Libro N°. 3110. Planetas Morales. Dick, Philip K.
© Libro N°. 3110. Planetas Morales. Dick, Philip K. Colección
E.O. Septiembre 10 de 2016.
Título original: © The Man Who Japed
Versión Original: © Planetas Morales. Philip K. Dick
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PLANETAS MORALES
Philip K. Dick
Título original: The Man Who Japed
© 1956 by Philip K. Dick
© 1960 Ediciones Cenit
I
A las siete de la mañana, Allen Purcell, el expeditivo y joven
presidente de la más nueva y creadora de las Agencias de Investigación, perdió
un dormitorio, pero se encontró con una cocina. El proceso fue enteramente
automático, regido por un resorte de acero inoxidable empotrado en la pared.
Allen no ejercía autoridad ninguna sobre aquel resorte, pero la transfiguración
le resultaba agradable; siempre estaba dispuesto a despertarse y preparado para
echarse abajo de la cama.
Ya levantado, desperezándose y bostezando, buscó el botón que
dejaba suelto al hornillo. Como de costumbre, el hornillo estaba la mitad en la
habitación y la otra mitad dentro de la pared. Todo lo que se necesitaba era
empujar con firmeza. Allen empujó, y, con un quejido, el hornillo emergió.
El joven era rey de sus dominios; aquel apartamento de una única
habitación al alcance de la vista del capitel de la —bendita ella— Recmor,
había sido ganado en dura lucha. Había constituido su herencia que le fue
legada por su familia; el arrendamiento había sido defendido durante más de
cuarenta años. Sus delgadas paredes estucadas formaban una caja de valor
inapreciable; era un espacio vacío que no se podía evaluar con dinero alguno.
El hornillo, adecuadamente desplegado, resultó ser también
fregadero, mesa y alacena. Dos sillas se descolgaron de sus perchas, y, bajo
las provisiones, estaban los platos. La mayor parte de la habitación estaba
aprovechada, pero quedaba suficiente espacio para vestirse.
Su esposa, Janet, se había puesto en pie penosamente sobre sus
zapatillas. Ahora, frunciendo el ceño, enarbolaba un brazado de faldas y miraba
en torno con perplejidad. La calefacción central no había llegado todavía hasta
su apartamento, y Janet tiritaba. En las frías mañanas de otoño siempre se
despertaba asustada; llevaba ya tres años siendo su mujer, pero no acababa de
acostumbrarse a las transformaciones de la habitación.
—¿Qué pasa? —preguntó él, despojándose del pijama.
El aire le parecía vigorizador; inhaló una profunda bocanada.
—Voy a montar de nuevo el resorte. Para eso de las once.
La joven terminó de vestirse, un proceso lento con mucha
agitación innecesaria.
—La puerta del hornillo —dijo él, abriéndola—. Deja tus cosas
ahí, como siempre.
Asintiendo, ella le obedeció. La Agencia debía abrirse a las
ocho en punto, lo que significaba levantarse lo bastante pronto para dar la
caminata de media hora entre las callejas atascadas. Iban llegando rumores de
actividad desde el piso de abajo y de otros apartamentos. En el vestíbulo se
oían sordas pisadas; estaba formándose la cola para entrar en el cuarto de baño
de la comunidad.
—Tú, ve delante —le dijo él a Janet, deseando verla ya vestida y
lista para el nuevo día.
Cuando la mujer se puso en movimiento, añadió:
—No te olvides de la toalla.
Obedientemente, ella recogió su bolsita de cosméticos, el jabón,
su cepillo de dientes, la toalla y demás artículos personales, y salió. Los
vecinos congregados en el vestíbulo la saludaron.
—Buenos días, señora Purcell.
La voz soñolienta de Janet:
—Buenos días, señora O'Neill.
Y luego la puerta se cerró.
Mientras su esposa estaba afuera, Allen cogió dos cápsulas de
cortotiamina del botiquín casero. Janet poseía toda clase de píldoras e
inhaladores; en su adolescencia había pescado la fiebre ondulante, una de las
plagas reavivadas por el intento de crear granjas naturales en los planetas
colonias. Allen quería la cortotiamina para su resaca. La noche pasada había
bebido tres vasos de vino, teniendo el estómago vacío.
Aquello de entrar en la zona Hokkaido había sido un riesgo
calculado. Había trabajado en La Agencia hasta bien tarde, hasta las diez.
Cansado, pero todavía inquieto, cerró y se montó en una pequeña nave de la
Agencia, una vaina individual utilizada para entregar pedidos a TM. En la nave
había vagabundeado por las afueras de Novísima York, un tanto a la deriva, y
por fin había girado hacia el este para visitar a Gates y a Sugermann. Pero no
se había quedado mucho tiempo; a las once ya estaba de vuelta. Y todo aquello
había sido necesario. La investigación en sí se hallaba comprometida. Su
Agencia estaba totalmente desplazada por los cuatro gigantes que acaparaban la
industria. Allen Purcell, S.A., no tenía ningún respaldo financiero y ninguna
reserva de ideas. Todos sus paquetes estaban estrictamente al día. Su equipo de
personal de artistas, historiadores, consejeros morales, recitadores,
dramaturgos, trataban de anticipar tendencias futuras más bien que trabajar
sobre modelos que habían tenido éxito en el pasado. Eso era una ventaja, pero
también un defecto. Los cuatro grandes estaban bien afianzados; construían un
paquete tipo perfeccionado en el curso de los años, básicamente la fórmula
contrastada por el tiempo que usó el mismo Comandante Streiter en los días que
precedieron a la Revolución. En aquellos días, la Reclamación Moral había
consistido en tropas ambulantes de actores y conferenciantes que entregaban
mensajes, y el comandante había sido un genio en aquel aspecto. La fórmula
básica era, desde luego, adecuada, pero se necesitaba sangre nueva. El
comandante mismo había sido sangre nueva; en un origen una poderosa figura en
el Imperio Afrikaan —el estado de Transvaal creado de nuevo—, y había
revitalizado las fuerzas morales que yacían aletargadas en su propia época.
—A ti te toca —dijo Janet, regresando—. He dejado el jabón y la
toalla, así es que puedes entrar ya.
Mientras él salía de la habitación, ella empezó a colocar los
platos para el desayuno.
El desayuno consumió los once minutos de costumbre. Allen comía
con su rapidez habitual; la cortotiamina había eliminado sus molestias. Frente
a él, Janet apartó su plato medio terminado y empezó a peinarse. La ventana,
que formaba también parte del dispositivo de transformación, se había
convertido en un espejo: otro de los ingeniosos ahorros de espacio instaurados
por el Comité de Autoridad Casera.
—Te acostaste muy tarde —dijo Janet por fin—. Anoche, me
refiero. —Levantó la mirada—. ¿No es verdad?
La pregunta le sorprendió, porque no era lo corriente en ella el
andar curioseando. Perdida en la niebla de su propia incertidumbre, Janet era
incapaz de decir algo con mala intención. Pero él se dio cuenta de que su mujer
no estaba curioseando. Tenía miedo; eso era todo. Probablemente había estado
despierta preguntándose si él estaría bien, tendida, con los ojos abiertos,
mirando al techo hasta las doce menos veinte, hora en que él había hecho su
aparición. Mientras él se desnudaba, ella no había dicho nada; le besó cuando
él se deslizó a su lado, y luego se echó a dormir, ya tranquila.
—¿Fuiste a Hokkaido? —había preguntado.
—Estuve un rato. Sugermann me da ideas. Su charla es
estimulante. ¿Recuerdas el paquete que hicimos sobre Goethe? ¿Aquel asunto
sobre el esmerilado de lentes? No le oí hablar a nadie de eso hasta que
Sugermann lo mencionó. El ángulo óptico sirvió para componer una buena Recmor:
«Goethe vio su tarea verdadera». Prismas, antes que poesía.
—Pero... —Hizo un gesto, un movimiento nervioso y familiar de
las manos—. Sugermann es un chiflado.
—No me vio nadie.
Estaba bastante seguro de aquello; a las diez de la noche del
domingo la mayor parte de la gente estaba en la cama. Tres vasos de vino con
Sugermann, media hora escuchando a Tom Gates, poner jazz de Chicago en el
gramófono, y aquello fue todo. Lo había hecho cierto número de veces antes, y
sin grandes dificultades.
Agachándose, recogió el par de mocasines que había usado.
Estaban manchados de barro y tenían grandes gotas de pintura roja ya seca.
—Eso es del Departamento de Arte —dijo Janet.
Durante el primer año de la Agencia, ella había trabajado como
recepcionista de la misma y encargada de los archivos, y sabía la distribución
de la oficina.
—¿Qué estuviste haciendo con pintura roja?
El no contestó y siguió examinando los zapatos.
—Y el fango —dijo Janet—. Y mira. —Agachándose, cogió una brizna
de hierba pegada a la suela de un zapato—. ¿Dónde puedes encontrar hierba en
Hokkaido? Nada crece en aquellas ruinas. Está todo contaminado, ¿no es verdad?
—Sí —admitió él.
Ciertamente lo estaba. La isla había sido saturada durante la
guerra, bombardeada y bañada y medicinada e infestada con toda clase posible de
substancias tóxicas y letales. La Reclamación Moral era inútil, mucho más la
reconstrucción física. Hokkaido estaba tan estéril y muerta como lo había
estado en 1972, el año final de la guerra.
—Es hierba casera —dijo Janet, palpándola—. Estoy segura. —Había
vivido la mayor parte de su vida en planetas colonias—. La lisura de su tejido.
No es una hierba importada... crece aquí en la Tierra.
Con irritación, él preguntó:
—¿Cómo diablos en la Tierra?
—En el Parque —dijo Janet—. Es el único sitio donde crece
hierba. Todo lo demás son apartamentos y oficinas. Debes de haber estado allí
anoche.
Fuera de la ventana del apartamento, el capitel de la —bendita
ella— Recmor centelleaba al sol de la mañana. Por debajo estaba el Parque. El
Parque y el capitel abarcaban el centro de Recmor, su omphalos. Allí, entre el
césped, las flores y los arbustos, estaba la estatua del comandante Streiter.
Era la estatua oficial, vaciada en vida del homenajeado. La estatua llevaba
allí ciento veinticuatro años.
—Estuve andando por el Parque —admitió.
Había dejado de comer; los «huevos» se le estaban enfriando en
el plato.
—Pero la pintura... —dijo Janet.
En su voz sonaba el miedo vago y confuso con que ella afrontaba
cualquier crisis, la impotente sensación de prever todo lo que iba a pasar que
parecía cortarle toda capacidad de acción.
—No habrás hecho nada malo, ¿verdad?
Indudablemente estaba pensando en el arrendamiento.
Pasándose la mano por la frente, Allen se puso en pie.
—Son las siete y media. Es hora de que empiece.
Janet se puso en pie también.
—Pero todavía no has acabado de comer. —El siempre acababa sus
comidas—. No estarás enfermo, ¿verdad?
—¿Yo? ¿Enfermo? —Se echó a reír, la besó en la boca, y luego se
puso la chaqueta—. ¿Cuándo he estado enfermo?
—Nunca —murmuró ella, turbada y sin dejar de mirarle—. Nunca te
pasa nada.
En los bajos del bloque de casas, hombres de negocios estaban
apiñados ante el tablón de advertencias del bloque. La comprobación rutinaria
estaba en marcha, y Allen se unió al grupo. La mañana olía a ozono, y su aroma
limpio le ayudó a despejarle la cabeza. Y restauró su optimismo fundamental.
El Comité de Ciudadanos Padres de Familia mantenía a una
funcionaria en cada bloque de viviendas, y la señora Birmingham era un ejemplar
típico: regordeta, florida, frisando los cincuenta, llevaba un vestido floreado
y lleno de adornos y redactaba sus informes sirviéndose de una autoritaria
pluma estilográfica. La suya era una posición respetable, y hacía años que la
señora Birmingham ocupaba aquel puesto.
—Buenos días, señor Purcell.
Ella resplandeció al ver que llegaba el turno de aquel
inquilino.
—Buenos días, señora Birmingham. —Se llevó un dedo al sombrero,
ya que las vigilantes de bloques daban mucha importancia a las pequeñas
cortesías—. Parece que va a hacer un día hermoso, si no se estropea.
—Lluvia para las cosechas —dijo la señora Birmingham, lo cual no
dejaba de ser una broma.
Virtualmente, todas las cosas y objetos manufacturados eran
traídos por cohetes automáticos, las limitadas provisiones domésticas servían
sólo como modelo de juicio. Una especie de recordatorio ideal. La mujer
escribió unas notas en su larga tira amarilla.
—No he visto a su bonita esposa todavía hoy.
Allen siempre servía coartadas para las tardanzas de su mujer.
—Janet se está preparando para la reunión del Club del Libro.
Hoy es un día especial: van a ascenderla a tesorera.
—Me alegro muchísimo —dijo la señora Birmingham—. Es una
muchacha muy agradable. Pero un poco tímida. Debería mezclarse un poco más con
la gente.
—Eso es verdad —admitió él—. Se educó en medio del espacio.
Betelgeuse 4. Rocas y cabras.
Esperaba que de aquella manera pondría fin a la entrevista, ya
que de la propia conducta de él se hablaba raras veces, pero, de pronto, la
señora Birmingham se puso rígida y adoptó un aire oficial.
—Estuvo usted fuera hasta tarde anoche, señor Purcell. ¿Se
divirtió mucho?
Demonios, maldijo en su fuero interno. Seguramente le había
husmeado uno de los juveniles.
—No mucho.
Se preguntó desde qué momento le habrían visto. Si le husmearon
a principios del viaje, debieron de seguirle todo el tiempo.
—Visitó usted Hokkaido —declaró la señora Birmingham.
—Investigación —dijo él asumiendo una postura defensiva—. Para
la Agencia.
Aquella era la gran dialéctica de la sociedad moral, y, de
perverso modo, disfrutaba poniéndola en práctica. Estaba confrontando a un
burócrata que operaba por rutina, mientras que él golpeaba a través de las
capas de la costumbre, dando directamente en el blanco. Ese era el éxito de su
agencia, y también el éxito de su vida personal.
—Las necesidades de Telemedia se anteponen a los sentimientos
personales, señora Birmingham. Desde luego, usted lo comprende también así.
Su tono de seguridad consiguió el efecto apetecido, y la sonrisa
de la señora Birmingham volvió. Trazando un garabato con su pluma, preguntó:
—¿Le veremos a usted en la reunión del bloque del próximo
miércoles? Es decir, pasado mañana.
—Desde luego —contestó Allen.
Al cabo de decenios enteros, había aprendido a soportar el
intercambio interminable, la viscosa presencia de sus vecinos apiñados en la
única habitación. Y el zumbido de los juveniles mientras entregaban sus
informes a los representantes del Comité.
—Pero me temo que no podré contribuir con gran cosa. —Estaba
demasiado ocupado con sus ideas y planes para cuidarse lo más mínimo de
aquellas otras cuestiones—. Estoy metido hasta el cuello en mi trabajo.
—Quizá —dijo la señora Birmingham con voz medio quejumbrosa,
medio altiva— haya esta vez unas cuantas críticas para usted.
—¿Para mí? —preguntó alarmado, sintiéndose enfermo.
—Creo que cuando eché una ojeada a los informes, me pareció ver
el nombre de usted. Tal vez no. Puede que esté equivocada. Dios lo sabe.
—Sonrió ligeramente—. Si es así, será la primera vez en muchos años. Pero
ninguno de nosotros es perfecto; todos somos mortales.
—¿Hokkaido? —preguntó él.
O tal vez sería después. La pintura, la hierba. Allí estaba
lanzado: la hierba húmeda brillando y deslizándose bajo él mientras con
náuseas, trepaba cuesta arriba. Los ondulantes macizos de árboles. En lo alto,
mientras yacía tendido boca arriba, el oscuro cielo barrido; las nubes como
fragmentos de materia contra la negrura. Y él, tendido con los brazos abiertos,
tragando estrellas.
—¿O después? —preguntó, pero la señora Birmingham se había
vuelto ya hacia el siguiente hombre de la cola.
II
El vestíbulo del edificio Mogentlock estaba lleno de agitación y
de ruido, un constante ir y venir de gente ocupada, cuando Allen se acercó al
ascensor. A causa de la señora Birmingham, llegaba retrasado. El ascensor
aguardó cortésmente.
—Buenos días, señor Purcell. —La grabada voz del ascensor le
saludó, y luego las puertas se cerraron—. Segundo piso, Bevis y Cia
importación-exportación. Tercer piso, Federación de Música Americana. Cuarto
Piso, Allen Purcell S.A. Agencia de Investigación.
El ascensor se detuvo y abrió su puerta.
En la antesala, Fred Luddy, su ayudante, caminaba arriba y abajo
con aire de desconsuelo.
—Buenos días —murmuró Allen vagamente, quitándose el abrigo.
—Allen, ella está aquí. —El rostro de Luddy se arreboló de
escarlata—. Llegó antes que yo; subí y ya estaba allí, sentada.
—¿Quién? ¿Janet?
Por un momento se figuró a un representante del Comité
expulsándola del apartamento y cancelando el alquiler. La señora Birmingham,
deshecha en sonrisas, arremetiendo contra Janet mientras ésta seguía sentada
con aire ausente peinándose.
—No la señora Purcell —dijo Luddy.
Bajó la voz hasta convertirla en un murmullo:
—Es Sue Frost.
Allen, involuntariamente, bajó la cabeza, pero la puerta
interior estaba cerrada. Si Sue Frost estaba realmente allí dentro, aquella era
la primera vez que un Secretario de Comité le hacía una visita.
—Que me aspen —dijo.
Luddy gimió.
—¡Quiere verte!
El Comité funcionaba mediante una serie de secretarios de
departamentos, responsables directamente ante Ida Pease Hoyt, la descendiente
en línea recta del comandante Streiter. Sue Frost era la administradora de
Telemedia, que era el trust oficial del gobierno que controlaba el conjunto de
comunicaciones. Allen no había tenido nunca tratos con la señora Frost, y ni
siquiera la conocía; él trabajaba con el director en funciones de TM, un
individuo de voz cansada y cabeza calva llamado Myron Mavis. Era Mavis quien
compraba los paquetes.
—¿Y qué es lo que viene buscando ésa? —preguntó Allen.
Probablemente se había enterado de que Mavis adquiría la
producción de la Agencia, y ésta era relativamente nueva. Con profundo pánico,
se imaginó una de las lúgubres y fastidiosas investigaciones del Comité.
—Será mejor que te encargues de que Doris intercepte las
llamadas que me hagan. —Doris era una de sus secretarias—. Encárgate tú de
contestar mientras la señora Frost y yo estamos hablando.
Luddy le siguió mascullando oraciones.
—Buena suerte, Allen. Te defenderé hasta el final. Si necesitas
los libros...
—Sí, ya te llamaré.
Abrió la puerta del despacho, y allí estaba Sue Frost.
Era alta, más bien huesuda y musculosa. Su vestido era de un
tejido sencillo y caro, de un color gris intenso. Llevaba una flor en el pelo,
y, por lo demás, era una mujer sorprendentemente hermosa. A primera vista,
debía estar cerca de los cincuenta. Había en ella poca o ninguna dulzura, nada
de la carnal y sobrecargada maternidad que se veía en tantas mujeres del
Comité. Tenía piernas largas, y, cuando se puso en pie, su mano derecha se alzó
para darle la bienvenida con un apretón directo y casi masculino.
—¡Hola, señor Purcell! —dijo.
Su voz no resultaba sobremanera expresiva.
—Espero que no le importará que me haya introducido de esta
manera, sin previo anuncio.
—En absoluto —murmuró él—. Siéntese, por favor.
Ella se volvió a sentar, cruzó las piernas y se le quedó
mirando. Sus ojos, notó él, eran como de paja descolorida. Un género fuerte de
sustancia y altamente pulimentado.
—¿Un cigarrillo?
Alargó su pitillera, y ella aceptó con una inclinación de
gracias. Él cogió otro cigarrillo, sintiéndose como un jovenzuelo desmañado en
compañía de una mujer más vieja y más experimentada.
No podía menos que pensar que Sue Frost era el tipo de mujer de
carrera urbana que en los últimos tiempos no era la preferida por el héroe de
los paquetes de Blake-Moffet. Había en ella una firmeza antipática.
Decididamente, no era la muchacha de la puerta de al lado.
—Indudablemente —empezó Sue Frost—, reconoce usted esto.
Desató el envoltorio de un papel de estraza y desplegó un mazo
de escritos. En la cubierta estaba el sello de su Agencia; la mujer tenía uno
de sus paquetes, y por lo visto lo había estado leyendo.
—Sí —añadió él—. Ese es uno de los nuestros.
Sue Frost pasó unas cuantas hojas del paquete y luego lo
depositó sobre la mesa de Allen.
—Myron lo aceptó el mes pasado. Luego tuvo sus dudas y me lo
envió para revisión. He podido dar un vistazo este fin de semana.
Ahora que el paquete estaba boca arriba, Allen pudo echarle una
ojeada al título. Era una pieza de alta calidad en la que él había intervenido
personalmente; tal como estaba podría superar cualquier término medio de la TM.
—Dudas —dijo Allen—. ¿A qué se refiere usted? —Experimentaba una
sensación honda y fría, como si estuviera tomando parte en algún fantástico
ritual religioso—. Si el paquete no encajaba, entonces lo moral era
devolvérnoslo. Tenemos que crearnos una reputación; no lo hemos hecho antes.
—El paquete está tratado de una manera hermosa —dijo la señora
Frost, entre chupada y chupada al cigarrillo—. No, desde luego, Myron no quería
devolverlo. El tema que usted toca se refiere al intento de este hombre por
hacer crecer un manzano en un planeta colonia. Pero el árbol muere. El Recmor
de esto es... —Una vez más volvió a acariciar el paquete—. No estoy muy segura
de cuál sea el Recmor. No debía haber tratado de afincarlo allí.
—No allí —dijo Allen.
—¿Quiere usted decir que pertenecía a la Tierra?
—Quiero decir que debería haber estado trabajando para el bien
de la sociedad, no nutriendo una empresa privada. Veía la colonia como un fin
en sí misma. Pero esos son medios. Este es el centro.
—Omphalos —concedió ella—. El ombligo del universo. Y el
árbol...
—El árbol simboliza un producto de la Tierra que se marchita
cuando es trasplantado. Su parte espiritual murió.
—Pero no podría haber crecido aquí. No hay sitio. Es todo
ciudad.
—Simbólicamente —explicó él—. Debería haber afincado sus raíces
aquí.
Sue Frost permaneció silenciosa unos momentos, y él seguía
fumando inquieto, cruzando y descruzando las piernas, sintiendo que su propia
tensión crecía en vez de disminuir. Cerca, en otro despacho, la centralita
zumbó. La máquina de escribir de Doris tecleaba.
—Mire usted —dijo Sue Frost—, esto entra en conflicto con algo
fundamental. El Comité ha invertido miles de millones de dólares y años de
trabajo en la agricultura interplanetaria. Hemos hecho lo posible para
aclimatar plantas domésticas en las colonias. Se supone que podrán subvenir a
nuestras necesidades alimenticias. La gente se da cuenta de que es una tarea
descorazonadora, llena de interminables desengaños... y ahora, viene usted a
decir que los huertos extraplanetarios fracasarán.
Allen empezó a hablar y luego cambió de intención. Se sentía
absolutamente derrotado. La señora Frost le miraba inquisitivamente, esperando
que él pretendiera de la manera usual.
—Aquí hay una nota —dijo ella—. Puede usted leerla. Es la nota
de Myron sobre esto, cuando me lo envió.
La nota estaba escrita a lápiz y decía:
«Sue, el mismo juego otra vez. Clase magnífica, pero demasiado
raro. Tú decidirás.
Myron»
—¿Qué es lo que él quiere decir aquí? —preguntó Allen, ya
irritado.
—Quiere decir que el Recmor no lo traga. —Se inclinó hacia él—.
La Agencia de usted lleva en esto nada más que tres años. Empezó usted muy
bien. ¿Cuál es su producción media?
—Tendría que ver los libros. —Se puso en pie—. ¿Puedo hacer que
entre Luddy? Me gustaría que viese la nota de Myron.
—Desde luego —dijo la señora Frost.
Fred Luddy entró en el despacho con las piernas rígidas por el
terror.
—Gracias —murmuró, cuando Allen le entregó el paquete.
Leyó la nota, pero sus ojos no mostraron chispa alguna de
comprensión. Parecía haberse vuelto hacia vibraciones invisibles; como si el
sentido le llegara a través de la tensión del aire, más bien que de las
palabras escritas a lápiz.
—Bueno —dijo por fin, ofuscado—. Puedes ganarles a todos.
—Naturalmente, volvemos a hacernos cargo de este paquete.
Allen empezó a despegar la nota que tenía adherida, pero la
señora Frost dijo:
—¿Eso es todo lo que tiene usted que responder? Ya le dije que
lo queríamos; se lo hice ver bien claro. Pero no podemos aceptarlo tal como
está. Creo que debe usted saber que mi decisión es darle a su Agencia la
preeminencia completa. Ha habido alguna discusión, y me he enterado de todos
los pormenores. —De la envoltura de papel de estraza sacó un segundo paquete,
uno que resultaba familiar—. ¿Recuerda usted esto? Mayo, 2112. Estuvimos
discutiendo durante horas. A Myron le gustó, y a mí me gustó. A nadie más.
Ahora Myron se ha arrepentido.
Dejó caer el paquete, el primero que había hecho la Agencia,
encima de la mesa.
Al cabo de un intervalo, Allen dijo:
—Myron ya se está sintiendo cansado.
—Mucho —dijo ella, asintiendo complacida.
Inclinándose obsequiosamente, Fred Luddy explicó:
—Quizás hemos ido demasiado aprisa.
Carraspeó, se refregó los nudillos y miró al techo. Gotas de
sudor caliente brillaban en sus cabellos y a lo largo de sus rasuradas
mejillas.
—Quizá nos hemos excitado un tanto.
Dirigiéndose a la señora Frost, Allen dijo:
—Mi posición es bien sencilla. En aquel paquete, nosotros
establecíamos la Recmor de que la Tierra es el centro. Ese es el fundamento
real, y yo lo creo. Si no lo creyera, no podría haber confeccionado el paquete.
Retiraré el paquete, pero no lo cambiaré. No voy a predicar moralidad sin
practicarla.
Convulsamente, en un espasmo de retrocesos agónicos, Luddy
murmuró:
—No se trata de una cuestión moral, Allen. Es una cuestión de
claridad. La Recmor de ese paquete no entra en litigio. —Su voz tenía un filo
flecoso de culpabilidad; Luddy sabía lo que estaba haciendo y se sentía
avergonzado—. Veo lo que quiere decir la señora Frost. Sí, lo veo. Parece como
si nosotros estuviéramos socavando el programa agrícola, y naturalmente no es
esa nuestra intención. ¿No es verdad, Al?
—Quedas despedido —dijo Allen.
Los dos se le quedaron mirando. Ninguno de ellos comprendió que
hablaba en serio, que lo había dicho de verdad.
—Dile a Doris que te prepare la cuenta. —Allen recogió el
paquete de la mesa y lo retiró—. Lo siento, señora Frost, pero soy la única
persona con facultades para hablar en nombre de la Agencia. Le acusaremos
recibo de este paquete y le presentaremos otro. ¿Conformes?
Ella aplastó su cigarrillo y se puso en pie.
—Usted es el que tiene que decidir.
—Gracias —dijo él, y sintió que la tensión se aflojaba.
La señora Frost comprendía su posición y la aprobaba. Y aquello
era decisivo.
—Lo siento —murmuró Luddy, gris como la ceniza—. Ha sido un
error por mi parte. El paquete es hermoso. Perfectamente sólido tal como está
ahora. —Tirándole a Allen de la manga, le arrastró hacia una esquina—. Admito
que he cometido un error. —Su voz se hundió en un murmullo jadeante—. Sigamos
discutiendo esto. Yo simplemente estaba tratando de exponer un posible punto de
vista entre muchos. Debes permitir que me explique; quiero decir que me parece
absurdo que me castiguen por trabajar a favor de los mejores intereses de la
Agencia, tal como yo los veo.
—Lo que quise decir, ya lo dije —contestó Allen.
—¿Lo dijiste? —Luddy se echó a reír—. Naturalmente, lo quisiste
decir. Eres el jefe. —Estaba temblando—. De verdad, ¿no bromeabas?
Recogiendo su abrigo, la señora Frost se dirigió hacia la
puerta.
—Ya que estoy aquí, me gustaría echar un vistazo a su Agencia.
¿Le importa a usted?
—En absoluto —dijo Allen—. Me agradará mucho poder enseñársela.
Estoy muy orgulloso de ella.
Le abrió la puerta para que pasara y los dos salieron al
vestíbulo. Luddy se quedó en la oficina, una expresión enferma y errática en su
rostro.
—No me da lástima de él —dijo la señora Frost—. Creo que estará
usted mejor sin ese individuo.
—No ha tenido ninguna gracia —dijo Allen.
Pero ya se estaba sintiendo mejor.
III
En el vestíbulo, ante el despacho de Myron Mavis, los obreros de
Telemedia estaban cerrando la jornada. El edificio TM formaba un cuadrado hueco
bien conectado. El área abierta en el centro se usaba para equipos exteriores.
Nada funcionaba ahora, porque eran las cinco y media y todo el mundo estaba
marchándose.
Desde un teléfono de pago, Allen Purcell llamó a su mujer.
—Iré tarde a cenar —dijo.
—¿Estás bien?
—Estoy estupendamente —contestó—. Pero tú ponte a comer. Mucho
quehacer y mucho jaleo en la Agencia. Tomaré algo aquí. —Añadió—: Estoy en
Telemedia.
—¿Por mucho tiempo? —preguntó Janet ansiosamente.
—Puede que sea por mucho tiempo —repuso, y colgó.
Cuando volvió a unirse a Sue Frost, ésta le dijo:
—¿Cuánto tiempo hacía que Luddy trabajaba para usted?
—Desde que abrí la Agencia. —Las cuentas eran sencillas: tres
años—. Es la única persona —añadió— a la que haya despedido alguna vez.
En la parte de atrás de las oficinas, Myron Mavis estaba
entregando duplicados de la producción del día a un mensajero del Comité. Los
duplicados serían archivados convenientemente; en caso de una investigación
estaba allí el material para ser examinado.
Al formal y joven mensajero, la señora Frost le dijo:
—No te vayas. Ya regreso; puedes venir conmigo.
El joven se retiró discretamente con su carga de tambores
metálicos. Su uniforme era del caqui apagado de las Cohortes del Comandante
Streiter, un cuerpo selecto compuesto por descendientes masculinos del fundador
de la Recmor.
—Un primo —dijo la señora Frost—. Un primo político muy distante
por parte de mi padre —habló con la cabeza hacia el joven, cuyo rostro era tan
inexpresivo como la arena—. Ralf Hadler. Me gusta tenerlo alrededor. —Alzó la
voz—. Ralf, vete a buscar el Cacharro. Está aparcado en algún sitio de la parte
de atrás.
Las Cohortes, bien en ejemplares únicos o en grupos, ponían
siempre a Allen inquieto; eran gente sin humor alguno, tan obedientes como
máquinas, y, a pesar de su pequeño número, parecían estar en todas partes. En
su opinión, las Cohortes estaban siempre en movimiento; en el curso de un día,
como una hormiga forrajera, cualquier miembro de las Cohortes se tragaba
cientos de kilómetros.
—Usted vendrá también —le dijo la señora Frost a Mavis.
—Naturalmente —murmuró Mavis.
Empezó a quitar de la mesa trabajos no acabados. Mavis era un
aguafiestas, un tipo atravesado de camisa arrugada y chaqueta suelta y sin
planchar, nerviosísimo y desperdigado cuando algo le andaba por la cabeza.
Allen recordaba entrevistas furibundas que habían acabado dejando a Mavis presa
de un ataque de histerismo mientras su plana mayor se le disolvía aterrorizada.
Si Mavis iba a estar presente, las próximas horas serían angustiosas.
—Nos reuniremos en el Cacharro —le dijo la señora Frost—. Acabe
primero aquí. Le esperaremos.
Mientras ella y Allen bajaban al vestíbulo, Allen observó:
—Este es un lugar grandioso.
La idea de un órgano, e incluso de un órgano gubernamental,
ocupando todo un edificio, le parecía magna. Y gran parte del edificio estaba
bajo tierra. Telemedia, como la pureza, era lo más inmediato a Dios; después de
TM venían los secretarios y el Comité mismo.
—Es grande —admitió la señora Frost, caminando por el vestíbulo
y sosteniendo contra el pecho con las dos manos su bolsa envoltorio—. Pero no
sé.
—¿No sabe usted qué?
Crípticamente, ella replicó:
—Quizá debiera ser más pequeña. Acuérdese de lo que pasó con los
reptiles gigantes.
—¿Quiere usted decir recortar sus actividades? —Trató de
figurarse el vacío que se crearía así—. ¿Y qué iba a poner en su lugar?
—Algunas veces acaricié la idea de dividir la TM en cierto
número de unidades, actuando interdependientemente, pero regidas por separado.
No estoy muy convencida de que una persona pueda o deba asumir la
responsabilidad por el todo.
—Bueno —dijo Allen, pensando en Mavis—, supongo que eso cortaría
las esperanzas que él ha alimentado durante toda su vida.
—Myron ha sido director de la TM durante ocho años. Tiene ahora
cuarenta y dos y representa ochenta. Sólo dispone de medio estómago. Algunas
veces, cuando le telefoneo, espero que me digan que se lo han llevado al
Balneario de la Salud y que está dirigiendo los asuntos desde allí. O desde
Otro Mundo, como ellos llaman ese dispensario suyo.
—Todo eso está muy lejos —dijo Allen—. Cualquiera de los dos
sitios.
Habían llegado a la puerta que daba al exterior, y la señora
Frost se detuvo.
—Usted ha ocupado una posición que le ha permitido estar al
tanto de lo que ocurre en la TM. ¿Qué piensa usted sobre ella? Hábleme
sinceramente. ¿Diría que es eficaz?
—La parte que yo veo, es eficaz.
—¿Qué me dice de la producción? Ella compra los paquetes de
usted y los adapta luego para convertirlos en un medio. ¿Cómo reacciona usted
ante el resultado final? ¿No se ve mutilada la Recmor a lo largo de ese
proceso? ¿Cree usted que las ideas que expuso sobreviven en la proyección?
Allen trató de recordar el último refrito que había visto de la
TM. Su Agencia lo registró en plan de rutina, reuniendo sus propios duplicados
de los temas basados en sus paquetes.
—La semana pasada —dijo—, presencié un programa de televisión.
Las cejas grises de la mujer se alzaron burlonamente.
—¿Media hora? ¿O una hora entera?
—El programa era de una hora, pero nosotros sólo vimos una
parte. Era en casa de un amigo. Janet y yo estábamos allí haciendo juegos de
manos y descansamos un poco.
—No querrá usted decir que no posee un aparato de televisión.
—La gente que está en los pisos de abajo son dominóes en mi
bloque. Nos tumban a los demás. Al parecer, los paquetes están abriéndose paso.
Salieron afuera y entraron en el Cacharro aparcado. Allen
calculó que aquella zona, en términos de alquileres, estaba en la categoría más
baja posible: entre 1 y 14. No se hallaba abarrotada.
—¿Aprueba usted el método del dominó? —preguntó la señora Frost
mientras esperaban a Mavis.
—Desde luego, es económico.
—Pero usted tiene sus reservas.
—El método del dominó opera sobre el supuesto que la gente cree
lo que cree su grupo, ni más ni menos. Un solo individuo peculiar la volvería
loca, un hombre que crease su propia idea, en lugar de sacarla del dominó de su
Bloque.
La señora Frost dijo:
—¡Qué interesante! Una idea de la nada.
—Una idea de la mente humana individual —replicó Allen, dándose
cuenta que no se estaba mostrando muy político, pero sintiendo, al mismo
tiempo, que la señora Frost le respetaba y que realmente quería oír lo que él
podría ofrecer—. Una situación rara —admitió él—. Pero que podría ocurrir.
Hubo una agitación fuera del coche. Myron Mavis, con una
abultada cartera bajo el brazo, y el miembro de las Cohortes del Comandante
Streiter, con su joven rostro severo y su paquete de mensajero atado con una
cadena al cinturón, habían llegado.
—Me había olvidado de ti —dijo la señora Frost a su primo cuando
los dos hombres entraron.
El Cacharro era pequeño y apenas había sitio para todos. Puso en
marcha el motor, accionado por vapor acumulado en pilas, y el coche se movió
con precaución a lo largo de la calleja. Por la carretera que llevaba al
edificio del Comité, se cruzaron solamente con otros tres Cacharros.
—El señor Purcell tiene sus dudas acerca del método del dominó
—le dijo la señora Frost a Myron Mavis.
Mavis respondió con un gruñido ininteligible, luego miró con los
ojos inyectados en sangre y se enderezó.
—¡Ajajá! —murmuró—. ¡Estupendo! —Empezó a rebuscar entre puñados
de papeles—. Volvamos a los sitios de los cinco minutos. Dales, dales.
Tras la barra del timón, el joven Hadler estaba sentado muy
derecho y muy rígido, la barbilla avanzada. Empuñaba el timón como una persona
que caminase por la calleja. El Cacharro había alcanzado una velocidad de
treinta kilómetros por hora, y los cuatro se sentían mareados.
—Deberíamos volar —gruñó Mavis— o andar. No esta cosa a medias.
Todo lo que necesitamos ahora es un par de botellas de cerveza, y estamos de
vuelta a los viejos días.
—El señor Purcell cree en el individuo único —dijo la señora
Frost.
Mavis favoreció a Allen con una mirada.
—El Balneario también tiene esa idea. Es una obsesión, día y
noche.
—Yo siempre supuse que eso era una pose —dijo la señora Frost—.
Seducir a la gente para que se vaya allí.
—Los que se van allí es porque están nocaos —declaró Mavis.
Nocao era un término despectivo, contracción de
neurosiquiátrico. A Allen le repugnaba. Tenía aquella palabra una cualidad
ciega y salvaje que le hacía pensar en los viejos términos odiados de negrucio
y jeta.
—Son gente débil, fracasados, incapaces de adaptarse. No tienen
fibra moral para resistir aquí; como niños chicos, lo que quieren es placer.
Necesitan azúcar y biberón. Libros de chascarrillos proporcionados por la mamá
del Balneario de la Salud.
En su rostro había una expresión de gran amargura. La amargura
era como un disolvente que se hubiese comido los pliegues sobrantes de carne,
dejando al descubierto los huesos. Allen no había visto nunca a Mavis tan
cansado y deprimido.
—Bueno —dijo la señora Frost, dándose cuenta también—, después
de todo, nosotros no los necesitamos para nada. Es mejor que puedan irse allí.
—Algunas veces me pregunto qué harán con toda esa gente —dijo
Allen.
Nadie tenía cifras exactas sobre el número de renegados que
habían huido al Balneario; a causa de los impuestos, los parientes preferían
declarar que el individuo que faltaba se había ido a las colonias. Los colonos,
después de todo, sólo eran unos fracasados; un nocao era un exiliado voluntario
que se había declarado a sí mismo enemigo de la civilización moral.
—He oído decir —declaró la señora Frost en tono placentero— que
los solicitantes que llegan ahora son enviados a trabajar en grandes campos de
trabajos forzados. ¿O eran los comunistas los que hacían eso?
—Ambos —dijo Allen—. Y con los ingresos así obtenidos, el
Balneario está construyendo un amplio imperio en el espacio exterior para
dominar el universo. Inmensos ejércitos de robots, además. Las mujeres
solicitantes son... —concluyó brevemente—: avasalladas.
En el timón del Cacharro, Ralf Hadler dijo de pronto:
—Señora Frost, hay un coche detrás de nosotros que intenta
pasarnos. ¿Qué debo hacer?
—Déjalo pasar.
Todos miraron atrás. Un Cacharro como el de ellos, pero con el
distintivo de la Liga de Drogas y Alimentos Sanos, estaba abriéndose camino al
costado izquierdo. Hadler se puso blanco ante aquel dilema imprevisto, y su
Cacharro empezó a oscilar torpemente.
—Échese a un lado y pare —le dijo Allen.
