Libro N°. 3111. Plataforma. Houellebecq, Michel.
© Libro N°. 3111. Plataforma. Houellebecq, Michel. Colección
E.O. Septiembre 17 de 2016.
Título original: © Plateforme
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PLATAFORMA
Michel Houellebecq
Título original: Plateforme
Flammarion, Paris, 2001
Cuanto
más infame es la vida, más la valora el hombre; y entonces es una protesta, una
venganza de todos los instantes.
HONORÉ
DE BALZAC
Primera
parte
Trópico
tailandés
1
Mi
padre murió hace un año. No creo en esa teoría según la cual nos convertimos en
verdaderos adultos cuando mueren nuestros padres; nadie llega a ser nunca un
verdadero adulto.
Delante
del ataúd del viejo, me vinieron a la cabeza ideas desagradables. El muy cabrón
había disfrutado de la vida; se las había apañado de puta madre. «Tuviste
críos, imbécil...», me dije con mucho ardor. «Metiste esa gran polla en el coño
de mi madre.» En fin, yo estaba un poco tenso, no lo dudo; a uno no se le muere
alguien de la familia todos los días. Me había negado a ver el cadáver. Tengo
cuarenta años, y ya he visto algunos cadáveres; ahora prefiero evitarlo. Por
eso nunca he comprado un animal doméstico.
Tampoco
me he casado. He tenido la oportunidad, varias veces; pero siempre he rehusado.
Sin embargo, me gustan las mujeres. Me arrepiento un poco del celibato de mi
vida. Me molesta en vacaciones, sobre todo. La gente desconfía de los hombres
que a partir de cierta edad se van solos de vacaciones; creen que son muy
egoístas y probablemente un poco viciosos; no puedo decir que se equivoquen.
Después
del entierro, volví a la casa donde mi padre había vivido sus últimos años.
Habían descubierto el cuerpo una semana antes. Ya se había acumulado un poco de
polvo en los muebles y en los rincones de las habitaciones; vi una telaraña en
el vano de una ventana. Así que el tiempo, la entropía y todas esas cosas se
estaban apoderando del lugar. El frigorífico estaba vacío. En los armarios de
la cocina había, sobre todo, bandejas individuales de comida preparada Weight
Watchers, frascos de proteínas aromatizadas, barritas energéticas. Deambulé por
las habitaciones de la planta baja mordisqueando una galleta de magnesio. Hice
un poco de bicicleta estática en el cuarto de la caldera. A sus setenta años
cumplidos, mi padre estaba en una forma física muy superior a la mía. Hacía una
hora de gimnasia intensiva todos los días, varios largos de piscina dos veces
por semana. Los fines de semana jugaba al tenis y hacía ciclismo con gente de
su edad; me encontré con algunos de sus compañeros en el tanatorio.
«¡Tiraba
de todos los demás!...», exclamó un ginecólogo. «Tenía diez años más que
nosotros, y en una cuesta de dos kilómetros nos sacaba un minuto de ventaja.»
Padre, padre, me dije yo, qué grande era tu vanidad. En el ángulo izquierdo de
mi campo de visión veía un banco de ejercicios y unas pesas.
Imaginé
rápidamente a un cretino en pantalones cortos —con la cara arrugada, aunque por
lo demás muy parecida a la mía— hinchando los pectorales con una energía sin
esperanza.
Padre,
me dije, padre, construiste tu casa sobre arena. Seguía pedaleando, pero
empezaba a quedarme sin aliento y los muslos me dolían un poco; sin embargo,
sólo estaba en el nivel 1. Mientras repasaba la ceremonia en mi cabeza, era
consciente de haber causado una excelente impresión general.
Siempre
voy perfectamente afeitado, tengo los hombros estrechos; a eso de los treinta
empecé a tener un problema de calvicie y entonces decidí cortarme el pelo muy
corto. Normalmente llevo trajes grises, corbatas discretas, y no tengo un
aspecto muy alegre. Con mi pelo a cepillo, mis gafas delgadas y mi cara
enfurruñada, inclinando ligeramente la cabeza para escuchar un mix de cantos
funerarios cristianos, me sentía muy cómodo en aquella situación; mucho más que
en una boda, por ejemplo. Decididamente, lo mío eran los entierros.
Dejé
de pedalear y tosí un poco. Alrededor, sobre las praderas, caía la noche. Junto
a la estructura de cemento en la que estaba encastrada la caldera se veía una
mancha parduzca que no habían limpiado del todo. Allí habían encontrado a mi
padre, con el cráneo roto, en pantalón corto y una camiseta que decía I LOVE
NEW YORK. Según el médico forense, llevaba tres días muerto. En último extremo,
se podía pensar en un accidente; habría podido resbalar sobre un charco de
aceite o algo así. Dicho esto, la verdad es que el suelo de la habitación
estaba completamente seco; y el cráneo estaba roto en distintos sitios, incluso
un poco de cerebro había llegado a desparramarse por el suelo; parecía más
verosímil concluir que se trataba de un crimen. El capitán Chaumont, de la
comisaría de Cherbourg, tenía que pasar a verme aquella tarde.
Al
volver al salón encendí el televisor, un Sony 16/9 con pantalla de 82 cm, dolby
surround y lector de DVD integrado. En TF1 daban un episodio de Xena, la
princesa guerrera, uno de mis folletines preferidos; dos mujeres muy
musculosas, vestidas con sujetadores metálicos y minifaldas de piel, se
desafiaban con sus sables. «¡Tu reinado ha durado demasiado, Tagratha!»,
exclamaba la rubia. «¡Soy Xena, la guerrera de las llanuras del Oeste!»
Llamaron a la puerta, y bajé el volumen.
Fuera
había caído la noche. El viento agitaba suavemente las ramas chorreantes de
lluvia. En la entrada había una chica de unos veinticinco años, de tipo
norteafricano.
—Me
llamo Aicha —dijo—. Limpiaba la casa del señor Renault dos veces por semana.
Vengo a recoger mis cosas.
—Ah,
sí... —dije—. Ah, sí... —Hice un gesto que quiso ser de bienvenida; una especie
de gesto. Ella entró y le echó una rápida mirada a la pantalla del televisor:
las dos guerreras estaban luchando cuerpo a cuerpo, justo al lado de un volcán;
supongo que el espectáculo podía tener su lado excitante para algunas
lesbianas.
—No
quiero molestarle —dijo Aicha—, sólo serán cinco minutos.
—No
me molesta —dije—. De hecho, nada me molesta.
Ella
asintió con la cabeza como si lo entendiera, detuvo la mirada un momento en mi
cara; seguramente estaba evaluando el parecido físico entre mi padre y yo, y
quizás infería un grado de semejanza moral. Tras unos segundos de examen se dio
la vuelta y subió la escalera que llevaba a los dormitorios.
—No
se dé prisa —dije con voz ahogada—, tómese el tiempo que le haga falta.
Ella
no contestó, ni interrumpió el ascenso; lo más seguro es que ni siquiera me
hubiera oído. Yo volví a sentarme en el sofá, agotado por la confrontación.
Tendría que haberle dicho que se quitara el abrigo; es lo que uno le propone
normalmente a la gente, que se quite el abrigo. Entonces me di cuenta de que
hacía un frío terrible en la habitación; un frío húmedo y penetrante, un frío
de bodega. No sabía encender la caldera, no tenía ganas de intentarlo, mi padre
estaba muerto y tendría que haberme ido enseguida. Pasé a FR3 justo a tiempo
para ver la última fase de Preguntas a un campeón. En el momento en que Nadége,
de Val–Fourré, le anunciaba a Julien Lepré que iba a jugarse el título por
tercera vez, Aicha apareció en la escalera; llevaba al hombro una bolsa de
viaje que parecía bastante ligera. Apagué el televisor y me dirigí rápidamente
hacia ella.
—Siempre
he admirado mucho a Julien Lepers —le dije—.
Incluso
si no conoce la ciudad o el pueblo donde ha nacido el candidato, siempre tiene
una palabra sobre el departamento o la minirregión; siempre sabe algo del clima
y de las bellezas naturales del lugar. Y, sobre todo, sabe algo de la vida:
para él, los candidatos son seres humanos, conoce sus dificultades y sus
alegrías. Nada de lo que constituye la realidad humana de los candidatos le
parece completamente ajeno u hostil. Sea como sea el candidato, logra hacerle
hablar de su familia, de sus aficiones..., en fin, de todo lo que a sus ojos
constituye una vida. Los candidatos suelen participar en una charanga, una
coral, organizan una fiesta local, o se dedican a una causa humanitaria. Sus
hijos suelen estar en la sala.
Por
lo general, uno saca del programa la impresión de que la gente es feliz, y uno
también se siente mejor y más feliz. ¿No le parece?
Ella
me miró sin sonreír; llevaba el pelo recogido en un moño, la cara poco
maquillada, una ropa tirando a sobria; una chica seria. Dudó unos segundos
antes de decir en voz baja, un poco ronca por culpa de la timidez:
—Me
gustaba su padre.
No
se me ocurrió nada que contestarle; me pareció raro, pero al fin y al cabo
posible. El viejo debía de tener historias que contar: había viajado a
Colombia, a Kenia y a no sé dónde más; había observado a los rinocerontes con
prismáticos. Cada vez que nos veíamos, se limitaba a ironizar sobre mi puesto
de funcionario, sobre la seguridad que me proporcionaba. «Te lo has montado
bien...», repetía, sin disimular su desprecio; en las familias, las cosas
siempre son un poquitín difíciles.
—Estudio
para enfermera —continuó Aicha—, pero como me he ido de casa de mis padres,
tengo que limpiar pisos.
Me
devané los sesos para encontrar una respuesta apropiada; ¿debería haberle
preguntado sobre los precios de los alquileres en Cherbourg? Al final opté por
un «Aja...» con el que intenté comunicar cierta comprensión de la vida. Pareció
bastarle, y se dirigió a la puerta. Pegué la cara a la ventana para ver cómo su
Volkswagen Polo daba media vuelta en el camino fangoso. En FR3 había una
película rural que debía de desarrollarse en el siglo XIX, con Cheky Karyo en
el papel de un agricultor. Entre dos lecciones de piano, la hija del
propietario —interpretado por Jean–Pierre Marielle— se permitía algunas
familiaridades con el campesino seductor.
Sus
abrazos tenían lugar en un establo; me quedé dormido en el momento en que Cheky
Karyo le arrancaba enérgicamente los calzones de organza. Lo último de lo que
tuve conciencia fue un plano a corte donde se veía un grupito de cerdos.
Me
despertaron el dolor y el frío; seguramente me había quedado dormido en una
mala postura, tenía las vértebras cervicales paralizadas. Al levantarme tosí
con violencia, y mi aliento llenó de vapor el aire helado de la habitación.
Curiosamente, en la televisión daban La pesca, un programa de TF1; así que
tenía que haberme despertado, o por lo menos haber llegado a un nivel de
conciencia suficiente para apretar el mando a distancia; pero no lo recordaba
en absoluto. El programa nocturno estaba dedicado a los siluros, peces
gigantescos desprovistos de escamas, que a consecuencia del calentamiento del
clima se encontraban cada vez más a menudo en los ríos franceses; les gustaban,
sobre todo, las cercanías de las centrales nucleares. El reportaje intentaba arrojar
luz sobre algunos mitos: era verdad que los siluros adultos llegan a medir
entre tres y cuatro metros; en el Drôme se habían visto ejemplares de hasta
cinco metros; no había nada inverosímil en todo aquello. Por el contrario, era
imposible que estos peces manifestaran un comportamiento agresivo, o que
atacasen a los bañistas. La sospecha popular que rodeaba a los siluros parecía
contagiar, de alguna manera, a los que se dedicaban a pescarlos; el pequeño
gremio de pescadores de siluros no estaba muy bien visto en el seno de la gran
familia de los pescadores. Los primeros sufrían por ello, y querían aprovechar
el programa para corregir aquella imagen negativa. Cierto que no podían
apoyarse en razones gastronómicas: la carne de siluro era rigurosamente incomestible.
Pero se trataba de una pesca magnífica, inteligente y deportiva a la vez, que
tenía algunas analogías con la del lucio, y que merecería más adeptos. Di unos
pasos por la habitación sin conseguir calentarme; no soportaba la idea de
acostarme en la cama de mi padre. Al final subí a buscar almohadas y mantas y,
mal que bien, me instalé en el sofá. Apagué la tele justo después del
documental La desmitificación del siluro. La noche era opaca; también el
silencio.
2
Todo
llega a su fin, incluida la noche. La voz clara y sonora del capitán Chaumont
me sacó de un letargo de saurio.
Pedía
disculpas, no le había dado tiempo a pasar la víspera.
Le
ofrecí un café. Mientras se calentaba el agua, él instaló su portátil en la
mesa de la cocina y conectó la impresora. Así yo podría leer y firmar mi
declaración antes de que él se marchara; murmuré con aprobación. Las tareas
administrativas acaparaban la gendarmería, que no disponía de tiempo suficiente
para consagrarlo a su verdadera misión: la investigación; es lo que yo había
deducido de diversos programas de televisión. Él asintió calurosamente. Aquel
interrogatorio empezaba bien, en un ambiente de confianza recíproca. Windows
arrancó con un ruidito feliz.
Mi
padre había muerto durante la tarde o la noche del 14 de noviembre. Yo estaba
trabajando; y también trabajé el día 15. Obviamente, podía haber cogido el
coche y matado a mi padre, podía haber ido y vuelto en la misma noche. ¿Qué
había hecho yo la tarde o la noche del 14 de noviembre? Que yo supiera, nada;
nada memorable. En cualquier caso, no guardaba de ella el menor recuerdo; y sin
embargo hacía menos de una semana. Yo no tenía ni una pareja sexual regular ni
un amigo realmente íntimo; en esas condiciones, ¿cómo iba a acordarme? Los días
pasan, eso es todo. Le dirigí una mirada consternada al capitán Chaumont; me
habría gustado ayudarle, o al menos guiarle en alguna dirección.
—Voy
a consultar la agenda.... —dije.
No
esperaba nada de esa iniciativa; sin embargo, curiosamente, había un número de
móvil en la hoja del día 14, debajo de un nombre: Coralie. ¿Qué Coralie? Desde
luego, en aquella agenda entraba cualquiera.
—Tengo
el cerebro como un montón de mierda... —dije con una sonrisa desengañada—. Pero
no sé, a lo mejor estaba en una inauguración.
—¿Una
inauguración? —El esperaba pacientemente, con los dedos encima del teclado.
—Sí,
trabajo en el Ministerio de Cultura. Preparo informes para la financiación de
exposiciones, o a veces de espectáculos.
—¿Espectáculos?
—Espectáculos...
de danza contemporánea... —Estaba completamente desesperado, abrumado de
vergüenza.
—En
resumen, que trabaja usted en actividades culturales.
—Sí,
eso es... Se puede decir así.
El
me miraba con una simpatía teñida de seriedad. Tenía conciencia de la
existencia del sector cultural; una conciencia vaga, pero real. En su
profesión, debía de conocer a toda clase de gente; seguro que ningún medio
social le resultaba completamente ajeno. La policía es un humanismo.
El resto
de la entrevista se desarrolló más o menos con normalidad; yo había visto
series en televisión, estaba preparado para esa clase de diálogo. ¿Tenía mi
padre enemigos?
No,
pero a decir verdad tampoco amigos. De todos modos, mi padre no era lo bastante
importante para tener enemigos.
¿A
quién podía beneficiar su muerte? Bueno, a mí. ¿Cuándo le había visto por
última vez? Probablemente en agosto. En agosto nunca hay mucho que hacer en la
oficina, pero mis colegas tienen que marcharse, por sus hijos. Yo me quedo en
París, hago solitarios en el ordenador y cojo un fin de semana largo en torno
al día 15; ése es el marco de las visitas a mi padre. ¿Me llevaba bien con él?
Sí y no. Más bien no, pero iba a verlo una o dos veces al año, que no está tan
mal.
Él
asintió con la cabeza. Yo presentía que mi declaración tocaba a su fin; me
habría gustado decir algo más. Sentía una simpatía irracional, anormal, por el
capitán Chaumont. El estaba encendiendo la impresora.
—¡Mi
padre era muy deportista! —exclamé con brusquedad. El alzó hacia mí una mirada
interrogativa—. No sé...
—dije,
separando las manos con desesperación—, sólo quería decir que era muy
deportista.
Con
un gesto de despecho, él empezó a imprimir.
Después
de haber firmado la declaración, acompañé al capitán Chaumont a la puerta. Le
dije que era consciente de ser un testigo decepcionante. «Todos los testigos
son decepcionantes», contestó. Reflexioné un poco sobre aquel aforismo. Delante
de nosotros se extendía el ilimitado hastío de los prados. El capitán Chaumont
subió a su Peugeot 305; me tendría al corriente de la marcha de la
investigación. En la función pública, el fallecimiento de un pariente directo
da derecho a un permiso de tres días. Así que podría haber vuelto sin prisas,
ir a comprar unos camemberts de la región; pero cogí de inmediato la autopista
a París.
Me
pasé el último día de permiso en varias agencias de viajes. Me gustaban los
catálogos de vacaciones, su abstracción, su manera de reducir los lugares del
mundo a una secuencia limitada de placeres posibles y tarifas; apreciaba
especialmente el sistema de estrellas para indicar la intensidad de la
felicidad que uno tenía derecho a esperar. Yo no era feliz, pero valoraba la
felicidad, y seguía aspirando a ella. Según el modelo de Marshall, el comprador
es un individuo racional que intenta maximizar su satisfacción en función del
precio; el modelo de Veblen, en cambio, analiza la influencia del grupo en el
proceso de compra (dependiendo de que el individuo quiera identificarse con el
grupo o, al contrario, separarse de él). El modelo de Copeland demuestra que el
proceso de compra es diferente según la categoría del producto/servicio (compra
normal, compra meditada, compra especializada); pero el modelo de
Baudrillard–Becker considera que consumir es también producir signos. En el
fondo, yo me sentía más cerca del modelo de Marshall.
De
vuelta en la oficina, le dije a Marie–Jeanne que necesitaba unas vacaciones.
Marie–Jeanne es mi compañera de trabajo; preparamos juntos los informes de las
exposiciones, trabajamos juntos en pro de la cultura contemporánea. Es una
mujer de treinta y cinco años, con el pelo rubio y liso y los ojos de un azul
muy claro; no sé nada de su vida íntima.
A
nivel jerárquico, ella tiene una posición ligeramente superior a la mía; pero
es un aspecto que prefiere eludir, intenta poner el trabajo de equipo en primer
lugar dentro de nuestro departamento. Cada vez que recibimos la visita de una
personalidad realmente importante —un delegado de la Dirección de Artes
Plásticas, o un miembro del gabinete del ministro—, insiste en la labor de
equipo. «¡Aquí está el hombre más importante del departamento!», exclama
entrando en mi despacho. «El que hace malabarismos con los balances y las
cifras. Sin él, estaría completamente perdida.» Y se ríe. Los visitantes
importantes ríen a su vez, o al menos sonríen, satisfechos. Yo también sonrío,
en la medida de mis posibilidades. Intento imaginarme como un malabarista; pero
en realidad me basta con dominar las operaciones matemáticas simples. Aunque,
hablando con propiedad, Marie–Jeanne no hace absolutamente nada, en realidad su
trabajo es el más complejo: tiene que estar al corriente de los movimientos,
las redes, las tendencias; por haber asumido una responsabilidad cultural, está
constantemente bajo sospecha de inmovilismo, incluso de oscurantismo; es un
peligro contra el que tiene que protegerse, y de paso proteger a la
institución. Así que mantiene contactos con artistas, galeristas, directores de
revistas para mí desconocidos; estas llamadas telefónicas siempre la ponen
contenta, porque siente una sincera pasión por el arte contemporáneo. Por mi
parte, yo no siento hostilidad hacia él; no soy en absoluto un paladín del oficio,
ni del regreso a la tradición en pintura; guardo la actitud de reserva que
conviene a un gestor contable. Las cuestiones estéticas y políticas no son cosa
mía; no soy yo el que tiene que inventar ni adoptar nuevas actitudes, nuevas
relaciones con el mundo; renuncié a ellas a la vez que me encorvaba de hombros,
que mi cara se volvía cada vez más triste. He asistido a muchas exposiciones,
inauguraciones y espectáculos memorables. Mi conclusión se ha convertido en
certeza: el arte no puede cambiar la vida. En cualquier caso, no la mía.
Había
informado a Marie–Jeanne de mi pérdida; ella me recibió con simpatía, e incluso
me puso una mano en el hombro. Que pidiera un permiso le pareció completamente
natural. «Tienes que volverte hacia ti mismo y hacer balance, Michel», dijo.
Intenté imaginar el movimiento que me proponía, y decidí que seguramente tenía
razón. «Cecilia cerrará las previsiones por ti, yo se lo diré.» ¿A qué se
refería exactamente, y quién era aquella Cecilia? Eché una ojeada en torno a
mí, vi un anteproyecto, y me acordé. Cecilia era una chica gorda y pelirroja
que comía chocolates Cadbury sin parar y que llevaba dos meses en el
departamento: contrato temporal, tal vez incluso de aprendizaje; en resumen,
alguien bastante desdeñable. Y sí, justo antes de la muerte de mi padre yo
estaba trabajando en el presupuesto provisional de la exposición «¡Arriba las
manos, golfos!», que debía inaugurarse en enero en Bourg–la–Reine. Se trataba
de fotografías de brutalidad policial tomadas con teleobjetivo en Yvelines;
pero no era un trabajo documental, sino más bien un proceso de teatralización
del espacio, acompañado de guiños a diversas series policíacas protagonizadas
por el Los Angeles Police Department. El artista había preferido la visión fun
a la esperada denuncia social. En resumen, un proyecto interesante, ni
demasiado caro ni complicado; incluso una imbécil como Cecilia sería capaz de
terminar el presupuesto provisional.
Por
lo general, a la salida del trabajo me daba una vuelta por algún peep–show. Me
costaba cincuenta francos o a veces, si tardaba mucho en eyacular, setenta. Ver
coños en movimiento me despejaba la cabeza. Las tendencias contradictorias del
videoarte contemporáneo, el equilibrio entre la conservación del patrimonio y
el apoyo a la creación viva..., todo eso desaparecía deprisa ante la magia
fácil de los coños en movimiento. Yo me vaciaba agradablemente los testículos.
A la misma hora, por su parte, Cecilia se atiborraba de pasteles con chocolate
en una confitería que estaba cerca del Ministerio; las motivaciones eran más o
menos las mismas.
Raras
veces alquilaba una sala privada por quinientos francos; sólo cuando a mi polla
le iba mal y a mí me parecía un pequeño apéndice exigente, inútil, que olía a
queso; entonces necesitaba que una chica la cogiese y se extasiara, aunque
estuviera fingiendo, ante el vigor del miembro y la abundancia de semen. En
cualquier caso, siempre volvía a casa antes de las siete y media. Empezaba por
Preguntas a un campeón que había programado para grabar en vídeo; y luego
seguía con la información nacional. La crisis de las vacas locas no me
interesaba mucho, yo me alimentaba sobre todo de puré Mousline con queso. Luego
continuaba la velada. No lo pasaba mal, tenía veintiocho cadenas. Terminaba con
las comedias musicales turcas, a eso de las dos de la madrugada.
Así
pasaron unos cuantos días, relativamente apacibles, antes de recibir una nueva
llamada telefónica del capitán Chaumom. La investigación había avanzado mucho,
había encontrado al presunto asesino, de hecho era más que una suposición, el
hombre había confesado. Iban a organizar una reconstrucción de los hechos dos
días más tarde, ¿quería asistir? Oh, sí, dije yo, sí.
Marie–Jeanne
me felicitó por mi valiente decisión. Habló del trabajo del duelo, del enigma
de la filiación; empleaba palabras socialmente aceptables sacadas de un
catálogo limitado, pero eso no tenía demasiada importancia; yo sentía que me
tenía afecto, lo cual era sorprendente y estaba bien. Las mujeres son
afectuosas, me dije al subir al tren de Cherbourg; tienen tendencia a
establecer relaciones afectivas hasta en el trabajo, se mueven con dificultad
en un universo desprovisto de toda relación afectiva, es una atmósfera en la
que les cuesta mucho realizarse. Sufren por culpa de esa debilidad, las páginas
psicológicas de Marie–Claire se lo recuerdan continuamente: más valdría que
establecieran una clara división entre lo profesional y lo afectivo, pero no lo
consiguen, y las páginas testimoniales de Marie–Claire lo demuestran con la
misma constancia. A la altura de Rouen, repasé los elementos del caso. El gran
descubrimiento del capitán Chaumont era que Aicha había tenido «relaciones
íntimas» con mi padre. ¿Con qué frecuencia y hasta qué punto? No lo sabía, y
saberlo tampoco iba a ayudarle a seguir con la investigación. Uno de los
hermanos de Aicha había confesado enseguida que había ido a «pedirle
explicaciones» al viejo, que la discusión había degenerado, y que lo había
dejado como muerto en el suelo de cemento del cuarto de la caldera.
En
principio, la reconstrucción estaba presidida por el juez de instrucción, un
hombrecillo seco y austero, vestido con un pantalón de franela y un polo
oscuro, con la cara crispada por una perpetua mueca de irritación; pero el
capitán Chaumont no tardó en imponerse como el verdadero maestro de ceremonias.
Recibía a los participantes con vivacidad y alegría, decía a cada uno una
palabra de bienvenida, lo acompañaba a su sitio: parecía muy contento. Era su
primer caso criminal, y lo había resuelto en menos de una semana; era el único
héroe de verdad en aquella historia sórdida y banal.
Derrumbada
en una silla, visiblemente abrumada, con el rostro enmarcado por un pañuelo
negro, Aicha apenas alzó los ojos cuando yo llegué; apartaba ostensiblemente la
mirada del lugar donde estaba su hermano. Éste, flanqueado por dos gendarmes,
miraba al suelo con aire terco. Tenía toda la pinta de un bruto corriente; no
despertó en mí la menor simpatía. Él alzó los ojos, encontró los míos, con toda
seguridad me identificó. Conocía mi papel, tenían que haberle avisado: según
sus ideas brutales yo tenía derecho a vengarme, era responsable de la sangre de
mi padre. Consciente de la relación que se establecía entre nosotros, le miré
directamente a los ojos; me dejé invadir poco a poco por el odio, ya no
respiraba con facilidad, era una sensación agradable y fuerte. Si hubiera
tenido un arma, le habría disparado sin dudarlo un momento. Matar a aquella
basurilla no sólo me parecía un acto indiferente, sino también una iniciativa
beneficiosa, positiva. Un gendarme dibujó con tiza unas marcas en el suelo, y
dio comienzo la reconstrucción. Según el acusado, lo ocurrido era muy sencillo:
en el transcurso de la discusión había perdido los nervios, había empujado
violentamente a mi padre; éste había caído de espaldas, se había fracturado el
cráneo contra el suelo; lleno de pánico, el joven se había dado a la fuga.
Desde
luego, estaba mintiendo, y al capitán Chaumont no le costó nada demostrarlo. El
examen del cráneo de la víctima mostraba que hubo ensañamiento; sufría
contusiones múltiples, probablemente debidas a una serie de patadas.
Además,
habían restregado contra el suelo la cara de mi padre casi hasta sacarle un ojo
de la órbita.
—No
me acuerdo... —dijo el acusado—. Yo estaba ciego de rabia.
Mirando
sus brazos nerviosos, su cara estrecha y malvada, no resultaba difícil creerle:
había actuado sin premeditación, probablemente excitado al oír el choque del
cráneo contra el suelo y ver la primera sangre. Su método de defensa era claro
y verosímil, se las apañaría muy bien delante del tribunal: unos años con la
sentencia en suspenso, nada más.
El
capitán Chaumont, satisfecho del desarrollo de la reunión, se disponía a
concluir. Me levanté de la silla y me acerqué a un ventanal. Estaba
atardeciendo: unas cuantas ovejas terminaban la jornada. Ellas también eran
estúpidas, quizás más todavía que el hermano de Aicha, pero no tenían ninguna
reacción violenta programada en los genes. La última tarde de su vida balarían
de terror, su ritmo cardíaco se aceleraría, agitarían desesperadamente las
patas; luego vendría el disparo, se les escaparía la vida y sus cuerpos se
convertirían en carne. Nos separamos después de estrecharnos las manos; el
capitán Chaumont agradeció mi presencia.
Volví
a ver a Aicha al día siguiente; por consejo del agente inmobiliario, había
decidido limpiar la casa a fondo antes de las primeras visitas. Le di las
llaves, y ella me acompañó a la estación de Cherbourg. El invierno empezaba a
tomar posesión del paisaje, masas de bruma se acumulaban encima de las hayas.
Entre nosotros, las cosas no eran fáciles. Ella había conocido los órganos
sexuales de mi padre, lo que tendía a crear una intimidad un tanto fuera de
lugar. En conjunto, era sorprendente: ella parecía una chica seria, y mi padre
no era para nada un seductor. Aun así, debía de tener algunos rasgos, algunas
características atractivas que yo no había sabido ver; en realidad, me costaba
hasta acordarme de los rasgos de su cara.
Los
hombres viven unos junto a otros como bueyes; todo lo más, de vez en cuando,
comparten una botella de alcohol.
El
Volkswagen de Aicha se detuvo en la plaza de la estación; yo era consciente de
que sería mejor decir algo antes de separarnos.
—Bueno...
—dije.
Al
cabo de unos segundos, ella se dirigió a mí con voz sorda:
—Me
voy de la región. Tengo un amigo que puede buscarme un trabajo de asistenta en
París; seguiré estudiando allí. De todas formas, mi familia cree que soy una
puta.
Yo
dejé escapar un murmullo de comprensión.
—En
París hay más gente... —aventuré al final, con esfuerzo; por muchas vueltas que
le diera, era todo lo que se me ocurría decir sobre París. Pero aquella
respuesta increíblemente pobre no pareció desanimarla.
—No
puedo esperar nada de mi familia —siguió, con rabia contenida—. No sólo son
pobres, encima son imbéciles.
Hace
dos años, mi padre fue de peregrinaje a La Meca; desde entonces, no hay quien
le saque de ahí. Y mis hermanos son todavía peores: se divierten mutuamente con
sus gilipolleces, se ponen ciegos de pastís mientras pretenden ser los
depositarios de la verdadera fe, y se permiten llamarme guarra porque prefiero
trabajar a casarme con un imbécil como ellos.
—Es
verdad, en general los musulmanes no están muy bien... —dije yo, incómodo. Cogí
la bolsa de viaje y abrí la portezuela—. Verá como se las arregla... —farfullé
sin convicción. En ese momento tuve una especie de visión en la que los flujos
migratorios eran vasos sanguíneos que atravesaban Europa; los musulmanes eran
coágulos que se reabsorbían despacio. Aicha me miraba, dubitativa. El frío
entraba con violencia en el coche. Intelectualmente, lograba sentir cierta
atracción por la vagina de las musulmanas. Sonreí de manera un poco forzada.
Ella también sonrió, con más franqueza. Le estreché mucho tiempo la mano, sentí
el calor de sus dedos, no dejé de apretar hasta que noté el pulso de la sangre
en la muñeca. A unos metros del coche, me volví para hacerle un pequeño gesto
de despedida. Al fin y al cabo, aquello había sido un encuentro; al fin y al
cabo había pasado algo.
Mientras
me instalaba en el vagón Corail, me dije que tendría que haberle dado dinero.
Aunque no, lo más probable es que lo hubiera malinterpretado. Fue en ese
momento, por extraño que parezca, cuando me di cuenta de que me iba a convertir
en un hombre rico; en fin, relativamente rico. Ya me habían transferido las
cuentas de mi padre. Por lo demás, había confiado la venta de su coche al
propietario de un garaje, y la de la casa a una agencia inmobiliaria; todo se
había arreglado de la manera más sencilla. La ley del mercado fijaba el valor
de los bienes. Desde luego, había un margen de negociación; pero sólo un diez
por ciento para ambas partes, nada más. Los impuestos correspondientes tampoco
eran un misterio: bastaba consultar los folletitos de Hacienda, muy bien
hechos.
Seguro
que mi padre había pensado en desheredarme varias veces, pero se ve que al
final se había arrepentido; probablemente se había dicho que eran demasiadas
complicaciones, demasiadas gestiones para un resultado incierto (no es fácil
desheredar a los hijos, la ley sólo ofrece posibilidades limitadas: los muy
cabroncetes no sólo te joden la vida, sino que luego se aprovechan de todo lo
que hayas acumulado a costa de los mayores esfuerzos). Sobre todo, tenía que
haberse dicho que la cosa no le interesaba lo más mínimo: ¿qué cojones le
importaba lo que pasara después de su muerte?
Seguro
que había razonado así, en mi opinión. Y ahora el viejo imbécil estaba muerto,
yo iba a vender la casa donde había pasado sus últimos años y también iba a
vender el Toyota Land Cruiser que le servía para transportar cajas enteras de
agua Evian desde el Casino Géant de Cherbourg. ¿Qué habría hecho yo, que vivo
al lado del Jardin des Plantes, con un Toyota Land Cruiser? Podría haber
transportado raviolis a la ricotta desde el mercado Mouffetard, y poco más.
Cuando se trata de una herencia en línea directa, los derechos de sucesión no
son muy elevados; incluso si los lazos afectivos no eran muy fuertes. Una vez
deducidos los impuestos, me quedaban unos tres millones de francos. Lo que
representaba, poco más o menos, quince veces mi salario anual. Y lo mismo que
un obrero cualificado podía ganar, en Europa occidental, en el transcurso de
toda su vida laboral; no estaba tan mal. Para empezar, ya era algo; podía
intentar salir de apuros.
Seguro
que al cabo de unas semanas iba a recibir una carta del banco. El tren se
acercaba a Bayeux; ya me podía imaginar el desarrollo de la conversación. El
profesional de mi sucursal habría visto un importante saldo positivo en mi
cuenta y querría hablar conmigo; ¿quién no necesita, en un momento u otro de su
vida, un asesor financiero.? Yo, un poco desconfiado, me inclinaría por las
opciones seguras; él acogería esta reacción —tan frecuente— con una ligera
sonrisa.
La
mayoría de los inversores novatos, como él tenía comprobado, prefieren la
seguridad al rendimiento; sus colegas y él bromeaban a menudo sobre el tema. No
le gustaría que yo le malinterpretara, pero en materia de gestión del
patrimonio, algunas personas adultas se comportan como perfectos principiantes.
Por su parte, a él le gustaría que considerase una posibilidad distinta,
dándome, por supuesto, tiempo para reflexionar. ¿Por qué no invertir dos
tercios de mi patrimonio en un valor sin sorpresas, pero de poco rendimiento?
¿Y por qué no dedicar el último tercio a una inversión un poco más aventurada,
pero con verdaderas posibilidades de revalorización? Yo sabía que, tras unos
cuantos días de reflexión, cedería a sus argumentos. Él pensaría que mi adhesión
confirmaba su iniciativa, prepararía los documentos con la vivacidad propia del
entusiasmo y nuestro apretón de manos, al separarnos, sería abiertamente
caluroso.
Yo
vivía en un país marcado por un socialismo sosegado, donde la posesión de
bienes materiales estaba garantizada por una legislación estricta, donde el
sistema bancario estaba rodeado de poderosas garantías estatales. A menos que
sobrepasara los límites de la legalidad, no me arriesgaba ni a la malversación
ni a la quiebra fraudulenta. En suma, ya no tenía que preocuparme demasiado. En
realidad, nunca lo había hecho: después de unos estudios serios, aunque sin
llegar a ser deslumbrantes, me había inclinado rápidamente por el sector
público. Era a mitad de la década de los ochenta, al comienzo de la
modernización del socialismo, en la época en que el ilustre Jack Lang repartía
boato y gloria por las instituciones culturales del Estado; mi salario inicial
era perfectamente correcto. Y luego envejecí, y asistí sin alterarme a los
sucesivos cambios políticos. Era cortés, educado, mis superiores y mis colegas
me apreciaban; sin embargo, a causa de mi temperamento poco caluroso, no había
conseguido hacer verdaderos amigos. En la región de Lisieux, la noche caía
deprisa. ¿Por qué yo nunca había manifestado, en mi trabajo, una pasión
comparable a la de Marie–Jeanne? O mejor, ¿por qué nunca había manifestado una
verdadera pasión en toda mi vida?
Pasaron
unas cuantas semanas más, que no me trajeron la respuesta, y después, la mañana
del 23 de diciembre, cogí un taxi al aeropuerto de Roissy.
3
Así
que allí estaba yo, solo como un imbécil, a unos metros de la ventanilla de
Nouvelles Frontières. Era sábado por la mañana, época de fiestas; Roissy estaba
abarrotado, como de costumbre. En cuanto tienen unos días de libertad, los
habitantes de Europa occidental se precipitan al otro confín del mundo, cruzan
medio planeta en avión, se comportan literalmente como si acabaran de fugarse
de la cárcel. No los culpo; yo estoy a punto de hacer exactamente lo mismo.
Mis
sueños son mediocres. Como todos los habitantes de Europa occidental, quiero
viajar. Bueno, hay que tener en cuenta las dificultades, la barrera del idioma,
la mala organización de los transportes de grupo, los peligros de volar y de
que a uno le estafen; para decirlo en plata, en el fondo lo que yo quiero es
hacer turismo. Cada cual tiene los sueños de los que es capaz, y mi sueño es
encadenar al infinito los «Circuitos de la pasión», las «Vacaciones en color» y
los «Placeres a la carta», por mencionar los temas de tres catálogos de
Nouvelles Frontières.
Enseguida
decidí hacer un circuito, aunque dudé mucho entre «Ron y salsa» (ref CUB CO
033, 16 días/14 noches, 11.250 F en habitación doble, suplemento habitación
individual: 1.350 F) y «Trópico tailandés» (ref. TAI CA 006, 15 días/13 noches,
9.950 F en habitación doble, suplemento habitación individual: 1.175 F). De
hecho, Tailandia me atraía más; pero la ventaja de Cuba es que es uno de los
últimos países comunistas, probablemente no por mucho tiempo; en resumen, tiene
un lado de régimen en vías de extinción, una especie de exotismo político. Al
final me decidí por Tailandia. Hay que reconocer que el texto de presentación
del folleto era bastante hábil, capaz de seducir a las almas mediocres:
Un
circuito organizado, con un toque de aventura, que nos lleva de los bambúes del
río Kwai a la isla de Koh Samui, para terminar en Koh Phi Phi, frente a las
costas de Phuket, después de un magnífico recorrido por el istmo de Kra. Un
refrescante viaje a los trópicos.
A
las 8.30 en punto de la mañana, Jacques Maillot cierra la puerta de su casa del
boulevard Blanqui, en el distrito XIII; sube a su moto y cruza la capital de
este a oeste. Dirección: la agencia de Nouvelles Frontières en el boulevard de
Grenelle.
Día
sí y día no, hace escala en tres o cuatro de sus agencias:
«Les
llevo los últimos catálogos, recojo el correo y veo cómo van las cosas»,
explica este dinámico empresario, que siempre se pone una corbata abigarrada,
inverosímil. Así azuza un poco a los vendedores: «En los días siguientes, hay
que ver el subidón de la cifra de negocios de esas agencias...», explica
sonriendo. El periodista de Capital, que evidentemente se ha rendido a su
simpatía, se asombra un poco más: ¿quién habría predicho en 1967 que la pequeña
asociación fundada por un puñado de estudiantes contestatarios llegaría tan
lejos? Desde luego, no los miles de manifestantes que en mayo del 68 desfilaban
por delante de la primera agencia de Nouvelles Frontières, en la place
Denfert–Rochereau de París. «Estábamos justo en el sitio adecuado, delante de las
cámaras de televisión...», recuerda Jacques Mailloc, ex boy–scout y católico de
izquierdas pasado por la UNEF.1 Fue la primera jugada publicitaria de la
empresa, cuyo nombre se inspiraba en los discursos de John F. Kennedy sobre las
«nuevas fronteras» de Norteamérica.
Ardiente
liberal, Jacques Maillot había luchado con éxito contra el monopolio de Air
France para conseguir la democratización del transporte aéreo. La odisea de su
empresa, que en poco más de treinta años se había convertido en la agencia de
viajes más importante de Francia, fascinaba a las revistas de economía. Como la
FNAC, como el Club Med, Nouvelles Frontières —nacida con la cultura del ocio—
podía simbolizar un nuevo rostro del capitalismo moderno. En el año 2000, la
industria turística había llegado a ser por primera vez, basándose en el
volumen de negocio, la primera actividad económica mundial. Aunque sólo exigía
unas condiciones físicas normales, «Trópico tailandés» se inscribía en el marco
de los «circuitos de aventura»: categorías de alojamiento variables (económica,
turista, preferente), número de participantes limitado a veinte para asegurar
una mejor cohesión del grupo. Vi que se acercaban dos negras preciosas con
mochilas, me sorprendí deseando que hubieran elegido el mismo circuito; luego bajé
la mirada y fui a recoger los documentos de viaje. El vuelo duraba algo más de
once horas.
Coger
un avión actualmente, sea cual sea la compañía o el destino, equivale a que a
uno lo traten como a una mierda durante toda la duración del vuelo. Encogido en
un espacio insuficiente, cuando no ridículo, del que es imposible levantarse
sin molestar a los vecinos de asiento, a uno le reciben de entrada con una
serie de prohibiciones que las azafatas se encargan de anunciar enarbolando una
falsa sonrisa. En cuanto subimos a bordo, lo primero que hacen es apoderarse de
las cosas de todo el mundo para encerrarlas en los portaequipajes, y nadie
vuelve a tener acceso a ellas, bajo ningún pretexto, hasta el aterrizaje.
Durante todo el vuelo, se las arreglan para multiplicar las medidas vejatorias
e inútiles, haciendo que cualquier desplazamiento, por no decir cualquier
acción, resulte imposible, salvo las que entran en un catálogo restringido:
degustación de refrescos, vídeos norteamericanos, compra de productos libres de
impuestos. La sensación constante de peligro y la inmovilidad forzada en un
espacio limitado provocan un estrés tan intenso que algunos pasajeros han
muerto por culpa de una crisis cardíaca durante vuelos de larga duración. La
tripulación se las apaña para aumentar al máximo el estrés al prohibirnos
combatirlo con los medios familiares. Nos vemos privados de cigarrillos y de
lectura y, cada vez con más frecuencia, de alcohol. A Dios gracias, a las muy
cerdas todavía no les ha dado por el registro personal, y como yo era un
pasajero experimentado, me había procurado un pequeño neceser de supervivencia:
unos cuantos parches de nicotina de 21 mg, una cajita de somníferos, una petaca
de Southern Comfort. Mientras sobrevolábamos la ex Alemania del Este, me sumí
en un sueño estropajoso.
Me
despertó un peso en el hombro y un aliento tibio.
Enderecé
a mi vecino de la izquierda sin muchos miramientos: lanzó un gruñido suave,
pero no abrió los ojos. Era un tipo alto de unos treinta años, con el pelo
castaño claro cortado en forma de tazón; no parecía ni muy antipático ni muy
listo. De hecho, despertaba bastante ternura, envuelto en la manta azul pálido
de la compañía, con sus grandes manos de obrero en las rodillas. Cogí el libro
de bolsillo que se le había caído a los pies: un best–seller anglosajón y
coñazo de un tal Frederic Forsyth. Yo ya había leído un libro de aquel imbécil:
insistía en rendir homenaje a Margaret Thatcher y estaba plagado de evocaciones
absurdas de la URSS, imperio del mal. Me pregunté cómo se las arreglaba tras la
caída del muro de Berlín. Hojeé su nueva obra: parecía que esta vez los malos
eran los anarcofascistas y otros nacionalistas serbios; eso sí que era estar al
corriente de la actualidad.
En
cuanto a su héroe favorito, el fastidioso Jason Monk, volvía al servicio activo
en la CIA, que en este caso se había aliado con la mafia chechena. ¡Menuda
moralidad la de los autores de best–sellers anglosajones!, me dije, dejando el
libro en las rodillas de mi vecino. La página estaba marcada por una hoja
doblada en tres, la convocatoria de Nouvelles Frontières: así que acababa de
conocer a mi primer compañero de viaje. Un chico estupendo, estaba seguro;
desde luego mucho menos egocéntrico y neurótico que yo. Le eché una ojeada a la
pantalla donde aparecían los datos sobre el desarrollo del vuelo: probablemente
ya habíamos dejado atrás Chechenia, si es que la habíamos sobrevolado; la
temperatura exterior era de –53°, la altitud de 10.143 metros, la hora local
las 00.27. Entonces apareció un mapa: estábamos entrando en el espacio aéreo de
Afganistán. Desde luego, por las ventanillas sólo se veía la más completa
oscuridad. De todas formas, los talibanes estarían acostados, rehogándose en su
propia mierda. «Buenas noches, talibanes, buenas noches... Que tengáis dulces
sueños...», murmuré antes de tomarme el segundo somnífero.
4
El
avión aterrizó a eso de las cinco de la madrugada en el aeropuerto de Don
Muang. Me desperté con dificultad. Mi vecino de la izquierda ya estaba
levantado y piafaba en la fila de espera para salir del aparato. Lo perdí
rápidamente de vista en el pasillo que llevaba al vestíbulo de llegadas. Yo
tenía las piernas de trapo, la boca estropajosa; los oídos me zumbaban con
violencia.
En
cuanto atravesé las puertas automáticas, el calor me envolvió como una boca.
35° por lo menos. Lo que tiene de especial el calor de Bangkok es que en cierto
modo es grasiento, seguramente a causa de la polución; después de una larga
estancia en el exterior, a uno siempre le sorprende no encontrarse cubierto de
una fina capa de residuos industriales. A mi respiración le costó unos treinta
segundos adaptarse. Intenté no alejarme mucho de la guía tailandesa, a la que
sólo había visto el tiempo suficiente para pensar que parecía reservada y bien
educada; pero muchas tailandesas causan el mismo efecto. La mochila me estaba
aserrando los hombros; era una Lowe Pro Himalaya Trekking, el modelo más caro
que había encontrado en Le Vieux Campeur; tenía una garantía de por vida. Era
un objeto impresionante, gris acero, con mosquetones, cerraduras de velero
especiales —patente registrada por la compañía— y cremalleras que podían
funcionar a una temperatura de –65°. Desgraciadamente, su contenido era
bastante limitado: unas cuantas camisetas, pantalones cortos, un bañador,
zapatillas especiales para andar sobre los corales (125 F en Le Vieux Campeur),
una bolsa de aseo con los medicamentos que la Guía del Trotamundos consideraba
indispensables, una cámara de vídeo JVC HRD–9600 MS con sus pilas y sus cintas
de recambio, y dos best–sellers norteamericanos que había comprado un poco al
azar en el aeropuerto.
El
transporte de Nouvelles Frontières estaba aparcado a unos cien metros. En el
interior del potente vehículo —un Mercedes M–800 de 64 plazas—, el aire
acondicionado estaba al máximo, uno tenía la impresión de entrar en un
congelador. Me senté junto a una ventanilla en mitad del vehículo, a la
izquierda; conté confusamente una decena de pasajeros, entre ellos mi vecino de
vuelo. Nadie se sentó a mi lado. Estaba claro que ya había echado a perder mi
primera oportunidad de integrarme en el grupo; y si quería coger un buen
resfriado, no podía haber empezado mejor.
Todavía
no había amanecido, pero ya había un tráfico muy denso en la autopista de seis
carriles que llevaba al centro de Bangkok. Pasábamos, alternativamente, junto a
edificios de acero y de vidrio, y de vez en cuando dejábamos atrás una inmensa
construcción de cemento que recordaba la arquitectura soviética. Sedes sociales
de bancos, de grandes hoteles, de compañías de electrónica, sobre todo
japonesas.
Tras
la salida de Chatuchak, la autopista se elevaba sobre las vías radiales que
rodeaban el corazón de la ciudad. Entre los edificios iluminados de los hoteles
se empezaban a distinguir grupos de casas pequeñas, con techos de chapa, en
medio de descampados. Puestos ambulantes, iluminados con neones, servían sopa y
arroz; las ollas de hojalata humeaban. El autobus redujo ligeramente la
velocidad para coger la salida de New Petchaburi Road. Durante un momento vimos
los contornos fantasmagóricos de un escalextric, cuyas espirales de asfalto
parecían suspendidas en mitad del cielo, iluminadas por baterías de proyectores
de aeropuerto; después de una larga curva, el autobús volvió al carril rápido.
El
Bangkok Palace Hotel pertenecía a una cadena muy semejante a la de los hoteles
Mercure, equivalente en cuanto a calidad de alojamiento y cocina; cosa de la
que me enteré gracias a un folleto que cogí en el vestíbulo, mientras esperaba
a que la situación se aclarase. Eran las seis de la mañana pasadas —medianoche
en París, pensé sin el menor motivo— pero ya había mucha animación, el comedor
del desayuno acababa de abrir. Me senté en una banqueta; estaba aturdido,
seguía teniendo un violento zumbido de oídos y me empezaba a doler el estómago.
Conseguí reconocer a algunos miembros del grupo por su actitud de espera. Había
dos chicas de unos veinticinco años, del tipo guapa y boba —bastante bien
hechas, por lo demás—, que paseaban por la sala una mirada de desprecio. Por el
contrario, una pareja de jubilados —a él se le podía calificar de vivaracho,
ella era más tristona— observaba maravillada la decoración interior del hotel,
compuesta de espejos, dorados y lustres. Por lo general, durante las primeras
horas de vida de un grupo sólo se observa una sociabilidad fáctica,
caracterizada por el empleo de frases multiuso y un compromiso emocional
limitado. Según Edmund y White, («Sightseeing tours: a sociological approach»,
Annals of Tourism Research, vol. 23,págs. 213-227, 1998) la constitución de los
minigrupos sólo se descubre en el curso de la primera excursión, o a veces de
la primera comida en común.
Me
estremecí, a punto de desmayarme; encendí un cigarrillo para recuperarme:
aquellos somníferos eran demasiado fuertes, me ponían enfermo; pero con los
anteriores ya no conseguía dormirme: no veía la solución. Los jubilados giraban
lentamente sobre sí mismos, me dio la impresión de que el hombre se daba
ciertas ínfulas: en espera de una persona concreta con la que intercambiar una
sonrisa, ambos obsequiaban al mundo exterior con una sonrisa potencial. Tenían
que haber sido pequeños comerciantes en una vida anterior, era la única
hipótesis. Uno a uno, los miembros del grupo se acercaban a la guía al oír su
nombre, recogían la llave, subían a su habitación; en resumen, se dispersaban.
La guía nos recordó, con una voz bien timbrada, que podíamos desayunar o descansar
en nuestras habitaciones; lo que más nos apeteciera. En cualquier caso, la cita
para visitar los klongs era en el vestíbulo, a las dos.
La
ventana de mi habitación daba directamente al carril rápido. Eran las seis y
media de la mañana. El tráfico era intenso, pero gracias al doble cristal sólo
se filtraba un débil rumor. Ya habían apagado el alumbrado nocturno, el sol
todavía no se reflejaba en el acero y el vidrio; a aquella hora del día, la
ciudad era de color gris. Pedí al servicio de habitaciones un café doble, y
para acompañarlo me tomé un Efferalgan, un Doliprane y una dosis doble de
Oscillococcinum; después me acosté e intenté cerrar los ojos.
Formas
indefinidas se movían con lentitud en un estrecho espacio; emitían un zumbido
grave, tal vez eran máquinas de construcción, o insectos gigantes. Al fondo, un
hombre armado de una pequeña cimitarra comprobaba con precaución lo afilado de
la hoja; llevaba turbante y bombachos blancos. De repente, la atmósfera se
volvió roja y pegajosa, casi líquida; por las gotitas de condensación que se
formaban delante de mis ojos, me di cuenta de que un cristal me separaba de la
escena. El hombre estaba ahora en el suelo; una fuerza invisible lo mantenía
inmovilizado. Las máquinas lo habían rodeado; había varias excavadoras y un
pequeño bulldozer con ruedas de oruga. Las excavadoras levantaron sus brazos
articulados y los dejaron caer al unísono sobre el hombre, cortándolo en siete
u ocho pedazos; sin embargo, la cabeza parecía seguir animada por una vitalidad
demoníaca, una sonrisa maligna continuaba iluminando el rostro barbudo. El
bulldozer avanzó a su vez y la cabeza del hombre reventó como un huevo; un
chorro de cerebro y de huesos triturados se estrelló contra el cristal, a unos
centímetros de mi cara.
5
En
resumen, el turismo como búsqueda de sentido, con la sociabilidad lúdica que
favorece y las imágenes que genera, es un dispositivo de comprensión gradual,
codificada y no traumatizante del exterior y de la alteridad.
RACHID
AMIROU
Me
desperté a eso del mediodía, el aire acondicionado emitía un zumbido grave; me
dolía un poco menos la cabeza. Acostado de través en la cama king size, pensé
en el desarrollo del circuito y en lo que estaba en juego. El grupo, hasta
entonces informe, iba a transformarse en una comunidad viva; esa misma tarde
tendría que tomar posiciones, y en ese mismo momento tenía que elegir un
pantalón corto para el paseo por los klongs. Me decidí por un modelo no
demasiado corto, de tela azul vaquero, no muy ajustado, y lo completé con una
camiseta de Radiohead; después metí unas cuantas cosas en una mochila. Me miré
con disgusto en el espejo del cuarto de baño: mi cara crispada de burócrata se
daba de tortas con el conjunto; parecía exactamente lo que era: un funcionario
cuarentón que intentaba disfrazarse de joven durante las vacaciones; era
desolador. Me acerqué a la ventana y abrí las cortinas de par en par. Desde el
piso 27, el espectáculo era extraordinario. A la izquierda, la masa imponente
del hotel Mariott se erguía como un acantilado de creta, con oscuras estrías
horizontales formadas por las hileras de ventanas medio ocultas detrás de los
balcones. La luz cenital del sol subrayaba con violencia planos y aristas.
Justo enfrente, los reflejos se multiplicaban hasta el infinito en una compleja
estructura de pirámides y conos de vidrio azulado. En el horizonte, los
gigantescos cubos de hormigón del Grand Plaza President se superponían como los
niveles de una pirámide escalonada. A la derecha, coronando la superficie
vibrante y verde del Lumphini Park, se veían las torres angulares del Dusit
Thani, como una ciudadela de color ocre. El cielo era de un azul absoluto. Me
bebí despacio una Singha Gold, meditando sobre la noción de irremediable.
Abajo,
la guía hizo una especie de llamamiento para distribuir los cupones de
desayuno. Así me enteré de que las dos tontitas se llamaban Babette y Léa.
Babette tenía el pelo rubio y rizado, bueno, no rizado natural, más bien
ondulado; tenía bonitos pechos, la muy guarra, bien visibles bajo el blusón
transparente: un estampado étnico de Trois Suisses, probablemente. El pantalón,
de la misma tela, también era transparente: se veía claramente el encaje blanco
de las bragas. Léa, muy morena, era más filiforme; lo compensaba gracias a un
bonito arqueo de las nalgas, bien marcadas por el pantalón ciclista negro, y a
un pecho agresivo que se disparaba bajo un sujetador amarillo canario. Un
minúsculo diamante le adornaba el estrecho ombligo. Miré atentamente a las dos
putillas, a fin de olvidarlas para siempre jamás.
El
reparto de cupones continuaba. La guía, Sôn, llamaba a todos los participantes
por su nombre; me ponía enfermo.
Eramos
adultos, joder. Tuve un momento de esperanza cuando llamó a los mayores «señor
y señora Lobligeois»; pero añadió de inmediato, con una sonrisa deslumbrante:
«Josette y René».1 Poco probable, y sin embargo cierto. «Me llamo René»,
confirmó el jubilado sin dirigirse a nadie en particular.
«No
por casualidad...», refunfuñé por lo bajo. Su mujer le echó una mirada cansada,
del tipo «cállate, René, estás fastidiando a la gente». De pronto me di cuenta
de a quién me recordaba: al personaje de Monsieur Plus en los anuncios de
Bahlsen. A lo mejor era él. Interrogué directamente a su mujer: ¿habían
interpretado alguna vez, como actores, personajes secundarios? Oh, no, me
contestó ella, tenían una charcutería.
Ah,
sí, eso también encajaba. Así que aquel alegre muchacho había sido charcutero
(en Clamart, precisó su mujer); había hecho alarde de sus piruetas y
ocurrencias en un establecimiento modesto, dedicado a la alimentación de los
humildes.
Había
otras dos parejas, más imprecisas, que parecían unidas por una oscura
fraternidad. ¿Habrían hecho otros viajes juntos? ¿Se habían conocido en torno a
un desayuno?
En
aquella fase del viaje, todo era posible. La primera pareja era la más
desagradable. El hombre se parecía un poco a Antoine Waechter de joven, si es
que eso es imaginable, pero con el pelo más castaño y una barba bien recortada;
a fin de cuentas no se parecía tanto a Antoine Waechter, sino más bien a Robin
de los Bosques, con un toque suizo o, mejor, jurásico. Bueno, a decir verdad no
se parecía mucho a nada, pero desde luego tenía pinta de imbécil. Por no hablar
de su mujer, con pantalones de peto, seria, buena ama de cría. Seguro que estos
seres ya se han reproducido, pensé; habrían dejado al niño con los abuelos, en
Lons–le–Saulnier. La segunda pareja, más mayor, no daba una impresión de
serenidad tan profunda. El hombre, delgado, con bigote y nervioso, me dijo que
era naturópata; ante mi ignorancia, precisó que cuidaba la salud de la gente
con ayuda de las plantas o de otros medios naturales si era posible. Su mujer,
seca y menuda, trabajaba en el sector social, en la reinserción de no sé qué
alsacianos que habían cometido un primer delito; daba la impresión de que
ninguno de los dos había follado en treinta años. El hombre parecía dispuesto a
hablar conmigo sobre las virtudes de la medicina natural; pero, un poco
aturdido por este primer intercambio, yo fui a sentarme en una banqueta
cercana. Desde allí veía mal a los últimos tres participantes; me los tapaba un
poco la pareja de charcuteros. Una especie de toro cincuentón, llamado Robert,
con una expresión extrañamente dura; una mujer de la misma edad, con el pelo
negro y rizado enmarcando un rostro maligno, sagaz y fofo a la vez, que se
llamaba Josiane, y para terminar una mujer más joven, casi borrosa, de apenas
unos veintisiete años, que seguía a Josiane con una actitud de sumisión canina
y que se llamaba Valérie. Bueno, ya tendría ocasión de verlos un poco mejor; de
verlos mucho mejor, me dije con humor sombrío mientras andaba hacia el autobús.
Sôn
seguía mirando fijamente su lista de pasajeros. Tenía la cara tensa y movía
involuntariamente los labios; parecía llena de aprensión, casi de desconcierto.
Contándola a ella, éramos trece; y a veces los tailandeses son muy
supersticiosos, aún más que los chinos; en los pisos de los edificios o la
numeración de las calles suelen pasar directamente del doce al catorce, sólo
para evitar la mención del número fatídico. Yo me senté al lado izquierdo, más
o menos en mitad del vehículo. En esta clase de desplazamiento en grupo, la
gente adopta puntos de referencia con bastante rapidez: para estar tranquilo
hay que coger sitio enseguida, volver siempre al mismo, quizá dejar en él unos
cuantos objetos personales; en cierto modo, hay que habitarlo de manera activa.
Para
mi gran sorpresa, Valérie se sentó a mi lado, aunque tres cuartas partes del
autobús seguían vacías. Dos asientos más atrás, Babette y Léa intercambiaron
unas palabras burlonas. Mejor sería que se calmaran, las muy cerdas. Observé a
la joven con atención discreta: tenía el pelo largo y negro y una cara de yo
qué sé, una cara que podría calificarse de modesta; ni bonita ni fea, a decir
verdad. Después de una reflexión breve pero intensa, articulé con esfuerzo:
—¿No
tiene demasiado calor?
—No,
no, en el autobús se está bien —contestó ella muy deprisa, sin sonreír, tan
sólo aliviada de que yo hubiera iniciado la conversación. No obstante, mi frase
era de lo más estúpida: en realidad, uno se helaba en aquel autobús.
—¿Ha
estado ya en Tailandia? —siguió ella, aprovechando la oportunidad.
—Sí,
una vez.
Ella
se inmovilizó en actitud de espera, dispuesta a escuchar un relato interesante.
¿Iba a contarle mi anterior estancia? Tal vez, pero no tan pronto.
—Estuvo
bien... —dije al final, adoptando un tono cálido para compensar la trivialidad
de la frase. Ella inclinó la cabeza, satisfecha. Entonces comprendí que aquella
joven no estaba, en absoluto, sometida a Josiane: sencillamente, era sumisa en
general, y quizá estaba más que dispuesta a buscarse un nuevo dueño; a lo mejor
ya estaba harta de Josiane..., quien, sentada dos filas delante de nosotros,
hojeaba furiosamente su Guía del Trotamundos, echando miradas malignas en
nuestra dirección. Romance, romance.
Justo
después del Payab Ferry Pier, el barco viró a la derecha por el Klong Samsen, y
entramos en un mundo diferente. Allí, la vida había cambiado muy poco durante
todo un siglo. A lo largo del canal se sucedían las casas de teca sobre
pilotes; la ropa se secaba bajo los tejadillos. Algunas mujeres se asomaban a
la ventana para vernos pasar; otras dejaban la colada y levantaban la cabeza.
Los niños se bañaban, chapoteando entre los pilotes; nos saludaban
enérgicamente con la mano. Había vegetación por todas partes; nuestra piragua
se abría camino entre macizos de nenúfares y lotos; a nuestro alrededor, todo
rebosaba de vida. Cada centímetro de tierra, aire o agua parecía llenarse a
cada instante de mariposas, lagartijas o carpas. Sôn dijo que estábamos en plena
estación seca; pero la atmósfera era absoluta e irremediablemente húmeda.
Valérie
estaba sentada a mi lado; parecía envuelta en una gran paz. Contestaba con
pequeños gestos de la mano a los viejos que fumaban su pipa en el balcón, a los
niños que se bañaban, a las mujeres que lavaban la ropa. También los
ecologistas jurásicos parecían más sosegados; incluso los naturópatas estaban
tranquilos. Sólo nos rodeaban sonidos suaves y sonrisas. Valérie se volvió
hacia mí. Yo casi tenía ganas de cogerle la mano; sin una razón concreta, me
abstuve de hacerlo. El barco ya no se movía; habíamos varado en la breve
eternidad de una tarde feliz; incluso Babette y Léa guardaban silencio. Estaban
un poco en las nubes, por usar la expresión que Léa empleó un poco después, en
el embarcadero.
Mientras
visitábamos el Templo de la Aurora, anoté mentalmente que tenía que comprar más
Viagra en alguna farmacia abierta. En el trayecto de vuelta, me enteré de que
Valérie era bretona, y que sus padres habían tenido una granja en el
Trégorrois; yo no sabía muy bien qué decirle.
Parecía
inteligente, pero yo no tenía ganas de conversaciones inteligentes. Apreciaba
su voz dulce, su celo católico y minúsculo, el movimiento de sus labios cuando
hablaba; debía de tener una boca muy cálida, dispuesta a tragarse el esperma de
un amigo de verdad.
—Ha
estado bien, esta tarde... —dije al final, desesperado.
Me
había alejado demasiado de la gente, había vivido muy solo, ya no tenía la
menor idea de cómo relacionarme con nadie.
—Oh,
sí, ha estado bien... —contestó ella; no era exigente; era realmente una chica
estupenda. Sin embargo, en cuanto el autobús llegó al hotel, me precipité hacia
el bar.
Tres
cócteles después, empezaba a arrepentirme de mi actitud. Salí a dar una vuelta
por el vestíbulo. Eran las siete de la tarde; todavía no había nadie del grupo
por allí. Por cuatrocientos bahts, quienes lo desearan podían asistir a una
cena– espectáculo con «danzas tradicionales tailandesas»; la cita era a las
ocho. Valérie iría, seguro. Por mi parte, ya conocía un poquito aquellas danzas
tradicionales tailandesas, gracias al viaje que había hecho tres años antes,
«Tailandia clásica, de la Rosa del Norte a la Ciudad de los Ángeles», un
circuito propuesto por Kuoni que no estuvo nada mal, aunque era un poco caro y
había un nivel cultural espeluznante todos los participantes eran por lo menos
licenciados. Las treinta y dos posiciones de Buda en la estatuaria Ratanakosin,
los estilos tailandés–birmano, tailandés–jemer o tailandés–tailandés, nada se
les escapaba.
Volví
agotado, y sin la Guía Azul me había sentido ridículo a todas horas. Pero, por
el momento, empezaba a tener unas enormes ganas de follar. Estaba andando en
círculos por el vestíbulo, presa de un creciente estado de indecisión, cuando
vi un cartel que decía «Health Club» y que señalaba al piso inferior.
La
entrada estaba iluminada por neones rojos y una guirnalda de bombillas
multicolores. En un letrero luminoso con el fondo blanco, tres sirenas en
bikini con pechos un poco exagerados tendían copas de champán al visitante
potencial; a lo lejos se perfilaba una torre Eiffel muy estilizada; en fin, que
aquello no respondía exactamente al mismo concepto que los gimnasios de los
hoteles Mercure. Entré y pedí un bourbon en el bar. Detrás del cristal, una
docena de chicas volvió la cabeza hacia mí; algunas con una sonrisa
provocadora, otras no. Yo era el único cliente. A pesar de las pequeñas
dimensiones del establecimiento, las chicas llevaban insignias numeradas. Me
decidí rápidamente por la número 7: primero porque era bonita, y luego porque
no parecía prestar una atención desmesurada al programa de televisión, ni estar
sumida en una apasionante conversación con su vecina. Y en efecto, cuando la
llamaron se levantó con visible satisfacción.
La
invité a una Coca–Cola en el bar, y luego pasamos a una habitación. Se llamaba
Oôn, o por lo menos eso es lo que entendí, y venía del norte del país; de un
pueblecito cerca de Chiang Mai. Tenía diecinueve años.
Después
del baño que tomamos juntos, me tumbé, cubierto de espuma, en el colchón;
enseguida me di cuenta de que no iba a lamentar mi elección. Oôn se movía muy
bien, con mucha flexibilidad; se había puesto justo la cantidad necesaria de
jabón. Me acarició las nalgas con los senos durante mucho rato; era una
iniciativa personal, no todas las chicas lo hacían. Su coño, bien enjabonado,
me frotaba las pantorrillas como un cepillo pequeño y duro. Con cierta
sorpresa, tuve enseguida una erección; cuando ella me dio la vuelta y empezó a
acariciarme el sexo con los pies, llegué a creer que no iba a poder contenerme.
