Libro N°. 3109. Plan Quinquenal. Kerr, Philip.
© Libro N°. 3109. Plan Quinquenal. Kerr, Philip. Colección
E.O. Septiembre 10 de 2016.
Título original: © Plan Quinquenal. Philip Kerr
Versión Original: © Plan Quinquenal. Philip Kerr
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://mdarena.blogspot.com.co/2010/11/plan-quinquenal-philip-kerr.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Portada E.O.
de Imagen original:
http://mdarena.blogspot.com.co/2010/11/plan-quinquenal-philip-kerr.html
© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PLAN QUINQUENAL
Philip Kerr
Para
Tom y Paula
AGRADECIMIENTOS
Debo
un reconocimiento especial a Ben Gunn por la gran cantidad de información que
me ha proporcionado sobre los barcos mercantes; a Robert Bookman, por hacer el
trabajo, como siempre; y a Marian Wood, mi correctora, y Michael Naumann, mi
editor, por su fe. También quiero dar las gracias a Nicholas Bognor, Graham
Saltmarsh, Frances Coady, Linda Shaughriessy, Caradoc King, Terry Burke,
Deborah Hayward, Nick Marston y a mi esposa Jane Thynne por toda su ayuda y
estímulo.
1
—¡Aachum!
El
estornudo retumbó como un cañonazo.
Jimmy
Figaro recorrió con la mirada su bien equipada oficina para comprobar que no
había sufrido daños.
—Mierda
de fiebre del heno —dijo Rizzoli sorbiendo detrás de un pañuelo del tamaño de
una servilleta—. Dice el jodido Herald que el índice de polen es de 129. En una
escala de 201. Por toda esa mierda de árboles de mango que tenemos aquí en
Florida.
Rizzoli
estornudó otra vez, una gran explosión de ruido que era mitad gruñido, mitad
silbido, como el yujuu que soltaría un jinete de rodeo al salir al ruedo
montando un caballo furioso. Y luego dijo:
—Por
mí, quemaría todos los jodidos árboles de mango de Miami.
Figaro
asintió distraído. Le gustaban los mangos. Nunca había pensado mucho en ellos,
pero al hacerlo ahora, en su mente veía a Ursula Andress, en 007 contra el
Doctor No, cantando una canción mientras salía del mar Caribe meneando el culo
con una concha en la mano. ¿Por qué no podía tener una cliente así, aunque sólo
fuera una vez, en lugar de pandilleros de poca monta como Tommy Rizzoli?
—Todos
los jodidos árboles. La hoguera de los mangos —cacareó Rizzoli—. Como aquella
jodida película, ¿eh?
—¿Qué
película era ésa, Tommy?
—La
hoguera de los mangos.
Figaro
notó como se le fruncía el ceño. No estaba seguro de si Rizzoli estaba haciendo
un chiste o si realmente pensaba que la película se llamaba así.
—¿Quieres
decir la de Tom Wolfe?
Rizzoli
se restregó la nariz con furia y se encogió de hombros.
—Sí,
eso es.
Pero
para Figaro no había duda de que Tommy Rizzoli sabía tanto de Tom Wolfe como de
porcelana fina. Figaro volvió de nuevo su atención a las notas que había ido
tomando. Los hechos estaban tan claros como la culpabilidad de Tommy Rizzoli.
Él y un socio desconocido —lo más probable es que fuera su medio hermano, Willy
Barizon— se habían hecho mediante extorsión con el control de la mayoría del
transporte de hielo del condado de Dade. Estaba eso y la agresión a uno de los
oficiales de policía que lo arrestaron, que había acabado con la nariz rota.
—¡Aachum!
La
nariz del agente. Era casi irónico en vista de la alergia de la trompeta de
Rizzoli, del tamaño de la de Jimmy Narizotas Durante. Pero Rizzoli no daba su
brazo a torcer: el agente había resbalado y se había caído.
—¿Qué
te parecería una declaración, Tommy?
—¿Quieres
decir una declaración de culpabilidad o para conseguir clemencia? —Se agarró la
nariz y la movió de un lado para otro, casi como si estuviera rota—. Y una
mierda.
—Quiero
decir un trato. Calculo que olvidarán lo de la agresión si aceptamos la
extorsión. Entretanto, te sugiero que vendas tus intereses en el negocio del
hielo y el transporte y te prepares para pagar algún tipo de multa.
Los
dos hombres se estremecieron cuando una mujer chilló, al otro lado de la
puerta. Figaro trató de no hacer caso.
—Los
testimonios son poco más que de oídas, en el mejor de los casos —continuó—.
Sólo un par de polis de la secreta. Puedo hacer que parezcan un queso suizo.
—Ése
es el queso que está lleno de agujeros, ¿no?
—Exacto.
El fiscal del distrito también lo sabe. No veo que tengas que ir a la cárcel
por eso.
—¿No?,
¿eh? —Rizzoli roncó como si hubiera estado profundamente dormido—. Bueno, eso
está bien. Sabes, de todas maneras, nunca me ha gustado mucho el hielo.
Alguien
llamó a la puerta.
—Es
un infierno manejarlo. Por su interesante estructura cristalina.
—¡Venga
ya!
—Es
algo que leí. Tiene una estructura laminar. Lo que significa que se deforma al
deslizarse. Por eso el hielo se desmorona como lo hace. Como un mazo de cartas.
La
secretaria de Figaro se asomó a la puerta.
—Y
yo te pregunto, Jimmy, ¿qué clase de negocio puedes construir sobre una
estructura cristalina como esa?
—No
lo sé, Tommy. ¿Sí, Carol?
—Señor
Figaro, ¿podría hablar con usted un minuto?
Figaro
miró a su cliente.
—Me
parece que casi hemos acabado —dijo, poniéndose de pie—. Hablaré con la oficina
del fiscal. Dame una semana para conseguir un acuerdo, Tommy. ¿Vale?
Rizzoli
se levantó, estirando automáticamente los puños y la raya del pantalón de su
brillante traje de piel de tiburón.
—Gracias
Jimmy. Te lo agradezco mucho. Naked Tony tenía razón. Eres uno de los nuestros.
Mientras
se abrochaba él también la chaqueta y acompañaba a Rizzoli hacia la puerta,
Figaro parecía dolido.
—No,
no te equivoques, Tommy. Mira, Tony lo dijo con buena intención, pero no es
verdad. Digamos que soy vuestro sacerdote, eso está más cerca de la verdad. El
sacerdote intercede por ti antes del juicio. Sólo que nunca tienes que
confesarte conmigo. Yo no quiero saber nada. Si eres culpable, a mí me importa
una mierda, y lo mismo si eres tan inocente como dar un paseo alrededor de la
iglesia un domingo por la tarde. Lo único que me importa es que podamos
presentar una defensa mejor que el otro tío —sonrió—. Son cosas de abogados.
—Ya.
Los
dos hombres se estrecharon la mano, lo que sirvió para recordarle a Figaro lo
fuerte que era el otro, aunque fuera más pequeño.
—Hasta
pronto, Jimmy, y gracias otra vez.
Figaro
hizo un gesto de adiós con la mano mientras Rizzoli cruzaba la zona de
recepción y salía por la puerta de Figaro & August; luego miró inquisitivo
a Carol.
—Creo
que tiene que venir y verlo usted mismo —dijo ella, y se dirigió a través de
una serie de despachos hasta la sala de juntas.
—Cuando
vimos lo que había, pensamos que lo mejor era dejarlo aquí —explicó nerviosa—.
Gina está en el lavabo con Smithy. Fue Smithy quien abrió el paquete. Me parece
que se llevó un buen susto.
—¿Fue
ella la que chilló?
—Es
una persona bastante nerviosa, señor Figaro. Nerviosa, pero leal. Smithy se
preocupa por usted. Todos lo hacemos. Por eso un incidente como éste es tan
perturbador. Supongo que, con nuestra lista de clientes, es comprensible. Pero
esto... esto es algo que parece de película.
—Ahora
has despertado mi curiosidad de veras —dijo Figaro y entró detrás de ella en la
sala.
Smithy
estaba echada en el sofá que había bajo la ventana, y Gina estaba abanicándole
la pálida cara con un ejemplar del New Yorker.
Figaro
reconoció la portada. Era el número en que aparecía una semblanza de él mismo.
Miró alrededor de la sala, sus ojos oscuros, rápidos, al servicio de una útil
memoria fotográfica, absorbiendo el probable curso de los acontecimientos. El
New Yorker, la caja abierta, los montones de paja, como vello púbico, el objeto
en sí.
De
pie, con más de un metro y medio de alto y el aspecto de haber tropezado con la
mirada pétrea de una gorgona, había un abrigo de piedra.
—¿Qué
clase de mente morbosa...? —balbuceó Carol—, pero no, espere un momento, sé
quién ha sido. Hay un nombre en la nota de envío.
Le
dio una hoja de papel rosado y puso, vacilante, la mano en el hombro de su
jefe. Era la primera vez, en los tres años que llevaba trabajando para él, que
lo tocaba, y le sorprendió encontrar una fuerte musculatura debajo de su caro
traje de Armani. Era un hombre alto, atractivo, en buena forma para ser alguien
que se pasaba la mayor parte del tiempo en su despacho y el resto en los
tribunales. Un poco como Roy Scheider, pensó. La misma nariz larga, la misma
frente alta, las mismas gafas, sólo que más pálido. Casi tan pálido como la
mujer del sofá.
—¿Se
siente bien señor Figaro? Está un poco pálido.
Figaro,
que no estaba casi nunca al sol, apartó la mirada del abrigo de piedra y la
miró a los ojos. Durante un momento no dijo nada; luego se echó a reír.
—Estoy
bien, Carol —replicó y empezó a reírse de nuevo, sólo que esta vez no pudo
parar, hasta que tuvo que quitarse las gafas y apoyarse con las dos manos en la
mesa, llorando y llorando a lágrima viva.
2
La
mañana en que soltaron a Dave Delano de la Penitenciaría de Miami, en
Homestead, pasaron dos cosas.
Una
fue que Benford Halls, que hacía poco había sido transferido desde Homestead a
la Penitenciaría del Estado en Stark, fue ejecutado. Aunque Stark estaba a
muchos cientos de kilómetros al norte, las circunstancias de las últimas horas
de Halls —transmitidas meticulosamente por casi todas las emisoras de radio y
televisión de Florida— provocaron mucha ira y resentimiento entre los reclusos
de Homestead. No sólo le habían hecho esperar durante varias horas después de
las once de la noche, la hora prevista, debido a un problema con la antigua
silla eléctrica, sino que, además, según las noticias, se había permitido al
actor de cine Calgary Stanford presenciar la ejecución para preparar un papel
de condenado a muerte que iba a representar pronto.
Dave
Delano tenía buenas razones para recordar a Benford Halls. Los dos habían sido
sentenciados en el mismo juzgado de Miami, el mismo día, hacía exactamente
cinco años. Que Dave hubiera cumplido la totalidad de su condena —desde 1987,
la libertad condicional había quedado más o menos eliminada para los presos
federales— no parecía tan malo cuando lo comparaba con la espera de cinco años
para que te ejecutaran delante de un actor de cine cualquiera. Si eso no era
algo cruel y fuera de lo corriente, entonces Torquemada debió de ser una de las
personas más humanitarias del mundo.
La
segunda cosa que sucedió fue que Dave recibió una carta por correo aéreo. Era
de Rusia y estaba escrita con la letra inconfundible y clara de Einstein
Gergiev, y con su estilo críptico. Gergiev había salido de Homestead unos seis
meses antes que Dave, después de cumplir ocho años de condena por pertenecer al
crimen organizado. Liberado y deportado, por ser un inmigrante indeseable.
Puede
que fuera un indeseable, pero gracias a él, Dave había empleado muy bien su
período de reclusión. Había sido Gergiev quien lo había convencido de que tenía
verdadera facilidad para las lenguas y que las peculiaridades del sistema penal
le permitirían estudiar y perfeccionarse como la gente en libertad sólo podía
soñar. Sólo unos meses antes de que una enmienda a la Ley Penal de 1994
prohibiera que se concedieran a los reclusos becas federales para la educación
superior, Dave había obtenido un diploma de ruso. Su español siempre había sido
bueno. Crecer en el South Beach de Miami, era igual que estar en Cuba, para lo
que te servía el inglés. Y cuando estaba moreno, con sus ojos y su pelo
oscuros, casi podía pasar por uno de los marielitos que habían ayudado a que
Miami fuera la antigua capital del crimen de Estados Unidos. El potencial de
Dave como estudiante de ruso bien podía venir de que era hijo de un inmigrante
judío ruso, que había huido de la Unión Soviética después de la guerra. El
nombre real de su padre era Delanotov, que cambió por Delano al llegar a
Estados Unidos, escogiendo el segundo apellido del anterior presidente
[Roosevelt] a fin de aumentar sus perspectivas de futuro, escasas como eran.
Pasó los siguientes treinta años, cuando no estaba borracho, instalando
sistemas de aire acondicionado en yates de lujo. Movido por el amor y la
gratitud hacia su país de adopción y por el odio hacia el que había dejado
atrás, el padre de Dave no volvió a hablar su lengua materna nunca más.
Dave
miró el matasellos y sacudió la cabeza. Hacía cinco semanas que la habían
enviado. Otro día más y él ya no hubiera estado allí.
—Mierda
de Aeroflot —murmuró antes de leer cuidadosamente la carta, escrita en ruso.
Los precios, la delincuencia y la incompetencia del gobierno; no sonaba
demasiado diferente de lo que sucedía en casa. Dave leyó la carta varias veces,
consultando en el diccionario varias de las palabras más difíciles para estar
seguro de lo que significaban. Hablar ruso era mucho más fácil que leerlo. El
alfabeto cirílico no tenía nada que ver con el sistema de escritura occidental,
era otra historia. Para empezar tenía seis letras más que las utilizadas en
inglés.
Cuando
el carcelero vino para escoltarlo hasta la libertad, Dave ya había memorizado
el contenido de la carta y la había tirado al váter, bajo la mirada de su
compañero de celda, Ángel, que estaba tumbado en silencio en la litera de
arriba. Siempre era duro que pusieran en libertad al tipo con quien compartías
celda. Su partida te hacía darte cuenta de que tú seguías en prisión.
Igualmente inquietante era la perspectiva de un nuevo compañero. ¿Y si era
marica?
—El
tío recibe una carta y lo sueltan en un mismo día —masculló Ángel—. No sé, pero
no parece justo.
Dave
cogió la caja de cartón que contenía sus libros, cuadernos, correspondencia y
reproducciones de cuadros, se la metió debajo de un brazo musculoso y luego se
tiró de la barba estilo Tío Sam que le ayudaba a disimular sus facciones
juveniles.
—Bueno,
tío, me largo.
Ángel,
un hispano alto, con un diente de oro, bajó, lo abrazó con afecto, y trató de
no ponerse a llorar. Tamargo, el carcelero, grande como un camión, esperaba
pacientemente en el pasillo al otro lado de la puerta de la celda.
—Te
dejo todo lo que había en el armario. Todas esas porquerías. Caramelos,
vitaminas, cigarrillos. Pero fúmatelos pronto — dijo Dave riendo—. Fúmatelos o
cámbialos por algo. Pronto estará prohibido fumar en esta cárcel, como en todas
partes, y no valdrán una mierda.
—Gracias
tío. Te lo agradezco.
—Cuídate.
Estarás fuera dentro de muy poco.
—Ya.
Claro.
Sin
decir nada más, Dave se volvió y siguió a Tamargo por la galería de la planta
baja, gritando adioses a los demás prisioneros y tratando de no parecer
demasiado contento. Sentía una especie de náusea, la misma sensación que tenía
cuando estaba a punto de hacer un examen o enfrentarse a un tribunal. Pero eso
no era nada, comparado con lo que debió de pasar Benford Halls. Dave sintió un
escalofrío.
—A
la mierda —murmuró.
—¿Has
dicho algo? —le preguntó Tamargo.
—No,
señor.
Salieron
del moderno edificio de dos plantas y, cuando cruzaban el bien cuidado césped,
Dave se dio cuenta de que era la primera vez que le permitían pisar la hierba.
Era en esas pequeñas cosas donde se descubría la libertad.
En
el edificio donde estaba la lavandería y el almacén de provisiones, se sometió
dócilmente a la última indignidad que el sistema tenía que infligirle: que le
hicieran desnudarse para registrarlo. Era una repetición de la forma en que
había ingresado en el sistema. Se quitó el uniforme de la cárcel, e
inclinándose se abrió las nalgas para que uno de los guardias pudiera
inspeccionarle el ano. Luego le devolvieron su verdadera ropa y empezó a
ponerse la chaqueta deportiva, la camisa y los pantalones que había llevado el
último día de su proceso. Se sorprendió al ver que la chaqueta le estaba
pequeña y los pantalones grandes.
—Ojalá
me dieran un dólar por cada vez que veo esto —dijo el funcionario que
registraba la caja con las cosas personales de Dave, riendo a carcajadas y
mirando a sus compañeros, a quienes también divertía la situación—. Te pasas
cinco años levantando pesas como si fueras un jodido Arnold Schwarzenegger y
luego te preguntas por qué no te va bien la ropa.
Dave
se rindió ante su diversión.
—Pero
mirad estos pantalones —dijo sonriendo y tirando de la cintura para separarlos
del estómago—. Debo de haber perdido diez kilos. ¿Sabéis?, tendrían que
anunciar este sitio como clínica de adelgazamiento. La dieta del Plan
Homestead. Pierda una cantidad importante de peso sin riesgo para su salud por
medio de un cambio en su estilo de vida. Atención personalizada a cargo de
profesionales correctivos.
—Tienes
suerte de haber cumplido condena aquí, Slicker —dijo uno de los guardias—. En
Arizona te hubieran metido en una cuerda de presos. Habrías perdido un montón
más de peso que aquí.
El
funcionario que examinaba las cosas de Dave hojeó un libro y luego miró la
portada con cierto desagrado.
—Bueno,
pero ¿qué es esta mierda? —gruñó.
—Crimen
y castigo, de Dostoyevski —dijo Dave—. El mejor escritor ruso, en mi opinión.
—¿Eres
comunista o algo así?
Dave
lo pensó un segundo.
—Bueno,
creo en la redistribución de la riqueza —dijo—. Casi todos aquí creen en eso,
¿no?
—Las
cuerdas de presos no son la solución —dijo Tamargo—. Ni nada que mantenga en
forma a un tío. La prisión no debería hacer que cuando salen, estos tíos sean
una amenaza mayor para los ciudadanos que respetan la ley que cuando entraron.
Para mí que tendríamos que darles de comer un montón de grasa. Hamburguesas con
queso, helados, coca-cola, patatas fritas, tanto como quisieran y siempre que
quisieran. Nada de ejercicio y mucha tele. Phil Gramm quiere que el sistema
deje de soltar criminales endurecidos, pues ésa es la forma de hacerlo.
Montones de comida basura y tumbonas. Así, cuando estos mamones salen a la
calle, son unos teleborregos normales, como todos nosotros, en lugar de culos
de mal asiento con demasiado músculo.
Dave
se enderezó la corbata lo mejor que pudo por debajo de un cuello que ya no se
podía abotonar y sonrió amablemente a Tamargo y a su barriga del tamaño de un
colchón.
—Eres
un hombre ilustrado —dijo—. Por lo menos, lo serías, si pudieras seguir el Plan
Homestead.
—Todavía
no estás fuera y ya hablas como un sabelotodo — observó Tamargo—. Tu misión,
Slicker, si te decides a aceptarla, es no meterte en ningún jodido problema y
no volver por aquí. ¿Te enteras?
—¿Es
ése tu discurso de rehabilitación?
—Ése
es.
—Te
espera tu abogado —dijo el guardia que le había preguntado si era comunista—.
Figúrate, quiere llevarte en coche a la ciudad. Debe de ser por tu ingeniosa
conversación.
—Tú
también te has dado cuenta, ¿eh?
El
guardia le señaló la puerta.
—Hasta
la vista, rojillo.
Dave
se encogió de hombros. Ahora que lo pensaba mejor, el comunismo sólo le parecía
otra forma de robo, sólo eso. Y lo que pasaba en el sistema correccional a
gente como Benford Halls, le hacía comprender que al gobierno le importaba una
puta mierda soltar a la gente de la cárcel. Lo único que le importaba era ganar
las próximas elecciones. Recordaba una escena de su película favorita, El
tercer hombre, el famoso discurso del reloj de cuco de Orson Wells. La escena
donde Harry Lime se encuentra con su amigo Holly Martins en la noria. Dave
había visto tantas veces la película que se acordaba del discurso palabra por
palabra.
—En
estos tiempos, amigo, nadie piensa en términos de seres humanos. Los gobiernos
no lo hacen; entonces ¿por qué tendríamos que hacerlo nosotros? Hablan del
pueblo y del proletariado y yo hablo de los imbéciles. Es lo mismo. Ellos
tienen sus planes quinquenales y yo tengo el mío.
Echó
una última mirada a su alrededor y asintió con la cabeza.
—Venga,
vamos —apremió Tamargo—. Yo también quiero largarme ¿sabes? Hoy acabo mi turno.
Tengo planes.
—También
yo —dijo Dave—. También yo.
3
—Bueno,
¿qué planes tienes?
—¿Planes?
—Tus
planes para el primer día de tu nueva vida.
Dave
estaba sentado en el BMW serie siete de Jimmy Figaro, admirando los asientos de
piel y los acabados de madera, y pensando que era como estar en un pequeño
Rolls-Royce. No es que hubiera ido nunca en un Rolls-Royce, pero así era como
se lo imaginaba. Ajustando su asiento electrónicamente, miró por la ventanilla
ahumada mientras se alejaban de Homestead por la Al. No había mucho que ver.
Sólo unos fértiles campos donde, por pocos dólares, podías «recoger tu propia
cosecha» de lo que fuera que creciera allí: guisantes, tomates, maíz, fresas,
ese tipo de cosas. Sólo que Dave tenía otra cosecha en mente.
—No
lo sé, Jimmy. Quiero decir, tú eres el que conduce el coche. Y vaya coche.
—¿Te
gusta?
—¿Hay
servicio de habitaciones? —dijo Dave inspeccionando el teléfono del
apoyabrazos—. Nunca había visto un coche con tele.
—Ordenador
de viaje. Sólo coge la tele cuando paras el motor.
—¿Y
qué hay de los federales? ¿También los coge?
Figaro
sonrió.
—Has
estado leyendo el New Yorker.
—He
leído todo tipo de basura últimamente.
—Eso
he oído. La verdad es que cada mañana barro el coche.Y no quiero decir las
jodidas alfombrillas. Llevo un detector manual de parásitos en la guantera.
Luego
echó hacia atrás la cabeza y dejó que una sonrisa satisfecha se le extendiera
por toda la cara.
—Pero,
por si deciden seguirme con uno de esos micros direccionales, llevo dobles
ventanas a los lados y atrás.
—¿Dobles
ventanas en un coche? Bromeas.
—Las
bromas no forman parte de las opciones de un BMW. ¿Oyes algún ruido de tráfico?
—Ahora
que lo dices, es verdad; no oigo nada.
—Y
desde fuera tampoco pueden oír lo que tú dices. Y no es que digas mucho. Como
de costumbre.
—Eso
es lo que me ha mantenido con vida hasta ahora.
Dave
se encogió de hombros y luego abrió la guantera. El detector de parásitos era
una caja negra del tamaño de un paquete de cigarrillos, con una antena corta.
—Ingenioso.
Te tomas muy en serio eso de la vigilancia, ¿no?
—Con
mi clientela tengo que hacerlo.
—Consejero
privado de Naked Tony Nudelli. Sí, has llegado lejos desde que defendías a los
tipos como yo, Jimmy. Lo que me intriga es por qué hiciste el largo camino
hasta la cárcel para recogerme y llevarme a la ciudad. Podía haber cogido el
autobús.
—Tony
me pidió que me asegurara de que estabas bien. Y consejero privado es exagerar
mucho, Dave. Haces que suene como si fuera Bobby Duvall. Pero, a diferencia del
personaje ése que hacía en El Padrino...
—Tom
Hagen.
—Eso,
Hagen. A diferencia de él, yo tengo más de un cliente. Tú, por ejemplo. Si
alguna vez necesitas mi consejo para lo que sea...
—Bueno,
gracias, Jimmy. Te lo agradezco.
—Bien,
si no tienes ningún plan para hoy, esto es lo que haremos. Como te he dicho,
Tony quiere que me asegure de que estás bien. Pasaremos por el despacho y te
enseñaré la liquidación que he preparado; lo que he hecho con tu dinero y todo
eso. Luego, si me lo permites, te haré unas cuantas sugerencias sobre lo que
puedes hacer con él. Y luego podemos ir a comer algo. Aunque tengo que estar en
los tribunales a las dos y media.
—Suena
bien, Jimmy. Apetito, justamente, no me falta.
—¿Tienes
hambre? ¿Qué te apetece? Sólo tienes que decírmelo. Conozco un garito haitiano
en la Segunda Avenida. Podríamos parar allí a desayunar, si quieres.
—Ya
he desayunado, gracias. Y no es de comida de lo que tengo hambre, Jimmy. Suena
un poco cursi, pero es de vida de lo que tengo hambre, ¿sabes? De vida.
Siguieron
por el paseo marítimo de North Bay, dieron la vuelta al moderno edificio donde
Figaro & August tenía sus oficinas y entraron en el aparcamiento
subterráneo. Figaro se dirigió hacia el ascensor.
—¿Sabes?
Ayer por la mañana —dijo—, la recepcionista del despacho recibió una entrega a
mi nombre mientras yo estaba reunido con un cliente.
Figaro
empezó a reírse entre dientes, mientras subían.
—No
es que eso tenga nada que ver con lo que hablábamos antes. Bueno, ella y mi
secretaria desenvuelven el paquete y casi se desmayan cuando vieron lo que era.
Porque los presos no son los únicos que leen el New Yorker. Bueno, a ellas lo
que hay dentro del paquete les parece un abrigo de hormigón. Y el albarán de
entrega dice que es de alguien llamado Salvatore Galería. Así que piensan que
es un mensaje de la Mafia, algo parecido a «Luca Brazzi duerme con los peces»,
etcétera, etcétera. Sólo que no es un mensaje de la Mafia en absoluto. Es una
escultura que compré en una galería de South Beach la semana pasada. Salvatore
Galería, en la avenida Lincoln. Me costó 10.000 dólares. La compré para que
diera conversación. Pensé que les gustaría a mis clientes. Para entretener a
los chicos listos como tú mientras yo voy a orinar.
—Eso
se llama tener un sentido del humor muy negro, Jimmy.
—A
Smithy —es la recepcionista— la tuvimos que enviar a casa en un taxi, se puso
mala al ver lo que, creía ella, era una amenaza contra mi vida. Bastante
conmovedor cuando lo piensas. Quiero decir, es como si realmente le importara
lo que me pueda pasar.
—Explicado
así, es algo difícil de creer.
Los
dos hombres salieron del ascensor y siguieron por el silencioso corredor hasta
las oficinas. El despacho de Figaro estaba situado en una parte del edificio
que hacía esquina y tenía una ventana corrida que ofrecía una vista panorámica
del puente Brickell y de las siluetas parecidas a estanterías de los edificios
del centro recortándose contra el horizonte. Como vivienda hubiera resultado un
espacio generoso, pero como despacho para un solo hombre, era apabullante. Los
ojos de Dave recorrieron los paneles de roble que recubrían las paredes, los
sofás de piel color crema, el escritorio del tamaño de un trasatlántico, los
horribles cuadros y el abrigo de hormigón, y se dio cuenta de que todo le
gustaba mucho, excepto, quizás, el sentido del humor de Figaro y su gusto
artístico. El despacho de Figaro le hacía sentirse casi agorafóbico. Se miró
los pies. Estaba sobre un suelo de parqué en el extremo de una enorme alfombra
de color arena. En el parqué había una placa de bronce con una inscripción que
no se molestó en inclinarse para leer.
—¿Qué
es esto? ¿La primera base? Joder, Jimmy, podrías jugar un partido de béisbol
aquí.
—Es
verdad, tú no habías estado en estas oficinas, ¿no?
—Te
deben ir bien los negocios.
—A
los abogados siempre les van bien los negocios.
Figaro
le indicó con un gesto un sofá, echó una ojeada a las notas que había en un
extremo del escritorio de nogal de su socio y esperó a que Carol llegara hasta
él, salvando la distancia, para darle la carpeta que le traía.
—¿Es
la carpeta del señor Delano? —preguntó Figaro.
—Sí.
Carol
la dejó frente a él en el escritorio y echó una mirada al hombre que estaba
sentado en el sofá. Estaba acostumbrada a ver aparecer todo tipo de personajes
—era la palabra menos ofensiva que se le ocurría para describirlos— en el
despacho de su jefe. En su mayoría eran historiales delictivos andantes, caras
toscas con trajes caros, matones con camisas y corbatas tan chillonas como un
Carnaval. El personaje del sofá parecía un poco diferente de los demás. Con sus
pendientes de oro, barba y bigote al estilo del Caballero Risueño y un tupé del
tamaño del de Elvis, parecía un pirata que hubiera tomado prestada alguna ropa
después de alcanzar la playa a nado. Pero tenía una sonrisa bonita y abierta y
unos ojos aún más bonitos.
—¿Café?
—le preguntó Carol a Figaro.
—¿Dave?
—No,
gracias.
Devolviéndole
la sonrisa mientras salía del despacho, Carol decidió que con un corte de pelo,
un afeitado y otra ropa, parecería más joven y menos alguien que va camino de
la cámara de gas. Guapo, eso es lo que parecería. La puerta se cerró tras ella
y supo que la sensación que había sentido en el trasero, cubierto por la
ajustada falda, procedía de aquellos grandes ojos castaños.
Figaro
se sentó delante de Dave y deslizó hacia él una hoja de papel a través de la
mesa de café de cristal. Éste todavía recorría la sala con los ojos y no hizo
movimiento alguno para mirar el papel.
—¿Un
puro?
Dave
sacudió la cabeza.
—Me
dan dolor de garganta. Pero me iría bien un cigarrillo.
Figaro
escogió un puro de la caja de Cohibas que estaba en la mesa —un regalo de Tony—
y luego fue a buscar un cigarrillo para Dave en una caja de plata que estaba
encima de su escritorio.
—Fue
una decisión acertada, Dave —dijo a través de una burbuja de humo azul—.
Mantener la boca cerrada.
Dave
fumaba en silencio. Había sido el consejo de Figaro y el error de Figaro, así
que dejó que siguiera hablando.
—Fue
mala suerte que el Gran Jurado decidiera que tu silencio te hacía cómplice de
lo que había pasado. Puede que el juez tuviera en cuenta tu anterior condena.
Pero, aun así, cinco años por algo con lo que no tuviste nada que ver... me
pareció realmente excesivo.
—¿Y
si a ti te pescan por algo, Jimmy? Aunque sea por algo con lo que no tienes
nada que ver. Si te piden que delates a uno de tus clientes. Quizás a tu
cliente más importante. ¿Qué harías?
—Supongo
que tener la boca cerrada.
—Justo.
No es que puedas escoger, ¿sabes? Estarías muerto para mucho más de cinco años,
déjame que te lo diga. Eso es un gran consuelo cuando estás en la trena. No
pasa un día en que no te digas: esto es el infierno, pero podría ser peor.
Podría estar cumpliendo condena en el fondo del océano dentro del abrigo de
10.000 dólares de Jimmy.
Dave
señaló con la cabeza la escultura que ocupaba un rincón del despacho de Figaro
y sonrió fríamente.
—Sí
que es un tema de conversación, como dijiste. Sí señor, ya veo que te va a ser
muy útil. Pero más como ejemplo práctico que como muestra de obra de arte,
diría yo. Ten la boca cerrada, o atente a las consecuencias.
—Eres
un tipo con talento, Dave.
—Seguro.
Mira dónde me ha llevado ese talento. Una estancia en Homestead como premio al
éxito de toda una vida. El talento es para los que tocan el piano, no para los
que tocan el triángulo. Es algo que no me puedo permitir.
—Sí
que puedes —dijo Figaro y dio unos golpecitos significativos sobre la hoja de
papel—. Mira este balance. En consideración al tiempo y las molestias...
—Es
una bonita guinda para adornar un trozo de pastel de cinco años.
—Doscientos
cincuenta mil dólares, como acordamos. Ingresados en una cuenta en el
extranjero y luego invertidos al 5 % anual. Ya sé... un 5% no es mucho. Pero
calculé que, en tus circunstancias, querrías un riesgo cero para una inversión
como ésta. Eso hace 319.060 dólares, libres de impuestos. Menos un 10% para mí
por la gestión, es decir 31.906 dólares. Te quedan 287.154 dólares.
—Lo
que hace un total de 57.430 dólares por año —dijo Dave.
Figaro
lo pensó un momento y luego dijo:
—Correcto.
No dejas de sorprenderme con tus conocimientos. También se te dan bien las
matemáticas.
—Si
quieres saberlo, así es como empecé en los negocios. Hacía números para vivir.
Cuando era un crío. No pude escoger la Harvard Business School. Era el único
hebreo del barrio y los chavales italianos pensaron que estaría bien tener un
banquero judío.
—Tiene
sentido.
—Pues
explícame el sentido de esto, Figaro. Yo nunca cargué más del 5% por mis
servicios financieros. Un diez por ciento me suena más a usura que a comisión.
—La
mayoría de clientes que pagan un 5 % pagan también impuestos. Y aceptan
cheques.
—Entendido.
Figaro
se levantó y fue hasta detrás del escritorio. Cuando volvió al sofá llevaba una
bolsa de deporte. La dejó al lado de Dave y volvió a sentarse.
—Prefieres
metálico, ¿no?
—¿No
lo prefiere todo el mundo?
—No
en estos tiempos. Puede ser difícil explicar de dónde ha salido. Bueno, ¿has
pensado qué vas a hacer con el dinero?
—No
es exactamente una cantidad de dinero como para salir de la mierda, Jimmy. Con
trescientos, menos el cambio, no te puedes costear un gran tren de vida.
—Te
podría aconsejar algunas cosas. Quizás algunas inversiones.
—Gracias
Jimmy, pero me parece que no puedo permitirme tu tarifa.
—Considérala
olvidada. ¿Sabes?, ahora es un momento perfecto para entrar en la propiedad de
tierras. Hay muchos terrenos a buen precio por todo el país. Da la casualidad
de que estoy metido en la construcción de casas en un club de campo de la isla
Deerfield.
—¿No
es la isla que quería comprar Al Capone?
Figaro
sonrió a través del humo del cigarro.
—De
eso hace cincuenta años.
—Quizás,
pero pensaba que la isla había sido declarada reserva natural. Con los mapaches
y los armadillos y todo eso.
—Ya
no. Además, los mapaches no son naturaleza; son una plaga. Piénsatelo, de
verdad. Ve y echa una ojeada. Techos de tres metros de alto, cocinas-comedor
para gourmets, gimnasio, vista al canal intercostero. Desde sólo doscientos
mil.
—Muchas
gracias Jimmy, pero no.
Inclinándose
por encima del brazo del sillón, Dave abrió la cremallera de la bolsa y miró
dentro.
—Necesito
este dinero para establecerme en algo. Algo que parezca un poco más real que
unas tierras en un vertedero.
—¿Sí?
¿Cómo qué, por ejemplo?
—Nada
en concreto; estoy dándole vueltas a algunas ideas que tengo en la cabeza.
Figaro
se encogió de hombros.
—¿Quieres
contármelo?
—¿Y
quedarme sin nada que hacer esta noche? Ni hablar.
Dave
decidió saltarse el almuerzo con Jimmy Figaro. Ver el coche de Jimmy, su traje
de dos mil dólares y la asombrada mirada en los ojos de su secretaria había
sido suficiente para recordarle que su aspecto estaba totalmente fuera de
lugar. Puede que la barba de Lucifer y las anillas de cortina que llevaba en
las orejas hubieran ayudado a que no le dieran por el culo en Homestead, pero
las cosas eran diferentes en el exterior. En los sitios respetables, con pelas,
donde pensaba ir, mantener la imagen de «a mí nadie me toca los huevos» no
sería bueno para lo que había planeado. Era como había dicho Shakespeare: el
atavío proclamaba quién era el hombre. Iba a necesitar una reforma completa.
Pero primero tenía que encontrar coche y, consciente de que no tenía ninguna
oportunidad de largarse al volante de un coche alquilado, pensó que lo mejor
era conservar el aspecto patibulario un poco más, por lo menos hasta que se
hiciera con un coche. Calculaba que así no le venderían cualquier mierda de
automóvil y no tendría que volver arrastrando su maldito culo otra vez a la
tienda.
Ahora
que estaba fuera de Homestead quería pasar el mayor tiempo posible al aire
libre. Eso quería decir un descapotable, y en la sección de deportes del Herald
encontró lo que buscaba. Un concesionario de Mazda ofrecía una selección de
coches deportivos a buen precio. Un taxi lo sacó del centro y lo llevó hacia el
oeste, por la Cuarta, hasta la tienda de Mazda de la carretera Bird, y media
hora después volvía hacia el este, en dirección a la playa, conduciendo un
Miata 96, con CD, cromados y poco más de 20.000 kilómetros. Estaba empezando a
disfrutar del aire fresco, el sol, el cambio de marchas y la música de la radio
—no tenía ningún CD— cuando al parar en un semáforo para girar al norte por la
Segunda Avenida, miró el coche que tenía al lado y se encontró con los
mezquinos ojos de Tamargo, el vigilante que lo había escoltado al salir de su
celda en Homestead no hacía ni tres horas.
Tamargo
iba al volante de un viejo Oldsmobile que no valdría ni 1.900 dólares y al ver
a Dave en un coche que costaba casi diez veces más, la mandíbula del guardia,
del tamaño de un sofá, se le quedó abierta, colgando, como si le hubiera dado
una hemorragia cerebral.
—¿De
dónde coño has sacado ese coche, Slicker?
Dave
se movió incómodo en el asiento de piel y echó una mirada al semáforo, que
seguía rojo. Haber cumplido toda la sentencia le daba ciertas ventajas ahora
que estaba fuera. Y una de ellas era no tener que aguantar que ningún oficial
de condicionales metomentodo se inmiscuyera en su vida. Pero lo último que
quería era que la policía de la ciudad empezara a hacerle preguntas embarazosas
sobre la procedencia del dinero que había usado para comprar el coche. El
principal problema era si Tamargo se tomaría la molestia de contar a la policía
lo que había visto. Hasta ahora, la única referencia que los polis tenían de su
paradero era la oficina de Jimmy Figaro. No tenía sentido dejar que averiguaran
la matrícula de su coche ni ninguna otra mierda adicional. Así que con un ojo
en el retrovisor y agarrando más fuerte el volante forrado de cuero, David
sonrió.
—¡Eh,
mamón! ¡Te hablo a ti! Te he preguntado que de dónde has sacado ese jodido
coche.
—¿El
coche?
—Sí,
el coche. Ese que lleva «robado» escrito en la jodida matrícula.
Todavía
vigilando el semáforo, Dave dijo:
—Es
un coche limpio.
—¿Ah,
sí?
—¿Sabes
una cosa, Tamargo? Tú formas parte de una solución abominable. Una solución
abominable, en una serie recurrente de culpa y transgresión. No son palabras
mías, son de un gran filósofo francés. Si tuvieras una pizca de inteligencia,
sabrías que tu acusación supone el fracaso mismo de la institución que
representas. Esa clase de prejuicio es el factor más importante de la
reincidencia. Quizás no lo sepas, pero así lo llaman cuando un convicto comete
otro delito. Reincidencia. Lo mejor que puedes hacer en beneficio del jodido
sistema correccional es seguir conduciendo y cerrar la boca.
La
luz se puso verde. Dave aceleró con fuerza y soltó el embrague.
Tamargo
dio una patada a su acelerador, confiando no perder de vista a Dave Delano
durante el tiempo suficiente como para leer la matrícula. Pero el pequeño
deportivo desapareció como por arte de magia, y el carcelero llevaba recorridos
más de cincuenta metros antes de darse cuenta de que Dave había dado la vuelta
en el semáforo. Tamargo frenó de golpe y, volviendo su corpachón en el asiento,
buscó a través de la ventana trasera a aquel exconvicto y su descapotable. Pero
Dave se había desvanecido.
Después
de aquello, Dave decidió que no podía perder ni un minuto; tenía que cambiar de
aspecto. Se dirigió hacia Bal Harbor, en Miami Beach, donde Figaro le había
dicho que había un excelente centro comercial frente a un elegante Sheraton con
vistas al mar, como había pedido. Encontró una ruta diferente hasta el bulevar
Biscayne y la carretera 41, y al poco rato conducía por el paso elevado
McArthur, por encima del canal intercostero, con el puerto y los muelles de
Miami a su derecha. La imagen de un par de enormes trasatlánticos que ponían
proa hacia el océano le hizo estremecerse, porque sabía que si todo salía como
había planeado, pronto emprendería, él también, un viaje por mar. Estaba
llegando a South Beach, subió por Collins y cruzó el llamado barrio histórico.
Eso sólo quería decir Art Déco. Pero ésa era toda la historia que Miami
ofrecía, una de las razones por las que Dave tenía tantas ganas de dejar la
ciudad. Con todo, era una sensación estupenda conducir otra vez entre los
chabacanos tonos pastel y las chillonas luces de neón de Collins; y con tanta
gente alrededor, era como volver a pertenecer a la raza humana.
Diez
minutos más tarde, Dave entraba en el centro comercial, aparcaba el coche y,
todavía con la bolsa llena de dinero en la mano, salía en busca de su nueva
apariencia. Enseguida se dio cuenta de que estaba en el lugar acertado. Ralph
Lauren, Giorgio Armani, Donna Karan, Brooks Brothers. Jimmy Figaro no podía
haberle recomendado un sitio mejor para lo que Dave tenía en mente. Incluso
había un salón de belleza con una oferta especial: 200 dólares por un masaje,
corte de pelo, manicura y limpieza de cutis. Quizás la limpieza de cutis
incluyera un afeitado. Dave entró.
El
sitio estaba vacío. Una chica que estaba leyendo People detrás del mostrador se
puso de pie y sonrió amablemente.
—¿Puedo
servirle en algo?
Dave
le respondió exhibiendo su mejor baza, su sonrisa.
—Espero
que sí. Acabo de desembarcar. He estado en el mar durante varios meses y,
bueno, ya ve cuál es el problema. Debo parecer una especie de Robinson Crusoe.
La
chica soltó una risita.
—Sí
que tiene un aspecto bastante dejado.
—Dígame,
¿ha visto aquella película, Entre pillos anda el juego? La de Eddie Murphy, ya
sabe.
—Sí,
en aquella estuvo bien, pero después ya no.
—Bueno,
pues eso es lo que quiero. Un arreglo estilo Eddie Murphy. Afeitado, corte de
pelo, limpieza, manicura, masaje: los 200 dólares al completo.
Una
de las compañeras de la dependienta, con un vestido blanco como de hospital y
una tarjeta con el nombre de Janine prendida en él, se había acercado y miraba
a Dave con los ojos entrecerrados, la misma mirada que él había dedicado al
Mazda antes de comprarlo.
—Estamos
más en la línea de Pretty Woman que de Entre pillos anda el juego, cariño —dijo
Janine—. Pero no tenemos mucho trabajo ahora, así que me parece que podemos
atenderte y hacer que parezcas un chico del coro de la iglesia, si quieres.
Aunque hace bastante tiempo que no he afeitado a un hombre.
Janine
se volvió a mirar a la recepcionista.
—A
Martin, mi ex, ya sabes, lo afeitaba. Sí, de verdad. Me gustaba. Claro que si
ahora tuviera una navaja cerca de su cuello, haría algo diferente. Ahora
asesinaría a aquel hijo de puta.
Pero
luego sonrió como si, de repente, la idea de afeitar a Dave le resultara
atractiva.
—Bueno,
¿qué dices, cariño? ¿Qué tal te va eso de ceder el poder a las mujeres?
Dave
dejó caer la bolsa.
—Janine,
estoy dispuesto a correr el riesgo sí tú lo estás.
4
—Bueno
Jimmy, ¿qué crees? ¿Me puedo fiar de que Delano tenga la jodida boca cerrada?
Figaro
levantó los ojos de su ensalada de cangrejo y miró a las grandes gafas de sol
de color azul que llevaba el hombre que tenía enfrente. Toni Nudelli tenía unos
cincuenta años y una cara con las mismas arrugas que su traje de lino beige.
Estaban almorzando en el Club de Campo Normandy Shores, tan sólo unos minutos
al norte de Bal Harbor. Por las ventanas en forma de arco estilo Mizner del
restaurante se podía alcanzar a ver la mansión de seis millones de dólares de
Cher, al otro lado de la Isla de La Gorce.
—Seguro
que te puedes fiar. La ha tenido cerrada durante los últimos cinco años, ¿no?
¿Por qué diablos tendría que chivarse ahora?
—Porque
ahora no puedo vigilarlo, por eso. Cuando tenía su asqueroso culo en la cárcel,
sabía que podía llegar hasta él. La gente que yo conocía allí dentro podía
joderlo bien. Ahora que está fuera, puede hacer lo que le dé la gana sin mirar
por encima del hombro y eso no me gusta. Se me atraganta.
—Vamos
Tony. Los federales podían haberle ofrecido protección si hubiera querido
largar. Un cambio radical de vida.
—Eso
es como la menopausia. Es lo mismo que si tu jodida vida se hubiera acabado, ya
no vale nada. Si no, pregúntaselo a mi mujer, no he jodido con ella desde hace
años. Mira Jimmy, la mayoría de tíos con sangre en las venas aguantarían los
cinco años y cogerían el dinero.
Nudelli
escogió un palillo de un recipiente de plata y empezó a hurgarse en las muelas
de arriba en busca de algo que se le había quedado adherido.
—¿Lo
del dinero cómo fue? ¿Le pagaste? ¿Estaba contento?
—Me
parece que sí.
—¿Te
parece que sí?
Nudelli
resopló, inspeccionó el trozo de comida que había sacado con el palillo durante
un momento y luego se lo comió. Sacudiendo la cabeza con aire cansado añadió:
—Jimmy,
Jimmy, si quiero saber lo que piensa la gente, leo el jodido Herald. Lo que
quiero de ti y de tu contrato de seis cifras, más gastos, más extras, es algo
más que una sonrisa de buen chico y tu jodida impresión. Quiero la ley de la
Física como la describió Isaac Newton. Si tenemos x, nos da y. ¿Me captas?
—Estoy
seguro —dijo Figaro.
—¿Juegas
al póquer, Jimmy?
—No
soy muy aficionado a las cartas, Tony.
—No
me sorprende. Dices que estás seguro de algo, pero te encoges de hombros como
si llevaras el peso de unas cuantas dudas encima de las hombreras de ese traje
tuyo tan caro. Cuando uno está seguro tiene un aspecto más positivo, Jimmy.
¿Qué tal asentir con la cabeza un par de veces? ¿Y sonreír otro tanto? Joder,
el hombre del tiempo parece más seguro de lo que dice que tú.
—Tony,
si no te importa que lo diga, me parece que estás siendo un poco paranoico.
Créeme, Dave es un tío legal. Mientras estuvo en Homestead aprovechó el tiempo
al máximo. Se hizo con una educación, un título y una actitud mental positiva.
Lo único que quiere es vivir.
—¿Haciendo
qué, exactamente?
—¿Exactamente?
No lo sé. Ni él tampoco. Lo que quiere ahora es tomárselo con calma, gastar
algo de dinero...
—¿Le
pagaste?
—Ya
te lo he dicho. En efectivo. Con intereses. Le pregunté qué iba a hacer con el
dinero y le ofrecí asesoría financiera. Dijo que gracias, pero no.
Nudelli
se quedó pensativo mientras sopesaba lo que Figaro le estaba diciendo. Vació de
un trago su copa de vino y luego pasó la uña por el borde de cristal.
—¿Cuáles
fueron sus palabras exactamente cuando dijo eso?
—¿Cómo
que exactamente? ¿Exactamente? Pues exactamente no lo sé.
—Jimmy,
eres un jodido abogado. Exacto es tu segundo apellido y la marca de nacimiento
que tienes en el culo.
—Dijo
que no era gran cosa. Que no era precisamente una cantidad que te permitiera
empezar una nueva vida.
—Bueno,
eso seguro que no suena a alguien que está contento con su beso de despedida.
—Lo
estoy citando fuera de contexto, ¿sabes?
—Como
si quieres sacar la cita del Familiar Quotations, de Bartlett. Lo que me
describes es alguien al que acaban de dar una coca-cola de diez dólares.
—Tony,
si hubieras estado allí, habrías visto que el tipo estaba contento, créeme.
El
camarero apareció para volver a llenarles los vasos con el Chardonnay
californiano que le gustaba a Tony Nudelli. Sabía un poco demasiado a roble
para el paladar más refinado de Figaro. Era como beber pulimento líquido para
muebles.
—Puede
que no trasportado al cielo en un rayo, como el profeta Elias —añadió Figaro—,
pero estaba contento, sí.
—¿Está
todo bien, señores? —preguntó el camarero adulador.
—Todo
bien, sí, gracias.
—Elías
—burbujeó el camarero—. Es un nombre muy bonito, Elias. ¿Por qué mis padres no
me pondrían un nombre así, en lugar de John?
Tony
Nudelli se echó atrás en la silla de golpe y miró al camarero, con una mueca de
irritación que dejó al descubierto sus dientes amarillentos y, ahora, bien
escarbados.
—Porque
tu cara blanca y redonda llena de mierda les recordó una jodida taza de váter,
mamón.? Y si tú y tu sensiblera naturaleza me volvéis a interrumpir, haré que
la gente pueda llamarte Vincent, porque sólo te quedará una jodida oreja para
meterla en los asuntos de los demás. ¿Lo entiendes? Ahora lárgate antes de que
chambrees el jodido vino con esa mano pajillera y caliente tuya.
El
camarero se retiró a toda prisa.
—Me
parece que será mejor que no pida postre —dijo Figaro riéndose.
A
una parte de él le gustaba que Toni Nudelli usara aquel lenguaje rudo. Mientras
no fuera a él a quien le tocara recibirlo. Le daba un escalofrío de placer
sentir, aunque fuera de forma indirecta, el poder que ejercía Nudelli.
—¿Estás
de broma? Aquí tienen el mejor pastel de nueces de pecán.
—Pensaba
que a lo mejor querría tratar de vengarse de alguna forma convincentemente
comestible pero repugnante.
—Hay
quien ha acabado muerto por mucho menos de eso.
—Él
no lo sabe.
—Tienes
razón, Jimmy. Ese maricón de mierda podría meter de matute cualquier cosa
dentro de un pastel de nueces.
Con
un fuerte chasquido de los dedos, Nudelli llamó al maître a la mesa.
—¿Todo
bien, señor Nudelli?
—Louis,
querríamos dos trozos de pastel de nueces. Y querría que nos los sirvieras tú
mismo. ¿De acuerdo?
—Sí,
señor. Enseguida. Será un placer.
El
maître desapareció en dirección a la cocina.
—Jimmy,
deja que te pregunte una cosa.
—Claro,
Tony. —Soltó una risita cuando vio al acobardado camarero—. Soy todo oídos.
Nudelli
echó una furiosa mirada hacia el mismo sitio.
—Marica
de mierda. ¿Qué coño pasa con los camareros de este país? No es bastante darles
una propina. Quieren que les jures sobre la Biblia que no los desprecias por lo
que hacen para ganarse un dólar.
—No
me hables de los camareros. El otro día pedí un bistec en Delano. Y cuando el
camarero lo trae me dice que las verduras sólo tardarán unos minutos. Y le
digo: «¿Qué pasa? ¿Es que se supone que tengo que comer a plazos?».
Figaro
se rió de su propia anécdota y más aún cuando vio que Nudelli la había
encontrado divertida. Sólo que deseó haber pensado en sustituir el nombre por
el de otro restaurante. Era uno de los más elegantes de South Beach, el
preferido de Madonna y Stallone, pero el nombre no contribuyó precisamente a
que Nudelli se olvidara de lo que más le obsesionaba en aquel momento, es
decir, de Dave Delano.
—¿Qué
es lo que me querías preguntar, Tony? Antes de que empezáramos con los
camareros de mierda.
—Sólo
una cosa. ¿Qué dice la Ley de Prescripción sobre el asesinato?
—No
hay Ley de Prescripción para eso.
—Pues
de eso se trata justamente. Supón que Delano se decide a hablar con los
federales.
—Tranquilo,
Tony. Delano no es un chivato.
—Espera,
Jimmy, espera hasta que termine como un buen abogado. Supón que lo hace, por la
razón que sea. Pongamos por caso que piensa que yo soy responsable del tiempo
que ha pasado en prisión. Después de todo, la cárcel hace cosas raras con los
hombres. Los vuelve maricas. Los vuelve vengativos. Quizás quiera quedarse con
mi cuarto de millón y con mi libertad de paso. Quiero decir, ¿qué se lo impide?
Contéstame a eso, ¿quieres?
—Es
probable que piense que yo soy más responsable que nadie —dijo Figaro,
encogiéndose de hombros—. Después de todo, fui yo quien lo representó ante el
jurado. Pero no va a hacerlo, Tony.
—No,
no, no estamos haciendo predicciones ahora. Estamos abordando una situación
hipotética, ¿entiendes? Como si fuéramos dos filósofos en una sauna romana.
¿Qué datos concretos tenemos para decir que Dave Delano nunca va a decidirse a
delatarme? Espera, espera. Tengo una idea; supongamos que comete un delito. Y
lo arrestan. Le va a caer una buena, pero puede que no quiera volver a la
cárcel. ¿Y quién podría criticarlo después de haber pasado cinco años en la
trena? No seré yo, seguro. Pero puede que, sabiendo esto, a los federales se
les ocurra meterle el miedo en el cuerpo para que les cuente lo que les tendría
que haber contado antes. Su culo a cambio del mío.
Nudelli
dio una fuerte palmada en la mesa, como si matara una mosca, justo cuando
llegaba el maître con los dos trozos de pastel.
—¿Qué
va a impedírselo, eh, Jimmy?
—Aquí
tiene, señor Nudelli. Pastel de nueces.
—Gracias,
Louis.
—De
nada, señor. Que aproveche.
—Bueno,
si lo planteas tan fríamente, Tony...
—Así
de fríamente lo planteo, metido en un vaso helado con hielo dentro. ¿Qué va a
impedírselo, eh?
Figaro
pinchó un trozo de pastel con el tenedor, pero lo dejó en el plato un momento.
—Nada.
Sólo que, quizás, te tenga más miedo a ti que a los polis.
Nudelli
alzó las manos, grandes y peludas, en un gesto que a Figaro le recordó al Papa
saludando, benévolo, a los fieles desde el balcón de San Pedro el día de
Navidad. Pero el abogado veía que no había nada benévolo en la dirección que
llevaba la conversación.
—¿Lo
ves? Quizás. Ya estamos otra vez con las dudas. Has puesto el dedo justo en la
llaga, Jimmy. Quizás. Ahora ponte en mi lugar. Tengo una familia que cuidar, un
negocio que dirigir, gente cuyo sustento depende de mí.
Suspiró
exasperado y se metió un trozo de pastel en la boca.
—¿Sabes
cuál es el problema? El idioma. La corrupción del jodido idioma. Las palabras
ya no significan lo mismo que antes, por culpa de toda esa mierda de minorías
que se nos ha metido en casa —porque ya no podemos decir esto y no podemos
decir eso otro— y por todos esos políticos que utilizan el idioma para no decir
nada de nada. Te daré un ejemplo, Jimmy. Un tipo le dice a una chica: «¿Me
dejarás follar contigo?» Bueno, si ella dice: «Quizás», sabes que hay una
posibilidad real. Pero si le dijeras a un político: «¿Construirá más escuelas y
más hospitales si llega al poder con nuestros votos?» y él dice: «Quizás»,
entonces sabes sin ninguna duda que no va a hacerlo. Para él, quizás es igual a
nunca. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
Figaro
no estaba seguro de entenderlo. Había veces en que pensaba que Tony Nudelli era
uno de los clientes más listos que tenía, y otras en que creía que era más
tonto que la televisión diurna. Esa larga disertación lo había dejado en la
duda de qué había querido demostrar Nudelli. Pero de cualquier modo, cabeceó y
dijo:
—Sí,
claro.
Decidió
tratar de desviar la conversación de la idea que, mucho se temía, Nudelli
seguía teniendo en su suspicaz cabeza.
—¿Quieres
que hable con Delano, Tony? ¿Que le recalque que es absolutamente necesario que
siga con la boca cerrada? Va a pasar por el despacho mañana para hablar de
algunas cosas. Puedo dejárselo claro entonces, si quieres.
—Willy
Barizon —dijo Nudelli, sacudiendo la cabeza.
—¿Qué
pasa con él?
—Es
medio hermano de Tommy Rizzoli. El tipo que sacaste del negocio del hielo.
Figaro
sonrió incómodo.
—Tony,
le aconsejé que vendiera el negocio para evitar una condena de cárcel, eso es
todo.
—Es
lo mismo. Como sea, voy a hacer que Willy vaya a hablar con Delano.
—¿Para
darle una paliza?
Nudelli
pareció dolido.
—Tendrías
que comer un poco de pastel. Es el mejor que hay.
Figaro
se llevó el tenedor a la boca. Tenía que admitir que era bueno.
—Odio
oír a mi abogado diciendo una cosa así —dijo Nudelli con frialdad—. Pero no, no
voy a hacer que le den una paliza. Sólo quiero que le recuerden, de un modo
contundente, que todavía tiene que temerme.
Se
lamió los labios y luego se secó la boca con la servilleta.
—Me
parece que me gustaría tomar algo dulce con el postre. Una copa de moscatel,
tal vez. ¿Te gusta el moscatel?
Figaro
negó con la cabeza.
—¿Y
ahora dónde se ha metido ese mamón? —gruñó, buscando al camarero con la mirada.
Fijó
los ojos en Figaro de nuevo.
—Además,
quiero saber algo más de esos nuevos amigos suyos antes de zurrarlo. Me han
dicho que en Homestead compartía celda con un iván. Y que ese iván tiene
importantes relaciones en Nueva York. No me gustaría darle una paliza a Delano
y encontrarme con esos cabrones rusos encima. Les gusta matar a la gente. Creo
que les gusta más matar que hacer dinero. Lo llevan en la sangre, supongo.
Matar lo han hecho siempre, durante toda su historia. Hacer dinero no, nunca.
—El
compañero de celda se llamaba Einstein Gergiev —informó Figaro—. Lo llamaban
Einstein porque había sido físico y experto en informática antes de liarse con
las mafias en Rusia, y luego aquí, en Florida.
—Un
hijo de puta listo, ¿eh?
—Tenía
montado algún tinglado con eso de las dos ciudades gemelas.
—¿Qué
dos ciudades?
—Las
dos San Petersburgo.
—La
del Golfo de México la conozco, pero ¿dónde está la otra?
—En
Rusia, al norte de Rusia.
—No
lo sabía.
—Fue
todo un fraude, según me han dicho. Le costó a la ciudad de San Petersburgo, la
de Florida, varios millones de dólares.
—¿De
veras?
—De
cualquier modo, a Gergiev lo soltaron hace seis meses y lo deportaron a Rusia.
Pero no sabía que tuviera amigos en Nueva York.
—Todos
esos rusos, los rojos, se encuentran allí. Playa Brighton. Tendrías que verlo.
El hogar de los jodidos rusos lejos de su hogar. Little Odesa, lo llaman. Los
contactos los tienen allí o en Israel, en Tel Aviv. La mitad de los judíos que
se fueron de Rusia están relacionados. Para empezar, así es como consiguieron
el dinero para largarse —Nudelli se encogió de hombros—. Tengo un primo en
Tampa. A lo mejor él puede averiguar algo de ese Einstein rojo. ¿Dónde está
Delano?
—Dijo
que iba a alojarse en el Sheraton de Bal Harbor.
—Es
un buen hotel de la playa. Con clase. Puedes olvidarte del Fontainebleau.
Nudelli
se enderezó en la silla. Había encontrado al camarero.
—¡Eh,
tú, Elias! Ven aquí.
Al
ver a Toni Nudelli, el camarero retrocedió hacia la puerta del restaurante como
un quarterback buscando a uno de sus receptores. Un segundo después había
salido por la puerta y corría a través del patio de estilo Mediterráneo, en
dirección a Biscayne Bay.
—Joder
—dijo Nudelli echándose a reír—. ¿Qué coño he dicho?
5
Dave
había echado de menos el mar, incluso un mar tan lleno de gente y barcos como
el de Miami Beach. Metido entre el cielo azul pálido y el polvo de rocas rojas
que hacía las veces de arena, el mar, del color gris de la piel de una
serpiente, llegaba hasta él haciendo garabatos de espuma. En Homestead siempre
soñaba con volver a contemplar ese paisaje. Pero no era esa recuperada vista
del mar lo que servía para subrayar su libertad, sino aquel olor a sal y aquel
sonido visceral, como una respiración, que la acompañaba. Esa parte la había
olvidado. Entre las cuatro paredes de la suite del hotel, por lujosa que fuera,
era demasiado fácil revivir la pesadilla de estar dentro de su celda otra vez,
del mismo modo que alguien a quien le han amputado una pierna sigue sintiéndola
como si aún la tuviera. Sólo tenía que cerrar los ojos y escuchar el silencio
dotado de aire acondicionado. Pero aquí, en la playa, con sus sonidos y olores
penetrándole en la conciencia, la sensación del viento en su pelo bien cortado y
del sol de la tarde calentando su cara bien rasurada, como si fuera la placa de
un fogón gigante, era imposible confundir el lugar donde estaba con nada que no
fuera el mundo exterior. Dave se tumbó en la toalla de playa y respiró
profundamente con la vista fija en el cielo. Ni siquiera leyó. Sus otros
sentidos, tan descuidados, no le permitirían concentrarse en nada excepto en
dónde estaba y lo que eso significaba. Unos cuantos días de descanso en Bal
Harbor le ayudarían a derrumbar los muros que seguían en pie dentro de su
cabeza. Después, podría ponerse a trabajar.
A
Willy Four Breakfasts Barizon le venía el apodo de la vez que se comió cuatro
desayunos completos —dos huevos fritos, dos lonjas de beicon, una salchicha, y
patatas y cebollas fritas en cada uno— en un Denny de la Avenida Lincoln. Con
casi 1,85 de estatura, pesaba alrededor de 105 kilos desnudo y cerca de 115
vestido. Los diez kilos de diferencia eran debidos principalmente a las dos
pistolas que llevaba debajo de su holgada camisa hawaiana. La lengua le venía
dos tallas grande a su cara, lo que hacía que hablara por un lado de la boca,
que siempre parecía húmeda, igual que si todavía guardara uno de aquellos
desayunos en el otro carrillo, como si fuera una mascada de tabaco. Tenía el
pelo negro y con rizo natural, aunque el corte que llevaba hacía que pareciera
como si acabaran de hacerle la permanente, con aquellos pequeños rizos que le
caían por encima de sus orejas de elefante, como si fuera un judío hasídico.
Con el aspecto de gigante de tamaño reducido que tenía, era difícil que Willy
Barizon pasara inadvertido. Además, hacía tiempo que no se encargaba de aquel
tipo de trabajos, y había olvidado cómo actuar con sutileza. El negocio del
transporte de hielo era todo fachada. Mostrar un aspecto duro cuando iba a
recaudar el dinero era lo único que se necesitaba. Era raro tener que llegar a
zurrar a alguien.
Dave
detectó a Willy al momento de verlo. O mejor dicho, detectó la mirada que el
hombretón recibió del botones cuando Dave salió del restaurante del hotel y fue
a pedirle al recepcionista que enviara el fax que había escrito en pulcras
mayúsculas cirílicas mientras cenaba. Cinco años vigilando que no le dieran por
el culo habían hecho que le salieran ojos en el cogote. Era como si el botones
hubiera proyectado una flecha de neón al pecho del hombretón, una flecha que
decía: «Ese es tu blanco. A por él».
Dave
entró en el ascensor al lado de una mujer con un peinado tan alto como el gorro
de un chef. ¿Qué les pasaba a las mujeres de Miami con los peinados altos? Con
un ojo en el peinado y en la marchita muñeca que había debajo, apretó el botón
de su piso y se situó al fondo mientras ella apretaba el del suyo. Luego fue
ella la que se apartó al entrar Willy. Pasaron uno o dos segundos antes de que
él pensara en apretar también un botón, lo cual confirmó más o menos la
sospecha de Dave de que el tipo había estado esperando para seguirlo hasta su
habitación. Pero la cuestión del motivo seguía intrigándole. No era un poli, de
eso estaba seguro. Un poli lo hubiera agarrado en el vestíbulo. ¿Y por qué
motivo? ¿Sospecha de robo de un gran coche? Mientras se cerraban las puertas,
Dave se volvió hacia Willy Barizon y estiró el brazo para que se viera el reloj
que había comprado en el centro comercial de Bal Harbor aquella misma tarde.
—¿Ves
este reloj, tío?
—¿Qué?
—El
reloj. Es un Breitling Chronometer. El mejor reloj del mundo.
Cara
de Muñeca hizo como si él no existiera.
—Olvídate
del Rolex. Eso es sólo para las películas. Y para el National Geographic. Esto,
esto es un instrumento de precisión cojonudo. Me costó 5.000 dólares.
—¿Y
a mí que mierda me cuentas? —gruñó Willy.
—Espera,
no he acabado. ¿Quieres ver mi billetera?
Dave
sacó su cartera y la abrió.
—¿Ves
esto? Piel de primera. ¿No es una belleza? Y además con 1.000 dólares dentro.
—Estás
pirado.
Sonó
una campanilla cuando el ascensor llegó al piso de Cara de Muñeca.
—Realmente
—dijo, pisando con garbo sobre sus altos tacones—. Algunos no saben como
llevarlo, ¿verdad?
—Tiene
usted toda la razón, señora —asintió Willy.
Dave
devolvió la cartera al bolsillo de la chaqueta de su traje de lino y sacó su
nueva estilográfica mientras las puertas volvían a cerrarse.
—Y
además tengo esta pluma.
—Que
te den, tío, y que le den también a tu pluma —dijo Willy, y palpó
instintivamente una de las dos herramientas que llevaba debajo del cinturón.
Los
agudos ojos de recluso de Dave captaron el revelador bulto con una sola mirada.
—Te
estoy contando todo esto por una razón —explicó fríamente—. Te lo cuento para
que sepas en lo que valoro tus jodidas posibilidades de robarme.
—Te
has equivocado de tío, Delano. ¿Quién dijo nada de robarte tu culo de mierda?
Dave
dio un paso atrás. La lengua casi se le salía de la boca al hombre cuando
hablaba. Dave había sentido la rociada de saliva como si fuera lluvia. Los ojos
se le quedaron un momento detenidos en esa lengua, fascinados por su grotesco
aspecto. En el mejor de los casos, parecía la carátula que Andy Warhol había
diseñado para el disco de los Rolling Stones. Sticky Fingers. Aún lo
conservaba. Eso si su hermana no lo había vendido, claro. En el peor, la lengua
parecía algún tipo de repugnante medusa rosa dentro de un círculo de amarillo
rojizo. La campanilla del ascensor volvió a sonar al llegar al piso que Willy
había escogido, sólo que él no le prestó ninguna atención.
El
tío había dicho su nombre. Llevaba artillería y lo había seguido dentro del
ascensor. ¿Qué más necesitaba saber? Desenroscó la tapa de la pluma.
—¿Has
acabado de enseñarme todas tus pertenencias?
—Sólo
una cosa más —insistió Dave—. Aquí está la pluma. Es una Mont Blanc
Meisterstuck. Se llama Mont Blanc porque el plumín de catorce quilates lleva
escrito la altura del Mont Blanc. Es la montaña más alta de Francia. Adelante,
échale una mirada.
Dave
levantó la pluma para que Willy la viera.
—Cuatro
mil ochocientos diez metros de altura. Adelante, mírala, porque te la voy a dar
como regalo.
Willy
miró.
Dave
no dudó ni un instante, y clavó la punta en forma de mitra de su pluma tamaño
Cohiba en el blanco del ojo del hombretón, salpicando al mismo tiempo con una
galaxia de manchas de tinta la cara, el cuello y la camisa de Willy.
Willy
aulló de dolor, apretando las dos manos sobre el ojo herido y dando a Dave la
oportunidad de golpearlo libremente en los riñones, como si estuviera
entrenándose con el saco en el gimnasio de la prisión. Tras propinarle tres
puñetazos, remató la faena con un gancho a las pelotas de Willy que iba cargado
con toda la fuerza de su hombro y que fue tan despiadado que Willy sintió como
si le estuvieran desgarrando la carne con unas tenazas al rojo vivo. Las
puertas del ascensor se abrieron de nuevo con un suspiro de aire que era como
el eco del sonido que salía de la malformada boca de Willy. Encogido, con una
mano en las pelotas y otra en el ojo, Willy parecía más pequeño ahora y más
fácil de manejar. Dave vio que no había necesidad de volver a golpearlo. Pero
había unas preguntas que necesitaban respuesta. Y aplicando la suela de piel
auténtica de un elegante mocasín nuevo en la rabadilla de Willy, Dave lo lanzó
al pasillo. Willy cayó de barriga sobre la tupida alfombra, dio con la cabeza
contra un extintor colgado de la pared y luego se desmayó.
Dave
recogió su pluma del suelo del ascensor y salió rápidamente antes de que se
cerraran las puertas. Miró a ambos lados. No había nadie. Agarró a Willy por
las piernas y lo arrastró por el pasillo hasta su suite.
Una
vez seguro al otro lado de la puerta, Dave registró a Willy concienzudamente;
pudo aliviarle de un Ruger Security-Six, que llevaba en un cinturón por dentro
de los pantalones y que imaginaba que era sobre todo para alardear, y debajo de
una correa sobre la barriga, una 22 automática, más pequeña y silenciosa, que
era la que probablemente hacía el trabajo. Dave descargó el revólver y dejó la
22 a mano para cuando el tipo volviera en sí. El nombre que aparecía en el
carnet de conducir que encontró en la sudada cartera era Willy Barizon. Dave
nunca había oído hablar de él. Había una Mastercard, ochenta dólares, un
ticquet del servicio de aparcamiento del Sheraton, un boleto de apuestas por un
perro en Hollywood y una tarjeta profesional de una puta con un número de la
zona 305. «Foxy Blonde. Belleza joven y voluptuosa. Servicio a domicilio.» Al
reverso había un nombre: «Tia». Dave tiró la tarjeta a la basura.
—Me
parece que no irás al domicilio de Willy durante un tiempo —dijo, recordando la
fuerza con que le había golpeado los huevos al hombretón. Dave fue al baño y
volvió con los cinturones de los dos albornoces, que empleó para atarle primero
las manos a la espalda y luego los tobillos. Se preparó una bebida y reunió
algunos libritos de cerillas que cogió del bar mientras Willy iba recuperando
la conciencia entre gruñidos. Dave se sentó sobre la parte posterior de los
muslos de Willy, de cara a los pies, y empezó a quitarle los zapatos y los
calcetines. Echando una mirada por encima del hombro dijo:
—¿Qué
tal va por ahí, Moose? ¿Listo para un diálogo socrático? Eso quiere decir que
yo digo una cosa, tú dices otra y yo llego a una conclusión.
Dave
echó a un lado con asco los calcetines de Willy y tomó otro sorbo del vaso.
—¿Nunca
has oído hablar de Sócrates, Moose? Fue un filósofo griego, al que condenaron a
muerte por corromper a los jóvenes de Atenas. Eso fue antes de la televisión,
claro. Los chavales de hoy tienen cable, así que probablemente ya estén
corrompidos, ¿no? Al tal Sócrates lo obligaron a tomar cicuta. Es una especie
de veneno. Pariente del perejil, por si te interesa, así que ve con cuidado con
tus aliños. Sea como sea, cuando leí esto, en un libro de Platón, empecé a
preguntarme cómo haces para obligar a alguien a envenenarse por voluntad
propia. Quiero decir, no es igual que si te atan a una camilla y te ponen una
inyección letal como hacen en la trena. No, él se sentó con unos cuantos amigos
y se lo bebió él mismo. No te jode. Y yo me pregunté por qué.
—Que
te fodan —gruñó Willy.
—Bueno,
mira, pues resulta que aquellos antiguos griegos — los muy cabrones— te daban
una alternativa a que te envenenaras tú mismo. ¿Sabes cuál era? Un tío venía y
te torturaba hasta la muerte. Lo hacía de la siguiente manera: te ataba y te
daba alguna clase de droga para que se te relajara el culo. Amilnitrato, o su
equivalente antiguo, lo más probable. Lo mismo que hacen esos gays del S&M.
Esos tipos se hacen todo tipo de porquerías unos a otros, cosas que yo no puedo
ni imaginar. Cuando el torturador pensaba que ya estabas preparado, te metía
todo el brazo por el ojete, al estilo de Robert Mapplethorpe, y seguía para
arriba hasta que te agarraba el corazón. Cuando lo hacía —y ésa era la parte
más exquisita de la tortura— iba estrujándolo lentamente con la mano, como si
fuera una jodida esponja o algo así. ¿Puedes imaginártelo? Para que hablemos de
que nos duele el pecho. Joder. Los verdaderos expertos podían hacerlo durar un
rato, como los amantes experimentados. Y eso, eso era la alternativa al veneno,
no te engaño. Un polvo de puño fatal. No es de extrañar que el viejo Sócrates
decidiera hacer mutis por sí mismo, ¿eh?
—Hijoputa.
—Exacto.
Otro escritor... vas a oírme hablar de un montón de figuras literarias, si te
quedas un rato conmigo, Moose: los últimos cinco años no he hecho más que leer.
Y hacer ejercicio. Pero eso ya lo debes saber, ¿no? Siento haber tenido que
darte tan fuerte. Pero eres un tío muy grande, Moose. A lo que íbamos, este
otro escritor, se llamaba Samuel Johnson, decía que la perspectiva de que te
cuelguen ayuda a la gente a concentrarse de una forma extraordinaria. Y yo
sospecho que lo mismo pasa con la tortura.
—Que
te fodan... mi ojo... didé nada... cabrón...
Dave
tiró de los pies de Willy.
—Moose,
Moose, deberías cuidarte mejor esos pies. Tienes el peor caso de pie de atleta
que he visto. ¿Te secas bien entre los dedos? Tendrías que hacerlo, ¿sabes? El
tuyo es ya un caso crónico, me parece. Jodidamente difícil de erradicar. La
mayoría de esas preparaciones antihongos no funcionan ¿sabes? Pero tengo un
remedio infalible para liquidar a ese diminuto microbio que causa esta dolencia
quiropódica tan poco comprendida. En realidad es un secreto, aunque no me
importa compartirlo con alguien como tú, Moose.
Dave
volvió la cabeza.
—Pero
antes de hacerlo, ¿hay algún secreto que tú quieras compartir conmigo? ¿Una
especie de quid pro quo? Tal vez, por ejemplo, quién te envió a verme, con toda
esa artillería, y por qué. Háblame, Moose. Y no me cuentes que ibas buscando a
tu Velma o creeré que quieres pasarte de listo conmigo.
—...
miedda es Velma?
—¿No
eres aficionado a Chandler? ¡Qué lástima! Te gustaría. Es un tío duro. Como los
huevos cocidos, y un poco como esos pies tuyos. Así que, ¿qué me dices?
Willy
Barizon tosió con dificultad.
—Mire
señor, se ha equivocado de tío. Yo no sé nada. Nadie me ha enviado. Mi ojo. Ha
habido un error.
—Moose,
estás insultando mi inteligencia. Y a mi inteligencia eso no le gusta. Se
ofende por casi cualquier cosa. Pero sobre todo se ofende si alguien piensa que
no existe. Que yo soy tan estúpido como tú.
Dave
empezó a meter las cerillas del hotel entre los dedos malolientes y pegajosos
de Willy Barizon como si se estuviera preparando para pintarle las uñas.
—¡Puaj!
Recuérdame que me lave las manos cuando acabe.
—¿Qué
estás haciendo?
—Es
lo que te estaba contando, Moose. El remedio infalible para librarte del pie de
atleta. La cuestión es, tío, que hay que quemar. Es como cauterizar una herida.
El calor extremo mata la infección. Esto son libritos de cerillas, Moose.
¿Alguna vez has visto arder todo un librito de cerillas? Es como una jodida
bengala, tío.
—¡Socorro!
—chilló Moose y empezó a retorcerse, desesperado.
Pero
Dave tenía preparada una toalla y la metió en la boca con forma de chuleta de
Willy Barizon.
—Moose,
Moose. Cierra esa jodida boca, ¿eh? Vamos a tener un problema al estilo de
Yossarian si no tenemos cuidado. Catch 22. ¿Te acuerdas? Me refiero a que,
¿cómo vas a contestar a mis preguntas si tengo que meterte una toalla en esa
boca tuya que parece dibujada por Picasso? Pero tampoco es que pueda dejarte
que eches la casa abajo con tus chillidos. ¿Comprendes mi dilema? Mira, te diré
qué vamos a hacer. Parte de tu problema es tu falta de imaginación, tu
incapacidad para visualizar lo rabiosamente que queman esas pequeñas cerillas.
Por eso, eres incapaz de formarte una idea de lo doloroso que será para ti. Así
que voy a hacerte una pequeña demostración, una demostración lo más amable
posible. Y luego te sacaré la toalla de ese buzón tuyo. A riesgo de ser
redundante, te recomiendo que empieces a hablar en ese mismo momento o yo
empezaré a freír beicon aquí abajo. Así que vamos con la lección práctica.
Dave
colocó un cenicero delante de la cara de Willy Barizon. Luego le sacó uno de
los libritos de cerillas de entre los dedos de los pies, lo abrió y lo encendió
con el encendedor de plata que había comprado aquella misma tarde en la tienda
de Porsche. La tapa del librito ardió con desgana durante un momento y luego se
apagó. Dave le dio al encendedor y volvió a encenderlo. Esta vez prendió bien y
al segundo las cerillas estallaron en medio de una espectacular nube de humo
azul, con olor acre.
—¡Guau!
—dijo Dave riendo entre dientes—. La jodida llama olímpica. ¡Huy! Eso tiene
aspecto de doler. ¿Qué me dices, Willy? ¿Te parece que dolerá?
Willy
cabeceó asintiendo como un loco.
—¿Listo
para tener aquella charla que decíamos?
Willy
siguió asintiendo.
—Buen
chico.
Dave
sacó la toalla de la boca de Willy.
—Bueno,
¿quién te envió?
—Fue
Tony Nudelli.
Eso
cogió a Dave por sorpresa.
—¿Tony?
¿Por qué? ¿Qué coño tiene contra mí?
—Quería
que te recordara que mantuvieras la boca cerrada sobre lo que sea que tú ya
sabes.
Dave
frunció el ceño mientras trataba de encontrar sentido a la información.
—Me
he pasado los últimos cinco años en la trena con la boca cerrada —sacudió la
cabeza—. No tiene sentido.
—Te
juro que es la verdad.
—¿Y
cómo ibas a recordármelo exactamente? Quiero decir, ¿ibas a dejarme caer una
palabrita al oído, o se suponía que iba a sentir esa necesidad de silencio en
alguna parte no esencial de mi cuerpo?
—Sólo
tenía que pegarte una paliza, eso es todo. Puede que romperte unos cuantos
dedos. Nada grave.
—He
tenido novias que podrían estar en desacuerdo con eso, Willy.
—Te
juro por Dios que es la verdad.
—Calla
un momento mientras pienso.
Dave
pensó en silencio durante un minuto mientras sopesaba lo que Willy acababa de decirle.
Era posible que Tony Nudelli estuviera lo bastante preocupado por lo que Dave
sabía de él como para enviarle al matón sobre el que ahora estaba sentado. Sólo
que Tony solía arreglar las cosas de un modo bastante más definitivo que unos
cuantos dedos rotos o un labio partido. Eso Dave lo había visto personalmente.
Pero mientras lo pensaba, se le ocurrió que quizás había una manera de sacar
partido a la situación. Una manera de demostrarle a Tony su lealtad. Un
preludio útil para lo que vendría a continuación.
—No
—dijo lentamente—. No me trago esa historia, Willy.
—Oye,
tienes que creerme...
—¿Por
qué querría Tony hacerme papilla?
—Yo
no dije eso, dije hacerte daño, no papilla.
—Después
de cinco años, lo que está claro es que Tony sabe que no me voy a ir de la
lengua con nadie.
—Mira,
yo sólo soy un mandado. Ya lo sabes. No soy el psicoanalista de Tony. No sé lo
que tiene en la cabeza. Le debo un favor. Ya sabes que así es como funciona. Él
me dice que haga algo, yo lo hago y no busco ninguna jodida declaración de
intenciones. Me pagan por hacer lo que me dicen.