—Acelere —dijo Mavis, volviéndose en su asiento y mirando
retadoramente por la ventanilla trasera—. No son ellos los dueños de este
camino.
El Cacharro de la Liga de Drogas y Alimentos Sanos continuó
avanzando sobre ellos, incierto también en cuanto a lo que tenía que hacer.
Como Hadler se echó a la derecha, el otro vehículo aprovechó lo que parecía ser
su oportunidad y se disparó hacia delante. Hadler dejó que el timón se le
escapara de las manos, y los guardabarros se enredaron convulsivamente.
Mavis, temblando, se apeó de su detenido Cacharro. La señora
Frost le siguió, y Allen y el joven Hadler salieron por el otro lado. El coche
de la Liga de Drogas y Alimentos Sanos paró su motor, y el conductor, única
persona que iba dentro, se les quedó mirando. Era un caballero de edad madura
e, indudablemente, había acabado una larga jornada en su oficina.
—Quizá pudiéramos volver —dijo la señora Frost, agarrando su
bolsa sin motivo ninguno.
Mavis, reducido a la impotencia, caminaba alrededor de los dos
Cacharros, y palpaba aquí y allá, con la puntera del zapato. Hadler estaba
rígido como el acero, sin traicionar sentimiento alguno.
Los guardabarros se habían trabado, y uno de los coches tendría
que ser remolcado por una grúa. Allen inspeccionó el daño, notó el ángulo en
que las dos barras metálicas se habían trabado, y luego renunció.
—Tienen camiones de remolque —le dijo a la señora Frost—. Dígale
usted a Ralf que llame al Departamento de Transportes. —Miró a su alrededor; no
estaban lejos del edificio del Comité—. Podemos ir a pie desde aquí.
Sin ninguna protesta, la señora Frost echó a andar, y él la
siguió.
—Pero, ¿y yo? —preguntó Mavis, avanzando unos pasos.
—Usted puede quedarse con el coche —dijo la señora Frost.
Hadler caminaba ya hacia un edificio dotado de cabina
telefónica; Mavis se quedaba solo con el caballero de la Liga de Drogas y
Alimentos Sanos.
—Dígale a la Policía lo que ha pasado —indicó la señora.
Un policía, a pie, venia acercándose. No lejos de él, caminaba
un juvenil, atraído por el grupo de gente.
—Esto es una lata —dijo la señora Frost cuando los dos empezaron
a caminar hacia el edificio del Comité.
—Supongo que Ralf arreglará las cosas ante la vigilante de su
bloque.
La imagen de la señora Birmingham entró en la mente de Allen, la
dulce y astuta malevolencia de la criatura situada detrás de su mesa, tratando
el incidente.
La señora Frost dijo:
—Las Cohortes tienen su propia organización de encuesta. —Cuando
llegaron a la entrada principal del edificio, dijo pensativamente— Mavis está
completamente quemado. No sabe hacer frente a ninguna situación. Es incapaz de
decidir. Hace ya meses que le pasa lo mismo.
Allen no se permitió ningún comentario. No era cosa suya.
—Después de todo, quizá sea lo mejor —dijo la señora Frost—. El
dejarle ahí atrás. Prefiero ver a la señora Hoyt sin llevarlo a él a rastras.
Aquel era el primer indicio que él tenía de que iban a verse con
Ida Pease Hoyt. Se detuvo y dijo:
—Quizá convendría que usted me explicara lo que va a hacer.
—Creo que sabe usted muy bien lo que voy a hacer —dijo ella sin
aflojar el paso.
Y él lo sabía.
IV
Allen Purcell volvió a su apartamento de una habitación a las
nueve y media de la noche. Janet se le reunió en la puerta.
—¿Has comido algo? —preguntó—. Seguro que no.
—No —admitió él, entrando en la habitación.
—Te prepararé algo.
Manipuló en el resorte de la pared y restauró la cocina, que
había desaparecido a las ocho. Al cabo de pocos minutos, un «salmón de Alaska»
estaba friéndose en la sartén, y un olor casi auténtico se esparcía por la
habitación. Janet se colocó un delantal y empezó a poner la mesa.
Dejándose caer en una silla, Allen abrió el periódico de la
noche. Pero estaba demasiado cansado para leer; cambió de idea y apartó el
periódico. La reunión con Ida Pease Hoyt y Sue Frost había durado tres horas.
Fue algo agotador.
—¿Vas a contarme lo que ha pasado? —preguntó Janet.
—Más tarde. —Jugueteó con un cortadillo de azúcar encima de la
mesa—. ¿Cómo estuvo lo del Club del Libro? ¿Ha escrito algo últimamente sir
Walter Scott?
—Ni una línea —dijo ella brevemente con el mismo tono de voz que
él.
—¿Crees que Charles Dickens se quedará aquí?
Ella se apartó del hornillo.
—Ha sucedido algo y quiero saber qué es.
Su preocupación le puso inquieto.
—La Agencia no ha quedado expuesta como una cueva del vicio.
—Dijiste por teléfono que ibas a la TM Y dijiste que algo
terrible había sucedido en la Agencia.
—Despedí a Fred Luddy, si es que llamas a eso terrible. ¿Cuándo
estará listo el «salmón»?
—Pronto. Cuestión de cinco minutos.
Allen dijo:
—Ida Pease Hoyt me ofreció el puesto de Mavis. Director de
Telemedia. Sue Frost fue la que se encargó de hablar a mi favor.
Por un momento, Janet se quedo quieta junto al hornillo y luego
rompió a llorar.
—¿Por qué diablos te pones a llorar ahora? —preguntó Allen.
Entre sollozos, ella balbuceó:
—No lo sé. Estoy asustada.
El siguió jugueteando con el cortadillo de azúcar. Ya casi lo
había roto y convertido en granos más de la mitad.
—No fue demasiada sorpresa. El puesto se cubre siempre con gente
de las Agencias, y Mavis hace meses que está agotado. Ocho años es mucho tiempo
para ser responsable de la moralidad de todo el mundo.
—Sí, ya tú dijiste que tendría que retirarse. —Se sonó la nariz
y se secó los ojos—. Me lo dijiste el año pasado.
—La dificultad es que él quiere seguir en el puesto.
—¿Lo sabe él ya?
—Sue Frost se lo dijo. El vino al final de la reunión. Los cuatro
nos sentamos a tomar café y perfilar los detalles.
—Entonces, ¿está decidido?
Recordando la expresión del rostro de Mavis cuando abandonó la
reunión, Allen dijo:
—No. No concretamente. Mavis ha dimitido, se ha recibido su
instancia, y la declaración de Sue ha sido redactada. La rutina protocolar.
Años de servicio abnegado, fiel adhesión a los Principios de la Reclamación
Moral y demás zarandajas. Estuve hablando con él unos momentos en el vestíbulo,
después que terminó todo.
En realidad, había caminado medio kilómetro con Mavis, desde el
edificio del Comité hasta el apartamento del dimitido.
—Tiene un trozo de planeta en el sistema de Sirio. Aquello está
muy bien de ganado. Según Mavis, es imposible notar diferencia con el gusto y
el grosor de los rebaños domésticos.
Janet dijo:
—¿Qué es lo que no está decidido?
—Quizá yo no acepte.
—¿Por qué no?
—Quiero estar vivo dentro de ocho años. No me hace ninguna
gracia tener que retirarme a algún sitio alejado de la mano de Dios a diez años
de luz de aquí.
Guardándose el pañuelo en el bolsillo de la pechera, Janet se
volvió hacia el hornillo.
—Una vez, cuando nos disponíamos a montar la Agencia, hablamos
de todo esto. Fuimos muy francos.
—¿Que es lo que decidimos entonces?
El recordaba muy bien lo que habían decidido. Resolvieron
decidir cuando llegase la hora, porque aquella hora podría muy bien no llegar.
Y de todas formas, Janet estaba demasiado ocupada inquietándose por el
inminente colapso de la Agencia.
—Todo esto es inútil. Estamos obrando como si el empleo fuese
una especie de bicoca. No es una bicoca ni nunca lo fue. Nadie pretendió nunca
que lo fuera. ¿Por qué lo aceptó Mavis? Porque parecía que era la cosa moral
que se debía hacer.
—Servicio público —dijo Janet débilmente.
—Servir a la responsabilidad moral. Echarse encima de la carga
de la vida cívica. La forma más alta de autosacrificio, el omphalos de toda
esta...
Se interrumpió.
—Carrera de ratas —dijo Janet—. Bueno, habrá un poco más de
dinero. ¿O es que pagan menos? Sospecho que eso no es importante.
Allen dijo:
—Mi familia ha progresado mucho. También yo he subido algo. Este
es el porqué; ésta es la meta. He venido a ganar algo así como un dólar por
cada paquete que he hecho sobre el tema.
El paquete que Sue Frost había devuelto, a decir verdad. La
parábola sobre el árbol que murió. El árbol había muerto en el aislamiento y
quizá la Recmor del paquete aparecía confusa y oscura. Pero para él era lo
suficientemente clara: un hombre era primordialmente responsable ante su
prójimo, y era con su prójimo con quien hacía su vida.
—Hay dos hombres —dijo él—. Acurrucados en las ruinas, allá en
Hokkaido. El sitio está contaminado. Todo está muerto allí. Sólo tienen un
futuro; están aguardándolo. Gates y Sugermann prefieren morir antes que volver
aquí. Si volvieran, tendrían que convertirse en seres sociales; tendrían que
sacrificar alguna parte de su esencia inefable: Y eso es por cierto una cosa
espantosa.
—Esa no es la única razón por la que ellos estén allí —dijo
Janet, con voz tan baja, que él apenas pudo escucharla—. Creo que te has
olvidado. También yo he estado allí. Me llevaste tú, una vez. De recién
casados. Yo quería ver aquello.
El se acordó. Pero no parecía que fuera una cosa importante.
—Probablemente, es una protesta de una u otra clase. Quieren
hacer destacar algo al acampar allí entre las ruinas.
—Están sacrificando la vida.
—Eso no cuesta ningún trabajo. Y siempre, alguien puede
salvarlos con la congelación rápida.
—Pero, al morir, consiguen un punto importante. ¿No lo crees
así? Quizá no. —Ella reflexionó—. También Myron Mavis, consiguió un punto muy
diferente. Y tú debes ver algo en lo que Cates y Sugermann están haciendo; no
dejas de ir allí una y otra vez. Estuviste la última noche.
El asintió.
—Estuve.
—¿Qué dijo la señora Birmingham?
Sin demasiada emoción, contestó él:
—Un juvenil me vio, y estoy emplazado para la reunión del bloque
que se celebrará el miércoles.
—¿Por qué fuiste allí? Nunca informaron antes sobre eso.
—Quizás antes no me vieron nunca.
—¿Saben lo que pasó después? ¿Lo vio el juvenil?
—Esperemos que no —dijo él.
—Está en el periódico.
Él desplegó el periódico. Aquello estaba allí en la primera
página. Los titulares eran grandes.
LA ESTATUA DE STREITER PROFANADA
VÁNDALOS EN EL PARQUE
INVESTIGACIÓN EN CURSO
—Ese fuiste tú —dijo Janet con voz átona.
—Fui yo —admitió él—. Fui yo efectivamente. Y tardé
aproximadamente una hora. Dejé el bote de pintura en un banco. Probablemente lo
encontraron.
Volvió a leer los titulares.
—De eso se habla en el artículo. Vieron la estatua esta mañana,
a eso de las seis, y encontraron el bote de pintura a las seis y media.
—¿Qué otra cosa encontraron?
—Léelo —dijo Janet.
Extendiendo el periódico sobre la mesa, él empezó a leer.
LA ESTATUA DE STREITER PROFANADA
VÁNDALOS EN EL PARQUE
INVESTIGACIÓN EN CURSO
«Novísima York, Oct. 8 (TM). La policía está investigando la
mutilación deliberada de la Estatua oficial del Comandante Jales Streiter, el
fundador de la Reclamación Moral y el caudillo rector de la revolución de 1985.
Colocado en el Parque del Capitel, el monumento, una estatua de tamaño natural
de plástico bronceado, ha sido arrancada del molde original creado por el amigo
del fundador y compañero de toda su vida, Pietro Buetello en marzo del año
1990. La mutilación, descrita por la Policía como deliberada y sistemática,
tuvo lugar al parecer durante la noche. El Parque del Capitel no se cierra
nunca al público, ya que representa el centro moral y espiritual de Novísima
York».
—El periódico estaba abajo cuando llegué a casa —dijo Janet—.
Como siempre. Con el correo. Lo leí mientras tomaba el almuerzo.
—Se nota fácilmente que estás trastornada.
—¿Por eso? No estoy trastornada por eso. Todo lo que pueden
hacer es desahuciarnos, ponernos una multa y enviarte a la cárcel por un año.
—Y extrañar a nuestras familias de la Tierra.
Janet se encogió de hombros.
—Ya viviríamos. Otros han vivido. He estado pensando sobre eso;
llevo tres horas y media sola en el apartamento. Al principio estaba...
—vaciló—. Bueno, resultaba difícil de creer. Pero esta mañana sabíamos los dos
que algo había sucedido; había lo del fango y la hierba en tu zapato, y lo de
la pintura roja. Y nadie te vio.
—Un juvenil vio algo.
—No eso. Te habrían detenido ya. Debió ver otra cosa.
Allen dijo:
—Me pregunto cuánto tardarán en descubrirlo.
—¿Por qué han de descubrirlo? Pensarán que se trata de alguna
persona que ha perdido su alquiler, alguien que se ve obligado a regresar a las
colonias. O un nocao.
—Me repugna esa palabra.
—Un solicitante, entonces. Pero, ¿por qué tú? No un hombre que
va a la cumbre, un hombre que se pasa esta tarde con Sue Frost e Ida Pease
Hoyt. No tendría sentido.
—No —admitió él—. No lo tiene. —Con tono de sinceridad añadió—:
Ni siquiera para mí.
Janet se inclinó sobre la mesa.
—También yo me hago preguntas sobre eso. No estás seguro de por
qué lo hiciste. ¿Verdad?
—No tengo la menor idea.
—¿Qué tenías en la cabeza?
—Un deseo muy claro —dijo él—. Un deseo fijo absorbente y
totalmente claro de derribar aquella estatua de una vez para siempre. Tuve que
emplear una lata de dos litros de pintura roja, y hacer uso de una sierra
automática. La sierra está en los sótanos de la Agencia, menos una hoja.
Estropeé la hoja. Hace años que no he aserrado.
—¿Te acuerdas con detalles de todo lo que hiciste?
—No —contestó él.
—No está en el periódico. Se muestran vagos sobre eso. Así pues,
lo que quiera que fuese... —Le sonrió con indiferencia—. Hiciste un buen
trabajo.
Más tarde, cuando el ahumado «salmón de Alaska» no era más que
unas cuantas espinas en un plato vacío, Allen se retrepó y encendió un
cigarrillo. En el hornillo, Janet lavaba cuidadosamente cacerolas y sartenes en
el fregadero anexo. La habitación estaba envuelta en una paz sólida.
—Se diría —comentó Allen— que esta es una noche como otra
cualquiera.
—Podríamos seguir lo que estábamos haciendo —dijo Janet.
Sobre la mesa, junto al sofá, había un montón de ruedas y ejes
metálicos. Janet estaba montando un reloj eléctrico. Los diagramas e
instrucciones de un equipo de Edufactura se recibían con las partes.
Pasatiempos instructivos: Edufactura para el individuo, juegos de manos para
reuniones sociales. Mantener ocupadas las manos ociosas.
—¿Cómo va el reloj? —preguntó él.
—Casi terminado. Después de eso vendrá una maquinilla de afeitar
para ti. La señora Duffy, al otro lado del vestíbulo, ha hecho una para su
marido. Se la vi hacer. No es difícil.
Señalando al hornillo, Allen dijo:
—Mi familia construyó eso. Allá por el 2096, cuando yo tenía
once años. Recuerdo lo tonto que me pareció aquello; los hornillos estaban en
venta por todas partes, construidos por autofabricación a la tercera parte del
coste. Entonces mi padre y mi hermano me explicaron la Recmor. Nunca lo olvidé.
Janet dijo:
—Me gusta construir cosas; es divertido.
Siguió fumando su cigarrillo, pensando lo raro que resulta que
él pudiera seguir allí cuando, menos de veinticuatro horas antes, había
mancillado la estatua.
—La mancillé —dijo en voz alta.
—Que la...
—Es un término que usamos en la Agencia sobre paquetes. Cuando
un tema está muy gastado se hace una parodia. Cuando nos burlamos de un tema
rancio, decimos que lo hemos mancillado.
—Sí —concedió ella—. Ya lo sé. Te he oído parodiar algo del
programa Blake-Moffet.
—La parte que me fastidia es ésta —dijo Allen—. El domingo por
la noche mancillé la estatua del comandante Streiter. Y el lunes por la mañana,
la señora Sue Frost viene a la Agencia. A las seis de la tarde estoy escuchando
cómo Ida Pease Hoyt me ofrece el cargo de director de Telemedia.
—¿Qué relación puede haber entre una cosa y otra?
—Debe de ser algo muy complejo —acabó su cigarrillo—. Tan
complejo que todo el mundo, el universo entero, tiene algo que ver. Yo tengo la
sensación de que es así. Que es una conexión profunda, subterránea, de causa y
efecto, que no es un azar. No es una coincidencia.
—Dime cómo... la mancillaste.
—No puedo. No recuerdo nada. —Se puso en pie—. No me esperes
levantada. Voy a bajar a la ciudad y echar un vistazo a la cosa; probablemente
no han tenido tiempo de iniciar las reparaciones.
Janet dijo instantáneamente.
—Por favor, no salgas.
—Es absolutamente necesario —dijo él mirando en torno en busca
de su abrigo.
El ropero se lo había tragado, y le dio al botón para volver a
meter el ropero en el cuarto.
—Tengo en la cabeza una idea muy confusa, nada concreto.
Teniendo en cuenta todas las cosas, en realidad yo debería verlo claro. Quizá
luego pueda decidir acerca de la TM.
Sin decir una palabra, Janet pasó a su lado y salió al
vestíbulo. Se dirigía al cuarto de baño, y él sabía para qué. Llevaba con ella
una colección de botellas: iba a tragarse los sedantes necesarios para que le
proporcionaran tranquilidad durante el resto de la noche.
—Tómalo con calma —le advirtió él.
No hubo respuesta de la cerrada puerta del cuarto de baño. Allen
vaciló un momento, y luego se marchó.
V
El Parque estaba envuelto en sombras y en un frío oscuro. Aquí y
allá pequeños grupos de gente se habían reunido como charcos de lluvia
nocturna. Nadie hablaba. Parecían estar aguardando, esperando de una manera
vaga que sucediera algo.
La estatua había sido erigida inmediatamente delante del
Capitel, sobre una plataforma propia, en el centro de un anillo de arena. Había
bancos que rodeaban a la estatua, de forma que la gente pudiera echarle de
comer a las palomas y dormitar y charlar mientras contemplaban la grandeza del
monumento. El resto del Parque estaba formado por campos en cuesta de hierba
húmeda, unos cuantos macizos opacos de arbustos y árboles, y, en uno de los
extremos, el cobertizo de un jardinero.
Allen llegó al centro del Parque y se detuvo. Al principio, se
sintió confundido; no veía nada que le fuera familiar. Luego comprendió lo que
había sucedido. La Policía había embalado la estatua. Había allí una jaula de
madera. Una caja gigantesca. Así pues no iba a poder verlo después de todo. No
iba a poder descubrir lo que había hecho.
Mientras estaba mirando sombríamente, se dio cuenta al fin de
que alguien estaba a su lado. Un tipo andrajoso, de brazos simiescos con un
abrigo largo y lleno de manchas, estaba mirando también fijamente hacia la
caja.
Durante un rato no habló ninguno de los dos. Luego, el ciudadano
se enderezó y escupió en la hierba.
—Seguro que no se ve ni gota.
Alguien asintió.
—Lo han puesto ahí con ese propósito —dijo el esmirriado
individuo—. Así no se puede ver nada. ¿Sabe usted por qué?
—¿Por qué? —dijo Allen.
El esmirriado ciudadano se inclinó hacia él.
—Lo han hecho los anarquistas. Lo han mutilado terriblemente. La
Policía ha pescado a algunos, pero a otros, no. Al jefe no han podido echarle
mano. Pero ya lo cogerán. ¿Y sabe usted lo que van a descubrir entonces?
—¿Qué? —dijo Allen.
—Van a descubrir que está dañado por el Balneario. Y eso es nada
más que lo primero.
—¿De qué?
—En la semana próxima —reveló el delgado ciudadano—, los
edificios públicos van a ser bombardeados. El edificio del Comité, la TM. Y
luego pondrán partículas radiactivas en el agua potable. Ya verá usted. Ya se
nota el mal gusto. La Policía lo sabe, pero tiene las manos atadas.
Junto al ciudadano delgado, un hombre bajito, gordo de cabellos
rojos, que fumaba un puro, hablaba con irritación.
—Han sido críos, eso es todo. Un puñado de críos medio locos que
no tenían otra cosa que hacer.
El ciudadano delgado se echó a reír ásperamente.
—Eso es lo que ellos quieren que usted piense. Claro, una burla
inocente. Pues voy a decirle a usted algo: la gente que ha hecho esto tiene el
propósito de derribar la Recmor. No descansarán hasta que la última tira de
moralidad y decencia termine de hundirse en el abismo. Quieren que vuelva la
fornicación y los anuncios de neón y las drogas. Quieren ver el despilfarro y
la rapacidad gobernando como soberanos, y al hombre vanidoso revolcándose en el
fangal de su propia concupiscencia.
—Han sido críos —repetía el gordo bajito—. Esto no significa
nada.
—La cólera de Dios Todopoderoso enrollará a los cielos como un
tapiz —seguía diciendo el ciudadano delgado cuando ya Allen se alejaba—. Los
ateístas y fornicadores yacerán cubiertos de sangre en las calles, y la mala
voluntad será quemada en los corazones de los hombres por el fuego sagrado.
Muy sola, con las manos en los bolsillos de su abrigo, una
muchacha miraba a Allen mientras éste caminaba sin rumbo por el paseo. Él se
acercó a ella, vaciló, y preguntó luego:
—¿Qué ha pasado?
La muchacha tenía cabellos negros, pecho hundido, piel lisa y
morena que brillaba débilmente en la penumbra del Parque. Cuando habló, su voz
sonó firme y sin incertidumbre.
—Esta mañana descubrieron que la estatua estaba completamente
cambiada. ¿No ha leído la noticia? La publicaron en el periódico.
—La leí —dijo él.
La muchacha estaba en lo alto de un montículo de hierba, y él se
colocó a su lado.
Allí, en las sombras que se espesaban bajo ellos, estaban los
restos de la estatua, deteriorada de una manera astuta. La imagen de plástico
bronceado había sido sorprendida sin que se diera cuenta; durante la noche se
había quedado dormida. Estando allí como estaba ahora, Allen podía conseguir
una visión objetiva; podía desasirse a sí mismo del acontecimiento y verlo como
un espectador exterior, como una persona, igual que aquellas personas, que
vienen por casualidad, y que se hacen preguntas.
A través de la arena había grandes y repulsivos goterones rojos.
Era el esmalte del Departamento de Arte de su Agencia. Pero él podía suponer
muy bien la cualidad apocalíptica de todo aquello; podía imaginar lo que
aquella gente se imaginaba.
El rastro de rojo era sangre, la sangre de la estatua. Avanzando
por el suelo húmedo y suelto del Parque, el enemigo de la estatua había llegado
cautelosamente; el enemigo había dado un salto y le había mordido en la arteria
carótida. La estatua había sangrado por las piernas y los pies, había derramado
toda su sangre roja y se había muerto.
Él, allí en pie, con la muchacha, sabía que la estatua estaba
muerta. Podía percibir el vacío existente tras la caja de madera; la sangre
había corrido dejando una vasija hueca. Parecía ahora como si la estatua
hubiera tratado de defenderse a sí misma. Pero había perdido, y ninguna
congelación rápida la salvaría. La estatua estaba muerta para siempre.
—¿Cuánto tiempo lleva usted aquí? —preguntó la muchacha.
—Un par de minutos —dijo él.
—Yo estuve aquí esta mañana. Lo vi cuando iba de paso para mi
trabajo.
Entonces él se dio cuenta de que ella había visto la cosa antes
de que se hubiera construido la jaula.
—¿Qué le hicieron? —preguntó, verdaderamente ansioso por
descubrirlo—. ¿Puede usted contarlo?
La muchacha dijo:
—No se asuste.
—No estoy asustado.
Estaba perplejo.
—Lo está usted. Pero ya pasó todo. —Ella se echó a reír—. Ahora
tendrán que llevársela. No pueden repararla.
—Usted se alegra —dijo él con un temor reverencial.
Los ojos de la muchacha se llenaron de un júbilo ligero y
soñador.
—Tendremos que celebrarlo. Con un baile por nuestra cuenta.
—Luego sus ojos se nublaron—. Si pudiera salirse con la suya, quienquiera que
sea, quienquiera que lo haya hecho. Salgamos de aquí, ¿quiere? Venga.
Ella le condujo a través del césped hasta la acera y la calleja
que estaba más allá. Con las manos en los bolsillos, la muchacha caminaba
rápidamente, y él la seguía. El aire nocturno era afilado y frío, y
gradualmente, fue borrándole de la cabeza la mística presencia casi de sueño
que había percibido en el Parque.
—Me alegro de haber salido de ahí —murmuró él finalmente.
Con un movimiento inquieto de la cabeza, la muchacha dijo:
—Es fácil entrar allí, lo difícil es salir.
—¿Lo percibió usted?
—Desde luego. No era tan malo esta mañana, cuando pasé por allí
cerca. El sol brillaba; había luz del día. Pero esta noche... —Se estremeció—.
Yo llevaba allí una hora antes de que usted llegase y me despertara.
Simplemente estando allí de pie, mirando. En trance.
—Lo que me sobrecogió —dijo él— fueron aquellas gotas. Parecían
sangre.
—No es más que pintura —contestó ella con un tono muy natural.
Buscó dentro del bolsillo de su abrigo y sacó un periódico muy
doblado.
—¿Quiere leerlo? Un esmalte corriente, de secado rápido, que se
usa en infinidad de oficinas. No hay nada misterioso en eso.
—No han cogido a nadie —dijo él, sintiendo todavía algo de aquel
desasimiento antinatural.
Pero ya se iba desvaneciendo.
—Es sorprendente la facilidad con que una persona puede hacer
esto y quitarse de en medio. ¿Por qué no? Nadie custodia el Parque; nadie le
llegó a ver en realidad.
—¿Qué teoría tiene usted?
—Pues, mire —dijo ella, dándole un puntapié a un pedazo de roca
que tenía enfrente—. Alguien estaría amargado por perder su alquiler. O alguien
que expresaba un resentimiento subconsciente contra la Recmor. Revolviéndose
contra la carga que impone el sistema.
—Exactamente, ¿qué es lo que le han hecho a la estatua?
—El periódico no consigna los detalles. Probablemente es más
seguro ahogar una cosa como esta. Usted habrá visto la estatua. Estaba
familiarizado con la concepción que Buetello tenía de Streiter. La tradicional
postura militante: una mano extendida, una pierna adelantada como si fuera a
entrar en batalla. La cabeza alzada noblemente. Expresión profundamente
pensativa.
—Mirando al futuro —murmuró Allen.
—Exactamente. —La muchacha aflojó el paso, giró sobre su tacón y
se quedó mirando el oscuro pavimento—. El criminal, o el bromista, o lo que
quiera que sea, pintó la estatua de rojo. Eso ya lo sabe usted; ha visto las
gotas. La cubrió de brochazos, pintó de rojo también el cabello. Y... —sonrió
brillantemente—. Bueno, hablando con franqueza, como quiera que fuera, le cortó
la cabeza. Con una herramienta accionada por motor, indudablemente. Cortó la
cabeza y la colocó en la mano extendida.
—Ya veo —dijo Allen, escuchando con toda atención.
—Luego —continuó la muchacha, en tono tranquilo y monótono—, el
individuo aplicó una alta temperatura a la pierna extendida, la pierna derecha.
La estatua está vaciada en termoplástico. Cuando la pierna se puso flexible, el
culpable volvió a modelar su posición. El comandante Streiter aparece ahora
sosteniendo la cabeza en la mano, dispuesto a lanzarla de un puntapié a mitad
del Parque. Muy original, y muy turbador.
Al cabo de un intervalo, Allen dijo:
—Dadas esas circunstancias no se les puede reprochar que hayan
levantado una jaula en torno a la estatua.
—No tenían más remedio. Pero cierto número de personas vio la
estatua antes de que fuera puesta la caja. Lo primero que se hizo fue traer a
las Cohortes del Comandante Streiter; debieron pensar que iba a suceder algo
más gordo. Cuando yo pasé por allí estaban todos aquellos muchachos de caras de
muertos con sus uniformes pardos, un anillo de guardia en torno a la estatua.
Pero se la podía ver de todas maneras. Luego, en un momento determinado del
día, pusieron la caja. —Añadió—: Ya ve usted, la gente se reía. Incluso las
Cohortes. No podían remediarlo. Resoplaban, y se les escapaba la carcajada. A
mí me daba lástima de los pobres chicos... odian tanto eso de reírse.
Ahora los dos habían llegado a un cruce iluminado. La muchacha
se detuvo. En su rostro había un aire de preocupación. Se le quedó mirando
intensamente, estudiándolo, con ojos inmensos.
—Está usted en un estado terrible —dijo ella—. Y es culpa mía.
—No —contestó él—. Es culpa mía.
La mano de ella se apretó contra el brazo de él.
—¿Qué es lo que está mal?
Con ironía, dijo él:
—Los trabajos de Job.
—¡Oh! —Ella asintió, pero sin dejar de apretarle el brazo con
sus dedos firmes—. Bueno, ¿tiene usted esposa?
—Una esposa muy dulce.
—¿Le ayuda a usted?
—Se preocupa todavía más que yo. Ahora mismo está en casa
tomando píldoras. Tiene una colección fabulosa.
La muchacha dijo:
—¿Necesita usted ayuda?
—La necesito —contestó él, y no se sorprendió ante su propio
candor—. Muchísimo.
—Eso es lo que yo pensaba.
La muchacha empezó a andar y él siguió a su lado. Ella parecía
estar pensando diversas posibilidades.
—Estos días —dijo ella— es difícil conseguir ayuda. No se cree
que uno necesite ayuda. Puedo darle a usted una dirección. Si lo hago, ¿la
utilizará usted?
—Eso es imposible decirlo.
—¿Tratará usted de utilizarla?
—No he pedido ayuda en mi vida —dijo Allen—. No puedo decir qué
haré.
—Aquí está —dijo la muchacha.
Le alargó una tira de papel plegado.
—Guárdeselo en la cartera. No lo mire; sáquelo únicamente cuando
necesite usarlo. Mientras tanto, guárdelo.
Se lo guardó y ella le estuvo mirando fijamente.
—Está bien —dijo, satisfecha—. Buenas noches.
—¿Se va usted?
No estaba sorprendido; le parecía perfectamente natural.
—Ya le veré de nuevo. Le he visto antes. —Dobló en la oscuridad
de la calleja lateral—. Buenas noches, señor Purcell. Cuídese bien.
Algo más tarde, después de que la muchacha hubo desaparecido
completamente, él se dio cuenta de que ella había estado allí en el Parque
aguardándole. Aguardándole, porque sabía que él no dejaría de mostrarse.
VI
Al día siguiente, Allen todavía no le había dado una respuesta a
la señora Frost. El cargo de Director de la TM estaba vacante, con Mavis fuera
y nadie substituyéndole. El inmenso trust seguía funcionando de momento; y,
suponía Allen, burócratas de segunda fila continuarían estampando sellos y
suministrando impresos. El monstruo vivía, pero no como debiera.
Preguntándose de cuánto tiempo dispondría para decidir,
telefoneó al edificio del Comité y preguntó por la señora Frost.
—Sí, señor —contestó una voz recogida en disco—. La secretaria
Frost está en este momento en una reunión. Puede usted entregar un mensaje de
treinta segundos que transcribiré para pasárselo a su atención. Gracias.
¡Zeeeeeee!
—Señora Frost —dijo Allen—, hay cierto número de salvedades que
me interesa hacer presente, como le mencioné a usted ayer. El estar a la cabeza
de una Agencia me proporciona una posición un tanto independiente. Dijo usted
que mi único parroquiano es Telemedia, por lo que, prácticamente, en realidad,
estoy trabajando para Telemedia. También mencionó usted que, como Director de
Telemedia, yo tendría no menos, sino más independencia.
Hizo una pausa, preguntándose cómo continuar.
—Por otra parte —dijo, y entonces los treinta segundos se
agotaron.
Aguardó hasta que el mecanismo al otro extremo repitió su
cantinela, y luego continuó:
—Mi Agencia, después de todo, fue construida con mis propias
manos. Soy libre para cambiarla. Tengo un dominio completo sobre ella. En
cambio, la TM es impersonal. Y nadie puede manejarla en realidad. La TM es como
un glaciar.
Aquello le sonó de una manera terrible, pero una vez grabado, no
podía desdecirse. Concluyó:
—Señora Frost, me temo que tendré que tomarme cierto tiempo para
pensarlo. Lo siento, porque me doy cuenta que esto la coloca a usted en una
posición desagradable. Pero, lamentándolo mucho, el retraso es inevitable.
Trataré de entregarle mi respuesta dentro de una semana, y, por favor, no crea
que estoy dándome importancia. Sinceramente, es que no sé qué hacer. Aquí Allen
Purcell.
Cortó, se sentó y se puso a cavilar.
Allí, en su oficina, la estatua del comandante Streiter parecía
una cosa distante y poco convincente. Ahora sólo se le presentaba un único
problema del empleo. O bien seguía con su Agencia o se encaramaba a la TM.
Puesto el dilema de aquella manera parecía bastante sencillo. Sacó una moneda y
la echó a rodar por la superficie de la mesa. Si fuese necesario, podría dejar
que decidiera el azar.
La puerta se abrió y entró Doris, su secretaria.
—Buenos días —dijo ella brillantemente—. Fred Luddy necesita que
usted le dé una carta de recomendación. Ya hemos ajustado las cuentas de lo que
se le debe. Dos semanas, más los pluses reglamentarios. —Se sentó frente a él,
con el block y el lápiz dispuestos—. ¿Quiere usted dictar una carta?
—Es difícil decirlo.
Quería hacerlo porque sentía simpatía por Luddy y esperaba verle
conseguir un empleo medio decente. Pero, al mismo tiempo, le parecía idiota
escribir una carta de recomendación para un hombre al que había despedido como
desleal y deshonesto, hablando Recmoralmente.
—Puede que todavía tenga que pensarlo.
Doris se puso en pie.
—Le diré que está usted demasiado ocupado. Que estudiará el
asunto más tarde.
Aliviado, la dejó marcharse con aquella historia. De momento no
le parecía posible decidirse sobre problema alguno. Pequeños o grandes sus
problemas se revolvían en un nivel olímpico; no podían descender así como así a
la tierra.
Por lo menos, la Policía no le había seguido la pista. Se sentía
razonablemente seguro de que el juvenil de la señora Birmingham carecía de
información acerca del episodio del Parque. Mañana, a las nueve de la mañana,
se pondría las cosas en claro. Pero no era eso lo que le preocupaba. La idea de
la Policía llegando para detenerle y deportarle era absurda. Su verdadera
preocupación consistía en el empleo... y en sí mismo.
Le había dicho a la muchacha que necesitaba ayuda, y era verdad
que la necesitaba. No porque hubiese mancillado la estatua, sino porque la
había mancillado sin saber por qué. Era extraño aquello de que el cerebro
pudiera funcionar por su cuenta, sin tener conocimiento de cuáles eran sus
propósitos, sus razones. Pero el cerebro era un órgano, como el bazo, el
corazón, el hígado. Y cada uno de ellos se ocupaba de sus propias y
particulares actividades. ¿Por qué no había de hacerlo el cerebro? Vista la cosa
de aquella manera, el saborcillo extraño desaparecía.
Llamar desde la Agencia era demasiado comprometido. Prefirió
salir del despacho.
—¿Otra vez se va usted, señor Purcell? —le preguntó Doris desde
su mesa.
—Volveré enseguida. Voy a ver al comisario para pedirle unas
cuantas cosas que hacen falta. —Se palpó los bolsillos del abrigo—. Cosas que
me ha encargado Janet que recoja.
Tan pronto como se vio fuera del edificio Mogentlock, entró en
la cabina de un teléfono público. Con mirada vaga, movió el disco.
—Balneario de la Salud Mental —le contestó al oído una voz
burocrática pero amistosa.
—¿No está por ahí arriba Gretchen Malparto?
Transcurrió algún tiempo.
—La señorita Malparto ha abandonado el Balneario temporalmente.
¿Querría usted hablar con el doctor Malparto?
Vagamente irritado, Allen dijo:
—¿Su esposo?
—El doctor Malparto es el hermano de la señorita Malparto.
¿Quién llama ahí, por favor?
—Necesito que me dé hora para una visita —dijo Allen—. Asunto de
negocios.
—Sí, señor. —Crujido de papeles—. ¿Me hace el favor de su
nombre, señor?
Vaciló y luego lo inventó.
—Apareceré con el nombre de Coates.
—Muy bien, señor Coates. —No hubo más preguntas sobre aquel
punto—. ¿Le convendría a usted mañana a las nueve de la mañana?
Iba ya a decir que sí cuando se acordó de la reunión del Bloque.
—Mejor el jueves.
—El jueves a las nueve —dijo la muchacha con vivacidad—. Con el
doctor Malparto. Muchas gracias por haber llamado.
Sintiéndose un poco mejor, Allen regresó a la Agencia.
VII
En la moralísima sociedad del 2114 d.C., las reuniones semanales
de bloque funcionaban por el sistema de la sorpresa. Los vigilantes de los
grupos caseros adyacentes podían asistir a cada una de esas reuniones, formando
un tribunal del que era presidente el vigilante indígena. Puesto que la señora
Birmingham era la vigilante en el bloque Purcell, ella, entre todas las maduras
señoras allí congregadas, ocupaba el asiento más encumbrado. Sus colegas, con
floreados vestidos de seda, llenaban sendos sillones a uno y otro lado de la
presidenta a lo largo de la plataforma.
—Siento odio por esta sala —dijo Janet, haciendo un alto en la
puerta.
A Allen le pasaba lo mismo. Allí en el primer piso de aquel
grupo casero, en aquella única habitación amplia, se reunían, para celebrar sus
sesiones, todas las Ligas Locales, las Comisiones, los Clubes, las
Asociaciones, las Juntas y las Órdenes. La habitación olía a luz solar rancia,
a polvo, y a las infinitas pilas de papelotes que se habían ido amontonando
allí durante años. De aquí que se originaran estornudos y carraspeos. En
aquella habitación, los asuntos de un individuo eran asuntos de todo el mundo.
Siglos de cristianas confesiones culminaban en el momento en que el bloque se
reunía para explorar las almas de sus miembros.
Como siempre, había más gente que sitios. Muchas personas tenían
que estar de pie, y llenaban las esquinas y los pasillos. El sistema de aire acondicionado
mostrábase quejumbroso y volvía a echar adentro la nube de humo. Allen siempre
se sentía intrigado por aquella humareda, ya que nadie parecía disponer de un
cigarrillo y estaba prohibido fumar. Pero el caso era que había humo.
Quizá, como la sombra del fuego purificador, era una acumulación
del pasado.
Su atención se concentró en el grupo de juveniles. Estaban allí,
sabuesos parecidos a tijeretas. Cada juvenil tenía una altura de cuarenta y
cinco centímetros. La especie se deslizaba pegada al suelo, o sobre superficies
verticales, a una velocidad feroz, y se daban cuenta de todo. Aquellos
juveniles permanecían inactivos. Las vigilantes habían desenroscado las
cubiertas metálicas y extraían las cintas de informes. Los juveniles se
quedaban inertes durante la reunión, y luego eran reincorporados al servicio.