A costa de un gran esfuerzo, tensando bruscamente los abductores de los muslos,
lo conseguí.
Cuando
se puso encima de mí en la cama, todavía creía que iba a poder aguantar un buen
rato; pero enseguida me desengañé. Por muy joven que fuera, sabía usar el coño.
Primero bajó muy suavemente sobre el glande, con pequeñas contracciones; luego
descendió varios centímetros apretando más. «¡Oh, no, Oôn, no!», gritaba yo.
Ella se echó a reír a carcajadas, encantada de su poder, y luego siguió
bajando, contrayendo las paredes de la vagina con presiones fuertes y lentas;
al mismo tiempo me miraba a los ojos con evidente diversión. Eyaculé mucho
antes de que hubiera llegado a la base de mi sexo.
Después,
abrazados en la cama, charlamos un poco; no parecía tener mucha prisa por
volver a escena. Me dijo que no tenía muchos clientes; aquel hotel acogía sobre
todo grupos en fase terminal, gente que no se metía en líos, más o menos de
vuelta de todo. Había muchos franceses, pero no parecían apreciar demasiado el
body massage. Los que venían eran amables, pero había sobre todo alemanes y
australianos.
Y
también algunos japoneses, pero a ella no le gustaban, eran raros, siempre
querían pegarle o atarla; o si no, se quedaban ahí, mirando sus zapatos y
masturbándose; eso no tenía el menor interés.
¿Y
qué pensaba de mí? No estaba mal, pero había tenido la esperanza de que
aguantaría un poco más. «Much need...»?, dijo, sacudiendo suavemente entre los
dedos mi sexo ahíto.
Por
lo demás, le parecía simpático. «You look quiet...», dijo.
En
eso se equivocaba un poco, pero bueno, lo cierto es que ella me había calmado
mucho. Le di tres mil bahts; según recordaba, era un buen precio. Al ver su
reacción me di cuenta de que, efectivamente, lo era. «¡Krôp khun khât!.», dijo
con una sonrisa de oreja a oreja, uniendo las manos a la altura de la frente.
Luego
me acompañó a la salida, cogiéndome de la mano: delante de la puerta nos
besamos varias veces en las mejillas.
Al
subir la escalera me encontré con Josiane, que parecía dudar si bajar o no. Se
había puesto para la velada una túnica negra con ribetes dorados, pero eso no
la hacía más simpática, para nada. Su rostro graso e inteligente me miraba
fijamente, sin parpadear. Me fijé en que se había lavado el pelo. No era fea,
no; incluso se la habría podido considerar bella, de hecho yo había apreciado a
algunas libanesas de su tipo; pero su expresión básica era claramente aviesa.
Me la imaginaba muy bien expresando cualquier posición política; pero no veía
en ella la menor piedad. A ella tampoco tenía nada que decirle. Bajé la cabeza.
Tal vez un poco incómoda, ella tomó la palabra.
—¿Hay
algo interesante abajo?
Me
irritaba tanto que estuve a punto de contestarle «Un bar de putas», pero al
final mentí, era más sencillo.
—No,
no, no sé, una especie de salón de belleza...
—No
ha ido a la cena–espectáculo... —observó la muy guarra.
—Usted
tampoco —repliqué en los mismos términos.
Esta
vez tardó un poco más en contestar; se estaba haciendo la fina.
—Oh,
no, no me gusta mucho ese tipo de cosas —dijo con una ondulación del brazo casi
digna de Racine—. Son demasiado turísticas...
¿Qué
quería decir con eso? Todo es turístico. Me contuve otra vez para no partirle
los morros. Ella estaba de pie en mitad de la escalera y me cerraba el paso;
tenía que mostrarme paciente. San Jerónimo, corresponsal fogoso en ocasiones,
también sabía dar prueba de cristiana paciencia cuando las circunstancias lo
exigían; por eso se le considera un gran santo y un doctor de la Iglesia.
Según
ella, ese espectáculo de «danzas tradicionales tailandesas» sólo valía para
Josette y René, a los que en su fuero interno calificaba de domingueros;
comprendí, con malestar, que buscaba en mí a un aliado. Era verdad que el
circuito pronto se iba a dirigir al interior del país, y que nos dividiríamos
en dos mesas en las comidas; era hora de elegir un bando.
—Bueno...
—dije, tras un largo silencio, momento en el cual, como por milagro, Robert
apareció unos escalones más arriba. Quería bajar. Desaparecí en un santiamén,
subiendo varios escalones de un salto. Miré hacia atrás justo antes de
precipitarme en el restaurante: Josiane seguía parada y miraba a Robert que,
con pasos bruscos, se dirigía al salón de masaje.
Babette
y Léa estaban cerca de las bandejas de verduras.
Incliné
la cabeza en señal de reconocimiento mínimo antes de servirme enredaderas de
agua. Probablemente también pensaban que las «danzas tradicionales tailandesas»
eran horteras. Al volver a mi mesa, me di cuenta de que las dos petardas
estaban sentadas a unos metros. Léa llevaba una camiseta RAGE AGAINST THE
MACHINE y unas bermudas de tela vaquera muy ajustadas, Babette una especie de
cosa informe que alternaba bandas de seda de diferentes colores y zonas
transparentes. Parloteaban con animación; recordaban, por lo visto, distintos
hoteles neoyorquinos. Casarse con una de esas tías, me dije, tiene que ser el
espanto total. ¿Estaba a tiempo de cambiar de mesa? No, era un poco fuerte. Me
senté en una silla que había enfrente para, por lo menos, darles la espalda,
terminé de comer a toda prisa y volví a mi habitación.
Cuando
me disponía a meterme en la bañera, apareció una cucaracha. Era el momento
oportuno para que una cucaracha apareciera en mi vida; no podía haber elegido
mejor.
La
muy bribona corría que se las pelaba por la porcelana; busqué con la mirada una
zapatilla, pero en el fondo sabía que no tenía muchas posibilidades de
aplastarla. ¿Para qué luchar? ¿Y qué podía hacer Oôn, a pesar de su vagina
maravillosamente elástica? Ya estábamos condenados. Las cucarachas copulan sin
gracia, y aparentemente sin alegría; pero copulan una barbaridad, y sus
mutaciones genéticas son rápidas; no podemos hacer absolutamente nada contra
las cucarachas.
Antes
de desnudarme volví a rendirle homenaje a Oón y a todas las prostitutas
tailandesas. Esas chicas no tenían un trabajo fácil. No debía de ser tan
frecuente dar con un chico simpático, dotado de un físico aceptable y que sólo
pidiera, honradamente, un orgasmo conjunto. Por no hablar de los japoneses; me
estremecí ante la idea, y cogí la Guía del Trotamundos. Babette y Léa, pensé,
no podrían haber sido prostitutas tailandesas; no eran dignas de serlo.
Valérie, quizá; esa chica tenía algo, era un poco madre de familia y un poco
guarra a la vez, las dos cosas en potencia; hasta entonces, sobre todo, había
sido una chica amable, amistosa y seria. Inteligente, además. Decididamente, me
gustaba Valérie. Me masturbé un poquito para abordar la lectura con serenidad;
eyaculé unas pocas gotas.
Aunque
proponía, en principio, la preparación de un viaje a Tailandia, la Guía del
Trotamundos, en la práctica, manifestaba las mayores reservas; ya en el prólogo
se sentía obligada a denunciar el turismo sexual, esa odiosa esclavitud.
En
resumen, que aquellos trotamundos eran unos gruñones, cuyo único objetivo era
echar a perder hasta la última y minúscula alegría de los turistas, a los que
odiaban. Por otra parte, parecía que sólo se amaban a sí mismos, a juzgar por
las frasecitas que salpicaban la obra, del tipo: «¡Ah, señora mía, si hubiera
visto esto en la época de los hippies!...» Sin duda, lo más penoso era ese tono
seco, tranquilo y severo, hirviendo de indignación contenida: «No es por
mojigatería, pero no nos gusta Pattaya. Todo tiene un límite.» Un poco más
adelante, hablaban sobre los «occidentales barrigones» que se pavoneaban con
pequeñas tailandesas; eso les daba directamente ganas de vomitar. Gilipollas
humanitarios protestantes, eso es lo que eran ellos y toda la «simpática
pandilla de amigos que los habían ayudado en la redacción de aquel libro»,
cuyas sucias jetas aparecían en la solapa. Tiré el libro con violencia, por un
pelo no le di al televisor Sony, y cogí con resignación La tapadera, de John
Grisham. Era un best–seller norteamericano, uno de los mejores; uno de los más
vendidos, se entiende. El héroe era un joven abogado, guapo y con un brillante
futuro, que trabajaba noventa horas por semana; aquella mierda no sólo estaba
escrita de antemano como un guión, sino que se veía que el autor ya había
pensado en el casting, estaba claro que había escrito el papel para Tom Cruise.
La mujer del héroe tampoco estaba mal, aunque sólo trabajaba ochenta horas por
semana; pero a Nicole Kidman no le pegaba mucho, no era un papel para una chica
con el pelo rizado, sino más bien con el pelo liso. A Dios gracias, los
tortolitos no tenían hijos, y así se evitaban algunas escenas insoportables.
Era una novela de suspense, bueno, un suspense moderado: desde el segundo
capítulo estaba claro que los directivos de la compañía eran unos cabrones, y
no había ni que soñar que el héroe pudiera morir al final; ni su mujer tampoco.
En el ínterin, para demostrar que no estaba de broma, el novelista iba a
sacrificar a algunos personajes simpáticos de segunda fila; quedaba por saber a
cuáles, y eso podía justificar la lectura. Quizá al padre del héroe: sus
negocios iban mal, le costaba adaptarse a la gestión de producción por
proyectos. A mí me daba la impresión de que íbamos a asistir a su último Thanksgiving.
6
Valérie
había vivido los primeros años de su vida en Tréméven, una aldea a unos cuantos
kilómetros al norte de Guingamp. Durante la década de los setenta, y al
principio de los años ochenta, el gobierno y las asociaciones locales se habían
empeñado en constituir en Bretaña un enorme centro de producción de carne
porcina, capaz de rivalizar con Gran Bretaña y Dinamarca. Incitados a poner en
marcha unidades de producción intensiva, los jóvenes ganaderos —entre los
cuales se contaba el padre de Valérie— se endeudaron hasta las cejas con el
Crédito Agrícola. En 1984, los precios del cerdo empezaron a venirse abajo;
Valérie tenía once años. Era una niñita sensata, más bien solitaria, buena
alumna; estaba a punto de entrar en sexto en el CES1 de Guingamp. Su hermano
mayor, que también era buen alumno, acababa de pasar el examen de bachillerato
y se había matriculado en las clases preparatorias para la facultad de
Agronomía en el instituto de Rennes.
Valérie
se acordaba de la cena de Nochebuena de 1984; su padre había pasado todo el día
con el contable de la FNSEA. Estuvo la mayor parte de la cena en silencio. A
los postres, después de dos copas de champán, le dijo a su hijo:
«No
puedo aconsejarte que sigas con la granja. Hace veinte años que me levanto al
amanecer y que acabo la jornada a las ocho o las nueve; tu madre y yo no hemos
tenido vacaciones casi nunca. Lo mejor sería que lo vendiera todo ahora,
incluidas las máquinas y el sistema de estabulación, para invertir en
inmobiliaria de vacaciones: podría pasar el resto de mis días tomando el sol.»
Durante
los años siguientes, los precios del cerdo siguieron cayendo. Hubo
manifestaciones de agricultores, marcadas por una violencia sin esperanza;
vertieron montones de excrementos en la explanada de Les Invalides y degollaron
a varios cerdos delante del Palais–Bourbon. A finales de 1986, el gobierno
decretó medidas de urgencia, luego anunció un plan de relanzamiento para ayudar
a los ganaderos. En abril de 1987, el padre de Valérie vendió su explotación
por algo más de cuatro millones de francos. Con el dinero de la venta compró un
enorme apartamento en Saint–Quay–Portrieux, para vivir, y tres estudios en
Torremolinos; le quedó un millón de francos, que colocó en fondos de inversión;
incluso logró adquirir —era un sueño de infancia— un pequeño velero. Firmó el
contrato de venta con tristeza y un poco de asco.
El
nuevo propietario era un tipo joven, de unos veintitrés años, soltero, de
Lannion, que acababa de terminar sus estudios agrícolas; todavía creía en los
planes de relanzamiento.
El
padre de Valérie tenía cuarenta y ocho años, su mujer cuarenta y siete; habían
dedicado los mejores años de su vida a una labor sin esperanza. Vivían en un
país donde la inversión productiva no aportaba ninguna ventaja real comparada
con la inversión especulativa; ahora lo sabía. Desde el primer año, el
arrendamiento de los estudios produjo unos ingresos superiores a los de sus
años de trabajo. Se aficionó a hacer crucigramas, salía a la bahía en su
velero, a veces iba de pesca. Su mujer se acostumbró con más facilidad a
aquella nueva vida, y le fue de gran ayuda: volvió a tener ganas de leer, de ir
al cine, de salir.
En
el momento de la venta, Valérie tenía catorce años y empezaba a maquillarse;
vigilaba el crecimiento regular de sus pechos en el espejo del cuarto de baño.
La víspera de la mudanza, se paseó durante mucho rato entre los edificios de la
granja. En los establos principales quedaban una decena de cerdos, que se
acercaron a ella gruñendo dulcemente. Esa misma tarde iría a por ellos el
mayorista, que los llevaría al matadero en los próximos días.
El
verano siguiente fue una época rara. Comparado con Tréméven,
Saint–Quay–Portrieux era casi una ciudad pequeña. Al salir de su casa, Valéry
ya no podía tumbarse en la hierba, dejar que sus pensamientos flotaran con las
nubes, ir a la deriva con las aguas del río. Entre la gente que estaba de
vacaciones había chicos que se volvían cuando ella pasaba; no conseguía
relajarse del todo en ningún momento. Hacia finales de agosto se encontró con Bérénice,
una chica del CES que iba a empezar segundo con Valérie en el instituto de
Saint–Brieuc. Bérénice tenía un año más que ella; ya se maquillaba, llevaba
faldas de marca; tenía una cara bonita y angulosa y el pelo muy largo, de un
extraordinario rubio veneciano. Se acostumbraron a ir juntas a la playa
Sainte–Marguerite; se cambiaban de ropa en la habitación de Valérie antes de
salir. Una tarde, cuando Valérie acababa de quitarse el sujetador, vio la
mirada de Bérénice clavada en sus pechos.
Sabía
que los tenía espléndidos, redondos, altos, tan hinchados y firmes que parecían
artificiales. Bérénice alargó la mano, rozó la curva del pecho y el pezón.
Valérie abrió la boca y cerró los ojos en el momento en que los labios de
Bérénice se acercaban a los suyos; se entregó completamente al beso. Cuando
Bérénice le deslizó una mano en las bragas, ya estaba húmeda. Se las quitó con
impaciencia, se dejó caer en la cama y abrió las piernas. Bérénice se arrodilló
delante de ella y le metió la boca en el coño. Cálidas contracciones recorrían
el vientre de Valérie, tenía la impresión de que su espíritu volaba por los
espacios infinitos del cielo; nunca había sospechado que pudiera existir un
placer semejante.
Lo
hicieron todos los días, hasta el comienzo de las clases. La primera vez al
comenzar la tarde, antes de ir a la playa; luego se tumbaban juntas al sol.
Valérie sentía el deseo crecer poco a poco en su cuerpo, se quitaba el
sujetador del bikini para que Bérénice le viera los pechos. Volvían a la
habitación casi corriendo, y se amaban por segunda vez.
Durante
la primera semana de clases Bérénice se alejó de Valérie, evitaba volver del
instituto con ella; poco después, empezó a salir con un chico. Valérie encajó
la separación sin verdadera tristeza; era lo normal. Se había acostumbrado a
masturbarse todas las mañanas, al despertar. Siempre llegaba al orgasmo en unos
pocos minutos; era un proceso maravilloso, fácil, que se consumaba en ella y
que le alegraba el día.
Respecto
a los chicos, tenía más reservas: después de haber comprado algunos números de
Hot Video en el quiosco de la estación, sabía a qué atenerse sobre su anatomía,
sus órganos y los diferentes procedimientos sexuales, pero lo único que sentía
por su vello y sus músculos era una ligera repugnancia; su piel le parecía
basta y desprovista de suavidad. La superficie parduzca y arrugada de los
cojones, el aspecto violentamente anatómico del glande con el prepucio
retraído, rojo y reluciente..., nada de todo aquello le parecía especialmente
atractivo. De todas formas acabó acostándose con un tío del último curso, rubio
y alto, tras una velada en un club de Paimpol; no sintió demasiado placer. Lo
intentó varias veces con otros, durante los dos últimos años de instituto; era
fácil seducir a los chicos, bastaba con llevar falda corta, cruzar las piernas,
llevar una camiseta escotada o transparente que le resaltara los pechos;
ninguna de aquellas experiencias fue realmente concluyente. Intelectualmente,
podía entender la sensación, dulce y triunfal a la vez, que experimentaban
ciertas chicas cuando una polla se hundía en las profundidades de su coño, pero
la verdad es que ella no sentía nada parecido.
Cierto
que el preservativo no ayudaba mucho; el ruidito blando y repetitivo del látex
la devolvía constantemente a la realidad, impedía que su mente se deslizara por
el infinito sin formas de las sensaciones voluptuosas. Cuando llegó el examen
de bachillerato, casi había tirado la toalla.
Y
diez años más tarde seguía sin recogerla, pensó Valérie con tristeza al
despertarse en su habitación del Bangkok Palace. Todavía no había amanecido.
Encendió la luz del techo y miró su cuerpo en el espejo. Los pechos aún eran
firmes, no habían cambiado desde que cumplió diecisiete años. El culo también
era redondo, sin huellas de grasa; indiscutiblemente, tenía un cuerpo
estupendo. No obstante, se puso una camiseta grande y unas bermudas informes
para bajar a desayunar. Antes de cerrar la puerta, se miró por última vez al
espejo: su cara era más bien corriente, agradable, sin más; ni el pelo negro y
liso, que caía en desorden sobre sus hombros, ni los ojos, muy oscuros,
suponían el menor atractivo suplementario. No cabía duda de que podría sacarse
mejor partido, jugar con el maquillaje, peinarse de otra manera, consultar a
una esteticista. La mayoría de las mujeres de su edad dedicaban al menos unas
horas a la semana al salón de belleza; pero ella pensaba que, en su caso, eso
no cambiaría gran cosa. En el fondo y sobre todo, le faltaban ganas de seducir.
Salimos
del hotel a las siete de la mañana; el tráfico ya era denso. Valérie me hizo
una pequeña señal con la cabeza y se instaló a mi altura, al otro lado del
pasillo. Nadie hablaba en el autobús. La megalópolis gris despertaba despacio;
entre los autobuses atascados se deslizaban las motos, con una pareja a bordo
y, a veces, un niño en los brazos de la madre. Una ligera bruma seguía
estancada en algunas callejuelas cercanas al río.
El
sol no tardaría mucho en atravesar las neblinas matinales, y entonces empezaría
a hacer calor. A la altura de Nonthaburi el tejido urbano se deshilachó y vimos
los primeros arrozales.
Los
búfalos, inmóviles en el barro, seguían el autobús con la mirada, exactamente
como lo habrían hecho las vacas. Oí cierto pataleo que venía de la zona de los
ecologistas jurásicos; seguramente les habría gustado hacer dos o tres fotos de
búfalos.
La
primera parada fue en Kanchanaburi, ciudad que en las guías aparece destacada
por su carácter animado y alegre.
Según
la Michelin, es «un maravilloso punto de partida para la visita de las comarcas
vecinas»; la Trotamundos, por su parte, la califica de «buen campamento base».
El programa incluía un recorrido de varios kilómetros por la vía férrea de la
muerte, que serpenteaba a lo largo del río Kwai. Yo nunca había entendido muy
bien esa historia del río Kwai, así que intenté escuchar las explicaciones de
la guía. Afortunadamente René, provisto de su Guía Michelin, la seguía al pie
de la letra, dispuesto a rectificar tal o cual punto. En resumen, los
japoneses, cuando entraron en la guerra en 1941, decidieron construir una vía
férrea que uniera Singapur y Birmania; el objetivo a largo plazo era invadir la
India. Esta vía férrea debía atravesar Malasia y Tailandia. ¿Y qué estaban
haciendo exactamente los tailandeses durante la Segunda Guerra Mundial? Pues
poca cosa, de hecho. Eran «neutrales», me dijo púdicamente Sôn. En realidad,
completó René, habían firmado un acuerdo militar con los japoneses, sin por
ello declarar la guerra a los aliados. Era el camino más sabio. Así que, una
vez más, dieron prueba de esa famosa sutileza que les había permitido, durante
los más de dos siglos de arrinconamiento entre las potencias francesa e
inglesa, no ceder ante ninguna, y seguir siendo el único país del sudeste
asiático que nunca había sido colonizado.
Sea
como fuere, en 1942 ya habían empezado los trabajos en la zona del río Kwai,
movilizando a sesenta mil prisioneros de guerra ingleses, australianos,
neozelandeses y norteamericanos, así como a una cantidad «innumerable» de
trabajadores forzados asiáticos. En octubre de 1943 la vía férrea estaba
terminada, pero habían muerto dieciséis mil prisioneros de guerra; tanto por la
falta de alimentos como por el clima, por no hablar de la maldad natural de los
japoneses. Poco después, un bombardeo aliado destruyó el puente del río Kwai,
elemento esencial de la infraestructura, inutilizando así toda la vía férrea.
En resumen, bastante fiambre para casi nada. La situación no había cambiado
mucho desde entonces, y seguía sin haber enlaces ferroviarios adecuados entre
Singapur y Delhi.
Visité
con cierta angustia el JEATH Museum, construido para conmemorar los terribles
sufrimientos de los prisioneros de guerra aliados. Sí, me decía yo, todo
aquello era de lo más lamentable, pero desde luego habían pasado cosas peores
durante la Segunda Guerra Mundial. Y no podía evitar pensar que si los
prisioneros hubieran sido polacos o rusos, no les habrían hecho tanto caso.
Un
poco más tarde tuvimos que padecer la visita al cementerio de los prisioneros
de guerra aliados; los que, de algún modo, habían consumado el último
sacrificio. Había cruces blancas, bien alineadas, todas exactamente iguales; el
lugar exhalaba un profundo aburrimiento. Me recordaba a Omaha Beach, que
tampoco me había emocionado mucho; de hecho, era como una instalación de arte
contemporáneo. «Aquí», me dije en aquella ocasión con una tristeza que me
pareció insuficiente, «murieron un montón de imbéciles por la democracia.»
Aunque el cementerio del río Kwai era mucho más pequeño, incluso habría sido
posible contar las tumbas; renuncié bastante pronto a la tarea. Sin embargo, me
dije en voz alta:
—No
puede haber dieciséis mil...
—¡Exacto!
—contestó René, todavía armado con su Guía Michelin— . Se estima que el número
de muertos fue de dieciséis mil, pero en el cementerio sólo hay quinientas
ochenta y dos tumbas. Son (leía siguiendo las líneas con el dedo) los
quinientos ochenta y dos mártires de la democracia.
Cuando
conseguí mi tercera estrella de esquí, a los diez años, fui a una pastelería a
atiborrarme de crepes al Grand Marnier. Fue una fiestecita solitaria; no tenía
amigos con los que compartir la alegría. Como todos los años por aquella época,
estaba en casa de mi padre, en Chamonix. Él era guía de alta montaña y experto
alpinista. Tenía amigos como él, hombres valientes y viriles; yo no me sentía a
gusto entre ellos. Nunca me he sentido a gusto entre los hombres. Tenía once
años la primera vez que una niña me enseñó el coño; me quedé maravillado, aquel
órgano hendido y extraño me pareció adorable. Ella no tenía mucho vello, era
una niña de mi edad, se llamaba Martine. Se quedó mucho rato con las piernas
abiertas, apartándose las bragas para que la viera bien; pero cuando acerqué la
mano le entró miedo y salió corriendo. Todo esto me parecía reciente, no tenía
la impresión de haber cambiado mucho. Mi entusiasmo por los coños no había
disminuido, incluso me parecía que aquél era uno de mis últimos rasgos plenamente
humanos, reconocibles; en cuanto al resto, ya no estaba muy seguro.
Poco
después de subir de nuevo al autobús, Sôn tomó la palabra. Nos dirigíamos hacia
el lugar donde íbamos a pasar la noche, que era, según quería subrayar,
realmente excepcional. No había televisión ni vídeo. Ni electricidad: sólo
velas. No había cuarto de baño, salvo el agua del río. Ni colchones ni esteras.
Retorno total a la naturaleza. Mentalmente, anoté que aquel retorno a la
naturaleza se manifestaba de entrada como una serie de privaciones; los
ecologistas jurásicos —que se llamaban, según había oído a mi pesar durante el
viaje en tren, Eric y Sylvie— babeaban de impaciencia.
—Cocina
francesa esta noche —concluyó Sôn, sin relación aparente con lo que acababa de
decir—. Ahora nosotros comer tailandés. Pequeño restaurante también, orilla
río.
El
sitio era encantador. Había mesas a la sombra de los árboles. Junto a la
entrada, un estanque soleado con tortugas y ranas. Me quedé mucho rato mirando
las ranas; una vez más, me asombraba la extraordinaria proliferación de la vida
en aquel clima. Entre dos aguas nadaban unos peces blancuzcos.
Más
arriba había nenúfares y pulgas de agua. Los insectos se posaban constantemente
en los nenúfares. Las tortugas observaban todo esto con la placidez que
caracteriza a su especie.
Sôn
vino a avisarme de que ya estaban sirviendo la comida. Me dirigí a la sala a
orillas del río. Habían preparado dos mesas de seis; no quedaba un solo sitio
libre. Miré a mi alrededor con un ligero pánico, pero René vino rápidamente en
mi ayuda.
—¡No
se preocupe, venga a nuestra mesa! —exclamó con generosidad—. Pondremos un
cubierto a la cabecera.
Así
que me senté a la mesa que correspondía, aparentemente, a las parejas
constituidas.: los ecologistas jurásicos, los naturópatas —que, esta vez me
enteré, se llamaban Albert y Suzanne— y los dos charcuteros mayores. No tardé
en convencerme de que aquel arreglo no respondía a ninguna afinidad real, sino
a la situación de emergencia que había debido de presentarse en el momento del
reparto de mesas; las parejas se habían reagrupado instintivamente, como en
cualquier situación de emergencia; en resumen, que aquella comida no era otra
cosa que una ronda de observación.
Al
principio, la conversación versó sobre los masajes, tema que a los naturópatas
parecía encantarles. La noche anterior, Albert y Suzanne se habían saltado las
danzas tradicionales para disfrutar de un excelente masaje en la espalda. René
le obsequió con una leve sonrisa picante; la expresión de Albert le dejó claro
que su actitud estaba completamente fuera de lugar. El masaje tradicional
tailandés, dijo fogosamente, no tenía nada que ver con quién sabe qué
prácticas; era la herencia de una civilización centenaria, por no decir
milenaria, que además coincidía a la perfección con las enseñanzas chinas sobre
los puntos de acupuntura. Ellos mismos lo practicaban en su clínica de
Montbéliard, aunque por supuesto no tenían la destreza de las facultativas
talilandesas; la noche anterior les habían dado una buena lección. Eric y
Sylvie le escuchaban fascinados. René dejó escapar una tosecilla incómoda;
desde luego, la pareja de Montbéliard no encajaba con imágenes lúbricas. ¿A
quién se le habría ocurrido la idea de que Francia era el país de la
chocarrería y el libertinaje.? Francia era un país siniestro, totalmente
siniestro y burocrático.
—A
mí también me dieron un masaje, pero la chica terminó por los cojones...
—intervine sin convicción. Como estaba masticando anacardos nadie me entendió;
excepto Sylvie, que me miró horrorizada. Bebí un trago de cerveza y le sostuve
la mirada sin sentirme incómodo; ¿sería capaz aquella chica, al menos, de
ocuparse correctamente de una polla?
Bueno,
no había pruebas. Mientras tanto, podía dedicarme a esperar el café.
—Es
verdad que las niñas son muy monas... —dijo Josette cogiendo un trozo de papaya
y contribuyendo así al malestar general. El café tardaba lo suyo. ¿Qué se puede
hacer al final de una comida cuando no te dejan fumar? Yo asistía
tranquilamente al aumento del fastidio mutuo. Concluimos la conversación, no
sin esfuerzo, con algunos comentarios sobre el tiempo.
Volví
a ver a mi padre clavado en la cama, fulminado por una depresión súbita que
resultaba terrorífica en un hombre tan activo; lo rodeaban sus amigos
alpinistas, incómodos, impotentes ante aquella enfermedad. Una vez me dijo que
si hacía tanto deporte era para embrutecerse, para no pensar: yo estaba
convencido de que había logrado vivir toda su vida sin hacerse una sola
pregunta sobre la condición humana.
7
Ya
en el autobús, Sôn volvió a tomar la palabra. La región fronteriza que íbamos a
atravesar estaba poblada en parte por refugiados birmanos, de origen karen;
pero eso no era un inconveniente. Karenes bien, dijo Sôn, valientes, niños
trabajan bien en colegio, no preocupar. Nada que ver con ciertas tribus del
Norte, con las que no tendríamos ocasión de cruzarnos durante el viaje; y,
según ella, no nos perdíamos nada. Sobre todo en el caso de los akkhas, a los
que parecía tener bastante manía. A pesar de los esfuerzos del gobierno, los
akkhas se mostraban incapaces de renunciar al cultivo de la adormidera, su
actividad tradicional. Eran vagamente animistas y comían perros. Akkhas malos,
subrayó Sôn con energía: aparte cultivo adormidera y cosecha frutos, no saber
hacer nada; niños no trabajar en colegio. Dinero mucho gastado por ellos;
resultado ninguno. Ser completamente inútiles, concluyó con un gran espíritu de
síntesis.
Así
que al llegar al hotel observé con curiosidad a aquellos famosos karenes, que
trajinaban a orillas del río. Ahora que los tenía en el punto de mira —sin
metralleta, claro—, no me parecían tan malos; lo más evidente es que adoraban a
sus elefantes. Su mayor alegría parecía ser bañarse en el río y cepillar el
lomo de sus elefantes. Cierto que no se trataba de rebeldes karenes, sino de
karenes corrientes, que precisamente habían huido de la zona de conflicto
porque estaban cansados de todas aquellas historias y la causa de la
independencia karen les importaba bastante poco.
En
la habitación, un folleto me resumió la historia del complejo turístico, que
había nacido gracias a una hermosa aventura humana: la de Bertrand Le Moal,
trotamundos pionero, que en la década de los sesenta se enamoró del lugar y
«allí plantó el petate». Con esfuerzo, y también con ayuda de sus amigos
karenes, creó poco a poco aquel «paraíso ecológico», del que ahora podía
disfrutar una clientela internacional.
Cierto
que el sitio era espléndido. Suspendidos sobre el río, que vibraba bajo los
pies, había pequeños chalets de madera de teca delicadamente tallada, unidos
por una florida crujía. El hotel estaba encajonado en el fondo de un valle; una
espesa selva cubría las laderas. En cuanto salí a la terraza, se hizo un
profundo silencio. Tardé unos segundos en comprender por qué: todos los pájaros
habían dejado de cantar a la vez. Era la hora en que la selva se prepara para
la noche.
¿Qué
grandes predadores habría en aquellos bosques? Seguramente poca cosa, dos o
tres leopardos; pero me apostaba algo a que abundaban las arañas y las
serpientes. Anochecía deprisa. En la otra orilla, un mono solitario saltaba
entre los árboles; lanzó un chillido breve. Parecía ansioso, con ganas de
reunirse con su grupo.
Volví
a la habitación y encendí las velas. El mobiliario era escaso: una mesa de
teca, dos catres de madera rústica, sacos de dormir y esteras. Me pasé un
cuarto de hora embadurnándome concienzudamente de loción antiinsectos. Los ríos
son bonitos, pero, ya se sabe, atraen a los mosquitos.
También
había una barrita de citronela para quemar; la precaución no me pareció inútil.
Cuando
salí a cenar, se había hecho completamente de noche; entre las casas colgaban
guirnaldas de bombillas multicolores. Así que en aquella aldea había
electricidad, pensé; simplemente, no se habían molestado en instalarla en las
habitaciones. Me detuve un momento y me apoyé en la barandilla para mirar el
río; la luna había salido y se reflejaba en el agua. Enfrente se distinguía
confusamente la masa oscura de la selva; de vez en cuando se oía el graznido
ronco de un ave nocturna.
Los
grupos humanos compuestos de un mínimo de tres personas tienen una tendencia
aparentemente espontánea a dividirse en dos subgrupos hostiles. Servían la cena
en un embarcadero en mitad del río; esta vez habían preparado dos mesas de
ocho. Los ecologistas y los naturópatas ya se habían instalado en una de ellas;
los ex charcuteros en otra, de momento solos. ¿Qué habría provocado la ruptura?
Quizá la discusión de mediodía sobre los masajes, que en el fondo no había ido
nada bien. Además, por la mañana, Suzanne, sobriamente vestida con un blusón y
un pantalón de lino blancos —bien pensados para subrayar su sequedad de formas—
había resoplado de risa al ver el vestido de flores de Josette.
Sea
como fuere, ya había empezado la distribución. Con cierta cobardía, empecé a
andar un poco más despacio para que Lionel, mi vecino de asiento en el avión y
ahora de bungalow, me adelantara. Eligió muy deprisa, de modo apenas
consciente; me dio la impresión de que ni siquiera fue una elección movida por
las afinidades, sino una especie de solidaridad de clase, o más bien (porque él
trabajaba en GDF, y por lo tanto era funcionario, mientras que los otros eran
ex pequeños comerciantes) una solidaridad de nivel educativo, René nos saludó
con evidente alivio. En ese momento, nuestra decisión todavía no era crucial;
si nos hubiéramos unido a los otros, habríamos confirmado enérgicamente el
aislamiento de los ex charcuteros; mientras que así, en el fondo, sólo habíamos
equilibrado las mesas.
Babette
y Léa llegaron poco después y se sentaron, sin la menor vacilación, en la mesa
de al lado.
Pasado
un buen rato —ya habían servido los entremeses—, Valérie apareció a la entrada
del embarcadero; miró a su alrededor con aire indeciso. En la mesa vecina, al
lado de Babette y Léa, había dos sitios libres. Valérie dudó un poco más; luego
se decidió de pronto y vino a sentarse a mi izquierda.
Josiane
había tardado más que de costumbre en arreglarse; debía de haberle costado
trabajo maquillarse a la luz de las velas. Su vestido de terciopelo negro no
estaba mal; un poco escotado, pero sin pasarse. Ella también hizo una pausa, y
luego se sentó enfrente de Valérie.
Robert
llegó el último, con paso vacilante; seguro que había empinado el codo antes de
cenar, lo había visto un rato antes con una botella de Mekong. Se dejó caer
pesadamente en el banco, a la derecha de Valérie. Un grito breve pero espantoso
se elevó de la selva cercana; probablemente un pequeño mamífero que acababa de
vivir sus últimos instantes.
Sôn
pasó entre las mesas para comprobar que todo iba bien, que estábamos
perfectamente instalados. Ella cenaba sola con el conductor; un reparto poco
democrático que ya en el desayuno había despertado la reprobación de Josiane.
Pero
creo que, en el fondo, ella lo prefería así, aunque no tuviese nada contra
nosotros; por muchos esfuerzos que hiciera, las largas discusiones en francés
le pesaban un poco.
En
la mesa de al lado, charlaban animadamente sobre la belleza del lugar; la
alegría de encontrarse en plena naturaleza, lejos de la civilización; los
valores esenciales, etc.
—Es
que es genial —confirmó Léa—. ¿Han visto? Estamos en plena selva de verdad...
Es que no me lo creo.
A
nosotros nos costaba más encontrar un terreno común. Frente a mí, Lionel comía
plácidamente, sin hacer el menor esfuerzo por animar la reunión. Yo miraba de
reojo con nerviosismo. En un momento dado vi a un gordo barbudo salir de las
cocinas para arengar violentamente a los camareros; tenía que ser el famoso
Bertrand Le Moal. Para mí, hasta entonces, su mérito más obvio era haberles
enseñado a los karenes la receta del gratin dauphinois. Era delicioso; y el
asado de cerdo era perfecto, crujiente y tierno a la vez.
—Lo
único que falta es un poco de tintorro... —dijo René con melancolía. Josiane
frunció los labios con desprecio. No hacía falta preguntarle lo que pensaba de
los turistas franceses que no podían viajar sin su tintorro. Valérie salió en
defensa de René con bastante torpeza. Dijo que con la cocina tailandesa el vino
no se echaba de menos, pero que con la francesa habría estado justificado. De
todas formas, ella sólo bebía agua.
—¡Si
uno viaja al extranjero —recalcó Josiane—, es para probar la cocina local y
conocer las costumbres locales.! Si no, más vale quedarse en casa.
—¡Estoy
de acuerdo! —gritó Robert. Ella se interrumpió, cortada, y le miró con odio.
—A
veces ponen demasiadas especias... —confesó Josette con timidez—. Parece que a
ustedes no les desagrada... —dijo mirándome, sin duda para aligerar la
atmósfera.
—No,
no, a mí me encanta. Cuantas más especias, más me gusta. En París siempre voy a
restaurantes chinos —contesté apresuradamente. Así la conversación se desvió
hacia los restaurantes chinos, que en los últimos tiempos se habían
multiplicado tanto en París. A Valérie le gustaban mucho por los menús de
mediodía: no eran nada caros, estaban mucho mejor que los sitios de comida
rápida, y seguro que todo era mucho más sano. Josiane no tenía nada que decir
sobre el tema, comía en el restaurante de la empresa; en cuanto a Robert, debía
de pensar que la conversación era indigna de él. En resumen, que las cosas
fueron más o menos bien hasta los postres.
Todo
empezó con el arroz pringoso. Estaba ligeramente dorado, aromatizado con
canela; una receta original, creo. Josiane cogió al toro por los cuernos y
decidió abordar de frente la cuestión del turismo sexual. Ella lo consideraba
absolutamente asqueroso, no había otra palabra. Era escandaloso que el gobierno
tailandés tolerase ese tipo de cosas, la comunidad internacional tenía que
movilizarse. Robert la escuchaba con una sonrisita que no auguraba nada bueno.
Era escandaloso pero no sorprendente, siguió ella; los dueños de buena parte de
aquellos establecimientos (o burdeles, no se los podía llamar de otra manera)
eran generales, y por eso gozaban de protección.
—Yo
soy general... —intervino Robert. Ella se quedó de piedra, con la mandíbula
inferior colgando de un modo lamentable—. No, no, es broma... —desmintió él con
una leve mueca—. Ni siquiera me gusta el ejército.
Aquello
no pareció hacerle la menor gracia a Josiane. Le costó un momento reponerse,
pero contraatacó con fuerza reduplicada.
—Es
completamente vergonzoso que unas bestias vengan a aprovecharse con total
impunidad de la miseria de esas chicas. Todas vienen de las provincias del
norte o del nordeste, las regiones más pobres del país.
—No
todas... —objetó él—. También las hay de Bangkok.
—¡Es
esclavitud sexual! —aulló Josiane, que no le había oído—. ¡No hay otra palabra!
Yo
bostecé ligeramente. Ella me echó una mirada fulminante, pero siguió, poniendo
a todo el mundo por testigo.
—¿No
les parece escandaloso que cualquier cerdo pueda venir a tirarse a unas
chiquillas por un bocado de pan?
—No
por un bocado de pan... —protesté con modestia—.
Yo
he pagado tres mil baths, más o menos el precio francés.
Valérie
se volvió hacia mí y me miró, sorprendida.
—Le
ha salido un poco caro... —observó Robert—. En fin, si la chica valía la
pena...
Josiane
temblaba de los pies a la cabeza, empezaba a preocuparme un poco.
—¡Pues
a mí, pensar que un viejo cerdo pueda pagar para meterle la polla a una cría me
da ganas de vomitar! —chilló con una voz sobreaguda.
—No
tiene por qué acompañarme, mi querida señora...
—contestó
Robert tranquilamente.
Ella
se levantó temblando, con el plato de arroz en la mano. En la mesa de al lado,
todas las conversaciones se habían interrumpido. Yo estaba seguro de que le iba
a tirar el plato a la cara, creo que sólo la retuvo un resto de pánico
escénico. Robert la miraba con la mayor seriedad, con los músculos tensos bajo
el polo. No parecía de los que se dejan hacer, me lo imaginaba perfectamente
dándole un tortazo a Josiane. Ella dejó el plato con tal violencia en la mesa
que lo partió en tres pedazos; luego se dio la vuelta y desapareció en la
noche, andando deprisa hacia los bungalows.
—Psss
—dijo él, reservado.
Valérie
estaba encajonada entre los dos; él se levantó con elegancia, rodeó la mesa y
se sentó en el sitio de Josiane, por si Valérie también quería irse. Pero ella
no se movió; el camarero trajo los cafés en ese momento. Valérie bebió dos
sorbos y luego se volvió otra vez hacia mí.
—¿Entonces,
es verdad? ¿Ha pagado por una chica? —preguntó sin levantar la voz. El tono era
intrigado, pero sin franca reprobación.
—Esas
chicas no son tan pobres —intervino Robert—, pueden pagarse motos y trapos.
Algunas hasta se operan los pechos. Y no es barato. Aunque también ayudan a sus
padres...
—concluyó,
pensativo.
En
la mesa de al lado, tras intercambiar algunas frases en voz baja, los
comensales se separaron rápidamente; sin duda por solidaridad. Nos quedamos
solos y dueños del terreno, en cierto modo. La luna ya iluminaba de pleno la
superficie del embarcadero, que brillaba ligeramente.
—¿Tan
buenas son esas pequeñas masajistas?... —preguntó René, pensativo.
—¡Ah,
señor mío! —exclamó Robert con una emoción voluntariamente grandilocuente pero,
según me pareció, sincera a fin de cuentas—. ¡Son una maravilla! ¡Una pura
maravilla! Y eso que usted no conoce Pattaya. Es un balneario de la Costa Este
—continuó con entusiasmo— totalmente dedicado a la lujuria y el estupro. Los
primeros en llegar fueron los norteamericanos, durante la guerra de Vietnam;
después, muchos ingleses y alemanes; y ahora empieza a haber polacos y rusos.
Allí todo el mundo está servido, hay para todos los gustos: homosexuales,
heterosexuales, travestis... Es Sodoma y Gomorra, todo en uno. Incluso mejor,
porque también hay lesbianas.
—Ah,
ah... —El ex charcutero aún parecía pensativo. Su mujer bostezó tranquilamente,
se disculpó y se volvió hacia su marido; estaba claro que tenía ganas de
acostarse.
—En
Tailandia —concluyó Robert— todo el mundo puede tener lo que desea, y todo el
mundo puede tener algo bueno.
Se
habla mucho de las brasileñas, o de las chicas de Cuba.
Yo
he viajado mucho, señor, he viajado por placer, y no dudo en decirle que, para
mí, las tailandesas son las mejores amantes del mundo.
Valérie,
sentada frente a él, le escuchaba con la mayor seriedad. Se escabulló poco
después con una leve sonrisa, seguida por Josette y René. Lionel, que no había
dicho una palabra en toda la velada, se levantó a su vez; yo le imité. No tenía
muchas ganas de seguir charlando con Robert. Así que lo dejé solo en la noche,
estatua aparente de la lucidez, pidiendo un segundo coñac. Parecía poseer una
inteligencia compleja y llena de matices; a menos, quizás, que relativizara, lo
que siempre crea la ilusión de la complejidad y del matiz. Delante del
bungalow, le deseé buenas noches a Lionel.
El
zumbido de los insectos saturaba la atmósfera; estaba casi seguro de que no iba
a pegar ojo.
Empujé
la puerta y encendí una vela, más o menos resignado a continuar la lectura de
La tapadera. Los mosquitos se acercaban, las alas de algunos se carbonizaban en
la llama, sus cadáveres se enviscaban en la cera fundida; ninguno se posaba
sobre mí. Y sin embargo yo estaba lleno hasta la dermis de sangre alimenticia y
deleitosa; pero ellos retrocedían mecánicamente, incapaces de salvar la barrera
olfativa del dimetilperóxido cárbico.
Había
que felicitar a los laboratorios Roche–Nicolas, creadores del repelente Tropic.
Apagué la vela, la volví a encender, asistí al ballet cada vez más denso de las
sórdidas maquinitas voladoras. Al otro lado del tabique oía a Lionel, que
roncaba suavemente en la oscuridad. Me levanté, encendí otro bastoncillo de
citronela y fui a mear. Habían hecho un agujero redondo en el suelo del cuarto
de baño; daba directamente al río. Se oían chapoteos, ruidos de aletas; intenté
no pensar en lo que podía haber allí abajo. Cuando me estaba metiendo otra vez
en la cama, Lionel se tiró una larga serie de pedos.
—¡Tienes
razón, chaval! —aprobé con energía—. ¡Como decía Martín Lutero, no hay nada
como tirarse en el saco de dormir un pedo!
Mi
voz resonaba en la noche de manera extraña, por encima del rumor del agua y del
persistente zumbido de los insectos. Oír el mundo real ya era, en sí, un
sufrimiento.
—¡El
reino de los cielos vale por un tapón de cera! —grité otra vez en la noche—.
¡El que tenga oídos para oír, que oiga!
Lionel
se dio la vuelta en la cama y gruñó levemente, sin despertarse. Yo no veía
muchas soluciones: tendría que tomarme otro somnífero.
8
Algunos
matojos de hierba bajaban por el río, empujados por la corriente. Se reanudaba
el canto de los pájaros, elevándose de la selva ligeramente brumosa. Muy hacia
el sur, en la salida del valle, los extraños contornos de las montañas birmanas
se dibujaban a lo lejos. Ya había visto antes aquellas formas redondeadas y
azuladas, entrecortadas sin embargo por bruscas rupturas. Quizás en los
paisajes de los primitivos italianos, durante alguna visita a un museo, en los
años del instituto. El grupo no se había despertado todavía; a esa hora la
temperatura seguía siendo suave. Yo había dormido muy mal.
Tras
la crisis de la víspera, flotaba cierta benevolencia en torno a las mesas del
desayuno. Josette y René parecían estar en plena forma; por el contrario, los
ecologistas jurásicos estaban en un estado lamentable; me di cuenta en cuanto
los vi llegar renqueando. Los proletarios de la generación anterior, que no se
avergüenzan de apreciar las comodidades modernas cuando se presentan, son mucho
más resistentes que sus hijos en caso de incomodidad evidente, por mucho que
éstos últimos presuman de ideas «ecologistas». Éric y Sylvie no habían pegado
ojo en toda la noche; Sylvie, además, estaba literalmente cubierta de ampollas
rojas.
—Sí,
los mosquitos la han tomado conmigo —confirmó con amargura.
—Tengo
una crema calmante, si quiere. Es muy eficaz; puedo ir a por ella.
—Oh,
sí, es muy amable; pero primero vamos a tomar un café.
El
café era asqueroso, aguachirle, casi imbebible. En eso, por lo menos, reinaban
las reglas norteamericanas. La joven pareja tenía un aire ridículo, casi me
daba pena ver cómo el «paraíso ecológico» se derrumbaba a sus pies; pero
sospechaba que aquel día todo me iba a dar pena. Volví a mirar al sur.
—Creo
que Birmania es muy hermosa —dije a media voz, más bien para mis adentros.
Sylvie
lo confirmó con seriedad: sí, ella también había oído decir que era muy
hermosa; aun así, se había prohibido ir a Birmania. No quería ser cómplice de
semejante dictadura, ayudar a mantenerla a base de divisas. Sí, sí, pensé yo,
las divisas.
—¡Los
derechos del hombre son importantes! —exclamó ella, casi con desesperación.
Siempre
que la gente habla de «derechos del hombre», tengo la impresión de que lo dicen
con segundas; pero no creo que fuera el caso; no en ese momento.
—Pues
yo dejé de ir a España después de la muerte de Franco —intervino Robert,
sentándose a nuestra mesa. No lo había visto llegar. Parecía fresco como una
rosa, con toda su capacidad para incordiar intacta. Nos dijo que se había
acostado borracho como una cuba, así que había dormido muy bien. Había estado a
punto de cagarla varias veces, de caerse de cabeza al río mientras volvía al
bungalow, pero al final había llegado bien—. Inch Allah —concluyó con voz
sonora.
Tras
esta caricatura de desayuno, Sylvie me acompañó a la habitación. Por el camino
nos cruzamos con Josiane. Tenía un aire sombrío, poco comunicativo, y ni
siquiera nos miró; ella también parecía lejos del camino del perdón. Me había
enterado de que era profesora de letras en la vida civil, como decía con gracia
René; no me sorprendió lo más mínimo. Era exactamente el tipo de hija de puta
que hace muchos años me hizo renunciar a mis estudios literarios.
Le
di a Sylvie el tubo de crema calmante.
—Se
lo devuelvo enseguida —dijo.
—Puede
quedárselo, no creo que encontremos más mosquitos; parece que no les gusta la
orilla del mar.
Ella
me dio las gracias, se acercó a la puerta, vaciló y se volvió hacia mí:
—¡Pero
seguro que usted no aprueba la explotación sexual de los niños!... —exclamó
angustiada.
Me
esperaba algo así; meneé la cabeza y contesté con cansancio:
—No
hay tanta prostitución infantil en Tailandia. No más que en Europa, en mi
opinión.
Ella
agachó la cabeza, no demasiado convencida, y salió.
De
hecho, yo disponía de informaciones más precisas gracias a un curioso libro
titulado The White Book, que había comprado durante el viaje anterior. No
llevaba ni el nombre del autor ni el del editor; parece que lo había publicado
una asociación llamada Inquisition 2000. So capa de denunciar el turismo
sexual, daban todas las direcciones, país por país; cada capítulo informativo
estaba precedido por un párrafo breve y vehemente que invocaba el respeto al
plan divino y pedía el restablecimiento de la pena de muerte para los
delincuentes sexuales. Sobre el tema de la pedofilia, el White Book era muy
claro: desaconsejaban formalmente Tailandia, que ya no tenía ningún interés, si
es que alguna vez lo había tenido. Era mucho mejor ir a Filipinas, o mejor
todavía a Camboya; el viaje podía resaltar peligroso, pero valía la pena.
El
apogeo del reinado jemer tuvo lugar en el siglo XII, época de la construcción
de Angkor Vat. Luego las cosas se jodieron; los birmanos se convirtieron en el
principal enemigo de Tailandia. En 1351, el rey Ramathibodi I fundó la ciudad
de Ayutthaya. En 1402, su hijo Ramathibodi II invadió el imperio de Angkor, que
estaba en su ocaso. Los treinta y seis soberanos sucesivos de Ayutthaya dejaron
huellas de su reinado con la construcción de templos budistas y palacios.
En
los siglos XVI y XVII, según la descripción de los viajeros franceses y
portugueses, era la ciudad más espléndida de Asia. Las guerras con los birmanos
continuaron, y Ayutthaya cayó en 1767, tras quince meses de sitio. Los birmanos
saquearon la ciudad, fundieron el oro de las estatuas y sólo dejaron ruinas a
su paso.
Ahora
era un lugar muy apacible; una ligera brisa levantaba el polvo entre los
templos. Del rey Ramathibodi no quedaba gran cosa, salvo unas pocas líneas en
la Guía Michelin. La imagen del Buda, por el contrario, seguía muy presente, y
conservaba todo su sentido. Los birmanos habían deportado a los artesanos
tailandeses para construir templos idénticos unos cientos de kilómetros más
lejos. La voluntad de poder existe, y se manifiesta en forma de historia; en sí
misma es radicalmente improductiva. La sonrisa del Buda seguía flotando sobre
las ruinas. Eran las tres de la tarde. Según la Guía Michelin, hacían falta
tres días para una visita completa, y un día para una visita rápida. En
realidad, nosotros sólo teníamos tres horas; era el momento de sacar las cámaras
de vídeo. Me imaginé a Chateaubriand en el Coliseo, con su cámara Panasonic,
fumando cigarrillos; probablemente Benson y no Gauloises Light. De cara a una
religión tan radical, seguro que sus posiciones habrían sido 76 ligeramente
diferentes; habría sentido menos admiración por Napoleón. No me cabía duda de
que habría sido capaz de escribir un excelente Espíritu del budismo.
Josette
y René se aburrieron un poco durante la visita; me dio la impresión de que
enseguida empezaron a andar en círculos. Lo mismo que Babette y Léa. Los
ecologistas jurásicos, por el contrario, parecían sentirse como peces en el
agua, y los naturópatas también; organizaron un impresionante despliegue de
material fotográfico. Valérie estaba pensativa y caminaba a lo largo de las
avenidas; sobre las losas, entre la hierba. Así es la cultura, me decía yo,
jode un poco, y eso está bien; devuelve a cada cual a su propia nada. Dicho
esto, me preguntaba cómo lo habían hecho los escultores de la época de
Ayutthaya. ¿Cómo habían conseguido darles a las estatuas del Buda una expresión
de comprensión tan luminosa?
Tras
la caída de Ayutthaya, el reino tailandés entró en un período de gran
tranquilidad. La capital se estableció en Bangkok, y dio comienzo la dinastía
de los Rama. Durante dos siglos (de hecho, hasta nuestros días), el reino no
libró ninguna guerra importante fuera de sus fronteras, ni sufrió guerras
civiles o religiosas; además logró escapar a cualquier forma de colonización.
Tampoco hubo hambrunas ni grandes epidemias. En semejantes circunstancias,
cuando la tierra es fértil y produce abundantes cosechas, cuando las
enfermedades no se abaten sobre la población, cuando las reglas de una religión
apacible impregnan las conciencias, los seres humanos crecen y se reproducen;
y, en general, viven felices.
Ahora
era diferente, Tailandia había entrado en el mundo libre, es decir, en la
economía de mercado; cinco años antes había sufrido una crisis económica
fulgurante, que había hecho perder a la moneda la mitad de su valor y había
empujado a las empresas más prósperas al borde de la ruina. Era el primer drama
serio que había padecido el país desde hacía más de dos siglos.
Uno
tras otro, en un silencio bastante impresionante, volvimos al autobús. Nos
fuimos al atardecer. Teníamos que coger el tren nocturno de Bangkok a Surat
Thani.
9
Todas
las guías destacan Surat Thani —816.000 habitantes— por su absoluta falta de
interés. Todo lo que puede decirse es que constituye un paso obligado para
quienes se dirigen al ferry de Koh Samui. Sin embargo está habitada, y la Guía
Michelin señala que la ciudad es desde hace tiempo un importante centro
metalúrgico, y que, en fecha más reciente, ha empezado a desempeñar cierto
papel en el campo de la construcción metálica.
¿Y
qué sería de nosotros sin construcciones metálicas? Se extrae el mineral de
hierro en oscuras regiones, se transporta en carguero. Se producen
máquinas–herramienta, casi siempre bajo el control de compañías japonesas. La
síntesis se lleva a cabo en ciudades como Surat Thani: de ahí salen autobuses,
vagones de tren, ferry–boats; todo bajo licencia NEC, General Motors o
Fujimori. En parte, el resultado sirve para transportar turistas occidentales
como Babette y Léa.
Podía
dirigirles la palabra, ya que viajábamos juntos; no pretendía ser un amante
potencial, lo que limitaba ya de entrada las conversaciones posibles; sin
embargo había comprado el mismo billete de ida; así que, en cierta medida,
podía establecer contacto. Resultó que Babette y Léa trabajaban en la misma
agencia de comunicación; en esencia, organizaban acontecimientos.
¿Acontecimientos? Sí. Con agentes institucionales, o empresas que querían
desarrollar su departamento de mecenazgo. Seguro que eso mueve pasta, pensé yo.
Sí y no. Ahora las empresas se volcaban más en los «derechos humanos», las
inversiones habían disminuido. Pero bueno, la cosa iba bien, de todos modos.
Les pregunté por su salario: era bueno. Podría haber sido mejor, pero era
bueno. Poco más o menos veinticinco veces mayor que el de un obrero de las
industrias metalúrgicas de Surat Thani. La economía es un misterio.
Al
llegar al hotel el grupo se dispersó, o por lo menos eso supongo; no tenía
muchas ganas de comer con los demás; de hecho, estaba un poco harto de los
demás. Corrí las cortinas y me tumbé en la cama. Lo raro es que me dormí de
inmediato, y soñé con una morita que bailaba en el metro. No se parecía a
Aicha, o eso creo. Se agarraba al pilar central, como las go–go girls. Se
cubría los pechos con una minúscula cinta de algodón, que empezó a quitarse
despacio. Cuando se la quitó del todo, sonrió; tenía los pechos llenos,
redondos y morenos, magníficos. Entonces se lamió los dedos y se acarició los
pezones. Y luego me puso una mano en el pantalón, me abrió la bragueta, me sacó
el sexo y empezó a sacudírmelo. La gente pasaba a nuestro alrededor, bajaba en
las estaciones. Ella se puso a cuatro patas en el suelo y se levantó la
minifalda; no llevaba nada debajo. Tenía una vulva acogedora, rodeada de vello
muy negro, como un regalo; empecé a penetrarla. El metro estaba bastante lleno,
pero nadie nos prestaba atención. Todo aquello era inverosímil. Era un sueño
hambriento, el sueño ridículo de un hombre maduro.
Me
desperté a eso de las cinco de la madrugada, y vi que había una gran mancha de
esperma en las sábanas. Una polución nocturna..., era conmovedor. Para mi
enorme sorpresa, también me di cuenta de que seguía empalmado; tenía que ser el
clima. Había una cucaracha boca arriba en medio de la mesilla de noche; sus
patas se distinguían con todo detalle. Esa ya no tenía que preocuparse de nada,
como habría dicho mi padre. Mi padre, por su parte, había muerto a finales del
año 2000; había hecho bien. Así toda su existencia quedaba incluida en el siglo
XX, del que él era un elemento espantosamente significativo. Y yo sobrevivía,
en un estado intermedio. Estaba en la cuarentena, bueno, al principio de la
cuarentena, al fin y al cabo sólo tenía cuarenta años; más o menos a mitad de
camino. El fallecimiento de mi padre me proporcionaba cierta libertad; todavía
no había dicho mi última palabra.
Situado
en la costa este de Koh Samui, el hotel evocaba a la perfección la imagen del
paraíso tropical que aparece en los folletos de las agencias de viajes. Las
colinas que lo rodeaban estaban cubiertas por una espesa selva. Los edificios
bajos, rodeados de vegetación, descendían escalonados hasta una inmensa piscina
ovalada, con un jacuzzi en cada extremo. Se podía nadar hasta el bar, que
estaba en una isla en mitad de la piscina. El mar estaba unos metros más abajo,
frente a una playa de arena blanca. Eché una mirada discreta por los
alrededores; reconocí de lejos a Lionel, que chapoteaba entre las olas como un
delfín lisiado. Me di la vuelta y llegué al bar por una delgada pasarela
suspendida sobre la piscina. Miré la carta de cócteles con estudiada indiferencia;
la happy hour acababa de empezar.
Acababa
de decidirme por un Singapore Sling cuando apareció Babette. «Bueno...», dije,
«vaya...» Llevaba un bañador de dos piezas tipo natación, pantaloncito ajustado
y sujetador ancho, en una armonía de azul claro y azul oscuro.
El
tejido parecía extraordinariamente fino; era uno de esos bañadores que sólo se
aprecian bien cuando están mojados.
«¿No
se baña?», preguntó ella. «Pues...», dije yo. Léa llegó entonces, más
clásicamente sexy, con un bañador de cuerpo entero de vinilo rojo vivo con
cremalleras negras que se abrían sobre la piel (una de ellas, que le atravesaba
el pecho izquierdo, dejaba ver el pezón) y muy alto de caderas. Me hizo una
señal con la cabeza antes de reunirse con Léa al borde del agua; cuando se dio
la vuelta, me di cuenta de que tenía unas nalgas perfectas. Al principio
ninguna de las dos se fiaba de mí, pero desde que les había dirigido la palabra
en el ferry habían decidido que yo era un ser humano inofensivo y relativamente
entretenido. Tenían razón; yo era más o menos eso.
Se
zambulleron a la vez, muy conjuntadas. Volví la cabeza para husmear un poco. En
la mesa de al lado había un sosia de Robert Hue. Una vez mojado, el bañador de
Babette era, desde luego, espectacular: se veían perfectamente los pezones y la
raya de las nalgas; incluso se veía el ligero espesor del vello púbico, aunque
lo llevaba muy afeitado. Mientras tanto la gente trabajaba, producía artículos
útiles; o inútiles, a veces. Producían. ¿Qué había producido yo durante mis
cuarenta años de existencia? No mucho, a decir verdad.
Había
organizado información, había facilitado su consulta y su transporte; a veces
también había hecho transferencias de dinero (a modesta escala: tan sólo había
pagado facturas, por lo general de poca cuantía). En una palabra, había
trabajado en el sector servicios. Se podía prescindir de la gente como yo.
Aunque mi inutilidad era menos vistosa que la de Babette y Léa; yo era un
parásito modesto y no brillaba en mi trabajo, ni sentía la menor necesidad de
fingir tal cosa.
Cuando
cayó la noche volví al vestíbulo del hotel, donde me crucé con Lionel; se había
quemado por todas partes, y estaba encantado del día que había pasado. Se había
bañado muchas veces; nunca se había atrevido a soñar que existiera un sitio
así. «He tenido que ahorrar mucho para pagarme el viaje», dijo, «pero no me
arrepiento de nada.» Se sentó en el borde de un sillón; estaba recordando su
vida cotidiana. Trabajaba en Gaz de France, en el sector sudeste del
extrarradio parisino; vivía en Juvisy. Tenía que ir a menudo a casas muy
pobres, casas de ancianos donde la instalación incumplía las normas. Estaba
obligado a cortarles el gas si no podían pagar las modificaciones necesarias.
—Hay
gente que vive en unas condiciones... —dijo—. Nadie se lo imagina. Y a veces se
ven cosas muy raras —prosiguió, meneando la cabeza. A él no le iba mal. Su
barrio no era muy recomendable, de hecho era francamente peligroso—. Hay sitios
que es mejor evitar —dijo. Pero bueno, en conjunto no le iba mal—. Estamos de
vacaciones —concluyó antes de dirigirse al comedor.
Yo
cogí algunos folletos y me fui a leerlos a mi habitación. Seguía sin ganas de
cenar con los demás. Uno cobra conciencia de sí mismo en su relación con el
prójimo; y por eso la relación con el prójimo es insoportable.
Léa
me había contado que Koh Samui no sólo era un paraíso tropical, sino un sitio
superguay. Todas las noches de luna llena, en la islita de Koh Lanta, que
estaba allí al lado, había una rave gigantesca; la gente venía de Australia o
de Alemania para participar en ella. «Un poco como en Goa...», dije. «Muchísimo
mejor que en Goa», dijo ella, cortante.
Goa
estaba totalmente pasada; para disfrutar de una buena rave había que ir a Koh
Sumai o a Lombok.
Yo
no pedía tanto. Lo único que quería, por el momento, era un sencillo body
massage, seguido de una mamada y un buen polvo. Nada complicado, en apariencia;
sin embargo, hojeando los folletos me di cuenta con creciente tristeza de que
ésa no parecía ser, ni mucho menos, la especialidad del lugar. Había muchas
cosas de tipo acupuntura, masaje con aceites aromáticos esenciales,
alimentación vegetariana o tai–chi–chuan; pero nada de body massage o de go–go
bars.
Además,
todo parecía impregnado de una atmósfera penosamente norteamericana, por no
decir californiana, articulada sobre la healthy life y las meditation
activities. Leí la carta de un lector de What’s on Samui, Guy Hopkins; se
definía a sí mismo como «health addict» y volvía regularmente a la isla desde
hacia veinte años. «The aura that backpackers spreadon the island is unlikely
to be erased quickly by upmarket tourist», concluía; era descorazonador. Ni
siquiera podía ir a ver qué encontraba por ahí, porque el hotel estaba lejos de
todo; a decir verdad todo estaba lejos de todo, porque no había nada. El mapa
de la isla no señalaba ninguna población: sólo algunas zonas de bungalows como
la nuestra, a orillas de otras tantas playas tranquilas. Entonces recordé con
horror que la Guía del Trotamundos describía la isla de manera muy elogiosa.
Aquí habían sabido evitar ciertas desviaciones; yo estaba más acabado que una
rata. De todas formas sentía una vaga satisfacción, ligeramente teórica, ante
la idea de sentirme capaz de follar. Abrí con resignación La tapadera, me salté
doscientas páginas, retrocedí otras cincuenta; por casualidad, di con una
escena guarra. La intriga había avanzado bastante: Tom Cruise estaba ahora en
las islas Caimán, poniendo a punto no sé qué dispositivo de evasión fiscal; o
denunciándolo, no estaba claro. Sea como fuere, conocía a una espléndida
mestiza, y la chica no se asustaba de nada.
«Mitch
oyó un ruido seco y vio cómo la falda de Eilene resbalaba hasta sus tobillos,
descubriendo un tanga sujeto por dos cordoncillos.» Me bajé la cremallera de la
bragueta. Después venía un párrafo extraño, psicológicamente poco comprensible:
«Vete, le decía una voz interior. Tira la botella de cerveza al mar y la falda
a la arena. Corre hasta el apartamento como si te persiguieran todos los
diablos. ¡Vete!» Afortunadamente, Eilene no oía la misma vocecita: «Con gestos
muy lentos se llevó las manos a la espalda para desabrocharse la parte superior
del bikini, que resbaló descubriendo los pechos; desnudos, parecían todavía más
llenos. “¿Quiere sostenerme esto?”, preguntó ella, tendiéndole la tela suave y
blanca, ligera como una pluma.»
Yo
me la estaba machacando con ganas, intentando imaginar mestizas con minúsculos
trajes de baño en mitad de la noche. Eyaculé con un suspiro de satisfacción
entre dos páginas. Se iban a pegar; bueno, tampoco era un libro de los que se
leen dos veces.
Por
la mañana, la playa estaba desierta. Me bañé justo después del desayuno; el
aire era tibio. El sol pronto empezaría a ascender en el cielo, aumentando el
riesgo de cáncer de piel en los individuos de raza blanca. Quería quedarme en
la playa más o menos el tiempo necesario para que me arreglaran la habitación,
y luego subir a tumbarme, poniendo el aire acondicionado a tope; había decidido
tomarme el día libre con toda tranquilidad.
