmada de El Oficio de
la Inteligencia de Allen Dulles todavía estaba allí Cuando miré un poco más de
cerca, me di cuenta de que los archivos estaban en un orden completamente
distinto, con algunos índices al revés Los archivos de medicina de Molly
estaban donde habían estado los míos, los legales Todo había sufrido algún
cambio, aunque fuera leve.
Pero no faltaba nada, por lo menos a primera vista Sólo cambios.
Habían querido que lo notara.
Alguien había estado en mi casa, había revisado mis cosas Las
había puesto en un lugar distinto, deliberadamente Para que yo me diera cuenta.
Como...... ¿Como qué? ¿Una advertencia?
Con el corazón en la boca, me apresuré a subir las escaleras y
encontré a Molly en el dormitorio, enroscada en posición fetal, en el centro de
nuestra cama de dos plazas y media Todavía tenía puesta la ropa de trabajo del
hospital —una falda gris tableada, un suéter de cachemira color salmón—, pero
el cabello, que siempre llevaba recogido hacia atrás, estaba todo desarreglado
Noté que tenia puesto el camafeo que le había dado su padre Antes había sido de
su madre y había pasado de generación en generación entre los Sinclair y los
Evans. Creo que ella pensaba que le daba suerte
—¿Amor?
Me le acerque Tenía las mejillas manchadas de nmmel. Había
estado llorando mucho tiempo.
Le toqué la nuca, húmeda y caliente
—¿Qué pasó? —le pregunté— ¿Qué?
Tenia el sobre de papel marrón apretado contra el pecho
—¿ De dónde sacaste eso"?
Le temblaba la voz, le temblaba el cuerpo, apenas si podía
hablar—Tu maletín —contestó— Donde tienes las boletas de impuestos y todo eso
Yo buscaba la del teléfono
Con una horrible sensación de culpa, recordé que había cambiado
de maletín a la mañana. Ella abrió los ojos, enrojecidos
—Me fui temprano del trabajo, gracias a Burton, y decidí hacer
algo —dijo, la voz confusa— No podía dormir Demasiada excitación Quise
adelantar el pago de las cuentas y no encontraba la del teléfono Miré en tu
maletín
Yo tenía en la mano la fotografía del padre de Molly, después de
su muerte
Había tratado de protegerla todo lo posible de los detalles
horribles de la muerte de su padre El cuerpo de Harry Sinclair estaba tan
horrendamente quemado que ni siquiera se pensó en un ataúd abierto Además de la
terrible mutilación causada por la explosión del tanque de nafta, tenia el
cuello casi partido (por el accidente, me había explicado el forense) No vi
razón para que Molly viera asi a su padre, tanto ella como yo preferíamos que
lo recordara tal como lo había visto por última vez lleno de vigor y fuerza y
vida Me acuerdo de haber llorado en la morgue, en Washington, cuando vi lo que
quedaba de mi suegro Molly no tenía por qué pasar por eso
Pero ella insistió Era médica, dijo Había visto mutilaciones
Claro que es diterente cuando se trata del padre de uno, y cuando lo vio, la
escena fue traumática para ella, de eso no había duda alguna A pesar de los
daños, logró identificar el cuerpo señalando el viejo tatuaje azul de un
corazón sobre el hombro izquierdo (que había adquirido en una noche de
borrachera en Honolulú durante su servicio en la Segunda Guerra Mundial), su
anillo de la universidad, el lunar en el mentón Y después, se dejo caer en el
abismo, se hizo pedazos.
La fotografía que me había dado Ed Moore estaba tomada después
de la muerte de Hal, pero antes del accidente de auto Era una prueba del
asesinato
Era una imagen del cuello y los hombros para arriba Ahí estaba
Hal Sinclair, los ojos abiertos de par en par, como indignados Los labios,
extremadamente pálidos, apenas entreabiertos, como si estuviera a punto de
decir algo
Pero no había duda alguna de que estaba muerto.
Justo debajo de la mandíbula, de oreja a oreja, había una
sonrisa enorme, abierta, espantosa, de la cual sobresalía un poco de tejido
rojo y amarillo
El cuello de Sinclair estaba partido de lado a lado, las dos
carótidas Yo conocía bien el procedimiento nos habían enseñado a reconocerlo
con una sola mirada La herida se lograba con un solo corte rápido que hacía
perder súbitamente la presión arterial y dejaba sin sangre al cerebro en menos
de un segundo
Para la víctima, era como si alguien hubiera cerrado una canilla
Sucumbía instantáneamente
Le habían hecho eso, habían asesinado a Hal Sinclair Por alguna
razón incomprensible, le habían sacado una foto, y después lo habían metido en
un auto y
¿Quiénes?
Yo sabía quiénes eran, por supuesto
En el negocio, esa herida era lo que se llama una
"firma", o "huella dactilar", un tipo de asesinato
preferido por un grupo o una organización en particular
El corte de carótida a carótida era la especialidad del antiguo
servicio de inteligencia de Alemania del Este, el Ministerium für
Staatssicherheit, también conocido como el Staatssicherheitsdiens.
Stasi.
Esa forma de ejecutar era su firma, y esa fotografía, su carta
de presentación.
Pero era la carta de presentación de un servicio de inteligencia
que ya no existía.
7
Molly lloraba en silencio, los hombros temblorosos, y yo la
sostenía. Le besé la nuca, le hablé en voz baja.
—Molly, lamento que la vieras.
Ella tomó una almohada con los puños, se la hundió en la cara,
ahogando sus palabras.
—Es una pesadilla. Lo que le hicieron.
—Los van a atrapar, Molly, sí, no importa quiénes sean. Casi
siempre los atrapan. Sé que eso no te consuela... —Yo no creía en lo que estaba
diciendo, pero Molly necesitaba seguridad. No le conté mis sospechas, no le
dije que pensaba que alguien había estado en la casa.
Ella se volvió, los ojos escudriñando mi rostro. El corazón se
me apretó en el pecho.
—¿Quién podría hacer eso, Ben? ¿Quién?
—Todos los que tienen puestos públicos son vulnerables. Hay
locos. Especialmente si estás en un puesto tan especial como el de director de
la CIA.
—Pero... ¿entonces lo mataron antes, verdad?
—Molly, tú hablaste con él la mañana del día en que lo mataron.
Ella buscó un pañuelo, se sonó la nariz.
—Esa mañana, sí.
—Dijiste que la conversación fue de lo más normal.
Ella sacudió la cabeza.
—Me acuerdo —contestó—. Se quejó de un problema de lucha de
poder en la Agencia, algo interno, dijo que no podía explicarme mucho. Pero eso
es normal. Siempre le pareció que la CIA era muy difícil de dominar. Creo que
quería desahogarse, relajarse, pero como siempre, no dijo nada específico. No
podía.
—Sigue.
—Bueno, es que no hay mucho más... Suspiró, dijo... no, más bien
cantó: "Los tontos irrumpen donde los nombres sabios nunca pisan",
con toda la voz, esa voz desafinada.
—Una canción de Sinatra, ¿no?Asintió una vez, apretó los labios.
—Su favorita. Odiaba a Sinatra, pero le encantaba su música. No
hablo de emoción profunda pero... De todos modos, me la cantaba siempre cuando
me llevaba a la cama.
Me levanté, fui hasta el espejo, me arreglé la corbata.
—¿Te vas a la oficina, Ben?
—Sí. Lo lamento.
—Tengo miedo.
—Sí, claro. Yo también, un poco. Llámame. Todas las veces que
quieras.
—Vas a trabajar para Alex Truslow, ¿verdad?
Yo me tiré de las solapas para acomodarlas, me pasé un peine por
el cabello, no le contesté.
—Después hablamos.
Ella me miró, una mirada extraña, como si estuviera tratando de
tomar una decisión y finalmente dijo:
—¿Cómo es que nunca hablas de Laura?
—No qui... —empecé a decir.
—No. Escúchame. Sé lo doloroso que es, sé que es intolerable. Lo
sé. No quiero sacar a la luz nada de eso. En serio. Pero ahora que le pasó esto
a papá... Bueno, Ben, quisiera saber si la decisión de trabajar con Truslow
tiene algo que ver con la muerte de Laura, con algún tipo de intento de
rectificar las cosas o algo parecido...
—Molly —dije, con la voz muy tranquila, y con tono de
advertencia—. No.
—De acuerdo. Lo lamento.
Ella tenía algo en mente, claro, pero en ese entonces, yo no lo
percibí.
Ese día no pude dejar de pensar en Harrison Sinclair. Uno de mis
primeros recuerdos de él era un momento en que me había contado un chiste
verde.
Era un hombre elegante, alto, flaco, con una cabeza poderosa,
cubierta de cabellos blancos, obviamente un atleta en su juventud (había sido
remero en Amherst). Hal Sinclair era un hombre fácil de tratar, encantador, al
mismo tiempo digno y juguetón.
En ese momento, yo estaba en la preparatoria, uno de sólo tres
estudiantes de Harvard presentes (y el único no recibido) en un seminario del
MIT sobre armas nucleares. Un lunes de mañana, entré en el aula del seminario y
vi que había un visitante, un hombre mayor, alto, bien vestido. Estaba sentado
allí en la mesa de conferencias, grande y oval, escuchando sin decir nada.
Supuse (lo cual era cierto) que era un amigo del profesor Solo mucho mas tarde
supe que Hal, que ocupaba en ese momento el tercer lugar en la CÍA estaba en
Boston coordinando una operación de espionaje para lo que se llamaba la Cortina
de Hierro para la cual necesitaba miembros del Mir
Esa tarde yo tenia que presentar un trabajo de investigación que
había hecho sobre una política de armas nucleares en los Estados Unidos que me
parecía una falacia: el DEMA, Destrucción Mutua Asegurada. Me acuerdo de que
era un intento de estudiante, no mucho mas. Al final de todo, decía algo tonto
como que el DEMA era "DEMencia". En realidad, para ser justo conmigo
mismo, estaba bastante bien como trabajo de investigación sobre la estrategia
nuclear soviética y estadounidense tal como aparece en las fuentes públicas
Más tarde, el visitante distinguido se presentó, me dio la mano
y me dijo que estaba muy impresionado Nos quedamos un rato hablando y el hombre
hizo una broma muy graciosa y muy subida de tono sobre las armas nucleares,
nada menos Entonces, noté que mi amiga Molly Sinclair estaba parada en la
puerta del aula. Nos dijimos hola, sorprendidos de vernos fuera de Harvard
Hal nos llevo a almorzar a la Maison Robert en la calle School,
en la ciudad vieja (Molly y yo cenamos allí juntos solo una vez desde entonces
el día que le propuse matrimonio. Su respuesta fue que lo pensaría ) Hubo mucha
bebida, muchas risas Hal hizo otra broma subida de tono y Molly se sonrojo.
—Ustedes dos deberían estar juntos —le dijo él a Molly en voz
baja, pero no tan baja como para que yo no lo escuchara— Es un buen tipo.
Ella se puso todavía mas colorada, casi escarlata.
Los dos nos sentíamos atraídos, pero no pasaría nada de lo que
había insinuado Hal sino hasta muchos años después.
—Me alegro de verlo —dijo Alexander Truslow. El, Bill Stearns y
yo estábamos sentados a una mesa en el Ritz-Carlton al día siguiente —Pero
tengo que confesar que estoy un poco sorprendido. Cuando nos conocimos en el
funeral de Hal, creí sentir una gran falta de ínteres de su parte.
Truslow usaba otro de sus trajes elegantes, un poco arrugado
como siempre. Lo único totalmente a tono era el corbatín, chico, prolijo, azul
marino y bien atado Yo tenia puesto mi mejor traje, uno de color gris oliva de
Andover, el negocio de Harvard Square. Supongo que quería impresionar al viejo.
El me miró con los ojos tristes, mientras untaba un poco de
manteca en el pan—Supongo que usted conoce mi breve carrera en inteligencia
—dije.
Él asintió.
—Bill me la contó Entiendo que hubo una tragedia. Y que usted
fue exonerado
—Eso me dicen, sí —murmuré.
—Pero fue un momento terrible, un momento que lo asustó
mucho,supongo.
—No hablo mucho de esos tiempos —dije.
—Lo lamento. Esa es la razón por la que dejó la Compañía,
¿verdad?
—Esa es la razón —lo corregí— por la que dejé totalmente esa
línea de trabajo Para siempre Y le hice una solemne promesa a mi esposa.
El apoyo el pan sobre la mesa sin morderlo.
—Y a usted mismo.
—Correcto.
—Entonces, tenemos que hablar con franqueza. ¿Está usted
familiarizado con lo que hace mi compañía?
—Vagamente —contesté.
—Bueno, somos una firma de consultoría internacional Supongo que
esa es la mejor manera de definirla Uno de nuestros clientes, estoy seguro de
que usted lo sabe, es el lugar donde usted trabajo antes.
—Que necesita mucha asesoría, estoy seguro —dije.
Truslow se encogió de hombros, sonrió.
—Sin duda. Espero que entienda que ahora estamos hablando dentro
de los limites del privilegio abogado-cliente.
Yo asentí y entonces, él siguió hablando.
—Por varias razones, a veces quieren la ayuda de una firma
localizada fuera del Beltway. No se por que razón, tal vez porque estuve tanto
tiempo en la Agencia que podría decirse que ya casi era parte de los muebles,
los poderes de Langley me confian un trabajo de tanto en tanto.
Yo tome un pancito, frío ya, y lo mordí. Noté que el evitaba
cuidadosamente la palabra CIA
—Ah, vamos —dijo Stearns, poniéndole una mano en el hombro— Esa
modestia es ridicula —Ahora, dirigiéndose a mi, agregó —Sabes que Alex esta en
la lista para llegar a director.
—Lo sé —dije.
—Tiene que haber una falta muy grande de candidatos con
capacidad. —dijo Truslow— Ya veremos. Como le decía, Truslow y Asociados está
comprometida en una serie de proyectos que por alguna razón Langley prefiere no
ocuparse directamente
—Ya saben lo molesta que es la vigilancia del Congreso, y todas
esas cosas, para las tareas de inteligencia —interrumpió Stearns— Especialmente
hoy en día, con lo de los rusos fuera de escena.
Yo sonreí por compromiso Esa era una conversación muy común
entre miembros de la Agencia, sobre todo entre los que querían que la CIA
quedara libre para hacer lo que quisiera, fuera lo que fuera usar cigarros
explosivos para matar a Fidel o asesinar a dictadores del tercer mundo.
—De acuerdo —dijo Truslow, bajando la voz— Lo "de los
rusos", como le dice Bill, la caída de la Unión Soviética, creó un numero
de problemas únicos para nosotros.
—Claro —dije— Sin enemigos, ¿para qué sirve la CIA? Y además,
¿quien necesita a la Corporación''
—No es así —aclaró él— Hay muchos enemigos, y por desgracia
siempre necesitaremos una CIA. Una CIA reformada, mejor. Tal vez en este
momento el Congreso no se dé cuenta, pero con el tiempo, creo que lo harán. Y
como ya saben, la CIA está equipándose de nuevo, concentrándose mucho más en el
espionaje industrial y económico Defender a las compañías estadounidenses de
los países extranjeros que tratan de robarles sus secretos industriales Ahí es
donde van a pelearse las batallas del futuro ¿Sabe que poco antes de su muerte,
Harrison Sinclair estableció contacto con el ultimo jefe de la KGB?
—A través de Sheila McAdams —dije
Él hizo una pausa, el mentón levantado, sorprendido.
—Correcto. Pero aparentemente Hal también estaba en Suiza Él y
ella se encontraron con Orlov. Piense en los últimos estertores del imperio
soviético el golpe de Estado fracasado de agosto de 1991 En ese punto, la vieja
guardia supo que el juego había terminado La burocracia del Partido Comunista
estaba destrozada, el Ejército Rojo se había dado vuelta y apoyaba a Yeltsin,
que parecía la única esperanza posible de preservar a Rusia Y la KGB......
—Que —interrumpí— estaba detrás del golpe.
—Sí Lo dirigió, lo preparó, aunque no pueden estar orgullosos de
la forma en que salió. La KGB sabía que en semanas, tal vez meses, iban a
cerrarla Y fue en ese punto que la Agencia empezó a vigilar Lubyanka con
cuidado Para ver si aceptaría su sentencia de muerte......
—.....o trataría de defenderse —completé
—Bien dicho —dijo Truslow— De todos modos, fue en ese punto que
la Agencia empezó a detectar un gran uso de valijas "diplomáticas",
bolsas de correo y cajas de cartón para ser exactos, que se movían de Moscú
hacia la embajada soviética en Ginebra El receptor, el que las requería, era el
jefe de la estación suiza de la KGB.
—Si me perdonan —dijo Stearns y se puso de pie— Tengo que volver
a la oficina —Apretó la mano de Truslow y se fue. Ahora estábamos llegando al
punto, supuse.
—¿Sabemos qué había en esos cargamentos?
—En realidad, no —dijo Truslow— Algo bastante valioso, supongo.
—Y por eso quiere mi ayuda.
Truslow asintió Finalmente comió algo del pan.
—¿Cómo, exactamente?
—Investigación.
Me quedé callado un momento Pensando.
—¿Por que yo?
—Porque..... —Bajó la voz y continuó diciendo —Porque no puedo
no puedo confiar en los chicos de Langley. Necesito alguien de afuera, alguien
que conozca la forma de actuar de la Agencia y no este relacionado con ella —Se
detuvo durante un rato, como si estuviera preguntándose hasta dónde podía
llegar con su franqueza. Finalmente se encogió de hombros y dijo —Estoy en un
brete dentro de la Agencia, ya no sé en quién confiar
—¿En qué sentido?
El dudó
—La corrupción está en todas partes en Langley, Ben. Usted
conoce los rumores, estoy seguro.......
—Algunos sí.
—Bueno, es mucho peor de lo que usted imagina. Mucho peor
Estamos a punto de llegar a la delincuencia, a la acción directa incluso.
Recordé la advertencia de Ed Moore "Hay confusión en la
Agencia.... Una terrible lucha por el poder Enormes sumas de dinero que
cambiaron de manos...... " En ese momento me había parecido exagerado, una
profecía de horror irracional en boca de un viejo que había pasado demasiado
tiempo en el negocio.
—Necesito algo más específico —dije.
—No se preocupe, voy a dárselo —dijo Truslow— Muchos más
detalles de los que se puede imaginar, le aseguro Hay una organización, un
grupo, un consejo de ancianos. Pero no debemos hablar de eso aquí.
La cara de Truslow había enrojecido Sacudió la cabeza.
—¿Y qué tenía que ver Hal Sinclair con esos cargamentos?
—pregunté.
—Bueno, ése es el misterio Nadie sabe por qué se encontró con
Orlov, por qué fue tan secreta la operación. O lo que negociaron . Y después
hubo rumores....., rumores de que Hal malversó mucho dinero.
—¿Malversó? ¿Hal? ¿Usted cree esos rumores?
—No digo que los crea, Ben. Lo que puedo decirle con seguridad
es que no quiero creerlos. Conocí a Hal y estoy seguro de que cualquiera fuera
la razón por la que se encontró en secreto con Orlov en Suiza, no fue con
intención delictiva. Pero no importa en lo que estuviera metido, hay buenas
razones para creer que murió por eso.
¿Había visto la fotografía que me había dado Moore?, me pregunté
Pero antes de que pudiera preguntarle, me dijo
—Este es el punto en unos días, el Senado de los Estados Unidos
va a empezar una sene de audiencias para tratar de investigar la corrupción
dentro de la CIA.
—¿Públicas?
—Sí Algunas sesiones van a estar cerradas a la prensa, pero el
Subcomité Seleccionado del Senado sobre Inteligencia ya escuchó bastantes
rumores y tiene que hacer algo
—¿Y Hal está implicado, eso es lo que me está diciendo?
—No públicamente Todavía no. Ni siquiera creo que el Senado haya
oído eso Lo único que saben es que hay gran cantidad de dinero en juego, dinero
que se perdió. Y por lo tanto, la división de asuntos internos de Langley me
encargó que investigara Que averiguara en qué andaba Hal Sinclair en los
últimos días de su vida. Que descubriera por qué lo mataron. Que encontrara el
dinero que falta, el lugar adonde fue, quién estaba involucrado. La
investigación debe hacerse desde afuera adentro, la corrupción es demasiado
grande. Es decir: Truslow y Asociados.
—¿De cuánto dinero estamos hablando?
Él se encogió de hombros.
—Una fortuna Por ahora dejémoslo ahí.
—Y usted me necesita para.....
—Necesito que me averigüe lo que estaba haciendo Hal, la razón
por la que se encontró con Orlov —Levantó la vista y me miró Sus ojos castaños,
enrojecidos y húmedos —Ben, tiene usted todo el derecho a decir que no Yo
entendería. Especialmente pensando en lo que le sucedió. Por lo que me dicen,
usted era de los mejores en el campo.
Yo me encogí de hombros, halagado y contento, pero no demasiado
seguro de lo que debía decir. Obviamente él tenía que haber oído hablar de mi
"temeridad".
—Usted y yo tenemos mucho en común —siguió diciendo él— Me di
cuenta de eso desde el principio. Usted es un hombre directo, un hombre de
acción. Le dio todo a la Agencia pero siempre sintió que podía haberle dado
más. Le diré algo en los años que estuve en la Agencia, vi cómo malgastaban y
pervertían el proposito fundamental de la Agencia con ideologías y fanatismos
de izquierda y de derecha. Angleton me dijo algo una vez "Alex, eres uno
de los mejores que tenemos, y lo paradójico es que lo que te hace tan bueno en
tu trabajo es el hecho de que en cierto nivel lo desapruebas" —Truslow rió
apesadumbrado —En ese entonces, yo lo negué hasta ponerme ronco. Pero al final,
me di cuenta de que el tenia razón. Y mi instinto me dice que usted es
parecido, Ben. Hacemos lo que creemos que se debe hacer, pero hay una parte de
nosotros que esta lejos, que esta en desacuerdo. —Tomó un largo trago de agua
de su vaso y sonrió, aparentemente avergonzado de haber dicho tanto. Deslizó la
lista de vinos sobre el mantel, como invitándome a hacer una selección —¿Podría
echarle una mirada a esto, Ben? Elija algo bueno.
Abrí el cuadernillo forrado en cuero y lo revisé con rapidez
—Me gusta bastante el Grand-Puy-Ducasse Pauillac —dije.
Trusiow sonrió y tomó la lista de nuevo.
—¿Qué había en la parte superior de la lista en la página tres''
Pensé por un segundo, traje la lista a mi memoria y dije
—Un Stag's Leap Merlot, 82.
Trusiow asintió.
—Pero no me gusta mucho que me pidan demostraciones como a un
animal de circo —le dije.
—Lo se. Le pido disculpas. Es un don muy raro el suyo. Cómo se
lo envidio.
—Me permitió pasar todos los cursos de Harvard en los que la
memoria era crucial. Literatura, Historia, Historia del Arte.
—Bueno. Ben, su...... su memoria eidética es una gran ventaja
para un trabajo como este, un trabajo que puede exigir secuencias de códigos y
cosas asi. Si es que todavía piensa aceptar, claro está. Ah, y quería aclararle
que estoy totalmente de acuerdo con los términos que usted arreglo con Bill
Los términos que yo había conseguido casi por extorsión, quería
decir, pero era demasiado amable para decirlo.
—Ah, Alex, cuando Bill y yo discutimos esos términos, no tenia
idea de la tarea para la que usted me necesitaba.
—Cierto, cierto.
—No, déjeme terminar Si lo comprendo totalmente.... si entiendo
que se trata de limpiar el nombre de Hal Sinclair .....entonces no tengo
intención de ser mercenario, se lo aseguro.
Truslow trunció el ceño, la expresión firme.
—¿ Mercenario ? Por Dios, Ben, conozco su situación financiera
Eso me da la oportunidad de ayudarlo en algo por lo menos. Si quiere, puedo
ponerlo ademas en la lista de pago demis empleados ¿Le parece?
—Gracias, pero no.
—Bueno, entonces, me alegro de que esté a bordo con nosotros
—Nos dimos la mano como para consumar el trato —Escuche, Ben, mi esposa
Margaret y yo vamos a nuestra casa de New Hampshire esta noche La abrimos para
la primavera Nos encantaría que usted y Molly vinieran a cenar nada importante,
un asado o algo así Les presentaríamos a los nietos.
—Me parece bien —dije
—¿Mañana le parece bien?
Mañana era un desastre, pero podría hacerme algo de tiempo.
—Sí, claro —dije— Mañana.
El resto de la tarde no pude concentrarme en nada ¿Era posible
que el padre de Molly estuviera involucrado en algún tipo de conspiración con
el antiguo jefe de la KGB? ¿Era posible que hubiera malversado fondos,
"una fortuna", como decía Truslow? Para mi, no tenía sentido.
Sin embargo, como explicación de su muerte lo tenía en parte, ¿o
no?
Se me había formado un nudo de tensión en el estómago y
evidentemente no iba a aflojarse con el tiempo.
Sonó el teléfono Darlene me anunció que Molly estaba en la
línea.
—¿A qué hora nos vemos con Ike y Linda? —Llamaba desde algún
corredor ruidoso del hospital.
—A las ocho, pero puedo cancelarlo si quieres Bajo las
circunstancias.
—No..... Quiero ir.
—Ellos tienen que entender, Molly.
—No lo canceles Me va a hacer bien salir un poco.
Gracias a Dios no hubo tiempo para pensar en nada esa tarde. Mi
cliente de las cuatro llegó puntualmente: el señor Mel Kornstein era un hombre
robusto de cincuenta años que usaba ropas italianas demasiado lujosas,
carísimas y lentes estilo aviador siempre un poco torcidos. Tenia la mirada de
los genios, distraída, fuera de foco, y yo realmente creo que era un genio.
Había hecho una fortuna con la invención de un juego de computadora llamado
SpaceTron, del que seguramente usted ha oído hablar. Por si acaso no lo conoce,
se trata de un juego de caza en el cual, el jugador, piloto de una pequeña nave
espacial, tiene que eludir las naves malvadas que quieren destruirlo y salvar
así al planeta Tierra. Tal vez parezca una tontería pero el juego es una
maravilla de tecnología. Es tridimensional y es tan realista que uno se
convence de que está ahí, siente cómo lo rozan al pasar los cometas y meteoros
y se le hace un nudo en la garganta cuando lo atacan los enemigos espaciales.
La base es un programa de software muy ingenioso, patentado por Kornstein, un
verdadero avance en el campo. Eso, más un simulador de voz, también patentado,
que ladra órdenes como " !Muy a la izquierda! " o " !Está
demasiado cerca! ", y lo que se consigue es una explosión de color y
sonido en la computadora. La compañía de Kornstein tiene ganancias por algo más
de cien millones de dólares por año.
Pero ahora había surgido otra compañía de software con un
producto similar y las ganancias del SpaceTron habían caído en picada.
Obviamente, quería hacer algo al respecto.
Se hundió en la silla junto a mi escritorio, irradiando una
desesperación oscura. Charlamos unos momentos pero él no estaba de buen humor.
Me entregó una caja con el juego rival, que se llamaba SpaceTime. Yo la dejé
caer sobre mi escritorio de computación, la abrí y me quedé de una pieza al ver
los innumerables detalles copiados.
—Estos tipos ni siquiera trataron de ser originales, ¿no es
cierto? —dije.
Kornstein se saco los anteojos y los limpió con la camisa.
—Quiero acabar con esos hijos de puta —murmuró.
—Ey, más despacio por favor —lo interrumpí— Voy a tener que
mandar hacer un examen imparcial sobre el tema para ver si realmente hay
infracción de patente.
—Lo que yo quiero es aplastarlos —repitió.
—Todo a su tiempo. Vamos a tener que tomar los puntos de la
patente, uno por uno y analizarlos.
—Es idéntico —dijo Kornstein, mientras volvía a ponerse los
anteojos, todavía torcidos— ¿Le parece que tengo un caso, o no?
—Bueno, los juegos de computadora se patentan sobre los mismos
principios que los juegos de tablero, digamos Lo que usted hace es patentar la
relación entre los elementos físicos y los conceptos que los sustentan, la
forma en que interactúan.
—Lo único que quiero es aplastarlos.
Asentí.
—Haremos todo lo posible —dije.
Focaccia era uno de esos restaurantes del norte de Italia,
siempre sofisticados, vagamente ofensivos y bien caros, que frecuentan los
yuppies en el Back Bay y donde sirven mucha arugula y radicchio, y las
camareras son jóvenes y hermosas y trabajan de modelos en otro horario. Con el
ruido de las voces y la música rap, el sitio era realmente para aturdirse, ésa
también parece ser otra característica necesaria de los restaurantes italianos
pretenciosos en Estados Unidos.
Molly llegó tarde, pero mi mejor amigo, Ike, y su esposa, Linda,
ya estaban sentados frente a frente a una mesa. Se gritaban en lo que parecía
una terrible discusión familiar y era sólo un intento de comunicación. Isaac
Cowan y yo habíamos ido juntos a la universidad, donde el se especializó en
derrotarme en partidos de tenis Ahora tiene un trabajo corporativo tan pero tan
aburrido que ni siquiera él consigue describirlo, aunque yo sé que tiene algo
que ver con los seguros. Linda, que en ese momento estaba embarazada de siete
meses, es sicóloga de niños. Los dos son altos, pecosos y pelirrojos,
terriblemente similares físicamente Para mí es especialmente agradable estar
con ellos.
Estaban diciendo algo acerca de que la madre de Isaac iba a
venir a visitarlos. Después, Ike se volvió hacia mí y me mencionó un juego al
que había ido la semana anterior. Hablamos un poco de trabajo, del embarazo de
Linda (ella quería preguntarle algo a Molly sobre un análisis que le había
pedido el obstetra), sobre mi revés (prácticamente inexistente) y finalmente,
sobre el padre de Molly.
Ike y Linda siempre se habían sentido un poco incómodos cuando
hablábamos del famoso padre de Molly, nunca estaban seguros de si estaban
demostrando demasiada curiosidad y no querían hacerlo. Ike sabía algo de mi
trabajo para la CIA, aunque yo le había dicho claramente que no quería hablar
de eso con él. También sabía que yo había estado casado antes, que mi primera
esposa había muerto en un accidente, y no mucho más. Naturalmente, eso limitaba
los temas de conversación. Ambos expresaron sus condolencias por Hal Sinclair y
me preguntaron cómo andaba Molly Yo sabía que no podía decirles nada sobre lo
que me estaba preocupando, ciertamente nada sobre el asesinato.
Molly llegó, toda disculpas, cuando terminábamos las entradas
(por principio, nadie pedía focaccia)
—¿Cómo te fue? —me preguntó cuando me besó. Me miró tal vez uno
o dos segundos de más, y supe que estaba preguntándome sobre Truslow.
—Muy bien —dije
Besó a Ike y a Linda, se sentó y dijo:
—No creo que pueda seguir aguantando todo esto.
—¿La medicina? —preguntó Linda
—Los premas —contestó ella, una palabra de la jerga médica para
los bebés prematuros— Hoy recibí mellizos y otro bebé, y los tres juntos
pesaban menos de cinco kilos. Me la pasé cuidándolos y el estado era crítico,
pobres cositas, todo el día tratando de colocarle catéteres en la arteria
umbilical, y manejando a familias muy estresadas y enloquecidas.
Ike y Linda sacudieron la cabeza.
—Chicos con SIDA —siguió diciendo Molly— O infecciones
bacterianas en el cerebro y como estoy de guardia cada tres noches.
Yo la interrumpí.
—Dejemos esto por un rato, ¿eh?
Ella se volvió hacia mí, los ojos abiertos.
¿Dejarlo?
—De acuerdo, Mol —le dije con tranquilidad. Ike y Linda se
concentraron en sus ensaladas, incómodos.
—Lo lamento —dijo ella Le tomé la mano por debajo de la mesa .A
veces el trabajo la afectaba de esa forma, pero yo sabía que en realidad
todavía no se había recuperado de la imagen de la fotografía.
En toda la cena estuvo distante, asintió y sonrió, pero sus
pensamientos estaban en otra parte, de eso no había duda Ike y Linda
atribuyeron todo eso a la muerte de su padre, lo cual era básicamente cierto.
En el taxi de vuelta a casa discutimos en susurros feroces sobre
Truslow y la Corporación y la CIA, todo lo que ella me había hecho prometer que
dejaría para siempre.
—Mierda —susurró—, vas a empezar a trabajar con Truslow y ya no
vas a querer salir de ese maldito juego.
—Molly —empecé a decir, pero ella no iba a dejar que yo la
interrumpiera
—El que se acuesta con niños, amanece meado. Mierda, me
prometiste que no ibas a volver a eso.
—No voy a volver, Mol —dije.
Ella se quedó callada un momento.
—-Le hablaste de la muerte de papá, ¿no es cierto?
—No, claro que no —Una mentira piadosa, pero no quería contarle
nada sobre la supuesta malversación de fondos ni sobre las audiencias del
Senado.
—No sé lo que quiere de ti pero, sea lo que sea, tiene que ver
con eso, ¿verdad?
—En cierto sentido, sí
El taxi hizo una curva para evitar un pozo, tocó la bocina y
tomó el carril de la izquierda.
Los dos nos quedamos callados un momento, y después de un minuto
o dos, como si hubiera estado tratando de producir un efecto dramático, habló,
casi casualmente, la voz casi alegre, liviana, superficial.
—¿Sabes que llamé a la oficina del forense del condado de
Fairfax?
Me quedé un momento confundido, esperando.
—¿Fairfax?
—Donde murió papá. Quería una copia de la autopsia. Las leyes
del estado dicen que los miembros de la familia tienen derecho a pedirla si
quieren.
-¿Y?
—Sellada.
-¿Qué?
—Ya no es parte del registro público. Los únicos que pueden
verla son el fiscal de distrito y el general del Commonwealth de Virginia.
—¿Por qué? ¿Porque era de la CIA?
—No, porque alguien involucrado en el caso decidió algo que
nosotros ya sabemos. Fue homicidio.
Anduvimos el resto del camino en silencio y por alguna razón,
algo tonto, tuvimos otra pelea apenas llegamos y terminamos en la cama,
furiosos uno con el otro.
Es gracioso, pero ahora pienso en esa noche con cariño porque
fue una de las últimas noches normales que pasamos juntos. Me quedaban apenas
dos de esas noches, aunque yo no lo sabía.
8
Esa noche, la última noche normal de mi vida, tuve el sueño.
Soñé con París, un sueño tan real como cualquier pesadilla de sonámbulo, un
sueño que he tenido que sufrir por lo menos mil veces.
El sueño es así:
Estoy en un negocio de ropa en la calle Faubourg-St. Honoré, un
negocio de hombres que es una conejera de habitaciones chiquitas y brillantes,
y me perdí, moviéndome despacio, con dificultad, de habitación en habitación,
buscando el punto de la cita que he arreglado con mucho trabajo con el agente
de campo. Por fin encuentro un vestidor. Es el lugar fijado y ahí, colgando de
una percha, está el suéter, un chaleco azul marino que me llevo, como habíamos
arreglado, y en el bolsillo encuentro un pedazo de papel con el mensaje en
código.
Me paso demasiado tiempo tratando de entender el mensaje y ahora
es tarde para la llamada telefónica que tengo que hacer, así que voy de
habitación en habitación, frenético, por ese negocio horrendo, buscando un
teléfono, pidiéndolo sin encontrarlo, hasta que al final, en la planta baja,
encuentro uno. Es un viejísimo y enorme teléfono francés, dos tonos, marrón y
tostado, y por alguna razón no funciona, por más que lo intento y lo intento
muchas veces y después, gracias a Dios, suena.
Alguien contesta el teléfono: es Laura, mi esposa.
Está llorando, me pide que vuelva a casa, a nuestro departamento
en la calle Jacob, algo horrible está pasando allí. Yo me siento sacudido por
el miedo y empiezo a correr y en unos segundos (esto es un sueño, después de
todo) llego a la calle Jacob, a la entrada del departamento, sabiendo lo que
estoy por ver. Esta es la peor parte del sueño: pensar que si no voy a casa, no
pasará, y sentir que una horrenda fascinación me arrastra hacia el umbral,
hacia la puerta, inexorablemente. Nado en el aire, tengo náuseas.
Hay un hombre que sale del departamento; tiene puesta una camisa
cazadora de lanilla gruesa y zapatillas Nike. Un estadounidense, estoy
convencido de eso, de unos treinta años. Aunque le veo sólo la espalda, me doy
cuenta de que tiene cabello negro indócil y, siempre el mismo detalle, una
larga cicatriz roja bajo la quijada, de la oreja al mentón. Es una cicatriz
terrible y la veo con toda claridad. Renguea como si algo le doliera mucho.
No detengo al hombre (¿por qué habría de hacerlo?) y en lugar de
eso lo dejo marchar, rengueando, y entro en el edificio. Huelo la sangre, cada
vez más fuerte a medida que subo las escaleras hacia nuestra casa, y ahora el
hedor es insoportable y me parece que voy a vomitar y después estoy en el
vestíbulo y veo los tres cuerpos tendidos allí, grotescos, rodeados de sangre,
y uno de ellos (no, no puede ser, no es, no) es el de Laura.
Y en ese punto, suelo despertarme.
Pero así no fue como pasó, claro que no. Mi sueño —-y es siempre
el mismo— ha creado una semiparábola grotesca de la realidad.
Como oficial en París, me encargaron manejar a varios agentes
muy protegidos con identidades falsas y muy valiosos, y a una multitud de
agentes menores. Ya había tenido un éxito importante en esa ciudad: había
logrado descubrir a una red de espías de la inteligencia militar soviética que
operaba en una planta de turbinas fuera de la ciudad. Mi cobertura era la de un
arquitecto de una compañía estadounidense. El departamento que me habían dado
en la calle Jacob era chico pero lleno de sol, en el sexto distrito, para mí,
el mejor barrio de París. Era afortunado: la mayoría de los que trabajaban
conmigo estaban en covachas en el octavo. Laura y yo acabábamos de casarnos y a
ella no le había molestado mudarse a París. Ella era pintora y había pocos
lugares más que París donde le gustaba pintar. Era muy chiquita, hermosa, con
el cabello», largo y rubio como una onda de oro sobre la cabeza. Estábamos
intoxicados de amor.
Habíamos hablado de tener hijos y los dos los queríamos. Lo que
yo no sabía era que ella ya estaba embarazada, cosa que me habría encantado.
Nunca tuvo oportunidad de decírmelo. Siempre pensé que quería hacerlo a su
manera, a su ritmo, cuando hubiera tenido tiempo para digerirlo. Lo único que
yo sabía era que estaba sintiéndose mal desde hacía varios días. Algún tipo de
virus, había pensado entonces.
Más o menos en ese tiempo, se puso en contacto conmigo un
oficial de menor nivel de la KGB, un empleado de oficina de la estación de
París, que quería hacer un trato. Tenía información que vender, dijo,
información de los archivos de Moscú. A cambio de ella, quería desertar,
seguridad financiera, protección, lo de siempre.
Seguí los procedimientos de rutina, hice el primer contacto para
que él viera al jefe de la estación de la CIA, James Tobías Thompson. Los
oficiales siempre se preocupan cuando se trata de una "cita ciega",
es decir un encuentro con un agente desconocido en un lugar que designa ese
mismo agente. Puede' ser una trampa.
Pero este agente, que se hacía llamar Víctor, aceptó encontrarse
con nosotros en nuestros términos, lo cual era alentador. Yo arreglé una cita,
riesgosa pero vital. Tres llamadas rápidas de un teléfono de un departamento en
el sexto distrito nos darían el lugar y el momento. Después, habría un
encuentro "casual" en un negocio de ropa, un negocio caro en la calle
Faubourg St. Honoré, pero a diferencia de lo que pasaba en mi sueño, en la
realidad todo eso salió muy bien. Se dejó colgando un suéter azul marino en una
percha en el vestidor, como si lo hubiera abandonado un cliente olvidadizo, y
en el bolsillo dejé el pedazo de un sobre con el mensaje cifrado donde se
indicaba hora y lugar.
Al día siguiente fuimos a uno de los refugios de la Agencia, un
departamentito en el catorce. Yo sabía que los desertores que buscan ellos
mismos los contactos muchas veces no aportan nada de importancia, pero debía
prestárseles atención: muchos de los grandes desertores de la historia de la
inteligencia fueron de ese tipo.
"Víctor" usaba una peluca rubia: la piel color oliva
era la de un hombre con cabellos negros, y el truco era obvio. Más abajo de la
mandíbula estaba la cicatriz rojiza, impresionante.
Parecía un artículo genuino, por lo menos a primera vista. Me
prometió que si se arreglaban las cosas, me haría una revelación importante,
algo que podía hacer temblar la tierra. Dijo que era un documento que había
encontrado en los archivos de la KGB. Mencionó un criptónimo: URRACA.
Cuando más tarde le informé a mi amigo y jefe, Toby Thompson,
los detalles lo intrigaron. Aparentemente el caso tenía algo de cierto:
Así que yo arreglé un segundo encuentro.
Desde entonces, lo revisé mil veces en la mente: Victor se había
puesto en contacto conmigo, es decir que ya conocía mi disfraz, sabía quién era
yo. Y todos los refugios estratégicamente ubicados estaban usándose para
información y todo eso. Así que, con la aprobación de Toby y su aliento,
arreglé el encuentro entre Victor, Toby y yo en mi casa de la calle Jacob.
Laura, a pesar de sus esporádicos ataques de náuseas, estaba
fuera de la ciudad, por lo menos eso era lo que yo creía La noche anterior
había ido a visitar amigos en Giverny, a explorar los jardines de Monet. No
volvería en los dos días siguientes así que el departamento estaba disponible.
No debería haberme arriesgado, pero ahora es fácil decirlo No
parecía peligroso.
El encuentro sería a mediodía, pero me detuvieron en el trabajo
con una llamada transatlántica a Langley en una linea segura. Hablé con el
director de operaciones, Emory St Clair. Por eso, llegué veinte minutos tarde.
Esperaba que Toby y Víctor ya estuvieran en el departamento.
Me acuerdo de haber visto a un hombre de cabello oscuro que
salía con toda decisión del edificio. Tenía puesta una camisa cazadora, y yo lo
descarté como vecino o visitante Subí las escaleras y me pareció que había un
olor muy sospechoso en las paredes. Se hacía más y más fuerte a medida que me
acercaba al tercer piso: sangre. Se me empezó a acelerar el corazón.
Cuando llegué al rellano del tercer piso, me encontré frente a
una escena de horror imborrable. Enredados y esparcidos en el suelo, en lagunas
de sangre fresca, dos cuerpos el de Toby y el de Laura.
Debo de haber gritado, pero no estoy seguro. Todo me pareció
detenido, estroboscópico. De pronto, estaba arrodillado junto a Laura, acunando
su cabeza querida. No podía creerlo. Ella no tenía que haber estado en casa, no
era ella, era un error.
Laura tenía un disparo en el pecho, en el corazón, y la mancha
de sangre se extendía, tomando casi todo su camisón blanco. Estaba muerta. Me
volví y vi que Toby tenía un disparo en el estómago, lo vi cambiar de lugar en
el lago de sangre, lo oí dejar escapar un gruñido.
No me acuerdo de nada mas. Apareció alguien, creo. Probablemente
llamó a otra persona. No tiene sentido para mí, nada lo tiene. Yo había perdido
completamente la cabeza. Tuvieron que separarme a la fuerza de mi pobre Laura:
estaba convencido de poder revivirla si lo intentaba lo suficiente.
Toby Thompson sobrevivió, aunque no sé cómo. Su columna
vertebral estaba partida en dos y quedaría paralizado de por vida.
Laura había muerto.
Más tarde, se explicaron algunas cosas.
Laura había vuelto esa mañana porque se sentía mal. Me había
llamado al trabajo para avisarme, pero por alguna razón incomprensible yo no
recibí el mensaje. Más tarde, la autopsia reveló que ella estaba embarazada.
Toby había aparecido en mi departamento unos minutos antes del mediodía, armado
por si acaso. Encontró la puerta entreabierta, al hombre de la KGB adentro, con
Laura como rehén a punta de revólver ."Víctor" le había apuntado y
disparado, luego se había dado vuelta y matado a Laura. Toby había contestado
los disparos pero el dolor lo venció antes de que pudiera terminar con el
enemigo.
Lo sucedido, al parecer, era una venganza soviética dirigida en
mi contra ¿Pero por qué? ¿Por acabar con una red de espías en la fábrica de
turbinas? ¿O por cualquiera de los incidentes de Alemania Oriental en los que
herí, muchas veces maté, a agentes de Alemania y de Rusia? "Víctor"
me había preparado una trampa para matarme. Pero en lugar de eso, la que había
recibido el disparo era Laura. Laura, que ni siquiera tenía que estar allí, y
yo, detenido por un destino absurdo, estaba vivo. Lo había arruinado todo y
estaba vivo, mientras Toby Thompson quedaba condenado a una silla de ruedas
para el resto de su vida y Laura moría, joven y embarazada.
En cuanto al moreno de camisa a cuadros al que vi salir del
edificio, ¿quién podía ser sino "Víctor", sin la peluca rubia?
Más tarde se decidió que aunque yo no había tenido la culpa, me
había desempeñado mal —torpeza en el procedimiento, sobre todo, y yo no podía
decir nada al respecto aunque Toby me dijo que siguiera adelante—, y en cierto
sentido, se dijo que yo era el culpable del asesinato de Laura y de la
parálisis de mi jefe.
Mi carrera no tenía por qué terminar para siempre, podría haber
apelado a otro juicio administrativo. Con el tiempo, hubiera dejado todo eso
atrás.
Pero no podía tolerarlo. Me di cuenta de que era como si yo
mismo hubiera apretado el gatillo.
La investigación siguió durante un tiempo. Interrogaron durante
horas, con pruebas poligráficas, a todos los involucrados, incluso a los que
apenas estaban involucrados en los hechos, desde secretarios hasta empleados de
la división de códigos hasta Ed Moore, jefe de la División Europea de la
Dirección de Operaciones La investigación dominó mi vida en un período en el
que yo me había quedado sin recursos y sin fuerzas.
Mi esposa y mi futuro hijo habían muerto, asesinados La vida no
tenía sentido.
Pasaron semanas de purgatorio. Me pusieron en un hotel a unos
kilómetros de Langley. Tenía que ir al "trabajo" todas las mañanas
una habitación blanca sin ventanas en el segundo piso, donde el interrogador
(cada pocos días cambiaban) me sonreía cordialmente, me daba un apretón de
manos ritual, me ofrecía una taza de café, una jarra de crema sintética
paraacompañarlo y un palito de plástico para revolverlo.
Después, sacaba la transcripción del interrogatorio del día
anterior. Aparentemente se trataba de dos tipos tratando de entender a fondo
qué había salido mal en París.
En realidad, el interrogador estaba tratando con todas sus
fuerzas de hacerme caer en la más mínima de las contradicciones, de encontrar
aunque fuera la grieta más estrecha en mi compostura, la inconsistencia más
leve, de cansarme, de quebrarme.
Después de siete semanas —los costos de la operación en horas de
servicio deben de haber sido extraordinarios—, se cerró la investigación. Sin
conclusiones.
Me llamaron a la oficina de Harrison Sinclair. Todavía era el
número tres de la Agencia, director de operaciones. Aunque sólo habíamos
hablado unas cuantas veces, actuaba como si fuéramos viejos amigos. No digo que
no fuera sincero; seguramente estaba haciendo todo lo que podía para que me
sintiera cómodo. Hal era afectuoso, y en eso siempre fue genuino. Me rodeó con
un brazo, me llevó así hasta una silla de cuero y se sentó en un puf a mi lado.
Se inclinó hacia mí confidencialmente, como si estuviera por informarse sobre una
operación top secret y me contó un chiste sobre un viejo y una vieja en un
ascensor de una comunidad de jubilados en Miami. Lo único que me acuerdo es el
final: "¿En fin, es soltera?".
Aunque yo sentía que en los últimos dos meses había bajado al
infierno y llenado mis entrañas y mi mente de profundas cicatrices, descubrí
que me estaba riendo, que sentía cierto alivio en la tensión, aunque fuera por
un momento. Hablamos un poco de Molly. Estaba viviendo en Boston después de dos
años con el Cuerpo de Paz en Nigeria. Había terminado su relación con el colega
de la universidad, el zoquete, como ella lo llamaba.
Sinclair me dijo que quería que la llamara cuando sintiera que
tenía ganas de ver gente. Le respondí que lo haría.
Me dijo que Ed Moore, el jefe de la División Europea, había
decidido que yo tenía que dejar la CIA, que mi carrera siempre estaría
cuestionada. Que aunque no había duda de que era inocente, siempre habría
sospechas. Lo mejor para mí era marcharme. Dijo que Moore había sido claro al
respecto.
Yo no pensaba discutir. Lo único que quería era encogerme en un
rincón, hacerme una pelota, cerrarme y dormir durante días y días, y después
despertarme y descubrir que todo había sido un mal sueño.
—Ed cree que usted debería estudiar abogacía —dijo Hal.
Yo escuché, pasivo. ¿Qué interés podía tener yo en la ley? La
respuesta a esa importante pregunta, como descubrí después, era que no mucho,
pero ¿qué importancia tenía esa respuesta? Se puede ser bueno en algo que no
produce placer.
Yo quería hablarle a Hal de lo que había pasado, pero él no
estaba interesado. Tenía el cartón lleno, pensaba que era mejor mantener la
neutralidad, no quería volver sobre el pasado.
—Será usted un gran abogado —dijo.
Me contó un chiste muy sucio, muy bueno, sobre abogados.
Los dos nos reímos. Ese día salí del cuartel general de la CIA
convencido de que lo hacía por última vez.
Pero me pasaría el resto de mi vida perseguido por el fantasma
de la pesadilla de París.
9
La casa de fin de semana de Alex Truslow en New Hampshire estaba
a menos de una hora de auto de Boston. Molly consiguió hacerse tiempo para
venir, lo cual era un milagro. Creo que quería asegurarse de que Truslow era un
buen tipo, de que yo no estaba cometiendo un error colosal al aceptar el
trabajo para la Corporación.
La casa, una belleza antigua, colgada sobre un acantilado bajo
que dominaba su propio lago, era mucho más grande de lo que yo esperaba. Era
blanca, con persianas negras, elegante y familiar al mismo tiempo. Tal vez
había nacido como granja humilde hacía ya cien años y, al parecer, se había
expandido lentamente, hasta convertirse en una larga serpentina no demasiado
agradable que flotaba sobre la cresta ondulante de la colina. Tenía algunos
rincones en los que se le había descascarado la pintura.
Truslow estaba afuera, ocupándose del fuego, cuando llegamos.
Estaba vestido de entrecasa una camisa de lana a cuadros, pantalones de
corderoy color verde musgo, medias blancas, y mocasines Besó a Molly en la
mejilla, me dio una palmada en la espalda y nos sirvió martinis con vodka. Por
primera vez entendí conscientemente lo que siempre me había intrigado de
Alexander Truslow. En algunas formas —la curva lúgubre de las cejas, la
honestidad empecinada— me recordaba a mi propio padre, que había muerto de un ataque
cuando yo tenia diecisiete años, el verano anterior a mi partida a la
preparatoria.
Su esposa, Margaret, una mujer flaca y morena de unos sesenta
años, salió de la casa mientras la puerta mosquitero sonaba detrás de ella.
—Lamento lo de su padre —le dijo a Molly— Lo extrañamos mucho
Tanta gente lo extraña.
Molly sonrió y le agradeció.
—Este lugar es hermoso —dijo.
—¿Si? —preguntó Margaret Truslow, acercándose a su esposo y
tocándolo cariñosamente en la mejilla con el dorso de la mano— Yo lo odio.
Desde que Alex se retiró de la CIA me hace pasar aquí casi todos los fines de
semana y todos los veranos Lo aguanto porque no tengo mas remedio —La
expresión, levemente divertida e irritada, era la que se usa con un chico amado
pero travieso.
—Margaret prefiere Louisbourg Square —dijo Truslow Hablaba de un
lugar muy exclusivo y pequeño sobre Beacon Hill, donde tenía una casa.
—Ustedes viven en la ciudad, ¿,verdad?
—Back Bay —dijo Molly— Si vio alguna vez unos carteles de
Hombres Trabajando y pilas de materiales de construcción por ahí, seguramente
eran nuestros.
Truslow rió.
—Reformas, ¿eh?
Apenas si Molly pudo empezar a decir algo, cuando dos chicos
salieron de la casa, una nenita de tres años, perseguida por un chico un poco
mayor.
—¡ Elias! —llamó la señora Truslow.
—Basta —interrumpió Alex, tomando a la nena entre sus brazos
—Elias, no atormentes a tu hermana Zoé, ven a conocer a Ben y a Molly.
La nenita nos miró, preocupada, la cara manchada de lágrimas
Después, hundió la cabeza en el pecho de Truslow.
—Es tímida —explicó Truslow— Elias, dale la mano a Ben Ellison y
a Molly Sinclair —El chico, rubio y gordinflón, extendió una manito gorda a
cada uno y después salió corriendo.
—Mi hija ....... —empezó a decir Margaret Truslow.
—Mi hija, que parece estar siempre en la ruina, —interrumpió
Truslow— y su marido, todo un adicto al trabajo, están en un concierto
sinfónico Es decir que los pobres chicos tienen que cenar con sus abuelitos,
que son la mar de aburridos ¿No es cierto, Zoé? —Le hizo cosquillas con una
mano mientras la sostenía con la otra Ella rió, como si no quisiera hacerlo, y
después siguió llorando.
—Nuestra Zoé tiene dolor de oído —dijo Margaret— Hace siglos que
llora No para desde que llegó.
—Veamos —dijo Molly— Seguramente no tienen amoxicilina, ¿no?
—¿Amoxi qué? —dijo Margaret.
—Sí, sí, creo que tengo un frasco de 150 centímetros cúbicos en
el auto.
—¡Parece una visita a domicilio! —exclamó Margaret Truslow.
—Y sin cargo. —dijo Molly.
La cena fue una típica cena norteamericana... pollo asado, papas
al horno y una ensalada. El pollo estaba delicioso Truslow nos dio la receta
con todo orgullo.
—Ya sabe lo que dicen —comentó mientras llenaba nuestros platos
de helado— Para cuando los más jóvenes aprenden a dejar la casa en orden,
aparecen los primeros nietos dispuestos a deshacerlo todo ¿No es cierto, Elias?
—No —dijo Elias.
—¿Ustedes tienen hijos? —preguntó Margaret Truslow.
—Todavía no —respondí.
—Yo creo que a los chicos no debería oírselos ni vérselos —dijo
Molly— Nunca
Margaret la miró, escandalizada, hasta que se dio cuenta de que
era una broma
—cUsted es pediatra? —dijo para burlarse a su vez.
—Tener hijos es lo mejor que hice en mi vida —dijo Truslow.
—¿No hay un libro que se llama “Los nietos son tan
divertidos.....debería haberlos tenido primero ? —preguntó Margaret.
Los dos se rieron.
—Hay algo de verdad en eso —dijo Alex.
—Va a tener que dejar todo esto si va a Washington—dijo Molly
—Lo sé No crea que no lo estoy pensando.
—Ni siquiera te lo pidieron —le recordó su esposa.
—Cierto —dijo Truslow— Y para ser honesto, reemplazar a su padre
me parece bastante riesgoso.
Molly asintió.
—Pocas cosas más difíciles de tolerar que seguir el buen ejemplo
—interrumpí.
—Y ahora —anuncio el dueño de casa—, espero que las hermosas
mujeres no se molesten si Ben y yo nos vamos a dar una vuelta y a charlar de
trabajo.
—De acuerdo —dijo su esposa, el tono un poco áspero— Molly puede
ayudarme con los chicos. Si es que está dispuesta a aguantarlos, quiero decir.
—Hace unas semanas —empezó a decir Truslow—, la Agencia apresó a
un potencial asesino. Un rumano. Seguridad
—Nos sentamos en una habitación con piso de piedra, que parecía
ser su estudio, frente a una mesa de madera. El mobiliario era viejo y estaba
gastado, la única nota discordante era la unidad moderna de teléfono digital
sobre el escritorio —Lo interrogaron. El tipo era duro.
Yo no sabía a qué apuntaba, así que me quedé callado.
—Después de varias sesiones, se quebró. Pero no sabía mucho Un
trabajo muy profesional de compartimentación de la información Dijo que tenía
algo que ofrecernos Algo sobre la muerte de Harrison Sinclair —Dejó que su voz
se apagara.
—Y antes de que pudiera decírnoslo, murió —Uno de esos casos de
interrogatorio un poco duro, supongo —No infiltraron el sistema para matarlo,
para sacarlo de en
Medio. Es impresionante hasta dónde pueden llegar.
—¿Y quiénes son ellos?
—Una persona o vanas personas —dijo él lentamente, el tono
ominoso— dentro de la CIA.
—¿Tiene nombres?
—Esa es la cuestión Están muy aislados No tienen cara. Este
grupo dentro de Langley, Ben, es un grupo del cual oímos rumores desde hace
mucho tiempo ¿Ya oyó hablar de los Sabios?
—Ayer me mencionó usted una especie de consejo de ancianos Pero,
¿quienes son? ¿Que buscan?
—No sabemos Demasiado bien camuflados, detrás de una serie de
fachadas
—¿Y lo que usted me está diciendo es que estos, estos
"Sabios" estuvieron detrás de la muerte de Hal?
—Especulaciones —contestó él— Es posible que Hal fuera uno de
ellos.
Sentí vértigo Hal, aparentemente, había sido víctima de alguien
entrenado por el servicio secreto de Alemania del Este, el Stasi Ahora Truslow
hablaba de un rumano ¿Cómo encajaban esas piezas? ¿Que estaba insinuando?
—Pero algo tienen que saber sobre sus identidades —dije como
provocándolo.
—Lo único que sabemos es que se las arreglaron para extraer
decenas de millones de dólares de varias cuentas de la Agencia. Todo muy
sofisticado, se lo aseguro, Ben Y parece que Harrison Sinclair se embolsó algo
así como doce millones y medio.
—Pero usted no puede creer eso Conoce cuan modestamente vivía
Hal.
—Escuche, Ben Yo no quiero creer que Hal Sinclair se robó ni un
centavo.
— ¿No quiere creerlo? ¿Qué mierda me esta diciendo?
En lugar de contestarme, Truslow me entrego una carpeta forrada
en papel marrón La etiqueta llevaba una designación de los archivos de la
Agencia Gamma Uno, un nivel de clasificación más alto que cualquier papel al
que yo hubiera tenido acceso anteriormente.
Adentro había una serie de fotocopias de cheques, impresiones de
computadora, fotografías borrosas. En una había un hombre que llevaba un
sombrero panamá, de pie en una especie de hall de un hotel.
No había duda de que era Hal Sinclair.
—¿Qué significa todo esto? —pregunté aunque ya lo sabía.
—Hal en la Gran Caimán, esperando para una cita con el gerente
del Banco. Es obvio. Las otras son de Hal en una serie de bancos en
Liechtenstein, Belice y Anguilla.
—Lo cual no prueba nada...
—Ben, escuche. Yo era uno de los mejores amigos de Hal. Esto me
duele tanto como a usted. Había días en que Hal no estaba visible... enfermo,
decía, o de vacaciones. No se lo podía ubicar, o arreglaba las cosas para
llamar él mismo a la oficina. Evidentemente era cuando hacía los depósitos.
Tienen un archivo con los viajes que hizo usando pasaportes falsos.
—¡Eso es mierda, Alex, no vale nada! —espeté.
Suspiró. Evidentemente la situación lo molestaba.
—Eso que ve es el registro de Anstalt, una corporación no
bursátil, de "cajas de letras contables", de responsabilidad
limitada. Es la firma de Sinclair. Es una corporación con base en
Liechtenstein. La identidad del verdadero dueño, como verá, es Harrison
Sinclair. Y tenemos copias de transferencias, e interceptamos cables en los que
se envían fondos a cuentas en las Bermudas. Con otros nombres, claro está.
Informes de televisión, télex, autorizaciones de transferencias. Un laberinto,
Ben, un verdadero laberinto. Capa sobre capa, pasillo tras pasillo... Son
pruebas, Ben, puras y simples, y me rompen el corazón, pero ahí están...
Yo no sabía qué pensar de lo que veía. Parecía que tenían lo que
querían. Pero lo que tenían no cerraba. ¿Mi suegro, un actor? ¿Un estafador
consumado? Había que conocerlo como yo lo conocía para entender lo difícil que
era aceptar semejante cosa. Sin embargo, la duda, la semilla de la duda siempre
está ahí. Nunca conocemos realmente al otro.
—La clave está en el encuentro de Sinclair con Orlov en Zúrich
—siguió diciendo Truslow—. Piense, ¿qué le evoca el nombre Zúrich?
—Gnomos.
—¿Eh?
—Los gnomos de Zúrich. —La frase, creo yo, era obra de un
periodista británico de principios de la década del sesenta y se refería a los
banqueros suizos, tan amables y discretos con los mafiosos y los "reyes de
la droga".—Ah, sí, precisamente... Es tonto no pensar que cuando él y
Orlov se encontraron en Zúrich estaban en medio de una transacción. No era una
visita social. —Y agregó, pensativo: —El jefe de la CIA y el último jefe
conocido de la KGB...
—Circunstancial —dije.
—Tal vez. Espero que haya una explicación para todo esto. Creo
que puede haberla. Así que ya entiende, creo yo, la razón por la que quiero que
usted limpie el nombre de su suegro. La Agencia me pidió que localizara una
enorme suma de dinero, una fortuna que hará que los doce millones y medio que
supuestamente robó Hal sean una bicoca. Necesito su ayuda. Podemos matar dos
pájaros de un tiro: encontrar el dinero, por un lado, y establecer la inocencia
de Hal, por otro. ¿Puedo contar con usted?
—Sí —dije—. Sí.
—Es un asunto de máxima prioridad y máximo secreto, Ben, usted
lo entiende. Tendrá que pasar por la rutina de siempre: el detector de
mentiras, los interrogatorios y todo lo demás. Antes de irse esta noche, voy a
darle un detector de conexiones ilegales para el teléfono de su oficina,
compatible con mi teléfono en el trabajo. Pero tengo que ser sincero con usted:
hay gente que va a tratar de que usted no haga su trabajo.
—Entiendo —dije. La verdad era que no entendía, o no entendía
del todo y ciertamente no tuve la menor idea de lo que realmente le pasaba por
la mente. No hasta la mañana siguiente.
10
Me acuerdo de los hechos de la mañana siguiente con una claridad
fantasmagórica, extraña, deslumbrante.
Las oficinas de Truslow y Asociados Inc , ocupaban los cuatro
pisos de un viejo edificio angosto de ladrillos en la calle Beacon (apenas unas
cuadras, me di cuenta, de la casa de Truslow en Louisbourg Square) Había una
placa de bronce en la puerta adornada TRUSLOW Y ASOCIADOS INC, decía, sin
ninguna explicación Si tienes que preguntar, entonces no queremos que lo sepas.
La oficina era lujosa pero agradable. Había que tocar el timbre
para entrar en una pequeña antecámara, donde una recepcionista muy bien peinada
controlaba a los clientes, y luego con otro timbre, los dejaba pasar a una sala
de espera cómoda y tranquila, elegante, con muebles muy discretos y muy caros.
Esperé unos diez minutos, hundido en una silla negra de cuero, con Vanity Fair
entre las manos La selección de revistas era de ese tipo Vanity Fair o Art and
Antiques o Country Life. De todo menos revistas de negocios, por Dios. Nada de
títulos con la palabra Mercado.
Unos diez minutos después de la hora señalada, la secretaria de
Truslow salió del supuesto asunto importante que la estaba atrasando (café y
galletitas, supuse) y me escoltó por una serie de escaleras crujientes,
alfombradas, hasta la oficina de Truslow Era una asistente ejecutiva clásica,
treinta y cinco, linda, eficiente, bien vestida en su traje Chanel y un
cinturón y un collar de la misma marca. Se presentó como Donna y me preguntó si
quería algo de agua Evian, café o jugo de naranja natural. Le pedí una taza de
café.
Alexander Truslow se levantó de su escritorio cuando entré. La
luz de su oficina era tan brillante que deseé haberme traído los anteojos para
sol. Entraba a raudales por las altas ventanas y rebotaba contra las paredes
blancas.
Sentado en una silla de cuero junto al escritorio había un
hombre de hombros redondos, cabella negro y cuerpo robusto. Tendría unos
cincuenta años—Ben —dijo Truslow—, me gustaría presentarle a Charles Rossi.
Rossi se levantó y me dio un fuerte apretón de manos.
—Me alegro mucho de conocerlo, señor Ellison
—Lo mismo digo —dije aunque dudaba de que fuera verdad Los dos
nos sentamos y finalmente, yo agregué —Llámeme Ben.
Rossi asintió y sonrió.
La secretaria trajo una taza de café recién hecho en vajilla de
cerámica italiana Estaba muy bueno. Yo saqué un bloc de hojas amarillas de mi
maletín y empuñé mi lapicera Mont Blanc.
Cuando ella se fue, Truslow escribió algo en el teclado Amtel
que tenía enfrente, un aparato que le servía para comunicarse con ella sin
palabras, durante las reuniones y en medio de una llamada telefónica.
—Lo que estamos por discutir tiene que ser absolutamente
secreto.
Yo asentí, tomé un trago de café Una mezcla de tostado francés
con alguna otra cosa. Excelente.
—Charles, si nos permites —dijo Truslow. Rossi se puso de pie y
abandonó la oficina, cerrando la puerta tras él.
—Rossi es nuestra conexión con la CIA —explicó Truslow—. Viene
directamente de Langley para trabajar con usted.
—No estoy seguro de entender —dije.
—Rossi me llamó anoche. Dada la delicadeza, la complejidad del
asunto que tenemos que resolver, la Agencia está preocupada por la seguridad Es
comprensible Insistieron quieren implementar sus propios procedimientos de
admisión.
Asentí.
—A mí también me parece un poco excesivo —dijo Truslow— Usted ya
está examinado y limpio y todas esas estupideces. Pero para que lo esté
totalmente, Rossi quiere pasarlo por algunas pruebas preliminares. Nos piden en
el contrato que revisemos a todos los empleados externos.
—Ya veo —dije.
Se refería al polígrafo, al detector de mentiras, al cual debían
someterse todos los empleados de la Agencia vanas veces en sus carreras al
principio del ejercicio y periódicamente, y a veces también después de
operaciones vitales o casos extraordinarios.
—Ben —siguió diciendo Truslow—, verá, como centro de nuestra
investigación quisiera que usted localizara a Vladimir Orlov y que averiguara
todo lo que pudiera sobre lo que pasó en la reunión con su suegro. Tal vez
Orlov jugaba a dos puntas con Hal Sinclair y quiero saber si es así o
no—¿Quiere que localice a Orlov? —pregunté.
—Eso es lo único que pienso decirle hasta que esté limpio.
Cuando lo hayan aprobado, podremos hablar un poco más. —Apretó un botón en el
escritorio para que volviera Rossi.
Truslow dio la vuelta al escritorio y le palmeó la espalda al
hombre de la CIA.
—Lo dejo en manos de Charlie —me dijo y me dio la mano—.
Bienvenido, amigo.
Vi que se volvía una vez más hacia el Amtel y tocaba un botón
del teléfono. Cuando me iba, tuve una última imagen de él, una figura alta,
oscura, pensativa, intensamente enérgica, destacada en silueta contra la
brillante luz de la mañana.
Charles Rossi me llevó en un sedán azul oscuro del gobierno.
Cruzamos el río hacia un edificio ultramoderno en la sección de Kendall Square
de Cambridge, cerca del MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts) y de
Raytheon y Genzyme y las otras grandes corporaciones tecnológicas.
Cuando salimos del ascensor en el quinto piso, entramos en una
recepción muy funcional, toda de acero y vidrio, alfombras en gris industrial y
maderas claras. En la pared que quedaba frente a nosotros había una placa que
decía: LABORATORIOS DE DESARROLLO E INVESTIGACIÓN SOLO VISITAS AUTORIZADAS.
Me di cuenta inmediatamente de que se trataba de una operación
manejada por la CIA. Todo lo que me rodeaba —el nombre sin revelar, lo anónimo
de los procedimientos, la quietud amenazadora— hablaba de la Agencia a gritos.
Yo sabía que la CIA tenía laboratorios y edificios de prueba en los suburbios
de las afueras de Washington y en un edificio de la calle Water en Nueva York;
no sabía que tuviera algo así en Cambridge, en la tierra del MIT, pero era
lógico.
Rossi no dijo mucho. Me llevó a través de una serie de enormes
puertas de metal que se abrían insertando una tarjeta magnética en una ranura
vertical. Las puertas nos dejaron en una enorme habitación con fila tras fila
de terminales de computadora. Había gente trabajando en ellas.
—No demasiado impresionante, ¿eh? —hizo notar Rossi cuando nos
detuvimos en la puerta—. Muy aburrido...
—Debería ver el lugar donde trabajo yo —le contesté.
Rió con amabilidad.
—Hay una serie de proyectos en este lugar —explicó—. Artefactos
microscópicos, criptografía automática, visión artificial, cosas así. ¿Está
usted familiarizado...?
—No mucho —dije.
—Bueno, por ejemplo, la criptografía automática. Los fondos son
de la Administración de Proyectos en InvestigaciónAvanzada de Defensa, la
APIAD, parte del Departamento de Defensa.
Asentí mientras él me escoltaba hacia una terminal, una estación
SPARC-2, en la que parecía estar trabajando con toda la furia un joven de barba
muy larga.
—Esta terminal, por ejemplo, es de Sun Microsystems, y le está
"hablando" a una supercomputadora de la Corporación de Máquinas
Pensantes CM-3.
—Ya veo.
—Como sea, Keith está desarrollando algoritmos de codificación
en textos llanos. Es decir, códigos que son, por lo menos teóricamente,
imposibles de quebrar. En otras palabras, esos códigos nos permitirán traducir
o codificar información de máximo secreto en una forma que va a parecer un
inglés común, un documento con aspecto poco importante, no una tontería sin
sentido, sino prosa real. Luego, por medio de reconocimiento de voz lo pueden
decodificar nuestras computadoras. Es algo como un código tipo puerta trampa.
Yo no lo entendía, pero asentí. Rossi, al parecer, era muy
observador porque se disculpó.
—Estoy divagando. A ver, pongámoslo de otra forma. Un agente de
campo podrá codificar un documento secreto y pasarlo como un guión de un
programa de noticias común en la Voz de América. Para cualquiera que lo escuche
será una noticia más, pero la computadora correcta será capaz de entenderlo.
—Hermoso.
—Bueno, hay una serie de cosas en las que estamos trabajando
actualmente. Micro artefactos, por ejemplo, que se diseñan aquí... antes los
hacíamos en otra parte, en un laboratorio de nanofabricación, por ejemplo.
—¿Y para qué sirven?
Él sacudió la cabeza, de un lado a otro, como indeciso y
finalmente dijo:
—Estos son artefactos muy pequeños, de siliconas y xenón, apenas
unos angstroms de ancho. Pueden colocarse, digamos, en una computadora y son
imposibles de detectar. Están pensados para transmitir pero hay otros usos no
menos interesantes. Claro que no puedo decirlos... Así que si está...
Volvimos al corredor blanco y luego entramos en otra área de
seguridad donde Rossi insertó una tarjeta magnética distinta en la ranura
vertical. Se volvió y dijo simplemente:
—Seguridad.
Ahora estábamos en un corredor enteramente blanco, sin ventanas.
Había una placa insertada directamente frente a nosotros que decía SÓLO
PERSONAL AUTORIZADO.Rossi me llevó por ese corredor a través de otra serie de
puertas y luego a una cámara extraña, toda de cemento. En el centro de la
cámara había una pequeña habitación, de paredes de vidrio, que contenía una
gran máquina blanca de tal vez cuatro metros y medio por tres. Parecía una gran
rosquilla cuadrada. Fuera de las paredes había un gran banco de monitores de
computadora.
—Un generador de imágenes por resonancia magnética — dije—. Los
vi en los hospitales. Pero éste parece más grande.
—Muy bien. Los generadores de los hospitales tienen entre 0,5
tesla y 1,5 tesla. "Tesla" es una unidad de medida que da una
dimensión a la energía del magneto que tiene adentro. Una vez cada tanto, puede
haber alguno de dos teslas, muy especializado. Este tiene cuatro.
—Muy poderoso.
—Pero seguro, muy seguro. Y algo modificado. Yo dirigí las
modificaciones. —Los ojos de Rossi pasaron sobre el cemento de la habitación,
como perdidos en otra cosa.
—¿Seguro para qué?
—Está mirando el reemplazo del viejo polígrafo. Muy pronto,
habrá un generador así, en cada una de las oficinas de la Agencia para
investigar a los funcionarios de inteligencia, a los desertores, a los agentes
y demás, y tener una verdadera "huella dactilar" de la cabeza de cada
uno de ellos.
—¿Podría explicármelo, por favor?
—Estoy seguro de que conoce las muchas desventajas del viejo
sistema de polígrafos.
Claro que las conocía pero escuché cuando me las explicó.
—La técnica antigua confía en las bajas y subas de la tensión
arterial, en electrodos que miden respuestas galvánicas a nivel de la piel,
sudor, cambios en la temperatura de la piel y demás. Es muy primitivo y sólo...
sólo sesenta por ciento efectivo. Si es que llega a tanto.
—De acuerdo —dije, un poco impaciente.
Rossi siguió, tranquilo, sin apuro.
—Los soviéticos ni lo usaban. Se limitaban a dictar seminarios
sobre cómo hacer para engañarlo. Por Dios, ¿se acuerda de la vez en que
veintisiete agentes dobles de Cuba que trabajaban contra nosotros pasaron las
pruebas de la CIA a la perfección?
—Claro —dije. La anécdota era parte del folclore de la Agencia.
—La maldita cosa sólo registra respuestas emocionales, como
usted sabe. Y eso varía muchísimo según el temperamento. Y sin embargo, se
puede decir que el detector es parte fundacional de nuestras operaciones de
inteligencia, nos basamos en él. No solo en la CIA, también en la ADI (Agencia
de Defensa de Inteligencia) y la ASN (Agencia de Seguridad Nacional) y muchas
agencias de inteligencia más. La seguridad operacional de lo que hacen tiene
que ver con establecer la confiabilidad del producto, incluso entre los
reclutas y recién venidos.
—Y es fácil engañar a esas máquinas —agregué.
—Vergonzosamente fácil —aceptó Rossi—. No sólo los sociópatas y
los que no registran la variación normal de sentimientos humanos, la culpa y la
ansiedad, la conciencia y lo que sea. También los profesionales bien entrenados
pueden hacerlo con cierto número de drogas. O por ejemplo, causarse dolor
físico durante el interrogatorio, algo así de simple, puede arruinarlo todo.
Hasta pincharse con un alfiler.
—De acuerdo —le dije para apurarlo.
—Así que, con su permiso, me gustaría empezar para poder
enviarlo de vuelta con el señor Truslow.
11
—Bastará con media hora —me aseguró Rossi—. En media hora,
estará usted camino a la oficina de Truslow.
Estábamos en la cámara exterior del generador, inspeccionando
una reconstrucción tridimensional del cerebro humano desplegada en un monitor
color de computadora. En la pantalla, una imagen de un cerebro muy semejante a
la realidad giraba y luego se dividía, sección por sección, como un pomelo
rosado.
Una de las asistentes de Rossi, una ex estudiante del MIT
llamada Ann, pequeña, de cabello negro, estaba sentada frente al monitor
manejando las imágenes. La corteza cerebral, me explicó en una voz suave de
jovencita, estaba compuesta de seis capas.
—Descubrimos que hay una diferencia visible entre el aspecto de
la corteza en alguien que está diciendo la verdad y en la de alguien que miente
—dijo. Agregó confidencialmente: —Claro que todavía no tengo idea de si eso se
origina en las neuronas o en otras células, pero estamos trabajando al
respecto.
Produjo una imagen de computadora del cerebro de un mentiroso,
que tenía un aspecto vagamente distinto que la anterior.
—Si quiere sacarse la chaqueta —dijo Rossi—, creo que va a estar
más cómodo.
Yo le hice caso, me saqué la corbata también y puse todo en el
respaldo de una silla. Mientras tanto, Ann fue a la cámara interna y empezó a
hacer ajustes en la máquina.
—Por favor, no lleve nada metálico ahí dentro —siguió diciendo
Rossi—. Llaves, hebillas de cinturones, suspensores, monedas. El reloj tampoco.
Como se trata de un gran imán y sólo de eso, todo lo que sea de acero o hierro
va a salirle volando de los bolsillos. Y el imán puede hacer que se le pare el
reloj o algo peor. —Agregó de buen humor: —Y su billetera, por favor.
—¿Mi billetera?—Esa cosa puede desmagnetizar tarjetas de
crédito, tarjetas de cajeros automáticos, cosas así. Todo lo que tenga que ver
con el magnetismo. No tiene una placa de acero en la cabeza ni nada por el
estilo, ¿verdad?
—No. —Terminé de vaciar mis bolsillos y de poner los elementos
en la mesa.
—De acuerdo —dijo llevándome al interior de la cámara—. Tal vez
esto le parezca un poco amenazador si es claustrofóbico. ¿Lo es?
—No especialmente.
—Maravilloso. Hay un espejo para que pueda verse a sí mismo pero
mucha gente se asusta si se ve acostada en la máquina. Supongo que les sugiere
el aspecto que tendrán en el ataúd. —Volvió a reír.
Yo me acosté en la plataforma blanca y Ann me aseguró en ella.
Las correas alrededor de mi cabeza encajaban con exactitud y estaban
acolchonadas con esponjas. Todo me resultaba vagamente incómodo.
Lentamente, la asistente movió la plataforma hacia el centro de
la máquina. Adentro del agujero de la rosquilla había un espejo: veía mi cabeza
y mi torso.
Desde algún lugar de la habitación, oí la voz de Ann.
—Encendido del imán.
Luego, por un parlante dentro de la máquina, oí la voz de Rossi.
—¿Todo bien ahí?
—Sí —dije—. ¿Cuánto lleva esto?
—Seis horas —dijo la voz—. No, es una broma. Diez, quince
minutos.
—Muy gracioso.
—¿Listo?
—Empecemos de una vez —dije.
—Va a oír un ruido como de golpes —volvió a explicar Rossi—.
Pero mi voz será más fuerte, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —contesté, impaciente.
La correa no me dejaba mover la cabeza; esa sensación era
particularmente desagradable.
—Comencemos.
En ese momento, empezó a sonar un ruido como de martillo,
rítmico, rápido; menos de un segundo entre un golpe y otro.
—Ben, voy a hacerle una serie de preguntas —dijo la voz de
Rossi, metálica, clara—. Conteste sí o no.
—Esta no es mi primera experiencia con un detector —contesté un
poco enojado.
—Entiendo —respondió la voz metálica—. ¿Su nombre es Benjamín
Ellison?
—Sí.
—¿Se llama usted John Doe?
—No.
—¿Es usted médico?
—No.
—¿Alguna vez tuvo una amante?
—¿Qué significa esto?
—Por favor, por favor, Ben. Sí o no.
Dudé. Como Jimmy Cárter, he sentido lujuria bien adentro del
corazón.
—No.
—¿Estuvo usted empleado por la Agencia, la CIA?
—Sí.
—¿Vive en Boston?
—Sí.
Oí una voz femenina en la habitación, la voz de Ann, y luego una
voz de hombre que hablaba desde muy cerca. Después, la pregunta de Rossi por el
parlante.
—¿Fue usted agente de la inteligencia soviética?
Yo chasqueé la lengua. No podía creerlo.
—Sí o no, Ben. Entienda que estas preguntas están diseñadas para
controlar los parámetros de sus niveles de ansiedad. ¿Fue usted agente de la
inteligencia soviética?
—No —dije.
—¿Está casado con Martha Sinclair?
—Sí.
—¿Está usted bien por ahora, Ben?
—Perfectamente —dije—. Siga.
—¿Nació usted en la ciudad de Nueva York?
—No.
—¿Nació en Filadelfia?
—Sí.
—¿Tiene treinta y ocho años de edad?
—No.
—¿Treinta y nueve?
—Sí.
—¿Su nombre es Benjamín Ellison?
—Sí.
—Ahora, voy a pedirle que mienta en las próximas dos preguntas.
¿Su especialidad legal está relacionada con la propiedad de inmuebles?
—Sí —dije.
—¿Alguna vez se masturbó?
—No.
—Ahora la verdad. Cuando trabajó para la inteligencia de los
Estados Unidos, ¿trabajó también para el servicio de inteligencia de algún otro
país?
—No.
—Desde que acabó su servicio en la CIA, ¿estuvo en contacto con
cualquier funcionario de inteligencia asociado con lo que fue el bloque de
naciones socialistas?
—No.
Hubo una larga pausa, y luego llegó otra vez la voz de Rossi.
—Bueno, creo que con eso terminamos, Ben.
—Entonces, quiero salir de aquí.
—Ann lo sacará en un minuto. —El ruido se detuvo tan bruscamente
como había empezado y el silencio fue un alivio enorme. Sentía que me latían
los oídos. Oí voces de nuevo, voces distantes, los técnicos del laboratorio,
seguramente.
—Todo listo, señor Ellison —dijo la voz de Ann mientras hacía
correr la plataforma. Espero por Dios que esté bien.
—¿Disculpe? —dije.
—Dije que ya estamos listos. —Se estiró para soltar la correa de
la cabeza y luego desprendió el Velero que me aseguraba los tobillos y las
muñecas.
—Estoy bien —dije—. Excepto la audición. Supongo que la
recuperaré en un par de días...
Ann me miró con suma atención, el ceño fruncido, y luego dijo:
—Va a estar bien, no se preocupe. —Me ayudó a bajar de la
plataforma. —No estuvo tan mal, ¿no es cierto? —dijo mientras me daba la mano
para ponerme de pie. No funcionó, no funcionó.
—¿Qué es lo que no funcionó?
Ella me miró otra vez, intrigada. Dudó un momento y después
dijo:
—Todo está bien.
La seguí afuera hacia donde estaba Rossi, de pie, las manos en
los bolsillos del traje, relajado, esperando.
—Gracias, Ben —dijo—. Bueno, está usted limpio. No hay
sorpresas. Las imágenes de computadora, las fotos de la actividad eléctrica de
su cerebro, indican que fue usted sincero en todo menos cuando le pedí que
mintiera.
Luego se volvió para buscar en una pila de archivos. Yo me
acerqué a la silla para buscar mis cosas y lo oí murmurar algo sobre Truslow.
—¿Y Truslow? —dije.
Él se volvió, sonriendo, contento.
—¿Qué quiere decir con eso?
—¿Estaba usted hablándome? —pregunté.
Me miró unos segundos, los ojos muy abiertos. Sacudió la cabeza.
Los ojos seguían mirándome, fríos, atentos.—Olvídelo —dije, pero yo lo había
oído. Estábamos a no más de dos metros, no me estaba engañando. Algo sobre
Truslow. Tal vez no se había dado cuenta de que hablaba en voz alta.
Me dediqué a recoger mis cosas de la mesa: las monedas, el
cinturón y todo eso. Rossi dijo otra vez, tan claro como la primera vez:
¿Es posible?
Lo miré y no dije nada.
¿Funcionó?, llegó la voz de Rossi otra vez, algo indistinta,
algo distante pero...
...esta vez estaba bien seguro...
...su boca no se había movido...
No había dicho ni una palabra. La idea fue abriéndose camino en
mí, lenta, segura, y sentí que se me congelaba el estómago.
PARTE II
EL TALENTO
El Pentágono ha gastado millones de dólares, según estos nuevos
informes, en proyectos secretos de investigación de los fenómenos
extrasensoriales que tratan de establecer si es posible aumentar el poder de la
mente humana para realizar diversos actos de espionaje...
The New York Times, 10 de enero de 1984.
FINANCIAL TIMES
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Europa teme un régimen nazi
en la destrozada Alemania
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POR ELIZABETH WILSON
EN BONN
En la carrera de tres hombres hacia el poder en Alemania, el
señor Jurgen Krauss, líder del renacido Partido Nacional Socialista Alemán
parece estar superando tanto al candidato moderado, el líder del Partido
Demócrata Cristiano, Wilhelm Vogel, como al respaldado...
En la estela de la caída del mercado de valores alemán y la
depresión siguiente hay miedos cada vez más extendidos en toda Europa de que
vuelva a resurgir una nueva forma de nazismo...
12
Nos miramos uno al otro por un momento.
En los largos meses que han pasado desde ese instante, nunca
pude explicar este aspecto a nadie, no satisfactoriamente. Ni siquiera a mí
mismo.
Oí la voz de Charles Rossi casi con tanta claridad, con tanta
exactitud, como si me hubiera hablado.
Aunque no era exactamente como si me hubiera hablado en voz
alta. El timbre era diferente, en la misma forma en que una comunicación
telefónica suena diferente de una voz en directo. Un poco menos clara, un poco
distante, un poco borrosa, como una voz que se escucha a través de la pared de
un motel barato.
Había una diferencia inconfundible entre la voz hablada de Rossi
y su... ¿cómo llamarla?... su voz "mental", su voz pensada. La voz
hablada era más rígida; la mental, más suave, más dulce, más redonda.
Podía oír los pensamientos de Rossi.
Mi cabeza empezó a latir, un dolor horrendo, terrible, en la
sien derecha. Todo lo que había en la habitación —Rossi, su asistente que me
miraba con la boca abierta, las máquinas, las chaquetas de goma del laboratorio
colgadas de ganchos junto a la puerta— estaba rodeado de un aura multicolor. Me
empezó a picar la piel, una sensación desagradable que cambiaba de caliente a
frío, y sentí que me subía una ola de náuseas desde el estómago.
Hay volúmenes y volúmenes escritos sobre el tema de la
percepción extrasensorial y los fenómenos psíquicos, y la vasta mayoría de esos
trabajos es directamente una estupidez —lo sé, los he leído prácticamente
todos—, y sin embargo, no hay ni un teórico que haya especulado lo que yo sentí
en ese instante.
Yo oía sus pensamientos.
No todos sus pensamientos, claro, o me hubiera vuelto loco hace
ya mucho. Sólo algunos, cosas que entraban en su mente con la suficiente
urgencia, con la suficiente intensidad.
O por lo menos, eso fue lo que entendí mucho después.
Pero en ese momento, en ese momento de revelación súbita, no
comprendí todo como lo entiendo ahora. Lo único que supe, y de eso estaba
seguro, era que había oído algo que Rossi no había dicho en voz alta. Eso me
llenó de un miedo sin límites.
Estaba al borde de un precipicio y tenía que luchar para no
perder la razón completamente.
Me convencí de que algo se había roto en mí con un chasquido, de
que se había quebrado un hilo de mi cordura, de que las fuerzas magnéticas de
la máquina generadora de imágenes me habían hecho algo terrible, de que habían
precipitado en mí una crisis nerviosa, de que estaba perdiendo mi contacto con
la realidad.
Así que respondí de la única forma en que podía: la negación
total. Ojalá pudiera decir que fui inteligente, o astuto, decir que ahí mismo,
en ese primer momento, comprendí que debía mantener en secreto absoluto mi
nueva percepción, pero no sería cierto. Mi instinto era el de preservar, por lo
menos, una apariencia de cordura, el de no dejar que Rossi supiera que estaba
oyendo "cosas".
Él fue el que habló primero, la voz muy tranquila.
—No dije nada de Truslow.
Me estaba interrogando, curioso, me miraba a los ojos desde una
distancia incómoda, demasiado estrecha.
—Me pareció, Charlie —dije lentamente—. Me equivoqué.
Me volví hacia la mesa, reuní mi billetera, mis llaves, mis
monedas, mis lapiceras, y empecé a ponérmelas en el bolsillo. Mientras lo
hacía, retrocedí casualmente, alejándome de él. El dolor de cabeza se
intensificó, el sudor frío también. Tenía una jaqueca en pleno.
—No dije nada de nada —repitió Rossi, la voz monótona.
Yo sonreí, asentí, sin decir nada. Quería sentarme en alguna
parte, atarme un trapo en la cabeza y apretarlo con fuerza hasta que
desapareciera el dolor.
Él me miró otra vez, los ojos penetrantes, profundos y...
... y oí un murmullo: ¿Lo tiene?
—Bueno, si esto es todo por hoy... —dije con jovialidad forzada.
Rossi me miraba, lleno de sospechas. Parpadeó una vez, dos, y
dijo:
—Bueno, todavía no. Tenemos que sentarnos y hablar por unos
minutos.
—Mire. Tengo un dolor de cabeza terrible. Una migraña, estoy
seguro.
Estaba por lo menos a tres o cuatro metros, poniéndome la
chaqueta. Rossi seguía mirándome como si yo fuera una boa constrictor
enrollándome y desenrollándome en el medio de sudormitorio. En el silencio,
traté de oír otro de esos murmullos, esas voces leves.
Nada.
¿Me lo habría imaginado? ¿Eran alucinaciones, como el aura
brillante que rodeaba todos los objetos de la habitación? ¿Volvería en mí
ahora, después de ese desvío momentáneo de la razón?
—¿Suele tener migrañas? —me preguntó Rossi.
—Jamás. Seguramente fue la prueba.
—Eso es imposible. Nunca pasó antes, ni aquí ni en los
generadores de imágenes de los hospitales.
—Bueno —dije—, sea como sea, tengo que volver a la oficina.
—No terminamos todavía —me explicó, volviéndose hacia mí.
—Temo que...
—No será mucho tiempo... Ya vuelvo.
Salió en dirección a la otra habitación, la de las computadoras.
Yo lo miré acercarse a uno de los técnicos y decir algo, rápido, furtivo. El
técnico le dio una cantidad de papeles con cuadros.
Después, volvió con las imágenes de computadora del detector de
mentiras. Se sentó en una larga mesa negra de laboratorio y me hizo un gesto
para que me sentara enfrente. Yo me detuve un momento, lo pensé, y después
obedecí.
El extendió las imágenes sobre la mesa. Las miró, la cabeza
gacha, como si las consultara. Estábamos a menos de un metro.
Oí su voz, sorda pero sorprendentemente clara: Creo que usted
tiene la habilidad.
Dijo en voz alta:
—Como habrá notado, éste es su cerebro al comienzo de la prueba.
Señaló la primera imagen, y me la acercó para que la
inspeccionara.
—Sin cambios durante casi toda la prueba porque usted decía la
verdad.
Oí: Confíe en mí. Tiene que confiar en mí.
Luego me indicó otro grupo de imágenes y hasta yo me di cuenta
con facilidad de que tenían una coloración diferente, amarilla y magenta, junto
a la corteza en lugar de los rojos ocres y marrones claros más normales. Tocó
con un dedo las áreas que manifestaban el cambio.
—Aquí, está usted mintiendo. —Sonrió con rapidez y agregó con
amabilidad innecesaria: —Como yo le pedí que hiciera.
—Ya veo.
—Su dolor de cabeza me preocupa mucho.—Se me va a pasar pronto,
no se preocupe.
—Me asusta que sea a causa de la máquina.
—El ruido —dije—. Seguramente el ruido. Pero ya se me va a
pasar.
Rossi, la cabeza inclinada, asintió de nuevo.
Oí: Sería tanto más fácil si confiáramos uno en el otro. La voz
parecía desvanecerse por momentos. Después volvió: decirme...
No había contestado a mi sugerencia así que dije:
—Si no hay nada más...
Detrás de usted, llegó la voz, urgente y fuerte. Se acerca. El
arma está cargada. Usted es una amenaza. La está apuntando a la cabeza. Dios.
No estaba hablando. Pensaba.
Yo no dejé que se diera cuenta de que había oído. Seguí
mirándolo, como si no entendiera lo que pasaba, con la mayor indiferencia
posible.
Ahora, ahora. Espero que no oiga los pasos que se acercan.
Me estaba probando. Sí, me estaba probando y yo no debía
responder, no debía demostrar miedo, eso es lo que quiere, quiere ver una
señal, aunque sea pequeña, un brillito en los ojos, quiere que me dé vuelta
bruscamente, que le demuestre que estoy oyéndolo.
—Entonces... tengo que irme a la oficina —dije con calma.
Lo oí: ¿Lo tiene?
—Bueno —dijo—. Ya hablaremos otra vez.
Oí: O está mintiendo o...
Lo miré a la cara, vi que su boca no se había movido. Sentí una
vez más ese miedo desatado, ese cosquilleo en la piel, y el corazón empezó a
latirme con fuerza.
Rossi levantó la vista hacia mí y me pareció que sus ojos
estaban llenos de resignación. Por el momento lo había engañado, sí. Pero había
algo en Charles Rossi que me hacía pensar que esa situación no duraría mucho.
13
Yo estaba sentado, exhausto, en el asiento trasero de un taxi
que me llevaba por las calles anchas, repletas de gente, que rodean el Centro
Gubernamental, hacia la oficina. Me latía la cabeza y el dolor era todavía peor
que antes. Me sentía siempre al borde de la náusea.
Decir que estaba en las primeras etapas de una especie de pánico
profundo es decir muy poco. Mi mundo estaba dado vuelta. Nada tenía sentido.
Tenía muchísimo miedo de estar a punto de perder todo contacto con la cordura,
con la razón humana.
Oía voces, voces no pronunciadas. Oía los pensamientos de otros
casi con tanta claridad como si los hubieran expresado en voz alta.
Estaba convencido de que estaba perdiendo la cabeza.
Ahora que lo cuento, me resulta imposible separar lo que sabía
entonces de lo que terminé por entender mucho más adelante. ¿Realmente había
"oído" lo que creía? ¿Cómo era posible? Y, sobre todo, ¿qué querían
decir exactamente Rossi y su asistente con esa pregunta interior
"¿Funcionó?"? Me parecía que sólo había una explicación posible:
ellos lo sabían. Por alguna razón, Rossi y su asistente no estaban
sorprendidos. El generador de imágenes por resonancia magnética me había hecho
algo que ellos esperaban. Porque yo no tenía dudas de que la que había alterado
los cables en mi sistema nervioso era la máquina.
¿Pero lo sabía Truslow?
Y un segundo después de estos pensamientos, de haber razonado
todo eso con lucidez, me encontré preguntándome, con el regusto del pánico en
la boca, si no había entrado en el camino de la locura.
Mientras el taxi esquivaba el tránsito, sentí más y más
sospechas. El asunto del "detector de mentiras", ¿no sería un
pretexto, una forma de obligarme a pasar por la máquina?
Es decir, ¿lo habían hecho a sabiendas para que me pasara
exactamente lo que me había pasado?Y otra vez, ¿Truslow estaba al tanto de la
operación?
¿Habría engañado a Rossi realmente? ¿Sabría él que yo tenía esa
nueva habilidad terrible y extraña?
Yo suponía, con miedo, que Rossi lo sabía. Normalmente, cuando
alguien dice algo que tiene que ver con lo que estamos pensando —todos hemos
vivido momentos como ese— nuestra respuesta es la sorpresa, o la excitación, o
hasta la alegría. Hasta cierto punto es agradable descubrir que tenemos
conexiones de ese tipo y a ese nivel con otro ser humano.
Pero Rossi no me había parecido sorprendido. Parecía... no
sabría cómo decirlo... alerta, alarmado, lleno de interés y de sospechas. Como
si hubiera estado esperando que me pasara. Sorprendido no.
Me pregunté, mientras revisaba mentalmente la escena con Rossi,
si realmente lo habría convencido de que no había nada extraño en mi respuesta,
de que solamente había habido una apariencia de conexión, de que era una
coincidencia.
Cuando el taxi llegó al distrito financiero de la ciudad, me
incliné hacia adelante para darle indicaciones al conductor. Era un negro
maduro con una barba rala. Estaba sentado muy en lo suyo mientras manejaba,
como envuelto en una ensoñación. Nos separaba una placa de acrílico
transparente. Hablé por el micrófono y me di cuenta de algo sorprendente: no
estaba "oyendo" al conductor. Me sentí totalmente confundido. ¿Se me
habría terminado el "talento"?, y ¿la desaparición era permanente o
temporaria? ¿Era el acrílico, la distancia, o alguna otra cosa, que me impedía
sentir lo que pensaba? ¿O era que lo había imaginado todo?
—A la derecha en la próxima —le dije—, y ahí estamos. Un
edificio gris sobre la izquierda.
Nada. El sonido de la radio, una estación sin música donde
charlaban todo el tiempo a bajo volumen y un ocasional estallido de estática en
la radio de comunicación, pero nada... nada más.
¿El efecto del generador de imágenes en el cerebro, si es que
existía, sería algo de corta duración?
Totalmente confundido, le pagué y entré en el hall del edificio.
Lo encontré lleno de gente que volvía del almuerzo, lleno de charla constante.
Empujé para entrar en el ascensor junto con la multitud de empleados, apreté el
botón de mi piso y... sí, pienso admitirlo... traté de "escuchar" o
"leer" o como quiera usted llamarlo, pero las conversaciones en voz
alta me lo impedían.
Me latía horriblemente la cabeza. Me sentía claustrofóbico,
tenía náuseas. La transpiración me corría por la nuca.
Cuando se cerraron las puertas del ascensor, la multitud sequedó
en silencio, como suele suceder en los ascensores, y entonces volvió a pasarme.
Oí, como en un caleidoscopio, pedazos de palabras y de frases, o
mejor dicho, rastros, hilachas de palabras y de frases, el sonido de una cinta
de audio de las antiguas cuando uno la pasa al revés (eso, en los días en que
la tecnología nos permitía esos trucos, los días anteriores al sonido
digitalizado). La mujer que estaba junto a mí, pelirroja y regordeta, de unos
cuarenta años —bien apretada contra mi hombro por los demás—, tenía un aspecto
sereno. La expresión de su cara era agradable, placentera, una sonrisa leve.
Pero yo oí una voz —tenía que venir de ella— que llegaba en ondas, distante y
luego clara, desvaneciéndose y volviendo a aparecer, como en una mala conexión
de teléfono. No lo aguanto, no lo aguanto, decía la voz. Hacerme eso, me lo
hizo, no tiene derecho a hacerlo, no puede... El contraste entre el aspecto
tranquilo y los pensamientos casi histéricos de la mujer me puso muy nervioso.
Volví la cabeza hacia el hombre de mi izquierda, que parecía un abogado en un
traje a rayas de abogado y anteojos de carey, cincuenta años, una expresión de
aburrimiento vago. Y entonces vino, un grito distante en voz masculina: minutos
tarde empiezan sin mí sin mí los hijos de pu...
Estaba "sintonizando" sin saber lo que hacía, como
cuando uno trata de escuchar una voz familiar en una multitud, seleccionando un
cierto timbre, un cierto sonido. En el silencio del ascensor, era muy fácil.
Sonó el timbre y se abrieron las puertas en el área de recepción
de Putnam & Stearns. Pasé rozando a varios de mis colegas, sin casi
saludarlos, y fui directo hacia mi oficina.