Había algo siniestro en aquellos informadores metálicos, pero
también había algo alentador. Los juveniles no acusaban; únicamente comunicaban
lo que habían visto y oído. No podían colorear sus informes ni podían
aderezarlo. Puesto que la víctima se veía acusada mecánicamente, estaba a salvo
de todo rumor histérico, de malevolencias y de paranoias. Pero no podía existir
duda alguna en cuanto a la culpabilidad; la prueba estaba siempre presente. La
cuestión a resolver era meramente la relativa a la severidad de la condena
moral. La víctima no podía protestar de haber sido acusada injustamente; contra
lo más que podía protestar era contra su mala suerte por haber sido espiada.
En la tribuna, la señora Birmingham manejaba la agenda y miraba
para ver si había llegado todo el mundo. La tardanza en llegar significaba de
por sí un castigo irremediable. Al parecer, Allen y Janet completaron el grupo;
la señora Birmingham hizo una señal, y la reunión comenzó.
—Me temo que no vamos a poder sentarnos —murmuró Janet cuando la
puerta se cerró tras ellos.
Su rostro estaba contraído por la ansiedad; para ella, la
reunión semanal del bloque era una catástrofe que afrontaba con amargura y
desesperación. Cada semana preveía denuncias y ruinas, pero nunca acontecían.
Los años iban transcurriendo, y ella todavía no había errado oficialmente. Pero
aquello sólo servía para convencerla de que la catástrofe se estaba acumulando
sobre su cabeza en proporciones más y más aterradoras.
—Cuando me llamen —dijo Allen en voz baja— tú, punto en boca. No
te pronuncies por ninguna de las partes. Cuanto menos se diga, más esperanzas
tengo.
Ella le miró con ojos llenos de sufrimiento.
—Te destrozarán entre todos. Míralos. —Lanzó una mirada por la
sala—. Están aguardando a caer sobre alguien.
—Casi todos están aburridísimos, y deseando marcharse, esa es la
verdad. —Efectivamente, varios hombres estaban leyendo los periódicos de la
mañana—. Así es que tómalo con calma. Si nadie se levanta a defenderme, todo se
agotará por sus pasos contados y quizá me libre con una reprimenda verbal.
Suponiendo, desde luego, que no saliera a relucir lo de la
estatua.
—Nos ocuparemos primeramente del caso de la señorita J. E.
—declaró la señora Birmingham.
La señorita J. E. era Julie Edberley, y la conocían todos los
que estaban en la sala. Julie había tenido un tropiezo de vez en cuando, pero,
de una u otra forma, se las había arreglado para conservar el alquiler heredado
de su familia. Asustada, y con los ojos de par en par, subió a la tarima de los
acusados, una joven rubia de piernas largas y pecho inquietante. Hoy llevaba un
modesto vestido estampado y chinelas de tacones bajos. Tenía atado el pelo en
la nuca en un rodete juvenil.
—La señorita J. E. —declaró la señorita Birmingham— se
comprometió voluntariamente y a sabiendas, en la noche del seis de octubre de
2114, con un hombre, en una empresa vil.
En la mayoría de los casos, una «empresa vil» era una cuestión
sexual. Allen entornó los ojos y se dispuso a soportar la sesión. Un murmullo
expectante corrió por la sala; los periódicos fueron dejados de lado. La apatía
se redujo. Para Allen, aquello era la parte más ofensiva: la asquerosa
necesidad de oír una confesión hasta el último detalle, una necesidad
enmascarada de decencia.
La primera pregunta surgió instantáneamente:
—¿Se trataba del mismo hombre que otras veces?
La señorita J. E. se sonrojó.
—S... sí —admitió.
—¿Es que no se la advirtió a usted? ¿No se le dijo en esta misma
sala que se recogiese en su casa a una hora decente y obrase como una buena
muchacha?
Con toda probabilidad, aquel era ahora un interrogador
diferente. La voz era sintética surgiendo de un altavoz mural. Para preservar
el aura de justicia, las preguntas se vertían por un canal común, se machacaban
y volvían a juntarse sin timbre característico. El resultado era un acusador
impersonal, quien, cuando resultaba ser un interrogador simpático, se convertía
de pronto y de una manera un tanto extraña, en un defensor.
—Enterémonos primero en qué consistió esta «empresa vil» —dijo
Allen, y, como de costumbre, le repugnó oír cómo su voz surgía muerta y sin
carácter—. Puede tratarse de mucho ruido y pocas nueces.
En la tribuna, la señora Birmingham arrojó una mirada desdeñosa,
tratando de identificar al interrogador. Luego se puso a leer en el sumario:
—La señorita J. E., en el cuarto de duchas del cuarto de baño de
esta unidad casera, faltó.
—Yo diría que eso es algo —dijo la voz, y entonces los perros se
desataron.
Las acusaciones se fueron espesando y amontonando, un torbellino
de insinuaciones lascivas.
Junto a Allen, su mujer se le acurrucaba. Él podía sentir el
terror de su esposa, y le pasó el brazo en torno. Dentro de poco, la voz
empezaría a acusarle.
A las nueve y cuarto, el grupo que defendía vagamente a la
señorita J. E. parecía haber ganado unos puntos. Después de un cambio de
impresiones, el consejo de vigilantes de bloques soltó a la muchacha con una
reprimenda oral, y la pobre chica se escabulló agradecida de la estancia. La
señora Birmingham volvió a levantarse con la agenda.
Con una sensación de alivio, Allen oyó sus palabras iniciales.
Se adelantó, escuchando los cargos, contento al ver que tenía que afrontar la
cosa. El juvenil —gracias a Dios—, había informado como era de esperar.
—El señor A. P. —declaró la señora Birmingham—, en la noche del
siete de octubre de 2114, a las veintitrés treinta horas, llegó a casa en
estado de embriaguez y se cayó en la escalerilla del bloque y, al caerse,
profirió una palabra moralmente detestable.
Allen subió a la tribuna, y la vista comenzó.
Había siempre el peligro de que en algún sitio de la sala
estuviese aguardando alguien con un resquemor muy profundo, un depósito de odio
nutrido y acumulado para una ocasión como ésta. Durante los años que había
permanecido como inquilino en aquella unidad casera, muy fácilmente Allen
habría podido herir a algún alma anónima; siendo la mente humana como era,
podría haber suscitado un afán inagotable de venganza adelantándose en la cola,
dejando de saludar, dando un pisotón o algo por el estilo.
Pero cuando miró en torno no observó ninguna emoción especial.
Nadie resplandecía demoníacamente, y nadie, excepto su propia y aterrada
esposa, parecía siquiera interesado.
Considerando la estupidez de la acusación, tenía buenas razones
para sentirse optimista. Después de todo, la cosa no era tan grave. Dándose
cuenta de eso, se enfrentó con su acusador mecánico alegremente.
—Señor Purcell —dijo la voz—. No ha comparecido usted ante
nosotros hace mucho tiempo. —Se corrigió—: Quiero decir, señor A.P.
—No desde hace muchos años —contestó.
—¿Cuánto bebió usted?
—Tres vasos de vino.
—¿Y se emborrachó usted con eso? —La voz se contestó a sí
misma—: Eso es lo que consta en los autos. —La voz carraspeó, y luego surgió
una pregunta clara—: ¿Dónde se emborrachó usted?
No deseando proporcionar datos precisos, Allen hizo su respuesta
lo más breve posible.
—En Hokkaido.
La señora Birmingham estaba enterada de aquello, así es que
indudablemente no era un punto muy importante.
—¿Qué estaba usted haciendo allí? —preguntó la voz, y añadió
luego—: Eso no importa. No tiene nada que ver con lo que estamos tratando.
Atengámonos a los hechos. Lo que él hiciera antes de emborracharse no nos
importa.
A Allen, aquello le sonaba a Janet. Ya se había puesto a pelear
a su favor.
—Desde luego que importa. La importancia del acto depende de los
motivos que hay por detrás. ¿Es que él tenía la intención de emborracharse?
Nadie tiene la intención de emborracharse. Con toda seguridad, yo no lo sabría.
Allen dijo:
—Aquello caía en un estómago vacío, y no estoy acostumbrado al
alcohol en ninguna de sus formas.
—¿Qué hay acerca de la palabra que él empleó? Sí, ¿qué hay de
eso? Bueno, ni siquiera sabemos qué palabra fue. Creo que estamos completamente
a oscuras. ¿Es que están ustedes convencidos de que es el tipo de hombre que
utilizaría palabras como esa? Lo que quiero decir es que el conocer la palabra
de que se trate no afecta a la situación.
—Y yo estaba cansado —añadió Allen.
Años de trabajo en medios le habían enseñado cuáles eran los
caminos más cortos para la mente Recmor.
—Aunque era domingo, yo había pasado todo el día en la oficina.
Supongo que hice más de lo conveniente para mi salud, pero me gusta tener mi
mesa limpia de papeles los lunes.
—Un caballerete regular —dijo la voz.
Fue replicada inmediatamente:
—Con modales suficientes para mantener a ciertas personas al
margen de esto. ¡Bravo! —dijo la voz impersonal.
—Eso lo dice él. Probablemente, ella.
Y luego del caos de mentes, un sentimiento exacerbado fue
tomando forma. Por lo que Allen podía juzgar, se trataba de una única persona.
—Esto es una burla. El señor Purcell es uno de nuestros miembros
más distinguidos. Como muchos de nosotros sabemos, la Agencia del señor Purcell
proporciona un gran número del material usado por Telemedia. ¿Es que vamos a
creer que un hombre comprometido en el mantenimiento de las normas éticas de la
sociedad es él mismo, moralmente defectuoso? ¿Qué daría eso a entender sobre
nuestra sociedad en general? Esa es una paradoja. Son precisamente hombres de
inteligencias tan preclaras, dedicados al servicio público, los que, por su
propio ejemplo, trazan nuestras normas de conducta.
Sorprendido, Allen miró a través de la estancia hacia su esposa.
Janet parecía desconcertada. Y la elección de palabras no era característica en
ella. Evidentemente, era alguna otra persona.
—La familia de la señora Purcell ha mantenido su arrendamiento
durante varios decenios —continuó la voz—. El señor Purcell ha nacido aquí.
Durante su estancia muchas personas han llegado y se han vuelto a ir. Pocos de
nosotros hemos mantenido un alquiler tanto tiempo como él. ¿Cuántos de nosotros
hemos estado en esta sala antes que el señor Purcell? Piensen en eso. El
propósito de estas reuniones no es el de humillar a los poderosos. El señor
Purcell no está aquí para ser ridiculizado y tomado a chacota. Algunos de
nosotros parece como si pensáramos que cuanto más respetable es una persona,
tantas más razones hay para atacarla. Cuando atacamos al señor Purcell atacamos
a los mejores de nosotros mismos. Y en esto no hay porcentaje que valga.
Allen se sentía embarazado.
—Estas reuniones —siguió diciendo la voz—, se basan en la idea
de que un hombre es moralmente responsable ante su comunidad. Esa es una buena
idea. Pero su comunidad es también responsable ante él. Si va a pedirle que
suba al estrado y confiese sus pecados, debe ser para darle algo a cambio. Y
ese algo que se le debe dar es respeto y apoyo. Tendríamos que darnos cuenta de
que el tener aquí a un ciudadano como el señor Purcell constituye en realidad
un privilegio. La vida del señor Purcell está dedicada a nuestro bienestar y a
la mejora de nuestra sociedad. Si él necesita beber tres vasos de vino y decir
una palabra a la que se le pueden hacer objeciones morales, creo que está
capacitado para ello. Por lo menos, eso es lo que yo pienso.
Se produjo un silencio profundo. Toda la concurrencia se sintió
abrumada de lástima. Nadie se atrevía a hablar.
En la tarima, Allen estaba en pie deseando que alguien se
decidiera a atacar. Su confesión se había convertido en vergüenza. El
panegirista estaba cometiendo en error; no estaba enterado de toda la verdad.
—Esperen un momento —protestó Allen—. Pongamos una cosa en
claro. Lo que yo hice estaba mal hecho. No tengo más derecho que otra persona
cualquiera a emborracharme y a soltar palabrotas.
La voz dijo:
—Pasemos al caso siguiente. Aquí parece que no hay nada que
dilucidar.
En la plataforma, las señoras de edad madura conferenciaron, y
por fin compusieron su veredicto. La señora Birmingham se levantó.
—Los vecinos del bloque del señor A. P. aprovechan esta
oportunidad para reprenderle por su conducta en la noche del siete de octubre,
pero comprenden que, en vista de su excelente hoja de servicios anterior, no
está indicada una acción disciplinaria. Puede usted bajar, señor A. P.
Allen bajó y se reunió con su esposa. Janet se acurrucó contra
él llena de felicidad.
—¡Dios le bendiga, quienquiera que sea!
—No me lo merezco —dijo Allen escandalizado.
—Claro que te lo mereces. Desde luego que sí. —Sus ojos
brillaban deslumbradoramente—. Eres una persona maravillosa.
No lejos de ellos, en una de las mesitas, estaba sentado un
individuo de endeble apariencia, ralos cabellos grises y sonrisa formal y
estereotipada. El señor Wales miró a Allen y luego retiró inmediatamente la
mirada.
—Ese es el individuo —dijo Allen—. Wales.
—¿Estás seguro?
El nuevo acusado estaba ahora en el tabladillo, y la señora
Birmingham empezó a leer el cargo.
—La señora R.M., a sabiendas y voluntariamente, en la tarde del
nueve de octubre de 2114, en un sitio público y en presencia tanto de hombres
como de mujeres, juró el nombre de Dios en vano.
La voz dijo:
—¡Qué pérdida de tiempo!
Y la controversia se enzarzó.
Después de la reunión, Allen se acercó a Wales. El hombre había
remoloneado fuera de la puerta, como si le aguardase. Allen se había fijado en
él algunos días en el vestíbulo, pero no recordaba haber cruzado más que un
saludo cortés.
—Fue usted —dijo Allen.
Se estrecharon las manos.
—Me alegro de haberle podido servir de algo, señor Purcell. —La
voz de Wales era untuosa, perfectamente ordinaria—. Vi que hablaba usted a
favor de aquella muchacha. Usted siempre se preocupa de la gente acusada. Me
dije: si alguna vez tiene que subir al estrado yo haré lo mismo por él. Todos
nosotros le respetamos y le apreciamos, señor Purcell.
—Gracias —dijo Allen torpemente.
Cuando Allen y Janet subían de vuelta a su piso, ella preguntó:
—¿Qué pasa? —Estaba loca de alegría por haberse podido escapar
de la reunión—. ¿Por qué estás tan serio?
—Me siento de mal humor —dijo él.
VIII
El doctor Malparto saludó:
—Buenos días, señor Coates. Haga el favor de quitarse el abrigo
y sentarse. Quiero que esté usted cómodo.
Y luego se sintió turbado y enfermo, porque el hombre que tenía
frente a él no era el «señor Coates», sino Allen Purcell. Poniéndose en pie
precipitadamente, Malparto se excusó y salió al pasillo. Iba temblando de
excitación. Tras él, Purcell se quedó con una expresión de ligero desconcierto,
un hombre alto, bien parecido, frisando en la treintena y embutido en un pesado
abrigo. Allí estaba el hombre al que Malparto había estado aguardando. Pero no
lo aguardaba tan pronto.
Con una de sus llaves abrió el archivo y extrajo el expediente
de Purcell. Miró el contenido mientras volvía al despacho. El informe seguía
siendo tan críptico como antes. Allí estaba su inapreciable partícula, y el
síndrome irreductible seguía existiendo. Malparto suspiró encantado.
—Le ruego que me disculpe, señor Purcell —dijo cerrando la
puerta tras él—. Siento haberle hecho esperar.
Su paciente frunció el ceño y dijo:
—Mantengamos el «Coates». ¿O es que el viejo lema de la
discreción profesional se ha tirado por la borda?
—Señor Coates, entonces. —Malparto volvió a sentarse y se caló
las gafas—. Señor Coates, le seré franco. Estaba aguardándole. Su encefalograma
me llegó a las manos hace aproximadamente una semana, y extraje de él un
informe Dickson. El perfil es único. Estoy muy interesado por usted y para mí
constituye una profunda satisfacción personal que me sea permitido tratar su...
—carraspeó—, problema.
Había estado a punto de decir caso.
En la confortable butaca tapizada de cuero, el señor Coates se
agitó inquieto. Encendió un cigarrillo, frunció el ceño, se estiró la raya de
los pantalones.
—Necesito ayuda. Uno de los supuestos de Recmor es que nadie
necesita ayuda; consideran eso como un defecto.
Malparto asintió de acuerdo.
—Así pues —dijo el señor Coates—, su hermana vino detrás de mí.
A Malparto aquello le sonó desalentadoramente. No solo Gretchen
se había entrometido, sino que lo había hecho con habilidad. El señor Coates
había aparecido al final, pero Gretchen había acortado el intervalo más de la
mitad. Se preguntó qué sacaría ella de todo aquello.
—¿No sabía usted eso? —preguntó el señor Coates.
Decidió ser sincero.
—No, no lo sabía. Pero no tiene importancia. —Hojeó el informe—.
Señor Coates, me gustaría que usted mismo me dijera con sus propias palabras lo
que cree que constituye su problema.
—Problemas de trabajo.
—¿En particular?
El señor Cortes se mordió los labios.
—Director de TM. El puesto me lo han ofrecido este lunes.
—Normalmente, usted trabaja al frente de una Agencia
independiente de investigación, ¿no es así? —Malparto consultó sus notas—.
¿Cuándo tiene usted que decidir?
—Pasado mañana.
—Muy interesante.
—¿Verdad? —preguntó el señor Coates.
—Eso no le da a usted mucho tiempo. ¿Se siente usted capaz de
decidir?
—No.
—¿Por qué no?
Su paciente vaciló.
—¿Le preocupa que pueda estar un juvenil oculto en mi estante?
—Malparto sonrió tranquilizadoramente—. Este es el único sitio en nuestra
bendita civilización donde están prohibidos los juveniles.
—Eso he oído decir.
—Un legado de la Historia. Parece que la esposa del comandante
Streiter tenía cierta predilección por los psicoanalistas. Un jungiano de la
Quinta Avenida le curó el brazo derecho que tenía paralizado en parte. Ya
conoce usted ese tipo de señoras.
El señor Coates asintió.
—Así, pues —dijo Malparto—, cuando fue establecido el gobierno
Comité y el país quedó nacionalizado, se nos permitió conservar nuestras
prácticas. Nosotros, esto es, el frente psíquico quedó exento de la guerra.
Streiter era una persona astuta. Una capacidad poco común. Comprendió la
necesidad de que...
El señor Coates dijo:
—El domingo por la noche alguien hizo un cambio en mi cabeza. En
consecuencia, mancillé la estatua del comandante Streiter. Por eso no puedo
aceptar el cargo de Director de TM.
—¡Ah! —dijo Malparto, y sus ojos se concentraron sobre el
encefalograma con su núcleo irreductible.
Experimentaba la sensación de estar colgado con la cabeza hacia
abajo sobre un océano; sus pulmones parecían llenárseles de espuma danzarina.
Cuidadosamente, se quitó las gafas y limpió los cristales con el pañuelo.
Más allá de la ventana de su oficina se extendía la ciudad, toda
llana excepto el Capitel de Recmor elevado en el centro geométrico. La ciudad
irradiaba en zonas concéntricas, líneas y giros cuidadosos que se interceptaban
de manera ordenada. A lo largo de todo el planeta, pensó el doctor Malparto.
Como la piel de una inmensa mama medio sumergida en barro. Medio enterrada en
la arcilla agostadora de una moralidad severa y puritana.
—Usted nació aquí —dijo.
En sus manos estaba la información, la historia de su paciente;
hojeó las páginas.
—Todos nacimos aquí —dijo el señor Coates.
—Conoció usted a su esposa en las colonias. ¿Qué estaba usted
haciendo en Betelgeuse 4?
Su paciente dijo:
—Revisando un paquete. Yo trabajaba de asesor en la vieja
Agencia de Wring-Miller. Querían un paquete enraizado en la experiencia de los
colonos agrícolas.
—¿Le agradaba a usted estar allí?
—En cierto modo. Era como la frontera. Recuerdo una casa de
campo muy encalada. Allí estaba la familia de ella... su padre. —Se quedó
callado un momento—. El y yo solíamos discutir. Él editaba un periódico
provinciano. Toda la noche discutiendo y tomando café.
—Y ella... —Malparto consultó el expediente—. ¿Participaba
Janet?
—No mucho... Ella escuchaba. Creo que le tenía miedo a su padre.
Quizá también a mí me tuviera un poco de miedo.
—Usted tenía veinticinco años, ¿no?
—Sí —dijo el señor Coates—. Janet tenía veintidós.
Malparto, leyendo la información, dijo:
—El padre de usted ya había muerto. Su madre vivía todavía, ¿no
es así?
—Murió en 2111 —dijo el señor Coates—. Al poco tiempo de
aquello.
Malparto montó sus transportadores visoauditivos.
—¿Puedo sacar una cinta de lo que digamos?
Su paciente asintió.
—Puede hacer lo que quiera. De todas formas ya me tiene.
—¿En mi poder? ¿Cómo un brujo? No lo crea. Lo que tengo es su
problema; al decírmelo, me lo ha transferido.
El señor Coates pareció descansar.
—Gracias —dijo.
—Conscientemente —dijo Malparto—, usted no sabe por qué mancilló
la estatua; el motivo está profundamente enterrado. Con toda probabilidad, el
episodio de la estatua forma parte de un acontecimiento más amplio, que se
extiende, quizá durante años. No podremos nunca comprenderlo aisladamente; su
significado estriba en las circunstancias que lo preceden.
Su paciente le contestó con una mueca.
—Usted es el brujo.
—Le ruego que no me considere de esa forma.
Se sentía ofendido por lo que juzgaba una muletilla de profano;
el hombre corriente había llegado a considerar a los analistas del Balneario
con una mezcla de pánico y temor reverencial, como si el Balneario fuera una
especie de templo y los analistas unos sacerdotes. Como si estuviese mezclado
un conjuro religioso; siendo así que por supuesto, todo era estrictamente
científico, siguiendo la mejor tradición psicoanalítica.
—Recuerde esto, señor Coates —dijo—, sólo puedo ayudarle si
usted desea que se le ayude.
—¿Cuánto va a costar esto?
—Se llevará a cabo una encuesta sobre sus ingresos. Se le hará
pagar de acuerdo con su capacidad para el pago.
Era característico del sistema Recmor aquella vieja frugalidad
protestante. Nada debía perderse. Un duro regateo debía llevarse siempre a
cabo.
La Iglesia Holandesa Reformada, viva incluso en medio de
aquellos turbados tiempos heréticos... el poder de aquella revolución férrea
que había aplastado a la Era de la Disipación, puso fin al pecado y a la
corrupción y, con ello, al ocio y a la paz de espíritu, la facultad
sencillamente de sentarse y tomar las cosas con calma. ¿Cómo habría sido
aquello?, se preguntaba. En los días en que la ociosidad estaba permitida. La
edad de oro en cierto sentido, pero una curiosa mezcla también, una extraña
fusión de la libertad del Renacimiento con las rigideces de la Reforma. Ambas
cosas habían estado presentes; los dos elementos luchando en cada individuo. Y,
por fin, la victoria definitiva para los predicadores holandeses del fuego del
infierno...
El señor Coates dijo:
—Veamos algunas de esas drogas que ustedes usan. Y esos
artefactos ingeniosos de alta y baja frecuencia.
—A su debido tiempo.
—¡Cielo Santo, tengo que contestarle a la señora Frost el
sábado!
Malparto dijo:
—Seamos realistas. Ningún cambio fundamental puede obtenerse en
cuarenta y ocho horas. Desechamos los milagros hace ya varios siglos. Este va a
ser un proceso largo y difícil con muchos tropiezos.
El señor Coates se agitó nerviosamente.
—Me dice usted que lo más importante ha sido lo de la
mancillación —dijo Malparto—. Así pues, empecemos por ahí. ¿Qué estaba usted
haciendo antes de entrar en el Parque?
—Visité a una pareja de amigos.
Malparto captó algo en la voz de su paciente, y dijo:
—¿Dónde? ¿Aquí, en Novísima York?
—En Hokkaido.
—¿Vive alguien allí?
Estaba asombrado.
—Unas cuantas personas. No viven mucho tiempo.
—¿Había estado usted allí antes?
—De vez en cuando. Consigo ideas para paquetes.
—¿Y antes de eso? ¿Qué estuvo usted haciendo?
—Trabajé en la Agencia la mayor parte del día. Luego me sentí
cansado.
—¿Fue usted directamente desde la Agencia hasta Hokkaido?
Su paciente empezó a inclinar la cabeza para asentir, pero
inmediatamente se detuvo, y una oscura y compleja expresión cruzó por su
rostro.
—No. Estuve paseando un rato. Se me había olvidado eso. Recuerdo
haber visitado... —Hizo una larga pausa—. Una comisaría. Para conseguir un poco
de cerveza. Pero, ¿para qué querría cerveza? La cerveza no me gusta casi nada.
—¿Ocurrió algo?
El señor Coates se le quedó mirando.
—No puedo acordarme.
Malparto tomó nota.
—Salí de la Agencia. Y, a continuación, se cierra un velo sobre
todo el maldito asunto. Por lo menos media hora queda totalmente borrada.
Poniéndose en pie, Malparto apretó una tecla en el
intercomunicador de su mesa.
—¿Quiere usted hacer el favor de decirles a dos enfermeros que
suban? Que no me molesten mientras yo no avise. Anule mi próxima cita. Cuando
llegue mi hermana, que pase a verme. Sí, déjela entrar. Gracias.
Soltó la tecla.
El señor Coates, agitado, preguntó:
—¿Qué viene ahora?
—Ahora tendrá usted lo que desea. —Abrió el armarito de los
pertrechos, y empezó a sacar el equipo adecuado—. Las drogas y los artefactos.
De esa manera podremos escarbar y descubrir qué sucedió desde el momento en que
usted salió de la Agencia y el momento en que llegó a Hokkaido.
IX
El silencio le tenía deprimido. Estaba solo en el edificio
Mogentlock, trabajando en el centro de una inmensa tumba. Afuera, el cielo
estaba anubarrado y cubierto. A las ocho y media, renunció.
A las ocho y media. No a las diez.
Cerró su mesa, abandonó la Agencia y salió a la oscura acera. No
se veía a nadie. Las callejuelas estaban desiertas; en las tardes dominicales
no había afluencia de usuarios del Metro. Veía solamente las formas de las
unidades de alojamiento-comisarías cerradas, el cielo hostil.
Su investigación histórica le había familiarizado con el
desaparecido fenómeno del anuncio de neón. Ahora le habría gustado que hubiese
algunos que rompieran la monotonía. El desordenado y centelleante abaniqueo de
anuncios comerciales, de noticias parpadeantes, había desaparecido. Echado a un
lado como un montón de postes de un circo deshecho: para ser machacados por la
Historia en la confección de libros de texto.
Delante de él, mientras caminaba sin ver a lo largo de la
calleja, divisó un puñado de luces. El apiñamiento le atrajo, y, por fin, se
halló en una estación receptora automática.
Las luces formaban un anillo hueco que se elevaba unas cuantas
docenas de metros. Dentro del círculo, una nave automática estaba descendiendo,
un ahusado cilindro abollado y corroído por su viaje. No había humanos a bordo,
y no los había en el planeta de origen. Ni el equipo de recepción tenía nada de
manual. Cuando los controles de robots hubiesen hecho aterrizar a la nave,
otras máquinas autoreguladas la descargarían, revisarían el cargamento,
trasladarían las cajas a la comisaría, y las almacenarían. Solamente el
empleado y el consumidor intervendrían como elemento humano.
En aquel momento, un pequeño grupo de superintendentes de acera
estaban reunidos en torno a la estación, siguiendo las operaciones. Como de
costumbre, la mayor parte de los curiosos eran muchachos que no llegaban a los
diecinueve años. Con las manos en los bolsillos, los muchachos miraban
embelesados. El tiempo pasaba y ninguno de ellos se movía. Ninguno de ellos
hablaba. Nadie llegaba. Y nadie se iba.
—¡Gran Dios! —dijo un muchacho por fin.
Era alto, con el cabello espeso y rojo, el cutis lleno de pecas.
—Una nave colosal.
—Sí —admitió Allen, alzando también la vista—. Me pregunto de
dónde vendrá —dijo torpemente.
Por lo que a él se refería, el proceso industrial era como el
movimiento de los planetas: funcionaba automáticamente, y eso era lo que debía
ser.
—Viene de Bellatrix 7 —declaró el muchacho, y dos de sus mudos
compañeros asintieron—. Productos de tungsteno. Llevan descargando globos de
luz todo el día. Bellatrix no es más que un sistema esclavista. Ninguno de
ellos es habitable.
—¡Un cuerno para Bellatrix! —dijo un compañero.
Allen se sintió desconcertado.
—¿Por qué?
—Porque no se puede vivir allí.
—Y eso, ¿qué importa?
Los muchachos le miraron con desprecio.
—Porque nosotros vamos a ir —graznó uno de ellos finalmente.
—¿Adónde?
El desprecio se trocó en disgusto; el grupo de muchachos se
apartó de él.
—Afuera. Adonde está abierto. Donde hay algo en marcha.
El muchacho pelirrojo le dijo:
—En Sirio 9 crecen nueces. Casi como las de aquí. No se nota
diferencia ninguna. Todo un planeta lleno de nogales. Y en Sirio 8 crecen
naranjas. Únicamente que las naranjas se murieron.
—Una plaga de microbios —dijo un compañero lúgubremente—.
Acabaron con todas las naranjas.
El muchacho pelirrojo dijo:
—Por mi parte, yo me iré a Orión. Allí se cría un cerdo que no
se distingue en nada del original. Le desafío a usted a que diga la diferencia;
le desafío.
—Pero eso está lejos del centro —dijo Allen—. Sed realistas; a
vuestras familias les ha costado decenios obtener un alquiler por aquí cerca.
—¡Mierda! —dijo uno de los muchachos amargamente, y luego se
disolvió el grupo, dejando que Allen tuviera que enfrentarse con un hecho
evidente.
Recmor no era natural. Como sistema de vida, tenía que ser
enseñado. Aquel era el hecho concreto, y la infelicidad de los muchachos estaba
allí para recordárselo.
La comisaría a la que correspondía la estación receptora
automática, estaba todavía abierta. Cruzó la entrada al mismo tiempo que se
llevaba la mano a la cartera.
—Desde luego —dijo al dependiente invisible cuando la tarjeta de
compra fue exhibida—. Pero sólo el tipo 3.2. ¿De verdad que quiere usted beber
eso? —El escaparate donde se desplegaban las botellas de cerveza resplandeció a
lo largo de la pared de artículos—. Está hecho de heno.
En cierta ocasión, hacía ya infinidad de años, había empujado en
la ranura de cerveza 3.2. y obtenido un quinto de whisky. Dios sabía de dónde
provendría. Quizás había sobrevivido a la guerra, había sido descubierto por
algún almacenero robot y colocado automáticamente en el único apartado oficial.
Nunca había vuelto a suceder aquello pero continuaba empujando aquella ranura
con la esperanza frívola y pueril de que volviera a suceder. Evidentemente era
una de esas locuras inexplicables, que ocurren incluso en la sociedad más
perfecta.
—Lo he pensado mejor —dijo, volviendo a colocar la botella
intacta en el mostrador—. He cambiado de idea.
—Ya se lo dije —advirtió el dependiente y devolvió la tarjeta de
compra de Allen.
Allen se quedó un momento con las manos vacías y la mente
barrida por el aburrimiento. Luego salió.
Un momento más tarde trepaba por la rampa que llevaba hasta el
pequeño despeñadero de tejado usado por la Agencia para los vuelos urgentes. El
serení aparcado allí, encerrado en su cobertizo.
—¿Y esto es todo? —preguntó Malparto.
Retiró el remolino de alambre y lentes que había estado enfocado
sobre su paciente.
—¿No sucedió nada más entre el momento en que usted salió de su
despacho y el momento en que empezó a dirigirse a Hokkaido?
—Nada más.
El señor Coates yacía tendido en la mesa, con los brazos pegados
a los costados. Por encima de él, los dos técnicos examinaban sus mediciones.
—¿Ese era el incidente que usted no podía recordar?
—Sí, los muchachos en la estación automática.
—¿Se sintió usted abatido?
—Así es —admitió el señor Coates.
Su voz carecía de emoción; bajo la capa de drogas, su
personalidad se había diluido.
—¿Por qué?
—Porque no era justo.
Malparto no vio allí nada de interés; el incidente no le
revelaba lo más íntimo. Había esperado un descubrimiento sensacional de
asesinato, cópula o excitación, o las tres cosas juntas.
—Continuemos —dijo a regañadientes—. Pasemos al episodio de
Hokkaido. —Luego se detuvo—. Pero, volviendo al incidente de los muchachos.
¿Usted opina de verdad que fue algo decisivo?
—Sí —dijo el señor Coates.
Malparto se encogió de hombros, y les hizo una señal a sus
técnicos para que volvieran a poner en movimiento el enrejado de trastos.
La oscuridad reinaba en torno. El serení se dejaba caer hacia la
isla que estaba abajo, guiándose a sí mismo, hablándose a sí mismo
mecánicamente. Allen había dejado caer la cabeza sobre el asiento y cerró los
ojos. El zumbido del descenso aflojó, y, a la señal de a bordo, parpadeó una
luz azul.
No había campo alguno en el que aterrizar; todo Hokkaido era un
campo. Tocó el botón de aterrizaje, y la navichuela fue costeando por sus
propios medios sobre la superficie de ceniza. Por fin, el haz del transmisor de
Sugermann fue interceptado y la navichuela cambió de rumbo. El haz fue
conduciéndola y la hizo descender. Con un débil chasquido y unos cuantos
resoplidos, la navichuela se detuvo por fin. Ahora, el único sonido era el
bordoneo de las baterías que volvían a cargarse.
Allen abrió la puerta y se apeó con cuidado. La ceniza se hundió
bajo sus pies; era lo mismo que posarse sobre musgo. Aquella ceniza era
compleja, una mezcla de compuestos orgánicos e inorgánicos. Una fusión de gente
y de sus pertenencias en una polvareda común de un negro grisáceo. Durante los
años de la posguerra, la ceniza había servido para hacer buen mortero.
A su derecha, se veía un resplandor insignificante. Caminó hacia
allá, y, por último, distinguió a Gates enarbolando una linterna.
—Recmor contigo —saludó Gates.
Era un hombrecillo huesudo y de ojos salientes, con cabellos
enmarañados y nariz corva como el pico de un guacamayo.
—¿Cómo van las cosas? —preguntó Allen cuando tropezó por fin con
la sombra gris a la puerta del refugio subterráneo.
Construido durante la guerra, el refugio estaba todavía intacto.
Gates y Sugermann lo habían reforzado y mejorado, Gates clavando puntillas y
Sugermann revisando.
—Estaba esperando a Sugie. Es ya casi el amanecer por esta
banda; se ha llevado fuera toda la noche comprando provisiones. —Gates soltó
una risita nerviosa que más parecía un gorjeo—. El comercio va viento en popa.
Estos días tenemos buena mano. Hay un montón de cosas que la gente necesita con
toda prisa, no te asombres.
Las escaleras les permitieron descender hasta la estancia
principal del refugio. Aquello era un jaleo de libros, muebles, estanterías
vacías, cajas y latas de comida, alfombras y un revoltillo de cosas. El
fonógrafo estaba tocando una versión de Chicago: «No puedo empezar». Gates lo
apagó, esbozando una mueca.
—Ponte cómodo. —Le alargo una caja de galletas y una rodaja de
queso—. No están contaminados, perfectamente innocuos. Mira, hemos estado
excavando debajo de estas cenizas, cada vez mas abajo. Gates y Sugermann,
arqueólogos a sueldo.
Restos del pasado. Toneladas de cosas, utilizables en parte,
totalmente deterioradas, objetos de valor incalculable, baratijas
indiscriminadas. Allen se sentó sobre una caja de cristalería. Vasos y copas y
jarros y cristal tallado.
—Ratas de alcantarilla —dijo examinando una copa cincelada
concebida por algún artesano del siglo XX.
En la copa había un dibujo de un fauno y un cazador.
—No está mal.
—Te la vendo —propuso Gates—. Cinco pavos.
—Demasiado.
—Tres pavos, entonces. Tenemos que desprendernos de estos
tiestos. Casi regalado ganga segura. —Gates soltó una risita feliz—. ¿Qué
quieres? ¿Una botella de chablis Beringer? Mil dólares. ¿Un ejemplar del
Decameron? Dos mil dólares ¿Una parrilla eléctrica? —Se puso a hacer cálculos—.
Depende de si la quieres para emparedados. Entonces cuesta más.
—No necesito nada —murmuró Allen.
Ante él había una pila inmensa de retorcidos periódicos,
revistas y libros, atados con una cuerda parda. Saturday Evening Post se leía
en la parte de arriba de uno de los paquetes.
—Seis años del Post —dijo Gates—. De 1947 a 1952. Casi nuevos.
Digamos quince billetes. —Se puso a rebuscar en un cajón que estaba junto a los
Posts, desempaquetando y revolviendo violentamente—. Aquí hay un género
estupendo. Yale Review. Una de esas «pequeñas» revistas. Magníficos trabajos
sobre Truman Capote, James Joyce. —Sus ojos chispearon astutamente—. Sexo en
abundancia.
Allen examinó un libro descolorido, arqueado por el agua. Tenía
una encuadernación barata. Una pasta saliente con páginas manchadas.
LA VIRGEN INFATIGABLE
JACK WOODSBY
Abriendo al azar, tropezó con un párrafo absorbente.
«Sus pechos eran como dos conos de mármol blanco emergiendo
dentro de la tienda que formaba su delgado vestido de seda. Cuando él la atrajo
hacia sí, pudo sentir la ardiente y dolorosa necesidad de aquel cuerpo
maravilloso. Los ojos de ella estaban medio cerrados mientras se quejaba
tenuemente. «Por favor», jadeó ella, tratando débilmente de rechazarle. Su
vestido se le cayó completamente de un costado, revelando la pulsátil plenitud
de su carne firme y turgente...»
—¡Pobre mujer! —dijo Allen.
—Es un libro hermosísimo —observó Gates leyendo por encima del
hombro del otro—. Pero hay muchísimos más. Mira. —Extrajo otro y se lo alargó a
Allen—. Lee.
YO EL ASESINO
El nombre del autor estaba borrado por el tiempo y la ruina.
Abriendo el carcomido volumen, Allen leyó:
«...Una vez más, volví a disparar contra ella, apuntándole a los
riñones. Saltaron piltrafas y sangre, empapando su falda desgarrada. Bajo mis
zapatos, el suelo estaba resbaloso por sus vísceras. Por casualidad, uno de sus
pechos se puso bajo mis tacones, pero, ¡qué diablos!, ella ya estaba muerta...»
Agachándose, Allen recogió un libro gordo enmohecido,
encuadernado en gris, y lo abrió:
«...Stephen Dedalus miraba como a través de la enmarañada
ventana, los dedos de lapidario probaban una cadena sombreada de tiempo
arañando el polvo, la cortina y los rayos de un polvo oscurecido con los dedos
trémulos de uñas buitrescas...»
—Éste es un libro fuerte —dijo Gates, mirando por encima del
hombro—. Sigue, hojéalo. El final, sobre todo.
—¿Por qué está éste aquí? —preguntó Allen.
Gates juntó las manos y se retorció.
—¡Hombre, ese es único! Es el más sabroso de todos. ¿Sabes
cuánto me han dado por un ejemplar de esos? ¡Diez mil dólares!
Trató de recoger el libro, pero Allen se resistió.
«...El polvo dormía sobre féretros lúgubres de bronce y de
plata, losanges de cinabrio sobre rubíes, piedras leprosas color de vino
oscuro...»
Allen cerró el libro.
—Esto no está mal.
Le producía un sentimiento extraño, volvió a abrir el volumen y
releyó el pasaje cuidadosamente.
Se oyeron unos roces en la escalera y Sugermann entró.
—¿Qué es lo que no está mal? —Vio el libro y asintió—. James
Joyce. Excelente escritor. Ulises nos está dando a ganar un montón de dinero
estos días. Mucho más de lo que pudiera haber conseguido el propio Joyce.
—Soltó su carga—. Tom, hay toda una carga en la superficie. No dejes que se me
vaya a olvidar. Podremos bajarla más tarde.
El hombre corpulento, carirredondo con un comienzo de barba
azulenca, empezó a despojarse de su chaleco de lana.