Por
su parte, Tom Cruise no dejaba de darle vueltas al asunto de la mestiza;
incluso consideraba la posibilidad de contarle el incidente a su mujer (que no
se conformaba con que la amaran, y ahí estaba todo el problema; encima quería
seguir siendo la más sexy, la más deseable de todas las mujeres). El muy
imbécil se comportaba exactamente como si estuviera en juego el futuro de su
matrimonio. «Si ella conservaba la sangre fría y se mostraba magnánima, él le
diría que lo sentía, que lo sentía muchísimo, y prometería que nunca más
volvería a ocurrir. Si, por el contrario, ella se echaba a llorar, el
imploraría su perdón —de rodillas si hacía falta— y juraría sobre la Biblia que
nunca más lo volvería a hacer.»
Obviamente,
el resultado era más o menos el mismo en ambos casos; pero los remordimientos
permanentes del héroe, a pesar de su falta de interés, terminaban por
interferir en la historia, que de todos modos era de lo más seria: había
mafiosos malísimos, el FBI, puede que hasta rusos. Al principio uno se sentía
irritado; al final, realmente enfermo.
Lo
intenté con mi otro best–seller norteamericano, Control total, de David G.
Balducci; pero era todavía peor. Esta vez el héroe no era un abogado, sino un
joven informático superdotado que trabajaba ciento diez horas por semana. Por
el contrario, su mujer era abogada y trabajaba noventa horas semanales; tenían
un hijo. El papel de los malos le había tocado a una compañía «europea» que
llevaba a cabo maniobras fraudulentas para apoderarse de cierto mercado. El
mercado de la empresa norteamericana en la que trabajaba el héroe. Durante una
conversación con los malos de la compañía europea, éstos encendían «con la
mayor frescura» varios cigarrillos; infestaban literalmente el aire, pero el
héroe conseguía soportarlo. Hice un agujero en la arena para enterrar los dos
libros; el problema es que ahora tenía que encontrar algo que leer. Vivir sin
leer es peligroso, obliga a conformarse con la vida, y uno puede sentir la
tentación de correr riesgos. A los catorce años, una tarde en que la niebla era
especialmente densa, me perdí esquiando; tuve que atravesar zonas de aludes.
Recordaba sobre todo las nubes plomizas, muy bajas, y el silencio absoluto de
la montaña. Sabía que aquellas masas de nieve podían desprenderse de pronto, a
causa de un movimiento brusco por mi parte o incluso sin motivo aparente, a
consecuencia de una mínima subida de la temperatura o de un soplo de viento. Me
arrastrarían varios cientos de metros en su caída, hasta el pie de las rocas;
entonces moriría, probablemente en el acto. Sin embargo, no sentía el menor
miedo. Me fastidiaba que las cosas acabaran así, por mí y por los demás. Habría
preferido una muerte mejor preparada, en cierto modo más oficial, con una
enfermedad, una ceremonia y lágrimas. Lo que más sentía, en realidad, era no
haber conocido el cuerpo femenino. Durante los meses de invierno, mi padre
alquilaba el primer piso de su casa; aquel año lo había cogido una pareja de
arquitectos.
Su
hija, Sylvie, también tenía catorce años; parecía sentirse atraída por mí, o
por lo menos buscaba mi presencia. Era menuda, graciosa, y tenía el pelo negro
y rizado. ¿Tendría también el sexo negro y rizado? Ésas son las ideas que me
venían a la cabeza mientras caminaba penosamente por la ladera de la montaña.
Desde entonces, me he preguntado a menudo por qué, en presencia del peligro,
incluso de una muerte próxima, no siento ninguna emoción especial, ninguna
descarga de adrenalina. Yo buscaría en balde esas sensaciones que atraen a los
que practican «deportes extremos».
No
soy nada valiente, y huyo del peligro tanto como puedo; pero llegado el caso,
lo recibo con la placidez de un buey.
Supongo
que no hay que buscarle más explicación, que es sólo un asunto técnico, una
cuestión de dosificación hormonal; parece que otros seres humanos, en
apariencia semejantes a mí, no sienten la menor emoción en presencia del cuerpo
de una mujer, que en aquella época me sumía, y a veces todavía lo hace, en
trances imposibles de controlar. En la mayoría de las circunstancias de mi
vida, he sido poco más o menos tan libre como un aspirador.
87
El sol empezaba a calentar. Vi que Babette y Léa habían llegado a la playa; se
habían instalado a unos diez metros de mí. Las dos llevaban unas sencillas
bragas de bañador blanco brasileño, idénticas, y el pecho al aire.
Aparentemente habían conocido a unos chicos, pero yo no creía que se fueran a
acostar con ellos: los tipos no estaban mal, tenían unos cuantos músculos, pero
tampoco estaban muy bien; en resumen, que eran un poco mediocres.
Me
levanté y recogí mis cosas; Babette había dejado su Elle junto a la toalla de
baño. Eché una ojeada al mar: las dos se estaban bañando y bromeaban con los
chicos. Me agaché rápidamente y metí la revista en mi bolsa; luego seguí
andando por la orilla.
El
mar estaba en calma; hacia el este, la vista llegaba lejos. Al otro lado tenía
que estar Camboya, o quizás Vietnam. A medio camino del horizonte había un
yate; a lo mejor algunos millonarios pasaban el tiempo así, navegando por los
mares del mundo; una vida monótona y romántica a la vez.
Valérie
se acercaba, casi rozando el agua; de vez en cuando se entretenía en dar un
paso de lado para evitar una ola más fuerte. Yo me erguí rápidamente sobre los
codos, y me di cuenta, con dolor, de que ella tenía un cuerpo magnífico, y que
estaba muy atractiva con su dos piezas más bien serio; sus pechos llenaban
perfectamente el sujetador del bañador.
Hice
un pequeño gesto con la mano, creyendo que no me había visto, pero de hecho
ella ya se había desviado hacia mí; no es fácil pillar desprevenidas a las
mujeres.
—¿Está
leyendo Elle.? —preguntó, mitad sorprendida, mitad burlona.
—Psch...
—contesté.
—¿Puedo?
—Y se sentó a mi lado. Hojeó la revista con la soltura que da la costumbre: una
ojeada a las páginas de moda, otra a las primeras páginas. Elle quiere leer,
Elle quiere salir...
—¿Volvió
a ir a un salón de masaje anoche? —preguntó, mirándome de reojo.
—Eh...,
no. No encontré ninguno.
Ella
sacudió ligeramente la cabeza y volvió a sumirse en la lectura del test de
fondo: «¿Estás preparada para amarle mucho tiempo?»
—¿Qué
le sale? —pregunté, tras un rato de silencio.
—No
estoy enamorada —contestó ella con sobriedad.
Aquella
chica me descolocaba por completo.
—No
entiendo muy bien esta revista —siguió ella—. Sólo habla de la moda, de las
nuevas tendencias.: lo que hay que ir a ver, lo que hay que leer, las causas
por las que hay que militar, los nuevos temas de conversación... Las lectoras
no pueden llevar la misma ropa que esas modelos, y no veo por qué les van a
interesar las nuevas tendencias. En general, son mujeres mayores.
—¿Eso
cree?
—Estoy
segura. Mi madre la lee.
—Quizás
los periodistas hablan de lo que les interesa a ellos, no a las lectoras.
—Entonces
no debería ser económicamente viable; normalmente las cosas se hacen para
satisfacer los gustos del cliente.
—A
lo mejor eso satisface los gustos del cliente.
Ella
lo pensó y contestó, dudosa:
—Quizás...
—¿Cree
que cuando tenga sesenta años ya no le interesarán las nuevas tendencias?
—insistí.
—Espero
que no... —dijo ella con sinceridad.
Encendí
un cigarrillo.
—Si
me quedo aquí voy a tener que ponerme crema...
—comenté
con melancolía.
—¡Vamos
a bañarnos! Ya se pondrá crema después.
Se
puso de pie de un salto y tiró de mí hacia la orilla.
Ella
nadaba bien. Yo no puedo decir que nade; hago el muerto vagamente, me canso
enseguida.
—Se
cansa enseguida —dijo ella—. Es porque fuma demasiado. Hay que hacer deporte.
¡Voy a cuidarle un poco!
Y me
retorció el bíceps. Oh, no, pensé, no. Pero ella acabó calmándose y volvió a la
arena para tostarse al sol, después de secarse vigorosamente el pelo. Estaba
guapa así, con 89 el largo pelo negro desgreñado. No se quitó el sujetador, era
una pena; me habría gustado que se quitara el sujetador. Me habría gustado ver
sus pechos, allí y en ese mismo momento.
Ella
vio que le miraba el pecho y sonrió brevemente.
—Michel...
—dijo tras un corto silencio. Yo me sobresalté al oír mi nombre—. ¿Por qué se
siente tan viejo? —preguntó, mirándome a los ojos.
Era
una buena pregunta; me quedé un poco cortado.
—No
está obligado a contestar ahora mismo —dijo ella amablemente—. Tengo un libro
para usted —siguió, sacándolo del bolso. Reconocí con sorpresa la portada
amarilla de la colección Masque, y un título de Agatha Christie, El valle.
—¿Agatha
Christie? —dije, alelado.
—Léalo,
de todas maneras. Creo que le va a interesar.
Asentí
con la cabeza como un imbécil.
—¿No
va a comer? —preguntó ella al cabo de un minuto—. Ya es la una.
—No...
No, no creo.
—No
le gusta mucho la vida de grupo, ¿verdad?
Era
inútil contestar; sonreí. Recogimos nuestras cosas y nos fuimos juntos. En el
camino nos cruzamos con Lionel, que vagaba un poco como un alma en pena; nos
hizo un gesto amable, pero ya no parecía divertirse tanto. No es raro que haya
tan pocos hombres solos en los clubs de vacaciones, La gente los observa,
tensos, rozando el límite de las actividades de entretenimiento. La mayoría de
las veces dan media vuelta y se van; a veces se lanzan y participan. Dejé a
Valérie delante de las mesas del restaurante.
90
En todos los relatos de Sherlock Holmes se reconocen los rasgos característicos
del personaje; pero, además, el autor siempre introducía un detalle nuevo (la
cocaína, el violín, la existencia del hermano mayor Mycroft, la afición a la
ópera italiana..., ciertos servicios prestados en otra época a las familias
reales europeas..., el primer caso resuelto por Sherlock, cuando aún era un
adolescente). Con cada nuevo detalle se dibujaban nuevas zonas de sombra, y al
final surgía un personaje realmente fascinante: Conan Doyle había conseguido la
mezcla perfecta entre el placer del descubrimiento y el placer del
reconocimiento. Pero siempre me había parecido que Agatha Christie, al
contrario, daba demasiada importancia al placer del reconocimiento. En sus descripciones
iniciales de Poirot tenía tendencia a limitarse a unas cuantas frases clásicas,
reducidas a las características más evidentes del personaje (su pasión maníaca
por la simetría, sus lustrosos botines, lo mucho que se cuidaba el bigote); en
sus obras más mediocres uno llegaba a tener la impresión de que había vuelto a
copiar esas frases de presentación, tal cual, de un libro a otro.
Pero
lo cierto es que El valle era interesante por otro motivo. No por el ambicioso
personaje de Henrietta, la escultora, a través de quien Agatha Christie había
intentado representar no sólo los tormentos de la creación (la escena en que
ella destruía una de sus estatuas, justo después de haberla terminado
penosamente, porque sentía que le faltaba algo), sino el sufrimiento concreto
que ocasiona el hecho de ser artista:
esa
incapacidad de ser realmente feliz o desgraciado, de sentir realmente el odio,
la desesperación, el júbilo o el amor; esa especie de filtro estético que se
interpone, irremisiblemente, entre el artista y el mundo. La novelista había
puesto mucho de sí misma en este personaje, y su sinceridad era evidente.
Desgraciadamente,
la artista, que en cierto modo vivía aislada del mundo, que sólo experimentaba
las cosas de manera ambigua y doble, y en consecuencia con menor violencia, era
por eso mismo un personaje menos interesante.
Profundamente
conservadora, hostil a cualquier idea de reparto social de la riqueza, Agatha
Christie había mostrado, a lo largo de toda su carrera de novelista, unas
posiciones ideológicas muy tajantes. Este compromiso teórico radical le
permitía, en la práctica, mostrarse a menudo bastante cruel en la descripción
de esa aristocracia inglesa cuyos privilegios defendía. Lady Angkatell era un
personaje grotesco, en el límite de lo verosímil, y a veces casi aterrador. La
novelista estaba fascinada por su criatura, que había olvidado hasta las reglas
que se aplican a los seres humanos corrientes; debía de haberse divertido mucho
escribiendo frases como: «Es tan difícil conocer de verdad a la gente cuando
hay un crimen en casa...»; pero lo cierto es que sus simpatías no estaban con
lady Angkatell. Por el contrario, hacía un cálido retrato de Midge, obligada a
trabajar como vendedora para ganarse la vida, y que pasaba los fines de semana
entre gente que no tenía ni idea de lo que era un trabajo. Valiente y activa,
Midge sentía por Edward un amor sin esperanzas. Por su parte, Edward se
consideraba a sí mismo un fracasado: nunca había podido hacer nada, ni siquiera
llegar a ser escritor; redactaba pequeñas crónicas llenas de ironía desencantada
en oscuras revistas para bibliófilos. Le había propuesto matrimonio a Henrietta
tres veces, sin éxito.
Henrietta
había sido la amante de John, y admiraba su brillante personalidad, su fuerza;
pero él estaba casado. Su asesinato daba al traste con el sutil equilibrio de
deseos insatisfechos que unía a los personajes: Edward comprendía por fin que
Henrietta no le querría nunca, que no estaba ni estaría a la altura de John;
sin embargo tampoco parecía ser capaz de aproximarse a Midge, y su vida parecía
definitivamente echada a perder. Ya partir de ese momento, El valle se
convertía en un libro conmovedor y extraño; uno se sentía como si estuviera
ante aguas profundas y movedizas. Cuando Midge salvaba a Edward del suicidio, y
él le pedía que se casaran, Agatha Christie conseguía algo muy bello, una
especie de deslumbramiento a la manera de Dickens.
Ella
le abrazó. El le sonrió:
—Eres
tan cálida, Midge..., tan cálida...
Sí,
pensó Midge, eso es la desesperación. Algo glacial, un frío y una soledad
infinitos. Hasta entonces, nunca había entendido que la desesperación era fría;
siempre la había imaginado ardiente, vehemente, violenta. Pero no.
La
desesperación era eso: un abismo sin fondo de oscuridad helada, de intolerable
soledad. Y el pecado de desesperación del que hablaban los sacerdotes era un
pecado frío, que consistía en aislarse de cualquier contacto humano, cálido y
vivo.
Terminé
el libro a eso de las nueve de la noche; me levanté y me acerqué a la ventana.
El mar estaba en calma, minadas de manchitas luminosas bailaban en la
superficie, un leve halo rodeaba el disco lunar. Sabía que esa noche había un
full moon rave party en Koh Lanta; seguro que iban Babette y Léa, junto con
buena parte de la clientela. Es fácil renunciar a la vida, dejar la vida de
lado. Mientras se organizaba la velada, los taxis empezaban a llegar al hotel y
todo el mundo se agitaba en los pasillos; yo no sentía nada más que un triste
alivio.
10
La
frontera entre Tailandia y Birmania atraviesa la zona norte del istmo de Kra,
una estrecha lengua de tierra montañosa que separa el golfo de Tailandia y el
Mar de Andaman.
Al
llegar a Ranong, en el extremo sur de Birmania, el istmo sólo mide veintidós
kilómetros; se ensancha progresivamente para formar la península malaya.
De
los cientos de islas que salpican el Mar de Andaman sólo algunas están
habitadas, y ninguna de las pertenecientes a territorio birmano sufre la
explotación turística. Por el contrario, las islas de la bahía de Phang Nga, en
territorio tailandés, aportan al país el 43 % de los ingresos anuales en
materia de turismo. La más importante es Phuket, donde los resorts se empezaron
a desarrollar a mediados de los años ochenta, sobre todo con capital chino y
francés (el grupo Aurore convirtió rápidamente el sudeste asiático en un sector
clave para su expansión). Y no hay duda de que la Guía del Trotamundos, en el
capítulo dedicado a Phuket, llega a su mayor grado de odio, elitismo vulgar y
masoquismo agresivo. Empiezan diciendo:
«Phuket,
para algunos, es la isla de moda; para nosotros, ya está pasada. Hay que ver
esta “perla del océano índico” para comprobarlo... Hace algunos años todavía la
elogiábamos: sol, playas de ensueño, dulzura de vivir. A riesgo de desafinar en
94 mitad de esta hermosa sinfonía, confesamos la verdad: ¡ya no nos gusta
Phuket! Patong Beach, la playa más famosa, se ha llenado de cemento. Aumenta la
clientela exclusivamente masculina, se multiplican los bares con camareras, la
sonrisa se vende y se compra. En cuanto a los bungalows para trotamundos, se
han sometido a una operación de cirugía estética, versión “excavadora
mecánica”, para dejar sitio a unos hoteles que se llenan de europeos solitarios
y barrigones.»
Íbamos
a pasar dos noches en Patong Beach; yo me instalé con confianza en el autobús,
dispuesto a representar mi papel de europeo solitario y barrigón. El viaje
terminaría, a bombo y platillo, con una estancia libre de tres días en Koh Phi
Phi, un destino tradicionalmente considerado como un paraíso. «¿Qué decir de
Koh Phi Phi?», se lamentaba la guía de vacaciones, «es casi como si a uno le
piden que hable de un amor frustrado... Quiere decir algo bueno, pero se le
estrangula la voz.» El masoquista manipulador no se conforma con ser
desgraciado; quiere que los demás también lo sean. A unos treinta kilómetros,
el autobús se detuvo para poner gasolina; yo tiré la Guía del Trotamundos a la
papelera de la estación de servicio. El masoquismo occidental, me dije. Dos
kilómetros después, me di cuenta de que ahora sí que no me quedaba nada que
leer; iba a tener que afrontar el final del viaje sin el menor texto impreso
que me sirviera de pantalla. Eché una ojeada a mi alrededor, se me habían
acelerado las pulsaciones, de repente el mundo exterior me parecía mucho más
cercano. Al otro lado del pasillo, Valérie había reclinado su asiento y tenía
la cara vuelta hacia la ventanilla; parecía fantasear o dormir.
Intenté
seguir su ejemplo. El paisaje, compuesto de vegetación diversa, desfilaba en el
exterior. Como último recurso, le pedí prestada a René la Guía Michelin; así me
enteré de que las plantaciones de heveas y el látex desempeñaban un papel
fundamental en la economía de la región: Tailandia era el tercer productor
mundial de caucho. Así que aquella confusa ve95 getación servía para fabricar
preservativos y neumáticos; el ingenio humano es realmente notable. Se puede
criticar al hombre por muchas razones, pero no podemos negar que se trata de un
mamífero ingenioso.
Después
de la noche del río Kwai, la distribución de las mesas había quedado
definitivamente establecida. Valérie estaba con lo que llamaba «el equipo de la
clase baja», Josiane se había unido a los naturópatas, con los que compartía
ciertos valores, como las prácticas basadas en la serenidad. De hecho, en el
desayuno asistí de lejos a una verdadera competición de serenidad entre Albert
y Josiane, bajo la mirada interesada de los ecologistas, que como vivían en un
agujero perdido de Franche–Comté no tenían acceso a tantas prácticas.
Babette
y Léa, aunque eran de Île–de–France, tampoco tenían mucho que decir, aparte de
un «Es genial...» de vez en cuando; para ellas, la serenidad sólo era un
objetivo a medio plazo. El caso es que tenían una mesa equilibrada, con dos
líderes naturales de sexo diferente que podían desarrollar una complicidad
activa. A nosotros nos costaba más. Josette y René comentaban regularmente el
menú, se habían acostumbrado con mucha facilidad a la cocina del país, Josette
había llegado a pedir algunas recetas. De vez en cuando criticaban a los
comensales de la otra mesa, a quienes consideraban pretenciosos y vanidosos;
así no íbamos a llegar muy lejos, y por lo general yo esperaba los postres con
impaciencia.
Le
devolví a René la Guía Michelin; quedaban cuatro horas de autobús hasta Phuket.
Compré una botella de Mekong en el bar del restaurante. Me pasé las cuatro
horas siguientes luchando contra la vergüenza que me impedía sacar la botella
de la mochila para coger un buen pedo; al final me pudo la vergüenza. La
entrada del Beach Resortel estaba adornada con una banderola que decía DAMOS LA
BIENVENIDA A LOS BOMBEROS DE CHAZAY. «Vaya, esto tiene gra96 cia...», comentó
Josette, «tu hermana vive en Chazay...» René ya no se acordaba. «Sí, sí...»,
insistió ella. Antes de coger la llave de mi habitación me dio tiempo a oírla
decir: «Al final, cruzando el istmo de Kra se pierde un día entero»; y lo peor
es que tenía razón. Me derrumbé en la cama king size y me serví un buen trago
de alcohol, y luego otro.
Me
desperté con un dolor de cabeza espantoso y vomité mucho rato en la taza del
váter. Eran las cinco de la madrugada: demasiado tarde para los bares con
camareras, demasiado pronto para desayunar. En el cajón de la mesilla de noche
había una biblia en inglés y un libro sobre las enseñanzas de Buda, en el que
leí: «Because of their ignorance, people are always thinking wrong thoughts and
always losing the right viewpoint and, clinging to their egos, they take wrong
actions.
As a
result, they become attached to a delusive existence.». No estaba muy seguro de
entenderlo, pero la última frase ilustraba a la perfección el estado en que me
encontraba en ese momento, y me alivió tanto que pude esperar hasta la hora del
desayuno. En la mesa de al lado había un grupo de gigantescos negros
norteamericanos, parecían un equipo de baloncesto. Un poco más lejos, una mesa
de chinos de HongKong: reconocibles por su suciedad, que ya era difícilmente
soportable para un occidental, pero que sumía a los camareros tailandeses en un
espanto apenas atenuado por la costumbre. Al contrario que los tailandeses, que
se comportan en todo momento con una urbanidad puntillosa, por no decir
tiquismiquis, los chinos comen de manera voraz, ríen muy fuerte con la boca
abierta y proyectan trocitos de comida alrededor, escupen en el suelo, se
suenan con los dedos: son unos auténticos cerdos en todo. Y para colmo de
males, hay muchísimos cerdos.
(
Tras unos minutos andando por las calles de Patong Beach, me di cuenta de que
todo lo que el mundo civilizado había sido capaz de producir en materia de
turistas estaba allí reunido, en los dos kilómetros del paseo marítimo. En
pocos metros me crucé con japoneses, italianos, alemanes, norteamericanos, sin
contar a algunos escandinavos y sudamericanos ricos. «Todos son iguales, todos
van buscando el sol», como me había dicho la chica de la agencia de viajes. Yo
me porté como un cliente ejemplar de tipo medio: alquilé una tumbona y una
sombrilla, me bebí unos cuantos Sprite y me di un moderado chapuzón. El oleaje
era muy suave. Volví al hotel a eso de las cinco de la tarde, medianamente
satisfecho de mi día libre, pero decidido a seguir haciendo lo mismo. I was
attached to a delusive existence. Me quedaban los bares de camareras; antes de
dirigirme al barrio apropiado, di una vuelta por la zona de restaurantes. En el
Royal Savoey Seafood vi a una pareja de norteamericanos que estaba terminando
de comerse un bogavante con exagerada atención. «Dos mamíferos delante de un
crustáceo», me dije. Un camarero se acercó a ellos, todo sonrisas,
probablemente para elogiar la frescura del producto. «Suman tres», proseguí
maquinalmente. Había cada vez más gente: solitarios, familias, parejas; todo
aquello producía una fuerte impresión de inocencia.
A
veces, cuando han bebido mucho, los alemanes senior se reúnen en grupo y
entonan canciones lentas, de una tristeza infinita. Eso divierte mucho a los
camareros tailandeses, que los rodean dando grititos.
Siguiendo
los pasos de tres señores quincuagenarios, que intercambiaban vigorosos «Ach!»
y «Ja», me encontré sin pretenderlo en la calle de los bares que buscaba. Los
arrullos de las chicas con falda corta rivalizaban para atraerme al Blue
Nights, el Naughty Girl; el Classroom, el Marilyn, el Venus...
98
Al final me decidí por el Naughty Girl. Todavía no había mucha gente: una
docena de occidentales solos en sus mesas, sobre todo ingleses y
norteamericanos jóvenes, entre los veinticinco y los treinta años. En la pista
de baile, una decena de chicas ondulaba lentamente al son de una especie de
ritmo disco–retro. Unas llevaban un bikini blanco, otras se habían quitado el
sujetador y sólo llevaban el string. Todas andarían por los veinte años: tenían
la piel de un moreno dorado, cuerpos excitantes y flexibles. A mi izquierda
había un viejo alemán sentado a una mesa con su Carlsberg: con su vientre
imponente, la barba blanca y las gafas se parecía bastante a un profesor de
universidad jubilado. Miraba, completamente hipnotizado, los jóvenes cuerpos
que se movían delante de sus ojos; estaba tan quieto que por un momento creí
que se había muerto.
Entraron
en acción varias máquinas de humo, la música cambió a un slow polinesio. Las
chicas se fueron y otras ocuparon su lugar, vestidas con guirnaldas de flores a
la altura del pecho y el talle. Giraban suavemente, y las guirnaldas dejaban
ver a veces los pechos, a veces el nacimiento de las nalgas. El viejo alemán
seguía mirando el escenario; en cierto momento se quitó las gafas para
limpiarlas, tenía los ojos húmedos. Estaba en el paraíso.
En
realidad, las chicas no intentaban pescar a nadie, pero era posible invitar a
una de ellas a beber algo, charlar un poco, eventualmente pagar al
establecimiento un bar fee de quinientos baths y llevarse a la chica al hotel
después de negociar el precio. Creo que la tarifa por la noche completa era de
cuatro o cinco mil baths, poco más o menos el salario de un obrero no
cualificado en Tailandia; pero Phuket es una escala cara. El viejo alemán le
hizo una señal discreta a una de las chicas que, todavía con el string blanco,
esperaba volver a escena. Ella se acercó enseguida y se instaló con
familiaridad entre los muslos del viejo. Sus pechos redondos y jóvenes estaban
a la altura de la cara del alemán, que había enrojecido de placer. Oí que ella
le llamaba «Papá». Pagué el tequila con limón y me fui, un poco incómodo; tenía
la impresión de asistir a una de las últimas alegrías del anciano, era
demasiado conmovedor y demasiado íntimo.
Justo
al lado del bar encontré un restaurante al aire libre y allí me senté a comer
un plato de arroz con cangrejos. Casi todas las mesas estaban ocupadas por
parejas compuestas por un occidental y una tailandesa; la mayoría parecían
californianos, o la idea que la gente tiene de los californianos; en cualquier
caso llevaban un tong. En realidad, quizás eran australianos, es fácil
confundirlos; en cualquier caso tenían un aspecto sano, deportivo y bien
alimentado. Eran el futuro del mundo. En ese momento, al ver a todos aquellos
anglosajones jóvenes, irreprochables y llenos de futuro, comprendí hasta qué
punto el turismo sexual era el futuro del mundo.
En
la mesa de al lado, dos tailandesas de unos treinta años, de formas generosas,
parloteaban con animación; estaban sentadas frente a dos jóvenes ingleses con
el cráneo rapado, con pinta de presos posmodernos, que bebían penosamente sus
cervezas sin pronunciar una palabra. Un poco más lejos, dos bolleras alemanas
con pantalones de peto, bastante rechonchas, con el pelo muy corto y rojo, se
habían dado el capricho de una deliciosa adolescente con el pelo largo y negro
y un rostro de líneas muy puras, vestida con un sarong multicolor. También
había dos árabes aislados, de nacionalidad indefinible; llevaban la cabeza
envuelta en esa especie de paño de cocina con el que vemos a Arafat en sus
apariciones televisivas. En resumen, allí estaba el mundo rico o medio rico,
diciendo «presente» a la llamada inmutable y dulce del coño asiático. Lo más
raro es que uno tenía la impresión de que después de mirar a cada pareja ya
sabía si las cosas iban a ir bien o no. Las chicas se aburrían casi siempre,
ponían cara larga o resignada, miraban de reojo las demás mesas. Pero algunas
miraban a sus compañeros a los ojos con una actitud de espera amorosa, bebían
sus palabras, les contestaban con animación; uno podía imaginar que las cosas
podían llegar más lejos, que podía nacer una amistad o incluso una relación más
duradera; sabía que los casos de matrimonio no eran poco frecuentes, sobre todo
con los alemanes.
Por
mi parte, no tenía muchas ganas de iniciar una conversación con una chica en un
bar; generalmente estos intercambios, demasiado centrados en la naturaleza y el
coste de la prestación sexual por venir, son decepcionantes. Prefería los
salones de masaje, donde uno empieza por el sexo; a veces nace cierta
intimidad, a veces no. En ciertos casos se puede prolongar la compañía en el
hotel, y allí es donde uno se da cuenta de que la chica no siempre tiene ganas:
a veces está divorciada, alguien tiene que cuidar a sus hijos; es triste, y
está bien. Mientras terminaba el arroz, esbocé el guión de una película
pornográfica de aventuras llamada El salón de masaje.
Sirien,
una joven del norte de Tailandia, se enamora locamente de Bob, un estudiante
norteamericano que ha ido a parar a su lado después de una noche cargadita en
compañía de sus compañeros de pedo. Bob no la toca, se conforma con mirarla con
sus bonitos ojos azul claro y hablarle de su tierra, Carolina del Norte o algo
parecido. Después se ven varias veces cuando Sirien termina de trabajar, pero
desgraciadamente Bob tiene que irse para acabar su último año de estudios en la
Universidad de Yale. Elipsis. Sirien le espera ilusionada mientras atiende a
las exigencias de sus numerosos clientes. Aunque pura de corazón, se la machaca
y se la chupa ardientemente a un montón de franceses barrigones y bigotudos
(papel secundario para Gérard Jugnot), amén de un montón de alemanes adiposos y
calvos (papel secundario para un actor alemán). Al final Bob regresa e intenta
sacarla de su infierno, pero la mafia china no está por la labor. Bob hace
intervenir al embajador de Estados Unidos y a la presidenta de una asociación
humanitaria que lucha contra la trata de jovencitas (papel secundario para Jane
Fonda). Teniendo en cuenta las mafias chinas (evocación de las Tríadas) y la
complicidad de los generales tailandeses (dimensión política, apelación a los
valores de la democracia), lo lógico es que hubiera jaleo y persecuciones en
Bangkok. Pero Bob conseguía llevársela. En una de las últimas escenas, Sirien
desplegaba todos sus conocimientos sexuales, por primera vez con sinceridad.
Todas aquellas pollas que había chupado siendo una humilde empleada de salón de
masajes, las había chupado esperando la polla de Bob, que reunía todas las
demás; en fin, habría que ver el diálogo. Fundido encadenado sobre los dos ríos
(el Chao Phraya y el Delaware). Créditos. Para la explotación europea ya se me
había ocurrido una publicidad especial, un poco del tipo «Si le gustó El salón
de música, le encantará El salón de masajes.».
Bueno,
de momento era todo bastante vago, me faltaban los socios. Pagué, me levanté,
anduve ciento cincuenta metros rechazando diversas proposiciones y me encontré
delante del Pussy Paradise. Empujé la puerta y entré. Tres metros más allá
reconocí a Robert y a Lionel, que bebían unos irish coffes.
Al
fondo, detrás de un cristal, había unas cincuenta chicas sentadas en gradas,
cada una con su número. Un camarero se acercó rápidamente a mí. Lionel volvió
la cabeza, me vio, y una expresión de vergüenza se extendió por su cara. Robert
se volvió a su vez y me invitó con un gesto lento a unirme a ellos.
Lionel
se mordía los labios, no sabía dónde meterse. El camarero apuntó mi pedido.
—Soy
de derechas... —dijo Robert sin motivo aparente—.
Pero
cuidado...
Movió
el índice, como para ponerme en guardia. Yo había notado que desde el principio
del viaje se imaginaba que yo era de izquierdas, y que esperaba la ocasión
propicia para iniciar una conversación conmigo; pero yo no tenía la menor
intención de entrar en ese jueguecito. Encendí un cigarrillo; él me miró de
arriba abajo con severidad.
—La
felicidad es cosa delicada —dijo con voz sentenciosa—; es difícil encontrarla
dentro de nosotros, e imposible encontrarla en otra parte. —Al cabo de unos
segundos, añadió con voz severa—: Chamfort.
Lionel
le miraba con admiración, como si hubiera caído completamente bajo su encanto.
La frase me parecía discutible: quizás se habría aproximado más a la realidad
invirtiendo «difícil» e «imposible»; pero yo no tenía ganas de proseguir el
diálogo, lo más importante era volver a una situación turística normal. Además
empezaba a tener ganas de la 47, una tailandesa pequeña y muy esbelta, por no
decir muy delgada, pero con labios gruesos y aspecto amable; llevaba una
minifalda roja y medias negras. Consciente de mi distracción, Robert se dirigió
a Lionel.
—Creo
en la verdad —dijo en voz baja—. Creo en la verdad y en el principio de la
prueba experimental.
Escuchando
con una sola oreja, me enteré con sorpresa de que era catedrático de
Matemáticas, y que de joven había escrito trabajos prometedores sobre los
grupos de Lie.
Reaccioné
vivamente ante esta información: así que había algunos ámbitos, algunos campos
de la inteligencia humana donde él había sido el primero en percibir claramente
la verdad, en llegar a una certeza absoluta, demostrable.
—Sí...
—concedió él, casi a regañadientes—. Naturalmente, todo eso volvió a ser
demostrado en un marco más general.
Luego
se había dedicado a la enseñanza, sobre todo en los cursos preparatorios; no le
había gustado dedicar los años de su edad madura a hacer empollar en el último
momento a unos jóvenes imbéciles cuya única obsesión era entrar en la
Politécnica o en la Central, y eso hablando de los más dotados.
—De
todas formas —añadió—, no tenía madera de matemático creador. Muy pocos la
tienen.
Hacia
finales de los años setenta, había participado en una comisión ministerial para
la reforma de la enseñanza de las matemáticas; una bonita gilipollez, según
confesó. Ahora tenía cincuenta y tres años; se había jubilado tres años antes,
y desde entonces se dedicaba al turismo sexual. Había estado casado tres veces.
—Soy
racista... —dijo alegremente—. Me he convertido en un racista... Uno de los
primeros efectos de viajar es que se refuerzan o se crean prejuicios sociales,
porque ¿cómo nos imaginamos a los demás antes de conocerlos? Idénticos a
nosotros, por supuesto; y sólo poco a poco nos damos cuenta de que la realidad
es ligeramente distinta. Cuando puede, el occidental trabaja; su trabajo suele
aburrirle o exasperarle, pero él finge que le interesa. A los cincuenta años,
cansado de la enseñanza, de las matemáticas y de todo lo demás, decidí
descubrir el mundo. Acababa de divorciarme por tercera vez; a nivel sexual, no
esperaba nada de particular. Primero viajé a Tailandia; inmediatamente después
fui a Madagascar.
Desde
entonces no he vuelto a follar con una blanca; ni siquiera he vuelto a tener
ganas de hacerlo. Créame —dijo, poniendo una mano firme en el antebrazo de
Lionel—, ya no encontrará en una blanca el coño suave, dócil, flexible y
musculoso, todo eso ha desaparecido por completo.
La
47 se dio cuenta de que la miraba con insistencia; me sonrió y cruzó las
piernas muy alto, revelando un liguero escarlata. Robert seguía exponiendo sus
ideas.
—En
la época en que los blancos se consideraban superiores —dijo—, el racismo no
era peligroso. Para los colonos, los misioneros y los profesores laicos del
siglo diecinueve, el negro era un animal no demasiado malo, con costumbres
entretenidas, una especie de mono un poco más evolucionado. En el peor de los
casos lo consideraban una provechosa bestia de carga, capaz de llevar a cabo
tareas complejas; en el mejor, un alma zafia, poco pulida, pero capaz de
elevarse hasta Dios, o hasta la razón occidental—, mediante la educación. De
todos modos veían en él a un «hermano inferior», y no sentimos odio por un
inferior, todo lo más una bondad despreciativa. Ese racismo benévolo, casi
humanista, ha desaparecido por completo. Desde el momento en que los blancos empezaron
a considerar a los negros sus iguales, estaba claro que tarde o tempranos los
considerarían superiores.
La
noción de igualdad no tiene el menor fundamento en el ser humano. —Volvió a
alzar el índice. Por un momento creí que iba a citar sus fuentes, La
Rochefoucauld o no sé quién, pero no. Lionel frunció el ceño a causa de la
concentración—.
Y
cuando los blancos se creen inferiores —continuó Robert, preocupado por que le
entendieran—, todo está dispuesto para la aparición de un nuevo racismo, basado
en el masoquismo: históricamente, son estas condiciones las que han llevado a
la violencia, a la guerra interracial y a la masacre. Por ejemplo, todos los
antisemitas están de acuerdo en conceder a los judíos cierto tipo de
superioridad: al leer los escritos antisemitas de la época, lo que más llama la
atención es el hecho de que se considera al judío más inteligente, más astuto,
con cualidades especiales para las finanzas y, encima, para la solidaridad
comunitaria. Resultado: seis millones de muertos.
Le
eché otra mirada a la 47: el compás de espera es un momento excitante, sería
maravilloso hacerlo durar mucho tiempo; pero se corre el riesgo de que la chica
se vaya con otro cliente. Le hice al camarero un discreto gesto con la mano.
—¡Yo
no soy judío! —exclamó Robert, creyendo que iba a hacerle una objeción. Desde
luego, podría haber objetado varias cosas: al fin y al cabo estábamos en
Tailandia, y los blancos nunca han considerado a los individuos de raza
amarilla como «hermanos inferiores», sino como seres evolucionados, miembros de
civilizaciones diferentes, complejas, ocasionalmente peligrosas; también habría
podido observar que nosotros estábamos allí para follar, y que esas discusiones
nos hacían perder tiempo; en el fondo, mi objeción principal era ésa. El
camarero se acercó a nuestra mesa; con un gesto rápido, Robert le indicó que
nos sirviera otra ronda.
— I
need a girl —dije yo con voz aguda—. The girl number four seven! Él me miraba
con expresión inquieta e interrogativa; un grupo de chinos acababa de
instalarse en la mesa de al lado, armaban un ruido espantoso.
—
The girl numbe four seven! — dije a grito pelado, separando las sílabas.
Esta
vez me entendió, sonrió ampliamente y se dirigió a un micrófono colocado
delante del cristal, donde articuló unas cuantas palabras. La chica se levantó,
descendió las gradas y se dirigió a una salida lateral, alisándose el pelo.
—El
racismo —continuó Robert mirándome de reojo— parece caracterizado, al
principio, por una mayor antipatía, un impulso competitivo más violento entre
machos de raza diferente; pero su corolario es el aumento del deseo sexual por
las hembras de la otra raza. Lo que está realmente en juego en la lucha racial
—dijo con claridad— no es ni económico ni cultural, sino biológico y brutal: es
la competencia por la vagina de las mujeres jóvenes.
Me
dio la impresión de que estaba a punto de empezar a discursear sobre el
darwinismo; en ese momento el camarero volvió a nuestra mesa acompañado de la
número 47. Robert la miró despacio de arriba abajo.
—Ha
elegido bien... —dijo sombríamente—, parece muy guarra.
La
chica sonrió con timidez. Yo le metí una mano bajo la falda y le acaricié las
nalgas, como para protegerla. Ella se apretó contra mí.
—Es
verdad que en mi barrio ya no son los blancos los que dictan las normas...
—intervino Lionel, sin necesidad aparente.
—¡Exactamente!
—aprobó Robert con energía—. Tienen ustedes miedo, y con razón. Creo que en los
próximos años aumentará la violencia racial en Europa; y todo eso acabará en
guerra civil —dijo, con los primeros espumarajos de rabia—; todo se arreglará a
golpe de kaláshnikov.
Se
bebió el cóctel de un trago; Lionel empezaba a mirarlo con un poco de
aprensión.
—¡A
mí que no me jodan! —añadió, dejando el vaso en la mesa con violencia—. Soy
occidental, pero puedo vivir donde me dé la gana, y por el momento sigo siendo
yo quien tiene la pasta. He estado en Senegal, en Kenia, en Tanzania, en Costa
de Marfil. Cierto que las chicas de allí no son tan expertas como las
tailandesas, no son tan dulces, pero están bien hechas y tienen un coño
fragante.
Debieron
de venirle a la cabeza algunos recuerdos en ese momento, porque se calló de
golpe.
—
What is your name? —aproveché para preguntarle a la número 47.
—I’m
Sin. —dijo ella. Los chinos de la mesa de al lado habían elegido y se dirigían
a los pisos de arriba con carcajadas y risitas; volvió a reinar un relativo
silencio.
—Las
negritas se ponen a cuatro patas, te presentan el coño y el culo —continuó
Robert, pensativo—, y el interior del coño es completamente rosa... —añadió en
un murmullo.
Yo
también me levanté. Lionel me miró agradecido; obviamente estaba contento de
que yo me fuera con una chica antes que él, le parecía menos incómodo. Yo hice
una pequeña inclinación de cabeza para despedirme de Robert. Miraba la sala —y,
más allá, al género humano— sin la menor amabilidad, con expresión dura, los
rasgos crispados en una mueca amarga. Ya se había expresado, o por lo menos
había tenido la oportunidad de hacerlo; pensé que yo le iba a olvidar con
bastante rapidez. De repente me pareció un hombre derrotado, acabado; me dio la
impresión de que ni siquiera le quedaban ganas de hacer el amor con aquellas
chicas. Se puede describir la vida como un proceso de inmovilización, muy
evidente en el bulldog francés, tan vivaracho de joven y tan apático de adulto.
En Robert, el proceso estaba ya muy avanzado; quizás todavía tenía erecciones,
pero no era muy seguro; uno siempre puede hacerse el listo, dar la impresión de
haber entendido un poco la vida, pero lo cierto es que la vida se acaba. Mi
suerte se parecía a la suya, compartíamos la misma derrota; sin embargo, yo no
sentía ninguna clase de solidaridad. A falta de amor, no se puede santificar
nada. Bajo los párpados se fusionan las manchas luminosas; hay visiones y hay
sueños. Pero eso ya no concierne al hombre, que espera la noche; y la noche
cae. Pagué dos mil baths al camarero, que me precedió hasta la doble puerta que
llevaba a los pisos superiores. Sin me llevaba de la mano; durante una o dos
horas iba a intentar hacerme feliz.
Es
muy raro dar, en un salón de masajes, con una chica que tenga ganas de hacer el
amor, eso es obvio. En cuanto llegamos a la habitación, Sin se arrodilló
delante de mí, me bajó el pantalón y el slip y se metió mi sexo en la boca.
Empecé a ponerme duro en el acto. Ella frunció los labios y sacó el glande a
pequeños lengüetazos. Yo cerré los ojos, sentía vértigo, tenía la sensación de
que me iba a correr en su boca.
Ella
se detuvo en seco, se desnudó sonriendo, dobló la ropa y la puso en una silla.
—
Massage later... —dijo mientras se tumbaba en la cama; luego separó los muslos.
Ya
estaba dentro de ella, e iba y venía con fuerza, cuando me di cuenta de que
había olvidado ponerme un preservativo. Según los informes de Médicos del
Mundo, la tercera parte de las prostitutas tailandesas eran seropositivas. Sin
embargo, no puedo decir que sintiera un escalofrío de terror; sólo me sentí
ligeramente irritado. Estaba claro que las campañas de prevención contra el
sida eran un completo fracaso.
Aun
así, se me había puesto un poco floja.
—
Something wrong?.1 —preguntó ella, inquieta, enderezándose sobre los codos.
—
Maybe... a condom —dije yo, incómodo.
— No
problem, no condom... I’m OK! —exclamó ella alegremente.
Me
cogió los huevos en la palma de una mano, y me acarició la polla con la palma
de la otra mano. Yo me tumbé de espaldas y me abandoné a la caricia. El
movimiento de su palma se volvió más rápido, y sentí que la sangre me afluía
otra vez al sexo. Al fin y al cabo, a lo mejor había controles médicos o algo
así. Cuando la tuve dura ella se sentó sobre mí y se la hundió de golpe. Crucé
las manos sobre sus riñones; me sentía invulnerable. Ella empezó a mover la
pelvis con breves sacudidas, cada vez más excitada; yo separé los muslos para
penetrarla más a fondo. El placer era intenso, casi embriagador; yo respiraba
muy despacio para controlarme, me sentía reconciliado. Ella se tumbó sobre mí y
frotó vivamente su pubis contra el mío, lanzando grititos de placer; yo subí
las manos y le acaricié la nuca. Cuando llegó al orgasmo se quedó quieta, dejó
escapar un largo jadeo y se derrumbó sobre mi pecho. Yo seguía dentro de ella,
sentía las contracciones de su vagina. Ella tuvo otro orgasmo, una contracción
muy profunda, que venía del interior. La abracé con fuerza, involuntariamente,
y eyaculé con un grito. Ella se quedó quieta, con la cabeza en mi pecho,
durante unos diez minutos; después se levantó y me propuso que nos diéramos una
ducha. Me secó con mucha delicadeza, dándome golpecitos con la toalla, como se
hace con los bebés. Me senté en el sofá y le ofrecí un cigarrillo.
— We
have time... —me dijo—. We have a little time. Me enteré de que tenía treinta y
dos años. No le gustaba su trabajo, pero su marido se había ido y la había
dejado sola con dos hijos.
—
Bad man —dijo—. Thai men, bad men. Le pregunté si había hecho amistad con
algunas de las otras chicas. No mucho, contestó; la mayoría eran jóvenes y
descerebradas, se gastaban todo lo que ganaban en ropa y perfumes. Ella no era
así, era seria y metía su dinero en el banco. Dentro de unos años podría
dejarlo y volver a vivir en su pueblo; sus padres ya eran mayores y necesitaban
ayuda.
Al
despedirme, le di una propina de dos mil baths; era ridículo, demasiado. Ella
cogió los billetes con incredulidad y me saludó varias veces, con las manos
juntas a la altura del pecho.
—
You good man —dijo. Se puso la minifalda y las medias; le quedaban dos horas de
trabajo antes del cierre. Me acompañó a la puerta y juntó las manos una vez
más.
—
Take care —dijo—. Be happy. Salí a la calle un poco pensativo. La última etapa
del viaje empezaba al día siguiente, a las ocho de la mañana. Me pregunté cómo
habría pasado Valérie su día libre.
11
Estuve
comprando regalos para mi familia —dijo ella—.
Encontré
unas conchas maravillosas.
El
barco surcaba las aguas azul turquesa, entre acantilados calcáreos cubiertos
por una espesa selva; así era exactamente como yo imaginaba el escenario de La
isla del tesoro.
—Hay
que reconocer que, a pesar de todo, la naturaleza, sí... —dije.
Valérie
me miró con expresión atenta; se había recogido el pelo en un moño, pero
algunos rizos volaban al viento a ambos lados de su cara.
—A
pesar de todo, la naturaleza, hay veces... —continué, desalentado. Debería
haber clases de conversación, igual que hay clases de bailes de salón; estaba
claro que yo me había dedicado en exceso a la contabilidad y había perdido el
contacto.
—¿Se
da cuenta de que hoy es treinta y uno de diciembre? —dijo ella, sin alterarse.
Yo
miré en torno a mí el cielo inmutable, el océano turquesa; no, la verdad es que
no me había dado cuenta. Los seres humanos han tenido que echar mano de un gran
valor para colonizar las regiones frías.
Sôn
se levantó para dirigirse al grupo.
—Ahora
acercar Koh Phi Phi. Allí ya dicho, imposible ir.
¿Poner
bañador para ir? Ir a pie, no profundo, andar. Andar en agua. No maletas,
maletas después.
El
piloto dobló un cabo y paró el motor. El barco continuó su impulso hasta una
pequeña cala que se curvaba entre los acantilados cubiertos por la selva. Las
aguas, de un verde transparente, lamían una playa de arena de un blanco
inmaculado, irreal. En medio del bosque, antes de las primeras laderas, se
veían bungalows de madera, construidos sobre pilotes y con el techo cubierto de
hojas de palmera. Todo el grupo se quedó callado un momento.
—El
paraíso terrenal... —dijo Sylvie, en voz baja y estrangulada por una emoción
real. No exageraba mucho. Aunque claro, ella no era Eva. Ni yo Adán.
Uno
tras otro, los miembros del grupo se levantaron y salvaron a horcajadas el
costado del barco. Yo ayudé a Josette a bajar a donde la esperaba su marido. Se
había arremangado la falda hasta la cintura y le costaba un poco cruzar la
borda, pero estaba encantada, estornudaba de entusiasmo. Yo miré hacia atrás;
el marinero tailandés esperaba, apoyado en su remo, a que todos los pasajeros
hubieran bajado. Valérie había cruzado las manos sobre las rodillas, me miró
por encima de ellas y sonrió, incómoda.
—He
olvidado ponerme el bañador... —dijo por fin.
Yo
levanté despacio las manos en señal de incompetencia.
—Puedo
irme... —dije yo, como un imbécil.
Ella
se mordió los labios de pura irritación, se levantó y se quitó el pantalón de
un tirón. Llevaba unas bragas de encaje muy fino, nada que ver con el espíritu
del viaje. El vello púbico sobresalía por los lados, bastante espeso y muy
negro.
Yo
no volví la cabeza, habría sido estúpido, pero tampoco la miré con mucha
insistencia. Bajé por el costado izquierdo del barco y le tendí los brazos para
ayudarla; ella saltó a su vez. El agua nos llegaba a la cintura.
Antes
de ir a la playa, Valérie volvió a mirar los collares de conchas que había
comprado para sus sobrinas. Nada más licenciarse, su hermano había conseguido
un trabajo como ingeniero científico en Elf. Tras unos cuantos meses de
formación de empresa, se había ido a Venezuela: su primera misión. Un año
después, se casó con una chica del país. Valérie tenía la impresión de que
antes de casarse él no tenía mucha experiencia sexual; en cualquier caso, nunca
había llevado a una chica a casa. Suele ocurrir con los jóvenes que estudian
ingeniería; no tienen tiempo para salir y tener amigas. Dedican el tiempo libre
a entretenimientos sin consecuencias, como los juegos de rol inteligentes o las
partidas de ajedrez en Internet. Consiguen graduarse, encuentran su primer
empleo y lo descubren todo a la vez: el dinero, las responsabilidades
profesionales, el sexo; cuando los destinan a un país tropical, es raro que
resistan. Bertrand se había casado con una mujer en la que se daban cita
numerosos mestizajes y que tenía un cuerpo soberbio; muchas veces, cuando iban
de vacaciones a casa de sus padres, en la playa de SaintQuay–Portrieux, Valérie
había sentido un violento arrebato de deseo por su cuñada. Le costaba trabajo
imaginar a su hermano haciendo el amor. Pero ya tenían dos hijos, y parecían
formar una pareja feliz. Era fácil comprar regalos para Juana: le gustaban los
adornos, y las conchas claras destacarían estupendamente sobre su piel morena.
Eso sí, no había encontrado nada para Bertrand. Cuando los hombres no tienen
vicios, se decía ella, es muy difícil adivinar lo que puede gustarles.
Estaba
hojeando el Phuket Weekly, que había encontrado en uno de los salones del
hotel, cuando vi a Valérie caminando por la orilla de la playa. Un poco más
lejos había un grupo de alemanes que se estaban bañando desnudos. Ella vaciló
un momento, y luego se dirigió hacia mí. El sol resplandecía; era casi
mediodía. Yo tenía que entrar en el juego, costara lo que costase. Babette y
Léa pasaron por delante de nosotros; llevaban bolsos en bandolera, pero aparte
de eso también iban completamente desnudas. Registré la información sin
reaccionar. Valérie, por el contrario, las siguió con la mirada un buen rato,
sin disimular la curiosidad. Se instalaron no muy lejos de los alemanes.
—Creo
que voy a bañarme... —dije.
—Yo
iré más tarde —contestó ella.
Entré
en el agua sin el menor esfuerzo. Estaba tibia, maravillosamente tranquila, y
era transparente: grupos de pececillos plateados nadaban muy cerca de la superficie.
El fondo se inclinaba muy suavemente, seguía haciendo pie a cien metros de la
orilla. Me la saqué del bañador y cerré los ojos, imaginándome el sexo de
Valérie tal y como lo había visto esa mañana, medio oculto por las bragas de
encaje. Se me puso dura, lo cual ya era algo; podía ser una motivación.
Además
hay que vivir, y tener relaciones humanas; en general, y desde hacía mucho
tiempo, yo estaba demasiado tenso.
A lo
mejor me habría venido bien hacer alguna actividad por las tardes, badminton,
canto coral o lo que fuera. A pesar de todo, sólo conseguía acordarme de las
mujeres con las que había follado. Y eso también era algo; acumulamos recuerdos
para sentirnos menos solos en el momento de la muerte.
No,
no tenía que pensar así. Think positive, me dije, descompuesto. Think
different. Volví despacio a la orilla, parando cada diez brazadas, respirando
profundamente para relajarme. Lo primero que vi cuando puse el pie en la arena,
es que Valérie se había quitado la parte superior del traje de baño.
De
momento estaba tumbada boca abajo, pero en algún momento se daría la vuelta;
eso era tan inexorable como un movimiento planetario. ¿En qué estaba yo
pensando, exactamente? Me senté en mi toalla, arqueando ligeramente la espalda.
Think different, me repetía a mí mismo. Yo había visto otros pechos, los había
acariciado y lamido; sin embargo, una vez más me quedé pasmado. No me cabía
duda de que Valérie tenía unos pechos magníficos; pero era todavía peor de lo
que me había imaginado. No conseguía apartar la mirada de los pezones, de las
areolas; ella tenía que darse cuenta, pero no decía nada, y los segundos
empezaron a parecerme largos. ¿Qué tienen las mujeres en la cabeza,
exactamente? Aceptan con tanta facilidad los términos del juego...
A
veces, cuando se miran desnudas, de pie, a un espejo, se ve en su mirada una
especie de realismo, una fría evaluación de su capacidad de seducción, que
ningún hombre podrá alcanzar jamás. Fui yo el primero que bajó los ojos.
Entonces
pasó un lapso de tiempo que no sé definir; el sol seguía en la vertical, la luz
era muy fuerte. Yo miraba fijamente la arena, blanca y fina como el polvo.
—Michel...
—dijo ella en voz baja. Yo levanté la cabeza bruscamente, como si me hubieran
golpeado. Sus ojos, muy oscuros, miraron directamente a los míos—. ¿Qué tienen
las tailandesas que no tengan las occidentales? —preguntó con claridad.
Tampoco
esta vez conseguí sostenerle la mirada; su pecho se movía al ritmo de su
respiración; los pezones parecían haberse endurecido. Allí, en aquel preciso
momento, me dieron ganas de contestarle: «Nada.» Y entonces tuve una idea, una
idea no demasiado buena.
—Aquí
hay un artículo, una especie de publirreportaje...
—le
tendí el Phuket Weekly.
—
«Find your longlife companion... Well educated Thai ladies...». ¿Es esto?
—Sí;
un poco después hay una entrevista.
Cham
Sawanasee, sonriente, con traje negro y corbata oscura, contestaba a las diez
preguntas que nos podíamos hacer (Ten questions you could ask) sobre el
funcionamiento de la agencia Heart to Heart, de la que era director.
«There
seems to be», observaba el señor Sawanasee, «a near perfect match between the
Western men, who are unappreciated and get no respect in their own countries,
and the Thai women, who would be happy to find someone who simply does his job
and hopes to come home to a pleasant family life after work. Most Western women
do not want such a boring husband.
»One
easy way to see this», continuaba, «is to look at any publication containing
“personal” ads. The Western women want someone who look a certain way, and who
has certain “social skills”, such as dancing and clever conversation, someone
who is interesting and exciting and seductive. Now go to my catalogue, and look
at what the girls say they want. It’s all pretty simple, really. Over and over
they state that they are happy to settle down FOREVER with a man who is willing
to hold down a steady job and be a loving and understanding HUSBAND and FATHER.
That will get you exactly nowhere with an American girl!»
»As
Western women», concluía con bastante descaro, «do not appreciate men, as they
do not value traditional family Ufe.
Marriage
is not the right thing for them to do. I’m helping modern Western women to
avoid what they despise. ».
—Lo
que dice tiene sentido... —observó Valérie con tristeza—. Hay un mercado, no
cabe duda...
Dejó
la revista y se quedó pensativa. En ese momento Robert pasó por delante de
nosotros; andaba por la orilla con las manos cruzadas a la espalda y la mirada
sombría. Valérie se dio la vuelta bruscamente y miró en dirección contraria.
—No
me gusta ese tipo... —Resopló con irritación.
—No
es tonto... —Hice un gesto de indiferencia.
—No
es tonto, pero no me gusta. Hace todo lo que puede para escandalizar a los
demás, para resultar antipático; no me gusta eso. Usted, al menos, intenta
adaptarse.
—¿Ah,
sí? —La miré con sorpresa.
—Sí.
Claro que se nota que le cuesta, que no está hecho para este tipo de
vacaciones; pero por lo menos hace un esfuerzo. En el fondo, creo que es usted
bastante simpático.
En
ese momento podría haberla abrazado, y tendría que haberlo hecho; tendría que
haberle acariciado los pechos, besado los labios; como un estúpido, no lo hice.
La tarde siguió su curso, el sol avanzó sobre las palmeras; todo lo que nos
dijimos a partir de ese momento fue insignificante.
Para
la cena de Nochevieja, Valérie se puso un vestido largo de un tejido verde muy
vaporoso, ligeramente transparente, con un corpiño muy escotado. Tras los
postres, una orquesta empezó a tocar en la terraza, con un viejo cantante,
bastante extravagante, que hacía versiones show–rock de Bob Dylan con voz
nasal. Babette y Léa parecían haberse unido al grupo de alemanes; me llegaban
exclamaciones de ese lado.
Josette
y René bailaban juntos, tiernamente abrazados, como horteras simpáticos. La
noche era cálida; las falenas se arremolinaban en torno a los farolillos
multicolores que colgaban de la balaustrada. Yo estaba atormentado y bebía un
whisky detrás de otro.
—Lo
que decía ese tipo, la entrevista en el periódico...
—Sí...
—Valérie alzó los ojos hacia mí; estábamos sentados uno junto a otro en un
banco de mimbre. Sus pechos se redondeaban bajo el corpiño, como si se
ofrecieran dentro de sus pequeñas conchas. Se había maquillado; el largo pelo
negro flotaba suelto sobre sus hombros.
—Vale
sobre todo para las norteamericanas, creo. Pero con las europeas no está tan
claro.
Ella
puso cara de duda y guardó silencio. No podía ser más obvio que habría hecho
mejor invitándola a bailar. Me bebí otro whisky, pegué la espalda al asiento e
inspiré profundamente.
Cuando
me desperté, la sala estaba casi desierta. El cantante seguía tarareando en
tailandés, acompañado por el sonido cansino de la batería; pero nadie le
escuchaba. Los alemanes habían desaparecido, pero Babette y Léa estaban en
mitad de una animada conversación con dos italianos salidos de quién sabe
dónde. Valérie se había ido. Eran las tres de la madrugada, hora local; acababa
de empezar el año 2001. En París faltaban tres horas para que llegara; en
Teherán era exactamente medianoche, y las cinco de la madrugada en Tokio. Las
distintas especies de la familia humana entraban en el tercer milenio; en lo
que a mí respectaba, había malogrado mi entrada.
12
Volví
a mi bungalow, abrumado de vergüenza; se oían risas en el jardín. En mitad del
sendero arenoso tropecé con un pequeño sapo gris, inmóvil. No huyó, no tuvo
ningún reflejo de defensa. Tarde o temprano alguien lo iba a pisar sin darse
cuenta; le quebraría el espinazo, y su carne aplastada se mezclaría con la
arena. El transeúnte sentiría algo blando bajo la suela, lanzaría un breve
juramento, se limpiaría frotando los zapatos contra el suelo. Empujé al sapo
con el pie: avanzó despacio hacia el borde del camino. Volví a empujarlo, y
llegó al relativo refugio del césped; quizás había prolongado su vida unas
cuantas horas. Yo me sentía en una posición apenas superior a la suya: no había
crecido protegido por una familia ni por nada que pudiera preocuparse por mi
suerte, apoyarme si me angustiaba, alegrarse con mis aventuras y mis éxitos. Y
tampoco había fundado una entidad semejante: era soltero, no tenía hijos, a
nadie se le habría ocurrido buscar mi apoyo. Vivía y moriría solo, como un
animal. Durante unos minutos me revolqué a gusto en una conmiseración sin
objeto.
Desde
otro punto de vista, yo era un bloque resistente, compacto, de tamaño superior
a la media de las especies animales; mi esperanza de vida era parecida a la de
un elefante o un cuervo; y era mucho más difícil de destruir que un pequeño
batracio.
Me
pasé los dos días siguientes encerrado en el bungalow. De vez en cuando salía,
pegándome a las paredes, e iba al mercadillo a comprar pistachos y botellas de
Mekong. No podía soportar la idea de cruzarme con Valérie en el buffet del
desayuno o en la playa. Hay cosas que se pueden hacer, y otras que parecen
demasiado difíciles. Con el tiempo, todo parece demasiado difícil; la vida se
reduce a eso.
La
tarde del 2 de enero, encontré debajo de mi puerta el cuestionario de
satisfacción de Nouvelles Frontières. Lo rellené escrupulosamente, marcando en
general las casillas de «bien». Y era cierto que, en un sentido, todo estaba
bien. Mis vacaciones se habían desarrollado con normalidad. El viaje había sido
cool, pero con cierto olor de aventura; correspondía a su descripción. En la
sección «observaciones personales», escribí el siguiente poema:
En
cuanto me despierto, me siento transportado a otro universo perfectamente
cuadriculado.
Conozco
bien la vida y sus modalidades, es como un cuestionario para marcar casillas.
Hice
la maleta la mañana del 3 de enero. Al verme en el barco, Valérie ahogó una
exclamación, yo volví la cabeza.
Sôn
se despidió de nosotros en el aeropuerto de Phuket; habíamos llegado con
adelanto, faltaban tres horas para el despegue. Tras las formalidades del
control, deambulé por el centro comercial. Aunque el vestíbulo del aeropuerto
estaba totalmente cubierto, las tiendas tenían forma de cabaña, con largueros
de teca y techo de hojas de palmera. El surtido de productos era una mezcla de
la producción estándar internacional (pañuelos de Hermès, perfumes de Yves
Saint–Laurent, bolsos de Vuitton) y productos locales (conchas, figuritas,
corbatas de seda tailandesa); todos los artículos llevaban código de barras. En
resumen, que las tiendas del aeropuerto seguían siendo un espacio de vida
nacional, pero de vida nacional segura, debilitada, plenamente adaptada a los
estándares del consumo mundial. Para el viajero que llegaba al final de su
recorrido era un espacio intermedio, menos interesante y a la vez menos
aterrador que el resto del país. Yo tenía la intuición de que el mundo tendía a
parecerse cada vez más a un aeropuerto.
Cuando
pasé por delante del Coral Emporium, me entraron ganas de comprarle un regalo a
Marie–Jeanne; al fin y al cabo, ella era lo único que me quedaba en el mundo.
¿Un collar? ¿Un broche? Estaba revolviendo dentro de un cesto cuando vi a
Valérie a dos metros de mí.
—Estoy
intentando elegir un collar... —dije, titubeando.
—¿Para
una rubia o para una morena? —Había una brizna de amargura en su voz.
—Rubia,
con los ojos azules.
—Entonces
es mejor elegir un coral de color claro.
Le
tendí la carta de embarque a la cajera. Mientras pagaba le dije a Valérie, con
un tono bastante lamentable:
—Es
para una compañera de trabajo...
Ella
me miró de forma rara, como si dudase entre darme una bofetada o echarse a reír
a carcajadas, pero cuando salimos de la tienda me acompañó unos cuantos metros.
La mayoría de los miembros del grupo parecían haber terminado sus compras y
estaban sentados en el vestíbulo. Me detuve, tomé aliento y miré a Valérie.
—Podríamos
volver a vernos en París... —dije.
—¿Sí?
—contestó ella con aspereza.
No
dije nada, me conformé con mirarla otra vez. En cierto momento estuve a punto
de decir: «Sería una pena que...», pero no estoy seguro de haberlo dicho en voz
alta.
Valérie
miró a su alrededor, vio a Babette y a Léa sentadas en los asientos más
cercanos, volvió la cabeza con nerviosismo. Luego sacó un cuaderno del bolso,
arrancó una hoja y apuntó algo rápidamente. Al darme la hoja intentó decir
algo, renunció, me dio la espalda y se reunió con el grupo.
Miré
el pedazo de papel antes de guardármelo en el bolsillo: era un número de móvil.
Segunda
parte
Ventaja
competitiva
1
El
avión aterrizó en Roissy a las once de la mañana; fui uno de los primeros en
recuperar la maleta. A las doce y media estaba en mi casa. Era sábado, podía
salir a comprar algo de comer, alguna tontería para la casa, etc. Un viento
glacial barría la rue Mouffetard, y nada parecía valer la pena. Dos militantes
por los derechos de los animales vendían pegatinas amarillas. Tras las fiestas,
siempre desciende un poco el consumo de alimentos de las familias. Compré un
pollo asado, dos botellas de Graves y el último número de Hot Video.
Era
una opción poco ambiciosa para el fin de semana, pero no tenía la impresión de
merecer más. Devoré la mitad del pollo, la piel carbonizada y grasienta,
ligeramente nauseabunda. Poco después de las tres, llamé a Valérie. Contestó al
segundo timbrazo. Sí, estaba libre esa noche; a cenar, sí. Podía recogerla a
las ocho; vivía en avenue Reille, cerca del parque Montsouris.
Me
abrió la puerta vestida con un pantalón de chándal blanco y una camiseta corta.
—Todavía
no estoy lista... —dijo, recogiéndose el pelo en la nuca. El movimiento elevó
los pechos; no llevaba sujetador.
Le
puse las manos en la cintura y acerqué mi cara a la suya.
Ella
abrió los labios y enseguida me metió la lengua en la boca.
Sentí
una violenta excitación, estuve a punto de desmayarme, se me puso dura en el
acto. Sin separar su pubis del mío, ella cerró la puerta de entrada, que se
cerró con un ruido seco.