—¿Sabes
qué creo? Que son los rusos los que te enviaron a zurrarme.
—¿Qué
rusos? Aquí no tiene nada que ver ningún ruso.
—Eso
es lo que creo. Creo que fue Einstein Gergiev el que montó esto. ¿Acierto,
Willy?
—Que
no, tío.
—Eso
sí que tiene mucho más sentido. El ruso. Es natural que tengas más miedo de él
que de mí, incluso con todo un manojo de cerillas entre los dedos. Es un
personaje siniestro, ese ruso. Lo sé de buena tinta, he pasado cuatro años con
él en la misma celda. No, seguro que estás mintiendo, Moose.
Dave
le dio al encendedor para recalcar sus palabras.
Desesperado,
Willy se revolvió debajo de Dave, con el cuello y las orejas cada vez más rojos
por el esfuerzo.
—Mira
tío, no sé nada de ningún cabrón de ruso. Nunca he conocido a nadie llamado
Einstein como se llame. Fue Tony Nudelli, te lo juro. Te juro por la virgen que
es verdad.
—
¡Oh! ¿Eres católico, Moose?
—Sí,
soy católico.
—Te
diré lo que vamos a hacer, Moose.
Dave
se levantó y fue a la mesilla de noche, de donde cogió una Biblia.
—Te
voy a pedir que me lo jures sobre la Biblia.
—Sí,
lo que quieras, con tal de que me creas.
Dave
volvió a sentarse sobre la espalda de Willy y le metió la Biblia debajo de la
enorme mandíbula.
—Ahora
repite conmigo, Moose. «Porque confío en la resurrección del cuerpo...»
—«Porque
confío en la resurección del cuerpo...»
—«Y
la vida eterna en Jesucristo...»
—«Y
la vida eterna en Jesucristo...»
—«Lo
que he dicho es la verdad, y que Dios se apiade de mí.»
—«Lo
que he dicho es la verdad, y que Dios se apiade de mí.»
—Ahora
besa la Biblia con esa bocaza que tienes.
Willy
besó la Biblia hasta que quedó empapada de saliva.
—No
te educarían los jesuítas, espero —dijo Dave—. Esos tipos eran tan tramposos
que podían jurar una cosa, pensar otra, besar la Biblia y salirse con la suya
gracias a la doctrina de la evasiva.
—No,
tío, no.
—Vale,
te creo.
Dave
se puso de pie y tomó otro sorbo de su bebida.
—De
acuerdo. Ahora voy a desatarte. Pero recuerda: tengo esa pequeña Phoenix Arms
22 en el bolsillo. Si tratas de ser desagradecido, te libraré de parte de la
presión que tienes en ese cerebro tuyo. Te proporcionaré otro agujero por donde
respirar. ¿Lo tienes claro?
—Sí,
sí.
Dave
desató a Willy y se apartó mientras el hombretón, lenta y doloridamente, se
sentaba en el suelo. Willy se palpó los testículos y luego apoyó la palma de la
mano con cuidado en el ojo herido. Con el ojo bueno miró, a través de la
habitación, al hombre que ahora estaba sentado en un gran sofá de color crema.
Extendidos por el suelo frente a Delano, como en el anuncio de Jerry Seinfeld
para American Express, estaban los resultados de lo que parecía haber sido una
importante jornada de compras: varios pares de zapatos, montones de camisas de
vestir y deportivas, jerseys y pantalones y un ordenador portátil de la marca
Apple nuevecito. No había nada barato a la vista. Incluso la suite, con el
balcón corrido y vistas al mar, tenía toda la pinta de costar tres o
cuatrocientos dólares la noche.
—¿Cómo
va el ojo? —preguntó Dave.
—Duele.
—Lo
siento Moose. Coge una toalla del baño si quieres y un poco de hielo de la
nevera. Hazte una compresa fría. Evitará que suba mucho la inflamación.
—Gracias,
tío.
Moose
fue a buscar el hielo. Lamentaba el final de su negocio del hielo con su primo
Tommy. Si no hubiera sido por eso, ahora no estaría allí, arriesgándose a
perder un ojo. Quizás no estuviera hecho para los asuntos duros, después de
todo. Tenía que haber algo más fácil.
Mientras
miraba cómo Willy se preparaba la compresa fría, Dave sintió pena por el
mendrugo, aunque estaba seguro de que le habría roto los dedos como había
dicho, y sin remordimiento alguno.
—Puedes
decirle a Tony lo decepcionado que me siento —dijo Dave. —Y añadió, cruel—:
Cuando lo veas.
—Si
lo veo —dijo Willy con amargura—. Este jodido ojo. Creo que me has dejado
ciego.
—Decepcionado,
pero no rencoroso. Dile que, pese a este pequeño malentendido, seguimos siendo
amigos. Dile eso. Quizás incluso futuros socios. Eso es, dile a Tony que quiero
proponerle un negocio. Que puede ser algo grande. Eso tendría que
tranquilizarlo... Dile que me pondré en contacto con él a través de Jimmy
Figaro.
Willy
recogió el Magnum y lo deslizó en la cartuchera del interior de sus pantalones.
Buscó con la mirada la 22, pero recordó que estaba en el bolsillo de Delano.
Dave comprendió qué buscaba y después de sacarla la levantó, como sopesándola,
en la mano.
—Me
quedaré con ésta un poco más —dijo—. La primera regla de la autodefensa: tener
un arma.
—¿Puedo
marcharme ya?
Willy
sonaba contrito, contrito y preocupado.
—Querría
ir a un hospital.
—Claro,
pero ¿no te olvidas de algo?
Dave
señaló con la cabeza los pies descalzos de Willy y las cerillas que llevaba
entre los dedos.
—Tus
quesos, tío.
Willy
empezó a sacarse las cerillas.
—Nunca
pensé que fueras un Dennis Hopper, tío —dijo Willy, sacudiendo la cabeza—. Con
ese traje, no pareces tan duro. Te pareces más a un universitario.
—Con
frecuencia, el hábito sí que hace al monje —dijo Dave—. Pero tendrías que
haberme visto a las ocho de la mañana.
Willy
se metió en el bolsillo uno de los libritos de cerillas.
—Un
recuerdo —dijo—. Los colecciono.
—Pues
éste seguro que no lo olvidas, ¿eh? —comentó Dave.
—¿Lo
habrías hecho de verdad? ¿Les habrías prendido fuego a mis dedos?
Dave
se encogió de hombros.
—Moose,
yo mismo me lo he estado preguntando.
6
La
agente especial Kate Furey miró por la ventana de la sala de reuniones del
tercer piso de la central del FBI, y reprimió un profundo bostezo cuando su
jefe, el agente especial adjunto al mando, Kent Bowen, empezó a contar la
historia. Era uno de esos relatos crueles y desagradables que tanto parecían
complacer a sus compañeros masculinos. La mayoría estaba ya sonriendo porque
todos sabían que la historia trataba de cómo Bolívar Suárez, un primo del
embajador de Colombia, y uno de los más importantes traficantes de cocaína de
Miami, había encontrado prematuramente la muerte hacía dos noches.
—Tendríais
que ver dónde vivía ese cabrón, en Delray Beach. Joder, casi una hectárea al
lado del mar. Y la casa es como en las películas de James Bond. Mil metros
cuadrados de color gris plomo, parece el museo Guggenheim de Nueva York. Pero
por dentro es un palacio de puta madre. Suelos de mármol, puertas y ventanas de
caoba, y accesorios y luces de art déco traídos de París. Ya os hacéis la idea.
Diez millones de dólares de lujo asiático en Florida.
»Bueno,
ésa es la escena del crimen. Al mamón le gustaba el arte, a lo grande. Cuadros
por todas partes. Debe de haber mantenido activas a algunas de esas galerías de
Nueva York él solo. Moderno, pero nada de basura, ¿sabéis? Quiero decir que no
sé nada de arte, pero incluso yo pude ver que algunos de aquellos artistas
tenían verdadero talento. Un montón de cosas de Escocia, de Glasgow, que me
gustaron, claro. El mamón seguro que creía que Glasgow era un fabricante de
cristaleras dobles. También un montón de cosas de Sudamérica. Supongo que eso
sí lo conocía. Frida Kahlo, Diego Rivera. Lo que queráis. El hijo de puta lo
tenía todo en una estructura con luz desde arriba. Algo muy particular; como si
no pudiera clavar una mierda de clavo en la pared. Tenía los cuadros colocados
como si él fuera un puto experto. Se dice que una vez le dio una paliza a la
niñera de sus hijos porque rozó por descuido una de esas telas. Y cuando digo
que le dio una paliza, quiero decir una paliza. Por lo visto, utilizó una de esas
especie de porras Romitron —ya sabéis, eso que lleva una bola y una cadena de
plástico— para pegarle en las manos. Estuvo a punto de dejarla lisiada. Nadie
tocaba esos cuadros más que el mismísimo hijo de puta.
Desde
la central, en la Segunda Avenida, Noroeste, sólo había un par de minutos en
coche hasta el edificio de apartamentos en la Isla Williams donde estaba el
hogar de Kate. Por lo menos, había sido su hogar hasta que se divorció. Howard,
su marido, y socio de uno de los bufetes de abogados más importantes de Miami,
había pagado 900.000 dólares por el piso. Los abogados de Kate le habían dicho
que era posible que el apartamento llegara a ser suyo como parte del acuerdo.
Pero a ella no le parecía justo que él no se quedara con la mitad. Además, no
le apetecía precisamente quedarse allí, teniendo en cuenta todas las
secretarias del bufete que Howard se había ido follando allí cuando, como
ahora, Kate tenía que trabajar hasta tarde.
—Esta
información tiene que haber llegado a alguien de uno de los otros cárteles
—continuó Bowen, mirando de reojo a Kate—. Alguien que quería ver al cabrón
muerto. Podéis escoger. Joder, hay más que suficientes. Bueno, fuera quien
fuese, actuaron con mucha inteligencia. Lo prepararon todo mientras el cabrón
estaba en Bogotá. La finca estaba bien guardada por el lado de la carretera.
Cámaras, sensores, el equipo de seguridad al completo. Pero no tanto por el
lado del mar. Como si el pringado no supiera que existen los barcos. Como sea,
la lancha número siete de los Guardacostas de Delray informa que vieron una
especie de lancha deportiva de alta velocidad anclada a unos tres kilómetros de
la costa, frente a la playa municipal, la noche antes de que le dieran al
cabrón. Sam Brockman cree que dejaron a un submarinista en el agua y que nadó
hasta la orilla y se coló en la finca Suárez, amparándose en la oscuridad de la
noche. Sólo había un vigilante en la playa. Y dice que no vio nada. ¿Kate?
Kent
Bowen quería su atención y aprobación por encima de todo. Era uno de los
agentes más brillantes de la comisaría de Miami, eso sin mencionar que era
también una de sus mayores bellezas y que estaba colado por ella. Kate devolvió
su atención a Bowen y a su interminable historia.
—Y
aquí viene lo más ingenioso —dijo—. El tipo se mete en la casa. Un auténtico
profesional. Escoge su cuadro —ni idea de cuál era—, lo descuelga y extiende
una fina capa de 250 gramos de plástico C5 en la parte de atrás de la tela.
Luego fija un simple detonador de inclinación en la parte interior del
bastidor; sólo una esfera de acero dentro de un tubo de ensayo, dos agujas, una
pequeña batería y un detonador. Y ésa es la bomba. Una belleza. Un trabajo muy
pulcro. Deja el cuadro colgando un poco torcido y luego pone pies en polvorosa.
Hace horas que se ha ido cuando el cabrón vuelve de Colombia.
Bowen
sacudió la cabeza, como si todavía le asombrara el ingenio del asesino.
—Como
siempre, primero entra el perro de rastreo, pero no le llega el olor de los
explosivos porque el cuadro está a un metro y medio de alto. El cabrón entra en
la sala y ve el cuadro tan torcido como la polla de Quasimodo. Y maniático como
es, no tarda un segundo en ir a enderezarlo.
Bowen
se recostó en la silla, sonriendo con sadismo, saboreando el climax de su
historia.
—La
esfera rueda por el tubo, toca las dos puntas de las agujas, completa el
circuito, y ¡catapum!, le arranca la cabeza limpiamente de sus jodidos hombros.
Kate
miró a Bowen y sonrió fríamente mientras él y el resto de los tíos se reían de
nuevo.
—La
unidad de investigación que fue a la escena del crimen tardó cuarenta y cinco
minutos en encontrar la cabeza de Bolívar. Empezaban a pensar que se la habría
llevado como recuerdo uno de los colombianos cuando la vieron flotando en el
jodido acuario. La explosión la había lanzado al otro lado de la sala, como si
fuera una pelota de baloncesto.
Bowen
hizo como si encestara.
—Canasta,
dos puntos.
Siguió
riéndose un poco más, se secó una lágrima del ojo y se le ocurrió otro chiste:
—Eso
es lo que yo llamo un cuadro que te hace estallar la cabeza.
Bowen
soltó una risotada y se sirvió un vaso de agua, como si acabara de contar una
anécdota realmente graciosa sobre Jay Leno. Con unos cincuenta años y una calva
incipiente, a Kate Bowen le recordaba mucho el coronel Kilgore, de Apocalypse
Now. Tenía la misma actitud despiadada hacia el enemigo y el mismo aprecio de
su personal. En cuanto él empezaba a hablar, Kate se sentía como la persona que
no quería hacer surf en la fiesta de Kilgore en la playa.
—El
asesinato de Bolívar Suárez... —empezó.
—Ey,
¿dónde se encuentran dos sesos y ninguna cabeza? —dijo Bowen con una risita
cloqueante—. El asesinato de Bolívar Suárez.
—Dado
que la muerte parece dejar a Rocky Envigado como Ciudadano Cocaína indiscutible
—persistió Kate—, puede que no tengamos que buscar más lejos al autor.
—Eso
es lo que se llama perder la cabeza con el arte moderno —dijo alguien y Bowen
se esforzó por que no se le escapara la risa ante la actitud más profesional de
Kate.
—Ciudadano
Cocaína —repitió—. Me gusta. ¿Se te ocurrió a ti?
Kate,
consciente de que podía haberse quedado con el mérito, replicó:
—No,
me parece que lo leí en un periódico británico, cuando estuve en Inglaterra de
vacaciones el año pasado.
Había
veces, lo sabía, en que podía pasarse de honrada, incluso según los parámetros
del FBI.
Era
la única vez que había salido de Estados Unidos y la última vez que lo había
pasado bien con Howard. Y eso que sólo habían sido vacaciones en parte. El
propósito principal del viaje a Londres y París había sido reunirse con las
fuerzas de policía británica y francesa, que estaban preocupadas por la
cantidad de cocaína que ahora llegaba a Europa desde Colombia, vía Florida.
Pero después de Miami, habían parecido vacaciones.
—Perdón
—dijo—, quería decir cuando fui a ver a los de la NCIS y la Interpol.
—¡Aha!
—dijo Bowen con una sonrisita—. Ahora nos enteramos de la verdad, agente Furey.
Te fuiste de vacaciones a expensas del contribuyente norteamericano.
Kate
sonrió cortésmente y confió en que pudieran continuar con la reunión. Su
propósito era compartir la nueva información que tenía sobre los traficantes de
drogas que utilizaban el sur de Florida como centro de almacenamiento de sus
productos. Información que habían recibido de otros organismos, tanto del país
como de fuera. Ahora que Kent Bowen había contado su historia, podría poner
sobre la mesa lo que sabía y luego, quizás, irse a casa y sumergirse en la
bañera. Había sido un día muy largo.
—He
almorzado con Peter van der Velden hoy y..
—¿Qué
tal está el holandés?
Van
der Velden era inspector del BVD holandés, y había sido asignado como oficial
de enlace especial en el consulado de los Países Bajos en Miami para los dos
años siguientes.
—Bien.
—¿Fuisteis
a algún sitio bonito?
—No
se preocupe, pagó él.
—Apuesto
a que adivino adónde fuisteis. A ese sitio en Coral Gables. Le Festival. Al
holandés le encanta ese sitio.
—Sí,
Le Festival.
Muy
a su pesar, Kate notó que se sonrojaba ligeramente.
—¿Es
bueno?
Era
el agente especial Chris Ochao, un medio cubano que llevaba el brazo en
cabestrillo.
—Excelente
—contestó Bowen—. Los mejores soufflés de la ciudad. —Arqueó las cejas, con
gesto sugerente, y añadió—: Y romántico.
—De
eso no me di cuenta —dijo Kate.
—¿No?
Alguien
soltó una risita burlona.
Kate
miró a Bowen directamente a los ojos. Sabía que en la oficina corría el rumor
de que tenía un lío con Peter van der Velden. Cada año todos los agentes de
enlace de los diversos consulados de Miami se reunían y celebraban una fiesta
en el Hotel Doubletree, de Coconut Grove. Sólo hacía tres meses de la última,
en la cual Kate había sido vista marchándose con el policía holandés después de
haber estado hablando con él casi una hora.
—¿Sabéis?
Me parece que hay algo que tendría que aclarar — dijo, con una fría sonrisa—.
Un pequeño malentendido que corre por ahí. Sólo para que conste, no estoy
jodiendo con Peter van der Velden. Ni he jodido nunca con Peter van der Velden.
Ni tengo ninguna intención de hacerlo. Es más, el propósito de nuestra cita
para almorzar no tenía nada que ver con la posibilidad de que podamos llegar a
joder, sino reunirnos con un espíritu de colaboración y diplomacia y llegar a
joder a algunos de los grandes traficantes de drogas y otros criminales. ¿Me he
expresado con claridad?
Recorrió
con la mirada la mesa de uno a otro extremo. Por un momento nadie dijo nada.
—¿Os
habéis enterado todos? —preguntó Bowen—. Vale Kate, lo has dejado claro. ¿Qué
ibas a decirnos de Peter van der Velden antes de que te interrumpiéramos?
—Sólo
esto —dijo Kate, contenta de que nadie se hubiera dado cuenta de las relaciones
esporádicas que sí que tenía con el oficial de enlace británico, Nick
Hemmings—. Según los informadores de Peter, se espera un gran cargamento de
Rocky Envigado. Y atención: viene de Mallorca, igual que antes.
—¿Y
eso qué quiere decir?
Ahora
Bowen tenía el ceño fruncido.
Kate
respiró hondo.
—Quiere
decir que la última vez se nos pasó por alto algo.
—Sí,
bueno, si a nosotros se nos pasó por alto, también se le pasó a la policía
española y a la holandesa —dijo Ochao—. Registramos aquel barco de arriba
abajo. No había nada.
—Podría
ser que Rocky hubiera descubierto un nuevo medio de transporte —dijo Bowen—. Un
medio del que todavía no sabemos nada.
—Puede
que lo envíe por Internet —sugirió otro agente—. Últimamente parece que todo el
mundo está obsesionado con eso.
—Quiero
que lo enfoquemos científicamente. Quantico. El National Crime Information
Center. El Smithsonian. Números atrasados del Law Enforcement Bulletin, si es
necesario. Con todos los recursos con que contamos, se nos tendrían que ocurrir
algunas ideas.
Bowen
se levantó y trató de transmitir inspiración a su gente. Parecía bastante fácil
hasta que se encontró con la mirada dubitativa de Kate.
—¿Algún
problema, Kate?
—Es
posible que la última vez no hubiera nada. Que utilizara ese primer viaje para
ponernos en evidencia. Después de aquel pequeño desastre quizás piense que
ahora lo dejaremos en paz. Pero en cualquier caso tendríamos que tratar de
encontrar el barco antes de hacer nada, ¿no cree?
—Sí,
claro, seguro, eso no hace falta ni decirlo, ¿no?
Puso
una mano cuidadosamente paternal en el hombro de Kate.
—Encárguese
del equipo de reconocimiento, señor Spock. Necesito algunas respuestas.
Kate
se fue a casa en su Sebring blanco, se preparó un ponche de ron, lo bebió
mientras llenaba la bañera y luego se preparó otro antes de sumergirse en el
agua caliente. El cuarto de baño daba a una terraza que rodeaba el piso; había
dejado las persianas subidas para poder ver las luces parpadeantes de la
Riviera de Miami, al otro lado del canal intercostero. Era una enorme bañera
empotrada, con un jacuzzi y casi su lugar favorito de todo el piso. Después de
comprar el apartamento, Howard y ella se habían bañado juntos un par de veces.
Pero, por lo general, él prefería ducharse y, si se bañaba, prefería hacerlo
solo. Al cabo de un tiempo, se acostumbró a la idea de que él aprovechara las
largas sesiones que ella disfrutaba en la bañera para tumbarse en la cama y
mirar el canal de Playboy por la tele. Por supuesto, hacía ver que no era así,
y saltaba a Letterman o Leno en cuanto ella volvía al dormitorio. No es que le
importara mucho. Lo que de verdad la sorprendió e irritó fue que él pensara que
podía abonarse a cualquier nuevo canal, y mucho menos a Playboy, sin que ella
se diera cuenta. Por favor, trabajaba para el FBI; su trabajo era fijarse en
las cosas.
Naturalmente,
cuando empezó a tener amantes, ella lo supo enseguida. Confiaba en que podría
librarse de lo que fuera que le atormentara; mientras no se lo pasara a ella.
Pero lo que finalmente le hizo tomar una decisión no fueron los celos, ni
siquiera su amor por Howard sino, como le había pasado con la suscripción a
Playboy, la irritación que sentía al ver que la consideraba demasiado estúpida
para darse cuenta de sus mentiras y evasivas. La inteligente era ella, no él.
Segunda de su clase en la facultad de Derecho de la Universidad de Florida en
Gainsville, licenciada con honores en la misma clase en la que su futuro marido
había tenido que esforzarse para estar entre los primeros cincuenta, y el
cabrón pensaba que podía ser más listo que ella, como si ella fuera una
camarera de cualquier pequeño bar de Oklahoma.
Kate
tomó prestado un equipo de vigilancia del despacho para obtener pruebas
auditivas y visuales de la infidelidad de Howard y lo pescó en faena con la
instructora de golf para señoras del cercano Club de Campo de Turnberry Isle.
Eso solo ya era bastante malo. El golf es un juego estúpido. Pero son las
pequeñas cosas las que realmente te fastidian y se había quedado de una pieza
al descubrir que la compañera de golfeo de Howard utilizaba el gel
anticonceptivo del armario del propio cuarto de baño de Kate para su juego. Así
que, con ayuda de una amiga del laboratorio, y después de amplios ensayos y
experimentos, substituyó el gel de un tubo de Gynogel por un linimento de igual
perfume; una preparación a base de alcohol y mentol para dar masaje en los
músculos, para calentarlos en profundidad, definitivamente desaconsejada para
zonas sensibles. Especialmente las dos zonas sensibles que Kate tenía en mente.
Incluso ahora, meses después de lo sucedido, sólo pensar en la cinta que había
grabado con su marido y su amante chillando en la sesión amorosa más caliente
nunca imaginada seguía haciendo que estallara en carcajadas. Era evidente que
el que dijo que la venganza es un plato que se toma mejor frío, nunca había
oído cómo sonaban dos generosas raciones de genitales sobrecalentados.
Por
alguna razón, Kate nunca había pensado en sí misma como en una esposa
vengativa. Con su hermosa cara, su sincero aprecio por el arte, la literatura y
la música, por no hablar de su vivida imaginación, siempre se había visto más
como del tipo romántico. Parecía extraño al pensarlo ahora, pero ésa era la
razón de que se hubiera incorporado al FBI y no a algún aburrido bufete de
abogados del centro de la ciudad. Quería acción y pasión, incluso algo de
peligro de vez en cuando. Pero últimamente, lo más arriesgado que había hecho
era olvidarse de poner el seguro de su Lady Smith & Wesson y, para el
servicio que le hacía, habría sido igual que fuera armada con un alfiler de
sombrero. Con la esperanza de que la enviaran a un puesto en el extranjero,
como Bogotá, Caracas, Lima o Ciudad de México, Kate había empezado a estudiar
español. Entretanto, miraba al mar y soñaba con correr aventuras.
7
Todo
el mundo estaba de acuerdo en que Madonna, la esposa de Al Cornaro, era algo
extraordinario. No es que fuera guapa, sino que todos pensaban que era
extraordinario que Al se hubiera casado con ella. La mayoría de los tipos que
trabajaban para Tony Nudelli estaban casados con rubias artificiales con un
coeficiente de inteligencia del tamaño de sus sostenes y una educación extraída
de Condé Nast. Parecían más medallas de consolación que auténticos trofeos,
eran de ese tipo de mujeres que manejan con más habilidad un lápiz de cejas que
un bolígrafo y para quienes destreza oral equivale a hacer una buena mamada. Lo
que hacía que Madonna fuera diferente era su inteligencia, su lengua afilada,
su total indiferencia por su aspecto y el tamaño de sus tetas. Las tetas eran
auténticas, no había más que mirar al resto de Madonna para saberlo. Le
colgaban hasta la cintura, como si las hubieran esculpido allí para hacer la
prueba antes de tallar a Washington y Jefferson en Monte Rushmore. El
monumental efecto se veía aumentado porque a Madonna no le gustaban los
sostenes —de hecho, no le gustaba ningún tipo de ropa interior— y por el
reciente nacimiento de su cuarto hijo, Al junior. Al senior quería a su mujer,
pero eso no le impedía hacer bromas sobre ella para divertir a Tony Nudelli.
Divertir a Tony Nudelli era una parte importante del trabajo de Al como jefe de
su empresa. Divertirlo y cuidarse del negocio; un coronel Tom Parker bien
provisto de armas y chistes. El negocio de hoy tenía que ver con Dave Delano, pero
primero Al quería saber si Tony estaba de un humor más indulgente que el día
antes, cuando tuvo que decirle que Willy Four Breakfasts la había jodido y
ahora estaba ingresado en el Community Hospital de Miami Beach con una herida
grave en el ojo, gentileza del que tenía que haber sido su víctima.
No
eran aún las diez cuando Al llegó a la lujosa villa de Tony Nudelli en el
corazón de Key Biscayne. Reconoció el Porsche rojo que estaba aparcado a la
entrada y, automáticamente, se encaminó a los dos mil metros cuadrados del
edificio de la piscina. Sabía que su jefe, entusiasta nadador, estaría en la
piscina de veinte metros bajo la supervisión personal de su entrenadora, Sindy,
que antes había sido socorrista en el Wet n'Wíld, de Orlando. A Al le gustaba
ver a Sindy, sobre todo porque solía estar desnuda y había mucho que ver. A él
no le gustaba nadar, pero quizás hubiera valido la pena meterse en el agua sólo
para que Sindy le estimulara a aprender con su especial sistema. De vez en
cuando, se lanzaba graciosamente desde el borde de granito, perseguía al
desnudo Tony por debajo del agua como si fuera algún tipo de fabuloso y oscuro
delfín y se le ponía debajo para lamerle y mordisquearle el pene. La mayoría de
gente pensaba que a Nudelli lo llamaban Naked [«Desnudo»] Tony debido a su
apellido, pero Al sabía que no era por eso. Sabía que era principalmente por lo
que Tony y Sindy hacían en la piscina. Sindy le había contado que se le ocurrió
la idea al leer un libro sobre los emperadores romanos, en concreto la vida de
Tiberio. Al no leía mucho, pero ése era un libro al que tuvo que echarle una
ojeada, y eran absolutamente tan depravados como ella le había dicho. Sindy era
alta, negra y hermosa y sólo de mirarla a Al se le ponía dura. Tony la llamaba
su pez ángel.
Entró
en el edificio de la piscina.
—Buenos
días, Al —dijo Sindy sonriendo amablemente.
—Buenos
días, Sindy.
Casi
lo primero que Al miró, después del vello púbico de Sindy y sus tetas, fue su
zumo de naranja. Tony no nadaba un número determinado de largos, ni siquiera
durante un periodo determinado; sólo nadaba el tiempo que Sindy tardaba en
hacer que se corriera en su boca. Si Sindy estaba bebiendo zumo de naranja,
significaba que Tony y ella habían acabado.
—¿Se
acabó la fiesta?
Sindy
brindó por Al en silencio con el vaso de zumo y luego lo lamió provocadora. Los
ojos de Al no se movían de sus labios y del zumo.
—¿Quieres
un poco? —dijo ella ofreciéndole el vaso.
—Esto,
no, gracias, Sindy.
Ni a
tiros pondría Al los labios en aquel vaso después de lo que la boca de Sindy
había estado haciendo.
—¿Seguro?
Está recién... exprimido. ¿Sabes que quiero decir?
—Seguro.
Esto... yo... acabo de desayunar.
—Humm.
Yo también —Sindy tragó con aire pensativo—. Un buen montón, en realidad. Tony
debe de estar tomando suplementos de zinc, o algo así.
Riéndose
burlona de la evidente incomodidad de Al, Sindy le dio un golpecito en la nariz
con una de sus uñas, largas y de color escarlata, y en voz más alta se dirigió
al hombre de aspecto agotado que nadaba lentamente hacia el borde la piscina.
—Bueno,
cariño. Me marcho. ¿Estás bien? ¿Quieres que te ayude a salir?
—Estoy
bien. Y ya me has ayudado bastante. Gracias, preciosa. Te llamaré.
—Más
tarde.
Al
contempló el trasero desnudo de Sindy hasta que desapareció en los vestuarios y
luego sacudió la cabeza con impotente desesperación.
—Tendría
que aprender esa mierda de natación.
—Tú
lo has dicho, Mary Jo.
«Mary
Jo» era el nombre que Tony le daba a Al siempre que surgía el tema de que Al no
sabía nadar, por Mary Jo Kopechnie, la chica que se ahogó en Chappaquiddick
cuando Ted Kennedy sobrevivió. «Mary Jo», o a veces «Conejito».
Nudelli
se sumergió, impulsándose por debajo del agua hacia los peldaños de salida. Al
tenía que admitirlo: Tony tenía muy buen aspecto para un hombre de su edad.
Tenía los hombros y el pecho anchos y todavía conservaba todo el pelo, de un
color gris plateado, parecido al de Cary Grant. A Nudelli le encantaba la
comparación.
—¿Me
pasas ese albornoz, Al, por favor? —dijo saliendo a la superficie de nuevo y
subiendo los peldaños.
Y
bien dotado, además; como un caballo. Parecía que Sindy tenía un trabajo a
medida. Para su edad, Tony tenía muchas cosas a su favor. Al cogió un albornoz
del respaldo de una silla de rota blanca y se lo dio. Nudelli se lo puso.
Mientras se sentaba hizo un gesto con la cabeza hacia el bar.
—Prepárate
algo de desayuno si quieres —dijo, poniéndose las gafas y seleccionando un
Cohibas grande del humidificador de palisandro que había sobre la mesa de
cristal grabado—. Hay fruta, y café y todo tipo de porquerías.
—Gracias,
ya he tomado el desayuno.
Al
empezó a reírse al recordar la anécdota que había preparado para divertir a
Tony.
—¿No
quieres café?
—Sí,
café sí, gracias. Espera, voy a buscarlo.
Al
fue hasta el bar, cogió la cafetera Cona de la placa caliente y vertió café en
dos tazas.
—¡Desayuno,
digo! —dijo, acercándose con el café—. Ha sido el desayuno más jodidamente
extraño que he tomado nunca. Y eso incluye los que tomé en Holanda.
Nudelli
dio unas cuantas chupadas al puro hasta encenderlo bien y luego tiró la cerilla
a la piscina, seguro de que el encargado de la limpieza la sacaría más tarde.
—¿Qué
ha pasado?
—Desde
que era niño siempre tengo que tomar un cuenco de cereales para desayunar.
—Me
acuerdo —dijo Nudelli—. Cuando estábamos en Las Vegas no parabas de incordiar
con eso.
—El
desayuno de los campeones.
—No
empieces otra vez con esa mierda. Si hay algo que odio es que me suelten un
eslogan publicitario de buena mañana. Es como encontrarse un zurullo en la taza
del váter porque alguien no ha tirado de la cadena.
—Pues
esta mañana bajo a la cocina y Madonna está allí con los niños y, bueno, ya
sabes, había un jaleo de cojones. Yo lo único que quiero es tomar mis cereales
y salir cagando leches de allí antes de que me dé una hemorragia cerebral con
tanto ruido. Bueno, pues voy y cojo los cereales, los pongo en el cuenco, me
siento y busco la leche, pero no queda en la jarra. No pasa nada. Veo que
Madonna está muy ocupada con los crios y el bebé y todo eso. A mí no me importa
ir a buscarme la leche a la nevera. El problema es que no queda tampoco en la
nevera, y entonces yo empiezo a soltar tacos. «¿Qué pasa?», dice ella. «Lo que
pasa — le contesto— es que no hay leche para poner en los cereales.» «Lo
siento, cariño —dice ella—. Supongo que se nos ha acabado. Los niños la beben
como si nunca hubieran oído hablar de la Coca-Cola, y eso es bueno porque
necesitan calcio.» «Que se ha acabado ya lo veo —digo—, pero ¿qué voy a hacer?
Estoy jodido todo el día si no salgo de casa con un cuenco de cereales en el
estómago.» ¿Y sabes que hizo?
—Sorpréndeme.
—Verás,
ella va andando arriba y abajo mientras le da de mamar al pequeño.
—Coño,
puedes ir al zoo si quieres ver esa mierda.
—De
pronto, le saca el pezón de la boca al bebé, se inclina por encima de mi jodido
hombro y me echa un par de chorros de leche por encima de los cereales.
Al
imitó con gestos lo que estaba describiendo.
Tony
empezó a reír.
—«¿Qué
coño es esto?», le pregunto y ella me contesta: «Es leche». «Joder, ya lo veo
que es leche» —le digo—. Lo que quiero saber es qué crees que estás haciendo
con tus jodidas tetas en mi desayuno.» «¿Qué pasa? ¿Es que mi leche es
suficientemente buena para tus hijos, pero no para ti?», me dice ella.
Tony
se estaba riendo a carcajadas ahora y tosiendo, además, porque el humo del puro
se le había mezclado con el aire, de forma que sonaba como el motor de una
pequeña moto en marcha. Se quitó las gafas y se apretó la parte alta de la
nariz.
—Y
ella dice: «¿Cuántos tíos tienen mujeres que puedan hacer esto? Tendrías que
estar contento. Es fresca y no te cuesta ni un jodido centavo. Con el dinero
que me das para llevar la casa, tienes suerte de que no te dé esto cada mañana,
rata que eres un rata».
Tony
dijo:
—Tu
mujer es una tía de cojones, Al. La adoro. Es una obra de arte. Parece un
remolcador, pero la adoro.
Se
secó las lágrimas de los ojos con el cuello del albornoz.
—¿Y
qué pasó a continuación?
—Que
me comí los jodidos cereales, eso es lo que pasó —dijo Al.
Los
dos hombres rompieron a reír. Al se calmó primero.
—Bueno,
era eso o quedarme sin cereales, ¿no?
—Joder
—dijo Tony con un suspiro y volviéndose a poner las gafas—. ¿Cómo pudiste
hacerlo?
Por
una vez, Al se encogió de hombros sin saber qué decir.
—Oye,
dime, Al, ¿a qué coño sabía?
La
cara de Al se contrajo mientras trataba de recordar.
—Caliente,
claro. Un poco como la desnatada que te dan en esos envases de McDonald's. Yo
prefiero la leche de vaca, pero al pequeño Al parece gustarle. Nunca parece
tener bastante.
—Esa
Madonna. Es algo serio.
Sólo
pensar en la enorme pelirroja le hacía poner los pelos de punta. Dios sabe qué
aspecto tendría cuando estaba en casa. Ya era bastante malo cuando iba vestida
para salir a cenar. Al contrario que Al: Al se esforzaba por vestir bien. No
como lo haría Nudelli, pero se esforzaba. Ahora mismo llevaba una camisa de
Gianni Versace, de color amarillo y de aspecto caro que parecía la funda de
seda de un cojín, una especie de vaqueros de piel negra, pensados para que los
llevara alguien mucho más delgado que Al, un cinturón blanco de piel de
serpiente y botas vaqueras rojas; por no hablar del montón de oro que exhibía
por todas partes. Nudelli pensó que Al parecía el árbol de Navidad de un negro,
aunque, para Miami, se podía decir que iba bien vestido.
La
gente de Florida no distinguía el culo de la mierda cuando se trataba de ropa y
Al no era una excepción. Siempre que salían del soleado estado, Tony hacía que
Al llevara un traje de Brooks Brothers, con una camisa y una corbata adecuadas.
Un traje quería decir negocios. Nudelli era anglófilo: zapatos ingleses, trajes
ingleses; siempre compraba cosas inglesas.
Al
dijo:
—He
hablado con Jimmy Figaro.
—Ese
lameculos.
—Quedamos
que traería a Dave Delano aquí a las once.
Había
un reloj en la pared, detrás de Tony, pero no tenía ganas de darse la vuelta.
Estaba un poco cansado después de su clase de natación.
—¿Qué
hora es?
Al
miró el reloj.
—Las
diez y media.
—¿Qué
opinas?
—Tú
y él seguís siendo amigos. Eso es lo que Delano dijo, según Willy. Quiere
garantizártelo. Yo lo encuentro razonable.
Nudelli
asintió con la cabeza, pensativo.
—Un
chico sensato.
—Venir
aquí con Jimmy es una jugada inteligente. Muestra que no te guarda rencor por
lo que sucedió. El tipo tiene huevos, tienes que reconocérselo.
—Eso
lo demostró cuando hizo de jodido oftalmólogo para Willy.
—Willy
debe de estar perdiendo su toque.
—Eso
o que Delano aprendió algo cuando estaba en la cárcel.
—Puede
ser.
Nudelli
dijo:
—Esa
propuesta de negocios suya...
—Algo
grande, es lo que dijo Willy.
—Entra
en la trena como un tío de las loterías y se figura que ha salido como un
ladrón de alto nivel. ¡No te jode!
—Escúchale.
Puede que aprendiera algo mientras estaba cumpliendo la condena. Y que
preparara un plan. En cinco años hay tiempo más que suficiente para que pueda
ocurrírsele a uno algo constructivo.
—Supongamos
que no me gusta este montaje. ¿Me apunta con una pistola a la cabeza o qué?
Supongamos que no le ayudo a poner en marcha ese plan suyo. ¿Va a ir a los
federales y contarles que fui yo quien se cargó a Benny Cecchino? Piensa en eso
un poco ¿quieres?
—Joder,
Tony, tienes más suposiciones ahí que el jodido Stephen King. Tuvo la boca
cerrada todos estos años, ¿no? Cumplió la condena hasta el final. Si hubieras
querido cargártelo podías haberlo hecho hace cinco años y te habrías ahorrado
doscientos de los grandes. ¿Qué ha cambiado? No lo entiendo.
—¿Quieres
saberlo?
—Quiero
saberlo.
—De
acuerdo, te lo diré. Hace cinco años no sabía que Delano no era el verdadero
nombre del tipo. Creía que era italoamericano, como tú y como yo. Pero resulta
que su papaíto era ruso. Bueno ya sabes la buena opinión que tengo de esos
bárbaros retrasados. Pero, por si fuera poco, resulta que es un asqueroso
judío.
—Oye,
¿es que nunca hemos hecho negocios con los judíos antes? Esto es Miami, Tony.
Una ciudad abierta. Fueron los judíos los que ayudaron a convertir este sitio
en una ciudad de negocios. Meyer Lansky. Gente así. Además, por lo que sé, sólo
es medio judío. Su madre es irlandesa.
—Nunca
subestimes a un judío, Al. Ni aunque sólo lo sea a medias. Sigue mi consejo y
vivirás mucho más. No me entiendas mal. No soy antisemita. Déjame que te
cuente: hace casi cincuenta años, cuando estaba en Jersey City, conocí a una
tía judía y me enamoré de ella. La mejor en la cama, y tú conoces a Sindy.
Habría hecho cualquier cosa por aquella fulana, incluido casarme con ella.
Quería hacerlo, incluso se lo pedí varias veces. Le di un anillo de Tiffany's y
todo. Pero siempre salía con la misma historia. Decía que no podía hacerle eso
a sus padres. Yo le dije que no le pedía que se lo hiciera a sus padres, lo que
le pedía era que me lo hiciera a mí. Pero no, no podía casarse fuera de su
religión, decía. Yo le replicaba que mis padres tampoco iban a dar saltos de
alegría cuando les dijera que no quería casarme con una católica, que si creía
que verme casado con una de la raza de los que habían matado a Cristo era un
honor para ellos. Todo para nada. No hubo manera. Estaba enamorada de mí, pero
no quería casarse conmigo. Al diablo con Shakespeare; al diablo con Romeo y
Julieta y todo eso. Era como si no significara nada para ella. Y yo te
pregunto, Al, ¿qué clase de gente puede hacer eso? Yo te lo diré. Los judíos.
No hay nada que pongan por encima de ser judío. Y sé lo que me digo.
Shakespeare hizo que Romeo y Julieta fueran italianos porque sabía lo que el
amor significa para un italiano. No hay nada más importante que lo que siente
tu corazón, Pero habría tenido muchos más problemas como escritor si Julieta
hubiera sido una princesa judía, te lo digo yo. Esa sí que habría sido una obra
de teatro de puta madre. Me hubiera gustado verlo.
—No
sé, Tony. Delano no quiere joderte. Quiere hacer negocios contigo.
—Para
un judío es lo mismo. Y no te olvides de los ivanes. Delano estuvo en la celda
con uno de esos rojos cuatro años. Y aprendió a hablar ruso bastante bien por
lo que me han dicho.
¿Entiendes
lo que digo, Al? No fue italiano lo que aprendió, fue el jodido ruso. Lo que
significa que no sé lo que se propone; si se acuesta con esos caraculo
subnormales o qué. Ya tuve bastantes problemas con Rocky Envigado y aquellos
cabrones colombianos para tener que ocuparme también de los ivanes. Ése es el
problema de este país: hay demasiados inmigrantes.
—Por
lo que dice Willy Four Breakfasts, parece que Delano pensaba que eran los
ivanes los que lo habían mandado para que le diera una paliza, no tú —Al se
encogió de hombros—. No parece que seas uña y carne precisamente.
Nudelli
dio unas cuantas chupadas a su puro pensativamente.
—Sí,
eso es verdad —reconoció.
—Escúchalo
—dijo Al—. Después de todo, los negocios son los negocios y lo personal nunca
tiene que ser un obstáculo ¿no?
—Tienes
razón, claro.
Nudelli
se inclinó, pellizcó la mejilla de Al y luego le dio un suave cachete.
—Yo
sólo me preocupo por tus negocios, Tony.
Nudelli
miró el extremo húmedo de su puro y cabeceó pensativo.
—No
sabía que fueras de la ciudad de Jersey —dijo Al. —No sé si era yo o algún otro
pobre bastardo. —¿Qué pasó con la judía? Ésa de la que te enamoraste. —¿Cómo
coño quieres que lo sepa?
Jimmy
Figaro conducía en ese momento el gran BMW a través del canal Rickenbacker, al
sur de donde tenía sus oficinas. La carretera pasaba a gran altura sobre
Biscayne Bay y ofrecía al poco interesado pasajero de Figaro una vista
incomparable de los edificios de la avenida Brickell recortados contra el
horizonte. La primera isla era Key Virginia, que en un tiempo se utilizó para
albergar la comunidad negra de Miami y una gran planta depuradora de aguas
residuales. La siguiente era Key Biscayne. Conduciendo con un solo dedo, porque
todo era más relajado en Key Biscayne, Figaro bajó por el bulevar Crandon en
dirección sur hacia cabo Florida, antes de girar hacia el oeste para coger la
avenida del Puerto.
Figaro
miró hacia Dave y le dijo:
—La
casa de Tony está un poco más abajo en la misma calle donde vivía Richard
Nixon.
—Dicky
El Tramposo. Sí, encaja.
—¿Eres
demócrata?
—¿Cuál
es la diferencia para un mal sujeto como yo?
—¿No
has votado nunca por alguien?
—Claro.
Voté por el representante de los presos en Homestead. Se podía escoger entre un
violador y un asesino. Escogí al asesino.
—¿Quién
ganó?
—El
asesino.
—¿Y
fuera?
—Fuera
no importa quién te representa, el asesino o el violador.
—No
es mucho como filosofía política.
—Después
de estar en prisión, sólo hay una filosofía política que importe, y es no
volver allá dentro.
El
coche se deslizaba ahora suavemente a través de una comunidad inmaculadamente
cuidada, bordeada de pinos australianos y cocoteros, con un palacio blanco tras
otro, como si fueran pasteles de boda.
Figaro
cambió de tema y dijo:
—Harbor
Bayfront Villas es uno de los lugares más selectos de Miami. La casa de Tony
está justo sobre la bahía.
—Casi
nada.
Figaro
disminuyó la velocidad y giró para tomar una vía privada, deteniéndose al
llegar a una verja donde dio al guardia los nombres de los dos. Éste los
comprobó en una lista y luego les indicó con un gesto que cruzaran la barrera
que se estaba levantando.
—Aquí
tenemos la última palabra en esplendor europeo —comentó Figaro con entusiasmo.
—Fuera
de Europa, puede que tengas razón —Dave sonrió—. Te gusta esto, ¿eh, Jimmy?
—¿No
le gustaría a todo el mundo? —asintió Figaro—. Quiero decir, ¿no te gustaría
vivir aquí?
Se
detuvieron frente a una construcción de dos plantas, abierta a la bahía y
dotada al completo con muelle y pescantes. Dave observó el yate a motor de
treinta metros de largo que estaba anclado allí y luego se dedicó a contemplar
la casa. Techada con teja romana, con sus columnas y arcos de sillería y su
patio con fuente, parecía que la hubieran trasplantado allí desde una colina de
la Toscana.
—No
hay ninguna duda —dijo Dave— de que me gustaría poder permitirme vivir aquí.
Pero si pudiera, entonces dedicaría el dinero a vivir en algún sitio agradable,
como Londres o París. Miami es una mierda.
—En
lo que hace a comida y mujeres, todo son gustos... —dijo Figaro.
—Y
Miami es una hamburguesa con queso.
Bajaron
del coche y fueron hasta la puerta de entrada, donde les hicieron pasar a un
vestíbulo en forma de atrio, con el suelo de mármol y una escalinata de piedra
curvilínea. Uno de los guardaespaldas de Nudelli cacheó a Dave y luego un
mayordomo los acompañó escaleras arriba hasta una opulenta biblioteca con las
paredes recubiertas de madera de caoba, donde Nudelli y Al Cornaro los
esperaban, sentados dentro de un círculo de sofás chesterfield de piel verde.
Los dos se levantaron y atravesaron la alfombra de Bujara de color de
aguamarina, y Dave dejó que lo abrazara el hombre que había ordenado que le
rompieran los dedos.
—Fíjate
Al —dijo Nudelli—; échale una mirada a este hombre. Cinco años en prisión y
parece que haya pasado el verano en Palm Springs. Coño, Dave, tienes un aspecto
estupendo. Pareces una jodida estrella de cine.
—Tú
tampoco tienes mal aspecto, Tony —respondió Dave pacientemente.
Nudelli
palmeó con fuerza su propia barriga.
—Me
mantengo en forma, ¿sabes? Nado cada día. Vigilo lo que como. ¿Queréis algo de
comer? ¿Una bebida? Tenemos de todo. Incluso un jodido servicio de plata. Somos
como el puto Admiral's Club.
—No,
nada, gracias, Tony.
—¿Jimmy?
—Sólo
un café.
—Miggy
—Nudelli se dirigía al mayordomo—, dos cafés.
Se
sentaron en el interior del círculo.
Nudelli
dijo:
—Cinco
años.
Dave
dijo:
—Sí,
cinco años.
—Hiciste
bien.
—En
aquel momento, me pareció que era lo acertado, Tony.
—Dave,
respecto a ese pequeño malentendido con Willy Barizon...
—Olvídalo.
Son cosas que pasan.
—Me
alegra que te lo tomes así, Dave.
—¿Sabes?,
después de la imprevista visita de Willy me puse a pensar en ti, Tony. Y me
dije: «Dave, mientras estabas dentro, Tony sabía dónde estabas y qué estabas
haciendo». Es una variante de lo que Maquiavelo dice sobre las prioridades
complejas, Tony. Si estás ahí puedes detectar los problemas en el momento mismo
en que empiezan y resolverlos enseguida; pero si no estás, sólo te das cuenta
del problema cuando ya es demasiado tarde.
—Me
han dicho que has estudiado. ¿Es verdad? Maquiavelo, ¿eh? Suena italiano.
—De
Florencia.
—La
noche que estabas con Benny Cecchino...
—Quieres
decir en el restaurante donde le disparaste.
—Sí.
¿De qué hablábais?
Dave
se encogió de hombros y respondió:
—Un
asunto de negocios. ¿De qué otra cosa querría nadie hablar con Benny?
—¿Le
debías dinero?
—No
—dijo Dave con una sonrisa—. No llegué a hacerlo. Tu súbita entrada en escena
liquidó esa posibilidad.
—¿Sabes?,
Benny tenía una boca como una V8.
Dave
respondió:
—No
era nada mío, pero, por lo que sé, se lo tenía bien ganado.
—Muy
amable por tu parte —Nudelli parecía compungido—. Yo tenía un genio más vivo
entonces. Bueno, pero eso fue hace cinco años. Y cinco años es mucho tiempo.
Estoy seguro de que no es necesario que te lo recuerde, a ti precisamente.
Dave
esperó a que Tony Nudelli dijera algo más y, como no lo hizo, decidió pasar al
propósito de la reunión que había pedido.
—Hablando
de negocios, Tony, tengo una propuesta que me parece que te interesaría. —Dave
abrió su ordenador portátil—. Es la mejor idea que hayas oído nunca.
—Yo
siempre estoy interesado en las buenas ideas. ¿No es verdad, Al?
—Siempre.
Nudelli
miró a Jimmy, que estaba tomando su café, y añadió:
—Antes
de que digas una palabra más, Dave... Para alguien como Jimmy, la información
supone una gran presión. A veces, cuanta menos tenga, más libertad y capacidad
de maniobra tiene. Le gusta trabajar en un vacío. Saber sólo lo que necesita
saber. En especial si hay ilegalidades de por medio. Así que déjame que te
pregunte. ¿Es necesario que Jimmy sepa lo que me vas a decir, o es mejor que se
vaya a dar una vuelta?
—Me
parece que tendría que irse a dar una vuelta —respondió Dave.
Dave
miró cómo Figaro salía de la biblioteca y cuando volvió a mirar a Tony pensó
que éste llevaba dentadura postiza y que se le había caído de la boca antes de
darse cuenta de que era una especie de invento hecho de acero y plástico y que
Tony lo utilizaba para ejercitar los músculos de la cara. Al observar la
expresión de Dave, Nudelli empujó el aparato con la lengua y se lo puso en la
palma de la mano. Parecía una muleta diminuta.
Nudelli
dijo:
—Es
mi gimnasia facial. Ayuda a recuperar el tono muscular y evita la flacidez y
las bolsas. De ésas tengo ya demasiadas. He conseguido un aumento del 250% en
la fuerza de los músculos faciales en sólo ocho semanas. Dicen que sólo se
necesitan dos minutos al día, pero yo hago un poco más por todas esas jodidas
preocupaciones que tengo. Mi mujer quería que le hicieran un estiramiento
facial. ¿Coste aproximado? Diez mil dólares. En lugar de eso, le compré uno de
estos artilugios por setenta y cinco verdes. —Se rió, avaricioso, y volvió a
colocarse el aparato en la boca—. Adelante —dijo abriendo y cerrando la boca
como un besugo—. Di lo que tengas que decir.
Dave
miró la pantalla en color de su ordenador, encontró el archivo que buscaba y
dijo:
—Perseguir
el dinero de la droga es la nueva especialidad de los agentes de la ley. Se han
endurecido las regulaciones bancarias en todo el mundo. Se ha suavizado el
secreto bancario, incluso en Suiza. Antes podías volar a Zurich con una maleta
llena de dinero y hacer un depósito; no te hacían preguntas. Ahora ya no es
así. Tal como están las cosas, los suizos tienen que hacer preguntas. Hace poco
tiempo, Sudamérica y el Caribe eran también buenos sitios para esconder los
dólares de la droga.
—Siguen
siéndolo —dijo Al.
—Si
conoces a la gente adecuada. No todo el mundo la conoce. Los nuevos
delincuentes no tienen las relaciones que tiene alguien como tú, Tony.
Actualmente, lo mejor que puedes hacer es comprarte un banco. Y el lugar ideal
para eso es la antigua Unión Soviética. Bajo la égida del Gosbank, que es
propiedad del Estado, y del Vnesheconombank, que es el banco exterior, en los
últimos años se han formado cientos de bancos para aprovechar las iniciativas
de las nuevas empresas rusas. Para prestarles dinero, para encargarse de otros
depósitos en divisas fuertes. Incluso hay deducciones fiscales y préstamos para
potenciar la aparición de nuevos bancos.
—Sería
bonito tener mi propio banco —dijo Nudelli.
Dave
respondió:
—Espera,
todavía hay más. Veamos, para hacerlo, para capitalizar tu nuevo banco, tienes
que llevar tu dinero a Rusia. Eso puede ser difícil, especialmente si el dinero
es el resultado de actividades ilegales. Y más aún en las cantidades necesarias
para capitalizar un nuevo banco, que son grandes. Déjame que te dé un ejemplo,
a guisa de ilustración. ¿Te gusta el baloncesto, Tony?
—Claro.
—Entonces
sabrás que el máximo encestador de la UCF, con diecisiete puntos, es Harry
Kennedy. Ahora imagina una torre de billetes de diez dólares de unos seis
centímetros de ancho por cuatro de profundidad y tan alta como Harry Kennedy;
Harry mide alrededor de 1,95 metros, creo. Eso sumarían tan sólo cinco millones
de dólares. O sea, que para llegar sólo a los diez millones de verdes
necesitaríamos una torre de más de cuatro metros y más de novecientos kilos de
peso. Más difícil de trasladar que cualquier droga, con la única ventaja de que
aún no ha nacido el perro que pueda olfatear el dinero.
—Para
eso usan mujeres —dijo Al, soltando la risa—. Mi mujer puede detectar un
billete de cien nuevo a cincuenta pasos.
A
Tony Nudelli le gustó la salida.
—Pero
las bandas de Moscú han organizado también el transporte del dinero.
Transportan el dinero y te ayudan a fundar tu propio banco. Todo por
veinticinco centavos por dólar, lo mismo que si lo blanquearas en cualquier
otro sitio. Llevan el dinero a través del Atlántico, cruzan el Mediterráneo y
lo suben hasta el Mar Negro. Menos de ocho semanas después de que el dinero
haya salido de Florida, eres propietario de tu propio banco en la ciudad rusa
que te guste más. Una vez lo tienes allí, puedes prestarlo a las empresas,
sacarle beneficios y luego trasladarlo al sistema bancario normal.
—Vale,
pero ¿cuál es el plan? —preguntó Al—. Ser dueños de un banco sería bonito, pero
no necesitamos ayuda para blanquear el dinero.
—No
estoy vendiendo ayuda. Mi plan es éste. Quiero quedarme con uno de esos
cargamentos de dinero. La banda de Moscú, con la ayuda de algunos antiguos tíos
de la KGB, y también de otros nuevos, han montado un embarcadero clandestino a
las afueras de Fort Lauderdale. A sólo cinco minutos del aeropuerto. Tiene
4.500 metros cuadrados, lo último en instalaciones y puede albergar yates de
hasta 45 metros de eslora. Tienen tíos trabajando allí que conocen de verdad el
interior de los barcos. Y colocan un interior nuevo en un plis plas. Sólo que
el yate no es tuyo, es suyo. Tienen media docena en propiedad y los alquilan.
¿Y el nuevo interior? Una nueva cama doble en cada camarote que está
literalmente hecha de dinero. Todas tienen el mismo aspecto y el mismo tacto
que cualquier cama. Quizás un poco duras, pero eso no es de extrañar, teniendo
en cuenta que puede haber unos dos millones de dólares metidos dentro de la
base.
Nudelli
se sacó el flexor facial de la boca, se secó la saliva de los labios y blandió
el aparato como si fuera un palillo de cocktail.
—Espera
un momento —gruñó—. Si miras por la ventana, verás el Bitch. Lo llamé así por
mi primera mujer. Tiene 30 metros de eslora y alcanza una velocidad máxima de
veinticuatro nudos, con un alcance de mil doscientos cincuenta kilómetros. Es
una máquina totalmente equipada; es elegante, marinera y absolutamente
silenciosa, perfecta para ir de isla en isla, pero no trataría de cruzar el
Atlántico con ella. No tiene QE2.
Dave
sacudió la cabeza y dijo:
—No
tendrías que hacerlo, Tony. Por unos 80.000 dólares podrías comprarle un pasaje
en un ferry trasatlántico construido a medida. En concreto, uno de los cat-tugs
gestionados por Stranahan Yacht Transport de Port Everglades.
—¿Qué
coño es un cat-tug? —preguntó Al.
Dave
apretó la tecla de busca en su ordenador, seleccionó una imagen del disquete,
que había preparado el día anterior, y dio la vuelta al aparato para que la
vieran las dos personas que formaban su público. Éstas se adelantaron en el
chesterfield para mirar más de cerca la imagen del ordenador. Frente a ellos
había una instantánea de un navío de casi doscientos metros que contenía hasta
dieciocho yates de lujo a motor.
—La
forma del casco —explicó Dave— es la normal de un buque, combinada con la ancha
manga y el calado más plano de una gabarra. Pero tiene un centro de gravedad y
una flotabilidad equiparable a la de las dos unidades.
—Joder
—dijo Al—. Es increíble. No había visto nunca nada igual. ¿Y de verdad llevan
esta cosa a través del Atlántico? ¿Con todos esos otros barcos?
Dave
asintió.
—Me
parece un tanto arriesgado —dijo Nudelli—. Hablo como propietario de yate,
¿entiendes? Existe el riesgo de elevar el yate para sacarlo del agua. Luego, el
riesgo de dejarlo en un puente sin protección durante la travesía.
—Nada
de eso. El cat-tug es semisumergible. Una especie de dique flotante
trasatlántico. En Port Everglades metes tu barco, sin sacarlo del agua, y luego
lo sacas, flotando, cuando llegas a la soleada Mallorca, en el Mediterráneo.
Durante el viaje, cada navío está asegurado al suelo del dique, amarrado con
unos cables especiales y protegido de lo peor del Atlántico por esa especie de
espigones que veis. Tienen unos seis metros de alto. Sólo hay una fuerza de
aceleración mínima cuando el remolcador está en marcha. Ah, y las, esto,
pólizas de seguros para cruzar el Atlántico son un cuarto más baratas que si
navegaras por tus propios medios. Siempre suponiendo que pudieras. SYT
transporta cualquier nave de hasta seis metros de calado y no hay límite de
altura.
—Creo
que estás en lo cierto —dijo Nudelli—. Parece una goleta entre todos esos
barcos. El palo mayor debe de medir unos dieciocho metros de alto.
Se
recostó de nuevo en el sofá, haciendo crujir la piel como si ya estuviera a
bordo de un barco en medio del mar.
—Tengo
que admitirlo. Tiene un aspecto impresionante. Pero esa compañía, la Stranaham
Yacht Transport, ¿tiene algo que ver con los rusos?
Volvió
a colocarse el flexo facial en la boca y empezó a estirar la cara de nuevo.
—Nada
de nada. Es una compañía legal. Los rusos compran un pasaje como cualquier otro
ciudadano. Al viajar al lado de los barcos de ciudadanos respetuosos de la ley,
calculan que tienen una cierta seguridad debido al número. Y, además, los
guardacostas buscan droga, no dinero en metálico. Cuando el cat-tug llega a
Mallorca, sacan su barco y navegan hasta su destino final por sus propios
medios. Ese destino es un lugar en el Mar Negro, donde descargan finalmente el
dinero y luego lo transportan por carretera. Otra rápida puesta a punto y el
yate está listo para volver a casa.
—Eso
es confiar mucho en un montón de rusos —observó Nudelli—. Dices que quieres
robar uno de esos cargamentos. ¿Qué les impide a ellos robar a sus clientes?
—No
lo hacen porque la primera vez sería también la última. Y porque algunos de
esos clientes no tienen mucho dónde escoger. Ahora son muy pocas las maneras
que hay de blanquear dinero de la droga, porque de ahí es de donde procede en
su mayoría. Que te pillen con dólares es casi peor a que te cojan con cocaína.
Algunos de los carteles sudamericanos están haciendo tanto dinero que no saben
dónde ponerlo. A veces, acaban enterrándolo en un agujero y dejando que se
pudra. Un tío de Homestead perdió dos millones así. Antes te podías comprar un
bonito banco en Panamá o Venezuela. Pero las autoridades se han espabilado. El
Grupo de los Siete Países Industrializados puso en marcha el Grupo Operativo de
Actividades Financieras en 1989. Y fue entonces cuando el dinero de los malos
empezó a ir a la antigua Unión Soviética.
»Por
lo que he oído, Moscú es como el Chicago de los años veinte. Si tienes dinero
puedes comprar casi cualquier cosa que te apetezca. Bombas, misiles, ejércitos,
ciudades enteras. El país es una almoneda gigante. Lo único que se necesita son
dólares. Con su propia moneda no se puede comprar una mierda. No entiendo cómo
el Tío Sam puede controlar la economía norteamericana con tanto dinero
americano suelto por ahí. El dólar carga con la mitad del mundo sobre su verde
espalda. Sea como sea, volvamos a lo que me preguntabas, Tony. Estos tíos
quieren hacer negocios con los americanos. Con los sudamericanos. Con la gente
con dólares. Les ayudan a montar un banco de forma que puedan empezar a hacer
negocios juntos. Acuerdos recíprocos, ese tipo de cosas. La cooperación es la
base de los buenos negocios.
Nudelli
asintió y preguntó:
—Bien,
¿cuál es tu propuesta?
—Necesito
un yate para embarcarlo en el remolcador transatlántico. Necesito otro
tripulante que me ayude a hacer el trabajo. A medio camino del viaje a través
del Atlántico —es lo más lejos de las armadas europeas y de Estados Unidos que
se puede estar— reducimos a las tripulaciones del remolcador y de los otros
yates. Por la noche, cuando no lo esperen. Cogemos el dinero de los yates rusos
y lo cargamos en el yate que esté más cerca de popa. Luego lo soltamos del
remolcador y partimos al encuentro de un mercante con el que habremos acordado
previamente un lugar y que estará navegando en dirección opuesta, en un viaje
legal. Alguno que esté volviendo aquí, por ejemplo. Ponemos el dinero en el
mercante y luego hundimos el yate para que se pierda el rastro.
—¿De
qué botín hablamos? —preguntó Al.
—Los
rusos han empezado a embarcar hasta dos o tres yates por viaje. Tres yates, por
seis o siete camarotes cada uno, por dos millones cada uno.
—¡Joder!
—dijo Al—. Eso es más de cuarenta millones.
—Podría
ser —admitió Dave—. Pero yo calculo como mínimo veinticinco.
—Habrá
un montón de artillería a bordo para proteger ese montoncito de monedas —dijo
Al.
De
nuevo, Dave negó con la cabeza, guiñando los ojos porque le molestaba el sol.
Nudelli se volvió y luego señaló con la mano hacia los enormes ventanales que
enmarcaban la vista de Biscayne Bay. Miami Sur y Coconut Grove quedaban
escondidos al otro lado del horizonte, a unos ocho kilómetros hacia el oeste.
Era la mejor vista que Dave había contemplado nunca de su ciudad natal.
—Ajusta
las persianas, ¿quieres, Al? A Dave le da el sol en los ojos.
—No
pasa nada, me gusta el sol.
Pero
Al ya estaba desplegando las lamas de las persianas.
—Tony
odia el sol —explicó—. Es el único tipo de Key Biscayne que tiene una piscina
interior.
—Después
de cinco años en Homestead, no me iría mal un poco de vitamina D.
Nudelli
se sacó con la lengua el flexor de la boca y sonrió.
—Después
de cinco años, has de ser prudente con esa piel tuya. El sol ya no es lo que
era. Los negros, incluso los nativos de Florida, van con cuidado, por ese
agujero que esos capullos han hecho en la capa de ozono. Incluso los jodidos
peces están cogiendo cáncer de piel. Lo he leído no sé dónde. ¿Te acuerdas, Al?
—Fui
yo quien te lo leyó, de un periódico. Y eran los peces australianos, no los de
aquí —respondió Al.
—Como
si importara la nacionalidad. En muchas cosas Florida es como Australia. No nos
llaman el Estado del Sol por nada. Sigue mi consejo, Dave: cómprate un
sombrero. En este tipo de negocio, todos llevaban sombrero antes. Incluso los piojosos
policías llevaban sombrero. Se podía saber mucho de un hombre por la forma en
que llevaba el sombrero. Y con el sol que tenemos ahora... Créeme, los
sombreros van a volver; y no hablo de esas gorras que llevan los negros y los
hispanos. Hablo de un sombrero como es debido. Un sombrero inglés.
—Parece
un buen consejo.
—Antes
de que el sol nos interrumpiera, estabas a punto de decirnos qué medidas de
seguridad tenían para proteger todo ese dinero sucio —dijo Al.
—SYT
sólo permite dos tripulantes por yate. Si llevan más, llamarán la atención.
Tres barcos significan seis tripulantes. Es razonable pensar que vayan armados,
claro. Pero con el elemento sorpresa, creo que yo, junto con otro tío,
podríamos encargarnos de ellos.
—Supón
que alguien pide ayuda por radio —objetó Al.
Nudelli,
irritado, hizo una mueca y dijo:
—Supón
que se encarga de todas las radios al mismo tiempo que de las tripulaciones.
—Tú
lo has dicho —respondió Dave.
—¿Cómo
te enteraste de esto?
—Si
estás en una misma celda con un tío durante cuatro años, te cuenta casi todo.
Gergiev, ése era su nombre. Un tío listo. Es de San Petersburgo. Y son grandes
rivales de la banda de Moscú. Bueno, él estaba enterado de esos transportes y
planeó todo el asunto. Íbamos a hacer el trabajo juntos, pero los federales lo
deportaron en cuanto salió de la trena. Una única gran jugada, ésa era la idea.
De hecho, recibí una carta suya el día que me soltaron. Me decía que está
tratando de volver y que si lo intento sin él, me matará. Pero no es de mucha
ayuda en Rusia y me parece que este trabajo no puede esperar. Además, creo que
sobreestima sus posibilidades de conseguir otro visado. Así que ahora no tengo
nadie que me ayude.
—Y
te imaginaste que era ese tío el que te había enviado a Willy Barizon, ¿no?
—Gergiev
tenía que encontrar el yate adecuado y el dinero para conseguirlo. Yo iba a
capitanearlo, a proporcionar los conocimientos de navegación. Podría decirse
que eso es lo que yo aporto al acuerdo. Toda mi vida me he movido entre barcos.
Mi padre trabajaba con yates. En alguna ocasión, incluso he tenido un par de
ellos, pequeños. Aprendí a navegar a vela, aprendí navegación. Incluso tengo mi
licencia. Gergiev puede pensar que le estoy traicionando, pero no es así. Le
daré una parte de mi botín.
—¿Que
será de...?
—Si
consigo el apoyo adecuado, alguien que me respalde con lo del barco, pienso en
un cincuenta-cincuenta. Puede que entre doce y quince kilos cada uno.
—¿Qué
tipo de barco necesitas? —preguntó Nudelli.
—Ni
demasiado grande ni demasiado pequeño. Unos veinte o veintidós metros. Con
sitio suficiente para todo ese dinero y una buena velocidad punta, para el caso
de que seamos nosotros quienes estemos más cerca de la popa. Lo principal es
que ha de tener presencia. Tiene que parecer que vale la pena enviarlo a través
del océano. Diría que ha de valer alrededor del millón y medio.
Nudelli
no dijo nada.
—A
descontar de mi parte, claro —añadió Dave, confiando en endulzar el trato—.
Digamos 60.000 dólares por el pasaje, que también pago yo...
—Un
barco de un millón y medio de dólares —dijo Al—, que piensas abandonar o tirar
a la basura, ¿es así?
—Sí,
así es. Mi hipótesis es que las autoridades dedicarán los primeros días a
buscar nuestro yate o el que tengamos que robar. Eso en el caso de que
investiguen. Recordad que es dinero ilegal. Si alguien viene a investigar, me
imagino que primero buscarán en las Azores, pensando que es el lugar más
cercano donde podemos descargar el botín.
—Pareces
haber pensado en todo —dijo Nudelli.
—He
tenido cinco años para pensarlo bien, Tony —dijo Dave encogiéndose de hombros.
—Es
un plan atractivo, tengo que admitirlo. Sólo le veo un problema.
—¿Cuál?
Nudelli
cabeceó y dijo:
—Tú.
El problema eres tú, Dave. No consigo imaginarte como pirata. ¿Has matado
alguna vez a alguien?
—No,
no puedo decir que lo haya hecho.
—No
tienes que avergonzarte. Pero es un hecho que la primera vez es la más difícil.
¿No es así, Al?
—La
más difícil. En un trabajo como el que has descrito, no sería recomendable que
dudaras a la hora de apretar el gatillo.
Dave
lo pensó un momento, tratando de ofrecer alguna garantía de que no vacilaría.
Deliberadamente preguntó:
—Por
cierto, ¿qué tal está el ojo de Willy?
—Ese
capullo imbécil —gruñó Al—. Puede que vaya recto ahora que has eliminado la
mitad de sus opciones visuales.
—La
forma en que manejaste a Willy fue impresionante. Willy no es un niño de teta.
Pero esos tipos de los yates rusos... puede que no levanten las manos tan
fácilmente. Puede que no sean tan estúpidos como Willy. Puede que tengas que
llevarte a uno o dos por delante —dijo Nudelli.
—Puede
ser —respondió Dave.
—Bueno,
pues ése es nuestro problema. Como los analistas políticos dirían de un
candidato, es una cuestión de carácter —dijo Al.
Era
una pregunta justa. Dave confiaba en no tener que matar nunca a nadie y estaba
más o menos seguro de que podría llevar a cabo el plan con la mínima violencia.
Pero eso no era lo que un tipo como Tony Nudelli quería oír. Quería ver una
muestra convincente de su sangre fría, y lo único que se le ocurría era Harry
Lime. ¿Qué le habría dicho Harry a este tipo?
—Lo
que quieres saber es si estoy preparado para quitarle la vida a alguien si
tengo que hacerlo. Creo que es una pregunta justa —dijo Dave con una
indiferencia divertida, al estilo de Harry.
Se
levantó y fue hasta las ventanas y, mirando por entre las persianas, interpretó
su escena. Confiaba en que Tony y Al no fueran muy aficionados al cine.
—¿Qué
puedo decir? Excepto que nadie piensa en términos de seres humanos hoy día,
Tony. Los gobiernos no lo hacen, entonces ¿por qué tendríamos que hacerlo
nosotros? Hablan del pueblo y del proletariado y yo hablo de los imbéciles. Es
lo mismo. Ellos tienen sus planes quinquenales y yo también. —Se volvió de cara
a ellos y sonrió, lacónico—. Los muertos son muertos felices. No se pierden
mucho con lo que hay aquí, los capullos.
Pensó
que le había salido bien. Ligero, divertido, despiadado, con una excusa
superficial para su propia conducta. Si hubiera empezado a hablar de lo duro
que era y de que podía matar sin dudarlo, Nudelli no se lo habría tragado.
Tenía demasiada experiencia en el negocio de matar para tragarse algo demasiado
categórico. Claro que Dave no era ningún Orson Wells, pero tampoco Tony Nudelli
era exactamente un Joseph Cotten. De todas formas, Tony tenía razón en una
cosa. A Dave le habría salido mejor el discurso si hubiera llevado sombrero.
Para meterse del todo en el papel. Un sombrero de fieltro negro, como el de
Harry.
—Me
gustaría que entraras en esto, ¿sabes? —dijo para rematar la jugada—. No tengo
nadie en Miami en quien pueda confiar de verdad.
8
Fue
el Department of Law Enforcement [Departamento encargado de imponer el
cumplimiento de la Ley] de Florida —la sección de detectives de la policía
estatal— el que puso a Kate sobre la pista del barco que Rocky Envigado
pensaba, probablemente, utilizar para pasar su próximo cargamento de cocaína a
través del Atlántico. El DLEF, desde sus oficinas en Pompano Beach, había
estado vigilando a dos personajes, Juan Grijalva y Whittaker McLennan,
sospechando que estaban involucrados en un fraude de seguros. Siguieron a uno
de ellos hasta una reunión con un irlandés, Gerard Robinson, que se alojaba en
el Hotel Breakers, de Fort Lauderdale. Al verificar la lista de las llamadas
telefónicas de Robinson, los agentes habían encontrado un número de la Isla de
Man. Y como la Isla de Man es un paraíso fiscal británico, pensaron que habían
tropezado con algo importante, así que establecieron contacto con el National
Criminal Intelligence Service de Londres, en petición de ayuda. El NCIS les
dijo que el número pertenecía a Keran Properties, una empresa en la cual
Scotland Yard llevaba tiempo interesado. Keran estaba gestionada por una firma
local de contables, Pater, Hall y Green, que también estaban bajo vigilancia a
raíz del soplo de que un conocido traficante de hachís, que por entonces estaba
cumpliendo condena en una prisión española, era uno de los directores de Keran.
El NCIS informó también al DLEF que Jeremy Pater, uno de los socios de PHG, era
el dueño de una casa en las Islas Vírgenes británicas, así como de una participación
en una floreciente empresa de administración de yates, la Azimuth Marine
Associates. El director gerente de Azimuth era Alonzo Ávila. Una fotografía de
Pater, Ávila y un tercer hombre no identificado fue enviada por correo
electrónico al DLEF, quienes se pusieron en contacto con el departamento de
archivos informáticos del FBI en Miami, para tratar de ponerle un nombre a la
cara.
Pater,
Ávila y Azimuth Marine no eran conocidos por el departamento, pero el tercer
hombre sí. Era Chico Díaz, el hombre de confianza que Rocky Envigado tenía al
mando de sus sicarios. En cuanto Kate se puso al día de las investigaciones del
DLEF, fue a hablar con Kent Bowen.
—Joder,
Kate, ¿querrías explicarme todo eso otra vez? —dijo Bowen bostezando.
—Es
un poco complicado, señor —admitió Kate.
—¿Complicado?
Coño, Kate, suena como un culebrón.
—Verá,
señor, Azimuth Marine es una de las principales compañías de gestión y
marketing de yates de lujo. Administración, marketing del charter, contratación
de tripulación, lo que quiera. Tienen representantes en casi todos los puertos
de escala, desde Fort Lauderdale a Hong Kong.
Bowen
adoptó una expresión dolida.
—Kate,
por favor, sólo el resultado final, si no te importa. Se me endurecen las
arterias con esto.
Kate
sintió que enrojecía de irritación. Nunca antes había trabajado con un jefe con
unos modales tan relajados como Kent Bowen. «Sólo el resultado final», no era
la forma de trabajar del FBI. En la Academia de Quantico, se insistía en que
había que construir un cuadro completo de la investigación. Y la investigación
no era una hoja de cálculo que había que resumir en una simple declaración de
pérdidas y ganancias. Y ahora este capullo paternalista...
—Creo
que hemos encontrado el barco, señor.
—¿Lo
habéis encontrado? ¿Por qué no empezabas por ahí?
—Porque
suponía que querría saber exactamente qué me hace creer que lo hemos
encontrado, señor. El proceso intelectual y de razonamiento...
—Esto
es el FBI, Kate. No el MIT. Nosotros nos movemos dentro del nivel de lo
razonable. Duda razonable, sospecha razonable, esto y aquello razonable. Los
«exactamente» déjalos para algún capullo con chaqueta blanca y una regla de
cálculo en el culo. En el tiempo que lleva recorrer el camino que va de lo
razonable a lo exacto, podríamos perder un arresto.
—Sí,
señor.
—Así
que calculas que esa Azimuth Marine ha proporcionado un yate a motor a Rocky
Envigado, ¿es eso?
Mordiéndose
el labio, Kate respondió:
—Hay
una compañía llamada San Ferman, registrada en el paraíso fiscal de Gran
Caimán, que sospechamos desde hace tiempo que está controlada por Rocky. Hace
unos tres meses, Azimuth vendió un barco a esa compañía. Conseguimos seguirle
la pista al barco, el Britannia, hasta un dique seco aquí mismo, en Miami. Está
en el río, a la altura de la calle Trece, y actualmente lo tenemos bajo
vigilancia. Hemos instalado un operativo en una habitación en el Hospital
Harbor View desde la cual tenemos una vista excelente del...
—Puerto,
¿no?
—Y
del dique seco. Pero hasta ahora no hemos conseguido asegurarnos de que la
droga esté ya a bordo.
Bowen
asintió pensativamente y preguntó:
—¿Qué
clase de trabajo han estado haciendo en el barco?
—Bueno,
señor, desde que está en el muelle le han puesto nuevos depósitos de
combustible, un puente de mando más amplio, han renovado la instalación del
agua y han instalado aire acondicionado, estabilizadores Naiad y han hecho un
montón de trabajos en el casco. —Sonrió, irónica, y añadió—: Sería razonable
pensar que los nuevos depósitos de combustible pudieran ser el lugar donde
planean esconder la cocaína.
—Los
depósitos, ¿eh?
—Bueno,
sí; salvo por una cosa. Verá, señor, he hecho algunos cálculos basados en el
tamaño del barco y de las máquinas. El Britannia tiene unos 35 metros de eslora
y está equipado con dos motores Detroit de 2.000 caballos de potencia. Esto le
daría una autonomía de algo más de 2.500 millas. Con eso no podría llegar hasta
la costa del norte de África, ni siquiera hasta las Islas Canarias, que están a
unas 3.500 millas de la costa de Florida.
—Pero
con los depósitos modificados...
—Se
podría ampliar la autonomía hasta casi esa distancia. Quizás incluso hasta las
4.000 millas. Pero eso nos dejaría con otra incógnita: dónde meter la cocaína.
Suponiendo que el propósito de ampliar los depósitos fuera...
—Sí
—cortó Bowen—, ya te entiendo. No puede recorrer esa distancia y además llevar
la droga en los depósitos.
Bowen
cogió un pisapapeles de su escritorio y empezó a pasárselo de una mano a la
otra como si fuera una pelota de béisbol.
—¿Sabes?
He estado pensando mucho en este asunto, Kate, y he tenido una idea.
—¿Sí?
Kate
sonó más sorprendida de lo que hubiera querido.
—Sí.
¿Quieres oírla?
Kate
se encogió de hombros. No había terminado de explicar su teoría respecto a los
depósitos de combustible del Britannia. Pero era consciente de lo poco que Kent
Bowen sabía de barcos y se dijo que, realmente, no podía permitirse ponerlo en
su contra.
—Claro.
Adelante —dijo.
—Bueno,
he pensado.
Buen
comienzo.
—Sabemos
que pueden comprimir la cocaína, colorearla y mezclarla con celulosa, incluso
combinarla con fibra de vidrio para crear un material duro al que puede dársele
cualquier forma que quieras.
—Sí.
—Bien.
¿Te acuerdas del asunto de las perreras, hace unos años?
Kate
asintió pacientemente. Bowen se refería a una incautación de narcóticos hecha
por los federales en 1992. Un cártel colombiano había fabricado cincuenta
perreras con cocaína. Una vez molidas y tratadas químicamente, las perreras
hubieran tenido un valor de casi medio millón de dólares puestas en la calle.
—Supón
que Rocky Envigado ideara un sistema para hacer lo mismo con el casco de un
barco. ¿Poliuretano? ¿Fibra de vidrio?
Bowen
se encogió de hombros mientras esperaba que Kate soltara una exclamación de
admiración ante el genio de su jefe. En lugar de ello, parecía desconcertada,
como si no acabara de captar lo ingenioso que era lo que él señalaba.
—Bueno,
tú misma decías que estaban trabajando en el casco en ese dique seco tuyo de la
Trece.
—¿Sabe
una cosa? Nunca se me habría ocurrido. Nunca jamás. Es una idea increíble —dijo
Kate finalmente.
Impermeable
al sarcasmo de Kate, Bowen añadió:
—Es
bastante astuto, ¿verdad? Piénsalo bien —dijo soltando una risita satisfecha—.
Joder, Kate, si lo piensas un poco, verás que tiene sentido.
—¿De
verdad?
—Por
ejemplo, la mayoría de yates son blancos, ¿no? Es el disfraz perfecto para una
tonelada o algo así de cocaína. Eso sí que es un puto barco de recreo.
Kate
sonrió sin ganas y se preguntó cuántos chistes malos más podría extraer de su
descabellada teoría.