Examinando el ejemplar de Ulises, Allen preguntó:
—¿Por qué está este libro con los demás? Es completamente
diferente.
—Tiene las mismas palabras —dijo Sugermann.
Encendió un cigarrillo y lo soltó en un complicado cenicero con
incrustaciones de marfil.
—¿Cómo te va ahora, Purcell? ¿Qué tal la Agencia?
—Bien —dijo él.
El libro le seguía preocupando.
—Pero este...
—Este libro sigue siendo pornografía —dijo Sugermann—. Joyce,
Hemingway. Gentuza degenerada. El primer Comité libresco del Comandante incluyó
a Ulises en la lista nefanda en 1988. Mira aquí.
Laboriosamente, recogió un puñado de libros: primero uno y
después otro, y los fue echando en el regazo de Allen.
—Y hay muchísimos más. Novelas del siglo XX. Todas desaparecidas
ahora. Proscritas. Quemadas. Destruidas.
—Pero, ¿Cuál era el propósito de estos libros? ¿Por qué están
arrumbados con la basura? ¿Antes no lo estarían, verdad?
Sugermann se sentía divertido y Gates cacareaba y se daba
palmaditas en las rodillas.
—¿Qué clase de Recmor enseñaban? —preguntó Allen.
—No enseñaban ninguna —dijo Sugermann—. Estas determinadas
novelas incluso enseñaban anti Recmor.
—¿Vosotros habéis leído esto?
Allen alzaba el volumen de Ulises. Su interés y su perplejidad
aumentaban.
—¿Para qué? ¿Qué habéis encontrado?
Sugermann reflexionó.
—Estos, en comparación con los otros, son libros verdaderos.
—¿Qué quiere decir eso?
—Es difícil de explicar. Tienen un no sé qué. —Una sonrisa se
expendió por el rostro de Sugermann—. Yo soy un ratón de biblioteca, Purcell.
Te diría que estos libros son literatura. No me preguntes más.
—Estos tipos —explicó Gates, respirando en la cara de Allen—
escribían en la forma que podía hacerse en la Era de la Disipación. —Martilleó
un libro con el puño—. Eso lo dice todo. Todo está aquí.
—Pero estos libros deberían conservarse —dijo Allen—. No se les
debería echar a la basura. Los necesitamos como documentos históricos.
—Desde luego —dijo Sugermann—. Así sabríamos cómo era la vida
entonces.
—Son valiosos.
—Muy valiosos.
Irritadamente, Allen exclamó:
—¡Dicen la verdad!
Sugermann prorrumpió en una carcajada. Se saco un pañuelo del
bolsillo y se secó los ojos.
—Así es, Purcell. Dicen la verdad, la única y absoluta verdad.
—De pronto dejó de reír—. Tom, dale el libro de Joyce. Como un regalo que le
hacemos tú y yo.
Gates estaba aterrado.
—¡Pero Ulises vale más de diez billetes de los grandes!
—¡Dáselo! —Sugermann se hundió en un estupor gruñón y acre—.
Debe tenerlo.
Allen dijo:
—No puedo aceptarlo; vale demasiado.
Se dio cuenta de que no podía pagar su precio. No tenía diez mil
dólares. Y el caso era que también se daba cuenta de que necesitaba el libro.
Sugermann se le quedó mirando un rato largo, desconcertadamente.
—Recmor —murmuró por fin—. Nada de dar regalos. Está bien,
Allen. Lo siento. —Se levantó y entró en la habitación contigua—. ¿Qué os
parece un vaso de jerez?
—Y que es una clase estupenda —dijo Gates—. De España.
Auténtico.
Volviendo a aparecer con la botella medio vacía, Sugermann
encontró tres vasos y los llenó.
—Bebamos, Purcell. Por la bondad, la verdad, y... —reflexionó—.
La moralidad.
Bebieron.
Malparto tomó unas notas finales y luego les hizo una señal a
sus técnicos. Las luces del despacho volvieron a encenderse cuando el armatoste
fue retirado sobre sus ruedas.
Sobre la mesa, el paciente parpadeó, se agitó y se movió
débilmente.
—¿Y luego regresó usted? —preguntó Malparto.
—Sí —repuso el señor Coates—. Bebí tres vasos de jerez y luego
volé de vuelta a Novísima York.
—¿Y no sucedió nada más?
El señor Coates se sentó haciendo un esfuerzo.
—Volví, aparqué el serení, cogí las herramientas y una lata de
pintura roja, y mancillé la estatua. Dejé la lata vacía sobre un banco y me
vine andando a casa.
La primera sesión había terminado y Malparto no había
descubierto absolutamente nada. Nada le había sucedido a su paciente ni antes
de llegar a Hokkaido ni una vez allí: se había encontrado con algunos
muchachos, había tratado de comprar una botella de whisky, había visto un
libro. Eso era todo. No tenía sentido.
—¿Le han psicoanalizado alguna vez? —preguntó Malparto.
—No. —El paciente se removió con dolor—. Esas drogas que usted
me ha dado me atacan la cabeza.
—Hay unas cuantas pruebas rutinarias que quisiera hacerle. Quizá
la próxima vez; hoy es un poco tarde.
Había decidido suprimir la terapéutica del recuerdo. No se
conseguía nada valioso sacando a la superficie incidentes pasados y
experiencias olvidadas. De ahora en adelante trabajaría con la mente del señor
Coates, no con el contenido de la misma.
—¿Ha descubierto algo? —preguntó el señor Coates, poniéndose en
pie rígidamente.
—Unas cuantas cosas. Quiero hacerle una pregunta. Siento
curiosidad por saber el efecto de esta burla. En su opinión...
—Me pondría en un aprieto.
—No me refiero a usted. Quiero decir a la Sociedad Recmor.
El señor Coates reflexionó.
—No creo que produzca efecto ninguno. Excepto que da algo que
hacer a la Policía. Y que los periódicos tienen algo que imprimir.
—¿Qué me dice de la gente que haya visto la estatua mancillada?
—No puede verla nadie; la han metido en una caja. —El señor
Coates se frotó la mandíbula—. La hermana de usted sí la vio. Y algunos
miembros de las Cohortes también la vieron; fueron enviados allí para montar
una guardia.
Malparto tomó nota de aquello.
—Su hermana me dijo que algunos de los miembros de las Cohortes
se echaron a reír. La estatua fue modificada de una manera rara; supongo que
usted ya estará enterado.
—Algo he oído —dijo Malparto.
Más tarde obtendría los hechos de Gretchen.
—Así es que se echaron a reír. Es interesante. ¿Por qué?
—Pues mire, las Cohortes son las tropas de asalto de la Sociedad
Recmor. Salen y se encargan de los trabajos sucios. Son los colmillos, los
vigilantes. Y por lo general no suelen reír.
El señor Coates se había detenido a la puerta del despacho.
—No veo la relación.
El doctor Malparto estaba pensando: precognición. La facultad de
ver el futuro por anticipado.
—Le espero a usted el lunes —dijo, sacando su libro de citas—. A
las nueve. ¿Le va bien?
El señor Coates dijo que le iba bien, y luego se encaminó
lúgubremente a su trabajo.
X
Cuando entró en su despacho de la Agencia, Doris apareció y le
dijo:
—Señor Purcell, ha ocurrido algo. Harry Priar quiere decírselo.
Priar, que era el que estaba al frente del Departamento de Arte
de la Agencia, era su recién nombrado ayudante, y ocupaba el puesto de Fred
Luddy.
Apareció Priar con aire sombrío.
—Se trata de Luddy.
—¿No se ha ido? —preguntó Allen, quitándose el abrigo.
Las drogas de Malparto todavía le causaban efecto; le dolía la
cabeza y se sentía de malhumor.
—Se ha ido —dijo Priar—. Se ha ido a Blake-Moffet. Esta mañana
recibimos un informe confidencial de TM, antes de que usted llegara.
Allen soltó un gruñido.
—El sabe todo lo que tenemos en las cintas —continuó Priar—.
Todos los nuevos paquetes, todas las ideas valiosas. Eso significa que
Blake-Moffet las tiene ahora.
—Haga un inventario —dijo Allen—. Vea lo que se haya llevado.
—Se sentó cansadamente a la mesa—. Infórmeme tan pronto como haya acabado.
Todo un día se consumió en la tarea del inventario. A las cinco,
el informe estaba sobre su mesa.
—Desde luego nos ha despojado bien —dijo Priar moviendo
admirativamente la cabeza—. Debe de haber empleado horas enteras en eso.
Naturalmente, podríamos inmovilizar el material. Procurar recogerlo por mandato
judicial.
—Blake-Moffet es capaz de luchar años enteros —dijo Allen,
jugueteando con la larga tira amarilla—. Cuando consiguiéramos recobrar los
paquetes, estarían ya anticuados. Tendremos que pensar en otros nuevos. Unos
mejores.
—Eso es muy arduo —dijo Priar—. Nunca ha pasado nada semejante.
Otras veces, Blake-Moffet ha hecho actos de piratería; hemos perdido material;
nos han robado ideas. Pero nunca ningún alto cargo se ha marchado llevándose el
santo y las limosnas.
—Hasta ahora nunca habíamos despedido a nadie —le recordó Allen,
pensando lo mal que a Luddy debía de haberle sentado el despido—. Pueden
hacernos verdadero daño. Con Luddy allí, probablemente nos lo harán. Nos
pisarán las mejores ideas. Nunca nos hemos visto en situación parecida.
Interviene aquí el elemento personal. Va a ser una lucha a muerte.
Después de que Priar se hubo marchado, Allen se levantó y dio
una vuelta por el despacho. Al día siguiente era viernes, su último día para
decidir acerca de la aceptación del cargo de Director de TM. El problema de la
estatua seguiría estando con él el resto de la semana; como Malparto decía, la
terapéutica podría prolongarse indefinidamente.
O bien entraba en la TM como estaba ahora o rechazaba el puesto.
El sábado seguiría siendo la misma personalidad incomprensible, con los mismos
fallos en su centro más profundo.
Era deprimente pensar en la poca ayuda práctica que le había
proporcionado el Balneario de la Salud. El doctor Malparto estaba en las nubes,
pensando en plazos interminables para la confección de análisis y la medida de
reacciones. Y mientras tanto la situación práctica urgía. Tenia que decidirse,
y eso sin la ayuda de Malparto. En realidad, sin la ayuda de nadie. Volvía a
estar donde se hallaba antes de que Gretchen le diera el papelito doblado.
Acercándose al teléfono, llamó a su casa.
—Diga —contestó la voz de Janet, temblorosa de miedo.
—Aquí la Liga Mortuoris —dijo Allen—. Es mi deber informarle que
su marido fue sorbido por la correa de una nave automática y no se ha vuelto a
oír hablar de él. —Examinó su reloj—. Ha sido precisamente a las cinco y
quince.
Un terrible silencio ahogado. Y luego Janet dijo:
—Pero eso es ahora.
—Si escucha usted —dijo Allen—, podrá oírle respirar. Él todavía
no se ha ido, pero está a punto de caerse.
Janet exclamó:
—¡Monstruo inhumano!
—Lo que quiero saber —dijo Allen— es qué vamos a hacer esta
tarde.
—Yo voy a llevar a los niños de Lena al Museo de Historia
Natural. —Lena era la hermana casada de su esposa—. ¿Tú no vas a hacer nada?
—Te acompañaré —decidió él—. Quiero discutir contigo una cosa.
—¿Qué cosa? —preguntó ella instantáneamente.
—Lo mismo de siempre. —El Museo de Historia Natural podría ser
un sitio tan bueno como otro cualquiera; tanta gente pasaba por allí, que
ningún juvenil estaría espiándolos—. Estaré en casa a eso de las seis. ¿Qué hay
para cenar?
—¿Qué te parece un buen bistec?
—Estupendo —dijo él, y colgó.
Después de cenar, fueron a casa de Lena y recogieron a los dos
críos. Ned tenía ocho años; Pat siete, y corrieron excitados por la calleja
crepuscular y por los escalones del Museo. Allen y su esposa iban más despacio,
cogidos de la mano, hablando poco. Por lo menos aquella vez hacía una tarde
agradable. El cielo estaba cubierto pero suave, y mucha gente había salido para
disfrutar con las pocas cosas que tenía a su disposición.
—Museos —dijo Allen—. Y exposiciones de arte. Y conciertos. Y
conferencias. Y discusiones sobre asuntos públicos. —Se acordó del fonógrafo de
Gates tocando «No puedo empezar», el gusto del jerez, y, por encima de todo, el
desorden del siglo XX que se había concentrado en el ejemplar de Ulises
abarquillado por el agua—. Y siempre hay juegos de manos.
Colgándose de él melancólicamente, Janet dijo:
—Algunas veces me gustaría volver a ser niña otra vez. Míralos.
Las criaturas habían desaparecido dentro del Museo. Para ellos
las exhibiciones resultaban todavía interesantes; no se habían cansado de los
cuadros intrincados.
—Algún día —dijo Allen— me gustaría llevarte a un sitio en que
pudieras descansar.
Se preguntaba dónde podría ser eso. Desde luego, en ningún sitio
del plan Recmor. Quizás en algún remoto planeta colonia, cuando ellos
envejecieran y fueran descartados.
—Otra vez tus días infantiles. Cuando te podías quitar los
zapatos y encoger los dedos de los pies.
Como él la había conocido por vez primera: una niña tímida,
delgada, muy bonita, viviendo con su familia sin piso en un bucólico Betelgeuse
4.
—¿No podríamos hacer un viaje? —preguntó Janet—. A cualquier
parte, de ser posible a un sitio donde hubiera campo abierto y arroyos y... —Se
interrumpió—. Y hierba.
El orgullo del Museo era su exposición del siglo XX. A duras
penas se había reconstruido toda una casa estucada de blanco, con acera y
césped, garaje y un Ford aparcado. La casa estaba con el mobiliario completo,
maniquíes robots, comida caliente a la mesa, agua de olor en la bañera de
losetas. La casa andaba, hablaba, cantaba y resplandecía. La exhibición se
movía de forma tal, que dejaba visible cualquier parte del interior. Los
visitantes hacían cola en el carril circular y miraban cómo iba girando la Vida
en la Era de la Disipación.
Sobre la casa había un letrero iluminado:
COMO ELLOS VIVIAN
—¿Puedo apretar el botón? —preguntó Ned, corriendo hacia Allen—.
Déjame que lo apriete; nadie lo ha apretado. Es tiempo de apretarlo.
—Seguro —dijo Allen—. Adelántate. Antes de que alguien te coja
la vez.
Ned se alejó corriendo, se dirigió a la barandilla donde Pat le
estaba aguardando, y apretó el botón. Los espectadores miraban benignamente la
casa y el mobiliario suntuoso, sabiendo lo que iba a pasar ahora. Durante un
rato, por lo menos, podían ver los últimos minutos de la casa. Vivían en la
opulencia: los montones de latas de conserva, la gran nevera y la estufa y el
fregadero y la lavadora y la secadora, el coche que parecía hecho de diamantes
y esmeraldas.
Sobre la exhibición parpadeaba el letrero. Se enroscaba una
repulsiva nube de humo, oscureciendo la casa. Se enturbiaban sus luces, se
volvían de un rojo sombrío, y se apagaban luego. El edificio temblaba, y, ante
las miradas de los espectadores, se desencadenaba un terremoto, el perezoso
temblor de un viento subterráneo.
Cuando el humo desaparecía, la casa se había desvanecido. Todo
lo que quedaba de la exhibición era un revoltijo de huesos rotos. Se
estremecían unos cuantos postes de acero, y ladrillos y trozos de estuco yacían
esparcidos por todas partes.
En las ruinas del sótano, los maniquíes supervivientes se
acurrucaban junto a sus pobres pertenencias: un depósito de agua incontaminada,
un perro al que estaban descuartizando, un aparato de radio, medicinas. Sólo
tres maniquíes habían sobrevivido, y tenían un aspecto siniestro y enfermizo.
Sus ropas estaban hechas jirones y tenían la piel llagada por quemaduras
causadas por la radiación.
Sobre aquel hemisferio de la muestra, el letrero ponía su
conclusión:
Y COMO MURIERON
—¡Huy! —exclamó Ned, volviendo—. ¿Cómo consiguen hacer eso?
—Es muy sencillo —dijo Allen—. La casa no está realmente ahí
dentro, en ese escenario. Es una imagen proyectada desde arriba. Lo que hacen
es únicamente sustituir la imagen alterada. Cuando aprietas el botón se pone en
movimiento el ciclo.
—¿Puedo apretarlo otra vez? —suplicó Ned—. Por favor, quiero
apretarlo otra vez; quiero ver otra vez cómo estalla la casa.
Mientras seguían caminando, Allen le dijo a su esposa:
—Quería que estuvieses tranquila en la cena. ¿Lo has estado?
Ella se le agarró del brazo.
—Cuéntame.
—El torbellino está dando de sí. Y es un torbellino de malas
intenciones. Luddy se ha llevado todo lo que ha podido arrebatar y se lo ha
entregado a Blake-Moffet. Es probable que, con ese botín, lo hayan hecho
vicepresidente.
—¡Oh! —asintió ella abatida.
—En cierto modo, estamos arruinados. No disponemos de ninguna
reserva; todo lo que teníamos era un montón de nuevas ideas interesantes. Y
Luddy se las ha llevado, dejándonos sin nada para por lo menos un año. Esto es
lo que nos espera. Pero ese no es todo el problema. Como funcionario de
Blake-Moffet, ahora puede echarme en seguida la zancadilla. Y lo hará. La
situación es esta: expulsé a Luddy por impostor. Y esto no tiene ninguna
gracia.
—¿Qué vas a hacer ahora?
—Naturalmente, defenderme. Luddy era un buen trabajador,
competente, con un sentido claro de la organización. Pero no tenía nada de
original. Podía recoger la idea de cualquier otro, mi idea, y ordeñarla hasta
el máximo. Solía construir paquetes enteros con el germen más pequeño. Pero yo
le gano en espíritu creador. Por eso puedo entendérmelas todavía con
Blake-Moffet, suponiendo que me dejen estar en el cuadrilátero un año más.
—Parece como si lo tomaras a broma.
—¿Por qué no? —Se encogió de hombros—. Lo único que ha sucedido
es que la situación se ha agravado. Blake-Moffet ha sido siempre la piedra
inerte que quisiera arrastrarnos a la tumba. Cada vez que ellos proyectan un
buen paquete, soplan todas las trompetas contra nosotros. Tenemos que alzarnos
del mismo polvo antes de empezar a movernos. —Señaló—. Como esa casa.
La opulenta casa siglo XX, con su Ford y su lavadora Bendix,
había reaparecido. El ciclo había vuelto a su origen.
—«Cómo ellos vivían y cómo murieron» —citó Allen—. Lo mismo
podría decirse de nosotros. Estamos viviendo ahora, pero eso no significa nada.
—¿Qué pasó en el Balneario?
—Nada. Vi al analista, recordé, me levanté y salí. Tengo que
volver el lunes.
—¿Pueden ayudarte?
—Desde luego, con tal que se les dé tiempo.
Janet preguntó:
—¿Qué vas a hacer ahora?
—Aceptar el cargo. Iré a trabajar como Director de Telemedia.
—Ya veo. —Luego ella preguntó—: ¿Por qué?
—Por varias razones. Primero, porque puedo hacer un buen
trabajo.
—¿Qué hay de la estatua?
—Lo de la estatua no está resuelto. Algún día descubriré por qué
hice aquello, pero no el sábado por la mañana. Mientras tanto, tengo que vivir.
Y tomar decisiones. A propósito... el sueldo es poco más o menos lo que estoy
sacando ahora.
—Si estás en TM, ¿te podrá hacer Luddy más daño?
—Puede hacer más daño a la Agencia porque yo no estaré.
—Reflexionó—. Quizá me decida a disolverla. Ya veré lo que hago; depende de
cómo me vaya en TM. Al cabo de seis meses puede que me interese volver.
—Pero, ¿y tú personalmente?
El dijo con sinceridad:
—A mí puede hacerme mucho más daño. Seré una bonita pieza para
cualquiera. Mira lo que le ha pasado a Mavis. Cuatro gigantes en el
cuadrilátero, y todos ellos tratando de meterse en TM. Y yo tendré a un gigante
con un mosquito que lo azuza.
—Supongo —dijo Janet— que esa es otra de las diversas razones.
Quieres vértelas con Luddy cara a cara.
—Me gustaría encontrármelo, sí. Y no me importaría lanzarme
contra Blake-Moffet desde ese puesto. Están moribundos, calcificados. Como
Director de Telemedia, haré todo lo posible por ponerlos fuera de combate.
—Probablemente ellos cuentan con eso.
—Claro está que cuentan. Uno de sus paquetes sobra para un año;
ya se lo dije así a la señora Frost. Como competidor de Blake-Moffet, puedo ir
corriendo a la par de ellos durante años revolcándolos alguna que otra vez,
siendo yo revolcado cuando me toque. Pero como Director de TM, tendremos una
agarrada grandiosa. Una vez allí, no habrá más remedio.
Janet estudió un muestrario de flores extinguidas: amapolas y
lirios y gladiolos y rosas.
—¿Vas a ir a decírselo a la señora Frost?
—Iré mañana a su despacho. Probablemente me estará aguardando...
es el último día de plazo. Al parecer está de acuerdo conmigo en lo que se
refiere a Blake-Moffet; esto le agradará. Pero esa es otra de las cosas que
sólo el tiempo podrá decir.
A la mañana siguiente alquiló un pequeño Cacharro en casa de un
tratante y condujo desde su grupo casero al edificio del Comité.
Myron Mavis, pensó, renunciaría a su apartamento que estaba a
pequeña distancia del edificio. El protocolo requería que los funcionarios
tuvieran su vivienda cerca de sus oficinas; a la semana siguiente, poco más o
menos, empezaría ya a solicitar el piso de Mavis. Como Director de TM
necesitaría vivir en su papel. Había poca libertad, y estaba ya resignado a las
rigideces. Era el precio que había que pagar por los servicios públicos en
escalones elevados.
Tan pronto como entró en el edificio del Comité, la secretaria
principal le hizo pasar. No tuvo que hacer antesala, y, antes de que
transcurrieran cinco minutos, era introducido en el despacho particular de la
señora Frost.
Ella se levantó graciosamente.
—Señor Purcell. Qué agradable.
—Tiene usted muy buen aspecto. —Se estrecharon las manos—. ¿Es
buena hora ésta para hablar con usted?
—Magnífica —dijo la señora Frost, sonriendo.
Hoy llevaba puesto un traje marrón de un tejido rasposo que él
desconocía.
—Siéntese.
—Gracias. —Se sentó frente a ella—. No veo que tenga objeto
esperar hasta el último momento.
—¿Se ha decidido usted?
Allen dijo:
—Acepto el cargo. Y le ruego que me disculpe por haber aplazado
la cosa.
Moviendo una mano, la señora Frost rechazó su disculpa.
—Usted tenía que disponer de su tiempo. —Y luego su rostro se
iluminó con un cambiante y cálido destello de placer—. Me alegro muchísimo.
Conmovido, él respondió:
—También yo me alegro.
Y lo decía sinceramente.
—¿Cuándo estará usted dispuesto a empezar? —Ella sonreía y
levantaba las manos—. Fíjese; estoy tan nerviosa como usted.
—Me gustaría empezar lo antes posible. —Consultó consigo mismo;
necesitaría por lo menos una semana para arreglar los asuntos en la Agencia—.
¿Qué le parece dentro de una semana a partir del lunes?
Para ella fue un desengaño, pero lo disimuló.
—Sí, es natural que disponga usted de ese tiempo para la
transferencia. Y... quizá pudiéramos reunirnos socialmente. Para cenar alguna
noche. Y para juegos de manos. Yo soy un diablillo y juego siempre que se
presenta la menor oportunidad. Me gustaría muchísimo conocer a su esposa.
—¡Estupendo! —dijo Allen compartiendo el entusiasmo de ella—. Ya
arreglaremos eso.
XI
La pesadilla, grande y gris, colgando como los pingajos de una
tela de araña, se reunía en torno a él y le ceñía ávidamente. Gritó, pero en
vez de sonidos sólo exhaló estrellas. Las estrellas se alzaron hasta alcanzar
la panoplia de la tela, y se apiñaron y se extinguieron.
Volvió a gritar, y aquella vez la fuerza de su voz le hizo rodar
colina abajo. Tropezando con vides goteantes, terminó por pararse en una zanja
fangosa, un surco medio lleno de agua. El agua, salobre, se le pegaba a la
nariz, asfixiándole. Jadeaba, forcejeaba, se arrastraba entre las raíces.
Yacía en una jungla húmeda de cosas que iban creciendo. Los
tallos humeantes de las plantas se apretaban y luchaban en busca del agua.
Bebían ruidosamente, crecían y se expandían, estallando con una desperdigada
explosión de partículas. A su alrededor, la selva se iba cambiando a lo largo
de siglos de vida. La luz de la luna, constreñida entre hojas hinchadas,
rezumaba viscosa y amarilla, alrededor de él, tan espesa como el jarabe.
Y en mitad de la reptante pulpa vegetal, había una estructura
artificial.
Luchaba por acercarse a ella y llegó. La estructura era plana,
delgada, de una dureza quebradiza. Era opaca. Estaba hecha de planchas.
La alegría le sumergió cuando tocó el costado del edificio.
Gritó, y esta vez el sonido llevó su cuerpo hacia arriba. Flotaba, derivaba.
Planeaba sobre la superficie del bosque. Sus uñas se afianzaron y las astillas
se le clavaron en la carne. Como una rueda de metal, fue aserrando el bosque,
alejándolo en secreto, borrándolo y cegándolo. El bosque se rompía
ruidosamente, resonando en el silencio del sueño.
Más allá, el bosque era piedra.
Mirando la piedra sintió miedo. La piedra había resistido; no
había sido ni alejada ni destruida. La piedra destelló como si él la recordase.
No había ocurrido ningún cambio, y aquello era muy bueno. Sintió que la emoción
se apoderaba de él.
Se estiró, y, braceando, arrancó de la piedra una parte redonda.
Se encorvó y se alejó a toda prisa, lanzándose de cabeza en mitad del calor
cenagoso de la pulpa de plantas.
Durante un rato yació tendido, jadeando, apretado el rostro
contra la arcilla. Una vez pasó un insecto por su mejilla. A lo lejos, algo se
agitaba quejumbrosamente. Por último, con gran esfuerzo, se levantó y empezó a
buscar. La piedra redonda estaba medio enterrada en el cieno, al filo del agua.
Encontró la rueda de metal y cortó a tientas las raíces. Luego, enderezando las
rodillas, levantó la piedra y la transportó lejos, atravesando una colina
herbosa tan amplia, que se desvanecía en la infinitud.
Al extremo de la colina arrojó la piedra con un chasquido dentro
de un pequeño Cacharro aparcado. Nadie le vio. Era ya casi el alba. El cielo,
rayado de amarillos, se quedaría pronto seco, se convertiría pronto en un gris
nebuloso a través del cual el sol podría golpear.
Subió al asiento delantero, abrió la presión del vapor y condujo
cuidadosamente por la calleja.
La calleja se extendía delante de él, a medias velada, a medias
luminosa. A ambos lados, los bloques caseros eran revueltos terrones de carbón,
substancias orgánicas extrañamente endurecidas. Ninguna luz se mostraba dentro
de ellos y nada se movía.
Cuando llegó a su propio bloque de viviendas aparcó el coche,
sin hacer ningún ruido, y empezó a subir la piedra hasta la rampa trasera. Le
costó muchísimo tiempo, y estaba temblando y sudaba cuando llegó a su piso. Y
todavía no le había visto nadie. Cerró la puerta y tiró la piedra adentro.
Desgonzado por el alivio, se dejó caer al filo de la cama. Se
acabó: ya lo había hecho. En su propia cama, su mujer se agitaba
frenéticamente, suspiraba, se volvía boca abajo. Janet no se despertó, nadie se
despertó. La ciudad, la sociedad, dormían.
Se quitó las ropas y trepó al lecho. Se quedó dormido casi
inmediatamente, su cuerpo y su espíritu libres de toda tensión y de todo
cuidado.
Sin sueños, como una ameba, él también se durmió.
XII
La luz del sol se derramaba por el dormitorio, agradable y
cálida. Junto a Allen, en la cama, estaba su mujer, también cálida y agradable.
El sentía en su rostro el cabello de su esposa y se volvió para besarla.
—¡Uff! —murmuró Janet, parpadeando.
—Es ya de día. Hora de levantarse.
Pero él, por su parte, seguía quieto. Se sentía perezoso. La
satisfacción le inundaba; en lugar de levantarse, pasó un brazo alrededor de
Janet y la apretó contra sí.
—¿Se ha fundido el resorte? —preguntó ella con voz soñolienta.
—Es sábado. Hoy somos nosotros los que estamos encargados.
—Acariciando el hombro de Janet, dijo—: La plenitud pulsátil de la carne firme.
—Gracias —murmuró ella, bostezando y desperezándose.
Luego se puso seria.
—Allen, ¿estuviste enfermo anoche? —Sentándose realmente,
explicó—: A eso de las tres te bajaste de la cama y fuiste al cuarto de baño.
Estuviste fuera muchísimo tiempo.
—¿Cuánto tiempo?
Él no se acordaba de nada.
—Me quedé dormida. Así es que no puedo decírtelo con seguridad.
Pero muchísimo tiempo.
Como quiera que fuese, él se sentía ahora la mar de bien.
—Estás pensando en la semana pasada. Lo confundes todo.
—No, ha sido esta noche. Al principio de la madrugada.
—Completamente despierta, se bajó de la cama y se quedó en pie—. No habrás
salido, ¿verdad?
Él se puso a pensar sobre aquello. En su mente había una
fantasmagoría vaga, una confusión de sucesos de pesadilla. El sabor de un agua
fangosa, la presencia húmeda de plantas.
—Estuve en un distante planeta selvático —decidió—. Con tórridas
sacerdotisas de la jungla cuyos pechos eran dos conos de mármol blanco. —Trató
de recordar cómo era el pasaje que había leído—. Empinándose dentro de la
vaporosa cubierta de sus vestidos. Avanzando, sufriendo en ardiente necesidad.
Exasperada, le cogió por el brazo y tiró de él.
—Despierta ya. Estoy avergonzada de ti. Eres un... adolescente.
Allen se puso derecho y empezó a buscar su toalla. Notó que
tenía los brazos rígidos. Flexionó y aflojó los músculos, se frotó las muñecas,
notó un arañón.
—¿Te has cortado? —preguntó Janet alarmada. Así era. Y, notó él,
el traje que por la noche había dejado en una percha estaba ahora tirado en el
suelo en una confusión caótica. Lo levantó y lo extendió sobre la cama. Luego
lo alisó. El traje estaba lleno de barro y una de las perneras tenía un gran
siete. Fuera, en el vestíbulo, empezaron a abrirse puertas y los inquilinos se
movieron para formar la cola para el cuarto de baño. Murmuraban voces
soñolientas—. ¿Voy yo primero? —preguntó Janet.
Todavía examinando su traje, él asintió.
—Ve tú primero.
—Gracias. —Ella abrió el ropero y se empinó para alcanzar una
prenda interior y un vestido—. Eres siempre tan amable al dejarme...
Se le estranguló la voz.
—¿Qué pasa?
—¡Allen!
El dio un salto hasta el ropero y la apartó a un lado.
En el suelo del ropero había una cabeza de termoplástico
bronceado. La cabeza miraba muy fija y noblemente a un punto lejano. La cabeza
era grande, mayor que de tamaño natural, una gran cabeza de gárgola holandesa
que descansaba entre pares de zapatos y la ropa para la colada. Era la cabeza
del comandante Streiter.
—¡Dios mío! —susurró Janet, llevándose las manos a la cara.
—¡Tómalo con calma! —él no la había oído nunca proferir
exclamaciones tan exaltadas, y eso venía a añadirse al toque final de amenaza y
colapso—. Asegúrate de que la puerta está cerrada.
—Lo está. —Ella volvió—. Eso forma parte de la estatua, ¿verdad?
—La voz se le iba haciendo estridente—. Anoche... saliste y la cogiste. Allí
era donde estabas.
La jungla no había sido un sueño. El había andado a trompicones
por el Parque desierto y oscuro, cayendo entre las flores y la hierba,
levantándose y avanzando hasta llegar a la encajonada estatua.
—¿Cómo te... la trajiste a casa? —preguntó ella.
—En el Cacharro.
El mismo Cacharro, irónicamente, que había alquilado para
visitar a Sue Frost.
—¿Que vamos a hacer? —dijo Janet monótonamente, con el rostro
desencajado, sumido por la calamidad—. Allen, ¿qué va a pasar?
—Tú vístete y vete a lavarte. —Empezó a quitarse el pijama—. Y
no hables con nadie. Ni una sola palabra.
A ella se le escapó un hipido ahogado, luego se volvió, cogió su
bata y su toalla y salió. Una vez solo, Allen escogió un traje no estropeado y
se vistió. En el momento en que se ponía la corbata recordó la secuencia de la
noche anterior casi intacta.
—Entonces esto va a continuar —dijo Janet a su regreso.
—Cierra la puerta.
—Todavía sigues haciéndolo.
Tenía la voz gruesa y contenida. En el cuarto de baño se había
tragado un montón de píldoras sedantes y contra la ansiedad.
—Todavía no se ha acabado.
—No —admitió él—. Al parecer, no.
—¿Qué viene a continuación?
—No me preguntes. Estoy tan confundido como tú.
—Tienes que librarte de eso. —Se le acercó acusadoramente—. No
puedes permitir que esa cosa esté rondando como si formara parte de un...
cadáver.
—Está a buen recaudo.
Era de presumir que nadie le había visto. O, como antes, ya
habría sido detenido.
—Y has aceptado ese empleo. Estás de esta forma, haciendo cosas
insensatas como ésta, y has aceptado ese cargo. No estabas borracho la noche pasada,
¿verdad?
—No.
—Así es que no es eso. ¿Qué es entonces?
—Pregúntaselo al doctor Malparto. —Se acercó al teléfono y
descolgó el auricular—. O quizá se lo pregunte yo. Si es que está allí.
Giró el disco.
—Balneario de la Salud Mental —contestó la voz amistosa y
burocrática.
—¿Está ahí el doctor Malparto? Aquí un paciente suyo.
—El doctor Malparto llegará a las ocho. ¿Debo decirle que le
llame a usted? ¿Quién llama por favor?
—Aquí el señor... Coates —dijo Allen—. Dígale al doctor Malparto
que me gustaría tener una consulta urgente. Dígale que estaré ahí a las ocho.
Esperaré hasta que pueda verle.
En su despacho del Balneario de la Salud Mental, el doctor
Malparto dijo con agitación:
—¿Qué supones que habrá sucedido?
—Hazle entrar y pregúntaselo a él mismo. —Gretchen estaba junto
a la ventana, tomándose una taza de café—. No le tengas más tiempo en el
recibidor; está moviéndose como una fiera. Los dos sois tan...
—No tengo aquí todos mis aparatos de análisis. Les he prestado
algunos al personal del Manicomio.
—Probablemente le habrá pegado fuego al edificio del Comité.
—No bromees.
—Puede que lo haya hecho. Pregúntaselo; tengo curiosidad.
—Aquella noche tropezaste con él junto a la estatua. —Miró a su
hermana hostilmente. ¿Sabías que era él quien había mancillado la estatua?
—Sabía que alguien había tenido que hacerlo. No, yo no sabía...
¿Cómo le llamas aquí? —Cogió el expediente y lo hojeó—. Ignoraba que era el
señor Coates el autor del ultraje. Fui porque me sentía interesada. Nada
parecido había ocurrido nunca.
—Un mundo cargante, ¿no es así? —Malparto fue por el pasillo
hasta el recibidor y abrió la puerta—. Señor Coates, ya puede usted entrar.
El señor Coates le siguió rápidamente. Tenía el rostro contraído
y pálido, y miraba al frente con rigidez.
—Me alegro de que pueda recibirme.
—Le dijo usted a la recepcionista que era una cosa urgente.
—Malparto le hizo entrar en su despacho—. Esta es mi hermana Gretchen. Pero
ustedes ya se conocen.
—¡Hola! —dijo Gretchen entre sorbo y sorbo de café—. ¿Qué ha
hecho usted esta vez?
Malparto vio cómo su paciente se encogía de miedo.
—Siéntese —dijo Malparto, indicándole una butaca.
El señor Coates se sentó obedientemente, y Malparto se acomodó a
su vez frente a él. Gretchen permaneció junto a la ventana con su taza de café.
Indudablemente pensaba quedarse.
—¿Café? —preguntó ella, fastidiando a Malparto—. Negro y
caliente. Café verdadero, además. De latas al vacío, un viejo almacén de
víveres del Ejército de los Estados Unidos. Tome. —Llenó una taza y se la pasó
al señor Coates, que la aceptó—. Casi la última.
—Muy bueno —murmuró el señor Coates.
—La verdad es que —dijo Malparto—, por regla general, no recibo
a estas horas de la mañana. Pero en vista de la urgencia con que...
—Robé la cabeza de la estatua —le interrumpió el señor Coates—.
Anoche, a eso de las tres de la madrugada.
Extraordinario, pensó Malparto.
—Me la llevé a casa, la escondí en el ropero. Esta mañana la
encontró Janet. Y entonces le llamé a usted.
—¿Tiene usted... —Malparto vaciló— algún plan sobre ese objeto?
—Ninguno que yo sepa.
Gretchen intervino:
—Me pregunto qué podrá valer ahora una cosa así en el mercado.
—Para poder ayudarle a usted —dijo Malparto, retirando con
irritación a su hermana—, tendría que reunir primero ciertos informes acerca de
su mente; debo saber cuáles son las potencialidades de la misma. Por tanto, voy
a pedirle a usted que se someta a una serie de pruebas cuyo propósito es
determinar sus diversas facultades psíquicas.
Su paciente aparecía dubitativo.
—¿Es necesario eso?
—La causa de su complejo puede estar fuera de la escala
ordinaria humana. Mi creencia personal es que usted contiene un elemento
psicológico único. —Disminuyó las luces del despacho—. ¿Está usted
familiarizado con la baraja ESP?
El señor Coates hizo un movimiento débil.
—Voy a examinar cinco cartas —dijo Malparto—. Usted no las verá
por el anverso, sino sólo por el reverso. Mientras yo las voy estudiando una
por una, quiero que usted me diga lo que cada una de ellas es. ¿Está usted
dispuesto a empezar?
El señor Coates hizo un movimiento aún más débil.
—Bueno. —Malparto sacó una carta estrella y se concentró—. ¿Ha
recibido usted alguna impresión?
El señor Coates dijo:
—Círculo.
Era un error, y Malparto pasó a la siguiente.
—¿Qué es ésta?
—Cuadrado.
La prueba telepática resultó un fracaso, y Malparto lo anotó así
en la ficha de comprobaciones.
—Ahora —declaró— vamos a ensayar una prueba diferente. Esto no
exige la lectura de mi pensamiento. —Barajó las cartas y puso cinco boca abajo
sobre la mesa—. Examínelas por el reverso y dígame por orden lo que es cada una
de ellas.
Su paciente adivinó una de las cinco.
—Dejaremos la baraja por un momento. —Malparto sacó el cubilete
de los dados y empezó a moverlo—. Observe estos dados. Se combinan al azar.
Quiero que usted se concentre en una combinación determinada: siete, o cinco,
lo que se le ocurra.
Su paciente se concentró en los dados durante quince minutos. Al
final de aquel tiempo, Malparto comparó los resultados con las tablas
estadísticas. No se podía observar ningún cambio significativo.
—Volvamos a las cartas —dijo Malparto recogiendo la baraja—.
Vamos a hacerle una prueba de precognición. En esta prueba, yo le preguntaré a
usted qué carta estoy a punto de elegir.
Extendió la baraja y aguardó.
—Círculo —dijo el señor Coates con indiferencia.
Malparto le alargó a su hermana la ficha de anotaciones, y él se
encargó de llevar adelante la prueba de precognición durante casi una hora. Al
final de ese tiempo, el paciente estaba malhumorado y exhausto, y los
resultados no eran concluyentes.
—«Las cartas no mienten» —citó Gretchen, devolviendo la ficha.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Quiero decir que pases a la prueba siguiente.