La
habitación, iluminada por una sola lamparilla, parecía inmensa. Valérie me
cogió por la cintura y me llevó a tientas hasta el dormitorio. Junto a la cama,
me besó otra vez. Yo le subí la camiseta para acariciarle los pechos; ella
susurró algo que no entendí. Me arrodillé delante de ella, le bajé el pantalón
y las bragas y apreté la cara contra su sexo. La raja estaba húmeda, abierta y
olía bien. Ella gimió y cayó sobre la cama.
Me
desnudé a toda prisa y entré en ella. Yo tenía el sexo caliente, y lo recorrían
agudos latigazos de placer.
—Valérie...
—dije—, no voy a poder aguantar mucho, estoy demasiado excitado.
Ella
me atrajo hacia sí y susurró en mi oído:
—Ven...
En
ese momento sentí que las paredes de su vagina se contraían en torno a mi sexo.
Tuve la sensación de desvanecerme en el espacio, sólo mi sexo estaba vivo,
recorrido por una oleada de placer increíblemente violenta. Eyaculé durante
mucho tiempo, con varias sacudidas; justo al final, me di cuenta de que estaba
gritando a pleno pulmón. Habría muerto por un momento así.
Peces
amarillos y azules nadaban a mi alrededor. Estaba de pie debajo del agua, a
unos metros de la superficie iluminada por el sol. Valérie estaba un poco más
lejos, también de pie, delante de un arrecife de coral; me daba la espalda. Los
dos estábamos desnudos. Yo sabía que ese estado de ingravidez se debía a una
alteración de la densidad de los océanos, pero me sorprendía ser capaz de
respirar. Me reuní con ella en pocas brazadas. El arrecife estaba constelado de
organismos fosforescentes, plateados, en forma de estrella. Yo le puse una mano
en el pecho, la otra en el bajo vientre. Ella se arqueó y frotó las nalgas
contra mi sexo.
Me
desperté en la misma posición; todavía era de noche.
Separé
suavemente las piernas de Valérie para penetrarla. Al mismo tiempo me mojé los
dedos para acariciarle el clítoris.
Me
di cuenta de que estaba despierta cuando empezó a gemir. Se levantó y se
arrodilló en la cama. Empecé a penetrarla con más y más fuerza, sentía que
estaba a punto de correrse, respiraba cada vez más deprisa. Cuando llegó al
orgasmo se estremeció y dio un grito desgarrador; luego se quedó quieta, como
muerta. Me retiré y me tendí a su lado. Ella se estiró y me abrazó; estábamos
bañados en sudor.
—Da
gusto que a una la despierte el placer... —dijo ella, poniéndome una mano en el
pecho.
Cuando
volví a despertarme ya era de día, y estaba solo en la cama. Me levanté y crucé
la habitación. La sala era efectivamente muy grande, y de techo muy alto. Las
estanterías recorrían un entresuelo, por encima del sofá. Valérie había salido;
había dejado pan, queso, mantequilla y mermeladas en la mesa de la cocina. Me
serví una taza de café y volví a la cama. Ella regresó diez minutos después con
croissants y panecillos de chocolate, y los llevó en una bandeja al dormitorio.
—Hace
un frío espantoso ahí fuera... —dijo, desnudándose. Yo pensé en Tailandia.
—Valérie...
—dije yo, inseguro—, ¿qué me ves? No soy ni muy guapo, ni muy divertido; me
cuesta entender por qué te gusto.
Ella
me miró sin decir nada; estaba casi desnuda, sólo llevaba las bragas.
—Te
lo pregunto muy en serio —insistí—. Soy un tipo quemado, no muy sociable,
bastante resignado a una vida aburrida. Y luego llegas tú, tan amistosa y
cariñosa, y me das un placer tan fuerte... No lo entiendo. Creo que buscas en
mí algo que no tengo. Y que terminarás decepcionada.
Ella
sonrió; tuve la impresión de que no se decidía a hablar; luego me puso una mano
en los cojones. Se me puso dura en el acto. Enrolló un mechón de su pelo en la
base de mi sexo y después empezó a masturbarme con la punta de los dedos.
—No
sé... —dijo, sin parar—. Me gusta que no estés seguro de ti mismo. Te he
deseado mucho durante el viaje. Era horrible, pensaba en eso todos los días.
Me
apretó los cojones con más fuerza, envolviéndolos en la palma de la mano. Con
la otra cogió un poco de mermelada de frambuesa y me la untó en el sexo; luego
empezó a lamerlo con esmero, a grandes lengüetazos. El placer era cada vez más
intenso, abrí las piernas en un esfuerzo desesperado por aguantar. Como
jugando, ella me masturbó un poco más deprisa, apretando la polla contra su
boca. Cuando su lengua cosquilleó el frenillo del glande, eyaculé violentamente
en su boca entreabierta. Ella tragó con un leve gruñido, luego me rodeó la
punta del sexo con los labios para recoger las últimas gotas. Me invadió una
increíble oleada de calma que parecía recorrer cada una de mis venas. Ella
retiró la boca, se tendió a mi lado y se acurrucó contra mí.
—La
noche del treinta y uno de diciembre estuve a punto de llamar a la puerta de tu
habitación; al final no me atreví.
Estaba
convencida de que ya no pasaría nada entre nosotros; lo peor es que ni siquiera
conseguía estar resentida contigo.
La
gente habla mucho en los viajes organizados, pero es un falso compañerismo,
saben muy bien que nunca se volverán a ver. Y es muy raro que tengan relaciones
sexuales.
—¿Tú
crees?
—Lo
sé; se han hecho muchas encuestas sobre el tema. Lo mismo ocurre en los clubs
de vacaciones. De hecho, para ellos es un problema, porque ése es el único
interés de la fórmula. Desde hace diez años disminuye regularmente la
clientela, aunque las tarifas tienden a bajar. La única explicación verdadera
es que las relaciones sexuales en los períodos de vacaciones se han vuelto
prácticamente imposibles. Los únicos destinos donde la cosa cambia un poco son
los que tienen muchos clientes homosexuales, como Corfú o Ibiza.
—Estás
muy informada... —dije con sorpresa.
—Es
normal, trabajo en turismo. —Sonrió—. Eso también es una constante en los
viajes organizados: se habla muy poco de la vida profesional. Es una especie de
paréntesis lúdico, centrado en lo que los organizadores llaman el «placer del
descubrimiento». Por acuerdo tácito, los participantes rehuyen los temas
serios, como el trabajo o el sexo.
—¿Dónde
trabajas?
—En
Nouvelles Frontières.
—¿Entonces,
estabas allí a título profesional? ¿Para hacer un informe o algo así?
—No.
Estaba realmente de vacaciones. Me han hecho un gran descuento, claro, pero he
utilizado mis días de permiso.
Hace
cinco años que trabajo ahí, pero es la primera vez que, voy con ellos.
Mientras
preparaba una ensalada de tomates con mozzarella, Valérie me habló de su vida
profesional. En marzo de 1990, tres meses antes del examen de bachillerato,
empezó a preguntarse lo que iba a hacer con sus estudios, y, de manera más
general, con su vida. Tras muchas dificultades, su hermano mayor había
conseguido entrar en la Escuela de Geología de Nancy; acababa de licenciarse.
Probablemente, su carrera de ingeniero geólogo le llevaría a trabajar en
explotaciones mineras o plataformas petrolíferas; en cualquier caso, muy lejos
de Francia. A él le gustaba viajar. A ella también, bueno, más o menos; al
final decidió entrar en la Escuela de Turismo. No creía que el empeño
intelectual necesario para estudios largos fuera con su carácter.
Fue
un error, y no tardó en darse cuenta. El nivel de su clase le pareció
terriblemente bajo, aprobaba los exámenes sin el menor esfuerzo, y esperaba
razonablemente sacarse el título casi sin pensar. Se matriculó a la vez en un
curso que le permitía tener la homologación con Letras y Humanidades. Cuando se
graduó en turismo, se matriculó en un máster de sociología. Eso también la
decepcionó enseguida. El campo era interesante, y seguro que había cosas por
descubrir, pero los métodos de trabajo propuestos y las teorías expuestas le
parecían de un simplismo ridículo: aquello apestaba a aficionados, ideología e
imprecisión. Lo dejó a mitad de curso, sin sacar los certificados, y encontró
un trabajo de agente en una sucursal de Kuoni en Rennes. Al cabo de dos semanas,
cuando empezó a pensar en alquilar un estudio, se dio cuenta de que había caído
en la trampa: ya había entrado en el mundo del trabajo.
Se
quedó un año en la agencia Kuoni de Rennes, donde descubrió que era muy buena
vendedora. «No era difícil», dijo. «Bastaba hacer hablar un poco a los
clientes, interesarse por ellos. A fin de cuentas, es muy raro encontrar gente
que se interesa por los demás.» Entonces la dirección le propuso un puesto con
salario fijo en la sede parisina. Se trataba de participar en la concepción de
los circuitos, prever el itinerario y las visitas, negociar los precios con los
hoteleros y los prestatarios locales. Allí también se las arregló bien. Seis
meses después, contestó a un anuncio de Nouvelles Frontières, que buscaba a
alguien para el mismo puesto. Entonces despegó su carrera. Formó equipo con
Jean–Yves Frochot, un joven licenciado que apenas sabía nada de turismo. El la
valoró enseguida, confió en ella y, aunque teóricamente era su jefe, le dejó un
gran margen de iniciativa.
—Lo
bueno de Jean–Yves es que ha sido ambicioso por los dos. Cada vez que ha habido
que negociar una promoción o un aumento de salario, es él quien lo ha hecho.
Ahora es el responsable de productos en todo el mundo, supervisa la concepción
de todos los circuitos; y yo sigo siendo su ayudante.
—Debes
de tener un buen sueldo.
—Cuarenta
mil francos al mes. Bueno, ahora hay que contar en euros. Un poco más de seis
mil euros.
Miré
a Valérie con asombro.
—No
me esperaba eso... —dije.
—Porque
nunca me has visto con traje de chaqueta.
—¿Te
pones traje?
—No
sirve de mucho, prácticamente sólo trabajo por teléfono. Pero si hace falta,
sí, me pongo un traje. Tengo hasta un liguero. Me lo puedo poner un día, si
quieres.
Y
entonces me di cuenta, con dulce incredulidad, de que iba a volver a ver a
Valérie, y de que probablemente íbamos a ser felices. Era una alegría demasiado
inesperada, tenía ganas de llorar; se hacía imprescindible cambiar de tema.
—¿Cómo
es Jean–Yves?
—Normal.
Casado, con dos hijos. Trabaja muchísimo, los fines de semana se lleva informes
a casa. En fin, un joven directivo normal, bastante inteligente, bastante
ambicioso; pero es simpático, no es nada neurótico. Me llevo bien con él.
—No
sé por qué, pero me alegro de que seas rica. No tiene ninguna importancia, pero
me agrada.
—Es
verdad que he conseguido ganar un buen sueldo; pero pago el cuarenta por ciento
en impuestos, y un alquiler de diez mil francos al mes. No estoy segura de
habérmelas arreglado tan bien: si mis resultados empeoran, me echarán a la
calle sin dudarlo; ya les ha pasado a otros. Si hubiera tenido acciones sí que
me habría hecho rica. Al principio, Nouvelles Frontières era sobre todo una
agencia que ofrecía vuelos de tarifa reducida. Se han convertido en el primer
tour operador francés gracias a la concepción y a la relación calidad/precio de
sus circuitos; en gran parte gracias a nuestro trabajo, el que hacemos
Jean–Yves y yo. En diez años el valor de la empresa se ha multiplicado por
veinte, y como Jacques Maillot sigue teniendo el treinta por cierto de las
acciones, puedo decir que ha hecho fortuna gracias a mí.
—¿Lo
conoces?
—Nos
hemos visto varias veces; no me gusta. Por fuera es un católico demagogo
enrollado y ridículo, con sus corbatas multicolores y sus motos, pero por
dentro es un cabrón hipócrita y despiadado. Antes de Navidad, un cazatalentos
se puso en contacto con Jean–Yves; supongo que le habrá visto estos días, ya
sabrá algo más; quedé en llamarle en cuanto volviera.
—Entonces
llámale, es importante.
—Sí...
—Parecía un poco dubitativa, el recuerdo de Jacques Maillot la había
ensombrecido—. Y mi vida también es importante. De hecho, tengo ganas de hacer
el amor otra vez.
—No
sé si se me va a poner dura ahora mismo.
—Entonces
cómeme el coño. Me sentará bien.
Se
levantó, se quitó las bragas y se tumbó cómodamente en el sofá. Me arrodillé
delante de ella, le separé los labios y empecé a lamerle suavemente el
clítoris.
—Más
fuerte... —murmuró. Le metí un dedo en el culo, acerqué la boca y besé el
botón, masajeándolo con los labios—. Oh, sí... —dijo ella. La besé con más
fuerza. Se corrió de repente, sin que yo me lo esperase, con un intenso
estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo.
—Ven
a mi lado... —Yo me senté en el sofá. Ella se acurrucó contra mí y apoyó la
cabeza en mis muslos—. Cuando te pregunté qué tenían las tailandesas que no
tuviéramos nosotras, no me contestaste de verdad; sólo me enseñaste una
entrevista con el director de una agencia matrimonial.
—Tenía
razón en lo que decía: hay muchos hombres que tienen miedo de las mujeres
modernas, porque sólo quieren una dulce esposa que les lleve la casa y cuide a
los niños. No es que eso haya desaparecido, pero en Occidente se ha vuelto
imposible confesar esa clase de deseos, y por eso se casan con asiáticas.
—De
acuerdo... —Pensó un instante—. Pero tú no eres así; es evidente que no te
molesta lo más mínimo que yo tenga un puesto de responsabilidad, un salario
elevado; no tengo la impresión de que eso te dé miedo. Y sin embargo fuiste a
los salones de masaje y no intentaste nada conmigo. Eso es lo que no entiendo.
¿Qué tienen aquellas chicas? ¿De verdad hacen el amor mejor que nosotras?
Su
voz se había alterado ligeramente durante las últimas palabras; yo estaba
bastante conmovido, y tardé un poco antes de ser capaz de contestarle.
—Valérie,
nunca he encontrado a nadie que me haga el amor mejor que tú; lo que he sentido
desde ayer por la noche es casi increíble. —Me quedé callado un momento, y
luego añadí—: Tú no puedes saberlo, pero eres una excepción.
Se
ha vuelto muy raro encontrar mujeres que sientan placer y tengan ganas de
darlo. Seducir a una mujer que uno no conoce y follar con ella se ha
convertido, sobre todo, en una fuente de humillaciones y de problemas. Cuando
uno considera las fastidiosas conversaciones que hay que soportar para llevarse
a una tía a la cama, que en la mayoría de los casos resultará ser una amante
decepcionante, que te joderá con sus problemas, que te hablará de los tíos con
los que ha follado antes (dándote, de paso, la impresión de que tú no acabas de
estar a la altura), y encima habrá que pasar con ella por cojones el resto de
la noche, se entiende que los hombres quieran ahorrarse problemas a cambio de
una pequeña suma. En cuanto tienen cierta edad y un poco de experiencia,
prefieren evitar el amor; les parece más sencillo ir de putas. Bueno, no las
putas de Occidente, no vale la pena, son verdaderos deshechos humanos, y de
todas formas durante el año los hombres no tienen tiempo, trabajan demasiado.
Así que la mayoría no hace nada; y algunos, de vez en cuando, se dan el lujo de
un poco de turismo sexual. Y eso en el mejor de los casos: irse con una puta
sigue siendo mantener un pequeño contacto humano. También están los que creen
que es más sencillo masturbarse conectados a Internet, o viendo vídeos porno.
En
cuanto la polla escupe su chorrito, nos quedamos muy tranquilos.
—Ya...
—dijo ella, tras un largo silencio—. Entiendo lo que quieres decir. ¿Y no crees
que los hombres o las mujeres puedan cambiar?
—No
creo que las cosas puedan ir hacia atrás, no. Probablemente, lo que pasará es
que las mujeres se parecerán cada vez más a los hombres; de momento siguen muy
apegadas a la seducción; mientras que a los hombres, en el fondo, lo de seducir
se la suda, lo que quieren sobre todo es follar. La seducción sólo les interesa
a algunos tíos que no tienen ni una vida profesional excitante ni ninguna otra
fuente de interés en la vida. A medida que las mujeres presten más atención a
su vida profesional, a sus proyectos personales, a ellas también les parecerá
más sencillo pagar por follar; y se dedicarán al turismo sexual. Las mujeres
pueden adaptarse a los valores masculinos; a veces les cuesta, pero pueden
hacerlo; la historia lo ha demostrado.
—Así
que las cosas no van demasiado bien.
—Nada
bien... —confirmé con una sombría satisfacción.
—Entonces
hemos tenido suerte al encontrarnos.
—Yo
he tenido suerte, sí.
—Yo
también... —dijo ella, mirándome a los ojos—. Yo también he tenido suerte. Los
hombres que conozco son un desastre, no queda ninguno que crea en las
relaciones amorosas; y se traen todo un teatro con la amistad, la complicidad,
todas esas cosas que no comprometen a nada. He llegado a un punto en que ya ni
siquiera soporto la palabra amistad, me pone directamente enferma. O bien
tenemos a los que se casan, se colocan lo antes posible y ya sólo piensan en su
carrera. Obviamente no era tu caso, pero también supe enseguida que no me
hablarías nunca de amistad, que no serías vulgar hasta ese punto. Desde el
primer momento tuve la esperanza de que nos acostáramos y que pasara algo
fuerte; pero también podía no pasar nada, de hecho era lo más probable. —Se interrumpió,
suspiró con irritación—. Bueno, voy a llamar a Jean–Yves.
Me
vestí en el dormitorio mientras hablaba. «Sí, unas vacaciones estupendas...»,
oí; un poco más tarde exclamó:
«¿Cuánto?»
Cuando volví al salón seguía con el teléfono en la mano, y parecía pensativa;
no se había vuelto a vestir.
—Jean–Yves
ha visto al tipo de personal —dijo—. Le ofrecen ciento veinte mil francos al
mes. Están dispuestos a contratarme a mí también; según él, pueden llegar hasta
noventa mil. Le han dado cita mañana para hablar del puesto.
—¿Dónde
es el trabajo?
—En
la división de ocio del grupo Aurore.
—¿Es
una empresa importante?
—Bastante;
es el primer grupo hotelero mundial.
2
Entender
el comportamiento del consumidor para poder proponerle el producto adecuado en
el momento adecuado, pero sobre todo convencerlo de que el producto propuesto
se adapta a sus necesidades: ése es el sueño de cualquier empresa.
JEAN–LOUIS
BARMA ¿Con qué sueñan las empresas?
Jean–Yves
se despertó a las cinco de la madrugada y le echó una ojeada a su mujer, que
seguía durmiendo. Habían pasado un fin de semana asqueroso en casa de sus
padres; su mujer no soportaba el campo. Nicolás, su hijo de diez años, también
aborrecía el Loiret, porque allí no podía llevarse el ordenador; y no le
gustaban sus abuelos, le parecía que olían mal. Cierto que su padre iba cuesta
abajo, que se descuidaba cada vez más, y ya no le interesaba casi nada salvo
sus conejos. El único elemento soportable de esos fines de semana era su hija,
Angélique: con tres años, todavía era capaz de extasiarse delante de las vacas
y las gallinas; pero ahora estaba enferma, se había pasado la mayor parte de
las noches llorando y gimiendo. Al llegar a casa, después de tres horas de
atasco, Audrey había decidido salir con unos amigos. Él había cenado un plato
preparado mientras veía una mediocre película norteamericana que contaba la
historia de un serial killer autista; por lo visto, el guión se inspiraba en un
hecho real, el hombre había sido el primer enfermo mental ejecutado en Nebraska
después de más de sesenta años. Su hijo no había querido cenar, se había puesto
a jugar una partida de Total Annihilation, o quizás era Mortal Kombat II, él
los confundía. De vez en cuando entraba en la habitación de su hija para
intentar que dejara de gritar. La niña se había quedado dormida a eso de la
una; Audrey no había llegado todavía.
Al
final había vuelto, pensó mientras se preparaba un café en la pequeña cafetera
exprés; esta vez, por lo menos.
Libération
y Le Monde se contaban entre los clientes del bufete de abogados para el que
ella trabajaba; ahora frecuentaba un medio de periodistas, presentadores de
televisión, políticos. Salía mucho, y a veces iba a sitios bastante raros; una
vez, hojeando uno de sus libros, Jean–Yves encontró la tarjeta de un bar
fetichista. Sospechaba que ella debía de acostarse con alguien de cuando en
cuando; en cualquier caso, ellos ya no se tocaban. Lo extraño era que él, por
su parte, no tenía aventuras. Y sin embargo sabía que era guapo, de ese tipo
rubio con los ojos azules que es más corriente entre los norteamericanos; pero
la verdad es que no le apetecía aprovechar las ocasiones que se presentaban;
con poca frecuencia, eso sí, porque trabajaba entre doce y catorce horas al
día, y a su nivel de responsabilidad no solía haber muchas mujeres. Claro,
estaba Valérie; pero nunca se le había ocurrido considerarla otra cosa que una
compañera de trabajo. Por otra parte, era bastante curioso mirar las cosas
desde ese nuevo ángulo; pero sabía que era una fantasía sin consecuencias;
hacía cinco años que trabajaba con ella, y en ese campo las cosas pasan
enseguida, o no pasan nunca. Sentía un gran aprecio por Valérie, por su
asombrosa capacidad de organización, por su magnífica memoria; sabía que sin
ella no habría llegado a ese nivel, o no tan deprisa. Y puede que ese mismo día
subiera un escalón decisivo. Se cepilló los dientes, se afeitó con cuidado y
eligió un traje bastante estricto. Luego empujó la puerta de la habitación de
su hija, que estaba dormida; era tan rubia como él, y llevaba un pijama con
polluelos estampados.
Fue
andando al gimnasio République, que abría a las siete; vivían en rue
Faubourg–du–Temple, un barrio bastante enrollado que él aborrecía. Su cita en
la sede del grupo Aurore no era hasta las diez. Por una vez, Audrey tendría que
encargarse de vestir a los niños y llevarlos al colegio. Sabía que aquella
tarde, al volver a casa, tendría que soportar media hora de reproches; pero
mientras andaba por la acera húmeda, entre cajas vacías y restos de fruta, se
dio cuenta de que eso se la traía floja. También se dio cuenta, por primera vez
con tanta claridad, de que su matrimonio había sido un error. Por término
medio, esta conciencia precede al divorcio unos dos o tres años; nunca es una
decisión fácil.
El
enorme negro de la recepción lo saludó con un «¿A ponerse en forma, jefe?» no
muy convincente. Le tendió el carnet y cogió una toalla, asintiendo con la
cabeza. Cuando conoció a Audrey sólo tenía veintitrés años. Dos años después
estaban casados, en parte —pero sólo en parte— porque ella estaba embarazada.
Era guapa, elegante, se vestía bien; y sabía ser sexy cuando la ocasión lo
requería. Además, tenía ideas. El desarrollo, en Francia, de ciertos
procedimientos jurídicos al estilo norteamericano no le parecía una regresión,
sino al contrario, un progreso hacia una mayor protección de los ciudadanos y
más libertades individuales. Era capaz de argumentar este tema durante mucho
rato, acababa de volver de un stage en Estados Unidos. En resumen, que le había
metido un buen gol. Se dijo que no dejaba de ser curiosa esa necesidad suya de
que las mujeres le impresionaran intelectualmente.
Primero
hizo media hora de Stairmaster a diferentes niveles, y luego veinte largos en
la piscina. En la sauna, desierta a esas horas, empezó a relajarse; y aprovechó
para pasar revista a lo que sabía del grupo Aurore. A finales de 1966, Gérard
Pélisson y Paul Dubrule —un empollón y un autodidacta— fundaron la sociedad
Novotel–SIEH gracias a un capital que habían pedido prestado a la familia y a
los amigos. En agosto de 1967, abrió sus puertas en Lille el primer Novotel,
con las características que iban a forjar la identidad de la cadena:
estandarización de las habitaciones; situación en la periferia de la ciudad,
más concretamente a la altura de la última salida de la autopista antes de la
aglomeración; alto nivel de comodidad y servicios para la época, porque Novotel
fue una de las primeras cadenas que instaló sistemáticamente los cuartos de
baño.
El
éxito en el mundo de los negocios fue inmediato: en 1972, la cadena ya tenía
treinta y cinco hoteles. Luego vino la creación de Ibis en 1973, en 1975 la
adquisición de Mercure, en 1981 de Sofitel. Al mismo tiempo, el grupo se abría
camino prudentemente en la restauración —compra de la cadena Courtepaille y del
grupo Jacques Borel International, muy bien implantado en la restauración
colectiva y el sector del bono restaurante. En 1983, la sociedad cambió de
nombre para transformarse en grupo Aurore. Luego, en 1985, crearon los Formules
1, los primeros hoteles sin personal, y uno de los mayores éxitos en la
historia de la hostelería. Ya bien implantada en África y en Oriente Medio, la
sociedad se introdujo en Asia y creó su propio centro de formación, la academia
Aurore. En 1990, la adquisición de Motel 6, con sus seiscientos cincuenta
establecimientos repartidos por el territorio norteamericano, llevó al grupo al
primer puesto mundial; fue seguida, en 1991, de una lograda OPA contra el grupo
Wagons Lits. Estas adquisiciones le costaron caras al grupo Aurore, que en 1993
atravesó una crisis: los accionistas consideraron que la deuda era muy elevada
y la compra de la cadena Méridien fracasó. Gracias a la cesión de algunos
activos y a la recuperación de Europcar, Lenôtre y la Societé de Casinos Lucien
Barrière, la situación se equilibró en el ejercicio de 1995. En enero de 1997,
Paul Dubrule y Gérard Pélisson abandonaron la presidencia del grupo, que
dejaron en manos de Jean–Luc Espitalier, un graduado en la Escuela de Gestión
Pública que las revistas económicas calificaban de «atípico». Sin embargo,
ambos ex presidentes siguieron siendo miembros del consejo de administración.
La transición fue bien, y a finales del 2000 el grupo había reforzado su
estatus de líder mundial, consolidando aún más la ventaja sobre Mariott y
Hyatt, que eran los números dos y tres, respectivamente. Entre las diez
primeras cadenas hoteleras del mundo había nueve cadenas norteamericanas y una
francesa: el grupo Aurore.
Jean–Yves
dejó el coche a las nueve y media en el aparcamiento de la sede del grupo, en
Évry. Dio algunos pasos en el aire glacial para relajarse, mientras esperaba la
hora de la entrevista. A las diez en punto le hicieron pasar al despacho de
Eric Leguen, el vicepresidente ejecutivo de hostelería, miembro de la
directiva. Tenía cuarenta y cinco años, era ingeniero y licenciado en
Standford. Corpulento, fornido, con el pelo rubio y los ojos azules, se parecía
un poco a Jean–Yves con diez años más y una actitud un poco más segura.
—El
presidente Espitalier le recibirá dentro de un cuarto de hora —dijo—. Mientras
tanto, voy a explicarle por qué está aquí. Hace dos meses compramos la cadena
Eldorador al grupo Jet Tours. Es una pequeña cadena de una decena de
hoteles–club de playa repartidos por el Magreb, África negra y las Antillas.
—Es
deficitaria, creo.
—No
más que el resto del sector. —Sonrió bruscamente—.
Bueno,
sí, un poco más que el resto del sector. Para no ocultarle nada, le diré que el
precio de adquisición era razonable, pero no irrisorio, porque había otros
grupos interesados: sigue habiendo bastante gente en la profesión que cree que
el mercado se va a recuperar. Es cierto que, de momento, el Club Méditerranée
es el único que va tirando; le diré, confidencialmente, que habíamos pensado
lanzar una OPA contra el Club. Pero el pez era un poco grande, y los
accionistas no nos habrían apoyado. Y además tampoco habría sido una jugada muy
amable hacia Philippe Bourguignon, uno de nuestros antiguos empleados... —Esta
vez su sonrisa fue un poco falsa, como si quisiera indicar que quizás, pero no
necesariamente, se tratara de una broma—. En resumen, lo que le proponemos es
la dirección general de los clubs Eldorador. Su objetivo, naturalmente, sería
equilibrar las finanzas lo más rápidamente posible, y luego obtener beneficios.
—No
es una tarea fácil.
—Somos
conscientes; pero pensamos que el nivel de remuneración propuesto es bastante
atractivo. Sin mencionar las posibilidades de carrera en el seno del grupo, que
son inmensas: estamos presentes en ciento cuarenta y dos países, y damos empleo
a más de ciento treinta mil personas. Además, la mayoría de nuestros directivos
se convierten con bastante rapidez en accionistas del grupo: creemos en ese
sistema, le he preparado una nota sobre el tema con algunos ejemplos numéricos.
—Tendré
que disponer de informaciones más precisas sobre la situación de los hoteles de
la cadena.
—Por
supuesto; después le entregaré un informe detallado. No se trata de una compra
meramente práctica, creemos en las posibilidades de la estructura: la
implantación geográfica de los establecimientos es buena, su estado general
excelente; se prevén muy pocas reformas. Por lo menos ésa es mi impresión, pero
no tengo experiencia en el terreno de la hostelería de ocio. Desde luego,
trabajaremos de común acuerdo, pero será usted quien decida sobre todos esos
asuntos. Si desea vender un establecimiento o comprar otro, la decisión final
será suya. En Aurore trabajamos así.
Reflexionó
un momento antes de proseguir.
—Naturalmente,
no está usted aquí por casualidad. Todo el mundo en la profesión ha seguido con
gran atención su recorrido en el seno de Nouvelles Frontières; incluso puede
decirse que ha creado usted escuela. No ha intentado ofertar sistemáticamente
los precios más bajos ni las mejores prestaciones; se ha ajustado cada vez al
nivel de precio que la clientela consideraría aceptable para cierto nivel de
prestaciones, y ésa es exactamente la filosofía en la que se basan todas las
cadenas de nuestro grupo. Y otra cosa muy importante, usted ha participado en
la creación de una marca con una imagen fuerte; eso, en Aurore, no siempre
hemos sabido hacerlo.
Sonó
el teléfono. La conversación fue muy breve. Leguen se levantó y acompañó a
Jean–Yves a lo largo de un pasillo con losas de color crema. El despacho de
Jean–Luc Espitalier era inmenso, debía de tener por lo menos cuarenta metros
cuadrados; en la parte izquierda había una mesa de conferencias con unas quince
sillas. Espitalier se levantó cuando entraron y les recibió con una sonrisa.
Era un hombre bajo y bastante joven —desde luego, no más de cuarenta y cinco
años—, con la frente ligeramente despoblada y un aspecto curiosamente modesto,
casi invisible, como si quisiera abordar con ironía la importancia de su
función. Probablemente no había que fiarse, pensó Jean–Yves; los ingenieros
suelen ser así, desarrollan una apariencia de humor que se revela engañosa. Se
sentaron en unos sillones, en torno a una mesa baja que estaba enfrente del
escritorio. Espitalier le miró largo rato, con su curiosa y tímida sonrisa,
antes de tomar la palabra.
—Siento
una gran admiración por Jacques Maillot —dijo al fin—. Ha construido una
excelente empresa, muy original, con una verdadera cultura. Lo cual no es
frecuente. Ahora bien, y no quiero jugar a pájaro de mal augurio, creo que los
tour operadores franceses tienen que prepararse para hacer frente a un período
extremadamente duro. Es inminente (e inevitable; en mi opinión, es cuestión de
meses) que los tour operadores británicos y alemanes se introduzcan en el
mercado. Tienen una capacidad financiera dos o tres veces mayor que la nuestra,
y ofertan circuitos entre un veinte y un treinta por ciento más baratos para un
nivel de prestaciones comparable o superior.
La
competencia va a ser dura, muy dura. Hablando claramente, rodarán cabezas. No
quiero decir que Nouvelles Frontières vaya a ser una de ellas; es un grupo con
una identidad muy fuerte y unos accionistas unidos, puede resistir. De todos
modos, los próximos años van a ser difíciles para todo el mundo.
»En
Aurore no tenemos el mismo problema —continuó con un ligero suspiro—. Somos el
líder mundial incontestable en la hostelería de negocios, que es un mercado
poco fluctuante; pero estamos poco implantados en el sector de la hostelería de
ocio, que es más volátil, más sensible a las fluctuaciones económicas o
políticas.
—Precisamente
—intervino Jean–Yves—, me ha sorprendido bastante su adquisición. Creí que su
eje de desarrollo prioritario seguía siendo la hostelería de negocios, sobre
todo en Asia.
—Sigue
siendo nuestro eje prioritario —contestó tranquilamente Espitalier—. Solamente
en China, por ejemplo, hay unas posibilidades extraordinarias en el terreno de
la hostelería económica. Tenemos la experiencia y la astucia necesarias:
imagine conceptos como Ibis o Formule 1 traducidos a la escala del país. Dicho
esto..., ¿cómo explicárselo? —Se quedó pensativo un momento, miró el techo y la
mesa de conferencias que estaba a su derecha antes de volver a mirar a
JeanYves—. Aurore es un grupo discreto. Paul Dubrule repetía a menudo que el
único secreto para tener éxito en un mercado es llegar a tiempo. A tiempo
quiere decir no llegar demasiado pronto; es raro que los verdaderos innovadores
saquen verdadero provecho de su invento: es la historia de Apple contra
Microsoft. Pero también quiere decir, evidentemente, no llegar demasiado tarde.
Y ahí es donde la discreción nos ha venido bien. Si uno se desarrolla en la
sombra, sin hacer ruido, cuando los competidores reaccionan y quieren asaltar
el castillo ya es demasiado tarde: el territorio está amurallado y se ha
adquirido una ventaja competitiva decisiva. Nuestro nivel de notoriedad no está
a la altura de nuestra importancia real, y en gran parte ha sido por decisión
propia.
»Pero
eso ya es agua pasada —continuó, tras un nuevo suspiro—. Ahora todo el mundo
sabe que somos el número uno mundial. A partir de este momento, es inútil, y
hasta peligroso, contar con una discreción excesiva. Un grupo de la importancia
de Aurore se debe a su imagen pública. La hostelería de negocios es un oficio
muy seguro, que garantiza ingresos elevados y regulares. Pero ¿cómo decirlo?,
no mola mucho. La gente habla poco de sus viajes de negocios, a nadie le gusta
contarlos. Para desarrollar una imagen positiva de cara al gran público,
teníamos dos opciones: el tour operating, y los hoteles–club. El tour operating
se aleja más de nuestro oficio de base, pero hay negocios muy saneados que
están dispuestos a cambiar de manos: estuvimos a punto de seguir ese camino. Y
entonces se presentó la oportunidad de Eldorador, y decidimos aprovecharla.
—Lo
único que intento en este momento es entender sus objetivos —precisó
Jean–Yves—. ¿Dan ustedes más importancia a los resultados o a la imagen?
—Es
un tema complejo... —Espitalier vaciló y se agitó ligeramente en el sillón—. El
problema de Aurore es que tiene un accionariado muy diluido. De hecho, eso es
lo que provocó en 1994 los rumores de OPA contra el grupo; y puedo decirle
—prosiguió con un gesto firme de la mano— que esos rumores eran absolutamente
infundados. Ahora lo serían más todavía: nuestro endeudamiento es nulo, y
ningún grupo mundial, ni siquiera fuera del sector de la hostelería, tiene
envergadura suficiente para lanzarse a este tipo de empresa.
Pero
sigue siendo cierto que no tenemos un accionariado coherente, al contrario que
Nouvelles Frontières, por ejemplo.
En
el fondo, Paul Dubrule y Gérard Pélisson eran más empresarios que capitalistas;
en mi opinión, grandes empresarios, los mejores del siglo. Pero no intentaron
controlar personalmente el accionariado de su empresa, y eso es lo que hoy nos
coloca en una posición delicada. Usted sabe tan bien como yo que a veces es
necesario acceder a algunos gastos de prestigio que mejoran la posición
estratégica del grupo, aunque no tengan impacto financiero positivo a corto
plazo. También sabemos que a veces es necesario apoyar temporalmente a un
sector deficitario, ya sea porque el mercado no está maduro o porque atraviesa
una crisis pasajera. A los accionistas de la nueva generación les cuesta cada
vez más trabajo aceptar eso: la teoría de la rápida compensación de las
inversiones ha hecho estragos.
Levantó
discretamente la mano al ver que Jean–Yves se disponía a intervenir.
—Cuidado
—precisó—, nuestros accionistas tampoco son imbéciles. Saben muy bien que en el
contexto actual será imposible equilibrar una cadena como Eldorador el primer
año; probablemente tampoco el segundo. Pero el tercer año estudiarán las cifras
minuciosamente, y no tardarán mucho en sacar conclusiones. A partir de ese
momento, aunque su proyecto sea magnífico, aunque tenga inmensas posibilidades,
yo no podré hacer nada.
Hubo
un largo silencio. Leguen estaba inmóvil; había inclinado la cabeza. Espitalier
se frotaba el mentón con un dedo, con cierta expresión de duda.
—Ya
veo... —dijo al final Jean–Yves. Al cabo de unos segundos, añadió con calma—:
Les daré mi respuesta dentro de tres días.
3
Vi
muy a menudo a Valérie durante los dos meses siguientes. De hecho, salvo un fin
de semana que pasó en casa de sus padres, creo que la vi todos los días.
Jean–Yves había decidido aceptar la propuesta del grupo Aurore; y ella había
decidido seguirle. Recuerdo que lo primero que me dijo fue: «Voy a pasar al
tramo impositivo del sesenta por ciento». Efectivamente, su salario pasaba de
cuarenta mil a setenta y cinco mil francos mensuales; una vez deducidos los
impuestos, era menos espectacular. Sabía que tendría que hacer un esfuerzo
enorme en cuanto se incorporase al grupo, a principios de marzo. Por el
momento, en Nouvelles Frontières todo iba bien: ambos habían anunciado su
dimisión, y estaban pasando tranquilamente el testigo a sus sucesores. Le
aconsejé a Valérie que ahorrase, que abriera una cuenta de ahorro vivienda o
algo así; pero en realidad no pensábamos mucho en el tema. La primavera era
tardía, pero eso no tenía la menor importancia. Más tarde, rememorando esta
época feliz con Valérie, de la que paradójicamente iba a guardar tan pocos
recuerdos, me diría que el hombre no está hecho para la felicidad. Para tener
acceso real a la posibilidad práctica de la felicidad, el hombre debería
transformarse; tranformarse físicamente. ¿Con qué se puede comparar a Dios? En
primer lugar con el coño de las mujeres, es evidente; pero también, quizás, con
los vapores de un hammán. En cualquier caso, con algo donde el espíritu pueda
llegar a ser posible porque el cuerpo está saturado de contento y de placer, y
toda inquietud ha sido abolida. Ahora estoy seguro de que el espíritu no ha
nacido, que quiere nacer, y que su nacimiento será difícil, porque la idea que
nos hemos hecho de él hasta ahora es insuficiente y nociva. Cuando llevaba a
Valérie al orgasmo, cuando sentía su cuerpo vibrar bajo el mío, a veces tenía
la impresión, fugaz pero irresistible, de entrar en un nivel de conciencia
completamente diferente, exento de todo mal. En esos momentos suspendidos, casi
inmóviles, en que su cuerpo se elevaba hacia el placer, yo me sentía como un
Dios del que dependieran la serenidad y las tormentas. Ésa fue la primera
alegría; indiscutible, perfecta.
La
segunda alegría que me proporcionó Valérie fue la extraordinaria dulzura, la
bondad natural de su carácter. A veces, cuando sus jornadas de trabajo habían
sido largas —y al correr de los meses fueron cada vez más largas—, la sentía
tensa, mentalmente agotada. Pero nunca se volvió contra mí, nunca se enfadó,
nunca tuvo una de esas imprevisibles crisis nerviosas que a veces hacen tan
agobiante, tan patético, el trato con las mujeres. «No soy ambiciosa,
Michel...», me decía en ocasiones. «Me siento a gusto contigo, creo que eres el
hombre de mi vida, en el fondo no pido nada más. Pero no es posible: tengo que
pedir más. Estoy atrapada en un sistema que ya no me aporta gran cosa, y que a
fin de cuentas es inútil, lo sé; pero no veo la manera de escapar. Por una vez,
tendría que tomarme tiempo para reflexionar; pero no sé cuándo podré disponer
de ese tiempo.»
Por
mi parte, yo trabajaba cada vez menos; bueno, hacía mi trabajo, en sentido
estricto. Volvía a casa con tiempo de sobra para ver Preguntas para un campeón,
para hacer las compras de la cena, y dormía todas las noches en casa de
Valérie. Curiosamente, Marie–Jeanne no parecía guardarme rencor por mi
creciente abulia profesional. Cierto que a ella le gustaba su trabajo, y que
estaba más que dispuesta a trabajar por los dos. Creo que lo que esperaba de
mí, sobre todo, es que fuera amable con ella; y yo fui amable durante todas
aquellas semanas, amable y tranquilo. El collar de coral que le había comprado
en Tailandia le gustó mucho, lo llevaba todos los días. A veces, mientras
preparábamos los informes de las exposiciones, me miraba de manera rara,
difícil de interpretar. Una mañana de febrero —lo recuerdo muy bien, era el día
de mi cumpleaños— me dijo francamente: «Has cambiado, Michel... No sé, pareces
feliz.»
Tenía
razón; yo era feliz, lo recuerdo. Claro que hay otras cosas, toda una serie de
problemas inexorables, la decadencia y la muerte, por supuesto. Sin embargo,
recordando esos pocos meses, puedo dar fe: sé que la felicidad existe.
Era
obvio que Jean–Yves, por su parte, no era feliz. Recuerdo que una noche cenamos
los tres, Valérie, él y yo, en un restaurante italiano, o más bien veneciano,
en fin, bastante elegante. Él sabía que íbamos a volver pronto a casa para
follar, y que íbamos a follar con amor. Yo no sabía muy bien qué decirle; lo
que se podía decir era demasiado evidente, estaba demasiado claro. Se veía que
su mujer no le amaba, que probablemente nunca había amado y nunca amaría a
nadie.
No
había tenido suerte, eso es todo. Las relaciones humanas no son tan complicadas
como las pintan: a menudo son irresolubles, pero no complicadas. Desde luego,
iba a tener que divorciarse; no era fácil, pero había que hacerlo. ¿Qué más
podía decir yo? El tema quedó zanjado mucho antes de la llegada de los
antipasti.
Después,
Valérie y él hablaron de su futuro profesional en el grupo Aurore: ya tenían
ideas y pistas para la recuperación de los Eldorador. Ambos eran inteligentes,
competentes, reconocidos en su sector profesional; pero no tenían derecho al
error. Un fracaso en el nuevo puesto no significaría el final de sus carreras:
Jean–Yves tenía treinta y cinco años, Valérie veintiocho; les darían una
segunda oportunidad. Pero la profesión no olvidaría ese primer paso en falso,
tendrían que volver a empezar a un nivel notablemente inferior. En la sociedad
en que vivíamos, el principal interés del trabajo era el salario y, en general,
las ventajas financieras; el prestigio, el honor de la función ocupaban un
lugar mucho más secundario que antes. Sin embargo, existía un sistema avanzado
de redistribución fiscal que permitía mantener con vida a los inútiles, los
incompetentes y los perjudiciales; de los cuales, en cierta medida, yo formaba
parte. En resumen, vivíamos en una economía mixta, que evolucionaba lentamente
hacia un liberalismo más pronunciado, que superaba poco a poco las prevenciones
contra el préstamo con intereses —y, en general, contra el dinero— todavía
presentes en un país de larga tradición católica. Ellos no iban a sacar el
menor provecho real de esta evolución. Algunos jóvenes diplomados de la Escuela
de Comercio mucho más jóvenes que Jean–Yves —incluso estudiantes— se lanzaban
de buenas a primeras a la especulación bursátil, sin pensar siquiera en buscar
un empleo asalariado.
Tenían
ordenadores conectados a Internet, sofisticados programas de seguimiento de los
mercados. Se reunían en clubs con bastante frecuencia para decidir aportaciones
de fondos más importantes. Vivían con el ordenador, se relevaban para trabajar
las veinticuatro horas del día, nunca se tomaban vacaciones. El objetivo de
todos ellos era extremadamente simple: ser multimillonarios antes de los
treinta.
Jean–Yves
y Valérie formaban parte de una generación intermedia, donde aún parecía
difícil hacer carrera fuera de una empresa o del sector público; yo era un poco
mayor que ellos y me encontraba más o menos en la misma situación.
Los
tres estábamos atrapados como insectos en un bloque de ámbar; no teníamos la
menor posibilidad de volver sobre nuestros pasos.
La
mañana del 1 de marzo, Valérie y Jean–Yves ocuparon oficialmente sus funciones
dentro del grupo Aurore. El lunes 4 había una reunión prevista con los
principales ejecutivos que trabajaban en el proyecto Eldorador. La dirección
general había encargado un estudio prospectivo sobre el futuro de los clubs de
vacaciones a Profiles, una empresa bastante conocida de sociología del
comportamiento.
Al
entrar por primera vez en la sala de reuniones del piso 23, Jean–Yves se quedó
bastante impresionado. Había unas veinte personas, todas ellas con varios años
de antigüedad en Aurore; y era él quien iba a tener que pilotar el grupo.
Valérie se sentó a su lado, a la izquierda. El se había pasado el fin de semana
estudiando el informe: conocía el nombre, las funciones exactas, el pasado
profesional de cada una de las personas presentes en la mesa; sin embargo, no
podía refrenar una leve sensación de angustia. Un día grisáceo pesaba sobre el
extrarradio sensible de Essone. Cuando Paul Dubrule y Gérard Pélisson
decidieron construir la sede social en Evry, habían contado con el bajo coste
de los terrenos, la proximidad de la autopista del sur y del aeropuerto de
Orly; en aquella época, era un suburbio tranquilo. En la actualidad, las
comunidades de la zona tenían los índices de delincuencia más altos de Francia.
Todas las semanas se producían ataques a autobuses, coches de policía, camiones
de bomberos; ni siquiera había un recuento exacto de las agresiones y los
robos; según ciertas estimaciones, para obtener la cifra real había que
multiplicar por cinco el número de denuncias interpuestas. Los locales de la
empresa disponían de un equipo de vigilantes armados las veinticuatro horas del
día. Una circular interna recomendaba evitar el transporte público a partir de
cierta hora. Aurore había negociado un acuerdo con una compañía de taxis para
los empleados que tenían que trabajar fuera de horas y no tenían vehículo
propio.
Cuando
llegó Lindsay Lagarrigue, el sociólogo del comportamiento, Jean–Yves tuvo la
impresión de volver a encontrarse en terreno conocido. El tipo tendría unos
treinta años, grandes entradas, el pelo recogido en una coleta; llevaba un
pantalón de chándal de Adidas, una camiseta de Prada y unos Nike muy usados; en
fin, que se parecía a un sociólogo del comportamiento. Empezó por repartir un
informe muy delgado, compuesto sobre todo por gráficos con flechas y círculos;
no llevaba nada más en la cartera. La primera página era la fotocopia de un
artículo de Le Nouvel Observateur, más concretamente del editorial del
suplemento de vacaciones, titulado «Viajar de otra manera».
—«En
el año 2000» —dijo Lagarrigue, leyendo el artículo en voz alta—, «el turismo de
masas ya es cosa de otra época. Se piensa en el viaje como realización
individual, pero con una preocupación ética.» —Este párrafo, que abría el
editorial, le parecía sintomático de los cambios en curso. Charló unos minutos
sobre este tema, y luego invitó a la asistencia a concentrar su atención en las
frases siguientes—: «En el año 2000, nos interrogamos sobre un turismo
respetuoso con el prójimo. A los que disponemos de recursos nos gustaría
viajar, no sólo por un placer egoísta, sino para atestiguar cierta forma de
solidaridad.»
—¿Cuánto
le han pagado a este tío por el estudio? —le preguntó Jean–Yves, discretamente,
a Valérie.
—Ciento
cincuenta mil francos.
—No
me lo puedo creer... ¿Es que este imbécil no va a hacer otras cosa que
recitarnos una fotocopia de Le Nouvel Observateur.?
Lindsay
Lagarrigue continuó parafraseando con vaguedad los términos del artículo, y
luego leyó un tercer párrafo con un tono absurdamente enfático:
—«En
el año 2000, queremos ser nómadas. Viajamos en tren o en crucero, por los ríos
o los océanos: en la era de la velocidad, volvemos a descubrir el encanto de la
lentitud.
Nos
perdemos en el silencio infinito de los desiertos; y luego, sin transición, nos
sumimos en la efervescencia de las grandes capitales, Pero siempre con la misma
pasión...»
Ética,
realización individual, solidaridad, pasión: según él, ésas eran las palabras
clave. En este nuevo contexto, no era de extrañar que el sistema de clubs de
vacaciones, basado en un egoísmo encerrado en sí mismo y en la uniformización
de las necesidades y los deseos, tuviera dificultades recurrentes. La época de
los bronceados se había acabado definitivamente: lo que buscaban los viajeros
modernos eran la autenticidad, el descubrimiento, la posibilidad de compartir.
En
términos generales, el modelo fordista del turismo de ocio —caracterizado por
las famosas «4 S»: Sea, Sand, Sun... and Sex— había pasado a mejor vida. Tal
como demostraban los brillantes trabajos de Michky y Braum, a partir de ahora
el conjunto de la profesión debía prepararse para afrontar su actividad con una
perspectiva posfordista.
El
sociólogo del comportamiento tenía tablas, y podría haber seguido así durante
horas.
—Discúlpeme...
—le interrumpió Jean–Yves, con una voz que dejaba traslucir la irritación.
—¿Sí?...
—El sociólogo del comportamiento le dirigió una sonrisa encantadora.
—Creo
que todos los que estamos sentados a esta mesa, sin excepción, somos
conscientes de que el sistema de clubs de vacaciones atraviesa un momento
difícil. Lo que le pedimos no es que nos describa hasta el infinito las
características del problema; la idea sería más bien que nos indicara, aunque
sea mínimamente, un esbozo de solución.
Lindsay
Lagarrigue se quedó con la boca abierta; no había previsto en absoluto una
objeción de ese tipo.
—Creo...
—farfulló al final—, creo que para resolver un problema es importante
identificarlo y hacerse una idea de sus causas.
Otra
frase hueca, pensó con rabia Jean–Yves; y no solamente hueca sino, encima,
falsa. Evidentemente, las causas formaban parte de un movimiento social
general, que no estaba en sus manos cambiar. Había que adaptarse a él, eso era
todo. ¿Cómo podían adaptarse? Estaba claro que ese imbécil no tenía la menor
idea.
—En
resumen, lo que nos está diciendo —continuó JeanYves— es que el sistema de
clubs de vacaciones ya está superado.
—No,
no, en absoluto... —El sociólogo del comportamiento empezaba a perder pie—.
Creo... simplemente, creo que hay que reflexionar.
—¿Y
para qué te pagan, gilipollas? —dijo Jean–Yves a media voz. Luego, dirigiéndose
a todo el mundo—: Bien, vamos a intentar reflexionar. Señor Lagarrigue, gracias
por su informe; creo que hoy no le vamos a necesitar más. Propongo interrumpir
la reunión diez minutos, el tiempo de tomar una taza de café.
Despechado,
el sociólogo del comportamiento guardó sus diagramas. Cuando se reanudó la
reunión, Jean–Yves reunió sus notas y tomó la palabra:
—Como
saben ustedes, entre 1993 y 1997 el Club Méditerranée sufrió la crisis más
grave de su historia. Los competidores y los imitadores se habían multiplicado,
y ofrecían los mismos ingredientes de la fórmula del Club a unos precios
considerablemente más bajos: la clientela cayó en picado. ¿Cómo consiguieron
enderezar la situación? Sobre todo, bajando a su vez los precios. Pero no los
bajaron hasta el nivel de la competencia: sabían que tenían a su favor la
antigüedad, la reputación y la imagen; sabían que su clientela podía aceptar
cierta diferencia de precio (que fijaron, según los destinos y después de
minuciosas encuestas, entre un veinte y un treinta por ciento) para
beneficiarse de la autenticidad de la fórmula Club Med, de su «versión
original», en cierto modo. Este es el primer eje de reflexión que les propongo
explorar durante las próximas semanas: ¿hay lugar en el mercado de los clubs de
vacaciones para una fórmula que no sea la del Club? Y, si es así, ¿podemos
empezar a definirla, a hacernos una idea de la clientela a la que estaría
dirigida?
No
son preguntas sin importancia.
»Probablemente
todos ustedes saben ya que vengo de Nouvelles Frontières. Allí también creamos,
aunque no sea la actividad más conocida del grupo, algunos clubs de vacaciones:
los Paladiens. Tuvimos dificultades con ellos más o menos a la vez que el Club Méditerranée,
pero las resolvimos con mucha rapidez. ¿Por qué? Porque éramos el primer tour
operador francés. En la mayoría de los casos, cuando nuestros clientes
terminaban de descubrir un país, querían prolongarlo con una estancia
balnearia. Nuestros circuitos tienen la reputación, por lo demás justificada,
de ser a veces difíciles, de exigir buenas condiciones físicas. Cuando nuestros
clientes se habían ganado, de alguna manera, los galones de «viajero», solían
estar encantados de volver a convertirse, durante cierto tiempo, en simples
turistas. En vista del éxito de la fórmula, decidimos incluir la prórroga
balnearia en la mayor parte de los circuitos, lo que nos permitió aumentar la
duración de las estancias del catálogo: la jornada balnearia, como ustedes
saben, sale mucho más barata que la jornada de viaje. Evidentemente, en estas
condiciones nos resultaba fácil privilegiar a nuestros propios hoteles. Éste es
el segundo eje de reflexión que les propongo: es posible que la salvación de
los clubs de vacaciones pase por una colaboración más estrecha con el tour
operating. En este punto también tendrán que utilizar la imaginación, y no
limitarse a los agentes presentes en el mercado francés. Es un terreno nuevo y
les pido que lo exploren; tal vez haya mucho que ganar en una alianza con las
grandes agencias de viajes del norte de Europa.
Tras
la reunión, una mujer de unos treinta años, rubia y con una cara muy agradable,
se acercó a Jean–Yves. Se llamaba Marylise Le François, era la responsable de
comunicación.
—Quiero
que sepa que me ha gustado mucho su intervención... —le dijo—. Hacía falta.
Creo que ha conseguido volver a motivar a la gente. Ahora todo el mundo es
consciente de que hay alguien al mando; ahora podemos volver a poner manos a la
obra.
4
Pronto
se dieron cuenta de que no era tan fácil. La mayor parte de los tour operadores
británicos, y sobre todo alemanes, ya disponían de sus propias cadenas de clubs
de vacaciones; no tenían el menor interés en asociarse con otro grupo. Todos
los contactos que hicieron en esta dirección fracasaron. Por otra parte, el
Club Méditerranée parecía haber encontrado la fórmula estándar definitiva de
los clubs de vacaciones; desde su creación, ningún competidor había sido capaz
de proponer una verdadera innovación.
A
Valérie se le ocurrió por fin una idea dos semanas más tarde. Eran casi las
diez de la noche; estaba tomándose un chocolate antes de irse, derrumbada en un
sillón en mitad del despacho de Jean–Yves. Los dos estaban agotados, habían
trabajado durante todo el día en el balance financiero de los clubs.
—En
el fondo —suspiró ella—, a lo mejor nos equivocamos al separar los circuitos y
las estancias.
—¿Qué
quieres decir?
—Acuérdate
de Nouvelles Frontières: aparte de las prolongaciones balnearias, cuando había
un día de descanso en la playa en pleno circuito, la gente lo apreciaba
muchísimo.
Y de
lo que más se quejaban era de tener que cambiar de hotel continuamente. Lo que
tendríamos que hacer es mezclar por sistema las excursiones y las estancias en
la playa: un día de excursión, un día de descanso, y así sucesivamente. Con
regreso al hotel todas las noches, o cada dos noches en el caso de excursiones
largas pero sin tener que volver a hacer la maleta y dejar libre la habitación.
—En
los clubs ya proponen excursiones, y no estoy seguro de que les vaya muy bien.
—Sí,
pero son suplementos, y los franceses odian los suplementos. Además, hay que
reservar in situ.: la gente duda, se equivoca, no sabe qué elegir, y al final
no hace nada. Les gustan los descubrimientos, siempre que les den el trabajo
hecho; y, sobre todo, adoran el «todo incluido».
Jean–Yves
se quedó pensativo un momento.
—¿Sabes
que lo que propones no es ninguna tontería?
—dijo—.
Además, sería fácil ponerlo en funcionamiento con bastante rapidez: creo que
este mismo verano podríamos integrar la fórmula como complemento de las
estancias ordinarias. Podríamos llamarlo «Eldorador Explorador», o algo por el
estilo.
Jean–Yves
consultó a Leguen antes de poner en marcha la operación; se dio cuenta
enseguida de que el otro no tenía ningunas ganas de tomar partido en ningún
sentido. «Es su responsabilidad», dijo sobriamente. Mientras Valérie me contaba
sus jornadas de trabajo, me di cuenta de que yo no sabía gran cosa del universo
de los directivos. Aunque el tándem que formaban Jean–Yves y ella era bastante
excepcional.
—En
una situación normal —me dijo Valérie—, él tendría como ayudante a una chica
que soñaría con ocupar su puesto. En las empresas, eso da lugar a cálculos muy
complicados: a veces fracasar resulta ventajoso a condición de poder achacarle
la responsabilidad a cualquier otro.
Ellos
estaban en una situación bastante sana: nadie, dentro del grupo, quería ocupar
sus puestos; la mayoría de los directivos pensaban que la compra de Eldorador
había sido un error.
Valérie
trabajó mucho con Marylise Le François hasta final de mes. Los catálogos para
las vacaciones de verano tenían que estar listos a finales de abril, que era la
fecha límite; de hecho, era incluso un poco tarde. Se dio cuenta enseguida de
que el informe de Jet Tours sobre sus clubs era lamentable.
—«Las
vacaciones en Eldorador se parecen a esos momentos mágicos en África, cuando
empieza a refrescar y toda la aldea se reúne en torno al árbol del consejo para
escuchar a los ancianos sabios...» —le leyó a Jean–Yves—. Francamente, ¿tú te
lo crees? Con esas fotos de los animadores al lado, saltando como imbéciles con
sus trajes amarillos. Esto es un asco.
—¿Y
qué te parece el lema «Eldorador, vivir con ardor»?
—No
sé; ya no sé qué pensar.
—Es
demasiado tarde para la fórmula club ordinaria, los catálogos ya se han
distribuido. Pero está claro que vamos a tener que empezar de cero en el
catálogo «Explorador».
—Yo
creo que lo que hace falta —intervino Marylise— es unir el rigor y el lujo. Un
té con menta en pleno desierto, pero sobre alfombras carísimas...
—Sí,
los momentos mágicos... —dijo Jean–Yves, cansado.
Se levantó
con esfuerzo de su asiento—. No olvidéis poner en algún sitio lo de «momentos
mágicos»; por raro que parezca, siempre funciona. Bueno, os dejo, vuelvo a mis
gastos fijos...
Desde
luego, Valérie era consciente de que era él quien se encargaba de la parte más
ingrata del trabajo. Ella no sabía casi nada de gestión hotelera, salvo los
vagos recuerdos que tenía de la Escuela de Turismo. «Édouard Yang, propietario
de un hotel–restaurante de tres estrellas, considera su deber satisfacer lo
mejor posible a sus clientes, constantemente intenta innovar y responder a sus
necesidades. Sabe por experiencia que el desayuno es un momento importante, que
forma parte del equilibrio alimenticio de toda la jornada y contribuye de
manera decisiva a la creación de la imagen del hotel.» Le había tocado ese tema
en un ejercicio de primer año. Édouard Yang decidía hacer una encuesta
estadística entre sus clientes, sobre todo en función del número de ocupantes
de cada habitación (solteros, parejas, familias). Había que analizar la
encuesta, calcular el Khi 2, y el ejercicio terminaba con esta pregunta:
«En
otras palabras, ¿es la situación familiar un criterio explicativo del consumo
de fruta fresca en el desayuno?»
Hurgando
en sus carpetas, consiguió encontrar un ejercicio de la carrera que
correspondía bastante bien a su situación actual. «Acaba usted de ser
nombrado/a responsable de marketing en el departamento internacional del grupo
South América. Éste acaba de comprar el hotel–restaurante Les Antilles, un
establecimiento de cuatro estrellas con ciento diez habitaciones en Guadalupe,
frente al mar. Fue construido en 1988 y renovado en 1996, y actualmente tiene
graves problemas. La media de ocupación sólo es del 45 %, lo que está lejos del
nivel de rentabilidad esperado.» Valérie había sacado 18 sobre 20 en el examen;
quizás era un buen presagio. Recordaba que en aquella época todo aquello le
parecía una fábula, y no muy creíble. No se imaginaba como responsable de
marketing del grupo South América, ni de ningún otro. Era un juego, un juego
intelectual ni muy interesante ni muy difícil.
Ahora
ya no estaba jugando; o bueno, sí, pero se jugaba su carrera.
Volvía
tan agotada del trabajo que no tenía fuerzas para hacer el amor, y apenas para
chupármela; se quedaba medio dormida con mi sexo en la boca. Por lo general, la
penetraba por la mañana, cuando nos despertábamos. Sus orgasmos eran más
suaves, más reducidos, como amortiguados por un velo de cansancio; creo que yo
la amaba cada vez más.
A
finales de abril los catálogos estaban terminados y se distribuyeron en cinco
mil agencias de viajes; casi toda la red francesa. Ahora había que ocuparse de
la infraestructura de las excursiones, para que todo estuviera listo el 1 de
julio. En ese tipo de productos nuevos, lo que corriera de boca en boca tenía
una enorme importancia: una excursión anulada podía suponer la pérdida de
muchos clientes. Decidieron no invertir en una gran campaña de publicidad.
Curiosamente, Jean– Yves, a pesar de que había estudiado la especialidad de
marketing, creía bastante poco en la publicidad. «Puede ser útil para matizar
una imagen», decía, «pero nosotros todavía no hemos llegado ahí. Por el
momento, lo más importante es que nos distribuyan bien, y darle al producto una
reputación de fiabilidad.» Por el contrario, invirtieron muchísimo dinero en la
información destinada a las agencias de viajes; era fundamental que los agentes
propusieran enseguida y espontáneamente el producto. De eso se encargó Valérie,
que conocía bien el medio. Recordaba el CVP/SONCDS, que había aprendido a
dominar en sus años de estudios (Características – Ventajas – Pruebas/Seguridad
– Orgullo – Novedad – Comodidad – Dinero – Simpatía); también se acordaba de la
realidad, infinitamente más simple. Pero la mayoría de las vendedoras eran muy
jóvenes, muchas acababan de salir de la Escuela de Turismo; más valía hablar el
lenguaje que estaban acostumbradas a entender.
Discutiendo
con algunas de aquellas chicas, se dio cuenta de que seguían enseñando la
tipología de Barma en los cursos ( El comprador técnico.: centrado en el
producto, sensible a su aspecto cuantitativo, concede importancia al aspecto
técnico y a la novedad. El comprador devoto.: confía ciegamente en el vendedor,
porque el producto es demasiado para él. El comprador cómplice.: se apoya con
gusto en los puntos comunes que descubre con el vendedor, si éste sabe
establecer una buena comunicación interpersonal. El comprador aprovechado.: es
un manipulador cuya estrategia consiste en conocer directamente al proveedor
para sacar de ello las máximas ventajas. El comprador positivo.: atento al
vendedor, a quien respeta, y al producto propuesto, consciente de sus necesidades,
y que se comunica con facilidad). Valérie tenía cinco o seis años más que
aquellas chicas; había empezado en el nivel que ellas tenían en ese momento, y
había alcanzado un éxito profesional con el que la mayoría apenas se atrevía a
soñar. Ellas la miraban con una admiración un poco bobalicona.
Ya
me había dado una llave de su apartamento; solía esperarla, cada noche, leyendo
el Curso de filosofía positiva de Auguste Comte. Me gustaba ese texto denso y
aburrido; leía a menudo la misma página tres y cuatro veces seguidas. Al cabo
de unas tres semanas había terminado la lección número cincuenta,
«Consideraciones preliminares sobre la estática social o teoría general del
orden natural espontáneo de las sociedades humanas». Desde luego, yo necesitaba
una teoría cualquiera que me ayudase a definir mi situación social.
—Trabajas
demasiado, Valérie... —le dije una noche de mayo, mientras ella descansaba,
acurrucada, en el sofá del salón—. Por lo menos, que sirva para algo. Tendrías
que ahorrar un poco; si no, de una manera o de otra, vamos a gastar el dinero
tontamente.
Me
dio la razón. A la mañana siguiente se tomó dos horas libres y fuimos juntos al
Crédit Agricole de la Porte d’Orléans para abrir una cuenta común. Ella me
firmó un poder, y yo volví dos días más tarde para hablar con un asesor. Decidí
invertir veinte mil francos al mes de su salario, la mitad en un plan de
ahorro–vivienda, la otra mitad en un plan de jubilación. Ahora me pasaba casi
todo el tiempo en su casa, y ya no tenía mucho sentido que conservara mi
apartamento.
Fue
ella la que lo propuso, a principios de junio. Habíamos hecho el amor durante
la mayor parte de la tarde; hacíamos largas pausas, abrazados entre las
sábanas; luego ella me masturbaba o me la chupaba, y yo volvía a penetrarla; ni
el uno ni el otro nos habíamos corrido, cada vez que ella me tocaba se me ponía
dura enseguida, ella tenía el coño constantemente húmedo. Se sentía bien, yo
veía el sosiego en sus ojos. A eso de las nueve, me propuso que fuéramos a
cenar a un restaurante italiano cerca del parque Montsouris. Todavía no había
anochecido del todo; la temperatura era muy suave. Yo tenía que pasar por mi
casa después si quería, como de costumbre, ir al trabajo con traje y corbata.
El camarero nos trajo dos cócteles de la casa.
—¿Sabes,
Michel? —dijo ella cuando el camarero se alejó—.
Podrías
instalarte en mi casa. No creo que sea necesario seguir jugando a la
independencia. O, si lo prefieres, podemos alquilar un apartamento entre los
dos.
Sí,
en cierto sentido lo prefería; digamos que me daba la sensación de un nuevo
comienzo. De un primer comienzo, a decir verdad, por lo que a mí se refería; y
al fin y al cabo también en su caso. Uno se acostumbra a la soledad y a la
independencia, y no se trata, forzosamente, de una buena costumbre. Si quería
vivir algo semejante a una experiencia conyugal, estaba claro que había llegado
el momento. Desde luego, conocía los inconvenientes de la fórmula; sabía que el
deseo se debilita con más rapidez en el seno de una pareja estable. Pero se
debilita de todas formas, es una ley de vida, y puede que la pareja permita
establecer una unión de otro orden; sea como sea, eso es lo que ha pensado
mucha gente.