—Bueno,
si eso no es la última palabra en yates a motor hechos por encargo...
Kate
dejó que divagara un poco más antes de devolverlo a la realidad.
—Sí,
ciertamente es una posibilidad interesante. Aunque sea remota. Sea como fuere,
supongamos que haya un medio de hacer el envío a través del Atlántico sin
utilizar combustible alguno. Por supuesto, se necesita el suficiente gas-oil
para cubrir los compartimientos secretos de la cocaína, pero teniendo en cuenta
las dimensiones del yate y la posición de la sala de máquinas, que está a
popa...
—¿Popa?
¿Qué es la popa?
—Es
un término náutico. Quiere decir en o cerca de la parte posterior del barco.
—Ah,
sí, la popa, claro.
—Teniendo
eso en cuenta, así como la construcción de los mamparos interiores —son sólo
láminas de aluminio ligero ensambladas con compuestos en panal— bueno, calculo
que se podrían almacenar 1.000 kilos de cocaína y seguir contando con el mismo
combustible para el que fue diseñado originalmente.
Bowen
sonrió, incómodo y consciente de que estaba en terreno desconocido. Dejó de
nuevo el pisapapeles sobre el escritorio y dijo:
—¿Adónde
quieres llegar?
—A
esto. Puede que esta vez, en lugar de tratar de llevar el barco a través del
océano, vía las Bermudas y las Azores, estén planeando cargarlo en un
transporte transatlántico para yates. Son una especie de ferris transoceánicos.
Para cosas caras. Si quieres llevar tu Broward de seis metros de manga hasta el
sur de Francia para el Festival de Cine de Cannes, por ejemplo, probablemente
lo enviarás por transbordador. Sería una tapadera perfecta para alguien como
Rocky Envigado. Su barco al lado de lo que pasa por ser la alta sociedad, aquí
en Florida.
Bowen
dijo:
—No
tenía ni idea —eso, por lo menos era cierto—... de que supieras tanto de
barcos, Kate.
—Antes
de que Howard, mi marido, y yo nos separáramos, pasábamos bastante tiempo
navegando en su barco de pesca deportiva.
Kate
sonrió al recordar lo que habían pescado juntos —agujas, atunes, incluso algún
tiburón— y el barco, que tenían, un Knight & Carver de 24 metros de eslora.
Corrección: que él tenía. El Dice Man. Con depósito para el cebo, congelador y
aparejos profesionales, por no hablar de los tres grandes camarotes con
acabados de la rara madera hawaiana de koa, el Dice Man era una plataforma de
pesca realmente lujosa, pero de auténtica competición. Añoraba el barco más que
a Howard.
—Allí
es donde vive desde que nos separamos. En el barco.
—Bueno,
yo soy de Kansas —dijo Bowen—. Calculo que debe de estar tan lejos de un océano
como del otro.
—Nunca
he estado en Kansas —respondió Kate.
—Es
un estado que parece un cuadrado cuando lo miras en el mapa. Como el marco de
un cuadro. Te verías en apuros si tuvieras que reconocer su silueta en el
concurso Let's Make a Deal. Pero Florida... Eres de Florida, ¿verdad?
—Titusville.
—Florida
es el estado más fácil de reconocer de toda la Unión.
—Sí,
es verdad —dijo Kate, pensando que al menos podían estar de acuerdo en algo.
—¿Sabes
a qué me recuerda cuando lo veo dibujado en el mapa, Kate?
Kate
negó con la cabeza.
—Una
pistola. Cañón corto, culata grande. Un poco como la Ladysmith que tú llevas.
Cada vez que veo el dibujo de ese estado en una señal de carretera, es un
recordatorio de por qué estoy aquí.
—¿Y
por qué está usted aquí, señor?
—Para
luchar contra el crimen. Ésta es la capital del crimen de los Estados Unidos.
¿No lo sabías? —Pero Bowen no esperaba una respuesta—. Sobre todo debido a toda
esa escoria que ha venido a establecerse aquí desde Cuba, Haití o la República
Dominicana.
—Me
parece que eso es un poco...
—Titusville.
Eso está más al norte, en la costa —dijo Bowen.
—Sí.
—¿Siempre
te gustaron los barcos?
—Siempre,
desde el Géminis 8.
—¿El
Géminis 8? ¿Y eso qué tiene que ver?
—Cuando
era niña, salíamos en el barco de mi padre a ver los lanzamientos del Centro
Espacial de Cabo Kennedy. Era la mejor vista en muchos kilómetros a la redonda.
Sí, casi toda la vida me he movido entre barcos.
—Bien,
tú conoces los barcos, pero yo conozco la ley. Probablemente sabrás que fui
ayudante del sheriff en la ciudad de Dodge antes de incorporarme al FBI.
Kate
asintió aburrida.
—Claro
que eso fue hace muchos años. Y Dodge ya estaba limpia antes de que yo llegara.
—Soltó la conocida risita que Kate había aprendido a odiar—. El viejo Wyatt
Earp se encargó de eso. Una de las razones por las que me incorporé al FBI fue
para escapar de allí. Pero no antes de aprender el oficio a las malas. En la
calle. En el único sitio que hay para desarrollar el olfato. Y ahora mismo mi
nariz me dice que, por lo menos, tendríamos que comprobar esa teoría mía, la
del casco hecho con cocaína y todo eso. ¿Dices que conoces los barcos?
—Sí,
señor.
—Entonces
quiero que vayas a hablar con algunos constructores de barcos y les preguntes
si puede hacerse. He oído lo que me has dicho sobre los depósitos de
combustible, Kate, pero me parece que te han dado gato por liebre. Esos chicos
tienen mucha más inventiva de la que crees. Nunca tienes que subestimar a tu
oponente.
Kate
le devolvió la sonrisa mientras él se daba golpecitos en la sien con el índice.
Subestimar a su jefe empezaba a parecerle casi imposible.
—Piensa
a lo grande. Eso es lo que ellos hacen. Eso es lo que yo hago. Esos cabrones no
se ajustan al género corriente. Y nosotros tampoco Kate. Y cuando veas si puede
hacerse —y a mí francamente me sorprendería mucho que no fuera posible—, bueno,
entonces, quizás puedas organizar algún tipo de equipo que vaya a ese dique
seco y eche una mirada más de cerca al casco. Apuesto a que encontrarás algún
tipo de anomalía.
—Una
anomalía, claro.
Kate
se contuvo cuando estaba a punto de hacer un comentario que sabía que luego
lamentaría. Quería decirle que, por supuesto, había alguna clase de anomalía,
sin ninguna duda. Normalmente su jefe tenía un cerebro dentro de su maldita
cabeza.
Cuando
conducía hacia su casa aquella noche, a lo largo de las calles bordeadas de
higueras de Bengala de la zona norte de Miami, tenía sintonizada la Magic
102,7, una emisora para viejales, y sonaba una de las primeras canciones de los
Rolling Stones, que le encantaba. Y aunque ya la había oído miles de veces y se
sabía la letra de memoria, mientras canturreaba, se dio cuenta de que estaba
pensando en Kent Bowen y en cómo iba a demostrarle que se equivocaba.
El
tiempo jugaba a su favor.
9
En
la suite de Dave, sonó el teléfono. Era Jimmy Figaro.
—¿Tienes
pasaporte?
—Lo
tienes tú —dijo Dave.
—¿Ah,
sí?
—Tuve
que entregarlo antes del juicio. ¿Recuerdas?
—Si
tú lo dices... ¿Será válido todavía?
—Tendría
que serlo, sí.
—Bien,
déjame que le pida a Carol que lo busque y luego te vuelvo a llamar.
—Me
alegro de que me lo hayas recordado. Hubiera tenido que llamarte de todos modos
para preguntarte. ¿Significa eso que el trabajo está en marcha?
—Yo
no sé nada de ningún trabajo.
—Ah,
sí, ya me acuerdo. Tus necesidades son sólo conocer lo básico.
—Lo
único que sé es lo que Al Cornaro me ha dicho.
—¿Y
es?
—Que
tú y él voláis a Costa Rica.
—¿Costa
Rica? ¿Qué hay en Costa Rica?
—Un
café bastante bueno, la última vez que miraron. Tal vez podrías traerme algunos
granos.
—¿Por
quién me tomas, Jimmy? ¿Starbucks o algo parecido?
—Eso
y un barco. Al dijo que te ha encontrado un barco.
—Estupendo.
¿Dijo qué clase de barco?
—El
de Vacaciones en el mar. ¿Cómo cojones quieres que lo sepa? Soy abogado, no
Herman Melville.
—Sí,
bueno, vuelve a llamarme más tarde, Ismael. Por lo del pasaporte, ¿vale?
San
José, la capital de Costa Rica, está a mil quinientos kilómetros al sur de
Miami y a dos horas y media de vuelo a bordo de un reactor de American Airlines
lleno de turistas que iban en busca de surf difícil y sexo fácil.
Dave
regresó del lavabo a su asiento de primera clase y dijo:
—Este
vuelo... ahí detrás parece el de El gran miércoles.
—¿Big
qué?
—Una
película sobre surf. John Milius. Todo sobre la ola perfecta.
Al
gruñó y volvió a recostarse con su tercer martini al vodka.
—¿Sabes
lo que eso significa para mí? ¿La ola perfecta? Es Madonna diciéndome adiós
cuando se va con los niños a pasar seis semanas de vacaciones con su madre.
—Madonna
es tu mujer, ¿verdad?
—Verdad.
—¿Te
importa si te hago una pregunta personal?
—No,
si a ti no te importa que te parta la boca si te pasas de la raya.
—¿Por
qué sigues casado con ella? Quiero decir, todo el tiempo haces chistes a su
costa.
—Son
cosas de maridos. No lo entenderías. Ella y yo nos llevamos muy bien. Ella no
hace preguntas y eso quiere decir que yo no le cuento mentiras. Como esto de ir
a Costa Rica. ¿Qué hago cuando estoy allí? ¿Quizás encontrar un par de bonitas
ticas y dejar que me folien? A ella ni se le ocurriría preguntar. Ni olerme los
dedos cuando vuelvo a casa. Hay un entendimiento. Un modus vivendi, ¿sabes lo
que quiero decir? Además, incluso si quisiera librarme de ella, no lo haría.
Soy católico. El matrimonio es para toda la vida. Como el herpes.
Al
soltó una risa soez y se acabó la bebida.
—Me
alegra saber que el verdadero amor no ha muerto —dijo Dave.
—True
Romance. Eso es lo que llamo una película de puta madre. —Al hizo un gesto a la
azafata con el vaso y se rió de nuevo—. Eso es lo que un montón de esos tontos
del culo playeros van buscando de verdad. El verdadero amor. Por sorprendente
que parezca. En Costa Rica, las secciones de anuncios por palabras están llenas
de peticiones de norteamericanos cabezas huecas que buscan una bonita tica para
sentar cabeza.
—Entonces,
¿ya has estado antes?
—¿En
CR? Sí. Montones de veces.
—¿Y
tú qué andas buscando, Al?
—Yo
me conformaré con que me chupen la polla.
Dave
miró por la ventana.
—¿Qué
pasa? —exigió Al—. ¿Qué hay de malo en eso?
—Nada,
nada de nada.
—Ya
sabes que la prostitución es legal en CR. El país es un supermercado legal de
coños.
Dave
sacó el New Yorker que había comprado en el aeropuerto de la bolsa del asiento
y empezó a pasar las páginas.
Al
frunció el ceño y dijo:
—¿Sabes?
La mayoría de tíos que acaban de salir de Homestead estarían muy interesados en
que se los follaran. ¿Te has vuelto maricón o algo así mientras tenías el culo
metido allí?
—No,
Al. No me he vuelto maricón mientras estaba allí. Pero la gente que se mete
mucho con los maricones, por lo general, está tratando de esconder su miedo a
ser gay. ¿Qué me dices a eso, Al?
Al
se encogió de hombros.
—Tienes
razón, soy gay —dijo soltando otra risa soez—. Soy una lesbiana atrapada dentro
del cuerpo de un hombre. Eso quiere decir que me interesa ver cómo se lo hacen
dos tías una a otra, antes de hacérmelo a mí. Me parece que con eso casi se
cubre mi sexualidad.
Dave
se echó a reír.
—Pues
yo soy más como uno de esos cabezas huecas de que hablabas, los de los anuncios
por palabras. Los que buscan el verdadero amor. Me parece que eso cubriría mis
necesidades.
—Tú
te lo pierdes.
Al
abrió un ejemplar de Penthouse que había comprado en el aeropuerto y empezó a
hurgarse la nariz. Se miró el dedo distraído y frunció el ceño al ver que tenía
sangre. En un instante empezó a brotarle más sangre de la nariz, en goterones
del tamaño de agujeros de bala que iban cayendo sobre la revista y sobre su
camisa y sus pantalones de color crema.
—Mierda
de sangre —gruñó.
Hizo
un vano intento por detener la hemorragia utilizando primero su servilleta de
papel y luego la de Dave, metiéndose una en cada agujero de la nariz, pero no
fue hasta que la azafata, que acudió con otra bebida y otra servilleta, puso el
asiento de Al en posición reclinada cuando la sangría se detuvo finalmente.
Dave
miró al hombre tendido a su lado y suspiró, nostálgico.
—Mierda
—dijo—. La primera vez que salgo de Estados Unidos y me toca viajar con Jake La
Motta.
Fue
en el taxi, yendo a la ciudad desde el aeropuerto Juan Santamaría, cuando Dave
empezó a sentir los primeros recelos sobre el viaje.
—Mierda
—dijo quejándose—. Acaba de picarme algo en la pierna.
—Será
un mosquito —dijo Al.
—¿Un
mosquito?
Hasta
ahora no se le había ocurrido la idea de tomar ningún tipo de medicación para
el viaje, y Al tampoco le había dicho nada. Pero Dave buscó la Guía Fodor de
Costa Rica que había comprado en Miami, sólo para estar seguro. La sección de
precauciones sanitarias no tuvo un efecto tranquilizador precisamente.
—Tú,
maldito cabrón —dijo cerrando el libro de golpe.
—¿Cuál
es el problema?
—Malaria
—dijo, quejándose enfadado—. Este jodido sitio está lleno de malaria. Por no
hablar de un montón de otras enfermedades.
—¿Y?
Al
mató un mosquito de una palmada contra su propia cara, que quedó manchada de
sangre.
—Y
no me he puesto ninguna inyección, Al. Y no quiero acabar con anemia, fallo
renal, coma y la muerte.
—Escucha
¿quién necesita inyecciones? Además, la mayoría de esos medicamentos no
funcionan. Lo he leído en el periódico. Sólo tienen eso que llaman el efecto
placebo. Eso quiere decir que para lo que sirven, igual puedes engullir
M&Ms. Sólo hacen que te sientas mejor mentalmente cuando estás con hispanos
y bichos enfermos y toda esa mierda tropical. Por otro lado, los medicamentos
que sí que funcionan lo hacen a expensas de tu sistema. Si no, mira lo que les
pasó a aquellos mamones del ejército después de la Tormenta del Desierto.
Tomaron todo tipo de medicinas y ahora muchos de ellos tienen unos problemas
médicos de la leche. Así que trata de tomártelo con calma. Además, tampoco
vamos a estar aquí el tiempo suficiente como para que valga la pena tomar esa
medicación para el sur de la frontera.
—Déjate
de mierdas. En cuanto llegue al hotel me voy a buscar una farmacia. Coño, no
puedo creer que actúes con tanta frialdad. Quiero decir, sólo una picadura del
anofeles es suficiente, tío.
—No
hay pulgas en el hotel donde estamos. Te lo digo yo. El sitio tiene clase.
—No
son pulgas. Es el anofeles. Es un mosquito, Al. Según el libro, todo el país
está plagado de ellos.
—Lees
demasiados libros —Al hurgó en su bolsa de viaje—. Relájate, ¿quieres?
Naturalmente, he traído algo para mantener lejos a los bichos, sólo para estar
tranquilos.
Le
alargó un tubo de crema olorosa a Dave.
—Aquí
tienes. Úntate ese culo cagado tuyo con un poco de esto.
Dave
leyó la etiqueta con incredulidad.
—¿Crema
hidratante Avon Skin-so-Soft? ¿Esto?
—Eso
te irá bien. Yo traigo un poco cada vez que vengo y todavía no me han picado.
—Al,
yo quiero repeler los insectos, no ofrecerles una bonita y suave pista de
aterrizaje en mi suave y jodida cara.
—Puedes
creerme cuando te digo que funcionará. Los bichos no pueden soportarlo.
—¿Qué
es lo que no les gusta? ¿La publicidad? ¿La imagen de marca?
—No
me preguntes por qué, pero funciona ¿vale? Los marines que vienen a estas zonas
para prepararse para la guerra en la jungla llevan años usándolo. Mejor que el
DEET o que cualquiera de esos repelentes para insectos, dicen. Y no lo he leído
en ninguna mierda de libro.
L'Ambiance
era de propiedad norteamericana y cómodo. Anteriormente mansión colonial,
estaba situado en el Barrio Otaya de San José. La habitación de Dave, amueblada
con antigüedades, era mucho más grande y mejor de lo que esperaba. Su única
crítica era que cuando abría las puertaventanas que daban al balcón, podía oír
y oler a los animales del zoo Simón Bolívar, que estaba una manzana más al
norte. En ese aspecto era como una segunda casa después de Homestead.
Tan
pronto como hubo deshecho el equipaje, Dave salió y compró mefloquina en la
farmacia. Eso le hizo sentir más tranquilo. Y más tarde, después de una buena
cena y una excelente botella de vino, se sentía tan bien dispuesto tanto hacia
el país como hacia su compañero de viaje que aceptó acompañarlo a lo que Al
insistió que era el mejor bar de San José.
Cayo
Largo, con su salón al estilo del Oeste, su gran barra oval y su conjunto
musical, estaba en otra hermosa mansión colonial. El lugar estaba lleno de
gringos gregarios y lo que parecía un suministro inagotable de ticas con hambre
de dólares, muchas de ellas adolescentes. Al encontró una mesa, pidió un par de
botellas de guaro y dejó que Dave se empapara de ambiente mientras él iba en
busca de compañía femenina. Volvió al cabo de unos minutos con no una sino
cuatro de las putas más guapas que Dave había visto nunca. Una de ellas, una
rubia con un ajustado suéter de color rosa y unos pechos muy grandes, se sentó
a su lado y, sonriéndole dulcemente, le dijo que se llamaba Victoria. Dave notó
que los ojos se le salían de las órbitas y se le disparaban hasta el techo
cuando una morena de aspecto lánguido se cogió de su otro brazo y le pidió un
cigarrillo. Cuando los ojos bajaron de su viaje, se encontraron con la mirada
de Al, que estaba ya llena de placer.
—¿Qué
te dije? ¿No es algo especial este sitio? Cada vez que vengo aquí es como si me
muriera y fuera a parar a un cíelo de conejitas.
Dándole
un Marlboro a la morena, Dave miró hacia el suéter rosa y luego de nuevo a Al.
Sonriendo dijo:
—Rosa.
Siempre me ha gustado lo rosa.
Encendió
el cigarrillo de la chica, que se llamaba María, y luego uno para él. Las otras
tres chicas ya se estaban sirviendo vasos de guaro. Pese a todas sus buenas
intenciones, Dave estaba empezando a divertirse.
Al
brindó por Dave con el aguardiente local y dijo:
—Todas
hablan bastante bien inglés, así que espero que puedas descifrar lo que te voy
a decir. Son aptas para el consumo humano, si entiendes lo que quiero decir.
Olvídate de la tensión de Andrómeda, ¿vale? Lo que hacen es legal aquí, o sea
que tienen que someterse periódicamente a un examen médico, en la Dirección
General de Salud Pública; así que todo está controlado. La mercancía está
comprada y pagada, tanto si aprovechas tu opción como si no, amigo mío. Es en
beneficio de ellas tanto como en el tuyo. Después de todo, ellas tienen que
ganarse la vida. Así que, tío, tú decides. A ellas tanto les da una cosa como
la otra.
Al
se bebió el vaso de guaro de un trago y vio que Dave continuaba sonriendo. Y
añadió:
—Puedes
leerles un poema o puedes enseñarles la polla, allá tú. Sólo sé amable, eso es
todo.
Dave
brindó por Al y luego por las dos chicas que se apretujaban contra él, una a
cada lado.
—¿Yo?
Yo soy Jay Leno, tío. Me quedaré sentado y seré amable con cualquiera de los
invitados que vengan al programa esta noche.
Al
soltó una risa procaz y dijo:
—Si
no vengo a tu programa hoy, no será por falta de estímulo.
Era
bien pasada la una cuando Al anunció que se iba con sus dos amigas ticanas al
hotel antes de que estuviera demasiado bebido para juguetear. Dave había
disfrutado de la compañía de Victoria y María. La noche había sido relajada y
alegre y no tenía deseo alguno de ofender a Al con una exhibición demasiado
evidente de mojigatería. Pero en la vida o eres un putero o no lo eres y hacía
mucho tiempo que Dave había decidido que él no lo era. Así que resolvió dejarse
llevar por la corriente y soltar a las chicas en cuanto Al se hubiera retirado
a la suite presidencial del hotel con sus dos amigas.
Y
eso es lo que hizo.
No
hubo recriminaciones ni exhibiciones petulantes de rechazo. Las chicas lo
aceptaron con tan buen humor como habían aceptado la invitación de Al. Después
de que se marcharan en un taxi, Dave se dio una larga ducha fría y trató de
convencerse de que había hecho lo acertado. Cinco años en Homestead ya eran
degradación suficiente para toda la vida. Ahora quería sentirse bien consigo
mismo, sentir que controlaba dónde iba y qué hacía. Y para hacer una cosa así
hay que ser fuerte. Tener el poder de dominarte y dominar tus deseos. Ser un
putero estaba lejos de ese propósito.
Se
puso un albornoz y salió al balcón. Por encima del zumbido del tráfico, oyó el
rugido de un gran felino, un león o un tigre atrapado en una jaula del cercano
zoo. Imaginó a la pobre bestia yendo arriba y abajo en la pequeña jaula y por
un momento recordó cuando él estaba en la celda en Homestead. Oyendo el
horrible sonido de aquel espíritu inmovilizado mientras se entregaba a su
desesperada danza ritual, arriba y abajo, arriba y abajo, midiendo sin cesar la
celda con sus pasos, se dio cuenta de que, por primera vez desde que lo habían
soltado, comprendía qué significaba estar libre.
—¿Lo
pasaste bien anoche?
Era
una pregunta cruel, porque Al tenía el aspecto de una mierda del día anterior.
Su cara, normalmente morena y mate estaba pálida y sudorosa y tenía unos ojos
tan diminutos e hinchados como un par de serpientes irritadas. Si hubieran
dejado su cabeza en un poste en algún lugar de la jungla, no habría tenido peor
aspecto.
—Joder,
Al, pareces una puta estrella de cine —dijo Dave burlón repitiendo las palabras
de Tony Nudelli—. Te pareces a Ernest Borgnine en su día libre.
Al
susurró roncamente:
—¿Dónde
coño está Chico con el todo terreno?
Tenían
por delante un viaje de tres horas hasta Quepos, en la costa central del
Pacífico. Aparcado enfrente, al lado del patio de estilo español del hotel, su
conductor les esperaba en un Range Rover. Al subió lentamente al asiento de
atrás, soltó un profundo suspiro que era casi un quejido y cerró los ojos
inyectados en sangre.
Al
cabo de media hora de viaje, Dave, que iba sentado delante, al lado de Chico,
deseó haberse sentado atrás, con Al. Casi con regocijo Chico le informó que
Costa Rica tenía la tasa de mortalidad por accidentes de tráfico más alta del
mundo.
—Pero
no se preocupe, ¿eh? —añadió—. Range Rover es muy bueno coche para carreteras
de Costa Rica. Es coche inglés, pero muy duro. Creo que quizás las carreteras
de Inglaterra sean tan malas como aquí. Los conductores ingleses también. Pero
no es problema con el Range Rover. Este coche dice: fuera de mi camino, leches,
hombre.
La
A3, que llevaba desde las tierras altas de San José hasta la costa, era una vía
asfaltada, de dos carriles, con caídas verticales y curvas cerradas. Estaba en
unas condiciones razonables sólo hasta llegar a Carara. A partir de allí, Chico
disminuyó la velocidad a la mitad por los muchos baches, algunos de los cuales
habrían roto el eje de un vehículo más pequeño. Un cráter del tamaño del volcán
los hizo saltar a todos por encima del techo, despertando a Al de su sueño
resacoso por los excesos del día antes.
Al
cabo de un momento, Al dijo débilmente:
—Tengo
que bajar.
Chico
miró hacia atrás por encima del hombro, vio el color de la cara de su pasajero
y giró bruscamente hacia la derecha, saliendo de la carretera y parando cerca
de unas tierras pantanosas y humeantes.
Al
abrió la puerta y, olvidando la altura del coche, medio salió, medio cayó al
suelo.
Chico
lo observó mientras iba vacilante hacia el borde del pantano y luego, riendo,
bajó la ventanilla para gritarle:
—Vigile,
que hay cocodrilos y boas.
Miró
a Dave y poniendo los ojos en blanco añadió:
—Sí.
Las boas, ésas son peores que los cocodrilos. Muy agresivas.
—Pero
no son venenosas.
—Quizás
no, señor Dave, pero tienen dientes igual. Y vaya dientes que tienen. Si tengo
que escoger entre una boa y una víbora, yo escogeré siempre la víbora.
Tambaleándose,
Al se detuvo, se inclinó hacia delante, con las manos en las rodillas y empezó
a vomitar. Dave salió del coche para orinar y luego se acercó hasta la melée de
un solo hombre que era Al.
—¿Estás
bien?
Al
seguía con arcadas y Dave notó en la nariz una sensación de asco cuando le
llegó un fuerte olor a esmalte de uñas. Era el hedor del guaro. El líquido
volvía a salir desde los intestinos de Al tan puro como si lo estuviera sacando
directamente de una botella.
—¿Bien?
—Al rió con una especie de gruñido—. Estoy muy lejos de eso —dijo sin
respiración y luego tuvo más arcadas.
Dave
dijo:
—Alguien
tendría que grabar ese sonido. Un tío de efectos sonoros para el cine. Anoche,
en el canal por cable del hotel, daban esa película de Mel Gibson. Al final le
arrancan las tripas y las queman delante de su cara. Seguro que podían haberte
utilizado en el estudio de grabación, Al. Es un sonido medieval. Podría ser el
inicio de una carrera totalmente nueva para ti.
—Lo
que has de hacer cuando vomitas... es no parar... hasta que no has acabado...
de lo contrario, no conseguirás lo que se supone que... —Siguieron unas cuantas
arcadas más—. Es cuestión de joderse y aguantar. —Eructó, vomitó otra vez y
luego escupió varias veces—. No abandonar... antes de acabar... a menos que
tengas que hacerlo... —Un último esfuerzo, coronado por otra arcada—. ...o
tendrás que repetir todo el proceso.
Jadeando,
como si acabara de correr los cien metros lisos en esprint, Al se enderezó,
respiró hondo y entrecortado y sonrió de una forma terrible.
Dave
tragó saliva vacilante y dijo:
—Joder,
Al, tendrías que vomitar por Estados Unidos.
Dave
sabía muy poco sobre el barco que habían venido a buscar para llevárselo a
Miami. Y cada vez que preguntaba, Al le decía que esperara a verlo. Pero cuando
se aproximaban a Quepos, por una carretera tan polvorienta que Chico llevaba
los faros encendidos, Dave dijo:
—Es
ir muy lejos para un jodido barco.
—¿No
lo sabes? Los pobres no pueden escoger.
—Sí,
pero mira este sitio.
En
ese momento pasaban junto a una maraña de casas construidas sobre pilotes y
conectadas con un sistema de paso hecho con tablones y planchas de chapa de
zinc.
—Además,
¿qué clase de barco vamos a encontrar aquí abajo? Una mierda de barco
platanero. Puede que un sampán. Joder.
La
carretera de tierra continuaba después del pueblo de pescadores y a través de
un extenso manglar.
—Un
jodido barco volador es lo que se necesita aquí —dijo Dave quejándose y
dándole, irritado, una palmada a algo que le andaba por el cuello.
—Ya
te dije que usaras aquella mierda de Avon. Mira, a mí no me han picado ni una
vez.
—El
bicho que te picara a ti, probablemente moriría de envenenamiento alcohólico.
Al
se encogió de hombros y respondió:
—La
verdad es que me encuentro mejor. Una buena cerveza fría entraría de narices.
Dave
alcanzó a ver cómo un cocodrilo, al que el Range Rover había despertado, se
deslizaba entre las salobres aguas.
—El
horror —murmuró misteriosamente—. El horror.?
—¿De
qué coño estás hablando? ¡Relájate, joder! Ya casi estamos allí.
La
carretera se dirigía hacia el sur por una calle que bordeaba el mar.
—Quepos
—dijo Chico sonriendo—. La ciudad. Nada del otro mundo ¿eh?
Entró
en un gran puerto al norte de un puente.
—Pero
aquí es mejor. Aquí ha habido mucho desarrollo. Montones de pescadores gringos.
Desde diciembre hasta agosto. Cuberas, casabes.
De
repente Dave vio por qué habían venido; la bahía burbujeaba con los aparejos y
puentes de mando de docenas de barcos para la pesca deportiva, lujosos y con
gran autonomía, algunos de ellos de un valor que llegaba o superaba el millón
de dólares.
—De
acuerdo. Esto ya es otra cosa.
—Wahoo,
atún... pero sobre todo vienen por el merlin y el pez vela.
—¿Qué
te había dicho? —comentó Al.
—Se
está más protegido de los vientos aquí que en la costa de Guanacaste, creo.
Pero ni se les ocurra nadar. Está contaminado. Por no hablar de las corrientes
y de los tiburones.
—¿Nadar?
Olvídalo —dijo Al, riendo.
—Entonces,
¿a qué vienen a Quepos?
—A
recoger un barco —dijo Dave.
—A
pescar —añadió Al rápidamente.
Dave
miró a Al y frunció el ceño. Al movió la cabeza como si no quisiera que Dave lo
contradijera.
—La
mayoría de gringos vienen aquí y se traen un montón de cañas y equipo, pero
ustedes...
—Nos
lo robaron todo en el aeropuerto —explicó Al.
—No
hay problema. Les puedo recomendar un sitio. Les proveerán de todo el equipo si
quieren. A buen precio, además.
—Gracias,
pero no. Hemos hecho una reserva con una empresa de San José. Una compañía
charter que se llama Vera Cruz. Todo lo que sé es que está en algún sitio al
norte del puente.
Chico
preguntó por la dirección en una tienda de regalos y les enviaron a un pequeño
ranchito construido sobre postes en el agua frente al puente que llevaba a la
ciudad de Quepos. Mientras Al pagaba a Chico, Dave echó a andar por el puerto
deportivo, aliviado de estar fuera del coche y tomar algo de aire fresco.
Recostado en una colina densamente boscosa, con una playa fangosa delante,
Quepos parecía un lugar extraño para encontrarse con una bahía llena de yates
de lujo. Un par de chavales hacían cabriolas con unas antiguas bicicletas de
montaña, yendo arriba y abajo del puerto frente a una hilera de tiendas y
restaurantes. Cuando Al miraba por la puerta de la oficina de Vera Cruz, uno de
los chicos se acercó a decirle a Dave que el gringo de la Vera Cruz se había
ido a almorzar. Dave le dio un billete de cinco colones y fue a decírselo a Al.
Al
señaló hacia el restaurante y dijo:
—Bueno,
pues comamos. Tengo el estómago como una canasta de baloncesto. Además, hay un
par de cosas que quiero que pongamos en claro. Como qué coño hacemos o dejamos
de hacer hasta que yo lo diga. ¿Entendido, capullo?
—Ya
que me has invitado tan amablemente, no veo cómo podría negarme, Al.
—Sigue
así, y tú y yo nos llevaremos muy bien.
Entraron
en el restaurante y pidieron un par de cervezas para cada uno, mientras miraban
el menú. Después de unos minutos, Dave se decidió por el arroz y las alubias,
mientras que Al elegía tortuga, riéndose desagradablemente al hacer la
elección.
—Joder,
me gustaría que mi hijo Petey me viera comerme esto. Esa mierda de tortugas
Ninja con las que siempre está jugando, me sacan de quicio. Odio a los jodidos
hijos de puta verdes. Odio la canción, odio la historia y odio los personajes.
Leonardo, Donatello... ¿Qué clase de mundo estamos construyendo para nuestros
hijos, eh? Un mundo donde un chico crece pensando que Miguel Ángel es una
mierda de tortuga en lugar de un famoso pintor antiguo.
—No
tenía ni idea de que te interesara el arte —dijo Dave.
—Todos
los italianos estamos interesados en los grandes pintores. Es parte de nuestro
patrimonio. En cuanto llegue a casa le voy a contar que me comí una jodida
tortuga.
—¿Y
eso no le disgustará?
—Pues
claro que le disgustará. Oye, tú no tienes hijos, así que no lo entenderías.
Gracias a Hollywood, casi no queda ningún animal que no haya sido convertido en
un bonito dibujo animado. Ballenas, ciervos, conejos, elefantitos, cangrejos y
tortugas.
—Una
tortuga no es un animal, es un reptil.
—Tanto
da. «Papá, no te puedes comer a Bambi.» Pues mira, hijito, mira lo que hago.
—Pero,
¿para qué lo haces?
—Es
un instrumento de aprendizaje, para eso lo hago. Cuando comes uno de esos
animales, le estás enseñando al chico cómo es el mundo real. La mitad de los
problemas de los chicos de hoy día tienen que ver con esa mierda de mundos de
fantasía. Hay que darle un bocado a la realidad, eso es lo que yo digo.
Alimento para la mente. Les ayuda a crecer. Cuando yo era niño veía cómo mi
padre mataba constantemente gallinas y pavos. Mis hijos nunca han visto matar
ningún tipo de animal. Ni un pez. Aquí hay algo que no funciona. Quizás yo no
pueda matar al animal como hacía mi padre. Pero seguro que puedo comérmelo
cuando surge la oportunidad.
—¿Sabes
que eres todo un doctor Spock?
—Todos
esos chalados en defensa de los animales... La mayoría han sido alimentados con
mierda sobre los animalitos y sus encantadoras personalidades. Hay dos cosas
que quiero para mis hijos: quiero que sepan quién fue Miguel Ángel, y no quiero
que sean vegetarianos. Los maricones son vegetarianos.
—Miguel
Ángel era maricón —dijo Dave.
—¿Quién
lo dice?
—Todo
el mundo. Mira el David.
—Eso
es una gilipollez. Mira, sí Miguel Ángel hubiera sido marica, ¿le habría pedido
el Papa que pintara el techo de la Capilla Sixtina? No lo creo.
Dave
vio que Al no iba a dejarse convencer, así que sonrió y dijo:
—Una
lesbiana atrapada dentro de un cuerpo de mujer, ¿eh? Ahora lo entiendo.
Contento,
también él, de cambiar de tema, Al se rió y dijo:
—Sí.
Tendrías que haberlas visto a las dos. Se lamieron de arriba abajo. Me gusta
verlo. Es un espectáculo estupendo. Tío, apuesto a que Miguel Ángel lo habría
pintado si hubiera podido hacerlo sin meterse en líos. ¿Y tú qué? ¿Qué tal lo
pasaste?
—Bien
—dijo Dave—. Eran buenas.
Al
esperó a oír detalles, pero cuando vio que no llegaban, frunció el ceño y dijo:
—Vale,
tío listo, éste es el trato. Estamos aquí por un soplo. El capullo dueño del
barco que he alquilado, un tío que se llama Lou Malta, le debe dinero a Tony,
un huevo de dinero. Con la vigilancia y todo es más de un millón de dólares.
Hace seis meses Malta estaba en Fort Lauderdale, para ajustar cuentas y todo
iba sobre ruedas. Pero de repente se larga aquí abajo, sin enviarle siquiera
una mierda de postal a Tony. Como si desapareciera sin dejar rastro. Pero,
fíjate qué jodida coincidencia, el día después de hablar tú con Tony, el
detective privado que había contratado para buscar al capullo de Malta le envía
por correo electrónico a Tony la longitud y la latitud de su paradero, como si
estuviera escrito que el barco tenía que ser para ti y tu aventura. Bueno,
Malta no sabe quién soy, pero sería mejor si no le contáramos que acabamos de
llegar en avión de Miami y otras mierdas por el estilo que despierten su
desconfianza. Así que ten la boca cerrada y déjame hablar a mí, y el barco será
tuyo para todo el largo y cálido verano.
—¿Qué
hay de Malta?, ¿vas a matarlo, Al?
—No,
a menos que él me obligue.
—Yo
no pienso ayudarte a matarlo.
—Créeme,
la sangre no está en el menú de hoy.
—¿Ni
siquiera como instrumento de aprendizaje?
Al
se encogió de hombros:
—Ya
te he dicho que no, a menos que él me obligue a hacerlo.
—¿Y
qué pasa si yo no te echo una mano?
—Pues
que tengo un barco sin nadie que lo lleve a casa. Y tú no tienes barco para tu
empresa. Por no hablar del billete de vuelta.
Dave
acunó la cerveza fría entre las manos durante un momento preguntándose si tenía
alternativa.
—¿Qué
clase de barco es?
Al
sacó la cartera, desplegó una fotocopia en blanco y negro y se la pasó:
—Una
auténtica belleza. Ochenta pies, veinte de manga, seis de calado. Con dos
motores de 1.500 caballos y una velocidad máxima de unos treinta y cinco nudos.
Dave
observó el nombre pintado en la popa.
—EL
Juarista —dijo—. Vera Cruz. Encaja.
—No
sé nada más. Eso y el color; es blanco.
Dave
dijo:
—Blanco
está bien.
Dio
otro trago a la cerveza.
—Enseguida
se ve la suciedad, pero es un buen camuflaje. Nos ayudará a pasar
desapercibidos entre los otros botes.
Sonrió
y dobló la fotografía.
—¿Puedo
quedármela?
—Es
un regalo.
—¿Cómo
quieres enfocarlo, Al? Puede que Malta no esté dispuesto a cederte el barco sin
resistencia. Y luego está todo el papeleo. Necesitaremos papeles legales para
meterlo en el próximo viaje transatlántico de la SYT.
—Se
hizo todo el papeleo cuando el barco todavía estaba anclado en Lauderdale.
Garantía del préstamo de Tony a Malta. Tony le dejó el dinero a Malta cuando
ningún banco quería ni verlo. Pero entiendo lo que quieres decir. Estamos
bastante lejos de casa y puede que Malta se figure que eso le da ciertas
libertades. Te diré qué vamos a hacer: vamos a salir a navegar, como si
fuéramos un par de turistas. Nos alejaremos de la costa, a algún sitio
apartado, espero, y lanzaremos algo de cebo, como si de verdad fuéramos a
pescar. Y entonces le leeré la cartilla de la puta mierda que vale su puto culo
si piensa que puede pasarse la cartera de Tony por él.
—Como
una especie de analista de inversiones. Ya lo entiendo.
Dave
acabó la primera cerveza y empezó la segunda.
—Vale,
te ayudaré con una única condición.
—Pensaba
que eso ya estaba claro. Sin muertes.
—Eso
también. Quiero que me dejes hablar a mí.
—¿Para
qué? ¿No crees que puedo llevar unas simples conversaciones de restitución?
—Creo
que puedes llevarlas perfectamente. Lo que me preocupa es todo eso de la
cartilla. —Dave se encogió de hombros y encendió un cigarrillo—. Te gusta
demasiado el enfrentamiento.
—Estamos
hablando de recuperar una mercancía, no de un grupo de Alcohólicos Anónimos.
Dame uno de esos cigarrillos.
Al
lo encendió, furioso.
—Claro,
pero tienes que entender la psicología humana, Al. Si le hablas de malas
maneras, él reaccionará mal, igual que si le pusieras una pistola en la sien.
—Tiene
suerte de que no vaya a esparcir sus jodidos sesos por todo el puente.
—¿Lo
ves? Si le hablas con tanta rudeza puedes provocarle a hacer algo estúpido. Y
si hace algo estúpido, es casi una garantía de que la situación tendrá un final
violento.
—¿Pero,
tú qué eres? ¿Te has vuelto un comecocos de golpe?
—Lo
vi muchas veces en prisión. La manera en que los tíos se volvían locos y la
manera en que algunos de los guardias podían calmarlos hablando. Hemos de hacer
esto pacíficamente, que es la forma en que yo quiero hacerlo. Así que tenemos
que actuar con tacto.
—Sí,
claro —Al estaba riendo—. Y me lo dice un tipo que dejó ciego de un ojo a Willy
Barizon con una jodida pluma estilográfica. Eso lo hiciste con mucho tacto.
—¿No
has oído decir que la pluma es más poderosa que la espada? Bueno, Willy no iba
armado con una espada, sino con dos pistolas. Yo diría que tuve tanto tacto
como me fue posible.
—Díselo
a Willy la próxima vez que casi te vea.
—Ésas
son mis condiciones.
—Vale,
vale, tú te encargas de hablar. Qué sé yo, a lo mejor eres un jodido Warren
Christopher o algo así.
Almorzaron
y luego salieron. En el corto paseo hasta las oficinas de la Vera Cruz, Al vio
algo que quería comprar para su hijo, Petey, en la tienda de regalos. Era un
ejemplar de cría de pez martillo, de unos 30 centímetros de largo, conservado
en un frasco de formaldehído.
Dave
observó cómo Al pagaba veinte colones por el recuerdo y preguntó:
—¿Qué
es eso? ¿Un útil de aprendizaje?
—Le
encantará. Petey adora los tiburones.
—¿Eso
quiere decir que piensas regalárselo o comértelo el día de su cumpleaños?
Con
una helada sonrisa Al dijo:
—Con
esa labia tuya no se entiende cómo duraste los cinco años.
10
El
Juarista era toda una belleza. En el puente, mientras se ponían en marcha, Lou Malta
les explicó la historia de su construcción.
—Lo
hicieron en San Diego —explicaba con su cansino tartamudeo—. La forma del casco
indica que tiene un centro de gravedad bajo y una profunda entrada en uve en el
agua. Eso hace que la navegación sea muy cómoda para los pasajeros, esté el mar
como esté. Nunca he visto a nadie mareado en este barco. Ni siquiera por la
cocina de Pepe. Claro que tenemos los impulsores y los estabilizadores para
simplificar el manejo, pero es el casco lo que marca la diferencia. Y un eje de
inversión por debajo del espejo de popa hace que retroceder sea tan suave y
se-seco como si estuviérais en la pl-playa. ¿De dónde habéis dicho que sois?
—L.A.
—dijo Dave.
—L.A.,
¿eh? ¿De qué parte?
—De
todas partes.
—Aaah.
De todas partes. Ése es mi sitio favorito —Soltó una risita—. Si no,
preguntádselo a Pepe. Bueno, habéis escogido un buen momento para ir detrás del
pez espada y del pez vela. Enero suele ser el mejor mes —Los miró de arriba
abajo, midiéndolos—. ¿Qué experiencia tenéis en la pesca deportiva?
—La
suficiente —respondió Al.
Malta
se encogió de hombros.
—Bu-bueno,
da igual. Pepe y yo... nos llega gente con todos los niveles de experiencia en
este barco. Hace sólo unas semanas, estábamos pescando el wahoo con tres tíos
de Nueva York. Y os juro que me encontré a uno de ellos tratando de matar el
pez con su teléfono celular —Soltó otra risita.— Os juro que nunca había visto
nada más divertido. ¿No es verdad, Pepe?
Pepe
sonrió y dijo:
—Sí,
Lou.
Pepe
era un guapo chico negro de unos trece años, vestido con una camiseta azul
marino con el logotipo blanco de Nike y unos holgados tejanos Guess. Estaba en
el puente de mando recogiendo cuerdas y sonriendo abiertamente a Malta cada vez
que se cruzaban sus miradas. CR tenía un buen ambiente gay y Al y Dave podían
ver que Pepe era el cachero de Malta. El mismo Malta, con unos ciclistas cortos
de Lycra azul cielo y una camiseta blanca con un dibujo del gato Garfield, era
un tipo con un aspecto curioso. Cuarentón, con un corte de pelo a lo Rod
Stewart, una cara rosada como Pilsbury Doughboy, gafas sin montura con patillas
azules, y un gran pendiente de oro con un cartucho a juego con el que llevaba
alrededor de su grueso cuello, tenía más aspecto de peluquero que de patrón de
pesca.
—Pepe
os proporcionará aparejos. Tenemos más o menos todo lo necesario, aunque sois
los dos viajeros más ligeros de equipaje que he visto nunca por aquí abajo.
¡Hay turistas accidentales! ¿No te parece, Pepe?
—Sí,
Lou.
—Como
he dicho —gruñó Al—, nos robaron todo el material en San José.
—CR
es un país muy bonito —dijo Malta—, pero lo malo es que es tan increíblemente
bo-bonito que te seduce y te hace creer que es seguro. Hay ladrones por todas
partes.
—Eso
es verdad, en todas partes —dijo Dave.
—Bueno,
sí —Malta chasqueó la lengua y sacudió la cabeza con un gesto de
desesperación—, pero, de verdad, el equipo de pesca de un hombre es algo
sacrosanto. ¿No es así, Pepe?
—Sí,
Lou.
—¿Y
estabais asegurados?
—Sí,
tenemos un seguro —dijo Al—. Y tú, ¿tienes seguro?
Malta
detectó la leve nota de amenaza que había en la pregunta de Al.
—Oh,
estaréis seguros en este barco, ¿no es verdad, Pepe? Tenemos todas las
comodidades. TV y VCR en todos los camarotes, aire acondicionado, incluso
tenemos un sistema de humidificación para mantener esos músculos vuestros
frescos cuando estéis en el asiento de combate. Hace mucho calor ahí afuera
cuando estás luchando contra uno grande. Incluso pongo un poco de aceite de
pachulí en el depósito para que el aire huela bien. No sé vosotros, pero el
olor de pescado no es mi perfume favorito. Y Pepe es un buen cocinero, a pesar
de lo que dije antes. Y no quiero decir sólo que sepa utilizar un microondas.
Pepe sabe qué les gusta comer a los hombres. Tenemos muchas pro-provisiones.
Sólo tenéis que decírselo si hay algo que os apetezca. Siempre que sea pescado
—Soltó de nuevo su risita—. Era broma. Tenemos muchos bistecs en el congelador,
y cerveza. ¿Queréis una cerveza?
—Una
cerveza estaría bien —dijo Dave.
—Pero,
¿en qué estaría yo pensando? Querréis ver vuestros camarotes. Naturalmente
tenéis, cada uno, vuestro propio váter y baño. Venga, echad una mirada mientras
voy a buscar las cervezas. Y mirad bien el salón. Me siento bastante orgulloso
de él. Lo he diseñado yo mismo. Está decorado con cristal hecho para mí por
Lal-Lalique.
Al y
Dave bajaron. El barco era tan lujoso como había prometido Lou Malta. Y con una
altura que superaba los dos metros en el salón y en los camarotes, tenía una
cantidad de espacio interior impresionante. A Dave no le gustó especialmente el
estilo —era demasiado rebuscado—, pero era fácil ver que no se había reparado
en gastos para dotar al barco de cualquier extra concebible.
—Eh,
Al, este barco vale mucho más de un millón. Digamos que no le falta mucho para
llegar a los tres y nos acercaremos más a la verdad —dijo Dave.
—¿Ah
sí?
Al
estaba más interesado en investigar el camarote de Lou Malta que el suyo
propio. Mientras registraba los cajones y armarios recubiertos de madera de
cedro, dijo despectivamente:
—Es
lo que pensaba.
—¿El
qué?
Al
miró al techo de espejo y luego escupió en las sábanas de seda negra que
cubrían la cama doble de Malta.
—Se
está jodiendo al chaval. Mi Petey no es mucho más joven que ese Pepe.
—¿Y
qué pasa? Aquellas dos chicas con las que estuviste en Cayo Largo no eran mucho
mayores que Pepe. Quizás tuvieran quince, máximo dieciséis años.
—Y
una mierda. Pero aunque fuera verdad, con las chicas es diferente. Primero, las
chicas maduran antes; y segundo, aquello fue sexo limpio.
—¿No
les pediste que se lo hicieran entre ellas?
—Eso
fue para beneficio mío, no suyo. Esa clase de sexo no cuenta. Eran como un par
de actrices haciendo el papel de lesbianas en una película. Y yo era el cámara.
No las convierte en tortilleras. Pero esto...
Se
inclinó y recogió una revista del suelo del camarote; Dave vio de refilón,
antes de que Al la tirara a un lado con asco, a dos hombres de edad que tenían
relaciones sexuales con dos chicos jóvenes.
—Esto
es otra cosa —Miró con rabia a Dave—. ¿Qué tienes que decir?
Dave
se encogió de hombros.
—Sigo
pensando que es mucho bote como garantía de un préstamo de un millón de
dólares.
—Sí,
bueno, eso es lo que pasa con las fianzas. ¿No te habías enterado? Estamos en
plena recesión. Todos andan apretados de dinero —Soltó una risa cruel—. Y te
apuesto a que eso es más de lo que puedes decir del culo de ese maricón.
—Será
mejor que vaya y le dé las malas noticias antes de que estemos demasiado lejos
de la costa —dijo Dave.
—Hazlo.
Cuanto antes estén esos dos maricas fuera del barco, mejor me sentiré. Hay
revistas y vídeos en el armario de ese cerdo que harían que Hannibal Lecter
tuviera pesadillas.
Lou
Malta se retorció las manos diciendo:
—¿Y
qué voy a hacer ahora?
Dave
y él estaban sentados en los dos extremos de un sofá en forma de L en el salón
del barco, ahora parado. Malta estaba bebiendo su segunda ginebra rosada,
aunque era tan grande que bien podría haber sido la tercera, incluso la cuarta.
—Recoge
algunas cosas —le dijo Dave—. Y los mil dólares que te pagamos de alquiler por
adelantado puedes quedártelos. Daremos la vuelta al barco y volveremos a
Quepos. Cuando avistemos la costa de CR tú y Pepe podéis coger el bote
hinchable y remar hasta la playa.
—Pero
este barco... es toda mi vida.
—Ya
no —dijo Dave—. Lo que ahora tienes que hacer es dar gracias porque todavía
tienes una vida que vivir. Puede que no tengas el barco, pero vas a vivir. Si
fuera por el gorila que hay arriba, te metería un anzuelo en el labio, te
levantaría en el aire para hacerte una fotografía y luego te tiraría al mar
para dar de comer a los tiburones.
Malta
temblaba visiblemente cuando vació el vaso.
—Joder
tío, ¿de verdad?
—De
verdad. Es un hombre violento. Y trabaja para un hombre violento. Tony Nudelli.
Yo he visto lo que puede hacerle a la gente.
—No
tenía ni idea de que Tony estuviera tan furioso conmigo.
—Claro
que la tenías, Lou, claro que sí.
—Bien
pensado, supongo que sí —dijo Malta—. Fue algo estúpido lo que hice, ¿no?
—Sí
que lo fue, Lou.
Malta
se levantó del sofá y un tanto vacilante fue hacia las escaleras para bajar a
los camarotes.
—Voy
a buscar la bolsa.
—Lou,
no harás ninguna otra estupidez, ¿verdad? Como salir de ese camarote con una
pistola en la mano. Eso es justamente lo que quiere el gorila. Una excusa para
mataros a ti y a Pepe. ¿Me entiendes?
—Sí,
señor.—Buen chico.
Dave
se levantó y siguió a Malta hasta las escaleras. No tenía ni idea de si Al
llevaba un arma. Que no hubiera podido embarcar una en el avión no quería decir
que no la tuviera ahora. San José tenía aspecto de ser la clase de ciudad donde
era fácil comprar una, y sin que te hicieran preguntas. Y no era probable que
alguien como Al dejara nada al azar. Tampoco sabía si Lou Malta tenía un arma.
Pero si Dave hubiera dejado plantado a alguien como Tony Nudelli, alguien que
prestaba dinero a los usureros, se aseguraría de tener un arma siempre a mano.
Y probablemente, dos o tres. Así que siguió a Malta abajo y miró por la puerta
del camarote para asegurarse. Lou estaba mirando fijamente la bolsa de deporte,
como preguntándose qué coger.
—Vamos
hombre, que no tenemos todo el día —dijo Dave.
—Ya
va, ya va. Hago todo lo que puedo por ti, cabrón desalmado.
—¿Que
haces todo lo que puedes por mí? —Dave sacudió la cabeza y bostezó. Ése era el
agradecimiento que recibía por salvarle la vida a aquel tipo.
Malta
empezó a meter cosas en la bolsa: cartera, pasaporte, joyas, una botella de
Obsesión para hombre, el walkman, el neceser, el teléfono celular.
—Me
parece que será mejor que dejes el teléfono —dijo Dave.
—Oh,
sí, se-seguro. Vale. Oye, no podría quitarle el chip y dejarlo aquí. No
funciona sin...
Impacientándose
ahora, Dave dijo:
—Lou,
¿quieres dejar esa mierda de teléfono?
Malta
se encogió de hombros y fijó la mirada en el contenido de la bolsa, casi con
incredulidad, durante un momento, y luego cerró la cremallera.
—Listo
—dijo a punto de llorar y cruzó la puerta.
Dave
soltó un gruñido porque necesitaba ir a orinar y le dijo:
—Sube
al puente y dile a Pepe que os vais. Yo subiré enseguida.
Al
salir a cubierta al cabo de un par de minutos, Dave parpadeó con fuerza debido
al deslumbrante sol del Pacífico y aspiró profundamente el fresco aire marino.
Desde abajo le llegaba un olor decadente a Obsesión y a algo más que no tenía
muchas ganas de identificar. Al estaba inclinado por encima de la barandilla
mirando hacia la parte baja de popa, desde donde se hacía la pesca de
importancia. Cuando oyó acercarse a Dave se volvió y éste vio que por segunda
vez en treinta y seis horas la camisa polo blanca del otro estaba cubierta de
sangre.
Dave
sacudió la cabeza y dijo:
—¿Qué
pasa? ¿Otra maldita hemorragia nasal?
Un
segundo después oyó el fuerte ruido de algo al caer al agua, como si alguien
hubiera saltado, y se dirigió hacia la proa. Instintivamente preguntó:
—¿Dónde
está Malta?
—Me
golpeó —dijo Al y tiró un trozo de cristal roto por la borda. Era parte del
frasco que contenía la cría de pez martillo que había comprado para Petey. El
pez muerto yacía ahora en el suelo de teca a los pies de Dave. Estaba rodeado
de un montón de gotas de sangre que parecían brillantes monedas rojas. Al se
frotaba la parte de atrás de la cabeza, donde el cabello ya clareaba, y parecía
un tanto compungido.
Dave,
frunció el ceño, sospechando que algo iba mal.
—Al,
¿dónde está el jodido maricón?
—Tiene
un problema para hablar —dijo Al señalando con el pulgar hacia popa, detrás de
él—; está muerto.
Lou
Malta yacía en un charco de sangre que se iba agrandando. Parecía algo que
acabaran de sacar de las profundidades del océano, las piernas se agitaban
espasmódicamente, como si con una buena sacudida pudieran impulsarle de vuelta
al agua revitalizadora. El frasco roto había atravesado la garganta de Malta
por la mitad con tanta fuerza que le había cortado el cuello desde la línea de
afeitado hasta la espina dorsal.
—Me
cago en... —exclamó Dave—. ¿Qué ha pasado?
—¿Qué
podía hacer? Trató de hundirme el cráneo, ese mierda de maricón.
Había
una llave inglesa tirada en la cubierta a poca distancia del pez martillo, como
confirmando la historia de Al. La bolsa de Lou estaba en la parte de dentro de
la puerta del salón, como si la hubiera dejado allí antes de salir afuera para
atacar a Al. Pero Dave desconfiaba. Era posible que el mismo Al hubiera dejado
allí la llave antes de rajar la garganta de Malta con el frasco de recuerdo.
Sin embargo, no era el tipo de arma que Dave hubiera escogido para cometer un
crimen. Si Al hubiera querido matar a Malta habría escogido algo un poco más
manejable. Algo que no hubiera pensado regalarle a su hijo.
Lou
Malta dejó de agitarse antes de que Dave pudiera llegar hasta él. Era evidente
que no había nada que hacer.
—Entonces,
¿quién ha saltado por la borda? —preguntó Dave.
—Supongo
que el chico. Pepe debe haberme visto matar a su amigo y habrá pensado que él
era el siguiente.
—Lo
cual no es una conclusión poco razonable.
Dave
subió al puente superior para ver mejor los alrededores del barco y, a unos
cincuenta metros de distancia vio una pequeña silueta que nadaba con fuerza en
dirección a tierra firme. Sentándose en el asiento del piloto, de color crema,
Dave puso en marcha los motores y asió el timón.
—¿Qué
estás haciendo? —le chilló Al.
—Voy
a buscar a Pepe. Son cinco millas hasta la costa, y hay corriente de resaca. No
lo conseguirá nunca.
Abajo,
en la cubierta de popa, Al no dijo nada. En lugar de ello, empezó a arrastrar
el cuerpo de Lou Malta para pasarlo por encima del yugo de popa sin dejar de
maldecirlo por cerdo y maricón.
Dave
acercó el barco a Pepe, redujo la velocidad y luego le lanzó un salvavidas
sujeto por una cuerda. Pero Pepe, después de lo que había presenciado a bordo
del barco, estaba demasiado aterrado para cogerlo.
—Venga,
Pepe —le dijo Dave gritando—. Coge la cuerda. Nadie va a matarte, muchacho, te
lo prometo.
Dejándose
flotar durante un momento, Pepe sacudió la cabeza.
—Ni
lo sueñes, tío —dijo, y empezó a nadar de nuevo para alejarse del barco.
Dave
volvió al asiento del piloto, les dio un poco de gas a los motores y luego
redujo la velocidad como antes. Salió de nuevo y habló con Pepe en español,
diciéndole amablemente que el otro tipo no había querido matar a Lou, que había
sido un accidente; y que además había sido Lou quien había atacado al otro
primero. Le concedía a Al el beneficio de la duda. Pasaron diez minutos de esta
guisa y Pepe seguía estando demasiado asustado para coger la cuerda.
—Tírale
el bote hinchable y salgamos cagando leches de aquí —apremió Al.
Los
ojos de Dave detectaron algo más que emergía brevemente en el agua cerca de
Pepe. Parecía un inofensivo tarpón, pensó, de entre 35 y 45 kilos de peso; era
un buen tamaño. Un bonito color plateado, con una gran aleta dorsal. Para
cuando comprendió lo que era, ya habían llegado más, todos atraídos por la
sangre del cuerpo de Malta.
El
corazón dejó de latirle y gritó con fuerza a Pepe:
—¡Cuidado!
¡Pepe, sal del agua! ¡Por todos los santos, coge la jodida cuerda!
Al
parecer sin darse cuenta de la presencia de los tiburones, Pepe sacudió la
cabeza como si el furioso arrebato de Dave sólo hubiera servido para
confirmarle lo que ya sospechaba. Cuando se dio cuenta del motivo de los gritos
de Dave, ya era demasiado tarde.
Como
si intuyeran que Malta podía esperar, los tiburones concentraron su ataque en
el chico que nadaba. Dave observó impotente y horrorizado cómo los tiburones
atacaban a Pepe como una banda de matones en el patio de la escuela; primero
uno, luego otro y luego todos a la vez, con un audible chasquido de las fauces
que Dave sentía en todas las fibras sensibles de su cuerpo. Pepe chilló, palmeó
el agua frente a él y, tragando aire y agua, desapareció por un momento bajo la
confusión de la espuma y del agua que iba enrojeciéndose. Fue entonces cuando
Dave vio qué especie de tiburones eran: martillos, una versión más mortífera de
la cría que aún seguía en la cubierta. Dave sintió un escalofrío ante la
ferocidad de lo que parecía una venganza. Pepe volvió a aparecer sólo una vez
más, agua y sangre brotándole de la boca, chillando todavía, y ya sin una mano.
Seguía sacudiendo la cabeza, como si no pudiera creer lo que le estaba pasando
y Dave casi se alegró cuando por fin el muchacho desapareció bajo la superficie
de las aguas.
Al
vociferó:
—¿Has
visto eso? ¿Has visto eso?
Se
reía, cruelmente, como si disfrutara del horror de lo que presenciaba y no
sintiera más pena por el salvaje final de Pepe que si éste hubiera formado
parte del largo reparto de víctimas de una película de serie B.
—Es
la jodida Tiburón en vivo, tío. La puta, nunca pensé que vería algo así. Ha
sido escalofriante de verdad —sacudió la cabeza—. Sabía que tenía razón. Lo
sabía. No te metas nunca en esa jodida agua.
Y
luego, como alguien que acaba de presenciar el nacimiento de un niño en vez de
su muerte, Al encendió un gran Macanudo.
Dave
observó la espumeante ebullición de tiburones, agua y sangre joven hasta que
tuvo la certeza de que Pepe no volvería a salir a la superficie y luego cortó
la cuerda del salvavidas, que había sido blanca como la nieve y ahora era de un
rojo brillante. Lentamente, descendió del puente, sintiendo ganas de vomitar.
Al ver la cría de tiburón martillo, pisó con rabia la cabeza en forma de T y
luego la lanzó, furioso, al mar.
Al
estaba en la cubierta inferior, en el espacio donde había estado el cuerpo de
Lou Malta, el cigarro entre los dientes proyectándose por encima de las aguas
infestadas de tiburones como si fuera el tubo de cañón de un buque de guerra.
Bajando de un salto los peldaños hasta el puente, Dave arrancó el enorme
cigarro de la boca de Al y lo tiró al mar, igual que había hecho con la cría de
tiburón.
—¿Qué
coño...?
—Tú,
asno estúpido —dijo Dave con un rugido—, ¿no sabes nada? Tirar el cuerpo de
Malta al agua como hiciste fue igual que enviar a los tiburones un mensaje por
correo electrónico. Joder, habrán pensado que era el día de Acción de Gracias.
Al
miró alrededor, evasivo.
—Vale,
lo siento —respondió chillando también—. No se me había ocurrido.
—Y
ahora que estamos en ello, ¿tuviste que matar a Malta? ¿Qué ha pasado con el
trato que hicimos?
—Me
atacó con la llave, agarré el frasco, lo partí contra el borde del barco y le
di con él. No quería matarlo; sólo marcarlo un poco.
—¿Marcarlo?
Casi le cortas la jodida cabeza.
—Sí,
bueno, en realidad no me arrepiento de haberlo matado. Maldito pedófilo. Mi
hijo Petey no es mucho más joven que ese Pepe.
—Sí,
pero gracias a ti, Pepe también está muerto. Gracias a ti, a Pepe lo han
devorado los jodidos tiburones. Gracias a ti este barco y Lou Malta fueron
probablemente lo mejor que tuvo Pepe en toda su vida. Piensa en ello cuando te
fumes tu próximo cigarro de lujo.
Con
lento desafío, Al sacó otro Macanudo del bolsillo de sus pantalones manchados
de sangre, lo lamió todo a lo largo como si fuera su propio dedo y luego lo
encendió. Echó el humo a la cara de Dave y dijo:
—Ya
estoy pensando. ¿Y ahora qué mierda pasa?
Dave
lo miró a los ojos, odiándolo, y viendo que el odio le era devuelto a
paletadas. Sacudió la cabeza y se apartó, asqueado ante la exhibición de sangre
fría de Al.
—Larguémonos
de aquí. Tenemos aún mucho camino que hacer —dijo.
El
puente del Juarista estaba totalmente informatizado y a Dave le llevó menos de
una hora familiarizarse con el trazador de gráficos electrónico, el sistema de
radar y el piloto automático. Pero cuando hubo tecleado el rumbo a Panamá y al
Canal, le quedó muy poco que hacer excepto mirar de vez en cuando a las
pantallas del monitor. Con un depósito de combustible que contenía cerca de
quince mil litros, un aparato que fabricaba más de dos mil litros diarios de
agua dulce y un congelador lleno de comida, eran totalmente autosuficientes
para su viaje de vuelta a Miami.
El
crucero hasta la ciudad de Panamá y la entrada al canal duraba veinticuatro
horas y, ansioso por alejarse de la escena del asesinato de Lou Malta, Dave
decidió evitar cualquier puerto de escala y navegar toda la noche. Contento de
mantenerse lejos de los hábitos asesinos de Al, permaneció en el puente,
arañando, de vez en cuando, una o dos horas de sueño en el sofá. Al, por su
parte, permaneció en su camarote, bebiendo cerveza, viendo películas en vídeo y
consumiendo varias comidas preparadas en el micro-ondas antes de quedarse
dormido hacia medianoche y dormir hasta bien pasada la hora del almuerzo al día
siguiente, cuando llegaron a la costa de Panamá. El viaje a través del Canal
llevó día y medio y Dave decidió que probablemente habían sido las treinta y
seis horas más interesantes que había vivido en cinco años. Tres conjuntos de
esclusas —Gatún, Pedro Miguel y Miraflores— levantaban los barcos que llegaban
desde el Pacífico por una especie de escalinata líquida hasta dejarlos en el
Caribe. No había bombas; la gravedad se encargaba de la transferencia del agua
necesaria.
Convocado
por las llamadas de Dave para que fuera a ver una de las modernas maravillas
del mundo, Al salió finalmente de su camarote, apestando a sudor y cerveza y
vestido con una camisa de Dolphins y unos tejanos recortados. Cabeceó,
asintiendo sin mucho entusiasmo mientras Dave le explicaba la proeza de
ingeniería que era el Canal y se mostró muy poco impresionado por la estrecha
proximidad de buques de mucho mayor tamaño.
—Bueno,
¿y ellos que ganan? —preguntó Al.
—¿Quiénes?
—Los
jodidos panameños, esos digo.
—El
Canal está controlado por una especie de organismo internacional.
—¿Sí?
¿Y qué les toca a ellos?
—Cargan
una cuota por cruzar el canal, claro.
—¿Quieres
decir algo así como la autopista de peaje de Florida?
Dave
sonrió lentamente y respondió:
—Algo
así, sólo que cuesta un poco más de veinticinco centavos.
—¿Cuánto?
—La
cuota se basa en el tonelaje del barco.
—¿Cuánto?
—Mira,
una vez cargaron a un tipo que trataba de atravesar a nado el Canal treinta y
seis centavos. Y eso fue en 1928. Así que calcula cuánto pueden pedir ahora por
un barco como éste.
—¿Qué
es esto, Family Challenge o qué? ¿Cómo coño quieres que lo sepa? ¿Cinco, diez
dólares? ¿Cuánto?
Dave
disfrutaba, pues sabía perfectamente cuál iba a ser la reacción de Al.
Finalmente dijo:
—Hemos
pagado mil dólares —Sonrió cuando la mandíbula de Al llegó hasta el suelo.
—No
me jodas. No hemos pagado eso.
—Lo
juro.
—¿Mil
verdes? Te estás quedando conmigo.
Dave
le dio el recibo.
—La
cuota media para un gran buque de carga es de unos 30.000 dólares.
—No
me jodas. ¿Y la pagan?
—No
tienen más remedio que pagarla. A menos que quieran dar toda la vuelta por el
cabo de Hornos.
—Mierda,
tío, eso es lo que yo llamo un timo.
Al
miró, incómodo, al petrolero que estaba amarrado a su lado en la Pedro Miguel.
—La
alcantarilla más jodidamente cara en la que he estado nunca —dijo, y sin decir
ni una palabra más, volvió a su camarote para ver el Canal Ocho de televisión,
del Ejército de Estados Unidos.
Dave
sospechaba que la reacción de Al se basaba principalmente en el miedo. Estar en
el fondo de una esclusa de más de doce metros de alto mientras se iba llenando
con millones de litros de agua, era claustrofóbico. Había fijado rumbo
nornoroeste hacia Cancún, en la península mexicana de Yucatán, a una distancia
de unas 900 millas. Desde allí pensaba navegar en dirección nornoreste por la
costa septentrional de Cuba. Era una ruta que esperaba que les mantendría cerca
de tierra, por si se tropezaban con algo peor que el mar algo agitado que,
según la previsión del tiempo de la radio, les esperaba. El barco estaba
equipado con estabilizadores Gyrogale Quadrafin pero, para ir más rápido y
también porque quería castigar a Al por lo que le había pasado a Pepe, Dave
había decidido no usarlos. Él era un excelente marino. Al, como ya había
deducido, no lo era, y para cuando dejaron atrás la costa de Honduras, Al
estaba más verde que un billete de dólar mojado.
Observando
cómo vomitaba por encima de la borda por tercera vez en dieciocho horas, Dave
sonrió, sádico.
—Parece
que has devuelto por casi toda la América Central. Eres un turista de puta
madre, eso tengo que reconocértelo, Al. Algo así como un tigre, que marca su
territorio con orín; sólo que, por lo que parece, tú prefieres usar vómito
—Miró hacia atrás, a unas gaviotas que se estaban dando un festín con lo que Al
acababa de devolver—. De todos modos, a las gaviotas parece que les gustas. Por
lo menos les gusta lo que comiste para desayunar.
—Otra
vez ese gracioso pico tuyo —Al se dejó caer en el sofá del puente y cerró los
ojos, descompuesto.
—¿Gracioso?
—Dave se relamió con sorna—. ¿Quieres decir porque no está cubierto de restos
de vómito? Sí, podríamos decir que, bien mirado, no está mal.
Miró
una de las pantallas que tenía frente a él mientras el piloto automático hacía
una pequeña corrección en el rumbo y archivaba simultáneamente la información
en el diario de navegación a estima del ordenador. Luego, con un profundo y
eufórico suspiro, Dave se puso de pie, se estiró y dijo:
—Eh,
Al. ¿El aire de mar no te despierta el apetito? Me parece que iré abajo y me
prepararé un buen almuerzo. En este momento podría dar cuenta de un enorme
plato de ostras.
Al
tragó con fuerza y dijo:
—Te
voy a matar como no cierres tu jodido pico.
—No
tienes hambre, ¿eh?
—¿Cuánto
falta —dijo Al con un gruñido— para llegar a Florida?
Dave
comprobó la parte inferior de la pantalla, donde los datos en tiempo real de
posición, rumbo, derrota y hora de llegada prevista se actualizaban segundo a
segundo.
—Bueno,
según nuestro Hal particular, tardaremos otras cuarenta horas en volver a ver
la histórica ciudad de Miami. Eso si no tropezamos con un tiempo realmente
malo; lo cual podría retrasarnos algo más. Pero, por lo que veo, no creo que
vaya a ser muy diferente del que tenemos ahora. Parece que tú y tus asuntos
internos tendréis que acostumbraros a esta clase de mar.
—Y
tú, hijo de la gran puta, será mejor que te vayas acostumbrando a tenerme
cerca. Puede que no te lo haya dicho todavía, pero soy tu carabina para tu
próxima aventura atlántica —dijo Al sonriendo torcidamente.
Dave
se rió, burlón.
—¿Tú?
He visto camellos envenenados que hubieran sido mejores marineros que tú.
Al
sacudió la cabeza como si estuviera demasiado enfermo para pensar en un insulto
adecuado para echarle a la morena y saludable cara del hombre más joven.
Exasperado dijo:
—Y
además, ¿para qué coño quieres todo ese dinero?
—Esa
es una pregunta extraña viniendo de ti. Es como si una puta acusara a otra de
promiscuidad.
Al
se levantó de golpe y con una mano apretada sobre la boca, que se le abría como
un globo, salió a cubierta y se dobló por encima de la borda. Durante los
minutos que estuvo fuera, David se entregó a algunos pensamientos filosóficos.
Pensó en el golpe y pensó en el dinero, pero sobre todo pensó en dónde estaba:
en alta mar, sin nada frente a él salvo la proa del barco, un barco que,
además, no estaba nada mal. Había valido la pena hacer el viaje hasta Costa
Rica para recogerlo y llevarlo a casa. Quizás no valía las vidas de dos
personas, pero él no hubiera podido prever nada de lo que había sucedido.
Estaba disfrutando del viaje, un disfrute que tenía un sabor mucho más dulce
por lo mucho que Al lo estaba odiando.
Al
cruzó tambaleante el umbral del puente, secándose la boca con la manga de su
camiseta de fútbol. Se sentó ante la mesa de gráficos y bebió un sorbo de
whisky para tratar de aquietar su estómago.
—He
estado pensando en tu pregunta, Al —dijo Dave.
—¿Qué
jodida pregunta?
—Por
qué quiero todo ese dinero.
—Tenías
razón. Era una pregunta jodidamente estúpida.
—¿Lees
libros alguna vez, Al?
—¿Libros?
Al
se acabó el whisky de su vaso y se sirvió otro. Pensaba que si estaba borracho
quizás no se daría cuenta de que estaba mareado.
—Sólo
he leído tres libros en toda mi vida. Por lo menos, que yo me acuerde. Uno era
de Hoyle, sobre el juego. El segundo era el Manual del Propietario de un
Jaguar. Tenía un Jaguar, un XJR sobrealimentado. Un coche la leche de
estupendo. Y el tercer libro que he leído era sobre los césares romanos. En
general, si me interesa un libro, espero a que hagan la película.
—Tendrías
que leer más, Al. La mayor parte de los viajes que he hecho en los últimos
cinco años han sido en las páginas de un libro. Así que, respondiendo a tu
pregunta de antes, quiero comprarme un yate y ver algunos de esos lugares por
mí mismo, ¿sabes?
—Madonna
quiere ir a Europa. Pero a mí me gusta Las Vegas.
—Uno
de los libros que he leído es Los siete pilares de la sabiduría, de Lawrence de
Arabia.
—Buena
película.
—Trata
de cómo se enamoró del espacio vacío del desierto. Eso es lo que yo quiero
hacer. Enamorarme de algunos espacios vacíos.
—Te
podría presentar a una prima mía. Es el mejor espacio vacío que he visto nunca.
Las luces están encendidas, pero no hay nadie en casa. Sólo que la casa está
construida como un palacio del copón.
—El
desierto, o quizás el páramo. El interior despoblado de Australia. El Yukón. Y,
claro, el mar. Al mar, lo adoro.
Al
sacudió la cabeza, haciendo una mueca.
—Yo
odio el jodido mar.
—La
clase de yate que quiero comprar no se parece en nada a éste. Quiero un barco
de verdad, con velas. No tiene que ser demasiado grande porque, si no,
necesitaría mucha tripulación. Dos personas, incluyéndome a mí, estaría bien.
Tengo aquí una foto de la clase de barco que me voy a comprar, ¿quieres verlo?
Dave
sacó un trozo de papel del bolsillo, desplegó una foto que había arrancado de
un viejo ejemplar de Showboats International y se la enseñó a Al.
—Mira
—dijo—, eso es lo que yo llamo un barco. Un queche de veintidós metros, roda
tipo clíper, popa en forma de copa de vino, diseño de Scheel. Un barco así
cuesta mucho más de doscientos de los grandes. Es un barco perfecto para ver
mundo.
Al
miró la foto y luego se la devolvió a Dave.
—Todas
esas velas... parece un trabajo muy duro.
—Ésa
es la cuestión, Al. Eres tú y el mar.
—El
mar es una zorra. Y una zorra que te la tiene jurada. La clase de zorra que,
incluso cuando vives con ella, sabes que te va a joder y que vas a vivir para
lamentarlo. Tienes que seguir adelante y convencerte de que quizás no resultará
así, pero sí que resulta así. Si acaso, se porta todavía peor de lo que nunca
hubieras imaginado. Es fría, es dura, es cruel y no le importa una puta mierda
lo que te pase. Una auténtica revientahuevos. Eso es el jodido mar, tío.
Dave
miró a Al con admiración. Y sonriendo dijo:
—¿Sabes
una cosa, Al? Tú también eres todo un romántico.
11
Kent
Bowen aparcó su Jimmy y se encaminó por una larga pendiente hacia la entrada
del hotel. El Hyatt Regency ocupaba un lugar privilegiado en Fort Lauderdale,
al lado oeste del puente sobre el canal de la calle Diecisiete. Desde el bar
giratorio Pier Top se podía ver a kilómetros alrededor y Bowen tenía una buena
razón para recordar ese sitio con un especial afecto. Fue en el Pier Top, el
último día de San Valentín, mientras bebían unos Margaritas deliciosos, donde
le había pedido a Zola que se casara con él. Cuando ella le aceptó, se
trasladaron a un motel de la playa en la avenida Bayside y habían cogido una
habitación por una noche para consumar su amor. Escocés de ascendencia y, por
ello, según su propia valoración, un hombre práctico y ahorrativo, Bowen nunca
había sido de los que tiran el dinero. Pero aquella noche ocupaba la categoría
de una de las mejores de su vida.
Fue
hasta la puerta del hotel y se dirigió al ascensor, deteniéndose sólo para
comprar un ejemplar de Luxury Florida Homes en la tienda de regalos. No había
nada como ver la forma en que vivía la otra mitad de la gente en las
propiedades privilegiadas de Florida para animar los sueños que acariciaba
cuando compraba su billete semanal de lotería. No es que él fuera a tirar el
dinero si llegaba a ganar. A Bowen le gustaba pensar que usaría su todavía no
conseguida fortuna con discreción. Disfrutaría con el anonimato. Vestido de la
cabeza los pies en Tilley Endurables, se sentía tan anónimo como lo requería la
actual situación, mezclándose sin llamar la atención con los huéspedes del
hotel.
Bowen
subió en el ascensor hasta el piso de debajo del Pier Top, y se dirigió hasta
la suite del lado este donde estaba situado el puesto de vigilancia. De pie
frente a la puerta, miró a un lado y a otro antes de llamar con los nudillos.
Pasaron unos segundos y la puerta se abrió con la cadena del seguro puesta.
Kate
Furey estuvo a punto de soltar una carcajada. El culpable fue sobre todo el
sombrero.
—Hola,
soy yo —dijo, como si hubiera ido disfrazado de Santa Claus.
—Ya
—dijo ella, y le abrió la puerta.
Bowen
cruzó el umbral y echó una ojeada a la suite antes de que ella lo acompañara al
dormitorio.
—Hola
a todos.
Al
lado de la ventana, detrás de un arsenal de objetivos de alta potencia,
montados sobre trípodes, dos hombres de aspecto aburrido respondieron con un
gruñido. Un tercero, que llevaba auriculares y controlaba todo un despliegue de
aparatos de sonido para captar conversaciones a distancia, permaneció en
silencio, sin darse cuenta de que había entrado alguien en la sala. Kate no
presentó a ninguno de ellos. Sabía que a Bowen no le interesaban las
presentaciones. Lo más probable era que hubiera venido desde Miami en busca de
un almuerzo gratis.
—Bonita
habitación —comentó él—. Bonita de verdad.
Kate
se encogió de hombros como si a ella no le gustara mucho y dijo:
—Bueno,
en realidad se supone que es una suite.
—¿Una
suite? Joder, Kate, ¿cuánto cuesta?
—Lo
mismo que una habitación. Conseguí una tarifa especial.
—¿Cómo
lo hiciste?
—Mi,
espero que a no tardar mucho, ex marido actuó como abogado del hotel en un
pleito por daños personales. Creo recordar que fue un imbécil corto de
entendederas que se hizo daño en el bar giratorio que hay arriba. Un sitio
hortera de verdad, pero con una magnífica vista. Supongo que por eso van allí
los cabezahuecas —Kate se rió con un desprecio manifiesto—. Les da algo de que
hablar mientras piensan que son muy románticos. Tiene que echarle una ojeada
antes de irse.
—Gracias,
ya he estado —respondió Bowen fríamente.
Kate
soltó una risita.
—Supongo
que creen que es muy soigné, pero a mí me pareció que era como estar dentro de
un reloj deportivo muy barato.
—No
tan barato, diría yo —dijo Bowen erizándose.
—Tiene
toda la razón —dijo uno de los hombres de las cámaras—. Anoche pagué diez
verdes por la peor mierda de Margarita que haya probado nunca.
Kate
miró a Bowen.
—No
hay mucho que ver desde aquí cuando oscurece —dijo a modo de excusa.
—Supongo
que no.
—Podría
enseñarle algunas fotos, pero ahora mismo puede ver la actividad en directo
—añadió Kate.
Bowen
batió palmas con decisión.
—Entonces
echemos un vistazo y miremos qué veo-veo, ¿vale?
Las
enormes lentes estaban enfocadas sobre el lado opuesto del río Strahanan y el
Club de Yates Portside, donde estaban amarrados algunos de los yates más
grandes y caros de Fort Lauderdale. El fotógrafo que pensaba que sabía
reconocer un buen Margarita cuando lo probaba, mostró a Bowen una cámara tras
otra como si fuera un vendedor en una tienda de Sharper Image.