—Señor Coates —dijo Malparto—, ¿se siente usted capaz de
continuar?
Su paciente levantó la cabeza con aire turbio.
—¿Va a llevarnos esto algún sitio?
—Yo creo que sí. Está claro que usted no posee ninguno de los
talentos corrientes extrasensoriales. Mi sospecha es que usted es un
plusíquico. Su talento es de una naturaleza menos común.
—PES —dijo Gretchen mordazmente—. Percepción Extra Sensorial.
—Lo primero de esta serie —dijo Malparto, sin echar cuenta a su
hermana— se refiere a la proyección de la voluntad de usted en otro ser humano.
—Dejó al descubierto una pizarra y un trozo de tiza—. Mientras yo estoy aquí,
usted se concentra para obligarme a escribir ciertos números. Debe ser la
voluntad de usted sobreponiéndose a la mía.
Transcurrió algún tiempo. Por último, sintiendo unas vagas
palpitaciones de voluntad psíquica, Malparto escribió: 3-9.
—Está mal —murmuró el señor Coates—. Yo estaba pensando 7842.
—Ahora —dijo Malparto, sacando una pequeña piedra gris—, quiero
que duplique usted esta materia inorgánica. Trate de conjurar una réplica
inmediatamente tangente a la misma.
Aquella prueba fue también un fracaso. Decepcionado, Malparto
retiró la piedra.
—Ahora levitación, señor Coates. Quiero que cierre usted los
ojos y trate, psíquicamente, de elevarse sobre el suelo.
El señor Coates hizo toda clase de intentos psíquicos sin
resultado alguno.
—Ahora —dijo Malparto—, quiero que coloque usted la mano con la
palma bien abierta contra la pared que tiene a su espalda. Empuje y al mismo
tiempo, concéntrese en el deseo de pasar la mano entre las moléculas de la
pared.
La mano no logró pasar entre las moléculas.
—Esta vez —dijo Malparto infructuosamente—, trataremos de medir
su capacidad para comunicarse con formas de vida más inferiores. —Fue traído un
lagarto metido en una caja—. Acerque usted la cabeza a la tapadera. Vea si
logra introducirse en el ensamblaje mental del lagarto.
No hubo resultado alguno.
—Quizás el lagarto no tiene ningún ensamblaje mental —dijo el
señor Coates.
—¡Tonterías!
El fastidio de Malparto estaba creciendo salvajemente. Trajo un
cabello nadando en un plato lleno de agua.
—Vea si consigue animar el cabello. Procure transformarlo en un
gusano.
El señor Coates fracasó.
—¿Lo procuró usted de verdad? —preguntó Gretchen.
El señor Coates sonrió.
—Con todas mis fuerzas.
—Yo diría que es sencillísimo —dijo ella—. No hay tanta
diferencia entre un cabello y un gusano. En un día nublado...
—Ahora —dijo Malparto— vamos a probar su habilidad para curar.
—Había notado el arañazo en la muñeca de Allen—. Dirija sus poderes psíquicos
hacia ese tejido dañado. Trate de volverlo a la salud.
El arañazo siguió.
—Una pena —dijo Gretchen—. Eso habría sido una prueba útil.
Malparto, abrumado por los fracasos, sacó una varita de zahorí y
le pidió a su paciente que adivinase. Un jarro con agua fue escondido muy
hábilmente, y el señor Coates se puso a andar por el despacho. La varita no se
doblaba lo más mínimo.
—Es una madera muy mala —dijo Gretchen.
Deprimido, Malparto examinó la lista de las pruebas restantes:
Facultad para establecer contacto con los espíritus de los muertos. Capacidad
para transmutar el plomo en oro. Facultad para asumir formas alternativas.
Facultad para suscitar lluvia de sabandijas y/o de porquería. Poder para matar
o dañar a distancia.
—Tengo la sensación —dijo por fin— de que debido al cansancio su
subconsciente no se muestra cooperativo. Por tanto, he tomado la decisión de
que aplacemos para otro momento la práctica de las pruebas que aún nos quedan.
Gretchen le preguntó al señor Coates:
—¿Puede usted provocar un incendio? ¿Puede usted matar a cien
personas de un solo golpe? ¿Puede su padre pegarle al mío?
—Puedo robar —dijo el paciente.
—Eso no es mucho. ¿Alguna otra cosa?
Allen reflexionó.
—Me temo que eso es todo. —Poniéndose en pie, le dijo a
Malparto—: Supongo que la cita del lunes queda anulada.
—¿Se marcha usted?
—La verdad —dijo él—, no veo que seguir aquí conduzca a nada.
—Empujó el picaporte—. No hemos llegado a ninguna parte.
—¿Y no volverá usted?
Ya en la puerta, se detuvo.
—Probablemente, no —decidió.
De momento, todo lo que quería era irse a casa.
—Si cambio de idea, ya llamaré.
Se dispuso a cerrar la puerta de un tirón.
Entonces fue cuando toda luz se apagó a su alrededor.
XIII
Retumbo tras retumbo.
El autobús se alzó de la parada y continuó sobre los tejados.
Abajo centelleaban las casas en rectángulos separados divididos por tiras de
césped. Una piscina resplandecía como un ojo azul. Pero él notó que la piscina
no formaba del todo un ojo perfectamente redondo. En uno de los extremos, los
ladrillos formaban un patio. Vio mesitas y quitasoles. Las figuras diminutas
eran de gente recostada en la ociosidad.
—Cuatro —dijo el autobús metálicamente.
Una mujer se levantó y se acercó a la puerta trasera. El autobús
bajó hasta la parada, la puerta se corrió a un lado y la mujer se apeó.
—Tengan cuidado al bajarse —dijo el autobús—. La salida es por
la parte de atrás.
Ascendió, y otra vez las casas resplandecieron abajo.
Al lado de Allen, el corpulento caballero se enjugó la frente.
—Un día caluroso.
—Sí —admitió Allen.
A si mismo se dijo: No digas nada. No hagas nada. Ni siquiera te
muevas.
—¿Quiere tenerme esto un momento, joven? Voy a atarme los
cordones de los zapatos. —El corpulento caballero le pasó su brazado de
paquetes—. He ido de compras y tengo que llevar esto a casa. Esa es la gracia
del asunto.
—Cinco —dijo el autobús.
Como nadie se levantó, el autobús continuó. Abajo se veía un
trozo de compras: un apiñamiento de tiendas brillantes.
—Dicen que uno debe comprar cerca de casa —comentó el corpulento
caballero—, pero lo cierto es que se ahorra dinero si se baja a la ciudad. Los
saldos, ya sabe usted. Comprar en cantidad. —De una larga bolsa de papel sacó
una chaquetilla—. Bonita, ¿verdad? Vaca auténtica. —Le mostró a Allen una lata
de cera—. Hay que mantenerla húmeda o, sino, se raja. La lluvia la estropea.
Otra bambolla. Pero no se puede tener todo.
—Salida por la parte de atrás —dijo el autobús—. No se permite
fumar. Échense hacia atrás, por favor.
Debajo pasaban más casas.
—¿Se siente usted bien? —preguntó el caballero corpulento—. Me
parece que tiene usted aspecto de sufrir un poco de insolación. Hay mucha gente
que en un día como hoy sale a tomar el sol. No se les ocurre nada mejor.
—Cloqueó—. ¿Siente frío? ¿Náuseas?
—Sí —dijo Allen.
—Probablemente habrá estado corriendo jugando al Cuarto. ¿Es
usted un buen cuartista? —Miró a Allen de arriba abajo—. Buenos hombros y
brazos largos. La gente como usted, fuerte y joven, suele ser ala derecha. ¿No
es así?
—Todavía no —dijo Allen.
Miró por la ventanilla del autobús y luego por el suelo
transparente, a la ciudad. A su mente acudió la idea de que ni siquiera sabía
en dónde bajarse. No sabía adónde iba ni dónde estaba ni para qué.
No estaba en el Balneario de la Salud. Aquel era el único hecho
concreto, y se aferró a él e hizo de él el eje de su nuevo universo. Lo
convirtió en el punto de referencia y empezó a arrastrarse desde allí con
grandes precauciones.
Esta no era la sociedad de Recmor, porque en la sociedad Recmor
no había piscinas ni fajas de césped ni casas separadas ni autobuses con el
suelo de cristal. No había gente tomando el sol en mitad del día. No había
ningún juego que se llamara Cuarto. Y esta no era una inmensa exposición
histórica como la casa del siglo XX en el Museo, porque podía ver la fecha de
la revista que estaban leyendo en la otra banda del pasillo, y eran el mes y el
año exactos.
—¿Puedo preguntarle a usted algo? —le dijo al caballero
corpulento.
—Desde luego.
El corpulento caballero resplandeció.
—¿Cómo se llama esta ciudad?
La cara del caballero corpulento cambió de color.
—¡Cómo, es Chicago!
—Seis —dijo el autobús.
Dos mujeres jóvenes se levantaron, y el autobús descendió para
dejarlas salir.
—La salida por la parte de atrás. No fumen, por favor.
Allen se levantó, vaciló por el pasillo y siguió a las mujeres
fuera del autobús.
El aire olía a frescor, lleno por la cercanía de los árboles.
Inhaló una profunda bocanada, dio unos cuantos pasos, se detuvo. El autobús le
había dejado en una zona residencial; sólo se veían casas extendiéndose a lo
largo, calles bordeadas de árboles. Había niños jugando, y, en el césped de una
casa, una muchacha estaba tomando baños de sol.
Si algo demostraba su separación de la sociedad Recmor, era el
hecho de aquella señorita tendida en la hierba, tomando el sol El nunca había
visto nada parecido. A pesar de sí mismo, se encaminó en aquella dirección.
—¿Qué está usted mirando? —preguntó la muchacha, con la cabeza
entre los brazos cruzados, alzado el rostro sobre el césped de un verde
profundo.
—Me he extraviado.
Fue lo primero que se le ocurrió.
—Esta es la calle del Acebo, la travesía es la calle del
Vallecico. ¿Adónde quiere usted ir?
—Quiero ir a casa —dijo él.
—¿Dónde está eso?
—No lo sé.
—Mire su tarjeta de identidad. En su cartera.
Se echó mano al abrigo y sacó la cartera. La tarjeta estaba
allí, una tira de plástico con palabras y números impresos.
2319 calle de la Pimienta.
Aquella era su dirección, y arriba estaba su nombre. Lo leyó
también.
Coates, John B.
—Me la han jugado —dijo él.
—¿Jugado en qué? —preguntó ella levantando la cabeza.
Agachándose, él le mostró su tarjeta de identidad.
—Mire, dice John Coates. Pero mi nombre es Allen Purcell; escogí
el nombre de Coates al azar.
Pasó el pulgar por el plástico horadado, palpándolo.
La muchacha se sentó y cruzó las piernas.
—Muy interesante —dijo ella.
—Ahora soy el señor Coates.
—Entonces, ¿qué le pasó a Allen Purcell? —preguntó ella
echándose el cabello hacia atrás y sonriéndole.
—Debe de haber regresado allí —dijo el señor Coates—. Pero yo
soy Allen Purcell —dijo Allen—. Esto no tiene sentido.
La muchacha se puso en pie, le colocó una mano en el hombro y le
guió hasta la acera.
—En la esquina hay una caja-coche. Pídale a la caja que le lleve
a casa. La calle de la Pimienta está a unos tres kilómetros de aquí. ¿Quiere
usted que me encargue yo?
—No —dijo—. Yo puedo hacerlo.
Empezó a andar por la calzada, buscando la caja-coche. Como
nunca había visto ninguna, pasó de largo junto a ella.
—Ahí —le gritó la muchacha poniéndose las manos en la boca a
modo de bocina.
Asintiendo, él empujó el interruptor. Un momento más tarde, el
coche saltó a su lado sobre el pavimento y le dijo:
—¿Adónde, señor?
El viaje tardó sólo un minuto. La caja aterrizó: él deslizó
monedas en su ranura, y luego se vio ante una casa.
Su casa.
La casa era grande, imponente, dominando un ribazo de cedros y
pimenteros. Brillantes surtidores se alzaban sobre el césped que corría a los
lados del enladrillado camino. En la parte de atrás había un jardín de dalias y
vistarias, un parche vistoso de rojo intenso y de púrpura.
En el pórtico delantero estaba una niña de corta edad. La niña
observó la llegada del señor Coates; sonriendo, levantó sus bracitos y
balbuceó.
La puerta principal, de sólida madera dura con incrustaciones de
bronce, estaba abierta de par en par. Desde el interior de la casa se
deslizaban notas musicales: una orquesta de jazz bailable.
Entró.
El recibidor estaba desierto. Examinó la alfombra, la chimenea,
el piano, al que reconoció en su examen. Se acercó y trenzó unas notas. Luego
entró en el comedor. El centro estaba ocupado por una gran mesa de caoba. Sobre
la mesa había un vaso de iris. A lo largo de dos paredes había una línea de
artísticos platos, vidriados y llenos de adornos; los inspeccionó y siguió
avanzando hasta llegar a un vestíbulo. Anchas escaleras conducían al piso de
arriba: miró hacia lo alto, vio un descansillo y puertas abiertas, luego se
volvió hacia la cocina.
La cocina le abrumó. Era larga, de una blancura deslumbradora, y
contenía todo género de artefactos de los que hubiese oído hablar y algunos de
los que no había oído. Sobre el hornillo inmenso estaba haciéndose la comida, y
él miró en una de las cacerolas, husmeando. Cordero, decidió.
Mientras estaba olisqueando se produjo un ruido a sus espaldas.
Se abrió la puerta trasera y entró una mujer, jadeante y arrebolada.
—¡Cariño! —exclamó ella, corriendo hacia él—. ¿Cuándo has
llegado?
Era morena, con crenchas que le bajaban hasta los hombros. Sus
ojos eran enormes e intensos. Llevaba unos pantalones cortos, blusa y
sandalias.
Era Gretchen Malparto.
El reloj en la repisa señalaba las cuatro y cuarto. Gretchen
había corrido las cortinas y la salita estaba en penumbra. Ahora ella andaba
arriba y abajo, fumando, gesticulando nerviosamente. Se había puesto una falda
estampada y una blusilla de fantasía. La niña, a la que ella llamaba Donna,
estaba arriba en su cuna, dormida.
—Hay algo que está mal —repetía Gretchen—. ¡Quiero que me digas
qué es! Maldito sea, ¿es que tengo que suplicártelo? —Dando media vuelta se le
quedó mirando retadoramente—. Johnny, esto es impropio de ti.
Él estaba tendido en el diván, bien esparrancado, con un vaso de
ginebra en la mano. Sobre su cabeza, el techo era de un verde suave y estuvo
contemplándolo hasta que la voz de Gretchen le sacudió.
—¡Johnny, por los clavos de Cristo!
Él se levantó.
—Estoy muy bien aquí. No voy a salir.
—Dime qué ha pasado. —Se acercó y se sentó en el brazo del
diván—. ¿Es por lo que ocurrió el miércoles?
—¿Qué es lo que ocurrió el miércoles?
De una manera desinteresada, sentía curiosidad.
—En la reunión en casa de Frank. Cuando me encontraste en el
piso de arriba... —Apartó la mirada—. Ya se me ha olvidado de cómo se llama.
Aquel muchacho alto y rubio. Tú te pusiste como loco, una verdadera
exageración. ¿Es por eso? Creí que habíamos quedado de acuerdo en que no nos
interpondríamos el uno al otro. ¿O es que sólo quieres para ti el ancho del
embudo?
Él preguntó:
—¿Cuánto tiempo llevamos casados?
—Supongo que esto es un sermón. —Ella suspiró—: Sigue. Luego me
tocará a mí.
—Tú contesta a mi pregunta.
—Se me ha olvidado.
Con aire meditabundo él dijo:
—Creí que las esposas sabían siempre esas cosas.
—Vamos, déjate de tonterías. —Se apartó y se acercó al
fonógrafo—. Comamos. Diré que nos sirvan. ¿O quieres que salgamos a cenar
fuera? Tal vez te sientas mejor donde haya gente en lugar de estar aquí
apiñados.
No se sentía apiñado en lo más mínimo. Desde donde estaba
tendido podía ver la mayor parte de la planta baja de la casa. Habitación tras
habitación... como vivir en un edificio dedicado a oficinas. Disponer del
alquiler de todo un piso, de dos pisos. Y en la parte de atrás de la casa, en
el jardín, había un pabellón para invitados con tres habitaciones.
En realidad, no sentía nada. La ginebra lo había anestesiado.
—¿Te gustaría comprar una cabeza? —le preguntó él.
—No comprendo.
—Una cabeza de piedra. De termoplástico bronceado, para ser
exacto. Responde a instrumentos cortantes. ¿No te hace eso recordar nada? Tú
creías que la tarea era muy original.
—Desembucha de una vez.
Él dijo:
—¿Un año? ¿Dos años? Debe de hacer eso poco más o menos.
—Nos casamos en abril de 2110. Así es que debe de hacer cuatro
años.
—Eso es mucho tiempo, señora Coates —dijo.
—Sí, señor Coates.
—¿Y esta casa?
Le gustaba la casa.
—Esta casa —dijo Gretchen fieramente— pertenecía a tu madre. Y
estoy ya cansada de oír hablar de eso. Me gustaría no habernos trasladado nunca
aquí; me gustaría que hubiéramos vendido la maldita choza. Podríamos haber
obtenido un buen precio hace dos años; ahora la propiedad urbana está por los
suelos.
—Ya subirá. Siempre sube.
Lanzándole una mirada llameante, Gretchen abandonó la salita y
se dirigió al vestíbulo.
—Voy arriba a cambiarme para la cena. Di que sirvan.
—Sirvan —dijo él.
Con un gruñido de exasperación, Gretchen se marchó. Él oyó el
repiqueteo de sus tacones en la escalera y luego también aquello se apagó.
La casa era encantadora: espaciosa, amueblada lujosamente,
construida con solidez y moderna. Duraría un siglo. El jardín estaba lleno de
flores; la nevera, de comida. Como el cielo pensó. Como una visión de la
recompensa final después de tantos años de servicio público. Por todo el
sacrificio y la lucha, las amarguras y la señora Birmingham. La prueba de las
reuniones de bloque. La tensión y la severidad de la sociedad Recmor.
Una parte de él salió hasta eso, y él supo cómo se llamaba esa
parte. John Coates estaba ahora en su propio mundo, y ese mundo era la
antítesis de Recmor.
Junto a sus oídos, una voz dijo:
—Todavía permanece algún islote de ego.
Una segunda voz, de mujer, dijo:
—Pero sumergido.
—Totalmente retirado —dijo el hombre—. El shock producido por el
fracaso. Cuando el examen siquiátrico, se hundió. El estaba al borde del
Balneario, a punto de volver a salir. Y no pudo.
La mujer preguntó:
—¿No hay una solución mejor?
En aquel momento era la que él necesitaba. No podía volver a
Recmor, y no había hallado ninguna ayuda en el Balneario. En eso yo merezco en
parte ser censurado; perdí el tiempo con las pruebas.
—Tú creíste que eso serviría de algo. —La mujer parecía que se
acordaba más—. ¿Podrá oírnos?
—Lo dudo. No hay forma de asegurarlo. La catalepsia es total,
por tanto, él no puede hacer señal ninguna.
—¿Cuánto le durará esto?
—Es difícil asegurarlo. Días, semanas, tal vez lo que le queda
de vida. —La voz de Malparto parecía alejarse, y él luchaba por no perder
palabra—. Quizá deberíamos informar a su esposa.
—¿Puedes comprender algo de lo que es ahora su mundo interior?
—También Gretchen estaba desvaneciéndose—. ¿En qué clase de fantasía está
perdido?
—Un escape. —La voz desapareció, luego volvió unos momentos—. El
tiempo dirá.
Se había desvanecido.
Tirándose del diván, el señor John Coates gritó:
—¿Los oíste? ¿Los has oído?
Apareció Gretchen en lo alto de la escalera, con un cepillo del
cabello en una mano y unas medias colgadas del brazo.
—¿Qué pasa?
Él suplicó, desesperado:
—Erais tú y tu hermano. ¿No llegaste a oírlos? Esto es un...
Se interrumpió.
—¿Un qué? —Ella bajaba con calma por la escalera—. ¿De qué estás
hablando?
Se había formado una piscina en el sitio donde se había caído su
vaso de bebida; se agachó para secarla.
—Tengo noticias para ti —dijo él—. Esto no es real. Estoy
enfermo; esta es un retiro psíquico.
—Me asombra oírte —dijo ella—. ¿De verdad? Te pareces a un
empollón del colegio. Escepticismo, solipsismo, el obispo Berkeley, todo ese
jaleo acerca de la realidad última.
Cuando él tocó el vaso con sus dedos, la pared que estaba más
allá desapareció.
Todavía encorvado, miró al mundo que estaba más allá. Vio la
calle, otras casas. Le daba miedo levantar la cabeza. La chimenea y la repisa,
la alfombra y los butacones... incluso la lámpara de cornucopia, todo había
desaparecido. Únicamente el vacío. La nada.
—¡Ahí está! —dijo Gretchen—. Justo al alcance de tu mano.
No veía ahora ningún vaso; había desaparecido con la habitación.
A pesar de sus propios deseos, volvió la cabeza. No había nada detrás de él.
Gretchen también había desaparecido. El estaba ahora de pie en medio del vacío.
Sólo la siguiente casa, a muchísima distancia, permanecía. Por la calle se
movía un coche, seguido por otro. En una casa vecina movieron una cortina. La
oscuridad estaba descendiendo por todas partes.
—Gretchen —dijo.
No hubo respuesta. Únicamente silencio.
XIV
Cerró los ojos e hizo un esfuerzo de voluntad. Se imaginó la habitación:
se figuró a Gretchen, la mesita del café, el paquete de cigarrillos, el
encendedor al lado. Se figuró el cenicero, las cortinas, el diván y el
gramófono.
Cuando abrió los ojos, la habitación había vuelto. Pero Gretchen
se había ido. Estaba solo en la casa.
Las sombras habían descendido, y experimentó una profunda
intuición de tardanza. Como si, pensó, se hubiese pasado la hora. Un reloj en
la repisa señalaba las ocho y media. ¿Habían transcurrido cuatro horas enteras?
Cuatro horas...
—¿Gretchen? —dijo, experimentalmente.
Fue a la escalera y subió. Todavía ningún signo de ella. La casa
estaba caliente, el aire agradable y limpio. En algún sitio funcionaba un grupo
automático de calefacción.
A su derecha había una habitación que era la alcoba de ella.
Miró dentro.
El relojito de marfil sobre la mesa del tocador no señalaba las
ocho y media. Señalaba las cinco menos cuarto. Gretchen había pasado por alto
aquel detalle. No lo había adelantado como al de abajo.
Inmediatamente volvió a bajar la escalera, de dos en dos
escalones.
Las voces habían llegado hasta él mientras estaba tendido en el
diván. Arrodillándose, apretó las manos sobre el tapizado, a lo largo de los
brazos y del respaldo, bajo los cojines. Por último retiró el diván de la
pared.
El primer interlocutor estaba agazapado dentro de un muelle en
espiral. Un segundo y luego un tercer interlocutor estaban escondidos bajo la
alfombra; estaban tan aplastados como el papel. Calculó que por lo menos había
una docena de locutores repartidos por toda la habitación.
Puesto que Gretchen había estado arriba, el grupo de control
estaba indudablemente allí.
Una vez más subió las escaleras y entró en el dormitorio de
ella.
Al principio le costó trabajo darse cuenta. El control estaba
completamente a la vista sobre la mesa del tocador de la mujer, entre los
jarritos y los tubos y las cajitas de cosméticos. El cepillo del cabello. Lo
cogió y se puso a darle vueltas al mango de plástico.
Desde abajo zumbó una voz de hombre.
—Todavía queda algún islote de ego.
La voz de Gretchen contestó:
—Pero sumergido.
—Totalmente apartado —continuó Malparto—. El shock...
Allen tiró del mango, y las voces cesaron. La cinta grabada,
montada en algún sitio de la pared, se había detenido en mitad de su ciclo.
Nuevamente en el piso de abajo, buscó los medios de que se había
valido Gretchen para disolver la casa. Cuando lo descubrió, sintió pena. El
grupo estaba embutido en la chimenea, a la vista de todo el mundo, uno de los
muchos detalles ornamentales. Apretó el botón y la habitación que veía en
torno, con sus muebles y ricos tapices, se desvaneció. El mundo exterior siguió
existiendo: casas, la calle, el cielo. Un puñado de estrellas.
El artilugio era un simple recurso romántico. Para las noches
largas y aburridas. Gretchen era una muchacha activa.
En un armario, bajo un montón de mantas, encontró como cubierta
protectora de las tablas, un periódico; era una prueba empírica. El periódico
era El Centinela de Vega. No estaba en un mundo fantástico; estaba en el cuarto
planeta del sistema de Vega.
Estaba en Otro Mundo, el refugio permanente mantenido por el
Balneario de la Salud Mental. Mantenido para personas que habían venido
buscando no una curación, sino un santuario.
Habiendo localizado el teléfono, marcó el cero.
—Número, por favor —dijo la telefonista, la voz débil, minúscula
y terriblemente tranquilizadora.
—Póngame con uno de los cosmódromos —dijo él—. Cualquiera que
tenga servicio interestelar.
Una serie de chasquidos y zumbidos, y luego se vio conectado con
el despacho de billetes. Una metódica voz masculina al otro lado del hilo,
dijo:
—Dígame, señor. ¿En qué puedo servirle?
—¿Cuánto es el viaje a la Tierra?
Se preguntó, aterrado, cuánto tiempo llevaría allí. ¿Una semana?
¿Un mes?
—Viaje de ida, primera clase. Novecientos treinta dólares. Más
el veinte por ciento como impuesto de lujo —explicó la voz sin emoción alguna.
No tenía tanto dinero.
—¿Cuál es el sistema más próximo?
—Sirio.
—¿Cuánto cuesta hasta allí?
No tenía más de cincuenta dólares en la cartera. Y este planeta
estaba bajo la jurisdicción del Balneario de la Salud, el cual lo había
adquirido por escritura en firme.
—Viaje de ida, primera clase, incluido impuestos... vienen a ser
unos setecientos cuarenta y dos dólares.
Hizo sus cálculos.
—¿Cuánto me costaría telefonear a la Tierra?
El expendedor de billetes contestó:
—Eso tendrá usted que preguntárselo a la Compañía de Teléfonos,
señor. No es asunto nuestro.
Una vez que llamó de nuevo a la telefonista, Allen dijo:
—Me gustaría hacer una llamada a la Tierra.
—Sí, señor. —No parecía sorprendida lo más mínimo—. ¿Qué número,
señor?
Dio el número de Telemedia, y luego el número del teléfono que
estaba usando. Era así de sencillo.
Después de varios minutos de zumbidos, la telefonista dijo:
—Lo siento, señor. El número que usted me ha indicado no
contesta.
—¿Qué hora es allí?
Transcurrió un momento y luego oyó la respuesta:
—En aquella zona de tiempo son ahora las tres de la madrugada,
señor.
Con voz ahogada, dijo él:
—Mire, he sido raptado. Tengo que salir de aquí, volver a la
Tierra.
—Le sugiero que llame a uno de los cosmódromos que tienen
servicio interestelar, señor —dijo la telefonista.
—¡No tengo más que cincuenta pavos!
—Lo siento, señor. Puedo ponerle en comunicación con uno de los
cosmódromos, si lo desea.
Colgó.
No tenía objeto quedarse en la casa, pero se detuvo lo bastante
para escribir a máquina una nota, una nota mal intencionada. La dejó en medio
del tablero de la mesita del café, en un sitio donde era seguro que Gretchen la
vería.
Querida Sra. Coates:
Se acordará usted de Molly. Que me aspen si no me escapo con
ella al Parador de Bronce. Dice que está embarazada, pero ya sabe usted cómo
son estas cosas. Creo que será mejor que me quede con ella hasta que pueda
comunicarle a usted nuevas noticias. Un poco fuerte, pero este es el precio que
hay que pagar.
La firmó Johnny y luego salió de la casa.
Otro Mundo tenía infinidad de taxis desocupados, y en el espacio
de cinco minutos se vio en el corazón del distrito comercial con sus luces y su
aluvión de gente.
En el cosmódromo, una nave de gran tamaño estaba erguida sobre
su cola. Él vio, con desesperación casi frenética, que estaba a punto de
despegar para dirigirse al sistema contiguo. Una línea de camiones de
suministro se alargaba arriba y abajo; la astronave se encontraba ya en los
estadios finales de la carga.
Después de pagar al taxi, atravesó una de las pistas de grava
del cosmódromo, bajó la calle y llegó por fin a un sitio donde había signos de
vida: un restaurante que estaba haciendo un buen negocio, lleno de parroquianos
y de ruido y charla. Sintiéndose un estúpido, se abotonó el abrigo y se dirigió
desde la puerta hasta la cajera.
—Ponga las manos arriba, señora —dijo, apuntándola con el
bolsillo—. Hágalo antes de que le encaje un rayo calorífico en la cabeza.
La muchacha jadeó, levantó las manos, abrió la boca y profirió
un aullido de terror. Los clientes de las mesas contiguas alzaron la mirada
incrédulos.
—Muy bien —dijo Allen, con voz enteramente normal—. Ahora
vayamos a lo del dinero. Póngalo sobre el mostrador antes de que le destroce
los sesos con mi rayo calorífico.
—¡Dios mío! —exclamó la muchacha.
Por detrás de él, dos policías de Otro Mundo, que llevaban
cascos y ásperos uniformes azules, aparecieron y le agarraron por los brazos.
La muchacha se quitó de enmedio y la mano de Allen le fue sacada del bolsillo.
—Un nocao —dijo uno de los guardias—. Un supernocao. Agitadores
como éste son los que estropean una vecindad tranquila.
—Amigo —dijo uno de los guardias, mientras le sacaban del
restaurante—, esto cancela la obligación que tiene el Balneario de socorrerle.
Ha mostrado usted su irresponsabilidad al cometer una felonía.
—Les haré papillas a todos ustedes —dijo Allen mientras le
metían en el coche celular—. Este chisme va a escupir rayos.
—Cógele la tarjeta de identidad.
Un guardia rebuscó en la cartera de Allen.
—John C. Coates. Calle de la Pimienta 2319. Bueno, señor Coates,
ya se la ha buscado usted. Ahora va a volver a Recmor. ¿Qué le parece eso?
—No vivirán ustedes lo bastante para hacerme regresar —dijo
Allen— Os ganaré. Ya veréis.
El coche salió disparado hacia el cosmódromo, y la gran
astronave estaba todavía allí.
El coche, volando a unos treinta centímetros sobre la gravilla,
penetró en el cosmódromo y se dirigió en línea recta hacia la nave. Sonó la
sirena; los mecánicos del campo pararon el trabajo y se pusieron a mirar.
—Diles que se esperen —indicó uno de los guardias.
El otro agarró un micrófono y se puso en contacto con la torre
de mando del cosmódromo.
—Otro supernocao. Que abran la puerta de la bodega.
En cuestión de segundos, el coche se puso al costado de la
astronave, las portezuelas se colocaron al mismo nivel, y Allen se vio en manos
del sheriff de la nave.
—Bienvenido de vuelta a Recmor —gruñó un supernocao abatido,
cuando Allen fue depositado junto a él en el calabozo de la nave.
—Gracias —dijo Allen, con alivio—. Es bueno regresar.
Ahora se preguntaba si llegaría a la Tierra el domingo. El lunes
por la mañana empezaba su trabajo en Telemedia. ¿Habría perdido demasiado
tiempo?
El suelo se puso a temblar. La nave se alzaba.
XV
El viaje empezó el miércoles por la noche, y el domingo por la
noche, Allen se halló de vuelta en la Tierra. Naturalmente el cómputo era
arbitrario, pero el intervalo no dejaba de ser cierto. Cansado, sudoroso, Allen
emergió de la nave y se vio de nuevo en la sociedad Recmor.
El cosmódromo no estaba lejos del Capitel y de su grupo casero,
pero se echó a temblar ante la idea de tener que ir andando. Le parecía una
severidad innecesaria; los moradores del Otro Mundo no mostraban signo alguno
de degeneración por el hecho de montarse en autobuses. Entró en una cabina
telefónica del cosmódromo y llamó a Janet.
—¡Oh! —jadeó ella—. ¿Te han soltado? ¿Estás bien?
El le preguntó:
—¿Qué te dijo Malparto?
—Me dijeron que te habías ido a Otro Mundo para someterte a
tratamiento. Dijeron que podrías estar allí unas cuantas semanas.
Ahora la cosa tenía todavía más sentido. En el espacio de varias
semanas habría perdido su puesto de Director de Telemedia, así como su
ciudadanía en el mundo Recmor. Después de aquello importaría poco que
descubriese o no la mistificación; sin vivienda y sin empleo, habría tenido que
permanecer forzosamente en Vega 4.
—¿Dijo él algo de que tuvieras que reunirte conmigo?
Al otro extremo del hilo hubo un precipitado flujo de palabras.
—Sí, eso es. Me dijo que te acomodarías a Otro Mundo, pero que,
si no podías acomodarte, entonces...
—No me acomodé a Otro Mundo. Un montón de gente tomando baños de
sol. ¿Está todavía por ahí el Cacharro? El que yo alquilé.
Se puso en claro que Janet había devuelto el Cacharro a sus
arrendadores. El alquiler era caro, y el Balneario de la Salud había empezado
ya a controlar su salario. Eso era algo que parecía complicar el ultraje: el
Balneario, bajo el disfraz de ayudarle, le había raptado, y luego le pasaba la
cuenta por servicios prestados.
—Alquilaré otro. —Se disponía a colgar pero se detuvo para hacer
una pregunta—: ¿Ha llamado la señora Frost?
—Ha telefoneado varias veces.
Aquello parecía ominoso.
—¿Qué le dijiste? ¿Que mi mente se había debilitado y había
huido al Balneario?
—Le dije que estabas arreglando tus asuntos y que no se te podía
molestar. —Janet respiraba ahogadamente en el teléfono, ensordeciéndole—.
Allen, estoy tan contenta de que hayas vuelto. Estaba preocupadísima.
—¿Cuántas píldoras te has tragado?
—Bueno, unas pocas. No podía dormir.
Él colgó, introdujo otra moneda y movió el disco. Marcó el
número personal de Sue Frost. Al cabo de un rato, ella contestó... la voz
conocida llena de calma y de dignidad...
—Habla Allen —dijo él—. Allen Purcell. Quería cambiar
impresiones con usted. ¿Van las cosas bien por ahí?
—Señor Purcell —dijo ásperamente—, esté en mi apartamento dentro
de diez minutos. ¡Es una orden!
¡Clic!
Se quedó mirando embobado el aparato telefónico ahora mudo.
Luego salió de la cabina y empezó a andar.
El apartamento de la señora Frost miraba directamente al
Capitel, como lo hacían los apartamentos de todas las secretarias del Comité.
Allen inhaló una bocanada tranquilizadora antes de empezar a subir las
escaleras. Una camisa limpia, un baño y un largo descanso le habrían servido de
mucho, pero no había tiempo para gollerías. Por otra parte su apariencia muy
bien podría atribuirse al hecho de haberse pasado toda una semana liquidando su
negocio; había estado noche y día en la Agencia, tratando de anudar todos los
cabos sueltos. Con aquella visión en su mente, llamó al timbre de la señora
Frost.
—Entre.
Ella se echó a un lado y él entró. En la habitación individual
estaban sentados Myron Mavis, con aire de cansancio, e Ida Pease Hoyt, con
aspecto ceñudo y formal.
—¡Hola! —dijo Allen, con un fuerte presentimiento de desastre.
—¿Y bien? —dijo la señora Frost, plantándosele enfrente—. ¿Dónde
ha estado usted? No ha estado usted en su Agencia. Lo hemos comprobado un
montón de veces. Incluso enviamos a un representante para que montara guardia
con su personal. Un tal señor Priar ha estado manejando la Agencia durante todo
el tiempo que ha estado usted ausente.
Allen se preguntó si debía mentir o decir la verdad. Decidió
mentir. La sociedad Recmor no podía soportar la verdad; se limitaría a
castigarle y seguiría funcionando. Y algún otro sería nombrado Director de TM,
un pelele de Blake-Moffet.
—Harry Priar está actuando como administrador —dijo él—. Lo
mismo que aquí Myron está actuando como Director de TM hasta que yo tome
posesión del cargo. ¿Trata usted de decir que he estado robando el sueldo la
semana pasada? —Desde luego aquello no podía ser—. El convenio fue bastante
claro: yo empezaría a trabajar el próximo lunes por la mañana. Esta semana
pasada era toda mía. TM no tenía más derechos sobre mí esta semana última que
los que tuvo el último año.
—La cuestión es que... —empezó a decir la señora Frost, y luego
sonó el timbre—. Discúlpeme. Deben de ser ellos.
Cuando se abrió la puerta entró Tony Blake, de Blake-Moffet.
Detrás de él venía Fred Luddy, con una cartera bajo el brazo.
—Buenas tardes, Sue —dijo Tony Blake con tono agradable.
Era un hombre corpulento y bien vestido frisando ya en los
sesenta, con el cabello blanco como la nieve y gafas al aire.
—Buenas tardes, Myron. Esto es un honor, señora Hoyt. Buenas
tardes, Allen. Me alegro de verle de vuelta.
Luddy no dijo nada. Se sentaron todos, frente a frente,
notándose cómo iba creciendo la tensión y la altivez. Allen se daba dolorosa
cuenta de su arrugado traje y desplanchada camisa; en aquellos momentos parecía
cualquier cosa menos un hombre de negocios recargado de trabajo, asemejándose
más a un político de ideas radicales de la Era de la Disipación.
—Como iba diciendo —continuó la señora Frost—, señor Purcell,
usted no estaba en su Agencia, como nos decía su esposa. Al principio eso nos
desconcertó, porque creíamos que iba a haber mutua confianza entre nosotros.
Parecía raro que pudiera producirse una situación de esta índole, quitándose
usted de en medio misteriosamente, y luego esas vagas evasivas y disculpas por
parte de su esposa.
—Oiga —dijo Allen—, no está usted dirigiéndose a un metazoo ni a
un mamífero; se está usted dirigiendo a un ser humano que es ciudadano de la
sociedad Recmor. O me habla cortésmente, o me marcho ahora mismo. Estoy cansado
y me gustaría dormir un poco. Así es que usted decidirá.
La señora Hoyt intervino brevemente:
—Tiene toda la razón, Sue. Deja de ponerte en plan de jefe, y,
por el amor de Dios, quítate ese aire justiciero de la cara. Déjale eso a Dios.
—Quizás es que tú no tienes confianza en mí —contestó la señora
Frost, volviéndose—. ¿No sería mejor que arregláramos eso primero?
Repantigado en su butaca, Myron Mavis soltó una risita.
—Sí, eso me gustaría más. Arréglalo primero, Sue.
La señora Frost se arreboló.
—Desde luego nos estamos apartando del asunto. ¿Por qué no he de
ofrecerles café? —Se levantó—. Y hay además, un poco de coñac si nadie cree que
sea contrario al interés público.
—Nos estamos hundiendo —dijo Mavis, haciendo una mueca a Allen—.
Glu, glu, bajo las ondas del pecado.
La tensión se aflojó y Blake y Luddy empezaron a rebullir,
conferenciando bajo el murmullo. Luddy se puso sus gafas de concha, y dos
serias cabezas se inclinaron sobre el contenido de su cartera. La señora Frost
se acercó al hornillo y puso la cafetera. Todavía sentada, la señora Hoyt
miraba una mancha en el suelo y no hablaba con nadie. Como siempre, llevaba
pesadas pieles, medias oscuras y zapatos de tacón bajo. Allen sentía un gran
respeto por ella; la conocía como hábil manipuladora.
—Usted está emparentada con el comandante Streiter —dijo él—.
¿No es eso lo que he oído decir?
La señora Hoyt le favoreció con una mirada.
—Sí, señor Purcell. El comandante fue un antepasado mío por la
rama paterna.
—¡Terrible lo de la estatua! —Intervino Blake—. Figúrense un
ultraje como ese. Desafía todo lo imaginable.
Allen se había olvidado de la estatua. Y de la cabeza. Estaría
todavía en el ropero, a menos que Janet hubiese hecho algo con ella. No tenía
nada de raro que se hubiese tragado botes enteros de píldoras: la cabeza había
estado haciéndole compañía durante toda la semana.