De
todas formas, esa noche mi deseo por Valérie estaba lejos de haberse
debilitado. Justo antes de dejarla la besé en la boca; ella abrió los labios y
se abandonó por completo al beso. Le metí las manos en el pantalón de deporte,
bajo las bragas, le puse las palmas en las nalgas. Ella apartó la cara y miró a
derecha e izquierda: la calle estaba desierta. Se arrodilló en la acera, me
abrió la bragueta y se metió mi sexo en la boca. Yo me apoyé en la verja del
parque; estaba a punto de correrme. Ella apartó la boca y siguió masturbándome
con dos dedos, mientras me metía la otra mano en el pantalón para acariciarme
los huevos. Cerró los ojos, y le eyaculé en la cara. En ese momento creía que
se iba a echar a llorar; pero al final no lo hizo, se conformó con lamer el
esperma que le corría a lo largo de las mejillas.
A la
mañana siguiente empecé a mirar anuncios; había que buscar en los barrios del
sur, por el trabajo de Valérie.
Una
semana más tarde lo encontré: un apartamento de cuatro habitaciones en el piso
treinta de la torre Opale, cerca de la Porte de Choisy. Antes nunca había
tenido vistas sobre París, aunque la verdad es que tampoco me lo había
propuesto.
Cuando
me mudé, me di cuenta de que nada de lo que había en mi apartamento me
importaba. Podría haber sentido cierta alegría, algo parecido a la embriaguez
de la independencia, pero lo cierto es que me sentí ligeramente asustado. Había
vivido durante cuarenta años sin establecer el menor contacto medianamente
personal con un objeto. Sólo tenía dos trajes, que alternaba según las
ocasiones. Libros, sí, tenía libros; pero podría haberlos vuelto a comprar con
toda facilidad, ninguno era ni antiguo ni raro. Muchas mujeres se habían
cruzado en mi camino, pero no tenía ni fotos ni cartas de ninguna de ellas.
Tampoco tenía fotos mías: no guardaba el menor recuerdo de cómo había sido a
los quince, a los veinte o a los treinta años. Tampoco tenía papeles realmente personales:
mi identidad cabía en algunas carpetas, metidas en un archivador de cartón de
tamaño corriente. Es falso que los seres humanos sean únicos, que lleven dentro
de sí una singularidad irreemplazable; en lo que a mí concierne, no percibía la
menor huella de tal singularidad. Lo más normal es que uno se agote en vano
intentando distinguir destinos individuales, caracteres. La idea de la unicidad
de la persona sólo es un pomposo absurdo. Schopenhauer escribió en alguna parte
que uno se acuerda de su propia vida un poco más que de una novela que haya
leído. Sí, eso es: solamente un poco más.
5
Durante
la segunda quincena de junio, Valérie volvió a tener muchísimo trabajo; el
problema de trabajar con múltiples países es que, con los desfases horarios,
uno podía estar al pie del cañón las veinticuatro horas del día. Hacía cada vez
más calor, el verano prometía ser espléndido; pero de momento no lo estábamos
disfrutando mucho. Después del trabajo me gustaba darme una vuelta por Tang
Frères; hice una tentativa de dedicarme a la cocina asiática. Pero era
demasiado complicada para mí, había que encontrar un equilibrio distinto entre
los ingredientes, una manera especial de picar las verduras; era casi otra
estructura mental. Volví a la cocina italiana, que estaba más a mi alcance.
Jamás habría imaginado que un día llegaría a gustarme cocinar. El amor santifica.
En
la quincuagésima lección de sociología, Auguste Comte lucha contra esa «extraña
aberración metafísica» que concibe la familia según el tipo de sociedad.
«Fundada principalmente en el afecto y el agradecimiento, la unión doméstica
está destinada, sobre todo, a satisfacer directamente, por su sola existencia,
el conjunto de nuestros instintos simpáticos, con independencia de cualquier
idea de cooperación activa y continua para conseguir un objetivo cualquiera, a
no ser el de su propia institución. Cuando, desgraciadamente, la coordinación
de las tareas es el único principio de unión, la unión doméstica tiende
necesariamente a degenerar en simple asociación, y no suele tardar mucho en
disolverse esencialmente.» En la oficina, yo seguía haciendo lo mínimo posible;
aun así tuve que organizar dos o tres grandes exposiciones, y me las arreglé
sin muchas dificultades. Trabajar en una oficina no es muy difícil, basta con
ser un poco meticuloso, tomar decisiones con rapidez y atenerse a ellas. No
había tardado mucho en comprender que no es forzosamente necesario tomar la
mejor decisión, sino que en la mayor parte de los casos basta con tomar una
decisión cualquiera, a condición de tomarla rápidamente; bueno, si uno trabaja
en el sector público. Eliminaba algunos proyectos artísticos, seleccionaba
otros: lo hacía según criterios insuficientes, en diez años no había pedido
información suplementaria ni una sola vez; y en general no sentía el menor
remordimiento por ello. En el fondo, apreciaba bastante poco los medios del
arte contemporáneo. La mayoría de los artistas que conocía se comportaban
exactamente como empresarios: vigilaban atentamente los nuevos mercados, y
luego intentaban posicionarse lo más deprisa posible. Como los empresarios,
salían en masa de las mismas escuelas, estaban hechos en el mismo molde. Con
ciertas diferencias: en el terreno artístico, la prima de innovación era más
alta que en casi todos los demás sectores profesionales; por otra parte, los
artistas se movían a menudo en jaurías o redes, al contrario que los
empresarios, seres solitarios y rodeados de enemigos: los accionistas, siempre
dispuestos a abandonarlos, los directivos, siempre dispuestos a traicionarlos.
Pero era muy poco frecuente que yo sintiera una verdadera necesidad interior
trabajando con los informes de los artistas de los que tenía que ocuparme. De
todos modos, a finales de junio se inauguró la exposición de Bertrand Bredane,
a quien yo había apoyado desde el principio con obstinación; para gran sorpresa
de Marie–Jeanne, que se había acostumbrado a mi indiferente docilidad, y a
quien le repugnaban las obras de ese género. No se trataba exactamente de un
artista joven, ya tenía cuarenta y tres años, y físicamente estaba más bien
consumido; recordaba bastante al personaje del poeta alcohólico de El gendarme
de Saint–Tropez. Se había dado a conocer, sobre todo, dejando pudrirse pedazos
de carne en las bragas de mujeres jóvenes, o criando moscas en sus propios
excrementos, que luego soltaba en las salas de exposición. Nunca había tenido
mucho éxito, no pertenecía a las redes adecuadas, y se empeñaba en una vena
trash un poco pasada. Yo veía en él cierta autenticidad, pero tal vez era la
autenticidad del fracaso. No parecía muy equilibrado. Su último proyecto era
peor que los anteriores; o mejor, según se mire. Había filmado un vídeo sobre
el recorrido de los cadáveres de esa gente que dona su cuerpo a la ciencia
después de la muerte; por ejemplo, para que sirva en las prácticas de disección
de las escuelas de medicina. Algunos estudiantes de medicina de verdad,
vestidos de calle, se mezclaban con el público de la exposición y enseñaban de
vez en cuando manos cortadas, ojos arrancados de sus órbitas; en fin, tenían
que hacer esas bromas a las que, según el tópico, son tan aficionados los
estudiantes de medicina. Cometí el error de llevar a Valérie, ya agotada
después de su jornada de trabajo, a la inauguración. Me sorprendió comprobar
que había bastante gente, incluso algunas personalidades importantes: ¿acaso
empezaba un período de gracia para Bertrand Bredane?
Al
cabo de media hora, Valérie se hartó y me pidió que nos marchásemos. Un
estudiante de medicina se detuvo delante de ella; tenía en la palma de la mano
una polla cortada, con los testículos todavía rodeados de pelos. Ella apartó la
cara, asqueada, y me arrastró hacia la salida. Nos refugiamos en el café
Beaubourg.
Media
hora después entró Bertrand Bredane, acompañado por dos o tres chicas que yo
conocía y algunas otras personas, entre las que reconocí al director de
mecenazgo de la Caisse des Dêpots et Consignations. Se sentaron en una mesa
vecina; estaba obligado a ir a saludarlos. Bredane se alegró visiblemente de
verme, y es cierto que esa noche yo le había dado un buen empujón. La
conversación se eternizó, y Valérie vino a sentarse con nosotros. No sé quién
propuso ir a tomar algo al Bar–bar; probablemente el propio Bredane. Yo cometí
el error de aceptar. La mayoría de los clubs de intercambio de parejas que han
intentado incluir en su programa de animación una velada sadomaso semanal han
fracasado.
Por
el contrario, el Bar–bar, dedicado desde el principio exclusivamente a las
prácticas sadomasoquistas, sin por ello exigir a la entrada un dress–code
demasiado estricto —salvo en ciertas veladas—, estaba siempre lleno. Por lo que
yo sabía, el medio sadomaso era bastante específico: estaba compuesto por gente
que ya no sentía interés por las prácticas sexuales corrientes, y a la que por
lo tanto le repugna ir a un club bisexual clásico.
Cerca
de la entrada, una mujer de unos cincuenta años, con la cara rubicunda,
maniatada y amordazada, daba vueltas en una jaula. Al mirar con más atención me
di cuenta de que tenía los tobillos atados a las barras de la jaula con unas
cadenas de metal; sólo llevaba un corsé de skai negro, sobre el que colgaban
sus pechos grandes y fláccidos. Se trataba, según la costumbre del lugar, de
una esclava a la que su dueño iba a subastar durante toda la noche. No parecía
divertirle mucho, noté que se volvía en todas direcciones para intentar
disimular la celulitis de las nalgas; pero no era posible, la jaula estaba
abierta por los cuatro costados. A lo mejor hacía eso para ganarse la vida, yo
sabía que uno podía alquilarse como esclavo, entre mil y dos mil francos la
noche. Parecía una empleada subalterna, del tipo telefonista de la Seguridad
Social, que iba allí para redondear su sueldo. Sólo quedaba una mesa libre,
junto a la entrada de la primera sala de tortura. Justo después de sentarnos,
pasó un ejecutivo completamente calvo, barrigón, con traje y chaleco, atado a
la trailla de una dominadora negra con las nalgas desnudas. Ella se detuvo a la
altura de nuestra mesa, y le ordenó que se desvistiera de cintura para arriba.
Él obedeció. Ella sacó de su bolso unas pinzas de metal; para ser un hombre, él
tenía el pecho bastante graso y abultado. Ella cerró las pinzas sobre sus
pezones, que estaban estirados y rojos. El hizo una mueca de dolor. Ella tiró
otra vez de la trailla: él volvió a ponerse a cuatro patas y, bien que mal, la
siguió; le temblaban los pliegues del vientre, macilentos bajo la luz tenue. Yo
pedí un whisky, Valérie un zumo de naranja. Ella miraba obstinadamente la mesa;
no observaba lo que ocurría alrededor ni participaba en la conversación. Por el
contrario, Marjorie y Géraldine, las dos chicas que conocía de la Delegación de
Artes Plásticas, parecían muy excitadas. «Esta noche está todo muy tranquilo,
muy tranquilo...», refunfuñaba Bredane, decepcionado. Nos explicó después que,
algunas noches, había clientes que se hacían clavar agujas en los cojones o el
glande; una vez había visto a un tipo al que su dominadora le había arrancado
una uña con unas tenazas. Valérie se estremeció de asco.
—Me
parece totalmente repugnante... —dijo, incapaz de contenerse por más tiempo.
—¿Por
qué repugnante.? —protestó Géraldine—. Desde el momento en que hay libre
consentimiento de los participantes, no veo dónde está el problema. Es un
contrato, eso es todo.
—No
creo que se pueda consentir libremente en la humillación y el sufrimiento. E
incluso si es así, no me parece una razón suficiente.
Valérie
estaba realmente nerviosa; yo estuve a punto de desviar la conversación hacia
el conflicto entre israelíes y palestinos, pero luego pensé que la opinión de
aquellas chicas me importaba una mierda; que, incluso si dejaban de llamarme
por teléfono, lo único que pasaría es que tendría que trabajar un poco menos.
—Sí,
esa gente me asquea un poco... —dije con desdén—.
Y
vosotras también... —añadí en voz más baja.
Géraldine
no me oyó, o fingió no haberme oído.
—Si
soy mayor de edad, doy mi consentimiento —continuó— y mi fantasía es sufrir,
explorar la dimensión masoquista de mi sexualidad, no veo en nombre de qué
podrían impedírmelo. Estamos en una democracia...
Ella
también se estaba poniendo nerviosa, estaba claro que no le faltaba mucho para
sacar a relucir los derechos humanos. Al oír la palabra «democracia», Bredane
le había echado una mirada llena de desprecio; luego se dirigió a Valérie.
—Tiene
razón... —dijo, sombrío—. Es absolutamente asqueroso. Cuando veo que alguien se
deja arrancar una uña con unas tenazas, luego permite que le caguen encima y
para terminar se come la mierda de su verdugo, me parece asqueroso. Pero lo que
me interesa, precisamente, es el lado asqueroso del ser humano.
Al
cabo de unos segundos, Valérie preguntó dolorosamente:
—¿Por
qué?...
—No
lo sé —contestó Bredane con sencillez—. No creo en el lado maldito porque no
creo en ninguna forma de maldición; ni de bendición, para ser exactos. Pero
tengo la impresión de que cuando nos acercamos al sufrimiento y a la crueldad,
a la dominación y la servidumbre, nos enfrentamos a lo esencial, a la
naturaleza íntima de la sexualidad.
¿No
cree?...
Ahora
se estaba dirigiendo a mí. No, de hecho, yo no lo creía. La crueldad es antigua
en el ser humano, la encontramos en los pueblos más primitivos: en las primeras
guerras entre clanes, los vencedores se tomaban el trabajo de conservar con
vida a algunos prisioneros para matarlos después de hacerles padecer terribles
torturas. Esta tendencia se repetía, constante en la historia, y en nuestros
días la encontrábamos intacta: en el momento en que una guerra, externa o
civil, tendía a borrar las obligaciones morales corrientes —no importaba la
raza, la población o la cultura—, aparecían seres humanos dispuestos a darse el
gusto de la barbarie y la masacre.
Era
un hecho demostrado, permanente, indiscutible, pero no tenía nada que ver con
la búsqueda del placer sexual, igualmente antigua e igualmente fuerte. En
resumen, que no estaba de acuerdo; pero tenía conciencia, como de costumbre, de
que se trataba de una discusión inútil.
—Vamos
a dar una vuelta... —dijo Bredane cuando terminó su cerveza. Yo le seguí, y los
demás conmigo, a la primera sala de tortura. Era una cueva abovedada, de
piedra. La música de ambiente se componía de acordes de órgano en la escala más
grave, sobre los que se superponían alaridos de condenados. Vi que los
amplificadores de graves eran enormes; por todas partes se veían manchas rojas,
máscaras e instrumentos de tortura: la instalación tenía que haber costado una
fortuna. En una alcoba había un tipo calvo y casi descarnado, con los cuatro
miembros atados: tenía los pies metidos en un dispositivo que le mantenía a
unos cincuenta centímetros del suelo, y los brazos sujetos por unas argollas
que colgaban del techo. Una dominadora con botas y guantes, vestida de látex
negro, daba vueltas a su alrededor, armada con un látigo de finas tiras de
cuero incrustadas de fragmentos de piedras preciosas. Al principio le azotó
durante un buen rato las nalgas, con golpes fuertes y decididos; el tipo estaba
de frente a nosotros, completamente desnudo, y gritaba de dolor. En torno a la
pareja se fue reuniendo un pequeño público.
—Ésta
tiene que estar en el nivel dos... —me susurró Bredane—. En el nivel uno se
paran en cuanto ven la primera gota de sangre.
La
polla y los huevos del tipo colgaban en el aire, muy largos y como dislocados.
La dominadora dio una vuelta a su alrededor, metió la mano en un saquito que
llevaba atado al cinturón y sacó varios anzuelos, que le clavó al tipo en el
escroto; la piel se perló ligeramente de sangre. Después, más suavemente,
empezó a azotarle los genitales. La cosa estaba en el límite: si una de las
tiras de cuero se enganchaba en los anzuelos, la piel de los testículos podía
desgarrarse. Valérie volvió la cabeza y se apretó contra mí.
—Vámonos...
—dijo con voz suplicante—. Vámonos; luego te lo explico.
Volvimos
al bar. Los demás estaban tan fascinados con el espectáculo que no nos
prestaron la menor atención.
—La
chica que le estaba azotando... —me dijo Valérie a media voz—. La he
reconocido. Sólo la he visto una vez, pero estoy segura de que es ella...
Audrey, la mujer de Jean–Yves.
Nos
fuimos enseguida. En el taxi, Valérie estaba postrada, inmóvil. En el ascensor
no dijo una palabra. Sólo cuando cerramos la puerta del apartamento se volvió
hacia mí:
—Michel...,
¿te parezco demasiado convencional?
—No.
A mí también me horroriza todo eso.
—Comprendo
la existencia de los verdugos: me repugna, pero sé que hay gente a la que le
gusta torturar a los demás; lo que no puedo entender es que existan las
víctimas. No consigo meterme en la cabeza que un ser humano pueda preferir el
sufrimiento al placer. No sé, habría que reeducarlos, amarlos, enseñarles el
placer.
Yo
me encogí de hombros, como para indicar que el tema superaba mi capacidad de
razonamiento, cosa que ahora me ocurría en casi todas las circunstancias de la
vida. Las cosas que hace la gente, lo que decide aguantar... No se podía sacar
nada de todo eso, ninguna conclusión general, ningún sentido. Me desnudé en
silencio. Valérie se sentó en la cama, a mi lado. La sentía todavía tensa,
preocupada por el tema.
—Lo
que me da miedo de todo eso —continuó— es que no haya ningún contacto físico.
Todo el mundo lleva guantes, utiliza herramientas. Las pieles nunca se tocan,
no hay ni un beso, un roce, una caricia. Para mí es exactamente lo contrario de
la sexualidad.
Ella
tenía razón, pero supongo que los adeptos al sadomaso veían en sus prácticas la
apoteosis de la sexualidad, su forma última. Cada cual estaba encerrado en su
cuerpo, plenamente entregado a sus sensaciones de ser único; era una manera de
ver las cosas. En cualquier caso, lo que quedaba claro es que esa clase de
sitios estaba cada vez más de moda.
Me
imaginaba muy bien a chicas como Marjorie y Géraldine frecuentándolos, por
ejemplo, mientras que no conseguía imaginarlas con la capacidad de abandono
necesaria para una penetración, por no hablar de cualquier otra relación
sexual.
—Es
más simple de lo que parece... —dije al final—. Está la sexualidad de la gente
que se ama, y la sexualidad de la gente que no se ama. Cuando ya no hay ninguna
posibilidad de identificación con el otro, la única modalidad que queda es el
sufrimiento... y la crueldad.
Valérie
se acurrucó contra mí.
—Vivimos
en un mundo extraño... —dijo.
En
cierto sentido seguía siendo ingenua; sus horarios de trabajo demenciales, que
apenas le dejaban tiempo suficiente para hacer las compras, descansar y volver
a irse, la protegían de la realidad humana. Añadió:
—No
me gusta el mundo en el que vivimos.
6
Las
tres conclusiones principales que se desprenden de nuestra encuesta son: el
deseo de seguridad, el deseo de afecto y el deseo estético.
BERNARD
GUILBAUD
El
30 de junio se conocieron los resultados de las reservas efectuadas en la red
de agencias de viajes. Eran excelentes. El producto «Eldorador Explorador» era
un éxito, daba de entrada mejores resultados que los «Eldorador Fórmula
Normal»; que, por su parte, seguían bajando. Valérie se decidió a coger una
semana de vacaciones; nos fuimos a casa de sus padres, a Saint–Quay–Portrieux.
Me sentía un poco viejo en el papel de novio que se presenta a la familia;
tenía trece años más que ella, y era la primera vez que me encontraba en esa
situación. El tren llegó a Saint–Brieuc, su padre nos esperaba en la estación.
Besó calurosamente a su hija, la abrazó mucho tiempo, se veía que la había
echado de menos.
—Estás
un poco más delgada... —le dijo.
Luego
se volvió hacia mí y me estrechó la mano sin mirarme demasiado. Creo que él
también se sentía intimidado: sabía que yo trabajaba en el Ministerio de
Cultura, mientras que él era un simple campesino. Su madre fue mucho más
locuaz, me hizo todo tipo de preguntas sobre mi vida, mi trabajo, mis
aficiones. No fue muy difícil, Valérie estaba a mi lado; de vez en cuando
contestaba por mí, nos mirábamos. No conseguía imaginar cómo me comportaría yo
en esa situación si llegara a tener hijos; con respecto al futuro, no conseguía
imaginar gran cosa.
La
cena fue una verdadera fiesta, con bogavante, cordero lechal, quesos, tarta de
fresas y café. Estuve tentado de considerar todo aquello una aceptación, aunque
claro, sabía que el menú estaba preparado de antemano. Valérie llevó el peso de
la conversación, hablando sobre todo de su nuevo trabajo, del que yo lo sabía
casi todo. Yo miraba distraídamente la tela de las cortinas, los adornos, las
fotos de familia enmarcadas. Estaba en familia, era conmovedor y un poco
angustioso.
Valérie
insistió en que durmiéramos en la habitación que tenía de adolescente.
—Sería
mejor el cuarto de invitados, en la otra vais a estar incómodos —protestó su
madre.
Y es
verdad que la cama era un poco estrecha, pero cuando aparté las bragas de
Valérie para acariciarle el coño me emocionó mucho pensar que ella dormía allí
a los trece o catorce años. Los años perdidos, me dije. Me arrodillé a los pies
de la cama, le quité del todo las bragas y le di la vuelta hacia mí. Ella cerró
la vagina en torno a la punta de mi sexo. Jugué a penetrarla y retroceder unos
pocos centímetros, con empujones rápidos, apretándole los pechos con las manos.
Ella se corrió con un grito ahogado, y luego se echó a reír a carcajadas.
—Mis
padres... —susurró—. Todavía no se han acostado.
La
penetré otra vez, más profundamente, para correrme yo. Ella me miraba con los
ojos brillantes, y me tapó la boca con la mano justo en el momento en que me
corrí dentro de ella con un gruñido ronco.
Más
tarde, miré con curiosidad los muebles de la habitación. Encima de la
Biblioteca Rosa, en una estantería, había varios cuadernitos cuidadosamente
encuadernados.
—Oh,
eso —dijo ella—. Los escribí entre los diez y los doce años. Puedes mirarlos.
Son historias del Club de los Cinco.
—¿Qué
quieres decir?
—Historias
inéditas del Club de los Cinco. Las escribía yo, con los mismos personajes.
Saqué
los cuadernillos. Los cinco en el espacio, Los cinco en Canadá. De pronto vi a
una niña imaginativa, más bien solitaria, a la que nunca conocería.
Durante
los días siguientes apenas hicimos algo más que ir a la playa. Hacía buen
tiempo, pero el agua estaba demasiado fría para bañarse mucho rato. Valérie se
quedaba tumbada al sol horas enteras; se recuperaba poco a poco; los tres
últimos meses habían sido los más duros de su vida profesional.
Una
noche, tres días después de nuestra llegada, le hablé de eso. Acabábamos de
pedir unos cócteles en el Oceanic Bar.
—Supongo
que ahora que habéis lanzado la fórmula, tendrás menos trabajo.
—Al
principio, sí —sonrió con cara de desengaño—. Pero tendremos que encontrar otra
cosa enseguida.
—¿Por
qué? ¿Por qué no podéis parar?
—Porque
es la regla del juego. Si Jean–Yves estuviera aquí, te diría que es el
principio del capitalismo: si no avanzas, estás muerto. A menos que hayas
conseguido una ventaja decisiva sobre la competencia, en cuyo caso puedes
descansar unos años; pero nosotros no hemos llegado ahí. El principio de los
«Eldorador Explorador» es bueno, es una idea ingeniosa, astuta si quieres, pero
no es realmente innovadora, sólo es la mezcla bien dosificada de dos conceptos
ya existentes. Los competidores se darán cuenta de que funciona, y
desembarcarán muy pronto en el mismo mercado. Eso no es muy complicado; lo
difícil era ponerlo en marcha en tan poco tiempo. Pero estoy segura de que
Nouvelles Frontiéres, por ejemplo, es capaz de hacer una oferta competitiva el
próximo verano. Si queremos conservar nuestra ventaja, vamos a tener que
innovar otra vez.
—¿Y
eso no acabará nunca?
—No
creo, Michel. Me pagan bien, estoy dentro de un sistema que conozco; he
aceptado las reglas del juego.
Yo
debía de tener un aire sombrío; ella me pasó una mano en torno al cuello.
—Vamos
a comer... —dijo—. Mis padres nos estarán esperando.
Volvimos
a París el domingo por la noche. El lunes por la mañana, Valérie y Jean–Yves
tenían una reunión con Eric Leguen. El quería comunicarles la satisfacción del
grupo con los primeros resultados de su campaña de recuperación. Por
unanimidad, la directiva había decidido darles una prima en acciones; cosa
excepcional para ejecutivos con menos de un año de antigüedad en la casa.
Esa
noche cenamos los tres juntos en un restaurante marroquí de la rué des Ecoles.
Jean–Yves iba mal afeitado, daba cabezadas y parecía un poco abotargado.
«Creo
que ha empezado a beber», me había dicho Valérie en el taxi. «Ha pasado unas
vacaciones espantosas con su mujer y sus hijos en la isla de Re. Eran quince
días, pero volvió al cabo de una semana. Me ha dicho que ya no podía soportar a
los amigos de su mujer.»
La
verdad es que no parecía estar bien: no tocaba la comida y se servía vino sin
parar.
—¡Ya
está! —exclamó con tono sardónico—. ¡Ya está, ya vemos de cerca la pasta gansa!
—Sacudió la cabeza y vació el vaso de vino—. Perdonadme... —dijo con voz
lastimosa—. Perdonadme, no debería hablar así.
Colocó
las manos sobre la mesa; le temblaban ligeramente. Esperó. El temblor se calmó
poco a poco. Luego miró a Valérie a los ojos.
—¿Te
has enterado de lo que le ha pasado a Marylise?
—¿Marylise
Le François? No, no la he visto. ¿Está enferma?
—No,
enferma no. Ha estado tres días en el hospital con tranquilizantes, pero no
está enferma. El miércoles pasado, cuando volvía a París desde el trabajo, la
agredieron y la violaron en el tren.
Marylise
regresó a la oficina el lunes siguiente. Estaba claro que había sufrido una
conmoción nerviosa; sus gestos eran lentos, casi mecánicos. Contaba su historia
con soltura, con demasiada soltura, no parecía natural: el tono era neutro, la
cara inexpresiva y rígida, como si estuviera repitiendo maquinalmente su
declaración. Al salir del trabajo, a las diez y cuarto de la noche, había
decidido coger el tren de las diez y veintiuno, pensando que sería más rápido
que esperar un taxi. El vagón estaba casi vacío. Cuatro tipos se acercaron y
empezaron a insultarla. Según ella, parecían antillanos. Intentó discutir,
bromear con ellos; a cambio recibió un par de bofetadas que casi la matan.
Después se abalanzaron sobre ella, y entre dos la sujetaron contra el suelo. La
penetraron violentamente, sin miramientos, por todas partes. Cada vez que
intentaba emitir el menor sonido, le daban un puñetazo u otro par de bofetadas.
Duró mucho tiempo, el tren paró varias veces; los demás viajeros bajaban y
cambiaban prudentemente de vagón. Mientras se turnaban para violarla, los tipos
seguían bromeando e insultándola, llamándola guarra y chupapollas. Al final le
escupieron y le mearon encima, reunidos en círculo a su alrededor; después la
empujaron a patadas debajo de una banqueta y se bajaron tranquilamente en la
estación de Lyon.
Los
primeros viajeros subieron dos minutos después y avisaron a la policía, que
llegó casi enseguida. El comisario no estaba muy sorprendido; según él, había
tenido una suerte relativa. A menudo, después de haber utilizado a la chica,
los tipos la mataban metiéndole una barra con clavos en la vagina o en el ano.
Aquella línea se consideraba peligrosa.
Una
nota interna recordó a los empleados las medidas de prudencia habituales,
insistiendo en el hecho de que si salían tarde del trabajo tenían taxis a su
disposición, y que todos los gastos corrían por cuenta de la empresa. Se
reforzó la patrulla de vigilantes de los locales y el aparcamiento del
personal.
Aquella
noche, Jean–Yves acompañó a Valérie, que tenía el coche en el taller. Antes de
salir del despacho echó una ojeada al caótico paisaje de casas unifamiliares,
centros comerciales, escalextrics y torres. A lo lejos, en el horizonte, la
capa de polución teñía el atardecer de extraños tonos malvas y verdes.
—Es
curioso... —dijo—. Estamos aquí, dentro de la empresa, como bestias de carga
bien alimentadas. Y fuera están los depredadores, la vida salvaje. He estado
una vez en Sao Paulo; allí la evolución ha tocado techo. Ya no es ni siquiera
una ciudad, sino una especie de territorio urbano que se extiende hasta donde
llega la vista, con favelas, gigantescos edificios de oficinas, residencias de
lujo rodeadas de guardias armados hasta los dientes. Hay más de veinte millones
de habitantes, muchos de los cuales nacen, viven y mueren sin haber salido ni
una sola vez de los límites del territorio. Allí las calles son muy peligrosas,
incluso yendo en coche te pueden rodear en un semáforo, o te puede perseguir
una banda motorizada: los mejor equipados llevan metralletas y lanzamisiles.
Los ricos y los hombres de negocios se desplazan casi exclusivamente en
helicóptero; hay pistas de aterrizaje por todas partes, en lo alto de los
edificios bancarios o residenciales. A nivel del suelo, la calle pertenece a
los pobres y a los delincuentes. Al coger la autopista del sur, añadió en voz
baja—:
En
este momento tengo dudas, cada vez más dudas sobre el interés del mundo que
estamos construyendo.
Unos
días después, cuando aparcó delante del edificio de la avenue de Choisy,
Jean–Yves encendió un cigarrillo, se quedó callado unos segundos y después le
dijo a Valérie:
—Estoy
muy preocupado por Marylise... Los médicos dijeron que podía volver a trabajar,
y en un sentido se la ve normal, no tiene crisis. Pero ya no toma ninguna
iniciativa, está como paralizada. Cada vez que hay que tomar una decisión viene
a consultarme; y si yo no estoy, es capaz de esperar horas y horas sin mover un
dedo. En una responsable de comunicación, eso no es posible; no podemos seguir
así.
—No
irás a despedirla...
Jean–Yves
aplastó la colilla y miró fijamente la avenida, apretando el volante entre las
manos. Cada vez parecía más tenso, más perdido; Valérie se dio cuenta de que
empezaba a llevar manchas en el traje.
—No
sé —susurró él finalmente, con esfuerzo—. Nunca he tenido que hacer una cosa
así. Echarla, no, sería asqueroso, pero va a haber que buscarle otro puesto
donde no tenga que tomar tantas decisiones ni tenga que estar en contacto con
tanta gente.
Además,
después de lo que le ha pasado empieza a tener reacciones racistas. Es normal,
se puede entender, pero en el turismo eso no se puede permitir. En la
publicidad, en los catálogos, en todo lo que atañe a la comunicación, hay que
presentar siempre a los autóctonos como gente cálida, acogedora y abierta. No
hay otro modo: es una verdadera obligación profesional.
Al
día siguiente, Jean–Yves habló con Leguen, que tuvo menos escrúpulos, y una
semana más tarde destinaron a Marylise al departamento de administración,
sustituyendo a una empleada que acababa de jubilarse. Había que encontrar otro
responsable de comunicación para el proyecto Eldorador. Jean–Yves y Valérie,
juntos, entrevistaron a los candidatos. Después de hablar con unos diez,
comieron en el restaurante de la empresa para comentar el tema.
—Creo
que deberíamos contratar a Noureddine —dijo Valérie—. Realmente tiene un
talento increíble, y ya ha trabajado en muchos proyectos diferentes.
—Sí,
es el mejor; pero tengo la impresión de que es casi demasiado bueno para el
puesto. No lo veo muy bien en la comunicación de una empresa de viajes; le iría
mejor en un puesto más prestigioso, más arty. Aquí se va a aburrir, terminará
marchándose. Nuestro mercado está en el centro del espectro. Y además es hijo
de emigrantes árabes, y eso puede traer problemas. Para atraer a la gente hay
que usar muchos tópicos sobre los países árabes: la hospitalidad, el té con
menta, las fantasías, los beduinos..., he visto que a éstos les cuesta tragar
con ese tipo de cosas; de hecho, no soportan a países árabes en general.
—Discriminación
racial en la selección de candidatos...
—dijo
Valérie, socarrona.
—¡Qué
tontería! —Jean–Yves se acaloró un poco; decididamente, desde que había vuelto
de vacaciones estaba demasiado tenso, empezaba a perder el sentido del humor—.
¡Todo el mundo hace eso! —siguió, hablando tan alto que la gente de la mesa de
al lado se volvió para mirarle—. El origen de la gente forma parte de su
personalidad, está claro que hay que tenerlo en cuenta. Por ejemplo,
contrataría sin dudarlo a un inmigrante tunecino o marroquí, aunque llevara en
Francia mucho menos tiempo que Noureddine, para las negociaciones con los
proveedores locales. La doble pertenencia es una ventaja, siempre se puede
pillar en falso al interlocutor. Además, llegan con la imagen de alguien que ha
tenido éxito en Francia, todo el mundo los respeta de entrada, los proveedores
tienen la impresión de que no hay quien les meta un gol.
Los
mejores negociadores con los que he trabajado siempre tenían doble origen. Pero
para este puesto creo que deberíamos contratar a Brigit.
—¿La
danesa?
—Sí.
Ella también es una grafista muy buena. Es muy antirracista, de hecho creo que
vive con un jamaicano; un poco tonta, muy entusiasta a priori por todo lo
exótico. De momento no quiere tener hijos. En resumen, creo que da el perfil.
Tal
vez hubiera una razón más, pensó Valérie unos días después, al ver a Brigit
poniéndole a Jean–Yves la mano en el hombro.
—Sí,
es verdad... —le confirmó él mientras tomaban un café al lado de la máquina—.
Ahora me dedico al acoso sexual..., bueno, ha pasado dos o tres veces, no irá
más lejos, de todos modos ella vive con un tipo.
Valérie
le echó una mirada rápida. Tendría que cortarse el pelo, se estaba descuidando
de verdad.
—No
te lo estoy reprochando... —dijo.
Su
nivel intelectual no había bajado, seguía haciéndose una idea muy clara de las
situaciones y de la gente, demostraba una intuición muy fina para los montajes
financieros; pero empezaba a parecer un hombre desgraciado, a la deriva.
Empezaron
a analizar los cuestionarios de aprobación; el índice de respuesta había sido
alto, gracias a un sorteo en el que los cincuenta primeros podían ganar una
semana de vacaciones. A primera vista, no parecía fácil discernir las causas de
la disminución de la clientela de «Eldorador Fórmula Normal.» Los clientes
estaban satisfechos con el alojamiento y el lugar elegido, con las comidas, las
actividades y los deportes propuestos; sin embargo, cada vez se apuntaba menos
gente.
Valérie
dio por casualidad con un artículo en Tourisme Hebdo que analizaba los nuevos
valores de los consumidores.
El
autor apelaba al modelo de Holbrook y Hirschman, que se basa en la emoción que
el consumidor puede sentir ante un producto o un servicio; pero sus
conclusiones no tenían nada de especialmente novedoso. El artículo decía que
los nuevos consumidores eran menos predecibles, más eclécticos, más lúdicos,
más comprometidos con las causas humanitarias. Ya no consumían para «parecer»,
sino para «ser»: eran más serenos. Comían de forma equilibrada, prestaban
atención a su salud; temían un poco a los demás y al futuro. Exigían el derecho
a la infidelidad por curiosidad, por eclecticismo; daban más importancia a lo
sólido, lo perdurable, lo auténtico. Manifestaban exigencias éticas: eran más
solidarios, etc. Valérie había leído cien veces cosas como ésa, los sociólogos
y los psicólogos del comportamiento repetían lo mismo de un artículo a otro, de
un órgano de prensa a otro. Además, ellos habían tenido todo aquello en cuenta.
Las residencias Eldorador estaban construidas con materiales tradicionales,
siguiendo los principios arquitectónicos del país. Los menús de los
autoservicios eran equilibrados, daban mucha importancia a las verduras, las
frutas y la dieta mediterránea. Entre las actividades propuestas había yoga,
sofrología, tai–chi–chuan. Aurore había firmado el acuerdo de turismo ético, y
hacía donaciones regularmente al WWF. Pero nada de esto parecía bastar para
frenar el declive.
—Creo
que la gente miente, así de sencillo —dijo Jean– Yves después de leer por
segunda vez el informe final sobre los cuestionarios de satisfacción—. Dicen
que están satisfechos, marcan todas las casillas de «bien», pero en realidad
han pasado unas vacaciones de mierda y se sienten demasiado culpables para
confesarlo. Voy a terminar vendiendo todos los clubs que no se puedan adaptar a
la fórmula «Explorador» y poniendo el paquete en vacaciones activas añadiendo
vehículos todoterreno, paseos en globo, barbacoas en el desierto, cruceros en
catamarán, zambullida, rafting, todo...
—No
estamos solos en el mercado.
—No...
—convino él, desanimado.
—Tendríamos
que pasar una semana en un club, de incógnito, sin ningún objetivo concreto.
Sólo para ver el ambiente.
—Sí...
—Jean–Yves se incorporó en el sillón y cogió un montón de cuestionarios—.
Habría que mirar los que tienen peores resultados. —Pasó rápidamente las
páginas—. Djerba y Monastir son una catástrofe; pero de todas formas creo que
vamos a dejar de hacer Túnez. Ya está demasiado edificado, la competencia está
dispuesta a bajar los precios a niveles increíbles; teniendo en cuenta nuestro
posicionamiento, nunca podremos seguirla.
—¿Tienes
ofertas de compra?
—Pues
sí, curiosamente; Neckermann está interesado.
Quieren
entrar en los antiguos países del Este: Eslovaquia, la República Checa,
Hungría, Polonia..., lo más bajo del espectro; pero la Costa Brava está
completamente saturada. También les interesa nuestro club de Agadir, y ofrecen
un precio razonable. Estoy bastante tentado de cedérselo; a pesar del sur
marroquí, Agadir no termina de arrancar, creo que la gente sigue prefieriendo
Marrakech.
—Pero
Marrakech no vale nada.
—Lo
sé... Lo raro es que Sharm–el–Sheikh no funcione bien. Y eso que tiene
atractivos: los arrecifes de coral más bellos del mundo, paseos por el desierto
del Sinaí...
—Sí,
pero está en Egipto.
—¿Y
qué?
—Yo
creo que nadie ha olvidado el atentado de Luxor en 1997. Hubo cincuenta y ocho
muertos. La única posibilidad de vender Sharm–el–Sheikh es quitar la mención
«Egipto».
—¿Y
qué vas a poner entonces?
—No
sé... «Mar Rojo», por ejemplo.
—Vale,
«Mar Rojo», si a ti te parece. —Tomó nota y siguió estudiando las hojas—.
África va bien... Es curioso, Cuba tiene mala puntuación. Sin embargo la música
cubana y el ambiente latino están de moda. Santo Domingo, por ejemplo, sigue
llenándose. —Consultó la descripción del club cubano—.
El
hotel de Guardalavaca es nuevo, los precios están al nivel del mercado. No es
ni demasiado deportivo, ni demasiado familiar. «Viva la magia de las noches
cubanas al ritmo desenfrenado de la salsa...» Los resultados han bajado un
quince por ciento. Creo que podríamos ir allí, o a Egipto.
—Donde
tú quieras, Jean–Yves... —dijo ella con cansancio—. En cualquier caso, te
vendrán bien unos días sin tu mujer.
El
mes de agosto acababa de instalarse en París; los días eran calurosos, incluso
asfixiantes, pero el buen tiempo no duraba mucho: al cabo de uno o dos días
había una tormenta y la atmósfera se refrescaba de repente. Después volvía el
sol, y la columna del termómetro y los índices de polución volvían a subir. La
verdad es que todo aquello no me interesaba mucho. Desde mi encuentro con
Valérie había renunciado a los peep–shows, y hacía muchos años que había
renunciado también a la aventura urbana. Para mí, París nunca había sido una
fiesta, y no veía el menor motivo para que llegara a serlo. Sin embargo, diez o
quince años antes, cuando empecé a trabajar en el Ministerio de Cultura, iba a
clubs o bares imprescindibles; recordaba una angustia leve pero constante. No
tenía nada que decir, me sentía absolutamente incapaz de iniciar una
conversación con quien fuera, y tampoco sabía bailar. En tales circunstancias,
empecé a volverme alcohólico. El alcohol no me había decepcionado nunca;
siempre había sido un fiel apoyo. A veces —aunque no más de cuatro o cinco en
toda mi vida—, después de una decena de gin tónics, reunía la energía necesaria
para convencer a una mujer de que compartiera mi cama. Por lo demás, el
resultado solía ser decepcionante, no se me ponía dura y me dormía al cabo de
unos minutos. Después descubrí la existencia del Viagra; el alcohol
contrarrestaba mucho su eficacia, pero forzando las dosis conseguía alguna
cosa. De todas formas, el juego no valía la pena. De hecho, antes de Valérie no
había encontrado a ninguna chica que llegara a los talones de las prostitutas
tailandesas; o quizás había sentido algo cuando era muy joven, con chicas de
dieciséis o diecisiete años. Pero en los medios culturales que frecuentaba, era
catastrófico. A las chicas no les interesaba para nada el sexo, sólo la
seducción; y además una seducción basura, elitista, desplazada, que no tenía un
gramo de erótica. En la cama eran del todo incapaces de cualquier cosa. O había
que tirar de las fantasías, un montón de guiones fastidiosos y kitsch cuya sola
evocación conseguía revolverme el estómago. Les gustaba hablar de sexo, eso sí;
de hecho era su único tema de conversación; pero no tenían la menor inocencia
sensual. Los hombres, por su parte, no valían mucho más: hablar de sexo en
cualquier momento sin hacer nunca nada es de lo más francés; pero a mí empezaba
a pesarme demasiado.
En
la vida puede ocurrir todo, y casi siempre nada. Pero esta vez, en mi vida,
había ocurrido algo: había encontrado una amante, y me hacía feliz. Nuestro mes
de agosto fue muy dulce; Espitalier, Leguen y casi todos los directivos de
Aurore se habían ido de vacaciones. Valérie y Jean–Yves se habían puesto de
acuerdo para posponer las decisiones importantes, las tomarían después de su
viaje a Cuba, a principios de septiembre; era un descanso, un período de calma,
—Por fin se ha decidido a ir de putas —me contó Valérie—. Tendría que haberlo
hecho hace mucho. Ahora bebe menos, está más tranquilo.
—Pues
por lo que yo recuerdo, las putas no son para tanto.
—Sí,
pero lo suyo es diferente, son chicas que trabajan por Internet. Bastante
jóvenes, muchas veces estudiantes.
Tienen
pocos clientes, los eligen, no lo hacen solamente por dinero. Bueno, él me ha
dicho que no está mal. Si quieres, podemos probar un día. Una chica bisexual
para los dos, sé que a los hombres les encanta eso, y a mí también me gustan
bastante las chicas.
No
lo hicimos ese verano; pero simplemente el hecho de que me lo propusiera era
terriblemente excitante. Yo tenía suerte. Ella sabía las cosas que mantienen el
deseo de un hombre; bueno, no completamente, eso no es posible, pero digamos
que lo mantienen a un nivel suficiente para hacer el amor de vez en cuando
esperando que todo se termine. Lo cierto es que saber esas cosas no es nada, es
tan fácil, tan ridículo y tan fácil..., pero a ella le gustaba hacerlas,
disfrutaba con ellas, le encantaba ver el deseo en mis ojos. A menudo, cuando
estábamos en un restaurante, volvía del aseo y ponía encima de la mesa las
bragas que se acababa de quitar. Y entonces me deslizaba una mano entre las
piernas para aprovechar mi erección. A veces me abría la bragueta y me masturbaba
de inmediato, al abrigo del mantel. Por la mañana, cuando me despertaba con una
felación y me tendía una taza de café antes de metérsela otra vez en la boca,
yo sentía vértigos de agradecimiento y dulzura. Ella sabía parar justo antes de
que me corriera, podría haberme mantenido al límite durante horas. Yo vivía
dentro de un juego, un juego tierno y excitante, el único juego que les queda a
los adultos; un universo de deseos leves y de momentos de placer ilimitado.
7
A
finales de agosto, el agente inmobiliario de Cherburgo me llamó por teléfono
para decirme que había encontrado un comprador para la casa de mi padre, que
quería bajar un poco el precio, pero que estaba dispuesto a pagar en mano.
Acepté
de inmediato. Así que al cabo de poco tendría un poco más de un millón de
francos. Estaba trabajando en el informe de una exposición itinerante en la que
había que soltar ranas sobre unos juegos de cartas, dispuestos en el suelo de
mosaico de un recinto cerrado; sobre algunas de las losas estaban grabados los
nombres de grandes hombres de la historia como Durero, Einstein o Miguel Ángel.
El presupuesto principal era para comprar mazos de cartas, porque había que
cambiarlos bastante a menudo; y de vez en cuando también había que cambiar las
ranas. El artista quería juegos de tarot, al menos para la exposición inaugural
en París; en provincias estaba dispuesto a conformarse con juegos de cartas
corrientes. Decidí irme una semana a Cuba con Jean–Yves y Valérie a principios
de septiembre. Quería pagar el viaje, pero Valérie me dijo que lo arreglaría
con la empresa.
—No
os estorbaré en vuestro trabajo... —prometí.
—La
verdad es que no vamos a trabajar, nos comportaremos como turistas corrientes.
No vamos a hacer casi nada, pero eso es lo importante: queremos ver qué es lo
que no funciona, por qué no hay ambiente en el club, por qué la gente no vuelve
encantada de sus vacaciones. No vas a estorbarnos; al contrario, puedes sernos
muy útil.
Cogimos
el avión a Santiago de Cuba el viernes 5 de septiembre, a media tarde.
Jean–Yves no había sido capaz de dejar en París su ordenador portátil, pero de
todos modos, con su polo azul claro, parecía descansado y dispuesto a tomarse
unas vacaciones. Poco después del despegue, Valérie me puso una mano en el
muslo; se relajó, con los ojos cerrados. «No estoy preocupada, algo se nos
ocurrirá...», me había dicho al salir de casa.
El
transporte desde el aeropuerto duró dos horas y media.
—Primer
punto negativo... —anotó Valérie—. Tenemos que ver si hay un vuelo directo a
Holguín.
En
el autocar, delante de nosotros, dos señoras de unos sesenta años, con
permanentes gris azulado, parloteaban sin parar señalándose mutuamente los
detalles interesantes del entorno: hombres que cortaban caña de azúcar, un
buitre que planeaba sobre las praderas, dos bueyes que regresaban al establo...
Parecían secas y resistentes, decididas a interesarse por todo; me daba la
impresión de que no iban a ser clientes fáciles. Y en efecto, en el momento de
la asignación de habitaciones, la parlanchina A insistió con encono en que le
dieran una habitación contigua a la parlanchina B. Esta clase de reivindicación
no estaba prevista, la empleada de recepción no entendía nada, hubo que llamar
al encargado.
Éste
tenía unos treinta años, cabeza de carnero y expresión terca; unas arrugas de
preocupación le surcaban la frente estrecha. De hecho, se parecía muchísimo a
Nagui.
—Tranquila,
de acuerdo... —dijo cuando le expusieron el problema—. Tranquila, de acuerdo,
señora mía. Esta nocbe no es posible, pero mañana se van algunos clientes y le
cambiaremos la habitación.
Un
mozo nos llevó a nuestro bungalow con vistas al mar, encendió el aire
acondicionado y se retiró con un dólar de propina.
—Bueno,
aquí estamos —dijo Valérie, sentándose en la cama—. La comida se sirve en un
buffet. Todo incluido, con aperitivos y cócteles. La discoteca abre a las once
de la noche. Hay un suplemento por masajes y otro por la iluminación nocturna
de las pistas de tenis.
El
objetivo de las empresas de turismo es hacer feliz a la gente, previo pago de
cierta tarifa durante cierto período de tiempo. Una tarea que puede resultar
fácil o sencillamente imposible, según el temperamento de la gente, las
prestaciones propuestas y otros factores. Valérie se quitó el pantalón y la
blusa. Yo me tumbé en la cama gemela. Los órganos sexuales son una fuente de
placer permanente y disponible. El dios que nos hace desgraciados, que nos ha
creado transitorios, vanos y crueles, también ha previsto esta débil forma de
compensación. Si no hubiera un poco de sexo de vez en cuando, ¿en qué
consistiría la vida? Una lucha inútil contra las articulaciones que se
anquilosan o la formación de caries. Y todo, además, completamente falto de
interés: el endurecimiento de las fibras de colágeno, el crecimiento de las
cavidades microbianas en las encías. Valérie separó las piernas encima de mi
boca. Llevaba un tanga muy fino, de encaje malva. Aparté la tela y me humedecí
los dedos para acariciarle los labios.
Ella
me abrió el pantalón y me cogió el sexo en la palma de la mano. Empezó a
acariciarme los testículos con suavidad, sin prisas. Yo doblé una almohada para
tener la boca a la altura de su coño. En ese momento vi a una empleada que
barría la arena de la terraza. Las cortinas estaban descorridas, y el ventanal
abierto de par en par. Cuando nuestras miradas se cruzaron, la chica resopló de
risa. Valérie se enderezó e hizo un gesto para que se acercara. Ella se quedó
donde estaba, dudosa, apoyada en la escoba. Valérie se levantó, dio unos pasos
hacia ella y le tendió las manos. En cuanto entró, la chica empezó a
desabrocharse la bata: no llevaba nada debajo, salvo unas bragas de algodón
blanco; tendría unos veinte años, tenía la piel muy morena, casi negra, los
pechos pequeños y firmes, las nalgas muy respingonas. Valérie cerró las
cortinas, y yo también me levanté. La chica se llamaba Margarita. Valérie le
cogió la mano y la puso en mi sexo. Ella estalló en carcajadas otra vez, pero
empezó a masturbarme. Valérie se quitó rápidamente el sujetador y las bragas,
se tumbó en la cama y empezó a acariciarse. Margarita tuvo un último instante
de vacilación, pero luego se quitó las bragas a su vez y se arrodilló entre los
muslos de Valérie. Primero le miró el coño, acariciándola con la mano; luego
acercó la boca y empezó a lamerla. Valérie puso una mano en la cabeza de
Margarita para guiarla, sin dejar de masturbarme con la otra mano. Sentí que
iba a correrme, y me alejé para buscar un preservativo en el neceser. Estaba
tan excitado que me costó trabajo encontrarlo y luego ponérmelo, se me nublaba
la vista. El culo de la negrita ondulaba mientras ella iba y venía sobre el
pubis de Valérie. La penetré de una sola vez, tenía el coño abierto como un
fruto. Ella gimió débilmente y tendió las nalgas hacia mí. Empecé a moverme
dentro de ella, un poco al tuntún, la cabeza me daba vueltas, todo mi cuerpo se
estremecía de placer. Caía la noche, y ya no se veía gran cosa en la
habitación.
Oí
los jadeos de Valérie subir de tono, como si vinieran de muy lejos, de otro
mundo. Apreté el culo de Margarita con las manos, la penetré cada vez con más
fuerza, ya no intentaba contenerme. Cuando Valérie gritó, yo me corrí.
Durante
uno o dos segundos tuve la impresión de que me vaciaba de mi peso, que flotaba
en el aire. Luego volvió la sensación de gravedad y me sentí agotado de
repente. Me dejé caer en la cama, entre los brazos de ambas.
Más
tarde, distinguí confusamente a Margarita, que se estaba vistiendo, y a
Valérie, que hurgaba en su bolso para darle algo. Se besaron en el umbral del
ventanal; fuera ya era de noche.
—Le
he dado cuarenta dólares... —dijo Valérie, acostándose a mi lado—. Es el precio
que pagan los occidentales. Para ella, es un mes de salario.
Encendió
la lámpara de la mesilla. Sobre las cortinas pasaban algunas siluetas,
recortándose como sombras chinescas; se oían murmullos de conversación. Yo puse
una mano en el hombro de Valérie.
—Ha
estado bien... —le dije, maravillado e incrédulo—.
Ha
estado muy bien.
—Sí,
la chica era sensual. A mí también me ha lamido bien.
—Qué
raros son los precios del sexo... —continué, vacilante—. Tengo la impresión de
que no dependen tanto del nivel de vida del país. Claro, en cada país te dan
algo completamente diferente; pero el precio básico es más o menos igual: el
que los occidentales están dispuestos a pagar.
—¿Crees
que eso es lo que llaman economía de la oferta.?
—No
tengo ni idea... —Sacudí la cabeza—. Nunca he entendido nada de economía; es
como si tuviera un bloqueo.
Tenía
mucha hambre, pero el restaurante no abría hasta las ocho; me bebí tres pinas
coladas mientras observaba a los animadores del aperitivo. El efecto del
orgasmo tardaba mucho en disiparse, estaba un poco ido, de lejos me daba la
impresión de que todos los animadores se parecían a Nagui.
Pero
no, los había más jóvenes, aunque todos tenían algo raro: el cráneo rapado,
perilla o patillas. Daban unos alaridos pasmosos, y de vez en cuando obligaban
a alguien del público a subir al escenario. Afortunadamente, yo estaba
demasiado lejos como para sentirme seriamente amenazado.
El
encargado del bar era bastante penoso, se comportaba como un completo inútil:
cada vez que yo quería algo, me indicaba con un gesto a los camareros; parecía
una especie de ex torero, con sus cicatrices y un poquito de barriga redonda,
controlada. El bañador amarillo le moldeaba el sexo con mucha precisión; estaba
bien dotado, y quería dejarlo claro.
Cuando
volví a la mesa después de conseguir, con muchísima dificultad, el cuarto
cóctel, lo vi acercarse a una mesa vecina, ocupada por un grupo compacto de
cincuentonas de Quebec. Ya me había fijado en ellas al entrar, eran rechonchas
y resistentes, todo dientes y grasa, y hablaban increíblemente alto; no costaba
nada entender que hubieran enterrado rápidamente a sus maridos. Pensé que no
sería buena idea colarse delante de ellas en el autoservicio, o coger un tazón
de cereales al que ellas le hubieran echado el ojo. Cuando el ex donjuán se
acercó a su mesa le lanzaron miradas enamoradas, casi volvieron a ser mujeres.
El se pavoneaba delante de ellas, acentuando todavía más su obscenidad con una
serie de palpaciones inguinales a través del bañador, con las que parecía
asegurarse de la consistencia de su menú de tres platos. Las cincuentonas de
Quebec parecían encantadas con tan evocadora compañía; sus cuerpos viejos y
gastados todavía necesitaban un poco de sol. Él interpretaba bien su papel, les
hablaba al oído, las llamaba, a la manera cubana, «mi corazón» o «mi amor». No
iba a pasar nada más, eso desde luego, él sólo quería provocar un último
estremecimiento en los viejos coños, pero tal vez bastaría para que ellas
pasaran unas magníficas vacaciones y recomendasen el club a sus amigas, y
todavía les quedaba vida para otros veinte años, por lo menos. Esbocé las
líneas directrices de una película pornosocial titulada Los mayores se
desmelenan. Había dos bandas que operaban en los clubs de vacaciones, una formada
por señores mayores de Italia y la otra por señoras mayores de Quebec. Cada
cual por su lado, armados de nunchakus y de punzones para picar hielo, sometían
a los peores ultrajes a unos adolescentes desnudos y morenos. Naturalmente,
terminaban encontrándose en un velero del Club Med; entre ambas bandas reducían
a los miembros de la tripulación, y las señoras mayores, sedientas de sangre,
los violaban y los arrojaban por la borda. La película acababa con una
gigantesca orgía de señoras y señores mayores, mientras el barco, rotas las
amarras, navegaba directamente hacia el Polo Sur.
Valérie
apareció por fin: se había maquillado, llevaba un vestido blanco, corto y
transparente; yo la deseaba todavía.
Nos
reunimos con Jean–Yves junto al buffet. Parecía relajado, casi lánguido, y nos
contó tranquilamente sus primeras impresiones. La habitación no estaba mal,
pero la animación era un poco pesada; estaba justo al lado de los altavoces, y
era casi inaguantable. La comida no estaba muy bien, añadió mirando con
amargura su trozo de pollo hervido. Sin embargo todo el mundo repetía con
ganas; los mayores, en particular, eran de una voracidad asombrosa, parecía que
se hubieran pasado la tarde practicando deportes náuticos y voley playa.
—Comen
y comen.... —comentó Jean–Yves con resignación—. ¿Qué otra cosa van a hacer?
Después
de cenar hubo un espectáculo que volvía a requerir la participación del
público. Una mujer de unos cincuenta años se lanzó a interpretar al karaoke la
canción Bang bang, de Sheila. Fue bastante valiente por su parte; hubo algunos
aplausos. En conjunto, eran los animadores los que aseguraban el espectáculo.
Jean–Yves parecía a punto de dormirse; Valérie bebía el cóctel a sorbitos,
tranquilamente. Miré la mesa de al lado: la gente parecía aburrirse un poco,
pero aplaudían educadamente al final de cada actuación. Entender por qué la
gente no se apuntaba a las estancias en clubs no me parecía muy difícil; de
hecho, saltaba a la vista. La clientela se componía, en gran parte, de personas
de la tercera edad o de adultos de mediana edad, y el equipo de animadores se
las arreglaba para ponerles delante de las narices un placer que ya no podían
sentir, al menos de esa forma. Incluso Valérie y Jean–Yves, incluso yo, en
cierto sentido, teníamos responsabilidades profesionales en la vida real;
éramos empleados serios, respetables, más o menos abrumados por las
preocupaciones, sin contar los impuestos, los problemas de salud y otras cosas.
La
mayoría de la gente que nos rodeaba estaba en el mismo caso: había directivos,
profesores, médicos, ingenieros, contables; o jubilados que habían ejercido
esas mismas profesiones.
No
comprendía por qué los animadores esperaban que nos lanzáramos con entusiasmo a
veladas de contacto o concursos de canción. No veía cómo podríamos haber
conservado, a nuestra edad y en nuestra situación, el sentido de la fiesta.
Aquellas animaciones estaban pensadas para menores de catorce años, como mucho.
Intenté
contarle todo aquello a Valérie, pero el animador empezó a hablar otra vez con
la boca pegada al micro, armando un escándalo insoportable. Había empezado a
hacer una inspirada imitación de Lagaf, o quizás de Laurent Baffie; en
cualquier caso, iba de un lado a otro con aletas en los pies, seguido por una
chica disfrazada de pingüino que se reía de todo lo que él decía. El
espectáculo terminó con un baile; algunas personas de las primeras mesas se
levantaron y se agitaron torpemente. Junto a mí, Jean–Yves ahogó un bostezo.
—¿Damos
una vuelta por la discoteca? —propuso.
Había
cerca de cincuenta personas, pero los animadores eran casi los únicos que
bailaban. El DJ alternaba el tecno y la salsa. Al final, algunas parejas de
mediana edad lo intentaron con la salsa. El animador de las aletas pasaba por
la pista dando palmadas y gritando: «¡Caliente! ¡Caliente!»; me dio la
impresión de que ponía a la gente más incómoda que otra cosa. Yo me senté en el
bar y pedí una piña colada. Dos cócteles después, Valérie me dio un codazo,
señalando a JeanYves.
—Creo
que podemos dejarlo solo... —me dijo al oído.
Estaba
hablando con una chica muy guapa de unos treinta años, probablemente italiana.
Inclinaban la cabeza el uno hacia el otro, sus hombros se rozaban.
La
noche era cálida y húmeda. Valérie me cogió del brazo. El ruido de la discoteca
se fue apagando; oíamos el murmullo de los walkie–talkies, los guardas
patrullaban por el recinto. Dejamos atrás la piscina y nos dirigimos a la
playa, que estaba desierta. Las olas lamían suavemente la arena, a unos metros
de nosotros; ya no oíamos ningún ruido. Al llegar al bungalow me quité la ropa
y me tumbé en la cama, esperando a Valérie. Ella se cepilló los dientes, se
desvistió a su vez y se acostó a mi lado. Me acurruqué contra su cuerpo
desnudo. Le puse una mano en el pecho, la otra en el vientre. Era una sensación
muy dulce.
8
Cuando
me desperté estaba solo en la cama, y tenía un ligero dolor de cabeza. Me
levanté, vacilante, y encendí un cigarrillo; después de unas cuantas caladas me
sentí un poco mejor. Me puse un pantalón y salí a la terraza, que estaba
cubierta de arena; tenía que haberse levantado viento durante la noche. Apenas
había amanecido; el cielo parecía nublado. Caminé unos metros hacia la playa, y
vi a Valérie. Se zambullía de cabeza bajo una ola, nadaba unas cuantas
brazadas, se levantaba, se zambullía otra vez.
Me
detuve, sin dejar de fumar; el viento era un poco fresco, dudaba de si ir a su
encuentro o no. Ella se volvió, me vio y gritó «¡Ven!» haciendo un amplio gesto
con la mano. En ese momento, el sol se filtró entre dos nubes y la iluminó de frente.
La luz resplandeció sobre sus pechos y sus caderas, centelleó en la espuma de
su pelo y su vello púbico.
Me
quedé clavado en el sitio durante unos segundos, consciente de que nunca
olvidaría lo que estaba viendo, que aquella imagen sería una de las que
volvería a ver, según dicen, en los segundos que preceden a la muerte.
La
colilla me quemó los dedos; la tiré a la arena, me quité el pantalón y me
dirigí al mar. El agua estaba fresca, muy salada; era un baño de juventud. En
la superficie del mar brillaba una cinta de sol que se deslizaba hacia el
horizonte; tomé aliento y me sumergí en la luz.
Más
tarde nos acurrucamos en una toalla, mirando el amanecer sobre el océano. Las
nubes se dispersaron poco a poco, las superficies luminosas se hicieron cada
vez más grandes. A veces, por la mañana, todo parece sencillo. Valérie se quitó
la toalla y ofreció su cuerpo al sol.
—No
tengo ganas de vestirme... —dijo.
—Un
mínimo... —aventuré yo.
Un
pájaro planeaba a media altura, escrutando la superficie del agua.
—Me
gusta nadar, me gusta hacer el amor... —dijo ella—.
Pero
no me gusta bailar, no sé divertirme, siempre me ha parecido horrible salir por
la noche. ¿Tú crees que es normal?
Yo
me quedé pensativo un buen rato antes de contestarle.
—No
lo sé... —dije al final—. Sólo sé que yo soy igual que tú.
No
había mucha gente en las mesas del desayuno, pero Jean–Yves ya estaba allí, con
un café y un cigarrillo. No se había afeitado, y daba la impresión de haber
dormido mal; nos hizo un breve gesto con la mano. Nos sentamos frente a él.
—Bueno,
¿qué tal te fue con la italiana? —preguntó Valérie, atacando sus huevos
revueltos.
—No
muy bien. Empezó a contarme que trabajaba en marketing, que tenía problemas con
su novio, que por eso se había ido sola de vacaciones. Yo estaba hasta los
huevos; me largué y me acosté.
—Tendrías
que intentarlo con las empleadas del hotel...
Él
sonrió vagamente y aplastó la colilla en el cenicero.
—¿Qué
hacemos hoy? —pregunté—. Quiero decir que... se supone que esto es una estancia
«Explorador».
—Ah,
sí... —Jean–Yves puso cara de hastío—. Bueno, a medias. No hemos tenido tiempo
de organizar casi nada. Es la primera vez que trabajo con un país socialista;
pero veo que en los países socialistas resulta bastante complicado dejar las
cosas para el último momento. Esta tarde hay no sé qué con delfines... —Se
interrumpió e intentó ser más preciso—. Bueo, si lo he entendido bien, hay un
espectáculo con delfines, y luego podemos nadar con ellos. Supongo que te subes
al lomo del delfín o algo por el estilo.
—Ah,
sí, conozco eso —dijo Valérie—, no vale la pena. Todo el mundo cree que los
delfines son mamíferos muy dulces y cariñosos. Pero no es así: forman grupos
muy jerarquizados, con un macho dominante, y son bastante agresivos; a menudo
luchan a muerte entre sí. La única vez que intenté nadar con delfines, me
mordió una hembra.
—Bueno,
bueno... —Jean–Yves hizo un gesto de apaciguamiento—. Sea como sea, esta tarde
hay delfines para el que quiera ir. Mañana y pasado, excursión de dos días a
Baracoa; no debería estar mal, o eso espero. Y luego... —pensó un momento—,
luego se acabó. Ah, sí, el último día, antes de coger el avión, hay una comida
con langosta y una visita al cementerio de Santiago.
Esta
declaración fue seguida por unos segundos de silencio.
—Sí...
—continuó Jean–Yves, con esfuerzo—. Creo que la hemos cagado un poco con este
destino—. Se quedó un momento callado—. Además..., tengo la impresión de que
las cosas no van muy bien en este club. Quiero decir para todo el mundo, no
sólo para mí. Ayer, en la discoteca, no vi que se formaran muchas parejas, ni
siquiera entre los jóvenes. —Volvió a guardar silencio, y luego concluyó con un
gesto resignado—: Ecco...
—El
sociólogo tenía razón... —dijo Valérie, pensativa.
—¿Qué
sociólogo?
—Lagarrigue.
El sociólogo del comportamiento. Tenía razón cuando dijo que estábamos lejos de
la época de los bronceados.
Jean–Yves
terminó su café y sacudió la cabeza con amargura.
—La
verdad —dijo, asqueado—, nunca creí que llegaría a sentir nostalgia de la época
de los bronceados.
Para
llegar a la playa tuvimos que sufrir los ataques de algunos vendedores de
productos artesanales lamentables; pero no eran muchos ni demasiado pegajosos,
podía uno librarse de ellos con unas cuantas sonrisas y gestos apenados.
Durante
el día, los cubanos podían entrar en la playa del club. Valérie me explicó que
no tenían mucho que ofrecer ni vender, pero que lo intentaban, que hacían lo
que podían.