—Ésta,
la de quinientas milésimas, da una vista bastante buena de todo el barco y de
lo que sucede en los amarres.
Bowen
se quitó su sombrero de Tilley y acercó el ojo al visor. Con sus treinta y tres
metros de eslora, el Britannia no era ni de lejos la embarcación más grande del
puerto. Y se veía empequeñecido por el gigante de tres pisos y cincuenta metros
que tenía amarrado al lado. Pero con su gran puente y sus elegantes líneas era
un barco bastante bonito. Y podía uno pasarlo bien, además, a juzgar por la
pequeña motora, las motos de agua, los esquís y el hobiecat que había a bordo.
Por no hablar de la mujer desnuda que ocupaba el jacuzzi que había en cubierta.
Bowen
sonrió y dijo:
—Ya
me gustaría tener un poco de todo eso. ¿Quién es la señorita de las burbujas?
Kate
suspiró, cansada, y dijo:
—Por
lo que sabemos, su nombre es Gay Gilmore.
—La
hermana de Gary, ¿eh? —dijo Bowen con una risita. La chica del jacuzzi se frotó
los pechos con algunas burbujas—. Eh, nena hagámoslo.
—En
realidad, es de Nueva Zelanda. Hasta hace unas pocas semanas estaba trabajando
ilegalmente como bailarina en un local de Collins. En este momento parece ser
la principal captura del capitán del Britannia.
El
hombre del Margarita dijo:
—A
él puedes verlo por este 800. Se llama Nicky Vallbona. Es ese cabrón feo que
está en la cubierta de popa.
A
desgana, Bowen cambió de cámara y se encontró mirando a un hombre moreno con un
bigote fino como un pincel.
—Tienes
razón, es feo el cabrón.
—En
lo que nos toca a nosotros, está limpio —dijo Kate.
—¿Qué
hace una muñeca como ella con un sapo como ése? — dijo Bowen meditabundo.
El
segundo cámara se estiró en su silla para apagar el cigarrillo. Soltó un
gruñido y dijo:
—El
barco, sin ninguna duda. A la niña parece gustarle tanto como le gusta él. Va y
viene a su antojo. Siempre en ese jacuzzi. Me parece que es muy popular entre
los mirones del telescopio de allá arriba. Se está convirtiendo en toda una
atracción turística.
Bowen
volvió a la primera cámara para echar otra ojeada a Gay Gilmore.
—Por
mí, yo prefiero el barco que está al lado del Britannia — dijo el hombre del
Margarita—. Es de Sean Connery.
—¿007
tiene un barco aquí, en Lauderdale? —La voz de Bowen traicionó su entusiasmo—.
¿Tenéis alguna foto de él?
Los
dos cámaras intercambiaron una mirada culpable y luego sacudieron la cabeza
simultáneamente.
—No
—mintió uno.
—Pero
sí que tenéis razón; es un bonito barco —dijo Bowen—. Sean Connery, ¿eh? A
decir verdad, mis antepasados eran escoceses; de Edimburgo, igual que él.
—Seguro
que hay muchas otras similitudes —dijo Kate.
Pero
Bowen estaba demasiado interesado en el barco de Connery y en la chica del
Britannia como para darse cuenta del sarcasmo de Kate.
—He
comprobado su teoría, señor —dijo Kate—. Con Palmer Johnson Yachts, aquí en
Fort Lauderdale. Es uno de los principales fabricantes de cascos de barco de
Florida. El tipo con el que hablé, Luis Madrid, me dijo que era posible hacer
un casco de cocaína comprimida que tuviera el aspecto de uno auténtico una vez
recubierto con una capa de poliuretano. Pero que no daría los mismos
resultados.
Bowen
había vuelto al objetivo de 800 para echar una mirada más de cerca al cuerpo
desnudo de Gay Gilmore. Ahora Gay se estaba tocando por todas partes, casi como
si supiera que había gente mirándola. Se le ocurrió la idea de que quizá
estuviera actuando como distracción para que la gente no dejara de mirar lo que
pasaba en el jacuzzi en lugar de observar otras cosas. Pero, después de borrar
todo el bote con la cámara, no parecía haber mucho más que ver. Sólo Vallbona
hablando por el teléfono celular.
—Me
gustaría saber con quién habla Nicky por su Nokia — murmuró.
—En
este momento con su corredor de apuestas —respondió Kate.
Bowen
levantó un momento los ojos, sorprendido.
—¿De
verdad puedes saberlo desde aquí?
—Claro.
Tenemos un Sistema Cellmate —dijo Kate—. Hemos interceptado una llamada que
creo que encontrará especialmente interesante.
Fue
hasta el hombre con los auriculares y le dio un golpecito en el hombro. El
hombre, barbudo y con aspecto ajado, como si necesitara aire y sol, se quitó
los auriculares de unas orejas adecuadamente grandes.
—Colin;
éste es Kent Bowen, el responsable de esta operación. ¿Podrías pasarle la cinta
SYT que tenemos?
—Claro,
Kate.
Colin
se acercó su portátil, seleccionó un menú y escogió un archivo de entre la
lista de grabaciones que había hecho. El Cellmate estaba conectado con el
ordenador, mediante un cable SCSI, y con una grabadora digital, por medio de
una interfaz paralela. El Cellmate en sí parecía un teléfono celular más grande
y con algunos controles adicionales.
—Ahora
saldrá el archivo SYT —dijo Colin y tocó la tecla de retorno de su ordenador.
—La
primera voz que oiga —explicó Kate—, el tipo con acento español, es el
consignatario, Juan Sedeno. La segunda es Nicky Vallbona.
Bowen
asintió y acercando una silla se puso a escuchar:
—Stranaham
Yacht Transport.
—Querría
hacer una reserva para mi barco a bordo de su buque para el viaje de marzo a
Palma de Mallorca. Desde Port Everglades.
—Muy
bien, señor. Dígame su nombre, el nombre del barco y el nombre del propietario.
—Me
llamo Nicky Vallbona y soy el capitán del Britannia. Es propiedad de Azimuth
Marine Associates, de las Islas Vírgenes británicas.
—Islas
Vírgenes... ¿Puede decirme qué dimensiones tiene el barco, por favor?
—Eslora,
treinta y cuatro metros; manga, 7,3; y calado, 1,8.
—Uno
coma ocho... ¿Eleva púlpito a proa?
—No.
—¿
Trampolín ?
—Sí,
tiene un metro de largo.
—Un
metro. ¿Botes de servicio?
—A
bordo.
—Hummm.
Marzo, dice...
—Sí.
—Sí,
podemos complacerlo, capitán Vallbona. El coste será de unos 93.500 dólares
americanos. Esa cifra incluye la estiba en ambos lados del Atlántico,
asistencia de buceadores, todos los amarres y anclajes, calzos de quilla y
soportes de espinazo, pasaje para dos tripulantes y todos los seguros.
—Está
bien.
—¿Tiene
nuestro formulario de reserva, capitán?
—Sí.
—¿Podría
cumplimentarlo y remitírnoslo por fax lo antes posible?
—No
hay problema; lo haré ahora mismo.
—Gracias
por llamar. Adiós, capitán.
—Adiós.
La
conversación terminó y la cinta se desconectó automáticamente.
—¿Quiere
volver a oírla? —preguntó Colin.
—Diablos,
no. Está más claro que el agua, ¿verdad? Es evidente que el barco no está en
condiciones de navegar por sí mismo porque el casco probablemente está hecho de
pura cocaína. Así que van a hacer lo que yo siempre sospeché. Conseguir que
alguien lo lleve a través del Atlántico. Además, bien pensado, es una cobertura
perfecta. El barco de Rocky Envigado codeándose con lo que pasa por ser la alta
sociedad por aquí.
Al
escuchar a Bowen apropiándose de su teoría, o por lo menos de la mitad de ella,
Kate sintió que se le endurecían los músculos de la mandíbula. Le hubiera
gustado recordárselo, decirle que era un mentiroso de mierda y que le daba
asco. Sólo que él seguía hablando y hablando, como uno de esos políticos
caraculo que salen por la tele. En un mundo perfecto habría cogido el mando a
distancia y apretado el botón para quitar la voz. O quizás le habría metido el
mando por su estúpida bocaza y se lo habría incrustado bien en la garganta a
taconazos. Pero lo único que hizo fue volverle la espalda en un esfuerzo por
esconder la rabia que la poseía.
—Lo
único que queda por decidir es qué hacemos al respecto —continuaba Bowen—: si
decidimos trasladar la cuestión a la policía española o montar algún tipo de
operación secreta nosotros mismos —Se detuvo un momento y miró alrededor—. ¿Qué
opinas Kate?
Kate
carraspeó y trató de salir del pozo de resentimiento en el que se encontraba.
Pero cuando contestó, la respuesta le salió amarga y sarcástica.
—¿Yo?
¿Que qué pienso yo? —Una risa hueca se le escapó de la boca—. ¿Qué? ¿Se lo
digo, para que luego me lo pueda decir a mí? ¿Es ésa la clase de «qué opinas» a
la que se refiere, señor?
Bowen
frunció el ceño y preguntó:
—¿Te
preocupa algo, Kate?
Incluso
cuando se mostraba ofensiva, él no se enteraba de que iba con él. Kate sacudió
la cabeza, compadeciéndolo, como habría compadecido a un perro al que han
dejado dentro de un coche en un día de calor.
Sólo
que Bowen también se las arregló para malinterpretar ese gesto.
—Bien
—dijo—, porque, ¿sabes?, marzo está a la vuelta de la esquina. Y no hay tiempo
que perder.
A
Kate le habría gustado saber exactamente cómo había llegado Kent Bowen al
puesto que ocupaba y si habría alguna política de discriminación positiva
dentro del FBI a favor de los ayudantes de sheriff de Kansas estúpidos. Con voz
controlada dijo:
—Tengo
algunas ideas.
—Bien,
pues me gustaría oírlas.
Lo
llevó a la habitación del otro lado de la sala, le señaló con un gesto un gran
sofá en forma de herradura, y se dirigió al minibar.
—¿Quiere
algo de beber?
—Sólo
una Diet Cola.
Kate
volvió con dos Coca Colas normales con hielo y las puso sobre una mesa hecha
con una encimera redonda de cristal colocada sobre un capitel corintio. No era
sólo el Pier Top lo que resultaba cursi; también lo era el mobiliario. Pero, en
Florida, pasaba lo mismo en todas partes; sólo había que mirar el ejemplar de
Luxury Florida Homes que llevaba Kent para darse cuenta de ello.
—¿Le
importa si fumo? —dijo, y cogiendo un paquete de Doral encendió un cigarrillo
sin esperar respuesta.
—No,
no, adelante —dijo Bowen y reaccionó con un gesto de disgusto a la primera
inhalación de Kate.
Todavía
con el cigarrillo en la mano, Kate se apartó el oscuro pelo de la cara y puso
en orden sus pensamientos.
—Veamos,
ésta es mi idea.
Bowen
asintió y dijo:
—Lo
ha dejado claro, agente Furey.
—¿De
verdad?
—Se
me fue de la cabeza que habías sido tú quien predijo que Rocky utilizaría el
transbordador de yates. Perdona.
Kate
se encogió de hombros; quizás fuera mejor de lo que pensaba después de todo.
—Olvídelo
—dijo—, no tiene importancia. Lo que importa es que agarremos a los criminales.
Aquí y en Europa, ¿de acuerdo?
Bowen
no parecía convencido.
—No
puedo decir que me importe una mierda lo que pase en Europa. Pero, por favor,
no se lo cuentes a esos oficiales de enlace amigos tuyos. No sería bueno para
las relaciones diplomáticas.
—Ni
se me ocurriría contarle a ninguno de ellos nada que no se suponga que deba
contarle —dijo, consciente de lo seca que sonaba, pero preguntándose si Bowen
seguía teniendo dudas sobre su relación con el holandés. Dio otra chupada
envenenada a su Doral y continuó—. Sin embargo, el Director Adjunto ha hecho
constar hace poco que cree que ayudar a los europeos a ganar su guerra contra
las drogas puede ser un medio para ayudarnos a nosotros mismos a ganar la
nuestra.
Esto
era nuevo para Bowen.
—¿Eso
dijo, eh?
—Estaba
en el folleto del Foreign Intelligence Coverage, del FBI del mes pasado.
Bowen
sonrió, desdeñoso.
—Ah,
eso.
—Y
como respuesta llegó un memorándum del SAC de Miami. Presley Willard escribió
al Director hace sólo un par de semanas para garantizarle que General
Investigations de Miami haría todo lo posible para apoyar esa iniciativa.
Bowen,
que no sabía nada de ese memorando, cerró los ojos un momento y dijo:
—Ya
me acuerdo.
Bebió
un sorbo de su Coca Cola y empezó a mascar un trozo de hielo como si fuera un
cacahuete garrapiñado. Ahora le tocó a Kate apretar los dientes con disgusto.
—Comprendo
tu punto de vista, Kate.
—Bien,
desde mi punto de vista, es necesario que tengamos los narcóticos vigilados
durante todo el viaje. No es suficiente limitarnos a decir adiós al transporte
de yates cuando salga de Port Everglades. No debemos perder de vista ese barco
bajo ningún concepto —dijo Kate señalando hacia fuera—. Y eso significa que
tenemos que cargar un barco nuestro en el mismo transporte. Tripulado por dos
agentes del FBI, en contacto por radio con un submarino de la armada de Estados
Unidos y, cuando crucemos el Atlántico, con las armadas británica y francesa
además. Mientras estemos a bordo tendremos la oportunidad de echar una mirada
más de cerca al barco de Rocky, algo que, hasta ahora, no hemos podido hacer. Y
además, podremos vigilar por si acaso intentan descargar la droga mientras
están en el mar. Quizás pasarla a otro barco del mismo transporte para que
perdamos el rastro.
Bowen,
que no había pensado en eso, se tragó los fragmentos de hielo e hizo una mueca.
—Esta
idea tuya... suena cara. Para empezar, ¿dónde vas a conseguir un barco
adecuado? Y para continuar, ¿quién va a pagar los gastos del transporte? Ya
sabes cuánto cuesta. Noventa mil dólares. No creo que el SAC vaya a autorizar
un desembolso de ese nivel.
Kate
sonrió y dijo:
—De
hecho, he encontrado un barco. O mejor dicho, Sam Brockman ha encontrado uno
por mí. Parece que los guardacostas abordaron un barco abandonado frente a Key
West el otro día y estaba lleno de droga. Dentro de poco será subastado por el
gobierno, claro, pero en estos momentos está amarrado en Miami y disponible
para una operación secreta. Los guardacostas estaban planeando algo ellos
mismos, sólo que les falló y ahora nos lo ofrecen a nosotros. Es ideal para
nuestros propósitos, señor. Veinticinco metros de eslora, velocidad de crucero
de veintidós nudos, y lo último en instalaciones. Hablo de un yate lujoso de
verdad. En cuanto al dinero, bueno, tengo una idea de dónde podemos sacarlo.
—Vas
a sugerir que utilicemos el último paquete del dinero de la Corriente del
Golfo, ¿verdad?
La
operación Corriente del Golfo fue una de las operaciones secretas de la Oficina
de Miami a principios de los noventa, montada contra una de las organizaciones
más importantes para el blanqueo de dinero en Florida. Una empresa de oro y
joyas de Miami dirigida por uno de los cárteles colombianos había blanqueado
millones de dólares por medio del Banco de Crédito y Comercio Internacional,
cerrado por el Banco de Inglaterra en 1991. Semanas antes de la bancarrota del
BCCI, la empresa de joyería había retirado grandes sumas de efectivo y las
había guardado en cajas de seguridad repartidas por todo el Estado. Incluso
ahora, varios años después, el propio departamento de Bowen seguía descubriendo
cajas llenas de dinero; la última hacía sólo unos días en el banco Liberty
City, con 200.000 libras esterlinas.
Kate
se encogió de hombros y dijo:
—¿Por
qué no? Todavía no ha sido ni registrado.
—Pero
habrá que dar cuenta de él.
—Claro,
en su día.
—¿Cuánto
vale una libra esterlina ahora?
—Alrededor
de un dólar y medio —Kate frunció los labios y adoptó un aire pensativo—. Cien
mil dólares de ese dinero contra el valor en Europa de mil kilos de droga en la
calle. Yo diría que es dinero bien gastado.
—Y
ahora supongo que vas a decirme que eres la persona adecuada para llevar a cabo
esta pequeña operación.
—Claro,
¿por qué no?
—Bueno,
para empezar, nunca has participado en una operación secreta.
—Era
bastante buena actriz en la escuela.
—No
lo dudo.
—Secreto
quiere decir simplemente mentir bien. ¿Qué dificultad hay en eso? Los hombres
lo hacen constantemente.
—Pero
da la casualidad de que tú eres una mujer.
—¿Es
una objeción o una conjetura con fundamento, señor?
—Vamos
Kate, no te erices como un puercoespin. Sólo tengo la impresión de que los
tripulantes y los capitanes de esos yates son en su mayoría hombres.
Kate
dio una profunda calada a su cigarrillo con los ojos entrecerrados para
protegerse del humo y de los prejuicios sexuales. ¿Desde cuándo el capitán de
un barco tenía que ser un hombre? Las mujeres habían navegado en solitario por
todo el mundo. Había habido mujeres piratas. En aquel momento incluso había un
par de mujeres almirante en la armada de Estados Unidos. Por su parte, Kent
Bowen no tenía aspecto de poder capitanear ni una silla frente a su propio
escritorio.
—De
hecho —dijo con acidez—, da la casualidad de que uno de los otros barcos que
han reservado plaza en el transporte del SYT para marzo estará tripulado
exclusivamente por mujeres.
—¿Qué
son, amazonas o algo así? —dijo Bowen sonriendo.
—El
barco es propiedad de Jade Films.
—¿Jade
Films? ¿Los del porno?
Kate
hizo ver que se sorprendía.
—¿Ha
oído hablar de ellos?
—Había
algo en Newsweek la semana pasada, creo —dijo Bowen sacudiendo la cabeza con
fingida indiferencia—. Algo sobre los tipos que trabajan en la industria del
sexo.
—He
leído el artículo —dijo Kate—. Era un buen trabajo. Pero no creo recordar que
se mencionara a Jade Films en él.
—Oh,
venga ya, Kate —dijo Bowen, incómodo—, no soy de esa clase de hombres.
Kate
pensó que ninguno de ellos lo era. Al menos hasta que echabas una mirada a la
factura de la compañía de tele por cable; entonces resultaba que era sólo un
poco de diversión inocente.
—En
cualquier caso, ¿qué los ha llevado a cruzar el Atlántico? —preguntó Bowen.
—El
Festival de Cine de Cannes.
—¿Cannes?
—Está
en España —dijo Kate, que sabía perfectamente que Cannes estaba en el sur de
Francia.
—Ya
sé dónde está. Cannes. Es algo así como el Óscar, ¿no?
—Sólo
que con más clase.
—¿Con
la asistencia de Jade Films? —dijo Bowen, sarcástico—. Me resulta difícil
creerlo.
—Asisten,
pero no compiten por la Palma de Oro. Cannes es un mercado para cualquiera que
tenga que ver con la industria del cine. Y eso incluye a gente como Jade Films.
Sea como sea, lo que quiero decir es que van en un yate a diesel con hélices
gemelas, de cincuenta metros capitaneado y tripulado enteramente por mujeres.
—¿Hélices
gemelas, eh? —dijo Bowen con una sonrisa de complicidad.
Kate
sonrió con paciencia, esperando el chiste grosero que estaba segura vendría a
continuación.
—¿Y
giran unidas o sólo juntas?
Kate
mantuvo su sonrisa mientras Bowen soltaba una carcajada al estilo de Beavis y
Butthead, poniendo todo su empeño en parecer divertida. Aplastando el
cigarrillo igual que si se lo aplastara encima a Bowen, Kate dejó que su mirada
se desviara a un lado, como escapando de la pringosa personalidad de Bowen.
Pero sólo él podía autorizarla a presentar su plan ante Presley Willard, SAC
del FBI en Miami. «Sé amable —se dijo—; no lo cabrees. Puede que sea un maldito
caraculo, pero no tienes que incrustarle la punta del zapato en el susodicho.
Síguele la corriente. Es el capullo que puede darte luz verde para un viaje
gratis a Europa. Luz verde para una aventura de verdad.»
—De
todas formas, ¿cómo te has enterado de eso? —preguntó Bowen—. Lo de que Jade
Films va en ese trasporte.
—Igual
que averigüé lo del barco de Rocky. Hemos interceptado todas las llamadas a
SYT. Pensé que sería bueno saber algo más sobre las demás embarcaciones que van
a ir en el mismo viaje. Mire, señor, usted mismo dijo que teníamos que movernos
deprisa. Marzo está a la vuelta de la esquina y en el transporte sólo hay el
espacio que hay. Si esperamos demasiado, todo se habrá quedado en una gran idea
que nunca sabremos si habría funcionado o no.
Bowen
se puso de pie y fue hasta la ventana. En el lado sur del puente estaba Port
Everglades, el puerto más profundo de Florida. Anteriormente conocido como
Mabel Lakes, había sido una marisma poco profunda en la sección ancha del canal
de la costa Este de Florida hasta que el presidente Calvin Coolidge apretó un
botón que se suponía haría detonar una carga explosiva que abriría la ensenada;
sólo que ese botón a gran distancia desde Washington no funcionó y alguien tuvo
que provocar la explosión directamente. Otra gran idea que no había funcionado.
Por lo general, Bowen desconfiaba de las buenas ideas. Pero tenía que admitir
que la idea de Kate de llevar su propio barco a bordo del transporte del SYT
era buena.
En
el muelle, Bowen veía tantas clases de embarcaciones como variedades de peces
había. Barcos militares, de los guardacostas y de la policía, mercantes de las
islas del Caribe, remolcadores y petroleros, cruceros llenos de turistas que se
preguntaban si los iban a atracar en Miami, veleros, goletas, lanchas y yates a
motor; de todo menos un tío flotando dentro de un barril.
El
olor a perfume le hizo volverse. Kate estaba a un par de palmos a su espalda y
le alargaba unos prismáticos. Se los llevó a los ojos y dejó que le describiera
las instalaciones portuarias.
—En
sentido contrario a las agujas del reloj tenemos las terminales de pasajeros y
carga. De ahí salen los barcos de la SYT. Luego está el edificio de la Aduana
de Estados Unidos y los depósitos de almacenamiento de gasolina; ésta es la
gasolinera más grande del sur, ¿lo sabía?
Kate
estaba informándolo de que conocía el puerto. Era su forma de recordarle que
conocía los barcos y que estaba perfectamente capacitada para la operación que
había bosquejado.
—¿Ve
aquellas cuatro chimeneas rojas y blancas? Se pueden ver desde kilómetros mar
adentro. Los aficionados a la vela las utilizan como guía de navegación.
Pertenecen a la Compañía de Electricidad de Florida. A su izquierda tenemos la
Administración del Puerto, el World Trade Center y más terminales de carga.
Volviendo hacia nosotros está el Naval Surface Warfare Center.
Bowen
pensaba que el olor de Kate era tan bueno como su presencia. Debería de ser
divertido trabajar en secreto junto a Kate, la chica más guapa del FBI en
Miami; los dos a bordo de un yate de lujo. Quizás le sonriera la suerte. ¿No
había sospechado siempre que ella sentía cierta debilidad por él? Por eso se
mostraba siempre tan arisca, porque intentaba disimular la enorme atracción que
sentía por él. ¿Qué otro motivo podía tener una persona para dirigirse a su
jefe como ella lo hacía? Y tampoco parecía que tuvieran que hacer gran cosa en
el barco. Como ella misma había dicho, era sólo cuestión de vigilar de cerca el
barco de Rocky y mantener el contacto por radio con el submarino. Incluso había
un submarino en el puerto. ¿Qué podía ir mal?
—No
sé seguro cómo se llama el submarino —dijo Kate—, pero el portaviones es el
Theodore Roosevelt de Estados Unidos. Ah, sí, y allá en la punta hay un
restaurante propiedad de Burt Reynolds.
—¿Burt
Reynolds? ¿De verdad?
Kate
hizo una mueca cuando Bowen trató ansiosamente de enfocar mejor el edificio
estilo Misión que alojaba el restaurante. Era tan paleto, tan turista, que de
no haberlo conocido hubiera pensado que acababa de llegar de Kansas.
—Burt
Reynolds —repitió él embobado.
—La
verdad es que no estoy segura de que todavía sea suyo —admitió Kate—. Por lo
menos, desde que presentó una declaración de quiebra.
—¿Sabes?
En los setenta era casi mi actor de cine favorito.
La
mueca de Kate se hizo más pronunciada. Cielos, aquello era el no va más. Estaba
con el único tío en el mundo entero a quien le había gustado Los caraduras.
—¿Sabes?,
me parece que puedo convencer a Presley de que es una buena idea —dijo Bowen,
devolviéndole los prismáticos.
—Estupendo.
—¿Dijiste
dos tripulantes?
—Sólo
dos.
—No
hay ninguna misión secreta que carezca de peligros —dijo pomposamente—, pero
también es posible que podamos divertirnos mientras dure.
—¿Podamos?
—dijo Kate tragando con dificultad.
Bowen
miró su barato reloj deportivo.
—¿Por
qué no vamos al restaurante de Burt y hablamos de ello mientras almorzamos?
—¿El
restaurante de Burt?
Kate
se preguntó si Bowen no habría oído lo que había dicho sobre la quiebra.
—Sigue
abierto, ¿no?
—Sí,
vale. Si usted quiere... —dijo Kate, mientras pensaba si habría algún refrán
contrario al de «No hay mal que por bien no venga».
En
el Jimmy de Bowen, mientras se dirigían hacia el muelle A y el restaurante, se
las arregló para animarse con la idea de que quizás pudiera desviarlo de su
propósito, hacerle abandonar por completo la idea de ir con ella. Quizás podría
pintarle el cuadro de una travesía trasatlántica en el que las olas fueran dos
veces más altas que en la obra maestra de Géricault, La balsa de la Medusa.
Quizás, con unas cuantas imágenes bien escogidas durante el almuerzo,
conseguiría que aquel marinero de agua dulce se acojonara. Cuando llegaron a
Burt & Jack's, Kate había recuperado el equilibrio y no prestó apenas
atención a un informe de la radio que hablaba de una huelga de controladores
aéreos. Incluso si lo hubiera escuchado no habría tenido razón alguna para pensar
que la huelga iba a durar más de un par de días ni tampoco para suponer que
tendría repercusiones en el viaje que el navío semisumergible del SYT, el Grand
Duke, iba a realizar en marzo. En aquel momento sólo tenía una cosa en la
cabeza y era que, de la manera que fuera, tenía que disuadir a Kent Bowen de la
idea de hacer el viaje a través del Atlántico, pero sin poner en peligro su
apoyo a la operación. Mientras entraba en el restaurante se dispuso a contarle
una historia a su jefe que haría que la tormenta de El motín del Caine
pareciera una excursión a Pleasant Valley.
12
Inspirado
por Jimmy Figaro en la compra de una escultura para su despacho, Tony Nudelli
compró también un bronce para el edificio de la piscina. Una Marilyn Monroe de
tamaño natural, tal como aparecía en La tentación vive arriba, con su falda
blanca congelada en todo su volumen cuando pasaba sobre la reja de ventilación
del metro.
—Bonita
—dijo Al—. Tiene mucha clase.
—Me
alegro de que te guste —dijo Nudelli—. Me ha costado una jodida fortuna. Y algo
más. Las mejoras que mandé hacer me costaron casi tanto como el bronce
original.
Al
frunció el ceño y miró más de cerca a Marilyn. El vestido sin espalda, los
grandes pechos, la misma mirada de deleite extático en su cara de rubia
alocada. Estaba exactamente igual que la recordaba de la película; hasta en el
barniz rojo de las uñas de los pies. Finalmente, admitiendo su derrota, dijo:
—De
acuerdo, me rindo. No veo ninguna diferencia. ¿Cuáles fueron exactamente esas
mejoras que mandaste hacer?
Nudelli
sonrió.
—Echa
una ojeada por debajo del vestido —sugirió.
—Bromeas
—dijo Al.
Pero
se inclinó, miró entre las piernas de Marilyn y soltó una risotada. Las bragas
blancas que llevaba en la película habían desaparecido y lo que había en su
lugar tenía un aspecto tan real como si fuera una bailarina encima de una mesa
meneando el conejo delante de tu cara a cambio de un billete metido debajo de
su liga. Real hasta en el corte en medio del vello púbico.
Aún
riéndose, Al dijo:
—Bueno,
eso es lo que yo llamo un tema de conversación.
—Eso
pensé yo.
—Es
una preciosidad, Tony, una preciosidad.
—Estoy
pensando en colocarla encima de alguna especie de mesa. En ésta no puede ser;
la estatua es demasiado pesada para el cristal. Pero quiero poder mirar ese
corte de vez en cuando, siempre que me apetezca.
Encendió
un puro y le dio unas chupadas, observando, feliz, como Al se ponía en
cuclillas para echar otra mirada, esta vez más de cerca.
—¿Puedo
tocarle el conejo?
—Adelante.
Al
extendió el brazo y apoyó la palma de la mano sobre las partes privadas de
Marilyn, riéndose como un niño.
—Nunca
pensé que llegaría a darle al índice con Marilyn.
—Tú
y Bobby Kennedy.
—Y
no nos olvidemos de Jack. Feliz cumpleaños, señor Presidente —canturreó.
—Parece
que le gusta, Al.
—Siempre
he sabido cómo satisfacer a una mujer, ¿sabes? Es todo una cuestión de tener
mano. Tío, me gusta.
—¿Quién
dice que el arte moderno no significa nada?
—No
seré yo. A mí no me oirás quejarme.
Para
regodeo de Tony, Al fingió olerse el índice, aspirando con cada orificio de la
nariz a lo largo del nudoso y peludo dedo como si fuera el mejor cigarro del
humidificador de palisandro de Tony.
—Lástima
que no pudieras hacer que fuera de rascar y oler — dijo.
—Estoy
en ello —Nudelli señaló con un gesto de su Cohiba hacia el asiento que tenía
frente a él—. Siéntate, Al. Tenemos que hablar de negocios.
—Me
lo imaginaba.
—La
longitud y latitud que te dio ese Delano. Hice que los chicos de mi barco la
buscaran en sus cartas de navegación. Parece que es un punto al noroeste de las
Azores, sobre la plataforma del Atlántico medio. En cualquier caso, lo arreglé
todo como quería Delano. Un carguero procedente de Nápoles se encontrará con
vosotros en esa posición náutica. Es el Ercolano. Lleva desechos de gran volumen.
Artículos sueltos como bobinas de cable, trastos viejos, vigas de acero, basura
demasiado grande para meterla en contenedores. Pero también mármol italiano
para los cuartos de baño de lujo y las cocinas para gourmets de Estados Unidos.
Volveré a eso dentro de un minuto. El agente del Ercolano en Nápoles es una
compañía llamada Agrigento. He hecho negocios con ellos antes y son fiables al
ciento por ciento para nuestros propósitos. Al capitán se le ha dicho que tiene
que encontrarse con una embarcación con dificultades en esa posición y que
recoja a un pasajero y la carga. Esconderá el dinero en un sarcófago de mármol
que va destinado a un tipo rico de Savannah que ha muerto.
—Enterado
—dijo Al asintiendo.
—Además,
observarás que he dicho «un pasajero». No en plural, sino en singular;
refiriéndome a tí, Al —Tony dio una chupada al puro y por un momento pareció
dudar de algo—. Cómo lo hagas, es cosa tuya, amigo, pero no quiero que Delano
vuelva aquí con el dinero. Para no andar con rodeos, lo quiero muerto. Imagino
que lo necesitarás vivo sólo hasta que lleguéis a la cita con el Ercolano. Si
yo fuera tú, acabaría con él antes de subir al Ercolano y luego hundiría el
yate, como él planeaba. Sólo que el cuerpo de ese hijo de puta estará todavía a
bordo.
Tony
hizo una pausa y estudió la cara grande y abierta de Al durante un momento. Era
consciente de que Al había llegado a conocer a Delano bastante bien durante el
viaje a Costa Rica. Estudió el extremo rojo y ceniza de su puro durante un
momento, notando el calor en la mejilla y dijo:
—¿Tienes
algún problema al respecto?
Al
negó con la cabeza.
—Ningún
problema en absoluto. Delano tiene una lengua muy afilada. En el viaje de
vuelta no paró de tocarme las pelotas con esto y aquello. Hubo un par de veces
en que me hubiera gustado saltarle los sesos allí mismo. ¿Sabes qué le dije?
Que me sorprendía que no le hubieran sacudido bien en Homestead —Al sacudió la
cabeza con amargura—. Y seguro que irá a peor.
—¿El
qué?
—Lo
de joderme. Como por ejemplo, con la huelga de controladores aéreos.
—No
me lo recuerdes —dijo Tony—. Tuve que ir a Nueva York en tren por culpa de esos
mamones. El país se está yendo a la mierda.
—Por
desgracia, no hay tren hasta Europa. Parece que un montón de propietarios de
barco que quieren cruzar el Atlántico esta primavera han decidido ganarle la
mano a la huelga y viajar con sus barcos.
—¿Y?
—Y
Delano ha hecho la reserva en la SYT inscribiéndose él como propietario y a mí
como tripulante. Va a estar dándome órdenes constantemente. Tocándome las
pelotas, como si yo fuera un asalariado.
Tony
se esforzó por no reírse.
—Recuerda
esto, Al —dijo—. Esa lengua afilada va acompañada de un cerebro también
afilado. No lo olvides, es judío, y los judíos son inteligentes. No cometas el
mismo error que Willy El Tuerto. No subestimes a ese hebreo.
—Vale,
vale —asintió Al, impaciente.
—Y
no dejes que te haga perder los estribos. Puede que haya una razón detrás. Así
que mantén el control y ofrece la otra mejilla. Hay dos cosas que tienes que
recordar si empieza a tomarla contigo. Una, cuando todo esto acabe tú vas a
romperle el jodido culo, y dos, vas a quedarte con su parte del dinero. Eso
tendría que aligerar el peso de tu cruz. ¿Qué me dices?
—Sí,
tienes razón. Gracias, Tony.
—Una
cosa más. Vigila que no seas tú a quien traicionen. El Atlántico es muy grande,
Al. Y la historia reciente nos enseña que muchas cosas pueden ir mal en el
océano.
—A
mí me lo dices —dijo Al—. Aquel chaval del que te hablé...
—Si
pasa eso...
Nudelli
exhaló una nube de humo y observó cómo flotaba en el aire entre los dos, como
sí estudiara el alcance de la amenaza que quería comunicar al otro hombre. El
humo se desplazó lentamente subiendo por la falda de bronce de Marilyn,
añadiendo un toque infernal a su famosa pose. Había conocido a Marilyn de
verdad; la había visto una vez, poco antes de que muriera, cuando iba con Sam
Giancana. Una chica agradable. Era una vergüenza lo que le había pasado. Sólo
que no había sido Sam quien había ayudado a adelantar su muerte.
—Si
algo saliera mal —dijo—, puedes estar seguro de algo; yo puedo ser tan cruel
como cualquiera de los cabrones de los Kennedy, incluyendo a Joe.
Nunca
habían sido una familia unida. Tal como Dave lo veía, ni siquiera fueron una
familia.
Era
la historia habitual. Un padre que bebía; era su origen ruso. Una madre que
estallaba; era su origen irlandés. Y su hermana, con un embarazo no deseado y
un novio que no se casó con ella. Bueno, no puede decirse que fuera culpa de
Nick. Probablemente Nick Rosen se habría casado con ella si alguien no le
hubiera cortado el cuello antes.
Para
cuando cumplió los veinte, Dave más o menos había terminado con ellos. Con la
ocasional excepción de Lisa. No es que tampoco fuera de mucha ayuda para ella.
Sólo arreglárselas para seguir viviendo él ya era bastante difícil sin tener
que cargar con el peso de sus problemas. Pero por lo menos, había tratado de
ayudarla. Una vez. Puede que ahora, después de cinco años, fuera el momento de
intentarlo otra vez. Puede. Fue así como se encontró conduciendo hacia su
deprimente casa de dos dormitorios en las afueras del bulevar Hallandale Beach
unas dos semanas después de volver de C.R.
Dave
salió del Miata con su bolsa de deporte Nike y subió por el camino. Llamó a la
combada puerta de madera y un perro grande empezó a ladrar dentro de la casa.
Esperó. Todavía no era mediodía. Una hora estúpida para ir de visita. Quizás se
hubiera ido a trabajar, aunque las cortinas estaban corridas y había un
desvencijado Mustang rojo aparcado enfrente. Un coche que antes había sido
suyo. ¿Cómo podía haber dejado que se oxidara así?
Volvió
a llamar. Esta vez, cuando el animal ladró, oyó que alguien lo maldecía. Al
cabo de un par de minutos la puerta se abrió chirriando y allí, ajustándose un
delgado batín, una especie de kimono, en torno a su cuerpo desnudo y demasiado
gordo, estaba Lisa. Más vieja de lo que la recordaba; pero es que lo era,
claro. Y más dura también; como si la vida no la hubiera tratado demasiado
bien. Quizás si Nick no hubiera muerto hubiera sido diferente. Pero al diablo
con todo aquello, se dijo. Era él quien había pasado los últimos cinco años
entre rejas. ¿Y acaso había pensado ella en ir a verlo? ¿En hacer algo más que
escribir un par de cartas llenas de faltas de ortografía? No lo había hecho.
—Dave,
Dios mío —dijo, evidentemente nerviosa—. Caray. Has salido.
—Hola
Lisa.
Un
perro increíblemente grande llegó hasta la puerta, empujándola por detrás con
un morro del tamaño de una caja de zapatos y gruñendo suavemente. Parecía un
Dobermann que se alimentara de esteroides en forma de galletas de chocolate.
Ella
empujó el perro hacia dentro de la casa y dijo:
—Sólo
es mi hermano pequeño.
Dave
no estaba seguro de si estaba hablando con el perro o con alguien de dentro de
la casa. Alcanzó a ver un sombrío interior y sus agudos ojos repararon en la
tele vieja, un sofá sucio y apolillado, una mesa con una botella de bourbon
medio vacía y, al lado de la botella, como incongruentes recién llegados, dos
billetes nuevos de 100 dólares.
—No
estaba seguro de encontrarte —dijo Dave.
Ella
se encogió de hombros, y siguió tratando de encontrar una sonrisa. Cuando
apareció, era una sonrisa violenta.
—Bueno,
pues aquí me tienes. Tendrías que haber llamado — añadió, echando una mirada
por encima del hombro.
—Estaba
cerca de aquí —mintió Dave—, de paso. Así que pensé que podía acercarme a
verte, decirte hola y ver qué tal estabas.
—Es
que en este momento es un poco inoportuno.
Dave
podía adivinar lo que había interrumpido.
—¿Un
nuevo novio?
Lisa
sonrió sin ganas y asintió con muy poco convencimiento.
—Sí.
—Me
alegro.
—Estábamos...
—Una mirada avergonzada llenó los puntos suspensivos—. Me sentiría incómoda si
te dejara entrar. Mi ropa interior está tirada por todas partes.
Dave
sonrió y dijo:
—La
misma vieja Lisa de siempre.
Ahora
ella miraba más allá de él, al vecindario.
—Eh,
nada de vieja Lisa, ¿quieres? Sólo tengo cinco años más que tú.
Era
verdad. Ahora se acordaba. Ella tenía su actual edad cuando lo metieron en
Homestead. Dave estaba a punto de decir algo sobre eso, pero lo dejó correr. No
estaba allí para reprocharle nada, sino para ayudar.
—Te
he traído un regalo —dijo, dándole la bolsa. Dentro había dos paquetes, cada
uno con 50.000 de los 250.000 más intereses que Jimmy Figaro le había
entregado—. De hecho, hay uno también para mamá.
—Vaya,
gracias Dave —dijo y, vacilante, le acarició el pelo.
Cuando
lo tocó, su olfato detectó un olor dulce y empalagoso que le hizo pensar en los
bebés. Estaba en sus manos, como una especie de brillo.
—Prométeme
que sólo lo abrirás cuando estés sola —dijo.
—Claro,
de acuerdo.
Frunció
el ceño y se rió al mismo tiempo.
—¿Qué
has hecho: robar un banco o algo así?
—Todavía
no.
—Oye,
¿por qué no vuelves dentro de una hora más o menos y hablamos. No soy muy buena
cocinera, pero bueno, qué demonios, nunca te quejaste cuando eras un crío y tu
hermana mayor te preparaba la cena.
Ahora
recordaba el olor. Era aceite para bebés. Aceite para bebés Johnson's. Sumó eso
a los dos billetes de cien y al anónimo novio que había allá dentro en el
dormitorio, y una desagradable idea fue abriéndose camino en la imaginación de
Dave.
—¿Qué
me dices, hermanito? Sería como en los viejos tiempos.
Ahora
le tocaba a Dave mostrarse evasivo.
—Me
gustaría, Lisa, de verdad, pero tengo un día muy apretado.
No
era necesario que dijera nada. Se dijo que no tenía derecho a hacerlo.
Cualquier obligación que tuviera hacia ella, la había cumplido, ¿no? Cincuenta
mil dólares por cabeza era pagar un montón por muy poca educación. Ahora lo
único que quería era salir lo antes posible de allí. Con una sonrisa forzada
que era un reflejo del amargo rictus de la sonrisa de Lisa, Dave retrocedió
hacia su coche.
—En
otra ocasión, ¿eh?
—Claro,
cariño, pero llama antes, ¿vale? —le respondió ella; como si él fuera un
cliente cualquiera.
—Lo
haré.
Se
subió de un salto al descapotable y puso en marcha el motor.
—Bonito
coche —dijo ella—. ¿Estás seguro de que no has robado un banco?
—Todavía
no —repitió, y con un rígido saludo se alejó, tratando de no pisar el pedal del
acelerador hasta el fondo para que no pareciera que, de repente, estaba
desesperado por apartarse de ella.
Y al
mismo tiempo se sentía avergonzado, avergonzado por lo que se sentía; sólo otro
putero en la vida de su hermana, alguien que le daba dinero y luego escapaba.
Su propia hermana, su propia hermana.
Kate
Furey estaba enseñándole el barco a Kent Bowen. El Carrera estaba amarrado al
lado de docenas de yates en el canal intercostero de Fort Lauderdale, a dos
pasos de R.J.'s Landing, uno de los mejores restaurantes del puerto. Bowen ya
había sugerido que podían almorzar allí, pero Kate le había dicho que aún
tenían mucho que hacer si querían que aprendiera lo antes posible el
vocabulario de los yates y de su equipamiento. Ya había ideado una forma de
compensar su falta de conocimientos marinos, pero quería castigarlo un poco por
no haberse asustado con sus mejores historias sobre borrascas y mareos. Un taxi
acuático pasó por su lado con una pareja vestida de novios. Saludaron con la
mano y, desde la soleada sala de la cubierta de popa donde Kate y él estaban,
Bowen les devolvió el saludo.
—No
ha estado escuchando ni una palabra de lo que he dicho.
—Claro
que sí —dijo Bowen.
Escéptica,
Kate señaló hacia los pescantes que había por encima de su cabeza.
—Bueno,
veamos. ¿Qué es eso? —preguntó.
—¿Quieres
decir esas cosas que sujetan la barca?
Kate
hizo un ruido inhumano que parecía el timbre de respuesta equivocada de los
concursos de la tele.
—Incorrecto.
Eso no es una barca; es un bote. ¿Y a qué está sujeto el bote?
—A
una grúa, me parece.
Kate
volvió a repetir el ruido.
—Pescantes.
Se llaman pescantes. Mire, señor. Kent. Esto no va a funcionar a menos que se
familiarice un poco con los nombres correctos de las cosas. Gracias a Dios, no
tendrá que gobernar el barco, pero es probable que tenga que hablar de él con
la gente de los otros barcos. Sabe, como si estuviera orgulloso de él. Y por
cierto, esos zapatos que lleva, tendrán que desaparecer.
Bowen
miró sus Air Nikes.
—¿Qué
hay de malo en ellos?
Kate
sacudió la cabeza con firmeza y dijo:
—No
es calzado adecuado para un barco, eso es lo que tienen de malo. Un auténtico
marino no querría que lo vieran con esos zapatos ni muerto. Pero eso lo podemos
arreglar. Podemos parar en algún sitio por Las Olas cuando vayamos al puerto.
Seguro que hay una tienda para hombres o un proveedor de buques en el bulevar.
Lo mejor son los Docksiders. De piel, con la suela de goma lisa. Por lo menos,
puede tener el aspecto del personaje, aunque la joda con el vocabulario.
Kate
cruzó una puerta cristalera y entró en el salón, donde había un sofá de piel
muy cómodo, colocado a babor de la popa, frente a un televisor enorme. Un sofá
más pequeño y una encimera estrecha, empotrada, con armarios de madera de arce,
cubrían el lado de estribor del salón. La disposición del mobiliario impulsó a
Kate a hacerle otra pregunta a Bowen. Señaló una mesa de comedor circular para
seis personas que estaba situada por delante de donde estaban.
—¿Estoy
señalando a babor o a estribor?
Bowen
se quedó pensativo. Impaciente, Kate empezó a chasquear los dedos.
—Babor
—dijo él.
—Vamos,
hay que contestar más rápido. Como si le pregunto cuál es la derecha y cuál la
izquierda.
La
siguió a través del salón echando una mirada de pesar en dirección al televisor
de 27 pulgadas. Deseó poder agenciarse una Corona helada del refrigerador y
sentarse a mirar las finales de fútbol en la televisión de su camarote. Pasando
los dedos por encima de la madera de un acabado satinado dijo, con una punta de
sarcasmo:
—Entonces,
¿cómo se llama esta parte del barco en ese glosario McHale's Navy tuyo?
—El
comedor.
—Hablando
de preguntas tontas...
Subieron
por una escalera recubierta con una espesa alfombra.
—Eh,
vaya cocina —observó Bowen—. Mira esto.
Kate
repitió de nuevo el sonido que indicaba que había dado una respuesta
equivocada.
—Es
la galera —dijo.
—¿Como
lo de los esclavos? Cielos, nunca voy a aprenderme todas esas palabras —dijo
Bowen suspirando.
—Bueno,
es probable que no importe tanto. He pensado en una forma de justificar su
ignorancia.
—¿Ah,
sí? —dijo Bowen conteniendo una pasajera irritación.
—A
causa de la cobertura del seguro me vi obligada a inscribirle a usted como
propietario y a mí como capitana. Muchos propietarios han decidido viajar con
su barco debido a la huelga de los controladores aéreos. Parece que se va a
prolongar un tiempo. Así que, en esas circunstancias, no parecerá tan extraño
que venga con nosotros.
—No
puedo ver cómo ayuda eso —dijo Bowen—. ¿Por qué el propietario tendría que
saber menos que la tripulación?
Kate
sonrió.
—Para
muchos propietarios, un yate es sólo una casa flotante. Otro juguete caro.
Créame, no es raro que esos tipos no sepan una puta mierda de sus barcos. —Kate
estaba pasándoselo en grande—. Así que es probable que su total y completa
ignorancia pase inadvertida.
—De
acuerdo. —Bowen miró alrededor con aires de propietario—. ¿Sabes?, siempre he
querido ser dueño de una de estas cosas.
—También
me he tomado la libertad de invitar a Sam Brockman a unirse a nuestra
tripulación para completar el número —añadió Kate.
—¿Sam
Brockman? —Bowen no pudo evitar mostrarse decepcionado—. ¿El de los
guardacostas?
Kate
observó la cara que ponía y sonrió. Guardacostas. Qué risa. Más bien
guardaespaldas, por si Bowen pensaba intentar alguna cosa cuando estuvieran en
alta mar.
—Bueno,
piénselo. No habría parecido normal que sólo estuviera yo como tripulante —dijo
Kate—. Y después de todo, es el barco de su departamento; por lo menos hasta
que lo saquen a subasta. Lo recogeremos en la estación Lake Mabel, de camino
hacia la terminal de carga del SYT.
Bowen
se esforzó por mostrar una actitud positiva respecto a la inminente llegada de
Sam Brockman a bordo.
—Estoy
seguro de que es una buena idea. Especialmente, con sus conocimientos, esto,
náuticos.
Pero
Kate no había terminado.
—Eso
significa, claro, que cuando estemos con otras personas no debemos tratarnos
con demasiada confianza. Yo le llamaré señor, como de costumbre. Todo el mundo
dará por supuesto que usted es sólo otro plutócrata de Miami con más dinero que
sensatez. Señor.
—Eso
no me causa ningún problema, Kate —Bowen ya estaba pensando en una manera de
explotar su nueva posición como rico propietario de barco—. ¿Sabes una cosa?,
voy a ver si encuentro los servicios.
—Baño,
señor.
—¿Cómo
dices?
—A
bordo, señor, se llama baño.
—Oh,
el baño; bueno, pues allí es donde voy —Bowen se rió. Se le acababa de ocurrir
una cosa—. Y luego me agenciaré una cerveza fría y, como cualquier plutócrata
convincente con más dinero que sensatez, voy a sentarme, con los pies en alto,
a mirar el partido por la tele.
—Tendríamos
que continuar la visita al barco, señor —opinó Kate—. Hay todavía muchas cosas
que tendría que ver. Las máquinas. El sistema de comunicaciones. Los
ordenadores del barco.
Bowen
sacudió la cabeza.
—Kate,
lo único que quiero ver ahora mismo es como los Chiefs destrozan a los
Dolphins.
Observando
la cara de Kate, añadió:
—Soy
de Kansas, ¿recuerdas? —Volvió a bajar las escaleras—. Hágamelo saber cuándo
estemos en marcha, capitán. Estaré en mis dependencias.
Kate
observó cómo se marchaba, lanzando un silencioso «capullo» a las espaldas de
Bowen. Uno o dos segundos después tuvo la satisfacción de oír cómo se caía por
la escalera de caracol que conectaba la cubierta inferior del buque con el
salón y el comedor.
—Capullo
—repitió, y subió por la escala de cámara de babor hasta la timonera, donde
empezó a familiarizarse con el dinámico sistema informático de comunicaciones
del Carrera. Casi se sintió decepcionada al descubrir lo fácil que sería
gobernar el barco. Con su exhaustivo sistema de detección y resolución de
errores, el Carrera estaba tan bien equipado que el mismo Bowen podría haberlo
pilotado. Deseó que la parte de su misión en la que estaría obligada a llevar
el barco pudiera durar más que los escasos minutos que tardaría en ir hasta
Port Everglades.
Kate
puso en marcha los motores y luego salió a cubierta para recoger las defensas
laterales. Podría haberle pedido a Bowen que la ayudara, pero quería ahorrarse
el inevitable chiste que eso habría traído consigo.
«Mira
Kate, no tienes que preocuparte por levantar tus defensas contra mí...»
Kate
contrajo los labios con desagrado.
—Eso
se acabó —dijo, y empezó a tirar de una cuerda deseando que estuviera atada al
cuello del cretino de Bowen.
13
Jack
Jellicoe, patrón del Grand Duke, de pie en el ala del puente, contemplaba la
escena que se desarrollaba por debajo de él con creciente desagrado. Ya era
bastante malo que se viera obligado a transportar aquellos caros juguetes a
través del Atlántico. Si, para empezar, se hubieran comprado unos yates
adecuados, con velas, quizás podrían haber hecho la travesía sin ayuda. Ya era
bastante malo que tuviera que tener contacto con sus capitanes, demasiado bien
pagados y demasiado poco capacitados; la mayoría de ellos no distinguían una
pedorreta de un castillo de proa. Ya era bastante malo saber que algunos de
esos cabrones asquerosamente ricos, propietarios de los tupperware flotantes
que estaban entrando en su barco también iban a hacer el viaje con él. Pero que
su propio consignatario le dijera que sus propietarios, capitanes y tripulación
debían tener libre acceso a sus embarcaciones durante la travesía, era más de
lo que el alto inglés podía tragar.
—Aclaremos
esto, señor Sedeno —dijo secamente, dirigiéndose al hombre más bajo, con gafas,
que estaba a su lado—. ¿Espera usted que cruce el Atlántico, uno de los océanos
más peligrosos del mundo, para entregar sanos y salvos cincuenta millones de
dólares en caravanas y casas flotantes impermeabilizadas, por no hablar de sus
propietarios, esos nombres de la lista de los quinientos de Forbes, y que al
mismo tiempo permita que esos cretinos de pies planos suban y bajen por mi
barco haga el tiempo que haga sin que ninguno de ellos se caiga por la borda y
se ahogue?
—Venga
ya, Jack —dijo Sedeno con voz cansina—. Todo eso no son más que sandeces. Los
dos sabemos que no será especialmente peligroso. No creo que vaya a encontrarse
con un tiempo especialmente malo por la ruta de las Canarias.
Jellicoe
miró fijamente hacia estribor como si escudriñara los muelles en busca de un
argumento mejor.
—Bueno,
¿y qué pasa con las aseguradoras de los barcos? ¿Qué dicen sobre todo esto?
—Sólo
somos responsables de los navíos, no de los pasajeros que haya a bordo de
ellos. Todos han hecho sus propios seguros personales.
Jellicoe
meditó durante un momento, temblándole su gran mandíbula, mientras se estrujaba
el cerebro en busca de otra objeción más.
—Las
baterías —dijo, triunfante—. Las baterías de los barcos.
—¿Qué
pasa con ellas?
—Sólo
esto: si van a bordo de sus yates, ¿de dónde van a sacar la energía? ¿Eh? —Una
pequeña sonrisa de satisfacción apareció en su cara enjuta y barbuda—. Dígame
de dónde, si puede. Sin tener en marcha los motores, sus baterías se
descargarán en un abrir y cerrar de ojos. Y me gustaría ver qué multimillonario
puede pasarse sin su cena de langosta preparada en el microondas y sin su
televisión mientras se la embute cuello abajo.
Sedeno
se encogió de hombros.
—Muchos
de ellos tienen paneles de energía solar, y otros sólo necesitan poner en
marcha los motores en punto muerto para recargar las baterías. Es algo que
puede organizarse de forma rotativa, para minimizar el riesgo de incendio. No,
eso tampoco es un problema.
Jellicoe
se agitó, visiblemente nervioso.
—A
continuación me pedirá que organice una partida de aros en cubierta. Soy el
patrón de un mercante, no el capitán de un crucero. ¿Qué se supone que tengo
que hacer con ellos? Ya tengo bastante con gobernar el barco sin añadir el
esfuerzo de ser amable.
—Jack,
Jack, seguro que eso no es un gran esfuerzo —argumentó Sedeno.
Uno
de los dos oficiales que estaban en el puente soltó la risa y Jellicoe se
volvió para mirarlo, enfurecido. Al igual que él, vestía el uniforme tropical
de la Marina Mercante Británica: zapatos blancos, calcetines blancos,
pantalones blancos, camisa blanca con charreteras y gorra blanca.
—¿Le
divierte alguna cosa segundo oficial? —le preguntó.
—No,
señor.
—Entonces
siga con su trabajo. Por supuesto, espero demora visual de posición antes de
salir del puerto. No la demora y alcance por radar. No habrá ninguna
negligencia de ese tipo en este barco, ¿lo entiende?
—Sí,
señor.
—Tercer
oficial, quiero que haga un registro en busca de polizones en cada una de esas
cestas de picnic llamadas yates.
—Hay
diecisiete, señor —protestó el tercer oficial del buque.
—Estoy
seguro de que no tengo que recordarle, tercer oficial, que la búsqueda de
polizones es una práctica normal de navegación al salir de puerto. Quiero la
firma de todos los capitanes de yate supernumerarios.
—¿Me
buscaba alguien?
La
voz pertenecía a una amazona alta y rubia vestida con una camisa y pantalones
cortos rosas de Ralph Lauren. Jellicoe se dio la vuelta con rabia. Junto con
los gatos y el alcohol, no se permitía la presencia de mujeres en el puente de
Jellicoe bajo ningún pretexto.
—Soy
Rachel Dana, capitana del Jade —dijo ella.
—¿De
verdad?
Jellicoe
vio la mirada de Sedeno y forzó una sonrisa.
Rachel
señaló el yate más grande, cerca del puente.
Jellicoe
siguió la línea de su antebrazo bien musculado y bronceado y de una larga uña
pintada de rosa.
—Magnífico
—concedió.
—¿Verdad
que sí? Fue construido en 1992 según la clasificación ABS A1 y AMS.
Jellicoe
trató de parecer impresionado, aunque no tenía ni la más remota idea de lo que
significaba todo aquello.
—Normalmente
navegamos con unos diez tripulantes, pero dado el carácter de este viaje, hemos
reducido el número a tres.
—¿De
verdad? ¿Y, esto, cómo se sienten los hombres al tener una mujer como capitana?
—Lo
ha observado, ¿eh? —Rachel sacudió la cabeza—. No hay hombres entre la
tripulación del Jade. Sólo chicas. Es una tripulación formada enteramente por
mujeres. Podría decirse que es un pequeño alarde del propietario. Algo así como
Los Angeles de Charlie.
—Fuera
de las páginas de Homero, nunca había oído algo así —dijo Jellicoe con
brusquedad—. Vaya, vaya.
—Bueno,
pensé que tenía que venir y presentarme. Y no pude evitar oír lo que decía hace
un momento. ¿Hay algún problema?
—Jack,
¿hay algún problema? —preguntó Sedeno.
Jellicoe
no dijo nada.
—Si
sigues poniendo objeciones a todos esos supernumerarios, siempre puedo firmar
las hojas de ruta personalmente — añadió Sedeno.
—¿Acaso
he dicho que hubiera algún problema? Me limitaba a hacer lo que cualquier
capitán responsable haría en estas circunstancias. Estaba hablando de todo lo
que puede ser potencialmente peligroso.
—Supernumerarios,
¿eh? —dijo Rachel—. Así es como nos llama a los pasajeros, ¿verdad?
Jellicoe
se sentía a la vez irritado y atraído por la mujer de rosa. Las mujeres a bordo
de un mercante siempre eran un motivo de distracción. Especialmente si eran tan
atractivas como aquélla. Veía que sus oficiales ya habían reparado en el
relieve de los pezones de Rachel en su polo de algodón. Por no hablar de los
pechos, grandes y agresivos.
—Así
es —dijo Sedeno—. Verá, no podemos llamarlos pasajeros porque eso significa que
tendríamos que cumplir con un conjunto de normas de navegación totalmente
diferentes. Tendríamos que hacer cosas como, por ejemplo, llevar un médico a
bordo, en lugar de arreglárnoslas con el carpintero del barco —explicó y rió su
propio chiste—. Así que les llamamos supernumerarios. O supernumos para
abreviar. —Sonrió más ampliamente al añadir hábilmente un cumplido—. Parece que
la parte de super la hemos acertado, a juzgar por su aspecto, capitana Dana.
—¿Nos
acompañará durante el viaje? —preguntó ella con frialdad.
—Me
temo que no. Mis negocios en Fort Lauderdale me lo impiden. Felipe Sedeno a su
servicio, señora —dijo tendiéndole una mano peluda—. Soy el agente
consignatario. Y éste es el patrón del barco, el capitán Jellicoe.
—Encantada
de conocerlo. Tiene usted un buque fascinante, capitán.
—¿De
verdad? —Jellicoe avanzó hasta la ventana del puente, llevando a Rachel Dana
con él, y miró, melancólico, hacia abajo, a la silueta esculpida, casi sensual,
del Jade—. No es más que un transbordador de coches con pretensiones. Igual que
todos esos cargueros ro-ro que vienen y van en este puerto.
—¿Ro-ro?
—Es
un término de la marina mercante. Es carga que puede entrar rodando y salir
rodando [Roll-on-Roll-off]. Supongo que nosotros somos más bien flo-flo, si
entiende lo que quiero decir. De cualquier modo, la belleza no es nuestro punto
fuerte; eso lo dejamos para nuestros clientes.
Confundiendo
la torva mirada de Jellicoe con admiración por su barco, Rachel Dana le
preguntó si le gustaría visitar el Jade.
—Gracias,
pero tendrá que ser en otro momento —dijo él—. Tengo trabajo en cubierta
—Jellicoe se volvió hacia su segundo oficial—. ¿Dónde está el primer oficial?
El
segundo oficial señaló hacia fuera.
—Supervisando
el embarque de la carga —dijo con un tono de «dónde quiere usted que esté».
Jellicoe
volvió a ponerse la gorra.
—El
puente es suyo, mister Niven. Estaré en cubierta.
—Sí,
señor.
—Me
temo que nos encontrará mucho menos protocolarios en el Jade —dijo Rachel.
—Oh,
no lo somos tanto, ¿sabe? —dijo Jellicoe mirando, receloso, hacia sus dos
oficiales, como si les desafiara a contradecirlo.
—Bueno,
será mejor que yo también me vaya —anunció la capitana Dana, y siguió a
Jellicoe fuera del puente y por la estrecha pasarela que se extendía a lo largo
de la pared del dique que, con sus seis metros de alto, constituía el lado de
estribor del Grand Duke.
Bajo
la atenta mirada de un oficial de baja estatura y escaso pelo, vestido con el
mismo uniforme tropical que Jellicoe, una serie de estibadores y tripulantes de
los yates iban arrastrando un lujoso barco de pesca deportiva de veinticinco
metros hacia la popa del Jade por medio de dos pares de cables amarrados a la
proa del pesquero.
—Vigilad
ese jodido raíl de proa —rugió el primer oficial con un fuerte acento cockney—.
Se lo vais a meter por el culo, ¿no me oyes? —Apartó la mirada cuando el raíl
se detuvo a cinco centímetros de la popa del Jade—. Pedazo de cabrón subnormal
— murmuró y luego suspiró cansado, al ver acercarse a Jellicoe seguido por la
capitana Dana.
El
primer oficial dijo:
—No
pasa nada. Todo está bajo control. No ha habido daños.
—Me
alegro de oírlo —respondió Dana—. Detestaría empezar este viaje con un pleito
contra su compañía por manejo negligente de la carga.
Jellicoe
miró alrededor y sacudió la cabeza. La mujer confirmaba ya sus peores temores
para la travesía.
El
primer oficial se rió, irónico, y señaló con un sucio pulgar hacia uno de los
estibadores del puerto.
—Iría
mejor si algunos de esos cabrones retrasados hablaran inglés. Esta jodida
ciudad se parece más a La Habana cada vez que atracamos.
—A
nosotros no nos lo cuente —dijo Rachel, subiendo al techo de la cabina de popa,
donde había una plataforma para tomar el sol lo suficientemente grande para
seis personas—. Dígaselo a ese hijo de puta de Castro.
Cuando
se hubo ido, el primer oficial frunció el ceño y dijo:
—¿Qué
le ha dado?
Jellicoe
suspiró con fuerza.
—Sigue
con tu trabajo, Bert —dijo—. Estaré en mi camarote.
—Qué
bien viven algunos —gruñó el primer oficial, y luego miró con cara de pocos
amigos al estibador que había en el puente del pesquero, con una defensa del
tamaño de un sillón caída a sus pies.
—¡Eh,
tú! —le dijo chillando—, ¿vas a quedarte ahí sentado sobre esas jodidas
defensas o vas a ponerlas sobre la banda como se supone que tienes que hacer?
El
hombre levantó los ojos hacia Bert y dijo en español:
—No
comprendo. Más despacio, por favor.
—¿Que
tú qué?
Un
Dave Delano con el pecho desnudo salió rápidamente de la timonera, se deslizó
por el techo hasta el puente y, mientras el estibador seguía ponderando para
qué servía la defensa y qué querían decir las palabras del oficial, la cogió y
la colocó sobre la banda de estribor.
Bert
agitó el brazo y dijo:
—Un
poco más. Vale, así está bien. Átela.
Dave
se secó la frente y dijo:
—Muchas
gracias.
—No
hay de qué —respondió Bert—. ¡Por todos los infiernos!
—¿Qué
pasa?
—Esa
barriga suya, eso es lo que pasa.
Dave
se miró el estómago y dijo:
—¿Qué
le pasa a mi barriga?
—Échele
una mirada —dijo Bert sonriendo—. Es como una jodida tabla de lavar. Mire la
mía.
Señaló
con la barbilla hacia abajo, a la enorme barriga que tiraba del cinturón de sus
pantalones blancos.
—Es
como llevar un miembro extra enrollado alrededor de la cintura para casos de
emergencia —riendo, se palmeó con fuerza la barriga—. Ahí ha entrado un montón
de cerveza. Oiga, supongo que tiene uno de esos aparatos para hacer
abdominales, ¿no?
¡Qué
país éste! ¡Todo el mundo preocupado por su barriga! Qué meten dentro, qué
aspecto tienen. Cada vez que pongo la tele hay algún mamón tratando de venderme
un estómago plano. Bueno, supongo que yo no tendré uno así nunca más. Y menos
uno como el suyo, compañero, con aparato o sin él.
—No
tengo ningún aparato de abdominales —dijo Dave sonriendo.
—Bueno,
pues ¿cómo lo ha hecho? Quiero decir, ¿cómo ha conseguido ese estómago liso
como una tabla?
—Tienes
que ser capaz de aislar cada músculo cuando los ejercitas —dijo Dave.
Podía
haber añadido que la mejor manera de hacerlo es aislar al hombre al mismo
tiempo. Algo así como encerrarlo en prisión durante cinco años. Homestead
estaba lleno de tipos con unos torsos que parecían dibujados en una escuela de
anatomía.
Los
dos hombres volvieron los ojos cuando una de las damas de rosa del Jade
apareció en cubierta y se dirigió hacia la proa del barco. Con sus generosas
caderas, tenía un aspecto aún más amazónico que su capitana. Bert sonrió con
aire de depredador y dijo:
—En
las mujeres no es la barriga, ¿verdad? Es el trasero lo que las preocupa. Y no
es que haya nada malo en ese culo. Pero por lo que yo sé, ya existe un aparato
para trabajar el trasero. Para que las mujeres tengan unos traseros más
pequeños.
Cuando
la amazona desapareció finalmente, Dave sacudió la cabeza y dijo:
—Pero
¿por qué querría nadie hacer una cosa así?
—Sí
—dijo Bert riendo—, ¿quién iba a querer, eh?
Dave
y Al observaron mientras un submarinista salía de debajo del Juarista después
de asegurarse de que estaba firmemente sujeto al soporte especial soldado en el
suelo del dique flotante. Amarrado fuertemente a la pared del dique y con las
defensas cuidadosamente colocadas entre él y los barcos que tenía a popa y a
estribor, quedaba bien ceñido por todos lados y parecía tan imposible de mover
como si lo hubieran cargado en un remolque y estuviera aparcado en una cubierta
firme.
—Por
supuesto, has traído equipo de submarinismo —dijo Al en tono escéptico.
—Por
supuesto.
Al
frunció el ceño sorprendido ante la visible eficacia de Dave.
—Pues
no esperes que sea yo quien baje —dijo—. Sólo me meto en el agua cuando tomo un
baño en la bañera.
David
olfateó el aire ruidosamente.
—No
es que se note mucho —dijo.
—Qué
gracioso. Supongo que sí habrás notado lo encajonados que vamos. Creía que
habías dicho que tratarías de estar en la parte de atrás del buque para que
pudiéramos escapar sin problemas.
—Hay
que ir dónde el hombre de la tablilla te dice. Un ordenador calcula todas las
posiciones según la longitud y anchura del casco. Si nos hubiéramos opuesto al
ordenador, habría parecido extraño, ¿no te parece?
Al
no dijo nada.
—Ya
te lo he dicho —añadió Dave con calma—. Cuando estemos listos para escapar,
robaremos el barco que esté más cerca de la popa del buque. Así es como se
llama la parte de atrás. ¿Sabes?, si vas a fingir que eres el capitán del
barco, sería buena idea que te acostumbraras a la forma en que hablamos de toda
esta mierda.
—Lo
que se va a acostumbrar a la mierda es tu jodida cabeza, tío listo.
—Relájate,
quieres, Al. Lo único que no está bajo control aquí es tu genio. Puedes estar
seguro, todo está bien.
—Mejor
será. A Tony no le gustan los imprevistos. Tengo que decirle cualquier cosa que
se salga de lo corriente.
Dave
sacudió la cabeza.
—Olvídalo,
Al. A partir de ahora la radio está muda. Como si estuviéramos en un submarino
con Clark Gable, y unos japoneses estuvieran tratando de recibir la señal de
sónar para dejar caer una carga de profundidad sobre nuestros culos. Si envías
noticias por radio a Tony, te garantizo que hay otros dieciséis barcos aquí que
las captarán en sus aparatos. Y lo mismo con el teléfono celular —Dave le lanzó
una moneda de veinticinco centavos—. ¿Quieres contarle algo a Tony? Entonces te
sugiero que vayas a tierra ahora, antes de que zarpemos, y que utilices un
teléfono público. Porque a bordo de este barco vamos a ser como dos tumbas. ¿Lo
comprendes?
Al
lo miró furioso.
—Mira
—añadió Dave—, lo tengo todo calculado. Lo tenemos todo bajo control. Casi lo
único que puede fastidiarla es que tú la jodas con tu «a Tony no le gusta». Lo
que tenemos que hacer es llevarnos bien y confiar el uno en el otro, de forma
que, cuando llegue el momento de dar el golpe, trabajemos en equipo —Dave se
encogió de hombros—. Y si se produce lo inesperado, tendremos que improvisar.
La flexibilidad es la clave del éxito. Las cosas pueden cambiar de rumbo en
cualquier momento. Por nuestro lado, tú y yo estamos cubiertos. Fuera de eso
tenemos el mar, tenemos el tiempo y tenemos a los demás, todo lo cual se resume
en un montón de cosas accidentales. Tenemos que valorar todo eso y estar
listos, ¿de acuerdo?
—De
acuerdo.
—Bueno,
y ahora, ¿por qué no vamos y hacemos algo constructivo? Como darnos un paseo
por ahí para familiarizarnos con la distribución de este puerto deportivo
transatlántico.
—Buena
idea.
—Y
trata de parecer más amigable y menos como un argumento a favor de la
ingeniería genética. ¿Recuerdas bien lo que tienes que contar?
—Creo
que sí. Tú eres un alto personaje de las finanzas, ¿es eso?
—Eso
es.
—Y
un entusiasta de las carreras de coches. Por eso vamos a Montecarlo, a ver el
Grand Prix que se corre allí. Y luego nos dirigiremos a Cap d'Antibes, en el
sur de Francia, donde has alquilado una casa para el verano. Hay unos socios
tuyos de Londres que se reunirán contigo allí. Y puede que vayamos a ver otro
par de carreras en Europa, dependiendo de cómo vayan los negocios.
—Bien,
¿qué tipo de personaje de las finanzas soy? —preguntó Dave.
—Materias
primas. Pero se supone que tengo que ser un poco vago sobre eso, ¿no?
—Sí.
Si alguien te pregunta, dices que es algún tipo de metal, puede que cobre, y lo
dejas así. No esperarán que sepas más.
Dave
se dirigió hacia la pasarela y luego se volvió.
—Una
cosa más. Los guardacostas y los de Aduanas subirán a bordo cuando estemos a
punto de zarpar. Así que, sólo por saberlo, ¿dónde has escondido las armas?
—Ya
tienen bastantes preocupaciones con lo que entra en Miami para que se les dé
una puta mierda lo que sale.
—Es
verdad, pero me gustaría saberlo.
—Está
en el congelador de pescado, debajo de un montón de hielo. Y puedes creerme, no
tendremos que improvisar para nada. En cuanto a armamento, estamos cubiertos
contra toda eventualidad. Contra cualquier cosa que puedan lanzar contra
nosotros.
Dave
nunca le había dicho a Tony o a Al los nombres de los barcos que transportarían
el dinero. Se daba por supuesto que ésa era la mejor garantía que tenía Dave
frente a Tony. Incluso ahora, mientras se dirigían por el lado de estribor del
buque hacia las chimeneas de popa, Al no le advirtió ninguna señal de cuáles de
los barcos, ahora ya cargados y amarrados entre las altas paredes del
extraordinario casco del Grand Duke, llevaban el dinero cuyo destino era Rusia
y la compra de todo un banco.
—¿Los
ves? —preguntó Al—. ¿Los barcos, nuestros barcos?
—Los
tres. Justo como te dije.
—¿Sí?
¿Cuáles? ¿Dónde están?
—Cuando
estemos en alta mar te lo diré, Al; no antes.
Al
soltó una risa sarcástica.
—«Llevarnos
bien y confiar el uno en el otro», me dice el tío. Y una mierda.
—No
querrías que hiciera nada que pueda alertar a esos tíos, ¿verdad que no? Que
los señalara como si fueran una atracción turística. Que dijera «Ey, mira, ésos
son los barcos que vamos a limpiar».
Dave
sacudió la cabeza y chasqueó la lengua.
—Te
apuesto a que ya están bastante nerviosos. Además, son tipos duros, Al.
Probablemente tienen un congelador igualito al nuestro. Que se relajen, que
crean que hacen un crucero de verano. Mejor para nosotros y mejor para ellos.
Se
volvieron cuando un barco blanco con una raya roja de carreras se acercó al
Duke. Enarbolaba la insignia de las barras y las estrellas, a diferencia de la
enseña roja británica del buque.
—¿Aduanas?
—No
—dijo Dave—. Guardacostas. Debemos estar a punto de zarpar.
Dave
miró el reloj. Eran las cinco de la tarde y embarcar la peculiar carga del Duke
había llevado la mayor parte del día. Un par de segundos después oyeron un
anuncio por la megafonía en la inconfundible voz del primer oficial.
—Tripulación,
cierren las escotillas y estiben todo el material.
Al
chasqueó la lengua.
—Voy
al barco a prepararme un bocadillo. ¿Quieres uno?
—No
gracias. Volveré dentro de unos minutos. Yo voy a popa, a echar una mirada a
nuestro medio de huida, para ver qué nos ha tocado en la lotería.
Pero
Dave tenía otra misión en mente. Por necesidad había mentido a Al, para
tranquilizarlo. Ya era un pelma de narices sin necesidad de alarmarlo más. Pero
ahora quería asegurarse de que la última información que había recibido de
Einstein Gergiev era correcta y los barcos estaban realmente a bordo del Duke.
Sabía ya que ninguno de ellos estaba a estribor. Así que esperó hasta que Al se
hubiera perdido de vista antes de dirigirse a babor, repitiendo continuamente
para sí, como si fuera un mantra, los nombres de los tres barcos que buscaba.
El corazón le dio un vuelco cuando vio el primero, luego el segundo y luego el
tercero. Tal como le habían dicho. Apenas podía creerlo, pero los tres barcos
que transportaban el dinero estaban alineados a lo largo de la pared de
estribor del Duke. Y, al igual que el Duke, enarbolaban la enseña roja, lo que
significaba que estaban matriculados en la Commonwealth británica; en algún
sitio como las Bermudas, Antigua, Gibraltar o las Islas Vírgenes. Había un yate
a motor de treinta metros, con timonera elevada, llamado Beagle; un crucero
Burger de 20 metros, llamado Claudia Cardinale; y un Hatteras de treinta y
cuatro metros, con tres cubiertas, hecho de encargo, llamado Baby Doc.
Todo
tal y como le habían dicho.
Dave
no acababa de creerse el nombre que le habían puesto al último barco. Incluso
cuando estaba en Miami y le dijeron los nombres de los tres barcos, había
pensado que Baby Doc no era un nombre para ponerle a un barco que fuera a
navegar cerca de Haití. Después de los años de la dictadura de la familia
Duvalier —Papa Doc y su hijo, Baby— la gente del lugar probablemente lo habría
convertido en una antorcha en el muelle.
Ninguno
de los tripulantes de los tres barcos parecía especialmente ruso. No es que
Dave esperara que fuera así. Lo que sí parecían era muy duros; de eso no había
duda. Un tipo que tomaba el sol en el techo del Beagle tenía cuerpo de
luchador, mientras que otro tipo negro que estaba recogiendo una cuerda a bordo
del Claudia Cardinale tenía los brazos del tamaño de las piernas de Dave. Más
que nunca, Dave comprendió que el éxito de su plan dependía del elemento
sorpresa y de poco más. Esperaba que en medio del Atlántico, sus adversarios
estarían menos alerta de lo que parecían ahora. Incluso con la gente de Aduanas
y de los guardacostas por allí, estaba casi seguro de que uno de los tipos del
Baby Doc llevaba un arma debajo de la camisa. A Dave no le apetecía mucho la
idea de una lucha a tiros con aquellos personajes. Nunca le habían gustado las
armas de fuego. Prefería disparar con la lengua.
—A
sus puestos —ordenó la voz por la megafonía.
Dave
pensó que probablemente era una buena idea, antes de que alguno de los hombres
se diera cuenta de que los observaba.
De
vuelta al Juarista, Dave vislumbró apenas a Al a través de los cristales
ahumados de la ventana de la cocina. Salió a la pasarela y se encontró casi
cara a cara con una chica que estaba en el puente del barco a babor del suyo.
Parecía tener unos treinta años, con un pelo moreno que le caía hasta los
hombros y que parecía salido de un anuncio de champú caro, y unos ojos que
hacían que el cielo pareciera tan gris como el portaviones anclado fuera de la
dársena principal. Tumbada en un sofá de piel blanca en la parte trasera del
puente, era el tipo de mujer que Dave había conocido muchas veces echado en la
litera de su celda de Homestead, pero que sólo había visto en las revistas de
papel satinado.
—Eh,
hola —dijo afablemente, imaginando que sería demasiado estirada como para
devolverle el saludo.
—Hola.
No
dijo nada más, pero no apartó los ojos de él, como si no le disgustara lo que
veía.
Dave
miró rápidamente arriba y abajo del barco y luego cabeceó admirativamente.
Probablemente estaba casada con algún alto ejecutivo de alguna empresa, lo
bastante viejo como para ser su padre.
—Bonito
barco. Y rápido también, diría yo.
—No
hay obstáculos para él —respondió Kate.
—El
Carrera, ¿eh? —dijo, leyendo el nombre sobre un lado del puente—. Apuesto a que
tiene el coche a conjunto.
Kate
sonrió.
—Nunca
me han gustado mucho los Porsche —respondió—. Me parecen demasiado asépticos.
Si pudiera, tendría un coche británico; un Jaguar XJS, por ejemplo. Prefiero
algo un poco más lujoso a cambio de mi dinero.
—Nunca
lo habría dicho.
—Su
barco también parece bastante cómodo —dijo Kate—. Y apuesto a que es más rápido
que el mío. Y con mucha autonomía para ir de pesca, además. ¿Por qué no sube a
bordo a tomar una cerveza y me habla de su barco?
La
mujer entendía de coches, entendía de barcos y era simpática. Dave estaba
impresionado.
—No
encuentro ninguna razón para no hacerlo —dijo.
Al
subir al Carrera vio por un momento a dos hombres sentados en el salón mirando
la televisión y luego siguió hasta el puente. La mujer se levantó del sofá y
sonrió agradablemente.
—Kate
Parmenter —dijo, utilizando su nombre de casada en lo que esperaba que fuera la
última vez.
Dave
le estrechó la mano mientras observaba que no había ningún anillo en la otra.
Eso le gustaba. Las mujeres que se casaban con tipos ricos y más viejos se
aseguraban de sacar un buen pedrusco a cambio. Así que quizás no estuviera
casada.
—David
Delanotov.
—¿Cómo
el de Expediente X?
—No,
ése es David Duchovny.
—Bueno,
de cualquier modo, encantada de conocerlo, David.
Kate
se preguntó si sería parte de la tripulación. Normalmente, los tipos que
poseían un barco como el Juarista eran gordos, casi calvos y con la cara roja,
como el que pronto sería su ex marido, Howard. Lo más deportivo de Howard era
su Rolex submarino. Pero este tipo, David, con su cuerpo duro y su sonrisa
fácil parecía en demasiada buena forma como para pasar el tiempo necesario
detrás de una mesa haciendo el tipo de negocio que le permite a uno conseguir
el dinero suficiente para comprar un pesquero deportivo de dos o, quizás, tres
millones.
—Lo
mismo digo, Kate.
—¿Es
su barco?
—Sí.
—El
Juarista. No es un nombre corriente. ¿Qué significa?
—Los
juaristas eran revolucionarios mexicanos —explicó Dave—. Intentaron liberar a
su país del emperador Maximiliano, que estaba apoyado por los franceses.
Kate
se mostró avergonzada.
—Ni
siquiera sabía que los franceses habían tenido algo que ver en México.
—México,
Argelia, Vietnam. En todas esas causas sucias.
Kate
fue a buscar un par de Coronas frías al refrigerador del puente.
—Debo
decir que, por su aspecto, no parece el tipo de persona que se interese por la
revolución.
—¿Yo?