Darlene levantó la vista cuando me le acerqué. Como siempre,
estaba vestida de negro, pero ese día había una especie de cosa de cuello alto
fruncida en la parte superior de su cuerpo, algo que ella debía de considerar
femenino, supongo. A mí me parecía un regalo del Ejército de Salvación.
Cuando me le acercaba, oí: algo serio le pasa, algo anda mal con
Ben.
Empezó a decir algo pero le hice un gesto para que se callara.
Entré en mi oficina, saludé en silencio a las grandes muñecas que seguían con
su vigilia silenciosa junto a la pared, y me senté al escritorio.
—No quiero llamadas —dije, cerré la puerta de mi oficina y me
hundí en la silla, seguro y solo al fin. Durante largo rato me quedé allí, en
silencio absoluto, mirando con los ojos muy abiertos la distancia infinita,
apretándome las sienes doloridas, hamacando la cabeza entre las manos, y
escuchando los latidos acelerados de mi corazón.Un rato después emergí de las
tinieblas para pedirle mis mensajes a Darlene. Ella levantó la vista hacia mí,
curiosa, como si estuviera preguntándose si yo estaba bien. Me tendió una pila
de papelitos rosados.
—Llamó el señor Truslow.
—Gracias.
—¿Se siente mejor?
—¿Qué quiere decir con eso?
—Le duele la cabeza, ¿no?
—Sí. Una migraña terrible. Un dolor tan fuerte que me parece que
se ve por fuera.
—Siempre tengo algo de aspirina aquí —dijo ella, abriendo un
cajón del escritorio que mostraba una pila de medicamentos—. Tómese un par. Yo
siempre tengo jaquecas, dos por mes por lo menos. Y son lo peor.
—Lo peor —coincidí enseguida, aceptando algunas pastillas.
—Ah, y el señor Alien Hyde de Textronics quiere hablarle apenas
pueda. —El señor Hyde era el inventor de las Muñecas Big Baby, a punto de hacer
una oferta para negociar el asunto.
—Gracias —dije y miré los mensajes. Darlene se había puesto a
trabajar en su IBM Selectric (sí, aunque no lo crean, usamos máquinas de
escribir en Putnam & Stearns; algunos asuntos legales requieren de una
máquina de escribir, no de impresoras láser) con su ritmo frenético de siempre.
No pude impedir acercármele, inclinarme hacia ella y tratar...
Y llegó, con la misma claridad maldita. Parece estar perdiendo
la razón. La voz de Darlene y después, silencio.
—Estoy bien —dije, despacio.
Darlene giró en redondo, los ojos muy abiertos.
—¿Eh?
—No se preocupe por mí. Tuve una entrevista dura esta mañana.
Ella me miró un rato, una mirada frenética. Después, se dominó.
—¿Quién está preocupado? —dijo, volviéndose hacia la máquina de
escribir. Yo oí, en el mismo tono de conversación: ¿Dije algo en voz alta?
—¿Quiere que lo comunique con Truslow?
—Todavía no —respondí—. Tengo cuarenta y cinco minutos hasta que
llegue Kornstein, y después directo a Levin, y necesito algo de aire fresco o
va a estallarme la cabeza.
Lo que realmente quería era sentarme en una habitación oscura
con las mantas sobre la cabeza, pero me parecía que una caminata, aunque fuera
dolorosa, haría mucho para aliviar mi dolor de cabeza.
Mientras volvía hacia la oficina a buscar el sobretodo, sonó el
teléfono de Darlene.
—Oficina del señor Ellison —dijo ella. Después, agregó: —Un
momento, por favor, señor Truslow. —Apretó el botón de pausa. —¿Está usted
aquí?
—La tomo.
—Ben —dijo Truslow cuando levanté el teléfono de mi oficina—.
Pensé que volvería para charlar un rato.
—Lo lamento —dije—. La prueba duró más de lo que yo creía. Tengo
un día muy difícil aquí. Si no le importa, hagamos otra cita.
Una larga pausa.
—De acuerdo —dijo finalmente—. ¿Qué le pareció ese tipo, Rossi?
Para mi gusto es un poco extraño, y tiene aspecto de rufián, pero tal vez me
preocupo demasiado.
—No tuve mucho tiempo de conocerlo.
—Como sea, Ben, me dijeron que pasó el detector perfectamente.
—Supongo que no está sorprendido.
—Claro que no. Pero tenemos que hablar. Tengo que informarlo con
más precisión. Hay un pequeño problema.
Había una sonrisa en su voz, y yo supe de qué se trataba antes
de que lo dijera.
—El Presidente me pidió que fuera a verlo a Camp David —dijo.
—Felicitaciones.
—Las felicitaciones son prematuras. Quiere charlar algunas cosas
conmigo, dice el jefe del estado mayor.
—Suena a buena noticia. Se diría que ya lo tiene.
—Bueno... —dijo Truslow. Pareció dudar un momento, pero después
agregó: —Estaremos en contacto. —Luego colgó el teléfono.
Caminé por la calle Milk hasta la calle Washington, el Downtown
Crossing, un gran conglomerado comercial. Allí, en la calle Summer, ese pasaje
entre las dos grandes tiendas del centro de la ciudad, Filene's y Jordan Marsh,
caminé sin rumbo entre vendedores ambulantes con bolsas de pochoclo y tortitas,
pañuelos de Beduino, camisetas de turismo de Boston, y suéteres de Sudamérica
en lana gruesa. El dolor de cabeza parecía haber aflojado un poco. La calle,
como siempre, estaba llena de compradores, músicos callejeros, empleados de
ofici-na. Sin embargo, el aire estaba lleno de sonidos, un laberinto de gritos
y murmullos, suspiros y exclamaciones, susurros y aullidos. Pensamientos.
En la calle Devonshire, entré en un negocio de electrónica,
examiné sin demasiada atención una vidriera de televisores color de veinte
pulgadas, sin prestarle atención al vendedor. Muchos de los televisores estaban
encendidos en telenovelas, uno en la CNN, con noticias, otro en otro canal, con
algo que parecía una reposición de un espectáculo en blanco y negro de la
década del cincuenta que tal vez fuera El Show de Donna Reed. En la CNN la
mujer de las noticias, rubia como siempre, decía algo sobre un senador de los
Estados Unidos que acababa de morir. Reconocí la cara en la pantalla: Mark
Sutton de Colorado, que había aparecido muerto de un tiro en su casa de
Washington. La policía de Washington creía que la muerte no tenía motivaciones
políticas y que era sólo resultado de un intento de robo.
El vendedor se acercó de nuevo, diciendo:
—Todos los Mitsubishis están en oferta esta semana.
Yo sonreí, le agradecí, y salí a la calle. Me latía la cabeza.
Descubrí que me había quedado de pie cerca de un pase peatonal y un semáforo,
escuchando. Una joven atractiva con el cabello rubio muy corto, ropa de
gimnasia rosada y zapatillas, esperaba que cambiara la luz del semáforo para
cruzar la calle Tremont. Estábamos muy cerca. En circunstancias normales, todos
mantenemos una cierta distancia social entre nosotros y los desconocidos que
encontramos en la calle. Ella estaba a unos dos metros, inmersa en sus
pensamientos. Yo incliné la cabeza hacia ella en un intento por captar algo,
pero ella me miró con furia como si yo fuera un pervertido, y se movió hasta
quedar a cierta distancia.
La gente pasaba empujándose, todos iban demasiado rápido para
mis esfuerzos débiles de novicio. Trataba de captar lo que podía pero no
conseguía nada.
¿Habría desaparecido el talento? ¿O era que me había imaginado
todo?
Nada.
¿Se habrían desvanecido mis poderes?
Cuando volví a la calle Washington, vi un quiosco de diarios
donde mucha gente compraba The Globe y The Wall Street Journal y The New York
Times, y cuando cambió el semáforo, crucé hasta allí. Un joven miraba la
primera página del Boston Herald: UNA MULTITUD GOLPEA A UN MAFIOSO, decía, y
mostraba la foto de una figura menor de la Mafia en Providence. Me le acerqué
como si estuviera contemplando la pila de Herald. Nada. Una mujer, de unos
treinta años con aspecto de abogada, miraba la pila de diarios, buscando algo.
Me le acerqué todo lo que pude sin alarmarla. Nada tampoco.
¿Ya no lo tenía?
¿O era que ninguna de esas personas estaba lo suficientemente
alterada, enojada, asustada como para emitir ondas cerebrales en una frecuencia
detectable, si así era como trabajaba esta habilidad?
Finalmente, vi a un hombre de unos cuarenta años, en la ropa
inconfundible de un inversor financiero, de pie junto a pilas de una revista de
modas femeninas, Women's Wear Daily, mirando sin ver las filas de cubiertas
refulgentes. Algo en sus ojos me dijo que estaba muy alterado por algo.
Me le acerqué, fingiendo mirar la cubierta del último número de
The Atlantic, y probé.
...SÍ la echo va a salir toda esa mierda de la relación amorosa
Dios sabe cómo va a reaccionar es una bala perdida por Dios qué porquería llama
a Gloria y le dice ay, qué voy a hacer no tengo elección tan estúpido cogerse a
la secretaria...
Eché una mirada al inversor y la cara amargada no se había
movido.
Para ese entonces, yo ya había formulado un número de teorías o
tal vez habría que llamarlos "conceptos" sobre lo que había pasado y
lo que debía hacer en adelante.
Uno: El poderoso generador de imágenes por resonancia magnética
me había afectado el cerebro de una forma especial por la cual ahora podía
"oír" los pensamientos de los demás. No de todos; tal vez no de la
mayoría, pero por lo menos de algunos.
Dos: Podía "oír" no todos los pensamientos sino sólo
los que estaban "expresados" con cierto grado de énfasis. En otras
palabras, sólo "oía" cosas que se pensaban con gran vehemencia,
miedo, furia, etcétera. Además, "oía" sólo cuando estaba físicamente
cerca de la persona que las pensaba, a un metro a lo sumo.
Tres: Charles Rossi y su asistente de laboratorio no se habían
sorprendido por lo ocurrido. Me atrevía a arriesgar más: lo esperaban. Eso
significaba que habían estado usando el aparato para ese propósito, antes de
que yo apareciera en escena.
Cuatro: La incertidumbre que sentían indicaba que antes no
habían tenido éxito o por lo menos que los buenos resultados habían sido escasos.
Cinco: Rossi no estaba seguro de que su experimento hubiera
tenido éxito en mí. Por lo tanto, yo estaba a salvo mientras no dejara que se
supiera lo que me había pasado.
Seis: Que me atraparan era sólo cuestión de tiempo. Y yo no
conocía sus propósitos ulteriores para mí.
Siete: Seguramente, mi vida cambiaría por completo. Estaba en
peligro.
Miré el reloj y me di cuenta de que había caminado demasiado
tiempo. Volví hacia la oficina.
Diez minutos después estaba otra vez en Putnam & Stearns,
con unos pocos minutos de descanso antes de la cita. Por alguna razón,
recordaba una y otra vez la cara del senador que había visto en el noticiero de
la CNN. Senador Mark Sutton (Distrito de Columbia), asesinado a balazos. Ahora
me acordaba: el Senador era presidente del Subcomité Seleccionado del Senado
sobre Inteligencia. Y... acaso fue hace quince años... Había sido subdirector
de la CIA, antes de que lo llamaran a cubrir una vacante en el Senado, y luego
lo eligieron por sus propios méritos dos años después.
Y...
Y era uno de los más viejos amigos de Hal Sinclair. Su compañero
de habitación en la Universidad de Princeton. Habían entrado en la CIA juntos.
Eran ya tres los muertos de la CIA: Hal Sinclair y dos de sus
más íntimos confidentes.
Las coincidencias, creo yo, se dan en todas partes menos en
inteligencia.
Llamé a Darlene y le pedí que hiciera pasar a mi cliente de las
cuatro en punto.
14
Mel Kornstein entró en la habitación. Se había puesto un traje
de Armani que parecía comprado al por mayor. No hacía casi ningún esfuerzo por
ocultar su alegría. Su corbata plateada estaba manchada con una media luna
amarilla de algo que tal vez era huevo.
—¿Dónde está ese imbécil? —preguntó, dándome una mano húmeda y
mirando mi oficina.
—Frank O'Leary llegará en unos quince minutos. Lo cité antes
porque quería que tuviéramos tiempo de revisar algunas cosas entre los dos.
Frank O'Leary era el "inventor" de SpaceTime, el juego
de computadora que era copia exacta del sorprendente SpaceTron de Mel
Kornstein. Él y su abogado, Bruce Kantor, habían aceptado una reunión para
iniciar el análisis de algún tipo de acuerdo. Normalmente, eso quería decir que
se daban cuenta de que les convenía llegar a un acuerdo, que sabían que
perderían si iban a juicio. Un juicio, dicen los abogados, es una máquina en la
que uno entra siendo chancho y sale convertido en jamón ahumado. Pero yo sabía
que siendo como eran, también era posible que vinieran sólo como muestra de
cortesía. O para mostrar su confianza de gladiadores y tratar de sacudirnos un
poco.
No me sentía en mi mejor momento. En realidad —aunque ya casi no
me dolía la cabeza— me costaba mucho pensar y Mel Kornstein se dio cuenta de
eso.
—¿Está usted conmigo, abogado? —preguntó, como quejándose, en un
momento en que se dio cuenta de que yo había perdido el hilo de su
argumentación.
—Sí, estoy con usted —dije, tratando de concentrarme. Había
descubierto que si no quería leer los pensamientos de una persona, no lo hacía.
Ahí, sentado con Kornstein, me había dado cuenta de que no me sentía
bombardeado por pensamientos que cubrieran el sonido de la conversación, lo
cual hubiera sido intolerable. Lo podía escuchar con tranquilidad, normalmente,
y si quería "leerlo", podía enfocar la mente, decidir que lo
haría.Obviamente, no es fácil de describir, pero es lo mismo que le pasa a una
madre que distingue la voz de su hijo que juega en la playa entre las de
docenas de chicos que juegan con él. Es un poco como escuchar la multitud de
voces de una fiesta, algunas más audibles que otras. O tal vez es más exacto
decir que es lo que nos pasa cuando hablamos en un teléfono inalámbrico y oímos
el fantasma de las conversaciones de otros. Si uno hace el esfuerzo, oye la
conversación ajena con toda claridad, pero si quiere, puede concentrarse en la
suya.
Así que me descubrí escuchando la voz de Kornstein, que se
alzaba cuando estaba furioso, y caía cuando se desesperaba. Por suerte, retomé
un poco el hilo para cuando llegaron O'Leary y Kantor. O'Leary era alto,
pelirrojo, de treinta años, con anteojos; Kantor era chiquito, compacto, de
cerca de cincuenta, y medio pelado. Se acomodaron en mi oficina hundiéndose en
las sillas, como si fuéramos todos viejos amigos.
—Ben —dijo Kantor, como saludo.
—Me alegro de verlo, Bruce. —El viejo discurso de amigotes entre
abogados.
En ese tipo de reunión, sólo los letrados hablan. Los clientes,
si es que aparecen, están únicamente para servir de referencia. Se supone que
deben guardar silencio. Pero Mel Kornstein estaba sentado allí, furioso, y se
negaba a darle la mano a nadie y no podía dominarse.
—Dentro de seis meses va a estar lavando platos en McDonald's,
O'Leary —no pudo dejar de decir—. Espero que le guste el olor a fritanga.
O'Leary sonrió con calma y miró a Kantor con ojos que decían:
¿Piensa manejar a este lunático o no? Kantor me miró a mí y yo dije:
—Por favor, Mel, deje que Bruce y yo nos encarguemos de esto.
Mel cruzó los brazos y se hundió en la silla, rabioso.
El punto real de la reunión era determinar algo muy simple:
¿había visto Frank O'Leary un prototipo del SpaceTron mientras
"desarrollaba" el juego SpaceTime? La similaridad de los juegos no
estaba en duda. Pero si podíamos probar sin lugar a dudas que O'Leary había
visto un SpaceTron en algún momento antes de que su inventor lo sacara al
mercado, ganábamos. Era simple.
O'Leary sostenía que la primera vez que había visto un SpaceTron
estaba en un negocio de venta de software. Kornstein estaba convencido de que
O'Leary había conseguido un prototipo primitivo del juego, de manos de uno de
los ingenieros electrónicos de su planta, alguien que se lo había vendido,
aunque no podía probarlo. Y ahí estaba yo, tratando de luchar con Bruce Kantor,
ese pendenciero.
Después de media hora, Kantor seguía con las quejas sobre
prácticas injustas y restricciones a la ley del mercado libre. A mí me estaba
costando mucho concentrarme en esa línea de argumentación. Desde la mañana,
estaba medio perdido. Por otra parte, sabía que Kantor estaba tratando de
perder el tiempo. Ni él ni su cliente iban a ceder ni un ápice.
Pregunté, por tercera vez:
—¿Puede decir con toda certeza que ni su cliente ni sus
empleados tuvieron acceso a ninguno de los trabajos de desarrollo que se
realizaban en la firma del señor Kornstein?
Frank O'Leary siguió sentado, impasible, con los brazos
cruzados, la mirada aburrida, y dejó que su abogado hiciera el trabajo pesado.
Kantor se inclinó hacia adelante, sonrió con su sonrisita engañosa y dijo:
—Creo que con eso está usted tocando el fondo de la olla, Ben.
Si no tiene nada más...
Y entonces oí, en ese tono suave que había empezado a reconocer,
la voz de Frank O'Leary. Casi no podía distinguirla, pero llevé la cabeza hacia
adelante y fingí consultar mi libreta. Lo que realmente hice fue concentrarme
para oír eso y separarlo de la charla de Kantor.
Ira Hovanian, decía O'Leary.
Por Dios, si Hovanian dice algo...
—Ah, Bruce —dije—, tal vez su cliente quiera decirnos algo de un
tal Ira Hovanian...
Kantor frunció el ceño, pareció enojarse y dijo:
—No sé de qué está...
Pero O'Leary lo tomó inmediatamente del brazo y le susurró algo
al oído. Kantor me miró, intrigado por un momento, después giró en redondo y
susurró algo más.
Consulté la libretita amarilla y volví a inclinar la cabeza y a
escuchar, pero en ese momento, Kornstein me tocó en el hombro.
—¿Qué tiene que ver Ira Hovanian con todo esto? —susurró—. ¿Y
cómo se enteró usted de que existe Ira Hovanian?
—¿Quién es? —pregunté.
—No tien...
—Dígamelo.
—Es un tipo que dejó la compañía unos meses antes de que saliera
SpaceTron. Un shlemazzel.
—¿Un qué?
—Me dio pena. Perdió mucho en una operación bursátil. Supongo
que encontró un trabajo mejor en otra parte. Si se hubiera quedado, ahora sería
rico.
—¿Vendía secretos industriales?—¿Ira? Ira no era nadie.
—Escúcheme —dije—. Por alguna razón, O'Leary conoce ese nombre.
Significa algo para él.
—Usted no me mencionó...
—Es una investigación que hice hace poco —contesté—. De acuerdo,
déjeme pensar por un minuto.
Me volví para no mirar a Kornstein y fingí concentrarme en mi
anotador amarillo. A unos pasos, O'Leary y Kantor susurraban.
...robó un prototipo de trabajo de la caja de seguridad. Tenía
la combinación. Me lo vendió. Veinticinco mil y promesa de otros cien cuando
sacáramos provecho...
Yo tomé notas lo más rápido que pude y seguí escuchando, pero la
voz desapareció. O'Leary sonreía, relajado ahora, y sus pensamientos eran
plácidos, y por lo tanto ilegibles.
Estaba por volverme hacia Kornstein para preguntarle si era
posible, cuando de pronto, leí otro parlamento.
...quemado. ¿Qué mierda podía hacer...? Es el tipo que cometió
lo ilegal... ¿Así que a quién puede apelar, carajo?
Kantor se volvió hacia mí y dijo:
—Veámonos en un día o dos, ¿sí? Creo que ya fue suficiente por
hoy.
Yo pensé unos segundos y contesté:
—Si eso es lo que quieren usted y su cliente... A mí me
conviene... me va a dar tiempo para buscar una declaración del señor Hovanian,
que ya nos ha dado información interesante sobre un prototipo del SpaceTron y
una caja de seguridad de la compañía.
Kantor parecía demasiado cómodo. Desplegó las piernas, luego las
volvió a plegar y se tiró del mentón con dos dedos.
—Mire —dijo, la voz dos tonos más alta que antes—, haga lo que
quiera. Esto es pura palabrería. Pero no perdamos el tiempo, ¿quiere? Si lo que
usted pretende es un arreglo mínimo, creo que mi cliente consideraría apropiado
terminar con todo esto y estaría dispuesto a hacer una oferta de...
—Cuatro millones y medio —dije.
—¿Qué? —espetó él.
Yo me puse de pie y le tendí la mano.
—Bueno, caballeros, tengo que ir a buscar una declaración. Con
su cooperación en el encubrimiento de una felonía, creo que vamos a tener un
juicio muy interesante. Gracias por venir.
—Un segundo, un segundo —exclamó Kantor—. Podemos arreglarlo.
Digamos...
—Cuatro y medio —repetí.
—Está totalmente loco...
—Caballeros —dije.
Los dos clientes, O'Leary y Kornstein, me miraban, los ojos muy
abiertos, como si yo me hubiera sacado los pantalones y me hubiera puesto a
bailar desnudo sobre el escritorio.
—Por Dios —dijo Kornstein.
—Hablemos... hablemos —dijo Kantor.
—-De acuerdo —dije, y me senté—. Hablemos.
La reunión terminó cuarenta y cinco minutos más tarde. Frank
O'Leary había aceptado pagar un arreglo de 4.25 millones de una sola vez, a
noventa días, con la estipulación de que SpaceTime sacaría el juego del mercado
al mismo tiempo.
Poco antes del almuerzo, O'Leaiy y Kantor se retiraron de la
oficina, mucho más mansos. Mel Kornstein me dio un abrazo húmedo, de oso, me
agradeció varias veces y se fue, sonriendo por primera vez en meses.
Cuando me quedé sentado, solo, en la oficina, no atendí los
llamados telefónicos y emboqué un tiro perfecto en el aro de basquet. El juego
emitió un rugido de público, como el que se escucha en los partidos en el
Boston Garden, y gritó con timidez: "¡Doble!". Yo sonreí como un
idiota, mientras me preguntaba cuánto podía durarme esa racha de suerte tan
especial. Ahora puedo decirlo: duró precisamente un día.
15
Mi error, ahora lo sé, fue el error clásico de la inteligencia
operativa novicia : negligencia, incapacidad de imaginarse que hay alguien que
está vigilándonos
El problema era que había perdido el sentido de la proporción de
las cosas Mi mundo estaba dado vuelta La lógica normal de mi vida tranquila,
ordenada, de abogado ya no servía.
Pasamos por la vida como por rutina, creo yo, haciendo nuestro
trabajo y cumpliendo con nuestras obligaciones como si tuviéramos vendas en los
ojos En ese momento, de pronto, yo ya no las tenía ¿Cómo podía ser cauto,
circunspecto, parecerme en algo al agente que había sido en otros tiempos?
Dejé la oficina temprano quería hacer algo antes de ir a casa
Cuando llegó el ascensor, estaba vacío —demasiado tarde para la hora pico de la
noche— y entré solo.
Necesitaba desesperadamente hablar con alguien, pero, cen quién
podía confiar? ¿En Molly? Ella pensaría inmediatamente que había pasado del
otro lado de la raya de la cordura Era médica su mundo era muy racional Claro
que tendría que decírselo alguna vez pero, ¿cuándo? ¿Y mi amigo Ike? Posible,
supongo, pero en ese punto no me parecía que pudiera arriesgarme a contárselo
ni a él ni a nadie
Dos pisos más abajo, el ascensor se detuvo y entró una joven Era
alta, castaña, los ojos un poco demasiado pintados, pero tenía una linda figura
y una blusa de seda que le acentuaba los senos. Nos quedamos ahí en el silencio
normal que comparten los pasajeros de ascensor que no se conocen, pero están de
pie uno a pocos centímetros del otro en una caja de metal en la que no tienen
nada que hacer, excepto esperar. Ella parecía distraída, perturbada Los dos
mirábamos hacia arriba, muy concentrados en el cambio de los números El dolor
de cabeza, ese martilleo febril, se me había pasado por fin, gracias a Dios.
Yo estaba pensando en Molly cuando lo "oí"....
.......cómo será en la cama?
La miré instintivamente para asegurarme de que no había dicho
nada en voz alta Los ojos de ella rozaron los míos una milésima de segundo,
pero luego volvieron a posarse sobre los numerales rojos en el panel sobre la
puerta.
Esta vez me concentré para oír mejor
lindo culo Un tipo fuerte, supongo. Parece abogado, así que
seguramente es un conservador aburrido pero para una noche qué importa.
Me volví otra vez y nos miramos de nuevo Esa vez, la mirada duró
un segundo de más.
Tal vez nunca había tenido a una mujer tan a mi disposición
Sentí un terrible espasmo de culpa Estaba escuchando sus fantasías más íntimas,
sus especulaciones privadas, sus sueños diurnos Era una violación. Violaba
todas las reglas que los seres humanos han desarrollado durante siglos para
flirtear, la danza de insinuaciones, indirectas, y sugerencias, que trabaja tan
bien porque como en realidad no se dice nada con claridad, nada es seguro.
Yo sabía que esa mujer estaba dispuesta a irse a la cama
conmigo. En general, uno no está seguro a pesar de lo que llaman lenguaje del
cuerpo. Algunas mujeres disfrutan de las insinuaciones, les gusta llevar las
cosas hasta el umbral de la puerta para ver si son deseables y, después, en el
último momento, retroceden, juegan con las convenciones sociales, fingen
cansancio o enfermedad, afirman que necesitan más tiempo Todo el juego, que ha
sorprendido y desequilibrado a hombres y mujeres desde que empezamos a caminar
en dos patas (y seguramente antes también) se basa en nuestra incapacidad para
saber lo que hay en la mente del otro Se apoya sobre la incertidumbre.
Pero yo sabía. Sabía con absoluta certeza lo que estaba pensando
esa mujer Y por alguna razón, me parecía inquietante, como si estuviera al
margen de las reglas del comportamiento humano.
También me doy cuenta de que otro hombre hubiera aprovechado
inmediatamente la situación ¿Por qué no? Yo sabía que ella estaba dispuesta y
la encontraba atractiva Aunque fingiera falta de interés, veía
—"oía", digamos— más allá de esa máscara, y hubiera sabido qué decir
y en qué momento El poder era enorme.
Bueno, no digo que soy más virtuoso que otros porque no es
verdad. Pero estaba enamorado de Molly.
Y fue en ese punto que me di cuenta de que mi relación con Molly
no volvería a ser la misma.
La Biblioteca Pública de Boston no estaba demasiado llena a esa
hora de la noche y conseguí los libros que había pedido en sólo veinte minutos
La literatura sobre fenómenos extrasensonales es bastante
extensa Hay ciertos libros que tienen títulos que parecen sobrios como
Descubrimientos síquicos detrás de la Cortina de Hierro y Las bases científicas
de la Telepatía Otros, en cambio, tienen nombres tan poco prometedores como
¡Desarrolle todo el poder de su mente en veinte lecciones! o Todos tenemos
mentes poderosas. A esos los descarté con apenas una hojeada. Algunos de los
serios no lo eran tanto después de unos minutos de lectura escondían mucha especulación
y mínimas pruebas bajo capas y capas de hojas de estadísticas y citas
históricas Finalmente, me quedé con tres que parecían ofrecerme algo de
esperanza Psi (al parecer la abreviatura de "psíquico" en la jerga),
Descubrimientos recientes en los fenómenos parasicológicos y Las fronteras de
la mente.
Me sentía raro mirando esos libros, a pesar de lo muy
especulativos que eran. Era como si alguien que sufre migrañas se hubiera
asomado a párrafos y párrafos de volúmenes que afirman que tal vez, sólo tal
vez, la migraña exista Yo quería gritar "¡No es teoría, carajo! A mí me
está pasando", en el interior cavernoso, callado de la biblioteca.
En lugar de gritar, me limité a leer Aparentemente, entre los
locos y los lunáticos hay un cierto número de estudiosos creíbles, con
diplomas, que piensan que algunos seres humanos poseen la habilidad de leer la
mente Entre ellos, algunos premios Nóbeles e investigadores importantes de
Duke, UCLA, Princeton, Stanford, Oxford y la Universidad de Freiburg, en
Alemania. Estudiaban subespecialidades como "sicometría" o
"sicoquinesis" Sus trabajos habían conseguido reconocimiento en otros
campos de la investigación, pero ninguno dentro de la parasicología misma, a
pesar de algún artículo publicado en diarios científicos respetados como
Nature, en Gran Bretaña.
El asunto podía resumirse así tal vez un cuarto de la humanidad
experimentaba algún tipo de telepatía, en algún momento de su vida La mayoría
de los que la experimentan, decía el libro, se niega a creer o aceptar que tal
cosa les ha pasado Leí una serie de casos que me parecieron plausibles Una
mujer cena con amigos en Nueva York y de pronto se siente segura de que su
padre ha muerto Corre al teléfono, y averigua que el padre murió de un ataque
al corazón en el momento exacto en que ella tuvo esa impresión. Un estudiante
universitario siente un deseo brusco, inexplicable, de hablar a su casa por
teléfono y cuando llama, le dicen que su hermano menor acaba de sufrir un
accidente de auto. Frecuentemente, la gente recibe"señales" o
"presentimientos" cuando está dormida o en algún estado que la
predisponga menos hacia el escepticismo.
Muy interesante, pero nada de eso tenía que ver con lo que me
había pasado a mí Yo no estaba experimentando "presentimientos" ni
"señales" ni "urgencias" Estaba "oyendo" —no hay
otra palabra— los pensamientos de otros. No desde muy lejos. En realidad, tenía
que estar a una distancia muy corta o no "oía" nada. Lo cual quería
decir que estaba recibiendo algún tipo de señal transmitida por el cerebro
humano Ninguno de los libros hablaba de tal cosa.
Hasta que llegue a un capítulo extraño en Las fronteras de la
mente. El autor discutía el uso de lo síquico en las fuerzas policiales de los
Estados Unidos y en el Pentágono durante la búsqueda de enemigos y soldados
perdidos en Vietnam Había una referencia al uso de personas con poderes
síquicos en el Pentágono en enero de 1982, cuando se buscaba al general Dozier,
secuestrado por las Brigadas Rojas en Italia.
Y luego, descubrí una referencia a un artículo de 1980 en el
periódico del ejército de los Estados Unidos, Military Review, sobre "el
nuevo campo de batalla mental" El articulo hablaba sobre el "gran
potencial" del "uso de la hipnosis telepática" en la guerra, la
guerra síquica, la llamaba el artículo. Había una mención de las armas
"sicotrónicas" de los soviéticos, el uso de la parasicología para
hundir submarinos nucleares estadounidenses y lo que había hecho con las
personas con poderes síquicos la Agencia Nacional de Seguridad, sobre todo en
cuanto al problema del desciframiento de códigos secretos.
El libro seguía planteando un supuesto "grupo de tareas
síquico" que funcionaba en el subsuelo del Pentágono, bajo un sistema de
seguridad casi inviolable, dirigido por un jefe de inteligencia.
Y en la página siguiente, encontré una referencia a un proyecto
super secreto de la CIA que involucraba una investigación sobre las
posibilidades de la inteligencia en cuanto a percepción extrasensorial
El proyecto, según el libro, se eliminó por completo en 1977
cuando el almirante Stansfield Turner llegó a director de la CIA Por lo menos
había sido eliminado oficialmente, decía el autor No había muchos datos sobre
el proyecto en sí porque según el autor se sabía muy poco y sólo había un
nombre asociado, que él había obtenido de un funcionario renegado de la CIA
Era el nombre del director:
Charles Rossi
Muy ansioso y desorientado, sentí que necesitaba ejercicio.
Tenía que aclarar la mente y pensar racionalmente.
Hace un par de años que pertenezco a un club atlético de la
calle Boylston. Me conviene porque me queda cerca del trabajo y también de mi
casa. Tiene una clientela mezclada, desde abogados y ejecutivos, vendedores y
demás hasta verdaderos atletas y desocupados ricos. El establecimiento es
realmente bueno. Nunca logré que Molly viniera conmigo. Ella cree que todos
tenemos un número de latidos determinado en el corazón y no quiere malgastar
los suyos en una máquina Nautilus. Y después dice que es médica...
Me saqué la ropa de trabajo, me puse un par de pantalones
cortos, una remera y trabajé con los remos automáticos unos veinte minutos
mientras pensaba en lo que había leído en la biblioteca.
Mi conclusión fue que en el sentido más estricto de los
términos, no estaba leyendo los pensamientos de otras personas. Lo que hacía
era percibir ondas cerebrales de baja frecuencia generadas por una sola parte
del cerebro, el centro del habla. Dicho de otro modo, oía palabras y frases
cuando ya habían dejado de ser pensamientos abstractos o ideas y se convertían
en palabras, tenían una forma en el habla, y estaban listas para ser expresadas
en voz alta. Aparentemente, si mi teoría era correcta, cuando se nos ocurren
ciertos pensamientos con fuerza o pasión, los prearticulamos, los preparamos
para el habla aunque no pensemos pronunciar las palabras. Y en esos momentos,
el cerebro envía señales perceptibles... por lo menos para mí.
Ojalá hubiera sabido más sobre el funcionamiento del cerebro.
Pero no quería arriesgarme a consultar con un neurólogo: si quería seguir
manteniendo mi habilidad en secreto, no podía confiar en nadie.
Todo eso me pasaba por la mente mientras seguía remando, con la
remera gris cubierta de sudor. Finalmente cambié de máquina. La que elegí es
una especie de instrumento de tortura que requiere que se baje y se suba
haciendo fuerza sobre un grupo de pedales, como una escalera, mientras uno
queda tomado de una barra, en posición totalmente vertical, y una computadora
registra la fuerza del dolor.
En la máquina vecina, otra del mismo tipo, había un caballero de
unos cincuenta años con una remera azul y pantalones cortos color blanco. Las
gotas de su sudor caían sobre la base de metal del aparato, y le corrían como
arroyos detrás de las orejas, la nariz y la frente. Tenía puestos unos anteojos
con armazón metálica, todos empañados por el esfuerzo. Yo le había hablado una
vez en el club —no recordaba el tema— y me parecía que su nombre era Alan o
Alvin o algo así y que era vicepresidente de un Banco de Boston, el Beacon
Guaranty Trust, un Banco con bastantes problemas, por cierto. Después de una
historia de mal manejo sumada a los problemas económicos del país entero,
Beacon se estaba deslizando lentamente hacia los caños. Alan o Alvin, según
recordaba, era un hombre que estaba siempre deprimido... ¿y quién podía
culparlo?
Ahora trabajaba todo el tiempo en la máquina y ni siquiera
notaba mi presencia. Tenía los ojos fijos en un punto vacío, a media distancia,
la boca medio abierta, la respiración trabajosa.
No era mi intención (quería estar solo con mis pensamientos),
pero no pude evitar oír lo que oí.
¿El tío de Catherine, tal vez?
No. Los de la CSI se le van a tirar encima. Esos malditos se las
saben todas.
Es tan ilegal como vender mis propias acciones.
Tiene que haber una forma.
Yo no captaba todo lo que decía. Sus pensamientos venían y
después desaparecían, claros primero, indistintos después, como una radio
tratando de captar una estación muy distante.
Lo de la CSI y la ilegalidad me llamó la atención. Incliné la
cabeza hacia ese cuerpo húmedo, jadeante.
Esas acciones van a llegar al cielo. ¿Por qué mierda no puedo
comprar acciones de mi propia compañía? No es justo. Me pregunto si hay alguien
más en el directorio que esté pensando en esto. Claro que sí. Seguro que todos
tratan de buscarle la vuelta...
El monólogo se hacía más y más interesante y me esforcé por
acercármele sin llamar la atención. Perdido en sus pensamientos de avaro y
codicioso, Al no parecía consciente de mi existencia.
Veamos... El anuncio se hace mañana, a las dos de la tarde.
Todos los analistas financieros y cientos de tenedores de acciones ven que el
pobre Beacon Trust va aparar a las manos de la sólida Saxon Bancorp y todos y
hasta la abuela van a querer comprar las acciones subvaluadas de Beacon. Vamos
a ir de once y medio a cincuenta o sesenta en dos días. ¿ Y yo tengo que
quedarme con los brazos cruzados? Tiene que haber una forma. Dios. Tal vez una
amiguita rica de Catherine. Tal vez al tío se le ocurra alguien que no tenga
nada que ver conmigo... comprar algo de Beacon mañana de mañana a nombre de
otro y...
A mí me latía con fuerza el corazón. Había captado lo que sólo
puede describirse como información confidencial y la última información
disponible. Beacon Trust terminaría en manos de Saxon. El trato se anunciaría
al día siguiente. Alan o Alvin era uno de los pocos ejecutivos y abogados de la
compañía que lo sabían. Era obvio que las acciones subirían y cualquiera que lo
supiera de antemano se volvería rico. Al estaba pensando en una forma de
hacerlo para sí mismo sin atraer a los sabuesos de la CSI en su contra.
Yo podía hacerlo. No había forma de rastrear la conexión.
En cuestión de horas compraría acciones de Beacon Trust y esas
acciones harían que mi medio millón de dólares perdido pareciera una estupidez.
Nadie podía relacionarme con Beacon Trust. Mi firma no tenía
negocios con Beacon (no nos hubiéramos dignado a tenerlos). Y yo trataría de no
decirle ni hola a Al: sería mejor si no intercambiábamos ni una sola palabra.
¿Qué podían hacer los de la Comisión de Seguridad e Intercambio?
¿Llevarme a una corte, ponerme frente al jurado y acusarme de tratar de obtener
provecho ilegalmente? El presidente de la CSI terminaría encerrado en una
habitación de paredes blandas y blancas, con un chaleco de fuerza si presentaba
la denuncia.
Me separé de la máquina, todo transpirado. Había hecho más de
cuarenta minutos en esa máquina terrible y ni siquiera me había dado cuenta.
16
Veinte minutos después, oí que giraban dos llaves en los
cerrojos de la puerta y la voz de Molly que me llamaba:
-¿Ben?
—Llegas tarde —dije, fingiendo irritación—. Dime qué es más
importante: la vida de un chico o mi cena...
Levanté la vista, nos sonreímos y la vi muy cansada.
—Ey —dije, acercándome para abrazarla—. ¿Qué pasa?
Ella sacudió la cabeza despacio, agotada.
—Mal día.
—Ah —dije—, pero ahora estás en casa. —La rodeé con mis brazos y
la besé, un beso largo, pensado. Le puse las manos sobre las nalgas y me apreté
contra ella.
Ella me deslizó las manos, secas y frías, por la espalda y más
abajo, dentro de los pantalones cortos.
—Mmmm —dijo. Tenía el aliento cálido contra mi nuca.
Le pasé las manos dentro de la blusa, dentro del algodón blanco
del corpiño, sentí los pezones tibios, erectos.
—Mmmm —repitió.
—¿Arriba? —le pregunté.
Ella gimió un poco, después tembló.
...cocina... oí.
Me incliné hacia ella, le pasé el dedo índice sobre el seno
derecho, toqué el pezón erguido.
...en la cocina, de pie, aquí mismo...
Me levanté, la tomé de los hombros y la llevé desde el comedor
hacia la cocina, después la empujé contra la mesa de roble usada.
Sus pensamientos. Estaba mal, era una maldad, era vergonzoso,
pero, arrastrado por el deseo, no podía detenerme...
Sí, sí...
Gimió con suavidad cuando le saqué la blusa.
...el otro seno, sí, sí. No pares. Los dos...
Obediente, le acaricié los dos senos con las palmas, después le
chupé uno, y el otro.
No te muevas...Seguí haciéndolo mientras la empujaba hasta que
quedó recostada contra la mesa, lejos de los boles. Nunca había visto El
cartero llama dos veces pero me acordaba del afiche. ¿No habían hecho lo mismo
Lana Turner y John Garfield?
Le toqué los muslos, despacio, con el pene erecto y cuando le
bajaba la bombacha, oí:
No, todavía no.
Obedeciendo a sus deseos mudos, volví a concentrarme en los
senos, y me quedé allí más tiempo de lo que lo hubiera hecho naturalmente.
Hicimos el amor sobre la mesa de la cocina, y perdimos un bol
chino en el proceso. Ninguno de los dos notó el momento del estallido de la
porcelana. Fue el sexo más intenso, más erótico, que yo hubiera tenido en mi
vida, eso tengo que decirlo. Molly se entregó tanto que se olvidó de ponerse el
diafragma. Tuvo orgasmos una y otra y otra vez, mientras le rodaban las
lágrimas por las mejillas. Después, nos quedamos juntos, enredados uno en
brazos del otro, húmedos de sudor y de los líquidos y los olores del amor,
sobre el sillón del comedor.
Pero cuando terminamos, me sentí terriblemente culpable.
Dicen que todos los seres humanos sienten tristeza después del
sexo. Yo creo que sólo los hombres la experimentan. Molly parecía feliz y
desorientada, mientras me acariciaba el pene flaccido, enrojecido, seco.
—No te cuidaste —dije—. ¿Significa que cambiaste de idea sobre
lo del bebé?
—No —dijo ella, la voz llena de sueño—. No estoy en la parte
fértil del ciclo. No es muy peligroso. Y valió la pena.
Me sentí todavía más culpable, un depredador, un malvado. La
había violado en un sentido fundamental. Al responder a cada uno de sus deseos,
la había manipulado de una manera terrible, había cometido algo incorrecto,
algo deshonesto.
Me sentía como la mierda.
—Sí —dije—. A mí también me gustó.
Molly y yo nos casamos en una hermosa casa antigua de las
afueras de Boston. El día todavía aparece borroso para mí. Me acuerdo de haber
recorrido el pueblo, buscando un traje y un par de medias negras para usar en
la ocasión.
Antes de la ceremonia, Hal Sinclair se me acercó y me tomó por
el codo. En su esmoquin, parecía más distinguido todavía: el cabello blanco le
brillaba contra la cara tostada, larga,estrecha y hermosa. Tenía un mentón
alto, labios finos, líneas de risa alrededor de los ojos y de la boca.
Parecía enojado, pero después me di cuenta de que lo que estaba
expresando era severidad y nunca lo había visto así antes.
—Cuida a mi hija —dijo.
Yo lo miré. Esperaba una broma, pero él tenía un aspecto
sombrío.
—¿Me oyes?
Dije que lo oía. Claro que sí.
—Cuídala.
Y de pronto me golpeó, un puñetazo en el plexo solar. ¡Claro! A
mi primera esposa la habían matado. Hal nunca me lo diría, pero de no ser por
mi error en los procedimientos, Laura aún estaría viva. De no ser por mi apuro,
mi impaciencia.
Mataste a tu primera esposa, parecía decirme. No mates a la
segunda, Ben.
Sentí que estaba sonrojándome. Tenía ganas de decirle que se
fuera a la mierda. Pero no podía, no a mi futuro suegro, no en el día de la
boda.
Le contesté con toda la calidez que pude reunir:
—No se preocupe, Hal. Pienso cuidarla.
—Tengo un cliente, Mol —le dije después mientras tomábamos vodka
y tónica en la mesa de la cocina—. Un hombre normal, cuerdo...
—Si es cuerdo, ¿qué hace en Putnam & Stearns? —Tomó un trago
del vaso congelado. —Excelente. Mucha lima, como me gusta.
Yo me reí.
—Este cliente, que parece totalmente normal, me preguntó si creo
en la posibilidad de fenómenos extrasensoriales.
—FES.
—Dice que puede ver los pensamientos de otros, como leerlos.
—¿Adonde quieres llegar?
—Lo intentó conmigo... y estoy convencido de que puede. Lo que
quiero saber es si tú aceptas la posibilidad...
—No. Sí. ¿Qué sé yo, carajo? ¿Adonde quieres ir a parar con todo
esto?
—¿Oíste hablar de eso alguna vez?
—Claro. Seguramente hubo un episodio al respecto en La cuarta
dimensión. Un chico en un libro de Stephen King. Pero escucha, Ben... Tenemos
que hablar...—De acuerdo —dije, un poco preocupado.
—Hoy se me acercó un tipo en el hospital.
—¿Qué tipo?
—"¿Qué tipo?" —Molly se burlaba de mí, imitándome con
amargura. —Vamos, Ben, tú lo sabes, lo sabes perfectamente.
—¿De qué estás hablando, Molly?
—Esta tarde. En el hospital. Dijo que le dijiste dónde
encontrarme.
Yo apoyé el trago sobre la mesa.
-¿Qué?
—¿No hablaste con él?
—No tengo idea de qué se trata todo esto, te lo juro. ¿Alguien
"se te acercó"?
—No digo que fuera agresivo. No. Había un tipo, un tipo sentado
en la sala de espera de mi sección y supongo que le dijo a alguien que quería
verme. Yo no lo conocía. Tenía un aspecto... no sé... oficial... traje gris,
corbata azul, y todo eso.
—¿Quién era?
—Bueno, ahí está el problema. No sé.
—No...
—Escucha —dijo ella, la voz aguda—. Tú escúchame a mí. Me
preguntó si era Martha Sinclair, hija de Harrison Sinclair. Dije sí, ¿quién era
él?, pero él me preguntó si podía hablarme unos minutos y acepté.
Me miró, los ojos rojos, cansados, y siguió contándome.
—Dijo que había hablado contigo, que era amigo de papá. Supuse
que era un empleado de la Agencia, tenía el aspecto, y que quería hablarme y no
me rehusé.
—¿Y qué quería?
—Me preguntó si sabía algo de una cuenta de mi padre, una qué
abrió antes de morir. Algo sobre un código de acceso o algo así. Yo no sabía de
qué mierda me estaba hablando.
—¿Qué?
—Entonces no habló contigo, ¿eh? —dijo ella, casi ahogando un
sollozo—. Ben, es mentira, sí, tiene que ser mentira.
—¿No te dijo cómo se llamaba?
—No le pregunté, estaba asustada, casi no podía caminar... Ni
hablar.
—¿Y cómo era?
—Alto. Piel blanca, casi albino. Cabello rubio, muy finito.
Fuerte pero... no sé... como femenino. Dijo que hacía trabajos de inteligencia
para la CIA —me contó Molly, con la voz aguda, débil—. Dijo que estaban
investigando lo que llamó la "supuesta estafa" de papá y que quería
saber si papá me había dejado papeles o me había dado información. Quería los
códigos de acceso.
—¿No le dijiste que se metiera las preguntas en el culo?
—Le contesté que había un error, ya sabes, le pregunté qué
prueba tenían, todo eso. Y el tipo dijo que se mantendría en contacto, pero que
mientras tanto tratara de acordarme de todo lo que había dicho mi padre. Y
después dijo...
Tenía la voz quebrada y se cubrió los ojos con una mano.
—Sigue, Molly.
—Dijo que la estafa, seguramente, estaba conectada con el
asesinato de papá. Sabía lo de la foto de... —Cerró los ojos.
—Sigue.
—Dijo que había mucha presión en la Agencia para hacerlo
público, entregarlo a los diarios, y yo dije, no puede ser, no es justo, es
mentira, van a arruinar su reputación. Y él dijo, a nosotros tampoco nos gusta,
señora Sinclair. Lo único que queremos es su colaboración.
—Dios —dije con un gemido.
—¿Tiene algo que ver con la Corporación, Ben? ¿Con lo que estás
haciendo para Alex Truslow?
—Sí. Creo que sí.
17
A la mañana siguiente muy temprano —tiene que haber sido
temprano porque Molly no se había levantado para ir a trabajar—, abrí los ojos,
miré a mi alrededor como hago siempre y vi que no eran ni las seis.
Molly estaba dormida a mi lado, encogida en posición fetal, las
manos unidas contra el pecho. Me gusta mirarla dormir. Me gusta la
vulnerabilidad de nena que tiene, me gusta verle el cabello enredado y la cara
desarreglada. Tiene la habilidad de dormir más profundamente que yo. A veces me
parece que disfruta más del sueño que del sexo. Y generalmente se levanta de un
humor hermoso, feliz y fresca, como si acabara de volver de unas breves y
maravillosas vacaciones.
Yo, en cambio, me despierto dispéptico, confundido, gruñón. Esa
vez me levanté, crucé el frío piso de madera para ir al baño, tratando de no
hacer ruido. Ella estaba muy lejos, soñando, y no era fácil sacarla de ese
sitio. Después, me acerqué a su lado de la cama, me senté en el borde e incliné
la cabeza.
Me sorprendió "oír" algo.
No era nada coherente, nada de pensamientos ordenados y breves
como los que había oído el día anterior.
Oí pedacitos casi musicales de sonido, algo tonal, algo que no
sonaba a ningún idioma que yo hubiera oído. Era como si hubiera captado en la
radio un programa en idioma extranjero. Y luego, un grupo de palabras con
sentido. Computadora, oí, y después algo que sonaba a zorro y después,
claramente un sueño de hospital, monitor, y Ben, y más de esos sonidos
musicales.
Y después, de pronto, Molly estaba despierta. ¿Había sentido mi
aliento en su cara? Abrió los ojos despacio, los puso en mí. Y se sentó,
asustada.
—¿Qué pasa, Ben? —preguntó ansiosa.
—Nada —dije.
—¿Qué hora es? ¿Las siete?
—Las seis. —Dudé y después agregué: —Quiero hablarte.—Yo quiero
dormir —dijo en un gruñido, y cerró los ojos—-. Hablemos después. —Rodó de
costado y se aferró a la almohada.
Yo le toqué el hombro.
—Mol, amor, tenemos que hablar.
Con los ojos cerrados, murmuró:
—De acuerdo.
Le toqué otra vez el hombro y volvió a abrir los ojos.
—¿Qué pasa? —Se sentó otra vez, despacio.
Yo me metí en la cama. Me dejó lugar.
—Molly —empecé a decir y después me detuve. ¿Cómo se dice algo
así? ¿Cómo se explica algo que no tiene sentido ni siquiera para uno mismo?
—¿Mmmm?
—Mol, esto va a ser muy difícil de explicar. Creo que vas a
tener que escucharme. No vas a creerme, supongo. Yo no lo creería, te aseguro,
pero por ahora escucha, por favor.
Ella me miró un momento, con sospechas.
—¿Tiene algo que ver con el tipo del hospital?
—Por favor, escucha. Sabes que vino ese hombre de la CIA y me
pidió que me sometiera a un examen poligráfico en un generador de imágenes por
resonancia magnética.
-¿Y?
—Creo que la máquina le hizo algo... a mi cerebro...
Se le agrandaron los ojos, después levantó las cejas,
preocupada.
—¿Qué fue lo que pasó, Ben?
—No, escucha. Esto es difícil, te dije. ¿Crees al menos en la
posibilidad de que algunos seres humanos posean percepción extrasensorial?
—Ese cliente del que me hablaste anoche. No hay cliente, ¿eh?
—Gruñó. —Ay, Ben.
—Escucha, Molly...
—Tengo amigos, Ben, amigos que podrías consultar. En el
hospital...
—Molly...
—Muy buena gente, gente muy pero muy inteligente. El jefe de
siquiatría de adultos...
—Por Dios, Molly, no perdí un tornillo...
—Entonces...
—Mira, sabes que hubo una serie de estudios en los últimos años
que demuestran, no con seguridad, pero por lo menos en forma convincente para
los que tienen la mente abierta, que hay una posibilidad de que algunos seamos
capaces de percibir los pensamientos de los demás.
"En febrero de 1993, un sicólogo de Cornell leyó un trabajo
en la reunión anual de la Asociación Estadounidense para el Avance de la
Ciencia Está en los anales, es publico. Presentó una buena prueba estadística
de la existencia de la FES, de que se pueden leer los pensamientos de los
demás. Aceptaron el trabajo y lo publicaron en una de las revistas más
prestigiosas en el campo de la sicología. Y la jefa del departamento de
sicología de Harvard dijo que estaba "bastante persuadida".
Ella parecía casi distraída ni me miraba, yo seguí de todos
modos.
—Hasta hace poco nunca presté atención a todo eso. El mundo está
lleno de charlatanes y bromistas, y siempre me pareció que los que hablan de
eso son de una de esas categorías, o tontos o inocentes o algo peor.
Estaba desesperándome. Trataba de sonar racional y duro y
convencido, como un buen abogado.
—Bueno, creo que podemos ir al punto. La CIA y la vieja KGB y
vanas agencias de inteligencia en el mundo, creo que el Mosad de Israel
también, tienen un historial de interés en las posibilidades que tiene eso para
el espionaje. Les interesa la gente que posee aunque fuera una módica cantidad
de llamémoslas habilidades "síquicas" Hay programas muy bien pagos,
con muchos fondos que buscan a tales personas y tratan de emplearlas en
inteligencia. Cuando yo estaba en la Agencia, me acuerdo de haber oído rumores sobre
un programa especial Y leí un poco sobre todo eso ahora.
Molly sacudía la cabeza lentamente, aunque yo no sabia si era un
gesto de pena o un gesto de incredulidad Me tocó la rodilla con una mano y
dijo.
—Ben, ¿crees que Alex Truslow está involucrado en esto''?
—Escúchame —dije—, cuando —Se me fue la voz mientras pensaba en
algo
—¿Mmmm?
Levanté una mano para que guardara silencio Traté de limpiar mi
mente, después me concentré. Seguramente, si estaba tan perturbada como
parecía......
Rosemberg, oí claramente Me mordí el labio y me concentré más.
dejé que hiciera ese trabajo de Truslow, mierda, tiene que ser
tan duro para él volver a ver a esos tipos después de dejarlo, después de lo
que le paso, tiene que ser difícil, y esta pagando el precio. Stan Rosemberg
hará tiempo para él hoy mismo, hoy si le pido un favor.....
—Molly, ¿vas a llamar a Stan Rosemberg, eh? Ese es el nombre,
¿verdad?
Ella me miró con tristeza
—Es el nuevo jefe de siquiatría Ya te lo mencioné, ¿verdad?
—No, Molly, nunca me lo dijiste Estabas pensando en eso.
Ella asintió y desvio la vista.
—Molly. Hazme caso un segundo, no te pido más. Piensa en algo.
Algo que yo no pueda saber
—Ben —dijo ella con una sonrisa muy dolida en la boca.
—Piensa piensa en el nombre de tu maestra de primer grado.
Hazlo, Molly, por favor, por favor.
—De acuerdo —dijo ella con paciencia Cerró los ojos, como si
estuviera pensando fuerte y yo me aclaré la mente y lo oí:
Señorita Nocito
—Señorita Nocito, ¿verdad?
Ella asintió Luego levanto la vista y me miró, exasperada.
—¿Que sentido tiene todo esto, Ben? ¿Te divierte ponerme asi?
—Escúchame, por Dios. Algo me pasó en el generador de imágenes
de Rossi Esa cosa me altero el cerebro, o algo asi. Salí con una habilidad
para.... ¿cómo te lo explico? para oír, o leer, o escuchar los pensamientos de
otras personas. No todo el tiempo, no todo lo que piensan. Solo cosas que
piensan con rabia o miedo o ansiedad Pero puedo hacerlo. Obviamente alguien
descubrió que un aparato muy poderoso de resonancia magnética puede alterar el
cerebro, o algunos cerebros.
Cinco cinco cinco cero siete dos cero. Cuando vaya al baño o
abajo. Voy a llamar a Maureen. Ella tiene que tener alguna idea sobre que
hacer......
—Molly, escucha. Vas a llamar a alguien llamada Maureen. El
numero de teléfono es 555 0720.
Ella me miro, dura.
—No puedo haberlo sabido de otra forma, Molly, en serio. Créeme.
Siguió mirándome, los ojos brillantes de lágrimas, la boca un
poco abierta.
—¿Como hiciste eso? —susurró.
Ah, gracias a Dios. Gracias a Dios.
—Molly, quiero que pienses algo, algo que no puedo ni imaginar
que estes pensando en este momento Por favor.
Ella levanto las rodillas hasta el pecho, las apretó contra su
cuerpo y frunció los labios
Trollope. Nunca leí Barchester Towers. Quiero leerlo en las
próximas vacaciones.
—Estas pensando que nunca leíste Barchester Towers de Trollope
—dije con toda deliberación.
Molly jadeo una vez, despacio, un ruido audible
—No, no no......
Yo asentí
—No —dijo ella y me asustó ver esa cara querida dominada por una
expresión no de excitación, sino de miedo—. Oh, Ben, por favor, no.
Levantó la cabeza en un gesto de profunda reflexión. Salió de la
cama y empezó a caminar por la habitación.
—¿Aceptarías ver a alguien del hospital? —preguntó—. ¿Un
neurólogo, alguien con quién podamos hablar de esto?
Lo pensé un segundo.
—No, no creo.
—¿Por qué no?
—No van a creerme.
—Si haces lo que me hiciste a mí... si lo demuestras... ¿cómo no
van a creerte?
—Cierto. Pero, ¿qué sentido tiene? ¿Qué me dirían?
Ella levantó las manos, después las colocó a sus costados.
—Cómo pasó esto —dijo, la voz casi aguda de tensión—. Cómo pudo
haber pasado.
—Molly —dije, volviéndome a mirarla. Ella jugaba con una concha
marina que había sacado de la cómoda. —Pasó. Nadie va a decirme nada que yo no
sepa.
Ella me miró.
—¿Cuánto sabe Truslow?
—¿Sobre mí? Probablemente nada. Y no dejé que Rossi lo
supiera... por lo menos no creo...
—¿Le hablaste de esto a Alex?
—Todavía no.
—¿Por qué?
—No sé...
—Llámalo.
—Está en Camp David.
Ella me miró, intrigada.
—Con el Presidente —expliqué.
—Ah, por el puesto en la CIA. ¿Se lo dijiste a Bill Stearns?
—No, claro que no.
Ella hizo una pausa.
—¿Por qué no?
—¿Qué quieres decir con por qué no...?
—¿De qué tienes miedo?
—Molly, vamos...
—No, Ben, piénsalo un segundo. —Volvió al lado de la cama y se
sentó a mi lado, sin dejar de jugar con la concha. —Truslow y Asociados tiene
que recuperar una fortuna. Es trabajo secreto así que un tipo de la CIA, con el
pretexto de limpiarte, te hace pasar por este protocolo. Un detector
dementiras. Eso te dijeron. Tal vez trabaja también en eso. De acuerdo. ¿Y por
qué crees que saben que ese poderoso generador de imágenes tiene otro...
digamos un efecto colateral, algo como reacomodar el cerebro humano o una parte
de ese cerebro...? ¿Como para que la gente expuesta desarrolle una capacidad
para oír las ondas cerebrales de otros? Quiero decir, ¿cómo sabes que saben lo
que te hizo, lo que puede hacerle a una persona?
—Después de lo del tipo del hospital ayer... ¿cómo puedes
dudarlo?
—Ben —dijo ella, después de un momento de silencio... la voz muy
débil.
—¿Mmmm?
Se volvió hacia mí, como para besarme, la cara llena de
ansiedad.
—Cuando... cuando hicimos el amor anoche, en la cocina.
Me puse derecho sin querer, con culpa.
—¿Sí?
—Estabas haciéndolo, ¿verdad?
—¿Haciendo...?
—Me leías la mente, ¿verdad? —Ahora la voz era la suya, severa
otra vez.
Sonreí, tenso.
—¿Qué te hace pensar...?
—Ben.
—Tú y yo no necesitamos percepción extrasensorial —empecé a
decir con jovialidad falsa.
Ella se arrancó de mis brazos.
—Lo hiciste, ¿verdad? —Ahora estaba furiosa. —Me escuchabas, lo
que pensaba, mis fantasías, ¿verdad?
Antes de que pudiera contestarle, espetó:
—¡Hijo de puta!
Se puso de pie, las manos en la caderas, mirándome.
—Hijo de puta —dijo, la voz tranquila y peligrosa—. No vuelvas a
hacerme eso nunca más.
18
La reacción de Molly era comprensible, supongo. Hay algo
horrendo y subversivo al saber que los pensamientos más privados de uno —esos
que uno supone que son propios e inaccesibles a cualquier otra persona— pueden
terminar en los "oídos" de otro.
Habíamos disfrutado del mejor sexo de nuestras vidas, Molly y
yo, y ahora a ella le parecía barato, fraudulento, falso. Pero, ¿por qué?
Lógicamente, el poder me permitía saber cosas que en general no sabemos, lo que
otro quiere en secreto, y dárselo.
¿Correcto?
Y sin embargo, una de las cosas que nos hacen inteligentes, que
nos convierten en seres pensantes, es la habilidad para no compartir nuestros
pensamientos con otros, para decidir qué decir y qué mantener en secreto. Y ahí
estaba yo, poniendo el pie del otro lado de esa frontera. Molly parecía
distante cuando nos despedimos una hora después. Después de lo que se había
enterado sobre mí, ¿quién podría culparla?
Supongo que en algún nivel yo había esperado despertarme esa
mañana y darme cuenta de que lo había soñado todo, de que ahora volvería a mi
trabajo seguro y razonable como abogado de patentes, de que seguiría con mis
entrevistas y reuniones como siempre.
Eso puede parecerle extraño a usted. Después de todo, la
habilidad para leer los pensamientos de otros es una de las viejas fantasías
que tenemos muchos de nosotros. Hay lunáticos que compran libros y cintas que
prometen enseñarles poderes extrasensoriales. En algún momento de nuestras
vidas, todos deseamos algo así.
Pero si en realidad nos lo dieran, no lo querríamos. Le doy mi
palabra.
Apenas llegué a mi oficina y charlé un poco con Darlene, cerré
la puerta y llamé a mi corredor de acciones, John Matera,en Shearson. Había
sacado unos cuantos miles de dólares de mi caja de ahorro y los había puesto en
mi cuenta de acciones de Shearson. Eso, más una pequeña cantidad que tenía en
valores, sobre todo Nynex y algunos otros, me daría suficiente dinero para la
operación. Estaba jugando con el dinero que me había dado Bill Stearns como
adelanto para salvarme de la bancarrota, la pobreza y la ruina.
Pero al fin y al cabo lo que iba a hacer era seguro.
—John —dije después de algunas palabras de saludo—, ¿a cuánto
cotiza Beacon Trust?
John, que es un tipo directo, rudo incluso, me contestó sin un
segundo de pausa:
—Nada. Es gratis. Se las regalan a cualquiera que sea lo
suficientemente tonto como para expresar interés. ¿Para qué mierda quieres esa
caca de elefante, Ben?
—¿El precio?
Suspiró una vez, un suspiro largo, desde el fondo del alma. Hubo
un ruidito de teclado de computadora y después dijo:
—Piden once y medio, puedes comprarlas por once.
—Veamos —dije—. Con treinta mil dólares puedo conseguir....
—Una úlcera, por Dios. No seas estúpido.
—John, hazlo. Por favor.
—No me está permitido darte consejos —dijo él—. Pero, ¿por qué
no lo piensas un poco y me llamas cuando recuperes la razón?
A pesar de sus vehementes protestas, le pedí 2800 acciones de
Beacon Trust a once y cuarto. Diez minutos después me llamó para decirme que ya
era el "orgulloso poseedor" de 2800 acciones de Beacon Trust a once,
y no pudo aguantar el deseo de agregar:
—Imbécil.
Yo sonreí unos segundos, después junté coraje para llamar a
Truslow. De pronto, me acordé que había dicho que iba a Camp David y entonces,
me dio pánico. Era importantísimo, imperativo que le hablara, que descubriera
si lo que me había pasado era intencional, si él sabía...
¿Pero cómo?
Primero llamé a Truslow y Asociados. Su secretaria me informó
que estaba fuera de la ciudad y que era imposible comunicarse con él. Sí, dijo,
sabía quién era yo, sabía que yo era un amigo del señor Truslow, pero ni
siquiera ella sabía cómo comunicarse.
Entonces, llamé a su casa de Louisbourg Square. Una mujer
contestó el teléfono (un ama de llaves, supongo). Dijo que el señor Truslow
estaba fuera de la ciudad, "en Washington,creo", y que la señora
Truslow estaba en New Hampshire. Me dio el número de teléfono de New Hampshire
y por fin, conseguí hablar con Margaret Truslow. La felicité por el puesto que
iban a darle a Alex y le dije que necesitaba ponerme en contacto con él
inmediatamente.
Ella dudó.
—¿No puede esperar, Ben?
—Es urgente —dije.
—¿Y su secretaria? ¿No puede arreglarlo con ella?
—Tengo que hablar con Alex. Inmediatamente.
—Ben, usted sabe que está en Maryland, en Camp David —dijo con
delicadeza—No sé cómo llegar a él y tengo la sensación de que no es buen
momento para molestarlo.
—Tiene que haber una forma —insistí—. Y creo que él estará de
acuerdo en que lo molesten. Si está con el Presidente o algo así, bueno. Pero
si no...
Un poco molesta, me dijo que llamaría a la persona de la Casa
Blanca que había hecho el primer contacto con Alex para ver si podíamos hablar
con él. También aceptó pasarle un mensaje: yo le pedía que si me llamaba, lo
hiciera desde un teléfono portátil.
Las reuniones de socios en Putnam & Stearns son tan
aburridas como todas las reuniones de socios en los estudios de abogados,
excepto tal vez, en televisión, en Será Justicia. Nos reuníamos una vez por
semana los viernes de mañana a discutir lo que Bill Stearns quería que
discutiéramos y a decidir lo que debe decidirse.
En el curso de esa reunión en particular, con café y muy buenas
rosquillas dulces de los proveedores de la firma, revisamos una serie de
cuestiones que iban desde lo aburrido (¿cuántos nuevos asociados tomaríamos
para el año siguiente?) a lo casi sensacional (¿aceptaría la firma la
representación de un muy famoso señor del crimen, o digamos un supuesto señor
del crimen, hermano de uno de los políticos más poderosos del país, al que
estaban por acusar de fraude por una denuncia de la Comisión de la Lotería?).
Respuestas: No para el señor del crimen y seis en cuanto a los
socios. Si no hubiera sido por el único ítem que me competía —¿podía yo formar
un buen caso con un gigantesco conglomerado de comidas para que accedieran a
pagarme para una demanda contra otro conglomerado de comida para dirimir quién
había robado la fórmula de las fibras para adelgazar de quién?—, no habría
podido concentrarme en el trabajo.
Me sentía inquieto, como si fuera a estallar en cualquier
momento. Bill Stearns, a la cabeza de la mesa de reuniones con su forma de
sarcófago, parecía estar mirándome demasiado. ¿O era que yo estaba paranoico?
¿Lo sabría él también?
No, la verdadera pregunta era: ¿cuánto sabía?
Tuve ganas de ponerme a oír los pensamientos de mis colegas
mientras hablaban o callaban pero a decir verdad, era difícil. Tantos estaban
nerviosos, irritados, furiosos, que el murmullo incesante subía como una gran
pared de sonido, o una pila de charlas confusas, de la cual apenas si podía
separar los pensamientos de uno de las palabras de otro. Sí, ya describí la
diferencia cualitativa —en timbre— entre los pensamientos que recibía y las
voces habladas. Pero la diferencia es sutil y cuando había demasiado ruido en
el aire al mismo tiempo, me confundía y me irritaba y no conseguía nada.
Pero no podía dejar de recibir algún pensamiento que otro, al
azar. Y así, en un momento, oí a Todd Richlin, el genio financiero de la firma,
que mientras discutía letras y activos y disponibles, pensaba en un frenesí de
angustia: Stearns levantó las cejas, ¿qué mierda quiere decir eso? y Kinney
está tratando de decir algo que me deje en ridículo, ese hijo de puta... Y por
encima de eso, las interjecciones de Thorne y Quigley, algo sobre pagarle a un
asesor externo para entrenar a nuestros asociados casi iletrados en el arte de
hablar y escribir, y después las voces de esos asociados con sus pensamientos
por encima. Así que terminé rodeado por un laberinto de voces, que gradualmente
me llevó a la distracción total.
Y cada vez que miraba a la cabecera de la mesa, Bill Stearns
parecía estar mirándome.
Pronto, la reunión empezó a desarrollar ese ritmo alocado que
indica que queda menos de media hora. Richlin y Kinney estaban trabados en una
especie de lucha de gladiadores en cuanto al curso del litigio de corporaciones
relacionado con Viacorp, una gran firma en Boston, y yo trataba de aclarar mi
cabeza cuando oí que Stearns daba por terminada la sesión, se levantaba del
asiento y salía de la habitación.
Corrí para alcanzarlo, pero él siguió andando rápido hacia el
vestíbulo.
—Bill —lo llamé.
El se volvió para mirarme, los ojos duros como el acero, y no se
detuvo. Deliberadamente (o así me pareció) trataba de mantener una buena
distancia física entre los dos. El jovial Bill ya no estaba allí, se había
convertido en un hombre de cara severa, casi aterrorizante.
¿Él también sabía?
—Ahora no, Ben —dijo en una voz extraña, perentoria, que nunca
había usado conmigo.Unos minutos después, en mi oficina, me pasaron una llamada
de Alexander Truslow
—Por Dios, Ben, ¿es importante? —Su voz tenía el tono chato,
extraño, de los telefonos portátiles
—Sí, Alex, muy importante —respondí— ¿La línea es estéril?
—Si Por suerte pensé en traer esto conmigo
—Espero no haberlo llamado en medio de una reunión con el
Presidente, o algo así
—No, no Se esta viendo con un par de miembros de su gabinete
sobre algo que tiene que ver con la crisis en Alemania, asi que estoy aquí,
esperando ¿Qué pasa?
Le resumí lo que había pasado en "Laboratorios de
Investigación y Desarrollo" y le dije lo que ahora era capaz de hacer, con
el tono mas tranquilo que pude.
Hubo una larga, larga pausa El silencio parecía infinito
¿Pensaba que yo había perdido la razón? ¿Iba a colgarme?
Cuando habló, su voz era casi un susurro
—El Proyecto Oráculo —dijo
—Mi Dios. Me contaron algo si ....... pero pensar.......
—¿Sabe algo de esto?
—Por Dios, Ben, conozco a ese tipo, Rossi, y estaba metido en
eso. Pense...... Dios, me dijeron que habían tenido algo de éxito, que funcionó
con una persona, pero por lo que supe Stan Turner terminó con todo eso, hace
tiempo. Asi que de eso se trata. Debería haberme dado cuenta de que Rossi
andaba en algo.
—¿No le informaron?
—¿Informarme? Me dijeron que era un detector de mentiras ¿Ve?
Eso quería decir cuando le dije a usted que algo anda mal. La Compañía esta
fuera de control Mierda, no se en quien puedo confiar.
—Alex —dije— Voy a cortar todas mis conexiones con usted Por
completo
—Ben, ¿esta seguro? —pregunto con tono de protesta
—Lo lamento. Por mi seguridad y la de Molly, y la suya, voy a
quedarme a la sombra. Que no me vean. Cortar todo contacto con usted o con
cualquiera que tenga que ver con la CIA
—Ben escúcheme, me siento responsable. Yo soy el que lo metió en
todo esto Respeto su decisión, sea cual sea. En parte, quiero presionarlo para
que me ayude a ver que quieren esos vaqueros. En parte, creo que debería
decirle que se vaya a sucasa de fin de semana y se quede ahí por un tiempo. No
sé qué decirle.
—No sé lo que me pasó. No lo entiendo todavía. No sé si alguna
vez voy a entenderlo. Pero.......
—No tengo derecho a decirle qué hacer. Está en sus manos. Tal
vez quiera usted hablar con Rossi, sacarle qué quiere de nosotros. Tal vez eso
es peligroso. Tal vez él está haciendo lo que debe. Siga su propio juicio en
esto, Ben. Es lo único que puedo decirle.
—De acuerdo —dije— Lo pensaré.
—Mientras tanto, si hay algo que pueda hacer....
—No, Alex. Nada. Nadie puede hacer nada ahora.
Cuando colgué, entró otra llamada.
—Un hombre Se llama Charles Rossi —anunció Darlene por el
intercomunicador
Levanté el teléfono.
—Rossi —dije.
—Señor Ellison Voy a tener que pedirle que venga lo más pronto
posible y......
—No —dije— No tengo ningún arreglo con la CIA. MI arreglo era
con Alexander Truslow. Y desde hace dos minutos, ya no existe.
—Ey, ey, espere un minuto .
Pero yo ya le había colgado.
19
John Matera, mi corredor, estaba tan entusiasmado que apenas si
podía pronunciar las palabras.
—Dios —dijo—. ¿Ya lo sabes?
Hablábamos en la línea de Shearson, intervenida por supuesto,
así que dije, con inocencia:
—¿Que si sé qué?
—Beacon... lo que pasó con Beacon... Que Saxon la compró...
—Maravilloso —dije, fingiendo entusiasmo—. ¿Qué significa eso
para las acciones?
—¿Que qué significa?Ya tiene treinta puntos más, carajo.
Tienes... tienes el triple de lo que pusiste, y todavía no se terminó el día...
Ya hiciste más de sesenta mil dólares; no está mal para un par de horas...
—Vende, John.
—¿Qué mierda...?
—Vende, John. Ahora.
Por alguna razón, no me sentía feliz. Tenía un miedo lento,
ácido, que se me revolcaba en el estómago. Podía descartar todo lo demás, todo
lo que me había pasado, como imaginario, una terrible ilusión... Pero había
leído la mente de un ser humano, había conseguido información que no hubiera
podido alcanzar de otra forma y allí estaba la prueba.
No sólo para mí, para cualquiera que pudiera estar mirándome.
Sabía que había un riesgo serio de que la CSI sospechara de una operación como
esa, pero necesitaba el dinero y había dejado que eso pesara más en mi
conciencia.
Di instrucciones a John sobre dónde poner el dinero, en qué
cuenta, y después colgué. Llamé a Edmund Moore en Washington.
El teléfono sonó y sonó y sonó. No había contestador automático.
Ed siempre había pensado que esos aparatos eran la torpeza personificada.
Estaba a punto de colgar cuando me contestó una voz masculina.-¿Sí?
La voz de un hombre joven, no la de Ed. La voz de alguien con
autoridad.
—Ed Moore, por favor —dije.
Una pausa.
—¿Quién es?
—Un amigo.
—Nombre, por favor.
—No es asunto suyo. Quiero hablar con Elena.
En el fondo, oí una voz de mujer, alta, casi quebrada, gritos
que subían y bajaban rítmicamente.
—¿Quién es? —gritó esa voz.
—Ella no puede venir al teléfono, señor.
En el fondo, los gritos se hicieron más fuertes y los oí.
—Mi Dios, mi Dios. ¡Mi amor, mi amor! —Y un jadeo muy fuerte,
angustiado.
—¿Qué mierda pasa? —exigí saber.
El hombre cubrió el teléfono, consultó con alguien y después
volvió a la línea.
—El señor Moore falleció. Su esposa lo descubrió hace apenas
unos minutos. Suicidio. Lo lamento. Es todo lo que puedo decir.
Me quedé atónito, casi mudo.
Ed Moore... ¿suicida? Mi querido amigo y mentor, ese viejo
diminuto, fuerte y de corazón enorme... Estaba demasiado impresionado,
demasiado confundido para llorar por él como sabía que hubiera hecho.
No era cierto.
¿Suicidio? El había hablado de vagas amenazas contra su persona,
había temido por su vida. No, no podía ser suicidio. Pero cuando hablamos, me
había parecido desorientado, hasta un poquito desequilibrado.
Edmund Moore estaba muerto.
No era un suicidio.
Llamé al hospital y pedí hablar con Molly. Confiaba en su
sentido común, en sus consejos, y ahora los necesitaba más que nunca.
Estaba muy asustado. Hay una tendencia machista entre los nuevos
funcionarios de inteligencia, los clandestinos, a despreciar el miedo, como si
eso disminuyera la competencia, la virilidad. Pero los hombres de campo con
experiencia saben que el miedo puede ser el mejor de los aliados. Siempre se
debe escuchar al instinto, confiar en él.
Y mi instinto me decía que mi nuevo talento nos había puesto a
mí y a Molly en gran peligro.
Después de esperar un largo rato, el operador volvió a la línea
y dijo con una voz inundada de humo de cigarrillo:
—Lo lamento, señor, no contestan. ¿Quiere que lo conecte con la
unidad de cuidados intensivos neonatales?
—Sí, por favor.
La mujer que contestó en el UCIN tenía un acento levemente
hispánico.
—No, señor Ellison, lo lamento, ya se fue.
—¿Se fue?
—Se fue a casa. Hace diez minutos.
-¿Qué?
—Tuvo que salir. Dijo que era una emergencia, algo acerca de
usted. Yo supuse que usted sabía.
Colgué y me alejé corriendo hacia el ascensor con el corazón en
la boca.
La lluvia bajaba a la calle en olas, llevada por vientos que
parecían casi huracanados. El cielo era de un gris metálico, con rayas
amarillas. La gente caminaba con galochas amarillas e impermeables color caqui,
los paraguas negros dados vuelta en medio del aullido del viento.
Para cuando subí las escaleras hacia mi casa, mojado hasta los
huesos debido a la corta caminata desde el taxi a la puerta del frente, estaba
anocheciendo y al parecer nadie había encendido la luz en la casa. Raro.
Me apresuré por el vestíbulo. ¿Por qué volver a casa así? Tenía
que pasar la noche en el hospital, era su noche de guardia.
Lo primero que noté fue que no estaba encendida la alarma. ¿Eso
quería decir que había llegado a casa? Molly se había ido después que yo esa
mañana y siempre era escrupulosa, incluso un poco obsesiva, en cuanto a las
alarmas, aunque no había casi nada que se pudiera robar.
Cuando abrí la puerta del frente, noté la segunda peculiaridad.
El maletín de Molly estaba allí, en el vestíbulo, el maletín que siempre se
llevaba con ella.
Tenía que estar en casa.
Encendí unas luces y subí las escaleras hacia el dormitorio.
Estaba oscuro y no vi a Molly. Subí otro piso más hacia la habitación que ella
usa como estudio aunque en ese momento la habitación sufría una remodelación
que la convertía en un lugar casi inhabitable.Nada.
—¿Molly? —llamé en voz alta.
Nada.
La adrenalina me empezó a correr por el cuerpo. Hice rápidos
cálculos mentales.
Si no estaba allí, ¿estaría en camino? Y si era así, ¿qué o
quién la había hecho volver? ¿Por qué no había tratado de llamarme antes?
—¿Mol? —llamé con un poco más de fuerza.
Silencio.
Bajé la escalera rápidamente, el corazón en la boca, encendiendo
luces mientras lo hacía.
No. Ni en el comedor. Ni en la cocina.
—¿Molly? —Esta vez, casi un grito.
Silencio completo, total. En toda la casa.
Y después, el teléfono. Salté en el aire.
Me tiré a atenderlo y dije:
—¿Molly?
No era Molly. La voz era masculina, poco familiar.
—¡ Señor Ellison? —La voz tenía un acento, pero, ¿de dónde?
-¿Sí?
—Tenemos que hablar. Es urgente.
—¿Qué mierda hicieron con ella? —espeté—. ¿Qué...?
—Por favor, señor Ellison, en el teléfono no. No en su casa.
Respiré despacio, tratando de tranquilizarme un poco.
—¿Quién es?
—Afuera. Tenemos que encontrarnos. Ahora. Por la seguridad de
los dos. De todos.
—¿Dónde mierda...? —empecé a decir.
—Todo le será explicado —volvió a decir la voz—. Vamos a
hablar...
—No —dije—. Quiero saber ahora mismo, quiero...
—Escuche —siseó la voz con acento, por el teléfono—, hay un taxi
al final de la cuadra. Su esposa está ahí dentro, esperándolo. Doble a la
izquierda, baje por esa cuadra...
Pero yo no esperé a que terminara. Tiré el receptor al aire,
giré en redondo y corrí hacia la puerta del frente.
20
La calle estaba oscura, silenciosa, resbalosa de lluvia. Caía
una leve llovizna, casi una niebla.
Ahí estaba, al final de la cuadra, un taxi amarillo, del centro,
a menos de cien metros. ¿Por qué ahí, al final de la cuadra? ¿Por qué?
Y cuando me le acerqué, corriendo, distinguí en el asiento
trasero la silueta de la cabeza de una mujer, el largo cabello oscuro, inmóvil.
¿Era Molly realmente?
Desde tan lejos, no estaba seguro. Tal vez era ella, tenía que
ser ella... ¿Por qué estaba allí?, me pregunté con las piernas en movimiento,
jadeando ya por el esfuerzo. ¿Qué había pasado?
Pero algo andaba mal. Instintivamente bajé la velocidad, ahora
caminaba rápido, sin correr, la cabeza vuelta a ambos lados.
¿Qué?
Algo. Demasiados transeúntes en esa calle a esa hora de la
noche, en medio de la lluvia. Y caminaban demasiado tranquilos. La gente corre
en la lluvia, para llegar antes...
¿O me estaba poniendo paranoico?
Eran transeúntes normales, sí, tenían que serlo.
Por un instante, una milésima de segundo, vi a uno de los
transeúntes de frente. Alto, flaco, con un impermeable negro o azul marino, una
gorra oscura.
Me pareció que me miraba. Nuestros ojos se encontraron.
Tenía una cara extraordinariamente pálida, como si le hubieran
quitado todo el color con lavandina. Los labios leves y tan pálidos como el
resto. Bajo los ojos, círculos profundos y amarillentos que se extendían hasta
los pómulos. El cabello, lo poco que se veía bajo la gorra, rubio pajizo, casi
blanco, echado hacia atrás.
En el mismo instante, dejó de mirarme, como si hubiera sido una
casualidad.
Casi un albino, había dicho Molly. El hombre que se le había
acercado en el hospital, el que quería saber algo sobre las cuentas, los
números de acceso y el dinero de Harrison Sinclair, algo que ella podía haber
heredado.
Todo parecía mal. La llamada, Molly sentada en el taxi: olía mal
y mis años de entrenamiento en la Agencia me habían enseñado a oler las cosas
de cierta forma, a ver esquemas, y...
...y algo me había pasado por el rabillo del ojo, un fulgor
leve, un brillo... ¿metal? en la luz de la lámpara de la calle angosta.
Entonces lo oí, el leve ruidito de una tela que roza otra tela,
o una tela en contacto con cuero, un sonido familiar, claro y distinto de todos
los otros ruidos de la calle: una pistolera.
Me arrojé contra el suelo, mientras una voz profunda, masculina,
gritaba:
—¡Abajo!
De pronto el silencio se quebró en una cacofonía terrible.
Un instante después, era el terror, una confusión terrible de
explosiones y gritos, el golpeteo de las pistolas automáticas con
silenciadores, los alaridos metálicos de las balas entrando en las chapas de
los autos. Desde algún lugar llegó un ruido de frenos y después una explosión
de vidrios. Una ventana quebrada en alguna parte... ¿un tiro perdido?
Me levanté, agachado, tratando de determinar de dónde venían los
disparos. Me moví a toda velocidad, el cerebro girando en millones de cálculos.
¿De dónde venían?
No veía. ¿Del otro lado de la calle? ¿De la izquierda? Sí, de la
izquierda, desde... ¿desde el taxi?
Una figura oscura corría hacia mí, otro grito que no entendí, y
después, cuando me aplasté otra vez contra el pavimento, otra explosión de
ametralladora. Esta vez estaban cerca, peligrosamente cerca. Sentí un pedazo de
algo en la mejilla, la frente, después, el dolor de la vereda contra la
mandíbula. Algo me golpeó el muslo. Y entonces, el parabrisas del auto detrás
del cual estaba parapetado explotó en una telaraña blanquecina.
Estaba atrapado. Mis asaltantes desconocidos se acercaban y yo
no tenía armas. Me metí debajo del auto, en una actividad frenética, y escuché
otra serie de disparos, un aullido agónico y el ruido de neumáticos que
aceleran demasiado...
Después, silencio.
Silencio absoluto.
El tiroteo había acabado por el momento. Desde debajo del chasis
del auto veía un círculo de luz que estaba directamente del otro lado de la
calle. En ese circulo estaba tendido el cuerpo de un hombre, oscuro, la cara
hacia el otro lado, la nuca convertida en un horrendo desastre de sangre y
tejidos.¿Era el albino que había visto antes?
No, eso lo noté enseguida. El cuerpo del muerto era más robusto,
más petiso.
En el silencio, todavía me ardían las orejas. Por un momento, me
quedé ahí con miedo de moverme, aterrorizado por la idea de que un solo
movimiento podía indicar mi posición a los enemigos.
Y entonces, oí mi nombre.
—¡Ben! —Una voz algo familiar.
Se me acercaba. Venía de la ventana de un vehículo en
movimiento.
—Ben, ¿está bien?
Momentáneamente, no pude contestar.
—Oh, Dios —oí decir a la voz—. Dios, espero que no lo hayan
herido.
—Aquí —logré contestar—. Estoy aquí.
21
Unos minutos después, estaba sentado, confundido, en la parte
posterior de una camioneta blanca a prueba de balas.
En el compartimiento del frente, detrás del conductor
uniformado, separado de mí por un panel de vidrio grueso, estaba Charles Rossi.
El interior de la camioneta era elegante: un televisor, una cafetera y hasta un
fax.
—Me alegro de que esté bien —llegó la voz amplificada de Rossi,
metálica y grave por el intercomunicador. El vidrio que nos dividía parecía ser
a prueba de sonidos. —Tenemos que hablar.
—¿Que fue eso, carajo?
—Señor Ellison —dijo él, con cansancio—, su vida está en
peligro. Esto no es un juego, se lo aseguro.
Era raro, pero no me sentía furioso. ¿Por qué estaba atontado
por lo que me había pasado? ¿Por el horror de la desaparición de Molly? Lo que
sentía, en cambio, era una sensación de indignación remota, distante, una
conciencia de que las cosas no estaban bien... Y nada de furia.
—¿Dónde está Molly? —pregunté sin ansiedad.
Rossi suspiró por el intercomunicador.
—Está a salvo. Queríamos decírselo.
—Usted la tiene.
—Sí —contestó Rossi como desde muy lejos—. La tenemos.
—¿Qué le hicieron?
—La verá usted muy pronto —dijo Rossi—. Se lo prometo. Y se va a
dar cuenta de que lo hicimos por la seguridad de ella.
Su voz era suave, razonable, plausible. Trataba de
tranquilizarme.
—Ella está a salvo —siguió diciendo—. Y usted va a verla. La
estamos protegiendo. Le juro que va a hablar con ella en unas horas.—¿Quién
trató de matarme?
—No lo sabemos.
—Me parece que hay demasiadas cosas que no saben.
—No estamos seguros. Uno de los nuestros u otros...
Uno de los nuestros, ¿la CIA?, ¿U otros en el gobierno? ¿Y
cuánto sabían sobre mí?
Me incliné hacia la puerta y traté de abrirla pero estaba
cerrada.
—Ni lo intente —dijo Rossi—. Usted es demasiado valioso para
nosotros, no quiero que se lastime.
La camioneta se movía. Yo no sabía adonde íbamos, no entendía.
Pero había algo que sí sabía.
—Me hirieron —dije.
—A mí me parece que está usted bien, Ben.
—No, me hirieron.
Me incliné, toqué lo que me dolía en el muslo. Abrí el cinturón,
me bajé los pantalones. Encontré la marca de la aguja, un punto negro rodeado
de una inflamación roja. No había visto el dardo, no era una aguja hipodérmica.
—¿Cómo lo hacen? —pregunté.
-¿Qué?
Nos movíamos por Storrow Drive hacia un carril que llevaba a la
autopista.
"Quetamina", pensé.
La voz de Rossi llegó otra vez, metálica:
—¿Mmmm?
Seguramente yo había dicho algo en voz alta. Hice un esfuerzo
por no transmitir mis pensamientos.
¿Me habían dado un compuesto de benzodiacepina? No. Parecía
hidroclorito de quetamina. "La Q especial", la llamaban. Un
tranquilizante para animales.
La Agencia solía dársela a sujetos que no cooperaban. Produce
algo llamado "anestesia disociativa" que básicamente significa que
uno se siente disociado de su medio, puede experimentar dolor, por ejemplo,
pero no lo siente. El significado del hecho se separa de la sensación del
hecho.
O, en una dosis exacta, uno sigue alerta pero se pone sumamente
agradable, acepta todo, aunque su sentido de preservación le pida que no lo
haga.
Si uno quiere que otro haga algo que no haría en su sano juicio,
es la droga perfecta.
Miré la ruta, miré cómo nos acercábamos al aeropuerto. Me
pregunté sin ansiedad, sin apuro, qué estarían por hacerme.
Pensaba que no podía ser tan malo, después de todo.
Nada muy malo. Parte de mí, una parte pequeña, débil, quería
abrir la puerta, saltar.
Pero todo está bien, básicamente, decía con seguridad la parte
más fuerte, más cercana, la voz más poderosa.
Me están probando. Charles Rossi. Eso es todo.
No hay nada que puedan saber sobre mí, nada de valor. Si fueran
a matarme, ya lo habrían hecho.
Pero esa idea de peligro es una tontería. Paranoia. Innecesaria.
Todo está bien, básicamente.
Oí que Rossi me hablaba con calma desde muy lejos, a millones de
kilómetros de distancia.
—Si yo estuviera en su posición, Ben, no dudo de que
reaccionaría igual. Hay que pensar en lo que le pasó. Usted cree que nadie lo
sabe, usted mismo no termina de creerlo. A veces se siente feliz cuando piensa
en lo que es capaz de hacer y a veces le parece que el miedo lo va a matar.
—No tengo ni la menor idea de lo que quiere decir con eso. ¿De
qué habla? —dije, pero mis palabras eran chatas, poco convincentes, como de
rutina.
—Sería mucho más simple, mucho mejor para todos, si cooperáramos
en lugar de seguir siendo enemigos.
No dije nada.
Un momento de silencio. Después, él volvió a hablar.
—Nosotros podemos protegerlo, Ben. Hay otros que saben sobre su
participación en el experimento, no entendemos cómo, pero así es.
—¿Experimento? ¿Se refiere al generador de imágenes por
resonancia magnética?
—Sabíamos que había una posibilidad en mil, tal vez en cien, de
que tuviera el efecto deseado en usted. Ciertamente, dada la evaluación médica
en su archivo de la Agencia, teníamos buenas razones para creer que usted tenía
todos los atributos necesarios, el coeficiente de inteligencia, el perfil
sicológico, y sobre todo, la memoria eidética. Precisamente el perfil ideal.
Obviamente no podíamos estar seguros, pero había buenas razones para ser
optimistas.
Yo tracé un dibujo sobre el tapizado rojo de cuero del asiento.
—No se cuidó usted lo suficiente, ¿sabe? —dijo Rossi—, incluso
alguien con su entrenamiento, sus habilidades, se descuida en momentos así.
Mis alarmas estaban sonando. Sentía que se me erizaba la piel de
la espalda, los pelos de la nuca. Pero mi mente serena parecía totalmente
disociada de mis instintos corporales y asentí.Él siguió diciendo:
—...no le sorprenderá saber que el teléfono de su oficina y de
su casa estaban intervenidos... todo legalmente, dados sus problemas con First
Commonwealth y demás. Se pusieron artefactos electrónicos para escuchar, en
varias habitaciones de su casa... no dejamos nada librado al azar.
Meneé la cabeza. Sólo eso.
—Y por supuesto, monitoreamos todo lo que usted decía en voz
alta. Y lo cierto es que usted fue algo indiscreto, tanto en su encuentro con
el señor Mel Kornstein como en sus conversaciones con su esposa. No quiero ser
crítico, no lo tome así. Usted no tenía razones para sospechar que había algo
extraño en el ambiente. Después de todo, no había ningún motivo por el que
tuviera que seguir las reglas de su entrenamiento en la Agencia.
Bajé la cabeza para aumentar el flujo de sangre al cerebro, pero
lo único que conseguí fue marearme. La cabeza me flotaba en el aire y las luces
de los autos que pasaban me parecían demasiado brillantes. Tenía los miembros
muy pesados.
Rossi dijo, la voz llena de preocupación:
—Y eso está bien. Si no lo hubiéramos tenido bajo vigilancia,
tal vez no lo habríamos rescatado a tiempo.
Yo ahogué un bostezo y tensé los tendones del cuello.
—Alex —empecé a decir...
—Lamento que hayamos tenido que hacer esto. Usted lo entenderá.
Había que protegerlo de usted mismo. Ya entenderá cuando no tenga droga en el
cuerpo. Tuvimos que hacerlo. Estamos de su lado. Ciertamente no queremos que le
pase nada malo. Lo necesitamos, necesitamos que coopere con nosotros. Cuando
nos haya escuchado, lo hará, estoy seguro. No podemos hacerle hacer nada que
usted no quiera.
—Supongo que eso... la ayuda legal que tienen... escasa
—murmuré.
—Usted es una gran esperanza para mucha gente buena.
—Rossi... —dije. Tenía dificultad en pronunciar las palabras.
Sentía la boca y la lengua duras y no conseguía manejarlas bien. —Usted...
director proyecto... proyecto síquico de la CIA... Oráculo... su nombre...
—Usted es muy pero muy valioso para nosotros —dijo Rossi—. No
quiero que le pase nada malo.
—¿Por qué... allá, sentado... qué tiene que esconder?
—Compartimentación del trabajo —dijo él—. Ya sabe: la regla de
oro en inteligencia. Con su habilidad sería peligroso que supiera demasiado.
Sería una amenaza para nosotros, para todos. Mejor que quede en la mayor
ignorancia posible.Nos habíamos detenido frente a una terminal del aeropuerto
Logan.
—En unos minutos, saldrá en un avión militar para la base de la
fuerza aérea en Andrews. Tendrá ganas de dormir. Hágalo.
—¿Por qué...? —empecé a decir pero no pude terminar la frase.
Rossi contestó, un rato después:
—Ya le vamos a explicar todo. Todo.
22
Lo último que recuerdo es la conversación con Charles Rossi en
la camioneta. Después, descubrí que estaba despierto y mareado en un avión
desierto que parecía militar. Me di cuenta de que me habían atado en posición horizontal
sobre un asiento o una camilla o algo así.
Si Rossi estaba en el vuelo, no lo vi en ninguna parte, no desde
mi ángulo. Había algunos hombres cerca, en uniformes militares. ¿Me cuidaban?
¿Creían que pensaba escapar a mil seiscientos metros de altura? ¿No se daban
cuenta de que estaba atado y sin armas?
La droga que me habían inyectado en la calle debía de ser muy
poderosa porque incluso tanto tiempo después me costaba pensar con claridad. Lo
intenté de todos modos.
El destino era la base de la fuerza aérea en Andrews.
Seguramente, iba a los cuarteles de la CIA. No. No tenía sentido. Rossi sabía
que yo leía mentes, así que los cuarteles de Langley serían el último lugar en
el mundo en el que querría ponerme. Parecía saber lo que yo no podía hacer:
percibir ondas cerebrales a más de cierta distancia o a través de un vidrio.
Eso significaba que él ya había pasado por eso, que había habido otros.
Pero, ¿seguiría estando allí mi extraña habilidad? No tenía
idea. ¿Cuánto tiempo duraba? Tal vez se había desvanecido con tanta rapidez
como había llegado.
Me moví en mi asiento, peleé contra las bandas que me sujetaban,
y noté que los guardias volvían la cabeza, tensos, alerta.
¿Habría sido Molly la del taxi? Rossi había dicho que ellos la
tenían, que estaba segura, que estaba bien. ¿Pero un taxi?¿Y en la calle? Tenía
que ser un doble, alguien que se le pareciera mucho, un cebo para hacerme
llegar hasta allí. ¿Lo había hecho la gente de Rossi? ¿O esos "otros"
sin nombre, no especificados?
¿Y quiénes eran esos otros?
—iEy! —logré decir con un gruñido.Uno de los guardias se
levantó, se me acercó (pero no demasiado).
—¿Qué puedo hacer por usted? —preguntó con amabilidad. Tendría
unos veinte años, alto, duro, macizo.
Volví la cabeza hacia él, lo miré directamente a la cara.
—Tengo ganas de vomitar —dije.
Él frunció el ceño.
—Mis instrucciones...
—Voy a vomitar —le advertí—. Las drogas. Quiero que usted lo
sepa. Haga lo que le dijeron que hiciera.
Él miró a su alrededor. Uno de los otros guardias frunció el
ceño y sacudió la cabeza.
—Lo lamento —dijo—. ¿Un vaso de agua o algo así?
Yo gemí.
—¿Agua? Dios. ¿Para qué sirve el agua? Tiene que haber un baño
aquí.
El guardia se volvió hacia el otro, murmuró algo. El que estaba
más lejos gesticulaba como expresando indecisión. Después, el primero se volvió
hacia mí y me dijo:
—Lo lamento, amigo. Lo único que puedo hacer es ofrecerle un
balde.
Me encogí de hombros a pesar de las correas.
—Como quiera —dije.
Él fue hasta el fondo y volvió con lo que parecía una palangana
de aluminio, que me puso cerca de la cabeza.
Hice lo que pude para simular las náuseas, tosí y me retorcí
mientras él mantenía la palangana cerca de mí, la cabeza a no más de medio
metro, una mirada de asco en los ojos.
—Espero que le paguen bien por eso —dije.
Él no contestó.
Hice lo que pude para enfocar mi cerebro nublado por la droga.
...no golpearlo... oí.
Sonreí, sabiendo de qué se trataba.
Tosí otra vez.
Después: para qué...
Y unos segundos después: ...lo que hizo es cosa de la Compañía
no nos dicen seguramente algo de espionaje no parece espía mierda parece un
abogado.
—Creo que no tiene tantas ganas de vomitar después de todo —dijo
el guardia, alejándose un poco.
—Qué suerte. Pero no se lleve eso muy lejos.
Sabía, uno, que la cosa funcionaba todavía; y dos, que no podía
averiguar nada de ese tipo, al que habían dejado en ignorancia completa de mi
identidad y mi destino.
Poco después, me dormí; un largo descanso sin sueños. Cuando
volví a despertarme, estaba sentado en otro vehículo, esta vez un Chrysler del
gobierno. Me dolía todo el cuerpo.
El conductor era un tipo alto de casi cuarenta años con aspecto
de marino y un traje azul oscuro.
Estábamos entrando en una parte rural de Virginia, algún lugar
en las afueras de Reston. Atrás quedaban los restaurantes especializados en
panqueques y las tiendas Oseo y los cientos de centros comerciales. Ahora
estábamos en rutas de sólo dos manos, rutas rodeadas de bosques y llenas de
curvas. Al principio me pregunté si no estaríamos llegando a Langley por rutas
secundarias, después vi que la dirección era otra.
Era un refugio en el campo, la parte de Virginia donde la CIA
mantiene una serie de casas particulares para sus asuntos: encuentros con
agentes, interrogatorios a desertores y demás. A veces son departamentos en
edificios anónimos de los suburbios, pero en general son cascos de estancia con
muebles de segunda, alquilados por mes, vodka en la heladera, espejos dobles y
vermut para la mesa.