Por
lo visto, en aquel país nadie conseguía vivir de su salario.
Nada
funcionaba bien: faltaba gasolina, piezas de maquinaria.
De
ahí el lado de utopía agraria que se veía en los campos: los campesinos que
araban con bueyes, que iban en carreta... Pero no se trataba ni de una utopía
ni de una reconstrucción ecológica: era la realidad de un país que ya no
conseguía mantenerse en la era industrial. Cuba lograba seguir exportando
algunos productos agrícolas, como el café, el cacao y la caña de azúcar; pero
la producción industrial había caído casi hasta el nivel cero. Costaba
encontrar hasta los artículos de consumo más elementales, como el jabón, el
papel o los bolígrafos. Las únicas tiendas bien surtidas eran las de productos
importados, donde había que pagar en dólares. Así que todos los cubanos vivían
de una segunda actividad relacionada con el turismo. Los más favorecidos eran los
que trabajaban directamente para la industria turística; los demás intentaban
conseguir dólares como fuese, con servicios suplementarios o algún tipo de
tráfico.
Me
tumbé en la arena a pensar. Para los hombres y las mujeres morenos que andaban
entre los bancos de turistas sólo éramos monederos con piernas, no había que
hacerse ilusiones; pero lo mismo pasaba en todos los países del Tercer Mundo.
Lo único diferente en Cuba era esa increíble dificultad de la producción
industrial. Desde luego, yo era un completo negado en el terreno de la
producción industrial.
Estaba
perfectamente adaptado a la era de la información, es decir, a nada. Valérie y
Jean–Yves, como yo, sólo sabían utilizar información y capital; los utilizaban
de manera inteligente y competitiva, mientras que yo lo hacía de un modo más
rutinario, más burocrático. Pero ninguno de los tres, ni nadie que yo
conociera, habría sido capaz de ayudar a la reanudación de la producción
industrial, por ejemplo en caso de bloqueo por parte de una potencia
extranjera. No teníamos la menor idea sobre la fundición de los metales, la
fabricación de las piezas, la termoformación de las materias plásticas. Por no
hablar de cosas más recientes, como la fibra óptica o los microprocesadores.
Vivíamos en un mundo compuesto de objetos cuya fabricación, condiciones de
posibilidad y modo de existencia nos eran absolutamente ajenos.
Eché
una mirada a mi alrededor, asustado por lo que estaba pensando: vi una toalla,
gafas de sol, crema solar, un libro de bolsillo de Milán Kundera. Papel,
algodón, vidrio: máquinas sofisticadas, complejos sistemas de producción. Por
ejemplo, era incapaz de comprender el proceso de fabricación del bañador de
Valérie: se componía de un 80 % de látex y un 20 % de poliuretano. Pasé dos
dedos bajo el sujetador: bajo la trama de fibras industriales sentí la carne
palpitante. Deslicé los dedos un poco más abajo, y sentí que el pezón se
endurecía. Aquello era algo que podía hacer, que sabía hacer.
El
sol se estaba volviendo aplastante. Cuando nos metimos en el agua, Valérie se
quitó la braga del bañador. Me rodeó la cintura con las piernas y se tumbó de
espaldas, haciendo el muerto. Tenía el coñ abierto. La penetré con facilidad,
moviéndome dentro de ella al ritmo de las olas. No había otra alternativa. Me
detuve justo antes de correrme. Salimos del agua para secarnos al sol.
Una
pareja pasó cerca de nosotros: un negro muy alto y una chica con la piel muy
blanca, la cara nerviosa y el pelo muy corto, que hablaba mirándole y se reía
demasiado fuerte. Estaba claro que era norteamericana, quizás periodista del
New York Times, o algo parecido. De hecho, ya que me fijaba, vi que había
muchas parejas mixtas en aquella playa. Un poco más lejos, dos rubios altos y
un poco gordos, con acento nasal, reían y bromeaban con dos chicas espléndidas
de piel cobriza.
—No
está permitido llevarlas al hotel... —dijo Valérie, siguiendo mi mirada—.
Alquilan habitaciones en el pueblo vecino.
—Creía
que los norteamericanos no podían venir a Cuba.
—En
principio, no; pero pasan por Canadá o por México. De hecho, están furiosos por
haber perdido Cuba. No es difícil entenderlos... —dijo, pensativa—. Si hay un
país en el mundo que necesita el turismo sexual, es Estados Unidos.
Pero
de momento las compañías norteamericanas están bloqueadas, no se les permite
invertir aquí. El país se volverá capitalista, sólo es cuestión de tiempo; pero
hasta entonces los europeos tienen el campo libre. Por eso Aurore no quiere
renunciar, aunque el club tenga dificultades: es el momento de sacarle ventaja
a la competencia. Cuba es una oportunidad única en la zona Antillas–Caribe.
Tras
un rato de silencio, continuó con tono de ligereza:
—Pues
sí... Así hablamos en mi mundillo profesional..., en el mundo de la economía
global.
9
El
minibús a Baracoa salió a las ocho de la mañana, con unas quince personas a
bordo. Ya habían tenido ocasión de conocerse, y se deshacían en elogios de los
delfines. El entusiasmo de los jubilados (mayoritarios), de dos ortofonistas
que iban juntos de vacaciones y de la pareja de estudiantes se expresaba por
caminos léxicos ligeramente distintos, claro, pero todos habrían estado de
acuerdo con esta descripción: una experiencia única.
Después,
la conversación versó sobre las características del club. Le eché una mirada a
Jean–Yves: iba sentado en mitad del minibús, solo, y había puesto en el asiento
de al lado un cuaderno de apuntes y un bolígrafo. Inclinado, con los ojos
semicerrados, se concentraba para oír todo lo que decían los demás.
Evidentemente, pensaba que en aquella fase del viaje podía cosechar muchas
impresiones y observaciones útiles.
Los
participantes parecían estar de acuerdo también sobre el club. Todo el mundo
dijo que los animadores eran «simpáticos», pero que las animaciones no eran muy
interesantes. Las habitaciones estaban bien, salvo las que estaban demasiado
cerca de los altavoces, que eran demasiado ruidosas. En cuanto a la comida,
estaba claro que no le gustaba mucho a nadie.
Ninguno
de los presentes participaba en las actividades de gimnasia, de aeróbic, de
iniciación a la salsa o al español.
A
fin de cuentas, lo mejor era la playa; y aún más por ser tranquila. «Animación
y sonido percibidos más bien como ruido ambiental», anotó Jean–Yves en su
cuaderno.
A
todo el mundo le gustaban los bungalows, sobre todo porque estaban lejos de la
discoteca.
—¡La
próxima vez vamos a exigir un bungalow! —afirmó con claridad un jubilado
fornido, en plena forma para su edad, obviamente acostumbrado a mandar; en
realidad, se había pasado toda su vida profesional dedicado a la
comercialización de vinos de Burdeos.
Los
dos estudiantes eran de la misma opinión. «Discoteca inútil», apuntó Jean–Yves,
pensando con melancolía en todo aquel dinero invertido en vano.
Pasado
el cruce de Cayo Saetia, la carretera se volvió cada vez peor. Había baches y
agujeros que a veces ocupaban la mitad de la calzada. El conductor se veía
obligado a zigzaguear todo el tiempo y no parábamos de dar sacudidas en el
asiento, empujados de un lado a otro. La gente reaccionaba con exclamaciones y
risas.
—Vaya,
son de buena pasta... —me dijo Valérie en voz baja—. Es lo bueno de los
circuitos «Explorador», podemos imponer condiciones horribles, para los
clientes eso forma parte de la aventura. De hecho, esto es un error nuestro:
para un trayecto así, tendríamos que haber contratado vehículos todoterreno.
Un
poco antes de Moa, el conductor giró a la derecha para evitar un agujero
enorme. El minibús derrapó despacio, y luego se caló en un terreno pantanoso.
El conductor arrancó otra vez y pisó el acelerador a fondo: las ruedas
patinaron en un barro parduzco, el minibús no se movió. El hombre volvió a
intentarlo varias veces, sin resultado.
—Bueno...
—dijo el comerciante de vinos, cruzando los brazos con aire festivo—. Vamos a
tener que bajarnos a empujar.
Salimos
del vehículo. Ante nosotros se extendía una inmensa llanura, cubierta de barro
cuarteado y pardo, de aspecto malsano. Altas hierbas secas y blancuzcas
rodeaban algunas ciénagas de agua estancada, de color casi negro. Al fondo, una
gigantesca fábrica de ladrillos oscuros dominaba el paisaje; sus dos chimeneas
vomitaban una espesa humareda. De la fábrica escapaban enormes tuberías, medio
oxidadas, que zigzagueaban sin dirección aparente en mitad de la llanura. En un
lateral, un letrero de metal donde el Che Guevara exhortaba a los trabajadores
al desarrollo revolucionario de las fuerzas productivas también empezaba a
oxidarse. Un olor infecto, que parecía venir del barro más que de las ciénagas,
impregnaba el aire.
La
rodada no era muy profunda, y el minibús arrancó fácilmente gracias a nuestros
esfuerzos. Todo el mundo volvió a subir, felicitándose mutuamente. Comimos un
poco más tarde, en una marisquería. Jean–Yves estudiaba su cuaderno con cara de
preocupación; no había tocado el plato.
—Creo
que la cosa va bien con los circuitos «Explorador»
—concluyó
después de una larga reflexión—; pero no veo qué podemos hacer por la fórmula
club.
Valérie
le miraba tranquilamente, bebiendo a sorbitos su café con hielo; parecía
importarle un bledo lo que estaba oyendo.
—Claro
—continuó él—, siempre podemos echar al equipo de animación; con eso reducimos
el gasto salarial.
—Eso
estaría bien, sí.
—¿No
te parece una medida un poco radical? —se inquietó él.
—No
te preocupes por eso. De todos modos, la animación en un lugar de vacaciones no
es una buena formación para los jóvenes. Los vuelve gilipollas y vagos, y
encima no conduce a nada. Lo único a lo que pueden aspirar después es a
encargados de urbanización o animadores televisivos.
—Bueno...,
así que reduzco el gasto salarial; aunque tampoco cobran tanto. Me sorprendería
que eso bastara para competir con los clubs alemanes. Haré una simulación esta
tarde en el programa de cálculo, pero no confío mucho en ello.
Ella
asintió con indiferencia, como diciendo: «Simula, simula, eso no hace daño.» Me
asombraba un poco, estaba de lo más cool. Cierto que follábamos mucho, y no
cabe la menor duda de que follar calma: relativiza todo lo que está en juego.
Por su parte, Jean–Yves parecía deseoso de abalanzarse sobre su programa de
cálculo; incluso me pregunté si no le iba a pedir al conductor que sacara su
portátil del maletero.
—No
te preocupes, encontraremos una solución... —le dijo Valérie, sacudiéndole
amistosamente el hombro. Eso pareció calmarle un rato, y volvió de buena gana a
su asiento en el minibús.
Durante
la última parte del trayecto, los pasajeros hablaron sobre todo de Baracoa,
nuestro destino; parecían saber ya casi todo lo que había que saber sobre la
ciudad. El 28 de octubre de 1492, Cristóbal Colón ancló en la bahía, cuya forma
perfectamente circular le había impresionado. «Uno de los más bellos
espectáculos que quepa contemplar», anotó en el cuaderno de bitácora. Por aquel
entonces, sólo los indios tainos poblaban la región. En 1511, Diego Velázquez
fundó la ciudad de Baracoa: la primera ciudad española en América. Sólo podía
llegarse a ella por barco, y durante más de cuatro siglos permaneció aislada
del resto de la isla. En 1963, la construcción del viaducto de la Farola
permitió conectarla por carretera a Guantánamo.
Llegamos
pasadas las tres de la tarde; la ciudad se extendía a lo largo de una bahía que
formaba, efectivamente, un círculo casi perfecto. Hubo una oleada de
satisfacción general, que se expresó con exclamaciones de admiración. A fin de
cuentas, lo que buscan todos los aficionados a los viajes de exploración es una
confirmación de lo que han leído en sus guías. El grupo era un público de
ensueño: no había el menor peligro de que Baracoa, con su modesta estrella en
la Guía Michelin, pudiera decepcionarlos. El hotel El Castillo, emplazado en
una antigua fortaleza española, dominaba la ciudad. Vista desde lo alto,
parecía maravillosa; pero de hecho no lo era más que cualquier otra ciudad. En
el fondo era, incluso, bastante corriente, con sus edificios míseros de un gris
negruzco, tan sórdidos que parecían deshabitados. Decidí quedarme en la
piscina, igual que Valérie. Había unas treinta habitaciones, todas ocupadas por
turistas del norte de Europa, que parecían estar allí más o menos por los
mismos motivos. Me fijé de entrada en dos inglesas en torno a los cuarenta
años, más bien rollizas; una llevaba gafas. Las acompañaban dos mestizos de
aspecto despreocupado que no tendrían más de veinticinco años. Parecían
perfectamente cómodos con la situación, hablaban y bromeaban con las gordas,
les cogían la mano, les rodeaban la cintura con el brazo. Yo habría sido
incapaz de hacer ese trabajo; me preguntaba si tendrían trucos, en qué o en
quién pensarían para estimular la erección. En un momento dado, las dos inglesas
subieron a sus habitaciones y los chicos se quedaron charlando al borde de la
piscina; si la humanidad me hubiera interesado de verdad, podría haber iniciado
una conversación con ellos para intentar averiguar algo más. A lo mejor bastaba
con que a uno se le pusiera dura, sin duda la erección podía tener un carácter
meramente mecánico; podría haber buscado información en la biografía de algún
gigoló, pero sólo tenía el Discurso sobre el espíritu positivo. Mientras
hojeaba el capítulo titulado «La política popular, siempre social, debe llegar
a ser principalmente moral», vi a una joven alemana salir de su habitación
acompañada por un negro alto.
Tenía
toda la pinta de una alemana tal y como uno se las imagina, con el pelo largo y
rubio, ojos azules, un cuerpo agradable y firme, pecho abundante. Es un tipo
físico muy atractivo, el problema es que no dura, en cuanto cumplen los treinta
años tienen que hacer algo, liposucciones, silicona; pero de momento todo le
iba bien, de hecho era francamente excitante, su caballero había tenido suerte.
Me pregunté si pagaría tanto como las inglesas, si había una tarifa única tanto
para hombres como para mujeres; también habría tenido que informarme sobre eso.
Pero la sola idea me cansaba, y decidí subir a la habitación. Pedí un cóctel y
me dediqué a beber despacio en el balcón. Valérie tomaba el sol, se bañaba de
vez en cuando en la piscina; antes de entrar en la habitación para acostarme un
rato, vi que estaba charlando con la alemana.
Subió
a eso de las seis; yo me había dormido con el libro en la mano. Se quitó el
bañador, se duchó y volvió a mi lado, con una toalla en torno a la cintura y el
pelo ligeramente húmedo.
—Vas
a pensar que es una obsesión mía, pero le he preguntado a la alemana qué tienen
los negros que no tengan los blancos. Es verdad, es impresionante: las mujeres
blancas prefieren acostarse con africanos, los hombres blancos con asiáticas.
Necesito saber por qué, es importante para mi trabajo.
—También
hay blancos a los que les gustan las negras...
—observé.
—Es
menos frecuente; el turismo sexual está mucho más extendido en Asia que en
África. En fin, el turismo en general, realmente.
—¿Qué
te ha contestado?
—Lo
de siempre: que los negros están más relajados, que son viriles, que les gusta
divertirse, que saben pasárselo bien sin romperse la cabeza, que no dan
problemas.
La
contestación era bastante superficial, desde luego, pero contenía las líneas
directrices para formular una teoría adecuada: en resumen, los blancos eran
negros inhibidos, que querían recuperar una perdida inocencia sexual. Claro,
eso no explicaba la misteriosa atracción que parecían ejercer las mujeres
asiáticas; ni el prestigio sexual del que, según todos los testimonios,
disfrutaban los blancos en África negra.
Entonces
formulé las bases de una teoría más complicada y más dudosa; los blancos
querían estar morenos y aprender a bailar como los negros; los negros querían
aclararse la piel y desrizarse el pelo. Toda la humanidad tendía
instintivamente al mestizaje, a la indiferenciación generalizada; y lo hacía,
en primer lugar, a través de ese medio elemental que era la sexualidad. El
único que había llevado el proceso a su término era Michael Jackson: ya no era
ni negro ni blanco, ni joven ni viejo; en un sentido, ni siquiera era ya ni
hombre ni mujer. Nadie podía imaginarse realmente su vida íntima; había
comprendido las categorías de la humanidad corriente y se las había arreglado
para dejarlas atrás. Por eso lo consideraban una estrella, incluso la más
grande —y en realidad la primera— del mundo. Todos los demás —Rodolfo
Valentino, Greta Garbo, Marlene Dietrich, Marilyn Monroe, James Deán, Humphrey
Bogart— podían ser considerados, como máximo, artistas con talento, sólo tenían
que imitar la condición humana, transponerla estéticamente; el primero en
intentar ir un poco más lejos había sido Michael Jackson.
Era
una teoría atractiva, y Valérie me escuchó con atención; pero yo mismo no
estaba realmente convencido. ¿Había que concluir que el primer cyborg, el
primer individuo que estaría de acuerdo en que le implataran en el cerebro
elementos de inteligencia artificial de origen extrahumano, se convertiría de
inmediato en una estrella? Probablemente, sí; pero ya no tenía mucho que ver
con el tema. Por mucho que Michael Jackson fuese una estrella, desde luego no
era un símbolo sexual; si uno quería provocar desplazamientos turísticos
masivos, susceptibles de rentabilizar grandes inversiones, tenía que pensar en
fuerzas de atracción más elementales.
Un
poco más tarde, Jean–Yves y los demás regresaron de la visita a la ciudad. El
museo de historia local estaba dedicado, sobre todo, a las costumbres de los
tainos, los primeros habitantes de la región. Parecían haber llevado una vida
apacible, basada en la agricultura y la pesca; casi no existían conflictos
entre tribus vecinas; los españoles no habían tenido la menor dificultad en
exterminar a esos seres poco preparados para luchar. Actualmente no quedaba
nada de ellos, salvo algunas mínimas huellas genéticas en el aspecto físico de
ciertos individuos; su cultura había desaparecido por completo, de hecho podría
no haber existido jamás. Algunos dibujos realizados por los eclesiásticos que
habían intentado —casi siempre en vano— sensibilizarlos al mensaje del
evangelio, los representaban trabajando o ajetreándose en torno al fuego para
cocinar; mujeres con el pecho desnudo amamantaban a sus hijos. Parecía, si no
un Edén, al menos una historia lenta; la llegada de los españoles había
acelerado notablemente las cosas. Tras los conflictos típicos entre las
potencias coloniales que en aquella época estaban en el candelero, Cuba se
había independizado en 1898, para pasar de inmediato a estar bajo dominación
norteamericana. En 1959, después de varios años de guerra civil, las fuerzas
revolucionarias encabezadas por Fidel Castro vencieron al ejército regular,
obligando a Batista a huir. Teniendo en cuenta que por aquel entonces el mundo
estaba dividido en dos bloques, Cuba se había visto obligada a un rápido acercamiento
al bloque soviético y había instaurado un régimen de tipo marxista. Privada de
apoyo logístico tras el desmoronamiento de la Unión Soviética, el régimen
estaba tocando a su fin. Valérie se puso una falda corta, abierta por un lado,
y un pequeño top de encaje negro; teníamos tiempo de tomarnos un cóctel antes
de cenar.
Todo
el mundo estaba reunido junto a la piscina, mirando cómo se ponía el sol sobre
la bahía. Cerca de la orilla se oxidaban lentamente los restos de un carguero.
Otros barcos más pequeños flotaban sobre las aguas, casi inmóviles; todo
aquello daba una intensa impresión de abandono. No llegaba el menor ruido desde
las calles de la ciudad; se encendieron algunas farolas, titubeantes. En la
mesa de Jean– Yves había un hombre de unos sesenta años, con la cara delgada y
cansada, y aspecto miserable; y otro, mucho más joven, treinta años todo lo
más, en quien reconocí al gerente del hotel. Le había observado varias veces en
el curso de la tarde, dando vueltas entre las mesas con nerviosismo, corriendo
de un lado a otro para comprobar que todo el mundo estaba servido; su rostro
parecía minado por una ansiedad permanente, sin objeto. Al vernos llegar se
levantó con vivacidad, acercó dos sillas, llamó a un camarero, se aseguró de
que éste llegara enseguida; luego se precipitó hacia las cocinas. El hombre
mayor, por su parte, paseaba una mirada desengañada por la piscina, las parejas
sentadas a las mesas y, aparentemente, el mundo en general.
—Pobre
pueblo cubano... —dijo tras un largo silencio—.
Ya
no tienen nada que vender, salvo sus cuerpos.
Jean–Yves
nos explicó que vivía justo al lado, que era el padre del gerente del hotel.
Había participado en la revolución, más de cuarenta años antes; había formado
parte de uno de los primeros batallones de soldados que se adhirieron a la
insurrección castrista. Después de la guerra trabajó en la fábrica de níquel de
Moa, al principio como obrero, luego como capataz, y al final —tras terminar
sus estudios en la universidad— como ingeniero. Su condición de héroe de la
revolución había permitido que su hijo consiguiera un puesto importante en la
industria turística.
—Hemos
fracasado... —dijo con voz sorda—. Y nos hemos merecido el fracaso. Teníamos
dirigentes de gran valor, hombres excepcionales, idealistas, que ponían el bien
de la patria por encima del suyo propio. Recuerdo al comandante Che Guevara el
día que vino a inaugurar la fábrica de tratamiento de cacao en nuestra ciudad;
todavía veo su cara valiente y honesta. Nadie ha podido decir nunca que el
comandante se hubiera enriquecido, que hubiera intentado conseguir privilegios
para él ni para su familia. Tampoco fue éste el caso de Camilo Cienfuegos, ni
de ninguno de nuestros dirigentes revolucionarios, ni siquiera Fidel; a Fidel
le gusta el poder, es cierto, quiere controlarlo todo; pero es desinteresado,
no tiene grandes propiedades ni cuentas en Suiza. Así que allí estaba el Che,
inauguró la fábrica, pronunció un discurso exhortando al pueblo cubano a ganar
la batalla pacífica de la producción tras la lucha armada del combate por la
independencia; era poco antes de que se marchara al Congo. Podíamos ganar esa
batalla perfectamente. Esta región es muy fértil, la tierra es rica y húmeda,
todo crece a voluntad: café, cacao, caña de azúcar, toda clase de frutos
exóticos. El subsuelo está saturado de mineral de níquel. Teníamos una fábrica
ultramoderna, construida con ayuda de los rusos. Al cabo de seis meses, la
producción había caído hasta la mitad de su nivel normal: todos los obreros
robaban chocolate, en bruto o en tabletas, se lo repartían a su familia o se lo
revendían a los extranjeros. Y lo mismo ocurrió en todas las fábricas, a escala
nacional. Cuando no encontraban nada que robar, los obreros trabajaban mal,
eran perezosos, siempre estaban enfermos, se ausentaban sin el menor motivo. Me
pasé años intentando hablar con ellos, convencerlos de que hicieran un pequeño
esfuerzo por el interés de su país, y el único resultado fue la decepción y el
fracaso.
Se
quedó callado; los restos del día flotaban sobre el Yunque, una montaña con la
cima misteriosamente truncada, en forma de mesa, que dominaba las colinas y que
ya en su época había impresionado a Cristóbal Colón. Del comedor venían ruidos
de cubiertos que entrechocaban. ¿Qué podía incitar a los seres humanos,
exactamente, a llevar a cabo trabajos aburridos y penosos? Me parecía la única
pregunta política que merecía la pena plantearse. El testimonio del viejo
obrero era abrumador, sin remisión: en su opinión la única respuesta era la
necesidad de dinero; en cualquier caso, era obvio que la revolución no había
logrado crear al hombre nuevo, sensible a motivaciones más altruistas. Así
pues, la sociedad cubana —como todas las sociedades— sólo era un laborioso
dispositivo de trucaje pensado para que algunos se libraran de los trabajos
aburridos y penosos. Excepto que el trucaje había fracasado, que ya no engañaba
a nadie, que nadie seguía acariciando la esperanza de disfrutar un día del
trabajo común. El resultado era que todo había dejado de funcionar, que ya
nadie trabajaba ni producía nada, y que la sociedad cubana se había vuelto
incapaz de asegurar la supervivencia de sus miembros.
Los
demás participantes en la excursión se levantaron y se dirigieron a las mesas.
Yo buscaba desesperadamente algo optimista que decirle al viejo, un impreciso
mensaje de esperanza; pero no se me ocurría qué. Como decía él con amargura,
Cuba no tardaría en convertirse al capitalismo, y de las esperanzas
revolucionarias no quedaría más que el sentimiento de fracaso, la inutilidad y
la vergüenza. Nadie respetaría ni seguiría su ejemplo, que para las
generaciones futuras sería incluso objeto de disgusto. Aquel hombre había
luchado y luego había trabajado durante toda su vida absolutamente para nada.
Bebí
bastante durante toda la cena, y al final me emborraché del todo; Valérie me
miraba un poco preocupada. Las bailarinas de salsa se preparaban para el
comienzo del espectáculo; llevaban faldas plisadas, vestidos tubo multicolores.
Nos
instalamos en la terraza. Yo sabía, más o menos, lo que quería decirle a
Jean–Yves; ¿era un buen momento? Parecía un poco desamparado, pero no estaba
tenso. Pedí un último cóctel y encendí un cigarrillo antes de dirigirme a él.
—¿De
verdad quieres dar con una formula nueva para salvar tus hoteles–club?
—Pues
claro; para eso estoy aquí.
—Crea
un club donde la gente pueda follar. Eso es lo que más echan de menos. Si no
han tenido una aventurilla de vacaciones, vuelven insatisfechos. No se atreven
a confesarlo, o quizás no se dan cuenta; pero a la vez siguiente cambian de
prestatario.
—Oye,
todos pueden follar, de hecho todo está pensado para incitarles a hacerlo, es
el principio de los clubs; no tengo ni idea de por qué no lo hacen.
Yo
rechacé la objeción con un ademán.
—Yo
tampoco tengo ni idea, pero ése no es el problema; no sirve de nada buscar las
causas del fenómeno, suponiendo que tal expresión tenga algún sentido. Desde
luego, algo pasa para que los occidentales ya no consigan acostarse juntos;
quizás tenga algo que ver con el narcisismo, con el individualismo, con el
culto al rendimiento, poco importa. El caso es que a partir de los veinticinco
o treinta años a la gente no le resultan nada fáciles los encuentros sexuales
nuevos; y sin embargo siguen necesitándolos, es una necesidad que se desvanece
muy despacio. Así que se pasan treinta años de su vida, casi toda su edad
adulta, en un estado de carencia permanente.
Cuando
uno está empapado de alcohol, justo antes de empezar a embrutecerse, a veces
tiene instantes de aguda lucidez. El deterioro de la sexualidad en Occidente
era, sin duda, un fenómeno sociológico y masivo, y resultaba inútil intentar
explicarlo mediante tal o cual factor psicológico individual; pero al mirar a
Jean–Yves me di cuenta de que él ilustraba mi tesis a la perfección, tanto que
casi me sentí incómodo. No solamente ya no follaba ni tenía tiempo de
intentarlo, sino que en realidad ya ni siquiera tenía ganas, y aún peor, sentía
inscribirse en su cuerpo esta pérdida de vida, empezaba a percibir el olor de
la muerte.
—Sin
embargo... —añadió él tras una larga vacilación—, he oído decir que los clubs
de intercambio de parejas tienen cierto éxito.
—No,
precisamente les va cada vez peor. Hay muchos clubs que abren, pero cierran
casi enseguida, porque no tienen clientes. En realidad, en París sólo hay dos
que aguantan el tirón, Chris et Manu y 2 + 2, y aun así sólo se llenan los
sábados por la noche; para una población de diez millones de habitantes es
poco, y desde luego es mucho menos que a principios de la década de los
noventa. Los clubs de intercambio son una fórmula simpática, pero cada vez más
pasada de moda, porque la gente cada vez tiene menos ganas de intercambiar
algo; la idea de intercambio no cabe en la mentalidad moderna. En mi opinión,
el intercambio sexual tiene actualmente tantas posibilidades de sobrevivir como
el autostop en los años setenta. La única práctica que significa algo en este
momento es el sadomaso...
En
ese instante Valérie me miró horrorizada, incluso me dio una patada en la
espinilla. La miré con sorpresa, y tardé unos segundos en entenderla: no, claro
que no iba a hablar de Audrey; le hice un pequeño gesto con la cabeza para
tranquilizarla. Jean–Yves no se había dado cuenta de la interrupción.
—Así
que —continué— por una parte tienes varios cientos de millones de occidentales
que tienen todo lo que quieren, pero que ya no consiguen encontrar la
satisfacción sexual: buscan y buscan pero no encuentran nada, y son
desgraciados hasta los tuétanos. Por otro lado tienes varios miles de millones
de individuos que no tienen nada, que se mueren de hambre, que mueren jóvenes,
que viven en condiciones insalubres y que sólo pueden vender sus cuerpos y su
sexualidad intacta. Es muy sencillo, de lo más sencillo: es una situación de
intercambio ideal. El dinero que se puede hacer con eso es inimaginable: más
que con la informática, que con la biotecnología, con la industria de la
comunicación; no hay sector económico que se le pueda comparar.
Jean–Yves
no contestó nada; en ese momento, la orquesta empezó a tocar. Las bailarinas
eran bonitas, sonreían, sus faldas plisadas giraban descubriendo los muslos
morenos; ilustraban mis palabras de maravilla. Al principio creí que Jean–Yves
no seguiría hablando, que simplemente iba a rumiar la idea. Pero al cabo de
cinco minutos dijo:
—Tu
sistema no funcionaría en los países musulmanes...
—No
pasa nada, les dejas lo de «Eldorador Explorador».
Incluso
puedes endurecer la fórmula, con trekking y experiencias ecológicas, un rollo
de supervivencia al límite que podrías llamar «Eldorador Aventura»: se vendería
bien en Francia y en los países anglosajones. Y los clubs basados en el sexo
funcionarían en los países mediterráneos y en Alemania...
Esta
vez, Jean–Yves sonrió abiertamente.
—Tendrías
que haber hecho carrera en este negocio...
—me
dijo, medio en broma medio en serio—. Tienes ideas...
—Oh,
sí, ideas... —La cabeza empezaba a darme vueltas, ni siquiera veía bien a las
bailarinas; apuré mi cóctel de un trago—. Puede que tenga ideas, pero soy
incapaz de explotarlas, de preparar presupuestos provisionales. Así que, vaya,
sí, tengo ideas...
Apenas
recuerdo el resto de la velada; supongo que me quedé dormido. Cuando me
desperté estaba tumbado en la cama; Valérie, desnuda a mi lado, respiraba
regularmente.
La
desperté al moverme para coger un paquete de tabaco.
—Agarraste
una buena anoche...
—Sí,
pero lo que le he dicho a Jean–Yves iba en serio.
—Creo
que lo ha tomado en serio... —Me acarició el vientre con las yemas de los
dedos—. Además, creo que tienes razón. En Occidente, la liberación sexual se ha
acabado para siempre.
—¿Sabes
por qué?
—No...
—Dudó, y luego dijo—: No, en el fondo no.
Yo
encendí un cigarrillo, me acomodé contra la almohada y dije:
—Chúpamela.
Ella
me miró con sorpresa, pero me puso una mano en los huevos y acercó la boca.
—¿Lo
ves? —exclamé con expresión triunfante. Ella se interrumpió y me miró con
asombro—. ¿Lo ves? Te digo que me la chupes, y lo haces. Aunque no tenías
ganas.
—Bueno,
no estaba pensando en eso; pero me gusta.
—Eso
es lo maravilloso de ti: te gusta dar placer. Lo que los occidentales ya no
saben hacer es precisamente eso: ofrecer su cuerpo como objeto agradable, dar
placer de manera gratuita. Han perdido por completo el sentido de la entrega.
Por
mucho que se esfuercen, no consiguen que el sexo sea algo natural. No sólo se
avergüenzan de su propio cuerpo, que no está a la altura de las exigencias del
porno, sino que, por los mismos motivos, no sienten la menor atracción hacia el
cuerpo de los demás. Es imposible hacer el amor sin un cierto abandono, sin la
aceptación, al menos temporal, de un cierto estado de dependencia y de
debilidad. La exaltación sentimental y la obsesión sexual tienen el mismo
origen, las dos proceden del olvido parcial de uno mismo; no es un terreno en
el que podamos realizarnos sin perdernos. Nos hemos vuelto fríos, racionales,
extremadamente conscientes de nuestra existencia individual y de nuestros
derechos; ante todo, queremos evitar la alienación y la dependencia; para colmo
estamos obsesionados con la salud y con la higiene: ésas no son las condiciones
ideales para hacer el amor. En Occidente hemos llegado a un punto en que la
profesionalización de la sexualidad se ha vuelto inevitable. Desde luego,
también está el sadomaso. Un universo puramente cerebral, con reglas precisas y
acuerdos establecidos de antemano. A los masoquistas sólo les interesan sus
propias sensaciones, quieren saber hasta dónde pueden llegar por el camino del
dolor, un poco como los aficionados a los deportes extremos. Los sádicos son
harina de otro costal, siempre van lo más lejos que pueden, quieren destruir:
si pudieran mutilar o matar, lo harían.
—No
me apetece volver a pensar en eso —dijo ella, estremeciéndose—. Me repugna de
verdad.
—Porque
sigues siendo sexual, animal. De hecho eres normal, no pareces de Occidente. El
sadomaso organizado, con sus reglas, sólo le interesa a la gente culta,
cerebral, que ha perdido cualquier atracción por el sexo. Para todos los demás
sólo queda una solución: los productos porno, con profesionales; y si uno
quiere sexo de verdad, los países del Tercer Mundo.
—Bueno...
—Valérie sonrió—. ¿Puedo seguir chupándotela?
Me
recliné sobre la almohada y me dejé hacer. En ese momento era vagamente
consciente de hallarme en el origen de algo: en el terreno económico estaba
seguro de tener razón, estimaba la clientela potencial de adultos occidentales
en un ochenta por ciento; pero sabía que a la gente le cuesta a veces aceptar
las ideas simples, por raro que parezca.
10
Desayunamos
en la terraza, al borde de la piscina. Cuando terminaba el café, vi a Jean–Yves
salir de su habitación en compañía de una chica en quien reconocí a una de las
bailarinas de la víspera. Era una negra esbelta, con las piernas largas y
finas, que no tendría más de veinte años. Él se quedó cortado un momento, pero
después se dirigió a nuestra mesa con una media sonrisa y nos presentó a
Angelina.
—He
estado pensando en tu idea —me dijo de entrada—.
Lo
que me da un poco de miedo es la reacción de las feministas.
—Habrá
mujeres entre los clientes —replicó Valérie.
—¿Tú
crees?
—Oh,
sí, de hecho estoy segura... —dijo ella con cierta amargura—. Mira a tu
alrededor.
El
echó una ojeada a las mesas en torno a la piscina: en efecto, había bastantes
mujeres solas acompañadas por cubanos; casi tantas como hombres solos en la
misma situación.
Le
hizo una pregunta a Angelina en español, y luego nos tradujo la respuesta:
—Hace
tres años que es jinetera, sus clientes son sobre todo italianos y españoles.
Cree que es por ser negra: los alemanes y los anglosajones se conforman con una
chica de tipo latino, para ellos eso ya es lo bastante exótico. Tiene muchos
amigos jineteros, que trabajan sobre todo para inglesas y norteamericanas, y
algunas alemanas.
Bebió
un trago de café y pensó un momento.
—¿Cómo
podemos llamar a los clubs? Necesitamos algo evocador, completamente distinto
de «Eldorador Aventura», pero aun así no demasiado explícito.
—Yo
había pensado en «Eldorador Afrodita» —dijo Valérie.
—«Afrodita»...
—Él repitió el nombre, pensativo—. No está mal; es menos vulgar que «Venus».
Erótico, culto, un poco exótico..., sí, me gusta.
Salimos
hacia Guardalavaca una hora después. Jean–Yves se despidió de la jinetera a
unos metros del minibús; parecía un poco triste. Cuando subió al vehículo, me
di cuenta de que la pareja de estudiantes le miraba con hostilidad; parecía que
al negociante en vinos, por su parte, se la traía floja.
El
regreso fue bastante sombrío. Cierto que quedaba el buceo, las veladas de
karaoke, el tiro con arco; los músculos se cansan, luego se relajan; el sueño
llega deprisa. No guardo el menor recuerdo de los últimos días de viaje, ni
siquiera de la última excursión, salvo que la langosta parecía de goma y que el
cementerio era decepcionante. Aunque vimos la tumba de José Martí, padre de la
patria, poeta, político, polemista, pensador. Estaba representado, con bigote,
en un bajorrelieve. Su féretro, cubierto de flores, descansaba en el fondo de
una fosa circular en cuyas paredes habían grabado sus ideas más notables: sobre
la independencia nacional, la resistencia a la tiranía, el sentimiento de
justicia. Sin embargo, no daba la impresión de que su espíritu alentara por
aquellos lares; el pobre hombre parecía pura y simplemente muerto.
Aunque
tampoco daba la impresión de ser un muerto antipático; más bien entraban ganas
de conocerle, incluso a riesgo de ironizar sobre su seriedad humanista, un poco
limitada; pero seguro que no era posible, parecía atrapado para siempre en el
pasado. ¿Podría levantarse otra vez para enardecer a la patria y arrastrarla
hacia un nuevo progreso del espíritu humano? Era inimaginable. En resumen: se
respiraba un triste aire de fracaso, como en todos los cementerios
republicanos. Y era irritante comprobar que sólo los católicos habían sabido
poner en pie un dispositivo funerario operativo. Cierto que el medio que
empleaban para convertir la muerte en algo magnífico y conmovedor era,
sencillamente, negar su existencia. Con argumentos como éste. Pero allí, a falta
de Cristo resucitado, tendrían que haber puesto ninfas, pastores, en fin, algo
un poco guarro. Tal como era, no había modo de imaginar al pobre José Martí
retozando por los prados del más allá; más bien daba la impresión de estar
enterrado bajo las cenizas de un aburrimiento eterno.
Al
día siguiente de nuestro regreso, nos reunimos en el despacho de Jean–Yves.
Habíamos dormido poco en el avión.
De
ese día recuerdo una atmósfera de alegre cuento de hadas, bastante extraña en
aquel edificio inmenso y vacío. Durante la semana albergaba a tres mil
trabajadores; pero aquel sábado sólo estábamos allí nosotros tres y el equipo
de vigilantes. Muy cerca de allí, delante del centro comercial de Evry, dos
bandas rivales se enfrentaban a golpes de cúter, bates de béisbol y botellas de
ácido sulfúrico; por la noche se contaban siete muertos, entre ellos dos
transeúntes y un policía antidisturbios. El incidente fue muy comentado en las
radios y las cadenas de televisión nacionales; pero, en aquel momento, nosotros
no sabíamos nada. En un estado de excitación un poco irreal, intentábamos
establecer una plataforma programática para repartirnos el mundo. Las sugerencias
que yo iba a hacer podrían tener como consecuencia la inversión de millones de
francos, o el empleo de cientos de personas; era algo nuevo y bastante
vertiginoso para mí. Deliré un poco durante toda la tarde, pero Jean–Yves me
escuchaba con atención. Después le dijo a Valérie que estaba convencido de que
si me ataban corto era capaz de tener verdaderas iluminaciones. En resumen, que
yo ponía la nota creativa y él decidía; así veía él las cosas.
El
caso de los países árabes fue el más fácil de arreglar. Teniendo en cuenta su
religión insensata, cualquier actividad de orden sexual quedaba excluida. Así
que los turistas que optaran por estos países tendrían que conformarse con los
dudosos placeres de la aventura. De todas formas, Jean–Yves había decidido
revender Agadir, Monastir y Djerba, que tenían un déficit demasiado alto.
Quedaban dos destinos que podían entrar en la sección «Aventura». Los turistas
de Marrakesh montarían un poco en camello. Los de Sharm–el–Sheikh podrían
dedicarse a observar peces de colores o hacer excursiones al Sinaí, al lugar
donde crecía la zarza ardiente, donde a Moisés «se le habían fundido los
plomos», según dijo muy expresivamente un egipcio al que conocí tres años antes
durante una excursión en falucho al Valle de los Reyes. «¡Sí!», había exclamado
el hombre con mucho énfasis. «Allí hay una colección impresionante de
pedruscos... ¡pero de ahí a deducir la existencia de un solo Dios.!...» Aquel
hombre, inteligente y a menudo divertido, parecía haberme tomado cariño, sin
duda porque yo era el único francés del grupo y, por oscuras razones culturales
o sentimentales, él sentía una antigua pasión por Francia que, a decir verdad,
ya era más teórica que otra cosa. Al dirigirme la palabra, me había salvado
literalmente las vacaciones. Tenía unos cincuenta años, siempre iba
impecablemente vestido, era muy moreno y llevaba un bigotito. Al terminar sus
estudios de bioquímica había emigrado a Inglaterra, donde había tenido mucho
éxito en el campo de la ingeniería genética. Estaba de visita en su país natal,
por el que decía guardar todo su afecto; por el contrario, no tenía palabras lo
bastante duras para calificar al islam. Estaba empeñado en convencerme de que
los egipcios no eran árabes. «¡Cuando pienso que este país lo ha inventado
todo!», exclamaba, señalando con un gesto el valle del Nilo. «La arquitectura,
la astronomía, las matemáticas, la agricultura, la medicina... [Exageraba un
poco, pero era oriental, y necesitaba convencerme rápidamente.] Desde la
aparición del islam, nada más. La nada intelectual absoluta, el vacío total.
Nos convertimos en un país de mendigos piojosos. Sí, mendigos llenos de piojos,
eso es lo que somos. ¡Chusma, chusma!... [Alejó con un ademán rabioso a unos
críos que nos pedían monedas]. Tiene que recordar, mi querido señor [hablaba a
la perfección cinco idiomas: francés, inglés, alemán, español y ruso], que el
islam nació en pleno desierto, entre escorpiones, camellos y toda clase de
animales feroces. ¿Sabe cómo llamo yo a los musulmanes? Los miserables del
Sahara. No se merecen otro nombre. ¿Cree usted que el islam podría haber nacido
en una región tan fértil? [señaló otra vez el valle del Nilo, con verdadera
emoción.] No, señor. El islam sólo podía nacer en un estúpido desierto, entre
beduinos mugrientos que no tenían otra cosa que hacer, con perdón, que darles
por el culo a sus camellos.
Cuanto
más monoteísta es una religión, piénselo, querido señor, más inhumana y cruel
resulta; y de todas las religiones, el islam es la que impone un monoteísmo más
radical. Desde que surgió, ha desencadenado una serie ininterrumpida de guerras
de invasión y de masacres; mientras exista, la concordia no podrá reinar en el
mundo. Ni habrá nunca sitio en tierras musulmanas para la inteligencia y el
talento; si han existido matemáticos, poetas y sabios árabes, es sólo porque
habían perdido la fe. Al leer el Corán se queda uno impresionado por el
lamentable aire de tautología que lo caracteriza: “No hay más Dios que el único
Dios”, etc. Estará de acuerdo en que con eso no se puede ir muy lejos. El paso
al monoteísmo no tiene nada de esfuerzo de abstracción, como algunos afirman:
sólo es un paso hacia el embrutecimiento. Tenga en cuenta que el catolicismo,
una religión sutil que yo respeto, que sabía lo que conviene a la naturaleza
del hombre, se alejó rápidamente del monoteísmo que imponía su doctrina inicial.
A través del dogma de la Trinidad, del culto a la virgen y los santos, el
reconocimiento del papel de los poderes infernales, la admirable invención de
los ángeles, reconstituyó poco a poco un auténtico politeísmo; y sólo con esta
condición ha podido cubrir la tierra de innumerables esplendores artísticos.
¡Un dios único! ¡Qué absurdo! ¡Qué absurdo inhumano y mortífero!... Un dios de
piedra, mi querido señor, un dios sangriento y celoso que nunca debería haber
cruzado las fronteras del Sinaí. Si lo piensa, ¡cuánto más profunda, humana y
sabia era nuestra religión egipcia! ¡Y nuestras mujeres! ¡Qué bellas eran!
Acuérdese
de Cleopatra, que hechizó al gran César. Mire lo que queda ahora... [Señaló al
azar a dos mujeres con velo que caminaban penosamente con unos fardos de
mercancías.] Bultos. Informes bultos de grasa debajo de unos trapos. En cuanto
se casan, sólo piensan en comer. ¡Comen, comen, comen!... [hinchó las mejillas
en un gesto expresivo, tipo Louis de Funes.] No, créame, mi querido señor, el
desierto sólo produce desequilibrados y cretinos. ¿Puede usted citarme a
alguien que se haya sentido atraído por el desierto en su cultura occidental,
que yo tanto respeto y admiro? Sólo los pederastas, los aventureros y los
crápulas. Como ese ridículo coronel Lawrence, un homosexual decadente, un
patético presumido.
Como
su abyecto Henry de Monfreid, un traficante sin escrúpulos dispuesto a plegarse
a todos los apaños. Nada grande o noble, nada generoso o sano; nada que pueda
hacer progresar a la humanidad, ni elevarla por encima de sí misma.»
—Bueno,
aventura para Egipto... —concluyó sobriamente Jean–Yves. Se disculpó por
interrumpir mi relato, pero había que pasar al caso de Kenia. Un caso difícil—.
Me siento bastante tentado de ponerlo en «Aventura»... —sugirió después de
consultar sus fichas.
—Es
una pena... —suspiró Valérie—las mujeres keniatas están muy bien.
—¿Cómo
lo sabes?
—Bueno,
no solamente las keniatas, todas las africanas.
—Sí,
pero mujeres hay en todas partes. En Kenia también hay rinocerontes, cebras,
núes, elefantes y búfalos. Propongo que metamos Senegal y Costa de Marfil en
«Afrodita» y dejemos Kenia en «Aventura». Además, es una antigua colonia
inglesa, y eso no es bueno para la imagen erótica; para la aventura sí
funciona.
—Las
mujeres de Costa de Marfil huelen bien... —dije yo, pensativo.
—¿Qué
quieres decir?
—Huelen
a sexo.
—Sí...
—Mordisqueó maquinalmente la pluma—. Eso estaría bien para un anuncio. «Costa
de Marfil, costa de los aromas», algo así. Con una chica sudorosa, un poco
desgreñada, en taparrabos. Hay que anotarlo.
—«Y
esclavas desnudas impregnadas de aromas...» Baudelaire, es de dominio público.
—No
va a colar.
—Lo
sé.
Los
demás países africanos nos dieron menos problemas.
—La
verdad es que con las africanas no hay que preocuparse —observó Jean–Yves—.
Follan incluso gratis, hasta las gordas. Sólo hay que poner preservativos en
los clubs; en eso, a veces son un poco cabezotas.
Subrayó
dos veces PROVISIÓN DE PRESERVATIVOS en su cuaderno.
El
caso de Tenerife nos llevó menos tiempo todavía. Según Jean–Yves, aunque se
trataba de un destino con resultados no muy brillantes, era estratégico en el mercado
anglosajón. Se podía diseñar un circuito aventura pasable con una subida al
pico del Teide y una excursión en hidroplano a Lanzarote. La infraestructura
hotelera era correcta, de confianza.
Llegamos
a los dos clubs que iban a ser las mayores bazas de la cadena: Boca Chica en
Santo Domingo y Guardalavaca en Cuba.
—Habría
que poner camas kingsize... —sugirió Valérie.
—Concedido
—contestó Jean–Yves de inmediato.
—Jacuzzi
privado en las suites... —sugerí yo.
—No
—me cortó—. Seguimos estando en gama media.
Todo
se encadenaba naturalmente, sin dudas ni vacilaciones; habría que ponerse de
acuerdo con los gerentes para regular las tarifas de la prostitución local.
Hicimos
una breve pausa para comer. En ese mismo momento, a menos de un kilómetro, dos
adolescentes de Courtilières le abrían la cabeza a una sexagenaria a golpes de
bate de béisbol. De entrada, yo pedí caballa al vino blanco.
—¿Tenéis
previsto algo en Tailandia? —pregunté.
—Sí,
hay un hotel en construcción en Krabi. Es el nuevo destino de moda, después de
Phuket. Podríamos acelerar las obras para abrir el primero de enero; estaría
bien hacer una inauguración por todo lo alto.
Dedicamos
la tarde a desarrollar los diferentes aspectos innovadores de los clubs
Afrodita. El punto más importante, claro, era la autorización de entrada a las
prostitutas y prostitutos locales. Obviamente, no necesitábamos pensar en
estructuras de acogida para los niños: de hecho, lo mejor sería prohibir la
entrada a los clubs a los menores de dieciséis años. Valérie sugirió una idea
ingeniosa: indicar en el catálogo, como tarifa básica, la de las habitaciones
individuales, y aplicar un diez por ciento de descuento a la habitación doble;
en resumen, darle la vuelta al modelo habitual de presentación. Creo que fui yo
quien propuso una política gay friendly, y hacer circular el rumor de que la
afluencia homosexual a los clubs era de un veinte por ciento: por lo general,
ese tipo de información bastaba para atraerlos; y ellos se las arreglaban solos
para crear ambiente en cualquier sitio. El lema de la campaña publicitaria nos
llevó más tiempo. Jean–Yves había dado con una fórmula básica y eficaz: «Las
vacaciones son para disfrutarlas»; pero al final fui yo el que se llevó el gato
al agua con «Eldorador Afrodita: porque todos tenemos derecho al placer». Desde
la intervención de la OTAN en Kosovo, la noción de derecho volvía a tener
sentido, me explicó Jean–Yves con ironía; pero en realidad hablaba en serio,
acababa de leer un artículo sobre el tema en Stratégies. Todas las campañas
recientes basadas en la idea de derecho habían tenido éxito: el derecho a la
innovación, el derecho a la calidad... El derecho al placer, concluyó
tristemente, era un tema nuevo. Empezábamos a estar un poco cansados, y
JeanYves nos dejó a Valérie y a mí en el 2 + 2 antes de volver a casa. Era
sábado por la noche, y había bastante gente. Conocimos a una pareja de negros
muy simpática: ella era enfermera, él batería de jazz; a él le iba bien,
grababa discos con regularidad. Lo cierto es que trabajaba mucho la técnica,
trabajaba sin parar. «No hay ningún secreto...», dije yo tontamente, y lo raro
es que él asintió; yo había dado, sin pretenderlo, con una verdad profunda. «El
secreto es que no hay ningún secreto», repinó convencido. Habíamos terminado
las copas, y nos dirigimos a las habitaciones. El le propuso a Valérie una
doble penetración. Ella aceptó, a condición de que fuera yo quien la
sodomizara; había que hacerlo con mucha suavidad, yo estaba más acostumbrado.
Jérôme estuvo de acuerdo y se tendió en la cama. Nicole le masturbó para
mantener su erección, y luego le puso un preservativo. Yo le subí la falda a
Valérie hasta la cintura; no llevaba nada debajo. Se empaló de golpe en la
polla de Jérôme y se tumbó sobre él. Yo le separé las nalgas, la humedecí
ligeramente y empecé a metérsela en el culo con prudentes empujoncitos.
Cuando
tuve el glande totalmente hundido, sentí que sus músculos rectales se
contraían. Me puse rígido, respiré hondo; había estado a punto de correrme. Al
cabo de unos segundos, me hundí más en ella. Cuando estuve a medio camino, ella
empezó a moverse hacia delante y hacia atrás, frotando el pubis contra el de
Jérôme. Yo ya no tenía nada que hacer; ella empezó a lanzar un gemido largo y
modulado, su culo se abría, me hundí en ella hasta la raíz, era como resbalar
por un plano inclinado, ella se corrió extrañamente deprisa. Luego se quedó
quieta, jadeante, feliz. No era forzosamente más intenso, me explicó un poco
más tarde; pero cuando todo iba bien, había un momento en que las dos
sensaciones se fundían, la invadía algo muy dulce e irresistible, como un calor
global.
Nicole
se había masturbado constantemente mirándonos, empezaba a estar muy excitada, y
relevó de inmediato a Valérie. Sólo tuve tiempo de cambiar de preservativo.
«Conmigo puedes pisar a fondo», me dijo al oído, «me gusta que me la metan
fuerte.» Y eso hice, cerrando los ojos para evitar las cimas de excitación,
para intentar concentrarme en la sensación pura. Todo era muy fácil, yo estaba
agradablemente sorprendido por mi propia resistencia. Ella también se corrió
muy deprisa, con gritos altos y roncos.
Después,
Nicole y Valérie se arrodillaron para hacernos una mamada mientras Jérôme y yo
charlábamos. Él me explicó que todavía hacía giras, pero que cada vez le
gustaba menos. Al envejecer, prefería quedarse en casa, ocuparse de su familia
—tenían dos hijos— y trabajar solo con la batería.
Entonces
me habló de nuevos sistemas de ritmo, de 4/3 y de 7/9; la verdad es que yo no
entendía gran cosa. Justo en mitad de una frase lanzó un grito de sorpresa,
puso los ojos en blanco: se corrió de golpe, eyaculando violentamente en la
boca de Valérie. «Ah, me ha engañado...», dijo, casi riéndose. «Me la ha jugado
bien.» Yo sentía que tampoco iba a aguantar mucho más: Nicole tenía una lengua
muy especial, ancha, blanda y untuosa; lamía lentamente, la excitación crecía
de manera insidiosa pero casi irresistible. Le hice una señal a Valérie para
que se acercara, le expliqué a Nicole lo que quería: que cerrara simplemente
los labios en torno al glande, que no moviera la lengua, que se quedara inmóvil
mientras Valérie me masturbaba y me lamía los cojones. Ella asintió y cerró los
ojos, esperando la descarga. Valérie se puso manos a la obra con dedos vivaces,
nerviosos, parecía estar otra vez en plena forma. Yo abrí los brazos y las
piernas todo lo que pude y cerré los ojos. La sensación me inundó a bruscas sacudidas,
como relámpagos; explotó justo antes de que me corriera en la boca de Nicole.
Fue casi una conmoción: detrás de mis párpados fulguraron puntos luminosos, un
poco después me di cuenta de que había estado a punto de desmayarme. Abrí los
ojos con esfuerzo. La punta de mi polla seguía dentro de la boca de Nicole,
Valérie me había rodeado el cuello con la mano y me miraba con una misteriosa
expresión de ternura; me dijo que había gritado como un desaforado.
Nos
llevaron a casa poco después. En el coche, Nicole volvió a excitarse. Se sacó
los pechos del corsé, se levantó la falda y se tumbó en el asiento trasero, con
la cabeza en mis muslos. La masturbé lentamente, seguro de mí mismo; sentía sus
pezones duros y su coño húmedo. El olor de su sexo impregnaba el coche. Jérôme
conducía con prudencia, se paraba en los semáforos en rojo; por las ventanillas
vi las luces de la Concorde, el obelisco, luego el puente Alexandre III, los
Invalides. Me sentía bien, sereno y todavía un poco activo. Ella se corrió más
o menos a la altura de la place d’Italie.
Nos
separamos después de darnos los números de teléfono.
Por
su parte, Jean–Yves había tenido un leve ataque de tristeza después de
dejarnos, y había aparcado el coche en la avenue de la République. La
excitación del día se había disipado; sabía que Audrey no estaría en casa, pero
eso más bien le alegraba. Se cruzarían fugazmente a la mañana siguiente, antes
de que ella saliera a patinar; desde que habían vuelto de vacaciones, dormían
en habitaciones separadas.
¿Para
qué iba a volver? Se arrellanó en el asiento, pensó en buscar una emisora de
radio, no lo hizo. Los jóvenes pasaban en pandilla por la avenida, chicos y
chicas; parecían divertirse, o al menos no paraban de gritar. Algunos llevaban
latas de cerveza. Podía bajar, unirse a ellos, quizás armar una bronca; podía
hacer diferentes cosas. Pero al final iba a volver. En cierto sentido amaba a
su hija, o por lo menos eso suponía; sentía por ella algo orgánico y
potencialmente mezclado con la sangre, que correspondía a la definición del
término. Por su hijo no sentía nada parecido. A lo mejor ni siquiera era suyo;
se había casado con Audrey sobre unas bases un poco frágiles. En cualquier
caso, por ella ya sólo sentía desprecio y asco; demasiado asco, habría preferido
la indiferencia. Tal vez eso era lo que esperaba para divorciarse, ese estado
de indiferencia; de momento seguía teniendo la impresión, demasiado intensa, de
que ella tenía que pagar. Para colmo, soy yo el que lo va a pagar, se dijo de
pronto, con amargura. Le darían a ella la custodia de los niños, y él cargaría
con una elevada pensión. A menos que intentara quedarse con los niños, que
luchara por ellos; pero no, concluyó, no valía la pena. Peor para Angélique.
Estaría mejor solo, podría intentar rehacer su vida, es decir, más o menos,
encontrar otra tía. Con el lastre de dos críos, a la muy puta le costaría más.
Se consoló con la idea de que difícilmente podría encontrar a alguien peor que
Audrey y que, a fin de cuentas, sería ella quien sufriría las consecuencias del
divorcio. Ya no era tan bella como cuando la había conocido; tenía presencia,
se vestía a la moda, pero él sabía que su cuerpo, que tan bien conocía, iba ya
cuesta abajo. Por otra parte, su carrera de abogada estaba lejos de ser tan brillante
como ella decía; y presentía que la custodia de los niños no iba a arreglar
precisamente las cosas. La gente arrastra su progenitura como una cadena, un
peso terrible que traba el menor de sus movimientos, y que la mayoría de las
veces termina, ciertamente, por matarlos. La venganza es un plato que se
saborea frío; cuando todo aquello le diera completamente igual. Durante unos
cuantos minutos más, aparcado al principio de la avenida, que ya estaba
desierta, se ejercitó en la indiferencia.
En
cuanto cruzó la puerta del apartamento, las preocupaciones habituales volvieron
a caerle encima. Johanna, la canguro, miraba la MTV tumbada en el sofá. Odiaba
a aquella preadolescente blanda y absurdamente groove; cada vez que la veía le
entraban ganas de emprenderla a bofetadas con su cara larga y hastiada hasta
cambiarle la expresión. Era la hija de una amiga de Audrey.
—¿Qué
tal? —gritó. Ella asintió con indolencia—. ¿Puedes bajar el volumen? —Ella
buscó con los ojos el mando a distancia. Exasperado, él apagó el televisor;
ella le dirigió una mirada ofendida.
—¿Y
los niños, todo bien? —Seguía gritando, aunque ya no se oía ningún ruido en el
apartamento.
—Sí,
creo que están durmiendo. —Ella se acurrucó en el sofá, un poco asustada.
El
subió al primer piso y empujó la puerta de la habitación de su hijo. Nicolás le
echó una mirada distante y luego continuó su partida de Tomb Raider. Por su
parte, Angélique dormía como un tronco. Volvió a bajar, un poco más tranquilo.
—¿Se
ha bañado Nicolás?
—Sí...
No, se me ha olvidado.
Él
entró en la cocina y llenó un vaso de agua. Le temblaban las manos. En la
encimera vio un martillo. Las bofetadas no le habrían servido de nada a
Johanna; lo mejor habría sido hundirle el cráneo a martillazos. Jugó un momento
con la idea; los pensamientos giraban rápidamente en su cabeza, sin mucho
control. En el vestíbulo, espantado, se dio cuenta de que llevaba el martillo
en la mano. Lo dejó en una mesa baja y buscó en la cartera dinero para el taxi
de la canguro.
Ella
lo cogió con un gruñido de agradecimiento. Cuando salió, él cerró de un
portazo, con una violencia incontrolada; el ruido resonó en todo el
apartamento. Estaba claro que algo no andaba nada bien en su vida. En el salón,
vio que el mueble de los licores estaba vacío; Audrey ya ni siquiera era capaz
de ocuparse de eso. Al pensar en ella, sintió un estremecimiento de odio de tal
intensidad que le sorprendió. En la cocina encontró una botella de ron
empezada; bien, aquello serviría. Desde su dormitorio, marcó sucesivamente el
número de las tres chicas que había conocido a través de Internet: las tres
veces respondió un contestador. Habrían salido a follar por su cuenta. Cierto
que eran sexys, simpáticas e iban a la moda; pero de todos modos le costaban dos
mil francos por velada, lo que a la larga resultaba humillante. ¿Cómo había
llegado ahí? Tendría que haber salido, haber hecho amigos, haberse dedicado un
poco menos a su trabajo. Volvió a pensar en los clubs Afrodita, se dio cuenta
por primera vez de que quizás los directivos no vieran la idea con buenos ojos;
en ese momento, en Francia, había una mentalidad muy poco favorable al turismo
sexual. Sí, a Leguen podría intentar presentarle una versión edulcorada del
proyecto; pero Espitalier no se la tragaría, tenía una agudeza peligrosa.
¿Pero
es que había elección? Su posicionamiento en la gama media no tenía ningún
sentido en comparación con el Club Med, estaba seguro de poder demostrarlo.
Rebuscando en los cajones de su escritorio encontró la declaración de principió
de Aurore, redactada diez años antes por los fundadores, y expuesta en todos
los hoteles del grupo. «El espíritu de Aurore es el arte de conjugar las
habilidades, utilizar la tradición y la modernidad con rigor, imaginación y
humanismo para conseguir una gran calidad. Los hombres y las mujeres de Aurore
son los depositarios de un patrimonio cultural único: el arte de la
hospitalidad. Conocen los ritos y usos que transforman la vida en arte de vivir
y el más sencillo de los servicios en un momento privilegiado. Es un oficio, es
un arte: es el talento de todos ellos. Crear lo mejor para compartirlo, llegar
a lo esencial a través de la cordialidad, inventar espacios para el placer: por
todo esto, Aurore es un perfume francés que realza el mundo.»
De
pronto, se dio cuenta de que aquel camelo apestoso podría aplicarse
perfectamente a una cadena de burdeles bien organizada; a lo mejor podrían
jugar esa baza con los tour operadores alemanes. Sin la menor lógica, algunos
alemanes seguían pensando que Francia era el país de la galantería y del arte
del amor. Si un gran tour operador alemán se decidía a poner los clubs Afrodita
en su catálogo, meterían un gol decisivo; nadie en la profesión lo había
conseguido todavía.
Estaba
en contacto con Neckermann para la venta de los clubs del Magreb; pero también
podía intentarlo con TUI, que había rechazado las primeras ofertas porque ya
estaban muy bien implantados en la gama más baja; puede que se interesaran por
un proyecto más dirigido.
11
El
lunes por la mañana intentó hacer los primeros contactos. Tuvo suerte nada más
empezar: el presidente de la junta directiva de TUI iba a pasar unos días en
Francia a primeros de mes; podía comer con ellos. Mientras tanto, si pudieran
poner el proyecto por escrito, tendría sumo placer en estudiarlo. Jean–Yves
entró en el despacho de Valérie para anunciarle la noticia; ella se quedó
petrificada. TUI tenía un volumen de negocio anual de veinticinco billones de
francos, tres veces más que Neckermann, seis veces más que Nouvelle Frontières,
era el primer tour operador mundial.
Dedicaron
el resto de la semana a elaborar un informe tan completo como fuera posible. En
el plano financiero, el proyecto no necesitaba grandes inversiones: algunos
cambios de mobiliario, reestructurar la decoración para conseguir un tono más
«erótico»; se habían puesto de acuerdo enseguida sobre la definición de
«turismo con encanto» que iban a emplear en todos los documentos de empresa. Lo
más importante es que se esperaba una disminución significativa de los gastos
fijos: ya no habría ni animaciones deportivas ni club de infancia. Así que no
tendrían que pagar los salarios de los puericultores, los monitores de
windsurf, de tiro con arco, de aeróbic, de buceo, los especialistas en ikebana,
esmaltes o pintura sobre seda. Tras la primera simulación, Jean–Yves se dio
cuenta con incredulidad de que, incluyendo todas las amortizaciones, el coste
anual de los clubs iba a bajar un veinticinco por ciento. Rehizo los cálculos
tres veces, y las tres veces obtuvo los mismos resultados. Aun más
impresionante porque, para el coste de estancia, quería proponer unas tarifas
de catálogo que superaban un veinticinco por ciento a la media de la categoría;
es decir, que quería homologarlas con la tarifa media de los Club Med. El
índice de beneficios daba un salto hacia delante del cincuenta por ciento.
—Tu
novio es un genio... —le dijo a Valérie, que acababa de reunirse con él en el
despacho.
Durante
todos aquellos días, el ambiente en la empresa era un poco raro. Los
enfrentamientos del fin de semana anterior en Evry no pillaban a nadie por
sorpresa, pero un balance de siete muertos era especialmente alto. Muchos
empleados, sobre todo los más antiguos, vivían muy cerca de la empresa. Al
principio habían dormido en los caserones que se habían construido más o menos
a la vez que la sede social, luego, muy a menudo, habían alquilado el terreno
para construir un chalet.
—Los
compadezco —me dijo Valérie—. Los compadezco sinceramente. El sueño de todos
ellos es instalarse en provincias, en una región tranquila; pero no pueden irse
todavía, perderían gran parte de la pensión. He hablado del tema con la
telefonista: le faltan tres años para jubilarse. Su sueño es comprar una casa
en Dordoña, donde nació. Pero allí se han instalado muchos ingleses, los
precios se han vuelto disparatados, incluso por una casucha de mala muerte. Y
por otro lado el precio de su chalet está por los suelos, ahora todo el mundo
sabe que es un barrio peligroso, lo va a revender por un tercio de su valor.
»Las
que me han sorprendido también son las secretarias del segundo piso. Entré en
el despacho a las cinco y media para que mecanografiaran una nota, y todas
estaban conectadas a Internet. Me explicaron que ahora ya sólo hacen las
compras en la red, es más seguro: cuando salen del trabajo, se atrincheran en
sus casas esperando al servicio de reparto.
La
psicosis no disminuyó en el curso de las semanas siguientes, incluso tendió a
aumentar. En los periódicos ya no hablaban de otra cosa que de profesores
apuñalados, maestras violadas, ataques a camiones de bomberos con cócteles
Molotov, minusválidos arrojados por la ventanilla de un tren por «mirar mal» al
cabecilla de una banda. Le Figaro lo pasaba en grande, si uno lo leía todos los
días tenía la impresión de que íbamos de cabeza a la guerra civil. Cierto que
estábamos entrando en período preelectoral, y que el capítulo de la seguridad
parecía el único susceptible de preocupar a Lionel Jospin. De todas formas, no
era demasiado probable que los franceses votaran otra vez a Jacques Chirac:
tenía tal cara de imbécil que se estaba empezando a cargar la imagen del país.