—Dave se encogió de hombros—. Bueno, tengo mucha sangre rusa, pero en realidad
estoy más interesado en las películas que en los comunistas. La mayor parte de
lo que sé sobre los juaristas lo aprendí en Veracruz, una película con Gary
Cooper y Burt Lancaster, de 1954.
—Eso
es de antes de mi época.
—También
de la mía. Pero sigue siendo una buena película. —Dave cogió la botella que
ella le ofrecía y bebió un trago de cerveza fría—. ¿Los que están mirando la
tele son su tripulación?
—Soy
la capitana, no la propietaria. El propietario es uno de los que están viendo
el partido de fútbol. ¿No le gustan los deportes?
—Sí,
claro, pero un partido lo puedo ver en cualquier momento. Y no se sale de viaje
a través del Atlántico cada día. —Dave miró hacia estribor y dijo—: Siento que
estoy a punto de experimentar un cambio marino, de convertirme en alguien muy
rico y suntuoso.
—¿Es
poesía? —preguntó Kate sonriendo.
Dave,
que calculaba que lo de rico era por lo menos una sólida posibilidad, completó
la cita y dijo:
—Es
de Shakespeare: La Tempestad.
Kate
levantó la botella.
—Por
que nunca nos encuentren.
—¿Hay
alguna probabilidad de eso?
—Realmente,
no. Al menos en esta época del año. Pero navegando por los trópicos nunca se
sabe.
Se
quedaron silenciosos durante un momento, como si se sintieran cómodos el uno
con el otro, lo bastante como para permanecer allí, sentados, contemplando como
la tripulación del Grand Duke se preparaba para salir del muelle. De vez en
cuando, Kate echaba una mirada a popa, donde el Britannia, el barco de Rocky
Envigado estaba ya cargado y amarrado. Empezaba a sentirse un poco más
relajada. El Britannia había sido el último barco en entrar en el Duke y,
durante una o dos horas, pareció como si ella y sus dos compañeros fueran a
zarpar sin que estuviera a bordo el objeto de su misión.
Un
remolcador hizo sonar su sirena a babor, se soltaron las amarras del muelle y
Kate y Dave oyeron un retumbar sordo a estribor cuando los propulsores de proa
y popa empezaron a girar. Sólo había dos cuerdas uniéndolos a tierra y al ver
que se aflojaban, los hombres del muelle las soltaron del noray y las dejaron
caer al agua con reflejos de arcoiris.
—¡Maniobra
completa! —gritó alguien.
Una
vez comprobada la situación del barco de Rocky, Kate miró a David de reojo
mientras él observaba cómo los propulsores hacían que el barco se alejara.
Máxima puntuación por citar a Shakespeare. Y tenía razón, había algo rico y
extraño en un viaje como aquél. Máxima puntuación también por no estar
interesado en el fútbol. ¿Qué importancia tenía un partido cuando se podía
contemplar la partida de América por barco? Había empezado a pensar que los
hombres como David Delanotov simplemente no existían. Románticos, felices de
permanecer sentados, en silencio, en lugar de tratar de usar su labia para
lograr que te quitaras las bragas. Mientras observaba sus ojos, grandes y
castaños, fijos en el lejano horizonte, se preguntó qué otras sorpresas le
depararía el viaje y cuántas de ellas incluirían a aquel hombre tan apuesto.
14
Algunos
de los tripulantes y propietarios de los yates se quedaron en sus propias
embarcaciones para cenar. Pero la mayoría fue al bloque de alojamientos de la
cubierta de proa, curiosos por ver algo más del buque y conocer al capitán, a
sus oficiales y a la tripulación. Los oficiales y la tripulación del Duke
comían por separado en comedores diferentes. En la Marina Mercante británica
siempre se había hecho de esa manera. Jellicoe dio órdenes de que se permitiera
a los propietarios y a sus capitanes cenar en el salón de oficiales. Los
tripulantes, sin embargo, tendrían que comer con los del Duke en el comedor de
la tripulación. Así fue como Dave se encontró sentado con Jellicoe, los
oficiales que no estaban de servicio y un par de docenas de propietarios y
capitanes, entre ellos Al Carnaro, Kate Parmenter y la capitana del Jade, la
atractiva Rachel Dana.
—Capitán
Jellicoe —dijo Rachel—, me gustaría saber cuál es el propósito de los dos
cañones de bronce que hay en su castillo de proa.
—¿Qué
coño es un castillo de proa? —murmuró con un gruñido Kent Bowen.
—Es
la cubierta que hay por encima de la proa del barco — explicó Jellicoe, y
calificó a Bowen como un completo idiota en todo lo referente al mar y la
navegación. Volviéndose hacia Rachel, sonrió flemático—. La verdad es que esos
cañones tienen su pequeña historia —dijo—. Verá, cuando volvíamos de las
Baleares —hizo un gesto con la cabeza hacia Bowen—... Son ese pequeño grupo de
islas que incluye Mallorca que es, claro, nuestro destino. Bueno, tuvimos que
detenernos para hacer unas reparaciones, muy cerca de Lanzarote —otro cabeceo
para Bowen—, que, por supuesto, está en las Islas Canarias. Como sea, estuvimos
anclados cerca de unos acantilados la mayor parte de un día mientras el primer
maquinista trabajaba con las máquinas, y los chicos empezaban a aburrirse.
Bien, pues en lo alto de los acantilados había dos cañones para rendir honores
y a mí se me ocurrió que una buena manera de evitar que se metieran en
problemas era que escalaran hasta la cresta de los acantilados, tal como había
visto hacer en una película y, en lugar de dinamitarlos, los robaran —Jellicoe
se iba riendo entre dientes mientras revivía la hazaña—. Y eso fue exactamente
lo que hicimos. Nos llevó la mayor parte del día porque, como pueden
imaginarse, pesaban bastante. De cualquier modo, funcionan perfectamente. Los
disparamos una vez al año, para conmemorar la victoria del almirante lord
Nelson contra los franceses en la batalla de Trafalgar —volvió a cabecear en
dirección a Bowen—... Una famosa batalla marítima durante las guerras napoleónicas,
el 21 de octubre de 1805, por si le interesa. Se libró al norte de las
Canarias, de hecho. Verán, originariamente los cañones eran británicos, de un
buque de la escuadra de Nelson que naufragó en Madeira, y se quedaron allí
durante un tiempo hasta que el gobernador los perdió en una partida de cartas
con el gobernador de Lanzarote. Bueno, o algo por el estilo. Así que lo único
que hicimos fue recuperar una propiedad británica. Es lo que Inglaterra espera
de nosotros, ¿eh, primer oficial?
Bert
Ross exhibió una glacial sonrisa y se puso un poco más del execrable vino
blanco que se servía a bordo del Duke.
—¡Qué
heroico! —dijo Rachel—. Quizás debería usted hacer una película, capitán.
Kate
se preguntó en qué clase de película estaría pensando Rachel Dana. Dirigiéndose
al capitán dijo:
—Capitán
Jellicoe, si así es como consigue que sus hombres no se metan en problemas, me
gustaría ver qué pasaría si fuera usted quien quisiera causar problemas.
—Vamos,
vamos, capitana Parmenter. Fue sólo una diversión, eso es todo —Jellicoe miró a
Dave—. ¿No le parece, señor?
—Seguro
que fue un desmadre —dijo Dave, devolviéndole la sonrisa y preguntándose cómo
reaccionaría Jellicoe cuando Al y él escenificaran su propia diversión. Y
decidió que mal. Jellicoe era la clase de tipo que llamaría «piratería» a lo
que Dave estaba planeando. Bueno, eso no le importaba. Errol Flynn y Tyrone
Power siempre le habían gustado. Cuando estuviera escondido en algún lugar,
varios millones de dólares más rico, quizás incluso se dejara crecer un pequeño
bigote. Puede que hasta volviera a llevar pendiente. Cuando uno valía varios
millones de dólares, podía llevar lo que quisiera y nadie protestaba nunca.
—¿Un
desmadre? —dijo Jellicoe—. Sí, supongo que lo fue.
—Unas
cuantas cervezas de más es el delirio máximo en el Carrera —dijo Kate sonriendo
a Dave.
—Lo
mismo en el Juarista —respondió Dave, sonriendo también, aunque estaba pensando
que lo que le había pasado a Lou Malta y a su Pepe podría describirse como
bastante delirante.
Al,
que había permanecido sensatamente callado durante la cena, se inclinó sobre el
hombro de Dave y murmuró:
—¿Es
ella? ¿La muñeca con la que estuviste hablando antes?
—Sí.
—Guapa,
muy guapa. La cuestión es ¿tiene una amiga atractiva?
—No,
Al —dijo Dave mirando a Al y sacudiendo la cabeza—, la cuestión es ¿tengo yo un
amigo atractivo?
Después
de cenar, Dave preguntó al primer oficial, Bert Ross, quién de sus oficiales
era el radiotelegrafista.
—¿Radiotelegrafista?
—Ross sonaba sorprendido.
—Sí,
es que tengo un micro que todo el rato me corta la comunicación.
Aunque
era verdad, Dave sabía perfectamente cómo arreglarlo. Su verdadero propósito
era averiguar dónde estaba la radio del buque. La primera parte de su plan,
cuando se pusiera en marcha, requeriría la inmovilización del VHF del Duke
—Tenemos
un oficial electrónico —dijo Ross—. Los radiotelegrafistas desaparecieron al
mismo tiempo que los pantalones de campana. Hoy todo son satélites y
microchips. Fax, telex, llamadas digitales selectivas, lo que quiera. La
mayoría de los chavales de este barco creen que Morse es la capital de Rusia.
—Se echó a reír y miró el reloj—. Da la casualidad de que Jock, nuestro
especialista en esas cosas, estará ahora hablando por teléfono, para saber los
resultados del fútbol en Inglaterra. Venga, le acompañaré.
—Estupendo,
gracias.
—De
nada. ¿Qué es lo que quiere hacer? ¿Hablar con su preparador personal o algo
así? —Ross lo condujo fuera del salón de oficiales—. Después de esa cena
probablemente necesitará un par de horas extra de gimnasia.
—Sí
que era un tanto pesada —admitió Dave, pensando en lo mucho que le había
recordado la bazofia que les daban en Homestead.
—Lo
que sobra lo empleamos como lastre.
Siguieron
hasta una cabina situada al lado del puente, donde un hombre delgado, con
aspecto desnutrido y con el pelo más rojo que Dave hubiera visto, excepto en
perros, estaba sentado frente a una serie de transmisores-receptores y
altavoces. En la mano tenía el auricular de un teléfono digital y a su lado, en
la mesa, había una hoja de papel cubierta de nombres de equipos y resultados.
—Este
es Jock.
El
pelirrojo levantó los ojos y saludó con la cabeza.
—Es
escocés, así que no espere entender una maldita palabra de lo que diga.
Jock
volvió a colocar el auricular en su sitio y se recostó en la silla de plástico.
—¿Cómo
le ha ido al Arsenal, Jock?
—Perdieron,
tres a cero.
—Cabrones
—Ross suspiró y miró hacia otro lado, furioso—. Jock, éste es el señor
Delanotov, uno de nuestros supernumos. Tiene un problema con su VHF.
Dave
contestó unas cuantas preguntas básicas sobre el sistema de VHF a bordo del
Juarista y, mientras, iba pensando cuál sería el mejor medio de inutilizar la
radio del buque. El marino que había en él retrocedía ante la idea de disparar
una bala contra la radio y dejar a un centenar de personas abandonadas en el
océano sin ningún medio de comunicación. Pero no veía otra alternativa. Por lo
menos, eso era lo que le parecía hasta que, al dar un paso atrás para dejar
pasar a Ross, el bolsillo de los pantalones se le enganchó en la pesada puerta
de acero y se desgarró.
—Lo
siento —dijo Ross.
Pero
Dave estaba más interesado por el descubrimiento de que la puerta tenía una
llave que por cualquier disculpa. Lo único que tenía que hacer era robar la
llave y esconderla en algún sitio.
Jock
se inclinó hacia delante en la silla, frunciendo el ceño desconcertado cuando,
a través del altavoz, llegó un sonido parecido a un aparato de fax
transmitiendo.
—¡Qué
raro! Ahí está de nuevo —dijo.
—¿El
qué? —preguntó Ross.
—Ese
sonido. Uno de los supernumos debe estar transmitiendo una señal utilizando un
scrambler digital.
—¿Y?
—Pues
que no es muy normal, eso es todo.
—¿Por
qué canal? —preguntó Dave, curioso.
Jock
le dio al botón de sonido en el transmisor-receptor para tratar de limpiar el
ruido ambiental de fondo.
—Parece
estar entre frecuencias —dijo sacudiendo la cabeza.
—Quienquiera
que sea probablemente está tratando de sostener una conversación sobre un
asunto privado —dijo Ross encogiéndose de hombros—. Hay un montón de cabrones
entrometidos por ahí. Nunca se sabe quién puede estar escuchándote. Lo leí el
otro día en el periódico. Cada vez hay más espionaje industrial.
—Eso
es cierto —dijo Jock con un acento más espeso que el puré de patatas—. Pero lo
digital es algo muy sofisticado —dijo mirando acusador a Dave—. Incluso para un
supernumo multimillonario. Normalmente, sólo los militares y los servicios de
inteligencia utilizan esa clase de juguetes.
—¿Estás
seguro de que viene del Duke? —preguntó Dave.
—Positivo.
Mira la fuerza de la señal. Estamos justo encima. Y, además, la VHF tiene un
alcance muy corto. Máximo cincuenta millas. Si alguien está emitiendo, es para
alguien que está bastante cerca.
—¿Puedes
establecer la posición? —preguntó Dave.
—Con
este equipo no.
Jock
cogió un cigarrillo a medio fumar y dio unas caladas hasta devolverlo a la
vida.
—Hay
otra posibilidad —añadió—, si la señal no procede realmente del buque.
Dio
otra chupada al cigarrillo, lo apagó en un platillo y empezó a liar otro.
—Bueno,
espero que no tengamos que quitarnos la ropa interior para que nos lo cuentes.
Jock
lamió el papel de fumar.
—Es
posible, he dicho sólo posible, ¿eh?, que estemos encima de un submarino —se
puso el cigarrillo en la boca y encendió una cerilla—. Esos cabrones se dedican
a toda suerte de jueguecitos estúpidos. Si es un submarino, probablemente nos
esté usando para un ejercicio. En este mismo momento podría estar haciendo ver
que nos dispara un torpedo.
—Es
una idea reconfortante ahora que nos preparamos para irnos a dormir —dijo Dave.
—Sí
—dijo Ross—. Y pensar que es para ayudarnos a todos a dormir tranquilamente en
nuestras camas por lo que hacen todas esas cosas estúpidas...
A
bordo del Carrera, Kate finalizó su conversación con el primer oficial del
Galveston, el submarino de ataque clase 688 que, como acababan de informarle,
estaba a 60 metros por debajo de los cascos gemelos del Duke. Se sentía mucho
mejor sabiendo que tenía compañía, aunque sólo fuera hasta el mar de los
Sargazos. Después, les esperaban varios cientos de millas a través de la
depresión de Cabo Verde antes de que pudieran contar con su nueva escolta, un
submarino nuclear francés, en otro hito bajo las aguas, la meseta del Gran
Meteoro.
Estaba
sentada con Sam Brockman detrás de las cortinas corridas y las puertas cerradas
del salón de la timonera. Brockman estaba pendiente del gráfico electrónico,
más por costumbre que por necesidad. Era un hombre alto —demasiado alto para
estar verdaderamente cómodo en el yate: con su metro noventa y cinco, siempre
andaba rozando con su pelo gris acero los techos forrados de gamuza del
Carrera— y tenía el aspecto de alguien que ya lo ha visto todo. A Kate le caía
bien; su aire tranquilo le inspiraba una gran confianza, y admiraba su sentido
del deber, pero por encima de todo le gustaba que compartiera su baja opinión
de Kent Bowen.
—¿Dónde
está su excelencia? —preguntó Kate.
—Dormido.
En su camarote. Hizo buenas migas con la cerveza durante el partido por la
tele. Y hemos de contar, además, el vino que trasegó en la cena. Diría que hoy
ha bebido tanto como ha respirado. Parece que va a representar el papel de un
gato gordo y perezoso hasta el último pelo del bigote, Kate. No tanto su
sentido del deber como por la influencia del alcohol. Me sorprende que se las
haya arreglado para mantener la boca tan bien cerrada. Hasta ahora.
—No
tendría que habérselo sugerido nunca —dijo Kate—. Tienes razón, Sam; está
actuando como si fuera Donald Trump. Esa idea de ser propietario se le ha
subido a la cabeza.
—No
es sólo la cabeza. ¿Viste el otro día cómo se lanzaba encima de la capitana del
Jade? —Sam sonrió—. Me pregunto por qué.
—Oh
vamos Sam, tú no, por favor. Lo que lleva bajo el polo son tetas, no manzanas
de oro.
—No
me fijé mucho en sus tetas, pero adoro el culo de esa mujer.
—¡Sam!
—El
aire de mar le hace cosas extrañas a la gente —explicó—. Habrá todo tipo de
historias antes de que acabe el viaje. Ya verás como no me equivoco.
—Espero
que tengas razón. Me vendría bien un poco de acción. La oficina de Miami ha
estado un poco aburrida últimamente. Bowen se encarga de ello. Es el jefe más
aburrido para el que he trabajado nunca.
—No
tienes que preocuparte. Hiciste bien, créeme; representa el papel de
propietario gilipollas y bobo a la perfección. Y te lo dice uno que sabe: he
trabajado para muchos. Durante las vacaciones de la universidad, solía
enrolarme en yates. Trabajé para un cretino, heredero de una fortuna en
compresas higiénicas, en particular que tenía una goleta de tres mástiles
clásica. Sesenta metros de eslora, construida en 1927, una auténtica belleza.
Su avión privado lo llevó hasta donde estaba el yate, en Tierra de Fuego, en
Argentina. Esto fue sólo después de que le telegrafiáramos para asegurarle que
hacía un tiempo absolutamente tranquilo. Lo recogimos y pasó cuarenta y ocho
horas a bordo, doblando el Cabo de Hornos sólo para poder fardar de que lo
había hecho ante sus colegas del club de yates, allá en Manhattan. Dos días
después lo desembarcamos en la costa de Chile y cogió el avión de vuelta a
casa. Mamón de mierda. En cuanto llegó a Wall Street puso el yate en venta —Sam
sacudió la cabeza indignado—. Sí, creo que él y Kent Bowen se hubieran llevado
de maravilla.
—Eres
muy amable al decirlo, Sam.
Sam
estiró sus largas piernas y bostezó.
—Hay
una cosa en la que Bowen tiene razón. En acostarse temprano. Estoy hecho polvo.
¿Te importa sí me voy a dormir?
—Claro
que no. Yo me voy a quedar un rato a disfrutar del aire nocturno. No se zarpa
cada día en un viaje a través del Atlántico.
Sam
sonrió cortésmente y se puso en pie. No sentía demasiado amor por el océano.
Fort Lauderdale era uno de los destinos más activos del servicio. El año
anterior habían realizado más de mil abordajes y Sam no había trabajado nunca
menos de setenta horas a la semana. El lema de los guardacostas era Semper
Paratas —siempre en pie— y era de verdad, vaya si era de verdad. Sam no había
estado nunca casado. Nunca había encontrado el momento, y mucho menos la chica
adecuada. Una chica capaz de soportar a un rival como el mar. Kate le gustaba,
pero no se engañaba respecto a ella. Era como él, alguien dispuesto a poner su
trabajo por encima de cualquier relación. Y no había ningún futuro en aquello
para ninguno de los dos. Así que le deseó buenas noches y se fue a su camarote.
Kate
volvió a la parte posterior del puente y fijó la mirada en el mar. El buque iba
a una velocidad de casi diecisiete nudos, aunque apenas se notaba salvo por el
débil ruido y la sorda vibración de las máquinas. El mismo mar parecía tan
tranquilo como si estuvieran navegando por uno de los canales de Lauderdale.
Había luna llena, grande como una pelota de fútbol, y sólo una ligera y cálida
brisa soplaba mientras se desplazaban a través de la noche.
Kate
encendió un Doral y deambuló descalza por la cubierta. A la luz de la luna,
hubiera podido creerse que todos los barcos estaban hechos de cocaína, tan
blancos eran. Un poeta, al menos, habría apreciado la absurda teoría de Kent
Bowen. Y era fácil pensar en todos los pasajeros como viajeros sobrenaturales
de la mitología griega, o quizás holandeses errantes surcando los mares por
toda la eternidad.
Alguien
carraspeó y, al volverse hacia estribor del Carrera se encontró frente al
capitán del Juarista, iluminado por la luna.
—Hermosa
noche —dijo él.
—¿Verdad
que sí?
Kate
apagó el cigarrillo. Le parecía que no mostraba su mejor aspecto cuando estaba
fumando.
—Podría
pedirme que subiera a bordo, si quisiera.
—¿Le
apetece una cerveza?
El
pareció tomarse esto como una invitación, porque al momento siguiente saltaba
atléticamente desde su puente al de ella.
—¡Oh!
—dijo Kate, un poco nerviosa por su proximidad—, aquí está. Vaya. Vaya.
—Bueno,
es una noche maravillosa para bailar a la luz de la luna.
Y
para sorpresa de Kate, Dave le rodeó la cintura con el brazo, le cogió la mano
derecha con su izquierda, a pesar de que se resistió un poco, y empezó a bailar
con ella, cantando suavemente su canción favorita de Van Morrison, sonriendo
cuando sus ojos se encontraban y sin rastro alguno de timidez, como si cantara
serenatas a una chica cada noche.
Cuando
acabó la canción y ella estaba segura de que iba a besarla, le soltó la mano y
se apartó.
Kate
soltó un suspiro y dijo:
—Ha
sido agradable —y sintiéndose un tanto escandalizada de sí misma añadió—;
podría escuchar esa música toda la noche. —Se volvió para que él no pudiera ver
su gesto avergonzado—. Voy a traerle la cerveza.
—No
—dijo él—. En realidad no tengo sed. No necesito una cerveza. Estaba pensando
—dijo con una sonrisa—, ¿qué le parecería ir al cine conmigo esta noche? Hay un
pase de El tercer hombre en el Juarista. Es una pequeña sala de cine no muy
lejos de las Bahamas.
—La
conozco —respondió Kate—. Está justo al lado del Carrera.
—Y
después podríamos llegarnos a un bar que conozco justo al lado. El barman
prepara unos Margaritas verdaderamente excelentes.
Kate
torció el gesto, preguntándose por qué tendría que haberle recordado de repente
el Pier Top, del Hyatt, en Fort Lauderdale.
Dave
prosiguió:
—Y
luego, si le quedan energías, podemos continuar bailando,
—No
se me da muy bien bailar —reconoció Kate. ¿No lo decía Howard siempre? Decía
que había visto un libro de números aleatorios con más ritmo que ella.
—Eso
no es verdad —dijo Dave—. Conoce todos los movimientos.
—Me
parece que se está describiendo a sí mismo.
—Oh,
se refiere a movimientos como los del ajedrez.
Ella
asintió.
—¿Cómo
en un gambito?
—Don
Gary Kasparov —dijo ella.
—Podría
ser —concedió Dave—. Sólo que un gambito entraña algún tipo de sacrificio.
—Dígame
pues, ¿qué tiene que perder?
—Tuve
la ingenua idea de expresar sencillamente mis sentimientos tal como se
producían. ¿Sirve esto?
—Claro.
Pero quizás sería mejor que nos saltáramos la película. Podríamos molestar a
los otros patrones.
—Bien,
¿pero qué me dice del Margarita?
—Si
cree que será de ayuda para esa ingenua idea suya... Pero sólo uno y recuerde
esto: uno, después tengo que conducir; y dos, me gusta lamerme la sal de los
labios yo misma.
Dave
la ayudó a pasar a su barco y, mientras Kate paseaba la mirada por el salón,
fue abajo para asegurarse de que Al estaba bien dormido. Con la primera chica
decente que conocía en cinco años, lo último que necesitaba era que Al metiera
las narices. Detrás de la puerta de cedro reluciente, la televisión seguía en
marcha, pero Al estaba roncando con fuerza. Dave volvió al salón para preparar
las bebidas.
—Al
está dormido. No nos molestará.
—Cuénteme
algo de Al.
—Me
parece que podríamos decir que Al es un tipo bastante corriente. Podría ser el
vecino de al lado; es decir, si da la casualidad de que vives al lado de un zoo
o de una granja de cerdos. Pero es útil tenerlo cerca, ¿sabe?
Kate
se rió. Estaba mirando el acuario de falso cristal de Lalique que rodeaba el
sofá y pensando que el interior del barco era mucho menos masculino de lo que
había imaginado. Dejando de lado el cristal, estaban los cojines que había en
el sofá. Nunca había conocido un hombre que llevara cojines a bordo de un
pesquero deportivo.
—Bonito
interior —dijo educadamente.
—No
está mal —admitió Dave—. Un poco cursi. No estoy seguro de que el cristal
encaje. Así que estoy pensando en hacer cambios en invierno. Algo más práctico,
quizás —añadió dándole el Margarita.
Kate
tomó un sorbo.
—Mmmm.
Perfecto.
—Así
es como me gustan.
—Perfeccionista.
—Eso
explicaría por qué me atrae.
—La adulación
es mi cumplido favorito.
—Hubiera
dicho que a estas alturas ya estaba acostumbrada.
—En
realidad, no. Mi ex marido era un tanto avaro con sus buenas opiniones. Sin
embargo, lo compensaba con las malas.
—Esa
parte del ex suena bien.
—Está
totalmente fuera de mi vida —mintió Kate—. A pesar de lo poco amante que era de
hacer cumplidos, siempre se quitaba el sombrero ante una mujer bonita; el
problema es que nunca se limitaba sólo al sombrero.
—Un
don Juan, ¿eh?
—Sí,
aunque se llamaba Phil y era de Filadelfia.
Dave
sonrió.
—¿Quién
le escribe los diálogos? —preguntó—. Me encanta la manera que tiene de hablar.
—Un
hombrecito, con una vieja Remington, aquí arriba en mi cabeza; se parece un
poco a William Holden.
—William
Holden. Antes era grande.
—Sigue
siendo grande —declaró Kate, con fingida solemnidad—. Son sus arterias lo que
se ha encogido.
Le
gustaba que a él le gustara su forma de hablar. Howard nunca había apreciado su
ingenio. Siempre era demasiado rápida para él y eso era algo que él odiaba. A
veces, era demasiado rápida incluso para ella misma, y decía cosas, cosas
divertidas que luego lamentaba haber dicho. Si su boca hubiera sido una
pistola, habría sido Sundance Kid. Pero, en su opinión, no era que Howard
careciera de ingenio o inteligencia; era simplemente que se tomaba a sí mismo
demasiado en serio. «Es bueno que tú y yo tengamos el mismo sentido del humor
—le había dicho una vez—. El único problema es que yo tengo el 95 % del total.»
Desde
luego, el sentido del humor de Dave no tenía nada de malo. A Kate también le
gustaba mucho la forma en que él hablaba.
—A
usted tampoco se le da mal. Después de todo, lleva a Van Morrison en la maleta.
Siempre me ha gustado Van, el Hombre.? ¿De dónde eres, Van?
Dave
sonrió y apartó la mirada un momento.
—No
importa —respondió—. Lo que de verdad importa es adónde vas y cómo llegas hasta
allí.
—Ajá;
así que eres de Miami —dijo Kate.
Dave
se echó a reír.
—Todo
el mundo se vuelve tímido cuando tiene que reconocer que es de Miami —explicó
Kate.
—Tienes
razón —dijo—. Es como decir que naciste en un supermercado K-Mart.
—Apenas
se te nota el acento —observó Kate.
Desde
que empezó a estudiar ruso, Dave se había esforzado, también, por perfeccionar
la manera en que hablaba inglés. Por utilizar conjunciones y preposiciones;
salvo cuando hablaba con Al. No parecía importar gran cosa la manera en que uno
hablara con Al.
—Eso
—respondió— es porque lo restregué hasta que desapareció.
—Alguien
que se perfecciona a sí mismo, ¿eh?
—¿No
lo hacemos todos? ¿Y qué hay de ti? ¿De dónde eres? ¿O también te sientes
tímida?
—Yo
y la timidez nunca nos hemos llevado muy bien. Ella y su hermana mansa nunca me
gustaron.
—Así
que no crees que los mansos heredarán la tierra.
—Si
lo hacen será porque tienen un buen abogado. En realidad soy de la Space Coast.
Suena mejor que decir que soy de Titusville, ¿no? Si Miami es un K-Mart, no sé
dónde deja eso a Titusville.
Pensó
en la cuestión durante un momento.
—Una
tienda de cosas de segunda mano organizada por la iglesia con fines benéficos,
probablemente. De verdad, lo único bueno de Titusville es la vista del edificio
de ensamblaje de los cohetes a unas veinte millas. Más o menos, yo crecí con el
programa espacial. Cuando era niña quería ser astronauta. La primera mujer de
Estados Unidos en pisar la luna. Y ahora tripulo yates de lujo —dijo sonriendo
y encogiéndose de hombros—. Un paso lógico en mi carrera —añadió, después de
acabarse la bebida y lamerse los labios.
—¿Quieres
un poco más? —preguntó Dave—. He preparado una jarra entera, por si cambiabas
de opinión sobre lo de tomar sólo uno.
—Un
hombre que conoce la psicología femenina —respondió Kate, alargándole el vaso—.
¿Lo añadimos a la lista de tus habilidades?
Dave
cogió los vasos, puso sal en el borde y luego volvió a llenarlos hasta arriba.
—¿Quién
lleva la cuenta?
Kate
esperó hasta que Dave se hubo sentado de nuevo, lo miró directamente a los
grandes ojos castaños y le respondió con una franqueza que encontró casi
tonificante.
—Yo.
Luego
levantó el vaso antes de que él se le acercara demasiado, tratando de controlar
lo que pasaba el mayor tiempo posible.
—Bueno,
así es como llegué a ser capitana de un yate. ¿Cómo llegaste tú a ser
propietario? Quiero decir, éste es un barco muy caro.
—Normalmente
sé lo que me gusta —dijo Dave, con lo que confiaba que sonara como modestia
evasiva—. Así que, si puedo, voy y lo consigo.
—¿Vas
a por todo lo que te gusta?
—No,
no todo. Pero es así como elegiría a una mujer.
—Haces
que suene igual que elegir una corbata.
—Elegir
una corbata es un asunto serio —dijo Dave—. Puede que la lleves colgada
alrededor del cuello doce horas al día.
—¿Doce
horas al día? Suena como si trabajaras en algo de alta presión. ¿Qué haces
exactamente para ganarte la vida?
—¿Exactamente?
—preguntó Dave sonriendo—. Un poco de esto, un poco de aquello.
—Suena
como si fuera un trabajo realmente agradable. ¿Cuál de los dos es más rentable?
—Por
lo general, aquello.
—Es
lo que yo pensaba.
—Trabajo
en el Centro Financiero del Sudeste, en el bulevar Biscayne.
—Ya.
El edificio más alto de Florida.
—Tiene
que serlo, para que quepan todas las historias que tengo que contarles a mis
clientes.
—O
sea que eres un mentiroso experimentado, ¿es eso lo que me estás diciendo?
—Experimentado
no. Perfecto.
—Tiene
que irte bien —dijo Kate sonriendo.
Dave
adoptó un aire evasivo.
—Quiero
decir —prosiguió Kate—, ya hemos establecido que este barco no es exactamente
la Chalupa John B. Un yate como éste debe costar sus buenos tres millones. Eso
es un montón de historias. Incluso para alguien del Centro Financiero.
—¿Tú
que harías si tuvieras tres millones de dólares? —preguntó Dave dejando el vaso
en la mesa.
—¿Qué
es esto, Una proposición indecente?
—He
dicho tres millones.
—Bueno,
naturalmente habría algunos cambios.
Dave
se deslizó por el sofá y le rodeó los hombros con el brazo.
—¿Dónde
nos habíamos quedado con el gambito de rey? — dijo. Y luego la besó.
Kate
pensó que se podía saber mucho de un hombre por la forma en que besaba. A veces
se podía saber lo que había tomado para cenar. Pero casi siempre podías decir
si querías acostarte con él. En el mismo momento en que él puso los labios
sobre los suyos Kate supo que quería sentirlos también en otras partes de su
cuerpo. Cuando él se apartó para observar su reacción, dijo:
—Me
parece que el gambito ha sido aceptado, sólo que la reina blanca está mal
situada aquí. Tendría que moverse si quiere evitar el mate.
Kate
puso su Margarita en la mesa, le rodeó el cuello con la mano y atrajo de nuevo
su boca a la de ella, como si ya se hubiera vuelto adicta a su efecto
narcótico. Soñadora, cerró los ojos y se entregó a la borrachera de sus labios,
que todavía tenían rastros de la sal cristalina del vaso. El último hombre que
la había besado había sido Nick Hemmings, el oficial de enlace británico. Un
tipo agradable, pero no muy bueno besando. Y antes de eso Howard, claro, que
besaba como una almeja. Pero esto, esto era un auténtico zumbido, con un alto
potencial de adicción. Un beso de 200 dólares la onza, con un efecto igual que
si lo estuviera absorbiendo por las dilatadas ventanas de la nariz y, al cabo
de unos segundos, lo sintiera cosquilleándole en los dedos de los pies.
—Mmmm
—dijo, con ganas de más, y recorrió la cálida mejilla y la caliente oreja de
Dave con sus encendidos labios—. Esta sensación se podría cortar con una
tarjeta de crédito.
—¿Has
estado alguna vez totalmente despierta y lo único que querías era irte directa
a la cama?
—Yo
nunca he hecho nada directamente —dijo Kate, disfrutando de aquel nuevo papel
que estaba creándose. Barbara Stanwyck. Lauren Bacall. Bette Davis. Apartó
suavemente a Dave—. Si lo hubiera hecho, ahora sería astronauta. Pero, para
como están los viajes en cohete, esto ha sido bastante rápido. Mírame. Estoy
sin respiración.
Se
sentó y cogió su casi vacío vaso de la mesa.
—Me
estoy quedando sin combustible ni oxígeno. Me parece que será mejor que vuelva
a la nave nodriza.
Dave
cogió un almohadón y se lo colocó sobre las rodillas.
—Probablemente
es una buena idea —dijo.
Se
acabó el Margarita esperando que Kate diera alguna señal más evidente de querer
marcharse. Por ejemplo, ponerse de pie.
Cuando
vio que no se movía del sofá, cogió uno de los cigarrillos de Kate mientras
pensaba en algunos versos apropiados. Había algo de Andrew Marvell que encajaba
perfectamente en la situación, sólo que ya se había apoyado demasiado en las
palabras de otros. Era hora de ser él mismo. O por lo menos tanto como pudiera,
teniendo en cuenta lo que estaba planeando. Así que dijo sencillamente:
—¿Sabes?,
para ser capitán de barco eres una chica muy atractiva.
—Entre
los requisitos para el puesto no está que tengas que parecerte a Charles
Laughton y andar por cubierta arrastrando un cabo de cuerda.
—Al
hace que Charles Laughton parezca Cary Grant.
—Probablemente
más vale que sea así —señaló Kate—. Imagina lo violentos que os sentiríais los
dos si fuera él quien estuviera sentado aquí.
Lo
repulsivo de la imagen hizo que Dave soltara una carcajada.
—Entonces
sería más fácil decir buenas noches —dijo.
—¿Sabes,
David?, para ser millonario, te rindes con bastante facilidad.
—Y
yo que pensaba que estaba mostrando una contención admirable.
—Tu
admirable contención es agradable, no me malinterpretes. Representa un cambio
muy de agradecer. Pero, ¿cómo lo diría? Veamos, si pensamos en un mayordomo,
hay demasiado de inglés y no lo suficiente de Rhett Butler. Es evidente que no
sé qué hacer en este momento. Quizás necesito un poco del arte de vendedora de
un centro financiero.
—Francamente,
amiga mía, no me siento con ánimos para contarte un montón de mierda. Todo se
reduce a que vales demasiado para mí como para que rebaje tu precio. Prefiero
forzar ese precio a la alza que a la baja. Cuando compro una participación en
algo, no es porque quiera liquidarlo rápidamente, sino porque creo en la
empresa. Sólo hay que vender cuando se está seguro de ello. Un trato sólo es un
buen trato cuando ambas partes creen que lo es.
—Me
encanta la manera como hablas —dijo Kate—. Me hace sentirme como la Bell
Atlantic.
Lo
besó y se levantó.
—Estaré
esperando tu oferta, Rhett. Ya sabes dónde encontrarme. Sales, miras hacia el
mar por la mañana y luego te das media vuelta.
—¿Quieres
que te acompañe a casa?
—No
es necesario, me he traído mis equilibrios para caminar por el barco.
—Ya
me he dado cuenta. En realidad, me he estado fijando en ellos toda la noche. Te
sientan bien. Como si una se llamara Cyd y la otra Charisse. Hacen un dúo
bastante bueno.
—Y a
pesar de cualquier impresión que pueda haberte dado, Dave, es difícil verlas
separadas.
—No
lo he dudado en ningún momento —dijo Dave, escoltándola hacia la popa del
yate—. ¿Sabes, Kate?, esto no ha sido, no es, sólo un ligue para pasar el rato.
Lo que dije lo dije de verdad. Y no es algo que me pase a menudo, créeme.
—Y
si te dijera que yo también he sentido lo mismo.
Lo
hizo callar, besándolo de nuevo.
—Tenemos
diez días para averiguar si esto significa algo más que simple biología humana
—añadió.
David
frunció el ceño, desconcertado por un momento.
—¿Diez
días? —preguntó.
—Eso
es lo que vamos a estar en esta lata de sardinas flotante hasta llegar a
Mallorca, ¿no?
—Sí,
claro —respondió Dave, cuyo reloj mental estaba programado sólo para un viaje
de cinco días.
—Me
lo harás saber si piensas marcharte antes, ¿verdad, David? —dijo Kate—. Es que
detestaría despertarme una mañana y ver que ya no estabas.
—¿Dónde
podría ir? —preguntó Dave con una sonrisa forzada—. Sólo están la luna y las
estrellas.
—Ya
sabes que la noche es mágica, Van. Tú mismo lo dijiste, ¿recuerdas?
15
—Volviste
bastante tarde anoche, ¿no Kate?
—Kent
—protestó Kate—, habla igual que mi padre. Además, me sorprende que se diera
cuenta después de la cantidad de alcohol que despachó ayer.
Estaban
en la cocina, Bowen sentado detrás de la dinette en forma de L y Kate detrás
del mostrador empotrado de imitación a granito, vertiendo agua hirviendo en el
café. Abajo, desde la escalera de babor, les llegaba la voz de Sam Brockman
cantando en la ducha.
—Bueno
lo que sucedió fue que entre el partido de la televisión y el lujo de este
barco, y el inicio del viaje y tu encantadora compañía, Kate, y porque
realmente no había mucho más que hacer ayer, salvo relajarse, supongo que bebí
un poco más de lo que debía. Pero con seguridad observarías que no afectaba mi
capacidad para el trabajo.
—No,
ciertamente no lo observé —admitió—. Mayormente, trato de no observarte ni a ti
ni a tus capacidades —añadió entre dientes.
—¿Cómo
dices?
Kate
sacudió la cabeza.
—¿Qué
problema hay con mi horario, señor?
—Sólo
me preguntaba qué te había retenido hasta tan tarde.
Kate
no vio ninguna razón para negar dónde había estado. En realidad, era muy poco
lo que había pasado. A menos que contara un pequeño viaje antes, de enamorarse,
quizás, locamente. No había pasado nada en el dormitorio.
—El
tipo del barco de al lado me invitó a tomar algo —dijo; encogiéndose de
hombros—. Eso es todo. Prepara unos Margaritas bastante buenos.
—Eso
me interesa. El Margarita es mi cocktail favorito. ¿Y no será por casualidad el
mismo tipo que vino a tomar algo aquí ayer tarde?
—El
mismo.
Bowen
se puso pensativo.
—¿Hay
algo malo en eso? —preguntó Kate.
—Sin
duda es un tipo apuesto —observó Kent.
Bowen
empezó a sonreírle de una forma que encontraba ofensiva. Como si fuera su
amante, viejo y rico, y estuviera celoso o algo así.
—¿Y
eso qué quiere decir?
—Quiere
decir que, sin duda, es un tipo apuesto —dijo él con fingida inocencia.
Kate
puso una taza de café frente a él en la mesa y luego volvió detrás del
mostrador, para evitar la tentación de tirarle el café hirviente por encima.
Miró cómo tomaba un sorbo y casi deseó que el café estuviera envenenado, como
la mente de Bowen. Como mínimo le habría gustado coger su estúpido sombrero
Tilley por el ala y tirar de él hacia abajo con fuerza, hasta taparle los ojos
y las orejas, sólo para ver si eso cambiaba en algo su manera de comportarse.
—Ya
que él y yo vamos a ser vecinos, supongo que más vale que me digas cómo se
llama.
Kate
bebió un poco de café y miró hacia fuera por el parabrisas que iba de pared a
pared, abstraída. Aunque aún no eran las diez, ya hacía calor. El Trópico de Cáncer
estaba sólo a unas cien millas al sur. Segura de su tipo, quería ponerse un
bikini, pensando en Dave; pero la idea de llevar algo más revelador que un
hábito de monja con Bowen por allí le resultaba repulsiva. Esperaba poder
tumbarse en el solarium que había en el techo de la cabina de popa y tomar el
sol mientras escuchaba el micrófono oculto que uno de los estibadores había
colocado en el Britannia durante los trabajos de carga. El problema era que un
único aparato no resultaba suficiente y Kate iba a tener que instalar otro ella
misma. Seguía sin decidir cómo vestirse.
Bowen
siguió sonriendo durante el obstinado silencio de Kate.
—Tendrá
un nombre, ¿no? Ese capitán del Juarista.
—Se
llama David Delanotov y no es el capitán; es el propietario —dijo Kate
rápidamente.
Casi
en el acto se arrepintió de su presteza. Decirle algo a Bowen era igual que
decirle demasiado, porque era obvio que estaba celoso.
—El
propietario, ¿eh? Igual que yo.
Bowen
dejó que la sonrisa diera paso a su irritante risita.
—Tendría
que haberlo sabido —dijo—. Tan pronto como lo vi me di cuenta de que teníamos
algo en común. —Bebió otro sorbo de café—. Los iguales se reconocen. Ya sabes
cómo van estas. Y también entiendes de barcos. Así que dime, Kate, ¿cuánto
crees que puede costar un barco como el Juarista?
Kate
dudaba entre dejarlo en su impotente ignorancia o decírselo para que se
sintiera insignificante. Finalmente, no pudo resistir la tentación de
restregarle la evidente riqueza de Dave por la cara.
—No
sé; quizás unos tres millones de dólares.
—Tres
millones de verdes. Joder, debe de estar forrado.
—No
es ni mucho menos el barco más grande que hay aquí, Kent. El de Rocky tiene
seis o siete metros más que el de David.
—¿David?
—dijo Bowen sonriendo—. ¿Sabes cuánto me costaría reunir todo ese dinero? Puede
que cincuenta años.
—No
me lo diga a mí. Dígaselo a su representante en el Congreso.
—Y
si eso se lo gasta en un maldito barco, ¿puedes imaginar la clase de casa en la
que debe vivir?
Kate
descubrió que podía imaginar todo tipo de cosas relacionadas con David
Delanotov y que la mayoría de ellas exigían que ella estuviera desnuda.
—¿Qué
es usted? ¿Un agente inmobiliario?
—Mira,
no te gastas más en el barco que en la casa. Es lógico pensar que la casa de
ese tío tiene que valer tres o cuatro veces más que su barco. Tiene que estar
entre los siete u ocho millones de dólares. Imagínatelo. Por todos los santos.
Kate
suspiró y contempló la taza de café.
—¿Cómo
se gana la vida? Un tipo tan joven. ¿Roba bancos? ¿Trafica con cocaína?
—Ya
veo que no tiene problemas de imaginación. Por lo que yo sé trabaja en el
Centro Financiero del bulevar Biscayne. Materias primas o algo así.
—Eso
es igual que robar un banco, o mejor. Esos tíos son más difíciles de pescar
cuando se meten en algo. Fraude, tráfico interno, esa clase de mierda.
—Pero,
¿usted qué es? ¿De la Comisión de Valores y Cambios? Kent, no tiene ni la más
remota idea de lo que habla. Ni siquiera conoce a ese tío.
—Conozco
a los de su clase —insistió Bowen—. Quizás mejor de lo que crees; quizás mejor
que tú.
Exasperada,
Kate tiró el resto del café por el fregadero.
—No
nos codeamos con multimillonarios cada día, Kate. Es natural que sintamos
curiosidad por ese tipo de personas, que nos deslumhren ellos y su riqueza.
—¿Es
una observación personal? ¿Qué quiere decir?
—Sólo
quiero que tengas cuidado, eso es todo. Tenemos un trabajo que hacer aquí. No
dejes que nada te distraiga. No dejes que nadie te haga perder la cabeza. Ese
tipo, por ejemplo.
—¿Sabe
que le pasa? Todo esto tiene que ver con otra cosa —dijo Kate—. Y es que le
incomoda personalmente que yo hable con otros hombres. Creo que está celoso.
—¿Yo,
celoso? Eso es ridículo.
—A
mí no me lo parece.
—Lo
único que quiero es que no te hagan daño. No quiero que lo jodas todo, ni en tu
vida ni en la operación.
Kate
sonrió implacable.
—Y
supongo que la forma en que se comportaba anoche con la capitana del Jade no
entra por alguna razón en la categoría de estúpido, ¿verdad?
—Mira,
Kate, yo soy un poco mayor que...
—Por
lo menos en eso podemos estar de acuerdo. Será mejor que no tiente su suerte y
se salga de su papel, ¿de acuerdo?
—Yo
sé cuál es mi papel.
—¿No
querrá decir rollo? Porque por la historia que le contó a Rachel Dana parecía
que fuera el dueño de Kansas.
—Eh,
oye, espera un momento...
—No,
espere usted un maldito momento. Está tratando de hacer que me sienta culpable.
De ponerme la zancadilla; bien, pues puede ahorrarse el esfuerzo. No me siento
culpable ante nadie. Y, señor, no me sermonee sobre cómo tengo que concentrarme
en el trabajo. Concentrarme en el trabajo me ha costado un marido. ¿Se ha roto
alguna vez su matrimonio debido al trabajo? Hay momentos de depresión. Y una de
las cosas que te ayuda a superarlos es la idea de que tu trabajo significa
algo. Que es importante. Que se nota. Así que no me venga con sermones sobre mi
trabajo. Eso se lo puede dejar al abogado que le lleva el divorcio a mi marido.
Señor.
Kate
salió rápidamente de la cocina y al cabo de uno o dos minutos Bowen la vio
caminar por la pasalera alta del buque y detenerse para hablar con el
propietario del Juarista. Bowen se acabó el café y luego fue al puente. Se
sentó en uno de los asientos del piloto, puso en marcha el scrambler digital y
cogió el auricular de la radio.
—Aquí
pavo en el heno llamando a pavo en la paja. Aquí pavo en el heno llamando a
pavo en la paja. ¿Me recibe? Corto.
Siguió
una corta pausa llena del ruido de la estática y luego Bowen oyó la voz del
telegrafista de guardia en el Galveston.
—Pavo
en el heno, aquí pavo en la paja, le recibo. ¿Todo en orden?
—Pavo
en el heno, todo en orden. Quiero que transmita un mensaje a la central del FBI
en Washington. Que la división de archivos compruebe a David Delanotov: de, e,
ele, a, ene, o, te, o, uve. Y también otras variantes de ese nombre. La
ortografía nunca fue mi fuerte. Además, que comprueben también un barco llamado
el Juarista: jota, u, a, erre, i, ese, te, a. Con matrícula de San Diego,
California. Quiero saber absolutamente todo lo que haya. Ah, una cosa más. Toda
esta información sólo deberá ser comunicada a petición específica mía. Soy el
agente Kent Bowen. No debe ser revelada a menos que la pida personalmente. ¿Lo
ha entendido? Corto.
—Pavo
en el heno, aquí pavo en la paja. Entendido. Corto.
—Aquí
pavo en el heno, corto y cierro.
Bowen
desconectó la radio y se recostó en el asiento de fina piel. Le impresionaba
bastante que Kate supiera cómo manejar todas aquellas pantallas de ordenador.
Varias veces había observado cómo realizaba varias secuencias críticas —por lo
menos, así es como él las llamaba— y seguía sin tener ni idea de lo que había
hecho. Puede que ella supiera mucho de barcos, pero él sabía de investigación y
de cosas legales. Ser inquisitivo, averiguar cosas de la gente, saber
exactamente con quién tratabas; todo eso te ayudaba a jugar con ventaja. Bowen
estaba convencido de que, generalmente, los ricos tenían algo que esconder.
Como decía el viejo proverbio: «Toda gran fortuna empezó con un delito». Sería
interesante descubrir cuál era el secreto de David Delanotov, y averiguar cómo
reaccionaba Kate cuando se enterara de ello.
—El
barco que hay a popa, el que vamos a robar para escapar, se llama Britannia —le
dijo Dave a Al.
Estaban
sentados en la cama doble del camarote de Al. Sin ventanas ni ojos de buey, era
el lugar más seguro del Juarista. Y como Al no se había molestado en cambiar
las sábanas desde Costa Rica, era también el más maloliente.
—No
es tan rápido como éste, pero a primera vista, yo diría que puede llegar a
veinticinco nudos, sin problemas. Tiene doble propulsor a popa, así que no
habrá ninguna dificultad para maniobrar y sacarlo al mar. La energía tampoco
será un problema. Los he estado observando y tienen más paneles solares que una
jodida estación espacial y el capitán —que por cierto es clavado a Gilbert
Roland— mantiene los motores en marcha. Lo único que me queda por averiguar es
cuánto combustible lleva a bordo.
Al
frunció el ceño.
—¿Quién
coño es Gilbert Roland?
—Hizo
de mexicano en muchas películas —Dave sacudió la cabeza al ver que Al no sabía
de qué le hablaba—. No importa.
—¿Y
qué pasa con el dinero?
—¿Qué
pasa con él?
—Lo
que quiero decir, hijo de puta, es que no sabes cuánto combustible hay en ese
otro barco; así que puede que tampoco tengas ni puta idea de cuánto dinero hay.
—Eso
es un non sequitur total —dijo Dave—. A esa conclusión tocacojones tuya no se
puede llegar a partir de las premisas dadas. Créeme. Está ahí.
—Si
fueras Jesucristo y me juraras por los agujeros de tus manos y la herida de tu
costado que el dinero estaba allí, yo seguiría preguntándote cómo estás tan
seguro.
—Hombre
de poca fe. Olvídate del dinero. El dinero está donde se supone que está. Lo
cual es más de lo que puedo decir de tu actitud. ¿Por qué no puedes parecerte
más a aquellos discípulos, Al? Que no veían pero creían. Estate tranquilo
respecto al jodido dinero —Dave sacudió la cabeza, cansado de las dudas de Al—.
¿Has encontrado algún sitio para encerrar a todo el mundo? —preguntó, cambiando
de tema.
—Creo
que sí —respondió Al, con hosquedad—. Fui hasta la zona de alojamiento y parece
que el mejor sitio está en la cubierta inferior. Hay un taller y una especie de
almacén al lado de la sala de máquinas. Aparte de algunas herramientas y otras
mierdas, está más o menos vacío. Además, tiene una buena puerta de acero sólido
y con cerrojo por fuera. Si dejáramos las herramientas, podrían romper la
puerta a martillazos en unas horas. Y para entonces nosotros ya hará tiempo que
nos habremos largado, ¿no?
—Se
nos habrá llevado el viento.
Al
se inclinó y tiró de una bolsa de béisbol para acercársela; todavía estaba
húmeda y olía mal después de varios días en el congelador de pescado.
—Tú
y yo, Escarlata, es hora de que conozcamos a nuestros socios en el delito.
Todos ellos son veteranos en combate. Y empezaremos el baile con la metralleta
de nueve milímetros M5, de Heckler & Koch. No pesa más que un recién nacido
y hace tanto ruido como él. Dispara treinta balas con un alcance efectivo de
unos cien metros.
Le
pasó el arma a Dave y le mostró cómo expulsar el cargador.
—Va
en un estuche de tubo de goma, del tipo SEAL, por si tienes que darte un baño
con ella. Equipada con miras de láser sumergibles, la batería de nueve voltios
dura treinta horas de uso continuo. Tendrías que ser Stevie Wonder para no dar
en el blanco con esta mamaíta. Precisión garantizada o te devuelven el dinero.
Al
metió la mano en la bolsa y sacó una pistola.
—La
siguiente en el baile es la Heckler & Koch cuarenta y cinco, el arma de
operaciones del ACP Special. Por si no te hubieras dado cuenta, tengo una
fuerte lealtad de marca. Siempre como la misma marca de cereales y siempre uso
la misma marca de armas. Las dos cosas más importantes del día son empezar bien
—eso significa un buen desayuno— y tener una buena arma. Ya hay bastante
incertidumbre en el mundo sin que tengas que confiar en alguna nueva mierda que
nunca has utilizado antes.
—Es
una Weltanschauung bastante buena —dijo Dave.
Al
continuó, sin hacerle caso.
—Y
con esta pistola, créeme, tienes el mundo en tus manos. Es la Big John de las
pistolas. Silenciador desmontable porque vamos a trabajar de noche y no
queremos despertar a todo el mundo antes de estar dispuestos. Dispositivo láser
de disparo al blanco, igual que antes. De hecho, el mismo que utilizaron los
cazas F-14 en la Tormenta del Desierto. Se podría alcanzar Bagdad con esta
artillería. Dispara ocho tiros. Blanco garantizado. Pero tiene un retroceso
fuerte, o sea que usaremos estos guantes de levantador de pesas. No porque
queramos tener el aspecto de un par de maricones de sado-maso, sino porque nos
permitirán mantener una sujeción firme.
La
última arma en salir de la bolsa era una escopeta.
—Y
la última pero en absoluto la menos importante es nuestra escopeta del calibre
12 y acción de bombeo. Una Mossberg, modelo 835. Recortada a 45 centímetros,
los mismos que mi polla.
He
sacado el cargador y cambiado el punto de mira. Tiene un aspecto bastante
maligno, ¿verdad? —Al soltó una risita—. Bueno, seguro que te deja bien barrido
el jodido vestíbulo. Sólo tienes que disparar está preciosidad una vez y se han
acabado tus problemas. Cuando estemos fuera y en los barcos te recomiendo que
te limites a la metralleta y la pistola. Para tratar con la tripulación, la
escopeta será de lo más persuasivo —Al quitó el seguro y apretó el gatillo con
la recámara vacía—. Por algo la llaman arma antidisturbios. Y con estas tres,
tendremos la leche de oportunidades.
»Pero,
por si tenemos que vérnoslas con alguien a nuestra altura, llevaremos un
Kevlar. Probado en los campos de maniobras de Aberdeen por el Edgewood Arsenal
del gobierno de Estados Unidos, este blindaje corporal detendrá la ACP y la
nueve milímetros, pero quizás no la doce si la disparan cerca. Esto es lo que
tienes que llevar puesto cuando asistas a la próxima reunión de tu sección
local de los davidianos. La verdad duele, pero no si vistes como Kevin Costner.
Al
lado del torso blanco doblado del chaleco, Al colocó un walkie-talkie.
Y,
por supuesto —dijo—, nuestros instrumentos de comunicación, por si el amor
trata de apartarnos al uno del otro? —Al hizo un gesto señalando las armas y el
equipo, que ahora estaban extendidos por la cama como si fueran regalos de
Navidad—. A riesgo de sonar como el sargento Gunny Highway, familiarízate con
toda esta mierda. Conócela bien; puede salvarte la vida. Y más importante
todavía, puedes salvar la mía. Ah, sí; una cosa más: lo que yo llamo el factor
Alias Smith and Jones.
—Con
Pete Duel y Ben Murphy —dijo Dave asintiendo con la cabeza.
—Dicen
que con todos los trenes y bancos que robaron nunca dispararon contra nadie. Y
una mierda. Nadie entrega toda una jodida nómina sin que alguien reciba un
disparo. Recuérdalo. Alguien se pone en tu camino y tienes que apiolar al
mamón, o sea que es mejor hacerlo, si no quieres que se te carguen a ti. ¿Quieres
ser popular entre todo el mundo menos en los ferrocarriles y los bancos?
Entonces, lo mejor es que te dediques a actuar en el teatro en lugar de a
robar. Si quieres dar un golpe como éste, entonces es mejor que estés listo
para repartir jodido plomo. Y un montón. ¿Lo entiendes? Es la supervivencia de
los mejores. ¿Capisce?
Dave
sonrió en respuesta.
—Toda
esa testosterona, Al —dijo—. Tendrías que oírte. Igual que un bullterrier. ¿La
supervivencia de los mejores? Esa era la teoría de Charles Darwin. Era una
forma de explicar la selección natural, la evolución y toda esa mierda. Cuando
él hablaba de supervivencia de los mejores no se refería a que los que estaban
dispuestos a ser los peores hijos de puta sobrevivirían. Los mejores no es
igual a los más malos, Al. No significa nada salvo lo que dice: los que es más
probable que sobrevivan. El hecho es que el viejo Darwin pensaba que estar
predispuesto a cooperar podía servir para adaptarse y, por eso, la especie en
cuestión sería seleccionada.
»Tal
y como yo lo veo Al, eso es lo que buscamos. Un poco de cooperación. Movemos
nuestras armas y hacemos algo de ruido, claro. Pero hagámoslo con inteligencia.
De una forma sociable. Puede que sea necesario algo de agresividad, claro.
Puede que nos aporte ciertos beneficios; pero también tiene sus costes. La
mayoría de animales tienen incorporados códigos ante los conflictos, códigos
que fijan límites a la violencia que se infligen unos a otros. Una gran parte
de todo el alarde es sólo un farol. Exhibiciones amenazadoras y cosas así. Al
oírte, Al, parece como si de verdad quisieras matar a alguien. Y lo que tienes
que entender es que si utilizamos nuestro cerebro, es probable que no tengamos
que utilizar nuestras armas. Tu ejemplo de Alias Smith and Jones es un completo
error, tío. Lo importante no era que fueran demasiado gallinas o demasiado
estúpidos para matar a alguien, sino que planeaban sus asaltos con suficiente
reflexión y estilo, que mantenían la sangre fría para no verse en la necesidad
de disparar contra nadie.
—¿Y
tú te crees eso? —Al se rió con desprecio.
—Al,
es tu ejemplo, no el mío. La cuestión es un tanto académica, debido a que, para
empezar, no era verdad.
—Claro
que era verdad —insistió Al—. Era historia. Lo decía justo al principio del
espectáculo. «Hannibal Hayes y Kid Curry, los dos forajidos más buscados de la
historia del Oeste.» Claro que era verdad. La única parte que no era verdad era
cuando decía que no mataron a nadie. Sólo lo hicieron para asegurarse el
público familiar.
—Al,
fue un relato ficticio, basado muy vagamente en dos personajes históricos —Dave
se controló para no decir nada más. ¿Qué sabía él? ¿A él qué le iba? ¿Qué coño
importaba? Estaba discutiendo con alguien cuya idea de un argumento eficaz era
una pistola más grande que la del otro tío.
—¿Sabes
cuál es tu problema? —dijo Al—. Lees demasiado. Cada vez que abres la boca, son
las ideas de otro tipo las que salen. Como si fueras el muñeco de un
ventrílocuo o algo así —Levantó la 45 automática vacía, apuntó a la imagen de
Dave en el gran espejo de detrás de la cama y apretó el gatillo de forma
inofensiva—. Te lo he dicho antes y te lo diré otra vez: no entiendo cómo te
las arreglaste todo aquel tiempo.
—Hiciera
lo que hiciera, Al —respondió Dave—, lo hice por ti y por tu jefe. Procura
recordarlo de vez en cuando.
Al
guiñó los ojos de una forma desagradable.
—No
creas, lo tengo siempre presente.
Dave
se llevó el equipo a su camarote, lo guardó en el cajón de debajo de la cama y
luego se tumbó.
Los
cinco años que había estado encerrado en Homestead no tenían importancia para
Al, pero Dave sabía que no olvidaría nunca aquella experiencia, por años que
viviera. Pensó en aquel tiempo, pensó en el hombre que Tony Nudelli había
matado a tiros y en las ramificaciones que se habían derivado de todo ello.
Para Dave y para su jodida familia. De ninguna manera Naked Tony iba a salirse
con la suya como si nada. Pronto tendría que pagarlo.
Pero,
sobre todo, pensó en Kate y en lo que había pasado la noche antes. No dejaba de
pensar en ella, de una forma que no habría creído posible después de tratarla
sólo un día. Lo primero que había hecho aquella mañana había sido pensar en
ella. Son las chicas que se te resisten las que más quieres besar. No recordaba
haberse sentido así desde hacía años y le parecía inconcebible que al cabo de
cuatro o cinco días pudiera alejarse de allí y no volver a verla nunca más. Lo
que lo hacía más extraño era la certidumbre de que ella sentía lo mismo que él.
Con la única diferencia de que ella no esperaba que él resultara ser un ladrón
que se iba a largar con millones de dólares en dinero de la droga. No podía ni
plantearse no llevar a cabo el golpe. Incluso si se sintiera tentado, había que
pensar en Al. Pero quizás hubiera una tercera posibilidad. ¿Cuánto ganaría el
capitán de un pequeño yate? ¿Treinta, cuarenta mil dólares al año? ¿Qué era eso
al lado de dinero de verdad? Por la forma en que hablaba, se diría que, por lo
menos, estaría dispuesta a considerar su proposición. Si había una cosa que le
gustaba a Dave era una chica atractiva y con ingenio. Por supuesto, el momento
sería crítico. No podía decirle lo que iba a hacer antes de haberlo hecho. ¿Y
si estaba en contra y descubría el pastel? No, no estaba seguro de cómo, pero
tendría que sondearla y asegurarse de ella de alguna otra forma y por
adelantado. Tendría que idear una situación o una postura ficticia a fin de
ponerla a prueba.
Al
cabo de un rato Dave subió a cubierta y miró hacia el Carrera. Había señales de
que alguien había estado tomando el sol en el techo, pero no había ni rastro de
Kate. Al estaba arriba, en el Duke, hablando con la capitana del Jade y
sonriendo con aire depredador. Al ver a Dave, le gritó:
—Eh,
jefe, acaban de invitarnos a una fiesta.
—Estupendo
—dijo Dave, subiendo hasta ponerse a su lado—. Muchas gracias, capitana Dana.
—A
las ocho. Todo el mundo está invitado —dijo ella—. Y, por favor, llámame
Rachel. Con tantos capitanes este barco está empezando a parecer que la
dotación de cargos en la parte superior del escalafón es excesiva.
Dave
vio cómo la mirada de Al se desviaba con disimulo a los pechos de Rachel. Los
pensamientos de Al eran un libro abierto para Dave; no había duda de que
estaban ocupados con Rachel Dana y su dotación superior.
—Dana
—dijo Dave—. Es un buen nombre para ser capitán de un barco de Estados Unidos.
¿Hay alguna relación?
—De
hecho, sí. Fue un antepasado mío, lejano —confirmó Rachel.
—¿Quién?
—dijo Al mordiéndose el labio.
—Un
escritor famoso —dijo Dave, azuzándolo—, R.H. Dana.
Al
puso los ojos en blanco y estaba a punto de hacer un comentario despreciativo
sobre los libros cuando, de repente, cayó en la cuenta de que se suponía que
Dave era su jefe y que aquel Dana era un escritor emparentado con Rachel...
—Escribió
uno de los mejores libros sobre el mar de todos los tiempos —dijo Dave—. Two
Years before the Mast. Pero no te interesaría, Al; como no te gusta mucho leer.
—¿Quién
lo ha dicho?
—Tengo
un ejemplar en mi camarote, si quieres puedo dejártelo —dijo Rachel.
—Me
encantaría leerlo —insistió Al.
—Quizás
cuando hayas acabado de leerlo, puedes comentarle a Rachel lo que piensas —dijo
Dave—. Darle tu opinión crítica.
—Ya,
claro. ¿Por qué no?
—Bueno,
pues vayamos a buscarlo —dijo Rachel sonriendo amablemente, invitando a Al a
subir al Jade.
El
mismo día, un poco más tarde, Dave fue hasta el lado de babor del buque para
echar una ojeada a sus tres objetivos.
En
el techo del Baby Doc, uno de los tripulantes, con más tatuajes que un Ángel
del Infierno maorí, había sacado la protección de la antena de Tracvision y
estaba sujetando un cable a la pantalla de satélite.
—Buenas
tardes —dijo Dave.
—Eso
me han dicho —respondió el tipo, sin siquiera volver la cabeza.
—¿Tiene
algún problema? ¿Puedo ayudarle?
El
hombre se dio la vuelta lentamente con una expresión de «quién mierda eres tú
para darme consejos» en su cara petulante de tipo duro. Al cabo de un momento
dejó de morderse el interior del labio y dijo:
—No
nos llega la señal de la tele.
Dave
sonrió para sí, decidiendo que aquel tipo no tenía mucha experiencia de barcos.
—Demasiado
lejos —dijo.
—¿Del
satélite? —el hombre sonaba incrédulo.
—No,
joder —dijo Dave—. De la costa. Eso sólo funciona hasta el límite de las 200
millas. Más allá, es sólo ruido blanco y espacio, la última frontera.
—¿Habla
en serio?
—En
serio. Por lo menos, hasta que lleguemos a Europa. Pero la tele allí es una
mierda, así que no se haga muchas ilusiones.
—La
leche —dijo el hombre—, ¿qué vamos a hacer?
—¿No
tenéis VCR?
—Sí,
pero no cintas.
—Eso
no es problema —Dave señaló hacia la proa del Duke—. ¿Ve aquel barco grande
allí delante? El de cincuenta metros. Es el Jade. Es propiedad de Jade Films.
Tienen un montón de vídeos para prestar. Bueno, si le gusta lo porno.
—¿Le
gustan los espaguetis a Sinatra?
—Entonces
están de suerte. Tienen una colección de vídeos como una Triple X, en Times
Square.
Dave
se limitaba a repetir lo que le había dicho Al, con los ojos saliéndosele de
las órbitas, después de recoger el ejemplar de Rachel de Two Years before the
Mast.
—Por
cierto, que dan una fiesta esta noche, a las ocho. Todos estamos invitados. Me
extraña que no se hayan enterado.
—Oh,
es que no hemos sido muy sociables hasta ahora. Antes pasó una chavala, pero
estábamos todos todavía en la cama. Tomamos unas cuantas copas anoche —Sonrió
como arrepentido—. Más de unas cuantas. Ey, ¿quiere tomar algo? —dijo
mostrándose algo más amigable.
—Claro,
¿por qué no?
—Suba
a bordo, amigo. Suba a bordo del Baby Doc.
Esto
era mejor de lo que Dave podía haber esperado. Saltó al barco, al lado del tipo
de los tatuajes, y lo siguió por la cubierta.
—Baby
Doc —dijo—. ¿Qué era, el yate de la familia Duvalier o algo así?
—En
absoluto. El propietario tiene una especie de clínica de fertilidad en Ginebra.
Gana dinero a espuertas con las mujeres que no pueden tener hijos. Y con otras
cosas de ginecología. No creo que haya oído hablar nunca de la familia Duvalier
ni de los Tonton Macoutes. En realidad no creo que supiera siquiera que Haití
existía. No hasta que empezó navegar por el Caribe —El hombre se rió y le dio
una Bud fría a Dave—. Claro que allí lo descubrió muy rápido. Está pensando en
reacondicionar el barco en Europa. Y le cambiará el nombre al mismo tiempo,
creo. Si tiene algo de sentido común. Imbécil de mierda.
Dave
sonrió y echó una ojeada al destartalado interior, preguntándose cuánto dinero
podía haber escondido dentro de los gastados muebles de piel. Dos sofás grandes
y dos sillones a juego. El resto de la sala tenía un aspecto apropiadamente
clínico. Como la sala de descanso de los personajes de Urgencias. Habían
inventado una buena historia y no había duda de que habían escogido el barco
adecuado. El hombre, que le dijo a Dave que se llamaba Keach, no había
exagerado. El Baby Doc necesitaba una puesta a punto completa. Y sacar los
aditamientos interiores no iba a representar un gran gasto.
Dave
cogió la cerveza y se dejó caer en el sofá, esperando notar una cierta
incomodidad en su trasero o en la cara de Keach. El sofá se notaba bastante
firme. Quizás demasiado firme, pensándolo bien. Más como una silla de oficina
que como un cómodo sofá. Las costuras de la vieja piel se veían demasiado
inmaculadas, como si fueran nuevas. Como si alguien hubiera cosido algo por la
parte de dentro de la piel. Dinero. Entretanto la cara de Keach, con sus ojos
hinchados —como si hubiera encajado unos cuantos puñetazos en su tiempo— y su
lúgubre boca, permanecía inexpresiva.
Dave
reconoció la mirada. Era esa mirada fija, penetrante, blindada, que llegabas a
tener cuando estabas en el trullo. La clase de mirada que decía «no me toques
las pelotas o haré que te cagues a hostias». Así que Keach era un ex preso,
como él mismo. Dave se preguntó si el tipo se olería que él también lo era.
—Vamos
—dijo Keach con calma—. Salgamos afuera. Me puede enseñar cuál es su barco.
Dave
se quedó en el Baby Doc otros quince minutos y conoció a otro de los
tripulantes, un negro con aspecto de matón y un corte de pelo a lo Keith Haring
y con una cosa tan granítica que parecía que lo habían hecho en la Isla de
Pascua. Al ver su propio reflejo en los cristales de las gafas de sol del
negro, Dave pensó que él parecía un tipo de aspecto bastante corriente. Para
nada la clase de tío que guarda una pistola para cualquier posible eventualidad
debajo de la cama. Parecía la clase de tío que Kate podría dejar entrar en su
vida.
Conseguir
que aquellos tíos del Baby Doc los dejaran entrar parecía bastante más difícil.
De
vuelta al Juarista, Dave encontró bloqueado el paso por la estrecha pasarela
por una figura solitaria que tenía la mirada fija en el mar. Mientras se
disculpaba, pasando con dificultad por su lado, se dio cuenta de que la cara le
era conocida.
—Eh
—dijo—, ¿no es usted Calgary Stanford, el actor de cine?
—Sí,
soy yo.
El
tono de Stanford era triste, casi como si ser Calgary Stanford fuera algo
demasiado difícil de soportar. O puede que fuera el papel que se decía que
estaba preparando. Calgary Stanford era el actor que había presenciado la
ejecución de Benford Halls el mismo día en que soltaron a Dave de Homestead.
Dave conocía bien los relatos publicados en Premiere, sobre el metódico trabajo
de preparación que algunos actores hacían para meterse en el personaje. En
general pensaba que estaba bien que tuvieran que hacer algo de trabajo, quizás
incluso soportar algunas dificultades, a cambio del dinero que les pagaban.
Pero pensaba que asistir a la ejecución de alguien era pasarse de los límites y
se preguntaba si no habría, antes de que acabara el viaje, alguna manera de
saldar cuentas con el actor por cuenta del hombre ejecutado.
—The
Cruel Sea, ¿eh? —dijo Dave y cuando Stanford lo miró, perplejo, le explicó que
era un libro.
—Me
parece que he visto la película. Británica, ¿verdad?
Dave
asintió, preguntándose si los únicos que todavía leían libros eran los tipos
que estaban en prisión.
—En
realidad pensaba que debía de estar alerta a causa del huracán.
—¿Qué
huracán?
—¿No
lo sabe? Dicen que se acerca uno por el Oeste.
Era
verdad. Lo habían dicho por radio justo después de mediodía. Estaba muy por
detrás de ellos, pero Dave quería asustar un poco al actor.
—Jesucristo.
—A decir
verdad, no —dijo Dave—. Se llama Louisa. Pero Jesús podría ser un buen nombre
para un huracán, bien pensado. Huracán Jesús, o huracán Mierda Divina o huracán
Sagrada Madre de Dios. He conocido a unas cuantas zorras en mi tiempo, buenas
para gastar tu dinero y descargar adrenalina, pero ninguna de ellas podía
destrozar un lugar como lo hace una verdadera tempestad. O como lo hace un
grupo de rock. Huracán Led Zeppelin. Ése es un nombre mejor para un huracán. O
huracán Keith Moon. Apuesto a que ese huracán sí que podría hacer daño de
verdad. No sólo la tele o el Rolls Royce acabarían en la piscina, sino todo el
jodido hotel.
—¿Han
dicho de qué nivel es este Louisa? —preguntó Stanford.
—Tres,
creo —Dave husmeó el aire. El aliento del actor olía claramente a marihuana. El
tío iba un poco colocado. Probablemente había salido a cubierta para aclararse
la cabeza.
—Ése
no es el nivel máximo —dijo el actor con su deje gangoso de Los Ángeles—. Pero
también es peligroso. ¿Sabía que en un día un huracán puede liberar tanta
energía como 500.000 bombas atómicas?
—¿A
qué tipo de bomba se refiere? —preguntó Dave—: ¿La de Hiroshima o una más
grande?
Calgary
Stanford lo pensó un momento, parpadeó con fuerza y luego dijo:
—No
lo sé. Pero sea como sea, es un montón de muertos —Y rompió a reír.
—Parece
saber mucho —observó Dave—. De los huracanes, quiero decir.
—Hice
una película una vez. Pura mierda. No valía la pena verla. Pero es la clase de
información que vas recogiendo cuando te metes en un papel —Se calló y volvió a
mirar el mar—. Nunca he estado en un auténtico huracán. Suena a desmadre —Y
rompió a reír otra vez.
—Yo
sí —dijo Dave—. Era bastante aterrador.
—¿Dónde
fue?
Había
sido cuando estaba en Homestead. Incluso detrás de varios metros de hormigón
reforzado, Dave había creído que se iba a derrumbar el edificio. Por desgracia,
no había sido así. Pero los reclusos tardaron días en limpiar los destrozos.
—Miami
—dijo.
—Este
de ahora, ¿dónde está?
—Sobre
Cuba. Y se dirige hacia el noroeste. Puede que se extinga antes de alcanzarnos.
O puede que el barco lo deje atrás.
Stanford
resopló y dijo:
—Bueno,
si fuera mi barco, habría una posibilidad —Señaló hacia un yate a motor de
líneas aerodinámicas que estaba justo delante del Britannia—. Es ése de ahí. El
Comanche. Un depredador de construcción británica. Tres motores de 846 K. Eso
significa cuarenta nudos. Pero tiene ocho más de reserva.
—Tiene
un aspecto estupendo —admitió Dave.
—Pero
este buque... este buque no podría dejar atrás ni a Orson Welles.
—No
estaba mal lo que corría en El Tercer Hombre —replicó Dave—; por todas aquellas
alcantarillas de Viena.
Stanford
parpadeó y bufó de nuevo.
—No
lo suficiente, me parece recordar. Además, por lo que he leído sobre la
película, a Welles no le gustaba meterse en aquellas cloacas y la mayoría de
escenas las hizo un doble.
Al
observar la decepción que empañó la cara de Dave, Stanford añadió:
—Es
un negocio muy falso, ése del cine. Nada es nunca lo que parece. Y nadie es
nunca quien se supone que es.
Dave
desechó sus ilusiones rotas y dijo:
—Entonces,
en eso, me parece que el cine es como la vida misma.
16
Dave
se tropezó con Jock, el radiotelegrafista del Duke, y con Niven, el segundo
oficial, cuando salían del ala del puente.
—Tenía
que haber ido a arreglarle el micro de su radio, ¿no? —reconoció Jock.
—No
se preocupe —dijo Dave—. Lo he arreglado yo mismo. Y, ¿qué hay del huracán?
¿Creen que nos alcanzará?
—Ahora
íbamos a la sala de radio para ver el último informe meteorológico —dijo
Niven—. Puede venir con nosotros, si lo desea, señor.
—Gracias,
sí que me gustaría.
Dave
siguió a los dos hombres por el corredor hasta la sala de radio.
Mientras
Jock esperaba que la máquina de fax imprimiera un mapa meteorológico detallado,
Niven dijo:
—Si
fuera usted, yo no me preocuparía por la tormenta. Mi trabajo consiste en
trazar rumbos y tener en cuenta cualquier imprevisto de la navegación. Eso
incluye las tormentas. Si parece que el huracán Louisa se nos acerca demasiado,
cambiaremos simplemente de rumbo y procuraremos salirnos de su camino.
El
comentario de Niven envió a la cabeza de Dave una pequeña señal de peligro
respecto al lugar de la cita.
—¿En
cuánto cree que tendríamos que alterar el rumbo? — preguntó.
—Eso
depende, señor —dijo Niven.
—Fuerza
de la tormenta, nueve —dijo Jock leyendo el mapa. Lo arrancó de la máquina de
fax y se lo pasó a Niven—. Se dirige al noroeste, hacia la Meseta del Atlántico
Norte. Viene derecha hacia nosotros.
—Será
mejor que vaya a darle esto al capitán —dijo Niven—. Siempre que no cambie de
dirección, podremos esquivarla sin muchos problemas —añadió mientras salía de
la sala.
Dave
asintió, aunque esta última información no lo había tranquilizado demasiado.
—El
segundo oficial tiene razón, señor —dijo Jock—. Probablemente nos desplazaremos
un poco más hacia el sur, eso es todo. Quizás nos retrase un poco, pero le
aseguro que no le gustaría estar en este barco durante una tormenta, señor. Es
por la altura, ¿sabe? El Duke es como un aparcamiento flotante de muchos pisos.
Y además, no tenemos mucho francobordo.
—¿Francobordo?
—En
la zona de los trópicos siempre se espera un tiempo excelente, así que se
embarca más carga, con la consiguiente reducción de francobordo —explicó Jock—.
Un mayor francobordo aumenta la seguridad del barco durante el mal tiempo. Y
viceversa. Además, estamos trabajando en la línea de carga de verano; y eso
también disminuye nuestro francobordo —Jock sonrió y empezó a liar un
cigarrillo—. Bah, no se preocupe. Si tenemos algún problema siempre podemos
telegrafiar a ese submarino.
—¿De
verdad cree que está ahí?
Jock
encendió el cigarrillo, le dio al botón de cambio de canales en la radio y Dave
oyó el sonido que había oído antes.
—Ahí
está, y transmitiendo ahora mismo —dijo Jock.
Dave
recordó a Keach tonteando con la antena de su Tracvision y se preguntó si la
señal tendría algo que ver con el Baby Doc.
—Un
momento —dijo—. Antes dijo que pensaba que el submarino era sólo una
posibilidad. Que el que estuviera transmitiendo podría ser uno de los barcos
que llevamos.
—Exacto,
señor; ésa era la primera posibilidad. El submarino era la segunda. Y ahora que
lo pienso, también hay una tercera.
—¿Cuál?
—Uno
de los barcos que llevamos está transmitiendo al submarino —dijo Jock aspirando
de su cigarrillo con lenta precisión y tragándose a medias el humo.
—Cree
de verdad que está ahí, ¿no? —insistió Dave como un tonto.
—No
soy un experto en sónar —dijo Jock—. Pero había algo aquí la última vez que
comprobé la sonda acústica. Claro que no es muy preciso. Lo único que hace es
dar la profundidad de mar abierto que hay por debajo del casco. Pero cualquiera
podía ver que tenía que haber más agua de la que indicaba la sonda. Por
supuesto, a lo mejor era un arrecife, o incluso una ballena amistosa.
—Pero
en realidad no cree eso, ¿verdad, Jock?
—No
señor, creo que es un submarino.
—¿Y
el capitán qué piensa?
—¿El
viejo? —Jock se echó a reír—. Lo único que le importa es su jardín y esa mujer
del Jade. Por lo que dicen, cree que tiene posibilidades. No le importa una
puta mierda ningún submarino —Jock sacudió la ceniza del cigarrillo por encima
de la mesa de la radio—. Es bastante emocionante cuando lo piensas: un espía a
bordo del Duke.
—Pero,
¿por qué? —dijo Dave—. ¿Por qué querría nadie espiar un buque como éste.
—Ah,
bueno; ésa es la cuestión ¿verdad, señor? ¿Por qué?
Jack
Jellicoe estaba tomando el sol en su jardín. Éste estaba formado por varias
macetas de terracota llenas de lobelias y geranios de olor, colocadas encima
del puente, alrededor de una de las torres de máquinas de proa. Echado en su
tumbona, con una nevera portátil llena de ginebras rosa ya mezcladas y una
novela de P.D. James, el capitán se sentía en su elemento. Pero en cuanto vio
acercarse a su segundo oficial, supo que algo iba mal. Niven era un oficial
competente y nunca lo habría molestado a menos que fuera importante.