—Lo atraparán —dijo Luddy con vigor—. O los atraparán.
Personalmente estoy convencido de que se trata de una banda bien organizada.
—Hay algo casi satánico en la cosa —dijo Sue Frost—. Eso de
robarle la cabeza de esa manera. Volver a los pocos días y, en las mismas
narices de la Policía, robarla y llevársela Dios sabe a dónde. Me pregunto si
la volveremos a ver alguna vez.
Colocó las tazas y los platillos.
Cuando el café estuvo servido, la discusión se reanudó donde se
había dejado. Pero prevaleció la moderación. Cabezas más frías estaban en
funcionamiento.
—Desde luego no había motivo alguno para pelear —dijo la señora
Frost—. Supongo que era que yo estaba excitada. Sinceramente, Allen, mire en la
situación en que nos puso. El domingo pasado, hace una semana, cogí el teléfono
y llamé a su casa; quería pescarle con su esposa para que pudiéramos decidir
así nuestra partida de juegos de manos por la tarde.
—Lo siento —murmuró Allen, revisando las paredes y girando
mentalmente sus pulgares.
En ciertos aspectos, ésta era la peor parte de todas, la
retórica de las disculpas.
—¿Querría usted decirnos lo que sucedió? —continuó la señora
Frost.
Había recobrado su savoir faire, y sonreía con su gracia y
encanto habituales.
—Considere esto una encuesta amistosa. Todos somos amigos suyos,
incluso el señor Luddy.
—¿Qué tiene que hacer aquí el personal de Blake-Moffet?
—preguntó—. No puedo ver en qué les afecta esto. Quizás es que soy muy lerdo,
pero me parece que éste es un asunto a discutir tan sólo entre usted y yo y la
señora Hoyt.
Un penoso intercambio de miradas le informó de que había algo
más. Como si la presencia de Blake y Luddy no lo hubiese ya revelado.
—Continúa, Sue —retumbó la señora Hoyt con su voz rasposa.
—Al ver que no podíamos entrar en contacto con usted —siguió
diciendo la señora Frost—, tuvimos una reunión y decidimos aguardar. Después de
todo, usted es ya un hombre hecho y derecho. Pero entonces nos llamó el señor
Blake. En el curso de los años, TM ha hecho muchos negocios con Blake-Moffet, y
nos conocemos muy bien. El señor Blake nos mostró pruebas intranquilizadoras, y
pensamos...
—¿Qué clase de pruebas? —preguntó Allen—. Vamos a verlas.
Blake contestó:
—Están aquí, Purcell. No se altere; todo a su tiempo.
Extrajo algunos papeles, y Allen los cogió. Mientras los
examinaba, la señora Frost dijo:
—Me gustaría hacerle una pregunta, Allen. Como amiga personal.
No se preocupe de esos papeles; yo le diré de lo que se trata. Usted no se ha
separado de su esposa, ¿verdad? Usted no habrá tenido una disputa que haya
seguido en el fondo, algo que se interponga entre ustedes y que signifique un
altercado más o menos permanente, ¿no es así?
—Entonces, ¿se trata de eso?
Se sentía como si le hubiesen metido entre sábanas heladas. Era
uno de esos eternos callejones sin salida donde se arriesgaban los chismosos de
Recmor. Divorcio, escándalo, sexo, otras mujeres, la confusa gama de
dificultades maritales.
—Como es natural —dijo la señora Hoyt—. Sería lo procedente que
nosotros le negáramos el cargo de Director en tales circunstancias. Un hombre
que disfruta una posición de tanta confianza... bueno, ya usted se imagina el
resto.
Los papeles que tenía en las manos bailaban en una barahúnda de
palabras, frases, fechas y sitios. Renunció y los echó a un lado.
—¿Y Blake tiene pruebas documentales de eso?
Iban detrás de él, pero se habían despistado por un camino
falso. Para fortuna suya.
—Me gustaría oír lo que tienen.
Blake carraspeó y dijo:
—Hace dos semanas estaba usted trabajando solo en su Agencia. A
las ocho y media cerró y se marchó. Caminó al azar, entró en una comisaría,
luego volvió a la Agencia y se montó en un serení.
—¿Qué más?
Se preguntaba hasta dónde habrían llegado.
—Luego usted esquivó la persecución. La verdad es que no
estábamos equipados para seguirle.
—Me fui a Hokkaido. Pregúntenle a mi portera. Bebí tres vasos de
vino, volví a casa, me caí en los escalones de la entrada. Todo eso está
registrado; se me sometió a juicio y fui absuelto.
—Así es —asintió Blake—. Bueno, pero hay más. Estamos
convencidos de que usted se reunió con una mujer; que ya otras veces se había
reunido con ella; que voluntariamente y a sabiendas cometió usted adulterio con
esa mujer.
—Esto derrumba el sistema juvenil —dijo Allen amargamente—. Aquí
acaba toda evidencia empírica. Vuelven las quemas de las brujas. Histerismo y
susurros.
—Salió usted de su Agencia —continuó Blake— el martes de esa
misma mañana, para hacer una llamada telefónica desde una cabina pública. Fue
una llamada que no pudo hacer desde su despacho, por miedo a que le oyeran.
—¿Una llamada a esa chica?
Por lo menos se mostraban ingeniosos. Y probablemente se lo
creían.
—¿Cómo se llama la muchacha? —preguntó.
—Grace Maldini —dijo Blake—. De unos veinticuatro años, de un metro
sesenta de estatura, de unos cincuenta y cinco kilos de peso. Cabello negro,
piel morena, probablemente de origen italiano.
Desde luego era Gretchen. Ahora se sentía verdaderamente
desorientado.
—El jueves por la mañana fue usted al trabajo con dos horas de
retraso. Estuvo andando sin rumbo por las callejuelas. Deliberadamente, fue
escogiendo los sitios donde el tráfico era más intenso.
—Todo eso no son más que conjeturas —dijo Allen.
Pero el caso era que todo había sido verdad; ¿Fue cuando se
encaminó al Balneario de la Salud Grace Maldini? ¿Qué demonios significaría
aquello?
—El sábado por la mañana de esa misma semana —continuó Blake—,
hizo usted lo mismo. Despistó a cualquiera que pudiese seguirle y se encontró
con esa muchacha en un sitio desconocido. Aquel día no volvió usted a su casa.
Aquella misma noche, hizo ayer una semana, entró usted a bordo de una astronave
en compañía de la muchacha que se apuntó con el nombre de señorita Grace
Maldini. Usted se apuntó con el nombre de John Coates. Cuando la nave espacial
llegó a Centauro, usted y la muchacha se trasladaron a una segunda astronave, y
una vez más despistó usted a todos los vigilantes. No regresó a Tierra en toda
la semana. Ese fue el período que su esposa describió como de trabajo
absorbente en la Agencia. Esta tarde, hace unos treinta minutos, descendió
usted de una nave interestelar, vestido como está ahora, entró en una cabina
telefónica, y luego vino aquí.
Todos le estaban mirando, aguardando con interés. Aquello era
una sesión suprema de casa de vecinos: curiosidad ávida, necesidad de conocer
hasta el detalle más concupiscente. Y, junto a aquello, la solemne Recmor del
deber.
Por lo menos, se enteraba ahora de cómo había ido desde la
Tierra a Otro Mundo. Las drogas terapéuticas de Malparto le habían mantenido
dócil, mientras que Gretchen ideaba nombres y hacía los arreglos necesarios.
Cuatro días en compañía de la muchacha: la primera aparición de John Coates.
—Que me presenten a la chica —dijo Allen.
Nadie habló.
—¿Dónde está ella?
Podían llevarse toda la vida buscando a Grace Maldini. Y, sin
ella, la cosa no pasaba de ser un rumor.
—Veámosla. ¿Dónde vive? ¿Dónde tiene su alquiler? ¿Adónde
trabaja? ¿Dónde está en estos momentos?
Blake extrajo una fotografía, y Allen la examinó. Una
instantánea borrosa: él y Gretchen sentados, uno junto a otro, en sendos
butacones. Gretchen estaba leyendo una revista y él dormía. Tomada en la nave,
sin duda, desde el otro extremo del pasillo.
—Increíble —se burló—. Yo estoy aquí y una mujer está sentada a
mi lado.
Myron Mavis cogió la fotografía, la estudió, y rezongó:
—No vale un centavo. No vale ni la fracción más pequeña de un
ochavo. Recójala.
La señora Hoyt dijo pensativamente:
—Myron tiene razón. Eso no prueba nada.
—¿Por qué adoptó usted el nombre de Coates? —preguntó Luddy a su
vez—. Si tan inocente estaba obrando...
—Pruebe eso también —dijo Mavis—. Esto es ridículo. Me voy a
casa; estoy cansado, y Purcell también parece estarlo. Mañana es lunes y ya
saben ustedes lo que eso significa para todos nosotros.
—Todos estamos conformes en que, ni remotamente, se puede llamar
prueba a este material. Pero resulta enojoso. Evidentemente, usted hizo esas
llamadas telefónicas; usted se apartó de la vía ordinaria; usted ha estado
fuera la semana pasada. Lo que usted me diga me lo creeré. También usted, ¿no
es así, señora Hoyt?
La señora Hoyt inclinó la cabeza, asintiendo.
—¿Ha abandonado usted a su esposa? —preguntó la señora Frost—.
Es una sencilla pregunta. Sí o no.
—No —dijo él, y era verdad, completamente cierto.
No había ninguna mentira en aquello. La miró directamente a los
ojos.
—Nada de adulterios, nada de líos, nada de amores secretos. Fui
a Hokkaido y conseguí material. Telefoneé a un amigo —a cualquier amigo—. Hice
una visita a ese mismo amigo. Esta última semana ha habido complicaciones
desgraciadas en circunstancias que yo no podía controlar como consecuencia de
tener que abandonar yo mi negocio y hacerme cargo del puesto de director. Mis
razones y mi conducta han estado motivadas por el interés público, y mi
conciencia está completamente limpia.
La señora Hoyt dijo:
—Dejemos que el muchacho se vaya. Podrá darse un baño y dormir
un poco.
Con la mano extendida, Sue Frost se acercó a Allen.
—Lo siento. Y usted lo sabe.
Se dieron un apretón, y Allen dijo:
—¿Mañana por la mañana, a las ocho, no es así?
—Estupendo. —Ella sonrió dócilmente—. Pero no tenemos más
remedio que obtener algún control. Un cargo de esta responsabilidad… ya me
comprende.
Aseguró que lo comprendía todo. Volviéndose hacia Blake y Luddy,
que estaban volviendo a guardar sus pruebas en la cartera, Allen dijo:
—Paquete número 355-B. Esposo fiel víctima de viejas mujeres que
viven en el mismo edificio y condimentan un puchero de porquería que luego les
estalla en plena cara.
Precipitadamente, con la mirada baja, Blake murmuró buenas
noches y se marchó. Luddy siguió detrás de él. Allen se preguntaba cuánto
tiempo le dejaría en paz aquel despiste.
XVI
Su nuevo despacho en Telemedia había sido fregado, barrido y
pintado de nuevo. Su mesa había sido trasladada desde la Agencia como un gesto
de continuidad. A las diez de la mañana del lunes, Allen se había hecho cargo
de todo. Se había sentado en el gran sillón giratorio, había hecho uso del
sacapuntas, se había erguido ante el medio tabique desde el que dominaba a todo
el personal a sus órdenes.
Mientras se estaba estabilizando, Myron Mavis, con el aspecto de
quien no se ha acostado en toda la noche, apareció para desearle buena suerte.
—No es un mal sitio —dijo Mavis—. Hay mucho sol y un aire sano.
Muy saludable; mire cómo estoy yo.
—Espero que no irá a vender sus huesos para que hagan cola —dijo
Allen, sintiéndose humilde.
—De momento, no. Venga usted. —le guió fuera del despacho—. Le
presentaré al personal.
Circularon por el pasillo entre los manojos de flores de
felicitación. El laberinto de criptógamas salió a su encuentro, y Allen se
detuvo para examinar las tarjetas.
—Como un invernadero —dijo—. Aquí hay una de la señora Hoyt.
Había ramos de Sue Frost, de Harry Priar y de Janet. Había
vistosos ramilletes de las cuatro agencias, incluyendo a Blake-Moffet. Todos
llevaban solemnes saludos. Sus representantes acudirían dentro de poco. Y había
ramos sin marca alguna y sin tarjetas. Se preguntó quienes los habrían enviado.
Seguramente personas del grupo de viviendas; quizás el pequeño señor Wales, que
se había manifestado a su favor durante la reunión del bloque. Otros, de
individuos anónimos que le deseaban suerte. Había un ramito arrugado muy
pequeño, que se molestó en recoger; una especie de florecillas azulencas.
—Esas son de verdad —dijo Mavis—. Huélalas. Campánulas, creo que
se llamaban. Alguien debe de haberlas conservado de otros tiempos.
Probablemente Gates y Sugermann. Y uno de los ramos anónimos
podía proceder del Balneario de la Salud Mental. En el fondo de su mente estaba
la convicción de que Malparto trataría de reembolsarse de sus gastos.
El personal abandonó el trabajo y se alineó para su inspección.
Estuvo repartiendo apretones de manos, haciendo preguntas al azar, pronunciando
sesudos comentarios y saludando a las personas a las que conocía. Era ya cerca
del mediodía cuando él y Mavis terminaron de dar la vuelta al edificio.
—Fue una bonita jugada la de anoche —dijo Mavis mientras
regresaban al despacho—. Blake-Moffet estaba detrás del cargo desde hacía años.
Debe de haberles sentado como un tiro ver que usted era designado para el
puesto.
Allen abrió el archivador que se había traído y rebuscó un
paquete.
—¿Se acuerda usted de esto? —Se lo alargó a Mavis—. Todo empezó
a partir de aquí.
—Ah, sí —asintió Mavis—. El árbol que murió. La Recmor de la
anticolonización.
—Usted sabe muy bien que hay algo más que eso —dijo Allen.
Mavis adoptó un aire inexpresivo.
—Símbolo de la depauperación espiritual, entonces. Desarraigado
del alma del pueblo. ¿Va usted a defender eso? Hacer la propaganda de un nuevo
Renacimiento. Lo que Dante hizo por el más allá, va usted a hacerlo por el más
acá.
—Este paquete en concreto —dijo Allen— está ya trasnochado.
Debería haber salido hace varios meses. Supongo que yo debería empezar con
mucha prudencia, proceder sólo conforme a lo que se ha comprado hasta ahora.
Chocar con el personal lo menos posible. Dejarles seguir la ruta que han estado
llevando: la aproximación del riesgo mínimo. —Abrió el paquete—. Pero...
—Nada de peros. —Mavis se inclinó, se llevó un dedo a los labios
y murmuró roncamente—: El santo y seña es Excelsior.
Cambió con Allen un apretón de manos, le deseó suerte, vagó
solitario en torno al edificio una hora o dos, y desapareció luego.
Viendo marcharse a Mavis, Allen se dio cuenta de la carga que
caía sobre sus propios hombros. Pero aquella sensación de peso le ponía
contento.
—Siete de un golpe —dijo.
—Sí, señor Purcell —le respondió una batería de
intercomunicadores, cuando los secretarios volvieron a dar signos de vida.
—Mi padre le puede a tu padre —dijo Allen—. Estoy probando los
aparatos. Pueden ustedes seguir durmiendo o lo que quiera que estén haciendo.
Se quitó la chaqueta, se sentó a la mesa y empezó a dividir el
paquete. No había nada en él que necesitara cambio alguno, así, pues, le hizo
la señal de satisfactorio y lo arrojó al cesto. El cesto lo escupió, y, en
algún sitio de la larga cadena del mando, fue recibido y pasó a formar parte
del paquete total.
Agarró el auricular y llamó a su mujer.
—¿Dónde estás? —preguntó ella como si tuviera miedo de
creérselo—. ¿Estás en...?
—Aquí estoy —dijo él.
—¿Cómo... cómo es el trabajo?
—Poder ilimitado.
Ella pareció respirar.
—¿Quieres celebrarlo esta noche?
La idea le pareció buena.
—Desde luego. Este es nuestro gran triunfo; tenemos que
disfrutarlo. —Procuró pensar qué seria lo más apropiado—. Podría llevar a casa
una libra de helado.
Janet dijo:
—Me sentiría mejor si me dijeras qué ocurrió la noche pasada con
la señora Frost.
No tenía objeto darle pasto a su ansiedad.
—Te preocupas demasiado. Todo salió bien, y eso es lo que
interesa. Esta mañana he entregado el paquete del Árbol. ¿Te acuerdas? Ahora ya
no pueden tenerlo arrinconado. Voy a hacer que trasladen aquí a mis mejores
hombres de la Agencia, hombres como Harry Priar. Cambiaré el personal hasta dar
con algo que valga la pena.
—No harás unas proyecciones demasiado difíciles de entender,
¿verdad? Quiero decir que no amontonarás las cosas sobre las cabezas de la
gente.
—Nadie puede decir dónde tiene la gente la cabeza —repuso
Allen—. La fórmula anticuada está ya definitivamente muerta, y toda clase de
material nuevo tiene que salir a relucir. Probaremos de todo.
Gozosamente, Janet dijo:
—¿Te acuerdas de lo mucho que nos divertíamos cuando empezamos?
Aquello de formar la Agencia, de impresionar a TM con nuestras nuevas ideas,
nuestras nuevas clases de paquetes...
Él recordaba.
—Sigue pensando en eso. Ya te veré esta noche. Todo está
saliendo muy bien, así que no te preocupes. —Agregó adiós y luego colgó.
—Señor Purcell —dijo su intercomunicador de mesa—, hay
aguardando varias personas que desean verle.
—Está bien, Doris —dijo él.
—Vivian, señor Purcell. —Lo que sonaba como una risita—. ¿Puedo
decir que pase el primero?
—Que pase el primero, o la primera, o lo que sea —dijo Allen.
Cruzó las manos frente a él y se quedó mirando a la puerta. La
primera persona era una mujer, y la mujer era Gretchen Malparto.
XVII
Gretchen llevaba un traje sastre azul, una bolsa de piel, estaba
pálida y estragada, tensos los ojos oscuros. Olía a flores frescas y tenía un
aire de belleza y de lujo. Cerró la puerta y dijo:
—Cogí tu nota.
—La criatura fue un niño. Tres kilos.
El despacho pareció llenarse de diminutas partículas en
suspensión; él puso las palmas de las manos en la mesa y cerró los ojos. Cuando
los abrió de nuevo, las partículas habían desaparecido, pero Gretchen seguía
estando allí; se había sentado, había cruzado las piernas y estaba jugueteando
con el borde de su falda.
—¿Cuándo volviste? —preguntó ella.
—El domingo por la noche.
—Yo llegué esta mañana. —Sus cejas se enarcaron y su rostro
ondeó ciego y quebrantado—. Desde luego te arreglaste muy bien.
—La verdad —dijo él— era que me figuraba donde estaba.
—¿Tan malo era aquello?
Allen dijo:
—Puedo llamar a gente que te expulse de aquí. Puedo ordenar que
te detengan; puedo conseguir que te hagan toda clase de cosas. Puedo hacer que
te persigan como criminal, a ti y a tu hermano y a ese equipo de locos que está
a vuestras órdenes. Pero eso sería el fin para mí. Incluso Vivian, que entrara
aquí para tomarme un dictado significaría el fin estando tú ahí sentada.
—¿Quién es Vivian?
—Una de mis nuevas secretarias. Me ha correspondido con el
puesto.
El color había vuelto a los rasgos de Gretchen.
—Estás exagerando.
Allen se levantó y examinó la puerta. Tenía cerradura, así es
que echó la llave. Luego fue al intercomunicador, apretó el botón y dijo:
—No quiero que me molesten.
—Sí, señor Purcell —sonó la voz de Vivian.
Cogiendo el teléfono, Allen llamó a su Agencia.
Contestó Harry Priar.
—Harry —dijo Allen—, acércate aquí a TM en cualquier cosa, un
serení o un Cacharro. Aparca lo más cerca que puedas y luego sube a mi
despacho.
—¿Qué pasa?
—Cuando llegues, telefonéame desde el despacho de mi secretaria.
No uses el intercomunicador. —Colgó, se inclinó y soltó los cables del
intercomunicador—. Estas cosas son magnetófonos naturales —le explicó a
Gretchen.
—Estás muy serio.
—Desde luego que sí. —Cruzó los brazos y se apoyó en el borde de
la mesa—. ¿Está loco tu hermano?
Ella se atragantó.
—Lo está... en cierto sentido. Tiene una manía de coleccionista.
Pero todos la tienen. Es el misticismo psiquiátrico. Tu encefalograma era tan
raro; le encantó.
—¿Y tú?
—Supongo que tampoco yo estoy muy cuerda. —Tenía la voz delgada
y tensa—. Durante los cuatro días de viajes he tenido tiempo para pensar en
eso. Tan pronto como vi que te habías ido, me puse a seguirte. En realidad
pensaba que volverías a la casa. Lo deseaba... era una casa tan bonita y tan
cálida. De pronto exclamó furiosamente—: ¡Estúpido canalla!
Allen miró su reloj y vio que Harry Priar llegaría dentro de
diez minutos. Probablemente estaría ahora maniobrando con el serení en el
despegadero del tejado de la Agencia.
—¿Qué vas a hacer conmigo? —preguntó Gretchen.
—Llevarte a algún lado y silenciarte.
Se preguntaba si Gates podría ayudarle. Quizás ella pudiera ser
retenida en Hokkaido. Pero aquello era la guarida de ellos.
—¿No pensaste nunca que me tratabais bastante mal? —preguntó
él—. Fui a vosotros en busca de ayuda; obré de buena fe.
Mirando fijamente el suelo, Gretchen dijo:
—Mi hermano es responsable. Yo no lo sabía con anticipación; tú
habías cruzado la puerta para marcharte, y luego te quedaste derrumbado. El te
había gaseado. Alguien se encargó de llevarte a otro mundo; te iban a embarcar
como un peso cualquiera, en estado cataléptico. Yo temí que pudieras morirte.
Es peligroso. Así es que te acompañé. —Levantó la cabeza—. Quería hacerlo. Era
una cosa terrible, pero algo tenía que hacer.
Él se sentía menos hostil, puesto que aquello era probablemente
verdad.
—Eres una oportunista —murmuró—. Todo el jaleo fue bastante
ingenioso. Especialmente el momento aquel en que la casa se disolvía. ¿Qué
tiene de particular mi encefalograma?
—Mi hermano se quedó desconcertado al verlo. Nunca había visto
nada igual. Él pensaba en alguna peculiaridad psíquica. Precognición, cree él.
Ultrajaste la estatua para impedir tu propio asesinato en manos de las
Cohortes. El cree que las Cohortes matan a la gente que se encumbra demasiado.
—¿Tú lo crees?
—No —dijo ella—, porque yo sé lo que significa el encefalograma.
Tú tienes algo en tu mente que no tiene ninguna otra persona. Pero no es
precognición.
—¿Qué es entonces?
Gretchen dijo:
—Tienes sentido del humor.
El despacho se quedó en silencio mientras Allen reflexionaba y
Gretchen se alisaba las faldas.
—Puede que tengas razón —dijo Allen por fin.
—Y un sentido del humor no cuadra lo más mínimo en Recmor. Ni
entre nosotros. Tú no eres un mutante; eres sencillamente un ser humano
equilibrado. —Su voz fue ganando fuerza—. La burla, todo lo que has hecho. Has
estado tratando de restablecer el equilibrio en un mundo desequilibrado. Y hay
algo que ni siquiera para ti mismo eres capaz de admitir. En la superficie
crees en Recmor. Por debajo hay ese guijarro, esa pepita irreductible, que hace
muecas y se ríe y gasta bromas.
—Infantil —dijo él.
—En absoluto.
—Gracias —dijo él sonriéndole.
—Este es un maldito lío. —Extrajo de su bolso un pañuelo, se
secó los ojos y luego se guardó el pañuelo en el bolsillo de la chaqueta de su
traje sastre—. Tú has conseguido este puesto, Director de Telemedia, el cargo
más elevado en cuestiones de moralidad. Guardián de la ética pública. Eres tú
el que crea la Ética. ¡Qué situación tan enrevesada e inextricable!
—Pero yo quiero este trabajo.
—Sí, tus motivos éticos son muy altos. Pero no son los motivos
éticos de esta Sociedad. Las reuniones de bloques; las odias. Los acusadores
sin rostro. Los juveniles, el chismorreo incesante. La lucha insensata por los
alquileres. La ansiedad. La tensión y el esfuerzo; mira a Myron Mavis. Y las
exageraciones de culpabilidad y sospecha. Todo llega a mancharse. El miedo a la
contaminación; el miedo a cometer un acto indecente. El sexo es morboso; la
gente husmea los actos más naturales. Toda esta estructura es como una
gigantesca cámara de torturas, con todo el mundo mirando a todo el mundo,
tratando de encontrar faltas, tratando de derribar al otro. Cazadores de brujas
y Cámaras de la Estrella. Terror y censura; señores displicentes condenando
libros. Niños que no pueden oír nada malo. La Recmor fue inventada por mentes
enfermas y crea más mentes enfermas.
—Muy bien —dijo Allen, después de haber escuchado con atención—.
Pero no voy a pasarme toda la vida viendo a muchachas tomar baños de sol. Como
un viejo verde de vacaciones.
—¿Eso es todo lo que ves en el Balneario?
—Por lo menos, es todo lo que veo en Otro Mundo. Y el Balneario
es una máquina para enjaular gente allí.
—Hace algo más que eso. Proporciona a la gente un sitio al que
poder huir. Cuando su resentimiento y su ansiedad empiezan a destrozarlos...
—Hizo un gesto—. Entonces se marchan.
—Entonces no les da por romper escaparates. O por ultrajar a las
estatuas. Yo prefiero esto último.
—También tú acudiste a nosotros.
—Tal como veo la cosa —dijo Allen— el Balneario actúa como una
parte del sistema. Recmor es una mitad y vosotros sois la otra. Dos caras de
una misma moneda: Recmor es todo actividad y vosotros sois el juego del volante
y de las damas. Juntos formáis una sociedad; os apoyáis y sostenéis mutuamente.
No puedo estar en las dos partes, y, de las dos, prefiero esta.
—¿Por qué?
—Por lo menos, aquí se hace algo. La gente trabaja. En cambio
vosotros les decís que se vayan a pescar.
—Entonces no querrás volver conmigo —dijo ella razonablemente—.
En realidad no esperaba que quisieras.
—Entonces, ¿por qué has venido aquí?
—Para darte explicaciones. Para que comprendieras cómo ha
sucedido todo el maldito asunto y cuál ha sido el papel que yo he desempeñarlo.
El por qué me metí en esto. Y así comprenderías algo acerca de ti mismo. Yo
necesitaba que te dieras cuenta de cuáles son tus verdaderos sentimientos... la
hostilidad que sientes hacia Recmor. La sensación de ultraje que experimentas
por sus crueldades. Te está moviendo por el camino de la integración. Pero yo
quería ayudarte. Tal vez eso te compense de lo que te quitamos. Tú nos pediste
ayuda. Lo siento.
—Arrepentirse es una buena idea —dijo él—. Un paso en la
dirección acertada.
Gretchen se levantó y puso la mano en el tirador de la puerta.
—Ya me ocuparé yo de dar el paso siguiente. Adiós.
—Siéntate un momento. —La empujó hacia la silla, pero ella se
zafó de su brazo.
—¿Qué pasa? —preguntó él—. ¿Más discursitos?
—No. —Ella le plantó cara—. Renuncio. No te originaré más
molestias. Vuelve con tu preocupada mujercita; es lo que te corresponde.
—Es más joven que tú —dijo Allen—. No sólo más pequeña.
—¡Qué maravilloso! —dijo Gretchen con ligereza—. Pero, ¿estás
seguro de que te comprende? ¿Estás seguro de que comprende ese núcleo
irreductible que tú tienes y que te hace diferente y te mantiene apartado del
sistema? ¿Puede ella conseguir que todo sea como debería ser? Porque eso es
importante, más importante que ninguna otra cosa. Incluso esta posición
heroica, este nuevo empleo, no es realmente...
—¡Otra vez más la propagandista del bienestar! —dijo él.
Sólo en parte la estaba escuchando; estaba atento a ver si
llegaba Harry Priar.
—Tú crees lo que te estoy diciendo, ¿verdad? Lo que digo de ti;
de lo que hay dentro de ti.
—Esté bien —dijo él—. Estoy conmovido por ese cuento.
—Es todo verdad. En realidad, me preocupo mucho de ti, Allen. Te
pareces muchísimo al padre de Donna. Equivocándote sobre el sistema,
abandonándolo y regresando luego. Las mismas dudas y las mismas desconfianzas.
Ahora ha regresado aquí como curado. Le he dicho adiós. También te digo adiós a
ti de la misma manera.
—Una última pregunta —dijo Allen— Para el archivo. ¿Creéis
sinceramente que yo voy a pagar esa factura?
—Es una tontería. Se trata de un procedimiento rutinario y por
eso estaba redactada «por servicios prestados», de forma que nadie puede
identificarla. Haré que cancelen la cuenta. —De pronto se mostró muy tímida—.
Me gustaría pedirte algo. Es muy posible que te eches a reír.
—Veamos.
—¿Por qué no me besas para darme la despedida?
—No se me había ocurrido —contestó sin hacer el menor
movimiento.
Gretchen se descalzó los guantes, los dejó junto al bolso y alzó
sus dedos desnudos y esbeltos hasta el rostro de Allen.
—No habrá nadie que de verdad se llame Molly, ¿sí? Fue un
invento tuyo.
Le clavó las uñas en el cuello, haciéndole volverse hacia ella.
Su aliento, mientras le besaba, tenía un débil dulzor a menta y sus labios eran
húmedos.
—Eres tan bueno —dijo ella, apartando un poco el rostro.
Gritó.
En el suelo de la oficina había una criatura metálica en forma
de tijereta, con sus vástagos receptores altos y chirriantes. El juvenil se
acercó un poco más y luego se retiró precipitadamente. Allen cogió un pisapapeles
de la mesa y se lo arrojó al juvenil. No le dio y la cosa siguió corriendo.
Estaba tratando de volver por la ventana por la que había entrado. Cuando llegó
junto a la pared, Allen levantó el pie y lo aplastó; el juvenil cayó roto en el
suelo y se arrastró en semicírculo. Allen cogió una máquina de escribir y la
arrojó sobre el contorsionado juvenil. Luego empezó a escudriñar en busca de su
depósito de cintas magnetofónicas.
Mientras estaba rebuscando, la puerta del despacho se abrió y se
precipitó dentro un segundo juvenil. Detrás de él apareció Fred Luddy
disparando instantáneas con una cámara de flash. Con él venían técnicos de
Blake-Moffet, arrastrando cables, auriculares, lentes y baterías. Detrás de la
gente de Blake-Moffet, venía una horda de empleados de TM, chillando y
murmurando.
—¡Tened cuidado con el cierre! —gritó Luddy, tirando de un
cable—. Que alguien recoja la cinta de ese juvenil despachurrado.
Dos técnicos saltaron junto a Gretchen y levantaron los restos
del despanzurrado juvenil.
—Parece que está intacta, Fred.
Mientras Luddy disparaba instantáneas, los magnetófonos giraban
y el juvenil superviviente chirriaba gozoso. El despacho estaba abarrotado de
gente y de aparatos; Gretchen se mantenía encogida en un rincón, y a lo lejos
estaban sonando timbres de alarmas.
—¡Forzamos la cerradura! —gritaba Luddy, apuntando a Allen con
su cámara—. Tú la oíste; estabas matando a ese juvenil que enviamos por la
ventana. ¡Esas cosas saben trepar cinco y seis pisos!
—¡Corre! —le dijo Allen a Gretchen apartando a la gente para que
la dejara pasar—. Baja y vete de aquí.
Ella se arrancó de sus parálisis y empezó a andar hacia la
puerta abierta. Luddy se dio cuenta y gritó afligido; soltó su cámara en manos
de un subordinado y corrió detrás de la muchacha. Cuando la cogió por el brazo,
Allen le agarró a su vez y le encajó un directo en la mandíbula. Luddy se
desmayó, y Gretchen, con un grito de desesperación, desapareció pasillo abajo.
—¡Vamos, muchachos! —dijo uno de los hombres de Blake-Moffet,
ayudando a Luddy a ponerse en pie—. Ya tenemos fotos.
Había ahora tres juveniles, y había más en camino. Allen se
había sentado sobre un acondicionador de aire y descansaba. Por todas partes
reinaba el alboroto; la gente de Blake-Moffet seguía sacando fotos, y su propia
gente de la TM estaba tratando de restaurar el orden.
—Señor Purcell —dijo una de sus secretarias, probablemente
Vivian, gritándole en los oídos—. ¿Qué hacemos? ¿Llamamos a la Policía?
—¡Echadlos afuera! —gruñó Allen—. Traed gente de otros
departamentos y expulsadlos. Están cometiendo una transgresión.
—Sí, señor —dijo la secretaria, que desapareció presurosa.
Luddy, asistido por dos de sus subordinados, se acercó. Venía
frotándose la barbilla y había recuperado su cámara.
—El primer rollo está intacto. Tú y esa tipa abrazados; todo
está registrado. Y el resto también, tú aplastando al juvenil y pegándome y
ayudando a la prójima esa a escapar. Y la puerta cerrada, el intercomunicador
desconectado, toda la combinación.
Harry Priar emergió en medio del barullo.
—¿Qué ha pasado, Allen? —Vio a Luddy y a los juveniles—. ¡Oh,
no! —dijo—. No.
—No has durado mucho —le dijo Luddy a Allen—. So...
Retrocedió al ver que Priar le miraba fijamente.
—Me temo —dijo Priar— que no he llegado aquí a tiempo.
—¿Cómo has conseguido llegar hasta aquí? ¿Por la fuerza?
Algo del caos estaba aplacándose. La gente de Blake-Moffet y sus
aparatos estaban siendo desalojados por la fuerza. Todos eran sonrisas
resplandecientes. El personal de la TM estaba congregado en grupos sombríos,
mirando a Allen con fijeza y cambiando murmullos. El encargado de las
reparaciones en la TM estaba inspeccionando el agujero en la puerta del
despacho donde había estado la cerradura. Los de Blake-Moffet se habían llevado
la cerradura consigo, probablemente a título de trofeo.
—Una invasión —dijo Priar—. Nunca hubiera creído que Luddy fuese
a tener redaños para eso.
—Ha sido idea de Blake —dijo Allen—. Y es la venganza de Luddy.
Así es que ahora el ciclo está completo. Yo pesqué a Luddy, ahora él me pesca a
mí.
—¿Consiguieron ellos…? Bueno, quiero decir que si lograron lo
que se proponían.
—Con creces —dijo Allen—. Hice lo peor de lo peor; aplasté a un
juvenil.
—¿Quién era la muchacha?
Allen hizo una mueca.
—Una amiga. Una sobrina que ha venido de su ciudad. Mi hija.
¿Por qué preguntas?
XVIII
Ya bien entrada la noche, estaba sentado con Janet en la
oscuridad, escuchando los ruidos que se filtraban a través de las paredes de
los otros apartamentos. El murmullo de voces, una música débil, chasquidos de
platos y sartenes, e indistintas ampollas de sonidos que podían ser cualquier
cosa.
—¿Quieres que vayamos a dar un paseo? —preguntó él.
—No —dijo Janet, agitándose un poco a su lado.
—¿Quieres acostarte?
—No. Sólo estar sentada.
Por fin, Allen dijo:
—Me tropecé con la señora Birmingham cuando fui al cuarto de
baño. Trajeron los informes en un convoy de Cacharros. Seis hombres venían
custodiándolo. Ahora ellos los tienen ocultos en cualquier parte, probablemente
en una media vieja.
—¿Vas a asistir a la reunión del bloque?
—Estaré allí y lucharé con todos los medios a mi alcance.
—¿Servirá de algo?
Reflexionó.
—No.
—Entonces —dijo Janet—, estamos perdidos.
—Perderemos el alquiler, si es a eso a lo que te refieres. Pero
es todo cuanto puede hacernos la señora Birmingham. Su autoridad termina cuando
nos marchamos de aquí.
—Parece que te has resignado a eso —dijo Janet.
—¿Qué remedio me queda? —Buscó sus cigarrillos y luego
renunció—. ¿Es que tú no?
—Tu familia trabajó docenas de años para conseguir este
alquiler. Todo el tiempo que tuvo que estar tu madre en la Agencia Sutton antes
de lograrlo. Y tu padre en el Departamento de Arte de TM.
—Ciudadanía completa —dijo él—. No tienes que recordármelo. Pero
todavía soy Director de Telemedia. Quizá consiga un alquiler de Sue Frost.
Técnicamente tengo derecho a disponer de uno. Deberíamos estar viviendo en el
apartamento de Myron Mavis, a distancia razonable de mi lugar de trabajo.
—¿Te daría ella ahora un alquiler? ¿Después de todo el jaleo de
hoy?
Trató de imaginarse a Sue Frost y la expresión de su rostro. El
sonido de su voz. El resto del día había estado vagando por su despacho en la
TM esperando la llamada de ella, pero no se produjo. Ni una palabra llegó desde
arriba; los altos poderes permanecían mudos.
—Estará decepcionada —dijo él—. Sue tenía para mí la clase de
esperanzas que sólo una madre es capaz de concebir.
Cucaña arriba, generación tras generación. Los proyectos de
viejas mujeres, la actividad y secretas ambiciones de padres que jalean a sus
hijos para que avancen un grado más. Agotamiento, sudor, la tumba.
—Podemos suponer que los de Blake-Moffet la habrán informado
—dijo—. Creo que ya es hora de poder decirte lo que pasó en su apartamento la
noche pasada.
Se lo contó a Janet, y a ella no se le ocurrió nada que decir.
No había bastante luz en el apartamento para verle la cara, y él se preguntó si
ya se le habría pasado lo peor. O si alguna tormenta primitiva iba a descargar
sobre su cabeza. Pero cuando por fin le dio un codazo suave, ella se limitó a
decir:
—Temía algo por el estilo.
—¿Por qué demonios habías de temer?
—Tenía el presentimiento. Quizá soy clarividente. —Él le había
contado lo de las pruebas psiquiátricas del doctor Malparto—. ¿Y era la misma
muchacha?
—La muchacha que me llevó al Balneario de la Salud; la muchacha
que ayudó a raptarme; la muchacha que inclinó su regazo en mi rostro y dijo que
yo era el padre de su criatura. Una muchacha muy bonita de cabellos negros con
una casa enorme y preciosa. Pero yo regresé. A nadie parece importarle esto.
—A mí sí me importa —dijo Janet—. ¿Crees que ella estaba en el
ajo?
—También a mí se me ocurrió la idea. Pero no lo estaba. Allí
nadie tenía nada que ganar excepto Blake-Moffet. Y el Balneario no forma parte
de Blake-Moffet. Gretchen se mostró únicamente alocada, irresponsable y llena
de vigor femenino. Amor joven le dicen a eso. Y el idealismo de su profesión.
Su hermano es de la misma manera: idealismo en beneficio del paciente.
—Es una historia de locos —protestó Jane—. Todo lo que ella hizo
fue entrar en tu oficina, y todo lo que hiciste fue besarla cuando se marchaba.
Y por eso te ves condenado, arruinado.
—La expresión es «empresa vil» —dijo Allen—. Saldrá a relucir el
miércoles a eso de las nueve de la mañana. Me pregunto qué podrá hacer el señor
Wales en mi defensa. Esto es proponerle todo un desafío.
Pero la reunión del bloque no era lo importante en realidad. Lo
desconocido era Sue Frost, y su reacción podría tardar unos cuantos días.
Después de todo, ella tendría que conferenciar con Ida Pease Hoyt: la reacción
necesitaba el sello de finalidad absoluta.
—¿No dijiste que ibas a traer a casa una libra de mantecado?
—preguntó Janet frívolamente.
—En vista de cómo estaban las cosas, me pareció un poco tonto
—dijo Allen.