Uno
se sentía incómodo al ver a ese gran panfilo, con las manos a la espalda,
visitando una hacienda agrícola o asistiendo a una cumbre de jefes de Estado;
el pobre daba pena.
La
izquierda, incapaz de atajar el aumento de la violencia, aguantaba bien: pasaba
más o menos inadvertida, convenía en que las cifras eran malas, incluso muy
malas, pedía que se evitara cualquier explotación política, recordaba que la
derecha, en su momento, no lo había hecho mejor. Sólo hubo un pequeño patinazo
con un editorial ridículo de un tal Jacques Attali. Según él, la violencia
urbana de los jóvenes era «una llamada de socorro». Los escaparates de lujo de
Les Halles o de los Champú–Elysées eran, escribía, «despliegues obscenos
comparados con su miseria». Pero no había que olvidar que el extrarradio
también era «un mosaico de pueblos y de razas, llegados con sus tradiciones y
sus creencias para forjar nuevas culturas y volver a inventar el arte de la
convivencia». Valérie me miró con asombro: era la primera vez que yo me echaba
a reír a carcajadas leyendo L ‘Express.
—Más
vale que Jospin le haga callar hasta la segunda ronda, si quiere salir elegido.
—Le
estás tomando el gusto a la estrategia...
A
pesar de todo, yo también empezaba a dejarme ganar por la inquietud. Valérie
volvía a salir tarde del trabajo, era raro que llegara a casa antes de las
nueve; quizás sería más prudente comprar un arma. Yo tenía un contacto, el
hermano de un artista al que le había organizado una exposición dos años antes.
En realidad no pertenecía al medio, sólo había participado en algunas estafas.
Era más bien inventor, una especie de manitas para todo. Hacía poco, le había
dicho a su hermano que había encontrado el modo de traficar con los nuevos
documentos de identidad, que se consideraban imposibles de falsificar.
—Ni
hablar —contestó Valérie de inmediato—. No corro ningún peligro: de día nunca
salgo del edificio de la empresa, y por la noche siempre vuelvo en coche, sea
la hora que sea.
—Hay
semáforos en rojo.
—Entre
la sede de Aurore y la entrada de la autopista hay sólo un semáforo. Salgo en
la Porte d’Italie, y enseguida estoy en casa. Nuestro barrio no es peligroso.
Era
cierto. En Chinatown había poquísimos robos o agresiones. No sé cómo lo hacían:
¿tendrían su propio sistema de vigilancia? En cualquier caso, habían tomado
nota de nuestra llegada desde el primer momento; más de veinte personas nos
saludaban todos los días. Era poco frecuente que unos europeos vivieran allí,
de hecho estábamos en minoría en el edificio. A veces veíamos carteles escritos
en caracteres chinos que parecían anunciar una reunión o una fiesta, pero
cualquiera sabía. Uno puede vivir entre chinos durante años sin entender lo más
mínimo su modo de vida.
Aun
así llamé a mi contacto, que prometió informarse y me volvió a llamar dos días
después. Me podía conseguir una buena pipa, en muy buen estado, por diez mil
francos; el precio incluía una buena reserva de municiones. Sólo tendría que
limpiarla con regularidad para evitar que se encasquillara cuando tuviera que
usarla. Volví a hablarle del tema a Valérie, que se negó otra vez.
—No
podría —dijo—. No tendría valor para disparar.
—¿Incluso
si estuvieras en peligro de muerte?
Ella
sacudió la cabeza.
—Ni
hablar —repitió—. No podría.
No
insistí.
—Cuando
era pequeña —me dijo un poco después—, ni siquiera era capaz de matar una
gallina.
A
decir verdad, yo tampoco; pero me parecía mucho más fácil matar a un hombre.
Curiosamente,
yo no tenía miedo por mí. Cierto que no me cruzaba mucho con las hordas
bárbaras, salvo en algunas ocasiones, en la pausa para comer, cuando iba a dar
una vuelta por el Forum des Halles, donde la sutil imbricación de las fuerzas
de seguridad (grupos de antidisturbios, policías de uniforme, vigilantes
pagados por la asociación de comerciantes) eliminaba, en teoría, cualquier
peligro. Así que me movía en la tranquilizadora topografía de los uniformes; me
sentía un poco como en Thoiry. En ausencia de las fuerzas del orden, lo sabía,
habría sido una presa fácil, aunque poco interesante; mi traje de ejecutivo
medio, muy convencional, no tenía nada que pudiera atraerlos. Por mi parte, no
había nada que me atrajera en aquellos jóvenes de las clases peligrosas; ni los
entendía ni intentaba entenderlos. No simpatizaba en absoluto ni con sus
pasiones ni con sus valores. Nunca habría movido un dedo para tener un Rolex,
unas Nike o un BMW Z3; ni siquiera conseguía establecer la menor diferencia
entre los productos de marca y las imitaciones. Estaba claro que cometía un
error. Me daba cuenta: mi posición era minoritaria, y por lo tanto equivocada.
Tenía que haber alguna diferencia entre las camisas de Yves Saint–Laurent y las
demás camisas, entre los mocasines de Gucci y los mocasines André. Yo era el
único que no la notaba; era una imperfección de la que no podía valerme para
condenar al mundo.
¿Acaso
alguien le pediría a un ciego que se convirtiera en experto en pintura
posimpresionista? A causa de mi ceguera, por muy involuntaria que fuese, me
hallaba al margen de una realidad humana viva y lo bastante fuerte para
provocar sacrificios y crímenes. No había duda de que aquellos jóvenes, a
través de su instinto semisalvaje, presentían la presencia de lo bello; su
deseo era loable y estaba perfectamente de acuerdo con las normas sociales; en
resumen, bastaba con rectificar un modo de expresión inadecuado.
Sin
embargo, pensándolo bien, tenía que reconocer que Valérie y Marie–Jeanne, las
dos únicas presencias femeninas un poco consistentes de mi vida, mostraban una
total indiferencia por las blusas de Kenzo o los bolsos de Prada; en realidad,
y hasta donde yo sabía, compraban casi cualquier marca. Jean–Yves, que era el
individuo con el sueldo más alto de todos los que conocía, tenía una marcada
preferencia por los polos de Lacoste; pero en cierto modo los compraba
maquinalmente, por un antiguo hábito, sin preocuparse de comprobar si alguna
otra marca se había puesto más de moda que su marca favorita. Algunas
funcionarías del Ministerio de Cultura que conocía de vista (si puedo decirlo
así, ya que entre un encuentro y el siguiente se me olvidaban sus nombres, sus
cargos y hasta sus caras) compraban ropa de diseñadores, pero siempre se
trataba de diseñadores jóvenes y poco conocidos, distribuidos en una sola
tienda de París, y sabía que ellas no habrían dudado en abandonarlos si
hubieran empezado a tener éxito.
Claro,
el poder de seducción de Nike, Adidas, Armani o Vuitton era indiscutible; podía
comprobarlo en cualquier momento hojeando Le Figaro y su suplemento color
salmón.
¿Pero
quién, además de los jóvenes del extrarradio, contribuía al éxito de esas
marcas? Tenía que haber sectores enteros de la sociedad que me eran ajenos; a
menos que se tratara, cosa mucho más banal, de las clases enriquecidas del
Tercer Mundo. Yo había viajado y vivido poco, y cada vez estaba más claro que
apenas entendía el mundo moderno.
El
27 de septiembre hubo una reunión con los once gerentes de los complejos
Eldorador, que viajaron a Évry para la ocasión. Era una reunión habitual, que
tenía lugar todos los años por la misma época, para hacer el balance de
resultados de la temporada estival y considerar posibles mejoras.
Pero
esta vez había más puntos en el orden del día. Para empezar, tres complejos
iban a cambiar de manos; se acababa de firmar el contrato con Neckermann. Y en
cuatro de los complejos restantes —los que pasaban a formar parte de la fórmula
«Afrodita»—, el gerente iba a verse obligado a despedir a la mitad del
personal.
Valérie
no asistió a la reunión, tenía una cita con un representante de Italtrav para
presentarle el proyecto. El mercado italiano estaba mucho más fragmentado que
el del norte de Europa: por mucho que Italtrav fuera el primer tour operador
italiano, su potencia financiera no era ni la décima parte de la de TUI; sin
embargo, un acuerdo entre ambos podía representar una clientela adicional muy
beneficiosa.
Volvió
de su cita a eso de las siete. Jean–Yves estaba solo en su despacho; la reunión
acababa de terminar.
—¿Cómo
han reaccionado?
—Mal.
En realidad los entiendo; deben de sentirse como si estuvieran en el banquillo
de los acusados.
—¿Vas
a sustituir a los gerentes?
—Es
un proyecto nuevo; más vale arrancar con equipos nuevos.
Hablaba
con mucha tranquilidad. Valérie le miró con sorpresa: en los últimos tiempos
estaba cada vez más seguro de sí mismo, y era más duro.
—Ahora
sé que vamos a ganar. En la pausa de mediodía llevé aparte al gerente de Boca
Chica, en Santo Domingo.
Quería
saber a qué atenerme: quería saber cómo se las arreglaba para tener un índice
de ocupación del noventa por ciento en cualquier estación del año. El estaba
incómodo, se fue por las ramas, me habló del trabajo en equipo. Terminé por
preguntarle directamente si dejaba que las chicas subieran a las habitaciones
de los clientes; me costó mucho que lo admitiera, tenía miedo de una posible
sanción. Me vi obligado a decirle que eso no me molestaba, que, al contrario,
me parecía una iniciativa interesante. Entonces lo confesó. Le parecía una
estupidez que los clientes tuvieran que alquilar habitaciones a dos kilómetros
de allí, a menudo sin agua corriente, y a riesgo de que los timaran, cuando en
el hotel tenían a su disposición todas las comodidades. Le felicité y le
prometí que conservaría su puesto, aunque tuviera que despedir a todos los
demás.
Caía
la noche; él encendió la lámpara de su escritorio y guardó silencio un momento.
—Con
los otros no siento el menor remordimiento. Más o menos, todos tienen el mismo
perfil. Son antiguos animadores que sentaron la cabeza en el momento adecuado,
que se han tirado a todas las tías que han querido sin tener que mover un dedo,
y que pensaban que convirtiéndose en gerentes podrían seguir tocándose las
narices al sol hasta la jubilación. Pero ya ha pasado su momento. Peor para
ellos.
Ahora
necesito verdaderos profesionales.
Valérie
cruzó las piernas y le miró sin decir palabra.
—¿Y
tu cita con Italtrav?
—Oh,
bien. Sin problemas. Ha entendido enseguida lo que quería decir «turismo con
encanto», incluso ha intentado ligar conmigo... Eso es lo bueno de los
italianos, por lo menos son previsibles... En fin, me ha prometido que va a
meter los clubs en su catálogo, pero me ha dicho que no me haga demasiadas
ilusiones: Italtrav es una gran empresa, sobre todo, porque reúne a muchas
agencias de viajes especializadas, pero la marca en sí misma no tiene una
identidad fuerte. De hecho, actúa un poco como un distribuidor: podemos
sumarnos a la lista, pero lo de hacerse un nombre en el mercado es cosa
nuestra.
—¿Y
qué pasa con España?
—Tenemos
un buen contacto con Marsans. Es un caso parecido, salvo que son más
ambiciosos; llevan algún tiempo intentando implantarse en Francia. Yo tenía el
temor de que estuviéramos haciéndole la competencia a su oferta, pero no, ellos
la consideran complementaria.
Se
quedó pensativa un instante antes de continuar:
—¿Y
qué hacemos con Francia?
—Sigo
sin saberlo... A lo mejor es una estupidez por mi parte, pero me da mucho miedo
desencadenar una campaña de prensa moralista. Claro, podríamos hacer un estudio
de mercado, poner a prueba el concepto...
—Tú
nunca has creído en esas cosas.
—No,
es verdad... —Dudó un momento—. De hecho, estoy tentado de hacer un lanzamiento
mínimo en Francia, sólo a través de la red Auroretour. Con publicidad en
revistas muy especializadas, como FHM o L’Écho des Savanes. Pero, al menos al
principio, deberíamos concentrarnos en el norte de Europa.
La
cita con Gottfried Rembke era el viernes siguiente.
La
víspera, Valérie se puso una mascarilla relajante y se acostó muy temprano.
Cuando yo me desperté, a las ocho, ella ya estaba lista. El resultado era
impresionante. Llevaba un traje sastre negro, con una falda muy corta que le
moldeaba el culo a las mil maravillas; debajo de la chaqueta se había puesto
una blusa de encaje violeta, ajustada y en algunos sitios transparente, y un
sujetador de color escarlata que le levantaba el pecho y lo dejaba muy al
descubierto. Cuando se sentó frente a la cama vi las medias negras degradadas
hacia arriba, sujetas por un liguero. Llevaba los labios pintados de rojo
oscuro, casi púrpura, y se había recogido el pelo en un moño.
—¿Doy
el pego? —preguntó, burlona.
—Vaya
que sí. Las mujeres, desde luego... —suspiré—.
Cuando
quieren poner algo de relieve...
—Es
mi disfraz de seductora institucional. También me lo he puesto un poco por ti;
sabía que te gustaría.
—Volver
a erotizar la empresa... —gruñí. Ella me tendió una taza de café.
Hasta
que se marchó no hice otra cosa que mirarla ir y venir, levantarse y sentarse.
Puede que no fuera gran cosa, bueno, era muy sencillo, pero desde luego daba el
pego.
Cuando
cruzaba las piernas, aparecía una banda oscura en lo alto de los muslos,
subrayando por contraste la extrema delicadeza del nylon. Si las cruzaba más,
se veía una banda de encaje negro un poco más arriba, y luego el botón del
liguero, la carne blanca y desnuda, la base de las nalgas. Cuando descruzaba
las piernas, todo desaparecía. Si se inclinaba sobre la mesa, sentía sus pechos
palpitar bajo la tela. Podría haberme pasado horas mirándola. Era un placer
fácil, inocente, eternamente alegre; una pura promesa de felicidad.
Tenían
que verse a la una en el restaurante Le Divellec, rue de l’Université;
Jean–Yves y Valérie llegaron con diez minutos de antelación.
—¿Cómo
empezamos? —se inquietó Valérie mientras salían del taxi.
—Psch,
sólo tienes que decirle que queremos abrir unos burdeles para boches...
—Jean–Yves hizo una mueca cansada—. No te preocupes, no te preocupes, él mismo
preguntará lo que le interese.
Gottfried
Rembke llegó a la una en punto. En cuanto entró en el restaurante y le dio el
abrigo al camarero, supieron que era él. El cuerpo rechoncho y sólido, el
cráneo reluciente, la mirada franca, el enérgico apretón de manos: todo en él
respiraba soltura y dinamismo, correspondía perfectamente a la idea que uno se
hace de un gran empresario, y más concretamente de un gran empresario alemán.
Uno se lo imaginaba saltando sobre el día con entusiasmo: levantándose de la
cama de un brinco para hacer media hora de bicicleta estática, y luego camino
al despacho en su flamante Mercedes, escuchando la información económica.
—Este
tío parece perfecto... —gruñó Jean–Yves al levantarse, todo sonrisas, para
saludarle.
Durante
los diez primeros minutos, Herr Rembke sólo habló de cocina. Estaba claro que
conocía bien Francia, su cultura, sus restaurantes; incluso tenía una casa en
Provenza.
«Impecable,
el tío; impecable...», pensó Jean–Yves, examinando su consomé de langostinos al
curasao. «Rock and roll, Gotty», añadió mentalmente, hundiendo la cuchara en el
plato. Valérie lo hacía muy bien: escuchaba con atención, le brillaban los ojos
como si hubiera sucumbido al encanto del hombre. Quiso saber dónde estaba
exactamente la casa de Provenza, si tenía tiempo para ir a menudo, etc. Ella
había pedido una crema de nécoras con frutas del bosque.
—Así
que le interesa el proyecto... —continuó Valérie, sin cambiar de tono.
—Verá
—dijo él con tono pensativo—, sabemos perfectamente que el «turismo con
encanto» —había tropezado un poco con la expresión— es una de las motivaciones
principales de nuestros compatriotas cuando salen de vacaciones al extranjero;
y por otra parte es comprensible, no hay manera más deliciosa de viajar. Sin
embargo, y es curioso, ningún gran grupo ha estudiado seriamente el tema hasta
ahora, dejando aparte algunas tentativas, muy insuficientes, destinadas a la
clientela homosexual. En esencia, por sorprendente que parezca, estamos frente
a un mercado virgen —Es un asunto polémico, creo que la mentalidad todavía
tiene que evolucionar... —intervino Jean–Yves, dándose cuenta de que estaba
diciendo una chorrada— a los dos lados del Rhin —concluyó del modo más
lamentable.
Rembke
le miró con frialdad, como si sospechara que se estaba riendo de él; Jean–Yves
volvió a meter la nariz en su plato y se juró no decir una palabra hasta el
final de la comida. De todas formas, Valérie se las estaba arreglando de
maravilla.
—No
traslademos los problemas franceses a Alemania...
—dijo
ella, cruzando las piernas con un movimiento ingenuo.
Rembke
volvió a prestarle toda su atención.
—Nuestros
compatriotas —continuó él— sólo pueden contar consigo mismos, y a menudo se las
tienen que ver con intermediarios de dudosa honestidad. En general, el sector
está plagado de aficionados; lo que constituye una enorme pérdida de ingresos
para el conjunto de la profesión.
Valérie
asintió rápidamente. El camarero trajo un asado de pez de san Pedro con higos
tempranos.
—Su
proyecto —siguió él, después de echarle una mirada al plato— nos ha interesado
también porque supone una total alteración de la óptica tradicional de la
estancia en club. Lo que a principios de la década de los setenta era una
fórmula bien adaptada, ya no corresponde a las expectativas del consumidor
moderno. Las relaciones humanas en Occidente se han vuelto más difíciles, y
claro, eso lo lamentamos todos...
—dijo
mirando otra vez a Valérie, que descruzó las piernas con una sonrisa.
Cuando
llegué del trabajo, a las seis y cuarto, ella ya había vuelto. Me quedé un poco
sorprendido: creo que era la primera vez que la encontraba en casa desde que
vivíamos juntos. Estaba sentada en el sofá, todavía con su traje, con las
piernas ligeramente separadas. Miraba al vacío, parecía pensar en cosas felices
y dulces. Yo no lo sabía en aquel momento, pero en cierto modo estaba viendo el
equivalente de un orgasmo en el plano profesional.
—¿Ha
ido todo bien? —pregunté.
—Mejor
que bien. He vuelto en cuanto hemos terminado de comer, sin pasar por el
despacho; no veía qué más podíamos hacer esta semana. No sólo se ha interesado
por el proyecto, sino que tiene la intención de convertirlo en uno de sus
productos estrella en cuanto empiece la temporada de invierno. Está dispuesto a
financiar la edición de un catálogo y una campaña de publicidad especialmente
concebida para el público alemán. Cree que él solito puede garantizar la
ocupación completa de los clubs que tenemos; incluso nos ha preguntado si había
otros en construcción. Lo único que quiere es la exclusividad en su mercado:
Alemania, Austria, Suiza y Benelux; sabe que también estamos en contacto con
Neckermann.
»He
reservado un fin de semana —añadió— en un centro de talasoterapia en Dinard.
Creo que lo necesito. Podemos aprovechar para visitar a mis padres.
El
tren salió de la estación de Montparnasse una hora después. La tensión
acumulada desapareció rápidamente al correr de los kilómetros y se convirtió en
una tensión normal, es decir, más bien sexual y juguetona. Los últimos
edificios del extrarradio desaparecían a lo lejos; el TGV se aproximaba a su
velocidad máxima, justo antes de entrar en la llanura de Hurepoix. Un resto de
día, un tinte rojizo casi imperceptible, flotaba hacia el oeste, por encima de
la masa oscura de los silos de grano. Estábamos en un vagón de primera clase
dividido en semicompartimentos; sobre las mesas que separaban los asientos, las
lamparitas amarillas ya estaban encendidas. Al otro lado del pasillo, una mujer
de unos cuarenta años, elegante y conservadora, con el pelo rubio recogido en
un moño, hojeaba Madame Figaro. Yo había comprado el mismo periódico, e
intentaba sin mucho éxito encontrar algo de interés en las páginas de color
salmón. Desde hacía unos cuantos años, acariciaba la idea teórica de que era
posible descifrar el mundo y comprender sus evoluciones dejando de lado todo lo
relacionado con la actualidad política, las páginas de sociedad o la cultura;
que era posible hacerse una idea correcta del movimiento histórico solamente
con la lectura de las noticias económicas y bursátiles. Así que me obligaba a
la lectura diaria de las páginas salmón de Le Figaro, que a veces completaba
con publicaciones todavía más áridas, como Les Échos o La Tribune Desfossés.
Hasta el momento, no había modo de probar mi tesis. Era posible, sí, que
aquellos editoriales de tono mesurado y aquellas columnas de cifras dejasen
traslucir informaciones históricas importantes, pero también podía ser cierto
lo contrario. La única conclusión a la que había llegado es que la economía era
terriblemente aburrida. Al alzar los ojos de un breve artículo que intentaba
analizar la caída del Nikkei, me di cuenta de que Valérie había empezado a
cruzar y descruzar las piernas; me miraba con una media sonrisa. «Descenso a
los infiernos en la Bolsa de Milán», leí antes de dejar el periódico.
Tuve
una súbita erección al descubrir que ella había conseguido quitarse las bragas.
Vino a sentarse a mi lado y se acurrucó contra mí. Se quitó la chaqueta y me la
puso en las rodillas. Yo eché una ojeada a mi izquierda: nuestra vecina parecía
absorta en su revista, más concretamente en un artículo sobre los jardines de
invierno. Ella también llevaba un traje sastre con la falda ajustada y medias
negras; iba de burguesa excitante, como suele decirse. Valérie metió el brazo
bajo la chaqueta que se había quitado y me puso la mano en el sexo; yo sólo
llevaba un pantalón de algodón fino, la sensación era terriblemente precisa. La
noche ya había caído del todo. Me arrellané en el asiento y le metí una mano
por debajo de la blusa. Aparté el sujetador, le rodeé el seno derecho con la
palma y empecé a acariciarle el pezón entre el índice y el pulgar. Más o menos
a la altura de Mans, ella me abrió la bragueta. Sus movimientos eran de lo más
explícito, seguro que nuestra vecina se estaba enterando de todo. En mi opinión,
es imposible resistirse mucho rato a una masturbación realizada por una mano
realmente experta. Eyaculé un poco antes de Rennes, sin poder contener un grito
ahogado.
—Voy
a tener que llevar el traje a la tintorería... —dijo Valérie tranquilamente.
La
vecina nos miró, sin disimular su diversión.
Aun
así, me sentí un poco incómodo en la estación de Saint–Malo, al ver que subía
con nosotros en el minibús que iba al centro de talasoterapia; pero Valérie,
sin cortarse ni un pelo, se puso a charlar con ella sobre los diferentes
tratamientos. Yo nunca he desenmarañado los méritos respectivos de los baños de
barro, las duchas terapéuticas y lo de envolverse el cuerpo en algas; al día
siguiente me conformé, poco más o menos, con chapotear en la piscina. Estaba
haciendo el muerto, vagamente consciente de la existencia de corrientes
submarinas que, según parece, me estaban dando un masaje en la espalda, cuando
Valérie se reunió conmigo.
—Nuestra
vecina de tren —dijo muy excitada— me ha echado los tejos en el jacuzzi. —Yo
registré la información sin reaccionar—. En este momento, está sola en el baño
turco.
Me
puse una bata y seguí de inmediato a Valérie. Me quité el bañador junto a la
puerta del baño turco; se me notaba la erección bajo la tela de rizo. Entré con
Valérie, la dejé internarse en la nube de vapor; era tan densa que no se veía a
dos metros. Un fortísimo olor a eucalipto, casi embriagador, impregnaba la
atmósfera. Me quedé quieto en mitad de la nada blancuzca y caliente, y luego oí
un gemido que venía del fondo de la sala. Desanudé la bata y me acerqué; las
gotas de sudor me perlaban la piel. Arrodillada frente a la mujer, con las
manos en sus nalgas, Valérie le lamía el coño. Era una mujer muy hermosa, con
pechos de silicona de una redondez perfecta, una cara armoniosa, una boca ancha
y sensual. Ella me miró sin sorpresa y cogió mi sexo con una mano. Yo me
acerqué un poco más, me coloqué a su espalda y le acaricié los pechos mientras
frotaba la polla contra sus nalgas. Ella separó los muslos y se inclinó hacia
delante, apoyándose en la pared. Valérie metió la mano en el bolsillo de su
bata y me tendió un preservativo; con la otra mano siguió acariciando el
clítoris de la mujer. La penetré de una sola vez, ya estaba muy abierta; se
inclinó un poco más cuando entré en ella.
Mientras
iba y venía sentí la mano de Valérie que se deslizaba entre mis muslos y me
cogía los huevos. Empezó a lamer otra vez el coño de la mujer; cada vez que yo
empujaba, sentía la polla resbalar sobre la lengua de Valérie. Tensé
desesperadamente los músculos de la pelvis en el momento en que la mujer se
corrió con largos y felices gemidos, y luego me retiré muy despacio. Estaba
empapado en sudor, jadeaba sin querer, sentí que se me iba la cabeza y tuve que
sentarme en una banqueta. Las masas de vapor seguían ondulando en el aire.
Oí
el ruido de un beso, levanté la cabeza: Valérie y la mujer estaban
estrechamente abrazadas.
Hicimos
el amor un poco después, al caer la tarde, luego otra vez por la noche, y una
vez más al despertarnos por la mañana. Aquel frenesí era un poco inusual; ambos
éramos conscientes de que empezaba un período difícil, en el que Valérie
estaría una vez más agobiada de trabajo, problemas y cálculos. El cielo era de
un azul inmaculado, la temperatura casi suave; sin duda era uno de los últimos
fines de semana de buen tiempo antes del otoño. El domingo por la mañana, antes
de hacer el amor, dimos un largo paseo por la playa.
Miré
con sorpresa los edificios neoclásicos, un poco kitsch, de los hoteles. Cuando
llegamos al otro extremo, nos sentamos en unas rocas.
—Supongo
que esa cita con el alemán era importante —dije—. Supongo que es el principio
de un nuevo desafío.
—Es
la última vez, Michel. Si esto nos sale bien, podremos estar tranquilos mucho
tiempo.
Yo
le lancé una mirada incrédula y un poco triste. No creía mucho en esa clase de
argumentos, me recordaban a ciertos libros de historia, a las declaraciones de
los políticos sobre la guerra que pondría fin a todas las guerras, la que
llevaría a una paz definitiva.
—Tú
misma me explicaste —dije con dulzura— que el capitalismo es, por principio, un
estado de guerra permanente, una lucha perpetua que nunca tendrá fin.
—Es
verdad —convino sin dudarlo—; pero no siempre tienen que luchar los mismos.
Una
gaviota levantó el vuelo, tomó altura, se dirigió hacia el océano. Estábamos
casi solos en aquel lado de la playa.
Dinard
era una ciudad balnearia tranquila, por lo menos en aquella estación del año.
Un perro labrador se acercó, nos olisqueó y luego volvió sobre sus pasos; no vi
a sus amos.
—Te
lo aseguro —insistió ella—. Si las cosas van tan bien como esperamos, podremos
adaptar el concepto a muchísimos países. Sólo en América Latina tenemos Brasil,
Venezuela, Costa Rica. También podremos abrir clubs en Camerún, Mozambique,
Madagascar, las Seychelles. Y hasta en Asia hay posibilidades inmediatas:
China, Vietnam, Camboya. En dos o tres años podemos ser una referencia
indiscutible; y nadie se atreverá a invertir en el mismo mercado: esta vez la
ventaja competitiva será nuestra.
No
contesté, no se me ocurría qué contestarle; al fin y al cabo, la idea era en
parte mía. La marea empezaba a subir; en la arena se abrían arroyuelos que
venían a morir a nuestros pies.
—Además
—continuó ella—, esta vez sí que vamos a pedir un buen paquete de acciones. Si
tenemos éxito, no podrán negárnoslo. Y cuando uno es accionista, ya no tiene
que luchar: son los demás los que luchan por ti.
Se
quedó callada y me miró, vacilante. Lo que decía tenía sentido, tenía una
cierta lógica. Se levantó un poco de viento; yo empezaba a tener hambre. El
restaurante del hotel era delicioso: había mariscos fresquísimos, platos de
pescado finos y sabrosos. Regresarnos andando por la arena húmeda.
—Yo
tengo dinero... —dije de repente—. No olvides que yo tengo dinero.
Ella
se quedó parada y me miró con sorpresa; yo no había previsto decir algo así.
—Sé
que lo de ser una mujer mantenida ya no se lleva —continué, un poco cortado—.
Pero nada nos obliga a hacer lo que hacen los demás.
Ella
me miró tranquilamente a los ojos.
—Cuando
cobres el dinero de la casa, tendrás unos tres millones de francos, como
máximo... —dijo.
—Sí...,
un poco menos.
—No
es bastante. No del todo. Nos hace falta un pequeño suplemento.
Siguió
andando, callada, durante un rato.
—Confía
en mí... —dijo cuando cruzamos la puerta acristalada del restaurante.
Después
de comer, antes de ir a la estación, pasamos por casa de los padres de Valérie.
Ella les explicó que otra vez iba a tener muchísimo trabajo, y que lo más
probable es que no pudiese volver hasta Navidad. Su padre la miró con una
sonrisa resignada. Yo me dije que era una buena hija, una hija cariñosa y
atenta; era también una amante sensual, voluptuosa y atrevida; y seguramente
sería, llegado el caso, una madre amante y sensata. «Sus pies son de oro fino,
sus piernas como las columnas del templo de Jerusalén.» Seguía preguntándome
qué demonios había hecho para merecer a una mujer como Valérie. Probablemente
nada. Observo el mundo, me dije; lo observo procediendo empíricamente, con
buena fe; no puedo hacer otra cosa que observarlo.
12
El
padre de Jean–Yves murió a finales de octubre. Audrey se negó a ir al entierro;
él ya se lo esperaba, sólo se lo había pedido por principio. Iba a ser un
entierro modesto: él era hijo único, habría poca familia, y en realidad ningún
amigo. Saldría una breve necrológica en el boletín de antiguos alumnos de la
Escuela de Ingenieros, y luego las huellas desaparecerían; en los últimos
tiempos, ya no veía a nadie. Jean–Yves nunca había entendido muy bien qué le
había empujado a jubilarse en aquella región sin interés, rural en el sentido
más triste del término, con la que no tenía el menor vínculo. Seguramente un
resto del masoquismo que lo había acompañado, más o menos, a lo largo de toda
su vida. Después de unos estudios brillantes, se estancó en una carrera
mortecina de ingeniero industrial. Aunque siempre había soñado con tener una
hija, se limitó voluntariamente a un solo niño; según él, para darle una mejor
educación; pero el argumento no se sostenía, tenía un sueldo bastante bueno.
Daba la impresión de que, más que amar a su mujer, estaba acostumbrado a ella;
puede que se sintiera orgulloso del éxito profesional de su hijo, pero lo
cierto es que nunca hablaba del tema. No tenía hobbies ni verdaderas aficiones,
salvo la cría de conejos y los crucigramas de La République du Centre–Ouest. No
hay duda de que nos equivocamos al suponer en todo ser humano una pasión
secreta, una parte de misterio, una leve locura; si el padre de Jean–Yves
hubiera tenido que declarar sobre sus convicciones íntimas, lo más probable es
que sólo hubiera podido hablar de una ligera decepción. De hecho, su frase
favorita, la que Jean– Yves le había oído pronunciar más a menudo, la que mejor
sintetizaba su experiencia de la condición humana, se limitaba a estas
palabras: «Nos hacemos viejos.»
Su
madre se mostró razonablemente afectada por el duelo —al fin y al cabo, era el
compañero de toda una vida—, pero no parecía profundamente trastornada. «Había
decaído mucho...», comentó. La causa de la muerte era tan imprecisa que podía
hablarse de fatiga general, por no decir desánimo.
«Ya
no le encontraba gusto a nada...», dijo también su madre. Ésa fue, poco más o
menos, su oración fúnebre.
Desde
luego, la ausencia de Audrey se notó, pero su madre no dijo nada durante la
ceremonia. La cena fue frugal; de todos modos, nunca había sido buena cocinera.
El sabía que ella iba a abordar el tema en algún momento. Dadas las
circunstancias era bastante difícil esquivarlo, por ejemplo encendiendo el
televisor, como tenía por costumbre. Su madre terminó de secar los platos y
volvió a sentarse frente a él, apoyando los codos en la mesa.
—¿Cómo
te va con tu mujer?
—No
muy bien...
Habló
durante unos minutos, hundiéndose poco a poco en sus dificultades; acabó
diciendo que estaba pensando en divorciarse. Sabía que su madre odiaba a
Audrey, a quien acusaba de privarla de sus nietos; cosa por otra parte cierta,
aunque sus nietos tampoco tenían demasiadas ganas de verla.
Cierto
que en otras condiciones podrían haberse acostumbrado, por lo menos Angélique;
en su caso aún no era demasiado tarde. Pero habrían sido otras condiciones,
otra vida, cosas difíciles de imaginar. Jean–Yves alzó los ojos hacia el rostro
de su madre; miró el moño grisáceo, los rasgos severos: no era fácil sentir un
impulso de ternura o afecto por aquella mujer; desde que podía recordar, ella
nunca había sido dada a los mimos, y resultaba igualmente difícil imaginársela
en el papel de amante sensual y guarra. De repente, se dio cuenta de que lo más
probable es que le hubiera jodido la vida a su padre desde el principio. Fue
una conmoción terrible, crispó las manos en el borde de la mesa: esta vez todo
era demasiado irremediable, demasiado definitivo. Con desesperación, intentó
recordar un momento en que hubiera visto a su padre sereno, contento,
sinceramente feliz. Quizás una vez, cuando tenía cinco años y su padre
intentaba enseñarle el funcionamiento de un Meccano. Sí, a su padre le gustaba
la mecánica, le gustaba de verdad; recordaba su decepción cuando le anunció que
iba a hacer estudios de comercio; tal vez aquello fuera suficiente, al fin y al
cabo, para llenar una vida.
Al
día siguiente dio una vuelta por el jardín, que en realidad le parecía bastante
anónimo y no le traía ningún recuerdo de infancia. Los conejos daban vueltas
nerviosamente en las jaulas, todavía no les habían dado de comer; su madre iba
a venderlos enseguida, no le gustaba cuidarlos. En el fondo ellos eran los
grandes perdedores del caso, las únicas víctimas reales de aquella muerte.
Jean–Yves cogió un saco de granulado y lo echó a puñados en los comederos; por
lo menos podía hacer aquello en memoria de su padre.
Se
marchó pronto, justo antes del programa de Michel Drucker, pero eso no impidió
que se metiera en un atasco interminable al llegar a Fontainebleau. Buscó
diferentes emisoras en la radio, pero al final la apagó. De vez en cuando, la
marea de vehículos avanzaba unos cuantos metros; sólo oía el ronroneo de los
motores, el choque aislado de las gotas de lluvia contra el parabrisas. Su
estado de ánimo casaba con aquella melancólica vacuidad. Lo único positivo del
fin de semana, pensó, era que no tendría que ver a Johana; por fin se había
decidido a despedir a la canguro. A la nueva, Eucharistie, se la había
recomendado una vecina: era una chica nacida en Dahomey, seria, que iba bien en
el colegio; estaba muy adelantada para sus quince años. Quería ser médico,
quizás pediatra; en cualquier caso, los niños se le daban de maravilla.
Conseguía arrancar a Nicolás de los juegos de vídeo y acostarlo antes de las
diez, cosa que ellos no habían conseguido nunca. Era cariñosa con Angélique, le
daba la merienda, la bañaba, jugaba con ella; y estaba claro que la cría la
adoraba.
Llegó
a eso de las diez y media, agotado del viaje; creía recordar que Audrey se
había ido a pasar el fin de semana a Milán; cogería el avión de vuelta al día
siguiente, por la mañana, e iría directamente al trabajo. Tras el divorcio no
tendría el mismo nivel de vida, pensó Jean–Yves con una retorcida satisfacción;
no era de extrañar que retrasara el momento de abordar el tema. Aunque por lo
menos no llegaba al extremo de fingir impulsos de cariño o ternura; eso era un
punto a su favor.
Eucharistie
estaba sentada en el sofá, leyendo La vida instrucciones de uso de Georges
Perec en edición de bolsillo; todo había ido bien. Aceptó un vaso de zumo de
naranja; él se sirvió un coñac. En general, cuando él volvía, ella le contaba
cómo había ido el día, lo que habían hecho los tres; luego, al cabo de unos
minutos, se iba. Esta vez hizo lo mismo; Jean– Yves se sirvió otro coñac y se
dio cuenta de que no había oído nada. «Mi padre ha muerto...», dijo en ese
mismo momento.
Eucharistie
se calló de golpe y le miró, vacilante; no sabía muy bien cómo reaccionar, pero
estaba claro que había conseguido captar toda su atención. «Mis padres no eran
felices juntos...», continuó él, y esta última afirmación era la peor de las
dos: parecía negar su existencia, privarle en cierto modo del derecho a la
vida. Él era fruto de una unión desgraciada, mal avenida, de algo que no habría
debido ser. Miró con inquietud a su alrededor: en unos pocos meses, como mucho,
dejaría aquel apartamento, no volvería a ver ni las cortinas ni los muebles; se
diría que todo empezaba ya a deshilacharse, a perder consistencia. Podría haber
estado en unos grandes almacenes después de la hora de cierre, o en la foto de
un catálogo; en algo desprovisto de existencia real. Se levantó titubeando, se
acercó a Eucharistie y la abrazó estrechamente.
Deslizó
la mano bajo su jersey: la carne era palpitante, real.
Se
rehizo enseguida y se quedó quieto, cortado. Ella dejó de resistirse y también
se quedó quieta. Él la miró a los ojos y luego la besó en la boca. Ella
respondió al beso, sus lenguas se tocaron. El subió la mano debajo del jersey,
hasta los pechos.
Hicieron
el amor sin decir una palabra, en el dormitorio; ella se desnudó rápidamente y
luego se echó en la cama para que él la tomara. Aun después del orgasmo se
quedaron unos minutos en silencio, y después evitaron mencionar lo ocurrido.
Ella volvió a contarle cómo había ido el día, lo que había hecho con los niños;
luego le dijo que no podía quedarse a dormir.
Durante
las semanas siguientes volvieron a hacer el amor muchas veces, de hecho cada
vez que ella iba a la casa. Él esperaba, vagamente, que ella abordase el tema
de la legitimidad de su relación; al fin y al cabo ella sólo tenía quince años,
y él treinta y cinco; apurando mucho, podría haber sido su padre.
Pero
ella no parecía dispuesta a ver las cosas desde ese punto de vista: entonces,
¿desde qué punto de vista? Al final se dio cuenta, con emoción y gratitud:
sencillamente, desde el punto de vista del placer. Obviamente su matrimonio le
había desconectado, le había hecho perder contacto; había olvidado por completo
que algunas mujeres, en ciertos casos, hacen el amor por placer. Él no era el
primer hombre de Eucharistie, ya se había acostado con un chico el año
anterior, un tipo del último curso al que después había perdido de vista; pero
había cosas que no conocía, por ejemplo la felación. La primera vez, Jean– Yves
se controló, no quería correrse en su boca; pero no tardó en darse cuenta de
que a ella le gustaba o, más bien, que le divertía sentir la explosión de
esperma. Por lo general, a él no le costaba nada llevarla al orgasmo, y sentía
un placer inmenso al abrazar aquel cuerpo firme y flexible. Ella era
inteligente, curiosa; se interesaba por su trabajo y le hacía muchas preguntas:
tenía casi todo lo que a Audrey le faltaba. El mundo de la empresa era para
ella un universo desconocido, exótico, cuyas costumbres intentaba comprender;
no le habría hecho todas aquellas preguntas a su padre, que de todos modos no
podría haberle contestado, porque trabajaba en un hospital público.
En
resumen, que su relación, se decía él con una extraña sensación de relativismo,
era una relación equilibrada. Menos mal que su primer hijo no había sido niña;
dadas ciertas condiciones, no veía cómo —ni, sobre todo, por qué— evitar el
incesto.
Tres
semanas después de la primera vez, Eucharistie le dijo que había empezado a
salir con un chico y que más valía que lo dejaran, porque las cosas se iban a
poner más difíciles.
El
debió de poner tal cara de pena que la siguiente vez que se vieron ella propuso
seguir haciéndole mamadas. El no entendía muy bien por qué aquéllo era menos
grave, pero la verdad es que había olvidado cómo pensaba y sentía a los quince
años. Cuando él llegaba a casa, hablaban bastante rato de esto y de lo otro;
siempre era ella la que decidía el momento.
Se
desnudaba hasta la cintura, se dejaba acariciar los pechos; luego él se apoyaba
contra la pared y ella se arrodillaba delante de él. Por sus gemidos, ella
adivinaba a la perfección el momento en que iba a correrse. Entonces apartaba
la cara; con movimientos menudos y precisos guiaba su eyaculación, unas veces
hacia sus pechos, otras hacia su boca. En aquellos instantes tenía una
expresión juguetona, casi infantil; pensando en eso, él se decía con melancolía
que su vida amorosa no había hecho más que empezar, que iba a hacer felices a
muchos amantes; se habían cruzado, eso era todo, y ya era una suerte.
El
segundo sábado, en el momento en que Eucharistie, con los ojos entrecerrados y
la boca abierta, se la meneaba con entusiasmo, él vio de pronto a su hijo, que
asomaba la cabeza por la puerta del salón. Se estremeció y apartó la mirada;
cuando volvió a alzar los ojos, el niño había desaparecido. Eucharistie no se
había dado cuenta de nada; le deslizó la mano entre los muslos y le apretó con
delicadeza los testículos. El tuvo entonces una extraña sensación de
inmovilidad.
Se
dio cuenta de algo; fue como la revelación de un punto muerto. Había una gran
confusión generacional, y la filiación ya no tenía sentido. Atrajo la boca de
Eucharistie hacia su sexo; sin explicarse por qué, sentía que era la última
vez, y necesitaba su boca. En cuanto ella cerró los labios él se corrió durante
mucho tiempo, varias veces, empujando la polla hasta el fondo de la garganta de
Eucharistie, estremeciéndose. Luego ella alzó los ojos hacia él; Jean–Yves
tenía las manos sobre la cabeza de la chica. Ella cerró los ojos y siguió con
su sexo en la boca unos dos o tres minutos, lamiéndole lentamente el glande. Un
poco antes de que se marchara, él le dijo que ya no lo volverían a hacer. No
sabía muy bien por qué; no cabía duda de que si su hijo hablaba, le
perjudicaría en el proceso de divorcio; pero había algo más que no conseguía
analizar. Me contó todo esto una semana más tarde, en un tono de autoacusación
bastante penoso, y me pidió que no le dijera nada a Valérie. Me molestó un
poco, la verdad, yo no veía para nada dónde estaba el problema; por mera
amabilidad fingí que me interesaba, que pesaba los pros y los contras, pero no
creía en absoluto en aquella situación, me parecía estar en un programa de
Mireille Dumas. Por el contrario, en el terreno profesional todo iba bien; me
lo dijo con satisfacción. Unas semanas antes habían estado a punto de tener
problemas con el club de Tailandia: para responder a las expectativas de los
consumidores en ese destino, no había más remedio que instalar un bar de chicas
y un salón de masajes; todo lo cual era un poco difícil de justificar dentro
del presupuesto del hotel. Llamó por teléfono a Gottfried Rembke. El patrón de
TUI encontró rápidamente una solución: tenía un socio in situ, un empresario
chino en Phuket, que podía encargarse de construir un complejo turístico justo
al lado del hotel. Por otra parte, el alemán parecía de muy buen humor,
evidentemente las cosas iban viento en popa. A principios de noviembre,
Jean–Yves recibió un ejemplar del catálogo destinado al público alemán;
enseguida se dio cuenta de que no se habían andado con chiquitas. En todas las
fotos, las chicas locales tenían los pechos desnudos, llevaban tangas
minúsculos o faldas transparentes; se las veía en la playa o directamente en
las habitaciones; sonreían con aire provocativo, se pasaban la lengua por los
labios: era casi imposible no ver de qué iba aquello. Como le dijo a Valérie,
una cosa así no habría colado en Francia. Era curioso observar, dijo como para
sí mismo, que a pesar de que Europa se unía, de que la idea de una
confederación de Estados estaba cada vez más presente, no se veía la menor
uniformización en el terreno de la legislación de las costumbres. Mientras que
la prostitución estaba reconocida en Alemania y en Holanda y tenía su propio
estatuto, en Francia muchos pedían su abolición, incluso sanciones para los
clientes, como en Suecia. Valérie le miró con sorpresa: estaba raro, hacía cada
vez más reflexiones improductivas, sin objeto. Por su parte, ella cargaba con
una enorme cantidad de trabajo, metódicamente, con fría determinación; a menudo
tomaba decisiones sin consultarle. Pero en realidad no estaba acostumbrada a
hacerlo, y a veces yo la veía perdida, llena de dudas; la dirección general no
intervenía, les dejaba una completa iniciativa. «Están esperando, eso es todo;
están esperando a ver si tenemos éxito o si nos estrellamos con todo el
equipo», me confió un día con rabia contenida. Tenía razón, era evidente, no
podía contradecirla; así estaba organizado el juego.
Yo
no veía ninguna objeción a que la sexualidad entrara en la economía de mercado.
Había muchas maneras de ganar dinero, honradas y deshonestas, cerebrales o, por
el contrario, brutalmente físicas. Uno podía ganar dinero gracias a la
inteligencia, el talento, la fuerza o el valor, o incluso la belleza; también
podía tener un simple golpe de suerte. Lo más normal es que el dinero llegara
por herencia, como en mi caso; entonces, el problema se trasladaba a la
generación anterior.
Gente
muy diferente había ganado dinero en todo el mundo: ex deportistas de alto
nivel, gángsters, artistas, modelos, actores; un gran número de empresarios y
financieros hábiles; también algunos técnicos y, con menos frecuencia, algunos
inventores. A veces la gente ganaba dinero de forma mecánica, por pura
acumulación; o, al contrario, gracias a un golpe de audacia coronado por el
éxito. Nada de todo esto tenía el menor sentido, pero reflejaba una gran
diversidad. Por el contrario, los criterios de la elección sexual eran
exageradamente simples: se reducían a la juventud y a la belleza física. Cierto
que estas características tenían un precio, pero no un precio infinito. Claro,
la situación era muy distinta en siglos precedentes, en la época en que la sexualidad
seguía fundamentalmente vinculada a la reproducción. Para mantener el valor
genético de la especie, la humanidad tenía que tener en cuenta entonces ciertos
criterio de salud, fuerza, juventud, vigor físico; la belleza sólo era una
síntesis práctica. Actualmente, el reparto de cartas era diferente: la belleza
no había perdido el menor valor, pero se trataba de un valor provechoso,
narcisista. No había duda de que si la sexualidad tenía que entrar en el sector
de los bienes de cambio, la mejor solución era apelar al dinero, ese mediador
universal que ya permitía una equivalencia concreta con la inteligencia, el
talento y la competencia técnica; que ya garantizaba una perfecta
homogeneización de las opiniones, los gustos, los modos de vida. Al contrario que
los aristócratas, los ricos no pretendían ser de naturaleza distinta al resto
de la población; simplemente pretendían ser más ricos. El dinero era una noción
abstracta en la que no intervenía la raza, el aspecto físico, la edad, la
inteligencia o la distinción; ni nada que no fuera el dinero mismo, en
realidad. Mis antepasados europeos habían trabajado duro durante varios siglos;
se habían propuesto dominar y luego transformar el mundo, y en cierta medida lo
habían conseguido. Lo habían hecho por intereses económicos y por amor al
trabajo, pero también porque creían en la superioridad de su civilización:
habían inventado el sueño, el progreso, la utopía, el futuro.
Esa
conciencia de misión civilizadora se había evaporado a lo largo del siglo XX.
Los europeos, o por lo menos algunos de ellos, seguían trabajando, y a veces
trabajando duro; pero lo hacían por interés o por un apego neurótico a su
trabajo; la conciencia inocente de su derecho natural a dominar el mundo y a
dirigir su historia había desaparecido. Como consecuencia de los esfuerzos
acumulados, Europa seguía siendo un continente rico; pero estaba claro que yo
había perdido esas cualidades de inteligencia y de obstinación que
caracterizaban a mis antepasados. Como europeo acomodado, yo podía adquirir a
un precio menor, en otros países, alimentos, servicios y mujeres; como europeo
decadente, consciente de la cercanía de la muerte y en plena posesión de mi egoísmo,
no veía el más mínimo motivo para privarme de todo eso. Sin embargo, era
consciente de que una situación semejante era apenas sostenible, que la gente
como yo era incapaz de garantizar la supervivencia de una sociedad, que incluso
era, pura y simplemente, indigna de vivir. Vendrían cambios, ya estaban
ocurriendo, pero yo no conseguía sentirme realmente afectado; mi única
motivación auténtica consistía en librarme de toda aquella mierda lo más
deprisa posible. Noviembre era frío, desapacible; en los últimos tiempos ya no
leía tanto a Auguste Comte. Mi mayor distracción, cuando Valérie no estaba,
consistía en mirar el movimiento de las nubes a través del ventanal. Al caer la
tarde, inmensas bandadas de estorninos sobrevolaban Gentilly, describiendo espirales
y planos inclinados en el cielo; me sentía bastante tentado a darles un
sentido, a interpretarlos como el augurio de un apocalipsis.
13
Una
noche, al salir del trabajo, me encontré a Lionel; no le había vuelto a ver
desde el circuito «Trópico tailandés», casi un año antes. Sin embargo, lo raro
es que le reconocí enseguida. Me sorprendió un poco que me hubiera causado una
impresión tan fuerte; ni siquiera recordaba haberle dirigido la palabra durante
el viaje.
Todo
iba bien, me dijo. Un gran disco de algodón le tapaba el ojo derecho. Había
tenido un accidente de trabajo, algo había explotado; pero estaba bien, le
habían operado a tiempo, iba a recobrar un cincuenta por ciento de visión. Le
invité a tomar algo en un café cerca del Palais–Royal. Me pregunté si, llegado
el caso, también reconocería a Robert, a Josiane, a los demás miembros del
grupo; seguramente sí. Era una idea un poco triste; mi memoria no paraba de
acumular información casi completamente inútil. Como buen ser humano, tenía una
enorme capacidad para el reconocimiento y almacenamiento de las imágenes de
otros seres humanos. Nada es más útil para el hombre que el hombre mismo. No
entendía muy bien por qué había invitado a Lionel; estaba claro que la
conversación se iba a estancar. Para salvarla un poco, le pregunté si había
tenido ocasión de volver a Tailandia. No, y no por falta de ganas, pero
desgraciadamente el viaje salía un poco caro. ¿Había vuelto a ver a alguno de
nuestros compañeros? No, a ninguno. Yo le dije entonces que había vuelto a ver
a Valérie, de quien a lo mejor se acordaba, y que de hecho vivíamos juntos.
Pareció alegrarse de la noticia; estaba claro que le habíamos causado una buena
impresión. No tenía oportunidad de viajar mucho, me dijo, y aquellas vacaciones
en Tailandia eran uno de sus mejores recuerdos. Me empezó a emocionar su
sencillez, su ingenuo deseo de ser feliz. Y entonces tuve un impulso que,
incluso pensándolo ahora, me siento inclinado a calificar de bueno. En conjunto,
yo no soy bueno, no es uno de los rasgos de mi carácter. Lo humanitario me da
asco, y por lo general la suerte de los demás me importa un bledo; ni siquiera
recuerdo haber experimentado alguna vez el menor sentimiento de solidaridad. Y
aun así, esa tarde le expliqué a Lionel que Valérie trabajaba en el sector
turístico, que su empresa estaba a punto de abrir un nuevo club en Krabi, y que
podía conseguirle fácilmente una semana de estancia con un descuento del
cincuenta por ciento.
Obviamente,
me lo acababa de inventar, pero había decidido pagar la diferencia de mi
bolsillo. Quizás intentaba, en cierto modo, dármelas de listo, pero creo que
también deseaba sinceramente que pudiera sentir otra vez el placer entre las
manos expertas de las jóvenes prostitutas tailandesas, aunque sólo fuera por
una semana.
Cuando
le conté el encuentro a Valérie, ella me miró con cierta perplejidad; ni
siquiera se acordaba de Lionel. Ese era el problema de aquel chico; no era mal
tipo, pero no tenía ninguna personalidad; era demasiado reservado, demasiado
humilde, a cualquiera le hubiera costado recordarlo.
—Bueno...
—dijo Valérie—, si te ha dado por ahí... Aunque no va a tener que pagar ni el
cincuenta por ciento; iba a decírtelo, nos van a dar invitaciones para la
semana de la inauguración, la del primero de enero.
Llamé
a Lionel a la mañana siguiente para decirle que la estancia sería gratuita;
aquello fue demasiado, no me creía, incluso me costó un poco convencerlo de que
aceptara.
Ese
mismo día recibí la visita de una joven artista que vino a enseñarme su
trabajo. Se llamaba Sandra Heksjtovoian, algo así, en cualquier caso un nombre
del que yo no me iba a acordar; si hubiera sido su agente, le habría aconsejado
que se lo cambiara por Sandra Hallyday. Era una chica muy joven, con pantalón y
camiseta, bastante corriente, con la cara un poco redonda y el pelo corto y
rizado; había estudiado Bellas Artes en Caen. Trabajaba solamente con su
cuerpo, me dijo; la miré con inquietud mientras abría el portafolios. Esperaba
que no me sacara fotos de cirugía estética del dedo gordo del pie o algo por el
estilo, estaba un poco hasta las cejas de esas historias. Pero no, me tendió
unas postales en las que había impreso la huella de su coño empapado en pintura
de diferentes colores. Elegí una turquesa y una malva; lamenté un poco no poder
darle a cambio unas fotos de mi polla. La cosa era simpática, pero en fin,
creía recordar que Yves Klein ya había hecho cosas semejantes hacía más de
cuarenta años; no me iba a resultar muy fácil defender su trabajo. Claro,
claro, asintió ella, había que tomárselo como un ejercicio de estilo. Entonces
sacó de un embalaje de cartón una obra más compleja, compuesta por dos ruedas
de distintos tamaños unidas por una delgada cinta de goma; una manivela
permitía arrastrar el dispositivo. La cinta de goma estaba cubierta de pequeñas
protuberancias de plástico, de forma más o menos piramidal. Yo accioné la
manivela y pasé un dedo por la cinta en movimiento; el roce no era desagradable.
—Son
vaciados de mi clítoris —explicó la chica. Yo retiré el dedo de inmediato, y
ella continuó—: Hice fotos con un endoscopio en el momento de la erección, y
luego lo pasé todo al ordenador. Reconstruí el volumen con un programa de 3–D,
luego modelé el resultado en ray–tracingy mandé los datos a la fábrica.
Me
daba la impresión de que se dejaba llevar un poco por los aspectos técnicos. Le
di otra vez a la manivela, casi maquinalmente.
—Dan
ganas de tocar, ¿verdad? —dijo ella, satisfecha—. Se me ha ocurrido poner una
resistencia para que se encienda una bombillita. ¿Qué opina usted?
En
realidad yo no estaba a favor, me parecía que así se cargaría la sencillez del
concepto. Para ser una artista contemporánea, la chica era bastante simpática;
me estaban dando ganas de proponerle que se acostara con nosotros una noche,
seguro que Valérie y ella se caerían bien. Me di cuenta justo a tiempo de que,
en mi posición, aquello podía considerarse acoso sexual; miré el dispositivo
con desánimo.
—Verá
—dije—, yo me ocupo sobre todo del lado económico de los proyectos. Para hablar
de cuestiones estéticas, más vale que vea a la señorita Durry.
Le
apunté en una tarjeta de visita el nombre y el puesto de Marie–Jeanne; al fin y
al cabo, seguro que era experta en cosas de clítoris. La chica parecía un poco
desconcertada, pero de todos modos me dio una bolsita llena de pirámides de
plástico.
—Le
regalo unos cuantos vaciados —dijo—, hicieron muchos en la fábrica.
Le
di las gracias, la acompañé a la entrada del departamento. Antes de despedirme,
le pregunté si los vaciados eran de tamaño natural. Claro, me dijo ella, eso
formaba parte de la idea.
Esa
noche examiné con atención el clítoris de Valérie.
En
el fondo nunca le había prestado una atención muy precisa; lo acariciaba o lo
lamía en función de un esquema global; me había aprendido la posición, los
ángulos, el ritmo de los movimientos que tenía que hacer; pero esa noche
estudié mucho rato el pequeño órgano que palpitaba ante mis ojos.
—¿Qué
haces? —preguntó ella con sorpresa, después de cinco minutos con las piernas
abiertas.
—Una
idea artística... —contesté, dándole un breve lametazo para calmar su
impaciencia. Obviamente, al vaciado de la chica le faltaban el sabor y el olor;
pero dejando aparte eso, estaba claro que había cierta semejanza. Cuando acabé
el examen abrí con ambas manos el coño de Valérie y le lamí el clítoris con
pequeños lengüetazos, muy precisos. ¿Acaso la espera había exacerbado su deseo?
¿O fueron mis movimientos, más precisos y atentos? El caso es que se corrió
casi enseguida. Yo me dije que, en el fondo, aquella Sandra era bastante buena
artista; su trabajo incitaba a mirar el mundo con nuevos ojos.
14
A
principios de diciembre saltaba a la vista que los clubs Afrodita iban a ser
todo un gol, y probablemente un gol histórico. En el sector turístico,
noviembre es tradicionalmente el mes más flojo. En octubre todavía hay viajes
de final de temporada; en diciembre, las fiestas toman el relevo; pero a muy
pocos se les ocurre irse de vacaciones en noviembre, salvo a algunos seniors
especialmente avezados y curtidos. Aun así, los primeros resultados que
llegaban de los clubs eran excelentes: la fórmula había tenido un éxito
inmediato, incluso se podía hablar de avalancha. El día que llegaron las
primeras cifras cené con Jean–Yves y Valérie; él me miraba con cara rara, por
lo mucho que los resultados dejaban atrás sus expectativas: durante todo el
mes, el índice de ocupación de los clubs había superado el 95 %, en todos los
destinos. «Sí, el sexo...», dije yo, incómodo. «La gente necesita sexo, eso es
todo, lo que pasa es que no se atreve a confesarlo.» Todo aquello invitaba a la
reflexión, casi al silencio; el camarero trajo los antipasti.
—La
inauguración de Krabi va a ser increíble... —dijo JeanYves—. Me ha llamado
Rembke, todo está reservado desde hace tres semanas. Y lo mejor es que no hay
nada en los medios de comunicación, ni una línea. Un éxito discreto, masivo y
confidencial a la vez; justo lo que estábamos buscando.
Por
fin se había decidido a alquilar un estudio y a dejar a su mujer; no le darían
las llaves hasta el 1 de enero, pero ya se sentía mejor, parecía más relajado.
Era relativamente joven, guapo y muy rico: me daba cuenta, con pasmo, de que
nada de eso ayuda forzosamente a vivir; pero por lo menos ayuda a que los demás
te deseen. Yo seguía sin entender del todo su ambición, el empeño que ponía en
el éxito profesional. No creo que fuera por dinero: pagaba muchísimo en
impuestos, y no tenía gustos suntuosos. Tampoco era por lealtad a la empresa,
ni por altruismo: difícilmente podía considerarse que el desarrollo del turismo
mundial fuera una causa noble. Su ambición existía por sí misma y no podía
achacarse a ninguna otra causa: sin duda era semejante al deseo de construir
algo, más que a las ansias de poder o el espíritu competitivo; yo nunca le
había oído hablar de las carreras de sus antiguos compañeros en la Escuela de
Comercio, y no creo que eso le preocupara lo más mínimo. En resumen, que se
trataba de una motivación respetable, la misma que explicaba en líneas
generales el desarrollo de la civilización humana. La gratificación social que
le correspondía era un buen sueldo; en otros regímenes podría haber sido un
título de nobleza, o privilegios como los concedidos a los miembros de la
nomenklatum; pero no creo que eso hubiera cambiado gran cosa. En realidad,
Jean–Yves trabajaba porque le gustaba trabajar; algo puro y misterioso a la
vez.
El
15 de diciembre, dos semanas antes de la inauguración, Jean–Yves recibió una
llamada preocupada de TUI. Acababan de secuestrar a un turista alemán, junto
con la chica que le acompañaba; había ocurrido en Hat Yai, al sur del país. La
policía local había recibido un mensaje confuso, escrito en un inglés
macarrónico, que no hacía ninguna reivindicación, pero que afirmaba que ambos
jóvenes iban a ser ejecutados por su comportamiento, contrario a la ley
islámica. Sí, desde hacía unos meses había actividad de movimientos islámicos,
apoyados por Libia, en la frontera con Malasia; pero era la primera vez que
atacaban a alguien.
El
18 de diciembre, los cadáveres desnudos y mutilados de los jóvenes fueron
arrojados desde una camioneta en pleno centro de la plaza mayor de la ciudad.
La chica había sido lapidada, se habían ensañado con ella de la manera más
violenta; la piel había reventado por todas partes, su cuerpo era un bulto
informe, apenas reconocible. Habían degollado y castrado al alemán, y le habían
metido el pene y los testículos en la boca. Esta vez, toda la prensa alemana se
hizo eco de la noticia, incluso hubo algunos sueltos en Francia. Los periódicos
habían decidido no publicar las fotos de las víctimas, pero enseguida
estuvieron disponibles en los sitios web habituales. Jean–Yves hablaba todos
los días con TUI: hasta el momento, la situación no era alarmante; había muy
pocas anulaciones, la gente seguía adelante con sus vacaciones. El primer
ministro tailandés se deshacía en declaraciones tranquilizadoras: lo más
probable era que se tratase de una acción aislada, todos los movimientos
terroristas conocidos habían condenado el secuestro y el asesinato.
Sin
embargo, en cuanto llegamos a Bangkok sentí cierta tensión, sobre todo en el
barrio de Sukhumvit, donde residía la mayoría de turistas procedentes de
Oriente Medio. Venían sobre todo de Turquía y de Egipto, aunque a veces también
de países musulmanes mucho más duros, como Arabia Saudita o Pakistán. Cuando
andaban entre la muchedumbre, veía que la gente los miraba con hostilidad. En
la entrada de muchos bares de chicas vi carteles que decían NO MUSLIMS HERE; el
dueño de un bar de Patpong había llegado al extremo de explicarse en el
siguiente mensaje: «We respect your Muslim faith we don’t want you to drink
whisky ; and enjoy Thai girls.» Pero los pobres no tenían la culpa, y estaba
claro que en caso de atentado serían las primeras víctimas. Durante mi primera
visita a Tailandia, me había sorprendido la presencia de los súbditos de países
árabes; de hecho, iban a Tailandia por los mismos motivos que los occidentales,
con la diferencia de que parecían montarse las juergas con más entusiasmo
todavía. Era fácil encontrarlos en los bares de los hoteles con un whisky en la
mano a las diez de la mañana; y cuando abrían los salones de masaje eran los
primeros clientes. Obviamente estaban quebrantando la ley islámica, y como
seguramente se sentían culpables, solían ser corteses y encantadores.
Bangkok
seguía igual de ruidosa e irrespirable; sin embargo, sentí el mismo placer en
cuanto volví a pisarla. Jean– Yves tenía dos o tres citas con banqueros, o en
un ministerio; en fin, yo seguía todo aquello de lejos. Al cabo de un par de
días nos contó que sus entrevistas habían ido muy bien: las autoridades locales
se prestaban a colaborar, estaban dispuestas a todo para atraer cualquier
inversión occidental.
Desde
hacía unos años Tailandia ya no conseguía salir de la crisis, la bolsa y la
moneda estaban en su nivel más bajo, la deuda pública alcanzaba el 70 % del
producto interior bruto.
—Están
tan hasta el cuello de mierda que ni siquiera son corruptos... —nos dijo
Jean–Yves—. Los he untado un poco, pero muy poco; nada comparado con lo que se
hacía cinco años antes.
La
mañana del 31 de diciembre cogimos el avión a Krabi.
Al
bajar del minibús tropecé con Lionel, que había llegado la víspera. Estaba
encantado, me dijo, absolutamente encantado; me costó un poco contener la
oleada de agradecimiento.
Pero
al llegar al bungalow yo también me quedé impresionado ante la belleza del
paisaje. La playa era inmensa, inmaculada, la arena fina como el polvo. En unas
docenas de metros el océano pasaba del lapislázuli al turquesa, del turquesa al
esmeralda. Enormes islotes calcáreos, cubiertos de bosques de un verde intenso,
surgían de las aguas hasta el horizonte, desvaneciéndose en la luz y la
distancia, dándole a la bahía una amplitud irreal, cósmica.
—¿No
es aquí donde rodaron La playa.? —me preguntó Valérie.
—No,
creo que fue en Koh Phi Phi; pero no he visto la película.
Según
ella, no me había perdido nada; dejando aparte los paisajes, no tenía ningún
interés. Yo recordaba vagamente el libro, protagonizado por unos excursionistas
en busca de una isla virgen; su único guía era un mapa que les había dibujado
un viejo trotamundos antes de suicidarse en un hotel de mala muerte en Khao Sen
Road. Primero iban a Koh Samui, demasiado turístico; desde allí llegaban a una
isla cercana, pero todavía había demasiada gente para su gusto. Al final,
sobornando a un marinero, conseguían desembarcar en su isla, situada en una
reserva natural y, por lo tanto, en principio inaccesible. Entonces empezaban
los problemas.
Los
primeros capítulos del libro ilustraban a la perfección la maldición del
turista, dedicado a la búsqueda desenfrenada de lugares «no turísticos» que su
sola presencia contribuye a desacreditar, y empujado así a ir cada vez más
lejos en un proyecto cuya realización se revela una y otra vez inútil. Esta
situación sin esperanza, semejante a la del hombre que intentara huir de su
sombra, era muy conocida en los medios turísticos, me dijo Valérie: en términos
sociológicos, la llamaban la paradoja del double bind.