Diez minutos después nos detuvimos frente a unas puertas de
hierro ornamental que se abrían sobre una gran reja de hierro de más de cuatro
metros de altura. Los portones y la cerca terminaban en puntas agudas y
parecían de alta seguridad. Probablemente electrificados. Las puertas se
abrieron electrónicamente. Pasamos por un largo camino lleno de bosques,
circular, que terminaba frente a una gran casa del período georgiano que
parecía temible a la luz del atardecer. Sólo había luz en una habitación del segundo
piso, en algunas del primero y en una grande de la planta baja con las cortinas
corridas. La entrada también estaba iluminada. Me pregunté cuánto le costaría a
la Agencia alquilar esa impresionante residencia y durante cuánto tiempo lo
harían.
—Bueno, señor —dijo el conductor—. Ya llegamos. —Hablaba con el
tonito suave de tantos empleados del gobierno que emigraron hacia Washington
desde la Virginia rural.
—Bueno. Gracias por el viaje.
Él asintió, un gesto grave.
—La mejor de las suertes para usted, señor.
Salí del auto y caminé lentamente a través del camino de grava y
la entrada. Cuando me acerqué a la puerta, ésta se abrió de par en par.
PARTE III
EL REFUGIO
THE WALL STREET JOURNAL
La CIA en crisis
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El Presidente estaría por nombrar
al nuevo director de la CIA
------------------------------------------------------
¿Podrá limpiarla
el nuevo dirigente?
¿Está fuera de control la agencia de espionaje?
-----------------------------------------------
POR MICHAEL HALPERIN,
PERIODISTA DE PLANTA DE THE WALL STREET JOURNAL
En medio de un clima de rumores muy desagradables con
respecto a vastas actividades ilegales dentro de la CIA, el
Presidente estaría por nombrar al nuevo director.
Las últimas especulaciones se centran en un funcionario
de carrera de la Agencia, el señor Alexander Truslow, de
buena reputación en el Congreso y en la comunidad de hombres
relacionados con la inteligencia.
Sin embargo, muchos observadores manifiestan preocupación
al respecto. El señor Truslow enfrenta el desafío muy
complejo, tal vez imposible, de tratar de reinar sobre una CIA
que según se cree, está totalmente fuera de control.
23
No debería haberme sorprendido al ver al hombre de la silla de
ruedas mirándome con toda calma cuando entré en el living, una habitación vasta
y muy adornada. James Tobias Thompson III había envejecido mucho desde la
última vez que nos habíamos visto durante el incidente que terminó con mi
carrera en la Agencia, y sobre todo con la vida de una maravillosa mujer y la
movilidad de un hombre.
—Buenas noches, Ben —dijo Toby.
La voz, ronca y baja, casi inaudible. Era un hombre compacto de
más de sesenta y cinco años, en un traje conservador color azul. Los zapatos,
que casi nunca tocaban el piso, eran botines negros, con brillo de espejo. La
cabeza estaba totalmente cubierta de cabellos blancos, un poco largo para un
hombre de su edad, especialmente un veterano de la Agencia. En París, ese pelo
había sido de un negro profundo con algunos trazos de gris en las sienes. Tenía
los ojos castaños y parecía digno y desalentado.
La silla de ruedas descansaba cerca de un hogar inmenso, en el
cual ardía un gran fuego artificial, que parecía extraño. Extraño, digo, porque
la habitación en la que estábamos, de unos quince metros de ancho por treinta
de largo, con un cielo raso de más de seis metros de alto, estaba fría por el
aire acondicionado. Por alguna razón, recordé que Richard Nixon quería tener
fuegos ardiendo en la Oficina Oval de la Casa Blanca, aún en pleno verano, con
el aire acondicionado encendido.
—Toby —dije, acercándome despacio para darle la mano. Pero él
hizo un gesto para que me sentara en una silla a unos buenos diez metros de la
suya.
En una gran silla de cuero a un costado estaba Charles Rossi y
no mucho más lejos, en un sofá tapizado, dos jóvenes en trajes baratos tipo
marinero que siempre asocio con los de seguridad dentro de la Agencia. No había
duda de que llevaban armas.
—Gracias por venir —dijo Toby.—Ah, no me des las gracias a mí
—dije, tratando de disimular en algo mi amargura—. Mejor a la gente del señor
Rossi. O a los químicos de la Agencia.
—Lo lamento —dijo Toby—. Conozco tu temperamento y no creí que
pudiéramos traerte de ninguna otra forma.
—Usted fue muy claro cuando dijo que no pensaba cooperar —aclaró
Rossi.
—Bien hecho —dije—. Esa droga sí que se come la voluntad.
¿Piensan tenerme así todo el tiempo para asegurarse mi aceptación?
—Creo que cuando nos haya escuchado hasta el final, será usted
más cooperativo. Si no quiere cooperar, bueno, no podemos hacer nada, supongo.
Un animal enjaulado no sirve como agente de campo.
—Adelante, entonces —dije.
La silla de respaldo recto en la que estaba sentado parecía
puesta de tal forma que, aunque veía y oía bien a Rossi y a Thompson, estaba a
gran distancia de los dos.
—La Agencia les dio un lindo refugio —dije.
—En realidad, es de un retirado —dijo Toby, sonriendo—. ¿Cómo
estás?
—Bien, Toby. Y tu estás muy bien.
—Sí, dentro de lo posible.
—Lamento que no tuviéramos oportunidad de hablar —dije.
El se encogió de hombros y sonrió otra vez como si yo hubiera
hecho una sugerencia superficial y tonta.
—Reglas de la Agencia —dijo—. No mías. Ojalá lo hubiéramos
hecho, sí.
Rossi me miraba en silencio.
—No creo que pueda expresarte lo mucho que... —empecé a decir.
—Ben —me interrumpió Toby—, por favor, no. Nunca te eché la
culpa. Esas cosas pasan. Y lo que me pasó fue horrendo pero lo que te pasó a
ti, a Laura...
Nos quedamos callados un momento. Escuché el siseo de las llamas
anaranjadas que lamían los troncos de cerámica.
—Molly —dejé escapar.
Toby levantó una mano para silenciarme.
—Está bien —dijo—. Por suerte... gracias a Charles... tú
también.
—Creo que me deben una explicación —afirmé, con tranquilidad.
—Sí, Ben —coincidió Toby—. Estoy seguro de que tú entiendes que
esta conversación no existe en realidad. No hay ningún registro de tu vuelo
desde Washington, y la policía de Boston archivó para siempre el informe sobre
la balacera de la calle Malborough.
Asentí.
—Lamento haberte puesto tan lejos de nosotros —siguió diciendo
él—. Ya entiendes el por qué de la precaución.
—No si no tienen nada que esconder —dije.
Del otro lado de la habitación, Rossi sonrió y dijo:
—Esta es una situación poco común, no la planeamos así, no del
todo. Como ya expliqué, mantenerlo a usted a cierta distancia es la única forma
que conozco de asegurar la compartimentación de seguridad que requiere la
operación.
—¿De qué operación estamos hablando? —pregunté, sin levantar la
voz.
Oí un crujido mecánico cuando Toby ajustó la silla para mirarme
de frente. Después habló, lentamente, como si le costara mucho hacerlo.
—Alex Truslow te encargó un trabajo. Ojalá Charles no hubiera
usado ese truco. Él es el primero en admitirlo, estoy seguro.
Rossi sonrió.
—Es un juego de fines y medios, Ben —dijo Toby—. Buscamos lo
mismo que Alex, pero con medios diferentes. No perdamos de vista el hecho de
que éste es uno de los proyectos más interesantes y fundamentales en la
historia del mundo. Creo que cuando nos hayas escuchado, querrás seguir con
nosotros. Si no quieres hacerlo, bueno, lo aceptaremos.
—Adelante —dije.
—Hace tiempo que te seleccionamos como sujeto probable. Tu
perfil concuerda, la memoria fotográfica, la inteligencia, todo.
—Así que sabían lo que iba a pasarme...
—No —dijo Rossi—. Ya fracasamos. Varias veces.
—Un segundo. Un segundo —interrumpí—. ¿Cuánto saben exactamente?
—Bastante —contestó Toby, con calma—. Ahora tienes la habilidad
de recibir lo que se llama ELF, ondas de radio de frecuencia extremadamente
baja, generadas por el cerebro humano. ¿Te importa si fumo? —Tomó un paquete de
Rothmans (yo me acordé de que era la única marca que fumaba cuando nos
conocimos en París) y lo golpeó contra el brazo de la silla de ruedas hasta que
salió uno.
—Si me importara —dije—, no creo que pudiera molestarme el humo
a esta distancia.
Él se encogió de hombros y encendió el cigarrillo. Exhaló con
gusto por la nariz y siguió diciendo:
—Sabemos que ese... talento, para darle un nombre, no disminuyó
desde que lo tienes. Sabemos que sólo eres sensible a pensamientos ocasionados
en momentos de emociones fuertes. No en ti sino en la persona que estás
tratando de "oír". Eso tiene mucho que ver con la teoría del doctor
Rossi sobre el asunto, según la cual la intensidad de las ondas de pensamiento
sería proporcional a la intensidad de la reacción emocional. La emoción varía
la fuerza de los impulsos eléctricos que se descargan. —Hizo una pausa para
inhalar otra vez y agregó con voz ronca, a través del humo: —¿Me sigues?
Yo sólo sonreí.
—Claro está, Ben, que nos interesa mucho más oír tus
experiencias que decirte lo que nosotros sabemos.
—¿Qué les hizo pensar en el generador de imágenes por resonancia
magnética como solución?
—Ah —dijo Toby—. Para eso, te dejo en manos de mi colega,
Charles. Como tal vez sepas, Ben, hace unos años que estoy en el DDO en casa.
—Se refería al Directorio de Delegados de Operaciones, los chicos que hacen la
cobertura en los cuarteles de Langley. —Mi área de responsabilidad es lo que
llaman "proyectos especiales".
—Entonces —dije, sintiendo una vieja sensación de vértigo—, tal
vez puedan explicarme, caballeros, de qué se trata este... este proyecto, como
ustedes lo llaman.
Toby Thompson exhaló el humo con firmeza y luego aplastó el
cigarrillo en un cenicero de cristal sobre la mesa de roble tallado que tenía
cerca. Miró la pluma de humo azul que se elevaba y se curvaba en el aire y
luego se volvió hacia mí.
—Estamos hablando de un asunto clasificado como ultra secreto
—dijo. Luego se detuvo. —Y como puedes imaginarte, es una historia larga y
bastante compleja.
24
—La Central de Inteligencia —dijo Toby, los ojos fijos en un
punto cualquiera de la habitación— está interesada hace tiempo en... ¿cómo
llamarlo?... en las técnicas más exóticas de espionaje y contraespionaje. Y con
eso, no estamos hablando sólo de esa invención maravillosa, el paraguas búlgaro
con la punta lista para inyectar drogas mortales... No sé cuánto sabes de esto
de tus días en la Agencia...
—No mucho —dije.
Toby me miró con fuerza como sorprendido por la interrupción.
—Y nuestro equipo, claro está, te observó en la Biblioteca
Pública, investigando... así que algo debes de saber, por lo menos lo que está
en informes oficiales y públicos. Pero la historia real es mucho más
interesante.
"Hay que recordar un dato esencial: la razón por la que la
mayoría de los gobiernos mantiene estas investigaciones en el mayor de los
secretos es el miedo al ridículo. Sí, así de simple. Y en una sociedad como la
nuestra, un país como los Estados Unidos, que se precia de un alto grado de
pragmatismo... bueno, creo que los fundadores de la CIA reconocen que el mayor
riesgo para ellos no es la furia sino el desprecio de la gente.
Sonreí porque estaba de acuerdo. Toby y yo habíamos sido buenos
amigos antes del incidente y yo siempre había disfrutado de su seco sentido del
humor.
—Así que —siguió diciendo— sólo un par de los funcionarios más
importantes estuvieron enterados de lo que hacía la Agencia en esta área.
Quiero asegurarme de que eso quede bien claro. —Me miró directamente a los
ojos, después volvió a inclinar la cabeza. —Los experimentos en parasicología
provienen por lo menos de la década del veinte en Harvard y Duke, experimentos
serios en manos de estudiosos serios, pero la verdad es que la comunidad
científica en general nunca los reconoció. —Sonrió otra vez, una sonrisa
amarga, y agregó:
Así es la estructura de las revoluciones científicas. El mundo
es chato, no redondo, ¿quién podría dudarlo?
"El primer trabajo importante, con algo nuevo, lo hizo un
hombre llamado Joseph Banks Rhine en Duke a fines de la década del veinte y
principios de la del treinta. Estoy seguro de que viste las tarjetas Zener.
—¿Eh? —murmuré, desorientado.
—Ya sabes, esas cinco tarjetas para FES. Con símbolos: un
cuadrado, un triángulo, un círculo, ondas y rectas. Rhine y sus sucesores las
usaron con algunas personas y llegaron a la conclusión de que hay gente con ese
talento, muy poca gente, claro. La mayoría, por supuesto, no. O, como decían
algunos estudiosos, hay más gente de la que creemos que tiene el potencial para
desarrollar el talento pero en general, la conciencia lo bloquea todo.
"Como decía, una serie de laboratorios se dedicó a
investigar la parasicología en varias formas, en las décadas siguientes, y no
sólo en cuanto a lo extrasensorial. Apareció la Fundación Doctor Rhine para la
Investigación de la Naturaleza del Hombre, y también el Laboratorio de Sueños
de William C. Menninger, en el Centro Médico Maimonides en Brooklyn, que hizo
algunos adelantos en cuanto a telepatía del sueño. Algunos de estos
laboratorios tuvieron que ver con el Instituto Nacional para la Salud Mental,
es decir con la CÍA.
—Pero la CIA no se fundó hasta... 1949 —dije.
—Bueno, sí, enseguida vamos a eso. Ya en 1952, según los
archivos de la Agencia, había un interés genuino en localizar individuos con
habilidades síquicas. Pero los primeros funcionarios se concentraban mucho
menos en su misión que en esconder el trabajo del conocimiento del público...
—Por miedo al ridículo —interrumpí—. Pero, ¿cómo mierda hacía la
CIA para manejar a esas personas con habilidades síquicas? Quiero decir, o eran
reales o no lo eran. Y si eran reales, sabrían que la gente que los abordaba
estaba en una agencia de inteligencia.
Toby sonrió, una sonrisa lenta y torcida.
—Cierto. Ese era un problema serio, por lo que sé. Usaban una
línea de doble seguridad, un sistema de doble ceguera con dos mediadores. Y
como dije, llegamos pronto pero tarde. Apurados por los soviéticos.
Rossi se aclaró la garganta y dijo:
—La Guerra Fría tuvo sus lados buenos.
—Cierto —siguió diciendo Toby—. Para volver a la historia, a
principios de los 60, la Agencia empezó a oír informes creíbles de esfuerzos
soviéticos en parasicología. Creo que fue entonces que una pequeña célula de
gente de la Agencia decidió fundar un estudio interno de las posibilidades de
los FES para el espionaje. Pero era un trabajo traicionero... Por cada persona
que tiene aunque sea un rastro de habilidad, hay cientos de fraudes y de
bromistas y de viejas locas con bolas de cristal entre las manos. De todos
modos, tal vez te acuerdes de haber oído decir que el vuelo de la Apolo 14 a la
Luna en 1971 permitió que Edgar Mitchell, el astronauta, hiciera el primer
experimento de FES en el espacio. No funcionó. En esos años, al principio,
nosotros y los Laboratorios de las Fuerzas Armadas y la NASA gastábamos un
millón de dólares al año en investigación sobre parasicología. Porotos, claro,
pero también estábamos tanteando en la oscuridad.
"Después, a principios de los 70, vinieron una serie de
informes secretos en los que la Agencia de Defensa de Inteligencia predecía que
pronto estaríamos en peligro a causa de las investigaciones rusas en
parasicología, que permitirían a la KGB, al GRU y al ejército soviético trucos
muy perfectos de cobertura, y conocimiento exacto de localizaciones de tropas,
barcos, hasta instalaciones militares. Alguien en los rangos superiores se lo
tomó en serio. No creo que esté diciendo nada demasiado secreto si te cuento
que Richard Nixon se interesó mucho en el tema.
"Nuestra inteligencia confirmó que los soviéticos tenían
varios laboratorios parasicológicos para propósitos militares, de los cuales el
más importante quedaba en Novosibirsk. Esto era a mitad de la década del
setenta. Después, en 1977, un periodista del Los Angeles Times terminó
arrestado por la KGB en Moscú mientras trataba de obtener documentos secretos
de un instituto de parasicología. Eso apuró a la CIA porque ahora los dos lados
sabían que los enemigos también sabían...
"Dentro de la Agencia, el programa era tan secreto que el
término FES no apareció jamás en ninguna parte, en ningún documento. Se lo
llamaba "nuevos sistemas biológicos de transferencia de información".
Unos pocos años después, yo ya había tenido mi... accidente... me pusieron a la
cabeza del proyecto, para acelerarlo o... eliminarlo, cerrarlo por completo.
"O meamos dentro del tarro o tiramos el tarro", me dijeron...
Yo asentí.
—Y tú decidiste mear —dije.
—En cierto modo. Yo era de los más escépticos. Y bastante hostil
a todo eso. Pensé que me estaban dando una especie de basura para que perdiera
el tiempo, una rehabilitación, lo que le dan a un experto en operaciones que ya
no tiene piernas para caminar.
"Y entonces... —Hizo un gesto en dirección a Rossi.
—Entonces, un día conocí al doctor Charles Rossi y él me enseñó algo que iba a
cambiar el mundo.—¿Quieres algo para tomar? —preguntó Toby justo en el momento
en que sus palabras habían picado mi curiosidad—, te gusta el whisky, ¿no?
—¿Por qué no? —contesté—. Fue un día muy largo.
—Muy largo, sí. Y la quetamina ya no está, me parece, así que no
te va a hacer mal la bebida. Wally, whiskies para todos... no, a Charlie le
gusta el vodka, ¿verdad?
—En las rocas —dijo Rossi—. Un toque de pimienta si es posible.
Uno de los de seguridad se puso de pie —sí, usaba una pistolera,
se la vi claramente—, y salió de la habitación. Unos minutos después, mientras
estábamos todos sentados en silencio, volvió con una bandeja. Obviamente no
estaba entrenado en el arte de servir tragos, pero se las arregló para servir
los vasos sin volcar una gota.
—Dime —dije por fin—, ¿por qué no puedo leerlos?
—A esa distancia... —dijo Rossi.
—No. Ni siquiera pude hacerlo con el de seguridad cuando me dio
el trago. No pasa nada. ¿Cuál será el problema?
Toby me miró un momento, pensando. La luz fuerte convertía sus
ojos en agujeros.
—Interferencia —dijo.
—No entiendo.
—ELF. Ondas de radio de frecuencia extremadamente baja. —Movió
una mano por el aire, abarcando toda la habitación. —El equivalente en radio
del ruido blanco. Interferencia. Lo emitimos con parlantes, en la misma
frecuencia que las ondas cerebrales. Por eso no puedes captar nada.
—Así que no te importará si me acerco un poco.
Toby sonrió.
—No nos gusta correr riesgos innecesarios.
Asentí. No pensaba insistir.
—Todo esto de la CIA trabajando con FES... pensé que Stan Turner
lo había eliminado en 1977.
—Oficialmente, sí —dijo Rossi—. En realidad, lo enterramos bajo
una cubierta cualquiera desde el punto de vista burocrático, tanto que casi
nadie sabía de su existencia en la Agencia.
Cuando el doctor terminó de hablar, Toby siguió con lo suyo.
—Hasta entonces, nuestros esfuerzos se habían concentrado en
localizar a los pocos individuos con talento. Pocos y muy lejos unos de otros
en el país y el mundo. Pronto el problema fue otro: ¿se puede instaurar el
poder? ¿Es posible? Parecía una locura, absolutamente imposible. Charles...
bueno, Charles puede contártelo mejor que yo.
Rossi se movió en la silla, respiró hondo y exhaló despacio.
—A principios de la década del 80 —dijo—, yo estaba trabajando
con una firma en California, una compañía pequeña. Desarrollábamos algo que el
Pentágono consideraba muy interesante. En términos simples era un inductor
electrónico de paranoia, "disruptor síquico de las neuronas" lo
llamaban,' que servía para interferir las conexiones sinápticas entre las
células del cerebro. En realidad, hubiera hecho electrónicamente lo que hace la
droga LSD en muchos casos. Algo muy feo, en realidad, pero claro, los del Pentágono
son los que nos trajeron el napalm, por cortesía de Química Dow. De todos
modos, el proyecto quedó en la nada, por suerte, pero un día recibí una llamada
de Toby que me ofreció el doble de salario y me trajo de los hermosos climas de
California hasta esta metrópolis. En cierto modo, seguí con mi trabajo:
estudiaba los estímulos electromagnéticos en el cerebro humano. Al principio,
el interés tenía que ver con la idea de controlar las mentes. Yo me concentré
en las ELF, las ondas de radio de frecuencia extremadamente baja, de las que
habló Toby. El cerebro genera señales eléctricas. Y lo que tratábamos de ver
era si podíamos transmitir señales fuertes en la misma frecuencia en las que
transmite el cerebro y usarlas para inducir confusión, incluso la muerte.
—Encantador —dije.
Pero Rossi siguió hablando, sin prestarme atención.
—Tampoco había nada ahí. Pero habíamos descubierto las
posibilidades de las ELF. Y encontré investigaciones del doctor Milán Ryzl de
la Universidad de Praga, algo relacionado con la hipnosis. El doctor Ryzl había
descubierto que cierta gente puede relajarse bajo hipnosis, aflojar tanto sus
inhibiciones que hasta se vuelve capaz de recibir imágenes por telepatía. Éso
me puso a pensar.
"Y así, casi por coincidencia, en 1983, en un hospital de
Holanda, un holandés de mediana edad pasó por un examen de rutina con un
generador de imágenes por resonancia magnética y salió con una percepción
extrasensorial documentada y catalogable. Los médicos se quedaron de una pieza.
Inmediatamente recibieron la visita de agentes de la inteligencia holandesa,
francesa y estadounidense, y todos confirmaron el informe. El hombre oía los
pensamientos de otras personas que estuvieran a distancias muy cortas. Los
neurólogos lo atribuyeron al efecto intenso de magnetización del generador de
imágenes en la corteza cerebral.
—¿Y la habilidad fue duradera? —pregunté.—No exactamente. A
decir verdad, el hombre se volvió loco. Empezó a quejarse de horribles dolores
de cabeza, de ruidos espantosos en los oídos y un día metió la cabeza en una
pared de ladrillos, literalmente quiero decir. Se mató. —Rossi tomó un buen
trago de vodka.
—¿Por qué el generador no provoca lo mismo en todo el mundo?
—pregunté.
—Esa fue mi pregunta al principio —dijo Rossi—. Los generadores
de imágenes se usan mundialmente desde 1982, y ése era el primer informe de
semejante resultado. Cuando los equipos de inteligencia francés, holandés y
estadounidense, trabajando en conjunto, investigaron a ese caballero holandés,
llegaron a la conclusión de que el hombre poseía ciertas características que
seguramente eran prerrequisitos. En primer lugar, era brillante, un coeficiente
intelectual de más de 170 según la prueba Stanford-Binet. Y además, tenía
memoria eidética.
Asentí una vez.
—Hubo otras marcas. El hombre tenía una habilidad verbal muy
grande, pero también una gran capacidad cuantitativa, era muy bueno en
matemáticas. Volé a Amsterdam, y me las arreglé para ver al holandés antes de
que cruzara al otro lado. Cuando volví a Langley, traté de reproducir el efecto
del generador.
"Reclutamos hombres y mujeres que parecían tener los
requisitos: la memoria, las habilidades verbales y matemáticas y demás. Y, sin
revelar la naturaleza verdadera del experimento, los sometimos al generador más
poderoso que pudimos localizar. El modelo era de Siemens A.G., de Alemania. Lo
modificamos. Pero no tuvimos éxito... hasta usted.
—¿Por qué? —pregunté, terminando el whisky y dejando el vaso
vacío sobre la mesa.
—No sabemos —dijo Rossi como si hablara del clima—. Si
supiéramos algo al respecto, podríamos... Pero no. Ciertamente usted tenía los
requisitos previos. La inteligencia, obviamente, y las habilidades verbales, la
memoria eidética, que se encuentra en menos del 0,1 por ciento de la población.
Usted juega ajedrez, ¿verdad, Ben?
—No demasiado mal.
—Bastante bien que yo sepa. Y es excelente en palabras cruzadas,
por ejemplo. Creo que hasta tuvo contacto con la meditación Zen en algún
momento de su vida.
—Sí, como usted dice, tuve "contacto" con ella...
—Estudiamos los archivos de tu entrenamiento en Campo Peary
—interrumpió Toby—, y los estudiamos con mucho cuidado. Eras muy conveniente...
pero no sabíamos si tendríamos éxito, de eso no estábamos seguros.
—Parecen muy poco interesados en una demostración de mis
habilidades —dije, dirigiéndome a los dos—. Qué raro.
—Al contrario —dijo Rossi—. Estamos interesados. Sumamente
interesados. Con su permiso, me gustaría hacerle unas pruebas mañana. Nada muy
difícil.
—Eso no me parece necesario —dije—. Si quieren les puedo hacer
la demostración ahora mismo.
Hubo un momento de silencio incómodo y después Toby rió entre
dientes.
—Podemos esperar.
—Parece saber mucho sobre esta condición mía. Tal vez pueda
decirme cuánto va a durar.
Rossi se detuvo de nuevo.
—Eso no lo sabemos. Lo suficiente, espero.
—¿Lo suficiente! —repetí—. ¿Lo suficiente para qué?
—Ben —dijo Toby con suavidad—, te trajimos aquí por una razón,
como ya supondrás. Necesitamos que hagas una serie de pruebas. Y después, te
necesitamos a ti.
—A mí. —Esta vez no me molesté en disimular mi hostilidad.
—Quieren que les ayude. ¿De qué clase de ayuda se trata?
Un largo silencio en la habitación cavernosa y por fin Toby
dijo:
—Supongo que la palabra es espionaje.
Me quedé sentado sin moverme durante casi cinco minutos mientras
ellos me miraban.
—Lo lamento, caballeros —dije, poniéndome de pie. Me volví hacia
la puerta y empecé a caminar.
Los dos de seguridad se pusieron de pie y uno de ellos dio
varias zancadas para alcanzarme y bloquearme la salida mientras el otro se me
ponía detrás.
—¡Ben! —me llamó Toby.
—Vamos, Ben —dijo Rossi simultáneamente.
—Por favor, siéntate —oí decir a Toby con tranquilidad—. Lamento
decir que no tienes muchas alternativas.
25
Una de las cosas que aprendí en mis días en la Agencia es cuándo
insistir y cuándo darme por vencido. Eran más que yo, no sólo los dos de la
sala sino todos los demás que hubiera en la casa, y tenía que haber más.
Calculé las posibilidades que tenía y supuse que estaban en mi contra en una
proporción de diez mil a uno, de cien mil a uno.
—Estás poniéndonos en una posición difícil —dijo Toby a mis
espaldas.
Me volví lentamente.
—No sé por qué me pareció haber oído algo sobre animales
enjaulados... —dije, irónico.
Él me estaba mirando con una leve huella de ansiedad en el
rostro.
—No quiero... no queremos recurrir a la compulsión.
Preferiríamos apelar a tu razón, al deber, a la decencia básica que sabemos que
tienes.
—Y a mi deseo de volver a ver a mi esposa —agregué.
—Sí, está eso también, sí —admitió. Nervioso, cerró los dedos en
un puño y los abrió de nuevo, varias veces.
—Y, además, por supuesto, me dijeron mucho. Ahora "sé
demasiado", ¿no es cierto? ¿No es así como se dice? Así que tengo derecho
a salir de la habitación pero si decidiera hacerlo, probablemente no llegaría
al portón.
Exasperado, Toby dijo:
—Eso es ridículo. Después de lo que te dije, ¿por qué mierda
vamos a querer hacerte daño? Aunque más no fuera por razones científicas...
—¿La Agencia también arregló que congelaran mis fondos?
—pregunté con amargura. Sentía los músculos de las piernas muy tensos, casi
acalambrados, el estómago revuelto, me corría la transpiración por la frente.
—¿Esa mierda de First Commonwealth?
—Ben —dijo Toby después de un momento de silencio—,
preferiríamos mantener las cosas en positivo, apelar a la razón. Creo que
cuando escuches todo, querrás llegar a un acuerdo.—Muy bien —dije por fin—.
Estoy dispuesto a escuchar. Veamos, ¿qué tienen que decirme?
—Es tarde, Ben —dijo Toby—. Estás cansado. Y sobre todo, yo
estoy cansado, aunque claro, ahora me canso muy fácilmente. Mañana, antes de
que te llevemos a Langley para las pruebas, hablamos de nuevo, ¿de acuerdo,
Charles?
Rossi murmuró su asentimiento, me miró con ojos penetrantes y
salió de la habitación.
—Bueno, Ben —dijo Toby cuando nos quedamos solos—. Creo que el
personal ya organizó todo lo que necesitas por esta noche: un cambio de ropa,
el baño y todo eso. —Sonrió con amabilidad. —Un cepillo de dientes.
—No, Toby. Falta un detalle. Quiero ver a Molly.
—No puedo permitirlo, Ben, todavía no. No es físicamente
posible...
—Entonces, no creo que lleguemos a ningún acuerdo.
—No está en esta área.
—Entonces, quiero hablar con ella por teléfono y quiero hablar
ahora.
Toby me miró, estudiándome, por un momento, y después hizo una
señal a los de seguridad. Uno de ellos salió de la habitación y volvió con un
teléfono negro, que conectó a una toma cercana. Luego, puso el aparato sobre la
mesa, a mi lado.
Levantó el receptor y apretó varios números. Conté: once
dígitos, tal vez larga distancia; después, otros tres. Un código de acceso,
probablemente. Dos más. Escuchó sin cambiar de expresión durante un rato y
después dijo:
—Noventa y tres. —Escuchó de nuevo y me entregó el teléfono.
Antes de que pudiera decir nada, oí la voz de Molly, aguda,
angustiada.
—¿Ben? ¿Dios, eres tú?
—Estoy aquí, Molly —dije con toda la tranquilidad que pude.
—¿Estás bien? ¡Dios mío!
—Estoy... estoy bien, Molly. ¿Y tú cómo...?
—Bien, bien. ¿Adonde te llevaron?
—A un refugio en Virginia —dije, mirando a Toby. El asintió,
como para confirmarlo. —¿Dónde estás tú?
—No sé, Ben. Algo... un hotel o algo así, un departamento. Creo.
En las afueras de Boston. No muy lejos.
Sentí que me enfurecía de nuevo.
Mirando a Toby dije:
—¿Dónde está?
Toby no dijo nada.—Custodia de protección. Suburbios de Boston
—respondió finalmente.
—¡Ben! —La voz de Molly salía por el auricular, desesperada.
—Dime quiénes son, por favor...
—No hay problema, Molly. Por lo que sé. Mañana voy a saber
más...
—Tiene que ver con... —susurró—, con...
—Lo saben —dije.
—Por favor, Ben. ¿Qué diablos pasa, en qué estoy metida? ¡No
pueden hacernos esto! ¿Es legal? ¿Pueden...?
—Ben —dijo Toby—. Voy a tener que desconectar la llamada, lo
lamento...
—Te amo, Mol —dije—. No te preocupes.
—¿Que no me preocupe! —La voz parecía incrédula.
—Todo estará bien pronto —dije sin creerlo.
—Te amo, Ben.
—Lo sé —dije y de pronto, estaba oyendo el tono.
Puse el receptor en su lugar.
—No creo que tengan derecho a asustar a Molly de ese modo —dije
a Toby.
—Es para protegerla, Ben.
—Ya veo. Como me protegen a mí.
—Correcto —dijo, pasando por alto el sarcasmo.
—Máxima seguridad —insistí—. Estamos tan seguros como dos
prisioneros.
—Vamos, Ben. Mañana, después de que hablemos, cuando nos
escuches, si quieres irte, te prometo que no voy a impedírtelo.
Con un ruidito eléctrico guió la silla a través de la larga
alfombra persa hacia la puerta.
—Buenas noches. Ya van a mostrarte tu habitación.
En ese momento, se me ocurrió la idea, y mientras la pensaba,
seguí a los dos guardias hacia la escalera principal.
26
La habitación que me habían dado era cómoda y tranquila,
amueblada al estilo de una hostería campestre de Vermont: pocas cosas pero
mucha elegancia. Había una cama mullida de dos plazas y media por lo menos,
envuelta en una colcha blanca y colocada contra una pared. Parecía muy
acogedora después de ese día largo, agotador, interminable, pero yo no podía
irme a dormir todavía. Noté que los muebles estaban fijos, como ajustados al
suelo. El baño era elegante y espacioso, con piso de mármol verde, paredes revestidas
con cerámicas blancas y negras más o menos de los años 30.
El piso, que crujía como para dar confianza a los que caminaban
sobre él, estaba cubierto de una alfombra de pared a pared. Había algunas pocas
pinturas, de buen gusto: óleos de temas náuticos en un estilo indefinido.
Estaban clavadas directamente a la pared como para que nadie pudiera moverlas.
Era como si hubieran esperado la presencia de un animal salvaje que podía
ponerse a tirar cosas por el aire en cualquier momento.
Había unas cortinas pesadas que llegaban hasta el piso, color
castaño y oro, detrás de las cuales se escondían unas ventanas adornadas.
Estaban reforzadas por una malla de metal casi invisible por lo fina:
probablemente imposibles de romper y con alarma electrónica.
Me tenían prisionero.
Me di cuenta de que esta habitación particular en este
"refugio" se usaba probablemente para mantener a otros agentes o
desertores con quienes toda precaución era poca. Evidentemente yo estaba
incluido en la categoría.
A pesar de lo que decían, era un rehén, sí, a pesar de la
retórica suave de Toby. Me habían atrapado y encerrado allí, como a un
espécimen exótico de laboratorio para hacerme pasar por una serie de pruebas
completas y luego presionarme para que entrara en su servicio.
Pero todo tenía la marca de la improvisación. Generalmente,
cuando se planea una operación por anticipado, se cubren todos los ángulos, uno
por uno, todos los detalles, a veceshasta la ridiculez más absoluta. Muchas
veces, las cosas salen mal de todos modos —ESAS COSAS PASAN dicen las
calcomanías de los autos—, pero nunca es por falta de planificación. Sin
embargo, yo me daba cuenta de que aquí los arreglos habían sido súbitos,
apresurados, ad hoc, y eso me daba esperanzas.
Tenían a Molly con ellos. Yo sabía que podría negociar su
liberación con mucha más facilidad desde la libertad. Tenía que ponerme en
marcha inmediatamente.
Mientras me sacaba el traje desgarrado, sucio (una baja del
tiroteo en la calle Marlborough), sentía que Molly estaría bien. Era bastante
posible que la estuvieran protegiendo, además de lo cual, claro está, la
mantenían lejos de mí para persuadirme. Algo así como atar a la muchacha a las
vías del tren para que uno cambie de idea, ¿no? Bueno, no habría trenes
expresos y lo peor que podía pasar era que Molly sometiera a sus captores a la
tortura de su lengua hasta volverlos locos. Yo conocía las presiones de la
Agencia.
En cuanto a mí, en cambio... bueno, ésa era otra historia. Desde
que había adquirido ese extraordinario talento, mi vida estaba en peligro. Y
ahora tenía una opción, o cooperaba o...
¿O qué?
¿No había dicho la verdad Toby en cuanto a por qué razón acabar
con el único sujeto vivo y exitoso del experimento, la única prueba de que el
proyecto funcionaba? ¿No sería algo así como matar a la gallina de los huevos
de oro?
¿O el secreto era más importante que la gallina misma?
Tal vez... tal vez yo podía adquirir el control sobre las cosas
que estaban sucediendo, tal vez eso todavía era posible.
Porque tenía una ventaja considerable e innegable sobre otros
seres humanos, y no parecía estar disminuyendo. Y... éste era el síntoma que me
decía que mi encarcelamiento era algo apresurado, casi torpe: había podido
adquirir algo de información útil de uno de mis guardias.
Toby, o quien quiera que estuviera al frente de la operación,
había tomado la precaución de buscar gente que no tuviera ni la menor idea de
lo que yo representaba ni del proyecto mismo. Pero naturalmente, había tenido
que informarles algo sobre las características de las operaciones de seguridad.
Cuando uno de los guardias... Chet, se llamaba... me llevó
arriba al dormitorio en el tercer piso, caminé lo más cerca posible de su
cuerpo. Evidentemente le habían ordenado que no hablara conmigo y que se
mantuviera a distancia.
Pero no le habían dicho que no pensara y además, pensar es una
de las pocas actividades humanas sobre las que no tenemos control.—Estoy
preocupado —dije mientras subíamos la larga escalera—. ¿Cuántos son ustedes?
—Lo lamento, señor —dijo Chet con la cabeza baja—. No se me
permite hablar con usted.
Levanté la voz como sorprendido y burlón.
—Pero ¿cómo mierda sé si estoy seguro? ¿Cuántos de ustedes me
protegen?, ¿no puedo saber ni siquiera eso?
—Lo lamento, señor, aléjese por favor.
Pero para cuando llegamos a mi habitación, ya sabía que habría
dos frente a mi puerta en la noche, que Chet estaba en la primera guardia y que
se alegraba de eso y que tenía una curiosidad insaciable en cuanto a mí y lo
que yo había hecho.
Me pasé la primera hora inspeccionando cuidadosamente la
habitación, buscando los transmisores (tenía que haberlos pero no los
localicé). Junto a la cama había un radio reloj despertador, que seguramente
tenía un transmisor.
Comprobé que estaba equivocado.
A eso de la una de la mañana golpeé en la puerta para llamar al
guardia. La puerta se abrió en unos minutos y vi la cara de Chet.
-¿Sí?
—Lo lamento —dije—. Tengo la garganta reseca y me pregunto si me
puede traer un vaso de agua mineral.
—Tiene que haber una heladera ahí —dijo, inseguro, pero estaba
tenso, el cuerpo preparado como el de una víbora lista para saltar, las manos a
los costados, como le habían dicho que estuviera.
Sonreí, un gesto de somnolencia.
—Se terminó.
Me miró, irritado.
—Espere unos minutos —dijo y cerró la puerta. Supuse que
llamaría abajo con el transmisor y pediría instrucciones porque seguramente le
habían dicho que no debía abandonar su puesto en ninguna circunstancia.
Unos cinco minutos después, hubo un golpe en la puerta.
Ya entonces tenía la radio a todo volumen, en una estación de
rap en AM, rítmica y permanente, y la ducha encendida, el baño lleno de vapor.
La puerta del baño estaba abierta y el vapor entraba en la habitación.
—Estoy en la ducha —aullé—. Déjelo donde quiera, por favor.
Entró otro guardia, uniformado, con una bandeja, una botella de
agua mineral francesa —me pareció que era un lindo toque de elegancia— y miró
alrededor en la habitación unos segundos, tratando de decidir dónde iba a
ponerla y entonces, !e salté encima. ,Era un profesional bien entrenado pero yo
también lo era y los dos o tres segundos de ventaja que me había dado la
sorpresa me sirvieron mucho. Lo apreté contra el suelo y la bandeja y el agua
cayeron sin ruido sobre la alfombra. Se recobró con una velocidad impresionante
y se levantó, me corrió un poco a un costado y con el brazo izquierdo me aplicó
un golpe doloroso, terrible, en la mandíbula.
La vieja calma glacial, la de siempre, me dominó.
La radio seguía cantando a todo vapor: "ABAJO tengo que ir
ABAJO ella también ABAJO..." y el ruido de la ducha golpeteaba y no se oía
mucho por encima de tanto alboroto y...
La bandeja era un arma excelente y con la mano derecha la tomé
del suelo y la arrojé contra la garganta del guardia, directo a ese punto
cartilaginoso que protege la yugular. Le metí el borde filoso contra la nuez de
Adán, sacándole el aire y él gruñó mientras apretaba las piernas alrededor de
mi cuerpo y oí, de pronto... no... dispararle no... no me dejan... al hijo de
puta...
Entonces, supe que lo tenía, que lo tenía porque ahora sabía lo
que él no iba a hacerme. Ese era su punto vulnerable, la razón por la que no
buscaba el revólver, y en el momento en que lo vi poner los puños duros, me las
arreglé para convertir los míos en una cuña y golpearlo en el estómago,
derrumbándolo contra el brazo de roble macizo del sillón. El aire se le escapó
de los pulmones con un siseo audible y de pronto, se dejó caer, la boca
abierta, en el suelo...
Inconsciente. Lastimado, pero no muy lastimado. Estaría fuera de
combate unos diez, veinte minutos.
Y por encima de todo, la radio seguía aullando.
Sabía que tenía pocos segundos: pronto entraría el otro guardia
a ver qué le había pasado a su compañero.
El guardia inconsciente tenía un arma en la pistolera, una
excelente Ruger P90 .9 mm, semiautomática. Yo me había entrenado con ella
aunque nunca había tenido oportunidad de usarla en acción. La saqué, inserté el
cartucho extra, solté el seguro y...
Un poco más allá vi los pies del segundo guardia, no Chet, otro,
el de la mañana. Tenía el arma levantada, apuntándome.
—Suéltela —dijo.
Nos miramos, los dos congelados donde estábamos.
—Tranquilo —dijo—. Va a poner eso en el suelo y nadie va a salir
lastimado. Bájela. Suéltela...
No tenía alternativa.
Lo miré con firmeza y disparé.
Apunté bajo, para no lastimarlo mucho.
Una explosión brusca, un relámpago de luz, el olor acre. Lohabía
herido en el muslo, lo vi enseguida. Hizo lo que le dijo su instinto: se
agachó. No era un asesino entrenado; eso yo ya lo sabía y para mí era una
información muy valiosa.
Me le acerqué, la Ruger apuntándole a la cara.
La mirada en sus ojos era una combinación de dolor y mucho
miedo. Oí una corriente angustiada de voces:
no Dios mío no Dios es capaz no por favor
Dije, con toda tranquilidad:
—Si se mueve, voy a tener que dispararle. Lo lamento.
Los ojos se abrieron todavía más, mirándome. Le tembló el labio
inferior. Lo desarmé y me guardé el arma.
Después, agregué:
—Usted se queda donde está. Cuente hasta cien. Si se mueve
antes, si hace un ruido, uno solo, carajo, lo mato.
Cerré la puerta cuando salí, oí correrse el cerrojo
automáticamente y me lancé hacia el corredor oscuro.
27
Agachado, me deslicé a lo largo de las paredes del vestíbulo
recubiertas de roble y consideré la situación.
En un extremo, brillaba una luz que parecía venir de una puerta
abierta. Tal vez había otra persona allí. O no. Supuse que la habitación era
para que la usaran los guardias mientras esperaban el cambio de turno, y
tomaban café.
"¿Habrá algo que pueda servirme ahí dentro?", pensé.
No. Seguramente no. No valía la pena arriesgarse.
De pronto oí un ruido de estática, metálico y fuerte. Venía del
transmisor que el segundo guardia había dejado en la puerta cuando entró con la
bandeja en el dormitorio. Una señal, un pedido de informes. Yo no conocía los
códigos, no podía engañarlos.
Eso significaba que tenía menos de un minuto antes de que
alguien viniera a investigar por qué nadie contestaba la llamada.
Oscuridad en todas partes. Una larga serie de puertas cerradas.
No sabía mucho de la disposición de la casa, sólo lo que había podido ver y
suponer mientras me traían.
Me estaba alejando de la escalera principal. Tenía que ser un
territorio peligroso, demasiado central. Estaba convencido de que tenía que
haber una escalera de servicio.
Claro que había una.
Sin luz, estrecha, los escalones de madera muy usados, la
encontré al final del ala de la casa donde me habían colocado para pasar la
noche. Bajé haciendo el menor ruido posible, pero sentía el eco de los crujidos
a mi alrededor.
Para cuando llegué al primer piso, había pasos más arriba.
Carreras, gritos. Habían descubierto mi huida antes de lo que yo esperaba.
Sabían que todavía estaba en la casa, en alguna parte, y ye no
tenía duda alguna de que todas las entradas estarían cuida das. Ahora todos
estaban alerta. Me sentí atrapado.
Levanté la vista. Examiné lo que me rodeaba. Sabía que no
llegaría a la planta baja.¿Y al primer piso?
No tenía elección, tenía que arriesgarme. Salté de la escalera
oscura hacia el corredor. Este no estaba alfombrado y mis pasos hacían un ruido
alarmante. Las voces se me acercaban, eran cada vez más fuertes.
La única luz venía de la luna, afuera, un brillo débil que
entraba por una ventana al final del corredor. Giré y me acerqué a ella, traté
de abrirla y saltar, pero de pronto, me di cuenta de que abajo no había césped
sino pavimento.
Un área de estacionamiento abierta, de asfalto o canto rodado,
unos buenos ocho metros más abajo. Un salto suicida. Y nada de qué agarrarme.
No, no podía hacerlo.
Y entonces oí la alarma, el chillido de miles de timbres en toda
la casa, todos ensordecedores, enloquecidos y terribles. Las luces se
encendieron, un fulgor cegador iluminó el vestíbulo, lo iluminó todo mientras
el ruido seguía.
"¡Por Dios, camina!", me grité interiormente.
Caminar, sí, pero, ¿adonde?
Corriendo desesperadamente por el vestíbulo, hacia la escalera
principal, probé puerta tras puerta y luego, cinco, seis más adelante, una se
abrió.
Un baño, chiquito y oscuro, con una ventana abierta y pequeña
por la que pasaba una corriente de aire frío. La cortina de plástico se movía
en la brisa y ahí estaba la solución, sí.
Arranqué la cortina y la dejé caer al suelo.
La alarma parecía todavía más urgente, más fuerte que antes.
Hubo un ruido de puertas abiertas, gritos.
¿Y ahora qué?
¡Afuera!
Sólo una cortina de baño, carajo. Si hubiera pensado en traerme
una sábana.
"Tienes que atarla a algo, atarla. Engánchala en alguna
parte. Algo estable", pensé.
¡No, no había dónde fijarla!
Ningún lugar de dónde sostener el vinilo, anclarme mientras
bajaba por la ventana, y no había duda de que no había tiempo de seguir
explorando porque los pasos se acercaban, como truenos, cada vez más. Tenían
que haberme seguido al primer piso y mientras yo miraba a mi alrededor,
desesperado, el corazón golpeando con fuerza, oí a mi derecha, a menos de seis
metros, en el vestíbulo:
—¡Aquí! ¡Vamos!
Levanté la ventana hasta el límite, encontré una malla metálica,
me tiré contra ella, tratando de destrabar los malditos tornillos de la base,
pero estaba fija, no se movía, y entonces retrocedí, me agaché...Y me tiré
contra la ventana, a través de la malla, y hacia el aire de la noche. Mi cuerpo
se contorsionó, tratando de frenar ia caída.
Y golpeé el suelo... polvo, no húmedo sino frío, seco, duro, un
polvo que pareció subir a encontrarse conmigo y golpearme los hombros y la nuca
y entonces, salté inmediatamente sobre mis pies, me torcí un poco el tobillo y
aullé de dolor.
Arboles delante de mí, sí, un bosquecillo, apenas visible en la
oscuridad pero iluminado por las luces de la alarma que subían por las hojas
hasta el nivel del segundo piso, oscuras un segundo, luego claras otra vez.
Una explosión de armas de fuego.
Detrás de mí, a mi izquierda, un zumbido de algo demasiado
cercano, el dolor de algo contra mi oído. Me agaché. Los disparos continuaron,
erráticos, cercanos, y yo me arrastré por el pasto hacia los árboles, sí, ya
estaba, gracias a Dios. Una cobertura natural, una protección. A unos metros de
mí un tronco se astilló y luego otro y yo corrí otra vez a pesar del dolor
cegador del tobillo y los hombros y ahí estaba, la cerca.
¿Electrificada?
Una cerca de cuatro metros, hierro forjado sólido, a prueba de
ladrones, seguridad de alto nivel... ¿alta tensión?
Ahora no podía ni retroceder ni volverme ni detenerme. Tenía
apenas segundos, eso era todo, pero los oí en el patio, venían hacia mí, muchos
al parecer, y los tiros volvieron a empezar. Me habían localizado pero los
árboles les bloqueaban la línea de tiro.
Inhalé una vez y calculé la situación con la mente. La casa
estaba rodeada por naturaleza, en medio de los hermosos bosques de Virginia, es
decir, árboles y animales, ardillas que suben a las cercas aquí y allá...
Me arrojé contra la cerca, tomé una sección horizontal y trepé
hacia las cabezas agudas de la parte superior, luego dudé un segundo y me tomé
de las espadas ominosas y negras de arriba.
Y sentí el hierro fresco, duro.
No. Electrificada no. Una ardilla se volvería loca con una cerca
electrificada, ¿verdad? No se electrifican las cercas en lugares así. Pasé las
piernas con cuidado, mirando las puntas y me dejé caer en el pasto blando del
otro lado.
Detrás, la mansión relampagueaba, las luces latían, el clamor
quebraba la quietud de la noche.
Corrí, oyendo los gritos y los pasos detrás de mí, pero estaban
del otro lado de la cerca. Sabía que estaba a salvo.
Corrí y corrí, haciendo muecas de dolor, seguramente gimiendo en
voz alta pero sin bajar la velocidad, hasta que elcamino dobló y quedé en un
cruce que había visto al llegar, y mientras subía por el camino oscuro,
estrecho, vi un par de faros que venían hacia mí.
El auto se movía no demasiado rápido pero tampoco con lentitud,
un Honda. Lo vi cuando se acercó y pensé en llamarlo pero era un riesgo.
Había venido de la ruta principal, pero yo sabía que en mi
situación tenía que ser cuidadoso. Cuando bajé la velocidad, los faros
aumentaron la luz, me cegaron y luego apareció otro par detrás, luces altas
también, y de pronto, estaba atrapado entre dos vehículos, el Honda y otro, uno
estadounidense que me había bloqueado por detrás.
Giré en redondo pero me tenían atrapado y luego aparecieron
otros dos en la oscuridad, los frenos al rojo, aullando, junto a los demás.
Estaba ciego frente a cuatro pares de faros y volví a girar,
pensando en una forma de huir, pero sabiendo que era imposible. Después oí una
voz que venía desde uno de los autos.
Un eco en la noche.
—Buen intento, Ben —oí que llegaban las palabras de Toby—.
Siempre tan bueno en lo tuyo. Por favor, entra.
Estaba rodeado de hombres que me apuntaban y de autos, y bajé la
Ruger lentamente.
Toby estaba sentado en la parte trasera de una camioneta
cubierta, una de las últimas en llegar. Hablaba a través de la ventanilla
cerrada.
—Lo lamento mucho —dijo—. Buen intento, de todos modos.
28
Me llevaron en un auto del gobierno, un sedán azul Chrysler
hasta Crystal City, en Virginia. Entramos en un edificio de oficinas sin
identificación con un garaje subterráneo. Yo sabía que la CIA tenía varios
edificios así en Crystal City y sus alrededores: obviamente éste era uno de
ellos.
El conductor me escoltó por el ascensor hasta el sexto piso y me
acompañó por un pasillo de aspecto gubernamental, pintado de un castaño típico.
HABITACIÓN 706 decían las curvas negras sobre el vidrio translúcido. Una
recepcionista me mostró una oficina interior, donde me presentaron a un
neurólogo barbudo, hindú, de unos cuarenta años, el doctor Sanjay Mehta.
Sin duda se preguntará por qué no traté de leer los pensamientos
del conductor en el ascensor, o de la gente que pasamos en el corredor, del
neurólogo y demás. La respuesta es que sí traté. El conductor era empleado de
la Agencia, y no tenía ninguna información, como el anterior. No averigüé nada
con él. Todo lo que supe caminando por el pasillo fue que estaba en un edificio
de la CÍA donde se hacían trabajos científicos y técnicos.
Con el doctor Mehta, las cosas fueron diferentes. Cuando le di
la mano, oí: ¿Oye mis pensamientos?
Dudé un momento, pero había decidido no disimular y contesté en
voz alta:
—Sí, sí.
Hizo un gesto indicándome una silla y pensó: ¿Oye los
pensamientos de todos?
—No —le dije—. Sólo los que...
Sólo los que tienen una intensidad particular... como los que
vienen acompañados de emociones violentas, ¿correcto?, oí.
Sonreí y asentí.
Oí una frase de algo en un lenguaje que no entendí, y que supuse
era de su país.
Por primera vez, me habló en voz alta:
—No habla usted hindi, ¿verdad, señor Ellison? —Su inglés tenía
acento británico.
—No.
—Soy totalmente bilingüe, es decir que puedo pensar en hindú o
en inglés. Lo que está diciéndome es que no entiende lo que pienso cuando
pienso en hindú. Lo oye pero no lo entiende, ¿verdad?
—Cierto.
—Pero no oye todo lo que pienso, por supuesto —siguió diciendo—.
Hace unos minutos pensé unas cuantas cosas, en hindú y en inglés. Tal vez
cientos de "pensamientos" si es que se puede categorizar así el flujo
de procesamiento de ideas. Pero usted oyó sólo lo que yo pensé con fuerza.
—Supongo que eso es cierto.
—¿Puede sentarse un momento, por favor?
Asentí otra vez.
Se levantó del escritorio y abandonó la habitación, cerrando la
puerta detrás.
Me quedé sentado unos minutos, inspeccionando la colección de
pisapapeles, recuerditos de plástico que había en el escritorio, de esos que
producen nieve cuando uno los da vuelta. Y entonces, recibí otro pensamiento.
Esta vez el timbre era el de una voz de mujer, agudo y angustiado.
Mataron a mi esposo. A Jack, Dios mío, Dios, mataron a Jack, oí.
Un minuto después, volvió el doctor Mehta.
—¿Y bien? —dijo.
—Lo oí bien.
—¿Oír qué?
—Una voz de mujer, que pensaba que habían matado a su marido
—contesté—. El nombre del marido es Jack.
El doctor Mehta suspiró, un suspiro audible. Asintió en
silencio. Después de un silencio largo, me preguntó:
-¿Y?
—¿Y qué?
—No "oyó" nada ahora, ¿no es cierto? —Dio a la palabra
"oyó" el mismo giro que le daba yo mentalmente.
—Silencio —dije.
—Ah, pero la de antes fue una mujer, sí. Eso es interesante. Yo
habría pensado que usted sólo escuchaba los sentimientos de alguien angustiado.
Pero usted no percibe sentimientos, sólo oye palabras.
—Correcto.
—¿Puede decirme exactamente lo que oyó?
Se lo repetí.
—Exactamente —dijo—. Excelente. ¿Distingue usted entre lo que
oye y lo que "oye"?—El... supongo que el timbre es diferente. La
sensación de la voz —traté de explicarle—. Es como la diferencia entre un
susurro y una voz alzada. O... como cuando uno se acuerda de una conversación a
veces, inflexiones y entonaciones, y todo eso. Percibo una voz hablada. Pero es
diferente de la voz audible.
—Interesante —dijo. Se levantó, tomó uno de sus recuerdos de las
cataratas del Niágara de su escritorio, y jugó con él mientras caminaba de un
lado al otro, más allá del escritorio. —Pero no oyó la primera voz.
—No sabía que hubiera habido otra voz.
—Hubo otra, de un hombre, del otro lado de la pared, pero le
pedimos que pensara con placidez. La segunda era una mujer, en la misma
habitación y las instrucciones fueron que conjurara un pensamiento horripilante
y lo pensara con cierta intensidad. La habitación es a prueba de ruidos. El
tercer intento, que usted dice que no oyó, vino de la mujer pero esta vez a
cien metros en el pasillo, en otra habitación.
—Usted dice que la mujer "conjuraba" los sentimientos
—dije—. ¿Es decir que no mataron a su marido?
—Correcto.
—¿Lo cual significa que no distingo entre pensamientos genuinos
y fingidos?
—Se podría decir eso, sí —respondió Mehta—. Interesante,
¿verdad?
—"Interesante" me parece una palabra demasiado tonta
para lo que siento.
Pasamos más o menos una hora haciendo pruebas diseñadas para
determinar la sensibilidad de mi "don", la fuerza de las emociones
que era capaz de escuchar, la distancia a la que tenía que estar la persona, y
demás.
Finalmente, el doctor se arriesgó a darme una explicación.
—Como usted ya se habrá imaginado —dijo el doctor Mehta—, lo que
produjo este resultado en su cerebro fue el efecto magnético del generador de
imágenes. —Encendió un Camel. El cenicero era un souvenir de un lugar llamado
Wall Drug en Dakota del Sur.
Exhaló una nube de humo que al parecer le permitía pensar con
más concentración.
—No sé mucho de usted, sólo que es abogado o algo así y que
antes trabajaba en la Agencia. No quiero saber más. En cuanto a mí, soy el jefe
de siquiatría de la CIA.
—¿Detectores de mentiras, pruebas sicológicas y demás?
—Básicamente. Estoy seguro de que mi personal le hizo pruebas
antes de mandarlo a la Granja, antes de enviarlo a la misión que le asignaron,
y al final, cuando usted se retiró del servicio. Han retirado su archivo así
que no podría saber más sobre usted aunque quisiera. Y no quiero. —Otra nube de
humo, después siguió hablando. —Pero si espera que yo le diga mucho sobre su
capacidad para leer la mente, lamento desilusionarlo. Cuando Toby Thompson vino
a verme hace unos años, pensé que estaba loco.
Yo sonreí.
—Francamente, no soy de los que creen en la percepción
extrasensorial. No porque haya algo demasiado extraño en esa percepción en sí
misma, eso no. Hay bastantes pruebas que sugieren que ciertas especies animales
poseen la habilidad de comunicarse de esa forma, ya sean perros o delfines.
Pero nunca vi nada que sugiriera que los seres humanos también pueden hacerlo,
por lo menos fuera de ciertas anécdotas no demasiado creíbles.
—Supongo que ahora habrá cambiado de idea —dije.
Él rió.
—Los pensamientos recorren el cerebro humano en el hipocampo y
la corteza del lóbulo frontal. Un colega, Robert Galambos, tiene la teoría de
que el pensamiento "proviene" de las células gliales, no de las
neuronas, ¿oyó hablar del cerebro de Broca?
Le dije que había escuchado el término pero no sabía lo que
significaba.
—El cirujano francés Pierre-Paul Broca descubrió un área del
cerebro humano donde se produce el lenguaje, un área en el lóbulo frontal
izquierdo. El área de Broca es el lugar donde se asienta el mecanismo del
habla. Otro lugar, conocido como el área Wernicke, es donde reconocemos y
procesamos el habla. Esa área también está en los lóbulos temporal y parietal
izquierdos. Estoy postulando la idea de que cuando una de esas dos áreas,
posiblemente la de Wernicke, se altera de cierta forma, aunque fuera sutilmente,
a través del magnetismo poderoso de un generador de imágenes por resonancia
magnética, las neuronas se realinean. Y eso le permite a usted "oír"
las ondas de radio de baja frecuencia emitidas por otras áreas de Broca. Hace
tiempo que sabemos que el cerebro produce esas señales eléctricas. Lo que usted
está haciendo, supongo, es recibirlas. Eso es todo. ¿Sabe que a veces nos
podemos "oír" pensar, como en la voz hablada?
—Sí, a veces.
—Bueno, yo diría que en algún punto de la formación de esos
pensamientos hay actividad también en los centros del habla. Y es en ese punto
que se generan las señales eléctricas. De acuerdo. Y hay también dos recientes
descubrimientos científicos que pueden hacernos pensar un poco."Uno se
publicó hace más o menos dos años en la revista Science. Era de un equipo de la
universidad de John Hopkins que descubrió que podía producir la imagen del
proceso de pensamiento del cerebro en una computadora Le pusieron electrodos a
un cerebro de mono y usaron los gráficos para rastrear la actividad eléctrica
en la corteza motora, el área del cerebro que controla la actividad motora.
Cuando el mono hacía algo, veían la actividad eléctrica en el cerebro del mono
en la pantalla, una milésima de segundo antes de la acción misma. Sorprendente
¡Estábamos viendo pensar al cerebro!
"Y después, un grupo de geobiologos del Instituto de
Tecnología Californiano descubrió que el cerebro humano contiene algo así como
siete millones de millones de cristales magnéticos microscópicos Es decir,
imanes en barra fabricados con cristales magnéticos, un mineral de hierro Se
preguntaban si habría un puente de unión entre el cáncer y los campos
electromagnéticos, aunque no hay pruebas de que los cristales magnéticos tengan
algo que ver con esa enfermedad Pero mis colegas y yo pensamos ¿ y si usáramos
el generador de imágenes por resonancia magnética para alterar esos imanes en
el cerebro humano..... para alinearlos? Sé que usted es abogado de patentes
Supongo que está al día en cuanto a desarrollos tecnológicos
—En general, sí
—A principios de 1993, se anunció un gran avance casi
simultáneamente en dos sitios al mismo tiempo El anuncio provino del gigante de
las computadoras en Japón, Fujitsu, la Corporación Japonesa de Telégrafos y
Teléfonos, y la Universidad Graz en Austria, una universidad tecnológica Usando
varias técnicas de biocibernética, la colección de impulsos eléctricos que
descarga el cerebro por medio del electroencefalograma, los seres humanos
podían dar ordenes a la computadora con sólo pensarlas Sólo con la mente,
movían un cursor en una pantalla de computadora o escribían letras determinadas
Bueno, en ese punto supimos que era posible
—¿Y por qué no pueden inducirlo en todos9
—Esa es la pregunta del millón de dolares —dijo— Tal vez tiene
que ver con la forma en que esta construida su área de Wernicke Tal vez con el
número, la densidad de las neuronas. Con lo que le da a usted su memoria
eidética. Para ser sincero, no tengo ni idea. Son sólo especulaciones. Nada
más. Pero aunque no sepamos la razón, o la confluencia de razones por las que
se da, lo cierto es que a usted le pasó. Lo cual lo convierte en un sujeto
valioso.
—Valioso —repetí—, ¿,para quién7 —Pero él ya se había vuelto
para salir de la habitación
29
—En realidad, estoy muy satisfecho —dijo Toby Thompson.
Realmente parecía muy feliz consigo mismo
Yo estaba sentado en una sala de interrogatorio, blanca,
antiséptica, bien iluminada, mirando a Toby que me miraba a su vez desde la
habitación conjunta, a través de un panel de vidrio grueso El vidrio estaba
lleno de huellas dactilares y la habitación era tan brillante que era fácil
olvidarse de que eran las ocho de la mañana y yo no había dormido en toda la
noche Yo sabía que estábamos en el subsuelo del mismo edificio de oficinas,
desagradable y anónimo construido en la década del 60
—Dime algo —le dije— ¿Por qué la barrera de vidrio9 ¿Por qué no
produces la interferencia con los ELF como hiciste en el refugio?
Toby sonrió, una sonrisa casi nostálgica
—Ah, también está la interferencia Mejor no correr riesgos No
creo mucho en la tecnología, ¿y tú?
Pero yo no estaba de humor para chistes, después de haber estado
más de una hora sometido a las pruebas del doctor Mehta.
—Si me las hubiera arreglado para escapar —empecé a decir.
—No hubiéramos ahorrado esfuerzos para encontrarte, Ben Eres
demasiado valioso. En realidad, tu perfil sicológico indicaba que intentarías
escapar una vez, lo daba como algo bastante seguro. Así que no me sorprende del
todo. No te olvides de que cuando te fuiste de la Agencia, perdiste el olor de
la colonia, Ben.
—¿El olor de la colonia?
—Entomología, hormigas. Te acuerdas de mi interés en las
hormigas.......
Toby había estudiado entomología antes de la Segunda Guerra
Mundial, momento en que las circunstancias lo llevaron muy lejos hacia el campo
de la inteligencia militar, la OSE, y más tarde hacia la CIA Pero no había
perdido interés y seguía en contacto con un viejo amigo de Harvard, E.O.
Wilson, que ahora era uno de los estudiosos más importantes en el tema. El
único uso que se las había arreglado para encontrar Toby a su pasión por las
hormigas tenía que ver con las metáforas.
—Claro que me acuerdo, Toby. ¿El olor de la colonia?
—Cuando una hormiga saluda a otra, le pasa las antenas sobre el
cuerpo. Si la otra es una intrusa de otra especie, la atacarán. Pero si es de
la misma y de una colonia distinta, la aceptan. Sin embargo, le dan menos
comida hasta que adquiere el mismo olor, la misma ferohormona, que las otras.
Entonces, es como si ya fuera una de ellas.
—¿Así que soy de otra colonia? —pregunté, impaciente.
—¿Alguna vez viste cómo ofrece comida una hormiga? Es muy
íntimo, muy conmovedor. El ataque, en cambio, es muy desagradable. Una, o las
dos, mueren.
Pasé los dedos sobre la mesa de conferencias de fórmica,
imitación madera.
—De acuerdo —dije—. Ahora, dime, ¿quién me atacó anoche?
—¿En Boston?
—Correcto. Y "no sabemos" me parece insuficiente.
—Insuficiente pero exacto. Realmente no sabemos. Lo que sí
sabemos es que hay un espía...
—Mierda, Toby —dije en un estallido—. Tenemos que decirnos las
cosas de frente.
Levantó la voz casi hasta el grito, lo cual me sorprendió.
—¡Estoy diciéndote las cosas de frente, Ben! Desde el accidente
de París, estoy a cargo de este proyecto. Lo llaman el Proyecto Oráculo: ya
sabes la tendencia que tienen los muchachos de cobertura a lo melodramático.
Del latín oraculum, de orare, hablar. La mente habla, ¿no es cierto?
Me encogí de hombros.
—El Proyecto Oráculo es el Proyecto Manhattan de telepatía,
caro, intensivo, ultrasecreto y considerado un fracaso seguro por casi todos
los que saben que existe. Desde esos meses del caballero holandés con FES, para
ser preciso ciento treinta y tres días, hasta que se suicidó, ya pasamos por
más de ocho mil sujetos de experimentación.
—¡¿Ocho mil? ! —exclamé.
—La vasta mayoría, por supuesto, no sabía que estaba formando
parte de un experimento, y se les daba bastante dinero. De todos ellos, dos
terminaron con pequeñas manifestaciones de FES, pero la habilidad se desvaneció
después de uno o dos días. Contigo...
—Ya van dos días y nada ha cambiado.
—Excelente. Excelente.
—¿Pero para qué es esto, carajo? Ya terminó la Guerra Fría, y...
—Ah —dijo él—, es que eso es un error. Sí, el mundo cambió pero
sigue siendo un lugar muy peligroso. La amenaza rusa sigue ahí, esperando otro
golpe de Estado o la quiebra total del sistema, como la Alemania de Weimar
esperaba que Hitler restaurara su imperio arruinado. El Medio Oriente es un
caldero. El terrorismo cunde, estamos entrando en una era de terrorismo de una
violencia que nunca vimos antes. Tenemos que cultivar esa habilidad que ahora
tú tienes, la necesitamos desesperadamente. Necesitamos agentes que puedan
adivinar intenciones. Siempre habrá Saddams Husseins o Khaddafis o quién sabe
quién.
—Así que dime, ¿para qué el tiroteo de Boston? Hace... hace
¿cinco años? que el Proyecto Oráculo está en marcha...
—Más o menos cinco, sí.
—Y de pronto, la gente me dispara. Hay una urgencia, eso es
obvio. Alguien quiere algo, y lo quiere ahora mismo. No tiene sentido.
Toby suspiró, tocó con los dedos el vidrio que nos separaba.
—Ya no hay amenaza soviética —dijo lentamente—. Gracias a Dios.
Pero hay otra mucho más difícil y difusa: cientos de miles de desempleados en
el Este, espías también, trabajadores, muchísimos.
—Esa no es explicación posible —contesté—. Esa gente es positiva
para nosotros. ¿Para quién mierda trabajan? ¿Y por qué?
—Mierda —gritó Toby—. ¿Quién crees que mató a Edmund Moore?
Lo miré con los ojos muy atentos. Los de él estaban abiertos,
asustados, llenos de lágrimas.
—Tú dime, ¿quién fue?
—Ah, vamos, la versión oficial es que se tragó el cañón de su
revólver, modelo 39 Smith & Wesson, de la Agencia, de 1957.
-¿y?
—El modelo 39 tiene cámaras para el Parabellum 9 mm, ¿verdad? Es
el primer 9 mm de fabricante estadounidense.
—¿A qué mierda quieres llegar?
—La bala que entró en el cerebro de Ed Moore vino en un cartucho
de 9 mm x 18. Es el que se usa para la pistola Makarov. ¿Me sigues?
—Soviética —dije—. Antigua, fines de la década del cincuenta.
O...
—O de Alemania del Este. El cartucho es para la Pistóle M. de
Alemania del Este. No creo que Ed Moore hubiera usado munición de la policía
secreta de Alemania del Este en su vieja pistola de la Agencia. ¿A ti qué te
parece?
—Pero los malditos Stasi ya no existen, Toby.
—Alemania del Este no existe. Los Stasi no existen. Pero los
agentes de la Stasi sí. Y alguien está utilizándolos para hacer un trabajo. Te
necesitamos, Ben.
—Sí —dije, levantando la voz—. Obviamente. Pero, ¿para qué,
mierda?
Siguió con su ritual de sacar un paquete de Rothmans, golpearlo
contra el costado de su silla de ruedas hasta que salió uno, encenderlo...
Después de soltar el humo, habló a través de la nube.
—Queremos que localices al último jefe de la KGB.
—Vladimir Orlov.
Él asintió.
—Pero tú sabes dónde está ahora... ¿Con todos los recursos de la
Agencia?
—Lo único que sabemos es que está en alguna parte de Italia del
Norte, en Toscania. Eso es todo.
—¿Y cómo mierda saben eso?
—Nunca divulgo métodos ni fuentes —dijo con una sonrisa
torcida—. En realidad, Orlov está enfermo. Va a Roma a ver a un cardiólogo. Eso
lo sabemos. Hace años que ve a ese tipo: visitó Roma por primera vez en la
década del 70. Este doctor trata a cierto número de líderes mundiales con gran
discreción. Orlov confía en él.
"También sabemos que después de las consultas, vuelve a
algún lugar de Toscania. Los que lo llevan son hábiles. Se sacaron de encima a
todos los que les pusimos para seguirlos.
—Organicen un trabajo de introducirse en un lugar vigilado.
—¿Con el cardiólogo? No tiene sentido. Ya probamos ert Roma.
Nada. Seguramente tiene los archivos bien guardados.
—¿Y si encuentro a Orlov?
—Tú eres el yerno de Harrison Sinclair. Casado con su hija. No
es totalmente absurdo pensar que quieras tener relaciones con él, negocios. Va
a sospechar, pero tú puedes hacerlo. Y cuando estés con él, queremos que
averigües todo lo que puedas sobre lo que discutió con Sinclair. Todo.
¿Realmente se robó una fortuna? ¿O fue Hal? ¿Qué tuvo que ver Orlov? Tú hablas
ruso, y con tu "talento"...
—Ni siquiera tiene que decir nada...
—Tal vez en un solo movimiento puedas localizar la fortuna que
nos falta y limpiar el nombre de Hal Sinclair. Pero también es posible que lo
que averigües sobre tu suegro no te guste.
—No es probable.
—No, Ben. Tú no quieres creer que Harrison Sinclair fueraun
ladrón. Alex Truslow tampoco y yo tampoco. Pero prepárate para la posibilidad
de que eso sea exactamente lo que pasó, aunque te parezca repugnante. Y la
misión tiene riesgos.
—¿Quiénes son los riesgos?
Él se reclinó en la silla de ruedas.
—La gente más traicionera en el negocio de la inteligencia es
siempre la tuya propia. Hubo un gran entomólogo del siglo XIX, Auguste Forel,
que observó que los peores enemigos de las hormigas son... otras hormigas. Los
peores enemigos de los espías son otros espías. —Puso las manos como formando
el techo de un templo. —No sé qué trato hizo Vladimir Orlov con Sinclair, pero
no creo que el ruso quiera que ese trato salga a la luz.
—No me jodas, Toby —dije—. Tú no crees que Hal fuera inocente.
El dejó escapar el aire, un ruido audible.
—No —admitió—. No. Ojalá pudiera creerlo. Pero al menos
averiguaremos en qué andaba cuando murió. Y por qué.
—¿En qué andaba Hal —grité—. Hal está muerto.
Toby levantó la vista, sorprendido. Parecía asustado, aunque yo
no sabía si era por mi estallido o por alguna otra cosa.
—¿Quién lo mató? —exigí que me dijera—. ¿Quién mató a Hal?
—Empleados de la Stasi, supongo.
—No hablo del trabajo sucio, ¿quién ordenó esa muerte?
—No sabemos.
—Esos renegados de la CIA, los Sabios, Alex me habló de ellos...
—Posible. Aunque tal vez, sé que no va a gustarte, pero hay que
pensarlo... tal vez Sinclair era uno de ellos. Uno de los así llamados Sabios.
Y tal vez hubo un desertor o algo así.
—Esa es una teoría —dije con frialdad—. Debe de haber otras.
—Sí. Tal vez Sinclair hizo un trato con Orlov, algo que tenía
que ver con muchísimo dinero. Y Orlov, por avaricia o miedo, lo hizo matar.
Después de todo, ¿no sería lógico que esos rufianes de Alemania del Este y
Rusia hicieran algo así por su viejo jefe?
—Necesito hablar con Alex Truslow.
—No podemos comunicarnos con él. No está disponible.
—Está en Camp David. Y sé que se puede llegar a él.
—Está en tránsito, Ben. Si tienes que hablarle, prueba mañana.
Pero no hay tiempo que perder. Este es un asunto urgente.
—Te piensas quedar con Molly, ¿eh? ¿Hasta que yo te entregue los
bienes que me pides?
—Ben, estamos desesperados. Las cosas son demasiado vitales.
—Respiró hondo. —No fue idea mía. Discutí con Charles Rossi por esto, gritamos
incluso.
—Pero ahora estás de acuerdo.
—La tratan muy bien. Eso te lo juro. Ella puede confirmarlo. El
hospital sabe que la llamaron por un asunto familiar de urgencia. Lo único que
va a pasarle es que van a obligarla a tomar un lindo descanso de unos días. Lo
necesita.
Sentí que me corría la adrenalina por el cuerpo y tuve que
luchar conmigo mismo para conservar la compostura.
—Toby, creo que fuiste tú el que me dijo una vez que cuando un
hormiguero está bajo ataque, las hormigas no envían a los jóvenes machos como
soldados. Envían a las mujeres viejas, me dijiste. Porque si ellas mueren, no
tiene importancia. Eso se llama altruismo: es mejor para la colonia, ¿cierto?
—Haremos todo lo que podamos para protegerte.
—Dos condiciones —dije.
-¿Sí?
—Primero, es lo único que voy a hacer. Para ustedes o para
cualquier otro. No pienso transformarme en conejito de Indias ni en el chico de
los mandados ni en ninguna otra cosa. ¿Comprendido?
—Comprendido —dijo él, la voz firme—. Aunque espero que podamos
convencerte más adelante.
No le presté atención.
—Y segundo, van a recibir la información cuando suelten a Molly.
No antes. Yo voy a fijar términos y métodos. Este es mi juego y yo pongo las
reglas.
—Eso no es razonable —dijo Toby, la voz más fuerte.
—Tal vez, pero ese punto no es negociable.
—No voy a permitirlo. Está contra todas las reglas de
procedimiento,
—Acéptalo, Toby.
Otra larga pausa.
—Mierda, Ben. De acuerdo.
—Entonces, tenemos un trato.
Él puso las manos sobre la mesa, frente a mí.
—Te llevaremos a Roma en un par de horas —dijo—. No hay ni un
minuto que perder.
PARTE IV
TOSCANA
-------------------------------------------------------------
Asesinan al líder del
Partido Nacional Socialista alemán
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POR ISAAC WOOD
DEL NEW YORK TIMES SERVICE
BONN— Jurgen Krauss, el feroz presidente del renacido Partido
Nazi de este país, principal contendiente en la carrera por la cancillería, fue
asesinado a tiros esta mañana. Nadie se ha adjudicado la autoría del hecho. Eso
sólo deja a dos hombres en carrera, los dos considerados de centro. A pesar de
que todos expresaron sus condolencias por la muerte violenta del señor Krauss,
los diplomáticos también manifestaron cierto alivio...............
30
Yo había estado en Roma vanas veces, y nunca me había gustado.
Italia es sin duda alguna uno de mis países favoritos, tal vez el favorito,
pero Roma siempre me pareció sucia, congestionada y desalentadora Hermosa, sí
—el Campidoglio de Michelangelo, San Pedro, la Villa Borghese, la Via Veneto,
todos son impresionantes cada uno a su manera, antiguos, lujosos, opulentos,
maravillosos—, pero también amenazadora, terrible a su modo. Y vaya uno donde
vaya por la ciudad, siempre termina frente al monumento a Víctor Emanuel II,
esa estructura espantosa en forma de máquina de escribir, de mármol blanco de
Brescia, rodeada de tránsito maligno en la plaza Venecia Mussolini hablaba
desde esos balcones y yo prefiero evitarlos si puedo
El día que llegué la lluvia caía con fuerza y hacía un frío
desagradable Los taxis detenidos frente al aeropuerto internacional en
Fiumicino parecían demasiado solitarios para aventurarse directamente hacia
ellos
Así que busqué un bar y pedí un caffé lungo, lo saboreé por un
rato, sintiendo cómo la cafeína luchaba contra el cansancio del vuelo Había
entrado en el país con un pasaporte falso, provisto por esos magos de la
documentación que conforman la sección de Servicios Técnicos de la CÍA (en
cooperación con el Servicio de Inmigración y Naturalización de los Estados
Unidos, debo decir)
Según ese pasaporte, yo era Bernard Masón, hombre de negocios
estadounidense que venía por un extraño arreglo con la subsidiaria italiana de
la corporación en la que trabajaba El pasaporte que me habían dado estaba muy
usado y el efecto era admirable Si no hubiera sabido de dónde venía, habría
pensado que lo habían usado en muchos viajes internacionales y que su dueño
había sido un hombre desprolijo Pero estaba preparado así y en realidad, era
nuevo
Pedí un segundo caffé lungo y un cornetto y caminé hacia el baño
Era un lugar simple, negro y blanco, y muy limpio. Contra una pared, debajo de
un espejo, había una fila de piletas; del otro lado, cuatro retretes con las
puertas pintadas de negro brillante, altas, del piso al cielo raso. El de la
izquierda estaba ocupado, y aunque el del centro estaba libre, me quedé un rato
en la pileta, me lavé las manos, la cara y me peiné hasta que se abrió la
puerta del retrete izquierdo. Salió un árabe diminuto, que se ajustó el
cinturón contra la panza. Se fue sin lavarse las manos y yo entré en el
compartimiento que había dejado y lo cerré con llave.
Bajé el asiento, me trepé sobre él y estiré la mano hasta el
compartimiento de plástico cerca del techo. Se abrió con facilidad y tal como
me habían prometido, ahí estaba: un bulto gordo, un sobre de manila que
contenía una caja de cincuenta cartuchos automáticos para pistola Colt .45 y
una hermosa pistola .45 color mate, Sig-Sauer 220, totalmente nueva y brillante
del aceitado de fábrica, todo envuelto en trapos de algodón. Yo creo que la Sig
es la mejor pistola que existe. Tiene miras nocturnas, cañón de cuatro
pulgadas, seis ranuras, y pesa unos setecientos cuarenta gramos. Esperaba no
tener que usarla.
Mi humor era un desastre. Había jurado no volver nunca a ese
juego horrible, y ahí estaba. Una vez más, tendría que buscar el lado violento,
oscuro de mi personalidad, que creía haber enterrado de una vez para siempre.
Envolví la pistola de nuevo, la deslicé dentro de mi bolso y
dejé el sobre en el compartimiento.
Pero apenas me fui caminando hacia los taxis, sentí que algo
andaba mal. Una presencia, una persona, un movimiento. Los aeropuertos son
lugares caóticos, inquietos, hervideros de personas, y por lo tanto, perfectos
para vigilar. Me estaban observando. Lo sentí. No puedo decir que lo oí ni que
leí a alguien, demasiada gente, demasiados pensamientos, una Babel de lenguas
extranjeras y mi italiano no es muy bueno. Pero lo sentí. Mis instintos, tan
bien afinados en un tiempo, tan desusados luego, volvían lentamente a tomar el
control.
Había alguien siguiéndome.
Un hombre compacto, robusto, de unos treinta o cuarenta años, en
una chaqueta deportiva verde grisácea. Cerca de la farmacia, la cara escondida
tras una copia del Corriere della sera.
Apresuré el paso hasta que salí del edificio. Me siguió con muy
poca sutileza. Eso me preocupó. No parecía importarle que me diera cuenta, lo
cual quería decir que había otros. O, probablemente, que querían que me diera
cuenta.
Me metí en el primer auto disponible, un Mercedes blanco, y
dije:
—Grand Hotel, per favore.El que me vigilaba había tomado el taxi
que seguía, lo vi inmediatamente. Probablemente ya había otro vehículo
involucrado, tal vez dos, tal vez hasta tres. Después de cuarenta minutos de
deslizarse a paso de hombre en medio de la hora pico de la mañana, el taxi se
detuvo en la estrecha Via Vittorio Emanuele Orlando frente al Grand Hotel.
Inmediatamente bajaron del vestíbulo cuatro hombres de librea para sacar mi
equipaje, ponerlo en un carrito, ayudarme a bajar y escoltarme ' al vestíbulo
elegante, sobrio y silencioso.
Le di una propina más que generosa a cada uno y mi nombre falso
al de la recepción.
El empleado sonrió, y dijo:
—Buon giorno, Signore. —Inspeccionó las hojas de reservaciones.
Una expresión de duda apareció en su rostro. —Signore... ¿señor Mason? —agregó,
levantando la vista, los ojos llenos de disculpas.
—¿Hay algún problema?
—Al parecer, señor... No tenemos registro...
—Tal vez bajo el nombre de mi compañía —le sugerí—.
TransAtlantic.
Después de un momento sacudió la cabeza otra vez.
—¿Sabe desde dónde la hicieron?
Golpeé con la palma abierta sobre la superficie de mármol.
—¡Me importa un carajo quién la hizo y desde dónde! —dije—. Este
maldito hotel ya...
—Si necesita una habitación, señor, estoy seguro...
Señalé al jefe de los de librea.
—No, aquí no. Estoy seguro de que el Excelsior no comete este
tipo de errores. —El hombre que había llamado se detuvo a mi lado y entonces le
dije: —Lleve mi equipaje a la entrada de servicio. A la del frente no. Y quiero
un taxi al Excelsior, en la Via Véneto. Inmediatamente.
El hombre se inclinó un poco e hizo un gesto a sus compañeros
que dieron vuelta con mi equipaje y empezaron a llevarlo por el vestíbulo.
—Señor, si hay algún error, estoy seguro de que podemos
arreglarlo —dijo el recepcionista—. Tenemos una habitación disponible. En
realidad, tenemos varias suites...
—No quiero causarles ningún problema —dije con furia mientras
seguía el carrito hacia el final del vestíbulo.
En unos minutos, vi que se detenía un taxi frente a la entrada
de servicio del hotel. El chico cargó la valija y el bolso en el baúl del Opel
y le di una buena propina.
—¿Al Excelsior, verdad, señor? —dijo el conductor.
—No, no —dije—. Al Hassler. Piazza Trinitá dei Monti.El Hassler
está frente a la Plaza España, uno de los lugares más bonitos de Roma. Yo ya
había estado allí antes y la Agencia había reservado una habitación a mi
pedido. El episodio del Grand Hotel, claro está, era una estratagema y al
parecer había dado resultado. Ya no me seguían. No sabía cuánto podría quedarme
allí sin que me vieran, pero por el momento, las cosas estaban bien.
Agotado, me duché y me dejé caer en la cama de dos plazas y
media, me metí entre las sábanas de lino, lujosas y suaves, momentáneamente en
paz, y me dejé caer en un sueño muy necesario, muy profundo, sacudido de a
ratos por visiones de Molly que me llenaban de aprensión.
Unas horas después, me despertó el sonido distante de una bocina
cerca de la Plaza España. Media tarde y la suite estaba llena de luz. Rodé
sobre la cama, levanté el teléfono, pedí un cappuccino y algo de comer. Me
estaba haciendo ruido el estómago.
Miré el reloj y calculé que el día de negocios estaría empezando
en Boston. Llamé a un Banco en Washington donde tengo una vieja cuenta desde
hace ya años. John Matera había enviado mis "ganancias" del Beacon
Trust a esa cuenta (aunque la verdad es que "ganancias" es lo único
que no eran). No tenía sentido, pensé, hacerle fácil a la CÍA meter las manos
en mi dinero. Yo conocía los trucos de la Agencia y estaba decidido a no
confiar en ellos, en lo posible.
El café llegó quince minutos después, en una taza profunda,
grande, con borde dorado y junto con deliciosos sandwiches: rodajas gruesas de
pan blanco con tajadas delgadas de jamón, arugula, un poco de pecorino fresco,
y pedazos de tomate de un color rojo incitante, brillantes por el aceite
fragante de oliva.
Me sentía más solo que nunca. Molly, eso lo sabía, estaba
bien... en realidad, estaba prisionera pero también la estaban protegiendo. Y
sin embargo, me preocupaba por ella, por lo que le dirían acerca de mí, por el
miedo que seguramente estaría sintiendo, por la forma en que lo soportaría.
Estaba convencido de que no haría ninguna locura. Convertiría en un infierno
las vidas de sus captores, de eso sí estaba seguro.
Sonreí y justo en ese momento sonó el teléfono.
—¿Señor Ellison? —La voz tenía acento estadounidense.
—Sí.
—Bienvenido a Roma. Es un lindo momento para venir.
—Gracias —dije—. Es mucho más cómodo aquí que en losEstados
Unidos en esta época del año.
—Y hay mucho más para ver —dijo mi contacto, completando el
código de reconocimiento.
Colgué.
Quince minutos después, bajo la luz suave de la tarde romana,
salí del Hassler. La gran escalinata de Plaza España estaba llena de gente
sentada, fumando, tomando fotografías, gritándose, riendo de las bromas de sus
compañeros. Miré la escena llena de vida, me sentí terriblemente fuera de lugar
entre tanta vida, y, con el estómago hecho un nudo de tensión, tomé un taxi.
31
Fui hasta la Piazza della Repubblica, no muy lejos de la
estación de trenes de Roma y alquilé un auto en la agencia Maggiore con mi
nombre falso, Bernard Mason, y con la licencia de conductor, más una tarjeta
Visa dorada del Citibank. (En realidad, la tarjeta era real, pero las cuentas
que pagaba el ficticio señor Mason se hacían efectivas a través de Fairfax,
Virginia, es decir, la CÍA misma.) Me dieron un brillante Lancia negro, grande
como un transatlántico: el tipo de auto que Bernard Mason, nuevo rico de los
Estados Unidos, apreciaría más.
El consultorio del cardiólogo estaba cerca, sobre el Corso del
Rinascimento, una calle ruidosa y llena de tránsito que nace en Piazza Navona.
Estacioné en un estacionamiento subterráneo a una cuadra y media y localicé el
edificio cuya entrada tenía una placa de bronce con la inscripción DOTT. ALDO
PASQUALUCCI.
Había llegado temprano para la cita, unos cuarenta y cinco
minutos más o menos, y decidí caminar hasta la plaza. Por muchas razones, sabía
que era mejor respetar la hora señalada. Tenía que ver al cardiólogo a las ocho
de la noche, un horario extraño, pero lo había hecho a propósito. El
inconveniente, supongo, estaba diseñado para agrandar mi leyenda: ésa era la
única hora del día en que el millonario estadounidense, Bernard Mason, podría
encontrar un minuto para una entrevista con el médico. Con ese inconveniente,
el doctor Pasqualucci seguramente estaría más decidido a cooperar y a
ayudarnos. Pasqualucci era uno de los cardiólogos más renombrados de Europa, y
el antiguo jefe de la KGB lo había consultado seguramente por esa razón. Así
que era lógico que el señor Mason, que residía varios meses por año en Roma,
buscara sus servicios. Lo único que sabía Pasqualucci era que ese
estadounidense le había sido derivado por otro médico, un interno al que
conocía sólo casualmente. Se le pedía cierto grado de discreción ya que el
imperio de negocios del señor Mason podría sufrir incalculables pérdidas si
alguien se enteraba de que había recibido tratamiento por un problema cardíaco.
Pasqua-lucci no sabía que el médico que me había derivado también era empleado
de la CIA.
A esa hora de la tarde, los edificios barrocos color ocre de la
Piazza Navona estaban iluminados con luces poderosas, una visión impresionante,
dramática. La plaza estaba repleta de gente que se sentaba en los cafés,
excitada, eléctrica, chillona. Había parejas que caminaban absortas en el amor,
o mirando a otros. La plaza está construida sobre las ruinas de un antiguo
Circo, el del emperador Domiciano. (Siempre me acuerdo de que fue Domiciano el
que dijo: "Los emperadores son necesariamente los hombres más desdichados
ya que sólo su muerte por asesinato convencerá al público de que las
conspiraciones contra sus vidas son reales".)
Las luces de la tarde brillaban sobre el agua de las dos fuentes
de Bernini a las que la gente parece acercarse siempre: la de los Cuatro Ríos
en el centro de la plaza y la del Moro en el extremo sur. Era una plaza
extraña, la Piazza Navona. Hace siglos se usó para carreras de carros y más
tarde los papas ordenaron que la inundaran para poder presenciar
dramatizaciones de batallas navales.
Caminé a través de la multitud, sintiéndome algo aislado de los
demás: el espíritu feliz y efervescente de todos contrastaba mucho con mi
ansiedad. Había pasado unas cuantas noches como esa, solo en ciudades
extranjeras, y siempre me había parecido que el parloteo de las voces en
idiomas extraños me producía somnolencia. Esa noche, claro, transformado (¿o
sería mejor decir "afligido"?) por mi nueva habilidad, me sentía cada
vez más confuso, mientras los pensamientos se fundían con las voces y los
gritos en una sola corriente imposible de comprender.
Oí, en voz bien alta:
—Non ho mai avuto una settimana peggiore.
Después en la voz-pensamiento: Avessimo potuto salvarlo.
Y en voz alta:
—LUÍ é uscito con la sua ragazza.
En la voz interior, más suave: Poverino!
Y después otra voz confusa, de las del pensamiento, esta vez con
evidente tono estadounidense: ¡Dejarme así sola, carajo!
Me volví. Era obviamente una estadounidense de menos de
veinticinco años, en una remera con el escudo de Stanford y una chaqueta de
lona prelavada, caminando sola a unos pocos pasos. La cara redonda, simple,
estaba fija en una mueca de disgusto. Me vio mirándola y me miró con furia. Yo
desvié la vista y entonces oí otra frase en un inglés estadounidense, y mi
corazón empezó a latir con fuerza.
Benjamín Ellison.¿Pero de dónde venía? Tenía que estar cerca,
tenía que estar dentro de un círculo de dos metros a mi alrededor. Una de las
personas que me rodeaban, una docena más o menos, pero, ¿cuál? Me costó mucho
trabajo no darme vuelta en redondo y tratar de detectar a alguien que pareciera
algo fuera de lugar, un tipo de la Agencia. Me volví como casualmente y oí...
no tiene que darse cuenta
... y empecé a acelerar el paso hacia la iglesia de St. Agnes,
incapaz de distinguir a la persona en la multitud. Me apresuré hacia la
izquierda, golpeé una mesa blanca en un café y también a una mujer mayor que
perdió el equilibrio, mientras yo me hundía en la oscuridad de una callecita
estrecha, inundada de olor a orina. Desde lejos oí gritos, la voz de una mujer,
la de un hombre, los sonidos de la conmoción. Corrí por la calle y me escondí
en un portal que parecía una especie de entrada de servicio. Me aplasté contra
dos puertas altas de madera, mientras sentía la costra de la pintura
desprendida contra el cuello y la cabeza. Incliné las rodillas y me dejé caer
sobre el suelo de baldosas del vestíbulo. Veía hacia afuera por un vidrio de la
puerta exterior, roto en el medio. Pensé que la oscuridad y las sombras me
ocultarían.
Sí, un perseguidor.
Una figura grande, muy musculosa, se apresuró por el callejón,
las manos extendidas como para mantener el equilibrio. Yo lo había visto en la
plaza, a mi derecha, pero me había parecido italiano; se había fundido con los
demás y la fusión había sido demasiado buena para el ojo de un extranjero.
Cuando pasó frente a mí, moviéndose lentamente, vi los ojos grandes. Miraban
directamente hacia el vestíbulo diminuto.
¿Me veía?
Oí: correr...
Sus ojos miraban fijo hacia adelante, no hacia abajo.
Sentí el acero frío de la pistola en el bolsillo del pantalón y
la saqué. Solté el seguro y puse un dedo en el gatillo.
El siguió adelante, por el callejón, mirando en las puertas a
ambos lados. Yo me deslicé hacia adelante, miré cómo llegaba al final del
callejón, se detenía un momento y doblaba a la derecha.
Me senté y dejé escapar un largo suspiro. Cerré los ojos un
minuto. Luego me incliné hacia adelante y volví a mirar. No estaba. Lo había
perdido por el momento.
Varios minutos después salí por el callejón hacia donde se había
ido él, alejándome de la plaza, y atravesé una conejera confusa de calles poco
iluminadas hacia el Corso.A las ocho en punto, el doctor Aldo Pasqualucci abrió
la puerta de su consultorio, con una pequeña inclinación de cabeza y me dio la
mano. Era sorprendentemente bajo, redondo pero no gordo, y usaba un traje de
tweed marrón con un suéter color pelo de camello. Tenía una cara amable. Los
ojos parecían preocupados. Tenía el cabello negro, manchado de gris, y
aparentemente recién peinado. Sostenía una pipa en la mano. izquierda. El aire
a su alrededor estaba fragante a vainilla por el humo.
—Adelante, por favor, señor Mason —dijo. El acento no era
italiano sino inglés, como de la clase alta, un inglés claro. Hizo un gesto con
la pipa hacia la camilla.
—Gracias por recibirme en una hora tan inconveniente — dije.
Él bajó la cabeza, sin aceptar ni rechazar la frase y dijo
sonriendo:
—Encantado de conocerlo. He oído hablar mucho de usted.
—Y yo de usted. Pero primero tengo que preguntarle...
Me detuve, concentrado... pero no oí nada.
—¿Sí? Si quiere sentarse y quitarse la camisa...
Mientras me sentaba en la camilla y me sacaba la chaqueta y la
camisa, dije:
—Tengo que asegurarme de que cuento con toda su discreción.
Tomó un tensiómetro de la mesa, lo envolvió alrededor de mi
brazo, apretó el Velero para unirlo, y dijo:
—Todos mis pacientes cuentan con la mayor discreción. Siempre.
Entonces dije en voz bien alta, deliberadamente provocativa:
—¿Pero cómo me lo garantiza?
Un instante antes de que contestara, mientras seguía apretando
el tensiómetro, oí: ...pomposo... arrogante.
Estaba tan cerca de mí que me parecía que olía el aliento lleno
de tabaco contra la mejilla. Sentía una tensión en él, y entonces supe que
estaba leyendo sus pensamientos.
En italiano.
Era bilingüe, me habían dicho: nacido en Italia pero criado en
Northumbria, Gran Bretaña, y educado en Harrow y Oxford.
¿Y qué significaba eso? ¿Qué significa ser bilingüe? ¿Hablaría
en inglés mientras pensaba en italiano? ¿Era así cómo funcionaba eso?
Entonces, dijo con mucha menos calidez:
—Señor Mason, como usted seguramente sabe, yo trato a individuos
muy importantes y muy exclusivos. No pienso revelar sus nombres. Si se siente
incómodo al respecto, por favor, es usted libre de marcharse ahora mismo.
Había dejado el tensiómetro tan ajustado que me dolía el brazo.
Era algo medio deliberado, me parecía. Pero ahora, como para enfatizar su
declaración, soltó la válvula, que se aflojó con un siseo audible.
—No, si nos entendemos —dije.
—De acuerdo. Bueno, para ir a lo nuestro: el doctor Corsini dijo
que usted tiene desmayos cada tanto, que de vez en cuando le parece que se le
acelera el corazón sin motivo.
—Correcto.
—Quiero hacerle un examen completo. Y tal vez un Holter, una
prueba de esfuerzo, veremos. Pero primero quiero que me diga en sus propias
palabras qué fue lo que lo trajo aquí.
Me di vuelta para mirarlo y le dije:
—Doctor Pasqualucci, mis fuentes me dicen que usted trata a
cierto Vladimir Orlov, alguien de la Unión Soviética, y eso me concierne.
Esta vez me espetó las palabras.
—Como ya le dije... siéntase libre de ir a ver a otro
cardiólogo. Hasta puedo recomendarle uno.
—Pero, doctor, lo único que digo es que me preocupa que el
archivo del señor Orlov, o sus fichas, o algo parecido estén aquí en su
consultorio. Supongo... Si hay un robo por... digamos, interés de parte de
alguna agencia de inteligencia, ¿mis archivos y mis fichas también son
vulnerables? Quiero saber qué precauciones personales toma usted.
El doctor Pasqualucci me miró como un halcón furioso, la cara
toda roja, y yo empecé a recibir sus pensamientos con claridad sorprendente.
Una hora más tarde, ya estaba maniobrando el Lancia a través del
tránsito ruidoso, enloquecido, ensordecedor, hacia las afueras de Roma, por la
calle del Trullo, y después por la calle S. Guiliano, una sección desolada y
moderna de la ciudad. Unos pocos metros más allá localicé el bar y me detuve.
Era uno de esos bares para todo uso, un bar con todo lo demás
incluido, un edificio pintado de blanco con una puerta a rayas amarillas,
muebles de jardín de plástico blanco apilados al frente, y un cartel de la
marca de café Lavazza con la inscripción: ROSTICCERIA-PIZZERIA-PANINOTECA-SPAGHETTERIA.
Faltaban veinte minutos para las diez y el lugar estaba lleno de
obreros y adolescentes en camperas de cuero, que tomaban algo en el bar. Un
tocadiscos aullaba una vieja canción estadounidense que reconocí: Quiero bailar
con alguien. Descubríque era Whitney Houston.
Mi contacto de la CIA, Charles Van Aver —el hombre que me había
llamado al hotel antes— no estaba allí. Era demasiado temprano y seguramente
estaba en el auto, en el estacionamiento. Me senté en un banquito de plástico
en la barra y pedí un Averna. Miré la multitud. Uno de los adolescentes jugaba
a las cartas en un juego que parecía involucrar la necesidad de tirar las
cartas contra la mesa. Una gran familia se había reunido alrededor de una mesa
demasiado chica, a hacer un brindis. Nada de Van Aver y —excepto yo— todos
parecían pertenecer a ese medio.