XIX
El miércoles por la mañana, la cámara del primer piso del grupo
casero estaba atestada hasta los topes. El relai de la mojarra había llevado
las noticias a todo el mundo, principalmente por medio de las esposas. Rancio
humo de cigarrillos pendía en el techo y el sistema de acondicionamiento de
aire no progresaba lo más mínimo. En el testero más lejano estaba la plataforma
sobre la que tomaban asiento las porteras, y todas estaban presentes.
Con un vestido recién almidonado, Janet entró un poco antes que
su marido. Se dirigió directamente hacia una mesa desocupada y se colocó ante
el micrófono. La mesa, en virtud de un protocolo no verbalizado, se había
quedado adrede vacante; en épocas de crisis auténtica se esperaba que la esposa
ayudara al marido. Despojarla de aquel derecho habría sido un ultraje a Recmor.
La última vez no se había dejado vacante ninguna mesa. La última
vez no había sido una crisis.
—Esto es grave —le dijo Allen a su mujer, colocándose detrás de
ella—. Y esto va a ser largo; va a ser vengativo; y lo vamos a perder. Así es
que no te comprometas demasiado. No trates de salvarme, porque nadie me puede
salvar. Es lo que decíamos anoche.
Ella asintió sin mirarle.
—Cuando empiecen a clavarme los colmillos —continuó él
suavemente, como si estuviera tarareando una canción—, no des ningún respingo y
arremetas contra todos. Esto está ya más que decidido. Por ejemplo, ¿dónde se
encuentra el pequeño señor Wales?
El hombre que tenía fe en Allen Purcell no estaba presente. Y
las puertas se estaban cerrando: por lo visto, no acudiría.
—Probablemente habrán descubierto algún fallo en su contrato
—dijo Allen.
En aquellos momentos, la señora Birmingham se ponía ya en pie y
aceptaba la agenda.
—O se ha descubierto que es el propietario de una cadena de
casas de tratos que se extiende desde Novísima York a Orión.
Janet continuaba todavía mirando al frente. Con una rigidez que
él nunca le había visto antes. Parecía haberse creado para su uso exclusivo un
exoesqueleto, una envoltura continente por la que nada entraba y de la que nada
salía. Se preguntó si se estaría reservando para un gran golpe. Quizá se
pusiese todo en claro cuando las señoras leyeran su decisión.
—Está esto polvoriento —dijo Allen, mientras la habitación se
empequeñecía en un silencio lúgubre.
Unas cuantas personas fijaron en él sus ojos. Luego apartaron la
mirada. Puesto que iba rodando cuesta abajo, era una idea pobrísima la de
asociarse con él en cualquier forma.
Al extremo de la sala, los juveniles estaban entregando sus
cintas magnetofónicas. Siete cintas, en total. Seis, conjeturó Allen, serían
para él. Y una, para todo el resto.
—Estudiaremos primero el caso del señor A.P. —anunció la señora
Birmingham.
—Estupendo —dijo Allen, aliviado.
Algunas cabezas se volvieron para colocarse inmediatamente como
estaban antes. Se elevó un murmullo que fue a juntarse con la niebla del humo
de los cigarrillos.
De forma sardónica, se sentía divertido. Las filas de caras
solemnes y justicieras... aquella era una iglesia del África del Sur, y
aquellos eran los miembros de la congregación reunidos en pía asamblea. A
largas zancadas, se encaminó hacia la tarima del acusado, con las manos en los
bolsillos. Detrás de él, sentada a su mesita, Janet permanecía con la cara de
palo, tan rígida e impasible como un madero tallado. Él le hizo una señal con
la cabeza y la sesión comenzó.
—El señor A. P. —dijo la señora Birmingham, con su voz ruidosa y
autoritaria— se comprometió voluntariamente y a sabiendas en la tarde del 22 de
octubre de 2114, en el sitio donde trabaja y durante las horas de trabajo, en
una empresa vil con una mujer joven. Además, el señor A. P. destrozó
voluntariamente y a sabiendas un instrumento oficial de control, para evitar
así la detención, y, para evitar otras detenciones, golpeó la faz de un
ciudadano de Recmor, infirió daños a la propiedad particular y, de toda manera
posible, trató de ocultar sus acciones.
Una serie de chasquidos iba sonando en los altavoces, a medida
que la voz se calentaba. La red de conexión estaba en plena faena: el locutor
carraspeó, gruñó y habló por fin:
—Definición. Especifique. Empresa vil.
La señora Birmingham se ajustó las gafas y siguió leyendo:
—El señor A. P. acogió a la joven, no su esposa legal, en su
despacho del trust de Telemedia y allí se encerró con ella bajo llave, tomó
precauciones para asegurarse de que no sería descubierto y, cuando fue
descubierto, estaba en el acto de besuquear, abrazar y sexualmente acariciar a
la joven en los hombros y en la faz. Y de tal manera había colocado su cuerpo,
que éste se hallaba en contacto con el de ella.
—¿Es éste el mismo señor A. P. que compareció ante nosotros la
semana antepasada? —preguntó la voz.
—El mismo —dijo la señora Birmingham sin repugnancia alguna.
—Y la semana pasada no compareció en la reunión, ¿no es así? —La
voz declaró luego—: El señor A. P. no está siendo juzgado por su ausencia de la
semana pasada, y su falta en la semana anterior ha sido ya condenada con la
reunión actual.
El humor del auditorio se alteró ahora. Como siempre, muchos de
los miembros sentían curiosidad; otros estaban aburridos y no muy interesados.
Unos cuantos aparecían insólitamente curiosos, y era a aquellos a quienes Allen
prestaba particular atención.
—Señor A. P. —dijo la voz—, ¿fue esa la primera vez que usted se
reunía con la joven?
—No —dijo él—, ya la había visto otras veces.
Aquella pregunta era una trampa que se practicaba en plan de
rutina: si su réplica hubiese sido que sí, que era la primera vez, se exponía a
ser acusado de promiscuidad. El descarrío sexual se comprendía mejor si se
confinaba a una pareja única; la señorita J. E. había sido absuelta por aquel
detalle, y él trataba de utilizarlo también.
—¿A menudo? —preguntó la voz, infinitamente desprovista de toda
entonación.
—No con exceso. Éramos buenos amigos. Todavía lo somos. Yo tengo
muy buena opinión de la señorita G. M. Siento el mayor respeto por ella y lo
mismo le pasa a mi esposa.
—¿Su esposa la conoce? —preguntó la voz.
La voz se contestó su propia pregunta:
—El mismo acaba de decirlo.
Allen continuó:
—Permítame aclarar esto. La señorita G. M. es una mujer
responsable, y tengo una fe absoluta en su integridad moral. De lo contrario yo
no habría admitido que entrase en mi despacho. —Su cargo era ya cosa que sabía
todo el mundo, y por eso se decidió a zambullirse a fondo—. En mi posición de
Director de Telemedia, tengo que tener mucho cuidado con mi elección de amigos.
Por tanto...
—¿Cuánto tiempo lleva usted de director?
Vaciló.
—El lunes fue mi primer día.
—¿Y ese fue el día en que apareció la joven?
—No dejó de llegar gente en todo el tiempo. A cada momento se
estaban recibiendo ramilletes de «flores»; ya conocen ustedes la costumbre de
las felicitaciones. Era una verdadera avalancha de gente deseándome buena
suerte. La señorita G. M. era una de esas personas. Vino para darme la
enhorabuena.
La voz comentó:
—Le trajo muy buena suerte. —Varias personas cloquearon
apreciativamente—. Cerró usted la puerta. ¿No es así? Desconectó usted el
intercomunicador. Telefoneó usted para que un Cacharro viniese a buscarles lo
antes posible.
Según sus noticias, aquel hecho no figuraba en el informe
oficial. Se sintió incómodo.
—Cerré la puerta con llave porque la gente había estado dándome
la lata todo el día. Estaba nervioso e irritable. Francamente me hallaba un
poco abrumado por el cargo y no tenía ganas de ver a nadie. En cuanto al
intercomunicador... —Mintió desvergonzadamente, sin rebozo alguno, porque en
aquel sistema no le quedaba otra alternativa—. No estando habituado a mi nueva
oficina, tropecé con los cables involuntariamente. Los cables se rompieron.
Cualquiera que esté acostumbrado a encontrarse en despachos sabe que estas
cosas suceden con frecuencia y por cierto en los momentos más inoportunos.
—Así es —dijo la voz.
—La señorita G. M. —continuó Allen— permaneció unos diez
minutos. Cuando entró el artefacto registrador, yo me estaba despidiendo de
ella. Al marcharse me pidió si podría darle un beso, como señal de alegría.
Antes de que yo pudiera decir que no, ya ella lo estaba haciendo. Eso fue lo
que sucedió, y eso fue lo que vio el aparato.
—Usted trató de destrozar el aparato.
—La señorita G. M. gritó por efecto de la sorpresa. El artefacto
había entrado por la ventana y ninguno de nosotros se había dado cuenta. Para
hablar con franqueza, los dos imaginábamos que era una especie de amenaza. No
recuerdo ahora bien qué es lo que pensé sobre el asunto. Oí gritar a la
señorita G. M. y vi una cosa en movimiento. Instintivamente di un puntapié y la
patada cayó en el artefacto.
—¿Y el hombre al que usted golpeó?
—Cuando la señorita G. M. gritó, la puerta fue violentada y se
precipitó dentro una cantidad enorme de gente histérica. Hubo una gran
confusión, según consta en el informe. Avanzó un hombre y agarró con malos
modos a la señorita G. M. Creí que era un ataque planeado contra ella, y no me
quedaba más alternativa que defenderla. Como caballero era el papel que me
correspondía.
—¿Consta eso en el informe? —preguntó la voz.
La señora Birmingham hizo la consulta pertinente.
—El individuo que fue golpeado estaba tratando físicamente de
detener a la joven. —Pasó una página—. Sin embargo, se declara aquí que el
señor A. P. había dado instrucciones a la mujer para que huyese del lugar de la
escena.
—Naturalmente —dijo Allen—. Puesto que yo temía un ataque contra
ella, quería que se pusiese a salvo. Háganse cargo de la situación. La señorita
G. M. entra en mi oficina para desearme...
—¿Es esta la misma señorita G. M. —interrumpió la voz— con la
que usted pasó cuatro días con sus respectivas noches en una nave interestelar?
La misma señorita G. M. que se hizo pasar con un nombre falso para ocultar su
identidad. ¿No es la misma señorita G. M. con la que usted ha cometido
adulterio en determinado número de ocasiones y en determinados lugares? ¿No es
cierto que todo esto le ha sido ocultado a su esposa y que en realidad su
esposa nunca ha conocido a esa mujer ni podía tener ninguna opinión sobre ella
excepto la opinión normal de una esposa hacia la amante de su marido?
Pandemonium general.
Allen aguardó a que el ruido se aquietara.
—No he cometido nunca adulterio con nadie. No tengo ninguna
relación romántica con la señorita G. M. Jamás en mi vida...
—Usted la acarició; usted la besó; ¿no llama a eso romanticismo?
—Cualquier hombre —dijo Allen— que sea capaz de desarrollar
actividades sexuales durante su primer día en un nuevo empleo es un hombre
insólito.
Risas apreciativas. Y un asomo de aplausos.
—¿Es bonita la señorita G. M.?
Con toda probabilidad, aquella pregunta procedía de una esposa.
El interrogador sistemático, con información extra a su disposición, se había
retirado de momento.
—Supongo —dijo Allen—. Ahora que pienso en eso, pues, sí. Sí,
era atractiva. Algunos hombres la verían de esa manera.
—¿Cuándo la conoció usted por primera vez?
—Pues hace aproximadamente...
Y se interrumpió. Casi había caído en la trampa. Dos semanas era
la respuesta equivocada. Ninguna amistad de dos semanas podía justificar un
beso y un abrazo en el mundo de Recmor.
—Tengo que recordar —dijo, como si se tratara de decenios—.
Veamos, cuando la conocí por primera vez estaba yo trabajando para...
Su voz se desvaneció, y el interrogador se mostró impaciente y
preguntó:
—¿Cómo la conoció usted?
En el fondo de su mente, Allen experimentaba la sensación de que
el enemigo estaba cerrando filas. Había muchas preguntas a las que él no podría
responder, preguntas para las que no cabía evasiva razonable. Esta era una de
esas.
—No me acuerdo —dijo mirando al suelo, esperando que se abriera
para tragarle—. Puede que en casa de unos amigos comunes.
—¿Dónde trabaja ella?
—No lo sé.
—¿Por qué hizo usted un viaje de cuatro días con ella?
—Pruebe que lo hice. —Por lo menos podría zafarse de aquella
forma—. ¿Es que eso consta en el informe?
La señora Birmingham se puso a rebuscar, y meneó luego la
cabeza, indicando que no.
—Señor A. P. —dijo la voz—, quiero preguntarle esto. —No era
posible decir si se trataba del mismo acusador; cansadamente, supuso que sí—.
Hace dos semanas, cuando usted llegó a casa borracho, ¿había estado con esa
mujer?
—No —dijo él, lo que era verdad.
—¿Está usted seguro? Usted se hallaba solo en su oficina. Tomó
un serení para ir a Hokkaido; volvió a aparecer varias horas más tarde en un
estado claramente...
—Entonces ni siquiera la conocía —dijo.
Y se dio cuenta de que aquel era un error gravísimo y
definitivo. Pero, desgraciadamente, ya era demasiado tarde para rectificar.
—¿Quiere decir que la conoció hace menos de dos semanas?
—La había visto antes. —Su voz salía con una fragilidad de
insecto, toda débil por el convencimiento de la derrota—. Pero todavía no la
conocía bien.
—¿Qué sucedió entre usted y ella durante las dos últimas
semanas? ¿Fue entonces cuando aumentó la intimidad?
Allen estuvo reflexionando largo tiempo. No importaba cómo
contestase; la situación era desesperada. Pero era lógico que continuase
defendiéndose hasta el final.
—No estoy seguro —dijo por fin, con negligencia— que la
conociese más o menos en otra época.
—A usted le parece natural tener relaciones con una mujer joven
que no es su esposa y con la que le esté permitido las caricias y el besuqueo y
la yuxtaposición de los cuerpos...
—Para una mente enferma, cualquier clase de relación es un
crimen —dijo Allen.
Se irguió todo lo que pudo y confrontó a la gente que tenía bajo
él.
—Me gustaría ver a quién le estoy hablando. Salga de su refugio;
veamos qué aspecto tiene usted.
La voz impersonal continuó:
—¿Tiene usted la costumbre de poner sus manos en los cuerpos de
mujeres jóvenes con las que, en el curso del día, suele entrar en contacto?
Utiliza usted su cargo como medio para...
—Le digo a usted —contestó Allen— que si consigo identificarle
le romperé la cara tan seguro como que Dios existe. Estoy ya harto de esta
acusación sin rostro. Mentes obscenas y sádicas están usando éstas para espiar
todos los detalles sórdidos, manchar el acto más inocuo llenándolo de baba, ver
porquería y culpabilidad en cualquier relación humana normal. Antes de bajar de
este estrado tengo que hacer una declaración general y teórica. El mundo sería
un sitio mucho mejor si no hubiese inquisiciones morbosas como ésta. Se hace
más daño en una de estas reuniones que en todos los tratos habidos entre hombre
y mujer desde que el mundo es mundo.
Se volvió a sentar. No se oyó un solo sonido en parte alguna. La
sala quedó sumida en completo silencio. Por fin, la señora Birmingham dijo:
—A menos que alguien desee prestar otra declaración, el consejo
va a preparar su sentencia.
No hubo respuesta alguna de la voz impersonal de la «justicia».
Allen, pendiente de aquello, se dio cuenta de que la «justicia» no decía ni una
sola palabra en su defensa. Janet continuaba sentada como un trozo de madera.
Posiblemente estaba de acuerdo con las acusaciones. De momento aquello le tenía
sin cuidado.
El consejo de matronas conferenció durante un periodo que a él
le pareció innecesariamente largo. Después de todo, la decisión estaba
prevista. Se arrancó un hilillo de la manga, tosió, se revolvió inquieto en la
silla. Por último la señora Birmingham se puso en pie.
—Los vecinos de bloque del señor A. P. —decía ella— lamentan
manifestar que no tienen mas remedio que considerar al señor A. P. como
inquilino indeseable. Esto resulta excepcionalmente desgraciado, ya que el
señor A. P. ha sido un inquilino ejemplar en este grupo casero durante muchos
años, y su familia antes que él. A decir verdad, el señor A. P. nació en el
apartamento que ahora ocupa. Por tanto, con profundo disgusto, el consejo,
hablando en nombre de los vecinos de bloque del señor A. P., declara que su
alquiler queda caducado el seis de noviembre de 2114, y, con disgusto aún más
profundo conmina al señor A. P. para que retire su persona, familia y
pertenencias en la fecha indicada. —La señora Birmingham permaneció silenciosa
un momento y luego concluyó—: Se espera también que el señor A. P. comprenda
que, dadas las circunstancias, al consejo y a sus vecinos de bloque no les deja
otra alternativa en el asunto, y que le desean la mayor suerte personal. Por
otra parte, el consejo desea expresar con toda claridad su convencimiento de
que el señor A. P. es un hombre de la mayor fortaleza y perseverancia, y es
creencia del consejo que el señor A. P. superará esta dificultad temporal.
Allen se echó a reír ruidosamente.
La señora Birmingham le miró extrañada. Luego plegó su
declaración y retrocedió. Allen bajó del estrado, descendió por los escalones y
cruzó la abarrotada habitación hasta llegar junto a la mesa donde estaba
sentada su esposa.
—¡Vamos! —le dijo—. Ya podemos marcharnos.
Mientras los dos se habrían camino hacia el exterior, oyeron a
la señora Birmingham que leía la acusación inmediata.
—Estudiamos ahora el caso de R. P., un muchacho de nueve años de
edad que, voluntariamente y a sabiendas, en la mañana del veintiuno de octubre
de 2114, pintó determinadas palabras pornográficas en la pared del cuarto de
baño de la comunidad del segundo piso de este grupo casero.
—Bueno —dijo Allen a su esposa cuando la puerta se cerró tras
ellos—, ya está.
Ella asintió.
—¿Cómo te sientes? —preguntó él.
—Parece todo tan irreal.
—Es real por completo. Disponemos todavía de dos semanas para
marcharnos. Dificultad temporal. —Meneó la cabeza—. ¡Qué farsa!
Acurrucado en el pasillo, estaba el señor Wales, con un
periódico plegado bajo el brazo. Tan pronto como vio a Allen y a Janet, se
acercó titubeando.
—Señor Purcell.
Allen se detuvo.
—Hola, señor Wales. Le echamos de menos.
—No he estado dentro. —El señor Wales se mostraba a la vez
obsequioso y animado—. Señor Purcell, me concedieron un nuevo alquiler. Por eso
es por lo que no estuve; ahora ya no formo parte de este grupo.
—¡Oh! —dijo Allen.
Así pues, no lo habían despachado de mala manera; le habían
preparado un alquiler superior y se lo habían presentado. Probablemente el
señor Wales ignoraba el porqué de su buena suerte; después de todo, también él
tendría sus problemas.
—¿Qué ha pasado ahí dentro? —preguntó el señor Wales—. Alguien
me dijo que usted tenía que comparecer otra vez.
—Así ha sido —admitió Allen.
—¿Algo grave? —preguntó el señor Wales preocupado.
—No demasiado grave —contestó Allen, dándole al hombrecillo una
palmadita en la espalda—. Ya acabó todo.
—Así lo espero, porque, como no estuve...
—No tiene importancia. Pero de todos modos, gracias.
Se dieron la mano.
—Decídanse y vengan a vernos —dijo el señor Wales—. Mi esposa y
yo nos alegraremos mucho de que nos honren con su presencia.
—Muy bien —dijo Allen—. No dejaremos de hacerlo. En cuanto que
vivamos en la vecindad.
Después de dejar a Janet en el apartamento, Allen hizo a pie el
largo camino hasta Telemedia y su nuevo despacho. El personal se mostraba
consternado. Le saludaron y rápidamente volvieron a su trabajo. Sus dos horas
de ausencia probaban a las claras una reunión de bloque; todos sabían donde
había estado.
En el despacho examinó un resumen del programa del día. El
paquete del árbol estaba ya en marcha y se alegró de aquello. Llamó a unos
cuantos funcionarios de la TM, discutieron problemas técnicos y luego se quedó
solo un rato, fumando y meditando.
A las once treinta, la señora Sue Frost, con un largo abrigo y
aspecto hermoso y eficiente, entró muy risueña para hacerle una visita.
—No le robaré mucho tiempo —anunció ella—. Me doy cuenta de lo
ocupadísimo que está.
—No hago más que estar sentado —murmuró él.
Pero ella continuó:
—Estábamos preguntándonos si usted y su esposa estarán libres
esta noche. Tengo una pequeña reunión de juegos de manos en mi casa; nada más
que unos cuantos íntimos. Nos gustaría mucho que vinieran ustedes dos. Estará
allí Mavis, también la señora Hoyt y quizá...
Él la interrumpió:
—¿Quiere usted mi dimisión, no es eso?
Sonrojándose, ella contestó:
—Puesto que vamos a estar juntos, pensé que sería una buena
oportunidad para tratar del...
—Contésteme claramente —pidió él.
—Está bien. —Con voz apretada y segura, dijo—: Necesitamos su
dimisión por escrito.
—¿Cuándo?
—Lo más pronto posible.
—¿Quiere usted decir ahora mismo?
Con compostura casi perfecta, Sue Frost dijo:
—Sí. Si puede ser.
—¿Y si no?
Por un momento ella pareció no comprender.
—Quiero decir —explicó él—, si me niego a dimitir.
—Entonces —dijo ella, mirándole con calma— será usted
destituido.
—¿Y cuándo será eso?
Entonces, por primera vez, ella vaciló.
—La señora Hoyt tendrá que dar su aprobación. A decir verdad...
—A decir verdad —dijo él—, ello requiere una acción conjunta del
Comité. Mi alquiler es válido hasta el día seis, y por lo menos se tardará otro
tanto hasta que ustedes puedan expulsarme legalmente de la TM. Mientras tanto
sigo siendo el director. Si quiere usted verme puede venir aquí a mi despacho.
—¿Habla usted en serio? —preguntó ella con voz ahogada.
—Completamente en serio —dijo Allen—. ¿Ha sucedido esto alguna
vez?
—N... no.
—Ya me parecía a mí.
Cogió algunos papeles de su mesa y se puso a estudiarlos;
durante el rato que había dejado transcurrir se había acumulado un montón de
trabajo.
XX
Ya completamente solo, el señor Wales examinó su nuevo
apartamento en la unidad R6 de la zona de alquileres número 28. Un sueño de
toda la vida se veía así satisfecho. Había avanzado no sólo una, sino dos zonas
hacia el omphalos. La Autoridad de la Vivienda había investigado su petición,
visto la profunda virtud de su vida, su devoción por el bien público.
Moviéndose por la habitación, el señor Wales tocó las paredes,
el suelo, miró por la ventana, inspeccionó la alacena. Pasó las manos por el
hornillo, maravillándose por su ganancia. Los anteriores inquilinos habían
dejado incluso sus objetos edufacturados: reloj, maquinilla de afeitar y
pequeños adminículos.
Al señor Wales le parecía increíble que su insignificante
persona hubiese sido tenida en cuenta. Las peticiones yacían en pilas de tres
metros de altura en las mesas de la Autoridad de la Vivienda. Sencillamente era
que había un Dios. Claramente aquello probaba que los débiles y los blandos,
los insignificantes, terminaban por ganar a la postre.
Después de tomar asiento, el señor Wales abrió un paquete y
extrajo un jarro. Lo había adquirido para regalárselo a su esposa; un obsequio
para celebrar la ocasión. El jarro era verde y azul y estaba moteado de manchas
claras. El señor Wales le dio vueltas, sopló sobre la lisa superficie
acristalada, lo mantuvo apretadamente en sus manos.
Luego se acordó del señor Purcell. Se acordó de todas las veces
que el señor Purcell se había erigido en defensor de las víctimas en las
reuniones semanales del bloque. Todas las amables palabras que había
pronunciado. El ánimo que había dado a los que se veían sometidos a la dolorosa
prueba.
El señor Wales pensó en el aspecto que debió de tener Allen
Purcell en la última reunión del bloque. Los perros arremetiendo contra él. Las
perras lanzándosele a la garganta.
De pronto, el señor Wales gritó:
—¡Le he traicionado! ¡He dejado que lo crucifiquen!
Angustiado, se movía de un lado a otro. Luego se puso en pie de
un brinco y lanzó el jarro contra la pared. El vaso estalló y trozos de azules
y verdes motas luminosas danzaron a su alrededor.
—¡Soy un Judas! —se dijo a sí mismo el señor Wales.
Se cubrió los ojos con los dedos para no tener que ver el
apartamento. Lo odiaba. Ahora que tenía lo que quería, no le interesaba.
—¡He cambiado de idea! —gritaba.
Pero nadie le oía.
—¡Podéis llevároslo!
La habitación seguía en silencio.
—¡Vete! —gritó el señor Wales.
Abrió los ojos. La habitación seguía estando allí. No respondía;
no se marchaba.
El señor Wales empezó a recoger los fragmentos del jarro.
Los trozos de cristal le pinchaban los dedos. Estaba contento.
XXI
A la mañana siguiente, Allen llegó a las ocho en punto a su
despacho en el edificio de Telemedia. Cuando el personal fue apareciendo para
incorporarse a su trabajo, él les fue llamando a su despacho, hasta que a las
ocho y media todos estaban presentes. Los centenares de asalariados continuaban
en sus mesas, repartidas por todo el edificio, mientras Allen se dirigía a los
jefes de los departamentos ejecutivos.
—Ayer se me pidió la dimisión. Eso está relacionado con la
barahúnda que se formó aquí el lunes por la tarde. Me negué a dimitir, de forma
que todavía sigo siendo director, hasta tanto que el Comité pueda reunirse y
destituirme.
El personal acogió la noticia con gran aplomo. Un miembro, jefe
del Departamento de Exposiciones, preguntó:
—Según usted, ¿cuánto tiempo tardará en ocurrir eso?
—Una semana, poco más o menos —contestó Allen—. Puede que un
poco más.
—¿Y pretende usted continuar trabajando todo este tiempo?
—Trabajaré hasta el máximo —dijo Allen—. Hay muchísimas cosas
que hacer y quiero ocuparme de ellas. Pero ustedes tienen derecho a saber cuál
es la situación.
Otro miembro del personal, una mujer peripuesta y con gafas,
preguntó:
—Usted es el director legal, ¿no es eso lo correcto? Hasta que
no le destituyan...
—Hasta que el documento de destitución no me sea entregado, soy
el único director legal del trust; soy el jefe de ustedes, con todos los
poderes implícitos y explícitos anejos a dicho cargo. Naturalmente, la línea de
conducta que yo siga aquí aparecerá altamente sospechosa. Probablemente el
nuevo director anulará todo lo que yo haga, desde el principio hasta el fin.
El personal cambió murmullos y cuchicheos.
—Deben ustedes meditar sobre eso —dijo Allen— conforme les voy
señalando tareas. No puedo imaginarme las molestias que van ustedes a buscarse
por obedecerme y trabajar conmigo. Ustedes pueden imaginárselo tan bien como
yo. Es posible que el nuevo director les despida a todos. Probablemente, no.
—No es probable —dijo un miembro del personal.
—Voy a concederles a ustedes unas cuantas horas para cambiar
impresiones sobre esto. Digamos hasta el mediodía. Los que prefieran no
afrontar el riesgo, pueden irse a casa y aguardar allí a que cese la vigencia
de mi cargo. Estoy seguro de que eso no les pondrá en conflicto con el Comité;
incluso es posible que les congracie con él.
Un miembro del personal preguntó:
—¿Cuál va a ser la línea de conducta que va usted a seguir?
Quizá nos conviniera enterarnos antes de tomar una decisión.
—No creo que les convenga —dijo Allen—. Deben decidir basándose
en otras razones. Si se quedan, tendrán que acatar mis órdenes, sean cuales
sean. La cuestión importante a decidir es ésta: ¿les interesa seguir trabajando
a las órdenes de un hombre que ha caído en desgracia?
El personal salió del despacho, y Allen se quedó solo. Desde el
pasillo le llegaban sombríamente los murmullos de los funcionarios a través de
la puerta cerrada.
Al mediodía virtualmente todos los jefes de departamento se
habían ido a casa de la manera más discreta. Se veía ahora sin personal
ejecutivo. Las diversas operaciones continuaban en marcha pero las filas se
iban aclarando. Una soledad misteriosa pendía en torno al edificio. El zumbido
de las máquinas resonaba en los despachos y en los vestíbulos vacíos y nadie
parecía sentir ganas de hablar.
Llamó por el intercomunicador:
—Vivian, venga un momento.
Entró una muchachita más bien insignificante, con lápiz y block.
—Sí, señor Purcell. Me llamo Nan, señor Purcell. Vivian se ha
marchado.
—¿Usted se queda? —preguntó él.
—Sí, señor.
Se puso sus gruesas gafas y se dispuso a tomar el dictado.
—Quiero que revise usted los departamentos. Es ahora mediodía
así es que, los que se han quedado, probablemente seguirán con nosotros la
siguiente semana. Vea cuáles son los huecos.
—Sí, señor.
La muchacha tomó unas notas.
—Específicamente necesito saber qué departamentos pueden seguir
funcionando y cuáles no. Luego haga pasar al jefe de departamento de mayor
graduación de los que queden. Si no queda ningún jefe de departamento, envíeme
a quien usted crea que está más familiarizado con las operaciones generales.
—Sí, señor.
La muchacha se marchó. Una hora más tarde, entró tímidamente un
hombre larguirucho de mediana edad.
—Señor Purcell —dijo—, soy Gleeby. Me han dicho que quería usted
hablarme. Soy el jefe del departamento de la Música.
Se llevó la mano derecha a la oreja, ahuecándola en forma de
bocina y comunicando al mismo tiempo la interesante noticia de que estaba algo
sordo.
—Siéntese —dijo Allen, complacido por el aspecto del hombre, y
complacido también por el hecho de que hubiera permanecido uno de los jefes de
departamentos—. ¿Estuvo usted aquí a las ocho? ¿Escuchó lo que dije?
—Sí, señor. Me enteré muy bien.
Evidentemente el hombre entendía lo que se decía por el
movimiento de los labios.
—Bueno, ¿qué me dice? ¿Podemos seguir funcionando?
Gleeby reflexionó y encendió su pipa.
—Pues mire, eso es difícil de contestar. Algunos departamentos
están virtualmente cerrados. Podríamos hacer una nueva distribución del
personal, tratar de compensar las pérdidas. Llenar los huecos más grandes.
Allen preguntó:
—¿Está usted verdaderamente dispuesto a ejecutar mis órdenes?
—Sí, señor, lo estoy.
Dio una chupada a su pipa.
—Recmor puede exigirle responsabilidades.
—Ya una vez me volví neurasténico haraganeando en mi apartamento
durante una semana. No conoce usted a mi mujer.
—¿Dónde se hace aquí la investigación?
Gleeby se mostró sorprendido.
—Las Agencias se ocupan de eso.
—Quiero decir investigación verdadera. La comprobación de la
exactitud histórica. ¿No hay una maquinaria encargada de controlar las
proyecciones punto por punto?
—Hay una compañera llamada Phylis Frame que se encarga de eso.
Lleva aquí cerca de treinta años. Tiene un despacho enorme en los sótanos, con
millones de legajos y expedientes.
—¿Se ha marchado? Si no se ha marchado, dígale que suba.
La señorita Frame no se había marchado, y apareció al poco rato.
Era una señora pesada y de aspecto hombruno, con el cabello cano, taciturna y
formidable.
—¿Me necesitaba usted, director?
—Siéntese. —Le ofreció la pitillera, que ella rehusó—. ¿Se hace
usted cargo de la situación?
—¿Qué situación?
Él se la explicó.
—Así que téngalo presente.
—Lo tendré presente. ¿Qué deseaba usted? Tengo prisa por volver
a mi trabajo.
—Deseo un perfil completo —dijo Allen— del comandante Streiter.
No extraído de paquetes o proyecciones, sino los hechos reales que se saben de
su vida. Costumbres, carácter, y así sucesivamente. Deseo datos objetivos. Nada
de opiniones. Material que sea totalmente auténtico.
—Sí, director.
—¿Cuándo podrá usted tener el perfil?
—A las seis. —Se disponía ya a marcharse—. ¿Debe incluir este
proyecto material sobre la familia más inmediata del comandante?
Allen se sintió impresionado.
—Sí, muy bien.
—Gracias, director.
Se cerró la puerta y la mujer desapareció.
A las dos de la tarde, Gleeby llegó de nuevo con la lista
definitiva de los trabajadores que quedaban.
—Podríamos estar todavía peor. Pero no hay casi nadie capaz de
tomar decisiones. —Enarboló la lista—. Déles a esta gente algo que hacer y se
pondrán a trabajar. Pero, ¿qué vamos a darle?
—Tengo algunas ideas —dijo Allen.
Después de que Gleeby salió del despacho, Allen telefoneó a su
antigua Agencia.
—Tengo aquí unas cuantas vacantes —dijo— que necesito que sean
ocupadas. Creo que las rellenaré con gente de la Agencia. Pondré a nuestros
chicos en la nómina de la TM y trataré de obtener fondos del pagador. Si no,
pagaré con los fondos de la Agencia. De todas maneras necesito gente aquí, y
ahora le envío mi lista de necesidades.
—Eso nos va a dejar en cuadro —indicó Harry Priar.
—Desde luego. Pero sólo va a ser cuestión de una semana poco más
o menos. Indíqueles a los nuestros en la situación en que estoy y vea quién se
presenta voluntario para venir. Luego elija usted como le parezca. Bastará con
una docena. ¿Qué me dice de usted personalmente?
—Trabajaré para usted —dijo Priar.
—Estoy en completa desgracia.
Priar replicó:
—Cuando pregunten, diré que usted me hizo un lavado de cerebro.
A eso de las cuatro de la tarde, llegó el primer turno de
personal de la Agencia. Gleeby se entrevistó con cada uno de los individuos y
les asignó un departamento. Al acabar el día se había formado un cuerpo de
personal listo para todo. Gleeby se mostraba optimista.
—Esta es gente viva —le dijo a Allen—. Y están acostumbrados a
trabajar con usted. Podemos tener confianza en ellos. Y eso es una cosa buena.
Supongo que el Comité tendrá a algunas de sus criaturas espiando por los
alrededores. ¿Quiere que exija juramento de lealtad?
—No hace falta —dijo Allen—. Lo que importa es ver los productos
acabados.
Había estudiado el estado de las proyecciones en curso; algunas
estaban ya desechadas, otras seguían en marcha, y la mayoría terminaba en
callejones sin salida. Las líneas de reajuste estaban ya abiertas y
funcionando, listas para aceptar nuevo material.
—¿Qué es eso? —preguntó Gleeby cuando Allen mostró hojas de
papel rayado.
—Mis esbozos preliminares. ¿Qué plazo normal se necesita para
terminar la primera etapa?
—Digamos —contestó Gleeby— que un paquete se aprueba el lunes. A
partir de entonces se suele tardar de un mes a cinco meses. Depende del medio
en que vaya a ser proyectado.
—¡Jesús! —exclamó Allen.
—La cosa puede abreviarse. Con material corriente podemos
abreviarlo hasta... —hizo un cálculo—. Digamos dos semanas.
Allen se volvió hacia Harry Priar, que estaba escuchando.
—¿Qué le parece?
—En el tiempo que vaya usted a estar aquí —dijo Priar—, no
tendrá terminado ni uno siquiera.
—Desde luego —dijo Allen—. Gleeby, para ponernos a salvo tenemos
que acortar la cosa a cuatro días.
—Eso sólo sucedió una vez —dijo Gleeby, frotándose una oreja—.
El día que murió William Pease, el padre de Ida Pease Hoyt. Tuvimos una
proyección gigantesca. Sobre todos los medios, en el plazo de veinticuatro
horas.
—¿Incluso en los cestos trenzados?
—En los cestos, en las hojillas volantes, en las marcas de
lápices. Lo que se dice todo.
Priar preguntó:
—¿Va a haber alguien más con nosotros? ¿O éste es todo el
personal?
—Dispongo todavía de otra pareja —dijo Allen—. No estaré seguro
hasta mañana —miró su reloj—. Estarán en todo lo alto, como hombres de ideas
originales.
—¿Quiénes son? —preguntó Gleeby—. ¿Alguien a quien conozcamos?
—Uno de ellos se llama Gates —contestó Allen—. El otro es un
hombre llamado Sugermann.
—Supongamos que yo le preguntara a usted qué es lo que va a
hacer.
Allen dijo:
—Yo se lo diría. Vamos a tomarle el pelo al comandante Streiter.
Estaba con su esposa cuando saltó a las antenas el primer
anuncio. Por orden suya un receptor portátil de televisión fue instalado en su
apartamento de una única habitación. La hora era las doce treinta de la noche;
la mayor parte de Novísima York estaba dormida.
—La antena transmisora —le dijo a Janet— está en el edificio de
la TM.
Gleeby había reunido a los suficientes técnicos de televisión
para volver a poner a la emisora, normalmente cerrada a aquella hora, en el
aire.
—Estás excitadísimo —dijo Janet—. Me alegro de que hagas esto,
ya que significa tanto para ti.
—Lo único que espero es que podamos llevarlo a cabo —dijo,
pensando en aquello.
—¿Y después? —preguntó ella—. ¿Qué va a pasar después?
—Ya veremos —dijo él.
El anuncio estaba desarrollándose.
Un telón de fondo mostraba las ruinas de la guerra, las
consecuencias de una batalla. Aparecían los jirones de una instalación, lentos
movimientos de supervivientes arrastrándose, medio quemados, medio muertos de
hambre, entre los escombros.
Una voz dijo:
—En interés público, un programa de discusión de Telemedia va a
ocuparse dentro de poco de un problema de enorme importancia para nuestros
tiempos. Los participantes analizarán la siguiente cuestión: ¿Debería revivirse
la política de asimilación activa de la posguerra del comandante Streiter para
hacer frente a la amenaza actual? Consulten en su barrio para saber horas y
días.
El anuncio se disolvió, llevándose las ruinas y la desolación.
Allen apagó el aparato, poseído de un inmenso orgullo.
—¿Qué te ha parecido? —le preguntó a Janet.
—¿Qué era? —parecía decepcionada—. No había gran cosa.
—Con variaciones, ese anuncio será repetido cada media hora por
todos los canales. A más de eso, gacetillas en los periódicos, menciones en
todos los noticiarios y alusiones menores en los demás medios de comunicación.
—No recuerdo lo que era «asimilación activa». ¿Y a qué se
refiere esa «amenaza actual»?
—El lunes tendrás la historia completa —dijo Allen—. La bomba
estallará en el «carrusel del tiempo». No quiero estropearte la impresión,
contándote por anticipado en qué consiste.
Una vez abajo, compró un ejemplar del periódico del día
siguiente, ya distribuido. Allá en la página primera, en la columna de la
izquierda estaba la gacetilla confeccionada por Sugermann y Priar.
SE HABLA DE REINSTAURAR LA ASIMILACIÓN
Novísima York, oct. 29 (TM) – Por fuentes dignas del mayor
crédito se nos informa que un cierto número de personas que ocupan altos cargos
en los círculos del Comité y que prefieren permanecer en el anónimo por ahora,
favorecen un renacimiento de la política de la posguerra de asimilación activa
desarrollada por el comandante Streiter para hacer frente a las amenazas
entonces en vigor contra la Reclamación Moral. Derivado de la amenaza actual,
este interés renovado por la asimilación expresa la creciente inquietud por la
violencia y criminalidad demostrada por el salvaje asalto al monumento del
comandante Streiter en el Parque del Capitel. Se ve bien claro que el método
terapéutico de la salud mental, y los esfuerzos del Balneario de la Salud
Mental para combatir la inquietud e inestabilidad actuales, han fracasado.
Allen dobló el periódico y volvió a subir al apartamento. Dentro
de un día o dos, los elementos dominantes de la sociedad Recmor estarían al
corriente. La «Asimilación activa como solución para la Amenaza actual» sería
el tema de discusión en todas las bocas.
La Asimilación activa era fruto de su cerebro. Él la había
forjado. Sugermann había añadido la idea de la «Amenaza actual». Entre los dos
habían creado tema para todas las conversaciones.
Se sentía muy contento. Se estaba progresando.