—¿Qué
pasa? —gritó furioso.
Niven
le dio el fax.
—El
mapa del tiempo, señor. He pensado que tenía que verlo enseguida.
—Gracias,
segundo oficial —Jellicoe estudió el mapa atentamente.
—El
huracán Louise, señor —dijo Niven—. Nos está siguiendo. He pensado que quizás
sería mejor establecer un nuevo rumbo. Lo he señalado en el fax, señor.
—Ya
lo veo —dijo Jellicoe, cortante—. El único problema de este nuevo rumbo es que
nos lleva derechos al Trópico de Cáncer.
—Sí,
señor. He pensado que lo mejor sería mantenernos al sur, ya que la tormenta
seguramente pasará más al norte, en dirección a las Azores.
—¿Y
en qué punto propone que nosotros pongamos rumbo al norte para dirigirnos hacia
Gibraltar y el Mediterráneo? Después de todo, ése es nuestro destino final.
—Bien,
señor, justo al norte de las Islas Canarias.
—Justo
al norte de las Canarias, ¿eh? —Jellicoe sonrió, glacial, y señaló los dos
cañones de bronce que apuntaban al mar—. ¿Y qué hacemos con esos?
—¿Qué
quiere decir, señor?
—Por
si lo ha olvidado, los robamos de la isla de Lanzarote; que, si la memoria no
me engaña, es una de las Islas Canarias. Y al hacerlo, yo y mi barco no
quedamos en muy buena posición con los principales gerifaltes del gobierno
local. ¿Comprende lo que quiero decir?
—Sí,
señor.
Jellicoe
echó otra mirada al mapa.
—No
podemos en modo alguno acercarnos allí.
—No,
señor.
—Esto
es lo que vamos a hacer, segundo oficial. Ya he visto este tipo de cosas antes.
La tormenta se habrá disipado en gran parte cuando nos alcance, créame. No,
vamos a mantener nuestro rumbo original. No obstante y para mayor seguridad,
dígale al jefe de máquinas que nos dé la máxima potencia. Procuraremos
distanciarnos del Louise. Es probable que tengamos un mar algo agitado, pero
nada que no podamos manejar. ¿Sabe, segundo?, al contrario de lo que cree la
opinión pública, el mejor sitio para estar durante una tempestad es en el mar.
Cuando el huracán Bertha alcanzó la costa de Estados Unidos, los jefes de la
armada ordenaron que sus buques salieran a mar abierta, para evitar que se
estrellaran contra los muros del muelle. Eso significa algo.
—¿Y
qué hay de las señoras del Jade, señor?
—¿Qué
pasa con ellas?
—Esta
noche es el cóctel, señor.
—Ah,
eso —Jellicoe echó otra mirada al mapa meteorológico y sacudió la cabeza—.
Probablemente, habrá terminado para cuando el mar empiece a embravecerse.
—Puede
que no estén acostumbradas a este tipo de cosas, señor. Quiero decir que va a
ponerse bastante movido.
—Oh,
no creo que tenga que preocuparse de la capitana Dana y de su tripulación.
Estoy seguro de que habrán capeado más de una borrasca en su vida.
—Sí,
señor, pero un barco como ése... Tendrán estabilizadores, supongo. Pero no les
servirán de mucho mientras estén a bordo del Duke, señor. El único
estabilizador que tenemos aquí es el café del cocinero.
—Eso
es todo, señor Niven. Será mejor que diga a la tripulación que se pongan el
uniforme azul. Va a hacer más frío. Y ordene al timonel que mantenga un rumbo
estable.
—Sí,
señor —Niven empezó a alejarse, sacudiendo la cabeza— . ¿Un rumbo estable? Y
cómo mierda vamos a conseguir un rumbo estable.
—¿Algo
que añadir, señor Niven?
—No,
señor.
—Entonces
haga lo que le he dicho.
Jellicoe
observó cómo se retiraba su segundo oficial. Con calma, plegó la tumbona,
recogió la nevera, la novela y el mapa del tiempo. De camino hacia su camarote,
iba riéndose, feliz, entre dientes. Parecía que, después de todo, los
supernumos iban a gustar del auténtico sabor del Atlántico.
Kate
había ido hasta la popa del buque para ver más de cerca al Britannia y a su
tripulación, así como para estudiar si podía colocar otro aparato de escucha en
el casco.
No
se veía por ninguna parte al capitán, Nicky Vallbona, ni al otro tripulante, un
tipo llamado Webb Garwood, ni a la amiga de Vallbona, Gay Gilmore. Kate se
paseó arriba y abajo por el borde del dique flotante, pasando al lado del
Britannia un par de veces, fingiendo un gran interés por las torres de máquinas
y la popa abierta del Duke, pero no había nada que ver salvo un montón de
gaviotas que se alimentaban de los desechos que flotaban en la estela de la
embarcación. El Britannia parecía tan normal como los demás barcos del
transporte, incluyendo el Carrera.
Kate
miró a ambos lados y luego puso una rodilla en tierra para atarse el cordón del
zapato. El micro no era mayor que un audífono y fue cosa fácil inclinarse y
pegarlo al techo de la cabina de popa del barco. Ya se estaba alejando cuando
la voz de un hombre a su espalda le hizo detenerse.
—Háblame
—decía el hombre—. No te quedes ahí, de pie. Quiero decir, ¿has pensado alguna
vez en tener niños, por ejemplo?
Casi
esperando encontrarse con Howard de pie detrás de ella, Kate miró hacia atrás.
No había nadie a la vista.
—Tu
reloj biológico —decía la voz—, bueno, no se detiene, ¿verdad cariño? Quiero
decir, si lo dejas hasta que ya hayas cumplido los treinta, entonces concebir
es mucho más difícil.
Kate
se dio cuenta de que la voz procedía de una ventana abierta cerca de la proa
del Britannia. ¿Quién necesitaba micros cuando había ventanas abiertas? No es
que hubiera nada en esta conversación que fuera de especial interés para el
FBI. Podría haber sido Howard el que hablaba. ¿Cuántas veces le había oído
hacer esos mismos comentarios?
—¿Y
a ti qué te importa? —respondió la voz de la mujer. Tenía acento de Nueva
Zelanda. Eran Gay Gilmore y Nicky Vallbona los que hablaban.
—¿Que
a mí qué me importa? Cariño, pensaba que ésa era una de las razones por las que
íbamos a casarnos; para tener niños.
—¿De
verdad? Bueno, pues ya te puedes ir haciendo a la idea, compañero. El único
reloj biológico que tengo es el que me dice cuándo es hora de echar otro polvo.
Y no tiene nada que ver con tener niños. Es sólo que me gusta mucho más follar
que la idea de tener niños.
—Pero,
¿y el instinto maternal?
—¿Qué
pasa con él?
—Todas
las mujeres lo tienen.
—Y
una mierda.
Kate
permaneció donde estaba, fascinada. Era como oír a unos actores leyendo un
diálogo que ella hubiera escrito. Secretos de un matrimonio o algo por el
estilo. Por el momento, le gustaba la actriz que la interpretaba a ella.
—Mira,
Nick, tengo otros planes, ¿vale? Si acaso tengo algo de instinto maternal,
queda satisfecho cuando me lames los pezones y cuando yo me acuerdo del
cumpleaños de mi madre.
Kate
estuvo a punto de aplaudir; tenía que recordar esa frase.
—La
maternidad no es para mí, lo tengo claro. Ya tengo bastantes problemas sólo con
cuidar de mí misma.
—No
puedo entender que haya una mujer que no quiera tener hijos —gimió Nicky
protestando.
Hubo
un corto silencio durante el cual Kate pensó en lo que tenía en común con Gay.
Una cosa por lo menos: su decisión de no tener hijos. Se preguntó cuánto sabía
Gay de la droga escondida en los depósitos de combustible del barco. Esperaba
que no supiera nada; empezaba a simpatizar con ella. Lo suficiente como para
ayudarla cuando llegara el momento de la redada. Sería una lástima que Gay
tuviera que ir a prisión. Por el contrario, la reacción de Nicky Vallbona había
sido como la de Howard: egoísta y poco razonable.
—Nicky
—decía Gay—, no creo que te hayas parado a pensarlo realmente. Tú y yo no
estamos hechos para criar hijos. No estaría bien. Cuando lleguemos a Europa,
cuando todo esto haya terminado, tendremos montones de dinero. ¿Por qué no nos
limitamos a hacer lo que mejor se nos da? Divertirnos. Pasarlo bien. Sólo
nosotros dos. Sin preocupaciones.
—Sí,
vale. Supongo que tienes razón, cariño. Mierda, ni siquiera sé por qué he
hablado de esto. Pero se acabó, no volveré a mencionarlo. Lo prometo.
Kate
se alejó, triste. Triste por que su propio marido no se hubiera mostrado tan
comprensivo sobre la cuestión de los hijos como un traficante de droga; y
triste al saber que Gay sí que estaba enterada del asunto de la droga. A Gay le
sería mucho más fácil no tener hijos cuando estuviera en prisión.
A
veces el trabajo te planteaba situaciones que resultaba difícil prever. Como
descubrir que los traficantes de drogas podían tener las mismas conversaciones
sobre cosas corrientes que cualquier persona respetuosa de la ley.
Kent
Bowen acababa de desconectar la radio, después de recibir la información que
había pedido sobre Dave Delanotov —por lo menos en parte—, cuando él en persona
llamó a la puerta corredera de cristal de la cabina del Carrera.
—Hola,
¿qué tal? —dijo Dave—. Espero no molestar.
—Diablos,
no —dijo Bowen, deseoso de estar con Dave y poder echarle otra ojeada, ahora
que sabía un poco más sobre quién y qué era—. Entre.
Quizás
trabajara para el Centro Financiero de Miami, eso todavía lo estaban
comprobando. Pero de mayor interés era la revelación de que, antes de ser
propiedad de una naviera de la isla del Gran Caimán, el barco de David
Delanotov había sido de un tío listo llamado Lou Malta, un mafioso de poca
monta y antiguo socio de Naked Tony Nudelli, uno de los gangsters más
importantes de Miami. Eso no demostraba que Dave fuera un mafioso, pero era
suficiente para empezar. Bowen se prometió que, antes de que acabara el viaje,
sabría todo lo que había que saber sobre David Delanotov. Al final iba a
resultar que tenía razón respecto a aquel tipo. Delanotov era un delincuente.
—Tiene
un barco estupendo —dijo Dave—. ¿Qué desplazamiento tiene?
—¿Cómo
dice?
—El
tonelaje.
—Cuarenta,
cuarenta toneladas.
—¿De
verdad? Habría dicho que estaba por las sesenta.
—Probablemente
tiene razón —dijo Bowen con una sonrisa—. Yo sólo soy el propietario. Si quiere
las especificaciones, tendrá que preguntarle a Kate. Ella sabe todo lo que hay
que saber de esta embarcación. Yo, por mi parte, me limito a disfrutar de ella.
—Al decirlo se le ocurrió una idea. Quizás podría desanimar a aquel tipo a su
manera. Dejando caer la sugerencia de que ella ya estaba comprometida, como si
fuera un chiste, el tipo de chiste que haría el dueño de un barco—. Y del
barco, claro.
Dave
sonrió fríamente mientras Bowen reía a carcajadas su propio chiste. No sabía
por qué, pero no podía imaginar a Kate follando con aquel tipo.
—¿Está
Kate por aquí? —preguntó.
—Voy
a buscarla —dijo Bowen, feliz de dejar la cabina antes de que Delanotov le
hiciera más preguntas sobre el barco a las que no pudiera responder. Hasta
Bowen pensaba que uno podía excederse al representar el papel de propietario
tonto.
—Me
parece que está en su camarote. Sírvase usted mismo algo de beber, si quiere.
Dave
se sentó en uno de los asientos de cuero negro que había para el piloto en la
timonera, y pasó la mano suavemente por la encimera lacada en negro de los
módulos de madera de arce. Inmediatamente observó que el auricular del panel de
control estaba aún caliente, al igual que el fino revestimiento de aluminio
vaciado del transmisor receptor. Hacía sólo unos minutos que había estado en la
sala de radio con Jock, que ambos habían oído el sonido de otra emisión
codificada digitalmente, realizada desde uno de los barcos a bordo del
transbordador. Dave no tenía modo de saber si la radio del Carrera estaba
equipada con un scrambler. Después de estar fuera de circulación durante cinco
años, el aspecto de las radios le resultaba poco familiar. Pero no cabía duda
alguna de que alguien había estado emitiendo desde la radio de aquel barco. Y
si no era a un submarino, ¿entonces, a quién?
Todo
lo cual planteaba un par de preguntas: ¿Quién era Kent Bowen? Y, más importante
todavía, ¿quién era Kate Parmenter?
—Hola.
Dave
se volvió y torció el gesto. Kate parecía haber estado llorando.
—¿Estás
bien? —preguntó.
—Se
me había metido algo en el ojo —explicó ella—. Ya estoy bien, pero debo tener
el aspecto de haber visto Lo que el viento se llevó de principio a fin.
—Algo
así —dijo Dave sonriendo—. ¿Tu jefe va a volver?
—No
lo sé. Viene y va, ¿sabes?
Y al
comprender que quizás Dave quería estar a solas con ella añadió:
—Tengo
una idea. Tengo ganas de ir a ver esos cañones ceremoniales; los que el capitán
Jellicoe robó de no sé dónde. ¿Vamos a echarles una ojeada?
Cruzaron
al Juarista y luego subieron al Duke. Al pasar por el lado de estribor del
Jade, Dave dijo:
—La
razón de que haya ido a verte era que quería preguntarte si irías a la fiesta
de esta noche.
—Sólo
si tú vas —dijo ella—. No es que Kent vaya a dejar que nos la perdamos. Desde
el momento en que supo la clase de películas que hacen, anda con la lengua
colgándole un palmo fuera de la boca. Ese hombre tiene una libido más grande
que su barco. Aunque seguramente él cree que la libido es algo que usan los
franceses para lavarse los pies.
Dave
se echó a reír y empezó a andar por la pasarela que llevaba hacia la zona de
alojamientos.
—¿Tú
y él...?
—Por
todos los santos, no. ¿Quién te ha metido esa idea en la cabeza?
—A
decir verdad, él.
—¿Cómo?
Te estás quedando conmigo.
—Es
sólo un comentario que hizo. Nada concreto. Pero parecía dar a entender que
había algo entre él y tú.
—Ese
cabrón. Lo único que hay entre nosotros son el montón de gilipolleces que tengo
que aguantarle. —¿A qué se dedica?
—¿Quieres
decir cuando no ejerce de capullo? Kate había pensado bastante en la tapadera
de Bowen. Él quería decir que era algo fascinante, algo como directivo de la
industria cinematográfica o incluso escritor. Pero Kate había logrado
convencerlo para que fuera sólo algo que conociera de verdad. Quizás pudiera
convencerle también de que se tirara por la borda y le ahorrara el trabajo de
hacerlo ella.
—Tiene
una cadena de tiendas donde vende artículos de seguridad y contravigilancia. Ya
sabes. Micros que parecen enchufes eléctricos y pequeñas cajas fuertes que van
dentro de una lata ficticia de Coca Cola. Basura paranoica para una época
paranoica.
Kate
se detuvo para encender un cigarrillo y luego siguió a Dave hasta la proa del
buque. La tumbona estaba todavía allí, pero la nevera y Jellicoe ya habían
desaparecido.
—Quiere
abrir una cadena de tiendas para espías por toda Europa —dijo mintiendo sin
dificultad—. Tech Direct; así es como se llaman las tiendas en Estados Unidos.
Bueno, pues dentro de dos o tres semanas, hay en Barcelona una gran feria
comercial para toda clase de artilugios electrónicos. Algo así como «cada
hombre, su propio James Bond». Y hacia allí vamos, después de Mallorca.
Dave
asintió, preguntándose si aquello podía explicar por qué Kent Bowen había
estado utilizando un scrambler digital en su radio. Entretanto, Kate decidió
que había llegado el momento de cambiar de tema.
—Y a
ti, ¿qué te lleva a Europa? —preguntó. —El Gran Premio de Mónaco —mintió Dave
con igual facilidad—. Me gustan las carreras de coches. Y después navegaremos
hasta Cap d'Antibes. He alquilado una casa para pasar el verano. —¿Tú solo?
—Es
probable que se presenten algunos amigos míos. De Inglaterra.
Una
suave brisa despeinó el cabello de Kate y Dave extendió la mano para tocarlo.
Tenía un tacto como la seda. Y además estaba su perfume. Después de Homestead,
a Dave le parecía que todas las mujeres olían bien. Pero Kate olía
especialmente bien. Como algo rico y suntuoso.
—Tendrías
que venir tú también —dijo Dave—. Es decir, si puedes librarte de Q., miss
Moneypenny.
—Me
gustaría saber a cuántas chicas habrás invitado.
—Eres
la primera. En asuntos amorosos soy un dulce principiante.
—Eso
sí que no me lo creo.
—Me
alimento de la incertidumbre de la esperanza.
Kate
se contuvo, al darse cuenta de que, de nuevo, estaba recitando algo.
—Para
mí, el objeto de la vida es misterioso y tentador, algo en que pensar
intensamente, la sospecha de las maravillas que vendrán. Y así, estoy seguro de
que el destino me unirá con un alma gemela.
No
podía por menos de sentirse impresionada.
—¿De
quién es? —preguntó—. ¿También de Van Morrison?
Dave
negó con la cabeza.
—Suena
mejor en ruso. No, es de Pushkin. En versión libre.
—No
sé si esperas mi admiración —dijo Kate con una sonrisa—. Pero es bonito.
¿Encontró Pushkin su alma gemela?
—Sí,
pero la historia no tuvo un final feliz.
—¿Qué
sucedió?
—Alguien
lo mató de un tiro. Un tipo llamado D'Anthes.
—No
hay ley alguna contra las armas de fuego que pueda detener a un loco —dijo Kate
encogiéndose de hombros—. Si, como tú has dicho, puedo librarme de Q., me
encantaría visitarte. Cap D'Antibes, ¿eh? Supongo que es un sitio muy chic.
—Tan
chic como Valentino.
—Ésa
es la parte que me preocupa. Sola, en un país extranjero, sin siquiera un guía
nativo. Podría pasar cualquier cosa.
—Anoche
casi pasó.
—¿Anoche?
—dijo Kate sonriendo—. Oh, eso fue sólo sexo. Hoy se parece más al tema de un
programa de Oprah. El espectáculo completo: cómo nos conocimos. O algo por el
estilo.
—No
te preocupes —dijo Dave—. Yo siento lo mismo.
—D'Antibes,
D'Anthes. No te preocupes. Eres una auténtica luz roja; lo sabes, ¿verdad Van?
Cualquiera pensaría que estás tratando de enviarme alguna especie de señal.
—Llamando
por todas las frecuencias, teniente Uhura.
—Adelante,
capitán.
—Suena
algo estúpido, pero me estoy enamorando de ti. Quizás no fuera exactamente amor
a primera vista. Si lo hubiera sido, te lo habría dicho ayer. Pero queda tan
cerca que casi lo es.
—Diría
que es de foto finish —Kate le acarició la mejilla con el dorso de la mano—.
Además, es la segunda impresión lo que cuenta; pregúntaselo a cualquier
adivino. ¿Sabes, Van? Me recuerdas a mi abogado.
—¿A
tu abogado? —dijo Dave riendo—. ¿Y eso?
—Me
recuerdas que tengo que llamarlo para averiguar por qué se está retrasando mi
divorcio.
—¿Crees
que tú y yo formaríamos un buen equipo?
—Podría
ser.
Dave
hizo una breve pausa, mientras pensaba en la mejor manera de probarla. Una cosa
era que le dijera que lo quería. Después de todo, pensaba que era un tipo
decente, o tan decente como se podía ser si, además, daba la casualidad de que
eras millonario. Pero sería otra cosa si dijera que estaba dispuesta a tener
una relación con un ladrón. Y no con un ladrón cualquiera, con uno muy poco
corriente.
—Juntos,
tú y yo, podríamos hacer dinero de verdad.
—¿Sí?
—¿No
te gustaría hacerte con un montón de dinero?
—Todo
depende de lo que tuviera que hacer para conseguirlo. No nos veo ganando los
dobles mixtos en Forest Hills.
—¿Y
si te dijera que estoy a punto de jugar una partida de cartas con cuatro ases
en la mano?
—Te
preguntaría si esa mano estaba en la mesa o en el interior de tu manga.
Dave
permaneció silencioso.
—Oh,
oh, parece que, después de todo, sí que hay algún tínglado en marcha. No sé,
Van. Yo diría que Montecarlo es un lugar bastante adecuado para ir con cuatro
ases.
—¿Y
si dijera cinco ases?
—Hay
un nombre para ese tipo de gente, Van. Y números también. Y tienes que vigilar
que no te den por el culo cuando te duchas —Kate sonrió algo insegura—. Es una
broma, ¿verdad? No eres jugador, ¿eh?
—Hablaba
metafóricamente —dijo Dave.
—Ah,
ya veo. Una metáfora. Me alegro. Había empezado a pensar que había conocido a
un tramposo.
—Pero
entraña riesgos. Y la apuesta es alta. Para conseguir una gran recompensa.
Kate
siguió sonriendo. Sabía que, si dejaba de hacerlo, le iba a resultar difícil
volver a empezar. La conversación había tomado unos derroteros totalmente
inesperados. Por un momento había pensado que se iban a declarar un amor
imperecedero y que iban a hablar de casarse. Pero ahora no sabía qué pensar.
—Y
ahora me dirás que eres una especie de ladrón de joyas de alto nivel, que ahora
vive tranquilamente en una villa en lo alto de una colina en la Costa Azul.
Como Cary Grant en Atrapar a un ladrón. Vamos Dave. ¿De qué va esto?
Dave
consideró la idea cuidadosamente durante un par de segundos. ¿Por qué no? Ser
un ladrón de joyas de alto nivel encajaría muy bien en la clase de prueba de
fuego que tenía en mente. Después de todo, si estaba dispuesta a aceptar a un
ladrón de guante blanco, también estaría dispuesta a aceptar a un pirata, o
como quiera que se llamase a un tipo que daba un golpe a bordo de un barco.
—Hablo
del todo en serio, Kate.
Todavía
esforzándose por conservar su buen humor, la sonrisa de Kate era ahora algo
forzada.
—Para
serte franca —dijo—, nunca me he visto haciendo uno de los papeles de Grace
Kelly. Para empezar, conduzco mucho mejor que ella, y además, bueno, ¿aquella
película acababa bien o no? No me acuerdo. ¿Y Cary Grant no era un ladrón de
joyas reformado que trataba de limpiar su nombre? —Dejó de hablar, irritada, su
buen humor desapareciendo por momentos—. Mierda, Dave, esto no se le hace a una
chica de la que te acabas de enamorar. ¿Sabes?, cuando la gente se casa, dice
«en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad»; no hay nada
sobre el bien y el mal —Ahora estaba empezando a sentirse inquieta; como si
hubiera ganado la lotería y no supiera dónde había puesto el billete—. Esto no
tendría que pasar. Mira, puede que te hayas hecho una idea equivocada de mí. Lo
de anoche, tan a lo Rita Hayworth, tan a lo Gilda, fue sólo una representación.
Yo sólo soy una sencilla chica de provincias. De Titusville, ¿recuerdas?
—¿Y
qué se ha hecho de la chica de la Space Coast?
—Houston,
tenemos un problema. Me parece que el cohete ha estallado en la pista de
lanzamiento.
Dave
la besó otra vez, como para tranquilizarla.
—¿Estás
segura de eso? —preguntó luego.
—No
—dijo ella débilmente, y lo besó a su vez—. Pero tengo la sensación de que no
voy a aterrizar en la Luna. Mis sistemas de teledirección son un desbarajuste
total.
—Sólo
necesitas un poco de tiempo para reajustarlos de nuevo, eso es todo. Todavía
puedes completar tu misión.
—Si
tú lo dices —Kate sonrió, irónica—. Escúchame Dave. ¿Podemos hablar
sensatamente un momento? Esto no es una película; es algo real.
—¿Qué
es real? Alguien dijo en una ocasión que no sabríamos cómo enamorarnos si no
hubiéramos leído una descripción antes. Bueno, pasa algo parecido con las
películas. Puede que incluso más. A veces, cuando pienso en lo que ha sido mi
vida, lo único que recuerdo son las buenas películas y mis programas favoritos
de televisión. Los mejores momentos de mi vida, en su mayoría, los he pasado en
los cines. Y me parece que lo mismo puede decirse de la mayoría de la gente,
Kate. Algunas de nuestras experiencias más extraordinarias proceden de las
películas. No de verlas, ¿sabes?, porque si es una buena película, es como si
fueras parte de ella. Mira, eso es lo que yo llamo realidad virtual, no uno de
esos cascos de moto que tienes que encajarte en la cabeza para ver la mano que
hay delante de tu cara —Dave se encogió de hombros—. Así que, ¿qué es lo real?
No lo sé. De lo que estoy seguro es de que las cosas son sólo lo corrientes que
tú quieras que sean. Si quieres que tu vida sea tan apasionante como una película,
entonces es así como tienes que vivirla.
Kate
se echó a reír y lo besó rápidamente.
—De
acuerdo —dijo—. ¿Cuáles han sido tus experiencias más extraordinarias?
Dave
se quedó pensativo un segundo. Y luego dijo:
—Entrar
en la ciudad con el Grupo Salvaje. Cabalgar en mi moto al lado del Capitán
América. Correr hacia el Nornoroeste, huyendo de aquel aeroplano fumigador. Ser
seducido por la señora Robinson. Escapar por las alcantarillas de Viena. Poner
pies en polvorosa delante de una gran bola de piedra en un templo inca. Montar
en una cuadriga contra Messala en el circo de Antioquía. Destruir la Estrella
de la Muerte con mi último misil. Jugar al ajedrez con la muerte. Besar a Hedy
Lamarr. Besar a Grace Kelly. Besarte a ti.
—Tienes
razón. Has tenido una vida interesante.
—Es
como te he dicho, Kate. Todos tenemos momentos de cine que recordamos. Y éste
puede ser uno de ellos. Si tú quieres que lo sea.
—Puede
que tengas razón —dijo Kate—. Pero, como tú mismo has dicho, necesito un poco
más de tiempo para pensar cómo voy a representar esta escena en concreto.
—No
tardes demasiado —apremió Dave—. Dentro de unos días empezamos a rodar.
17
Los
invitados que llegaban a bordo del Jade entraban en un atrio donde había una
escultura de tamaño natural que representaba a una mujer desnuda a la que
penetraban por ambos lados dos hombres bien dotados. La escultura, que era
además el logo de Jade Films, estaba realizada con un considerable detalle
anatómico. Junto a la escalera «orgánica» que la rodeaba, era el punto central
del yate. Tras ser recibidos por Rachel Dana y su tripulación en la
espectacular zona de recepción frente al atrio, a los invitados se les
entregaba una copa de cristal y se les informaba de que había sesión continua
de películas en la sala especial que se encontraba al final de la curvada
escalera de caoba.
Tan
pronto como Al vio la escultura tuvo la certeza de que era una fiesta en la que
iba a disfrutar. Con su sonrisa depredadora extendiéndose por sus turbias
facciones, le dijo a Dave:
—Echa
una mirada a esa obra de arte. Es la leche. Cómo me gustaría que Tony pudiera
verla. Es un auténtico amante del arte. Compra esculturas y todo. Le
entusiasmaría tener eso en su colección.
—Suena
como si Tony fuera un Solomon Guggenheim —dijo Dave—. Apuesto a que tiene
norman rockwells, dalís, tretchikopfs, de todo.
—Sabe
lo que le gusta, ¿te enteras?
—Cuando
se trata de comprar arte, casi todo el mundo tiene el mismo problema —dijo
Dave.
Otros
que iban llegando a la fiesta y veían la escultura parecían estar menos seguros
de pasarlo bien, entre ellos Kate y el capitán Jellicoe.
—Es
de Evelyn Bywater —explicaba Rachel—. Una artista inglesa.
—¿No
querrá decir proctóloga? —dijo Kate.
—Su
obra es muy conocida en toda Europa y el Extremo Oriente. Es casi una
institución en Japón.
—¿Quiere
decir igual que institución mental? —dijo Kate y se alejó del lado de Jellicoe
para ir a hablar con Sam Brockman.
—¿Qué
coño le pasa? —preguntó Rachel—. Se diría que nunca ha visto un cuerpo desnudo
antes. Y a usted, capitán, ¿le gusta nuestra obra de arte?
—Bueno
—dijo Jellicoe y tragó saliva—, yo no sé nada de arte. Se ve muy poco de eso en
la Marina Mercante. Pero tengo algunos grabados muy bonitos en mi camarote.
Viejas goletas, clípers, y barcos de guerra británicos. Pero nada como esto.
No, en absoluto —Jellicoe frunció las cejas—. ¿Qué clase de películas hace su
compañía?
—Ahora
están pasando una arriba, si le interesa.
—No
parece un comportamiento muy sociable marcharse arriba directamente —dijo
Jellicoe, muy estirado—. Ya sabe lo que dicen, que la televisión mata el arte
de la conversación y todo eso. Acabo de llegar.
Rachel
lo cogió del brazo y dijo:
—Venga
conmigo. Creo que le interesará. La mayoría de personas cree que nuestras
películas ayudan a conversar. Como una especie de terapia, ¿sabe? No es en
absoluto como la televisión. Y no habrá visto ninguna de nuestras películas en
televisión. Se lo garantizo. Nuestro cine está más orientado al vídeo.
Acompañó
a Jellicoe escaleras arriba a la sala de proyección bajo la envidiosa mirada de
Kent Bowen.
—No
pasa nada —le dijo Kate—. Sólo lo lleva a la sala de proyección, no a su
dormitorio.
—¿Están
pasando películas ahí arriba? ¿Películas de Jade?
—Supuse
que le interesaría.
Sam
Brockman arqueó las cejas y dijo:
—¿Qué
están pasando?
Bowen
soltó una risa obscena.
—No
son reposiciones de La tribu de los Brady, de eso puedes estar seguro.
—Jade
Films está en el mercado del porno duro —dijo Kate.
—¿De
verdad? —Brockman sonaba sinceramente sorprendido—. ¿Sabes una cosa? Nunca he
visto una película porno.
Bowen
dirigió la mirada a Kate, a punto de ridiculizar al teniente de guardacostas,
pero se detuvo al darse cuenta de que aquello podía servirle como estrategia
para escapar al desprecio de Kate.
—¿Sabes
una cosa, Sam? —dijo—. Yo tampoco. ¿Qué me dices si vamos y echamos una ojeada?
Kate
lo taladró con la mirada. Mientras que no le costaba creer a Sam, le resultaba
mucho más difícil tragarse la exhibición de inocencia de Bowen.
—Sí,
vamos Kate —dijo Brockman—. Anímate. Puede ser formidable.
—Puede
que ya haya visto alguna —sugirió Bowen.
—No
lo he hecho —Kate estaba lo bastante bien informada sobre lo que pasaba en el
auténtico porno duro para saber que la subscripción de Howard al canal de
Playboy no entraba en la categoría de lo auténtico—. ¿Por quién me toma?
—Será
una experiencia —insistió Brockman.
Kate
pensó que el aspecto del pobre Sam se iba pareciendo cada vez más al de un
adolescente con calentura. Las gafas se le habían empañado un poco y, a estas
alturas, estaba claro que no había visto nunca una película porno y ardía en
deseos de remediar aquel fallo.
—¿Una
experiencia? —gruñó Kate—. En general, la experiencia es algo que he aprendido
a identificar con los errores de juicio.
Brockman
levantó su copa de champaña.
—Entonces,
brindemos por los errores de juicio —dijo—. Las cosas serían como en Ciudad
Aburrida, Arizona, sin unos cuantos. Y, hasta ahora, ésa ha sido la historia de
mi vida. «Sam Brockman —dirán— una carrera ejemplar. Sin errores. Pero, eso sí,
ha sido el presidente de Bromuro, S.A.»
Kate
sonrió comprensiva. Tenía una opinión muy parecida de su propia vida, con
Howard Parmenter como su única aberración de importancia. La demanda de
divorcio había sido lo más interesante que le había pasado en años. Eso, y
preparar la operación secreta a bordo del Duke. Al ver acercarse a Dave
percibió, de repente, una nueva dimensión en lo que Sam decía. La vida
consistía en correr riesgos. Y no siempre riesgos calculados. Quizás incluso un
riesgo como Dave. Desde luego, cometer un error era siempre algo desafortunado.
Pero no tener la oportunidad de cometer errores era una catástrofe.
—De
acuerdo —dijo—. ¿Por qué no?
—Así
me gusta —dijo Brockman—. Sólo se vive una vez.
—Ésa
es la teoría imperante —dijo Kate y señaló la escalera—. Empezad a subir; os
alcanzo enseguida.
Observó
cómo se iban y luego se volvió hacia Dave.
—Hola.
—Hola.
Por
un momento ninguno de los dos habló. Luego Kate dijo:
—He
estado pensando en lo que dijiste.
—¿Has
tomado una decisión?
—No
he descartado nada.
—El
mar es un buen lugar para dejar flotar las ideas —dijo—. Tiene que ver con la
línea de carga en agua dulce.
Kate,
con su aguda intuición, percibió que Dave parecía un poco preocupado.
—No
me digas que el agua también tiene cargas fiscales.
—El
agua dulce tiene una densidad menor que el agua de mar —explicó Dave—. Las
cosas se hunden más en agua dulce. Hay una señal F en el disco Plimsoll del
buque. La diferencia entre S y F se conoce como línea de carga en agua dulce.
Tú y yo estamos más cerca de la S que de la F. Me sorprende que no lo supieras,
siendo capitán de barco.
Kate
encendió un cigarrillo.
—¿Qué
es esto? ¿El examen para el título de capitán de la Marina Mercante? Quizás
quieras ponerme a prueba; ver si puedo instalar nuevos impulsores a oscuras,
ese tipo de cosas.
Cuando
vio que Dave no respondía, Kate sonrió y dijo:
—¿No
me digas que nunca has oído hablar de impulsores?
Dave
parecía dispuesto a admitir su derrota.
—Es
como un propulsor —dijo ella, maliciosa.
—Ah,
sí, me parece que sé...
—Sólo
que se escribe diferente. «Im» en vez de «pro». De hecho, ahí se acaba la
similitud —Sonrió triunfante—. Si el impulsor se estropea, también se estropea
la bomba de combustible y el motor Diesel; así que es importante ser capaz de
sacarlos y montar uno nuevo. Incluso en alta mar, incluso de noche, incluso
durante una tempestad. Puede ser algo peliagudo si no sabes cómo hacerlo.
Le
echó un poco de humo a la cara y observó cómo la sonrisa se le extendía por
toda la cara.
—¿De
qué hablabas con aquellos tipos?
—Acababan
de convencerme para que fuera a ver en acción el porno duro.
—Ahí
es donde está Al —dijo Dave—. Es un auténtico fanático. Lo ve todo.
—Justamente
—dijo Kate—. En esa película seguro que se ve todo. ¿Quieres echar un vistazo?
—Claro.
Kate
se sintió un poco decepcionada. Esperaba que él fuera la clase de hombre que
sacude la cabeza ante la idea misma de ver porno. Pero ahí estaba, cogiéndola
por el codo y acompañándola escaleras arriba, hacia la sala de proyecciones.
Por lo menos, podía haber fingido que lo desaprobaba, aunque fuera durante un
minuto o dos. Estaba llegando a la conclusión de que, probablemente, todos los
hombres estaban interesados en aquella clase de mierda.
—No
entiendo por qué no hay más tíos que se dediquen a la ginecología.
—Es
más difícil relajarse cuando la afición se convierte en trabajo —dijo Dave.
—¿Es
una observación basada en la experiencia personal?
—En
eso y en un montón de vanas ilusiones.
—No
eres un soltero alegre; de eso doy fe, Van.
Notó
su mano en la base de la espalda mientras subían las escaleras. Cuando casi
estaban arriba, él se detuvo y bajó un peldaño.
—Creo
que necesito ir al baño —confesó.
—Pensaba
que eso sería después de ver la película.
—Entra
tú. Volveré dentro de un minuto.
—¿Un
minuto? ¿En una película de éstas? Te podrías perder toda la historia.
—Mientras
tenga un final feliz, no me importa.
Kate
empezó a subir de nuevo.
—De
finales felices es de lo que va esta mierda. Muchos finales felices. En un
primer plano resbaladizo.
Dave
calculó que tenía unos diez minutos antes de que Kate empezara a desconfiar.
Salió del Jade por la popa, subiendo directamente al Juarista y luego al
Carrera. Un minuto después de dejar a Kate en la fiesta estaba bajando por la
escalera de caracol que conectaba el salón y comedor del Carrera con la
cubierta de alojamientos en la zona central del barco.
La
suite principal ocupaba todo el ancho del barco y consistía en una sala de
estar, un gran vestidor y un amplio baño con jacuzzi. Dave supuso que ése era
el camarote ocupado por Kent Bowen. Tiradas por el suelo del vestidor había
algunas camisas de colores chillones que le parecía recordar haberle visto a
Bowen. Y el dulce olor antiséptico de la loción Brut para después del afeitado
que siempre anunciaba su presencia era inconfundible. Rápidamente, Dave abrió
algunos cajones y casi enseguida encontró lo que andaba buscando: una Magnun
357 de alcance medio en una pistolera ProPak secreta y una cartera con
tarjetas. Dave sacó una y la leyó rápidamente. La redonda insignia dorada
grabada en relieve era fácilmente reconocible. Lo identificaba como funcionario
del Ministerio de Justicia con tanta seguridad como la información impresa al
lado. Bent Bowen era Agente especial adjunto al mando en la central del FBI, en
la Segunda Avenida de Miami.
—Joder
—exclamó.
Devolvió
la tarjeta a su sitio, cerró el cajón con cuidado y luego fue a la sala de al
lado para registrar el camarote de Kate. Estaba más ordenado que el de Bowen.
La cama estaba hecha, con cojines esparcidos por encima de la colcha de brocado
de seda. La ropa estaba colgada ordenadamente en el vestidor, pero no había
nada en los cajones empotrados que pudiera interesar a Dave; aparte de alguna
ropa interior muy sexy.
—Sólo
los hechos, señora —murmuró y, cerrando el cajón, retrocedió para salir del
vestidor.
Con
el talón chocó con algo duro por debajo de la colcha. Pensando que podía haber
un cajón para ropa blanca bajo la cama, igual que el que él tenía en su propio
camarote, Dave se arrodilló, retiró la colcha y agarró el cajón por el asa. Al
abrirlo encontró todo lo que cabría esperar en un cajón de ropa blanca. Tuvo
que meter el brazo hasta el fondo para tocar la forma bien conocida que medio
estaba esperando. Al momento estaba mirando una Smith & Wesson Airweight
38, alojada en una bonita Vega de piel, aunque el percutor oculto de la pistola
hacía que fuera perfecta para el bolso. Unido a la pistolera había una cartera
con una placa del FBI y una tarjeta que identificaba a Kate, no como Kate
Parmenter, sino como Kate Furey, Agente Especial. Parecía más joven en la foto
y llevaba el pelo diferente. Pero era imposible confundir aquella cara
inquieta.
Dave
asintió con amarga satisfacción. No sabía si gritar de alegría o aullar de
dolor.
—Una
agente federal —musitó—. Es una jodida agente federal.
Lo
que no acababa de entender era qué estaban haciendo ella, Bowen y el otro tipo,
que probablemente también era un federal, en el Duke. No había forma alguna de
que pudieran estar enterados de los planes de Dave. A menos que estuvieran
siguiendo la pista del dinero.
—Federales
de mierda.
Hurgó
de nuevo en el cajón buscando algo que pudiera desvelarle algo más, pero no
encontró nada. Cerró el cajón y entró en el baño. Sus ojos tomaron nota de la
marca de perfume de Kate para un uso futuro, una pequeña botella de gotas para
los ojos Murine, una loción para el sol y un impresionante surtido de elixir
dental, seda dental, palillos y tabletas antisarro que ayudaban a explicar la
sonrisa de modelo de Kate. Los cajones estaban vacíos, pero en un armario
debajo del lavabo encontró una grabadora de carrete TEAC. Una clase de
grabadora que no se usa precisamente para escuchar Música Acuática de Händel
cuando estás en el baño. Dave sabía que estaba preparada para grabar desde
algún tipo de micrófono oculto. Pero, ¿dónde lo había colocado?, ¿en qué barco?
Apretando
un botón rebobinó la cinta un par de segundos. Lo menos que podía hacer era
verificar que los federales no estaban interesados en él o en el dinero ruso.
La
cinta empezó a sonar.
Estaba
escuchando las voces de un hombre y una mujer. El hombre era americano, pero la
mujer sonaba como si fuera australiana. El acento ayudaría a concretar más.
Aunque en realidad no tenía importancia. Ninguno de los barcos rusos llevaba
mujeres. Y estos dos no decían nada interesante. Sólo bobadas sobre esto y
aquello. Dave apagó la grabadora y empezó a sonreír. Los federales estaban
vigilando el barco de otro. Alguien de quien Dave no sabía nada en absoluto.
Todo iba bien. Su plan a cinco años podía continuar más o menos como estaba
previsto. Siempre que el submarino lo permitiera. Y el ver aquellas placas y
tarjetas de identificación del FBI le había dado una idea.
Durante
diez minutos Kate estuvo demasiado escandalizada para notar la ausencia de
Dave. Su imaginación se había visto bruscamente trasladada a algún otro lugar,
ya que ni el más mínimo aspecto de la anatomía humana escapaba la atención de
la cámara: cada conducto mucoso, cada pliegue subcutáneo y cada folículo
sebáceo. Pero lo que más le sorprendía no era la explícita intimidad de lo que
se representaba, sino que todavía hubiera mujeres dispuestas a tener relaciones
anales sin protección. ¿Pero dónde habían estado esas mujeres durante los
últimos diez años, tan llenos de ansiedad por los virus? ¿Se imaginaban que
sólo porque lo estaban haciendo en una película el departamento de efectos
especiales las protegería?
Casi
tan fascinante para Kate como lo que sucedía en la pantalla eran las caras del
público. Bowen, sonriendo como un mono. Sam Brockman limpiándose las gafas cada
dos por tres y emitiendo un silencioso sonido sibilante de cuando en cuando.
Rachel Dana observando a Jellicoe y disfrutando con su aspecto estupefacto. Dos
de los blancos del Britannia, Nicky Vallbona y Webb Garwood, riendo a
carcajadas y soltando los chistes de peor gusto. Kate se preguntaba si Bowen se
había dado siquiera cuenta de que estaban allí.
Había
oído decir a algunos hombres —Howard entre ellos— que el porno era aburrido,
pero por alguna razón nunca los había creído. El aspecto de Bowen era cualquier
cosa menos aburrido. Incluso en la penumbra de la sala del Jade podía ver el
ligero velo de sudor que brillaba por encima de su labio superior, sudor que
secaba periódicamente con el dorso de la mano. Pero, al cabo de un rato, se dio
cuenta de que ella sí que se aburría. No era tanto la ausencia de argumento lo
que encontraba tedioso como la monotonía de la acción, como si lo que se ponía
en escena fuera un ritual. La chica siempre se la chupaba a él antes de que él
hiciera lo mismo con ella; luego, él la penetraba por la vagina como preludio a
la sodomía, antes de que, finalmente, eyaculara encima de su cara como si
mediante este acto final de degradación se desvelara la realidad de lo que
estaba sucediendo. Para Kate este acto final del ritual ponía de relieve lo
irreal del porno: ningún hombre había eyaculado nunca encima de su cara y, si
eso llegara a suceder —pobre del tío que pensara que podía hacerlo impunemente—
no estaría en absoluto dispuesta a tratar aquella descarga como si fuera el más
exquisito Beluga.
—¿Todavía
no estás asqueada? —preguntó Dave sentándose a su lado.
—¿Dónde
has estado?
—Me
entretuve. ¿Sabías que Calgary Stanford está en el barco?
—¿El
actor de cine?
—He
estado hablando con él.
—¿Qué
tal es?
—Bastante
corriente, la verdad.
Dave
miró alrededor de la pequeña sala y vio a Al, y luego a uno de los tipos del
Baby Doc. La cara de Al parecía salida de un cuadro de Goya: era grotesca. Kate
estaba sacudiendo la cabeza.
—La
gente no se comporta así. Ni siquiera en las películas. No van por ahí
follándose unos a otros como conejos. No es viable.
Dave
la miró de reojo y dijo:
—¿Viable?
Suena como si acabaras de recibir los últimos datos estadísticos, Kate —Volvió
a mirar a la pantalla y luego hizo una mueca—. Sea como sea, esto no es cine.
No el cine que yo voy a ver.
—¡Eh,
que se supone que soy yo quien tiene que decir eso! Vamos, salgamos de aquí
antes de la próxima inyección de dinero. Mientras aún me queda apetito.
—Suena
bien. Además, necesito un poco de aire. Los jadeos se empiezan a notar
demasiado. Como en un vestuario en invierno. Ahora ya sé lo que es estar
sentado dentro de un coche con un trozo de manguera metido en el tubo de
escape. Imagino que por eso a esas películas las llaman verdes; así es como te
pones.
Kate
observó cómo Dave preparaba los bocadillos. Lo hacía con cuidado, con un toque
de gracia, como si disfrutara cocinando y preparando comida. En ciertas cosas
era el hombre nuevo. En otras, y eso la tranquilizaba, era como los antiguos.
Le gustaba que no estuviera siempre hablando, como si estuviera acostumbrado a
estar solo consigo mismo y no le importara. Independiente, pensó.
—Puedes
estar callado si quieres, Van —dijo—. No me importa. Me gusta un poco de Dolby
en mis hombres. Esa cosa que reduce el ruido, ¿sabes? Como una especie de
censura electrónica. Apuesto a que eres de los que dejan que, hablando,
hablando, una chica se meta ella sola en tu cama.
—Quizás
—Dave volvió al sofá con una bandeja de bocadillos bien cortados.
Kate
esperó hasta que él cogió uno y empezó a llevárselo a la boca.
—Llévame
a la cama, Van —dijo—. Ahora mismo. Ya no soy una tía dura; de ahora en
adelante, seré de lo más lenguaraz.
Dave
la miró y luego volvió a mirar su bocadillo, que tenía parado a dos centímetros
de la boca.
—¿Quieres
decir, ahora, ahora? —preguntó.
—Antes
de que lo piense mejor y cambie de opinión.
Kate
no tenía intención alguna de cambiar de opinión. Tal vez tuviera una o dos
reservas sobre lo que él le había contado; se inclinaba a pensar que le había
contado aquella historia para averiguar si lo que le interesaba de verdad era
él o su dinero. Probablemente, ella habría hecho lo mismo. Sabía lo que era el
dinero, aunque a ella no le interesara particularmente. En el caso de Howard,
el dinero era la principal motivación de todo lo que hacía. El dinero lo
transportaba, como si fuera un chófer que apareciera al principio de cada día
con una gorra de visera y un teléfono portátil. Para Kate era simplemente el
medio de conseguir un fin, y en aquel momento tenía muy poca o ninguna
importancia para lo que más deseaba: irse a la cama con Dave. Pero le gustó
hacerle escoger entre tomarse un bocadillo o tomarla a ella. Se inclinó hacia
él y le acarició la oreja con la punta de la nariz.
—Al
lugar donde te llevo —dijo—, la cocina es maravillosa, preparada con esmero, y
el servicio es excelente. Así que ni se te ocurra pensar en comer nada más. Al
menos si quieres volver a ser bien recibido en este restaurante.
Dave
dejó el bocadillo. Tenía hambre, pero algunas cosas se hacían mejor con el
estómago vacío.
—¿Has
dormido bien?
Dave
se estiró en su cama extragrande y se volvió hacia ella.
—Qué
extraño —dijo—. He soñado que tenía la enfermedad de Alzheimer. El único
problema es que he olvidado qué ha pasado.
Kate
miró el reloj.
—Ya
veo, todavía con ganas de bromear a las seis de la mañana.
Dave
sonrió y se dio otra vuelta para ponerse encima de ella.
—¿Se
te ocurre algo mejor que hacer?
—Podría
hacerte el desayuno —ofreció Kate—. Me siento un tanto culpable por hacer que
sacrificaras aquel bocadillo.
—También
me había olvidado de eso. Pero eso del desayuno suena bien. Me comería un
caballo entero.
—Yo
ya lo he hecho —dijo Kate mientras él se deslizaba fuera de la cama.
Dave
sonrió de nuevo.
—No
te habrás olvidado de mi proposición, ¿verdad? —preguntó.
—¿De
qué proposición hablas, amor?
—Ya
sabes, la de vivir con el famoso Fantasma, en el sur de Francia.
—Ah,
sí, eso. Lo de la Pantera Rosa. No, no me he olvidado. Yo soy como un elefante.
Nunca olvido un nombre ni una cara.
Dave
asintió. Probablemente una buena memoria para los nombres y las caras era una
exigencia para ser del FBI.
—¿Y?
—Se
trata de una especie de prueba, ¿verdad? Como los tres cofres de El mercader de
Venecia. Oro, plata y plomo —Kate escudriñó la cara de Dave buscando alguna
señal de que reconocía que ella había averiguado lo que se proponía—. Aquello
de que no es oro todo lo que reluce.
—Entonces,
¿cuál escoges?
Kate
rodó por encima de las arrugadas sábanas hacia él y se sentó a su lado.
—¿Contigo?
No lo sé. Si dijera que escojo el plomo, probablemente me dispararías —Kate
agitó un dedo como disparando—. Vamos, Dave. No estoy interesada en el dinero.
Dave
se estremeció.
—¿Qué
dinero?
—Tu
dinero; la fortuna de la familia Delanotov.
—Ah,
eso —Encendió un cigarrillo—. Quizás no lo dejé del todo claro. No hay fortuna
familiar. Soy un ladrón, Kate. Robo para vivir. Como nuestro amigo Cary Grant.
—De
acuerdo, si tú lo dices... —dijo Kate encogiéndose de hombros—. Bueno, pues no
he descartado convertirme en Grace. Todavía no.
Y
una mierda no lo ha hecho, pensó Dave, y se fue a tomar una ducha.
Kate
frunció las cejas. Esa prueba suya, Dave se la estaba tomando muy en serio. ¿Es
que no se daba cuenta de que ella no estaba ni remotamente interesada en su
dinero? En cuanto oyó correr el agua, Kate empezó a registrar la habitación. No
era que compartiera las sospechas de Kent Bowen; aquello eran simples y
estúpidos celos. Pero Dave hablaba muy poco de sí mismo. Quería saber algo más
que las migajas que había ido recogiendo las escasas veces que él había
respondido directamente a sus preguntas. No creía ni por un momento que fuera
un ladrón. ¿Cuántos ladrones conocían a Shakespeare y a Pushkin? Pero había
algo que no le contaba; de eso estaba segura. Algo que necesitaba averiguar. En
la academia del FBI había aprendido a reconocer cuándo alguien trataba de
ocultar algo. Durante un breve periodo al inicio de su carrera había
considerado la idea de incorporarse a la Unidad de Ciencias de la Conducta.
Pero después de El silencio de los corderos parecía que todo el mundo quería
ser Jack Crawford o Clarice Starling, y había acabado en Investigaciones
Generales y Narcóticos. Ahora, estaba registrando la habitación, pero no sabía
qué buscaba exactamente. El gran número de libros sólo parecía subrayar lo que
ya sabía: que Dave había leído mucho. La mayoría de la ropa que había en el
armario, como podía preverse, era nueva y, como era de esperar, procedía de
tiendas caras. No había dinero en metálico. Y tampoco cheques de viaje ni
tarjetas de crédito; ni siquiera un carnet de conducir. Y lo más exasperante,
no pudo encontrar el pasaporte de Dave. La explicación estaba en el vestidor de
Dave. Una caja fuerte empotrada, con combinación. Justo lo que tendría
cualquier millonario que se respetara. No sigues siendo rico mucho tiempo si
dejas el dinero tirado por ahí.
Kate
salió del vestidor y se sentó en el borde de la cama. Si al menos hubiera hecho
el curso para forzar cajas fuertes en lugar del de psicología... Distraída,
fijó la mirada en la librería de Dave. Era como una lista de lectura de una
escuela de verano. Muchos de los títulos eran clásicos. Tolstoi, Turgénev,
Dostoievski, Nabokov. Incluso unos cuantos guiones de cine, como un saludo al
modernismo. Algo de filosofía también: Wittgenstein, Kierkegaard, Gilbert Ryle
y George Steiner. Pero cuanto más miraba los libros, más sentía que, pese a que
parecían abarcarlo todo, faltaba algo, como cuando falta una pieza de una
cubertería. Sí, eso era. Y no sólo una pieza; quizás un juego completo. Como el
juego de cuchillos de pescado. Poco a poco, comprendió lo que era. No había
ningún libro de economía. Ni uno. Y eso le pareció curioso. A los millonarios
les interesaba el dinero, ¿o no? Especialmente si trabajaban para el Centro
Financiero de Miami. Howard estaba siempre leyendo libros sobre cómo hacer
dinero: Beating the Dow, One Up on Wall Street, El toque de Midas, El ejecutivo
al minuto. Éste debió de comprarlo por la misma época en que estaba leyendo El
amante al minuto.
Kate
cogió la manoseada edición de bolsillo de Crimen y Castigo. No había vuelto a
leer la novela desde que estudiaba Derecho, y entonces le pareció uno de esos
libros que te cambian la vida. O como mínimo, que cambian tu forma de pensar en
los criminales. Distraída, estaba volviendo la página de la portada cuando algo
le llamó la atención. Allí había algo impreso, en el interior, en una brillante
tinta azul.
Había
un sello.
Lo
miró sin creerse lo que veía, como si estuviera admirando algún raro ex libris,
leyendo las palabras impresas dentro del sencillo círculo con más atención que
si hubiera sido un visado en el pasaporte que había estado buscando.
Pero
esto era mucho más revelador.
Musitó
las palabras, como si necesitara oírlas para comprender plenamente lo que
implicaban.
—Propiedad
del Centro Penitenciario de Miami en Homestead.
¿Sería
posible que Dave fuera realmente un ladrón? Y no sólo un ladrón, un ex
presidiario, además.
Al
oír que Dave acababa de ducharse, cerró el libro y lo colocó rápidamente en el
estante. Luego, envolviéndose en el otro albornoz, salió del camarote y subió a
la cocina. Quizás consiguiera preparar una cara relajada, amorosa y tranquila
junto con algo para desayunar.
En
la cocina, Kate puso el agua a hervir y empezó a freír jamón y huevos, sin
dejar de pensar ni un momento en las pruebas que tenía delante de ella: la ropa
nueva; los libros, más propios de un recluso autodidacta que de un millonario;
la propuesta de los cinco ases al estilo Cary Grant que él le había hecho. No
parecía haber más que una conclusión lógica. Dave era realmente un ladrón y
además había estado preso. Comprendió que había hablado completamente en serio
y que era lo que había dicho ser.
Al, atraído
a la cocina por el olor del café recién hecho y de las salchichas y el jamón,
la convenció de que no se trataba de una película de Cary Grant. Al era Luca
Brazzi, Tony Montana y Jimmy Conway embutidos en una única arma repetidora de
cañón corto; incluyendo la mira del rifle, la actitud de tipo duro y la
mandíbula de metal azulado.
—¿Qué
hora es? —gruñó Al.
—Poco
más de las seis —respondió Kate, simpática como una azafata de líneas aéreas
contestando a un pasajero de primera clase. Uno se tropieza con todo tipo de
gente en primera clase hoy día.
—¿Las
seis? Joder, ¿qué estamos haciendo: abandonando el barco o algo así? Las seis
de la mañana.
—¿Quiere
desayunar algo?
Al
suspiró, incómodo, y se inclinó a mirar por la ventana de la cocina para
comprobar qué tiempo hacía. Husmeó con fuerza, como si estuviera inclinado
sobre un par de líneas de coca, y dijo:
—No
consigo decidir si es mejor comer algo para tener algo que vomitar o no comer y
no vomitar nada en absoluto.
Kate
sonrió con dulzura, tratando de dominar los nervios. ¿Quiénes eran aquellos
tipos? ¿Y qué estaban haciendo en el buque? ¿Tendrían algo que ver con Rocky
Envigado?
—Al
—dijo—, ¿conoce la expresión «a la cocinera no le iría mal un abrazo»? Esta
cocinera se conforma con un «sí, gracias» o un «no, gracias». El destino final
de la comida que estoy cocinando, sea la taza del váter o el mar, me es
absolutamente indiferente.
Al
gruñó, descompuesto. Miró con indecisión el desayuno que Kate estaba cocinando.
Frotándose la barriga desnuda, porque sólo iba vestido con un pantalón corto,
dijo:
—Me
parece que tomaré sólo unos cereales.
—¿Tiene
resaca o algo así?
—No.
Tengo náuseas sólo de pensar que voy a tener náuseas por culpa del tiempo.
Al
llenó un cuenco con cereales, luego añadió leche y empezó a engullir la mezcla.
—¿El
tiempo? ¿Qué pasa con el tiempo?
—A
usted no le afecta, ¿eh? —comentó con la leche chorreándole por la barbilla sin
afeitar—. Debe de ser otro buen marino. Como el jefe.
Kate
echó una mirada hacia fuera. Entre que había estado haciendo el amor y la
impresión de su descubrimiento sobre Dave, apenas se había fijado en el oleaje
que agitaba el mercante. Afuera, el cielo estaba gris y amenazador y una fuerte
brisa azotaba la bandera de la popa del Jade frente a ellos. Parecía que la
tormenta los estaba alcanzando después de todo.
—Yo,
yo no soy muy buen marinero —confesó Al—. Me mareo hasta mirando un vaso de
agua salada.
—Sí
que parece bastante agitado —admitió Kate.
—¿Estás
hablando de Al o del tiempo? —preguntó Dave entrando en la cocina.
Al
gruñó despectivo, metió el cuenco vacío en el fregadero y estiró el brazo para
coger la cafetera. Kate se apartó, incómoda, como si se tratara de un perro
grande y maloliente.
Al
observar su gesto de desagrado ante el torso desnudo de Al, Dave dijo:
—¿No
podrías ponerte una camisa o algo, Al? Es como tener un coco gigante dando
vueltas arriba y abajo aquí dentro.
—A
algunas mujeres les gustan los hombres peludos —dijo Al sorbiendo un poco de
café.
—Da
la casualidad de que Dian Fossey y Fay Wray no nos acompañan en este viaje
—replicó Dave.
—Déjeme
que le cuente algo sobre eso de los gorilas —dijo Al—. Los tipos peludos tienen
más inteligencia que los que tienen menos pelos que la mierda, como usted
mismo, jefe. Es un hecho. Lo decía en el Herald. Los científicos han hecho un
estudio y lo han demostrado. Los tipos listos tienen pechos peludos. Un montón
de médicos, un montón de profesores universitarios; no muchos abogados, ningún
policía; muchos escritores. Y los tíos listos de verdad, de verdad, esos tienen
también la espalda peluda.
—¿Decía
algo sobre cerebros peludos en ese estudio, Al? — preguntó Dave riendo. Miró a
Kate, que le devolvió apenas la sonrisa—. Bueno eso es algo nuevo para mí. Le
da un giro diferente a la historia de Sansón, supongo. No es su relación con
Dios lo que ella jode cuando le corta el pelo, sino su C.I.
—Puede
reírse tanto como quiera —dijo Al, marchándose de la cocina—, pero es un hecho.
Kate
carraspeó nerviosa y continuó esforzándose por mantener la sonrisa, incluso
cuando Dave le sonrió disculpándose. Ahora que lo veía de nuevo, sí que parecía
que pudiera ser un ladrón de joyas de alto nivel. Probablemente, llevaba a Al
para conducir el coche en el que huía o para disponer de sus músculos si era
necesario.
Cuando
Al se hubo marchado, Dave sacudió la cabeza.
—Ese
Al —dijo sencillamente—, vaya tipo, ¿eh? Ya te dije que era un animal.
—Me
parece que es la primera vez que os veo juntos.
—Eso
es fácil de explicar —Abrazándola, Dave inspeccionó el desayuno que Al había
rechazado—. Somos como Jekyll y Hyde. Mmm, tiene buen aspecto.
—¿Y
cuál de los dos es el señor Hyde?
—Él,
por supuesto. ¿No te has fijado en el pelo que tiene en las manos? Ese tío es
como un puto felpudo.
Kate
se soltó y empezó a servirle el desayuno.
—¿Te
pasa algo? —le preguntó él—. No te arrepientes de lo de anoche, ¿verdad?
—Todo
va bien —dijo ella y, ansiosa por tranquilizarlo, añadió—: ¿Sabes una cosa? Si
tú fueras el señor Hyde, yo sería la señora Seek?.
—Eso
suena prometedor.
Dave
se preguntó si habría algo en aquella exhibición de mentiras. ¿Estaría tratando
de divertirse durante una misión de vigilancia por lo demás poco interesante?
¿O había algo más? Le pareció imposible averiguarlo hasta que hubieran dado el
golpe. Se sentó a la mesa y empezó a comer lo que ella le había puesto delante.
—Estoy
seguro —dijo— de que preferiría compartir una conciencia dividida contigo que
con Al. Piénsalo. Una asociación al 50%. Mitad y mitad.
—¿De
verdad? Pues hasta el momento no puede decirse que hayas sido muy directo
conmigo.
Con
la boca llena de comida, Dave enarcó las cejas.
—Lo
que quiero decir —se apresuró a explicar Kate— es que no me has contado mucho
sobre lo que haces. No puedo dejar mi empleo con Kent sin saber un poco más
sobre ti; sobre lo que haces; sobre dónde vives.
—Ya
te lo he dicho —respondió Dave—. Robo piedras. Igual que John Robie en Atrapar
a un ladrón. El Gato. De hecho, no uso título ni un guante con un monograma. No
tiene sentido ponérselo fácil a la policía para que me acuse de un montón de
golpes en el poco probable caso de que me cojan. Naturalmente, sólo robo a los
que pueden permitírselo. De hecho, pensaba que podría haber unas cuantas
piedras bonitas en este barco; hasta que descubrí que es raro que los
propietarios viajen con sus barcos. Eso fue antes de que los controladores
aéreos conocieran el aprieto en que me hallaba y decidieran echarme una mano.
—Se
ha acabado —dijo Kate—; la huelga. Lo dijeron por la radio ayer tarde.
—¿Ah,
sí? Bueno este viaje ha sido muy decepcionante, por lo menos desde un punto de
vista profesional. Ni joyas ni dinero en metálico ni siquiera un pequeño
picasso. Me pregunto en qué gastará el dinero la gente hoy día. En seguridad y
en porno, supongo. Eso no deja mucho margen para alguien como yo, Kate —
suspiró—. Espero que las cosas vayan mejor en la Costa Azul.
—¿Hablas
en serio?
—Yo
siempre me tomo en serio las asociaciones, Kate. Después de anoche tendrías que
saberlo. Pero, además, hay otra razón. Ya tengo un socio. Hay que tener en
cuenta a Al.
Kate
sintió que recuperaba parte de su aplomo.
—Sustituta
de Al; me siento muy halagada —dijo—. Pero, ¿sabes?, el negocio no suena
especialmente atractivo. Podrías tratar de venderme los términos del acuerdo:
Qué saco yo, qué puedo hacer, esa clase de cosas.
—Ya
te lo he dicho; ése no es mi estilo. Además, ya conoces las condiciones. Ayer
te oí decirlas a ti misma. En la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la
enfermedad. Cincuenta, cincuenta, Kate. Con todos mis bienes materiales te
doto. ¿Qué me dices?
—¿De
verdad me estás pidiendo que me case contigo?
Dave
se llevó un poco de jamón a la boca con el tenedor y asintió con la cabeza.
Kate
sonrió.
—Pero
si ni siquiera te conozco.
—Cada
día se casan miles de personas que no se conocen. Lo sé. Lo he leído en los
periódicos.
Kate
se sentó frente a él, atónita. ¿Se mostraría tan decidido a casarse con ella si
supiera que era una agente federal?
—¿Cuándo
tendrás el divorcio? —preguntó Dave.
—Dentro
de un par de meses.
—Casémonos
entonces.
Le
divertía su azoramiento. Percibía que lo amaba tanto como él a ella. Quizás
incluso quería casarse con él y, de no ser una agente especial en una misión
secreta, puede que hubiera aceptado. Por otra parte, pensaba en lo bien que
habían estado la noche antes; en lo cómodo que se sentía con ella ahora y en lo
que le costaría dejarla. El tiempo se estaba acabando. Dentro de dieciocho
horas Al y él iban a dar el golpe. Después de eso tal vez no volvería a verla.
La verdad es que todo lo que había dicho lo había dicho en serio. Si para
conservarla bastara simplemente con casarse con ella, lo habría hecho
inmediatamente. Casi la única carta que le quedaba por jugar era que sabía que
era una agente federal. Pero sólo la jugaría cuando llegara el momento de marcharse,
cuando ella lo supiera más o menos todo, pero no antes.
—Te
gusta ir rápido, ¿eh, Van?
—Voy
al Gran Premio de Mónaco, ¿recuerdas?
—Creía
que quien iba era el financiero, no John Robie.
—El
Gran Premio es bueno para los gatos ladrones. Hay mucho ruido. La gente no oye
mucho durante una carrera de Fórmula 1. Y Montecarlo siempre es Montecarlo.
Siempre hay montones de piedras por todas partes. Es como Tiffany's con una
ruleta y una bonita playa —Dave enderezó el cuchillo y el tenedor y alargó la
mano a través de la mesa para enrollar un mechón del pelo de Kate en el dedo.
Aunque todavía no se había duchado seguía oliendo maravillosamente—. No debería
ser un gran problema para una chica de la Space Coast. La clase de chica que
usa Allure.
—¿Cómo
sabes que ése es mi perfume?
—Lo
reconozco. Es mi perfume favorito. Por lo menos ahora lo es.
Kate
apoyó la mejilla en la mano y suspiró melancólica. Howard no era capaz de
distinguir un perfume del humo de los puros. Era mala suerte conocer a un
hombre que se enamoraba de ella a primera vista justo cuando ella se hacía
pasar por otra persona. Un hombre que sabía poesía. Un hombre que no era un
amante egoísta. Un hombre que era un ladrón y un ex presidiario. Era otra de
esas pelotas con efecto que la vida tenía por costumbre lanzarte. Se puso de
pie.
—Sigo
necesitando un poco más de tiempo —dijo, mirando automáticamente el reloj—. Y
será mejor que vuelva. Kent es bastante maniático con este tipo de cosas.
A
Dave no le sorprendió esta información. Sabía por experiencia que los federales
tenían todo tipo de manías.
18
Dave
estaba leyendo un libro cuando oyó rumor de pasos en la cubierta del puente de
mando.
Era
el oficial de comunicaciones del buque, Jock. Se había quitado el uniforme
blanco y ahora iba abrigado con un grueso suéter azul marino de lana y
pantalones del mismo color.
—He
venido a echar una ojeada a tu barco. A comprobar que las amarras aguantan.
—¿Y
aguantan?
—Por
ahora. Pero si la tormenta nos alcanza, todos podríamos tener problemas. En
este momento seguimos por delante de ella. Llevamos una buena marcha. Vamos tan
rápido como la polla de un perro de carreras.
—¿Pero
seguimos el rumbo?
—Oh,
sí, el rumbo exacto. Pero si continuamos así, llegaremos mucho antes de lo
previsto.
Dave
frunció el ceño. Llegar demasiado pronto a la cita podría ser tan desastroso
para el golpe como llegar demasiado tarde.
—¿Cuánto
antes?
—No
lo sé seguro. Tan pronto como mejore el tiempo tendremos una idea más precisa.
Por cierto, ¿cómo va el auricular?
Dave
no dijo nada, preocupado por la información que acababa de recibir. Parecía que
iban a tener que pasar más tiempo en el barco de la escapada de lo que había
calculado. A partir de ahora tendría que vigilar de cerca su posición con ayuda
del receptor GPS del barco. Casi del mismo tamaño que un teléfono celular, el
GPS podía decirte con precisión dónde estabas, qué dirección seguías y lo
rápido que ibas: cada vez que lo ponías en marcha, el receptor calculaba su
posición trazando las señales emitidas por los satélites de la constelación GPS
hasta haber reunido la suficiente información para determinar su propia
posición relativa.
Jock
repitió la pregunta.
—Oh,
sigue funcionando, gracias. ¿Quieres una cerveza?
—¿Por
qué no? Ya que estoy mojado por fuera, lo menos que puedo hacer es mojarme por
dentro.
Dave
miró por la ventana. La lluvia azotaba el techo del Juarista y, aun detrás de
los costados del Duke, la cubierta del barco parecía una tabla de surf. Le dio
una Corona a Jock.
—Estupendo
—dijo—. Ahí fuera recuerda a Moby Dick.
—Es
un poquito peligroso andar por las pasarelas del barco — admitió Jock—. Pero ni
la mitad de malo de lo que esperábamos. El patrón tenía razón. La tormenta no
tardará en deshacerse.
Jock
vació de un trago la mitad de la botella. Al oír el fuerte ruido de alguien
vomitando en las entrañas del barco de Dave, echó una ojeada al hueco de la
escalera.
—Alguien
está cambiando las pesetas, ¿eh?
Dave
frunció momentáneamente el ceño mientras sus oídos y su cabeza trataban de
penetrar el significado de las palabras del escocés. Finalmente, comprendió qué
quería decir.
—Sí,
es Al. No es buen marino.
Parecía
despreocupado, pero cada vez se sentía más inquieto por si tenía que acabar
dando el golpe él solo. Lo único bueno del mal tiempo era que quizás los
tripulantes de los barcos de los rusos estarían tan mareados como Al.
—Pero
tú estás bien, ¿no? —dijo Jock.
—Sí,
estupendamente —respondió Dave—. ¿No tendrías algo que pudiera darle? He
probado con Kwells y otras cosas por el estilo, pero no parecen servir de nada.
Jock
se acabó la cerveza e hizo una mueca.
—Eso
es para niños —dijo—. ¿Qué otras mierdas has probado?
—Antihistamina.
Tampoco funcionó. Sólo hizo que durmiera un rato.
—¿Cuándo
se tomó la última dosis?
—Hace
horas.
—Bueno,
yo lo que hago es tomar hioscina. Bloquea el sistema nervioso autónomo del
parasimpático. Se utiliza generalmente como preanestésico para impedir la
estimulación vagal refleja del corazón.
—No
hay nada simpático en el sistema nervioso de Al —dijo Dave—. Ni siquiera estoy
seguro de que tenga corazón —Encendió un cigarrillo—. ¿Qué eres tú, una especie
de médico?
—En
este barco sí. Mi padre era veterinario. Aprendí mucho de él —Se encogió de
hombros—. De cualquier modo, los hijos de puta que hay en este barco son todos
animales, así que no importa una puta mierda —Cogió uno de los cigarrillos que
Dave le ofrecía—. ¿Tu compañero padece glaucoma?
Dave
no tenía ni idea, pero sacudió la cabeza de todos modos, intuyendo que Jock
estaba a punto de recetarle algo útil. Hioscina, quizás.
—Bueno,
veamos, tengo Scopoderm. Buen material, no se vende sin receta —Sujetó el
cigarrillo en un extremo de los labios e inhaló a través de los dientes
apretados—. Pero es caro, si sabes lo que quiero decir.
Dave
lo sabía y sonrió.
—Creo
que sí.
Jock
tenía un aire de disculpa.
—Tú
eres el que tiene el barco fardón, no yo. Yo sólo trato de llegar a fin de mes.
—¿Cuánto?
—Cincuenta.
Suficiente para capear el mal tiempo.
—Hecho.
Jock
sacó un pequeño paquete del bolsillo.
—¿Lo
llevas encima?
—Hoy
hay bastante gente que está hecha una mierda —dijo Jock riendo—; el negocio va
bien.
—Es
un buen tingladillo —dijo Dave, alargándole los cinco billetes de diez.
—Uno
se las arregla como puede.
—Por
supuesto que si.
—Aquí
hay pastillas y tiritas —explicó Jock, al darle el paquete a Dave—; dale una
tableta ahora y que se ponga una tirita en el brazo. Le costará orinar. Quizás
vea un poco borroso. Y no sudará ni una gota.
—Me
muero de ganas de verlo —dijo Dave—. ¿Cuánto tarda esta mierda en hacer efecto?
—Es
inmediato. En una hora tendría que estar de pie otra vez. Luego una pastilla y
otra tirita cada seis horas. Eso sí, que no lo mezcle con alcohol.
—Vale.
—Gracias
por la cerveza.
—Es
un placer hacer negocios contigo, Jock.
Jock
se lanzó temerariamente hacia popa.
—Ah,
sí. Me olvidaba. El submarino. Me parece que se ha ido. Hace rato que nadie
transmite y no hay nada en la sonda acústica. Deben de haberse aburrido y se
han largado.
—Habrá
sido eso —dijo Dave.
—Estos
viajes son así —dijo Jock—. No sé cómo pude pensar que navegar sería más interesante
que hacerme veterinario. Nunca pasa nada en este barco, joder.
—No,
supongo que no.
Al
estaba tendido en el suelo, rodeando con un brazo la taza del váter como si
fuera su mejor amigo. Dave se arrodilló, se pasó una de las anacondas que Al
tenía por brazos alrededor del cuello y lo arrastró hasta el camarote.
—Hay
una cosa que me gusta de ti, Al. Sabes cuál es tu posición en la vida. Ha sido
un placer navegar contigo, ¿sabes? Un tío como yo, que acaba de salir de la
trena. Ha sido un gran consuelo tener cerca a alguien que está más bajo que yo.
—Que
te jodan —gruñó Al.
Dave
lo dejó caer en la cama y, cogiendo una toalla, empezó a secar los brazos de Al
concienzudamente.
—El
doctor acaba de pasar y me ha dado algo para ti —dijo Dave—. Para ser
totalmente sincero, en realidad es un veterinario. Pero sabía que no se lo
tendrías en cuenta, siendo como eres un jodido gorila.
Dave
desenvolvió la provisión de Scopoderm y le puso una tirita en la parte interior
de cada musculoso brazo.
—Normalmente
ese tipo sólo trata animales domésticos, pero yo lo convencí para que hiciera
una excepción contigo. Le dije que hiciera como si fueras un asno doméstico y,
¿sabes?, no tuvo ningún problema para convencerse.
Dave
colocó una de las tabletas de Jock en la lengua de Al, que colgaba como un
calcetín sucio, y luego le cerró las mandíbulas antes de alargar la mano para
coger el vaso de agua que estaba sobre la mesilla de noche. Lo cogió y casi lo
dejó caer al suelo con asco, al darse cuenta de que en el agua había una
dentadura postiza.
—Joder,
¿qué es esto? —Luego se echó a reír y levantó el fláccido labio de Al con un
dedo. Sonriendo, exhibiendo el brillo perfecto de sus dientes, Dave miró dentro
de la boca vomitadora de Al—. Vaya, no hay ni un puto diente en todo el buzón.
Dave
siguió mirando, fascinado y sintiéndose como la perra que en El Rey Lear viene
a regodearse ante las cuencas vacías de los ojos de un viejo. Hasta que la
zarpa enorme y peluda de Al le apartó la mano de un manotazo.
—Que
te jodan.
—Bueno,
ahora tienes que sentarte y tragar esta pequeña pildora amarga, Al. Hará que te
sientas mejor. Es una pastilla contra el mareo, así que sé un buen chico y
trágatela. Me ha costado cincuenta dólares.
Al
se incorporó, se tragó la pildora y, cogiendo el vaso de la mano de Dave, lo
vació del agua que cubría su dentadura.
—Hijo
de puta —murmuró y volvió a desmoronarse en la cama.
—Sí,
ya lo sé. Todos mis pacientes me dicen lo mismo. Mis modales son más los de un
descargador de los muelles que los de un médico de cabecera —Dave secó la
frente de Al con la toalla—. El Scopoderm tarda un poco en hacer efecto. Y
también lo llevas pegado en los brazos por si tu estómago le presta menos
atención que tu cerebro. Sólo una advertencia. Nada de alcohol mientras viajes
con esto. Eso quiere decir, nada de alcohol hasta que haya acabado el viaje,
¿vale? Tú y yo tenemos un trabajo que hacer — Dave miró la hora—. Quedan menos
de doce horas. ¿Quieres algo que te motive? Pues piensa en esto: mañana a estas
horas tú y yo seremos millonarios.
—Bueno
—estaba diciendo Sam Brockman—, así que ahora estamos solos. Salvo cuando hay
maniobras de la OTAN, la armada se queda a este lado del Atlántico. Para
facilitar las cosas a los de la GAS.
—¿La
GAS?
—La
guerra antisubmarinos —le dijo a Kate—. Los franceses nos recogerán dentro de
unas horas, al oeste de las Azores —Suspiró—. Mierda.
—¿Qué
pasa?
—Nada,
que casi tengo ganas de que pase algo. Me parece una vergüenza dejar que sean
los de la Interpol los que les echen el guante.
Kate
asintió sin mucho entusiasmo. Para ella, ya estaban pasando cosas más que
suficientes. Más de las que habría querido. Desde el desayuno había permanecido
en el Carrera, dando gracias de que el mal tiempo le proporcionara una excusa
para no salir al puente y ver a Dave. Quizás fuera mejor que el submarino se
hubiera marchado. Eso significaba que ya no podía sucumbir a la tentación de
hacer que enviaran un mensaje a la central del FBI para comprobar el historial
delictivo de Dave. Eso si Delanotov era su verdadero nombre.
Un
Kent Bowen de color verde subió a la cocina y permaneció de pie al lado del
fregadero jadeando antes de coger un vaso y llenarlo con agua del grifo.
—¿Cómo
te sientes, Kent? —le preguntó Sam.
—Como
una mierda de perro.
Kate
miró a Bowen con una expresión que decía que eso es lo que era. Todavía no
había ideado un plan para vengarse de él por haberle insinuado a Dave que se la
tiraba. Pero estaba en ello.
—¿El
Dramamine no te hace efecto? —dijo Sam.
—Eso
es lo más jodido del asunto —dijo Bowen—. Si tomo una pastilla más, me caeré
redondo. Ya casi me duermo de pie.
—Mire
—dijo Kate—, por ahora no está pasando nada. Pavo en la paja se ha ido. No hay
necesidad de que se quede despierto si se siente tan mal. ¿Por qué no se va a
la cama?
Bowen
sonrió débilmente.
—¿Por
qué no irse a la cama? ¿Es ése tu lema personal o algo así?
Kate
se mordió el labio.
—¿Qué
se supone que quiere decir eso? —dijo Kate conservando la calma.
—Me
parece que sabe de que estoy hablando, agente Furey.
—Joder,
habla igual que mi madre.
—Lo
dudo. Lo dudo mucho. Está claro que su madre no le dio nunca nada que se
pareciera a una orientación moral.
Kate
notó que enrojecía. Luego se rió con desprecio.
—Vaya
quien fue a hablar. ¿Qué sabrá usted de moralidad?
Siguiendo
con su idea, Bowen dijo:
—Si
lo hubiera hecho...
—Quiero
creer que lo que le hace hablar como un capullo es el Dramamine, Kent.
—Si
lo hubiera hecho, habría vuelto a este barco anoche.
—¿Ha
venido hasta aquí a propósito para insultarme?
—¿Entonces,
no lo niega?
—¿Negar
qué?
—Que
durmió con ese tipo?
—A
decir verdad, dormir no dormimos nada. Estábamos demasiado ocupados follando.
—O
sea que yo tenía razón.
—Pero
lo que yo hice o dejé de hacer anoche no es asunto suyo.
—Si
afecta a la integridad de esta operación, sí que lo es.
—Y
de eso usted debe saber mucho, viendo porno toda la noche.
Bowen
se inclinó y vomitó en el fregadero.
—Cuando
mete la cabeza en una taza de váter está en su verdadero elemento—dijo,
despectiva.
Bowen
se enderezó y se secó la boca con una servilleta de papel.
—No
fue toda la noche. Fueron un par de horas, Kate —dijo Sam—. Puede que tres.
—O
sea que no me venga con sermones sobre integridad —dijo Kate.
—Nunca
había visto ese tipo de cosas —dijo Sam—. Y probablemente no volveré a verlas.
Anoche, calculo que vi todo lo que es posible ver. Había una mujer en
particular —Miró a Kate con embarazo—... Bueno, sólo diré esto: Que ahora sé
qué quiere decir exactamente que te estrujen la cabeza —Se echó a reír—. Bueno,
de cualquier modo, no veo que ninguno de nosotros haya afectado a la integridad
de esta operación. Anoche no pasó nada que sea asunto de nadie salvo del
interesado o la interesada. ¿Por qué no lo dejamos así, eh, Kent?