En el consultorio del cardiólogo había confirmado
definitivamente lo dicho por el doctor Mehta: que una persona bilingüe piensa
en los dos lenguajes, una especie de mezcla extraña. Los pensamientos del
doctor Pasqualucci eran una mezcla retorcida, una fusión de italiano e inglés.
Mi italiano no era fluido pero bastaba para permitirme entender
lo que pensaba.
Escondida en el suelo de su depósito, una pequeña habitación que
evidentemente contenía elementos de limpieza, escobas y cepillos, papel de
fotocopias, discos de computadora, cintas de máquinas de escribir y cosas
semejantes, había una caja de seguridad reforzada con cemento. Tenía muestras
de sustancias secretas, archivos de un desagradable caso de mala práctica en el
que había estado involucrado hacía diez años y varios ficheros de pacientes.
Esos pacientes eran políticos italianos de primer nivel, y de partidos rivales,
el jefe ejecutivo de uno de los grandes imperios automotrices de Europa, y
Vladimir Orlov.
Mientras el doctor Pasqualucci me ponía el estetoscopio en el
pecho y escuchaba, yo agonizaba dilucidando cómo podía hacerle pensar el número
de combinación de la caja, y cómo podría llegar a ella, cuando de pronto, oí
algo, un zumbido no del todo claro, una onda corta de radio que venía hacia mí
y a veces se desvanecía, y las palabras:
Volte-Basse
y Castelbianco
Y otra vez: Volte-Basse... Castelbianco y Orlov...
Y supe que eso era lo único que necesitaba.
Pero Van Aver no había aparecido. Yo tenía su fotografía en mi
memoria: un hombre grande, de cara roja, un sureño bebedor de sesenta y ocho
años. Usaba el cabello blanco tan largo que se le curvaba sobre el cuello, por
lo menos en las últimas fotos de la Agencia. Tenía la nariz grande y marcada
por venas, propio de los alcohólicos. Un alcohólico, decía Hal Sinclair, es una
persona que bebe más o menos lo mismo que tú y que no te cae bien.
A las diez y cuarto, pagué la cuenta y me deslicé hacia afuera
por la puerta del frente del bar restaurante. El estacionamiento estaba oscuro
pero vi la variedad típica de Fiat Pandas, Fiat Ritmos, Ford Fiestas, Peugeots
y un Porsche negro. Después de los ruidos del bar, me gustaba la quietud del
estacionamiento oscuro. Respiré una vez el aire frío que parecía más limpio y
más tonificante en esa parte de Roma.
En la última fila de autos había un Mercedes brillante color
oliva, licencia de Roma 17017. Y ahí estaba, dormido en el asiento del
conductor, tirado hacia adelante, como un viejo. Yo hubiera esperado que
tuviera el motor encendido, que estuviera impaciente por llevarme a Toscana en
el viaje de tres horas de autopista, pero no, el auto estaba a oscuras. Y la
luz del interior tampoco estaba encendida. Van Aver, supuse, dormía en las
vastas cantidades de alcohol que según su ficha personal era su costumbre consumir.
Un alcohólico, sí, pero un hombre que conocía a todos, que se movía bien en
muchos medios. Por esas cualidades, se le toleraban sus pecadillos.
El parabrisas estaba empañado. Cuando me acerqué pensé en si
sería prudente insistirle en manejar yo mismo o si lo ofendería en su ego. Me
deslicé dentro del auto y traté de oír sus pensamientos, algo que se había
convertido en un acto casi automático. Quería oír esos fragmentos interesantes
de la gente que duerme.
Pero no había nada. Un silencio completo. Me pareció extraño,
ilógico...
... y un segundo después, me sacudió una ola vertiginosa y
desesperada de adrenalina.
Vi cómo se curvaba el largo cabello blanco de Van Aver contra su
cuello, contra el suéter de cuello alto color azul marino, la boca abierta en
lo que parecía un ronquido y debajo, el cuello abierto de un extremo al otro,
grotesco. Una mancha terrible de color rojo oscuro se le deslizaba por las
solapas de la chaqueta; el cuello pálido, arrugado, seguía soltando el lago
rojo de sangre que mis ojos al principio se negaban a aceptar. Vi que estaba
muerto y salté para salir del auto cuanto antes.
32
Corrí hacia la calle del Trullo, con el corazón en la boca, y
encontré allí el auto alquilado. Estuve manoseando la llave un rato hasta que
finalmente conseguí abrirlo y hundirme en el asiento delantero. Respiré
despacio, una y otra vez, hasta que conseguí tranquilizarme.
El problema era que de pronto me habían arrojado otra vez a la
época de la pesadilla, estaba otra vez en París. Descubrí que recordaba cosas
todo el tiempo, casi como en un caleidoscopio. Me volvía a la mente la calle
Jacob, los dos cuerpos, uno de ellos el de mi amada Laura... una y otra y otra
vez.
Sea cual sea la mística del trabajo clandestino de inteligencia,
generalmente no incluye asesinatos ni acciones violentas. Esos momentos son las
excepciones, nunca la regla, y aunque en el escenario de la Guerra Fría, todos
estábamos entrenados para enfrentarnos con eventuales derramamientos de sangre,
la sangre en sí casi nunca entraba en nuestras vidas.
La mayor parte de los que trabajan en la clandestinidad ven muy
poca violencia durante sus carreras; mucho estrés y mucha ansiedad, sí, pero
muy poca violencia directa. Y cuando la encuentran, si la encuentran,
reaccionan como cualquier otra persona: todo eso les da asco, los llena de
repulsión, se dejan dominar por el instinto del tipo de pelea-o-huida. La
mayoría de los agentes que tiene la mala suerte de encontrarse con mucha sangre
al comienzo de la carrera se quema pronto y se retira en pocos años.
Pero a mí me pasaba algo distinto. La exposición a la sangre y a
la violencia tocaba un resorte muy adentro en mi interior. Apagaba algo: el
horror esencial de todo ser humano frente a la violencia. En lugar de
horrorizarme, me convertía en una persona furiosa, decidida, lógica, tranquila.
Era como si me dieran un sedante por vía intravenosa.
Mientras trataba de encontrarle sentido a lo que acababa de
suceder, repasé mentalmente una lista metódica, lenta, deposibilidades. ¿Quién
más sabía que iba a encontrarme con Van Aver? ¿A quién le habría contado él
mismo? Es decir, ¿a quién le habría contado que tuviera interés en mandarlo
matar? ¿Y por qué razón?
Me hubiera gustado creer que lo habían matado las mismas
personas que me habían seguido desde mi llegada a Roma. Lo cual inmediatamente
hacía surgir la pregunta de por qué no me habían eliminado a mí. Obviamente,
quienquiera que le hubiera cortado el cuello a Van Aver, me había precedido en
el tiempo así que no tenía sentido creer que había sido alguien que me había
seguido a mi cita (y además, yo había tomado elaboradas precauciones al dejar
el consultorio de Pasqualucci).
Eso indicaba que había alguien, una persona o un grupo, dentro
de la CIA, que había hecho matar a Van Aver. Alguien que sabía que iba a
encontrarse conmigo, alguien que había interceptado la comunicación entre Toby
Thompson en Washington y Van Aver en Roma.
Y sin embargo, cuanto más pensaba en el asunto, más tenía que
aceptar la posibilidad de que los culpables no tenían por qué ser de la CIA
necesariamente, que tal vez habían sido ex Stasi.
Así que esa línea de deducción no me servía para nada.
¿Y el motivo? No lo habían hecho pensando que era yo: Van Aver y
yo no nos parecíamos para nada, nadie hubiera podido cometer ese error. Y
seguramente había habido otras oportunidades, si el objetivo hubiera sido
matarme.
No era que Van Aver poseyera información que alguien no quería
que yo conociera. Su misión, me había informado Toby, era escoltarme a Toscana
en cuanto supiera la dirección de Orlov y...
Y llevarme a ver a Orlov. Yo no conocía el protocolo; no sabía
qué podía ayudarme a entrar en la casa del jefe retirado de la KGB. Ciertamente
no era cuestión de tocar el timbre de la puerta.
¿No sería eso? ¿No sería ése el motivo para matar a Van Aver?
¿Impedirme llegar a Orlov? ¿Descorazonarme, frustrarme, hacérmelo lo más
difícil posible? ¿Para que no averiguara ningún otro dato sobre los Sabios?
De pronto pegué un salto en el asiento.
No, no estaba razonando correctamente. Yo había llegado tarde a
la cita con el hombre de la CIA. Deliberadamente, por táctica, pero había
llegado tarde...
Como la mayoría de los agentes de campo, seguramente Van Aver
había sido impecable en cuanto al horario. Quien quiera que lo hubiera
sorprendido allí, con el cuchillo en la mano...Había esperado que estuviera con
alguien.
Yo.
No sabía si ellos sabían que yo iba a encontrarme con Van
Aver... pero sí sabían que Van Aver iba a ver a alguien...
Si hubiera llegado a tiempo, ¿estaría ahora recostado en el
asiento del acompañante con la carótida partida en dos?
Me incliné sobre el asiento y respiré, despacio.
¿Posible? Sí, claro.
Todo era posible.
Para cuando salí de Roma con mis cosas en el baúl del Lancia,
era más de medianoche. La autopista A-1 estaba bastante vacía, a excepción de
los grandes camiones de transporte de mercaderías.
Había comprado un buen mapa de Toscana, uno del Touring Club
Italiano que parecía abarcador y exacto. Fue muy fácil para mí guardarlo en mi
memoria. Después localicé una ciudad pequeña llamada Volte-Basse, no muy lejos
de Siena, a unas tres horas de viaje hacia el norte.
Me llevó un tiempo acostumbrarme a los conductores italianos,
que no son realmente imprudentes —comparados con los de Boston, todos los
conductores del mundo son virtuosos—, sino elegantemente agresivos. Me
concentré un tiempo en la autopista iluminada con lámparas color ámbar y eso me
tranquilizó poco a poco. Pronto pude pensar con más tranquilidad.
Entonces, además de mirar la ruta, empecé a pensar. Manejé por
el carril izquierdo a unos 120 kilómetros por hora. Dos veces me salí de la
ruta bruscamente y esperé con las luces y el motor apagados para asegurarme de
que nadie me seguía. Es un acto elemental pero funciona. Nadie parecía seguirme
aunque no podía estar totalmente seguro.
Un auto se me acercó desde atrás e hizo luces con los faros. Se
me puso tenso el estómago. Ya estaba casi encima y entonces, apreté el
acelerador a fondo y di un giro muy brusco a la derecha.
No, no, lo único que trataba de hacer es pasarme
Era evidente que yo tenía los nervios destrozados. "Así es
como pasan en Italia", me dije. "Estás perdiendo la calma.
Contrólate."
Y después, en voz alta:
—No te descontroles, Ben. Tú puedes. No te pongas nervioso.
Lo cierto es que con ese nuevo... talento... me había convertido
en un monstruo. No tenía idea de cuánto duraría, pero ya había cambiado mi vida
para siempre y me había llevado alas puertas de la muerte varias veces. Y sobre
todo, el talento y todo lo que traía con él me habían transformado de nuevo en
esa cosa que yo no quería ser, en ese autómata desalmado creado por el trabajo
en la CIA.
El tipo de FES que tenía era algo terrible. Ahora lo sabía. No
era algo fantástico ni maravilloso, sino horrendo. Uno no debería poder
penetrar en las paredes protectoras que rodean a los demás.
Así que estaba en medio de algo que se había llevado a mi esposa
para convertirme otra vez en el hombre de hielo, algo que amenazaba con
matarme.
¿Quiénes eran los malos? ¿Una facción de la CIA?
Sin duda, lo sabría pronto. En la ciudad de Volte-Basse, en
Toscana.
Era una aldea diminuta, apenas un puntito en el mapa. Un grupito
de edificios de piedra color arena se agolpaban a los dos lados de una ruta
estrecha, la número 71, que llevaba directamente a Siena. Había un bar, un
negocio de carnicería y verdulería, y no mucho más.
A las tres y media de la mañana, la ciudad estaba totalmente
callada, envuelta en silencio y oscuridad. El mapa que había memorizado, a
pesar de lo completo que era, no indicaba nada llamado
"Castelbianco", y a esa hora de la mañana, no había nadie a quien
preguntar.
Yo estaba exhausto y necesitaba descansar, pero la ruta era un
lugar demasiado expuesto. Mis instintos me decían que estacionara en un sitio
más protegido. Me alejé hacia Siena por la 71 a través de la moderna ciudad de
Rosia y entré en los bosques de las colinas. Después de un patio rodeado de
piedras vi un camino que entraba en una propiedad privada, un inmenso bosque
toscano con un castillo en el medio. El camino era pequeño y estaba oscuro; la
superficie, traicionera y sembrada de grandes piedras y grava. El Lancia se
sacudió y tembló sendero arriba. Pronto localicé un bosquecillo más espeso y
metí el auto allí para que nadie pudiera verlo, por lo menos mientras fuera de
noche.
Apagué el motor, saqué del baúl una de las mantas que había
robado del Hassler con mucha culpa y la tiré sobre mi cuerpo. Recliné el
asiento lo más que pude y escuché cómo se enfriaba el motor. Me sentí muy solo,
hasta que finalmente me quedé dormido.
33
Me desperté con la salida del Sol, confuso y dolorido. Al
principio no supe dónde estaba. No en casa, no en mi cama cómoda, apretado
contra Molly. Lo recordé con una sensación de naufragio y desgracia. Ah, sí,
estaba en el asiento delantero de un auto alquilado en un bosque de algún lugar
de Toscana.
Volví a enderezar el asiento, encendí el motor y retrocedí por
el bosquecillo y el camino hasta la ciudad de Rosia. El aire estaba frío y el
sol, que acababa de salir en el horizonte, echaba rayos dorados sobre los
edificios color terracota. Todo estaba en calma, totalmente en silencio hasta
que un camión entró tronando por la ruta, a través del centro de la ciudad.
Luego gruñó con fuerza, gimiendo, cuando el conductor cambió la marcha para
tomar el camino de la colina que yo había usado el día anterior y que subía
hacia la cantera de piedras.
Al parecer, Rosia era una ciudad de dos calles principales y de
filas de edificios de techos rojos, construidos evidentemente a mediados de
siglo. La mayoría contenía negocitos, una panadería, un bazar, algunos negocios
de frutas y verduras, un quiosco de diarios. A esa hora de la mañana estaban
todos cerrados menos un Jolly Caffé Bar-Alimentari, que además de bar era
panadería, en la calle más tranquila. Desde allí provenían voces masculinas. Me
acerqué. Había obreros tomando café, discutiendo, leyendo las páginas
deportivas de los diarios. Levantaron la vista cuando entré, se callaron y me
miraron de arriba abajo. Recogí algunos pensamientos en italiano, pero nada
importante.
Vestido como estaba, en un par de pantalones bastante arrugados
y un suéter de lana, probablemente yo los confundía. Si era uno de los
extranjeros (sobre todo ingleses) que alquilaban las villas toscanas a precios
exorbitantes, ¿por qué nunca me habían visto antes? Y si no lo era, ¿qué hacía
ese extranjero loco despierto a semejante hora de la mañana?
Pedí un espresso y me senté a una de las mesitas redondas de
plástico. La conversación volvió a aparecer lentamente y cuando llegó mi café,
una tacita llena de espresso oscuro y humeante coronado con una capa tostada de
crema, tomé un buen trago y sentí que la cafeína empezaba a trabajar
Fortificado por fin, me puse de pie y me acerqué al que parecía
el mayor de los obreros, un hombre de panza grande, cara redonda y cabeza medio
calva, con la cara cubierta por una barba gris Usaba un delantal sucio sobre un
uniforme de trabajo azul marino.
—Buon giorno —dije
—Buon giorno —contestó, mirándome con ojos llenos de sospechas.
Hablaba con el acento suave, amable de Toscana, en el que la C dura se
transforma en una J, y una ch fuerte en una sh.
Me las arreglé para decir en mi italiano rudimentario
—Sto cercando Castelbianco in Volte-Basse —Busco Castelbianco
Él se encogió de hombros, se volvió a los demás
—Che pensi, che questo sta cercando di venderé l'assicurazione
al Tedesco, o cosa? —¿Les parece que este tipo está tratando de venderle
seguros al alemán, o qué?
El alemán ¿entonces creían que Orlov era alemán? ¿Era ésa su
cobertura un emigrado alemán?
Risas. El mas joven, un hombre de unos veinte años, de piel
oscura que parecía árabe, dijo.
—Digli che vogliamo una parte della sua percentuale — Dile que
queremos parte de la comisión Más risas.
Otro dijo:
—Pensi che questo sta cercando di entrare nella professione del
muratore? —¿Les parece que este tipo quiere entrar en el negocio de las
construcciones de piedra?
Yo me reí con ellos, acompañándolos.
—Voi lavorate in una cava? —¿Ustedes trabajan en las canteras?
—No, è il sindaco di Rosia —dijo el más joven, golpeando en el
hombro al mayor, con cariño— Io sonO il vice-sindaco —No, él es el intendente
de Rosia Y yo el vice
—Allora, Sua Eccellenza —dije al calvo. Luego pregunté si
estaban haciéndole trabajos de piedra al "alemán" —Che state
lavorando le pietre per il....Tedesco..... a Castelbianco?
Él me hizo un gesto con la mano como para sacarme de encima y
todos volvieron a reírse El joven dijo:
—Se fosse vero, pensi che staremmo qua perdendo il nostro tempo?
Il Tedesco sta pagando i muratori tredici mille lire all'ora! —Si fuera así,
¿le parece que estaríamos perdiendo el tiempo aquí? El alemán paga trece mil
liras la hora a los constructores.
—Si quiere carne, tiene que ver a ése —dijo otro acerca del
hombre viejo, que se puso de pie y se limpió las manos en el delantal, manchado
con sangre animal aunque yo no me había dado cuenta antes. Cuando terminó de
limpiarse, se marchó y el hombre que había hablado se fue con él.
Cuando el carnicero y su ayudante se fueron, le dije al joven:
—¿Pero dónde está Castelbianco?
—Volte-Basse —dijo él— Unos kilómetros por la ruta a Siena
—¿Es un pueblo?
—¿Un pueblo? —preguntó él con una risa de incredulidad— Es
grande podría ser un pueblo, pero no Es una tenuta..... una propiedad. Nosotros
jugábamos ahí cuando éramos chicos, antes de que la vendieran.
—¿Venderla?
—A un rico alemán que se mudó. Dicen que es alemán. No sé, tal
vez sea suizo o algo así. Muy privado, siempre está muy escondido.
Me describió el lugar donde estaba Castelbianco y yo le di las
gracias y me retiré.
Una hora después encontré la propiedad donde se escondía
Vladimir Orlov.
Si es que era cierta la información que había
"conseguido" en el consultorio del médico En ese momento, no lo sabía
Pero la charla sobre un "alemán" muy escondido, que había oído en el
bar parecía confirmarlo ¿Acaso la gente del pueblo creía que Orlov era un
grande de Alemania del Este que había venido a esconderse después de la caída
del Muro? Las mejores coberturas son las que mas se acercan a la realidad.
Bien arriba, en una colina con vista hacia Siena, Castelbianco
era una antigua villa en estilo románico, un lugar magnífico Era grande y
estaba algo arruinada. Era evidente que había restauraciones en curso en una de
las alas. La villa estaba rodeada por jardines que seguramente alguna vez
habían sido hermosos, pero ahora estaban descuidados y demasiado crecidos. La
encontré al final de un camino de curvas sobre Volte-Basse.
No había duda de que había sido la casa ancestral de una familia
toscana y seguramente, siglos antes que eso, un bastión fortificado de una de
las tantas ciudades estados de los etruscos. La selva que rodeaba los jardines
estaba llena de olivos, campos de girasoles gigantescos, vides y cipreses. Me
di cuenta rápidamente de la razón por la que Orlov había elegido esa villa en
particular. Su localización, tan arriba en una colina, la convertía en un lugar
fácil de asegurar. Una gran cerca de piedra rodeaba la propiedad, y por encima
había una instalación de cable electrificado. No era impenetrable —virtualmente
nada es impenetrable para alguien con habilidades en la tarea de entrar en
lugares vigilados—, pero era una linda manera de mantener bien lejos a los
indeseables. Desde un mirador de piedra recientemente construido, en la única
entrada, un guardia armado controlaba a los visitantes. Los únicos visitantes
de ese momento parecían ser obreros de Rosia y el resto del área, albañiles,
carpinteros que llegaban en viejos camiones polvorientos, y a quienes se
revisaba cuidadosamente antes de dejarlos entrar para el trabajo del día.
Probablemente Orlov había traído a su guardia con él desde
Moscú. Y si uno conseguía engañar a los primeros guardias, seguramente habría
más adentro: atravesar los portones por la fuerza no parecía una buena idea.
Después de unos minutos de vigilancia, a pie y desde el auto,
empecé a elaborar un plan.
Muy cerca, apenas a unos minutos de viaje en auto, estaba la
pujante ciudad de Sovicille, capital del área, una comune al oeste de Siena,
que era capital aunque no lo parecía. Estacioné en el centro, en la Piazza G.
Marconi, frente a una iglesia, cerca de un camión de agua San Pellegrino. La
plaza estaba desierta, apenas perturbada por el silbido lujurioso de un pájaro
en una jaula, frente a un Café Jolly y la charla de unas pocas mujeres maduras.
Allí distinguí el símbolo de un teléfono público y mientras caminaba hacia él,
la paz desapareció con las campanas de la iglesia.
Entré en el café y pedí un sandwich y un café. Por alguna razón,
ningún lugar del mundo tiene un café como el italiano. Italia no cultiva café,
pero sabe prepararlo. En cualquier tugurio de camioneros o cantina barata de
Italia se toma un cappuccino mejor hecho que el del restaurante italiano más
fino del Upper East de Manhattan.
Tomé mi café y mientras tomaba pensé con cuidado, cosa que había
hecho muy a menudo desde mi salida de Washington. Y sin embargo, a pesar de
tanta reflexión, todavía no tenía ni idea de dónde estaba parado.
Poseía el más extraordinario de los talentos pero, ¿qué había
logrado hacer con él? Había rastreado a un ex jefe de la inteligencia
soviética, un trabajo de espionaje prolijo que sin duda la CIA hubiera
terminado con facilidad sin mi ayuda. Apenas habrían necesitado algo más de
tiempo y un poco de ingenuidad.
¿Y ahora qué?Ahora, si todo salía como estaba planeado, me
encontraría con el jefe de espías de la KGB. Tal vez averiguaría por qué razón
se había encontrado con mi suegro. Tal vez no.
Esto era lo que sabía o creía que sabía: los miedos de Edmund
Moore estaban justificados. Toby los había confirmado. Algo estaba en marcha,
algo que involucraba a la CIA, algo sustancial y terrible. Algo de
consecuencias mundiales, según creía yo. Y fuera lo que fuera, se estaba
acelerando. Primero Sheila McAdams, después el padre de Molly. Después el
senador Mark Sutton. Y ahora Van Aver, en Roma.
¿ Y cuál era el esquema general, el punto de unión!
Toby me había mandado a averiguar lo que pudiera sobre Vladimir
Orlov. Casi me habían matado tratando de hacerlo.
¿Por qué?
¿Por averiguar algo que sabía Harrison Sinclair? ¿Algo que había
significado su muerte?
La estafa, la avaricia y el deseo de dinero no eran
explicaciones adecuadas. Mi instinto me decía que había algo más, algo mucho
más grande, algo de importancia enorme y urgente para los conspiradores, fueran
quienes fueran.
Si tenía suerte, lo sabría de boca de Orlov.
Si tenía suerte. Un secreto que gente de inmenso poder quería
mantener así como estaba: bien secreto.
También era posible que yo no averiguara nada. Soltarían a
Molly, yo estaba casi seguro de eso, pero yo volvería a casa con las manos
vacías. ¿Y después qué?
Nunca estaría a salvo, y Molly tampoco. No mientras poseyera esa
condición terrible, ese talento, no mientras Rossi y sus secuaces supieran
dónde encontrarme.
Deprimido, dejé el café y busqué en la Via Roma un negocito
llamado Boero, cuya vidriera mostraba municiones y armas para la caza en una
región obsesionada con ese deporte. Las cajas y estuches de esa vidriera nada
elegante tenían nombres como Rottweil, Browning, Caccia Extra. Lo que no
encontré allí apareció después, cuando me decidí a llegarme hasta Siena, que
tenía un negocio mucho más importante en la Via Rinaldi, una armería llamada
Maffei que anunciaba liquidaciones de accesorios y ropa de caza (para los
toscanos ricos que querían estar a la moda en un día de deporte o que querían
tener el aspecto de cazadores profesionales aunque no lo fueran). Después,
arreglé una transferencia de dinero, mucho dinero, desde mi vieja cuenta en
Washington a una oficina de American Express en Londres, y de ahí a Siena,
donde me la entregaron en dólares estadounidenses.
Finalmente, hubo tiempo suficiente —y yo había reflexionado
bastante— como para hacer un llamado telefónico. En laVia dei Termini en Siena
localicé una oficina de la SIP (la compañía telefónica italiana) y disqué un
número internacional desde una de las cabinas.
Después de los acostumbrados ruidos de interferencia, atendieron
el teléfono después del tercer llamado, tal como se suponía que lo harían.
Una voz femenina dijo:
—Treinta y dos mil.
—Interno nueve ochenta y siete, por favor —dije.
Otro ruidito. El timbre de la conexión cambió casi
imperceptiblemente, como si estuvieran llevando la llamada a través de un cable
de fibra óptica aislado, especial. Probablemente así era: de un puesto de
comunicaciones en Bethesda a una estación en el Canadá (Toronto, creo) y luego
de vuelta a Langley.
Una voz familiar en la línea. Toby Thompson.
—La hormiga Cataglyphis —dijo— sale al sol del mediodía.
Era un intercambio en código que él mismo había inventado, una
referencia a la hormiga plateada del Sahara que puede tolerar temperaturas
superiores que cualquier otro animal en la tierra, hasta sesenta grados
centígrados.
Yo le contesté:
—Y acelera más rápido que cualquier otro animal.
—¡Ben! —dijo—. ¿Qué mierda estás...? ¿Dónde mierda...?
¿Podía confiar en Toby? Tal vez sí, tal vez no, pero era mejor
correr el menor riesgo posible. Después de todo, ¿y si Alex Truslow tenía razón
y la Agencia estaba infiltrada? Yo sabía que las precauciones en la conexión
telefónica, los múltiples enganches y demás me darían más de ochenta segundos
antes de que pudieran localizar mi llamada. Tenía que hablar rápido.
—¿Qué está pasando, Ben?
—Tal vez tú quieras contarme algo de eso a mí, Toby. Charles Van
Aver está muerto. Supongo que lo sabes...
—¡Van Aver...!
Por lo que podía adivinar a través de las telecomunicaciones
modernas, Toby sonaba realmente asustado, impresionado. Miré mi reloj y dije:
—Pregunta. Averigua.
—¿Pero dónde estás? No te comunicaste. Dijimos...
—Lo único que quiero que sepas es que no pienso comunicarme de
acuerdo con el plan. No es seguro. Pero voy a mantener el contacto. Te llamo
esta noche entre las diez y las once de aquí, y cuando llame, quiero hablar con
Molly inmediatamente. Tú puedes hacerlo, tienes magos de la comunicación ahí
contigo. Si no me comunican en veinte segundos, cuelgo...—Escucha, Ben...
—Algo más, voy a suponer que tu... tu aparato tiene defectos,
que pierde información. Sugiero que arregles las goteras o vas a perder el
contacto conmigo. Y sé que eso no te conviene.
Colgué. Setenta y dos segundos. No habían podido rastrearla.
Caminé en medio de la multitud a lo largo de Via dei Termini,
preocupado, pensativo, y encontré un quiosco con gran selección de diarios
extranjeros: el Financial Times, The Independen!, Le Monde, el International
Herald Tribune, Frankfurter Allgemeine Zeitung, Neue Zürcher Zeitung. Tomé una
copia del Tribune y miré la primera página mientras seguía caminando. El título
principal, por supuesto, era sobre las elecciones en Alemania.
Y a la izquierda de la página, abajo, un título pequeño:
COMITÉ DEL SENADO DE LOS ESTADOS UNIDOS INVESTIGARA CORRUPCIÓN
EN LA CIA.
Totalmente absorto, choqué con una hermosa pareja italiana, los
dos de verde oliva. El hombre, que usaba anteojos de sol tipo aviador marca Ray
Ban, me gritó algo en italiano que no entendí del todo.
—Scusi —dije con tanto tono de amenaza como pude lograr.
Después noté el otro título, arriba, a la izquierda:
ALEXANDER TRUSLOW, JEFE DE LA CIA.
Fuentes de la Casa Blanca afirman que Alexander Truslow, antiguo
funcionario de la CIA, suplente del director en 1973, será nombrado nuevo
director de la Agencia. El señor Truslow, que encabeza una compañía consultora
con base en Boston, juró llevar a cabo una limpieza general en la CIA, sacudida
por acusaciones de corrupción.
Las cosas empezaban a tener sentido. Con razón Toby había
hablado de "urgencia". Truslow representaba una amenaza para alguien
muy poderoso. Y ahora que lo habían nombrado reemplazante de Harrison Sinclair,
estaba en el puesto exacto para hacer algo en cuanto al "cáncer",
como él mismo lo llamaba, que estaba empezando a dominar el cuerpo de la
Agencia.
Hal Sinclair había muerto, lo mismo que Ed Moore y Sheila
McAdams, y Mark Sutton y tal vez... tal vez otros.
El nombre del próximo blanco era evidente.
Alex Truslow.
Toby tenía razón. No había tiempo que perder.
34
Unos minutos después de las tres de la tarde, llegué a la
cantera de piedras cerca de la cual había pasado la noche anterior.
Una hora y quince minutos después estaba sentado en el asiento
del acompañante de un camión Fiat muy maltratado, detenido a la entrada del
portón de Castelbianco. Usaba ropa de trabajo, pantalones de lona azul oscuro y
una camisa de trabajo azul, gastada y cubierta de polvo. El que manejaba el
camión era el joven obrero de piel oscura que había conocido en el bar de Rosia
esa misma mañana.
Se llamaba Ruggiero y era hijo de un italiano y de una emigrada
de Marruecos. Yo había detectado que era un hombre dispuesto a cooperar, muy
susceptible a una buena propina, y lo había buscado en la cantera para pedirle
información.
O, más bien, para comprársela. Le expliqué que era un hombre de
negocios del Canadá, un especulador en bienes inmuebles, y que le pagaría muy
bien por lo que me dijera. Le pasé cinco billetes de diez mil liras (unos
cuarenta dólares) y le dije que necesitaba entrar en la casa del
"alemán" para hablar de negocios con él, específicamente para hacerle
una oferta generosa (y algo ilegal) por la propiedad de Castelbianco. Tenía un
comprador potencial y el "alemán" sacaría buen dinero si estaba de
acuerdo.
—Ey, momento, momento —dijo Ruggiero—, no pienso perder mi
trabajo.
—No tiene usted que preocuparse —le contesté—. No, si lo hacemos
bien. Tengo un plan.
Ruggiero me dio toda la información que necesitaba sobre la
renovación que se llevaba a cabo en Castelbianco. Me dijo que un miembro de la
servidumbre trataba directamente con el personal de la cantera y pedía mármol y
tejas de granito. Aparentemente, el "alemán" estaba haciendo una
renovación importante. El ala derrumbada estaba surgiendo de sus cenizas con
grandes cuadrados de mármol verde oscuro florentino en el piso y granito en la
galería. Había tomado a expertos albañiles, viejos artesanos del oficio,
contratados en Siena. Ruggiero me costó caro. Más de quinientos dólares, unas
setecientas mil liras por unas pocas horas de su tiempo. Llamó a su contacto en
Castelbianco y le informó que no se había entregado el último pedido de mármol
florentino en su totalidad. Un empleado ahora despedido, había cometido un
grave error. Lo que faltaba se despacharía inmediatamente.
Era muy poco probable que la gente de Castelbianco objetara el
hecho de que la cantera complementara el pedido anterior y nadie lo hizo. En el
peor de los casos —si la gente de Orlov tenía sospechas y contaba el mármol y
veía que no había habido errores—Ruggiero diría que ésas habían sido las
órdenes. Había sido un error de la cantera y a él no le pasaría nada.
Unos minutos después estábamos en el portón. El guardia salió de
su casilla de piedra, con una larga hoja de papel sobre una madera y se acercó
al camión, parpadeando bajo el sol.
—Si?
La entonación y el acento eran tan claros que si hubiéramos
estado varios miles de kilómetros más al norte, hubiera podido imaginarlo
diciendo "Da?" con la misma brusquedad. Con el cabello rubio bien
cortado, la cara roja, saludable, era sin duda alguna, de antepasados
campesinos rusos, el tipo de rufián tranquilo, poderoso, que emplean con tanta
frecuencia en Lubyanka.
—Ciao —dijo Ruggiero.
El guardia asintió, hizo una marca en la hoja de visitantes,
miró la carga de mármol y después me vio.
Y volvió a asentir.
Le hice el más leve gesto de reconocimiento y saludo, y me hundí
en mis pensamientos como un obrero que haría cualquier cosa para que el tiempo
pase más rápido y llegue por fin el final del turno.
Ruggiero encendió el motor de nuevo y guió el camión entre los
macizos pilares de piedra. El camino de tierra pasaba frente a varias casas de
piedra con techos a dos aguas que, según supuse, pertenecían a los sirvientes.
Pollos y patos caminaban entre los patios diminutos frente a las casas,
discutiendo y chillándose unos a otros. Una pareja de obreros extendía polvo
blanco sobre un fragmento de pasto. Fertilizante.
—Su gente vive aquí.
Yo gruñí, sin preguntarle quién era "su gente". No sé
si él lo sabía.
Un pequeño rebaño de ovejas pastaba sobre la ladera de la colina
a la izquierda. Tenían caras flacas y rosadas, diferentes de cualquier cara de
oveja que yo hubiera visto en los Estados Unidos, y balaron a coro, asustadas,
cuando pasamos a su lado.Arriba, al fondo, acechaba la casa.
—¿Cómo es por dentro? —pregunté.
—Nunca entré. Me dijeron que es linda, pero que está un poco
abandonada. Necesita reparaciones. El alemán la compró barata, dicen.
—Suerte para él.
Giramos en una curva sobre una quebrada estrecha, pasamos otro edificio
bajo de piedra. Este no tenía ventanas.
—Casa de las ratas —dijo Ruggiero.
-¿Eh?
—Broma. O medio broma. Ahí dejaban la comida para el ganado.
Está llena de ratas, así que nunca me acerqué, ni ahora ni de chico. La usan
para guardar cosas.
Temblé de sólo pensar en las ratas.
—¿Cómo sabe tanto?
—¿De Castelbianco? Mis amigos y yo jugábamos aquí cuando éramos
chicos. —Puso punto muerto y estacionó el camión cerca de una galería donde
varios hombres grandes, bronceados, maduros, cortaban y colocaban pedazos de
granito de distintos colores en un dibujo ornamental en círculos concéntricos.
—En esos días, cuando Castelbianco era de los Peruzzi-Moncini, dejaban que los
chicos de Rosia jugáramos aquí. No les importaba. A veces, ayudábamos con
alguna cosa. —Buscó debajo del asiento, sacó dos pares de guantes y me dio uno.
Mientras bajaba la palanca que colocaría la carga de mármol en el suelo, dijo:
—Si hace que alguien se la compre al alemán, trate de encontrar a alguien que
saque el alambre tejido. Este lugar era de toda la comune.
Saltó fuera de la cabina, y lo seguí hasta la parte de atrás
donde empezó a levantar el mármol y a colocarlo en una pila cerca de la
galería.
—Che diavolo stai facendo, Ruggiero? —gritó uno de los
albañiles, volviéndose hacia nosotros y haciendo un gesto con la mano alzada.
—Calmati —dijo Ruggiero y siguió trabajando—. Sto facendo il mio
lavoro. E per l’interno, credo. Che ne so io? —Hago mi trabajo, decía. Me le
uní para bajar el mármol. Las planchas de material, rugosas de un lado, suaves
del otro, no eran pesadas pero sí frágiles y teníamos que apoyarlas en el suelo
con mucho cuidado.
—Nadie me comentó nada de una entrega de mármol —dijo el mismo
hombre, probablemente un capataz, en italiano. Hablaba con muchos gestos. —El
mármol vino la semana pasada. ¿Metieron la pata o qué?
—Yo hago lo que me dicen —dijo Ruggiero e hizo un gesto hacia la
casa—. Parece que la última entrega fue escasa y Aldo ofreció mandar más. Y
además, no es asunto tuyo, carajo.
El albañil levantó una cuchara, alisó una franja de cemento y
dijo, resignado:
—A la mierda contigo.
Trabajamos en silencio, un rato, levantando, llevando, poniendo,
encontrando el ritmo. Después le dije, despacio:
—Los tipos esos te conocen, ¿verdad?
—Ese sí. Mi hermano trabajaba para él hace un par de años. Un
tarado. ¿Ya terminamos con esto?
—Casi —dije.
—¿Casi?
Mientras trabajábamos, miré la casa y los alrededores. Arriba,
Castelbianco no era un palazzo: era grande y, a su manera, magnífico, pero al
mismo tiempo desprolijo y abandonado. Sin duda necesitaba reparaciones. Tal vez
un millón de dólares en trabajos de renovación le devolverían una grandeza que
no había visto desde hacía siglos, pero Orlov no estaba gastando ni una
fracción de eso. Me pregunté de dónde habría sacado el dinero, pero había sido
jefe de una gran central de inteligencia: ¿por qué no iba a tener formas de
llevarse al bolsillo algo del presupuesto ilimitado que había controlado alguna
vez? ¿Y cuánto les estaba pagando a los guardias de seguridad, que tal vez eran
más de seis? No mucho, sospechaba yo, pero claro, también les estaba dando asilo,
protección contra el arresto y la prisión que los hubieran esperado en Rusia
por haber servido fielmente a la tan desacreditada KGB. ¡Qué rápido habían
cambiado las cosas! Los funcionarios de la seguridad del Estado, tan temidos,
tan poderosos, espada y escudo del Partido, cazados como perros rabiosos en su
propio país.
Me molestaba que hubiera sido tan fácil entrar en Castelbianco.
¿Qué tipo de seguridad era ésa para un hombre que temía por su vida, un hombre
arrastrado a un trato con el jefe de la CIA a cambio de protección, algo así
como un comerciante de Chicago que tiene que pagar protección a los hombres de
Al Capone?
La seguridad era modesta: no parecía haber cámaras de circuito
cerrado ni computadoras. Aunque pensándolo bien, eso tenía sentido en cierto
modo. El verdadero sistema de seguridad de Orlov era su disfraz de hombre
anónimo, aparentemente tan exitoso que hasta sus hombres ignoraban quién era.
Demasiada seguridad hubiera sido... bueno... algo así como una "bandera
roja". Un sistema demasiado sofisticado hubiera atraído demasiado la
atención. Un alemán excéntrico y rico podía tener unos cuantos guardias, pero una
sofisticación demasiado grande en cuanto a la seguridad hubiera sido
arriesgada. Así que ahora yo estaba adentro, y según la información que había
recibido, Orlov también El problema era ¿cómo iba a entrar en la casa? Y sobre
todo, una vez adentro, ¿cómo iba a salir?
Por enésima vez, supongo, volví a ensayar mi plan mentalmente y
luego hice señas a mi cómplice italiano para que dejara el mármol y me
siguiera.
—Aiutatemi! —¡Ayúdenme! —Per il amor di Dio, ce qualcuno chi
auitare? —Golpeando con fuerza la puerta de madera que se abría directamente
hacia la cocina, Ruggiero aullaba pidiendo que, por el amor de Dios, lo
ayudaran. Tenía el antebrazo izquierdo hecho un desastre, una gran herida que
sangraba mucho.
Arrodillado en los arbustos cercanos, detrás de un grupo de
barriles de metal que contenían restos de comida, yo vigilaba la escena. Un
ruido adentro fue la señal de que alguien había escuchado sus golpes
desesperados. Lentamente, la puerta se abrió con un crujido. Detrás había una
mujer redonda, anciana, con un delantal de tela verde sobre un vestido floreado
sin mucha forma. Los ojos castaños, pequeños círculos en la gran masa de
arrugas bajo una melena revuelta y salvaje de cabello gris, se abrieron
bruscamente al ver la herida de Ruggiero.
—Shto eto takoye? —dijo en una voz aguda, asustada— Bozhe moi!
Pridi, malodoi chelovek! Bystro! —¿Qué pasa aquí? Mi Dios, entre, entre, joven,
estaba diciendo en ruso
Ruggiero le contestó en italiano
—il marmo il marmo é affilato........ —El mármol está muy
filoso.
Seguramente era el ama de llaves rusa, tal vez una sirvienta que
había trabajado para Orlov en sus días de poder Y como yo había anticipado, se
comportó con toda la preocupación maternal de una rusa de su generación. Nunca
hubiera creído que la herida de Ruggiero no era fruto de un accidente con los
pedazos de mármol, sino algo preparado por mí con elementos de maquillaje de
teatro de un negocio en Siena.
Tampoco sospechaba la pobre que apenas se diera vuelta para
llevar al joven italiano a la cocina, alguien saltaría desde los arbustos para
reducirla. Le puse un trapo con cloroformo sobre la boca y la nariz, ahogué su
grito y la sostuve cuando su cuerpo se derrumbó, inerte.
Ruggiero cerró la puerta de la cocina Me miró, alarmado, como
pensando qué clase de "inversor canadiense" era yo. Pero su ayuda
estaba comprada y pagada y no iba a traicionarme.
Desde sus días de juego infantil en Castelbianco, había sabido
dónde estaba la entrada a la cocina Me hizo una descripción de la parte del
interior que conocía. Se había ganado su dinero. Cuando saqué el hilo de nailon
de debajo de la ropa de trabajo, me ayudó a atar al ama de llaves, con cuidado
para que la soga no la lastimara, y a ponerle una mordaza en la boca para
cuando se despertara. Después, en silencio, la llevamos desde la cocina que
olía a cebollas, hasta la gran despensa.
Me dio la mano, le pagué lo que faltaba en dólares
estadounidenses, y con una sonnsita nerviosa me dijo "Ciao" y se fue.
Una escalera estrecha de piedra llevaba hacia arriba desde la
cocina al resto de la casa Desembocaba en un corredor al que daban una sene de
dormitorios desocupados Me deslicé por él sin hacer ruido, tanteando el camino
En algún lugar de la casa oía un leve zumbido pero parecía lejano, como si me
llegara desde miles de kilómetros de distancia No había ninguno de los ruidos
normales de una casa o de un castillo viejo como ese
Llegué a una intersección de dos corredores, un vestíbulo
desnudo que sólo contenía dos sillitas de madera muy maltratadas El zumbido
estaba más cerca ahora, y venia de algún lugar más abajo Lo seguí por las
escaleras, doblé a la izquierda y caminé unos metros, luego doblé a la
izquierda otra vez.
Metí la mano en el bolsillo delantero de mi mono, toqué la
empuñadura de la pistola Sig-Sauer. Acaricié con los dedos el frío
tranquilizador del acero del cañón.
Estaba de pie frente a dos altas puertas de roble El zumbido
venía a intervalos regulares, desde adentro.
Tomé la pistola y, agachándome lo más posible, abrí una de las
puertas, sin saber quién o qué estaría adentro.
El lugar era un enorme comedor vacío con paredes y pisos
desnudos y una inmensa mesa de roble preparada para el almuerzo de una sola
persona. Esa persona ya había almorzado, eso era evidente.
El único comensal, sentado en un extremo de la mesa, tocaba el
timbre para llamar a un ama de llaves que no podía contestarle Era un
hombrecito calvo, viejo, aparentemente inofensivo, con anteojos gruesos, de
marco negro Lo había visto en fotos miles de veces pero no tenía idea de que
fuera tan chiquito.
Vladimir Orlov usaba un traje y una corbata, cosa rara ¿a quién
podía estar esperando allí, escondido en Toscana? El traje no tenia la
elegancia inglesa, como los que les gustaba usar a los rusos en posiciones de
poder. Al contrario era antiguo, estaba mal hecho, era de manufactura soviética
o de Europa del Este, probablemente muy viejo.
Vladimir Orlov, el último jefe de la KGB, cuya cara, dura ysin
sonrisa, había visto muchísimas veces en los archivos de la Agencia, en diarios
y en revistas. Mikhail Gorbachov lo había puesto en la Agencia para reemplazar
al traidor anterior que había tratado de sacarlo del gobierno durante las
últimas convulsiones del poder ruso. Sabíamos muy poco sobre él, excepto que lo
consideraban "confiable" y "pro Gorbachov" y otros rasgos
tan vagos y tan poco fáciles de probar como esos.
Ahora estaba sentado frente a mí, chiquito y retorcido. Todo el
poder parecía habérsele escurrido del cuerpo.
Levantó la vista, hizo un gesto de desprecio y dijo en un ruso
con acento de Siberia:
—¿Quién es usted?
Tardé unos segundos en contestar, pero cuando lo hice, fue con
una facilidad de palabra en ruso que me sorprendió:
—Soy el yerno de Harrison Sinclair —dije—. Estoy casado con su
hija, Martha.
El viejo parecía haber visto un fantasma. Se le frunció el ceño
y luego levantó bruscamente la vista; los ojos se afinaron, después se abrieron
del todo. Parecía pálido, de pronto.
—Bozhe moi —susurró—. Bozhe moi. —Ay, mi Dios.
Yo lo miré, el corazón en la boca, sin entender lo que
significaban esas palabras, sin saber quién pensaba él que era yo.
Se levantó lentamente, y me señaló, como acusándome.
—¿Cómo diablos entró aquí?
No le contesté.
—Qué estupidez, qué estupidez ha hecho al venir aquí. —Las
palabras eran un susurro apenas audible. —Harrison Sinclair me traicionó. Y
ahora van a matarnos a los dos.
35
Caminé despacio hacia el interior cavernoso del comedor. Mis
pasos hacían eco contra las paredes desnudas, los altos techos en forma de
bóveda.
Detrás de su calma glacial, de sus gestos imperiales, los ojos
de Vladimir Orlov iban de un lado a otro, angustiados.
Pasaron varios minutos de silencio.
Mis pensamientos corrían al galope.
Harrison Sinclair me traicionó. Y ahora nos van a matar a los
dos.
¿Traicionarlo? ¿Qué significaba eso?
Orlov volvió a hablar, la voz clara y resonante, reverberando en
el silencio.
—¿Cómo se atreve a venir a verme?
El viejo puso una mano sobre la parte inferior de la mesa y tocó
un botón. Desde algún lugar en el vestíbulo llegó el sonido del timbre. Luego,
pasos en el interior de la casa. El ama de llaves, probablemente despierta ya
pero atada y amordazada, no contestaba los llamados. Pero tal vez uno de los
guardias había oído el ruido y venía a ver si todo estaba bien.
Saqué la pistola del bolsillo y apunté al jefe de la KGB. Me
pregunté si Orlov se habría visto en esa situación alguna vez. En los círculos
de inteligencia en los que había trabajado, por lo menos según los informes y
las suposiciones que yo había leído, no había revólveres ni dardos envenenados.
En esos círculos, las armas eran los informes y los memorandos.
—Quiero que sepa —dije, con la pistola bajo la mesa— que no
tengo intenciones de hacerle daño. Tenemos que charlar un poco, usted y yo.
Después voy a irme de esta casa. Cuando aparezca el guardia, quiero que le
asegure que todo está bien. Si no lo hace, creo que voy a verme obligado a
matarlo.
Antes de que pudiera seguir hablando, se abrió de par en par la
puerta de la habitación y un guardia que no había visto antes me apuntó con una
automática mientras me ordenaba:
—¡No se mueva!
Sonreí como si no me importara, miré al viejo una sola vez,y
después de un momento de duda, él le dijo al guardia: —Vete. Todo está bien,
Volodya. Yo estoy bien. Fue un error.
El guardia bajó la pistola, me miró de arriba abajo —el verme
vestido como trabajador le pareció sospechoso—, y dijo:
—Perdone. —Retrocedió y cerró la puerta despacio detrás de él.
Me acerqué a la mesa y me senté cerca de Orlov. Había sudor en
su frente; la cara, de cerca, parecía cenicienta. Glacial e imperiosa, sí, pero
muy asustada aunque el hombre trataba de no demostrarlo.
Estaba sentado a unos pocos metros, demasiado cerca para su
gusto y volvió la cabeza cuando habló. Una expresión de asco le cruzó la cara.
—¿Para qué vino? —gruñó.
—Por un acuerdo que usted tenía con mi suegro —dije. Hubo una
larga pausa durante la cual me concentré, tratando de oír la voz del
pensamiento, pero no conseguí nada.
—Sin duda lo siguieron. Está poniéndonos en peligro a los dos.
Apreté los labios, sin contestarle, concentrándome más, y de
pronto oí un ruido, una frase sin sentido, algo que no entendí. Una onda de
pensamiento pero nada que pudiera servirme en absoluto.
—Usted no es ruso, ¿verdad?
—¿Para qué vino? —dijo Orlov, retorciéndose en la silla. Su codo
tomó un plato y lo empujó contra otro con un ruido agudo. Su voz empezaba a
elevarse, a ganar en fuerza y gritó: —¡Estúpido!
Oí otra frase mientras él hablaba, algo que no entendí, algo en
una lengua desconocida. ¿Qué era eso? Ruso, no, no podía ser ruso, no me era
familiar. Hice un gesto, cerré los ojos, escuché, oí un alarido de vocales,
palabras que no podía decodificar.
—¿De qué se trata todo esto? —preguntó—. ¿Para qué vino? ¿Qué
está haciendo? —Movió la silla de roble tallado para levantarse. La silla
chilló contra el suelo de terracota.
—Usted nació en Kiev. ¿Verdad?
—¡Fuera!
—No es ruso. Es ucraniano.
Él se levantó y empezó a retroceder por la habitación.
Yo me puse de pie otra vez y volví a empuñar la Sig aunque no
quería amenazarlo de nuevo.
—Quédese ahí, por favor.
Él se quedó quieto.—Su ruso tiene un leve acento ucraniano. Las
"ges", diría yo.
—¿Para qué vino?
—Su lengua nativa es el ucraniano. Usted piensa en ucraniano,
¿verdad?
—Si lo sabe —dijo él como ladrando—, no necesitaba venir y
ponerme en peligro para decirme eso. Harrison Sinclair lo sabía. —Dio un paso
hacia mí, como para amenazarme, un intento torpe de recuperar su ventaja
sicológica. Su viejo traje estalinista le colgaba como un traje de
espantapájaros. —Si tiene algo que decirme o algo que darme, será mejor que sea
algo increíble. Si no, no vale la pena. —Otro paso. Luego agregó: —Voy a
suponer que es así y le daré cinco minutos para explicarse. Después, será mejor
que se vaya.
—Siéntese, por favor —dije, haciendo un gesto con la pistola
hacia la silla—. No va a llevarme mucho, se lo aseguro. Mi nombre es Benjamin
Ellison. Como ya le dije, estoy casado con Martha Sinclair, la hija de Harrison
Sinclair. Martha heredó todas las propiedades y fondos de su padre. Sus
contactos, y estoy seguro de que los tiene y muchos, pueden confirmarle mi
identidad.
Pareció relajarse, y luego, de pronto, se lanzó contra mí, como
si perdiera el equilibrio, las manos extendidas hacia adelante. Con un sonido
inhumano, casi gutural, un alarido retorcido y ahogado, se me tiró encima,
tomándome de las rodillas, tratando de hacerme perder el equilibrio. Yo me di
vuelta en el aire, lo tomé del hombro y lo aplasté contra el piso.
Él se dejó caer bajo la mesa de roble, jadeando, la cara roja.
—No —gruñó. Se le salieron los anteojos. Los miré rebotar en el
piso, a medio metro de su mano.
Yo mantenía la pistola sobre él mientras me agachaba a
buscarlos. Con el brazo libre, traté de ayudarlo a levantarse. Me costó un
poco.
—Por favor, no vuelva a intentar algo así.
Orlov se dejó caer en la silla más cercana como una marioneta,
exhausto pero alerta. Siempre me ha fascinado el hecho de que los líderes
mundiales, cuando ya no tienen poder, se sienten tan palpablemente disminuidos,
incluso a nivel físico. Me acordé de mi encuentro con Gorbachov en la Escuela
Kennedy de Boston, me acordé de cómo le había dado la mano después de una
conferencia unos años después de que lo echaran sin ceremonias del Kremlim,
después de la ascensión al poder de Boris Yeltsin. Me pareció chiquito
entonces, muy mortal, muy común. Sentí lástima por él.
Una frase en ruso.
La oí, oí sus pensamientos: una frase reconocible en ruso
enmedio de la corriente de ucraniano, como un pedacito de uranio en el grafito.
Sí, había nacido en Kiev. A los cinco años, la familia se mudó a
Moscú. Como el médico de Roma, él también era bilingüe, aunque pensaba sobre
todo en ucraniano, con algo de ruso en el medio.
La frase que había pensado se traducía como los sabios,
—Usted sabe muy poco —dije, fingiendo gran seguridad— de los
Sabios.
Orlov rió. Tenía los dientes mal cuidados, desparejos y
manchados.
—Yo sé todo, señor... Ellison.
Miré su cara con cuidado, concentrándome, para ver qué podía
recoger. Otra vez, la mayor parte estaba en ucraniano. Aquí y allí encontraba
palabras parecidas a las rusas, inglesas o alemanas. Oí algo como Tsyurikh,
algo que tenía que significar "Zúrich". Oí Sinclair y algo que
parecía banco, aunque no estaba seguro.
—Tenemos que hablar —dije—. De Harrison Sinclair. Del trato que
hizo con usted.
Otra vez me incliné hacia él, como pensando. Una corriente de
palabras extrañas salía de su cabeza, baja e indistinta, confusa, pero una
palabra me gritó algo. De nuevo, Zúrich, o algo parecido.
—¡El trato! —dijo en tono de burla. Rió: una risa seca, fuerte.
—¡Me robó miles de millones de dólares a mí y a mi país... miles de millones!
¿Se atreve a llamarlo trato?
Parte 2
Así que era verdad. Alex Truslow tenía razón.
Pero... ¿miles de millones de dólares?
¿Entonces todo tenía que ver con el dinero? ¿Esa era la
respuesta? El dinero siempre ha motivado los grandes actos del mal. ¿Era el
dinero la razón por la que Sinclair y los otros habían muerto, por la que
estaban destrozando la Agencia, como decía Edmund Moore?
Miles de millones de dólares.
El ex jefe de la KGB me miraba con arrogancia, casi con
superioridad, y trataba de arreglarse los anteojos.
—Y ahora —dijo con un suspiro, pasando al inglés—, es sólo
cuestión de tiempo antes de que me encuentren los míos. De eso no tengo duda
alguna. No estoy totalmente sorprendido de que usted me haya rastreado. No hay
lugar en la Tierra, por lo menos no un lugar tolerable, en el que no puedan
encontrar a quien quieran, cualquiera de ellos. Pero lo que no sé es por qué,
por qué decidió poner en peligro mi vida y venir aquí. Es algo muy, pero muy
estúpido. —Tenía un inglés excelente, aparentemente fluido y de acento
británico.
Yo respiré hondo y dije:
—Tuve muchísimo cuidado al venir. Tiene muy poco de qué
preocuparse. —La expresión del ruso no cambió. Respiraba despacio por la nariz.
Los ojos, quietos, no tenían ninguna expresión, no lo traicionaban. —Estoy aquí
para arreglar las cosas. Para rectificar el mal que haya hecho mi suegro. Estoy
dispuesto a ofrecerle mucho dinero si me ayuda a localizar ese dinero.
Él levantó los labios en una mueca de desprecio.
—A riesgo de que me crea grosero, señor Ellison, me interesaría
muchísimo que me diera su definición de "mucho".
Yo asentí y me levanté. Volví a poner la pistola en el bolsillo
y retrocedí hasta quedar fuera de su alcance físico. Me agaché y me levanté el
mono para que viera los fajos de dólares que había pegado a mis tobillos con
bandas. Solté los seguros de Velcro que había comprado en un negocio de
deportes de Siena, y el dinero salió en dos partes.
Las puse a ambas sobre la mesa.
Era mucho dinero, probablemente más del que había visto Orlov en
toda su vida, y ciertamente más de lo que yo podía imaginarme. Tuvo un efecto
persuasivo.
El miró los paquetes uno por uno, los hojeó, y aparentemente se
convenció de que eran verdaderos. Levantó la vista y dijo:
—Serán... ¿cuánto? ¿Tal vez unos tres cuartos de millón?
—Tal vez un millón entero —dije.
—Ah —dijo él, los ojos muy abiertos. Y después rió, una risa
despectiva, aguda. Empujó los montones hacia mí con un gesto teatral. —Señor
Ellison, estoy en una situación financiera muy difícil. Pero a pesar de lo
mucho que me ofrece... no creo que sea gran cosa comparado con lo que me
hubiera tocado en el trato con Sinclair.
—Sí —dije—, con su ayuda, yo puedo localizar el dinero. Pero
tenemos que hablar.
Él sonrió.
—Aceptaré su dinero como prueba de buena fe. No soy tan
orgulloso. Y sí, hablemos. Hasta que lleguemos a un acuerdo.
—En ese caso, lo primero que quiero saber es: ¿quién mató a
Harrison Sinclair?
—Yo esperaba que usted pudiera decirme algo sobre eso, señor
Ellison.
—Los que cumplieron la orden fueron agentes de la Stasi —dije.
—Es probable, sí. Pero fueran Stasi o Securitate, no tenían nada
que ver conmigo. Ciertamente no me interesaba eliminar a Harrison Sinclair.
Levanté una ceja, como haciéndole una pregunta.
—Cuando mataron a Sinclair —dijo Orlov—, yo y mi país perdimos
más de diez mil millones de dólares, robados.
Sentí que enrojecía, que me ardía la piel. Al parecer, el ex
jefe de la KGB decía la verdad. Me latía el corazón con fuerza.
No había nada modesto en la villa toscana de Orlov, pero tampoco
vivía en medio del lujo como algunos de los nazis en Brasil y Argentina,
después de la Segunda Guerra Mundial. Una gran suma de dinero no sólo podía
darle a ese hombre una vida de lujos sino, sobre todo, protección por el resto
de su vida.
¿Pero diez mil millones?
Orlov siguió hablando.
—¿Cómo era ese libro de memorias escrito por ese director de la
CIA de tiempos de Nixon, William Colby? Hombres de honor, ¿no se llamaba así?
Asentí, preocupado. No me gustaba mucho Orlov, aunquelas razones
no tenían tanto que ver con la ideología o la rivalidad aguda que la gente
creía ver entre los hombres de la KGB y la CIA. Hal Sinclair me había dicho una
vez que cuando era jefe de estación en varias capitales del mundo, algunos de
sus mejores compañeros y hasta amigos eran hombres de la estación de la KGB.
Somos... ¿o debería decir fuimos?... más semejantes que distintos.
No, a mí me repelía la forma relamida en que se comportaba.
Hacía unos momentos me había estado atacando como una mujer y ahora se sentaba
como un pachá y pensaba en ucraniano, por Dios.
—Bueno —dijo—, Bill Colby era, es, un hombre de honor. Tal vez
demasiado para su profesión; y hasta que me traicionó, yo creía que Harrison
Sinclair también lo era.
—No entiendo.
—¿Cuánto le dijo de esto?
—Muy poco —admití.
—Justo antes de la caída de la Unión Soviética —agregó él—, hice
un contacto secreto con Harrison Sinclair, usando canales que no se habían
usado en muchos años. Hay... bueno... formas... Y le pedí ayuda.
—¿Para qué?
—Para sacar la mayor parte de las reservas de oro de mi país
—dijo.
Yo estaba atónito... pero lo que decía tenía cierto sentido.
Concordaba con lo que yo sabía, con lo que había leído en la prensa y lo que me
habían dicho mis amigos.
La CIA siempre había calculado que la Unión Soviética tenía unas
decenas de miles de millones de dólares en oro, guardadas en las bóvedas
centrales en Moscú y sus alrededores. Pero luego, de pronto, inmediatamente
después del golpe de estado de la línea dura del comunismo, el que fracasó en
agosto de 1991, el gobierno soviético anunció que apenas tenía tres mil
millones.
Esa novedad desató olas de inquietud en la comunidad financiera.
¿Dónde diablos podía estar el resto del oro? Hubo todo tipo de informes. Uno,
que según los rumores, era confiable, afirmaba que el Partido Comunista
Soviético había ordenado que se escondieran fuera del país 150 toneladas de
plata, 8 toneladas de platino, y por lo menos 60 toneladas de oro. Se dijo que
los funcionarios del Partido Comunista podían haber escondido hasta cincuenta
mil millones de dólares en Bancos occidentales, en Suiza, en Monaco, en
Luxemburgo, en Panamá, en Licchtenstein y en un grupo de Bancos de islas
financieras, incluyendo las Caimán.
El Partido Comunista Soviético, se dijo, había lavado dinero con
furia en los últimos años de su existencia. Se crearon empresas falsas con
capitales soviéticos para sacar dinero del país.
En realidad, el gobierno de Yeltsin llegó a pagarle a una firma
de investigadores estadounidenses, Kroll y asociados —una de las mayores
competidoras de Alex Truslow— para que rastreara el dinero, pero la verdad es
que nunca consiguieron nada. Hasta se dijo que hubo un enorme traslado de
dinero a Bancos de Suiza ordenado por el jefe del Partido, que terminó
suicidándose —o fue asesinado— un día o dos después del fracaso del golpe.
¿Serían los antiguos camaradas de Orlov, que trataban de impedir
que yo rastreara el oro, los que habían matado a Charles Van Aver, hombre de la
CIA, en Roma?
Yo escuchaba, aturdido.
—Rusia —dijo él—, Rusia se derrumbaba.
—Quiere decir que la Unión Soviética se derrumbaba...
—Las dos. Hablo de las dos. Para mí y para todos los que
tuvieran cerebro era más que evidente que la Unión Soviética estaba a punto de
pasar a las cenizas de las historia, para usar la cansada frase de Marx. Pero
Rusia, mi amada Rusia, también estaba en esa situación. Gorbachov me había
pedido que manejara la KGB después de que Kryuchkov intentó el golpe. Pero el
poder se le estaba escapando de las manos. Los duros estaban saqueando las
riquezas del país. Sabían que Yeltsin iba a tomar el poder y estaban esperando
la oportunidad de destruirlo.
Yo había leído mucho acerca de misteriosas desapariciones de
bienes rusos: metales preciosos, dinero fuerte, hasta arte. Lo que él me decía
no era nuevo para mí.
—Por eso —siguió diciendo él— se me ocurrió un plan para sacar
del país la mayor cantidad posible de oro ruso. Los duros tratarían de volver
pero si yo podía mantener sus manos sucias lejos de las riquezas del país, no
tendrían nada. Yo quería salvar a Rusia del desastre.
—Hal Sinclair también —dije, tanto para él como para mí mismo.
—Sí, yo sabía que él estaría de acuerdo. Pero lo que yo le
propuse lo asustó. Era una operación extraoficial, una operación en la que la
CIA ayudaría a la KGB a robar el oro de Rusia. Sacarlo del país. Y un día,
cuando todo estuviera en calma, lo recuperaríamos.
—¿Pero por qué quería la ayuda de la CIA?
—El oro es muy difícil de mover. Extraordinariamente difícil de
mover. Y dada la vigilancia a que me sometían, yo no podría haberlo sacado en
persona. Mi gente y yo estábamos bajo constante escrutinio. Y ciertamente no
podía venderlo porque lo rastrearían hasta mí en un segundo.
—Y para eso se encontraron en Zúrich.
—Sí. Fue algo muy complicado. Nos encontramos con un banquero
que conocíamos y en quien confiábamos. Él estableció un sistema de cuentas para
recibir el oro. Sinclair aceptó mis condiciones, aceptó que se me permitiera
"desaparecer". Sacó todos los datos relevantes de los bancos de datos
de la CIA.
—Pero, ¿cómo se las arregló la CIA O Sinclair para sacar el
dinero?
—Ah —dijo él, con cansancio—, hay formas, ya sabe... Los mismos
canales que se usaban para sacar a los desertores de Rusia en los viejos días.
Esos canales (yo lo sabía) incluían el sistema de correos
militares, protegido por la Convención de Viena. Ese método en particular se
usó para sacar a varios desertores de detrás de la Cortina de Hierro. Yo me
acuerdo de haber oído hablar de uno de ellos, Oleg Gordievsky, legendario en
los chismes de la Agencia, que había salido del país en un camión de muebles.
No era verdad, pero por lo menos era plausible.
Él siguió hablando.
—Se puede tratar a un avión militar como a una valija
diplomática y si es así, ese avión puede salir del país sin revisación
aduanera. Y hay camiones sellados, por supuesto. Unos pocos métodos eran de la
CIA; nosotros no teníamos acceso a ellos porque nos vigilaban demasiado. Había
informantes en todas partes, incluso entre mis secretarias y secretarios
personales.
Algo no encajaba.
—Pero, ¿cómo supo Sinclair que podía confiar en usted? ¿Cómo
podía saber que usted no era uno de los malos?
—Por lo que yo le ofrecí —dijo Orlov.
—Expliqúese.
—Bueno, él quería limpiar la CIA, creía que estaba podrida de
arriba abajo. Y yo le di las pruebas.
37
Orlov miró la puerta como si esperara que apareciera uno de sus
guardias. Suspiró.
—A principios de la década del 80, empezamos a desarrollar la
tecnología necesaria para interceptar las comunicaciones más sofisticadas entre
los cuarteles de la CIA y otras agencias del gobierno. —Suspiró otra vez,
después sonrió con suficiencia. Era como si hubiera contado esa historia antes.
—El equipo de satélite y microondas del techo de la Embajada Soviética en
Washington empezó a recibir gran cantidad de señales. Confirmaron información
que ya habíamos recibido de infiltrados en Langley.
—¿Qué información?
Otra sonrisa de suficiencia. Empecé a preguntarme si ésa no
sería simplemente su forma de sonreír, un torcimiento de la boca, los ojos
inalterados, preocupados, serios.
—¿Cuál era la función principal de la CIA desde su fundación
hasta... digamos... hasta 1991?
Yo sonreí, un cínico sonriéndole a otro.
—Derrotar al comunismo en el mundo, hacerles la vida imposible a
ustedes.
—Correcto. ¿Hubo alguna vez en que la Unión Soviética fuera
realmente un peligro para ustedes?
—¿Por dónde empiezo? ¿Lituania, Letonia, Estonia? ¿Hungría?
¿Berlín? ¿Praga?
—Pero para los Estados Unidos, específicamente.
—Ustedes tenían la bomba, no lo olvidemos.
—Y estábamos tan asustados de usarla, como ustedes. Solamente
ustedes la usaron, nosotros nunca. ¿Había alguien en Langley que realmente
creyera que Moscú tenía los medios o la voluntad necesarios para conquistar el
mundo? ¿Y qué se suponía que hiciéramos con él cuando lo tuviéramos...?
¿Hacerlo caer como hicieron una vez nuestros grandes y estimados líderes
soviéticos con el Gran Imperio Ruso?
—Hubo engaños de los dos lados —dije, coincidiendo con él.—Ah...
pero ese... ese engaño mantuvo a la CIA trabajando durante años, y horas extra,
¿verdad?
—¿Adonde quiere llegar?
—A esto —dijo Orlov—, es simple: su gran misión actualmente es
derrotar el espionaje entre corporaciones, ¿no es cierto?
—Así me dicen. Es otro mundo ahora.
—Sí. Espionaje corporativo internacional. Los japoneses y los
franceses y los alemanes, todos quieren robar valiosos secretos de negocios de
las pobres y asediadas corporaciones estadounidenses. Y sólo la CIA puede hacer
que el capitalismo de los Estados Unidos esté a salvo. Bueno, a mediados de la
década del 80, la KGB era el único servicio de inteligencia del mundo con
equipos capaces de monitorear las comunicaciones constantes que venían de los
cuarteles de la CIA. Y lo que averiguamos confirmaba las sospechas más oscuras
de algunos de los comunistas más acérrimos. A partir de comunicaciones
interceptadas entre Langley y los puestos en capitales extranjeras, Langley y
la Reserva Federal, etcétera, supimos que hacía años que la CIA había estado
poniendo sus formidables habilidades de espionaje en contra de las estructuras
económicas de países que parecían aliados, como los japoneses y los franceses y
los alemanes. Contra las corporaciones privadas de dichos países. Todo para
proteger la seguridad estadounidense.
Hizo una pausa, se volvió para mirarme y yo dije:
—¿Y? Eso es parte del negocio.
—Y —siguió diciendo Orlov, mientras se acomodaba en su silla y
levantaba las dos palmas al mismo tiempo, como si ya se hubiera explicado—,
pensamos que habíamos descubierto los contornos de una operación normal de
lavado de dinero: usted ya sabe, el dinero fluye desde las cuentas de Langley
en la Reserva Federal de Nueva York hacia varias estaciones de la CIA en el
mundo. Espera allí a que se lo necesite para pagar operaciones cubiertas a
favor de la democracia, ¿sí? De Nueva York a Bruselas, de Nueva York a Zúrich,
a Panamá, a San Salvador. Pero no. No era sí. Para nada.
Me miró y volvió a sonreír como siempre, los labios torcidos.
—Cuanto más investigaban nuestros genios financieros... —Notó mi
escepticismo y agregó: —Sí, teníamos unos cuantos genios entre tantos tontos.
Cuanto más investigaban, tanto más confirmaban la sospecha de que no era una
operación de lavado de dinero estándar. El dinero no estaba en canales, no lo
estaban canalizando. Lo estaban haciendo. Lo estaban acumulando. Lo sacaban del
espionaje de las corporaciones. Y loprobamos con una comunicación tras otra.
"¿La CIA como institución? No. Nuestro hombre dentro de
Langley confirmó que eran sólo algunas personas. Privadas. Estas operaciones
estaban controladas por una pequeña célula de individuos de la CIA.
—Los "Sabios".
—Un nombre irónico, supongo. Un grupito de funcionarios públicos
que se estaba haciendo enormemente rico. Usando la inteligencia obtenían de las
operaciones de espionaje los medios para enriquecerse. Y bastante bien.
El hecho es que es bastante común que los hombres de operaciones
de la CIA saquen algo de sus presupuestos, sus fondos, siempre mal documentados
y fluidos (por razones de secreto: ningún director de la CIA que haya ordenado
una operación cubierta en un país del tercer mundo quiere dejar ningún tipo de
rastro que pueda investigar luego un comité del senado). Muchos hombres que
conocí tenían la costumbre de sustraer —mamar, le decían algunos— diez por
ciento de los fondos a los que tenían acceso, para ponerlos en una cuenta
numerada en Suiza. Yo nunca lo hice, pero los que lo hacían, lo hacían para
darse una seguridad social en el futuro, una protección en caso de que algo
saliera mal. Los tipos de contabilidad de Langley suelen borrar estas cuentas
como rutina. Saben perfectamente bien adonde fueron.
Se lo dije a Orlov, que sacudió la cabeza lentamente.
—Estamos hablando de vastas sumas de dinero. No de mamar.
—¿Quiénes eran... son ellos?
—No conseguimos nombres. Estaban demasiado protegidos.
—¿Y cómo dice usted que amasaron sus fortunas?
—No hace falta comprender profundamente el negocio de la
microeconomía, señor Ellison. Los Sabios conocían las conversaciones más
privadas y las sesiones de estrategia en los directorios y oficinas de las
corporaciones y en los automóviles de Bonn y Frankfurt y París y Londres y
Tokio. Y con esa información... Bueno, era fácil hacer inversiones estratégicas
en los mercados de valores de todo el mundo, sobre todo Nueva York, Tokio y
Londres. Después de todo, si uno sabe en qué anda la Siemens o la Philips o la
Mitsubishi, uno sabe qué acción comprar o vender, ¿verdad?
—¿Entonces no era estafa? —pregunté.
—No. No era estafa. Pero sí manipulación de acciones,
violaciones de cientos de leyes estadounidenses y extranjeras. Y los Sabios lo
hicieron bien, realmente bien. Las cuentas de Luxemburgo, las de la Gran
Caimán, las de Zúrich, florecíany crecían todo el tiempo. Hicieron una fortuna.
Cientos de millones de dólares, si no más.
Levantó la vista otra vez hacia las puertas dobles y siguió, con
una mirada de triunfo en la cara pequeña.
—Piense en lo que podríamos haber hecho con las pruebas: las
transcripciones, las comunicaciones interceptadas... Se me nubla la razón
cuando pienso... No podríamos haber pedido nada mejor para usar en propaganda
política. ¡Los Estados Unidos les roban a sus aliados! No había nada mejor.
Cuando lo dijéramos, la OTAN se destruiría por completo.
—Dios.
—Ah, pero entonces llegó 1987.
—¿Es decir?
Orlov sacudió la cabeza.
—¿Usted no lo sabe?
—¿Qué pasó en 1987?
—¿Se olvida de lo que le pasó a la economía estadounidense en
ese año?
—¿La economía? —pregunté, confundido—. Hubo una caída de la
Bolsa en octubre de 1987, pero fuera de...
—Exactamente. Tal vez "caída" sea una palabra un poco
fuerte, pero no hay duda de que la Bolsa se derrumbó el 19 de octubre de 1987.
—¿Pero qué tiene que ver eso con...?
—Una "caída" del mercado de valores, para usar sus
palabras, no es necesariamente un desastre para el que está preparado. Al
contrario, un grupo de inversores con información certera puede hacer grandes
ganancias en una de esas caídas, vendiendo a corto plazo, apelando a
arbitrajes, a futuros y todo lo demás, ¿entiende?
—¿Qué me quiere decir?
—Lo que digo, señor Ellison, es que una vez que supimos lo que
estaban haciendo esos Sabios, cuáles eran sus conductos, pudimos seguir sus
actividades muy de cerca... sin que ellos lo supieran.
—Y ellos hicieron mucho dinero en la caída de 1987, ¿no es
cierto?
—Usaron programas computarizados para mercados y mil
cuatrocientas cuentas diferentes, calibraron con precisión lo que pasaba en el
Nikkei de Tokio y movieron los hilos en el momento exacto con la velocidad
exacta. No sólo hicieron vastas sumas de dinero con la caída, señor Ellison:
ellos la provocaron.
Me quedé mudo, mirándolo.
—Así que ya ve —siguió diciendo él—, teníamos pruebas muy
perjudiciales de lo que le había hecho al mundo ese grupito de hombres dentro
de la CIA.
—¿Y las usaron?
—Sí, señor Ellison. Hubo un momento en que nosotros las usamos.
—¿Cuándo?
—Cuando digo "nosotros", me refiero a mi organización.
¿Se acuerda de los hechos de 1991, del golpe de estado contra Gorbachov,
instigado y organizado por la KGB? Como usted bien sabe, la CIA tenía
información sobre el golpe antes de que sucediera. Sabían que estaban
planeándolo. ¿Por qué cree que no hicieron nada para detenerlo?
—Hay teorías —dije.
—Hay teorías, sí, y hay hechos. Los hechos son que la KGB poseía
archivos detallados, explosivos, sobre ese grupo de "Sabios". Esos
archivos, una vez develados al mundo, habrían destruido la credibilidad de los
Estados Unidos, como ya le dije.
—Y así la CIA quedó inerme —dije—. Chantajeada por la amenaza de
hacerlos públicos.
—Precisamente. ¿Y quién abandonaría con facilidad semejante
arma? No un enemigo de los Estados Unidos. No un hombre leal a la KGB. ¿Qué
mejor prueba podía ofrecerle yo a Sinclair?
—Sí. Brillante. ¿Quién conoce la existencia de esos archivos?
—Hay bastante gente —respondió—. Mi predecesor en la KGB,
Kryuchkov, que está vivo pero tiene mucho miedo por su vida y no habla. Su
primer asistente, que fue ejecutado... no, perdóneme, creo que The New York
Times publicó una historia que decía que se había "suicidado" justo
después del golpe, ¿no es cierto? Y, claro está, yo también.
—Y le dio esos archivos increíbles a Sinclair...
—No —dijo él.
—¿Por qué no?
Se encogió de hombros. Sonrió otra vez.
—Porque habían desaparecido.
—¿Qué?
—La corrupción era impresionante en esos días, en Moscú —explicó
Orlov—. Todavía peor que ahora. Los viejos, los miles de personas que
trabajaban en las antiguas burocracias, los ministerios y secretarías, todo el
gobierno sabía que tenía los días contados. Los jefes de las fábricas vendían
bienes en el mercado negro. Los empleados vendían archivos en las oficinas de
Lubyanka. La gente de Boris Yeltsin se había llevado archivos de la KGB y
algunos de esos archivos estaban cambiando de manos con rapidez... Y entonces
me dijeron que el archivo sobre los Sabios había desaparecido...
—Los archivos de ese tipo no desaparecen...
—Claro que no. Me dijeron que una empleada de nivel bastante
bajo del jefe principal del Directorio de la KGB se había llevado el archivo a
su casa y lo había vendido.
—¿A quién?
—A un consorcio de hombres de negocios alemanes. Me dijeron que
se los vendió por algo así como dos millones de marcos alemanes.
—Un millón de dólares más o menos. Pero hubiera podido obtener
mucho más, supongo.
—¡Claro que sí! Ese archivo valía mucho dinero, muchísimo.
Contenía las herramientas necesarias para chantajear a los más altos
funcionarios de la CIA... Imagínese. Valía mucho más de lo que pidió esa tonta
mujer. La avaricia puede hacernos irracionales...
Reprimí el deseo de reírme.
—Un consorcio alemán —musité—. ¿Para qué querría chantajear a la
CIA un consorcio alemán?
—En ese entonces, no lo sabía.
—Pero ahora sí.
—Tengo mis teorías...
—¿Por ejemplo?
—Me está pidiendo hechos —contestó él—. Nos encontramos en
Zúrich, Sinclair y yo, en condiciones de absoluto secreto, naturalmente. Para
entonces, yo ya no estaba en Rusia. Sabía que nunca volvería.
"Sinclair estaba furioso. Se enfureció cuando le dije que
ya no tenía la prueba incriminatoria y amenazó con cancelar el trato, volar a
Washington y terminar con todo eso. Discutimos muchas horas. Traté de
convencerlo de que lo que yo le decía era cierto.
-¿Y?
—En ese momento, me pareció que lo había convencido. Ahora no lo
sé.
—¿Por?
—Porque pensé que habíamos hecho un trato y tal como salieron
las cosas, no era cierto. Me vine aquí desde Zúrich. Debo decir, ya que
estamos, que Sinclair había encontrado la casa para mí. Esperé. Diez mil
millones de dólares estaban en Occidente. Oro que pertenecía a Rusia. Era un
juego de enorme importancia, y yo tenía que confiar en la honestidad de
Sinclair. Más que eso, en su interés en el asunto. Quería que Rusia no se
convirtiera en un país de extrema derecha, en una dictadura nacionalista y chauvinista.
También él quería salvar al mundo de eso, pero yo creo que fueron los archivos.
El hecho de que yo no tuviera los archivos de los Sabios para entregárselos.
Seguramente pensó que yo no estaba jugando limpio. No creo que haya otra razón
por la que pudiera haberme traicionado...
—¿Traicionarlo?
—Diez mil millones de dólares terminaron en una bóveda de
Zúrich, bajo Bahnhofstrasse con dos códigos de acceso para asegurar la
liberación. Pero yo no tuve acceso a ese código. Y» entonces, Harrison Sinclair
murió, lo mataron. Y ahora no hay esperanza de recuperar el oro. Así que espero
que entienda que ciertamente yo no tenía interés alguno en matarlo. ¿No le
parece?
—Cierto —dije—. No sería lógico. Pero tal vez ahora yo pueda
ayudarlo.
—Si tiene los códigos de acceso de Sinclair.
—No —dije—, no hay códigos. Él no me dejó ninguno.
—Entonces me temo que no hay nada que pueda hacer.
—No estoy de acuerdo. Hay algo. Necesito el nombre del banquero
que ustedes vieron en Zúrich.
Y en ese momento se abrieron de par en par las puertas dobles al
final del comedor.
Salté sobre mis pies, sin querer tomar la pistola otra vez en
caso de que fuera un guardia. Todo tenía que parecer normal: no debía parecer
que yo amenazaba al dueño de casa.
Eché una mirada a la tela azul oscura y lo supe inmediatamente.
Tres policías uniformados italianos me apuntaban con sus armas.
—Tieniti le maní al fianco! —Las manos a los costados del
cuerpo.
Avanzaron por la habitación como un comando SWAT. Mi pistola no
me serviría de nada: eran más que yo. Orlov retrocedió hasta ponerse contra una
pared como para evitar la línea de fuego.
—Sei in arresto —dijo otro—. Non muoverti. —Estás arrestado. No
te muevas.
Me quedé de pie, confuso. ¿Cómo podía haber pasado? ¿Quién los
había llamado? No entendía.
Y entonces vi el pequeño botón negro en la pata de la mesa del
comedor, en el lugar en que ésta se apoyaba contra el piso color terracota. Era
el tipo de botón que se aprieta con el pie, la forma en que los cajeros de los
Bancos llaman a la policía. La alarma no hacía ruido cerca sino muy lejos, en
este caso, suponía yo, en los cuarteles de la policía en Siena, y por eso
habían tardado tanto en llegar. La policía seguramente recibía pagos del
misterioso "alemán" que necesitaba tanta seguridad.
El salto de Orlov contra mí, su único movimiento torpe. Sabía
que yo lo empujaría al suelo y eso era lo que quería: desde el suelo había
rodado para apretar el botón con la mano, la rodilla o el pie.
Pero algo andaba mal.
Miré al hombre de la KGB y vi que estaba aterrorizado. ¿De qué?
Estaba mirándome.
—¡Siga el oro! —gruñó. ¿Qué significaba eso exactamente?
—¡El nombre! —grité—. ¡Déme el nombre!
—No puedo decirlo —volvió a gruñir, las manos en el aire,
señalando a los policías—. No...
Sí. Claro que no podía decir el nombre en voz alta. No con esos
hombres cerca.
—El nombre —repetí—. Piense en el nombre.
Orlov me miró, confundido y desesperado. Luego se volvió hacia
los policías...
—¿Dónde está mi gente? —dijo—. ¿Qué hicieron con mi gente?
De pronto, pareció saltar hacia adelante. Hubo un sonido seco,
un sonido que yo reconocí inmediatamente y me volví y vi que uno de los
guardias le apuntaba con una ametralladora, y el fuego cortaba un surco
grotesco en el pecho del viejo. Los brazos y las piernas de Orlov bailaron un
segundo mientras él gritaba una vez más, un grito horrendo y largo. La sangre
voló en todas direcciones, manchando los pisos de piedra, las paredes, la mesa
brillante y lustrosa. Orlov, el cuello medio separado del cuerpo, se convirtió
en un montón de sangre de pesadilla.
Dejé escapar un involuntario grito de horror. Saqué la pistola,
a pesar de que ellos eran más, pero no tuvo sentido.
De pronto, hubo silencio. El fuego se había detenido. Levanté
las manos y me rendí.
38
Los carabineros me llevaron, esposado, a través de la puerta
abovedada de Castelbianco y luego hacia una camioneta azul de la policía, toda
abollada.
Parecían carabineros, tenían las ropas de los carabineros, pero
no lo eran Eran asesinos pero ¿al mando de quién? Aturdido de horror, yo casi
ni podía pensar Orlov había llamado a su gente, sus protectores, y se había
sorprendido cuando llegaron los otros Pero, ¿quiénes eran esos otros?
¿ Y por qué no me habían matado a mí también?
Uno de ellos dijo algo en italiano, con rapidez. Los otros dos,
que me rodeaban de cerca, asintieron y me guiaron hasta la parte posterior de
la camioneta.
No era momento para hacer nada, así que fui con ellos con la
pasividad de una oveja Uno de los policías se sentó frente a mí en la
camioneta, mientras otro tomaba el volante y el tercero vigilaba desde el
asiento delantero.
Nadie decía ni una palabra.
Miré con cuidado a mi guardia, un joven robusto y amargado
Estaba sentado más o menos a un metro de distancia.
Me concentré
No "oí" nada, sólo el ruido del motor mientras la
camioneta trataba de subir por el camino de tierra que llevaba a los portales
de entrada. O eso fue lo que creí, ya que no había ventanas en la parte
posterior de la camioneta La única iluminación venia de una luz superior. Mis
muñecas hacían ruido frente a mi, sobre el pantalón.
Traté de vaciar mi mente y concentrarme de nuevo. En la última
semana el ejercicio se había convertido en algo reflexivo. Sabia que tenia que
liberar la mente de todo pensamiento que pudiera distraerla, convertirla en una
pizarra en blanco, en un receptor Y entonces oía los finales y principios de
los pensamientos en esa tonalidad alterada que indicaba que no estaba oyendo
nada hablado, ninguna voz verdadera.
Convertí mi mente en papel en blanco y con el tiempo
"oí" mi nombre y luego algo más que sonaba familiar en esa forma
flotante, leve, que me decía que estaba oyendo un pensamiento.
En inglés.
El hombre estaba pensando en inglés.
No era policía y no era italiano.
—¿Quién es usted? —pregunté.
Mi escolta levantó la vista, traicionó apenas un instante su
sorpresa Después se encogió de hombros, con hostilidad, como si no me
entendiera.
—Su italiano es excelente —comenté.
El motor de la camioneta se detuvo, luego arrancó de nuevo.
Luego, nada. Nos habíamos detenido en alguna parte. No podía ser muy lejos de
la propiedad: hacía apenas unos minutos que nos movíamos y me pregunté adonde
me habían llevado.
Las puertas se abrieron y los dos policías subieron atrás con
nosotros. Uno me cubrió con el revólver mientras el otro me hacía señas de que
me acostara en el suelo Cuando lo hice, me pusieron cinta adhesiva en los
tobillos para sujetarme.
Yo traté de hacérselo difícil pateé y me retorcí todo lo que
pude pero finalmente lograron atarme los pies. Entonces descubrieron mi otra
pistola, metida en su funda, en el tobillo izquierdo.
—Una más, chicos —dijo el que la había encontrado, con aire de
triunfo.
En inglés.
—Será mejor que no tenga otras —dijo el que parecía el jefe.
Tenía una voz ronca, una voz que venía del pecho, como la de un fumador
empedernido.
—Eso es todo —contestó el primero, después de palparme las
piernas y los brazos
—De acuerdo —dijo el primero— Somos colegas suyos, señor
Ellison.
—Pruébelo —le dije, sin hacer nada Lo único que veía era la luz
del techo de la camioneta sobre mi cabeza.
Nadie me contestó.
—Si quiere, puede creernos, si no, no —dijo el jefe— Eso no
cambia nada. Lo único que queremos es hacerle unas preguntas. Si es sincero con
nosotros, no va a pasarle nada
Mientras hablaba, sentí que algo líquido y frío se esparcía
sobre mis brazos, luego sobre la cara y el cuello un líquido viscoso que
estaban aplicando con un cepillo.
—¿Sabe qué es esto? —preguntó el falso policía que estaba a
cargo.
Yo sentía la dulzura en el borde de la boca.
—Tengo una idea.
—Bien.
Los tres me sacaron de la camioneta hacia el brillo del día. No
tenía sentido luchar. No podía llegar a ninguna parte atado como estaba. Miré
alrededor y vi árboles, arbustos, un brillo de alambre de púa. Todavía
estábamos en Castelbianco, no lejos de la entrada, frente a uno de los
edificios de piedra que yo había notado desde el camión, al entrar.
Me pusieron en el suelo justo en la puerta del edificio. Olía a
tierra húmeda, y también a basura podrida. Supe dónde estaba.
Entonces, el que estaba a cargo, dijo:
—Lo único que tiene que decirnos es dónde está el oro.
Boca arriba en el suelo, el cuello húmedo de tierra, dije:
—Orlov no cooperó. Apenas si tuve tiempo de charlar con él.
—Eso no es cierto, señor Ellison —dijo el que estaba en el
medio—. No nos está diciendo la verdad.
Sacó un objeto pequeño, brillante, lo puso cerca de mis ojos
para que lo viera. Un escalpelo afilado como una hoja de afeitar. Cerré los
ojos instintivamente. Dios, no. Que no lo haga.
Hubo un golpe sobre mi mejilla. Sentí el horror del metal frío,
luego un dolor agudo, como de agujas.
—No tenemos por qué cortarlo más —siguió diciendo el jefe—. Por
favor, necesitamos la información. ¿Dónde está el oro?
Sentí algo caliente y pegajoso que me corría sobre la cara, a la
derecha.
—No tengo ni la menor idea —dije.
El falso policía me apoyó el escalpelo en la otra mejilla, frío,
casi agradable.
—Esto no me gusta más que a usted, señor Ellison, se lo aseguro.
Pero no tengo alternativa. Otra vez, Frank.
Yo jadeé.
—No.
—¿Dónde está?
—Ya le dije, no tengo...
Otro corte. Frío, luego calor y ardor, y la sangre sobre la
cara, mezclándose con ese líquido pegajoso que me habían puesto. Sentí que se
me llenaban los ojos de lágrimas.
—Usted sabe por qué hacemos esto, señor Ellison —dijo el jefe.
Traté de darme vuelta sobre la panza, pero dos de ellos me
sostenían con firmeza en el lugar.
—Mierda —grité casi—. Orlov no sabía. ¿Es tan difícil de
entender? El no sabía... así que yo no sé...
—No nos obligue —dijo el jefe—. Usted sabe que somos totalmente
capaces de hacerlo.
—Si me dejan ir, puedo ayudarlos a encontrar el oro —susurré.
Él hizo un gesto con la pistola y los otros me levantaron, uno
por los pies, otro por la cabeza. Me retorcí con fuerza pero no tenía movilidad
y ellos sabían lo que hacían.
Me arrojaron a la oscuridad húmeda y asquerosa del depósito, una
oscuridad inundada del olor fuerte, pútrido, de la basura abandonada. Oí unos
crujidos. Había otro olor también, algo ácido, como queroseno o nafta.
—Sacaron la basura ayer —dijo el jefe—. Tienen hambre, creo yo.
Más crujidos y roces.
El ruido del plástico cuando lo pisan; más roces, esta vez más
frenéticos. Sí, nafta o queroseno.
Me bajaron, con los pies atados. La única luz en esa cámara
horrenda, diminuta, venía de la puerta, contra la cual veía las tres siluetas
grandes de los falsos policías.
—¿Qué mierda quieren? —dije con un graznido.
—Díganos dónde está y lo sacamos. Es simple. —Era la voz ronca
del jefe.
—Dios. —No pude reprimir el grito. Nunca dejes que se den cuenta
de que tienes miedo, pero ahora el espanto era incontenible. Un roce, varios.
Tenía que haber docenas ahí dentro.
—Su ficha personal —siguió diciendo él —hace notar que es usted
fóbico a las ratas. Por favor, ayúdenos, y todo esto será apenas un mal
recuerdo en menos de un segundo.
—Ya le dije que él no sabía...
—Cierra, Frank —dijo casi con un ladrido.
La puerta se cerró. Oí el ruido del pasador. Durante un instante
todo quedó negro y luego, cuando mis ojos se fueron acostumbrando, todo tomó un
brillo ámbar, un brillo amenazador. Había ruidos leves en todas partes. Varias
formas oscuras, grandes, se movían a mi alrededor. Se me erizó toda la piel.
—Cuando esté listo para hablar —oí que decían desde afuera—, lo
estaremos esperando, amigo.
—¡No! —exclamé en un aullido—. Ya les dije todo lo que sé.
Algo pasó corriendo sobre mis pies.
—¡Dios santo!
Desde afuera, oí la voz ronca que me hablaba.
—¿Sabía que las ratas son algo así como ciegas? Operan casi
absolutamente por su sentido del olfato. Su cara, con la sangre y el líquido
dulce que le pusimos, va a ser irresistible para ellas. Van a tratar de
comérselo. Se le van a subir encima, se lo aseguro.
—No sé nada... No sé nada —aullé.
—Entonces, lo lamento por usted —dijo la voz ronca.
Sentí que algo grande y tibio y seco y correoso me corría por la
cara, sobre los labios. Varias, eran varias, sí, y yo no podía abrir los ojos,
sentí que me lastimaban las mejillas, punzones insoportables, agudos,
terribles, un sonido como de papeles, una cola que restallaba contra mi oído,
patitas sobre el cuello.
Sólo la idea de que mis captores estaban afuera, esperando a que
yo me descontrolara por completo, a que me derrumbara o enloqueciera, me
impidió aullar en un ataque de miedo indescriptible, insoportable, inmenso.
39
Todavía no sé cómo hice, pero conseguí mantener la mente en
foco, estar ahí.
Me las arreglé para retorcerme y ponerme de pie, arrojando ratas
a mi alrededor, sacándomelas de la cara y el cuello con las manos unidas. En
unos minutos logré sacarme las bandas de nailon pero eso no iba a ayudarme
mucho y los hombres que me esperaban afuera lo sabían: la única salida era la
puerta y estaba bien guardada.
Busqué la pistola hasta que me di cuenta de que se habían
llevado las dos. Tenía algunas municiones en los zapatos, entre el pie y la
media, pero no servían para nada sin un arma para dispararlas.
Cuando los ojos se me acostumbraron a la penumbra, entendí de
dónde venía el olor a combustible. Había varios tanques de nafta contra la
pared, junto a máquinas de granja. Tal vez la "casa de las ratas",
como la había llamado mi amigo italiano, fuera para guardar basura, pero
evidentemente la usaban también para materiales de mantenimiento: bolsas de
cemento, bolsas de plástico con fertilizante, difusores para fertilizantes,
herramientas de tipo mortero, algunos repuestos de tractores.
Las ratas se me reunían alrededor y yo movía las piernas
permanentemente para que no se me subieran al cuerpo. Mientras tanto, trataba
de investigar las herramientas. Un rastrillo no sobreviviría a un asalto contra
una puerta de acero reforzado, ni él ni ninguna de las demás herramientas. La
nafta parecía el mejor método, pero ¿qué podría hacer con ella? ¿A quién
asaltaría? ¿Qué incendiaría? ¿Y con qué iba a encenderla? No tenía fósforos. ¿Y
si la esparcía y me las arreglaba para encenderla... qué sucedería? Moriría
quemado. Eso no beneficiaría a nadie excepto a mis captores. Una estupidez
total. Tenía que haber otra forma.
Sentí el roce de una cola de rata contra el cuello. Me estremecí
de arriba abajo.
Desde afuera, la voz ronca repetía:—Lo único que queremos es la
información, señor Ellison
Lo más fácil era inventar información, fingir que me había
quebrado y soltarla
Pero eso no serviría Seguramente lo esperaban estaban bien
informados Tenía que salir de otra forma
Era imposible Yo no era ningún Houdini, pero tenía que salir Las
ratas, esas criaturas gordas, marrones, con colas largas, peladas, se
deslizaban entre mis pies, haciendo ruiditos agudos Había docenas. Algunas se
habían trepado a las paredes Dos, acostadas sobre una bolsa de fertilizante de
veinticinco kilos, saltaron hacia mí, buscando el olor de la sangre que se me
congelaba en la mejilla. Horrorizado, agité los brazos para alejarlas Una me
mordió el cuello Golpeé a mi alrededor y maté a una o dos con los pies.
Sabía que no sobreviviría mucho allí.
Lo que me llamó la atención fue la bolsa de fertilizante En la
penumbra, apenas logré distinguir la etiqueta.
CONCIME CHIMICO FÉRTILIZZANTE
Una etiqueta amarilla, con forma de diamante, proclamaba que se
trataba de un oxidante Lo que se usa para el pasto, generalmente Treinta y tres
por ciento de contenido de nitrógeno, decía la etiqueta Me acerqué mas, los
ojos entrecerrados Derivado de partes iguales de nitrato de amonio y nitrato de
sodio
Fertilizante.
¿Era posible?
Por lo menos, era una idea. La probabilidad de que funcionara no
me parecía especialmente alta, pero valía la pena intentarlo No veía otra forma
de salir.
Me agaché y saqué el cargador de la Colt 45 de mi media
izquierda Se habían llevado la pistola, pero no eso.
Estaba lleno tenía siete balas No mucho, pero bastaría. Saqué
las siete.
Una voz desde afuera de la casa dijo.
—Que tenga un lindo día ahí dentro, Ellison Y una noche
fabulosa.
Contuve mi horror y caminé por el piso lleno de ratas hasta
llegar a una de las paredes. Uno por uno metí los cartuchos en una grieta en la
pared Ahora tenía toda una fila con las puntas grises hacia fuera.
Lo más cercano a una pinza que conseguí fue un viejo alicate
para cables Serviría, aunque estaba muy oxidado. Con cuidado, cerré la punta
del alicate sobre cada una de las puntas de las balas, tiré y retorcí, hasta
que la bala salió de la cobertura de papel La parte que había extraído era el
proyectil, lo más importante de cada bala, lo que entraba en el blanco. Pero yo
no lo necesitaba. Necesitaba lo que estaba detras la carga de proyección y el
detonador.
Un trio de ratas se me acerco a los pies, una se trepo sobre la
rodilla, tocándome la tela de la camisa, tratando de subir hacia la cara en un
camino de horrores. Jadeé de espanto, me transpiré de arriba abajo, golpeé las
ratas con las manos, las arrojé sobre el suelo de piedra.
Luego, apenas recuperado, saqué cada una de las balas
incompletas de la pared y dejé caer la pequeña cantidad de carga de proyección
sobre un pedazo de papel que saqué de una bolsa de cemento. Las seis me dieron
una pilita de sustancia gris oscuro formada por esferitas irregulares de
nitrocelulosa y nitroglicerina
Lo que quedaba era lo más peligroso sacar los detonadores. Son
los pequeños discos de níquel colocados en la base de cada una de las balas,
que contienen una cantidad de material altamente explosivo. También son muy
sensibles a la percusión, a los golpes. Yo estaba sacudiéndome y luchando en la
oscuridad, rodeado de ratas, y mi concentración no era muy buena. Sin embargo,
sabía que tenia que hacerlo con mucho cuidado.
Revisé la casa de piedra buscando algo que me sirviera para
horadar una superficie pequeña pero no encontré nada. Una búsqueda cuidadosa en
cada uno de los rincones oscuros de la pequeña estructura podría haberme dado
resultado, pero yo no podía decidirme a meter las manos desnudas en un nicho
húmedo, negro y desconocido. No me siento orgulloso de mi terror frente a las
ratas, pero todos tenemos nuestras fobias y la mía, creo que usted estará de
acuerdo, no es totalmente irracional. Como no encontraba nada, tendría que
arreglármelas con la lapicera que tenía en el bolsillo Sí, eso me serviría Le
saqué el cartucho de tinta.