En
todo caso, los turistas que habían elegido el Eldorador Afrodita de Krabi no
parecían ir a sucumbir a la paradoja del double bind.: aunque la playa era
inmensa, casi todos se habían instalado en el mismo sitio. Por lo que podía
ver, correspondían a la clientela esperada: muchos alemanes, con pinta de
directivos o profesiones liberales. Valérie tenía las cifras exactas: 80 % de
alemanes, 10 % de italianos, 5 % de españoles y 5 % de franceses. Lo
sorprendente es que había muchas parejas. Del tipo parejas libertinas, que uno
se podría encontrar perfectamente en Cap d’Agde: la mayoría de las mujeres
tenían pechos de silicona, muchas llevaban una cadenilla de oro en torno a la
cintura o el tobillo. También me di cuenta de que casi todo el mundo se bañaba
desnudo. Todo aquello me inspiraba bastante confianza; esa clase de gente nunca
da problemas. Al contrario que los lugares calificados «para trotamundos», los
lugares de intercambio de parejas, que cobran todo su valor a medida que se
llenan de gente, son por antonomasia lugares no paradójicos. En un mundo en el
que el mayor lujo consiste en evitar a los demás, la sociabilidad campechana de
los burgueses alemanes liberados era una forma de subversión especialmente
sutil, como le dije a Valérie mientras ella se quitaba el sujetador y la braga.
Me quedé un poco cortado al desnudarme, porque la tenía dura, y me tumbé boca
abajo a su lado. Ella abrió las piernas tranquilamente, ofreciendo su sexo al
sol. A unos metros, a nuestra derecha, había un grupo de alemanas que discutían
un artículo en Spiegel. Una de ellas tenía el sexo depilado; se veía muy bien
la raja, fina y recta.
—Me
gusta ese tipo de coño... —me dijo Valérie en voz baja—. Dan ganas de meter el
dedo.
A mí
también me gustaba; pero a la izquierda había una pareja de españoles, y la
mujer tenía el vello púbico muy espeso, rizado y negro; aquello me gustaba
también. Cuando se tumbó, miré sus labios mayores, gruesos y carnosos. Era una
mujer joven, no tendría más de veinticinco años, pero tenía los pechos llenos,
las areolas grandes y prominentes.
—Venga,
túmbate de espaldas... —me dijo Valérie al oído.
Obedecí
cerrando los ojos, como si el hecho de no ver nada disminuyera el alcance de lo
que estaba haciendo. Sentí que mi polla se erguía, que el glande salía de su
capuchón de piel protectora. Al cabo de un minuto dejé de pensar para
concentrarme únicamente en la sensación; el calor del sol en las mucosas era
infinitamente agradable. Tampoco abrí los ojos cuando sentí un hilillo de
aceite solar sobre el pecho, y luego sobre el vientre. Los dedos de Valérie
frotaban con delicadeza y rapidez. El aire olía a coco. Cuando empezó a
aceitarme el sexo, abrí los ojos de inmediato: se había arrodillado a mi lado,
de cara a la española, que se había enderezado sobre los codos para mirar. Yo
eché la cabeza atrás, mirando fijamente el azul del cielo. Valérie me puso la
palma de la mano en los cojones y me metió el dedo corazón en el ano; siguió
masturbándome con la otra mano. Miré a la izquierda y vi que la española hacía
lo propio con la polla de su chico; luego volví a mirar al cielo. Cuando oí
pasos que se acercaban por la arena cerré otra vez los ojos. Entonces oí un
beso, y susurros.
Ya
no sabía cuántas manos, cuántos dedos me rodeaban y me acariciaban el sexo; el
ruido de las olas era muy dulce.
Después
de la playa, fuimos a dar una vuelta por el centro de ocio; caía la noche, y
los letreros de los go–go bars se encendían uno por uno. En una plaza redonda
había una decena de bares en torno a un inmenso salón de masaje. En la entrada
encontramos a Jean–Yves, que se despedía de una chica con un vestido largo,
grandes pechos y piel clara, que más bien parecía china.
—¿Qué
tal ahí dentro? —preguntó Valérie.
—Asombroso.
Un poco cursi, pero lujoso de verdad. Hay fuentes, plantas tropicales, cascadas;
incluso estatuas de diosas griegas.
Nos
instalamos en un mullido sofá cubierto de hilo de oro antes de elegir dos
chicas. El masaje fue muy agradable, el agua caliente y el jabón líquido
borraban los restos de aceite solar de nuestra piel. Las chicas se movían con
delicadeza, nos enjabonaban con los pechos, las nalgas, el interior de los
muslos; Valérie empezó a gemir enseguida. Una vez más, me maravillaba la
abundancia de las zonas eróticas femeninas.
Después
de secarnos nos tumbamos en una enorme cama redonda, con dos tercios de su
circunferencia rodeados de espejos. Una de las chicas lamió a Valérie,
llevándola sin dificultad al orgasmo; yo estaba arrodillado encima de su cara,
y la otra chica me lamía los cojones y la polla. Cuando vio que iba a correrme,
Valérie les hizo una seña a las chicas para que se acercaran un poco más:
mientras la primera me lamía los huevos, la otra besó a Valérie en la boca;
eyaculé sobre sus labios unidos.
La
mayoría de los invitados a la cena de Nochevieja eran tailandeses, más o menos
vinculados a la industria turística local. Ningún directivo de Aurore estaba
presente; el patrón de TUI tampoco había podido desplazarse, aunque había
delegado en un subordinado que obviamente no tenía ningún poder, pero que
estaba encantado con la limosna. El buffet era exquisito, compuesto por platos
tailandeses y chinos. Había pequeños nems crujientes con albahaca y citronela,
buñuelos de enredadera de agua, curry de cangrejos con leche de coco, arroz
salteado con nueces y almendras, un pato laqueado increíblemente tierno y
sabroso. Se habían importado vinos franceses para la ocasión. Charlé unos
minutos con Lionel, que parecía henchido de felicidad. Le acompañaba una chica
encantadora de Chiang Mai, que se llamaba Kim. Se habían conocido la primera
noche en un bar topless y estaban juntos desde entonces; él se la comía con los
ojos, la trataba con adoración. Yo entendía muy bien que esa criatura delicada,
de una gracia casi irreal, hubiera seducido a ese chico regordete; no veía cómo
hubiera podido encontrar una mujer parecida en su país. Me dije que aquellas
putitas tailandesas eran una bendición; un don del cielo, ni más ni menos. Kim
hablaba un poco de francés. Ya había estado una vez en París, dijo Lionel,
maravillado; su hermana se había casado con un francés.
—¿Ah,
sí? —dije—. ¿Y qué hace él?
—Es
médico... —Lionel se ensombreció un poco—. Claro, conmigo no podría tener el
mismo nivel de vida.
—Tienes
un trabajo fijo... —contesté con optimismo—.
Todos
los tailandeses sueñan con ser funcionarios.
El
me miró con cierta duda. Sin embargo era verdad, la función pública ejercía una
sorprendente fascinación sobre los tailandeses. Cierto que en Tailandia los
funcionarios son corruptos; no sólo tienen un trabajo seguro, sino que encima
son ricos. Se puede tener todo.
—Que
pases una buena noche... —dije, y me dirigí al bar.
—Gracias...
—contestó él, y enrojeció.
No
sé por qué me había dado en ese momento por jugar al hombre que sabe de la
vida; obviamente, me estaba haciendo viejo. Pero la verdad es que tenía dudas
sobre aquella chica: por lo general, las tailandesas del norte son muy
hermosas, pero a veces tienen la belleza demasiado en cuenta. Se pasan la vida
mirándose al espejo, plenamente conscientes de que esa belleza es, en sí misma,
una ventaja económica decisiva, y se convierten en seres caprichosos e
inútiles. Por otra parte, al contrario que una preciosidad occidental, Kim no
podía darse cuenta de que Lionel era un pedorro. Los criterios principales de
la belleza física son la juventud, la ausencia de malformaciones y la
conformidad general con las normas de la especie; y está claro que son
universales. Una chica de otra cultura no puede apreciar con tanta facilidad
los criterios secundarios, vagos y relativos. Para Lionel, el exotismo era una
buena elección; lo más probable es que fuera la única. En fin, me dije que
había hecho todo lo que podía para ayudarle.
Con
la copa de Saint–Estèphe en la mano, me senté en una banqueta a mirar las
estrellas. El año 2002 marcaría la entrada de Francia en la unión monetaria
europea, entre otras cosas: también se celebrarían el mundial de fútbol, las
elecciones presidenciales; diferentes acontecimientos de gran repercusión en
los medios de comunicación. La luna iluminaba los islotes rocosos de la bahía;
sabía que a medianoche habría fuegos artificiales. Unos minutos más tarde,
Valérie vino a sentarse a mi lado. Yo le rodeé la cintura con el brazo y apoyé
la cabeza en su hombro; apenas veía su cara, pero reconocía el olor, la textura
de la piel. Cuando estalló el primer cohete, me di cuenta de que llevaba el
mismo vestido verde, ligeramente transparente, que se había puesto un año
antes, en la fiesta de Nochevieja de Koh Phi Phi; sentí una emoción extraña
cuando me besó en los labios, como si algo hubiera trastocado el orden del
mundo. Curiosamente, y sin haberlo merecido lo más mínimo, había tenido una
segunda oportunidad. Es muy raro que la vida nos dé una segunda oportunidad; va
en contra de todas las leyes. La abracé con fuerza; sentía unas súbitas ganas
de echarme a llorar.
15
Si
el amor no puede dominar, ¿cómo va a hacerlo el espíritu? La supremacía
práctica pertenece a la actividad.
AUGUSTE
COMTE
El
barco surcaba la inmensidad turquesa, y yo no tenía que preocuparme de nada. Habíamos
salido temprano hacia Koh Maya, navegando entre los arrecifes de coral y los
enormes islotes calcáreos. Algunos tenían forma de anillo, se podía llegar a la
laguna central por un estrecho canal cavado en la roca. Dentro de los islotes,
el agua estaba inmóvil, y era de un verde esmeralda. El piloto apagaba el
motor. Valérie me miraba; no hablábamos, ni nos movíamos; los instantes pasaban
en un silencio absoluto.
Desembarcamos
en la isla de Koh Maya, en una bahía protegida por altos muros de piedra. La
playa, de unos cien metros de largo, se extendía al pie de los acantilados,
delgada y curva. El sol estaba alto, ya eran las once de la mañana. El piloto
arrancó y se marchó rumbo a Krabi; vendría a recogernos a la caída de la tarde.
En cuanto cruzó la entrada de la bahía, el ruido del motor dejó de oírse.
Aparte
del acto sexual, hay pocos momentos en la vida en los que el cuerpo exulte con
la simple felicidad de vivir, se llene de alegría con el simple hecho de su
presencia en el mundo; mi primer día del año estuvo compuesto de momentos así.
No recuerdo otra cosa que aquella plenitud. Probablemente nos bañamos, tomamos
el sol, hicimos el amor.
No
creo que habláramos ni que explorásemos la isla. Recuerdo el olor de Valérie,
el sabor de la sal que se secaba en su sexo; recuerdo haberme quedado dormido
dentro de ella, y que sus contracciones me despertaron.
El
barco nos recogió a las cinco. En la terraza del hotel, que dominaba la bahía,
me tomé un Campari, y Valérie un Mai Thai. Los islotes calcáreos parecían casi
negros en la luz anaranjada. Los últimos bañistas regresaban con la toalla al
brazo. A unos metros de la orilla, abrazada en el agua tibia, una pareja hacía
el amor. Los rayos del sol poniente iluminaban el tejado dorado de una pagoda,
a media altura. Una campana repicó varias veces en el aire apacible. Es una
costumbre budista: cuando alguien lleva a cabo una acción meritoria, se
conmemora haciendo sonar la campana de un templo; una religión que hace resonar
por el aire el testimonio de las buenas acciones humanas es una hermosa
religión.
—Michel...
—dijo Valérie tras un largo silencio, mirándome a los ojos—. Tengo ganas de
quedarme aquí.
—¿Qué
quieres decir?
—Quiero
quedarme definitivamente. Lo he pensado esta tarde, al volver, y es posible.
Basta con que me nombren responsable del complejo. Tengo el diploma y las
competencias necesarias.
La
miré sin decir nada; ella me cogió la mano.
—Pero
tú tendrías que dejar tu trabajo. ¿Lo harías?
—Sí.
—No creo que tardase ni un segundo en contestar, sin sombra de duda; nunca
había tomado una decisión tan fácil.
Vimos
a Jean–Yves cuando salía del salón de masajes.
Valérie
le hizo una seña y él vino a sentarse a nuestra mesa; ella le explicó de
inmediato el proyecto.
—Bueno...
—vaciló él—, supongo que es posible. Claro que Aurore se va a quedar un poco
sorprendida, porque lo que pides es un retroceso en tu carrera. Sólo cobrarías
la mitad del sueldo; no se podría hacer otra cosa, teniendo en cuenta a los
demás.
—Lo
sé —dijo ella—. Me da igual.
Él
la miró otra vez y sacudió la cabeza con asombro.
—Si
lo has decidido... —dijo—. Si eso es lo que quieres...
Al
fin y al cabo —añadió, como si acabara de darse cuenta—, soy yo quien dirige
Eldorador; tengo derecho a nombrar a los gerentes como me parezca conveniente.
—Entonces,
¿estarías de acuerdo?
—Sí...,
sí, no puedo impedírtelo.
Sentir
que la vida cambia de sentido es una sensación curiosa; basta con quedarse ahí,
sin hacer nada, y sentir cómo todo da la vuelta. Durante toda la cena estuve
callado, pensativo, hasta el punto de que Valérie empezó a preocuparse.
—¿Estás
seguro de que quieres hacerlo? —me preguntó—, ¿Estás seguro de que no echarás
de menos Francia?
—No,
no voy a echar de menos nada.
—Aquí
no hay distracciones, ni vida cultural.
Yo
era consciente de eso; cada vez que me había parado a pensarlo, la cultura me
parecía una compensación necesaria ligada a la infelicidad de nuestras vidas.
Tal vez se podría imaginar una cultura de otro tipo, vinculada a la celebración
y al lirismo, que se desarrollaría en un estado de felicidad; pero no estaba
seguro, y me parecía una consideración teórica que ya no tenía mucha
importancia para mí.
—Tenemos
TV5... —dije con indiferencia. Ella sonrió; todo el mundo sabe que TV5 es una
de las peores cadenas televisivas del mundo.
—¿Estás
seguro de que no vas a aburrirte? —insistió ella.
Yo
había conocido el sufrimiento, la opresión, la angustia; pero nunca me había
aburrido. No veía ninguna objeción a la eterna, estúpida repetición de lo
mismo. Claro, tampoco me hacía ilusiones de llegar a ese estado; sabía que la
desgracia tiene buena salud, que es ingeniosa y tenaz; pero en cualquier caso
era una perspectiva que no me preocupaba en absoluto. De niño, podía pasarme
horas contando tréboles en un prado: en todos aquellos años de búsqueda, nunca
encontré un trébol de cuatro hojas; no me sentía decepcionado ni amargado por
ello; en realidad, igual podría haber contado briznas de hierba: todos aquellos
tréboles de tres hojas me parecían eternamente idénticos, eternamente
maravillosos. Un día, a los doce años, subí a lo alto de un pilón eléctrico, en
las montañas. Mientras subía, no miré abajo ni una sola vez. Al llegar arriba,
a la plataforma, bajar me pareció complicado y peligroso. Las cadenas montañosas
se extendían hasta donde llegaba la vista, coronadas de nieves eternas. Habría
sido mucho más sencillo quedarse allí, o saltar. Me retuvo, in extremis, la
idea de estrellarme; pero si no, creo que habría disfrutado eternamente del
vuelo.
Al
día siguiente conocí a Andreas, un alemán que llevaba diez años viviendo en la
región. Era traductor, me explicó, lo que le permitía trabajar solo; regresaba
a Alemania una vez al año, durante la Feria del Libro de Frankfurt; cuando
tenía que consultar cualquier cosa, lo hacía a través de Internet. Había tenido
la suerte de traducir muchos best–sellers norteamericanos, entre ellos La
tapadera, lo que le aseguraba unos buenos ingresos; la vida no era muy cara en
aquel rincón del mundo. Hasta ahora casi no había turismo, le había sorprendido
ver llegar de repente a todos aquellos compatriotas; había recibido la noticia
sin entusiasmo, pero sin verdadero disgusto. De hecho, sus lazos con Alemania
se habían vuelto muy tenues, aunque su oficio le obligase a practicar
constantemente el idioma. Se había casado con una tailandesa que había conocido
en un salón de masajes, y ya tenían dos hijos.
—¿Es
fácil tener..., ejem..., niños aquí? —pregunté. Me daba la impresión de estar
haciendo una pregunta incongruente, del tipo de si era fácil comprar un perro.
La verdad es que siempre había sentido cierta repugnancia por los niños
pequeños; hasta donde yo sabía, eran monstruitos feos que cagaban sin control y
lanzaban aullidos insoportables; la idea de tener uno nunca se me había pasado
por la cabeza.
Pero
sabía que la mayoría de las parejas lo hacen; no estaba seguro de si se
arrepentían, pero en cualquier caso no se atrevían a quejarse. En el fondo, me
dije, paseando la mirada por el complejo de vacaciones, en un sitio tan grande
tal vez fuera posible: corretearía entre los bungalows, jugaría con palitos de
madera o algo así.
Según
Andreas, sí, era especialmente fácil tener hijos allí; había un colegio en
Krabi, incluso se podía ir andando. Y los niños tailandeses eran muy diferentes
de los niños europeos, mucho menos coléricos y caprichosos. Sentían por sus
padres un respeto que rayaba en la veneración, era algo completamente natural,
formaba parte de su cultura. Cuando iba a visitar a su hermana en Dusseldorf,
el comportamiento de sus sobrinos lo dejaba literalmente pasmado.
Yo
sólo estaba convencido a medias del funcionamiento de esa asimilación cultural;
para tranquilizarme, me dije que Valérie sólo tenía veintiocho años y que
normalmente a las mujeres les da por ahí a los treinta y cinco, poco más o
menos; pero bueno, si era necesario tendríamos un hijo: sabía que antes o
después a ella se le ocurriría la idea, era inevitable. Al fin y al cabo un
niño era como un animalito, aunque con tendencias malignas; un poco, digamos,
como un monito. Me dije que hasta podía tener ventajas; a lo mejor podía
enseñarle a jugar a Mille Bornes. Yo sentía por ese juego verdadera pasión, en
general insatisfecha; ¿a quién le iba a proponer una partida? Desde luego, no a
mis colegas de trabajo; ni a los artistas que venían a enseñarme sus proyectos.
¿A
Andreas, quizás? Lo juzgué rápidamente con la mirada: no, no encajaba con el
juego. Aunque parecía serio e inteligente; era una relación que merecía la pena
cultivar.
—¿Está
pensando en quedarse de manera... definitiva? —me preguntó.
—Sí,
definitiva.
—Más
vale ver las cosas así —contestó, asintiendo con la cabeza—. Es muy difícil
marcharse de Tailandia; sé que si tuviera que hacerlo ahora, me costaría mucho
superarlo.
16
Los
días pasaron con una rapidez aterradora; teníamos que volver el 5 de enero. La
noche anterior nos encontramos con Jean–Yves en el restaurante principal.
Lionel había declinado la invitación; iba a ver bailar a Kim. «Me gusta verla
bailar casi desnuda delante de los hombres...», nos dijo. «Sabiendo que luego
será para mí.» Jean–Yves le miró alejarse.
—Pues
sí que aprende deprisa, el empleado del gas... —dijo, sarcástico—. Está
descubriendo la perversión.
—No
te burles... —protestó Valérie—. Creo que ya entiendo lo qué ves en él —añadió
volviéndose hacia mí—. Ese chico es enternecedor. En todo caso, estoy segura de
que está pasando unas vacaciones espléndidas.
Caía
la noche; se encendían las luces de las residencias que rodeaban la bahía. Un
último rayo de sol iluminaba el cejado dorado de la pagoda. Desde que Valérie
le había comunicado su decisión, Jean–Yves no había vuelto a mencionar el tema.
Lo hizo durante la cena. Había pedido una botella de vino.
—Te
voy a echar de menos... —dijo—. Ya no será lo mismo.
Hemos
trabajado juntos durante más de cinco años. Y nunca nos hemos peleado de
verdad. Sin ti no lo hubiera conseguido, ¿sabes? —Hablaba cada vez más bajo,
como para sí mismo; ya era de noche—. Ahora podremos ampliar la fórmula. Unos
de los países más obvios es Brasil. También he vuelto a pensar en Kenia: lo
ideal sería abrir otro club en el interior del país, reservado para los
safaris, y convertir el club de la playa en Afrodita. Y otra posibilidad
inmediata es Vietnam.
—¿No
te da miedo la competencia? —pregunté yo.
—No
hay peligro. Las cadenas norteamericanas no se atreverán nunca a lanzarse a una
cosa así, la corriente puritana es demasiado fuerte en Estados Unidos. Lo que
yo temía un poco eran las reacciones de la prensa francesa, pero hasta ahora no
ha salido nada. Aunque la verdad es que casi todos los clientes son
extranjeros; en Alemania y en Italia son más tranquilos para estas cosas.
—Te
vas a convertir en el proxeneta más importante del mundo...
—Proxeneta
no —protestó—. Nadie se queda un céntimo de las ganancias de las chicas; las
dejamos trabajar, eso es todo.
—Además,
son cosas aparte —intervino Valérie—. No pertenecen a la plantilla del hotel.
—Bueno,
sí... —vaciló Jean–Yves—. Aquí es aparte; pero he oído decir que en Santo
Domingo también trabajan las camareras del hotel.
—Lo
hacen voluntariamente.
—Ah,
sí, eso es lo menos que se puede decir.
—Eh...
—Valérie hizo un ademán conciliatorio que abarcaba al mundo entero—. No dejes
que te jodan los hipócritas.
Estás
ahí, pones la estructura, la experiencia de Aurore, y punto.
El
camarero trajo una crema a la citronela. En las mesas vecinas había alemanes e
italianos acompañados por una tailandesa y algunas parejas de alemanes,
acompañados o no. El ambiente era tranquilo, sin problemas, en una atmósfera
concebida para disfrutar; el oficio de responsable del complejo prometía ser
bastante fácil.
—Así
que os vais a quedar aquí... —repitió Jean–Yves; estaba claro que le costaba
creerlo—. Es sorprendente; en fin, en cierto sentido lo comprendo, pero... lo
que me sorprende es que alguien renuncie a ganar más dinero.
—¿Más
dinero para qué? —dijo Valérie con claridad—.
¿Para
comprarme bolsos de Prada? ¿Para irme a pasar el fin de semana a Budapest?
¿Para comer trufas blancas de temporada? He ganado mucho dinero y ni siquiera
consigo acordarme de lo que he hecho con él: sí, seguramente me lo he gastado
en chorradas de ese tipo. ¿Y tú, sabes lo que haces con tu dinero?
—Bueno...
—Se quedó pensativo—. La verdad, creo que hasta ahora se lo gastaba Audrey.
—Audrey
es una gilipollas —contestó Valérie, implacable—. Menos mal que te vas a
divorciar. Es la decisión más inteligente que has tomado en tu vida.
—Es
verdad, en el fondo es una imbécil... —contestó él, sin cortarse. Sonrió, dudó
un momento—. De todos modos tú eres una chica rara, Valérie.
—Yo
no soy rara; lo raro es el mundo que me rodea. ¿Es que te apetece de verdad
comprarte un Ferrari Cabrio? ¿Una casa de fin de semana en Deauville para que
te roben? ¿Te apetece trabajar noventa horas por semana hasta los sesenta años?
¿Pagar la mitad de tu sueldo en impuestos para financiar operaciones militares
en Kosovo o planes de rehabilitación del extrarradio? Aquí se está bien; hay
todo lo que hace falta para vivir. Lo único que te puede ofrecer el mundo
occidental son productos de marca. Si crees en los productos de marca, más vale
que te quedes en Occidente; si no, en Tailandia hay excelentes imitaciones.
—Lo
raro es tu postura; has trabajado durante años en el mundo occidental sin creer
en sus valores.
—Soy
una depredadora —contestó ella con calma—. Una pequeña y amable depredadora; no
tengo grandes necesidades; pero si he trabajado todo este tiempo ha sido
solamente por la pasta; ahora voy a empezar a vivir. No entiendo a los demás.
¿Qué te impide a ti, por ejemplo, venirte a vivir aquí? Podrías casarte con una
tailandesa: son bonitas, cariñosas y hacen bien el amor; algunas incluso hablan
un poco de francés.
—Bueno...
—él vaciló otra vez—. Ahora mismo prefiero cambiar de chica todas las noches.
—Eso
se te pasará. De todos modos, nada te impediría volver a los salones de masaje
una vez casado; en realidad están hechos para eso.
—Lo
sé. Creo... En el fondo, creo que siempre me ha costado mucho tomar las
decisiones más importantes de mi vida.
Un
poco incómodo por esta confesión, se volvió hacia mí.
—¿Y
tú, Michel? ¿Qué vas a hacer aquí?
Sin
duda, la respuesta más cercana a la verdad habría sido algo como «Nada», pero
siempre es difícil explicar ese tipo de cosas a alguien de temperamento activo.
—Cocinar...
—contestó Valérie por mí. Yo la miré, sorprendido—. Sí, sí —insistió ella—. Me
he fijado, de vez en cuando te da por ahí, tienes veleidades creativas en ese
terreno. A mí me viene bien, cocinar no me gusta; estoy segura de que aquí vas
a acabar con las manos en la masa.
Probé
una cucharada de mi curry de pollo con pimientos; pues sí, a lo mejor se podía
hacer algo parecido con mango. Jean–Yves había inclinado la cabeza, pensativo.
Yo miré a Valérie: era una buena depredadora, más inteligente y obstinada que
yo; y me había elegido para compartir su madriguera. Es posible suponer que las
sociedades se basen, si no en una voluntad común, al menos en un consenso; a
veces calificado de consenso débil, en las democracias occidentales, por,
algunos editorialistas de posiciones políticas muy tajantes.
Yo,
que también era de temperamento débil, no había hecho nada para modificar ese
consenso; la idea de voluntad común me parecía menos evidente. Según Emmanuel
Kant, la dignidad humana consiste en someterse a las leyes sólo si uno puede
considerarse también legislador; nunca me había venido a la cabeza una fantasía
tan extraña. No sólo no votaba, sino que nunca había pensado que las elecciones
fueran otra cosa que estupendos espectáculos televisados, en los que mis
actores preferidos, lo confieso, eran los politólogos; Jérôme Jaffré, sobre
todo, me encantaba. Ser responsable político me parecía un oficio difícil,
técnico, capaz de desgastar a cualquiera; yo prefería delegar el poco poder que
me cayera en las manos.
Cuando
era joven había conocido a muchos militantes que creían necesario hacer que la
sociedad evolucionara en tal o cual dirección; no había sentido por ellos ni
simpatía ni estima. De hecho, poco a poco había aprendido a desconfiar de
ellos: su manera de interesarse por las causas generales, de considerar la
sociedad como si ellos fueran los que debían cobrar los beneficios, era
bastante sospechosa. ¿Qué tenía yo que reprocharle a Occidente? No mucho, pero
tampoco me sentía muy apegado a él (y cada vez entendía menos que alguien
pudiera sentirse apegado a una idea, a un país, a cualquier cosa que no fuese
un individuo). La vida era cara en Occidente, hacía frío; la prostitución era
de mala calidad. Era difícil fumar en los lugares públicos, casi imposible
comprar drogas y medicamentos; se trabajaba mucho, había coches y ruido, y la
seguridad ciudadana dejaba mucho que desear. En realidad, había bastantes
inconvenientes. De pronto me di cuenta, incómodo, de que pensaba que la
sociedad en la que vivía era algo así como un medio natural —digamos una sabana
o una jungla— a cuyas leyes había tenido que adaptarme.
La
idea de ser solidario con el medio nunca se me había ocurrido; era como una
atrofia en mí, una carencia. No estaba muy claro que la sociedad pudiera sobrevivir
mucho tiempo con individuos como yo; pero yo podía sobrevivir con una mujer,
apegarme a ella, intentar hacerla feliz. En el momento en que miré otra vez a
Valérie con agradecimiento, oí a mi derecha una especie de chasquido y un ruido
de motor que venía del mar, y que se interrumpió enseguida. En la parte
delantera de la terraza, una mujer rubia y corpulenta se levantó gritando. Hubo
una primera ráfaga, un restallido breve.
Ella
se volvió hacia nosotros, llevándose las manos a la cara; una bala le había
atravesado el ojo, la órbita ya no era más que un agujero ensangrentado; luego
se derrumbó sin hacer ruido. Entonces vi a los atacantes, tres hombres con
turbante que avanzaban rápidamente hacia nosotros, con metralletas en las
manos. Estalló una segunda ráfaga, un poco más larga; los ruidos de porcelana y
cristal roto se mezclaron con los gritos de dolor. Debimos de quedarnos
paralizados durante unos segundos; a pocos se les ocurrió protegerse debajo de
las mesas. A mi lado, Jean–Yves lanzó un grito breve; acababa de ser alcanzado
en el brazo. Entonces vi que Valérie resbalaba muy despacio de la silla y se
desplomaba en el suelo. Me abalancé sobre ella y la abracé. A partir de ese
momento ya no vi nada. Las ráfagas de metralleta se sucedían en un silencio
roto únicamente por el estallido de cristales; me pareció interminable. El olor
a pólvora era muy fuerte. Luego volvió el silencio. Entonces me di cuenta de
que tenía la mano izquierda cubierta de sangre; Valérie debía de estar herida,
en el pecho o en la garganta. La lámpara que teníamos al lado se había roto,
estábamos casi completamente a oscuras. Jean–Yves, tendido a un metro de mí,
intentó incorporarse y lanzó un gruñido. En ese momento sonó una explosión
enorme que parecía venir del centro de ocio; una explosión que desgarró el
espacio y reverberó mucho tiempo en la bahía. Al principio pensé que me habían
estallado los tímpanos; sin embargo, unos segundos más tarde, en mitad de mi
aturdimiento, oí un concierto de gritos espantosos, de verdaderos alaridos de
condenados.
Los
servicios de emergencia llegaron diez minutos después. Venían de Krabi, y se
dirigieron primero al centro de ocio. La bomba había estallado en el Crazy
Lips, el bar más importante, a la hora de mayor afluencia; estaba oculta en una
bolsa de deporte que habían dejado al lado de la pista.
Era
un dispositivo artesanal pero muy potente, a base de dinamita, accionado por un
despertador; la bolsa estaba repleta de tornillos y clavos. A causa de la
violencia de la onda expansiva, las delgadas paredes de ladrillo que separaban
el bar de los demás establecimientos habían volado; algunas de las vigas
metálicas que sostenían toda la estructura habían cedido, el techo amenazaba
derrumbarse. Lo primero que hicieron los servicios de emergencia, al ver la
magnitud de la catástrofe, fue pedir refuerzos. Ante la entrada del bar, una
bailarina se arrastraba por el suelo, todavía vestida con su bikini blanco, con
los brazos amputados a la altura del codo. Cerca de ella, un turista alemán
sentado entre los cascotes sostenía los intestinos que se le escapaban del
vientre; su mujer estaba tendida a su lado, con el pecho abierto y los senos
medio arrancados. Dentro del bar flotaba, estancada, una humareda negruzca; el
suelo estaba resbaladizo, cubierto de sangre que manaba de los cuerpos humanos
y de los órganos destrozados. Muchos agonizantes, con los brazos o las piernas
mutilados, intentaban arrastrarse hacia la salida, dejando tras ellos un
reguero de sangre. Los tornillos y los clavos habían arrancado ojos y manos,
habían destrozado cabezas. Algunos cuerpos habían estallado literalmente desde
el interior, miembros y vísceras tapizaban metros y metros de suelo.
Cuando
los servicios de emergencia llegaron a la terraza, yo seguía abrazado a
Valérie; su cuerpo estaba tibio. Dos metros más allá, una mujer yacía en el
suelo con el rostro cubierto de sangre y cuajado de esquirlas de cristal. Otros
seguían sentados, con la boca abierta, inmovilizados por la muerte. Grité: dos
enfermeros se acercaron enseguida, cogieron con delicadeza a Valérie, la
depositaron en una camilla.
Intenté
levantarme, pero me caí de espaldas; me golpeé la cabeza contra el suelo.
Entonces oí, con mucha claridad, que alguien decía en francés: «Está muerta.»
Tercera
parte
Pattaya
Beach
1
Era
la primera vez desde hacía mucho tiempo que me despertaba solo. El hospital de
Krabi era un edificio pequeño y luminoso; un médico vino a visitarme a media
mañana. Era francés, y pertenecía a Médicos del Mundo; la organización había
llegado allí al día siguiente del atentado. Tendría unos treinta años, andaba
un poco encorvado, y tenía cara de preocupación. Me dijo que yo había estado
tres días durmiendo.
—Bueno,
en realidad no es que haya dormido —se corrigió—. A veces parecía despierto, y
entonces le hablábamos; pero es la primera vez que logramos establecer
contacto.
Establecer
contacto, me dije. También me contó que el balance del atentado era terrible:
por el momento se elevaba a ciento diecisiete muertos; el peor atentado que
jamás hubiera ocurrido en Asia. Algunos heridos seguían en estado
extremadamente crítico y no podían moverlos, Lionel entre ellos. La bomba le
había arrancado ambas piernas y una esquirla de metal se le había clavado en el
vientre; sus posibilidades de supervivencia eran mínimas. Los demás heridos
graves habían sido transportados al Bumrungrad Hospital, en Bangkok. Jean–Yves
sólo había sufrido heridas leves, una bala le había fracturado el húmero;
habían podido atenderle allí mismo. Yo no tenía absolutamente nada, ni un
rasguño.
—En
cuanto a su amiga... —concluyó el médico—. Su cuerpo ya ha sido repatriado a
Francia. He hablado con sus padres por teléfono: será inhumada en Bretaña.
Se
quedó callado; probablemente esperaba que yo dijera algo. Me observaba de reojo;
parecía cada vez más preocupado.
A
eso del mediodía, llegó una enfermera con una bandeja; se la llevó una hora más
tarde. Me dijo que tenía que empezar a comer, que era imprescindible.
Jean–Yves
vino a verme a media tarde. El también me miró de una manera rara, un poco de
reojo. Me habló sobre todo de Lionel; se estaba muriendo, sólo era cuestión de
horas. Había preguntado muchas veces por Kim. Ella había salido milagrosamente
indemne, pero parecía haberse consolado muy deprisa: el día anterior, mientras
paseaba por Krabi, Jean–Yves la había visto del brazo de un inglés. No le había
dicho nada a Lionel, pero éste tampoco parecía hacerse demasiadas ilusiones;
dijo que ya era una suerte haberla conocido.
—Es
curioso... —me dijo Jean–Yves—. Parece feliz.
Cuando
estaba a punto de marcharse, me di cuenta de que yo no había dicho una sola
palabra; no se me ocurría absolutamente nada que decirle. Era consciente de que
algo no iba bien, pero se trataba de una sensación vaga, difícil de formular.
Pensaba que era mejor callarme, en espera de que toda aquella gente que me
rodeaba saliera de su error; sólo era un mal momento que ya pasaría.
Antes
de marcharse Jean–Yves me miró a los ojos, y luego meneó la cabeza con
desaliento. Según me contaron después, parece que yo hablaba mucho, en realidad
sin parar, en cuanto me quedaba solo en la habitación; pero me volvía mudo en
cuanto entraba alguien.
Unos
días más tarde nos trasladaron al Bumrungrad Hospital en un avión ambulancia.
No entendí muy bien los motivos del traslado; creo que sobre todo era para
facilitar los interrogatorios de la policía. Lionel había muerto la víspera; al
cruzar el pasillo vi su cadáver envuelto en una mortaja.
Los
policías tailandeses llegaron acompañados por un agregado de embajada, que
hacía el papel de intérprete; por desgracia, yo no tenía mucho que contarles.
Lo que más parecía obsesionarles era descubrir si los terroristas eran de
origen árabe o asiático. Comprendía su preocupación, era importante saber si
una red terrorista internacional se había establecido en Tailandia o si se
trataba de separatistas malayos; pero sólo pude repetirles que todo había
ocurrido muy deprisa, que sólo había visto unas siluetas; podían haber sido
malayos.
Luego
llegaron unos norteamericanos, que según creo eran de la CIA. Se expresaban con
brutalidad, en un tono desagradable; daba la impresión de que hasta yo era
sospechoso. Como no creyeron necesario ir con intérprete, se me escapó gran
parte del sentido de sus preguntas. Al final me enseñaron una serie de fotos,
que debían de ser de terroristas internacionales; pero yo no reconocí a ninguno
de aquellos hombres.
Jean–Yves
venía a verme de vez en cuando, y se sentaba a los pies de la cama. Me daba
cuenta de su presencia, me sentía ligeramente más tenso. Una mañana, tres días
después de nuestra llegada a Bangkok, me tendió un pequeño fajo de papeles:
eran fotocopias de artículos de periódico.
—La
dirección de Aurore me los envió por fax ayer por la tarde —dijo—. Sin más
comentarios.
El
primer artículo, publicado en Le Nouvel Observateur, se titulaba «UN CLUB MUY
ESPECIAL», cubría dos páginas, era muy detallado y estaba ilustrado con una
fotografía sacada de la publicidad alemana. El periodista acusaba abiertamente
al grupo Aurore de promover el turismo sexual en los países del Tercer Mundo, y
añadía que, en esas condiciones, la reacción de los musulmanes era
comprensible. Jean–Claude Guillebaud dedicaba su editorial al mismo tema.
Jean–Luc Espitalier había declarado en una entrevista telefónica: «El grupo
Aurore, signatario de la Carta Mundial de Turismo Ético, no respalda en ningún
caso semejantes desviaciones; los responsables serán sancionados.» El
expediente seguía con un artículo de Isabelle Alonso en el Journal du dimanche,
vehemente pero mal documentado, que se titulaba «EL RETORNO DE LA ESCLAVITUD».
Françoise Giroud recogía el término en sus notas semanales, y escribía: «Frente
a los centenares de miles de mujeres maltratadas, humilladas y reducidas a la
esclavitud en todo el mundo, ¿qué puede pesar, por triste que sea decirlo, la
muerte de unos cuantos ricachones?» Claro, con el atentado de Krabi, el asunto
había tenido una repercusión considerable. Libération publicaba en primera
página una foto de los supervivientes ya repatriados, a su llegada al
aeropuerto de Roissy, y titulaba en portada: «VÍCTIMAS AMBIGUAS». En su
editorial, Gérard Dupuy señalaba con el dedo al gobierno tailandés por su
complacencia con la prostitución y el tráfico de drogas, así como por sus
repetidas violaciones de la democracia. Por su parte, Paris–Match, bajo el
titular «CARNICERÍA EN KRABI», hacía un relato completo de la noche del horror.
Habían conseguido algunas fotos, de bastante mala calidad: fotocopias en blanco
y negro, transmitidas por fax; aquello podría haber sido cualquier cosa, apenas
se podían reconocer cuerpos humanos. También publicaban la confesión de un
turista sexual que en realidad no tenía nada que ver, era un independiente que
solía viajar a Filipinas. Jacques Chirac había hecho de inmediato una
declaración en la que, tras expresar su horror y consternación por el atentado,
condenaba «el comportamiento inaceptable de algunos de nuestros compatriotas en
el extranjero». Lionel Jospin había reaccionado sobre la marcha, recordando que
existía una legislación para reprimir el turismo sexual, incluso cuando se
practicaba con mayores de edad. Los últimos artículos, en Le Figaro y Le Monde,
se interrogaban sobre los medios para luchar contra esa plaga y la actitud que
debía adoptar la comunidad internacional.
Durante
varios días, Jean–Yves intentó hablar por teléfono con Gottfried Rembke, y al
final lo consiguió. El patrón de TUI lo sentía muchísimo, lo sentía
sinceramente, pero no podía hacer nada. Tailandia estaba acabada durante muchos
años como destino turístico. Y además, la polémica francesa había tenido cierta
repercusión en Alemania; cierto que allí había una mayor división de opiniones,
pero buena parte del público condenaba, a pesar de todo, el turismo sexual; en
esas condiciones, prefería retirarse del proyecto.
2
Al
igual que no había entendido el motivo de mi traslado a Bangkok, tampoco
entendí el de mi regreso a París. El personal del hospital no me apreciaba
mucho, seguramente me encontraba demasiado inerte; hasta en un hospital, e
incluso en el lecho de muerte, uno se ve obligado a fingir. Lo que le gusta al
personal sanitario es que el enfermo oponga cierta resistencia, una
indisciplina que ellos puedan corregir; por el bien del enfermo, naturalmente.
Yo no era así.
Podían
ponerme de lado para una inyección y volver tres horas después: seguía
exactamente en la misma posición. La víspera del traslado, por la noche,
tropecé violentamente contra una puerta mientras buscaba los aseos en el
pasillo del hospital. Por la mañana tenía la cara cubierta de sangre, me había
hecho un corte en una ceja; tuvieron que limpiarme y vendarme. Ni se me había
ocurrido llamar a una enfermera; la verdad es que no había sentido
absolutamente nada.
El
vuelo fue un tiempo neutro; incluso había perdido la costumbre de fumar. Le
estreché la mano a Jean–Yves delante de la cinta transportadora de equipajes;
luego tomé un taxi a la avenue de Choisy.
Me
di cuenta enseguida de que aquello no funcionaba, de que nunca funcionaría. No
deshice la maleta. Di una vuelta por el apartamento con una bolsa de plástico
en la mano, recogiendo todas las fotos de Valérie que fui capaz de encontrar.
La mayoría eran de casa de sus padres, en Bretaña, en la playa o en el jardín.
También había algunas fotos eróticas que yo había hecho en el apartamento: me
gustaba mucho verla masturbarse, pensaba que ponía una cara preciosa.
Me
senté en el sofá y marqué un número que me habían dado en caso de emergencia,
las veinticuatro horas del día.
Era
una especie de unidad de crisis que había sido creada especialmente para
atender a los supervivientes del atentado.
Estaba
en un pabellón del hospital Sainte–Anne.
La
mayoría de la gente que había solicitado el ingreso se hallaba, sin duda, en un
estado lamentable: a pesar de las dosis masivas de tranquilizantes tenía
pesadillas todas las noches, y entonces empezaban los alaridos, los gritos de
angustia, los llantos. Cuando me cruzaba con ellos en los pasillos, me
impresionaban aquellos rostros crispados, espantados; parecían literalmente
minados por el miedo. Un miedo, me decía yo, que no desaparecería hasta el día
de su muerte.
Yo
solamente sentía un cansancio infinito. Por lo general sólo me levantaba para
beber una taza de Nescafé o mordisquear unas galletas; ni las comidas ni las
actividades terapéuticas eran obligatorias. Sin embargo me hicieron una serie
de exámenes, y tres días después de mi llegada tuve una entrevista con un
psiquiatra; los exámenes revelaban una «notable disminución de la capacidad de
reacción». No sufría, pero me sentía, sí, disminuido; me sentía disminuido
hasta un punto inimaginable. El psiquiatra me preguntó qué tenía intención de
hacer. Contesté: «Esperar.» Me mostré razonablemente optimista; dije que toda
aquella tristeza desaparecería, que volvería a ser feliz, pero que tenía que
esperar. No pareció muy convencido. Era un hombre de unos cincuenta años, con
la cara llena y jovial, completamente lampiña.
Al
cabo de una semana me trasladaron a otro hospital psiquiátrico, esta vez para
una larga estancia. Me quedé allí un poco más de tres meses. Para mi gran
sorpresa, me encontré con el mismo psiquiatra. No era de extrañar, me dijo;
trabajaba allí. La ayuda a las víctimas del atentado sólo era una misión
temporal, en la que estaba especializado: había formado parte de la célula
constituida tras el atentado en la estación de Saint–Michel.
En
realidad no hablaba como el típico psiquiatra, era bastante soportable.
Recuerdo que me decía que había que «liberarse del vínculo», parecía un camelo
budista. ¿Liberar qué? Yo era un puro vínculo. Yo era de naturaleza transitoria
y había formado un vínculo con algo transitorio, de acuerdo con mi naturaleza;
nada de eso merecía el menor comentario. Si mi naturaleza hubiera sido eterna,
seguí diciendo para alargar la conversación, habría formado un vínculo con
cosas eternas. Según parece, su método funcionaba bien con los supervivientes
obsesionados con la mutilación y la muerte.
«Esas
angustias no tienen nada que ver con usted; son fantasmas que pasan por su
cabeza», le decía a la gente; y la gente terminaba creyéndole.
Ya
no sé cuándo empecé a ser consciente de la situación, pero de todas formas
ocurrió muy poco a poco. Había muchos momentos —de hecho, los sigue habiendo—
en los que Valérie no estaba muerta. Al principio podía prolongarlos a
voluntad, sin el menor esfuerzo. Recuerdo la primera vez que no funcionó, la
primera vez que sentí de verdad el peso de lo real; justo después de la visita
de Jean–Yves. Fue un momento difícil, había recuerdos que yo difícilmente podía
negar; no le pedí que volviera.
La
visita de Marie–Jeanne, por el contrario, me sentó muy bien. No dijo gran cosa,
me habló un poco del ambiente en la oficina; le dije enseguida que no iba a
volver, que había decidido irme a vivir a Krabi. Ella asintió, sin hacer
comentarios. «No te preocupes», le dije: «Todo irá bien.» Me miró con muda
compasión; lo raro es que me da la impresión de que me creyó.
Lo
más penoso fue la visita de los padres de Valérie; seguramente el psiquiatra
les había explicado que yo pasaba por fases de negación de la realidad, y la
madre de Valérie se pasó casi todo el tiempo llorando; su padre tampoco parecía
muy cómodo. Habían venido también para resolver algunos detalles prácticos,
para traerme una maleta con mis efectos personales. Suponían que no querría
quedarme con el apartamento. Claro, claro, dije yo, ya arreglaremos eso;
entonces la madre de Valérie volvió a echarse a llorar.
La
vida pasa más fácilmente dentro de una institución; las necesidades básicas
están cubiertas. Veía otra vez Preguntas para un campeón; era el único programa
que veía, las noticias no me interesaban lo más mínimo. Muchos otros residentes
se pasaban el día delante del televisor. A mí no me gustaba tanto: la imagen se
movía demasiado deprisa. Yo creía que si estaba tranquilo, si evitaba pensar en
la medida de lo posible, todo acabaría arreglándose.
Una
mañana de abril me enteré de que sí, que todo se había arreglado, que podría
salir pronto. Aquello me pareció más bien una fuente de complicaciones: tendría
que buscar habitación en un hotel, tendría que encontrar un entorno neutro.
Por
lo menos tenía dinero; siempre el dinero. «Hay que mirar el lado positivo», le
dije a una enfermera. Pareció sorprendida, tal vez porque era la primera vez
que le dirigía la palabra.
No
hay un tratamiento específico contra la negación de la realidad, me explicó el
psiquiatra durante nuestra última entrevista; no es un trastorno del ánimo,
sino de la representación. No me había dado el alta antes porque temía un
intento de suicidio; son bastante frecuentes cuando la gente recupera la
conciencia de forma brusca; pero ya estaba fuera de peligro. «Ah, bueno,» dije
yo, «vaya».
3
Una
semana después de salir del hospital, cogí un avión a Bangkok. No tenía ningún
proyecto concreto. Si fuéramos de naturaleza ideal, podríamos conformarnos con
los movimientos del sol. En París las estaciones estaban muy diferenciadas,
eran una fuente de agitación y de problemas. En Bangkok, el sol salía a las
seis de la mañana y se ponía a las seis de la tarde; y en el ínterin recorría
una trayectoria inmutable. Parece que había una época de monzones, pero yo no
la conocía. La ciudad se agitaba, pero yo no entendía claramente por qué, se
trataba más bien de una especie de condición natural. No había duda de que
aquella gente tenía un destino, una vida, en la medida en que su nivel de
ingresos lo permitía; pero por mí podían haber sido ratones de campo.
Me
instalé en el Amari Boulevard, un hotel cuyos principales clientes eran hombres
de negocios japoneses. La última vez me había alojado allí con Valérie y
Jean–Yves; no era una buena idea. Dos días más tarde me cambié al Grace Hotel;
sólo estaba a unos metros, pero el ambiente era muy diferente. Era el único
sitio de Bangkok donde uno encontraba todavía turistas sexuales árabes. Ahora
andaban pegados a las paredes; se quedaban encerrados en el hotel, que tenía
discoteca y salón de masajes. Se veían unos pocos más por las callejuelas de
alrededor, donde había vendedores de kebabs y locutorios de llamadas internacionales;
pero no era posible encontrárselos en ningún otro sitio. Mientras tanto, y sin
darme cuenta, vi que me había ido acercando al Bumrungrad Hospital.
Está
claro que uno puede seguir con vida sólo porque alimenta un deseo de venganza;
mucha gente ha vivido así.
El
islam me había destrozado la vida, y desde luego el islam era algo que podía
odiar; durante los días que siguieron, intenté sentir odio por los musulmanes.
Me salía bastante bien, y empecé a prestar atención otra vez a la información
internacional. Cada vez que oía que un terrorista palestino, un niño palestino
o una mujer palestina embarazada habían sido asesinados en Gaza, me estremecía
de entusiasmo pensando que había un musulmán menos. Sí, se podía vivir así.
Una
noche, en el coffee–shop del hotel, un banquero jordano empezó a charlar
conmigo. Era un hombre afable, e insistió en invitarme a una cerveza; quizás la
reclusión forzada en el hotel empezaba a pesarle.
—Comprendo
a la gente, ¿sabe? No puedo reprochárselo... —dijo—. Nos lo hemos buscado. Esto
no es tierra islámica, no hay motivos para pagar cientos de millones y
financiar la construcción de mezquitas. Por no hablar del atentado, desde
luego...
Al
ver que le escuchaba con atención, pidió otra cerveza, y se animó un poco más.
El problema de los musulmanes, dijo, es que el paraíso prometido por el profeta
ya existía aquí abajo; había sitios en la tierra con muchachas disponibles y
lascivas que bailaban para el placer de los hombres, donde uno podía
embriagarse con néctares y escuchar música de tonos celestiales; había por lo
menos veinte sitios así en un radio de quinientos metros en torno al hotel.
Eran lugares fácilmente accesibles, para entrar no había que cumplir los siete
deberes del musulmán ni abrazar la guerra santa; bastaba con pagar unos pocos
dólares. Y ni siquiera hacía falta viajar para darse cuenta de todo eso; una
antena parabólica era más que suficiente. No le cabía duda, el sistema musulmán
estaba condenado a la extinción: el capitalismo era más fuerte. Los jóvenes
árabes sólo pensaban en el consumo y en el sexo. Por mucho que a veces
pretendieran lo contrario, su sueño era sumarse al modelo norteamericano: la
agresividad de algunos sólo era consecuencia de una envidia impotente;
afortunadamente, cada vez había más que le daban abiertamente la espalda al
islam. El no había tenido suerte, ya era viejo, y durante toda su vida había
tenido que transigir con una religión que despreciaba. Yo estaba un poco en el
mismo caso: seguro que un día el mundo se libraría del islam; pero para mí
sería demasiado tarde. Ya no tenía una vida; la había tenido durante unos pocos
meses, tampoco estaba tan mal, la mayoría de la gente no podía decir lo mismo.
Ay, la falta de ganas de vivir no basta para tener ganas de morir.
Volví
a ver al jordano al día siguiente, justo antes de su regreso a Ammán; tendría
que esperar un año antes de volver a Tailandia. Me alegraba de que se fuera,
así no querría hablar otra vez conmigo, idea que me daba dolor de cabeza; me
costaba mucho trabajo soportar las conversaciones intelectuales; ya no tenía el
menor deseo de entender el mundo, ni siquiera de conocerlo. Sin embargo,
nuestra breve charla me causó una profunda impresión: la verdad es que me había
convencido de que el islam estaba condenado, y si uno lo pensaba en serio no
cabía la menor duda. Esta simple idea bastó para que mi odio se disipara. Otra
vez dejaron de interesarme las noticias.
4
Bangkok
seguía pareciéndose demasiado a una ciudad normal, había demasiados hombres de
negocios, demasiados turistas en viajes organizados. Dos semanas después,
compré un billete de autobús a Pattaya. Esto tenía que acabar así, me dije al
subir al vehículo; luego me di cuenta de que no, que en aquel caso no había
ningún determinismo. Podría haber pasado el resto de mis días con Valérie en
Tailandia, en Bretaña o en cualquier otra parte. Envejecer no es divertido;
pero envejecer solo es lo peor que hay.
En
cuanto dejé la maleta en el suelo polvoriento de la estación de autobuses, supe
que había llegado al final del camino. Un viejo colgado, esquelético, con el
pelo largo y gris, además de un enorme lagarto posado en el hombro, pedía
limosna a la salida de la puerta giratoria. Le di cien baths y luego fui a
beber una cerveza al Heidelberg Hof, que estaba justo enfrente. Había
pederastas alemanes, bigotudos y barrigones, contoneándose con sus camisas
floreadas. Cerca de ellos tres adolescentes rusas que habían llegado al grado
más bajo del puterío se retorcían al ritmo de un gigantesco radiocasete; las
sórdidas mamoncitas rodaban literalmente por el suelo. Andando por las calles
de la ciudad, y en tan sólo unos minutos, me crucé con una impresionante variedad
de especímenes humanos: raperos con gorra, marginales holandeses, ciberpunks
con el pelo rojo, bolleras austríacas llenas de piercings. Después de Pattaya
no hay nada más, es una especie de cloaca, de desagüe terminal adonde van a dar
los variados residuos de la neurosis occidental. Ya sea uno homosexual,
heterosexual o ambas cosas, Pattaya es también el destino de la última
oportunidad, después de la cual sólo cabe renunciar al deseo.
Los
hoteles se diferencian por su comodidad y sus precios, pero también por la
nacionalidad de su clientela. Hay dos grandes comunidades, la de los alemanes y
la de los norteamericanos (entre los cuales seguro que hay australianos e
incluso neozelandeses camuflados). Hay también bastantes rusos, reconocibles
por la pinta de palurdos y las maneras de gángsters. Incluso hay un
establecimiento para franceses, que se llama Ma Maison; el hotel sólo tiene
diez habitaciones, pero el restaurante está siempre muy animado. Allí me quedé
una semana; luego me di cuenta de que no me importaban mucho las andouilletes
ni las ancas de rana, que podía vivir sin seguir los partidos del campeonato de
Francia vía satélite, y sin leer todos los días las páginas culturales de Le
Monde. De todos modos, tenía que buscar un alojamiento definitivo. La duración
normal de un visado de turista en Tailandia sólo es de un mes, pero para
prolongarla basta con cruzar una frontera.
Muchas
agencias de Pattaya ofrecen un viaje de ida y vuelta a la frontera camboyana en
el mismo día. Después de un trayecto de tres horas en minibús, hay que hacer
cola una o dos horas en la aduana; la gente come en un autoservicio en suelo
camboyano (el precio de la comida está incluido en el paquete, igual que las
propinas a los aduaneros), y luego vuelve a Tailandia. La mayoría de los
residentes lleva años haciendo eso todos los meses; es mucho más sencillo que
conseguir un visado de larga duración.
Nadie
llega a Pattaya para rehacer su vida, sino para terminar sus días en
condiciones aceptables. O por lo menos, si uno quiere expresarlo con más
suavidad, para hacer una pausa, una larga pausa, que puede resultar definitiva.
Ésas son las palabras que empleó un homosexual de unos cincuenta años que
conocí en un pub irlandés de la Soi 14; se había pasado casi toda su carrera de
maquetista trabajando para la prensa amarilla, y había conseguido ahorrar un
poco. Diez años atrás se había dado cuenta de que las cosas empezaban a irle
mal: seguía saliendo por las noches, iba a los mismos clubs, pero volvía cada
vez más a menudo con las manos vacías. Claro, podía pagar; pero si tenía que
hacerlo, prefería pagarle a un asiático. Se disculpó por la observación, esperaba
que yo no lo tomara como un comentario racista. No, no, claro, yo lo entendía:
es menos humillante pagarle a gente que no se parece en nada a la que uno
habría seducido en otros tiempos, gente que no le trae a uno el menor recuerdo.
Si
hay que pagar por la sexualidad, es mejor que sea, en cierta medida, una
sexualidad indiferenciada. Como todo el mundo sabe, una de las primeras cosas
que la gente experimenta cuando entra en contacto con otra raza es esa
indiferenciación, esa sensación de que todo el mundo, poco más o menos, se
parece físicamente. El efecto se desvanece al cabo de unos meses de estancia, y
es una pena, porque corresponde a una realidad: en el fondo, los seres humanos
se parecen muchísimo. Sí, se puede distinguir entre hombres y mujeres, y si se
quiere, entre edades diferentes; pero cualquier distinción más exhaustiva
responde en cierto modo a la pedantería, y probablemente al aburrimiento. La
gente que se aburre fomenta distinciones y jerarquías, es uno de sus rasgos característicos.
Según Hutchinson y Rawlins, el desarrollo de los sistemas de dominación
jerárquica en el seno de las sociedades animales no corresponde a ninguna
necesidad práctica, a ninguna ventaja selectiva; simplemente es un medio para
luchar contra el aplastante aburrimiento de la vida en plena naturaleza.
Así
pues, el ex maquetista había decidido terminar felizmente su vida de marica
pagando a jovencitos de piel mate, guapos, delgados y musculosos. Una vez al
año volvía a Francia para visitar a su familia y a algunos amigos. Me dijo que
su vida sexual era menos frenética de lo que uno podría imaginar; salía una o
dos veces por semana, nada más. Llevaba seis años viviendo en Pattaya; la
abundancia de proposiciones sexuales variadas, excitantes y baratas provocaba,
paradójicamente, un aplacamiento del deseo. Sabía que cada vez que salía podía
darle por el culo o chupársela a un jovencito espléndido, que además se la
menearía con gran talento y sensibilidad. Como estaba plenamente seguro de eso,
planeaba mejor sus salidas y disfrutaba de ellas con moderación.
Comprendí
que me imaginaba sumido en el frenesí erótico de las primeras semanas de
estancia, que veía en mí el equivalente heterosexual de su propio caso. No
quise desengañarle. Fue amistoso, insistió en pagar las cervezas, me dio
diferentes direcciones para alquilar una habitación. Me dijo que había
disfrutado hablando con un francés, la mayoría de los residentes homosexuales
eran ingleses; se llevaba bien con ellos, pero de vez en cuando le apetecía
hablar su idioma.
Tenía
pocas relaciones con la pequeña comunidad francesa que se reunía en el
restaurante de Ma Maison; casi todos eran horteras heterosexuales, del tipo ex
colonial o militar. Si me quedaba en Pattaya podríamos salir juntos una noche,
sin ideas indecentes, por supuesto; me dio su número de móvil. Yo lo apunté,
aunque sabía que no le llamaría. Era simpático, afable y tal vez incluso
interesante; pero, sencillamente, yo ya no tenía ganas de relaciones humanas.
Alquilé
una habitación en Naklua Road, un poco apartada de la agitación de la ciudad.
Había aire acondicionado, un frigorífico, una ducha, una cama y algunos
muebles; el alquiler era de tres mil baths al mes; algo más de quinientos
francos. Le comuniqué a mi banco la nueva dirección y escribí una carta de
dimisión al Ministerio de Cultura.
En
general, ya no me quedaba mucho que hacer en la vida. Compré varias resmas de
papel de 21 x 29,7 para intentar poner en orden los elementos que la
constituían. Eso es algo que la gente debería hacer más a menudo antes de
morir. Es curioso pensar en todos esos seres humanos que viven una vida entera
sin hacer el menor comentario, la menor objeción, la menor observación. No
porque esos comentarios, objeciones u observaciones vayan a tener un
destinatario o un sentido cualquiera; pero a fin de cuentas me parece
preferible hacerlos.
5
Seis
meses después, sigo instalado en mi habitación de Naklua Road; y creo que casi
he terminado mi tarea. Echo de menos a Valérie. Si por casualidad hubiera
querido, al emprender la redacción de estas páginas, atenuar el sentimiento de
pérdida o hacerlo más soportable, ya me habría convencido de mi fracaso: la
ausencia de Valérie me hace sufrir más que nunca.
Al
principio del tercer mes de estancia, me decidí a volver a los salones de
masaje y los bares de citas. A priori, la idea no me entusiasmaba mucho, me
daba miedo que la visita resultara un completo fiasco. Sin embargo tuve una
erección y conseguí eyacular; pero no he vuelto a sentir placer.
No
por culpa de las chicas, que seguían siendo igual de dulces y expertas; yo
estaba como insensibilizado. Seguí yendo a un salón de masaje una vez a la
semana, un poco por principio; y luego lo dejé. No dejaba de ser un contacto
humano, ése era el inconveniente. Aunque estaba seguro de que ya nunca volvería
a sentir placer, la chica podía correrse, sobre todo porque la insensibilidad
de mi sexo me habría permitido aguantar horas y horas si no hubiera hecho un
pequeño esfuerzo para interrumpir el ejercicio. A lo mejor empezaba a desear
que la chica se corriera, podía ser una apuesta; y yo no quería volver a saber
nada de apuestas. Mi vida era una forma vacía, y mejor que lo siguiera siendo.
Si dejaba que la pasión entrara en mi cuerpo, el dolor la seguiría de
inmediato.
Mi libro
toca a su fin. Ahora me quedo acostado casi todo el día. A veces enciendo el
aire acondicionado por la mañana, lo apago por la noche, y entre ambos momentos
no ocurre absolutamente nada. Me he acostumbrado al zumbido del aparato, que al
principio me molestaba; pero también me he acostumbrado al calor; en realidad
me da igual lo uno o lo otro.
Hace
mucho tiempo que no compro los periódicos franceses; supongo que ya se habrán
celebrado las elecciones presidenciales. El Ministerio de Cultura, valga para
lo que valga, seguirá haciendo su labor. Puede que Marie–Jeanne piense en mí en
alguna ocasión, cuando tenga que repasar el presupuesto de una exposición; yo
no he intentado volver a ponerme en contacto con ella. Tampoco sé qué habrá
sido de Jean–Yves; supongo que después de que Aurore lo despidiera habrá tenido
que reanudar su carrera desde mucho más abajo, y seguramente en cualquier
sector menos el turístico.
Cuando
la vida amorosa se acaba, toda la vida se vuelve un poco convencional y
forzada. Se mantienen la forma humana, el comportamiento habitual, una especie
de estructura; pero, como suele decirse, uno ya no hace nada de corazón.
Varias
Yespas bajan por Naklua Road, levantando una nube de polvo. Es mediodía. Las
prostitutas que viven en los barrios de las afueras van a trabajar a los bares
del centro de la ciudad. Creo que hoy no voy a salir. O quizás cuando caiga la
tarde, para tomarme un tazón de sopa en uno de los puestos de la plaza.
Cuando
uno ha renunciado a la vida, sólo subsisten los contactos con los comerciantes.
En mi caso, se limitan a unas palabras en inglés. No hablo tailandés, cosa que
crea a mi alrededor una barrera asfixiante y triste. Lo más probable es que
jamás llegue a comprender Asia, pero eso no tiene mucha importancia. Se puede
vivir en el mundo sin comprenderlo, basta con que te proporcione alimentos,
caricias y amor. En Pattaya los alimentos y las caricias son baratos, según los
criterios occidentales e incluso los asiáticos. Del amor me cuesta hablar.
Ahora estoy seguro de que Valérie fue una radiante excepción. Se contaba entre
esos seres capaces de dedicar su vida a la felicidad de otra persona, de
convertir esa felicidad en su objetivo. Es un fenómeno misterioso. Entraña la
dicha, la sencillez y la alegría; pero sigo sin saber por qué o cómo se
produce. Y si no he entendido el amor, ¿de qué me serviría entender todo lo
demás?
Seguiré
siendo hasta el final un hijo de Europa, de la angustia y de la vergüenza; no
tengo ningún mensaje de esperanza. No odio Occidente, todo lo más lo desprecio
con toda mi alma. Sólo sé que, tal como somos, apestamos a egoísmo, masoquismo
y muerte. Hemos creado un sistema en el cual ya no se puede vivir; y lo que es
más, seguimos exportándolo.
Cae
la noche, las guirnaldas de bombillas multicolores se encienden delante de los
heers hars. Los seniors alemanes se sientan a las mesas y ponen la manaza en el
muslo de su joven acompañante. Saben de la angustia y de la vergüenza más que
nadie, necesitan carne fresca, una piel suave, tierna.
Pocas
veces se ve en ellos esa vulgaridad pragmática y satisfecha de los turistas
sexuales anglosajones, esa manera de comparar a todas horas la prestación y el
precio. También es raro que hagan gimnasia, que cuiden su propio cuerpo. Por lo
general comen demasiado, beben demasiada cerveza, acumulan grasa; la mayoría no
tardará en morir. Suelen ser amistosos, les gusta bromear, pagar rondas, contar
anécdotas; sin embargo, son una compañía deprimente, triste.
Ahora
comprendo la muerte; no creo que me haga mucho daño. He conocido el odio, el
desprecio, la decrepitud y otras muchas cosas; incluso breves momentos de amor.
De mí no quedará nada, y no merezco que nada me sobreviva; habré sido un
individuo mediocre en todos los aspectos.
No
sé por qué, pero imagino que moriré en mitad de la noche, y todavía siento
cierta inquietud al pensar en el sufrimiento que acompañará la ruptura con los
lazos del cuerpo.
Me
cuesta pensar que el momento en que la vida se acaba sea inconsciente y
completamente indoloro; claro, sé que me equivoco, pero aun así me cuesta
convencerme.
Algún
tailandés me encontrará al cabo de unos días, seguro que pocos; en estos
climas, los cadáveres apestan enseguida. No sabrán qué hacer conmigo, y
probablemente llamarán a la embajada francesa. Como estoy lejos de ser un
indigente, la cosa será fácil de arreglar. De hecho, quedará bastante dinero en
mi cuenta bancaria; no sé quién lo heredará; probablemente el Estado, o algún
pariente lejano.
Al
contrario que otros pueblos asiáticos, los tailandeses no creen en los
fantasmas, y les interesa poco el destino de los cadáveres; la mayor parte va
directamente a la fosa común. Como no dejaré instrucciones, correré la misma
suerte. Alguien firmará el certificado de defunción, y muy lejos de aquí, en
Francia, alguien marcará una casilla en un fichero de estado civil. Algunos
vendedores ambulantes, acostumbrados a verme por el barrio, menearán la cabeza.
Alquilarán mi apartamento a un nuevo inquilino. Me olvidarán. Me olvidarán
enseguida.
Fin