—Esa
clase de conducta adolescente puede estar bien para los guardacostas —dijo
Bowen con un hipo—. Pero las actividades sexuales ilícitas de la agente Furey
no entran dentro de las mejores tradiciones del FBI.
—Pero,
¿quién se cree que es? —exigió Kate—. ¿T. Edgar Hoover? Actividades sexuales
ilícitas, ¡vaya montón de mierda!
Bowen
sonrió en medio de una oleada de náuseas que se llevó la última sombra de color
de su cara.
—Bueno
—dijo—, yo sé quién soy. Sí. Así es. Yo sé quién soy.
—Los
expedientes secretos de Kent Bowen.
—Pero,
¿puede decir lo mismo de su compañero sexual? Contésteme, si puede. ¿Qué sabe
exactamente del señor David Delanotov?
—No
me venga con esa mierda —dijo Kate, pero la verdad era que se había pasado toda
la mañana preguntándose eso mismo.
Bowen
respiró hondo y dijo:
—Soy
un baluarte de fortaleza en una ciudad de hombres y mujeres débiles. Y
defenderé la ley. Pero el señor David Delanotov es otra cosa. No es un hombre
recto. El ojo hostil y el dedo del desprecio lo señalan.
Soltó
un suspiro, vacilante.
—Será
más bien un baluarte de mierda. ¿De qué demonios está hablando?
—Se
lo diré. He hecho unas pequeñas comprobaciones sobre el señor Dave Dulanotov. Y
resulta que el barco de su propiedad está matriculado en la Gran Caimán.
—No
hay ley alguna que lo prohiba.
—Su
anterior dueño era un tipo llamado Lou Malta, socio en el pasado de Tony
Nudelli. Incluso usted debe haber oído hablar de Tony Nudelli.
Kate
permaneció callada.
—Naked
Tony Nudelli. Dije socio en el pasado porque Lou Malta está en la lista de
personas desaparecidas del departamento de policía de Miami. Nadie lo ha visto
desde hace meses.
Kate
se encogió de hombros y dijo:
—No
veo que eso demuestre nada.
—Nada,
salvo que puede que ese Lou Malta haya sido asesinado.
—Lo
único que le pedimos a alguien que nos vende algo es si tiene un título de propiedad
como es debido. No si son personas como es debido.
—Kate
tiene razón, Kent —dijo Sam Brockman—. El tío que me vendió mi primer coche era
uno de los mayores sinvergüenzas de Florida.
—No
te metas en esto —dijo Bowen.
—Cuidado,
Sam —dijo Kate—. O este demente hijo de puta te abrirá un expediente a ti
también.
—No
he podido averiguar nada del otro tipo —prosiguió Kent—. Ese matón que tiene
por compañero. Pero no me sorprendería en absoluto que también fuera algún tipo
de gángster.
—Suena
como si hubiera establecido una especie de caso prima facie contra David —dijo
Kate—. Lo que he oído hasta ahora es tan circunstancial como la hora de su
reloj barato. Joder, cuando devuelve, no vomita sólo la cena de la noche antes,
¿eh? También saca un montón de bilis y canalladas. Por si lo ha olvidado, Kent,
son los perros los que están interesados en los vómitos, no el fiscal del
distrito. Se le reiría a la cara si le fuera con lo que me ha contado hasta
ahora.
—No
he dicho en ningún momento que tuviera nada más que —Bowen se detuvo, tragó
descompuesto antes de taparse la boca y esperar que pasara otra oleada de
náuseas—... Salvo —añadió al cabo de unos momentos— una fuerte sospecha de que
no era una persona cabal para que una agente se relacionara con él.
Y a
continuación eructó.
—Ése
es el sonido más inteligente que ha hecho en toda la mañana, Kent —dijo Kate,
poniéndose de pie—. Me voy afuera. El aire aquí huele cada vez más a agrio.
—Agente
Furey, todavía no he terminado —dijo Bowen y vomitó en el fregadero.
Casi
en el momento en que Bowen se ponía derecho otra vez, una enorme mosca
aterrizaba en la vomitona, zumbando con fuerza.
—Bueno,
mire qué bien, Kent —dijo Kate saliendo por la puerta de la cocina—; parece que
uno de sus amigos acaba de dejarse caer por aquí.
Kate
pasó el resto de la mañana sola en su camarote, evitando a todo el mundo, Dave
incluido. Lo oyó subir a bordo poco después de las seis, pero cuando bajó Sam a
avisarla, le pidió que le dijera que se encontraba mal y que ya lo vería al día
siguiente.
No
podía saber que la próxima vez que viera a Dave éste tendría un arma en la
mano.
Hacia
la hora de cenar, con la borrasca todavía soplando fuerte y el mar tan
encrespado como antes, Dave volvió al camarote de Al con una tortilla que le
había preparado, un trozo de tarta de limón y una taza de café sólo y fuerte.
—Tu
comida —dijo al entrar—. ¿Cómo te encuentras?
Al
se incorporó en la cama y abrió la boca de oreja a oreja en un bostezo. Se
colocó de nuevo la dentadura y dijo:
—Mejor,
gracias. Eso que me has dado funciona.
—Creo
que será mejor que comas algo —Dave dejó la bandeja sobre la cama—. Tú eres
quien tiene que hacer ruido, no tus tripas. Con todo lo que tenemos que hacer,
vas a necesitar un poco de energía.
Al
asintió, y luego engulló la tortilla con hambre de lobo.
—¿Qué
tal una cerveza? —preguntó.
—No
puede ser —dijo Dave—. ¿Ves esas dos tiritas que llevas en los brazos? Son
avisos sanitarios. Dicen que la Dirección General de Salud Pública ha
dictaminado que sigas en el dique seco hasta que estemos a bordo del Ercolano.
Debido a la medicación. Después, champaña para el resto de tu vida.
—No
me gusta el champaña —dijo Al, atacando la tarta—. Me da gases.
—Esa
es la idea.
—¿Ah,
sí?
—Claro.
Es el gas lo que hace que la cojas rápidamente.
Al
puso una cara como si nunca hubiera considerado esa posibilidad y se metió el
resto de la tarta en la boca. Dave se preguntó si Al habría oído hablar alguna
vez de indigestión.
—Gracias
por la comida; te lo agradezco.
—No
es nada.
—Tenía
el estómago más vacío que una puta promesa electoral —Al eructó, satisfecho, y
luego vació de un trago la taza de café—. Qué mierda de tiempo, ¿eh? ¿Crees que
nos va a retrasar algo?
—Si
sigue así —dijo Dave—, seguro que no va a facilitarnos las cosas.
—¿Cómo
es que tú nunca te mareas? •
—Es
el poder de la mente sobre la materia, supongo. A mi mente no le importa y la
materia no se entera —Dave encendió un cigarrillo y sonrió—. Además, calculo
que treinta o cuarenta millones de dólares curarán casi cualquier molestia que
me aqueje. Coño, tío, puede que no vuelva a estar enfermo nunca más.
Al
sonrió también. Había veces en que le gustaba aquel hombre. Como ahora. Se
prometió que, cuando llegara el momento de matar a Dave, lo haría rápidamente.
Una bala en la nuca. El tipo ni se enteraría. Le parecía lo mínimo que podía
hacer.
19
Jimmy
Figaro creía en la historia. Pero, ¿de qué servía si no aprendías de ella? Si
no la conocías, estabas condenado a repetir los mismos errores, y un error era
algo que Figaro no podía permitirse. No con su lista de clientes. Con algunos
de aquellos tipos, la jodías una sola vez y ya estaba. Entonces eras tú quien
se convertía en historia.
Una
de las lecciones de la historia tenía que ver con ser portador de malas
noticias. A un poli que conoció una vez en Orlando lo despertó otro poli en
mitad de la noche llamando a su puerta y diciéndole que le traía malas
noticias. Resultó que las malas noticias eran sólo que tenía que investigar un
accidente en el cual se habían ahogado un montón de niños, y tendría que mirar
los cuerpos de aquellos niños. Pero el tío se irritó tanto al enterarse de que,
en realidad, no eran malas noticias para él, que nadie de su familia había
muerto o algo por el estilo, que agarró una pistola y mató a tiros al otro
policía, allí mismo, delante de su puerta.
Había
muchas variantes sobre el tema de «no dispares contra el mensajero». A nadie le
gustaba el tipo que traía malas noticias. Y ese nadie podía ponerse muy
desagradable cuando se trataba de alguien como Tony Nudelli. Era irónico que
las malas nuevas de Figaro estuvieran relacionadas con lo mismo que le había
enseñado a ser extraordinariamente cuidadoso con Nudelli y su genio. Y ese algo
era Benny Cecchino.
Benny
Cecchino era un hombre de éxito, un prestamista usurero que había tomado
doscientos cincuenta mil dólares prestados de Tony, al 0,5% semanal, para
ponerlos en circulación al interés que quisiera. Un uno por ciento o un cien
por ciento, a Tony no le importaba a quién se lo cargara, ni cuánto, siempre
que él recibiera sus 1.250 dólares a la semana. Cecchino prestó 4.000 dólares a
un individuo llamado Nicky Rosen, que se apresuró a desaparecer. Tres semanas
más tarde Cecchino estaba conduciendo por Collins y le pareció ver a Rosen en
otro coche. Para cuando se dio cuenta de que se trataba de otro tipo, ya había
aplastado su Mercedes contra el sosia y lo había enviado al hospital. Un simple
error, salvo que el sosia resultó ser el cuñado de Tony Nudelli. Había sido
mala suerte y Nudelli podría haberlo perdonado, de no ser porque Cecchino había
ido por ahí hablando sobre lo sucedido como si fuera lo más divertido que le
hubiera pasado nunca. Como si no le importara una mierda de quién era cuñado. Y
en cuanto Nudelli se enteró, cogió una pistola, fue en coche hasta el
restaurante donde solía encontrarse Cecchino, que era propiedad de la mafia, y
se ocupó del insulto él mismo. Y no con un arma cualquiera además, sino con una
pequeña y terrible pistola del calibre doce y del tamaño de una Derringer,
disparando una única ráfaga capaz de dar cuenta de un oso pardo. Era como tener
una metralleta en la palma de la mano. Un arma de confianza, que dejó la mayor
parte de la cabeza de Cecchino en sus rodillas.
Después
de que sucediera aquello no fue sólo Jimmy Figaro quien trató a Tony Nudelli
con mayor respeto. Fue todo el mundo, incluyendo a Dave Delano.
Mientras
Figaro aparcaba su BMW delante de la casa de Nudelli, reflexionaba que era
curiosa la forma en que la historia se reescribía constantemente; como años
después de pensar que ese capítulo estaba cerrado, aparecían nuevos datos que
alteraban tu forma de percibir algo que pensabas que sabías muy bien.
Fue
el cliente de Figaro, Tommy Rizzoli —el de los camiones de hielo y los árboles
de mangos—, ahora absuelto de todos los cargos de pertenencia al crimen
organizado, quien le proporcionó la pizca original de información que hizo que
Figaro fuera y comprobara unas cuantas cosas por sí mismo. Lo que descubrió fue
que la noche en que Dave Delano vio cómo Tony Nudelli entraba en el restaurante
y disparaba contra Benny Cecchino, Dave estaba allí para hacer un trato con
Cecchino por cuenta de Nicky Rosen, el tipo que había desaparecido con los
cuatro grandes. Resultó que Rosen estaba a punto de casarse con la hermana de
Dave, Lisa, y Dave estaba tratando de asegurarse de que a su futuro cuñado no
le sucediera lo mismo que al cuñado de Naked Tony, el sosias. Sólo que la
habladora del calibre doce había puesto fin a las negociaciones.
Nadie
encontró nunca el cadáver de Benny Cecchino. Pero no pasó mucho tiempo antes de
que se corriera la voz de que Nudelli estaba implicado y que Dave Delano había
sido el último en hablar con Cecchino antes de que se lo cargaran. El Estado
trató de instruir una causa contra Naked Tony y no lo consiguió, y fue entonces
cuando los federales, tratando de conseguir un caso al estilo Rico contra
Nudelli, enviaron una orden de comparecencia a Dave para que declarara ante un
Gran Jurado. Sólo unas pocas semanas después de que Dave fuera condenado a
cinco años por desacato al tribunal, Naked Tony se hizo cargo de la lista de
deudores de Benny Cecchino. Tres meses después Nicky Rosen fue encontrado
muerto en un astillero de Cabo Dinner. Alguien le había abierto la cabeza con
una botella rota.
No
era que Jimmy Figaro creyera que Dave estaba planeando traicionar a Nudelli o
algo así. No tenía ni idea de cuál era el negocio en el que él y Dave andaban
metidos; sólo sabía que Dave y Al Cornaro estaban en algún sitio, fuera de la
ciudad. En realidad no pensaba que fuera una noticia tan mala. Pero dada la
paranoia con que Nudelli había recibido la noticia de la salida de prisión de
Dave, no creía que su cliente fuera a tratar esta nueva revelación con
ecuanimidad. Así que se había asegurado de llevarle, también, una buena
noticia.
Impasible
como una piedra, Nudelli escuchó mientras Figaro le contaba toda la historia y
luego se estiró las mejillas por encima de los huesos mientras meditaba sobre
lo que acababa de oír. Finalmente dijo:
—¿Y
con qué vas a endulzarme esa pildora llena de mierda que me acabas de traer,
Jimmy?
—Con
esto —dijo Figaro sonriendo, cambiando, exaltado, de posición en el sofá de
piel. Ése era el momento que había estado esperando—: El Tribunal de
Apelaciones ha ratificado la decisión del Tribunal de Primera Instancia
rechazando la impugnación a la participación de capital público en la
financiación de nuestro hotel. Eso significa que la ciudad actuó correctamente
al crear una zona de reurbanización para financiar su parte del proyecto.
—Eso
son buenas noticias, Jimmy.
—¿No
es estupendo? —Figaro sonrió y pensó que había manejado bien la situación.
—Así
que, ¿cuándo pueden empezar los albañiles? —preguntó Nudelli.
—Tan
pronto como les des la entrega inicial, Tony.
Nudelli
permaneció en silencio.
—No
hay ningún problema con el dinero, ¿verdad? Veinticinco millones en efectivo.
Son un montón de billetes verdes. Pero sin ellos...
—El
dinero está en camino. Llegará un día de éstos. Tan pronto como Al vuelva a
Miami. Así que no te preocupes por nada. Ahora veamos, ¿cuándo crees que
podremos abrir el hotel?
—A
principios del 98.
—Entonces
me parece que esto exige una botella de champaña —Nudelli tocó un botón de su
escritorio para llamar a Miggy, el mayordomo—. No sabes lo feliz que me has
hecho, Jimmy.
—Me
alegro. Me siento aliviado. Para ser sincero, estaba un poco preocupado por
cómo te tomarías lo otro; lo de Dave Delano.
—Te
agradezco tu preocupación, Jimmy. Puede que ahora me comprendas un poco mejor,
¿eh? Me olía algo raro sobre ese chico, ¿te acuerdas? —Apuntó con el dedo a
Figaro—. Y tú pensabas que actuaba como un paranoico.
Jimmy
Figaro empezó a protestar, pero Nudelli no estaba dispuesto a que lo
contradijera sobre aquel punto.
—No
me discutas, joder, es verdad —Pero Nudelli lo decía riendo, sin dejar de mover
el dedo, admonitorio—. Lo he visto en tus ojos. Lo pensabas, aunque no lo
dijeras. Bueno, es que tengo instinto para estas cosas. Puede que por eso esté
donde estoy. No por la educación universitaria, que no tengo, ni por el padre
rico, que tampoco he tenido, ni por haberme casado con alguna tía con clase. He
llegado a estar donde estoy confiando en mi puto instinto, ¿sabes? Igual que
sabía que podríamos superar toda esa mierda de la zona de reurbanización.
Nudelli
se dio unos golpecitos con el dedo al lado de la nariz y luego al lado de las
sienes. Soltó una risa cacareante diciendo:
—Es
un instinto básico; como el coño de Sharon Stone. Se ve una sola vez, sólo un
segundo, pero siempre está ahí; esperando para entrar en acción.
Figaro
sonrió también y sacudió la cabeza con visible admiración.
—Tengo
que admitirlo, Tony, tenías razón, desde el principio.
Eso
era todo lo que Nudelli quería de Jimmy Figaro. Su reconocimiento.
—¿Y
qué va a pasar ahora? —preguntó Figaro—. ¿Con Delano?
—¿Qué
quieres decir?
—Tenía
la impresión de que habíais ultimado algún tipo de acuerdo comercial.
Nudelli
levantó la mirada hacia el reloj de pie apoyado en la pared de su estudio. Un
control del tiempo por valor de veinte mil dólares. Era inglés. Una larga caja
de madera de nogal Jorge II, alta como un jugador de baloncesto. Tan alta como
la pila de dinero que esperaba que Al trajera de su golpe en el Atlántico.
—¿Ultimado?
Sí —Tony Nudelli se rió—. Dentro de sólo unas pocas horas así es como estará;
ultimado.
20
Dave
estaba sin aliento. Eso es lo que podía resultar de darse un paseo hasta el
bloque de alojamientos por el estrecho flanco del buque por la noche y con un
mar embravecido. Varias veces Al y él habían tenido que detenerse y agarrarse a
la barandilla hasta que hubo pasado el oleaje y pudieron volver a moverse. Por
lo general, se tardaba cinco minutos en recorrer el camino. Esta vez les llevó
más de veinte. Y cuando finalmente alcanzaron su objetivo, ambos estaban
empapados hasta los huesos. Por un momento un pensamiento pasó por su cabeza:
«¿Qué coño estoy haciendo aquí?». Luego se dominó y dejó la pregunta sin
respuesta no fuera que Al se ofendiera. Conscientes de la magnitud de la tarea
que habían iniciado, se separaron en silencio por miedo a expresar las dudas
que cada uno sentía. Dave se encaminó a la sala de la radio y Al bajó a hacerse
con el control de la sala de máquinas.
Dave
aplicó la oreja a la puerta de la sala de radio, escuchando atentamente durante
un rato, para asegurarse de que no había nadie. Igual que Rashkolnikov (el
protagonista de Crimen y castigo), listo para aplastarle la cabeza a la vieja.
No es que planeara matar a nadie, y mucho menos a Jock. Pero aunque eran más de
las doce, allí había alguien. Oía el sonido de una máquina en marcha. Si Jock
estaba dentro, Dave confiaba en que el escocés tuviera el buen sentido de no
resistirse. Luego, mirando su Breitling, comprendió que no podía esperar más.
Estaban trabajando con una sincronización muy ajustada. La tormenta tenía la
culpa. No habría tiempo para errores. Dave contaba con sólo un minuto o dos
para cerrar con llave la sala de radio y luego tomar el puente antes de que Al
entrara en acción allá abajo.
Abrió
la puerta y vio que todo estaba a oscuras, salvo una pequeña luz verde, como un
único ojo de algún animal nocturno. La sala de radio estaba vacía y vio que el
ruido procedía de la máquina, de fax que iba arrojando un largo rollo de papel
al suelo. Encendió la linterna para ver de qué información se trataba, por si
afectaba a su cita, y vio que sólo eran los resultados de los partidos de
fútbol jugados a mitad de semana en Inglaterra. Y el Arsenal, fuera quien
fuera, había vuelto a perder. Dave echó la llave por fuera, se la metió en el
bolsillo del chaleco de cazador que llevaba encima del antibalas y se dirigió
al puente.
El
reloj acababa de marcar la medianoche cuando el tercer oficial fue relevado por
el segundo oficial, Niven. Normalmente, ésta era la más tranquila de todas las
guardias, y duraba hasta las 4 de la mañana, cuando a Niven lo relevaba el
primer oficial. Pero el tiempo había dado a la tripulación de guardia mucho que
hacer, vigilando el programa de abordaje y colisión. Esto entrañaba tomar el
rumbo y la demora del radar con el ARPA del buque, para conseguir el cálculo
vectorial de otros barcos que pudieran estar en la zona. El Duke iba a 105
revoluciones por minuto. Niven acababa de oír decir al timonel: «A babor, un
grado», y comprobaba el ajuste del timón en un grado, hecho por el ordenador,
cuando se encontró frente al cañón con silenciador de la metralleta de Dave. La
luz roja que surgía del dispositivo de mira por láser que había debajo del
cañón del arma confirmaba que el portador de la misma iba en serio.
Dave
confiaba en que los hombres que estaban en el inestable suelo del puente oyeran
lo que tenía que decir por encima de los latidos de su corazón.
—Ordene
avante lo más lento posible.
Niven
no vaciló, comprendiendo que sólo en las películas se le ocurría a nadie
discutir con un tipo que te apuntaba con un arma. Cogió el teléfono de la sala
de máquinas, transmitió la orden de Dave y esperó hasta que le fue confirmada
por el segundo oficial. Todavía con el teléfono en la mano dijo:
—Despacio
avante.
—Fije
el giroscopio para pilotaje automático —ordenó Dave.
—Ya
está fijado. Puede comprobarlo si quiere.
Dave
sonrió.
—¿Por
qué iba a mentir? —dijo.
Niven
tragó saliva. Dave señaló hacia la ventana del puente con la metralleta.
—¿Hay
tripulantes a popa?
—No
con este tiempo.
Dave
cogió el teléfono de la temblorosa mano de Niven y le hizo un gesto para que se
apartara.
—Quiero
hablar con el hombre de la metralleta —dijo.
Después
de una corta pausa, oyó la voz de Al:
—Sala
de máquinas controlada.
—Puente
controlado —dijo Dave—. Vamos a bajar.
Le
lanzó el teléfono a Niven, quien debido al miedo, manoteó y luego lo dejó caer
al suelo.
—Lo
siento —dijo, recuperándolo lentamente y volviéndolo a colocar en el soporte.
—Mantenga
la calma y todo irá bien —aconsejó Dave—. A partir de ahora todo depende de su
actitud. Tener la actitud equivocada puede ser poco sano. ¿Me sigue?
—Como
a Moisés los judíos.
—Buen
chico —dijo Dave—. De acuerdo, vamos abajo.
—Perdone,
pero ¿qué pasa con el timón? —preguntó Niven.
—Está
en automático —dijo Dave—. El ordenador vigilará el ARPA.
—Sí,
pero de cualquier modo... Con este tiempo, siempre es mejor no perder de vista
las cosas.
Dave
no tenía tiempo para discutir. En silencio, movió el arma hacia el ala del
puente y las escaleras que llevaban abajo. Los dos hombres miraron a Dave y su
arma con cautela y atención y luego cruzaron la puerta. Pocos minutos después
ellos y el hombre que antes estaba en la sala de máquinas entraban dócilmente
en el taller. Dave observó que Al empujaba al jefe de máquinas con brusquedad
con el cañón de su metralleta y luego corría el cerrojo de la puerta.
—¿Te
ha causado problemas?
—Está
vivo, ¿no? —respondió Al en tono inquietante.
—No
te pongas en plan de jodido tío duro. Vamos de Smith & Jones, ¿de acuerdo?
Al
se encogió de hombros y fue entonces cuando Dave observó que en una de las
cadenas de oro que llevaba al cuello había un crucifijo. Al llevaba un montón
de oro, pero ésta era la primera vez que Dave le había visto un crucifijo.
Cogiéndolo en su mano con medio guante, le dijo:
—¿Qué
es esto?
Al
le quitó el pequeño crucifijo de las manos y lo metió dentro del duro frontal
de su chaleco a prueba de balas.
—¿De
verdad crees que Dios va a protegerte cuando llevas una metralleta en la mano?
—dijo Dave riendo.
—¿Y
tú quién eres? ¿El mierda de Billy Graham? ¿Qué coño te importa lo que yo crea?
—Creo
que un hombre tiene que confiar sólo en sí mismo, eso es todo. No me gusta la
idea de que hay segundas oportunidades en la vida. Hace que la gente se
descuide. El único que está vigilando tu culo por aquí soy yo, Al. No Dios.
Procura no olvidarlo.
—Tú
cuídate de tu propia mierda y deja que yo me encargue de la mía. Puedo
controlar las notas discordantes de mi sistema. No me afectan las
contradicciones inherentes a mi situación. ¿Entiendes lo que digo? Así que saca
la nariz de mi jodida conciencia y vamos a dar unas cuantas patadas en el culo
de alguien.
Con
tres hombres encerrados, eso dejaba otros catorce de quienes dar cuenta. Todas
las dependencias de los oficiales y tripulantes estaban en la misma cubierta.
La mayoría dormían y unos cuantos estaban borrachos. Ninguno ofreció
resistencia. Con excepción de Jellicoe. Fue el último en ser sacado bruscamente
de su cama a punta de pistola. Ver al resto de sus hombres esperando dócilmente
de pie en el pasillo bajo la vigilancia armada de Dave pareció hacer brotar en
él la tradición de orgullosa resistencia de su país.
—Saben
qué es esto, ¿no? —dijo con severidad.
—Cierre
la jodida boca.
—Es
piratería, eso es lo que es —persistió Jellicoe—. Es un delito contra la ley de
las naciones, eso es lo que es. Verán, fuera de la jurisdicción normal de un
estado, aquí yo soy la ley. Y les juro que no se saldrán con la suya, hijos de
puta. Sea cual sea su nacionalidad o su domicilio, pueden estar seguros de que
les perseguiré, les arrestaré y les castigaré, ya que tengo el poder de hacerlo
bajo las leyes interna...
Al
metió el cañón recortado de su escopeta debajo de la nariz de Jellicoe y quitó
el seguro, lo que tuvo el efecto inmediato de silenciarlo. Luego, con una
expresión de intensa irritación, Al miró a Dave como si le hiciera
personalmente responsable y dijo:
—Vale,
acepto toda esa mierda de Smith & Jones. Pero si me viene otra vez con esta
basura, voy a meterle un tiro por cada jodida ventana de la nariz.
—Haga
lo que dicen esos cabrones, señor —dijo uno de los tripulantes de Jellicoe—.
Por los clavos de Cristo. Si no, hará que nos maten.
Al
volvió su malévola mirada a Jellicoe y dijo:
—¿Lo
has oído, maricón de mierda? Es un buen consejo. Otro comentario tuyo y te
envío a perseguir al Octubre Rojo, como que hay Dios. ¿Lo entiendes?
Antes
de echar la llave a la puerta del taller, Dave se llevó aparte a Jock.
—Siento
todo esto, Jock. Mira, en el suelo hay algunas herramientas y otras cosas que
os ayudarán a escapar. Pero te recomiendo que no empecéis hasta alrededor de
las seis. Al se va a poner nervioso si oye que dais golpes y cuando está
nervioso se lía a disparar a la más mínima. Ya sabes qué quiero decir. El barco
va avante a marcha lenta con el piloto automático, así que no tienes que
preocuparte de nada en ese aspecto. Una cosa más. En el Carrera encontrarás a
algunas personas esposadas. Las llaves de las esposas así como la llave de la
sala de radio están en la caja fuerte de mi barco. Es una combinación de cuatro
cifras. Ya os he tecleado el primer número. Sólo tenéis que encontrar los otros
entre 999 posibilidades. No os tendría que llevar más de un par de horas. Lo
sé. Lo he probado yo mismo. ¿Lo entiendes?
—Sí,
creo que sí —dijo Jock frunciendo el ceño—. ¿Puedes decirme de qué va todo
esto?
—Es
lo que tú dijiste, Jock. Cada uno tiene que arreglárselas como puede.
Vaciar
el bloque de alojamientos y encerrar a la tripulación era la parte más fácil de
todo el plan. Pero trepar de un yate a otro y trasladar a propietarios y
tripulaciones desde sus barcos y a lo largo del flanco del buque de noche
siempre había parecido más problemático. Ahora, con mar gruesa, parecía
imposible. Como Dave y Al habían descubierto en su recorrido hasta los
alojamientos, hubiera sido facilísimo que alguien se cayera por la borda,
ahogándose sin duda alguna. Pero Dave era de lo más flexible a la hora de
abordar su plan y, cuando tropezó con las placas y tarjetas de identidad del
FBI, se le ocurrió una idea para ahorrar un tiempo y un esfuerzo cruciales. Y
en cuanto los oficiales y tripulantes del buque estuvieron a buen recaudo, Dave
le contó a Al el cambio de planes.
—Al
—dijo en voz baja—. Tengo un regalo para ti. Mira, no quiero que te alarmes
cuando veas lo que es, ¿vale? Porque lo normal es que te alarmes, ¿sabes? En
circunstancias normales mirarías lo que estoy a punto de darte y te sentirías
muy incómodo. Y no sería yo quien te culpara por ello. Pero cualquier idea
creativa, si es realmente buena, siempre acarrea un cierto grado de
improvisación. Como el buen jazz, ¿sabes? O como Jimi Hendrix.
—¿Improvisación?
—El ceño de Al se acentuó—. ¿Qué coño es esto? ¿De qué estás hablando...
improvisación? ¿Tengo aspecto de ser el mierda de Lee Strasberg o algo así?
Estamos dando un golpe, no apuntando las ideas de un jodido director.
Estaban
de pie en el puente vacío mirando hacia abajo, hacia los difusos contornos de
la flotilla cautiva de yates. Aparte de las dos luces en la popa del buque,
todo estaba a oscuras. Dave asintió y dijo:
—Eso
ha estado bien. Lee Strasberg está bien. Es un ejemplo mucho mejor que Jimi
Hendrix porque vamos a tener que actuar un poco. ¿Has pensado alguna vez en ser
actor, Al?
—Odio
a los jodidos actores.
—Eso
también está bien. Trata de no olvidarlo. Porque la mejor manera de manifestar
tu desprecio por los actores sería demostrar lo fácil que es actuar.
—¿Quieres
ir al grano, hijo de la gran puta?
—De
acuerdo, éste es tu papel —Dave sacó la placa de identificación de Kent Bowen y
se la pasó. Confiaba que a la tenue luz del puente Al no reconociera a Bowen en
la foto—. Te llamas Kent Bowen y eres un ASAC del FBI.
Al
miró atentamente la tarjeta.
—¿De
dónde coño la has sacado?
—Eso
no importa ahora. Ésta y la otra que tengo en el bolsillo nos van a ahorrar
mucho ir arriba y abajo —Echó una ojeada al reloj. El cambio de planes parecía
ahora esencial—. Mira esos barcos de ahí abajo y piénsalo: hemos de subir y
bajar de ese montón de jodidos barcos en la oscuridad, y con esta mierda de
tiempo va a ser bastante peligroso, aparte del tiempo que nos va a ocupar.
¿Verdad? Esta idea del FBI es sólo una manera de agilizar esta fase de la
operación. ¿Lo coges?
Menos
esfuerzo para los mismos beneficios; eso le iba a Al.
—Creo
que sí —dijo.
Dave
recuperó la cartera del FBI de Bowen y metió una mitad en la correa del chaleco
de Al, de forma que la placa colgara delante.
—Ya
está —dijo—, pareces el mismísimo Al Pacino. Bien, éste es el plan. Tú y yo no
vamos a subir a esos barcos haciéndonos pasar por un par de federales. Les
diremos que hemos tenido bajo vigilancia a uno de los barcos que hay aquí, bajo
sospecha de contrabando de drogas. Sólo que ahora tenemos que actuar y
arrestarlos antes de que transfieran la mercancía a otro barco. Por eso,
pedimos a todo el mundo que se quede en sus camarotes por si acaso hay tiroteo
y que no hagan ruido alguno. ¿Crees que puedes manejarlo?
Al
miró la placa que llevaba y meneó la cabeza.
—Joder
—dijo—, es una sensación rara. Claro que puedo manejar esta mierda, sí. Actuar;
eso está chupado. Si Arnie Schwarzenegger puede hacerlo, entonces cualquiera
puede. Soy Jack Webb, no hay problema. Cuando era un crío siempre veía Dragnet.
—Ahora
te escucho —dijo Dave.
—Oye,
dime otra vez quién se supone que soy —dijo Al y antes de que Dave pudiera
desviar su atención, se había sacado la cartera del chaleco y estaba observando
atentamente la tarjeta de identidad de Bowen—. Será mejor que me meta en el
personaje.
—Te
llamas Bowen —dijo Dave, confiando en distraer a Al, preocupado por como podría
reaccionar ante la presencia de tres agentes federales auténticos a bordo del
Duke—. Y eres lo que los federales llaman un ASAC.
—Saco
de mierda, lo más seguro —murmuró Al—. ¿Sabes?, es una tarjeta bastante buena.
Con unas credenciales así, yo podría...
—Sí,
sí, vamos Al, en marcha.
—Eh,
espera un minuto. Yo conozco esta jeta. Es el tipo que va en el bote de la tía
ésa que te gusta. Esa tía que te has estado...
—Al,
no hay tiempo para explicaciones.
—Lo
es, ¿no? Es ahí donde he visto a este tipo. Y esta placa. Esto es Coca-Cola. Lo
auténtico.
—Nada
de esto importa.
—Y
una mierda. Enséñame tu placa.
—Estas
placas van a facilitarnos las cosas, Al, si dejas que lo hagan.
—Dámela,
capullo.
Dave
vio que no valía la pena discutir. Le dio la placa de Kate y observó cómo en la
fea cara del hombretón aparecía un gesto de horror.
—Joder,
ella también es una federal. Te has tirado a una federal, ¿eh? No me lo puedo
creer. Te has tirado a una federal. ¿En qué leches pensabas? ¿No estabas
nervioso ni nada?
—No
sabía que era una agente cuando follé con ella —mintió Dave—. Estaba
curioseando en el cajón de sus bragas y fue entonces cuando encontré la
cartera.
—¿Y
el otro tipo? ¿El alto con gafas? ¿También es un federal?
—No,
está con los guardacostas.
—¿Te
lo tiraste también? ¿O sólo te van los federales? —Al sacudió la cabeza,
asombrado—. Joder, no puedo creerlo. ¿No te pone nervioso? Me vienen ganas de
correr en busca de la teta de mamá.
—Relájate,
¿quieres? Todo va bien. No son una amenaza para nosotros, créeme. Para empezar,
están en misión secreta; vigilando a Jellicoe. Sospechan que hace contrabando
de drogas o armas o algo por el estilo. No tiene nada que ver con nosotros.
Nada, ¿lo entiendes? Y, además, me llevé sus armas al mismo tiempo que sus
papeles y las tiré por la borda, por si acaso.
Dave
pensó que la historia de Jellicoe era mejor para la paz mental de Al que
decirle que no tenía ni idea de quién era el objeto de vigilancia, o por qué,
salvo que con seguridad no eran ellos dos.
—¿Llevaban
armas?
—Pues
claro que llevaban armas. Son del FBI, no unos capullos Vigilantes de la Playa.
—Sigue
sin gustarme.
—No
tiene que gustarte, Al. Lo único que tienes que hacer es actuar, por los clavos
de Cristo.
—¿Y
qué pasa con ellos? Con los federales. ¿Qué vas a hacer con ellos? —dijo Al,
devolviéndole la placa de Kate.
—Tranquilo.
Yo me encargo de eso.
—Una
despedida romántica, ¿no?
—Algo
así.
—Tío
tengo que reconocértelo. Tirarse a una federal. Para cualquiera sería todo un
trofeo, pero alguien como tú, además... Un ex presidiario que acaba de salir de
una cárcel federal. Espera que se lo cuente a Tony. No se lo va a creer. Tú,
Dave Delano. Mister Sang Freud. Es francés —explicó Al—. Significa que tienes
serenidad. Como si tuvieras hielo en las venas.
Kate
estaba en su camarote, tumbada en la cama que se mecía suavemente, dormitando.
En la cabeza se le acumulaban grabados y retratos robot de vagas ideas; pero no
podía concentrarse en ninguna de ellas. ¿Qué iba a hacer? No podía hacerle el
vacío a Dave el resto del viaje. ¿Y si estuviera involucrado en la mafia de las
drogas? ¿Sería eso mejor o peor que ser un ladrón de joyas? ¿Podía creerse algo
de lo que Dave había dicho? Sí. La quería. Incluso quería casarse con ella.
Hasta ahí lo creía. Y no porque quisiera creerlo, sino porque sabía que era la
verdad. Y en ese caso, y dado que ella sentía lo mismo por él, ¿lo demás
importaba? ¿Qué podía importar estar en el FBI y permanecer en Florida
comparado con lo que sentía por él? ¿Acaso no era eso lo que había estado
buscando? ¿Algo que se saliera de lo corriente? ¿Qué importaba que en realidad
no supiera nada de él? Como Dave había dicho, cada día miles de personas que no
se conocían, se enamoraban y se casaban. ¿Es que sus matrimonios tenían menos
fortuna que los de los demás? El de Howard y ella, por ejemplo. Se habían
conocido tres años antes de casarse. Y ya ves el resultado...
No
estaba dormida cuando despertó; fue más bien como si volviera de la
inconsciencia. Como si algo la hubiera perturbado; algo distinto de la tormenta
que seguía azotando el ojo de buey. Como si alguien hubiera entrado en el
camarote. Kate se dio la vuelta en la cama para encender la luz y se encontró
con una mano que le tapaba la boca antes de que pudiera alcanzar el
interruptor.
—Soy
yo, Dave. No chilles —Y al momento siguiente apartaba la mano y la sustituía
por los labios.
Durante
uno o dos minutos Kate se entregó a su beso, relegando todas sus dudas al fondo
de su mente. Él estaba allí, con ella, y eso era lo único que contaba.
Rodeándolo con sus brazos, trató de atraerlo encima de ella, deseando que le
hiciera el amor, sin tener en cuenta lo que ahora sabía de él.
—Dios,
Dave —murmuró—, estás completamente mojado. ¿Pasa algo en el barco?
—No.
—Me
alegro de que hayas venido.
—Kate,
tengo que hablar contigo.
—Te
he estado evitando, lo siento. Me arrastrabas. No sabía cómo reaccionar...
¿Cómo vas vestido? Déjame que encienda la luz.
Pero
Dave le impidió moverse y, percibiendo que él no quería luz, empezó a pensar
que algo iba mal.
—Quiero
que sepas que todo lo que dije lo dije de verdad, lo de que te quería, y que
quería casarme contigo.
—Lo
sé, lo sé.
—¿Y?
—¿No
podemos hablar de esto después de hacer el amor?
Él
suspiró y se apartó de ella en la oscuridad.
—Me
gustaría, de verdad que me gustaría. Pero, verás, me voy del barco. Esta noche.
—¿Que
te vas? Dave, ¿de qué estás hablando? ¿Qué está pasando?
—Escúchame
atentamente. Dos cosas.
Kate
estiró el brazo y encendió la luz. De una mirada abarcó el chaleco antibalas,
la automática del 45, la metralleta, las miras nocturnas y el walkie-talkie.
Parecía una especie de comando. O quizás algo peor.
—Por
todos los santos.
Dave
se encogió de hombros como disculpándose y dijo:
—Bueno,
esto es la primera cosa.
—¿Qué
coño está pasando?
Dave
empezó a responder, pero ella lo silenció con igual rapidez. Con la boca
convertida en una línea de desaprobación, dijo:
—No,
no me lo cuentes. Me parece que puedo adivinarlo. Es piratería, ¿no?
—¿Estás
segura de que no quieres cambiar de opinión y venir conmigo? —preguntó Dave.
Kate
se rió con desprecio. Sólo que el desprecio no era hacia él sino hacia sí
misma. Que se hubiera demostrado que se había equivocado con este hombre, el
hombre que amaba, y que lo hubiera demostrado nada menos que Kent Bowen. Nunca
le permitiría olvidarlo, el hijo de puta. Se oyó a sí misma diciendo:
—¿Yo,
fugándome con un pirata, un ladrón de droga? Creo que no.
—Lo
siento —dijo Dave. Así que había tenido razón al pensar que había drogas
escondidas en algún lugar del buque. Y eso era lo que ella creía que él
planeaba robar—. Lo siento, porque fui sincero en cada palabra que dije.
—Sí,
eso ya lo dijiste —sonrió con amargura—; dijiste muchas cosas que ahora no
significan nada. ¿Y yo? Me tragué toda la historia del millonario ¿eh? Y luego
toda esa basura del caballero ladrón de joyas. Me hiciste bailar al son que
quisiste... ¡y cómo!
—De
acuerdo, soy un embustero —admitió Dave—. En este mundo todos pretendemos ser
lo que no somos —Se detuvo, esperando que también ella le desvelara su engaño.
—¿Así
de fácil? —dijo ella—. No te engañes, Dave, si es que ese es tu nombre. Tú eres
sólo otro reincidente de Homestead — Kate sonrió ante la cara de sorpresa de
Dave—. Sí, lo sé todo.
Dave
trató de deducir cómo habría averiguado que era un ex presidiario. Seguía sin
estar segura de su nombre pero, de algún modo, podía relacionarlo con
Homestead.
—Tienes
que tener más cuidado con los libros que robas.
O
sea que era eso. Debía haber algo en uno de sus libros. Un ex libris o algo
así. Tendría que haber sido más cuidadoso. Dave comprendió que la había
subestimado.
—Supongo
que crees que has calculado todas las eventualidades —Kate bajó lentamente de
la cama y se puso de pie—. Bueno, no voy a desearte suerte. A la gente como tú
no le interesa dejar las cosas a la suerte. Necesitáis algo seguro. Pero hay
algo que me gustaría darte, como recuerdo. Algo que haga que te acuerdes de mí;
cuando estés encerrado otra vez.
Dave
la observó mientras levantaba la colcha con calma, admirando la forma en que
mantenía el control. Allí estaba él, armado hasta los dientes, y ella, en
pijama, pero todavía buscando la pistola, impertérrita, pensando que aún
contaba con una oportunidad de detenerlo; resistiéndose a admitir el fracaso.
No cabía duda alguna. Había escogido a alguien realmente especial: Kate Furey
era toda una mujer.
Lentamente,
Kate sacó el cajón de debajo de la cama y dijo:
—Un
pequeño recuerdo de nuestro amor. Así siempre sabrás exactamente lo que te
perdiste cuando destruíste mi buena opinión de ti, Dave.
Sonriendo,
Kate rebuscó en el cajón, metiendo la mano hasta el fondo, donde guardaba su
placa y la Ladysmith 38. Había que ver cómo permanecía allí sentado, con las
piernas abiertas, los brazos cruzados, como si ya tuviera el botín en el
bolsillo. Lo último que esperaría era que una agente federal bien entrenada
sacara un arma y le apuntara directamente a las pelotas.
Dave
observaba cómo su búsqueda se iba haciendo cada vez más frenética y cómo la
sonrisita astuta desaparecía rápidamente de su cara.
—Parece
que te falta algo —dijo. Y sacando la placa del bolsillo de su chaleco de
cazador, la abrió con el índice—. ¿Es esto lo que está buscando agente Furey?
Kate
se abalanzó tratando de arrebatarle la cartera.
—Tsé,
tsé —dijo Dave, y volvió a meter la cartera en el bolsillo—. Esto y la pistola
que lo acompañaba. ¿Qué habrías hecho si lo hubieras encontrado? ¿De verdad me
habrías disparado?
Kate
volvió a sentarse y cruzó los brazos con calma.
—Nunca
lo sabremos, ¿verdad?
—Agente
Furey. Prefiero ese nombre. Te sienta mucho mejor que Parmenter. Agente Furey
suena a algo que el ejército podría haber utilizado en Vietnam. Quizás un
defoliante. No cabe duda de que sacudiste a fondo las hojas de mi árbol; no me
importa reconocerlo. Y ahora están esparcidas por toda la hierba.
—Parmenter
es mi nombre de casada.
—¿Esa
parte era verdad; lo de que te estabas divorciando?
—Sí.
—¿Él
es también del FBI?
—No,
es abogado.
Dave
asintió con la cabeza.
—¿Cuándo
lo descubriste? —preguntó Kate.
—Yo
podría hacerte la misma pregunta. Pero me temo que no tenemos tiempo —Dave sacó
un par de esposas de su chaleco y las tiró al suelo—. Sólo una muñeca, por
favor, si no te importa.
—¿Y
si me niego a complacerte? ¿Crees que podrías disparar contra mí?
—No.
Ni siquiera podría apuntar con una pistola al contenido de tu cajón. Pero
apuesto a que podría hacerle un bonito agujero en la cabeza a ese jefe tuyo,
Kent Bowen.
—Ya
somos dos.
—Y
Al, bueno, Al es capaz de casi cualquier cosa cuando se trata de los federales.
—Me
lo imagino —Kate cerró una esposa en torno a su muñeca. Por mucho que le desagradara
Kent Bowen, en realidad no tenía estómago para ver cómo sufría daño alguno.
—Por
si te lo estabas preguntando, Bowen y el otro tipo están esposados en sus
lujosos camarotes.
Kate
levantó la mano donde llevaba la esposa.
—¿Puedes
conseguirme unos pendientes a juego?
Dave
señaló el cuarto de baño.
—Entra
ahí, por favor.
Kate
se levantó y entró. Él le dijo que se sentara en el suelo y que abriera el
armario que había debajo del lavabo, donde estaba escondida la grabadora.
—Un
bonito aparato de estéreo —dijo Dave—. Por cierto, ¿detrás de quién ibais?
—¿Qué?
¿Acaso esperas que te señale dónde está la droga? — Kate dio por supuesto que
estaba siendo displicente; que era sólo otra manera de provocarla—. De ti,
íbamos detrás de ti y de tu amigo Al.
—No,
eso no es verdad —dijo Dave—. Ya he escuchado tu cinta.
—Entonces,
¿por qué me lo preguntas?
—Tienes
razón. No importa. Ahora pasa el brazo por detrás de la tubería y espósate la
otra muñeca.
Cuando
lo hubo hecho, él hizo oscilar las llaves y dijo:
—Las
dejaré en mi caja fuerte. Supongo que sabes dónde está. Estoy convencido de que
ya trataste de abrirla cuando registraste mi camarote. La llave de la sala de
radio también está allí. Es una combinación de cuatro cifras. El primer número
ya está grabado. Sólo se necesitan dos horas para probar con las 999
posibilidades restantes. Todos los tripulantes del buque están encerrados en el
taller, pero no les costará más de unas pocas horas salir de allí. Les he dicho
dónde estás, o sea que no tendrás que esperar mucho tiempo. Por supuesto, para
entonces ya nos habremos marchado.
Sacó
un rollo de esparadrapo. Sólo por si empezaba a chillar y alertaba a las
tripulaciones de los barcos de los rusos.
—Siento
tener que hacer esto —dijo—; de verdad que lo siento. Tienes la boca más
atractiva que...
—Ahórrate
eso para el juez, hijo de puta.
—¿Quieres
algo antes de que me vaya? ¿Un vaso de agua?
—¿Qué
tal un vaso de agua y un beso de despedida?
—Eso
está hecho.
Todavía
disculpándose, Dave fue a buscar un vaso de agua del grifo y la ayudó a beber.
Ella tragó la mayor parte, pero cuando él se acercaba para besarla, le lanzó un
chorro directo a la cara.
Riéndose
dijo:
—Ahí
lo tienes. Ahí tienes tu beso. Un gran beso húmedo para que siempre me
recuerdes.
Dave
cogió una toalla y se secó la cara. Esforzándose por sonreír dijo:
—En
tu próxima vida, será mejor que te reencarnes en una fuente.
—Tendrías
que darme las gracias. Puede que nunca vuelvas a sentirte tan limpio como
ahora.
Cuando
acabó de taparle la boca con el esparadrapo, le preguntó si podía respirar
bien. Ella asintió, hosca.
—¿De
verdad que no cambiarás de opinión? ¿No vendrás conmigo? Podríamos estar bien
juntos.
Ella
negó con la cabeza.
—Bueno,
si cambiaras de opinión...
Kate
volvió la cabeza para el otro lado.
—Mira
la edición de los martes del Miami Herald, en los anuncios por palabras, la
sección de objetos perdidos. Busca «Perdido en el Mar. Husky Siberiano.
Responde al nombre de Rodya». Pondrá «No hay recompensa», sólo para evitar que
los gamberros telefoneen. Habrá un contestador automático. Puedes dejar un
mensaje, si quieres —Dave hizo una pausa y suspiró profundamente—. Espero que
lo hagas.
Kate
siguió con la cabeza vuelta. Al cabo de unos segundos oyó cómo la puerta se
cerraba tras él.
21
—¿Por
qué has tardado tanto? —gruñó Al—. ¿Es que no pudiste resistirte a tirarte a
esa zorra federal otra vez? Por los viejos tiempos.
—No
lo entenderías —le dijo Dave—. Tal como fue, resultó bastante más poético que
un simple polvo.
Al
se echó a reír.
—Nada
es más poético que un polvo, tío, que parece que tengas mierda en el cerebro.
Excepto, quizás, un polvo que se desvíe por su culo arriba. Todos esos libros
de la prisión deben de haberte convertido la polla en gelatina —Al se secó la
frente y los brazos cubiertos de sudor con una toalla que había cogido del
último barco en el que había estado— Pero sí que tenías razón en una cosa.
—Me
alegra saberlo.
—Este
rollo del FBI funciona mejor que un arma. Le dices a la gente lo que tienen que
hacer, chasqueas los dedos como la jodida Mary Poppins y lo hacen. Es mejor que
una pistola; y además no hacen preguntas.
—Ya
te lo dije. Alias Smith & Jones. No hay necesidad de dispararle a nadie si
llevas esa placa en el pecho.
—Eso
cuéntaselo a David Koresh. Pero, ¿sabes qué?, destapas un montón de mierda
cuando entras en casa de alguien sin que te inviten. Aquella puta del Jade, por
ejemplo, Rachel Dana.
—¿Qué
pasa con ella?
—La
puta estaba en la cama con una de las chicas de su tripulación. Las dos
desnudas como el día que las parieron. No sabía si enseñarles la polla o la
placa. Lesbianas, las dos. Te juro que estaban enganchadas al mismo jodido
consolador. Como si estuvieran conectadas a una de esas máquinas que mantienen
a la gente con vida.
Estaban
en la chimenea de popa a babor, mirando hacia la proa del buque. Al tiró la
toalla al cabeceante mar con un gesto de repugnancia y encendió un cigarro.
—Me
había olvidado de tu homofobia —dijo Dave, encogiéndose de hombros—. Mira, allá
cada uno con sus gustos.
—No
soy homofóbico —insistió Al—, pero no trago con esa mierda del consolador.
Quiero decir, si eres una tortillera, lo tuyo es un conejo. Si quieres meterte
una pieza de un palmo dentro, lo mejor es que escojas lo auténtico, ¿no?, y no
una polla de plástico que parece salida de una tienda de juguetes. Quiero
decir, ¿qué sentido tiene?
—No
soy la doctora Ruth —dijo Dave—. ¿Qué dijeron cuando las interrumpiste?
—Se
cabrearon conmigo. Pero les dije que me daba igual en lo que estuvieran metidas
o lo que se metieran; por mí, podían follarse a un gato con la espalda rota,
siempre que no se movieran del barco. A menos que quisieran que les volaran la
cabeza.
—Eso
fue muy hábil —dijo Dave—. Bueno, ¿cuántos barcos nos faltan por visitar?
—¿Aparte
de nuestros tres rusos? Sólo el barco —Al señaló el Britannia—, ése barco. El
barco en que huiremos de todo.
—Buen
trabajo. Has estado muy ocupado.
—Es
lo que te he dicho; lo del FBI funciona de puta madre.
—Tómate
un respiro. Yo me encargo del Britannia.
—Tú
mismo. Eh, ¿sabías que Calgary Stanford estaba en el barco? El actor de cine.
Estaba dándole al opio cuando entré. Drogata de mierda.
—En
este mundo hay gente para todo, Al. Por lo menos, eso es lo que dice la Biblia,
¿no? —Dave empezó a bajar las escaleras dirigiéndose hacia la popa del
Britannia.
—¿Cómo
coño quieres que lo sepa?
—Bueno,
tú eres el católico, ¿no?
—¿No
te has enterado? A la iglesia católica no le gusta que la gente lea la Biblia.
Antes te machacaban si lo hacías.
A la
luz de la luna, el mar parecía algo vivo, como la piel escamosa de algún enorme
reptil. Puede que el mismo reptil que él se sentía. Había creído darle libertad
de escoger a Kate: ir con él o quedarse en el barco. Pero en realidad no le
había dado ninguna opción. Y ella no habría sido la chica a la que quería si
hubiera aceptado. Eso lo sabía y no hacía que se sintiera mejor consigo mismo.
Dave
subió al Britannia, ignorante todavía de la especial carga que estaba escondida
en sus depósitos de combustible. Estaba preparado para impresionar a la gente
de a bordo con sus impecables credenciales. Con todo lo que a Al y a él les
faltaba por hacer, se había olvidado de que Kate Furey y sus amigos federales
habían estado vigilando a alguien. No tenía manera de saber que los ocupantes
del Britannia quizás se sintieran algo menos felices que la mayoría cuando los
abordara el FBI. Su corazón seguía en la cama con Kate. Y su mente estaba ya
subiendo al primero de los barcos rusos donde pensaba encontrar la auténtica
resistencia. Por no hablar del dinero.
El
Britannia parecía bastante tranquilo, aunque el gusto del propietario dejaba
bastante que desear. Iluminando el vestíbulo con su Maglite, Dave pensó que los
muebles no estaban mal, pero que los cuadros en las paredes forradas de madera
de roble eran del gusto más cutre posible; la clase de cosas insulsas que
compras pensando sólo en que entonen con el colorido de la habitación. Bajó las
escaleras. Cuando tuviera dinero de verdad, se compraría arte de verdad.
Cuadros; no decoración de interiores.
Bajo
cubierta, en los tres camarotes en suite, todo estaba tranquilo. Dave abrió la
primera puerta y se encontró en un camarote con dos camas. Había ropa por todas
partes, pero las camas estaban vacías. Abrió la segunda puerta y se encontró en
una elegante habitación Art Decó más de su gusto, y una cama doble con un
hombre y una mujer desnudos mirándole adormilados a través de la potente luz de
la linterna con que les apuntaba. No había ventanas ni ojos de buey en el
camarote, así que Dave cerró la puerta silenciosamente detrás de él y encendió
la luz.
—¿Quién
coño eres? ¿Qué pasa? —exigió el hombre.
—FBI,
señor —dijo Dave, exhibiendo la placa de Kate—. Siento interrumpirles así en
medio de una noche como ésta, pero si guardan silencio, les explicaré lo que
pasa.
La
mujer se envolvió con rabia en la sábana y sacudió la cabeza furiosa.
—No
me lo puedo creer. Es que no me lo puedo creer. Mierda. Es una cabronada
—dijo—. Mierda, mierda, mierda.
—Cálmese,
¿quiere? —dijo Dave—. Mire, tenemos que hacer un arresto en otro barco. Unos
traficantes de drogas. Pero antes, queremos advertir a todos los pasajeros que
permanezcan en sus barcos. Si oyen disparos, tienen que tumbarse en el suelo,
hasta que les digamos que el peligro ha pasado. Es sólo por precaución, por si
acaso. No creo que haya necesidad de preocuparse.
—Me
cago en... —dijo Nicky Vallbona.
—Capullo
de mierda —dijo Gay Gilmore, dándole un fuerte puñetazo.
—¿Yo?
¿Qué coño he hecho yo?
—Te
dije que nos iban detrás, ¿no? En Lauderdale; te dije que nos estaban
vigilando. Pero no, no quisiste escucharme. Tú no, claro; tú lo sabes todo. El
señor Capullo Profesional.
—¿Han
oído lo que he dicho? —preguntó Dave.
—No
podías creer que yo hubiera visto algo y tú no. Bueno, si crees que voy a ir a
prisión por un pedazo de hijo de puta como tú, Nicky, olvídalo. No lo haré. Se
lo contaré todo. Tengo toda la vida por delante y no voy a pasarla entre rejas.
—¿Quieren
dejar de gritar?
—Que
te jodan —rugió Gay—. ¿Qué diferencia hay? Si vas a arrestarnos, arréstanos,
pero no esperes que nos alegremos, tío. ¿O eso de que te arresten es como ir a
una fiesta? Dímelo, señor G-Man. Me gustaría saber cómo tengo que reaccionar a
esta mierda.
—¿Arrestar?
—Dave frunció el ceño. De repente lo comprendió. Aquella era una de las voces
que había en la cinta de Kate. Éste era el barco de la droga. Claro que se
habían puesto histéricos al verlo. Si consiguiera que ella se callara aunque
fuera un segundo, podría aclarar las cosas.
—Nos
tomamos un poco de coca hace un rato —explicó Vallbona—. Todavía está subida.
—Ya
no, cariño. Gracias a ti, ahora estoy con un jodido bajón de mierda.
—¿Quieres
callarte? —le espetó Dave—. Cierra el pico, aunque sea un minuto. Mirad, esto
no es una redada. No estáis arrestados.
—Dijiste
que nos echáramos al suelo —insistió Gay.
—Entonces,
hazlo, joder —Sacudió la 45 con silenciador señalando al suelo. De todos modos,
iba a tener que ponerse duro con ellos, cuando llegara el momento de robarles
el barco. Puede que ahora fuera un momento tan bueno como cualquier otro—. No
puedo perder tiempo con toda esta mierda.
De
repente la puerta se abrió detrás de Dave, golpeándole en la cabeza. Oyó que
alguien en el pasillo decía:
—¿Qué
coño pasa ahí dentro?
Era
la ocasión que aquellos dos necesitaban. Cada uno saltó a coger una pistola.
La
enorme automática de la mano de Dave pareció hacerse cargo de lo que pasó a
continuación y con la mira de láser era tan fácil como hacer fotografías con la
cámara a prueba de idiotas de un idiota. Por un instante el mundo de Dave quedó
reducido a un círculo rojo con un punto flotando en el centro y, antes de que
la puerta a su espalda se abriera de golpe, lanzándolo encima de la cama llena
de sangre, había disparado varias veces más.
Dave
resbaló hasta el suelo, perseguido por el nuevo atacante, que agarró con una
mano el puño en el que sostenía la pistola con tanta firmeza como con la otra
le apretaba la garganta. Dave lo golpeó con fuerza por debajo de la barbilla,
pero sin resultado alguno, y mientras forcejeaban, volvieron a ponerse de pie y
fueron a parar a la puerta del baño de la suite. Durante un segundo se aflojó
la presa en la garganta de Dave y éste olió la cordita que había quedado en el
aire cuando disparó. Podía haber disparado también contra su atacante si el
cañón del arma hubiera sido más corto. Cayeron sobre el borde de la bañera, la
muñeca de Dave se enganchó en la puerta de la ducha y la automática salió
disparada al interior de la bañera. Dave se lanzó de cabeza contra el hombre,
golpeándole fuerte en la boca y luego resbaló hacia atrás, dando contra la
pared de azulejos. Alargó la mano hacia abajo para coger la pistola, pero para
cuando consiguió alcanzarla, el hombre ya había sacado la cuerda de tender de
nailon del soporte de la pared y se la había enrollado alrededor del cuello.
Esta vez la presión era más fuerte y Dave dio una patada hacia delante,
rompiendo el cristal de la puerta de la ducha. Aquel tipo lo estaba
estrangulando. Retorciéndose de un lado para otro, como un perro con una correa
corta, Dave trató de golpearlo con el codo en el estómago, pero el chaleco y la
automática que el hombre llevaba le estorbaban. Un minuto más y todo habría
acabado. Otros sesenta segundos y estaría muerto. Ya podía sentir como los
límites de su mundo se iban volviendo oscuros y borrosos, como si el vacío se
cerniera sobre él.
La
puerta del baño se abrió de golpe y algo escupió dos veces al aire, sacudiendo
al hombre como una descarga eléctrica. La presión del cordel alrededor del
cuello se aflojó y un líquido húmedo y caliente se le deslizó por el cuello.
Pasaron un par de segundos antes de que Dave se diera cuenta de que la sangre
era del otro, que gimió agonizante cuando Al se lo quitó de encima. Luego, Al
dio un paso atrás, apuntó y disparó otra vez al hombre en la garganta, sólo
para estar seguro.
Al
miró ansiosamente a su socio, que no dejaba de toser, y preguntó:
—¿Estás
bien?
Temblando,
Dave respiró honda y libremente. Aguantándose el cuello, quemado por el nailon,
metió la cabeza, que parecía que le iba a estallar, debajo de la ducha fría,
sin prestar apenas atención a la sangre que seguía manando de las heridas de
bala del muerto y que desaparecía por el desagüe. Cuando Dave pudo contestar
por fin a Al, la voz le sonaba como si se hubiera fumado un par de cartones de
cigarrillos.
—Creo
que sí. Gracias. Me habría estrangulado sin remedio.
—De
nada. Pero ¿qué clase de mierda de actor eres? Quiero decir, no te dan un Óscar
por lo que ha pasado aquí abajo. Ni siquiera una mierda de Emmy. Joder con la
habitación. Parece salida de Grupo salvaje —Al encendió un cigarrillo y se lo
dio a Dave—. Toma, te ayudará a respirar. ¿Qué fue lo que pasó aquí abajo? Sólo
por curiosidad.
Dave
se envolvió la cabeza con una toalla y suspiró.
—Que
me cuelguen si lo sé.
—¿Lo
ves? Es lo que yo te dije. ¿El factor Alias Smith & Jones? Es pura mierda.
La gente lleva armas, a la gente le disparan. Es de pura lógica.
—No
me dieron ninguna opción. Tuve que dispararles. Eran ellos o yo.
—Claro.
Supongo que hubo algo en tus modales que les disgustó. Yo puedo comprenderlos.
A veces, tu labia puede ser como las pulgas. Pica más que la leche. Puede que
ver esa placa también los provocara. ¿Quién coño puede saberlo? Pero tuviste
suerte de que yo bajara, tío, si no ahora estarías más muerto que John Brown.
—Pensaron
que los habíamos atrapado. Pensaron que era un arresto de verdad. Por eso
trataron de coger las pistolas.
Pero
a Al todo eso no le importaba. Estaba volviendo ya hacia el camarote, donde los
dos cuerpos yacían en una postura grotesca, retorcidos en la cama manchada de
sangre, para encaminarse escaleras arriba.
—¿Qué
coño importa eso ahora? —dijo—. Están muertos, ¿no? Para ellos fue un arresto
de verdad. Estar muerto es el mayor arresto que hay.
Cuando
subió y salió a la luz de la luna, Dave respiró hondo, aspirando el aire fresco
de la noche. El Britannia parecía tan puro y blanco que era difícil
relacionarlo con la sangrienta escena del camarote bajo cubierta. Pasaron un
par de minutos antes de que se diera cuenta de que había pasado algo más.
—La
tormenta ha amainado —dijo.
—Eso
es lo que bajé a decirte —dijo Al—. Ha pasado así, sin más.
—Bueno,
algo es algo.
—¿Sigues
queriendo hacerlo del modo difícil? —preguntó Al.
—¿Qué
quieres decir?
—Sin
matar a nadie.
—Más
que nunca.
—Estás
siendo un pelín pejiguero, ¿no? Estos tíos no van a cooperar más que los tres
que acabamos de cargarnos.
—Al,
entiendo que eres un pistolero profesional. Pero yo, yo soy un aficionado del
montón. Como te dije antes, no quería matar a nadie. Y ahora que he matado a
dos personas —las dos primeras personas que he matado nunca— todavía tengo
menos ganas de convertirme en un pistolero. Lo que he hecho antes hace que
sienta ganas de vomitar.
—Ey,
no dejes que te estropee la noche. Aquello fue en defensa propia. Eran ellos o
tú, como tú dijiste. Es la intención lo que cuenta. Incluso la ley lo sabe. Un
federal de verdad los habría despachado igual que hiciste tú. Así que si están
muertos es culpa suya, no tuya. Fueron unos estúpidos de mierda. Tenían que ser
estúpidos para pensar que podían sacar un arma contra alguien con la artillería
que tú llevabas.
—Uno
era una chica, Al.
—De
eso me di cuenta. Y guapa; con buenas tetas. Pero una tía guapa con buenas
tetas y una pistola. Eso lo cambia todo en este mundo, joder. Y del otro
también, si me apuras —Al se encogió de hombros—. Sigo pensando que tendríamos
que cargarnos a estos cabrones. Por eso llevamos silenciadores.
—Te
diré lo que vamos a hacer, Al. Haré un trato contigo. Si podemos evitar más
derramamiento de sangre, puedes quedarte con la mitad de mi parte.
Al
lo pensó un momento. Dado que estaba planeando matar a Dave en cuanto viera
acercarse al Ercolano al punto de encuentro y dado que Naked Tony ya le había
prometido la parte de Dave de cualquier modo, el trato no parecía tan bueno.
Pero no tenía más remedio que aceptar si no quería arriesgarse a despertar las
sospechas de Dave. Era un tío agradable para estar muerto.
—De
acuerdo, acepto el trato. La mitad de tu parte y no más tragedias humanas.
—Dispararemos
sólo en defensa propia.
—De
acuerdo —suspiró Al—. Pero no te me ablandes, Dave. Recuerda que es a mí a
quien se le supone una conciencia, no a ti. El católico soy yo. Tú... tú eres
ateo. Tú no crees en una puta mierda.
Al
cayó en la cuenta de por qué no encontraron ninguna resistencia en el Baby Doc
casi tan pronto como pusieron el pie dentro de la pestilente sala. El sucio
interior del barco estaba lleno de botellas de vodka vacías y encima de la mesa
del comedor había lo que parecía haber sido una partida de Monopoly en serio,
especialmente porque la habían jugado con dinero de verdad. Había montones de
dólares esparcidos por todas partes y a ojos de Dave era fácil entender lo que
debía de haber pasado.
Primero,
un montón de bebida. Aunque pocos, si alguno había, en la tripulación eran
realmente rusos, parecía como si la idea de lo ruso hubiera ejercido un efecto
tan poderoso sobre aquellos hombres que se hubieran sentido en la obligación de
hacer honor a la fama de bebedores de que disfrutaban sus patronos. Segundo, la
idea de jugar una última partida de Monopoly, con parte del dinero en billetes
que se iba a entrar de contrabando en Rusia. Y tercero, mucha más cantidad de
bebida. Uno de los tripulantes yacía inconsciente en el sofá y otro, en el
suelo de uno de los baños. A un tercero lo encontraron borracho como una cuba
en la timonera, acurrucado como un bebé en la silla del puente. El resto de las
tres tripulaciones la estaba durmiendo en los camarotes del Baby Doc. En su
mayoría estaban tan borrachos que incluso después de que Dave y Al los ataran
con cuerdas de plástico siguieron durmiendo o inconscientes.
—Pero
mira a estos hijos de puta borrachos —dijo Al riendo, después de atar al último
hombre en su camarote—. Pasará un buen rato antes de que se enteren de que
hemos estado y nos hemos ido. Joder, se han montado partida de Monopoly de la
hostia ahí arriba. Debe de haber doscientos mil dólares en el tablero — Se puso
de pie, comprobó los nudos y luego le dio una patada en el trasero al hombre
atado, que gruñó y se dio tranquilamente media vuelta—. ¿Cuántos son con éste?
Dave
estaba comprobando las tres tripulaciones con la lista de supernumerarios del
buque. Asintió y dijo:
—Están
todos.
—Apuesto
a que querrías no haber hecho el trato, ¿eh? —dijo Al con aspereza—. Ha sido
pan comido —Cogió una botella de vodka medio vacía, desenroscó el tapón y tomó
un sorbo directamente de la botella—, ¿verdad?
Dave
no dijo nada y fue entonces cuando Al observó la navaja que el más joven
llevaba en la mano. La pistola de Al estaba en la mesa de café, a un par de
metros. Tragó saliva nervioso pensando en el trato que había hecho y en lo
fácilmente que parecían haber conseguido su objetivo. Puede que hubiera tentado
demasiado la suerte. Le ofreció la botella a Dave.
—¿Quieres?
Dave
pensó que probablemente necesitara un trago. Desde que había matado a los dos
de la cama, tenía el estómago revuelto, como si hubiera comido algo en mal
estado. Quizás un poco de vodka ayudaría. Cogió la botella, echó un trago y se
la devolvió a Al. Luego, tiró de la cama de un empujón al hombre que había
atado, le echó el colchón encima y hundió la navaja en la costura del diván que
había debajo. Arrancó la funda y dejó al descubierto dos metros cuadrados de
algo ligeramente verde cubierto por una gruesa lámina de polietileno. La navaja
atacó de nuevo y los dos hombres se quedaron mirando fijamente a una enorme
cama de dinero envuelto en paquetes más pequeños, del tamaño de almohadas.
—¿No
te lo dije? —preguntó Dave sonriendo.
—Tenías
razón.
—Joder,
¿no te lo dije?
—¿Cuánto
calculas que puede haber?
Dave
cogió uno de los paquetes, cortó el filo de polietileno con la navaja y echó
una ojeada a un paquete de usados billetes.
—Es
difícil decirlo con exactitud. Están mezclados. Hay billetes de cien, de
cincuenta y de veinte. Nada más pequeño. No sé, ¿quizás un par de millones?
—Hay
cinco camarotes en el barco —musitó Al—. ¿Sabes cuánto es eso?
—¿Cinco
por dos? Estoy seguro de que puedes calcularlo, si lo intentas, Al.
Pero
el espectáculo de tanto dinero había vuelto a Al impermeable al sarcasmo de
Dave y, en lugar de soltar un juramento, dijo:
—Ese
trato que hicimos... olvídalo —Lo último que quería ahora era que Dave se
pusiera furioso con él. Si estaba furioso, podía ser un poco más difícil
matarlo cuando llegara el momento—. Tú te quedas tu parte; te la has ganado.
—¿No
te lo dije? —repitió Dave. Ahora había un acento de triunfo en su voz.
—Voy
a buscar los sacos —dijo Al—. Tú encuentra el resto del dinero.
Unos
minutos después, Al volvió llevando sobre cada hombro un paquete plano de
bolsas de deporte Nike compradas al por mayor. Dave ya había rasgado los otros
cuatro divanes así como el tresillo de piel de la sala del Baby Doc.
Riendo
como si se hubiera vuelto loco, Al rellenó una de las fuertes bolsas de nailon
con paquetes de dinero. Y luego otra.
—Pero,
¿has visto todo este montón de pasta?
Dave
cerró la cremallera de dos bolsas llenas, se colgó una de cada hombro y se puso
de pie. La riqueza no podía tener un aspecto o producir una sensación más
pesada. Se alegraba de llevar los guantes y la chaqueta acolchada, porque las
bolsas pesaban más de veinte kilos cada una.
Al
subía ya tambaleándose escaleras arriba, resoplando bajo el peso de las dos
bolsas que llevaba también él.
—Joder
—dijo—, es como ir al aeropuerto con Madonna y los crios.
—Ahora
ya sabes lo que la gente quiere decir cuando dice que la riqueza es una carga.
—Confío
vivir para gastarlo. Con todo este esfuerzo, el corazón me va como una
locomotora.
—Confórmate
con ser un hijo de puta rico con mala salud, en lugar de uno de esos chavales
de aspecto saludable que siempre piden que cambien las cosas.
—Eso
es algo que puedo soportar.
Jadeando,
los dos hombres llegaron a cubierta y dejaron caer los sacos, aliviados.
—Joder,
tío, es un trabajo duro —dijo Al.
—¿Y
eso es un problema?
—Mierda,
sí. Yo tengo ya mi modus vivendi, tío. Nunca se me pasó por la cabeza dedicarme
a ser un mierda de portero de hotel.
—Yo
también estoy bastante cansado —admitió Dave.
—¿Qué
hora es?
—Hay
dos barcos más de dinero, y hay un montón más de bolsas que tenemos que subir
antes de que puedas aposentar tu culo en el vestíbulo.
—Lo
sé. Sólo preguntaba la hora. Pensaba que quizás te complacería decírmelo,
siendo como eres el orgulloso propietario del Rolls Royce de los relojes.
—Pronto
amanecerá.
—¿Tengo
el aspecto de un jodido vampiro? Si quiero saber esa clase de mierda, esperaré
a que cante el gallo. Números. Eso es lo que quiero oír. Tic, tac, coño. Debido
a mi urbanizado trasero y a mis jodidas costumbres urbanas.
—¿Pero,
tú qué eres: Stephen Hawking o algo así? Son casi las tres. ¿Qué importancia
tiene? Te lo diré si nos retrasamos. Lo primero que haré en cuanto lleguemos a
Miami es comprarte un reloj, Al. Así sabrás cuándo es hora de que cierres la
boca. Venga, pongámonos en marcha antes de que algunos de los supernumos
empiecen a sentir curiosidad por lo que está pasando. Ya he matado a bastante
gente por esta noche.
—¿Todavía
te preocupa esa mierda?
—Por
extraño que parezca, sí.
—Cálmate.
Como te dije antes, eran ellos o tú. Un accidente.
—A
mí no me suena a accidente.
—Claro
que sí. Una contingencia imprevista. Eso es lo único que sucedió. Es necesario
que busques algo positivo en lo que ha pasado. No quiero que te me pongas en
plan Leonard Cohen. Eleva los ojos y piensa en tu nueva situación. Primero,
ahora eres un cabrón rico. Y segundo, podían haber sido los federales los que
te cargaste. Los de verdad. Piensa que te sentirías más mierda que la mierda de
un reptil si hubieras acabado con esa zorra federal en lugar de con la otra.
22
En
Quantico, Kate había aprendido que el secreto para librarse de unas esposas,
perfeccionado por gente como Houdini, era muy sencillo. Consistía en tener la
llave.
Cuando
no se requerían llaves o ganzúas era necesario que las esposas tuvieran un
muelle y un resorte en el sitio adecuado. Pero, por lo general, Houdini llevaba
una llave en el recto o una ganzúa diminuta debajo de la gruesa piel de la
planta de los pies. Incluso con una ganzúa, Kate no creía poder abrir todas las
palancas de dentro de la diminuta cerradura. Se necesitaban años de práctica
para conseguir esa habilidad. Además, ella prestaba un cuidado especial a sus
pies. Tenía un trozo de piedra pómez al lado dé la bañera en casa y visitaba de
forma regular al podólogo. La salud y la buena forma eran importantes para
ella. Hacía yoga para relajarse y para mantener un cuerpo flexible. Y, de vez
en cuando, se volvía vegetariana. Howard decía que todo eso hacía que estuviera
demasiado delgada, pero su ideal del aspecto que debía tener una mujer era Anna
Nicole Smith. No es que Kate fuera plana de pecho o algo así. Era femenina, de
constitución delgada. No un polvo de fantasía construido por Goodyear. Una vez,
Howard le dijo que «de constitución delgada» era un eufemismo para escuálida.
Eso fue poco después de que ella le pusiera delante la prueba de su adulterio.
¿Por qué necesitaba otras mujeres? ¿No la encontraba atractiva? ¿Había algo
malo en su aspecto físico? Le estuvo bien empleado por preguntar. Era esbelta.
Elegante. Como un junco, como un bambú. La única vez que Kate se sintió
escuálida fue cuando Howard, que quería un polvo rápido, trató de meterse
dentro de la ducha con ella. Al infierno con aquel gordo hijo de puta. Delgada
y esbelta, eso es lo que era. Pero no tan delgada como para poder sacarse las
esposas como si fueran un brazalete.
Una
vez, en Titusville, cuando era niña, metió la cabeza entre unos barrotes y,
como no la podía sacar, su madre llamó a los bomberos. Durante media hora su
hermano mayor la había martirizado diciendo que tendrían que cortar los
barrotes con un soplete de oxiacetileno, y que, a lo mejor, le quemaban también
el cuello. Pero cuando llegó el momento, se limitaron a cubrirle la cabeza con
un espeso jabón líquido industrial y tirar de ella suavemente hasta sacarla de
su prisión. Ahora, sentada en el suelo del baño, pensó en probar algo
semejante. En el armario había varias botellas de champú y gel de baño que Kate
consiguió coger con los pies y luego colocar en sus manos esposadas. No tardó
mucho en tener manos y muñecas cubiertas de una espesa masa oleaginosa de color
verde formada por diversos jabones. Las manos de Kate no eran mucho más anchas
que sus muñecas; por lo menos no lo eran cuando apretaba con fuerza los huesos
del metacarpio del pulgar y el meñique; y cuando Dave la esposó, se había
sentido demasiado avergonzado para apretar tanto las esposas como para que
estuviera incómoda. Detrás del esparadrapo que le tapaba la boca, Kate lo
maldijo y, decidida a no reconocer el dolor, empezó a tirar de las pegajosas
esposas como si le fuera la vida en ello.
Dave
tiró la última bolsa de dinero en la cubierta del Britannia y regresó al
Juarista a buscar el equipo Scuba de submarinismo. De vuelta a bordo del barco
escogido para escapar, se desnudó y se metió en el traje de neopreno bajo la
mirada lúgubre y cada vez más borrosa de Al.
—Mejor
tú que yo con esa mierda estilo Lloyd Bridges —dijo Al, sacudiendo la cabeza y
temblando—. Miró, circunspecto, por la borda y luego escupió al mar—. El agua
no parece demasiado limpia.
Dave
estuvo a punto de decir algo sobre la botella de vodka que Al llevaba en la
peluda mano y sobre la posible reacción al mezclarla con las dos tiritas de
Scopoderm que todavía llevaba en los brazos, pero lo pensó mejor. El trabajo de
Al había acabado. A partir de ahora, más o menos todo era asunto de Dave.
—Y
además, ¿qué mierda quiere decir eso de Scuba} Nunca lo he sabido.
—Significa
Self-Contained Underwater breathing Apparatus, es un acrónimo —explicó Dave.
Se
metió por la cabeza lo que parecía un chaleco salvavidas hecho de goma negra:
sujetos a la parte de delante había algunos tubos, una boquilla y un cilindro
verde del tamaño de un extintor casero.
Al
frunció el ceño y dijo:
—¿Eso
es todo? ¿Eso es el depósito de aire? Tengo uno más grande en el jodido sifón
de la soda.
Dave
asintió.
—Es
un sistema Draeger de circuito cerrado. Un respirador. Recoge el aire espirado,
sin producir burbujas. Es cómodo y ligero —Se pasó las correas del arnés por la
entrepierna y luego alrededor de la cintura—. Puro oxígeno, sin mezcla, es
ideal para el trabajo a poca profundidad. Y es muy pequeño, como puedes ver.
Al
volvió a mirar por la borda.
—¿Qué
profundidad hay ahí abajo? —preguntó.
Dave
observaba el cielo. El sol estaba saliendo. Iban un poco retrasados, pero se
alegraba. No le entusiasmaba la idea de sumergirse en el agua del dique
flotante del Duke en la oscuridad.
—Unos
seis metros —dijo, y comprobó el suministro de aire en la boquilla. Confiaba
que fueran seis metros. El oxígeno era tóxico por debajo de los diez metros.
—Bueno
—dijo Al y bebió otro trago de vodka—, mejor tú que yo. Es lo único que puedo
decir.
Dave
escupió en la máscara y frotó el cristal con la saliva.
—Al,
voy a hacer una suposición arriesgada —dijo riendo—. No sabes nadar ¿verdad?
—Mucha
gente no sabe nadar.
—Claro,
y mucha gente muere ahogada cada año.
Al
le devolvió la sonrisa.
—No,
si no van a nadar. Por lo que yo sé, son casi siempre los que saben nadar y van
a nadar los que se ahogan. Déjame que te pregunte algo. ¿Quién de nosotros dos
es más probable que se ahogue en este momento, tú o yo?
—Ahí
tengo que darte la razón.
—Es
que la tengo. Y eso es así porque tú eres el capullo retrasado mental que sabe
nadar y utilizar ese Scuba, ¿o no?
—Es
una idea consoladora —admitió Dave y recogió la linterna y el cuchillo.
—Q.E.D.
—dijo Al, con un encogimiento de hombros.
—¿Q.E.D.?
—repitió Dave sonriendo.
—Sí,
es otro de esos jodidos acrónimos. Significa la clase de mierda que habla por
sí misma.
—Sé
lo que significa —dijo Dave, retrocediendo hacia la popa del barco y subiéndose
a la escalera—. Sólo me preguntaba si sabías qué significaban las letras.
—Claro
que sí. Puede que no lea libros, pero no soy lo que se dice un ignorante.
Quieren decir «Que se emplea sin destreza». Como pasa con los capullos que
saben qué coño hacen en el agua y se creen James Bond o algo así y pueden
acabar con sus cuerpos terrenales más ahogados que la ciudad perdida de la
Atlántida. ¿Entiendes lo que digo? Ten cuidado allá abajo. Si metes el culo en
un agujero de problemas, no esperes que salte y te ayude. Y tampoco esperes que
lo haga Pamela Anderson. El único vigilante que hay por estos contornos es el
Baywatch que llevas en la muñeca.
—Si
me ahogo, es para ti —dijo Dave mirando su reloj.
—Ya,
como que yo voy a bajar a buscarlo. ¿Es sumergible?
—Claro,
es un auténtico taquímetro.