Con mucho, mucho cuidado, inserte la punta en el agujero en la
base de la bala y saqué la primera tapa de percusión. La segunda salió con
mayor facilidad y en unos minutos había sacado los discos de las seis balas.
Dejé la séptima intacta.
Sentí que algo seco y escamoso me tocaba la base de la nuca y
temblé. Se me hizo un nudo en el estómago, un nudo instantáneo.
Con la mayor habilidad que pude reunir, deslicé los detonadores,
uno por uno, en la única bala que había dejado intacta. En el espacio que
quedaba, volqué la pila de carga de proyección y luego volví a cerrar todo con
el dedo índice.
Ahora tenía en mis manos una bomba pequeña
Localicé un tramo de caño de dos por cuatro, una botella de
gaseosa vieja, una tela, una piedra grande y un clavo casi derecho. Eso me
llevó varios minutos, una eternidad para mí, con las ratas tocándome el cuerpo
o moviéndose bajo mis pies como una especie de horripilante alfombra en
movimiento. Tenía el estómago hecho un nudo, una tensión insoportable y
dolorosa en los músculos. Temblaba continuamente.
Con la roca, golpeé el clavo hasta que la punta salió por el
otro lado. Ahora el fertilizante. De las varias bolsas de veinticinco kilos,
dos tenían un contenido de nitrógeno que iba de dieciocho a veintinueve por
ciento. Una sola contenía un treinta y tres. Seleccioné ésa. Abrí la bolsa y
saqué un poco del material. Lo puse sobre otro pedazo de papel de las bolsas de
cemento. Una pequeña claque de ratas se acercó a la pila, con los bigotes
temblorosos de curiosidad y hambre. Las espanté con la botella. Tenían cuerpos
mucho más sólidos y musculosos de lo que yo hubiera imaginado. Si hubiera
tenido que hablar, no habría podido. Estaba paralizado de miedo, por lo menos
en parte, pero de alguna forma mi sistema nervioso trabajaba a su ritmo, solo,
en automático, y me mantenía en pie, duro, como si yo hubiera sido un robot.
Pasé la botella sobre las bolitas de fertilizante hasta que
conseguí un polvo muy fino. Repetí el proceso varias veces para lograr un buen
montoncito de fertilizante en polvo. En condiciones ideales, ese paso no habría
sido necesario, pero las mías no eran condiciones ideales por cierto. En primer
lugar, el agente de sensibilización debería haber sido nitrometano, el líquido
azul que usan a veces los locos de los autos para aumentar los octanos en la
nafta. Pero no había nada parecido a eso en el depósito, solamente nafta, y yo
sabía que tendría que usarla aunque también sabía que sería mucho, menos
efectiva. Así que lo menos que podía hacer era convertir en polvo el
fertilizante para disminuir el diámetro de los granos, aumentando así la
superficie y haciéndolo más reactivo.
Destapé la lata de nafta y la volqué despacio sobre el
fertilizante. Hubo grandes movimientos entre las ratas. Sentían el peligro y se
escurrían hacia las paredes, hacían piruetas, retroi» cedían hacia los recesos
de la cámara.
Temblando todavía, metí el fertilizante húmedo en el caño
oxidado y lo tapé con una piedra del tamaño exacto. El caño tenía más o menos
un centímetro y medio de diámetro, lo cual me parecía correcto. Coloqué la bala
que había preparado en el nitrato.
Revisé mi trabajo y tuve la sensación brusca, desesperada y
segura, de que la bomba no explotaría. Los ingredientes básicos eran los
correctos, pero el resultado final era algo muy impredecible, especialmente
dada la rapidez y la falta de concentración con que la había preparado.
Con toda la fuerza que pude reunir, metí el caño en una grieta
de la pared.
El lugar era extremadamente estrecho.
Sí. Tal vez funcionaría.
Si no funcionaba... Si deflagraba en lugar de detonar,
fracasaría por completo, y el espacio se llenaría de humos tóxicos que me desmayarían.
Probablemente, moriría. También existía la posibilidad de que una explosión en
una dirección distinta de la que yo esperaba me lastimara, cegara o algo peor.
Coloqué el pedacito de madera sobre la bomba, que sobresalía de
la pared, con el clavo tocando la base de la bala. Retuve el aliento mientras
el corazón me latía con fuerza. Me cubrí los ojos con un pedazo de tela,
levanté la roca que había usado como martillo.
La sostuve en la mano derecha directamente sobre el clavo.
Y luego, la arrojé con toda la fuerza posible contra la cabeza
de hierro.
La explosión fue inmensa, increíblemente ruidosa, un trueno, y
de pronto, todo a mi alrededor se convirtió en un brillo anaranjado que se veía
incluso a través de la venda, una tormenta de piedras y fuego, una catarata de
escombros y esquirlas. Mi mundo se transformó en una bola de fuego y eso fue lo
último que supe.
PARTE V
ZURICH
40
Blanco, el blanco más suave, más pálido, más hermoso del lino:
me sentí consciente del color blanco, no de la ausencia de color sino de un
blanco cremoso, completo, rico, que me suavizaba con su quietud y su brillo.
Y me sentí consciente de suaves murmullos un poco más allá.
Sentí que flotaba en una nube, boca abajo, luego de costado,
pero no sabía dónde estaba mi cuerpo ni me interesaba.
Más murmullos.
Yo acababa de abrir los ojos, que parecían haber estado sellados
durante una eternidad.
Traté de enfocar las formas que murmuraban a mi alrededor.
—Ya está con nosotros —oí que alguien decía.
—Tiene los ojos abiertos.
Lenta, lentamente, lo que me rodeaba se puso en foco.
Estaba en una habitación toda blanca, cubierto con sábanas
blancas de muselina barata, con vendas blancas en los brazos, la única parte de
mi cuerpo que lograba distinguir.
A medida que ponía los ojos en foco, me daba cuenta de que la
habitación era simple, con paredes encaladas. ¿Sería una granja o algo así?
¿Dónde estaba? Una sonda intravenosa me penetraba el brazo izquierdo pero ese
lugar no parecía un hospital.
Oí una voz masculina que decía:
—¿Señor Ellison?
Traté de gruñir pero no parecía posible.
—¿Señor Ellison?
Traté de hacer ruido otra vez y otra vez, nada, pero tal vez me
equivocaba. Seguramente hice algo con la boca porque la voz dijo:
—Ah, sí, muy bien.
Ahora veía al que me hablaba: un hombre pequeño, de cara
estrecha con una barba bien cuidada y ojos tibios y castaños. Tenía puesto un
suéter gris tejido a mano, rústico, pantalones de lana gris, un par de zapatos
de cuero muy usados. Era gordoen la panza, maduro ya. Me tendió una mano suave,
regordeta, y se la di.
—Me llamo Boldoni —dijo—. Massimo Boldoni.
Con gran esfuerzo, logré decirle:
—¿Dónde...?
—Soy médico, señor Ellison, aunque sé que no lo parezco.
—Hablaba un inglés con melifluo acento italiano. —No tengo puesto el delantal
porque, en general, no trabajo los domingos. Para contestar a su pregunta,
tengo que decirle que está usted en mi casa. Tenemos varias habitaciones
vacías, por desgracia.
Seguramente vio la confusión en mi cara porque siguió
explicando:
—Esto es una podere, una granja vieja. Mi esposa la maneja como
casa de huéspedes, la Podere Capra.
—No... —empecé a decir—. No entiendo, ¿cómo llegué...?
—Creo que está usted muy bien, considerando lo que le pasó...
Miré mis brazos vendados, volví a mirar al médico.
—Tuvo mucha suerte —dijo él—. Tal vez haya perdido un poco de
capacidad auditiva. Sufrió quemaduras en los brazos solamente y se va a
recuperar rápido. Tiene suerte. Las quemaduras no son serias y hay muy poca
piel destruida. Se le incendió la ropa pero lo encontraron antes de que el
fuego pudiera hacerle mucho...
—Las ratas —dije.
—No hay rabia ni enfermedades ni nada de eso —dijo para
tranquilizarme—. Ya lo revisé, cuidadosamente. Nuestras ratas toscanas son
ejemplares muy saludables. Las mordidas superficiales ya están tratadas y se
van a curar rápido. Tal vet le arda un poco, pero eso es todo. Le puse morfina
para aliviar el dolor, por eso siente que está volando, ¿no es cierto? :
Asentí. En realidad, era agradable. No había sensación de dolor.
Yo quería saber quién era él y cómo me habían traído allí, pero me era muy
difícil articular las palabras y estaba dominado por una especie de inercia.
—Gradualmente, voy a reducirla. Pero ahora hay unos amigos que
quieren verlo.
Se volvió y golpeó la puerta redondeada, de madera, unas cuantas
veces, con suavidad. La puerta se abrió y él se retiró, después de despedirse.
Sentí que me ardía la garganta.
En una silla de ruedas, disminuido, cansado, entró Toby
Thompson. De pie a su lado, estaba Molly.
—Dios, Ben —dijo ella y corrió a mi lado.
Nunca la había visto tan hermosa. Tenía puesta una falda de
tweed marrón, una blusa de seda blanca, el collar de perlas que yo le había
comprado en Shreve, y el camafeo de buena suerte que le había dado su padre.
Nos besamos un rato largo.
Ella me miró de arriba abajo, los ojos llenos de lágrimas.
—Estaba... estábamos... preocupados por ti. Dios, Ben.
Me tomó las dos manos.
—¿Cómo llegaste aquí? —conseguí decir.
Oí el ruidito de la silla de Toby que se acercaba.
—Lamento decir que llegamos un poco tarde —dijo Molly,
apretándome las manos. El dolor me sacudió, hice una mueca y ella me soltó las
manos. —Disculpa —dijo.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Toby. El traje azul y un par de
brillantes zapatos ortopédicos, como siempre. Tenía bien peinado el cabello
blanco.
—Veremos cuando me saquen la morfina —dije—. ¿Dónde estoy?
—Greve, en Chianti.
—El médico...
—Massimo es confiable —dijo Toby—. Totalmente. Lo tenemos en la
zona, por si acaso. De vez en cuando usamos Podere Capra como refugio.
Molly me puso una mano en la mejilla, como si no pudiera creer
que yo estaba allí realmente. Ahora que la veía de cerca, me daba cuenta de que
estaba exhausta, notaba los grandes círculos negros bajo los ojos enrojecidos.
Había tratado de cubrirlos con maquillaje. Se había puesto algo de Fracas, mi
perfume favorito. Como siempre, me parecía una mujer irresistible.
—Te extrañé —dijo.
—Yo también, nena.
—Nunca me dijiste nena —dijo ella maravillada.
—Nunca es tarde para aprender una nueva palabra de amor
—murmuré.
—No dejas de impresionarme —dijo Toby con gravedad—. No sé cómo
lo hiciste.
—¿Hacer qué?
—Hacer ese agujero en el costado de la casa de piedra. Si no lo
hubieras hecho, estarías muerto, supongo. Esos tipos pensaban dejarte ahí hasta
que te comieran vivo o te murieras de miedo. Y ciertamente, los nuestros no
habrían sabido dónde buscarte a no ser por la explosión.
—No entiendo —dije—. ¿Cómo supieron dónde estaba?
—Un paso por vez —dijo Toby—. Rastreamos la llamada de Siena en
ocho segundos.
—¿Ocho? Pero yo creía...
—La tecnología de comunicaciones ha mejorado mucho desde que
dejaste la Agencia, Ben. Tú sabes que digo la verdad, eres testigo. Voy a
acercarme un poco, si quieres.
Por ahora, su seguridad era suficiente. Y por otra parte, yo
estaba muy confuso como para enfocar la mente.
—Apenas supimos dónde estabas, fuimos corriendo.
—Gracias a Dios —dijo Molly. Seguía sosteniéndome las manos,
como si yo estuviera por irme.
—Hice que soltaran a Molly y ella y yo volamos a Milán con unos
chicos de seguridad. Justo a tiempo, diría yo.
—Golpeó los brazos de la silla de ruedas. —No es fácil en una de
éstas. Italia no tiene rampas para discapacitados. De todos modos, teníamos un
buen sistema de alarma en la zona. ¿Te dije que si pones una gotita de agua en
la entrada de un hormiguero...
—Ah, por favor —dije con un gruñido—, no tengo ganas de
hormigas, Toby. Ni fuerzas.
Pero él siguió adelante.
—... las obreras corren por el hormiguero dando la alarma,
advirtiendo de posibles inundaciones, hasta señalando salidas de emergencia? En
menos de medio minuto, la colonia empieza a evacuar el hormiguero.
—Fascinante —dije, sin mucha convicción.
—Perdóname, Ben. Me entusiasmo. De todos modos, tu esposa estuvo
supervisando al doctor Boldoni muy de cerca, para asegurarse de que tengas el
mejor de los tratamientos.
—Quiero la verdad, Mol. ¿Estoy grave?
Ella sonrió, triste pero alentadora. Las lágrimas le brillaban
en los ojos.
—Vas a estar bien, Ben. En serio. No quiero que te preocupes.
—Dilo de una vez. La verdad.
—Tienes quemaduras de primer y segundo grado en los brazos
—explicó ella—. Va a ser doloroso pero no serio. No más del quince por ciento
del cuerpo.
—Si no es serio, ¿por qué me pusieron todo esto?
—Había notado que una venda especial, fija en el dedo índice,
brillaba roja como el dedo del extraterrestre E.T. Lo levanté. —¿Qué es esto?
—Es un oxímetro de pulso. El brillo rojo es un rayo láser. Mide
la saturación de oxígeno que se mantiene al noventa y siete por ciento. El
ritmo de tu corazón está un poco alto, unos cien latidos, lo cual es esperable.
Tuviste una contusión moderada durante la explosión. El doctor Boldoni
sospechaba que habías inhalado humos de la explosión, y eso podría haber sido
problemático. Se te puede hinchar la tráquea y si se hincha, te puedes morir.
Hay que vigilar de cerca. Tosías algo... y él tenía miedo de que fueran pedazos
de tu tráquea, quemados, quiero decir. Pero yo los examiné... y era basura,
hollín, por suerte. No tienes quemaduras por inhalación, pero sí hay inhalación
de humos.
—¿Y el tratamiento, doctora?
—Te tenemos con fluidos intravenosos. D-5 media de solución
salina normal. Con veinte de K a doscientos por hora.
—No me hables en chino, por favor.
—Lo lamento, quiero decir potasio. Quiero estar segura de que
estés hidratado, darte muchos fluidos. Vas a tener que cambiarte las vendas
todos los días. Esa cosa blanca que ves bajo las vendas es ungüento Silvidene.
—Tienes suerte de tener a tu médica personal contigo —comentó
Toby.
—Y, mucho descanso en la cama —agregó Molly para terminar—. Así
que te traje lectura. —Me dio una pila de revistas. Encima de todo estaba la
revista Time con una foto de Alexander Truslow en la tapa. Lucía bien,
vigoroso, aunque el fotógrafo había tratado de enfatizar las ojeras, LA CIA EN
CRISIS, decía la tapa, y abajo: ¿UNA NUEVA ERA?
—Parece que a Alex no le vendría mal una buena noche de descanso
—dije en tono de broma.
—La otra foto es mejor —dijo Toby. Tenía razón. En la tapa de
The New York Times Magazine, Alex Truslow, el cabello plateado brillante,
sonreía de oreja a oreja, con orgullo. ¿Es este el hombre que salvará a la
CIA?, preguntaba el título.
Sonriendo, lleno de orgullo yo también, apoyé las revistas a mi
lado.
—¿Cuándo lo confirma el Senado?
—Ya está confirmado —dijo Toby—. Al día siguiente del
nombramiento, el Presidente convenció al comité de inteligencia del Senado de
que necesitamos un director de tiempo completo lo más pronto posible. Un
proceso largo de confirmación hubiera causado problemas. Más problemas. Lo
confirmaron todos menos dos, según creo.
—Eso es maravilloso —dije—. Y apuesto a que sé quiénes fueron
los que se opusieron. —Di los nombres de los dos senadores más derechistas del
comité, los dos sureños.
—Exactamente —dijo Toby—. Pero esos payasos no significan nada
si los comparas con los verdaderos enemigos.
—Dentro de la Agencia —dije.
Él asintió.
—Y dime, ¿quiénes eran los rufianes que se disfrazaron de
policías italianos?
—Todavía no lo sabemos. Estadounidenses. Mercenarios privados,
creo yo.—¿De la Agencia?
—¿Quieres decir si eran personal de la CIA? NO... no hay fichas
de ellos en ninguna parte... Los... los mataron. Hubo... un tiroteo fuerte.
Perdimos dos hombres, buenos hombres... Estamos pasando las fotos y las huellas
digitales por las computadoras para ver qué sale, si es que sale algo.
Miró el reloj.
—Y creo que...
Oí sonar un teléfono en una mesa cercana.
—Es para ti —dijo Toby.
41
Era Alex Truslow. La comunicación era buena. La voz sonaba tan
clara como si la hubieran modificado electrónicamente, lo cual indicaba que
probablemente la línea fuera estéril.
—Gracias a Dios que está bien —dijo.
—A Dios y a ustedes —contesté—. Parece usted un poco destruido
en la tapa de Times, Alex.
—Margaret dice que parezco recién embalsamado. Tal vez eligieron
una foto especialmente mala porque se preguntan si va a haber una nueva era y
la conclusión es: No, ese tipo no puede con semejante tarea. Ya sabe usted...
soy un fósil o algo así. La gente siempre quiere sangre nueva.
—En este caso, se equivocan. Felicitaciones por la confirmación
del Senado.
—El Presidente torció unos cuantos brazos ahí. Pero sobre todo,
Ben, quiero que vuelva.
—¿Por qué?
—Después de lo que le pasó...
—Todavía no tengo la mercadería —confesé—. Usted me habló de una
fortuna... ¿La línea es segura?
—Claro que sí.
—De acuerdo. Usted me habló de una fortuna desaparecida, pero yo
no tenía idea de la magnitud. Ni del origen.
—¿Quiere informarme por favor?
—¿Ahora? —Miré a Toby, como haciéndole una pregunta.
El miró a Molly.
—¿Te molestaría mucho dejarnos por unos minutos?
Los ojos de Molly estaban rojos e hinchados y las lágrimas le
habían manchado las mejillas. Lo miró con furia.
—Sí, me molestaría muchísimo...
En el teléfono, Alex dijo:
—¿Ben?
Toby se disculpó diciendo:
—Es que tenemos que hablar de cosas técnicas, aburridas...
—Lo lamento —dijo ella—. No pienso irme. Somos socios, Ben y yo.
Y no quiero que me excluyan. Hubo un largo silencio. Después, Toby dijo:
—De acuerdo. Pero espero contar con tu discreción...
—Cuenta con ella.
En el teléfono, y al mismo tiempo a Toby y a Molly, relaté lo
más importante de la entrevista con Orlov. Mientras yo hablaba, las caras de
Toby y Molly registraban el asombro.
—Por Dios santo —dijo Truslow, conteniendo el aliento—. Ahora
tiene sentido. Y es maravilloso saberlo... Hal Sinclair no estaba metido en
nada delictivo. Estaba tratando de salvar a Rusia. Claro. Ahora quiero que
vuelva, Ben.
—¿Por qué?
—Por Dios, Ben, esos hombres que lo torturaron así... tienen que
estar al servicio de la facción.
—Los Sabios.
—Tiene que ser así. Si no, no tiene sentido. Seguramente Hal
confió en alguien. Alguien que iba a ayudarlo a hacer los arreglos con el oro,
y eran arreglos complejos, estoy seguro. Y alguien en quien confió era un
doble. ¿De qué otra forma pudieron saber lo del oro?
—¿Lo mismo en Boston?
—Posiblemente. No, diría que probablemente.
—Pero eso no explica lo de Roma —dije.
—Van Aver —dijo él—. Sí. ¿Y me pregunta por qué quiero que
vuelva?
—¿Quién estaba detrás de eso?
—Yo no tengo idea. No hay pruebas que lo relacionen con los
Sabios, aunque no puedo descartarlo. Ciertamente, el que lo hizo conocía los
detalles de su reunión con él. Tal vez a través de una interferencia en los
cables entre Roma y Washington. O tal vez era local... ¿quién sabe?
—¿Local?
—Monitoreo del teléfono de Van Aver, o del teléfono de
cualquiera de la estación de Roma. Ya sabe, tiene sentido pensar que hablamos
de uno de los antiguos compañeros de Orlov. Tal vez nunca lo sepamos. Es raro.
—¿En qué sentido?
—Hubo un tiempo en que yo habría saltado en una pata si me
ofrecían el puesto de director de la CIA. Habría dado cualquier cosa. Pero
ahora... ahora que lo tengo., me parece una trampa mortal. Los cuchillos largos
están llegando a mí. Me rodean. Demasiadas personas poderosas se sienten
amenazadas por lo que hago. Me parece que el puesto es una trampa, una trampa
mortal.—¿Pudiste leer los pensamientos de Orlov? —preguntó Toby apenas colgué.
Asentí.
—Pero hubo un problemita —dije—. Orlov nació en Ucrania.
—Habla ruso... —objetó Toby.
—El ruso es su segundo idioma. Cuando me di cuenta de que
pensaba en ucraniano, me convencí de que estaba vencido. Pero después lo
entendí: ese tipo de la Agencia, el que me hizo las pruebas, el doctor Mehta,
pensaba que yo recibía no pensamientos en sí sino ondas de radio de frecuencia
extremadamente baja emitidas por el centro de producción del habla en el
cerebro. Podía escuchar palabras como las que el cerebro prepara para que luego
pasen al habla... aunque después no lleguen ahí. Así que hice que cambiáramos
de idioma constantemente: ruso a inglés, inglés a ruso. Yo sabía que Orlov
hablaba los dos idiomas. Y eso me permitió entender lo que estaba pensando
porque ahora su mente ponía en inglés los pensamientos en ucraniano.
—Sí —dijo Toby—. Sí, claro.
—Y le pregunté varias cosas, sabiendo que no importaba lo que me
dijera en voz alta. Por lo menos, pensaría la respuesta verdadera.
—Muy bueno.
—A veces, trataba tanto de no contestar que pensaba en inglés lo
que no quería decirme.
La morfina estaba dominándome y se me hacía cada vez más difícil
concentrarme. Lo único que quería era dormir varios días seguidos.
Toby se movió en la silla de ruedas, después se acercó un poco
con una palanca. La silla hizo un ruidito mecánico.
—Ben, hace unas semanas un coronel de la vieja Securitate, la
policía secreta rumana bajo Nicolás Ceausescu, hizo contacto con un jugador de
la retaguardia que conocemos bien. —En la jerga, eso significaba que el
contacto había sido con un falsificador de documentos que preparaba papeles de
identidad para agentes independientes. —Él nos buscó a nosotros.
Esperé que siguiera y después de un minuto o dos, dijo:
—Trajimos al rumano. Bajo interrogatorio intenso, dijo que sabía
de un complot para asesinar a ciertos altos funcionarios de la inteligencia
estadounidense.
—¿De quién era el complot?
—No lo sabemos.
—¿Y los blancos?
—Tampoco.
—¿Y crees que tiene que ver con el oro?—Es posible. Ahora dime,
¿te dijo Orlov dónde estaban esos diez mil millones?
—No.
—¿Crees que sabía y no quería decirlo?
—No.
—¿Te dio un código de acceso, o algo así?
Estaba visiblemente desilusionado.
—¿No es posible que Sinclair fuera realmente un ladrón en gran
escala? Ya sabes, decirle a Orlov que iba a ayudarlo a sacar los diez mil
millones en oro del país y después...
—¿Y después qué? —interrumpió Molly, furiosa. Lo miraba con una
intensidad feroz e inolvidable. Dos puntos rojos aparecieron en sus mejillas y
yo supe que había oído más de lo que podía tolerar. Susurró casi como una
víbora: —Mi padre era un hombre maravilloso y un buen hombre. Era tan honesto y
derecho como el que más. Por Dios, lo peor que se podía decir de él era que era
demasiado correcto.
—Molly... —empezó a decir Toby.
—Yo estaba con él en un taxi en Washington cuando encontró un
billete de veinte dólares en el asiento y se lo dio al conductor. Dijo que el
que lo hubiera perdido se daría cuenta y llamaría a la compañía. Yo le dije:
"Papi, el taxista se lo va a quedar...".
—Molly —interrumpió Toby, tocándole la mano. Tenía los ojos
tristes. —Tenemos que pensar en todas las posibilidades... aunque nos parezcan
imposibles...
Molly se quedó callada. Le temblaban los labios. Yo descubrí que
estaba tratando de leerle los pensamientos, pero ella se había sentado un poco
lejos y yo no podía concentrarme con las drogas. Para ser honesto, no estaba
seguro de que mi extraño don siguiera conmigo. Tal vez la experiencia en la
casa de ratas incendiada lo había destruido junto con parte de mi piel. Creo
que no me habría importado mucho si hubiera sabido que ya no estaba ahí.
No sé lo que pensaba Molly pero fuera lo que fuese era algo que
la perturbaba. De todos modos, podía imaginarme el remolino de sus sentimientos
y lo único que deseaba era saltar de la cama y abrazarla y reconfortarla.
Odiaba verla así. En lugar de hacerlo, me quedé donde estaba con los brazos
vendados y la cabeza más y más confusa a medida que pasaban los minutos.
—No lo creo, Toby —dije, pensativo—. Molly tiene razón: no
encaja con lo que sabemos de la forma de ser de Hal.
—Pero entonces estamos exactamente donde empezamos.
—No —contesté—. Orlov me dio una clave.
—¿Ah sí?—Siga el oro, me dijo. Siga el oro. Y estaba pensando el
nombre de una ciudad.
—¿Zúrich? ¿Ginebra?
—No. Bruselas. Hay formas, Toby. Como Bélgica no tiene fama de
un mercado de oro importante, no puede ser demasiado difícil investigar dónde
pueden estar escondidos allí los miles de millones de oro.
—Voy a encargarme de los vuelos —dijo Toby.
—¡No! —exclamó Molly—. Él no va a ninguna parte. Necesita una
semana de descanso. Por lo menos.
Sacudí la cabeza, cansado.
—No, Mol. Si no lo rastreamos, el próximo es Alex Truslow. Y
después, nosotros. Arreglar un "accidente" es lo más fácil del mundo.
—Si te dejo salir de la cama, estoy violando mi juramento
hipocrático...
—A la mierda con el juramento —dije—. Nuestras vidas están en
peligro. Y hay una fortuna inmensa en juego. Si no la encontramos... no vas a
vivir mucho para cumplir ese juramento, te lo aseguro...
Oí que Toby decía casi entre dientes:
—Estoy contigo. —Luego con un gemido eléctrico, empezó a
alejarse en la silla de ruedas.
La habitación estaba tranquila. En la ciudad, me había
acostumbrado tanto a los ruidos que ya no los oía. Pero allí, en esa remota
región del norte de Italia, no había ruidos. Desde la ventana, veía a la luz
pálida de la tarde, un campo de girasoles altos y muertos, palitos marrones
moviéndose entre los surcos rectos y píos.
Toby había dejado a Molly conmigo para que habláramos. Ella
estaba sentada en mi cama, acariciándome los pies bajo la sábana.
—Lo lamento —dije.
—¿Qué es lo que lamentas? —me preguntó.
—No lo sé. Pero quería decirlo.
—Acepto la disculpa.
—Espero que no sea cierto lo de tu padre.
—Pero en tu corazón...
—En mi corazón no creo que haya hecho nada malo. Pero tenemos
que descubrir lo que pasó.
Molly miró a su alrededor, luego, por la ventana hacia las
colinas toscanas, espectaculares como siempre.
—Me gustaría vivir aquí, ¿sabes?
—A mí también.—¿En serio? Podríamos, ¿no te parece?
—¿Algo así como abrir una oficina toscana de Putnam &
Stearns? Vamos.
—Pero dado tu talento para hacer dinero... —Sonrió con
preocupación. —Podríamos mudarnos aquí. Dejas la ley, vivimos felices para
siempre... —Un largo silencio, después agregó: —Quiero ir contigo. A Bruselas.
—Es peligroso, Molly.
—Creo que puedo ayudarte. Y tú lo sabes. Además, no puedes
viajar sin un médico. No así.
—¿Por qué no sigues diciendo que no debería viajar?
—Porque sé que lo de papá no es cierto. Y quiero que lo pruebes.
—Pero, ¿aceptarías la posibilidad, hasta la probabilidad, de que
si encuentro algo, puede ir en contra de la reputación de tu padre?
—Papá está muerto, Ben. Lo peor ya pasó. Nada de lo que hagas va
a cambiar eso.
—De acuerdo —dije—. De acuerdo. —Se me estaban empezando a
cerrar los ojos y no tenía fuerzas para seguir luchando contra el deseo de
dormir. —Ahora quiero dormir.
—Voy a reservar en un hotel de Bruselas —la oí decir desde una
distancia de millones y millones de kilómetros. "Muy bien, que haga eso,
sí", pensé.
—Alex Truslow me advirtió que había serpientes en el, jardín
—susurré—. Y... empiezo a preguntarme... si Toby no es una de ellas...
—Ben, descubrí algo. Algo que tal vez ayude... —dijo algo más
pero no lo entendí y después me pareció que la voz se desvanecía en el aire.
Un poco más tarde, tal vez minutos, tal vez segundos, me pareció
oírla alejarse, y oí el balido de las ovejas desde algún lugar, afuera. Pronto,
estaba profundamente dormido.
42
Toby Thompson nos despidió en la entrada de la terminal de
Swissair en el aeropuerto internacional de Milán. Molly lo besó en la mejilla,
yo le estreché la mano, y después pasamos por el detector de metales. Unos
minutos más tarde vino la llamada para el vuelo a Bruselas de Swissair. En el
mismo momento, y yo lo sabía, Toby tomaba un vuelo a Washington.
La droga que me había mantenido en el aire durante dos días
estaba empezando a extinguirse en mi organismo (aunque todavía sentía tanto
algodón en la cabeza que ni siquiera había tratado de "leer" a Toby).
Yo sabía que era mejor abandonar los calmantes si quería estar alerta, pero
ahora sentía que los brazos me ardían en una llamarada intensa, sobre todo
debajo de las axilas. Me latían con fuerza, y cada latido me clavaba cuchillos
hasta el hombro. Y por encima de todo, ahora que la droga ya no me protegía,
tenía un dolor de cabeza intenso, intolerable, incesante.
Sin embargo, logré levantar los dos bolsos (ninguno de nosotros
dos había despachado el equipaje) y llegar al asiento sin demasiado dolor. Toby
había comprado pasajes de primera clase y nos había dado pasaportes nuevos.
Ahora éramos Cari y Margaret Osborne, dueños de un negocio de regalos pequeño
pero próspero en Kalamazoo, Michigan.
Yo tenía un asiento junto a la ventanilla, tal como había
pedido, y miré cuidadosamente cómo corría de aquí para allá el personal de
mantenimiento de Swissair, completando los controles de último momento. Tenía
el cuerpo duro de tensión. La entrada principal del avión ya estaba cerrada y
sellada. El área de primera me daba un excelente punto de mira desde el cual
vigilarlo todo. Exactamente en el momento en que el último miembro del personal
de tierra abandonó la cabina y descendió por la escalerilla hacia la pista,
empecé a gritar.
Levanté los brazos vendados en el aire y aullé:
—¡Quiero salir de aquí! ¡Dios, Dios mío! ¡Déjenme salir de aquí!
—¿Qué te pasa? —chilló Molly.Virtualmente todos los pasajeros de
primera se habían dado vuelta para mirarnos. Tenían la vista clavada en
nosotros, con horror. Una azafata llegó corriendo por el pasillo.
—Dios —grité—. Tengo que bajar... Tengo que bajar ahora mismo,
ahora mismo.
—Señor, lo lamento —dijo la azafata. Era alta y rubia con una
cara simple, decidida, una cara a la que no se le hacían bromas. —No se permite
que desciendan pasajeros cuando el avión está por despegar. Si hay algo más que
podamos hacer por usted...
—Pero, ¿qué te pasa? —insistió Molly.
—¡Tengo que salir! —volví a aullar—. Tengo que salir de aquí. El
dolor es intolerable...
—¡Señor! —protestó la mujer suiza.
—¡Saca el equipaje! —le ordené a Molly. Con los brazos en el
aire, gimiendo y quejándome, empecé a empujar por el pasillo. Molly tomó los
bolsos del compartimiento que ya estaba cerrado y se las arregló para colgarse
los dos bolsos con correa de cada uno de sus hombros frágiles y, al mismo
tiempo, tomar los otros dos con las manos. Me siguió por el pasillo, hacia el
frente del avión.
Pero la azafata nos bloqueaba el camino.
—¡Señor! ¡Señora! Lo lamento muchísimo, pero las reglas...
Una mujer anciana gritó desde el fondo:
—¡Déjenlo bajar!
—Dios —grité.
—Señor, el avión está por despegar...
—¡Fuera! ¡Fuera! —Era Molly, feroz en su furia. —Yo soy su
médica. Y si no nos deja bajar inmediatamente, le juro que va a tener una
demanda legal entre manos, señorita, un juicio. Y me refiero a usted
personalmente, a usted y toda la aerolínea detrás, se lo aseguro. ¿Entiende lo
que le digo?
Los ojos de la suiza se abrieron de par en par mientras
retrocedía por el pasillo y se introducía en una fila de asientos para dejarnos
pasar. Con Molly detrás, que peleaba con el equipaje como podía, corrí por la
escalerilla que, gracias a Dios, estaba todavía unida al avión.
Corrimos por la pista y volvimos a entrar en la terminal. Allí,
tomé todo el equipaje de manos de Molly —era doloroso, pero pude hacerlo—, y la
hice correr hacia el mostrador de Swissair.
—¿Qué mierda pasa?
—Cállate. No me preguntes nada por un rato, por favor. Por
favor.
Los hombres del mostrador no habían visto nada, por suerte.
Saqué un fajo de billetes (cortesía de Toby) y compré dos boletos a Zúrich en
primera. El vuelo salía en diez minutos. Apenas el tiempo justo para llegar.
Aunque el vuelo fue agradable y sin incidentes —Swissair siempre
me gustó más que cualquier otra aerolínea—, yo estuve todo el tiempo en agonía
física.
Acuné un Bloody Mary entre las manos y traté de poner la mente
en blanco. Molly estaba profundamente dormida. Antes de subir al avión, incluso
antes del cambio de avión, se había quejado de no sentirse bien. Estaba
descompuesta, dijo, floja. Pensaba que no era nada. Algo que se había pescado en
el vuelo a Italia con eso que llamaba el "pomo de dentífrico" y los
"platos de plástico" de los vuelos 747. Era evidente que volar no le
gustaba mucho.
Yo había decidido que era una tontería confiar en Toby en ese
momento. Tal vez estaba sospechando de más. Pero ya no podíamos correr ningún
riesgo, y si Toby era la serpiente en el jardín...
Por eso, le había dicho que iba a Bruselas. No, Orlov no había
pensado "Bruselas", pero el único que sabía eso era yo. En una hora o
dos, estaba seguro, el personal de la CIA en Bruselas se daría cuenta de que el
señor y la señora Osborne no habían llegado en el vuelo desde Milán y las
alarmas sonarían en todo el mundo. Así que era sólo una distracción temporaria.
Pero eso era mejor que nada.
Siga el oro. había gritado Orlov unos segundos antes de morir
asesinado. Siga el oro.
Ahora sabía lo que eso significaba. O al menos me parecía que lo
sabía. Él y Sinclair habían hecho el negocio en Zúrich. El no había dicho el
nombre del Banco pero había pensado algo, un nombre probablemente: Koerfer. Sí,
tenía que ser un nombre. ¿El nombre de un Banco? ¿O de una persona? Tendría que
localizar el Banco de Zúrich en que se habían encontrado los dos jefes de
espías.
Siga el oro significaba seguir la huella del papel, que era el
único modo de saber la naturaleza de la bestia que había matado a Sinclair. Y
sobre todo, probablemente el único modo de hacer que Molly y yo siguiéramos con
vida.
Traté de relajarme. Una de las primeras preguntas que él me
había hecho, cuando terminé el informe, era si mi habilidad, como sutilmente la
había llamado, había sobrevivido al incendio. Y la verdad era que no sabía la
respuesta. Al principio, no había tenido la fuerza ni la voluntad necesarias
para concentrarme.Ahora, sin embargo, reuní todos mis recursos y mientras Molly
dormía, traté... Y traté. Me ardía la cabeza... sí, era peor que cualquier
dolor de cabeza que hubiera tenido antes. ¿Tendría que ver con las heridas y
las quemaduras?
O, lo cual era peor todavía, ¿tendría algo que ver con el poder
que yo había adquirido en el laboratorio del Proyecto Oráculo? ¿Algo estaría
empezando a fallar? ¿Quién había sido —Rossi o Toby— el que había mencionado,
así, al pasar, que la única persona en la que había funcionado el protocolo, el
holandés, se había vuelto loco? El clamor de su cabeza lo había llevado al
suicidio. Empecé a entenderlo.
Y sin embargo, al mismo tiempo me preocupaba el hecho de que la
maldita habilidad telepática que me había metido en todo eso ya no estuviera en
mí.
Así que fruncí el ceño, entrecerré los ojos, traté de convertir
mi mente en receptor y... me pareció muy difícil. Estaba rodedado de sonidos, y
eso hacía que fuera muy complicado separar las ondas ELF del resto. Estaba el
sonido del motor del avión, ahogado y repetitivo, como una canción de cuna; la
charla más clara de los pasajeros cercanos, una risa fuerte, como un ladrido,
de alguien en la sección de fumadores; un chico que lloraba unos asientos más
atrás; el ruidito de los carritos de servicio con vasos, hielo y botellitas en
miniatura.
Durmiendo a mi lado estaba Molly, pero yo no quería violar mi
pacto con ella. El pasajero más cercano —al fin y al cabo, estábamos en
primera— estaba bastante lejos.
Incliné la cabeza hacia Molly, un gesto furtivo, y la oí
murmurar algo en voz alta. Cambió de posición bruscamente como si hubiera
detectado mi proximidad y abrió los ojos.
—¿Qué estás haciendo?
—Te cuido —dije.
—¿Ah, sí?
—¿Cómo te sientes?
—Muy mal. Descompuesta.
—Lo lamento.
—Gracias. No es nada. Ya se me va a pasar. —Se sentó, se masajeó
la nuca. —¿Tienes idea de lo que vas a hacer en Zúrich, Ben?
—Una idea bastante aproximada, sí —respondí—. El resto» de oído.
Ella asintió, me tocó la mano derecha.
—¿Y el dolor?
—Un poco mejor.
—Bien. Quiero decir, buen intento de hacerte el macho. Pero sé
lo mucho que duele. Esta noche, si quieres, te doy algo para que duermas. Las
noches son peores porque a veces,cuando duermes, ruedas sobre los brazos.
—No creo que haga falta.
—Pero dímelo si después cambias de idea.
—Sí.
—¿Ben? —La miré. Tenía los ojos bordeados de rojo.
—Ben, tuve un sueño con papá. Pero eso lo sabes, supongo.
—Ya te dije, Molly, no pienso volver a...
—No importa. El sueño que tuve... Ya sabes, todos esos lugares
en los que viví mientras crecía, Afganistán, las Filipinas, Egipto... Desde que
me acuerdo, sentí su ausencia. Supongo que eso es muy común entre los de la
CIA: papá se va y no sabes adonde ni por qué ni lo que está haciendo, y tus
amigos siempre te preguntan por qué tu padre no está, por qué nunca está...
¿entiendes? Siempre me pareció que papá no estaba nunca y me llevó mucho tiempo
entender por qué, pero me acuerdo de haber pensado que si yo me portaba mejor
con mamá, él pasaría más tiempo conmigo. Cuando crecí, me dijo que trabajaba
para la CIA, y yo lo tomé bien; creo que ya lo sabía: un par de mis amigos me
lo habían sugerido. Pero no por eso fue más fácil...
Volvió a tirar el asiento hacia atrás hasta que estuvo casi
horizontal, después cerró los ojos, como si estuviera con el analista.
—Cuando dejó de trabajar como hombre de campo, cuando se lo
identificó públicamente como hombre de la CIA, las cosas tampoco mejoraron.
Trabajaba todo el tiempo, siempre esclavo de su carrera. Así que, ¿qué hice? Me
convertí en esclava de la mía, me metí en medicina, y eso porque yo sabía que
en cierto sentido es peor todavía.
Noté que había empezado a llorar, y lo atribuí a que estaba
cansada o al trauma que habían representado nuestra separación y nuestro
reencuentro.
Ella siguió hablando. Suspiró una vez.
—Supongo que siempre pensé que él y yo nos conoceríamos mejor
cuando él se jubilara y cuando yo tuviera una familia. Y ahora... —Se le quebró
la voz, ahogada y aguda. Una nenita otra vez. —Ahora, nunca...
No pudo seguir. Yo le acaricié el cabello como para decirle que
igual la entendía...
La última vez que vi al padre de Molly fue en un viaje de
negocios a Washington. Él era director de la CIA desde hacía ya varios meses.
Yo estaba en Washington por asuntos legales. No había ninguna razón por la que
tuviera que llamarlo desdeel hotel Jefferson. Lo llamé porque probablemente
quería compartir de alguna forma el entusiasmo de su nueva importancia, la idea
de tener un suegro en un puesto tan destacado. ¿Egoísta? Naturalmente. Quería
tocar en algo la gloria de Hal. Sin duda también quería volver a los cuarteles
de la CIA con algo parecido al triunfo, aunque fuera el triunfo de otro.
En el teléfono, Hal me dijo que le encantaría que nos
reuniéramos a tomar algo o a almorzar (se había convertido en un fanático de la
salud, había dejado el alcohol, tomaba solamente cerveza sin alcohol o su
cóctel preferido: jugo de cerezas, agua mineral y lima).
Mandó un auto y un chofer a buscarme, lo cual me puso nervioso:
¿y si The Washington Post notaba ese abuso de poder de parte de Hal? Harrison
Sinclair, ese hombre recto y probo, había enviado una limusina del gobierno,
pagada con los impuestos de los contribuyentes, a recoger a su yerno. Que
podría haberse tomado un taxi. ¿Vería mi foto en la primera plana dentro de una
gran limusina negra?
A diferencia de lo que había pasado en mi última vez dentro de
la CIA, cuando me había alejado con la cabeza baja y una caja de cartón con
todas mis cosas entre las manos, solo a través del vestíbulo oscuro hacia el
estacionamiento, esta vez la entrada fue triunfal. Sheila McAdams —la atractiva
secretaria privada de Hal, de treinta años— me recibió en el vestíbulo y me
llevó en el ascensor hasta la oficina de Hal.
Él irradiaba buena salud. Parecía realmente encantado de verme.
En parte era porque le fascinaba mostrar su nueva oficina, supongo. Almorzamos
en su comedor privado ensalada griega y sandwiches de berenjena; tomamos jugo,
agua mineral y lima.
Hablamos un rato, al azar, de los negocios que me habían llevado
a Washington. Hablamos de la forma en que había cambiado la Agencia desde la
caída de la Unión Soviética, de sus planes para el puesto. Charlamos sobre
mucha gente que conocíamos. Un poco de charla política. En general, un almuerzo
muy agradable e intrascendente.
Pero nunca voy a olvidarme de algo que dijo cuando yo ya me iba.
Mientras me acompañaba hacia el ascensor, me puso el brazo sobre los hombros y
dijo:
—Sé que nunca hablamos de lo que pasó en París.
Yo lo miré, intrigado.
—Lo que te pasó, quiero decir...
—Sí... —dije.
—Algún día tenemos que hablar. Hay algo que quiero decirte.
Instantáneamente me dieron ganas de vomitar.—Hablemos ahora
—dije. Y me sentí bien, aliviado, cuando él contestó: —No puedo.
—Tus tiempos son muy breves, supongo... —No es sólo eso. No
puedo. Pero vamos a hablar. Ahora no. Pronto.
Nunca hablamos.
Cuando Molly y yo llegamos al aeropuerto Kloten, tomamos un taxi
al centro de Zúrich, un Mercedes. Pasamos el mamut recientemente renovado de
Hauptbahnhof, giramos alrededor de la estatua de Alfred Escher, el político del
siglo XIX al que, según se dice, se debe la transformación de Zúrich en un
moderno centro de Bancos y banqueros.
Yo había reservado habitaciones en el Savoy Baur en Ville, el
hotel más viejo de la ciudad, favorito entre los hombres de negocios y abogados
estadounidenses. Está renovado desde 1975 y justo en Paradeplatz, cerca de todo
y, sobre todo, cerca de Bahnhofstrasse, donde casi todos los edificios son
Bancos.
Me registré y subimos a la habitación, que era agradable —mucho
bronce y madera y muebles laqueados—, nada demasiado moderno ni demasiado
antiguo. Hablamos un rato hasta que los dos nos sentimos demasiado cansados
para seguir haciéndolo. Molly volvió a ofrecerme un sedante y yo volví a
negarme. Miré cómo Molly empezaba a dejarse llevar por el sueño, traté de
unirme a ella. Necesitaba mucho dormir pero el sueño no venía. El dolor de las
manos y los brazos subía por mi cuerpo con un calor agobiante y yo tenía la
mente mareada por los hechos, las revelaciones de los últimos días que giraban
en ella como un remolino.
En una de las bóvedas bajo la Bahnhofstrasse, apenas a unos
metros de nuestro hotel, estaba la respuesta a lo que había pasado con más de
diez mil millones de dólares en oro robados de la antigua Unión Soviética, la
respuesta al enigma de la muerte de Sinclair. Seguramente en unas horas estaría
mucho más cerca de resolverlo. Deseaba que ya fuera de mañana.
En el otro extremo de la mesa, cerca de la base de la lámpara,
estaba el International Herald Tribune que nos habían dejado en la habitación.
Lo levanté y revisé la primera plana sin prestarle demasiada atención.
Uno de los artículos, a una sola columna, en el costado derecho
de la página, estaba encabezado por una fotografía de alguien bastante
familiar. Aunque no me sorprendió verla, el contenido del artículo era
amenazador.
ÚLTIMO JEFE DE LA KGB
ASESINADO EN EL NORTE
DE ITALIA
Por Craig Rimer
Servicio del Washington Post
ROMA. Vladimir A Orlov, último jefe de la agencia de
inteligencia soviética, KGB, fue encontrado muerto por la policía local en su
residencia a 25 kilómetros de Siena Tenia 72 años. Fuentes diplomáticas
revelaron aquí que el señor Orlov estaba escondido en la región toscana de
Italia desde hace varios meses, después de su huida de Rusia.
Las autoridades italianas confirmaron que el señor Orlov murió
en un ataque armado. Sus asaltantes no han sido identificados pero se cree que
son enemigos políticos o miembros de la Mafia siciliana. Según informes no
confirmados, antes de su muerte el señor Orlov podría haber estado involucrado
en operaciones financieras ilegales. El gobierno ruso se negó a comentar la
muerte de Orlov, pero en un comunicado de Washington esta mañana, el nuevo jefe
de la CIA, Alexander Truslow dijo "Vladimir Orlov presidió la
desmantelacion de la agencia mas grande de la opresión soviética por lo cual
todos debemos estarle agradecidos. Todos lloramos su muerte ".
Me senté en la cama, el corazón apresurado a pesar del dolor en
la cabeza, los brazos y las manos El artículo que venía después tenía que ver
con el nuevo líder alemán "Vogel", decía el título, "acepta los
lazos con los Estados Unidos"
Y luego "El canciller electo Wilhelm Vogel, de Alemania,
cuya elección para el puesto se concretó días después de que cayera la Bolsa
alemana hundiendo a la nación en el pánico total, ha invitado al nuevo jefe de
la CIA, Alexander Truslow, a Alemania para pedirle consejo sobre cómo asegurar
la amistad entre su país y los Estados Unidos El nuevo jefe de inteligencia
aceptó la invitación como su primera visita oficial en el cargo y se cree que
viajará a Bonn para un encuentro con el canciller electo y también con su
colega alemán, el director de la Bundesnachrichtendienst, o Servicio de
Inteligencia de Alemania Federal, Hans Koenig......”
Y yo sabía que Truslow estaba en peligro Lo que me preocupaba
era la yuxtaposición.
Vladimir Orlov había advertido que los rusos duros podían tomar
su país ¿Qué había dicho mi amigo corresponsal inglés, Miles Preston, sobre la
relación entre Rusia y Alemania, sobre el hecho de que para que hubiera una
Alemania fuerte, hacía falta una Rusia débil? Orlov, que había tratado de
salvar a Rusia, junto con Sinclair, estaba muerto.Sobre la estela de una Rusia
debilitada, sola, había subido al poder un nuevo líder alemán.
Los teóricos de la conspiración, entre quienes no me cuento
(como ya dije), aman hablar y analizar el problema de los neonazis, como si lo
único que Alemania quisiera fuera volver al Tercer Reich Es una tontería, una
estupidez total: los alemanes que conozco, los que finalmente llegué a apreciar
durante mi breve paso por Leipzig, no eran así. No eran nazis ni camisas
negras, no llevaban esvásticas ni nada parecido Eran personas buenas, decentes,
patrióticas, semejantes en esencia al ruso promedio, al estadounidense
promedio, al sueco promedio, al camboyano promedio.
Pero, ¿acaso el punto de la discusión era la gente, el pueblo?
No, seguramente no.
Recordaba lo que me había dicho Miles Preston
Alemania, hombre, Alemania La ola del futuro. Estamos a punto de
ver el nacimiento de una nueva dictadura alemana. Y no va a ser accidental, Ben
Hace mucho tiempo que la planifican.
La planifican........
Y Toby me había advertido sobre un complot para asesinar a
alguien.
Y así fue como de pronto, se encendió una luz, un brillo
profundo en la oscuridad, un momento de revelación.
Lo que lo provocó fue la imagen del asesinado Vladimir Orlov.
Había hablado de la caída del mercado de valores estadounidense en 1987.
Una "caída" del mercado de valores, para usar sus
palabras, no es necesariamente un desastre para el que esta preparado. Al
contrario, un grupo de inversores con información certera puede hacer grandes
ganancias en una de esas caí das.
¿Acaso los Sabios hicieron dinero en ese colapso?, le había
preguntado yo
Sin duda, me había dicho él Usaron programas computarizados para
mercados y mil cuatrocientas cuentas diferentes, calibraron con precisión lo
que pasaba en el Nikkei de Tokio y movieron los hilos del comercio en el
momento exacto con la velocidad exacta. Ah, no sólo hicieron vastas sumas de
dinero con la caída, señor Ellison la provocaron.
Si los Sabios habían provocado la caída de la Bolsa en 1987,
significativa y sin embargo relativamente benigna...
¿No habrían hecho lo mismo en Alemania?
Había un cáncer de corrupción en la CIA, había dicho Alex. Una
corrupción que incluía reunir y usar datos muy secretos de inteligencia
económica y de todo el mundo para manipular mercados y por lo tanto, naciones.
¿Sería cierto?
Y si era cierto, ¿podría haber un motivo más oscuro aún para que
el canciller electo Vogel invitara a Alexander Truslow a visitar Alemania?
¿Y si había protestas en Bonn contra el jefe de espías de los
Estados Unidos? Después de todo, las manifestaciones neonazis estaban a la
orden del día, siempre en las noticias. ¿Quién se sorprendería si Alex Truslow
moría a manos de un "extremista" alemán? Era un plan perfecto,
lógico.
Y, sin duda, Alex sabía demasiado de los Sabios, demasiado de la
caída de la Bolsa en Alemania...
Eran las nueve de la mañana en Washington cuando conseguí hablar
con Miles Preston.
—¿La caída de la Bolsa alemana? —repitió con un gruñido, como si
yo estuviera completamente loco—. Ben, la Bolsa cayó porque los alemanes
formaron un mercado unificado, único, la Deutsche Börse. No hubiera pasado hace
cuatro años. Ahora dime, ¿desde cuándo ese súbito interés por la economía
alemana?
—No puedo decírtelo, Miles...
—Pero, ¿en qué andas? Estás en Europa, ¿no? ¿Dónde?
—Digamos Europa y dejémoslo ahí.
—¿Y en qué estás metido?
—Lo lamento.
—Ben Ellison... somos amigos. Sé franco conmigo.
—Si pudiera,.. Pero no.
—Mira, de acuerdo, de acuerdo. Si no me vas a decir nada, por lo
menos déjame ayudarte. Voy a preguntar un poco, investigación de campo, a
amigos. Dime dónde llamarte.
—No puedo.
—Llámame tú entonces...
—Sí, Miles —dije y corté.
Empezaba a entender algo.
Durante un rato muy largo me quedé sentado en el borde de la
cama, mirando por la ventana la elegante vista de la Para-deplatz, los
edificios brillantes bajo el sol, y me sentí paralizado de pronto por un terror
enorme, oscuro, opaco.
43
No dormí. No podía.
En lugar de eso, llamé a uno de los muchos abogados que conocía
en Zúrich. Tuve la suerte de encontrarlo en la ciudad y en su oficina. John
Knapp era un abogado especializado en leyes de corporaciones, la única práctica
que me parecía más aburrida que la relacionada con las patentes. Había estado
viviendo en Zúrich y trabajando para una firma de abogados estadounidense con
sucursal suiza, desde hacía cinco años. Sabía más que cualquier otra persona
que yo conociera sobre el sistema bancario de los suizos. Había estudiado en la
Universidad de Zúrich y supervisado más de una transacción secreta no del todo
limpia para algunos de sus clientes. Knapp y yo nos conocíamos desde la
universidad, donde habíamos estado en la misma sección y el mismo año, y de vez
en cuando jugábamos al squash juntos. Yo sospechaba que en el fondo yo le
desagradaba tanto como él a mí, pero nuestros tratos nos unían como
profesionales y los dos fingíamos compañerismo, camaradería ruidosa, como
tantos hombres que se conocen.
Le dejé una nota a Molly, que seguía durmiendo, para avisarle
que volvería en una hora o dos y tomé un taxi en la puerta del hotel. Le pedí
al chofer que me llevara a Kronenhalle en la Ramistrasse.
John Knapp era un hombre bajito, delgado, con un caso terminal
de la enfermedad de los petisos. Como un chihuahua que amenaza a un San
Bernardo, se hinchaba todo el tiempo con sus gestos imperiosos, lo cual lo
convertía en alguien levemente ridículo, como un personaje de dibujo animado.
Tenía ojitos marrones y cabello castaño muy corto, salpicado de gris y cortado
en bandas. Ese corte le daba el aspecto de un monje disoluto. Después de tantos
años en Zúrich, había empezado a tomar el color local y en cuanto a la ropa,
parecía un banquero suizo. Usaba un traje azul, inglés, y una camisa rayada que
seguramente eran de Charvet, en París. No había duda de que de allí provenían
los gemelos. Había llegado quince minutos tarde a la cita: sin duda un
movimiento para demostrar su poder. Era un tipo que leía libros sobre cómo
demostrar el poder que uno tiene y conseguir éxito y dominio en un almuerzo o
acorralar a alguien en una oficina.
El bar de Kronenhalle estaba tan repleto que apenas si conseguí
deslizarme hacia el interior y llegar hasta un asiento. Pero no había duda de
que los parroquianos eran los adecuados, los glitterati suizos. Knapp, que
apreciaba la buena vida, coleccionaba lugares como ese. Generalmente, esquiaba
en St. Moritz y Gstaad.
—Dios, ¿qué les pasó a tus manos? —preguntó cuando me apretó la
derecha con algo de firmeza y vio la mueca que me provocaba ese gesto
descuidado.
—Mala manicura —dije.
Su expresión de horror se transformó inmediatamente en una de
risa exagerada.
—¿Estás seguro de que no te cortaste con el papel de tus
excitantes patentes?
Sonreí, casi tentado de empezar a nombrar mis últimos éxitos
(los abogados de corporaciones son particularmente vulnerables a eso, es
evidente), pero no le dije nada. Es importante tener en mente que un aburrido
es alguien que habla cuando uno quiere que escuche. Y en mi caso, en un momento
apenas, Knapp se había olvidado de mis manos vendadas.
Cuando terminamos con los preliminares, me preguntó:
—¿Y qué mierda te trae a la ciudad Z?
Yo estaba tomando whisky. El había pedido, con todo orgullo, un
kirschwasser, en Schweitzerdeutsch, el dialecto suizo del alemán.
—Esta vez, voy a tener que ser poco comunicativo, lo lamento
—dije—. Negocios.
—Aja —dijo, levantando las cejas. Sin duda sabría por alguno de
nuestros conocidos que alguna vez yo había trabajado en la Agencia.
Probablemente pensaba que ésa era la clave de mi éxito legal (y, claro, no
estaba muy lejos de la verdad). De todos modos, supuse que con Knapp era mejor
ser misterioso que inventar tonterías.
Fingí ceder un poquito.
—Es un cliente con activos. Tiene que localizarlos aquí.
—¿Localizar activos? ¿No está un poco fuera de tu línea de
trabajo?
—No del todo. Está relacionado con un trato que se está por
hacer en mi firma. Si no te importa, no puedo decir mucho más.
Él se lamió los labios y sonrió, como si supiera más que yo de
qué estábamos hablando.—A ver —dijo.
Era tan alto el nivel de ruido que la idea de tratar de leerle
la mente me pareció totalmente ridicula. Lo intenté varias veces, inclinándome
hacia él lo más que podía, pero fue totalmente inútil. Y por otra parte, lo que
yo quería averiguar no era nada que él no hubiera dicho en voz alta. Y
seguramente los pensamientos de Knapp eran banales, absurdos y terriblemente
aburridos.
—¿Cuánto sabes sobre el tema del oro?
—¿Cuánto quieres saber?
—Estoy tratando de rastrear un depósito de oro en uno de los
Bancos de aquí.
—¿Cuál?
—Ni idea.
Él suspiró, despectivo.
—Hay cuatrocientos Bancos registrados en la ciudad, viejo. Unas
cinco mil oficinas. Y millones de onzas de oro nuevo llegan cada año desde Sud
África y demás. Buena suerte con tus investigaciones.
—¿Cuáles son los Bancos más grandes?
—¿Los más grandes? Los Tres Grandes: el Anstalt, el Verein, y el
Gesellschaft.
—¿Mmrn?
—Lo lamento. El Anstalt es el que llamamos Credit Suisse, o
Schweizerische Kreditanstalt. El Verein es el Swiss Bank Corporation. El
Gesellschaft es el Union Bank of Switzerland. ¿Así que estás buscando oro
depositado en uno de los tres grandes, pero no sabes en cuál buscas?
—Correcto.
—¿Cuánto oro?
—Toneladas.
—¿Toneladas? —Otro suspiro despectivo. —Lo dudo seriamente. ¿De
qué estamos hablando, de un país?
Sacudí la cabeza.
—De una empresa muy próspera.
El silbó bajito. Una rubia en un traje verde claro pegado como
un fideo sobre el cuerpo lo miró fijamente. Era evidente que pensaba que el
silbido era por ella, luego desvió la vista. Seguramente no tenía interés en un
monje disoluto en traje azul.
—¿Y cuál es el problema? —me preguntó él, terminando el
kirschwasser y haciéndole una seña al camarero para que trajera otro—. ¿Alguien
se olvidó de dónde puso el número de cuenta?
—Espera un segundo —dije. Estaba empezando a sonar como él y no
me gustaba. —Si se trajera una cantidad significativa de oro a Zúrich y se
colocara en una cuenta numerada, ¿adonde iría a parar el oro, físicamente
hablando?
—Bóvedas. Es un problema creciente para los Bancos de la ciudad.
Tienen todo ese dinero y ese oro, y se están quedando sin espacio y las leyes
municipales no les permiten construir edificios más altos, así que tienen que
usar lo que está debajo, como si fueran duendes.
—Debajo de la Bahnhofstrasse.
—Exactamente.
—¿Y no sería más conveniente vender el oro, convertirlo en
activo líquido? ¿Marcos alemanes, francos suizos, lo que sea?
—No me parece. El gobierno suizo está aterrorizado por la
inflación. No pueden tener cualquier cantidad de dinero de extranjeros: hay
límites. En otro tiempo había un límite de cien mil francos para las cuentas
extranjeras.
—El oro no da intereses, ¿verdad?
—Claro que no —dijo Knapp—. Pero, vamos, nadie trae aquí el
dinero para ganar intereses, por Dios santo. Las tasas de interés son del uno
por ciento o algo así. O cero. A veces hay que pagar por el privilegio de tener
tu dinero aquí. No estoy bromeando. Muchos de los Bancos cobran como un uno y
medio por cierto por cada extracción.
—De acuerdo. Ahora, si uno está frente a un lingote, se puede
saber de dónde viene por el aspecto, ¿verdad?
—Generalmente. El oro... el tipo de oro que usan los Bancos
centrales como reserva monetaria está formado por lingotes, generalmente de
cuatrocientas onzas troy por barra. Generalmente es oro de tres novenos, es
decir, oro puro al 99.9 por ciento. Y generalmente está marcado, estampado con
números, los números de identificación y de serie. —Llegó el camarero con el
kirschwasser y Knapp se lo tomó sin darse cuenta de cómo había ido a parar a
sus manos. —Por cada diez barras de oro que se hacen, se prueba una, es decir,
se hacen agujeros en seis lugares distintos de la barra y se toman unos
miligramos de restos y se los analiza. Pero sí, en la mayoría de los casos, se
puede saber de dónde viene con sólo ver la barra.
Rió, se tomó el trago, pensativo.
—Deberías probar esto. Te gustaría. Como decía, el mercado del
oro es raro, complicado y tenso. Me acuerdo de cuando ese mercado se volvió
loco no hace mucho. Los soviéticos estaban tratando de vender un cargamento de
barras aquí y alguien notó que algunas de las barras tenían águilas zaristas.
Los duendes se quedaron de una pieza.
—¿Por qué?
—Vamos, viejo. Estábamos en la Navidad de 1990. ¡Barras de oro
con águilas Romanoff! El gobierno de Gorby estabayéndose a los caños y vendía
hasta lo último... ¡Estaban llegando al fondo del barril! ¿Por qué otra razón
hubieran tocado las reservas zaristas? ¿Para que el precio del oro subiera
cincuenta dólares por onza?
Me quedé congelado en la mitad de un trago, la sangre toda en la
cabeza.
—¿Y entonces qué?
—¿Entonces qué? Entonces, nada. Parece que era una broma pesada.
Una desinformación financiera bastante sofisticada por parte de los soviéticos.
Habían mezclado unas pocas barras zaristas en la pila deliberadamente. Miraron
cómo el mercado se convertía en un aquelarre, y vendieron el oro al mejor
precio. Inteligente, ¿eh? Los soviéticos esos no eran tan tontos, ¿sabes?
Yo me quedé pensando un rato sin decir nada. ¿Y si no había sido
desinformación? ¿Y si...? Pero no tenía sentido de todos modos. Puse el vaso en
la mesa y seguí preguntando, como si nada de eso me importara demasiado:
—¿Se puede lavar oro?
Él se quedó pensando un momento.
—Sí... sí, claro. Lo fundes... lo vuelves a refinar, lo ensayas,
le quitas las marcas. Si estás tratando de hacerlo en secreto, es una mierda
moverlo y hacerle todo eso, muy difícil pero posible. Y barato. El oro es
completamente maleable. Pero no lo entiendo, Ben. Estás buscando un cargamento
grande de oro que pertenece a uno de tus clientes, ¿y no sabes dónde está?
—Es un poco más complicado que eso. No puedo ser más específico.
Dime: cuando uno habla del secreto bancario en Suiza, ¿qué quiere decir? ¿Hasta
qué punto es difícil penetrar el secreto?
—Ey, ey —dijo Knapp—, a mí me parece que esto se está poniendo
interesante...
Yo lo miré con furia y entonces, me contestó:
—No es fácil, Ben. Algunas de las frases más sagradas de esta
ciudad son: "principio de privacidad" y "libertad de intercambio
en dinero". Traducción: el derecho inalienable de esconder el dinero. Esa
es la razón de ser de la gente de aquí. El dinero es su religión. Quiero decir,
cuando Huldrych Zwingli lanzó la Reforma de Zúrich y tiró todas las estatuas
católicas al río Limmat, se aseguró de salvar el oro que había en ellas y
dárselo a la municipalidad. Así dio nacimiento a los Bancos de Suiza.
"Pero los suizos... bueno, uno tiene que quererlos. Están
locos con lo del secreto, a menos que los beneficie romper la confidencialidad.
Los mafiosos, los príncipes de la droga, los dictadores corruptos del tercer
mundo con valijas llenas del fruto de sus estafas... los suizos protegen los
secretos de esa gente como un cura en confesión. Pero no te olvides que cuando
los nazis vinieron durante la guerra y empezaron a presionarlos, de pronto
cedieron totalmente. Les dieron los nombres de los judíos alemanes que tenían
cuentas en Suiza. Les gusta alimentar el mito de que se levantaron contra los
nazis, en serio y con fuerza, cuando vinieron a llevarse el dinero judío, pero
no es así. No, no. De acuerdo, algunos de los Bancos sí, pero no todos. Muchos
no. El Basler Handelsbank lavó dinero nazi y eso está documentado. —Había
puesto los ojos en la multitud como si buscara a alguien. —Mira, Ben, estás
buscando una aguja en un pajar.
Asentí, busqué un dibujo en la condensación que se había formado
en mi vaso.
—Bueno —dije—. Tengo un nombre.
—¿Un nombre?
—El nombre de un banquero. Creo. —Un nombre que había pensado
Orlov con relación al dinero y a Zúrich, pero no le dije eso a Knapp. —Koerfer.
—Bueno —dijo él con voz triunfante—, ¿y por qué no me lo dijiste
antes? El doctor Ernst Koerfer es el director gerente del Banco de Zúrich. O
por lo menos, eso es lo que era hasta hace un mes o dos.
—¿Se jubiló?
—Murió. Ataque al corazón o algo así. Aunque yo no juraría
frente a nadie que realmente tenía un corazón. Un hijo de puta de arriba abajo.
Pero tenía un barco duro de manejar.
—Ah —dije—. ¿Conoces a alguien que esté ahora en el Banco de
Zúrich?
Me miró como si yo hubiera perdido la cabeza.
—Vamos, viejo. Conozco a todo el mundo en la banca suiza. Es mi
trabajo, hombre. El nuevo gerente es un tipo que se llama Eisler. El doctor
Alfred Eisler. Si quieres, te puedo presentar, un llamado y listo. ¿Te parece?
—Sí —contesté—. Me encantaría
—No hay problema.
—Gracias, viejo —le dije.
Conseguir un arma en Suiza me pareció más difícil de lo que
había anticipado. Mis contactos eran muy limitados, casi inexistentes. Tenía
miedo de llamar a Toby o a cualquier otro que tuviera que ver con la CIA. NO
confiaba en nadie. Si hubiera sido absolutamente necesario, habría buscado una
conexión con Truslow pero quería evitar esa ruta: ¿cómo podía estar seguro de
que los canales de comunicación no estaban pinchados? Era mucho mejor no
llamarlo.
Finalmente, después de sobornar a un gerente de un negocio de
caza y pesca, conseguí el nombre de alguien que tal vez pudiera
"ayudarme": el cuñado del gerente, que tenía nada menos que un
negocio de libros antiguos.
Lo encontré a unas cuadras de distancia. Letras doradas en la
vidriera, en el viejo estilo Fraktur alemán:
ZBUCHHÄNDLER
ANTIQUITÄTEN UND MANUSKRIPTE
Una campanilla en la puerta sonó cuando entré. Era un lugar
pequeño y oscuro y olía a musgo y humedad y a ese aroma a vainilla que tienen
siempre las cubiertas de los viejos libros.
Altos estantes de metal, recargados con pilas y pilas
desordenadas de libros y revistas amarillentas, en todos los espacios
disponibles. Un sendero estrecho entre los estantes llevaba hacia un escritorio
de roble muy caótico, con montañas de papeles y libros, en el cual estaba
sentado el propietario. Habló en voz alta, llamándome:
—Guten Tag!
Asentí para devolverle el saludo y miré a mi alrededor como
buscando un volumen. Después, le pregunté en alemán:
—¿Hasta qué hora está abierto?
—Las siete —dijo.
—Volveré cuando tenga más tiempo.
—Pero si tiene unos minutos ahora —dijo él—, hay algunas
adquisiciones nuevas en la otra habitación.
Se levantó, cerró con llave la puerta del frente y puso un
cartel de "Cerrado" en la vidriera. Después, me llevó hacia una
habitación llena de libros de tapa dura, recubiertos en cuero. En varias cajas
de zapatos había una selección lamentable de armas. Las mejores eran una Ruger
Mark II (una semiautomática decente pero sólo .22), un Smith & Wesson, y
una Glock 19. Elegí la Glock. Es una pistola con más problemas de los
necesarios, o eso me dicen mis amigos de la Agencia, pero a mí me gusta. El
precio era exorbitante pero al fin y al cabo, estábamos en Suiza.
Durante la cena en el Agnes Amberg de Hottingerstrasse, ninguno
de los dos sacó el tema que pesaba en nuestras mentes. Era como si
necesitáramos una tregua en la tensión, ser turistas comunes por un rato. Con
las manos vendadas, me parecía difícil, hasta doloroso, cortar la comida.
Siga el oro...
Ahora tenía un nombre y un Banco. Estaba varios pasos más cerca.
Una vez que tuviera una dirección, un camino, podría acercarme
un poco a la solución del enigma por el cual habían matado a Sinclair: es
decir, ¿cuál era la conspiración que había que cubrir? Y sabría si mi epifanía
nocturna era cierta.
Comimos en un silencio amenazante. Después, de pronto, antes de
que yo pudiera decir nada, Molly interrumpió mis pensamientos.
—¿Sabías que en este lugar las mujeres no pudieron votar hasta
1969?
-¿Y?
—Y yo que creía que la profesión médica estadounidense no se
tomaba en serio a las mujeres... No creo que vuelva a decirlo nunca después del
médico que vi hoy.
—¿Fuiste a ver a un médico? —pregunté aunque ya lo sabía—. ¿Por
lo del estómago?
—Sí.
-¿Y?
—Y —dijo ella, plegando la servilleta sobre la mesa—, estoy
embarazada. Pero eso ya lo sabías.
—Sí —admití—. Ya lo sabía.
44
Casi no podíamos esperar a volver al hotel, Molly y yo. Hay algo
en la alegría, en el terror del descubrimiento de que uno está creando un ser
humano, que puede ser muy excitante, y esa noche los dos estábamos en celo.
Aunque Laura estaba embarazada cuando murió, yo no lo había sabido hasta su
muerte. Así que todo eso era nuevo para mí. Y en cuanto a Molly... bueno,
durante años había sonado tan antiprocreación que yo esperaba que se sintiera
mal y hablara de sacarse de encima el chico, o algo así.
Pero no. Estaba encantada, alegre. ¿Tendría que ver con la
reciente pérdida de su padre? Probablemente, pero ¿quién sabe cómo funciona el
inconsciente en realidad?
Ella ya me estaba arrancando la ropa antes de que cerráramos la
puerta de la habitación del hotel. Me pasó las manos por el pecho, bajo el
cinturón, en las nalgas y después al frente mientras me besaba como
enloquecida. Yo le respondí con la misma pasión, jugueteando con la blusa de
seda, con los botones (algunos cayeron sobre la alfombra) y tratando de
acariciarle los senos, los pezones, que ya estaban duros. Después, recordando
mi mano vendada y quemada, usé la lengua y la lamí en círculos concéntricos cada
vez más cerrados hacia los pezones. Ella temblaba. Con los hombros y el cuerpo
—me dolían los brazos y los abría como las pinzas de una langosta—, la empujé
contra la enorme cama y caí sobre ella. Pero ella no iba a dejarse dominar tan
fácilmente. Luchamos, peleamos con una agresividad que nunca habíamos tenido en
el amor y que yo disfrutaba muchísimo, lo cual era todo un descubrimiento.
Antes de que la penetrara, ya estaba gimiendo y gruñendo de placer anticipado.
Y después, nos quedamos juntos disfrutando de la dulzura y el
sudor y la suciedad y el brillo tibio, acariciándonos, hablando en calma.
—¿Cuándo pasó? —le pregunté. Me acordaba de cuando habíamos
hecho el amor, después de que yo adquiriera la telepatía. Me acordaba de que
los dos estábamos tan excitados que ella no se había puesto el diafragma. Pero
me parecía demasiado reciente.
—Hace un mes —dijo ella—. No creí que pasara nada.
—¿Te olvidaste?
—En parte.
Sonreí por el subterfugio, pero no sentía rencor.
—Ya ves —dije—, la gente de nuestra edad trata y trata de
concebir y compra equipos para detectar la ovulación y libros y todo eso. Y tú
te olvidas de ponerte el diafragma y pasa por accidente.
Ella asintió y sonrió, una sonrisa enigmática.
—No totalmente por accidente.
—Sí, eso suponía...
Ella se encogió de hombros.
—¿Deberíamos haber hablado antes?
—Probablemente —dije—. Pero no hay problema.
Otra pausa y después, ella dijo:
—¿Cómo anda la quemadura?
—Muy bien —respondí—. Las endorfinas naturales son excelentes
calmantes.
Ella dudó, como si estuviera reuniendo coraje para decir algo
importante. No pude evitar oír una frase —esa cosa horrible que era antes— y
después, habló:
—Cambiaste, ¿verdad?
—¿Qué quiere decir eso?
—Ya sabes. Eres otra vez el que juraste que nunca volverías a
ser.
—Pero está bien, Mol. No tuve alternativa.
La respuesta fue lenta y triste.
—No. Supongo que no. Pero estás diferente... Lo siento. Lo
siento adentro... No necesito telepatía para darme cuenta... bueno, es como si
todos los años en Boston hubieran desaparecido por completo. Estás otra vez en
el medio de las cosas, en tu ambiente. Y no me gusta. Me asusta.
—A mí también me asusta.
—Hablaste anoche.
—¿Dormido?
—No, por teléfono. ¿Con quién?
—Con un periodista que conozco, Miles Preston. Lo conocí en
Alemania cuando estaba con la CIA.
—Le preguntaste algo sobre la caída de la Bolsa alemana.
—Y yo que creí que estabas completamente dormida...—¿Crees que
eso tiene algo que ver con la muerte de papá?
—No lo sé. Tal vez.
—Yo descubrí algo.
—Sí —dije—. Me acuerdo que dijiste algo cuando yo me estaba
durmiendo en Greve.
—Creo que ahora entiendo por qué papá me dejó esa carta de
autorización.
—¿De qué hablas?
—¿Te acuerdas del documento que me dejó en el testamento? Estaba
el título de la casa y las acciones y los bonos y ese extraño
"instrumento" financiero, como lo llamaron los abogados, que me
autorizaba a tener todos los derechos sobre los papeles, en el extranjero y en
el país...
-Sí, ¿y?
—Bueno, eso hubiera sido ridículo en el caso de las cuentas
nacionales, que de todos modos me pertenecen por ley. Pero en las cuentas del
extranjero... donde las leyes bancadas varían tanto... una carta como esa puede
ser útil.
—Especialmente si la cuenta está en Suiza.
—Exactamente. —Se levantó y caminó hasta el armario, abrió una
valija y sacó un sobre. —El instrumento financiero a sus órdenes —anunció. Hizo
unos malabarismos con las manos y sacó el libro que su padre me había dejado
por alguna razón misteriosa: la primera edición de las memorias de Alien
Dulles, El Oficio de la Inteligencia.
—¿Para qué mierda trajiste eso? —pregunté.
Ella no contestó. En lugar de eso, volvió a la cama y puso las
dos cosas entre las sábanas arrugadas.
Después, abrió el libro. La tapa gris, estaba inmaculada y el
lomo del libro crujió cuando se abrió por el medio. Seguramente lo habían
abierto apenas unas dos o tres veces antes. Tal vez sólo una, cuando el
legendario señor Dulles sacó su pluma Waterman y escribió en la página del
título en letras negras: "Para Hal, con la mayor de las admiraciones,
Allen".
—Fue lo único que te dejó papi —dijo ella—. Y durante un tiempo
me pregunté por qué.
—Yo también.
—Él te quería. Y aunque siempre fue frugal, no era un avaro. Me
preguntaba por qué te había dejado ese libro solamente. Yo conocía bien su
mente... era un jugador, le gustaban los juegos. Así que cuando empaqué, reuní
los documentos que me dejó papá y decidí traer esto y mirarlo para ver si tenía
marcas... Ese es el tipo de cosa que me hacía cuando yo era chica: marcar los
libros para que prestara atención a las partes que le parecían importantes. Y
así lo encontré.
—¿Ehh?
Miré la página que ella me indicaba. En la página 73, que
trataba de códigos y criptografía, estaba subrayada la frase "Código
Rosa". Junto a ella, en lápiz, Hal había agregado: "L2576HJ".
—Es su siete —explicó Molly—, y sin duda, el dos es suyo. Y la
J.
Yo entendí inmediatamente. "Código Rosa" significaba
en realidad Código Ónix. Dulles no había querido dar el nombre verdadero en el
libro. El Código Ónix era un libro de códigos legendario de la Primera Guerra
Mundial que la Agencia había heredado del Servicio Diplomático de los Estados
Unidos. Todavía estaba en carrera, aunque rara vez se utilizaba realmente
porque hacía siglos que alguien lo había decodificado. L2576HJ era una frase en
código.
Hal Sinclair le había dejado a Molly los medios legales para
acceder a la cuenta.
Me había dejado a mí, el número de cuenta. Siempre que lograra
descifrarlo.
—Uno más —dijo Molly—. En la página anterior.
En la parte superior de la página 72 había una serie de números,
79648, que Dulles citaba como ejemplo de cómo funcionan los códigos. Estaba
subrayada en lápiz, sin mucha fuerza, y junto a ella, Sinclair había escrito
"R2".
R2 se refería a un libro de códigos mucho más reciente, que yo
nunca había usado. Supuse que 79648 era otro código que se traduciría en otra
serie de números (o tal vez letras) cuando se le aplicara el código R2.
Necesitaba información de la CIA, y sin embargo, no podía
arriesgarme a dar a conocer mi paradero. Así que llamé a un amigo de la
Agencia, alguien que conocía desde lo de París y que se había retirado hacía
unos años y enseñaba Ciencias Políticas en Erie, Pensilvania. Yo le había
salvado el pellejo no una sino dos veces: una vez en una misión que se había
complicado y otra vez, burocráticamente, limpiando el nombre en la
investigación subsiguiente.
Me debía mucho y aceptó sin dudar ni un instante llamar a un
amigo suyo de la Agencia y pedirle, como favor a un viejo conocido, que buscara
en los archivos de criptografía que quedaban un piso más abajo. Como cualquier
libro de código de más de setenta y cinco años de antigüedad no se considera
asunto de seguridad nacional, la fuente de mi amigo le leyó una serie de
códigos. Después, él llamó a mi teléfono pago fuera del hotel y me los leyó a
mí.
Finalmente, tuve el número de cuenta ante mis ojos.
El segundo código, en cambio, fue un hueso mucho más difícil de
roer. El amigo no encontró el libro entre los archivos cripto (Cripto, como los
llamaban) porque todavía estaba activo.
—Haré lo que pueda —dijo mi amigo Eric.
—Te llamo más tarde —le contesté.
Nos quedamos sentados en silencio, mirando las memorias de
Dulles, que había empezado la sección "Códigos" con ese famoso dicho
de Henry Stimson, el secretario de Estado de-1929: "Un caballero no lee la
correspondencia de otro".
Lo cual, por supuesto, era un error que Dulles se preocupaba por
señalar una y otra vez. En el oficio de la inteligencia, todos leen la
correspondencia del vecino además de todo lo que encuentran con ella. Para
defender a Stimson, tal vez podría decirse que los espías no son caballeros.
Yo me preguntaba qué mierda hubiera dicho Henry Stimson sobre
caballeros que leían las mentes de otros caballeros.
Llamé a Eric media hora después. Contestó apenas sonó el
teléfono. La voz estaba cambiada, llena de tensión.
—No lo conseguí —dijo.
—¿Qué quieres decir? —¿Alguien lo había interceptado?
—Está desactivado.
-¿Ehh?
—Desactivado. Las copias se retiraron de circulación. Todas.
—¿Desde cuándo?
—Desde ayer. ¿De qué se trata todo esto, Ben?
—Lo lamento —dije, con el pecho agitado. Los Sabios. —Tengo que
irme corriendo. Gracias. —Y colgué.
A la mañana siguiente, caminamos por Bahnhofstrasse, a unas
cuadras de la Paradeplatz, hasta que encontramos el número que buscábamos. La
mayoría de los Bancos tenía las oficinas centrales en los niveles superiores de
los edificios, arriba de los negocios de moda.
A pesar de su nombre grandilocuente, el Banco de Zúrich era
pequeño, muy discreto y pertenecía a una familia. La entrada estaba escondida
en una callecita lateral que terminaba en Bahnhofstrasse, junto a un
Konditorei. Una placa de bronce, pequeña, decía solamente: B.Z. et Cié. Si
tienes que preguntar, entonces no queremos que lo sepas.
Entramos en el vestíbulo y justo en ese momento, tuve la
sensación de que veía un movimiento detrás de nosotros. Me volví con cuidado y
vi que era probablemente alguien sin importancia, alguien de Zúrich que pasaba
por la puerta. Alto, delgado, en un traje color gris paloma, seguramente un
empleado, o un banquero rumbo al trabajo. Me relajé, le pasé el brazo por la
cintura a Molly y entramos en el vestíbulo.
Pero algo se quedó en mi mente y volví a mirar. El supuesto
empleado ya no estaba.
Era la cara. Pálida, extremadamente pálida, con círculos
amarillos y grandes bajo los ojos, labios pálidos y flacos y un cabello fino,
muy claro, peinado hacia atrás.
Me parecía extrañamente familiar. De eso, no había duda alguna.
Por un instante, me acordé de la tarde del tiroteo en la caHe
Malborough en Boston, me acordé del hombre que había pasado por allí, alto,
fantasmal...
Era él. Mi reacción había sido terriblemente lenta, pero ahora
estaba seguro. El hombre de Boston estaba aquí, en Zúrich.
—¿Qué pasa? —preguntó Molly.
Me volví y seguí caminando hacia el Banco.
—Nada. Vamos. Tenemos trabajo que hacer.
45
—¿Qué pasa, Ben? —preguntó Molly, asustada—. ¿Había alguien ahí
afuera?
Pero antes de que pudiera decir nada, una voz masculina nos
preguntó quiénes éramos, por el intercomunicador.
Le di mi nombre real.
La recepcionista me contestó con apenas una huella de
deferencia:
—Entre, por favor, señor Ellison. Herr Director Eisler lo
espera.
Tenía que aceptar que los buenos oficios de Knapp servían de
mucho. Evidentemente era un hombre de poder en la ciudad.
—Por favor, asegúrense de no tener objetos de metal encima —dijo
la voz sin cuerpo—. Llaves, cortaplumas, monedas, pongan lo que sea en ese
cajón. —Mientras la voz hablaba, salió un cajoncito de la pared. Los dos
depositamos allí todo lo que teníamos, todo lo de metal, por lo menos. Una
operación impresionante y cuidadosa, me pareció.
Hubo un zumbido leve y el par de puertas que teníamos enfrente
se abrió de par en par electrónicamente. Yo levanté la vista hacia un par de
cámaras de vigilancia japonesas, montadas cerca del cielo raso, y Molly y yo
pasamos a una pequeña cámara a esperar que se abriera el segundo de los juegos
de puertas.
—No estás armado, ¿no? —susurró Molly.
Meneé la cabeza. Las segundas puertas se abrieron también y nos
recibió una mujer rubia, joven, simple, un poco robusta, con anteojos de borde
de acero que seguramente le hubieran quedado bien a cualquiera menos a ella. Se
presentó como la secretaria privada de Eisler y nos llevó por un corredor
alfombrado en gris. Yo me detuve un segundo en el baño y luego me uní al grupo
de nuevo.
La oficina del doctor Eisler era pequeña y simple, con paredes
revestidas en nogal. Las paredes estaban adornadas con unas cuantas acuarelas
color pastel en marcos de roble, y casi nada más. Ninguno de los toques de
decoración que yo hubiera esperado: nada de alfombras orientales, relojes de
péndulo, muebles de caoba. El escritorio del director también era simple: una
mesa de vidrio y cromo.
Enfrente, dos sillones individuales aparentemente muy cómodos,
de cuero blanco y diseño sueco moderno, y uno grande del mismo material.
Eisler era bastante alto, más o menos como yo, pero algo porcino
en su traje de lanilla negra. Tendría entre cuarenta y cincuenta años, una cara
redonda, papada, ojos muy hundidos y orejas grandes. Alrededor de la boca se
veían con claridad las líneas profundas de la edad, que también subían hacia la
frente y entre las cejas. Y estaba totalmente calvo, con la cabeza brillante.
Era una figura impresionante aunque algo siniestra.
—Señora Sinclair —dijo, tomándole la mano a Molly. Él sí sabía
cuál era el centro de su atención: no el esposo, sino la mujer, legítima
heredera de la cuenta numerada del padre según lo disponía la ley bancaria
suiza. Se inclinó profundamente. —Y señor Ellison... —Tenía una voz baja,
grave; el acento era una mezcla de alemán suizo e inglés de Oxford.
Nos sentamos en las sillas de cuero mientras él se acomodaba
frente a nosotros, en el sillón grande. Nos presentamos, y él hizo que la
secretaria nos trajera una bandeja con café. Mientras hablaba, las líneas que
le marcaban la frente se hicieron más profundas y gesticuló con las manos bien
cuidadas en movimientos tan delicados que parecían casi femeninos.
Sonrió con algo de tensión como para indicar que la reunión en
sí ya había comenzado. ¿Qué era lo que queríamos de él?, decía su expresión.
Yo saqué el documento de autorización firmado por el padre del
Molly.
Él lo miró.
—Supongo que quieren acceso a la cuenta numerada.
—Correcto —dijo Molly, como una mujer de negocios.
—Hay algunas formalidades —dijo él, como pidiendo disculpas
antes que nada—. Tenemos que asegurarnos de su identidad, verificar la firma y
todo lo demás. Supongo que tienen referencias bancarias de los Estados
Unidos...
Molly asintió y sacó un grupo de papeles con la información que
él necesitaba. Él los tomó, apretó un botón para llamar a la secretaria y le
entregó todo a ella.
Luego hablamos unos cinco minutos del tiempo y la Kunthaus y
otras visitas obligadas en Zúrich. Finalmente, sonó el teléfono. Él lo levantó,
dijo "Ja!", escuchó unos segundos y volvió a poner el receptor en su
lugar. Otra sonrisa tensa.
—El milagro del fax —dijo—. Esto llevaba mucho más tiempo hace
unos años... ¿Si fuera usted tan amable...?
Le dio una lapicera a Molly y una pizarra con una sola hoja
membretada del Banco de Zúrich y le pidió que escribiera el número de la
cuenta, en palabras —la firma numérica—, sobre la línea de puntos grises en el
centro.
Cuando ella terminó de escribir el número que su padre había
codificado con tanto cuidado, él llamó otra vez a la secretaria, le entregó el
papel y charlamos otro rato mientras estudiaban la escritura con máquinas
especiales. Él explicó al pasar que se la comparaba con la firma de la tarjeta
que habíamos firmado alguna vez en nuestro Banco de Boston.
El teléfono volvió a sonar, él lo levantó, dijo
"Danke" y colgó. Un momento después, volvió la secretaria con una
carpeta gris marcada con el número 322069.
Evidentemente, habíamos pasado la primera prueba. El número de
cuenta era el correcto.
—Ahora —dijo Eisler—, ¿qué puedo hacer por ustedes?
Con toda intención, yo había elegido el asiento más cercano a
él. Me incliné hacia adelante, puse la mente en blanco, enfoqué mi cerebro en
el problema.
Aproveché el momento de silencio. Enfoqué otra vez.
Llegó. Alemán, claro está, una frase tras otra.
—¿Señores? —dijo él, mirándome con la cabeza baja y el ceño
fruncido.
No era suficiente. Yo sabía algo de alemán, había tenido
entrenamiento intensivo en la Granja, pero él estaba pensando demasiado rápido
para mis habilidades.
No podía.
—Nos gustaría saber cuánto hay en la cuenta —dije.
Me incliné hacia él otra vez, enfoqué, traté de aislar cualquier
cosa que pudiera entender en el flujo continuo de alemán, algo a qué aferrarme.
—No se me permite discutir particularidades —dijo Eisler en tono
flemático—. Y además, no lo sé.
Y entonces oí una palabra. Stahlkammer.
Sin duda, era la primera palabra que me saltaba a la mente.
Stahlkammer.
Bóveda.
—Hay una bóveda que tiene que ver con esta cuenta, ¿verdad?
—pregunté.
—Sí, señor —admitió él—. Una grande, debo decir.
—Quiero acceso. Inmediatamente.
—Como desee —dijo él—. Sin duda. Ahora mismo. —Se levantó del
sillón. La cabeza calva reflejaba el brillo de las luces en el cielo raso.
—Supongo que tienen el código de la combinación para acceder a ella. Molly me
miró. Estaba fuera de su elemento.
—Supongo que es el mismo de la cuenta —dije.
Eisler rió una vez y después se sentó de nuevo.
—Realmente no lo sé. Aunque por razones de seguridad,
aconsejamos a nuestros clientes que no usen ese número. Y de todos modos, no es
la misma cantidad de dígitos.
—Tal vez lo tenemos —dije—. Estoy casi seguro... En alguna
parte. Mi suegro nos dejó muchos papeles. Usted podría ayudarnos. Decirnos, por
ejemplo, el número de dígitos.
El miró el archivo.
—Imposible —dijo.
Pero yo oí, varias veces, un número que él estaba pensando y no
decía, que articulaba en algún lugar de su centro de habla. "Vier"...
Cuatro dígitos, ¿era eso?
—¿Es de cuatro dígitos? —le pregunté.
El rió de nuevo, se encogió de hombros. Este juego es divertido,
decía su cuerpo, pero creo que ya no queda mucho más que decir.
—Hay una cuenta numerada que nosotros administramos y atendemos
—explicó con el tono que se usa para explicarle algo a un grupo de niños
pequeños—. Ustedes pueden sacar o transferir esos fondos, como quieran. Pero
también hay una bóveda, una caja de seguridad, digamos. Nosotros la mantenemos
pero no tenemos acceso a ella. Nunca, excepto en las circunstancias más
extraordinarias. Como estipuló el fallecido señor Sinclair, para abrir la
bóveda se requiere un código de acceso.
—Entonces, usted nos lo puede dar —dijo Molly, reuniendo todo su
valor.
—Lo lamento, pero no es posible.
—Se lo exijo como heredera legal de la cuenta.
—Si pudiera, se lo daría, señora —dijo Eisler—. Pero bajo los
términos de los arreglos que se hicieron, no puedo.
—Pero...
—Lo lamento —dijo el banquero, la voz terminante—. Eso es
imposible.
—Pero yo soy la heredera legal de todas las propiedades de mi
padre —dijo Molly, indignada.
—Lo lamento muchísimo —dijo Eisler, imperturbable—. Espero que
no haya venido desde Boston, ¿Boston no es cierto?, para esto solamente.
Hubiera podido arreglarlo con una llamada telefónica. Menos gasto en dinero y
en tiempo.
Me quedé sentado en silencio, escuchando, mientras abría el
maletín de cuero con aire distraído.
Y entonces oí de nuevo: Vier... y después una serie denúmeros,
"Acht"... "Sieben "... Lo miré estudiar el archivo que
tenía en las manos y después volvió en una secuencia clara, evidente:
"Vier... Acht... Sieben... Neun... Neun".
—Mire, señora Sinclair, el asunto es así —seguía diciendo el
banquero—, se trata de un sistema de doble clave, diseñado...
—Sí —interrumpí. Hojeé las notas del maletín y fingí examinar
una con más cuidado. —Aquí está, creo. Lo tenemos.
Eisler hizo una pausa, asintió y me observó con sospechas.
—Excelente —dijo como si yo ya hubiera dicho los números—. Por
los términos establecidos en la cuenta por sus dueños, ahora que llegaron a la
bóveda, el estado de la cuenta pasa de pasivo a activo...
—¿Dueños? —pregunté—. ¿Hay más de uno?
—Ah, sí, señor, es una cuenta a doble firma. Como beneficiaría
legal, usted, señora, es una de las dueñas...
—¿Y el otro?
—No puedo revelar eso —dijo Eisler, desdeñoso y al mismo tiempo
amable, como un hombre que pide disculpas—. Se requiere otra firma. Para ser
totalmente sincero con ustedes, no conozco la identidad del otro dueño. Cuando
se presente con el código de acceso, aparecerá la secuencia de números en la
computadora. La firma del dueño entra como código en la base de datos y cuando
el código es correcto, se la imprime gráficamente. Es el sistema de seguridad
de nuestro Banco para asegurarse de que el personal de la institución no pueda
estar involucrado en caso de una demanda contra nosotros.
—¿Y eso qué quiere decir? —preguntó Molly, severa.
—Que ustedes tienen permiso legal para inspeccionar la bóveda y
ver el contenido. Pero sin la autorización del segundo dueño, no pueden ni
transferir ni retirar ese contenido.
El doctor Alfred Eisler nos escoltó varios pisos hacia abajo por
un ascensor estrecho. Descendíamos por debajo del nivel de Bahnhofstrasse, nos
explicó, hacia las catacumbas.
Emergimos en un corredor alfombrado de gris, una jaula con
barras de acero a los costados. Al final del corredor había un guardia de
seguridad enorme en uniforme verde oliva. Asintió mirando al director y después
abrió la puerta de acero. Ninguno de los dos dijo nada mientras cruzábamos la
puerta, pasábamos por otro corredor con barras de acero, llegábamos a una
pequeña área cerrada, marcada como Sieben. Las barras de acero rodeaban tres de
las paredes de la jaula. La otra era de metal entero, recubierta con algún tipo
de cromo o acero cepillado. En el centro había una enorme rueda de acero con
seis saliencias, evidentemente el mecanismo por el cual se podía abrir la
pared.
Eisler sacó una llave del anillo que llevaba en el cinturón y
abrió la jaula.
—Por favor, señor —dijo, indicando una mesa de metal pequeña y
gris frente a la cual había dos sillas. En el centro había un teléfono sin
botones y un teclado electrónico. —La cuenta y el acuerdo con que se abrió
—indicó— exigen que ningún funcionario del Banco esté presente en esta área
mientras se marca la combinación. Marque usted ahí los dígitos del código de
acceso, lentamente, controlando la lectura para estar seguro de que no comete
ningún error. Si se equivoca, tiene posibilidad de intentarlo de nuevo. Pero si
falla la segunda vez, el mecanismo electrónico se hará cargo y no se permitirá
el acceso en veinticuatro horas.
—Ya veo —dije—. ¿Y cuando hayamos marcado el código, qué?
—En ese punto —explicó Eisler, señalando la rueda de metal—, la
bóveda se abrirá electrónicamente y podrán hacer girar la rueda. Es mucho más
fácil de lo que parece, se lo aseguro. Y así se abrirá la puerta.
—¿Y cuando hayamos terminado?
—Cuando terminen de examinar el contenido, o si hay algún
problema, por favor, llámenme levantando el teléfono.
—Gracias —dijo Molly al doctor Eisler. Él se retiró.
Esperamos un momento hasta oír cómo se cerraba la segunda puerta
de acero.
—Ben —dijo Molly—, ¿qué mierda vamos a...?
—Paciencia. —Con calma, con cuidado (mis dedos quemados habían
perdido casi toda la habilidad) marqué 48799, mirando cómo aparecía cada número
en los dígitos del panel blanco del teclado. Cuando terminé con el último 9,
hubo un ruidito electrónico, un suspiro, como si se hubiera quebrado un sello.
—Bingo —dije.
—Casi no puedo respirar —dijo Molly, la voz ahogada.
Juntos caminamos hasta la puerta de hierro y la abrimos. Se
movió con facilidad en nuestras manos, en dirección de las agujas del reloj y
toda una sección de la pared giró sobre sus goznes.
Una luz fluorescente débil iluminaba el interior de la bóveda,
que me pareció notablemente chico. Me desilusionó. La cámara interior de
ladrillos tendría tal vez un metro y medio por un metro y medio. Y estaba
totalmente vacía.
Pero cuando volví a mirar, me di cuenta de que mis ojos me
habían jugado una mala pasada. Lo que parecían paredes de ladrillos, apenas
emparejados, eran otra cosa completamente distinta ahora que veíamos mejor en
esa luz escasa.
No eran ladrillos. Eran lingotes de oro, amarillos y opacos, con
un tinte rojizo.
La bóveda, como una caverna de leyenda, estaba llena del piso al
techo, casi por completo, de oro puro.
46
Dios mío —susurró Molly.
Yo miraba todo con la boca abierta. Cautelosos, casi asustados,
avanzamos hacia la bóveda, hacia las paredes de oro sólido. No brillaban ni
refulgían como uno hubiera esperado. La coloración era algo así como de mostaza
opaca, pero más de cerca vi que algunas de las barras eran de un amarillo
manteca más brillante (nuevas y seguramente casi cien por ciento puras) y
algunas de un amarillo rojizo, lo cual indicaba impurezas de cobre: seguramente
las habían hecho a partir de monedas de oro y joyas. Cada barra tenía enormes
números de serie en un extremo.
Si no hubiera sido por los tonos amarillos profundos y la pátina
suave, hubieran podido ser ladrillos, ladrillos apilados como los que se ven en
cualquier edificio en construcción.
Muchas estaban lastimadas y dentadas. Seguramente eran las que
circulaban por Rusia desde hacía más de un siglo. Yo sabía que las tropas
victoriosas de Stalin habían robado algunas a Hitler en Berlín, pero la mayoría
provenía de las minas de la Unión Soviética. Algunas tenían los bordes ásperos:
marcas. Y las más nuevas tenían forma trapezoidal, pero en general, eran
rectangulares.
—Dios, Ben —dijo Molly, volviéndose hacia mí. Tenía la cara
roja, los ojos muy abiertos. —¿Tenías idea?
Yo asentí.
Ella fue a levantar una de las barras, pero no pudo. Era
demasiado pesada. Apenas si logró subirla un poco con las dos manos. Después de
unos segundos, la volvió a apoyar sobre las demás. Hizo un ruido sordo.
Entonces hundió el pulgar en el borde.
—Es algo real, ¿no es cierto? —preguntó.
Asentí, mudo. Estaba nervioso y excitado y asustado, y la sangre
que me corría por el cuerpo tenía toneladas de adrenalina.
Hay una famosa frase de Lenin: "Cuando seamos victoriosos
en todo el mundo, creo que usaremos el oro para construir lavatorios en las
calles de las ciudades más grandes".
Error, en varios sentidos.
Más exacta me parecía la del poeta romano Plauto, doscientos
años antes de Cristo: "Odio el oro; ha persuadido a muchos hombres de
hacer el mal en muchos aspectos".
Correcto.