XXII
El lunes por la mañana, la proyección estaba completa.
Trabajadores de la TM, armados, la llevaron escaleras arriba hasta la emisora y
montaron guardia alrededor. El edificio de Telemedia estaba cercado; nadie
entraba y nadie salía. Durante el día, las alusiones, comentarios e indirectas
en los distintos medios proliferaron como ranas en un estanque. La tensión
había empezado a formarse, un ambiente de expectativa avidez. El público
vibraba ante el tema de la «asimilación activa», aunque nadie sabía lo que aquello
significaba.
—La opinión pública —dijo Sugermann— se inclina dos a uno a
favor de restaurar la política precautoria de la asimilación activa.
Se había hecho una encuesta, y los resultados estaban llegando.
—La asimilación activa es demasiado buena para estos
sinvergüenzas —comentó Gates—. No vamos a tener aquí un pasteleo de traidores.
A las ocho menos cuarto de aquella noche, Allen reunió a su
personal en el despacho. Los ánimos estaban optimistas.
—Bueno —dijo Allen—, la cosa no tardará ya mucho. Otros quince
minutos y estamos en las antenas. ¿Quiere alguien echarse atrás?
Todo el mundo sonrió estúpidamente.
—¿Te han dado ya el aviso de destitución? —preguntó Gates.
El aviso, procedente del Comité, había llegado por correo
certificado. Ahora Allen abría el sobre y leía la breve y solemne comunicación.
Disponía aún de tiempo hasta el mediodía del jueves. A partir de entonces ya no
sería director de Telemedia.
—Déme el orden de las secuencias —le dijo a Gleeby.
—¿Cómo dice? ¡Ah, sí! Ya comprendo. —De una lista preparada,
Gleeby le fue leyendo el material rodado hasta ahora—. Hasta este momento sólo
hemos tenido interruptores de fondo. Hoy a las ocho tendrá lugar la discusión
auténtica. Mañana por la noche un duplicado del programa de discusión se
televisará, «a petición del público».
—Habrá que acelerar esto —dijo Allen—. Les damos demasiado
tiempo para que actúen.
—Mejor será hacerlo esta misma noche, un poco más tarde —sugirió
Sugermann—. A eso de las diez, cuando todo el mundo esté metiéndose en la cama.
Gleeby garrapateó unas cuantas palabras.
—Ya hemos enviado los duplicados de las películas a las
colonias. La discusión está ya redactada y aparecerá impresa totalmente en los
periódicos la mañana del martes, más los comentarios en pro y en contra. Los
últimos programas de noticias de esta noche darán resúmenes. Tenemos ya
impresas copias en papel satinado que se venderán en las comisarías, en los
apartados automáticos. Se han preparado ediciones juveniles para uso de las
escuelas, pero, francamente, no creo que nos dé tiempo a distribuirlas. Eso tardará
otros cuatro días.
—¿Y la encuesta? —preguntó Sugermann—. También hay que contarla.
—Magnífico —dijo Allen—. No está mal para haber hecho todo esto
en menos de una semana.
Entró un empleado de la TM.
—Señor Purcell, sucede algo imprevisto. La secretaria Frost y la
señora Hoyt están afuera en un Cacharro del Comité. Quieren que se las deje
pasar.
—Lo que faltaba —dijo Priar.
—Hablaré con ellas afuera —dijo Allen—. Muéstreme dónde están.
El empleado le condujo hasta el piso de abajo y a la parte de
afuera más allá de la barricada que se había erigido ante la entrada. En el
asiento trasero de un pequeño Cacharro azul estaban sentadas las dos mujeres,
muy apretadas, con los rostros muy serios. Ralf Hadler estaba tras el timón.
Fingió no darse cuenta en absoluto de la presencia de Allen. No pertenecían al
mismo mundo.
—Hola —dijo Allen.
La señora Hoyt dijo:
—Esto es indigno. Estoy avergonzada de usted, señor Purcell.
Verdaderamente avergonzada.
—Tomo nota de eso —dijo Allen—. ¿Qué más?
—¿Quiere usted tener la decencia de decirnos qué es lo que está
haciendo? —preguntó Sue Frost en voz baja y estrangulada.
Enarboló un periódico.
—«Asimilación activa». ¿Qué demonios es esto? ¿Han perdido todos
ustedes la razón?
—La hemos perdido —admitió Allen—. Pero no veo que eso importe
mucho.
—Es una invención, ¿verdad? —acusó Sue Frost—. Usted lo está
inventando todo. Esto es una especie de bulo horrible. Si no le conociera a
usted mejor diría que tiene algo que ver con el ultraje a la estatua del
Comandante Streiter; diría que está usted comprometido en todo este desafuero
de desorden y de anarquía.
Su elección de palabras mostraba la eficacia de la campaña. A él
le resultaba raro oírla hablar con los mismos términos que el anuncio de
propaganda.
—Bueno, mire —dijo la señora Hoyt con un tono de amabilidad
forzada—. Si usted presenta su dimisión, trataremos de conseguir que le
devuelvan su alquiler. Podrá usted continuar con su Agencia; todo seguirá
exactamente como estaba. Prepararemos un documento de garantía en el que se
especifique por escrito que Telemedia le comprará a usted. —Vaciló—. Y
trataremos de acusar a Blake-Moffet por la parte que han tomado en la
confabulación.
Allen dijo:
—Ahora sé que estoy pisando terreno sólido. Procuren ver esta
noche la televisión; verán la historia completa de la asimilación activa.
Volviendo a entrar en el edificio, se detuvo para contemplar
cómo el Cacharro azul desaparecía entre nubes de vapor. El ofrecimiento de las
dos señoras le había sorprendido genuinamente. Era asombrosa la cantidad de
rigidez moral que podía ser derribada por un soplido de escándalo. Subió en el
ascensor y se incorporó al grupo que aguardaba en su despacho.
—Ya es casi la hora —dijo Sugermann, consultando su reloj—.
Faltan cinco minutos.
—Calculando muy por encima —dijo Gleeby—, los dominantes que
representan el setenta por ciento de la población estarán oídos alerta. Tenemos
que consentir una saturación casi perfecta en esta única audición.
Coates extrajo de una maleta dos botellas de whisky escocés.
—Para celebrarlo —dijo abriendo las dos—. Que alguien traiga
vasos. O nos pasamos sin ellos.
Sonó el teléfono y Allen se puso al habla.
—Hola, Allen —sonó la voz cascada de Myron Mavis—. ¿Cómo van las
cosas?
—Con una perfección absoluta —contestó Allen—. ¿Quieres darte
una vueltecita por aquí?
—Lo siento. No puedo. Estoy ocupado con el traslado. Tengo que
embalar todas mis cosas para el viaje a Sirio.
—Procura ver la proyección de esta noche —dijo Allen—. Empezamos
dentro de un par de minutos.
—¿Cómo está Janet?
—Parece sentirse bastante bien. Se alegra de que todo se haya
puesto en claro. —Añadió—: Está aguardando en casa.
—Dale recuerdos de mi parte —dijo Mavis—. Y buena suerte en tu
locura.
—Gracias —contestó Allen.
Dijo adiós y colgó.
—La hora —dijo Sugermann.
Gates encendió el gran receptor de TV y todos se congregaron en
torno.
—Ya estamos aquí.
—Aquí estamos —repitió Allen.
La señora Georgina Birmingham colocó su butaca favorita ante su
aparato de televisión y disfrutó por anticipado con su programa favorito: «El
Carrusel del Tiempo». Estaba cansada por las agotadoras actividades del día,
pero un profundo substrato espiritual le recordaba que su trabajo y su
sacrificio eran la única recompensa.
En la pantalla había un programa de relleno a base de anuncios.
Se mostraba un enorme diente deteriorado, haciendo muecas de dolor. A su lado
un brillante diente sano se pavoneaba orgulloso. Los dos dientes se enzarzaban
en un diálogo socrático, cuyo desenlace era la vergüenza y derrota del diente
enfermo.
La señora Birmingham soportaba alegremente el programa de
anuncios porque se hacían por una buena causa. Y el programa «El Carrusel del
Tiempo» bien valía cualquier esfuerzo razonable. Siempre se iba corriendo a
casa los lunes por la noche; en diez años no se había perdido ni una sola
representación.
Una lluvia de fuegos artificiales de brillantes colores cruzó
por la pantalla, y en el altavoz sonaron los rugidos de unos cañones. Una
ominosa línea de palabras cortó la confusión de la guerra:
EL CARRUSEL DEL TIEMPO
Su programa había comenzado. Cruzando los brazos, echando hacia
atrás la cabeza, la señora Birmingham se vio contemplando una mesa a la que
estaban sentados cuatro dignos caballeros. Una discusión estaba en marcha, y se
oían palabras apagadas. Sobre ellas se sobrepuso la voz del locutor.
—El Carrusel del Tiempo. Señoras y señores, ante esta mesa están
sentados cuatro caballeros, cada uno de los cuales es una distinguida eminencia
en su especialidad. Se han reunido para discutir una cuestión vital que afecta
a todo ciudadano de la sociedad Recmor. En vista de la insólita importancia de
este programa, no habrá interrupción alguna, y la discusión, que ya ha
empezado, proseguirá sin cortes hasta que acabe la hora. El tema de esta noche
es... —las palabras se hicieron visibles en la pantalla.
LA ASIMILACIÓN ACTIVA EN EL MUNDO
DE NUESTROS DÍAS
La señora Birmingham estaba encantada. Llevaba ya algún tiempo
oyendo hablar de la asimilación activa, y ésta era su oportunidad para
aprender, de una vez para siempre, en qué consistía aquello. Su falta de
información la hacía sentirse a veces un tanto desplazada.
—Sentado a mi derecha está el Doctor Joseph Gleeby, el conocido
pedagogo, conferenciante y autor de numerosos libros sobre problemas de gran
valor social. —Fue mostrado un hombre larguirucho y de edad madura, fumando una
pipa y frotándose las orejas—. A la derecha del doctor Gleeby está el señor
Harold Priar, crítico de arte, arquitecto, colaborador frecuente de la
Encyclopedia Britannica. —Fue mostrado un individuo más bajito, de rostro serio
e intenso—. Sentado junto al señor Priar está el profesor Sugermann, cuyos
estudios históricos se parangonan con los de Schiller, Gibbon, Toynbee. Somos
muy afortunados al tener al profesor Sugermann con nosotros. —La cámara se
movió para mostrar los rasgos pesados y solemnes del profesor Sugermann—. Y al
lado del profesor Sugermann se sienta el señor Thomas L. Gates, abogado, jefe
cívico y asesor del Comité durante muchísimos años.
Apareció luego el árbitro, y la señora Birmingham se vio frente
a Allen Purcell.
—Y yo —dijo el señor Purcell— soy Allen Purcell, director de
Telemedia. —Se sentó al extremo de la mesa, junto al jarro del agua—. ¿Les
parece, señores, que empecemos con unas cuantas palabras acerca de la
etimología de la asimilación activa? ¿Aludir a la forma como desarrolló el
comandante Streiter la línea política que tan eficaz iba a resultar para sus
tratos con los grupos de la Oposición?
—Bueno, señor Purcell —empezó a decir el profesor Sugermann,
tosiendo de una manera importante y acariciándose la barbilla—, el Comandante
tuvo muchas oportunidades de ver con sus propios ojos las devastaciones
causadas por la guerra en zonas principalmente agrícolas y productoras de
alimento, tales como las regiones ganaderas del Oeste, los campos de trigo de
Kansas, la industria lechera de Nueva Inglaterra. Todo esto estaba aniquilado,
y naturalmente, como todos sabemos, no había escasez intensa sino auténtica
hambre. Esto contribuía a una decadencia de toda la productividad, afectando a
la reconstrucción industrial. Y durante ese período, como es lógico, las
comunicaciones estaban interrumpidas, zonas enteras quedaron aisladas; la
anarquía era lo corriente.
—En ese aspecto —intervino el doctor Gleeby—, muchos de los
problemas de decadencia de las normas morales propias de la Era de la
Disipación se vieron enormemente intensificados por aquel hundimiento del poco
gobierno que existía.
—Así era —concedió el profesor Sugermann—. Siguiendo de esa
manera esta determinante histórica, el comandante Streiter vio la necesidad de
hallar nuevas fuentes de alimentos... y el suelo, como sabemos, estaba
impregnado en exceso de metales tóxicos, venenos y cenizas. Muchos rebaños
domésticos habían muerto. —Alzó la mirada—. Yo creo que en 1975 había menos de
trescientas cabezas de ganado en Norteamérica.
—Eso parece correcto —dijo el señor Purcell cortésmente.
—De esta forma —continuó el profesor Sugermann— los Reclamantes
Morales, tal como ellos operaban en los campos en forma de equipos... —Hizo un
gesto—. Grupos más o menos autónomos; ya estamos familiarizados con esa
técnica... Enfrentados con un problema insoluble: el de alimentar y cuidar a
las numerosas personas procedentes de grupos hostiles que operaban en la misma
zona. En este aspecto añadiré que el comandante Streiter parece haber previsto
con mucha anticipación la continua decadencia de la granjería animal que iba a
ocurrir durante el siguiente decenio. Dio los pasos necesarios para adelantarse
a esa decadencia, y naturalmente los historiadores han hecho resaltar con mucho
énfasis lo acertado de esas medidas.
El profesor Sugermann suspiró, contempló sus manos cruzadas y
luego siguió hablando.
—Para comprender del todo la situación de aquellos seres,
debemos figurarnos a nosotros mismos como viviendo esencialmente sin gobierno,
en un mundo regido por la fuerza bruta. Los conceptos de moralidad que entonces
existiesen se encontraban sólo en los grupos de los Reclamantes, fuera de eso
sólo había lobos contra lobos, animales contra animales. Una especie de lucha
selvática por la supervivencia sin freno ninguno.
La mesa y los cinco hombres se disolvieron; en su lugar
aparecieron escenas familiares de los primeros años de la posguerra. Ruinas,
escualidez, bárbaros peleándose por unas tiras de carne. Pieles secas en techos
de pizarra. Moscas. Suciedad.
—Grandes números de grupos de la oposición —continuó diciendo el
profesor Sugermann— iban cayendo en nuestras manos día tras día, complicando
así el problema ya catastrófico de crear una dieta estable en las zonas
rescatadas. Recmor estaba en auge, pero nadie era tan idealista como para creer
que el problema de crear un unificado ambiente cultural podía resolverse de la
noche a la mañana. Y el factor realmente inquietante, evidentemente reconocido
pronto por Streiter, era la llamada facción «imposible»: aquellos grupos que no
podían ser reducidos y que eran los que estaban causando más daño. Puesto que
los Reclamantes operaban principalmente contra aquellos «imposibles», era lo
más natural que en el plan elaborado por el comandante Streiter, los «imposibles»
constituyeran la fuente más natural de asimilación. Por otra parte...
—Tengo que manifestar mi disconformidad —interrumpió el señor
Gates— si me lo permite el profesor Sugermann. ¿No es cierto que la asimilación
activa había ocurrido ya, con anterioridad al Plan Recmor? El Comandante era
fundamentalmente un empirista; veía que la asimilación estaba ocurriendo
espontáneamente, y no tardó en aprovecharse de eso.
—Me temo que eso no es hacer justicia a la capacidad de
planificación del comandante —dijo el señor Priar tomando la palabra—. Esto es,
usted está explicando la cuestión como si la asimilación activa hubiese sido
meramente una sencilla ocurrencia. Pero nosotros sabemos que la asimilación
activa fue algo básico, que precedió al sistema autárquico que terminó por
suplantarla.
—Creo que hay aquí dos puntos de vista —dijo el señor Purcell,
el árbitro—. Pero de todos modos estamos de acuerdo en que el comandante
Streiter utilizo la asimilación activa muy a principio de los años de la
posguerra para resolver el problema de alimentar a las poblaciones rurales y de
reducir el número de elementos hostiles e «imposibles».
—Sí —dijo el doctor Gleeby—. En 1997 por lo menos diez mil
«imposibles» habían sido asimilados. Y numerosos subproductos de gran valor
económico estaban obteniéndose de esa forma: cola, gelatinas, pieles,
cabellos...
—¿Podemos fijar una fecha para la primera asimilación oficial?
—preguntó el señor Purcell.
—Sí —dijo el profesor Sugermann—. En mayo de 1987 fueron
capturados cien rusos «imposibles», muertos, y luego trabajados por los
Reclamantes que operaban en la zona ucraniana. Creo que el comandante Streiter
en persona dividió a un «imposible», tarea en la que colaboró la familia del
comandante, en la fiesta del Cuatro de Julio.
—Supongo que la cocción sería el método que usualmente se
empleaba —comentó el señor Priar.
—La cocción, y, naturalmente, la fritura. En aquel caso se
utilizó la receta de la señora Streiter, llamada asado a la parrilla.
—Así pues el término «asimilación activa» —dijo el señor
Purcell— puede utilizarse históricamente para describir cualquier forma de
matanza, condimento, e ingestión de grupos hostiles, ya por medio de la
cocción, o del frío o del simple asado a la parrilla o del amasado en
croquetas. En una palabra, cualquier método culinario a propósito con o sin la
conservación de subproductos tales como la piel, los huesos y las uñas, para
usos comerciales.
—Exactamente —dijo el doctor Gleeby asintiendo—. Aunque debería
hacerse destacar que la comida indiscriminada de elementos hostiles sin un
permiso oficial...
¡Pum! hizo el aparato de televisión, y la señora Birmingham se
enderezó angustiada. La imagen se había desvanecido; la pantalla se había
quedado a oscuras.
La discusión sobre la «asimilación activa» se había desvanecido
bruscamente en el aire.
XXIII
Allen dijo:
—Nos han cortado la corriente.
—Las líneas —contestó Gleeby, tanteando en la oscuridad del
despacho.
Todas las luces del edificio de Telemedia habían desaparecido;
la emisora de televisión del piso de arriba, y la proyección habían cesado.
—Hay un generador para casos de urgencia que no tiene nada que
ver con la corriente de la ciudad.
—Cuesta mucho tiempo poner en marcha una emisora —dijo
Sugermann, apartando las cortinas de la ventana y mirando a las callejas
nocturnas allá abajo—. Ya hay Cacharros por todas partes. Creo que son
Cohortes.
Allen y Gleeby bajaron hasta los generadores de urgencia,
guiados por el mechero de Allen. Gates iba detrás; con él, un técnico de la
emisora.
—Podremos hacerla funcionar de nuevo dentro de diez o quince
minutos —dijo el técnico de la televisión, inspeccionando la capacidad del
generador—. Pero no aguantará. El consumo es demasiado grande para estos
chismes; funcionará un rato y luego pasará lo mismo que ahora.
—Usted haga todo lo que pueda —dijo Allen.
Se preguntó hasta qué punto habría sido comprendida la
proyección.
—¿Crees que hemos hecho nuestra Recmor? —le preguntó a
Sugermann.
—Nuestra anti-Recmor —contestó Sugermann con una sonrisa
torcida—. Resistieron hasta el momento en que ya no era posible dar marcha
atrás. Así es que hemos debido hacérselos ver bien claro.
—Aquí estamos —dijo Gates.
Los generadores estaban funcionando y las luces iban
encendiéndose con intermitencias.
—Otra vez en escena.
—Por un rato —dijo Allen.
La pantalla del aparato de televisión de Allen Purcell era
pequeña; era el aparato portátil que Allen había traído. Ella estaba tendida en
el diván de su apartamento de habitación única, aguardando que volviera la
imagen. Por fin volvió.
—...dido —estaba diciendo el profesor Sugermann.
La imagen oscilaba y se oscurecía, luego flotaba distorsionada.
—Pero, a mi parecer, lo predilecto era el asado a la parrilla.
—No según mis informes —corrigió el doctor Gleeby.
—Nuestra discusión —dijo el árbitro, su marido— se refiere
realmente al uso de la asimilación activa en el mundo actual. Ahora bien, se ha
sugerido que la asimilación activa como política primitiva podría revivirse
para hacer frente a la ola actual de anarquía. Querría usted expresar su
comentario sobre esto, doctor Gleeby.
—Con mucho gusto. —El doctor Gleeby golpeó su pipa sobre el
cenicero colocado en el centro de la mesa—. Debemos recordar que la asimilación
activa era primordialmente una solución para los problemas de nutrición, y no,
como se supone a menudo, un arma para convertir a elementos hostiles.
Naturalmente, me preocupa muchísimo la erupción de violencia y vandalismo de
hoy día, que culmina en la espantosa afrenta sufrida por la estatua del Parque,
pero apenas cabe decir que padezcamos hoy el problema nutritivo. Después de
todo, el sistema automático...
—Históricamente —interrumpió el profesor Sugermann—, puede que
tenga usted cierta razón, doctor. Pero desde el punto de vista de la eficacia:
¿cuáles serían los efectos sobre los «imposibles» de hoy día? La amenaza de ser
hervido y comido no actuaría como un freno para sus impulsos hostiles. Habría
un efecto subconsciente de inhibición, estoy seguro.
—A mi parecer —concedió el señor Gates—, está demostrado que el
permitir que estos individuos antisociales puedan sencillamente quitarse de en
medio, ocultarse, buscar refugio en el Balneario de la Salud, ha hecho que la
cosa parezca demasiado fácil. Hemos permitido que nuestros elementos disidentes
cometan sus fechorías y luego se escapen tranquilamente. Desde luego eso es
animarlos a extender sus actividades. Ahora bien, si supieran que iban a ser
comidos...
—Se sabe perfectamente —dijo el señor Priar— que la severidad de
la acción punitiva no disminuye en absoluto la frecuencia de un tipo de crimen
determinado. Hubo tiempos en que se ahorcaba a los rateros, como ustedes ya
saben. Eso no tuvo efecto alguno. Eso es una teoría completamente trasnochada,
sector Gates.
—Pero, volviendo a la discusión principal —dijo el árbitro—.
Estamos completamente seguros de que no se derivarían efectos nutritivos del
hecho de comerse, más bien que de expulsar a nuestros criminales. ¿Podría
decirnos el profesor Sugermann, como historiador, cuál era la actitud pública
general hacia el uso, en la cocina corriente, de los enemigos cocidos?
En la pantalla de la televisión apareció un conjunto de
reliquias históricas: parrillas de dos metros, sartenes del tamaño de un
hombre, cuchillería diversa... barrilitos de especies... tenedores de dientes
inmensos... sierrezuelas... libros de recetas culinarias...
—Indudablemente era un arte —aseguró con firmeza el profesor
Sugermann—. Debidamente preparado, el enemigo bien cocido era una delicia de
gourmet. Tenemos las propias palabras del comandante sobre este asunto —el
profesor Sugermann, visible de nuevo, desplegó sus notas—. Hacia el fin de su
vida el comandante comía solamente, o poco más, enemigo cocido. Era el plato
favorito de su esposa, y, como ya hemos dicho, las recetas de esta dama se
consideraban entre las más finas de todas. E. B. Erickson calculó una vez que
el comandante Streiter y su familia más allegada debieron de asimilar
personalmente por lo menos seiscientos «imposibles» ya talluditos. De esta
forma tienen ustedes la opinión más o menos oficial.
¡Pum! hizo la pantalla de la televisión, y una vez más murió la
imagen. Se siguió rápidamente una procesión calidoscópica de colores, figuras,
bandas y puntos; del altavoz surgían gruñidos, rebuznos, alaridos.
—...una tradición en la familia Streiter. Del nieto del
comandante se dice que manifestaba una gran predilección por...
Nuevamente silencio. Luego gañidos, imágenes visuales
distorsionadas.
—...así pues, no puedo menos que insistir sobre la importancia
de este programa. Los efectos...
Más confusión, sonidos y parpadeos. Un súbito retumbar de
estáticos.
—...sería una lección objetiva así como la restauración
contemporánea del enemigo cocido en su propia salsa sobre...
La pantalla de la T. V. se engollipó, murió, volvió brevemente a
la vida.
—...puede ser la demostración de una manera o de otra. ¿Hubo
otras?
Se oyó la voz de Allen:
—Varias, al parecer aclamadas ahora.
—¡Pero si el cabecilla fue atrapado! Y la misma señora Hoyt ha
expresado...
Más interferencias. La pantalla mostró a un locutor en pie junto
a la mesa con los cuatro participantes. El señor Allen Purcell, el árbitro,
estaba examinando un índice de noticias.
—...asimilación en los genuinos navíos históricos empleados por
la familia de la señora Pease. Después de probar una muestra, cuidadosamente
preparada, de conspirador hervido, la señora Ida Pease Hoyt declaró que el
plato era «muy sabroso», y «digno de figurar en las mesas de...»
Una vez más la imagen murió, y esta vez definitivamente. Al cabo
de pocos momentos, una voz misteriosa, que no formaba parte de la discusión se
dejó oír de pronto, declarando:
—A causa de dificultades técnicas, se sugiere que los
telespectadores apaguen sus aparatos durante el resto de la jornada. No habrá
más emisiones esta noche.
La recomendación se repetía cada pocos minutos. Tenía el énfasis
áspero de las Cohortes del Comandante Streiter. Janet, incorporada en el diván,
comprendió que los poderes habían recuperado el control. Se preguntó si su
esposo estaría bien.
—Dificultades técnicas —decía la voz oficial—. Apaguen sus
aparatos.
Ella dejó encendido el suyo, y aguardó.
—Ya está —dijo Allen.
Desde la oscuridad, Sugermann contestó:
—A pesar de todo, lo hemos conseguido. Nos han cortado, pero no
a tiempo.
Se encendieron mecheros y cerillas, y el despacho volvió a
emerger de entre las sombras. Allen se sentía boyante por el triunfo.
—Podríamos irnos ya a casa. Cumplimos nuestra misión; rematemos
la broma.
—Puede que sea difícil ir a casa —dijo Gates—. Las Cohortes
están rondando, aguardándote. Te echarán mano, Allen.
Allen pensó en Janet sola en el apartamento. Si ellos querían
atraparlo, desde luego probarían allí.
—Tengo que ir junto a mi mujer —dijo a Sugermann.
—Abajo —dijo Sugermann— hay un Cacharro que puedes utilizar.
Gates, ve con él; enséñale dónde está.
—No —dijo Allen—. No puedo dejarles a ustedes. —Especialmente a
Harry Priar y a Joe Gleeby; no disponían de ningún Hokkaido donde refugiarse—.
No puedo permitir que les detengan.
—El mayor favor que podría usted hacernos —dijo Gleeby— es
marcharse de aquí. Ellos no se preocupan de nosotros; saben muy bien a quien se
le ocurrió esta broma. —Meneó la cabeza—. Canibalismo. Exquisiteces de gourmet.
Las propias recetas de la señora Streiter. Mejor será que se quite usted de en
medio.
Priar añadió:
—Ese es el precio que hay que pagar por el talento. Se huele a
leguas.
Agarrando a Allen por el hombro, Sugermann le empujó hacia la
puerta del despacho.
—Enséñale dónde está el Cacharro —le ordenó a Gates—. Pero no le
pierdas de vista mientras estáis abajo; las Cohortes son la ira de Dios.
Mientras Allen y Gates descendían el largo tramo de escaleras
hasta la planta baja, Gates preguntó:
—¿Te sientes feliz?
—Sí, a no ser por Janet.
Y además, echaría de menos a la gente a la que había reunido.
Habría sido satisfactorio y maravilloso celebrar la broma con Gates y
Sugermann, Gleeby y Priar.
—Quizá le han echado mano y la han cocido ya. —Gates soltó una
risita y el fósforo que llevaba se apagó—. Aunque no es probable. No te
preocupes por eso.
No es que estuviera preocupado, pero le habría gustado tener
preparado algo contra la reacción rápida del Comité.
—No estaban precisamente dormidos —murmuró.
Una bandada de técnicos pasó corriendo junto a ellos,
enarbolando antorchas a lo largo de la escalera.
—Queremos salir —coreaban—. Salir, salir.
El estrépito de su descenso resonó unos momentos y luego se
desvaneció.
—Todo se acabó —graznó Gates—. Esto es el final.
Habían llegado al vestíbulo. Los empleados de la TM se apiñaban
en la oscuridad; algunos se deslizaban por la barricada y salían a la calleja
nocturna. Destellaban los faros de los Cacharros y las voces sonaban por todas
partes, una confusión de alaridos y bromas. La mezclada actividad tenía algo de
jaleo de partidos; pero ya era hora de marcharse.
—Por aquí —dijo Gates, avanzando por un hueco que había en la
barricada.
Allen le siguió, y se vieron en la calleja. Tras ellos, el
edificio de la Telemedia se alzaba enorme y sombrío, despojado de su fuerza:
extinguido. El Cacharro aparcado estaba mojado por el rocío nocturno cuando
Gates y Allen subieron a él y cerraron de golpe las portezuelas.
—Conduciré yo —dijo Allen.
Puso en marcha el motor y el Cacharro se deslizó por la calleja
en medio de una nube de vapor. Al llegar a la siguiente travesía apagó los
faros. Cuando dio la vuelta en un cruce, otro Cacharro empezó a correr tras él.
Gates lo vio y comenzó a gritar jubiloso:
—¡Ahí vienen; vamos, aprisa!
Allen impulsó el Cacharro hasta su velocidad máxima, alrededor
de unos cincuenta kilómetros por hora. Los peatones se apartaban empavorecidos.
En el espejo retrovisor podía ver rostros dentro del Cacharro utilizado por los
perseguidores. Conducía Ralf Hadler, a su lado estaba sentado Fred Luddy. Y en
el asiento de atrás iba Tony Blake, de Blake-Moffet.
Asomándose por la ventanilla, Gates empezó a gritar:
—¡Coced, freíd, asad! ¡Coced, freíd, asad! ¡A ver si nos cogéis!
Con rostro inexpresivo, Hadler alzó una pistola y disparó. El
proyectil pasó silbando junto a Gates, que se metió para dentro
instantáneamente.
—¡Vamos a saltar! —dijo Allen.
El Cacharro se estaba acercando a una curva pronunciada.
—Agárrate bien. —Forzó el timón todo lo que pudo—. Tendremos que
parar primero.
Gates encogió las rodillas y se acercó cabeza abajo en una
postura fetal. Cuando el Cacharro completó la curva, Allen tiró del freno con
toda su fuerza; el cochecillo gritó y jadeó, se tambaleó de un lado a otro, y
luego se quedó clavado en un carril. Gates medio rodó, medio cayó de la puerta
abierta y oscilante, golpeó el pavimento y se puso en pie de un bote. Mareado,
dándole vueltas la cabeza, Allen se lanzó tras él, tambaleándose.
El segundo Cacharro se precipitó por la curva sin aflojar la
marcha, siendo todavía Hadler el sombrío conductor, yendo a embestir contra la
parte trasera del otro vehículo. Porciones de Cacharros volaron por el aire;
los tres ocupantes del segundo desaparecieron en medio de los restos. La
pistola salió disparada por la calleja y golpeó ruidosamente contra una farola.
—Hasta la vista —le dijo Gates a Allen, dándole una palmada y
poniéndose luego a salvo.
Hizo una mueca por encima del hombro.
—¡Coced, freíd, asad! No nos pescarán ya. Dale recuerdos a
Janet.
Allen se precipitó a través de la semioscuridad de la calleja,
entre los peatones que parecían estar por todas partes. Tras él, Hadler había
emergido del choque de los dos Cacharros; recogió su pistola, la revisó, la
alzó con incertidumbre en dirección a Allen, y decidió luego guardársela en el
bolsillo. Allen continuó corriendo, y la figura de Hadler desapareció.
Cuando llegó al apartamento, encontró a Janet completamente
vestida, la cara blanca por la animación. La puerta estaba cerrada, y tuvo que
aguardar hasta que ella quitó la cadena de seguridad.
—¿Estás herido? —le preguntó ella, viéndole sangre en la
mejilla.
—Un poco arañado. —La agarró del brazo y la condujo hasta el
vestíbulo—. Estarán aquí de un momento a otro. Gracias a Dios que es de noche.
—¿Qué fue ese lío? —preguntó Janet mientras corrían escaleras
abajo—. ¿El comandante Streiter no se comió a nadie, verdad?
—Literalmente, no —dijo él.
Pero en cierto sentido, un sentido muy verdadero, aquello era
completamente cierto. Recmor había devorado ávidamente el alma humana.
—¿Adónde vamos? —preguntó Janet.
—Al cosmódromo —respondió él, sujetándola con fuerza.
Afortunadamente, aquello no estaba lejos. Ella parecía estar de
muy buen ánimo, nerviosa y excitada, y nada deprimida. Quizá gran parte de su
depresión se debiera sencillamente al aburrimiento, al vacío definitivo de un
mundo monótono.
Cogidos de la mano, trotaron dentro del campo, jadeantes.
Allí, recortado por las luces, estaba la gran astronave que se
disponía a realizar su vuelta desde el sistema solar al sistema de Sirio. Los
pasajeros estaban apiñados al pie del ascensor, despidiéndose.
Corriendo por el campo de grava, Allen gritó:
—¡Mavis! ¡Espéranos!
Entre los pasajeros se hallaba un hombre melancólico y apagado
con un gran abrigo. Myron Mavis alzó la cabeza y miró lúgubremente.
—¡Espérate! —gritó Allen cuando Mavis se volvió.
Tirando de los dedos de su esposa, Allen llegó a la barandilla
de la plataforma de pasajeros y se detuvo jadeando.
—Queremos ir también.
Mavis examinó a la pareja con ojos inyectados en sangre.
—¿De verdad?
—Tú tienes sitio —dijo Allen—. Todo un planeta para ti solo.
Vamos, Myron. Tenemos que marcharnos.
—Medio planeta —corrigió Mavis.
—¿Cómo es? —preguntó Janet afanosa— ¿Es bonito?
—Lo que más tiene es ganado —dijo Mavis—. Huertos, muchísima
maquinaria que espera ser usada. Un montón de trabajo. Podréis abrir montañas y
desecar ciénagas. Los dos sudaréis; no podréis quedaros sentados tomando baños
de sol.
—¡Estupendo! —dijo Allen—. Eso es lo que necesitamos.
En la oscuridad, sobre sus cabezas, una voz mecánica entonaba:
—Suban al ascensor todos los pasajeros. Dejen el campo todos los
visitantes.
—Toma esto —indicó Mavis, colocando una maleta en manos de
Allen—. Tú también. —Le alargó a Janet una caja atada con bramantes—. Y no
abráis la boca para nada. Si alguien os pregunta algo, dejadme hablar a mí.
—Hijo e hija —dijo Janet, apretándose contra él y agarrando la
mano de su marido—. ¿Tú cuidarás de nosotros, verdad? Estaremos tan quietecitos
como ratones. —Jadeante, risueña, palmoteo a Allen y luego a Mavis—. ¡Nos vamos
por fin, nos marchamos ya!
En el filo del campo, junto a la cerca había un puñado de
sombras. Agarrando la maleta de Mavis, Allen miró atrás y vio a los
muchachillos.
Allí estaban, apiñados en el habitual grupo pequeño y sombrío.
Silenciosos como siempre, y siguiendo las maniobras de la nave una a una.
Calculando, especulando, imaginando adónde iba, figurándose la colonia. ¿Qué
cosecha daba? ¿Era un planeta de naranjas? ¿Era un mundo de plantas
exuberantes, colinas y pastos y rebaños de ovejas, de cabras, de cerdos? En
este caso, ganado. Los muchachillos ya lo sabrían. Sin tener nada de qué
hablar, porque llevaban mirando tanto tiempo.
—No podemos irnos —dijo Allen.
—¿Qué pasa? —Janet tiró de él urgentemente—. Tenemos que entrar
en el ascensor, ya va a subir.
—¡Claro! —gruñó Mavis—. ¿Es que has cambiado de idea?
—Nos volvemos —dijo Allen.
Soltó la maleta de Mavis y recogió el paquete de las manos de
Janet.
—Más adelante, quizá. Cuando hayamos acabado aquí. Todavía
tenemos algo que hacer.
—¡Es una locura! —dijo Mavis—. Locura y requetelocura.
—No —dijo Allen—. Y tú lo sabes.
—Por favor —susurró Janet—. ¿Qué pasa? ¿Qué es lo que está mal?
—No puedes hacer nada por esos críos —le dijo Mavis a Allen.
—Puedo quedarme con ellos —contestó él—. Y puedo expresar mis
pensamientos.
A ellos por lo menos.
—Tú eres quien decides. —Mavis alzó los brazos en un ademán de
disgusto y renuncia—. ¡Vete al diablo! Ni siquiera sé de qué me estás hablando.
—Pero la expresión de su rostro mostraba que sí lo sabía—. Me lavo las manos y
no tengo nada que ver con el asunto. Haced lo que creáis mejor.
—Está bien —dijo Janet—. Volvamos. Afrontémoslo todo. Mientras
no hay más remedio.
—¿Nos guardarás un sitio? —le preguntó Allen a Mavis.
Suspirando, Mavis asintió.
—Si, os esperaré.
—Puede que tardemos todavía bastante.
Mavis le dio un golpecito en el hombro.
—Pero os veré a los dos. —Besó a Janet en la mejilla, y luego,
muy formalmente y con énfasis, cambió un apretón de manos con los dos—. Cuando
llegue su tiempo.
—Gracias —dijo Allen.
Rodeado por su equipaje y por los demás viajeros, Mavis les vio
alejarse.
—Buena suerte.
Su voz siguió tras ellos, y luego se perdió en el murmullo de la
maquinaria.
Con su esposa, Allen volvió a cruzar lentamente el campo. Estaba
agotado por la carrera y los pasos de Janet eran cansinos. Tras ellos, con un
rugido creciente, la nave se alzaba en esos momentos. Delante de ellos estaba
Novísima York, y, surgiendo entre la expansión de unidades caseras y edificios
de oficinas, estaba el Capitel.
Allen se sentía deprimido y un poco avergonzado. Pero ahora
estaba llevando a término lo que él había empezado aquella noche de domingo en
la oscuridad del Parque. Así estaba bien. Y dejó de sentirse avergonzado.
—¿Qué nos harán? —preguntó Janet al cabo de un rato.
—Sobreviviremos. —Había en él una convicción absoluta—. A lo que
quiera que sea. Seguiremos desenmascarando la otra cara, y eso es lo que
importa.
—¿Y luego nos iremos al planeta de Myron?
—Nos iremos —prometió él—. Entonces todo estará bien.
De pie al borde del cosmódromo estaban los muchachillos, y un
grupo abigarrado de gente: parientes de pasajeros, pequeños funcionarios del
cosmódromo, transeúntes, y un policía franco de servicio. Allen y su esposa se
aproximaron a todos ellos y se pararon junto a la barandilla.
—Soy Allen Purcell —dijo él, y habló con orgullo—. Soy la
persona que mancilló la estatua del comandante Streiter. Me gustaría que todo
el mundo lo supiera.
La gente se quedó con la boca abierta, empezaron a murmurar, y
luego se disolvieron todos poniéndose a salvo. Los muchachillos se quedaron,
reservados y silenciosos. El policía franco de servicio parpadeó y empezó a
caminar en dirección a una cabina telefónica. Allen, ciñendo con el brazo a su
esposa, aguardaba con compostura a que llegasen los Cacharros de las Cohortes.
FIN
Nota del editor electrónico:
Nos encontramos ante otra de las infumables traducciones, tan
frecuentes en las añejas colecciones de ciencia-ficción de mediados del pasado
siglo.
En estos casos, se siente la tentación de corregir –al menos–,
las expresiones más chirriantes, los errores más llamativos. Pero en esta
ocasión, no he retocado nada, ya que es tal la abundancia de errores
sintácticos y la utilización de vocablos pintorescos que más que corrección era
necesaria una reescritura casi completa de la obra, tarea de la que no me he
sentido capaz.
No os sorprendáis, por tanto, cuando veáis que en la novela se
circula en «cacharros», se sobrevuela la ciudad en un «serení», que despega
lógicamente de un «despegadero», que se vende cerveza en las «comisarías», que
el sonido sale de los «interlocutores», que las noticias se propagan a través
del «relai de la mojarra», o tantas otras cosas. Normalmente, el contexto ayuda
a la comprensión, pero ni siquiera así he logrado entender qué son los «cestos
trenzados» como elementos de propaganda.
De todas formas, esta peculiar traducción me ha hecho gracia.
Incluso me atrevería a decir que es un encanto añadido. Que la disfrutéis.
Marqués.