—Tú
lo has dicho, tío. Es el medidor de tiempo más de tíos tiquismiquis que he
visto en mi vida —Al se echó a reír—. Nada, te lo quedas tú. Yo ya tengo
bastante basura.
Sonriendo,
Dave se deslizó al agua. Estaba mucho más fría de lo que esperaba y se alegró
de llevar el traje de neopreno. Se detuvo un momento y miró hacia arriba a las
altas paredes del buque y al montón de navíos que le rodeaba. No era sólo de la
luz del día de lo que se alegraba; también de que el mar estuviera más en
calma. Meterse en el dique flotante del Duke durante la tormenta habría sido
mucho más peligroso. Encendió la linterna, se ajustó la máscara, sujetó la
boquilla entre los dientes y luego se sumergió en las aceitosas aguas.
Mientras
nadaba por debajo del casco lleno de lapas del buque, la sensación de estar
encerrado amenazó por un momento con desembocar en el pánico. Era como estar
otra vez en Homestead. Otra vez en su celda, empapado en el sudor de su peor
pesadilla, ahogándose en las profundidades insondables de su condena de cinco
años. Armándose de valor, se impulsó con los pies hacia el soporte submarino
soldado al fondo del muelle del Duke, al cual estaba firmemente sujeto el
Britannia. Sólo tenía que cortar las cuerdas para que el barco flotara libre.
De no ser porque Al lo ignoraba todo de la navegación y del funcionamiento de
un yate moderno, ésta era la etapa del plan en la que más nervioso habría
estado Dave por miedo a que su socio lo traicionara. Porque, una vez cortadas
las cuerdas, Al sólo tenía que soltar los cables de babor que amarraban el
Britannia al Duke y el barco flotaría libremente. Un rápido acelerón de los
motores marcha atrás y el barco estaría en medio del Atlántico por sí mismo. La
falta de conocimientos marítimos de Al nunca le había parecido tan
tranquilizadora como en aquel momento.
Como
la popa del Duke estaba abierta al océano, había peces nadando en el agua del
dique. En su mayor parte eran mújoles y roncadores, y apenas reparó en ellos
mientras nadaba con fuerza por debajo del casco del barco y asía la clavija. La
cuerda era gruesa y utilizó el filo de sierra de su cuchillo de submarinismo
para cortarla. Incluso así, tardó varios minutos en lograrlo y poder desanudar
el extremo atado a la clavija para que no se enredara en la hélice cuando se
pusieran en marcha. Entretanto, el extremo amarrado al soporte del muelle se
hundía en el agua y asustó a un pequeño banco de mújoles. Confundiendo la
cuerda con alguna especie de depredador, una anguila, quizás, los peces se
dieron la vuelta y pasaron al lado de Dave, casi rozándole la cara, como si
quisieran utilizarlo para protegerse. Todavía se maravillaba de su velocidad y
belleza y se felicitaba por la facilidad con que había completado su tarea,
cuando vio la auténtica razón de la súbita huida de los mújoles. No era la
cuerda en absoluto, sino la aerodinámica silueta de color azul plateado de una
gran barracuda. El sobresalto que tuvo al verla hizo que se le cayera la
linterna.
Rápida
y potente, con sus dos aletas dorsales bien separadas, su mandíbula inferior
prominente y su enorme boca llena de afilados dientes, la barracuda de casi dos
metros era un pez aterrador y Dave conocía lo suficiente su fama de animal
agresivo como para desconfiar enormemente de ella. En Florida las barracudas
eran responsables de más ataques a los nadadores que los tiburones. Y aunque
nunca devoraban a la gente, podían infligirles las heridas más graves.
Instintivamente, Dave empezó a alejarse de ella nadando suavemente,
dirigiéndose hacia la proa del Britannia y, curioso, el gran pez le siguió. Se
decía que las barracudas se sentían atraídas por los objetos brillantes y Dave
no estaba seguro de si la hoja del cuchillo que llevaba en la mano era un recurso
de defensa o la causa de que estuviera en peligro. Nadaba de espaldas, no
queriendo perder de vista a la criatura por si decidía atacarlo. No es que
pensara que el pez pudiera matarlo, pero los dientes afilados como cuchillas de
algunas barracudas estaban impregnados de una substancia tóxica que podía
envenenarte. Lo último que Dave necesitaba en mitad del Atlántico era una
mordedura infectada.
Se
sumergió más profundamente para evitar golpearse la cabeza contra los cascos de
los otros barcos. Y la barracuda lo siguió lentamente, desapareciendo a veces
en la oscura sombra de un barco para reaparecer como un brillante rato de plata
cuando entraba de nuevo en aguas iluminadas por el sol. Dave pensó tan
fríamente como pudo que era como si te siguiera un perro peligroso y algo
cobarde que sólo esperara la oportunidad adecuada que le volvieras la espalda
para atacar por ejemplo. Y por más que Dave se impulsara en el agua, la
barracuda mantenía la distancia de tres metros entre ellos agitando sin el
menor esfuerzo su cola de aspecto furtivo.
Dave
se arriesgó a mirar el reloj. Estaba perdiendo un tiempo precioso. Y cuando vio
que ya había recorrido todo el largo del Duke y que estaba bajo la proa del
Jade, a proa del dique flotante, supo que tendría que hacer algo pronto, o su
pequeña reserva de oxígeno se agotaría. Nadando en un círculo soleado, Dave
miró hacia arriba y vio la escala de proa del Jade tocando el agua a unos tres
metros por encima de su cabeza. Al impulsarse a una posición más vertical con
los pies vio cómo el sol daba en su reloj y, al mismo tiempo, la barracuda se
volvía ligeramente hacia la pequeña explosión de luz. Sólo podía hacer una
cosa. A regañadientes, Dave se quitó el reloj y lo pasó a la mano donde
sostenía el cuchillo. Durante un par de segundos dejó que el sol espejeara en
el conjunto de brillante metal de su mano. Sólo cuando estuvo seguro de que la
barracuda observaba los dos objetos, los soltó. Cuando se hundían hacia el
fondo del dique, la barracuda, con un golpe de la cola, se lanzó tras ellos.
Las mandíbulas del animal, una trampa para hombres, se abrían y cerraban sobre
la plata, como de escamas de pez, de la pulsera metálica del reloj.
Dave
no vaciló. Se impulsó con fuerza con los pies hacia la ondulante superficie y
la escala que había por encima de su cabeza.
Justo
cuando alcanzaba y agarraba la escala intuyó que la enorme barracuda iba a por
él. La adrenalina se le disparó por el corazón y los músculos de la espalda,
haciéndolo subir por la escala con tanta velocidad que casi pensó que había
alguien tirando de él desde fuera del agua. Unos centímetros por debajo del
final de la escala y del talón del pie descalzo de Dave, la barracuda se arqueó
en la aceitosa superficie y luego desapareció en las azules y poco profundas
aguas.
Dave
se arrancó la boquilla y tragó una bocanada profunda y vacilante del aire de la
mañana.
—¡Leche!
¡Joder!—soltó jadeando—. ¡Por qué poco!
Ahora
que el pez se había marchado, también se le había ido la fuerza de los brazos y
pasaron un par de minutos antes de que pudiera subirse a la cubierta del Jade.
De pie en ella, volvió a respirar profundamente y trató de calmarse. Un
instante después oyó un disparo y algo silbó por encima de su cabeza, rebotando
en el mamparo delantero del Duke. Se tiró al suelo, sin poder creerse el giro
letal de los últimos acontecimientos.
—Coño,
¿y ahora qué pasa?
Tumbado
en el suelo, trató de determinar de dónde había venido la bala. ¿Quién habría
disparado? ¿Se les habría pasado por alto alguien entre los tripulantes o los
supernumos? ¿Alguien con un arma? ¿O Kate habría escapado y se habría hecho con
un arma de la que él no sabía nada? Levantó la cabeza unos centímetros
intentando ver al pistolero y volvió a bajarla rápidamente cuando otro disparo
dio contra el mástil de la radio, por encima de él. ¿Por qué Al no hacía nada?
A menos que ésta fuera la traición que se había temido.
Tenía
que averiguarlo. Se arrastró hacia la barandilla y gritó:
—Eh,
Al, soy yo, Dave. ¿Quién coño está disparando?
Se
produjo un breve y, según le pareció a Dave, ominoso silencio. Luego Al
preguntó:
—¿Eres
tú, Dave?
—Claro
que soy yo, imbécil. ¿Quién joder creías que era?
—¿Qué
coño estás haciendo ahí abajo? Pensaba que era un chismoso que sacaba la nariz
en lugar de quedarse donde debía.
Dave
se puso de pie. Arrancándose furioso el respirador, y empezó a caminar por el
flanco del buque.
—Podías
haberme matado, cabrón, hijo de puta.
Dave
esperó a estar a bordo del Britannia de nuevo antes de decir nada más. Al había
dejado la pistola en la cocina a fin de no irritar más a Dave. Pero, por lo
demás, no veía necesidad alguna de disculparse.
—¿Cómo
mierda se supone que iba a saber que eras tú?
—Te
dije que no bebieras mientras tomaras ese medicamento, ¿no? Joder, podías
haberme matado.
—Te
metes en el agua por este lado y sales al otro extremo del jodido barco. ¿Qué
crees que soy? ¿Un jodido telépata? ¿Parezco mister Spock? Como es natural,
supuse que éste era el barco al que querías volver, ya que era desde donde te
habías ido y se supone que es el vehículo donde vamos a huir llevándonos
millones de dólares en billetes.
Al
señaló las bolsas de deporte, rebosantes de dinero, que ahora llenaban la sala
del barco y cubrían la cubierta, como si Dave necesitara que se lo recordaran.
—Lo
que yo haya bebido —dijo— no tiene nada que ver con que tu sentido de la
dirección esté tan disperso por todas partes ni con que resulte que acabas
nadando de un extremo al otro de este coño de puerto deportivo —Al frunció el
ceño y señaló la muñeca de Dave—. Eh, tu reloj ha desaparecido. Y tienes sangre
en la pierna.
Dave
miró la pantorrilla que sangraba. Debía habérsela arañado al saltar por la
escala huyendo de los dientes de sable de la barracuda.
—¿Qué
coño te ha pasado allá abajo? —preguntó Al.
Dave
sacudió la cabeza como si ni él mismo pudiera creer del todo lo que había
sucedido. Empezó a soltar las amarras que sujetaban el Britannia al flanco de
babor del Duke.
—Una
jodida versión de Tiburón; eso es lo que ha pasado. Había una maldita barracuda
allá abajo. Por lo menos tenía dos metros o más.
Al
se mostró impresionado.
—Tan
grande como mi polla, ¿eh? Eso es un pez de la hostia.
—¿Pez?
Era un monstruo prehistórico. Todo dientes y aletas. Estaba más acojonado que
la leche. Tengo suerte de estar aquí con los dos brazos y las dos piernas —Tiró
los cables y luego se miró la muñeca desnuda—. Se zampó mi reloj. ¿Puedes
creértelo?
—En
cuestión de gustos...
—Un
reloj de cinco mil dólares.
—Puedes
comprarte siete como ése cuando vuelvas a casa. Uno para cada día de la semana.
—Sí,
eso es verdad, ¿eh? Puedo hacerlo, ¿no? —Dave indicó con un gesto las amarras
de popa—. Suéltalo de popa, ¿quieres? Y salgamos de aquí antes de que pase algo
más.
—Ya
te dije que nadar era peligroso —dijo Al riéndose entre dientes—. La tía
aquella de Tiburón, la que se baña en cueros al principio de la película...
todo el mundo sabe que su culo va a acabar siendo la cena del tiburón. Tío, en
cuanto vi aquella jodida película, supe que no volvería a meter la polla en
agua salada por nada. Lo que vimos en Costa Rica, ponlo por triplicado. El mar
es un mal vecino. Es como Overtown por la noche y tú eres un turista de mierda,
al volante de un enorme coche blanco alquilado, que lleva «capullo» escrito en
el parabrisas trasero. Con la radio en marcha, tirando el dinero por ahí,
haciendo un montón de ruido, pasándolo bien, sin preocupación alguna. Pero
pidiendo a gritos que te raje el culo algún negro con un cuchillo. ¿Tiburones?
¿Barracudas? Es lo mismo.
Kate
casi no podía creerlo cuando, gimiendo de dolor y con la muñeca en carne viva,
logró sacar una mano de las esposas. Arrancándose el esparadrapo que le tapaba
la boca bebió rápidamente un vaso de agua y luego usó el váter. Estaba a punto
de salir a cubierta cuando oyó los disparos. El sonido hizo brotar una
sonrisita amarga en sus labios pegajosos. Seguían a bordo. Y si seguían a
bordo, eso quería decir que había una oportunidad de detenerlos. Detenerlo. No
le importaba mucho el otro tipo. Ni las drogas. Iba tras Dave.
Subió
con cautela las escaleras y fue arrastrándose hasta la timonera para
encontrarse con que la radio había desaparecido. Cogiendo los prismáticos de la
consola de control, se arrodilló al lado de la ventana y barrió el barco en
busca de alguna señal de Dave o de su socio. Lo encontró enseguida, andando
rápidamente a lo largo del lado de babor hacia la popa del buque. Llevaba un
traje de neopreno y parecía cabreado, como si algo no hubiera salido según los
planes. Luego vio cómo subía a bordo del Britannia y empezaba a discutir con
Al.
—Cabrón
—murmuró—. ¿Te crees que puedes joderme a mí y a mi operación y salirte con la
tuya?
Decidió
que ya era bastante malo ser un traficante de drogas, pero robar las drogas de
otro era algo totalmente despreciable. Probablemente habían acordado un
encuentro en alta mar. Un gran mercante. Bueno, sobre eso sí que podía hacer
algo. Si lograba encontrar una sola radio que funcionara en todo el buque,
podía establecer contacto con el submarino francés. Además, era probable que el
submarino estuviera ya muy cerca del lugar acordado con el Duke y con suerte
vería lo que pasaba y se acercaría para interceptar al Britannia.
Lo
mínimo que podía hacer era retardar su partida. Pero, ¿cómo iba a hacerlo sin
armas? Quizás pudiera embestir el barco de Dave. Hundirlo. Y hundirse ella al
mismo tiempo. Hundir a Dave quizás habría sido menos arriesgado si hubiera un
barco con algún tipo de arma, como las ametralladoras de 25 milímetros que
había a bordo de una de las lanchas patrulleras de los guardacostas que
capitaneaba Sam Brockman. No es que ahora Sam le fuera de ninguna utilidad. Ni
Kent Bowen. No quedaba tiempo para averiguar el resto de la combinación de la
caja fuerte a bordo del Juarista para sacar las llaves de las esposas y
soltarlos a los dos. De todos modos, Bowen no sería más que un estorbo. Cuanto
más lo pensaba, más convencida estaba de que era mejor que Bowen no estuviera
por medio. Las cosas no podían ponerse peor de lo que estaban para su futuro en
el FBI. Encontrar la tripulación y liberarla parecía una apuesta mejor.
Kate
se arrastró hasta la cubierta, subió por el flanco del muelle y corrió hasta el
bloque de alojamientos. A sus espaldas oyó un sonido que le hizo pensar que
quizás contara con un poco más de tiempo del que creía. Parecían tener
problemas para poner en marcha las máquinas del Britannia. Habían petardeado y
luego habían quedado mudas. El ruido le recordó los dos cañones de Jellicoe y,
de repente, le pareció ver una forma de volver a participar en el juego. ¿No
había alardeado el capitán de disparar los cañones una vez al año para celebrar
el nacimiento de Nelson? La excentricidad de Jellicoe podía proporcionarle lo
que necesitaba para detener a Dave. Si conseguía liberar al capitán y a su
tripulación a tiempo, claro.
—¿Por
qué no arranca? —preguntó Al.
Dave
hizo un gesto.
—Que
me aspen si lo sé.
Giró
de nuevo la llave de contacto, escuchando atentamente el sonido que hacía y
luego miró el indicador de combustible. Si la aguja no hubiera señalado que
llevaban los depósitos llenos, habría dicho que se habían quedado sin
combustible. Exasperado, sacudió la cabeza y probó de nuevo. Nada.
—Puede
que una bala perdida diera contra algo —sugirió Al—. Una calibre 44 atraviesa
directamente a la gente. Debe de haber agujereado algo importante.
—Puede.
Voy abajo a echar una mirada.
—Date
prisa.
La
sala de máquinas estaba a popa, separada del camarote principal donde estaban
los dos cuerpos por una mampara hermética. Por suerte, Dave no tenía que
atravesar el camarote para llegar hasta allí; sólo bajar por unas estrechas
escaleras y abrir las dobles puertas. Una vez dentro de la sala de máquinas, se
arrodilló al lado de uno de los motores Detroit diesel. Un examen rápido de la
tubería por la que llegaba el combustible le reveló que no había combustible
alguno. Dave abrió el tanque e iluminó su interior con la linterna. Estaba
lleno.
—Tiene
que haber algo que bloquea el conducto —dijo cuando Al apareció en el umbral.
Comprobó la conducción del segundo motor y frunció el ceño—. No es posible que
los dos estén bloqueados. La bomba de combustible debe de haberse estropeado.
—Mierda
—dijo Al golpeando rabioso con el puño en la pared—. Mierda.
De
repente a Dave le pareció recordar algo que Kate había dicho en la fiesta. Algo
sobre los impulsores. Si se estropeaban también se estropeaban la bomba y el
motor. Salvo que había dos motores, dos bombas y dos conjuntos de impulsores.
¿Qué probabilidades había de que los dos impulsores se averiaran a un tiempo?
Dos de cada cosa, salvo el depósito de combustible. Había un único depósito. El
problema tenía que estar allí.
—Me
parece que será mejor que nos hagamos con otro barco —dijo Al—. Y yo que
pensaba que ya nunca más tendría que acarrear bultos durante el resto de mi
vida.
—Un
momento —dijo Dave—. Se me ocurre una idea.
Subió
de nuevo a la cubierta y volvió al cabo de poco con un bichero.
—Es
sólo una posibilidad —explicó, metiendo el extremo del mango en el depósito y
removiéndolo —, pero podría resultar — Inmediatamente el dorado combustible
empezó a llenar los dos tubos de plástico transparente. Dave sonrió—... Hijo de
puta.
—¿Qué?
—Hay
algo escondido en el depósito. Lo noto al final del palo. Algo blando y
pastoso. No es duro como el fondo. Parece una especie de trapo. O puede que una
bolsa —De repente supo qué podía ser lo que había al extremo del bichero—.
Claro. Estos depósitos deben de estar llenos de narcóticos. Por eso estaban tan
nerviosos, Al. Éste es el barco que vigilaban los federales.
—¿No
habías dicho que vigilaban al capitán Jellicoe?
—Él
también debe de estar metido en esto —dijo Dave, improvisando—. Lo más probable
es que una de las bolsas se soltara durante la tormenta y bloqueara la salida
de combustible. Mira, lo mejor será que te quedes aquí con el bichero por si
vuelve a pasar. Si el motor se para, mueve el palo así, pero no demasiado
fuerte. Si la bolsa se rompe el motor recibirá un chute de lo que sea esta
mierda. Cocaína, probablemente. Y eso será como una sobredosis. No hay
inyección de adrenalina que pueda remediar esa clase de viaje.
—De
acuerdo —dijo Al—. Bueno, ¿podemos largarnos de aquí de una puta vez?
—Allá
vamos.
Kate
no había bajado nunca a la sala de máquinas del Duke, pero se imaginaba que ése
era el mejor lugar para buscar el taller.
Al
decirle dónde había encerrado a la tripulación, Dave le había ahorrado algo de
tiempo. Si, como le había dicho, la tripulación podía liberarse en sólo un par
de horas, entonces quizás no hubiera tomado ninguna precaución para evitar que
alguien los soltara desde fuera.
Aun
antes de llegar al final de las escaleras oyó que alguien golpeaba una puerta.
Tenía que ser la tripulación. Al llegar a la puerta del taller, cogió una llave
inglesa, golpeó por su parte y chilló:
—Capitán
Jellicoe. FBI. Voy a tratar de sacarlos de ahí.
Escuchó
durante unos segundos y oyó la voz de Jellicoe. Cuando él acabó de hablar, tiró
la llave inglesa y, riendo, miró arriba y abajo de la puerta de acero.
Sólo
estaba cerrada con el cerrojo.
De
vuelta en la timonera del Britannia, Dave le dio al contacto. Al momento los
dos motores rugieron volviendo a la vida. Puso en marcha el propulsor de proa
y, al cabo de un par de minutos, estaban cabeceando en la estela del Grand
Duke. Esperó todavía unos segundos para dejar que el barco se apartara
lentamente del buque antes de acelerar los motores y dirigirse hacia estribor.
Entonces fijó las coordenadas en el ordenador y empezó a emitir su posición en
la frecuencia acordada. Era más fácil sin Al en el puente. No tener que
explicar cada cosa que hacía: cuándo llegarían al punto de encuentro y todo
eso.
Cuando
los motores empezaron a acelerar y el Britannia ganó velocidad, Dave echó una
ojeada al Duke, pensando en el Carrera con Kate todavía a bordo y lamentando
amargamente la forma en que la había tenido que dejar. Así que se quedó un
tanto sorprendido cuando la vio en la cubierta de proa, al lado del capitán
Jellicoe y de un par de oficiales y tripulantes. Pero todavía se sorprendió más
cuando vio aparecer una nube de humo en la boca de uno de los cañones de bronce
de Jellicoe y oyó una fuerte explosión, seguida del sibilante rugido de un
proyectil que les pasó por encima.
Al
salió a toda velocidad de la sala de máquinas en el momento en que la bala de
cañón caía al mar sin causar daño alguno.
—¿Has
visto eso? Ese lunático hijo de puta se cree que es el jodido pirata rojo —dijo
con voz entrecortada.
Haciendo
girar el volante, Dave dio un brusco cambio a estribor y aceleró a toda
máquina, tratando de poner la máxima distancia entre el barco y el cañón del
buque.
—Creo
que se ve más bien como una especie de agente defensor de la ley y el orden
—dijo gritando.
El
cañón disparó de nuevo. Esta vez la bala cayó lo bastante cerca para enviar una
nube de espuma por encima de la proa.
—Por
los clavos de Cristo —dijo Al—. Ésa casi nos da.
Con
gran sorpresa por su parte, Dave estalló en carcajadas.
—¿Qué
te divierte tanto? —preguntó Al.
—Han
fallado, ¿no?
—Si
uno de esos cagarros de plomo nos alcanza, no creo que te haga tanta gracia.
Por si lo has olvidado, el papel moneda no es impermeable.
—Tranquilo,
Al. No es el Nimitz el que está disparando contra tu multimillonario culo. Es
lord Horatio Nelson apuntando sus cañones contra ti. Es historia, tío. Los
últimos que recibieron esas balas trabajaban para Napoleón.
Pero
Al no estaba de humor para calmarse.
—Ya
arreglaré yo a esos cabrones —rugió y, subiéndose encima de los sacos de
dinero, agarró su metralleta, la cargó y la apuntó a las figuras que estaban de
pie en la proa del Duke.
Dave
no tenía tiempo de decir nada. Lo último que quería era que muriera nadie más,
y mucho menos Kate. Y Al no estaba de humor para hacerle caso. Lo único que
podía hacer era virar fuerte a babor y luego de nuevo a estribor, haciendo que
Al perdiera el equilibrio y rebotara de un lado al otro de la cubierta de proa,
disparando la metralleta al aire de forma inofensiva. Cuando Al se levantó de
la cubierta, el Duke estaba fuera de alcance y el tercer disparo de cañón se
hundía a bastante distancia de la estela amplia y espumosa del Britannia.
—¿Por
qué coño lo has hecho?
—Una
acción evasiva. Un zigzag.
—Iba
a matar a ese maricón inglés, hijo de puta.
—Veamos,
¿por qué querría alguien con tus indudables ventajas hacer algo así? Un hombre
tan rico como tú. Las armas ya no son una solución. A partir de ahora, si
quieres dejar algo claro, echas mano de la cartera, no de la pistola. Y
recuerda, es el grueso lo que cuenta.
Al
sonrió, cuando empezó a comprender que ahora poseía una enorme fortuna.
—Joder,
tienes razón. Soy rico ¿eh? Coño, puede que me deje crecer las uñas y el pelo
de verdad y que almacene mi mierda en botellitas como aquel otro tío
multimillonario. El que se inventó las tetas de Jane Russell.
—Howard
Hugues.
—Eso.
—Al,
puedes hacer todo lo que te pase por los huevos ahora que eres rico. Pero en
este preciso momento te necesito abajo, listo para remover el combustible. Si
oyes que los motores tartamudean, le das la vuelta a la cuchara.
—Eso
está hecho. ¿Cuánto falta para el punto de encuentro?
Dave
miró la consola y apretó el botón Mark en el ordenador. En la pantalla apareció
la trayectoria y la interfaz con el gráfico punteado y, por encima de esta
información, un mapa electrónico. El ordenador ya había establecido un círculo
para indicar lo cerca que estaban de su próximo objetivo.
—Aún
tenemos que navegar un poco —dijo Dave—. La tormenta nos llevó más allá de
donde se suponía que teníamos que estar. Tardaremos entre cincuenta minutos y
una hora en llegar al punto de encuentro.
—Estupendo
—dijo Al y volvió al interior. Le quedaba el tiempo justo para cagar y tomar
una cerveza antes de volver a subir para matar a Dave.
Cuando
hubieron disparado la tercera y última bala de cañón y Jellicoe acabó de
renegar, Kate dijo que tenían que ir a ver cómo le iba a Jock con la
combinación de la caja fuerte del
Juarista.
Encontraron
a Bert Ross tecleando combinaciones, bajo la atenta mirada de Jock.
—Acabo
de calcular cuánto tiempo nos llevará esto —dijo Jock—. El primer número era
nueve. Cuesta unos diez segundos probar cada combinación, empezando con 9000,
luego 9001 y así sucesivamente. Eso significa que si acabamos teniendo que
comprobar cada una de las 999 combinaciones, tardaremos dos horas y cuarenta y
seis minutos.
Kate
se golpeó la palma de la mano con el puño.
—Mierda
—dijo abatida—, necesitamos la llave de la sala de radio.
—Suponiendo
que realmente esté aquí —dijo Jellicoe—. Suponiendo que nueve sea realmente el
primero de los cuatro números de esta maldita caja. Podía ser una manera como
otra de hacernos perder el tiempo. Puede que tiraran la llave por la borda.
—No
lo creo —dijo Kate—. Conozco a ese tipo y no creo que hiciera eso. Pero tendrán
que aceptar mi palabra. ¿Puedo sugerir que continúen con la caja?
—¿Y
qué hacemos mientras tanto? —preguntó Jock.
—Sólo
hay una cosa que podamos hacer, y es ir tras ellos.
—Quince
nudos es nuestra máxima velocidad —dijo Jellicoe—. Ellos van mucho más rápido.
—No,
señor, tendríamos que llevarnos uno de los otros barcos.
—¿En
medio del Atlántico?
—Ellos
lo han hecho.
—¿Sin
radio?
—Bueno,
la verdad es que no estamos solos —explicó Kate— . Hay un submarino francés en
la zona. Se suponía que acudirían a un encuentro con nosotros más o menos por
esta hora. Y hay dos hombres del FBI y los guardacostas de Estados Unidos
esposados en el baño de mi barco. Tan pronto como encuentren las llaves, pueden
enviar un mensaje al submarino. Hay que utilizar unas frecuencias y unos
códigos especiales. Cosas del FBI. Entretanto, el Duke puede mantenerse en esta
posición hasta que volvamos.
—Suponiendo
que los alcancemos —replicó Jellicoe—, ¿qué hacemos entonces? Ellos van bien
armados.
—Tal
como yo lo veo, tienen dos opciones —explicó Kate—. Pueden dirigirse a las
Azores y arriesgarse a que los encuentre la policía local. O pueden navegar
hasta un punto de encuentro acordado previamente con otro navío más grande.
Sospecho que esto es lo que harán. Transferirán la cocaína a bordo, la
esconderán entre la carga que lleve el otro barco y luego hundirán el yate en
el que están ahora, para borrar sus huellas. Si podemos tenerlos a la vista
cuando esto suceda, por lo menos podremos establecer la identidad del otro
barco y hacer que lo aborde el submarino más tarde.
Jellicoe
asintió.
—Tiene
razón ¿Bert?
—9-0-2-3.
No —Sacudió la cabeza y suspirando levantó la mirada de la caja—. ¿Sí, Jack?
—Deja
que Jock se encargue de abrir la caja.
—Sí,
señor.
Jock
se arrodilló en el vestidor del Juarista y empezó a marcar la siguiente
combinación numérica.
—9-0-2-4
—dijo.
—Dile
a Frank que recoja su equipo de submarinismo y se reúna con nosotros en la
popa. Sea cual sea el barco más cercano a mar abierto, quiero que esté
desamarrado dentro de cinco minutos. Tan pronto como saques las llaves de la
caja, puedes soltar a esos otros tipos del FBI. Y llevarlos a la radio.
—Sí,
señor.
Kate
ya había salido del Juarista y subido al flanco de estribor del Duke. El
Britannia, con Dave y las drogas, estaba ya a quinientos metros a estribor y se
alejaba rápidamente. Se volvió, buscando a Jellicoe.
—Vamos
—chilló—. El hijo de puta se escapa.
23
¿Les
importaría decirme exactamente qué coño está pasando aquí? ¿Es que el barco ha
chocado con un iceberg? ¿Somos los únicos supervivientes? Espero que sí, porque
me fastidia que la gente pilote mi barco, lo cual en parte tiene que ver con el
pequeño detalle de que vale un millón de dólares. Pero, sobre todo, es debido
al hecho de que para manejar no uno ni dos, sino tres, tres motores diesel Man,
cada uno con 2.300 revoluciones, y tres propulsores Arneson de superficie, por
lo general hay que saber con bastante precisión qué leches se está haciendo.
Kate
se dio la vuelta en la silla del puente de mando y, al ver a un Calgary
Stanford de ojos enrojecidos de pie allí, desplegó su más encantadora sonrisa.
—Estupendo
barco, amigo —dijo con calma.
Luego,
comprobando de nuevo los controles, echó una ojeada al contador de revoluciones
y vio que iban a más de veinte revoluciones en aquel momento. El barco del
actor estaba casi volando.
Sentado
al lado de Kate en el puesto del timón, Jack Jellicoe asintió con nerviosismo.
Sonriendo con los dientes apretados mientras el barco surcaba las aguas
velozmente, dijo:
—Sí,
es un auténtico pura raza. Diría que este barco es capaz de alcanzar
velocidades de competición. ¿Tengo razón?
Stanford
se dejó caer pesadamente en el asiento del segundo copiloto y dijo:
—Corten
el rollo y cuéntenme de qué va todo esto.
Kate
empezó a decirle que el Britannia se utilizaba para traficar con cocaína y que
ella y sus compañeros del FBI habían estado trabajando en una misión secreta.
—Vaya
al grano, ¿quiere? —insistió el actor.
—Está
bien —le respondió Kate—. El FBI ha requisado su barco y ahora vamos en
persecución de los malos.
—No
me joda. Una de auténticos policías y ladrones.
—Auténticos
de verdad.
—Bien,
¿dónde diablos están?
Jellicoe,
recorriendo el horizonte con sus atrotinados prismáticos dijo:
—Todavía
no hay señal de ellos, pero estamos bastante seguros de que éste es el rumbo
que siguen.
Stanford
miró a Kate de arriba abajo, valorándola.
—Tengo
que reconocer algo, señora J. Edgar Hoover. No hay duda de que sabe como
manejar un barco.
—Gracias.
—¿Le
importa si pongo algo de sonido?
—Es
su barco, son sus reglas —dijo Kate.
Stanford
le dio a un interruptor del panel de control y puso en marcha un disco
compacto. Sonrió y dijo:
—Música
de rock para una persecución en barco, ¿no cree?
Al segundo
siguiente un par de altavoces gigantes situados detrás de la posición del timón
se disparaban con una canción de Guns n'Roses.
—Nos
oirán antes de que podamos verlos —dijo Jellicoe con un gesto de disgusto.
—Sí.
Siento que no sea Wagner. Si sabe qué quiero decir, capitán Willard.
—No
del todo —admitió Jellicoe—. Y en realidad me llamo Jellicoe.
—Una
referencia cinematográfica —dijo Stanford con un acento gangoso y sacudiendo la
cabeza—. Para amedrentar a los amarillos y toda esa basura.
—Me
temo que sigo sin entenderlo.
—Olvídelo
capitán Willard —Stanford miró a Kate—. ¿Sabe?
Anoche
estaba algo fuera de combate. Tengo un vago recuerdo de una visita nocturna de
alguien con artillería. ¿Era uno de ustedes o es que deliraba?
—Fue
uno de los malos —dijo Kate—. Pasaron por todos los barcos y se llevaron los
transmisores de radio para evitar que alguien llamara a la Armada.
—Y
eso responde a mi siguiente pregunta —dijo Stanford—. Miró de nuevo a Jellicoe
y preguntó—. ¿Qué tal va por ahí Willard? ¿Hay señales del señor Christian y de
los demás amotinados?
—No.
—¿Le
gusta la música?
—¿Qué
música? —gruñó Jellicoe.
—Guns
n'Roses. ¿Le gustan?
—No
mucho.
—Sobre
eso de las pistolas —dijo Stanford—, creo que seguramente les vendrá bien mi
colaboración.
—¿Quiere
decir que tiene un arma? —preguntó Kate.
—La
visión que da la experiencia es siempre la mejor —dijo Stanford—. La comunidad
de Hollywood está llena de gente nerviosa y es presa fácil de otros que la
ponen nerviosa. Ser una estrella de cine tiene algunos riesgos biológicos
importantes. Gente que nos acecha y otra mierda parecida. Mi propia vida ha
sido amenazada varias veces. Así que, sí, señora, tengo licencia de armas. De
hecho, llevo una caja de seguridad con armas en el barco. Si les hacen falta,
puedo proporcionárselas a los dos. Highway Patrolman, Glock, Smith & Wesson
Sigma. Todas con recámaras para cartuchos de verdad. ¿Me captan? Tranquilo
Andy, no bromeo. Cuando están en mi barco, mi arma de fuego es su arma de
fuego.
Kate
asintió entusiasmada y dijo:
—Una
pistola no estaría nada mal.
—¿Y
usted, capitán Willard?
—No,
gracias.
—Como
quiera —dijo Stanford levantándose con cuidado del asiento del copiloto. La
velocidad convertía la cubierta en un lugar difícil para estar de pie. Pero era
evidente que Stanford estaba acostumbrado.
Jellicoe
no dijo nada mientras el actor iba abajo a buscar las armas. Seguía barriendo
el azul horizonte en busca de alguna señal del Britannia. De vez en cuando
echaba una ojeada a la pantalla de radar escanográfico. Era un sistema similar
al ARPA, que era el que tenían a bordo del Duke, salvo que la pantalla tenía
dos imágenes: la imagen de radar de lo que estaba cerca y una imagen gráfica
contigua, con la confirmación instantánea de la posición del barco y de
cualquier riesgo que pudiera haber en la zona. Algo de la pantalla más pequeña
había atraído su experta mirada y tocó el botón de zoom del instrumento para
verlo más de cerca.
—Ahí
están —dijo exaltado—. En la pantalla. Un poco al noroeste de nosotros. A menos
de cinco millas.
Al
salió del baño sintiéndose como una mierda. Le dolía la cabeza y tenía una
diarrea tremenda y se sentía tan cansado como si no hubiera dormido en toda la
noche. Tan cansado estaba que tardó un par de minutos en recordar que en
realidad no había dormido en toda la noche. Habían estado levantados acarreando
el botín. Y luego estaba la medicación, y el alcohol. Arrancándose las dos
tiritas de Scopoderm del brazo, las tiró, irritado, al suelo del camarote y
luego se sentó en el borde de la cama, sin prestar más atención a los dos
cuerpos que había a su lado de la que había prestado al tipo del baño mientras
cagaba. No le molestaban. Los muertos estaban muertos. Nunca asociaba un
cadáver con personas que habían vivido y respirado. Pero lo que sí deseaba era haber
prestado más atención o lo que le había dicho Dave sobre mezclar el alcohol con
la medicación para el mareo. No es que hubiera bebido tanto. Sólo unos tragos
de vodka. Un par de cervezas. Eso eran sólo refrescos. Pero parecía que le
habían afectado bastante.
Tratando
de recobrar la calma, Al respiró hondo por la nariz. Había matado a un montón
de personas antes; personas a las que conocía bien, además. El hecho es que
casi siempre eran personas a las que conocía bien. La naturaleza del negocio en
el que estaba así lo exigía. Te acercabas a un tipo con el que habías hecho
negocios, como si fuera tu mejor amigo, y luego le saltabas la tapa de los
sesos de un tiro. Sólo que, por lo general, Al sentía un poco más de entusiasmo
por el trabajo, debido a que normalmente sentía correr algo más de adrenalina
por sus venas. La adrenalina era buena para un trabajo sucio. Te mantenía vivo
y alerta. Pero en aquel momento se sentía tan embotado como la manija de la
puerta de una celda acolchada. Gris y sudoroso, como si fuera él quien iba de
cabeza a un funeral vikingo en lugar del tipo más joven que había arriba, en
cubierta.
Al
miró alrededor en busca de inspiración y vio un bloque de jade y una cuchilla
de afeitar en la mesita de noche de la chica muerta. Hacía ya unos cuantos años
que no esnifaba nieve. Agradable, pero cara, y a Madonna le importaba demasiado
el dinero para dejarle convertir un montón de billetes en polvo para metérselo
por la nariz. Además, a Naked Tony no le habría gustado; desconfiaba de la
gente que se drogaba de forma regular. Pero, de cuando en cuando, estaba bien.
Y en aquel momento parecía ser lo que necesitaba para estar en lo alto del hit
parade. Para lograr su mejor tiro. Una raya para rayar a gran altura. Esa era
la política.
Se
inclinó por encima del cuerpo de la chica, examinando de paso su cuerpo desnudo
y acariciándole las tetas al alargar el brazo hacia el cajón de la mesilla.
Dejando a un lado el agujero de la cabeza y la sangre que le cubría la cara,
era atractiva. Y todavía estaba caliente. De no ser por su programa letal,
quizás se habría sentido tentado de tirársela antes de que se enfriara
definitivamente.
El
cajón parecía una bandeja para servir postres: cucharillas variadas,
maquinillas de afeitar con tapa de oro, pajas de oro; toda la parafernalia del
usuario habitual, como si se tratara de un Burdeos premier cru. Incluso la
botella de cristal que contenía su reserva de coca llevaba una pequeña funda de
oro.
—Más
razón que la leche, nena —le dijo Al, mientras ponía una dosis generosa en el
bloque de corte—. Es un lujo, no un modo de vida.
Cuando
acabó de cortar la coca, separó el polvo en dos pulcros montones, cogió la
pajita de oro y aspiró uno de los montones por las aleteantes ventanas de la
nariz. La descarga le propulsó la cabeza hacia arriba y una enorme sonrisa le
iluminó toda la cara.
—Esto
es lo que yo llamo vitamina C —soltó una risita cloqueante y arrastró el
segundo montón de coca del bloque de jade con la cuchilla, dejándolo caer en el
ombligo de la chica muerta. Cogiendo la pajita de oro, apretó la cabeza contra
la barriga y esnifó la droga del ombligo, lamiéndolo luego para no dejarse
nada. Ya se sentía vigorizado.
—Es
de buena cosecha —dijo.
Desde
que Dave encontró el alijo, Al había estado pensando si habría una forma de
sacarlo de allí y cargarlo en el Ercolano al mismo tiempo que transferían todo
el dinero. A Tony le gustaría un regalo así. Parecía un desperdicio hundir el
barco con toda aquella droga a bordo. Si toda era como la que le cosquilleaba
en la nariz, tirar por la borda aquella veta madre sería una tragedia de
cojones. Al lamió el ombligo de la chica otra vez, y notando que el barco
empezaba a reducir la velocidad, salió al camarote principal y gritó por el
hueco de la escalera:
—¿Ya
estamos?
—Calculo
que éste será el sitio —gritó Dave.
Roncando
feliz, Al se rascó la nariz y subió a la cocina donde había dejado sus armas,
sobre la encimera. Cogió la 45 automática y destornilló el dispositivo láser de
mira. No iba a necesitarlo. No a la distancia que tenía en mente. Del
silenciador ya se había deshecho cuando disparó contra el que creyó un pasajero
curioso. El ruido iba bien cuando se trataba de persuadir a alguien de que se
quitara del jodido medio. Sacando el cargador, metió unas cuantas balas más en
el interior hasta que estuvo lleno y luego volvió a meterlo en la empuñadura.
No necesitaría más que una bala, pero Al era demasiado profesional para dejar
nada al azar. En cuanto podías recargar, lo hacías. Nunca se sabía qué podía
suceder cuando tenías que cargarte a alguien. Lo inesperado; era siempre un
factor. Especialmente si se trataba de un tipo al que conocías bien. Un tipo
que incluso te gustaba. Las drogas habían ayudado a Al a cambiar de opinión
sobre saltarle la tapa de los sesos a Dave sin decirle ni una palabra. Eso ya
no le parecía tan buena idea. Iba a tener que hablar con él. Disculparse.
Decirle que no era nada personal. Que era sólo la jodida paranoia de Naked
Tony, y ¿qué podía hacer él, Al, si las cosas eran así? O hacía lo que le
mandaban o lo liquidaban a él. Después de todo lo que él y Dave habían pasado
juntos, pedir disculpas le parecía lo mínimo que podía hacer por el hombre. Eso
y un disparo rápido y sin dolor en la cabeza. La parte de atrás del cráneo,
probablemente; al estilo de las SS. Pensaras lo que pensaras de su falta de
moralidad personal, aquellos nazis sabían cómo despachar a la gente con una
pistola. Era la eficacia nazi. Lo último en máquinas asesinas. El BMW con
balas.
El
propietario original del Britannia había sido muy aficionado al buceo y el
barco estaba equipado con un Apelco para detectar peces. Además de ofrecer a
quien observara la pantalla la mejor imagen posible de dónde se podían
encontrar los peces, el Apelco estaba equipado con un transductor de frecuencia
dual, el cual, al escanear cuanto había en el agua delante del barco, podía
avisar con tiempo de la existencia de bancos de arena, agujeros en el lecho
marino o incluso restos de naufragio que explorar. Desde la silla del piloto en
el puente, Dave mantenía un ojo en el Apelco y otro en Al a través de la
ventana de la lumbrera de la cocina. Sólo podía haber una razón para que Al
recargara su arma. Tenía intención de usarla. Contra él. Ése era el momento que
medio había estado esperando. Ahora que Dave había servido a sus fines, era el
momento de la traición de Al.
Dave
desaceleró al máximo, de forma que los motores quedaran al ralentí, cogió la
metralleta Mossberg de la consola de control y se situó inmediatamente encima
del hueco de la escalera que llevaba de la cocina al puente.
Al
subía sigilosamente las escaleras, la pistola lista para disparar.
—¿Ya
ves el barco? —preguntó.
Dave
introdujo un cartucho en el cañón a modo de respuesta y apuntó.
—Sólo
tu nuca, Al —contestó.
Al
reconocer el sonido distintivo de una metralleta que se pone a punto para la
tarea, Al se quedó tan quieto como el mismo barco.
—Tira
la pistola tan lejos como puedas. Y asegúrate de que cae al mar, o me
disgustaré.
—¿De
qué coño vas? —dijo Al.
—Dímelo
tú.
—¿Estás
chiflado o qué?
—La
pistola, Al, o te haré una raya en el pelo con perdigones. Ya he matado a dos
personas hoy. No creo que una más perjudique especialmente a mi alma inmortal.
Pero a la tuya seguro que sí.
—De
acuerdo, de acuerdo. De todos modos ya no la necesito.
—Tú
lo has dicho.
Al
tiró la pistola. Voló por los aires y cayó al océano detrás de barco con un
plaf apenas audible.
—Sube
aquí, muy despacio, las manos en la cabeza —le ordenó Dave, retrocediendo hasta
la silla del piloto.
Al
hizo lo que le mandaban. Pero al minuto siguiente, justo cuando llegaba arriba
de las escaleras, el barco empezó a cabecear violentamente como si un súbito
tifón o un remolino estuviera agitando el mar. Dave se cayó sentado en la silla
y, mirando el Apelco, vio la silueta de algo grande en la pantalla. Comprendió
por la velocidad de su ascenso que no era ni un banco de peces ni un leviatán
marino. Reconocía la rúbrica electrónica de un submarino cuando la veía. Pero
para entonces el submarino ya estaba saliendo a la superficie, a menos de
cincuenta metros de la proa del Britannia. Y Al se arrastraba por el puente
hacia él, con un cuchillo en la mano y una expresión asesina escrita en su fea
cara.
Dave
se volvió hacia Al, con la metralleta apuntando al cuerpo con forma de barril.
Podía matarlo. Podía volarle la cabeza limpiamente. Al lo sabía, pero confiaba
en la falta de agallas de Dave para matar otra vez. No podía esperar que en el
último momento Dave cogería el arma por el cañón y haciendo girar la Mossberg
como si fuera un bate de béisbol le golpearía en la cabeza. La culata batió el
cráneo de Al con un sonoro golpe, como alguien que golpeara una vez con fuerza
en una puerta de madera, y Al cayó al suelo a los pies de Dave.
La
mayoría de hombres habría perdido el sentido. Al sólo se quedó allí,
quejándose, durante un minuto, tiempo suficiente para que Dave le quitara el
cuchillo y lo lanzara por la borda, y apartándose mientras Al se sentaba
lentamente. Frotándose la cabeza con rabia, fijó la mirada en la metralleta y
luego en la torreta de mando del submarino que se elevaba por encima de ellos.
—Bueno,
no hay ninguna necesidad de tomárselo como algo personal. Sácanos de aquí, por
los clavos de Cristo —dijo quejándose—. Sean quienes sean, no quieren
preguntarnos el camino. Todavía podemos dejarlos atrás.
—¿Dónde
sugieres que vayamos?
—A
cualquier sitio menos aquí.
Dave
apagó las máquinas.
—¿Es
que estás majara? —preguntó Al—. Si es por este pequeño malentendido que hemos
tenido tú y yo... no tengo intención de que vayamos a la cárcel por eso. Venga,
vamos ya, ¿quieres? No pueden alcanzar un yate como éste.
Dave
sacudió la cabeza y dijo:
—No
puedes dejar atrás a un submarino, Al. Dejando a un lado los cañones de dos
pulgadas de la torreta, además, tienen eso que se llama torpedos. Seríamos un
blanco seguro.
Una
figura apareció entonces en la escotilla de la torreta y se dirigió a ellos por
un megáfono, en inglés con un fuerte acento extranjero.
—Britannia.
Prepárense para ser abordados.
Otras
figuras aparecieron en el casco y, al cabo de un minuto, un bote hinchable con
varios marineros cabeceaba cruzando el corto tramo de agua que separaba el
barco del submarino. Dave tiró la metralleta al mar, por si acaso a Al le daba
por cogerla y hacer algo estúpido.
Fue
entonces cuando vio otro barco que se acercaba a toda máquina. Mirando con los
prismáticos, vio que era algún tipo de yate de competición; inmediatamente
supuso que debía venir del Duke.
—Kate
—dijo, cansado—. Justo lo que necesito.
—Ya
lo tenemos —dijo Kate pavoneándose.
—Parece
que Ross ha conseguido entrar en la sala de radio después de todo —vociferó
Jellicoe.
Calgary
Stanford bajó el volumen del compacto y dijo:
—Una
vez hice una película sobre un submarino. Yo era el hombre del sónar, un tío
que se guiaba por su intuición. Claro que entonces sólo era un actor de
reparto.
—O
puede que trataran de comunicarse con nosotros por radio y, al no recibir
respuesta, imaginaran que algo no iba bien — continuó Kate.
Stanford
no escuchaba.
—Y
además no era un submarino de verdad —dijo—. Sólo un simulacro que fabricaron
en el plato de la Paramount.
—El
servicio silencioso, ¿eh? —comentó Jellicoe—. Nunca me atrajo la idea de servir
en un submarino. Encerrado tanto tiempo. Es un poco como estar en prisión,
diría yo.
—Ahí
es donde esos dos mierdas van a ir de cabeza —dijo Kate, y disminuyó la
velocidad de los motores Predator—. Un submarino parecería el Hotel Plaza en
comparación con el sitio adonde irán. Con veinte millones de dólares de coca a
bordo, tendrán suerte si se libran con veinte años. Un millón de dólares por
año.
Jellicoe
y Stanford intercambiaron una mirada que decía «Qué arpía».
—Nunca
jodas al FBI —dijo Stanford entre dientes—. Procuraré recordarlo, señora.
—Justa
y jodidamente exacto —rugió Kate.
Pero
incluso mientras lo decía, sabía que le estaba costando un gran esfuerzo
convencerse de que quería ver a Dave encerrado para casi el resto de su vida.
Fuera lo que fuera lo que había hecho, ella lo quería; es más, quería creer que
él la quería a ella. Pero ya era tarde para todo eso. No podía hacer nada,
salvo cumplir con su deber. Con el capitán Jellicoe en escena, por no hablar de
la Armada francesa, no podía dar marcha atrás. Sus sentimientos no contaban
para nada. Dave iba a volver a prisión y era su deber enviarlo allí. Pese a
todo, medio esperaba que el capitán del navío francés, cuyos hombres estaban ya
abordando el Britannia, disputara su jurisdicción y encerrara a Dave y Al en el
calabozo del submarino, o como se llamara el sitio donde encerraban a la gente
en un submarino. Más trabajo para la oficina del fiscal cuando intentara
conseguir la extradición, pero mucho más fácil para ella.
Kate
llevó el barco de Stanford al lado del Britannia y Jellicoe lanzó un cabo a uno
de los marineros del submarino, mientras Stanford colocaba las defensas para
proteger la pintura. Por el rabillo del ojo vio a Dave, de pie al lado de Al en
el puente de proa, observándola, pero no le devolvió la mirada.
—Ustedes
dos esperen aquí —ordenó a Jellicoe y Stanford y, tratando de no exhibir un
aire demasiado triunfal, subió a bordo del Britannia, rechazando, cortante, la
mano que le tendía uno de los marineros para ayudarla.
Dave
y Al estaban bajo la vigilancia de un marinero con una pistola automática y, en
ausencia de su placa y tarjeta de identificación del FBI, Kate había cogido la
automática Glock de Stanford para ayudar a establecer su autoridad. Por lo que
había oído, los hombres franceses tenían fama de machistas. Pensó que les sería
mucho más difícil actuar de forma paternalista con una mujer armada con una
pistola. Miró alrededor en busca de alguien que pareciera el responsable.
Luego, en su vacilante francés y evitando mirar los ojos centelleantes de Dave,
se identificó y pidió hablar con el oficial al mando.
Para
gran sorpresa e irritación suya, uno de los marineros se echó a reír; un hombre
apuesto y moreno, con un espeso bigote y vestido con un mono azul, que dijo:
—Por
favor, no hay necesidad de que hable en francés. Yo hablo un inglés excelente.
¿Agente Furey, dijo que se llamaba?
Kate
asintió y trató de controlar su irritación. Esos franceses. Incluso cuando te
esfuerzas por hablar su lengua te tratan con desprecio. Era como para
preguntarse por qué la gente se molestaba en aprenderla.
—Viví
en Nueva York durante muchos años —explicó el hombre del frondoso bigote—. Una
ciudad sucia, pero también interesante.
—¿Y
usted es, señor?
—Soy
el primer oficial Eugene Luzhin —dijo suavemente, y sacó un paquete de
cigarrillos del bolsillo superior del mono—. ¿Le importa si fumo? Es que a
bordo nos está prohibido y la mayoría de nosotros se muere de ganas de meterse
un poco de nicotina fresca en los pulmones. Hacía casi dos semanas que no
salíamos a la superficie.
No
esperó la respuesta e hizo un gesto a sus hombres, quienes sacaron sus propios
cigarrillos y se pusieron a encenderlos. Incluso el hombre con la automática.
Luzhin no le ofreció un cigarrillo a Kate, de lo cual ésta se alegró. Por
diplomacia quizás habría tenido que cogerlo y los cigarrillos franceses eran
demasiado fuertes para ella. Y aquéllos tenían el olor más acre que hubiera
olido en su vida. No era de extrañar que los franceses tuvieran una voz tan
áspera y sexy.
—Capitán
Luzhin —empezó a decir.
—Oficial
—dijo Luzhin—. El capitán sigue en el submarino.
—Primer
oficial —dijo, aceptando la sonriente rectificación y pensando si sería que
seguía encontrando divertido su intento de hablar en francés—. Perdone, señor,
pero ¿está pasando algo divertido? ¿Me estoy perdiendo algo?
Él
exhaló una nube de humo tan azul como el del tubo de escape de un coche y se
encogió de hombros de aquella manera tan típicamente francesa que tenían.
—¿Eso
quiere decir que sí o que no? —preguntó Kate.
—Es
que no estoy acostumbrado a que una mujer hermosa me apunte con una pistola.
—Lo
siento —dijo Kate, mirando incómoda a la Glock y preguntándose dónde dejarla.
—No
importa. En realidad, me gusta bastante.
Expulsando
el humo con estilo y entrecerrando un ojo para protegerlo del humo, añadió:
—Es
como Humphrey Bogart en Casablanca, con aquella mujer tan hermosa —chasqueó los
dedos al tratar de recordar el nombre de la actriz que hacía el papel de Ilse.
Fue
Dave quien le proporcionó la respuesta.
—Ingrid
Bergman —dijo. Encontrándose por fin con la mirada de Kate, añadió, en una
buena imitación de Bogart—: Adelante, dispara. Me harás un favor.
Kate
enrojeció de rabia y metió la Glock por debajo del cinturón de sus pantalones
cortos.
—Bueno,
veamos —dijo con brusquedad, dirigiéndose al primer oficial. A estos dos
hombres los buscan en Estados Unidos por piratería y contrabando de drogas.
Escondidos en este barco hay cien kilos de cocaína con un valor en la calle de
veinte millones de dólares.
El
primer oficial silbó.
Incluso
mientras iba hablando, Kate se preguntaba qué habría en las voluminosas bolsas
de deporte apiladas dentro del barco.
—Pero
antes de proseguir querría resolver la cuestión jurisdiccional.
—Una
cuestión difícil —admitió el el oficial que estaba al mando—. Creo que el Grand
Duke es un buque con matrícula británica. Y este barco en el que estamos, el
Britannia, está registrado en las Islas Vírgenes británicas. Por lo menos, eso
es lo que pone en la popa.
—Es
cierto —dijo Kate—, pero estos dos hombres son ciudadanos de Estados Unidos y,
como tales, tienen que ser juzgados por sus delitos en un tribunal de Estados
Unidos.
—Si
me devuelven a Estados Unidos me enfrento a una larga condena de prisión. Como
he dicho antes, adelante, dispara. Me harás un favor.
—¿Es
otra de tus bromas? —preguntó Kate, furiosa.
—No,
no es ninguna broma.
—Entonces,
¿por qué coño te estás riendo?
Dave
se encogió de hombros y se miró la muñeca donde antes llevaba el reloj.
—Estamos
lejos de la jurisdicción estadounidense —dijo el primer oficial—. ¿Puedo
recordarle que estamos en aguas internacionales?
No
es que Kate quisiera a los dos hombres como prisioneros, pero había algo en los
modales de Luzhin que la impulsaba a querer ganar aquella discusión.
—Con
todo y eso —dijo—, insisto en que estos dos hombres sean puestos bajo mi
custodia. Permanecerán a bordo del Duke hasta que lleguemos a Mallorca, desde
donde serán inmediatamente extraditados a Estados Unidos.
—¿Inmediatamente?
—El primer oficial se echó a reír de nuevo—. No lo creo. Estas cosas llevan
tiempo.
—¿De
verdad me harías eso, Kate? —preguntó Dave—. ¿Después de todo lo que ha habido
entre nosotros?
—Entre
nosotros no ha habido nada. Y será mejor que tengas la boca cerrada si no
quieres pasarte el resto del viaje esposado.
—Kate.
Sé justa. ¿Cómo quieres que no hable de ello? Después de todo, soy yo el que
puede que vuelva a la cárcel.
—Tendrías
que haberlo pensado antes de hacer esta tontería.
—¿Y
ésa es tu última palabra sobre este asunto?
—La
última palabra. Punto final. —Y añadió entre dientes, pero lo bastante alto
como para que Dave la oyera—: ¿Cómo pude enamorarme de un asqueroso ladrón de
drogas? Es algo que no entenderé nunca.
—Todo
esto nunca ha tenido nada que ver con las drogas —dijo Dave, sin dejar de
sonreír, como si no tuviera preocupación alguna.
—Es
verdad —dijo Al—. Íbamos tras el dinero de los otros barcos.
—No
te metas en esto —dijo Kate con brusquedad.
De
nuevo Dave hizo el gesto de mirar su reloj. Luego se inclinó hacia el primer
oficial y cogiéndole tranquilamente el brazo miró qué hora era en su reloj.
Como si fueran viejos amigotes. Y al francés no pareció importarle lo más
mínimo. Luego Dave dijo algo a Luzhin que Kate no llegó a oír. O quizás no
comprendió.
—Lo
lamento, pero no puedo acceder a su petición —dijo Luzhin dirigiéndose a Kate—.
Pero le diré qué podemos hacer — señaló con un gesto de la cabeza a Al—. Puede
quedarse con ése, con el feo. Y nosotros nos llevaremos al otro. Es justo, ¿no?
Como el juicio de Salomón, ¿eh? La mitad cada uno, como si dijéramos.
Hizo
un gesto a uno de sus marineros. Inmediatamente el hombre tiró el cigarrillo,
entró en el puente de mando y volvió a poner en marcha las máquinas del
Britannia.
—Es
la idea más demencial que he oído nunca —dijo Kate—. Si ésta es la manera como
los franceses hacen las cosas...
Esta
vez captó la mirada que cruzaron Dave y el primer oficial y pensó que olía a
gato encerrado. Como si Dave hubiera hecho algún trato por su cuenta. Puede que
incluso hubiera sobornado a aquel tipo.
—Eh,
un minuto —dijo—. ¿Qué está pasando aquí? Ustedes los franceses...
—¿Quién
ha hablado de franceses? —dijo el primer oficial, encogiéndose de hombros y
lanzando el cigarrillo al mar por encima del hombro de Kate—. Yo no.
—Pero,
si no son de la Armada francesa, entonces ¿a qué coño de armada pertenecen?
Instintivamente
inició el gesto de sacar la Glock de debajo del cinturón, pero el primer
oficial, sonriendo, le cogió la muñeca con su fuerte mano. Y sin dejar de
sonreír cortésmente, dijo:
—Pazhalsta
—y le quitó la pistola.
24
El
Britannia fue avanzando hacia el submarino, arrastrando suavemente el barco de
Calgary Stanford a su lado. Desde el puesto de control en lo alto de la
torreta, otro oficial le gritó algo a un marinero que estaba de pie en la
cubierta de proa. El marinero abrió una escotilla y lanzó un cabo al Britannia.
Tan pronto como estuvo amarrado al submarino, los marineros a bordo del yate
empezaron a lanzar las bolsas Nike de deporte al hombre que estaba de pie en la
cubierta de proa, quien las dejaba caer rápidamente por la escotilla.
Cuando
Kate se volvió en busca de Jellicoe y Stanford, vio que otro marinero había
subido a bordo del Comanche y los había desarmado. Para entonces ya estaba
claro que Dave estaba confabulado con los hombres del submarino. Estaba
siguiendo atentamente la carga de las bolsas y, de vez en cuando, hacía algún
comentario claramente amistoso a los otros marineros, en ruso.
—Maldita
sea, usted es ruso —le dijo Kate al primer oficial.
—Sí,
ruso —respondió él, con una sonrisa—. Así que es verdad lo que dicen, eso de
que el FBI siempre acaba por descubrirlo todo.
Cuando
la última bolsa hubo pasado a través de la escotilla, otro hombre subió a
cubierta y saludó a Dave como si fuera su mejor amigo. Luego bajó por la corta
escala de gato que colgaba del lado del negro casco del submarino y se dejó
caer en el Britannia.
Kate
observó que incluso Al pareció sorprendido cuando el hombre del submarino
abrazó a Dave afectuosamente. Pensó que parecían dos personajes de Tolstoi. No
entendió ni una palabra de lo que decían, pero estaba claro que Al tampoco
estaba enterado de lo que estaba sucediendo. Y también era evidente que estaba
furioso. Rechinando los dientes, Al se preparó para saltar encima de Dave, pero
luego recordó la metralleta que seguía apuntándole a la espalda.
—Tú,
hijo de puta traidor —dijo—. No estamos cerca de la posición del Ercolano,
¿verdad? Tú planeaste esto con los rusos desde el principio.
—Ahora
empiezas a entenderlo —dijo Dave.
Esta
vez Al ni se preocupó de la metralleta. Era fuerte, pero no muy rápido;
ciertamente, no tan rápido como Dave, que esquivó sin problemas el puñetazo y
luego golpeó con la mano izquierda el costado de Al, por detrás del chaleco a
prueba de balas que éste llevaba todavía, y justo por encima del riñón. Al se
dobló de dolor, dejando que Dave lo alcanzara con un directo limpio a su
mandíbula azulada, que lo tumbó en la cubierta a los mismísimos pies de Kate.
Dave
sacudió la mano con un gesto de dolor y, mirando a su antiguo socio, dijo:
—Hay
un antiguo proverbio ruso que dice aproximadamente: «Estás jodido tío».
Einstein
Gergiev besó a Dave en la mejilla otra vez más y le palmeó con cariño en la
espalda.
—Kak
pazhitaye ti —dijo Dave con una amplia sonrisa—. Pazdrav lya yem.
Los
dos hablaban en ruso. A diferencia del inglés, es una lengua que tiene dos
formas de tratamiento: formal y familiar. Al hablar con el teniente o con
cualquiera de sus hombres, Dave había utilizado el más formal vi; pero ahora,
al hablar con Gergiev, usaba el informal ti, la forma adecuada para alguien a
quien se conoce muy bien. Por ejemplo, un hombre con el que has compartido una
celda en la prisión durante cuatro años. El acento de Dave era casi perfecto.
—Lo
hemos hecho —estaba diciendo.
—Quieres
decir que tú lo has hecho, Dave. Lo único que yo he tenido que hacer ha sido
convencer al comandante de la Flota del Norte para que me prestara un
submarino.
—¿Sólo
eso? —dijo Dave riendo—. Tienes razón, no es mucho. Sólo que te prestaran un
submarino.
—Le
alegró hacerlo. Las cosas estaban mucho peor de lo que incluso yo había
imaginado. En Murmansk, la armada le debe a la compañía de electricidad local
casi cuatro millones de dólares en facturas sin pagar. La semana pasada,
cortaron el suministro eléctrico de tres bases de submarinos nucleares. Yo no
soy físico nuclear, Dave, pero hasta yo puedo ver que las consecuencias de lo
que esos tíos están haciendo podrían ser desastrosas. La perspectiva de que
alguien le proporcionara a la armada varios millones de dólares de dinero en
efectivo a cambio de impedir un desastre nuclear era una oferta que no podía
permitirse rechazar.
—¿De
verdad está todo tan mal?
—De
verdad. Hay docenas de submarinos retirados esperando el desguace, y muchos
tienen más agujeros que un colador. Necesitan un suministro constante de
electricidad sólo para mantener las bombas en marcha y evitar que se hundan. Si
ya es difícil desguazar un viejo reactor en tierra firme, imagina lo que será
en el fondo del Mar Blanco —Gergiev soltó una carcajada—. En esas
circunstancias conseguí llegar a un acuerdo muy generoso; muy generoso de
verdad.
—¿Qué
porcentaje?
—No
te lo vas a creer.
—Einstein,
en aquellas bolsas habrá cuarenta millones de dólares.
—Tanto
como eso, ¿eh?
—Por
lo menos. Bueno, ¿qué parte es para ellos?
—Se
conforman con un 30%.
—Treinta
por ciento. Eso es sólo doce millones —Dave estaba encantado.
—Es
el triple de lo que deben a Kolenergo. Es la autoridad de la electricidad
—Gergiev se encogió de hombros—. La armada rusa está desesperada por conseguir
dinero contante y sonante. Con franqueza, el comandante se habría conformado
con un 25%, pero, bueno, me sentía patriótico. Y no es sólo la armada. Hace
sólo unas semanas, Kolenergo cortó el suministro eléctrico al mando central de
las Fuerzas de Misiles Estratégicos de Plesetsk durante dos días enteros. Dave,
te hablo del lugar desde donde se controlan nuestros ICBM. Incluso cortaron la
electricidad de un centro de control aéreo cuando el avión del Primer Ministro
estaba en el aire —Gergiev se echó a reír—. ¿Doce millones? Créeme, pensarán
que es un gran negocio. Después de todo, ellos no tienen nada que perder y
pueden ganarlo todo.
—Eso
nos dejará unos veintiocho millones de dólares —musitó Dave—. Es decir, catorce
millones para cada uno.
—¿Algún
problema?
—Muchos.
Pero es una larga historia.
Gergiev
era mayor que Dave. Llevaba barba y bigote al estilo Lenin y, al igual que el
teniente, vestía un mono mugriento de color azul. Parecía más un intelectual
—un profesor universitario, un médico— que alguien relacionado con una de las
mayores bandas de la mafia de San Petersburgo. Asintió y dijo:
—Tienes
razón. Ya me lo contarás, cuando vayamos de vuelta a Rusia. Será mejor que nos
pongamos en marcha. El sistema de vigilancia por sonar de la Flota del Norte
informa que hay otro submarino en la zona.
—Probablemente
el submarino francés que esperaba Kate — dijo Dave.
—Kate
es la muñeca, ¿verdad?
—Es
la madre de todas las muñecas. Una auténtica matrioshka, amigo mío. Una mujer
dentro de otra. Ahí me tienes a mí haciéndole el amor y resulta que era del
FBI. No es que me fiara del todo de ella. Ya me conoces. Yo no me creo nada.
—Entonces,
llegaremos a hacer un auténtico ruso de ti —bromeó Gergiev—. ¿Qué estaba
haciendo en el buque? ¿Tú crees que nos vigilaban?
—En
absoluto. Como te he dicho, es una larga historia. ¿Ves este barco en el que
estamos? Pues la suerte quiso que el FBI lo tuviera bajo vigilancia. No es sólo
dinero lo que cruza el Atlántico de contrabando. Los depósitos de combustible
de este barco están llenos de cocaína. Y ella cree que íbamos detrás de la
droga.
Gergiev
se quedó pensativo.
—Lástima
—dijo al cabo de un momento.
—¿El
qué?
—Pensaba
que es una lástima que no tengamos más tiempo. Ahora hay un mercado enorme para
la cocaína en Rusia. Por favor, no me digas cuánta hay ahí abajo.
—No
sólo hay cocaína; también hay tres cadáveres. Ya te lo he dicho; tuvimos
algunos problemas.
—En
ese caso me sentiré mucho más feliz cuando hayamos hundido este barco —Gergiev
echó una mirada a Al, ahora dominado por dos musculosos marineros rusos—. ¿Los
muertos fueron de su cuenta?
—Sólo
en parte —Dave sacudió la cabeza y dijo—. Creo que le gusta matar a la gente.
Hace diez minutos, estaba planeando matarme a mí.
—Entonces,
¿qué vas a hacer con él?
—Todo
depende de que Kate siga decidida a ser una escrupulosa agente federal. Yo
tenía esperanzas de poder convencerla de que viniera con nosotros.
Gergiev
parecía dubitativo.
—Hay
muchas mujeres en Rusia, Dave. Con la excepción de las mujeres de nuestros
políticos, la mayoría son muy hermosas. Un poco corruptas, quizás, pero eso no
tendría que preocuparte.
—Ésta
es especial, Einstein. ¿Alguna objeción?
Gergiev
miró a Kate. Con una mirada vio la clase de mujer que era. Hermosa, sin duda;
pero también fuerte, y orgullosa. Había conocido a mujeres como ella; mujeres
del Partido, cuando todavía había un Partido. Mujeres de la KGB, cuando todavía
había una KGB. Puede que llevaran un ligero maquillaje y se vistieran de forma
atractiva y femenina. Algunas de ellas quizás fingieran interés por tener un
romance, pero siempre eran más duras que los hombres. Siempre que había un
escándalo de espionaje y un agente se pasaba al otro lado, siempre era un
hombre el que traicionaba a su país, nunca una mujer. Y sin duda alguna, nunca
una mujer como Kate. Era lo mismo con el matrimonio; siempre era el marido el
que traicionaba, nunca la mujer. Las mujeres conocían el significado de la
lealtad. Los hombres sólo sabían cómo se deletreaba. Así que Gergiev sabía que
la respuesta de Kate sería no, aun si Dave tenía esperanzas de que fuera algo
diferente.
Gergiev
dijo:
—¿Objeciones?
No, claro que no. Tráela contigo. Estoy seguro de que la tripulación del
submarino estará encantada de tener una mujer atractiva a bordo.
—Gracias
Einstein. Hablaré con ella.
—Habla
todo lo que quieras. Pero, Dave, no digas demasiado —añadió Gergiev dando unos
golpecitos significativos en su reloj.
A
desgana, Kate dejó que Dave la llevará a la cocina, donde le devolvió su
identificación y la placa del FBI, y donde le reiteró que no estaba interesado
en las drogas que había a bordo del yate. Luego le explicó lo del dinero. Le
dijo:
—Es
dinero de la droga. Tony Nudelli cree que el dinero es colombiano, pero en
realidad pertenece a gente de Nueva Jersey. Da la casualidad que son amigos de
Tony, amigos italianos. No les va a gustar cuando averigüen que Tony estaba
detrás de esto. Ése es mi regalo para él. Cree que está quedándose con dinero
fácil de algún cártel, dinero que iba de camino a la Europa del Este para que
lo blanquearan; en cambio se encontrará con que ha hecho unos nuevos y
peligrosos enemigos.
Kate
no pareció impresionada.
—Si
quieres saber lo que pienso, es tu personalidad la que necesita un blanqueo
—dijo.
—Quizás
querrías encargarte tú.
—Ya
estás metido en aguas bastante calientes.
—¿Te
burlas de todos los hombres? ¿O sólo de los que conoces?
—No
te hagas ilusiones. Yo no te conozco en absoluto. Sólo eres un tipo con el que
me acosté. La mayor parte del tiempo tuve los ojos cerrados, ¿te acuerdas?
Dave
sonrió incómodo.
—Puedes
tratar de convencerte de que fue así, si quieres, Kate. ¿Quién sabe? Quizás
puedas escribir tu informe y decir que había un pistolero solitario y nadie en
las verdes colinas. Quizás incluso puedas mostrar una bala mágica. Pero yo he
visto la película de lo que pasó entre tú y yo, Kate. Y no tiene nada que ver
con la forma en que tú lo has descrito.
Kate
se encogió de hombros desdeñosamente.
—No
es sólo la Comisión Warren la que puede ocultar cosas. Y cuando se trata de lo
que pasó entre nosotros, yo soy Earl Warren y Richard Nixon y Oliver North todo
en uno. En mi cabeza esta película ya está montada. Las tijeras ya han hecho su
labor. Se han cortado escenas cruciales; cortado ¿lo oyes?
—Corta
todo lo que quieras, Kate —dijo Dave—; pero ¿quién de los dos es más
deshonesto? Yo robo dinero. Tú te engañas a ti misma. Y no es una mentira
cualquiera ¿eh?; es la peor clase de mentira. Es la clase de mentira que puede
impedirte ser feliz.
—¿Cambiando
una vida recta por otra deshonrosa? Eso no vale ni siquiera diez centavos por
dólar. Una cosa tengo que decir en tu favor, Van; estás lleno de sorpresas.
Siempre pensé que la gente de tu clase no daba valor alguno a los sentimientos.
Dave
suspiró.
—Bueno,
tenía que probarlo. ¿Hay alguna ley que lo prohiba, Kate?
—Ninguna
que yo sepa —Kate sacudió la cabeza y se secó una lágrima rápidamente—.
¿Sabes?, cuando te conocí pensé que eras el hombre perfecto.
—Me
confundes con aquel otro tipo, el de la Biblia. A ése en el que piensas, lo
crucificaron.
—Conocías
a Shakespeare y a Pushkin.
—Cuando
estás en prisión, haces todo tipo de nuevos amigos.
—No
tenía que acabar así.
—Recuerda
que has sido tú quien lo ha dicho. Cuando estés de vuelta en Miami. Yo sé que
yo lo recordaré.
—¿Y
dónde estarás tú?
—Murmansk,
San Petersburgo, Riga.
—Suena
a frío.
—Llevan
muchas pieles en Rusia. ¿No te gustan las pieles, Kate? Estarías magnífica con
un abrigo de armiño.
—Para
ser sincera, odio pensar en causar tantas molestias a todos esos armiños.
—No
será por mucho tiempo. Tengo intención de viajar.
—Con
todos los enemigos que te has ganado, tendrás que hacerlo.
—Quizás
incluso volver a Estados Unidos, cuando no haya peligro.
—Asegúrate
de avisarme con tiempo, para que te reserve una celda en una bonita prisión
—Kate sacudió la cabeza—. Ni siquiera lo pienses, Dave. Sólo que vea algo
parecido a un perro añorado en los anuncios por palabras del Miami Herald te
perseguiré como si te llamaras doctor Richard Kimball.
—Te
estaré esperando.
—No
te molestes. Llegaré sin avisar.
—Ya
lo supongo.
Kate
notó que volvía a sonrojarse; pero esta vez no era de furia.
Dave
sonrió y dijo:
—¿Sabías
que el sonrojo se considera una prueba de sensibilidad moral?
—¡Qué
sabrás tú de eso!
—No
mucho. Sólo sé que siempre recordaré la noche que pasamos juntos. Cuando sea
viejo y tenga el pelo gris, ese recuerdo me tendrá ocupado.
—He
oído decir que los presidiarios tienen todo tipo de sistemas para sobrellevar
una condena larga. Pero si yo fuera tú, pensaría en un canario. Me han dicho
que son muy cariñosos.
Dave
miró alrededor en busca de inspiración y vio que Einstein Gergiev le señalaba
el reloj. Con tristeza volvió a mirar a Kate, pero su cara seguía tan
implacable como antes. Aquella única lágrima que le había hecho abrigar
esperanzas se había secado rápidamente. El sonrojo de sus mejillas se había
enfriado. No parecía haber modo alguno de vencer su afilada lengua. Comprendió
que se había hecho fuerte para decir algunas de las cosas que estaba diciendo.
Ninguna de ellas le salía del corazón. De eso estaba totalmente seguro. Pero
era como si hubiera contratado los servicios de un abogado avispado, como Jimmy
Figaro, y ese abogado hubiera montado el bufete en su boca. No había manera de
pasar.
Desesperado,
dijo:
—¿Nunca
has querido hacer un viaje en submarino? —La cogió por la muñeca—. Vamos, Kate;
sumérgete conmigo.
Ella
se soltó.
—¿Yo?
Lo siento, capitán Nemo, pero me da claustrofobia en la ducha. De ninguna
manera permitiría que me convencieras para meterme en uno de esos tubos de
puros. Así que ya ves —continuó sin detenerse—, incluso si quisiera ir contigo,
no podría. Me estaría subiendo por las paredes en menos de veinte minutos.
—Entonces,
supongo que mejor será que me vaya.
—Es
lo que te he estado diciendo —dijo Kate, sombría—. Nunca tendrías que haber
hecho esto, ¿sabes? Nunca tendrías que haber robado todo ese dinero. Quizás
puedas convencerte de que sólo es dinero de la droga y que no importa. Quien
roba a un ladrón, y toda esa basura. Pero cuando se necesitan armas para
hacerlo, entonces tú eres tan malvado como la forma en que se hizo ese dinero.
Eso es lo que cuenta. Nadie puede construir su felicidad sobre el dolor de
otro. La próxima vez que te mires en el espejo verás que tengo razón.
—¿Malvado?
—dijo riendo—. Si alguna vez cambias de opinión... Bueno, es a ti a quien
quiero ver Kate, no a la policía. Y no me miro mucho en los espejos. Perdí la
costumbre cuando estaba en la cárcel. No hay espejos por si acaso se te ocurre
utilizar el cristal para dejar claro lo que piensas. Pero el sol... al sol sí
que miro, y mucho. Lo que yo digo es ¿por qué buscar otra luz cuando ya tenemos
una? ¿Bueno y malvado? No seas tan melodramática. ¿Sabes?, incluso el sol, lo
más brillante del sistema solar, tiene algo negro. Echa una mirada a una
fotografía alguna vez y verás que tengo razón. Cuando lo hagas, te darás cuenta
de que esas manchas negras son el rasgo más sobresaliente del sol. ¿Y sabes
otra cosa? Esas manchas lo afectan todo, más de lo que se sospechaba hasta hace
poco. Nadie sabe qué las causa y probablemente nadie lo sabrá nunca; pero la
próxima vez que mires el sol, pregúntate si de verdad soy tan malvado como
dices. Hasta pronto, Kate. Lo he pasado bien.
Dave
se volvió para salir de la cocina y luego se acordó de Al.
—Por
cierto —dijo—, puedes llevarte a Al cuando te vayas. Nuestra asociación ha
quedado disuelta.
—¿No
hay honor entre ladrones?'
—Ten
cuidado y no le des la espalda.
Kate
sacudió las esposas que había traído con ella del Carrera. Sus esposas del FBI.
No el par que aún le colgaba de una muñeca.
—Estaba
reservando éstas para ti —dijo.
—¿Cómo
lograste soltarte? —preguntó Dave—. ¿Cómo te libraste de las esposas?
Kate
sonrió.
—De
la misma manera que me libré de mi marido. Me escapé.
Salieron
de la cocina y volvieron a la cubierta de popa, donde Al seguía bajo el control
de los dos marineros rusos.
Al
ver de nuevo a Dave, dijo:
—Eh,
Dave, no estarás planeando dejarme aquí.
—Cuando
vuelvas a Miami, Al, no te aconsejo que intentes hacer carrera leyendo los
pensamientos de la gente. No hay ningún plan. Ya no.
—¿Después
de todo lo que hemos pasado juntos?
—Siempre
pensaré en ti con cariño, Al. Justo hasta el momento en que estabas
preparándote para matarme.
Kate
llegó hasta Al y rápidamente le puso las esposas. Volviéndose a mirarla, Al
dijo:
—Espero
que seas tan dura como crees que eres, niñata. Porque voy a disfrutar
contándole a la gente tu pequeña y sórdida historia.
Kate
echó una mirada de soslayo a Dave. Todavía estaba lo bastante cerca para oírla.
—Eso
es exactamente lo que es —dijo—: Una pequeña y sórdida historia. Representará
un cambio respecto a todas las demás historias sórdidas con que tropiezo en mi
trabajo.
—Zorra.
—¿Sabe
señor? He conseguido una especial comprensión de la mente criminal. Según mi
meditada opinión, en la mayoría —y eso le incluye, amigo— todo es criminal y
muy poco es mente.
Cuando
Kate y Al hubieron vuelto al barco de Calgary Stanford y hubieron soltado el
cabo que los unía al Britannia, Dave subió al casco del submarino. En cuanto el
último marinero hubo abandonado el Britannia, cogió su metralleta y vació el
cargador contra el barco, justo por encima de la línea de agua. Mientras la
embarcación empezaba a hundirse, el resto de los marineros descendió por la
escotilla hasta que sólo quedaron Dave y Gergiev de pie en la cubierta de proa.
—Zhalost
—dijo Gergiev con un suspiro.
Dio
un golpecito a la cartera que llevaba en el bolsillo, y añadió:
—Uminya
balit zdyes.
—¿Eh?
—He
dicho que es una lástima —repitió Gergiev en inglés—. Me hace daño aquí; en mi
cartera. Toda esa cocaína.
Cuando
Dave contestó, su mirada no estaba en el yate que se hundía en el mar con la
cocaína y los tres cadáveres, sino en el que iba alejándose lentamente. El que
llevaba la auténtica fortuna a bordo.
—Lo
superarás —le dijo a Kate, haciendo un gesto de adiós con la mano.
Ella
no le respondió.
—Con
el tiempo, uno puede superar cualquier cosa.
FIN
*
John en lenguaje coloquial significa «váter». (Nota de la T.)
*
Palabras finales de Apocalypse now. (N. del E.)
*
Juego de palabras intraducible. «Hombre» es man en inglés. (N. del E.)
*
Referencia a la canción «Love Will Tear Us Appart» de Joy Division.
* En
inglés Hide (pronunciado igual que Hyde) significa «esconder» y Seek, «buscar».
(N. de la T.)