Yo estaba perturbado por la visión de Molly que se hundía
lentamente en el piso de cemento, la espalda contra el oro. La vitalidad
parecía haberse escapado de su cuerpo. No se había desmayado, pero parecía
mareada.
—¿Quién es el otro dueño? —preguntó, la voz tranquila.
—No sé —contesté.
—¿No lo adivinas?
—Ni siquiera eso. Nada. Todavía no.
Ella se pasó las manos y los brazos sobre las rodillas, y las
apretó contra su pecho.
—¿Cuánto?
-¿Qué?
—Oro. ¿Cuánto oro hay aquí? —Se le habían cerrado los ojos.
Miré la cámara. La pila era de unos dos metros de alto, cada
barra tenía veintidós centímetros de largo, siete centímetros y medio de alto y
dos centímetros y medio de espesor. Por lo menos.
Me llevó un tiempo, pero conté 526 pilas, cada una de dos
metros. Es decir, unos 946,8 metros lineales. Unas 37.879 barras de oro.
¿Estaba calculándolo bien?
Me acordaba de haber leído un artículo sobre el Banco de
Reservas Federales de Nueva York. La bóveda del oro del Federal, que tiene la
mitad de la longitud de un campo de fútbol, contiene unos 126 mil millones de
dólares de oro si se calcula el precio de mercado a 400 dólares la onza. No
sabía a cuánto se vendía el oro cuando Orlov y Sinclair atacaron las reservas
de la Unión Soviética, pero 400 la onza parecía un buen número base para el
cálculo.
No. No servía.
De acuerdo. El mayor compartimiento de la bóveda del Federal
contenía una pared de oro de tres metros de ancho por tres de alto por seis de
profundidad. Lo cual significaba unas 107.000 barras. Unos diecisiete mil
millones de dólares.
Me ardía la cabeza por los cálculos febriles. El volumen en esta
habitación era un tercio de lo que había en aquélla.
Volví a mi cálculo inicial de 37.879 barras de oro. El oro se
vendía no a 400 dólares la onza sino a algo así como 330. De acuerdo. Así que a
330 la onza, una barra de oro de cuatrocientas onzas valía 132.000 dólares.
Lo cual nos llevaba a...Cinco mil millones de dólares.
—Cinco —dije.
—¿Cinco mil millones?
—Correcto.
—Eso es algo que ni siquiera puedo concebir —dijo Molly—. Estoy
sentada... apoyada sobre esto... y no puedo ni concebir cinco mil millones de
dólares... y son todos míos...
—No.
—¿La mitad?
—No. Pertenecen a Rusia.
Ella me miró, los ojos fríos y después dijo:
—No me causa ninguna gracia.
—Cierto. Y él dijo diez —la interrumpí.
-¿Qué?
—Tal vez hay cinco mil millones aquí. Orlov me dijo diez mil.
—Estaba equivocado. O te mentía.
—O la mitad desapareció.
—¿Desaparecer? ¿Qué quieres decir, Ben?
—Pensé que habíamos encontrado el oro —dije en voz alta—. Y en
realidad no es más que una parte.
—¿Qué es esto? —dijo ella, sorprendida, de pronto.
-¿Qué?
Como un sandwich entre dos pilas verticales de oro, a nivel del
piso, había un pequeño sobre de papel.
—¿Qué mierda...? —dijo ella, tirando para sacarlo.
Salió con facilidad.
Con los ojos muy abiertos, Molly dio vuelta el sobre en blanco,
vio que no tenía nada escrito y lo abrió.
Era una tarjeta de bordes azules, una tarjeta de Tiffany al
parecer, con el nombre de Harrison Sinclair en letras de imprenta arriba de
todo.
Había algo escrito en el centro de la tarjeta, en la letra de su
padre.
—Es... —empezó a decir Molly pero yo la interrumpí.
—No lo digas en voz alta. Muéstramelo.
Dos líneas.
La primera: Caja 322. Banque de Raspail.
La segunda: Boulevard Raspail, 128, París 7e.
Eso era todo. El nombre y la dirección de un Banco de París.
Un número de caja, seguramente una caja de seguridad, ¿Y qué
significaba eso? Cajas chinas, cajas dentro de cajas: ésa era la esencia del
asunto.
-¿Qué...?
—Ven —le dije, impaciente, metiéndome la tarjeta en el
bolsillo—. Necesitamos otra charla con Eisler.
47
Según las Vidas de Plutarco: "Los muertos no muerden".
Según creo fue Dryden el que escribió hace doscientos años: "Los muertos
no hablan".
Error, dos veces error. Hal Sinclair seguía hablando mucho
después de su funeral, y lo que decía seguía siendo misterioso.
El brillante jefe de espías Harrison Sinclair había sorprendido
a cientos de personas en sus seis décadas de vida sobre la Tierra: amigos y
socios, superiores y subordinados, enemigos en el mundo y en Langley. Y ahora,
después de su muerte, las sorpresas, las vueltas y los recovecos no habían
terminado. ¿Quién hubiera esperado tanto de las huellas de un muerto?
Para cuando Molly y yo terminamos de charlar en voz baja, la
secretaria privada de Eisler nos esperaba en el corredor, fuera de la bóveda.
La habíamos llamado y pedimos ver al director inmediatamente.
—¿Hay algún problema? —preguntó ella, la cara toda preocupación.
—Sí —dijo Molly pero no explicó más.
—Estaremos encantados de ayudar en todo lo que podamos —dijo
ella, escoltándonos hacia el ascensor para subir a la oficina de Eisler. Era
toda eficiencia, pero su reserva suiza se había derrumbado en parte: tarareaba
algo como si de pronto fuéramos viejos amigos.
Molly conversó con ella, mientras yo permanecía en silencio,
tocando la Glock con los dedos, allá abajo, en el bolsillo.
Entrar en el Banco y pasar por los detectores de metales había
sido toda una hazaña y debo agradecer al entrenamiento de la CIA por haberlo
logrado. Un conocido mío de mis días en la Agencia, Charles Stone (cuya saga
extraordinaria seguramente le es conocida a usted) me describió una vez la
forma en que había metido una pistola Glock por la puerta de embarque del
Aeropuerto Charles de Gaulle de París. La Glock es casi toda de plástico y
Stone (creo que la idea es ingeniosa) desarmó el arma en sus componentes, puso
las partes chicas de metal en una bolsita con implementos de afeitarse y las
más grandes dentro de la manija metálica del equipaje (ambas pasaron por el
aparato de rayos X). Dejó las partes de plástico sobre su persona.
Desgraciadamente, esa técnica no me hubiera servido allí porque
no tenía el lujo de que me revisaran con dos aparatos: uno de rayos X y un
detector de metales. Todo tenía que estar en mi cuerpo y sin duda, la pistola
hubiera disparado la alarma.
Así que inventé mi propio método, aprovechando una desventaja de
todos los detectores de metales, que no son tan sensibles en los extremos del
campo como en el centro. Y la Glock tiene poco acero. Lo que hice fue atar la
pistola a una cuerda de nailon larga que me colgaba del cinturón y entraba por
un agujero al bolsillo derecho. La pistola colgaba de mi pierna derecha dentro
de la manga del pantalón, cerca del zapato. La mantuve quieta poniendo una mano
en el bolsillo sobre la cuerda mientras pasaba por el detector. Esencialmente,
pateé la pistola para que pasara por el detector en el perímetro del campo
magnético tan atenuado que casi no detecta nada. Naturalmente, mientras pasaba,
estaba duro de miedo, pensando que tal vez el truco no funcionaría, y que algo
me saldría mal. Pero pasé sin incidentes. Después fui al baño y volví a poner
la pistola en el bolsillo del pantalón, un lugar mucho más cómodo.
El doctor Eisler parecía todavía más perturbado que su
asistente. Nos ofreció café. Dijimos que no, gracias, con toda amabilidad. El
hombre tenía la frente arrugada de preocupación cuando se sentó en el sofá
enfrente de los dos.
—Bueno —dijo en su voz refinada y grave—, ¿cuál es el problema?
—El contenido de la bóveda —contesté—. No está completo.
Él me miró fijo un largo rato y después se encogió de hombros,
furioso.
—No sabemos nada del contenido de las bóvedas de los. clientes.
Lo único que hacemos es mantener todas las precauciones de seguridad que nos
parezcan necesarias y que son nuestra obligación...
—El Banco es responsable.
El rió una vez, secamente.
—Lamento decirle que no. Y de todos modos, su esposa no, es más
que una de los dueños.
—Parece que falta una gran cantidad de oro —seguí diciendo—.
Demasiado para que desaparezca fácilmente. Me gustaría saber adonde fue a
parar.
Eisler dejó escapar aire por la nariz y asintió con amabilidad.
Parecía aliviado, de pronto.—Señor Ellison, señora Sinclair, seguramente los
dos entienden que no se me permite discutir transacciones de ningún...
—Como las transacciones se hicieron en mi cuenta —dijo Molly—,
estoy segura de que tengo derecho a saber adonde se lo llevaron.
Eisler asintió otra vez, después de un momento de duda.
—Señora, señor... en el caso de cuentas numeradas, nuestra
responsabilidad es permitir el acceso a cualquiera que cumple con los
requerimientos estipulados por la persona o personas que han establecido la
cuenta en este Banco. Más allá de eso, y para proteger a todos los
involucrados, mantenemos el mayor de los secretos.
—Estamos hablando de mi cuenta —dijo Molly, con severidad—. Y yo
quiero saber adonde está ese oro.
—Señora Sinclair, la confidencialidad es una tradición del
sistema bancario nacional al que el Banco que presido pertenece. Lo lamento
muchísimo. Si hay algo que podamos hacer...
Saqué en un sólo movimiento la Glock y la apunté a la frente
alta, fruncida.
—La pistola está cargada —pronuncié con tranquilidad—. Estoy
totalmente preparado para usarla... —Solté el seguro cuando vi que él empezaba
a deslizar el pie hacia la derecha con tanta lentitud que uno veía
inmediatamente dónde estaba el botón de la alarma. —No sea tonto, deje esa
alarma silenciosa.
Me le acerqué para que el cañón de la pistola estuviera a pocos
centímetros de su frente.
No tenía que concentrarme mucho: los pensamientos fluían
fácilmente, con claridad. Y recogí bastante: ondas de ideas, sobre todo en
alemán, pero con algo de inglés de tanto en tanto. Preparaba expresiones de
sorpresa, de furia, objeciones...
—Como ve, estamos desesperados —dije. Mi expresión era evidente:
yo estaba realmente desesperado y él se dio cuenta de que era capaz de
dispararle en cualquier momento.
—Si es usted tan tonto como para matarme —dijo Eisler con
sorprendente tranquilidad—, ni conseguirá lo que quiere ni podrá salir jamás de
esta habitación. Mi secretaria oirá el disparo y hay sensores de movimiento en
esta habitación y...
Estaba mintiendo. Yo lo sabía por sus pensamientos. Estaba
asustado, lo cual era comprensible. Nunca le había pasado algo así antes.
Siguió diciendo:
—Incluso si les diera la información que buscan, cosa que no
pienso hacer, no podrían salir del Banco.
En eso, parecía estar diciendo la verdad, pero no hacía falta
una percepción extrasensorial para entender esa lógica.—Sin embargo, —siguió
diciendo después de un momento—, estoy dispuesto a hacer un esfuerzo para dar
por terminado este episodio bochornoso. Si deja esa pistola y se va, no pienso
denunciarlo. Entiendo que estén desesperados. Pero amenazándome no ganan nada.
—No estamos amenazándolo. Queremos información sobre la cuenta
que le pertenece a mi esposa según la ley suiza y la estadounidense.
Unas gotas de sudor empezaron a correrle por la frente, desde la
coronilla pelada hacia las líneas que empezaban allí y bajaban a las mejillas.
Me di cuenta de que estaba empezando a ceder.
Oí una catarata de pensamientos, algunos furiosos, otros
desesperados. Estaba en medio de la agonía de la indecisión.
—¿Alguien sacó oro de esa bóveda? —pregunté, muy despacio.
Nein, oí claramente. Nein.
Cerró los ojos, como preparándose para el disparo que terminaría
con su vida. El sudor le corría a raudales por el cuerpo.
—No podría decirlo —dijo.
Nadie había sacado el oro. Pero...
De pronto, tuve una idea.
—Pero había más oro, ¿verdad? Oro que no llegó a la bóveda.
Sostuve la pistola con fuerza y me le acerqué hasta que la punta
del cañón tocó la sien húmeda. Apreté el arma contra la piel. La piel se
comprimió, formando marcas alrededor del cañón.
—Por favor —dijo y yo casi no lo oía.
Sus pensamientos venían a toda velocidad, incoherentes,
aterrorizados. Yo no podía leerlos.
—Una respuesta —dije—, y nos vamos.
Él tragó saliva, cerró los ojos y después los volvió a abrir. ,
—Un cargamento —susurró—. Diez mil millones de dólares de oro.
Lo recibimos aquí en el Banco de Zúrich.
—¿Y adonde fue a parar?
—Parte fue a la bóveda. Es el oro que vieron.
—¿Y el resto?
Él volvió a tragar saliva.
—Se liquidó. Ayudamos a venderlo a través de corredores de oro
sobre bases de secreto absoluto. Se fundió y se volvió a colocar en barras.
—¿Y el valor?
—Tal vez cinco... tal vez seis...
—Mil millones...—Sí.
—¿Lo convirtieron en activo líquido? ¿En dinero al contado?
—Se transfirió.
—¿Adonde?
Él volvió a cerrar los ojos. Los músculos que los rodeaban se
tensaron como si el banquero estuviera rezando.
—Eso no puedo decirlo.
—¿Adonde?
—No debo decirlo...
—¿Lo enviaron a París?
—No... por favor, no puedo...
—¿Adonde mandaron el dinero?
Deutschland... Deutschland... München...
—¿A Munich?
—Tendrá que matarme —dijo él, los ojos cerrados—. No pienso
decírselo. Prefiero morir.
Su seguridad me sorprendió. ¿Qué lo poseía? ¿Qué tontería era
ésa? ¿Estaba tratando de ver si yo era capaz de cumplir con mi amenaza?
Seguramente ya suponía que sí. Y además, ¿qué hombre en su sano juicio se
hubiera atrevido a jugarse con un arma apoyada en la sien? ¡Pero él prefería
morir a violar la confidencialidad de los Bancos suizos!
Hubo un sonido líquido y vi que había perdido control del
esfínter. Una mancha oscura se extendió en un área irregular a través de su
entrepierna. Su miedo era genuino. Seguía con los ojos cerrados y estaba
paralizado de terror.
Pero yo no lo dejé ir. No podía.
Apreté otra vez el cañón contra su sien y dije lentamente:
—Lo único que quiero es un nombre. Díganos adonde enviaron el
dinero. A quién. Dénos un nombre.
Ahora Eisler tenía el cuerpo sacudido por el miedo. Temblaba.
Los ojos no estaban cerrados del todo sino apretados con fuerza, dominados por
una tensión muscular rígida. El sudor le corría por la frente, sobre la
mandíbula, por el cuello. El sudor le perlaba el traje gris y le manchaba la
corbata.
—Lo único que queremos —repetí— es un nombre.
Molly me miraba, los ojos llenos de lágrimas, temblando de tanto
en tanto. La escena era demasiado fuerte para ella. Aguanta, Mol, por favor,
aguanta, quería decirle yo.
—Usted sabe cuál es el nombre que nos hace falta.
Y en un minuto, lo tuve.
El no dijo nada. Le temblaron los labios como si estuviera por
ponerse a llorar pero no, no habló.
Pensó.
No dijo ni una palabra.Yo estaba por bajar el arma, cuando se me
ocurrió otra pregunta:
—¿Cuándo fue la última vez que se transfirieron fondos desde
este banco a esa persona?
Esta mañana, pensó Eisler.
Apretó los ojos con más fuerza. La transpiración le bajaba en
gotas por la nariz, hacia los labios.
Esta mañana.
Y entonces, dije, bajando la pistola:
—Bueno, veo que es usted un hombre con voluntad de hierro.
Lentamente, abrió los ojos y me miró. Había miedo en ellos,
claro está, pero también algo más. Un brillo de triunfo, al parecer; un rayo de
desafío.
Finalmente, habló. Le temblaba la voz.
—Si se van de mi oficina inmediatamente...
—Usted no habló —dije—. Admiro eso.
—Si se van...
—No pienso matarlo —dije—. Usted es un hombre de honor y está
haciendo su trabajo. Si podemos arreglar algo de modo de saber que esto no pasó
nunca... si acepta no informar al respecto, y nos deja salir del Banco sin
molestarnos, nos vamos.
Yo sabía que apenas saliéramos del Banco él llamaría a la
policía (yo hubiera hecho lo mismo en su lugar), pero eso nos daría unos
minutos muy necesarios.
—Sí —dijo él. La voz se le quebró de nuevo. Se aclaró la
garganta. —Vayanse. Y si tienen sentido común, cosa que dudo, se irán de Zúrich
inmediatamente.
48
Caminamos con rapidez para salir del Banco y después corrimos
por Bahnhofstrasse. Eisler parecía haber cumplido con su palabra de dejarnos
salir del Banco (por su propia seguridad y la de sus empleados, claro), pero
para este momento, calculaba yo, seguramente ya habría llamado a seguridad
bancaria y a la policía municipal. Tenía nuestros nombres reales, pero no los
otros, lo cual era una suerte. Sin embargo, el arresto era cuestión de horas,
si no menos. Y una vez que las fuerzas de los Sabios supieran que estábamos
ahí, si es que no lo sabían ya, no quería ni pensar lo que podía pasarnos...
—¿Lo conseguiste? —preguntó Molly mientras corría.
—Sí. Pero ahora no podemos hablar. —Yo estaba alerta, con los
ojos puestos en todos los que pasaban, buscando la única cara que hubiera
reconocido, la del asesino rubio que había visto en Boston por primera vez.
No aquí.
Y un momento después, tuve la sensación de que teníamos
compañía.
Hay una docena de técnicas diferentes para seguir a un hombre y
los que son realmente buenos, son muy difíciles de detectar. El problema para
el rubio era que yo ya lo había "hecho", como se decía en la jerga:
lo había reconocido. Excepto de la forma más lejana e insegura, no podía
esperar seguirnos sin que yo lo notara. Y yo no lo veía.
Pero, como supe muy pronto, había otros, gente que yo no
conocía. En la multitud que nos rodeaba en Bahnhofstrasse, sería difícil
encontrarlos.
—Ben —empezó a decir Molly pero yo la miré con furia y ella se
calló inmediatamente.
—Ahora no —dije entre dientes.
Cuando llegamos a Barengasse doblé a la derecha y Molly me
siguió. Las vidrieras plateadas de los negocios nos daban una buena superficie
donde vernos a nosotros y también a quienes nos estuvieran siguiendo pero nadie
era demasiado obvio al respecto. Eran profesionales. Seguramente desde que lo
había visto esa mañana, el rubio había decidido no participar. Otros lo
reemplazaban.
Tendría que descubrirlos.
Molly dejó escapar un suspiro largo, tembloroso.
—Esto es una locura, Ben, es demasiado peligroso...
—La voz era suave. —Mira, me pareció horrendo verte poner el
arma en la cabeza de ese tipo. Me pareció horrendo lo que le hiciste. Esas
cosas son viles.
Caminamos por Barengasse. Yo estaba alerta a los peatones a
ambos lados, pero no había podido separar a ninguno de la multitud habitual.
—¿Armas? —dije—. Me salvaron la vida más de una vez.
Ella suspiró de nuevo.
—Papá siempre decía eso, sí. Me enseñó a dispararlas.
—¿Un rifle o qué?
—No, armas de puño. Una .38, una .45. Y era buena tiradora,
creo. Un as. Una vez le di en el ojo a una de esas siluetas de policías a unos
treinta metros. Entonces bajé el arma que me había dado papá y nunca volví a
levantarlo. Y le dije que no tuviera uno en mi casa, nunca.
—Pero si alguna vez tienes que usar uno para protegerme a mí o a
ti misma...
—Claro que lo haría. Pero no me obligues.
—No, te lo prometo.
—Gracias. ¿Y eso fue necesario, lo de Eisler?
—Sí, lo lamento pero sí. Tengo un nombre ahora. Un nombre y una
cuenta que nos dirán adonde desapareció el resto del dinero.
—¿Y el Banque de Raspail en París?
Meneé la cabeza.
—No entiendo esa nota. Y no sé para quién era.
—¿Pero por qué la habrá dejado ahí mi padre?
—No lo sé.
—Pero si hay una caja de seguridad, tiene que haber una llave,
¿sí?
—Generalmente, sí.
—¿Y dónde está?
Meneé la cabeza de nuevo.
—No la tenemos. Pero tiene que haber una forma de llegar a la
caja. Primero, Munich. Si hay alguna forma de interceptar a Truslow antes de que
le pase algo, yo la voy a encontrar.
¿Habríamos eludido a quien quiera que fuese?
Dudoso.
—¿Y Toby? —preguntó Molly—. ¿No tendrías que notificarle?
—No puedo arriesgarme a hacer contacto con él. Ni con nadie de
la CIA...
—Pero nos vendría bien un poco de ayuda.
—No confío en su ayuda.
—¿Y buscar a Truslow?
—Sí —dije—. Seguramente va para Alemania. Pero si puedo
detenerlo...
-¿Qué?
En la mitad de la frase giré en redondo hacia un teléfono
público en la calle. Era muy pero muy arriesgado hacerle un llamado a Truslow a
la oficina de la CIA, claro está. Pero había otras formas, sí. Incluso
improvisando, con rapidez. Había formas.
De pie en una calle lateral, con Molly a mi lado, miré a mi
alrededor. Nadie... todavía.
Con la ayuda de un operador internacional, llamé a un centro de
comunicaciones privado en Bruselas, cuyo número recité con toda facilidad, por
supuesto. Cuando me conectaron, disqué una secuencia de números que cambiaron
la llamada a un sistema bastante complicado de retorno, una especie de lazo.
Cuando volviera a llamar, si alguien rastreaba el llamado, parecería una
llamada originada en Bruselas.
La secretaria privada de Truslow recibió la llamada. Le di un
nombre que Truslow reconocería inmediatamente como mío y le pedí que me pasara
con el director.
—Lo lamento, señor —dijo la secretaria—. En este momento, el
director está en un avión militar rumbo a Europa.
—Pero se lo puede alcanzar por conexión de satélite —insistí.
—Señor, no se me permite...
—¡Esto es una emergencia! —le grité. Truslow tenía que hablar
conmigo, yo tenía que advertirle que no entrara en Alemania.
—Lo lamento, señor... —contestó ella.
Y yo colgué: era demasiado tarde.
Y después oí mi nombre.
Me volví y miré a Molly pero ella no había dicho nada.
Por lo menos, creí haber oído mi nombre.
Una sensación extraña. Sí, era mi nombre, sí. Miré a mi
alrededor en la calle.
Ahí estaba, otra vez, pensamiento, no palabras.
Pero no había ningún hombre cerca que pudiera...
Sí. No era un hombre: era una mujer. Mis perseguidores creían en
la igualdad de oportunidades. Correcto, políticamente hablando.
Era la mujer sola, de pie en un quiosco de diarios, a unos
metros, mirando absorta una copia de Le Canard Enchainé, un diario satírico
francés.
Parecía de unos treinta, treinta y cinco años, con el cabello
rojo y corto, y un traje color oliva que la hacía seria y directa. Poderosa,
por lo que yo veía. Sin duda era buena en lo suyo que, según creía yo, no se
limitaba a rastrear a una persona.
Pero si estaba siguiéndome, eso era todo lo que yo lograba
deducir. ¿Una mujer siguiéndome, empleada de quién? ¿De los que Truslow me
había mencionado, de los Sabios? ¿O de gente asociada con Vladimir Orlov, que
conocía la existencia del oro y sabía que yo estaba buscándolo?
Ellos, los que la habían empleado para el trabajo, sabían que yo
había entrado en el Banco de Zúrich. Sabían que había salido sin nada en las
manos...
Sin nada en las manos pero con más información. El nombre de un
alemán en Munich que había recibido unos cinco mil millones de dólares.
Ahora era mi turno.
—Mol —dije lo más bajo que pude—. Tienes que salir de aquí.
—¿Qué...?
—En voz más baja. Haz como si no pasara nada...
—Sonreí como si me hiciera gracia algo. —Tenemos compañía.
Quiero que te vayas.
—¿Pero dónde? —preguntó ella, asustada.
—Ve y busca las valijas del depósito cerca de la estación de
trenes —susurré y pensé por un segundo—. Después ve al Baur-au-Lac, en
Talstrasse. Todos los changadores de Zúrich lo conocen. Hay un restaurante ahí,
se llama Grillroom. Ahí te veo. —Le di el maletín de cuero. —Llévate esto.
—Pero, ¿y si...?
—¡Fuera!
Frenética, me contestó, en voz baja:
—No estás en condiciones de manejar nada peligroso, Ben. Tus
manos... los reflejos...
—¡Vete!
Ella me miró, furiosa, después, sin decir nada, se volvió y se
alejó por la calle a zancadas. Era una buena actuación. Cualquier observador
hubiera dicho que acabábamos de pelearnos, por lo natural que había sido la
reacción de Molly.
La pelirroja levantó la cabeza del diario, y sus ojos siguieron
a Molly, luego se volvieron hacia mí y luego otra vez al diario. Claramente
había decidido quedarse conmigo, su primera obligación.
Bien.
De pronto, giré en redondo y me lancé por la calle. Por el
rabillo del ojo, vi que la mujer había dejado el diario y sin fingir ya, sin
cobertura, corría tras de mí.
Justo adelante, había una calle que parecía un pasaje de
servicio, y yo giré hacia allí. Desde Barengasse, oí gritos y los pasos de la
mujer. Me aplasté contra una pared de ladrillos, vi a la pelirroja del traje
color oliva hundirse en el pasaje, la vi sacar una pistola y solté el seguro de
mi Glock y le disparé varios tiros.
Hubo un gruñido, una exhalación. La mujer hizo una mueca, giró
hacia adelante, luego volvió a recuperar el equilibrio. Le había disparado en
algún lugar del muslo, arriba, y ahora, me incliné hacia adelante. Volví a
dispararle, no, en realidad no directamente a ella, sino a su alrededor, sobre
la cabeza y los hombros y momentáneamente perdió el equilibrio, se contorsionó,
retorciéndose a derecha e izquierda. Luego, recuperando el centro de gravedad,
me apuntó con el arma, pero tardó un segundo de más...
...y la mano se le abrió cuando una bala se le hundió en la
muñeca y el arma cayó al suelo y entonces, le caí encima, la golpeé contra la
calle, le metí el codo en la garganta, la aplasté con mi mano izquierda.
Durante un momento, se quedó quieta.
Estaba herida en la muñeca y el muslo, y la sangre manchaba el
traje color oliva en varios lados.
Pero ella era muy fuerte y robusta, y se levantó con una onda
súbita de fuerza y casi me sacó de mi sitio hasta que volví a ponerle el codo
derecho contra el cartílago de la garganta.
Era más joven de lo que yo había creído, tal vez veinte,
veinticinco años, y era una mujer de fuerza extraordinaria.
Con un movimiento fuerte, seguro, le arranqué la pistola —una
Walther muy chica— y me la metí en el traje.
Desarmada, y obviamente muy dolorida, la asesina gimió, un
sonido animal, gutural, y yo volví la pistola hacia ella, apuntándole entre los
ojos.
—Esta pistola tiene dieciséis balas —dije con voz tranquila—.
Disparé cinco. Eso significa que me quedan once.
Se le abrieron los ojos pero no por miedo. Era una mirada
desafiante.
—No voy a pensarlo mucho antes de matarte —le dije—. Y supongo
que me crees, pero por si acaso, te diré que no me importa demasiado que lo
creas o no. Te mataré porque es necesario para protegerme a mí mismo y a otros.
Por el momento, sin embargo, preferiría no hacerlo.
Los ojos se entrecerraron, como aceptando.
Ahora oía sirenas, cada vez más cercanas, casi encima. ¿Creía
ella que la llegada de la policía suiza le daría la oportunidad de escapar?Pero
yo no la solté, sabiendo que esa mujer era una profesional y que seguramente
tenía un coraje homicida por el cual, por otra parte, le pagaban bien.
Haría casi cualquier cosa, yo estaba seguro, pero de hecho
preferiría no morir si no era necesario. Eso es instintivo en los seres
humanos, y hasta esa asesina tenía instintos humanos.
La arrastré lo más a un costado que pude para que no nos vieran.
—Ahora —dije—. Quiero que te levantes. Despacio. Y quiero que te
des vuelta y camines. Yo te diré adonde ir. Si tratas de hacerme algo, si
cometes cualquier error o te desvías de mis instrucciones, no voy a dudar ni un
segundo.
Me levanté, le saqué el codo de la garganta medio amoratada, y
con la Glock apuntada al centro de su cabeza, miré cómo se levantaba, muy
dolorida.
Entonces, habló por primera vez.
—No —dijo con un acento de origen europeo.
—Date vuelta —contesté.
Ella lo hizo, despacio, y yo la revisé con la mano libre. No
encontré otro revólver, nada, ni un cuchillo.
—Ahora, adelante —dije, metiéndole la pistola en la nuca y
empujándola.
Cuando llegamos a una entrada solitaria y negra al final del
pasaje, la empujé adentro, con la Glock en la misma posición, y le dije:
—Ahora, mírame.
Ella lo hizo. Despacio. La cara estaba tensa en un
empecinamiento lleno de dolor. De cerca, era una cara cuadrada, casi masculina,
pero no fea. Era evidente que se preocupaba por su apariencia, ya fuera por
vanidad o por la cobertura. Se había pintado con una sombra de ojos de color
azul oscuro y luego celeste, mezclada con un brillito apenas detectable. Los
labios redondos, abiertos, estaban pintados de rojo.
—¿Quién eres? —le pregunté.
Ella no dijo nada. Tenía un tic debajo de su ojo izquierdo, pero
aparte de eso, la cara estaba congelada, inmóvil.
—No puedes resistirte. No te conviene —le dije.
La mejilla le temblaba, pero los ojos me miraban con
aburrimiento.
—¿Quién te paga? —le pregunté.
Nada.
—Ah, una profesional —me burlé—. Son tan escasas en estos días.
Deben de haberte pagado muy bien...
Ella tembló otra vez. Silencio.
—¿Quién es el rubio? —insistí—. El pálido.
Más silencio.Ella me miró, como a punto de hablar, y luego
volvió a mirar a lo lejos. Era buena para esconder el miedo.
Durante un momento, pensé en insistir con las amenazas, pero
después me acordé de que tenía otras formas de averiguar lo que quería. Otros
talentos y recursos. Me había olvidado de lo que me había llevado allí.
Con la pistola metida entre sus ojos, me le acerqué.
Enseguida recibí ese flujo de sonido indistinto que había
empezado a reconocer, esa mezcla de sílabas y ruidos, pero yo sabía que eran
los pensamientos "audibles" de alguien que no tenía miedo. Y en un
lenguaje que yo no conocía.
La mejilla derecha de la mujer empezó a retorcerse de tensión,
pero no de miedo, emoción que cada uno experimenta a su modo. Esa mujer acababa
de sufrir un ataque con una pistola y la habían empujado a un zaguán oscuro con
el arma en el cuello y, sin embargo, no tenía miedo.
Hay varias drogas que administran los clandestinos a los agentes
para que estén tranquilos, lógicos, una farmacopea de betabloqueantes y
ansiolíticos y demás que convierten a los agentes de campo en seres humanos
tranquilos que no por eso pierden sus reflejos. Tal vez esa mujer estaba bajo
la influencia de algo así. Y tal vez, era naturalmente tranquila, uno de esos
especímenes humanos, sociópatas o como quiera que se los llame, que no
experimentan el miedo de la forma en que lo hace el resto de nosotros, y que
por lo tanto, son especialmente buenos para esa extraña línea de trabajo. Ella
había capitulado pero no por miedo, sino por cálculo racional, por lógica.
Planeaba sorprenderme apenas yo bajara las defensas.
Pero nadie deja de tener algo de miedo.
Sin miedo, no somos humanos. Todos experimentamos algún grado de
miedo. El miedo nos mantiene vivos.
—El nombre del albino —susurré.
Retorcí el dedo sobre el gatillo, despacio, y me dije que si
hacía falta, tendría que matar a esa mujer.
Max.
Lo oí, claramente, en ese timbre cristalino, una sílaba muy
clara. Max. Un nombre que se entendía en cualquier idioma.
—Max —dije en voz alta—. ¿Max qué?
Sus ojos buscaron los míos, indiferentes, sin miedo ni sorpresa.
—Me dijeron que usted podía hacer esto —dijo ella, hablando por
fin. Tenía un acento europeo. No francés... tal vez escandinavo, finlandés... o
noruego... Se encogió de hombros. —Sé muy poco. Por eso me dieron este trabajo.
De pronto reconocí el acento: holandés o flamenco.
—Sabes muy poco —dije—. Pero no es posible que no sepas nada. O
no servirías. Tienen que haberte dado instrucciones, códigos, y todo lo demás.
¿Cuál es el apellido de Max?
Oí otra vez, Max.
—Trate de descubrirlo —dijo ella, un poco impertinente.
—¿Cuál es el apellido?
Ella contestó, los labios apenas entreabiertos:
—No lo sé. Y seguramente Max no es su nombre verdadero.
Asentí.
—Seguramente. ¿Pero con quién está?
Otro gesto de indiferencia.
—¿Quién te paga?
—¿Me está preguntando el nombre de la compañía que aparece en el
cheque a fin de mes? —preguntó, burlándose ahora.
Me incliné más hacia ella y sentí el aliento caliente en la
cara, mientras seguía apuntándole con la Glock, la mano derecha apoyada en su
pecho para que no se separara de la pared.
—¿Cómo te llamas? —pregunté—. Supongo que sabes eso.
La expresión de la cara de ella no había cambiado.
Zanna Huygens, pensó.
—¿De dónde eres, Zanna?
Fuera, hijo de puta, oí. En inglés.
Fuera.
Hablaba inglés, alemán, flamenco. Probablemente una de las
asesinas flamencas que les gusta buscar a las agencias de espionaje mundiales,
como talentos independientes. La CIA usaba a los flamencos y a los holandeses,
no porque fueran, buenos, sino porque tenían facilidad natural para hablar en
varios idiomas, lo cual les permitía pasar inadvertidos en cualquier parte,
sumergir en la nada su verdadera identidad.
Había algo que no entendía. Una frase flotante, repetida ,
varias veces: el nombre el nombre el nombre el nombre
el nombre hijo de puta dame el nombre
el nombre dame el nombre
—No sé nada —espetó y la saliva me salpicó la cara.
—Te dijeron que me sacaras un nombre, ¿verdad?
Un movimiento en la mejilla izquierda, apenas algo leve en los
labios carmín. Después de pensarlo un momento, habló.
—Sé que usted es algo así como un fenómeno. —De pronto, las
palabras empezaron a salir con fuerza, en un acento cantarín, flamenco. —Sé que
lo entrenaron en la CIA. Y sé que tiene... que puede oír voces dentro de las
cabezas de otros, dentro de las mentes de los que tienen miedo, no sé cómo ni
por qué, ni de dónde salió eso, ni si nació usted con...
Estaba hablando de más, inundándose de palabras, y de pronto,
entendí la maniobra.Llenaba el centro del habla de la mente con palabras y más
palabras probablemente ensayadas porque si uno habla, el cerebro está demasiado
ocupado produciendo eso como para pensar otra cosa que pueda leerse.
—...ni por qué está aquí —siguió diciendo—, pero sé que se
supone que es usted sanguinario, rudo y sé que no va a volver a los Estados
Unidos vivo. Seguramente yo puedo ayudarlo pero por favor, por favor, no me
mate, por favor, no me mate. Yo estoy haciendo mi trabajo y no le disparé de
frente ni para matarlo, como habrá notado, yo no...
¿Estaba rogando realmente? Me lo pregunté por un momento. ¿Era
miedo lo que había en sus ojos? ¿Se le había terminado el efecto del
ansiolítico, o era que el terror y el estrés habían terminado por dominarla?
Mientras yo pensaba en cómo responder, me metió las manos en la cara, las uñas
me buscaron los ojos y gritó con fuerza, un chillido impresionante,
ensordecedor, me golpeó con la rodilla hacia la entrepierna y todo eso sucedió
en un solo instante terrible, sorpresivo. Reaccioné, un poco tarde, pero no del
todo, poniendo la pistola a nivel, con el dedo vendado en el gatillo. La
asesina trató de torcerme la mano y de quitarme la pistola pero no pudo, y en
lugar de eso me dobló el dedo sobre el gatillo. La cabeza de la mujer explotó y
un sonido líquido de aire le salió de los pulmones, y ella se dejó caer al
suelo.
Tranquilo, me agaché, la revisé pero no encontré documentación,
nada de papeles ni monederos, excepto una pequeña billetera que contenía una
pequeña cantidad de dinero suizo, probablemente sólo lo que necesitaba para esa
mañana. Después, salí corriendo.
Durante un rato largo, un momento terrible, lleno de ansiedad,
busqué a Molly en el Grillroom de Baur-au-Lac. Sabía que estaba muerta. Sabía
que la habían atrapado. Eso ya me había pasado antes: yo sobrevivía a los
intentos de muerte pero mi esposa no.
El Grillroom es un.lugar cómodo, casi un club con un bar estilo
estadounidense, una gran chimenea y hombres de negocios sentados a las mesas,
comiendo émincé de turbot. Yo estaba decididamente fuera de lugar allí,
salpicado de sangre y todo desprolijo y rotoso, y recogí una serie de miradas
de desaprobación hostiles.
Cuando me volvía para alejarme, una joven en uniforme de
camarera se me acercó corriendo y me preguntó:
—¿Usted es el señor Osborne?
Me llevó un momento recordarlo.—¿Por qué me pregunta?
Ella asintió, con timidez, y me dio una nota plegada.
—De la señora Osborne, señor —dijo y se quedó ahí, esperando
mientras yo abría el papel. Le di un billete de diez francos y ella se alejó.
El Ford Granada azul enfrente, decía la nota, en la letra de
Molly.
49
Munich estaba oscura cuando llegamos, una noche clara y fría,
temblorosa de luces de ciudad. Habíamos buscado nuestro equipaje en el depósito
de Hauptbahnhof en Zúrich y tomado el tren de las 15:39, que llegaba a Munich a
las 20:09. Hubo un susto momentáneo a bordo cuando cruzamos la frontera alemana
y yo me preparé para el control de pasaportes. Había habido mucho tiempo para
que alguien pasara el fax de nuestros pasaportes falsos a las autoridades
alemanas, sobre todo si la CIA lo ponía entre sus prioridades, que era lo que
yo suponía que harían.
Pero los tiempos han cambiado. Antes, uno se despertaba de
noche, asustado, se abrían bruscamente las puertas del compartimiento, y una
voz alemana ladraba: "Deutsche Passkontrolle!"... Esos días son
historia antigua. Europa está unificándose. Los controles fueron muy escasos.
Exhaustos pero tensos, ansiosos, tratamos de dormir en el tren.
Yo no pude.
Cambiamos algo de dinero en la oficina del Deutsche Verkehrs
Bank de la estación de trenes y yo reservé una habitación para esa noche. El
Metropol, con la ventaja única de su ubicación, justo frente a la Hauptbahnhof,
estaba lleno hasta el tope. Pero conseguí una habitación en el Bayerischer Hof
und Palais Montgelas, en Promenadeplatz, en el centro de la ciudad... muy cara,
sí, pero cualquier puerto sirve en una tormenta.
Busqué un teléfono público y llamé a Kent Atkins, jefe de
estación de la CIA en Munich. Atkins, un viejo amigo de los días de París (hubo
tiempos en que bebíamos juntos), era también amigo de Edmund Moore, y sobre
todo, era el que le había dado a Ed los documentos que hablaban de algo
"amenazador" dentro de la organización.
Eran las nueve y media cuando lo llamé a su casa. Contestó a la
primera llamada.
—¿Sí?
—¿Kent?
—¿Sí? —La voz aguda, alerta. Y sin embargo, sonaba comohubiera
estado durmiendo antes de atender. Una de las habilidades vitales que se
adquieren en este negocio es la capacidad para despertarse instantáneamente,
estar totalmente en onda en menos de una centésima de segundo.
—Ey, ya estás dormido... Apenas son las nueve de la noche.
—¿Quién es?
—El padre John.
—¿Quién?
—Pére Jean. —Una broma nuestra, antigua. Una referencia ae yo
esperaba que él recordase.
Un largo silencio.
—¿Quién di...? Ah, sí, ¿dónde estás?
—¿Podemos vernos para tomar algo?
—¿No puede esperar?
—No. ¿Hofbraühaus en media hora?
Atkins contestó con rapidez y sarcasmo.
—¿Por qué no la Embajada de los Estados Unidos?
Lo entendí y sonreí. Molly me miraba, preocupada. Le hice in
gesto para tranquilizarla.
—En Leopold —dijo y colgó. Sonaba perturbado.
Leopold, yo lo sabía —y él sabía que yo lo sabía—, significaba
Leopoldstrasse, en Schwabing, una región al norte de la ciudad. Eso significaba
el Englischer Garten, un lugar lógico para encontrarse, y específicamente, el
Monopteros, un templo clásico, construido a principios del siglo XIX sobre una
colina del parque. Un buen lugar para una "cita ciega", como la
llamamos nosotros los espías.
En lugar de tomar el subte directamente desde la estación de
trenes, cosa que me parecía riesgosa, salimos de la estación y caminamos sin
rumbo, en círculos, hacia Marienplatz, la plaza central. Siempre llena de gente
y presidida por la monstruosidad gótica de la nueva Municipalidad, la fachada
gris como de pan de jengibre, iluminada de noche a toda luz, una visión
espantosa. Al sudoeste, una tienda de aspecto bárbaro y moderno que destruía
completamente la unidad arquitectónica de la plaza, que a pesar de lo fea que
siempre había sido, al menos era gótica.
En algunas cosas, Alemania no había cambiado desde mi última
visita. La multitud que esperaba como ganado frente a un semáforo en rojo sobre
Maxburgstrasse, a pesar de que no se veía ni un sólo automóvil y todos podrían
haber cruzado sin problemas, me hacía sentir seguro. La leyes eran leyes allí.
Un joven levantó un pie, desesperado de impaciencia, como un caballo que
descansa un casco en el aire, pero ni siquiera con su desesperación iba a
violar la etiqueta social.
Por otra parte, en muchas cosas, Alemania había cambiado,y
drásticamente. Las multitudes de Marienplatz eran más ruidosas y más
amenazadoras que los amables y educados clientes de siempre. Pelados neonazis
acechaban en pequeños grupos despectivos, lanzando epítetos raciales a los que
pasaban. Los graffiti cubrían parte de los edificios góticos, que siempre
habían estado tan limpios. Ausländer raus! y Kanacken raus!, "Fuera los
extranjeros" con insultos de distinta intensidad; Tod alien Juden und dem
Ausländerpack!, "Muerte a los judíos y las hordas extranjeras";
Deutschland ist stärker ohne Europa, "Alemania es más fuerte sin
Europa". Había ataques contra los ex alemanes del Este: Ossis Parasiten.
En un color fluorescente que brillaba como el día, sobre un restaurante
elegante, una evocación de viejos tiempos: Deutschland für Deutsche,
"Alemania para los alemanes". Y un grito de dolor y esperanza: Für
mehr Menschlichkeit, gegen Gewalt!, es decir, "Más humanidad, menos violencia".
Docenas de personas sin hogar dormían sobre cartones en los
bancos. Muchos negocios estaban tapiados con madera, había vidrieras rotas sin
arreglar y locales abandonados. Wegen Geschaftsaufgabe alie Waren 30%
billiger!, decía un cartel: Cerramos, liquidación 30% de descuento.
Munich parecía una ciudad fuera de control. Me pregunté si el
país entero, en la crisis económica más profunda desde los días anteriores a la
llegada de Hitler al poder, no estaría exactamente igual.
Molly y yo tomamos el subte desde Marienplatz hasta Münchner
Freiheit y nos abrimos paso a través de los caminos asfaltados del Englischer
Garten, junto al lago artificial, cerca de la Torre China. Pronto localizamos
el Monopteros, todo columnas y capiteles labrados. Lo rodeamos en silencio. En
los sesenta, el Monopteros había sido un lugar preferido por los manifestantes
y la gente de la calle. Ahora parecía el punto de reunión de adolescentes,
vestidos con camperas de cuero y tachas o con uniformes de secundaria como los
estadounidenses.
—¿Por qué crees que el dinero está en Munich? —me preguntó
Molly—. La capital financiera de Alemania, ¿no es Frankfurt?
—Sí. Pero Munich es el centro manufacturero. La capital
industrial y también la capital de Bavaria. La verdadera ciudad del dinero. A
veces, se la llama la capital secreta de Alemania.
Era temprano, o mejor dicho, Atkins llegó tarde, en su Ford
Fiesta viejo, apenas unas planchas de metal sostenidas por cinta aisladora.
Tenía la radio a todo volumen o tal vez era una cinta. Donna Summer con el
viejo clásico: Ella tiene que trabajar muy duro por dinero. En París, recordaba
yo, Kent había demostrado un gusto vergonzoso por las discotecas. La música
desapareció sólo cuando él detuvo el auto por completo. La máquina tembló una
vez antes de parar a unos ciento cincuenta metros.
—Lindo auto —le grité cuando lo vi acercarse—. Muy gemütlich.
—Muy cagado —me devolvió él, sin sonreír. Tenía una gran tensión
en la cara, la misma que había habido en la voz un rato antes. Atkins tenía
unos cuarenta y cinco años, un hombre flexible con una cabellera prematuramente
blanca que contrastaba con las cejas oscuras y espesas. Tenía una cara larga,
delgada y casi nada de labios, pero de todos modos era muy buen mozo. También
era homosexual, lo cual hizo difícil su carrera durante mucho tiempo (los
grandes de Langley se han liberado de muchos prejuicios sólo hace muy pero muy
poco, por cierto).
Había envejecido desde los tiempos de París. Tenía ojeras
grandes, oscuras, que hablaban de noches de insomnio. No había sido de los que
se preocupan, pero algo lo obsesionaba ahora, y yo sabía de qué se trataba.
Empecé por presentárselo a Molly pero él no quería saber nada
con contactos sociales. Sacó una mano y me apretó el hombro.
—Ben —dijo, con los ojos llenos de alarma—, mira Ben, sal de
aquí enseguida. Sal de Alemania, corriendo. No puedo dejar que me vean contigo.
¿Dónde estás parando?
—En Vier Jahreszeiten —mentí.
—Demasiado público, demasiado vulnerable. Yo no me quedaría en
esta ciudad si fuera tú.
—¿Por qué?
—Eres un PNG. —Persona no grata.
—¿Aquí?
—En todas partes.
-¿Y?
—Estás en la lista. Hay que buscarte.
—¿Es decir?
Atkins dudó, miró a Molly, después a mí, como si nos pidiera
permiso para contestar. Yo asentí.
—Cauterización.
—¿Qué? —En la jerga de la Agencia, un agente comprometido o
identificado debe "cauterizarse", es decir, se lo saca a los
empellones de una situación de peligro por su propia protección. Pero muchas
veces, cada vez más en realidad, el término se usa con ironía, y entonces
significa que los empleadores de un agente van a arrestarlo porque lo
consideran peligroso para la organización.Atkins me estaba diciendo que había
órdenes que exigían que cualquier funcionario de la Agencia que me viera en el
mundo me redujera y me llevara a los cuarteles generales.
—Es una D-Sin. —Eso significaba una DDCín, una directiva del
director de la Central de Inteligencia.
—Ordenes de algún desgraciado que se llama Rossi, en la Agencia.
¿Qué estás haciendo aquí? —Ahora, había empezado a moverse con rapidez,
seguramente un reflejo inconsciente, por el miedo. Lo seguimos, Molly en una
especie de media carrera. Ella escuchaba y me dejaba a mí las palabras y las
preguntas.
—Necesito ayuda, Kent.
—Dije que qué estás haciendo aquí. ¿Estás loco?
—¿Cuánto sabes de esto?
—Me dijeron que tal vez te me acercaras. ¿Estás solo en esto o
que?
—Estoy solo desde que me fui a la universidad a aprender leyes.
No es nuevo que no pertenezco a la Agencia.
—Pero ahora estás en el juego otra vez —insistió él—. ¿Por qué?
—Me obligaron.
—Eso dicen todos. No se puede abandonar esto.
—A la mierda con eso. Yo lo abandoné. Un tiempo.
—Dicen que te pusieron en un programa experimental súper
confidencial. Una investigación o algo así, algo que aumentaba la utilidad que
puedes prestarles. No sé lo que significa. Los rumores son varios.
—Los rumores son bario —dije. Entendió enseguida:
"bario" es un término inspirado en la KGB que indica información
falsa que se da a gente de la que se sospecha, para detectar a los dobles
agentes, exactamente lo que se hace con el bario en la gastroenterología.
—Tal vez —dijo él—. Pero tienes que esconderte, Ben. Ella
también. Los dos. Desaparecer. Sus vidas están en peligro.
Cuando llegamos a un lugar desierto, un grupo de árboles junto a
un camino polvoriento, me detuve.
—Ya sabes lo de muerte de Ed Moore...
El parpadeó.
—Sí. Le hablé la noche anterior.
—Me dijo que estabas asustadísimo.
—Exageró.
—Pero sí estás asustado, Kent. Tienes que decirme lo que sabes.
Le diste documentos a Moore...
—¿De qué estás hablando?
Molly, que se daba cuenta de la reticencia de mi amigo, anunció
de pronto:—Voy a dar un paseo. Necesito aire fresco. —Me tocó la nuca con el
dorso de la mano antes de partir.
—Él mismo me lo contó, Kent —seguí diciendo—. Nunca salió de mí,
eso puedes creerlo. No tenemos tiempo. ¿Qué sabes? ¿Qué sabes de todo esto?
Él se mordió el labio. Frunció el ceño. Tenía la boca convertida
en una línea recta, un arco apenas inclinado hacia abajo en los bordes.
Consultó el reloj, un falso Rolex.
—Los documentos que le di a Ed no son prueba suficiente —dijo
Kent.
—Pero tú sabes más, ¿verdad?
—No tengo nada escrito. Ningún documento. Todo lo que sé es de
oído.
—A veces ésa es la información más valiosa, Kent. A Ed Moore lo
mataron por esto. Tengo algo de información que puede serte útil...
—Es que no quiero tu información, carajo...
—¡Escúchame!
—No —dijo él—. Tú escúchame a mí. Hablé con Ed unas horas antes
de que esos hijos de puta lo obligaran a suicidarse. Me previno sobre una
conspiración de asesinatos.
—Sí —dije, con el estómago tenso—. ¿Contra quién?
—Ed sólo sabía partes, algo. Especulación.
—¿Quién?
—Contra el único que puede limpiar la Agencia.
—Alex Truslow.
—Eso es.
—Yo estoy trabajando para él.
—Me alegro. Por él y por la Agencia.
—Gracias. Ahora, necesito algo de información. Hace poco se giró
mucho dinero a una cuenta corporativa en Munich. El Commmerzbank.
—¿De quién es la cuenta?
¿Podía confiar en él o no? Tenía que confiar en las personas en
quienes había confiado Ed Moore. Me lancé hacia adelante.
—¿Estás conmigo o no?
Atkins respiró hondo.
—Sí. Estoy contigo.
—El nombre del que lo recibió era Gerhard Stoessel. La cuenta
pertenece a Krafft A.G.. Cuéntame lo que sepas. Todo.
Él meneó la cabeza.
—Hay algo que no está bien en lo que dices, Ben. Estás
totalmente equivocado.
—¿Por qué?—¿Sabes quién es Stoessel realmente?
—No —admití.
—¡Dios! ¿Cuánto hace que no lees los diarios? Gerhard Stoessel
es el presidente de Neue Welt, una gran empresa relacionada con propiedades. Se
cree que tiene o controla la mayoría de las propiedades comerciales en la
Alemania unificada. Y sobre todo, Stoessel es el asesor económico de Wilhelm
Vogel, el canciller electo. Vogel ya lo nombró ministro de finanzas en el
gobierno. Quiere que Stoessel reconstruya la economía caída de Alemania. Se lo
conoce como el Svengali de Vogel, una especie de genio financiero. Pero como
dije, hay algo que no encaja en lo que dices.
-¿Qué?
—La compañía de Vogel no tiene relación alguna con Krafft A.G..
¿Qué sabes de Krafft?
—En parte, ésa es la razón por la que estoy aquí —dije—. Sé que
es una gran fábrica de armas.
—Sólo la más grande de Europa. Con central en Stuttgart. Mucho
más grande que otras compañías alemanas: Krupp, Dornier, Krauss-Maffei,
Messerschmitt-Bölkow-Blohm, Siemens, y no nos olvidemos de Bayerische
Motorenwerke. Más grande que Ingenieurkontor Lübeck, los fabricantes de
submarinos; o Maschinenfabrik Augsburg-Nürnberg, AEG, MTU, Messerschmitt,
Daimler-Benz, Rheinmetall...
—¿Cómo sabes que Stoessel no tiene relación con Krafft?
—Es la ley. Hace años había una regla de la Oficina Federal de
Cartel. La dictaron cuando Neue Welt trató de adquirir Krafft. La oficina
decidió que ninguna de las dos podía tener nada que ver con la otra porque eso
crearía un gigante incontrolable. ¿Sabes que la palabra "cartel"
viene del alemán Kartell? Es un concepto alemán.
—Mi información es correcta, te lo aseguro —dije.
Había estado tratando de recibir los pensamientos de Kent todo
el tiempo, en medio de la información. A veces, me llegaba algo. Cada vez que
llegaba, me confirmaba lo que yo ya sabía: que me estaba diciendo la verdad,
por lo menos la verdad tal como él la conocía.
—Si, y digo si, la información es correcta, y no pienso
preguntarte de dónde la sacaste, no quiero saberlo, eso es prueba convincente
de que la compañía de Stoessel adquirió Krafft, en secreto, ilegalmente...
Yo me volví para ver si Molly estaba cerca. Sí. Estaba caminando
ida y vuelta por el mismo sendero.
Lo que significaba todo eso, pensé sin decirlo, era que el Banco
de Zúrich había enviado millones de dólares a una corporación alemana, la firma
más grandiosa de propiedades combinada con la mayor fábrica de armas del
continente, las cuales estaban en estrecha relación con Wilhelm Vogel, el
canciller electo de Alemania, el próximo líder de... de Europa, por lo menos
funcionalmente.
Temblé. No quería ni pensar en las ramificaciones del asunto,
pero no podía detenerme. Las consecuencias, lo sabía, eran peores de lo que yo
mismo había sospechado.
50
__¿Puede haber sido un soborno? —pregunté.
—A Stoessel se lo conoce como el señor Limpieza —contestó
Atkins.
—Los "señores Limpieza" son justamente los que suelen
aceptar sobornos.
—De acuerdo. No digo que no aceptaría un soborno. Pero el hecho
es que la financiación de la campaña se analiza profundamente en Alemania, y
muy de cerca... Es para que esos gigantes no controlen la política. Hay varias
formas de poner dinero secretamente, pero no hay una sola corporación que se
atreva a hacerlo en estos días. La inteligencia alemana vigila de cerca. Así
que si tienes pruebas, me refiero a pruebas documentales, lo que tienes es
dinamita política.
¿Qué podía decir yo? No tenía documentos. Lo único que tenía
eran los pensamientos de Eisler. ¿Cómo iba a contárselo a Atkins?
—Por esa misma razón —dije—, unos miles de millones de dólares o
marcos alemanes metidos en el país ilegalmente tienen que ser enormemente
valiosos para un candidato. Pero no lo entiendo. Pensé que Vogel era un
moderado, un populista.
—Caminemos —dijo él. Yo miré a Molly por el rabillo del ojo.
Empezamos a caminar. Ella nos siguió, sin acercarse. —De acuerdo. —Atkins
inclinó la cabeza sin
dejar de caminar. —La economía alemana está en medio de una
crisis de dimensiones desconocidas desde la década del veinte: rebelión en
Hamburgo, Fránkfurt, Berlín, Bonn... todas las ciudad importantes, y muchas de
las más chicas también. Los neonazis están en todas partes. Hay una ola de
violencia en el país. No la pueden parar. ¿Me sigues?
—Sí.
—Así que justo en ese momento, elección. Elección importante. Y,
¿qué pasa unos días antes del día de elecciones? Caída general de la Bolsa. Una
catástrofe completa. La economía alemana... bueno, lo ves a tu alrededor...
leíste sobre esto en los diarios, seguramente. Todo está en ruinas. Tierra
yerma. Una depresión en cierto modo peor que la Gran Depresión de los Estados
Unidos en la década del treinta.
"Los alemanes se aterrorizan. Pánico. Se echa al que había
antes, claro, y se elige una nueva cara. Un hombre del pueblo. Un político de
honor, antes maestro de escuela, hombre de familia, que va a restaurar el
orden, que va a arreglarlo todo. Salvar a Alemania. Hacerla grande otra vez.
—Sí —dije—. Así fue como llegó Hitler al poder en 1933: en medio
del desastre de Weimar. ¿Estás sugiriendo que Vogel es nazi?
Por primera vez, Kent rió, más un bufido que una risa franca.
—Los nazis o, para decirlo con más exactitud, los neonazis, son
asquerosos. Pero son extremistas. No representan a nada que se parezca a una
mayoría en el electorado alemán. Creo que los alemanes se ríen de ellos. Sí,
Hitler fue una realidad, no lo niego. Pero hace años de eso y la gente cambia.
Los alemanes quieren ser grandes de nuevo. Quieren volver a su status de
potencia mundial.
—¿Y Vogel...?
—Vogel no es el que dice que es.
—¿Qué quiere decir eso?
—Eso era lo que yo estaba tratando de sacar a la luz cuando le
di esos documentos a Ed Moore. Yo sabía que él era un buen hombre, que podía
confiar en él. Un hombre que estaba fuera de la Agencia. Fuera de lo que está
pasando. Y especialista en política europea.
—¿Y qué descubriste?
—Me transfirieron aquí unos meses después de la caída del Muro.
Me asignaron la misión de hacer archivos sobre agentes de la KGB, Stasi, todo
eso. Había rumores, sólo rumores, te advierto, que decían que Vladimir Orlov
había sacado grandes sumas de dinero del país. La mayoría de los tipos de bajo
nivel no sabía una mierda. Pero cuando traté de recabar información sobre
Orlov, descubrí que el paradero estaba marcado como "desconocido" en
todos los bancos de datos.
—Protegido por la CIA —aclaré.
—Correcto. Raro, pero cierto. Pasa. Pero después, investigué a
un tipo de la KGB, un funcionario bastante alto del Directorio Principal y...
creo que el tipo estaba desesperado por conseguir dinero, en serio... me dijo
que había un archivo sobre corrupción en la CIA. De acuerdo, sí, sí. ¿La CIA
está corrupta? ¿Sale el sol de mañana? Un grupo de funcionarios, no me acuerdo
del nombre. No tiene importancia.
"Pero lo que me hizo pensar fue que me dijo que había un
plan estadounidense, de la CIA, decía él, para manipular la Bolsa alemana.
Asentí y sentí que el corazón me saltaba en el pecho.
—En octubre de 1992, la Bolsa de Frankfurt aceptó crear una sola
Bolsa centralizada en Alemania, la Deutsche Bórse. Dada la relación estrecha
entre los países de Europa, la forma en que se relacionan ahora las monedas
europeas a través del Sistema Monetario, una caída en la Deutsche Börse
devastaría a toda Europa, me dice el tipo. Especialmente en estos días de
programas comerciales y seguros, ahora que el comercio por computadora es
frenético. No había corredores de circuito en el mercado alemán. Las computadoras
están programadas para vender automáticamente, disparando ventas masivas. Y
además, en aquel momento había una gran inestabilidad monetaria, desde que el
Bundesbank, el Banco central alemán, se vio forzado a elevar las tasas de
interés. Así que el resto de Europa caería inmediatamente. Eso lastimaría las
valuaciones de las acciones. Los detalles no son tan importantes. El punto es
que ese tipo de la KGB dice que hay un plan en marcha para destruir y minar
toda la economía europea. El tipo era un genio de las finanzas, así que le
presté atención. Dijo que los disparadores estaban listos, que lo único que
haría falta era una infiltración súbita de capital y...
—¿Dónde está el tipo, el de la KGB?
—Sarampión. —Kent sonrió con tristeza y se encogió de hombros.
Es decir: una muerte preparada para que parezca natural. —Uno de los suyos,
supongo.
—¿Informaste?
—Claro que sí. Es mi trabajo, hombre. Pero me dijeron que lo
dejara. Que no investigara; que era perturbador para las relaciones bilaterales
entre Alemania y los Estados Unidos. No pierdas tiempo en eso, muchacho.
De pronto, noté que estábamos de pie frente al auto de Atkins,
el Ford Fiesta destruido. Habíamos hecho un largo camino en círculos aunque yo
me había concentrado tanto que apenas si me había dado cuenta. Molly estaba con
nosotros.
—¿Listo? —preguntó ella.
—Sí —le contesté—. Por ahora. —Luego me dirigí a Atkins:
—Gracias, amigo.
—Está bien —dijo él, abriendo la puerta del auto. No lo había
trabado: nadie se tomaría el trabajo de robar semejante auto por más necesitado
que estuviera. —Pero sigue mi consejo, Ben. Y tú, Molly. Salgan de aquí,
rápido, carajo. Si yo fuera ustedes, ni siquiera pasaría la noche aquí.
Meneé la cabeza. Le di la mano.
—¿Nos llevas al centro, por favor?—Lo lamento —dijo él—. No.
Realmente no me haría ningún bien que me vieran con ustedes. Acepté el
encuentro porque somos amigos. Me ayudaste en malos tiempos. No me olvido y te
lo debo. Pero toma el subte. Hazme ese favor.
Se hundió en el asiento del conductor y se puso el cinturón de
seguridad.
—Buena suerte —dijo. Golpeó la puerta con fuerza para cerrarla,
bajó la ventana y agregó: —Vayanse de aquí
—¿Nos vemos de nuevo?
—No.
—¿Por qué?
—Ni siquiera te me acerques, Ben, si no quieres matarme. —Puso
la llave en el arranque, sonrió y agregó:
—Sarampión.
Tomé a Molly del brazo y caminamos por el sendero hacia
Tivolistrasse. El motor de Kent no encendió las primeras dos veces pero al
tercer intento, el auto gruñó y arrancó.
—Ben —dijo Molly pero algo me había llamado la atención y me
volví a ver cómo retrocedía Kent.
La música. Me acordaba de la música.
Él había apagado el auto con la música encendida. Esa canción de
Donna Summer. La radio, dijo. Pero ahora la radio estaba apagada.
Él no lo había hecho.
—¡Kent! —aullé, saltando hacia el auto—. Sal. Ahora.
Él levantó la vista, sorprendido, sonrió como preguntándose si
no sería una broma.
La sonrisa desapareció en medio de una luz blanca, poderosa, un
ruidito vacuo, como el de un globo que hacen explotar, pero era sólo el principio,
las ventanas del Ford. Luego, una explosión tremenda, como un trueno, un brillo
color azufre que se puso ámbar y luego rojo sangre, lenguas de ocre e índigo,
llamas furiosas y luego una columna de nubes de cenizas de la que salían
pedazos del auto. Algo me golpeó la nuca: la esfera del falso Rolex.
Molly y yo nos abrazamos en el terror mudo de lo que habíamos
visto y después corrimos lo más rápido que pudimos hacia la penumbra del
Englische Garten.
51
Unos minutos después de mediodía llegamos a Baden Baden, la
famosa ciudad de fuentes termales que se alza entre bosques de pinos y abedules
en la Selva Negra alemana. En nuestro Mercedes 500SL alquilado, color plateado
(tapizado en cuero color granate, justo el tipo de auto que elegiría un joven
diplomático de la embajada del Canadá), habíamos llegado rápido. Nos había
llevado cuatro horas de manejo frenético pero cuidadoso en la autopista A8 que
salía hacia el oeste noroeste de Munich. Yo tenía puesto un traje conservador
pero elegante que había sacado del perchero de Loden-Frey en Maffeistrasse al
salir de la ciudad.
Habíamos pasado una noche de insomnio en el hotel de
Promenadeplatz. La explosión en los jardines, la muerte horrenda de mi amigo;
las imágenes del fuego, el terror, estaban en nuestras mentes para siempre. Nos
miramos y hablamos durante horas tratando de aliviar el miedo, de encontrarle
sentido a lo que había pasado.
Sabíamots que era absolutamente necesario encontrar a Gerard
Stoessel, el industrial alemán y magnate inmobiliario que había recibido la
transferencia de dinero desde Zúrich. El era el centro de la conspiración, eso
era seguro. Tenía que acercarme a él y recibir sus pensamientos. Después
buscaría a Alex Truslow, en Bonn o donde estuviese, y le advertiría del
peligro. O se iba del país o tomaba medidas de seguridad.
A la mañíana siguiente, después de una noche de insomnio, llamé
a la periodista financiera de Der Spiegel que había conocido en Leipzig.
—Elizabeth —le dije—. Necesito rastrear a Gerhard Stoessel.
—¿Nada menos? Estoy segura de que está en Munich. Ahí está la
base de Neue Welt.
Pero no estaba en Munich. Yo ya lo había averiguado en una
llamada anterior.
—¿Y Bonn? ¿Podría estar en Bonn? —pregunté.
—No voy a preguntarte para qué quieres a Stoessel —dijo ella,
detectando la urgencia que me marcaba la voz—, pero creo que tienes que saber
que no es fácil verlo. Dame tiempo.
Me volvió a llamar a los veinte minutos
—Esta en Baden Baden
—No te pido la fuente, pero supongo que es confiable.-
—Muy confiable —Y antes de que pudiera preguntarle, me dijo —Y
siempre se queda en el Brenner's Park Hotel.
En el siglo XIX, Baden Baden estaba llena de nobleza europea Fue
allí que, después de perderlo todo en el casino Spielbank, Dostoievski se sentó
a escribir El jugador. Ahora los alemanes y otros europeos iban allí a esquiar,
jugar al golf o al tenis, mirar las carreras de caballos en la pista de
Iffezheim y disfrutar de los ricos baños minerales alimentados por los pozos
artesianos que quedan debajo de la Montaña Florentiner.
El día empezó frío y medio nublado y para cuando llegamos al
Brenner's Park Hotel, rodeado de un parque privado junto al rio Oosbach, una
llovizna fría caía desde el cielo Baden Baden parecía una ciudad acostumbrada a
la grandeza y las fiestas. La arbolada Lichtentaler Allee, con sus vibrantes
rododendros, azaleas y rosas, es el centro, el gran paseo. Pero parecía
desierta y abandonada, resentida y furtiva, con ese clima.
Molly se quedo en el Mercedes mientras yo entraba en el
vestíbulo espacioso y callado del hotel Había viajado tanto en los últimos
meses, me habían pasado tantas cosas, nos habían pasado tantas cosas a los dos
desde aquel día lluvioso de marzo en el estado de Nueva York cuando bajamos el
ataúd de Harrison Sinclair a tierra y ahora estábamos allí, en una ciudad de
baños termales medio desierta, en Schwarzwald, y llovía de nuevo
El empleado uniformado que parecía a cargo del registro era un
joven alto de unos veinticinco años, eficiente y pensativo.
—¿Le puedo ayudar en algo, señor?
—Ich habe eine dringende Nachricht für Herrn Stoessel —dije con
el tono más severo e importante que pude fingir, mientras levantaba la mano con
un sobre grande Tengo un mensaje urgente para el señor Stoessel
Me presenté como Chnstian Bartlett, segundo agregado del consulado
canadiense en Tal Strasse en Múnich
—¿Le puede dar este sobre, por favor? —dije en mi alemán, claro
pero con mucho acento.
—Si, por supuesto, señor —dijo el empleado, estirando la mano—
Pero no está aquí Se fue hasta la noche—¿Dónde está? —dije y volví a ponerme el
sobre en el bolsillo.
—En los baños, creo yo —, Cuáles?
—No lo sé —dijo y se encogió de hombros— Lo lamento
Sólo hay dos baños importantes en Baden Baden, los dos sobre
Romerplatz: los Viejos Baños, que también se llaman Friedrichsbad, y las Termas
de Caracalla En el primero que entré, el de Caracalla, repetí mi rutina y me
miraron como si les hubiera hablado en chino No había ningún Herr Stoessel
allí, me dijeron Uno de los empleados más viejos me había oído y dijo
—El señor Stoessel no viene aquí. Pruebe en el Friedrichsbad.
En el Friedrichsbad, el empleado, grandote, seco, y maduro,
asintió Sí, dijo, el señor Stoessel estaba allí.
—Ich bin Christian Bartlett —le dije—, von der Kanadischen
Botschaft. Es ist äusserst wichtig und dringend, dass ich Herrn Stoessel
erreiche —Es urgente que yo vea al señor Stoessel.
El empleado meneó la cabeza, despacio, como una mula
—Er nimmt gerade ein Dampfbad —Está en los baños de vapor —Man
darf ihn auf gar keinen Fall stören —Me dijo que no lo molestara.
Pero estaba asustado e impresionado por mi seguridad y tal vez
por el hecho de que era extranjero y aceptó escoltarme hasta el baño termal
privado donde estaba el gran Herr Stoessel. Si realmente era cuestión de
urgencia, él vería lo que podía hacer Pasamos algunas empleadas vestidas de
blanco que llevaban bandejas de plata con agua mineral y otras bebidas frías, y
algunas con toallas de algodón blanco, impecables y gruesas, y finalmente
llegamos a un corredor que parecía ser el límite de los empleados.
Fuera de la habitación, había un hombre ancho, con cara de nada
en un uniforme gris de seguridad Estaba traspirando mucho y era evidente que
estaba incomodo Un guardaespaldas.
Levantó la vista cuando nos acercamos y dijo como ladrando
—Sie dürfen nicht dort hineingehen —¡No pueden entrar aquí!
Yo lo miré, sorprendido, y sonreí. En un solo movimiento rápido,
saqué la pistola y lo golpeé en la cabeza El gruñó y se dejó deslizar al suelo
Luego di la vuelta y tomé al empleado,de la misma forma. El resultado fue el
mismo.
Me apresuré a arrastrar los cuerpos hasta la alcoba de servicio
cercana para que nadie los viera, luego cerré la puerta para que se viera que
el área estaba cerrada. El uniforme blanco del empleado me venía bien. Tal vez
me quedara un poco grande pero tendría que arreglármelas.
Tomé una bandeja vacía de la mesada de acero y varias botellas
de agua mineral de la heladerita y caminé como casualmente hacia la habitación.
Empujé la puerta y se abrió con un silbido.
El vapor me rodeaba, en grandes remolinos blancos, espeso y
opaco como algodón, una tela de cáñamo ondulante. La habitación estaba
horrendamente caliente, sofocante, y el vapor era ácido y sulfuroso. Me parecía
que podía masticarlo, que tenía gusto. Las paredes estaban cubiertas de
cerámicas blancas.
—Wer ist da? Was ist los? —¿Quién está ahí? ¿Qué pasa?
A través de la niebla, descubrí un par de cuerpos rojos,
corpulentos, desnudos. Descansaban sobre un banco de piedra, sobre toallas
blancas, como cadáveres en un matadero.
La voz había venido del primero, el más cercano, un hombre de
pecho peludo y redondo. Cuando avancé a través de las nubes densas con la
bandeja en alto, descubrí las orejas prominentes, la cabeza calva, la larga
nariz. Gerhard Stoessel. Había estudiado su fotografía en Der Spiegel esa misma
mañana: era él, no había duda posible. No veía a su compañero, pero era otro
hombre maduro, sin cabello, de piernas cortas.
—Erfrischenungen? —preguntó Stoessel como ladrando. ¿Refrescos?
—Nein!
Sin decir ni una sola palabra, retrocedí hacia afuera, cerrando
la puerta.
El guardaespaldas y el empleado todavía dormían. Con
deliberación y rapidez, recorrí los corredores hasta encontrar lo que buscaba:
una puerta sin ventanas en la parte trasera de la cámara donde estaba Stoessel.
Era un espacio para mantenimiento. Yo sabía que tenía que haber uno. Un lugar
en el que los obreros podían arreglar los caños de vapor sin molestar a los
clientes. No estaba cerrado con llave, ¿por qué cerrarlo? Lo abrí y me metí en
ese espacio bajo. Oscuridad completa. Las paredes estaban pegajosas de humedad
y sedimentos minerales. Perdí el equilibrio y tuve que tomarme de algo para no
caer. Lo que toqué era un caño de agua hirviendo. Sólo con mucho esfuerzo logré
retener el grito de dolor.
Mientras me deslizaba sobre las rodillas, vi un agujerito
iluminado y me le acerqué. Se había soltado el relleno de la pared alrededor de
un caño de ventilación de vapor, en el sitio en el que entraba en la cámara. Un
puntito de luz salía por allí, y con él, una onda de sonido.
Después de un minuto, se me acostumbraron los oídos a la mala
calidad del sonido y reconocí frases, luego oraciones enteras. La conversación
entre los dos hombres era en alemán, pero yo entendía la mayor parte. Agachado
en la oscuridad, con las manos apoyadas contra las paredes de cemento
resbaladizo, escuché con horror y fascinación, sobrecogido de miedo.
52
Al principio, había sólo frases aisladas:
Bundesnachrichtendienst, Servicio de Inteligencia Federal de Alemania. El
Servicio de Inteligencia Suizo. La Direction de la Surveillance du Territoire,
la organización francesa de contraespionaje, la DST. Se dijo algo de Stuttgart
y de un aeropuerto.
Después, la conversación se hizo más fluida, más expansiva. Una
voz despectiva, ¿la de Stoessel o la del otro hombre?, dijo:
—Y a pesar de las fuentes, de los agentes, de las bases de
datos, ¿no tienen ni la más mínima idea de quién es el testigo secreto?
No oí la respuesta.
Oí una frase perdida:
—Para asegurar la victoria...
Después oí:
—La confederación.
Luego alguien dijo:
—Si vamos a conquistar una Europa unida...
Y después:
—Esa oportunidad se da una o dos veces por siglo.
—Una coordinación completa con los Sabios...
El otro, el que yo había decidido que era Stoessel, dijo:
—...históricamente. Ya pasaron sesenta y un años desde que Adolf
Hitler se convirtió en canciller y desapareció la República de Weimar. Uno se
olvida de que al principio nadie creía que duraría un año...
El otro contestó, enojado:
—Hitler estaba loco. Nosotros estamos cuerdos.
—No tenemos la carga de la ideología —llegó la voz de Stoessel—
que siempre termina por forzar la caída...
Algo que no oí bien, y después Stoessel contestó:
—Así que hay que ser pacientes, Wilhelm. En unas semanas serás
el líder de Alemania y tendremos el gobierno. Pero consolidar el poder lleva
tiempo. Nuestros amigos estadounidenses nos aseguran que no intervendrán.
Serás el líder de Alemania...
El hombre que estaba con Stoessel era, tenía que ser, Wilhelm
Vogel, el canciller electo.
Se me revolvió el estómago.
Vogel, yo estaba seguro de que era él, hizo un ruido, una
especie de objeción muda, a la cual Stoessel contestó, en voz alta y clara:
—...que van a observar sin hacer nada. Desde Maastricht, la
conquista de Europa es mucho más fácil. Los gobiernos caerán uno por uno. De
todos modos, los políticos ya no son líderes. Se van a apoyar en los líderes de
las corporaciones porque la industria y el comercio son las únicas fuerzas
capaces de gobernar una Europa unificada. ¡No tienen visión de futuro!
¡Nosotros, sí! ¡Nosotros somos visionarios! Vemos mucho más allá, más allá de
mañana y pasado mañana. Más allá de lo que está pasando actualmente, a nuestro
alrededor.
Otro ruido del canciller electo. Stoessel dijo:
—Una conquista global bastante fácil porque se basa en el motivo
del provecho; en la ganancia, pura y simple.
—El ministro de defensa —dijo Vogel.
—Con ese es fácil —contestó Stoessel—. Quiere lo mismo. Cuando
el ejército alemán vuelva a tener su antigua gloria...
Otra respuesta ahogada y luego Stoessel habló de nuevo:
—¡Fácil! ¡Fácil! ¡Rusia ya no es una amenaza! Rusia no es nada.
Francia... ya eres viejo, tienes que acordarte de la Segunda Guerra, Willi. Los
franceses van a putear y quejarse y hablar de la línea Maginot, pero después,
capitulan sin disparar un tiro...
Vogel pareció decir algo de nuevo porque esta vez, la respuesta
de Stoessel fue quejosa:
—Porque les conviene económicamente hablando, ¿por qué otra
razón? El resto de Europa viene cayendo y Rusia lo va a tener que seguir, no le
queda otro remedio.
Vogel dijo algo sobre Washington y un "testigo
secreto".
—Lo vamos a encontrar —dijo Stoessel—. Vamos a conseguir la
información. El nos asegura que va a poder controlar.
Vogel dijo algo que contenía las palabras "antes que
ellos" y Stoessel contestó:
—Sí, precisamente. En tres días, listo... Sí, no, el hombre va a
morir, asesinado. No puede fallar. Está orquestado, preparado. Va a morir. No
te preocupes.
Hubo un ruido, un golpe. Me di cuenta de que era la puerta del
baño de vapor.
Después, con toda claridad, oí decir a Stoessel:
—Ah, llegaste...—Bienvenido —dijo Vogel—. ¿Tuviste un buen vuelo
a Stuttgart?
Otro golpe. La puerta se había cerrado.
—... quería decirte —llegó otra vez la voz de Stoessel— lo
agradecidos que estamos. Todos nosotros.
—Gracias —dijo Vogel.
—Nuestras más cálidas felicitaciones, además —dijo Stoessel.
El recién llegado les habló en un alemán fluido con acento
extranjero, probablemente estadounidense. La voz era de barítono, resonante y
algo familiar. ¿La voz de alguien que yo había oído por televisión? ¿O por
radio?
—El testigo va a aparecer frente al comité del Senado —dijo el
recién llegado.
—¿Quién es? —preguntó Stoessel.
—No tenemos el nombre, ten paciencia. Ya tuvimos acceso a las
computadoras del Banco de datos del comité. Así es como sabemos que el testigo
viene a hablar de los Sabios.
—¿Y de nosotros? —preguntó Vogel—. ¿Sabe lo de Alemania?
—Imposible saberlo —dijo el estadounidense—. Y por otra parte,
él o ella lo sepa o no, tu relación con nosotros es fácil de deducir.
—Entonces, hay que eliminarlo —dijo Stoessel.
—Pero si no conocemos su identidad —aclaró el estadounidense—,
¿a quién vamos a eliminar? Cuando aparezca...
—¿No antes? —interrumpió Vogel.
—En ese momento —dijo el estadounidense—, no vamos a fallar. Eso
se lo puedo asegurar.
—Pero habrán tomado medidas para proteger al testigo —dijo
Stoessel.
—No hay medidas adecuadas —explicó el estadounidense—. Tales
medidas no existen. Yo no estoy preocupado. No se preocupen ustedes. Lo que sí
tenemos que pensar y mucho es el tema de la coordinación. Si los hemisferios
están bien relacionados... si nosotros tenemos a las Américas y ustedes a
Europa...
—Sí —contestó Stoessel, impaciente—, sí, sí, estás hablando de
coordinación entre los dos gobiernos mundiales, pero eso es fácil de
planificar...
Era tiempo de irme.
Lo más silenciosamente que pude me di vuelta en el espacio
estrecho e incómodo en que estaba y me arrastré hacia la puerta. Escuché para
ver si oía pasos y cuando me aseguré de que nadie pasaba por allí, abrí la
puerta y volví al vestíbulo, que me pareció brillante hasta lo grotesco. Tenía
manchas de barro sucio en las rodilleras de mis pantalones de algodón blanco.
Corrí hasta la entrada del baño de vapor privado, encontré la
bandeja de agua mineral y abrí la puerta. Una gran nube de vapor opaco giró en
remolino antes de que yo pudiera siquiera poner un pie en la habitación.
Stoessel parecía haberse movido un poco a la derecha. El hombre que yo había
identificado, como Vogel se había movido también y ya no estaba en el banco. El
último estaba sentado en el banco más allá de Vogel, hacia la derecha, fuera de
mi campo de visión.
—Ey —dijo el estadounidense, todavía en alemán—, nadie entra
aquí, ¿me entiende? —La voz me era cada vez más familiar, y eso me volvía loco
de ansiedad.
Stoessel me echó, en alemán.
—¡Basta de refrescos! ¡Déjenos en paz! ¡Ya dije que no quiero
que me molesten!
Me quedé ahí, sin moverme para que mis ojos se ajustaran a la
opacidad del vapor. El estadounidense también parecía un hombre maduro, y
estaba en mejor condición física que los dos alemanes. Y luego, de pronto, una
ráfaga movió las nubes sulfurosas, abrió un hueco extraño en el vapor. Apareció
la cara del estadounidense, girando frente a mí, reconocible, entera. Durante
un segundo no pude moverme.
El nuevo director de la CIA. Mi amigo, Alex Truslow.
PARTE VI
LAC TREMBLANT
53
—Werist denn das? —gritó Vogel. ¿Quién es? —Wo ist der
Leibwáchter? —¿Dónde está el guardaespaldas?
El cabello plateado de Truslow, que yo veía claramente, estaba
bien peinado, la cara roja de calor o de furia, seguramente ambos.
Me le acerqué.
Y entonces, en una voz suave y cariñosa y amable, me dijo:
—Por favor, Ben, no te acerques. Por tu propio bien. No te
preocupes. Ya les dije que eres un amigo, que no tienen que hacerte nada. No te
vamos a hacer daño. No va a pasarte nada.
Hay que matarlo, oí. Hay que matarlo ahora mismo.
—Te estuvimos buscando por todas partes —siguió diciendo Truslow
con suavidad.
Ellison tiene que morir. Ya mismo, pensó.
—Tengo que decir —decía mientras tanto con tranquilidad— que
éste es el último lugar del mundo en el que esperaba encontrarte. Pero ahora
estás a salvo y...
Le arrojé la bandeja a la cara, esparciendo el agua mineral por
todas partes. Una de las botellas golpeó a Vogel en el estómago, las otras en
el suelo de baldosas.
Truslow ordenó en alemán:
—Halten Sie diesen Mann auf. Er darf hier nicht lebend
herauskommen!
"¡Detengan a ese hombre!", había gritado. "No
debe salir de aquí vivo."
Salté por la puerta y corrí con todas mis fuerzas y a toda la
velocidad hacia la salida más cercana, hacia el Romerplatz, mientras las
palabras de Truslow sonaban en mi cabeza. Y supe que Alexander Truslow me había
mentido por última vez en su vida.
Molly tenía el Mercedes encendido en la entrada de
Friedrichsbad. Lo puso en marcha y nos alejamos a toda velocidad hacia las
afueras, buscando la autopista A8. Mientras tanto, descubrimos que el
Aeropuerto Internacional Echterdingen estaba a apenas noventa y cinco
kilómetros hacia el este, al sur de Stuttgart.
No dije nada durante mucho rato.
Finalmente, le conté lo que había visto. Ella reaccionó como yo:
con horror, sorpresa y después furia desatada.
Los dos sabíamos ahora por qué me había reclutado Truslow, por
qué Rossi me había engañado para meterme en el Proyecto Oráculo, por qué
estaban tan felices cuando supieron que el experimento había dado resultado.
Ahora muchas cosas tenían sentido.
Mientras corríamos por la autopista y Molly seguía manejando con
la habilidad de siempre, lo resumí en voz alta:
—Tu padre no cometió ningún delito —le dije—. Quería salvar a
Rusia. Aceptó ayudar a Vladimir Orlov a sacar las reservas de oro del tesoro
ruso, esconderlas en otro país, guardarlas. Las hizo llevar a Zúrich, donde
pusieron una parte en una bóveda y convirtieron otra parte en activo líquido.
—¿Pero adonde llevaron esa otra parte?
—Cayó bajo el control de los Sabios.
—Alex Truslow, quieres decir.
—Correcto. Cuando me pidió que rastreara la fortuna perdida, que
supuestamente había robado tu padre, lo que estaba haciendo era usarme, usar mi
talento, para localizar la mitad del dinero a la que no tenía acceso. Porque tu
padre la había metido en el Banco de Zúrich.
—¿Pero quién es el otro dueño de la cuenta?
—No sé —admití—. Truslow debe de haber sospechado que Orlov
había robado el dinero. Por eso me pidió que buscara a Orlov, cosa que la CIA
no había podido hacer.
—¿Y cuando lo encontraras...?
—Cuando lo encontrara, podría leerle el pensamiento, ésa era la
idea. Y saber dónde habían puesto el dinero.
—Pero papá era uno de los dos dueños de la cuenta. Así que fuera
como fuera, Truslow necesitaría mi firma...
—Por alguna razón, Truslow debe de haber querido que llegáramos
a Zúrich. ¿Qué fue lo que dijo ese banquero...? Que si uno accede a la cuenta,
el status pasa de pasivo a activo... Algo así.
—¿Y eso qué significa?
—No sé.
Molly dudó, dejó que nos pasara un camión de dieciocho ruedas.
—¿Y si el Proyecto Oráculo no hubiera tenido éxito?
—Entonces, tal vez no habría encontrado el oro. O tal vez sí...
Pero habría llevado mucho, pero mucho más tiempo...
—¿Lo que me estás diciendo es que Truslow usó los cinco mil
millones a los que sí tenía acceso, como carnada para hacer caer el mercado de
valores de Alemania?
—Tiene sentido, Molly. No puedo estar seguro, pero tiene
sentido. Si la información que tenía Orlov es correcta, y los Sabios... es
decir, Truslow, y seguramente Toby, y seguramente otros...
—Que manejan la CIA...
—...Sí. Si los Sabios usaron realmente la inteligencia de la CIA
para reunir información sobre mercados extranjeros y así pudieron forzar de
alguna forma la crisis del mercado estadounidense en 1987, seguramente fueron
los mismos que fabricaron la caída en el mercado alemán.
—¿Pero cómo?
—Colocas algunos miles de millones de dólares —marcos alemanes—
de forma secreta y repentina en el mercado de valores alemán. Si se actúa con
rapidez y de inmediato, con la ayuda de expertos que tienen acceso a cuentas
comerciales computarizadas, se pueden adquirir grandes sumas de dinero a
crédito para desestabilizar un mercado ya debilitado. Para tomar el control de
activos mucho mayores. Para comprar y vender con margen, para comprar y vender
usando programas computarizados comerciales, a una velocidad sólo posible en la
actual era de la computación.
—Pero, ¿para qué?
—¿Para qué? —repetí—. Mira los resultados. Vogel y Stoessel
están a punto de controlar Alemania. Truslow y los Sabios controlan la CIA...
-¿Y?
—Y... no sé...
—¿Pero a quién van a matar?
Yo no sabía la respuesta a esa pregunta. Pero sí sabía que había
una fuga, que alguien se había enterado de muchas cosas sobre la conspiración
de Truslow y su gente con Stoessel y su gente, la de Alemania con los Estados
Unidos. Y esa persona, fuera quien fuera, estaba a punto de testificar frente
al Subcomité Seleccionado del Senado sobre Inteligencia, que estaba
investigando la corrupción en la CIA. "Corrupción" manejada nada
menos que por el nuevo director, nada menos que por Alexander Truslow.
Un testigo secreto iba a hacer estallar todo en dos días. Si él
(o ella) no era asesinado antes...
En el aeropuerto de Echterdingen busqué una aerolínea privada y
encontré un piloto que estaba por irse a casa para la noche. Le ofrecí el doble
de lo que le daban normalmente para que me llevara a París y él se resignó,
volvió a ponerse el uniforme, y nos llevó a un pequeño avión. Pidió permiso
para aterrizar por anticipado, y después de un momento, despegamos.
A eso de las dos de la mañana, llegamos al Aeropuerto Charles de
Gaulle, pasamos por la aduana a toda velocidad y tomamos un taxi a París. Nos
bajamos en el Duc de Saint-Simon, sobre la calle Saint Simón, en el séptimo
distrito, despertamos a la empleada que dormía en la recepción y le pedimos una
habitación. A la empleada no le hizo gracia que la molestáramos a esa hora.
Molly insistió en acompañarme a mi misión nocturna, pero en realidad no tenía
muchas ganas, estaba medio descompuesta por el embarazo, y la disuadí con
rapidez.
Para mí, París no era sólo una de las grandes capitales del
mundo: se había transformado en el escenario de mis pesadillas más recurrentes.
París no era la Ile de la Cité y la Rive Gauche y la calle Royale. Era la calle
Jacob, esa calle estrecha, oscura, llena de ecos, donde habían muerto
asesinados Laura y mi futuro hijo, y James Tobias Thompson III había quedado
paralizado de por vida en una secuencia de hechos que se repetía y se repetía
en mi mente, convertida en un rito grotesco y artificial. París se había
transformado en sinónimo de tragedia.
Y sin embargo, allí estaba otra vez: no había tenido opción.
Ahora me descubrí en el pasillo que daba al estudio deprimente
de un fotógrafo en un segundo piso sobre la calle Séze. Más abajo había frentes
de negocios pintados de negro con carteles que decían SEX SHOP y VIDEO y
SEXODROMO y LINGERIE LÁTEX CUIR y las cruces brillantes y verdes de la Grande
Pharmacie de la Place.
Lo que parecía haber sido una vez un departamentito de un
dormitorio se había convertido un poco al azar en una combinación desagradable
de estudio fotográfico y negocio de alquiler de vídeos, de pornografía. Me
senté sobre una silla de plástico a esperar que Jean terminara el trabajo. Jean
—nunca supe su apellido y no me interesa conocerlo— tenía un negocio paralelo
de producción de excelentes documentos falsos, pasaportes y licencias y
permisos, sobre todo para operadores independientes y ladrones de poca monta.
Yo había tenido la oportunidad de tratar con él varias veces durante mis meses
en París, y me parecía confiable y bueno en lo suyo.
¿Podía confiar en él? Bueno, nada es seguro en esta vida. Pero
Jean tenía todos los motivos del mundo para ser confiable. Su vida dependía de
su reputación en cuanto a discreción y confiabilidad, y un solo acto de
traición habría manchado esa reputación para siempre.
Yo me había pasado cuarenta y cinco minutos mirando una aburrida
revista de cine y estaba harto de inspeccionar las cajas de vídeo vacías de los
estantes. Había más fetiches e historias de los que yo me hubiera imaginado en
la pornografía ("Golpes" y "Duro" y "Trisex" y
otras desviaciones de las que nunca había oído hablar), y todo eso era fácil de
conseguir en cajitas de vídeo.
Era más de medianoche. El fotógrafo había cerrado con llave la
puerta de entrada y había corrido las persianas para impedir que molestara el
escaso tránsito que había a esta hora de la noche. Desde la habitación
interior, oí el crujido de las máquinas de revelado.
Por fin, apareció desde el cuarto oscuro. Era un hombrecito
calvo con cara de mago, de aspecto demasiado maduro para su edad, ojos siempre
preocupados y anteojos de aro de metal dorado. Olía a permanganato de potasio,
una sustancia que usaba para envejecer artificialmente los documentos.
—Voilá —dijo, apoyando los documentos en el mostrador con un
gesto florido. Sonrió con orgullo. El trabajo no le había resultado difícil:
había trabajado con los documentos que había preparado la CIA para mi esposa y
para mí, reciclándolos, usando las mismas fotografías y alterando los números
cuando le pareció necesario. Nos había provisto de un par de pasaportes
canadienses y de dos pares de pasaportes estadounidenses. Molly y yo teníamos
todos los documentos que podíamos necesitar como ciudadanos estadounidenses o
canadienses.
Examiné los documentos con cuidado. Era un trabajo meticuloso. Y
a un precio que era increíblemente alto, por supuesto. Pero yo no podía darme
el lujo de protestar.
Asentí, le pagué y me fui a la calle. Ahí estaba el gemido de
los neumáticos, el olor acre de los humos de los motores diesel. Incluso a esa
hora de la noche, la gente vagaba por las calles de Pigalle buscando
gratificaciones rápidas y baratas. Me crucé con una banda de zaparrastrosos,
tal vez chicos de la universidad, vestidos a la última moda de los sesenta en
Francia: camperas de cuero con inscripciones en inglés en blanco o marrón,
carteles con tonterías como "American Fútbol" que parecían totalmente
falsos, cabello largo, pantalones vaqueros enrollados y zapatos altos de
aspecto ortopédico como los que usan las enfermeras Alguien pasó en una
motocicleta enorme, una Honda África Twin 750
En los siguientes minutos hice varias llamadas telefónicas a
viejos contactos de mis tiempos de la CIA Ninguno de ellos estaba conectado
oficialmente con los servicios de inteligencia y todos trabajaban más o menos
del lado equivocado de la ley (una distinción difícil para el negocio del
espionaje) desde el dueño de un negocio de aspecto inocente que lavaba dinero
para terceros (por un precio respetable, por supuesto) hasta un fabricante de
armas que alteraba armas para asesinos mercenarios Los saqué a todos de la
cama, excepto a un pájaro nocturno que parecía estar en algún baile con un
teléfono celular. Finalmente, a través de un amigo que me había sido útil hacía
unos años, localice lo que mis amigos franceses llaman un ingénieur, un
ingeniero, o sea alguien capaz de hacer conexiones elaboradas en el sistema
internacional de teléfonos Una hora después estaba en su departamento, un
edificio decrépito de la década del sesenta en el veintavo distrito, cerca de
la Avénue de la Republique Me miró por la cerradura unos segundos y después
abrió la puerta Su departamento, amueblado con muy pocas piezas y baratas, olía
a cerveza rancia y a sudor El hombre era chiquito y robusto y usaba un par de
pantalones manchados de pintura y una remera blanca con una inscripción que
decía Hard Rock Cafe debajo de la cual se alzaba una panza enorme Obviamente
había estado durmiendo, como casi todos en París: estaba despeinado y con los
ojos medio cerrados. Sin gruñir ni dar la menor señal de bienvenida, me señalo
un teléfono blanco sobre una mesita de cafe de Fórmica color madera medio
carcomida en los bordes. Junto a la mesa había un horrendo sofá color mostaza
con el relleno de tapicería afuera en vanos lugares. El teléfono se balanceaba
precariamente sobre una pila de guias telefónicas de París.
El ingénieur no sabía mi nombre. No lo preguntó. Le habían dicho
que era un homme d'affaires, pero seguramente todos sus clientes lo eran.
Estaba cobrando unos quinientos francos por permitirme usar un teléfono que
nadie podía rastrear.
En realidad, la llamada que yo pensaba hacer podría rastrearse
pero hasta Amsterdam. Desde ahí, la linea pasaba por una serie de conexiones
hasta París, pero ningún equipo de rastreo electrónico podría llevar la
información tan lejos.
El ingénieur tomo el dinero que le di, gruño como un cerdo y se
alejó arrastrando los pies hacia otra habitación. Si hubiera habido más tiempo,
yo habría preferido otro arreglo, perotendría que conformarme con lo que fuera.
El receptor estaba grasiento y pegajoso, lleno de huellas
digitales, olía a humo de pipa. Marqué el número y oí una serie de tonos
extraños Probablemente la señal estaba gravitando en algún lugar de Europa, o
bajo el Océano Atlántico, y tal vez hasta la enviaban de nuevo hacia Europa,
antes de llegar, débil ya, a Washington D C donde el sistema de fibras ópticas
de la Agencia la enriquecería y volvería a llevarla por el buen camino.
Escuché los sonidos familiares, esperé a la tercera llamada.
Entonces, una voz femenina anunció.
—Tres mil doscientos.
¿Cómo podía ser siempre la misma mujer la que atendía el
teléfono, llamara uno a la hora que llamara? Tal vez no era una voz humana sino
una buena imitación sintética.
—Interno nueve ochenta y siete, por favor —contesté.
Otro ruidito y luego, la voz de Toby.
—¿Ben? Gracias a Dios Supe lo de Zúrich, ¿Estás....?
—Ya lo sé todo, Toby.
—Sabes......
—Lo de Truslow y los Sabios y los alemanes, Vogel y Stoessel Y
lo del testigo sorpresa.
—Por Dios, Ben, ¿de qué mierda estás hablando? ¿Dónde estás?
—Vamos, Toby —solté, improvisando— De todos modos, te aseguro
que ustedes van a saltar por el aire Ya lo entendí Truslow trató de matarme Ese
fue el peor error que pudo haber cometido.
Hubo un momento de estática en el fondo.
—Ben —dijo Toby, por fin— Estás equivocado.
Controlé el reloj y vi que la conexión tenia diez segundos, lo
suficiente para rastrear la llamada hasta Amsterdam Seguramente creerían que
estaba allí, lo cual sería útil para mí.
—Claro —contesté con voz sardónica.
—No, por favor, Ben Hay cosas que no entiendes no puedes
entenderlas sin una visión completa del asunto Son momentos peligrosos, Ben En
serio. Necesitamos la ayuda de personas como tú y ahora con tu habilidad, tanto
más.
Colgué.
Toby estaba involucrado.
Volví al hotel y me metí en cama junto a Molly, que dormía
profundamente.
No podía dormir Me levante, busque la copia de las memoras de
Alien Dulles que me había dejado el padre de Molly, y la hojeé sin razón
alguna. Ni siquiera es un gran libro, pero era lo único que tenía en esa
habitación de hotel y necesitaba poner la mirada en algo, distraerme del
remolino de mis pensamientos. Encontré un pasaje sobre los Jedburghs que habían
bajado en paracaídas sobre Francia y sobre Sir Francis Walsingham, el espía
maestro de la Reina Isabel I en el siglo XVI.
Volví a mirar los códigos que me había dejado Hal Sinclair y
pensé en la nota críptica de la bóveda de Zúrich, la nota sobre la caja de
seguridad en el banco del Boulevard Raspail.
Pensé, por milésima vez, en el padre de Molly y los secretos que
nos había legado, secretos dentro de otros secretos... Me preguntaba si...
Fue una idea y no mucho más, ciertamente nada con bases lógicas
seguras, lo que me inspiró a salir de la cama por segunda vez y buscar una hoja
de afeitar en el baño.
En los viejos tiempos, los editores estadounidenses solían
publicar libros de cierta calidad. Ni siquiera hay que retroceder más que hasta
mediados de la década del 60. Bajo la cubierta gris, roja y amarilla de las
memorias, el lomo estaba protegido por una tela fina y marcado con la insignia
de la editorial. La cubierta estaba cosida, no pegada. Examiné el libro, lo
volví y lo miré desde todos los ángulos.
¿Podría ser? ¿Hasta dónde llegaba la inteligencia del viejo
maestro de espías?
Abrí la cubierta con la hoja de afeitar. Levanté la tela negra
de la cubierta, saqué el papel y ahí estaba, brillando como una joya, una señal
de Harrison Sinclair desde la tumba.
Era una llave pequeña, extraña, de bronce, con el número 322; la
llave de lo que según supuse, sería la explicación, la respuesta al misterio,
escondida en alguna bóveda bajo el Boulevard Raspail, en París.
54
A la mañana siguiente, caminamos con rapidez por la calle
Grenelle hacia el Boulevard Raspail y la Banque de Raspail.
—Van a asesinar a alguien en dos días, Ben —me dijo Molly—. ¡Dos
días! No sabemos quién es la víctima, lo único que sabemos es que a menos que
ese testigo testifique, nosotros estamos muertos.
Dos días. Yo lo sabía. Pensaba todo el tiempo en el reloj que
seguía su camino inexorable. Pero no le contesté. Un hombre mayor correctamente
vestido en un sobretodo azul caminó hacia nosotros con el cabello blanco bien
peinado, ojos castaños y anteojos rectangulares. Sonrió con amabilidad. Yo eché
una mirada a una vidriera con la palabra IMPRIMERIE, que mostraba una serie de
cartes de visite sobre una plancha de corcho. Vi el reflejo de una mujer en el
vidrio, no pude menos que admirar su figura, y después me di cuenta de que era
Molly. Justo en ese momento vi el reflejo de un pequeño Austin Mini Cooper rojo
y blanco que se movía lentamente detrás de los dos.
Me quedé quieto, inmóvil.
Había visto el mismo auto desde la ventana del hotel. ¿Cuántos
Austin Mini rojos con el techo blanco había en París?
—Mierda —dije, golpeándome la frente con la mano en un
movimiento teatral.
—¿Qué pasa?
—Me olvidé de algo. —Señalé a mis espaldas, sin volverme.
—Tenemos que volver al hotel, ¿te molesta mucho?
—¿Qué te olvidaste?
La tomé del brazo.
—Vamos.
Sacudí la cabeza, me di vuelta y caminé por la calle hacia el
hotel. En el Austin, al que eché una mirada rápida y furtiva, había un joven de
anteojos en un traje oscuro, que aceleró con rapidez y se perdió al fondo de la
calle.—¿Te olvidaste los documentos o algo? —preguntó Molly cuando yo puse la
llave en la cerradura. Me puse un dedo sobre los labios.
Ella me miró, preocupada.
Cerré la puerta y le puse llave. Luego tiré el maletín de cuero
sobre la mesa. Le saqué los documentos, luego lo llevé a la luz, y vacié cada
uno de los compartimientos, pasando los dedos por cada pliegue, revisándolo
bien.
Molly formó una palabra con los labios: ¿Qué?
Yo dije en voz alta:
—Nos siguen.
Ella me miró, con una pregunta en los labios.
—No te preocupes, Molly. Ahora sí puedes hablar.
—Claro que nos siguen —dijo ella, exasperada—. Nos siguen
desde...
—¿Desde cuándo?
Ella se detuvo, frunció el ceño.
—No sé.
—Piensa. ¿Desde cuándo?
—Por Dios, Ben, tú eres...
—El experto, sí. Lo sé. Y sí, es cierto. Había alguien
esperándome cuando llegué a Roma. Me siguieron en Roma, casi todo el tiempo.
Los perdí en Toscana, creo.
—En Zúrich...
—Exactamente. Nos siguieron hasta el Banco y después también. Es
probable que nos siguieran en Munich aunque es difícil de saber. Pero estoy
segurísimo de que no me siguieron anoche.
—¿Cómo lo sabes?
—Bueno, la verdad es que no puedo estar absolutamente seguro.
Pero fui muy pero muy cuidadoso y caminé un rato antes de encontrarme con el de
los documentos. Si hubo alguna indicación, no la vi, eso sí puedo decírtelo. Y
estoy entrenado para ver esas señales. No importa lo mucho que te hayas
dedicado a las patentes... ese entrenamiento no se olvida.
—¿Qué me quieres decir con todo esto?
—Que te siguieron a ti.
—Ey, ¿entonces se supone que la culpa es mía? Nos fuimos juntos
del aeropuerto, tomaste un taxi y lo hiciste dar veinte vueltas... dijiste que
estabas seguro de que no nos seguían. Y yo no salí del hotel.
—A ver, dame tu cartera.
Ella me la dio y yo dejé caer el contenido sobre la cama. Ella
me miraba, los ojos llenos de preocupación. Revisé todo con cuidado,
inspeccioné la cartera misma, el forro y también las suelas y los tacos de los
zapatos de los dos, aunque eso me parecía difícil porque nunca los habíamos
dejado. No.
Nada.
—Supongo que soy como tu gato negro —dijo ella.
—Más bien como una campanilla en el cuello de una oveja —dije,
distraído—. Ah.
—¿Qué pasa?
Me le acerqué y le saqué la cadena del cuello, pasándola sobre
su cabeza. Abrí la cajita de oro y miré adentro, el camafeo de marfil.
—Por Dios santo, Ben, ¿qué estás buscando? ¿Un micrófono o qué?
—Supuse que valía la pena mirar ahí también. —Empecé a
devolvérselo pero en la mitad del gesto, se me ocurrió otra cosa.
Lo abrí de nuevo y miré con cuidado la tapa misma.
—¿Qué dice la inscripción? —pregunté.
Ella cerró los ojos, tratando de recordar.
—Nada. La inscripción está atrás, afuera.
—Correcto —dije—. Y por eso fue tan fácil.
—¿Fácil?
Yo llevaba una herramienta de joyero en mi llavero. La tomé e
inserté el pequeñísimo destornillador en la tapa. Un disco de oro, del tamaño
de una moneda de veinticinco centavos y de muy poco espesor. Al costado le
colgaba un cablecito casi tan delgado como un cabello.
—No es un micrófono —dije—. Es un transmisor. Un artefacto en
miniatura con un alcance de unos diez o quince kilómetros. Emite una señal.
Molly me miraba con la boca abierta.
—Lo tenías puesto cuando la gente de Truslow te capturó en
Boston, ¿verdad?
Ella se tomó un rato para contestar.
—Sí...
—Y después, cuando te mandaron a Italia, ¿te lo devolvieron con
el resto de las cosas?
—Sí...
—Bueno, entonces se entiende por qué querían que estuvieras
conmigo. A pesar de todas las precauciones, siempre supieron dónde estábamos.
Por lo menos, mientras lo tuviste puesto...
—¿Y ahora también?
Yo le contesté despacio, porque no quería alarmarla más de lo
necesario.
—Sí, podría decirse que saben dónde estamos ahora.
55
La pequeña Banque de Raspail, elegante, hermosa como una joya en
el 128 del Boulevard Raspail en París, en el séptimo distrito, era un Banco
mercantil privado muy chico. Parecía, poseer una clientela exclusiva de
parisinos ricos, discretos, que deseaban un excelente servicio personal, y no
les parecía posible conseguirlo en los Bancos abiertos a las masas, que no se
bañan cuatro veces por día.
El interior era una propaganda de la exclusividad del lugar: no
había ni un cliente a la vista. Y en realidad, no se parecía a un Banco.
Alfombras pálidas de Aubusson cubrían el suelo; había sillas Biedermeier
reunidas en grupos contra las paredes, tapizadas en seda muy cara; bustos
frágiles de aspecto italiano y lámparas en forma de urna sobre mesas del mismo
estilo. Grabados arquitectónicos en marcos dorados colgaban en cuadrantes
precisos sobre las paredes, completando el efecto de elegancia, lujo y solidez.
Yo, por supuesto, no habría puesto mi dinero en un Banco que gastaba tanto en
decoración pero, claro, no soy francés.
Molly y yo sabíamos que operábamos bajo una terrible presión en
cuanto al tiempo. Quedaban dos días hasta el asesinato y todavía no sabíamos
quién era la futura víctima.
Y ahora ellos —ellos eran los agentes de Truslow y tal vez
también los agentes que trabajaban para Vogel y el consorcio alemán— ya sabían
dónde estábamos. Sabían que estábamos en París. Tal vez no supieran por qué,
tal vez no supieran nada de la nota críptica de Sinclair en cuanto a la Banque
de Raspail. pero sí sabían que estábamos en la ciudad por alguna razón.
Y aunque yo no me había permitido hablar del asunto con Molly,
sabía que había grandes posibilidades de que nos mataran.
Era cierto que por mi habilidad síquica, yo valía mucho para la
inteligencia estadounidense pero en ese momento, era, antes que nada, una
amenaza. Sabía lo que estaba haciendo la gente de Truslow en Alemania, o por lo
menos, parte de lo que hacían. No tenía pruebas documentales, ninguna prueba,
nada sólido: si quería sacarlo todo a la luz, digamos llamando a The New York
Times, nadie me creería. Pensarían que era un lunático de la peor clase. Pero
por una cuestión de seguridad, Molly y yo teníamos que morir. Ese era el único
camino lógico para la gente de Truslow.
Pero si lo conseguíamos... si determinábamos en menos de dos día
quién iba a morir en Washington, si impedíamos el asesinato, si lo
frustrábamos, si lo hacíamos público con testigo y todo, y dejábamos entrar la
luz del sol por las ventanas de la conspiración... entonces sí estaríamos a
salvo. Por lo menos, eso creía en ese entonces.
El reloj seguía marcando las horas.
¿Pero quién podía ser? ¿Quién era ese testigo sorpresa? ¿Un
ayudante de Orlov, un ruso, alguien que sabía la verdad? ¿O tal vez un amigo de
Hal Sinclair, alguien en quien Sinclair había confiado?
Incluso pensé brevemente en la posibilidad más extraordinaria de
todas. ¿Toby? Después de todo, ¿quién sabía tanto como él? ¿Era Toby el que
aparecería de pronto frente al Senado, y testificaría contra Truslow? ¿Era él
el que haría volar la conspiración por los aires?
Ridículo. ¿Por qué hacerlo?
Asustados, en tensión, casi sin capacidad para seguir pensando,
Molly y yo habíamos discutido en el Duc de Saint-Simon, hasta que finalmente se
nos ocurrió un plan razonable. Teníamos que dejar el hotel tan pronto como
fuera posible, en lo posible en menos de un minuto. Pero no podíamos dejar de
ir al Boulevard Raspail: teníamos que ver qué había dejado allí su padre. No
podíamos arriesgarnos a dejar de lado ninguna pieza del rompecabezas. Tal vez
no conseguiríamos nada; la caja podía estar vacía; tal vez no habría ninguna
caja a su nombre en el Banco. Pero teníamos que estar seguros. Siga el oro, me
había pedido Orlov al morir. Lo habíamos hecho. Y las huellas del oro llevaban
inexorablemente a ese banquito privado en París.
Así que, definimos los cursos de acción que nos quedaban,
empacamos nuestras cosas, le pedimos al botones que las enviara al Crillon, y
le dimos una buena propina por la discreción. Molly le explicó que estábamos
haciendo una investigación para un estadista extranjero, que era realmente
importante que no se supiera dónde estábamos, que por favor no dijera a nadie
adonde había mandado nuestro equipaje.
Lo del camafeo, en cambio, fue más complicado. Yo no tenía dudas
de que un transmisor como ese llevaría a nuestros perseguidores al Saint-Simon
en pocos segundos. Destruirlo era una solución, pero no la mejor. Siempre
conviene contarcon algo que los distraiga. Me llevé el collar conmigo y caminé
sin rumbo hacia el Boulevard Saint-Germain. En la Rué du Bac Metro hay un café
que casi siempre esta repleto. Entré, me deslicé hacia la barra y pedí un
demitasse. Vi junto a mí a una mujer madura de cabello color cobre aferrada a
una enorme cartera de cuero verde. Leía una copia reluciente de Vogue. Le metí
el collar en la cartera sin que se diera cuenta, terminé el café, dejé unos
francos sobre el mostrador y volví al hotel. Como los transmisores de ese tipo
envían la señal a lugares que están dentro de la línea de visión, nuestros
seguidores quedarían fuera de combate, por lo menos durante un tiempo: mientras
mi amiga lectora de Vogue siguiera circulando en medio de las multitudes de
París, no podrían determinar con seguridad la procedencia de la señal, no
sabrían desde dónde venía.
Habíamos dejado el hotel por separado y por diferentes puertas:
no hace falta dar detalles; basta con decir que era muy poco probable que nos
estuvieran siguiendo. Desde un punto de encuentro en el obelisco de la Place de
la Concorde, volvimos en taxi atravesando el Sena por el Pont de la Concorde
hacia el Boulevard Saint-Germain y lo seguimos hasta que se cruza con el
Raspail.
En el Banco, había unas cuantas mujeres jóvenes, serias,
exquisitamente vestidas, sentadas frente a mesas de caoba a buena distancia de
las puertas de vidrio y caoba que Molly y yo habíamos atravesado para entrar.
Un par de ellas levantó la vista con algo parecido a la rabia por la
interrupción. Todas estaban muy ocupadas. Irradiaban una actitud muy estudiada
con una pátina particularmente francesa. Un segundo después, un joven se
levantó de una de las mesas y se nos acercó, nervioso, como si hubiéramos entrado
a robar el Banco y tomar a todos como rehenes.
—Oui?
Se detuvo frente a nosotros, bloqueándonos el camino con un
gesto incómodo. Tenía puesto un traje de sarga cruzado de un corte muy
exagerado y anteojos perfectamente redondos del tipo que usaba el arquitecto Le
Corbusier (y después de él, generaciones de arquitectos estadounidenses con
ganas de mostrarse).
Dejé hablar a Molly: ella era la que tenía asuntos oficiales en
ese lugar. Ella se había puesto uno de sus trajes extraños pero muy elegantes,
algo en una especie de lino negro que hubiera sido igualmente apropiado para la
playa como para una cena en la Casa Blanca. Como siempre, nadie sabía hacerse
la excéntrica como ella. Empezó explicando la situación en su muy buen francés:
que era heredera legal de su padre; que como rutina, quería acceso a la caja de
seguridad. Yo los miré hablar como desde muy lejos y reflexioné sobre lo
extraño de la situación. Heredera de su padre. Ahí estábamos, rastreando las
cuentas de su padre que parecían incluir una vasta fortuna que no le
pertenecía.
Como esposo silencioso, los seguí a los dos alrededor del
vestíbulo hacia la mesa del banquero. Aunque ése era sólo el segundo Banco que
visitábamos desde el comienzo del drama que nos había arrastrado a los dos
desde mi adquisición de la monstruosidad telepática, me daba la sensación de
que en la última semana no habíamos hecho otra cosa que ir de Banco en Banco.
El ritual, los formularios, todo me parecía terriblemente familiar.
Y mientras estábamos allí sentados, descubrí que estaba
dejándome ir hacia ese descanso particular de mi cerebro que también empezaba a
serme familiar, ese extraño lugar en el que flotaban palabras y frases.
Pensamientos. Sabía algo de francés, es decir, mi francés era bastante
tolerable en una conversación y esperé los pensamientos del banquero...
Pero no llegó nada...
Durante un momento, me atravesó la vieja duda: ¿acaso el talento
peculiar que había adquirido tan inesperadamente se había desvanecido ahora del
mismo modo? No llegaba nada. Pensé en la tarde en que había caminado en Boston,
después de dejar la Corporación, asaltado por una increíble profusión de
pensamientos de otros, frases apuradas, furiosas, temblorosas, arrepentidas,
ecos que venían a mí sin que yo tuviera que concentrarme.
Y me pregunté si todo eso no se estaría desvaneciendo para
siempre.
—¿Ben? —oí decir a Molly de pronto.
-¿Sí?
Ella me miró, con curiosidad.
—Dice que podemos ir a ver la caja ahora, si queremos. Lo único
que tengo que hacer es llenar un formulario.
—Entonces hagámoslo —dije, sabiendo que ella estaba tratando de
adivinar mis intenciones. Si tuvieras el poder, Mol, no te haría falta
preguntarme, pensé.
El banquero sacó de un cajón un formulario de dos páginas
diseñado con un solo objetivo: la intimidación. Cuando ella lo llenó, él me
miró, se mordió los labios, después se levantó y consultó a un hombre mayor,
probablemente su superior. Unos minutos más tarde volvió y con un movimiento de
cabeza nos llevó a una habitación interior tapizada de compartimientos de
bronce que tenían desde diez centímetros de ancho a por lo menos el triple.
Insertó la llave en una de las cajas más pequeñas. Sacó la caja de frente de
bronce de su lugar y la llevó a una habitación pequeña y privada donde la
colocó sobre una mesa mientras nos explicaba que el sistema francés exigía que
las cajas se abrieran con dos llaves: una del cliente y la otra del banco. Con
una sonrisa cortante y un gesto de cabeza, nos dejó solos en la habitación.
—¿Qué esperas? —dije.
Molly meneó la cabeza, un gesto breve que expresaba mucho
—apreensión, alivio, dudas, frustración— e insertó la llavecita que había
escondido su padre en la cubierta de las memorias de Allen Dulles. Las ideas de
Harrison Sinclair, que en paz descanse, nunca dejaron de tener su lado irónico.
La placa de bronce del frente de la caja se abrió con un
ruidito. Molly metió la mano adentro.
Yo había dejado de respirar. La miraba con intensidad.
—¿Vacía? —le pregunté.
Después de unos momentos, meneó la cabeza.
Dejé escapar un suspiro.
Ella sacó un sobre gris largo, que medía tal vez veinte por
diez, de la oscuridad de la caja. Lo abrió, intrigada, y sacó el contenido: una
nota escrita a máquina, un pedazo de sobre amarillo y una fotografía en blanco
y negro, pequeña y brillante. Un momento después, la oí retener el aliento con
fuerza.
—Dios mío —dijo—. Dios...
56
Miré la fotografía que tanto había impresionado a mi esposa. Era
una foto absolutamente común sacada de un álbum familiar; nada más sencillo.
Década del 50, diez por diez, bordes indentados, hasta un pedacito de goma seca
en la parte de atrás. Un hombre flaco, atlético, joven, estaba de pie junto a
una belleza de cabello negro y ojos oscuros y frente a ellos, sonriendo como en
medio de una travesura, una nenita de unos tres o cuatro años, vestida de
hombre, ojos luminosos, cabello oscuro atado en dos colitas a los costados.
Los tres estaban sobre los escalones de madera de una gran casa
del mismo material, el tipo de casa de verano medio derruida pero cómoda que se
suele construir en los lagos Michigan y Superior o en el Poconos, el
Adirondacks, o cualquier lago rústico del país.
La nenita —Molly, de eso no había duda alguna— era una mancha
borrosa de hiperactividad, la imagen apenas capturada en el breve instante de
la apertura, en la sexagésima parte de un segundo o lo que fuera. Los padres
parecían orgullosos y cómodos: una imagen de familia tan típicamente
estadounidense que era casi kitsch.
—Me acuerdo de ese lugar —dijo Molly.
—¿Mmmm?
—Quiero decir, no me acuerdo demasiado, pero me acuerdo de haber
oído hablar de él. Era de mi abuela; en el Canadá, en alguna parte; la madre de
mi madre, quiero decir. Una casa en un lago.
Se quedó callada, mirando la foto, seguramente examinando los
detalles: una silla Adirondack en el porche, detrás de los tres personajes, con
una madera de menos en el respaldo; piedras grandes, desparejas, formando el
frente de la casa vieja; la chaqueta y el moñito de su padre; el vestido
floreado de la madre; la pelota de goma y el guante de béisbol apoyados en los
escalones.
—Qué extraño —dijo por fin—. Un recuerdo feliz. Y además, esa
casa ya no es nuestra. Por desgracia. Mis padres la vendieron cuando yo era
chica, creo Nunca volvimos, bueno, nunca no. Me acuerdo de un solo verano
Levanté el pedazo de sobre tenía una dirección o una parte de
una dirección escrita en una letra europea que parecía la huella de un pájaro
7, rué du Cygne, ler, 23 París, sin duda Pero ¿qué era ese lugar? ¿Y por qué
guardar el dato ahí, en una caja fuerte?
¿Por qué la fotografía? ¿Una señal, un mensaje para Molly de su
padre muerto, un mensaje desde (perdón por el cliché) la tumba?
Levanté la carta, compuesta en algún tipo de máquina de escribir
antigua, manual, llena de cruces y tipografías equivocadas y dirigida por
alguna razón a "Mi adorada Snoops"
Levanté la vista hacia Molly como para preguntarle qué era eso y
ella sonrió y explicó
—Snoops era un sobrenombre Así me llamaba él.
—¿Snoops?
—Por Snoopy, el perro Era el personaje que más me gustaba cuando
era chica
—Snoopy.
—Y también, también porque me gustaba abrir cajones, meterme en
lo que no era asunto mío, como a Snoopy. Lo hacen todos los chicos, pero si tu
padre es un jefe de estación de la CIA en el Cairo o un director de
Planificación, o fuera lo que fuera, los retos por ese tipo de travesura son
muy serios. La curiosidad mató al gato y todo eso Así que me llamaba Snoopy y
después, Snoops.
—Snoops —dije, probando, como en una travesura.
—Ni se te ocurra, Ellison ¿Me oyes? No te atrevas, carajo.
Yo me volví hacia la carta, mal escrita sobre un papel de Upo
Crane, muy granuloso, bajo el encabezado de Harrison Sinclair Leí:
A MI AMADA SNOOPS
Si estás leyendo esto y por supuesto que estás leyéndolo porque
si tú no lo lees, nadie lo leerá jamás, primero quiero expresarte, por milésima
vez, mi admiración Eres una doctora maravillosa, pero también habrías sido una
espía de primera clase si no hubieras sentido tanto desprecio por mi profesión
No lo digo con rabia en cierto sentido, tenías razón en despreciar al negocio
de la inteligencia Hay mucho de objetable en ella. Sólo espero que algún día
aprecies lo que tiene de noble, y no por un sentido de deber filial o por
culpa. Cuando el cáncer de tu madre progresó hasta que fue evidente que ya no
viviría más de unas semanas, se sentó en la habitación del hospital —no conozco
a nadie más valiente queella— y me dijo, mientras levantaba el dedo índice, que
nunca interfiriera en la forma en que tu quisieras llevar tu vida. Dijo que tu
nunca seguirías los moldes convencionales de vida pero que al final, terminaras
donde terminases, nadie tendría la cabeza mas fría y tranquila que tu en los
peores momentos, mayor comprensión de la realidad, mejor perspectiva. Te llamó
"mi querida Martha" Asi que espero que entiendas lo que voy a
decirte.
Por razones que pronto comprenderás, no hay ningún registro de
esta caja en mis papeles, en mi testamento ni en ningún otro lugar. Si
encontraste esta nota, eso significa que también encontraste la llave que deje
(a veces los métodos mas simples y más antiguos son los mejores) y también que
entraste en la bóveda de Zúrich, y significa que ya viste el oro. Supongo que
quieres alguna explicación.
Nunca me gustaron las cacerías y persecuciones, así que por
favor, créeme cuando te digo que mi intención no fue hacerte las cosas mas
difíciles, sino hacérselas mas difíciles a otra persona. Nadie es a prueba de
tontos en este juego, pero si llegaste hasta aquí, estoy seguro de que
entiendes por que lo hice fue para protegerte.
Estoy escribiendo esto unas horas después de un encuentro
agotador con Vladimir Orlov en Zurich. Si reconoces el nombre, sabrás que fue
el último jefe de la KGB. Hice un arreglo con él, un arreglo que tengo que
explicarte. También me enteré de ciertas cosas a través de él y también tienes
que saberlas.
Porque van a matarme. Pronto. Estoy seguro. Para cuando leas
esto, tal vez esté muerto (aunque tal vez no) y quiero que sepas por que.
Como sabes mejor que nadie, Snoops, el dinero nunca me atrajo,
no necesito más del que se necesita para comer y tener un refugio para dormir.
Así que espero que cuando te digan que me corrompí, que estafé, y demás
mentiras que van a decirte, estés segura de la verdad Y no creas nada.
Pero lo que tal vez no sepas es que he recibido vanas amenazas
de muerte, algunas de ellas vacías de contenido y otras muy serias. Empezaron
(no fue una sorpresa) poco después de que me designaran Director Geneial de la
CIA, cuando decidí limpiar la casa, y lancé mi cruzada para mejorar la Agencia.
Yo amaba ese lugar, Molly, creía en él. Ben, estoy seguro de que tú lo
entiendes mejor porque estuviste adentro.
Algo terrible está pasando en las entrañas de la CIA. Hay un
grupito que durante años abusó de las informaciones a las que tenían acceso,
para amasar grandes sumas de dinero. Desde mi primer día como director, decidí
desenmascararlos. Tenía mis teorías, pero necesitaba pruebas.
La atmósfera en Langley era como la de un grupito de maderas
secas, listo para arder a la primera chispa que encendiera un comité de
investigación del Senado o un periodista de The New York Times. Había mucha
charla abierta en los pasillos Se hablaba de quitarme del medio. Algunos de los
viejos me odiaban más de lo que habían odiado a Bill Colby. Sé que varios de
los muy bien colocados, los poderosos más influyentes de Washington, fueron a
ver al Presidente para pedirle que me reemplazara cuanto antes.
Y había rumores de corrupción a una escala alarmante. Yo había
oído hablar de un grupito de funcionarios presentes y pasados conocidos como
los Sabios, que se encontraban para planificar y charlar en condiciones de
extremo secreto Esos Sabios estaban involucrados en estafas masivas, decían. Se
creía que usaban informes de inteligencia reunidos por la Agencia para hacer
mucho pero mucho dinero Pero nadie sabía quiénes eran. Aparentemente eran tan
influyentes y tenían contactos tan importantes que habían podido eludir la
detección durante mucho tiempo.
Y después, un día, recibí un contacto directo a través de un
empresario europeo, finlandés, para mas datos, que decía representar a un
"ex líder mundial" que tenía "información" que tal vez
pudiera interesarme.
Las negociaciones comenzaron mucho antes de que yo supiera que
la persona a la que él representaba era el último jefe de la KGB soviética,
Orlov, nada menos, que vivía en una pequeña dacha fuera de Moscú y quería
exiliarse de la Unión Soviética.
Orlov, me dijo el intermediario, tenía una propuesta muy
interesante para mí.
Necesitaba mi ayuda para salvar el oro de Rusia de las garras de
los de la línea dura que cualquier día, según creía él, sacarían del poder a
Yeltsin. Si yo lo ayudaba a sacar una cantidad de oro del país, ¡diez mil
millones, nada menos!, él me daría un archivo muy valioso sobre ciertos
elementos corruptos de la CIA.
Según el intermediario, Orlov tenía en su posesión un archivo
que documentaba en extraordinario detalle la corrupción masiva dentro de la
CIA. Se hablaba de vastas sumas de dinero amasadas por un pequeño grupo de
gente que había conseguido ganancias fenomenales usando información de
espionaje. El tenía los nombres, las localizaciones, las sumas, los registros.
Todas las pruebas. Yo, por supuesto, acepté el trato. Hubiera aceptado de todos
modos ya sabes lo mucho que quería que Rusia no volviera a la dictadura. Pero
la verdad es que con esa oferta la negociación era irresistible.
Orlov apareció en Zúrich sin ese archivo se lo habían sacado de
las manos, cosa que me puso realmente nervioso. Al principio, supuse que se
trataba de una maniobra de chantaje, pero pronto deduje que él realmente era
una víctima en el asunto. Y como había llegado hasta allí, decidí seguir
adelante y completar el trato.
Pero necesitaba ayuda para semejante transacción ayuda de
alguien de afuera de la Agencia Alguien que no estuviera en contacto con la
corrupción Eso era imperativo, sobre todo por la suma de dinero involucrada
Ademas, era necesario que los arreglos financieros no figuraran en los libros
Así que elegí al único hombre honesto de la Agencia que ahora
estaba afuera, un hombre cuya integridad personal estaba más allá de cualquier
reproche o sospecha Alexander Truslow. Fue el error más grande de mi vida.
Convertí a Truslow en el otro dueño de la cuenta del Banco de
Zúrich en la que puse la mitad del oro. El contrato decía que ninguno de los
dos podía mover el oro sin el consentimiento del otro. Y que el oro sólo podía
moverse cuando la cuenta estaba activada, mecanismo que se disparaba cuando
cualquiera de los dos pedia acceso a la cuenta Si alguna vez surgía un
problema, supuse, los dos estaríamos cubiertos de toda sospecha y de toda culpa
No se me podía acusar de latrocinio a escala mundial.
La otra mitad la llevamos en un contenedor, por barco, a través
de Newfoundland, con la compañía St Lawrence Seaway hasta el Canadá. O más
bien, debo decir que el que la llevó fue Truslow.
Pero ahora hay algo que me asusta muchísimo. Temo por mi vida.
Como ya sabes, Ben, tenemos gente en Langley que tiene toda la habilidad
necesaria para hacer que un asesinato parezca muerte natural.
Así que no creo que me quede mucho tiempo en este mundo.
Sólo hace muy poco supe que Wilhelm Vogel, candidato a canciller
en Alemania, está controlado por un cartel alemán terriblemente poderoso.
Aparentemente quieren volver a armar a Alemania con intención de controlar no
sólo ese país sino también a toda Europa unificada, a través del gobierno
alemán unido.
Sus socios son este grupo de la CIA. El arreglo, me dicen, tiene
que ver con una repartija pacífica de lo que quede. El elemento de la CIA
controlará la Agencia a través de frentes dedistinto tipo y, a través de ella,
la economía del Hemisferio Occidental. El cartel alemán controlará Europa.
Todos serán enorme, increíblemente ricos. Es un nuevo neofascismo corporativo
que piensa tomar el control de los hilos de gobierno durante esta época frágil
e incierta que nos toca vivir. El líder de los estadounidenses es Alexander
Truslow.
Y yo no puedo hacer nada al respecto.
Pero pronto habrá una forma de detenerlos, según creo. Hay
documentos que revelar. Tienen que salir a la luz.
Si me matan, deben encontrar esos documentos.
Para eso, les dejo a cada uno de ustedes un regalo.
Les dejo muy poco en bienes y eso no me gusta. Pero ahora quiero
hacerles un regalo, un regalo de conocimiento, de información que, después de todo,
es la más valiosa de las posesiones que un ser humano pueda tener.
Para ti, Snoopy, un recuerdo de una época muy feliz en tu vida,
en la mía, en la de tu madre. Las verdaderas riquezas, como ya sabrás, están en
la familia. Esta fotografía, creo que nunca la viste, siempre me hace recordar
un verano muy hermoso que pasamos los tres.
Tenías cuatro años, así que estoy seguro de que no te acuerdas
mucho, si es que recuerdas algo. Pero yo, que en esos días era tan adicto al
trabajo como fui siempre, me vi obligado a tomarme un mes de vacaciones después
de la operación de urgencia por la apendicitis. Tal vez mi cuerpo me estaba
diciendo que tenía que pasar más tiempo con mi familia de vez en cuando.
A ti te encantó eso, atrapabas ranas en la laguna, aprendiste a
pescar, jugabas al softball... Estabas siempre en movimiento y nunca te vi tan
feliz. Siempre me pareció que Tolstoi se equivocaba muchísimo cuando escribió
al comienzo de Ana Karenina que todas las familias felices se parecen. Cada
familia, sea feliz o infeliz (y nuestra familia fue las dos cosas), es tan
única como un copo de nieve. Creo que puedo permitirme ser sentimental y
lloroso una vez en mi vida, mi amada Snoopy.
Y en cuanto a ti, Ben, te doy la dirección de una pareja que tal
vez esté viva (tal vez no) cuando leas esto. Espero con toda el alma que por lo
menos uno de ellos haya sobrevivido para contarte una historia muy importante.
Lleva esto contigo: te servirá como pase de entrada, una especie de contraseña.
Creo que lo que tienen que decirte te aliviará del peso terrible
que has estado llevando desde hace tantos años.
Tú no fuiste responsable de la muerte de tu primera esposa, Ben,
en ningún sentido. Y esta pareja te lo confirmará. Ojalá hubiera podido
compartir esto contigo cuando estaba vivo. Por varias razones, no podía.
Pronto lo comprenderás. Alguien —creo que fue La Rochefoucauld o
uno de esos aforistas franceses del siglo XVII— lo dijo con mejores palabras:
"Rara vez podemos perdonar a quienes nos han ayudado".
Y una última referencia literaria, una cita de
"Generación" de Elliot: "Después de semejante conocimiento, ¿qué
perdón?".
Con todo mi amor,
Papá.
57
Las lágrimas corrían por las mejillas de Molly. Se mordía los
labios. Parpadeó una vez y miró la nota, después levantó la vista hacia mí. Yo
no sabía por dónde empezar, qué preguntarle. Así que la rodeé entre mis brazos,
la apreté con fuerza, un gesto largo, y no dije nada por un rato. Sentí que le
temblaban las costillas en medio de sus sollozos callados. Después de un minuto
o dos, respiró mejor y se separó de mí. Le brillaban los ojos y durante un
instante la suya era la misma mirada que tenía la nena de cuatro años en la
fotografía.
—¿Por qué? —dijo, por fin.
—¿Por qué... qué?
Sus ojos buscaron los míos, los exploraron, pero seguía en
silencio, como tratando de decidir por sí misma lo que había querido decir
realmente.
—La fotografía —dijo.
—Un mensaje. ¿Qué otra cosa podría ser?
—No crees... ¿no crees que podría ser un regalo simple, directo,
un regalo del corazón?
—Tú dímelo, Molly. ¿Te parece que él era así?
Ella suspiró, meneó la cabeza
—Papi era maravilloso, pero nadie habría podido decir que era
directo. Creo que fue su amigo James Jesús Angleton el que le enseñó a ser
críptico.
—De acuerdo. ¿Dónde estaba la casa de tu abuela en el Canadá?
Ella meneó la cabeza.
—Dios, Ben, yo tenía cuatro, cuatro años. Pasamos una semana
ahí. Casi no me acuerdo nada.
—Piensa —insistí.
—No puedo, ¡no puedo! Quiero decir, ¿en qué puedo pensar? No sé
dónde era. En algún lugar del Canadá, probablemente en Quebec. ¡Dios!
Le puse las manos a los dos lados de la cara, le mantuve quieta
la cabeza, la miré directamente a los ojos.
—¿Qué quieres...? Basta, Ben.—Por lo menos, trata...
—Tratar... ¡Ey, un momento! Habíamos hecho un trato, ¿te
acuerdas? Me aseguraste... me prometiste que no ibas a tratar de leer mis
pensamientos.
... trem... trembl... tembla?
Era un fragmento, una palabra o un sonido. Lo escuché de pronto.
—¿Temblar?
Ella me miró.
—No, no estoy temblando. —No entendía. —¿Qué quieres...?
—Trembl, trembla...
-¿Qué...?
—¡Concéntrate! Trembl, trembla...
—¿De qué hablas?
—No lo sé —dije—. Buenos, sí. Te oí, te oí pensar...
Ella me miró, un poco desafiante, un poco sorprendida. Después,
un momento apenas, dijo:
—Realmente no tengo idea...
—Trata. Piensa, Molly. Temblar. ¿Trembley? El Canadá. Tu abuela.
¿Trembley, o algo así? ¿Cuál era el nombre de tu abuela?
Ella meneó la cabeza.
—No. Abuela Hale, le decíamos. Ellen Hale. El abuelo se llamaba
Frederick. Nadie se llamaba Trembley en la familia.
Suspiré.
—De acuerdo. Trem. Canadá...
...tromblon...
—Hay algo más —dije—. Estás pensando... o tal vez vocalizando,
no sé, algo, un pensamiento, un nombre, algo que tu mente consciente no
entiende todavía.
-¿Qué...?
Yo estaba impaciente y la interrumpí:
—¿Qué es "tromblon"?
—¿Qué...? Ah, Dios... Tremblant. Lac Tremblant...
-¿Qué?
—La casa estaba en un lago en Quebec. Ahora me acuerdo. Lac
Tremblant. A los pies del monte Tremblant, una montaña hermosa. La casa estaba
en Lac Tremblant. ¿Cómo lo supiste?
—Tú te acordabas. No lo suficiente para ponerlo en palabras,
para decirlo, pero estaba ahí, en tu cerebro. Probablemente oíste el nombre una
docena de veces cuando eras chica y lo guardaste en tu cabeza.
—¿Y crees que es importante?
—Creo que es crucial. Crucial. Creo que es la razón por la que
tu padre te dejó la fotografía, una foto que ninguna otra persona puede
reconocer Un lugar que seguramente no está en ningún archivo. Así, si alguien
llegaba a la caja como sea, no hubiera sido más que un callejón sin salida. Lo
único que hubieran podido hacer es una identificación de la gente de la foto,
nada más, nada en absoluto.
—Yo tampoco hice mucho más.
—Supongo que él contaba contigo para rastrear el lugar, para
ponerlo otra vez en tu memoria. El mensaje era para ti. Tu padre lo dejó para
que lo encontraras.
__Y.......
—Y fueras allá..........
—¿Crees que que es ahí donde están los documentos?
—No me sorprendería —Me puse de pie, me arreglé el pantalón y la
chaqueta
—¿Qué estás haciendo?
—No quiero perder ni un minuto
—¿Adonde7 ¿Adonde vamos?
—Tú te quedas aquí —dije, mirando la sahta
—¿Crees que aquí estoy a salvo?
—Dile al gerente del banco que usaremos la habitación el resto
del día Nadie debe entrar Si tenemos que pagar un adicional, no hay problema
Una sala en la bóveda de un banco , no vamos a conseguir un lugar más seguro,
por lo menos no ahora —Me volví para irme.
—¿Adonde vas? —me llamó Molly
En lugar de contestarle, le mostré la dirección del sobre.
—Espera. Necesito un teléfono, un teléfono y un fax.
—¿Para qué?
—Tú consigúemelos, Ben.
La miré sorprendido, asentí, y salí de la habitación.
Rué du Cygne, la calle del cisne, era una callecita silenciosa a
unas cuadras del Marché des Innocents, el gran mercado central de París, el
lugar que Emile Zola llamó le ventre de París, el vientre de París. Después de
que el viejo barrio desapareció a fines de la década del 60, crecieron una
serie de estructuras pantagruélicas y modernosas y feas, incluyendo Le Forum
des Halles, galerías y restaurantes y la mayor estación de subtes del mundo
entero
El número 7 era un edificio de departamentos viejo, de fines del
siglo pasado, oscuro y cuadrado y húmedo adentro La puerta del departamento 23
era de una madera gruesa pero agrietada que hacía mucho había estado pintada y
ahora era gris.
Mucho antes de llegar al segundo piso, oí el ladrido amenazador
de un perro grande desde adentro del departamento Me acerque y golpeé.
Después de mucho rato, mientras el ladrido se hacia mas
histérico e insistente, oí pasos lentos, el caminar de un viejo o una vieja, y
luego un crujido de cadenas de metal, seguramente de alguien sacándole la
cadena a la puerta.
Luego, la puerta se abrió de golpe.
Durante un instante, la fracción de un segundo apenas, fue como
estar dentro de una película de terror: los pasos, el ruido de las cadenas, y
luego la cara de la criatura que ahora estaba de pie en las sombras junto a la
puerta abierta.
Era una mujer. Las ropas eran las de una vieja, y ella estaba
encorvada, tenia cabello largo, plateado, y anudado en un moño. Pero la cara
era casi increíblemente horrenda, una masa de grietas y valles y granos que
rodeaban un par de ojos amables y una boca torcida, pequeña y deforme.
Me quede de pie, impresionado, en silencio. Aunque hubiera
querido hablar, no sabia un solo nombre, nada mas que una dirección. Me acerque
y sin decir una palabra le mostré el pedazo amarillo de sobre En el fondo,
desde las profundidades del departamento, el perro gimió y se movió con furia.
Ella tampoco dijo nada, lo miro, se volvió y se alejo por el
pasillo.
Unos segundos después, vino un hombre a la puerta Un hombre de
alrededor de setenta años Alguna vez había sido fuerte, tal vez hasta robusto,
eso era evidente, y el cabello gris había sido negro como ala de cuervo Ahora
era frágil y caminaba rengueando, la larga cicatriz en un lado de la cara, en
la linea de la mandíbula, que antes había sido de un rojo feo e inflamado, se
había convertido ahora en una raya blanca, pálida. Los quince años
transcurridos lo habían envejecido terriblemente.
Ahí estaba, frente a mi, el hombre cuya cara y figura yo no
olvidaría nunca. El hombre cuya cara y figura había visto una y otra vez, noche
tras noche.
El hombre que había visto salir renguenado por la calle Jacob
quince años atrás.
—Asi que —dije con mas calma de la que hubiera creído posible—,
asi que usted es el hombre que mato a mi esposa.
58
No me acordaba de haberle visto los ojos, que eran de un gris
azulado y acuático, ojos vulnerables que no parecían los de un especialista en
"trabajos sucios" de la KGB, los del hombre que había despachado a mi
hermosa y joven esposa disparándole un tiro al corazón sin pensarlo ni dos
veces.
Me acordaba solamente de la cicatriz delgada y roja en la
mandíbula, de la cabellera negra y furiosa, de la camisa cazadora, de la
renguera.
Un futuro desertor, un empleado de la KGB en la estación de
París, que se identificó como "Victor", tiene información para
vender, información que según dice ha descubierto en los archivos en Moscú.
Algo que tiene que ver con el criptónimo
URRACA.
Quiere desertar. Y lo que pide a cambio es protección,
seguridad, comodidad, lo que se supone que los estadounidenses dan a los espías
desertores. Los Estados Unidos son algo así como el Papá Noel de la
inteligencia.
Hablamos. Nos encontramos en el Faubourg-St. Honoré. Nos
volvimos a encontrar en un departamento que servía de refugio. Me promete un
terremoto, un material increíble de un archivo sobre URRACA. Toby está muy,
pero muy interesado en URRACA.
Arreglamos para vernos en mi departamento de la calle Jacob. Es
seguro porque Laura no está. Llego tarde. Un hombre de melena negra en camisa
escocesa se aleja, rengueando, cuando llego. Huelo el olor de la sangre, agudo
y metálico, tibio y ácido, un olor que me descompone, que me grita más y más
fuerte a medida que subo las escaleras.
¿Esa es Laura? ¿Es ella? No, no es posible, claro que no, no ese
cuerpo retorcido, ese camisón blanco, esa mancha grande, roja, muy roja. No es
real, no puede ser. Laura no está en París, está en Giverny, ésta no es ella,
se parece sí, pero no es...
Estoy volviéndome loco.
Y Toby. Esa especie de forma humana sobre el suelo del
vestíbulo. Toby, casi muerto, paralizado de por vida.Yo hice esto.
Yo les hice esto. A mi mentor y amigo. A mi adorada esposa.
"Victor" examinó el pedazo de sobre y después levantó
la vista. Los ojos gris azulados me miraron con una expresión que yo no pude
definir del todo: ¿miedo?, ¿indiferencia? Podría haber sido cualquier cosa.
Después, me dijo:
—Por favor, pase.
Los dos, "Victor" y la mujer deforme, se sentaron uno
junto al otro sobre un sillón angosto. Yo estaba de pie, enrojecido de rabia,
con la pistola en la mano. Había un gran televisor color encendido, el volumen
mudo, donde se desarrollaba una vieja comedia estadounidense que no reconocí.
El hombre habló primero. En ruso.
—Yo no maté a su esposa —dijo.
La mujer —¿su esposa?— estaba sentada con las manos temblorosas
sobre la falda. Yo no podía ni mirarla.
—Su nombre —dije, también en ruso.
—Vadim Berzin —replicó el hombre—. Ella es Vera. Vera Ivanovna
Berzina. —Inclinó la cabeza hacia ella.
—Usted es "Victor" —dije.
—Lo era. Durante unos pocos días, me hice llamar así.
—¿Y quién es en realidad?
—Usted sabe quién soy.
¿Lo sabía? ¿Qué sabía yo de ese hombre en verdad?
— ¿Me esperaba usted? —pregunté.
Vera cerró los ojos, o mejor dicho, los hizo desaparecer dentro
de las montañas de carne de su rostro. Yo había visto una cara así antes, me di
cuenta, pero sólo en fotos o películas. El Hombre Elefante, esa poderosa
película basada en la historia verdadera del famoso Hombre Elefante, el inglés
John Merrick, terriblemente desfigurado por la neurofibromatosis, la enfermedad
de von Recklinghausen. que puede causar tumores de piel y deformidades. ¿Era
eso lo que tenía esa mujer?
—Sí —dijo el hombre, asintiendo.
—¿Y no tuvo miedo de dejarme entrar?
—Yo no maté a su esposa.
—No creo que se sorprenda si le digo que no le creo.
—No —dijo él, sonriendo con dolor—. No me sorprende. —Hizo una
pausa y después dijo: —Puede matarme, o a los dos, eso es fácil. Puede matarnos
ahora mismo si quiere. Pero, ¿por qué? ¿No prefiere escuchar lo que tengo que
decirle?—Estamos viviendo aquí desde la desaparición de la Unión Soviética
—dijo—. Compramos la entrada, como tantos otros camaradas de la KGB.
—¿Le pagaron al gobierno ruso?
—No, le pagamos a su CIA.
—¿Con qué? ¿Dólares ahorrados o qué?
—Ah, vamos. No importa cuántos dólares hubiéramos logrado reunir
en esos años, no hubieran sido nada para la poderosa y rica Agencia Central de
Inteligencia de los Estados Unidos. No necesitan nuestros viejos billetes de
dólar. No, compramos la entrada con la misma moneda que otros agentes de la
KGB...
—Ah, claro —dije—. Información, inteligencia robada de los
archivos de la KGB. Como los demás. Me sorprende que tuviera compradores
después de lo que hizo.
—Ah, sí —dijo Berzin, en tono sardónico—. Traté de atrapar a un
joven funcionario de la CIA con el cual la KGB tenía una cuenta pendiente, ¿eh?
Una historia sacada de un libro de texto... —No le contesté así que siguió
adelante. —Yo aparezco pero el joven funcionario no está. Y por lo tanto...
como la venganza no es selectiva, mato a su esposa y de paso hiero a otro
hombre de la CIA. ¿Le parece correcta mi versión?
—Aproximadamente, sí.
—Ah, sí, sí, un buen cuento de hadas.
Yo había bajado la pistola mientras él hablaba, pero ahora la
levanté de nuevo, lentamente. Creo que pocas cosas evocan la verdad tanto como
una pistola cargada en manos de alguien que sabe cómo usarla.
Por primera vez oí la voz de la mujer. En realidad, no hablaba.
Gritó en una clara voz de contralto:
—¡Déjelo hablar!
Yo la miré con rapidez, luego volví la vista hacia su esposo. No
parecía asustado, al contrario: tenía una mirada casi divertida, como
entretenida por la situación. Pero luego, su expresión se puso grave de pronto.
—La verdad es ésta —dijo—. Cuando llegué a su departamento, me
abrió la puerta el hombre mayor, Thompson. Pero yo no sabía quién era.
—Eso es imposible...
—No. Yo nunca lo había visto y usted no me había dicho quién
vendría. Por razones de seguridad, compartimentación de la información,
supongo. Me dijo que tenía que verme, que quería empezar el interrogatorio
inmediatamente. Estuve de acuerdo. Le dije lo del documento sobre URRACA.—¿Y
ese documento es...?
—Una fuente en inteligencia estadounidense.
—¿Un topo soviético?
—No del todo. Una fuente. Uno de nosotros.
—¿Y el nombre en código es URRACA? —Usé la palabra rusa soroka
que designa a ese pájaro.
—Sí.
—Entonces era un nombre en código de la KGB. —Había una larga
lista de nombres en código de la KGB que coincidían con pájaros, y eran mucho
más coloridos que nada que hubiéramos inventado nosotros.
—Sí, pero no un topo, no estrictamente. No un agente de
penetración, más bien un agente que habíamos conseguido dar vuelta, poner de
nuestro lado lo suficiente como para que nos fuera de utilidad.
—¿Y URRACA era...?
—URRACA, eso lo supimos después, era James Tobías Thompson.
Ciertamente yo no tenía ni idea de que estaba dirigiéndome a la fuente en
cuestión porque no conocía el nombre real: los archivos de la KGB están
demasiado compartimentalizados. Y ahí estaba, hablando de un archivo que quería
vender sobre una delicada operación soviética nada menos que con el agente
sobre el que hablaba ese archivo, y él escuchaba con gran interés mientras yo
trataba de venderle información que haría volar en pedazos su trabajo como
doble agente.
—Dios —dije—. Toby.
—De pronto, se puso violento, este Thompson. Se arrojó sobre mí,
me apuntó con una pistola, una con silenciador, y me exigió el documento.
Bueno, yo no era tan estúpido y no lo había llevado, no antes de que hubiéramos
hecho un trato. El me amenazó y le dije que no lo tenía conmigo. Y estaba a
punto de matarme cuando de pronto nos dimos vuelta y vemos entrar a una mujer
en la habitación. Una mujer hermosa en un camisón blanco... toda de blanco.
—Sí, Laura.
—Ella lo había oído todo. Lo que yo había dicho, lo que había
dicho Thompson. Nos dijo que estaba dormida en la otra habitación, enferma, y
que el ruido la había despertado. Después, todo es confuso. Yo aproveché la
interrupción para ponerme de pie y tratar de escapar. Corrí, saqué mi revólver
para protegerme pero antes de que pudiera sacarle el seguro, sentí que me
estallaba la pierna. Thompson me había disparado, pero no me había matado, se
le había desviado la puntería en el apuro y para entonces yo ya tenía el
revólver afuera y le disparé en defensa propia. Y luego, salté hacia el
vestíbulo,bajé un piso y me escapé.
Yo sentía que lo único que deseaba era hundirme en el suelo,
taparme los ojos, buscar refugio en el sueño, pero necesitaba toda mi voluntad.
En lugar de dejarme ir a la nada, me dejé caer en un gran sillón, volví a poner
el seguro en su lugar y seguí escuchando en silencio.
—Y mientras corría por las escaleras —siguió diciendo Berzin—,
oí otro disparo, y supe que Thompson se había matado o había matado a la mujer.
Los ojos de la muje.r desfigurada estaban cerrados desde hacía
mucho. Hubo un largo, largo silencio. Oí el lejano rugido del tránsito, un
camión, la risa de unos chicos.
Por fin, conseguí hablar.
—Una historia plausible —dije.
—Plausible —dijo Berzin—. Y real.
—Pero usted no tiene pruebas...
—¿No? ¿Examinó usted el cuerpo de su esposa?
No contesté. Ni siquiera había podido mirarla.
—Ah, claro —dijo Berzin, con amabilidad—. Entiendo. Pero si
alguien con algo de experiencia en balística hubiera mirado las heridas, habría
descubierto que el disparo había salido de un revólver perteneciente a James
Tobias Thompson.
—Eso es fácil decirlo —dije—. Ahora sobre todo, cuando el cuerpo
ha estado enterrado durante quince años.
—Tiene que haber registros, informes.
—Seguramente los hubo. —No seguí desarrollando la idea, pero la
verdad era que yo no había tenido acceso a ellos.
—Entonces tengo algo que va a serle útil, y si me deja ir a
buscarlo, eso saldará mi deuda con Harrison Sinclair. Su suegro, ¿verdad?
—¿Él fue el que lo sacó de Moscú?
—¿Qué otro hubiera tenido suficiente influencia?
—Pero, ¿por qué?
—Probablemente para que algún día pudiera contarle a usted esta
historia. Está encima del televisor.
—¿Qué?
—Lo que quiero mostrarle. Darle. Ahí, sobre el televisor.
Volví la cabeza para mirar el televisor, que ahora había
empezado a pasar MASH. Sobre la consola de madera había varias cosas: un busto
de Lenin como el que se solía comprar en Moscú hace tiempo; un plato laqueado
que parecía funcionar como cenicero; una pequeña colección de versos en ruso,
publicada por los soviéticos y firmada por Aleksandr Blok y Anna Akhmatova.
—Está dentro del Lenin —dijo él con una mueca—. El tío
Lenin.—Quédese ahí —dije, caminé hasta el televisor y levanté la pequeña cabeza
de hierro hueco. La di vuelta. Había una etiqueta en la base. Decía BERIOZKA
4.31, es decir que la habían comprado en uno de los viejos negocios soviéticos
para turistas por cuatro rublos y treinta y un copecs, una buena cantidad de
dinero en sus tiempos.
—Adentro —dijo él.
Sacudí el busto y algo cambió de lugar dentro de él. Saqué una
pelota de lo que parecía ser papel para borrador y luego salió algo pequeño y
oblongo. Lo tomé entre las manos y lo miré.
Un microcasete.
Miré a Berzin como haciéndole una pregunta. El perro (que yo
suponía atado en otra habitación) empezó a gemir a lo lejos.
—Su prueba —dijo él, como si eso explicara todo.
Cuando no le contesté, agregó:
—Yo llevaba un micrófono.
—¿En la calle Jacob?
Él asintió, satisfecho.
—Una cinta hecha en París hace quince años me compró la
libertad.
—¿Y por qué mierda llevaba usted un micrófono? —Se me ocurría
una razón, pero no tenía sentido. —No estaba desertando, ¿eh? Seguía trabajando
para la KGB, ¿no? ¿Plantando información falsa?
—¡No! ¡Era para protegerme!
—¿Protegerse? ¿Contra quién? ¿Contra la gente que iba a ayudarlo
a desertar? ¡Eso es ridículo!
—No... escuche... Era un micrograbador que me habían dado los de
Lubyanka para "provocaciones", trampas, todo eso. Pero esa vez lo usé
para protegerme. Para grabar las promesas, las seguridades, hasta las amenazas.
Si no lo hacía, y después había un problema con todo eso, sería mi palabra
contra la de ellos. Y yo sabía que si tenía un grabador, eso me ayudaría. ¿Qué
más podía hacer? —Tomó la mano de su esposa, que estaba algo desfigurada pero
no tanto como su cara. —Eso es para usted. Una grabación de mi encuentro con
James Tobías Thompson. La prueba que usted quería.
Atónito, me acerqué a los dos, puse una silla muy cerca y me
senté. No fue fácil con la mente en turbulencia, la cabeza en un remolino como
la tenía en ese momento, pero incliné la cabeza y me concentré, hasta que me
pareció que estaba oyendo algo, una sílaba ahí, otra allá, y después estuve
seguro. Oía, sí. Había enfocado sus pensamientos desesperados, ansiosos, que
casi me gritaban. Muy despacio, metódicamente, dije en ruso:
—Es muy importante para mí que usted me esté diciendo la verdad
sobre esto... sobre mi esposa, sobre Thompson, sobre todo.
—Claro que estoy diciéndole la verdad —dijo él.
No le contesté. Escuché. La quietud de la habitación sólo se
quebraba con los aullidos del perro pero luego algo entró en mi conciencia, con
fuerza, claro:
¡Claro que digo la verdad!
Pero, ¿la decía? ¿Estaba pensando eso? ¿O estaba a punto de
decirlo?... dos cosas muy diferentes por cierto. ¿Qué me había hecho creer que
yo podía estar seguro de la verdad de otros?
Aferrado a la incertidumbre de ese momento, no estaba listo para
lo que sucedió después.
Una voz de mujer, agradable y profunda. Pero no hablada.
La voz del pensamiento, calma y tranquila.
Me oye usted, ¿verdad?
Levanté la vista hacia la mujer. Ella tenía los ojos cerrados
otra vez, desaparecidos en ese paisaje horrendo de tumores y valles. Su boquita
pareció arquearse ligeramente hacia arriba hasta parecer algo semejante a una
sonrisa, una sonrisa triste, sabia.
Pensé: Sí, la oigo.
Y la miré, y sonreí, y asentí.
Un momento de silencio, y luego oí: Usted me oye, pero yo no
puedo oírlo. No tengo su habilidad. Tiene que hablarme en voz alta.
—La cinta... —empezó a decir Berzin, pero su esposa le puso una
mano sobre los labios. El se calló, extrañado.
—Sí —dije—. Sí, la oigo. ¿Cómo lo sabe usted?
Ella siguió sonriendo, los ojos cerrados todavía.
Sé bastante sobre eso. Conozco los proyectos de James Tobías
Thompson.
—¿Cómo? —pregunté.
Mientras mi esposo era funcionario en París, a mí me dejaron en
Moscú. Siempre lo hacían... separar al marido de la esposa para dominarlos.
Pero en mi caso, también era porque mi puesto era muy importante. Demasiado
para que yo lo dejara. Fui secretaria principal de tres jefes sucesivos de la
KGB. La que cuidaba la entrada de otros hacia ellos. Manejaba los papeles
secretos, la correspondencia.
—¿Entonces fue usted la que encontró el archivo URRACA?
Sí, y muchos otros.
Berzin habló, sorprendido.
—¿Qué pasa aquí?Su esposa le dijo con dulzura:
—Vadim, por favor. Silencio, unos minutos. Después, te explico
todo.
Y siguió, los pensamientos claros y comprensibles, tanto como su
voz hablada.
Toda mi vida tuve esta enfermedad. La mano derecha señaló hacia
la cara al pasar, un gesto leve. Pero a los cuarenta, me atacó la cara y
pronto... pronto ya no fui... presentable... no podía ocupar un puesto tan
visible. Los jefes y sus ayudantes no podían ni mirarme a la cara. Como usted.
Me sacaron del trabajo. Pero antes de irme, me llevé un documento que por lo
menos le daría a Vadim el pasaporte al Oeste. Y cuando él me visitó en Moscú,
se lo di.
—Pero... ¿cómo... cómo supo usted de mí? —insistí.
No sabía. Lo supuse. Como secretaria, me enteré del programa que
estaba desarrollando Thompson. No es que nadie en el Directorio Principal de
los cuarteles generales de Yasenyevo creyera que era posible... Pero yo si lo
creía. No sabía si él lo conseguiría, pero sabía que era posible. Lo que usted
tiene es algo muy notable, muy especial.
—No —dije—. Es terrible.
Antes de que pudiera decir más, explicarle, ella pensó: El padre
de su esposa nos sacó de Rusia. Fue bueno y generoso con nosotros. Pero
teníamos más que esta cinta para ofrecerle.
Yo fruncí el ceño y dije, sin decirlo: ¿Qué?
Sus pensamientos siguieron fluyendo, claros, apasionados.
Este hombre, James Tobías Thompson, su mentor, URRACA. Siguió
informando a Moscú. Lo sé, vi sus informes. Nos dice que hay gente dentro y
fuera de la CIA que planea tomar el poder. Cooperan con los alemanes. Tiene que
encontrarlo. Thompson se lo dirá. Lamenta lo que hizo. El le dirá...
Y entonces, de pronto, el aullido del perro se convirtió en un
ladrido agudo, fuerte.
—Algo le pasa a Cazador —dijo Berzin—. Tengo que ir a ver...
—No —dije. El ladrido se hizo más fuerte, más rápido, más
insistente.
—Algo malo le pasa, en serio —dijo Berzin.
El ladrido se convirtió de pronto en un aullido horrible,
desgarrador, un grito que era casi humano, casi un chillido.
Y luego, un silencio terrible.
Me pareció oír algo, un pensamiento. Mi nombre, pensado con gran
urgencia, desde algún lugar cercano.
Sabía que alguien acababa de asesinar brutalmente al perro.
Y que nosotros éramos los siguientes en su lista.
59
Es sorprendente, en realidad, lo rápido que uno piensa cuando la
vida está en peligro. Tanto Vera como Vadim se aterrorizaron al oír el grito
agónico, desgarrador, del perro, y luego Vera chilló y saltó del sillón y
empezó a correr hacia el sonido.
—¡No! —le grité—. No se mueva, no, no... ¡Agáchese!
Confundida y aterrorizada, la pareja se abrazó, sacudiendo los
brazos. La mujer empezó a gemir y el marido le gritó:
—¡Cállate!
Asustada, ella se calló e inmediatamente hubo un silencio
amenazador y extraño en el departamento. Un silencio absoluto en el cual yo
sabía que una persona... o varias... se movían sigilosamente. Yo no conocía el
plano del departamento, pero podía suponerlo: estaba en el primer piso y
seguramente habría una salida de incendios en la parte trasera, hacia la
cocina, donde habían atado al perro. Y por ahí habían entrado los invasores.
Los invasores: ¿quiénes?
Mis pensamientos corrían en mi cabeza: ¿Quién sabía que yo
estaba allí? No había transmisor para guiar a mis perseguidores y no me habían
seguido. Toby Thompson... Truslow... ¿acaso trabajaban juntos? ¿O uno contra el
otro?
¿Habrían estado vigilando a esa pareja de rusos? ¿Era posible
que alguien con excelente acceso a los secretos de la Agencia —y esa frase
describía perfectamente a Thompson y a Truslow— supiera algo sobre el trato que
había hecho el padre de Molly con ese matrimonio? Sí, ciertamente era posible.
Y sabían que yo estaba en París; por lo tanto era natural que intensificaran
una vigilancia que antes tal vez estaba casi inactiva...
Esos pensamientos me pasaron por la cabeza en menos de un
segundo pero en esa pausa vi que los Berzin corrían, o rengueaban, hacia el
vestíbulo, seguramente hacia la cocina. ¡Tontos! ¿Qué hacían? ¿En qué estaban
pensando, por Dios?
—¡No! Vengan aquí —grité casi, pero ya habían llegado al umbral,
frenéticos y enloquecidos como ciervos asustados, sin pensar, sin reflexionar.
Yo me arrojé tras ellos para hacerlos retroceder, sacarlos de en medio y poder
moverme otra vez sin el miedo que me causaba su seguridad. Mientras me movía,
vi una sombra en el pasillo, la silueta de un hombre. —¡Abajo! —grité pero en
ese instante se oyó el silbido torvo de una automática con silenciador y tanto
Vadim como Vera empezaron a caer hacia adelante y luego a un costado en una
especie de ballet grotesco, como árboles caídos, antiguos árboles que han sido
serruchados en la base. El único sonido fue un gemido bajo, profundo, que emanó
del viejo mientras se derrumbaba en el piso.
Me quedé inmóvil, disparé sin pensar una serie de tiros hacia la
oscuridad del pasillo. Hubo un grito, un alarido de dolor que parecía indicar
que le había dado a alguien y luego varias voces masculinas que se hablaban. Me
devolvieron los disparos y la puerta se quebró. Una bala me rozó el hombro,
otra dio en el televisor y lo hizo estallar en mil pedazos. Yo salté hacia
adelante, tomé la manija de la puerta y caí contra ella, cerrando la puerta que
daba al comedor y girando la llave al mismo tiempo.
¿Para qué? ¿Para quedar atrapado en esa habitación? ¡Piensa,
mierda!
La única salida era por el hall, donde estaban el asesino o los
asesinos. Eso no tenía sentido, pero ahora, ¿qué haría?
No tenía tiempo para pensar, apenas tenía tiempo para
reaccionar, pero me había metido en un lugar traicionero y mientras hacía
cálculos desesperados, me dispararon una andanada de tiros desde la puerta, a
través de la puerta, que era de madera gruesa.
¿Adonde ir?
¡Por Dios, Ben, muévete!
Giré en redondo, vi la silla de madera donde había estado
sentado unos minutos antes y la arrojé contra la ventana. La ventana se sacudió
y se quebró. Corrí hacia ella, arranqué la silla que había quedado atrapada
entre las persianas y la use para sacar los vidrios que quedaban.
Otra andanada de balas detrás; alguien sacudió la manija de la
puerta; luego, más disparos.
Y justo cuando se abría la puerta, salté, sin mirar, desde la
ventana del primer piso hacia la calle.
Doblé las piernas para protegerme del impacto, los brazos
extendidos para esconder la cabeza.
Me daba la impresión de que me estaba moviendo en cámara lenta.
El tiempo se había detenido. Me vi caer, como si estuviera mirando una
película, me vi doblar las piernas, vi la calle que se me acercaba, arbustos y
cemento y peatones y...
Y en un instante sentí el golpe contra la vereda, un golpe
doloroso, terrible: había aterrizado sobre las plantas de los pies y luego
había rebotado hacia adelante, casi en un salto mortal, los brazos extendidos
para recuperar el equilibrio.
Estaba lastimado y me dolía mucho. Pero estaba vivo, gracias a
Dios, y podía moverme y mientras oía el silbido de las balas desde arriba, me
arrojé a un costado tratando de no sentir el dolor de los pies, los tobillos y
las pantorrillas. Corrí hacia Les Halles con una velocidad que no sabía que
tenía. A mi alrededor los peatones gritaban y chillaban, algunos me señalaban,
otros se corrían para dejarme pasar, pero yo sabía que lo único que podía
salvarme era la multitud, las multitudes me esconderían y harían más lento el
progreso de mis perseguidores. ¿Pero había perseguidores? ¿O los había eludido
totalmente? ¿Estaban arriba todavía, en el departamento que había pertenecido a
los rusos? ¿O en...?
No todos habían estado arriba. No. Eché una mirada y vi a varios
hombres en trajes oscuros, y a varios más en trajes de calle comunes, que
corrían hacia mí, las caras duras en muecas de determinación. Zigzagueé
alrededor de una montaña de ladrillos y, de pronto, algo me llamó la
atención...
¡Tírales los ladrillos, carajo!
Pero había algo más efectivo. Tenía una pistola confiable,
buena, con tal vez diez o doce cartuchos en ella y me di vuelta y disparé un
tiro, tratando de no herir a nadie inocente y vi a uno de los hombres en traje
negro agacharse. Ahora quedaba uno. Yo seguí corriendo, giré por la calle
Pierre-Lescot, pasé junto a un quiosco, un bar, una panadería, esquivando las
multitudes de la hora pico. Me había convertido en un blanco muy móvil, muy
difícil; un mal blanco para mi perseguidor... si es que era uno solo.
Tendría que detenerse para apuntarme con alguna posibilidad de
éxito o seguir corriendo lo más rápido que podía y, al parecer, mi estrategia
estaba funcionando: decidió correr, tratar de atraparme. Lo oí jadear detrás de
mí. Ahora éramos él y yo, el mundo se había encogido hasta convertirse en dos
personas, vida o muerte, sin gente, sin peatones, sólo el hombre del traje
negro y los anteojos oscuros que me perseguía, que me iba ganando terreno, y
yo, que corría como no había corrido en toda mi vida. Intentaba no escuchar la
sirena del dolor, no ver las señales de peligro y el cuerpo me castigaba por
eso. Y mientras corría, empecé a sentir terribles calambres en el abdomen y en
los costados. Apenas podía seguir. El cuerpo, sin entrenamiento durante años de
ley, me pedía que me detuviera, que me rindiera. ¿Qué podrían querer de mí
ahora? ¿Información? ¡Dásela! Tal vez no querían hacerle daño a alguien valioso
como yo, con mi habilidad mental...
Justo adelante vi la forma moderna de Les Halles y mientras
corría hacia allí —¿por qué?, ¿cuál era la meta?, ¿era que quería terminar en
el agotamiento completo o qué?—, mi cuerpo seguía en guerra con mi mente. Mi
pobre cuerpo, sacudido por el dolor de punta a punta, retorcido y desesperado,
luchando contra mi resolución, rogándome y distrayéndome, luego razonando con
aparente calma: Entrégate, no te van a hacer nada, no te van a hacer nada. Ni a
ti ni a Molly, lo único que quieren es que les digas que no dirás nada, y tal
vez no te crean, pero si te entregas, podrás descansar un momento, jugar con
ellos, distraerlos, sálvate, entrégate...
Los pasos tronaban detrás de mí. De pronto me encontré en algún
tipo de nivel inferior con un garaje para estacionamiento al final del cual
había una puerta marcada con una señal roja: SORTIE DE SECOURS, decía y PASSAGE
INTERDIT. La abrí, pasé y la cerré. Cedió con un gruñido metálico y me encontré
en una escalera que olía a basura. Un tacho grande, repleto, se alzaba contra
la puerta.
Era de aluminio, demasiado liviano para servir como obstrucción
segura.
Algo golpeó contra la puerta del otro lado. Un pie tal vez, o un
hombro, pero la puerta no cedió. Desesperado, volqué el gran tacho en el suelo.
Era basura común... nada, nada, excepto la mitad oxidada de un par de tijeras.
Tal vez sirviera, valía la pena intentarlo...
Otro golpe contra la puerta y esta vez el metal se abrió en
parte, una línea de luz brilló sobre la escalera y luego desapareció. Yo me
agaché, tomé el hierro oxidado y lo metí del otro lado de la puerta, en la
bisagra de la puerta.
La puerta volvió a tronar, pero esta vez no pasó la luz: nada,
ni un movimiento. Mientras la tijera durara, la puerta estaba segura.
Salté por las escaleras que me llevaron directamente a un
corredor que pronto terminó en un gran pasillo lleno de gente.
¿Dónde estaba? En una estación, la estación del Metro, sí, eso.
Chatelet Les Halles. La más grande del mundo. Un laberinto. Ahora tenía muchas
direcciones para elegir, muchas para perderlo si mi cuerpo me acompañaba y me
dejaba seguir adelante.
Y entonces supe qué debía hacer.
60
Quince años antes, soy joven, más joven, acabo de graduarme en
el Campo Peary de la CIA y estoy en París, con un nuevo puesto, "fresquito
todavía" como dice mi amigo y jefe James Tobías Thompson III. Laura y yo
llegamos a París esta mañana después de un vuelo de TWA desde Washington, y
estoy agotado. Laura está dormida en nuestro departamento desierto de la calle
Jacob; yo estoy medio dormido, sentado allí en la oficina de Thompson en el
Consulado de los Estados Unidos en la calle St. Florentin.
Me gusta ese tipo; parece que yo le gusto a él. Es un buen
comienzo para una carrera sobre la que tengo muchas dudas a veces. La mayor
parte de los agentes de campo odian instantáneamente a sus superiores, que los
tratan como lo que son, jóvenes, inexpertos y poco confiables.
—Me llamo Toby —dice él—. O los dos nos llamamos por el
apellido, y entonces eres Ellison y yo tengo que actuar como un asqueroso
sargento de la Marina, o somos colegas. —Y luego, antes de que pueda
contestarle, me tira una montaña de libros.
—Memorízalos —dice—. A todos.
Algunos son guías de turismo (Plan de París par Arrondissement:
Nomenclature des rúes avec la station du Metro la plus proche) y otros,
publicaciones de la Agencia para uso interno (mapas y planos detallados y
secretos de la ciudad y el Metro, listas de lugares diplomáticos y militares en
la ciudad, rutas de escape en tren y en auto para casos de peligro).
—Espero que sea una broma —digo.
—¿Te parece que tengo cara de estar bromeando?
—No conozco tu sentido del humor.
—No tengo ninguno. —Esto dicho con un gesto apenas suficiente
como para sugerir lo contrario. —Tienes memoria fotográfica. Eres capaz de
retener más que todos los libros que tengo arriba.
Nos reímos. El tiene el cabello negro, y es demasiado alto y
flaco, joven en apariencia.—Algún día, amigo, esta información te puede venir
muy bien —dice.
Algún día, Toby, pienso ahora, con los ojos sobre la enorme
estación mientras trato de orientarme. Hacía muchos años que había estado allí.
Nunca se te hubiera ocurrido que la información pudiera venirme bien para
defenderme de ti, ¿eh?
Físicamente, yo era una ruina. Aunque los brazos me dolían mucho
menos, todavía estaban vendados; me ardían las piernas, los pies y los tobillos
y sentía dolores en espiral sobre el resto del cuerpo como si me hubieran
metido fuegos artificiales para festejar en mi interior el Día de la
Independencia.
Chatelet Les Halles. Con cuarenta mil metros cuadrados, es la
estación de subtes más grande del mundo. Gracias, Toby. Sí que me sirve. Ah, yo
y mi vieja y querida memoria fotográfica.
Miré detrás de mí, no vi nada pero no me permití experimentar
una sensación de alivio que tal vez me llevara a la inacción. Sin duda él me
había seguido por las escaleras y apenas se había detenido un momento frente a
la fuerza de ese hierro oxidado que en cualquier momento se rompería.
Cuando alguien nos está persiguiendo, lo peor que se puede hacer
es ceder a antiguos instintos atávicos de la humanidad como el de pelea-o-huida
que salvaba las vidas de nuestros antepasados en las cavernas. Los instintos
son fáciles de predecir y lo que es fácil de predecir se transforma en nuestro
enemigo.
Lo que hay que hacer es ponerse en el lugar del oponente,
calcular cómo piensa uno que él está pensando, aunque eso suponga darle más
mérito por su inteligencia del que probablemente se merece.
¿Qué haría él?
Si la puerta no cedía, buscaría otra entrada alternativa. Sin
duda encontraría una. Entraría en la estación, trataría de pensar en lo que yo
estaba pensando, decidir si yo preferiría volver a la calle —no, demasiado
arriesgado— o si trataría de perderme en el laberinto de corredores (una buena
posibilidad) o de poner la mayor distancia posible entre él y yo y subir al
primer tren (una posibilidad todavía mejor).
Y entonces, calculando, eliminaría la mejor posibilidad (la
mejor, y por lo tanto la más obvia) y me buscaría en la maraña de corredores.
En cualquier lugar menos en una plataforma de subte.
Yo revisé la multitud. Una adolescente de cabello lacio cantaba
en un acento francés una canción inglesa, tratando de imitar a Edith Piaf (sin
conseguirlo); el fondo era sintetizado, cuerdas crecientes y obligados
angelicales que emanaban de una máquina Casio. La gente le tiraba monedas en la
chaqueta extendida en el suelo, sobre todo por lástima, supongo.
Todo el mundo parecía moverse con decisión hacia alguna parte.
Por lo que veía, nadie me estaba siguiendo.
¿Adonde estaba el hombre?
La estación era un montón impresionante de señales de
correspondances, en color naranja, y carteles azules de sortie, con trenes que
iban hacia una docena de direcciones: Pont de Neuilly, Créteil-Préfecture,
Saint-Rémy Les Chevreuse, Porte D'Orléans, Cháteau de Vincennes... Y no sólo
los subtes comunes, también el RER, el Réseau Express Regional, el tren rápido
que va hacia los suburbios de París. Un lugar enorme, infinito, confuso, cosa
que me vino bien.
Durante unos segundos, por lo menos.
Me alejé en la dirección que mi perseguidor consideraría más
obvia, y por lo tanto, tal vez, menos probable: caminé con el flujo más grande
de gente, Direction Château de Vincennes y Port de Neuilly.
A la derecha de una larga fila de molinetes había un área
marcada como PASSAGE INTERDIT acordonada con una cadena. Corrí hacia ella y
salté. Una larga línea de gente que tenía entre las manos copias del Pariscope
se arremolinaba junto a una ventanilla que vendía entradas de teatro a mitad de
precio {Ticket Kiosque Theater: "Les places du jour à moitié prix"),
junto a una estatua de bronce de un hombre y una mujer, los dos artísticamente
deformados, inclinados uno hacia el otro. Pasé volando junto a una salida hacia
el Centro Pompidou y el Forum des Halles, junto a un grupo de tres policías
equipados con transmisores y revólveres, que me miraron con sospechas.
Dos de ellos empezaron a correr tras de mí.
Yo me detuve abruptamente junto a una fila de altas puertas
neumáticas, que no podía atravesar.
Pero por esa razón, Dios inventó la Sortie de Sécours, la
entrada de seguridad para funcionarios solamente, hacia la cual giré. Luego,
para alarma de un grupo de trabajadores del Metro, la atravesé a la carrera.
Los gritos crecían detrás de mí. Se oyó un silbato agudo.
Una confusión de pasos apresurados.
Pasé frente a un negocio de medias, luego una florería
("Promotion — 10 tulipes 35F").
Ahora llegué a un corredor muy largo a través del cual se movían
una serie de cintas mecánicas —"transportadores", creo que los
llaman— que llevaban peatones en dos direcciones, inclinándose gradualmente, en
lugar de transportarlos por una escalera mecánica común. Entre las dos había
una banda de metal muy estrecha en movimiento.
Miré a mi alrededor y vi que los oficiales de seguridad del
Metro que me perseguían estaban acompañados ahora por una figura solitaria en
traje oscuro que corría muy por delante de ellos y se me acercaba a toda
velocidad. Yo estaba contra un grupo de gente que no se movía y dejaba que los
transportadores hicieran todo el trabajo.
El hombre del traje oscuro. El que yo quería perder.
Ahora que estaba más cerca, me volví para calcular la distancia
que nos separaba y de pronto me di cuenta de que había visto su cara en otra
parte.
Los anteojos pesados apenas lograban ocultar los círculos
amarillos que le rodeaban los ojos. Ya no tenía el sombrero que le había visto
en las afueras del departamento y ahora era fácil verle el pelo rubio pálido,
aplastado contra la cabeza. Flaco, blanco, los labios estrechos.
En la calle Malborough de Boston.
En las puertas del banco de Zúrich.
El mismo hombre, de eso no había duda alguna. Un hombre que
seguramente sabía mucho sobre mí.
Y que ya no se preocupaba por ocultar su identidad, no
demasiado.
No le importaba que yo lo reconociera.
Quería que lo reconociera.
Me retorcí para pasar entre la gente, empujándolos con el codo y
salté a la banda entre los dos transportadores.
Me di cuenta de que cada tantos metros, la superficie de metal
estaba interrumpida por hojas de acero pensadas para que correr fuera muy
difícil. Y yo, desgraciadamente, pensaba hacer exactamente eso, pensaba correr.
Era difícil, sí, y me tropecé varias veces, pero no era
imposible.
¿Cómo lo había llamado la mujer de Zúrich?
Max.
"De acuerdo, viejo amigo," pensé. "Ven a
buscarme, Max. No sé lo que quieres, pero ven a buscarlo."
"Inténtalo."
61
Corrí sin pensar.
A lo largo de la banda de metal, hacia arriba. Alrededor de mí
oía gritos y jadeos y alaridos de sorpresa —¿Quién es ese loco? ¿Qué es, un
delincuente? ¿De qué se escapa?—. La respuesta era obvia para cualquiera que
mirara hacia atrás y viera a los oficiales uniformados que nacían sonar los
silbatos como en una versión francesa de Chips, mientras corrían en zigzag en
medio de la multitud.
Y ahora, sin duda para sorpresa de los que miraban, había no uno
sino dos hombres en la banda de metal, y uno de ellos trataba desesperadamente
de eludir al otro.
Max. El asesino.
Casi sin pensar en lo que estaba haciendo, salté hacia el
transportador opuesto, el que iba hacia el otro lado, me sostuve un segundo en
equilibrio precario y luego salté sobre el costado transparente, unos tres
metros hacia abajo, hasta la escalera que corría a un costado. Bajé corriendo.
No podía arriesgarme a mirar hacia atrás ni medio segundo, ni a perder el paso,
así que corrí todo lo que daban mis pobres tobillos, ahogado por el martilleo
fuerte, permanente del corazón, la respiración dolorosa y corta de los
pulmones. Allá, adelante, sobre las escaleras, había un cartel azul: DIRECTION
PONT DE NEUILLY.
Una señal. Yo era un galgo corriendo detrás de un conejo; un
prisionero que escapa de la cárcel. En mi cabeza afiebrada era cualquier cosa,
cualquier cosa que me inspirara, que me sostuviera sobre mis pies a pesar del
dolor, de los gritos de mi cuerpo, cualquier cosa que bloqueara el ruido de la
sirena que hacían sonar mis células: Date por vencido, Ben. No te van a
lastimar. No puedes escaparte, estás atrapado, ¿no te das cuenta? No vas a
ganarles, son más; va a ser más fácil si te das por vencido.
No.
Claro que va a "lastimarte", me contesté en mi extraño
y maníaco diálogo interno. Hará lo que tenga que hacer.
Una escalera mecánica estrecha se alzó frente a mí de
pronto.¿Dónde estaban los perseguidores?
Me permití echar una mirada rápida hacia atrás, una contorsión
de la cabeza, antes de subir las escaleras mecánicas.
Los policías del subte, los tres —¿habían sido tres?— se habían
dado por vencidos. Seguramente después de llamar por radio a algún otro en otro
sector de la estación para que me sorprendieran más adelante.
Quedaba uno.
Mi viejo amigo, Max.
Él no se rendía, ah, no. No el viejo Max. El seguía corriendo
por la banda de metal, una figura solitaria y enroscada que se me acercaba, que
aceleraba...
Al final de la escalera mecánica había un descansillo y a la
derecha una escalera mecánica más con el cartel SORTIE RUÉ DE RIVOLI ¿Entonces?
¿Qué? ¿A la calle o a la plataforma de trenes?
Elige lo que conoces mejor.
Durante un segundo, dudé, y luego me arrojé hacia adelante,
hacia la plataforma, donde las multitudes entraban y salían de las puertas
abiertas.
Tal vez le llevaba dos segundos, no más, es decir que él también
se detendría en el descansillo y si yo tenía mala suerte, me vería en la
plataforma, un buen blanco, ya no tan móvil.
Sigue.
Hubo una señal electrónica: el tren estaba a punto de salir. De
pronto, supe que no lo lograría. Corrí una vez más, desesperado, hacia la
puerta más cercana pero todas se cerraron con un golpe final cuando yo todavía
estaba a veinte metros por lo menos.
Y cuando el tren arrancó, oí a Max que entraba en la plataforma.
Salté como loco —hacia el tren en movimiento— y me tomé del exterior con la
mano derecha.
Una manija.
Gracias a Dios.
Luego mi mano izquierda encontró otra mientras el tren me
llevaba lejos de la plataforma, dejando a Chatelet y a Max atrás. Apreté el
cuerpo contra el tren y me di cuenta de que, en realidad, no había sido una
suerte sino una idea terrible, un error espantoso. Me di cuenta de que estaba a
punto de morir.
Con los ojos desorbitados, vi lo que se me acercaba cuando la
primera parte del tren entró en el túnel a toda velocidad.
Un gran espejo salía de la pared en la entrada del pasaje
oscuro.
El tren lo rozaba casi, dejando apenas unos centímetros entre el
costado y el metal brillante. Ese espejo me partiría el cuerpo en dos,
limpiamente, como un cuchillo que se hunde en un pedazo de queso fresco.
Un vestigio de lógica se levantó de pronto en mi cerebro febril
y cansado: ¿Qué mierda crees que estás haciendo? ¿Qué locura es ésta? ¿Vas a
seguir en el tren, para que te aplasten como a un insecto contra las paredes de
piedra? ¿ Vas a dejar que el tren te haga lo que Max no pudo hacerte?
Oí un grito sordo. Era mío. Se me había escapado de los pulmones
involuntariamente y, justo cuando el gran disco de metal se me acercaba para
decapitarme, me solté y me dejé caer al final de la plataforma fría, dura.
Apenas oía los disparos a mi alrededor. Estaba en otro mundo,
uno casi alucinatorio, una tierra de miedo y adrenalina. Pegué contra el suelo,
me golpeé la cabeza y los hombros y se me llenaron los ojos de lágrimas. El
dolor era indescriptible, blanco y caliente y cegador, brillante hasta la
locura, lo llenaba todo.
PASSAGE INTERDIT AU PUBLIC — DANGER.
Un cartel amarillo sobre mi cabeza penetró la niebla de mi
aturdimiento.
Podía quedarme ahí y rendirme y eso sería todo.
O —si el cuerpo me lo permitía— podía lanzarme hacia adelante,
hacia el cartel brillante y amarillo, hacia la boca del túnel y... ¿acaso había
alguna posibilidad de elección?
Algo en mí, alguna reserva de fortaleza ignota y sorprendente,
se abrió de pronto y la adrenalina entró a raudales en mi sangre y me tambaleé
hacia adelante, hacia los escalones de cemento que desaparecían en la
oscuridad. El cartel estaba inclinado y lo sacudí al pasar, casi bajé cayéndome
la escalera y entré en la oscuridad fría y húmeda, siguiendo al tren que
acababa de partir.
Había un sendero.
Claro que sí, tenía que haberlo, ¿no?
La passerelle de sécurité. Para el equipo de reparación del
Metro, para los casos en que había que seguir trabajando en horario de
funcionamiento de trenes.
Mientras corría —no, en realidad estaba rengueando— por el
sendero, oí un sonido detrás, un sonido neumático de frenos, el chillido leve
de metal, el ruido de otro tren que llegaba a la plataforma que el anterior
acababa de abandonar.
Un tren que se me venía encima.
Pero el lugar era seguro, tenía que serlo. Yo estaba seguro,
¿verdad?
No. El sendero era estrecho, demasiado estrecho: mi cuerpo
quedaría demasiado cerca del tren, eso me pareció evidente a pesar del estado
de intoxicación de adrenalina en que me encontraba. Y seguramente, mi
perseguidor no seria tan suicida; sabría que yo era hombre muerto allí dentro,
tendría el sentido común suficiente como para dejarme ir al túnel, solo, hacia
una muerte inevitable. Pero justo en ese momento, oí algo, un pensamiento, y
supe que tenía compañía.
Me volví un instante. El estaba en el túnel conmigo.
Estoy impresionado, Max.
Ahora somos dos los que vamos a morir.
Y desde una distancia muy larga oí los timbres que anunciaban la
partida del tren, el sonido de las puertas que se cerraban y me quedé quieto en
el túnel mientras el tren empezaba a moverse hacia mí.
Sentí algo parecido al vértigo. Una picazón en la nuca. Mis
células nerviosas, todas, saltaban con un mensaje químico de miedo...
corre corre corre corre
... pero yo dominé el instinto, me achaté contra la pared del
túnel mientras sentía el viento que formaba la llegada del tren a mi alrededor,
y no pude dejar de cerrar los ojos cuando la piel de acero, ese borrón
horrendo, me pasó tan cerca que me pareció sentirla contra la mía.
Venía y venía y seguía viniendo.
Abrí los ojos.
Y con el rabillo, vi que Max —apenas diez metros más atrás—
había hecho lo mismo. Se había aplastado contra la pared del túnel.
Una luz fluorescente lo iluminaba estroboscópicamente desde
arriba con un reflejo amarillo verdoso, enfermizo.
Pero había una diferencia.
Él no tenía los ojos cerrados. Miraba directamente hacia
adelante. Y no con miedo, ah, no, miraba con concentración.
Y había otra.
No estaba quieto del todo.
Se deslizaba hacia mí con mucho cuidado.
Se me acercaba.
62
Él se me acercaba y el tren seguía pasando. Parecía el tren más
largo del mundo.
Yo sentía como si el tiempo se hubiera congelado y yo estuviera
de pie ahí, en el centro de un tornado, justo en el ojo ciego del remolino. Me
deslicé para alejarme de él, hacia adelante, hacia adentro, y entonces vi algo
adelante. Una entrada en la pared, iluminada por un foco fluorescente. Un
nicho. Si lograba...
Y unos metros más allá sí, ahí estaba por fin, la seguridad. Un
poco más de esfuerzo, un poco de movimiento tipo cangrejo contra la pared,
junto a la horrenda corriente de aire, vidrio y acero y manijas, que corría a
menos de diez centímetros de mi cara.
Y ahora estaba ahí, en el nicho, a salvo.
Ningún otro sistema de transporte subterráneo del mundo tiene
ese sistema de pasadizos y nichos, me acordé de pronto. Vi en la mente la
página enteca, los gráficos, los diagramas. Hay un nicho cada diez metros...
Entre las estaciones hay un promedio de seiscientos metros de senderos...
Doscientos kilómetros de caminos internos componen las rutas regulares entre
estaciones en el Metro de París... El tercer riel es extremadamente peligroso,
cargado con 750 voltios de electricidad.
El nicho tenía un metro de profundidad.
Cómodo, sin duda.
Ahora podía sacar la pistola, soltar el seguro, prepararme,
tender la mano fuera del nicho y disparar.
Gol.
Sí, le había dado. Hizo una mueca de dolor y se me acercó más...
...y justo al final del tren que pasaba como un trueno, cayó
hacia adelante sobre las vías. Pero no estaba herido seriamente, eso fue
evidente por la forma en que trató de detener la caída, con las piernas
dobladas.
El tren se había ido. Ahora éramos sólo nosotros en el túnel.Él
se paró entre las dos vías. Yo me encogí en la cueva. Retrocedí para no quedar
en la línea de fuego, pero él saltó hacia adelante, con la pistola extendida, y
disparó.
Sentí una punzada de dolor en la pierna. Me había dado.
Una vez más disparé y oí sólo el clic chiquito, chato, inocuo,
ese sonido hueco, enfermizo que me decía que la cápsula estaba vacía. Volver a
cargar era imposible. No tenía más cargadores listos.
Y entonces hice lo único que podía hacer: con un grito
estremecedor, salté hacia adelante, hacia el asesino. Apenas vi su expresión un
instante y ya lo tenía en el suelo: una mirada ausente, desinteresada, ¿o de
incredulidad? En ese intervalo de menos de un segundo, trató de apuntarme, pero
incluso antes de que pudiera levantar la pistola, caímos los dos al suelo, la
espalda de él contra el acero de las vías y las piedras y oí que la pistola
caía con un crujido un poco más allá.
Él se levantó con una fuerza increíble pero yo tenía dos
ventajas, la sorpresa y la posición —le había aprisionado los brazos y las
piernas—, y lo empujé hacia atrás mientras le ponía una mano en la garganta.
Él gruñó, trató de levantarse de nuevo y luego habló por primera
vez, apenas unas palabras en un acento extranjero muy notable... ¿alemán tal
vez?
—Inútil... —gruñó pero yo no estaba interesado en sus palabras,
lo único que me importaba era lo que pasaba en su mente, pero claro que no
podía concentrarme lo suficiente, no era momento para eso, así que lo golpeé en
el pecho.
Allá atrás, hacia la plataforma, a unos cuarenta metros, había
un brillo de luz.
Y entonces oí unas frases en lenguaje pensado, frases que
parecían llegar con una urgencia extraña, fuertes y sin embargo no del todo
claras. Puedes matarme, pensaba él en alemán. SÍ, si quieres puedes matarme,
pero habrá otro esperando para tomar mi lugar. Y después otro...
...un segundo apenas, dejé de sostenerlo con fuerza. Los
pensamientos me habían sorprendido. Él se levantó de nuevo y esta vez lo logró,
y yo caí hacia atrás y mis zapatos resbalaron sobre las piedras como en un
charco de grasa. Mi mano derecha salió volando hacia la pared pero no había
nada de qué aferrarse excepto el aire y más allá...
750 voltios.
...mis dedos pasaron tan cerca del acero duro, frío, del tercer
riel que casi perdí el aliento, pero logré retirarlos justo a tiempo, a tiempo
para ver cómo Max se lanzaba por el aire hacia mí.
Busqué el arma, pero no la encontré.Con un salto brusco, me
levanté, lo golpeé en la cintura y lo mandé volando sobre mi hombro hacia el
tercer riel electrificado justo en el momento en que llegaba el tren,
ensordecedor, increíblemente ruidoso. Vi cómo le temblaban las piernas con la
electricidad un segundo antes de que el tren le cayera encima con la bocina a
todo volumen, y Dios, Dios, yo no podía creer lo que veía, las piernas
temblando todavía, pero ahora esas piernas estaban solas, terminadas en muslos
y la parte inferior del cuerpo era apenas dos muñones partidos en la cintura,
un pedazo de carne humana todavía en movimiento.
Del otro lado, llegó el aullido de otro tren. En una calma
glacial, completa, trepé hacia el sendero y la seguridad del nicho. El tren
llegó y yo me apoyé contra la pared. Cuando terminó de pasar, salí del túnel
sin mirar hacia atrás.
63
La aldea de Mont-Tremblant era una pequeña colonia de edificios:
un par de restaurantes franceses tipo campo, un supermercado Bonichoix y un
hotel con frente verde y galería, extraño y fuera de lugar, que parecía un
modelo a escala de uno de los grandes hoteles de Monte Carlo. Por encima de
todo eso, flotaban las montañas Laurentian de Quebec, verdes y hermosas.
Molly y yo habíamos llegado en vuelos separados a Montreal.
Tomamos una combinación de vuelos en dos aeropuertos diferentes de París y en
líneas aéreas comerciales distintas. Ella hacia Mirabel vía Frankfurt y
Bruselas y yo hacia Dorval vía Luxemburgo y Copenhague.
Yo había usado varias técnicas estándar para asegurarme de que
nadie nos siguiera. Usamos los pasaportes canadienses que nos había dado mi
contacto francés en Pigalle. Los dos pares de pasaportes estadounidenses —a
nombre del señor y la señora Crowell y del señor y la señora Brewer— todavía
estaban vírgenes y podríamos utilizarlos en cualquier emergencia. Habíamos
decidido usar aeropuertos diferentes: Molly, el Charles de Gaulle y yo, el de
Orly. Y sobre todo, habíamos volado en primera clase y en compañías europeas
—Aer Lingus, Lufthansa, Sabena y Air France—. Las aerolíneas europeas todavía
tratan a los pasajeros de primera clase como si fueran personas importantes, a
diferencia de las estadounidenses que dan a sus clientes de primera un asiento
mejor, un trago gratis y eso es todo. Si uno es un personaje importante, el
asiento se guarda hasta último momento; generalmente lo consideran tomado
apenas el pasajero muestra el pasaje aunque después no aborde. En cada vuelo
del viaje, abordamos siempre a último momento, es decir que la revisión de
nuestros pasaportes fue siempre de apenas un segundo.
Aunque habíamos volado dando un gran rodeo, pudimos aterrizar
milagrosamente a dos horas y media de diferencia uno del otro.
Yo ya había alquilado un auto en Avis, luego recogí a Molly y
empezamos nuestro viaje de 130 kilómetros por la carretera 15, hacia el norte.
La autopista podía haber sido cualquiera de las tantas autopistas del mundo, y
la zona industrial y suburbana, la de las afueras de Milán o Roma o París o
Boston. Pero para cuando la 15 se convirtió en la 117 —la Autoroute des
Laurentides—, el camino ancho, bien pavimentado, corría ya como un corte
elegante entre las altas y hermosas montañas Laurentian, a través de Sainte-Agathe-des-Monts
y después Saint- Jovite.
Y ahí estábamos ahora, frente a nuestros platos de escargots
Florentine y trucha, como un par de boxeadores aturdidos, sin hablar. Tampoco
habíamos hablado en el camino.
En parte era porque los dos estábamos realmente exhaustos y
maltratados por los vuelos. Pero además el silencio era porque habíamos pasado
por tanto en los últimos días, solos y juntos, que no había mucho de qué
hablar.
Habíamos cruzado del otro lado del espejo: el mundo se ponía más
y más y más extraño. El padre de Molly era una víctima, luego un villano, y...
ahora, ¿qué? Toby había sido una víctima, luego un salvador, después un
villano... y ahora, ¿qué?
Y Alex Truslow, mi amigo y confidente, el cruzado y nuevo
director de la CIA, era en realidad el líder de una facción que durante años se
había aprovechado ilegalmente de los conocimientos de la Agencia.
Un asesino cuyo nombre en código era Max había tratado de
matarme en Boston y en Zúrich y en París.
¿Quién era, en realidad?
La respuesta me había llegado en los últimos momentos
sorprendentes de mi habilidad telepática, mientras el asesino y yo luchábamos
sobre las vías del Metro de París. Con un último esfuerzo de concentración, me
había puesto en posición y había leído sus pensamientos.
—¿Quién eres tú? —le había preguntado.
Su verdadero nombre era Johannes Hesse. "Max" era sólo
el nombre en código.
—¿Quién te paga?
Alex Truslow.
—¿Por qué?
Un contrato.
—¿ Y quién es la víctima?
Sus empleadores no lo sabían. Lo único que sabían era que la
supuesta víctima era el testigo sorpresa del Comité Seleccionado del Senado
sobre Inteligencia.
Mañana.
¿Quién era? ¿Quién podía ser? Quedaban veinticuatro horas
apenas. ¿Quién era?
Así que mientras estábamos allí, en ese lugar remoto y solitario
de Quebec, ¿qué esperábamos encontrar? ¿Un árbol hueco con documentos? ¿Una
lámpara con un microfilm adentro?
Yo tenía mis teorías, teorías que lo explicaban casi todo, pero
la pieza final del rompecabezas aún no había aparecido. Y estaba convencido de
que íbamos a encontrarla enterrada en una vieja casa sobre las orillas de Lac
Tremblant.
El registro de propiedades de la aldea de Mont-Tremblant estaba
en la ciudad de St.-Jerome, que no quedaba lejos. Pero no nos sirvió de mucho.
El francés indiferente que llevaba los registros y entregaba licencias y otros
papeles burocráticos, un hombre llamado Pierre La Fontaine, nos informó con voz
cortante que los únicos registros de Mont-Tremblant habían desaparecido en un
incendio a principios de la década del 70. Lo único que quedaba eran las
transacciones que se habían hecho desde entonces y no pudo encontrar ninguna
operación de compra o venta de una casa en el lago, que involucrara los nombres
de Sinclair o Hale. Molly y yo perdimos unas buenas tres horas revisando los
registros con él y no sirvió de nada.
Después recorrimos Lac Tremblant hasta más allá del Tremblant
Club y los otros lugares nuevos y de moda: el Mont Tremblant Lodge con sus
canchas de tenis de polvo de ladrillo y la playa arenosa, el Manoir Pinoteau,
el Chalet des Chutes y las casas, tanto elegantes como rústicas.
La idea, supongo, era que alguno de los dos reconociera la casa,
ya fuera por recuerdos personales en el caso de Molly, o en el mío, por la
fotografía. Pero no tuvimos suerte. La mayoría de las casas no se veían desde
el camino de tierra que rodeaba el lago. Lo único que podíamos distinguir eran
los nombres sobre los buzones, algunos pintados a mano y otros forjados en
hierro por profesionales. Aunque hubiéramos tenido tiempo de revisar entrando
en los senderos particulares hasta el frente de las casas sobre el lago —y eso
nos hubiera llevado muchos días, por cierto—, habría sido imposible porque
muchos de los senderos estaban bloqueados al tránsito público. Y además,
algunas casas estaban en la parte norte del lago, lejos, y sólo se podía llegar
en bote.
Al final del viaje de reconocimiento frustrado, me detuve frente
al Tremblant Club y estacioné allí, desilusionado.
—¿Y ahora qué? —preguntó Molly.—Ahora, alquilamos un bote —dije.
—¿Dónde?
—Aquí, supongo.
Pero no iba a ser tan fácil. No había lugares para alquilar
botes a la vista y ninguno de los hoteles en los que nos detuvimos daba ese
servicio. Evidentemente la ciudad no alentaba demasiado el turismo.
Luego, el ronquido de un motor fuera de borda rompió el silencio
del hermoso lago transparente a lo lejos y entonces, tuve una idea. En Lac
Tremblant Nord (no en la punta norte del lago, sino justo al final del camino),
encontramos varios cobertizos de botes de aluminio y madera, desiertos y medio
grises ya por el tiempo. Estaban cerrados con llave, por supuesto: parecía ser
un área de muelles para los residentes del lago que no tenían una propiedad
frente al agua.
Abrirlos no me llevó mucho tiempo. Adentro había botes de pesca
de varios tamaños. Elegí un Sunray amarillo con un motor de setenta caballos,
un bote bueno, rápido, y sobre todo, uno que tenía las llaves puestas. El motor
encendió inmediatamente y unos minutos después, entre nubes de humo azul,
salimos por el lago.
Las casas eran muy variadas: chalets suizos modernos y cabañas
rústicas, algunas sobre el agua, algunas visibles entre los árboles, algunas
colgadas peligrosamente sobre las montañas. Hubo una falsa alarma, una casa de
piedra que al principio parecía la indicada y resultó ser la aventura
modernista de un arquitecto colocada sobre otra casa más antigua.
Y luego, apareció sin aviso, la vieja casa con frente de piedra,
sobre una colina a tal vez cien metros de la orilla. Una galería sobre el lago
y sobre la galería dos sillas Adirondack. Era sin duda la casa en la que Molly
había pasado un verano en su infancia. En realidad, parecía no haber cambiado
un ápice desde la fotografía, que tenía décadas de antigüedad.
Molly la miró, sacudida, casi en éxtasis. El color había
abandonado sus mejillas.
—Es ésa —dijo.
Yo detuve el motor apenas nos acercamos a la orilla y dejé que
el bote llegara por inercia hasta tierra y entonces lo até al muelle de madera.
—Dios mío —dijo Molly—. Es aquí. Este es el lugar.
Yo la ayudé a bajar al muelle y luego subí yo también.
—Dios mío, Ben —volvió a decir ella—. Me acuerdo de este lugar,
me acuerdo... —Tenía la voz aguda, excitada, convertida casi en un susurro.
Señaló un cobertizo de botes pintado de blanco. —Ahí fue donde papá me enseñó a
pescar.
Empezó a caminar por el muelle hacia el cobertizo, perdidaen sus
recuerdos. Yo la tomé bruscamente del brazo...
-¿Qué...?
—¡Quieta! —le grité.
El sonido apenas se oía al principio, un crujido de pasto desde
algún lugar hacia la casa.
Un zas zas zas.
Me quedé inmóvil.
La silueta oscura parecía flotar hacia nosotros sobre el césped,
bajando la colina, y el zas zas zas se había convertido casi en una sirena.
Un gruñido bajo.
El gruñido se convirtió en un ladrido fuerte, aterrorizante, un
gruñido de advertencia, mientras la criatura —un Doberman— saltaba hacia
nosotros con los dientes abiertos.
Se movía tan rápido que virtualmente se había transformado en
una mancha de sombras.
—¡No! —gritó Molly, corriendo hacia el cobertizo de botes.
Con el estómago revuelto mientras el Doberman saltaba en el aire
desde muy lejos, a una distancia increíble, busqué la pistola y en ese momento
oí una voz de hombre que ordenaba:
—¡Alto!
Oí una sacudida en el agua y me volví en un movimiento brusco.
—Se pueden lastimar con ese bicho. No le gustan las sorpresas.
Un hombre alto con una malla azul marina emergía del agua a mis
espaldas. El agua le caía en cascada desde el cabello mientras él se ponía de
pie. El profundo tostado de su piel lo hacía parecer un Neptuno casi anciano,
saliendo de su mundo submarino.
Era una figura tan ilógica que al principio mi mente no quiso
registrarla.
Molly y yo lo mirábamos ambos con la boca abierta, sin hablar,
sin poder decir ni una sola palabra.
Molly corrió a abrazar a su padre.
PARTE VII
WASHINGTON
64
¿Qué se dice en un momento como ese?
Durante una eternidad, nadie abrió la boca.
El lago estaba quieto; el agua opaca y detenida. No había ruido
de motores ni gritos ni siquiera el canto de los pájaros. Silencio absoluto. El
mundo se había quedado inmóvil.
Llorando, Molly apretó sus brazos alrededor del pecho de su
padre. Hacía tanta fuerza que parecía a punto de quebrarlo. Ella es alta pero
él es más alto todavía y tuvo que agacharse un poco para que lo besara.
Yo los miraba, asustado.
Finalmente, dije:
—Casi no te reconocí con la barba.
—¿No te parece que ése es el punto? —dijo solemnemente Harrison
Sinclair, la voz quebrada. Luego sonrió, una sonrisa torcida, dura. —Supongo
que se aseguraron de que nadie los seguía.
—Lo mejor que pudimos.
—Sabía que podía contar con ustedes.
De pronto, Molly lo soltó, retrocedió un paso y lo golpeó en la
mejilla. Él hizo una mueca de dolor.
—Vete a la mierda —dijo ella, con la voz en un susurro.
La casa estaba oscura y quieta. Tenía el olor particular de las
habitaciones que han estado cerradas durante mucho tiempo: fuegos encendidos
durante años, fuegos y humos que han permeado los pisos y las paredes; alcanfor
y naftalina; pintura y musgo y aceite rancio.
Nos sentamos en un sillón con el tapizado de muselina
descolorido ya por años de polvo, y miramos a Harrison Sinclair mientras
hablaba. Estaba sentado en una silla de tela suspendida del techo por una soga.
Se había puesto un par de pantalones cortos color caqui y un
suéter azul marino suelto, para no seguir con la malla mojada. Con las piernas
extendidas frente a él, cruzadas en los tobillos, parecía relajado, el
anfitrión amigable que se sienta con un martini frente a sus huéspedes de fin
de semana.
Tenía la barba sin cortar, una barba de meses que tenía mucho
sentido. Había tomado mucho sol, seguramente nadando y remando en el lago, y
tenía la cara correosa y dura, la piel de un viejo marinero.
—Suponía que ustedes me encontrarían aquí —dijo—. Pero no tan
rápido. Y después Pierre La Fontaine me llamó hace unas horas y me dijo que una
pareja había estado haciendo preguntas en St.-Jerome, sobre la casa y sobre
mí...
Molly parecía sorprendida, así que él siguió diciendo:
—Pierre es el que lleva los archivos en Lac Tremblant, es
alcalde, jefe de policía y hombre importante. También cuida cierto número de
residencias. Un viejo y querido amigo mío. Alguien en quien puedo confiar. Hace
ya mucho que lo tengo a cargo de esta casa; años, diría yo. En la década del 50
arregló la venta, una "venta" muy inteligente para que ya no
estuviera en manos de la abuela Hale. Casi no quedaron huellas de la venta:
desde entonces, fue muy difícil rastrear la identidad del dueño.
"No fue idea mía, en realidad, sino de Jim Angleton. Cuando
empecé a involucrarme en el trabajo duro, en el trabajo de campo, Jim sintió
que yo tenía que tener un lugar en el que desaparecer si las cosas se ponían
demasiado calientes. El Canadá parecía una buena opción. Fuera de las fronteras
de los Estados Unidos. Y a veces Pierre alquilaba esto en verano, o en la
temporada de esquí. El alquiler llegaba a nombre de un canadiense, un inversor
ficticio llamado Strombolian. Esa entrada pagaba más o menos el mantenimiento
de la casa y lo que él me cobraba por cuidarla. —Sonrió otra vez; la misma
sonrisa torcida. —El resto lo guardaba él. Es un hombre honesto.
Sin aviso, así, de pronto, la furia de Molly hizo erupción.
Había estado sentada a mi lado sin decir nada, tranquila creía yo, sin duda en
estado de shock. Pero al parecer había estado rumiando su rabia.
—¿Cómo... pudiste...? ¿Cómo pudiste hacerme esto? ¿Cómo pudiste
hacerme pasar por esto?
—Snoops... —empezó a decir su padre.
—¡Mierda, mierdal ¿Tienes idea de...?
—¡Molly! —gritó él con la voz ronca—. Espera. No tuve
alternativa. Piensa en la situación. —Levantó las piernas, se sentó derecho y
luego se lanzó hacia su hija, con los ojos brillantes. —Cuando mataron a mi
querida Sheila, a mi amor... sí, Molly, éramos amantes, estoy seguro de que ya
lo sabías..., cuando la mataron, me di cuenta de que a mí me quedaban horas.
Tenía que esconderme.—De los Sabios —dije—. De Truslow y Toby...
—Y media docena más. Y de las fuerzas de seguridad que ellos
controlaban, y que no son poca cosa, se los aseguro...
—Esto tiene que ver con Alemania, ¿verdad? —dije.
—Es complicado, Ben. No me parece que tenga que...
—Yo sabía que estabas vivo —dijo Molly—. Lo sabía desde París.
Había algo duro en su tono, una seguridad tranquila, y yo me
volví para mirarla.
—La carta —siguió diciendo ella, mirándome—. Hablaba de una
operación de apendicitis de emergencia que lo había obligado a pasar un verano
entero con nosotros, en Lac Tremblant.
—¿Y? —pregunté.
—Y... parece trivial pero yo no me acordaba de haber visto la
cicatriz de la operación cuando lo reconocí. Tenía la cara destruida, pero el
cuerpo no, y supongo que me habría acordado, habría registrado esa marca en
algún nivel inconsciente. Quiero decir, quizás estuviera ahí, pero yo no estaba
segura. ¿Entiendes? ¿Te acuerdas de que al principio traté de conseguir la
autopsia, pero la habían puesto en un archivo secreto? Orden del fiscal del
condado de Fairfax. Así que moví algunos contactos...
—¿Para eso querías el fax en París? —pregunté. En ese momento,
me había dicho que tenía una idea sobre el asesinato de su padre, una idea y la
forma de probarla.
Ahora, asintió.
—Todos los patólogos... por lo menos los que yo conozco...
guardan una copia de su trabajo en archivos cerrados. Por si acaso hay
problemas después, para tener notas y defenderse... ¿entiendes? Así que no me
faltaban recursos. Llamé a un amigo en el Hospital General de Massachusetts, un
patólogo, y él llamó a un colega de Sibley, en Washington, donde se hizo la
autopsia. Para la audiencia de rutina... Algo burocrático, ¿entiendes? Es
fácil, muy fácil romper los circuitos de seguridad en un hospital si uno sabe
de qué hilos tirar.
—¿Y? —volví a decir.
—Y pedí que me pasaran el fax de la autopsia. Y decía que el
muerto tenía su apéndice intacto. Y en ese punto, supe que sí, tal vez papá
estuviera muerto, pero el que estaba bajo esa tumba del condado de Columbia en
Nueva York no era él. —Se volvió hacia su padre. —¿De quién era el cuerpo?
—Nadie que vayas a extrañar —dijo él—. No dejo de tener mis
recursos yo también. —Y agregó, despacio, en voz baja: —Es algo muy feo.
—Dios —dijo Molly, sin aliento, la cabeza baja.—No, no tan malo
como crees —dijo él—. Una buena investigación sobre desconocidos, cadáveres sin
identificar en morgues de hospital, y pronto aparece alguien con el cuerpo, la
edad y la salud que corresponden. Es difícil, sobre todo el último punto: la
mayoría de los vagabundos tiene enfermedades notorias.
Molly asintió, sonrió con ferocidad. Y luego dijo, con amargura:
—Total, ¿qué importa un vagabundo más o menos?
—La cara no importaba —dije—. La destruirían en el choque,
¿verdad?
—Correcto —contestó Sinclair—. En realidad, la destruimos antes
del choque, si te interesa el detalle. Los artistas de decoración de la
funeraria no tenían idea de que ése no era el cadáver de Harrison Sinclair,
recibieron una fotografía y trabajaron con ella. Haya o no velatorio abierto,
les gusta que el cuerpo quede lo mejor posible, ya sabes...
—El tatuaje —dije—. El lunar en el mentón.
—No cuesta mucho.
Molly había estado observando esta conversación tranquila entre
su padre y su esposo como desde más lejos, y en ese punto, empezó a hablar de
nuevo, la voz teñida de amargura.
—Ah, sí. El cuerpo estaba muy mal después del accidente. Más
algo de descomposición, claro... —Asintió, sonrió con un gesto muy
desagradable. Los ojos le brillaban, furiosos. —Parecía papá. Claro que sí,
pero ¿lo miramos realmente? ¿Cuánto podíamos acercarnos a ese despojo en ese
momento, y en esas condiciones? —Me miraba con los ojos fijos, pero al mismo
tiempo no estaba mirándome, miraba a través de mí hacia otra cosa. —Te llevan a
la morgue, abren un cajón y una bolsa con cierre. Uno ve una cara destruida en
parte por la explosión, pero uno ve lo suficiente, sí, es mi papá, es su nariz
creo yo, y no quiero mirar más, eso es parte de su boca, por Dios. Uno se habla
y se dice estoy mirando a mi propia carne y sangre, el que me trajo al mundo,
el tipo que me llevó sobre los hombros, y no quiero acordarme de que lo vi así,
no, quiero olvidarme de eso, pero ellos quieren que mire, así que miro un poco,
solamente un poco y, ahora, llévenselo por favor...
El padre se había puesto una mano sobre la cara arrugada. Tenía
los ojos llenos de tristeza. No hablaba. Esperaba.
Yo miraba a mi querida Molly. No podía seguir. Tenía razón,
claro está. No era imposible. Yo lo sabía: usando máscaras y una habilidad que
se llama "arte de restauración" es muy fácil hacer que un cadáver se
parezca a otro.
—Brillante —dije, impresionado en serio.
—No me lo digas a mí —dijo Sinclair—. La idea vino denuestros
viejos enemigos de Moscú. ¿Te acuerdas de ese caso raro que enseñaban en uno de
los entrenamientos de la Granja, Ben? ¿El de mediados de la década del 60,
cuando los rusos tuvieron un funeral a cajón abierto en Moscú y enterraron a un
oficial de inteligencia del Ejército Rojo, alguien de alto rango?
Asentí. Pero él siguió. Esta vez se dirigía a su hija:
—Mandamos a los nuestros, claro. La excusa era expresar nuestras
condolencias, pero en realidad lo que queríamos era ver quién aparecía en el
funeral, quién tomaba fotos y todo eso. Aparentemente, este oficial del
Ejército Rojo había sido espía en los Estados Unidos durante doce años. Y
después, ocho años después para ser exactos, aparece vivo. Había sido una
operación muy compleja de contrainteligencia, un golpe afortunado. Algo muy
raro. Evidentemente hicieron una máscara del doble agente, a quién, mientras
tanto, convirtieron en triple, y la pusieron en un cadáver que tenían a mano.
En esos días, los buenos días de Brezhnev, los de arriba no se preocupaban
demasiado por tener que fusilar a alguien si les hacía falta un cuerpo, así que
tal vez buscaron a uno vivo que se le pareciera, no sé...
—¿No habría sido más fácil decir que estabas tan quemado que no
quedaba nada para identificar? —pregunté.
—Sí —dijo Sinclair—, más fácil sí, pero también más arriesgado.
Un cuerpo sin identificar siempre atrae sospechas.
—¿Y la fotografía? —preguntó Molly—. ¿La del cuello... el cuello
cortado?
—En estos días, tampoco eso es imposible —dijo Sinclair, con
cansancio—, un contacto con alguien de los laboratorios de medios en el MIT...
—Claro —dije—. Fotografías retocadas con métodos digitales...
Él asintió. Molly no entendía del todo.
Yo le expliqué:
—¿Te acuerdas hace unos años, cuando la National Geographic vino
con una fotografía en la que habían corrido la pirámide de Giza para que
encajara?
Ella negó con la cabeza.
—Hubo controversia en algunos círculos —dije—. Pero el asunto es
que ahora se pueden retocar fotos de una forma tan sofisticada que casi nadie
puede detectar el truco.
—Correcto —dijo Sinclair.
—Fue para que el foco de atención no estuviera en el problema de
si te habían matado, sino en el cómo, ¿verdad?
—Bueno —dijo Molly—, a mí me engañaste. Pensé que te habían
asesinado, que te habían cortado el cuello en dos antes del accidente, que
habían matado a mi padre de una forma espantosa... Nada menos. Y aquí estás,
todo el tiempo, tomando sol y navegando en un lago del Canadá... —La voz se
hacía cada vez más fuerte, más furiosa. —¿Cuál era el punto? ¿Hacerme pensar a
mí que te habían matado? ¿Hacerle creer todo esto a tu propia hija?
—Molly... —trató de interrumpir su padre.
—¿Traumatizar y aterrorizar a tu hija, a tu propia hija? ¿Para
qué?
—¡Molly! —interrumpió él con desesperación—. ¡Escúchame!. Por
favor, escúchame... El punto era salvarme.
Respiró hondo y después empezó a contarnos todo.
65
La habitación en la que estábamos sentados —toda ventanas y
muebles de madera rústica— se oscurecía lentamente a medida que se acercaba el
crepúsculo. Nuestros ojos se iban acostumbrando a la oscuridad poco a poco.
Sinclair no se levantó a encender las luces. Nosotros tampoco lo hicimos. Ahí
estábamos, transfigurados, mirando su forma en sombras, escuchándolo.
—Una de las primeras cosas que hice cuando llegué a director,
Ben, fue pedir los archivos de tu corte marcial de hacía quince años. Siempre
había tenido sospechas sobre ese asunto y aunque tú querías olvidarte lo antes
posible, yo necesitaba saber la verdad sobre ese día.
"Si esto hubiera pasado en los viejos días, el asunto
habría muerto ahí. Pero la Unión Soviética ya no existía, y nos era mucho más
fácil acceder a los agentes soviéticos. La transcripción del juicio contra ti
revelaba la identidad del agente que había tratado de desertar, Berzin, así que
usé un canal complejo del que no voy a hablar, para hacer contacto con él.
"Los rusos habían averiguado algo sobre el intento de
deserción. Supongo que Toby les informó. Así que pusieron a Berzin en prisión
—por suerte, habían dejado de fusilar a ese tipo de agentes cuando Krushchev
llegó al poder—. Unos años después lo soltaron y lo enviaron a vivir a una casa
a cien kilómetros de Moscú.
"Bueno, el nuevo gobierno soviético no tenía interés en él,
así que yo pude hacer un trato. Le mandé un pasaje para él y uno para su esposa
y a cambio, me dio el archivo que había tratado de vender en París y que
probaba que Toby era, o mejor dicho, había sido, una especie de agente
soviético llamado
URRACA.
Molly interrumpió.
—¿Por qué "una especie de" agente soviético? —URRACA
no simpatizaba con el comunismo desde el punto de vista ideológico —explicó
Sinclair
"No trabajaba para ellos por propia voluntad. Empezó
en1956, o antes. Aparentemente, uno de los tipos importantes de la KGB había
encontrado a Toby con las manos en la masa: manipulando fondos de la Agencia.
Le dieron un ultimátum: o cooperas con nosotros, o le decimos a Langley lo que
sabemos, y tú te enfrentas a las consecuencias. Toby decidió cooperar.
"Como sea, este tipo Berzin me dijo que tenía una cinta
grabada del encuentro entre tú y Toby, y me la pasó. Confirmaba todo. Te habían
tendido una trampa. Le dejé el original a él pero la copié. Y le pedí que te
diera el original si alguna vez llegaba el momento de hacerlo, si tú se lo
pedías.
"Investigué toda la historia y supe que Toby no estaba ya
en una posición importante dentro de la Agencia, una posición caliente, sino a
cargo de proyectos externos que a mí me parecieron marginales... percepción
extrasensorial y cosas así, proyectos con los que nunca podría hacer demasiado
daño.
—¿Por qué no lo arrestaste? —pregunté.
—Habría sido un error arrestarlo antes de averiguar más sobre la
corrupción —dijo Sinclair—. No podía arriesgarme a que supieran que yo sabía.
—Pero si Toby era uno de los conspiradores —me preguntó Molly—,
¿por qué se te acercaba tanto físicamente en Toscana?
—Porque sabía que yo estaba demasiado drogado para intentar nada
—expliqué.
—¿De qué están hablando? —preguntó Sinclair.
Aquí Molly se volvió. Me miró. Yo desvié la vista: ¿qué sentido
tenía decírselo? ¿Qué sentido hubiera tenido aunque nos creyera?
—Tu carta explicaba lo del oro, lo de ayudar a Orlov a sacarlo
de Rusia —dije—. Aparentemente la escribiste apenas te encontraste con él en
Zúrich. ¿Qué pasó después?
—Supe que la desaparición del oro haría sonar toda clase de
alarmas —dijo él—, pero no tenía idea de lo que realmente significaba. Mandé a
Sheila a encontrarse con Orlov y llevar a cabo la segunda vuelta de
negociaciones, hacer los últimos arreglos. Horas después de volver de Zúrich,
la mataron camino a su departamento en Georgetown.
"Yo quedé aterrorizado y lleno de dolor. Sabía que la culpa
era mía, y estaba seguro de que era el próximo en la lista. Había una guerra
por el oro, una guerra desatada que seguramente conducían los Sabios. Casi ni
podía pensar... estaba en estado de shock, de dolor por Sheila."
Aunque apenas si veía la cara de Hal, la silueta misma me decía
que estaba tenso, por la concentración o tal vez por losnervios. Enfoqué la
mente y traté de recibir algún pensamiento, pero no había nada: no estábamos lo
suficientemente cerca.
—Y vinieron por mí, claro. Era cosa de horas después de la
muerte de Sheila. Dos hombres entraron en mi casa. Yo tenía un revólver cerca
de mi cama, a mano, y conseguí matar a uno. El otro, bueno, quería matarme pero
no con un disparo. Tenía en mente algo más elaborado, un accidente, y eso lo
hizo más lento.
—Lo diste vuelta —dije.
—¿Qué? —interrumpió Molly.
—Correcto —contestó Hal—, lo di vuelta. Hice un trato. Después
de todo, el director de la CIA tiene sus recursos, ¿no les parece?
Esencialmente, lo convertí a mi bando, como se enseñaba en los días del
entrenamiento. Tenía algo de dinero. Fondos reservados. Así que podía pagarle
muy bien y sobre todo, protegerlo.
"Supe por él que Truslow había dado la orden de matarme,
como antes con Sheila. Y que la idea era que el oro ya no estuviera en mis
manos ni en las de los gobiernos de Rusia y los Estados Unidos, sino en las de
los Sabios. Truslow ya había empezado sus preparativos para tenderme una
trampa, fotos que me mostraban en las islas Caimán, registros de computadora y
demás. Todo falso, claro. Iba a hacerme matar. Después me acusaría de la
pérdida del dinero.
"Fue entonces que supe que Truslow se había corrompido. Que
era uno de los Sabios. Y que no se detendría hasta que controlara el oro. Y me
di cuenta de que mi único camino era desaparecer.
"Así que yo le hice lo mismo: creé una fotografía, una que
me mostraba convincentemente muerto. Esa era la prueba que el hombre necesitaba
mostrarle a Truslow para cobrar su medio millón de dólares. Y cuando ya
"hubiera muerto", cuando hubieran enterrado a mi doble bajo tierra,
ese agente se sentiría a salvo. Para él era un gran trato. Y para mí también.
—¿Adonde está él ahora? —preguntó Molly.
—En Sudamérica, en alguna parte, creo yo. Seguramente en
Ecuador.
Pero yo oí por primera vez uno de los pensamientos de Hal, un
pensamiento bien claro: Lo hice matar.
Me parecía que las piezas del rompecabezas estaban empezando a
caer en su lugar, así que interrumpí el relato de Sinclair.—¿Qué sabes sobre un
asesino alemán cuyo nombre de código es Max?
—Descríbemelo.
Le dije cómo era Max.
—El Albino —contestó Sinclair enseguida—. Así lo llamábamos. El
nombre real es Johannes Hesse. Hesse era el especialista en trabajos sucios de
la Stasi hasta el día en que cayó el Muro de Berlín.
—¿Y después?
—Después, desapareció. En algún lugar de Cataluña, en ruta hacia
Burma donde se habían refugiado un número de camaradas de la Stasi. Supongo que
se metió en el negocio pero como agente privado.
—Estaba en la lista de pagos de Truslow —dije—. Otra pregunta:
¿esperabas que los Sabios buscaran el oro?
—Naturalmente. Y no me equivocaba.
—¿Cómo...?
Él sonrió.
—Escondí el número de cuenta en varios lugares, lugares que yo
sabía que ellos registrarían llegado el momento. En casa, en las cajas fuertes
de la oficina... En mis archivos ejecutivos. En código, claro.
—Para que fuera plausible —dije—. Pero ¿no crees que alguien
inteligente podría haber encontrado una forma de transferir el dinero? ¿Sin
detección?
—No desde esa cuenta. La pensé muy bien cuando hicimos el
contrato con el banco. Una vez que yo o mis herederos legales tuviéramos acceso
a la cuenta, el banco la activaba y entonces Truslow podría transferir el
dinero. Pero tendría que ir a Zúrich personalmente... y por lo tanto, dejar sus
huellas.
—¡Ah, ahora entiendo! Esa era la razón por la que Truslow
necesitaba que fuéramos a Zúrich! —exclamé de pronto—. Y la razón por la que,
una vez que activamos la cuenta, su gente trató de matarme. Pero seguramente tú
tenías un contacto confiable con el Banco de Zúrich.
Sinclair asintió, cansado.
—Necesito dormir. Necesito descansar.
Pero yo seguí diciendo:
—Así lo atrapaste: él mismo te dio sus "huellas"
servidas.
—¿Por qué dejaste la foto para mí en París? —preguntó Molly.
—Simple —contestó su padre—. Si me rastreaban hasta aquí y me
mataban, quería estar seguro de que alguien, en lo posible tú, encontrara los
documentos que escondí en esta casa.
—¿Tienes las pruebas, entonces? —pregunté.—Tengo la firma de
Truslow. No es que él haya sido poco concienzudo ni se haya apresurado:
vigilaban a Orlov todo el tiempo y yo estaba muerto. Tuvo muchas razones para
descuidarse.
—La mujer... la esposa de Berzin, me dijo que buscara a Toby.
Dijo que él cooperaría.
Sinclair había empezado a hablar más despacio, se le cerraban
los ojos. Cabeceaba.
—Es posible —dijo—. Pero Toby Thompson se cayó por las escaleras
hace dos días. En su casa. El informe dice que se le enredó la silla de ruedas
en la alfombra. Yo dudo de que haya sido un accidente. Como sea, está muerto.
Molly y yo nos quedamos sin habla por lo menos medio minuto. Yo
no sabía qué sentir: ¿llorar por el hombre que mató a tu esposa?
Sinclair rompió el silencio.
—Mañana tengo una reunión con Pierre La Fontaine para hacer unos
arreglos importantes en Montreal. —Sonrió. —Y para que lo sepan, el Banco de
Zúrich no sabe cuánto oro hay en la bóveda. Se depositó oro por cinco mil
millones de dólares. Pero faltan algunas barras... treinta y ocho, para ser
exactos.
—¿Dónde están? —preguntó Molly.
—Las robé. Las saqué y las vendí. Al valor actual, unos cinco
millones. Con todo el oro que hay ahí dentro, nadie va a notar que falta algo.
Y creo que el gobierno ruso me lo debe... nos lo debe... como comisión,
digamos.
—¿Cómo pudiste? —susurró Molly, casi sin voz.
—Es una fracción minúscula, Snoops. Cinco millones. Tú dijiste
que querías abrir una clínica para necesitados, ¿no? Ahí está el dinero. Es
tuyo. Ahora puedes hacerlo. Y ¿qué son cinco millones en un monto total de diez
mil?
Todos estábamos exhaustos. Molly y yo no tardamos mucho en
quedarnos dormidos en una de las habitaciones desocupadas. Las sábanas del
armario estaban limpias y bien planchadas aunque olían un poco a moho.
Yo me quedé a su lado un rato, sin dormir. Había pensado en
trazar un plan de acción para el día siguiente, pero en lugar de eso me dormí
durante varias horas. Me despertó un sueño que tenía algo que ver con algún
tipo de máquina que rugía rítmicamente, un motor tal vez, y para cuando me
senté en la cama, la luz de la luna pasaba por las ventanas. Supe entonces que
mi sueño había tenido que ver con un ruido externo, un ruido que se hacía cada
vez más poderoso.Un latido regular, mecánico. Un chump, chump, chump, muy
familiar para mí.
El sonido de la hélice de un helicóptero.
Sí, un helicóptero.
Sonaba como si hubiera aterrizado cerca. ¿Había un helipuerto en
la propiedad? Yo no lo había visto. Me volví para espiar por la ventana pero la
habitación que habíamos elegido daba directamente hacia el lago y el
helicóptero parecía venir desde el otro lado.
Salí corriendo del dormitorio hacia una ventana en el pasillo y
vi venir algo, sin duda alguna un helicóptero, desde una colina en la
propiedad. Apenas si podía distinguirlo en la oscuridad, pero allá, adelante,
había un helipuerto pavimentado que yo no había notado el día anterior. ¿Acaso
estaba llegando alguien?
¿O ya estaba aquí?
¿O —y la idea me sacudió de arriba a abajo—, o era que alguien
se estaba yendo?
Hal.
Abrí de par en par la puerta de su dormitorio y vi que la cama
estaba vacía. En realidad, estaba perfectamente hecha. O la había hecho antes
de partir (no muy probable) o no había dormido en ella (eso era más posible).
Junto al armario había una pila de ropa como si se hubiera marchado apurado.
No estaba. No había duda alguna de que había arreglado esa
partida en medio de la noche y, por lo tanto, no podíamos dudar que nos había
escondido la verdad intencionalmente.
¿Pero adonde había ido?
Sentí la presencia de alguien en la habitación. Me volví: Molly
estaba allí, frotándose los ojos medio cerrados con una mano y tirándose del
cabello con la otra.
—¿Dónde está, Ben? ¿Adonde fue? —me preguntó.
—No tengo idea.
—¿El del helicóptero era él?
—Supongo.
—Dijo que iba a encontrarse con Pierre La Fontaine.
—¿A medianoche? —dije, corriendo hacia el teléfono. En unos
segundos, conseguí el número de Pierre La Fontaine en la guía. Lo disqué y lo
dejé sonar mucho rato. Finalmente alguien contestó. Era La Fontaine pero tenía
la voz completamente dormida. Le di el teléfono a Molly.
—Necesito hablar con mi padre —dijo ella.
Pausa.
—Dijo que iba con usted a Montreal esta mañana.
Otra pausa.
—Dios —dijo ella y colgó.—¿Qué? —le pregunté.
—Dice que tiene que venir a verlo en tres días. Aquí, a la casa.
No van a encontrarse en Montreal ni en ninguna otra parte, no hoy.
—¿Por qué nos mintió? —pregunté.
—¡Ben!
Molly me entregó un sobre dirigido a ella. Lo había encontrado
bajo la pila de ropas.
Adentro había una nota escrita a las apuradas.
Snoops... perdóname y entiende por favor... No podía
decírselo... a ninguno de los dos. Hubieran tratado de detenerme porque los dos
me perdieron una vez... más tarde lo van a entender, lo prometo... Te quiero.
Papá.
Fue Molly la que, conociendo la idiosincrasia de su padre, la
forma escrupulosa en que llevaba archivos y anotaciones, encontró finalmente el
archivo color marrón en un cajón del estudio. Entre varios documentos
personales de distinto tipo —archivos de cuentas bancarias, papeles,
documentación para identidades falsas, y demás— había un montoncito de hojas
que, juntas, contaban toda la historia.
Aparentemente, Sinclair había alquilado un apartado postal en
St. Agathe bajo un nombre falso y en las últimas dos semanas había recibido
allí cierto número de documentos.
Uno de ellos era una fotocopia de una citación y el horario de
una audiencia televisada del Comité Seleccionado del Senado sobre Inteligencia.
La audiencia se llevaría a cabo esa misma noche, en la Sala 216 del edificio de
la Hart Office, del Senado de los Estados Unidos, en Washington.
Uno de los ítems de la audiencia estaba señalado con un círculo
en tinta roja: la aparición de un "testigo" no especificado a las
siete de esta tarde. Sólo quedaban quince horas.
Entonces entendí.
—El testigo sorpresa —murmuré en voz alta.
66
Molly soltó un grito.
—¡No! ¡No! Entonces está...
—Tenemos que ir con él, tiene que volver... —la interrumpí.
Todo encajaba ahora: todo tenía sentido, un sentido terrible.
Harrison Sinclair, el testigo sorpresa, era la víctima del próximo asesinato de
los Sabios y sus socios alemanes. Una ironía terrible me pasó por la cabeza:
Sinclair, a quien habíamos creído enterrado, estaba vivo de pronto pero lo
matarían de nuevo en cuestión de horas.
Molly (que debe de haber pensado lo mismo) se retorció las
manos, se las llevó a la boca. Se mordió los nudillos como para no gritar.
Empezó a caminar de un lado a otro en círculos frenéticos, tensos.
—Dios, Dios —susurraba—. Dios. ¿Qué podemos hacer?
Yo también estaba caminando, me di cuenta de pronto. No quería
asustar a Molly. Los dos necesitábamos calma, pensamientos claros.
—¿A quién podemos llamar? —dijo ella.
Yo seguí caminando en círculos.
—Washington —dijo ella—. Alguien en el comité.
Yo meneé la cabeza.
—Demasiado peligroso. No sabemos en quién podemos confiar.
—Alguien en la Agencia...
—¡Eso es ridículo!
Ella seguía mordiéndose los nudillos.
—Entonces otra persona. Un amigo. Alguien que pueda ir a la
audiencia...
—¿Ir? ¿Para qué? ¿Ir a enfrentarse con un asesino entrenado? No,
tenemos que ir nosotros. Alcanzarlo.
—¿Pero cómo? ¿Y dónde lo alcanzamos?
Empecé a pensar en voz alta.
—Ese helicóptero no va directo a Washington.—¿Por?
—Demasiado lejos. Y va demasiado lento.
—Montreal.
—Seguramente. Pero no podemos darlo por sentado. Yo calculo que
las probabilidades son altas. Puede ir a Montreal y ahí se va a detener por un
tiempo...
—O tomar un avión a Washington. Si controlamos los vuelos desde
Montreal a Wa...
—Ah, sí, sí —dije, impaciente—, pero si es que toma un vuelo
comercial. Seguramente, tiene un charter.
—¿Por qué? ¿No te parece más seguro un vuelo comercial?
—Sí, pero un avión privado tiene horarios más flexibles y es más
anónimo en otros sentidos. Yo en su lugar, alquilaría un avión. Supongamos que
el helicóptero lo lleva a Montreal... —Miré el reloj. —Seguramente ya está
allí.
—¿Pero adonde? ¿En qué aeropuerto?
—Montreal tiene dos, Dorval y Mirabel, para no hablar de los
miles de privados que hay desde aquí a la ciudad.
—Pero tiene que haber un número determinado de compañías de
charters en Montreal —dijo Molly. Sacó una guía de teléfonos de debajo de la
mesa, cerca del sillón. —Si las llamamos...
—¡No! —exclamé un poco demasiado fuerte—. La mayoría no va a
contestar el teléfono a esta hora de la noche. Y ¿quién dice que tu padre
arregló con una compañía canadiense'! Podría haber sido con una de las miles de
compañías de charters en los Estados Unidos...
Molly se dejó caer en el sillón. Las manos, contra la cara.
—Dios... Dios, Ben. ¿Qué podemos hacer?
Yo miré el reloj de nuevo.
—No hay salida —dije—. Tenemos que llegar a Washington y hacerlo
ahí.
—Pero no sabemos dónde va a estar en Washington.
—Claro que sí. En el edificio del Senado, en la audiencia, Sala
216 para más datos.
—Pero ¿y antes? No tenemos idea de dónde va a estar antes.
Tenía razón, por supuesto. Lo más que podíamos esperar era que
apareciera en la sala vivo y...
¿Y qué?
¿Cómo mierda íbamos a impedir el testimonio de Hal, a
protegerlo?
La solución, me di cuenta de pronto, estaba en mi cabeza. Mi
corazón empezó a latir con la fuerza de la excitación y el miedo.
Unos momentos antes de morir tan horriblemente, Johannes Hesse,
alias "Max", había pensado que otro asesino tomaría su lugar.
Yo no podía detener a Harrison Sinclair pero sí a su asesino.
Si alguien podía hacerlo, ése era yo.
—Vístete —le dije—. Ya sé qué hacer.
Eran las cuatro y media de la mañana.
67
Tres horas después —casi las siete y media de la mañana del
último día— nuestro avioncito tocó tierra en un pequeño aeropuerto en la parte
rural de Massachusetts. Quedaban menos de doce horas y aunque era un lapso de
tiempo sin rupturas, yo temía (con buenas razones) que no fuera suficiente.
Desde Lac Tremblant, Molly había contactado a una pequeña
compañía de charters llamada Compagnie Aéronautique Lanier, con base en
Montreal, que promocionaba su disponibilidad de servicios en casos de
emergencia a cualquier hora del día o de la noche. La llamada había pasado al
piloto de guardia y lo había despertado. Molly le había explicado que era
médica y quería volar al Aeropuerto Dorval de Montreal por una emergencia. Dio
las coordenadas exactas del helipuerto de su padre y una hora después nos recogieron
en un Bell 206 Jet Ranger.
En Dorval, arreglamos con otra compañía de charters para volar
de Montreal a la base Hanscom de la Fuerza Aérea en Bedford, Massachusetts.
Cuando nos pidieron que eligiéramos el avión —la oferta era entre un Séneca II,
un Commander, un King Air Jet a propulsión, o un Citation 501— nos decidimos
por el Citation, que era de lejos el más rápido, capaz de alcanzar unas 350
millas por hora o más. En Dorval, pasamos la aduana con facilidad: apenas
miraron nuestros pasaportes estadounidenses falsos (usamos los del señor y la
señora Brewer, lo cual nos dejaba un par más, vírgenes, por si alguna vez
necesitábamos ser el señor Alan Crowell y señora). De todos modos, cuando Molly
explicó que se trataba de una emergencia médica, nos pasaron por allí a toda
velocidad.
En Hanscom alquilamos un auto y yo manejé los cuarenta y cinco
kilómetros lo más rápido que pude, justo en el límite de velocidad. Cuando le
expliqué mi plan a Molly, nos quedamos sentados en un silencio amargo. Ella
estaba aterrorizada, pero seguramente se dio cuenta de que no tenía sentido
discutir conmigo, ya que ella no lograba diseñar un plan que fuera menos
riesgoso para salvar la vida de su padre. Yo necesitaba aclarar mi mente lo más
posible para pensar en las posibilidades de fracaso y encontrarlas antes de que
se dieran. Sabía que Molly hubiera querido que yo le dijera que todo saldría
bien, pero yo no podía hacerlo y además apenas si tenía tiempo de madurar mi
plan hasta el momento crucial.
Sabía que sería un desastre que me detuvieran por exceso de
velocidad. Yo había alquilado el auto con una licencia de conductor falsa de la
ciudad de Nueva York y una tarjeta Visa también falsa. Habíamos logrado engañar
a los de la agencia de alquiler, pero no sobreviviríamos al control de rutina
de un policía del Estado de Massachusetts, que se lleva a cabo cada vez que se
expide una multa por cualquier falta a la ley de tránsito. No había ningún
registro de mi licencia en el banco de datos de la computadora interestatal y
todo el plan volaría en pedazos inmediatamente.
Así que manejé con cuidado hacia la ciudad de Shrewsbury en
medio de la hora pico. Un poquito antes de las ocho y media llegamos a la
pequeña casa amarilla de los suburbios, que buscábamos. Era el domicilio
particular de un hombre llamado Donald Seeger.
Seeger era un riesgo, a decir verdad, pero un riesgo calculado.
Era un negociante de armas, dueño de dos negocios de alquiler de armas en las
afueras de Boston. Entregaba armas de fuego a la policía del Estado y, si era
necesario, al FBI (cuando necesitaban conseguir armas particulares con rapidez
sin pasar por canales burocráticos largos y complejos).
Seeger ocupaba un área gris especial del mercado de armas más o
menos legal, en algún lugar indefinido entre los fabricantes de armas y los
clientes que por alguna razón necesitaban gran discreción y no la conseguían si
trataban directamente con los distribuidores o los vendedores de la red común.
Pero además de todo eso, yo lo conocía lo suficiente como para
creer que podía confiar en él. Uno de mis compañeros de estudios legales había
crecido en Shrewsbury y Seeger era un amigo de su familia. El comerciante de
armas, que generalmente no trataba con abogados, y que (como casi todo el
mundo, supongo) los despreciaba, necesitaba algo de consejo legal (gratis) en
cuanto a un fabricante de armas enojado que lo amenazaba, me había dicho mi
amigo abogado. Ciertamente no era mi área, pero había hecho que uno de mis
amigos encontrara la respuesta que Seeger necesitaba y él había quedado muy
agradecido y me había llevado a cenar a un buen restaurante de carnes en Boston
para demostrarlo.
—Si alguna vez puedo hacer algo por usted —me dijo mientras
comía un filet mignon y levantaba su jarra de cerveza Bass—, llámeme.En ese
momento, pensé que nunca lo vería de nuevo, pero ahora era tiempo de cobrar mi
deuda.
Atendió la puerta su esposa en un vestido de entrecasa de tela
estampada con pequeñas flores azules ya descoloridas.
—Don está trabajando —dijo mirándonos con sospecha—.
Generalmente se va entre las siete y media y las ocho.
La oficina del depósito y negocio de Seeger era un edificio de
ladrillos largo y sin carteles sobre una calle comercial a unos kilómetros de
su casa, cerca de Ground Round. Visto de afuera, podría haber sido uno de esos
depósitos en los que se alquilan lugares por un precio mensual, o tal vez una
planta de lavado de alfombras, pero adentro el sistema de seguridad era muy
sofisticado.
Seeger se sorprendió al verme, por supuesto, pero corrió a la
puerta con una sonrisa de oreja a oreja. Tenía unos cincuenta años y estaba en
un muy buen estado físico, con el cuello de toro ancho y poderoso como la
última vez que yo lo había visto. Usaba un saco azul, tal vez un talle
demasiado chico, sin abotonar.
—¿El abogado, no? —dijo, haciéndonos pasar junto a estantes de
metal llenos de cajas de armas—. Ellison. ¿Qué mierda está haciendo por aquí en
los bosques?
Le dije lo que quería.
Seeger, que antes me había parecido básicamente inconmovible, se
detuvo un instante, mirándome, con los ojos astutos y cuidadosos.
Se encogió de hombros, después.
—Lo tiene —dijo.
—Algo más —agregué—. ¿Podría usted obtener algún consejo para
pasar una Sirch-Gate III modelo SMD200W por un detector de metales?
Me miró un largo, largo rato.
—Tal vez —dijo.
—Sería importante.
—Supongo. Sí, tengo un amigo que es consultor de seguridad.
Puedo hacer que me mande un fax en unos minutos.
Le pagué en efectivo, por supuesto. Para cuando terminamos la
transacción, ya estaba abierta la casa de suministros médicos en Framingham, a
unos quince kilómetros más o menos.
El negocio, que se especializaba en equipos para inválidos,
tenía unas cuantas sillas de ruedas. La mayoría, descartables con una sola
mirada. Cuando expliqué que buscaba una para mi padre, el vendedor me recomendó
inmediatamente las más livianas, más fáciles de cargar en un auto. Le dije que
mi padre era un hombre especial, algo excéntrico, y que prefería una silla que
tuviera la mayor cantidad de acero posible y poco aluminio. Quería algo sólido.
Finalmente, me decidí por una silla antigua, buena, de Invacare.
Era muy pero muy pesada; con marco de acero carbónico cromado en su superficie
y un diámetro hueco en los apoyabrazos suficiente para mis intenciones.
La cargué en la caja de cartón, haciendo un gran esfuerzo y dejé
a Molly en un centro comercial para que comprara un traje caro a rayas, dos
talles más grandes de mi talle habitual, una camisa, gemelos y algunas otras
cosas.
Mientras tanto, yo seguí hasta un taller en Worcester. Seeger me
había recomendado al dueño, un hombre grandote, un ex convicto llamado Jack
D'Onofrio. Era hombre temperamental, había dicho Seeger, pero un maestro en el
trabajo en metales. Seeger lo había llamado de antemano y le había informado
que yo era un buen amigo suyo y que si me trataba bien, yo le devolvería el
favor con creces.
A pesar de la llamada, D'Onofrio no estaba de buen humor cuando
abrió. Inspeccionó la silla de ruedas con irritación y furia, tocando los
grandes apoyabrazos de plástico gris fijados al metal con tornillos Phillips.
—No sé —dijo por fin—, no es fácil agujerear este plástico.
Podría reemplazarlos con teca. Eso sería muchísimo más fácil.
Yo lo pensé un momento y después dije:
—Adelante.
—El acero no es problema. Cortar y soldar. Pero tengo que
cambiar el diámetro de la goma del frente.
—No tiene que haber ni rastros del corte, de cerca tampoco
—dije—. ¿Qué le parece un serrucho tipo quirúrgico para cortar el tubo?
—Eso es lo que pensaba hacer.
—De acuerdo. Pero la necesito en una hora o dos.
—¿En una hora? —espetó él—. Tiene que estar bromeando, viejo...
—Hizo un gesto que abarcó con los brazos el negocio lleno de cosas. —Mire eso.
Estamos tapados, viejo... Totalmente tapados... ¡Hasta la coronilla!
Una, hasta dos horas, era presionarlo un poco, pero no era
imposible. El hombre estaba negociando, claro. Yo no tenía tiempo que perder,
ése era el problema: saqué un fajo de billetes y se lo tiré.
—Estamos preparados para pagar más —dije.
—Veré lo que puedo hacer...La última cita era la más difícil de
arreglar y, en cierto modo, la más riesgosa. De tanto en tanto, las fuerzas
policiales, el FBI y la CÍA tienen que pedir los servicios de especialistas en
técnicas de disfraz. Generalmente, son personas entrenadas en el teatro, en la
aplicación de prótesis y maquillaje, pero el disfraz para cobertura de acciones
ilegales es un arte muy especializado. El artista debe poder transformar a un
funcionario o un agente cualquiera en alguien totalmente irreconocible, capaz
de pasar los exámenes más cuidadosos y exhaustivos. Por lo tanto, las técnicas
son limitadas y el número de artistas, muy escaso.
Tal vez el mejor, un hombre que había hecho trabajos ocasionales
para la CIA (y para una larga lista de estrellas de cine y televisión y líderes
políticos y religiosos de primera línea), se había jubilado y vivía en Florida,
según averigüé. Finalmente, después de varias llamadas telefónicas a compañías
de disfraces y de teatro en Boston, obtuve el número de un viejo, un húngaro
llamado Balog que había hecho trabajos para el FBI y conocía los requisitos. Su
trabajo le había permitido a un funcionario del FBI infiltrarse en una familia
de la Mafia en Providence no una sino dos veces, me dijeron. Eso era suficiente
para mí. Trabajaba en un viejo edificio de oficinas de Boston, como socio de
una compañía de maquillaje teatral. Lo conseguí poco antes del mediodía.
Como no había tiempo para ir hasta Boston y volver, arreglé que
se encontrara conmigo en un Holiday Inn, en Worcester, donde yo había reservado
una habitación. Para hacerme tiempo, tendría que abandonar a sus clientes el
resto del día. Le dije que valdría la pena.
—Tenemos que separarnos —le dije a Molly cuando llegamos al
Holiday Inn—. Tú haz los arreglos de vuelo. Y ven a verme cuando termines.
Ivo Balog era un hombre de cerca de setenta años, rasgos rudos y
piel roja de bebedor, pero yo me di cuenta enseguida de que fueran cuales
fuesen sus defectos personales, Balog era un mago.
Meticuloso y muy inteligente, se pasó un cuarto de hora
inspeccionándome la cara antes de abrir la caja de maquillaje.
—¿Quién quiere ser exactamente? —me preguntó.
Mi respuesta, que yo había supuesto perfectamente razonada, no
lo satisfizo.
—¿De qué vive la persona que usted quiere personificar?
—preguntó—. ¿Dónde vive? ¿Tiene dinero o no? ¿Fuma? ¿Está casado?
Conversamos unos minutos, fabricando la biografía falsa.Varias
veces, objetó mis sugerencias, diciendo una y otra vez el mantra de su
profesión, en su inglés muy extranjero:
—No, la esencia del diseño es la simplicidad.
Finalmente, me destiñó el color oscuro del cabello castaño y las
cejas y después lo convirtió en un gris plateado.
—Puedo agregarle diez, tal vez quince años —me advirtió—, más es
peligroso.
Él no tenía idea de la razón por la que yo estaba pidiéndole
todo eso pero no había duda de que sentía la tensión. Y yo apreciaba su
cuidado, su meticulosidad.
Aplicó una loción química para tostarme la cara y la distribuyó
con cuidado para evitar líneas blancas que pudieran desenmascararme.
—Esto puede llevar dos horas —dijo él—. Supongo que tenemos ese
tiempo.
—Sí —dije.
—Bien. Déjeme ver la ropa que se va a poner.
Inspeccionó el traje y los zapatos negros muy brillantes, y
asintió. Estaba de acuerdo.
Luego pensó en algo.
—Pero... ¿y la protección antibala?
—Aquí está —dije, levantando la Safariland Cool Max, una remera
de fibra de Spectra ultraliviana que según había dicho Seeger es diez veces más
fuerte que el acero.
—Linda —dijo Balog, con admiración—. Delgada.
Para cuando la crema se secó, Balog ya me había aplicado una
pintura para oscurecerme los dientes y me había fabricado una barba realista
bien cortada y un par de anteojos de marco de carey.
Cuando Molly volvió a la habitación, se quedó fría, la mano en
la cara.
—Mi Dios —dijo—. ¡Me engañaste por un momento!
—Un segundo no basta —dije y luego me volví para mirarme por
primera vez en el espejo del hotel. Yo también me quedé de una pieza. La
transformación era extraordinaria.
—La silla está en el baúl —dijo ella—. Vas a tener que
inspeccionarla. Escucha... —Miró al artista del maquillaje con preocupación. Yo
lo miré también y le pedí que se fuera al vestíbulo durante unos momentos.
—¿Qué pasa?
—Había un problema con la audiencia —dijo ella—. Generalmente,
las audiencias son públicas y abiertas, excepto las secretas. Pero esta vez, no
sé por qué, tal vez porque se televisa, admiten sólo prensa e invitados
especiales.
Yo le contesté con calma; no quería dejarme dominar por el
pánico.—Dijiste que había un problema; había, dijiste...
Ella tenía una sonrisa tensa: algo seguía preocupándola.
—Llamé a la oficina del senador del Commonwealth de
Massachusetts... —dijo ella—. Le dije que era asistente administrativa de un
tal doctor Charles Lloyd de Weston, Massachusetts, que está en Washington y
quiere ver una audiencia en vivo y en directo. La gente del senador siempre
está encantada cuando puede hacerle un favor a un votante. Hay un pase
esperándote en la sala.
Se inclinó y me besó la frente.
—Gracias —dije—. Pero no tengo identificación con ese nombre y
no hay tiempo para...
—No van a pedir identificación. Ya pregunté. Les dije que te
habían robado la billetera y entonces me sugirieron que llamaras a la policía.
De todos modos, nunca piden identificación en las audiencias públicas... En
general, no piden pases tampoco.
—¿Y si controlan y descubren que ese médico no existe?
—No van a controlar, pero si lo hacen, sí que existe. Charlie
Lloyd es el jefe de cirugía del Hospital General de Massachusetts. Siempre pasa
todo este mes en el sur de Francia. Ahora, está de vacaciones con su esposa en
Iles d'Hyéres, en la costa de Toulon, Costa Azul, claro. Pero el servicio de
mensajería dice solamente que está fuera de la ciudad. A nadie le gusta saber
que su cirujano está en Provenza o algún lugar así.
—Eres genial.
Ella se inclinó con modestia.
—Gracias, pero en cuanto al vuelo...
Yo sentí inmediatamente, por su tono de voz, que algo no andaba
bien.
—No, Molly. No hay líos con el vuelo, ¿no es cierto?
Ella contestó al borde de la histeria.
—Llamé a todas las compañías de charters de cien kilómetros a la
redonda. Sólo una tenía un avión disponible con tan poca anticipación. Todo el
mundo está completo por el resto de la semana...
—Y lo alquilaste, ¿no?
Ella dudó.
—Sí, sí... Pero no es cerca. Están en el Aeropuerto Logan.
—¡Eso es a una hora de camino! —rugí. Miré el reloj: eran más de
las tres de la tarde. Teníamos que estar en el Senado antes de las siete.
¡Cuatro horas! —Diles que lleven el avión a Hanscom. Paga lo que te pidan.
¡Pero hazlo!
—Ya lo hice —espetó ella—. ¡Lo hice, mierda! Les ofrecí el
doble, el triple... Pero el único avión que tienen, un Cessna 303 dos motores,
no va a estar listo hasta el mediodía, ydespués, todavía tienen que revisarlo y
lo que ha...
—¡Mierda, Molly, mierda! Tenemos que estar en Washington a las
seis, a más tardar... ¡Tu maldito padre...!
—¡Eso ya lo sé! —Ella levantó la voz casi hasta el alarido; le
corrían las lágrimas por las mejillas. —¿Crees que no me doy cuenta, carajo? El
avión va a estar en Hanscom en media hora.
—Eso no nos da tiempo, mierda... El vuelo es de dos horas y
media...
—Hay un vuelo comercial desde Boston cada media hora, por
Dios...
—No. No podemos tomar vuelos comerciales. Sería una locura. ¿En
este punto del plan? Es demasiado arriesgado aunque más no fuera por las
armas... —Una vez más miré mi reloj y calculé mentalmente. —Si nos vamos ahora,
apenas si llegamos al Senado.
Dejé entrar a Balog, le pagué, le agradecí su ayuda y lo
acompañé a la salida.
—Vamonos ya, carajo —dije.
Eran las tres y diez.
68
Unos minutos después de las tres y media, estábamos en el aire.
Molly ya había resuelto otro de los problemas, como siempre. Los
planos de los edificios públicos de Washington D.C son públicos y están en las
oficinas de la ciudad. El problema es obtenerlos pero hay un número de
compañías privadas en Washington que se especializa en esas búsquedas por un
pago fijo. Mientras yo me convertía en un digno hombre maduro en silla de
ruedas, Molly había hecho contacto con una de esas compañías y —por una suma
exorbitante— se había hecho mandar por fax las fotocopias de los planos del
edificio donde se llevaría a cabo la audiencia.
Mientras eso estaba en camino, se había inventado una identidad
como editora de The Worcester Telegram y así había hablado con el Senador de
Ohio al que correspondía la vice-presidencia del Comité. La ayudante de prensa
del Senador estuvo más que contenta de entregarle a una editora el horario
exacto de la audiencia de la noche.
"Gracias a Dios por la tecnología del fax", me dije.
Durante el vuelo de dos horas y media, estudiamos el horario y
los planos hasta que finalmente me pareció que el plan era razonable y que tal
vez tendría posibilidades de tener éxito.
Parecía a prueba de tontos.
A las 06:45 la camioneta que había alquilado en el aeropuerto se
detuvo a la entrada del edificio del Senado. Unos minutos antes, el conductor
había dejado a Molly a varias cuadras. Ella estaba enojada con esa parte del
plan: si yo estaba arriesgando mi vida para salvar la de su padre, ¿por qué
ella tendría que limitarse a manejar el auto de la huida? Ya lo había hecho en
Baden Baden, y no pensaba volver a hacerlo.
—No te quiero ahí —le dije en el camino al Capitolio—. Con uno
de nosotros en peligro es suficiente.
Ella hizo una mueca pero yo seguí explicándole:
—No estás disfrazada y aunque sí estuvieras, es demasiado
arriesgado que vayamos los dos. Los enemigos de tu padre están en todo, no
podemos dejar que nos vean juntos. Si reconocen a uno... Y si somos dos, son
más las posibilidades de que nos vean. Y además éste es un trabajo para una
sola persona.
—Pero no sabes la identidad del asesino, así que ¿para qué el
disfraz?
—Habrá otros, hombres de Truslow o de los alemanes... gente que
seguramente sabe cómo soy. Les deben de haber informado. Y tienen instrucciones
de eliminarme si me ven, de eso estoy seguro —contesté.
—De acuerdo. Pero no entiendo por qué no puedes pasar el arma a
través de la entrada de prensa y sacar al asesino. Seguramente no hay
detectores de metales allí.
—Tal vez los haya, pero no estoy seguro. De todos modos, no se
trata sólo de pasar el arma. La prensa está en el segundo piso... demasiado
lejos de los testigos. Y del lugar donde va a colocarse el asesino.
—¿Demasiado lejos? —preguntó Molly, que no estaba de acuerdo—.
Eres muy buen tirador, Ben. Por Dios, ¡hasta yo tiro lo bastante bien como para
lograrlo desde allí!
—Ese no es el punto —le contesté con brusquedad—. Tengo que
estar cerca del asesino, y determinar quién es. La prensa está demasiado lejos.
Era evidente que yo tenía razón así que Molly se calló, sin
ganas. En asuntos de medicina ella era la experta; en esto, en cambio, el
experto era yo, o por lo menos, tenía que serlo.
El Capitolio estaba iluminado, la cúpula brillante contra la
oscuridad de la noche. El tránsito rugía con todos los habitantes de las
afueras que corrían a casa después de un día de trabajo en las oficinas del
gobierno.
Fuera del edificio había una gran multitud: espectadores,
visitantes, miembros de la prensa. Una larga línea que salía serpenteando desde
la puerta: gente que esperaba que la dejaran pasar a la Sala 216, dignatarios y
afortunados con pases, supuse.
Era una multitud brillante: la audiencia de esa noche era algo
esperado en Washington y reunía a los grandes y a los poderosos de la capital
de la nación.
Entre ellos estaba el nuevo director de la CIA, Alexander
Truslow, que acababa de volver de una visita a Alemania.
¿Para qué había venido?
Dos de las mayores cadenas de televisión de los Estados Unidos
cubrían el interrogatorio en vivo, cancelando para eso sus programas
habituales.
¿Cómo reaccionaría el mundo cuando viera que el testigo sorpresa
era nada menos que el difunto Harrison Sinclair? La impresión, la repercusión
serían extraordinarias.Pero eso no sería nada comparado con el asesinato de
Sinclair grabado en vivo en televisión.
¿Cuándo saldría Hal?
¿Y desde dónde?
¿Cómo podría yo detenerlo, protegerlo! ¿Cómo, si ni siquiera
sabía desde dónde vendría?
El conductor puso mi silla de ruedas en la plataforma de atrás
de la camioneta y la bajó a tierra. La silla dejó escapar un quejido
electrónico. Luego él la desprendió del todo y me ayudó a subir. Cuando me dejó
en el vestíbulo de entrada, le pagué y se fue.
Me sentía expuesto y vulnerable y estaba muy asustado.
Para Truslow y su gente y el nuevo Canciller alemán, los riesgos
eran enormes. Había mucho enjuego. No podían dejar que el complot se hiciera
público, eso era seguro. Entre ellos y su versión de la conquista global sólo
quedaban dos hombres, dos hombres insignificantes. Sólo Hal y yo entre ellos y
los restos de un nuevo mundo a dividirse en dos grandes mitades; entre ellos y
una fortuna incalculable. El botín no era de cinco o de diez mil millones, no,
era de cientos de miles de millones de dólares.
Frente a ese botín, ¿qué podían valer las vidas de dos tontos
como Benjamín Ellison y Harrison Sinclair?
¿Había alguna duda de que no dudarían en eliminarnos, en
"neutralizarnos" como decíamos los espías?
No.
Y ahí, en la habitación, más allá de la multitud, más allá de
los dos detectores de metal, más allá de las dos filas de guardias de
seguridad, estaba sentado Alexander Truslow, al comienzo de su discurso. Sin
duda había muchos de los suyos entre los de seguridad.
¿Y el asesino? ¿Dónde estaba?
¿Quién era el asesino?
Mi mente corría en círculos. ¿Me reconocerían a pesar del
disfraz, del esfuerzo que había puesto en esa parte del plan?
¿Me reconocerían!
Parecía improbable. Pero el miedo es irracional y no está sujeto
a la lógica.
Yo parecía un inválido en silla de ruedas. Estaba sentado sobre
mis piernas y había puesto una manta sobre ellas para completar el efecto. La
silla de ruedas era lo suficientemente grande como para eso. Balog, el mago del
maquillaje, había cosido los pantalones para que se parecieran a los típicos
arreglos que hacen los sastres caros para los clientes ricos e inválidos. Nadie
miraría mucho a un viejo en silla de ruedas. Tenía el cabello y la barba grises
y las arrugas de la edad podían pasar el más cuidadoso de los exámenes
visuales. Había manchas oscuras en mis manos y los anteojos me daban una
dignidad profesional que, en combinación con todo lo demás, cambiaba mucho mi
apariencia. Balog se había negado a hacer nada que no fuera muy pero muy sutil
y yo se lo agradecía. Sin duda en esa fila de entrada, yo parecía un
diplomático o un ejecutivo, un hombre de cincuenta o sesenta años que había
sufrido los ataques injustos de la edad. No era Benjamín Ellison.
Por lo menos, eso quería creer.
Mi inspiración era Toby, por supuesto. Un hombre al que no
volvería a ver, con el que nunca me enfrentaría en persona. Lo habían matado
pero me había dado una idea antes de partir.
Un hombre en silla de ruedas atrae atención y, al mismo tiempo,
la desvía. Tiene que ver con una de las características de la mente humana. La
gente se da vuelta para mirarlo, sí, pero inmediatamente desvía la vista —eso
puede decirlo cualquiera que haya estado en una silla de ruedas— porque es como
si le diera vergüenza que alguien descubriera su curiosidad y, por eso, la
persona en silla de ruedas suele adquirir cierto anonimato.
Yo me había cuidado de llegar lo más tarde posible. No hubiera
sido prudente quedarme sentado demasiado tiempo en la sala de audiencias, donde
había posibilidades de que alguien me reconociera.
También había tomado otra precaución siguiendo una idea de
Molly. Ya que uno de los sentidos humanos que más importan subliminalmente (y
menos suelen tomarse en cuenta) es el del olfato, ella me había sugerido poner
algo con olor medicinal en la silla. Dijo que el olor de hospital completaría
el disfraz. A mí me había parecido brillante.
Ahora esperaba en la multitud, mirando alrededor con la gravitas
que correspondía a mi situación en la vida. Una pareja madura me hizo un gesto
para que me pusiera delante de ellos en la fila. Acepté la oferta, me acerqué y
les agradecí.
Había una larga mesa junto a los detectores de metales: allí
entregaban pases azules a los que figuraban en la lista de invitados. Cuando
llegué a la mesa, reclamé el mío a nombre del doctor Charles Lloyd del Hospital
General de Massachusetts en Boston.
Con el pase en la mano los invitados pasaban por el detector uno
por uno. Como suele suceder, hubo varias falsas alarmas. Una vez la alarma sonó
con fuerza. Le pidieron al visitante que se sacara todo de los bolsillos. Por
la información que me había dado Seeger, yo sabía que el detector era un
Sirch-Gate III lo suficientemente sensible en el centro como para detectar un
peso casi insignificante de metal. También sabía que las precauciones serían
cuidadosas y exhaustivas.
Por eso, claro está, la silla de ruedas. Yo sabía que Toby la
había usado más de una vez para llevar una pistola bajo el asiento. Yo no me
había atrevido a tanto. Era muy fácil descubrir algo así si revisaban. El
American Derringer modelo 4, un arma muy poco usual, estaba ahora metida en el
brazo de la silla de ruedas. Nadie la diferenciaría de la silla misma.
Pero me latía con fuerza el corazón cuando pasé. Los latidos me
llenaban los oídos con un golpeteo rápido que bloqueaba todo lo demás.
Sentí que me corría el sudor por la frente, sobre las cejas y
luego, más abajo, en un arroyito hacia las mejillas.
No, claro que nadie oía el espanto de mi corazón. Pero la
transpiración era algo que todos podían ver. Y cualquier agente de seguridad
entrenado para detectar señales de nerviosismo y tensión se arrojaría
directamente sobre mí. ¿Por qué sudaba tanto ese caballero próspero en su silla
de ruedas? No hacía tanto calor en el vestíbulo. En realidad, estaba bastante
fresco.
De pronto, me pareció que habría debido tomar algo para
controlar mis respuestas anatómicas, pero lo cierto era que no quería atontar
mis reflejos.
Y mientras el sudor me corría por la frente, uno de los guardias
de seguridad, un joven negro, me llamó a un costado.
—¿Señor? —preguntó.
Yo lo miré, sonreí con amabilidad, y me acerqué a un costado de
la puerta del detector.
—Su pase, por favor.
—Claro —dije y le entregué el papel azul—. Dios, ¿cuándo llega
el invierno? Odio este clima.
El asintió sin prestar demasiada atención, miró el pase y me lo
devolvió.
—A mí me encanta —dijo—. Ojalá fuera así todo el año. El
invierno viene pronto, demasiado pronto. Yo odio el frío.
—A mí, me encanta —dije—. Me gustaba mucho esquiar.
Él sonrió, con pena.
—Señor... ¿está usted...?
Adiviné lo que quería decir.
—No puedo salir fácilmente de esta cosa, si eso es lo que quiere
decir. —Golpeé los brazos de la silla imitando a Toby. —Espero no causar muchos
problemas.
—No, señor, claro que no. Obviamente no puede pasar por el
detector, así que voy a usar uno de mano.
Se refería a la unidad de detección de metales Search Alert, de
mano, que emite un tono de oscilación. Si alguien la pone cerca del metal, el
tono se hace agudo.—Adelante —dije—. Lamento todo esto.
—No hay problema, hombre. No hay problema. Yo lamento tener que
hacerlo pasar por esto. Pero por alguna razón hoy hay mucho control. —Levantó
de la mesa la pequeña máquina, una caja unida a una gran U de metal. —Se supone
que es suficiente con los pases... Pero hoy hacen de todo. Hay otro detector
ahí. —Señaló la estación de seguridad a la entrada de la sala misma. —Va a
tener que pasar por todo esto de nuevo, se lo prevengo. Supongo que está
acostumbrado, ¿no?
—Es el menor de mis problemas —dije con placidez.
La máquina gimió cuando se me acercó y yo me puse tenso. Él me
la pasó por las piernas, sobre las rodillas y de pronto, cuando llegó a los
muslos —y al revólver escondido— el ruido se agudizó.
—¿Qué tenemos aquí? —murmuró él más para sí mismo que para mí.
—La mierda esta es demasiado sensible. El metal de la silla...
Y mientras yo me quedaba sentado, empapado de sudor, con la
sangre en los oídos, oí la voz amplificada de Alexander Truslow que venía del
sistema de amplificación de la sala.
—... deseo agradecer al comité —estaba diciendo— por llamar la
atención del público sobre el grave problema que aqueja a la Agencia que tanto
amo.
El guardia movió el dispositivo de sensibilidad y me lo volvió a
pasar.
Y la escena se repitió: cuando la máquina se acercó al brazo de
la silla donde estaba escondida el arma, se oyó un gemido metálico.
Yo me puse tenso otra vez y sentí que me caía el sudor por la
frente, por las orejas, por la nariz.
—Mierda con esto —dijo el guardia—. Disculpe el lenguaje, señor.
La voz de Truslow de nuevo, clara y melodiosa.
—... eso me ayuda mucho en mi trabajo. Quien quiera que sea este
testigo, y cualquiera sea la naturaleza de su testimonio, sólo puede
beneficiarnos.
—Si no le importa —dije—, quisiera llegar antes de que termine
el discurso de Truslow.
El guardia retrocedió, apagó la máquina, frustrado y dijo:
—Odio estas cosas, venga por aquí. —Me escoltó alrededor del
detector grande. Yo asentí, lo saludé con la cabeza y me acerqué a la segunda
estación de seguridad. Parecía un cuello de botella: una gran multitud se
estaba reuniendo adentro. ¿Qué pasaba? ¿Por qué tanto retraso?
Otra vez, Truslow en los altoparlantes, tranquilo, gracioso.
—...cualquier testimonio que pueda abrir las persianas y hacer
entrar la luz del día...
Yo maldecía por dentro; todo el cuerpo me gritaba. ¡Vamos,
vamos! El asesino ya debía de estar en su lugar y, en unos segundos, el padre
de Molly entraría en esa habitación atestada de gente...
Y ahí estaba yo, detenido por un grupo de policías de
alquiler...
¡Vamos, mierda, mierda!
¡Vamos!
Otra vez me pusieron a un costado del detector grande. Esta vez
era una mujer, blanca, madura, con el cabello rubio y una figura grande que
apenas si entraba en el uniforme azul.
Miró el pase con cuidado, me miró y llamó a otra.
Ahí estaba, a cuestión de metros, sólo metros, de la entrada a
la Sala 216 y esa maldita mujer se tomaba su tiempo...
Desde la sala, oí un murmullo grave. Un murmullo de multitud. El
brillo súbito de los flashes de las cámaras.
¿Qué era?
¿Había llegado Hal a la sala?
¿Qué mierda estaba pasando?
—Por favor —dije, mientras la mujer volvía con otra de la misma
edad, ésta negra y más flaca, aparentemente su superior—, quisiera entrar lo
antes posible.
—Espere un segundo —dijo la rubia—. Lo lamento.
Se volvió a su jefa, que me dijo:
—Lo lamento, señor, pero va a tener que esperar hasta el primer
receso.
—No entiendo —dije. ¡No! ¡No, no era posible!
Desde la sala de audiencias, los tonos del presidente del
comité, estentóreos, severos.
—Gracias, señor director. Todos apreciamos el hecho de que haya
venido hasta aquí a darnos su apoyo en un momento que sólo puede ser doloroso
para la CIA. En este punto y sin hacer perder más tiempo a nadie, nos gustaría
presentar al último testigo de estas audiencias. Les voy a pedir que no usen
sus flashes y que todo el mundo permanezca sentado mientras...
—Pero tengo que entrar —protesté.
—Lo lamento, señor —dijo la jefa—. Tenemos instrucciones. No nos
permiten admitir a nadie en este momento, no hasta que haya un receso o algo de
ese tipo. Lo lamento.
Me quedé sentado, paralizado de horror y ansiedad, mirando a las
dos guardias con desesperación.
En unos segundos, asesinarían al padre de Molly.
No podía quedarme sentado ahí. Tenía que entrar, había llegado
tan lejos, habíamos llegado tan lejos...
Tenía que hacer algo.
69
Las miré con los ojos fuera de las órbitas, con indignación y
dije:
—Miren, es una emergencia médica...
—¿Qué dice usted, señor?
—Es algo médico, carajo. Es personal. No tengo tiempo...
—Indiqué mi entrepierna, el intestino, la vejiga, o lo que ellas decidieran
entender de mi gesto.
Era una idea desesperada y yo lo sabía. No había baños en el
vestíbulo: yo lo había visto en los planos. El único que tenía equipo para
inválidos estaba fuera de la sala de audiencias. Pero había uno dos pisos más
arriba, y podía llegar ahí sin volver a pasar por seguridad. ¿Lo sabrían ellas?
Otro riesgo calculado. Tal vez sí, ¿qué harían entonces?
La negra se encogió de hombros y después hizo una mueca.
—De acuerdo, señor...
Sentí que el cuerpo se me inundaba de alivio.
—Pase entonces. Hay un baño de hombres a la izquierda. Pero, por
favor, no entre en la sala hasta que...
No terminé de oírla. Con un gran ataque de energía, salí hacia
la izquierda.
Otro guardia en la entrada. Desde donde yo estaba sentado, tenía
un buen punto, un punto de visión ventajoso. La sala 216 era una cámara de dos
pisos, espaciosa, moderna, construida con la televisión en mente. Grandes luces
lo iluminaban todo para las cámaras. Había paneles en las paredes para
colocarlas y en el segundo piso, en la galería de la prensa, bajo una placa de
vidrio y al final de la habitación, más facilidades de este tipo.
¿Dónde estaría?
¿En la galería de prensa? ¿Se habría infiltrado usando
credenciales de prensa falsas? Eso era fácil, claro, pero estaba demasiado
lejos del frente de la habitación para ser seguro.
El arma tenía que ser chica, probablemente un arma de puño.
Cualquier otra cosa era fácilmente detectable dentro delespacio de la
habitación. Esa no era la clásica situación del francotirador del rifle
automático que espera en el techo. Quien quiera que fuese tendría que usar una
pistola. Y para eso, habría tenido que meterla en la habitación de alguna
forma.
Es decir, que tenía que estar dentro del campo cercano al
blanco. En teoría, un arma de puño es exacta incluso a noventa metros, pero
cuanto más cerca esté uno, más seguro es el disparo.
Mientras tanto, había llegado fuera de la línea de visión de las
mujeres de seguridad.
Tragué saliva y me acerqué a la habitación por la rampa.
Otro guardia uniformado esperaba en la puerta.
—Disculpe...
Pero esta vez me lancé hacia adelante, sin prestarle atención.
Mi cálculo fue correcto: el guardia no iba a abandonar su puesto para perseguir
a un hombre en silla de ruedas.
Ahora estaba en la habitación principal. Miré despacio la fila
de asientos. Era imposible ver a todo el mundo, pero yo sabía que el asesino
tenía que estar ahí, en alguna parte.
¿Dónde...? ¿Quién...?
¿Sentado entre los espectadores?
Me volví hacia el frente de la habitación, donde estaban
sentados los senadores en un semicírculo elevado de caoba. Algunos consultaban
notas; otros tenían las manos puestas sobre los micrófonos frente a ellos
mientras charlaban.
Detrás, junto a la pared, había un fila de ayudantes, todos bien
vestidos y jóvenes. Frente al podio alto de caoba, una fila de tres
taquígrafos, dos mujeres y un hombre, sentados frente a sus tableros,
escribiendo a la velocidad del rayo en silencio absoluto.
Y detrás de la fila de senadores, en el centro, estaba la puerta
que atraía las miradas de todos. La habitación crujía de tensión. Esa era la
puerta por la que habían entrado los senadores. Tenía que ser la puerta por la
que pasaría la figura de Sinclair.
El asesino tenía que estar a menos de veinte metros de la
puerta.
¿Dónde mierda se había metido!
¿Y quién era?
Miré hacia el estrado de los testigos, frente a la mesa de los
senadores. Estaba vacío, esperando la llegada del testigo sorpresa. Detrás
había una fila de sillas, seguramente por razones de seguridad. Y unas filas
detrás del estrado, vi a Truslow, en un traje cruzado inmaculado. A pesar de
que acababa de volver de Alemania, no parecía cansado: tenía el cabello
plateado echado hacia atrás y bien peinado. ¿Había una sonrisa de triunfo, de
satisfacción, en sus ojos? Junto a él estaba su esposa, Margaret, y una pareja
más, probablemente su hija y su yerno.
Me di vuelta y recorrí el pasillo hacia el frente de la
habitación. La gente me miraba y luego dejaba de mirarme, como era de esperar.
Yo ya me estaba acostumbrando.
Era tiempo de empezar.
Una vez más recorrí con la vista la habitación, fijándola en mi
memoria fotográfica. Había un número limitado de posiciones desde las cuales se
podía disparar con comodidad y dar en el blanco, e intentar un escape
coherente.
Respiré hondo, tratando de ordenar mis pensamientos de alguna
forma. Eliminé toda posición que quedara más allá de los treinta metros.
No... de los veinte metros... Y dentro de los diez metros, las
posibilidades crecían astronómicamente.
De acuerdo. Las posiciones dentro de los diez metros, las más
probables, eran las que estaban cerca de una salida. Eso significaba que el
asesino tendría que estar sentado o de pie en el frente: a la derecha, a la
izquierda o en el centro, ya que sólo había salidas en el frente o atrás. Atrás
no, por la distancia.
Adelante: ahora tenía que eliminar todo lo que no estuviera en
directa línea de fuego. Es decir un noventa y cinco por ciento de los asientos.
Desde donde estaba, lo que veía era sobre todo las nucas de las
personas. El asesino podía ser hombre o mujer, así que yo sabía que no debía
limitarme a buscar la imagen clásica: joven, hombre, físicamente apto y bien
formado. No, eran demasiado inteligentes para eso. No podía descartar la idea
de una mujer.
Los chicos no, pero un adulto podía disfrazarse de chico. Era
raro, sí, pero tampoco podía descartar lo raro. Tendría que revisar a todo el
mundo dentro del área que había seleccionado. Sistemáticamente, miré a cada
persona dentro de las áreas de posiciones de fuego y sólo me animé a descartar
a dos: una joven con un cuello a lo Peter Pan que era realmente una nena un
poquito crecida; y una vieja distinguida que según me decía mi instinto era
auténtica.
Si mis cálculos eran correctos, eso me daba una cuenta de veinte
sospechosos en el frente.
Adelante.
Aceleré el ritmo de mi silla de ruedas hasta el frente. Entonces
me detuve, hice girar la silla hasta ponerla bien cerca de la gente sentada en
los extremos de las filas de asientos.Aquí y allá sentí que reconocía caras
pero en realidad, el público estaba lleno de caras familiares. No amigos, por
cierto, pero sí gente pública. Personalidades. El tipo de persona que aparece
en The Washington Post, o en programas de televisión en vivo.
¿Dónde mierda?
Enfocar, sí, carajo, tenía que enfocar la mente, concentrar mis
poderes de percepción, separar el ruido ambiente del ruido de los pensamientos.
Y después separar los pensamientos que no me interesaban, los comunes, de las
ideas del hombre o mujer que se preparaba para llevar a cabo un asesinato
público, difícil, metódico y tenso. Serían los pensamientos de alguien
concentrado con intensidad, alerta casi hasta la locura.
Enfoca.
Me acerqué a un hombre en traje —cabello color arena y treinta
años, un cuerpo de jugador de rugby— al final de la fila cuatro y bajé la
cabeza.
Y oí: ...hacerlo socio, sí ¿pero cuándo y cómo? Porque ah, si no
supiera... Un abogado. En Washington eran una plaga.
Sigue.
Un chico adolescente, la cara llena de acné, vestido con una
chaqueta tipo ejército. ¿Demasiado joven? Y llegó: no quiere llamarme hasta que
yo no la llame y claro...
Una mujer de casi sesenta años, elegantemente vestida, con una
expresión dulce, y lápiz de labios color rojo intenso. Pobre hombre, ¿cómo se
las arregla para andar así solo? Estaba pensando en mí, sin duda.
Seguí un poco más adelante, rodando, la cabeza baja.
...mierda con ese nido de espías quieren dejarlo de lado, carajo
y... Un hombre alto de más de cuarenta, en ropa informal, cola de caballo, un
aro en la oreja.
¿Era él? No era lo que yo esperaba, no la concentración intensa,
tipo láser, del asesino profesional.
Me detuve a unos metros, enfoqué.
Enfoqué.
apenas llegue a casa, termino esta noche reviso mañana ver lo
que dice el Times y lo que piensa el editor...
No, un escritor; un activista, no un asesino.
Ya había llegado a la primera fila y empecé a pasar por el
frente de la habitación. Era un movimiento muy comprometido: todos me veían con
claridad.
La gente me miraba, preguntándose adonde iría.
¿Ese tipo piensa pasar por aquí hasta el otro lado? ¿Se permite
eso?
Tan cerca de esos senadores, ¿cómo podría llegar más cerca?Alto.
Quiero autógrafos, a la salida, si me los dan.
Adelante.
Una mujer de pelo color ceniza y unos cincuenta años, con cara
de anoréxica y mejillas hundidas, la piel demasiado tensa que revela un exceso
de cirugía estética, alguien de la élite de Washington, aparentemente:
...mousse de chocolate con salsa de frambuesa y tal vez un
pedazo de torta de manzana con una montaña de helado de vainilla y ¿no me lo
merezco acaso? fui buena y obediente esta semana...
Seguí adelante, cada vez con más rapidez, concentrándome con
todo mi ser, mirando las caras al pasar, la cabeza baja, escuchando. Los
pensamientos venían en torrente ahora, una corriente de emociones e ideas
sicodélica, caleidoscópica, confusa, brillante, inundada de los sentimientos
más privados, las contemplaciones más banales, la furia, el amor, la sospecha,
la excitación...
...le dieron el ascenso y me pasaron por encima y...
Más rápido.
...maldito Departamento de Justicia qué se creen...
¡Vamos!
Una y otra vez miré las filas de espectadores, luego la de
ayudantes bien vestidos junto a los senadores, la de taquígrafos sentados
frente al podio con sus papeles silenciosos, inclinados en furiosa
concentración sobre las pizarras.
No.
...no escribí nada y no debería quedar nada en los informes...
Un murmullo recorrió la habitación. Miré hacia el frente,
mientras seguía rodando y vi que la puerta se abría un poco.
Más rápido.
...la fiesta de Kay Graham cuando el vicepresidente me pidió que
...
Moví mi cabeza a izquierda y derecha, desesperado. ¿Dónde estaba
ese tirador? Todavía no había señales de él, ni una, y Hal estaba a punto de
aparecer y cuando apareciera, todo habría terminado.
... las piernas de esa escultura de ahí si puedo conseguir el
teléfono tal vez le pida a Myrna que llame a personal pero entonces ella...
Y de pronto, con un sacudón, vi que había olvidado el lugar más
evidente de todos. Giré la cabeza hacia el podio, y entonces noté una
discrepancia extraña y se me tensó el estómago.
Tres taquígrafos. Dos, las dos mujeres, escribían furiosamente,
con las hojas de papel en constante movimiento en lasmáquinas y las bandejas de
recepción.
El tercero no parecía estar trabajando. Un hombre de cabellos
negros... que se limitaba a mirar hacia la puerta. Era extraño que tuviera
tiempo de mirar a su alrededor cuando sus colegas no lo tenían; qué fácil sería
meter un asesino profesional entre los taquígrafos. ¿Por qué mierda no había
pensado en eso? Llevé la silla hacia allí con rapidez mientras estudiaba ese
perfil, y el hombre miró al público con ojos tranquilos y vacíos y...
...y entonces oí algo.
No venía del hombre de cabello oscuro, que estaba demasiado
lejos de mí como para leerle los pensamientos sino desde otro lugar, a la
izquierda, sobre el hombro, adelante.
Zwolf.
Un pedazo de palabra, una palabra que no parecía significar nada
al principio, y que, luego, de pronto, se me aclaró. Alemán. Un número. Doce.
Elf.
Otra vez, sobre mi hombro. Once. Alguien contaba en alemán.
Giré la silla en redondo, dándole la espalda a la fila de
senadores para mirar al público. Alguien parecía estar acercándoseme. Vi una
forma con el rabillo del ojo.
—¿Señor? ¡Señor!
Zehn.
Un guardia de seguridad caminaba hacia mí, haciéndome gestos
para que me alejara del frente de la habitación. Alto y bien vestido en un
traje gris con un transmisor en la mano.
¿Dónde mierda? ¿Dónde? Pasé los ojos sobre la primera fila,
buscando a alguien que pareciera probable y vi una cara muy familiar,
agradable, probablemente alguien que conocía, un viejo amigo y seguí
buscando...
Y oí: Acht Sekunden bis losschlagen. Ocho segundos para el
golpe.
Y entonces retrocedí y vi la cara agradable de nuevo y la
reconocí por fin: Miles Preston. Apenas a unos pasos de mí.
Mi viejo amigo de copas, el corresponsal extranjero al que yo
había hecho mi amigo en Leipzig, Alemania del Este, hacía ya muchos años.
¿Miles Preston?
¿Por qué había venido? Si estaba cubriendo el asunto, ¿por qué
no desde la galería de prensa? ¿Por qué ahí en primera fila?
No, claro.
La galería estaba demasiado lejos.
El corresponsal extranjero al que había hecho mi amigo... No. Él
se había hecho amigo mío.Se me había acercado mientras yo estaba sentado solo
en el bar. Y se había presentado.
Y después estaba en París justo en el momento en que yo estaba
allí.
Yo le había sido asignado, yo que era el chico nuevo en la CIA.
Un cultivo clásico: su trabajo había sido cultivar mi amistad, saber todo lo
que pudiera sutilmente, sin que yo me diera cuenta...
Corresponsal extranjero: el disfraz perfecto.
El guardia de seguridad se dirigía hacia mí con rapidez y
determinación.
Miles Preston, que sabía tanto sobre Alemania.
Miles Preston no era inglés. Era... tenía que ser... Stasi, un
agente alemán, ahora independiente. Estaba pensando en alemán.
Zwolf Kugeln in der Pistóle. Doce balas en el cargador.
Y entonces, nuestras miradas se cruzaron. Sechs.
Yo lo reconocí, y él... me di cuenta... él me reconoció a mí.
Por debajo del disfraz, el cabello gris y la barba y los anteojos, vio mis
ojos, el brillo de reconocimiento que había en ellos, y con eso me identificó.
Me miró una vez, una mirada fría, casi impasible. Los ojos se
estrecharon un poco, muy poco. Luego volvió la vista al centro de la
habitación. A la puerta que se había abierto un poco.
¡Sí, era él!
Ich werde nicht mehr als zwei brauchen. Me basta con dos.
Un hombre salió por la puerta que todos observaban.
La sala empezó a murmurar, excitada. Los espectadores estiraron
el cuello, tratando de ver mejor.
Sicherung gelöst. Fuera el seguro.
Era el presidente del comité, un hombre alto, de cabellos grises
y algo de panza, en un traje color gris oscuro. Lo reconocí: era el senador
demócrata por Nuevo México. Estaba hablando con alguien que entraba detrás de
él, alguien que todavía estaba entre las sombras.
Gaspannt. Listo.
Pero yo reconocí la silueta.
Ausgang frei. Salida libre.
El hombre era Hal Sinclair. El público todavía no se había dado
cuenta de quién era, pero lo sabrían en un segundo o dos. Y Miles Preston...
¡No! ¡Tenía que actuar, ahora, ahora!
Hier kommt er. Ahí viene... Bereit zu feuern. Listo para
disparar.
Y entonces, Harrison Sinclair, alto y orgulloso, vestido como
debía para semejante ocasión, la barba afeitada, el cabello corto, atravesó
despacio la puerta, acompañado por un guardaespaldas.
Se oyó cómo la multitud contenía el aliento, y después la sala
de audiencias estalló.
70
La habitación era un rugido, los murmullos se habían convertido
en palabras en voz bien alta, en exclamaciones de excitación, cada vez más
poderosas y fuertes.
Lo impensable. El testigo sorpresa era... un muerto. Un hombre
al que la nación había enterrado, llorado, hacía unos meses.
La galería de prensa estaba en movimiento, un remolino. Había
gente que salía corriendo por la parte trasera de la habitación, seguramente
para hablar por teléfono.
Sinclair y el presidente del comité, que sabía la conmoción que
causaría la presencia de su testigo, pero no lo que iba a pasar a continuación,
seguían atravesando la habitación hacia el estrado de los testigos, donde
Sinclair juraría decir toda la verdad.
Mientras tanto, el guardia corría hacia mí con la mano en el
arma, acortando cada vez más la distancia...
Miles se había puesto de pie, indistinguible en el pandemónium.
Había metido la mano en el bolsillo de su traje.
¡Ahora!
Bajé el botón del apoyabrazos derecho de la silla de ruedas y
apareció el arma con el cargador hacia afuera, metida con exactitud entre el
metal y la goma.
Dos disparos solamente.
Esa era la desventaja del American Derringer, pero era un precio
que yo había tenido que pagar.
Ya estaba amartillado. Lo saqué, y... corrí el seguro con el
pulgar y...
No había línea de fuego despejada entre mi lugar y el del
asesino... ¡El guardia me bloqueaba la vista!
Y de pronto, el caos, la anarquía, se quebró con el grito agudo
de una mujer desde algún lugar, más arriba, y cientos de cabezas giraron hacia
el sitio desde donde venía el alarido. Venía de uno de los agujeros cuadrados
de las paredes, uno de los nichos preparados para cámaras de televisión, aunque
éste no estaba ocupado por ninguna cámara. En lugar de eso había una mujer
gritando con todas sus fuerzas.
—¡Sinclair! ¡Abajo! ¡Cuidado! ¡Papá!
"¡Ese tiene un arma!
"¡Abajo!
"¡Van a matarte!
"¡Abajo!
¡Molly!
¿Cómo mierda había entrado?
No había tiempo para pensarlo. El guardia se quedó inmóvil, se
volvió hacia la derecha, miró en la confusión y durante un instante, mi blanco
estuvo al alcance.
...en ese instante, disparé, con el arma bien apuntada hacia el
asesino.
No fue mi bala.
No, había demasiada posibilidad de fallar con una bala.
Era un cartucho especialmente configurado Magnum .410, con por
lo menos catorce gramos de perdigones de plomo. Ciento doce perdigones para ser
exactos.
Un cartucho en una pistola.
La explosión llenó la habitación, que se transformó en una
cacofonía de gritos destemplados. La gente se había levantado, algunos corrían
hacia las salidas, otros se arrojaban al suelo buscando protección.
En los dos segundos que tardó el guardia en saltar sobre mí,
golpeándome contra la silla de ruedas, vi que yo le había dado al alemán que se
hacía llamar Miles Preston. Tenía la cabeza hacia atrás, sorprendido, el brazo
izquierdo sobre los ojos. La sangre le corría por la cara donde le habían dado
los perdigones de alta velocidad, mutilándolo, desgarrándolo, destrozándolo.
Era como recibir un puñado de vidrios rotos en la cara. El hombre había perdido
el equilibrio. Tenía una pistola automática en la mano derecha. La pistola
colgaba a un costado, virgen todavía.
Sinclair, eso lo vi enseguida, estaba en el suelo con alguien
encima, seguramente su guardaespaldas, y la mayoría de los senadores se había
agachado detrás de la mesa, mientras toda la cámara se convertía en una Babel
de gritos y aullidos ensordecedores y parecía que todo el mundo se me tiraba
encima, todos los que no estaban corriendo hacia las entradas o tirándose al
suelo por lo menos.
Luché con el guardia, luché para ponerme de pie y sacarle mi
Derringer, que el sostenía con fuerza. Intenté levantarme de la silla de
ruedas, pero mis piernas, que habían estado dobladas desde hacía por lo menos
una hora, no me sostenían. La sangre las había abandonado y estaban dormidas:
no funcionaban. No podía levantarme.—¡Quieto! —me aulló el guardia, mientras
seguía luchando por quitarme el arma.
¡Un disparo más! ¡Tenía otro disparo! Uno, y esta vez, el que
quedaba en la cámara era una bala .45, y si podía liberar ese brazo, y
conseguir amartillar, mataría a Miles, salvaría al padre de Molly. Pero el
guardia me había aprisionado contra el piso, junto a la silla y ahora había
otros conmigo y Miles, yo sabía que Miles, como asesino profesional, herido y
lastimado tal vez, seguía teniendo su automática en la mano y la había apuntado
a Sinclair y ya estaba apretando el gatillo...
...en ese momento, oí la explosión.
Me sacudió un terror salvaje mientras dejaba de pelear contra el
guardia.
Primero un tiro, después dos, uno detrás de otro, en tres
explosiones enormes que retumbaron en la habitación, seguidas por un segundo de
silencio absoluto y luego una erupción de gritos y aullidos de horror.
Miles había disparado tres veces.
Tenía que haber matado a Harrison Sinclair.
Yo casi había logrado inmovilizarlo. Casi lo había detenido.
Molly había ayudado mucho con su táctica de distracción. Casi habíamos impedido
que el asesino cumpliera con su cometido.
Pero él había sido demasiado rápido, demasiado profesional,
había demostrado tener demasiados recursos.
Y, así apretado contra el piso con media docena de guardias
sobre mí, la bala .45 sin disparar en el revólver que me habían arrancado,
sentí que me dejaba ir en el agotamiento.
Lágrimas —de frustración, de fatiga, de tristeza inefable— me
llenaron los ojos. Ya no podía pensar.
Nuestro plan, nuestro brillante plan, había fracasado. Yo había
fracasado.
—De acuerdo —dije, pero era un murmullo ronco, quebrado. Me
quedé acostado, la espalda contra el piso frío, mientras alrededor de mí
gritaban de horror.
Mientras el guardia me esposaba, primero una mano y luego la
otra, yo miraba sin ver hacia adelante, hacia el espacio libre entre el brazo y
el pecho del guardia, al frente.
Cuando se hizo un hueco, no pude creer lo que estaba viendo.
El asesino, Miles Preston, se había derrumbado en la base del
estrado de los testigos, la frente destrozada, junto con casi toda su cara.
Muerto.
Sobre él, mirando todo con ojos llenos de incredulidad, estaba
la figura alta, flaca, algo desgreñada, de Harrison Sinclair.Vivo.
Y lo último que vi antes de que me llevaran, la última imagen,
extraordinaria y hermosa, virtualmente un milagro, fue la de Molly. Arriba, en
el nicho de la cámara, en ese agujero cuadrado en la pared, donde había
empezado a gritar al comienzo.
Pero ahora tenía una pistola color negro mate en la mano
derecha, y miraba el arma con una expresión que parecía de incredulidad. Estoy
seguro de que vi en su cara la débil sombra de una sonrisa.
POR ERIC MOFFATT
DE THE WASHINGTON POST
El edificio de la sala de audiencias del Senado fue el escenario
de una de las escenas más extraordinarias de que se tenga memoria en nuestra
capital.
Anoche a las 19 30, durante las audiencias televisadas del
Comité Seleccionado del Senado sobre Inteligencia por la acusación de
corrupción en la CÍA, hizo su aparición Harrison Sinclair, el ex director de la
Agencia Central de Inteligencia, que supuestamente había muerto en un accidente
en el mes de mayo pasado Vino a prestar testimonio bajo juramento en cuanto a
lo que según dijo era una "conspiración internacional" que
involucraba al presente director de la Agencia, Alexander Truslow y al gobierno
del canciller de Alemania, Wilhelm Vogel, ganador de la última elección
Pero apenas Sinclair entró en la sala acompañado de guardias
armados, empezaron a sonar disparos Lo único que se dijo de uno de los
atacantes, que murió, fue que era de nacionalidad alemana El otro era Benjamín
Ellison, 40 años abogado y ex agente de la CIA.
NO se informó sobre otras muertes
POR KENNETH SEIDMAN
ESPECIAL PARA THE NEW YORK TIMES
Washington, 4 de enero— Como consecuencia de los hechos
extraordinarios de diciembre, la nación sigue conmovida por el espectáculo de
un ex director de la CIA a quien se creía muerto, que apareció súbitamente en
vivo en la televisión nacional y por el intento de asesinato, igualmente
sorprendente, que siguió a dicha aparición
Y sin embargo, a pesar de los infinitos titulares que ocasionó
el asunto Sinclair-Truslow y de las semanas de análisis políticos que lo
siguieron, la mayor parte del asunto sigue en el misterio
Como es de público conocimiento, Harrison Sinclair, director de
la CIA hasta mayo del año pasado, fingió su propia muerte para escapar a la
amenaza de los que estaba tratando de acusar públicamente por corrupción Se
sabe también que, después del traumático incidente en Washington, el señor
Sinclair expuso su extenso testimonio en una sesión cerrada del Subcomité
Seleccionado del Senado sobre Inteligencia que duró vanas horas, y en la que
habló sobre todo de las actividades de Alexander Truslow y sus colegas
Pero, ¿qué ha pasado con Harnson Sinclair desde el derramamiento
de sangre en el Senado? Fuentes de inteligencia especulan que tal vez lo hayan
asesinado, pero se niegan a hacer más comentarios Cinco días después de los
hechos, la hija del señor Sinclair, Molly, y su esposo, Benjamín Ellison,
fueron declarados legalmente muertos después de que aparecieran en el agua los
restos del pequeño barco en el que navegaban en Cape Cod. Fuentes de
inteligencia no quisieron confirmar la idea de que la pareja había muerto
asesinada al igual que el señor Sinclair El destino de los tres sigue siendo un
misterio.
Un vocero del sistema de segundad del Capitolio dijo
recientemente que se creía que la señora Sinclair había entrado en la sala de
audiencias a través de una plataforma de carga del edificio, disfrazada de jefa
de suministros comestibles El vocero dijo que la señora había conseguido los
planos del edificio y los conocía perfectamente
Complot alemán
El asesino, un ex ciudadano de Alemania del Este identificado
como Josef Peters, era un ex funcionario del antiguo servicio de inteligencia
de ese país, también conocido como Stasi. Según fuentes de inteligencia, Peters
era la verdadera identidad de un periodista conocido como Miles Preston, que
decía ser ciudadano británico. El lugar de nacimiento que aparecía en su
pasaporte era Brístol, Inglaterra, pero los funcionarios municipales de esa
ciudad no pudieron localizar ninguna partida de nacimiento con ese nombre. Se
sabe muy poco de Josef Peters.
En cuanto a Alexander Truslow, el sucesor del señor Sinclair
como director de la CÍA, permanece en prisión esperando el juicio por traición
en la Corte Superior de Washington que comenzará el mes que viene. La firma que
él fundó, Truslow y Asociados Inc., está acusada de complicidad en la supuesta
traición del señor Truslow, y las autoridades la han cerrado en espera de más
resoluciones de la justicia.
El gobierno alemán del canciller Wilhelm Vogel ha renunciado en
pleno, y también están esperando juicio los jefes de seis corporaciones
alemanas, sobre todo Gerhard Stoessel, presidente de Neue Welt, una firma con
base en Munich.
El señor Sinclair ha dicho que, con ayuda del director Truslow,
el canciller Vogel y su gente fabricaron la caída del mercado de valores alemán
para ganar la elección, después de la cual planeaban un golpe de estado
corporativo de ese gobierno y el establecimiento de la hegemonía alemana sobre
el resto de Europa. Sea cual sea la verdad de las revelaciones de Sinclair, la
noticia del complot entre Truslow y Vogel sacudió a gobiernos y mercados.
Sin embargo, todavía no se sabe si realmente conocemos toda la
historia de la conspiración de la CIA.
FIN
Un paquete de documentos
La semana pasada este periodista recibió por correo certificado
un paquete de documentos preparado y enviado por el antiguo funcionario de la
CIA, James Tobías Thompson III, que murió en un accidente varios días antes de
los hechos de Washington.
Los documentos parecen apoyar las palabras de Sinclair sobre los
tratos ilegales del señor Truslow con el consorcio alemán.
Sin embargo, las autoridades del correo sostienen que el paquete
no está intacto. En la carta que acompaña los documentos, el señor Thompson se
refiere a un documento sobre un programa secreto de la CIA llamado
"Proyecto Oráculo". Sin embargo, este documento no estaba en el
paquete de Thompson. Los voceros de la CIA negaron la existencia de tal
programa secreto.
Traducido del Tribuno de Siena, p. 22
AVISO PUBLICO
El Concejo Deliberante de Siena da la bienvenida al
establecimiento de la Clínica Crowell en la ciudad de Costafabbri, en la comuna
de Siena. La Clínica Crowell, un lugar de atención para chicos, independiente
del Estado, está dirigida por tres nuevos habitantes de la región de Siena, que
provienen de los Estados Unidos de América: el señor Alan Crowell; su esposa,
la doctora Carol Crowell, ambos con una hija pequeña, y el padre de la doctora
Crowell, Richard Hale.
NOTA DEL AUTOR
Aunque el Proyecto Oráculo es absolutamente ficticio, esta
historia está basada en un número de hechos históricos muy misteriosos y poco
conocidos. Según fuentes confiables, el hecho de que hay una fortuna en oro
soviético perdida es asunto de público conocimiento en círculos de la
inteligencia y las finanzas internacionales. Y el interés de la CIA, el
Departamento de Defensa de los Estados Unidos y la inteligencia soviética en
investigaciones sobre parapsicología está documentado desde hace mucho tiempo.

